© Libro N° 14284. Recopilación De Cuentos De Chéjov V. Chéjov Antón, Pavlovich. Proyecto Gutenberg. Emancipación. Septiembre 20 de 2025
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RECOPILACIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV V
Antón Pavlovich Chéjov
Recopilación De Cuentos De Chéjov V
Antón Pavlovich Chéjov
Título: Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov
Autor: Antón Pavlovich Chéjov
Editor: David Widger
Fecha de lanzamiento: 15 de junio de 2018 [eBook n.° 57333]
Última actualización: 8 de mayo de 2025
Idioma: Inglés
Créditos: David Widger
***
LA COLECCIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV DEL PROYECTO GUTENBERG
Por Antón Chéjov
CONTENIDO EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
CONTENIDO DE CADA LIBRO
Los ladrones de caballos y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LOS LADRONES DE CABALLOS
BARRIO NÚMERO 6
EL PETCHENYEG
UN CADÁVER
UN FINAL FELIZ
EL ESPEJO
VEJEZ
OSCURIDAD
EL MENDIGO
UNA HISTORIA SIN TÍTULO
EN PROBLEMAS
HELADA
UNA CALUMNIA
MENTES EN FERMENTACIÓN
SE HA DESCURRIDO
UN VENGADOR
EL JOVEN PREMIER
UNA CRIATURA INDEFENSA
UNA NATURALEZA ENIGMÁTICA
UN HOMBRE FELIZ
UN VISITANTE PROBLEMÁTICO
EL FINAL DE UN ACTOR
El maestro de escuela y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL MAESTRO DE ESCUELA
ENEMIGOS
EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN
PROMETIDO
DEL DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
EN LA OSCURIDAD
UNA OBRA DE TEATRO
UN MISTERIO
FUERTES IMPRESIONES
EBRIO
LA VIUDA DEL MARISCAL
UN MAL NEGOCIO
EN LA CORTE
BOTAS
ALEGRÍA
SEÑORAS
UN HOMBRE PECULIAR
EN LA BARBERÍA
UNA INADVERTENCIA
EL ÁLBUM
¡OH! EL PÚBLICO
UNA LENGUA QUE TROPIEZA
EXCESIVANDO
EL ORADOR
SIMULADORES
EN EL CEMENTERIO
¡CÁLLATE!
EN UN HOTEL
EN UNA TIERRA EXTRAÑA
La fiesta y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA FIESTA
TERROR
EL REINO DE UNA MUJER
UN PROBLEMA
EL BESO
'ANA EN EL CUELLO'
EL PROFESOR DE LITERATURA
NO SE BUSCA
TIFUS
UNA DESGRACIA
UNA COSITA DE LA VIDA
La boda del cocinero y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BODA DEL COCINERO
SOMNOLIENTO
NIÑOS
EL FUGITIVO
GRISHA
OSTRAS
HOGAR
UN ESTUDIANTE CLÁSICO
VANKA
UN INCIDENTE
UN DÍA EN EL CAMPO
NIÑOS
MARTES DE CARNAVAL
LA CASA VIEJA
EN LA SEMANA DE LA PASIÓN
CEJAS BLANCAS
KASHTANKA
UN CAMALEÓN
LOS DEPENDIENTES
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
EL MERCADO DE AVES
UNA AVENTURA
EL PESCADO
ARTE
EL PARTIDO SUECO
El obispo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL OBISPO
LA CARTA
VÍSPERA DE PASCUA
UNA PESADILLA
EL ASESINATO
DESCARTADO
LA ESTEPA
El duelo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL DUELO
EXCELENTE GENTE
FANGO
VECINOS
EN CASA
LECCIONES CARAS
LA PRINCESA
LA ESPOSA DEL QUÍMICO
La maestra de escuela y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA MAESTRA
UN ATAQUE DE NERVIOS
MISERIA
CHAMPÁN
DESPUÉS DEL TEATRO
LA HISTORIA DE UNA DAMA
EN EL EXILIO
LOS TRAFICANTES DE GANADO
PENA
EN FUNCIONES OFICIALES
EL PASAJERO DE PRIMERA CLASE
UN ACTOR TRÁGICO
UNA TRANSGRESIÓN
PEQUEÑOS PECES
EL RÉQUIEM
EN LA COCHERA
TEMORES DE PÁNICO
LA APUESTA
LA HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
LAS BELLEZAS
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
La esposa y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA ESPOSA
PERSONAS DIFÍCILES
EL SALTAMONTES
UNA HISTORIA LÚDICA
EL CONSEJERO PRIVADO
EL HOMBRE EN UN CASO
GROSELLAS
SOBRE EL AMOR
EL BILLETE DE LOTERÍA
La bruja y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BRUJA
ESPOSAS CAMPESINAS
EL CORREO
LA NUEVA VILLA
SUEÑOS
LA TUBERÍA
AGAFYA
EN NAVIDAD
GUSEV
EL ESTUDIANTE
EN EL BARRANCO
EL CAZADOR
FELICIDAD
UN MALFACTOR
CAMPESINOS
La corista y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA CHICA DEL CORISTA
VEROTCHKA
MI VIDA
EN UNA CASA DE CAMPO
UN PADRE
EN LA CARRETERA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
Iván Matveyitch
ZINOTCHKA
MAL TIEMPO
UN AMIGO CABALLERO
UN INCIDENTE TRIVIAL
Amor y otras historias,
traducido por Constance Garnett
AMAR
LUCES
UNA HISTORIA SIN FIN
MARI D'ELLE
UN BIEN VIVO
EL DOCTOR
¡DEMASIADO PRONTO!
EL COSACO
ABORÍGENES
UNA INVESTIGACIÓN
MÁRTIRES
EL LEÓN Y EL SOL
UNA HIJA DE ALBION
CORISTAS
NERVIOS
UNA OBRA DE ARTE
UNA BROMA
UNA CASA DE CAMPO
UN ERROR
GORDAS Y DELGADAS
LA MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
UNA MEDIA ROSA
EN UNA VILLA DE VERANO
La casa con entrepiso,
traducido por Samuel S. Koteliansky
LA CASA CON ENTREPISO
TIFUS
GROSELLAS
EN EL EXILIO
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
GOUSSIEV
MI VIDA
La apuesta y otros cuentos
(traducido por Samuel S. Koteliansky)
LA APUESTA
UNA HISTORIA TEDIOSA
EL AJUSTE
DESGRACIA
DESPUÉS DEL TEATRO
ESE MISERABLE NIÑO
ENEMIGOS
UN SUCESO INSIGNIFICANTE
UN AMIGO CABALLERO
SENSACIONES ABRUMADORAS
LECCIONES CARAS
UN CALENDARIO VIVO
VEJEZ
La querida y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA QUERIDA
ARIANA
POLINCA
ANYUTA
LOS DOS VOLODÍAS
EL AJUARRO
LA COMPAÑERA
TALENTO
LA HISTORIA DE UN ARTISTA
TRES AÑOS
LAS HISTORIAS EN LOS SIGUIENTES DOS LIBROS ELECTRÓNICOS SE AGREGARON POSTERIORMENTE Y NO ESTÁN INCLUIDAS EN LA LISTA ALFABÉTICA A CONTINUACIÓN; UN CLIC EN EL TÍTULO ABRIRÁ LA HISTORIA EN LÍNEA.
LA DAMA DEL PERRO,
Traducida por Constance Garnett
LA SEÑORA DEL PERRO
UNA VISITA AL MÉDICO
UNA Agitación
IONITCH
EL CABEZA DE FAMILIA
EL MONJE NEGRO
VOLODÍA
UNA HISTORIA ANÓNIMA
EL MARIDO
EL MONJE NEGRO Y OTROS CUENTOS,
Traducido por REC Long
EL MONJE NEGRO
EN CAMINO
UN CONSEJO FAMILIAR
EN CASA
EN EL EXILIO
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
UN PADRE
DOS TRAGEDIAS
DORMILÓN
EN LA MANSIÓN
UN EVENTO
BARRIO NÚMERO 6
EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
[ A ]
ABORÍGENES
SOBRE EL AMOR
FIN DEL ACTOR
AVENTURA
DESPUÉS DEL TEATRO
DESPUÉS DEL TEATRO
AGAFYA
ÁLBUM
ANNA EN EL CUELLO
ANYUTA
ARIANA
ARTE
HISTORIA DEL ARTISTA
NOCHE DE OTOÑO
VENGADOR
[ B ]
MAL NEGOCIO
MAL TIEMPO
PELUQUERÍA
BELLEZAS
MENDIGO
APUESTA
APUESTA
APUESTA
PROMETIDO
MERCADO DE AVES
OBISPO
TORPEZA
BOTAS
NIÑOS
[ C ]
COMERCIANTES DE GANADO
CAMALEÓN
CHAMPÁN
ESPOSA DEL QUÍMICO
NIÑOS
CORISTAS
TIEMPO DE NAVIDAD
EL ÁRBOL DE NAVIDAD Y LA BODA
ESTUDIANTE CLÁSICO
CAPA
CASA EN COCHE
LA BODA DEL COCINERO
COSACO
CASA DE CAMPO
CASA DE CAMPO
CORTE
[ D ]
OSCURO
OSCURIDAD
QUERIDA
QUERIDA
HIJA DE ALBION
DÍA EN EL CAMPO
CADÁVER
MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
CRIATURA INDEFENSIVA
DEPENDIENTES
DESTRONADO
DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
PERSONAS DIFÍCILES
MÉDICO DE DISTRITO
DOCTOR
SUEÑOS
HISTORIA LÚDICA
EBRIO
DUELO
[ E ]
¡TEMPRANO!
VÍSPERA DE PASCUA
ENEMIGOS
ENEMIGOS
NATURALEZA ENIGMÁTICA
JUEZ DE INSTRUCCIÓN
EXCELENTE GENTE
EXILIO
EXILIO
LECCIONES CARAS
LECCIONES CARAS
[ F ]
GORDAS Y DELGADAS
PADRE
PASAJERO DE PRIMERA CLASE
PEZ
HELADA
[ G ]
CABALLERO AMIGO
CABALLERO AMIGO
DIOS VE LA VERDAD, PERO ESPERA
SE HA DESCURRIDO
GROSELLAS
GROSELLAS
GOUSSIEV
SALTAMONTES
CEMENTERIO
GRISHA
GUSEV
[ H ]
FELICIDAD
FINAL FELIZ
HOMBRE FELIZ
HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
BUEN COMPAÑERO
SU AMANTE
AL ESCONDITE
HOGAR
HOGAR
LADRONES DE CABALLOS
HOTEL
CASA CON ENTREPISO
CAZADOR
¡CÁLLATE!
[ I ]
INADVERTENCIA
INCIDENTE
CONSULTA
Iván Matveyitch
[ J ]
JOVEN PREMIER
BROMA
ALEGRÍA
[ K ]
KASHTANKA
BESO
[ L ]
SEÑORAS
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
LA HISTORIA DE LA DAMA
LÁZARO
CARTA
LUCES
LEÓN Y EL SOL
CALENDARIO VIVO
BIENES VIVOS
ESPEJO
BILLETE DE LOTERÍA
AMAR
[ M ]
MALHECHOR
SIMULADORES
HOMBRE EN UN CASO
MARI D'ELLE
LA VIUDA DEL MARISCAL
MÁRTIRES
MENTES EN FERMENTACIÓN
FANGO
MISERIA
DESGRACIA
DESGRACIA
ASESINATO
MUZHIK ALIMENTÓ A DOS FUNCIONARIOS
MI VIDA
MI VIDA
MISTERIO
[ N ]
VECINOS
NERVIOS
Colapso nervioso
NUEVA VILLA
PESADILLA
NO SE BUSCA
[ O ]
DEBER OFICIAL
VEJEZ
VEJEZ
CASA ANTIGUA
EN LA CARRETERA
INDIGNACIÓN: UNA HISTORIA REAL
EXCESIVANDO
SENSACIONES ABRUMADORAS
OSTRAS
[ PAG ]
TEMORES DE PÁNICO
FIESTA
SEMANA DE LA PASIÓN
ESPOSAS CAMPESINAS
CAMPESINOS
HOMBRE PECULIAR
PETCHENYEG
MEDIAS ROSAS
TUBO
JUGAR
POLINCA
CORREO
PRINCESA
CONSEJERO PRIVADO
PROBLEMA
PÚBLICO
[ Q ]
REINA DE ESPADAS
[ R ]
BARRANCO
RÉQUIEM
REVOLUCIONISTA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
FUGITIVO
[ S ]
MAESTRO
MAESTRA DE ESCUELA
SERVIDOR
SOMBRAS, UNA FANTASÍA
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
MARTES DE CARNAVAL
SEÑAL
CALUMNIA
SOMNOLIENTO
PEQUEÑOS PECES
PENA
ESTEPA
HISTORIA SIN TÍTULO
HISTORIA SIN FIN
TIERRA EXTRAÑA
FUERTES IMPRESIONES
ALUMNO
VILLA DE VERANO
PARTIDO SUECO
[ T ]
TALENTO
PROFESOR DE LITERATURA
HISTORIA TEDIOSA
TERROR
ESE MISERABLE NIÑO
LA CHICA DEL CORISTA
EL AJUSTE
EL ORADOR
TRES AÑOS
ACTOR TRÁGICO
TRANSGRESIÓN
UNA BREVEDAD DE LA VIDA
OCURRENCIA INSIGNIFICANTE
LENGUA TROPEZADA
INCIDENTE TRIVIAL
PROBLEMA
VISITANTE PROBLEMÁTICO
AJUAR
DOS VOLODÍAS
TIFUS
TIFUS
[ U ]
DESCARTADO
[ V ]
VANKA
VANKA
VEROTCHKA
[ O ]
BARRIO NÚMERO 6
CEJAS BLANCAS
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
ESPOSA
BRUJA
REINO DE LA MUJER
OBRA DE ARTE
[ Z ]
ZINOTCHKA
________________________________________
SUEÑOS
TDos guardias campesinos —uno de ellos, un individuo rechoncho, de barba negra y piernas tan cortas que, si se le miraba de espaldas, parecía que sus piernas empezaban mucho más abajo que en otras personas; el otro, alto, delgado y recto como un palo, con una barba rala de color rojizo oscuro— escoltaban a la capital del distrito a un vagabundo que se negaba a recordar su nombre. El primero caminaba contoneándose, mirando a un lado y a otro, masticando una pajita, o su propia manga, dándose palmadas en las caderas y tarareando, y en conjunto tenía un aire despreocupado y frívolo; el otro, a pesar de su rostro delgado y hombros estrechos, parecía sólido, serio y corpulento; en las líneas y la expresión de toda su figura se parecía a los sacerdotes de los Viejos Creyentes, o a los guerreros que aparecen pintados en los iconos antiguos. «Para su sabiduría, Dios le había añadido una frente» —es decir, era calvo—, lo que aumentaba el parecido al que se alude. El primero se llamaba Andrey Ptaha, el segundo Nikandr Sapozhnikov.
El hombre que escoltaban no se correspondía en absoluto con la idea que todos tienen de un vagabundo. Era un hombrecillo frágil, débil y de aspecto enfermizo, con rasgos pequeños, pálidos y extremadamente indefinidos. Sus cejas eran escasas, su expresión afable y sumisa; apenas tenía rastro de bigote, a pesar de tener más de treinta años. Caminaba tímidamente, encorvado hacia adelante, con las manos metidas en las mangas. El cuello de su abrigo de tela raída, que no parecía de campesino, estaba subido hasta el borde de su gorra, de modo que solo su pequeña nariz roja se aventuraba a asomarse a la luz del día. Hablaba con un tono zalamero, tosiendo continuamente. Era muy, muy difícil creer que fuera un vagabundo que ocultaba su apellido. Era más como un hijo de un sacerdote fracasado, herido por Dios y reducido a la mendicidad; un oficinista despedido por embriaguez; hijo o sobrino de un comerciante que había probado sus débiles poderes en una carrera teatral, y ahora volvía a casa para representar el último acto de la parábola del hijo pródigo; tal vez, a juzgar por la aburrida paciencia con que luchaba con el desesperanzado barro otoñal, podría haber sido un monje fanático, vagando de un monasterio ruso a otro, buscando continuamente "una vida pacífica, libre de pecado", y sin encontrarla....
Los viajeros llevaban mucho tiempo de camino, pero parecían estar siempre en el mismo pequeño trozo de tierra. Frente a ellos se extendía nueve metros de barro negro-marrón fangoso, detrás de ellos lo mismo, y dondequiera que se mirara más lejos, una pared impenetrable de niebla blanca. Siguieron y siguieron, pero el terreno seguía siendo el mismo, la pared no estaba más cerca, y el terreno por el que caminaban parecía el mismo. Vislumbraban una piedra blanca y tosca, un pequeño barranco, o un fardo de heno que un transeúnte había dejado caer, el breve destello de un gran charco de barro, o, de repente, una sombra con contornos vagos aparecía ante ellos; cuanto más se acercaban, más pequeña y oscura se volvía; más cerca aún, y allí se erguía ante los caminantes un mojón inclinado con el número borrado, o un miserable abedul empapado y desnudo como un mendigo junto al camino. El abedul susurraba algo con lo que quedaba de sus hojas amarillas, una hoja se desprendía y flotaba perezosamente al suelo... Y luego otra vez niebla, barro, la hierba marrón al borde del camino. Sobre la hierba colgaban lágrimas sucias y hostiles. No eran lágrimas de dulce alegría como las que la tierra llora al recibir el sol de verano y despedirse de él, ni las que da de beber al amanecer a los guiones de codornices, las codornices y las gráciles agachadizas de pico largo. Los pies de los viajeros se atascaban en el barro denso y adherido. Cada paso costaba un esfuerzo.
Andrey Ptaha estaba algo excitado. No dejaba de mirar al vagabundo, intentando comprender cómo un hombre sensato y vivo podía olvidar su nombre.
«Eres un cristiano ortodoxo, ¿no?», preguntó.
“Sí”, respondió suavemente el vagabundo.
“Hmm... ¿Entonces te han bautizado?”
¡Pues claro! No soy turco. Voy a la iglesia y a la Santa Cena, y no como carne cuando está prohibida. Y cumplo con mis deberes religiosos puntualmente...
—Bueno, ¿cómo te llamas entonces?
“Llámame como quieras, buen hombre”.
Ptaha se encogió de hombros y se dio una palmada en los cuartos traseros, profundamente perplejo. El otro agente, Nikandr Sapozhnikov, guardó un silencio solemne. No era tan ingenuo como Ptaha, y al parecer conocía muy bien las razones que podían llevar a un cristiano ortodoxo a ocultar su nombre. Su rostro expresivo era frío y severo. Caminaba apartado y no se dignaba a charlar con sus compañeros, sino que, por así decirlo, intentaba mostrar a todos, incluso a la niebla, su serenidad y discreción.
—Dios sabe qué pensar de ti —insistió Ptaha dirigiéndose al vagabundo—. No eres campesino, ni caballero, sino algo intermedio... El otro día estaba lavando un colador en el estanque y atrapé un reptil... ¿ves?, largo como un dedo, con branquias y cola. Al principio pensé que era un pez, luego miré... ¡y qué demonios! Si no tenía patas. No era un pez, era una víbora, y quién sabe qué era... Así que es típico de ti... ¿Cuál es tu vocación?
—Soy campesino y de familia campesina —suspiró el vagabundo. Mi mamá era sierva. No parezco campesina, es cierto, pues así ha sido mi suerte, buen hombre. Mi mamá era niñera de la nobleza y tenía todas las comodidades, y como yo era de su misma sangre, vivía con ella en la casa del amo. Me mimaba y me consentía, e hizo todo lo posible por sacarme de mi humilde condición y convertirme en un caballero. Dormía en una cama, todos los días comía una cena de verdad, usaba pantalones y zapatos como la hija de un caballero. Lo que comía mi mamá también me alimentaba; le regalaban cosas y ella me vestía con ellas... ¡Vivíamos bien! Comí tantos dulces y pasteles en mi infancia que si pudieran venderse ahora serían suficientes para comprar un buen caballo. Mamá me enseñó a leer y escribir, me inculcó el temor de Dios desde muy pequeño, y me educó de tal manera que ahora no puedo ni siquiera pronunciar una palabra. Una palabra vulgar y vulgar. Y yo no bebo vodka, muchacho, y soy pulcro en mi vestimenta, y sé comportarme con decoro en buena sociedad. Si aún vive, que Dios le conceda salud; y si ha muerto, entonces, oh Señor, dale paz en tu Reino, donde descansan los justos.
El vagabundo se descubrió la cabeza con el escaso pelo erizado como un cepillo, volvió los ojos hacia arriba y se santiguó dos veces.
“Concédele, Señor, un lugar de descanso verde y apacible”, dijo con voz lenta, más propia de una anciana que de un hombre. “¡Enseña a tu sierva Xenia tus justificaciones, Señor! ¡Si no hubiera sido por mi amada mamá, habría sido un campesino sin entendimiento! Ahora, joven, pregúntame cualquier cosa y lo entiendo todo: las Sagradas Escrituras y los escritos profanos, y todas las oraciones y catecismos. Vivo según las Escrituras... No hago daño a nadie, mantengo mi carne en pureza y continencia, cumplo con los ayunos, como a horas apropiadas. Otro hombre no encontrará placer en nada más que vodka y charlas lascivas, pero cuando tengo tiempo me siento en un rincón a leer un libro. Leo y lloro y lloro”.
¿Por qué lloras?
¡Escriben tan patéticamente! Por algunos libros uno da solo cinco kopeks, y aun así uno llora y suspira desconsoladamente.
“¿Está muerto tu padre?” preguntó Ptaha.
—No lo sé, buen hombre. No conozco a mis padres; es inútil ocultarlo. Considero que fui hijo ilegítimo de mamá. Mi mamá vivió toda su vida con la nobleza y no quiso casarse con un simple campesino...
“Y así cayó en manos del amo”, se rió Ptaha.
Ella sí transgredió, es cierto. Era piadosa, temerosa de Dios, pero no conservó su pureza de doncella. Es un pecado, por supuesto, un gran pecado, sin duda, pero para compensarlo, quizá corra sangre noble. Quizás solo sea un campesino por clase, pero por naturaleza soy un noble caballero.
El «noble caballero» pronunció todo esto con un tenor suave y meloso, arrugando su estrecha frente y emitiendo crujidos por su naricita roja y congelada. Ptaha lo escuchó y lo miró con recelo, asombrado, encogiéndose de hombros continuamente.
Después de recorrer casi cinco millas, los guardias y el vagabundo se sentaron en un montículo para descansar.
—Hasta un perro sabe su nombre —murmuró Ptaha—. Mi nombre es Andryushka, el suyo es Nikandr; cada hombre tiene su nombre sagrado, y no se puede olvidar. De ninguna manera.
—¿Quién necesita saber mi nombre? —suspiró el vagabundo, apoyando la mejilla en el puño—. ¿Y qué ventaja me traería si lo supieran? Si me permitieran ir a donde quisiera, solo empeoraría las cosas. Conozco la ley, hermanos cristianos. Ahora soy un vagabundo que no recuerda su nombre, y lo peor sería que me enviaran a Siberia Oriental y me dieran treinta o cuarenta latigazos; pero si les dijera mi verdadero nombre y descripción, me enviarían de vuelta a trabajos forzados, ¡lo sé!
“¿Por qué? ¿Has sido convicto?”
—Sí, querido amigo. Durante cuatro años anduve con la cabeza rapada y grilletes en las piernas.
"¿Para qué?"
¡Por asesinato, buen hombre! Cuando era un muchacho de unos dieciocho años, mi madre vertió accidentalmente arsénico en lugar de sosa y ácido en el vaso de mi amo. Había cajas de todo tipo en el almacén, muchísimas; era fácil equivocarse con ellas.
El vagabundo suspiró, meneó la cabeza y dijo:
Era una mujer piadosa, pero ¿quién sabe? ¡El alma de otro hombre es un bosque adormecido! Pudo haber sido un accidente, o tal vez no pudo soportar la afrenta de ver a su amo preferir a otra sirvienta... ¡Quizás lo hizo a propósito, Dios sabe! Yo era joven entonces y no lo entendía del todo... ahora recuerdo que nuestro amo había tomado otra amante y mamá estaba muy perturbada. Nuestro juicio duró casi dos años... Mamá fue condenada a veinte años de trabajos forzados, y yo, por mi juventud, solo a siete.
“¿Y por qué te sentenciaron?”
Como cómplice. Le di el vaso al amo. Siempre fue la costumbre. Mamá preparó el refresco y se lo di. Pero les digo todo esto como cristiano, hermanos, como lo diría ante Dios. No se lo digan a nadie...
—Oh, nadie nos va a preguntar —dijo Ptaha—. ¿Así que te escapaste de la cárcel?
—Sí, querido amigo. Catorce de nosotros nos escapamos. Unos, ¡Dios los bendiga!, se escaparon y me llevaron con ellos. Ahora dime, en tu conciencia, buen hombre, ¿qué razón tengo para revelar mi nombre? ¡Me enviarán de vuelta a trabajos forzados, ya sabes! ¡Y no soy apto para trabajos forzados! Soy un hombre refinado con una salud delicada. Me gusta dormir y comer limpio. Cuando le rezo a Dios, me gusta encender una lamparita o una vela, y no tener ruido a mi alrededor. Cuando me inclino hasta el suelo, me gusta que no esté sucio ni escupido. Y me inclino cuarenta veces cada mañana y cada tarde, rezando por mamá.
El vagabundo se quitó la gorra y se santiguó.
—Que me envíen a Siberia Oriental —dijo—. No tengo miedo de eso.
“¿Seguro que eso no es mejor?”
Es algo muy distinto. En trabajos forzados eres como un cangrejo en una cesta: apiñado, aplastado, empujado, sin espacio para respirar; es un auténtico infierno, ¡qué infierno, que la Reina del Cielo nos libre de él! Eres un ladrón y te tratan como a un ladrón, peor que a cualquier perro. No puedes dormir, no puedes comer, ni siquiera rezar. Pero en un asentamiento no es así. En un asentamiento seré miembro de una comuna como los demás. Las autoridades están obligadas por ley a darme mi parte... ¡sí! Dicen que la tierra no cuesta nada, no más que la nieve; ¡puedes tomar lo que quieras! Me darán tierra para maíz, terrenos para construir y un jardín... Araré mis campos como los demás, sembraré. Tendré ganado de todo tipo, abejas, ovejas y perros... Un gato siberiano, para que las ratas y los ratones no devoren mis bienes... Construiré una casa, compraré iconos... Por favor, Dios, Me casaré, tendré hijos...”
El vagabundo murmuraba y miraba, no a sus oyentes, sino a lo lejos. A pesar de la ingenuidad de sus sueños, los expresó con un tono tan genuino y sincero que era difícil no creer en ellos. Su boquita estaba fruncida en una sonrisa. Sus ojos, su naricita y todo su rostro estaban fijos e inexpresivos, con la feliz expectativa de una felicidad en un futuro lejano. Los guardias lo escuchaban y lo miraban con gravedad, no sin compasión. Ellos también creían en sus sueños.
“No le tengo miedo a Siberia”, murmuró el vagabundo. Siberia es tan rusa y tiene el mismo Dios y el mismo Zar que aquí. Son cristianos tan ortodoxos como tú y yo. Solo que allí hay más libertad y la gente está mejor. Todo es mejor allí. Tomemos los ríos de allí, por ejemplo; son mucho mejores que los de aquí. Hay un sinfín de peces; y toda clase de aves silvestres. Y mi mayor placer, hermanos, es pescar. No me den pan para comer, pero déjenme sentarme con un anzuelo. ¡Sí, claro! Pesco con anzuelo y con sedal, y pongo nasas, y cuando se congela, pesco con red. No tengo fuerzas para tirar la red, así que contrataré a un hombre por cinco kopeks. ¡Y, Dios mío, qué placer es! Pescas una anguila o una cucaracha y estás tan contento como si hubieras conocido a tu propio hermano. Y, ¿lo creen?, hay un arte especial para cada pez: uno se pesca con cebo vivo, otro con larva, el tercero con Una rana o un saltamontes. ¡Hay que entender todo eso, por supuesto! Por ejemplo, la faneca anguila. No es un pez delicado; se alimenta de percas; y al lucio le encanta el gobio, al shilishper le gusta la mariposa. Si pescas una rutila en una corriente rápida, no hay mayor placer. Lanzas el sedal de setenta pies sin plomo, con una mariposa o un escarabajo, de modo que el cebo flote en la superficie; te quedas en el agua sin pantalones y lo dejas ir con la corriente, ¡y tiras! ¡La rutila tira de él! Solo tienes que ser astuto para que no se lleve el cebo, el maldito bribón. En cuanto tire de tu sedal, debes agitarlo; no sirve de nada esperar. Es maravilloso la cantidad de peces que he pescado en mi vida. Cuando huíamos, los otros convictos dormían en el bosque; yo no podía dormir, pero me dirigía al río. Los ríos allí son anchos y rápidos, las orillas son... ¡Qué empinado! ¡Qué terrible! En la orilla solo hay bosques adormecidos. Los árboles son tan altos que si miras hacia la copa te mareas. Cada pino valdría diez rublos a los precios de aquí.
En el torrente abrumador de sus fantasías, de imágenes artísticas del pasado y dulces presentimientos de felicidad futura, el pobre desgraciado se sumió en el silencio, simplemente moviendo los labios como si susurrara para sí mismo. La sonrisa vacía y dichosa no abandonó sus labios. Los guardias guardaron silencio. Reflexionaban con la cabeza gacha. En la quietud otoñal, cuando la niebla fría y sombría que se eleva de la tierra pesa como un peso en el corazón, cuando se yergue como el muro de una prisión ante los ojos y recuerda al hombre la limitación de su libertad, es dulce pensar en los ríos anchos y rápidos, con escarpadas orillas salvajes y exuberantes, en los bosques impenetrables, en las estepas ilimitadas. Lenta y silenciosamente, la fantasía imagina cómo temprano en la mañana, antes de que el rubor del amanecer desaparezca del cielo, un hombre avanza por la empinada y desierta orilla como una pequeña mota: los viejos pinos, como mástiles, se alzan en terrazas a ambos lados del torrente, miran con severidad al hombre libre y murmuran amenazadoramente; Rocas, piedras enormes y arbustos espinosos le impiden el paso, pero él es fuerte de cuerpo y audaz de espíritu, y no tiene miedo de los pinos, ni de las piedras, ni de su soledad, ni del eco reverberante que repite el sonido de cada paso que da.
Los campesinos evocaban la imagen de una vida libre como nunca la habían vivido; si recordaban vagamente las imágenes de historias escuchadas hacía mucho tiempo o si las nociones de una vida libre les habían sido transmitidas con su carne y sangre por lejanos antepasados libres, ¡Dios lo sabe!
El primero en romper el silencio fue Nikandr Sapozhnikov, quien hasta entonces no había dicho ni una sola palabra. Ya sea porque envidiaba la felicidad transparente del vagabundo, o porque sentía en el fondo que los sueños de felicidad no encajaban con la niebla gris y el barro marrón y sucio, en fin, miró severamente al vagabundo y dijo:
Está muy bien, claro, solo que no llegarás a esas regiones de abundancia, hermano. ¿Cómo podrías? Antes de recorrer trescientos kilómetros, entregarías tu alma a Dios. ¡Mira qué débil eres! Apenas has recorrido ocho kilómetros y no puedes respirar.
El vagabundo se giró lentamente hacia Nikandr, y la sonrisa dichosa se desvaneció de su rostro. Miró con aire asustado y culpable el rostro serio del campesino, aparentemente recordando algo, e inclinó la cabeza. Se hizo el silencio de nuevo... Los tres reflexionaban. Los campesinos se devanaban los sesos intentando comprender en su imaginación lo que solo Dios puede comprender: la vasta extensión que los separa de la tierra de la libertad. En la mente del vagabundo se agolpaban imágenes claras y nítidas, aún más terribles que esa extensión. Ante él se alzaba vívida la imagen de las largas demoras y dilaciones legales, las prisiones temporales y permanentes, los barcos de los presos, las agotadoras paradas en el camino, los gélidos inviernos, las enfermedades, las muertes de compañeros...
El vagabundo parpadeó con aire de culpabilidad, se secó con la manga las pequeñas gotas de sudor de la frente, respiró profundamente como si acabara de saltar de un baño muy caliente, luego se secó la frente con la otra manga y miró a su alrededor con miedo.
—¡Es cierto! ¡No llegarás! —coincidió Ptaha—. ¡No eres muy bueno para caminar! ¡Mírate, solo piel y huesos! ¡Morirás, hermano!
—¡Claro que morirá! ¿Qué podía hacer? —dijo Nikandr—. Ya está listo para el hospital... ¡Seguro!
El hombre que había olvidado su nombre miró los rostros severos y despreocupados de sus siniestros compañeros y, sin quitarse la gorra, se santiguó apresuradamente, mirando con los ojos muy abiertos... Tembló, su cabeza se sacudió y comenzó a retorcerse por todas partes, como una oruga cuando la pisan...
—Bueno, es hora de irnos —dijo Nikandr levantándose—. Hemos descansado un rato.
Un minuto después, avanzaban por el camino embarrado. El vagabundo estaba más encorvado que nunca y metía las manos aún más bajo las mangas. Ptaha guardó silencio.
LA TUBERÍA
METROEliton Shishkin, alguacil de la granja Dementyev, exhausto por el sofocante calor del bosque de abetos y cubierto de telarañas y agujas de pino, se dirigió con su escopeta hasta el límite del bosque. Su Damka —una mestiza entre perro de corral y setter inglés—, una perra extremadamente delgada y preñada, seguía a su amo con el rabo mojado entre las patas, haciendo todo lo posible por no pincharse la nariz. Era una mañana gris y nublada. Gruesas gotas caían de los helechos y de los árboles, envueltos en una ligera niebla; la humedad del bosque desprendía un penetrante olor a descomposición.
Había abedules delante de él, donde terminaba el bosque, y entre sus troncos y ramas podía ver la neblinosa distancia. Más allá de los abedules, alguien tocaba una flauta rústica de pastor. El músico no producía más que cinco o seis notas, las arrastraba lánguidamente sin intentar formar una melodía, y sin embargo, había algo áspero y extremadamente lúgubre en el sonido de la flauta.
A medida que el bosquecillo se hacía más escaso y los pinos se intercalaban con abedules jóvenes, Melitón vio una manada. Caballos, vacas y ovejas, atados, vagaban entre los arbustos y, quebrando las ramas secas, olfateaban la hierba del bosquecillo. Un pastor viejo y delgado, con la cabeza descubierta y una bata gris rota, estaba apoyado en el tronco húmedo de un abedul. Miraba al suelo, reflexionando sobre algo, y tocaba su flauta, al parecer, mecánicamente.
—¡Buenos días, abuelo! ¡Que Dios te ayude! —Melitón lo saludó con una voz ronca y débil que parecía incongruente con su enorme estatura y su rostro grande y carnoso—. ¡Qué bien tocas la flauta! ¿A quién cuidas?
—Los Artamónov —respondió el pastor a regañadientes, y se metió la pipa en el pecho.
—Entonces, ¿el bosque también es de los Artamónov? —preguntó Melitón, mirando a su alrededor—. Sí, es de los Artamónov; imagínate... Me había perdido por completo. Me arañé la cara entera entre los matorrales.
Se sentó en la tierra mojada y empezó a enrollar un trozo de periódico para formar un cigarrillo.
Al igual que su voz, todo en el hombre era pequeño y desentonaba con su altura, su anchura y su rostro carnoso: sus sonrisas, sus ojos, sus botones, su diminuta gorra, que apenas se ajustaba a su cabeza grande y rapada. Cuando hablaba y sonreía, había algo afeminado, tímido y manso en su rostro hinchado y afeitado, y en toda su figura.
¡Qué tiempo! ¡Dios nos ampare! —dijo, y giró la cabeza de un lado a otro—. La gente aún no ha traído la avena, y parece que la lluvia ya se ha adueñado de ella, ¡Dios la bendiga!
El pastor miró al cielo, del que caía una llovizna, al bosque, a las ropas mojadas del alguacil, reflexionó y no dijo nada.
—Todo el verano ha sido igual —suspiró Melitón—. Un mal negocio para los campesinos y ninguna alegría para la nobleza.
El pastor volvió a mirar al cielo, pensó un momento y dijo deliberadamente, como masticando cada palabra:
“Todo va por el mismo camino... No hay nada bueno que esperar.”
—¿Qué tal te va por aquí? —preguntó Melitón, encendiendo el cigarrillo—. ¿No has visto bandadas de urogallos en el claro de los Artamónov?
El pastor no respondió de inmediato. Volvió a mirar al cielo, a derecha e izquierda, reflexionó un momento, parpadeó... Al parecer, daba mucha importancia a sus palabras, y para realzarlas intentaba pronunciarlas con deliberación y cierta solemnidad. La expresión de su rostro tenía la agudeza y la seriedad propias de la vejez, y el hecho de que su nariz tuviera una depresión en forma de silla de montar en el centro y las fosas nasales apuntando hacia arriba le daban un aire astuto y sarcástico.
—No, creo que no —dijo—. Nuestro cazador, Eryomka, decía que el día de Elías formó una bandada cerca de Pustoshye, pero me atrevo a decir que mentía. Hay muy pocas aves.
Sí, hermano, muy pocos... ¡Muy pocos por todas partes! La caza aquí, si se mira con sentido común, no sirve para nada y no vale la pena. No hay presas en absoluto, y las que hay no valen la pena; no están completamente desarrolladas. Es tan mala que da vergüenza mirarla.
Melitón soltó una carcajada y agitó las manos.
Las cosas suceden de forma tan extraña en este mundo que es simplemente ridículo. Hoy en día, los pájaros se han vuelto tan inexplicables: incuban sus huevos hasta tarde, y hay algunos, debo confesar, que no los han empollado para el día de San Pedro.
—Todo sigue igual —dijo el pastor, levantando la cara—. El año pasado hubo poca caza, este año hay menos aves todavía, y dentro de cinco años, créeme, no habrá ninguna. Por lo que veo, pronto no solo no habrá caza, sino ninguna ave.
—Sí —asintió Melitón tras pensarlo un momento—. Es cierto.
El pastor esbozó una sonrisa amarga y meneó la cabeza.
“Es una maravilla”, dijo, “¡qué ha sido de todos ellos! Recuerdo que hace veinte años solía haber gansos aquí, y grullas y patos y urogallos, ¡nubes y nubes de ellos! La nobleza solía reunirse para cazar, y no se oía nada más que ¡puf, puf, puf! ¡Puf, puf, puf! No había fin a las becadas, las agachadizas y las cercetas pequeñas, y las agachadizas de agua eran tan comunes como los estorninos, o digamos gorriones, ¡montones y montones! ¿Y qué ha sido de todos ellos? Ni siquiera vemos las aves rapaces. Las águilas, los halcones y los búhos han desaparecido... También hay menos ejemplares de todo tipo de bestias salvajes. Hoy en día, hermano, incluso el lobo y el zorro se han vuelto raros, por no hablar del oso o la nutria. ¡Y sabes que en los viejos tiempos incluso había alces! Durante cuarenta años he estado observando las obras de Dios de año en año. año, y en mi opinión todo va por el mismo camino”.
"¿Por dónde?"
Para mal, joven. Para ruina, debemos suponer... Ha llegado la hora de que el mundo de Dios perezca.
El anciano se puso su gorra y comenzó a mirar el cielo.
“Es una lástima”, suspiró, tras un breve silencio. “¡Oh, Dios, qué lástima! Claro que es la voluntad de Dios; el mundo no fue creado por nosotros, pero aun así es una lástima, hermano. Si un solo árbol se marchita, o digamos que muere una sola vaca, da pena, pero ¿qué será, buen hombre, si el mundo entero se convierte en polvo? ¡Qué bendiciones, Señor Jesús! El sol, el cielo, el bosque, los ríos y las criaturas: todo esto ha sido creado, adaptado y ajustado entre sí. Cada uno ha cumplido su tarea y conoce su lugar. Y todo eso debe perecer.”
Una sonrisa triste brilló en el rostro del pastor, y sus párpados temblaron.
—Dices que el mundo se está derrumbando —dijo Melitón, reflexionando—. Puede que el fin del mundo esté cerca, pero no se puede juzgar por los pájaros. No creo que los pájaros puedan interpretarse como una señal.
“No solo los pájaros”, dijo el pastor. “Son también las fieras, y el ganado, y las abejas, y los peces... Si no me creen, pregúntenles a los ancianos; cualquier anciano les dirá que los peces ya no son lo que eran. En los mares, en los lagos y en los ríos, hay menos peces cada año. En nuestra Pestchanka, recuerdo, antes se pescaba lucio de un metro de largo, y había abadejos, rutilos y sargos, y todos los peces tenían un aspecto presentable; mientras que ahora, si pescas un lucio o una perca de quince centímetros, tienes que estar agradecido. No hay ni un solo gobio que merezca la pena mencionar. Cada año va de mal en peor, y dentro de poco no habrá ningún pez. Y ahora, pensemos en los ríos... los ríos se están secando, seguro”.
“Es cierto, se están secando”.
—Claro que sí, eso digo. Cada año son menos profundos, y ya no hay los hoyos profundos que había antes. ¿Y ves esos arbustos de allá? —preguntó el anciano, señalando a un lado—. Más allá hay un antiguo cauce; se llama remanso. En tiempos de mi padre, el Pestchanka fluía por allí, pero mira ahora: ¿adónde se lo han llevado los malos espíritus? Cambia de curso, y, fíjate, seguirá cambiando hasta que se seque por completo. Antes había pantanos y estanques más allá de Kurgasovo, ¿y dónde están ahora? ¿Y qué ha sido de los arroyos? Aquí mismo, en este mismo bosque, corría un arroyo, y era un arroyo tal que los campesinos solían echar nasas y pescar lucios; los patos salvajes pasaban el invierno junto a él, y ahora no hay agua digna de mención, ni siquiera en las crecidas de primavera. Sí, hermano, mira por donde mires, la cosa está mal por todas partes. ¡Por todas partes!
Siguió un silencio. Melitón se sumió en sus pensamientos, con la mirada fija en un punto. Quería pensar en alguna parte de la naturaleza aún intacta por la ruina que lo abarcaba todo. Puntos de luz brillaban en la niebla y los rayos oblicuos de la lluvia como si se tratara de un cristal opaco, y al instante se apagaban: era el sol naciente intentando abrirse paso entre las nubes y asomarse a la tierra.
—Sí, los bosques también… —murmuró Melitón.
“Los bosques también”, repitió el pastor. “Los talan, se incendian, se marchitan y no crecen nuevos. Todo lo que crece lo cortan de inmediato; un día brota y al siguiente ya lo han talado, y así sin fin hasta que no queda nada. He cuidado los rebaños de la comuna desde la época de la Libertad, buen hombre; antes de la Libertad, pastoreaba los rebaños del amo. Los he observado en este mismo lugar, y no recuerdo un solo día de verano en mi vida en que no haya estado aquí. Y todo el tiempo he estado observando las obras de Dios. Las he observado en mi vida hasta que las conozco, y opino que todo lo que crece está en decadencia. Ya sea el centeno, las verduras o las flores de cualquier tipo, todas van por el mismo camino”.
“Pero la gente ha mejorado”, observó el alguacil.
“¿En qué sentido es mejor?”
"Más inteligente."
Más listo, quizá, es cierto, joven; pero ¿de qué sirve? ¿De qué sirve la inteligencia a gente al borde de la ruina? Uno puede perecer sin inteligencia. ¿De qué le sirve la inteligencia a un cazador si no hay presa? Lo que creo es que Dios les ha dado cerebro a los hombres y les ha quitado la fuerza. La gente se ha debilitado, extremadamente débil. Tómame a mí, por ejemplo... No valgo ni medio penique, soy el campesino más humilde de todo el pueblo, y aun así, joven, tengo fuerza. Fíjate, tengo setenta y tantos años, y cuido mi rebaño día tras día, y también hago la guardia nocturna, por veinte kopeks, y no duermo, y no tengo frío; mi hijo es más listo que yo, pero pónganlo en mi lugar y al día siguiente pediría un aumento, o iría al médico. Ahí está. No como más que pan, porque «Danos hoy nuestro pan de cada día», y mi padre... No comía más que pan, y mi abuelo; pero el campesino de hoy en día debe tomar té, vodka y pan blanco, y dormir de sol a sol, y va al médico y se mima de mil maneras. ¿Y por qué? Se ha debilitado; no tiene fuerzas para aguantar. Si quiere mantenerse despierto, cierra los ojos; no hay nada que hacer.
—Es cierto —coincidió Melitón—; hoy en día el campesino no sirve para nada.
De nada sirve ocultar lo que está mal; empeoramos año tras año. Y si consideramos a la nobleza, se ha debilitado aún más que los campesinos. El caballero de hoy lo domina todo; sabe lo que no debería saber, ¿y qué sentido tiene? Da lástima mirarlo... Es un hombrecillo delgado y enclenque, como un húngaro o un francés; no tiene dignidad ni aire; solo de nombre es caballero. No hay lugar para él, pobrecito, ni nada que hacer, y no hay forma de saber lo que quiere. O se sienta con un anzuelo a pescar, o se recuesta leyendo, o trota entre los campesinos diciéndoles de todo, y los que tienen hambre se dedican a ser oficinistas. Así que desperdicia su vida. Y no tiene ni idea de hacer algo real y útil. La nobleza de antaño era la mitad de sus generales, pero hoy en día son... pobrecito.”
“Están en muy mala situación hoy en día”, dijo Melitón.
Son más pobres porque Dios les ha quitado la fuerza. No se puede ir contra Dios.
Melitón volvió a fijar la mirada en un punto. Tras reflexionar un momento, exhaló un suspiro, como suele suspirar la gente seria y razonable, negó con la cabeza y dijo:
¿Y todo por qué? Hemos pecado mucho, nos hemos olvidado de Dios... y parece que ha llegado el momento del fin. Y, después de todo, el mundo no puede durar para siempre; es hora de saber cuándo partir.
El pastor suspiró y, como queriendo cortar una conversación desagradable, se alejó del abedul y comenzó a contar en silencio las vacas.
—¡Oye, oye, oye! —gritó—. ¡Oye, oye, oye! ¡Qué fastidio! ¡Que te lleve la peste! El diablo te ha llevado a la espesura. ¡Tu-lu-lu!
Con cara de enfado, se metió entre los arbustos a recoger su manada. Melitón se levantó y paseó lentamente por el borde del bosque. Miró el suelo a sus pies y reflexionó; aún quería pensar en algo que aún no hubiera sido tocado por la muerte. Rayos de luz se colaban de nuevo sobre los rayos oblicuos de la lluvia; danzaban en las copas de los árboles y se perdían entre las hojas mojadas. Damka encontró un erizo bajo un arbusto y, queriendo llamar la atención de su amo, ladró y aulló.
“¿Tuviste eclipse o no?” preguntó el pastor desde los arbustos.
“Sí, lo hicimos”, respondió Melitón.
¡Ah! La gente se queja de que hubo uno. ¡Eso demuestra que hay desorden incluso en el cielo! No es casualidad... ¡Oye, oye, oye! ¡Oye!
Arreando a su rebaño hasta el límite del bosque, el pastor se apoyó en el abedul, miró al cielo, sacó sin prisa su flauta del pecho y empezó a tocar. Como antes, tocó mecánicamente y no alcanzó más que cinco o seis notas; como si la flauta hubiera llegado a sus manos por primera vez, los sonidos emanaban de ella de forma incierta, sin regularidad, sin fundirse en una melodía, pero para Melitón, que meditaba sobre la destrucción del mundo, había en ellos un sonido deprimente y repugnante que hubiera preferido no haber oído. Las notas más agudas y estridentes, que temblaban y se quebraban, parecían un llanto desconsolado, como si la flauta estuviera enferma y asustada, mientras que las notas más graves, por alguna razón, le recordaban la niebla, los árboles abatidos, el cielo gris. Esa música parecía acorde con el clima, el anciano y sus dichos.
Melitón quiso quejarse. Se acercó al anciano y, mirando su rostro triste y burlón y la pipa, murmuró:
Y la vida ha empeorado, abuelo. Es completamente imposible vivir. Malas cosechas, necesidad... Plagas de ganado constantes, enfermedades de todo tipo... Estamos aplastados por la pobreza.
El rostro hinchado del alguacil se sonrojó y adoptó una expresión abatida y femenina. Giró los dedos como buscando palabras para expresar su vago sentimiento y continuó:
Ocho hijos, una esposa... y mi madre aún vive, y mi sueldo total son diez rublos al mes y para mantenerme. Mi esposa se ha vuelto un demonio por la pobreza... Yo también me voy a la borrachera. Soy un hombre sensato y estable; tengo educación. Debería quedarme en casa tranquilo, pero ando vagando todo el día con mi escopeta como un perro porque es más de lo que puedo soportar; ¡mi hogar me resulta odioso!
Sintiendo que su lengua pronunciaba algo muy distinto de lo que quería decir, el alguacil agitó la mano y dijo amargamente:
Si el mundo va a acabar, ojalá se apresure. No hay necesidad de prolongarlo y hacer que la gente sea miserable por nada...
El anciano se quitó la pipa de los labios y, entrecerrando un ojo, miró por la pequeña abertura. Su rostro estaba triste y cubierto de gruesas gotas como lágrimas. Sonrió y dijo:
¡Qué lástima, amigo! ¡Dios mío, qué lástima! La tierra, el bosque, el cielo, las bestias de todo tipo... todo esto ha sido creado, ¿sabes?, adaptado; todos tienen su inteligencia. Todo se está arruinando. Y sobre todo, lo siento por la gente.
Se oyó en el bosque el sonido de una lluvia torrencial que se acercaba. Melitón miró en dirección al sonido, se abrochó todos los botones y dijo:
Voy al pueblo. Adiós, abuelo. ¿Cómo te llamas?
“Luka el Pobre.”
Bueno, ¡adiós, Luka! Gracias por tus buenas palabras. ¡Date prisa!
Tras separarse del pastor, Melitón siguió el borde del bosque y luego bajó la colina hasta un prado que poco a poco se convirtió en un pantano. Se oía un chapoteo de agua bajo sus pies, y la juncia oxidada del pantano, aún verde y jugosa, se desplomaba como si temiera ser pisoteada. Más allá del pantano, a orillas del Pestchanka, del que había hablado el anciano, se alzaba una hilera de sauces, y más allá de los sauces, un granero se veía azul oscuro en la niebla. Se sentía la proximidad de esa estación miserable e inevitable, cuando los campos se oscurecen y la tierra se vuelve fangosa y fría, cuando el sauce llorón parece aún más triste y las lágrimas resbalan por su tronco, y solo las grullas se alejan volando de la miseria general, e incluso ellas, como temerosas de ofender a la naturaleza desanimada con la expresión de su felicidad, llenan el aire con sus notas tristes y lúgubres.
Melitón caminó con dificultad hacia el río y oyó que el sonido de la flauta se apagaba poco a poco tras él. Aún quería quejarse. Miró abatido a su alrededor, y sintió una pena insoportable por el cielo, la tierra, el sol, el bosque y su Damka. Y cuando la nota más aguda y prolongada de la flauta flotó temblorosa en el aire, como una voz que llora, sintió una profunda amargura y resentimiento por la impropiedad en la conducta de la naturaleza.
La nota alta tembló, se interrumpió y la flauta quedó en silencio.
AGAFYA
DDurante mi estancia en el distrito de S., solía ir a ver al vigilante Savva Stukatch, o simplemente Savka, en los huertos de Dubovo. Estos huertos eran mi lugar favorito para la llamada pesca "mixta", cuando uno sale sin saber qué día ni a qué hora regresará, llevando consigo todo tipo de aparejos de pesca, así como provisiones. A decir verdad, no era tanto la pesca lo que me atraía como el tranquilo paseo, las comidas a una hora indefinida, la charla con Savka y el estar tanto tiempo cara a cara con las tranquilas noches de verano. Savka era un joven de veinticinco años, bien formado y apuesto, y fuerte como un pedernal. Tenía fama de ser un hombre sensato y razonable. Sabía leer y escribir, y rara vez bebía, pero como trabajador, este joven fuerte y saludable no valía ni un céntimo. Una pereza perezosa y abrumadora se mezclaba con la fuerza de sus músculos, que eran fuertes como cuerdas. Como todos los habitantes de su aldea, vivía en su propia choza y poseía su parte de tierra, pero no la cultivaba ni sembraba, ni trabajaba en ningún oficio. Su anciana madre pedía limosna en las ventanas y él mismo vivía como un pájaro en el aire; no sabía qué comería al mediodía por la mañana. No era que le faltara voluntad, energía o cariño por su madre; simplemente no sentía inclinación por el trabajo y no reconocía sus ventajas. Su figura sugería una serenidad serena, una pasión innata, casi artística, por vivir despreocupadamente, sin remangarse nunca. Cuando el cuerpo joven y sano de Savka ansiaba trabajo muscular, el joven se entregaba por completo, durante un breve intervalo, a alguna actividad libre pero sin sentido, como afilar patines que no necesitaba para ningún fin específico o correr tras las campesinas. Su actitud favorita era la de la inmovilidad concentrada. Era capaz de permanecer de pie durante horas en el mismo sitio, con la mirada fija en el mismo sitio, sin moverse. Nunca se movía salvo por impulso, y solo cuando se presentaba la ocasión para una acción rápida y brusca: agarrar por la cola a un perro que corría, arrancarle el pañuelo a una mujer o saltar sobre un gran agujero. Huelga decir que, con tanta parsimonia de movimientos, Savka era tan pobre como un ratón y vivía peor que cualquier paria sin hogar. Con el tiempo, supongo que acumuló atrasos en el pago de impuestos y, a pesar de su juventud y robustez, la comuna lo envió a hacer el trabajo de un anciano: ser vigilante y espantapájaros en los huertos. Por mucho que se rieran de él por su prematura senilidad, no se opuso. Esta posición, tranquila y conveniente para la contemplación inmóvil, encajaba a la perfección con su temperamento.
Sucedió que estaba con Savka una hermosa tarde de mayo. Recuerdo que estaba tumbado sobre una arpillera rota y sucia, cerca de la choza de la que emanaba un intenso y fragante aroma a heno. Juntando las manos bajo la cabeza, miré al frente. A mis pies yacía un tenedor de madera. Detrás, el perro de Savka, Kutka, sobresalía como una mancha negra, y a menos de tres metros de Kutka, el terreno terminaba abruptamente en la empinada orilla del riachuelo. Acostado, no podía ver el río; solo veía las copas de los sauces jóvenes que crecían densamente en la orilla más cercana y los bordes retorcidos, como roídos, de la orilla opuesta. A lo lejos, más allá de la orilla, en la oscura ladera, las chozas del pueblo donde vivía Savka yacían apiñadas como perdices jóvenes asustadas. Más allá de la colina, el resplandor del ocaso aún se cernía sobre el cielo. Lo único que quedaba era una pálida raya carmesí, e incluso ésta empezó a cubrirse de pequeñas nubes como un fuego con cenizas.
Un bosquecillo de alisos, que susurraban suavemente y se estremecían de vez en cuando con la brisa intermitente, se extendía, como una oscura mancha, a la derecha de los huertos; a la izquierda se extendía la inmensa llanura. A lo lejos, donde la vista no podía distinguir entre el cielo y la llanura, había un brillante destello de luz. A poca distancia de mí estaba sentado Savka. Con las piernas encogidas como un turco y la cabeza gacha, miraba pensativo a Kutka. Nuestros anzuelos, con cebo vivo, llevaban mucho tiempo en el río, y no nos quedaba más que abandonarnos al reposo, que Savka, que nunca se cansaba y siempre descansaba, tanto amaba. El resplandor aún no se había apagado del todo, pero la noche de verano ya envolvía la naturaleza en su abrazo acariciador y reconfortante.
Todo se hundía en su primer sueño profundo, excepto un pájaro nocturno desconocido para mí, que emitió indolentemente un grito largo y prolongado en varias notas distintas como la frase: "¿Has visto a Ni-ki-ta?" e inmediatamente se respondió a sí mismo: "¡Lo he visto, lo he visto, lo he visto!".
“¿Por qué los ruiseñores no cantan esta noche?”, le pregunté a Savka.
Se giró lentamente hacia mí. Sus rasgos eran marcados, pero su rostro era franco, suave y expresivo como el de una mujer. Luego, contempló con sus ojos dulces y soñadores el bosquecillo, los sauces, sacó lentamente un silbato del bolsillo, se lo metió en la boca y silbó la nota de un ruiseñor. Y de inmediato, como respondiendo a su llamada, un rascón graznó en la orilla opuesta.
—¡Ahí tienes un ruiseñor! —rió Savka—. ¡Arrastra, arrastra! ¡Arrastra, arrastra! Es como tirar de un anzuelo, y aun así, apuesto a que también cree que está cantando.
—Me gusta ese pájaro —dije—. ¿Sabes? Cuando las aves migran, el rascón no vuela, sino que corre por el suelo. Solo vuela sobre los ríos y el mar, pero todo lo demás lo hace a pie.
“Por mi palabra, el perro...” murmuró Savka, mirando con respeto en dirección al rascón que llamaba.
Sabiendo lo mucho que le gustaba a Savka escuchar, le conté todo lo que había aprendido sobre el rascón en los libros de caza. Del rascón pasé imperceptiblemente a la migración de las aves. Savka me escuchó atentamente, mirándome sin pestañear y sonriendo con placer.
"¿Y cuál es el país más frecuentado por el pájaro? ¿El nuestro o esos lugares lejanos?", preguntó.
El nuestro, por supuesto. El pájaro nace aquí, y sus crías nacen aquí, en su tierra natal, y solo vuelan allá para evitar congelarse.
“Es interesante”, dijo Savka. “Cualquier cosa que se hable de ello siempre es interesante. Tomemos un pájaro, o un hombre... o tomemos esta pequeña piedra; hay algo que aprender sobre todos ellos... Ah, señor, si hubiera sabido que venía, no le habría dicho a una mujer que viniera esta noche... Pidió venir hoy”.
—Oh, por favor, no dejes que te moleste —dije—. Puedo acostarme en el bosque...
¡Y ahora qué! No habría muerto si no hubiera llegado hasta mañana... Si tan solo se quedara quieta y escuchara, pero siempre quiere estar babeando... No se puede tener una buena conversación cuando está aquí.
"¿Estás esperando a Darya?" pregunté, después de una pausa.
—No... una nueva ha pedido venir esta noche... Agafya, la esposa del señalero.
Savka dijo esto con su habitual voz apagada y algo hueca, como si hablara de tabaco o gachas, mientras yo me sobresaltaba. Conocía a Agafya... Era una campesina bastante joven, de diecinueve o veinte años, que se había casado hacía poco más de un año con un guardavías, un joven apuesto. Vivía en el pueblo, y su marido volvía allí todas las noches desde la vía.
—Tus aventuras con las mujeres traerán problemas, muchacho —dije.
“Bueno, puede ser...”
Y después de pensarlo un momento, Savka añadió:
“Se lo he dicho a las mujeres; no me hacen caso... ¡No se preocupan por eso, las tontas!”
Siguió el silencio... Mientras tanto, la oscuridad se hacía cada vez más densa, y los objetos empezaban a perder su contorno. La franja tras la colina se había desvanecido por completo, y las estrellas se volvían más brillantes y luminosas... El trino triste y monótono de los saltamontes, el canto del rascón y el graznido de las codornices no rompían la quietud de la noche, sino que, al contrario, le daban una mayor monotonía. Parecía como si los suaves sonidos que hechizaban el oído no vinieran de pájaros ni de insectos, sino de las estrellas que nos observaban desde el cielo...
Savka fue el primero en romper el silencio. Apartó lentamente la mirada del negro Kutka y dijo:
—Veo que está aburrido, señor. Vamos a cenar.
Y sin esperar mi consentimiento, se metió de puntillas en la barraca, revolvió por todos lados, haciendo temblar todo el edificio como una hoja; luego volvió a arrastrarse y me puso delante mi vodka y un cuenco de barro; en el cuenco había huevos horneados, bollos de centeno, trozos de pan negro y algo más... Bebimos de un vasito torcido que no se mantenía en pie, y luego nos lanzamos a la comida... Sal gruesa y gris, pasteles sucios y grasientos, huevos duros como goma, ¡pero qué rico estaba todo!
—Vives solo, pero ¡cuántas cosas buenas tienes! —dije, señalando el cuenco—. ¿De dónde las sacas?
—Las mujeres los traen —murmuró Savka.
¿Para qué te los traen?
“Oh... de lástima.”
No solo el menú de Savka, sino también su ropa, mostraban rastros de compasión femenina. Así, noté que esa noche llevaba un cinturón nuevo y una cinta carmesí de la que colgaba una cruz de cobre alrededor de su sucio cuello. Conocía la debilidad del bello sexo por Savka, y sabía que a él no le gustaba hablar de ello, así que no seguí con mis indagaciones. Además, no había tiempo para hablar... Kutka, que había estado inquieto cerca de nosotros, esperando pacientemente las migajas, aguzó el oído de repente y gruñó. Oímos a lo lejos el repetido chapoteo del agua.
—Alguien viene por el vado —dijo Savka.
Tres minutos después Kutka volvió a gruñir y emitió un sonido parecido a una tos.
—¡Shsh! —le gritó su amo.
En la oscuridad se oyó un sordo ruido sordo de pasos tímidos, y la silueta de una mujer emergió del bosquecillo. La reconocí, aunque estaba oscuro: era Agafya. Se acercó a nosotros tímidamente y se detuvo, respirando con dificultad. Estaba sin aliento, probablemente no tanto por caminar como por el miedo y la desagradable sensación que todos experimentamos al cruzar un río de noche. Al ver cerca de la choza no a una, sino a dos personas, lanzó un grito débil y retrocedió un paso.
—¡Ah... ese eres tú! —dijo Savka, metiéndose un bollo en la boca.
—Sí... yo —murmuró, dejando caer al suelo un bulto y mirándome de reojo—. Yakov te envió saludos y me pidió que te diera... algo...
—¡Vamos, para qué contar historias! ¡Yákov! —rió Savka—. No hay necesidad de mentir; ¡el caballero sabe por qué has venido! Siéntate; cenarás con nosotros.
Agafya me miró de reojo y se sentó indeciso.
—Pensé que no vendrías esta noche —dijo Savka tras un largo silencio—. ¿Por qué estás así? ¡Come! ¿O te doy un trago de vodka?
—¡Qué idea! —se rió Agafia—. ¿Crees que has pillado a un borracho?
—Oh, bébetelo... Se te calentará el corazón... ¡Listo!
Savka le dio a Agafya el vaso torcido. Ella bebió el vodka lentamente, sin probar nada, pero respiró hondo al terminar.
—Has traído algo —dijo Savka, desatando el bulto y con un tono de voz condescendiente y burlón—. Las mujeres nunca pueden venir sin traer algo. Ah, pastel y patatas... Viven bien —suspiró, volviéndose hacia mí—. ¡Son las únicas en todo el pueblo a las que les quedan patatas del invierno!
En la oscuridad no vi el rostro de Agafya, pero por el movimiento de sus hombros y cabeza me pareció que no podía apartar la vista del rostro de Savka. Para evitar ser la tercera persona en esta cita, decidí dar un paseo y me levanté. Pero en ese momento, un ruiseñor en el bosque emitió de repente dos notas graves de contralto. Medio minuto después, emitió un pequeño trino agudo y luego, tras probar así su voz, comenzó a cantar. Savka se levantó de un salto y escuchó.
—Es el mismo de ayer —dijo—. Un momento.
Y levantándose, sin hacer ruido, se dirigió al bosque.
"¿Para qué lo quieres?", le grité. "¡Para!".
Savka le estrechó la mano como si dijera «No grites» y desapareció en la oscuridad. Savka era un excelente deportista y pescador cuando quería, pero sus talentos en este campo se desperdiciaron tanto como su fuerza. Era demasiado perezoso para hacer las cosas de forma rutinaria y desahogaba su pasión por el deporte en trucos inútiles. Por ejemplo, atrapaba ruiseñores solo con las manos, disparaba lucios con una escopeta, pasaba horas enteras junto al río intentando atrapar peces pequeños con un anzuelo grande.
Cuando se quedó sola conmigo, Agafya tosió y se pasó la mano varias veces por la frente... Empezó a sentirse un poco borracha por el vodka.
—¿Cómo estás, Agasha? —le pregunté después de un largo silencio, cuando empezó a resultarme incómodo permanecer callada por más tiempo.
—Muy bien, gracias a Dios... No se lo diga a nadie, señor, ¿quiere? —añadió de repente en un susurro.
—No pasa nada —la tranquilicé—. ¡Pero qué imprudente eres, Agasha!... ¿Y si Yakov se entera?
"Él no se enterará."
“¿Pero qué pasa si lo hace?”
—No... Llegaré a casa antes que él. Está en la línea ahora, y volverá cuando llegue el tren correo, y desde aquí oigo cuando llega el tren...
Agafya se pasó la mano por la frente una vez más y miró hacia donde Savka había desaparecido. El ruiseñor cantaba. Un ave nocturna voló bajo, cerca del suelo, y al vernos, se sobresaltó, batió las alas y voló hacia la otra orilla del río.
Pronto el ruiseñor calló, pero Savka no regresó. Agafya se levantó, dio unos pasos inquieto y volvió a sentarse.
—¿Qué está haciendo? —preguntó sin poder contenerse—. ¡El tren no llega mañana! Tengo que irme enseguida.
"Savka", grité. "Savka."
Ni siquiera el eco me respondió. Agafya se movió inquieto y volvió a sentarse.
—Ya era hora de irme —dijo con voz agitada—. ¡El tren llegará enseguida! Sé cuándo llegan los trenes.
La pobre mujer no se equivocaba. Antes de que pasara un cuarto de hora, se oyó un ruido a lo lejos.
Agafya mantuvo sus ojos fijos en el bosque por un largo tiempo y movió sus manos con impaciencia.
—¿Dónde estará? —dijo ella, riendo nerviosa—. ¿Adónde se lo habrá llevado el diablo? ¡Me voy! ¡Tengo que irme!
Mientras tanto, el ruido se hacía cada vez más nítido. Ya se distinguía el rugido de las ruedas del pesado jadeo del motor. Entonces oímos el silbato, el tren cruzó el puente con un rugido sordo... un minuto más y todo quedó en silencio.
—Esperaré un minuto más —dijo Agafya, sentándose con decisión—. Que así sea, esperaré.
Por fin, Savka apareció en la oscuridad. Caminaba silenciosamente sobre la tierra desmoronada de los huertos y tarareaba algo en voz baja.
—¡Qué suerte! ¿Qué te parece? —dijo alegremente—. En cuanto llegué al arbusto y empecé a apuntar, ¡dejó de cantar! ¡Ay, el perro calvo! Esperé y esperé a ver cuándo volvía, pero tuve que dejarlo.
Savka se dejó caer torpemente al suelo junto a Agafya y, para mantener el equilibrio, se aferró a su cintura con ambas manos.
—¿Por qué tienes esa cara de enfado, como si tu tía fuera tu madre? —preguntó.
A pesar de su bondad y buen carácter, Savka despreciaba a las mujeres. Se comportaba con descuido y condescendencia con ellas, e incluso se rebajaba a burlarse de sus sentimientos hacia él. Dios sabe que quizás este comportamiento descuidado y desdeñoso fue una de las causas de su irresistible atracción por las Dulcineas del pueblo. Era guapo y corpulento; en sus ojos siempre había una dulce amabilidad, incluso al mirar a las mujeres que tanto despreciaba, pero la fascinación no se explicaba por meras cualidades externas. Además de su alegre apariencia y su originalidad, cabe suponer que la conmovedora situación de Savka como un fracasado reconocido y un infeliz exiliado de su propia choza a los huertos también influyó en las mujeres.
—¡Dile al caballero a qué has venido! —continuó Savka, todavía sujetando a Agafya por la cintura—. ¡Ven, díselo, buena mujer casada! ¡Jo, jo! ¿Nos tomamos otro trago de vodka, amiga Agasha?
Me levanté y, abriéndome paso entre las parcelas, caminé a lo largo del huerto. Los oscuros parterres parecían tumbas aplanadas. Olían a tierra excavada y a la tierna humedad de las plantas que empezaban a cubrirse de rocío... Una luz roja aún brillaba a la izquierda. Parpadeaba afable y parecía sonreír.
Oí una risa alegre. Era Agafya riendo.
"¿Y el tren?", pensé. "El tren ya llegó hace rato".
Tras esperar un poco más, volví a la cabaña. Savka permanecía inmóvil, con las piernas cruzadas como un turco, tarareando en voz baja, casi sin oír, una canción de una sola sílaba, algo así como: «¡Fuera de aquí, fuera de aquí... tú y yo!». Agafya, embriagada por el vodka, por las caricias desdeñosas de Savka y por el calor sofocante de la noche, yacía en el suelo junto a él, apretando el rostro convulsivamente contra sus rodillas. Estaba tan absorta en sus sentimientos que ni siquiera notó mi llegada.
—Agasha, el tren ya tardó bastante en llegar —dije.
—Ya es hora, ya es hora de que te vayas —dijo Savka, sacudiendo la cabeza, captando mi pensamiento—. ¿Por qué te despatarras aquí? ¡Pública descarada!
Agafya se sobresaltó, quitó la cabeza de sus rodillas, me miró y se hundió nuevamente a su lado.
“Deberías haberte ido hace mucho tiempo”, dije.
Agafya se dio la vuelta y se incorporó sobre una rodilla... Estaba triste... Durante medio minuto, toda su figura, hasta donde pude distinguir en la oscuridad, expresó conflicto y vacilación. Hubo un instante en que, al parecer recuperando la consciencia, se irguió para ponerse de pie, pero entonces una fuerza invencible e implacable pareció empujarla por completo, y se desplomó de nuevo junto a Savka.
“¡Maldícalo!” dijo ella, con una risa salvaje y gutural, y en esa risa se podían escuchar determinación temeraria, impotencia y dolor.
Caminé en silencio hacia el bosquecillo, y de allí bajé al río, donde estaban nuestros sedales. El río dormía. Una flor suave, de pétalos esponjosos, en un tallo alto, me rozó la mejilla con ternura, como un niño que quiere hacerte saber que está despierto. Para entretenerme, busqué a tientas uno de los sedales y tiré de él. Cedió con facilidad y quedó colgando flácida; no habíamos pescado nada... No se veía la otra orilla ni el pueblo. Una luz brilló en una cabaña, pero pronto se apagó. A tientas, caminé por la orilla, encontré un hueco que había visto a la luz del día y me senté allí como en un sillón. Permanecí allí un buen rato... Vi cómo las estrellas empezaban a nublarse y a perder su brillo; un aliento fresco pasó sobre la tierra como un leve suspiro y rozó las hojas de los mimbres dormidos...
—¡Agafya! —gritó una voz hueca desde el pueblo—. ¡Agafya!
Era el esposo, que había regresado a casa y, alarmado, buscaba a su esposa en el pueblo. En ese momento se oyó una risa desenfrenada: la esposa, olvidadiza, buscaba en su embriaguez compensar con unas horas de felicidad la miseria que le aguardaba al día siguiente.
Me quedé dormido.
Cuando desperté, Savka estaba sentada a mi lado, sacudiéndome suavemente el hombro. El río, el bosquecillo, ambas orillas, verdes y deslavadas, árboles y campos, todo estaba bañado por la brillante luz de la mañana. A través de los delgados troncos de los árboles, los rayos del sol recién salido me golpeaban la espalda.
—¿Así que así se pesca? —rió Savka—. ¡Levántate!
Me levanté, me estiré lujosamente y comencé a beber con avidez el aire húmedo y fragante.
“¿Se ha ido Agasha?” pregunté.
—Ahí está —dijo Savka, señalando en dirección al vado.
Miré de reojo y vi a Agafya. Desaliñada, con el pañuelo cayéndole de la cabeza, cruzaba el río, sujetándose la falda. Apenas movía las piernas...
—El gato sabe de quién se ha comido la carne —murmuró Savka, entrecerrando los ojos al mirarla—. Va con la cola colgando... Son astutas como gatos, estas mujeres, y tímidas como liebres... ¡No fue, tonta, la noche que le dijimos! Ahora lo atrapará, y me azotarán de nuevo en el tribunal campesino... todo por culpa de las mujeres...
Agafya subió al terraplén y cruzó los campos hacia el pueblo. Al principio caminó con bastante audacia, pero pronto el terror y la excitación se apoderaron de ella; se dio la vuelta con miedo, se detuvo y respiró hondo.
—¡Sí, tienes miedo! —rió Savka con tristeza, mirando la brillante mancha verde que Agafya había dejado en la hierba húmeda—. ¡No quiere irse! Su marido lleva una hora esperándola... ¿Lo viste?
Savka pronunció estas últimas palabras con una sonrisa, pero me dieron escalofríos. En el pueblo, cerca de la cabaña más alejada, Yakov estaba de pie en el camino, mirando fijamente a su esposa que regresaba. Permaneció inmóvil, inmóvil como un poste. ¿En qué pensaba al mirarla? ¿Qué palabras se disponía a decirle? Agafya se quedó quieta un momento, miró a su alrededor una vez más como esperando nuestra ayuda y continuó. Nunca he visto a nadie, borracho o sobrio, moverse como ella. Agafya parecía encogida por la mirada de su marido. Por un momento se movía en zigzag, luego subía y bajaba los pies sin avanzar, doblando las rodillas y extendiendo las manos, y luego se tambaleaba hacia atrás. Cuando hubo recorrido otros cien pasos, miró a su alrededor una vez más y se sentó.
"Deberías al menos esconderte detrás de un arbusto...", le dije a Savka. "Si tu marido te ve..."
“Él sabe, de todos modos, de quién viene Agafya... Las mujeres no van al huerto por la noche a recoger coles; todos lo sabemos”.
Miré el rostro de Savka. Estaba pálido y fruncido con una mirada de lástima, como la que se ve en quienes observan animales torturados.
“Lo que es divertido para el gato, son lágrimas para el ratón...” murmuró.
Agafya se levantó de repente, meneó la cabeza y, con paso decidido, se dirigió hacia su esposo. Era evidente que se había armado de valor y había tomado una decisión.
EN NAVIDAD
I
“¿Qué debo escribir?”, dijo Yegor y mojó su pluma en la tinta.
Vasilisa no había visto a su hija en cuatro años. Su hija Yefimya se había ido a Petersburgo después de su boda, les había enviado dos cartas y, desde entonces, parecía haber desaparecido de sus vidas; no la habían visto ni oído. Y ya estuviera ordeñando su vaca al amanecer, calentando la estufa o dormitando por la noche, la anciana siempre pensaba en lo mismo: qué le estaría pasando a Yefimya, si estaría viva allá afuera. Debería haberle enviado una carta, pero el anciano padre no sabía escribir y no había nadie que le escribiera.
Pero llegó la Navidad, y Vasilisa no pudo soportarlo más y fue a la taberna a ver a Yegor, el hermano de la posadera, quien había estado sentado en la taberna sin hacer nada desde que regresó del ejército; decían que escribía cartas muy bien si le pagaban como era debido. Vasilisa habló con el cocinero de la taberna, luego con la dueña de la casa y finalmente con el propio Yegor. Acordaron quince kopeks.
Y ahora —sucedió el segundo día de las vacaciones, en la cocina de la taberna— Yegor estaba sentado a la mesa, con la pluma en la mano. Vasilisa estaba de pie frente a él, reflexionando con una expresión de ansiedad y aflicción en el rostro. Pyotr, su esposo, un anciano muy delgado con una calva pardusca, la acompañaba; miraba fijamente al frente como un ciego. En la estufa, un trozo de cerdo se braseaba en una cacerola; chorreaba y silbaba, y parecía decir: «¡Gripe, gripe, gripe!». Era sofocante.
“¿Qué voy a escribir?” volvió a preguntar Yegor.
—¿Qué? —preguntó Vasilisa, mirándolo con enojo y recelo—. ¡No me preocupes! No escribes gratis; no temas, te pagaré por ello. Ven, escribe: «A nuestro querido yerno, Andrey Hrisanfitch, y a nuestra única y amada hija, Yefimya Petrovna, con nuestro amor enviamos una reverencia y nuestra bendición paternal para siempre».
“Escrito; ¡dispara!
“Y les deseamos una feliz Navidad; estamos vivos y bien, y les deseo lo mismo, si Dios quiere... el Rey Celestial.”
Vasilisa reflexionó e intercambió miradas con el anciano.
“Y yo te deseo lo mismo, por favor, Señor Rey Celestial”, repitió, comenzando a llorar.
No pudo decir nada más. Y sin embargo, antes, cuando se quedaba despierta pensando por las noches, le parecía que no podría expresar todo lo que tenía que decir en una docena de cartas. Desde que su hija se fue con su esposo, mucha agua había corrido al mar, los ancianos vivían desconsolados y suspiraban profundamente por las noches como si hubieran enterrado a su hija. ¡Y cuántos acontecimientos habían ocurrido en el pueblo desde entonces, cuántos matrimonios y muertes! ¡Qué largos habían sido los inviernos! ¡Qué largas las noches!
—Hace calor —dijo Yegor, desabrochándose el chaleco—. Debe de hacer veinticinco grados. ¿Qué más? —preguntó.
Los ancianos guardaron silencio.
—¿Qué hace tu yerno en San Petersburgo? —preguntó Yegor.
—Era soldado, mi buen amigo —respondió el anciano con voz débil—. Dejó el servicio al mismo tiempo que tú. Era soldado, y ahora, sin duda, está en Petersburgo, en un centro de hidroterapia. El médico cura a los enfermos con agua. Así que, sin duda, es portero en la consulta del médico.
—Aquí está escrito —dijo la anciana, sacando una carta del bolsillo—. La recibimos de Yefimya, quién sabe cuándo. Quizás ya no estén en este mundo.
Yegor pensó un poco y comenzó a escribir rápidamente:
“En la actualidad”, escribió, “dado que su destino, por sus propias acciones, lo ha destinado a la Carrera Militar, le aconsejamos que consulte el Código de Delitos Disciplinarios y las Leyes Fundamentales del Ministerio de Guerra, y verá en ellas la Civilización de los Funcionarios del Ministerio de Guerra”.
Él escribió y leyó en voz alta lo escrito, mientras Vasilisa pensaba en lo que debía escribir: cuán grande había sido su necesidad el año anterior, cómo el maíz no les había durado ni siquiera para Navidad, cómo tuvieron que vender su vaca. Debía pedir dinero, debía escribir que el anciano padre estaba enfermo a menudo y que pronto, sin duda, entregaría su alma a Dios... pero ¿cómo expresarlo con palabras? ¿Qué debía decirse primero y qué después?
“Tomen nota”, continuó escribiendo Yegor, “en el quinto volumen del Reglamento del Ejército, soldado es un nombre común y propio; al soldado de primer rango se le llama general, y al de último, soldado raso...”
El anciano movió los labios y dijo suavemente:
“Estaría bien echar un vistazo a los nietos”.
“¿Qué nietos?”, preguntó la anciana, mirándolo enojada. “Tal vez no tenga ninguno”.
—Bueno, quizá sí. ¿Quién sabe?
“Y así podrás juzgar”, se apresuró Yegor, “cuál es el enemigo exterior y cuál el interior. El principal de nuestros enemigos interiores es Baco”. La pluma chirrió, dibujando sobre el papel florituras como anzuelos. Yegor se apresuró a releer cada línea varias veces. Estaba sentado en un taburete, con los pies despatarrado bajo la mesa, bien alimentado, rebosante de salud, con una tosca cara de animal y un cuello rojo de toro. Era la vulgaridad personificada: tosco, engreído, invencible, orgulloso de haber nacido y criado en una taberna; y Vasilisa comprendía perfectamente la vulgaridad, pero no podía expresarla con palabras, y solo podía mirar a Yegor con enfado y desconfianza. Empezaba a dolerle la cabeza, y sus pensamientos eran confusos por el sonido de su voz y sus palabras ininteligibles, por el calor y la sofocación, y no dijo ni pensó nada, simplemente esperó a que terminara de garabatear. Pero el anciano miraba con plena confianza. Creía en la anciana que lo había traído allí, y en Yegor; y al mencionar el establecimiento termal, se vio que creía en el establecimiento y en la eficacia curativa del agua.
Tras terminar la carta, Yegor se levantó y la leyó entera desde el principio. El anciano no la entendió, pero asintió con confianza.
“Está bien; está suave…”, dijo. “Que Dios te dé salud. Está bien…”
Pusieron sobre la mesa tres monedas de cinco kopeks y salieron de la taberna. El anciano miraba fijamente hacia delante, como si fuera ciego, y en su rostro se escribía una confianza absoluta. Pero cuando Vasilisa salió de la taberna, saludó enfadada al perro y dijo enfadada:
“¡Uf, la plaga!”
La anciana no durmió en toda la noche, turbada por sus pensamientos, y al amanecer se levantó, rezó y fue a la estación a enviar la carta.
Había entre ocho y nueve millas hasta la estación.
II
El balneario del Dr. BO Mozelweiser funcionaba el día de Año Nuevo igual que cualquier otro día; la única diferencia era que el portero, Andrey Hrisanfitch, llevaba un uniforme con galones nuevos, sus botas estaban bien lustradas y saludaba a cada visitante con un "¡Feliz Año Nuevo!".
Era de mañana; Andrey Hrisanfitch estaba en la puerta, leyendo el periódico. Justo a las diez llegó un general, uno de los visitantes habituales, y justo después de él, el cartero. Andrey Hrisanfitch ayudó al general a quitarse el abrigo y dijo:
“¡Feliz Año Nuevo a Su Excelencia!”
“Gracias, buen amigo. Lo mismo para ti.”
Y en lo alto de la escalera el general preguntó, señalando con la cabeza hacia la puerta (hacía todos los días la misma pregunta y siempre olvidaba la respuesta):
“¿Y qué hay en esa habitación?”
“La sala de masajes, Excelencia.”
Cuando los pasos del general se alejaron, Andrey Hrisanfitch miró el correo que había llegado y encontró uno dirigido a él. Lo abrió, leyó varias líneas y, luego, hojeando el periódico, se dirigió sin prisa a su habitación, que estaba abajo, al final del pasillo. Su esposa Yefimya estaba sentada en la cama, amamantando a su bebé; otro niño, el mayor, estaba de pie junto a ella, con su cabecita rizada sobre su regazo; un tercero dormía en la cama.
Al entrar en la habitación, Andrey le entregó la carta a su esposa y le dijo:
“Del campo, supongo.”
Luego salió de nuevo sin apartar la vista del periódico. Oyó a Yefimya, con voz temblorosa, leyendo las primeras líneas. Las leyó y no pudo leer más; estas líneas le bastaban. Rompió a llorar y, abrazando a su hijo mayor, besándolo, empezó a decir —y era difícil distinguir si reía o lloraba—:
“Es de la abuela, del abuelo”, dijo. “Del campo... ¡La Madre Celestial, Santos y Mártires! La nieve se acumula bajo los tejados... los árboles están blancos como el blanco. Los niños se deslizan en pequeños trineos... y el querido abuelo calvo está en la estufa... y hay un perrito amarillo... ¡Mis queridos!”
Andrey Hrisanfitch, al oír esto, recordó que su esposa le había dado cartas en tres o cuatro ocasiones y le había pedido que las enviara al campo, pero algún asunto importante siempre se lo había impedido; no las había enviado, y las cartas, de alguna manera, se perdieron.
“Y las liebres corretean por los campos”, siguió cantando Yefimya, besando a su hijo y derramando lágrimas. “El abuelo es amable y tierno; la abuela también es buena, de buen corazón. Son cariñosas en el campo, temerosas de Dios... y hay una pequeña iglesia en el pueblo; los campesinos cantan en el coro. ¡Reina del Cielo, Santa Madre y Defensora, sácanos de aquí!”
Andrey Hrisanfitch regresó a su habitación a fumar un poco hasta que llamaron de nuevo a la puerta. Yefimya dejó de hablar, se tranquilizó y se secó los ojos, aunque sus labios aún temblaban. Le tenía mucho miedo, ¡oh, cuánto miedo! Tembló y se sintió aterrorizada por el sonido de sus pasos, por la mirada de sus ojos, y no se atrevió a pronunciar palabra en su presencia.
Andrey Hrisanfitch encendió un cigarrillo, pero en ese preciso instante sonó un timbre desde arriba. Apagó el cigarrillo y, con rostro serio, se dirigió apresuradamente a la puerta de su casa.
El general bajaba las escaleras, fresco y rosado después de su baño.
“¿Y qué hay en esa habitación?” preguntó señalando una puerta.
Andrey Hrisanfitch se llevó rápidamente las manos a las costuras de los pantalones y pronunció en voz alta:
—¡Charcot, ducha, Excelencia!
GUSEV
I
IEstaba oscureciendo; pronto sería de noche.
Gusev, un soldado dado de baja, se sentó en su hamaca y dijo en voz baja:
Digo, Pavel Ivanitch. Un soldado en Sutchan me contó que, mientras navegaban, un pez grande chocó con su barco y le hizo un agujero.
El individuo anónimo al que se dirigía, y a quien todos en el hospital del barco llamaban Pavel Ivanitch, permaneció en silencio, como si no hubiera oído.
Y de nuevo se hizo el silencio... El viento jugueteaba con las jarcias, la hélice vibraba, las olas azotaban, las hamacas crujían, pero el oído hacía tiempo que se había acostumbrado a estos sonidos, y parecía que todo a su alrededor dormía y en silencio. Era lúgubre. Los tres inválidos —dos soldados y un marinero— que habían estado jugando a las cartas todo el día dormían y hablaban en sueños.
Parecía que el barco empezaba a mecerse. La hamaca subía y bajaba lentamente bajo Gusev, como si exhalara un suspiro, y esto se repitió una, dos, tres veces... Algo se estrelló contra el suelo con un estruendo: debía de ser una jarra que se caía.
“El viento se ha liberado de sus cadenas...” dijo Gusev, escuchando.
Esta vez Pavel Ivanitch se aclaró la garganta y respondió irritado:
En un momento, un barco choca contra un pez, y al siguiente, el viento se desata. ¿Acaso el viento es tan fuerte que puede desatarse?
“Así habla la gente bautizada”.
Son tan ignorantes como tú entonces. Dicen de todo. Hay que tener la cabeza bien puesta y usar la razón. Eres un insensato.
Pavel Ivanitch era propenso al mareo. Cuando el mar estaba agitado, solía estar de mal humor, y la más mínima nimiedad lo irritaba. Y en opinión de Gusev, no había absolutamente nada de qué enojarse. ¿Qué había de extraño o maravilloso, por ejemplo, en el pez o en que el viento se soltara de sus cadenas? Supongamos que el pez fuera tan grande como una montaña y su lomo tan duro como un esturión; y de la misma manera, supongamos que allá lejos, en el fin del mundo, se alzaran grandes muros de piedra y los vientos furiosos estuvieran encadenados a ellos... si no se hubieran soltado, ¿por qué corrían por el mar como locos y luchaban por escapar como perros? Si no estaban encadenados, ¿qué sería de ellos cuando todo estuviera en calma?
Gusev reflexionó largo rato sobre peces gigantescos y cadenas robustas y oxidadas. Entonces, empezó a sentirse aburrido y pensó en su tierra natal, a la que regresaba tras cinco años de servicio en Oriente. Se imaginó un inmenso estanque cubierto de nieve... A un lado del estanque, el edificio de ladrillo rojo de la alfarería, con una alta chimenea y nubes de humo negro; al otro lado, un pueblo... Su hermano Alexey sale en trineo desde el quinto patio desde el fondo; detrás de él se sientan su pequeño hijo Vanka, con grandes botas de fieltro, y su pequeña Akulka, también con grandes botas de fieltro. Alexey ha estado bebiendo, Vanka se ríe; no pudo ver el rostro de Akulka, pues se había abrigado.
«Nunca se sabe, congelará a los niños...», pensó Gusev. «Señor, dales sensatez y juicio para que honren a su padre y a su madre y no sean más sabios que sus padres».
—Quieren que les cambiemos las suelas —dice un marinero delirante con voz grave—. ¡Sí, sí!
Los pensamientos de Gusev se interrumpen, y en lugar de un estanque, aparece de repente, sin venir a cuento, una enorme cabeza de toro sin ojos, y el caballo y el trineo no avanzan, sino que giran en círculos entre una nube de humo. Aun así, se alegró de haber visto a su familia. Contuvo la respiración de alegría, sintió escalofríos y le temblaron los dedos.
“El Señor nos permitió encontrarnos de nuevo”, murmuró febrilmente, pero enseguida abrió los ojos y buscó agua en la oscuridad.
Bebió y se recostó, y de nuevo el trineo se puso en movimiento, luego otra vez la cabeza del toro sin ojos, el humo, las nubes... Y así hasta el amanecer.
II
La primera silueta visible en la oscuridad era un círculo azul: la pequeña ventana redonda; poco a poco, Gusev pudo distinguir a su vecino en la hamaca de al lado, Pavel Ivanitch. El hombre dormía sentado, pues no podía respirar acostado. Tenía el rostro gris, la nariz larga y afilada, los ojos parecían enormes debido a la terrible delgadez de su rostro, las sienes hundidas, la barba rala, el cabello largo... Mirándolo, era imposible discernir a qué clase pertenecía, si era un caballero, un comerciante o un campesino. A juzgar por su expresión y su larga cabellera, podría haber sido un ermitaño o un hermano lego en un monasterio; pero si uno escuchaba lo que decía, parecía que no podía ser un monje. Estaba agotado por la tos, la enfermedad y el calor sofocante, y respiraba con dificultad, moviendo los labios resecos. Al notar que Gusev lo miraba, giró el rostro hacia él y dijo:
Empiezo a adivinar... Sí... Ahora lo entiendo todo perfectamente.
—¿Qué entiendes, Pavel Ivanitch?
“Les diré... Siempre me ha parecido extraño que, tan enfermos como están, estén aquí en un vapor donde hace tanto calor y es sofocante, y donde siempre nos zarandean, donde, de hecho, todo los amenaza de muerte; ahora lo tengo claro... Sí... Sus médicos los subieron al vapor para librarse de ustedes. Se cansan de cuidar a pobres bestias como ustedes... No les pagan nada, se preocupan por ustedes y dañan sus registros con sus muertes; así que, por supuesto, ¡son bestias! No es difícil librarse de ustedes... Todo lo que se necesita es, en primer lugar, no tener conciencia ni humanidad, y, en segundo lugar, engañar a las autoridades del vapor. La primera condición es casi innecesaria, en ese sentido somos artistas; y siempre se puede tener éxito en la segunda con un poco de práctica. En una multitud de cuatrocientos soldados y marineros sanos, media docena de enfermos no llaman la atención; bueno, los llevaron a todos a... vapor, os mezcló con los sanos, os contó apresuradamente, y en la confusión no se notó nada extraño, y cuando el vapor partió vieron que había paralíticos y tuberculosos en la última etapa tirados en la cubierta...”
Gusev no comprendió a Pavel Ivanitch, pero creyendo que lo estaban criticando, dijo en defensa propia:
“Me quedé tendido en la cubierta porque no tenía fuerzas para mantenerme en pie; cuando nos descargaron de la barcaza al barco, me dio un resfriado terrible”.
“Es repugnante”, continuó Pavel Ivanitch. “Lo peor es que saben perfectamente que no aguantas el largo viaje, y aun así te tienen aquí. Suponiendo que llegues hasta el Océano Índico, ¿qué pasaría entonces? Es horrible pensarlo... ¡Y esa es su gratitud por tu fiel e irreprochable servicio!”
Los ojos de Pavel Ivanitch parecían enojados; frunció el ceño con desprecio y dijo jadeando:
“Esas son las personas a las que hay que arrancarles las plumas de los periódicos hasta que vuelen en todas direcciones”.
Los dos soldados enfermos y el marinero estaban despiertos y ya jugaban a las cartas. El marinero estaba medio reclinado en su hamaca, mientras que los soldados estaban sentados cerca de él en el suelo, en posturas incómodas. Uno de los soldados tenía el brazo derecho en cabestrillo y la mano envuelta en un bulto regular, de modo que sostenía las cartas bajo el brazo derecho o en el hueco del codo mientras jugaba con el izquierdo. El barco se balanceaba con fuerza. No podían ponerse de pie, ni beber té, ni tomar sus medicinas.
“¿Eras sirviente de un oficial?” le preguntó Pavel Ivanitch a Gusev.
“Sí, un sirviente del oficial.”
—¡Dios mío, Dios mío! —dijo Pavel Ivanitch, y meneó la cabeza con tristeza—. Arrancar a un hombre de su casa, arrastrarlo doce mil millas, luego conducirlo a la tuberculosis y... ¿y para qué sirve todo esto?, se pregunta uno. ¡Para convertirlo en sirviente de algún capitán Kopeikin o del guardiamarina Dirka! ¡Qué lógico!
No es un trabajo duro, Pavel Ivanitch. Te levantas por la mañana, limpias las botas, coges el samovar, barres las habitaciones y luego no tienes nada más que hacer. El teniente se pasa el día dibujando planos, y si quieres puedes rezar, si quieres puedes leer un libro o salir a la calle. Que Dios nos conceda una vida así.
Sí, muy bien, el teniente se pasa el día dibujando planos y tú te sientas en la cocina y añoras tu hogar... ¡Planes, sí!... No son los planes lo que importa, sino la vida humana. La vida no se da dos veces, hay que tratarla con misericordia.
Claro, Pavel Ivanitch, un hombre malo no tiene piedad en ningún sitio, ni en casa ni en el ejército, pero si vives como es debido y obedeces las órdenes, ¿quién tiene por qué insultarte? Los oficiales son caballeros educados, lo entienden... En cinco años no he estado ni una sola vez en prisión, y nunca me han dado un solo golpe, Dios me salve, solo una vez.
"¿Para qué?"
Por pelear. Soy muy duro, Pavel Ivanitch. Cuatro chinos entraron en nuestro patio; traían leña o algo así, no recuerdo. Bueno, estaba aburrido y les di una buena paliza; a uno le empezó a sangrar la nariz, ¡maldito sea!... El teniente lo vio por la ventanilla, se enfadó y me dio una bofetada.
—¡Qué hombre tan tonto y lastimoso...! —susurró Pavel Ivanitch—. No entiendes nada.
Estaba completamente exhausto por el vaivén del barco y cerró los ojos; su cabeza caía alternativamente hacia atrás y hacia adelante sobre su pecho. Intentó acostarse varias veces, pero no lo consiguió; su dificultad para respirar se lo impidió.
“¿Y por qué golpeaste a los cuatro chinos?”, preguntó poco después.
—Oh, nada. Entraron al patio y les di un golpe.
Y se hizo un silencio... Los jugadores de cartas llevaban dos horas jugando con entusiasmo y abucheándose, pero el movimiento del barco también los venció; tiraron las cartas y se tumbaron. De nuevo Gusev vio el gran estanque, el edificio de ladrillo, el pueblo... De nuevo llegó el trineo, de nuevo Vanka se rió y Akulka, la pequeña tonta, abrió de golpe su abrigo de piel y sacó los pies, como diciendo: «Miren, buena gente, mis botas de nieve no son como las de Vanka, son nuevas».
—Cinco años, y aún no ha recuperado el juicio —murmuró Gusev, delirante—. En vez de patalear, mejor ven a traerle algo de beber a tu tío soldado. Te daré algo rico.
Entonces Andrón, con una escopeta de chispa al hombro, llevaba una liebre que había matado, y le seguía el viejo judío decrépito Isaitchik, que se ofrecía a cambiar la liebre por un trozo de jabón; luego el ternero negro en el cobertizo, luego Domna cosiendo una camisa y llorando por algo, y luego otra vez la cabeza del toro sin ojos, humo negro...
Alguien gritó fuerte por encima de sus cabezas, varios marineros pasaron corriendo, parecían arrastrar algo voluminoso por la cubierta, algo cayó con estrépito. De nuevo pasaron corriendo... ¿Había salido algo mal? Gusev levantó la cabeza, escuchó y vio que los dos soldados y el marinero estaban jugando a las cartas otra vez; Pavel Ivanitch estaba sentado, moviendo los labios. Hacía un calor sofocante, uno no tenía fuerzas para respirar, otro tenía sed, el agua estaba caliente, repugnante. El barco se balanceaba como siempre.
De repente, algo extraño le sucedió a uno de los soldados que jugaba a las cartas... Llamó corazones y diamantes, se confundió en su puntuación y dejó caer sus cartas, luego, con una sonrisa asustada y tonta, miró a todos a su alrededor.
—No tardo ni un minuto, compañeros, yo... —dijo y se tumbó en el suelo.
Todos estaban asombrados. Lo llamaron, pero no respondió.
—Stephan, ¿no te sientes mal? —le preguntó el soldado con el brazo en cabestrillo—. Quizás deberíamos traer al sacerdote, ¿eh?
—Bebe un poco de agua, Stepan... —dijo el marinero—. Toma, muchacho, bebe.
—¿Por qué le golpeas los dientes con la jarra? —preguntó Gusev enfadado—. ¿No lo ves, cabeza de nabo?
"¿Qué?"
—¿Qué? —repitió Gusev, imitándolo—. ¡No tiene aliento, está muerto! ¡Eso es! ¡Qué gente tan insensata! ¡Señor, ten piedad de nosotros...!
III
El barco no se mecía y Pavel Ivanitch estaba más alegre. Ya no estaba de mal humor. Su rostro tenía una expresión jactanciosa, desafiante y burlona. Parecía querer decir: «Sí, en un minuto te contaré algo que te hará partirte de risa». La pequeña ventana redonda estaba abierta y una suave brisa soplaba sobre Pavel Ivanitch. Se oían voces, el chapoteo de los remos en el agua... Justo debajo de la ventana, alguien empezó a cantar con una voz aguda y desagradable: sin duda era un chino cantando.
“Aquí estamos en el puerto”, dijo Pavel Ivanitch con una sonrisa irónica. “Solo un mes más y estaremos en Rusia. ¡Bien, dignos caballeros y guerreros! Llegaré a Odesa y de allí iré directo a Járkov. En Járkov tengo un amigo, un literato. Iré a verlo y le diré: “Vamos, anciano, deja a un lado tus horribles temas, los amoríos femeninos y las bellezas de la naturaleza, y expón la depravación humana”.
Reflexionó un momento y luego dijo:
—Gusev, ¿sabes cómo los recogí?
“¿A quién acogió, Pavel Ivanitch?”
¡Estos tipos...! Saben que en este vapor solo hay primera y tercera clase, y solo permiten que los campesinos —es decir, la balsa— vayan en tercera. Si llevan un chaleco antibalas y se parecen un poco a un caballero o a un burgués, deben ir en primera clase, por favor. Deben desembolsar quinientos rublos si mueren por ello. ¿Por qué, pregunto, han establecido esa norma? ¿Quieren elevar el prestigio de los rusos educados con eso? En absoluto. No los dejamos ir en tercera clase solo porque una persona decente no pueda ir en tercera clase; es horrible y repugnante. Sí, desde luego. Estoy muy agradecido por tanta solicitud por el bienestar de la gente decente. Pero en cualquier caso, ya sea desagradable o agradable, no tengo quinientos rublos. No he robado dinero del gobierno. No he explotado a los nativos, no he... Traficaba con contrabando, no he azotado a nadie hasta la muerte, así que ¿juzga si tengo derecho a viajar en primera clase y menos aún a considerarme de la clase educada? Pero no los atraparás con lógica... Hay que recurrir al engaño. Me puse un abrigo de obrero y botas altas, asumí una actitud de borracho y servil y fui a los agentes: «Dennos un pequeño billete, su señoría», les dije...
“¿Pero a qué clase perteneces?” preguntó un marinero.
Clerical. Mi padre era un sacerdote honesto; siempre les decía la verdad a las grandes figuras del mundo, en su cara; y, por consiguiente, tenía que soportar mucho.
Pavel Ivanitch estaba exhausto de hablar y jadeaba en busca de aire, pero aun así continuó:
Sí, siempre les digo la verdad a la cara. No le temo a nada ni a nadie. Hay una gran diferencia entre ustedes y yo en ese sentido. Están en la oscuridad, ciegos, aplastados; no ven nada y lo que ven no lo entienden... Les dicen que el viento se desata, que son bestias, petchenegs, y se lo creen; les dan un puñetazo en el cuello, les besan las manos; un animal con un abrigo forrado de marta cibelina les roba y luego les da quince kopeks de propina, y ustedes: «Déjeme besarle la mano, señor». Son parias, gente digna de lástima... Yo soy de otra clase. Tengo los ojos abiertos, lo veo todo con la misma claridad que un halcón o un águila cuando vuela sobre la tierra, y lo entiendo todo. Soy una protesta viviente. Veo tiranía irresponsable y protesto. Veo hipocresía y farsa y protesto. Veo cerdos triunfantes y protesto. Y no se me puede reprimir, ninguna Inquisición española puede obligarme a callar. No... Si me cortaran la lengua, protestaría en silencio; si me encerraran en un sótano, gritaría desde allí para que me oyeran a media milla de distancia, o me moriría de hambre para que tengan otro peso en sus negras conciencias. Si me mataran, los perseguiría con mi fantasma. Todos mis conocidos me dicen: «Eres una persona insufrible, Pavel Ivanitch». Estoy orgulloso de tal reputación. Serví tres años en el Lejano Oriente, y allí me recordarán durante cien años: me peleé con todos. Mis amigos me escriben desde Rusia: «No vuelvas», pero aquí estoy, volviendo para fastidiarlos... sí... Así es la vida tal como la entiendo. A eso se le puede llamar vida.
Gusev miraba por la ventanilla y no escuchaba. Un barco se mecía en las aguas transparentes, suaves y turquesas, bañadas por un sol abrasador y deslumbrante. En él, unos chinos desnudos sostenían jaulas con canarios y gritaban:
“¡Canta, canta!”
Otro barco chocó contra el primero; el cúter de vapor pasó a toda velocidad. Y entonces llegó otro barco con un chino gordo sentado en él, comiendo arroz con palitos.
Lánguidamente el agua se agitaba, lánguidamente las gaviotas blancas flotaban sobre ella.
"Me gustaría darle un buen golpe en el cuello a ese gordo", pensó Gusev, mirando al corpulento chino con un bostezo.
Se quedó dormido, y le pareció que toda la naturaleza dormitaba también. El tiempo pasó velozmente; imperceptiblemente, el día pasó, imperceptiblemente, la oscuridad llegó... El vapor ya no estaba detenido, sino que seguía avanzando.
IV
Pasaron dos días. Pavel Ivanitch permaneció acostado en lugar de sentado, tenía los ojos cerrados y la nariz parecía más afilada.
—Pavel Ivanitch —lo llamó Gusev—. Oye, Pavel Ivanitch.
Pavel Ivanitch abrió los ojos y movió los labios.
"¿Te sientes mal?"
—No... no es nada... —respondió Pavel Ivanitch, jadeando—. Nada; al contrario, estoy bastante mejor... Ya ves, puedo acostarme. Estoy un poco más tranquilo...
—Bueno, gracias a Dios por eso, Pavel Ivanitch.
Cuando me comparo contigo, siento lástima por ti... pobrecito. Mis pulmones están bien, solo es una tos estomacal... Puedo soportar el infierno, y ni hablar del Mar Rojo. Además, soy crítico con mi enfermedad y con los medicamentos que me recetan. Mientras tú... estás en la oscuridad... ¡Es duro para ti, muy, muy duro!
El barco no se balanceaba, estaba en calma, pero tan caliente y sofocante como una casa de baños; no solo era difícil hablar sino incluso escuchar. Gusev se abrazó las rodillas, apoyó la cabeza en ellas y pensó en su hogar. ¡Cielos, qué alivio era pensar en la nieve y el frío con ese calor sofocante! Conduces en un trineo, de repente los caballos se asustan de algo y salen disparados... Sin importar el camino, las zanjas, los barrancos, corren como locos, a través del pueblo, sobre el estanque junto a las fábricas de cerámica, a través de los campos abiertos. "¡Aguanten!", gritan los alfareros y los campesinos al recibirlos. "¡Aguanten!". Pero ¿por qué? Que el viento cortante y frío golpee la cara y muerda las manos; que los terrones de nieve, pateados por los cascos de los caballos, caigan sobre la gorra, sobre la espalda, por el cuello, sobre el pecho; Que los patines resuenen en la nieve, y que las ruedas y el trineo se rompan, ¡al diablo con todos! Y qué alegría cuando el trineo vuelca y sales disparado a toda velocidad hacia un montón de nieve, boca abajo en la nieve, y luego te levantas blanco como la nieve con carámbanos en el bigote; sin gorra, sin guantes, con el cinturón desabrochado... La gente ríe, los perros ladran...
Pavel Ivanitch entreabrió un ojo, miró con él a Gusev y preguntó en voz baja:
Gusev, ¿tu comandante robó?
—¡Quién sabe, Pavel Ivanitch! No podemos decirlo, no nos llegó.
Y después de eso, pasó un largo rato en silencio. Gusev cavilaba, murmuraba algo en un delirio, y seguía bebiendo agua; le costaba hablar y escuchar, y tenía miedo de que le hablaran. Pasó una hora, una segunda, una tercera; llegó la tarde, luego la noche, pero él no se dio cuenta. Seguía sentado, soñando con la escarcha.
Se escuchó un sonido como si alguien entrara al hospital y se oían voces, pero pasaron unos minutos y todo volvió a quedar en silencio.
—El Reino de los Cielos y la paz eterna —dijo el soldado con el brazo en cabestrillo—. Era un hombre incómodo.
—¿Qué? —preguntó Gusev—. ¿Quién?
“Está muerto, lo acaban de subir.”
—Bueno —murmuró Gusev bostezando—, que el Reino de los Cielos sea suyo.
"¿Qué te parece?", le preguntó a Gusev el soldado con el brazo en cabestrillo. "¿Estará en el Reino de los Cielos o no?"
¿De quién estás hablando?
“Pavel Ivanitch.”
Él estará... sufrió tanto tiempo. Y además, pertenecía al clero, y los sacerdotes siempre tienen muchos parientes. Sus oraciones lo salvarán.
El soldado con la honda se sentó en una hamaca cerca de Gusev y dijo en voz baja:
Y tú, Gusev, no estarás mucho tiempo en este mundo. Nunca llegarás a Rusia.
“¿Lo dijo el médico o su asistente?”, preguntó Gusev.
No es que lo hayan dicho, pero se ve... Se ve directamente cuando un hombre va a morir. No comes, no bebes; es terrible ver lo delgado que estás. Es tuberculosis, de hecho. Lo digo no para molestarte, sino porque quizá te gustaría recibir el sacramento y la extremaunción. Y si tienes dinero, mejor dáselo al oficial superior.
"No he escrito a casa...", suspiró Gusev. "Moriré y no lo sabrán".
—Ya se enterarán —dijo el marinero enfermo en voz baja—. Cuando mueras, lo publicarán en la Gaceta, en Odesa enviarán un informe al comandante y este lo enviará a la parroquia o a algún sitio...
Gusev empezó a sentirse incómodo después de semejante conversación y a sentir una vaga añoranza. Bebió agua, pero no era eso; se arrastró hasta la ventana y respiró el aire caliente y húmedo, pero no era eso; intentó pensar en su hogar, en la escarcha, pero no era eso... Por fin, le pareció que faltaba un minuto en la sala y que, sin duda, moriría.
"Hace un calor sofocante, compañeros...", dijo. "Subo a cubierta. Ayúdenme a subir, por Dios".
—De acuerdo —asintió el soldado con la honda—. Te llevaré. Si no puedes caminar, agárrate a mi cuello.
Gusev rodeó el cuello del soldado con el brazo, este lo rodeó con el brazo ileso y lo subió. En cubierta, marineros y soldados agotados dormían uno junto al otro; eran tantos que era difícil pasar.
—Retírate —dijo el soldado con la honda en voz baja—. Sígueme en silencio, agárrate a mi camisa...
Estaba oscuro. No había luz en cubierta, ni en los mástiles, ni en ningún punto del mar circundante. En el extremo más alejado del barco, el hombre de guardia permanecía inmóvil como una estatua, y parecía dormido. Parecía como si el vapor estuviera abandonado a sí mismo y navegara a su antojo.
—Ahora arrojarán a Pavel Ivanitch al mar —dijo el soldado de la honda—. En un saco y luego al agua.
“Sí, esa es la regla.”
Pero es mejor quedarse en casa, bajo tierra. En fin, tu madre llega a la tumba y llora.
"Por supuesto."
Olía a heno y a estiércol. Había bueyes con la cabeza gacha junto a la borda. ¡Uno, dos, tres; ocho! Y había un caballito. Gusev extendió la mano para acariciarlo, pero este meneó la cabeza, mostró los dientes e intentó morderle la manga.
“Maldito bruto...” dijo Gusev enojado.
Los dos, él y el soldado, se abrieron paso hasta la proa del barco, se detuvieron en la borda y miraron a ambos lados. Arriba, un cielo profundo, estrellas brillantes, paz y quietud, exactamente como en casa, en el pueblo; abajo, oscuridad y desorden. Las altas olas resonaban, nadie podía explicar por qué. Cualquiera que miraras, cada ola intentaba elevarse más alto que las demás y perseguir y aplastar a la siguiente; tras ella, una tercera, igual de feroz y espantosa, volaba ruidosamente, con un destello de luz en su cresta blanca.
El mar no tiene sentido ni piedad. Si el vapor hubiera sido más pequeño y no estuviera hecho de hierro grueso, las olas lo habrían destrozado sin el menor remordimiento y habrían devorado a todos sus ocupantes, sin distinción de santos o pecadores. El vapor tenía la misma expresión cruel e insignificante. Este monstruo de enorme pico se precipitaba hacia adelante, cortando millones de olas a su paso; no temía a la oscuridad, ni al viento, ni al espacio, ni a la soledad, sin importarle nada, y si el océano tuviera a su gente, este monstruo también la habría aplastado, sin distinción de santos o pecadores.
“¿Dónde estamos ahora?” preguntó Gusev.
—No lo sé. Debemos estar en el océano.
“No hay señales de tierra...”
—¡No, claro que no! Dicen que no lo veremos en siete días.
Los dos soldados observaron la espuma blanca iluminada por la luz de fósforo y guardaron silencio, pensativos. Gusev fue el primero en romper el silencio.
“No hay nada que temer”, dijo, “solo uno se llena de pavor, como si estuviera sentado en un bosque oscuro; pero si, por ejemplo, desembarcaran un bote en este instante y un oficial me ordenara navegar cien millas mar adentro para pescar, iría. O, digamos, si un cristiano cayera al agua en este instante, iría tras él. A un alemán o a un chino no lo salvaría, pero iría tras un cristiano”.
“¿Y tienes miedo de morir?”
Sí. Lo siento por la gente de casa. Mi hermano, ya sabes, no es muy estable; bebe, le pega a su esposa por nada, no honra a sus padres. Todo se arruinará sin mí, y mi padre y mi anciana madre estarán mendigando, no me extrañaría. Pero mis piernas no me aguantan, hermano, y hace calor aquí. Vamos a dormir.
V
Gusev regresó a la sala y se metió en su hamaca. De nuevo lo atormentaba un vago anhelo, y no podía distinguir lo que quería. Sentía una opresión en el pecho, un latido en la cabeza, y tenía la boca tan seca que le costaba mover la lengua. Dormitó, murmurando en sueños, y, agotado por las pesadillas, la tos y el calor sofocante, hacia la mañana se sumió en un sueño profundo. Soñó que en el barracón estaban sacando el pan del horno y se subió a la estufa y se dio un baño de vapor, azotándose con un manojo de ramitas de abedul. Durmió dos días, y al mediodía del tercero, dos marineros bajaron y lo sacaron.
Lo cosieron con lona y, para hacerlo más pesado, le pusieron dos pesas de hierro. Cosido en la lona, parecía una zanahoria o un rábano: ancho por la cabeza y estrecho por los pies... Antes del atardecer, lo subieron a cubierta y lo colocaron sobre una tabla; un extremo de la tabla estaba en el costado del barco, el otro sobre una caja, colocada sobre un taburete. A su alrededor estaban los soldados y los oficiales, sin gorras.
“Bendito sea el Nombre del Señor…”, comenzó el sacerdote. “Como era en el principio, ahora y siempre.”
“Amén”, corearon tres marineros.
Los soldados y oficiales se santiguaron y apartaron la mirada hacia las olas. Era extraño que un hombre estuviera cosido en tela de vela y pronto estuviera volando hacia el mar. ¿Era posible que algo así le sucediera a alguien?
El sacerdote esparció tierra sobre Gusev y se inclinó. Cantaron "Memoria Eterna".
El hombre de guardia inclinó el extremo de la tabla, Gusev resbaló y salió volando de cabeza, dio una voltereta en el aire y se precipitó al mar. Quedó cubierto de espuma y por un instante pareció envuelto en encaje, pero pasó el minuto y desapareció entre las olas.
Se dirigió rápidamente hacia el fondo. ¿Lo alcanzó? Se decía que eran tres millas hasta el fondo. Tras hundirse sesenta o setenta pies, comenzó a moverse cada vez más despacio, balanceándose rítmicamente, como si dudara y, arrastrado por la corriente, se movía más rápido de lado que hacia abajo.
Entonces lo encontró un banco de peces llamados pilotos de puerto. Al ver el cuerpo oscuro, los peces se detuvieron como petrificados, y de repente dieron media vuelta y desaparecieron. En menos de un minuto, volaron de vuelta hacia Gusev, veloces como flechas, y comenzaron a zigzaguear a su alrededor en el agua.
Después apareció otro cuerpo oscuro. Era un tiburón. Nadó bajo Gusev con dignidad y sin mostrar interés, como si no lo hubiera notado, y se hundió de espaldas. Luego se giró boca arriba, disfrutando del agua cálida y transparente, y abrió lánguidamente sus fauces con dos hileras de dientes. Los prácticos del puerto, encantados, se detuvieron a ver qué pasaba. Tras juguetear un rato con el cuerpo, el tiburón, despreocupadamente, metió las fauces bajo él, lo tocó con cautela con los dientes, y la lona se rasgó en toda su longitud, de pies a cabeza. Una de las pesas se cayó, asustando a los prácticos, y al golpear al tiburón en las costillas, se hundió rápidamente.
A esta hora, en lo alto, las nubes se apiñan en el lado donde se pone el sol; una nube como un arco de triunfo, otra como un león, una tercera como unas tijeras... Desde detrás de las nubes, un amplio rayo de luz verde atraviesa el cielo y se extiende hasta el centro; un poco más adelante, otro, de color violeta, se encuentra junto a él; a continuación, uno dorado, luego uno rosado... El cielo se tiñe de un suave lila. Al contemplar este cielo hermoso y encantado, al principio el océano frunce el ceño, pero pronto también adquiere colores tiernos, alegres y apasionados, para los que es difícil encontrar un nombre en el lenguaje humano.
EL ESTUDIANTE
AAl principio, el tiempo era agradable y tranquilo. Los zorzales cantaban, y en los pantanos cercanos, algo vivo zumbaba lastimeramente, con un sonido como el de soplar en una botella vacía. Una agachadiza pasó volando, y el disparo que le dirigieron resonó con una nota alegre y resonante en el aire primaveral. Pero cuando empezó a oscurecer en el bosque, un viento frío y penetrante sopló inoportunamente desde el este, y todo se sumió en el silencio. Agujas de hielo se extendían sobre los charcos, y el bosque se sentía desolado, remoto y solitario. Había un tufo invernal.
Iván Velikopolsky, hijo de un sacristán y estudiante de la academia clerical, al regresar a casa después de cazar, caminaba constantemente por el sendero del prado junto al agua. Tenía los dedos entumecidos y la cara ardía por el viento. Le parecía que el frío repentino había destruido el orden y la armonía de las cosas, que la naturaleza misma se sentía inquieta, y por eso la oscuridad de la tarde caía más rápido de lo habitual. Todo a su alrededor estaba desierto y peculiarmente sombrío. La única luz era la que brillaba en los jardines de las viudas cerca del río; el pueblo, a más de cinco kilómetros de distancia, y todo a su alrededor, a lo lejos, estaba sumergido en la fría niebla vespertina. El estudiante recordó que, al salir de casa, su madre estaba sentada descalza en el suelo del recibidor, limpiando el samovar, mientras su padre, tosiendo, yacía sobre la estufa; como era Viernes Santo, no se había cocinado nada, y el estudiante tenía un hambre terrible. Y ahora, encogiéndose de frío, pensó que un viento igual había soplado en los días de Rurik, en la época de Iván el Terrible y de Pedro, y que en su tiempo había existido la misma pobreza y hambre desesperadas, los mismos techos de paja con agujeros, la misma ignorancia, la misma miseria, la misma desolación, la misma oscuridad, la misma sensación de opresión; todo esto había existido, existía y existiría, y el paso de mil años no mejoraría la vida. Y no quería volver a casa.
Los jardines se llamaban de las viudas porque los cuidaban dos viudas, madre e hija. Una fogata ardía con un crujido intenso, proyectando luz sobre la tierra arada. La viuda Vasilisa, una anciana alta y regordeta con abrigo de hombre, estaba de pie junto a la hoguera, mirando pensativa el fuego; su hija Lukerya, una mujercita picada de viruela y cara de tonta, estaba sentada en el suelo, lavando un caldero y cucharas. Al parecer, acababan de cenar. Se oían voces de hombres: eran los trabajadores abrevando a sus caballos en el río.
—Aquí tienes de nuevo el invierno —dijo el estudiante, acercándose a la fogata—. Buenas noches.
Vasilisa se sobresaltó, pero enseguida lo reconoció y sonrió cordialmente.
“No te conocía; Dios te bendiga”, dijo.
"Serás rico."
Hablaron. Vasilisa, una mujer experimentada que había servido a la nobleza, primero como nodriza y luego como niñera, se expresaba con refinamiento, y una sonrisa suave y sosegada nunca abandonó su rostro; su hija Lukerya, una campesina del pueblo, que había sido golpeada por su marido, simplemente miró a la estudiante con los ojos entornados y no dijo nada, con una expresión extraña, como la de una sordomuda.
—En un fuego así se calentó el apóstol Pedro —dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego—, así que también debió hacer frío. ¡Ah, qué noche tan terrible debió ser, abuela! ¡Una noche larguísima y deprimente!
Miró a su alrededor, a la oscuridad, sacudió bruscamente la cabeza y preguntó:
“¿Seguro que has estado leyendo los Doce Evangelios?”
“Sí, lo he hecho”, respondió Vasilisa.
Si recuerdan, en la Última Cena, Pedro le dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la oscuridad y a la muerte». Y nuestro Señor le respondió así: «Te digo, Pedro, antes que cante el gallo me habrás negado tres veces». Después de la cena, Jesús sufrió la agonía de la muerte en el huerto y oró, y el pobre Pedro estaba agotado y desfallecido, con los párpados pesados y no podía conciliar el sueño. Se durmió. Entonces oyeron cómo Judas, esa misma noche, besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos. Lo llevaron atado ante el sumo sacerdote y lo azotaron, mientras que Pedro, exhausto, agotado por la angustia y la alarma, apenas despierto, presentía que algo terrible iba a suceder en la tierra, lo seguía... Amaba a Jesús apasionada e intensamente, y ahora veía de lejos cómo lo golpeaban...
Lukerya dejó las cucharas y fijó una mirada inamovible en el estudiante.
“Llegaron a casa del sumo sacerdote”, continuó; “empezaron a interrogar a Jesús, y mientras tanto, los trabajadores hicieron una fogata en el patio, pues hacía frío, y se calentaron. Pedro también estaba con ellos cerca de la fogata, calentándose como yo. Una mujer, al verlo, dijo: «También estaba con Jesús»; eso equivalía a decir que también él debía ser llevado para interrogarlo. Y todos los trabajadores que estaban cerca de la fogata debieron mirarlo con recelo y desconfianza, porque estaba confundido y dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres uno de ellos», pero él lo negó de nuevo. Y por tercera vez, alguien se volvió hacia él: «¿Cómo es que no te vi con él hoy en el huerto?». Por tercera vez lo negó. E inmediatamente después cantó el gallo, y Pedro, mirando a Jesús desde lejos, recordó las palabras que le había dicho al anochecer... Recordó, volvió en sí, salió del patio y lloró amargamente, amargamente. En el Evangelio está escrito: «Salió y lloró amargamente». Me lo imagino: el jardín quieto, quieto, oscuro, oscuro, y en la quietud, un sollozo ahogado, apenas audible...
La estudiante suspiró y se sumió en sus pensamientos. Sin dejar de sonreír, Vasilisa tragó saliva de repente; gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas y se protegió la cara del fuego con la manga, como avergonzada de sus lágrimas. Lukerya, con la mirada fija en la estudiante, se sonrojó, y su expresión se tornó tensa y pesada, como la de alguien que sufre un dolor intenso.
Los trabajadores regresaron del río, y uno de ellos, a caballo, estaba muy cerca, y la luz del fuego lo iluminó. El estudiante se despidió de las viudas y continuó su camino. De nuevo la oscuridad lo envolvió y sus dedos comenzaron a entumecerse. Soplaba un viento cruel; el invierno había regresado y no parecía que la Pascua fuera a ser pasado mañana.
Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: puesto que había derramado lágrimas, todo lo que le había sucedido a Pedro la noche antes de la Crucifixión debía tener alguna relación con ella...
Miró a su alrededor. La luz solitaria aún brillaba en la oscuridad y ya no se veían figuras cerca. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa había derramado lágrimas y su hija se había preocupado, era evidente que lo que acababa de contarles, ocurrido diecinueve siglos atrás, tenía relación con el presente: con ambas mujeres, con la aldea desolada, con él mismo, con todos. La anciana había llorado, no porque él pudiera contar la historia conmovedoramente, sino porque Peter estaba cerca de ella, porque todo su ser estaba interesado en lo que pasaba por el alma de Peter.
Y de repente, la alegría se apoderó de su alma, e incluso se detuvo un momento para respirar. «El pasado —pensó— está ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se suceden uno tras otro». Y le pareció que acababa de ver ambos extremos de esa cadena; que al tocar un extremo, el otro se estremeció.
Cuando cruzó el río en la barcaza y después, subiendo la colina, miró hacia su pueblo y hacia el oeste, donde el frío crepúsculo carmesí dejaba un estrecho rayo de luz, pensó que la verdad y la belleza que habían guiado la vida humana allí, en el jardín y en el patio del sumo sacerdote, habían continuado sin interrupción hasta este día, y habían sido evidentemente siempre lo principal en la vida humana y en toda la vida terrena, de hecho; y el sentimiento de juventud, salud, vigor (sólo tenía veintidós años) y la inefable y dulce expectativa de felicidad, de una felicidad misteriosa y desconocida, se apoderaron de él poco a poco, y la vida le pareció encantadora, maravillosa y llena de un significado elevado.
EN EL BARRANCO
I
TEl pueblo de Ukleevo se encontraba en un barranco, de modo que desde la carretera principal y la estación de tren solo se veían el campanario y las chimeneas de las fábricas de algodón estampado. Cuando los visitantes preguntaban qué pueblo era, les respondían:
“Ese es el pueblo donde el diácono se comió todo el caviar en el funeral”.
Ocurrió durante la cena del funeral de Kostukov que el anciano diácono vio entre los entremeses un caviar de grano grueso y empezó a comerlo con avidez. La gente lo empujaba, le tiraba del brazo, pero él parecía petrificado de placer: no sentía nada y seguía comiendo. Se comió todo el caviar, y quedaban cuatro libras en el tarro. Y habían pasado años desde entonces, el diácono hacía tiempo que había muerto, pero el caviar aún se recordaba. Fuera porque la vida allí era tan pobre o porque la gente no había sido lo suficientemente astuta como para notar nada más que ese incidente sin importancia ocurrido diez años antes, en fin, la gente no tenía nada más que contar sobre el pueblo de Ukleevo.
El pueblo nunca estaba libre de fiebre, y había lodo pantanoso incluso en verano, sobre todo bajo las cercas, sobre las que colgaban viejos sauces que proporcionaban una sombra abundante. Siempre había un olor a desechos de fábrica y al ácido acético que se utilizaba para el acabado de la estampación de algodón.
Las tres fábricas de algodón y la curtiduría no se encontraban en el pueblo, sino a poca distancia. Eran pequeñas fábricas, y en total no empleaban a más de cuatrocientos obreros. La curtiduría a menudo hacía que el agua del riachuelo apestara; los desechos contaminaban los prados, el ganado de los campesinos sufría la peste siberiana, y se ordenó el cierre de la fábrica. Se la dio por cerrada, pero continuó trabajando en secreto con la complicidad del policía local y el médico del distrito, a quien el dueño pagaba diez rublos al mes. En todo el pueblo solo había dos casas decentes de ladrillo con techo de hierro; una de ellas era el juzgado local, y en la otra, una casa de dos pisos justo enfrente de la iglesia, vivía un comerciante de Epifan llamado Grigory Petrovich Tsybukin.
Grigory tenía una tienda de comestibles, pero era solo para aparentar: en realidad vendía vodka, ganado, cueros, granos y cerdos; comerciaba con todo lo que encontraba y, cuando, por ejemplo, en el extranjero se necesitaban urracas para sombreros de mujer, ganaba unos treinta kopeks por cada par de pájaros; compraba madera para talar, prestaba dinero a interés y, en general, era un anciano astuto y lleno de recursos.
Tenía dos hijos. El mayor, Anisim, trabajaba en la policía, en el departamento de detectives, y rara vez estaba en casa. El menor, Stepan, se había dedicado al comercio y ayudaba a su padre; pero no se esperaba mucha ayuda de él, ya que era débil de salud y sordo. Su esposa, Aksinya, una mujer hermosa y de buen porte, que usaba sombrero y sombrilla en los días festivos, se levantaba temprano y se acostaba tarde, y corría todo el día, recogiendo sus faldas y haciendo sonar las llaves, yendo del granero al sótano y de allí a la tienda. El viejo Tsybukin la miraba con buen humor, con los ojos brillantes, y en esos momentos lamentaba que no se hubiera casado con su hijo mayor en lugar del menor, que era sordo y, evidentemente, sabía muy poco de belleza femenina.
El anciano siempre tuvo inclinación por la vida familiar, y amaba a su familia más que a nada en el mundo, especialmente a su hijo mayor, el detective, y a su nuera. Apenas Aksinya se había casado con el hijo sordo, comenzó a mostrar un don extraordinario para los negocios, y sabía a quién se le permitía acumular dinero y a quién no: guardaba las llaves y no se las confiaba ni siquiera a su marido; llevaba las cuentas con el rosario, miraba los dientes de los caballos como una campesina y siempre estaba riendo o gritando; y cualquier cosa que hiciera o dijera, el anciano simplemente estaba encantado y murmuraba:
¡Bien hecho, nuera! ¡Eres una chica lista!
Era viudo, pero un año después del matrimonio de su hijo no pudo resistirse a casarse. Le encontraron una muchacha que vivía a veinte millas de Ukleevo, llamada Varvara Nikolaevna, ya no del todo joven, pero guapa, atractiva y perteneciente a una familia decente. En cuanto la instalaron en la habitación del piso superior, toda la casa pareció iluminarse como si hubieran puesto cristales nuevos en todas las ventanas. Las lámparas brillaban ante los iconos, las mesas estaban cubiertas con manteles blancos como la nieve, flores con capullos rojos aparecieron en las ventanas y en el jardín delantero, y en la cena, en lugar de comer de un solo plato, cada persona tenía un plato separado. Varvara Nikolaevna tenía una sonrisa agradable y amistosa, y parecía que toda la casa también sonreía. Mendigos y peregrinos, hombres y mujeres, comenzaron a entrar al patio, algo que nunca había sucedido en el pasado; Las voces lastimeras y cantarinas de las campesinas de Ukleevo y las toses de disculpa de los hombres débiles y de aspecto miserable, despedidos de la fábrica por embriaguez, se oían bajo las ventanas. Varvara les ayudaba con dinero, pan y ropa vieja, y después, cuando se sintió más cómoda, empezó a sacar cosas de la tienda. Un día, el sordo la vio tomar cuatro onzas de té y eso lo perturbó.
“Mira, mamá tomó cuatro onzas de té”, le informó después a su padre; “¿dónde se anotará eso?”
El anciano no respondió, se quedó quieto y pensó un momento, moviendo las cejas, y luego subió las escaleras para encontrarse con su esposa.
—Varvarushka, si quieres algo de la tienda —dijo con cariño—, tómalo, querida. Tómalo y bienvenida; no lo dudes.
Y al día siguiente el sordo, corriendo por el patio, la llamó:
“Si hay algo que quieras, madre, tómalo”.
Había algo nuevo, algo alegre y desenfadado en su limosna, igual que en las lámparas ante los iconos y en las flores rojas. Cuando en Carnaval o en la fiesta de la iglesia, que duraba tres días, vendían a los campesinos carne salada contaminada, con un olor tan fuerte que era difícil acercarse a la tina, y tomaban guadañas, gorras y los pañuelos de sus esposas como prenda de los hombres borrachos; cuando los obreros de las fábricas, atontados por el vodka malo, se revolcaban en el barro, y el pecado parecía flotar espeso como una niebla en el aire, entonces era un alivio pensar que allá arriba, en la casa, había una mujer amable y pulcramente vestida que no tenía nada que ver con la carne salada ni el vodka; su caridad tenía, en aquellos días pesados y turbios, el efecto de una válvula de seguridad en una máquina.
Los días en casa de Tsybukin transcurrían entre ocupaciones. Antes de que saliera el sol, Aksinya jadeaba y resoplaba mientras se lavaba en la habitación exterior, y el samovar hervía en la cocina con un zumbido que no presagiaba nada bueno. El viejo Grigory Petróvich, vestido con un largo abrigo negro, pantalones de algodón y botas altas brillantes, con aspecto de figura menuda y elegante, recorría las habitaciones, zapateando con sus pequeños tacones como el suegro de una canción famosa. La tienda estaba abierta. Al amanecer, trajeron un droshky de carreras a la puerta principal y el anciano subió con desenvoltura, calándose la gran gorra hasta las orejas; y, mirándolo, nadie habría dicho que tenía cincuenta y seis años. Su mujer y su nuera lo despidieron, y en esos momentos, cuando llevaba un buen abrigo limpio y llevaba en el droshky un enorme caballo negro que había costado trescientos rublos, al anciano no le gustaba que los campesinos se acercaran a él con sus quejas y peticiones; odiaba a los campesinos y los desdeñaba, y si veía a algunos campesinos esperando en la puerta, gritaba enojado:
¿Por qué estás ahí parado? ¡Vete más lejos!
O si fuera un mendigo diría:
“¡Dios proveerá!”
Solía irse de viaje por negocios; su esposa, con vestido oscuro y delantal negro, ordenaba las habitaciones o ayudaba en la cocina. Aksinya atendía la tienda, y desde el patio se oía el tintineo de botellas y billetes, sus risas y sus gritos, y la ira de los clientes a los que había ofendido; y al mismo tiempo se veía que la venta clandestina de vodka ya estaba en marcha en la tienda. El sordo también se sentaba en la tienda o caminaba por la calle con la cabeza descubierta, con las manos en los bolsillos, mirando distraídamente ya las cabañas, ya el cielo. Seis veces al día tomaban té; cuatro veces al día se sentaban a comer; y por la noche contaban sus ganancias, las dejaban, se acostaban y dormían profundamente.
Las tres fábricas de algodón de Ukleevo y las casas de los dueños de las fábricas —Hrymin padre, Hrymin hijo y Kostukov— tenían teléfono. El teléfono también fue instalado en el juzgado local, pero pronto dejó de funcionar debido a la proliferación de insectos y escarabajos. El anciano del distrito rural tenía poca educación y escribía cada palabra de los documentos oficiales en mayúsculas. Pero cuando el teléfono se estropeó, dijo:
“Sí, ahora estaremos en una situación difícil sin teléfono”.
Los Hrymin mayores discutían constantemente con los jóvenes, y a veces estos se peleaban entre sí y empezaban a litigar, y su fábrica no funcionaba durante uno o dos meses hasta que se reconciliaban. Esto era un entretenimiento para la gente de Ukleevo, pues cada riña generaba mucha conversación y chismes. En los días festivos, Kostukov y los jóvenes solían organizar carreras, correr por Ukleevo y atropellar terneros. Aksinya, haciendo crujir sus enaguas almidonadas, paseaba con un vestido escotado por la calle cerca de su tienda; los jóvenes la agarraban y se la llevaban como a la fuerza. Entonces el viejo Tsybukin salía a exhibir su nuevo caballo y se llevaba a Varvara.
Por la noche, después de las carreras, cuando la gente se iba a dormir, en el patio de los Juniors se tocaba una concertina cara y, si era una noche de luna, esos sonidos enviaban un escalofrío de alegría al corazón, y Ukleevo ya no parecía un agujero miserable.
II
El hijo mayor, Anisim, venía a casa muy pocas veces, solo en las grandes fiestas, pero a menudo enviaba, a través de algún aldeano que regresaba, regalos y cartas escritas con muy buena letra por alguien más, siempre en una hoja de papel a modo de petición. Las cartas estaban llenas de expresiones que Anisim nunca usaba en una conversación: «Queridos papá y mamá, les envío una libra de té de flores para satisfacer sus necesidades físicas».
Al pie de cada letra estaba escrito, como con una pluma rota: «Anisim Tsybukin», y de nuevo con la misma excelente letra: «Agente».
Las cartas fueron leídas en voz alta varias veces, y el anciano padre, conmovido, rojo de emoción, decía:
Aquí no le importó quedarse en casa; se ha dedicado a lo intelectual. ¡Pues que lo dejen! ¡Cada uno a lo suyo!
Sucedió justo antes del Carnaval: había una fuerte tormenta de lluvia y granizo; el anciano y Varvara se acercaron a la ventana a mirar, ¡y he aquí! Anisim llegó en trineo desde la estación. Fue totalmente inesperado. Entró en la casa con aspecto ansioso y preocupado por algo, y permaneció igual todo el tiempo; había algo desenfadado en su comportamiento. No tenía prisa por irse, parecía como si lo hubieran despedido del servicio. Varvara se alegró de su llegada; lo miró con expresión pícara, suspiró y negó con la cabeza.
—¿Qué tal, amigos? —dijo—. ¡Uf, uf! El muchacho tiene veintiocho años y sigue viviendo una vida de soltero alegre; uf, uf, uf...
Desde la otra habitación, su voz suave y uniforme sonaba como un chasquido. Empezó a susurrar con su marido y Aksinya, y sus rostros tenían la misma expresión astuta y misteriosa, como si fueran conspiradores.
Se decidió casarse con Anisim.
—¡Ay, vaya!... El hermano menor se casó hace mucho tiempo —dijo Varvara—, y tú sigues sin compañera, como un gallo en una feria. ¿Qué significa esto? Vaya, vaya, te casarás, si Dios quiere, y luego, como tú quieras, entrarás al servicio militar y tu esposa se quedará aquí en casa para ayudarnos. No hay orden en tu vida, joven, y veo que has olvidado cómo vivir con dignidad. Vaya, vaya, es el mismo problema con todos ustedes, los del pueblo.
Cuando los Tsybukin se casaban, elegían como esposas a las muchachas más guapas, como si fueran hombres ricos. Para Anisim también encontraron a una guapa. Él mismo era de aspecto anodino y discreto; de complexión débil y enfermiza, y de baja estatura; tenía mejillas regordetas y abultadas que parecían estar resoplando; sus ojos miraban con una mirada penetrante y fija; su barba era roja y escasa, y cuando pensaba siempre se la llevaba a la boca y se la mordía; además, a menudo bebía demasiado, y eso se notaba en su rostro y su andar. Pero cuando le informaron que le habían encontrado una novia muy hermosa, dijo:
—Bueno, yo tampoco soy un susto. Todos los Tsybukins somos guapos, diría yo.
El pueblo de Torguevo estaba cerca de la ciudad. La mitad se había incorporado recientemente a la ciudad, mientras que la otra mitad seguía siendo aldea. En la primera —la mitad del pueblo— vivía una viuda en su propia casita; tenía con ella una hermana bastante pobre que trabajaba fuera, y esta hermana tenía una hija llamada Lipa, que también trabajaba fuera. En Torguevo ya se hablaba del buen aspecto de Lipa, pero su terrible pobreza desalentaba a todos; opinaban que algún viudo o un hombre mayor se casaría con ella a pesar de su pobreza, o tal vez la tomaría consigo sin matrimonio, y que su madre tendría lo suficiente para comer viviendo con ella. Varvara se enteró de Lipa por las casamenteras y se dirigió a Torguevo.
Luego se organizó una visita de inspección a casa de la tía, con almuerzo y vino, todo en regla. Lipa lució un vestido rosa nuevo, hecho a propósito para la ocasión, y una cinta carmesí, como una llama, brillaba en su cabello. Era pálida, delgada y frágil, con rasgos suaves y delicados, quemados por el sol al trabajar al aire libre; una sonrisa tímida y triste siempre se dibujaba en su rostro, y había una mirada infantil en sus ojos, confiada y curiosa.
Era joven, una niñita, apenas se le notaba el pecho, pero podía casarse porque ya era mayor de edad. Era realmente hermosa, y lo único que podía parecer poco atractivo eran sus grandes manos masculinas, que ahora colgaban inactivas como dos grandes garras.
—No hay dote, y no nos importa mucho —le dijo Tsybukin a la tía—. También buscamos una esposa de familia pobre para nuestro hijo Stepan, y ahora no podemos decir mucho de ella. Tanto en la casa como en los negocios, tiene manos de oro.
Lipa se quedó en la puerta con cara de querer decir: «Haz conmigo lo que quieras, confío en ti», mientras su madre, Praskovya, la obrera, se escondía en la cocina, aturdida por la timidez. En su juventud, un comerciante, cuyos suelos fregaba, la pisoteó furioso; se quedó helada de terror y siempre sentía un miedo profundo en el fondo de su corazón. Cuando tenía miedo, le temblaban los brazos y las piernas, y se le crispaban las mejillas. Sentada en la cocina, intentaba oír lo que decían las visitas, y no dejaba de persignarse, apretándose los dedos contra la frente y mirando los iconos. Anisim, un poco borracho, abrió la puerta de la cocina y dijo con desenfado:
¿Por qué estás aquí sentada, querida mamá? Estamos aburridos sin ti.
Y Praskovya, dominada por la timidez, apretando sus manos contra su delgado y demacrado pecho, dijo:
—Oh, para nada... Es muy amable de tu parte.
Tras la visita de inspección, se fijó el día de la boda. Entonces Anisim paseaba por las habitaciones de la casa silbando, o de repente pensando en algo, se ponía a meditar y miraba al suelo fijamente, en silencio, como si sondeara las profundidades de la tierra. No expresó alegría por casarse, tan pronto, el Domingo de Ramos, ni deseo de ver a su novia, sino que simplemente siguió silbando. Y era evidente que solo se casaba porque su padre y su madrastra así lo deseaban, y porque era costumbre en el pueblo casar al hijo para tener una mujer que ayudara en la casa. Al marcharse, no parecía tener prisa y se comportó de forma totalmente distinta a como lo había hecho en visitas anteriores: se mostró particularmente desenfadado y habló de forma inapropiada.
III
En el pueblo de Shikalovo vivían dos modistas, hermanas, pertenecientes a la secta de los Flagelantes. Les encargaban los trajes nuevos para la boda, y a menudo venían a probárselos y se quedaban un buen rato tomando té. Estaban haciendo para Varvara un vestido marrón con encaje negro y trompetas, y para Aksinya un vestido verde claro con pechera amarilla y cola. Cuando las modistas terminaron su trabajo, Tsybukin les pagó no en dinero, sino con productos de la tienda, y ellas se marcharon deprimidas, cargando paquetes de velas de sebo y latas de sardinas que no necesitaban en absoluto. Al salir del pueblo, al campo, se sentaron en un montículo y lloraron.
Anisim llegó tres días antes de la boda, vestido de pies a cabeza con ropa nueva. Llevaba unos deslumbrantes chanclos de goma, y en lugar de corbata llevaba un cordón rojo con bolitas, y sobre el hombro llevaba un abrigo, también nuevo, sin meter los brazos en las mangas.
Tras persignarse con sosiego ante el icono, saludó a su padre y le dio diez rublos de plata y diez medios rublos; a Varvara le dio la misma cantidad, y a Aksinya veinte cuartos de rublo. El mayor encanto del regalo residía en que todas las monedas, como cuidadosamente emparejadas, eran nuevas y brillaban al sol. Intentando parecer serio y sobrio, frunció el rostro e hinchó las mejillas, y olía a licor. Probablemente había visitado el bar de cada estación. Y de nuevo se percibía en el hombre una despreocupación, algo superfluo y fuera de lugar. Entonces Anisim almorzó y tomó el té con el anciano, y Varvara, dando vueltas a las monedas nuevas, preguntó por los aldeanos que se habían ido a vivir al pueblo.
“Están bien, gracias a Dios, se llevan bastante bien”, dijo Anisim. “Solo le ha pasado algo a Iván Yegorov: su anciana esposa, Sofía Nikiforovna, ha muerto. De tuberculosis. Pidieron la cena en memoria de su alma en la pastelería a dos rublos y medio por persona. Y había vino de verdad. Los campesinos de nuestro pueblo también pagaron dos rublos y medio. ¡No comieron nada, como si un campesino supiera de salsas!”
“Dos y medio”, dijo su padre meneando la cabeza.
Bueno, no es como en el campo. Entras en un restaurante a picar algo, pides una cosa y otra, se unen otros hasta que somos un grupo, uno toma una copa, y antes de que te des cuenta ya es de día y tienes tres o cuatro rublos que pagar cada uno. Y cuando uno está con Samorodov, le gusta tomar café con coñac después de todo, y el coñac cuesta sesenta kopeks por una copita.
—¡Y se lo está inventando todo! —dijo el anciano con entusiasmo—. ¡Se lo está inventando todo, mintiendo!
Ahora estoy siempre con Samorodov. Es Samorodov quien te escribe las cartas. Escribe de maravilla. Y si te dijera, mamá —continuó Anisim alegremente, dirigiéndose a Varvara—, qué clase de hombre es Samorodov, no me creerías. Lo llamamos Muhtar, porque es negro como un armenio. Lo veo a través de él, conozco todos sus asuntos como la palma de mi mano, y él lo percibe, y siempre me sigue a todas partes; somos inseparables. Parece que no le gusta, pero no puede estar sin mí. Adonde yo voy, él va. Tengo buen ojo, mamá. Se ve a un campesino vendiendo una camisa en el mercado. «Quédate, esa camisa es robada». Y resulta que sí: la camisa era robada.
“¿De qué lo hablas?” preguntó Varvara.
No de nada, solo tengo ojo para ella. No sé nada de la camisa, solo que por alguna razón me atrae: es robada, y eso es todo lo que puedo decir. Entre nosotros, los detectives, se ha llegado a decir: "¡Ay, Anisim se ha ido a cazar agachadizas!". Eso significa buscar objetos robados. Sí... Cualquiera puede robar, ¡pero guardar es otra cosa! El mundo es ancho, pero no hay dónde esconder objetos robados.
—En nuestro pueblo se llevaron un carnero y dos ovejas la semana pasada —dijo Varvara, y suspiró—, y no hay nadie que los busque... ¡Uf, uf!
Bueno, podría intentarlo. No me importa.
Llegó el día de la boda. Era un día fresco pero luminoso y alegre de abril. Desde primera hora de la mañana, la gente paseaba por Ukleevo en parejas o tiros de tres caballos, adornados con cintas multicolores en sus yugos y crines, con el tintineo de las campanillas. Los grajos, perturbados por esta actividad, graznaban ruidosamente en los sauces, y los estorninos cantaban a todo volumen sin cesar, como si se alegraran de que hubiera una boda en casa de los Tsybukin.
Dentro, las mesas ya estaban cubiertas de pescado largo, jamones ahumados, aves rellenas, cajas de espadines, encurtidos de diversos tipos y varias botellas de vodka y vino; olía a salchicha ahumada y a langosta agria enlatada. El viejo Tsybukin caminaba cerca de las mesas, golpeando el suelo con los talones y afilando los cuchillos. No paraban de llamar a Varvara para pedirle cosas, y ella, con el rostro distraído, corría sin aliento hacia la cocina, donde el cocinero de Kostukov y la cocinera de Hrymin Juniors estaban trabajando desde temprano. Aksinya, con el pelo rizado, en corsé sin vestido, con botas nuevas y crujientes, volaba por el patio como un torbellino, dejando entrever sus rodillas y su pecho desnudos.
Había ruido, se oían regaños y palabrotas, los transeúntes se detenían ante las puertas abiertas de par en par y en todo había una sensación de que estaba sucediendo algo extraordinario.
“¡Se han ido a por la novia!”
Las campanas empezaron a sonar y se apagaron mucho más allá del pueblo... Entre las dos y las tres la gente llegó corriendo: de nuevo se oyó un tintineo de campanas: ¡traían a la novia! La iglesia estaba llena, los candelabros estaban encendidos, el coro cantaba con libros de música como el viejo Tsybukin lo había deseado. El resplandor de las luces y los vestidos de colores brillantes deslumbraron a Lipa; sintió como si los cantantes con sus fuertes voces la golpearan en la cabeza con un martillo. Las botas y los corsés, que se había puesto por primera vez en su vida, la pellizcaron, y su rostro parecía como si acabara de recuperar la consciencia después de un desmayo; miró a su alrededor sin comprender. Anisim, con su abrigo negro con un cordón rojo en lugar de corbata, miraba fijamente el mismo lugar perdido en sus pensamientos, y cuando los cantantes gritaron fuerte, se santiguó apresuradamente. Se sintió conmovido y con ganas de llorar. Esta iglesia le era familiar desde la más tierna infancia; En una época, su madre fallecida lo traía aquí para recibir la Santa Cena; en otra, cantaba en el coro; recordaba cada icono, cada rincón. Allí se casaba, tenía que casarse para hacer lo correcto, pero ahora no pensaba en eso; había olvidado por completo su boda. Las lágrimas le nublaban los ojos, impidiéndole ver los iconos; sentía un gran pesar; rezaba y suplicaba a Dios que las desgracias que lo amenazaban, que estaban a punto de azotarlo mañana, si no hoy, lo pasaran de alguna manera como nubarrones en tiempo de sequía pasan sobre el pueblo sin dejar una sola gota de lluvia. Y tantos pecados se acumulaban en el pasado, tantos pecados, que era tan imposible librarse de ellos o enmendarlos que parecía incongruente incluso pedir perdón. Pero pidió perdón, e incluso sollozó con fuerza, pero nadie le hizo caso, pues todos suponían que había bebido demasiado.
Se oyó un gemido infantil y quejumbroso:
“¡Llévame lejos, mamá querida!”
—¡Silencio! —gritó el sacerdote.
Al regresar de la iglesia, la gente corrió tras ellos; también había muchedumbre alrededor de la tienda, junto a las puertas y en el patio, bajo las ventanas. Las campesinas entraron a cantarles canciones de felicitación. Apenas la joven pareja había cruzado el umbral cuando los cantantes, que ya estaban en la sala exterior con sus libros de música, rompieron a cantar a todo pulmón; una banda encargada expresamente desde el pueblo empezó a tocar. Les trajeron vino espumoso del Don en copas altas, y Elizarov, un carpintero que hacía trabajos por contrato, un anciano alto y delgado con cejas tan pobladas que apenas se le veían los ojos, dijo, dirigiéndose a la feliz pareja:
“Anisim y tú, hijo mío, amaos los unos a los otros, vivid en el camino de Dios, hijitos, y la Madre Celestial no os abandonará.”
Apoyó su rostro en el hombro del anciano padre y sollozó.
—¡Grigory Petróvich, lloremos, lloremos de alegría! —dijo con voz débil, y enseguida estalló en una carcajada grave y sonora—. ¡Jo, jo, jo! ¡Esta también es una nuera estupenda para ti! Todo está en su sitio; todo funciona a la perfección, sin crujidos, el mecanismo funciona bien, tiene muchos tornillos.
Era originario del distrito de Yegoryevsky, pero había trabajado en las fábricas de Ukleevo y alrededores desde su juventud, y las había convertido en su hogar. Había sido una figura familiar durante años, tan viejo, flaco y desgarbado como ahora, y durante años lo apodaron "Muleta". Quizás porque llevaba cuarenta años ocupado reparando la maquinaria de la fábrica, juzgaba a todos y a todo por su solidez o por la necesidad de reparación. Y antes de sentarse a la mesa, probó varias sillas para comprobar si eran sólidas, y también tocó el pescado ahumado.
Después del vino Don, todos se sentaron a la mesa. Los visitantes charlaban, moviendo sus sillas. Los cantantes cantaban en la sala exterior. La banda tocaba, y al mismo tiempo, las campesinas del patio cantaban sus canciones a coro, y se oía una mezcla de sonidos espantosa y salvaje que mareaba.
Crutch se dio la vuelta en su silla y empujó con los codos a sus vecinos, impidiendo que la gente hablara y rió y lloró alternativamente.
—Niñitos, niñitos, niñitos —murmuró rápidamente—. Aksinya, querida mía, Varvara, querida mía, viviremos en paz y armonía, mis queridas hachas...
Bebió poco y ahora solo estaba borracho con un vaso de bitter inglés. El asqueroso bitter, hecho de quién sabe qué, embriagaba a todos los que lo bebían como si los hubiera aturdido. Sus lenguas comenzaron a flaquear.
El clero local, los dependientes de las fábricas con sus esposas, los comerciantes y taberneros de los demás pueblos estaban presentes. El dependiente y el anciano del distrito rural, que habían trabajado juntos durante catorce años y que durante todo ese tiempo jamás habían firmado un solo documento para nadie ni habían dejado salir a nadie del tribunal local sin engañarlo o insultarlo, estaban sentados ahora uno al lado del otro, ambos gordos y bien alimentados, y parecían estar tan saturados de injusticia y falsedad que incluso la piel de sus rostros era de alguna manera peculiar, fraudulenta. La esposa del dependiente, una mujer delgada y bizca, había traído a todos sus hijos con ella y, como un ave de rapiña, miraba de reojo los platos y arrebataba todo lo que encontraba para llevárselo a sus bolsillos o a los de sus hijos.
Lipa permaneció sentada como petrificada, con la misma expresión de la iglesia. Anisim no le había dicho ni una sola palabra desde que la conoció, así que aún desconocía su voz; y ahora, sentado a su lado, permanecía mudo y seguía bebiendo bitters, y cuando se emborrachó, empezó a hablar con la tía que estaba sentada enfrente:
Tengo un amigo llamado Samorodov. Un hombre peculiar. Es ciudadano honorario y sabe hablar. Pero lo conozco de pies a cabeza, tía, y él lo siente. ¡Brindemos por Samorodov conmigo, tía!
Varvara, agotada y distraída, caminaba alrededor de la mesa, animando a los invitados a comer, y se veía complacida por la abundancia de platos y la abundancia de todo; nadie podía menospreciarlos ahora. El sol se puso, pero la cena continuó: los invitados no sabían qué comían ni bebían, era imposible entender lo que se decía, y solo de vez en cuando, cuando la banda se calmaba, se oía a alguna campesina gritar:
“Nos han chupado la sangre a nosotros, los Herodes. ¡Una plaga para ellos!”
Por la noche bailaron al ritmo de la banda. Los jóvenes Hrymin llegaron con su vino, y uno de ellos, mientras bailaba una cuadrilla, llevaba una botella en cada mano y una copa en la boca, lo que provocó la risa de todos. En medio de la cuadrilla, de repente, doblaron las rodillas y bailaron en cuclillas; Aksinya, vestida de verde, pasó como un rayo, levantando el viento con su cola. Alguien le pisó el volante y Crutch gritó:
¡Ay, han arrancado el panel! ¡Niños!
Aksinya tenía unos ingenuos ojos grises que rara vez parpadeaban, y una sonrisa ingenua dibujaba constantemente en su rostro. Y en esos ojos impasibles, en esa cabecita sobre el largo cuello, y en su esbeltez había algo serpenteante; toda de verde salvo el amarillo en su pecho, miraba con una sonrisa en el rostro como una víbora mira desde el centeno joven en primavera a los transeúntes, estirándose y levantando la cabeza. Los Hrymins se comportaban con libertad con ella, y era muy notorio que mantenía una relación íntima con el mayor de ellos. Pero su marido sordo no veía nada, no la miraba; estaba sentado con las piernas cruzadas y comía nueces, cascándolas tan fuerte que sonaban como disparos de pistola.
Pero he aquí que el mismo viejo Tsybukin entró en el centro de la habitación y agitó su pañuelo en señal de que él también quería bailar la danza rusa, y por toda la casa y entre la multitud en el patio se alzó un rugido de aprobación:
¡ Va a bailar! ¡Él mismo!
Varvara bailaba, pero el anciano se limitó a agitar su pañuelo y a dar patadas, pero la gente en el patio, apoyada una contra la otra, mirando por las ventanas, estaba extasiada y por un momento le perdonaron todo: su riqueza y los males que les había causado.
—¡Bien hecho, Grigory Petróvich! —se oyó entre la multitud—. ¡Así es, hazlo lo mejor que puedas! ¡Aún puedes hacer tu parte! ¡Ja, ja!
Se prolongó hasta tarde, hasta las dos de la madrugada. Anisim, tambaleándose, fue a despedirse de los cantantes y músicos, y les dio a cada uno medio rublo nuevo. Su padre, que no se tambaleaba, pero que parecía mantenerse en pie, despidió a sus invitados y les dijo a cada uno:
“La boda ha costado dos mil.”
Cuando la fiesta estaba a punto de terminar, alguien tomó el buen abrigo del posadero de Shikalovo en lugar del suyo viejo, y Anisim de repente montó en cólera y empezó a gritar:
“Detente, lo encontraré enseguida, sé quién lo robó, detente.”
Salió corriendo a la calle y persiguió a alguien. Lo atraparon, lo llevaron a casa y lo empujaron, borracho, rojo de ira y empapado, a la habitación donde la tía estaba desvistiendo a Lipa, donde lo encerraron.
IV
Habían pasado cinco días. Anisim, que se disponía a partir, subió a despedirse de Varvara. Todas las lámparas ardían ante los iconos, olía a incienso, mientras ella, sentada junto a la ventana, tejía una media de lana roja.
“No llevas mucho tiempo con nosotros”, dijo. “Has estado aburrido, me atrevería a decir. ¡Vaya! Vivimos cómodamente; tenemos de todo. Celebramos tu boda como es debido, con gran estilo; tu padre dice que fueron dos mil. De hecho, vivimos como comerciantes, solo que es deprimente. Tratamos a la gente muy mal. Me duele el corazón, querida; ¡cómo los tratamos, Dios mío! Ya sea que intercambiemos un caballo, compremos algo o contratemos a un peón, es trampa en todo. Trampa y trampa. El aceite de Cuaresma de la tienda es amargo, rancio, la gente tiene brea que es mejor. Pero, dime, ¿no podríamos vender buen aceite?”
“Cada uno a su trabajo, mamá”.
¿Pero sabes que todos tenemos que morir? ¡Ay, ay, deberías hablar con tu padre...!
—Deberías hablar con él tú mismo.
Bueno, bueno, sí dije lo que dije, pero él dijo justo lo que se suele decir: «Cada uno a su trabajo». ¿Crees que en el otro mundo considerarán el trabajo que te han encomendado? El juicio de Dios es justo.
—Claro que nadie lo considerará —dijo Anisim, y suspiró—. De todas formas, no existe Dios, ¿sabes, mamá? ¿Qué consideración puede haber?
Varvara lo miró sorprendida, se echó a reír y juntó las manos. Quizás porque estaba tan genuinamente sorprendida por sus palabras y lo miraba como si fuera una persona rara, él estaba confundido.
Quizás exista un Dios, pero no hay fe. Cuando me casé, no era yo mismo. Así como se saca un huevo de debajo de una gallina y hay un pollito piando dentro, así mi conciencia empezaba a refunfuñar, y mientras me casaba, ¡pensaba todo el tiempo que existía un Dios! Pero cuando dejé la iglesia, no era nada. Y, de hecho, ¿cómo puedo saber si existe un Dios o no? No se nos enseña desde la infancia, y mientras el bebé aún está en el pecho de su madre solo se le enseña a «cada uno a su trabajo». Mi padre tampoco cree en Dios. Decías que a Guntorev le robaron unas ovejas... Las he encontrado; un campesino de Shikalovo las robó; las robó, pero mi padre tiene los vellones... así que a eso se reduce su fe.
Anisim guiñó un ojo y meneó la cabeza.
“El anciano tampoco cree en Dios”, continuó. Y el clérigo y el diácono también. Y en cuanto a ir a la iglesia y ayunar, es simplemente para evitar que hablen mal de ellos, y por si acaso llega el Día del Juicio Final. Hoy en día se dice que el fin del mundo ha llegado porque la gente se ha debilitado, no honra a sus padres, etc. Todo eso son tonterías. Mi idea, mamá, es que todos nuestros problemas se deben a la poca conciencia que hay en la gente. Veo a través de las cosas, mamá, y lo entiendo. Si a un hombre le roban una camisa, lo veo. Un hombre está sentado en una taberna y crees que está tomando té y nada más, pero para mí el té no tiene importancia; veo más allá: no tiene conciencia. Puedes pasarte el día entero sin encontrarte con un solo hombre con conciencia. Y la razón es que no saben si existe Dios o no... Bueno, adiós, mamá, mantente viva y sana, no me recuerdes nada malo.
Anisim se inclinó a los pies de Varvara.
“Te agradezco todo, mamá”, dijo. “Eres una gran ganancia para nuestra familia. Eres una mujer muy femenina, y estoy muy contento contigo”.
Muy conmovido, Anisim salió, pero regresó de nuevo y dijo:
Samorodov me ha metido en un lío: o me haré rico o me arruinaré. Si pasa algo, mamá, debes consolar a mi padre.
—Oh, qué tontería, no te preocupes, chasquea los dientes... Dios es misericordioso. Y, Anisim, deberías ser cariñoso con tu esposa, en lugar de mirarse con enfado como lo haces; al menos podrías sonreír.
—Sí, es bastante rara —dijo Anisim, y suspiró—. No entiende nada, nunca habla. Es muy joven, déjenla crecer.
Un semental blanco, alto y elegante, ya estaba parado en la puerta principal, enganchado al carruaje.
El viejo Tsybukin saltó con agilidad y corrió a tomar las riendas. Anisim besó a Varvara, a Aksinya y a su hermano. En los escalones, Lipa también estaba de pie; permanecía inmóvil, con la mirada perdida, y parecía como si no hubiera venido a despedirlo, sino por casualidad, por alguna razón desconocida. Anisim se acercó a ella y rozó su mejilla con los labios.
“Adiós”, dijo.
Y sin mirarlo, esbozó una extraña sonrisa; su rostro empezó a temblar, y todos, por alguna razón, sintieron lástima por ella. Anisim también subió al coche de un salto y puso los brazos en jarras con desenvoltura, pues se consideraba un hombre apuesto.
Al salir del barranco, Anisim no dejaba de mirar atrás, hacia el pueblo. Era un día cálido y luminoso. El ganado estaba siendo arreado por primera vez, y las campesinas y mujeres paseaban junto al rebaño con sus trajes de fiesta. El toro pardo mugía, contento de estar libre, y escarbaba el suelo con las patas delanteras. Por todas partes, arriba y abajo, cantaban las alondras. Anisim miró a su alrededor, a la elegante iglesia blanca —recientemente encalada—, y pensó en cómo había estado rezando allí cinco días antes; miró a su alrededor, a la escuela con su tejado verde, al riachuelo donde solía bañarse y pescar, y sintió una oleada de alegría en el corazón, y deseó que se alzaran muros del suelo que le impidieran seguir adelante, y que no le quedara nada más que el pasado.
En la estación, fueron al bar y bebieron una copa de jerez cada uno. Su padre buscó en el bolsillo la cartera para pagar.
"Yo pago", dijo Anisim. El anciano, conmovido y encantado, le dio una palmada en el hombro y le guiñó un ojo al camarero como si dijera: "Mira qué buen hijo tengo".
—Deberías quedarte en casa con el negocio, Anisim —dijo—; ¡valdrías cualquier precio para mí! Te cubriría de oro de pies a cabeza, hijo mío.
-No se puede hacer, papá.
El jerez estaba agrio y olía a lacre, pero tomaron otra copa.
Cuando el viejo Tsybukin regresó a casa de la estación, al principio no reconoció a su nuera menor. En cuanto su marido salió del patio, Lipa se transformó y de repente se alegró. Con una enagua vieja y raída, los pies descalzos y las mangas arremangadas hasta los hombros, fregaba las escaleras de la entrada y cantaba con una vocecita de plata. Cuando sacó una gran tina de agua sucia y miró al sol con su sonrisa infantil, parecía como si ella también fuera una alondra.
Un viejo trabajador que pasaba por la puerta meneó la cabeza y se aclaró la garganta.
—Sí, en efecto, tus nueras, Grigory Petróvich, son una bendición de Dios —dijo—. ¡No son mujeres, sino tesoros!
V
El viernes 8 de julio, Elizarov, apodado Muleta, y Lipa regresaban del pueblo de Kazanskoe, donde habían asistido a un servicio religioso con motivo de una festividad religiosa en honor a la Santa Madre de Kazán. A buena distancia de ellos caminaba Praskovya, la madre de Lipa, quien siempre se quedaba atrás, pues estaba enferma y le faltaba el aliento. Caía la tarde.
"Aaa..." dijo Crutch, preguntándose mientras escuchaba a Lipa. "¡Aa!... ¡Bue-bueno!
—Me encanta la mermelada, Ilya Makaritch —dijo Lipa—. Me siento en mi rinconcito a tomar té y comer mermelada. O lo tomo con Varvara Nikolaevna, y ella me cuenta alguna historia conmovedora. Tenemos un montón de mermelada: cuatro frascos. «Toma, Lipa; come toda la que quieras».
“¡Ah, cuatro frascos!”
Viven muy bien. Comemos pan blanco con el té; y también carne, a la que uno quiera. Viven muy bien, solo que yo tengo miedo de ellos, Ilya Makaritch. ¡Ay, ay, cuánto miedo tengo!
“¿Por qué tienes miedo, niña?”, preguntó Crutch, y miró hacia atrás para ver qué tan lejos estaba Praskovya.
Al principio, cuando se celebró la boda, le tenía miedo a Anísim Grigoritch. Anísim Grigoritch no hizo nada, no me maltrató; solo que cuando se acercaba, un escalofrío me recorría los huesos. Y no dormí ni una sola noche, temblaba y no dejaba de rezarle a Dios. Y ahora le tengo miedo a Aksinya, Ilya Makaritch. No es que haga nada, siempre se ríe, pero a veces mira por la ventana, y sus ojos son tan feroces y hay un brillo verde en ellos, como los ojos de las ovejas en el establo. Los Hrymin Junior la están engañando: «Tu padre», le dicen, «tiene un terreno en Butyokino, ciento veinte acres», dicen, «y allí hay arena y agua, así que tú, Aksinya», dicen, «construye una ladrillera allí y nos repartiremos la parte». Los ladrillos ahora cuestan veinte rublos el millar; es un negocio rentable. Ayer, durante la cena, Aksinya le dijo a mi suegro: «Quiero construir una ladrillera en Butyokino; voy a montar mi propio negocio». Se rió al decirlo. Y el rostro de Grigory Petrovich se ensombreció; se notaba que no le gustaba. «Mientras viva», dijo, «la familia no debe separarse, debemos seguir juntos». Ella lo miró fijamente y apretó los dientes... Le sirvieron buñuelos, pero no los quiso comer.
“¡Aaa!...” Crutch se sorprendió.
—Y dime, por favor, ¿cuándo duerme? —preguntó Lipa—. Duerme media hora, luego se levanta de un salto y no para de caminar para ver si los campesinos han prendido fuego a algo, si han robado algo... Me da miedo, Ilya Makaritch. Y los Hrymin Junior no se acostaron después de la boda, sino que fueron al pueblo a litigar; y dicen que todo es por culpa de Aksinya. Dos de sus hermanos le han prometido construirle una ladrillera, pero el tercero se ha ofendido, y la fábrica lleva un mes parada, y mi tío Prohor está sin trabajo y va de casa en casa buscando pan. «¿No sería mejor que mientras tanto fueras a trabajar la tierra o a serrar leña, tío?», le digo; «¿para qué deshonrarte?». “Ya me he librado de eso”, dice; “ya no sé hacer ningún trabajo de campesino, Lipinka”.
Se detuvieron a descansar y esperar a Praskovya cerca de un bosquecillo de álamos jóvenes. Elizarov llevaba mucho tiempo trabajando como contratista a pequeña escala, pero no tenía caballos; recorría a pie todo el distrito con solo una pequeña bolsa con pan y cebollas, caminando a grandes zancadas y balanceando los brazos. Y era difícil caminar con él.
A la entrada del bosquecillo había un mojón. Elizarov lo tocó; lo leyó. Praskovya llegó hasta ellos sin aliento. Su rostro arrugado y siempre asustado irradiaba felicidad; había estado en la iglesia ese día como cualquier otra persona, luego había ido a la feria y allí había bebido sidra de pera. Para ella, esto era inusual, e incluso ahora le parecía que había vivido para su propio placer ese día por primera vez en su vida. Después de descansar, los tres caminaron uno al lado del otro. El sol ya se había puesto y sus rayos se filtraban a través del bosquecillo, iluminando los troncos de los árboles. Se oía un leve sonido de voces más adelante. Las chicas Ukleevo se habían adelantado hacía rato, pero se habían quedado en el bosquecillo, probablemente recogiendo setas.
—¡Eh, muchachas! —gritó Elizarov—. ¡Eh, mis bellezas!
Se escuchó un sonido de risa en respuesta.
¡Viene Crutch! ¡Crutch! ¡El viejo rábano picante!
Y el eco también rió. Y entonces el bosquecillo quedó atrás. Aparecieron las cimas de las chimeneas de las fábricas. La cruz del campanario relucía: este era el pueblo: «aquel en el que el diácono se comió todo el caviar en el funeral». Ya casi estaban en casa; solo tenían que bajar al gran barranco. Lipa y Praskovya, que habían estado caminando descalzas, se sentaron en la hierba para ponerse las botas; Elizar se sentó con ellas. Si miraban desde arriba, Ukleevo parecía hermoso y tranquilo con sus sauces, su iglesia blanca y su pequeño río, y la única mancha en la imagen era el tejado de las fábricas, pintado por abaratar un gris ceniciento sombrío. En la ladera del otro lado podían ver el centeno, algunos en pilas y gavillas aquí y allá como esparcidos por la tormenta, y algunos recién cortados yacían en hileras; La avena también estaba madura y brillaba al sol como nácar. Era época de cosecha. Hoy era festivo, mañana cosecharían el centeno y transportarían el heno, y el domingo volvería a ser festivo; todos los días se oían truenos lejanos. Había niebla y parecía que llovería, y al contemplar los campos, todos pensaban: «Que Dios nos conceda cosechar a tiempo»; y todos se sentían alegres, contentos y ansiosos.
—Hoy en día, los cortacéspedes cuestan mucho —dijo Praskovya—. Un rublo y cuarenta kopeks al día.
La gente no dejaba de ir y venir de la feria de Kazanskoe: campesinas, obreros con gorras nuevas, mendigos, niños... Aquí pasaba una carreta levantando el polvo y detrás corría un caballo sin vender, que parecía contento de no haber sido vendido; luego una vaca era arrastrada por los cuernos, resistiéndose obstinadamente; luego otra carreta, y en ella campesinos borrachos balanceando las piernas. Una anciana guiaba a un niño pequeño con una gorra y botas grandes; el niño estaba cansado por el calor y las pesadas botas que le impedían doblar las piernas, pero aun así tocaba sin cesar con todas sus fuerzas una trompeta de hojalata. Habían bajado la cuesta y girado hacia la calle, pero aún se oía la trompeta.
“Los dueños de nuestras fábricas no parecen estar del todo bien…”, dijo Elizarov. “Hay problemas. Kostukov está enfadado conmigo. “Han puesto demasiadas tablas en las cornisas”. “¿Demasiadas? Han puesto las necesarias, Vasili Danílich; no las como con las gachas”. “¿Cómo puedes hablarme así?”, dijo, “¡tonto inútil! ¡No te olvides! Fui yo quien te hizo contratista”. “Eso no es nada del otro mundo”, dije. “Incluso antes de ser contratista, tomaba té todos los días”. «Eres un sinvergüenza...», dijo. No dije nada. «Somos sinvergüenzas en este mundo», pensé, «y seréis sinvergüenzas en el otro...». ¡Ja, ja, ja! Al día siguiente se mostró más suave. «No me guardes rencor por mis palabras, Makaritch», dijo. «Si he dicho demasiado», añadió, «¿qué importa? Soy comerciante del primer gremio, tu superior; deberías callarte». «Tú», dije, «eres comerciante del primer gremio y yo carpintero, es cierto. Y San José también era carpintero. La nuestra es una vocación justa y agradable a Dios, y si te complace ser mi superior, eres muy bienvenido, Vasili Danílich». Y más tarde, después de esa conversación, pensé: «¿Quién era el superior? ¿Un comerciante del primer gremio o un carpintero?». ¡El carpintero debe serlo, hija mía!
Crutch pensó un minuto y añadió:
Sí, así es, hija. El que trabaja, el que tiene paciencia, es el superior.
Para entonces, el sol se había puesto y una densa niebla blanca como la leche se elevaba sobre el río, en el recinto de la iglesia y en los espacios abiertos que rodeaban las fábricas. Ahora, cuando la oscuridad caía rápidamente, cuando las luces centelleaban abajo, y cuando parecía que la niebla ocultaba un abismo insondable, Lipa y su madre, que nacieron en la pobreza y se prepararon para vivir así hasta el final, entregándolo todo a los demás excepto sus almas atemorizadas y bondadosas, quizá imaginaron por un instante que en el vasto y misterioso mundo, entre la interminable serie de vidas, ellas también contaban, y eran superiores a alguien; les gustaba sentarse allí arriba, sonreían felices y olvidaban que, de todas formas, debían volver a bajar.
Por fin volvieron a casa. Los segadores estaban sentados en el suelo, junto a la puerta de la tienda. Por lo general, los campesinos de Ukleevo no iban a trabajar a casa de Tsybukin, y tenían que contratar a desconocidos. Ahora, en la oscuridad, parecía que había hombres sentados allí con largas barbas negras. La tienda estaba abierta, y a través de la puerta pudieron ver al sordo jugando a las damas con un niño. Los segadores cantaban en voz baja, apenas audible, o en voz alta exigían el salario del día anterior, pero no les pagaban por temor a irse antes del día siguiente. El viejo Tsybukin, sin abrigo, estaba sentado con Aksinya bajo el abedul, tomando té; una lámpara ardía sobre la mesa.
—Oye, abuelo —gritó un cortacésped desde fuera de la verja, como burlándose de él—, ¡páganos la mitad de todas formas! Oye, abuelo.
Y de inmediato se oyó un sonido de risas, y luego volvieron a cantar de forma apenas audible... Crutch también se sentó a tomar un té.
“Hemos estado en la feria, ¿saben?”, empezó a contarles. “Dimos un paseo, un paseo muy bonito, hijos míos, alabado sea el Señor. Pero ocurrió una desgracia: Sashka, el herrero, compró tabaco y le dio al dependiente medio rublo para asegurarse. Y el medio rublo era falso” —continuó Crutch, y quiso hablar en voz baja, pero habló con una voz ronca y apagada que todos oyeron—. El medio rublo resultó ser falso. Le preguntaron dónde lo había conseguido. “Me lo dio Anisim Tsybukin”, dijo. “Cuando fui a su boda”, dijo. Llamaron al inspector de policía, se lo llevaron… ¡Cuidado, Grigory Petróvich, que no sale nada, ni hablar!”
—¡Abuelo! —gritó la misma voz burlona tras las puertas—. ¡Abuelo!
Siguió un silencio.
“Ah, niñitos, niñitos, niñitos…”, murmuró Crutch rápidamente, y se levantó. Le invadía el sueño. “Bueno, gracias por el té, por el azúcar, niñitos. Es hora de dormir. Soy como un tronco podrido hoy en día, mis vigas se desmoronan bajo mis pies. ¡Jo, jo, jo! Supongo que ya es hora de morir.”
Y dio un trago. El viejo Tsybukin no terminó su té, sino que se sentó un rato, reflexionando; y su rostro parecía como si estuviera escuchando los pasos de Crutch, que estaba lejos, calle abajo.
—Supongo que Sashka el herrero mintió —dijo Aksinya, adivinando sus pensamientos.
Entró en la casa y regresó poco después con un paquete; lo abrió y allí estaba el brillo de los rublos: monedas completamente nuevas. Tomó una, la probó con los dientes, la arrojó en la bandeja; luego arrojó otra.
“Los rublos sí que son falsos…”, dijo, mirando a Aksinya con aire perplejo. “Estos son los que trajo Anisim, su regalo. Cógelos, hija”, susurró, y le puso el paquete en las manos. “Cógelos y tíralos al pozo... ¡Malditos sean! Y no hables de ello. Podría salir mal… ¡Llévate el samovar, apaga la luz!”.
Lipa y su madre, sentadas en el granero, vieron cómo las luces se apagaban una tras otra; solo en la habitación de Varvara brillaban lámparas azules y rojas, y una sensación de paz, satisfacción y feliz ignorancia parecía emanar de allí. Praskovya nunca se acostumbró a que su hija se casara con un hombre rico, y cuando llegó, se acurrucó tímidamente en la habitación exterior con una sonrisa despectiva, y le sirvieron té y azúcar. Lipa tampoco se acostó, y después de que su esposo se fuera, no durmió en su cama, sino que se acostó en cualquier lugar, en la cocina o en el granero, y todos los días fregaba el suelo o lavaba la ropa, sintiéndose como si la contrataran por día. Y ahora, al volver del servicio, tomaron té en la cocina con la cocinera, luego entraron en el granero y se tumbaron en el suelo, entre el trineo y la pared. Estaba oscuro y olía a arneses. Las luces se apagaron en la casa, y entonces pudieron oír al sordo cerrando la tienda, mientras los cortacéspedes se acomodaban en el patio para dormir. A lo lejos, en casa de los Hrymin Junior, tocaban la costosa concertina... Praskovya y Lipa empezaron a dormirse.
Y cuando los despertaron los pasos de alguien, la luna estaba brillante; en la entrada del granero estaba Aksinya con su ropa de cama en los brazos.
“Quizás haga un poco más de fresco aquí”, dijo; luego entró y se acostó casi en la puerta para que la luz de la luna cayera de lleno sobre ella.
No dormía, pero respiraba con dificultad, dando vueltas por el calor, quitándose casi todas las sábanas. Y a la mágica luz de la luna, ¡qué animal tan hermoso y orgulloso era! Pasó un rato, y entonces se oyeron pasos de nuevo: el anciano padre, pálido por completo, apareció en la puerta.
—Aksinya —llamó—, ¿estás aquí?
“¿Y bien?” respondió ella enojada.
“Te dije hace un momento que tiraras el dinero al pozo, ¿lo has hecho?”
¿Y ahora qué? ¿Tirar la propiedad al agua? ¡Se la di a los cortacéspedes...!
—¡Dios mío! —gritó el anciano, atónito y alarmado—. ¡Dios mío! ¡Qué malvada!...
Levantó las manos y salió, repitiendo algo mientras se alejaba. Poco después, Aksinya se incorporó y suspiró profundamente, molesta. Luego se levantó, recogió sus sábanas y salió.
—¿Por qué me casaste con esta familia, madre? —preguntó Lipa.
—Hay que casarse, hija. No fuimos nosotros quienes lo ordenamos.
Y una sensación de inconsolable dolor estaba a punto de apoderarse de ellos. Pero les parecía que alguien los observaba desde lo alto del cielo, desde la nada, desde donde las estrellas veían todo lo que sucedía en Ukleevo, vigilándolos. Y por grande que fuera la maldad, la noche seguía siendo serena y hermosa, y en el mundo de Dios aún hay y habrá verdad y justicia, serenas y hermosas, y todo en la tierra solo espera unirse con la verdad y la justicia, así como la luz de la luna se funde con la noche.
Y ambos, acurrucándose uno junto al otro, se durmieron reconfortados.
VI
Mucho antes, la noticia de que Anisim había sido encarcelado por acuñar y pasar moneda falsa había llegado. Pasaron los meses, más de medio año, el largo invierno había terminado, la primavera había llegado, y todos en la casa y en el pueblo se habían acostumbrado a que Anisim estuviera en prisión. Y cuando alguien pasaba por la casa o la tienda por la noche, recordaba que Anisim estaba en prisión; y cuando, por alguna razón, llamaban al cementerio, eso también les recordaba que estaba en prisión esperando juicio.
Parecía como si una sombra hubiera caído sobre la casa. La casa se veía más oscura, el techo más oxidado, la pesada puerta de hierro de la tienda, pintada de verde, estaba llena de grietas o, como lo expresó el sordo, de ampollas; y el viejo Tsybukin también parecía estar descuidado. Había dejado de cortarse el pelo y la barba, y lucía desaliñado. Ya no subía con agilidad a su coche ni gritaba a los mendigos: "¡Dios proveerá!". Sus fuerzas flaqueaban, y eso se notaba en todo. La gente le tenía menos miedo ahora, y el policía lo acusó formalmente en la tienda, aunque recibía su soborno habitual como antes; y tres veces el anciano fue citado a la ciudad para ser juzgado por tráfico ilícito de bebidas alcohólicas, y el caso se aplazó continuamente debido a la falta de testigos, y el viejo Tsybukin estaba agotado por la preocupación.
Iba a menudo a ver a su hijo, contrataba a alguien, le entregaba una petición a alguien, regalaba un estandarte sagrado a alguna iglesia. Le entregó al director de la prisión donde Anisim estaba confinado un soporte de cristal de plata con una cuchara larga y la inscripción: «El alma conoce su justa medida».
—No hay nadie que se ocupe de nosotros —dijo Varvara—. ¡Vaya!... Deberías preguntarle a alguien de la nobleza; escribirían a los altos funcionarios... ¡Al menos podrían dejarlo salir bajo fianza! ¿Para qué agotar al pobre hombre?
Ella también estaba afligida, pero había engordado y palidecido; encendió las lámparas delante de los iconos como antes, se aseguró de que todo en la casa estuviera limpio y obsequió a los invitados con mermelada y queso de manzana. El sordo y Aksinya se encargaban de la tienda. Un nuevo proyecto estaba en marcha —una ladrillera en Butyokino— y Aksinya iba allí casi todos los días en su carruaje. Conducía ella misma, y cuando se encontraba con conocidos estiraba el cuello como una serpiente entre el centeno joven, y sonreía ingenua y enigmáticamente. Lipa se pasaba el tiempo jugando con el bebé que había nacido antes de la Cuaresma. Era un bebé diminuto, delgado y lastimoso, y era extraño que llorara, mirara a su alrededor y fuera considerado un ser humano, e incluso lo llamaran Nikifor. Yacía en su cuna mecedora, y Lipa se alejaba hacia la puerta y decía, inclinándose ante él:
“¡Buenos días, Nikifor Anisimitch!”
Y ella se abalanzaba sobre él y lo besaba. Luego se alejaba hacia la puerta, hacía otra reverencia y decía:
'¡Buenos días, Nikifor Anisimitch!
Y levantó sus patitas rojas y su llanto se mezclaba con la risa, como el carpintero Elizarov.
Por fin se fijó el día del juicio. Tsybukin se marchó cinco días antes. Entonces supieron que habían llamado a los campesinos citados como testigos; su antiguo trabajador, que había recibido una citación para comparecer, también fue.
El juicio fue un jueves. Pero el domingo había pasado, y Tsybukin seguía sin regresar, y no había noticias. Hacia la tarde del martes, Varvara estaba sentada junto a la ventana abierta, esperando a que llegara su marido. En la habitación contigua, Lipa jugaba con su bebé. Lo alzaba en brazos y decía con entusiasmo:
Crecerás muy, muy grande. Serás un campesino, ¡saldremos a trabajar juntos! ¡Saldremos a trabajar juntos!
—Vamos, vamos —dijo Varvara, ofendida—. ¡Ve a trabajar, qué idea, tonta! ¡Será comerciante...!
Lipa cantó suavemente, pero un minuto después se olvidó y volvió a decir:
Crecerás muchísimo, muchísimo. Serás un campesino, saldremos a trabajar juntos.
“¡Ahí está ella otra vez!”
Lipa, con Nikifor en brazos, se quedó quieta en la puerta y preguntó:
—¿Por qué lo quiero tanto, mamá? ¿Por qué siento tanta pena por él? —continuó con voz temblorosa, y sus ojos brillaban de lágrimas—. ¿Quién es? ¿Cómo es? Ligero como una pluma, como una migaja, pero lo quiero; lo quiero como a una persona de verdad. Aquí no puede hacer nada, no puede hablar, y sin embargo sé lo que quiere con sus ojitos.
Varvara escuchaba; el sonido del tren vespertino llegando a la estación la alcanzó. ¿Había llegado su marido? No oyó ni prestó atención a lo que decía Lipa; no tenía ni idea de cómo pasaba el tiempo, solo temblaba de pies a cabeza, no de miedo, sino de intensa curiosidad. Vio pasar rápidamente una carreta llena de campesinos con un traqueteo. Eran los testigos que regresaban de la estación. Cuando la carreta pasó frente a la tienda, el viejo trabajador saltó y entró en el patio. Pudo oír cómo lo saludaban en el patio y le hacían algunas preguntas...
«Privación de sus derechos y de todos sus bienes», dijo en voz alta, «y seis años de trabajos forzados en Siberia».
Pudo ver a Aksinya salir de la tienda por la parte de atrás; había estado vendiendo queroseno, y en una mano sostenía una botella y en la otra una lata, y en su boca tenía algunas monedas de plata.
“¿Dónde está papá?” preguntó ceceando.
—En la estación —respondió el trabajador—. «Cuando oscurezca un poco —dijo—, entonces iré».
Y cuando se supo en toda la casa que Anisim había sido condenado a trabajos forzados, el cocinero de la cocina rompió de repente a llorar como si estuviera en un funeral, pensando que así lo exigían las normas:
“No queda nadie que cuide de nosotros ahora que te has ido, Anisim Grigoritch, nuestro brillante halcón...”
Los perros empezaron a ladrar alarmados. Varvara corrió a la ventana y, apresurándose, gritó a la cocinera con todas sus fuerzas, forzando la voz:
¡Agáchate, Stepanida, agáchate! ¡No nos atormentes, por Dios!
Olvidaron poner el samovar; no se les ocurría nada. Solo Lipa no entendía de qué se trataba y siguió jugando con su bebé.
Cuando el anciano padre llegó de la estación, no le hicieron preguntas. Los saludó y recorrió todas las habitaciones en silencio; no cenó.
“No había nadie que se ocupara de las cosas…”, empezó Varvara cuando se quedaron solas. “Dije que deberías haber preguntado a la nobleza, no me hiciste caso en ese momento… Una petición sería…”
“Me encargué de todo”, dijo su esposo con un gesto de la mano. “Cuando condenaron a Anisim, fui a ver al caballero que lo defendía. 'Es inútil ahora', dijo, 'es demasiado tarde'; y Anisim dijo lo mismo; es demasiado tarde. Pero aun así, al salir del tribunal, llegué a un acuerdo con un abogado y le pagué algo por adelantado. Esperaré una semana y luego volveré. Será la voluntad de Dios”.
Nuevamente el anciano recorrió todas las habitaciones y cuando regresó junto a Varvara dijo:
Debo estar enfermo. Tengo la cabeza como en una... niebla. Mis pensamientos son un laberinto.
Cerró la puerta para que Lipa no oyera y continuó en voz baja:
Estoy descontento con mi dinero. ¿Recuerdas que el Domingo de Ramos, antes de su boda, Anisim me trajo unos rublos y medios rublos nuevos? Guardé un paquete en aquel momento, pero los demás los mezclé con mi propio dinero. Cuando mi tío Dmitri Filatitch —que Dios lo bendiga— vivía, viajaba constantemente a Moscú y a Crimea a comprar. Tenía esposa, y esta misma esposa, cuando él estaba comprando, se juntaba con otros hombres. Tenía media docena de hijos. Y cuando mi tío estaba borracho, se reía y decía: «Nunca distingo», solía decir, «cuáles son mis hijos y cuáles son de otros». Un carácter tranquilo, sin duda; y por eso ahora no distingo cuáles son rublos auténticos de cuáles son falsos. Y me parece que todos son falsos.
“Tonterías, Dios te bendiga.”
Saco un billete en la estación, le doy tres rublos al hombre y sigo pensando que son falsos. Y tengo miedo. Debo estar enfermo.
“No se puede negar, todos estamos en manos de Dios... ¡Ay, Dios mío...!”, dijo Varvara, y negó con la cabeza. “Deberías pensar en esto, Grigory Petrovich: nunca se sabe, cualquier cosa puede pasar, ya no eres joven. Cuida de que no le hagan daño a tu nieto cuando estés muerto. ¡Ay, me temo que serán injustos con Nikifor! Tiene un padre prácticamente inexistente, su madre es joven e insensata... Deberías conseguirle algo, pobrecito, al menos la tierra, Butyokino, Grigory Petrovich, ¡de verdad! ¡Piénsalo!”, continuó Varvara, persuadiéndolo. “¡El niño bonito, uno siente lástima por él! Mañana mismo vas a hacer la escritura; ¿para qué posponerlo?”
—Me había olvidado de mi nieto —dijo Tsybukin—. Tengo que ir a verlo. ¿Así que dices que el niño está bien? Bueno, que crezca, Dios quiera.
Abrió la puerta y, haciendo un gesto con el dedo, le hizo una seña a Lipa. Ella se acercó con el bebé en brazos.
—Si quieres algo, Lipinka, pídelo —dijo—. Y come lo que quieras, no te lo negaremos, siempre que te haga bien... —Hizo la señal de la cruz sobre el bebé—. Y cuida de mi nieto. Mi hijo se ha ido, pero mi nieto queda.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas; sollozó y se marchó. Poco después se acostó y durmió profundamente tras siete noches sin dormir.
VII
El viejo Tsybukin fue al pueblo por un corto tiempo. Alguien le dijo a Aksinya que había ido al notario a hacer testamento y que dejaba Butyokino, el mismo lugar donde ella había establecido una fábrica de ladrillos, a Nikifor, su nieto. Se enteró de esto por la mañana, cuando el viejo Tsybukin y Varvara estaban sentados cerca de los escalones bajo el abedul, tomando té. Ella cerró la tienda por delante y por detrás, juntó todas las llaves que tenía y las arrojó a los pies de su suegro.
—No voy a seguir trabajando para ti —empezó a decir en voz alta, y de repente rompió a sollozar—. ¡Parece que no soy tu nuera, sino una sirvienta! Todos se burlan y dicen: "¡Mira qué sirvienta tienen los Tsybukin!". ¡No vine a ti por un sueldo! No soy una mendiga, no soy una esclava; tengo padre y madre.
Ella no se secó las lágrimas, fijó en su suegro sus ojos llenos de lágrimas, vengativos, entrecerrados por la ira; su cara y su cuello estaban rojos y tensos, y gritaba a todo pulmón.
—¡No pienso seguir siendo una esclava! —continuó—. Estoy agotada. Cuando se trata de trabajar, cuando se trata de estar sentada en la tienda día tras día, corriendo por la noche en busca de vodka, entonces es mi parte, pero cuando se trata de regalar la tierra, es para la esposa de ese presidiario y su diablillo. Ella es la señora aquí, y yo soy su sirvienta. ¡Denle todo, a la esposa del presidiario, y que se ahogue! ¡Me voy a casa! ¡Búsquense a otro idiota, malditos Herodes!
Tsybukin nunca en su vida había regañado ni castigado a sus hijos, y jamás había imaginado que alguien de su familia pudiera hablarle con rudeza o comportarse irrespetuosamente; y ahora estaba muy asustado; corrió a la casa y se escondió detrás del armario. Varvara estaba tan nerviosa que no podía levantarse de su asiento, y solo agitaba las manos como si estuviera espantando una abeja.
—¡Oh, santos santos! ¿Qué significa esto? —murmuró horrorizada—. ¿Qué está gritando? ¡Ay, Dios mío!... ¡La gente oirá! ¡Silencio! ¡Ay, silencio!
—Le ha dado Butyokino a la esposa del preso —siguió gritando Aksinya—. ¡Denle todo ahora, no quiero nada de ustedes! ¡Déjenme en paz! ¡Sois todos una banda de ladrones! ¡Ya he tenido suficiente! ¡Han robado a la gente que entraba y salía; han robado a viejos y jóvenes por igual, bandidos! ¿Y quién ha estado vendiendo vodka sin licencia? ¿Y dinero falso? ¡Han llenado cajas con monedas falsas, y ahora ya no sirvo!
Para entonces, ya se había reunido una multitud ante la puerta abierta y miraba fijamente hacia el patio.
—Que la gente vea —gritó Aksinya—. ¡Los avergonzaré a todos! ¡Arderán de vergüenza! Se humillarán a mis pies. ¡Oye! —gritó al sordo—. ¡Vámonos a casa ahora mismo! ¡Vámonos con mis padres! No quiero vivir con presos. ¡Prepárate!
La ropa colgaba en tendederos que se extendían por el patio; se quitó las enaguas y blusas aún mojadas y las arrojó a los brazos del sordo. Entonces, furiosa, corrió por el patio junto a la ropa blanca, la arrancó toda, y lo que no era suyo lo tiró al suelo y lo pisoteó.
—¡Santos santos, llévensela! —gimió Varvara—. ¡Qué mujer! ¡Denle Butyokino! ¡Denle, por el amor de Dios!
—¡Vaya! ¡Qué mujer! —decían en la puerta—. ¡Es una mujer! ¡Va a por todas!
Aksinya corrió a la cocina, donde se estaba lavando. Lipa lavaba sola; la cocinera había ido al río a enjuagar la ropa. Salía vapor del abrevadero y del caldero junto a la estufa, y la cocina estaba densa y sofocante por el vapor. En el suelo había un montón de ropa sin lavar, y Nikifor, con sus piernecitas rojas, había sido colocado en un banco cerca para que no se hiciera daño si se caía. Justo cuando Aksinya entró, Lipa sacó la camisa de la cocinera del montón y la puso en el abrevadero, y justo estaba extendiendo la mano hacia un gran cucharón de agua hirviendo que estaba sobre la mesa.
—Dámela —dijo Aksinya, mirándola con odio y sacando la camisa del abrevadero—. ¡No te incumbe tocar mi ropa interior! Eres la esposa de un convicto y deberías saber quién eres y cuál es tu lugar.
Lipa la miró desconcertada y no comprendió, pero de repente captó la mirada que Aksinya dirigía a la niña, y de inmediato comprendió y se quedó paralizada por completo.
—¡Me has quitado mi tierra, así que aquí estás! —Dicho esto, Aksinya agarró el cucharón con el agua hirviendo y se lo arrojó a Nikifor.
Después de esto, se oyó un grito como nunca antes se había oído en Ukleevo, y nadie habría creído que una criatura tan débil como Lipa pudiera gritar así. Y de repente, se hizo el silencio en el patio.
Aksinya entró en la casa con su antigua sonrisa ingenua... El sordo seguía moviéndose por el patio con los brazos llenos de ropa blanca, y luego empezó a colgarla de nuevo, en silencio, sin prisa. Y hasta que la cocinera regresó del río, nadie se atrevió a entrar en la cocina a ver qué había.
VIII
Nikifor fue trasladado al hospital del distrito, donde falleció al anochecer. Lipa no esperó a que vinieran a buscarla, sino que envolvió al bebé muerto en su mantita y lo llevó a casa.
El hospital, recién construido, con grandes ventanales, se alzaba en lo alto de una colina; brillaba con el sol poniente y parecía estar en llamas desde dentro. Abajo había un pequeño pueblo. Lipa bajó por el camino y, antes de llegar al pueblo, se sentó junto a un estanque. Una mujer bajó un caballo para beber, pero el caballo no bebió.
"¿Qué más quieres?", le dijo la mujer suavemente. "¿Qué quieres?"
Un niño con camisa roja, sentado a la orilla del agua, lavaba las botas de su padre. Y no se veía ni un alma ni en el pueblo ni en la colina.
“No está bebiendo”, dijo Lipa mirando al caballo.
Entonces la mujer del caballo y el niño de las botas se alejaron, y no quedó nadie. El sol se acostó envuelto en un manto dorado y púrpura, y largas nubes, rojas y lilas, se extendían por el cielo, protegiendo su sueño. A lo lejos, un avetoro chilló, un sonido hueco y melancólico, como el de una vaca encerrada en un establo. El grito de esa misteriosa ave se oía cada primavera, pero nadie sabía cómo era ni dónde vivía. En la cima de la colina junto al hospital, en los arbustos cerca del estanque y en los campos, los ruiseñores trinaban. El cuco seguía contando los años de alguien, perdiéndolos y volviendo a empezar. En el estanque, las ranas se llamaban furiosas, casi a punto de estallar, y hasta se podía distinguir: "¡Eso es lo que eres! ¡Eso es lo que eres!". ¡Qué ruido! Parecía como si todas estas criaturas cantaran y gritaran para que nadie pudiera dormir en esa noche de primavera, para que todos, incluso las ranas enojadas, pudieran apreciar y disfrutar cada minuto: la vida se da solo una vez.
Una media luna plateada brillaba en el cielo; había muchas estrellas. Lipa no tenía idea de cuánto tiempo estuvo sentada junto al estanque, pero cuando se levantó y siguió caminando, todos dormían en el pequeño pueblo y no había una sola luz. Probablemente eran unas nueve millas de camino a casa, pero no tenía la fuerza, no tenía el poder de pensar cómo ir: la luna brillaba ahora al frente, ahora a la derecha, y el mismo cuco seguía llamando con una voz ronca, con una risita como si se burlara de ella: "¡Oye, cuidado, te perderás!" Lipa caminó rápidamente; se quitó el pañuelo de la cabeza... miró al cielo y se preguntó dónde estaría ahora el alma de su bebé: ¿la estaría siguiendo, o flotando allá arriba entre las estrellas y sin pensar ahora en su madre? Oh, qué solo estaba en el campo abierto por la noche, en medio de ese canto cuando uno no puede cantarse a sí mismo; En medio de los incesantes gritos de alegría, cuando uno mismo no puede estar alegre, cuando la luna, a la que no le importa si es primavera o invierno, si los hombres están vivos o muertos, también mira hacia abajo, como solitaria... Cuando hay dolor en el corazón, es difícil estar sin la gente. ¡Ojalá su madre, Praskovya, hubiera estado con ella, o Crutch, o la cocinera, o algún campesino!
¡Buuuu! —gritó el avetoro—. ¡Buuuu!
Y de repente oyó con claridad el sonido de la voz humana: “¡Mete los caballos, Vavila!”
Junto al camino, una fogata ardía frente a ella: las llamas se habían extinguido, solo quedaban brasas rojas. Podía oír a los caballos masticar. En la oscuridad, vio la silueta de dos carretas, una con un barril, la otra, más baja, con sacos dentro, y las figuras de dos hombres; uno guiaba un caballo para meterlo en las varas, el otro permanecía inmóvil junto al fuego con las manos a la espalda. Un perro gruñó junto a las carretas. El que guiaba el caballo se detuvo y dijo:
“Parecía como si alguien viniera por el camino.”
—¡Sharik, cállate! —gritó el otro al perro.
Y por la voz se notaba que el segundo era un anciano. Lipa se detuvo y dijo:
“Dios te ayude.”
El anciano se acercó a ella y no le respondió inmediatamente:
"¡Buenas noches!"
“¿Tu perro no muerde, abuelo?”
—No, ven, no te tocará.
“Estuve en el hospital”, dijo Lipa tras una pausa. “Mi hijito murió allí. Aquí estoy, llevándolo a casa”.
Debe haber sido desagradable para el anciano escuchar esto, porque se alejó y dijo apresuradamente:
—No te preocupes, querido. Es la voluntad de Dios. Eres muy lento, muchacho —añadió, dirigiéndose a su compañero—. ¡Ten ánimo!
“Tu yugo no está en ninguna parte”, dijo el joven; “no se ve”.
"Eres un auténtico Vavila."
El anciano cogió una brasa, sopló (sólo sus ojos y su nariz se iluminaron); luego, cuando encontraron el yugo, fue con la luz hacia Lipa y la miró; su mirada expresaba compasión y ternura.
“Eres madre”, dijo; “toda madre llora por su hijo”.
Y suspiró y negó con la cabeza al decirlo. Vavila echó algo al fuego, lo pisoteó, y al instante quedó muy oscuro; la visión se desvaneció, y como antes, solo quedaron los campos, el cielo estrellado y el canto de los pájaros que se desvelaban. Y el rascón graznó, al parecer, en el mismo lugar donde había estado el fuego.
Pero pasó un minuto, y de nuevo pudo ver las dos carretas, al anciano y al flacucho Vavila. Las carretas crujieron al salir al camino.
“¿Sois hombres santos?”, preguntó Lipa al anciano.
—No. Somos de Firsanovo.
Me miraste hace un momento y se me conmovió el corazón. Y el joven es tan gentil. Pensé que debían ser santos.
"¿Vas lejos?"
“A Ukleevo.”
“Sube, te llevaremos hasta Kuzmenki, luego sigues recto y nosotros giramos a la izquierda”.
Vavila subió al carro con el barril, y el anciano y Lipa subieron al otro. Avanzaban a paso de tortuga, con Vavila delante.
“Mi bebé estuvo atormentado todo el día”, dijo Lipa. “Me miraba con sus ojitos y no decía nada; quería hablar y no podía. ¡Santo Padre, Reina del Cielo! En mi dolor, me caía al suelo una y otra vez. Me levanté y me dejé caer junto a la cama. Y dime, abuelo, ¿por qué un niño pequeño debe ser atormentado antes de morir? Cuando una persona adulta, hombre o mujer, está atormentada, sus pecados son perdonados, pero ¿por qué un niño pequeño, si no tiene pecados? ¿Por qué?”
“¿Quién lo sabe?” respondió el anciano.
Continuaron conduciendo en silencio durante media hora.
“No podemos saberlo todo, ni cómo ni por qué”, dijo el anciano. “Está predestinado que el pájaro no tenga cuatro alas, sino dos, porque puede volar con dos; y, por lo tanto, está predestinado que el hombre no lo sepa todo, sino solo la mitad o una cuarta parte. Sabe lo que necesita saber para vivir.”
—Me conviene ir a pie, abuelo. Ahora me tiembla el corazón.
“No importa, quédate quieto.”
El anciano bostezó e hizo la señal de la cruz sobre su boca.
—No importa —repitió—. La tuya no es la peor de las penas. La vida es larga, habrá cosas buenas y malas, habrá de todo. Grande es la madre Rusia —dijo, y miró a su alrededor. He recorrido toda Rusia y lo he visto todo en ella, y puedes creerme, querida. Habrá cosas buenas y malas. Fui como delegado de mi pueblo a Siberia, y he estado en el río Amur y los montes Altái, y me instalé allí; trabajé la tierra allí, luego sentí nostalgia de la madre Rusia y regresé a mi pueblo natal. Regresamos a Rusia a pie; y recuerdo que fuimos en un barco de vapor, y yo estaba flaquísimo, andrajoso, descalzo, helado de frío y mordisqueando una corteza de pan, y un caballero que estaba en el barco —que el reino de los cielos sea suyo si ha muerto— me miró con lástima, y se le llenaron los ojos de lágrimas. «Ah», dijo, «tu pan es negro, tus días son negros...». Y cuando regresé a casa, como dice el dicho, no había ni palo ni establo; tenía esposa, pero la dejé en Siberia, allí la enterraron. Así que vivo como jornalero. Y sin embargo, yo Te lo digo: desde entonces he tenido tanto buenas como malas. No quiero morir aquí, querida, me alegraría vivir otros veinte años; así ha habido más cosas buenas. ¡Y grande es nuestra madre Rusia! —Y de nuevo miró a ambos lados y a su alrededor.
“Abuelo”, preguntó Lipa, “cuando alguien muere, ¿cuántos días camina su alma sobre la tierra?”
¡Quién sabe! Pregúntale a Vavila, él ha ido a la escuela. Ahora les enseñan todo. ¡Vavila!, le gritó el anciano.
"¡Sí!"
“Vavila, cuando alguien muere ¿cuánto tiempo camina su alma en la tierra?”
Vavila detuvo el caballo y sólo entonces respondió:
Nueve días. Mi tío Kirilla murió y su alma vivió en nuestra cabaña trece días después.
"¿Cómo lo sabes?"
“Durante trece días hubo golpes en la estufa”.
—Bueno, está bien. Continúa —dijo el anciano, y se notaba que no creía ni una palabra de todo aquello.
Cerca de Kuzmenki, el carro tomó la carretera principal mientras Lipa seguía recto. Ya amanecía. Al descender al barranco, las cabañas de Ukleevo y la iglesia quedaron ocultas por la niebla. Hacía frío, y le pareció que el mismo cuco seguía cantando.
Cuando Lipa llegó a casa, aún no habían sacado al ganado; todos dormían. Se sentó en los escalones y esperó. El anciano fue el primero en salir; comprendió todo lo sucedido con solo mirarla, y durante un buen rato no pudo articular palabra, solo movió los labios en silencio.
—Eh, Lipa —dijo—, no cuidaste de mi nieto...
Varvara se despertó. Juntó las manos y rompió a llorar, e inmediatamente empezó a acostar al bebé.
"Y era un niño muy bonito...", dijo. "Ay, Dios mío... Solo tuviste un hijo y no lo cuidaste lo suficiente, tonta..."
Hubo un servicio de réquiem por la mañana y por la tarde. El funeral tuvo lugar al día siguiente, y después, los invitados y los sacerdotes comieron en abundancia, y con tanta voracidad que uno podría haber pensado que no habían probado bocado en mucho tiempo. Lipa servía la mesa, y el sacerdote, levantando su tenedor, en el que había un champiñón salado, le dijo:
No te aflijas por el bebé. Porque de los tales es el reino de los cielos.
Y solo cuando todos se separaron, Lipa comprendió plenamente que Nikifor no existía y que nunca existiría, lo comprendió y rompió a llorar. Y no sabía a qué habitación ir a llorar, pues sentía que ahora que su hijo había muerto no había lugar para ella en la casa, que no tenía por qué estar allí, que estorbaba; y los demás también lo sentían.
—¿Y ahora por qué gritas? —gritó Aksinya, apareciendo de repente en la puerta; en honor al funeral, vestía ropa nueva y se había empolvado la cara—. ¡Cállate!
Lipa intentó detenerse pero no pudo y sollozó más fuerte que nunca.
—¿Me oyes? —gritó Aksinya, y dio un golpe en el suelo con furia—. ¿Con quién hablo? ¡Sal del patio y no vuelvas a pisar aquí, esposa de presidiario! ¡Fuera de aquí!
—Vamos, vamos, vamos —intervino el anciano con inquietud—. Aksinya, no grites tanto, mi niña... Está llorando, es normal... Su hijo ha muerto...
—Es natural —lo imitó Aksinya—. ¡Que pase la noche aquí y que no la vea por aquí mañana! ¡Es natural!... —volvió a imitarle y, riendo, entró en la tienda.
Temprano a la mañana siguiente, Lipa partió para visitar a su madre en Torguevo.
IX
En la actualidad, los escalones y la puerta principal de la tienda han sido repintados y están tan brillantes como si fueran nuevos, hay alegres geranios en las ventanas como antaño, y lo que ocurrió en la casa y el patio de Tsybukin hace tres años está casi olvidado.
Grigory Petróvich es considerado el amo, como lo fue en los viejos tiempos, pero en realidad todo ha pasado a manos de Aksinya; ella compra y vende, y nada se puede hacer sin su consentimiento. La ladrillera funciona bien; y como faltan ladrillos para el ferrocarril, el precio ha subido a veinticuatro rublos por mil; las campesinas y las niñas llevan los ladrillos a la estación, los cargan en los vagones y ganan un cuarto de rublo al día por el trabajo.
Aksinya se ha asociado con los Hrymin Juniors, y su fábrica ahora se llama Hrymin Juniors y Cía. Han abierto una taberna cerca de la estación, y ahora la costosa concertina no se toca en la fábrica, sino en la taberna, y el jefe de correos va allí a menudo, y él también se dedica a algún tipo de tráfico, al igual que el jefe de estación. Los Hrymin Juniors le han regalado a Stepan, un sordo, un reloj de oro, y él no para de sacarlo del bolsillo y ponérselo en la oreja.
Se dice que Aksinya se ha convertido en una persona poderosa; y es cierto que cuando conduce por la mañana hacia su ladrillera, guapa y feliz, con una sonrisa inocente, y después, cuando da órdenes allí, se percibe su gran poder. Todos le temen, en casa, en el pueblo y en la ladrillera. Cuando va a correos, el jefe de correos se levanta de un salto y le dice:
“¡Te ruego humildemente que tomes asiento, Aksinya Abramovna!”
Un terrateniente, de mediana edad pero presumido, con túnica de tela fina y botas altas de charol, le vendió un caballo y se dejó llevar tanto por la conversación que bajó el precio para complacer sus deseos. Le sostuvo la mano un buen rato y, mirándola a los ojos alegres, astutos e ingenuos, dijo:
Por una mujer como tú, Aksinya Abramovna, estaría dispuesta a hacer lo que me pidieras. Solo dime cuándo podemos vernos sin que nadie nos moleste.
“¿Por qué, cuando quieras?”
Y desde entonces, el viejo petimetre va a la tienda casi todos los días a beber cerveza. Y la cerveza es horrible, amarga como el ajenjo. El terrateniente niega con la cabeza, pero la bebe.
El viejo Tsybukin ya no tiene nada que ver con el negocio. No guarda dinero porque no distingue entre lo bueno y lo falso, pero guarda silencio, no dice nada de esta debilidad. Se ha vuelto olvidadizo, y si no le dan comida, no la pide. Se han acostumbrado a cenar sin él, y Varvara suele decir:
“Se volvió a acostar ayer sin cenar.”
Y lo dice con indiferencia, porque está acostumbrada. Por alguna razón, tanto en verano como en invierno, lleva abrigo de piel, y solo cuando hace mucho calor no sale, sino que se queda en casa. Por lo general, poniéndose el abrigo de piel, envolviéndose en él y subiéndose el cuello, pasea por el pueblo, por el camino a la estación, o se sienta de la mañana a la noche en el banco cerca de la puerta de la iglesia. Permanece allí sin moverse. Los transeúntes le hacen una reverencia, pero él no responde, pues, como siempre, le desagradan los campesinos. Si le hacen una pregunta, responde con bastante racionalidad y cortesía, pero brevemente.
Corre por el pueblo el rumor de que su nuera lo echa de casa y no le da nada de comer, y que se alimenta por caridad; algunos se alegran, otros sienten pena por él.
Varvara se ha vuelto aún más gorda y blanca, y como antes, está activa en buenas obras y Aksinya no interfiere con ella.
Hay tanta mermelada que no tienen tiempo de comerla antes de que llegue la fruta fresca; se pone azucarada y Varvara casi derrama lágrimas, sin saber qué hacer con ella.
Han empezado a olvidarse de Anisim. Ha llegado una carta suya escrita en verso en una gran hoja de papel, como si fuera una petición, con la misma espléndida caligrafía. Evidentemente, su amigo Samorodov compartía su castigo. Bajo los versos, con una letra fea y apenas legible, había una sola línea: «Estoy enfermo aquí todo el tiempo; soy desdichado, ¡por Dios, ayúdame!».
Al atardecer —era un hermoso día de otoño—, el viejo Tsybukin estaba sentado cerca de la puerta de la iglesia, con el cuello de su abrigo de piel subido y solo se le veía la nariz y la visera de la gorra. En el otro extremo del largo asiento estaba sentado Elizarov, el contratista, y a su lado, Yakov, el vigilante de la escuela, un anciano desdentado de unos setenta años. Crutch y el vigilante conversaban.
“Los hijos deben dar de comer y beber a los ancianos... Honra a tu padre y a tu madre...” decía Yakov con irritación, “mientras que ella, esta nuera, ha echado a su suegro de su propia casa; el anciano no tiene qué comer ni beber, ¿adónde irá? No ha probado bocado en tres días.”
“¡Tres días!” dijo Crutch asombrado.
Aquí está sentado y no dice ni una palabra. Se ha debilitado. ¿Y por qué callar? Debería procesarla; no la adularían en el juzgado.
“¿A quién no le gustaría adular?”, preguntó Crutch sin oír.
"¿Qué?"
La mujer está bien, hace lo que puede. En su oficio no pueden prescindir de eso... sin pecado, quiero decir...
—De su propia casa —continuó Yakov con irritación—. ¡Ahorra, cómprate tu propia casa y luego echa a la gente! ¡Es una buena persona, sin duda! ¡Una plaga!
Tsybukin escuchó y no se movió.
“No importa si es tu casa o la de otros, siempre que esté caliente y las mujeres no me regañen…”, dijo Crutch, y se rió. “De joven, quería mucho a mi Nastasya. Era una mujer tranquila. Y siempre estaba diciendo: “¡Compra una casa, Makaritch! ¡Compra una casa, Makaritch! ¡Compra una casa, Makaritch!”. Se moría y, sin embargo, seguía diciendo: “Cómprate un droshky de carreras, Makaritch, para que no tengas que caminar”. Y yo no le compraba nada más que pan de jengibre.”
—Su marido es sordo y estúpido —continuó Yakov, sin oír a Crutch—; un completo imbécil, como un ganso. No entiende nada. Dale un palo en la cabeza a un ganso y ni siquiera así entiende.
Crutch se levantó para irse a su casa, a la fábrica. Yakov también se levantó, y ambos se marcharon juntos, sin dejar de hablar. Cuando habían recorrido cincuenta pasos, el viejo Tsybukin también se levantó y los siguió, pisando con incertidumbre, como si estuviera sobre hielo resbaladizo.
El pueblo ya estaba sumido en la oscuridad de la tarde y el sol solo brillaba en la parte alta del camino, que serpenteaba como una serpiente cuesta arriba. Las ancianas regresaban del bosque, acompañadas de niños, trayendo cestas de setas. Campesinas y niñas llegaban en grupo desde la estación, donde habían estado cargando los vagones con ladrillos, con la nariz y las mejillas cubiertas de polvo rojo de ladrillo. Cantaban. Delante de todas, Lipa cantaba con voz aguda, con la mirada al cielo, prorrumpiendo en trinos, como triunfante y extasiada porque por fin el día había terminado y podía descansar. Entre la multitud estaba su madre, Praskovya, que caminaba con un bulto en brazos y jadeante como siempre.
—¡Buenas noches, Makaritch! —gritó Lipa al ver a Crutch—. ¡Buenas noches, cariño!
—Buenas noches, Lipinka —exclamó Crutch, encantado—. Queridas niñas y mujeres, ¡amen al rico carpintero! ¡Jo, jo! Mis hijitos, mis hijitos. (Crutch tragó saliva). ¡Mis queridas hachas!
Crutch y Yakov siguieron adelante y aún se les oía hablar. Luego, tras ellos, la multitud se encontró con el viejo Tsybukin y se hizo un silencio repentino. Lipa y Praskovya se habían quedado un poco atrás, y cuando el anciano estuvo a su altura, Lipa hizo una profunda reverencia y dijo:
“Buenas noches, Grigory Petrovich.”
Su madre también se inclinó. El anciano se detuvo y, sin decir nada, los miró en silencio; le temblaban los labios y tenía los ojos llenos de lágrimas. Lipa sacó del bulto de su madre un trozo de pastel salado y se lo dio. Él lo tomó y empezó a comer.
El sol ya se había puesto: su resplandor se apagó en el camino. Oscureció y refrescó. Lipa y Praskovya siguieron caminando y durante un rato no pararon de persignarse.
EL CAZADOR
AMediodía sofocante y sofocante. Ni una nube en el cielo... La hierba, quemada por el sol, tenía un aspecto desconsolado y desesperanzado: aunque lloviera, jamás volvería a ser verde... El bosque permanecía silencioso, inmóvil, como si contemplara algo con las copas de los árboles o esperara algo.
Al borde del claro, un hombre alto y estrecho de cuarenta años, con camisa roja, pantalones remendados que habían sido de caballero y botas altas, caminaba con paso lento y torpe. Paseaba por el camino. A la derecha, el verde del claro; a la izquierda, un mar dorado de centeno maduro se extendía hasta el horizonte. Estaba rojo y sudoroso; una gorra blanca con visera recta, evidentemente un regalo de algún joven caballero generoso, se posaba con desenvoltura sobre su hermosa cabeza rubia. Sobre su hombro colgaba un morral con un gallo negro dentro. El hombre sostenía una escopeta de dos cañones amartillada en la mano y miraba con los ojos entornados hacia su viejo y flaco perro, que corría delante, olfateando los arbustos. Reinaba el silencio a su alrededor, ni un solo sonido... todo ser viviente se refugiaba del calor.
—¡Yegor Vlassitch! —oyó de repente el cazador una voz suave.
Se sobresaltó y, mirando a su alrededor, frunció el ceño. A su lado, como si hubiera surgido de la tierra, estaba una mujer pálida de unos treinta años con una hoz en la mano. Intentaba mirarlo a la cara y sonreía con timidez.
—¡Oh, eres tú, Pelagea! —dijo el cazador, deteniéndose y desamartillando el arma con delicadeza—. ¡Mmm!... ¿Cómo has llegado hasta aquí?
“Las mujeres de nuestro pueblo trabajan aquí, así que he venido con ellas... Como obrero, Yegor Vlassitch.”
—Oh… —gruñó Yegor Vlassitch y siguió caminando lentamente.
Pelagia lo siguió. Caminaron en silencio durante veinte pasos.
“Hace mucho que no te veo, Yegor Vlasitch…”, dijo Pelagea, mirando con ternura los hombros temblorosos del cazador. “No te veo desde que entraste en nuestra cabaña en Pascua a beber agua… entraste en Pascua un minuto y luego Dios sabe cuánto… borracho… me regañaste, me pegaste y te fuiste… He estado esperando y esperando… Me he cansado la vista buscándote. ¡Ah, Yegor Vlasitch, Yegor Vlasitch! ¡Podrías pasarte aunque sea una vez!”
“¿Qué puedo hacer allí?”
Claro que no tienes nada que hacer... aunque, por supuesto... hay un lugar que vigilar... Para ver cómo van las cosas... Tú eres el amo... ¡Oye, has matado a un gallo negro, Yegor Vlassitch! ¡Deberías sentarte y descansar!
Mientras decía todo esto, Pelagea se rió como una niña tonta y miró a Yegor a la cara. Su rostro irradiaba felicidad.
—¿Siéntate? Si quieres... —dijo Yegor con indiferencia, y eligió un sitio entre dos abetos—. ¿Por qué estás de pie? Siéntate tú también.
Pelagea se sentó a cierta distancia, al sol, y, avergonzada de su alegría, se tapó la boca con la mano. Pasaron dos minutos en silencio.
—Podrías venir por una vez —dijo Pelagea.
—¿Para qué? —suspiró Yegor, quitándose la gorra y secándose la frente enrojecida con la mano—. No tengo ningún propósito en venir. Ir una o dos horas es solo una pérdida de tiempo, simplemente te molesta, y vivir continuamente en el pueblo no podría soportarlo... Tú mismo sabes que soy un hombre mimado... Quiero una cama donde dormir, buen té para tomar y una conversación refinada... Quiero todas las comodidades, mientras tú vives en la pobreza y la suciedad del pueblo... No podría soportarlo ni un día. Si hubiera un edicto que me obligara a vivir contigo, prendería fuego a la cabaña o me mataría. Desde niño he tenido este amor por la comodidad; no hay remedio.
¿Dónde vives ahora?
Con este caballero, Dmitri Ivánich, como cazador. Le sirvo la mesa, pero él me guarda... más para su placer que para cualquier otra cosa.
—Ese no es un trabajo de verdad, Yegor Vlassitch... Para otros es un pasatiempo, pero para ti es como un oficio... como un trabajo de verdad.
—No lo entiendes, tonto —dijo Yegor mirando tristemente al cielo. Nunca has entendido, y mientras vivas nunca entenderás qué clase de hombre soy... Me consideras un tonto, que ha ido a la ruina, pero para cualquiera que me entienda soy el mejor tirador de todo el distrito. La nobleza lo cree, e incluso han publicado cosas sobre mí en una revista. No hay hombre que se me compare como deportista... Y no es por ser mimado y orgulloso que menosprecie el trabajo de tu pueblo. Desde niño, sabes, nunca he tenido otra vocación que no sean las armas y los perros. Si me quitaban el arma, salía con el anzuelo; si me quitaban el anzuelo, atrapaba cosas con las manos. Y también me dediqué al comercio de caballos, solía ir a las ferias cuando tenía dinero, y ya sabes que si un campesino se dedica a la caza o al comercio de caballos, adiós al arado. Una vez que el espíritu de libertad se ha apoderado de un hombre, nunca se le puede arrancar. De la misma manera, si un caballero se dedica a la actuación o a cualquier otro arte, jamás llegará a ser funcionario ni terrateniente. Eres mujer y no lo entiendes, pero hay que entenderlo.
—Lo entiendo, Yegor Vlassitch.
“No entiendes si vas a llorar...”
—Yo... yo no lloro —dijo Pelagea, dándose la vuelta—. ¡Es un pecado, Yegor Vlassitch! De todas formas, podrías quedarte un día conmigo, desgraciada. Hace doce años que me casé contigo, y... y... ¡nunca ha habido amor entre nosotros!... Yo... yo no lloro.
“Amor…”, murmuró Yegor, rascándose la mano. “No puede haber amor. Solo de nombre somos marido y mujer; en realidad no. Para ti soy un hombre salvaje, y para mí eres una simple campesina sin entendimiento. ¿Hacemos buena pareja? Yo soy un hombre libre, mimado y derrochador, mientras que tú eres una mujer trabajadora, que va con zapatos de corteza y nunca endereza la espalda. Me considero el hombre más destacado en todo tipo de deportes, y me miras con lástima… ¿Eso es hacer buena pareja?”
—Pero estamos casados, ¿sabes, Yegor Vlassitch? —sollozó Pelagea.
No nos casamos por voluntad propia... ¿Lo has olvidado? Tienes que agradecerle al conde Serguéi Paylovitch y a ti mismo. Por envidia, porque yo disparaba mejor que él, el conde me estuvo dando vino durante un mes entero, y cuando un hombre está borracho, puedes hacerle cambiar de religión, ni hablar de casarte. Para pagarme, me casó contigo cuando estaba borracho... ¡Un cazador con una pastora! Viste que estaba borracho, ¿por qué te casaste conmigo? No eras un siervo, ¿sabes? Podrías haberte resistido. Claro que fue una suerte que una pastora se casara con un cazador, pero deberías haberlo pensado. Bueno, ahora ponte triste, llora. Es una broma para el conde, pero un motivo de llanto para ti... Golpéate contra la pared.
Se hizo un silencio. Tres patos salvajes sobrevolaron el claro. Yegor los siguió con la mirada hasta que, transformados en tres puntos apenas visibles, se hundieron mucho más allá del bosque.
“¿Cómo vives?” preguntó, moviendo su mirada de los patos a Pelagea.
Ahora voy a trabajar, y en invierno saco a un niño del Hospital de Niños Expósitos y lo crío con biberón. Me dan un rublo y medio al mes.
"Oh...."
De nuevo un silencio. De la franja que había sido segada surgió una suave canción que se interrumpió al principio. Hacía demasiado calor para cantar.
“Dicen que habéis construido una nueva cabaña para Akulina”, dijo Pelagea.
Yegor no habló.
“Así que ella es querida para ti...”
—¡Es tu suerte, es el destino! —dijo el cazador, estirándose—. Tienes que aguantarlo, pobrecito. Pero adiós, ya he hablado bastante... Debo estar en Boltovo esta tarde.
Yegor se levantó, se estiró y se colgó el arma al hombro; Pelagea se levantó.
“¿Y cuándo vienes al pueblo?” preguntó suavemente.
No tengo por qué, nunca me despejaré, y no tienes mucho que ganar si estoy borracho; soy rencoroso cuando estoy borracho. ¡Adiós!
“Adiós, Yegor Vlassitch.”
Yegor se puso la gorra y, chasqueando los dedos para llamar a su perro, siguió su camino. Pelagea se quedó quieta, observándolo... Vio sus omoplatos en movimiento, su gorra alegre, su paso perezoso y despreocupado, y sus ojos estaban llenos de tristeza y tierno cariño... Su mirada recorrió la figura alta y esbelta de su esposo, acariciándola y acariciándola... Él, como si sintiera esa mirada, se detuvo y miró a su alrededor... No habló, pero por su rostro, por su encogimiento de hombros, Pelagea supo que quería decirle algo. Se acercó tímidamente y lo miró con ojos implorantes.
—Tómalo —dijo dándose la vuelta.
Le dio un billete de rublo arrugado y se alejó rápidamente.
—Adiós, Yegor Vlassitch —dijo ella, tomando mecánicamente el rublo.
Caminaba por un largo camino, recto como una correa tensa. Ella, pálida e inmóvil como una estatua, permanecía allí, con la mirada fija en cada paso que daba. Pero el rojo de su camisa se fundía con el color oscuro de sus pantalones; sus pasos eran invisibles, y el perro era imposible de distinguir de las botas. No se veía nada más que la gorra, y... de repente, Yegor giró bruscamente hacia el claro y la gorra desapareció en el verdor.
—Adiós, Yegor Vlassitch —susurró Pelagea y se puso de puntillas para volver a ver la gorra blanca.
FELICIDAD
AUn rebaño de ovejas pasaba la noche en el ancho camino de la estepa, llamado la Gran Carretera. Dos pastores lo custodiaban. Uno, un anciano octogenario desdentado, con el rostro tembloroso, yacía boca abajo al borde del camino, apoyado en las hojas polvorientas de un plátano; el otro, un joven de cejas negras y espesas, sin bigote, vestido con la lona tosca de la que se hacen los sacos baratos, yacía boca arriba, con los brazos bajo la cabeza, mirando al cielo, donde las estrellas dormitaban y la Vía Láctea se extendía justo encima de su rostro.
Los pastores no estaban solos. A un par de metros de ellos, en la penumbra que envolvía el camino, un caballo creaba una franja de oscuridad, y junto a él, apoyado en la silla, se encontraba un hombre con botas altas y una chaqueta corta de faldón amplio, que parecía el capataz de una gran hacienda. A juzgar por su figura erguida e inmóvil, por sus modales y su comportamiento con los pastores y su caballo, era un hombre serio y razonable, consciente de su propio valor; incluso en la oscuridad se podían detectar en él signos de porte militar y de la expresión majestuosamente condescendiente que le otorgaba el trato frecuente con la nobleza y sus mayordomos.
Las ovejas dormían. Contra el fondo gris del amanecer, que ya empezaba a cubrir la parte oriental del cielo, se veían aquí y allá siluetas de ovejas que no dormían; permanecían con la cabeza gacha, pensando. Sus pensamientos, tediosos y opresivos, evocados por imágenes de nada más que la vasta estepa y el cielo, los días y las noches, probablemente las agobiaban, sumiéndolas en la apatía; y, allí de pie, como clavadas en la tierra, no percibieron la presencia de un extraño ni la inquietud de los perros.
El aire soñoliento y estancado estaba lleno del ruido monótono inseparable de una noche de verano en las estepas; los saltamontes cantaban sin cesar; las codornices llamaban y los jóvenes ruiseñores trinaban lánguidamente a media milla de distancia, en un barranco donde corría un arroyo y crecían sauces.
El capataz se había detenido para pedirles a los pastores fuego para su pipa. La encendió en silencio y fumó toda la pipa; luego, sin decir palabra, se quedó de pie, con el codo apoyado en la silla, sumido en sus pensamientos. El joven pastor no le prestó atención; seguía tumbado, mirando al cielo, mientras el anciano observaba lentamente al capataz de arriba abajo y luego preguntó:
—¿Pero no eres tú Panteley de la finca de Makarov?
“Soy yo”, respondió el capataz.
—Claro que sí. No te conocía; eso es señal de que serás rico. ¿De dónde te ha sacado Dios?
"De los campos de Kovylyevsky".
Esa es una buena manera. ¿Vas a alquilar la tierra con el sistema de cultivo parcial?
Una parte. A algunos les gusta eso, a otros los estamos arrendando, y a otros los cultivamos para melones y pepinos. Acabo de llegar del molino.
Un perro pastor grande, peludo y viejo, de color blanco sucio, con mechones de lana alrededor de la nariz y los ojos, caminó tres veces en silencio alrededor del caballo, tratando de parecer despreocupado en presencia de extraños, luego, de repente, se lanzó desde atrás hacia el capataz con un gruñido viejo y enojado; los otros perros no pudieron evitar saltar también.
—¡Acuéstate, maldita bestia! —gritó el anciano, incorporándose sobre un codo—. Maldita seas, criatura del diablo.
Cuando los perros volvieron a callarse, el anciano retomó su actitud anterior y dijo en voz baja:
Fue en Kovyli, el Día de la Ascensión, donde murió Yefim Zhmenya. No hables de ello a escondidas, es un pecado mencionar a esa gente. Era un anciano malvado. Seguro que lo has oído.
"No, no lo he hecho."
Yefim Zhmenya, el tío de Styopka, el herrero. Todo el distrito lo conocía. ¡Sí, era un viejo maldito! Lo conocí durante sesenta años, desde que el zar Alejandro, que derrotó a los franceses, fue traído de Taganrog a Moscú. Fuimos juntos a recibir al zar muerto, y en aquellos días la gran carretera no iba a Bahmut, sino de Esaulovka a Gorodishtche, y donde ahora está Kovyli, había nidos de avutardas, había un nido de avutardas a cada paso. Incluso entonces noté que Yefim había entregado su alma a la condenación, y que el Maligno estaba en él. He observado que si un hombre de la clase campesina tiende a callar, a aceptar trabajos de ancianas e intenta vivir en soledad, no hay nada bueno en ello, y Yefim, desde su juventud, siempre fue de los que se callaban y te miraban de reojo; siempre parecía estar malhumorado y erizado como un gallo ante un... Gallina. Ir a la iglesia, a la taberna o a divertirse en la calle con los muchachos no era su estilo; prefería sentarse solo o cuchichear con ancianas. De joven, se dedicó a cuidar las abejas y los huertos. A veces, la gente buena venía a su huerto y sus melones silbaban. Un día, mientras la gente lo miraba, atrapó un lucio y este rió a carcajadas: "¡Jo, jo, jo, jo!".
“Eso sucede”, afirmó Panteley.
El joven pastor se giró de lado y, levantando sus cejas negras, miró fijamente al anciano.
“¿Oíste el silbido de los melones?” preguntó.
—No los escuché, el Señor me perdonó —suspiró el anciano—, pero me lo dijeron. No es de extrañar... el Maligno se pondrá a silbar en una piedra si quiere. Antes del Día de la Libertad, una roca tarareó durante tres días y tres noches en nuestra región. Yo mismo la oí. El lucio se rió porque Yefim atrapó un demonio en lugar de un lucio.
El anciano recordó algo. Se puso de rodillas rápidamente y, encogiéndose como de frío, metiendo nerviosamente las manos en las mangas, murmuró con un rápido parloteo femenino:
¡Señor, sálvanos y ten piedad de nosotros! Un día caminaba por la orilla del río hacia Novopavlovka. Se avecinaba una tormenta, ¡qué tempestad!, líbranos, Santa Madre, Reina del Cielo... Me apresuraba lo mejor que podía, miré, y junto al sendero, entre los espinos (el espino estaba en flor en ese momento), venía un toro blanco. Me pregunté de quién sería y para qué lo habría enviado el diablo. Venía moviendo la cola y mugiendo. Pero, ¿lo creerán, amigos?, lo alcancé, me acerqué... y no era un toro, sino Yefim... ¡Santo, santo, santo! Hago la señal de la cruz mientras él me mira fijamente y murmura, mostrando el blanco de sus ojos; ¡qué miedo tenía! Nos acercamos, tenía miedo de decirle una palabra; el trueno resonaba, el cielo estaba surcado de relámpagos, los sauces estaban inclinados. Al agua—de repente, amigos míos, ¡Dios me libre de morir impenitente!, una liebre cruzó el sendero corriendo... corrió, se detuvo y dijo como un hombre: «Buenas noches, campesinos». ¡Acuéstate, bruto! —gritó el anciano al perro peludo, que volvía a rodear al caballo—. ¡Que te lleve la peste!
—Eso sí que ocurre —dijo el capataz, todavía apoyado en la silla y sin moverse; lo dijo con esa voz hueca y sin tono con que hablan los hombres cuando están sumidos en sus pensamientos.
“Eso sí sucede”, repitió con tono profundo y convicto.
—¡Uf! Era un viejo desagradable —continuó el viejo pastor con algo menos de fervor—. Cinco años después de la Independencia, la comuna lo azotó en la oficina, así que, para demostrar su rencor, contagió la enfermedad de garganta a todo Kovyli. Murió muchísima gente, muchísima, como en el caso del cólera...
“¿Cómo le transmitió la enfermedad?”, preguntó el joven pastor después de un breve silencio.
Todos sabemos cómo, no se necesita mucha astucia cuando hay voluntad. Yefim asesinaba gente con grasa de víbora. Es un veneno tan fuerte que la gente muere con solo olerlo, y ni hablar de la grasa.
“Es cierto”, asintió Panteley.
Los muchachos querían matarlo en ese momento, pero los ancianos no se lo permitieron. Jamás habrían matado; él conocía el lugar donde se esconde el tesoro, y nadie más lo sabía. Los tesoros de por aquí están encantados, así que puedes encontrarlos sin verlos, pero él sí los vio. A veces caminaba por la orilla del río o por el bosque, y bajo los arbustos y las rocas había pequeñas llamas, pequeñas llamas... pequeñas llamas como de azufre. Yo mismo las he visto. Todos esperaban que Yefim mostrara los lugares o desenterrara el tesoro él mismo, pero él —como dice el dicho, como un perro del hortelano— murió sin desenterrarlo ni mostrárselo a nadie.
El capataz encendió una pipa, y por un instante iluminó sus grandes bigotes y su nariz afilada, severa y digna. Pequeños círculos de luz danzaron desde sus manos hasta su gorra, recorrieron la silla a lo largo del lomo del caballo y se desvanecieron en sus crines cerca de las orejas.
“Hay muchos tesoros escondidos en estos lugares”, dijo.
Y estirándose lentamente, miró a su alrededor, fijando la vista en el este que se iba blanqueando, y añadió:
“Debe haber tesoros.”
—Sin duda —suspiró el anciano—, cada señal indica que hay tesoros, solo que no hay nadie que los extraiga, hermano. Nadie conoce su verdadero paradero; además, hoy en día, recuerda, todos los tesoros están bajo un amuleto. Para encontrarlos y verlos necesitas un talismán, y sin talismán no puedes hacer nada, muchacho. Yefim tenía talismanes, pero no había forma de sacarle nada, el muy demonio. Los guardaba para que nadie pudiera llevárselos.
El joven pastor se acercó sigilosamente dos pasos al anciano y, apoyando la cabeza en los puños, lo miró fijamente. Una expresión infantil de terror y curiosidad brilló en sus ojos oscuros, y en la penumbra pareció estirar y aplanar los grandes rasgos de su joven rostro tosco. Escuchaba atentamente.
“Incluso está escrito en las Escrituras que hay muchos tesoros escondidos aquí”, continuó el anciano; “es así de seguro... y no hay duda al respecto. A un viejo soldado de Novopavlovka le mostraron en Ivanovka un escrito, y en este escrito se indicaba el lugar del tesoro, incluso cuántas libras de oro contenía y el tipo de vasija en la que se encontraba. Habrían encontrado los tesoros hace mucho tiempo gracias a ese escrito, solo que el tesoro está bajo un hechizo; no se puede acceder a él”.
«¿Por qué no puedes llegar hasta allí, abuelo?», preguntó el joven.
Supongo que hay alguna razón, el soldado no lo dijo. Está hechizado... necesitas un talismán.
El anciano hablaba con calidez, como si se desahogara ante el capataz. Hablaba por la nariz y, poco acostumbrado a hablar mucho y deprisa, tartamudeaba; y, consciente de sus defectos, intentaba adornar su habla con gestos de las manos, la cabeza y los hombros delgados, y a cada movimiento su camisa de cáñamo se arrugaba, se le subía y dejaba al descubierto su espalda, negra por la edad y las quemaduras del sol. Se la bajaba una y otra vez, pero se le subía de inmediato. Por fin, como si la camisa rebelde le hubiera quitado la paciencia, el anciano se levantó de un salto y dijo con amargura:
Hay fortuna, pero ¿de qué sirve si está enterrada? Son solo riquezas desperdiciadas sin provecho para nadie, como paja o estiércol de oveja, y sin embargo, hay riquezas ahí, muchacho, fortuna suficiente para todo el país, ¡pero nadie la ve! Llegará el momento en que la nobleza la desenterrará o el gobierno se la llevará. La nobleza ha empezado a cavar los túmulos... ¡Algo han olido! ¡Tienen envidia de la suerte de los campesinos! El gobierno también se cuida. Está escrito en la ley que si algún campesino encuentra el tesoro, ¡debe llevarlo a las autoridades! ¡Me atrevo a decir que espera a que lo consigas! Hay un brebaje, ¡pero no para ti!
El anciano rió con desprecio y se sentó en el suelo. El capataz escuchó con atención y asintió, pero por su silencio y la expresión de su figura era evidente que lo que el anciano le decía no era nuevo para él, que lo había pensado mucho tiempo atrás y sabía mucho más que el viejo pastor.
“En mis tiempos, debo confesar, busqué fortuna una docena de veces”, dijo el anciano, rascándose nerviosamente. “Busqué en los lugares adecuados, pero debí de encontrar tesoros bajo un amuleto. Mi padre también lo buscó, y mi hermano también, pero no encontraron nada, así que murieron sin suerte. Un monje le reveló a mi hermano Ilya —que el Reino de los Cielos sea suyo— que en un lugar de la fortaleza de Taganrog había un tesoro bajo tres piedras, y que ese tesoro estaba bajo un amuleto, y que en aquellos días —recuerdo que era el año 38— un armenio vivía en el Túmulo de Matvyeev que vendía talismanes. Ilya compró un talismán, se llevó a otros dos hombres y se fue a Taganrog. Solo cuando llegó al lugar en la fortaleza, hermano, había un soldado con una pistola, de pie en el mismo lugar...”.
Un sonido irrumpió repentinamente en el aire quieto y se extendió por toda la estepa. Algo a lo lejos dio un golpe amenazador, se estrelló contra una piedra y corrió por la estepa, profiriendo: "¡Tah! ¡tah! ¡tah! ¡tah!". Cuando el sonido se apagó, el anciano miró inquisitivamente a Panteley, quien permanecía inmóvil e indiferente.
"Es un cubo que se rompió a la altura del hoyo", dijo el joven pastor después de pensarlo un momento.
Ya amanecía. La Vía Láctea se había vuelto pálida y se derretía gradualmente como la nieve, perdiendo su contorno; el cielo se estaba volviendo opaco y lúgubre, de modo que era imposible distinguir si estaba despejado o cubierto de densas nubes, y solo por el brillante rayo plomizo en el este y por las estrellas que se dispersaban aquí y allá se podía adivinar lo que se avecinaba.
La primera brisa silenciosa de la mañana, agitando cautelosamente las euforbias y los tallos marrones de la hierba del año pasado, revoloteaba a lo largo del camino.
El capataz salió de sus pensamientos y sacudió la cabeza. Con ambas manos sacudió la silla, tocó la cincha y, como si no pudiera decidirse a montar, se quedó quieto de nuevo, vacilante.
—Sí —dijo—, tu codo está cerca, pero no puedes morderlo. Hay fortuna, pero no hay ingenio para encontrarla.
Y se volvió hacia los pastores. Su rostro severo parecía triste y burlón, como el de un hombre decepcionado.
“Sí, así que uno muere sin saber lo que es la felicidad…”, dijo con énfasis, subiendo la pierna izquierda al estribo. “Quizás alguien más joven lo vea, pero es hora de que dejemos de pensar en ello.”
Acariciándose los largos bigotes cubiertos de rocío, se sentó pesadamente sobre el caballo y entrecerró los ojos, mirando a lo lejos, como si hubiera olvidado algo o hubiera dejado algo sin decir. En la distancia azulada, donde el montículo más lejano se perdía en la niebla, nada se movía; los antiguos túmulos, antaño túmulos de vigilancia y tumbas, que se alzaban aquí y allá sobre el horizonte y la estepa infinita, tenían un aspecto sombrío y cadavérico; se sentía un tiempo infinito y una absoluta indiferencia hacia el hombre en su inmovilidad y silencio; pasarían otros mil años, miríadas de hombres morirían, mientras ellos seguirían en pie como antes, sin arrepentimiento por los muertos ni interés por los vivos, y nadie sabría jamás por qué estaban allí, ni qué secreto de las estepas se escondía bajo ellos.
Los grajos, al despertar, volaban uno tras otro en silencio sobre la tierra. No se veía significado alguno en el lánguido vuelo de aquellas aves longevas, ni en la mañana que se repite puntualmente cada veinticuatro horas, ni en la inmensidad de la estepa.
El capataz sonrió y dijo:
¡Qué espacio, Señor, ten piedad de nosotros! ¡Te costaría mucho encontrar un tesoro! Aquí —continuó, bajando la voz y poniendo cara seria—, aquí hay dos tesoros enterrados, con toda seguridad. La nobleza los desconoce, pero los viejos campesinos, sobre todo los soldados, lo saben todo. Aquí, en algún lugar de esa colina [el capataz señaló con el látigo], unos ladrones atacaron una vez una caravana de oro; el oro se llevaba desde Petersburgo para el emperador Pedro, quien por aquel entonces estaba construyendo una flota en Vorónezh. Los ladrones mataron a los hombres de la caravana y enterraron el oro, pero no lo encontraron después. Otro tesoro fue enterrado por nuestros cosacos del Don. En el año 12 se llevaron un gran botín de todo tipo de los franceses: bienes, oro y plata. Cuando regresaban a casa, oyeron por el camino que el gobierno quería quitarles todo el oro y la plata. En lugar de entregar su botín al gobierno de esa manera a cambio de nada, los valientes lo tomaron y lo enterraron. para que sus hijos, de todos modos, pudieran recibirlo; pero nadie sabe dónde lo enterraron”.
—He oído hablar de esos tesoros —murmuró el anciano con tristeza.
—Sí... —Panteley reflexionó de nuevo—. Así es...
Siguió un silencio. El capataz miró a lo lejos con aire soñador, rió y tiró de las riendas, con la misma expresión, como si hubiera olvidado algo o hubiera dejado algo sin decir. El caballo, a regañadientes, arrancó al paso. Tras cien pasos, Panteley negó con la cabeza con decisión, olvidó sus pensamientos y, azotando a su caballo, echó a trotar.
Los pastores se quedaron solos.
—Era Panteley, de la finca de Makarov —dijo el anciano—. Recibe ciento cincuenta al año y además encuentra provisiones. Es un hombre culto...
Las ovejas, al despertar —eran unas tres mil—, se pusieron a matar el tiempo sin entusiasmo, mordisqueando la hierba baja y medio pisoteada. El sol aún no había salido, pero ya se veían todos los túmulos y, como una nube en la distancia, la Tumba de Saur con su cima puntiaguda. Si uno trepaba a la tumba, podía ver la llanura, llana e infinita como el cielo; se veían pueblos, casas solariegas, los asentamientos de los alemanes y de los molokani, y un calmuco con visión de futuro podía incluso ver la ciudad y la estación de tren. Solo desde allí se podía ver que había algo más en el mundo además de la estepa silenciosa y los antiguos túmulos, que había otra vida que no tenía nada que ver con tesoros enterrados ni con los pensamientos de las ovejas.
El anciano buscó a tientas su cayado —un palo largo con un gancho en la punta— y se levantó. Permaneció silencioso y pensativo. El rostro del joven pastor no había perdido la expresión de terror y curiosidad infantil. Aún estaba bajo la influencia de lo que había oído durante la noche y esperaba con impaciencia nuevas historias.
—Abuelo —preguntó levantándose y tomando su cayado—, ¿qué hizo tu hermano Ilya con el soldado?
El anciano no escuchó la pregunta. Miró distraídamente al joven y respondió, murmurando:
Sigo pensando, Sanka, en ese escrito que le mostraron a aquel soldado en Ivanovka. No se lo dije a Panteley, Dios lo bendiga, pero sabes que en ese escrito estaba marcado el lugar para que incluso una mujer pudiera encontrarlo. ¿Sabes dónde está? En Bogata Bylotchka, en el punto, ya sabes, donde el barranco se divide como la pata de un ganso en tres pequeños barrancos; es el del medio.
"Bueno, ¿cavarás?"
“Probaré suerte...”
“Y, abuelo, ¿qué harás con el tesoro cuando lo encuentres?”
"¿Qué hacer con él?", rió el anciano. "¡Mmm!... Si tan solo pudiera encontrarlo entonces... Se lo mostraría a todos... ¡Mmm!... Ya sabría qué hacer..."
Y el anciano no supo qué haría con el tesoro si lo encontraba. Esa pregunta se le había presentado esa mañana probablemente por primera vez en su vida, y a juzgar por la expresión de su rostro, indiferente y acrítica, no le pareció importante ni digna de consideración. En la mente de Sanka se agitaba otra pregunta desconcertante: ¿por qué solo los ancianos buscaban tesoros escondidos, y de qué servía la felicidad terrenal a personas que podían morir de vejez en cualquier momento? Pero Sanka no podía expresar esta perplejidad con palabras, y el anciano apenas habría podido encontrar una respuesta.
Un inmenso sol carmesí apareció ante la vista, rodeado de una tenue neblina. Amplios rayos de luz, aún fríos, bañaban la hierba húmeda, alargándose con un aire alegre, como para demostrar que no estaban cansados de su tarea, y comenzaron a extenderse sobre la tierra. El ajenjo plateado, las flores azules de la cebolla de cerdo, la mostaza amarilla, las flores de aciano, todos estallaron en alegres colores, imitando la luz del sol con su propia sonrisa.
El viejo pastor y Sanka se separaron y se quedaron al otro lado del rebaño. Ambos permanecieron inmóviles, como postes, con la mirada fija en el suelo y pensando. El primero, obsesionado por la fortuna, el segundo, reflexionaba sobre lo que se había dicho esa noche; lo que le interesaba no era la fortuna en sí, que no deseaba ni podía imaginar, sino el carácter fantástico y fabuloso de la felicidad humana.
Un centenar de ovejas se sobresaltaron y, presas de un pánico inexplicable, como ante una señal, se alejaron corriendo del rebaño; y como si los pensamientos de las ovejas —tediosos y opresivos— hubieran infectado también por un momento a Sanka, él también se precipitó a un lado con el mismo pánico animal inexplicable, pero enseguida se recuperó y gritó:
¡Criaturas locas! ¡Se han vuelto locos, que la peste los lleve!
Cuando el sol, prometiendo largas horas de calor abrumador, empezó a quemar la tierra, todos los seres vivos que durante la noche se habían movido y emitido sonidos se sumieron en un letargo. El viejo pastor y Sanka permanecieron con sus cayados en lados opuestos del rebaño, inmóviles, como faquires en sus oraciones, absortos en sus pensamientos. No se escuchaban el uno al otro; cada uno vivía su propia vida. Las ovejas también reflexionaban.
UN MALFACTOR
AUn campesino extremadamente delgado, con camisa de cáñamo a rayas y calzoncillos remendados, se encuentra frente al juez de instrucción. Su rostro, cubierto de vello y con marcas de viruela, y sus ojos apenas visibles bajo unas cejas gruesas y prominentes, presentan una expresión de hosca melancolía. En su cabeza, una mata de pelo enredado y despeinado le da un aire aún más arácnido. Va descalzo.
—¡Denis Grigoryev! —comienza el magistrado—. Acérquese y responda a mis preguntas. El siete de julio de este año, el vigilante ferroviario, Iván Semiónovitch Akinfov, que recorría la vía por la mañana, lo encontró en la milla ciento cuarenta y uno desatornillando una tuerca que sujeta los rieles a las traviesas. ¡Aquí está, la tuerca!... Con la susodicha tuerca lo detuvo. ¿Fue así?
"¿Qué-qué?"
“¿Fue todo esto como afirma Akinfov?”
“Por supuesto que lo fue.”
“Muy bien; bueno, ¿para qué estabas desenroscando la tuerca?”
"¿Qué-qué?"
“Deja de lado ese 'qué' y responde la pregunta: ¿para qué estabas desenroscando la tuerca?”
“Si no lo hubiera querido no lo habría desatornillado”, grazna Denis mirando al techo.
¿Para qué querías esa nuez?
¿La nuez? Con esas nueces hacemos pesas para nuestras líneas.
“¿Quiénes somos ‘nosotros’?”
“Nosotros, el pueblo… los campesinos de Klimovo, quiero decir.”
—Oye, amigo; no te hagas el tonto, pero habla con sensatez. ¡Aquí no sirve de nada mentir sobre pesas!
“Nunca he sido un mentiroso desde niño, y ahora miento…”, murmura Denis, parpadeando. “¿Pero puede prescindir de un peso, señoría? Si pone cebo vivo o gusanos en un anzuelo, ¿se hundirá sin peso?… Miento”, sonríe Denis… “¿De qué sirve el gusano si nada en la superficie? La perca, el lucio y la anguila siempre se hunden, y un cebo en la superficie solo lo pica un shalcón, no muy a menudo, y no hay shalcón en nuestro río… A ese pez le gusta tener mucho espacio.”
"¿Por qué me hablas de chelines?"
¿Qué? ¡Me lo preguntaste tú mismo! Aquí también la gente noble pesca así. Ni el niño más tonto intentaría pescar sin peso. Claro que cualquiera que no lo entendiera podría ir a pescar sin peso. No hay reglas para los tontos.
—¿Entonces dices que desenroscaste esta tuerca para hacer con ella un peso para tu sedal?
¿Para qué más? ¡No era para jugar a las tabas!
“Pero podrías haber cogido plomo, una bala... un clavo de algún tipo...”
El plomo no se encuentra en el camino; hay que comprarlo, y un clavo no sirve. No hay nada mejor que una nuez... Es pesado y tiene un agujero.
¡Sigue haciéndose el tonto! ¡Como si hubiera nacido ayer o caído del cielo! ¿No entiendes, imbécil, a qué conduce desenroscar estas tuercas? Si el vigilante no se hubiera dado cuenta, el tren podría haberse descarrilado, habría habido muertos... tú habrías matado a gente.
—¡Dios no lo quiera, su señoría! ¿Por qué debería matarlos? ¿Somos paganos o malvados? Gracias a Dios, buenos caballeros, hemos vivido toda nuestra vida sin soñar jamás con semejante cosa... ¡Sálvanos y ten piedad de nosotros, Reina del Cielo!... ¿Qué dices?
¿Y de dónde crees que vienen los accidentes ferroviarios? Si desenroscas dos o tres tuercas, tienes un accidente.
Denis sonríe y mira al magistrado con incredulidad.
¡Pero! ¿Cuántos años llevamos todos en el pueblo desatornillando tuercas, y el Señor ha sido misericordioso? ¿Y tú hablas de accidentes, de muertes? Si hubiera llevado un raíl o puesto un tronco en la vía, por ejemplo, quizá habría volcado el tren, pero... ¡puf! ¡Una tuerca!
“¡Pero debes entender que la tuerca sujeta firmemente el riel a las traviesas!”
“Entendemos que… No los desatornillamos todos… dejamos algunos… No lo hacemos sin pensar… entendemos…”
Denis bosteza y hace la señal de la cruz sobre su boca.
“El año pasado el tren se descarriló aquí”, dice el magistrado. “¡Ahora entiendo por qué!”
—¿Qué dice usted, señoría?
“Te digo que ahora entiendo por qué el tren se descarriló el año pasado... ¡Lo entiendo!”
Para eso son ustedes, gente educada, para comprender, amables caballeros. Dios sabe a quién dar entendimiento... Aquí han razonado cómo y qué, pero el vigilante, un campesino como nosotros, sin ningún entendimiento, agarra a uno por el cuello y lo arrastra... Deberían razonar primero y luego arrebatarme. Dicen que un campesino tiene el ingenio de un campesino... Escriba también, su señoría, que me golpeó dos veces: en la mandíbula y en el pecho.
“Cuando registraron tu cabaña encontraron otra tuerca... ¿En qué punto la desatornillaste y cuándo?”
"¿Te refieres a la nuez que estaba debajo de la caja roja?"
No sé dónde estaba, solo que lo encontraron. ¿Cuándo lo desatornillaste?
No lo desatornillé yo; me lo dio Ignashka, el hijo de Semión el Tuerto. Me refiero al que estaba debajo de la caja, pero el que estaba en el trineo del patio, Mitrofán y yo lo desatornillamos juntos.
“¿Qué Mitrofan?”
Mitrofan Petrov... ¿No has oído hablar de él? Fabrica redes en nuestro pueblo y se las vende a la nobleza. Necesita muchas de esas nueces. Calcula unos diez por cada red.
Escuche. El artículo 1081 del Código Penal establece que todo daño intencionado a la vía férrea, cometido cuando pueda poner en peligro el tráfico en dicha vía, y el culpable sepa que causará un accidente... (¿Entiende? ¡Sabe! Y no podía evitar saber a qué acarrearía este desatornillado...) está sujeto a trabajos forzados.
—Claro que tú lo sabes mejor... Somos ignorantes... ¿Qué entendemos?
¡Lo entiendes todo! ¡Estás mintiendo, fingiendo!
¿Para qué voy a mentir? Si no me creen, pregunten en el pueblo. Solo se pesca un alburno sin plomo, y no hay pez peor que un gobio, pero ni siquiera ese muerde sin plomo.
—Será mejor que me cuentes lo del timador ahora —dijo el magistrado sonriendo.
“No hay salmonetes por aquí... Lanzamos el sedal sin peso en la superficie del agua con una mariposa; se puede pescar un mújol de esa manera, aunque no es frecuente.”
“Vamos, callate.”
Se hace un silencio. Denis se balancea de un pie a otro, mira la mesa con el mantel verde y parpadea con fuerza, como si lo que tuviera delante no fuera el mantel, sino el sol. El magistrado escribe rápidamente.
“¿Puedo ir?” pregunta Denis después de un largo silencio.
—No. Debo tomarte bajo custodia y enviarte a prisión.
Denis deja de parpadear y, alzando sus pobladas cejas, mira inquisitivamente al magistrado.
¿A qué se refiere con ir a la cárcel? ¡Su señoría! No tengo tiempo que perder, tengo que ir a la feria; ¡Necesito que Yegor me dé tres rublos para comprar sebo!...
“Cállate la lengua; no interrumpas”.
A la cárcel... Si hubiera algo que buscar, iría; ¡pero iría por nada! ¿Para qué? No he robado nada, creo, y no he estado peleando... Si tiene dudas sobre los atrasos, su señoría, no le crea al anciano... Pregúntele al agente... es un auténtico pagano, el anciano, ¿sabe?
“Cállate la lengua.”
—Me callo, por ahora —murmura Denis—; pero juro que el mayor ha mentido sobre el asunto... Somos tres hermanos: Kuzma Grigoryev, luego Yegor Grigoryev, y yo, Denis Grigoryev.
—¡Me estás estorbando! ¡Oye, Semión! —grita el magistrado—. ¡Llévatelo!
“Somos tres hermanos”, murmura Denis, mientras dos soldados fornidos lo toman y lo sacan de la habitación. “Un hermano no es responsable de un hermano. Kuzma no paga, así que tú, Denis, debes responder por ello... ¡Jueces, sí! Nuestro señor, el general, ha muerto —el Reino de los Cielos sea suyo—, o les habría dado jueces... Deberían juzgar con sensatez, no al azar... Azoten si quieren, pero azoten a quien lo merezca, azoten con conciencia”.
CAMPESINOS
I
norteIKOLAY TCHIKILDYEEV, camarero del hotel Slavyansky Bazaar de Moscú, enfermó. Se le entumecieron las piernas y se le dificultó la marcha, hasta el punto de que, en una ocasión, mientras caminaba por el pasillo, se tropezó y cayó al suelo con una bandeja llena de jamón y guisantes. Tuvo que dejar su trabajo. Gastó todos sus ahorros y los de su esposa en médicos y medicinas; no les quedaba nada para vivir. Se sentía aburrido y sin trabajo, y decidió volver a su pueblo. Es mejor estar enfermo en casa, y vivir allí es más barato; y es cierto que las paredes del hogar son un alivio.
Llegó a Zhukovo al anochecer. En sus recuerdos de infancia, imaginaba su hogar como luminoso, acogedor y cómodo. Ahora, al entrar en la cabaña, se asustó muchísimo; estaba tan oscuro, tan lleno de gente, tan sucio. Su esposa Olga y su hija Sasha, que lo había acompañado, miraban con desconcierto la gran estufa desordenada, que llenaba casi la mitad de la cabaña y estaba negra de hollín y moscas. ¡Cuántas moscas! La estufa estaba a un lado, las vigas estaban inclinadas en las paredes y parecía que la cabaña se iba a derrumbar. En la esquina, frente a la puerta, bajo las imágenes sagradas, había etiquetas de botellas y recortes de periódico pegados en las paredes en lugar de cuadros. ¡La pobreza, la pobreza! No había nadie adulto en casa; todos estaban trabajando en la cosecha. En la estufa estaba sentada una niña de ocho años, de pelo canoso, sucia y apática; Ni siquiera los miró cuando entraron. En el suelo, un gato blanco se frotaba contra el tenedor del horno.
—¡Gatito, gatito! —la llamó Sasha—. ¡Gatito!
“No puede oír”, dijo la niña; “se ha vuelto sorda”.
"¿Cómo es eso?"
“Oh, ella fue golpeada.”
Nikolay y Olga comprendieron a primera vista cómo era la vida allí, pero no se dijeron nada; en silencio, dejaron sus bultos y salieron a la calle del pueblo. Su cabaña era la tercera desde el fondo, y parecía la más pobre y antigua; la segunda no era mucho mejor; pero la última tenía techo de hierro y cortinas en las ventanas. Esa cabaña estaba apartada, no cerrada; era una taberna. Las cabañas estaban en una sola fila, y todo el pequeño pueblo —tranquilo y soñador, con sauces, saúcos y serbales asomando por los patios— tenía un aspecto atractivo.
Más allá de las casas de los campesinos, descendía una ladera hacia el río, tan empinada y escarpada que enormes piedras sobresalían desnudas aquí y allá a través de la arcilla. Ladera abajo, entre las piedras y los agujeros excavados por los alfareros, discurrían senderos sinuosos; fragmentos de cerámica rota, algunos marrones, otros rojos, yacían amontonados, y más abajo se extendía una pradera amplia, llana y de un verde brillante, de la que ya se había transportado el heno, y por la que vagaba el ganado de los campesinos. El río, a tres cuartos de milla del pueblo, corría serpenteando, con hermosas riberas frondosas; más allá, se extendía de nuevo una pradera extensa, una manada de ganado, largas manadas de gansos blancos; luego, igual que en la ladera más cercana, una empinada cuesta arriba, y en la cima de la colina una aldea, una iglesia con cinco cúpulas y, a poca distancia, la casa solariega.
—¡Qué bonito es aquí en tu tierra! —dijo Olga, santiguándose al ver la iglesia—. ¡Qué espacio, Dios mío!
Justo en ese momento, la campana empezó a sonar para anunciar el servicio (era sábado por la tarde). Dos niñas, abajo, que subían un cubo de agua, miraron a la iglesia para escuchar la campana.
—En este momento se sirven las cenas en el Bazar Eslavo —dijo Nikolai con aire soñador.
Sentados al borde de la ladera, Nikolay y Olga contemplaron la puesta de sol, el cielo dorado y carmesí reflejado en el río, en las vidrieras de la iglesia y en todo el aire, que era suave, quieto e indescriptiblemente puro como nunca lo fue en Moscú. Y cuando el sol se puso, los rebaños y manadas pasaron, balando y mugiendo; los gansos volaron desde la otra orilla del río, y todo quedó en silencio; la tenue luz se desvaneció en el aire, y el crepúsculo de la tarde comenzó a caer rápidamente sobre ellos.
Mientras tanto, el padre y la madre de Nikolay, dos ancianos flacos, encorvados y desdentados, de la misma estatura, regresaron. Las cuñadas Marya y Fyokla, que habían estado trabajando en la finca del terrateniente al otro lado del río, también llegaron a casa. Marya, la esposa del hermano de Nikolay, Kiryak, tenía seis hijos, y Fyokla, la esposa del hermano de Nikolay, Denis, que se había hecho soldado, tenía dos; y cuando Nikolay, al entrar en la cabaña, vio a toda la familia, todos esos cuerpos grandes y pequeños moviéndose en los armarios, en las cunas colgantes y por todos los rincones, y al ver la voracidad con la que el anciano padre y las mujeres comían el pan negro, mojándolo en agua, comprendió que había cometido un error al venir allí, enfermo, sin dinero y, además, con familia: ¡un gran error!
“¿Y dónde está Kiryak?” preguntó después de intercambiar saludos.
—Trabaja en la tienda del comerciante —respondió su padre—; es guardabosques. No es mal campesino, pero le encanta el cristal.
—¡No es de mucha ayuda! —dijo la anciana entre lágrimas—. Nuestros hombres son un desastre; no traen nada a casa, pero se llevan mucho. Kiryak bebe, y el viejo también; de nada sirve ocultar un pecado; él sabe cómo llegar a la taberna. La Madre Celestial está furiosa.
En honor a los visitantes, sacaron el samovar. El té olía a pescado; el azúcar estaba gris y parecía mordisqueado; las cucarachas corrían de un lado a otro sobre el pan y entre la vajilla. Era repugnante beberlo, y la conversación también lo era: solo trataban de pobreza y enfermedades. Pero antes de que tuvieran tiempo de vaciar sus primeras tazas, se oyó un grito fuerte, prolongado y de borrachos desde el patio:
“¡Ma-arya!”
—Parece que viene Kiryak —dijo el anciano—. ¡Hablando del diablo!
Todos quedaron en silencio. Y de nuevo, poco después, el mismo grito, áspero y prolongado como salido de la tierra:
“¡Ma-arya!”
Marya, la cuñada mayor, palideció y se acurrucó contra la estufa. Era extraño ver la expresión de terror en el rostro de la mujer fuerte, de hombros anchos y fea. Su hija, la niña que había estado sentada en la estufa y parecía tan apática, rompió a llorar de repente.
—¿Por qué aúllas, peste? —le gritó Fyokla, una mujer hermosa, también fuerte y de hombros anchos—. ¡No te matará, no temas!
Por su anciano padre, Nikolai supo que Marya tenía miedo de vivir en el bosque con Kiryak y que, cuando estaba borracho, siempre iba a buscarla, armaba un escándalo y la golpeaba sin piedad.
“¡Ma-arya!” se escuchó el grito cerca de la puerta.
—¡Protéjanme, por Dios, buena gente! —balbuceó Marya, respirando como si la hubieran sumergido en agua helada—. Protéjanme, buena gente...
Todos los niños de la cabaña empezaron a llorar, y al verlos, Sasha también empezó a llorar. Oyeron una tos de borracho, y un campesino alto, de barba negra y gorro de invierno, entró en la cabaña. Era aún más terrible porque su rostro no se veía a la tenue luz de la pequeña lámpara. Era Kiryak. Se acercó a su esposa, le dio un puñetazo en la cara. Aturdida por el golpe, ella no emitió ningún sonido, sino que se sentó, y al instante le empezó a sangrar la nariz.
—¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! —murmuró el anciano, subiéndose a la estufa—. ¡Ante las visitas, además! ¡Es un pecado!
La anciana madre permanecía sentada en silencio, inclinada, perdida en sus pensamientos; Fyokla mecía la cuna.
Evidentemente consciente de inspirar miedo y contento por ello, Kiryak agarró a Marya del brazo, la arrastró hacia la puerta y bramó como un animal para parecer aún más terrible; pero en ese momento vio de repente a los visitantes y se detuvo.
“Oh, han venido...” dijo, dejando ir a su esposa; “mi propio hermano y su familia...”
Tambaleándose y abriendo de par en par sus ojos rojos y ebrios, dijo su oración ante la imagen y continuó:
Mi hermano y su familia han venido a casa de sus padres... desde Moscú, supongo. La gran capital, Moscú, sin duda, la madre de las ciudades... Disculpe.
Se dejó caer en el banco cerca del samovar y comenzó a beber té, sorbiéndolo ruidosamente del platillo en medio del silencio general... Bebió una docena de tazas, luego se reclinó en el banco y comenzó a roncar.
Empezaron a acostarse. A Nikolay, como estaba inválido, lo pusieron en la estufa con su anciano padre; Sasha se echó en el suelo, mientras Olga entró con las demás mujeres en el granero.
—Sí, sí, querida —dijo, recostándose en el heno junto a Marya—; no vas a remediar tu problema con lágrimas. Ten paciencia, eso es todo. Está escrito en las Escrituras: «Si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda»... Sí, sí, querida.
Luego, en un murmullo cantarín, les contó sobre Moscú, sobre su propia vida, sobre cómo había sido sirvienta en un alojamiento amueblado.
—Y en Moscú las casas son grandes, de ladrillo —dijo—; y hay muchísimas iglesias, ¡cuarenta veces cuarenta, querida! ¡Y todas son señoriales en las casas, tan bonitas y tan correctas!
María le contó que no solo nunca había estado en Moscú, sino que ni siquiera en su propia ciudad; no sabía leer ni escribir, y no sabía rezar nada, ni siquiera el Padrenuestro. Tanto ella como Fiokla, la otra cuñada, que estaba sentada a cierta distancia escuchando, eran extremadamente ignorantes y no entendían nada. Ambas detestaban a sus maridos; María le tenía miedo a Kiryak, y siempre que él estaba con ella temblaba de miedo, y siempre le dolía la cabeza por el olor a vodka y tabaco que apestaba. Y cuando le preguntaron si no extrañaba a su marido, Fiokla respondió con disgusto:
“¡Lo extraño!”
Hablaron un poco y se quedaron en silencio.
Hacía fresco, y un gallo cantó con fuerza cerca del granero, impidiéndoles dormir. Cuando la luz azulada de la mañana ya se filtraba por todas las grietas, Fyokla se levantó sigilosamente y salió, y entonces oyeron el sonido de sus pies descalzos corriendo hacia algún lugar.
II
Olga fue a la iglesia y llevó a Marya con ella. Mientras descendían por el sendero hacia el prado, ambas estaban de buen humor. A Olga le gustaba la vista panorámica, y Marya sentía que en su cuñada había alguien cercano y afín. El sol estaba saliendo. Un halcón soñoliento volaba bajo sobre el prado. El río parecía sombrío; una neblina lo cubría aquí y allá, pero en la otra orilla un rayo de luz ya se extendía por la colina. La iglesia relucía, y en el jardín de la mansión los grajos graznaban furiosos.
—El viejo está bien —le dijo Marya—, pero la abuela es estricta; no para de regañarnos. Nuestro grano nos duró hasta Carnaval. Ahora compramos harina en la taberna. Está enfadada; dice que comemos demasiado.
¡Sí, sí, querida! Ten paciencia, eso es todo. Está escrito: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y agobiados».
Olga hablaba con calma y ritmo, y caminaba como una peregrina, con paso rápido y ansioso. Todos los días leía el Evangelio, en voz alta, como un diácono; no entendía gran parte, pero las palabras del Evangelio la conmovían hasta las lágrimas, y palabras como «por cuanto» y «en verdad» las pronunciaba con un dulce palpitar en el corazón. Creía en Dios, en la Santa Madre, en los santos; creía que no se debe ofender a nadie en el mundo —ni a la gente sencilla, ni a los alemanes, ni a los gitanos, ni a los judíos— y ¡ay incluso de aquellos que no tienen compasión de las bestias! Creía que esto estaba escrito en las Sagradas Escrituras; y así, cuando pronunciaba frases de la Sagrada Escritura, aunque no las entendiera, su rostro se suavizaba, se compadecía y se iluminaba.
¿De qué parte vienes?, le preguntó Marya.
Soy de Vladímir. Solo que me llevaron a Moscú hace mucho tiempo, cuando tenía ocho años.
Llegaron al río. Al otro lado, una mujer estaba de pie al borde del agua, desvistiéndose.
—Es nuestra Fyokla —dijo Marya al reconocerla—. Ha cruzado el río, al patio de la mansión. Ha ido a ver a los mayordomos. Es una descarada y malhablada... ¡qué miedo!
Fyokla, joven y vigorosa como una niña, con sus cejas negras y su cabello suelto, saltó de la orilla y comenzó a salpicar el agua con sus pies, y las olas corrieron en todas direcciones desde ella.
—¡Qué descarado! ¡Qué terrible! —repitió Marya.
El río estaba cruzado por un puentecillo de troncos desvencijado, y justo debajo, en las aguas cristalinas y límpidas, había un banco de lisas. El rocío brillaba en los arbustos verdes que se asomaban al agua. Se sentía una calidez reconfortante. ¡Qué hermosa mañana! ¡Y qué hermosa habría sido la vida en este mundo, con toda probabilidad, si no fuera por la pobreza, una pobreza horrible y desesperanzada, de la que no se puede encontrar refugio! Bastaba con mirar el pueblo para recordar vívidamente todo lo sucedido el día anterior, y la ilusión de felicidad que parecía rodearlos se desvaneció al instante.
Llegaron a la iglesia. María se quedó de pie en la entrada y no se atrevió a seguir adelante. Tampoco se atrevió a sentarse. Aunque solo empezaron a tocar para misa entre las ocho y las nueve, permaneció de pie todo el tiempo.
Mientras se leía el evangelio, la multitud se apartó repentinamente para dejar paso a la familia que salía de la gran casa. Dos jóvenes con vestidos blancos y sombreros de ala ancha entraron; con ellas, un niño regordete y sonrosado con traje de marinero. Su apariencia conmovió a Olga; desde el primer vistazo, se dio cuenta de que eran personas refinadas, cultas y atractivas. Marya los miró con el ceño fruncido, hosca y abatida, como si no fueran seres humanos que entraban, sino monstruos que podrían aplastarla si no les abría paso.
Y cada vez que el diácono decía algo con su voz grave, ella creía oír “¡Ma-arya!” y se estremecía.
III
La llegada de los visitantes ya era conocida en el pueblo, y justo después de la misa, varias personas se reunieron en la cabaña. Los Leonytchev, los Matvyeitchev y los Ilyitchov fueron a preguntar por sus parientes que estaban sirviendo en Moscú. Todos los muchachos de Zhukovo que sabían leer y escribir fueron enviados a Moscú y contratados como mayordomos o camareros (mientras que los del pueblo al otro lado del río se convirtieron en panaderos). Esta había sido la costumbre desde la época de la servidumbre, cuando un tal Luka Ivanitch, un campesino de Zhukovo, ahora una figura legendaria, que había sido camarero en uno de los clubes de Moscú, solo aceptaba a sus paisanos a su servicio y les buscaba trabajo en tabernas y restaurantes; y desde entonces, el pueblo de Zhukovo fue llamado siempre entre los habitantes de los distritos circundantes "la ciudad de los esclavos". Nikolay había sido llevado a Moscú a los once años, e Iván Makaritch, uno de los Matvyeitchev, por entonces jefe de camareros en el jardín del Hermitage, lo había puesto en una situación difícil. Y ahora, dirigiéndose a los Matvyeitchev, Nikolay dijo enfáticamente:
“Iván Makaritch fue mi benefactor y estoy obligado a rezar por él día y noche, pues gracias a él me he convertido en una buena persona”.
—¡Mi alma! —dijo entre lágrimas una anciana alta, hermana de Iván Makaritch—. ¡Y ni una palabra hemos oído de él, pobrecito!
En invierno servía en casa de Omon, y esta temporada corría el rumor de que estaba fuera de la ciudad, en los jardines... ¡Ha envejecido! Antes, en verano, llegaba a traer a casa hasta diez rublos al día, pero ahora todo está muy tranquilo. El viejo está inquieto.
Las mujeres miraron los pies de Nikolay, calzados con botas de fieltro, y su rostro pálido, y dijeron con tristeza:
—¡No eres de los que se suben a la cabeza, Nikolay Osipitch! ¡No eres de los que se suben a la cabeza! ¡De ninguna manera!
Y todos admiraban a Sasha. Tenía diez años, pero era pequeña y muy delgada, y no habría tenido más de siete. Entre las otras niñas, con sus caras bronceadas y el pelo rapado, vestidas con blusas largas y descoloridas, ella, con su carita blanca, sus grandes ojos oscuros y una cinta roja en el pelo, parecía rara, como si fuera una criaturita salvaje que hubieran atrapado y llevado a la cabaña.
—Ella también sabe leer —dijo Olga en su elogio, mirando con ternura a su hija—. ¡Lee un poco, niña! —dijo, tomando el evangelio del rincón—. Lee tú, y los buenos cristianos te escucharán.
El testamento era antiguo y pesado, encuadernado en cuero, con los bordes desgastados, y exhalaba un olor como si los monjes hubieran entrado en la cabaña. Sasha arqueó las cejas y comenzó a cantar a viva voz:
“'Y el ángel del Señor... se apareció a José y le dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre.'”
—El Niño y su madre —repitió Olga, sonrojándose de emoción.
“Y huir a Egipto,... y permanecer allí hasta que...”
Al oír la palabra "tardarse", Olga no pudo contener las lágrimas. Al verla, Marya empezó a gemir, y tras ella, la hermana de Iván Makaritch. El anciano padre carraspeó y se apresuró a buscar algo para regalarle a su nieta, pero al no encontrar nada, lo entregó con un gesto de la mano. Y al terminar la lectura, los vecinos se dispersaron a sus casas, conmovidos y muy contentos con Olga y Sasha.
Como era día festivo, la familia pasaba el día entero en casa. La anciana, a quien su marido, sus nueras y sus nietos llamaban abuela, intentaba hacerlo todo ella misma; calentaba la estufa y ponía el samovar con sus propias manos, incluso atendía la comida del mediodía y luego se quejaba de estar agotada por el trabajo. Y todo el tiempo estaba intranquila por miedo a que alguien comiera de más o a que su marido y sus nueras se quedaran sin hacer nada. A veces oía a los gansos del tabernero dirigirse a su huerto por detrás de las cabañas, y salía corriendo de la cabaña con un palo largo y se pasaba media hora chillando estridentemente junto a sus coles, que estaban tan flacas y escuálidas como ella; en otras ocasiones, imaginaba que un cuervo tenía en la mira a sus gallinas y se lanzaba a atacarlo con fuertes insultos. Estaba enfadada y refunfuñando desde la mañana hasta la noche. Y a menudo armaba tal alboroto que los transeúntes se detenían en la calle.
No sentía ningún cariño por el anciano, lo insultaba como un holgazán y una plaga. No era un campesino responsable ni confiable, y quizás si ella no lo hubiera regañado constantemente, no habría trabajado, sino que simplemente se habría sentado frente a la estufa a charlar. Hablaba largo y tendido con su hijo sobre ciertos enemigos suyos, se quejaba de los insultos que, según decía, tenía que soportar a diario de los vecinos, y era tedioso escucharlo.
“Sí”, decía, de pie con los brazos en jarras, “sí... Una semana después de la Exaltación de la Cruz, vendí mi heno voluntariamente a treinta kopeks el pud... Bien... Así que, como ven, tomaba el heno por la mañana con buena voluntad; no me metía con nadie. En una hora desafortunada, vi al anciano del pueblo, Antip Syedelnikov, salir de la taberna. "¿Adónde lo llevas, rufián?", me dijo, y me agarró de la oreja.
Kiryak tenía un terrible dolor de cabeza después de su borrachera y le daba vergüenza enfrentarse a su hermano.
—¡Lo que hace el vodka! ¡Ay, Dios mío! —murmuró, sacudiendo la cabeza dolorida—. Por Dios, perdónenme, hermanos; yo mismo no estoy contento.
Como era día festivo, compraron un arenque en la taberna e hicieron una sopa con su cabeza. Al mediodía, todos se sentaron a tomar té y lo siguieron bebiendo un buen rato, hasta que todos sudaron. Parecían hinchados por el té, y después empezaron a beber el caldo de la cabeza del arenque, sirviéndose todos de un mismo cuenco. Pero la abuela había escondido el arenque.
Al anochecer, un alfarero empezó a cocer vasijas en el barranco. En el prado, abajo, las muchachas formaron un coro y cantaron canciones. Tocaron la concertina. Y al otro lado del río también se encendió un horno para cocer vasijas, y las muchachas cantaron canciones, y a lo lejos, el canto sonaba suave y musical. Los campesinos armaban jaleo dentro y alrededor de la taberna. Cantaban con voces de borrachos, cada uno por su cuenta, y se insultaban entre sí, tanto que Olga solo pudo estremecerse y decir:
“¡Oh, santos santos!”
Le asombraba que los insultos fueran incesantes, y quienes más insistían y gritaban con este lenguaje grosero eran los ancianos, que estaban a punto de morir. Las niñas y los niños oían las palabrotas y no se inmutaban en lo más mínimo, y era evidente que estaban acostumbrados desde la cuna.
Era pasada la medianoche, los hornos a ambas orillas del río estaban apagados, pero en el prado y en la taberna la fiesta continuaba. El anciano padre y Kiryak, ambos borrachos, caminando del brazo y apretándose los hombros, fueron al granero donde yacían Olga y Marya.
“Déjala en paz”, lo persuadió el anciano; “déjala en paz... Es una mujer inofensiva... Es un pecado...”
—¡Ma-arya! —gritó Kiryak.
“Déjala... Es un pecado... Ella no es una mala mujer.”
Ambos se detuvieron en el granero y continuaron.
—Me encantan las flores del cam-po —empezó a cantar de repente el anciano con un tenor agudo y penetrante—. ¡Me encanta recogerlas en los prados!
Entonces escupió y, profiriendo un juramento vil, entró en la choza.
IV
La abuela dejó a Sasha junto a su huerto y le dijo que vigilara que los gansos no entraran. Era un caluroso día de agosto. Los gansos del tabernero podían entrar al huerto por la parte trasera de las cabañas, pero ahora estaban ocupados recogiendo avena junto a la taberna, conversando tranquilamente, y solo el ganso alzaba la cabeza como si intentara ver si la anciana venía con su bastón. Los otros gansos podrían subir desde abajo, pero ahora pastaban lejos, al otro lado del río, extendidos como una larga guirnalda blanca alrededor del prado. Sasha se quedó un rato, se cansó y, al ver que los gansos no venían, se fue al barranco.
Allí vio a Motka, la hija mayor de Marya, quien permanecía inmóvil sobre una gran piedra, contemplando la iglesia. Marya había tenido trece hijos, pero solo le quedaban seis vivos, todas niñas, ningún niño, y el mayor tenía ocho años. Motka, con una bata larga, estaba descalza bajo el sol; el sol le daba de lleno en la cabeza, pero ella no lo notaba, y parecía petrificada. Sasha se paró a su lado y, mirando la iglesia, dijo:
Dios vive en la iglesia. Los hombres tienen lámparas y velas, pero Dios tiene pequeñas lámparas verdes, rojas y azules como ojitos. De noche, Dios camina por la iglesia, y con Él la Santa Madre de Dios y San Nicolás, ¡zas!... ¡Y el vigilante está aterrorizado, aterrorizado! ¡Ay, ay, querida! —añadió, imitando a su madre—. Y cuando llegue el fin del mundo, todas las iglesias serán llevadas al cielo.
—¿Con sus... sus... palabras? —preguntó Motka con su voz profunda, arrastrando cada sílaba.
Con sus campanas. Y cuando llegue el fin del mundo, los buenos irán al Paraíso, pero los enojados arderán en el fuego eterno e inextinguible, querida. Tanto a mi madre como a Marya, Dios les dirá: «Nunca ofendiste a nadie, y por eso ve a la derecha al Paraíso»; pero a Kiryak y a la abuela les dirá: «Vayan a la izquierda, al fuego». Y cualquiera que haya comido carne en Cuaresma también irá al fuego.
Ella miró hacia el cielo, abriendo bien los ojos, y dijo:
“Mira al cielo sin pestañear y verás ángeles”.
Motka también empezó a mirar al cielo y pasó un minuto en silencio.
“¿Los ves?” preguntó Sasha.
—No lo sé —respondió Motka con su voz grave.
—Pero sí. Los angelitos vuelan por el cielo y aletean, aletean con sus alitas como si fueran mosquitos.
Motka pensó un momento, con la mirada fija en el suelo, y preguntó:
“¿Arderá la abuela?”
“Lo hará, querida.”
Desde la piedra, una suave pendiente descendía hasta el fondo, cubierta de suave hierba verde, sobre la que uno ansiaba tumbarse o tocar con las manos... Sasha se echó y rodó hasta el fondo. Motka, con rostro serio y severo, respiró hondo, también se echó y rodó hasta el fondo, rasgándose la bata desde el dobladillo hasta el hombro.
“¡Qué divertido es!” dijo Sasha encantada.
Subieron a la cima para volver a rodar, pero en ese momento oyeron una voz chillona y familiar. ¡Qué horror! La abuela, una figura desdentada, huesuda y jorobada, con el pelo corto y gris que ondeaba al viento, ahuyentaba a los gansos del huerto con un palo largo, gritando.
¡Han pisoteado todas las coles, malditos brutos! ¡Les cortaría el cuello, tres veces malditas plagas! ¡Mala suerte les vaya!
Vio a las niñas, arrojó el palo, tomó una vara y, agarrando a Sasha por el cuello con sus dedos, delgados y duros como las ramas nudosas de un árbol, comenzó a azotarla. Sasha gritó de dolor y terror, mientras el ganso, contoneándose y estirando el cuello, se acercó a la anciana y le silbó, y cuando regresó con su bandada, todos los gansos lo saludaron con un "¡Ga-ga-ga!". Entonces la abuela procedió a azotar a Motka, y en esto, la bata de Motka se rasgó de nuevo. Desesperada y llorando a gritos, Sasha fue a la cabaña a quejarse. Motka la siguió; ella también lloraba con más fuerza, sin enjugarse las lágrimas, y tenía la cara tan húmeda como si la hubieran mojado.
—¡Santos santos! —gritó Olga, horrorizada, al entrar los dos en la cabaña—. ¡Reina del Cielo!
Sasha empezó a contar su historia, mientras que al mismo tiempo la abuela entró con una tormenta de gritos estridentes e insultos; entonces Fyokla montó en cólera y se produjo un alboroto en la cabaña.
—¡No importa, no importa! —Olga, pálida y disgustada, intentó consolarlos, acariciando la cabeza de Sasha—. Es tu abuela; es un pecado enojarse con ella. No importa, hija mía.
Nikolay, que ya estaba agotado por el bullicio eterno, el hambre, los humos sofocantes, la suciedad, que odiaba y despreciaba la pobreza, que se avergonzaba de que su esposa y su hija vieran a su padre y a su madre, bajó las piernas de la estufa y dijo con voz irritada y llorosa, dirigiéndose a su madre:
¡No debes golpearla! ¡No tienes derecho a golpearla!
—¡Te pudres en la estufa, miserable criatura! —le gritó Fyokla con rencor—. El diablo los trajo a todos, devorándonos hasta la muerte.
Sasha, Motka y todas las niñas de la cabaña se acurrucaron junto a la estufa, en un rincón, a espaldas de Nikolay, y desde ese refugio escuchaban con silencioso terror, y se oía claramente el latido de sus pequeños corazones. Siempre que en una familia hay alguien que lleva mucho tiempo enfermo, y sin remedio, llegan momentos dolorosos en los que, tímidamente, en secreto, en el fondo de sus corazones, anhelan su muerte; y solo los niños temen la muerte de alguien cercano, y siempre se horrorizan al pensarlo. Y entonces los niños, con la respiración contenida y una expresión triste en sus rostros, miraron a Nikolay y pensaron que pronto moriría; y sintieron deseos de llorar y decirle algo cariñoso y compasivo.
Se acercó a Olga, como buscando protección, y le dijo suavemente con voz temblorosa:
“Olya, querida, no puedo quedarme aquí más tiempo. Es más de lo que puedo soportar. Por Dios, por Dios, escríbele a tu hermana Klavdia Abramovna. Que venda y empeñe todo lo que tiene; que nos envíe el dinero. Nos iremos de aquí. ¡Ay, Dios mío!”, continuó con tristeza, “¡echar un vistazo a Moscú! ¡Si pudiera verlo en mis sueños, ese lugar tan querido!”
Y cuando anocheció y la cabaña estaba oscura, el ambiente era tan deprimente que era difícil articular palabra. La abuela, de muy mal humor, remojó unas cortezas de pan de centeno en una taza y estuvo un buen rato, una hora entera, chupándolas. María, después de ordeñar la vaca, trajo un cubo de leche y lo puso en un banco; luego, la abuela la vertió del cubo en una jarra con la misma lentitud y detenimiento, visiblemente contenta de que fuera el Ayuno de la Asunción, para que nadie bebiera leche y quedara intacta. Y solo vertió un poquito en un platillo para el bebé de Fiokla. Cuando María y ella bajaron la jarra al sótano, Motka se movió de repente, bajó de la estufa y, acercándose al banco donde estaba la taza de madera llena de cortezas, le echó un poco de leche del platillo.
La abuela, al volver a la cabaña, se sentó de nuevo a comer sus panecillos empapados, mientras Sasha y Motka, sentados en la estufa, la contemplaban, contentos de que hubiera roto el ayuno y ahora fuera al infierno. Se consolaron y se acostaron a dormir, y Sasha, mientras se dormía, imaginó el Día del Juicio Final: ardía un fuego enorme, parecido a un horno de alfarero, y el Maligno, con cuernos de vaca y completamente negro, empujaba a la abuela hacia el fuego con un palo largo, igual que la abuela había estado ahuyentando a los gansos.
V
El día de la Asunción, entre las diez y las once de la noche, las muchachas y los muchachos que estaban de fiesta en el prado, de repente lanzaron un clamor y un grito, y corrieron en dirección al pueblo; y los que estaban arriba, en el borde del barranco, no pudieron entender por el primer momento qué era lo que pasaba.
¡Fuego! ¡Fuego! —se oyeron gritos desesperados desde abajo—. ¡El pueblo está en llamas!
Los que estaban sentados arriba miraron a su alrededor, y un espectáculo terrible y extraordinario se presentó ante sus ojos. Sobre el techo de paja de una de las cabañas del fondo se alzaba una columna de llamas de dos metros de altura, que se curvaba y esparcía chispas en todas direcciones como si fuera una fuente. De repente, todo el techo estalló en llamas brillantes, y el crepitar del fuego era audible.
La luz de la luna se atenuó, y todo el pueblo estaba bañado por un resplandor rojo y tembloroso: sombras negras se movían sobre el suelo, olía a quemado, y quienes subían corriendo desde abajo jadeaban y no podían hablar por el temblor; se empujaban, caían, y apenas podían ver con la luz inusual, y no se reconocían. Era terrible. Lo que parecía particularmente aterrador era que las palomas volaban sobre el fuego entre el humo; y en la taberna, donde aún no sabían del incendio, seguían cantando y tocando la concertina como si nada.
—¡El tío Semyon está en llamas! —gritó una voz fuerte y áspera.
María se movía en torno a su choza, llorando y retorciéndose las manos, mientras le castañeteaban los dientes, aunque el fuego estaba muy lejos, al otro lado del pueblo. Nikolay salió con botas altas de fieltro; los niños salieron corriendo con sus batas. Cerca de la choza del guardia del pueblo, se oyó un golpe de hierro. ¡Bum, bum, bum!... flotaba en el aire, y este sonido repetido y persistente provocaba una punzada en el corazón y te helaba. Las ancianas estaban junto a los iconos sagrados. Ovejas, terneros y vacas fueron sacadas de los patios traseros a la calle; se sacaron cajas, pieles de oveja y cubas. Un semental negro, al que mantenían apartado de la manada de caballos porque los pateaba y los hería, al ser liberado corrió una o dos veces por el pueblo, relinchando y pateando el suelo; luego, de repente, se detuvo cerca de una carreta y comenzó a patearla con las patas traseras.
Comenzaron a tocar las campanas de la iglesia al otro lado del río.
Cerca de la cabaña en llamas hacía calor y la luz era tan intensa que se veía con claridad cada brizna de hierba. Semión, un campesino pelirrojo de nariz larga, con una chaqueta de aguacate y una gorra calada hasta las orejas, estaba sentado en una de las cajas que habían logrado sacar: su esposa yacía boca abajo, gimiendo e inconsciente. Un viejecito octogenario, con una gran barba y aspecto de gnomo —no era uno de los aldeanos, aunque obviamente tenía alguna relación con el incendio—, caminaba con la cabeza descubierta y un bulto blanco en los brazos. El resplandor se reflejaba en su cabeza calva. El anciano del pueblo, Antip Syedelnikov, moreno y de pelo negro como un gitano, se acercó a la cabaña con un hacha y destrozó las ventanas una tras otra —sin que nadie supiera por qué—, y luego empezó a destrozar el techo.
—¡Mujeres, agua! —gritó—. ¡Traigan el motor! ¡Presten atención!
Los campesinos, que habían estado bebiendo en la taberna justo antes, arrastraron la locomotora. Todos estaban borrachos; tropezaban y caían sin parar, con expresión de impotencia y lágrimas en los ojos.
—¡Agua, muchachas! —gritó el anciano, que también estaba borracho—. ¡Prepárense, muchachas!
Las mujeres y las niñas corrieron cuesta abajo hasta un manantial, y no paraban de subir cubos y baldes de agua, y, tras verterla en el motor, volvían a bajar corriendo. Olga, Marya, Sasha y Motka trajeron agua. Las mujeres y los niños bombearon el agua; la tubería silbó, y el anciano, dirigiéndola ahora hacia la puerta, ahora hacia las ventanas, contuvo el chorro con el dedo, lo que la hizo silbarse aún más fuerte.
—¡Bravo, Antip! —gritaron las voces con aprobación—. ¡Hazlo lo mejor que puedas!
Antip entró en la cabaña, en el fuego, y gritó desde dentro.
¡Bomba! ¡A moverse, buenos cristianos, ante tan terrible desgracia!
Los campesinos estaban reunidos, sin hacer nada más que contemplar el fuego. Nadie sabía qué hacer, nadie tenía la sensatez de hacer nada, aunque había montones de trigo, heno, graneros y montones de leña por todas partes. Kiryak y el viejo Ósip, su padre, ambos un poco achispados, también estaban allí. Y como para justificar su inacción, el viejo Ósip dijo, dirigiéndose a la mujer que yacía en el suelo:
—¡Qué problema tienes, querida! La cabaña está asegurada, ¿por qué te haces cargo?
Semión, dirigiéndose primero a una persona y luego a otra, iba describiendo cómo se había iniciado el incendio.
Ese anciano, el del bulto, era criado del general Zhukov... ¡Era cocinero en casa de nuestro general, que Dios lo tenga en su gloria! Vino esta noche: «Déjame pasar la noche», dijo... Bueno, tomamos una copa, por cierto... La esposa trajo el samovar; iba a darle una taza de té al viejo, y en una hora desafortunada lo dejó en la entrada. Las chispas de la chimenea debieron de volar directamente hasta el techo de paja; así fue. Casi nos quemamos. ¡Y al viejo se le quemó la gorra! ¡Qué lástima!
Y la plancha de hierro golpeó incansablemente, y las campanas de la iglesia al otro lado del río seguían repicando. A la luz del fuego, Olga, sin aliento, mirando con horror las ovejas rojas y las palomas rosadas que volaban entre el humo, seguía corriendo colina abajo y colina arriba. Le parecía que el repiqueteo le llegaba al corazón como una puñalada, que el fuego nunca se apagaría, que Sasha estaba perdida... Y cuando el techo de la cabaña se derrumbó con estrépito, la idea de que ahora todo el pueblo sería quemado la debilitó y la desmayó, y no pudo seguir a buscar agua, así que se sentó en el barranco, dejando el cubo cerca de ella; a su lado y debajo, las campesinas se lamentaban como en un funeral.
Entonces llegaron los mayordomos y vigilantes de la finca al otro lado del río en dos carretas, trayendo consigo un camión de bomberos. Un estudiante muy joven, con una túnica blanca desabrochada, llegó a caballo. Se oyó un ruido sordo de hachas. Colocaron una escalera en la estructura en llamas de la casa, y cinco hombres subieron a la vez. El primero de todos era el estudiante, que tenía la cara roja y gritaba con voz ronca y áspera, como si apagar incendios fuera algo a lo que estuviera acostumbrado. Destruyeron la casa, viga por viga; se llevaron el maíz, los juncos y los montones que estaban cerca.
—¡Que no lo dispersen! —gritaron voces severas entre la multitud—. ¡Que no lo dispersen!
Kiryak se dirigió a la cabaña con aire decidido, como si quisiera evitar que los recién llegados la destrozaran, pero uno de los obreros lo hizo retroceder de un golpe en el cuello. Se oyeron risas, el obrero le asestó otro golpe, Kiryak cayó al suelo y se arrastró de vuelta entre la multitud a gatas.
Dos hermosas muchachas con sombrero, probablemente hermanas del estudiante, venían del otro lado del río. Se quedaron a cierta distancia, observando el fuego. Las vigas que habían sido arrancadas ya no ardían, sino que humeaban vigorosamente; el estudiante, que manejaba la manguera, abrió el grifo, primero para las vigas, luego para los campesinos y finalmente para las mujeres que traían el agua.
—¡George! —lo llamaron las muchachas con reproche y ansiedad—. ¡George!
El incendio se había extinguido. Y solo cuando empezaron a dispersarse notaron que amanecía, que todos estaban pálidos y con el rostro algo moreno, como siempre ocurre al amanecer, cuando se apagan las últimas estrellas. Al separarse, los campesinos rieron y bromearon sobre el cocinero del general Zhukov y su gorra quemada; ya querían convertir el incendio en una broma, e incluso parecían lamentarse de que se hubiera apagado tan pronto.
—¡Qué bien apagó el fuego, señor! —le dijo Olga al estudiante—. Debería venir a Moscú: allí tenemos fuego todos los días.
“¿Por qué vienes de Moscú?” preguntó una de las jóvenes.
—Sí, señorita. Mi marido era camarero en el Bazar Slavyansky. Y esta es mi hija —dijo, señalando a Sasha, que tenía frío y se acurrucaba junto a ella—. Ella también es moscovita.
Las dos señoritas le dijeron algo en francés al estudiante y él le dio a Sasha una moneda de veinte kopeks.
El viejo padre Osip vio esto y había un brillo de esperanza en su rostro.
—Debemos agradecer a Dios, señoría, que no hubiera viento —dijo, dirigiéndose al estudiante—, o nos habríamos quemado todos juntos. Señoría, amables caballeros —añadió avergonzado en voz baja—, la mañana está fresca... algo para calentarse... media botella a la salud de su señoría.
No le dieron nada, y carraspeando, regresó a casa. Olga se quedó al final de la calle observando los dos carros que cruzaban el río por el vado y a los caballeros que cruzaban el prado; un carruaje los esperaba al otro lado del río. Al entrar en la cabaña, le describió a su esposo con entusiasmo:
¡Qué buena gente! ¡Y qué hermosa! Las jovencitas eran como querubines.
—¡Que la peste se los lleve! —dijo Fyokla, somnoliento, con rencor.
VI
María se consideraba infeliz y decía que moriría con mucho gusto; Fiokla, en cambio, encontraba toda aquella vida a su gusto: la pobreza, la suciedad y las peleas incesantes. Comía lo que le daban sin distinción; dormía donde fuera, con lo que tuviera a mano. Vaciaba la basura justo en el porche, la salpicaba desde la puerta y luego caminaba descalza por el charco. Y desde el primer día les tomó antipatía a Olga y Nikolay simplemente porque no les gustaba aquella vida.
—¡Ya veremos qué encuentran para comer aquí, señores moscovitas! —dijo con malicia—. ¡Ya veremos!
Una mañana, a principios de septiembre, Fyokla, vigorosa, guapa y sonrosada por el frío, trajo dos cubos de agua; mientras tanto, Marya y Olga estaban sentadas a la mesa tomando té.
—Té y azúcar —dijo Fyokla con sarcasmo—. ¡Qué damas tan elegantes! —añadió, dejando los cubos—. Se han acostumbrado a la moda del té a diario. ¡Cuidado con reventar de tanto beberlo! —continuó, mirando con odio a Olga—. ¡Así es como te has ganado ese jarro gordo, pasándolo bien en Moscú, pedazo de carne! —Blandió el yugo y le dio a Olga tal golpe en el hombro que las dos cuñadas solo pudieron juntar las manos y decir:
“¡Oh, santos santos!”
Entonces Fyokla bajó al río a lavar la ropa, maldiciendo todo el tiempo tan fuerte que podía oírse en la cabaña.
El día transcurrió y le siguió la larga tarde de otoño. Hicieron el hilo en la cabaña; todos lo hicieron menos Fyokla; ella había cruzado el río. Consiguieron la seda en una fábrica cercana, y toda la familia, trabajando junta, ganó casi nada, veinte kopeks a la semana.
“Las cosas eran mejores en los viejos tiempos, bajo la nobleza”, dijo el anciano padre mientras hilaba seda. “Se trabajaba, se comía y se dormía, todo a su debido tiempo. En la comida se tomaba sopa de col y grano hervido, y en la cena lo mismo. Pepinos y col en abundancia: se podía comer cuanto se quisiera. Y había más rigor. Cada uno cuidaba su vida.”
La cabaña estaba iluminada por una pequeña lámpara que ardía tenuemente y humeaba. Cuando alguien la protegía y una gran sombra se proyectaba sobre la ventana, se podía ver la brillante luz de la luna. El viejo Osip, hablando despacio, les contó cómo vivían antes de la emancipación; cómo en aquellos lugares, donde la vida ahora era tan pobre y deprimente, solían cazar con aguiluchos, galgos y retrievers, y cuando salían como azotadores, los campesinos recibían vodka; cómo se enviaban carretas enteras de caza a Moscú para los jóvenes amos; cómo a los malos los azotaban con varas o los enviaban a la finca de Tver, mientras que a los buenos se les recompensaba. Y la abuela también les contó algo. Lo recordaba todo, absolutamente todo. Describió a su ama, una mujer bondadosa y temerosa de Dios, cuyo marido era un libertino y un libertino, y todas sus hijas tuvieron matrimonios desafortunados: una se casó con un borracho, otra con un obrero, la otra se fugó en secreto (la propia abuela, entonces joven, ayudó en la fuga), y tuvieron a los tres, además de que su madre murió prematuramente de pena. Y al recordar todo esto, la abuela rompió a llorar.
De repente alguien llamó a la puerta y todos se sobresaltaron.
“Tío Osip, dame alojamiento por una noche”.
El viejecito calvo, cocinero del general Zhukov, aquel cuya gorra se había quemado, entró. Se sentó y escuchó, y luego él también empezó a contar historias de todo tipo. Nikolay, sentado en la estufa con las piernas colgando, escuchaba y hacía preguntas sobre los platos que se preparaban antiguamente para la nobleza. Hablaron de albóndigas, chuletas, sopas y salsas diversas, y el cocinero, que lo recordaba todo a la perfección, mencionó platos que ya no se sirven. Había uno, por ejemplo: un plato de ojos de buey, al que llamaban "despertar por la mañana".
“¿Y te encargaste de hacer las chuletas a la marinera?”, preguntó Nikolay.
"No."
Nikolay meneó la cabeza en señal de reproche y dijo:
¡Vaya! ¡No eras muy buena cocinera!
Las niñas, sentadas y tumbadas en la estufa, miraban fijamente sin pestañear; parecían muchísimas, como querubines en las nubes. Les gustaban las historias: se quedaban sin aliento; se estremecían y palidecían, alternando entre el éxtasis y el terror, y escuchaban sin aliento, con miedo de moverse, a la abuela, cuyas historias eran las más interesantes de todas.
Se acostaron a dormir en silencio; y los ancianos, turbados y conmovidos por sus recuerdos, pensaban en lo preciosa que era la juventud, de la cual, fuera como fuese, solo quedaba en la memoria lo vivo, lo alegre, lo conmovedor, y en lo terriblemente fría que era la muerte, que no estaba lejos, ¡mejor no pensar en ella! La lámpara se apagó. Y el crepúsculo, y las dos ventanitas nítidamente definidas por la luz de la luna, y la quietud y el crujido de la cuna, les recordaban por alguna razón que la vida había terminado, que nada podía hacer para recuperarla... Te quedas dormido, te olvidas de ti mismo, y de repente alguien te toca el hombro o te respira en la mejilla, y el sueño se acaba; sientes el cuerpo entumecido, y los pensamientos de muerte no paran de invadir tu mente. Te giras hacia el otro lado: la muerte se olvida, pero viejos pensamientos lúgubres y nauseabundos de pobreza, de comida, de lo cara que está la harina, vagan por la mente, y poco después recuerdas de nuevo que la vida ha terminado y no puedes recuperarla...
—¡Oh, Señor! —suspiró el cocinero.
Alguien golpeó suavemente la ventana. Debía ser Fyokla, que regresaba. Olga se levantó, bostezando y susurrando una oración, abrió la puerta y luego corrió el cerrojo de la habitación exterior, pero nadie entró; solo una corriente de aire frío y un repentino resplandor de la luna llegaban de la calle. La calle, silenciosa y desierta, y la luna misma flotando en el cielo, se veían desde la puerta abierta.
“¿Quién está ahí?” llamó Olga.
“Yo”, escuchó la respuesta, “soy yo”.
Cerca de la puerta, agachada contra la pared, estaba Fyokla, completamente desnuda. Temblaba de frío, le castañeteaban los dientes, y a la brillante luz de la luna se veía muy pálida, extraña y hermosa. Las sombras en su piel, y la brillante luz de la luna en su piel, se destacaban vívidamente, y sus cejas oscuras y su pecho firme y juvenil se definían con peculiar nitidez.
“Los rufianes de allá me desnudaron y me dejaron así”, dijo. “Llegué a casa sin ropa... desnuda como me parió mi madre. Tráiganme algo para ponerme”.
—¡Pero entra! —dijo Olga suavemente, empezando a temblar también.
—No quiero que los viejos me vean. —La abuela, de hecho, ya se estaba moviendo y murmurando, y el anciano padre preguntó: —¿Quién anda ahí? Olga trajo su propia bata y falda, vistió a Fyokla y luego ambas entraron sigilosamente en la habitación interior, tratando de no hacer ruido con la puerta.
"¿Eres tú, guapísimo?", refunfuñó la abuela enfadada, adivinando quién era. "¡Maldita seas, caminante nocturno!... ¡Mala suerte!"
—Está bien, está bien —susurró Olga, envolviendo a Fyokla—. Está bien, querida.
Todo era silencio de nuevo. Siempre dormían mal; algo preocupante y persistente los mantenía despiertos: el anciano, el dolor de espalda; la abuela, la ansiedad y la ira; Marya, el terror; los niños, la picazón y el hambre. Ahora también dormían con dificultad; no paraban de dar vueltas, hablando en sueños, levantándose para beber.
De repente, Fyokla prorrumpió en un aullido fuerte y áspero, pero se contuvo de inmediato y solo profirió sollozos de vez en cuando, cada vez más suaves y graves, hasta que volvió a sumirse en el silencio. De vez en cuando, desde la otra orilla del río, llegaba el sonido de las horas; pero la hora parecía extraña: dieron las cinco y luego las tres.
—¡Oh, Señor! —suspiró el cocinero.
Mirando por las ventanas, era difícil distinguir si aún había luna o si ya había amanecido. Marya se levantó y salió, y se la oía ordeñando las vacas y diciendo: "¡Tranquilos!". La abuela también salió. Todavía estaba oscuro en la cabaña, pero se distinguían todos los objetos que había dentro.
Nikolay, que no había dormido en toda la noche, se bajó de la estufa. Sacó su frac de una caja verde, se lo puso y, acercándose a la ventana, acarició las mangas y agarró los faldones, sonriendo. Luego se quitó el frac con cuidado, lo guardó en su caja y se volvió a acostar.
Marya entró de nuevo y empezó a encender la estufa. Aparentemente, apenas estaba despierta y parecía quedarse dormida mientras caminaba. Probablemente había tenido algún sueño, o las historias de la noche anterior le vinieron a la mente mientras, estirándose con deleite ante la estufa, dijo:
“No, la libertad es mejor.”
VII
Llegó el amo, así llamaban al inspector de policía. Hacía una semana que se sabía cuándo vendría y a qué se dedicaba. En Zhukovo solo había cuarenta hogares, pero se habían acumulado más de dos mil rublos de impuestos y tasas atrasados.
El inspector de policía se detuvo en la taberna. Bebió allí dos vasos de té y luego caminó hasta la cabaña del anciano del pueblo, cerca de la cual esperaba un grupo de endeudados. El anciano, Antip Syedelnikov, era, a pesar de su juventud —apenas tenía algo más de treinta años— estricto y siempre estaba del lado de las autoridades, aunque él mismo era pobre y no pagaba sus impuestos con regularidad. Evidentemente, disfrutaba de ser anciano y le gustaba el sentido de autoridad, que solo podía demostrar mediante la severidad. En el consejo del pueblo, los campesinos le temían y le obedecían. A veces se abalanzaba sobre un borracho en la calle o cerca de la taberna, le ataba las manos a la espalda y lo encerraba. En una ocasión, incluso encerró a la abuela porque ella acudió al consejo del pueblo en lugar de Osip y empezó a maldecir, y la tuvo allí un día y una noche enteros. Nunca había vivido en una ciudad ni leído un libro, pero en algún lugar había aprendido diversas expresiones eruditas y le encantaba usarlas en la conversación, y era respetado por ello aunque no siempre lo entendían.
Cuando Osip entró en la cabaña del anciano del pueblo con su libro de impuestos, el inspector de policía, un anciano delgado de larga barba canosa y túnica gris, estaba sentado a una mesa en el pasillo, escribiendo algo. La cabaña estaba limpia; todas las paredes estaban adornadas con imágenes recortadas de periódicos ilustrados, y en el lugar más visible, cerca del icono, había un retrato de Battenburg, el príncipe de Bulgaria. Junto a la mesa estaba Antip Syedelnikov con los brazos cruzados.
"Tiene ciento diecinueve rublos en juego", dijo cuando le llegó el turno a Osip. "Antes de Pascua pagó un rublo, y desde entonces no ha pagado ni un kopek".
El inspector de policía levantó la mirada hacia Osip y preguntó:
“¿Por qué pasa esto, hermano?”
—Tenga piedad, señoría —empezó Osip, cada vez más agitado—. Permítame decirle que el año pasado el caballero de Lutorydsky me dijo: «Osip, vende tu heno... véndelo tú». Bueno, tenía cien puds para vender; las mujeres los segaron en el prado. Bueno, hicimos un trato, sin duda, de buena gana...
Se quejaba del anciano y se volvía una y otra vez hacia los campesinos como invitándolos a dar testimonio; su rostro se enrojecía y transpiraba y sus ojos se volvían agudos y enojados.
“No sé por qué dicen todo esto”, dijo el inspector de policía. “Les pregunto... les pregunto por qué no pagan sus cuotas atrasadas. No pagan, ninguno de ustedes, ¿y yo tengo que responder por ustedes?”
"No puedo hacerlo."
—Sus palabras no tienen consecuencia, señoría —dijo el anciano—. Los Tchikildyeev son ciertamente de una clase deficiente, pero si les pregunta a los demás, la raíz de todo es el vodka, y son muy malos. Sin ningún tipo de comprensión.
El inspector de policía anotó algo y le dijo a Osip en voz baja, en un tono uniforme, como si le pidiera agua:
"Vete."
Pronto se marchó; y cuando se subió a su carruaje barato y carraspeó, la expresión de su larga y delgada espalda dejaba ver que ya no pensaba en Osip ni en el anciano del pueblo, ni en los atrasos de Zhukovo, sino en sus propios asuntos. Antes de que hubiera recorrido tres cuartos de milla, Antip ya se llevaba el samovar de la cabaña de los Tchikildyeev, seguido por la abuela, gritando estridentemente y con dificultad:
“¡No te lo voy a permitir, no te lo voy a permitir, maldita sea!”
Él caminaba rápido a pasos largos, y ella lo perseguía jadeando, casi desplomándose, una figura encorvada y feroz; su pañuelo se le deslizó sobre los hombros, su cabello gris con reflejos verdosos ondeaba al viento. De repente se detuvo en seco y, como una auténtica rebelde, se puso a golpearse el pecho con los puños y a gritar más fuerte que nunca con voz cantarina, como si sollozara:
¡Buenos cristianos y creyentes en Dios! ¡Vecinos, me han maltratado! ¡Amigos, me han oprimido! ¡Ay, ay! Queridos, apóyenme.
—¡Abuelita, abuela! —dijo el anciano del pueblo con severidad—. ¡Ten un poco de sentido común!
La cabaña de los Tchikildyeev era desoladora sin el samovar; había algo humillante en esta pérdida, insultante, como si el honor de la cabaña hubiera sido ultrajado. Mejor si el anciano se hubiera llevado la mesa, todos los bancos, todas las ollas; no habría parecido tan vacía. La abuela gritaba, Marya lloraba, y las niñas, mirándola, también lloraban. El anciano padre, sintiéndose culpable, se sentó en un rincón con la cabeza gacha y no dijo nada. Y Nikolay también guardó silencio. La abuela lo quería y le tenía lástima, pero ahora, olvidando su compasión, se abalanzó sobre él con insultos, con reproches, agitándole el puño en la cara. Gritó que todo era culpa suya; ¿por qué les había enviado tan poco cuando se jactaba en sus cartas de ganar cincuenta rublos al mes en el Bazar Eslavo? ¿Por qué había venido, y además con su familia? Si moría, ¿de dónde sacarían el dinero para su funeral...? Y daba pena ver a Nikolay, Olga y Sasha.
El anciano padre carraspeó, tomó su gorra y se dirigió al anciano del pueblo. Antip soldaba algo junto a la estufa, inflando las mejillas; olía a quemado. Sus hijos, demacrados y sucios, no mejores que los Tchikildyeev, se revolvían por el suelo; su esposa, una mujer fea y pecosa con un vientre prominente, devanaba seda. Eran una familia pobre y desafortunada, y Antip era el único que parecía vigoroso y apuesto. En un banco había cinco samovares alineados. El anciano rezó a Battenburg y dijo:
Antip, ten piedad de Dios. ¡Devuélveme el samovar, por Dios!
“Trae tres rublos y lo tendrás”.
“¡No puedo hacerlo!”
Antip hinchó las mejillas, el fuego rugió y silbó, y el resplandor se reflejó en el samovar. El anciano arrugó su gorra y, tras pensarlo un momento, dijo:
“Devuélvemelo.”
El anciano moreno parecía completamente negro y parecía un mago; se volvió hacia Osip y dijo con severidad y rapidez:
Todo depende del capitán rural. El veintiséis del corriente puede exponer los motivos de su insatisfacción ante la sesión administrativa, verbalmente o por escrito.
Osip no entendió ni una palabra, pero se conformó con eso y se fue a casa.
Diez días después, el inspector de policía volvió, se quedó una hora y se marchó. Durante esos días, el tiempo se había vuelto frío y ventoso; el río llevaba un tiempo congelado, pero seguía sin nevar, y a la gente le costaba desplazarse. La víspera de un día festivo, algunos vecinos fueron a casa de Osip a charlar un rato. No encendieron la lámpara, pues trabajar habría sido un pecado, sino que charlaron en la oscuridad. Hubo algunas noticias, todas bastante desagradables. En dos o tres casas, se habían llevado gallinas para pagar los atrasos y las habían enviado a la comisaría del distrito, donde murieron porque nadie las había alimentado; se habían llevado ovejas, y mientras las llevaban atadas unas a otras, subidas a un carro en cada pueblo, una de ellas murió. Y ahora discutían: ¿quién era el culpable?
—El Zemstvo —dijo Osip—. ¿Quién más?
“Por supuesto que es el Zemstvo”.
Se culpaba al zemstvo de todo: de los atrasos, de la opresión y de las malas cosechas, aunque nadie sabía qué significaba el zemstvo. Esto databa de la época en que los campesinos acomodados, con fábricas, tiendas y posadas propias, eran miembros de los zemstvos, estaban descontentos con ellos y se dedicaban a insultarlos en sus fábricas y posadas.
Hablaban de que Dios no enviaba la nieve; tenían que traer leña para combustible, y no se podía conducir ni caminar por los surcos helados. En los viejos tiempos, hace quince o veinte años, la conversación era mucho más interesante en Zhukovo. En aquellos tiempos, cada anciano parecía atesorar un secreto; como si supiera algo y esperara algo. Solían hablar de un edicto en letras de oro, de la división de tierras, de nuevas tierras, de tesoros; insinuaban algo. Ahora, los habitantes de Zhukovo no tenían ningún misterio; su vida era sencilla y abierta a la vista de todos, y no podían hablar de nada más que de pobreza, comida, de que aún no había nieve...
Hubo una pausa. Luego volvieron a pensar en las gallinas, en las ovejas, y empezaron a discutir de quién era la culpa.
—El Zemstvo —dijo Osip con cansancio—. ¿Quién más?
VIII
La iglesia parroquial estaba a casi ocho kilómetros de distancia, en Kosogorovo, y los campesinos solo asistían cuando era necesario para bautizos, bodas o funerales; asistían a los servicios religiosos en la iglesia al otro lado del río. En los días festivos, cuando hacía buen tiempo, las muchachas se vestían con sus mejores galas e iban en grupo a la iglesia, y era un espectáculo reconfortante verlas cruzar el prado con sus vestidos rojos, amarillos y verdes; con mal tiempo, todas se quedaban en casa. Iban a la iglesia parroquial para recibir la Santa Cena. A cada una de las que no conseguían confesarse durante la Cuaresma para prepararse para la Santa Cena, el párroco, recorriendo las chozas con la cruz en Pascua, les cobraba quince kopeks.
El anciano padre no creía en Dios, pues casi nunca pensaba en Él; reconocía lo sobrenatural, pero consideraba que era asunto exclusivo de las mujeres, y cuando se discutía ante él sobre religión o milagros, o se le hacía alguna pregunta, decía de mala gana, rascándose:
“¡Quién lo sabe!”
La abuela creía, pero su fe era algo confusa; todo se confundía en su memoria, y apenas podía empezar a pensar en los pecados, en la muerte, en la salvación del alma, antes de que la pobreza y sus preocupaciones diarias se apoderaran de su mente, olvidándose al instante de lo que estaba pensando. No recordaba las oraciones, y por lo general, por las noches, antes de acostarse, se paraba ante los iconos y susurraba:
“Santa Madre de Kazán, Santa Madre de Smolensk, Santa Madre de Troerutchitsy...”
Marya y Fyokla se santiguaban, ayunaban y tomaban la Santa Cena todos los años, pero no entendían nada. A los niños no les enseñaban sus oraciones, no les hablaban de Dios ni les inculcaban principios morales; solo les prohibían comer carne o leche durante la Cuaresma. En las demás familias ocurría algo parecido: pocos creían, pocos entendían. Al mismo tiempo, todos amaban las Sagradas Escrituras, con un amor tierno y reverente; pero no tenían Biblia, no había nadie que las leyera y explicara, y como Olga a veces les leía el Evangelio, la respetaban y todos se dirigían a ella y a Sasha como si fueran superiores.
Para las festividades y servicios religiosos, Olga solía ir a los pueblos vecinos y a la capital del distrito, donde había dos monasterios y veintisiete iglesias. Era una mujer soñadora, y durante estas peregrinaciones se olvidaba por completo de su familia, y solo al regresar a casa, de repente, se daba cuenta con alegría de que tenía marido e hija, y entonces decía, sonriendo radiante:
“¡Dios me ha enviado bendiciones!”
Lo que sucedía en el pueblo la preocupaba y le parecía repugnante. El día de Elías bebían, en la Asunción bebían, en la Ascensión bebían. La Fiesta de la Intercesión era la fiesta parroquial de Zhukovo, y los campesinos solían beber durante tres días; malgastaban en bebida cincuenta rublos del dinero perteneciente al Mir, y luego recaudaban más para vodka de todas las casas. El primer día de la fiesta, los Tchikildyeev mataron una oveja y comieron de ella por la mañana, a la hora de la cena y por la noche; la comieron vorazmente, y los niños se levantaron por la noche para comer más. Kiryak estuvo terriblemente borracho durante tres días enteros; se lo bebió todo, hasta las botas y la gorra, y golpeó a Marya tan terriblemente que tuvieron que echarle agua encima. Y entonces todos estaban avergonzados y enfermos.
Sin embargo, incluso en Zhukovo, en este "pueblo de esclavos", hubo una vez un estallido de genuino entusiasmo religioso. Fue en agosto, cuando por todo el distrito llevaban de aldea en aldea a la Santa Madre, la dadora de vida. Estaba tranquilo y nublado el día en que la esperaban en Zhukovo. Las muchachas salieron por la mañana a recibir al icono, con sus brillantes vestidos de fiesta, y la llevaron hacia la tarde, en procesión con la cruz y entre cánticos, mientras las campanas repicaban en la iglesia al otro lado del río. Una inmensa multitud de lugareños y forasteros inundó la calle; había ruido, polvo, una gran aglomeración... Y el anciano padre, la abuela y Kiryak, todos extendieron sus manos hacia el icono, lo miraron con entusiasmo y dijeron, llorando:
¡Defensora! ¡Madre! ¡Defensora!
De pronto, todos parecieron comprender que no había un vacío entre el cielo y la tierra, que los ricos y poderosos no se habían apropiado de todo, que aún existía un refugio contra las heridas, contra la esclavitud, contra la pobreza aplastante e insoportable, contra el terrible vodka.
—¡Defensora! ¡Madre! —sollozó Marya—. ¡Madre!
Pero el servicio de acción de gracias terminó y el icono fue retirado, y todo continuó como antes; y nuevamente se escuchó un sonido de groseras maldiciones de borrachos desde la taberna.
Solo los campesinos adinerados temían a la muerte; cuanto más ricos eran, menos creían en Dios y en la salvación de las almas, y solo por temor al fin del mundo encendían velas y hacían ofrendas para ellos, para mayor seguridad. Los campesinos más pobres no temían a la muerte. Al anciano padre y a la abuela les dijeron en la cara que habían vivido demasiado, que ya era hora de morir, y no les importó. No impidieron que Fyokla dijera en presencia de Nikolay que, cuando Nikolay muriera, su esposo Denis obtendría una exención para regresar a casa del ejército. Y Marya, lejos de temer a la muerte, lamentó que tardara tanto en llegar y se alegró cuando murieron sus hijos.
No temían a la muerte, pero a cualquier enfermedad les inspiraba un terror exagerado. Bastaba con la más mínima nimiedad: un malestar estomacal, un ligero resfriado, y la abuela, abrigada en la estufa, empezaba a gemir fuerte e incesantemente:
“¡Me estoy muriendo!”
El anciano padre se apresuró a buscar al sacerdote, y la abuela recibió el sacramento y la extremaunción. A menudo hablaban de resfriados, de lombrices, de tumores que se expanden en el estómago y se enroscan en el corazón. Sobre todo, tenían miedo de resfriarse, así que se ponían ropa gruesa incluso en verano y se calentaban en la estufa. A la abuela le gustaba que la atendieran y a menudo iba al hospital, donde solía decir que no tenía setenta, sino cincuenta y ocho años; suponía que si el médico supiera su verdadera edad no la trataría, sino que diría que era hora de morir en lugar de tomar medicamentos. Solía ir al hospital temprano por la mañana, llevando consigo a dos o tres de las niñas, y regresaba por la noche, hambrienta y de mal humor, con gotas para ella y ungüentos para las niñas. Una vez llevó a Nikolay, quien tomó gotas durante quince días después, y dijo que se sentía mejor.
La abuela conocía a todos los médicos, sus ayudantes y los reyes magos en treinta kilómetros a la redonda, y ninguno le gustaba. En la intercesión, cuando el sacerdote recorrió las cabañas con la cruz, el diácono le contó que en el pueblo cercano a la prisión vivía un anciano que había sido auxiliar de enfermería en el ejército y que hacía curas maravillosas, y le aconsejó que lo probara. La abuela siguió su consejo. Cuando cayó la primera nevada, fue al pueblo y trajo a un anciano con barba, un judío converso, con una túnica larga y el rostro cubierto de venas azules. Había gente trabajando en la cabaña en ese momento: un sastre viejo, con gafas horribles, estaba cortando un chaleco con unos trapos, y dos jóvenes estaban haciendo botas de fieltro con lana; Kiryak, que había sido despedido de su trabajo por borrachera y ahora vivía en casa, estaba sentado junto al sastre remendando una brida. Y la cabaña estaba abarrotada, sofocante y pestilente. El judío converso examinó a Nikolay y le dijo que era necesario probar la ventosaterapia.
Se puso las copas, y el viejo sastre, Kiryak, y las niñas estaban de pie alrededor y miraban, y les parecía que veían cómo la enfermedad salía de Nikolay; y Nikolay también vio cómo las copas que succionaban de su pecho se llenaban gradualmente de sangre oscura, y sintió como si realmente algo saliera de él, y sonrió con placer.
—Es una buena cosa —dijo el sastre—. Por Dios, te hará bien.
El judío preparó doce tazas y luego otras doce, bebió té y se fue. Nikolay empezó a temblar; su rostro parecía demacrado y, según expresaron las mujeres, se encogió como un puño; sus dedos se pusieron morados. Se arropó con una colcha y una piel de oveja, pero cada vez tenía más frío. Al anochecer empezó a sentirse muy mal; pidió que lo tumbaran en el suelo, le pidió al sastre que no fumara; luego se desplomó bajo la piel de oveja y al amanecer falleció.
IX
¡Oh, qué invierno tan duro y largo!
Su propio grano no les duraba más allá de Navidad, y tuvieron que comprar harina. Kiryak, que ahora vivía en casa, era ruidoso por las noches, inspirando terror a todos, y por las mañanas sufría de dolor de cabeza y estaba avergonzado; y daba pena verlo. En el establo, las vacas hambrientas mugían día y noche, un sonido desgarrador para la abuela y Marya. Y, por desgracia, hubo una helada intensa durante todo el invierno, la nieve se acumulaba en grandes montones y el invierno se prolongó. En la Anunciación había una ventisca constante, y en Pascua caía nieve.
Pero a pesar de todo, el invierno terminó. A principios de abril llegaron días cálidos y noches gélidas. El invierno no cedía, pero un día cálido lo venció por fin, y los arroyos comenzaron a fluir y los pájaros a cantar. Toda la pradera y los arbustos cerca del río quedaron inundados por las crecidas primaverales, y todo el espacio entre Zhukovo y la orilla opuesta se llenó con una vasta extensión de agua, de la que patos salvajes emergían en bandadas aquí y allá. El atardecer primaveral, resplandeciente entre hermosas nubes, ofrecía cada noche algo nuevo, extraordinario, increíble; justo lo que uno no cree después, cuando ve esos mismos colores y esas mismas nubes en un cuadro.
Las grullas volaban veloces, veloces, con graznidos lastimeros, como si se llamaran a sí mismas. De pie al borde del barranco, Olga contempló largo rato el prado inundado, el sol, la iglesia iluminada, que parecía rejuvenecida; y sus lágrimas corrían y su respiración se entrecortaba por su apasionado anhelo de irse lejos, de ir lejos, al fin del mundo. Ya estaba decidido que regresaría a Moscú para ser sirvienta, y que Kiryak la acompañaría a buscar trabajo como porteador o algo así. ¡Ay, qué ganas de irse pronto!
En cuanto se secó y se calentó, se prepararon para partir. Olga y Sasha, con sus alforjas a la espalda y zapatos de corteza trenzada en los pies, salieron antes del amanecer. Marya también salió para despedirlas. Kiryak no se encontraba bien y se quedó en casa una semana más. Por última vez, Olga rezó en la iglesia y pensó en su esposo, y aunque no derramó lágrimas, su rostro se arrugó y parecía feo, como el de una anciana. Durante el invierno, había adelgazado y se había vuelto más feo, y su cabello se había vuelto un poco gris, y en lugar de la antigua mirada dulce y la agradable sonrisa, tenía la expresión resignada y triste dejada por las penas sufridas, y había algo vacío e indiferente en sus ojos, como si no escuchara lo que le decían. Lamentaba separarse del pueblo y de los campesinos. Recordó cómo se habían llevado a Nikolay, y cómo se había ordenado un réquiem por él en casi todas las chozas, y todos habían derramado lágrimas en solidaridad con su dolor. Durante el verano y el invierno, había habido horas y días en que parecía que esta gente vivía peor que las bestias, y vivir con ellos era terrible; eran groseros, deshonestos, sucios y borrachos; no vivían en armonía, sino que se peleaban continuamente, porque desconfiaban, se temían y no se respetaban unos a otros. ¿Quién regenta la taberna y emborracha a la gente? Un campesino. ¿Quién malgasta y gasta en bebida los fondos de la comuna, de las escuelas, de la iglesia? Un campesino. ¿Quién robó a sus vecinos, prendió fuego a sus propiedades, dio falso testimonio en el tribunal por una botella de vodka? En las reuniones del Zemstvo y otros organismos locales, ¿quién fue el primero en tener problemas con los campesinos? Un campesino. Sí, vivir con ellos era terrible; Pero aun así, eran seres humanos, sufrían y lloraban como tales, y no había nada en sus vidas que no se pudiera excusar. El trabajo duro que les hacía doler todo el cuerpo por las noches, los inviernos crueles, las escasas cosechas, el hacinamiento; y no tenían ayuda ni nadie a quién acudir. Aquellos de ellos, un poco más fuertes y adinerados, no podían ser de ayuda, pues ellos mismos eran groseros, deshonestos, borrachos y se insultaban unos a otros con la misma repugnancia; el más insignificante oficinista o funcionario trataba a los campesinos como si fueran vagabundos, e incluso a los ancianos del pueblo y a los sacristán como inferiores, considerándose con derecho a hacerlo. Y, en realidad, ¿pueden dar algún tipo de ayuda o buen ejemplo personas mercenarias, codiciosas, depravadas y ociosas que solo visitan el pueblo para insultar, despojar y aterrorizar? Olga recordó la mirada lastimera y humillada de los ancianos cuando en invierno llevaron a Kiryak para azotarlo... Y ahora sentía lástima por toda esa gente, dolorosamente, y mientras caminaba seguía mirando hacia atrás, a las chozas.
Después de caminar dos millas con ellos, Marya se despidió, luego, arrodillándose y cayendo hacia adelante con su rostro en la tierra, comenzó a lamentarse:
Otra vez me quedo solo. ¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre, infeliz!...
Y así se lamentó durante mucho tiempo, y desde lejos Olga y Sasha aún podían verla de rodillas, inclinándose hacia alguien a su lado y agarrándose la cabeza entre las manos, mientras las torres volaban sobre su cabeza.
El sol salía alto; empezaba a hacer calor. Zhukovo quedó muy atrás. Caminar era placentero. Olga y Sasha pronto olvidaron tanto el pueblo como a Marya; estaban alegres y todo las entretenía. Ora se toparon con un antiguo túmulo, ora con una hilera de postes telegráficos que se perdían en la distancia y se perdían en el horizonte, y los cables zumbaban misteriosamente. Entonces vieron una granja, toda envuelta en follaje verde; emanaba un aroma a humedad, a cáñamo, y por alguna razón parecía que allí vivía gente feliz. Entonces se toparon con el esqueleto de un caballo que blanqueaba en soledad en los campos abiertos. Y las alondras trinaban sin cesar, los guiones de codornices se llamaban entre sí, y el rascón chillaba como si alguien estuviera realmente raspando una vieja barandilla de hierro.
Al mediodía, Olga y Sasha llegaron a un gran pueblo. Allí, en la calle ancha, se encontraron con el viejecito cocinero del general Zhukov. Tenía calor, y su calva, roja y sudorosa, brillaba al sol. Olga y él no se reconocieron; al instante, miraron a su alrededor, se reconocieron y se separaron sin decir palabra. Deteniéndose cerca de la cabaña, que parecía la más nueva y próspera, Olga se inclinó ante las ventanas abiertas y dijo con voz alta, débil y cantarina:
“Buenos cristianos, dad limosna, por amor a Cristo, para que la bendición de Dios sea con vosotros y vuestros padres estén en el Reino de los Cielos en paz eterna.”
—Buenos cristianos —comenzó a cantar Sasha—, dadnos, por amor a Cristo, la bendición de Dios, el Reino de los Cielos...
La corista y otros cuentos
LA CHICA DEL CORISTA
Un día, cuando era más joven y guapa, y su voz sonaba más fuerte, Nikolay Petróvich Kolpakov, su adorador, estaba sentado en la habitación exterior de su villa de verano. Hacía un calor insoportable y sofocante. Kolpakov, que acababa de cenar y beberse una botella entera de oporto de baja calidad, se sentía de mal humor y de mal humor. Ambos estaban aburridos y esperaban a que pasara el calor del día para dar un paseo.
De repente, sonó un timbre en la puerta. Kolpakov, que estaba sentado sin abrigo y en pantuflas, se levantó de un salto y miró a Pasha con aire interrogativo.
“Debe ser el cartero o una de las chicas”, dijo la cantante.
A Kolpakov no le importó que lo encontraran el cartero ni las amigas de Pasha, pero por precaución recogió su ropa y se fue a la habitación contigua, mientras Pasha corría a abrir la puerta. Para su gran sorpresa, en el umbral no estaba el cartero ni una amiga, sino una mujer desconocida, joven y hermosa, vestida como una dama, y por todas las apariencias lo era.
La extraña estaba pálida y respiraba con dificultad, como si hubiera subido corriendo una escalera empinada.
"¿Qué pasa?" preguntó Pasha.
La dama no respondió de inmediato. Dio un paso al frente, miró lentamente a su alrededor y se sentó de una manera que sugería que por cansancio, o quizás por enfermedad, no podía mantenerse en pie; luego, durante un largo rato, sus pálidos labios temblaron mientras intentaba hablar en vano.
"¿Está aquí mi marido?" preguntó por fin, alzando hacia Pasha sus grandes ojos con párpados rojos y manchados de lágrimas.
"¿Esposo?" susurró Pasha, y de repente se asustó tanto que se le congelaron las manos y los pies. "¿Qué esposo?" repitió, empezando a temblar.
"Mi marido... Nikolay Petrovich Kolpakov".
"N... no, señora... yo... yo no conozco a ningún marido."
Pasó un minuto en silencio. La desconocida se pasó varias veces el pañuelo por los labios pálidos y contuvo la respiración para calmar su temblor interior, mientras Pasha permanecía inmóvil ante ella, como un poste, mirándola con asombro y terror.
—Entonces, ¿dices que no está aquí? —preguntó la señora, esta vez hablando con voz firme y sonriendo extrañamente.
"Yo... no sé de quién estás preguntando."
"Eres horrible, ruin, vil...", murmuró el desconocido, observando a Pasha con odio y repulsión. "Sí, sí... eres horrible. ¡Me alegra muchísimo poder decírtelo por fin!"
Pasha sintió que esta dama de negro, de ojos furiosos y dedos blancos y delgados, daba la impresión de algo horrible e indecoroso, y se avergonzó de sus mejillas regordetas y rojas, la marca de viruela en la nariz y el flequillo en la frente, que jamás podría peinarse. Y le pareció que si hubiera sido delgada, sin polvos en la cara ni flequillo en la frente, habría podido disimular su falta de respeto y no se habría sentido tan asustada ni avergonzada de enfrentarse a esta desconocida y misteriosa dama.
"¿Dónde está mi marido?", continuó la señora. "Aunque me da igual si está aquí o no, debo decirle que el dinero ha desaparecido y que están buscando a Nikolay Petrovich... Quieren arrestarlo. ¡Es culpa suya!"
La señora se levantó y caminó por la habitación muy emocionada. Pasha la miró y estaba tan asustado que no pudo comprender.
"Lo encontrarán y lo arrestarán hoy", dijo la señora, y sollozó, y en ese sonido se oyeron su resentimiento y su enojo. "¡Sé quién lo ha llevado a esta horrible situación! ¡Criatura despreciable! ¡Repugnante y mercenaria desvergonzada!" Los labios de la señora se movieron y su nariz se arrugó con disgusto. "Estoy indefensa, ¿me oyes, mujer despreciable?... Estoy indefensa; eres más fuerte que yo, ¡pero hay Uno para defenderme a mí y a mis hijos! ¡Dios lo ve todo! ¡Él es justo! ¡Te castigará por cada lágrima que he derramado, por todas mis noches de insomnio! ¡Llegará el momento; pensarás en mí!..."
Se hizo el silencio de nuevo. La señora caminaba por la habitación, retorciéndose las manos, mientras Pasha seguía mirándola con la mirada perdida y asombrada, sin comprender y esperando algo terrible.
"No sé nada de eso, señora", dijo y de repente rompió a llorar.
—¡Mientes! —gritó la señora, y sus ojos brillaron de ira—. ¡Lo sé todo! Te conozco desde hace mucho tiempo. ¡Sé que durante el último mes ha estado pasando todos los días contigo!
—Sí. ¿Y entonces qué? ¿Qué más da? Recibo muchísimas visitas, pero no obligo a nadie a venir. Es libre de hacer lo que quiera.
¡Les digo que han descubierto que falta dinero! ¡Ha malversado fondos de la oficina! Por una... criatura como usted, por usted ha cometido un delito. Escuche —dijo la señora con voz resuelta, deteniéndose en seco, mirando a Pasha—. No puede tener principios; vive solo para hacer daño; ese es su objetivo; ¡pero no se puede imaginar que haya caído tan bajo como para no tener rastro de sentimientos humanos! Tiene esposa, hijos... Si lo condenan y lo envían al exilio, moriremos de hambre, los niños y yo... ¡Entiéndalo! Y aun así, existe la posibilidad de salvarlo a él y a nosotros de la indigencia y la desgracia. Si les llevo novecientos rublos hoy, lo dejarán en paz. ¡Solo novecientos rublos!
"¿Qué novecientos rublos?", preguntó Pasha en voz baja. "No... no lo sé... no los he cogido."
"No te pido novecientos rublos... No tienes dinero, y yo no quiero el tuyo. Te pido algo más... Los hombres suelen regalar cosas caras a mujeres como tú. ¡Solo devuélveme lo que te ha dado mi marido!"
—¡Señora, nunca me ha regalado nada! —se lamentó Pasha, empezando a comprender.
¿Dónde está el dinero? Ha malgastado lo suyo, lo mío y lo ajeno... ¿Qué ha sido de todo? ¡Escúchame, te lo ruego! Me dejé llevar por la indignación y te he dicho muchas cosas desagradables, pero te pido disculpas. Debes odiarme, lo sé, pero si eres capaz de sentir compasión, ¡ponte en mi lugar! ¡Te imploro que me devuelvas las cosas!
—¡Mmm! —dijo Pasha, encogiéndose de hombros—. Lo haría con mucho gusto, pero Dios es testigo de que nunca me regaló nada. Créeme, bajo mi conciencia. Sin embargo, tienes razón —dijo la cantante confundida—, me trajo dos cositas. Te las devolveré, si así lo deseas.
Pasha abrió uno de los cajones del tocador y sacó de él una pulsera hueca de oro y un anillo fino con un rubí.
"¡Aquí tiene, señora!" dijo, entregándole estos artículos al visitante.
La señora se sonrojó y su rostro tembló. Estaba ofendida.
"¿Qué me das?", dijo. "No te pido caridad, sino lo que no te pertenece... lo que, aprovechando tu posición, le has exprimido a mi marido... ese hombre débil e infeliz... El jueves, cuando te vi con mi marido en el puerto, llevabas broches y pulseras caros. ¡Así que no sirve de nada que te hagas la inocente conmigo! Te pregunto por última vez: ¿me darás esas cosas o no?"
—Eres un bicho raro, te lo aseguro —dijo Pasha, empezando a ofenderse—. Te aseguro que, salvo la pulsera y este anillito, nunca he visto nada de tu Nikolay Petrovich. Solo me trae pasteles dulces.
—¡Pastelitos! —rió el desconocido—. En casa los niños no tienen nada que comer, y aquí tienes pastelitos. ¿Te niegas rotundamente a devolver los regalos?
Al no recibir respuesta, la señora se sentó y miró al vacío, reflexionando.
"¿Qué hago ahora?", dijo. "Si no consigo novecientos rublos, él está arruinado, y los niños y yo también. ¿Mato a esta despreciable mujer o me arrodillo ante ella?"
La señora se llevó el pañuelo a la cara y rompió a sollozar.
"¡Te lo suplico!", oyó Pasha entre los sollozos del desconocido. "Ya ves que has saqueado y arruinado a mi marido. Sálvalo... No sientes ningún afecto por él, pero los niños... los niños... ¿Qué han hecho los niños?"
Pasha imaginó a niños pequeños parados en la calle, llorando de hambre, y ella también sollozó.
"¿Qué puedo hacer, señora?", dijo. "Dices que soy una mujer despreciable y que he arruinado a Nikolay Petrovich, y te aseguro... ante Dios Todopoderoso, que no he recibido nada de él... Solo hay una chica en nuestro coro que tiene un admirador rico; todas las demás vivimos al día, con pan y kvas. Nikolay Petrovich es un caballero muy culto y refinado, así que lo he recibido con los brazos abiertos. Estamos obligados a recibir con los brazos abiertos a los caballeros."
¡Te pido las cosas! ¡Dame las cosas! Lloro... Me humillo... ¡Si quieres, me arrodillo! ¡Si lo deseas!
Pasha gritó de horror y agitó las manos. Sintió que aquella pálida y hermosa dama, que se expresaba con tanta grandiosidad, como si estuviera en el escenario, realmente podría arrodillarse ante ella, simplemente por orgullo, por grandeza, para exaltarse y humillar a la corista.
—¡Muy bien, te daré algunas cosas! —dijo Pasha, secándose los ojos y apresurándose—. Claro que sí. Pero no son de Nikolay Petrovich... Las conseguí de otros caballeros. Como quieras...
Pasha abrió el cajón superior del cofre, sacó un broche de diamantes, un collar de coral, algunos anillos y pulseras y se los dio todo a la dama.
—Cógetelos si quieres, pero nunca he recibido nada de tu marido. Cógelos y hazte rico —continuó Pasha, ofendida por la amenaza de arrodillarse—. Y si eres una dama... su legítima esposa, deberías tenerlo para ti. ¡Eso creo! No lo invité; vino por su propia voluntad.
Entre lágrimas la señora examinó los artículos que le habían entregado y dijo:
"Esto no es todo... Aquí no habrá ni quinientos rublos."
Pasha sacó impulsivamente del arcón un reloj de oro, una cigarrera y unos pendientes y, levantando las manos, dijo:
"No me queda nada más... ¡Puedes buscar!"
La visitante dio un suspiro, con manos temblorosas envolvió las cosas en su pañuelo y salió sin pronunciar palabra, sin siquiera asentir con la cabeza.
La puerta de la habitación contigua se abrió y entró Kolpakov. Estaba pálido y movía la cabeza nerviosamente, como si hubiera tragado algo muy amargo; las lágrimas brillaban en sus ojos.
"¿Qué regalos me hiciste?", preguntó Pasha, abalanzándose sobre él. "¿Cuándo me permitiste preguntarte?"
"¡Regalos... eso no importa!", dijo Kolpakov, y sacudió la cabeza. "¡Dios mío! Lloró ante ti, se humilló..."
—Te pregunto, ¿qué regalos me hiciste? —exclamó Pasha.
¡Dios mío! Ella, una dama, tan orgullosa, tan pura... ¡Estaba dispuesta a arrodillarse ante... ante esta muchacha! ¡Y yo la he traído a esto! ¡Lo he permitido!
Se agarró la cabeza entre las manos y gimió.
—¡No, nunca me lo perdonaré! ¡Nunca me lo perdonaré! ¡Aléjate de mí...! ¡Menuda criatura! —gritó con repulsión, alejándose de Pasha y apartándola con manos temblorosas—. Se habría arrodillado y... ¡y a ti! ¡Dios mío!
Se vistió rápidamente y, empujando a Pasha a un lado con desprecio, se dirigió a la puerta y salió.
Pasha se acostó y empezó a llorar a gritos. Ya se arrepentía de las cosas que había regalado tan impulsivamente, y se sentía herida. Recordó cómo hacía tres años un comerciante la había golpeado sin motivo alguno, y lloró con más fuerza que nunca.
VEROTCHKA
IVAN ALEXEYITCH OGNEV recuerda cómo aquella tarde de agosto abrió la puerta de cristal con un ruido metálico y salió a la terraza. Llevaba una ligera capa Inverness y un sombrero de paja de ala ancha, el mismo que yacía junto a sus botas altas en el polvo debajo de la cama. En una mano sostenía un gran fajo de libros y cuadernos, y en la otra, un grueso palo anudado.
Tras la puerta, con la lámpara en la mano para indicar el camino, se encontraba el dueño de la casa, Kuznetsov, un anciano calvo de larga barba gris, con una chaqueta de piqué blanca como la nieve. El anciano sonreía cordialmente y asentía con la cabeza.
—¡Adiós, viejo! —dijo Ognev.
Kuznetsov puso la lámpara sobre una mesita y salió a la terraza. Dos sombras largas y estrechas bajaron los escalones hacia los parterres, se balancearon y apoyaron la cabeza en los troncos de los tilos.
—¡Adiós y gracias una vez más, querido amigo! —dijo Iván Alexéievich—. Gracias por su bienvenida, por su amabilidad, por su cariño... Nunca olvidaré su hospitalidad mientras viva. Usted es tan bueno, y su hija es tan buena, y todos aquí son tan amables, tan simpáticos y amables... ¡Un grupo de personas tan espléndido que no sé cómo expresar lo que siento!
Por el exceso de emoción y bajo la influencia del vino casero que acababa de beber, Ognev habló con voz cantarina, como un estudiante de teología, y estaba tan conmovido que expresó sus sentimientos no tanto con palabras como con el parpadeo y el temblor de hombros. Kuznetsov, que también había bebido bastante y estaba conmovido, se acercó al joven y lo besó.
"Le he cogido tanto cariño como a su perro", continuó Ognev. "He venido casi a diario; me he quedado a dormir una docena de veces. Es horrible pensar en todo el vino casero que he bebido. Y, sobre todo, gracias por su cooperación y ayuda. Sin usted, habría estado ocupado con mis estadísticas hasta octubre. Pondré en mi prólogo: "Considero mi deber expresar mi gratitud al presidente del Zemstvo del Distrito de N--, Kuznetsov, por su amable cooperación". ¡Hay un futuro brillante ante las estadísticas! Mis humildes respetos a Vera Gavrílovna, y dígales a los médicos, a los abogados y a su secretaria que nunca olvidaré su ayuda. Y ahora, amigo, ¡abrácenos y besémonos por última vez!"
Ognev, abatido por la emoción, besó al anciano una vez más y empezó a bajar los escalones. En el último escalón, miró a su alrededor y preguntó: "¿Nos vemos algún día?".
—¡Dios sabe! —dijo el anciano—. ¡Probablemente no!
—¡Sí, es cierto! Nada te tentará a venir a Petersburgo y no creo que vuelva a aparecer por aquí. ¡Bueno, adiós!
—¡Será mejor que dejes los libros! —le gritó Kuznetsov—. No querrás cargar con semejante peso. ¡Te los enviaré mañana mismo con un sirviente!
Pero Ognev se alejaba rápidamente de la casa y no escuchaba. Su corazón, reconfortado por el vino, rebosaba de buen humor, amabilidad y tristeza. Caminaba pensando en la frecuencia con la que uno se encuentra con buenas personas, y qué lástima que de esos encuentros solo quedaran recuerdos. A veces se vislumbran grullas en el horizonte, y una leve ráfaga de viento trae su grito lastimero y extático, y un minuto después, por mucho que se escudriñe la distancia azul, no se ve ni una mota ni se oye un sonido; y así, la gente, con sus rostros y sus palabras, revolotea en nuestras vidas y se ahoga en el pasado, sin dejar más que vagas huellas en la memoria. Habiendo estado en el Distrito N desde principios de la primavera, y habiendo estado casi a diario en casa de los amables Kuznetsov, Iván Alexéievich se había sentido tan a gusto con el anciano, su hija y los sirvientes como si fueran de su propia familia. Se había familiarizado con toda la casa hasta el más mínimo detalle, con la acogedora terraza, los recovecos de las avenidas, las siluetas de los árboles sobre la cocina y los baños; pero tan pronto como salía de la puerta, todo esto se transformaba en memoria y perdía para siempre su significado como realidad, y en un año o dos todas estas queridas imágenes se volvían tan tenues en su conciencia como las historias que había leído o las cosas que había imaginado.
"¡Nada en la vida es tan valioso como las personas!", pensó Ognev emocionado, mientras caminaba por la avenida hacia la puerta. "¡Nada!"
El jardín estaba cálido y tranquilo. Se percibía el aroma de la reseda, de las plantas de tabaco y del heliotropo, que aún no habían madurado en los parterres. Los espacios entre los arbustos y los troncos estaban cubiertos por una fina y suave niebla, impregnada por la luz de la luna, y, como Ognev recordaba desde hacía tiempo, volutas de niebla que parecían fantasmas se sucedían lenta pero perceptiblemente a través de la avenida. La luna se alzaba en lo alto del jardín, y debajo, manchas transparentes de niebla flotaban hacia el este. El mundo entero parecía consistir en nada más que siluetas negras y sombras blancas errantes. Ognev, al ver la niebla en una tarde de agosto a la luz de la luna casi por primera vez en su vida, imaginó que no veía naturaleza, sino un efecto escénico en el que obreros torpes, intentando iluminar el jardín con fuego blanco de Bengala, se escondían tras los arbustos y desprendían nubes de humo blanco junto con la luz.
Cuando Ognev llegó a la puerta del jardín, una sombra oscura se alejó de la cerca baja y se dirigió hacia él.
—¡Vera Gavrílovna! —dijo encantado—. ¿Estás aquí? Y te he estado buscando por todas partes; quería despedirme... ¡Adiós! ¡Me voy!
"¿Tan temprano? ¡Pero si son solo las once!"
—Sí, ya es hora de irme. Tengo que caminar seis kilómetros y luego preparar el equipaje. Mañana tengo que madrugar.
Ante Ognev se encontraba Vera, la hija de Kuznetsov, una joven de veintiún años, melancólica como siempre, vestida de forma descuidada y atractiva. Las chicas soñadoras que pasan días enteros tumbadas, leyendo perezosamente cualquier cosa, que están aburridas y melancólicas, suelen vestir de forma descuidada. Para aquellas dotadas por la naturaleza de buen gusto e instinto para la belleza, ese ligero descuido les confiere un encanto especial. Cuando Ognev la recordó más tarde, no pudo imaginar a la bella Verotchka salvo con una blusa amplia, arrugada en profundos pliegues en el cinturón, que sin embargo no le llegaba a la cintura; sin el pelo recogido en alto y un rizo suelto en la frente; Sin el chal rojo de punto con flecos de bolas en el borde, que colgaba desconsoladamente sobre los hombros de Vera por las noches, como una bandera en un día sin viento, y que durante el día yacía, aplastado, en el recibidor, cerca de los sombreros de los hombres, o sobre una caja del comedor, donde el viejo gato no dudaba en dormir sobre él. Este chal y los pliegues de su blusa sugerían una sensación de libertad y pereza, de buen humor y de sentirse como en casa. Quizás porque Vera atraía a Ognev, este veía en cada volante y botón algo cálido, ingenuo, acogedor, algo bonito y poético, justo lo que les falta a las mujeres frías y falsas que carecen de instinto para la belleza.
Verotchka tenía una figura atractiva, un perfil regular y un hermoso cabello rizado. Ognev, que había visto pocas mujeres en su vida, la consideraba una belleza.
"Me voy", dijo al despedirse de ella en la puerta. "¡No me recuerdes nada malo! ¡Gracias por todo!"
Con la misma voz de estudiante de teología con la que había hablado con su padre, con el mismo parpadeo y temblor de hombros, comenzó a agradecer a Vera por su hospitalidad, amabilidad y amabilidad.
"He escrito sobre ti en cada carta a mi madre", dijo. "Si todos fueran como tú y tu padre, ¡qué maravilloso sería el mundo! ¡Son una gente tan espléndida! Gente tan genuina, amable y sin tonterías."
"¿A dónde vas ahora?" preguntó Vera.
"Ahora me voy a casa de mi madre en Oryol. Estaré con ella quince días y luego volveré a Petersburgo a trabajar".
"¿Y luego?"
¿Y entonces? Trabajaré todo el invierno y en primavera volveré a provincias a recoger material. Bueno, sé feliz, vive cien años... no me guardes rencor. No nos volveremos a ver.
Ognev se inclinó y besó la mano de Vera. Luego, en silencio, emocionado, se alisó la capa, colocó el fajo de libros en una posición más cómoda, hizo una pausa y dijo:
"¡Cuánta niebla!"
"Sí. ¿Has dejado algo atrás?"
"No, no lo creo..."
Durante unos segundos Ognev permaneció en silencio, luego se dirigió torpemente hacia la puerta y salió del jardín.
—Quédate, te acompañaré hasta nuestro bosque —dijo Vera, siguiéndolo.
Caminaron por el camino. Ahora los árboles ya no oscurecían la vista, y se podía ver el cielo y la distancia. Como cubierta por un velo, la naturaleza se ocultaba en una neblina transparente e incolora a través de la cual su belleza se asomaba alegremente; donde la niebla era más espesa y blanca, se amontonaba irregularmente sobre las piedras, tallos y arbustos o flotaba en espirales sobre el camino, adherida a la tierra y parecía esforzarse por no ocultar la vista. A través de la neblina podían ver todo el camino hasta el bosque, con oscuras zanjas a los lados y pequeños arbustos que crecían en las zanjas y atrapaban las volutas de niebla. A media milla de la puerta vieron la oscura franja del bosque de Kuznetsov.
"¿Por qué ha venido conmigo? Tendré que acompañarla de vuelta", pensó Ognev, pero al mirarla de perfil, sonrió amablemente y dijo: "Uno no quiere irse con un tiempo tan agradable. Es una velada muy romántica, con la luna, la quietud y todo eso. ¿Sabe, Vera Gavrílovna? Llevo veintinueve años viviendo aquí y nunca he tenido un romance. Ningún episodio romántico en mi vida, así que solo sé de oídas de encuentros, "avenidas de suspiros" y besos. ¡No es normal! En la ciudad, cuando uno está en su alojamiento, no nota el vacío, pero aquí, al aire libre, lo siente... ¡Uno lo resiente!"
"¿Por qué es?"
—No lo sé. Supongo que nunca he tenido tiempo, o quizás es que nunca he conocido mujeres que... De hecho, tengo muy pocos conocidos y nunca voy a ningún sitio.
Durante unos trescientos pasos, los jóvenes caminaron en silencio. Ognev no dejaba de mirar la cabeza descubierta y el chal de Verotchka, y los días de primavera y verano acudían a su mente uno tras otro. Había sido una época en la que, lejos de su gris alojamiento de Petersburgo, disfrutando del calor acogedor de la gente amable, la naturaleza y el trabajo que amaba, no había tenido tiempo de observar cómo los atardeceres seguían al resplandor del amanecer, y cómo, uno tras otro, anunciando el fin del verano, primero el ruiseñor dejó de cantar, luego la codorniz, y un poco más tarde el rascón. Los días transcurrían desapercibidos, así que la vida debía de haber sido feliz y tranquila. Empezó a comentar en voz alta con qué reticencia él, pobre y desacostumbrado a cambiar de aires y de sociedad, había llegado a finales de abril al Distrito N, donde esperaba tristeza, soledad e indiferencia hacia la estadística, que consideraba ahora la ciencia más importante. Cuando llegó una mañana de abril al pueblito de N--, se alojó en la posada de Ryabuhin, el Viejo Creyente, donde por veinte kopeks al día le dieron una habitación luminosa y limpia, con la condición de que no fumara en el interior. Tras descansar y averiguar quién era el presidente del Zemstvo del Distrito, partió de inmediato a pie hacia Kuznetsov. Tuvo que caminar cinco kilómetros a través de exuberantes prados y jóvenes bosquecillos. Las alondras revoloteaban en las nubes, llenando el aire de sus notas plateadas, y las grajillas, batiendo sus alas con solemne dignidad, flotaban sobre el verde maizal.
¡Cielos! —pensó Ognev con asombro—. ¿Será posible que siempre haya un aire así para respirar aquí, o este aroma es solo hoy, en honor a mi llegada?
Esperando una recepción fría y formal, entró en casa de Kuznetsov con timidez, levantando la vista por debajo de las cejas y arrancándose la barba con timidez. Al principio, Kuznetsov frunció el ceño, sin comprender qué utilidad podía tener el zemstvo para el joven y sus estadísticas; pero cuando este le explicó con detalle qué era el material estadístico y cómo se recopilaba, Kuznetsov se alegró, sonrió y, con curiosidad infantil, empezó a consultar sus cuadernos. Al anochecer de ese mismo día, Iván Alexéievich ya estaba cenando con los Kuznetsov, se sentía rápidamente exaltado por su fuerte vino casero y, al observar los rostros tranquilos y los movimientos perezosos de sus nuevos conocidos, sintió en todo su ser esa dulce y soñolienta indolencia que invita a dormir, estirarse y sonreír. Mientras sus nuevos conocidos lo miraban con buen humor y le preguntaban si su padre y su madre vivían, cuánto ganaba al mes, con qué frecuencia iba al teatro...
Ognev recordaba sus excursiones por el barrio, los picnics, las partidas de pesca, la visita de todo el grupo al convento para ver a la Madre Superiora Marfa, quien había regalado a cada visitante una bolsa de cuentas; recordaba las acaloradas e interminables discusiones típicamente rusas, en las que los oponentes, balbuceando y golpeando la mesa con los puños, se malinterpretaban e interrumpían, se contradecían inconscientemente a cada frase, cambiaban de tema continuamente y, tras discutir dos o tres horas, se reían y decían: "¡Quién sabe de qué hemos estado discutiendo! ¡Empezando por una cosa y pasando a otra!".
"¿Y recuerdas cómo el doctor, tú y yo cabalgamos hasta Shestovo?", le dijo Iván Alexéievich a Vera al llegar al bosquecillo. "Allí nos encontramos con el santo loco: le di una moneda de cinco kopeks, se santiguó tres veces y la arrojó al centeno. ¡Cielos! ¡Me llevo tal cantidad de recuerdos que si pudiera reunirlos en uno solo, sería una buena pepita de oro! No entiendo por qué la gente inteligente y perspicaz se agolpa en San Petersburgo y Moscú y no viene aquí. ¿Hay más verdad y libertad en la Nevski y en las grandes casas húmedas que aquí? De verdad, la idea de artistas, científicos y periodistas viviendo hacinados en habitaciones amuebladas siempre me ha parecido un error."
A veinte pasos del bosquecillo, el camino se cruzaba con un pequeño puente estrecho con postes en las esquinas, que siempre había servido de descanso para los Kuznetsov y sus invitados en sus paseos nocturnos. Desde allí, quienes quisieran podían imitar el eco del bosque, y se podía ver cómo el camino se perdía en la oscura senda.
—¡Aquí está el puente! —dijo Ognev—. Aquí deben regresar.
Vera se detuvo y respiró hondo.
"Sentémonos", dijo, sentándose en uno de los postes. "La gente suele sentarse para despedirse antes de emprender un viaje".
Ognev se sentó a su lado sobre su fajo de libros y siguió hablando. Ella estaba sin aliento por la caminata y miraba, no a Iván Alexéievich, sino a lo lejos, de modo que él no podía verle la cara.
"¿Y si nos encontramos dentro de diez años?", dijo. "¿Cómo seremos entonces? Para entonces, tú serás la respetable madre de familia, y yo seré el autor de una pesada obra estadística inútil para nadie, tan gruesa como cuarenta mil obras similares. Nos encontraremos y recordaremos los viejos tiempos... Ahora somos conscientes del presente; nos absorbe y nos emociona, pero cuando nos encontremos no recordaremos el día, ni el mes, ni siquiera el año en que nos vimos por última vez en este puente. Tú habrás cambiado, tal vez... Dime, ¿serás diferente?"
Vera se sobresaltó y giró su rostro hacia él.
"¿Qué?" preguntó ella.
"Te lo pregunté hace un momento..."
"Disculpe, no escuché lo que decía."
Solo entonces Ognev notó un cambio en Vera. Estaba pálida, respiraba agitadamente, y el temblor de su respiración le afectaba las manos, los labios y la cabeza, y no un rizo, como de costumbre, sino dos, se le soltaron y le cayeron sobre la frente... Evidentemente, evitaba mirarlo a la cara y, tratando de disimular su emoción, en un momento se tocaba el cuello, que parecía rasparle el cuello, y en otro se pasaba el chal rojo de un hombro al otro.
"Me temo que tienes frío", dijo Ognev. "No es prudente quedarse sentado en la niebla. Avísame cuando regreses ".
Vera permaneció en silencio.
"¿Qué pasa?", preguntó Ognev con una sonrisa. "Te quedas callado y no respondes a mis preguntas. ¿Estás enfadado o no te sientes bien?"
Vera presionó la palma de su mano contra la mejilla más cercana a Ognev y luego la apartó bruscamente.
"¡Qué posición tan horrible!", murmuró con una expresión de dolor en el rostro. "¡Horrible!"
"¿Qué te pasa?", preguntó Ognev, encogiéndose de hombros y sin disimular su sorpresa. "¿Qué ocurre?"
Todavía respirando con dificultad y contorsionando los hombros, Vera le dio la espalda, miró al cielo durante medio minuto y dijo:
"Hay algo que debo decirte, Iván Alexeyitch..."
"Estoy escuchando."
"Puede que te parezca extraño... Te sorprenderás, pero no me importa..."
Ognev se encogió de hombros una vez más y se preparó para escuchar.
"Verás...", empezó Verotchka, inclinando la cabeza y jugueteando con una bola en el fleco de su chal. "Verás... esto es lo que quería decirte... Te parecerá extraño... y tonto, pero... ya no lo soporto."
Las palabras de Vera se apagaron en un murmullo ininteligible y fueron interrumpidas repentinamente por las lágrimas. La muchacha se tapó la cara con el pañuelo, se inclinó más que nunca y lloró amargamente. Iván Alexéievich se aclaró la garganta, confundido, y miró a su alrededor desesperanzado, desesperanzado, sin saber qué decir ni hacer. Como no estaba acostumbrado a ver lágrimas, sintió que también le escocían los ojos.
—¡Bueno, qué sigue! —murmuró con impotencia—. Vera Gavrílovna, ¿para qué es esto? Me gustaría saberlo. Querida, ¿estás... enferma? ¿O alguien te ha tratado mal? Dime, quizás pueda, por así decirlo... ayudarte...
Cuando, queriendo consolarla, se atrevió a retirarle cautelosamente las manos de la cara, ella le sonrió entre lágrimas y le dijo:
"¡Te amo!"
Estas palabras, tan sencillas y ordinarias, fueron pronunciadas en el lenguaje humano común, pero Ognev, profundamente avergonzado, se apartó de Vera y se levantó, mientras a su confusión le seguía el terror.
El ánimo triste, cálido y sentimental que le inspiraba la despedida y el vino casero se desvaneció de repente, dando paso a una intensa y desagradable sensación de incomodidad. Sintió una profunda repulsión; miró a Vera con recelo, y ahora que, al declararle su amor, ella se había deshecho de ese distanciamiento que tanto le añade encanto a una mujer, le pareció, por así decirlo, más baja, más sencilla, más común.
"¿Qué significa?", pensó con horror. "Pero yo... ¿la amo o no? ¡Esa es la cuestión!"
Y respiró con tranquilidad ahora que había dicho lo peor y más difícil. Ella también se levantó y, mirando a Iván Alexéievich directamente a la cara, empezó a hablar con rapidez, calidez e irrefrenabilidad.
Así como un hombre presa del pánico no puede recordar después la sucesión de sonidos que acompañaron la catástrofe que lo abrumó, Ognev tampoco recuerda las palabras y frases de Vera. Solo puede recordar el significado de lo que dijo y la sensación que le provocaron. Recuerda su voz, que parecía apagada y ronca por la emoción, y la extraordinaria musicalidad y pasión de su entonación. Riendo, llorando con lágrimas brillando en sus pestañas, ella le contó que desde el primer día que se conocieron la había impresionado por su originalidad, su inteligencia, sus ojos bondadosos e inteligentes, por su trabajo y sus objetivos; que lo amaba apasionada, profunda, locamente; que al entrar en casa desde el jardín en verano, veía su capa en el recibidor o escuchaba su voz a lo lejos, sentía un escalofrío en el corazón, un presentimiento de felicidad; incluso sus chistes más insignificantes la hacían reír; en cada figura de sus cuadernos veía algo extraordinariamente sabio y grandioso; Su bastón nudoso le pareció más hermoso que los árboles.
El bosquecillo, las brumas y las negras zanjas al borde del camino parecían silenciosos al escucharla, mientras algo extraño y desagradable pasaba por el corazón de Ognev... Al confesarle su amor, Vera era encantadoramente hermosa; hablaba con elocuencia y pasión, pero él no sentía ni placer ni alegría, como hubiera deseado; solo sentía compasión por Vera, lástima y pesar de que una buena chica se sintiera afligida por él. Ya fuera por las generalizaciones de la lectura o por la insuperable costumbre de mirar las cosas objetivamente, que tan a menudo impide a la gente vivir, los éxtasis y el sufrimiento de Vera le parecían afectados, no dignos de ser tomados en serio, y al mismo tiempo, un sentimiento de rebeldía le susurraba que todo lo que oía y veía ahora, desde el punto de vista de la naturaleza y la felicidad personal, era más importante que cualquier estadística, libro o verdad... Y se enfureció y se culpó a sí mismo, aunque no entendía exactamente dónde había cometido la falta.
Para colmo de vergüenza, no sabía qué decir, pero algo debía decir. Decir sin rodeos «No te amo» era insoportable, y no se atrevía a decir «Sí», porque por mucho que rebuscaba en su corazón, no encontraba ni una pizca de sentimiento.
Él guardaba silencio, y ella mientras tanto decía que para ella no había mayor felicidad que verlo, seguirlo a donde quisiera en ese preciso instante, ser su esposa y su ayudante, y que si él se alejaba de ella moriría de miseria.
"¡No puedo quedarme aquí!", dijo, retorciéndose las manos. "Estoy harta de la casa, de este bosque y del aire. No soporto la paz eterna y la vida sin rumbo, no soporto a nuestra gente pálida y descolorida, ¡tan parecida como dos gotas de agua! Son todos bondadosos y afectuosos porque están bien alimentados y no conocen la lucha ni el sufrimiento... Quiero estar en esas casas grandes y húmedas donde la gente sufre, amargada por el trabajo y la necesidad..."
Y esto también le pareció a Ognev afectado y poco serio. Cuando Vera terminó, seguía sin saber qué decir, pero le era imposible callar, y murmuró:
—Vera Gavrílovna, te estoy muy agradecido, aunque siento que no he hecho nada para merecer tal... sentimiento... de tu parte. Además, como hombre honesto, debo decirte que... la felicidad depende de la igualdad, es decir, cuando ambas partes están... igualmente enamoradas...
Pero al instante se avergonzó de sus murmullos y cesó. Sintió que su rostro en ese momento parecía estúpido, culpable, inexpresivo, tenso y afectado... Vera debió de leer la verdad en su rostro, pues de repente se puso seria, palideció e inclinó la cabeza.
—Debes perdonarme —murmuró Ognev, incapaz de soportar el silencio—. Te respeto tanto que... me duele...
Vera giró bruscamente y caminó rápidamente hacia su casa. Ognev la siguió.
—¡No, no vengas! —dijo Vera con un gesto de la mano—. No vengas; puedo ir sola.
"Oh, sí... de todos modos tengo que acompañarte a casa."
Dijera lo que dijera Ognev, hasta la última palabra le pareció repugnante y soso. El sentimiento de culpa crecía a cada paso. Se enfureció por dentro, apretó los puños y maldijo su frialdad y su estupidez con las mujeres. Intentando despertar sus sentimientos, contempló la hermosa figura de Verotchka, su cabello y las huellas de sus pequeños pies en el polvoriento camino; recordó sus palabras y sus lágrimas, pero todo eso solo le conmovió el corazón y no le aceleró el pulso.
¡Ay! No se puede obligar a amar —se aseguró, y al mismo tiempo pensó—: ¿Pero me enamoraré alguna vez sin él? ¡Tengo casi treinta! Nunca he conocido a nadie mejor que Vera y nunca la conoceré... ¡Ay, esta vejez prematura! ¡Vejez a los treinta!
Vera caminaba delante, cada vez más rápido, sin mirarlo ni levantar la cabeza. Le parecía que la tristeza la había enflaquecido y estrechado de hombros.
"¡Me imagino lo que pasa por su corazón ahora!", pensó, mirándola de espaldas. "¡Debe estar lista para morir de vergüenza y mortificación! ¡Dios mío, hay tanta vida, poesía y significado en ella que movería una piedra, y yo... soy estúpido y absurdo!"
En la puerta, Vera le echó una mirada furtiva y, encogiéndose de hombros y envolviéndose en su chal, se alejó rápidamente por la avenida.
Iván Alexéievich se quedó solo. De regreso al bosquecillo, caminó despacio, deteniéndose continuamente y mirando hacia la puerta con una expresión que sugería que no podía creer lo que recordaba. Buscó las huellas de Vera en el camino, y no podía creer que la chica que tanto lo había atraído acabara de declararle su amor, y que él la hubiera rechazado con tanta torpeza y brusquedad. Por primera vez en su vida, le tocó aprender por experiencia propia lo poco que depende de la propia voluntad, y sufrir en persona los sentimientos de un hombre decente y bondadoso que, contra su voluntad, ha causado a su vecino una angustia cruel e inmerecida.
Su conciencia lo atormentaba, y cuando Vera desapareció, sintió como si hubiera perdido algo muy preciado, algo muy cercano y querido que jamás podría recuperar. Sentía que con Vera se le había escapado una parte de su juventud, y que los momentos que había vivido tan infructuosamente jamás se repetirían.
Al llegar al puente, se detuvo y se sumió en sus pensamientos. Quería descubrir la razón de su extraña frialdad. Tenía claro que se debía a algo dentro de él y no fuera de él. Reconoció con franqueza que no era la frialdad intelectual de la que tanto se jactan las personas inteligentes, ni la frialdad de un necio engreído, sino simplemente impotencia del alma, incapacidad para conmoverse por la belleza, vejez prematura a causa de la educación, su existencia precaria, luchando por ganarse la vida, su vida sin hogar en albergues. Desde el puente caminó lentamente, como a regañadientes, hacia el bosque. Allí, donde en la densa oscuridad brillaban destellos de luna aquí y allá, donde no sentía nada más que sus pensamientos, anhelaba con pasión recuperar lo perdido.
E Iván Alexéievich recuerda que regresó. Impulsado por sus recuerdos, obligándose a imaginar a Vera, caminó rápidamente hacia el jardín. Ya no había niebla en el camino ni en el jardín, y la luna brillante descendía del cielo como recién lavada; solo el cielo oriental estaba oscuro y brumoso... Ognev recuerda sus pasos cautelosos, las ventanas oscuras, el intenso aroma a heliotropo y reseda. Su viejo amigo Karo, meneando la cola amigablemente, se le acercó y le olió la mano. Este fue el único ser vivo que lo vio dar dos o tres vueltas a la casa, detenerse cerca de la ventana oscura de Vera y, con un profundo suspiro y un gesto de la mano, salir del jardín.
Una hora después, llegó al pueblo y, agotado y exhausto, apoyó el cuerpo y el rostro acalorado contra el poste de la posada mientras llamaba a la puerta. En algún lugar del pueblo, un perro ladró soñoliento, y como en respuesta a su llamada, alguien marcó la hora en una placa de hierro cerca de la iglesia.
—Merodeas de noche —gruñó su anfitrión, el Viejo Creyente, abriéndole la puerta, con un camisón largo como el de una mujer—. Será mejor que estés rezando en lugar de merodear.
Cuando Iván Alexéievich llegó a su habitación, se dejó caer en la cama y contempló la luz un buen rato. Luego, sacudió la cabeza y empezó a empacar.
MI VIDA
LA HISTORIA DE UN PROVINCIAL
I
El superintendente me dijo: «Solo lo retengo por consideración a su digno padre; de no ser por eso, ya lo habrían mandado a volar hace mucho». Le respondí: «Me halaga demasiado, Excelencia, al suponer que soy capaz de volar». Y entonces lo oí decir: «Llévense a ese caballero; me saca de quicio».
Dos días después me despidieron. Y así, durante los años en que me han considerado adulto, he perdido nueve puestos, para gran mortificación de mi padre, el arquitecto de nuestra ciudad. He trabajado en varios departamentos, pero estos nueve empleos han sido tan parecidos como una gota de agua a otra: tuve que sentarme, escribir, escuchar comentarios groseros o estúpidos, y seguir haciéndolo hasta que me despidieron.
Cuando entré a ver a mi padre, estaba sentado, hundido en un sillón bajo, con los ojos cerrados. Su rostro seco y demacrado, con un tono azul oscuro donde se lo afeitaba (parecía un viejo organista católico), expresaba mansedumbre y resignación. Sin responder a mi saludo ni abrir los ojos, dijo:
Si mi querida esposa y tu madre vivieran, tu vida habría sido una fuente constante de angustia para ella. Veo la Divina Providencia en su muerte prematura. Te lo ruego, infeliz —continuó abriendo los ojos—, dime: ¿qué voy a hacer contigo?
En el pasado, cuando era más joven, mis amigos y parientes sabían qué hacer conmigo: algunos solían aconsejarme que me alistara como voluntario en el ejército, otros que consiguiera un trabajo en una farmacia y otros en el departamento de telégrafos; ahora que tengo más de veinticinco años, que están empezando a aparecer canas en mis sienes y que ya he estado en el ejército, en una farmacia y en el departamento de telégrafos, parecería que todas las posibilidades terrenales se han agotado y la gente ha dejado de aconsejarme y se limita a suspirar o mover la cabeza.
"¿Qué piensas de ti mismo?", continuó mi padre. "A tu edad, los jóvenes tienen una posición social segura, mientras que mírate: ¡eres un proletario, un mendigo, una carga para tu padre!"
Y como de costumbre, procedió a declarar que los jóvenes de hoy estaban en el camino de la perdición a través de la infidelidad, el materialismo y la vanidad, y que las representaciones teatrales amateurs debían prohibirse porque seducían a los jóvenes y los alejaban de la religión y de sus deberes.
"Mañana iremos juntos, y le pedirás disculpas al superintendente y le prometerás trabajar concienzudamente", dijo para concluir. "No deberías quedarte ni un solo día sin un puesto fijo en la sociedad".
"Les ruego que me escuchen", dije con mal humor, sin esperar nada bueno de esta conversación. "Lo que llaman una posición en la sociedad es el privilegio del capital y la educación. Quienes no tienen riqueza ni educación se ganan el pan de cada día con el trabajo manual, y no veo motivos para que yo sea una excepción."
—¡Cuando empiezas a hablar de trabajo manual, siempre es estúpido y vulgar! —dijo mi padre con irritación—. ¡Entiende, estúpido, entiende, idiota, que además de la tosca fuerza física tienes el espíritu divino, una chispa del fuego sagrado, que te distingue de la manera más notable del asno o el reptil, y te acerca a la Deidad! Este fuego es el fruto del esfuerzo de lo mejor de la humanidad durante miles de años. Tu bisabuelo Poloznev, el general, luchó en Borodinó; tu abuelo fue poeta, orador y Mariscal de la Nobleza; tu tío es maestro de escuela; y, por último, yo, tu padre, soy arquitecto. ¡Todos los Poloznev han custodiado el fuego sagrado para que lo apagues!
"Hay que ser justo", dije. "Millones de personas soportan el trabajo manual".
¡Y que lo aguanten! ¡No saben hacer otra cosa! Cualquiera, incluso el más abyecto, necio o criminal, es capaz de realizar trabajos manuales; ese trabajo es la marca distintiva del esclavo y del bárbaro, mientras que el fuego sagrado solo se concede a unos pocos.
Continuar esta conversación era inútil. Mi padre se veneraba a sí mismo, y nada le convencía salvo lo que él mismo decía. Además, sabía perfectamente que el desdén con el que hablaba del trabajo físico se basaba no tanto en la reverencia al fuego sagrado como en un secreto temor a que me convirtiera en obrero y hiciera que todo el pueblo hablara de mí; lo que era peor, todos mis contemporáneos hacía tiempo que se habían graduado y les iba bien, y el hijo del gerente del Banco Estatal ya era asesor colegiado, mientras que yo, su único hijo, ¡no era nada! Continuar la conversación era inútil y desagradable, pero seguí sentado y repliqué débilmente, esperando que al fin me entendieran. Toda la cuestión, por supuesto, era clara y sencilla, y solo se refería a mis medios de vida; Pero no se veía su sencillez, y me hablaban con frases empalagosas y redondeadas de Borodino, del fuego sagrado, de mi tío, un poeta olvidado que en su día había escrito versos pobres y artificiales; me llamaban groseramente torpe y obtuso. ¡Y cuánto ansiaba ser comprendido! A pesar de todo, quería a mi padre y a mi hermana, y desde niño había tenido la costumbre de consultarlos; una costumbre tan arraigada que dudo que pudiera librarme de ella alguna vez; tuviera o no razón, tenía un miedo constante de herirlos, un temor constante de que el delgado cuello de mi padre se enrojeciera y le diera un infarto.
"Sentarse en una habitación sofocante", comencé, "a copiar, a competir con una máquina de escribir, es vergonzoso y humillante para un hombre de mi edad. ¿Qué puede tener que ver el fuego sagrado con eso?"
"Es trabajo intelectual, de todos modos", dijo mi padre. "Pero basta; acortemos esta conversación, y en cualquier caso te advierto: si no vuelves a tu trabajo, sino que sigues tus despreciables inclinaciones, mi hija y yo te desterraremos de nuestros corazones. ¡Te borraré de mi testamento, lo juro por Dios!"
Con perfecta sinceridad, para demostrar la pureza de los motivos por los cuales quería guiarme en todos mis actos, dije:
La cuestión de la herencia no me parece muy importante. Renunciaré a todo de antemano.
Por alguna razón, para mi sorpresa, estas palabras le causaron un profundo resentimiento a mi padre. Se puso colorado.
—¡No te atrevas a hablarme así, estúpido! —gritó con una voz aguda y estridente—. ¡Despilfarrador! —Y con un movimiento rápido, hábil y habitual, me dio dos bofetadas—. Te estás olvidando de ti mismo.
Cuando mi padre me pegaba de niño, tenía que mantenerme erguido, con las manos apretadas contra las costuras del pantalón, y mirarlo directamente a la cara. Y ahora, cuando me pegaba, me sentía completamente abrumado y, como si aún fuera un niño, me enderezaba e intentaba mirarlo a la cara. Mi padre era viejo y muy delgado, pero sus delicados músculos debían de ser tan fuertes como el cuero, pues sus golpes dolían mucho.
Me tambaleé hacia atrás hasta el pasillo, y allí él agarró su paraguas y con él me golpeó varias veces en la cabeza y los hombros; en ese momento mi hermana abrió la puerta del salón para ver qué era el ruido, pero inmediatamente se dio la vuelta con una mirada de horror y compasión sin pronunciar una palabra en mi defensa.
Mi determinación de no volver a la oficina gubernamental, sino de comenzar una nueva vida de trabajo, no flaqueaba. Solo me quedaba encontrar el empleo especial, y no había ninguna dificultad en ello, pues me parecía muy fuerte y apto para el trabajo más pesado. Me enfrentaba a una vida monótona de trabajo en medio del hambre, la aspereza y el hedor, continuamente preocupado por ganarme el pan de cada día. Y, ¿quién sabe?, al regresar de mi trabajo en la calle Gran Dvoryansky, probablemente envidiaría a Dolzhikov, el ingeniero, que vivía del trabajo intelectual, pero, en ese momento, pensar en todas mis futuras penurias me alegraba el corazón. A veces soñaba con la actividad espiritual, imaginándome como maestro, médico o escritor, pero esos sueños seguían siendo sueños. El gusto por los placeres intelectuales —por ejemplo, el teatro y la lectura— era una pasión para mí, pero desconozco si tenía alguna capacidad para el trabajo intelectual. En la escuela sentía una aversión inquebrantable por el griego, de modo que solo estaba en cuarto de primaria cuando tuvieron que sacarme del colegio. Durante mucho tiempo tuve tutores que me preparaban para quinto. Luego trabajé en diversas oficinas gubernamentales, pasando la mayor parte del día en completa inactividad, y me decían que eso era trabajo intelectual. Mi actividad en el ámbito académico y oficial no había requerido ni dedicación mental ni talento, ni cualificaciones especiales, ni impulso creativo; era mecánica. Considero que ese trabajo intelectual es inferior al esfuerzo físico; lo desprecio, y no creo que, ni por un instante, pueda justificar una vida ociosa y despreocupada, pues en realidad no es más que una farsa, una de las formas de esa misma inactividad. Probablemente nunca he conocido el verdadero trabajo intelectual.
Caía la tarde. Vivíamos en la calle Gran Dvoryansky; era la calle principal de la ciudad, y a falta de jardines públicos decentes, nuestra gente la usaba como paseo por las tardes. Esta encantadora calle hacía las veces de jardín público, pues a cada lado había una hilera de álamos que olían dulcemente, sobre todo después de la lluvia, y acacias, altos arbustos de lilas, cerezos silvestres y manzanos se cernían sobre las vallas y empalizadas. El crepúsculo de mayo, el tierno verdor joven con sus tonos cambiantes, el aroma de las lilas, el zumbido de los insectos, la quietud, el calor... ¡qué fresco y maravilloso es todo, aunque la primavera se repite cada año! Me quedé en la puerta del jardín observando a los transeúntes. Con la mayoría de ellos había crecido y en algún momento les hice travesuras; Ahora bien, quizá se desconcertaran por mi presencia cerca de ellos, pues vestía pobremente y de forma poco elegante, y solían decir de mis pantalones muy estrechos y mis botas enormes y toscas que parecían macarrones atascados en barcas. Además, tenía mala fama en el pueblo porque no tenía una posición social decente y solía jugar al billar en tabernas baratas, y también, quizás, porque me habían llevado ante un policía en dos ocasiones, sin haber hecho nada para justificarlo.
En la gran casa de enfrente, alguien tocaba el piano en casa de Dolzhikov. Empezaba a oscurecer y las estrellas centelleaban en el cielo. Allí mi padre, con un viejo sombrero de copa de ala ancha y vuelta hacia arriba, pasó lentamente con mi hermana del brazo, haciendo una reverencia en respuesta a los saludos.
"Mira hacia arriba", le dijo a mi hermana, señalando al cielo con el mismo paraguas con el que me había pegado esa tarde. "¡Mira hacia arriba! ¡Hasta las estrellas más diminutas son mundos! ¡Qué insignificante es el hombre comparado con el universo!"
Y lo dijo en un tono que sugería que le resultaba particularmente agradable y halagador ser tan insignificante. ¡Qué absolutamente falto de talento e imaginación estaba! Lamentablemente, era el único arquitecto del pueblo, y en los quince o veinte años que recuerdo, no se había construido allí ni una sola casa decente. Cuando alguien le pedía que diseñara una casa, solía dibujar primero el recibidor y el salón: así como en los viejos tiempos las señoritas del internado siempre empezaban desde la estufa cuando bailaban, así sus ideas artísticas solo podían surgir y desarrollarse desde el recibidor y el salón. A ellos les añadió un comedor, una habitación infantil, un estudio, conectando las habitaciones con puertas, y así todas se convertían inevitablemente en pasillos, y cada una de ellas tenía dos o incluso tres puertas innecesarias. Su imaginación debía de ser falta de claridad, extremadamente confusa, limitada. Como si sintiera que algo le faltaba, invariablemente recurría a todo tipo de dependencias, colocándolas unas junto a otras; Y ahora puedo ver las entradas estrechas, los pasadizos angostos, las escaleras torcidas que conducían a rellanos donde uno no podía mantenerse en pie, y donde, en lugar de suelo, había tres escalones enormes como las estanterías de una casa de baños; y la cocina estaba invariablemente en el sótano, con suelo de ladrillo y techos abovedados. La fachada de la casa tenía una expresión dura y testaruda; sus líneas eran rígidas y tímidas; el tejado era de poca altura y, por así decirlo, aplastado; y las chimeneas, anchas y de aspecto bien alimentado, estaban invariablemente coronadas por tapas de alambre con chirriantes caperuzas negras. Y por alguna razón, todas estas casas, construidas por mi padre exactamente iguales entre sí, me recordaban vagamente su sombrero de copa y la nuca de su cabeza, rígida y testaruda. Con el paso de los años, se han acostumbrado en el pueblo a la pobreza de la imaginación de mi padre. Ha arraigado y se ha convertido en nuestro estilo local.
Mi padre también había inculcado este mismo estilo en la vida de mi hermana, empezando por bautizarla Cleopatra (igual que a mí me había puesto Misail). De pequeña, la asustaba con referencias a las estrellas, a los sabios de la antigüedad, a nuestros antepasados, y le hablaba largo y tendido sobre la naturaleza de la vida y el deber; y ahora, a sus veintiséis años, conservaba las mismas costumbres, permitiéndole caminar del brazo solo con él, e imaginando por alguna razón que tarde o temprano aparecería un joven adecuado que desearía casarse con ella por respeto a sus cualidades personales. Ella adoraba a mi padre, le temía y creía en su excepcional inteligencia.
Estaba bastante oscuro, y poco a poco la calle se fue vaciando. La música había cesado en la casa de enfrente; la verja estaba abierta de par en par, y un tiro de tres caballos trotaba retozando por nuestra calle con un suave tintineo de campanillas. Era el ingeniero dando un paseo con su hija. Era hora de acostarse.
Tenía mi propia habitación en la casa, pero vivía en un cobertizo en el patio, bajo el mismo techo que un granero de ladrillo construido hace algún tiempo, probablemente para guardar arneses; había grandes ganchos clavados en la pared. Ahora ya no lo necesitaban, y durante los últimos treinta años mi padre había guardado allí sus periódicos, que por alguna razón encuadernaba en tomos semestrales sin permitir que nadie los tocara. Viviendo allí, era menos probable que mi padre y sus visitas me vieran, y pensé que si no vivía en una habitación de verdad ni entraba en casa todos los días a cenar, las palabras de mi padre de que yo era una carga para él no sonarían tan ofensivas.
Mi hermana me esperaba. Sin que mi padre la viera, me había traído algo de cenar: una rebanada no muy grande de ternera fría y un trozo de pan. En casa se repetían con frecuencia dichos como: «Un céntimo ahorrado es un céntimo ganado» y «Cuida los céntimos y las libras se cuidarán solas», etc., y mi hermana, agobiada por estas vulgares máximas, hizo todo lo posible por recortar gastos, y así nos fue mal. Dejó el plato en la mesa, se sentó en mi cama y rompió a llorar.
—¡Misail! —dijo—. ¡Qué manera de tratarnos!
No se cubrió el rostro; las lágrimas le caían sobre el pecho y las manos, y una expresión de angustia se reflejaba en su rostro. Se dejó caer sobre la almohada y se abandonó a sus lágrimas, sollozando y temblando por completo.
"Has dejado el servicio otra vez...", articuló. "¡Ay, qué horror!"
—Pero entiende, hermana, entiende... —dije, y me invadió la desesperación porque ella estaba llorando.
Por mala suerte, el queroseno de mi lamparita se había agotado; empezó a humear y estaba a punto de apagarse, y los viejos ganchos de las paredes miraban hacia abajo con tristeza y sus sombras parpadeaban.
"Ten piedad de nosotros", dijo mi hermana, incorporándose. "Papá está terriblemente afligido y yo estoy enferma; voy a perder la cabeza. ¿Qué será de ti?", dijo, sollozando y extendiéndome los brazos. "¡Te lo ruego, te lo imploro, por nuestra querida madre, te ruego que vuelvas a la oficina!"
—¡No puedo, Cleopatra! —dije, sintiendo que un poco más y debía ceder—. ¡No puedo!
"¿Por qué no?", continuó mi hermana. "¿Por qué no? Bueno, si no te llevas bien con el director, busca otro puesto. ¿Por qué no te dan un puesto en el ferrocarril, por ejemplo? Acabo de hablar con Anyuta Blagovo; dice que te aceptarían en el ferrocarril, e incluso prometió intentar conseguirte un puesto. ¡Por Dios, Misail, piénsalo un poco! Piénsalo un poco, te lo imploro."
Hablamos un rato más y cedí. Le dije que nunca se me había ocurrido trabajar en el ferrocarril que se estaba construyendo, y que si le gustaba, estaba dispuesto a intentarlo.
Ella sonrió alegremente entre lágrimas y me apretó la mano, y luego siguió llorando porque no podía parar, mientras yo iba a la cocina a buscar queroseno.
II
Entre los devotos partidarios de las representaciones teatrales amateur, los conciertos y los tableaux vivants con fines benéficos, los Azhogins, que vivían en su propia casa de la calle Gran Dvoryansky, ocupaban un lugar destacado; siempre proporcionaban la habitación y asumían todos los preparativos y gastos. Eran una familia de ricos terratenientes con una finca de unas nueve mil hectáreas en el distrito y una casa en la capital, pero no les importaba el campo y vivían tanto en invierno como en verano en la ciudad. La familia estaba formada por la madre, una mujer alta, delgada y refinada, de pelo corto, chaqueta corta y falda lisa al estilo inglés, y tres hijas que, cuando se hablaba de ellas, no se las llamaba por sus nombres, sino simplemente: la mayor, la mediana y la menor. Todas tenían barbillas puntiagudas y feas, eran miopes y de hombros redondeados. Vestían como su madre, ceceaban de forma desagradable, y aun así, participaban infaliblemente en cada función y siempre hacían algo con un propósito caritativo: actuaban, recitaban, cantaban. Eran muy serios y jamás sonreían, e incluso en una comedia musical actuaban sin el más mínimo atisbo de alegría, con aire serio, como si estuvieran llevando la contabilidad.
Me encantaban nuestras obras de teatro, sobre todo los numerosos, ruidosos y bastante incoherentes ensayos, tras los cuales siempre ofrecían una cena. En la elección de las obras y la distribución de los papeles no tenía ninguna influencia. El puesto que me asignaban estaba entre bastidores. Pintaba las escenas, copiaba los papeles, inspiraba y maquillaba las caras de los actores; y también me encargaban diversos efectos escénicos, como truenos, el canto de los ruiseñores, etc. Como carecía de una posición social adecuada y de ropa decente, en los ensayos me mantenía apartado del resto, entre bastidores, en un tímido silencio.
Pinté las escenas en casa de los Azhogin, ya sea en el granero o en el patio. Me ayudó Andrey Ivanov, pintor de casas, o, como él mismo decía, contratista de todo tipo de decoración para casas. Era un hombre alto, muy delgado y pálido, de unos cincuenta años, con el pecho hundido, las sienes hundidas y ojeras, de aspecto bastante horrible. Sufría una enfermedad interna, y cada otoño y primavera la gente decía que no se recuperaría, pero tras un tiempo de reposo, se levantaba y decía con sorpresa: «He escapado de la muerte otra vez».
En el pueblo lo llamaban Rábano, y decían que ese era su verdadero nombre. Era tan aficionado al teatro como yo, y en cuanto le llegaron rumores de que se estaba preparando una función, dejó todo su trabajo y se fue a casa de los Azhogin a pintar escenas.
Al día siguiente de mi conversación con mi hermana, estuve trabajando en casa de los Azhogin de la mañana a la noche. El ensayo estaba fijado para las siete de la tarde, y una hora antes de que comenzara, todos los aficionados estaban reunidos en la sala, y los Azhogins mayor, mediano y menor paseaban por el escenario, leyendo manuscritos. Rábano, con un largo abrigo rojo óxido y una bufanda envuelta alrededor del cuello, ya estaba apoyado en la pared, mirando el escenario con devoción. Madame Azhogin se acercó primero a uno y luego a otro invitado, diciéndoles algo agradable a cada uno. Tenía una forma de mirarte a la cara y hablar en voz baja, como si contara un secreto.
"Debe ser difícil pintar escenografía", dijo en voz baja, acercándose a mí. "Estaba hablando con Madame Mufke sobre supersticiones cuando te vi entrar. ¡Dios mío, toda mi vida he estado luchando contra las supersticiones! Para convencer a los sirvientes de lo absurdas que son todas sus atrocidades, siempre enciendo tres velas y empiezo todas mis obras importantes el día trece de cada mes".
Entró la hija de Dolzhikov, una belleza regordeta y rubia, vestida, según decían, con todo lo de París. No actuó, pero le prepararon una silla en el escenario durante los ensayos, y las funciones no empezaban hasta que aparecía en primera fila, deslumbrando y asombrando a todos con su elegante ropa. Como nacida en la capital, se le permitía hacer comentarios durante los ensayos; y lo hacía con una dulce sonrisa indulgente, y era evidente que consideraba nuestra actuación una diversión infantil. Se decía que había estudiado canto en el Conservatorio de San Petersburgo, e incluso cantó durante todo un invierno en una ópera privada. Me pareció encantadora, y solía observarla durante los ensayos y las funciones sin apartar la vista de ella.
Acababa de coger el libro de manuscritos para empezar a dar indicaciones cuando mi hermana apareció de repente. Sin quitarse la capa ni el sombrero, se me acercó y me dijo:
"Ven conmigo, te lo ruego."
La acompañé. Anyuta Blagovo, también con su sombrero y un velo oscuro, estaba de pie tras bambalinas, en la puerta. Era la hija del presidente adjunto del tribunal, quien había ocupado ese cargo en nuestra ciudad casi desde la creación del tribunal de circuito. Como era alta y tenía buena figura, su ayuda se consideraba indispensable para los tableaux vivants , y cuando representaba un hada o algo parecido a Glory, su rostro ardía de vergüenza; pero no participaba en representaciones dramáticas, y solo asistía a los ensayos un momento por algún asunto especial, sin entrar en la sala. Ahora, también, era evidente que solo había estado mirando un minuto.
—Mi padre hablaba de ti —dijo secamente, sonrojándose y sin mirarme—. Dolzhikov te ha prometido un puesto en el ferrocarril. Dirígete a él mañana; estará en casa.
Me incliné y le agradecí por la molestia que se había tomado.
"Y puedes renunciar a esto", dijo, señalando el cuaderno de ejercicios.
Mi hermana y ella se acercaron a la señora Azhogin y durante dos minutos estuvieron susurrando, mientras ella me miraba; estaban consultando sobre algo.
"Sí, claro", dijo Madame Azhogin, acercándose suavemente y mirándome fijamente a la cara. "Sí, claro, si esto te distrae de tus asuntos serios" —me quitó el manuscrito de las manos—, puedes entregárselo a otra persona; no te preocupes, amigo mío, vete a casa y que tengas suerte.
Me despedí de ella y me marché abrumado por la confusión. Al bajar las escaleras, vi a mi hermana y a Anyuta Blagovo alejándose; iban deprisa, hablando animadamente de algo, probablemente de mi ingreso al ferrocarril. Mi hermana nunca había asistido a un ensayo, y ahora seguramente le remordía la conciencia y temía que su padre descubriera que, sin su permiso, había estado en casa de los Azhogin.
Fui a casa de Dolzhikov al día siguiente entre las doce y la una. El lacayo me condujo a una habitación muy hermosa, que era el salón del ingeniero y, a la vez, su estudio. Todo allí era suave y elegante, y, para un hombre tan poco acostumbrado al lujo como yo, me pareció extraño. Había alfombras costosas, enormes sillones, bronces, cuadros, marcos de oro y felpa; entre las fotografías esparcidas por las paredes había mujeres muy hermosas, rostros inteligentes y encantadores, de actitud relajada; desde el salón había una puerta que daba directamente al jardín y a una galería: se veían lilas; se veía una mesa puesta para el almuerzo, varias botellas, un ramo de rosas; había una fragancia de primavera y puros caros, una fragancia de felicidad, y todo parecía decir: «Aquí hay un hombre que ha vivido y trabajado, y ha alcanzado por fin la felicidad posible en la tierra». La hija del ingeniero estaba sentada al escritorio, leyendo el periódico.
"¿Ha venido a ver a mi padre?", preguntó. "Se está duchando; llegará enseguida. Por favor, siéntese y espere."
Me senté.
"¿Creo que vives enfrente?" me preguntó, después de un breve silencio.
"Sí."
"Estoy tan aburrida que te miro todos los días desde la ventana; debes disculparme", continuó, mirando el periódico, "y a menudo veo a tu hermana; siempre tiene una mirada de bondad y concentración".
Dolzhikov entró. Se frotaba el cuello con una toalla.
"Papá, señor Poloznev", dijo su hija.
—Sí, sí, me lo decía Blagovo —se volvió bruscamente hacia mí sin darme la mano—. Pero escuchen, ¿qué les puedo dar? ¿Qué clase de puestos tengo? ¡Son gente rara! —continuó en voz alta, como si me estuviera dando una conferencia—. ¡Veinte de ustedes vienen a verme cada día! ¡Se imaginan que soy el jefe de un departamento! Estoy construyendo una línea de ferrocarril, amigos; tengo trabajo para trabajos pesados: necesito mecánicos, herreros, peones, carpinteros, perforadores de pozos, ¡y ninguno de ustedes puede hacer otra cosa que sentarse y escribir! Son todos oficinistas.
Y me pareció que tenía el mismo aire de felicidad que sus alfombras y sillones. Era corpulento y saludable, de mejillas sonrosadas y pecho ancho, con una camisa de algodón estampada y pantalones anchos como un cochero de juguete de porcelana. Tenía una barba rizada y redonda —y ni una sola cana—, una nariz aguileña y ojos claros, oscuros e inocentes.
"¿Qué puedes hacer?", continuó. "¡No hay nada que puedas hacer! Soy ingeniero. Soy un hombre con una posición estable, pero antes de que me dieran una línea de ferrocarril, trabajé durante años en arneses; he sido mecánico práctico. Trabajé dos años en Bélgica como engrasador. Puedes juzgar por ti mismo, querido amigo, ¿qué tipo de trabajo puedo ofrecerte?"
"Por supuesto que es así..." murmuré extremadamente confundido, incapaz de enfrentar sus ojos claros e inocentes.
"¿Sabes manejar el telégrafo de alguna manera?" preguntó después de pensarlo un momento.
"Sí, he sido empleado de telégrafo."
—¡Hm! Bueno, ya veremos. Mientras tanto, ve a Dubetchnya. Tengo un amigo allí, pero es un desgraciado.
"¿Y en qué consistirán mis funciones?" pregunté.
Ya veremos. Ve allí; mientras tanto, haré los arreglos. Pero, por favor, no te emborraches y no me molestes con peticiones de ningún tipo, o te echaré.
Él se alejó de mí sin siquiera asentir.
Le hice una reverencia a él y a su hija, que leía el periódico, y me marché. Sentía tanta tristeza que, cuando mi hermana empezó a preguntarme cómo me había recibido el ingeniero, no pude pronunciar palabra.
Me levanté temprano por la mañana, al amanecer, para ir a Dubetchnya. No había un alma en nuestra Gran Calle Dvoryansky; todos dormían, y mis pasos resonaban con un sonido solitario y sordo. Los álamos, cubiertos de rocío, llenaban el aire de una suave fragancia. Estaba triste y no quería irme del pueblo. Sentía cariño por mi pueblo natal. ¡Parecía tan hermoso y acogedor! Amaba el fresco verdor, la mañana tranquila y soleada, el tañido de nuestras campanas; pero la gente con la que vivía en este pueblo me resultaba aburrida, ajena, a veces incluso repulsiva. No me gustaban ni los comprendía.
No entendía para qué vivían esas sesenta y cinco mil personas. Sabía que Kimry vivía de botas, que Tula fabricaba samovares y armas, que Odesa era un puerto marítimo, pero desconocía qué era nuestra ciudad y a qué se dedicaba. La calle Gran Dvoryansky y las otras dos calles más elegantes vivían de los intereses del capital o de los salarios que recibían los funcionarios del erario público; pero de qué vivían las otras ocho calles, que corrían paralelas durante más de dos millas y se perdían tras las colinas, siempre fue un enigma insoluble para mí. ¡Y da vergüenza describir cómo vivía esa gente! Sin jardín, sin teatro, sin banda decente; la biblioteca pública y la biblioteca del club solo eran visitadas por jóvenes judíos, de modo que las revistas y los libros nuevos permanecían sin editar durante meses; la gente rica y culta dormía en habitaciones estrechas y sofocantes, en camas de madera infestadas de chinches; Sus hijos eran mantenidos en habitaciones repugnantemente sucias llamadas guarderías, y los sirvientes, incluso los mayores y respetados, dormían en el suelo de la cocina, cubiertos de harapos. En días normales, las casas olían a sopa de remolacha, y en días de ayuno, a esturión cocinado en aceite de girasol. La comida no era buena y el agua potable era insalubre. En el ayuntamiento, en casa del gobernador, en casa del párroco principal, por todas partes, en las casas particulares, la gente llevaba años diciendo que nuestro pueblo no tenía un suministro de agua bueno y barato, y que era necesario obtener un préstamo de doscientos mil del Tesoro para abastecerlo. Gente muy rica, de la cual se podrían haber contado tres docenas en nuestro pueblo, y que a veces perdían propiedades enteras jugando a las cartas, también bebían el agua contaminada y hablaban toda su vida con gran entusiasmo de un préstamo para el suministro de agua, y yo no lo entendía. Me pareció que habría sido más sencillo sacar los doscientos mil de sus propios bolsillos y gastarlos en ese objeto.
No conocía a un solo hombre honesto en el pueblo. Mi padre aceptaba sobornos, y creía que se los daban por respeto a sus cualidades morales; en el instituto, para ascender rápidamente de clase, los chicos se alojaban en el internado de sus profesores, quienes les cobraban sumas exorbitantes; la esposa del comandante militar aceptaba sobornos de los reclutas cuando los llamaban a filas ante la junta e incluso se dignaba a aceptar refrigerios, y en una ocasión no pudo levantarse de la cama en la iglesia porque estaba borracha; los médicos también aceptaban sobornos cuando los reclutas se presentaban a examen, y el médico del pueblo y el veterinario cobraban un impuesto regular a las carnicerías y los restaurantes; en la escuela del distrito se hacía un intercambio de certificados, lo que les daba derecho a una exención parcial del servicio militar; el alto clero aceptaba sobornos de los sacerdotes más humildes y de los ancianos de la iglesia; en la Junta Municipal, la de Artesanos y todas las demás, a cada peticionario se le oía gritar: "¡No olviden sus agradecimientos!". y el solicitante se volvía para dar seis peniques o un chelín. Y quienes no aceptaban sobornos, como los altos funcionarios del Departamento de Justicia, eran altivos, ofrecían dos dedos en lugar de estrechar la mano, se distinguían por la frialdad y la estrechez de criterio, pasaban mucho tiempo jugando a las cartas, bebían en exceso, se casaban con herederas y, sin duda, ejercían una perniciosa influencia corruptora sobre quienes los rodeaban. Solo las muchachas conservaban la fresca fragancia de la pureza moral; la mayoría poseían impulsos elevados, corazones puros y honestos; pero no entendían la vida y creían que los sobornos se daban por respeto a las cualidades morales, y tras casarse envejecían rápidamente, se abandonaban por completo y se hundían sin remedio en el fango de la existencia vulgar y pequeñoburguesa.
III
Se construía una línea de ferrocarril en nuestro barrio. En vísperas de las fiestas, las calles se llenaban de harapientos a quienes los vecinos llamaban "peones" y a quienes temían. Y más de una vez había visto a uno de estos andrajosos con el rostro manchado de sangre siendo llevado a la comisaría, mientras un samovar o un paño de cocina mojado tras la colada se llevaba como prueba material. Los peones solían congregarse en las tabernas y el mercado; bebían, comían, decían palabrotas y perseguían con estridentes silbidos a toda mujer de porte ligero que pasaba. Para entretener a esta chusma hambrienta, nuestros tenderos emborrachaban a gatos y perros con vodka, o ataban una vieja lata de queroseno a la cola de un perro; se armaba un alboroto, y el perro corría por la calle, haciendo sonar la lata, chillando de terror; creía que un monstruo le pisaba los talones. Se alejaba del pueblo corriendo hacia campo abierto y allí se hundía exhausto. Había en el pueblo varios perros que andaban temblando con el rabo entre las patas; y la gente decía que esta diversión los había sobrepasado y los había vuelto locos.
Se estaba construyendo una estación a seis kilómetros del pueblo. Se decía que los ingenieros pidieron un soborno de cincuenta mil rublos para llevar la línea hasta el pueblo, pero el ayuntamiento solo accedió a dar cuarenta mil; no pudieron llegar a un acuerdo sobre la diferencia, y ahora los habitantes lo lamentaban, pues tenían que construir una carretera hasta la estación, lo cual, se estimaba, costaría más. Se habían colocado traviesas y rieles a lo largo de toda la línea, y los trenes circulaban por ella, trayendo materiales de construcción y obreros. El progreso solo se retrasó debido a los puentes que Dolzhikov estaba construyendo, y algunas estaciones aún no estaban terminadas.
Dubetchnya, como se llamaba nuestra primera estación, estaba a poco menos de doce millas del pueblo. Caminé. Los campos de maíz, bañados por el sol de la mañana, lucían un verde brillante. Era un país llano y alegre, y a lo lejos se veían los contornos nítidos de la estación, de antiguos túmulos y granjas lejanas... ¡Qué agradable era estar al aire libre! ¡Y cuánto anhelaba sentirme lleno de libertad, aunque solo fuera por esa mañana, para no pensar en lo que se hacía en el pueblo, no pensar en mis necesidades, no sentir hambre! Nada ha estropeado tanto mi existencia como una intensa sensación de hambre, que hacía que imágenes de gachas de trigo sarraceno, albóndigas y pescado al horno se mezclaran extrañamente con mis mejores pensamientos. Allí estaba yo, solo en pleno campo, mirando hacia arriba a una alondra que revoloteaba en el aire en el mismo lugar, gorjeando como si estuviera histérica, y mientras tanto pensaba: "¡Qué rico sería comer un trozo de pan con mantequilla!".
O me sentaba a descansar junto al camino y cerraba los ojos para escuchar los deliciosos sonidos de mayo, y lo que me atormentaba era el olor a patatas calientes. Aunque era alto y corpulento, por lo general tenía poco que comer, así que la sensación predominante durante todo el día era el hambre, y quizás por eso sabía tan bien cómo es que tanta gente trabaja solo por su pan de cada día y solo puede hablar de comida.
En Dubetchnya estaban enyesando el interior de la estación y construyendo un piso superior de madera para la nave de bombeo. Hacía calor; olía a cal, y los obreros deambulaban desganadamente entre los montones de virutas y escombros de mortero. El guardagujas dormía cerca de su garita, y el sol le daba de lleno en la cara. No había ni un solo árbol. El cable telegráfico zumbaba débilmente y los halcones se posaban en él aquí y allá. Yo, vagando también entre los montones de escombros, sin saber qué hacer, recordé cómo el ingeniero, al preguntarle en qué consistirían mis tareas, había dicho: «Ya veremos cuando estés allí»; pero ¿qué se podía ver en aquella soledad?
Los yeseros hablaron del capataz y de un tal Fiódot Vasíliev. No entendí, y poco a poco me invadió la depresión: esa depresión física en la que uno es consciente de sus brazos, piernas y cuerpo enorme, y no sabe qué hacer con ellos ni dónde colocarlos.
Después de caminar al menos un par de horas, noté que había postes de telégrafo a la derecha de la estación, que terminaban a una milla o milla y media de distancia en un muro de piedra blanca. Los obreros me dijeron que la oficina estaba allí, y finalmente pensé que era allí donde debía ir.
Era una casa solariega muy antigua, abandonada hacía mucho tiempo. El muro que la rodeaba, de piedra blanca porosa, se estaba enmoheciendo y se había desmoronado en algunos puntos, y la cabaña, cuya pared lisa daba al campo abierto, tenía un tejado oxidado con retazos de hojalata relucientes aquí y allá. Tras las puertas se veía un espacioso patio cubierto de maleza, y una vieja casa solariega con persianas en las ventanas y un tejado alto rojo por el óxido. Dos cabañas, exactamente iguales, se alzaban una a cada lado de la casa, a derecha e izquierda: una tenía las ventanas clavadas con tablas; cerca de la otra, cuyas ventanas estaban abiertas, había ropa tendida y terneros moviéndose. El último poste de telégrafo estaba en el patio, y el cable que venía de él llegaba hasta la ventana de la cabaña, cuya pared lisa daba al campo abierto. La puerta estaba abierta; Entré. Junto al telégrafo, un caballero de pelo oscuro y rizado, vestido con un abrigo de lona, estaba sentado a una mesa. Me miró con aire taciturno por debajo del ceño, pero enseguida sonrió y dijo:
"¡Hola, mejor que nada!"
Era Iván Cheprakov, un antiguo compañero mío, a quien habían expulsado de segundo curso por fumar. En otoño, solíamos cazar jilgueros, pinzones y pardillos juntos, y venderlos en el mercado temprano por la mañana, mientras nuestros padres aún estaban en la cama. Esperábamos bandadas de estorninos migratorios y les disparábamos con perdigones; luego recogíamos a los heridos, y algunos morían en nuestras manos con terribles agonías (recuerdo hasta hoy cómo gemían en la jaula por la noche); los que se recuperaban los vendíamos, jurando con el mayor descaro que eran todos gallos. En una ocasión, en el mercado, solo me quedaba un estornino, que había ofrecido en vano a los compradores, hasta que finalmente lo vendí por un penique. «De todos modos, es mejor que nada», dije para consolarme, mientras guardaba el céntimo en el bolsillo, y desde aquel día los niños de la calle y los escolares me llamaban: «Mejor que nada»; y hasta el día de hoy los chicos de la calle y los comerciantes se burlan de mí con ese apodo, aunque nadie recuerda cómo surgió.
Tcheprakov no era de complexión robusta: tenía el pecho estrecho, los hombros redondeados y las piernas largas. Llevaba un cordón de seda como corbata, ni rastro de chaleco, y sus botas eran peores que las mías, con los tacones desgastados a un lado. Miraba fijamente, sin apenas parpadear, con expresión tensa, como si fuera a contagiarse, y siempre estaba en un estado de agitación.
"Espera un momento", decía con fastidio. "Escúchame... ¿De qué estaba hablando?"
Entablamos conversación. Me enteré de que la finca donde me encontraba había sido hasta hacía poco propiedad de los Tcheprakov, y que apenas el otoño anterior había pasado a manos de Dolzhikov, quien consideraba más rentable invertir su dinero en tierras que en pagarés, y ya había comprado tres fincas hipotecadas de buen tamaño en nuestro vecindario. En la venta, la madre de Tcheprakov se había reservado el derecho a vivir durante los dos próximos años en una de las logias contiguas y había conseguido un puesto para su hijo en la oficina.
"¡Creía que podría comprarlo!", dijo Tcheprakov sobre el ingeniero. "¡Miren lo que les saca a los contratistas! ¡Los saca a todos!"
Luego me llevó a cenar, decidiendo con inquietud que yo viviría con él en la cabaña y que recibiría mis comidas de su madre.
"Es un poco tacaña", dijo, "pero no te cobrará mucho".
Las pequeñas habitaciones donde vivía su madre estaban muy apretadas; todas, incluso el pasillo y la entrada, estaban abarrotadas de muebles traídos de la casa grande después de la venta; y todos los muebles eran de caoba antigua. Madame Tcheprakov, una mujer corpulenta de mediana edad, con ojos rasgados y chinos, estaba sentada en un gran sillón junto a la ventana, tejiendo una media. Me recibió ceremoniosamente.
"Este es Poloznev, mamá", me presentó Tcheprakov. "Va a servir aquí".
"¿Es usted un noble?" preguntó con una voz extraña y desagradable: me pareció como si la grasa burbujeara en su garganta.
"Sí", respondí.
"Sentarse."
La cena fue pobre. No se sirvieron más que pasteles rellenos de cuajada amarga y sopa de leche. Elena Nikiforovna, quien presidía, parpadeaba de forma extraña, primero con un ojo y luego con el otro. Hablaba, comía, pero aun así había algo cadavérico en toda su figura, y uno casi imaginaba el leve olor a cadáver. Solo había un atisbo de vida en ella, un atisbo de conciencia de que había sido una dama que una vez tuvo sus propios siervos, de que era la viuda de un general a quien los sirvientes debían llamar «Su Excelencia»; y cuando estos débiles vestigios de vida se avivaban en ella por un instante, le decía a su hijo:
—¡Jean, no estás sujetando bien el cuchillo!
O me decía, respirando profundamente, con el aire meloso de una anfitriona que intenta entretener a una visita:
Ya sabes que vendimos nuestra finca. Claro, es una lástima, ya estamos acostumbrados, pero Dolzhikov ha prometido nombrar a Jean jefe de estación de Dubetchnya, así que no tendremos que irnos; viviremos aquí en la estación, ¡y es como vivir en nuestra propia propiedad! ¡El ingeniero es tan simpático! ¿No te parece muy guapo?
Hasta hacía poco, los Tcheprakov vivían con gran opulencia, pero desde la muerte del general todo había cambiado. Elena Nikiforovna se había dedicado a pelearse con los vecinos, a recurrir a la justicia y a no pagar a sus alguaciles ni a sus peones; temía constantemente que le robaran, y en unos diez años, Dubetchnya se había vuelto irreconocible.
Detrás de la gran casa había un viejo jardín que ya se había descontrolado, cubierto de maleza y arbustos. Recorrí la veranda, que aún conservaba su belleza sólida; a través de las puertas de cristal se veía una habitación con suelo de parqué, probablemente el salón; un piano antiguo y cuadros con marcos de caoba oscura; no había nada más. En los viejos parterres solo quedaban peonías y amapolas, que alzaban sus copas blancas y rojas por encima de la hierba. Arces y olmos jóvenes, ya mordisqueados por las vacas, crecían junto a los senderos, encorvados y estorbándose mutuamente. El jardín estaba cubierto de maleza y parecía intransitable, pero esto solo ocurría cerca de la casa, donde se alzaban álamos, abetos y viejos tilos, todos de la misma edad, reliquias de las antiguas avenidas. Más allá, el jardín había sido desbrozado para el heno, y allí no había humedad ni sofocación, ni telarañas en la boca ni en los ojos. Soplaba una ligera brisa. Cuanto más se avanzaba, más abierto se veía, y allí, en el espacio abierto, había cerezos, ciruelos y manzanos frondosos, desfigurados por los puntales y el chancro; y perales tan altos que uno no podía creer que fueran perales. Esta parte del jardín estaba alquilada a unos comerciantes del pueblo, y un campesino débil mental que vivía en una choza la protegía de ladrones y estorninos.
El jardín, cada vez más abierto, hasta convertirse definitivamente en una pradera, descendía hasta el río, cubierto de maleza y mimbres. Cerca de la presa del molino se encontraba el estanque, profundo y lleno de peces; un pequeño molino con techo de paja funcionaba con un ruido iracundante, y las ranas croaban furiosamente. De vez en cuando, círculos pasaban sobre el agua tranquila y espejada, y los nenúfares temblaban, agitados por los peces. Al otro lado del río se encontraba el pequeño pueblo de Dubetchnya. El tranquilo y azul estanque del molino resultaba seductor con su promesa de frescura y paz. ¡Y ahora todo esto —el estanque, el molino y las acogedoras orillas— pertenecía al ingeniero!
Y así comenzó mi nuevo trabajo. Recibía y enviaba telegramas, redactaba diversos informes y hacía copias en limpio de las notas de demanda, las quejas y los informes enviados a la oficina por los capataces y obreros analfabetos. Pero la mayor parte del día no hacía más que pasear por la habitación esperando telegramas, o hacía que un chico se sentara en la caseta mientras yo daba un paseo por el jardín, hasta que el chico corría a decirme que se oía un golpeteo en la máquina de operaciones. Cené en casa de Madame Tcheprakov. Rara vez comíamos carne: todos nuestros platos eran de leche, y los miércoles y viernes eran días de ayuno, y esos días teníamos platos rosas, llamados platos de Cuaresma. Madame Tcheprakov parpadeaba constantemente; era su hábito invariable, y yo siempre me sentía incómodo en su presencia.
Como no había suficiente trabajo en la cabaña para uno solo, Cheprakov no hacía nada, simplemente dormitaba o salía con su escopeta a cazar patos en el estanque del molino. Por las noches bebía demasiado en el pueblo o en la estación, y antes de acostarse se miraba al espejo y decía: «Hola, Ivan Cheprakov».
Cuando estaba borracho, estaba muy pálido, se frotaba las manos y reía con un sonido parecido a un relincho: "¡ji, ji, ji!". Como muestra de bravuconería, solía desnudarse y correr desnudo por el campo. Comía moscas y decía que estaban bastante agrias.
IV
Un día, después de cenar, corrió sin aliento hacia el albergue y dijo: «Ve, tu hermana ha llegado».
Salí y allí encontré a un caballo de alquiler del pueblo, parado frente a la entrada de la casa grande. Mi hermana había entrado con Anyuta Blagovo y un caballero con túnica militar. Al acercarme, reconocí a este último: era el hermano de Anyuta Blagovo, el médico del ejército.
"Hemos venido a hacer un picnic", dijo; "¿está bien?"
Mi hermana y Anyuta querían preguntarme cómo me iba, pero ambas guardaron silencio y se limitaron a mirarme. Yo también guardé silencio. Vieron que no me gustaba el lugar, y a mi hermana se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras Anyuta Blagovo se sonrojaba.
Entramos al jardín. El doctor se adelantó y dijo con entusiasmo:
"¡Qué aire! ¡Santa Madre, qué aire!"
En apariencia, aún era un estudiante. Caminaba y hablaba como un estudiante, y la expresión de sus ojos grises era tan penetrante, honesta y franca como la de un buen estudiante. Al lado de su hermana, alta y guapa, parecía frágil y delgado; su barba también era rala, y su voz, también, era la de un tenor débil pero bastante agradable. Estaba sirviendo en un regimiento en algún lugar, y había vuelto a casa con su familia de vacaciones, y dijo que en otoño iría a San Petersburgo para su examen de doctor en medicina. Ya era un hombre de familia, con esposa y tres hijos; se había casado muy joven, en su segundo año de universidad, y ahora la gente del pueblo decía que era infeliz en su vida familiar y que no vivía con su esposa.
"¿Qué hora es?", preguntó mi hermana con inquietud. "Tenemos que volver a tiempo. Papá me dejó ir a ver a mi hermano con la condición de que volviera a las seis".
"¡Oh, molesta a tu papá!" suspiró el doctor.
Preparé el samovar. Extendimos una alfombra frente a la terraza de la casa grande y tomamos el té allí. El doctor se arrodilló, bebió de su platillo y declaró que ahora sabía lo que era la dicha. Entonces llegó Cheprakov con la llave, abrió la puerta de cristal y todos entramos en la casa. Allí estaba semioscuro y misterioso, olía a hongos, y nuestros pasos tenían un sonido hueco, como si hubiera sótanos bajo el suelo. El doctor se detuvo y tocó las teclas del piano, que respondió débilmente con un acorde ronco, tembloroso, pero melodioso; probó su voz y cantó una canción, frunciendo el ceño y golpeando el pie con impaciencia cuando alguna nota se apagaba. Mi hermana no habló de irse a casa, sino que paseó por las habitaciones y repetía:
"¡Qué feliz soy! ¡Qué feliz soy!"
Había un matiz de asombro en su voz, como si le pareciera increíble que ella también pudiera sentirse alegre. Era la primera vez en mi vida que la veía tan feliz. De hecho, se veía más guapa. De perfil no se veía bien; su nariz y boca parecían prominentes y tenía una expresión como de pucheros, pero tenía unos hermosos ojos oscuros, una tez pálida y muy delicada, y una conmovedora expresión de bondad y melancolía, y cuando hablaba parecía encantadora e incluso hermosa. Ambas, ella y yo, nos parecíamos a nuestra madre: éramos de hombros anchos, complexión fuerte y resistentes, pero su palidez era señal de mala salud; a menudo tenía tos, y a veces percibía en su rostro esa mirada que se ve en las personas que están gravemente enfermas, pero por alguna razón lo ocultan. Ahora había algo ingenuo y infantil en su alegría, como si la alegría que había sido reprimida y sofocada en nuestra infancia por una educación dura hubiera despertado de repente en su alma y hubiera encontrado una salida libre.
Pero cuando llegó la tarde y los caballos estuvieron listos, mi hermana se quedó en silencio y parecía delgada y encogida, y se subió al freno como si fuera al cadalso.
Cuando todos se fueron y el sonido se apagó... recordé que Anyuta Blagovo no me había dicho ni una palabra en todo el día.
"¡Es una niña maravillosa!", pensé. "¡Una niña maravillosa!"
Llegó el ayuno de San Pedro, y solo comíamos platos de Cuaresma todos los días. Me agobiaba la depresión física debido a la ociosidad y a mi inestable situación, y me sentía insatisfecho conmigo mismo. Apático y hambriento, holgazaneaba por el jardín, esperando a que el ánimo se me pasara.
Un día, al anochecer, mientras Rábano estaba sentado en la cabaña, Dolzhikov, muy quemado por el sol y gris por el polvo, entró inesperadamente. Llevaba tres días en sus tierras y había llegado a Dubetchnya en vapor, caminando hasta nosotros desde la estación. Mientras esperaba el carruaje que debía recogerlo del pueblo, recorrió los terrenos con su alguacil, dando órdenes en voz alta, y luego se sentó una hora entera en nuestra cabaña, escribiendo cartas. Mientras estaba allí, le llegaban telegramas, y él mismo contestaba. Los tres permanecimos firmes en silencio.
"¡Qué lío!", dijo, mirando con desprecio un libro de actas. "Dentro de dos semanas trasladaré la oficina a la comisaría, y no sé qué hacer con ustedes, amigos míos."
"Hago lo que puedo, señoría", dijo Tcheprakov.
"Claro que veo que te esfuerzas al máximo. Lo único que puedes hacer es cobrar tu sueldo", continuó el ingeniero, mirándome; "sigues dependiendo del clientelismo para hacer la carrera lo más rápido y fácil posible. Bueno, a mí no me interesa el clientelismo. Nadie se molestó en cuidarme. Antes de que me dieran un contrato ferroviario, trabajaba de mecánico y engrasador en Bélgica. Y tú, Panteley, ¿qué haces aquí?", preguntó, volviéndose hacia Radish. "¿Bebiendo con ellos?"
Por alguna razón, siempre llamaba Panteley a la gente humilde, y a gente como Tcheprakov y yo la despreciaba, llamándola borrachos, bestias y gentuza en la cara. En resumen, era cruel con sus subordinados humildes, y solía multarlos y despedirlos fríamente sin explicaciones.
Por fin llegaron los caballos a buscarlo. Al despedirse, prometió despedirnos a todos en quince días; llamó a su alguacil imbécil; y luego, cómodamente acomodado en su carruaje, regresó al pueblo.
—Andrei Ivánich —le dije a Rábano—, tómame como obrero.
"¡Oh, está bien!"
Y partimos juntos hacia el pueblo. Cuando dejamos atrás la estación y la casa grande con sus edificios, pregunté: «Andrey Ivanitch, ¿por qué has venido a Dubetchnya esta noche?».
En primer lugar, mis compañeros están trabajando en la línea, y en segundo lugar, vine a pagarle mis intereses a la señora del general. El año pasado le pedí prestados cincuenta rublos, y ahora le pago un rublo al mes de intereses.
El pintor se detuvo y me tomó del botón.
«Misail Alexéitch, nuestro ángel», continuó. «A mi modo de ver, si un hombre, noble o sencillo, se interesa por algo, aunque sea mínimamente, está haciendo el mal. No puede haber verdad ni justicia en un hombre así».
Rábano, delgado, pálido, de aspecto terrible, cerró los ojos, meneó la cabeza y, con tono de filósofo, pronunció:
Los piojos consumen la hierba, el óxido consume el hierro y la mentira el alma. Señor, ten piedad de nosotros, pecadores.
V
Radish no era práctico ni se le daba bien hacer presupuestos; aceptaba más trabajo del que podía realizar, y al calcular se ponía nervioso, perdía la cabeza y, por lo tanto, casi siempre perdía dinero. Se encargaba de pintar, vidriar, empapelar e incluso tejar techos, y recuerdo que estuvo tres días buscando alicatadores para un trabajo insignificante. Era un obrero de primera; a veces ganaba hasta diez rublos al día; y si no hubiera sido por su deseo a toda costa de ser maestro y de que lo llamaran contratista, probablemente habría tenido mucho dinero.
Le pagaban por trabajo, pero a mí y a los demás obreros nos pagaba por día, desde uno y dos peniques hasta dos chelines. Cuando hacía buen tiempo y estaba seco, hacíamos todo tipo de trabajos al aire libre, principalmente pintar techos. Cuando era nuevo en el trabajo, me ardían los pies como si caminara sobre ladrillos calientes, y cuando me ponía botas de fieltro, los sentía más calientes que nunca. Pero esto fue solo al principio; luego me acostumbré y todo iba viento en popa. Ahora vivía entre personas para quienes el trabajo era obligatorio, inevitable, y que trabajaban como caballos de tiro, a menudo sin tener ni idea del significado moral del trabajo y, de hecho, sin usar jamás la palabra «trabajo» en ninguna conversación. A su lado, yo también me sentía como un caballo de tiro, cada vez más imbuido de la sensación de la obligatoriedad e inevitabilidad de lo que hacía, y esto me facilitaba la vida, liberándome de toda duda e incertidumbre.
Al principio todo me interesaba, todo era nuevo, como si hubiera vuelto a nacer. Podía dormir en el suelo y andar descalzo, y eso era sumamente placentero; podía estar entre la gente común sin ser una molestia para nadie, y cuando un caballo de tiro se caía en la calle, corría a ayudarlo a levantarse sin temor a ensuciarme la ropa. ¡Y lo mejor de todo era que vivía por mi cuenta y sin ser una carga para nadie!
Pintar techos, especialmente con nuestro propio óleo y colores, se consideraba un trabajo particularmente rentable, y por eso este trabajo duro y aburrido no era desdeñado, ni siquiera por obreros tan buenos como Radish. Con pantalones cortos y piernas demacradas y amoratadas, solía recorrer los techos con aire de cigüeña, y yo lo oía, mientras manejaba la brocha, jadeando y diciendo: "¡Ay, ay de nosotros, pecadores!".
Caminaba por los tejados con la misma soltura que si estuviera en el suelo. A pesar de estar enfermo y pálido como un cadáver, su agilidad era extraordinaria: solía pintar las cúpulas de las iglesias sin andamios, como un joven, con la única ayuda de una escalera y una cuerda, y resultaba bastante horrible al estar de pie a cierta altura; se erguía y, por alguna razón desconocida, pronunciaba:
"Los piojos consumen la hierba, el óxido consume el hierro y la mentira el alma".
O, pensando en algo, respondía sus pensamientos en voz alta:
"¡Cualquier cosa puede pasar! ¡Cualquier cosa puede pasar!"
Cuando regresé a casa después del trabajo, todas las personas que estaban sentadas en los bancos junto a las puertas, todos los comerciantes, los jóvenes y sus empleadores, me hicieron comentarios burlones y rencorosos, y esto me molestó al principio y me pareció simplemente monstruoso.
"¡Mejor que nada!", oí por todos lados. "¡Pintor de casas! ¡Ocre amarillo!"
Y nadie se comportó tan descortésmente conmigo como aquellos que hacía poco habían sido gente humilde y se habían ganado el pan con duro trabajo manual. En las calles llenas de tiendas, pasaba una vez junto a una ferretería cuando me cayó agua encima como por accidente, y en una ocasión alguien me atacó con un palo, mientras un pescadero, un anciano canoso, me cerró el paso y dijo, mirándome con enojo:
—¡No te compadezco, idiota! Lo compadezco a tu padre.
Y mis conocidos, por alguna razón, se sintieron abrumados por la vergüenza al encontrarme. Algunos me consideraban un bicho raro y un tonto cómico; otros me compadecían; otros no sabían qué actitud adoptar, y era difícil distinguirlos. Un día me encontré con Anyuta Blagovo en una calle lateral cerca de la calle Gran Dvoryansky. Iba a trabajar y llevaba dos pinceles largos y un cubo de pintura. Al reconocerme, Anyuta se sonrojó.
"Por favor, no me hagas una reverencia en la calle", dijo nerviosa, con dureza y voz temblorosa, sin ofrecerme la mano, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas. "Si para ti todo esto es necesario, que así sea... que así sea, ¡pero te ruego que no me veas!"
Yo ya no vivía en la calle Grande Dvoryansky, sino en el suburbio con mi vieja nodriza Karpovna, una anciana bondadosa pero triste, que siempre presentía algún mal, temía todos los sueños e incluso en las abejas y avispas que volaban en su habitación veía presagios de mal, y el hecho de que yo me hubiera convertido en obrero, para ella, no presagiaba nada bueno.
"Tu vida está arruinada", decía ella, moviendo la cabeza con tristeza, "arruinada".
Su hijo adoptivo, Prokofy, un hombre corpulento, tosco y pelirrojo de treinta años, con bigotes erizados, carnicero de profesión, vivía en la casita con ella. Cuando me encontraba en el pasillo, me cedía el paso en respetuoso silencio, y si estaba borracho me saludaba con los cinco dedos a la vez. Solía cenar por la noche, y a través del tabique de madera podía oírlo carraspear y suspirar mientras bebía vaso tras vaso.
"Mamá", llamaba en voz baja.
"Bueno", respondía Karpovna, que sentía una pasión por su hijo adoptivo: "¿Qué pasa, hijo?".
Puedo darte un testimonio de mi cariño, mamá. Durante toda esta vida terrenal te cuidaré en tus últimos años en este valle de lágrimas, y cuando mueras te enterraré a mis expensas; lo he dicho, y puedes creerlo.
Me levantaba cada mañana antes del amanecer y me acostaba temprano. Los pintores de casas comíamos mucho y dormíamos profundamente; lo único malo era que mi corazón latía con fuerza por la noche. No discutía con mis compañeros. Los insultos violentos, las palabrotas desesperadas y los deseos como "¡Maldita seas!" o "¡Que te dé el cólera!" no cesaban en todo el día, pero, aun así, vivíamos en muy buenos términos. Los demás sospechaban que yo era una especie de sectario religioso y hacían bromas a mi costa, diciendo que incluso mi propio padre me había repudiado, y luego añadían que ellos rara vez entraban en el templo de Dios, y que muchos de ellos no se habían confesado en diez años. Justificaban esta negligencia diciendo que un pintor entre los hombres era como una grajilla entre los pájaros.
Los hombres tenían una buena opinión de mí y me trataban con respeto; era evidente que mi ausencia de alcohol y tabaco, y mi vida tranquila y estable, les complacía mucho. Solo les causó una desagradable sorpresa que no participara en el robo de aceite ni los acompañara a pedir propinas a quienes trabajábamos en sus propiedades. Robar aceite y pinturas a quienes los empleaban era costumbre de los pintores de casas, y no se consideraba hurto, y era notable que incluso un hombre tan honesto como Radish siempre se llevara un poco de albayalde y aceite al volver a casa del trabajo. E incluso los ancianos más respetables, dueños de las casas donde vivían en el suburbio, no se avergonzaban de pedir propina, y me sentía molesto y avergonzado al ver a los hombres ir en masa a felicitar a algún insignificante por el comienzo o la finalización del trabajo, y agradecerle con degradante servilismo cuando recibían unas pocas monedas.
Con la gente en cuyo trabajo estaban ocupados se comportaban como astutos cortesanos, y casi todos los días me acordaba de Polonio de Shakespeare.
"Creo que va a llover", decía el hombre cuya casa estaba siendo pintada, mirando al cielo.
"Lo es, no hay duda alguna", coincidirían los pintores.
—No creo que sea una nube de lluvia. Quizás no llueva después de todo.
—¡No, señoría! Estoy seguro de que no.
Pero su actitud hacia sus clientes a sus espaldas era generalmente de ironía, y cuando veían, por ejemplo, a un caballero sentado en la terraza leyendo un periódico, observaban:
"Lee el periódico, pero me atrevo a decir que no tiene nada para comer."
Nunca fui a casa a ver a mi familia. Al volver del trabajo, a menudo me encontraba esperándome notitas, breves y preocupadas, en las que mi hermana me escribía sobre mi padre: que había estado muy absorto durante la cena y no había comido nada, o que había estado mareado y tambaleándose, o que se había encerrado en su habitación y no había salido en mucho tiempo. Estas noticias me inquietaban; no podía dormir, y a veces incluso paseaba de noche por la calle Gran Dvoryansky, junto a nuestra casa, mirando por las ventanas oscuras e intentando adivinar si todo estaba bien en casa. Los domingos mi hermana venía a verme, pero a escondidas, como si no fuera a verme a mí, sino a nuestra niñera. Y si venía a verme, estaba muy pálida, con los ojos llenos de lágrimas, y se ponía a llorar enseguida.
«Nuestro padre nunca sobrevivirá a esto», decía. «Si algo le sucediera —Dios quiera que no—, tu conciencia te atormentaría toda la vida. Es terrible, Misail; por nuestra madre, te lo suplico: enmenda tu conducta».
«Querida hermana», le decía, «¿cómo puedo reformarme si estoy convencida de que actúo conforme a mi conciencia? ¡Entiéndelo!».
Sé que actúas según tu conciencia, pero quizá se podría hacer de otra manera, de alguna manera, para no herir a nadie.
—¡Ay, santos santos! —suspiró la anciana desde la puerta—. ¡Su vida está arruinada! ¡Habrá problemas, queridos míos, habrá problemas!
VI
Un domingo, el Dr. Blagovo apareció inesperadamente. Vestía una túnica militar sobre una camisa de seda y botas altas de charol.
"He venido a verte", empezó, estrechándome la mano con entusiasmo, como un estudiante. "Todos los días oigo hablar de ti, y tenía pensado venir a tener una charla sincera, como dicen. El aburrimiento en el pueblo es terrible, no hay un alma, nadie con quien hablar. Hace calor, Santa Madre", continuó, quitándose la túnica y sentándose con su camisa de seda. "Querido amigo, déjame hablar contigo".
Yo también estaba aburrido, y llevaba mucho tiempo ansiando la compañía de alguien que no fuera pintor de casas. Me alegré sinceramente de verlo.
"Empiezo diciendo", dijo, sentándose en mi cama, "que te comprendo de todo corazón y respeto profundamente la vida que llevas. Aquí en el pueblo no te entienden, y, de hecho, no hay nadie que te entienda, ya que, como sabes, todos, salvo contadas excepciones, tienen caras de cerdo gogolescas. Pero enseguida vi lo que eras aquella vez en el picnic. ¡Eres un alma noble, un hombre honesto y de gran espíritu! ¡Te respeto y es un gran honor estrecharte la mano!", continuó con entusiasmo. Para haber dado un cambio de vida tan completo y radical como el tuyo, debes haber pasado por una compleja crisis espiritual, y continuar con este estilo de vida ahora, y mantenerte fiel a tus convicciones constantemente, debe suponer una tensión para tu mente y tu corazón día tras día. Ahora, para empezar nuestra conversación, dime, ¿no consideras que si hubieras dedicado tu fuerza de voluntad, esta intensa actividad, todas estas facultades a otra cosa, por ejemplo, a convertirte gradualmente en un gran científico o artista, tu vida habría sido más amplia, profunda y productiva?
Hablamos, y cuando llegamos al tema del trabajo manual expresé esta idea: que lo que se quiere es que los fuertes no esclavicen a los débiles, que la minoría no sea un parásito de la mayoría, ni un vampiro que chupe siempre su savia vital; es decir, todos, sin excepción, fuertes y débiles, ricos y pobres, deben tomar parte por igual en la lucha por la existencia, cada uno por su cuenta, y que no hay mejor medio para igualar las cosas de esa manera que el trabajo manual, en forma de servicio universal, obligatorio para todos.
"¿Entonces cree usted que todos, sin excepción, deberían realizar trabajos manuales?" preguntó el médico.
"Sí."
"¿Y no crees que si todos, incluidos los mejores hombres, los pensadores y los grandes científicos, participando en la lucha por la existencia, cada uno por su cuenta, van a perder el tiempo picando piedras y pintando tejados, no puede eso suponer un grave peligro para el progreso?"
"¿Dónde está el peligro?", pregunté. "Pues, el progreso está en las obras de amor, en el cumplimiento de la ley moral; si no esclavizas a nadie, si no oprimes a nadie, ¿qué más progreso quieres?"
—Pero, disculpe —dijo Blagovo de repente, poniéndose de pie—. ¡Pero, disculpe! Si un caracol en su caparazón se afana en perfeccionar su personalidad y se enreda con la ley moral, ¿a eso le llama progreso?
"¿Por qué tanto embrollo?", dije ofendido. "Si no obligas a tu vecino a alimentarte y vestirte, a transportarte de un lugar a otro y a defenderte de tus enemigos, sin duda, en medio de una vida basada completamente en la esclavitud, eso es progreso, ¿no? Para mí, es el progreso más importante, y quizás el único posible y necesario para el hombre."
"Los límites del progreso mundial universal están en el infinito, y hablar de algún progreso 'posible' limitado por nuestras necesidades y teorías temporales es, perdóneme que lo diga, absolutamente extraño."
"Si los límites del progreso están en el infinito, como dices, se deduce que sus fines no son definidos", dije. "¡Vivir sin saber con certeza para qué se vive!"
¡Que así sea! Pero ese 'no saber' no es tan aburrido como tu 'saber'. Subo por una escalera llamada progreso, civilización, cultura; sigo subiendo sin saber con certeza adónde voy, pero en realidad vale la pena vivir por esa encantadora escalera; mientras sabes para qué vives, vives para que unos no esclavicen a otros, para que el artista y el hombre que frota sus pinturas coman igual de bien. Pero sabes que ese es el lado mezquino, burgués, culinario y gris de la vida, ¿y acaso es repugnante vivir solo para eso? Si algunos insectos esclavizan a otros, ¡moléstalos, que se devoren entre sí! No tenemos que pensar en ellos. Sabes que morirán y se descompondrán de todos modos, por mucho que los rescates de la esclavitud. Debemos pensar en ese gran milenio que le espera a la humanidad en un futuro remoto.
Blagovo discutió acaloradamente conmigo, pero al mismo tiempo se notaba que le preocupaba alguna idea irrelevante.
"¿Supongo que tu hermana no vendrá?", dijo, mirando su reloj. "Estuvo en casa ayer y dijo que te vería hoy. Sigues hablando de esclavitud, esclavitud...", continuó. "Pero sabes que es una cuestión especial, y todas esas cuestiones se resuelven gradualmente gracias a la humanidad."
Empezamos a hablar de hacer las cosas poco a poco. Dije que «la cuestión de hacer el bien o el mal la decide cada uno por sí mismo, sin esperar a que la humanidad la resuelva mediante un desarrollo gradual». Además, este proceso gradual tiene más de un aspecto. Junto con el desarrollo gradual de las ideas humanas, se observa el crecimiento gradual de ideas de otro orden. La servidumbre ya no existe, pero el sistema capitalista está creciendo. Y en el apogeo de las ideas emancipadoras, al igual que en los días de Baty, la mayoría alimenta, viste y defiende a la minoría mientras permanece hambrienta, inadecuadamente vestida e indefensa. Este orden de cosas puede adaptarse perfectamente a cualquier tendencia y corriente de pensamiento que se desee, porque el arte de esclavizar también se cultiva gradualmente. Ya no azotamos a nuestros sirvientes en el establo, sino que damos a la esclavitud formas refinadas; al menos, logramos encontrarle una justificación en cada caso particular. Las ideas son ideas para nosotros, pero si ahora, a finales del siglo XIX, fuera posible cargar con la carga de la más desagradable de nuestras funciones fisiológicas... clase obrera, ciertamente deberíamos hacerlo, y después, por supuesto, justificarnos diciendo que si las mejores personas, los pensadores y los grandes científicos, desperdiciaran su precioso tiempo en estas funciones, el progreso podría verse amenazado con un gran peligro.
Pero en ese momento llegó mi hermana. Al ver al médico, se sintió nerviosa y preocupada, y empezó a decir de inmediato que ya era hora de irse a casa con su padre.
—Kleopatra Alexyevna —dijo Blagovo con seriedad, apretándose las manos contra el corazón—, ¿qué será de tu padre si pasas media hora o más con tu hermano y conmigo?
Era franco y sabía cómo comunicar su vivacidad a los demás. Tras pensarlo un momento, mi hermana se rió y, de repente, se puso tan alegre como en el picnic. Salimos al campo y, tumbados en la hierba, seguimos con nuestra charla, mirando hacia el pueblo, donde todas las ventanas que daban al oeste brillaban como oro porque el sol se ponía.
Después de eso, siempre que mi hermana venía a verme, Blagovo también aparecía, y siempre se saludaban como si su encuentro en mi habitación fuera casual. Mi hermana escuchaba mientras el doctor y yo discutíamos, y en esos momentos su expresión era alegre y entusiasta, llena de ternura y curiosidad, y me parecía que un mundo nuevo con el que nunca antes había soñado, y que ahora se esforzaba por comprender, se abría gradualmente ante sus ojos. Cuando el doctor no estaba, estaba callada y triste, y ahora, si a veces derramaba lágrimas sentada en mi cama, era por razones que no mencionaba.
En agosto, Radish nos ordenó estar listos para ir a la vía férrea. Dos días antes de que nos "desterraran" del pueblo, mi padre vino a verme. Se sentó y, con calma, sin mirarme, se secó la cara enrojecida, sacó del bolsillo nuestro Mensajero del pueblo y, deliberadamente, con énfasis en cada palabra, leyó en voz alta la noticia de que el hijo del gerente de la sucursal del Banco Estatal, un joven de mi edad, había sido nombrado jefe de un departamento del Tesoro.
"Y ahora mírate", dijo, doblando el periódico, "¡un mendigo andrajoso, un inútil! Incluso la clase obrera y los campesinos se educan para hacerse hombres, mientras que tú, un Poloznev, con antepasados de rango y distinción, ¡aspiras a la miseria! Pero no he venido a hablar contigo; me he desenganchado de ti", añadió con voz ahogada, levantándose. "He venido a averiguar dónde está tu hermana, inútil. Salió de casa después de cenar, y aquí son casi las ocho y no ha vuelto. Ha empezado a salir a menudo sin avisarme; es menos obediente, y veo en ello tu influencia maligna y degradante. ¿Dónde está?"
En su mano tenía el paraguas que yo tan bien conocía, y yo ya estaba nervioso y me irguí como un colegial, esperando que mi padre comenzara a golpearme con él, pero él notó mi mirada al paraguas y muy probablemente eso lo detuvo.
"¡Vive como quieras!", dijo. "¡No te daré mi bendición!"
—¡Santo cielo! —murmuró mi niñera tras la puerta—. ¡Pobre niña desafortunada! ¡Ay, mi corazón presagia un mal día!
Trabajé en la vía férrea. Llovió sin parar todo agosto; hacía frío y humedad; no habían transportado el maíz a los campos, y en las grandes granjas donde el trigo se cortaba con máquinas, no estaba en gavillas, sino en montones, y recuerdo cómo esos desafortunados montones de trigo se ennegrecían cada día más y el grano brotaba en ellos. Era duro trabajar; la lluvia torrencial arruinaba todo lo que hacíamos. No nos permitían vivir ni dormir en las instalaciones del ferrocarril, y nos refugiábamos en las húmedas y sucias chozas de barro donde habían vivido los peones durante el verano, y yo no podía dormir por las noches por el frío y las cochinillas que me arrastraban por la cara y las manos. Y cuando trabajábamos cerca de los puentes, los peones solían venir por las tardes en cuadrilla, simplemente para golpear a los pintores; era una forma de diversión para ellos. Nos golpeaban, para robarnos los pinceles. Y para molestarnos y provocarnos a la pelea, nos arruinaban el trabajo; Por ejemplo, manchaban las casetas de señales con pintura verde. Para colmo de males, Radish empezó a pagarnos de forma muy irregular. Todo el trabajo de pintura de la línea se le encargó a un contratista; este se lo dio a otro; y este subcontratista se lo dio a Radish tras descontarle el veinte por ciento. El trabajo en sí no era rentable, y la lluvia lo empeoró; se perdió tiempo; no podíamos trabajar mientras Radish se viera obligado a pagar a los compañeros por día. Los pintores, hambrientos, casi llegaron a golpearlo, llamándolo tramposo, chupasangre, Judas, mientras él, pobre hombre, suspiraba, alzaba la mano al cielo desesperado, y continuamente le pedía dinero a Madame Cheprakov.
VII
Llegó el otoño, lluvioso, oscuro y embarrado. Llegó la temporada de paro, y solía quedarme en casa sin trabajo durante tres días seguidos, o hacer pequeños trabajos, fuera de la línea de pintura. Por ejemplo, acarreaba tierra, ganando unos cuatro peniques al día. El Dr. Blagovo se había ido a San Petersburgo. Mi hermana había dejado de venir a verme. Radish estaba enfermo en casa, esperando la muerte día tras día.
Y mi estado de ánimo también era otoñal. Quizás porque, al haberme convertido en obrero, veía la vida de nuestra ciudad solo desde el lado sórdido, me tocaba casi a diario hacer descubrimientos que me sumían casi en la desesperación. Aquellos conciudadanos, de quienes antes no tenía opinión, o que en apariencia parecían perfectamente decentes, resultaban ahora ser gente ruin y cruel, capaces de cualquier acto sucio. Nosotros, la gente común, éramos engañados, estafados y nos hacían esperar durante horas en la fría entrada o en la cocina; nos insultaban y nos trataban con la mayor rudeza. En otoño empapelé la sala de lectura y otras dos habitaciones del club; me pagaban un penique y tres cuartos por pieza, pero tenía que firmar un recibo a razón de dos peniques y medio, y cuando me negué a hacerlo, un caballero de aspecto benévolo con gafas de montura dorada, que debía de ser miembro del comité del club, me dijo:
- ¡Si dices mucho más, canalla, te romperé la cara hasta convertirla en gelatina!
Y cuando el lacayo le susurró quién era yo, el hijo del arquitecto Poloznev, se sintió avergonzado, se puso colorado, pero enseguida se repuso y dijo: "Que el diablo se lo lleve".
En las tiendas nos endosaban a los obreros carne podrida, harina mohosa y té reutilizado y secado; la policía nos acosaba en la iglesia, los auxiliares y enfermeras del hospital nos saqueaban, y si éramos demasiado pobres para sobornarlos, se vengaban trayéndonos comida en recipientes sucios. En la oficina de correos, el funcionario más insignificante se consideraba con derecho a tratarnos como animales y a gritar con grosera insolencia: "¡Esperen!". "¿Adónde se meten?". Incluso los perros de la casa se mostraban hostiles con nosotros y nos atacaban con peculiar saña. Pero lo que más me impactó en mi nuevo puesto fue la absoluta falta de justicia, lo que los campesinos definen con estas palabras: "Se han olvidado de Dios". Rara vez pasaba un día sin estafas. Nos estafaban los comerciantes que nos vendían aceite, los contratistas, los obreros y quienes nos empleaban. No hace falta decir que nunca se pudo hablar de nuestros derechos y que siempre teníamos que pedir el dinero que ganábamos como si fuera caridad y esperarlo en la puerta trasera, con la gorra en la mano.
Me encontraba empapelando una habitación en el club contigua a la sala de lectura; por la tarde, cuando me disponía a salir, la hija de Dolzhikov, el ingeniero, entró en la habitación con un paquete de libros bajo el brazo.
Me incliné ante ella.
"¡Ay, qué bien!", dijo, reconociéndome al instante y extendiéndome la mano. "Me alegro mucho de verte."
Ella sonrió y miró con curiosidad y asombro mi bata, mi balde de pasta, el papel extendido en el suelo; yo estaba avergonzado y ella también se sentía incómoda.
—Disculpe que le mire así —dijo—. Me han hablado mucho de usted. Sobre todo el Dr. Blagovo; está simplemente enamorado de usted. Y también he conocido a su hermana; una chica dulce y querida, pero nunca puedo convencerla de que no hay nada de malo en que usted haya adoptado una vida sencilla. Al contrario, se ha convertido en el hombre más interesante del pueblo.
Volvió a mirar el cubo de cola y el papel pintado y continuó:
Le pedí al Dr. Blagovo que me ayudara a conocerte mejor, pero al parecer se le olvidó o no tuvo tiempo. En fin, nos conocemos de todos modos, y si vinieras a verme, sencillamente, te lo agradecería enormemente. Tengo muchas ganas de charlar. Soy una persona sencilla —añadió, ofreciéndome la mano—, y espero que no te sientas obligado conmigo. Mi padre no está aquí, está en San Petersburgo.
Ella se fue a la sala de lectura, haciendo crujir sus faldas, mientras yo volví a casa y durante mucho tiempo no pude conciliar el sueño.
Ese otoño sombrío, algún alma caritativa, evidentemente queriendo aliviar mi existencia, me enviaba de vez en cuando té y limones, o galletas, o carne de caza asada. Karpovna me contó que siempre me los traía un soldado, y que no sabía de quién provenían; y el soldado solía preguntarme si me encontraba bien, si comía a diario y si llevaba ropa de abrigo. Cuando empezaron las heladas, me obsequiaron de la misma manera, en mi ausencia, con una suave bufanda de punto que trajo el soldado. Desprendía un tenue y elusivo olor, y adiviné quién era mi hada buena. La bufanda olía a lirios del valle, el aroma favorito de Anyuta Blagovo.
Hacia el invierno, había más trabajo y era más alegre. Rábano se recuperó y trabajamos juntos en la iglesia del cementerio, donde preparábamos la base del pedestal para iconos antes de dorar. Era un trabajo limpio y tranquilo, y, como decían nuestros compañeros, provechoso. Se podía hacer mucho trabajo en un día, y el tiempo pasaba rápido, imperceptiblemente. No había palabrotas, ni risas, ni conversaciones en voz alta. El lugar en sí mismo obligaba a la tranquilidad y a un comportamiento decente, y disponía a reflexiones serenas y serias. Absortos en nuestro trabajo, permanecíamos de pie o sentados, inmóviles como estatuas; había un silencio sepulcral, propio del cementerio, de modo que si caía una herramienta o chisporroteaba una llama en la lámpara, el ruido resonaba abrupto y resonante, y nos hacía mirar a nuestro alrededor. Tras un largo silencio, oíamos un zumbido como el de un enjambre de abejas: era el réquiem de un bebé, cantado lentamente en voz baja en el porche; o un artista, pintando una paloma con estrellas alrededor sobre una cúpula, comenzaría a silbar suavemente y, sobresaltado, se quedaría inmediatamente en silencio; o Rábano, respondiendo a sus pensamientos, diría con un suspiro: "¡Todo es posible! ¡Todo es posible!" o una campana lenta y desconsolada comenzaría a sonar sobre nuestras cabezas, y los pintores observarían que debía ser para el funeral de alguna persona rica. . . .
Pasaba mis días en esta quietud, en la penumbra de la iglesia, y en las largas tardes jugaba al billar o iba al teatro de la galería con los pantalones nuevos que había comprado con mis propias ganancias. Los conciertos y las representaciones ya habían comenzado en casa de los Azhogin; Radish solía pintar las escenas solo. Me contaba el argumento de las obras y describía los tableaux vivants que presenciaba. Lo escuchaba con envidia. Me sentía muy atraído por los ensayos, pero no me animaba a ir a casa de los Azhogin.
Una semana antes de Navidad llegó el Dr. Blagovo. Y de nuevo discutíamos y jugábamos al billar por las noches. Cuando jugaba, solía quitarse el abrigo y desabrocharse la camisa por encima del pecho, y por alguna razón intentaba adoptar el aire de un libertino desesperado. No bebía mucho, pero armaba un escándalo, y tenía una habilidad especial para gastar veinte rublos en una noche en una taberna tan pobre como el Volga .
Mi hermana empezó a venir a verme de nuevo; ambas se sorprendían cada vez que se veían, pero por su rostro alegre y culpable era evidente que estos encuentros no eran casuales. Una noche, mientras jugábamos al billar, el médico me dijo:
—Digo, ¿por qué no vas a ver a la señorita Dolzhikov? No conoces a Mariya Viktorovna; es una mujer inteligente, encantadora, sencilla y bondadosa.
Le describí cómo su padre me había recibido en primavera.
—¡Tonterías! —rió el doctor—. El ingeniero es una cosa y ella es otra. De verdad, querido amigo, no debes ser desagradable con ella; ve a verla de vez en cuando. Por ejemplo, vamos a verla mañana por la noche. ¿Qué te parece?
Me convenció. A la noche siguiente me puse mis pantalones de sarga nuevos y, algo agitada, fui a casa de la señorita Dolzhikov. El lacayo no parecía tan arrogante ni tan terrible, ni los muebles tan suntuosos, como aquella mañana en que fui a pedirle un favor. Mariya Viktorovna me esperaba y me recibió como a una vieja conocida, estrechándome la mano amistosamente. Llevaba un vestido de tela gris con mangas largas y llevaba el pelo peinado al estilo que llamábamos "orejas de perro", cuando se puso de moda en la ciudad un año antes. El pelo estaba peinado hacia abajo sobre las orejas, lo que hacía que el rostro de Mariya Viktorovna pareciera más ancho, y esta vez me pareció muy parecida a su padre, cuyo rostro era ancho y rojo, con algo en su expresión como el de un conductor de trineo. Era guapa y elegante, pero no parecía joven; aparentaba treinta años, aunque en realidad no tenía más de veinticinco.
"Querido doctor, le estoy muy agradecida", dijo, haciéndome sentar. "Si no hubiera sido por él, no habría venido a verme. ¡Me aburro muchísimo! Mi padre se fue y me dejó sola, y no sé qué hacer en este pueblo".
Luego empezó a preguntarme dónde trabajaba ahora, cuánto ganaba, dónde vivía.
"¿No gastas en ti nada más que lo que ganas?", preguntó.
"No."
¡Hombre feliz! —suspiró—. Todo el mal de la vida, me parece, proviene de la ociosidad, el aburrimiento y el vacío espiritual, y todo esto es inevitable cuando uno se acostumbra a vivir a costa de los demás. No piensen que estoy presumiendo, les digo la verdad: no es interesante ni agradable ser rico. Se dice: «Haganse amigos de las riquezas de la injusticia», porque no hay ni puede haber riquezas justas.
Miró los muebles a su alrededor con una expresión grave y fría, como si quisiera contarlos, y continuó:
La comodidad y el lujo tienen un poder mágico; poco a poco, atraen incluso a las personas más tenaces. En una época, mi padre y yo vivíamos con sencillez, sin un estilo lujoso, ¡pero ahora ves cómo! Es algo monstruoso —dijo, encogiéndose de hombros—. ¡Gastamos hasta veinte mil al año! ¡En provincias!
"Uno llega a considerar la comodidad y el lujo como el privilegio invariable del capital y la educación", dije, "y me parece que las comodidades de la vida pueden combinarse con cualquier tipo de trabajo, incluso el más duro y sucio. Tu padre es rico, y aun así, él mismo dice que le ha tocado ser mecánico y engrasador".
Sonrió y negó con la cabeza, dubitativa: «Mi padre a veces come pan mojado en kvas», dijo. «¡Es un capricho!».
En ese momento sonó un timbre y ella se levantó.
"Los ricos y cultos deberían trabajar como todos los demás", dijo, "y si hay comodidad, debería ser igual para todos. No debería haber privilegios. Pero basta de filosofar. Cuéntame algo divertido. Háblame de los pintores. ¿Cómo son? ¿Divertidos?"
Entró el médico; empecé a contarles sobre los pintores, pero, como no estaba acostumbrado a hablar, me sentí obligado a describirlos como un etnólogo, con gravedad y tedio. El médico también nos contó algunas anécdotas de obreros: se tambaleaba, lloraba, se arrodillaba e incluso, imitando a un borracho, se tiraba al suelo; era como una obra de teatro, y Mariya Viktorovna se rió hasta las lágrimas al mirarlo. Luego tocó el piano y cantó con su tenor fino y agradable, mientras Mariya Viktorovna, de pie junto a él, le escogía lo que debía cantar y lo corregía cuando se equivocaba.
"¿He oído que tú también cantas?" pregunté.
"¡Canta también!", gritó el doctor horrorizado. "¡Canta de maravilla, es una artista perfecta, y tú dices que también canta! ¡Qué idea!"
"En un tiempo estudié con seriedad", dijo, respondiendo a mi pregunta, "pero ahora lo he abandonado".
Sentada en un taburete bajo, nos contó su vida en San Petersburgo e imitó a algunos cantantes célebres, imitando su voz y forma de cantar. Hizo un boceto del doctor en su álbum, luego de mí; no dibujaba bien, pero ambos retratos se parecían a nosotros. Se reía, con picardía y muecas encantadoras, y esto le sentaba mejor que hablar de las riquezas de la injusticia, y me pareció que justo antes había estado hablando de riqueza y lujo, no en serio, sino imitando a alguien. Era una magnífica actriz cómica. La comparé mentalmente con nuestras jóvenes damas, e incluso la apuesto y digno Anyuta Blagovo no soportaba la comparación con ella; la diferencia era inmensa, como la diferencia entre una hermosa rosa cultivada y una zarza silvestre.
Cenamos juntos, los tres. El doctor y Mariya Viktorovna bebieron vino tinto, champán y café con brandy; chocaron sus copas y brindaron por la amistad, por la iluminación, por el progreso, por la libertad; no se emborracharon, solo se sonrojaron, y continuamente, sin motivo alguno, reían hasta llorar. Para no ser pesado, también bebí clarete.
«Las personas talentosas y ricas», decía la señorita Dolzhikov, «saben vivir y seguir su propio camino; las personas mediocres, como yo, por ejemplo, no saben nada ni pueden hacer nada por sí mismas; no les queda más remedio que discernir algún movimiento social profundo y dejarse llevar por él».
«¿Cómo se puede discernir lo que no existe?», preguntó el médico.
"Pensamos así porque no lo vemos."
"¿De verdad? Los movimientos sociales son la invención de la nueva literatura. No hay ninguno entre nosotros."
Se inició una discusión.
"No hay entre nosotros movimientos sociales profundos ni los ha habido nunca", declaró el médico en voz alta. ¡La nueva literatura no tiene fin! Ha inventado intelectuales en el campo, y si busca por todos nuestros pueblos, encontrará, como mucho, a algún patán con chaqueta de aguacate o levita negra capaz de cometer cuatro errores al escribir una palabra de tres letras. La vida culta aún no ha comenzado entre nosotros. Existe el mismo salvajismo, la misma grosería uniforme, la misma trivialidad que hace quinientos años. Ha habido movimientos, corrientes, pero todo ha sido mezquino, insignificante, centrado en intereses vulgares y mercenarios, y no se les puede ver nada importante. Si cree haber discernido un movimiento social profundo y, al seguirlo, se dedica a tareas de gusto moderno, como la emancipación de los insectos de la esclavitud o la abstinencia de las albóndigas de ternera, la felicito, señora. Debemos estudiar, estudiar, estudiar y esperar un poco con nuestros profundos movimientos sociales; aún no estamos lo suficientemente maduros para ellos; y, a decir verdad, "No sé nada sobre ellos."
—Tú no sabes nada de ellos, pero yo sí —dijo Mariya Viktorovna—. ¡Qué pesado eres hoy!
Nuestro deber es estudiar y estudiar, intentar acumular el máximo conocimiento posible, pues los verdaderos movimientos sociales surgen donde hay conocimiento; y la felicidad de la humanidad en el futuro reside solo en el conocimiento. ¡Brindo por la ciencia!
"De una cosa no hay duda: hay que organizar la vida de otra manera", dijo Mariya Viktorovna, tras un momento de silencio y reflexión. "La vida, tal como ha sido hasta ahora, no merece la pena. No hablemos de ello."
Cuando nos alejamos de ella el reloj de la catedral dio las dos.
"¿Te gustó?" preguntó el doctor. "Es simpática, ¿verdad?"
El día de Navidad cenamos con Mariya Viktorovna, y durante las fiestas fuimos a verla casi a diario. Nunca había nadie más que nosotros, y tenía razón al decir que no tenía amigos en el pueblo aparte del doctor y yo. Pasábamos la mayor parte del tiempo conversando; a veces el doctor traía algún libro o revista y nos leía en voz alta. En realidad, era el primer hombre culto que conocía en mi vida: no puedo juzgar si sabía mucho, pero siempre mostraba sus conocimientos como si quisiera compartirlos con los demás. Cuando hablaba de medicina, no se parecía a ningún otro médico del pueblo, pero me causaba una impresión nueva y peculiar, e imaginaba que, si hubiera querido, podría haberse convertido en un verdadero hombre de ciencia. Y fue quizás la única persona que realmente influyó en mí en aquella época. Al verlo y leer los libros que me regalaba, comencé poco a poco a sentir sed de conocimiento que habría dado sentido a mi triste labor. Me parecía extraño, por ejemplo, no haber sabido hasta entonces que el mundo entero estaba compuesto de sesenta elementos, no haber sabido qué era el aceite ni las pinturas, y que hubiera podido seguir adelante sin saber estas cosas. Mi relación con el doctor también me elevó moralmente. Discutía continuamente con él y, aunque solía mantener mi propia opinión, gracias a él empecé a percibir que no todo estaba claro para mí, y comencé a intentar desarrollar, en la medida de lo posible, convicciones definitivas en mí mismo, para que los dictados de mi conciencia fueran definitivos y para que no hubiera vaguedad en mi mente. Sin embargo, aunque era el hombre más culto y mejor de la ciudad, distaba mucho de la perfección. En sus modales, en su hábito de convertir cada conversación en una discusión, en su tono agradable, incluso en su amabilidad, había algo grosero, como un estudiante de teología, y cuando se quitaba el abrigo y se sentaba con su camisa de seda, o le daba una propina a un camarero en el restaurante, siempre me imaginé que la cultura podía estar muy bien, pero que el tártaro aún fermentaba en él.
En la Epifanía regresó a Petersburgo. Salió por la mañana, y después de cenar llegó mi hermana. Sin quitarse el abrigo de piel ni la gorra, se sentó en silencio, muy pálida, con la mirada fija en el mismo sitio. Tenía frío y se notaba que estaba molesta.
"Debes haberte resfriado", dije.
Se le llenaron los ojos de lágrimas; se levantó y salió hacia Karpovna sin decirme una palabra, como si la hubiera herido. Y poco después la oí decir, en tono de amargo reproche:
"Enfermera, ¿para qué he vivido hasta ahora? ¿Qué? Dime, ¿no he desperdiciado mi juventud? ¡Todos los mejores años de mi vida para no saber nada más que llevar cuentas, servir té, contar los medios peniques, recibir visitas y pensar que no había nada mejor en el mundo! Enfermera, entiéndeme, tengo los antojos de un ser humano y quiero vivir, y me han convertido en algo así como una ama de llaves. ¡Es horrible, horrible!"
Lanzó las llaves hacia la puerta y cayeron con un tintineo en mi habitación. Eran las llaves del aparador, del armario de la cocina, del sótano y de la caja de té, las llaves que mi madre solía llevar consigo.
—¡Oh, cielos misericordiosos! —exclamó la anciana horrorizada—. ¡Santos santos!
Antes de ir a casa mi hermana entró en mi habitación a recoger las llaves y me dijo:
"Debes perdonarme. Algo extraño me ha sucedido últimamente."
VIII
Al regresar a casa una noche tarde de casa de Mariya Viktorovna, encontré en mi habitación a un joven inspector de policía con uniforme nuevo; estaba sentado a mi mesa, hojeando mis libros.
"Por fin", dijo, levantándose y estirándose. "Esta es la tercera vez que vengo a verte. El Gobernador te ordena que te presentes ante él a las nueve de la mañana. Sin falta."
Me quitó una declaración firmada en la que acataba las órdenes de Su Excelencia y se marchó. Esta visita tardía del inspector de policía y la inesperada invitación a la oficina del Gobernador tuvieron un efecto abrumadoramente opresivo en mí. Desde mi más tierna infancia me sentí aterrorizado en presencia de gendarmes, policías y funcionarios judiciales, y ahora me atormentaba la inquietud, como si realmente fuera culpable. No podía dormir. Mi enfermera y Prokofy también estaban alterados y no podían dormir. Mi enfermera también tenía dolor de oído; gemía y varias veces rompió a llorar de dolor. Al enterarse de que estaba despierto, Prokofy entró en mi habitación con una lámpara y se sentó a la mesa.
"Deberías tomarte un trago de licor de pimienta", dijo, tras pensarlo un momento. "Si uno toma un trago en este valle de lágrimas, no hace daño. Y si mamá le echara un poco de licor de pimienta en la oreja, le sentaría de maravilla."
Entre las dos y las tres iba al matadero a por la carne. Sabía que no dormiría hasta la mañana, así que para aguantar hasta las nueve lo acompañé. Caminábamos con una linterna, mientras su hijo Nikolka, de trece años, con manchas azules en las mejillas por congelaciones, un auténtico bandido a juzgar por su expresión, nos seguía en el trineo, azuzando al caballo con voz ronca.
"Supongo que te castigarán en la casa del gobernador", me dijo Procofi por el camino. "Hay reglas para los gobernadores, para el alto clero, para los oficiales y para los médicos, y cada clase tiene sus propias reglas. Pero tú no has cumplido con las tuyas, y no se te puede permitir".
El matadero estaba detrás del cementerio, y hasta entonces solo lo había visto de lejos. Consistía en tres graneros sombríos, rodeados por una valla gris, y cuando el viento soplaba desde allí en los calurosos días de verano, traía consigo un hedor sofocante. Ahora, al entrar en el patio en la oscuridad, no vi los graneros; me encontraba constantemente con caballos y trineos, algunos vacíos, otros cargados de carne. Los hombres andaban con linternas, profiriendo palabrotas de forma repugnante. Prokofy y Nikolka proferían palabrotas igual de repugnantes, y el aire era un hervidero continuo de palabrotas, toses y relinchos de caballos.
Olía a cadáveres y a estiércol. Se estaba derritiendo, la nieve se estaba convirtiendo en barro; y en la oscuridad me parecía caminar sobre charcos de sangre.
Tras amontonar los trineos llenos de carne, nos dirigimos a la carnicería del mercado. Empezaba a amanecer. Cocineros con cestas y ancianas con mantos se acercaban uno tras otro. Prokofy, con una hacha en la mano y un delantal blanco salpicado de sangre, profirió terribles juramentos, se santiguó en la iglesia y gritó a todo el mercado que estaba regalando la carne a precio de coste, incluso con pérdidas. Dio poco peso y cambio; los cocineros lo vieron, pero, ensordecidos por sus gritos, no protestaron y se limitaron a llamarlo verdugo. Blandiendo y bajando su terrible hacha, adoptaba posturas pintorescas, y cada vez emitía el sonido "¡Gek!" con una expresión feroz, y temí que realmente le cortara la cabeza o la mano a alguien.
Pasé toda la mañana en la carnicería, y cuando por fin llegué a la casa del gobernador, mi abrigo olía a carne y sangre. Me sentía como si me hubieran enviado, lanza en mano, a enfrentarme a un oso. Recuerdo la alta escalera con una alfombra a rayas, y al joven funcionario, de botones brillantes, que silenciosamente me indicó la puerta con ambas manos y corrió a anunciarme. Entré en un salón amueblado de forma lujosa, pero fría y sin gusto, y los altos y estrechos espejos en los espacios entre las paredes, y las cortinas de color amarillo brillante, me resultaron particularmente desagradables. Se veía que los gobernadores habían cambiado, pero el mobiliario seguía igual. De nuevo, el joven funcionario me indicó la puerta con ambas manos, y me acerqué a una gran mesa verde ante la que estaba de pie un general militar, con la Orden de Vladimir en el pecho.
«Señor Poloznev, le he pedido que venga —comenzó, sosteniendo una carta en la mano y abriendo la boca como una «o» redonda—. Le he pedido que venga aquí para informarle de esto. Su respetadísimo padre ha apelado por carta y de palabra al Mariscal de la Nobleza, rogándole que lo llame y le exponga la inconsistencia de su comportamiento con el rango de la nobleza a la que tiene el honor de pertenecer. Su Excelencia Alexandr Pavlovitch, suponiendo con razón que su conducta podría servir de mal ejemplo, y considerando que la mera persuasión por su parte no sería suficiente, sino que era esencial una intervención oficial seria, me presenta aquí en esta carta su opinión sobre usted, la cual comparto.»
Dijo esto en voz baja y respetuosa, erguido, como si yo fuera su superior y me mirara sin severidad. Su rostro parecía desgastado y marchito, lleno de arrugas; tenía ojeras; llevaba el pelo teñido; y era imposible adivinar por su aspecto su edad: cuarenta o sesenta.
"Confío", continuó, "en que aprecie la delicadeza de nuestro honorable Alexandr Pavlovitch, quien se ha dirigido a mí no oficialmente, sino en privado. Yo también le he pedido que venga aquí extraoficialmente, y le hablo, no como gobernador, sino por sincero respeto a su padre. Así pues, le ruego que, o bien modifique su conducta y se reintegre a sus funciones acordes con su rango, o bien, para no dar mal ejemplo, se traslade a otro distrito donde no sea conocido y donde pueda dedicarse a lo que desee. En caso contrario, me veré obligado a tomar medidas extremas."
Se quedó medio minuto en silencio, mirándome con la boca abierta.
"¿Eres vegetariano?" preguntó.
"No, Excelencia, yo como carne."
Se sentó y acercó unos papeles. Hice una reverencia y salí.
No valía la pena ir a trabajar antes de cenar. Me fui a casa a dormir, pero no pude dormir por una sensación desagradable y nauseabunda, provocada por el matadero y mi conversación con el gobernador. Al anochecer, fui, triste y de mal humor, a casa de Mariya Viktorovna. Le conté cómo había estado en casa del gobernador, mientras ella me miraba perpleja, como si no lo creyera, y de repente empezó a reír alegremente, a carcajadas, irreprimiblemente, como solo la gente de buen carácter y amante de la risa puede hacerlo.
—¡Ojalá se pudiera decir eso en Petersburgo! —exclamó, casi cayéndose de la risa, y apoyándose en la mesa—. ¡Ojalá se pudiera decir eso en Petersburgo!
IX
Nos veíamos a menudo, a veces dos veces al día. Ella venía al cementerio casi todos los días después de cenar y leía los epitafios de las cruces y lápidas mientras me esperaba. A veces entraba en la iglesia y, de pie a mi lado, me observaba mientras trabajaba. La quietud, el trabajo ingenuo de los pintores y doradores, las sabias reflexiones de Radish, y el hecho de que yo no me distinguiera externamente de los demás obreros, y trabajara igual que ellos con chaleco y sin calcetines, y que me trataran con familiaridad; todo esto era nuevo para ella y la conmovió. Un día, un obrero que pintaba una paloma en el techo me llamó en su presencia:
"Misail, pásame la pintura blanca."
Le llevé la pintura blanca y después, cuando me bajé del frágil andamio, ella me miró conmovida hasta las lágrimas y sonriendo.
"¡Qué querida eres!" dijo ella.
Recordé de mi infancia cómo un loro verde, perteneciente a uno de los ricos del pueblo, se había escapado de su jaula, y cómo durante un mes entero, el hermoso pájaro había rondado el pueblo, revoloteando de jardín en jardín, sin hogar y solitario. Mariya Viktorovna me recordó a ese pájaro.
"Ahora no tengo adónde ir más que al cementerio", me dijo riendo. "El pueblo se ha vuelto asquerosamente aburrido. En casa de los Azhogin siguen recitando, cantando y ceceando. Últimamente los detesto; tu hermana es una persona insociable; la señorita Blagovo me odia por alguna razón. No me gusta el teatro. Dime, ¿adónde voy?"
Cuando fui a verla, olía a pintura y trementina, y tenía las manos manchadas, y eso le gustó; quería que fuera con mi ropa de trabajo habitual; pero en su salón, esa ropa me hacía sentir incómoda. Me sentía avergonzada, como si llevara uniforme, así que siempre me ponía mis pantalones de sarga nuevos cuando iba a verla. Y eso no le gustaba.
"Debes reconocer que no te sientes del todo a gusto con tu nuevo personaje", me dijo un día. "Tu traje de obrero no te resulta natural; te sientes incómodo con él. Dime, ¿no será porque no tienes una convicción firme y no estás satisfecho? El mismo tipo de trabajo que has elegido, tu pintura, seguramente no te satisface, ¿verdad?", preguntó riendo. "Sé que la pintura hace que las cosas se vean mejor y duren más, pero esas cosas pertenecen a la gente rica que vive en las ciudades, y al fin y al cabo son lujos. Además, tú mismo has dicho a menudo que todos deberían ganarse el pan con el trabajo de sus propias manos, pero tú ganas dinero y no pan. ¿Por qué no te atienes al sentido literal de tus palabras? Deberías estar ganando pan, es decir, deberías estar arando, sembrando, cosechando, trillando o haciendo algo que tenga una conexión directa con la agricultura, por ejemplo, cuidando vacas, cavando, construyendo cabañas de troncos..."
Abrió un bonito armario que estaba cerca de su escritorio y dijo:
Te digo todo esto porque quiero compartir mi secreto. ¡Voilà! Esta es mi biblioteca agrícola. Aquí tengo campos, huerto, corral y colmenas. Los leo con avidez y ya he aprendido toda la teoría hasta el último detalle. Mi sueño, mi mayor deseo, es ir a nuestra Dubetchnya en cuanto llegue marzo. Es maravilloso, exquisito, ¿verdad? El primer año echaré un vistazo y me pondré manos a la obra, y al año siguiente empezaré a trabajar como es debido, con dedicación, como dicen. Mi padre me ha prometido darme la Dubetchnya y haré con ella lo que quiera.
Sonrojada, emocionada hasta las lágrimas y riendo, soñaba en voz alta cómo viviría en Dubetchnya, ¡y qué vida tan interesante sería! La envidiaba. Marzo se acercaba, los días se alargaban cada vez más, y en los días soleados y brillantes, el agua goteaba de los tejados al mediodía, y se percibía un aroma primaveral; yo también añoraba el campo.
Y cuando dijo que debía mudarse a Dubetchnya, comprendí vívidamente que debía quedarme solo en el pueblo, y sentí envidia de su biblioteca y su agricultura. No sabía nada del trabajo del campo, y no me gustaba, y me habría gustado decirle que trabajar el campo era un trabajo pesado, pero recordé que mi padre había dicho algo parecido más de una vez, y me mordí la lengua.
Comenzó la Cuaresma. Viktor Ivanitch, cuya existencia había empezado a olvidar, llegó de Petersburgo. Llegó inesperadamente, sin siquiera un telegrama anunciando su llegada. Cuando entré, como de costumbre por la noche, estaba paseando por el salón, contando alguna historia, con la cara recién lavada y afeitada, y parecía diez años más joven. Su hija estaba arrodillada en el suelo, sacando de sus baúles cajas, botellas y libros, y entregándoselos a Pavel, el lacayo. Retrocedí un paso involuntariamente al ver al ingeniero, pero él me extendió ambas manos y dijo, sonriendo, mostrando sus fuertes dientes blancos, que parecían los de un trineo:
¡Aquí está, aquí está! ¡Qué alegría verte, señor pintor! Masha me lo ha contado todo; te ha estado alabando. Lo entiendo perfectamente y lo apruebo —continuó, tomándome del brazo—. Ser un buen trabajador es mucho más honesto y sensato que malgastar papel moneda y llevar una escarapela. Yo mismo trabajé en Bélgica con estas mismas manos y luego pasé dos años como mecánico...
Llevaba una chaqueta corta de aguacate y pantuflas; caminaba como un gotoso, balanceándose ligeramente de un lado a otro y frotándose las manos. Tarareando algo, ronroneó suavemente y se abrazó con satisfacción por estar por fin de nuevo en casa y poder darse su adorado baño en la ducha.
"No hay discusión", me dijo durante la cena, "no hay discusión; todos ustedes son gente agradable y encantadora, pero por alguna razón, en cuanto se dedican al trabajo manual o a salvar a los campesinos, a la larga no son más que disidentes. ¿No lo son? Aquí no se bebe vodka. ¿Qué sentido tiene eso si no es disidente?"
Para complacerlo, bebí vodka y también vino. Probamos el queso, las salchichas, los patés, los encurtidos y los diversos aperitivos que el ingeniero había traído, y el vino que había llegado del extranjero durante su ausencia. El vino era de primera. Por alguna razón, el ingeniero consiguió vino y puros del extranjero sin pagar impuestos; el caviar y el esturión seco se los enviaron gratis; no pagó alquiler por su piso, ya que el dueño de la casa ponía el queroseno para la línea; y en conjunto, él y su hija me dieron la impresión de que todo lo mejor del mundo estaba a su servicio y les proveía de nada.
Seguí yendo a verlos, pero ya no con el mismo entusiasmo. El ingeniero me obligaba, y en su presencia no me sentía libre. No podía afrontar su mirada clara e inocente; sus reflexiones me cansaban y me repugnaban; también me repugnaba el recuerdo de que hacía tan poco había estado al servicio de este hombre de rostro colorado y bien alimentado, y que había sido brutalmente grosero conmigo. Es cierto que me rodeó la cintura con el brazo, me dio una palmada en el hombro amistosa, aprobó mi estilo de vida, pero sentía que, como antes, despreciaba mi insignificancia y solo me soportaba para complacer a su hija. Ahora no podía reír ni hablar como me apetecía, y me comportaba de forma insociable, esperando que al cabo de un minuto me llamara Panteley, como a su lacayo Pavel. Cómo se rebelaba mi orgullo de provinciano y trabajador. Yo, proletario, pintor de casas, visitaba a diario a gente rica que me era desconocida y a la que todo el pueblo consideraba extranjera, y a diario bebía con ellos vinos caros y comía exquisiteces inusuales; ¡mi conciencia se negaba a aceptarlo! De camino a casa, evitaba con resentimiento encontrarme con la gente, mirándola con el ceño fruncido como si realmente fuera un disidente, y al volver a casa de la consulta del ingeniero, me avergonzaba de mi buena alimentación.
Sobre todo, temía que me llevaran. Ya fuera caminando por la calle, trabajando o hablando con los demás, siempre pensaba en una sola cosa: ir por la noche a ver a Mariya Viktorovna, e imaginaba su voz, su risa, sus movimientos. Cuando me preparaba para ir a verla, siempre pasaba un buen rato frente al espejo deformado de mi niñera, mientras me abrochaba la corbata; mis pantalones de sarga me resultaban detestables, y sufría tormentos, y al mismo tiempo me despreciaba por ser tan trivial. Cuando me gritaba desde la otra habitación que no estaba vestida y me pedía que esperara, la escuchaba vestirse; me inquietaba, sentía como si el suelo se hundiera bajo mis pies. Y cuando veía la figura de una mujer en la calle, incluso de lejos, invariablemente la comparaba. Me parecía que todas nuestras muchachas y mujeres eran vulgares, que vestían de forma absurda y no sabían cómo comportarse; Y estas comparaciones me llenaban de orgullo: ¡Mariya Viktorovna era la mejor de todas! Y soñaba con ella y conmigo misma por las noches.
Una noche, cenando con el ingeniero, comimos una langosta entera. Al volver a casa después, recordé que el ingeniero me había llamado dos veces «mi querido amigo» durante la cena, y pensé que en esa casa me trataban con mucha amabilidad, como a un perro grande y desafortunado que había sido expulsado por sus dueños, que se divertían conmigo y que cuando se cansaran de mí, me echarían como a un perro. Me sentí avergonzado y herido, herido hasta las lágrimas, como si me hubieran insultado, y mirando al cielo, juré poner fin a todo aquello.
Al día siguiente no fui a casa de los Dolzhikov. A última hora de la noche, cuando ya estaba completamente oscuro y llovía, caminé por la calle Gran Dvoryansky, mirando las ventanas. En casa de los Azhogin todos dormían, y la única luz provenía de una de las ventanas más alejadas. Era Madame Azhogin en su habitación, cosiendo a la luz de tres velas, imaginando que luchaba contra la superstición. Nuestra casa estaba a oscuras, pero en casa de los Dolzhikov, en cambio, las ventanas estaban iluminadas, pero no se distinguía nada a través de las flores y las cortinas. Seguí caminando por la calle; la fría lluvia de marzo me empapó. Oí a mi padre volver del club; estaba de pie llamando a la puerta. Un minuto después, se encendió una luz en la ventana, y vi a mi hermana, que bajaba apresuradamente con una lámpara, mientras con la otra mano se retorcía la espesa cabellera al caminar. Entonces mi padre paseaba por la sala, hablando y frotándose las manos, mientras mi hermana estaba sentada en una silla baja, pensando y sin escuchar lo que decía.
Pero entonces se fueron; la luz se apagó... Miré a mi alrededor, a la casa del ingeniero, y allí también todo era oscuridad. En la oscuridad y la lluvia, me sentí desesperadamente solo, abandonado a los caprichos del destino; sentía que todos mis actos, mis deseos, todo lo que había pensado y dicho hasta entonces eran triviales comparados con mi soledad, con mi sufrimiento presente y el sufrimiento que me aguardaba en el futuro. ¡Ay, los pensamientos y actos de los seres vivos no son ni de lejos tan significativos como sus sufrimientos! Y sin darme cuenta de lo que hacía, toqué la campanilla de la puerta de los Dolzhikov, la rompí y corrí por la calle como un niño travieso, con el corazón aterrorizado, esperando a cada instante que salieran y me reconocieran. Cuando me detuve al final de la calle para tomar aliento, no oí nada más que el sonido de la lluvia y, a lo lejos, a un vigilante golpeando una plancha de hierro.
Durante una semana entera no fui a casa de los Dolzhikov. Mis pantalones de sarga estaban vendidos. No había nada que hacer en el oficio de pintor. Volví a sentir el hambre y ganaba de dos a cuatro peniques al día, siempre que podía, con un trabajo duro y desagradable. Me esforzaba por levantarme hasta las rodillas en el barro frío, con el pecho en tensión, intentando acallar mis recuerdos y, por así decirlo, castigarme por los quesos y las conservas que me habían obsequiado en casa del ingeniero. Pero aun así, en cuanto me acosté, mojado y hambriento, mi pecaminosa imaginación empezó a pintar cuadros exquisitos y seductores, y con asombro me reconocí enamorado, apasionadamente enamorado, y caí en un sueño profundo y profundo, sintiendo que el trabajo duro solo fortalecía y rejuvenecía mi cuerpo.
Una tarde, empezó a nevar de forma inoportuna, y el viento soplaba del norte como si el invierno hubiera vuelto. Al volver del trabajo esa noche, encontré a Mariya Viktorovna en mi habitación. Estaba sentada con su abrigo de piel y las manos en el manguito.
"¿Por qué no vienes a verme?", preguntó, alzando sus ojos claros e inteligentes. Yo, completamente confundido por la alegría, permanecí erguido ante ella, como solía hacerlo frente a mi padre cuando iba a pegarme. Ella me miró a la cara y pude ver en sus ojos que comprendía mi confusión.
"¿Por qué no vienes a verme?", repitió. "Si no quieres venir, ya ves, yo he venido a ti".
Ella se levantó y se acercó a mí.
"No me abandones", dijo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Estoy sola, completamente sola".
Ella empezó a llorar y, escondiendo su cara en su manguito, articuló:
¡Solo! Mi vida es dura, muy dura, y en todo el mundo no tengo a nadie más que a ti. ¡No me abandones!
Buscando un pañuelo para secarse las lágrimas, sonrió; nos quedamos en silencio durante un tiempo, luego la rodeé con mis brazos y la besé, arañándome la mejilla hasta que sangró con su alfiler de sombrero mientras lo hacía.
Y empezamos a hablar entre nosotros como si hubiéramos tenido la más íntima relación durante siglos y siglos.
incógnita
Dos días después me envió a Dubetchnya y me sentí inmensamente feliz de ir. Mientras caminaba hacia la estación y después, sentado en el tren, me reí sin motivo aparente, y la gente me miraba como si estuviera borracho. Nevaba y aún había heladas por las mañanas, pero las carreteras ya estaban oscuras y las grajillas revoloteaban sobre ellas, graznando.
Al principio, había pensado en acondicionar una vivienda para nosotras dos, Masha y yo, en la cabaña frente a la de Madame Cheprakov, pero resultó que las palomas y los patos llevaban mucho tiempo viviendo allí, y era imposible limpiarla sin destruir un montón de nidos. No quedaba otra opción que vivir en las incómodas habitaciones de la gran casa con persianas. Los campesinos llamaban a la casa el palacio; tenía más de veinte habitaciones, y los únicos muebles eran un piano y un sillón infantil en el desván. Y si Masha hubiera traído todos sus muebles del pueblo, ni siquiera entonces habríamos podido deshacernos de la sensación de inmenso vacío y frío. Elegí tres habitaciones pequeñas con ventanas que daban al jardín y trabajé desde la mañana hasta la noche, arreglándolas, poniendo cristales nuevos, empapelando las paredes, rellenando los agujeros y grietas del suelo. Era un trabajo fácil y agradable. Corría continuamente al río para ver si el hielo no se derretía; Me seguía imaginando que volaban estorninos. Y por la noche, pensando en Masha, escuchaba con una dulzura indescriptible, con un deleite inmenso, el ruido de las ratas y el viento zumbando y golpeando sobre el techo. Parecía como si un viejo espíritu doméstico tosiera en el ático.
La nieve era profunda; había caído mucha incluso a finales de marzo, pero se derritió rápidamente, como por arte de magia, y las crecidas primaverales pasaron con una ráfaga tumultuosa, de modo que a principios de abril los estorninos ya cantaban y las mariposas amarillas volaban en el jardín. Hacía un tiempo espléndido. Todos los días, al atardecer, caminaba hasta el pueblo para encontrarme con Masha, y qué delicia era caminar descalzo por el camino, que se secaba poco a poco y aún estaba blando. A mitad de camino, me sentaba y miraba hacia el pueblo, sin atreverme a acercarme. Verlo me inquietaba. No dejaba de preguntarme cómo se comportarían conmigo mis conocidos al saber de mi amor. ¿Qué diría mi padre? Lo que me inquietaba especialmente era pensar que mi vida era más complicada, que había perdido por completo la capacidad de arreglarla y que, como un globo, me llevaba lejos, quién sabe adónde. Ya no pensaba en el problema de cómo ganarme el pan de cada día, de cómo vivir, sino en… realmente no sé qué.
Masha solía venir en carruaje; yo me subía con ella y nos dirigíamos a Dubetchnya, sintiéndonos alegres y libres. O, tras esperar a que se pusiera el sol, regresaba descontento y triste, preguntándome por qué Masha no había llegado; en la puerta o en el jardín me encontraba con una dulce e inesperada aparición: ¡era ella! Resultaba que había venido en tren y había caminado desde la estación. ¡Menudo festival! Con un sencillo vestido de lana y un pañuelo en la cabeza, con una modesta sombrilla, pero abrochada, esbelta, con caras botas extranjeras, era una talentosa actriz interpretando el papel de una pequeña trabajadora. Recorrimos nuestra propiedad y decidimos cuál sería su habitación y cuál la mía, dónde tendríamos nuestra avenida, nuestro huerto, nuestras colmenas.
Ya teníamos gallinas, patos y gansos, que nos encantaban porque eran nuestros. Teníamos, listas para sembrar, avena, trébol, fleo, trigo sarraceno y semillas de hortalizas, y siempre revisábamos todas estas provisiones y hablábamos largo y tendido sobre la cosecha que podríamos obtener; y todo lo que Masha me decía me parecía extraordinariamente ingenioso y elegante. Esta fue la época más feliz de mi vida.
Poco después de la semana de Santo Tomás, nos casamos en nuestra iglesia parroquial, en el pueblo de Kurilovka, a tres kilómetros de Dubetchnya. Masha quería que todo transcurriera con tranquilidad; por deseo suyo, nuestros padrinos fueron jóvenes campesinos, el sacristán cantó solo y regresamos de la iglesia en una pequeña y traqueteante calesa que ella misma conducía. Nuestra única invitada del pueblo fue mi hermana Cleopatra, a quien Masha envió una nota tres días antes de la boda. Mi hermana llegó con un vestido blanco y guantes. Durante la boda, lloró en silencio de alegría y ternura. Su expresión era maternal e infinitamente amable. Estaba embriagada por nuestra felicidad y sonreía como si estuviera absorbiendo un dulce delirio, y al observarla durante nuestra boda, comprendí que para ella no había nada en el mundo más grande que el amor, el amor terrenal, y que soñaba con él secreta, tímidamente, pero continua y apasionadamente. Abrazó y besó a Masha y, sin saber cómo expresar su entusiasmo, le dijo de mí: "¡Es bueno! ¡Es muy bueno!".
Antes de irse, se puso su vestido habitual y me llevó al jardín para hablar conmigo a solas.
"Mi padre está muy dolido", dijo, "de que no le hayas escrito nada. Deberías haberle pedido su bendición. Pero en realidad está muy contento. Dice que este matrimonio te elevará ante la sociedad y que, bajo la influencia de Mariya Viktorovna, empezarás a tomarte la vida con más seriedad. Ahora solo hablamos de ti por las noches, y ayer incluso usó la expresión: 'Nuestro Misail'. Eso me alegró. Parece que tenía algún plan en mente, y me imagino que quiere darte ejemplo de magnanimidad y ser el primero en hablar de reconciliación. Es muy posible que venga a verte dentro de un par de días."
Ella rápidamente hizo la señal de la cruz sobre mí varias veces y dijo:
Bueno, que Dios te acompañe. Sé feliz. Anyuta Blagovo es una chica muy inteligente; dice sobre tu matrimonio que Dios te está enviando una nueva prueba. Sin duda, la vida de casada no solo trae alegría, sino también sufrimiento. Es inevitable.
Masha y yo caminamos un par de millas para verla de camino; regresamos despacio y en silencio, como si estuviéramos descansando. Masha me tomó de la mano, mi corazón se sintió ligero y no tenía ganas de hablar de amor; nos habíamos vuelto más cercanos y afines ahora que estábamos casados, y sentíamos que ya nada podría separarnos.
—Tu hermana es una criatura muy agradable —dijo Masha—, pero parece como si hubiera estado sufriendo durante años. Tu padre debe ser un hombre terrible.
Empecé a contarle cómo nos habían criado a mi hermana y a mí, y qué tortura tan absurda había sido nuestra infancia. Cuando oyó cómo mi padre me había golpeado últimamente, se estremeció y se acercó a mí.
"No me digas más", dijo. "¡Es horrible!"
Ya nunca me dejaba. Vivíamos juntas en las tres habitaciones de la casa grande, y por las noches cerrábamos con pestillo la puerta que daba a la parte vacía, como si allí viviera alguien a quien no conocíamos y al que temíamos. Me levantaba temprano, al amanecer, y enseguida me ponía a trabajar. Reparaba las carretas, hacía senderos en el jardín, cavaba los parterres, pintaba el tejado. Cuando llegaba la hora de sembrar la avena, intentaba arar de nuevo la tierra, rastrillarla y sembrarla, y lo hacía todo concienzudamente, al ritmo de nuestro peón; estaba agotada, la lluvia y el viento frío me ardían la cara y los pies durante horas. Soñaba con tierra arada por la noche. Pero el trabajo del campo no me atraía. No entendía la agricultura, ni me gustaba; quizá era porque mis antepasados no habían sido labradores, y la sangre que corría por mis venas era puramente urbana. Amaba la naturaleza con ternura; Amaba los campos, los prados y los huertos, pero el campesino que removía la tierra con su arado y espoleaba a su lastimoso caballo, mojado y harapiento, con el cuello estirado, era para mí la expresión de una fuerza grosera, salvaje y fea, y cada vez que observaba sus movimientos toscos, involuntariamente empezaba a pensar en la vida legendaria del pasado remoto, antes de que los hombres conocieran el uso del fuego. El toro feroz que corría con la manada de los campesinos, y los caballos, cuando corrían por el pueblo, pateando, me infundían miedo, y todo lo grande, fuerte y furioso, ya fuera el carnero con sus cuernos, el ganso o el perro de corral, me parecía la expresión de la misma fuerza grosera y salvaje. Este estado de ánimo era especialmente intenso en mí con mal tiempo, cuando densas nubes se cernían sobre la negra tierra arada. Sobre todo, cuando araba o sembraba, y dos o tres personas me observaban, no sentía que este trabajo fuera inevitable ni obligatorio, y me parecía que me estaba divirtiendo. Prefería hacer algo en el jardín, y no había nada que me gustara más que pintar el tejado.
Solía pasear por el jardín y el prado hasta nuestro molino. Estaba alquilado a un campesino de Kurilovka llamado Stepan, un hombre apuesto y moreno, de espesa barba negra y aspecto muy fuerte. No le gustaba el trabajo del molinero, lo consideraba monótono e improductivo, y solo vivía en el molino para no estar en casa. Era curtidor y siempre estaba rodeado de un agradable olor a alquitrán y cuero. No le gustaba hablar, era apático y perezoso, y siempre estaba sentado en la puerta o en la orilla del río, tarareando "uuuuuuuu". Su esposa y su suegra, ambas pálidas, lánguidas y mansas, solían venir a veces desde Kurilovka a verlo; le hacían una profunda reverencia y lo llamaban formalmente: "Stepan Petróvich", mientras él seguía sentado en la orilla del río, tarareando suavemente "uuuuuuuu", sin responder con palabras ni movimientos a sus reverencias. Una hora y luego un segundo transcurrían en silencio. Su suegra y su esposa, tras susurrar, se levantaban y lo observaban un rato, esperando que él se diera la vuelta; luego hacían una reverencia y, con voz melosa y melodiosa, decían:
¡Adiós, Stepan Petrovich!
Y se marchaban. Después, Stepan, recogiendo el paquete que habían dejado, con galletas o una camisa, suspiraba y decía, guiñándoles un ojo:
"¡El sexo femenino!"
El molino, con sus dos juegos de muelas, funcionaba día y noche. Yo ayudaba a Stepan; me gustaba el trabajo, y cuando se iba, me alegraba quedarme y ocupar su lugar.
XI
Tras un tiempo cálido y radiante llegó una temporada de lluvias; llovió y hizo frío durante todo mayo. El sonido de las ruedas de molino y de la lluvia incitaba a la indolencia y al sueño. El suelo temblaba, olía a harina, y eso también inducía a la somnolencia. Mi esposa, con una chaqueta corta forrada de piel y botas altas de hombre, aparecía dos veces al día y siempre decía lo mismo:
¡Y esto se llama verano! ¡Peor que en octubre!
Solíamos tomar el té y preparar las gachas juntos, o nos sentábamos durante horas sin hablar, esperando a que parara de llover. Una vez, cuando Stepan se fue a la feria, Masha se quedó toda la noche en el molino. Al levantarnos, no supimos qué hora era, pues las nubes de lluvia cubrían todo el cielo; pero los gallos dormilones cantaban en Dubetchnya, y los rascones graznaban en los prados; todavía era muy, muy temprano... Mi esposa y yo bajamos al estanque del molino y sacamos la red que Stepan había echado la noche en nuestra presencia. Un gran lucio se revolvía en ella, y un cangrejo de río se retorcía, arañando hacia arriba con sus pinzas.
—Déjalos ir —dijo Masha—. Que sean felices también.
Como nos levantamos tan temprano y después no hicimos nada, ese día se me hizo muy largo, el más largo de mi vida. Al anochecer, Stepan regresó y yo me fui a casa.
-Tu padre vino hoy -dijo Masha.
"¿Dónde está?" pregunté.
"Se ha ido. No quiero verlo."
Al ver que permanecí de pie y en silencio, que sentía pena por mi padre, dijo:
Hay que ser consecuente. No quise verlo y le envié un mensaje para que no se molestara en volver a vernos.
Un minuto después, estaba en la puerta, caminando hacia el pueblo para explicarle las cosas a mi padre. Estaba embarrado, resbaladizo y frío. Por primera vez desde mi matrimonio, me sentí repentinamente triste, y en mi mente, agotada por ese día largo y gris, me asaltaba la idea de que tal vez no estaba viviendo como debía. Estaba agotada; poco a poco me invadía el desaliento y la indolencia; no quería moverme ni pensar, y después de continuar un rato, me di por vencida con un gesto de la mano y me di la vuelta.
El ingeniero con un abrigo de cuero con capucha estaba de pie en el medio del patio.
¿Dónde están los muebles? Antes había muebles preciosos de estilo Imperio: cuadros, jarrones, ¡y ahora se podía jugar a la pelota! Compré la casa con los muebles. ¡Que se la lleve el diablo!
Moisey, un hombre de veinticinco años, delgado y picado de viruelas, con ojillos insolentes, que estaba al servicio de la viuda del general, estaba de pie cerca de él arrugando su gorra entre sus manos; una de sus mejillas era más grande que la otra, como si hubiera estado demasiado tiempo acostado sobre ella.
"Su señoría tuvo la gentileza de comprar la casa sin muebles", dijo con indecisión. "Lo recuerdo".
—¡Cállate la lengua! —gritó el ingeniero; se puso colorado y tembló de ira... y el eco en el jardín repitió con fuerza su grito.
XII
Cuando hacía algo en el jardín o el patio, Moisey se paraba a mi lado y, con los brazos cruzados, me miraba perezosamente y con descaro con sus ojitos. Y esto me irritaba tanto que abandoné mi trabajo y me fui.
Por Stepan supimos que Moisey era el amante de Madame Cheprakov. Observé que cuando la gente acudía a ella para pedirle dinero prestado, se dirigían primero a Moisey, y una vez vi a un campesino, negro de pies a cabeza —debía ser carbonero— inclinarse a los pies de Moisey. A veces, tras un breve susurro, repartía el dinero él mismo, sin consultar a su señora, de lo que deduje que hacía algún negocio por cuenta propia.
Solía disparar en nuestro jardín bajo nuestras ventanas, robaba víveres de nuestro sótano, tomaba prestados nuestros caballos sin pedir permiso, y nos indignábamos y empezábamos a sentir que Dubetchnya no era nuestro, y Masha decía, palideciendo:
"¿Realmente vamos a tener que seguir viviendo con estos reptiles otros dieciocho meses?"
El hijo de Madame Tcheprakov, Iván, servía de guardia en nuestra vía férrea. Había adelgazado y se había debilitado mucho durante el invierno, así que un solo vaso le bastaba para emborracharse, y temblaba de frío. Vestía el uniforme de guardia con aversión y se avergonzaba de él, pero consideraba su puesto un buen puesto, ya que podía robar las velas y venderlas. Mi nuevo puesto le despertaba una mezcla de asombro, envidia y una vaga esperanza de que algo parecido le sucediera. Solía observar a Masha con ojos extasiados, preguntarme qué había cenado, y su rostro delgado y feo tenía una expresión triste y dulce, y movía los dedos como si sintiera mi felicidad con ellos.
"Escucha, mejor que nada", dijo con inquietud, encendiendo su cigarrillo a cada instante; siempre había una litera donde él estaba, pues desperdiciaba docenas de cerillas encendiendo un solo cigarrillo. "Escucha, mi vida ahora es la peor posible. Lo peor es que cualquier subalterno puede gritar: "¡Hola, guardia!". He oído de todo en el tren, hijo mío, y ¿sabes?, ¡he aprendido que la vida es una bestia! ¡Mi madre ha sido mi ruina! Un médico en el tren me dijo que si los padres son inmorales, sus hijos son borrachos o criminales. ¡Piénsalo!"
Una vez entró al patio, tambaleándose; sus ojos miraban a su alrededor con la mirada perdida, respiraba con dificultad; reía, lloraba y balbuceaba como si tuviera fiebre alta, y las únicas palabras que pude captar en su habla confusa fueron: «¡Mi madre! ¿Dónde está mi madre?», que pronunció con un gemido como el de un niño que ha perdido a su madre en medio de una multitud. Lo llevé a nuestro jardín y lo acosté bajo un árbol, y Masha y yo nos turnamos para sentarnos a su lado todo ese día y toda la noche. Estaba muy enfermo, y Masha miró con aversión su rostro pálido y húmedo, y dijo:
"¿Es posible que estos reptiles sigan viviendo un año y medio más en nuestro jardín? ¡Es horrible! ¡Es horrible!"
¡Y cuántas mortificaciones nos causaron los campesinos! ¡Cuántas amargas decepciones en aquellos primeros meses de primavera, cuando tanto anhelábamos ser felices! Mi esposa construyó una escuela. Dibujé un plano para una escuela para sesenta niños, y la Junta del Zemstvo lo aprobó, pero nos aconsejó construir la escuela en Kurilovka, el pueblo grande que estaba a solo dos millas de nosotros. Además, la escuela de Kurilovka, donde estudiaban niños de cuatro pueblos, entre ellos nuestro Dubetchnya, era vieja y demasiado pequeña, y el suelo era prácticamente inseguro. A finales de marzo, por deseo de Masha, fue nombrada tutora de la escuela de Kurilovka, y a principios de abril convocamos tres veces la asamblea del pueblo e intentamos convencer a los campesinos de que su escuela era vieja y estaba abarrotada, y que era esencial construir una nueva. Un miembro de la Junta del Zemstvo y el inspector de escuelas campesinas vinieron, y también intentaron convencerlos. Después de cada reunión, los campesinos nos rodeaban, pidiendo un cubo de vodka; nos sentíamos acalorados entre la multitud; pronto nos agotamos y regresamos a casa insatisfechos y un poco incómodos. Al final, los campesinos reservaron un terreno para la escuela y se vieron obligados a traer todo el material de construcción del pueblo con sus propios caballos. Y el primer domingo después de la siembra del maíz de primavera, partieron carretas de Kurilovka y Dubetchnya a buscar ladrillos para los cimientos. Partieron en cuanto amaneció y regresaron tarde por la noche; los campesinos estaban borrachos y decían estar agotados.
Por desgracia, la lluvia y el frío persistieron durante todo mayo. El camino estaba en un estado lamentable: estaba cubierto de barro. Las carretas solían entrar en nuestro patio al volver del pueblo, y qué terrible experiencia era. Un caballo panzón aparecía en la puerta, separando mucho las patas delanteras; se tambaleaba hacia adelante antes de entrar en el patio; una viga de nueve yardas de largo, húmeda y viscosa, se colaba en una carreta. Junto a ella, abrigado por la lluvia, caminaba un campesino con los faldones de su abrigo subidos en el cinturón, sin mirar adónde iba, sino que caminaba entre los charcos. Aparecía otra carreta con tablas, luego una tercera con una viga, una cuarta... y el espacio frente a nuestra casa se llenaba gradualmente de caballos, vigas y tablones. Hombres y mujeres, con la cabeza tapada y las faldas recogidas, miraban furiosos nuestras ventanas, armaban un alboroto y clamaban para que la señora saliera a su encuentro; se oían groserías. Mientras tanto, Moisey permanecía a un lado, y nos pareció que disfrutaba de nuestra derrota.
"¡No vamos a acarrear más!", gritaban los campesinos. "¡Estamos agotados! Que vaya a buscar las cosas ella misma".
Masha, pálida y nerviosa, esperando a cada minuto que entraran en la casa, les enviaría medio cubo de vodka; después de eso, el ruido se calmaría y las largas vigas, una tras otra, irían saliendo lentamente del patio.
Cuando me disponía a ir a ver el edificio, mi esposa se preocupó y me dijo:
—Los campesinos son rencorosos; solo espero que no te hagan daño. Espera un momento, iré contigo.
Fuimos juntos a Kurilovka, y allí los carpinteros nos invitaron a beber. La estructura de la casa estaba lista. Era hora de poner los cimientos, pero los albañiles no habían llegado; esto provocó un retraso y los carpinteros se quejaron. Y cuando por fin llegaron los albañiles, resultó que no había arena; de alguna manera, se les había pasado por alto que sería necesaria. Aprovechándose de nuestra situación desesperada, los campesinos exigieron treinta kopeks por cada carretada, a pesar de que la distancia desde el edificio hasta el río donde conseguían la arena era de menos de cuatrocientos metros, y se consideró que se necesitaban más de quinientas carretadas. Los malentendidos, las palabrotas y las insistencias no cesaron; mi esposa se indignó, y el capataz de los albañiles, Tit Petrov, un anciano de setenta años, la tomó del brazo y le dijo:
¡Mira! ¡Mira! ¡Solo tráeme la arena! ¡Envío a diez hombres a la vez y en dos días estará listo! ¡Mira!
Pero trajeron la arena y pasaron dos días, y cuatro, y una semana, y en lugar de los cimientos prometidos todavía había un agujero enorme.
"Es para volverte loco", dijo mi esposa, angustiada. "¡Qué gente! ¡Qué gente!"
En medio de estos desordenados acontecimientos llegó el ingeniero; trajo consigo paquetes de vino y entremeses, y después de una prolongada comida se echó a dormir una siesta en la terraza y roncó tan fuerte que los trabajadores menearon la cabeza y dijeron: "¡Bien!".
Masha no estaba contenta con su llegada; desconfiaba de él, aunque al mismo tiempo le pedía consejo. Cuando, tras dormir demasiado después de cenar, se levantaba de mal humor y decía cosas desagradables sobre nuestra gestión del lugar, o se lamentaba de haber comprado Dubetchnya, que ya había sido una pérdida para él, el rostro de la pobre Masha se llenaba de tristeza. Ella se quejaba con él, y él bostezaba y decía que había que azotar a los campesinos.
Dijo que nuestro matrimonio y nuestra vida eran una farsa y que todo era un capricho, un capricho.
"Ya había hecho algo parecido antes", dijo sobre Masha. "Una vez se creyó una gran cantante de ópera y me dejó; la estuve buscando dos meses y, ¡ay, Dios mío!, gasté mil rublos solo en telegramas".
Ya no me llamaba disidente ni señor pintor, y no expresó, como en el pasado, su aprobación por mi forma de vivir como obrero, sino que dijo:
¡Eres una persona extraña! ¡No eres una persona normal! No me aventuraré a profetizar, ¡pero tendrás un mal final!
Y Masha dormía mal por la noche, y siempre estaba sentada en la ventana de nuestro dormitorio pensando. Ya no había risas en la cena, ni muecas encantadoras. Yo estaba desdichada, y cuando llovía, cada gota que caía parecía atravesarme el corazón, como un pequeño disparo, y estaba lista para caer de rodillas ante Masha y disculparme por el clima. Cuando los campesinos hacían un ruido en el patio, yo también me sentía culpable. Durante horas me sentaba quieta en un lugar, pensando en nada más que en qué espléndida persona era Masha, qué persona tan maravillosa. La amaba apasionadamente, y me fascinaba todo lo que hacía, todo lo que decía. Tenía una inclinación por las actividades tranquilas y estudiosas; le gustaba leer durante horas, estudiar. Aunque sus conocimientos de agricultura provenían solo de libros, nos sorprendía a todos con lo que sabía; y cada consejo que daba era valioso; ninguno era desechado; y, con todo eso, qué nobleza, qué gusto, qué gracia, esa gracia que sólo se encuentra en la gente bien educada.
Para esta mujer, con su inteligencia sensata y práctica, el entorno desordenado, con sus pequeñas preocupaciones y sórdidas ansiedades, en el que vivíamos era una agonía. Lo veía y no podía dormir por las noches; mi cerebro trabajaba a toda velocidad y tenía un nudo en la garganta. Corría de un lado a otro sin saber qué hacer.
Galopé hasta el pueblo y le llevé a Masha libros, periódicos, dulces y flores; con Stepan pesqué, vadeando durante horas con el agua fría hasta el cuello bajo la lluvia para atrapar abadejos y variar nuestra comida; me rebajé a rogarles a los campesinos que no hicieran ruido; los atiborré de vodka, los soborné, les hice promesas de todo tipo. ¡Y cuántas otras tonterías hice!
Por fin cesó la lluvia, la tierra se secó. Uno se levantaba a las cuatro de la mañana; salía al jardín, donde el rocío centelleaba sobre las flores, se oía el trinar de los pájaros, el zumbido de los insectos, ni una sola nube en el cielo; y el jardín, los prados y el río eran tan hermosos, pero aún quedaban recuerdos de los campesinos, de sus carretas, del ingeniero. Masha y yo íbamos juntas en el droshky de carreras a los campos a ver la avena. Ella conducía, yo iba detrás; llevaba los hombros erguidos y el viento jugueteaba con su pelo.
"¡Manténganse a la derecha!" gritó a los que se encontraban.
«Eres como un conductor de trineo», le dije un día.
—¡Quizás! Mi abuelo, el padre del ingeniero, era trineador. ¿No lo sabías? —preguntó, volviéndose hacia mí, e inmediatamente imitó el canto y los gritos de los trineadores.
«Y gracias a Dios por eso», pensé mientras la escuchaba. «Gracias a Dios».
Y de nuevo el recuerdo de los campesinos, de los carros, del ingeniero...
XIII
El Dr. Blagovo llegó en bicicleta. Mi hermana empezó a venir con frecuencia. De nuevo, se habló del trabajo manual, del progreso, del misterioso milenio que aguardaba a la humanidad en un futuro remoto. Al doctor no le gustaban nuestras labores agrícolas, porque interferían con las discusiones, y decía que arar, segar y pastorear terneros eran indignos de un hombre libre, y que todas estas formas groseras de la lucha por la existencia, con el tiempo, las relegarían a los animales y las máquinas, mientras que ellos se dedicarían exclusivamente a la investigación científica. Mi hermana les rogaba que la dejaran irse a casa antes, y si se quedaba hasta tarde o pasaba la noche con nosotros, la agitación no tendría fin.
—¡Cielos, qué bebé eres todavía! —dijo Masha con reproche—. Es completamente absurdo.
—Sí, es absurdo —coincidió mi hermana—. Sé que es absurdo; pero ¿qué hacer si no tengo fuerzas para superarlo? Sigo sintiendo que estoy haciendo algo mal.
Durante la siega del heno, me dolía todo el cuerpo por la inusual labor; al anochecer, sentado en la terraza charlando con los demás, me quedé dormido de repente, y se rieron a carcajadas. Me despertaron y me obligaron a sentarme a cenar; me invadió el sueño y vi las luces, los rostros y los platos como en un sueño, oí las voces, pero no las entendí. Y al levantarme temprano por la mañana, cogía la guadaña enseguida, o iba al edificio y trabajaba duro todo el día.
Cuando me quedaba en casa de vacaciones, noté que mi hermana y Masha me ocultaban algo, e incluso parecían evitarme. Mi esposa seguía siendo tierna conmigo, pero tenía sus propios pensamientos, que no compartía conmigo. Sin duda, su exasperación con los campesinos iba en aumento, la vida se le hacía cada vez más desagradable, y aun así no se quejaba conmigo. Ahora hablaba con el médico con más facilidad que conmigo, y yo no entendía por qué.
Era costumbre en nuestra provincia, durante la siega y la cosecha, que los trabajadores vinieran a la casa solariega por la tarde y los agasajaran con vodka; incluso las jóvenes bebían un vaso. No mantuvimos esta costumbre; los segadores y las campesinas se quedaban en nuestro patio hasta bien entrada la noche esperando vodka, y luego se marchaban insultándonos. Y todo el tiempo Masha fruncía el ceño con gravedad y no decía nada, o murmuraba al médico con exasperación: "¡Salvajes! ¡Pechenegs!"
En el campo, a los recién llegados se les recibe con descortesía, casi con hostilidad, como en la escuela. Y así nos recibieron a nosotros. Al principio nos consideraban estúpidos, tontos, que habíamos comprado una finca simplemente porque no sabíamos qué hacer con nuestro dinero. Se reían de nosotros. Los campesinos pastaban su ganado en nuestro bosque e incluso en nuestro jardín; se llevaban nuestras vacas y caballos al pueblo y luego exigían dinero por los daños causados. Llegaron en grupos enteros a nuestro patio y gritaron a gritos que al segar habíamos cortado un trozo de tierra que no nos pertenecía; y como aún no conocíamos con exactitud los límites de nuestra finca, les creímos y pagamos los daños. Después resultó que no había habido ningún error al segar. Descortezaron los tilos de nuestro bosque. Uno de los campesinos de Dubetchnya, un auténtico usurero, que vendía vodka sin licencia, sobornó a nuestros trabajadores y, en colaboración con ellos, nos engañó de la forma más traicionera. Quitaron las ruedas nuevas de nuestros carros y las reemplazaron por viejas, robaron nuestros arneses de arado y nos los vendieron, y así sucesivamente. Pero lo más mortificante de todo fue lo que ocurrió en el edificio: las campesinas robaron de noche tablas, ladrillos, tejas y piezas de hierro. El anciano del pueblo, con testigos, registró sus chozas; la asamblea del pueblo les impuso una multa de dos rublos a cada uno, y después, toda la comuna gastó ese dinero en bebidas.
Cuando Masha se enteraba de esto, indignada le decía al médico o a mi hermana:
"¡Qué bestias! ¡Es horrible! ¡Horrible!"
Y más de una vez la oí expresar su arrepentimiento por haberle metido en la cabeza construir la escuela.
"Debes entender", intentó persuadirla el médico, "que si construyes esta escuela y haces el bien en general, no es por el bien de los campesinos, sino en nombre de la cultura, en nombre del futuro; y cuanto peores sean los campesinos, con más razón construirás la escuela. ¡Entiéndelo!"
Pero en su voz faltaba convicción y me pareció que tanto él como Masha odiaban a los campesinos.
Masha iba a menudo al molino, llevando a mi hermana con ella, y ambas decían, riendo, que habían ido a ver a Stepan, ¡qué guapo era! Stepan, al parecer, era apático y taciturno solo con los hombres; en compañía de mujeres, sus modales eran desenfadados y hablaba sin parar. Un día, bajando al río a bañarme, oí por casualidad una conversación. Masha y Cleopatra, ambas con vestidos blancos, estaban sentadas en la orilla, a la sombra de un sauce, y Stepan, de pie junto a ellas, con las manos a la espalda, decía:
¿Son hombres los campesinos? No son hombres, sino, con perdón, bestias salvajes, impostores. ¿Qué vida tiene un campesino? Solo come y bebe; solo le importa que la comida sea más barata y beber alcohol en la taberna como un tonto; y no hay conversación, ni modales, ni formalidad, ¡solo ignorancia! Vive en la inmundicia, su esposa vive en la inmundicia, y sus hijos viven en la inmundicia. Lo que se pone de pie, lo pone para dormir; saca las patatas de la sopa con los dedos; bebe kvas con una cucaracha dentro, ¡y no se molesta en soplarla!
"Es su pobreza, por supuesto", añadió mi hermana.
¿Pobreza? Claro que hay necesidad, hay diferentes tipos de necesidad, señora. Si un hombre está en prisión, o digamos ciego o lisiado, eso sí que es un problema que no le deseo a nadie, pero si un hombre es libre y tiene todos sus sentidos, si tiene ojos, manos, fuerza y a Dios, ¿qué más quiere? Es engreírse, y es ignorancia, señora, no es pobreza. Si ustedes, supongamos, buenos caballeros, por su educación, por bondad, quieren ayudarlo, se beberá su dinero a su manera; o, lo que es peor, abrirá una taberna y con su dinero empezará a robar al pueblo. Dicen pobreza, pero ¿vive mejor el campesino rico? Él también, si me disculpan, vive como un cerdo: grosero, bocazas, cabeza hueca, más ancho que alto, gordo, cara roja, me gustaría golpearlo con el puño y hacerlo volar. Sinvergüenza. Ahí está Larion, otro rico de Dubetchnya, y apuesto a que descorteza tus árboles tanto como cualquier pobre; y es un tipo malhablado; sus hijos son iguales, y cuando bebe demasiado, se cae con la nariz en un charco y duerme allí. Son todos unos inútiles, señora. Si vives en un pueblo con ellos, es un infierno. Me ha quedado grabado en la memoria, ese pueblo también, y gracias a Dios, el Rey del Cielo, tengo de sobra para comer y ropa que vestir; cumplí mi condena en los dragones, fui anciano del pueblo durante tres años, y ahora soy un cosaco libre; vivo donde quiero. No quiero vivir en el pueblo, y nadie tiene derecho a obligarme. Dicen: mi esposa. Dicen que estás obligado a vivir en tu cabaña con tu esposa. ¿Pero por qué? No soy su jornalero.
Dime, Stepan, ¿te casaste por amor?, preguntó Masha.
—¡Amor entre nosotros en el pueblo! —respondió Stepan, y soltó una carcajada—. En realidad, señora, si le interesa saberlo, este es mi segundo matrimonio. No soy de Kurilovka, soy de Zalegoshtcho, pero después me llevaron a Kurilovka al casarme. Verá, mi padre no quiso repartir las tierras entre nosotros. Éramos cinco hermanos. Me despedí y me fui a otro pueblo a vivir con la familia de mi esposa, pero mi primera esposa murió joven.
¿De qué murió?
Qué tontería. Lloraba sin parar sin motivo, y así se consumía. Siempre estaba tomando alguna hierba para estar más guapa, y supongo que la descompuso por dentro. Y mi segunda esposa también es una mujer de Kurilovka, no hay nada en ella. Es una mujer de pueblo, una campesina, y nada más. Me engañaron cuando me comprometieron con ella. Pensé que era joven y de piel clara, y que vivían con pureza. Su madre era como un flagelante y tomaba café, y lo más importante, sin duda, eran limpios en sus costumbres. Así que me casé con ella, y al día siguiente nos sentamos a cenar; le pedí a mi suegra que me diera una cuchara, y ella me dio una cuchara, y la vi limpiarla con el dedo. ¡Menuda limpieza!, pensé; bonita limpieza la tuya. Viví un año con ellos y luego me fui. Podría haberme casado con una chica del pueblo —continuó tras una pausa. Dicen que una esposa es la ayuda de su esposo. ¿Para qué necesito una ayuda? Me ayudo a mí misma; prefiero que me hable, y no con cháchara, cháchara, cháchara, sino con las circunstancias, con el sentimiento. ¿Qué sería de la vida sin una buena conversación?
Stepan se detuvo de repente, y de inmediato se oyó su monótono y lúgubre «¡loo-loo-loo!». Esto significaba que me había visto.
Masha solía ir a menudo al molino y, evidentemente, disfrutaba conversando con Stepan. Stepan insultaba a los campesinos con tanta sinceridad y convicción, que ella se sentía atraída por él. Cada vez que regresaba del molino, el campesino incompetente que cuidaba el huerto le gritaba:
"¡Muchacha Palashka! ¡Hulla, muchacha Palashka!" y ladraba como un perro: "¡Ga! ¡Ga!"
Y ella se detenía y lo miraba atentamente, como si en los ladridos de aquel idiota encontrara respuesta a sus pensamientos, y probablemente la atrajera de la misma manera que los insultos de Stepan. En casa la esperaba alguna noticia, como, por ejemplo, que los gansos del pueblo habían arruinado nuestra col en el huerto, o que Larión había robado las riendas; y, encogiéndose de hombros, decía con una carcajada:
¿Qué esperáis de esta gente?
Estaba indignada y llena de rencor, y mientras tanto, yo me iba acostumbrando a los campesinos y me sentía cada vez más atraído por ellos. En su mayoría eran gente nerviosa, irritable y oprimida; gente con la imaginación sofocada, ignorante, con una visión pobre y sombría de la vida, cuyos pensamientos eran siempre los mismos: la tierra gris, los días grises, el pan negro, gente que engañaba, pero como pájaros que no ocultaban nada más que la cabeza tras el árbol; gente que no sabía contar. No venían a segar por veinte rublos, pero sí por medio cubo de vodka, aunque por veinte rublos podrían haber comprado cuatro cubos. Realmente había suciedad, borrachera, estupidez y engaño, pero a pesar de todo eso, uno sentía que la vida de los campesinos descansaba sobre una base sólida y sólida. Por muy rudo que pareciera el campesino que seguía el arado, y por mucho que se embriagara con vodka, al observarlo más de cerca, se percibía en él lo necesario, algo muy importante, que les faltaba a Masha y al médico, por ejemplo, y era que creía que lo más importante en la tierra era la verdad y la justicia, y que su salvación, y la de todo el pueblo, solo se encontraba en ella, y por eso, más que nada en el mundo, amaba la justicia. Le dije a mi esposa que vio las manchas en el cristal, pero no el vaso en sí; no respondió, o tarareó como Stepan: «¡Uuuuuuuuu!». Cuando esta mujer bondadosa e inteligente palideció de indignación y, con voz temblorosa, le habló al médico de la borrachera y la deshonestidad, me dejó perplejo, y me impresionó su corta memoria. ¿Cómo podía olvidar que su padre, el ingeniero, también bebía, y mucho, y que el dinero con el que habían comprado a Dubetchnya se había conseguido mediante toda una serie de deshonestidades descaradas e impúdicas? ¿Cómo podía olvidarlo?
XIV
Mi hermana también llevaba una vida propia que me ocultaba cuidadosamente. A menudo susurraba con Masha. Cuando me acercaba a ella, parecía encogerse en sí misma, con una mirada culpable e implorante en sus ojos; evidentemente, algo le pasaba en el corazón y le daba miedo o vergüenza. Para evitar encontrarme en el jardín o quedarse sola conmigo, siempre se mantenía cerca de Masha, y yo rara vez tenía oportunidad de hablar con ella, salvo en la cena.
Una tarde, caminaba tranquilamente por el jardín de regreso del edificio. Empezaba a oscurecer. Sin percatarse de mí ni oír mis pasos, mi hermana caminaba cerca de un viejo manzano frondoso, en absoluto silencio, como si fuera un fantasma. Vestía de negro y caminaba rápidamente de un lado a otro por el mismo sendero, con la mirada fija en el suelo. Una manzana cayó del árbol; se sobresaltó al oír el sonido, se detuvo y se apretó las sienes con las manos. En ese momento me acerqué a ella.
En una oleada de tierno cariño que inundó de repente mi corazón, con lágrimas en mis ojos, recordando de repente a mi madre y nuestra infancia, puse mi brazo sobre sus hombros y la besé.
"¿Qué te pasa?", le pregunté. "Estás triste; lo he visto desde hace mucho tiempo. Dime, ¿qué te pasa?"
"Tengo miedo", dijo temblando.
"¿Qué pasa?", insistí. "¡Por Dios, ábrete!"
"Lo haré, seré sincera; te diré toda la verdad. Ocultártelo es tan difícil, tan angustioso. Misail, te amo...", continuó en un susurro, "Lo amo... Lo amo... Soy feliz, pero ¿por qué tengo tanto miedo?"
Se oyeron pasos; entre los árboles apareció el Dr. Blagovo con su camisa de seda y sus botas altas. Evidentemente, habían quedado cerca del manzano. Al verlo, corrió impulsivamente hacia él con un grito de dolor, como si se lo arrebataran.
¡Vladimir! ¡Vladimir!
Ella se aferró a él y lo miró con avidez, y solo entonces noté lo pálida y delgada que estaba últimamente. Se notaba especialmente en su collar de encaje, que conocía desde hacía tanto tiempo, y que ahora colgaba más suelto que nunca sobre su delgado y largo cuello. El médico se desconcertó, pero enseguida se recompuso y, acariciándole el pelo, dijo:
—Ahí, ahí... ¿Por qué estás tan nervioso? Ya ves, estoy aquí.
Nos quedamos en silencio, mirándonos con vergüenza, luego seguimos caminando los tres juntos y oí al médico que me decía:
La vida civilizada aún no ha comenzado entre nosotros. Los ancianos se consuelan diciendo que si no hay nada ahora, algo hubo en los cuarenta o sesenta; eso es lo viejo: tú y yo somos jóvenes; nuestros cerebros aún no han sido afectados por el marasmo senil ; no podemos consolarnos con tales ilusiones. El comienzo de Rusia fue en 862, pero el comienzo de la Rusia civilizada aún no ha llegado.
Pero no comprendí el significado de estas reflexiones. Era extraño, no podía creerlo, que mi hermana estuviera enamorada, que caminara del brazo de un desconocido y lo mirara con ternura. Mi hermana, esta criatura nerviosa, asustada, destrozada y encadenada, ¡amaba a un hombre casado y con hijos! Sentía pena por algo, pero no sé qué exactamente; la presencia del médico me resultaba desagradable por alguna razón, y no podía imaginar qué resultaría de ese amor.
XV
Masha y yo fuimos en coche a Kurilovka para la inauguración de la escuela.
«Otoño, otoño, otoño...», dijo Masha en voz baja, apartando la mirada. «El verano ha terminado. No hay pájaros y solo los sauces son verdes».
Sí, el verano había terminado. Había días hermosos y cálidos, pero refrescaba por la mañana, y los pastores ya salían con sus pieles de oveja; y en nuestro jardín, el rocío no secaba los ásteres en todo el día. Se oían gemidos constantes, y era imposible distinguir si provenían de las contraventanas que crujían sobre sus bisagras oxidadas o de las grullas que volaban; y el corazón se sentía ligero y se ansiaba vivir.
"El verano ha terminado", dijo Masha. "Ahora tú y yo podemos hacer cuentas. Hemos trabajado mucho, hemos reflexionado mucho; nos beneficiamos —todo el honor y la gloria para nosotras—; hemos logrado superarnos; pero ¿han tenido nuestros éxitos alguna influencia perceptible en la vida que nos rodea? ¿Han beneficiado a alguien en absoluto? No. Ignorancia, suciedad física, borrachera, una mortalidad infantil espantosamente alta, todo sigue igual, y nadie se beneficia por tu labor de arar y sembrar, y por mi derrochar dinero y leer libros. Obviamente, solo hemos trabajado para nosotras mismas y hemos tenido ideas avanzadas solo para nosotras mismas". Tales razonamientos me dejaban perpleja, y no sabía qué pensar.
"Hemos sido sinceros desde el principio hasta el final", dije, "y si alguien es sincero, tiene razón".
¿Quién lo discute? Teníamos razón, pero no hemos logrado cumplir adecuadamente aquello en lo que teníamos razón. Para empezar, nuestros propios métodos externos, ¿no son erróneos? Quieres ser útil a los hombres, pero por el mero hecho de comprar una propiedad, desde el principio te privas de cualquier posibilidad de hacer algo útil para ellos. Entonces, si trabajas, te vistes y comes como un campesino, santificas, por así decirlo, con tu autoridad, sus pesadas y toscas vestimentas, sus horribles chozas, sus estúpidas barbas... Por otro lado, si suponemos que trabajas durante muchos, muchos años, toda tu vida, que al final se obtienen algunos resultados prácticos, ¿qué son, tus resultados? ¿Qué pueden hacer contra fuerzas tan elementales como la ignorancia generalizada, el hambre, el frío, la degeneración? ¡Una gota en el océano! ¡Se necesitan otros métodos de lucha, fuertes, audaces, rápidos! Si uno realmente quiere ser útil, debe salir del estrecho círculo del trabajo social ordinario e intentar actuar directamente sobre las masas. ¿Qué es...? Lo que se busca, ante todo, es una propaganda ruidosa y enérgica. ¿Por qué el arte —la música, por ejemplo— es tan vivo, tan popular y, en realidad, tan poderoso? Porque el músico o el cantante influye en miles de personas a la vez. ¡Arte precioso, precioso! —continuó, mirando al cielo con aire soñador—. ¡El arte nos da alas y nos lleva lejos, muy lejos! Quien esté harto de la inmundicia, de los intereses mezquinos y mercenarios, quien se sienta indignado, herido e indignado, solo puede encontrar paz y satisfacción en la belleza.
Cuando llegamos a Kurilovka, el clima era radiante y alegre. En algún lugar estaban trillando; olía a paja de centeno. Un serbal de montaña brillaba de un rojo intenso tras las vallas, y todos los árboles, dondequiera que uno mirara, eran rojizos o dorados. Tocaban las campanas, llevaban los iconos a la escuela, y podíamos oírlos cantar: «Santa Madre, nuestra Defensora», y qué límpido estaba el aire, y qué alto volaban las palomas.
El servicio se celebraba en el aula. Entonces, los campesinos de Kurilovka le trajeron el icono a Masha, y los campesinos de Dubetchnya le ofrecieron un pan grande y un salero dorado. Masha rompió a llorar.
"Si se dijo algo que no debía decirse o se hizo algo que no fue de su agrado, perdónenos", dijo un anciano, e hizo una reverencia ante ella y ante mí.
Mientras volvíamos a casa, Masha no dejaba de mirar la escuela; el tejado verde que yo había pintado, y que brillaba al sol, permaneció a la vista un buen rato. Y sentí que la mirada que Masha le dirigía ahora era de despedida.
XVI
Por la noche se preparó para ir al pueblo. Últimamente, había empezado a ir a menudo al pueblo y a pasar la noche allí. En su ausencia, yo no podía trabajar; sentía las manos débiles y flácidas; nuestro enorme patio parecía un agujero lúgubre, repulsivo y vacío. El jardín se llenaba de ruidos furiosos, y sin ella, la casa, los árboles y los caballos ya no eran "nuestros".
No salí de casa, sino que seguí sentado a su mesa junto a la estantería con los libros sobre labranza, esos viejos favoritos que ya no quería, y que ahora me miraban con vergüenza. Durante horas enteras, mientras daban las siete, las ocho, las nueve, mientras la noche de otoño, negra como el hollín, caía afuera, no dejaba de examinar su viejo guante, o la pluma con la que siempre escribía, o sus pequeñas tijeras. No hice nada, y comprendí claramente que todo lo que había hecho antes, arar, segar, picar, había sido solo porque ella lo deseaba. Y si me hubiera mandado a limpiar un pozo profundo, donde tenía que meterme hasta la cintura en agua, me habría metido en el pozo sin pensar si era necesario o no. Y ahora, cuando ella no estaba cerca, Dubetchnya, con sus ruinas, su desorden, sus persianas que golpeaban, con sus ladrones de día y de noche, me parecía un caos en el que cualquier trabajo sería inútil. Además, ¿para qué trabajar aquí? ¿Para qué angustiarme y pensar en el futuro, si sentía que la tierra cedía bajo mis pies, que había cumplido mi parte en Dubetchnya y que el destino de los libros de agricultura también me aguardaba? ¡Ay, qué desdicha era por la noche, en las horas de soledad, cuando escuchaba alarmado cada minuto, como si esperara que alguien gritara que era hora de irme! No me apenaba por Dubetchnya. Me apenaba por mi amor, que también se veía amenazado por su caída. ¡Qué inmensa felicidad es amar y ser amado, y qué terrible sentir que uno se desliza desde esa cima!
Masha regresó del pueblo al anochecer del día siguiente. Algo le disgustó, pero lo ocultó y solo dijo: «¿Por qué se habían puesto tantos marcos de ventana para el invierno? ¡Era suficiente para asfixiar a uno!». Saqué dos marcos. No teníamos hambre, pero nos sentamos a cenar.
"Ve y lávate las manos", dijo mi esposa, "hueles a masilla".
Había traído unos periódicos ilustrados nuevos de la ciudad y los hojeamos juntas después de cenar. Había suplementos con láminas de moda y patrones. Masha los hojeó con indiferencia y los apartó para examinarlos con atención más tarde; pero un vestido, con una falda plana, amplia como una campana, y mangas anchas, le interesó, y lo observó durante un minuto con gravedad y atención.
"Eso no está mal", dijo.
"Sí, ese vestido te quedaría precioso", dije, "precioso".
Y mirando con emoción el vestido, admirando aquella mancha gris simplemente porque le gustaba, continué con ternura:
"¡Un vestido encantador y exquisito! ¡Espléndido, glorioso, Masha! ¡Mi preciosa Masha!"
Y las lágrimas cayeron sobre la placa de moda.
"Espléndida Masha..." murmuré; "dulce, preciosa Masha..."
Ella se fue a la cama, mientras yo me quedé sentado otra hora mirando las ilustraciones.
—Qué lástima que hayas quitado los marcos de las ventanas —dijo desde el dormitorio—. Me temo que puede hacer frío. ¡Ay, Dios mío, qué corriente de aire hay!
Leí algo de la columna de cachivaches, una receta para hacer tinta barata y una descripción del diamante más grande del mundo. Volví a encontrarme con el dibujo del vestido que le gustaba, y me la imaginé en un baile, con abanico, hombros al descubierto, brillante, espléndida, con un profundo conocimiento de la pintura, la música, la literatura, ¡y qué pequeño y breve parecía mi papel!
Nuestro encuentro, nuestro matrimonio, había sido solo uno de los muchos episodios que habría en la vida de esta mujer vital y de talentos extraordinarios. Todo lo mejor del mundo, como ya he dicho, estaba a su servicio, y lo recibía absolutamente gratis, e incluso las ideas y el movimiento intelectual en boga servían simplemente para su recreación, dándole variedad a su vida, y yo era solo el conductor del trineo que la llevaba de un entretenimiento a otro. Ahora no me necesitaba. Se iría, y yo estaría solo.
Y como en respuesta a mi pensamiento, se escuchó un grito desesperado desde el jardín.
"¡A-ayuda!"
Era una voz aguda y femenina, y como para imitarla, el viento silbaba en la chimenea con la misma nota aguda. Pasó medio minuto, y de nuevo, entre el ruido del viento, pero que parecía provenir del otro extremo del patio:
"¡A-ayuda!"
"Misail, ¿me oyes?", me preguntó mi esposa en voz baja. "¿Me oyes?"
Salió del dormitorio en camisón, con el pelo suelto, y escuchó, mirando la ventana oscura.
"Están asesinando a alguien", dijo. "Esa es la gota que colma el vaso".
Tomé mi escopeta y salí. Estaba muy oscuro afuera, el viento era fuerte y me costaba mantenerme en pie. Me acerqué a la puerta y escuché: los árboles rugían, el viento silbaba y, probablemente en casa del campesino de mente débil, un perro aullaba perezosamente. Fuera de las puertas, la oscuridad era absoluta; ni una sola luz en la vía del tren. Y cerca de la cabaña, que un año antes había sido la oficina, de repente se oyó un grito ahogado:
"¡A-ayuda!"
"¿Quién está ahí?" llamé.
Había dos personas forcejeando. Una empujaba a la otra, mientras la otra se resistía, y ambas respiraban con dificultad.
"¡Déjame ir!", dijo uno, y reconocí a Ivan Tcheprakov: era él quien gritaba con voz aguda y femenina: "¡Suéltame, maldito bruto, o te arrancaré la mano de un mordisco!".
Al otro lo reconocí como Moisey. Los separé, y al hacerlo, no pude resistirme a darle dos golpes en la cara. Se cayó, se levantó y lo golpeé de nuevo.
"Intentó matarme", murmuró. "Intentaba llegar al pecho de su mamá... Quiero encerrarlo en la cabaña por seguridad".
Tcheprakov estaba borracho y no me reconoció; seguía respirando profundamente, como si fuera a gritar otra vez "ayuda".
Los dejé y volví a casa. Mi esposa estaba acostada en su cama; se había vestido. Le conté lo que había pasado en el patio y no le oculté que había golpeado a Moisey.
"Es terrible vivir en el campo", dijo.
"¡Y qué noche tan larga! ¡Ay, si tan solo terminara!"
"¡A-ayuda!" escuchamos de nuevo, un poco más tarde.
"Iré a detenerlos", dije.
"No, que se muerdan la garganta unos a otros", dijo con expresión de disgusto.
Ella miraba hacia el techo, escuchando, mientras yo estaba sentado a su lado, sin atreverme a hablarle, sintiéndome como si yo fuera el culpable de sus gritos de "ayuda" en el patio y de que la noche pareciera tan larga.
Guardamos silencio, y yo esperaba con impaciencia un rayo de luz en la ventana, y Masha parecía todo el tiempo como si hubiera despertado de un trance y ahora se maravillaba de cómo ella, tan inteligente, culta y elegante, había llegado a ese lamentable, provinciano y vacío agujero entre un grupo de gente insignificante, y de cómo había podido olvidarse hasta ese punto de sentirse atraída por una de esas personas, y de haber sido su esposa durante más de seis meses. Me parecía que en ese momento le daba igual si era yo, Moisey o Cheprakov; todo para ella se fundía en esa salvaje "ayuda" de borracho: yo, nuestro matrimonio, nuestro trabajo juntos, el barro y la nieve derretida del otoño, y cuando suspiraba o se acomodaba, leía en su rostro: "¡Oh, esa mañana llegará pronto!".
Por la mañana se fue. Pasé otros tres días en Dubetchnya esperándola, luego empaqué todas nuestras cosas en una habitación, la cerré con llave y caminé hacia la ciudad. Ya era de noche cuando llamé al ingeniero, y las farolas de la calle Gran Dvoryansky estaban encendidas. Pavel me dijo que no había nadie en casa; Viktor Ivanitch se había ido a Petersburgo, y Mariya Viktorovna probablemente estaba en el ensayo en casa de los Azhogin. Recuerdo con qué emoción fui a casa de los Azhogin, cómo mi corazón latía y se agitaba mientras subía las escaleras y esperaba un buen rato en el rellano de arriba, ¡sin atreverme a entrar en ese templo de las musas! En la gran sala había velas encendidas por todas partes: en una mesita, en el piano y en el escenario, por todas partes de tres en tres; y la primera función estaba fijada para el día trece, y ahora el primer ensayo era un lunes, un día de mala suerte. ¡Todo parte de la guerra contra la superstición! Todos los devotos del arte escénico estaban reunidos; las hermanas mayores, las medianas y las menores paseaban por el escenario, leyendo sus papeles en los cuadernos. Alejado del resto, Rábano permanecía inmóvil, con la cabeza pegada a la pared, contemplando con adoración el escenario, esperando el comienzo del ensayo. Todo como antes.
Me dirigía hacia mi anfitriona; tenía que presentarle mis respetos, pero de repente todos dijeron "¡Silencio!" y me hicieron señas para que me acercara sin hacer ruido. Se hizo el silencio. Levantaron la tapa del piano; una señora se sentó, entrecerrando sus ojos miopes al oír la música, y mi Masha se acercó al piano, con un vestido escotado, guapísima, pero con una belleza nueva y especial, nada que ver con la Masha que solía venir a verme en primavera al molino. Cantó: "¿Por qué amo la noche radiante?"
Era la primera vez que la oía cantar desde que nos conocíamos. Tenía una voz fina, dulce y potente, y mientras cantaba me sentía como si comiera un melón maduro, dulce y fragante. Terminó, el público aplaudió, y ella sonrió, muy complacida, jugueteando con la mirada, pasando la música, alisándose la falda, como un pájaro que por fin ha salido de su jaula y se pavonea en libertad. Llevaba el pelo recogido sobre las orejas, y tenía una expresión desagradable y desafiante en el rostro, como si quisiera lanzarnos un desafío a todos, o gritarnos como a sus caballos: "¡Eh, aquí están, mis bellezas!".
Y ella en ese momento debió de ser muy parecida a su abuelo, el conductor del trineo.
"¿Tú también estás aquí?", dijo, dándome la mano. "¿Me oíste cantar? Bueno, ¿qué te pareció?", y sin esperar mi respuesta, continuó: "Me alegro mucho de que estés aquí. Esta noche me voy a Petersburgo por un rato. Me dejarás ir, ¿verdad?".
A medianoche la acompañé a la estación. Me abrazó con cariño, probablemente agradecida por no hacerle preguntas innecesarias, y prometió escribirme. Le tomé las manos un buen rato y las besé, sin apenas contener las lágrimas y sin pronunciar palabra.
Y cuando ella se fue, me quedé mirando las luces que se alejaban, acariciándola imaginariamente y murmurando suavemente:
"Mi querida Masha, gloriosa Masha..."
Pasé la noche en casa de Karpovna y a la mañana siguiente estaba trabajando con Radish, retapizando los muebles de un rico comerciante que iba a casar a su hija con un médico.
XVII
Mi hermana vino después de la cena del domingo y tomó té conmigo.
"Ahora leo muchísimo", dijo, mostrándome los libros que había traído de la biblioteca pública de camino a mi casa. "Gracias a tu esposa y a Vladimir, me han despertado a la autorrealización. Han sido mi salvación; me han hecho sentirme un ser humano. Antes, me desvelaba con todo tipo de preocupaciones, pensando en la cantidad de azúcar que habíamos gastado en la semana o esperando que los pepinos no estuvieran demasiado salados. Y ahora también me desvelo, pero pienso de otra manera. Me aflige que haya pasado la mitad de mi vida de una forma tan insensata y cobarde. Desprecio mi pasado; me avergüenzo de él. Y ahora considero a nuestro padre mi enemigo. ¡Ay, cuánto le estoy agradecida a tu esposa! ¡Y a Vladimir! ¡Es una persona tan maravillosa! ¡Me han abierto los ojos!"
"Es malo que no duermas por la noche", dije.
¿Crees que estoy enfermo? Para nada. Vladimir me sondeó y dijo que estaba perfectamente bien. Pero la salud no es lo importante, no es tan importante. Dime, ¿estoy en lo cierto?
Necesitaba apoyo moral, eso era obvio. Masha se había ido. El Dr. Blagovo estaba en Petersburgo, y no quedaba nadie en la ciudad excepto yo para decirle que tenía razón. Me miraba fijamente a la cara, intentando leer mis pensamientos secretos, y si me quedaba absorto o en silencio en su presencia, pensaba que era por ella y se afligía. Siempre tenía que estar alerta, y cuando me preguntaba si tenía razón, me apresuraba a asegurarle que sí y que la respetaba profundamente.
"¿Sabes que me han dado un papel en casa de los Azhogin?", continuó. "Quiero actuar, quiero vivir; de hecho, quiero beberme la taza entera. No tengo talento, ninguno, y el papel solo son diez líneas, pero aun así esto es infinitamente más noble y sublime que servir té cinco veces al día y mirar si el cocinero ha comido demasiado. Sobre todo, que mi padre vea que soy capaz de protestar."
Después del té, se acostó en mi cama y permaneció allí un rato con los ojos cerrados, muy pálida.
—Qué debilidad —dijo, levantándose—. Vladimir dice que todas las mujeres y niñas de ciudad están anémicas por no hacer nada. ¡Qué hombre tan inteligente es Vladimir! Tiene toda la razón. ¡Tenemos que trabajar!
Dos días después, llegó a casa de los Azhogin con su manuscrito para el ensayo. Llevaba un vestido negro con un collar de coral alrededor del cuello, un broche que a lo lejos parecía un hojaldre, y pendientes que brillaban con brillantes. Al mirarla, me sentí incómodo. Me impresionó su falta de gusto. Otras personas también notaron que llevaba pendientes y brillantes de forma muy inapropiada, y que vestía de forma extraña; vi sonrisas en los rostros de la gente, y oí a alguien decir entre risas: «Kleopatra de Egipto».
Intentaba adoptar modales de sociedad, ser libre y estar a gusto, y por eso parecía artificial y extraña. Había perdido la sencillez y la dulzura.
"Acabo de decirle a papá que iba al ensayo", empezó, acercándose a mí, "y gritó que no me daría su bendición, y casi me golpea. ¡Pero imagínate! No me sé el papel", dijo, mirando su manuscrito. "Seguro que lo voy a arruinar. Así que, la suerte está echada", continuó con intensa emoción. "La suerte está echada..."
Le parecía que todos la miraban, que todos estaban asombrados por el paso trascendental que había dado, que todos esperaban algo especial de ella, y habría sido imposible convencerla de que nadie prestaba atención a personas tan mezquinas e insignificantes como ella y yo.
No tuvo nada que hacer hasta el tercer acto, y su papel, el de una visitante, una compinche provinciana, consistió únicamente en quedarse en la puerta como si escuchara, y luego pronunciar un breve monólogo. En el intervalo previo a su aparición, al menos una hora y media, mientras se movían por el escenario leyendo sus partes, tomando té y discutiendo, no se separó de mi lado, y estuvo todo el tiempo murmurando su parte y arrugando nerviosamente el manuscrito. E imaginando que todos la miraban y esperaban su aparición, con mano temblorosa se alisó el pelo hacia atrás y me dijo:
"Seguro que lo voy a arruinar todo... ¡Qué peso para mí, si lo supieras! Tengo miedo, como si me fueran a ejecutar."
Por fin llegó su turno.
—¡Kleopatra Alexyevna, es tu señal! —dijo el director de escena.
Ella avanzó hasta el centro del escenario con una expresión de horror en su rostro, luciendo fea y angulosa, y durante medio minuto permaneció como en trance, completamente inmóvil, y sólo sus grandes pendientes temblaban en sus orejas.
"La primera vez que puedas leerlo", dijo alguien.
Me quedó claro que estaba temblando, y temblaba tanto que no podía hablar, ni desplegar su manuscrito, y que era incapaz de representar su papel; y yo ya estaba a punto de acercarme a ella y decirle algo, cuando de repente cayó de rodillas en medio del escenario y rompió a llorar a gritos.
Todo era conmoción y bullicio. Yo solo permanecí inmóvil, apoyado en el escenario lateral, abrumado por lo sucedido, sin comprender ni saber qué hacer. Vi cómo la levantaban y se la llevaban. Vi a Anyuta Blagovo acercarse a mí; no la había visto antes en la habitación, y parecía haber brotado de la tierra. Llevaba sombrero y velo, y, como siempre, parecía haber venido solo por un momento.
"Le dije que no participara", dijo enfadada, pronunciando cada palabra bruscamente y poniéndose colorada. "¡Es una locura! ¡Deberías haberla impedido!"
La señora Azhogin, con una chaqueta corta de mangas cortas, con ceniza de cigarrillo en el pecho y con aspecto delgado y plano, vino rápidamente hacia mí.
—Querido, esto es terrible —dijo, retorciéndose las manos y, como era su costumbre, mirándome fijamente a la cara—. ¡Es terrible! Tu hermana está en un estado... Está embarazada. ¡Llévatela, te lo imploro!
Estaba sin aliento por la agitación, mientras que a un lado estaban sus tres hijas, idénticas a ella, delgadas y planas, acurrucadas unas contra otras con aire asustado. Estaban alarmadas, abrumadas, como si hubieran pillado a un preso en su casa. ¡Qué desgracia, qué horror! Y, sin embargo, esta respetable familia se había pasado la vida combatiendo la superstición; evidentemente imaginaban que toda la superstición y el error de la humanidad se limitaban a las tres velas, al trece del mes y a la desgracia del lunes.
—Te lo ruego... te lo ruego —repitió Madame Azhogin, frunciendo los labios formando un corazón al pronunciar la sílaba «tú». —Te ruego que la lleves a casa.
XVIII
Un poco más tarde, mi hermana y yo caminábamos por la calle. La cubrí con los faldones de mi abrigo; nos apresuramos, eligiendo callejones sin farolas, evitando a los transeúntes; era como si huyéramos. Ya no lloraba, pero me miraba con los ojos secos. A casa de Karpovna, donde la llevé, solo había veinte minutos a pie, y, aunque parezca extraño, en ese breve lapso logramos reflexionar sobre toda nuestra vida; hablamos de todo, consideramos nuestra situación, reflexionamos...
Decidimos que no podíamos seguir viviendo en este pueblo y que, cuando ganara algo de dinero, nos mudaríamos a otro lugar. En algunas casas todos dormían, en otras jugaban a las cartas; odiamos estas casas; les teníamos miedo. Hablábamos del fanatismo, la crudeza de los sentimientos, la insignificancia de estas familias respetables, estos aficionados al arte dramático a quienes tanto habíamos alarmado, y yo no dejaba de preguntarme en qué sentido esta gente estúpida, cruel, perezosa y deshonesta era superior a los campesinos borrachos y supersticiosos de Kurilovka, o en qué sentido eran mejores que los animales, quienes, de la misma manera, entran en pánico cuando algún incidente perturba la monotonía de su vida limitada por sus instintos. ¿Qué habría sido de mi hermana si la hubieran dejado vivir en casa?
¿Qué agonías morales habría experimentado hablando con mi padre, encontrándose a diario con conocidos? Me lo imaginé, y de inmediato me vinieron a la mente personas, todas conocidas, que habían sido lentamente asesinadas por sus familiares más cercanos. Recordé a los perros torturados, enloquecidos, los gorriones vivos desplumados y desnudos por niños y arrojados al agua, y una larga, larga serie de oscuras y persistentes miserias que había presenciado continuamente desde mi infancia en ese pueblo; y no podía entender para qué vivían esas sesenta mil personas, para qué leían el Evangelio, por qué rezaban, por qué leían libros y revistas. ¿De qué les había servido todo lo dicho y escrito hasta entonces si seguían poseídos por la misma oscuridad espiritual y el mismo odio a la libertad que hacía ciento trescientos años? Un maestro carpintero pasa toda su vida construyendo casas en el pueblo, y siempre, hasta el día de su muerte, llama a una «galería» «galería». Así pues, estas sesenta mil personas han estado leyendo y oyendo acerca de la verdad, de la justicia, de la misericordia y de la libertad durante generaciones y, sin embargo, desde la mañana hasta la noche, hasta el día de su muerte, están mintiendo y atormentándose unos a otros, y temen la libertad y la odian como a un enemigo mortal.
"Y así mi destino está decidido", dijo mi hermana al llegar a casa. "Después de lo que pasó, no puedo volver . ¡Cielos, qué bien! Me siento más tranquilo."
Se acostó enseguida. Las lágrimas brillaban en sus pestañas, pero su expresión era feliz; cayó en un sueño profundo y dulce, y se notaba que su corazón se sentía más ligero y que descansaba. Hacía muchísimo tiempo que no dormía así.
Y así comenzamos nuestra vida juntos. Siempre cantaba y decía que su vida era muy feliz, y los libros que le traía de la biblioteca pública los devolvía sin leer, pues ya no sabía leer; no quería hacer nada más que soñar y hablar del futuro, remendar mi ropa blanca o ayudar a Karpovna junto a la estufa; siempre cantaba o hablaba de su Vladimir, de su inteligencia, de sus encantadores modales, de su bondad, de su extraordinaria erudición, y yo asentía a todo lo que decía, aunque ya me disgustaba su médico. Quería trabajar, llevar una vida independiente, y solía decir que sería maestra o auxiliar de médico en cuanto su salud se lo permitiera, y que fregaría y lavaría ella misma. Ya estaba apasionadamente dedicada a su hijo; aún no había nacido, pero ya sabía el color de sus ojos, cómo serían sus manos y cómo reiría. Le encantaba hablar de educación, y como su Vladimir era el mejor hombre del mundo, todas sus conversaciones sobre educación se resumían en la cuestión de cómo hacer que el niño fuera tan fascinante como su padre. Su charla era interminable, y todo lo que decía la llenaba de alegría. A veces yo también me alegraba, aunque no sabría decir por qué.
Supongo que su ensoñación me contagió. Yo también dejé de leer y no hacía más que soñar. Por las noches, a pesar del cansancio, paseaba por la habitación con las manos en los bolsillos, hablando de Masha.
"¿Qué te parece?", le preguntaba a mi hermana. "¿Cuándo volverá? Creo que volverá en Navidad, no más tarde; ¿qué tiene que hacer allí?"
"Como no te escribe, es evidente que volverá muy pronto."
—Es verdad —asentí, aunque sabía perfectamente que Masha no regresaría a nuestro pueblo.
La extrañaba muchísimo y ya no podía engañarme a mí mismo, e intentaba que otros me engañaran. Mi hermana esperaba a su médico, y yo, Masha; y ambas hablábamos sin parar, reíamos, y no nos dimos cuenta de que le impedíamos dormir a Karpovna. Ella, tumbada en la estufa, murmuraba:
"¡El samovar zumbaba esta mañana, sí que zumbaba! ¡Oh, no augura nada bueno, queridos míos, no augura nada bueno!"
Nadie venía nunca a vernos, salvo el cartero, que traía a mi hermana las cartas del médico, y Prokofy, que a veces venía a vernos por la tarde, y después de mirar a mi hermana sin decir palabra, se iba, y cuando estaba en la cocina, decía:
"Cada clase debe recordar sus reglas, y cualquiera que sea tan orgulloso que no las entienda, lo encontrará en un valle de lágrimas."
Le gustaba mucho la frase "un valle de lágrimas". Un día, durante la semana de Navidad, mientras yo paseaba por el bazar, me llamó a la carnicería y, sin estrecharme la mano, me anunció que tenía que hablarme de algo muy importante. Tenía la cara roja por el frío y el vodka; cerca de él, detrás del mostrador, estaba Nikolka, con expresión de bandido, con un cuchillo manchado de sangre en la mano.
"Quiero expresarte mi palabra", comenzó Prokofy. "Este incidente no puede continuar, porque, como tú misma comprendes, por un valle así, no se dirá nada bueno de ti ni de nosotros. Mamá, por compasión, no puede decirte algo desagradable, como que tu hermana debería mudarse a otra vivienda debido a su estado, pero no lo toleraré más, porque no apruebo su comportamiento".
Lo entendí y salí de la tienda. Ese mismo día, mi hermana y yo nos mudamos a Radish's. No teníamos dinero para un taxi, así que fuimos a pie; yo llevaba un paquete con nuestras pertenencias a la espalda; mi hermana no tenía nada en las manos, pero jadeaba y tosía, y no dejaba de preguntar si llegaríamos pronto.
XIX
Por fin llegó una carta de Masha.
"Querida, buena MA" (escribió), "nuestra amable y gentil 'ángel', como te llama el viejo pintor, adiós; voy con mi padre a América para la exposición. En unos días veré el océano; ¡tan lejos de Dubetchnya, es terrible pensarlo! Es lejano e insondable como el cielo, y anhelo estar allí en libertad. Estoy triunfante, estoy loca, y ya ves lo incoherente que es mi carta. Querida, buena, dame mi libertad, date prisa en romper el hilo que aún nos une. Mi encuentro y conocimiento fue un rayo del cielo que iluminó mi existencia; pero convertirme en tu esposa fue un error, tú lo entiendes, y ahora me oprime la conciencia del error, y te suplico, de rodillas, mi generosa amiga, rápido, rápido, antes de partir hacia el océano, que me telegrafíes que consientas en corregir nuestro error común, en quitar la piedra solitaria de mis alas, y a mi padre, que se encargará... Con todos los preparativos, me prometiste no agobiarte con demasiados trámites. ¿Así que soy libre de volar adonde quiera? ¿Sí?
"Sé feliz y que Dios te bendiga; perdóname, pecador.
Estoy bien, malgasto mi dinero, hago tonterías, y doy gracias a Dios cada minuto de que una mujer tan mala como yo no tenga hijos. Canto y tengo éxito, pero no es un capricho; no, es mi refugio, mi celda donde busco paz. El rey David tenía un anillo con una inscripción: «Todo pasa». Cuando uno está triste, esas palabras lo alegran, y cuando uno está alegre, lo entristecen. Me compré un anillo así con letras hebreas, y este talismán me protege de los caprichos. Todo pasa, la vida pasará, uno no quiere nada. O al menos uno no quiere nada más que la sensación de libertad, porque cuando uno es libre, no quiere nada, nada, nada. Rompe el hilo. Un cálido abrazo para ti y tu hermana. Perdona y olvida tu M.
Mi hermana solía acostarse en una habitación, y Rábano, que había vuelto a enfermar y ya estaba mejor, en otra. Justo cuando recibí esta carta, mi hermana entró sigilosamente en la habitación del pintor, se sentó a su lado y empezó a leer en voz alta. Le leía todos los días, Ostrovsky o Gógol, y él escuchaba, con la mirada fija en un punto, sin reír, sino sacudiendo la cabeza y murmurando para sí de vez en cuando:
"¡Cualquier cosa puede pasar! ¡Cualquier cosa puede pasar!"
Si en la obra se representaba algo feo o indecoroso, decía, como si quisiera vengarse, metiendo el dedo en el libro:
"¡Ahí está, mintiendo! Eso es lo que hace, mentir."
Las obras lo fascinaban, tanto por sus temas y su moraleja como por su hábil y compleja construcción, y se maravillaba de «él», sin mencionar jamás al autor por su nombre. ¡Con qué precisión lo ha articulado todo!
Esta vez mi hermana leyó en voz baja solo una página, y no pudo leer más: su voz se apagó. Rábano le tomó la mano y, moviendo sus labios resecos, dijo, apenas audible, con voz ronca:
El alma de un justo es blanca y lisa como la tiza, pero el alma de un pecador es como piedra pómez. El alma de un justo es como aceite claro, pero el alma de un pecador es como alquitrán. Debemos trabajar, debemos lamentarnos, debemos padecer enfermedades —continuó—, y quien no trabaja ni se lamenta no alcanzará el Reino de los Cielos. ¡Ay, ay de los bien alimentados, ay de los poderosos, ay de los ricos, ay de los usureros! No es para ellos el Reino de los Cielos. Los piojos comen hierba, el óxido come hierro...
"Y qué va a ser de mí", añadió mi hermana riendo. Volví a leer la carta. En ese momento entró en la cocina un soldado que nos traía dos veces por semana paquetes de té, pan francés y carne de caza, que olía a perfume, de un donante desconocido. Yo no tenía trabajo. Había tenido que quedarme en casa sin hacer nada durante días enteros, y probablemente quien nos enviaba el pan francés sabía que estábamos necesitados.
Oí a mi hermana hablando con el soldado y riendo alegremente. Luego, acostándose, comió un poco de pan francés y me dijo:
Cuando no quisiste entrar al servicio militar, sino que te convertiste en pintor de casas, Anyuta Blagovo y yo supimos desde el principio que tenías razón, pero nos daba miedo decirlo en voz alta. Dime, ¿qué fuerza nos impide decir lo que pensamos? Tomemos como ejemplo a Anyuta Blagovo ahora. Te quiere, te adora, sabe que tienes razón, también me quiere como a una hermana, y sabe que yo tengo razón, y me atrevería a decir que en el fondo me envidia, pero alguna fuerza le impide venir a vernos, nos rehúye, tiene miedo.
Mi hermana cruzó los brazos sobre el pecho y dijo apasionadamente:
¡Cuánto te ama, si lo supieras! Me ha confesado su amor solo a mí, y lo hizo en secreto, en la oscuridad. Me condujo a un oscuro sendero del jardín y empezó a susurrarme lo valioso que eras para ella. Ya verás, nunca se casará porque te ama. ¿Te da pena?
"Sí."
Es ella quien ha enviado el pan. Es absurda, ¿de qué sirve ser tan reservada? Yo solía ser absurda y tonta, pero ahora me he alejado de eso y no le temo a nadie. Pienso y digo en voz alta lo que quiero, y soy feliz. Cuando vivía en casa no tenía ni idea de la felicidad, y ahora no me cambiaría por una reina.
Llegó el Dr. Blagovo. Se había doctorado y se alojaba en nuestra ciudad con su padre; estaba descansando y dijo que pronto volvería a Petersburgo. Quería estudiar antitoxinas contra el tifus y, creo, el cólera; quería ir al extranjero para perfeccionar su formación y luego ser nombrado profesor. Ya había dejado el servicio militar y vestía una amplia chaqueta de sarga, pantalones muy anchos y corbatas magníficas. Mi hermana estaba fascinada con su alfiler de bufanda, sus tachones y el pañuelo de seda roja que, supongo que por presunción, llevaba asomado del bolsillo de la chaqueta. Un día, sin nada que hacer, ella y yo contamos todos los trajes que recordábamos que llevaba y llegamos a la conclusión de que tenía al menos diez. Era evidente que seguía amando a mi hermana como antes, pero nunca, ni siquiera en broma, habló de llevársela a San Petersburgo ni al extranjero, y yo no podía imaginarme con claridad qué sería de ella si seguía viva ni qué sería de su hijo. No hacía más que soñar sin parar, y nunca pensaba seriamente en el futuro; decía que él podía ir a donde quisiera, e incluso abandonarla, con tal de ser feliz; que lo que había sido le bastaba.
Por lo general, la sondeaba con mucho cuidado al llegar e insistía en que tomara leche y gotas en su presencia. Ocurrió lo mismo en esta ocasión. La sondeó y le hizo beber un vaso de leche, y después olió a creosota en nuestra habitación.
—Buena chica —dijo, quitándole el vaso—. No hables demasiado; últimamente te has puesto a parlotear como una urraca. Por favor, cállate.
Ella se rió. Entonces él entró en la habitación de Radish, donde yo estaba sentada, y me dio una palmadita cariñosa en el hombro.
—Bueno, ¿cómo va todo, anciano? —preguntó inclinándose hacia el inválido.
—Su señoría —dijo Rábano, moviendo lentamente los labios—, su señoría, me atrevo a someterme... Todos caminamos en el temor de Dios, todos tenemos que morir... Permítame decirle la verdad... Su señoría, ¡el Reino de los Cielos no será para usted!
"No hay remedio", dijo el médico bromeando. "Debe haber alguien en el infierno, ¿sabe?".
Y de repente, algo me afectó la consciencia; como si estuviera en un sueño, como si estuviera de pie en una noche de invierno en el patio del matadero, con Prokofy a mi lado, oliendo a licor de pimienta. Hice un esfuerzo por controlarme, me froté los ojos, y de repente me pareció que iba camino a la entrevista con el Gobernador. Nada parecido me había sucedido antes, ni me ha sucedido después, y atribuí estos extraños recuerdos, que parecían sueños, a un agotamiento nervioso. Reviví la escena del matadero y la entrevista con el Gobernador, y al mismo tiempo tenía una vaga conciencia de que no era real.
Cuando volví en mí, vi que ya no estaba en casa, sino en la calle, y estaba con el médico cerca de un poste de luz.
"Es triste, es triste", decía, y las lágrimas le corrían por las mejillas. "Está de buen humor, siempre riendo y llena de esperanza, pero su situación es desesperada, querido. Tu Rábano me odia y siempre intenta hacerme sentir que la he tratado mal. Tiene razón desde su punto de vista, pero yo también tengo el mío; y nunca me arrepentiré de todo lo sucedido. Hay que amar; todos deberíamos amar, ¿no? No habría vida sin amor; quien teme y evita el amor no es libre."
Poco a poco, pasó a otros temas, empezó a hablar de ciencia, de su tesis, que había gustado en San Petersburgo. Se dejó llevar por el tema y ya no pensaba en mi hermana, ni en su dolor, ni en mí. La vida le absorbía por completo. Ella tiene América y su anillo con la inscripción, pensé, mientras que este tipo tiene su doctorado y una cátedra que esperar, y solo mi hermana y yo nos quedamos con lo viejo.
Al despedirme de él, me acerqué a la farola y leí la carta una vez más. Y recordé, recordé vívidamente cómo aquella mañana de primavera ella había venido a verme al molino, se había tumbado y se había cubierto con su chaqueta; quería ser como una simple campesina. Y cómo, en otra ocasión —también por la mañana— sacamos la red del agua, y gruesas gotas de lluvia nos cayeron de los sauces de la ribera, y nos reímos.
Estaba oscuro en nuestra casa de la calle Gran Dvoryansky. Salté la valla y, como solía hacer antes, fui por la parte de atrás a la cocina a pedir prestada una linterna. No había nadie. El samovar silbaba cerca del fogón, esperando a mi padre. "¿Quién le sirve el té a mi padre ahora?", pensé. Tomé la linterna y salí al cobertizo, me armé una cama con periódicos viejos y me tumbé. Los ganchos de las paredes parecían amenazadores, como antes, y sus sombras parpadeaban. Hacía frío. Sentí que mi hermana entraría enseguida y me traería la cena, pero enseguida recordé que estaba enferma y acostada en casa de Rábano, y me pareció extraño que hubiera saltado la valla y estuviera tumbado en ese cobertizo sin calefacción. Mi mente era un laberinto y veía todo tipo de cosas absurdas.
Se oyó un timbre. Un timbre familiar de la infancia: primero el crujido del alambre contra la pared, luego un breve y lastimero timbre en la cocina. Era mi padre que volvía del club. Me levanté y fui a la cocina. Axinya, la cocinera, juntó las manos al verme y, por alguna razón, rompió a llorar.
—¡Mi tesoro! —dijo en voz baja—. ¡Mi tesoro! ¡Oh, Señor!
Y empezó a arrugar su delantal con la agitación. En el escaparate había tarros de bayas con vodka. Me serví una taza de té y me la bebí con avidez, pues tenía muchísima sed. Axinya acababa de fregar la mesa y los bancos, y en la cocina olía ese olor que se encuentra en las cocinas luminosas y acogedoras de los cocineros pulcros. Y ese olor y el canto del grillo nos atraían de niños a la cocina, y nos daban ganas de escuchar cuentos de hadas y jugar a los Reyes Magos...
—¿Dónde está Cleopatra? —preguntó Axinya en voz baja, nerviosa, conteniendo la respiración—. ¿Y dónde está tu gorra, querida? ¿Dices que tu esposa se fue a Petersburgo?
Había sido nuestra sirvienta en tiempos de nuestra madre, y solía bañarnos a Cleopatra y a mí, y para ella éramos aún niñas a las que había que hablarles para su bien. Durante un cuarto de hora, más o menos, me expuso todas las reflexiones que, con la sagacidad de una vieja sirvienta, había ido acumulando en la quietud de aquella cocina, desde que nos habíamos visto. Dijo que se podía obligar al médico a casarse con Cleopatra; solo hacía falta asustarlo a muerte; y que si se presentaba una apelación con prontitud, el obispo anularía el primer matrimonio; que me convendría vender Dubetchnya sin que mi esposa lo supiera y depositar el dinero en el banco a mi nombre; que si mi hermana y yo nos postrábamos a los pies de mi padre y le pedíamos como es debido, quizá nos perdonara; que debíamos celebrar un servicio religioso a la Reina del Cielo...
"Ven, querida, y háblale", dijo al oír la tos de mi padre. "Ve, háblale; inclínate, que no se te caerá la cabeza".
Entré. Mi padre estaba sentado a la mesa dibujando el plano de una villa de verano, con ventanas góticas y una imponente torre como la de un bombero, algo peculiarmente rígido y de mal gusto. Al entrar en el estudio, me quedé quieto, donde podía ver el dibujo. No sabía por qué había entrado a ver a mi padre, pero recuerdo que al ver su rostro enjuto, su cuello rojo y su sombra en la pared, quise arrojarme sobre su cuello y, como me había dicho Axinya, postrarme a sus pies; pero la visión de la villa de verano, con las ventanas góticas y la imponente torre, me contuvo.
"Buenas noches", dije.
Me miró y de inmediato bajó la vista hacia su dibujo.
¿Qué quieres?, preguntó después de esperar un poco.
"He venido a decirte que mi hermana está muy enferma. No vivirá mucho tiempo", añadí con voz hueca.
"Bueno", suspiró mi padre, quitándose las gafas y dejándolas sobre la mesa. "Lo que siembres, eso cosecharás. Lo que siembres", repitió, levantándose de la mesa, "eso cosecharás. Te pido que recuerdes cómo viniste a mí hace dos años, y en este mismo lugar te rogué, te supliqué que abandonaras tus errores; te recordé tu deber, tu honor, lo que debías a tus antepasados, cuyas tradiciones debemos preservar como sagradas. ¿Me obedeciste? Despreciaste mis consejos y persististe obstinadamente en aferrarte a tus falsos ideales; peor aún, arrastraste a tu hermana por el camino del error contigo, y la hiciste perder sus principios morales y su sentido de la vergüenza. Ahora ambos están en mal estado. ¡Pues bien, como siembras, eso cosecharás!"
Mientras decía esto, caminaba de un lado a otro de la habitación. Probablemente imaginó que había acudido a él para confesarle mis faltas, y probablemente esperaba que empezara a rogarle que nos perdonara a mi hermana y a mí. Tenía frío, temblaba como si tuviera fiebre y hablaba con dificultad y voz ronca.
"Y te ruego que también recuerdes", dije, "en este mismo momento te rogué que me comprendieras, que reflexionaras, que decidieras conmigo cómo y para qué debemos vivir, y en respuesta empezaste a hablar de nuestros antepasados, de mi abuelo, que escribía poemas. Ahora te dicen que tu única hija está gravemente enferma, y vuelves a hablar de tus antepasados, de tus tradiciones... ¡Y qué frivolidad en la vejez, cuando la muerte está cerca y no te quedan más que cinco o diez años!"
"¿A qué has venido?" preguntó mi padre con severidad, evidentemente ofendido porque le reprochaba su frivolidad.
No lo sé. Te amo, siento muchísimo que estemos tan lejos, así que ya ves que he venido. Todavía te amo, pero mi hermana ha roto contigo por completo. No te perdona, y nunca te perdonará. Tu solo nombre despierta en ella aversión por el pasado, por la vida.
"¿Y quién tiene la culpa?", gritó mi padre. "¡Es culpa tuya, sinvergüenza!"
—Bueno, ¿y si es culpa mía? —dije—. Admito que he tenido mucha culpa, pero ¿por qué esta vida tuya, que crees que también nos afecta a nosotros, es tan deprimente, tan estéril? ¿Cómo es que en ninguna de estas casas que has estado construyendo durante los últimos treinta años ha habido alguien de quien pudiera haber aprendido a vivir sin ser culpable? ¡No hay un solo hombre honesto en todo el pueblo! Estas casas tuyas son nidos de condenación, donde se mata a madres e hijas, donde se tortura a los niños... ¡Pobre madre mía! —continué desesperado. ¡Pobre hermana! Hay que atontarse con vodka, con cartas, con escándalos; hay que volverse un sinvergüenza, un hipócrita, o seguir dibujando planos durante años y años para no percatarse de todos los horrores que se esconden en estas casas. Nuestro pueblo ha existido durante siglos, y en todo ese tiempo no ha producido ni un solo hombre que sirva a la patria, ni uno solo. Has sofocado en germen todo lo que tuviera vida y brillo. Es un pueblo de tenderos, taberneros, empleados de contaduría, hipócritas hipócritas; es un pueblo inútil e innecesario, del que nadie se arrepentiría si se hundiera de repente.
—¡No quiero escucharte, sinvergüenza! —dijo mi padre, y tomó su regla de la mesa—. Estás borracho. ¡No te atrevas a venir a ver a tu padre en ese estado! Te digo por última vez, y puedes repetírselo a tu depravada hermana, que no conseguirás nada de mí, ninguno de los dos. He arrancado a mis hijos desobedientes de mi corazón, y si sufren por su desobediencia y obstinación, no los compadezco. Puedes irte de donde viniste. Dios ha querido castigarme contigo, pero soportaré la prueba con resignación y, como Job, encontraré consuelo en mis sufrimientos y en mi trabajo incansable. No debes cruzar mi umbral hasta que te hayas enmendado. Soy un hombre justo, todo lo que te digo es para tu beneficio, y si deseas tu propio bien, debes recordar toda tu vida lo que te digo y te he dicho...
Agité la mano con desesperación y me fui. No recuerdo qué pasó después, ni esa noche ni el día siguiente.
Me han dicho que caminaba por las calles con la cabeza descubierta, tambaleándome y cantando en voz alta, mientras una multitud de muchachos corría detrás de mí, gritando:
"¡Mejor que nada!"
XX
Si quisiera encargarme un anillo, la inscripción que elegiría sería: «Nada pasa». Creo que nada pasa sin dejar rastro, y que cada paso que damos, por pequeño que sea, tiene un significado para nuestra existencia presente y futura.
Lo que he pasado no ha sido en vano. Mis grandes dificultades, mi paciencia, han conmovido a la gente, y ahora ya no me llaman "mejor que nada", no se ríen de mí, y cuando paso por las tiendas no me echan agua encima. Se han acostumbrado a mi condición de obrero, y no les extraña que lleve un cubo de pintura y pinte ventanas, a pesar de ser de nobleza; al contrario, la gente me da órdenes con gusto, y ahora se me considera un obrero de primera, y el mejor capataz después de Radish, quien, aunque ha recuperado la salud y, como antes, pinta la cúpula del campanario sin andamios, ya no tiene la fuerza para controlar a los obreros. En lugar de él, ahora recorro la ciudad buscando trabajo, contrato obreros y les pago, pido prestado dinero con un alto interés, y ahora que soy contratista, comprendo que uno puede tener que perder tres días corriendo por la ciudad buscando alicatadores por un trabajo de dos o cinco peniques. La gente es amable conmigo, me tratan con educación, y en las casas donde trabajo me ofrecen té y preguntan si quiero cenar. Niños y niñas a menudo vienen a mirarme con curiosidad y compasión.
Un día estaba trabajando en el jardín del Gobernador, pintando una pérgola para que pareciera mármol. El Gobernador, paseando por el jardín, se acercó a la pérgola y, como no tenía nada que hacer, entabló conversación conmigo, y le recordé que una vez me había citado para una entrevista. Me miró fijamente a la cara durante un minuto, luego hizo una "O" redonda con la boca, levantó las manos y dijo: "¡No me acuerdo!".
He envejecido, me he vuelto silencioso, severo y austero, rara vez río, y me dicen que he crecido como Rábano, y que como él, aburro a los obreros con mis exhortaciones inútiles.
Mariya Viktorovna, mi exesposa, vive ahora en el extranjero, mientras su padre construye un ferrocarril en algún lugar de las provincias orientales y compra propiedades allí. El Dr. Blagovo también está en el extranjero. Dubetchnya ha vuelto a manos de Madame Cheprakov, quien la compró tras obligar al ingeniero a rebajar el precio un veinte por ciento. Moisey ahora anda con bombín; a menudo va a la ciudad en un droshky de carreras por algún asunto y se detiene cerca del banco. Dicen que ya ha comprado una propiedad hipotecada y que no para de preguntar en el banco sobre Dubetchnya, que también piensa comprar. El pobre Ivan Cheprakov estuvo mucho tiempo sin trabajo, vagando por la ciudad y bebiendo. Intenté que se uniera a nuestro trabajo, y durante un tiempo pintó techos y puso cristales en nuestra empresa, e incluso llegó a gustarle, robando aceite, pidiendo propinas y bebiendo como un pintor cualquiera. Pero pronto se cansó del trabajo y regresó a Dubetchnya, y después los trabajadores me confesaron que había tratado de persuadirlos para que se unieran a él una noche y asesinaran a Moisey y robaran a Madame Tcheprakov.
Mi padre ha envejecido mucho; está muy encorvado y por las noches pasea cerca de su casa. Nunca voy a verlo.
Durante una epidemia de cólera, Prokofy azotó a algunos comerciantes con licor de pimienta y brea, y cobró dinero por ello. Según supe por los periódicos, fue azotado por insultar a los médicos mientras estaba sentado en su tienda. Su dependiente, Nikolka, murió de cólera. Karpovna sigue viva y, como siempre, ama y teme a su Prokofy. Cuando me ve, siempre niega con la cabeza con tristeza y dice con un suspiro: «Tu vida está arruinada».
Los días laborables estoy ocupada de la mañana a la noche. Los días festivos, cuando hace buen tiempo, llevo a mi sobrina pequeña (mi hermana creía que sería un niño, pero es niña) y camino tranquilamente hasta el cementerio. Allí me quedo de pie o sentada, y me quedo un buen rato contemplando la tumba que tanto quiero, y le digo a la niña que su madre yace aquí.
A veces, junto a la tumba, encuentro a Anyuta Blagovo. Nos saludamos y nos quedamos en silencio, o hablamos de Cleopatra, de su hijo, de lo triste que es la vida en este mundo; luego, al salir del cementerio, caminamos en silencio y ella aminora el paso a propósito para caminar a mi lado un poco más. La niña, alegre y feliz, tira de su mano, riendo y entrecerrando los ojos bajo la brillante luz del sol, y nos quedamos quietos y acariciamos a la querida niña.
Al llegar al pueblo, Anyuta Blagovo, agitada y ruborizada, se despide de mí y sigue caminando sola, austera y respetable... Y nadie que la encontrara, al verla, podría imaginar que acababa de caminar a mi lado e incluso acariciaba a la niña.
EN UNA CASA DE CAMPO
Pavel Ilich Rashevich caminaba de un lado a otro, pisando suavemente el suelo cubierto de pequeños cuadros rusos, proyectando una larga sombra sobre la pared y el techo, mientras su invitado, Meier, el juez de instrucción adjunto, estaba sentado en el sofá con una pierna doblada bajo el cuerpo, fumando y escuchando. El reloj ya marcaba las once, y se oían sonidos de la mesa puesta en la habitación contigua al estudio.
"Digan lo que quieran", decía Rashevitch, "desde el punto de vista de la fraternidad, la igualdad y demás, Mitka, el porquero, quizá sea un hombre igual que Goethe y Federico el Grande; pero si se posicionan con base científica, tengan el valor de mirar los hechos de frente, y les resultará evidente que la sangre azul no es un mero prejuicio, que no es una invención femenina. La sangre azul, querido amigo, tiene una justificación histórica, y negarse a reconocerla es, en mi opinión, tan extraño como negarse a reconocer las astas de un ciervo. ¡Hay que tener en cuenta los hechos! Usted es estudiante de derecho y ha limitado su atención a los estudios humanitarios, y aún puede halagarse con ilusiones de igualdad, fraternidad, etc.; yo soy un darwinista incorregible, y para mí palabras como linaje, aristocracia, sangre noble, no son palabras vacías".
Rashevitch se emocionó y habló con sentimiento. Sus ojos brillaban, sus quevedos se le resistían, se encogía de hombros y parpadeaba nerviosamente, y al oír la palabra «darwinista», se miró con desenvoltura en el espejo y se peinó la barba canosa con ambas manos. Vestía una chaqueta de aguacate muy corta y raída, y pantalones ajustados; la rapidez de sus movimientos, su aire desenfadado y su chaqueta corta parecían fuera de lugar, y su cabeza grande y atractiva, con una larga cabellera que recordaba a la de un obispo o un poeta veterano, parecía estar fijada al cuerpo de un joven alto, flacucho y afectado. Cuando se paraba con las piernas bien abiertas, su larga sombra parecía unas tijeras.
Le gustaba hablar y siempre creía decir algo nuevo y original. En presencia de Meier, percibía una inusual efervescencia y un torrente de ideas. El juez de instrucción le resultaba simpático, y le estimulaban su juventud, su salud, sus buenos modales, su dignidad y, sobre todo, su cordialidad consigo mismo y con su familia. Rashevitch no era muy querido por sus conocidos; por lo general, lo rehuían y, como él sabía, declaraban que había llevado a su esposa a la tumba con sus charlas, y lo llamaban, a sus espaldas, un ser rencoroso y un sapo. Meier, recién llegado al distrito y sin prejuicios, lo visitaba con frecuencia y de buena gana, e incluso se le conocía diciendo que Rashevitch y sus hijas eran las únicas personas del distrito con las que se sentía tan a gusto como con su propia familia. Rashevitch también lo apreciaba, porque era un joven que podría ser un buen partido para su hija mayor, Genia.
Y ahora, disfrutando de sus ideas y del sonido de su propia voz, y contemplando con deleite al rollizo pero bien proporcionado, pulcramente cortado y correcto Meier, Rashevitch soñaba con cómo arreglaría el matrimonio de su hija con un buen hombre, y cómo luego todas sus preocupaciones por la herencia pasarían a su yerno. ¡Odiosa preocupación! Los intereses adeudados al banco no se habían pagado durante los dos últimos trimestres, y las multas y atrasos de todo tipo habían ascendido a más de dos mil.
"En mi opinión, no cabe duda", continuó Rashevitch, cada vez más entusiasmado, "de que si un Ricardo Corazón de León o un Federico Barbarroja, por ejemplo, es valiente y noble, esas cualidades pasarán por herencia a su hijo, junto con las circunvoluciones y protuberancias del cerebro, y si ese coraje y nobleza de alma se conservan en el hijo mediante la educación y el ejercicio, y si se casa con una princesa también noble y valiente, esas cualidades se transmitirán a su nieto, y así sucesivamente, hasta convertirse en una característica genérica y pasar orgánicamente a la carne y la sangre. Gracias a una estricta selección sexual, al hecho de que las familias de alta cuna se han protegido instintivamente del matrimonio con sus inferiores, y los jóvenes de alto rango no se han casado con cualquiera, las elevadas cualidades espirituales se han transmitido de generación en generación en toda su pureza, se han conservado y, con el paso del tiempo, mediante el ejercicio, se han vuelto más exaltadas y elevadas. Porque el hecho de que haya bondad en la humanidad nos debe a la naturaleza, a la Orden normal, natural y consistente de las cosas, que a lo largo de los siglos ha separado escrupulosamente la sangre azul de la plebeya. Sí, querido muchacho, ningún patán, ningún hijo de cocinero, nos ha dado la literatura, la ciencia, el arte, el derecho, las concepciones del honor y el deber... Por todas estas cosas, la humanidad está en deuda exclusivamente con la aristocracia, y desde ese punto de vista, el punto de vista de la historia natural, un Sobakevitch inferior, por el mero hecho de su sangre azul, es superior y más útil que el mejor comerciante, aunque este haya construido quince museos. ¡Digan lo que quieran! Y cuando me niego a estrechar la mano a un patán o a un hijo de cocinero, o a dejar que se siente a la mesa conmigo, con ese mismo acto estoy salvaguardando lo mejor del mundo y llevando a cabo uno de los mejores designios de la Madre Naturaleza para conducirnos a la perfección...
Rashevitch permaneció inmóvil, peinándose la barba con ambas manos; su sombra también permanecía inmóvil en la pared, como unas tijeras.
"Tomemos ahora a la Madre Rusia", continuó, metiéndose las manos en los bolsillos y poniéndose primero de puntillas y luego de pie. "¿Quiénes son sus mejores personajes? Tomemos a nuestros pintores, escritores y compositores de primera línea... ¿Quiénes son? Todos eran de origen aristocrático. Pushkin, Lérmontov, Turguéniev, Gontcharov, Tolstói, no eran hijos de sacristán."
"Gontcharov era comerciante", dijo Meier.
Bueno, la excepción solo confirma la regla. Además, el genio de Gontcharov es bastante discutible. Pero dejemos de lado los nombres y pasemos a los hechos. ¿Qué diría usted, mi buen señor, por ejemplo, de este elocuente hecho? Cuando un miembro de la plebe se abre paso donde antes no se le permitía, en la sociedad, en el mundo del saber, de la literatura, en el zemstvo o en los tribunales, observe que la naturaleza misma, ante todo, defiende los derechos superiores de la humanidad y es la primera en declarar la guerra a la chusma. En cuanto el plebeyo se mete en un lugar para el que no es apto, empieza a doler, a consumirse, a perder la razón y a degenerar, y en ningún otro lugar encontramos tantos miserables, neuróticos, tísicos y hambrientos de todo tipo como entre estos queridos. Mueren como moscas en otoño. Si no fuera por esta providencial degeneración, no habría quedado ni una piedra en pie de nuestra civilización; la chusma habría... Lo demolieron todo. Dígame, por favor, ¿qué nos ha traído hasta ahora la incursión de los bárbaros? ¿Qué ha traído consigo la chusma? Rashevitch adoptó una expresión misteriosa y asustada, y continuó: «Nunca la literatura y el saber han estado tan deprimidos entre nosotros como ahora. Los hombres de hoy, mi buen señor, no tienen ideas ni ideales, y todos sus dichos y hechos están impregnados de un mismo espíritu: obtener todo lo que puedan y despojar a alguien hasta el último hilo. Todos estos hombres de hoy que se presentan como honestos y progresistas se pueden comprar por un rublo la pieza, y la característica distintiva del «intelectual» de hoy es que hay que tener mucho cuidado con el bolsillo cuando se habla con él, o de lo contrario se fugará con la bolsa». Rashevitch guiñó un ojo y se echó a reír. «¡Por mi alma, que lo hará!», dijo con una voz tenue y alegre. «¡Y la moral! ¿Y la moral?». Rashevitch miró hacia la puerta. Hoy en día, nadie se sorprende de que una esposa robe y abandone a su marido. ¡Qué va, una nimiedad! Hoy en día, querido muchacho, una niñita de doce años está tramando un amante, y todas estas representaciones teatrales y veladas literarias de aficionados solo se inventan para que sea más fácil que un comerciante rico la acepte como amante... Las madres venden a sus hijas, y la gente no tiene reparos en preguntarle a un marido a qué precio vende a su esposa, y se puede regatear el precio, ¿sabes, querido?
Meier, que había permanecido sentado inmóvil y en silencio todo el tiempo, de repente se levantó del sofá y miró su reloj.
—Le ruego me disculpe, Pavel Ilich —dijo—, es hora de irme.
Pero Pavel Ilich, que no había terminado de hablar, lo rodeó con el brazo y, obligándolo a sentarse en el sofá, prometió que no lo dejaría marchar sin cenar. Meier volvió a sentarse y escuchar, pero miró a Rashevitch con perplejidad e inquietud, como si apenas ahora comenzara a comprenderlo. Su rostro se sonrojó. Y cuando por fin entró una criada para decirles que las señoritas los invitaban a cenar, suspiró aliviado y fue el primero en salir del estudio.
En la mesa de la habitación contigua estaban las hijas de Rashevitch, Genya e Iraida, de veinticuatro y veintidós años respectivamente, ambas muy pálidas, con ojos negros y exactamente de la misma estatura. Genya llevaba el pelo suelto e Iraida el suyo recogido en lo alto. Antes de comer, cada una bebió una copa de licor amargo, con aire de haberlo bebido por primera vez en su vida. Ambas, confundidas, estallaron en carcajadas.
—No seáis traviesas, niñas —dijo Rashevitch.
Genya e Iraida hablaban francés entre ellas, y ruso con su padre y su visitante. Interrumpiéndose mutuamente y mezclando palabras en francés con ruso, empezaron a describir rápidamente cómo, justo en esta época de agosto, en años anteriores, habían partido hacia el internado y lo divertido que había sido. Ahora no tenían adónde ir, y tenían que quedarse en su casa en el campo, verano e invierno sin cambios. ¡Qué deprimente!
—No seáis traviesas, niñas —repitió Rashevitch.
Quería hablar él mismo. Si otras personas hablaban en su presencia, sufría un sentimiento parecido a los celos.
"Así es, querido muchacho", comenzó, mirando afectuosamente a Meier. "Con la sencillez y bondad de nuestro corazón, y por temor a que nos sospechen de estar atrasados, confraternizamos con, perdón, toda clase de gentuza, predicamos fraternidad e igualdad con prestamistas y posaderos; pero si tan solo pensáramos, veríamos cuán criminal es esa bondad. Hemos llevado las cosas a tal extremo que el destino de la civilización pende de un hilo. Querido amigo, lo que nuestros antepasados ganaron con el paso de los siglos será mañana, si no hoy, ultrajado y destruido por estos hunos modernos..."
Después de cenar, todos fueron al salón. Genya e Iraida encendieron las velas del piano y sacaron sus partituras... Pero su padre seguía hablando, y nadie sabía cuándo terminaría. Miraban con tristeza y disgusto a su egoísta padre, para quien el placer de charlar y exhibir su inteligencia era evidentemente más preciado e importante que la felicidad de sus hijas. Meier, el único joven que visitaba su casa, venía —lo sabían— para disfrutar de su encantadora compañía femenina, pero el indomable anciano se había apoderado de él y no lo dejaba alejarse ni un paso.
"Así como los caballeros de Occidente repelieron las invasiones de los mongoles, nosotros, antes de que sea demasiado tarde, debemos unirnos y luchar juntos contra nuestro enemigo", continuó Rashevitch con tono de predicador, levantando la mano derecha. "Que me presente ante la chusma no como Pavel Ilich, sino como un poderoso y amenazante Ricardo Corazón de León. Abandonemos el sentimentalismo superficial; ¡basta ya! Hagamos un pacto: en cuanto un plebeyo se nos acerque, le lanzaremos una frase despreocupada directamente en su fea cara: "¡Fuera las patas! ¡Vuelve a tu perrera, perro!", directamente en su fea cara", continuó Rashevitch con alegría, chasqueando el dedo torcido. "¡En su fea cara!"
"No puedo hacer eso", dijo Meier mientras se daba la vuelta.
"¿Por qué no?", respondió Rashevitch con vehemencia, anticipando una discusión larga e interesante. "¿Por qué no?"
"¡Porque yo mismo soy de la clase artesana!"
Mientras decía esto, Meier se puso rojo, y su cuello pareció hincharse, e incluso lágrimas brillaron en sus ojos.
—Mi padre era un simple trabajador —dijo con voz áspera y entrecortada—, pero no veo nada malo en ello.
Rashevitch estaba terriblemente confundido. Atónito, como si lo hubieran pillado en plena flagrancia, miró a Meier con impotencia, sin saber qué decir. Genya e Iraida se sonrojaron y se inclinaron sobre su música; se avergonzaban de la indiscreción de su padre. Pasó un minuto en silencio, y se sintió una insoportable incomodidad, cuando de repente, con una especie de dolorosa rigidez e inoportunidad, resonaron en el aire las palabras:
"¡Sí, soy de la clase artesana y estoy orgulloso de ello!"
Entonces Meier, tropezando torpemente entre los muebles, se despidió y caminó rápidamente hacia el vestíbulo, aunque su carruaje aún no estaba en la puerta.
—Esta noche tendrás un viaje oscuro —murmuró Rashevitch, siguiéndolo—. La luna no sale hasta bien entrada la noche.
Se quedaron juntos en los escalones, en la oscuridad, esperando a que trajeran los caballos. Hacía fresco.
"Hay una estrella fugaz", dijo Meier mientras se envolvía en su abrigo.
"Hay muchísimos en agosto."
Cuando los caballos estuvieron en la puerta, Rashevitch miró fijamente al cielo y dijo con un suspiro:
"Un fenómeno digno de la pluma de Flammarion..."
Tras despedir a su visitante, paseó por el jardín, gesticulando en la oscuridad, reacio a creer que un malentendido tan extraño y estúpido acabara de ocurrir. Estaba avergonzado y molesto consigo mismo. En primer lugar, había sido extremadamente imprudente y descortés de su parte sacar el maldito tema de la sangre azul, sin averiguar de antemano cuál era la postura de su visitante. Algo similar le había ocurrido antes; en una ocasión, en un vagón de tren, empezó a insultar a los alemanes, y después se supo que todas las personas con las que había conversado eran alemanas. En segundo lugar, sentía que Meier no volvería a verlo. Estos intelectuales que han surgido del pueblo son morbosamente sensibles, obstinados y lentos para perdonar.
—¡Qué mal! —murmuró Rashevitch, escupiendo; sentía una incomodidad y asco como si hubiera comido jabón—. ¡Ah, qué mal!
Desde el jardín, a través de la ventana del salón, veía a Genya junto al piano, muy pálida y asustada, con el pelo suelto. Hablaba muy, muy deprisa... Iraida caminaba de un lado a otro de la habitación, absorta en sus pensamientos; pero ahora ella también empezó a hablar a toda prisa, con el rostro lleno de indignación. Hablaban a la vez. Rashevitch no oía ni una palabra, pero adivinaba de qué hablaban. Genya probablemente se quejaba de que su padre ahuyentaba a toda persona decente de la casa con sus palabras, y que hoy había alejado a su único conocido, quizá a un pretendiente, y que ahora el pobre joven no tendría un solo lugar en todo el barrio donde encontrar descanso para su alma. Y a juzgar por la desesperación con la que alzaba los brazos, Iraida probablemente hablaba de su triste existencia, de su juventud desperdiciada...
Al llegar a su habitación, Rashevitch se sentó en la cama y comenzó a desvestirse. Se sentía oprimido, y aún lo atormentaba la misma sensación, como si hubiera tragado jabón. Estaba avergonzado. Mientras se desvestía, miró sus largas, fibrosas y ancianas piernas, y recordó que en el barrio lo llamaban el "sapo", y después de cada larga conversación siempre sentía vergüenza. De una forma u otra, por alguna fatalidad, siempre ocurría que empezaba con suavidad, amabilidad, con buenas intenciones, llamándose antiguo estudiante, idealista, Quijote, pero sin darse cuenta, gradualmente pasaba a la injuria y la calumnia, y lo más sorprendente, con perfecta sinceridad criticaba la ciencia, el arte y la moral, aunque no había leído un libro en los últimos veinte años, no había ido más allá de su ciudad de provincias y no sabía realmente qué pasaba en el mundo. Si se sentaba a escribir algo, aunque solo fuera una carta de felicitación, de alguna manera habría injuria en ella. Y todo esto era extraño, porque en realidad era un hombre sensible, dado al llanto. ¿Podría estar poseído por algún demonio que lo odiaba y calumniaba, al margen de su propia voluntad?
—Es terrible —suspiró, mientras se acostaba bajo la colcha—. Es terrible.
Sus hijas tampoco dormían. Se oyeron risas y gritos, como si alguien los persiguiera; era Genya, histérica. Poco después, Iraida también sollozaba. Una criada corrió descalza por el pasillo varias veces...
—¡Qué asunto! ¡Dios mío!... —murmuró Rashevitch, suspirando y revolviéndose de un lado a otro—. Es una lástima.
Tuvo una pesadilla. Soñó que estaba de pie, desnudo, alto como una jirafa, en medio de la habitación, y decía, mientras chasqueaba el dedo:
"¡En su fea cara! ¡Su fea cara! ¡Su fea cara!"
Se despertó asustado, y lo primero que recordó fue que había ocurrido un malentendido esa noche, y que Meier seguramente no volvería. Recordó también que tenía que pagar los intereses del banco, encontrar marido para sus hijas, que necesitaba comida y bebida, y que cerca estaban la enfermedad, la vejez, los disgustos, que pronto llegaría el invierno y que no había leña...
Eran más de las nueve de la mañana. Rashevitch se vistió lentamente, tomó su té y comió dos pedazos de pan con mantequilla. Sus hijas no bajaron a desayunar; no querían conocerlo, y eso lo hirió. Se tumbó en el sofá de su estudio, luego se sentó a la mesa y comenzó a escribirles una carta. Le temblaba la mano y le escocían los ojos. Escribió que era viejo, que no servía para nada y que nadie lo quería, y les rogó a sus hijas que lo olvidaran y que, cuando muriera, lo enterraran en un ataúd sencillo y sin ceremonias, o que enviaran su cuerpo a Járkov, al quirófano de disección. Sentía que cada línea que escribía olía a malicia y afectación, pero no podía parar y seguía escribiendo y escribiendo.
¡El sapo! —oyó de repente desde la habitación contigua; era la voz de su hija mayor, una voz con un silbido de indignación—. ¡El sapo!
—¡El sapo! —repitió el más joven como un eco—. ¡El sapo!
UN PADRE
"Admito que me he dado una gota... Disculpen. Entré en una cervecería de camino hacia aquí, y como hacía tanto calor, me tomé un par de botellas. ¡Qué calor, muchacho!"
El viejo Musatov sacó un trapo anodino de su bolsillo y con él se limpió su rostro afeitado y maltratado.
—Solo he venido un momento, Borenka, mi ángel —continuó, sin mirar a su hijo—, por algo muy importante. Disculpa, quizá te estoy molestando. ¿No tienes diez rublos, querida? ¿Podrías dejarme hasta el martes? Verás, debería haber pagado el alojamiento ayer, y el dinero, ¿entiendes?... ¡Nada! ¡Ni para salvarme la vida!
El joven Musatov salió sin decir palabra y empezó a susurrar al otro lado de la puerta con la casera de la villa de verano y sus colegas que se habían llevado la villa. Tres minutos después regresó y, sin mediar palabra, le dio a su padre un billete de diez rublos. Este se lo guardó despreocupadamente en el bolsillo, sin mirarlo, y dijo:
" Gracias. Bueno, ¿cómo te va? Hace mucho que no nos vemos."
"Sí, hace mucho tiempo. No desde Pascua."
Media docena de veces he querido ir a verte, pero nunca he tenido tiempo. Primero una cosa, luego otra... ¡Es horrible! Pero estoy diciendo tonterías... Todo eso son tonterías. No me creas, Borenka. Dije que te devolvería los diez rublos el martes, no me creas tampoco. No me creas ni una palabra. No tengo nada que hacer, es simplemente pereza, borrachera, y me avergüenzo de que me vean así por la calle. Disculpa, Borenka. Mira, te he enviado a la chica tres veces por dinero y te he escrito cartas lastimeras. Gracias por el dinero, pero no creas las cartas; estaba mintiendo. Me da vergüenza robarte, ángel mío; sé que apenas llegas a fin de mes y te alimentas de langostas, pero mi descaro es demasiado para mí. Soy un espécimen. ¡De descaro, digno de un espectáculo!... Disculpa, Borenka. Te digo la verdad, porque no puedo ver tu rostro angelical sin emoción.
Pasó un minuto en silencio. El anciano suspiró profundamente y dijo:
"Quizás podrías invitarme a un vaso de cerveza."
Su hijo salió sin decir palabra, y de nuevo se oyeron susurros al otro lado de la puerta. Cuando poco después trajeron la cerveza, el anciano pareció reanimarse al ver las botellas y cambió bruscamente de tono.
"El otro día estuve en las carreras, muchacho", empezó a contarle, con cara de miedo. "Éramos tres y apostamos tres rublos por Frisky. Y, gracias a Frisky, conseguimos treinta y dos rublos cada uno por nuestro rublo. No puedo vivir sin las carreras, muchacho. Es una diversión de caballeros. Mi mujer siempre me da una reprimenda por las carreras, pero voy. Me encanta, y punto."
Boris, un joven rubio de rostro melancólico e inmóvil, caminaba lentamente de un lado a otro, escuchando en silencio. Cuando el anciano se detuvo para carraspear, se acercó y le dijo:
—El otro día me compré unas botas, padre, que me quedaron demasiado apretadas. ¿Te las quieres llevar? Te las dejo baratas.
"Si quieres", dijo el anciano con una mueca, "sólo por el precio que pagaste por ellos, sin rebaja alguna".
"Está bien, te los dejo a crédito."
El hijo buscó a tientas debajo de la cama y sacó las botas nuevas. El padre se quitó las botas viejas, oxidadas y, evidentemente, de segunda mano, y empezó a probárselas.
"Me quedan perfectos", dijo. "Bien, déjame quedármelos. Y el martes, cuando me jubile, te enviaré el dinero. Pero no es cierto", continuó, volviendo de repente al mismo tono lloroso. "Y también fue mentira lo de las carreras, y también lo de la pensión. Y me estás engañando, Borenka... Percibo tu generoso tacto. ¡Te veo! Te quedaban pequeñas las botas, porque tienes un corazón demasiado grande. ¡Ay, Borenka, Borenka! ¡Lo entiendo todo y lo siento!"
"¿Te has mudado a un nuevo alojamiento?" interrumpió su hijo para cambiar de conversación.
—Sí, muchacho. Me mudo cada mes. Mi virago no puede quedarse mucho tiempo en el mismo sitio con su temperamento.
Fui a tu alojamiento para pedirte que te quedaras aquí conmigo. Con tu estado de salud, te vendría bien tomar el aire fresco.
—No —dijo el anciano con un gesto de la mano—. La mujer no me lo permitió, y no me importaría. Has intentado sacarme del hoyo cien veces, y yo mismo lo he intentado, pero no he conseguido nada. Déjalo. Debo quedarme en mi agujero inmundo. En este instante, aquí estoy, sentado, mirando tu rostro angelical, pero algo me atrae a mi agujero. Ese es mi destino. No se puede atraer a un escarabajo pelotero hacia una rosa. Pero ya es hora de que me vaya, muchacho. Está anocheciendo.
"Espera un momento, iré contigo. Yo también tengo que ir a la ciudad hoy".
Ambos se pusieron sus abrigos y salieron. Poco después, cuando iban en un taxi, ya era de noche y empezaron a brillar luces en las ventanas.
—¡Te he robado, Borenka! —murmuró el padre. ¡Pobres niños, pobres niños! ¡Debe ser un problema terrible tener un padre así! Borenka, mi ángel, no puedo mentir cuando veo tu cara. Debes disculparme... ¡Adónde ha llegado mi depravación, Dios mío! Aquí te he estado robando y avergonzando con mi estado de ebriedad; también estoy robando a tus hermanos y avergonzándolos, ¡y deberías haberme visto ayer! No lo ocultaré, Borenka. Unos vecinos, una pandilla miserable, vinieron a ver a mi virago; yo también me emborraché con ellos y los deshonré hasta el cansancio. Los insulté y me quejé de que me habían abandonado. Quería, ya ves, conmover a las borrachas y hacerme pasar por un padre infeliz. Es mi manera de ser, ya sabes, cuando quiero ocultar mis vicios, echo toda la culpa a mis inocentes hijos. No puedo mentir ni ocultarte cosas, Borenka. Vine a... Te veo tan orgulloso como un pavo real, pero cuando vi tu gentileza y tu buen corazón, mi lengua se pegó al paladar y mi conciencia se trastornó por completo.
-Silencio, padre, hablemos de otra cosa.
—Madre de Dios, ¡qué hijos tengo! —continuó el anciano, sin hacerle caso a su hijo—. ¡Qué riqueza me ha dado Dios! ¡Esos hijos no deberían haber tenido por padre a una oveja negra como yo, sino a un hombre de verdad, con alma y sentimientos! ¡No soy digno de ti!
El anciano se quitó la gorra con botón en la parte superior y se santiguó varias veces.
—¡Gracias a Ti, Señor! —dijo con un suspiro, mirando a un lado y a otro como si buscara un icono. ¡Hijos extraordinarios y excepcionales! Tengo tres hijos, y todos son como uno. Sobrios, constantes, trabajadores, ¡y qué cerebro! ¡Cochero, qué cerebro! Solo Grigory tiene cerebro suficiente para diez. Habla francés, habla alemán y habla mejor que cualquiera de tus abogados; uno nunca se cansa de escuchar. ¡Hijos míos, hijos míos, no puedo creer que sean míos! ¡No puedo creerlo! Eres un mártir, mi Borenka, te estoy arruinando y seguiré arruinándote... Me das sin parar, aunque sabes que tiras tu dinero. El otro día te envié una carta lastimera, te describí lo enferma que estaba, pero sabes que mentía, quería el dinero para ron. Y me das porque temes herirme negándote. Todo eso lo sé y lo siento. Grisha también es un mártir. El jueves fui a su oficina, borracha, sucia, harapienta, apestando. De vodka como una bodega... Subí directamente, qué figura, lo acosé con palabras desagradables, mientras sus colegas, superiores y peticionarios me rodeaban. Lo he deshonrado para siempre. Y no se confundió en lo más mínimo, solo palideció un poco, sonrió y se acercó a mí como si nada, incluso me presentó a sus colegas. Luego me llevó hasta su casa, sin una palabra de reproche. Le robo más que a ti. ¡Llévate a tu hermano Sasha, él también es un mártir! Se casó, como sabes, con la hija de un coronel de un círculo aristocrático, y recibió una dote con ella... Uno pensaría que no tendría nada que ver conmigo. No, hermano, después de su boda vino con su joven esposa y me hizo la primera visita... en mi agujero... ¡Por mi alma!
El anciano sollozó y luego comenzó a reír.
Y en ese momento, por pura casualidad, estábamos comiendo rábano rallado con kvas y friendo pescado, y el piso apestaba tanto que daba asco. Yo estaba tumbado; me había dado una caída; mi virago se lanzó contra los jóvenes con la cara roja... Fue una auténtica vergüenza. Pero Sasha lo superó todo.
"Sí, nuestro Sasha es un buen chico", dijo Boris.
¡Qué hombre tan espléndido! Sois de oro puro, tú, Grisha, Sasha y Sonia. Os preocupo, os atormento, os deshonro, os robo, y en toda mi vida no os he oído ni una palabra de reproche, jamás me habéis mirado con malos ojos. Todo estaría bien si hubiera sido un buen padre, ¡pero así son las cosas! No habéis recibido más que daño de mí. Soy un hombre malo y disipado... Ahora, gracias a Dios, soy más tranquilo y no tengo fuerza de voluntad, pero antes, cuando erais pequeños, tenía determinación, voluntad. Todo lo que decía o hacía, siempre lo creía correcto. A veces llegaba del club por la noche, borracho y de mal humor, y regañaba a vuestra pobre madre por gastar dinero. Me pasaba la noche despotricándola, y yo también pensaba que era lo correcto; os levantáis por la mañana e íbais a la escuela, mientras yo seguía desahogándome con ella. ¡Cielos! La torturaba, ¡Pobre mártir! Cuando volvías de la escuela y yo dormía, no te atrevías a cenar hasta que me levantaba. A la hora de la cena, volvía a haber un altercado. Seguro que lo recuerdas. No le deseo a nadie un padre así; Dios me envió a ti para una prueba. ¡Sí, para una prueba! ¡Aguantad, hijos, hasta el final! Honrad a vuestro padre y tendréis largos días. Quizás por vuestra noble conducta Dios os conceda una larga vida. ¡Cochero, parad!
El anciano saltó del taxi y corrió hacia una taberna. Media hora después regresó, se aclaró la garganta como si estuviera borracho y se sentó junto a su hijo.
"¿Dónde está Sonia ahora?", preguntó. "¿Sigue en el internado?"
—No, ella se fue en mayo y ahora vive con la suegra de Sasha.
—¡Ahí tienes! —dijo el anciano sorprendido—. ¡Es una niña muy buena! Así que sigue el ejemplo de su hermano... ¡Ay, Borenka, no tiene madre, nadie que la cuide! Oye, Borenka, ¿sabe... sabe cómo vivo? ¿Eh?
Boris no respondió. Pasaron cinco minutos en profundo silencio. El anciano sollozó, se secó la cara con un trapo y dijo:
—¡La amo, Borenka! Es mi única hija, ¿sabes? Y en la vejez no hay consuelo como una hija. ¿Podría verla, Borenka?
"Por supuesto, cuando quieras."
"¿En serio? ¿Y a ella no le importará?"
"Por supuesto que no, ella ha estado tratando de encontrarte para poder verte."
¡Por Dios! ¡Qué niños! ¿Cochero, eh? ¡Ordénalo, Borenka, querida! Ya es una señorita, con exquisiteces, consomé y todo lo demás con refinamiento, y no quiero presentarme ante ella en un estado tan abyecto. Te diré cómo lo haremos. Durante tres días me mantendré alejada de los licores, para ponerme en orden con mi borrachera. Luego iré a verte y me prestarás por un tiempo un traje tuyo; me afeitaré y me cortaré el pelo, y luego irás a traerla a tu piso. ¿Quieres?
"Muy bien."
"¡Cochero, para!"
El anciano saltó del coche de nuevo y entró corriendo en una taberna. Mientras Boris lo acompañaba a su alojamiento, volvió a saltar dos veces, mientras su hijo, sentado en silencio, lo esperaba pacientemente. Cuando, tras despedir al coche, cruzaron un largo y sucio patio hacia el alojamiento de la "virago", el anciano adoptó un aire de vergüenza y culpa, y empezó a carraspear tímidamente y a chasquear los labios.
—Borenka —dijo con voz aduladora—, si mi mujer empieza a decir algo, no le hagas caso... y compórtate con ella, ya sabes, con afabilidad. Es ignorante y descarada, pero es una buena persona. ¡Tiene un corazón cálido y bondadoso latiendo en su pecho!
El largo patio terminaba, y Boris se encontró en una entrada oscura. La puerta batiente crujió, olía a comida y a un samovar humeante. Se oían voces ásperas. Al cruzar el pasillo hacia la cocina, Boris no vio nada más que humo denso, un tendedero y la chimenea del samovar por una rendija de la que caían chispas doradas.
«Y aquí está mi celda», dijo el anciano, agachándose y entrando en una pequeña habitación de techo bajo y con una atmósfera insoportablemente sofocante por la proximidad de la cocina.
Allí, tres mujeres estaban sentadas a la mesa, deleitándose. Al ver a los visitantes, intercambiaron miradas y dejaron de comer.
"Bueno, ¿lo conseguiste?" preguntó abruptamente una de ellas, aparentemente la propia "virago".
—Sí, sí —murmuró el anciano—. Bueno, Boris, siéntate, por favor. Aquí todo es sencillo, jovencito... vivimos con sencillez.
Se afanaba sin rumbo. Se sentía avergonzado ante su hijo, y al mismo tiempo, aparentemente, quería mantener ante las mujeres su dignidad de gallito de la calle y de padre abandonado e infeliz.
"Sí, joven, vivimos con sencillez, sin tonterías", siguió murmurando. "Somos gente sencilla, joven... No somos como tú, no queremos dar la impresión. ¡No!... ¿Nos tomamos un trago de vodka?"
Una de las mujeres (le daba vergüenza beber delante de un desconocido) suspiró y dijo:
—Bueno, tomaré otra copa por las setas... Son unas setas tan buenas que te hacen beber aunque no quieras. Iván Gerásimitch, ofrécele al joven caballero, ¡quizás quiera una copa!
La última palabra la pronunció con un tono pausado y afectado.
—¡Toma un trago, jovencito! —dijo el padre, sin mirar a su hijo—. No tenemos vino ni licores, hijo mío, vivimos con sencillez.
—No le gustan nuestras costumbres —suspiró el marica—. No importa, no importa, tomará una copa.
Para no ofender a su padre negándose, Boris tomó una copa de vino y bebió en silencio. Cuando trajeron el samovar, para complacer al anciano, bebió dos tazas de té repugnante en silencio, con rostro melancólico. Sin decir palabra, escuchó a la mujerzuela soltar indirectas sobre la existencia de niños crueles y desalmados que abandonan a sus padres.
—¡Sé lo que estás pensando! —dijo el anciano, tras beber más y caer en su habitual estado de euforia—. Crees que me he hundido en el fango, que soy digno de lástima, pero para mí, esta vida sencilla es mucho más normal que la tuya... No necesito a nadie, y... y no pienso aceptar la humillación... No soporto que un niño miserable me mire con compasión.
Después del té, limpió un arenque y lo espolvoreó con cebolla, con tal fervor que se le llenaron los ojos de lágrimas. Volvió a hablar de las carreras y de sus ganancias, de un sombrero panamá por el que había pagado dieciséis rublos el día anterior. Mentía con el mismo deleite con el que comía arenque y bebía. Su hijo permaneció en silencio durante una hora y empezó a despedirse.
—No me atrevo a retenerte —dijo el anciano con altivez—. ¡Disculpa, joven, por no vivir como quisieras!
Se erizó las plumas, resopló con dignidad y les guiñó un ojo a las mujeres.
"Adiós, jovencito", dijo, acompañando a su hijo a la entrada. "Atención".
En la entrada, donde estaba oscuro, de repente presionó su cara contra la manga del joven y sollozó.
"Me gustaría echarle un vistazo a Sonitchka", susurró. "Ordénalo, Borenka, mi ángel. Me afeitaré, me pondré tu traje... Pondré cara seria... Me callaré mientras esté allí. ¡Sí, sí, me callaré!"
Miró tímidamente hacia la puerta por donde se oían las voces de las mujeres, contuvo los sollozos y dijo en voz alta:
"¡Adiós joven! Aténdez."
EN LA CARRETERA
"Sobre el pecho de un gigantesco peñasco, una nube dorada descansó una noche."
LERMONTOV.
En la habitación que el tabernero, el cosaco Semión Chistopluy, llamaba la «habitación de los viajeros», reservada exclusivamente para viajeros, un hombre alto y de hombros anchos, de unos cuarenta años, estaba sentado a la gran mesa sin pintar. Dormía con los codos apoyados en la mesa y la cabeza apoyada en el puño. Un cabo de vela de sebo, introducido en un viejo tarro de pomatum, iluminaba su barba castaña clara, su nariz gruesa y ancha, sus mejillas bronceadas y las cejas negras y pobladas que sobresalían de sus ojos cerrados... La nariz, las mejillas y las cejas, todos los rasgos, cada uno por separado, eran toscos y pesados, como los muebles y la estufa de la «habitación de los viajeros», pero en conjunto daban la impresión de algo armonioso e incluso hermoso. Así es la estrella de la suerte, como se la llama, del rostro ruso: cuanto más toscos y severos son sus rasgos, más suave y afable parece. El hombre vestía una chaqueta de caballero, raída pero apretada con un galón nuevo y ancho, un chaleco afelpado y pantalones negros amplios metidos dentro de grandes botas altas.
En uno de los bancos, que formaban una hilera continua a lo largo del muro, una niña de ocho años, con un vestido marrón y largas medias negras, dormía sobre un abrigo forrado de piel de zorro. Tenía el rostro pálido, el cabello rubio, los hombros estrechos, todo su cuerpo delgado y frágil, pero su nariz sobresalía, un bulto tan grueso y feo como la del hombre. Estaba profundamente dormida, inconsciente de que su peine semicircular se le había caído de la cabeza y le estaba cortando la mejilla.
La "sala de los viajeros" tenía un aire festivo. El aire olía a suelos recién fregados, no había trapos colgados como siempre en la cuerda que recorría la habitación en diagonal, y una pequeña lámpara ardía en un rincón, sobre la mesa, proyectando una mancha de luz roja sobre el icono de San Jorge el Victorioso. Desde el icono se extendía, a cada lado de la esquina, una hilera de oleografías baratas, que mantenían una estricta y cuidadosa gradación en la transición de lo sagrado a lo profano. A la tenue luz del extremo de la vela y de la lámpara roja del icono, las imágenes parecían una franja continua, cubierta de manchas negras. Cuando la estufa de azulejos, tratando de cantar al unísono con el clima, inhaló el aire con un aullido, mientras los leños, como si despertasen, estallaban en llamas brillantes y silbaban enojados, manchas rojas comenzaron a bailar en las paredes de troncos, y sobre la cabeza del hombre dormido se pudo ver primero al Serafín Mayor, luego al Shah Nasir-ed-Din, luego un bebé gordo y moreno con ojos saltones, susurrando en el oído de una muchacha con un rostro extraordinariamente vacío e indiferente.
Afuera rugía una tormenta. Algo frenético e iracundo, pero profundamente infeliz, parecía azotar la taberna con la ferocidad de una fiera, intentando entrar. Golpeando las puertas, golpeando las ventanas y el techo, arañando las paredes, amenazaba y suplicaba alternativamente, luego se calmaba por un breve intervalo, y luego, con un aullido alegre y traicionero, irrumpía en la chimenea. Pero la leña se encendió, y el fuego, como un perro encadenado, voló furioso al encuentro de su enemigo. Comenzó una batalla, y tras ella: sollozos, gritos, aullidos de ira. En todo esto se oía el sonido de la miseria furiosa y el odio insatisfecho, y la impaciencia mortificada de algo acostumbrado al triunfo.
Hechizada por esta música salvaje e inhumana, la «habitación de los viajeros» pareció hechizada para siempre, pero de repente la puerta crujió y entró el mozo de la cocina, con una camisa estampada nueva. Cojeando de una pierna y parpadeando soñoliento, apagó la vela con los dedos, echó más leña al fuego y salió. Enseguida, desde la iglesia, que estaba a trescientos pasos de la taberna, el reloj dio la medianoche. El viento jugaba con las campanadas como con los copos de nieve; persiguiendo los sonidos del reloj, los hacía girar una y otra vez sobre un vasto espacio, de modo que algunas campanadas se acortaban o se alargaban en notas largas y vibrantes, mientras que otras se perdían por completo en el alboroto general. Una campanada sonó tan nítidamente en la habitación como si hubiera sonado justo debajo de la ventana. La niña, dormida sobre la piel de zorro, se sobresaltó y levantó la cabeza. Por un momento se quedó mirando fijamente la ventana oscura, a Nasir-ed-Din, sobre quien en ese momento brillaba un resplandor carmesí proveniente del fuego; luego volvió la mirada hacia el hombre dormido.
"Papá", dijo ella.
Pero el hombre no se movió. La niña frunció el ceño con enojo, se echó y dobló las piernas. Alguien en la taberna dio un bostezo fuerte y prolongado. Poco después se oyó el chirrido de la puerta batiente y el sonido de voces indistintas. Alguien entró, sacudiéndose la nieve y pisando fuerte con sus botas de fieltro, que producían un ruido sordo.
"¿Qué pasa?" preguntó lánguidamente una voz de mujer.
—Ha llegado la señorita Ilovaisky... —respondió una voz grave.
De nuevo se oyó el chirrido de la puerta batiente. Luego, el rugido del viento que entraba a toda velocidad. Alguien, probablemente el niño cojo, corrió hacia la puerta que daba a la «habitación de los viajeros», tosió con deferencia y levantó el pestillo.
"Por aquí, señora, por favor", dijo una voz de mujer con dulzura. "Está limpio aquí, mi belleza..."
La puerta se abrió de par en par y apareció en el umbral un campesino con barba, con el abrigo largo de cochero, cubierto de nieve de pies a cabeza y cargando un gran baúl al hombro. Le seguía en la habitación una figura femenina, de apenas la mitad de su estatura, sin rostro ni brazos, abrigada y envuelta como un bulto, también cubierta de nieve. Un frío húmedo, como de sótano, parecía llegarle al niño desde el cochero y el bulto, y el fuego y las velas parpadearon.
—¡Qué tontería! —dijo el bulto enojado—. Podríamos ir perfectamente. Solo nos quedan nueve millas, la mayoría por el bosque, y no deberíamos perdernos...
—En cuanto a perdernos, no deberíamos, ¡pero los caballos no pueden seguir, señora! —respondió el cochero—. ¡Y es tu voluntad, oh Señor! ¡Como si lo hubiera hecho a propósito!
—Dios sabe adónde me has traído... Bueno, cállate... Parece que hay gente durmiendo aquí. Puedes irte...
El cochero dejó la maleta en el suelo y, al hacerlo, un gran trozo de nieve le cayó de los hombros. Olfateó y salió.
Entonces la niña vio dos manitas salir del centro del bulto, estirarse hacia arriba y empezar a desenredar con furia la red de chales, pañuelos y bufandas. Primero cayó al suelo un gran chal, luego una capucha, luego un pañuelo blanco de punto. Tras liberarse la cabeza, la viajera se quitó la pelliza y al instante se encogió a la mitad. Ahora llevaba un abrigo largo y gris con botones grandes y bolsillos abultados. De un bolsillo sacó un paquete de papel, del otro un manojo de llaves grandes y pesadas, que dejó con tanta descuido que el hombre dormido se sobresaltó y abrió los ojos. Durante un rato miró a su alrededor con la mirada perdida, como si no supiera dónde estaba, luego negó con la cabeza, fue a un rincón y se sentó... La recién llegada se quitó el abrigo, lo que la hizo encogerse a la mitad de su tamaño, se quitó las grandes botas de fieltro y se sentó también.
Para entonces ya no parecía un bulto: era una delgada morena de veinte años, esbelta como una serpiente, con un rostro alargado y blanco y cabello rizado. Su nariz era larga y afilada, su barbilla también era larga y afilada, sus pestañas eran largas, las comisuras de su boca eran afiladas, y, gracias a esta agudeza general, la expresión de su rostro era mordaz. Envuelta en un vestido negro ajustado con una masa de encaje en el cuello y las mangas, con codos afilados y dedos largos y rosados, recordaba los retratos de las damas inglesas medievales. La seria concentración de su rostro acentuaba este parecido.
La señora recorrió la habitación con la mirada, miró de reojo al hombre y a la niña, se encogió de hombros y se acercó a la ventana. Las oscuras ventanas temblaban por el húmedo viento del oeste. Grandes copos de nieve, relucientes en su blancura, se posaban en el marco de la ventana, pero desaparecieron enseguida, arrastrados por el viento. La música salvaje se hacía cada vez más fuerte...
Después de un largo silencio la niña de repente se dio la vuelta y dijo enojada, enfatizando cada palabra:
—¡Oh, Dios mío, Dios mío, qué infeliz soy! ¡Más infeliz que nadie!
El hombre se levantó y avanzó con pasitos hacia el niño, con aire culpable, nada acorde con su enorme figura y su gran barba.
—¿No estás dormida, querida? —preguntó con tono de disculpa—. ¿Qué quieres?
—¡No quiero nada, me duele el hombro! Eres un hombre malvado, papá, ¡y Dios te castigará! Ya verás cómo te castiga.
"Cariño, sé que te duele el hombro, pero ¿qué puedo hacer, querida?", dijo el hombre, con el tono con el que los hombres que han bebido se disculpan con sus severas esposas. "Es el viaje lo que te ha hecho doler el hombro, Sasha. Mañana llegaremos a descansar, y el dolor se pasará..."
"Mañana, mañana... Todos los días dices mañana. Seguiremos otros veinte días."
—Pero llegaremos mañana, querida, bajo la palabra de honor de tu padre. Nunca miento, pero si nos retrasa la tormenta de nieve, no es culpa mía.
"¡No puedo más, no puedo, no puedo!"
Sasha sacudió la pierna bruscamente y llenó la habitación con un gemido desagradable. Su padre hizo un gesto de desesperación y miró con desesperación a la joven. Esta se encogió de hombros y, vacilante, se acercó a Sasha.
"Escucha, querida", dijo, "no sirve de nada llorar. Es muy travieso; si te duele el hombro, no hay remedio".
"Verá, señora", dijo el hombre rápidamente, como defendiéndose, "llevamos dos noches sin dormir y viajamos en un coche asqueroso. Bueno, claro, es normal que esté enferma y se sienta fatal... y además, ya sabe, el conductor estaba borracho, nos robaron el baúl... la tormenta de nieve constante, pero ¿de qué sirve llorar, señora? Estoy agotado de dormir sentado, y me siento como si estuviera borracho. ¡Ay, Sasha, y me siento mal de por sí, y entonces llora!"
El hombre meneó la cabeza y con un gesto de desesperación se sentó.
"Claro que no debes llorar", dijo la joven. "Solo lloran los bebés. Si estás enferma, querida, debes desvestirte y dormir... ¡Déjanos quitarte la ropa!"
Cuando desvistieron y tranquilizaron a la niña, reinó de nuevo el silencio. La joven se sentó junto a la ventana y miró con asombro la habitación de la posada, el icono, la estufa... Al parecer, la habitación, la niña de nariz gruesa, con su camisón corto, y el padre de la niña, todo le parecía extraño. Este hombre extraño estaba sentado en un rincón; miraba a su alrededor con impotencia, como si estuviera borracho, frotándose la cara con la palma de la mano. Permanecía en silencio, parpadeando, y a juzgar por su aspecto culpable, era difícil imaginar que pronto empezaría a hablar. Sin embargo, fue el primero en hacerlo. Se acarició las rodillas, tosió, rió y dijo:
Es una comedia, de verdad... Miro y no puedo creer lo que ven mis ojos: ¿por qué diablura nos ha conducido el destino a esta maldita posada? ¿Qué quería mostrar con ello? La vida a veces da semejantes saltos mortales que uno solo puede mirar y parpadear con asombro. ¿Ha venido de lejos, señora?
—No, no de lejos —respondió la joven—. Voy desde nuestra finca, a veinticinco kilómetros de aquí, a nuestra granja, con mi padre y mi hermano. Me llamo Ilovaisky, y la granja se llama Ilovaiskoe. Está a quince kilómetros. ¡Qué mal tiempo!
"No podría ser peor."
El niño cojo entró y metió una vela nueva en la maceta de pomatum.
"Podrías traernos el samovar, muchacho", dijo el hombre, dirigiéndose a él.
"¿Quién bebe té ahora?", rió el niño. "Es pecado beber té antes de misa..."
"No te preocupes muchacho, no arderás en el infierno si lo hacemos..."
Mientras tomaban el té, los nuevos conocidos comenzaron a conversar.
La señorita Ilovaisky se enteró de que su compañero se llamaba Grigory Petrovich Liharev, que era hermano de Liharev, quien fue Mariscal de la Nobleza en uno de los distritos vecinos, y que él mismo había sido terrateniente, pero que lo había "manejado todo en su vida". Liharev se enteró de que se llamaba Marya Mihailovna, que su padre poseía una enorme propiedad, pero que ella era la única que la cuidaba, ya que su padre y su hermano veían la vida a través de sus dedos, eran irresponsables y les gustaban demasiado los galgos.
"Mi padre y mi hermano están solos en la granja", le dijo, blandiendo los dedos (tenía la costumbre de moverlos delante de su rostro afilado al hablar, y después de cada frase se humedecía los labios con su lengüita afilada). "Ellos, quiero decir los hombres, son unos irresponsables, y no mueven un dedo por sí mismos. ¡Me imagino que no habrá nadie que les dé de comer después del ayuno! No tenemos madre, y tenemos tantos sirvientes que no pueden poner el mantel bien cuando no estoy. ¡Imagínate su situación ahora! Se quedarán sin nada para romper el ayuno, mientras yo tengo que pasar la noche aquí. ¡Qué extraño es todo esto!"
Ella se encogió de hombros, tomó un sorbo de su taza y dijo:
Hay fiestas que tienen un aroma especial: en Pascua, la Trinidad y Navidad, se percibe un aroma peculiar en el aire. Incluso a los no creyentes les encantan esas fiestas. Mi hermano, por ejemplo, argumenta que Dios no existe, pero es el primero en apresurarse a ir a Maitines en Pascua.
Liharev alzó la vista hacia la señorita Ilovaisky y se rió.
"Argumentan que no existe Dios", continuó, riendo también, "pero ¿por qué, dime, todos los escritores célebres, los hombres eruditos, la gente inteligente en general, de hecho, creen hacia el final de su vida?"
"Si un hombre no sabe creer cuando es joven, señora, tampoco creerá en su vejez, aunque sea buen escritor."
A juzgar por la tos de Liharev, tenía voz grave, pero, probablemente por miedo a hablar en voz alta o por una timidez exagerada, hablaba con voz de tenor. Tras una breve pausa, hizo una seña y dijo:
Desde mi punto de vista, la fe es una facultad del espíritu. Es como un talento: se nace con ella. A juzgar por mí mismo, por la gente que he visto en mi vida y por todo lo que nos rodea, esta facultad está presente en los rusos en su máximo esplendor. La vida rusa nos presenta una sucesión ininterrumpida de convicciones y aspiraciones, y, si quieren saberlo, aún no tiene la menor idea de falta de fe o escepticismo. Si un ruso no cree en Dios, significa que cree en algo más.
Liharev tomó una taza de té de la señorita Ilovaisky, se bebió la mitad de un trago y continuó:
Les hablaré de mí. La naturaleza ha inculcado en mi corazón una extraordinaria facultad para creer. No se lo digan a nadie, pero la mitad de mi vida estuve entre ateos y nihilistas, pero no hubo ni una sola hora en la que dejara de creer. Todos los talentos, por regla general, se manifiestan en la primera infancia, y así se manifestó mi facultad cuando aún podía caminar erguido bajo la mesa. A mi madre le gustaba que sus hijos comieran mucho, y cuando me daba de comer solía decir: "¡Come! ¡La sopa es lo mejor de la vida!". Yo creía y comía la sopa diez veces al día, comía como un tiburón, hasta quedar asqueado y estupefacto. Mi niñera me contaba cuentos de hadas, y yo creía en espíritus domésticos, en elfos del bosque y en duendes de todo tipo. A veces le robaba a mi padre un sublimado corrosivo, lo espolvoreaba sobre pasteles y los subía al desván para que los espíritus domésticos, ¿sabe?, se los comieran y los mataran. Y cuando me enseñaron a leer y a entender lo que leía, entonces se armó un buen revuelo. Me escapé a América y me uní a los bandidos, y quise entrar en un monasterio, y contraté muchachos para que me torturaran por ser cristiano. Y fíjense que mi fe siempre estuvo activa, nunca murió. Si huía a América, no iba solo, sino que seducía a alguien, tan insensato como yo, para que me acompañara, y me alegraba cuando casi me congelaba a las puertas de la ciudad y me azotaban; si iba a unirme a... De los bandidos, siempre volvía con la cara destrozada. ¡Una infancia de lo más intranquila, te lo aseguro! Y cuando me enviaron al instituto y me bombardearon con toda clase de verdades —es decir, que la Tierra gira alrededor del Sol, o que la luz blanca no es blanca, sino que está compuesta de siete colores—, ¡mi pobre cabecita empezó a dar vueltas! Todo se me revolvió en la cabeza: Navin, que hizo que el sol se detuviera, y mi madre, que en nombre del profeta Elías desaprobaba los pararrayos, y mi padre, indiferente a las verdades que había aprendido. Mi iluminación me inspiró. Vagaba por la casa y los establos como un poseso, predicando mis verdades, me horrorizaba la ignorancia, ardía de odio hacia cualquiera que viera en la luz blanca solo luz blanca... Pero todo eso son tonterías y puerilidad. Los entusiasmos serios, por así decirlo, viriles, comenzaron solo en la universidad. Sin duda, señora, ¿se ha graduado en algún sitio?
"Estudié en Novotcherkask en el Instituto Don".
¿Entonces no has ido a la universidad? Así que no sabes lo que significa la ciencia. Todas las ciencias del mundo tienen el mismo pasaporte, sin el cual se consideran insignificantes... ¡la búsqueda de la verdad! Cada una de ellas, incluso la farmacología, no tiene como objetivo la utilidad, ni el alivio de la vida, sino la verdad. ¡Es extraordinario! Cuando te pones a estudiar cualquier ciencia, lo primero que te impacta es su comienzo. Te aseguro que no hay nada más atractivo y grandioso, nada tan asombroso, nada tan impactante como el comienzo de cualquier ciencia. Desde las primeras cinco o seis conferencias, te elevas en alas de las más brillantes esperanzas, ya te parece que recibes la verdad con los brazos abiertos. Y yo me entregué a la ciencia, en cuerpo y alma, apasionadamente, como a la mujer que se ama. Fui su esclavo; la encontré el sol de mi existencia y no pedí otro. Estudié día y noche sin descanso, me arruiné con los libros, lloré cuando ante mis ojos los hombres me explotaban. la ciencia para sus propios fines personales. Pero mi entusiasmo no duró mucho. El problema es que toda ciencia tiene un principio pero no un fin, como un decimal periódico. La zoología ha descubierto 35.000 tipos de insectos, la química cuenta con 60 elementos. Si con el tiempo se pueden escribir decenas de ceros después de estas cifras, la zoología y la química estarán tan lejos de su fin como ahora, y todo el trabajo científico contemporáneo consiste en aumentar estas cifras. Descubrí este truco cuando descubrí el 35.001 y no sentí ninguna satisfacción. Bueno, no tuve tiempo para sufrir desilusiones, ya que pronto fui poseído por una nueva fe. Me sumergí en el nihilismo, con sus manifiestos, sus "divisiones negras" y todo lo demás. "Fui al pueblo", trabajé en fábricas, trabajé como engrasador, como transportista de barcazas. Después, al vagar por Rusia, experimenté la vida rusa, me convertí en un ferviente devoto de esa vida. Amaba al pueblo ruso con Intensidad conmovedora; amaba a su Dios y creía en Él, y en su lengua, en su genio creativo... Y así sucesivamente... En mi época fui eslavófilo, solía acosar a Aksakov con cartas, y era ucranófilo, arqueólogo y coleccionista de muestras de arte campesino... Me entusiasmaban las ideas, la gente, los acontecimientos, los lugares... ¡mi entusiasmo era inagotable! Hace cinco años luchaba por la abolición de la propiedad privada; mi último credo fue la no resistencia al mal.
Sasha suspiró bruscamente y empezó a moverse. Liharev se levantó y fue hacia ella.
"¿No quieres tomar un poco de té, querida?" preguntó con ternura.
"Bébetelo tú", respondió el niño con rudeza. Liharev, desconcertado, regresó a la mesa con paso culpable.
—Entonces lo has pasado genial —dijo la señorita Ilovaisky—. Tienes algo que recordar.
Bueno, sí, todo es muy animado cuando uno se sienta a tomar el té y charla con un atento oyente, ¡pero debería preguntarse cuánto me ha costado esa vivacidad! ¿Qué precio he pagado por la variedad de mi vida? Verá, señora, no he mantenido mis convicciones como un doctor alemán en filosofía, zierlichmännerlich , no he vivido en soledad, sino que cada convicción que he tenido me ha atado la espalda al yugo, me ha destrozado el cuerpo. Juzgue usted misma. Era rico como mis hermanos, pero ahora soy un mendigo. En el delirio de mi entusiasmo, destrocé mi propia fortuna y la de mi esposa: un montón de dinero ajeno. Ahora tengo cuarenta y dos años, la vejez me acecha y estoy sin hogar, como un perro que se ha quedado atrás de su carreta por la noche. Toda mi vida no he sabido lo que significaba la paz, mi alma ha estado en continua agitación, angustiada incluso por sus esperanzas... He estado cansado. He trabajado duro e irregularmente, he soportado privaciones, he estado cinco veces en prisión, me he arrastrado por las provincias de Arcángel y de Tobolsk... ¡Es doloroso pensarlo! He vivido, pero en mi fiebre ni siquiera he sido consciente del proceso mismo de la vida. ¿Lo creerán? No recuerdo ni una sola primavera, nunca me di cuenta de cuánto me amaba mi esposa, cómo nacieron mis hijos. ¿Qué más puedo decirles? He sido una desgracia para todos los que me han amado... Mi madre ha estado de luto por mí durante quince años, mientras que mis orgullosos hermanos, que han tenido que encogerse, sonrojarse, inclinar la cabeza, malgastar su dinero por mí, al final han llegado a odiarme como un veneno.
Liharev se levantó y volvió a sentarse.
«Si simplemente fuera infeliz, daría gracias a Dios», continuó sin mirar a su oyente. «Mi infelicidad personal queda relegada a un segundo plano cuando recuerdo cuántas veces, en mis entusiasmos, he sido absurdo, alejado de la verdad, injusto, cruel, peligroso. Cuántas veces he odiado y despreciado a quienes debería haber amado, y viceversa , he cambiado mil veces. Un día creo, me postro y adoro, al siguiente huyo como un cobarde de los dioses y amigos de ayer, y me trago en silencio al «¡canalla!». Me persiguen. Solo Dios ha visto cuántas veces he llorado y mordido la almohada, avergonzado por mis entusiasmos. Jamás en mi vida he mentido ni he hecho el mal intencionadamente, ¡pero mi conciencia no está tranquila! Ni siquiera puedo jactarme, señora, de no tener la vida de nadie sobre mi conciencia, pues mi esposa murió ante mis ojos, agotada por mi imprudente actividad. ¡Sí, mi esposa! Le digo que hoy en día hay dos maneras de tratar a las mujeres. Algunos miden el cráneo de las mujeres para demostrar que son inferiores al hombre, señalan sus defectos para burlarse de ellas, para parecer originales a sus ojos y para justificar su sensualidad. Otros hacen todo lo posible por elevar a las mujeres a su nivel, es decir, las obligan a aprenderse de memoria las 35.000 especies, a decir y escribir las mismas tonterías que ellas mismas.
El rostro de Liharev se oscureció.
«Les digo que la mujer ha sido y siempre será esclava del hombre», dijo en voz baja, golpeando la mesa con el puño. «Es la cera suave y tierna que un hombre siempre moldea en lo que le place... ¡Dios mío! ¡Por algún fanfarrón entusiasmo masculino se cortará el pelo, abandonará a su familia, morirá entre desconocidos!... Entre las ideas por las que se ha sacrificado no hay ni una sola femenina... ¡Una esclava incondicional y devota! No he medido cráneos, pero lo digo por dura y amarga experiencia: las mujeres más orgullosas e independientes, si he logrado comunicarles mi entusiasmo, me han seguido sin críticas, sin cuestionamientos, y han hecho lo que he querido; he convertido a una monja en una nihilista que, como supe después, disparó a un gendarme; mi esposa no me dejó ni un minuto en mis andanzas, y como una veleta, cambió su fe al ritmo de mis cambiantes entusiasmos».
Liharev saltó y caminó de un lado a otro de la habitación.
—¡Una noble y sublime esclavitud! —dijo, juntando las manos—. ¡Justo en ella reside el sentido más elevado de la vida femenina! De toda la aterradora mezcla de pensamientos e impresiones acumulados en mi cerebro por mi relación con las mujeres, mi memoria, como un filtro, no ha retenido ninguna idea, ningún dicho ingenioso, ninguna filosofía, nada más que esa extraordinaria resignación al destino, esa maravillosa misericordia, ese perdón absoluto.
Liharev apretó los puños, miró fijamente a un punto y, con una intensidad apasionada, como si saboreara cada palabra al pronunciarla, siseó entre dientes apretados:
"Esa... esa fortaleza de gran corazón, esa fidelidad hasta la muerte, esa poesía del corazón... El sentido de la vida reside precisamente en ese martirio sin arrepentimiento, en las lágrimas que ablandarían una piedra, en el amor infinito y misericordioso que trae luz y calor al caos de la vida..."
La señorita Ilovaisky se levantó lentamente, dio un paso hacia Liharev y fijó la mirada en su rostro. Por las lágrimas que brillaban en sus pestañas, por su voz temblorosa y apasionada, por el rubor de sus mejillas, le quedó claro que las mujeres no eran una casualidad, ni un simple tema de conversación. Eran el objeto de su nuevo entusiasmo, o, como él mismo decía, ¡de su nueva fe! Por primera vez en su vida vio a un hombre apasionado, fervientemente creyente. Con sus gesticulaciones, con sus ojos centelleantes, le pareció loco, frenético, pero había una sensación de tal belleza en el fuego de sus ojos, en sus palabras, en todos los movimientos de su enorme cuerpo, que, sin darse cuenta de lo que hacía, se quedó frente a él como clavada en el suelo, mirándolo a la cara con deleite.
"Toma a mi madre", dijo, extendiéndole la mano con expresión implorante. "Envenené su existencia, según sus ideas, deshonré el nombre de Liharev, le hice tanto daño como el más maligno enemigo, ¿y qué te parece? Mis hermanos le dan pequeñas sumas para pan sagrado y servicios religiosos, y, ofendiendo sus sentimientos religiosos, ella ahorra ese dinero y se lo envía en secreto a su descarriado Grigory. Esta nimiedad por sí sola eleva y ennoblece el alma mucho más que todas las teorías, todos los dichos ingeniosos y las 35.000 especies. Puedo darte miles de ejemplos. ¡Tómate tú, por ejemplo! Con la tempestad y la oscuridad afuera, vas a tu padre y a tu hermano para animarlos con tu cariño en las vacaciones, aunque es muy probable que se hayan olvidado y no piensen en ti. Y, espera un poco, y amarás a un hombre y lo seguirás hasta el Polo Norte. Lo harías, ¿verdad?"
"Sí, si lo amara."
—¡Mira! —exclamó Liharev encantado, e incluso dio una patada en el suelo—. ¡Ay, Dios mío! ¡Cuánto me alegro de haberte conocido! El destino me es propicio, siempre me encuentro con gente espléndida. No pasa un día sin que uno conozca a alguien por quien daría el alma. Hay muchísima más gente buena que mala en este mundo. Mira, por ejemplo, con qué franqueza y sinceridad hemos estado hablando, como si nos conociéramos desde hace cien años. A veces, te aseguro, uno se contiene durante diez años y se calla, es reservado con sus amigos y su esposa, y se encuentra con un cadete en un tren y le confiesa todo lo que siente. Es la primera vez que tengo el honor de verte, y sin embargo, te he confesado como nunca en mi vida. ¿Por qué?
Frotándose las manos y sonriendo con buen humor, Liharev paseó por la sala y volvió a hablar de mujeres. Mientras tanto, empezaron a tocar maitines.
—¡Madre mía! —gimió Sasha—. ¡No me deja dormir con tanta charla!
—¡Oh, sí! —dijo Liharev, sobresaltado—. Lo siento, querida, duerme, duerme... Tengo dos hijos además de ella —susurró—. Viven con su tío, señora, pero esta no puede vivir ni un día sin su padre. Es una desgraciada, se queja, pero se me pega como una mosca a la miel. He estado parloteando demasiado, señora, y no le vendría mal dormir. ¿No le gustaría que le preparara la cama?
Sin esperar permiso, sacudió la pelliza mojada, la extendió sobre un banco, con la piel hacia arriba, recogió varios chales y bufandas, puso el abrigo enrollado a modo de almohada, y todo esto lo hizo en silencio, con una mirada de devota reverencia, como si no estuviera manipulando harapos de mujer, sino fragmentos de vasijas sagradas. Había algo de disculpa, de vergüenza, en toda su figura, como si, en presencia de una criatura débil, se avergonzara de su altura y fuerza...
Cuando la señorita Ilovaisky se acostó, apagó la vela y se sentó en un taburete junto a la estufa.
"Así que, señora", susurró, encendiendo un cigarrillo grueso y echando el humo a la estufa, "la naturaleza ha dotado al ruso de una extraordinaria capacidad de creer, una inteligencia inquisitiva y el don de la especulación, pero todo eso queda reducido a cenizas por la irresponsabilidad, la pereza y la frivolidad soñadora... Sí..."
Miró con asombro la oscuridad, y solo vio una mancha roja en el icono y el destello de la luz de la estufa en el rostro de Liharev. La oscuridad, el repique de las campanas, el rugido de la tormenta, el niño cojo, Sasha con su inquietud, el infeliz Liharev y sus dichos: todo se mezclaba y parecía crecer en una inmensa impresión, y el mundo de Dios le parecía fantástico, lleno de maravillas y poderes mágicos. Todo lo que había oído resonaba en sus oídos, y la vida humana se le presentaba como un hermoso cuento de hadas poético sin fin.
La inmensa impresión creció y creció, nubló su conciencia y se convirtió en un dulce sueño. Estaba dormida, aunque vio la pequeña lámpara de icono y una gran nariz con la luz jugando sobre ella.
Ella oyó el sonido del llanto.
—Papá, cariño —suplicaba con ternura una voz infantil—, ¡volvamos con el tío! ¡Allí hay un árbol de Navidad! ¡Styopa y Kolya están allí!
"Cariño, ¿qué puedo hacer?", dijo suavemente un hombre con voz grave. "¡Entiéndeme! ¡Vamos, entiéndeme!"
Y el llanto del hombre se mezcló con el de la niña. Esta voz de dolor humano, en medio del aullido de la tormenta, tocó el oído de la niña con una música tan dulce y humana que ella no pudo soportar el deleite y lloró también. Después, fue consciente de una gran sombra negra que se acercaba sigilosamente a ella, recogiendo un chal que se había caído al suelo y envolviéndolo con cuidado alrededor de sus pies.
La señorita Ilovaisky se despertó con un extraño alboroto. Se levantó de un salto y miró a su alrededor con asombro. El azul intenso del amanecer se asomaba por la ventana medio cubierta de nieve. En la habitación reinaba un crepúsculo gris, a través del cual se distinguían con nitidez la estufa, el niño dormido y Nasir-ed-Din. La estufa y la lámpara estaban apagadas. A través de la puerta abierta de par en par, pudo ver la gran taberna con mostrador y sillas. Un hombre, con cara de gitano estúpido y ojos atónitos, estaba de pie en medio de la habitación, en un charco de nieve derretida, sosteniendo una gran estrella roja en un palo. Estaba rodeado por un grupo de chicos, inmóviles como estatuas, cubiertos de nieve. La luz brillaba a través del papel rojo de la estrella, proyectando un resplandor rojo sobre sus rostros húmedos. La multitud gritaba desordenadamente, y de su alboroto, la señorita Ilovaisky solo pudo distinguir un pareado:
"Hola, pequeño muchacho ruso,
trae tu cuchillo afilado,
mataremos al judío, lo mataremos,
al hijo de la tribulación..."
Liharev estaba de pie cerca del mostrador, mirando con emoción a los cantantes y zapateando al ritmo de la música. Al ver a la señorita Ilovaisky, sonrió de oreja a oreja y se acercó a ella. Ella también sonrió.
¡Feliz Navidad! —dijo—. Vi que dormiste bien.
Ella lo miró, no dijo nada y siguió sonriendo.
Después de la conversación nocturna, él no le pareció alto ni de hombros anchos, sino pequeño, tal como el barco de vapor más grande nos parece algo pequeño cuando oímos que ha cruzado el océano.
"Bueno, ya es hora de irme", dijo. "Tengo que ponerme mi ropa. Dime, ¿adónde vas ahora?"
¿Yo? A la estación de Klinushki, de allí a Sergievo, y desde Sergievo, a caballo, treinta millas hasta las minas de carbón que pertenecen a un hombre horrible, un general llamado Shashkovsky. Mis hermanos me han conseguido el puesto de superintendente allí... Voy a ser minero de carbón.
—Quédate, conozco esas minas. Shashkovsky es mi tío, ¿sabes? Pero... ¿a qué vas allí? —preguntó la señorita Ilovaisky, mirando a Liharev con sorpresa.
Como superintendente. Para supervisar las minas de carbón.
—¡No lo entiendo! —se encogió de hombros—. Vas a las minas. Pero, ¿sabes?, es una estepa desolada, un desierto, ¡tan deprimente que no podrías vivir ni un día allí! Es un carbón horrible, nadie lo compra, y mi tío es un maníaco, un déspota, un arruinado... ¡No cobrarás tu sueldo!
"No importa", dijo Liharev con indiferencia, "estoy agradecido incluso por las minas de carbón".
Ella se encogió de hombros y caminó agitada por la habitación.
"No lo entiendo, no lo entiendo", dijo, moviéndose los dedos ante la cara. "¡Es imposible, y... e irracional! Debes entender que es... es peor que el exilio. ¡Es una tumba viviente! ¡Cielos!", dijo con vehemencia, acercándose a Liharev y moviendo los dedos ante su rostro sonriente; su labio superior temblaba y su rostro afilado palideció. "Vamos, imagínatelo, la estepa desnuda, la soledad. No hay nadie a quien decirle una palabra allí, ¡y tú... te entusiasman las mujeres! ¡Minas de carbón... y mujeres!"
De repente, la señorita Ilovaisky se avergonzó de su calor y, alejándose de Liharev, se dirigió a la ventana.
—No, no, no puedes ir allí —dijo ella, moviendo rápidamente los dedos sobre el panel.
No solo en su corazón, sino incluso en su columna, sentía que tras ella se alzaba un hombre infinitamente infeliz, perdido y marginado, mientras él, como si no fuera consciente de su infelicidad, como si no hubiera derramado lágrimas en la noche, la miraba con una sonrisa amable. ¡Mejor que siguiera llorando! Recorrió la habitación varias veces agitada, luego se detuvo en un rincón y se sumió en sus pensamientos. Liharev decía algo, pero ella no lo oía. Dándole la espalda, sacó un billete de su bolso, lo arrugó un buen rato en la mano y, mirando a Liharev, se sonrojó y se lo guardó en el bolsillo.
La voz del cochero se oyó a través de la puerta. Con rostro serio y concentrado, comenzó a vestirse en silencio. Liharev la abrigó, charlando animadamente, pero cada palabra que decía le pesaba en el corazón. No es alentador oír bromas de la infelicidad o del moribundo.
Cuando la transformación de una persona viva en un bulto informe se completó, la señorita Ilovaisky recorrió con la mirada la "sala de los viajeros" por última vez, guardó silencio un momento y salió lentamente. Liharev fue a despedirla...
Afuera, solo Dios sabe por qué, el invierno seguía rugiendo. Nubes enteras de grandes y suaves copos de nieve giraban inquietas sobre la tierra, sin encontrar un lugar donde reposar. Los caballos, el trineo, los árboles, un toro atado a un poste, todo era blanco y parecía suave y esponjoso.
—Bueno, que Dios te ayude —murmuró Liharev, metiéndola en el trineo—. No recuerdes el mal contra mí...
Guardó silencio. Cuando el trineo arrancó y tuvo que rodear un enorme ventisquero, miró a Liharev con una expresión como si quisiera decirle algo. Él corrió hacia ella, pero ella no le dijo ni una palabra; solo lo miró a través de sus largas pestañas, cubiertas de pequeñas motas de nieve.
Ya sea que su fina intuición realmente pudiera leer esa mirada, o que su imaginación lo engañara, de repente empezó a creer que con un par de caricias más, aquella muchacha le habría perdonado sus fracasos, su edad, su desolada situación, y lo habría seguido sin preguntas ni razonamientos. Permaneció un buen rato, como clavado en el suelo, contemplando las huellas dejadas por los patines del trineo. Los copos de nieve se posaban ávidamente en su cabello, su barba, sus hombros... Pronto, las huellas de los patines se desvanecieron, y él mismo, cubierto de nieve, empezó a parecer una roca blanca, pero sus ojos seguían buscando algo entre las nubes de nieve.
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
El pueblo era pequeño, peor que una aldea, y apenas lo habitaban ancianos, que morían con una frecuencia realmente molesta. En el hospital y en la fortaleza-prisión se necesitaban muy pocos ataúdes. De hecho, el negocio iba mal. Si Yakov Ivanov hubiera sido un funerario en la capital de la provincia, sin duda habría tenido una casa propia, y la gente lo habría llamado Yakov Matveyitch; aquí, en este miserable pueblito, la gente lo llamaba simplemente Yakov; por alguna razón, su apodo en la calle era Bronce, y vivía pobremente, como un humilde campesino, en una pequeña y vieja choza con una sola habitación, y en ella él y Marfa, la estufa, una cama doble, los ataúdes, su banco y todas sus pertenencias se apiñaban.
Yakov fabricaba ataúdes buenos y sólidos. Para campesinos y trabajadores, los hacía a su medida, y siempre lo conseguía, pues no había nadie más alto ni más fuerte que él, ni siquiera en la prisión, a pesar de tener setenta años. Para la nobleza y las mujeres, los hacía a medida, usando para ello una regla de hierro. Era muy reacio a aceptar encargos de ataúdes para niños, y los hacía directamente sin medidas, con desprecio, y cuando le pagaban por el trabajo, siempre decía:
"Debo confesar que no me gustan los trabajos de farsa."
Aparte de su oficio, tocar el violín le reportaba unos pequeños ingresos.
La orquesta judía, dirigida por Moisey Ilyitch Shahkes, el hojalatero, quien se quedaba con más de la mitad de sus ingresos, solía tocar en las bodas de la ciudad. Como Yakov tocaba muy bien el violín, sobre todo canciones rusas, Shahkes a veces lo invitaba a unirse a la orquesta por medio rublo diario, además de las propinas de los visitantes. Cuando Bronze se sentó en la orquesta, su rostro se sonrojó y sudó; hacía calor, había un sofocante olor a ajo, el violín chirriaba, el contrabajo silbaba cerca de su oreja derecha, mientras la flauta gemía a su izquierda, tocada por un judío demacrado y pelirrojo, con una perfecta red de venas rojas y azules por toda la cara, y que llevaba el nombre del famoso millonario Rothschild. Y este maldito judío se las arreglaba para tocar incluso las canciones más animadas con tristeza. Sin razón aparente, Yakov poco a poco fue tomando odio y desprecio hacia los judíos, y especialmente hacia Rothschild; empezó a pelearse con él, a insultarlo con un lenguaje indecoroso, y una vez incluso intentó golpearlo, y Rothschild se ofendió y dijo, mirándolo ferozmente:
"Si no fuera porque te respeto por tu talento, te habría mandado volar por la ventana."
Entonces se echó a llorar. Y por eso, a Yakov no lo llamaban a menudo para tocar en la orquesta; solo lo llamaban en caso de extrema necesidad, ante la ausencia de algún judío.
Yakov nunca estaba de buen humor, pues continuamente tenía que soportar terribles pérdidas. Por ejemplo, era pecado trabajar los domingos o los días de los santos, y el lunes era un día de mala suerte, así que a lo largo del año había unos doscientos días en los que, le gustara o no, tenía que sentarse con las manos cruzadas. Y solo piensen en la pérdida que eso significaba. Si alguien en el pueblo celebraba una boda sin música, o si Shahkes no mandaba a buscar a Yakov, eso también era una pérdida. El superintendente de la prisión estuvo enfermo durante dos años y se estaba consumiendo, y Yakov esperaba con impaciencia su muerte, pero el superintendente se fue a la capital de la provincia para que lo atendieran, y allí murió. Hay una pérdida para ti, al menos diez rublos, ya que habría sido costoso hacer un ataúd forrado de brocado. El pensamiento de sus pérdidas atormentaba a Yakov, especialmente por la noche; Dejó su violín sobre la cama a su lado, y cuando todo tipo de ideas sin sentido vinieron a su mente, tocó una cuerda; el violín emitió un sonido en la oscuridad, y se sintió mejor.
El seis de mayo del año anterior, Marfa enfermó repentinamente. La anciana respiraba con dificultad, bebía mucha agua y se tambaleaba al caminar; sin embargo, encendió la estufa por la mañana e incluso fue a buscar agua. Al anochecer, se acostó. Yakov tocó el violín todo el día; cuando oscureció por completo, tomó el libro donde anotaba sus pérdidas a diario y, sintiéndose aburrido, empezó a sumar el total del año. Ascendió a más de mil rublos. Esto lo alteró tanto que arrojó las cuentas al suelo y las pisoteó. Luego las recogió y volvió a pasar un buen rato chasqueando con ellas y exhalando profundos y forzados suspiros. Tenía el rostro rojo y empapado de sudor. Pensó que si hubiera depositado esos mil rublos perdidos en el banco, los intereses de un año habrían sido de al menos cuarenta rublos, así que cuarenta rublos también eran una pérdida. De hecho, dondequiera que uno miraba había pérdidas y nada más.
—¡Yakov! —gritó Marfa inesperadamente—. ¡Me muero!
Miró a su esposa. Su rostro estaba sonrosado por la fiebre, inusualmente brillante y alegre. Bronze, acostumbrado a ver su rostro siempre pálido, tímido y triste, estaba desconcertado. Parecía como si realmente se estuviera muriendo y se alegrara de alejarse para siempre de esa cabaña, de los ataúdes y de Yakov... Y miró al techo y movió los labios, con una expresión de felicidad, como si viera a la muerte como su salvadora y susurrara con él.
Amanecía; desde las ventanas se veía el rubor del amanecer. Al mirar a la anciana, Yákov, por alguna razón, reflexionó que nunca en su vida le había mostrado cariño, que no había sentido ningún afecto por ella, que nunca se le había ocurrido comprarle un pañuelo ni traerle algún detalle de una boda, sino que no había hecho más que gritarle, regañarla por sus pérdidas y amenazarla con los puños. Es cierto que nunca la había golpeado, pero la había asustado, y en esos momentos ella siempre se quedaba paralizada de terror. Pues bien, le había prohibido tomar té porque gastaban demasiado sin él, y ella solo bebía agua caliente. Y comprendió por qué ahora tenía ese rostro tan extraño y alegre, y el miedo lo invadió.
En cuanto amaneció, pidió prestado un caballo a un vecino y llevó a Marfa al hospital. No había muchos pacientes, así que no tuvo que esperar mucho, solo tres horas. Para su gran satisfacción, los pacientes no eran recibidos por el médico, quien también estaba enfermo, sino por el ayudante, Maxim Nikolaich, un anciano del que todos en el pueblo decían que, aunque bebía y era pendenciero, sabía más que el médico.
"Que tengas un buen día", dijo Yakov, acompañando a su anciana a la consulta. "Disculpa, Maxim Nikolaich, siempre te molestamos con nuestras tonterías. Mira, mi media naranja está enferma, mi compañera de vida, como dicen, disculpe la expresión..."
El ayudante, frunciendo el ceño y acariciándose los bigotes, empezó a examinar a la anciana, que estaba sentada en un taburete, una figura demacrada y encorvada, con la nariz afilada y la boca abierta, que parecía un pájaro que quiere beber.
—Mmm... ¡Ah!... —dijo el ayudante lentamente, y suspiró—. Gripe y posiblemente fiebre. Ahora hay tifus en el pueblo. Bueno, la anciana ha vivido su vida, gracias a Dios... ¿Cuántos años tiene?
"Dentro de un año cumplirá setenta, Maxim Nikolaitch."
"Bueno, la anciana ha vivido su vida, es hora de decirle adiós".
—Tienes toda la razón, Maxim Nikolaich —dijo Yakov sonriendo cortésmente—. Te agradecemos profundamente tu amabilidad, pero permíteme decirte que todo insecto quiere vivir.
"Sin duda", dijo el asistente, en un tono que sugería que de él dependía que la mujer viviera o muriera. "Bueno, pues, amigo, ponle una compresa fría en la cabeza y dale estos polvos dos veces al día, y adiós. Bonjour."
Por la expresión de su rostro, Yakov vio que era un caso grave y que ningún polvo serviría de nada; tenía claro que Marfa moriría muy pronto, si no hoy, mañana. Le dio un codazo al ayudante, le guiñó un ojo y dijo en voz baja:
"Si tan solo pudieras ahuecarla, Maxim Nikolaitch."
—No tengo tiempo, no tengo tiempo, buen amigo. Llévate a tu vieja y vete en nombre de Dios. Adiós.
—Ten piedad —le suplicó Yakov—. Tú mismo sabes que si, digamos, fuera su estómago o sus entrañas lo que estuviera mal, entonces polvos o gotas, ¡pero verás que estaba resfriada! En un resfriado, lo primero es sangrar, Maxim Nikolaich.
Pero el asistente ya había mandado llamar al siguiente paciente, y una campesina entró en el consultorio con un niño.
—¡Venga ya! —le dijo a Yakov, frunciendo el ceño—. No sirve de nada...
—¡En ese caso, ponte sanguijuelas de todas formas! Haz que recemos por ti para siempre.
El asistente se puso furioso y gritó:
"¡Me hablas otra vez! ¡Imbécil!"
Yakov también montó en cólera y se puso colorado, pero no pronunció palabra. Tomó a Marfa del brazo y la sacó de la habitación. Solo cuando estuvieron sentados en la carretilla, miró al hospital con aire taciturno e irónico y dijo:
¡Qué buen grupo de artistas se han establecido aquí! No temas, pero habría ahuecado a un hombre rico, pero incluso a una sanguijuela le tiene envidia a los pobres. ¡Los Herodes!
Cuando llegaron a casa y entraron en la cabaña, Marfa se quedó de pie diez minutos agarrada a la estufa. Le parecía que si se acostaba, Yakov le hablaría de sus pérdidas y la regañaría por acostarse y no querer trabajar. Yakov la miró con tristeza y pensó que mañana era San Juan el Divino, y al día siguiente San Nicolás el Taumaturgo, y al día siguiente domingo, y luego lunes, un día de mala suerte. Durante cuatro días no podría trabajar, y lo más probable es que Marfa muriera en uno de esos días; así que tendría que hacer el ataúd hoy. Tomó su regla de hierro, se acercó a la anciana y le tomó las medidas. Entonces ella se acostó, y él se santiguó y comenzó a hacer el ataúd.
Cuando el ataúd estuvo terminado, Bronze se puso sus gafas y escribió en su libro: "El ataúd de Marfa Ivanov, dos rublos, cuarenta kopeks".
Y exhaló un suspiro. La anciana permaneció en silencio todo el tiempo, con los ojos cerrados. Pero al anochecer, al oscurecer, llamó de repente al anciano.
"¿Te acuerdas, Yakov?", preguntó, mirándolo con alegría. "¿Recuerdas que hace cincuenta años Dios nos dio una bebé de cabello rubio? Siempre estábamos sentados junto al río, cantando canciones... bajo los sauces", y riendo amargamente, añadió: "La niña murió".
Yakov esforzó su memoria, pero no pudo recordar ni al bebé ni a los sauces.
"Es tu fantasía", dijo.
Llegó el sacerdote; administró el sacramento y la extremaunción. Entonces Marfa empezó a murmurar algo ininteligible, y hacia la mañana murió. Unas ancianas, vecinas, la lavaron, la vistieron y la depositaron en el ataúd. Para no pagarle al sacristán, Yákov leyó él mismo los salmos sobre el cuerpo, y no le sacaron nada por la tumba, ya que el sepulturero era su amigo. Cuatro campesinos llevaron el ataúd al cementerio, no por dinero, sino por respeto. El ataúd fue seguido por ancianas, mendigos y un par de santos locos, y la gente que lo recibió se santiguó piadosamente... Y Yákov se alegró mucho de que fuera tan digno, tan decoroso, tan barato, y no ofendía a nadie. Al despedirse de Marfa, tocó el ataúd y pensó: "¡Qué buen trabajo!".
Pero al regresar del cementerio, una profunda depresión lo invadió. No se sentía del todo bien: respiraba con dificultad y tenía fiebre, las piernas le flaqueaban y tenía un deseo intenso de beber. Y pensamientos de todo tipo se abalanzaron sobre él. Recordó de nuevo que en toda su vida nunca había sentido afecto por Marfa, nunca le había mostrado cariño. Los cincuenta y dos años que habían vivido en la misma cabaña se habían hecho eternos, pero de alguna manera había ocurrido que en todo ese tiempo nunca había pensado en ella, no le había prestado atención, como si fuera un gato o un perro. Y, sin embargo, todos los días, ella encendía la estufa, cocinaba y horneaba, iba a buscar agua, cortaba leña, dormía con él en la misma cama, y cuando él llegaba borracho de las bodas, siempre colgaba con reverencia su violín en la pared y lo acostaba, y todo esto en silencio, con expresión tímida y ansiosa.
Rothschild, sonriendo y haciendo una reverencia, salió a recibir a Yakov.
"Te estaba buscando, tío", dijo. "Moisés Ilich te manda saludos y te ruega que vayas a verlo de inmediato".
Yakov no estaba de humor para esto. Quería llorar.
"Déjame en paz", dijo y siguió caminando.
"¿Cómo puedes?", dijo Rothschild, agitado, corriendo delante. "¡Moisés Ilich se ofenderá! ¡Te pidió que vinieras de inmediato!"
Yakov se sentía asqueado por la respiración entrecortada y el parpadeo del judío, y por tener tantas pecas rojas en la cara. Y era repugnante ver su abrigo verde con manchas negras, y toda su frágil y refinada figura.
"¿Por qué me molestas, ajo?", gritó Yakov. "¡No insistas!"
El judío se enojó y gritó también:
—¡No hagas tanto ruido, por favor, o te enviaré volando por encima de la valla!
¡Fuera de mi vista! —rugió Yakov, y se abalanzó sobre él con los puños—. ¡No se puede vivir por ustedes, judíos sarnosos!
Rothschild, medio muerto de terror, se agachó y agitó las manos sobre la cabeza, como para protegerse de un golpe; luego saltó y echó a correr tan rápido como le permitieron sus piernas: mientras corría, daba pequeños saltitos y se agarraba las manos, y Yakov pudo ver cómo se retorcía su larga y delgada columna vertebral. Unos niños, encantados con el incidente, corrieron tras él gritando "¡Judío! ¡Judío!". Algunos perros se unieron a la persecución ladrando. Alguien estalló en carcajadas y luego silbó; los perros ladraron con aún más ruido y unanimidad. Entonces un perro debió de morder a Rothschild, pues se oyó un grito desesperado y enfermizo.
Yakov salió a caminar por el pasto, luego vagó al azar por las afueras de la ciudad, mientras los niños de la calle gritaban:
"¡Aquí está Bronce! ¡Aquí está Bronce!"
Llegó al río, donde los zarapitos flotaban en el aire emitiendo agudos graznidos y los patos graznaban. El sol calentaba con fuerza, y el agua desprendía un brillo que dolía la vista. Yakov caminaba por un sendero junto a la orilla y vio a una mujer regordeta de mejillas sonrosadas salir del cobertizo de baño, y pensó en ella: "¡Uf! ¡Nutria!".
No lejos del baño, unos chicos pescaban cangrejos de río con trozos de carne; al verlo, empezaron a gritar con rencor: "¡Bronce! ¡Bronce!". Y entonces vio un viejo sauce frondoso con un gran hueco y un nido de cuervo encima... Y de repente, en la memoria de Yakov surgió vívidamente un bebé de cabello rubio, y el sauce del que Marfa le había hablado. Pues ese es, el mismo sauce: verde, quieto y triste... ¡Cuánto ha envejecido, pobrecito!
Se sentó bajo él y empezó a recordar el pasado. En la otra orilla, donde ahora estaba la pradera, en aquellos días se alzaba un gran bosque de abedules, y allá, en la ladera desnuda que se veía en el horizonte, un antiguo pinar era una mancha azulada en la distancia. Grandes barcos solían navegar por el río. Pero ahora todo estaba liso y sereno, y en la otra orilla solo se alzaba un abedul, joven y esbelto como una joven dama, y no había nada en el río salvo patos y gansos, y no parecía que alguna vez hubiera habido barcos. Parecía que incluso los gansos eran menos que antes. Yakov cerró los ojos, y en su imaginación enormes bandadas de gansos blancos se elevaron, encontrándose.
Se preguntaba cómo había sido posible que durante los últimos cuarenta o cincuenta años de su vida no hubiera estado ni una sola vez en el río, o si había estado cerca, no le hubiera prestado atención. Era un río de buen tamaño, no uno de mala muerte; podría haber ido a pescar y vendido el pescado a comerciantes, funcionarios y al cantinero de la estación, y luego haber ingresado dinero en el banco; podría haber navegado en bote de una casa a otra, tocando el violín, y gente de todas las clases habría pagado por escucharlo; podría haber intentado rehacer barcos grandes; eso sería mejor que fabricar ataúdes; podría haber criado gansos, matados y enviados en invierno a Moscú. Solo las plumas probablemente ascenderían a diez rublos al año. Pero había perdido el tiempo, no había hecho nada al respecto. ¡Qué pérdidas! ¡Ah! ¡Qué pérdidas! Y si se hubiera dedicado a todas esas cosas a la vez —pescar, tocar el violín, dirigir barcos y cazar gansos—, ¡qué fortuna habría amasado! Pero nada de esto había sucedido, ni siquiera en sueños; la vida había transcurrido inútilmente, sin ningún placer, desperdiciada para nada, ni siquiera una pizca de rapé; no quedaba nada por delante, y si uno miraba atrás, no había más que pérdidas, y tan terribles que daban escalofríos. ¿Y por qué un hombre no podía vivir evitando estas pérdidas y desgracias? Uno se preguntaba por qué habían talado el bosquecillo de abedules y el pinar. ¿Por qué caminaba sin motivo por el pasto? ¿Por qué la gente siempre hace lo innecesario? ¿Por qué Yakov había regañado, gritado, agitado los puños, maltratado a su esposa toda su vida? Y, cabría preguntarse, ¿qué necesidad tenía de asustar e insultar al judío ese día? ¿Por qué la gente, en general, se impedía vivir? ¡Cuántas pérdidas se debían a ello! ¡Qué terribles pérdidas! Si no fuera por el odio y la malicia, las personas se beneficiarían enormemente entre sí.
Por la tarde y por la noche tenía visiones del bebé, del sauce, de peces, de gansos sacrificados, y de Marfa, de perfil como un pájaro con ganas de beber, y del rostro pálido y lastimero de Rothschild, y rostros que se inclinaban por todos lados y murmuraban sobre pérdidas. Se revolvió de un lado a otro y se levantó de la cama cinco veces para tocar el violín.
Por la mañana se levantó con esfuerzo y fue al hospital. El mismo Maxim Nikolaich le dijo que se pusiera una compresa fría en la cabeza y le dio unos polvos, y por el tono y la expresión de su rostro, Yakov comprendió que era un caso grave y que ningún polvo serviría de nada. Al volver a casa después, reflexionó que la muerte no sería más que un beneficio; no tendría que comer ni beber, ni pagar impuestos ni ofender a la gente, y, como un hombre yace en la tumba no un año, sino cientos y miles, si se hicieran los cálculos, la ganancia sería enorme. La vida de un hombre significaba una pérdida; la muerte, una ganancia. Esta reflexión era, por supuesto, justa, pero también amarga y mortificante: ¿por qué era tan extraño el orden del mundo, que la vida, que se le da al hombre solo una vez, se desvanece sin beneficio alguno?
No lamentaba morir, pero en casa, al ver su violín, sintió una punzada en el corazón y lo sintió. No podía llevárselo a la tumba, y ahora quedaría abandonado, y le ocurriría lo mismo que al bosquecillo de abedules y al pinar. ¡Todo en este mundo estaba desperdiciado y seguiría desperdiciando! Yakov salió de la cabaña y se sentó en la puerta, apretando el violín contra su pecho. Pensando en su vida desperdiciada e inútil, comenzó a tocar, no sabía qué, pero era una melodía lastimera y conmovedora, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Y cuanto más pensaba, más tristemente gemía el violín.
El pestillo chasqueó una y otra vez, y Rothschild apareció en la puerta. Cruzó la mitad del patio con valentía, pero al ver a Yakov se detuvo en seco y pareció encogerse, y probablemente de terror, empezó a hacer señas con las manos como si quisiera mostrar con los dedos la hora.
"Vamos, todo bien", dijo Yakov con tono amable, y le hizo señas para que se acercara. "¡Vamos!"
Rothschild lo miró con desconfianza y aprensión, comenzó a avanzar y se detuvo a siete pies de distancia.
"Ten la amabilidad de no pegarme", dijo, agachándose. "Moisey Ilich me ha enviado de nuevo. 'No tengas miedo', dijo; 've otra vez a ver a Yakov y dile', dijo, 'no podemos seguir adelante sin él'. Hay una boda el miércoles... ¡Sí! El señor Shapovalov casa a su hija con un buen hombre... ¡Y será una boda por todo lo alto, oo-oo!", añadió el judío, entornando un ojo.
—No puedo ir —dijo Yakov, jadeando—. Estoy enfermo, hermano.
Y volvió a tocar, y las lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron sobre el violín. Rothschild escuchó atentamente, de pie a su lado y con los brazos cruzados. La expresión de miedo y perplejidad en su rostro, poco a poco, se transformó en una de aflicción y sufrimiento; puso los ojos en blanco como si experimentara un éxtasis agonizante y articuló: "¡Vaaaaaaaa!". Las lágrimas corrieron lentamente por sus mejillas y resbalaron sobre su pelaje verdoso.
Y Yakov permaneció en cama el resto del día, afligido. Por la noche, cuando el sacerdote que lo confesaba le preguntó si recordaba algún pecado en particular que hubiera cometido, forzando su débil memoria, recordó de nuevo el rostro triste de Marfa y el grito desesperado del judío cuando el perro lo mordió, y dijo, apenas audible: «Dale el violín a Rothschild».
«Muy bien», respondió el sacerdote.
Y ahora todos en el pueblo preguntan de dónde sacó Rothschild un violín tan fino. ¿Lo compró o lo robó? O quizás lo recibió como prenda. Dejó la flauta hace mucho tiempo, y ahora solo toca el violín. De su arco brotan sonidos lastimeros, como antaño de su flauta, pero cuando intenta repetir lo que Yakov tocó, sentado en la puerta, el efecto es tan triste y afligido que su público llora, y él mismo pone los ojos en blanco y exclama "¡Va ...
Iván Matveyitch
Entre las cinco y las seis de la tarde. Un erudito bastante conocido —lo llamaremos simplemente el erudito— está sentado en su estudio, mordiéndose las uñas con nerviosismo.
"Es absolutamente repugnante", dice, mirando continuamente su reloj. "Es una absoluta falta de respeto por el tiempo y el trabajo ajeno. En Inglaterra, una persona así no ganaría ni un céntimo; se moriría de hambre. Espera un momento, cuando llegues..."
Y sintiendo el deseo de descargar su ira e impaciencia sobre alguien, el hombre de conocimiento se dirige a la puerta que conduce a la habitación de su esposa y llama.
"Escucha, Katya", dice indignado. "Si ves a Piotr Danílich, dile que la gente decente no hace esas cosas. ¡Es abominable! ¡Recomienda a una secretaria y no sabe qué clase de hombre recomienda! Ese desgraciado llega dos o tres horas tarde con infalible regularidad todos los días. ¿A eso le llamas secretaria? Esas dos o tres horas son más valiosas para mí que dos o tres años para otros. Cuando venga, lo insultaré como a un perro, no le pagaré y lo echaré. ¡No tiene caso andarse con ceremonias con gente así!"
"Decís eso todos los días, y aun así él sigue viniendo y viniendo."
Pero hoy he tomado una decisión. Ya he perdido bastante por culpa de él. Disculpen, pero lo insultaré como a un cochero.
Por fin se oye un timbre. El erudito pone cara seria; se endereza y, echando la cabeza hacia atrás, entra en el recibidor. Allí, su amanuense, Iván Matveyitch, un joven de dieciocho años, de rostro ovalado como un huevo y sin bigote, con un abrigo raído y deshilachado y sin chanclos, ya estaba de pie junto al perchero. Con prisas, se limpia escrupulosamente sus enormes y toscas botas en el felpudo, intentando ocultar a la criada un agujero en su bota por el que asoma un calcetín blanco. Al ver al erudito, sonríe con esa sonrisa amplia, prolongada y un tanto tonta que solo se ve en los rostros de los niños o de las personas muy bondadosas.
—¡Ah, buenas noches! —dice, extendiendo una mano grande y mojada—. ¿Ya se te pasó el dolor de garganta?
—Iván Matveyitch —dice el erudito con voz temblorosa, retrocediendo y juntando las manos—. Iván Matveyitch.
Luego corre hacia el amanuense, lo agarra por los hombros y comienza a sacudirlo débilmente.
"¡Qué manera de tratarme!", dice con desesperación en la voz. "¡Qué manera de tratarme, hombre horrible! ¿Te ríes de mí, te burlas de mí? ¿Eh?"
A juzgar por la sonrisa que aún persistía en su rostro, Iván Matveyitch había esperado una recepción muy diferente y por eso, al ver el rostro del hombre de conocimiento elocuente de indignación, su cara ovalada se alarga más que nunca y abre la boca con asombro.
"¿Qué es... qué es?", pregunta.
"¿Y me preguntas eso?", el erudito se junta las manos. "Sabes lo valioso que es el tiempo para mí, y llegas tan tarde. ¡Llegas dos horas tarde!... ¿No tienes temor de Dios?"
"No he venido directamente de casa", murmura Iván Matveyitch, desatando su bufanda con indecisión. "He estado en la fiesta del santo de mi tía, y mi tía vive a ocho kilómetros de aquí... Si hubiera venido directamente de casa, habría sido diferente."
—Vamos, reflexiona, Iván Matveyitch, ¿hay alguna lógica en tu comportamiento? ¡Tienes trabajo, trabajas a una hora determinada, y te vas volando tras las fiestas y las tías! ¡Pero date prisa y deshazte de esa maldita bufanda! ¡Es insoportable, de verdad!
El hombre de conocimiento corre de nuevo hacia el amanuense y le ayuda a desenredar su bufanda.
"Estás vestida como una campesina... ¡Vamos...! ¡Date prisa, por favor!"
Sonándose la nariz con un pañuelo sucio y arrugado y bajándose la chaqueta gris, Iván Matveyitch atraviesa el recibidor y la sala de estar hasta el estudio. Allí, hacía tiempo que le habían preparado un lugar, papel e incluso cigarrillos.
"Siéntate, siéntate", le apremia el erudito, frotándose las manos con impaciencia. "Eres una persona insoportable... Sabes que el trabajo tiene que estar terminado a cierta hora, y llegas tan tarde. Uno se ve obligado a regañarte. Ven, escribe... ¿Dónde nos quedamos?"
Iván Matveyitch se alisa el pelo corto y erizado y toma la pluma. El erudito recorre la habitación, se concentra y empieza a dictar:
"El hecho es... coma... que, por así decirlo, las formas fundamentales... ¿lo has escrito?... las formas están condicionadas enteramente por la naturaleza esencial de esos principios... coma... que encuentran en ellos su expresión y solo pueden encarnarse en ellos... Nueva línea... Hay un punto final, por supuesto... Se encuentra más independencia... se encuentra... en las formas que no tienen tanto un carácter político... coma... como social..."
"Los chicos de secundaria ahora tienen un uniforme diferente... uno gris", dijo Ivan Matveyitch. "Cuando yo iba al colegio era mejor: solían llevar uniformes normales".
—¡Ay, por favor, escribe! —dice el erudito con ira—. ¿Carácter...? ¿Lo has escrito? Hablando de las formas relativas a la organización... de las funciones administrativas, y no a la regulación de la vida del pueblo... coma... no se puede decir que estén marcadas por el nacionalismo de sus formas... las tres últimas palabras entre comillas... Aie, aie... tut, tut... ¿Qué querías decir sobre el instituto?
"Que en mi época llevaban un uniforme diferente."
—¡Ajá!... sí... ¿Hace mucho que dejaste la escuela secundaria?
—Pero te lo dije ayer. Hace tres años que dejé la escuela... Salí en cuarto grado.
"¿Y por qué abandonaste el instituto?", pregunta el erudito, mirando los escritos de Iván Matveyitch.
"Oh, por circunstancias familiares."
¿Tengo que volver a hablarte, Iván Matveyitch? ¿Cuándo superarás esa costumbre de alargar los versos? No debe haber menos de cuarenta letras por verso.
"¿Qué? ¿Crees que lo hago a propósito?", dice Iván Matveyitch, ofendido. "Hay más de cuarenta letras en algunas de las otras líneas... Cuéntalas tú. Y si crees que no pongo suficientes, puedes descontarme algo del sueldo."
—Ay, Dios mío, esa no es la cuestión. No tienes ninguna delicadeza, la verdad... A lo mínimo, te ganas el dinero. Lo importante es ser preciso, Iván Matveyitch, ser exacto es lo importante. Deberías entrenarte para ser preciso.
La criada trae una bandeja con dos vasos de té y una cesta de bizcochos... Iván Matveyitch toma su vaso torpemente con ambas manos y enseguida empieza a beber. El té está demasiado caliente. Para no quemarse la boca, Iván Matveyitch intenta dar un pequeño sorbo. Come un bizcocho, luego otro, luego un tercero, y, mirando de reojo, avergonzado, al erudito, se estira tímidamente para coger un cuarto... El ruido que hace al tragar, el deleite con el que chasquea los labios y la expresión de voracidad en sus cejas arqueadas irritan al erudito.
"Date prisa y termina, el tiempo es precioso."
"Tú dictas, yo puedo beber y escribir al mismo tiempo... Debo confesar que tenía hambre."
"¡Eso creo después de tu paseo!"
—Sí, ¡y qué mal tiempo! Por aquí ya huele a primavera... Hay charcos por todas partes; la nieve se está derritiendo.
"Supongo que eres sureño, ¿no?"
De la región del Don... En marzo ya es primavera. Aquí hace frío, todos llevan abrigo de piel... pero allá se ve la hierba... todo está seco, e incluso se pueden atrapar tarántulas.
"¿Y para qué atrapas las tarántulas?"
¡Ay!... para pasar el rato... —dice Iván Matveyitch, y suspira—. Es divertido atraparlas. Se fija un poco de brea en un hilo, se baja por su agujero y se empieza a golpear a la tarántula en el lomo con la brea, y la bestia se enfada, agarra la brea con las garras y se queda atascada... ¡Y lo que hacíamos con ellas! Juntábamos un cuenco lleno de ellas y metíamos una bihorka dentro.
"¿Qué es una bihorka?"
Esa es otra araña, muy parecida a una tarántula. En una pelea, una de ellas puede matar a cien tarántulas.
—¡Hmm!... Pero debemos escribir... ¿Dónde nos quedamos?
El hombre de conocimiento dicta otras veinte líneas y luego se sienta sumido en meditación.
Iván Matveyitch, esperando mientras el otro reflexiona, se sienta y, estirando el cuello, se arregla el cuello de la camisa. La corbata no le queda bien, se le ha salido el broche y el cuello se le deshace constantemente.
"¡Mmm!", dice el erudito. "Bueno, ¿aún no has encontrado trabajo, Iván Matveyitch?"
—No. ¿Y cómo se encuentra uno? Estoy pensando, ¿sabes?, en alistarme voluntario en el ejército. Pero mi padre me aconseja entrar en una farmacia.
—¡Mmm!... Pero sería mejor que fueras a la universidad. El examen es difícil, pero con paciencia y trabajo duro podrías aprobarlo. Estudia, lee más... ¿Lees mucho?
"No mucho, debo reconocer...", dice Iván Matveyitch mientras encendía un cigarrillo.
¿Has leído a Turguéniev?
"N-no..."
"¿Y Gógol?"
—¡Gógol! ¡Hmm!... ¡Gógol!... ¡No, no lo he leído!
¡Iván Matveyitch! ¿No te da vergüenza? ¡Ay! ¡Ay! Eres tan simpático, tienes tanta originalidad... ¡Ni siquiera has leído a Gógol! ¡Tienes que leerlo! ¡Te daré sus obras! ¡Es imprescindible leerlo! ¡Nos pelearemos si no lo haces!
De nuevo se hace el silencio. El erudito medita, medio reclinado en un mullido diván, e Iván Matveyitch, dejando el cuello en paz, concentra toda su atención en sus botas. Hasta entonces no se había dado cuenta de que la nieve derretida de sus botas había formado dos grandes charcos en el suelo. Estaba avergonzado.
"Hoy no puedo...", murmura el erudito. "Supongo que a usted también le gusta cazar pájaros, Iván Matveyitch, ¿no?"
"Eso es en otoño... Aquí no los pillo, pero allí en casa siempre los pillo."
"Sin duda... muy bien. Pero debemos escribir."
El hombre de conocimiento se levanta resueltamente y comienza a dictar, pero después de diez líneas vuelve a sentarse en el salón.
"No... Quizás sea mejor dejarlo para mañana por la mañana", dice. "Ven mañana por la mañana, pero ven temprano, a las nueve. ¡Que Dios te libre de llegar tarde!"
Iván Matveyitch deja la pluma, se levanta de la mesa y se sienta en otra silla. Pasan cinco minutos en silencio, y empieza a sentir que es hora de irse, que estorba; pero en el estudio del erudito es tan acogedor, luminoso y cálido, y la impresión de las deliciosas galletas y el té dulce aún está tan fresca que siente una punzada en el corazón al solo pensar en su hogar. En casa hay pobreza, hambre, frío, su padre gruñón, regaños, y aquí reina la tranquilidad y la serenidad, e incluso se interesa por sus tarántulas y pájaros.
El hombre de conocimiento mira su reloj y toma un libro.
—Entonces, ¿me entregarás a Gogol? —pregunta Iván Matveyitch, levantándose.
—¡Sí, sí! Pero ¿por qué tienes tanta prisa, querido muchacho? Siéntate y dime algo...
Iván Matveyitch se sienta y sonríe ampliamente. Casi todas las noches se sienta en su estudio y siempre siente algo extraordinariamente suave, que lo atrae, por así decirlo, en la voz y la mirada del erudito. Hay momentos en que incluso imagina que el erudito se está encariñando con él, acostumbrándose a él, y que si lo regaña por llegar tarde es simplemente porque extraña su charla sobre tarántulas y cómo cazan jilgueros en el Don.
ZINOTCHKA
El grupo de deportistas pasó la noche en la cabaña de un campesino, sobre heno recién cortado. La luna se asomaba por la ventana; de la calle llegaba el triste silbido de una concertina; del heno llegaba un olor dulzón y ligeramente inquietante. Los deportistas hablaban de perros, de mujeres, del primer amor y de agachadizas. Después de descuartizar a todas las damas que conocían y de contar cientos de historias, el más corpulento de los deportistas, que en la oscuridad parecía un montón de heno y hablaba con la voz grave y melosa de un oficial de Estado Mayor, bostezó sonoramente y dijo:
No es gran cosa ser amado; las damas fueron creadas para amarnos a los hombres. Pero, díganme, ¿alguno de ustedes ha sido odiado, apasionada y furiosamente? ¿Alguno de ustedes ha presenciado los éxtasis del odio? ¿Eh?
No hubo respuesta.
"¿Nadie, caballeros?", preguntó la voz grave del oficial de Estado Mayor. "Pero yo, ahora, he sido odiado, odiado por una chica guapa, y he podido estudiar los síntomas del primer odio dirigido contra mí. Fue el primero, porque era justo lo contrario del primer amor. Lo que voy a contar, sin embargo, ocurrió cuando no sabía nada del amor ni del odio. Tenía ocho años por entonces, pero eso no importaba; en este caso no era él , sino ella , lo que importaba. Bueno, les ruego que me presten atención. Una hermosa tarde de verano, justo antes del atardecer, estaba sentado en el cuarto de los niños, dando mi lección con mi institutriz, Zinotchka, una criatura encantadora y poética que había salido del internado hacía poco. Zinotchka miró distraídamente hacia la ventana y dijo:
—Sí. Inhalamos oxígeno; ahora dime, Petia, ¿qué exhalamos?
«Gas ácido carbónico», respondí mirando hacia la misma ventana.
—Correcto —asintió Zinotchka—. Las plantas, en cambio, inhalan ácido carbónico y exhalan oxígeno. El ácido carbónico se encuentra en el agua mineral y en los vapores del samovar... Es un gas muy nocivo. Cerca de Nápoles se encuentra la llamada Cueva de los Perros, que contiene ácido carbónico; si un perro cae en ella se asfixia y muere.
Esta desafortunada Cueva de los Perros, cerca de Nápoles, es una maravilla química que ninguna institutriz se atreve a traspasar. Zinotchka siempre defendió con vehemencia la utilidad de las ciencias naturales, pero dudo que supiera algo de química más allá de esta cueva.
Bueno, me dijo que lo repitiera. Lo repetí. Me preguntó qué significaba el horizonte. Respondí. Y mientras tanto, mientras cavilábamos sobre el horizonte y la Cueva, en el patio de abajo, mi padre se preparaba para ir de caza. Los perros ladraban, los caballos de tiro se movían de una pata a otra con impaciencia y coqueteaban con el cochero, el lacayo cargaba la carreta con paquetes y todo tipo de cosas. Junto a la carreta había un freno donde mi madre y mis hermanas estaban sentadas para ir a una fiesta de cumpleaños en casa de los Ivanetsky. No quedamos en casa nadie más que Zinotchka, yo y mi hermano mayor, un estudiante con dolor de muelas. Pueden imaginarse mi envidia y mi aburrimiento.
—Bueno, ¿qué respiramos? —preguntó Zinotchka, mirando por la ventana.
"'Oxígeno...'
—Sí. Y el horizonte es el nombre que se le da al lugar donde nos parece que la tierra se encuentra con el cielo.
"Entonces la carreta se alejó, y tras ella el freno... Vi a Zinotchka sacar un billete del bolsillo, arrugarlo convulsivamente y apretarlo contra su sien; luego se puso colorada y miró su reloj.
"'Así que, recuerda', dijo, 'que cerca de Nápoles está la llamada Cueva de los Perros...' Volvió a mirar su reloj y continuó: 'donde nos parece que el cielo se encuentra con la tierra...'
La pobre muchacha, presa de una violenta agitación, caminaba por la habitación y volvió a mirar su reloj. Faltaba media hora para que terminara nuestra clase.
—Ahora, aritmética —dijo, respirando con dificultad y pasando las páginas del cuaderno con mano temblorosa—. Ven, resuelve el problema 325 y yo... vuelvo enseguida.
Salió. La oí bajar corriendo las escaleras, y luego la vi cruzar el patio como una flecha con su vestido azul y desaparecer por la puerta del jardín. La rapidez de sus movimientos, el rubor en sus mejillas y su excitación despertaron mi curiosidad. ¿Adónde había corrido y para qué? Siendo inteligente para mi edad, pronto até cabos y lo comprendí todo: había corrido al jardín, aprovechando la ausencia de mis severos padres, para escabullirse entre los frambuesos o para coger cerezas. Si así fuera, ¡maldita sea!, yo también iría a coger cerezas. Tiré el cuaderno de apuntes y corrí al jardín. Corrí al cerezo, pero ella no estaba. Pasando junto a las frambuesas, las grosellas y la cabaña del vigilante, cruzó el huerto y llegó al estanque, pálida y sobresaltada a cada sonido. La seguí sigilosamente, y lo que vi, amigos míos, fue esto. Al borde del estanque, entre la espesura Entre los tocones de dos sauces viejos, estaba mi hermano mayor, Sasha; su rostro no dejaba traslucir dolor de muelas. Miró a Zinotchka mientras se acercaba, y toda su figura se iluminó con una expresión de felicidad, como si la luz del sol la iluminara. Y Zinotchka, como si la estuvieran metiendo en la Cueva de los Perros y la obligaran a respirar gas carbónico, caminó hacia él, apenas capaz de mover una pierna antes que la otra, respirando con dificultad y con la cabeza echada hacia atrás... A juzgar por las apariencias, iba a una cita por primera vez en su vida. Pero finalmente lo alcanzó... Durante medio minuto se miraron en silencio, como si no pudieran creer lo que veían. Entonces, una fuerza pareció empujar a Zinotchka; puso las manos sobre los hombros de Sasha y dejó caer la cabeza sobre su chaleco. Sasha rió, murmuró algo incoherente, y con la torpeza de un hombre completamente desorientado... Enamorado, posó ambas manos sobre el rostro de Zinotchka. Y el clima, caballeros, era exquisito... La colina tras la cual se ponía el sol, los dos sauces, la ribera verde, el cielo, todo junto con Sasha y Zinotchka se reflejaban en el estanque... una quietud perfecta... pueden imaginarlo. Millones de mariposas con largos bigotes brillaban doradas sobre los juncos; más allá del jardín, arreaban el ganado. De hecho, era una imagen perfecta.
De todo lo que había visto, lo único que entendí fue que Sasha estaba besando a Zinotchka. Eso era inapropiado. Si mamá se enteraba, ambas lo descubrirían. Sintiéndome avergonzada, volví a la habitación de los niños, sin esperar a que terminara la cita. Allí me senté frente al libro de sumas, reflexionando. Una sonrisa triunfal se dibujó en mi rostro. Por un lado, era agradable ser dueña del secreto ajeno; por otro, también era muy agradable que autoridades como Sasha y Zinotchka pudieran en cualquier momento ser condenadas por mí por ignorancia de las buenas costumbres. Ahora estaban en mi poder, y su paz dependía enteramente de mi magnanimidad. Se lo haría saber.
Cuando me fui a la cama, Zinotchka entró en la habitación de los niños como de costumbre para ver si me había quedado dormida sin desvestirme y si había rezado. Miré su bonito rostro feliz y sonreí. Estaba rebosante de mi secreto y deseaba contárselo. Tenía que dejarle una pista y disfrutar del efecto.
—Lo sé —dije sonriendo—. ¡Gi-gi!
" ¿Qué sabes?
—¡Gy-y! Te vi cerca de los sauces besando a Sasha. Te seguí y lo vi todo.
"Zinotchka se sobresaltó, se puso colorada y, abrumada por 'mi indirecta', se hundió en la silla, sobre la que había un vaso de agua y un candelabro.
—Te vi... besándote... —repetí, riéndome disimuladamente y disfrutando de su confusión—. ¡Ajá! ¡Se lo diré a mamá!
La cobarde Zinotchka me miró fijamente y, convencida de que realmente lo sabía todo, me agarró la mano con desesperación y murmuró con un susurro tembloroso:
"'Petya, es una bajeza... Te lo ruego, por el amor de Dios... Sé un hombre... No se lo digas a nadie... La gente decente no espía... Es una bajeza... Te lo suplico.'
La pobre muchacha le tenía un miedo terrible a mi madre, una dama severa y virtuosa; eso era una cosa; y la segunda era que mi rostro sonriente no podía sino ofender a su primer amor, tan puro y poético, y puedes imaginarte el estado de su corazón. Gracias a mí, no pegó ojo en toda la noche, y por la mañana apareció a la hora del desayuno con ojeras. Cuando me encontré con Sasha después del desayuno, no pude evitar sonreír y presumir:
—¡Lo sé! ¡Ayer te vi besando a la señorita Zina!
Sasha me miró y dijo:
"Eres un tonto."
No era tan cobarde como Zinotchka, así que mi efecto no surtió efecto. Eso me impulsó a esforzarme más. Si Sasha no estaba asustado, era evidente que no creía que yo lo hubiera visto y lo supiera todo; espera un momento, se lo mostraré.
En nuestras clases antes de cenar, Zinotchka no me miraba y su voz se quebró. En lugar de intentar asustarme, intentó apaciguarme por todos los medios, dándome la máxima calificación y sin quejarse con mi padre de mis travesuras. Siendo inteligente para mi edad, aproveché su secreto: no aprendí las lecciones, entré al aula de cabeza y dije todo tipo de groserías. De hecho, si hubiera seguido así hasta hoy, me habría convertido en un chantajista famoso. Bueno, pasó una semana. El secreto de otra persona me irritaba y me angustiaba como una astilla en el alma. Ansiaba a toda costa soltarlo y regodearme con el efecto. Y un día, durante la cena, cuando teníamos muchas visitas, solté una risita estúpida, miré a Zinotchka con malicia y dije:
"'Lo sé. ¡Gy-y! ¡Lo vi! . . .'
«¿Qué sabes?», preguntó mi madre.
Miré a Zinotchka y Sasha con aún más fiereza. ¡Deberías haber visto cómo se ruborizó la chica y qué furiosos estaban los ojos de Sasha! Me mordí la lengua y no continué. Zinotchka palideció poco a poco, apretó los dientes y dejó de cenar. Ese día, en nuestras clases vespertinas, noté un cambio notable en el rostro de Zinotchka. Parecía más severo, más frío, como de mármol, mientras sus ojos me miraban extrañamente directos, y te doy mi palabra de honor de que nunca había visto unos ojos tan terribles y aniquiladores, ni siquiera en los sabuesos cuando alcanzan al lobo. Comprendí perfectamente su expresión cuando, en medio de una clase, de repente apretó los dientes y siseó entre ellos:
—¡Te odio! ¡Oh, criatura vil y repugnante! ¡Si supieras cuánto te odio, cuánto detesto tu cabeza rapada, tus vulgares y prominentes orejas!
"Pero de inmediato se asustó y dijo:
"'No te estoy hablando a ti, estoy repitiendo un fragmento de una obra...'
Entonces, amigos míos, por la noche la vi acercarse a mi cama y mirarme fijamente a la cara durante un buen rato. Me odiaba apasionadamente y no podía vivir lejos de mí. La contemplación de mi odiado rostro carlino se había convertido en una necesidad para ella. Recuerdo una hermosa tarde de verano... con aroma a heno, quietud absoluta, etc. Brillaba la luna. Yo caminaba por la avenida, pensando en mermelada de cerezas. De repente, Zinotchka, pálida y hermosa, se me acercó, me tomó de la mano y, sin aliento, comenzó a expresarse:
"¡Oh, cómo te odio! ¡A nadie le deseo tanto daño como a ti! ¡Déjame decírtelo! ¡Quiero que lo entiendas!"
"Entiendes, la luz de la luna, su rostro pálido, sin aliento por la pasión, la quietud... Aunque era un cerdito, realmente lo disfruté. La escuché, la miré a los ojos... Al principio me gustó y disfruté de la novedad. Entonces, de repente, me invadió el terror, grité y corrí hacia la casa a toda velocidad.
Decidí que lo mejor era quejarme con mamá . Y me quejé, mencionando de paso cómo Sasha había besado a Zinotchka. Fui una estúpida y no sabía qué pasaría después, o me habría guardado el secreto... Tras escuchar mi historia, mamá se sonrojó de indignación y dijo:
"No te corresponde hablar de eso, eres muy joven todavía... Pero, ¡qué ejemplo para los niños!."
Mi mamá no solo era virtuosa, sino también diplomática. Para evitar un escándalo, no se deshizo de Zinotchka de inmediato, sino que se puso a trabajar gradual y sistemáticamente para allanar el camino hacia su partida, como se hace con gente bien educada pero insoportable. Recuerdo que cuando Zinotchka nos dejó, la última mirada que lanzó a la casa fue dirigida a la ventana donde yo estaba sentada, y les aseguro que recuerdo esa mirada hasta el día de hoy.
Poco después, Zinotchka se convirtió en la esposa de mi hermano. Es la Zinaida Nikolaevna que usted conoce. La siguiente vez que la vi, yo ya era alférez. A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo reconocer al odiado Petia en el alférez con su bigote, pero aun así no me trataba del todo como a un pariente... E incluso ahora, a pesar de mi calvicie afable, mi corpulencia mansa y mi aire modesto, todavía me mira con recelo y se siente molesta cuando voy a ver a mi hermano. Parece que el odio es tan difícil de olvidar como el amor...
¡Chú! ¡Oigo el canto del gallo! ¡Buenas noches, mi señor! ¡Acuéstese!
MAL TIEMPO
Gruesas gotas de lluvia golpeaban las ventanas oscuras. Era una de esas repugnantes lluvias de verano que, una vez que comienzan, duran mucho tiempo, semanas, hasta que el turista, congelado, se acostumbra y se hunde en una apatía total. Hacía frío; se sentía una humedad cruda y desagradable. La suegra de un abogado llamado Kvashin y su esposa, Nadyezhda Filippovna, vestidas con impermeables y chales, estaban sentadas a la mesa del comedor. En el rostro de la señora mayor se leía que, gracias a Dios, estaba bien alimentada, bien vestida y con buena salud, que había casado a su única hija con un buen hombre y que ahora podía jugar a la paciencia con la conciencia tranquila; su hija, una joven rubia, bastante baja, regordeta y de unos veinte años, con un rostro amable y anémico, leía un libro con los codos apoyados en la mesa; A juzgar por sus ojos, más que leer, estaba pensando en sus propios pensamientos, que no estaban en el libro. Ninguno de los dos habló. Se oía el repiqueteo de la lluvia, y desde la cocina se oían los prolongados bostezos de la cocinera.
El propio Kvashin no estaba en casa. Los días de lluvia no iba a la villa de verano, sino que se quedaba en el pueblo; la humedad y la lluvia le afectaban la bronquitis y le impedían trabajar. Opinaba que la visión del cielo gris y las lágrimas de lluvia en las ventanas le quitaban energía y le ponían los nervios de punta. En el pueblo, donde había mayor comodidad, el mal tiempo apenas se notaba.
Después de dos partidas de paciencia, la anciana barajó las cartas y echó un vistazo a su hija.
"He estado probando con las cartas si hará buen tiempo mañana y si nuestro Alexey Stepanovitch vendrá", dijo. "Hace cinco días que no está aquí... El tiempo es un castigo de Dios".
Nadyezhda Filippovna miró con indiferencia a su madre, se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.
«El barómetro subía ayer», dijo con duda, «pero dicen que hoy vuelve a bajar».
La anciana colocó las cartas en tres largas filas y meneó la cabeza.
"¿Lo extrañas?" preguntó mirando a su hija.
"Por supuesto."
Ya veo que sí. Me imagino que sí. Lleva cinco días sin venir. En mayo, como máximo, dos, o tres días, ¡y ahora es en serio, cinco días! No soy su esposa, y aun así lo extraño. Y ayer, cuando oí que el barómetro subía, ordené que mataran un pollo y prepararan una carpa para Alexey Stepanovitch. Le gustan. Tu pobre padre no soportaba el pescado, pero le gusta. Siempre lo come con gusto.
"Me duele mucho por él", dijo la hija. "Somos aburridos, pero él lo es aún más, ¿sabes, mamá?".
¡Eso creo! En el juzgado, día tras día, y en el piso vacío, por la noche, solo como un búho.
"¿Y qué es tan terrible, mamá? Está solo ahí sin sirvientes; no hay nadie que le prepare el samovar ni le traiga agua. ¿Por qué no contrató un ayuda de cámara para los meses de verano? ¿Y de qué sirve la villa de verano si no la cuida? Le dije que no la necesitaba, pero no. "Es por tu salud", dijo. "¿Y qué le pasa a mi salud? Me pone mal que tenga que aguantar tanto por mi culpa".
Mirando por encima del hombro de su madre, la hija notó un fallo en la paciencia, se inclinó hacia la mesa y comenzó a corregirlo. Siguió un silencio. Ambas miraron las cartas e imaginaron cómo su Alexey Stepanovitch, completamente desolado, estaría sentado ahora en el pueblo, en su estudio sombrío y vacío, trabajando, hambriento, exhausto, añorando a su familia...
"¿Sabes qué, mamá?", dijo Nadyezhda Filippovna de repente, y sus ojos comenzaron a brillar. "¡Si mañana hace el mismo tiempo, iré en el primer tren a verlo a la ciudad! En fin, veré cómo está, lo miraré y le serviré el té."
Y ambos empezaron a preguntarse cómo era posible que esta idea, tan sencilla y fácil de llevar a cabo, no se les hubiera ocurrido antes. Solo era media hora de tren hasta el pueblo, y luego veinte minutos en taxi. Hablaron un poco más y se acostaron en la misma habitación, más contentos.
"¡Oho-ho-ho... Señor, perdónanos pecadores!", suspiró la anciana cuando el reloj del vestíbulo dio las dos. "No se puede dormir."
—¿No duermes, mamá? —preguntó la hija en un susurro—. No dejo de pensar en Aliosha. Solo espero que no se arruine la salud en el pueblo. Quién sabe dónde come y almuerza. En restaurantes y tabernas.
"Ya lo he pensado", suspiró la anciana. "Que la Madre Celestial lo salve y lo preserve. ¡Pero la lluvia, la lluvia!"
Por la mañana, la lluvia no repiqueteaba en los cristales, pero el cielo seguía gris. Los árboles se erguían tristes y, con cada ráfaga de viento, esparcían gotas. Las huellas en el camino fangoso, las zanjas y los surcos estaban llenas de agua. Nadyezhda Filippovna decidió irse.
"Dale mi cariño", dijo la anciana, abrigando a su hija. "Dile que no piense demasiado en sus casos... Y que descanse. Que se tape la garganta cuando salga: ¡qué mal tiempo! Y llévale el pollo; la comida de casa, aunque esté fría, es mejor que la de un restaurante".
La hija se fue diciendo que regresaría en el tren de la tarde o a la mañana siguiente.
Pero regresó mucho antes de la hora de la cena, cuando la anciana estaba sentada en su baúl en su dormitorio y pensando adormilada qué cocinar para la cena de su yerno.
Al entrar en la habitación, su hija, pálida y agitada, se dejó caer en la cama sin pronunciar palabra ni quitarse el sombrero y hundió la cabeza en la almohada.
—Pero ¿qué ocurre? —preguntó la anciana sorprendida—. ¿Por qué has vuelto tan pronto? ¿Dónde está Alexey Stepanovitch?
Nadyezhda Filippovna levantó la cabeza y miró a su madre con ojos secos y suplicantes.
- "Nos está engañando, mamá", dijo.
¿Qué dices? ¡Que Dios te bendiga! —gritó la anciana alarmada, y su gorra se le resbaló de la cabeza—. ¿Quién nos va a engañar? ¡Señor, ten piedad de nosotros!
—¡Nos está engañando, mamá! —repitió su hija, y su barbilla empezó a temblar.
"¿Cómo lo sabes?" gritó la anciana palideciendo.
Nuestro piso está cerrado. El portero me dice que Aliosha no ha estado en casa ni una sola vez en cinco días. ¡No vive en casa! ¡No está en casa, no está en casa!
Agitó las manos y rompió a llorar a gritos, sin decir nada más que: "¡En casa no! ¡En casa no!".
Ella empezó a estar histérica.
"¿Qué significa?", murmuró la anciana horrorizada. "¡Pero si anteayer escribió que nunca sale del piso! ¿Dónde duerme? ¡Dios mío!"
Nadyezhda Filippovna se sintió tan débil que no pudo quitarse el sombrero. Miró a su alrededor con la mirada perdida, como si la hubieran drogado, y se aferró convulsivamente a los brazos de su madre.
¡Menuda persona en la que confiar: un portero! —dijo la anciana, afanándose en torno a su hija y llorando—. ¡Qué celosa eres! No te va a engañar, ¿y cómo se atreve? No somos cualquiera. Aunque pertenecemos a la clase comerciante, ¡no tiene ningún derecho, pues eres su legítima esposa! ¡Podemos iniciar un proceso! ¡Te di veinte mil rublos! ¡No te faltó dote!
Y la anciana sollozaba y gesticulaba, y también se sentía débil, y se tumbó sobre su trompa. Ninguno de los dos notó que manchas azules habían aparecido en el cielo, que las nubes eran más transparentes, que el primer rayo de sol se deslizaba cautelosamente sobre la hierba húmeda del jardín, que con renovada alegría los gorriones saltaban sobre los charcos que reflejaban las nubes veloces.
Al anochecer, Kvashin llegó. Antes de irse de la ciudad, había ido a su apartamento y el portero le había dicho que su esposa había llegado en su ausencia.
"Aquí estoy", dijo alegremente, entrando en la habitación de su suegra y fingiendo no ver sus rostros severos y bañados en lágrimas. "¡Aquí estoy! ¡Hace cinco días que no nos vemos!"
Besó rápidamente la mano de su mujer y de su suegra y, con el aire de un hombre encantado de haber terminado una tarea difícil, se dejó caer en un sillón.
"¡Uf!" dijo, exhalando todo el aire de sus pulmones. Aquí he estado muerta de preocupación. Apenas he podido sentarme. Llevo casi cinco días, por así decirlo, acampando. No he ido ni una vez al piso, ¿te lo puedes creer? He estado ocupado todo el tiempo con la reunión con los acreedores de Shipunov e Ivantchikov; tuve que trabajar en la oficina de Galdeyev en la tienda... No he comido ni bebido nada, y dormí en un banco, muerto de frío... No tuve ni un minuto libre. Ni siquiera tuve tiempo de ir al piso. Así es como no he estado en casa, Nadyusha... Y Kvashin, agarrándose los costados como si le doliera la espalda, miró furtivamente a su esposa y a su suegra para ver el efecto de su mentira, o como él la llamaba, diplomacia. La suegra y la esposa se miraban con alegre asombro. como si más allá de toda esperanza y expectativa hubieran encontrado algo precioso, que habían perdido... Sus rostros brillaban, sus ojos resplandecían...
—Mi querido amigo —exclamó la anciana, levantándose de un salto—, ¿qué estoy sentada aquí? ¡Té! ¡Té ahora mismo! ¿Tendrá hambre?
—Claro que tiene hambre —gritó su esposa, quitándose una venda empapada en vinagre—. Mamá, trae el vino y los entremeses. ¡Natalya, pon la mesa! ¡Dios mío, no hay nada listo!
Y ambas, asustadas, felices y animadas, corrían por la habitación. La anciana no podía evitar reírse de su hija, que había calumniado a un hombre inocente, y la hija se sintió avergonzada...
La mesa estuvo puesta enseguida. Kvashin, que olía a madeira y licores y apenas podía respirar de la saciedad, se quejó de tener hambre, se obligó a comer y no paraba de hablar de la reunión de los acreedores de Shipunov e Ivantchikov, mientras su esposa y su suegra no podían apartar la vista de su rostro, y ambas pensaban:
¡Qué inteligente y amable es! ¡Qué guapo!
«Todo tranquilo», pensó Kvashin, mientras se acostaba en el cómodo colchón de plumas. «Aunque sean esposas de comerciantes, aunque sean filisteas, tienen su encanto, y uno puede pasar un par de días a la semana aquí con alegría...».
Se abrigó, se calentó y, mientras dormitaba, se dijo:
"¡Todo sereno!"
UN AMIGO CABALLERO
La encantadora Vanda, o, como la describía su pasaporte, la «Honorable Ciudadana Nastasya Kanavkin», se encontró, al salir del hospital, en una situación sin precedentes: sin hogar ni un céntimo en el bolsillo. ¿Qué podía hacer?
Lo primero que hizo fue ir a una casa de empeños y empeñar su anillo de turquesas, su única joya. Le dieron un rublo por el anillo... pero ¿qué se puede conseguir con un rublo? Con esa suma no se puede comprar una chaqueta corta a la moda, ni un sombrero grande, ni un par de zapatos de bronce, y sin esas cosas tenía la sensación de estar, por así decirlo, desnuda. Sentía como si los mismos caballos y perros la miraran y se rieran de la sencillez de su vestido. Y la ropa era lo único en lo que pensaba: qué comer y dónde dormir no la preocupaba en absoluto.
«Si pudiera conocer a un caballero amigo», pensó, «podría conseguir algo de dinero... No hay nadie que me lo niegue, lo sé...»
Pero ningún caballero conocido se cruzó en su camino. Sería fácil encontrarlos por la noche en el Renaissance, pero no la dejaron entrar con ese vestido andrajoso y sin sombrero. ¿Qué podía hacer?
Después de una larga vacilación, cuando ya estaba harta de caminar, de sentarse y de pensar, Vanda decidió recurrir a su último recurso: ir directamente al alojamiento de algún caballero amigo y pedirle dinero.
Dudó a quién acudir. «Misha no es una opción; es un hombre casado... El viejo pelirrojo estará en su oficina a esta hora...».
Vanda recordó a un dentista llamado Finkel, un judío converso, que seis meses atrás le había regalado un brazalete y en cuya cabeza había vaciado una vez un vaso de cerveza durante la cena en el Club Alemán. Le complacía enormemente pensar en Finkel.
«Seguro que me lo da si lo encuentro en casa», pensó mientras caminaba hacia él. «Si no, destrozaré todas las lámparas de la casa».
Antes de llegar a la puerta del dentista, ideó su plan: subiría corriendo las escaleras riendo, entraría en la consulta y exigiría veinticinco rublos. Pero al tocar el timbre, este plan pareció desvanecerse de su mente. Vanda empezó a sentirse repentinamente asustada y nerviosa, algo que no era propio de ella. Era bastante atrevida y descarada en las fiestas, pero ahora, vestida con ropa de diario, sintiéndose como una persona común que pide un favor, a quien podrían negarle la entrada, se sintió repentinamente tímida y humillada. Estaba avergonzada y asustada.
«Quizás ya se haya olvidado de mí», pensó, sin atreverse a tocar la campanilla. «¿Y cómo puedo acercarme a él vestida así, con aspecto de mendiga o de prostituta?».
Y tocó el timbre sin decisión.
Oyó pasos que se acercaban: era el portero.
¿Está el médico en casa?, preguntó.
Ahora se habría alegrado si el portero hubiera dicho que no, pero este, en lugar de responder, la condujo al recibidor y la ayudó a quitarse el abrigo. La escalera le impresionó por su lujo y magnificencia, pero de todos sus esplendores, lo que más le llamó la atención fue un inmenso espejo, en el que vio una figura harapienta sin chaqueta de moda, sin sombrero grande y sin zapatos de bronce. Y a Vanda le pareció extraño que, ahora que vestía con humildad y parecía una lavandera o costurera, se sintiera avergonzada, y no quedara rastro de su habitual audacia y descaro, y en su mente ya no se consideraba Vanda, sino la Nastasya Kanavkin que había sido en los viejos tiempos...
"Pase, por favor", dijo una criada, acompañándola al consultorio. "El doctor estará aquí en un minuto. Siéntese."
Vanda se hundió en un sillón mullido.
«Le pediré que me lo preste», pensó; «será lo más apropiado, pues, al fin y al cabo, lo conozco. Ojalá ese sirviente fuera. No me gusta pedirlo antes que ella. ¿Qué quiere hacer ahí parada?»
Cinco minutos después, la puerta se abrió y entró Finkel. Era un judío alto y moreno, de mejillas regordetas y ojos saltones. Sus mejillas, sus ojos, su pecho, su cuerpo, todo él estaba tan bien alimentado, ¡tan repugnante y repelente! En el "Renacimiento" y el Club Alemán solía estar bastante achispado, gastaba su dinero a manos llenas en mujeres y era muy paciente con sus travesuras (cuando Vanda, por ejemplo, le vertía la cerveza en la cabeza, simplemente sonreía y le hacía señas con el dedo): ahora tenía una expresión enfadada y soñolienta, y parecía solemne y gélido como un capitán de policía, y no dejaba de masticar algo.
"¿Qué puedo hacer por usted?" preguntó, sin mirar a Vanda.
Vanda miró el rostro serio de la criada y la figura engreída de Finkel, quien aparentemente no la reconoció, y se puso roja.
"¿Qué puedo hacer por usted?" repitió el dentista un poco irritado.
"Me duele una muela", murmuró Vanda.
"¡Ajá!... ¿Cuál es el diente? ¿Dónde?"
Vanda recordó que tenía un agujero en uno de sus dientes.
"Abajo... a la derecha..." dijo.
"¡Hm!... Abre la boca."
Finkel frunció el ceño y, conteniendo la respiración, comenzó a examinar el diente.
"¿Te duele?" preguntó mientras hurgaba en él con un instrumento de acero.
"Sí", respondió Vanda mintiendo.
"¿Se lo recuerdo?", se preguntaba. "Seguro que se acordará de mí. ¡Pero esa sirvienta! ¿Por qué se queda ahí parada?"
De repente, Finkel resopló como una máquina de vapor directamente en su boca y dijo:
No te aconsejo que lo detengas. De todas formas, ese diente nunca valdrá la pena conservarlo.
Tras sondear un poco más la muela y ensuciarle los labios y las encías con los dedos manchados de tabaco, contuvo la respiración de nuevo y le puso algo frío en la boca. De repente, Vanda sintió un dolor agudo, gritó y se aferró a la mano de Finkel.
—Está bien, está bien —murmuró—. ¡No te asustes! De todas formas, ese diente no te habría servido de nada... Debes ser valiente...
Y sus dedos manchados de tabaco y de sangre le acercaron el diente a los ojos, mientras la criada se acercaba y le acercaba una palangana a la boca.
"Al llegar a casa te enjuagas la boca con agua fría y eso detiene el sangrado", explicó Finkel.
Él se quedó frente a ella con el aire de un hombre que esperaba que ella se fuera, esperando que lo dejaran en paz.
"Buenos días", dijo girándose hacia la puerta.
—¡Hmm!... ¿Y mis honorarios? —preguntó Finkel en tono de broma.
—¡Ah, sí! —recordó Vanda, sonrojada, y le entregó al judío el rublo que le habían dado por su anillo.
Al salir a la calle, se sintió más abrumada por la vergüenza que antes, pero ahora no era de su pobreza de lo que se avergonzaba. Ya no era consciente de no tener un gran sombrero ni una chaqueta a la moda. Caminaba por la calle, escupiendo sangre, y rumiando sobre su vida, su horrible y miserable vida, y los insultos que había soportado, y que tendría que soportar mañana, y la semana que viene, y toda su vida, hasta el mismo día de su muerte.
¡Oh! ¡Qué terrible es! ¡Dios mío, qué miedo!
Al día siguiente, sin embargo, regresó al "Renacimiento" y bailó allí. Lucía un enorme sombrero rojo nuevo, una chaqueta nueva y moderna y zapatos de bronce. Un joven comerciante de Kazán la invitó a cenar.
UN INCIDENTE TRIVIAL
Era un soleado mediodía de agosto cuando, en compañía de un príncipe ruso venido a menos, me adentré en el inmenso pinar de Shabelsky, donde pretendíamos buscar becadas. Por su papel en esta historia, mi pobre príncipe merece una descripción detallada. Era un hombre alto y moreno, aún joven, aunque ya algo curtido por la vida; con largos bigotes como los de un capitán de policía; con prominentes ojos negros, y modales de militar retirado. Era un hombre de tipo oriental, no muy inteligente, pero directo y honesto, no un matón, ni un petimetre, ni un libertino; virtudes que, a ojos del público, equivalen a un certificado de nulidad y a una pobre criatura. En general, la gente no lo apreciaba (en el distrito nunca se hablaba de él, salvo como «el ilustre zoquete»). Personalmente, me pareció extremadamente amable con sus infortunios y fracasos, que, de hecho, conformaban toda su vida. Ante todo, era pobre. No jugaba a las cartas, no bebía, no tenía ocupación, no metía las narices en nada y mantenía un silencio perpetuo, pero aun así, de alguna manera, había logrado reunir entre treinta y cuarenta mil rublos que le dejaron a la muerte de su padre. Solo Dios sabe qué habría sido de ese dinero. Lo único que puedo decir es que, debido a la falta de supervisión, los mayordomos, alguaciles e incluso lacayos robaron mucho; muchos se dedicaron a prestar dinero, a dar fianzas y a mantener garantías. Había pocos terratenientes en el distrito que no le debieran dinero. Daba a todo el que se lo pedía, y no tanto por buen carácter o confianza en la gente como por exagerada caballerosidad, como si dijera: "¡Toma y siente lo bien que estoy!". Para cuando lo conocí, él también se había endeudado, había aprendido lo que era tener una segunda hipoteca sobre sus tierras y se había hundido en tan graves dificultades que ya no tenía posibilidad de salir de ellas. Había días en que no cenaba y andaba con una boquilla vacía, pero siempre se le veía limpio y elegantemente vestido, y siempre olía intensamente a ylang-ylang.
La segunda desgracia del príncipe fue su absoluta soledad. No estaba casado, no tenía amigos ni parientes. Su carácter silencioso y reservado, y su porte comme il faut , que se hacía más evidente cuanto más se esforzaba por ocultar su pobreza, le impedían tener intimidad con la gente. Para las aventuras amorosas era demasiado pesado, desanimado y frío, por lo que rara vez se llevaba bien con las mujeres...
Al llegar al bosque, el príncipe y yo nos bajamos del carruaje y caminamos por un estrecho sendero boscoso oculto entre enormes helechos. Pero antes de que hubiéramos recorrido cien pasos, una figura alta y flaca, de rostro ovalado y alargado, con una chaqueta desgastada, sombrero de paja y botas de charol, surgió de detrás de un abeto joven de un metro de altura, como si hubiera brotado de la tierra. El desconocido sostenía en una mano una cesta de setas, y con la otra jugueteaba juguetonamente con una cadena de reloj barata en su chaleco. Al vernos, se quedó atónito, se alisó el chaleco, tosió cortésmente y nos dedicó una sonrisa amable, como encantado de vernos con gente tan agradable. Entonces, para nuestra completa sorpresa, se acercó a nosotros, arañando la hierba con sus largos pies, encorvándose y, sin dejar de sonreír amablemente, se levantó el sombrero y pronunció con voz empalagosa, con la entonación de un perro que gime:
—Ay, ay... caballeros, por doloroso que sea, es mi deber advertirles que está prohibido disparar en este bosque. Disculpen que me atreva a molestarlos, aunque no los conozco, pero... permítanme presentarme. Soy Grontovsky, el jefe de oficina de la finca de Madame Kandurin.
"Encantado de conocerte, pero ¿por qué no podemos disparar?"
"¡Tal es el deseo del dueño de este bosque!"
El príncipe y yo intercambiamos miradas. Pasó un momento de silencio. El príncipe se quedó mirando pensativo una gran matamoscas a sus pies, que había aplastado con su bastón. Grontovsky siguió sonriendo amablemente. Todo su rostro se crispaba, rezumando miel, e incluso la cadena del reloj de su chaleco parecía sonreír, intentando impresionarnos a todos con su refinamiento. Una ligera vergüenza nos invadió como un ángel; los tres nos sentimos incómodos.
"¡Tonterías!", dije. "¡Justo la semana pasada estuve rodando aquí!"
"¡Muy posible!", rió Grontovsky entre dientes. "De hecho, aquí todos disparan a pesar de la prohibición. Pero una vez que te conozco, es mi deber... mi sagrado deber advertirte. Soy un hombre en una posición de dependencia. Si el bosque fuera mío, te doy mi palabra de honor de un Grontovsky, no me opondría a tu agradable placer. Pero ¿de quién es la culpa de que yo esté en una posición de dependencia?"
El individuo flacucho suspiró y se encogió de hombros. Empecé a discutir, acalorándome y protestando, pero cuanto más alto y con más fuerza hablaba, más sensiblero y empalagoso se volvía el rostro de Grontovsky. Evidentemente, la conciencia de cierto poder sobre nosotros le proporcionaba la mayor satisfacción. Disfrutaba de su tono condescendiente, su cortesía, sus modales, y con peculiar deleite pronunciaba su sonoro apellido, al que probablemente le tenía mucho cariño. De pie frente a nosotros se sentía más que a gusto, pero a juzgar por las miradas confusas de reojo que lanzaba de vez en cuando a su cesta, solo una cosa le estropeaba la satisfacción: los hongos, prosa afeminada, campesina, despectiva para su dignidad.
"¡No podemos volver!", dije. "¡Hemos recorrido más de diez millas!"
"¿Qué hacer?", suspiró Grontovsky. "Si hubieras recorrido no diez, sino cien mil millas, si el rey hubiera venido incluso de América o de alguna otra tierra lejana, incluso entonces lo consideraría mi deber... sagrada, por así decirlo, obligación..."
"¿El bosque pertenece a Nadyezhda Lvovna?" preguntó el príncipe.
"Sí, Nadyezhda Lvovna..."
¿Está ella en casa ahora?
—Sí... te diré qué, ve con ella, no está a más de media milla de aquí; si te da una nota, entonces yo... ¡no hace falta decirlo! ¡Ja, ja... je, je!
"Por supuesto", asentí. "Es mucho más fácil que regresar... Ve con ella, Serguéi Ivánich", dije, dirigiéndome al príncipe. "La conoces".
El príncipe, que había estado mirando todo el tiempo el agárico aplastado, levantó los ojos hacia mí, pensó un minuto y dijo:
La conocí hace tiempo, pero... me resulta bastante incómodo ir a verla. Además, llevo ropa raída... Ve tú, no la conoces... Es más conveniente que vayas tú.
Acepté. Nos subimos a nuestra calesa y, seguidos por las sonrisas de Grontovsky, recorrimos la linde del bosque hasta la casa solariega. No conocía a Nadyezhda Lvovna Kandurin, de soltera Shabelsky. Nunca la había visto de cerca y solo la conocía de oídas. Sabía que era increíblemente rica, más rica que nadie en la provincia. Tras la muerte de su padre, Shabelsky, terrateniente sin más hijos, heredó varias propiedades, una ganadería y mucho dinero. Había oído que, aunque solo tenía veinticinco o veintiséis años, era fea, anodina e insignificante como cualquiera, y que solo se distinguía de las damas comunes del distrito por su inmensa riqueza.
Siempre me ha parecido que la riqueza se siente, y que los ricos deben tener sentimientos especiales que los pobres desconocen. A menudo, al pasar junto al gran huerto de Nadyezhda Lvovna, donde se alzaba la imponente casa con las ventanas siempre cubiertas con cortinas, pensaba: "¿En qué estará pensando ahora? ¿Hay felicidad tras esas persianas?", y cosas así. Una vez la vi de lejos en un elegante descapotable ligero, conduciendo un hermoso caballo blanco, y, pecador como soy, no solo la envidié, sino que incluso pensé que en sus poses, en sus movimientos, había algo especial, algo que no se encuentra en quienes no son ricos, así como las personas de carácter servil logran descubrir "buena familia" a primera vista en personas de apariencia común, si son un poco más distinguidas que ellas. La vida interior de Nadyezhda Lvovna solo me fue contada por el escándalo. Se decía en el distrito que hacía cinco o seis años, antes de casarse, en vida de su padre, había estado apasionadamente enamorada del príncipe Serguéi Ivánich, que ahora estaba a mi lado en el diván. Al príncipe le gustaba visitar a su padre y solía pasar días enteros en su sala de billar, donde jugaba a las pirámides infatigablemente hasta que le dolían los brazos y las piernas. Seis meses antes de la muerte del anciano, había dejado repentinamente de visitar a los Shabelski. Las habladurías del distrito, al no tener datos concretos en los que basarse, explicaban este abrupto cambio en sus relaciones de diversas maneras. Algunos decían que el príncipe, al observar los sentimientos de la sencilla hija hacia él y al no poder corresponderlos, consideraba un deber de caballero acortar sus visitas. Otros sostenían que el viejo Shabelski había descubierto por qué su hija se consumía y le había propuesto matrimonio al pobre príncipe. El príncipe, con su mentalidad estrecha, imaginando que intentaban comprarlo junto con su título, se indignó, dijo tonterías y discutió con ellos. Era difícil discernir qué había de cierto y qué de falso en estas tonterías. Pero era evidente que había algo de cierto, pues el príncipe siempre evitaba hablar de Nadyezhda Lvovna.
Supe que, poco después de la muerte de su padre, Nadyezhda Lvovna se había casado con un tal Kandurin, un licenciado en derecho, no rico, pero hábil, que había venido de visita al barrio. Se casó con él no por amor, sino porque la conmovió el amor del caballero jurista que, según se decía, había interpretado con astucia al enamorado. En la época que describo, Kandurin vivía en El Cairo por alguna razón, y desde allí escribía a su amigo, el alguacil del distrito, "Notas de viaje", mientras ella languidecía tras las persianas bajadas, rodeada de parásitos ociosos, y pasaba sus días deprimentes en mezquina filantropía.
De camino a la casa, el príncipe se puso a conversar.
"Hace tres días que no estoy en casa", dijo en un susurro, mirando de reojo al conductor. "No soy un niño, ni una mujer tonta, y no tengo prejuicios, pero no soporto a los alguaciles. Cuando veo a un alguacil en mi casa, palidezco y tiemblo, e incluso siento un espasmo en las pantorrillas. ¿Sabe que Rogozhin se negó a pagar mi pagaré?"
El príncipe, por lo general, no solía quejarse de sus apuros; en lo que a la pobreza se refería, era reservado, excesivamente orgulloso y susceptible, por lo que este anuncio me sorprendió. Contempló largo rato el claro amarillo, calentado por el sol, observó una larga hilera de grullas que flotaban en el cielo azul y se giró hacia mí.
"Y para el seis de septiembre debo tener el dinero listo para el banco... los intereses de mi herencia", dijo en voz alta, sin hacer caso al cochero. "¿Y dónde lo voy a conseguir? En fin, viejo, ¡estoy en un aprieto! ¡Un aprieto terrible!"
El príncipe examinó el cañón de su arma, sopló por alguna razón y comenzó a buscar las grullas que ya estaban fuera de la vista.
—Sergey Ivanitch —pregunté después de un minuto de silencio—, imagínate si venden tu Shatilovka, ¿qué harías?
¿Yo? ¡No lo sé! Shatilovka no se puede salvar, eso está más que claro, pero no puedo imaginarme semejante calamidad. No puedo imaginarme sin mi sustento diario asegurado. ¿Qué puedo hacer? Apenas he tenido educación; aún no he intentado trabajar; para el servicio público es tarde para empezar... Además, ¿dónde podría servir? ¿Dónde podría ser útil? Admitiendo que no se necesita gran inteligencia para servir en nuestro zemstvo, por ejemplo, pero sufro de... quién sabe qué, una especie de pusilanimidad, no tengo ni pizca de coraje. Si entrara en el servicio, siempre sentiría que no estoy en el lugar que me corresponde. No soy un idealista; no soy un utópico; no tengo principios especiales; simplemente soy, supongo, estúpido y completamente incompetente, un neurótico y un cobarde. En absoluto como los demás. Todos los demás son como los demás, solo que yo parezco ser algo... ...un pobre... Conocí a Naryagin el miércoles pasado, ¿lo conoces? Borracho, desaliñado... no paga sus deudas, estúpido" (el príncipe frunció el ceño y sacudió la cabeza)... "¡Una persona horrible! Me dijo, tambaleándose: "¡Me están eligiendo para juez de paz!" Claro, no lo elegirán, pero, verá, se cree apto para ser juez de paz y considera que el puesto está dentro de sus posibilidades. Tiene audacia y confianza en sí mismo. También fui a ver a nuestro juez de instrucción. El hombre cobra doscientos cincuenta rublos al mes y apenas hace nada. Lo único que puede hacer es ir y venir durante días seguidos en ropa interior, pero, pregúntenle, está convencido de que está haciendo su trabajo y cumpliendo con honor su deber. ¡No podría seguir así! Me daría vergüenza mirar al secretario a la cara.
En ese momento, Grontovsky, montado en un caballo castaño, pasó galopando junto a nosotros con un gesto majestuoso. En su brazo izquierdo, la cesta se mecía con los hongos bailando en su interior. Al pasar junto a nosotros, sonrió y saludó con la mano, como si fuéramos viejos amigos.
—¡Imbécil! —dijo el príncipe entre dientes, mirándolo—. Es maravilloso lo repugnante que a veces es ver caras satisfechas. Una sensación estúpida, animal, debida al hambre, supongo... ¿Qué decía? Ah, sí, sobre entrar en el Servicio... Debería avergonzarme de cobrar el sueldo, y sin embargo, a decir verdad, es una estupidez. Si lo miras desde una perspectiva más amplia, más seria, ahora estoy comiendo lo que no es mío. ¿No es así? Pero ¿por qué no me avergüenzo de eso?... Supongo que es cuestión de costumbre... y de no ser capaz de comprender la verdadera posición de uno... Pero esa posición probablemente sea horrible...
Lo miré, preguntándome si el príncipe estaría presumiendo. Pero su rostro era apacible y sus ojos seguían con tristeza los movimientos del caballo castaño que se alejaba corriendo, como si su felicidad se desvaneciera con él.
Al parecer estaba en ese estado de irritación y tristeza en que las mujeres lloran en silencio sin motivo y los hombres sienten ganas de quejarse de sí mismos, de la vida, de Dios...
Cuando bajé del coche a las puertas de la casa, el príncipe me dijo:
Un hombre dijo una vez, para fastidiarme, que tengo cara de tahúr. He notado que los tahúres suelen ser morenos. ¿Sabe? Parece que si de verdad hubiera nacido tahúr, habría seguido siendo una persona decente hasta el día de mi muerte, pues nunca habría tenido la osadía de hacer el mal. Le digo con franqueza que tuve la oportunidad de hacerme rico una sola vez en mi vida si hubiera mentido, una mentira a mí mismo y a una mujer... y otra persona que sé que me habría perdonado la mentira; habría metido un millón en el bolsillo. Pero no pude. ¡No tuve el coraje!
Desde las puertas, tuvimos que llegar a la casa a través del bosquecillo por un largo camino, plano como una regla, y plantado a ambos lados con lilas gruesas y podadas. La casa parecía algo pesada, insípida, como la fachada de un escenario. Se alzaba torpemente sobre una masa de vegetación y llamaba la atención como una gran piedra lanzada sobre el césped aterciopelado. En la entrada principal me recibió un lacayo viejo y gordo con un frac verde y grandes gafas de montura plateada; sin anunciarme, solo mirando con desprecio mi figura polvorienta, me hizo pasar. Al subir las escaleras de suave alfombra, sentí, por alguna razón, un fuerte olor a caucho. Al llegar arriba, me envolvió una atmósfera que solo se encuentra en museos, mansiones señoriales y antiguas casas de comerciantes; parecía el olor de algo del pasado, que vivió y murió, dejando su alma en las habitaciones. Pasé por tres o cuatro habitaciones de camino desde la entrada hasta el salón. Recuerdo suelos amarillos brillantes, lustrosos lustres envueltos en muselina rígida, alfombras estrechas y rayadas que no se extendían directamente de puerta en puerta, como suelen hacerlo, sino a lo largo de las paredes, de modo que, al no atreverme a tocar el suelo brillante con mis botas embarradas, tenía que describir un rectángulo en cada habitación. En el salón, donde me dejó el lacayo, había muebles antiguos y ancestrales con fundas blancas, envueltos en la penumbra. Parecían hoscos y viejos, y, como por respeto a su reposo, no se oía ningún sonido.
Incluso el reloj estaba en silencio... parecía como si la princesa Tarakanov se hubiera quedado dormida en el marco dorado, y el agua y las ratas permanecieran quietas e inmóviles por arte de magia. La luz del día, temerosa de perturbar la tranquilidad universal, apenas se filtraba por las persianas bajadas y se extendía sobre las suaves alfombras en pálidos y soñolientos trazos.
Pasaron tres minutos y una mujer corpulenta y mayor, vestida de negro y con la mejilla vendada, entró silenciosamente en el salón. Me hizo una reverencia y subió las persianas. De inmediato, envueltas en la brillante luz del sol, las ratas y el agua del cuadro cobraron vida y movimiento. La princesa Tarakanov se despertó y las viejas sillas fruncieron el ceño con tristeza.
"Su señoría estará aquí en un minuto, señor..." suspiró la anciana, frunciendo también el ceño.
Tras unos minutos más de espera, vi a Nadyezhda Lvovna. Lo primero que me impactó fue su fealdad, baja, desaliñada y de hombros redondeados. Su espesa cabellera castaña era magnífica; su rostro, puro y con un aire de cultura, irradiaba juventud; sus ojos tenían una expresión clara e inteligente; pero todo el encanto de su rostro se perdía entre el grosor de sus labios y el ángulo facial demasiado agudo.
Mencioné mi nombre y anuncié el objeto de mi visita.
—¡De verdad que no sé qué decir! —dijo, vacilante, bajando la mirada y sonriendo—. No me gusta negarme, y al mismo tiempo...
"Hazlo, por favor", supliqué.
Nadyezhda Lvovna me miró y se rió. Yo también reí. Probablemente le divertía lo que tanto disfrutaba Grontovsky: el derecho a conceder o denegar permiso; mi visita me pareció de repente extraña y rara.
"No me gusta romper las reglas establecidas", dijo Madame Kandurin. "Disparar está prohibido en nuestra finca desde hace seis años. ¡No!" Negó con la cabeza con decisión. "Disculpe, debo rechazarlo. Si lo permito, debo permitir que otros lo hagan. No me gusta la injusticia. O lo dejo a todos o a ninguno."
—¡Lo siento! —suspiré—. Es aún más triste porque hemos recorrido más de dieciséis kilómetros. No estoy solo —añadí—. El príncipe Serguéi Ivánich me acompaña.
Pronuncié el nombre del príncipe sin pensarlo dos veces , sin ningún motivo ni propósito especial; simplemente lo solté sin pensar, con la sencillez de mi corazón. Al oír el nombre familiar, Madame Kandurin se sobresaltó y me miró fijamente. Noté que su nariz palidecía.
"Eso no hace ninguna diferencia..." dijo ella bajando la mirada.
Mientras hablaba con ella, me asomé a la ventana que daba a los arbustos. Podía ver todo el bosque, con las avenidas, los estanques y el camino por el que había venido. Al final del camino, más allá de las puertas, la parte trasera de nuestra silla formaba una mancha oscura. Cerca de la puerta, de espaldas a la casa, el príncipe estaba de pie, con las piernas abiertas, hablando con el flacucho Grontovsky.
Madame Kandurin había estado de pie junto a la otra ventana todo el tiempo. Miraba de vez en cuando hacia los arbustos, y desde que mencioné el nombre del príncipe, no apartó la vista de la ventana.
—Disculpe —dijo, entrecerrando los ojos mientras miraba hacia el camino y la puerta—, pero sería injusto permitirle solo disparar... Y, además, ¿qué placer hay en disparar pájaros? ¿Para qué sirve? ¿Le estorban?
Una vida solitaria, encerrada entre cuatro paredes, con su penumbra interior y su fuerte olor a muebles deteriorados, predispone a la gente al sentimentalismo. La idea de Madame Kandurin le dio crédito, pero no pude resistirme a decir:
Si uno sigue ese camino, debe ir descalzo. Las botas están hechas de cuero de animales sacrificados.
"Hay que distinguir entre una necesidad y un capricho", respondió con voz apagada la señora Kandurin.
Para entonces, ya había reconocido al príncipe y no apartaba la vista de su figura. ¡Es difícil describir el deleite y el sufrimiento que irradiaba su feo rostro! Sus ojos sonreían y brillaban, sus labios temblaban y reían, mientras estiraba el rostro hacia los cristales. Agarrando una maceta con ambas manos, conteniendo la respiración y con una pata ligeramente levantada, me recordó a un perro que señalaba y esperaba con apasionada impaciencia "¡Tráelo!".
La miré a ella y al príncipe que no pudo decir una mentira ni una sola vez en su vida, y sentí ira y amargura contra la verdad y la falsedad, que juegan un papel tan elemental en la felicidad personal de los hombres.
El príncipe se sobresaltó de repente, apuntó y disparó. Un halcón, volando sobre él, batió sus alas y voló como una flecha a lo lejos.
—¡Apuntó demasiado alto! —dije—. Y entonces, Nadyezhda Lvovna —suspiré, alejándome de la ventana—, no permitirás... —Madame Kandurin guardó silencio.
"Tengo el honor de despedirme", dije, "y le ruego que perdone que lo moleste..."
Madame Kandurin se habría vuelto hacia mí y ya habría recorrido un cuarto del ángulo, cuando de repente ocultó su rostro detrás de las cortinas, como si sintiera lágrimas en los ojos que quisiera ocultar.
"Adiós... Perdóname..." dijo suavemente.
Me incliné a su espalda y me alejé a grandes zancadas por el suelo amarillo brillante, sin pisar ya la alfombra. Me alegré de alejarme de este pequeño reino de dorado aburrimiento y tristeza, y me apresuré como si ansiara sacudirme un sueño pesado y fantástico con su crepúsculo, su princesa encantada, sus brillos...
En la puerta principal me alcanzó una criada y me puso una nota en la mano: "Se permite disparar mostrando esto. NK", leí.
Amor y otras historias
AMAR
"YoLas tres de la mañana. La suave noche de abril se asoma por mis ventanas y me guiña un ojo con sus estrellas. ¡No puedo dormir, estoy tan feliz!
Todo mi ser, de la cabeza a los pies, rebosa de una sensación extraña e incomprensible. No puedo analizarla ahora mismo; no tengo tiempo, me da pereza, y bueno, ¡al diablo con el análisis! ¿Acaso un hombre interpreta sus sensaciones cuando se lanza de cabeza desde un campanario o acaba de enterarse de que ha ganado doscientos mil? ¿Está en condiciones de hacerlo?
Así fue más o menos como empecé mi carta de amor a Sasha, una chica de diecinueve años de la que me había enamorado. La empecé cinco veces, y con la misma frecuencia rompí las hojas, taché páginas enteras y la volví a copiar. Le dediqué tanto tiempo como si fuera una novela que tuviera que escribir por encargo. Y no fue porque intentara hacerla más larga, más elaborada y más ferviente, sino porque quería prolongar indefinidamente el proceso de esta escritura, cuando uno se sienta en la quietud de su estudio y se sumerge en sus propios sueños mientras la noche primaveral se asoma por la ventana. Entre líneas vi una imagen amada, y me pareció que, sentados a la misma mesa escribiendo conmigo, había espíritus tan ingenuamente felices, tan tontos y tan dichosos como yo. Escribía sin parar, mirando mi mano, que aún me dolía deliciosamente donde la suya la había apretado hacía poco, y si apartaba la vista, tenía una visión del enrejado verde de la puertecita. A través de ese enrejado, Sasha me miró después de despedirme. Al despedirme de Sasha, no pensaba en nada, simplemente admiraba su figura como todo hombre decente admira a una mujer hermosa; cuando vi a través del enrejado dos grandes ojos, de repente, como por inspiración, supe que estaba enamorado, que todo estaba arreglado entre nosotros y que ya tenía la plena decisión de que no me quedaba más que cumplir con ciertas formalidades.
También es un gran deleite sellar una carta de amor y, poniéndose lentamente el sombrero y el abrigo, salir sigilosamente de casa y llevar el tesoro al correo. Ya no hay estrellas en el cielo: en su lugar hay una larga franja blanquecina en el este, interrumpida aquí y allá por nubes sobre los tejados de las casas deslucidas; desde esa franja, todo el cielo se inunda de una tenue luz. El pueblo duerme, pero ya han salido los carros de agua, y en algún lugar de una fábrica lejana suena un silbato para despertar a los obreros. Junto al buzón, ligeramente húmedo de rocío, seguro que se ve la torpe figura de un portero, con una piel de oveja acampanada y un bastón. Está en un estado parecido a la catalepsia: no está dormido ni despierto, sino en algo intermedio.
Si los buzones supieran con qué frecuencia recurren a ellos para decidir su destino, no tendrían ese aire de humildad. Yo, en fin, casi besé mi buzón, y al mirarlo reflexioné sobre la mayor bendición del correo.
Ruego a cualquiera que haya estado enamorado que recuerde cómo uno suele apresurarse a volver a casa después de dejar la carta en el buzón, se mete rápidamente en la cama y levanta la colcha con la plena convicción de que tan pronto como uno se despierte en la mañana se verá abrumado por los recuerdos del día anterior y mirará con éxtasis la ventana, donde la luz del día se estará abriendo paso ansiosamente a través de los pliegues de la cortina.
Bueno, yendo a los hechos... A la mañana siguiente, al mediodía, la criada de Sasha me dio la siguiente respuesta: «Me complacería que viniera hoy, por favor. La espero. Su S.»
Ni una sola coma. Esta falta de puntuación, y la falta de ortografía de la palabra «encantada», toda la carta, e incluso el sobre largo y estrecho en el que estaba me llenaron el corazón de ternura. En la letra desgarbada pero tímida reconocí el andar de Sasha, su forma de levantar las cejas al reír, el movimiento de sus labios... Pero el contenido de la carta no me satisfizo. En primer lugar, las cartas poéticas no se responden así, y en segundo lugar, ¿por qué iba a ir a casa de Sasha a esperar a que a su corpulenta madre, a sus hermanos y a sus parientes pobres se les ocurriera dejarnos solos? Nunca se les pasaría por la cabeza, y nada es más odioso que tener que contener el propio éxtasis simplemente por la intrusión de alguna farsa animada en forma de una anciana o niña medio sorda que te acosa a preguntas. Le envié una respuesta a través de la criada, pidiéndole a Sasha que eligiera algún parque o bulevar para quedar. Mi sugerencia fue aceptada de inmediato. Había dado en el clavo, como dice el dicho.
Entre las cuatro y las cinco de la tarde me dirigí a la parte más alejada y descuidada del parque. No había un alma, y el encuentro podría haber tenido lugar más cerca, en alguna de las avenidas o glorietas, pero a las mujeres no les gusta hacer las cosas a medias en los amoríos; si te apetece un encuentro, que sea en la espesura más alejada e impenetrable, donde se corre el riesgo de tropezar con algún hombre rudo o borracho. Cuando me acerqué a Sasha, estaba de espaldas a mí, y en esa espalda se adivinaba un misterio endiablado. Parecía como si esa espalda, su nuca y las manchas negras de su vestido dijeran: "¡Silencio!"... La chica llevaba un sencillo vestido de algodón sobre el que se había echado una capa ligera. Para añadir más misterio, llevaba el rostro cubierto con un velo blanco. Para no arruinar el efecto, tuve que acercarme de puntillas y hablar en medio susurro.
Por lo que recuerdo ahora, yo no era tanto el punto esencial de la cita como un detalle de ella. Sasha no estaba tan absorta en la entrevista en sí como en su romántico misterio, mis besos, el silencio de los árboles sombríos, mis votos... No hubo un solo instante en que se olvidara de sí misma, se sintiera abrumada o dejara que la expresión misteriosa desapareciera de su rostro, y la verdad es que si hubiera habido algún Iván Sidorich o Sidor Ivánich en mi lugar, se habría sentido igual de feliz. ¿Cómo se puede discernir en tales circunstancias si se es amado o no? ¿Si el amor es "auténtico" o no?
Del parque me llevé a Sasha a casa. La presencia de la mujer amada en el aposento de soltero te afecta como el vino y la música. Normalmente, uno empieza a hablar del futuro, y la confianza y la seguridad en sí mismo con la que lo hace son desbordantes. Haces planes y proyectos, hablas con fervor del rango de general aunque aún no has alcanzado el de teniente, y en conjunto sueltas disparates tan grandilocuentes que tu oyente debe tener mucho amor e ignorancia de la vida para asentir. Por suerte para los hombres, las mujeres enamoradas siempre están cegadas por sus sentimientos y nunca saben nada de la vida. Lejos de no asentir, palidecen de santo temor, están llenas de reverencia y se aferran con avidez a las palabras del maníaco. Sasha me escuchó con atención, pero pronto detecté una expresión distraída en su rostro; no me entendía. El futuro del que hablaba solo le interesaba en su aspecto externo y yo perdía el tiempo exponiendo mis planes y proyectos ante ella. Estaba muy interesada en saber cuál sería su habitación, qué papel tendría en ella, por qué tenía un piano vertical en lugar de uno de cola, etc. Examinó con atención todos los detalles de mi mesa, miró las fotografías, olió las botellas, despegó los sellos viejos de los sobres, diciendo que los quería para algo.
—¡Por favor, colecciona sellos antiguos! —dijo con cara seria—. Por favor, hazlo.
Luego encontró una nuez en la ventana, la rompió ruidosamente y se la comió.
“¿Por qué no pegas pequeñas etiquetas en la parte posterior de tus libros?”, preguntó, echando un vistazo a la estantería.
"¿Para qué?"
—Ah, para que cada libro tenga su número. ¿Y dónde pongo mis libros? Yo también tengo libros, ¿sabes?
¿Qué libros tienes?, pregunté.
Sasha levantó las cejas, pensó un momento y dijo:
“De todo tipo.”
Y si se me hubiera ocurrido preguntarle qué pensamientos, qué convicciones, qué objetivos tenía, sin duda habría levantado las cejas, habría pensado un momento y habría dicho lo mismo: «De todo tipo».
Más tarde acompañé a Sasha a casa y salí de ella regularmente, oficialmente comprometida, y así se me consideró hasta nuestra boda. Si el lector me permite juzgar solo por mi experiencia personal, sostengo que estar comprometido es muy deprimente, mucho más que ser esposo o nada en absoluto. Un hombre comprometido no es ni una cosa ni la otra; ha dejado una orilla del río y no ha llegado a la otra, no está casado y, sin embargo, no se le puede llamar soltero, sino que se encuentra en una situación similar a la del portero que mencioné antes.
Todos los días, en cuanto tenía un momento libre, corría a ver a mi prometida. Al ir, solía llevar en mi interior multitud de esperanzas, deseos, intenciones, sugerencias, frases. Siempre imaginaba que, en cuanto la criada abriera la puerta, de sentirme oprimida y sofocada, me sumergiría de golpe en un mar de refrescante felicidad. Pero, en realidad, siempre resultaba lo contrario. Cada vez que iba a ver a mi prometida, encontraba a toda su familia y a los demás miembros de la casa ocupados con el ridículo ajuar. (Y, por cierto, llevaban dos meses cosiendo a destajo y entonces tenían menos de cien rublos en cosas). Olía a planchas, grasa de vela y humo. Las cornetas crujían bajo los pies. Las dos habitaciones más importantes estaban abarrotadas de ovillos de lino, percal y muselina, y entre ellos asomaba la cabecita de Sasha con un hilo entre los dientes. Toda la gente que cosía me recibió con gritos de alegría, pero enseguida me condujo al comedor, donde no pude estorbarlos ni ver lo que solo los maridos pueden ver. A pesar de mis sentimientos, tuve que sentarme en el comedor y conversar con Pimenovna, una de las parientes pobres. Sasha, con aspecto preocupado y excitado, pasaba corriendo junto a mí con un dedal, una madeja de lana o algún otro objeto aburrido.
"Espera, espera, no tardo ni un minuto", decía cuando la miraba con ojos implorantes. "¡Imagínate que la miserable Stepanida ha estropeado el corpiño del vestido de barège!"
Y tras esperar en vano esta gracia, perdí la paciencia, salí de casa y caminé por las calles con el bastón nuevo que había comprado. O quería dar un paseo o un paseo en coche con mi prometida, pero al dar la vuelta la encontraba ya en el recibidor con su madre, vestida para salir y jugando con su sombrilla.
"Oh, vamos a la galería comercial", decía. "Tenemos que comprar más cachemira y cambiar el sombrero".
Mi salida fue un desastre. Me reuní con las señoras y las acompañé a la galería comercial. Es asquerosamente aburrido escuchar a las mujeres comprando, regateando e intentando superar al astuto dependiente. Me sentí avergonzada cuando Sasha, después de dar vueltas a un montón de ropa y rebajar los precios al mínimo, salió de la tienda sin comprar nada, o bien le dijo al dependiente que le diera medio rublo.
Cuando salían de la tienda, Sasha y su mamá, con caras asustadas y preocupadas, discutían largo y tendido sobre haberse equivocado, haber comprado algo equivocado, las flores en el chintz eran demasiado oscuras, etc.
Sí, ¡es un rollo estar comprometido! Me alegra que haya terminado.
Ya estoy casada. Es de noche. Estoy sentada en mi estudio leyendo. Detrás de mí, en el sofá, Sasha está comiendo algo ruidosamente. Quiero una cerveza.
—Sasha, busca el sacacorchos... —digo—. Está por ahí tirado.
Sasha se levanta de un salto, rebusca desordenadamente entre dos o tres montones de papeles, deja caer las cerillas y, sin encontrar el sacacorchos, se sienta en silencio... Pasan cinco minutos, diez... Empiezo a sentirme agobiada por la sed y la frustración.
—Sasha, busca el sacacorchos —le digo.
Sasha se levanta de un salto y rebusca entre los papeles cerca de mí. Su masticar y crujir los papeles me afecta como el sonido de cuchillos afilándose... Me levanto y empiezo a buscar el sacacorchos. Por fin lo encuentro y descorcho la cerveza. Sasha se queda junto a la mesa y empieza a contarme algo largo y tendido.
—Será mejor que leas algo, Sasha —le digo.
Ella toma un libro, se sienta frente a mí y comienza a mover sus labios... Miro su pequeña frente, sus labios en movimiento, y me hundo en mis pensamientos.
«Tiene casi veinte años...», reflexiono. «Si uno compara a un chico de clase educada y de esa edad, ¡qué diferencia! El chico tendría conocimientos, convicciones y algo de inteligencia».
Pero perdono esa diferencia, igual que se perdonan la frente baja y los labios que se mueven. Recuerdo que en mis viejos tiempos de Lovelace rechazaba a las mujeres por una mancha en sus medias, o por una palabra tonta, o por no lavarse los dientes, y ahora lo perdono todo: el mordisqueo, el embrollo tras el sacacorchos, la dejadez, las largas charlas sobre nada que importe; lo perdono todo casi inconscientemente, sin ningún esfuerzo de voluntad, como si los errores de Sasha fueran míos, y muchas cosas que antes me habrían hecho estremecer me conmueven hasta la ternura e incluso el éxtasis. La explicación de este perdón de todo reside en mi amor por Sasha, pero cuál es la explicación del amor en sí, en realidad no lo sé.
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LUCES
TEl perro ladraba con entusiasmo afuera. Ananyev, el ingeniero, su ayudante, llamado Von Schtenberg, y yo salimos de la cabaña para ver a quién ladraba. Yo era el visitante y podría haberme quedado dentro, pero debo confesar que tenía la cabeza un poco mareada por el vino que había bebido, y me alegré de respirar aire fresco.
—No hay nadie aquí —dijo Ananyev al salir—. ¿Por qué andas contando historias, Azorka? ¡Eres un imbécil!
No había un alma a la vista.
El tonto, Azorka, un perro negro de la casa, probablemente consciente de su culpa por ladrar por nada y ansioso por apaciguarnos, se acercó meneando la cola con timidez. El ingeniero se agachó y le tocó entre las orejas.
—¿Por qué ladras por nada, criatura? —dijo con el tono con el que la gente bondadosa habla con niños y perros—. ¿Tuviste una pesadilla? —Dígame, doctor, le recomiendo —dijo, volviéndose hacia mí— que es un sujeto increíblemente nervioso. ¿Lo creerías? No soporta la soledad; siempre tiene pesadillas y sueños terribles; y cuando le gritas, le da un ataque de histeria.
“Sí, un perro de sentimientos refinados”, intervino el estudiante.
Azorka debió de entender que la conversación se refería a él. Levantó la cabeza y sonrió lastimeramente, como diciendo: «Sí, a veces sufro muchísimo, pero, por favor, ¡disculpen!».
Era una noche de agosto, había estrellas, pero estaba oscuro. Debido a que nunca en mi vida había estado en un entorno tan excepcional como el que por casualidad me tocó encontrar, la noche estrellada me pareció sombría, inhóspita y más oscura de lo que era en realidad. Estaba en una vía férrea aún en construcción. El alto terraplén a medio terminar, los montículos de arena, arcilla y escombros, los hoyos, las carretillas estacionadas aquí y allá, las cubiertas planas de las chozas de barro donde vivían los obreros: todo este desorden, teñido de un solo tono por la oscuridad, daba a la tierra un aspecto extraño y agreste que evocaba tiempos de caos. Había tan poco orden en todo lo que se extendía ante mí que, en cierto modo, resultaba extraño, en medio de la tierra horriblemente excavada y de aspecto grotesco, ver las siluetas de seres humanos y los esbeltos postes telegráficos. Ambos estropeaban el conjunto de la imagen y parecían pertenecer a otro mundo. Todo estaba en silencio y el único sonido provenía del cable telegráfico que repetía su cansador estribillo en algún lugar muy alto por encima de nuestras cabezas.
Subimos al terraplén y desde lo alto contemplamos la tierra. A cien metros, donde los pozos, agujeros y montículos se fundían en la oscuridad de la noche, centelleaba una luz tenue. Más allá brillaba otra luz, más allá una tercera, y a cien pasos, dos ojos rojos brillaban uno junto al otro —probablemente las ventanas de alguna cabaña— y una larga serie de luces, cada vez más cercanas y tenues, se extendía a lo largo de la línea hasta el horizonte, para luego girar en semicírculo a la izquierda y desaparecer en la oscuridad de la distancia. Las luces estaban inmóviles. Parecía haber algo en común entre ellas y la quietud de la noche y el canto desconsolado del cable telegráfico. Parecía como si un secreto importante estuviera enterrado bajo el terraplén y solo las luces, la noche y los cables lo supieran.
—¡Qué glorioso, Señor! —suspiró Ananyev—; ¡tan grande y hermosa que uno no puede separarse! ¡Y qué terraplén! No es un terraplén, querido amigo, sino un auténtico Mont Blanc. Cuesta millones...
Extasiado por las luces y el terraplén que costaba millones, embriagado por el vino y su humor sentimental, el ingeniero le dio una palmada en el hombro a Von Schtenberg y continuó en tono jocoso:
—Bueno, Mihail Mihailitch, ¿en tus pensamientos? Sin duda es un placer contemplar la obra de las propias manos, ¿verdad? El año pasado, este mismo lugar era una estepa desnuda, sin rastro de vida humana, y ahora mira: vida... civilización... ¡Y qué espléndido es todo, por mi alma! Tú y yo estamos construyendo un ferrocarril, y cuando nos vayamos, dentro de uno o dos siglos, hombres de bien construirán una fábrica, una escuela, un hospital, ¡y todo empezará a moverse! ¡Eh!
El estudiante permaneció inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos, sin apartar la vista de las luces. No escuchaba al ingeniero, sino que pensaba, y aparentemente estaba de ese humor en el que uno no quiere hablar ni escuchar. Tras un largo silencio, se volvió hacia mí y dijo en voz baja:
¿Sabes cómo son esas luces interminables? Me recuerdan a algo que murió hace mucho tiempo, que vivió hace miles de años, algo así como los campamentos de los amalecitas o los filisteos. Es como si algunos personajes del Antiguo Testamento hubieran acampado y esperaran la mañana para luchar contra Saúl o David. Solo falta el sonido de las trompetas y los centinelas que se llaman entre sí en algún idioma etíope para completar la ilusión.
Y, como a propósito, el viento azotó la línea, trayendo consigo un sonido como el de un arma. Siguió un silencio. No sé en qué estarían pensando el ingeniero y el estudiante, pero ya me parecía ver ante mí algo muerto hacía mucho tiempo, e incluso oír al centinela hablar en una lengua desconocida. Mi imaginación se apresuró a imaginar las tiendas, la gente extraña, sus ropas, sus armaduras.
—Sí —murmuró el estudiante pensativo—, una vez filisteos y amalecitas vivían en este mundo, haciendo guerras, desempeñando su papel, y ahora no queda rastro de ellos. Así será con nosotros. Ahora estamos construyendo un ferrocarril, aquí estamos filosofando, pero pasarán dos mil años, y de este terraplén y de todos esos hombres, dormidos tras su duro trabajo, no quedará ni una pizca de polvo. ¡En realidad, es horrible!
“Debes dejar de pensar en eso…”, dijo el ingeniero con gravedad y en tono admonitorio.
"¿Por qué?"
—Porque... Pensamientos como esos son para el final de la vida, no para el principio. Eres demasiado joven para ellos.
“¿Por qué?” repitió el estudiante.
Todos esos pensamientos sobre la transitoriedad, la insignificancia y la falta de propósito de la vida, sobre la inevitabilidad de la muerte, sobre las sombras de la tumba, etc., todos esos pensamientos elevados, le digo, querido amigo, son buenos y naturales en la vejez cuando surgen como resultado de años de trabajo interior, se ganan con el sufrimiento y realmente constituyen riqueza intelectual; para un cerebro joven en el umbral de la vida real, ¡son simplemente una calamidad! ¡Una calamidad! —repitió Ananyev con un gesto de la mano—. En mi opinión, a su edad es mejor no tener cabeza que pensar así. Hablo en serio, barón. Y llevaba mucho tiempo queriendo hablarle de esto, pues noté desde el primer día que nos conocimos su predilección por estas ideas condenables.
—¡Dios mío! ¿Por qué son tan condenables? —preguntó el estudiante sonriendo, y por su voz y su rostro vi que lo preguntaba por simple cortesía, y que la discusión suscitada por el ingeniero no le interesaba en lo más mínimo.
Apenas podía mantener los ojos abiertos. Soñaba que inmediatamente después de nuestro paseo nos despediríamos y nos acostaríamos, pero mi sueño no se cumplió pronto. Al regresar a la cabaña, el ingeniero guardó las botellas vacías y sacó dos llenas de una gran cesta de mimbre. Tras descorcharlas, se sentó a su mesa de trabajo con la evidente intención de seguir bebiendo, charlando y trabajando. Bebiendo un sorbo de su vaso, tomó notas a lápiz sobre algunos planes y continuó señalando al estudiante que su forma de pensar no era la adecuada. El estudiante estaba sentado a su lado, revisando cuentas y sin decir nada. Él, como yo, no tenía ganas de hablar ni de escuchar. Para no interferir en su trabajo, me senté lejos de la mesa, en la cama de viaje del ingeniero, con patas torcidas, aburrido y esperando a cada momento que me sugirieran que me fuera a la cama. Era casi la una.
Sin nada que hacer, observé a mis nuevos conocidos. Nunca había visto a Ananyev ni al estudiante. Los había conocido la noche que he descrito. A última hora de la tarde, regresaba a caballo de una feria a casa de un terrateniente con el que me alojaba, pero me equivoqué de camino en la oscuridad y me perdí. Dando vueltas junto a la vía del tren y viendo lo oscura que se estaba volviendo la noche, pensé en los "malos del ferrocarril descalzos", que acechan a los viajeros a pie y a caballo. Me asusté y llamé a la primera cabaña que encontré. Allí fui recibido cordialmente por Ananyev y el estudiante. Como suele ocurrir con los desconocidos que se reúnen casualmente, enseguida nos conocimos, nos hicimos amigos y, primero con el té y después con el vino, empezamos a sentirnos como si nos conociéramos de años. Al cabo de una hora, más o menos, supe quiénes eran y cómo el destino los había traído del pueblo a la lejana estepa. y sabían quién era yo, cuál era mi ocupación y mi manera de pensar.
Nikolay Anastasyevitch Ananyev, el ingeniero, era un hombre corpulento y de hombros anchos, y a juzgar por su apariencia, como Otelo, había comenzado su "descenso al valle de los años" y se estaba volviendo bastante corpulento. Estaba justo en esa etapa a la que se refieren las viejas casamenteras cuando hablan de "un hombre en la flor de la vida", es decir, no era ni joven ni viejo, le gustaba la buena comida, el buen licor y elogiar el pasado, jadeaba un poco al caminar, roncaba fuerte al dormir, y en su trato con quienes lo rodeaban mostraba ese buen humor sereno e imperturbable que siempre adquiere la gente decente cuando alcanza el grado de oficial de Estado Mayor y empieza a engordar. Su cabello y barba estaban lejos de ser grises, pero ya, con una condescendencia de la que no era consciente, se dirigía a los jóvenes como "mi querido muchacho" y se sentía con derecho a sermonearlos con buen humor sobre su forma de pensar. Sus movimientos y su voz eran tranquilos, suaves y seguros de sí mismos, como los de un hombre plenamente consciente de que tiene los pies firmemente plantados en el camino correcto, un trabajo definido, una vida segura, una perspectiva estable... Su rostro bronceado, de nariz gruesa y cuello musculoso parecían decir: «Estoy bien alimentado, sano, satisfecho conmigo mismo, y llegará el día en que ustedes, los jóvenes, también estarán bien alimentados, sanos y satisfechos consigo mismos...». Vestía una camisa de algodón con el cuello torcido y pantalones de lino completos metidos dentro de sus botas altas. Por ciertas nimiedades, como por ejemplo, su faja de lana de colores, su cuello bordado y el parche en su codo, pude adivinar que estaba casado y, con toda probabilidad, amado tiernamente por su esposa.
El barón Von Schtenberg, estudiante del Instituto de Transportes, era un joven de unos veintitrés o veinticuatro años. Solo su cabello rubio y su escasa barba, y quizás cierta tosquedad y frialdad en sus rasgos, denotaban su ascendencia de barones de las provincias bálticas; todo lo demás —su nombre, Mihail Mihailovitch, su religión, sus ideas, sus modales y la expresión de su rostro— eran puramente rusos. Vestía, como Ananyev, una camisa de algodón y botas altas, con los hombros redondeados, el cabello sin cortar y el rostro bronceado, no parecía un estudiante ni un barón, sino un obrero ruso común y corriente. Hablaba poco y hacía gestos, bebía a regañadientes y sin ganas, revisaba las cuentas mecánicamente y parecía estar pensando en otra cosa. Sus movimientos y su voz eran tranquilos y suaves, pero su serenidad era diferente a la del ingeniero. Su rostro bronceado, ligeramente irónico y soñador, sus ojos que miraban hacia arriba bajo sus cejas, y toda su figura expresaban estancamiento espiritual: pereza mental. Parecía como si no le importara en lo más mínimo si la luz brillaba ante él o no, si el vino era bueno o malo, y si las cuentas que revisaba eran correctas o no... Y en su rostro inteligente y sereno leí: «Hasta ahora no veo nada bueno en un trabajo definido, una vida segura y una perspectiva estable. Todo es una tontería. Estuve en Petersburgo, ahora estoy sentado aquí en esta cabaña, en otoño volveré a Petersburgo, luego en primavera aquí de nuevo... Qué sentido tiene todo eso, no lo sé, y nadie lo sabe... Así que no tiene sentido hablar de ello...».
Escuchó al ingeniero sin interés, con la indiferencia condescendiente con la que los cadetes de último año escuchan a un asistente efusivo y afable. Parecía que no había nada nuevo para él en lo que decía el ingeniero, y que si no hubiera sido demasiado perezoso para hablar, habría dicho algo más nuevo e ingenioso. Mientras tanto, Ananyev no desistió. Para entonces, había dejado de lado su tono jocoso y afable y hablaba con seriedad, incluso con un fervor que no encajaba con su expresión de calma. Al parecer, no le disgustaban los temas abstractos, le gustaban, de hecho, pero no tenía ni habilidad ni práctica en su manejo. Y esta falta de práctica era tan pronunciada en su charla que no siempre captaba su significado al instante.
—¡Odio esas ideas con todo mi corazón! —dijo—. Yo mismo me contagiaron en mi juventud, y aún no me he librado de ellas por completo, y les digo —quizás porque soy estúpido y esos pensamientos no eran el alimento adecuado para mi mente— que solo me hicieron daño. ¡Es fácil de entender! Pensar en la falta de propósito de la vida, en la insignificancia y transitoriedad del mundo visible, la «vanidad de las vanidades» de Salomón, ha sido, y es hasta el día de hoy, la etapa más alta y final del pensamiento. El pensador llega a esa etapa y... ¡se detiene! No hay adónde ir más. La actividad del cerebro normal se completa con esto, y eso es natural y normal. Nuestra desgracia es que empezamos a pensar por ese extremo. Nosotros empezamos con lo que la gente normal tiene al final. Desde el principio, en cuanto el cerebro empieza a funcionar de forma independiente, ascendemos al último escalón y nos negamos a saber nada de los escalones inferiores.
“¿Qué daño hay en eso?” dijo el estudiante.
—Pero debes comprender que esto es anormal —gritó Ananyev mirándolo casi con ira. Si encontramos la manera de ascender al peldaño más alto sin la ayuda de los inferiores, entonces toda la larga escalera, es decir, la vida entera, con sus colores, sonidos y pensamientos, pierde todo sentido para nosotros. Que a tu edad tales reflexiones son dañinas y absurdas, lo puedes ver en cada paso de tu vida racional e independiente. Supongamos que te sientas ahora mismo a leer a Darwin o a Shakespeare; apenas has leído una página, el veneno se hace notar; y tu larga vida, Shakespeare y Darwin, te parecen un sinsentido, un absurdo, porque sabes que morirás, que Shakespeare y Darwin también han muerto, que sus pensamientos no los han salvado, ni a la tierra, ni a ti, y que si la vida se despoja de sentido de esa manera, toda la ciencia, la poesía y los pensamientos exaltados parecen solo diversiones inútiles, los juguetes vanos de los adultos; y dejas de leer en la segunda página. Ahora, supongamos que la gente se acerca a ti, como hombre inteligente, y te pregunta tu opinión sobre la guerra, por ejemplo: si es deseable, si es moralmente Justificable o no. En respuesta a esa terrible pregunta, simplemente te encoges de hombros y te limitas a un lugar común, porque para ti, con tu forma de pensar, da absolutamente igual que cientos de miles de personas mueran de muerte violenta o natural: el resultado es el mismo: cenizas y olvido. Tú y yo estamos construyendo una línea de ferrocarril. ¿De qué sirve, podría preguntarse, preocuparnos, inventar, superar lo trillado, sentir compasión por los trabajadores, robar o no robar, cuando sabemos que esta línea de ferrocarril se convertirá en polvo dentro de dos mil años, y así sucesivamente... Debes admitir que con una perspectiva tan desastrosa no puede haber progreso, ni ciencia, ni arte, ni siquiera el pensamiento mismo. Nos creemos más listos que la multitud y que Shakespeare. En realidad, nuestro pensamiento no conduce a nada porque no tenemos ninguna inclinación a descender a los escalones más bajos y no hay ningún lugar más alto adonde ir, así que nuestro cerebro se queda congelado, ni arriba ni abajo; yo... Estuve esclavizado por estas ideas durante seis años, y por Dios, no leí un libro sensato en todo ese tiempo, no adquirí ni un ápice de sabiduría ni elevé mi moral ni un ápice. ¿No fue desastroso? Además, además de corrompernos, envenenamos la vida de quienes nos rodean. Estaría bien si, con nuestro pesimismo, renunciáramos a la vida, nos fuéramos a vivir en una cueva o nos apresuráramos a morir, pero, tal como están las cosas, obedeciendo la ley universal, vivimos, sentimos, amamos a las mujeres, criamos hijos, construimos ferrocarriles.
“Nuestros pensamientos no hacen que nadie se sienta frío ni caliente”, dijo el estudiante de mala gana.
¡Ah! ¡Ahí estás otra vez! ¡Basta ya! Aún no has olido bien la vida. Pero cuando hayas vivido tanto como yo, ¡sabrás un par de cosas! Nuestra teoría de la vida no es tan inocente como supones. En la vida práctica, en contacto con los seres humanos, solo conduce a horrores y locuras. Me ha tocado vivir experiencias que no le desearía a un tártaro malvado.
“¿Por ejemplo?” pregunté.
“¿Por ejemplo?” repitió el ingeniero.
Pensó un momento, sonrió y dijo:
Por ejemplo, tomemos este ejemplo. Más correctamente, no es un ejemplo, sino un drama normal, con trama y desenlace. ¡Una excelente lección! ¡Ah, qué lección!
Se sirvió vino a sí mismo y a nosotros, vació su copa, se acarició el amplio pecho con las manos abiertas y continuó, dirigiéndose más a mí que al estudiante.
Fue en el año 187—, poco después de la guerra, y cuando acababa de salir de la universidad. Iba al Cáucaso y, de camino, me detuve cinco días en la ciudad costera de N. Debo decirles que nací y crecí en esa ciudad, así que no es extraño que pensara que N. era extraordinariamente acogedora, acogedora y hermosa, aunque para un hombre de Petersburgo o Moscú, la vida allí sería tan lúgubre e incómoda como en cualquier Tchuhloma o Kashira. Con melancolía, pasé por el instituto donde había sido alumno; con melancolía, paseé por el parque, tan familiar, intenté con melancolía ver más de cerca a gente que no había visto en mucho tiempo, todos con la misma melancolía.
Entre otras cosas, una tarde fui en coche a la llamada Cuarentena. Era un pequeño bosquecillo desolado donde, en una época olvidada de peste, había existido un puesto de cuarentena, y que ahora era el lugar de veraneo de los veraneantes. Estaba a cinco kilómetros del pueblo por una carretera en buen estado. Al avanzar, se veía a la izquierda el mar azul, a la derecha la interminable y sombría estepa; había aire de sobra para respirar y amplias vistas para contemplar. El bosquecillo se extendía a la orilla del mar. Tras despedir a mi cochero, entré por las puertas que ya conocía y torcí primero por una avenida que conducía a una pequeña glorieta de piedra que me había gustado de niño. En mi opinión, esa glorieta redonda y pesada, sobre sus toscas columnas, que combinaba el encanto romántico de una antigua tumba con la torpeza de un Sobakevitch*, era el rincón más poético de todo el pueblo. Se alzaba en el borde del acantilado, y desde ella se disfrutaba de una espléndida vista de el mar.
*Un personaje de Las almas muertas de Gógol.—Nota del traductor.
Me senté en el banco e, inclinándome sobre el parapeto, miré hacia abajo. Un sendero partía de la glorieta a lo largo del acantilado escarpado, casi sobresaliente, entre terrones de arcilla y matas de bardana. Donde terminaba, muy abajo, en la orilla arenosa, olas bajas formaban lánguidamente espuma y ronroneaban suavemente. El mar era tan majestuoso, infinito e imponente como siete años antes, cuando dejé el instituto y me fui de mi pueblo natal a la capital; a lo lejos se veía una oscura columna de humo —pasaba un vapor— y, salvo esta columna apenas visible e inmóvil y las golondrinas que revoloteaban sobre el agua, nada animaba la monótona vista del mar y el cielo. A derecha e izquierda de la glorieta se extendían acantilados de arcilla irregulares.
Ya sabes que cuando un hombre melancólico se encuentra cara a cara con el mar, o con cualquier paisaje que le parezca grandioso, siempre hay, por alguna razón, mezclada con la melancolía, la convicción de que vivirá y morirá en la oscuridad, y reflexivamente toma un lápiz y se apresura a escribir su nombre en lo primero que encuentra a mano. Y supongo que por eso todos los rincones solitarios y convenientes como mi casa de verano siempre están garabateados a lápiz o tallados con cortaplumas. Recuerdo como si fuera hoy; mirando el parapeto leí: «Iván Korolkov, 16 de mayo de 1876». Junto a Korolkov, algún soñador local había garabateado libremente, añadiendo:
“Se paró en la desolada playa del océano,
Mientras su alma estaba llena de imaginaciones grandiosas.
Y su letra era soñadora, flácida como seda mojada. Un tal Kross, probablemente un hombrecillo insignificante, sentía tan profundamente su insignificancia que le dio rienda suelta a su cortaplumas y grabó su nombre con letras profundas de dos centímetros y medio de alto. Saqué un lápiz del bolsillo mecánicamente y también garabateé en una de las columnas. Sin embargo, todo eso es irrelevante... Debes disculparme, no sé contar una historia brevemente.
Estaba triste y un poco aburrido. El aburrimiento, la quietud y el ronroneo del mar me llevaron gradualmente a la línea de pensamiento que hemos estado discutiendo. En ese período, hacia finales de los setenta, había comenzado a estar de moda entre el público, y más tarde, a principios de los ochenta, pasó gradualmente del público general a la literatura, la ciencia y la política. No tenía más de veintiséis años en ese momento, pero sabía perfectamente que la vida no tenía rumbo ni sentido, que todo era un engaño y una ilusión, que en su naturaleza esencial y sus resultados una vida de trabajos forzados en Sahalin no se diferenciaba en nada de una vida pasada en Niza, que la diferencia entre el cerebro de un Kant y el cerebro de una mosca no tenía importancia real, que nadie en este mundo es justo o culpable, que todo era material y sin sentido, ¡y maldita sea! Vivía como si le estuviera haciendo un favor a un poder invisible que me obligaba a vivir, y al que parecía decirle: "Mira, yo «¡Me importa un bledo la vida, pero estoy vivo!», pensé con una línea definida, pero en todo tipo de matices, y en ese sentido era como el gourmet sutil capaz de preparar cien platos apetitosos con solo patatas. Sin duda era parcial e incluso hasta cierto punto estrecho, pero en aquel momento me imaginaba que mi horizonte intelectual no tenía principio ni fin, y que mi pensamiento era tan ilimitado como el mar. Bueno, hasta donde puedo juzgar por mí mismo, la filosofía de la que hablamos tiene algo seductor, narcótico en su naturaleza, como el tabaco o la morfina. Se convierte en un hábito, un anhelo. Aprovechas cada minuto de soledad para regodearte con pensamientos sobre la falta de rumbo de la vida y la oscuridad de la tumba. Mientras estaba sentado en el cenador, niños griegos de narices largas paseaban decorosamente por las avenidas. Aproveché la ocasión y, mirándolos, comencé a reflexionar de esta manera:
“¿Por qué nacen estos niños y para qué viven? ¿Tiene algún sentido su existencia? Crecen sin saber para qué; vivirán en este agujero desamparado y abandonado sin ningún motivo, y luego morirán...?”
Y de hecho me sentí molesta con esos niños porque caminaban con decoro y hablaban con dignidad, como si no consideraran tan insignificantes sus pequeñas vidas descoloridas y supieran para qué vivían... Recuerdo que a lo lejos, al final de una avenida, aparecieron tres figuras femeninas. Tres señoritas, una con un vestido rosa y dos de blanco, caminaban del brazo, hablando y riendo. Al observarlas, pensé:
“No estaría mal tener una aventura con alguna mujer durante un par de días en este lugar aburrido”.
De paso, recordé que hacía tres semanas que no visitaba a mi dama de Petersburgo, y pensé que un romance fugaz me vendría de maravilla. La joven de blanco del centro era bastante más joven y guapa que sus compañeras, y a juzgar por sus modales y su risa, era una estudiante de secundaria de último año. Miré su busto, no sin pensamientos impuros, y al mismo tiempo reflexioné sobre ella: «Se formará en música y modales, se casará con algún griego —¡Dios nos ayude!—, llevará una vida gris, estúpida e incómoda, traerá al mundo un montón de hijos sin saber por qué, y luego morirá. ¡Qué vida absurda!».
“Debo decir que, por regla general, se me daba muy bien combinar mis elevadas ideas con la prosa más baja.
Los pensamientos sobre la oscuridad de la tumba no me impidieron dar a los bustos y las piernas el debido homenaje. Las ideas exaltadas de nuestro querido barón no le impiden ir los sábados a Vukolovka en expediciones amorosas. A decir verdad, hasta donde recuerdo, mi actitud hacia las mujeres era de lo más insultante. Ahora, cuando pienso en aquella estudiante de secundaria, me sonrojo por lo que pensé entonces, pero en aquel momento mi conciencia estaba perfectamente tranquila. Yo, hijo de padres honorables, cristiano, con una educación superior, no naturalmente malvado ni estúpido, no sentía la menor inquietud cuando pagaba a las mujeres Blutgeld , como lo llaman los alemanes, ni cuando seguía a las estudiantes de secundaria con miradas insultantes... El problema es que la juventud tiene sus exigencias, y nuestra filosofía no tiene nada en principio contra ellas, ya sean buenas o repugnantes. Quien sabe que la vida no tiene objetivo y la muerte es inevitable no está interesado en la lucha contra la naturaleza ni en la concepción del pecado: ya sea que luche o... Si no lo haces, morirás y te pudrirás igual... En segundo lugar, amigos míos, nuestra filosofía inculca incluso en los más jóvenes lo que se llama razonabilidad. El predominio de la razón sobre el corazón es sencillamente abrumador entre nosotros. El sentimiento directo, la inspiración... todo queda ahogado por análisis mezquinos. Donde hay razonabilidad hay frialdad, y la gente fría —de nada sirve disfrazarlo— no sabe nada de castidad. Esa virtud solo la conocen quienes son cálidos, cariñosos y capaces de amar. En tercer lugar, nuestra filosofía niega la importancia de cada personalidad individual. Es fácil ver que si niego la personalidad de alguna Natalia Stepanovna, me da absolutamente igual que se sienta insultada o no. Hoy uno insulta su dignidad como ser humano y le paga Blutgeld , y al día siguiente no piensa más en ella.
Así que me senté en el cenador y observé a las jóvenes. La figura de otra mujer apareció en la avenida, con el cabello rubio, la cabeza descubierta y un chal blanco de punto sobre los hombros. Caminó por la avenida, luego entró en el cenador y, agarrándose al parapeto, miró con indiferencia hacia abajo y a lo lejos, hacia el mar. Al entrar, no me prestó atención, como si no me hubiera notado. La examiné de pies a cabeza (no de pies a cabeza, como se examina a los hombres) y descubrí que era joven, de no más de veinticinco años, atractiva, de buena figura, probablemente casada y perteneciente a la clase de las mujeres respetables. Vestía como si estuviera en casa, pero a la moda y con buen gusto, como suelen vestir las damas de Nueva Inglaterra.
«Esta sería una buena opción», pensé, mirando su hermosa figura y sus brazos; «es muy buena... Probablemente sea la esposa de algún médico o maestro de escuela...».
Pero compensarla —es decir, convertirla en la heroína de uno de esos encuentros improvisados a los que los turistas son tan propensos— no fue fácil y, de hecho, prácticamente imposible. Lo sentí al contemplar su rostro. Su mirada y su expresión sugerían que el mar, el humo a lo lejos y el cielo la habían aburrido hacía mucho tiempo y le habían fatigado la vista. Parecía cansada, aburrida y pensando en algo deprimente, y su rostro ni siquiera tenía esa expresión inquieta y afectadamente indiferente que se ve en el rostro de casi todas las mujeres cuando perciben la presencia de un hombre desconocido cerca.
La dama rubia me miró con aburrimiento y de pasada, se sentó en un banco y se sumió en sus pensamientos. Por su rostro vi que no pensaba en mí, y que yo, con mi aspecto petersburguesés, no despertaba en ella ni la más mínima curiosidad. Aun así, decidí hablar con ella y le pregunté: «Señora, permítame preguntarle a qué hora salen las carretas de aquí a la ciudad».
“'A las diez u once, creo...'”
Le di las gracias. Me miró un par de veces, y de repente, un destello de curiosidad, luego de algo parecido al asombro, se reflejó en su rostro desapasionado... Me apresuré a adoptar una expresión indiferente y una actitud adecuada; ¡me estaba dando cuenta! De repente, se levantó del asiento de un salto, como si algo la hubiera mordido, y, examinándome apresuradamente, con una sonrisa amable, preguntó tímidamente:
—Oh, ¿no eres Ananyev?
«Sí, soy Ananyev», respondí.
“¿Y no me reconoces? ¿No?”
Estaba un poco confundido. La miré fijamente y, ¿lo creerías?, la reconocí no por su rostro ni su figura, sino por su sonrisa dulce y cansada. Era Natalya Stepanovna, o, como la llamaban, Kisotchka, la misma chica de la que me había enamorado perdidamente siete u ocho años antes, cuando vestía el uniforme de un estudiante de secundaria. Las cosas de días lejanos, desaparecidos, los días de antaño... Recuerdo a esta Kisotchka, una delgada estudiante de secundaria de quince o dieciséis años, cuando era algo solo para el gusto de un colegial, creada por la naturaleza especialmente para el amor platónico. ¡Qué niña tan encantadora era! Pálida, frágil, ligera, parecía como si un soplo la hiciera volar como una pluma hacia los cielos, un rostro dulce y perplejo, manos pequeñas, cabello largo y suave hasta el cinturón, una cintura tan delgada como la de una avispa, en conjunto algo etéreo, transparente como la luz de la luna, de hecho, desde el punto de vista de Un estudiante de secundaria, una belleza sin igual... ¡Estaba enamorado de ella! No dormía por las noches. Escribía versos... A veces, por las noches, se sentaba en un banco del parque mientras los estudiantes la rodeábamos con reverencia; en respuesta a nuestros cumplidos, suspiros y actitudes, se encogía nerviosa ante la humedad de la noche, entrecerraba los ojos y sonreía con dulzura, y en esos momentos parecía una gatita preciosa. Mientras la mirábamos, todos sentíamos el deseo de acariciarla como a un gato, de ahí su apodo de Kisotchka.
En los siete u ocho años transcurridos desde que nos conocimos, Kisotchka había cambiado mucho. Se había vuelto más robusta y corpulenta, y había perdido por completo su aspecto de gatito suave y esponjoso. No era que sus rasgos parecieran viejos o descoloridos, sino que, de alguna manera, habían perdido su brillo y se veían más severos; su cabello parecía más corto, parecía más alta, y sus hombros eran casi el doble de anchos; y lo más sorprendente, ya había en su rostro la expresión de maternal y resignación que se ve comúnmente en mujeres respetables de su edad, y esto, por supuesto, nunca antes lo había visto en ella... En resumen, de su rostro de colegiala y platónico, había conservado la sonrisa amable y nada más...
Empezamos a conversar. Al enterarse de que ya era ingeniero, Kisotchka se puso inmensamente contenta.
—¡Qué bien! —dijo, mirándome a la cara con alegría—. ¡Ah, qué bien! ¡Y qué espléndidos son todos! De todos los que se fueron con ustedes, ninguno ha fracasado; todos han salido adelante. Uno es ingeniero, otro médico, un tercero profesor, otro, dicen, es un cantante célebre en San Petersburgo... Son todos espléndidos, todos ustedes... ¡Ah, qué bien!
Los ojos de Kisotchka brillaban con genuina bondad y alegría. Me admiraba como una hermana mayor o una ex institutriz. «Mientras miraba su dulce rostro, pensé: ¡No estaría mal tenerla hoy!»
—¿Recuerdas, Natalia Stepanovna? —le pregunté—, cómo una vez te traje en el parque un ramo de flores con una nota. Leíste mi nota y pusiste cara de desconcierto...
—No, no me acuerdo de eso —dijo ella riendo—. Pero sí recuerdo cómo querías retar a Florens a un duelo por mí...
“Bueno, ¿lo puedes creer? No recuerdo eso...
—Bueno, ya pasó todo... —suspiró Kisotchka—. Hubo un tiempo en que fui su ídolo, y ahora me toca a mí admirarlos a todos...
Por conversaciones posteriores, supe que dos años después de terminar el instituto, Kisotchka se había casado con un vecino del pueblo, mitad griego, mitad ruso, que trabajaba en un banco o en una compañía de seguros y que también se dedicaba al comercio de cereales. Tenía un apellido peculiar, algo así como Populaki o Skarandopulo... Dios sabe, lo he olvidado... De hecho, Kisotchka hablaba poco y con reticencia de sí misma. La conversación giraba solo en torno a mí. Me preguntaba por la Facultad de Ingeniería, por mis compañeros, por San Petersburgo, por mis planes, y todo lo que yo decía la llenaba de alegría y exclamaba: "¡Oh, qué bien!".
Bajamos al mar y caminamos por la arena; luego, cuando el aire nocturno empezó a soplar fresco y húmedo desde el mar, volvimos a subir. Durante todo ese tiempo, hablamos de mí y del pasado. Caminamos hasta que el reflejo del atardecer se apagó en las ventanas de las villas de verano.
«Pasen a tomar el té», sugirió Kisotchka. «El samovar debe de estar en la mesa hace mucho tiempo... Estoy sola en casa», dijo, al vislumbrar su villa entre el verde de las acacias. «Mi marido siempre está en el pueblo y solo vuelve por la noche, y no siempre a esa hora, y debo confesar que soy tan aburrida que es simplemente mortal».
La seguí adentro, admirando su espalda y hombros. Me alegré de que estuviera casada. Las mujeres casadas son mejor candidatas para amoríos temporales que las chicas. También me alegró que su esposo no estuviera en casa. Al mismo tiempo, presentía que la aventura no prosperaría...
Entramos en la casa. Las habitaciones eran más bien pequeñas y de techos bajos, y el mobiliario era el típico de una villa de verano (a los rusos les gusta tener en sus villas muebles incómodos, pesados y descuidados que les da pena tirar y no tienen dónde poner), pero por ciertos detalles pude observar que Kisotchka y su esposo no andaban mal de dinero y debían de gastar cinco o seis mil rublos al año. Recuerdo que en medio de la habitación que Kisotchka llamaba el comedor había una mesa redonda, sostenida por alguna razón sobre seis patas, y sobre ella un samovar y tazas. En el borde de la mesa había un libro abierto, un lápiz y un cuaderno. Eché un vistazo al libro y lo reconocí como «Ejemplos aritméticos de Malinin y Burenin». Estaba abierto, si no recuerdo mal, por las «Reglas del interés compuesto».
“¿A quién le das clases?”, le pregunté a Kisotchka.
«Nadie», respondió ella. «Solo estoy haciendo algo... No tengo nada que hacer y me aburro tanto que pienso en los viejos tiempos y hago cálculos».
“¿Tienes hijos?”
“Tuve un niño, pero sólo vivió una semana”.
Empezamos a tomar té. Admirándome, Kisotchka reiteró lo bueno que era que fuera ingeniero y lo contenta que estaba de mi éxito. Y cuanto más hablaba y más sinceramente sonreía, más fuerte era mi convicción de que debía marcharme sin haber logrado mi objetivo. En aquella época, era un experto en amoríos y podía calcular con precisión mis posibilidades de éxito. Puedes confiar plenamente en el éxito si buscas a una mujer tan ingenua como tú, o a una aventurera a la que no conoces. Si te encuentras con una mujer sensata y seria, cuyo rostro refleja una expresión de cansada sumisión y buena voluntad, que se alegra genuinamente de tu presencia y, sobre todo, te respeta, más vale que regreses. En ese caso, para tener éxito se necesita más de un día.
Y al atardecer, Kisotchka me parecía aún más encantadora que de día. Me atraía cada vez más, y al parecer yo también le caía bien, y el entorno era el más apropiado: el marido no estaba en casa, no había sirvientes a la vista, reinaba la calma... Aunque tenía poca confianza en el éxito, decidí lanzar el ataque de todos modos. Primero, era necesario adoptar un tono familiar y cambiar el tono líricamente serio de Kisotchka por uno más frívolo.
—Cambiemos de tema, Natalya Stepanovna —empecé—. Hablemos de algo divertido. Antes que nada, permíteme, por los viejos tiempos, llamarte Kisotchka.
“Ella me lo permitió.
—Dime, por favor, Kisotchka —continué—, ¿qué les pasa a las mujeres de aquí? ¿Qué les ha pasado? Antes eran todas tan morales y virtuosas, y ahora, te lo aseguro, si uno pregunta por alguien, le dicen cosas que le horrorizan la naturaleza humana... Una joven se fugó con un oficial; otra se escapó y se llevó a un estudiante de secundaria; otra, una mujer casada, huyó de su marido con un actor; una cuarta dejó a su marido y se fue con un oficial, y así sucesivamente. ¡Es una auténtica epidemia! ¡Si esto sigue así, no quedará ni una sola joven en tu pueblo!
Hablé en un tono vulgar y juguetón. Si Kisotchka se hubiera reído en respuesta, yo habría continuado con este estilo: «¡Cuidado, Kisotchka, o algún oficial o actor te va a secuestrar!». Ella habría bajado la mirada y habría dicho: «Como si alguien quisiera secuestrarme; hay muchas más jóvenes y guapas...». Y yo habría dicho: «¡Tonterías, Kisotchka! ¡Yo, por mi parte, estaría encantada!». Y así sucesivamente, y todo habría ido viento en popa. Pero Kisotchka no rió en respuesta; al contrario, se puso seria y suspiró.
«Todo lo que te han contado es cierto», dijo. «Mi prima Sonia huyó de su marido con un actor. Claro que está mal... Cada uno debería asumir la suerte que le ha tocado, pero no los condeno ni los culpo... ¡A veces las circunstancias son demasiado fuertes para cualquiera!».
—Así es, Kisotchka, pero ¿qué circunstancias pueden producir una epidemia regular?
“'Es muy sencillo y fácil de entender', respondió Kisotchka, arqueando las cejas. 'Nosotras, las chicas y mujeres educadas, no tenemos absolutamente nada que hacer. No todas pueden ir a la universidad, convertirse en maestras, vivir para las ideas, de hecho, como hacen los hombres. Tienen que casarse... ¿Y con quién querrías que se casaran? Ustedes, los chicos, dejan el instituto y se van a la universidad, para no volver nunca más a su ciudad natal, y se casan en San Petersburgo o Moscú, mientras que las chicas se quedan... ¿Con quién se casarán? Porque, a falta de hombres cultos y decentes, quién sabe con qué clase de hombres se casan: corredores de bolsa y gente de todo tipo, que no saben hacer más que beber y meterse en peleas en el club... Una chica casada así, al azar... ¿Y cómo es su vida después? Puedes entenderlo: una mujer culta y bien educada vive con un hombre estúpido y grosero; si conoce a un Un hombre culto, un oficial, un actor o un médico... bueno, ella llega a amarlo, su vida se le vuelve insoportable y huye de su marido. ¡Y nadie puede condenarla!
—Si es así, Kisotchka, ¿por qué casarse? —pregunté.
—Sí, claro —dijo Kisotchka con un suspiro—, pero ya sabes que todas las chicas creen que cualquier marido es mejor que nada... En definitiva, la vida aquí es horrible, Nikolay Anastasyevitch, ¡muy horrible! La vida es asfixiante para una chica y asfixiante cuando uno se casa... Aquí se ríen de Sonia por haberse escapado de su marido, pero si pudieran ver en su alma no se reirían...
Azorka volvió a ladrar afuera. Gruñó furioso a alguien, luego aulló lastimeramente y se estrelló con todas sus fuerzas contra la pared de la cabaña... El rostro de Ananyev se contorsionó de compasión; interrumpió su relato y salió. Durante dos minutos se le oyó afuera consolando a su perro. "¡Buen perro! ¡Pobre perro!"
«A nuestro Nikolay Anastasyevitch le encanta hablar», dijo Von Schtenberg, riendo. «Es un buen tipo», añadió tras un breve silencio.
Al regresar a la cabaña, el ingeniero llenó nuestros vasos y, sonriendo y acariciándose el pecho, continuó:
Y así mi intento fracasó. No había nada que hacer, pospuse mis pensamientos impuros para una ocasión más favorable, me resigné a mi fracaso y, como dice el dicho, hice un gesto con la mano. Es más, bajo la influencia de la voz de Kisotchka, el aire de la tarde y la quietud, poco a poco me fui dejando llevar por un tranquilo estado de ánimo sentimental. Recuerdo que me senté en un sillón junto a la ventana abierta de par en par y miré los árboles y el cielo oscurecido. Las siluetas de las acacias y los tilos eran exactamente las mismas que ocho años antes; igual que entonces, en los días de mi infancia, en algún lugar lejano se oía el tintineo de un piano destartalado, y el público tenía la misma costumbre de pasear de un lado a otro por las avenidas, pero la gente no era la misma. Por las avenidas ya no andábamos mis compañeros, yo y el objeto de mi adoración, sino colegiales y señoritas desconocidas. Y me sentí melancólico. Cuando, a mis preguntas, Sobre conocidos, cinco veces recibí de Kisotchka la respuesta: «Ha muerto». Mi melancolía se transformó en la sensación que se experimenta en el funeral de un buen hombre. Y sentado junto a la ventana, mirando al público paseando y escuchando el tintineo del piano, vi con mis propios ojos por primera vez en mi vida con qué afán una generación se apresura a reemplazar a otra, ¡y qué trascendental importancia pueden tener incluso siete u ocho años en la vida de un hombre!
Kisotchka puso una botella de vino tinto en la mesa. La bebí a tope, me puse sentimental y empecé a contar una larga historia sobre no sé qué. Kisotchka escuchaba como antes, admirándome a mí y a mi ingenio. Y el tiempo pasó. El cielo estaba tan oscuro que las siluetas de las acacias y los tilos se fundían en una sola, el público ya no caminaba por las avenidas, el piano estaba en silencio y el único sonido era el murmullo uniforme del mar.
Los jóvenes son todos iguales. Sé amable con un joven, elógialo, agasájalo con vino, hazle entender que es atractivo y se quedará sentado, olvidando que es hora de irse, y hablará y hablará y hablará... Sus anfitriones no pueden mantener los ojos abiertos, ya es hora de acostarse, y él sigue quedándose y hablando. Eso fue lo que hice. Una vez miré el reloj por casualidad; eran las diez y media. Empecé a despedirme.
«Toma otro vaso antes de empezar a caminar», dijo Kisotchka.
Tomé otro vaso, volví a hablar largo y tendido, olvidé que era hora de irme y me senté. Entonces se oyeron voces, pasos y el tintineo de espuelas.
“Creo que ha entrado mi marido…”, dijo Kisotchka mientras escuchaba.
La puerta crujió, se oyeron dos voces del pasillo y vi a dos hombres pasar por la puerta que daba al comedor: uno, un hombre corpulento, fornido y moreno, con nariz aguileña y sombrero de paja, y el otro, un joven oficial con túnica blanca. Al pasar, ambos nos miraron con indiferencia a Kisotchka y a mí, y supuse que ambos estaban borrachos.
«¡Te mintió entonces, y la creíste!», oímos decir un minuto después una voz fuerte y con un marcado acento nasal. «Para empezar, no fue en el club grande, sino en el pequeño».
«Estás enojado, Júpiter, así que te equivocas...», dijo otra voz, obviamente la del oficial, riendo y tosiendo. «Oye, ¿puedo quedarme esta noche? Dime la verdad, ¿te estorbaré?».
¡Menuda pregunta! No solo puedes, sino que debes. ¿Qué tomarás, cerveza o vino?
Estaban sentados a dos habitaciones de nosotros, hablando en voz alta, y aparentemente sin ningún interés en Kisotchka ni en su visitante. Un cambio perceptible se produjo en Kisotchka con la llegada de su esposo. Al principio se sonrojó, luego su rostro adoptó una expresión tímida y culpable; parecía estar angustiada, y empecé a pensar que le daba vergüenza mostrarme a su esposo y quería que me fuera.
Empecé a despedirme. Kisotchka me acompañó hasta la puerta principal. Recuerdo bien su dulce sonrisa triste y sus ojos amables y pacientes mientras me estrechaba la mano y decía:
"Lo más probable es que no nos volvamos a ver. Bueno, que Dios te bendiga. ¡Gracias!"
Ni un suspiro, ni una sola frase bonita. Al despedirse, sostenía la vela en la mano; destellos de luz danzaban sobre su rostro y cuello, como si persiguieran su sonrisa triste. Me imaginé a la antigua Kisotchka, a quien uno antes deseaba acariciar como a un gato; miré fijamente a la actual Kisotchka, y por alguna razón recordé sus palabras: «Todos deben asumir la suerte que el destino les ha impuesto». Y sentí una punzada en el corazón. Instintivamente adiviné cómo era, y mi conciencia me susurró que yo, en mi felicidad e indiferencia, estaba cara a cara con una criatura buena, cariñosa y amorosa, destrozada por el sufrimiento.
Me despedí y fui a la puerta. Ya estaba bastante oscuro. En el sur, las tardes se acortan temprano en julio y oscurece rápidamente. Hacia las diez estaba tan oscuro que no se podía ver ni un centímetro por delante. Encendí un par de docenas de cerillas antes de que, casi a tientas, encontrara el camino a la puerta.
"¡Taxi!", grité al salir por la puerta; ni un sonido, ni un suspiro en respuesta... "¡Taxi!", repetí, "¡Eh, taxi!".
Pero no había ningún taxi. El silencio era sepulcral. No oía nada más que el murmullo del mar soñoliento y el latido de mi corazón por el vino. Al levantar la vista al cielo, no vi ni una sola estrella. Estaba oscuro y sombrío. Evidentemente, el cielo estaba cubierto de nubes. Por alguna razón, me encogí de hombros, sonriendo tontamente, y una vez más, ya no tan resueltamente, grité pidiendo un taxi.
El eco me respondió. Caminar cinco kilómetros por campo abierto y en la oscuridad total no era una perspectiva agradable. Antes de decidirme a caminar, estuve largo rato deliberando y gritando pidiendo un coche; luego, encogiéndome de hombros, volví perezosamente al bosquecillo, sin un objetivo definido. Estaba terriblemente oscuro en el bosquecillo. Aquí y allá, entre los árboles, las ventanas de las villas de verano brillaban con un rojo apagado. Un cuervo, perturbado por mis pasos y las cerillas con las que alumbraba mi camino hacia la glorieta, volaba de árbol en árbol y susurraba entre las hojas. Me sentí molesto y avergonzado, y el cuervo pareció comprenderlo y graznó: «¡Krrra!». Me disgustaba tener que caminar y me avergonzaba de haberme quedado en casa de Kisotchka, charlando como un niño.
Me dirigí a la glorieta, busqué un asiento y me senté. Muy abajo, tras un velo de densa oscuridad, el mar emitía un rugido bajo y furioso. Recuerdo que, como si estuviera ciego, no veía ni el cielo ni el mar, ni siquiera la glorieta donde estaba sentado. Y me parecía que el mundo entero consistía solo en los pensamientos que vagaban por mi cabeza, mareado por el vino, y en un poder invisible que murmuraba monótonamente allá abajo. Y después, al quedarme dormido, empezó a parecer que no era el mar el que murmuraba, sino mis pensamientos, y que el mundo entero consistía en nada más que en mí. Y concentrando así el mundo entero en mí, dejé de pensar en los coches de caballos, en la ciudad y en Kisotchka, y me abandoné a la sensación que tanto me gustaba: es decir, la sensación de terrible aislamiento cuando sientes que en todo el universo, oscuro e informe, solo existes tú. Es una sensación orgullosa y demoníaca, solo posible Rusos cuyos pensamientos y sensaciones son tan vastos, ilimitados y sombríos como sus llanuras, sus bosques y su nieve. Si hubiera sido artista, sin duda habría representado la expresión del rostro de un ruso cuando, sentado e inmóvil, con las piernas bajo el cuerpo y la cabeza entre las manos, se abandona a esta sensación... Y junto con esta sensación, vienen pensamientos sobre la falta de propósito de la vida, la muerte y la oscuridad de la tumba... Los pensamientos no valen nada, pero la expresión del rostro debe ser elegante...
Mientras dormitaba, sin poder levantarme —estaba abrigada y cómoda—, de repente, contra el murmullo uniforme y monótono del mar, como sobre un lienzo, empezaron a distinguirse unos sonidos que desviaron mi atención... Alguien venía apresuradamente por la avenida. Al llegar a la glorieta, se detuvo, sollozó como una niña pequeña y dijo con voz de niña: «¡Dios mío, cuándo acabará todo esto! ¡Cielos misericordiosos!».
A juzgar por la voz y el llanto, supuse que era una niña de diez o doce años. Entró indecisa en el cenador, se sentó y empezó a rezar, a quejarse en voz alta...
—¡Dios misericordioso! —dijo llorando—. ¡Es insoportable! ¡Es insoportable! Sufro en silencio, pero yo también quiero vivir... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
“Y así sucesivamente con el mismo estilo.
Quería mirar a la niña y hablarle. Para no asustarla, primero suspiré con fuerza y tosí, luego, con cuidado, encendí una cerilla... Hubo un destello de luz brillante en la oscuridad, que iluminó la figura que lloraba. ¡Era Kisotchka!
—¡Maravillas tras maravillas! —dijo Von Schtenberg con un suspiro—. La noche negra, el murmullo del mar; ella con dolor, él con una sensación de mundo, de soledad... Es demasiado bueno... Solo necesitas circasianos con puñales para completarlo.
“No os estoy contando un cuento, sino hechos”.
“Bueno, incluso si fuera un hecho… nada prueba nada, y no hay nada nuevo en ello…”
—¡Espera un poco antes de criticar! Déjame terminar —dijo Ananyev, agitando la mano con fastidio. —¡No interfiera, por favor! No se lo digo a usted, pero el doctor... Bueno —continuó, dirigiéndose a mí y mirando de reojo al estudiante que, inclinado sobre sus libros, parecía muy satisfecho de haberse burlado del ingeniero—, bueno, Kisotchka no se sorprendió ni se asustó al verme. Parecía como si supiera de antemano que me encontraría en la glorieta. Respiraba con dificultad y temblaba como si tuviera fiebre, mientras que su rostro surcado de lágrimas, por lo que pude distinguir al encender cerillas tras cerillas, no era el rostro inteligente, sumiso y cansado que había visto antes, sino algo diferente, que aún no puedo comprender. No expresaba dolor, ni ansiedad, ni tristeza; nada de lo que expresaban sus palabras y sus lágrimas... Debo reconocer que, probablemente porque no lo entendía, me pareció insensible y como si estuviera borracha.
—No lo soporto —murmuró Kisotchka con la voz de un niño que llora—. Es demasiado para mí, Nikolay Anastasyitch. Perdóname, Nikolav Anastasyitch. No puedo seguir viviendo así... Me voy al pueblo, a casa de mi madre... ¡Llévame allí! ¡Llévame allí, por Dios!
Ante las lágrimas, no puedo hablar ni callar. Estaba nervioso y murmuré tonterías intentando consolarla.
—No, no; iré a casa de mi madre —dijo Kisotchka con decisión, levantándose y agarrándome el brazo convulsivamente (tenía las manos y las mangas empapadas de lágrimas). —Perdóname, Nikolai Anastasyitch, me voy... No aguanto más...
—Kisotchka, pero no hay ni un solo taxi —dije—. ¿Cómo puedes ir?
“'No importa, caminaré... No está lejos. No lo soporto...'
Me sentí avergonzado, pero no conmovido. Las lágrimas de Kisotchka, su temblor y la expresión vacía de su rostro me sugirieron un melodrama trivial, francés o de la pequeña Rusia, en el que cada gramo de sentimiento superficial y barato se ve empapado de lágrimas.
No la entendía, y sabía que no la entendía; debería haberme quedado callado, pero por alguna razón, probablemente por miedo a que mi silencio se tomara por estupidez, pensé que debía intentar convencerla de que no fuera a casa de su madre, sino que se quedara en casa. Cuando la gente llora, no le gusta que se vean sus lágrimas. Y encendí cerillas tras cerillas y seguí encendiendo hasta que la caja quedó vacía. Qué quería con esta iluminación tan poco generosa, aún no lo puedo concebir. La gente de corazón frío tiende a ser torpe, e incluso estúpida.
Al final, Kisotchka me tomó del brazo y partimos. Al cruzar la puerta, giramos a la derecha y paseamos lentamente por el suave y polvoriento camino. Estaba oscuro. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, empecé a distinguir las siluetas de los viejos y demacrados robles y tilos que bordeaban el camino. Los acantilados escarpados y abruptos, intersectados aquí y allá por profundos y estrechos barrancos y arroyos, pronto mostraron, confusamente, una franja negra a la derecha. Arbustos bajos, acurrucados junto a las hondonadas, parecían figuras sentadas. Era inquietante. Miré de reojo los acantilados con recelo, y el murmullo del mar y la quietud del campo alarmaron mi imaginación. Kisotchka no habló. Seguía temblando, y antes de haber recorrido media milla estaba agotada de caminar y sin aliento. Yo también guardé silencio.
A tres cuartos de milla de la Estación de Cuarentena había un edificio abandonado de cuatro pisos, con una chimenea altísima que antiguamente albergaba un molino de harina a vapor. Se alzaba solitario sobre el acantilado, y de día se veía a gran distancia, tanto por mar como por tierra. Como estaba desierto y no vivía nadie, y porque había un eco que repetía con claridad los pasos y las voces de los transeúntes, parecía misterioso. Imagínenme en la oscuridad de la noche, del brazo de una mujer que huía de su marido, cerca de este monstruo alto y alargado que repetía el sonido de cada paso que daba y me miraba fijamente con sus cien ventanas negras. Un joven normal se habría sentido conmovido por sentimientos románticos en semejante entorno, pero yo miré las ventanas oscuras y pensé: «Todo esto es muy impresionante, pero llegará el día en que de ese edificio, de Kisotchka y sus problemas, y de mí con mis pensamientos, no quedará ni una sola mota de polvo... Todo es absurdo y vanidad». . . .'
“Cuando llegamos al molino de harina, Kisotchka se detuvo de repente, me soltó el brazo y dijo, ya no con voz infantil, sino con la suya propia:
“'Nikolay Anastasvitch, sé que todo esto te parece extraño. ¡Pero soy terriblemente infeliz! ¡Y ni siquiera te imaginas lo infeliz que soy! ¡Es imposible imaginarlo! No te lo cuento porque no se puede hablar de ello... ¡Qué vida, qué vida!...'
Kisotchka no terminó. Apretó los dientes y gimió como si hiciera todo lo posible por no gritar de dolor.
"¡Qué vida!", repetía horrorizada, con la cadencia y el acento sureño, casi ucraniano, que, sobre todo en las mujeres, da al habla emotiva el aire de un canto. "¡Es una vida! ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¿Qué significa? ¡Ay, Dios mío, Dios mío!"
Como si intentara resolver el enigma de su destino, se encogió de hombros perpleja, negó con la cabeza y juntó las manos. Hablaba como si cantara, se movía con gracia y me recordó a una célebre actriz de la Pequeña Rusa.
—¡Dios mío, estoy en un abismo! —continuó—. ¡Si uno pudiera vivir un minuto feliz como los demás! ¡Dios mío, Dios mío! ¡He caído en tal desgracia que, delante de un desconocido, huyo de mi marido de noche, como una criatura de mala reputación! ¿Qué me espera después de esto?
Mientras admiraba sus movimientos y su voz, empecé a sentirme molesto porque no se llevaba bien con su marido. «¡Sería genial haberme relacionado con ella!», me pasó por la cabeza; y este pensamiento despiadado me rondó la cabeza, me persiguió todo el tiempo y se volvió cada vez más atractivo.
A una milla del molino de harina, tuvimos que girar a la izquierda junto al cementerio. En la esquina del cementerio había un molino de viento de piedra, y junto a él, una pequeña cabaña donde vivía el molinero. Pasamos el molino y la cabaña, giramos a la izquierda y llegamos a las puertas del cementerio. Allí, Kisotchka se detuvo y dijo:
—¡Me voy, Nikolay Anastasyitch! Tú vete a casa, y que Dios te bendiga, pero yo me voy. No tengo miedo.
—¡Bueno, y ahora qué! —dije desconcertado—. Si te vas, ¡más te vale que te vayas!
“'He sido demasiado precipitada... Todo era por nada que importara. Tú y tu charla me hicieron retroceder al pasado y me metieron un montón de ideas en la cabeza... Estaba triste y con ganas de llorar, y mi marido me dijo cosas groseras delante de ese oficial, y no pude soportarlo... ¿Y de qué sirve ir al pueblo a casa de mi madre? ¿Me hará eso más feliz? Tengo que volver... Pero no importa... sigamos adelante', dijo Kisotchka, y se rió. '¡No importa!'
Recordé que sobre la puerta del cementerio había una inscripción: «Llegará la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán la voz del Hijo de Dios». Sabía muy bien que tarde o temprano, Kisotchka, su esposo, el oficial de la túnica blanca yaceríamos bajo los oscuros árboles del cementerio; sabía que un semejante infeliz e insultado caminaba a mi lado. Reconocí todo esto con claridad, pero al mismo tiempo me atormentaba un temor opresivo y desagradable de que Kisotchka se volviera y no lograra decirle lo que tenía que decirle. Nunca en mi vida, pensamientos de orden superior se habían entrelazado tan estrechamente con la prosa más vil como aquella noche... ¡Fue horrible!
No muy lejos del cementerio encontramos un taxi. Al llegar a la calle Mayor, donde vivía la madre de Kisotchka, lo dejamos y caminamos por la acera. Kisotchka guardó silencio todo el rato, mientras yo la miraba y me reprendía: «¿Por qué no empiezas? ¡Ahora es el momento!». A unos veinte pasos del hotel donde me alojaba, Kisotchka se detuvo junto a la farola y rompió a llorar.
—¡Nikolay Anastasyitch! —dijo, llorando y riendo, mirándome con ojos húmedos y brillantes—. Nunca olvidaré su compasión... ¡Qué buenos son! ¡Todos son tan espléndidos! ¡Todos son honestos, generosos, amables, inteligentes...! ¡Ah, qué bueno es eso!
Ella veía en mí a un hombre culto, avanzado en todos los sentidos, y en su rostro risueño, bañado en lágrimas, junto con la emoción y el entusiasmo que despertaba mi personalidad, se reflejaba claramente el arrepentimiento por haber visto tan pocas veces a semejantes personas, y por no haberle concedido Dios la dicha de ser la esposa de uno de ellos. Murmuró: "¡Ah, qué espléndido!". La alegría infantil en su rostro, las lágrimas, la sonrisa dulce, el cabello suave que se había escapado de debajo del pañuelo, y el propio pañuelo tirado descuidadamente sobre su cabeza, a la luz de la farola, me recordaron a la vieja Kisotchka, a quien uno hubiera querido acariciar como a un gatito.
“No pude contenerme y comencé a acariciarle el cabello, los hombros y las manos.
—Kisotchka, ¿qué quieres? —murmuré—. ¡Iré contigo hasta el fin del mundo si quieres! Te sacaré de este agujero y te daré la felicidad. Te quiero... ¿Vamos, mi amor? ¿Sí? ¿Lo harás?
El rostro de Kisotchka estaba inundado de desconcierto. Se apartó de la farola y, completamente abrumada, me miró con los ojos muy abiertos. La agarré del brazo, comencé a besarle la cara, el cuello, los hombros, y seguí haciendo votos y promesas. En el amor, los votos y las promesas son casi una necesidad fisiológica. Es imposible seguir adelante sin ellos. A veces sabes que mientes y que las promesas no son necesarias, pero aun así juras y protestas. Kisotchka, completamente abrumada, seguía tambaleándose hacia atrás y mirándome con los ojos muy abiertos.
—¡Por favor, no! ¡Por favor, no! —murmuró, sujetándome con las manos.
La abracé con fuerza. De repente, rompió a llorar histéricamente. Su rostro tenía la misma expresión vacía e insensible que había visto en el cenador al encender las cerillas. Sin pedirle su consentimiento, impidiéndole hablar, la arrastré a la fuerza hacia mi hotel. Parecía casi desmayada y no caminaba, pero la tomé por los brazos y casi la llevé en brazos... Recuerdo que, mientras subíamos las escaleras, un hombre con una banda roja en la gorra me miró con asombro e hizo una reverencia a Kisotchka...
Ananyev se sonrojó y se detuvo. Caminó de un lado a otro cerca de la mesa en silencio, se rascó la nuca con aire de fastidio, se encogió de hombros y contrajo los omoplatos varias veces, mientras un escalofrío le recorría la espalda. El recuerdo era doloroso y lo avergonzaba, y luchaba consigo mismo.
“¡Es horrible!” dijo, apurando una copa de vino y sacudiendo la cabeza. Me dicen que en cada conferencia introductoria sobre enfermedades femeninas se les advierte a los estudiantes de medicina que recuerden que cada uno tiene una madre, una hermana, una prometida, antes de desvestir y examinar a una paciente... Ese consejo sería muy útil no solo para los estudiantes de medicina, sino para todos los que, de una forma u otra, tienen que lidiar con la vida de una mujer. Ahora que tengo esposa y una hija pequeña, ¡oh, qué bien entiendo ese consejo! ¡Cómo lo entiendo, Dios mío! Aunque mejor que escuches el resto... En cuanto se convirtió en mi amante, la visión de Kisotchka sobre la situación era muy diferente a la mía. Ante todo, sentía por mí un amor profundo y apasionado. Lo que para mí era un episodio amoroso común y corriente, para ella fue una revolución absoluta en su vida. Recuerdo que me pareció que se había vuelto loca. Feliz por primera vez en su vida, luciendo cinco años más joven, con un rostro inspirado y entusiasta, sin saber qué hacer consigo misma para ser feliz, reía y lloraba y No dejaba de soñar en voz alta cómo al día siguiente partiríamos hacia el Cáucaso y luego, en otoño, hacia San Petersburgo; cómo viviríamos después.
«No te preocupes por mi marido», me dijo para tranquilizarme. «Seguro que me concede el divorcio. Todo el pueblo sabe que vive con el mayor de los Kostovitch. Nos divorciaremos y nos casaremos».
Cuando las mujeres aman, se acostumbran y se sienten cómodas con la gente rápidamente, como los gatos. Kisotchka solo había pasado una hora y media en mi habitación cuando ya se sentía como en casa y estaba lista para tratar mis pertenencias como si fueran suyas. Metió mis cosas en mi maleta, me regañó por no colgar mi nuevo y caro abrigo en una percha en lugar de tirarlo sobre una silla, etcétera.
La miré, la escuché y sentí cansancio y disgusto. Sentí una ligera punzada de horror al pensar que una mujer respetable, honesta e infeliz hubiera sucumbido tan fácilmente, tras unas tres o cuatro horas, al primer hombre que se cruzara en su camino. Como hombre respetable, ¿sabe?, no me gustaba. Además, me impresionó desagradablemente que mujeres como Kisotchka, sin profundidad ni seriedad, estuvieran demasiado enamoradas de la vida y exaltaran lo que en realidad es una nimiedad como el amor por un hombre al nivel de la dicha, la miseria, una completa revolución en la vida... Además, ahora que estaba satisfecho, me enfadaba conmigo mismo por haber sido tan estúpido como para enredarme con una mujer a la que debía engañar. Y a pesar de mi vida desordenada, debo admitir que no soportaba decir mentiras.
“Recuerdo que Kisotchka se sentó a mis pies, apoyó la cabeza en mis rodillas y, mirándome con ojos brillantes y amorosos, preguntó:
—Kolya, ¿me amas? ¿Mucho, mucho?
Y ella rió de felicidad... Esto me pareció sentimental, afectado y nada ingenioso; y mientras tanto, ya me inclinaba a buscar la 'profundidad de pensamiento' por encima de todo.
“'Kisotchka, será mejor que te vayas a casa', le dije, 'si no, tu gente seguramente te extrañará y te buscará por toda la ciudad; y sería incómodo para ti ir a casa de tu madre por la mañana'.
Kisotchka estuvo de acuerdo. Al despedirnos, quedamos en encontrarnos al mediodía siguiente en el parque y al día siguiente partir juntos hacia Piatigorsk. Salí a la calle para acompañarla a su casa y recuerdo que la acaricié con sincera ternura durante el camino. Hubo un momento en que sentí una pena insoportable por ella, por confiar en mí tan ciegamente, y decidí llevarla a Piatigorsk, pero recordando que solo tenía seiscientos rublos en mi maleta, y que sería mucho más difícil romper con ella en otoño que ahora, me apresuré a reprimir mi compasión.
Llegamos a la casa donde vivía la madre de Kisotchka. Toqué el timbre. Al oír pasos al otro lado de la puerta, Kisotchka adoptó una expresión seria, miró al cielo, se santiguó varias veces sobre mí y, aferrándome la mano, se la llevó a los labios.
«Hasta mañana», dijo y desapareció dentro de la casa.
Crucé a la acera opuesta y desde allí miré la casa. Al principio, las ventanas estaban a oscuras, luego, en una de ellas, se vislumbró la tenue llama azulada de una vela recién encendida; la llama creció, dio más luz, y vi sombras moviéndose por las habitaciones junto con ella.
«No la esperaban», pensé.
“Al regresar a mi habitación del hotel, me desvestí, bebí una copa de vino tinto, comí un poco de caviar fresco que había comprado ese día en el bazar, me fui a la cama tranquilamente y dormí el sueño profundo y tranquilo de un turista.
Por la mañana me desperté con dolor de cabeza y de mal humor. Algo me preocupaba.
"¿Qué pasa?", me pregunté, intentando explicar mi inquietud. "¿Qué me preocupa?"
Y atribuí mi inquietud al temor de que Kisotchka apareciera en cualquier momento e impidiera mi salida, y de tener que mentir y fingir ante ella. Me vestí apresuradamente, recogí mis cosas y salí del hotel, dando instrucciones al maletero para que llevara mi equipaje a la estación para tomar el tren de las siete de la tarde. Pasé todo el día con un amigo médico y salí de la ciudad esa misma noche. Como ven, mi filosofía no me impidió emprender una huida vil y peligrosa...
Mientras estuve en casa de mi amigo y después conduciendo hacia la estación, la ansiedad me atormentaba. Creía tener miedo de encontrarme con Kisotchka y armar un escándalo. En la estación, me quedé a propósito en el baño hasta que sonó la segunda campana, y mientras me dirigía a mi compartimento, me oprimió una sensación de estar cubierto de objetos robados. ¡Con cuánta impaciencia y terror esperé la tercera campana!
Por fin sonó la tercera campana que trajo mi liberación; el tren arrancó; pasamos la prisión, el cuartel, salimos a campo abierto, y sin embargo, para mi sorpresa, la sensación de inquietud persistía, y aún me sentía como un ladrón que ansiaba escapar con pasión. Era extraño. Para distraerme y calmarme, miré por la ventana. El tren recorría la costa. El mar estaba en calma, y el cielo turquesa, casi medio cubierto por la tierna luz dorada y carmesí del atardecer, se reflejaba alegre y serenamente en él. Aquí y allá, barcos de pesca y balsas formaban manchas negras en su superficie. El pueblo, limpio y hermoso como un juguete, se alzaba sobre el alto acantilado, ya envuelto en la niebla del atardecer. Las cúpulas doradas de sus iglesias, las ventanas y la vegetación reflejaban el sol poniente, brillando y fundiéndose como oro reluciente... El aroma de los campos se mezclaba con el aire suave y húmedo del mar.
El tren avanzaba a toda velocidad. Oía las risas de pasajeros y guardias. Todos estaban de buen humor y alegres, pero mi inexplicable inquietud crecía cada vez más. Miré la niebla blanca que cubría el pueblo e imaginé a una mujer con el rostro inexpresivo corriendo de un lado a otro en esa niebla junto a las iglesias y las casas, buscándome y gimiendo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!», con la voz de una niña pequeña o con la cadencia de una actriz de la Pequeña Rusia. Recordé su rostro serio y sus grandes ojos ansiosos mientras hacía la señal de la cruz sobre mí, como si le perteneciera, y mecánicamente miré la mano que había besado el día anterior.
«¿Seguramente no estoy enamorado?», me pregunté, rascándome la mano.
Solo al caer la noche, cuando los pasajeros dormían y me quedé a solas con mi conciencia, comencé a comprender lo que antes no había podido comprender. En la penumbra del vagón, la imagen de Kisotchka se alzó ante mí, me atormentó, y reconocí claramente que había cometido un crimen tan grave como el asesinato. Mi conciencia me atormentaba. Para sofocar este sentimiento insoportable, me convencí de que todo era absurdo y vanidad, que Kisotchka y yo moriríamos y nos descompondríamos, que su dolor no era nada comparado con la muerte, y así sucesivamente... y que, llegados a ese punto, no existe el libre albedrío, y que, por lo tanto, yo no tenía la culpa. Pero todos estos argumentos solo me irritaban y fueron rápidamente eclipsados por otros pensamientos. Había una sensación de desdicha en la mano que Kisotchka había besado... Me acostaba y me levantaba una y otra vez, bebía vodka en las estaciones, me obligaba... Para comer pan con mantequilla, me convencí de nuevo de que la vida no tenía sentido, pero nada servía de nada. Una extraña y, si se quiere, absurda efervescencia se gestaba en mi cerebro. Las ideas más incongruentes se apiñaban una tras otra en desorden, enredándose cada vez más, frustrándose unas a otras, y yo, el pensador, «con la frente en alto», no podía distinguir nada ni orientarme en esta masa de ideas esenciales y no esenciales. Parecía que yo, el pensador, no dominaba la técnica del pensamiento, y que era tan incapaz de manejar mi propio cerebro como quien repara un reloj. Por primera vez en mi vida, pensaba con avidez e intensidad, y eso me parecía tan monstruoso que me dije: «Me estoy volviendo loco». Un hombre cuyo cerebro no funciona siempre, sino solo en los momentos dolorosos, a menudo se ve acosado por la idea de la locura.
Pasé un día y una noche en esta miseria, luego una segunda noche, y al aprender por experiencia lo poco que me importaba mi filosofía, recobré el sentido y comprendí por fin la clase de criatura que era. Vi que mis ideas no valían un céntimo, y que antes de conocer a Kisotchka no había empezado a pensar y ni siquiera tenía una idea de lo que significaba pensar en serio; ahora, a través del sufrimiento, comprendí que no tenía convicciones ni una moral definida, ni corazón, ni razón; toda mi riqueza intelectual y moral consistía en conocimientos especializados, fragmentos, recuerdos inútiles, ideas ajenas, y nada más; y mis procesos mentales eran tan incompletos, tan inútiles y rudimentarios como los de un yakuto... Si me disgustaba mentir, no había robado, no había asesinado y, de hecho, cometí errores evidentemente graves, no fue por mis convicciones —no tenía ninguna—, sino porque estaba esclavizado, de pies y manos, a los cuentos de hadas de mi niñera y a moral de manual, que había entrado en mi carne y en mi sangre y sin que yo me diera cuenta me guiaba en la vida, aunque yo la consideraba absurda...
Comprendí que no era un pensador, ni un filósofo, sino simplemente un aficionado. Dios me había dado un cerebro ruso, fuerte y sano, con potencial de talento. Y, imagínense, ahí estaba ese cerebro a los veintiséis años, indisciplinado, completamente libre de principios, sin el peso de ningún acervo de conocimiento, solo ligeramente salpicado de información de ingeniería; era joven y tenía un anhelo fisiológico de ejercicio, lo buscaba, cuando de repente, con total naturalidad, la idea jugosa y sutil de la falta de propósito de la vida y la oscuridad tras la tumba lo asalta. La absorbe con avidez, pone toda su perspectiva a su disposición y comienza a jugar con ella, como un gato con un ratón. No hay aprendizaje ni sistema en el cerebro, pero eso no importa. Se ocupa de las grandes ideas con sus propias facultades innatas, como un autodidacta, y antes de que pase un mes, el dueño del cerebro puede convertir una patata en cien platos exquisitos y se cree filósofo. . . .
“Nuestra generación ha llevado este diletantismo, este juego con ideas serias a la ciencia, a la literatura, a la política y a todo aquello en lo que no es demasiado perezoso adentrarse, y con su diletantismo ha introducido también su frialdad, su aburrimiento y su unilateralidad y, según me parece, ya ha conseguido desarrollar en las masas una nueva actitud hacia las ideas serias, hasta ahora inexistente.
Me di cuenta y aprecié mi anormalidad y mi absoluta ignorancia, gracias a una desgracia. Mi forma de pensar normal, así me parece ahora, data del día en que volví a empezar desde el principio, cuando mi conciencia me envió volando de vuelta a N., cuando sin sutilezas filosóficas me arrepentí, imploré el perdón de Kisotchka como un niño travieso y lloré con ella...
Ananyev describió brevemente su última entrevista con Kisotchka.
"Mmm...", dijo el estudiante entre dientes cuando el ingeniero terminó. "Esas son las cosas que pasan."
Su rostro aún reflejaba inercia mental, y al parecer la historia de Ananyev no lo había conmovido en lo más mínimo. Solo cuando el ingeniero, tras una breve pausa, comenzó a exponer su punto de vista y a repetir lo que había dicho al principio, el estudiante frunció el ceño con irritación, se levantó de la mesa y se dirigió a su cama. Hizo la cama y comenzó a desvestirse.
"Parece como si realmente hubieras convencido a alguien esta vez", dijo irritado.
—¡Yo convencer a cualquiera! —dijo el ingeniero—. ¡Ay, alma mía! ¿Crees que pretendo hacer eso? ¡Que Dios te bendiga! Convencerte es imposible. ¡Solo se puede llegar a la convicción mediante la experiencia personal y el sufrimiento!
—¡Y luego... qué lógica tan extraña! —gruñó el estudiante mientras se ponía el camisón—. Las ideas que tanto te disgustan, que son tan ruinosas para los jóvenes, son, según tú, lo normal para los viejos; es como si fuera cuestión de canas... ¿De dónde sacan los viejos este privilegio? ¿En qué se basa? Si estas ideas son veneno, ¿son igualmente venenosas para todos?
—¡Oh, no, querida mía, no digas eso! —dijo el ingeniero con un guiño malicioso. No digas eso. En primer lugar, los viejos no son diletantes. Su pesimismo no les viene de afuera por casualidad, sino de lo más profundo de su mente, y solo después de haber estudiado exhaustivamente a Hegel y Kant de todo tipo, de haber sufrido, de haber cometido innumerables errores, de hecho, cuando han ascendido por toda la escalera de abajo a arriba. Su pesimismo se sustenta tanto en la experiencia personal como en una sólida formación filosófica. En segundo lugar, el pesimismo de los viejos pensadores no se manifiesta en palabrería, como en ti y en mí, sino en Weltschmertz , en el sufrimiento; se asienta en ellos sobre una base cristiana porque deriva del amor a la humanidad y de la reflexión sobre ella, y está completamente libre del egoísmo que se percibe en los diletantes. Desprecias la vida porque su significado y su objeto se te ocultan solo a ti, y solo temes a tu propia muerte, mientras que el verdadero pensador es infeliz porque la verdad se oculta a todos y teme por todos. Hombres. Por ejemplo, no lejos de aquí vive el guardabosques de la Corona, Iván Aleksandritch. Es un buen anciano. En su época fue profesor en algún sitio y solía escribir algo; quién sabe qué, pero en fin, es un tipo extraordinariamente inteligente y en filosofía es un genio. Ha leído mucho y ahora lee sin parar. Bueno, nos lo encontramos hace poco en el distrito de Gruzovsky... Estaban colocando las traviesas y los raíles justo en ese momento. No es un trabajo difícil, pero Iván Aleksandritch, al no ser un especialista, lo consideraba un truco de magia. Un obrero experimentado tarda menos de un minuto en colocar una traviesa y fijarle un raíl. Los obreros estaban en plena forma y trabajaban con mucha destreza y rapidez; un bribón en particular golpeó con excepcional agilidad la cabeza del clavo y lo clavó de un solo golpe, aunque el mango del martillo medía dos yardas o más y cada clavo medía un pie. Iván Aleksandritch observaba. El obrero, conmovido durante un buen rato, me dijo con lágrimas en los ojos:
«¡Qué lástima que estos hombres magníficos mueran!». Entiendo ese pesimismo.
«Todo eso no prueba nada ni explica nada», dijo el estudiante, cubriéndose con una sábana; «todo eso es simplemente machacar líquido en un mortero. Nadie sabe nada y nada se puede demostrar con palabras».
Se asomó por debajo de la sábana, levantó la cabeza y, frunciendo el ceño con irritación, dijo rápidamente:
Hay que ser muy ingenuo para creer en las palabras y la lógica humanas y atribuirles un valor determinante. Se puede probar y refutar lo que se quiera con palabras, y la gente pronto perfeccionará la técnica del lenguaje hasta tal punto que demostrará con certeza matemática que dos por dos es siete. Me gusta leer y escuchar, pero en cuanto a creer, no, gracias; no puedo ni quiero. Solo creo en Dios, pero en cuanto a ti, si me hablas hasta la Segunda Venida y seduces a otros quinientos Kisothchkas, solo creeré en ti cuando pierda la cabeza... Buenas noches.
El estudiante escondió la cabeza bajo la sábana y giró la cara hacia la pared, con la intención de hacernos saber que no quería hablar ni escuchar. La discusión terminó ahí.
Antes de irnos a dormir, el ingeniero y yo salimos de la cabaña y vi las luces una vez más.
—Lo hemos cansado con nuestra charla —dijo Ananyev, bostezando y mirando al cielo—. ¡Vaya, mi buen señor! El único placer que tenemos en este agujero soso es beber y filosofar... ¡Qué terraplén, Señor, ten piedad de nosotros! —dijo con admiración, mientras nos acercábamos al terraplén—; se parece más al monte Ararat que a un terraplén.
Hizo una breve pausa y luego dijo: «Esas luces le recuerdan al Barón a los amalecitas, pero a mí me parece que son como los pensamientos del hombre... Ya sabes que los pensamientos de cada hombre están dispersos así en desorden, se extienden en línea recta hacia una meta en medio de la oscuridad y, sin iluminar nada, sin iluminar la noche, se desvanecen en algún lugar mucho más allá de la vejez. ¡Pero basta de filosofar! Es hora de despedirnos».
Cuando regresamos a la cabaña, el ingeniero comenzó a rogarme que tomara su cama.
—¡Por favor! —suplicó, apretándose el corazón con ambas manos—. ¡Te lo ruego, y no te preocupes por mí! Puedo dormir donde sea, y además, todavía no me voy a la cama. ¡Por favor, hazlo, es un favor!
Acepté, me desvestí y me fui a la cama, mientras él se sentó a la mesa y se puso a trabajar en los planos.
“Los hombres no tenemos tiempo para dormir”, dijo en voz baja cuando me metí en la cama y cerré los ojos. “Cuando un hombre tiene esposa y dos hijos, no puede pensar en dormir. Ahora hay que pensar en comida, ropa y en ahorrar para el futuro. Y yo tengo dos, un niño y una niña… El niño, pequeño bribón, tiene una carita alegre. Aún no tiene seis años, y ya demuestra habilidades notables, te lo aseguro… Tengo sus fotos aquí, en alguna parte… ¡Ah, mis hijos, mis hijos!”
Rebuscó entre sus papeles, encontró sus fotografías y empezó a mirarlas. Me quedé dormido.
Me despertaron los ladridos de Azorka y unas voces fuertes. Von Schtenberg, descalzo y con el pelo alborotado, estaba de pie en la puerta, en ropa interior, hablando en voz alta con alguien... Amanecía. Un sombrío amanecer azul oscuro se asomaba por la puerta, por las ventanas y por las grietas de las paredes de la cabaña, proyectando una tenue luz sobre mi cama, sobre la mesa con los papeles y sobre Ananyev. Tendido en el suelo sobre una capa, con una almohada de cuero bajo la cabeza, el ingeniero dormía con el pecho carnoso y velludo hacia arriba; roncaba tan fuerte que me dio pena el estudiante por tener que dormir en la misma habitación todas las noches.
—¿Por qué demonios vamos a llevárnoslos? —gritó Von Schtenberg—. ¡No nos incumbe! ¡Vayan con Tchalisov! ¿De quién vienen los calderos?
“De Nikitin…” respondió con voz grave y áspera.
—Bueno, entonces llévaselos a Tchalisov... Eso no nos compete. ¿Qué demonios haces ahí parado? ¡Sigue adelante!
—Su señoría, ya hemos estado en Tchalisov —dijo la voz grave aún más áspera—. Ayer estuvimos todo el día buscándolo por la vía, y en su barraca nos dijeron que se había ido a la sección de Dymkovsky. ¡Llévenselos, señoría! ¿Cuánto tiempo más vamos a seguir llevándolos? Los seguimos llevando por la vía, y no vemos fin.
—¿Qué pasa? —preguntó Ananyev con voz ronca, despertándose y levantando la cabeza rápidamente.
—Han traído unos calderos de casa de Nikitin —dijo el estudiante—, y nos ruega que los tomemos. ¿Y qué nos importa a nosotros tomarlos?
—¡Tenga la amabilidad, señoría, de arreglar las cosas! Los caballos llevan dos días sin comer y el amo, seguro, se enfadará. ¿Los vamos a devolver o qué? El ferrocarril encargó los calderos, así que debería llevárselos...
¿No entiendes, imbécil, que no tiene nada que ver con nosotros? ¡Ve con Tchalisov!
—¿Qué pasa? ¿Quién anda ahí? —preguntó Ananyev con voz ronca. —Maldita sea —dijo, levantándose y dirigiéndose a la puerta—. ¿Qué pasa?
Me vestí y dos minutos después salí de la cabaña. Ananyev y el estudiante, ambos en ropa interior y descalzos, le explicaban con enojo e impaciencia a un campesino que estaba frente a ellos, con la cabeza descubierta y el látigo en la mano, aparentemente sin entenderlos. Ambos rostros parecían absortos en sus quehaceres cotidianos.
—¿De qué me sirven sus calderos? —gritó Ananyev—. ¿Me los voy a poner en la cabeza? ¡Si no pueden encontrar a Tchalisov, busquen a su ayudante y déjennos en paz!
Al verme, el estudiante probablemente recordó la conversación de la noche anterior. La expresión cotidiana desapareció de su rostro soñoliento y adquirió una expresión de inercia mental. Despidió al campesino con un gesto y se alejó absorto en sus pensamientos.
Era una mañana nublada. En la vía, donde las luces habían brillado la noche anterior, los obreros, recién despertados, se agolpaban. Se oían voces y el chirrido de las carretillas. La jornada laboral comenzaba. Un pobre rocín, atado con una cuerda, ya avanzaba con dificultad hacia el terraplén, tirando con el cuello y arrastrando una carreta llena de arena.
Empecé a despedirme... Se había hablado mucho durante la noche, pero no me llevé ninguna respuesta a ninguna pregunta, y por la mañana, de toda la conversación, solo quedaron en mi memoria, como en un filtro, las luces y la imagen de Kisotchka. Al montar a caballo, miré al estudiante y a Ananyev por última vez, al perro histérico de ojos apagados y achispados, a los obreros que revoloteaban de un lado a otro en la niebla matutina, al terraplén, al pequeño caballo que forcejeaba con el cuello, y pensé:
“En este mundo no hay besos”.
Y cuando azoté a mi caballo y galopé por la senda, y cuando un poco después no vi nada ante mí salvo la interminable llanura sombría y el cielo frío y nublado, recordé las preguntas que se discutieron en la noche. Reflexioné mientras la llanura abrasada por el sol, el cielo inmenso, el robledal, oscuro en el horizonte y la distancia brumosa, parecían decirme:
“¡Sí, no hay comprensión de nada en este mundo!”
El sol empezó a salir. . . .
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UNA HISTORIA SIN FIN
SUna noche, hace mucho tiempo, poco después de las dos, la cocinera, pálida y agitada, entró inesperadamente en mi estudio y me informó que Madame Mimotih, la anciana dueña de la casa de al lado, estaba sentada en su cocina.
—Le ruega que entre, señor... —dijo el cocinero, jadeando—. Algo malo le ha pasado a su inquilino... Se ha disparado o se ha ahorcado...
“¿Qué puedo hacer?”, dije. “¡Que vaya al médico o a la policía!”
¡Cómo va a buscar un médico! Apenas puede respirar, y se ha acurrucado bajo la estufa, ¡está tan asustada!... Será mejor que vaya, señor.
Me puse el abrigo y el sombrero y fui a casa de Madame Mimotih. La verja hacia la que me dirigí estaba abierta. Tras detenerme junto a ella, sin saber qué hacer, salí al patio sin tocar la campanilla del portero. En el oscuro y destartalado porche, la puerta no estaba cerrada con llave. La abrí y entré en la entrada. No había ni un rayo de luz, estaba completamente oscuro y, además, había un marcado olor a incienso. A tientas, me di un codazo contra algo de hierro y, en la oscuridad, tropecé con una especie de tabla que casi se cae al suelo. Por fin encontré la puerta cubierta con un paño roto, y entré en un pequeño recibidor.
No estoy escribiendo un cuento de hadas en este momento, y no pretendo alarmar al lector, pero la imagen que vi en el pasaje era fantástica y solo podía haber sido dibujada por la muerte. Justo delante de mí había una puerta que daba a una salita. Tres velas de cera de cinco kopeks, colocadas en fila, arrojaban una tenue luz sobre el descolorido papel pintado de color pizarra. Un ataúd yacía sobre dos mesas en el centro de la pequeña habitación. Las dos velas solo servían para iluminar un rostro moreno y amarillento con la boca entreabierta y la nariz afilada. Olas de muselina se mezclaban desordenadamente desde el rostro hasta la punta de los dos zapatos, y de entre las olas asomaban dos manos pálidas e inmóviles que sostenían una cruz de cera. Los oscuros y sombríos rincones de la salita, los iconos tras el ataúd, el propio ataúd, todo excepto las luces que titilaban suavemente, estaban tan quietos como la muerte, como la tumba misma.
¡Qué extraño! —pensé, atónito ante el inesperado panorama de la muerte—. ¿A qué viene tanta prisa? El inquilino apenas ha tenido tiempo de ahorcarse, o de dispararse, ¡y ya está el ataúd!
Miré a mi alrededor. A la izquierda había una puerta con un panel de cristal; a la derecha, un perchero de lamas con un abrigo de piel raído encima...
“Agua…” Escuché un gemido.
El gemido provenía de la izquierda, al otro lado de la puerta de cristal. Abrí la puerta y entré en una pequeña habitación oscura con una ventana solitaria, por la que entraba la tenue luz de una farola.
“¿Hay alguien aquí?” pregunté.
Y sin esperar respuesta, encendí una cerilla. Esto es lo que vi mientras ardía. Un hombre estaba sentado en el suelo manchado de sangre, a mis pies. Si hubiera dado un paso más largo, lo habría pisoteado. Con las piernas estiradas hacia adelante y las manos apoyadas en el suelo, se esforzaba por levantar su hermoso rostro, pálido como la muerte contra su barba negra como la boca del lobo. En los grandes ojos que me miró, leí un terror, un dolor y una súplica indecibles. Un sudor frío le corría en gruesas gotas por la cara. Ese sudor, la expresión de su rostro, el temblor de las manos sobre las que se apoyaba, su respiración agitada y sus dientes apretados, demostraban que sufría desesperadamente. Cerca de su mano derecha, en un charco de sangre, yacía un revólver.
—No te vayas —escuché una voz débil cuando la cerilla se apagó—. Hay una vela en la mesa.
Encendí la vela y me quedé inmóvil en medio de la habitación, sin saber qué hacer. Me quedé allí, mirando al hombre en el suelo, y me pareció que lo había visto antes.
—El dolor es insoportable —susurró—, y no tengo fuerzas para pegarme otro tiro. Es una incomprensible falta de voluntad.
Me quité el abrigo y atendí al enfermo. Lo levanté del suelo como a un bebé, lo tendí en el sofá tapizado de cuero americano y lo desvestí con cuidado. Estaba temblando y tenía frío cuando le quité la ropa; la herida que vi no concordaba ni con sus temblores ni con la expresión de su rostro. Era insignificante. La bala había pasado entre la quinta y la sexta costilla del lado izquierdo, perforando solo la piel y la carne. Encontré la bala en los pliegues del forro del abrigo, cerca del bolsillo trasero. Detuve la hemorragia lo mejor que pude y le hice un vendaje temporal con una funda de almohada, una toalla y dos pañuelos. Le di agua al herido y lo cubrí con un abrigo de piel que colgaba en el pasillo. Ninguno de los dos dijo una palabra mientras le vendaban. Hice mi trabajo mientras él yacía inmóvil, mirándome con los ojos entornados, como avergonzado de su disparo fallido y del dolor que me estaba causando.
—Ahora tengo que molestarte para que te quedes quieto —dije cuando terminé de vendarlo—, mientras voy a la farmacia a comprar algo.
—¡No es necesario! —murmuró, agarrándome por la manga y abriendo mucho los ojos.
Leí terror en sus ojos. Tenía miedo de que me fuera.
—¡No hace falta! Quédate cinco minutos más... diez. Si no te da asco, quédate, te lo ruego.
Mientras me suplicaba, temblaba y le castañeteaban los dientes. Obedecí y me senté en el borde del sofá. Pasaron diez minutos en silencio. Permanecí en silencio, mirando la habitación a la que el destino me había traído tan inesperadamente. ¡Qué pobreza! Este hombre, dueño de un rostro apuesto y afeminado, y una barba frondosa y cuidada, vivía en un entorno que un humilde trabajador no habría envidiado. Un sofá con su cuero americano roto y descascarillado, una humilde silla de aspecto grasiento, una mesa cubierta con un poco de papel y una lamentable oleografía en la pared; eso fue todo lo que vi. Húmedo, sombrío y gris.
“¡Qué viento!” dijo el enfermo sin abrir los ojos. “¡Cómo silba!”
—Sí —dije—. Oiga, creo conocerlo. ¿No participó en unas representaciones privadas en la villa del general Luhatchev el año pasado?
—¿Y qué? —preguntó abriendo rápidamente los ojos.
Una nube pareció pasar sobre su rostro.
—Claro que te vi allí. ¿No te llamas Vassilyev?
—Si lo es, ¿qué importa? No mejora que me conozcas.
“No, pero acabo de preguntarte.”
Vassilyev cerró los ojos y, como ofendido, giró la cara hacia el respaldo del sofá.
—No entiendo tu curiosidad —murmuró—. ¡Lo próximo que me preguntarás será qué me llevó al suicidio!
No había pasado ni un minuto cuando se volvió hacia mí, abrió los ojos y dijo con voz llorosa:
Disculpe mi tono, pero admitirá que tengo razón. Preguntarle a un convicto cómo entró en prisión, o a un suicida por qué se pegó un tiro, no es generoso... ni delicado. ¡Pensar en satisfacer la curiosidad ociosa a costa de los nervios de otro!
No hay necesidad de excitarse... Nunca se me ocurrió preguntarle sobre sus motivos.
Habrías preguntado... Es lo que la gente siempre hace. Aunque sería inútil preguntar. Si te lo dijera, no lo creerías ni lo entenderías... Debo confesar que yo mismo no lo entiendo... Hay frases que se usan en los informes policiales y en los periódicos como: «amor no correspondido» y «pobreza desesperada», pero se desconocen las razones... No las conozco yo, ni tú, ni tus periódicos, donde tienen el descaro de escribir «El diario de un suicida». Solo Dios comprende el estado del alma de un hombre cuando se quita la vida; pero los hombres no saben nada al respecto.
“Todo eso está muy bien”, dije, “pero no deberías hablar…”
Pero mi suicidio no pudo ser detenido, apoyó la cabeza en el puño y continuó con el tono de un gran profesor:
¡El hombre nunca comprenderá las sutilezas psicológicas del suicidio! ¿Cómo se puede hablar de razones? Hoy la razón te hace tomar un revólver, mientras que mañana la misma razón parece no valer nada. Probablemente todo depende de la condición particular del individuo en ese momento... Tómame como ejemplo. Hace media hora, tenía un deseo apasionado de morir; ahora, cuando la vela está encendida y estás sentado a mi lado, ni siquiera pienso en la hora de la muerte. ¡Explícame ese cambio si puedes! ¿Estoy mejor o mi esposa ha resucitado? ¿Es la influencia de la luz sobre mí o la presencia de un extraño?
“La luz ciertamente influye…”, murmuré por decir algo. “La influencia de la luz en el organismo…”
La influencia de la luz... ¡Lo admitimos! ¡Pero ya sabes que los hombres se disparan a la luz de las velas! Y sería una ignominia para los héroes de tus novelas que algo tan insignificante como una vela cambiara el curso de la historia tan abruptamente. Todo este disparate quizá tenga explicación, pero no nosotros. Es inútil hacer preguntas o dar explicaciones de lo que no se entiende...
—Perdóname —dije—, pero... a juzgar por la expresión de tu rostro, me parece que en este momento... estás posando.
—Sí —dijo Vassilyev, sobresaltado—. ¡Es muy posible! Soy vanidoso y fatuo por naturaleza. Bueno, explícamelo, si crees en tu capacidad para leer rostros. Hace media hora me pegué un tiro, y ahora mismo estoy posando... Explícalo si puedes.
Estas últimas palabras las pronunció Vasiliev con voz débil y quebrada. Estaba exhausto y se sumió en el silencio. Siguió una pausa. Empecé a escrutar su rostro. Estaba pálido como un muerto. Parecía como si la vida se hubiera extinguido en él, y solo los signos del sufrimiento que sentía el hombre «vanidoso y fatuo» delataban que aún estaba vivo. Era doloroso mirar ese rostro, pero ¿qué habría sido para el propio Vasiliev, quien aún tenía la fuerza para argumentar y, si no me equivoco, para posar?
—¿Estás aquí? ¿Estás aquí? —preguntó de repente, incorporándose sobre un codo—. ¡Dios mío, escúchame!
Empecé a escuchar. La lluvia repiqueteaba furiosa en la ventana oscura, sin cesar ni un minuto. El viento aullaba lastimera y lúgubremente.
“Y seré más blanco que la nieve, y mis oídos oirán alegría y regocijo.” Madame Mimotih, que había regresado, estaba leyendo en la sala con voz lánguida y cansada, sin levantar ni bajar la tecla monótona y lúgubre.
—Es alegre, ¿verdad? —susurró Vassilyev, volviendo hacia mí su mirada asustada—. ¡Dios mío, lo que uno tiene que ver y oír! ¡Ojalá se pudiera poner música a este caos! Como dice Hamlet, «sería...»
“Confunde a los ignorantes y asombra, en verdad, las facultades mismas de los ojos y los oídos”.
¡Qué bien habría entendido esa música entonces! ¡Cómo la habría sentido! ¿Qué hora es?
“Cinco minutos para las tres.”
Aún falta mucho para que amanezca. Y por la mañana es el funeral. ¡Qué hermosa perspectiva! Uno sigue el ataúd entre el barro y la lluvia. Camina, sin ver nada más que el cielo nublado y el paisaje desolador. Los mudos embarrados, las tabernas, las chimeneas... Con los pantalones empapados hasta las rodillas. Las calles interminables. El tiempo que se arrastra como una eternidad, la gente grosera. ¡Y en el corazón una piedra, una piedra!
Tras una breve pausa, de repente preguntó: “¿Hace mucho que no ve al general Luhatchev?”
“No lo he visto desde el verano pasado.”
Le gusta ser el gallito del camino, pero es un buen hombre. ¿Y sigues escribiendo?
“Sí, un poco.”
Ah... ¿Te acuerdas de cómo me pavoneaba como una aguja, como un asno entusiasta en esas representaciones privadas cuando cortejaba a Zina? Era una tontería, pero era bueno, era divertido... El solo recuerdo me trae un aire primaveral... ¡Y ahora! ¡Qué cambio de aires tan cruel! ¡Ahí tienes un tema para ti! Pero no te dediques a escribir «el diario de un suicida». Eso es vulgar y convencional. Hazlo con humor.
—Otra vez estás... posando —dije—. No hay nada gracioso en tu postura.
¿Nada risible? ¿Dices que nada risible? Vassilyev se incorporó, con lágrimas en los ojos. Una expresión de amarga angustia se dibujó en su rostro pálido. Le temblaba la barbilla.
—Te ríes del engaño de los empleados tramposos y las esposas infieles —dijo—, pero ningún empleado, ninguna esposa infiel me ha engañado como me ha engañado el destino. ¡Me han engañado como a ningún depositante ni a ningún marido engañado! ¡Solo date cuenta del ridículo que me han hecho! El año pasado, ante tus ojos, no sabía qué hacer para ser feliz. Y ahora, ante tus ojos...
La cabeza de Vassilyev se hundió en la almohada y se rió.
Nada más absurdo y estúpido que semejante cambio podría imaginarse. Capítulo uno: primavera, amor, luna de miel... miel, en realidad; capítulo dos: buscar trabajo, la casa de empeños, palidez, la farmacia, y... mañana, chapoteando en el barro hacia el cementerio.
Se rió de nuevo. Me sentí muy incómodo y decidí irme.
—Te diré algo —le dije—, tú acuéstate y yo iré a la farmacia.
No respondió. Me puse el abrigo y salí de su habitación. Al cruzar el pasillo, miré el ataúd y a Madame Mimotih leyéndolo. Forcé la vista en vano; no pude reconocer en el rostro moreno y amarillo a Zina, la vivaz y bonita ingenua de la compañía de Luhatchev.
“ Sic transit ”, pensé.
Dicho esto, salí, sin olvidar llevar el revólver, y me dirigí a la farmacia. Pero no debí haberme ido. Al volver de la farmacia, Vassilyev yacía desmayado en el sofá. Le habían arrancado las vendas con brusquedad y la herida abierta manaba sangre. Amaneció cuando logré devolverle el conocimiento. Deliraba, temblando y mirando con ojos ciegos la habitación hasta que amaneció, y oímos la voz resonante del sacerdote mientras recitaba el oficio por los muertos.
Cuando las habitaciones de Vassilyev se llenaron de ancianas y mudos, cuando el ataúd fue trasladado y sacado del patio, le aconsejé que se quedara en casa. Pero no me obedeció, a pesar del dolor y la mañana gris y lluviosa. Caminó con la cabeza descubierta y en silencio detrás del ataúd hasta el cementerio, apenas capaz de mover una pierna tras otra, y de vez en cuando agarrándose convulsivamente el costado herido. Su rostro reflejaba una apatía absoluta. Solo una vez, cuando lo desperté de su letargo con una pregunta insignificante, desvió la mirada hacia el pavimento y la valla gris, y por un instante hubo en ella un destello de lúgubre ira.
«Bien», leyó en un cartel. «¡Que se los lleve el diablo!»
Lo llevé a casa desde el cementerio.
——
Sólo ha transcurrido un año desde aquella noche, y Vassilyev apenas ha tenido tiempo de desgastar las botas con las que caminó por el barro detrás del ataúd de su esposa.
Ahora mismo, mientras termino esta historia, él está sentado en mi sala y, tocando el piano, les muestra a las damas cómo las señoritas de provincias cantan canciones sentimentales. Las damas se ríen, y él también. Se lo está pasando bien.
Lo llamé a mi estudio. Evidentemente molesto por haberlo alejado de su agradable compañía, se acercó y se plantó ante mí con la actitud de quien no tiene tiempo que perder. Le di este cuento y le pedí que lo leyera. Siempre condescendiente con mi autoría, reprimió un suspiro, el suspiro de un lector perezoso, se sentó en un sillón y empezó a leerlo.
“¡Maldita sea, qué horror!”, murmura con una sonrisa.
Pero cuanto más se adentra en la lectura, más serio se le pone el rostro. Finalmente, bajo la presión de los recuerdos dolorosos, palidece terriblemente, se levanta y continúa leyendo de pie. Al terminar, empieza a pasearse de un rincón a otro.
“¿Cómo termina?” le pregunto.
¿Cómo termina? Mmm...
Mira la habitación, me mira a mí, se mira a sí mismo... Ve su nuevo traje de moda, oye reír a las damas y... hundiéndose en una silla, comienza a reír como rió esa noche.
¿No tenía razón al decirte que todo era absurdo? ¡Dios mío! He soportado cargas que habrían roto el lomo de un elefante; quién sabe lo que he sufrido; nadie podría haber sufrido más, creo, ¿y dónde están las huellas? Es asombroso. Uno pensaría que la huella que dejan sus agonías en un hombre sería eterna, indeleble. Y, sin embargo, esa huella se desgasta tan fácilmente como un par de botas baratas. No queda nada, ni un vestigio. Es como si no hubiera estado sufriendo entonces, sino bailando una mazurca. Todo en el mundo es transitorio, ¡y esa transitoriedad es absurda! ¡Un amplio campo para los humoristas! ¡Añádele un final humorístico, amigo!
“¿Vienes pronto, Piotr Nikolaevitch?”, llaman las impacientes damas a mi héroe.
—Ahora mismo —responde el hombre vanidoso y fatuo, ajustándose la corbata—. Es absurdo y lamentable, amigo mío, lamentable y absurdo, pero ¿qué se puede hacer? Homo sum ... Y alabo a la Madre Naturaleza de todos modos por su transmutación de sustancias. Si conserváramos el recuerdo agonizante del dolor de muelas y de todos los terrores que cada uno de nosotros ha tenido que experimentar, si todo eso fuera eterno, nosotros, pobres mortales, lo pasaríamos fatal en esta vida.
Miro su rostro sonriente y recuerdo la desesperación y el horror que llenaban sus ojos hace un año, cuando miraba la ventana oscura. Lo veo, retomando su papel habitual de charlatán intelectual, preparándose para exhibir ante mí sus teorías ociosas, como la transmutación de sustancias, y al mismo tiempo lo recuerdo sentado en el suelo, en un charco de sangre, con sus ojos enfermos e implorantes.
“¿Cómo terminará?”, me pregunto en voz alta.
Vassilyev, silbando y ajustándose la corbata, se marcha al salón, y lo miro, molesto. Por alguna razón, lamento sus sufrimientos pasados, lamento todo lo que yo mismo sentí por él aquella noche terrible. Es como si hubiera perdido algo...
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MARI D'ELLE
IEra una noche libre. Natalya Andreyevna Bronin (su nombre de casada era Nikitin), la cantante de ópera, yace en su dormitorio, abandonada por completo al reposo. Yace, deliciosamente somnolienta, pensando en su hijita, que vive lejos con su abuela o su tía... La niña es más preciada para ella que el público, los ramos de flores, los anuncios en los periódicos, los adoradores... y le encantaría pensar en ella hasta la mañana. Está feliz, en paz, y lo único que anhela es que nadie le impida permanecer tumbada, dormitando tranquilamente y soñando con su hijita.
De repente, la cantante se sobresalta y abre los ojos de par en par: se oye un timbre brusco y áspero en la entrada. Antes de que transcurrieran diez segundos, la campana suena una segunda y una tercera vez. La puerta se abre ruidosamente y alguien entra pateando como un caballo, resoplando y jadeando de frío.
¡Maldita sea! ¡No hay dónde colgar el abrigo! —oye la cantante una voz grave y ronca—. ¡Cantante célebre, mira eso! ¡Gana cinco mil al año y no puede conseguir un perchero decente!
"¡Mi marido!", piensa la cantante, frunciendo el ceño. "Y creo que también ha traído a uno de sus amigos a pasar la noche... ¡Qué odioso!"
Se acabó la paz. Cuando se apaga el fuerte ruido de alguien sonándose la nariz y quitándose los chanclos, la cantante oye pasos cautelosos en su dormitorio... Es su marido, Mari d'elle , Denis Petróvich Nikitin. Trae una bocanada de aire frío y un aroma a brandy. Durante un buen rato, camina por el dormitorio, respirando con dificultad, y, tropezando con las sillas en la oscuridad, parece buscar algo...
"¿Qué quieres?", gime su esposa, harta de sus quejas. "Me has despertado".
Busco las cerillas, mi amor. Tú... ¿no estás dormida? Te traigo un mensaje... Saludos de ese... ¿cómo se llama?... pelirrojo que siempre te manda ramos... Zagvozdkin... Acabo de verlo.
¿Por qué fuiste a verlo?
—Oh, nada en particular... Nos sentamos, charlamos y tomamos una copa. Di lo que quieras, Nathalie, ese individuo me desagrada, ¡me desagrada muchísimo! Es un imbécil excepcional. Es un hombre rico, un capitalista; tiene seiscientos mil, y nadie lo adivinaría. El dinero no le sirve más que un rábano a un perro. No se lo come ni se lo da a nadie. El dinero debería circular, pero él lo aferra, teme desprenderse de él... ¿De qué sirve el capital ocioso? El capital ocioso no es mejor que la hierba.
Mari d'elle avanza a tientas hasta el borde de la cama y, resoplando, se sienta a los pies de su esposa.
“El capital ocioso es pernicioso”, continúa. “¿Por qué han ido a la baja los negocios en Rusia? Porque hay tanto capital ocioso entre nosotros; tienen miedo de invertirlo. Es muy diferente en Inglaterra… No hay peces tan raros como Zagvozdkin en Inglaterra, querida… Allí circula todo el dinero… Sí… Allí no lo guardan bajo llave en cofres…
—Bueno, no pasa nada. Tengo sueño.
Directamente... ¿De qué estaba hablando? Sí... En estos tiempos difíciles, la horca es demasiado buena para Zagvozdkin... Es un necio y un sinvergüenza... No mejor que un necio. Si le pidiera un préstamo sin aval... ¡Pues hasta un niño vería que no corre ningún riesgo! ¡No lo entiende, el muy imbécil! Por diez mil habría conseguido cien. En un año tendría otros cien mil. Pedí, hablé... pero no me los dio, el muy imbécil.
“Espero que no le hayas pedido un préstamo en mi nombre”.
—Mmm... Una pregunta rara... —Mari d'elle se ofende—. De todas formas, preferiría darme diez mil a ti. Tú eres mujer, y yo soy hombre, un hombre de negocios. ¡Y qué plan le propongo! ¡No es una burbuja, no es una quimera, sino algo sólido, con fundamento! Si alguien pudiera encontrar a alguien que lo entendiera, ¡podría ganar veinte mil solo por la idea! Incluso tú lo entenderías si te lo contara. Solo que tú... no hables del tema... ni una palabra... pero creo que ya te lo he dicho. ¿Te he hablado de pieles de salchicha?
“Mmm...poco a poco.”
Creo que sí... ¿Entiendes la razón? Ahora bien, las tiendas de comestibles y los embutidos compran sus pieles localmente y pagan un precio muy alto por ellas. Bueno, pero si uno trajera pieles del Cáucaso, donde no valen nada y donde se tiran, entonces... ¿dónde crees que comprarían las pieles los embutidos, aquí en los mataderos o a mí? ¡A mí, por supuesto! ¡Las venderé diez veces más baratas! Ahora bien, veámoslo así: cada año en San Petersburgo, Moscú y otros centros, estas mismas pieles se comprarían por... hasta quinientos mil, supongamos. Ese es el mínimo. Bueno, y si...
“Puedes decírmelo mañana... más tarde... ”
“Sí, es cierto. Tienes sueño, perdón , me voy... Di lo que quieras, pero con capital se pueden hacer buenos negocios en todas partes, dondequiera que vayas... Con capital, incluso con colillas, se puede ganar un millón... Tomemos ahora tu negocio teatral. ¿Por qué, por ejemplo, Lentovsky fracasó? Es muy simple. No siguió el camino correcto para trabajar desde el principio. No tenía capital y se fue de cabeza a la ruina... Primero debería haber asegurado su capital, y luego haber ido despacio y con cautela... Hoy en día, uno puede ganar dinero fácilmente con un teatro, ya sea privado o popular... Si uno produce las obras adecuadas, cobra una entrada baja y atrae al público, puede meterse cien mil en el bolsillo el primer año... No lo entiendes, pero Estoy hablando con sentido común... Verás, te gusta acumular capital; no eres mejor que ese tonto de Zagvozdkin, lo acumulas sin saber para qué... No me escuchas, no quieres... Si lo pusieras en circulación, no tendrías que ir de un lado a otro... Verás, para un teatro privado, cinco mil serían suficientes para empezar... No como Lentovsky, por supuesto, pero a pequeña escala. Ya tengo un gerente, he visto un edificio adecuado... Es solo el dinero lo que me falta... Si tan solo lo entendieras, te habrías desprendido de tus cinco por ciento... de tus acciones preferentes...
—No, merci ... Ya me has desplumado bastante... Déjame en paz, ya he sido castigada...
"Si vas a discutir como una mujer, entonces claro...", suspira Nikitin, levantándose. "Claro...".
—Déjame en paz... Ven, vete y no me despiertes... Estoy harta de escuchar tus tonterías.
—Mmm... Claro que sí... ¡claro! Despojados... saqueados... Recordamos lo que damos, pero no lo que recibimos.
“Nunca te he quitado nada.”
¿De verdad? Pero cuando no éramos cantantes célebres, ¿a costa de quién vivíamos? ¿Y quién, permíteme preguntar, te sacó de la mendicidad y te aseguró la felicidad? ¿No lo recuerdas?
Ven, vete a la cama. Vete a dormir.
¿Crees que estoy borracho? Si me siento tan mal ante una dama tan importante, puedo irme del todo.
"Hazlo. Y es algo bueno."
Yo también. Ya me he humillado bastante. Y me iré.
—¡Dios mío! ¡Vámonos! ¡Me encantará!
“Muy bien, ya veremos.”
Nikitin murmura algo para sí mismo y, tropezando con las sillas, sale del dormitorio. Entonces, le llegan sonidos: susurros, el roce de chanclos y una puerta al cerrarse. Mari d'elle se ha ofendido de verdad y ha salido.
«¡Gracias a Dios que se fue!», piensa la cantante. «Ahora puedo dormir».
Y mientras se duerme, piensa en su Mari d'elle , en qué clase de hombre es y en cómo le ha afectado esta aflicción. En una época, vivió en Tchernigov y trabajaba allí como contable. Como persona común y corriente, y no como Mari d'elle , había sido bastante tolerable: iba a su trabajo y cobraba su sueldo, y todos sus caprichos y proyectos no iban más allá de una guitarra nueva, unos pantalones a la moda y una boquilla de ámbar. Desde que se convirtió en el marido de una celebridad, se transformó por completo. La cantante recordó que cuando ella le dijo que iba a subir al escenario, él armó un escándalo, se indignó, se quejó a sus padres y la echó de casa. Se vio obligada a subir al escenario sin su permiso. Después, cuando se enteró por los periódicos y por varias personas de que ella ganaba mucho dinero, la perdonó, abandonó la contabilidad y se convirtió en su parásito. La cantante era Se quedó atónita al ver a su acompañante: ¿cuándo y dónde había aprendido nuevos gustos, refinamiento y aires de grandeza? ¿Dónde había aprendido el sabor de las ostras y de los diferentes borgoñas? ¿Quién le había enseñado a vestirse y peinarse a la moda y a llamarla «Nathalie» en lugar de «Natasha»?
«Es extraño», piensa el cantante. «Antes cobraba su sueldo y lo ahorraba, pero ahora cien rublos al día no le bastan. Antes tenía miedo de hablar delante de los colegiales por miedo a decir alguna tontería, y ahora se comporta con demasiada familiaridad incluso con los príncipes... ¡Miserable y despreciable criatura!».
Pero entonces el cantante vuelve a empezar; de nuevo se oye el sonido de la campana en la entrada. La criada, regañándola y revolcándose furiosa con sus pantuflas, va a abrir la puerta. De nuevo entra alguien y patea como un caballo.
"¡Ha vuelto!", piensa la cantante. "¿Cuándo me dejarán en paz? ¡Es repugnante!". La furia la domina.
Espera un poco... ¡Te enseñaré a hacer estas farsas! ¡Te irás! ¡Te obligaré a irte!
La cantante se levanta de un salto y corre descalza hacia la salita donde suele dormir su marido . Llega justo cuando él se está desvistiendo y doblando cuidadosamente su ropa en una silla.
—¡Te fuiste! —dice ella, mirándolo con ojos brillantes y llenos de odio—. ¿Para qué volviste?
Nikitin permanece en silencio y se limita a sorber.
¡Te fuiste! ¡Por favor, quítate ahora mismo! ¡Ahora mismo! ¿Me oyes?
Mari d'elle tose y, sin mirar a su mujer, se quita la ortodoncia.
—Si no te vas, insolente, me iré yo —continúa la cantante, pateando el suelo con el pie descalzo y mirándolo con ojos centelleantes—. ¡Me iré! ¿Me oyes, insolente... miserable, lacayo? ¡Fuera!
“Deberías sentirte avergonzado ante los extraños”, murmura su marido…
El cantante mira a su alrededor y solo entonces ve un rostro desconocido que parece el de un actor... El rostro, al ver los hombros descubiertos y los pies descalzos del cantante, muestra signos de vergüenza y parece a punto de hundirse en el suelo.
"Déjame presentarte..." -murmura Nikitin, "Bezbozhnikov, un administrador provincial".
La cantante lanza un grito y sale corriendo hacia su dormitorio.
“Mira…”, dice Mari d'elle , estirándose en el sofá, “todo era miel hace un momento… mi amor, mi querido, mi querida, besos y abrazos… pero en cuanto se trata de dinero, entonces… Como ves… el dinero es lo mejor… ¡Buenas noches!”
Un minuto después se oye un ronquido.
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UN BIEN VIVO
GRAMORoholsky abrazó a Liza, besó uno tras otro sus deditos de uñas mordidas y rosadas, y la recostó en el sofá tapizado de terciopelo barato. Liza cruzó un pie sobre el otro, juntó las manos detrás de la cabeza y se acostó.
Groholsky se sentó en una silla junto a ella y se inclinó. Estaba completamente absorto en su contemplación.
¡Qué bella le parecía, iluminada por los rayos del sol poniente!
Desde la ventana se podía disfrutar de una vista completa del sol poniente, dorado y ligeramente salpicado de púrpura.
Todo el salón, incluida Liza, estaba bañado por una luz brillante que no dañaba los ojos y, por un momento, cubierto de oro.
Groholsky estaba absorto en la admiración. Liza era increíblemente hermosa. Es cierto que su carita gatuna, con sus ojos marrones y su nariz respingada, era fresca e incluso picante; su escaso cabello era negro como el hollín y rizado; su pequeña figura era grácil, bien proporcionada y ágil como el cuerpo de una anguila eléctrica, pero en general... Sin embargo, mi gusto no tiene nada que ver. Groholsky, mimado por las mujeres y que había estado enamorado y desenamorado cientos de veces en su vida, la veía como una belleza. La amaba, y el amor ciego encuentra la belleza ideal en todas partes.
—Digo —dijo, mirándola fijamente a los ojos—, he venido a hablar contigo, preciosa. El amor no soporta nada vago ni indefinido... Relaciones indefinidas, ya sabes, te lo dije ayer, Liza... Hoy intentaremos resolver el asunto que planteamos ayer. Ven, decidámoslo juntos...
“¿Qué vamos a hacer?”
Liza bostezó y, frunciendo el ceño, sacó su brazo derecho de debajo de su cabeza.
“¿Qué vamos a hacer?” repitió casi sin oírse, después de Groholsky.
—Bueno, sí, ¿qué haremos? Vamos, decídete, cabecita sabia... Te amo, y a un hombre enamorado no le gusta compartir. Es más que egoísta. Es demasiado para mí compartir con tu marido. Lo destrozo mentalmente al recordar que él también te ama. En segundo lugar, tú me amas... La libertad perfecta es una condición esencial para el amor... ¿Y eres libre? ¿No te tortura la idea de que ese hombre se impone eternamente sobre tu alma? Un hombre al que no amas, al que muy probablemente y con toda naturalidad odias... Esa es la segunda cosa... Y la tercera... ¿Cuál es la tercera cosa? Ah, sí... Lo estamos engañando y eso... es deshonroso. La verdad ante todo, Liza. ¡Acabemos con las mentiras!
“Bueno, entonces ¿qué haremos?”
Ya te lo puedes imaginar... Creo que es necesario, obligatorio, informarle de nuestras relaciones y dejarlo, para empezar a vivir en libertad. Ambas cosas deben hacerse lo antes posible... Esta misma noche, por ejemplo... Es hora de acabar con esto. Seguro que estás harta de amar como una ladrona.
¡Dile! ¿Dile a Vanya?
“¡Por supuesto que sí!”
¡Eso es imposible! Te lo dije ayer, Michel, que es imposible.
"¿Por qué?"
Se enfadará. Armará un escándalo, hará un montón de cosas desagradables... ¿No sabes cómo es? ¡Dios no lo quiera! No hace falta decírselo. ¡Qué buena idea!
Groholsky se pasó la mano por la frente y exhaló un suspiro.
—Sí —dijo—, se enfadará muchísimo. Le estoy robando la felicidad. ¿Te quiere?
—Sí que me quiere. Muchísimo.
¡Hay otra complicación! No se sabe por dónde empezar. Ocultárselo es una vileza; decírselo lo mataría... Quién sabe qué hacer. Bueno, ¿cómo será?
Groholsky reflexionó. Su rostro pálido tenía el ceño fruncido.
—Sigamos como estamos —dijo Liza—. Que lo descubra por sí mismo, si quiere.
Pero sabes que... es un pecado, y además eres mía, ¡y nadie tiene derecho a pensar que no me perteneces, sino a otra persona! ¡Eres mía! ¡No cederé ante nadie!... Lo siento por él... ¡Dios sabe cuánto lo siento, Liza! ¡Me duele verlo! Pero... no se puede evitar. No lo amas, ¿verdad? ¿De qué sirve que sigas siendo miserable con él? ¡Tenemos que hablarlo! Hablaremos con él, y tú vendrás a mí. Eres mi esposa, no la suya. Que haga lo que quiera. Ya superará sus problemas... No es el primero, ni será el último... ¿Te escaparás? ¿Eh? ¡Date prisa y dímelo! ¿Te escaparás?
Liza se levantó y miró inquisitivamente a Groholsky.
"¿Huir?"
—Sí... A mi finca... Luego a Crimea... Se lo diremos por carta... Podemos ir de noche. Hay un tren a la una y media. ¿Y bien? ¿Te parece bien?
Liza se rascó el puente de la nariz y dudó.
“Muy bien”, dijo y rompió a llorar.
De sus mejillas brotaron manchas rojas, sus ojos se hincharon y las lágrimas corrieron por su cara de gatita.
—¿Qué pasa? —gritó Groholsky, aturdido—. ¡Liza! ¿Qué te pasa? ¡Vamos! ¿Por qué lloras? ¡Menuda niña! ¡Vamos! ¿Qué pasa? ¡Cariño! ¡Mujercita!
Liza le tendió las manos a Groholsky y se colgó de su cuello. Se oyeron sollozos.
"Lo siento por él...", murmuró Liza. "¡Ay, lo siento muchísimo!"
"¿Lo siento por quién?"
—Va—Vanya...
¿Y crees que no lo soy? Pero ¿qué se puede hacer? Le estamos causando sufrimiento... Será infeliz, nos maldecirá... pero ¿es culpa nuestra que nos amemos?
Al pronunciar la última palabra, Groholsky se alejó de Liza como si le hubieran picado y se sentó en un sillón. Liza se soltó de un salto y, en un instante, se desplomó en el sofá.
Ambos se pusieron rojos de miedo, bajaron los ojos y tosieron.
Un hombre alto y ancho de hombros, de unos treinta años, con uniforme de funcionario, entró en el salón. Pasó desapercibido. Solo el golpe de una silla al golpear la puerta advirtió a los amantes de su presencia y los hizo mirar a su alrededor. Era el marido.
Habían mirado a su alrededor demasiado tarde.
Había visto el brazo de Groholsky alrededor de la cintura de Liza, y había visto a Liza colgando del cuello blanco y aristocrático de Groholsky.
“¡Nos vio!” pensaron al mismo tiempo Liza y Groholsky, sin saber qué hacer con sus manos pesadas y sus ojos avergonzados.
El marido, petrificado y con el rostro sonrosado, se puso pálido.
Un silencio angustioso, extraño y repulsivo duró tres minutos. ¡Ay, esos tres minutos! Groholsky los recuerda hasta el día de hoy.
El primero en moverse y romper el silencio fue el marido. Se acercó a Groholsky y, con una mueca inexpresiva, como una sonrisa, le ofreció la mano. Groholsky estrechó la mano suave y sudorosa y se estremeció como si hubiera aplastado una rana fría en el puño.
“Buenas noches”, murmuró.
—¿Cómo estás? —preguntó el marido con una voz ronca y débil, casi inaudible, y se sentó frente a Groholsky, ajustándose el cuello de la camisa.
De nuevo siguió un silencio agonizante... pero ese silencio ya no era tan estúpido... El primer paso, el más difícil y descolorido, había terminado.
Solo faltaba que uno de los dos partiera en busca de cerillas o a hacer algún recado insignificante. Ambos ansiaban escapar. Permanecieron sentados, sin mirarse, y se tiraron de la barba mientras se esforzaban por escapar de su terrible incomodidad. Ambos sudaban. Ambos se sentían insoportablemente miserables y ambos estaban devorados por el odio. Ansiaban empezar la pelea, pero ¿cómo iban a empezar y quién empezaría primero? ¡Ojalá ella hubiera salido!
—Te vi ayer en el salón de actos —murmuró Bugrov (así se llamaba el marido).
“Sí, estuve allí... el baile... ¿bailaste?”
—Mmm... sí... con eso... con la joven Lyukovtsky... Baila con fuerza... Baila de forma increíble. Es una gran charlatana. (Pausa.) —Nunca se cansa de hablar.
—Sí... Fue lento. Yo también te vi...
Groholsky miró a Bugrov de reojo... Captó la mirada evasiva del marido engañado y no pudo soportarlo. Se levantó rápidamente, tomó la mano de Bugrov, la estrechó, recogió su sombrero y caminó hacia la puerta, consciente de su propia espalda. Sintió como si miles de ojos la observaran. Es una sensación que conocen el actor que ha sido abucheado y sale del escenario, y el joven dandi que ha recibido un golpe en la nuca y se lo llevan en manos de un policía.
En cuanto el sonido de los pasos de Groholsky se apagó y la puerta del recibidor crujió, Bugrov se levantó de un salto y, tras dar dos o tres vueltas por el salón, se acercó a su esposa. El rostro gatuno se arrugó y empezó a parpadear como si esperara una bofetada. Su marido se acercó y, con el rostro pálido y desencajado, con brazos, cabeza y hombros temblorosos, le pisó el vestido y le golpeó las rodillas con las suyas.
—Si, miserable criatura —empezó con voz hueca y quejumbrosa—, lo dejas venir aquí otra vez, no dejes que se atreva a poner un pie... te mataré. ¿Entiendes? ¡Ah...! ¡Inútil criatura, te estremeces! ¡Mujer asquerosa!
Bugrov la agarró por el codo, la sacudió y la arrojó como una pelota de goma hacia la ventana...
¡Miserable y vulgar mujer! ¡No tienes vergüenza!
Voló hacia la ventana, tocando apenas el suelo con los pies, y agarró las cortinas con las manos.
—¡Cállate la lengua! —gritó su marido, acercándose a ella con los ojos centelleantes y dando patadas en el suelo.
Ella se mordió la lengua, miró al techo y gimió mientras su rostro tenía la expresión de una niña en desgracia esperando ser castigada.
¡Así que así eres! ¿Eh? ¡Te estás riendo de un petimetre! ¡Bien! ¿Y tu promesa ante el altar? ¿Qué eres? Una buena esposa y madre. ¡Cállate!
Y le dio un golpe en su hombro, hermoso y flexible. «Cállate, desgraciada. ¡Te daré algo peor! Si ese sinvergüenza se atreve a aparecer por aquí otra vez, si te veo —¡escúchame!— con ese canalla otra vez, ¡no pidas clemencia! ¡Te mataré aunque tenga que ir a Siberia por ello! Y a él también. ¡No lo pensaría dos veces! ¡Puedes irte, no quiero verte!»
Bugrov se secó los ojos y la frente con la manga y paseó por el salón. Liza sollozaba cada vez más fuerte, contraía los hombros y su pequeña nariz respingada y se concentraba en examinar el encaje de la cortina.
—¡Estás loca! —gritó su marido—. ¡Tu cabeza está llena de tonterías! ¡Solo caprichos! ¡No lo permitiré, Elizaveta, mi niña! ¡Más te vale tener cuidado conmigo! ¡No me gusta! Si quieres comportarte como una cerda, entonces... ¡vete, no hay sitio en mi casa para ti! ¡Fuera, haz las maletas si...! Eres una esposa, así que debes olvidarte de estos dandis, ¡sácalos de tu cabeza! ¡Todo es una tontería! ¡No dejes que vuelva a ocurrir! ¡Intenta defenderte! ¡Ama a tu marido! Te han entregado a tu marido, así que debes amarlo. ¡Sí, claro! ¿No te basta con una sola? ¡Vete hasta que...! ¡Torturadores!
Bugrov hizo una pausa y luego gritó:
¡Vete, te digo, vete a la guardería! ¿Por qué lloriqueas? ¡Es tu culpa, y lloriqueas! ¡Menuda mujer! El año pasado ibas tras Petka Tótchkov, ahora vas tras este demonio. ¡Que Dios nos perdone!... ¡Tfoo, es hora de que entiendas lo que eres! ¡Una esposa! ¡Una madre! El año pasado hubo disgustos, y ahora los habrá... ¡Tfoo!
Bugrov exhaló un profundo suspiro y el aire se llenó de aroma a jerez. Había vuelto de cenar y estaba un poco borracho...
¿No conoces tu deber? ¡No!... ¡Hay que enseñarte, aún no te lo han enseñado! Tu mamá era una vagabunda, y tú... puedes lloriquear. ¡Sí! Llora sin parar...
Bugrov se acercó a su esposa y le quitó la cortina de las manos.
No te quedes junto a la ventana, la gente te verá lloriqueando... No dejes que vuelva a ocurrir. Pasarás de abrazarte a problemas peores. Te meterás en problemas. ¿Crees que me gusta que me tomen el pelo? Y tú me dejarás en ridículo si sigues con esos brutos... Vamos, ya basta... No... En otra ocasión... Claro que sí... Liza... quédate...
Bugrov exhaló un suspiro y envolvió a Liza en los vapores del jerez.
Eres joven y tonta, no entiendes nada... Nunca estoy en casa... Y se aprovechan de ello. Debes ser sensata, prudente. Te engañarán. Y entonces no lo soportaré... Entonces podré hacer cualquier cosa... ¡Claro! Entonces podrás simplemente quedarte tirada y morir. Yo... soy capaz de cualquier cosa si me engañas, mi querida niña. Podría matarte a golpes... Y... te echaré de casa, y entonces podrás irte con tus pillos.
Y Bugrov ( horribile dictu ) secó el rostro húmedo y lloroso de la traidora Liza con su mano grande y suave. Trató a su esposa de veinte años como si fuera una niña.
—Vamos, basta... Te perdono. ¡Que Dios no permita que vuelva a ocurrir! Te perdono por quinta vez, pero no te perdonaré por la sexta, pues Dios es santo. Dios no perdona a alguien como tú por tales cosas.
Bugrov se inclinó y acercó sus labios brillantes a la cabecita de Liza. Pero el beso no llegó. Las puertas del recibidor, del comedor, de la sala y del salón se cerraron de golpe, y Groholsky entró en el salón como un torbellino. Estaba pálido y tembloroso. Brillaba con los brazos y aplastaba su caro sombrero entre las manos. Su abrigo ondeaba sobre él como si estuviera colgado en una percha. Era la encarnación de la fiebre aguda. Al verlo, Bugrov se apartó de su esposa y se puso a mirar por la otra ventana. Groholsky corrió hacia él y, agitando los brazos, respirando con dificultad y sin mirar a nadie, comenzó con voz temblorosa:
¡Iván Petróvich! ¡Dejemos de seguir con esta farsa! ¡Ya nos hemos engañado demasiado! ¡Es demasiado! No lo soporto. Tú puedes hacer lo que quieras, pero yo no. ¡Es odioso y ruin, es repugnante! ¿Entiendes que es repugnante?
Groholsky farfulló y jadeó en busca de aire.
Va contra mis principios. Y tú eres un hombre honesto. ¡La amo! ¡La amo más que a nada en el mundo! Lo has notado y... ¡es mi deber decirlo!
“¿Qué le voy a decir?” se preguntó Iván Petrovich.
Hay que acabar con esto. ¡Esta farsa no puede durar mucho más! Hay que resolverlo de alguna manera.
Groholsky respiró hondo y continuó:
No puedo vivir sin ella; ella siente lo mismo. Eres un hombre culto, comprenderás que en tales circunstancias tu vida familiar es imposible. Esta mujer no es tuya, así que... en resumen, te ruego que mires el asunto desde una perspectiva indulgente y humana... Iván Petróvich, debes comprender de una vez por todas que la amo; la amo más que a mí mismo, más que a nada en el mundo, ¡y luchar contra ese amor está más allá de mis fuerzas!
—¿Y ella? —preguntó Bugrov en un tono hosco y algo irónico.
Pregúntale; ¡vamos, pregúntale! Para ella, vivir con un hombre al que no ama, vivir contigo, es... ¡una miseria!
“¿Y ella?” repitió Bugrov, esta vez sin tono irónico.
¡Ella... ella me ama! ¡Nos amamos, Iván Petróvich! Mátanos, despreciémonos, persíguenos, haz lo que quieras, pero ya no podemos ocultártelo. Estamos cara a cara; puedes juzgarnos con la severidad de un hombre al que... ¡el destino le ha robado la felicidad!
Bugrov se puso rojo como un cangrejo hervido y miró a Liza con un ojo. Empezó a parpadear. Sus dedos, labios y párpados temblaron. ¡Pobre hombre! Los ojos de su esposa, entre lágrimas, le dijeron que Groholsky tenía razón, que era un asunto serio.
—¡Bueno! —murmuró—. Si tú... En estos días... Siempre estás...
—Como Dios está arriba —gritó Groholsky con su voz de tenor—, te entendemos. ¿Crees que no tenemos sentido común, que no sentimos? ¡Sé las agonías que te causo, como Dios está arriba! ¡Pero sé indulgente, te lo suplico! No tenemos la culpa. El amor no es un crimen. Ninguna voluntad puede luchar contra él... ¡Entrégamela, Iván Petróvich! ¡Déjala ir conmigo! Toma de mí lo que quieras por tus sufrimientos. Quítame la vida, pero dame a Liza. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa... ¡Vamos, dime cómo puedo hacer algo para compensar, al menos en parte! Para compensar esa felicidad perdida, puedo darte otra felicidad. Puedo, Iván Petróvich; ¡estoy dispuesto a hacer cualquier cosa! Sería una vileza por mi parte dejarte sin satisfacción... Te entiendo en este momento.
Bugrov agitó la mano como diciendo: «Por Dios, vete». Una humedad traicionera empezó a nublar sus ojos; en un instante lo verían llorar como un niño.
Te entiendo, Iván Petróvich. Te daré otra felicidad, como nunca antes has conocido. ¿Qué te gustaría? Tengo dinero, mi padre es un hombre influyente... ¿Lo harás? Venga, ¿cuánto quieres?
De repente, el corazón de Bugrov empezó a latir con fuerza... Se aferró a las cortinas de la ventana con ambas manos...
¿Quiere cincuenta mil? Iván Petróvich, se lo suplico... No es un soborno, no es un trato... Solo quiero, con un sacrificio de mi parte, compensar un poco su inevitable pérdida. ¿Quiere cien mil? Estoy dispuesto. ¿Cien mil?
¡Dios mío! Dos enormes martillos empezaron a golpear las sienes sudorosas del desdichado Iván Petróvich. Trineos rusos con campanillas tintineantes empezaron a resonar en sus oídos...
—Acepta este sacrificio —continuó Groholsky—, ¡te lo suplico! Me quitarás un peso de encima... ¡Te lo imploro!
¡Dios mío! Un elegante carruaje avanzaba por la carretera, mojado por un chaparrón de mayo, pasando junto a la ventana por la que Bugrov miraba con los ojos húmedos. Los caballos eran animales finos, briosos y bien domados. En el carruaje iban personas con sombreros de paja y rostros satisfechos, con largas cañas de pescar y bolsas... Un colegial con gorra blanca sostenía una escopeta. Se dirigían al campo a pescar, a cazar, a pasear y a tomar el té al aire libre. Se dirigían a esa región de felicidad en la que Bugrov, de niño —el hijo descalzo, bronceado por el sol, pero infinitamente feliz, de un diácono de aldea— había corrido una vez por los prados, los bosques y las orillas del río. ¡Oh, qué endiabladamente seductor era aquel mayo! ¡Qué felices son aquellos que pueden quitarse sus pesados uniformes, subirse a un carruaje y volar al campo donde graznan las codornices y se percibe el aroma del heno fresco! A Bugrov se le encogió el corazón con una dulce emoción que lo hizo estremecer. ¡Cien mil! Con el carruaje flotaban ante él todos los sueños secretos sobre los que se había regodeado, a través de los largos años de su vida como empleado del gobierno mientras estaba sentado en la oficina de su departamento o en su pequeño y miserable estudio... Un río, profundo, con peces, un amplio jardín con estrechas avenidas, pequeñas fuentes, sombra, flores, cenadores, una lujosa villa con terrazas y torretas con un arpa eólica y pequeñas campanillas de plata (había oído hablar de la existencia de un arpa eólica en los romances alemanes); un cielo azul sin nubes; aire puro y límpido fragante con los aromas que recuerdan su infancia hambrienta, descalza y aplastada... Levantarse a las cinco, acostarse a las nueve; pasar el día pescando, hablando con los campesinos... ¡Qué felicidad!
—¡Iván Petróvich, no me tortures! ¿Aceptarías cien mil?
—¡Mmm... ciento cincuenta mil! —murmuró Bugrov con voz ronca, como la de un toro. Lo murmuró e inclinó la cabeza, avergonzado de sus palabras y esperando la respuesta.
—Bien —dijo Groholsky—. Estoy de acuerdo. Gracias, Iván Petróvich... En un minuto... No lo haré esperar...
Groholsky se levantó de un salto, se puso el sombrero y, tambaleándose hacia atrás, salió corriendo del salón.
Bugrov se aferró a las cortinas de la ventana con más fuerza que nunca... Estaba avergonzado... Había una sensación desagradable y estúpida en su alma, pero, por otro lado, ¡qué hermosas y brillantes esperanzas bullían entre sus sienes palpitantes! ¡Era rico!
Liza, que no había captado nada de lo que sucedía, salió disparada por la puerta entreabierta, temblando de pies a cabeza, temerosa de que él se acercara a su ventana y la arrojara lejos de ella. Fue a la habitación de los niños, se acostó en la cama de la enfermera y se acurrucó. Temblaba de fiebre.
Bugrov se quedó solo. Se sentía sofocado y abrió la ventana. ¡Qué aire glorioso le perfumaba el rostro y el cuello! Sería agradable respirar ese aire recostado en los cojines de un carruaje... Allá afuera, más allá de la ciudad, entre los pueblos y las villas de verano, el aire era aún más dulce... Bugrov sonrió al soñar con el aire que lo rodearía cuando saliera a la terraza de su villa a admirar la vista. Soñó largo rato... El sol se había puesto, y él seguía de pie soñando, esforzándose al máximo por alejar de su mente la imagen de Liza que lo perseguía obstinadamente en todos sus sueños.
—¡Lo he traído, Iván Petróvich! —Groholsky, al volver a entrar,
susurró sobre su oído. “Lo he traído, tómalo... Aquí
En este rollo hay cuarenta mil... Con este cheque se...
¿Podrías hacerme el favor de conseguirme veinte pasado mañana de Valentinov?
Aquí hay una letra de cambio... un cheque... El resto...
treinta mil en un día o dos... Mi mayordomo lo traerá a
tú."
Groholsky, sonrojado y excitado, con todas sus extremidades en movimiento, colocó ante Bugrov un montón de rollos de billetes y fajos de papeles. El montón era grande, de todos los colores y matices. Nunca en su vida había visto Bugrov un montón semejante. Extendió sus dedos regordetes y, sin mirar a Groholsky, se puso a revisar los fajos de billetes y bonos...
Groholsky distribuyó todo el dinero y se movió inquieto por la habitación, buscando a Dulcinea que había sido comprada y vendida.
Bugrov se llenó los bolsillos y la cartera, metió los títulos en el cajón de la mesa y, tras beber media jarra de agua, salió corriendo a la calle.
“¡Taxi!” gritó con voz frenética.
A las once y media de esa noche, llegó en coche a la entrada del Hotel París. Subió ruidosamente las escaleras y llamó a la puerta de los aposentos de Groholsky. Le dejaron entrar. Groholsky guardaba sus cosas en una maleta, Liza estaba sentada a la mesa probándose pulseras. Ambos se asustaron cuando Bugrov entró. Creyeron que había venido por Liza y que había devuelto el dinero que había cogido apresuradamente sin reflexionar. Pero Bugrov no había venido por Liza. Avergonzado de su nuevo atuendo y sintiéndose terriblemente incómodo con él, hizo una reverencia y se quedó en la puerta con la actitud de un lacayo. Su atuendo era soberbio. Bugrov estaba irreconocible. Su corpulenta figura, que hasta entonces solo había llevado uniforme, vestía un traje nuevo, de fina tela francesa y del corte más moderno. En sus pies brillaban unas polainas con hebillas relucientes. Se quedó avergonzado de su nuevo atuendo y con la mano derecha cubrió la cadena del reloj por el que, una hora antes, había pagado trescientos rublos.
“He venido por algo”, empezó. “Un acuerdo comercial no tiene precio. No voy a renunciar a Mishutka…”
“¿Qué Mishutka?” -preguntó Groholski.
"Mi hijo."
Groholsky y Liza se miraron. Los ojos de Liza se desorbitaron, sus mejillas se sonrojaron y sus labios se crisparon...
“Muy bien”, dijo ella.
Pensó en la cuna calentita de Mishutka. Sería cruel cambiarla por un sofá frío en el hotel, y consintió.
"Lo veré", dijo.
Bugrov hizo una reverencia, salió y bajó volando las escaleras en todo su esplendor, hendiendo el aire con su costoso bastón.
—A casa —le dijo al cochero—. Salgo mañana a las cinco... Vendrás; si duermo, me despertarás. Nos vamos de la ciudad.
II
Era una hermosa tarde de agosto. El sol, puesto sobre un fondo dorado con ligeros toques púrpuras, se alzaba sobre el horizonte occidental, a punto de desaparecer tras los túmulos lejanos. En el jardín, las sombras y las penumbras habían desaparecido, y el aire se había vuelto húmedo, pero la luz dorada aún se reflejaba en las copas de los árboles... Hacía calor... Acababa de llover, refrescando aún más el aire fresco, transparente y fragante.
No estoy describiendo el agosto de San Petersburgo o Moscú, brumoso, lloroso y oscuro, con sus atardeceres fríos e increíblemente húmedos. ¡Dios no lo quiera! No estoy describiendo nuestro cruel agosto del norte. Pido al lector que me acompañe a Crimea, a una de sus costas, no lejos de Feodosia, el lugar donde se encuentra la villa de uno de nuestros héroes. Es una villa bonita y pulcra, rodeada de parterres y arbustos podados. Cien pasos detrás de ella hay un huerto por el que pasean sus habitantes... Groholsky paga un alquiler alto por esa villa, mil rublos al año, creo... La villa no vale ese alquiler, pero es bonita... Alta, con delicados muros y parapetos muy delicados, frágil, esbelta, pintada de un color azul pálido, adornada con cortinas, portières y cortinajes, sugiere una encantadora y frágil dama china...
La tarde descrita, Groholsky y Liza estaban sentados en la terraza de la villa. Groholsky leía Novoye Vremya y bebía leche de una taza verde. Un sifón de agua mineral se encontraba sobre la mesa, frente a él. Groholsky creyó padecer un catarro pulmonar y, siguiendo el consejo del Dr. Dmitriev, consumió una inmensa cantidad de uvas, leche y agua mineral. Liza estaba sentada en un cómodo sillón a cierta distancia de la mesa. Con los codos apoyados en el parapeto y la carita apoyada en los puños, contemplaba la villa de enfrente... El sol se reflejaba en las ventanas de la villa de enfrente; los cristales brillantes reflejaban una luz deslumbrante... Más allá del pequeño jardín y los pocos árboles que rodeaban la villa, se vislumbraba el mar con sus olas, su color azul oscuro, su inmensidad, sus mástiles blancos... ¡Era tan encantador! Groholsky leía un artículo de Anónimo y, tras cada docena de líneas, alzaba sus ojos azules hacia la espalda de Liza... El mismo amor apasionado y ferviente aún brillaba en esos ojos... Era infinitamente feliz a pesar de su catarro pulmonar imaginario... Liza, consciente de sus ojos fijos en su espalda, pensaba en el brillante futuro de Mishutka y se sentía tan cómoda, tan serena...
No le interesaba tanto el mar y el reflejo brillante en las ventanas de la villa de enfrente, sino los carros que llegaban a la villa uno tras otro.
Los carros estaban llenos de muebles y todo tipo de artículos domésticos. Liza observaba cómo se abrían las puertas enrejadas y las grandes puertas de cristal de la villa, y a los hombres afanándose entre los muebles y forcejeando sin cesar. Grandes sillones y un sofá tapizado de terciopelo color frambuesa oscuro, mesas para el recibidor, la sala y el comedor, una gran cama doble y una cuna entraron por las puertas de cristal; también entraron algo grande, envuelto en arpillera. Un piano de cola, pensó Liza, y el corazón le latió con fuerza.
Hacía mucho que no escuchaba el piano, y le tenía muchísimo cariño. No tenían ni un solo instrumento musical en su villa. Groholsky y ella eran músicos solo de alma, nada más. Había muchísimas cajas y paquetes con la inscripción «con cuidado», que llegaron después del piano.
Eran cajas con espejos y vajilla. Un carruaje magnífico y lujoso entró por la puerta, y entraron dos caballos blancos que parecían cisnes.
¡Dios mío, qué riqueza!, pensó Liza, recordando su viejo poni que Groholsky, a quien no le gustaba montar, le había comprado por cien rublos. Comparado con esos corceles con aspecto de cisne, su poni no le parecía mejor que un insecto. Groholsky, que tenía miedo de cabalgar rápido, le había comprado a Liza a propósito un caballo en mal estado.
¡Qué riqueza!, pensó Liza y murmuró mientras observaba a los ruidosos porteadores.
El sol se ocultó tras los túmulos, el aire empezó a perder su sequedad y claridad, y aún así los muebles seguían subiéndose y metiéndose en la casa. Finalmente oscureció tanto que Groholsky dejó de leer el periódico mientras Liza seguía mirando fijamente.
“¿No deberíamos encender la lámpara?” dijo Groholsky, temeroso de que una mosca cayera en su leche y fuera tragada en la oscuridad.
¡Liza! ¿No deberíamos encender la lámpara? ¿Nos quedamos en la oscuridad, ángel mío?
Liza no respondió. Estaba interesada en un carruaje que había llegado a la villa de enfrente... ¡Qué encantadora yegua iba en ese carruaje! De tamaño mediano, no grande, pero elegante... Un caballero con sombrero de copa estaba sentado en el carruaje, y un niño de unos tres años, al parecer un niño, estaba sentado sobre sus rodillas agitando sus manitas... Agitaba sus manitas y gritaba de alegría.
De repente, Liza lanzó un grito, se levantó de su asiento y se tambaleó hacia adelante.
“¿Qué ocurre?” preguntó Groholsky.
—Nada... Solo... me lo imaginaba...
El caballero alto y de hombros anchos, con el sombrero de copa, saltó del coche, bajó al niño y, con un brinco, entró corriendo alegremente por la puerta de cristal. La puerta se abrió con un ruido sordo y desapareció en la oscuridad de los aposentos de la villa.
Dos elegantes lacayos corrieron hacia el caballo en el carruaje y lo condujeron con el mayor respeto hasta la puerta. Pronto, la villa de enfrente se iluminó, y se oyó el tintineo de platos, cuchillos y tenedores. El caballero del sombrero de copa estaba cenando, y a juzgar por la duración del tintineo de la vajilla, su cena duró mucho. A Liza le pareció oler sopa de pollo y pato asado. Después de la cena, los sonidos discordantes del piano flotaron desde la villa. Con toda probabilidad, el caballero del sombrero de copa intentaba entretener al niño de alguna manera, permitiéndole tocarlo.
Groholsky se acercó a Liza y le puso el brazo alrededor de la cintura.
—¡Qué tiempo tan maravilloso! —dijo—. ¡Qué aire! ¿Lo sientes? Soy muy feliz, Liza, muy feliz de verdad. Mi felicidad es tan grande que temo que se destruya. Las cosas más grandes suelen destruirse, y ¿sabes, Liza? A pesar de toda mi felicidad, no estoy del todo... en paz... Un pensamiento me atormenta... me atormenta terriblemente. No me da paz ni de día ni de noche...
“¿Qué pensamiento?”
Qué pensamiento tan terrible, mi amor. Me atormenta pensar en tu marido. Hasta ahora he guardado silencio. He temido perturbar tu paz interior, pero no puedo seguir callada. ¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado? ¿Qué ha sido de su dinero? ¡Es horrible! Cada noche veo su rostro, exhausto, sufriendo, implorando... Piensa, ángel mío, ¿acaso el dinero que tan generosamente aceptó podrá compensarte? Te amaba mucho, ¿verdad?
"¡Muchísimo!"
¡Ahí lo ves! O se ha dado a la bebida, o... ¡Estoy preocupada por él! ¡Ay, qué preocupada estoy! ¿Crees que deberíamos escribirle? Deberíamos consolarlo... una palabra amable, ¿sabes?
Groholsky exhaló un profundo suspiro, negó con la cabeza y se hundió en un sillón, exhausto por la dolorosa reflexión. Apoyó la cabeza en los puños y se sumió en sus meditaciones. A juzgar por su rostro, sus meditaciones eran dolorosas.
“Me voy a la cama”, dijo Liza; “es hora”.
Liza fue a su habitación, se desvistió y se metió bajo las sábanas. Solía acostarse a las diez y levantarse a las diez. Le encantaba la comodidad.
Pronto estuvo en los brazos de Morfeo. Durante toda la noche tuvo los sueños más fascinantes... Soñó romances completos, novelas, Las mil y una noches... El héroe de todos estos sueños era el caballero del sombrero de copa, que la había hecho gritar esa noche.
El caballero del sombrero de copa se la llevaba de Groholsky, cantaba, los golpeaba a ambos, azotaba al chico bajo la ventana, le declaraba su amor y se la llevaba en el coche... ¡Ay, sueños! En una sola noche, tumbado con los ojos cerrados, a veces se pueden vivir más de diez años de felicidad... Esa noche, Liza vivió experiencias muy diversas, y muy felices, incluso a pesar de la paliza.
Despertó entre las seis y las siete, se vistió de golpe, se peinó a toda prisa y, sin siquiera ponerse sus zapatillas tártaras de punta, corrió impulsivamente a la terraza. Protegiéndose los ojos del sol con una mano y con la otra sujetando la ropa que se le resbalaba, contempló la villa de enfrente. Su rostro resplandecía... Ya no cabía duda de que era él.
En la terraza de la villa de enfrente había una mesa frente a la puerta de cristal. Un servicio de té relucía sobre la mesa, con un samovar de plata a la cabecera. Iván Petróvich estaba sentado a la mesa. Tenía en la mano un vaso en un portavasos de plata y bebía té. Lo bebía con gran deleite. Esto se dedujo por el chasquido de sus labios, que llegó a oídos de Liza. Llevaba una bata marrón con flores negras. Grandes borlas caían al suelo. Era la primera vez en su vida que Liza veía a su marido en bata, y una de aspecto tan caro.
Mishutka estaba sentada en una de sus rodillas, impidiéndole tomar el té. El niño saltaba e intentaba agarrar el labio reluciente de su papá. Después de cada tres o cuatro sorbos, el padre se inclinaba hacia su hijo y lo besaba en la cabeza. Un gato gris, con la cola al aire, se frotaba contra una de las patas de la mesa y, con un maullido lastimero, proclamaba su deseo de comer. Liza se escondió tras la cortina de la terraza y fijó la mirada en los miembros de su antigua familia; su rostro irradiaba alegría.
—¡Misha! —murmuró—. ¡Misha! ¿De verdad estás aquí, Misha? ¡Qué encanto! ¡Y cómo quiere a Vanya! ¡Cielos!
Y Liza se echó a reír a carcajadas cuando Mishutka removió el té de su padre con una cuchara. "¡Y cómo quiere Vanya a Misha! ¡Mis amores!"
El corazón de Liza latía con fuerza y su cabeza daba vueltas de alegría y felicidad. Se hundió en un sillón y continuó observándolos, sentada.
"¿Cómo llegaron aquí?", se preguntó mientras le enviaba besos ligeros a Mishutka. "¿Quién les dio la idea de venir? ¡Cielos! ¿Acaso toda esa riqueza les pertenece? ¿Acaso esos caballos con aspecto de cisne que entraron por la puerta pertenecen a Iván Petróvich? ¡Ah!"
Tras terminar el té, Iván Petróvich entró en la casa. Diez minutos después, apareció en la escalera y Liza quedó atónita... Él, que en su juventud, hace solo siete años, se llamaba Vanushka y Vanka, y que estaba dispuesto a darle un puñetazo en la cara a un hombre y poner la casa patas arriba por veinte kopeks, vestía de maravilla. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha, unas botas exquisitamente brillantes y un chaleco de piqué... Miles de soles, grandes y pequeños, brillaban en la cadena de su reloj. Con mucha elegancia, sostenía en la mano derecha los guantes y el bastón.
¡Y qué arrogancia, qué estilo había en su pesada figura cuando, con un gracioso movimiento de su mano, ordenó al lacayo que hiciera girar el caballo!
Subió al coche con dignidad y les dijo a los lacayos que lo rodeaban que le dieran a Mishutka y los aparejos de pesca que habían traído. Colocó a Mishutka a su lado y, rodeándolo con el brazo izquierdo, sujetó las riendas y se marchó.
"¡Vaya!" -gritó Mishutka.
Liza, sin darse cuenta de lo que hacía, agitó su pañuelo tras ellos. Si se hubiera mirado al espejo, se habría sorprendido al ver su rostro sonrojado, risueño y, al mismo tiempo, bañado en lágrimas. Le molestaba no estar junto a su alegre hijo y, por alguna razón, no poder besarlo de inmediato.
¡Por alguna razón!... ¡Fuera con todas tus pequeñas delicias!
¡Grisha! ¡Grisha! —Liza corrió a la habitación de Groholsky y se puso a despertarlo—. ¡Levántate, ya vinieron! ¡El amor!
“¿Quién ha venido?” preguntó Groholsky al despertar.
“Nuestra gente... Vanya y Misha, han llegado, están en la villa de enfrente... Miré hacia afuera y allí estaban tomando té... Y Misha también... ¡Qué angelito se ha convertido nuestro Misha! ¡Si tan solo lo hubieras visto! ¡Madre de Dios!”
¿A quién has visto? Pues tú eres... ¿Quién ha venido? ¿Adónde?
Vanya y Misha... He estado mirando la villa de enfrente mientras tomaban el té. Misha ya puede tomar el té solo... ¿No los viste mudarse ayer? ¡Fueron ellos los que llegaron!
Groholsky se frotó la frente y se puso pálido.
¿Llegaste? ¿Tu marido? —preguntó.
"Por supuesto."
"¿Para qué?"
Lo más probable es que viva aquí. No saben que estamos aquí. Si lo supieran, habrían visto nuestra villa, pero se tomaron el té y no nos hicieron caso.
¿Dónde está ahora? ¡Pero, por Dios, habla con sensatez! ¿Dónde está?
Se fue a pescar con Misha en la calesa. ¿Viste los caballos ayer? Son suyos... de Vanya... Vanya los lleva. ¿Sabes qué, Grisha? Misha se quedará con nosotros... ¡Sí, verdad! Es un niño tan guapo. ¡Un niño tan exquisito!
Groholsky reflexionaba mientras Liza seguía hablando y hablando.
“Este es un encuentro inesperado”, dijo Groholsky, tras una reflexión prolongada y, como siempre, agobiante. “Bueno, ¿quién iba a esperar que nos encontráramos aquí? Bueno... Ahí está... Que así sea. Parece que está predestinado. Me imagino lo incómodo que será su encuentro cuando nos encuentre”.
“¿Deberíamos dejar que Misha se quede con nosotros?”
—Sí, lo haremos... Será incómodo verlo... ¿Qué le voy a decir? ¿De qué puedo hablar? Será incómodo para él y para mí... No deberíamos vernos. Nos comunicaremos, si es necesario, a través de los sirvientes... Me duele mucho la cabeza, Lizotchka. También me duelen los brazos y las piernas, me duele todo el cuerpo. ¿Tengo fiebre?
Liza puso su mano sobre su frente y notó que tenía la cabeza caliente.
Tuve pesadillas horribles toda la noche... No me levantaré hoy. Me quedaré en cama... Tengo que tomar quinina. Envíame el desayuno, mujercita.
Groholsky tomó quinina y permaneció en cama todo el día. Bebió agua tibia, gimió, mandó cambiar las sábanas y la funda de la almohada, gimoteó y provocó un aburrimiento agonizante en todos a su alrededor.
Era insoportable cuando creía haberse resfriado. Liza tenía que interrumpir continuamente sus observaciones inquisitivas y correr de la terraza a su habitación. A la hora de cenar, tenía que ponerse cataplasmas de mostaza. ¡Qué aburrido habría sido todo esto, oh lector, si la villa de enfrente no hubiera estado al servicio de mi heroína! Liza observaba esa villa todo el día y resoplaba de felicidad.
A las diez, Iván Petróvich y Mishutka regresaron de pescar y desayunaron. A las dos cenaron y a las cuatro se marcharon en carruaje. Los caballos blancos los llevaron con la velocidad del rayo. A las siete, llegaron visitantes, todos hombres. Jugaron a las cartas en dos mesas de la terraza hasta la medianoche. Uno de ellos tocaba el piano magníficamente. Los visitantes tocaron, comieron, bebieron y rieron. Iván Petróvich, riendo a carcajadas, les contó una anécdota de la vida armenia a voz en cuello, para que todas las villas de los alrededores pudieran oírla. Estaba muy alegre y Mishutka se quedó con ellos hasta la medianoche.
«Misha está alegre, no llora», pensó Liza, «así que no se acuerda de su mamá. ¡Así que se olvidó de mí!».
Y una terrible amargura invadió el alma de Liza. Lloró toda la noche. La atormentaban su poca conciencia, la frustración y la tristeza, y el deseo de hablar con Mishutka y besarlo... Por la mañana se levantó con dolor de cabeza y los ojos llenos de lágrimas. Groholsky atribuyó sus lágrimas a su propia culpa.
“No llores, querida”, le dijo, “hoy estoy bien, me duele un poco el pecho, pero no es nada”.
Mientras tomaban el té, se servía el almuerzo en la villa de enfrente. Iván Petróvich miraba su plato y no veía nada más que un trozo de ganso rebosante de grasa.
—Me alegro mucho —dijo Groholsky, mirando de reojo a Bugrov—. ¡Me alegro mucho de que su vida sea tan tolerable! Espero que un entorno decente le ayude a acallar su dolor. ¡Olvídate de mí, Liza! Te verán... No estoy dispuesto a hablar con él ahora mismo... ¡Que Dios lo bendiga! ¿Para qué perturbar su paz?
Pero la cena no transcurrió con tanta tranquilidad. Durante la cena, precisamente esa "posición incómoda" que tanto temía Groholsky se produjo. Justo cuando las perdices, el plato favorito de Groholsky, estaban en la mesa, Liza se sintió repentinamente abrumada por la confusión, y Groholsky comenzó a limpiarse la cara con la servilleta. En la terraza de la villa de enfrente vieron a Bugrov. Estaba de pie, con los brazos apoyados en el parapeto, mirándolos fijamente, con los ojos desorbitados.
—Entra, Liza, entra —susurró Groholsky—. ¡Dije que cenáramos dentro! ¡Qué chica eres, de verdad...!
Bugrov se quedó mirando fijamente, y de repente empezó a gritar. Groholsky lo miró y vio una cara de asombro.
—¿Eres tú? —gritó Iván Petróvich—. ¡Tú! ¿También estás aquí?
Groholsky se pasó los dedos de un hombro a otro, como diciendo: «Tengo el pecho débil, así que no puedo gritar a tanta distancia». El corazón de Liza empezó a latir con fuerza, y todo dio un vuelco ante sus ojos. Bugrov salió corriendo de su terraza, cruzó la calle corriendo y, segundos después, estaba de pie bajo la terraza donde Groholsky y Liza cenaban. ¡Ay de las perdices!
—¿Cómo estás? —empezó, ruborizado, y metiendo sus grandes manos en los bolsillos—. ¿Estás aquí? ¿Tú también?
“Sí, estamos aquí también. . . .”
“¿Cómo llegaste aquí?”
"¿Por qué? ¿Cómo lo hiciste?"
¿Yo? ¡Es una larga historia, un romance de verdad, mi buen amigo! Pero no se molesten, ¡a cenar! He estado viviendo, ¿sabe?, desde entonces... en la provincia de Oriol. Alquilé una finca. ¡Una finca espléndida! ¡Pero a cenar! Me quedé allí desde finales de mayo, pero ahora lo he dejado... Hacía frío allí, y... bueno, el médico me recomendó ir a Crimea...
“¿Estás enfermo entonces?” preguntó Groholsky.
—Bueno... Siempre parece, por así decirlo, que hay algo gorgoteando aquí...
Y al oír la palabra “aquí”, Iván Petrovich pasó su mano abierta desde el cuello hasta la mitad del estómago.
—Así que tú también estás aquí... Sí... qué gusto. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
“Desde julio.”
—Ah, y tú, Liza, ¿cómo estás? ¿Bien?
—Muy bien —respondió Liza, y se sintió avergonzada.
Echas de menos a Mishutka, estoy segura. ¿Eh? Bueno, está aquí conmigo... Te lo enviaré directamente con Nikifor. Qué bonito. ¡Adiós! Tengo que irme enseguida... Ayer conocí al príncipe Ter-Haimazov; es un hombre encantador, aunque es armenio. Así que hoy tiene una partida de croquet; vamos a jugar al croquet... ¡Adiós! El carruaje espera...
Iván Petróvich se dio la vuelta, sacudió la cabeza y, tras despedirse de ellos con la mano, corrió a casa.
—¡Qué hombre tan desgraciado! —dijo Groholsky suspirando profundamente mientras lo veía alejarse.
“¿En qué sentido es infeliz?” preguntó Liza.
“¡Verte y no tener derecho a llamarte suyo!”
"¡Tonto!", pensó Liza con tanta osadía. "¡Idiota!"
Antes del anochecer, Liza abrazaba y besaba a Mishutka. Al principio, el niño aulló, pero cuando le ofrecieron mermelada, todo sonreía.
Durante tres días, Groholsky y Liza no vieron a Bugrov. Había desaparecido y solo estaba en casa por las noches. Al cuarto día, volvió a visitarlos a la hora de la cena. Entró, les estrechó la mano a ambos y se sentó a la mesa. Su rostro estaba serio.
—He venido por negocios —dijo—. Lea esto. —Y le entregó una carta a Groholsky—. ¡Léala! ¡Léala en voz alta!
Groholsky leyó lo siguiente:
¡Mi amado, consolador e inolvidable hijo Ioann! He recibido la respetuosa y cariñosa carta en la que invitas a tu anciano padre a la apacible y saludable Crimea, a respirar el aire fragante y a contemplar tierras extrañas. A esa carta respondo que, al tomarme mis vacaciones, iré a verte, pero no por mucho tiempo. Mi colega, el padre Gerasim, es un hombre frágil y delicado, y no puede estar solo mucho tiempo. Soy muy consciente de que no olvidas a tus padres, a tu padre y a tu madre... Alegras a tu padre con tu cariño y recuerdas a tu madre en tus oraciones, y así es como debe ser. Nos vemos en Feodosia. ¿Qué clase de ciudad es Feodosia? ¿Cómo es? Será muy grato verla. Tu madrina, quien te acogió en la pila bautismal, se llama Feodosia. Escribes que Dios se ha dignado a que ganaras doscientos mil rublos. Eso me alegra. Pero no puedo aprobar que te hayas ido. El servicio, cuando aún era de poca importancia; incluso un hombre rico debería estar al servicio. Te bendigo siempre, ahora y en el futuro. Ilya y Seryozhka Andronov te envían saludos. Podrías enviarles diez rublos a cada uno; ¡están en una situación muy difícil!
“Tu Padre amoroso,
“Pyotr Bugrov, Sacerdote. ”
Groholsky leyó la carta en voz alta y tanto él como Liza miraron inquisitivamente a Bugrov.
—Ya ves —empezó Iván Petróvich, vacilante—. Te pido, Liza, que no dejes que te vea, que te mantengas alejada de él mientras esté aquí. Le he escrito diciéndole que estás enferma y que has ido al Cáucaso para curarte. Si te encuentras con él... Te ves... Es incómodo... Mmm...
“Muy bien”, dijo Liza.
“Podemos hacerlo”, pensó Groholsky, “ya que él hace sacrificios, ¿por qué nosotros no?”
—Por favor... Si te ve, habrá problemas... Mi padre es un hombre de principios estrictos. Me maldeciría en siete iglesias. No salgas, Liza, eso es todo. No estará aquí mucho tiempo. No tengas miedo.
El padre Piotr no los hizo esperar mucho. Una hermosa mañana, Iván Petróvich entró corriendo y silbó en tono misterioso:
¡Ha llegado! Está dormido, así que ten cuidado.
Y Liza estaba encerrada entre cuatro paredes. No se atrevía a salir al patio ni a la terraza. Solo podía ver el cielo desde detrás de la cortina de la ventana. Para su desgracia, el padre de Iván Petróvich pasaba todo el tiempo al aire libre, e incluso dormía en la terraza. Normalmente, el padre Piotr, un pequeño párroco, con sotana marrón y sombrero de copa de ala rizada, paseaba lentamente por las villas y contemplaba con curiosidad las "extrañas tierras" a través de sus gafas de abuelo. Iván Petróvich, con el Stanislav en una pequeña cinta, lo acompañaba. No solía llevar condecoración, pero ante los suyos le gustaba presumir. En su compañía, siempre llevaba el Stanislav.
Liza se aburría mortalmente. Groholsky también sufría. Tenía que salir a pasear solo, sin compañía. Casi se le saltaban las lágrimas, pero... tenía que resignarse a su destino. Y para colmo, Bugrov llegaba corriendo todas las mañanas y, en un susurro silbante, les daba un boletín completamente innecesario sobre la salud del padre Piotr. Los aburría con esos boletines.
—Durmió bien —les informó—. Ayer se molestó porque no tenía pepinillos en salmuera... Le ha cogido cariño a Mishutka; no para de darle palmaditas en la cabeza.
Por fin, quince días después, el pequeño padre Piotr dio su último paseo por las villas y, para inmenso alivio de Groholsky, se marchó. Se lo había pasado bien y se marchó muy satisfecho. Liza y Groholsky volvieron a su antigua vida. Groholsky bendijo su destino una vez más. Pero su felicidad no duró mucho. Un nuevo problema, peor que el del padre Piotr, le sobrevino. Iván Petróvich se acostumbró a ir a verlos todos los días. Para ser francos, Iván Petróvich, aunque era un tipo excelente, era una persona muy pesada. Venía a la hora de cenar, cenaba con ellos y se quedaba un buen rato. Eso no habría importado. Pero tuvieron que comprar vodka, algo que Groholsky no soportaba, para su cena. Bebía cinco vasos y hablaba toda la cena. Eso tampoco habría importado... Pero se quedaba sentado hasta las dos de la madrugada, sin dejarlos acostarse, y, peor aún, se permitía hablar de cosas que debería haber callado. Cuando hacia las dos de la madrugada había bebido demasiado vodka y champán, abrazaba a Mishutka y, llorando, le decía delante de Groholsky y Liza:
Mihail, hijo mío, ¿qué soy? Soy... un sinvergüenza. ¡Vendí a tu madre! ¡La vendí por treinta monedas de plata, que el Señor me castigue! Mihail Ivanitch, cerdito, ¿dónde está tu madre? ¡Perdida! ¡Desaparecida! ¡Vendida como esclava! Bueno, soy un sinvergüenza.
Esas lágrimas y esas palabras le revolvieron el alma a Groholsky. Miraba tímidamente el rostro pálido de Liza y se retorcía las manos.
«Vete a la cama, Iván Petrovich», decía tímidamente.
Me voy... Ven, Mishutka... ¡Que Dios nos juzgue! No puedo pensar en dormir sabiendo que mi esposa es una esclava... Pero no es culpa de Groholsky... Los bienes eran míos, el dinero suyo... Libertad para los libres y Cielo para los salvos.
De día, Iván Petróvich no era menos insoportable para Groholsky. Para su profundo horror, siempre estaba al lado de Liza. Iba a pescar con ella, le contaba historias, paseaba con ella, e incluso en una ocasión, aprovechando que Groholsky estaba resfriado, se la llevó en su carruaje, quién sabe dónde, ¡y no la trajo de vuelta hasta la noche!
«Es indignante, inhumano», pensó Groholsky mordiéndose los labios.
A Groholsky le gustaba besar a Liza sin parar. No podía vivir sin esos besos melosos, y era incómodo besarla delante de Iván Petróvich. Era una agonía. El pobre se sentía desamparado, pero el destino pronto se compadeció de él. Iván Petróvich se fue repentinamente a algún sitio durante una semana entera. Llegaron visitas y se lo llevaron... Y a Mishutka también.
Una hermosa mañana, Groholsky regresó a casa después de un paseo de buen humor y radiante.
—Ya vino —le dijo a Liza, frotándose las manos—. Me alegro mucho de que haya venido. ¡Ja, ja, ja!
¿De qué te ríes?
“Hay mujeres con él”.
“¿Qué mujeres?”
—No sé... Menos mal que tiene mujeres... Una maravilla, de hecho... Todavía es joven y lozano. ¡Ven aquí! ¡Mira!
Groholsky condujo a Liza a la terraza y señaló la villa de enfrente. Ambas se abrazaron y estallaron en carcajadas. Era gracioso. Iván Petróvich estaba de pie en la terraza de la villa de enfrente, sonriendo. Dos señoras de pelo oscuro y Mishutka estaban abajo, bajo la terraza. Las señoras reían y hablaban francés a gritos.
—Mujeres francesas —observó Groholsky—. La que está más cerca no es nada fea. Son damas vivaces, pero no importa. Incluso entre ellas hay buenas mujeres... Pero la verdad es que se pasan de la raya.
Lo curioso fue que Iván Petróvich se inclinó sobre la terraza y, extendiendo sus largos brazos, rodeó los hombros de una de las francesas, la levantó en el aire y la dejó riendo en la terraza. Tras subir a ambas damas a la terraza, también levantó a Mishutka. Las damas bajaron corriendo y se repitió el proceso.
"Músculos poderosos, debo decir", murmuró Groholsky al contemplar la escena. La operación se repitió unas seis veces; las damas eran tan amables que no mostraron ninguna vergüenza cuando el viento impetuoso les despeinaba las faldas a su antojo mientras las levantaban. Groholsky bajó la mirada avergonzado cuando las damas saltaron las piernas por encima del parapeto al llegar a la terraza. ¡Pero Liza observaba y reía! ¿Qué le importaba? No se trataba de hombres portándose mal, lo que la habría avergonzado, como mujer, sino de damas.
Por la tarde, Iván Petróvich voló y, con cierta vergüenza, anunció que ahora era un hombre con una casa que atender...
“No debes imaginarte que son cualquiera”, dijo. “Es cierto que son franceses. Gritan a voz en cuello y beben… ¡pero todos lo sabemos! ¡A los franceses los educan para ser así! Es inevitable… El príncipe”, añadió Iván Petróvich, “me los dejó casi gratis… Dijo: 'Llévatelos, llévatelos…'. Tengo que presentarte al príncipe algún día. ¡Un hombre de cultura! No para de escribir… ¿Y sabes cómo se llaman? Una es Fanny, la otra Isabella… ¡Ahí está Europa, ja, ja, ja!… ¡Occidente! ¡Adiós!
Iván Petróvich dejó a Liza y a Groholsky en paz y se dedicó a sus damas. Durante todo el día, el ruido de conversaciones, risas y el tintineo de la vajilla llegaba de su villa... Las luces no se apagaron hasta bien entrada la noche... Groholsky estaba en éxtasis... Por fin, tras un prolongado intervalo de agonía, se sintió feliz y en paz de nuevo. Iván Petróvich con sus dos damas no era tan feliz como con una sola. Pero, por desgracia, el destino no tiene corazón. Juega con los Groholsky, las Liza, los Ivan y los Mishutka como si fueran peones... Groholsky volvió a perder la paz...
Una mañana, unos diez días después, al despertarse tarde, salió a la terraza y vio un espectáculo que lo conmocionó, lo repugnaba y lo indignaba profundamente. Bajo la terraza de la villa de enfrente estaban las francesas, y entre ellas Liza. Hablaba y miraba de reojo a su propia villa, como para comprobar si aquel tirano, aquel déspota, estaba despierto (así interpretó Groholsky esas miradas). Iván Petróvich, de pie en la terraza, con las mangas arremangadas, levantó en el aire a Isabella, luego a Fanny y luego a Liza. Mientras levantaba a Liza, a Groholsky le pareció que la estrechaba contra sí... Liza también echó una pierna por encima del parapeto... ¡Oh, estas mujeres! ¡Todas eran esfinges, todas ellas!
Cuando Liza regresó de la villa de su marido y entró de puntillas en el dormitorio, como si nada hubiera sucedido, Groholsky, pálido, con rubores frenéticos en las mejillas, yacía en la actitud de un hombre en su último aliento y gimiendo.
Al ver a Liza, saltó de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro por el dormitorio.
—¿Así que así es usted? —chilló con voz de tenor—. ¡Así es! ¡Muchas gracias! ¡Es repugnante, señora! ¡Inmoral, de hecho! ¡Déjeme que se lo diga!
Liza palideció y, por supuesto, rompió a llorar. Cuando las mujeres creen tener razón, regañan y lloran; cuando son conscientes de su culpa, solo lloran.
¡Al nivel de esas criaturas depravadas! Es... es... es... ¡más bajo que cualquier impropiedad! ¿Sabes qué son? ¡Son mujeres mantenidas! ¡Cocotes! Y tú, una mujer respetable, te vas corriendo adonde están... Y él... ¡Él! ¿Qué quiere? ¿Qué más quiere de mí? ¡No lo entiendo! Le he dado la mitad de mis bienes, ¡le he dado más! ¡Tú misma lo sabes! Le he dado lo que no tengo... Le he dado casi todo... ¡Y él! He soportado que lo llames Vanya, aunque no tiene ningún derecho a tal intimidad. He soportado tus paseos, tus besos después de cenar... Lo he soportado todo, pero esto no lo soportaré... ¡O él o yo! Que se vaya, o me voy yo ¡Fuera! Ya no sirvo para vivir así, ¡no! ¡Puedes verlo tú mismo!... O él o yo... ¡Basta! La copa está rebosando... Ya he sufrido mucho... ¡Voy a hablar con él ahora mismo! ¿Qué es él, después de todo? ¿De qué tiene que enorgullecerse? No, de ninguna manera... No tiene motivos para tener tanta autoestima...
Groholsky dijo muchas más cosas valientes y mordaces, pero no se fue de inmediato; se sentía tímido y avergonzado... Fue a ver a Iván Petróvich tres días después.
Cuando entró en su apartamento, se quedó boquiabierto de asombro. Le asombró la riqueza y el lujo con los que Bugrov se había rodeado. Tapices de terciopelo, sillas carísimas... Daba vergüenza pisar la alfombra. Groholsky había visto a muchos hombres ricos en su época, pero nunca había visto un lujo tan desenfrenado... Y el desorden que vio cuando, con un temblor inexplicable, entró en la sala: platos con trozos de pan estaban sobre el piano de cola, un vaso sobre una silla, debajo de la mesa había una cesta con un trapo sucio... Cáscaras de nueces estaban esparcidas en las ventanas. El propio Bugrov no estaba en su aposento habitual cuando Groholsky entró... Con la cara roja y los mechones despeinados, se paseaba por la habitación deshabille, hablando consigo mismo, aparentemente muy agitado. Allí, en el salón, Mishutka estaba sentada en el sofá y con un grito agudo hacía vibrar el aire.
—¡Es horrible, Grigori Vasilievich! —empezó Bugrov al ver a Groholski—. ¡Qué desorden...! ¡Qué desorden...! Siéntese, por favor. Disculpe que me vista como Adán y Eva... No tiene importancia... ¡Qué desorden tan horrible! No entiendo cómo puede vivir la gente aquí, ¡no lo entiendo! Los sirvientes no hacen lo que se les dice, el clima es horrible, todo es caro... ¡Cállate! —gritó Bugrov, deteniéndose de repente ante Mishutka—. ¡Cállate, te digo! ¡Pequeña bestia, no te detengas!
Y Bugrov le tiró de la oreja a Mishutka.
—Eso es repugnante, Iván Petróvich —dijo Groholsky con voz llorosa—. ¿Cómo puedes tratar así a una niña tan pequeña? De verdad que...
—Que deje de gritar entonces... ¡Cállate, que te voy a azotar!
—No llores, Misha, cariño... Papá no te volverá a tocar. No le pegues, Iván Petróvich; si es apenas un bebé... Vamos, vamos... ¿Quieres un caballito? Te enviaré un caballito... Eres un insensible...
Groholsky hizo una pausa y luego preguntó:
—¿Y cómo están tus damas, Ivan Petrovich?
—Para nada. Los he echado sin más. Podría haberlos seguido guardando, pero es incómodo... El niño crecerá... El ejemplo de un padre... Si estuviera solo, sería otra cosa... Además, ¿de qué sirve que los guarde? ¡Puf!... ¡Es una auténtica farsa! Les hablo en ruso y me responden en francés. No entienden nada; no se les puede meter nada en la cabeza.
He venido a hablar contigo por algo, Iván Petróvich... Mmm... No es nada del otro mundo. Solo... dos o tres palabras... En realidad, tengo que pedirte un favor.
"¿Qué es eso?"
¿Crees que sería posible, Iván Petróvich, irnos? Nos alegra mucho que estés aquí; es muy agradable para nosotros, pero es un inconveniente, ¿sabes?... Me comprenderás. Es incómodo, en cierto modo... Una relación tan indefinida, una incomodidad tan constante... Debemos separarnos... Es esencial, de hecho. Disculpa que lo diga, pero... debes comprobarlo tú mismo, por supuesto, que en tales circunstancias vivir uno al lado del otro provoca... reflexiones... es decir... no reflexiones, pero sí una cierta sensación de incomodidad...
—Sí... Así es, ya lo he pensado. Muy bien, me voy.
Le estaremos muy agradecidos... Créame, Iván Petróvich, conservaremos un recuerdo muy halagador de usted. El sacrificio que usted...
Muy bien... Pero ¿qué hago con todo esto? ¡Digo, compra estos muebles! ¿Qué dices? No son caros, ocho mil... diez mil... Los muebles, el carruaje, el piano de cola...
“Muy bien... Te daré diez mil..."
¡Vaya, qué bien! Salgo mañana. Iré a Moscú. Es imposible vivir aquí. ¡Todo es carísimo! ¡Carísimo! El dinero vuela... ¡No se puede dar un paso sin gastarse mil! No puedo seguir así. Tengo un hijo que criar... Bueno, gracias a Dios que me comprarás los muebles... Eso me dará un poco más de dinero, o estaría en la ruina...
Groholsky se levantó, se despidió de Bugrov y se fue a casa contento. Por la tarde le envió diez mil rublos.
Temprano a la mañana siguiente, Bugrov y Mishutka ya estaban en Feodosia.
III
Habían pasado varios meses; había llegado la primavera. Con ella, también llegaron días hermosos y brillantes. La vida ya no era tan aburrida ni tan odiosa, y la tierra era más hermosa a la vista... Corría una cálida brisa del mar y del campo... La tierra estaba cubierta de hierba fresca, las hojas frescas reverdecían en los árboles. La naturaleza había cobrado nueva vida y se había revestido de nuevo.
Podría pensarse que nuevas esperanzas y nuevos deseos surgirían en el hombre cuando todo en la naturaleza se renueva y es joven y fresco... pero es difícil para el hombre renovar la vida...
Groholsky seguía viviendo en la misma villa. Sus esperanzas y deseos, pequeños e inexigentes, seguían concentrados en la misma Liza, solo en ella, ¡y en nada más! Como antes, no podía apartar la vista de ella y se regodeaba pensando: ¡qué feliz soy! El pobre hombre se sentía inmensamente feliz. Liza, sentada como antes en la terraza, miraba con ojos inexplicablemente aburridos la villa de enfrente y los árboles cercanos, a través de los cuales se vislumbraba el mar azul oscuro... Como antes, pasaba la mayor parte de sus días en silencio, a menudo llorando y de vez en cuando poniéndole emplastos de mostaza a Groholsky. Sin embargo, podía felicitarla por una nueva sensación. Había un gusano que le roía las entrañas... Ese gusano era la miseria... Era terriblemente miserable, añorando a su hijo, su antigua y alegre forma de vida. Su vida en el pasado no había sido particularmente alegre, pero aun así era más animada que su existencia actual. Cuando vivía con su esposo, solía ir de vez en cuando al teatro, a algún espectáculo, a visitar a conocidos. Pero aquí, con Groholsky, todo era tranquilidad y vacío... Además, allí había un hombre, y él, con sus dolencias y sus continuos besos sentimentales, era como un abuelo anciano que siempre derramaba lágrimas de alegría.
¡Era aburrido! Aquí no tenía a Mihey Sergeyitch, a quien le gustaba bailar la mazurca con ella. No tenía a Spiridon Nikolaitch, el hijo del editor de Provincial News . Spiridon Nikolaitch cantaba bien y recitaba poesía. Aquí no tenía una mesa puesta con el almuerzo para las visitas. No tenía a Gerasimovna, la vieja enfermera que solía quejarse continuamente de ella por comer demasiada mermelada... ¡No tenía a nadie! Simplemente no le quedaba nada más que tumbarse y morir de depresión. Groholsky se regocijaba en su soledad, pero... se equivocaba al regocijarse en ella. Demasiado pronto pagó por su egoísmo. A principios de mayo, cuando el aire mismo parecía estar enamorado y desfallecer de felicidad, Groholsky lo perdió todo; a la mujer que amaba y...
Ese año, Bugrov también visitó Crimea. No alquiló la villa de enfrente, sino que se dedicó a vagar de un pueblo a otro con Mishutka. Se pasaba el tiempo comiendo, bebiendo, durmiendo y jugando a las cartas. Había perdido el gusto por la pesca, la caza y las francesas, quienes, dicho sea de paso, le habían robado un poco. Había adelgazado, había perdido su sonrisa amplia y radiante, y se había acostumbrado a vestirse de lona. Iván Petróvich visitaba de vez en cuando la villa de Groholsky. Le llevaba a Liza mermelada, dulces y fruta, y parecía intentar disipar su aburrimiento. A Groholsky no le preocupaban estas visitas, sobre todo porque eran breves y poco frecuentes, y al parecer pagadas a cuenta de Mishutka, quien bajo ninguna circunstancia podía verse privado del privilegio de ver a su madre. Bugrov llegó, desempacó sus regalos y, tras decir unas palabras, se marchó. Y esas pocas palabras no se las dijo a Liza, sino a Groholsky... Con Liza estaba en silencio y Groholsky estaba tranquilo; pero hay un proverbio ruso que hubiera hecho bien en recordar: “No temas al perro que ladra, sino al perro que está tranquilo…” Un proverbio diabólico, pero a veces indispensable en la vida práctica.
Un día, mientras paseaba por el jardín, Groholsky oyó dos voces conversando. Una era de hombre y la otra de mujer. Una pertenecía a Bugrov y la otra a Liza. Groholsky escuchó y, pálido como un muerto, se giró suavemente hacia quienes hablaban. Se detuvo detrás de un lila y se puso a observar y escuchar. Se le enfriaron los brazos y las piernas. Un sudor frío le cubrió la frente. Se aferró a varias ramas del lila para no tambalearse y caer. ¡Todo había terminado!
Bugrov tenía su brazo alrededor de la cintura de Liza y le decía:
¡Cariño! ¿Qué haremos? Parece que fue la voluntad de Dios... Soy un sinvergüenza... Te vendí. Me sedujo el dinero de ese Herodes, que se lo lleve la peste, ¿y qué me ha servido de ese dinero? ¡Solo ansiedad y ostentación! Ni paz, ni felicidad, ni posición... Uno se sienta como un inválido gordo en el mismo sitio, sin dar un paso adelante... ¿Has oído que han nombrado a Andrushka Markuzin jefe de oficina? ¡Andrushka, esa tonta! Mientras yo me estanco... ¡Cielos! Te he perdido, he perdido mi felicidad. Soy un sinvergüenza, un canalla, ¿cómo crees que me sentiré en el terrible día del juicio?
—Vámonos, Vania —se lamentó Liza—. Estoy aburrida... Me muero de depresión.
“No podemos, nos han quitado el dinero…”
“Bueno, devuélvemelo.”
Me encantaría, pero... espera un momento. Lo he gastado todo. Debemos someternos, mi niña. Dios nos está castigando. A mí por mi codicia y a ti por tu frivolidad. Bueno, que nos torturen... Será mejor para nosotros en el otro mundo.
Y en un acceso de sentimiento religioso, Bugrov levantó los ojos al cielo.
“Pero no puedo seguir viviendo aquí. Soy miserable”.
Bueno, no hay remedio. Yo también me siento miserable. ¿Crees que soy feliz sin ti? ¡Me estoy consumiendo! ¡Y mi pecho empieza a dolerme!... Eres mi legítima esposa, carne de mi carne... una sola carne... ¡Debes vivir y soportarlo! Mientras yo... iré en coche... a visitarte.
E inclinándose hacia Liza, Bugrov susurró, lo suficientemente alto, sin embargo, para ser oído a varios metros de distancia:
Vendré a verte por la noche, Lizanka... No te preocupes... Me quedo en Feodosia, cerca... Viviré aquí, cerca de ti, hasta que lo haya gastado todo... ¡y pronto me quedará mi último céntimo! ¡Ay, qué vida! Tristeza, enfermedad... me duele el pecho y el estómago.
Bugrov calló, y entonces le llegó el turno a Liza... ¡Dios mío, qué crueldad la de esa mujer! Empezó a llorar, a quejarse, a enumerar todos los defectos de su amante y sus propios sufrimientos. Groholsky, al escucharla, se sintió un villano, un sinvergüenza, un asesino.
“Me hace sentir miserable…” dijo Liza para concluir.
Después de besar a Liza al despedirse y salir a la puerta del jardín, Bugrov se encontró con Groholsky, que estaba de pie en la puerta esperándolo.
“Iván Petróvich”, dijo Groholsky con el tono de un moribundo, “lo he visto y oído todo… No es honorable de tu parte, pero no te culpo… Tú también la amas, pero debes entender que es mía. ¡Mía! ¡No puedo vivir sin ella! ¿Cómo es que no lo entiendes? Suponiendo que la ames, que seas miserable… ¿Acaso no te he pagado, al menos en parte, por tus sufrimientos? ¡Por Dios, vete! ¡Por Dios, vete! ¡Vete de aquí para siempre, te lo imploro, o me matarás…!”
—No tengo adónde ir —dijo Bugrov con voz ronca.
—Mmm, lo has malgastado todo... Eres un hombre impulsivo. Muy bien... Ve a mi finca en la provincia de Chernígov. Si quieres, te regalo la propiedad. Es una finca pequeña, pero buena... ¡Te lo aseguro!
Bugrov esbozó una amplia sonrisa. De repente, se sintió en el séptimo cielo.
Te lo daré... Hoy mismo le escribiré a mi mayordomo y le enviaré una autorización para completar la compra. Debes decirles a todos que lo has comprado... Vete, te lo ruego.
Muy bien, iré. Entiendo.
—Vayamos a ver al notario... enseguida —dijo Groholsky, muy animado, y fue a encargar el coche.
A la noche siguiente, mientras Liza estaba sentada en el banco del jardín donde solía encontrarse con Iván Petróvich, Groholsky se acercó a ella en silencio. Se sentó a su lado y le tomó la mano.
—¿Estás aburrida, Lizotchka? —preguntó, tras un breve silencio—. ¿Estás deprimida? ¿Por qué no deberíamos irnos de viaje? ¿Por qué nos quedamos siempre en casa? Queremos salir, divertirnos, conocer gente... ¿Verdad?
—No quiero nada —dijo Liza, y giró su pálido y delgado rostro hacia el camino por el que Bugrov solía llegar hasta ella.
Groholsky reflexionó. Sabía a quién esperaba, a quién quería.
—Vámonos a casa, Liza —dijo—, aquí está húmedo...
“Ve tú, yo iré enseguida.”
Groholsky reflexionó nuevamente.
"¿Lo estás esperando?" preguntó, haciendo una mueca irónica, como si le hubieran apretado el corazón con unas tenazas al rojo vivo.
—Sí... Quiero darle los calcetines para Misha...
"Él no vendrá."
"¿Cómo lo sabes?"
“Se ha ido. . . .”
Liza abrió mucho los ojos. . . .
Se fue a la provincia de Chernígov. Le di mis bienes...
Liza se puso pálida de miedo y se agarró al hombro de Groholsky para no caerse.
“Lo despedí en el barco a las tres en punto”.
De repente, Liza se llevó la mano a la cabeza, hizo un movimiento y, cayendo en el asiento, empezó a temblar por todas partes.
—Vanya —gimió—, ¡Vanya! Iré con Vanya... ¡Cariño!
Ella tuvo un ataque de histeria...
Y desde aquella tarde, hasta julio, se vieron dos sombras en el parque por donde paseaban los veraneantes. Las sombras vagaban desde la mañana hasta la tarde, desalentando a los veraneantes... Tras la sombra de Liza, caminaba invariablemente la sombra de Groholsky... Las llamo sombras porque ambas habían perdido su aspecto natural. Se habían vuelto delgadas, pálidas y encogidas, y parecían más sombras que personas vivas... Ambas se consumían como pulgas, como en la clásica anécdota del judío que vendía insecticidas.
A principios de julio, Liza huyó de Groholsky, dejando una nota en la que escribía que se iba por un tiempo con "su hijo" ... ¡Por un tiempo! Se escapó de noche, mientras Groholsky dormía ... Después de leer su carta, Groholsky pasó una semana entera vagando por la villa como un loco, sin comer ni dormir. En agosto, sufrió un ataque de fiebre recurrente y en septiembre se fue al extranjero. Allí se dio a la bebida ... Esperaba encontrar consuelo en la bebida y la disipación ... Despilfarró toda su fortuna, pero no logró, pobre hombre, sacar de su mente la imagen de la mujer amada con cara de gatito ... Los hombres no mueren de felicidad ni de miseria. El cabello de Groholsky encaneció, pero no murió: sigue vivo hasta el día de hoy ... Regresó del extranjero para echar un vistazo a Liza... Bugrov lo recibió con los brazos abiertos y lo invitó a quedarse por tiempo indefinido. Sigue viviendo con Bugrov hasta el día de hoy.
Este año pasé por casualidad por Groholyovka, la finca de Bugrov. Encontré al amo y a la señora cenando... Iván Petróvich se alegró mucho de verme y se puso a recomendarme cosas buenas... Había engordado bastante, y su rostro estaba un poco hinchado, aunque aún estaba sonrosado y lucía terso y bien nutrido... No era calvo. Liza también había engordado. La gordura no le sentaba bien. Su rostro comenzaba a perder su aspecto gatuno y, ¡ay!, parecía más una foca. Sus mejillas se extendían hacia arriba, hacia afuera y a ambos lados. Los Bugrov vivían con gran estilo. Tenían de todo en abundancia. La casa rebosaba de sirvientes y comestibles...
Al terminar de cenar, nos pusimos a conversar. Olvidando que Liza no tocaba, le pedí que nos tocara algo al piano.
—No toca —dijo Bugrov—; no es música... ¡Eh, tú! ¡Iván! ¡Llama a Grigori Vasilievich! ¿Qué hace ahí? —Y volviéndose hacia mí, Bugrov añadió—: Nuestro músico vendrá enseguida; toca la guitarra. El piano lo guardamos para Mishutka; le estamos dando clases...
Cinco minutos después, Groholsky entró en la habitación, somnoliento, despeinado y sin afeitar. Entró, me hizo una reverencia y se sentó a un lado.
—¿Quién se acuesta tan temprano? —dijo Bugrov, dirigiéndose a él—. ¡Menudo tipo! Siempre duerme, siempre duerme... ¡El dormilón! Ven, tócanos algo animado...
Groholsky giró la guitarra, tocó las cuerdas y comenzó a cantar:
“Ayer esperé a mi querido…”
Escuché el canto, miré el rostro bien alimentado de Bugrov y pensé: "¡Qué bestia!". Me dieron ganas de llorar... Cuando terminó de cantar, Groholsky nos hizo una reverencia y salió.
“¿Y qué voy a hacer con él?”, dijo Bugrov cuando se fue. “¡Sí que tengo problemas con él! Durante el día siempre está rumiando y rumiando… Y por la noche gime… Duerme, pero suspira y gime en sueños… Es una especie de enfermedad… ¡Qué voy a hacer con él, no lo entiendo! No nos deja dormir… Tengo miedo de que se vuelva loco. La gente piensa que aquí lo tratan mal… ¿En qué sentido lo tratan mal? Come y bebe con nosotros… Solo que no le damos dinero. Si le diéramos algo, lo gastaría en bebida o lo malgastaría… ¡Ese es otro problema para mí! ¡Señor, perdóname, pecador!”
Me obligaron a pasar la noche allí. Cuando desperté a la mañana siguiente, Bugrov estaba dando una conferencia en la habitación contigua...
¡Si le pones a un necio a rezar, se romperá la cabeza contra el suelo! ¡Pero quién pinta remos de verde! ¡Piensa, zoquete! ¡Usa tu sentido común! ¿Por qué no hablas?
“Yo... yo... cometí un error”, dijo un tenor ronco en tono de disculpa.
El tenor pertenecía a Groholsky.
Groholsky me acompañó a la estación.
«Es un déspota, un tirano», me susurró todo el camino. «Es un hombre generoso, ¡pero un tirano! No tiene ni corazón ni mente desarrollados... ¡Me tortura! Si no fuera por esa noble mujer, me habría ido hace mucho. Lamento dejarla. De alguna manera, es más fácil soportarlo juntos».
Groholsky suspiró y continuó:
Está embarazada... ¿Lo notas? Es realmente mi hijo... Mío... Pronto se dio cuenta de su error y se entregó a mí de nuevo. No lo soporta...
“Eres un trapo”, no pude evitar decirle a Groholsky.
Sí, soy un hombre de carácter débil... Es muy cierto. Nací así. ¿Sabes cómo nací? Mi difunto papá oprimió cruelmente a cierto oficinista; ¡fue horrible cómo lo trató! Le envenenó la vida. Bueno... y mi difunta mamá era tierna. Venía del pueblo, era de la clase trabajadora... Tomó a ese oficinista en su corazón por compasión... Bueno... y así nací yo... Hijo del oficinista maltratado. ¿Cómo iba a tener una voluntad fuerte? ¿De dónde la iba a sacar? Pero ya es la segunda campanada... Adiós. Ven a vernos de nuevo, pero no le digas a Iván Petróvich lo que he dicho de él.
Le apreté la mano a Groholsky y subí al tren. Hizo una reverencia hacia el vagón y se dirigió al barril de agua. ¡Supongo que tenía sed!
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EL DOCTOR
ITodavía estaba en el salón, tan silencioso que se oía claramente el roce de una mosca doméstica que había entrado desde fuera. Olga Ivanovna, la dueña de la villa, estaba de pie junto a la ventana, contemplando los parterres y reflexionando. El Dr. Tsvyetkov, su médico y viejo amigo, a quien habían llamado para atender a su hijo Misha, estaba sentado en un sillón, balanceando su sombrero, que sostenía con ambas manos, y él también reflexionaba. Aparte de ellos, no había un alma en el salón ni en las habitaciones contiguas. El sol se había puesto, y las sombras del atardecer empezaban a posarse en los rincones, bajo los muebles y en las cornisas.
El silencio fue roto por Olga Ivanovna.
—No se puede imaginar desgracia más terrible —dijo sin apartar la vista de la ventana—. Sabes que la vida no tiene ningún valor para mí aparte del niño.
“Sí, lo sé”, dijo el médico.
—No vale nada —dijo Olga Ivanovna con voz temblorosa—. Él lo es todo para mí. Es mi alegría, mi felicidad, mi riqueza. Y si, como dices, dejo de ser madre, si él... muere, no quedará de mí más que una sombra. No puedo sobrevivir.
Retorciéndose las manos, Olga Ivanovna caminó de una ventana a otra y continuó:
Cuando nació, quise enviarlo al Hospital de Niños Expósitos, ¿lo recuerdas? Pero, Dios mío, ¿cómo se compara esa época con la de ahora? Entonces era vulgar, estúpida, ingenua, pero ahora soy madre, ¿entiendes? Soy madre, y eso es todo lo que me importa saber. Entre el presente y el pasado hay un abismo infranqueable.
Se hizo el silencio de nuevo. El doctor cambió de asiento, de la silla al sofá, y, jugando con su sombrero con impaciencia, mantuvo la mirada fija en Olga Ivanovna. Su rostro revelaba que deseaba hablar y esperaba el momento oportuno.
—Estás callado, pero aun así no pierdo la esperanza —dijo la señora, volviéndose—. ¿Por qué callas?
—Me alegraría tanto como tú tener cualquier esperanza, Olga, pero no la hay —respondió Tsvyetkov—. Debemos afrontar la terrible realidad. El niño tiene un tumor cerebral y debemos prepararnos para su muerte, pues en casos así nunca se recupera.
“Nikolay, ¿estás seguro de que no te equivocas?”
Esas preguntas no llevan a nada. Estoy dispuesto a responder todas las que quieran, pero no nos harán ninguna gracia.
Olga Ivanovna hundió la cara en las cortinas y rompió a llorar desconsoladamente. El médico se levantó y recorrió varias veces la sala, luego se acercó a la mujer que lloraba y le tocó suavemente el brazo. A juzgar por sus movimientos inseguros, por la expresión de su rostro sombrío, que parecía sombrío en la penumbra de la noche, quiso decir algo.
—Escucha, Olga —empezó—. Concédeme un minuto de atención; hay algo que debo preguntarte. Pero no puedes atenderme ahora. Vendré más tarde... —Volvió a sentarse y se sumió en sus pensamientos. El llanto amargo e implorante, como el llanto de una niña pequeña, continuó. Sin esperar a que terminara, Tsvyetkov exhaló un suspiro y salió del salón. Fue al cuarto de los niños donde estaba Misha. El niño estaba tumbado boca arriba como antes, con la mirada fija en un punto, como si estuviera escuchando. El médico se sentó en su cama y le tomó el pulso.
—Misha, ¿te duele la cabeza? —preguntó.
Misha respondió, no de inmediato: «Sí. Sigo soñando».
“¿Qué sueñas?”
“Todo tipo de cosas. . . .”
El médico, que no sabía hablar con mujeres que lloraban ni con niños, se acarició la cabeza ardiente y murmuró:
—No te preocupes, pobrecito, no te preocupes... No se puede vivir sin enfermedades... Misha, ¿quién soy? ¿Me conoces?
Misha no respondió.
“¿Te duele mucho la cabeza?”
—¡Qué sueño! Sigo soñando.
Tras examinarlo y hacerle algunas preguntas a la criada que cuidaba al niño enfermo, el médico regresó lentamente a la sala. Ya estaba oscuro, y Olga Ivanovna, de pie junto a la ventana, parecía una silueta.
“¿Enciendo?” preguntó Tsvyetkov.
No hubo respuesta. La mosca seguía rozando el techo. Ningún sonido llegaba del exterior, como si todo el mundo, al igual que el médico, estuviera pensando y no pudiera expresarse. Olga Ivanovna ya no lloraba, sino que, como antes, contemplaba el macizo de flores en profundo silencio. Cuando Tsvyetkov se acercó a ella y, a través del crepúsculo, observó su rostro pálido, exhausto por el dolor, su expresión era la misma que había visto antes durante sus ataques de cefalea aguda, abrumadora y enfermiza.
—¡Nikolay Trofimitch! —le dijo—. ¿Y qué te parece una consulta?
“Muy bien, lo arreglaré mañana.”
Por el tono del médico se notaba fácilmente que no creía en el beneficio de una consulta. Olga Ivanovna habría querido preguntarle algo más, pero los sollozos se lo impidieron. De nuevo, pegó la cara a la cortina de la ventana. En ese momento, se oyeron con claridad los acordes de una banda que tocaba en el club. Se oían no solo los instrumentos de viento, sino también los violines y las flautas.
—Si tiene dolor, ¿por qué está callado? —preguntó Olga Ivanovna—. Todo el día, en silencio, nunca se queja ni llora. Sé que Dios nos lo quitará porque no hemos sabido apreciarlo. ¡Menudo tesoro!
La banda terminó la marcha y un minuto después comenzó a tocar un animado vals para abrir el baile.
—¡Dios mío! ¿De verdad no se puede hacer nada? —gimió Olga Ivanovna—. ¡Nikolay, eres médico y deberías saber qué hacer! Debes entender que no puedo soportar su pérdida. No puedo sobrevivir.
El doctor, que no sabía cómo hablar con mujeres que lloraban, suspiró y paseó lentamente por el salón. Siguieron una serie de pausas opresivas intercaladas con llantos y preguntas que no conducían a nada. La banda ya había tocado una cuadrilla, una polca y otra cuadrilla. Se hizo de noche. En la habitación contigua, la criada encendió la lámpara; y mientras tanto, el doctor, con el sombrero en las manos, parecía intentar decir algo. Varias veces Olga Ivanovna se acercó a su hijo, se sentó a su lado durante media hora y regresó al salón; rompía a llorar y lamentarse sin parar. El tiempo se arrastraba angustiosamente, y parecía que la noche no tenía fin.
A medianoche, cuando la banda hubo tocado el cotillón y cesó por completo, el médico se preparó para partir.
—Volveré mañana —dijo, apretando la mano fría de la madre—. Acuéstate.
Después de ponerse el abrigo en el pasillo y coger el bastón, se detuvo, pensó un minuto y regresó al salón.
—Vendré mañana, Olga —repitió con voz temblorosa—. ¿Me oyes?
Ella no respondió, y parecía como si el dolor la hubiera privado del habla. Con su abrigo y el bastón aún en la mano, el doctor se sentó a su lado y comenzó con un suave y tierno susurro, totalmente incompatible con su figura corpulenta y digna:
¡Olga! Por tu dolor, que comparto... Ahora bien, cuando la mentira es un delito, te suplico que me digas la verdad. Siempre has dicho que el niño es mi hijo. ¿Es eso cierto?
Olga Ivanovna guardó silencio.
—Has sido mi único apego —continuó el doctor—, y no te imaginas lo profundamente herido que está mi sentimiento por la falsedad... Ven, te lo suplico, Olga, por una vez en tu vida, dime la verdad... En estos momentos no se puede mentir. Dime que Misha no es mi hijo. Estoy esperando.
"Él es."
No se veía el rostro de Olga Ivanovna, pero el médico percibió vacilación en su voz. Suspiró.
“Incluso en momentos como estos te atreves a mentir”, dijo con su voz habitual. “¡No hay nada sagrado para ti! Escúchame, compréndeme... Has sido mi único apego. Sí, eras depravada, vulgar, pero no he amado a nadie más que a ti en mi vida. Ese amor trivial, ahora que envejezco, es el único rayo de luz en mis recuerdos. ¿Por qué lo oscureces con engaños? ¿Para qué sirve?”
"No lo comprendo."
—¡Dios mío! —exclamó Tsvyetkov—. ¡Mientes, lo entiendes perfectamente! —gritó con más fuerza, y empezó a pasearse por el salón, agitando el bastón con rabia—. ¿O lo has olvidado? ¡Entonces te lo recordaré! Petrov y el abogado Kurovsky comparten conmigo los derechos de padre sobre el niño, y aún te pagan la educación de su hijo, igual que yo. ¡Sí, claro! ¡Lo sé perfectamente! Perdono tus mentiras del pasado, ¿qué importa? Pero ahora que eres mayor, en este momento en que el niño se está muriendo, ¡tus mentiras me ahogan! ¡Cuánto siento no poder hablar, cuánto lo siento!
El médico se desabrochó el abrigo y, sin dejar de caminar de un lado a otro, dijo:
¡Miserable! ¡Ni siquiera esos momentos le afectan! ¡Incluso ahora miente con la misma libertad que hace nueve años en el restaurante Hermitage! Teme que si me dice la verdad, dejaré de darle dinero; cree que si no mintiera, no amaría al chico. ¡Mientes! ¡Es despreciable!
El médico golpeó el suelo con su bastón y gritó:
Es repugnante. ¡Criatura retorcida y corrupta! Debo despreciarte, y debería avergonzarme de mis sentimientos. ¡Sí! Tus mentiras se me han atragantado estos nueve años, las he soportado, pero ahora es demasiado, demasiado.
Desde el rincón oscuro donde estaba sentada Olga Ivanovna se oyó un llanto. El doctor calló y se aclaró la garganta. Se hizo el silencio. El doctor se abotonó lentamente el abrigo y empezó a buscar el sombrero, que se le había caído al caminar.
—Perdí los estribos —murmuró, inclinándose hasta el suelo—. Olvidé por completo que ya no puedes atenderme... Dios sabe lo que he dicho... No le hagas caso, Olga.
Encontró su sombrero y se dirigió hacia el rincón oscuro.
—Te he herido —dijo en un susurro suave y tierno—, pero una vez más te suplico que me digas la verdad; no debería haber mentiras entre nosotros... Lo solté, y ahora sabes que Petrov y Kurovsky no son ningún secreto para mí. Así que ahora te es fácil decirme la verdad.
Olga Ivanovna pensó un momento y, con visible vacilación, dijo:
“Nikolay, no miento. Misha es tu hija”.
—Dios mío —gimió el doctor—, entonces te diré algo más: ¡He guardado tu carta a Petrov donde lo llamas padre de Misha! Olga, sé la verdad, ¡pero quiero oírla de ti! ¿Me oyes?
Olga Ivanovna no respondió, sino que siguió llorando. Tras esperar la respuesta, el médico se encogió de hombros y salió.
"Vendré mañana", gritó desde el pasillo.
Durante todo el camino a casa, mientras estaba sentado en su carruaje, se encogió de hombros y murmuró:
¡Qué lástima que no sepa hablar! No tengo el don de persuadir ni convencer. ¡Es evidente que no me entiende porque miente! ¡Es evidente! ¿Cómo puedo hacérselo ver? ¿Cómo?
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¡DEMASIADO PRONTO!
TLas campanas suenan para anunciar el servicio en el pueblo de Shalmovo. El sol ya besa la tierra en el horizonte; se ha teñido de rojo y pronto desaparecerá. En la taberna de Semión, que recientemente cambió de nombre y se convirtió en restaurante —un título que no cuadra con la miserable choza, con la paja arrancada y un par de ventanas sucias—, están sentados dos campesinos deportistas. Uno de ellos se llama Filimon Slyunka; es un anciano de sesenta años, antiguo siervo de la casa de los condes Zavalin, de oficio carpintero. Trabajó en una fábrica de clavos, lo despidieron por borrachera y ociosidad, y ahora vive de su anciana esposa, que pide limosna. Es delgado y débil, con una barbita de aspecto sarnoso, habla con un silbido y, tras cada palabra, contrae el lado derecho de la cara y encoge bruscamente el hombro derecho. El otro, Ignat Ryabov, un campesino robusto y de hombros anchos, que nunca hace nada y guarda un silencio eterno, está sentado en un rincón bajo una gran ristra de anillos de pan. La puerta, al abrirse hacia adentro, proyecta una densa sombra sobre él, de modo que Slyunka y Semyon, el tabernero, no pueden ver nada más que sus rodillas remendadas, su nariz larga y carnosa y un gran mechón de pelo que se ha escapado de la espesa maraña despeinada que le cubre la cabeza. Semyon, un hombrecillo enfermizo, de rostro pálido y cuello largo y fibroso, está de pie detrás de su mostrador, mira con tristeza la ristra de anillos de pan y tose dócilmente.
—Piénsalo bien ahora, si tienes algo de sentido común —le dice Slyunka, con un gesto de la mejilla—. Tienes esa cosa tirada sin usar y no le sacas ningún provecho. Mientras la necesitamos. Un deportista sin pistola es como un sacristán sin voz. Deberías entenderlo, pero veo que no lo entiendes, así que no puedes tener sentido común... ¡Dámelo!
—¡Dejaste el arma como prenda, lo sabes! —dice Semión con una vocecita femenina, suspirando profundamente y sin apartar la vista de la ristra de anillos de pan—. Entrega el rublo que te prestaron y luego llévate el arma.
No tengo ni un rublo. Te lo juro, Semión Mitrich, por Dios: dame el arma y hoy mismo iré con Ignashka a devolvértela. La devolveré, ¡mátame! Que no sea feliz en este mundo ni en el otro si no lo soy.
“Semyon Mitrich, dámelo”, dice Ignat Ryabov en su bajo, y su voz delata un deseo apasionado de conseguir lo que pide.
—¿Pero para qué quieres el arma? —suspira Semión, sacudiendo la cabeza con tristeza—. ¿Qué tipo de caza hay ahora? Todavía es invierno afuera, y no hay caza alguna salvo cuervos y grajillas.
—¡Invierno, sí! —dice Slyunka, sacando la ceniza de su pipa con el dedo—. Todavía es temprano, claro, pero con la agachadiza nunca se sabe. La agachadiza es un ave que hay que observar. Si tienes mala suerte, puedes quedarte esperando en casa y perderte su vuelo, y entonces tendrás que esperar hasta el otoño... ¡Es un negocio! La agachadiza no es una graja... El año pasado voló la semana antes de Pascua, ¡mientras que el año anterior tuvimos que esperar hasta la semana después de Pascua! Ven, haznos un favor, Semión Mitritch, danos el arma. Haz que recemos por ti eternamente. Por desgracia, Ignashka también ha prometido su arma a cambio de bebida. Ah, cuando bebes no sientes nada, pero ahora... ¡ah, ojalá nunca lo hubiera mirado, el maldito vodka! ¡Es la sangre de Satanás! ¡Dánosla, Semión Mitritch!
—No te lo daré —dice Semión, apretando sus manos amarillentas contra el pecho como si fuera a rezar—. Debes ser justa, Filimonushka... No se desembolsa nada así como así; debes pagar el dinero... Además, ¿para qué quieres matar pájaros? ¿De qué sirve? Ahora es Cuaresma; no te los vas a comer.
Slyunka intercambia miradas con Ryabov avergonzada, suspira y dice: “Solo iríamos a disparar desde fuera”.
¿Y para qué? Todo es una tontería. No eres de los que pierden el tiempo en tonterías... Ignashka, sin duda, es un hombre sin entendimiento; Dios lo ha castigado, pero tú, gracias a Dios, eres un anciano. Es hora de prepararte para tu fin. Mira, deberías ir al servicio de medianoche.
La alusión a su edad hiere visiblemente a Slyunka. Se aclara la garganta, frunce el ceño y guarda silencio durante un minuto entero.
—Digo, Semión Mitrich —dice con vehemencia, levantándose y con un tic nervioso no solo en la mejilla derecha, sino en toda la cara—. Es la pura verdad... ¡Que el Todopoderoso me castigue! Después de Pascua recibiré algo de Stepán Kuzmich por una hacha, ¡y te pagaré no un rublo, sino dos! ¡Que el Señor me castigue! Ante la santa imagen, te digo: ¡dame solo el arma!
—Dámelo —dice Ryabov con su grave voz gutural; se le oye respirar con dificultad, y parece que quisiera decir mucho, pero no encuentra las palabras—. Dámelo.
—No, hermanos, y no me pregunten —suspira Semión, meneando la cabeza con tristeza—. No me hagan pecar. No les daré el arma. No está de moda que se saque algo de un préstamo sin pagar nada. Además, ¿para qué esta indulgencia? ¡Que Dios los bendiga!
Slyunka se frota la cara sudorosa con la manga y empieza a maldecir y suplicar acaloradamente. Se santigua, extiende las manos hacia el icono, llama a sus difuntos padre y madre como testigos, pero Semión suspira y mira dócilmente, como antes, la ristra de anillos de pan. Al final, Ignashka Ryabov, hasta entonces inmóvil, se levanta impulsivamente y se inclina hasta el suelo ante el posadero, pero ni siquiera eso le afecta.
—Que te ahogues con mi pistola, demonio —dice Slyunka, con el rostro crispado y los hombros encogidos—. Que te ahogues, peste, alma canalla.
Jurando y agitando los puños, sale de la taberna con Ryabov y se queda quieto en medio de la calle.
—No te lo dará, maldito bruto —dice con voz llorosa y mirando a Ryabov a la cara con aire herido.
"No me lo dará", grita Ryabov.
Las ventanas de las cabañas más alejadas, el nido de estorninos en la taberna, las copas de los álamos y la cruz de la iglesia relucen con una llama dorada. Ahora solo ven la mitad del sol, que, al anochecer, parpadea, proyectando una luz carmesí, y parece reír alegremente. Slyunka y Ryabov ven el bosque, una mancha oscura, a la derecha del sol, a una milla y media del pueblo, y diminutas nubes revolotean en el cielo despejado, y presentían que la tarde será hermosa y serena.
—Ahora es el momento —dice Slyunka, con el rostro crispado—. Estaría bien estar de pie una o dos horas. No nos lo dará, el muy bruto. Ojalá...
“Para el tiro desde posición, ahora es el momento…” articuló Ryabov, como si le costara un esfuerzo, tartamudeando.
Tras detenerse un rato, salen del pueblo, sin decirse una palabra, y miran hacia la franja oscura del bosque. Todo el cielo sobre el bosque está salpicado de manchas negras en movimiento, como las grajillas que regresan a sus nidos. La nieve, blanca aquí y allá sobre la tierra arada de color marrón oscuro, está ligeramente moteada de oro por el sol.
"El año pasado por estas fechas fui a cazar desde un puesto en Zhivki", dice Slyunka, tras un largo silencio. "Traje tres agachadizas".
De nuevo se hace el silencio. Ambos permanecen un buen rato mirando hacia el bosque, y luego se mueven perezosamente y caminan por el camino embarrado que sale del pueblo.
“Lo más probable es que las agachadizas no hayan llegado todavía”, dice Slyunka, “pero puede que ya estén aquí”.
Kostka dice que aún no están aquí.
Quizá no, quién sabe; un año no se parece a otro. ¡Pero qué lodo!
“Pero debemos permanecer de pie.”
“Por supuesto que deberíamos… ¿por qué no?”
Podemos quedarnos a observar; no estaría mal ir al bosque a echar un vistazo. Si están ahí, se lo diremos a Kostka, o quizá consigamos un arma y vengamos mañana. ¡Qué desgracia! Que Dios me perdone. ¡Fue el diablo quien me metió la pata en llevarme el arma a la taberna! Lo siento muchísimo, Ignashka.
Así conversando, los cazadores se acercan al bosque. El sol se ha puesto y ha dejado tras de sí una franja roja como el resplandor de una hoguera, salpicada de nubes aquí y allá; es imposible distinguir los colores de esas nubes: sus bordes son rojos, pero ellas mismas un instante son grises, al siguiente lila, al siguiente cenicienta.
En el bosque, entre las espesas ramas de los abetos y bajo los abedules, está oscuro, y solo las ramas más externas, del lado del sol, con sus gruesos brotes y corteza brillante, se distinguen con claridad en el aire. Huele a nieve derretida y hojas podridas. Todo está en silencio; nada se mueve. A lo lejos llega el graznido de las cornejas, que se desvanece.
—Deberíamos estar en Zhivki —susurra Slyunka, mirando con asombro a Ryabov—; allí se puede disparar bien desde la posición de guardia.
También Ryabov mira con asombro a Slyunka, con los ojos sin pestañear y la boca abierta.
—Qué época tan bonita —dice Slyunka con un susurro tembloroso—. El Señor nos trae una primavera preciosa... y creo que las agachadizas ya están aquí... ¿Por qué no? Ahora hace calor... Las grullas volaban por la mañana, muchísimas.
Slyunka y Ryabov, chapoteando con cautela en la nieve derretida y atascados en el barro, caminan doscientos pasos por el borde del bosque y allí se detienen. Sus rostros reflejan alarma y expectación ante algo terrible y extraordinario. Permanecen inmóviles como postes, sin hablar ni moverse, y sus manos adoptan gradualmente una postura como si estuvieran amartillando un arma...
Una gran sombra se arrastra desde la izquierda y envuelve la tierra. Llega el crepúsculo. Si se mira a la derecha, a través de los arbustos y troncos, se pueden ver manchas carmesí del resplandor crepuscular. Todo está quieto y húmedo...
"No se oye ningún ruido", susurra Slyunka, encogiéndose de hombros por el frío y sorbiendo con su nariz helada.
Pero asustado por su propio susurro, levanta el dedo hacia alguien, abre mucho los ojos y frunce los labios. Se oye un ligero chasquido. Los cazadores se miran significativamente y se dicen con la mirada que no es nada. Es el chasquido de una ramita seca o un trozo de corteza. Las sombras del atardecer crecen y crecen, las manchas carmesí se desvanecen gradualmente y la humedad se vuelve desagradable.
Los cazadores permanecen de pie un buen rato, pero no ven ni oyen nada. A cada instante esperan ver una delicada hoja flotar en el aire, oír un grito apresurado como la tos ronca de un niño y el aleteo de unas alas.
—No, ni un sonido —dice Slyunka en voz alta, bajando las manos y empezando a parpadear—. Así que aún no han venido.
"¡Es temprano!"
"Estás justo ahí."
Los deportistas no pueden verse las caras unos a otros porque está oscureciendo rápidamente.
—Tenemos que esperar cinco días más —dice Slyunka, saliendo de detrás de un arbusto con Ryabov—. ¡Es demasiado pronto!
Regresan a casa y permanecen en silencio durante todo el camino.
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EL COSACO
METROAXIM TORTCHAKOV, un granjero del sur de Rusia, regresaba a casa desde la iglesia con su joven esposa, trayendo un pastel de Pascua recién bendecido. El sol aún no había salido, pero el este se teñía de rojo y oro, disipando la neblina que, por lo general, a primera hora de la mañana oculta el azul del cielo. Todo estaba tranquilo... Los pájaros apenas habían despertado... El guión de codornices emitió su nítido canto, y a lo lejos, sobre un pequeño túmulo, flotaba una cometa dormida, batiendo pesadamente las alas, y no se veía ningún otro ser vivo en toda la estepa.
Torchakov siguió conduciendo y pensó que no había fiesta mejor ni más feliz que la de la Resurrección de Cristo. Hacía poco que se había casado y ahora celebraba su primera Pascua con su esposa. Mirara lo que mirara, pensara lo que pensara, todo le parecía brillante, alegre y feliz. Pensó en su agricultura y pensó que todo marchaba bien, que el mobiliario de su casa era todo lo que podía desear: había de todo en abundancia y todo era bueno; miró a su esposa, y le pareció encantadora, amable y dulce. Estaba encantado con el resplandor del este, y la hierba joven, y su carruaje chirriante, y la cometa... Y cuando, de camino, entró en una taberna para encender un cigarrillo y beber una copa, se sintió aún más feliz.
“Se dice: 'Grande es el día'”, parloteó. “¡Sí, es grande! Espera un momento, Lizaveta, el sol empezará a bailar. Baila cada Pascua. ¡Así que también se alegra!”
“No está vivo”, dijo su esposa.
—¡Pero hay gente ahí! —exclamó Torchakov—. ¡De verdad que sí! Iván Stepanitch me dijo que hay gente en todos los planetas: ¡en el Sol y en la Luna! Es cierto... pero quizá los sabios mientan, ¡solo el diablo lo sabe! Un momento, ¿eso no es un caballo? ¡Sí, lo es!
En el Barranco Torcido, a mitad de camino de vuelta, Torchakov y su esposa vieron un caballo ensillado, inmóvil, olfateando la hierba seca del año anterior. En un montículo junto al camino, un cosaco pelirrojo estaba sentado, encorvado, mirándose los pies.
¡Cristo ha resucitado! —le gritó Maxim—. ¡Guau!
—Verdaderamente ha resucitado —respondió el cosaco sin levantar la cabeza.
"¿Adónde vas?"
“De permiso en casa.”
—Entonces, ¿por qué estás sentado aquí?
“¿Por qué… me he enfermado… no tengo fuerzas para seguir?”
"¿Lo que está mal?"
“Me duele todo el cuerpo.”
¡Qué desgracia! ¡Están de vacaciones y te enfermas! Pero deberías ir a un pueblo o a una posada, ¿de qué sirve estar aquí sentado?
El cosaco levantó la cabeza y con grandes ojos exhaustos examinó a Maxim, a su esposa y al caballo.
“¿Has venido de la iglesia?” preguntó.
"Sí."
Las vacaciones me encontraron en el camino. No era la voluntad de Dios que llegara a casa. Me subiría a mi caballo enseguida y me iría, pero no tengo fuerzas... ¡Buenos cristianos, podrían darle a un caminante un pastel de Pascua para romper el ayuno!
—¿Pastel de Pascua? —repitió Torchakov—. Claro que podemos... Quédate, yo...
Maxim rebuscó rápidamente en sus bolsillos, miró a su esposa y dijo:
No tengo cuchillo ni nada para cortarlo. Y no me gusta romperlo, arruinaría todo el pastel. ¡Hay un problema! ¿No tienes cuchillo?
El cosaco se levantó gimiendo y fue a su silla a buscar un cuchillo.
—¡Qué idea! —dijo la esposa de Torchakov enfadada—. ¡No te dejaré cortar el pastel de Pascua! ¡Qué cara me pondré si lo llevo a casa ya cortado! ¡Ve a casa de los campesinos del pueblo y desayuna allí!
La esposa tomó de las manos de su marido la servilleta con el pastel de Pascua y dijo:
¡No lo permitiré! Hay que hacer las cosas bien; no es un pan, sino un santo pastel de Pascua. Y es pecado cortarlo de cualquier manera.
—Bueno, cosaco, no te enfades —rió Torchakov—. ¡Mi mujer lo prohíbe! Adiós. ¡Buena suerte en tu viaje!
Maxim sacudió las riendas, hizo sonar su caballo y el carruaje avanzó chirriando. Durante un rato, su esposa siguió quejándose, afirmando que cortar el pastel de Pascua antes de llegar a casa era pecado e inapropiado. En el este, los primeros rayos del sol naciente brillaban, abriéndose paso entre las nubes, y el canto de la alondra se oía en el cielo. Ahora no una, sino tres milanos revoloteaban sobre la estepa a una distancia prudencial. Los saltamontes empezaron a piar en la hierba joven.
Cuando habían recorrido tres cuartos de milla desde Crooked Ravine, Tortchakov miró a su alrededor y observó fijamente a la distancia.
—No veo al cosaco —dijo—. ¡Pobrecito! ¡Se le ha metido en la cabeza caer enfermo en el camino! No hay peor desgracia que tener que viajar y no tener fuerzas... No me extrañaría que muera en el camino. No le dimos pastel de Pascua, Lizaveta, y deberíamos haberlo hecho. Seguro que también quiere romper el ayuno.
El sol había salido, pero Torchakov no vio si bailaba o no. Permaneció en silencio todo el camino a casa, pensando y con la vista fija en la cola negra del caballo. Por alguna razón desconocida, se sintió abrumado por la depresión, y no quedó rastro alguno de la alegría navideña en su corazón. Al llegar a casa y decir «¡Cristo ha resucitado!» a sus trabajadores, se alegró de nuevo y empezó a hablar, pero al sentarse a romper el ayuno y darle un mordisco a su pastel de Pascua, miró con pesar a su esposa y dijo:
—No estuvo bien por nuestra parte, Lizaveta, no darle algo de comer a ese cosaco.
—Eres un bicho raro, te lo aseguro —dijo Lizaveta, encogiéndose de hombros sorprendida—. ¿De dónde sacaste esa costumbre de regalar el santo pastel de Pascua en la calle? ¿Es un pan cualquiera? Ahora que está cortado y en la mesa, que lo coma quien quiera, ¡incluso tu cosaco! ¿Crees que me da rabia?
Está bien, pero deberíamos haberle dado algo al cosaco... ¡Pero estaba peor que un mendigo o un huérfano! Estaba de viaje, lejos de casa y, además, enfermo.
Torchakov bebió medio vaso de té y no comió ni bebió nada más. No tenía apetito, el té parecía ahogarlo y se sintió deprimido de nuevo. Tras romper el ayuno, su esposa y él se acostaron a dormir. Cuando Lizaveta despertó dos horas después, él estaba de pie junto a la ventana, mirando el patio.
“¿Ya te levantaste?” preguntó su esposa.
—No puedo dormir... ¡Ay, Lizaveta! —suspiró—. ¡Fuimos crueles, tú y yo, con ese cosaco!
—¡Otra vez hablando de ese cosaco! —bostezó su esposa—. Lo tienes en la cabeza.
Sirvió a su zar, quizá derramó su sangre, y lo tratamos como a un cerdo. Deberíamos haber llevado al enfermo a casa y haberlo alimentado, y ni siquiera le dimos un bocado de pan.
¡Atrapenme dejándote arruinar el pastel de Pascua por nada! ¡Y uno que además ha sido bendecido! Lo habrías cortado en el camino, ¿y no debería haber quedado como un tonto al llegar a casa?
Sin decirle nada a su mujer, Maxim fue a la cocina, envolvió un trozo de pastel en una servilleta, junto con media docena de huevos, y se dirigió a los trabajadores del granero.
—Kuzma, baja la concertina —le dijo a uno de ellos—. Ensilla al caballo bayo, o a Ivantchik, y cabalga a paso ligero hacia el Barranco Torcido. Allí verás a un cosaco enfermo con un caballo, así que dale esto. Quizás aún no se haya ido.
Maxim se sintió alegre de nuevo, pero después de esperar a Kuzma durante varias horas, no pudo soportarlo más, así que ensilló un caballo y salió a su encuentro. Lo encontró justo en el barranco.
—Bueno, ¿has visto al cosaco?
"No lo encuentro por ningún lado, debe haber seguido cabalgando".
“Hmm... un asunto extraño.”
Torchakov tomó el bulto de manos de Kuzma y siguió galopando. Al llegar a Shustrovo, preguntó a los campesinos:
Amigos, ¿han visto a un cosaco enfermo a caballo? ¿No pasó por aquí? Un tipo pelirrojo a caballo castaño.
Los campesinos se miraron unos a otros y dijeron que no habían visto al cosaco.
“Es cierto que pasó el cartero que regresaba, pero no hubo cosaco ni nadie más.”
Maxim llegó a casa a la hora de la cena.
—¡No puedo sacarme a ese cosaco de la cabeza, hagas lo que hagas! —le dijo a su esposa—. No me deja en paz. No dejo de pensar: ¿y si Dios quisiera ponernos a prueba y enviara a un santo o ángel en forma de cosaco? Sucede, ¿sabes? Es terrible, Lizaveta; ¡fuimos crueles con él!
—¿Por qué me sigues dando la lata con ese cosaco? —gritó Lizaveta, perdiendo la paciencia al fin—. ¡Te aferras a él como alquitrán!
—No eres amable, ¿sabes? —dijo Maxim mirando a su esposa a la cara.
Y por primera vez desde su matrimonio se dio cuenta de que su esposa no era amable.
—Puede que sea cruel —exclamó Lizaveta, golpeando enojada con la cuchara—, pero no voy a regalarle el santo pastel de Pascua a cualquier borracho que encuentre en la calle.
“¡El cosaco no estaba borracho!”
“¡Estaba borracho!”
—¡Entonces eres un tonto!
Maxim se levantó de la mesa y empezó a reprocharle a su joven esposa su dureza de corazón y su estupidez. Ella, furiosa también, respondió a sus reproches con reproches, rompió a llorar y se fue a su dormitorio, declarando que volvería a casa de su padre. Esta fue la primera disputa matrimonial que había tenido lugar en la vida matrimonial de los Torchakov. Deambuló por el patio hasta la noche, imaginando el rostro de su esposa, que ahora le parecía rencoroso y feo. Y como para atormentarlo, el cosaco le rondaba la cabeza, y Maxim parecía ver ahora sus ojos enfermos, ahora su andar vacilante.
—Ah, fuimos crueles con ese hombre —murmuró.
Al anochecer, lo invadió una depresión insoportable como nunca antes había sentido. Sintiéndose tan deprimido y enojado con su esposa, se emborrachó, como solía hacerlo antes de casarse. En su borrachera, usó malas palabras y le gritó a su esposa que tenía una cara rencorosa y fea, y que al día siguiente la mandaría a casa de su padre. La mañana del lunes de Pascua, bebió un poco más para despejarse y se emborrachó de nuevo.
Y con esto comenzó su caída.
Sus caballos, vacas, ovejas y colmenas desaparecieron uno a uno del corral; Maxim se emborrachaba cada vez más, sus deudas se acumulaban y sentía aversión por su esposa. Maxim atribuía todas sus desgracias a su esposa cruel y, sobre todo, a la ira de Dios por el cosaco enfermo.
Lizaveta vio su ruina, pero no comprendió quién era el culpable.
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ABORÍGENES
BEntre las nueve y las diez de la mañana. Ivan Lyashkevsky, teniente de origen polaco, quien en algún momento resultó herido en la cabeza y ahora vive de su pensión en un pueblo de una provincia del sur, está sentado en su alojamiento junto a la ventana abierta hablando con Franz Stepanitch Finks, el arquitecto municipal, quien ha entrado a verlo un momento. Ambos han asomado la cabeza por la ventana y miran hacia la verja, cerca de la cual el casero de Lyashkevsky, un nativo pequeño y regordete, con las mejillas sudorosas y colgantes, con pantalones azules amplios, está sentado en un banco con el chaleco desabrochado. El nativo está sumido en sus pensamientos y, distraídamente, se toca la punta de la bota con un bastón.
—¡Gente extraordinaria, te digo! —gruñó Liashkevsky, mirando con enojo al nativo—. Aquí se ha sentado en el banco, y así se quedará, maldito sea, con las manos cruzadas hasta la noche. No hacen absolutamente nada. ¡Qué vagos y holgazanes! Estarías bien, sinvergüenza, si tuvieras dinero en el banco o una granja propia donde otros trabajaran para ti, pero aquí no tienes ni un céntimo, comes el pan de otros, estás endeudado por todos lados y matas de hambre a tu familia. ¡Que el diablo te lleve! No me creerías, Franz Stepanich, a veces me enfado tanto que saltaría por la ventana y le daría una buena paliza a ese miserable. Vamos, ¿por qué no trabajas? ¿Qué haces ahí sentado?
El nativo mira con indiferencia a Lyashkevsky, intenta decir algo pero no puede; la pereza y el calor sofocante han paralizado sus facultades conversacionales... Bostezando perezosamente, se santigua y levanta la vista hacia el cielo donde vuelan las palomas, bañándose en el aire caliente.
—No debes ser demasiado severo en tus juicios, honorable amigo —suspira Finks, secándose la calva con el pañuelo—. Ponte en su lugar: el negocio va flojo, hay paro por todas partes, mala cosecha, estancamiento en el comercio.
—¡Dios mío, cómo hablas! —grita indignado Lyashkevsky, envolviéndose furioso en su bata. Suponiendo que no tenga trabajo ni oficio, ¿por qué no trabaja en su casa? ¡Que le despellejen! ¡Digo! ¿No tienes trabajo en casa? ¡Mira, bruto! Tus pasos se han desmoronado, la tabla se cae a la zanja, la cerca está podrida; mejor ponte a remendarla, o si no sabes cómo, ve a la cocina y ayuda a tu esposa. Tu esposa sale corriendo a cada minuto a buscar agua o a sacar la basura. ¿Por qué no vas tú, bribón? Y luego debes recordar, Franz Stepanich, que tiene seis acres de jardín, que tiene pocilgas y gallineros, pero todo está desperdiciado y no sirve de nada. El jardín está cubierto de maleza y casi seco, mientras los niños juegan a la pelota en el huerto. ¿No es un bruto perezoso? Te aseguro que, aunque solo dispongo de un acre y medio con mi alojamiento, siempre encontrarás rábanos, y ensalada, y hinojo, y cebollas, mientras ese sinvergüenza compra todo en el mercado”.
—Es ruso, no hay nada que hacer con él —dijo Finks con una sonrisa condescendiente—; lo llevan en la sangre rusa... ¡Son gente muy perezosa! Si todas las propiedades se dieran a alemanes o polacos, en un año no reconocerían el pueblo.
El nativo de los pantalones azules llama a una muchacha con un colador, le compra semillas de girasol por valor de un kopeck y comienza a romperlas.
—¡Una raza de perros! —dice Lyashkevsky furioso—. ¡Esa es su única ocupación: romper pipas de girasol y hablar de política! ¡Que se los lleve el diablo!
Mirando con ira los pantalones azules, Lyashkevsky se enfurece poco a poco y se emociona tanto que echa espuma por la boca. Habla con acento polaco, repitiendo cada sílaba con veneno, hasta que finalmente se le hinchan las ojeras y abandona a los rusos «sinvergüenzas, canallas y bribones», y, poniendo los ojos en blanco, empieza a soltar una lluvia de palabrotas en polaco, tosiendo por el esfuerzo. «¡Perros perezosos, raza de perros! ¡Que el diablo se los lleve!».
El nativo oye estos insultos con claridad, pero, a juzgar por el aspecto de su pequeña figura desgarbada, no le afectan. Al parecer, hace tiempo que se ha acostumbrado tanto a ellos como al zumbido de las moscas, y considera superfluo protestar. En cada visita, Finks tiene que escuchar una diatriba sobre los aborígenes holgazanes e inútiles, y siempre la misma.
—Pero... tengo que irme —dice, recordando que no tiene tiempo que perder—. ¡Adiós!
"¿A dónde vas?"
Solo estuve un momento a verte. La pared del sótano del instituto femenino se ha agrietado, así que me pidieron que fuera enseguida a echarle un vistazo. Tengo que irme.
—Mmm... Le dije a Varvara que trajera el samovar —dice Lyashkevsky, sorprendido—. Quédate un rato, tomaremos un té; luego te vas.
Finks, obedientemente, deja su sombrero sobre la mesa y se queda a tomar el té. Mientras toman el té, Lyashkevsky sostiene que los nativos están irremediablemente arruinados, que solo queda una cosa por hacer: llevárselos a todos sin distinción y enviarlos bajo estricta escolta a trabajos forzados.
—¡Por Dios! —dice, enfureciéndose—, ¡preguntarás de qué vive ese ganso! Me alquila alojamiento en su casa por siete rublos al mes, y va a fiestas patronales; ¡eso es todo lo que tiene para vivir, el muy canalla, que el diablo se lo lleve! No tiene ni ganancias ni ingresos. No son solo holgazanes y derrochadores, también son estafadores, no paran de pedir prestado dinero al banco, ¿y qué hacen con él? Se lanzan a algún plan, como enviar toros a Moscú o construir prensas de aceite con un nuevo sistema; pero para enviar toros a Moscú o prensar aceite hay que tener cabeza, ¡y estos sinvergüenzas tienen calabazas! Claro que todos sus planes acaban en humo... Despilfarran su dinero, se meten en líos y luego chasquean los dedos contra el banco. ¿Qué se puede sacar de ellos? Sus casas están hipotecadas una y otra vez, no tienen Las demás propiedades... todo se ha bebido y consumido hace mucho tiempo. ¡Nueve décimas partes son estafadores, sinvergüenzas! Su norma es pedir dinero prestado y no devolverlo. ¡Gracias a ellos, el banco del pueblo está en quiebra!
—Ayer estuve en casa de Yegorov —interrumpe Finks al polaco, deseoso de cambiar de conversación—, y, imagínese, le gané seis rublos y medio jugando al piquete.
«Creo que todavía te debo algo en el piquet», recuerda Lyashkevsky. «Debería recuperarlo. ¿No te gustaría jugar una partida?»
—Quizás solo uno —asiente Finks—. Tengo que irme rápido al instituto, ¿sabes?
Lyashkevsky y Finks se sientan junto a la ventana abierta y empiezan una partida de piquete. El nativo de los pantalones azules se estira con fruición, y las cáscaras de pipas de girasol caen a cántaros sobre él al suelo. En ese momento, desde la puerta de enfrente, aparece otro nativo de barba larga, con un abrigo arrugado de algodón gris amarillento. Entorna los ojos con cariño al mirar los pantalones azules y grita:
Buenos días, Semión Nikolaich. Tengo el honor de felicitarte por el jueves.
“¡Y lo mismo para ti, Kapiton Petrovich!”
¡Ven a mi asiento! ¡Qué bien está aquí!
Los pantalones azules, entre suspiros y gemidos, y moviéndose de un lado a otro como un pato, cruzan la calle.
—Tercera mayor... —murmura Liashkevsky—, de la reina... Cinco y quince... Esos sinvergüenzas están hablando de política... ¿Oyes? Han empezado con Inglaterra. Tengo seis corazones.
Tengo las siete espadas. Mi punto.
Sí, es tuyo. ¿Lo oyes? Están maltratando a Beaconsfield. No saben, los muy canallas, que Beaconsfield lleva muerto muchísimo tiempo. Así que tengo veintinueve... Tu pista.
Ocho... nueve... diez... ¡Sí, gente increíble, estos rusos! Once... doce... La inercia rusa es única en el globo terráqueo.
Treinta... Treinta y uno... Hay que darles una buena paliza, ¿sabes? Sal y dales Beaconsfield. ¡Cómo hablan! Es más fácil parlotear que trabajar. Supongo que tiraste la dama de tréboles y no me di cuenta.
Trece... Catorce... ¡Hace un calor insoportable! ¡Hay que ser de hierro para sentarse con tanto calor en un asiento a pleno sol! Quince.
Al primer juego le sigue un segundo, al segundo un tercero... Finks pierde, y poco a poco se va volviendo loco de ludo y se olvida por completo de las paredes agrietadas del sótano del instituto. Mientras Lyashkevsky juega, no deja de mirar a los aborígenes. Los ve, entreteniéndose con su conversación, dirigirse a la puerta abierta, cruzar el patio mugriento y sentarse en una escasa sombra bajo un álamo temblón. Entre las doce y la una, el cocinero gordo de piernas morenas extiende ante ellos algo parecido a una sábana de bebé con manchas marrones y les da la cena. Comen con cucharas de madera, espantan las moscas y siguen hablando.
—¡El diablo está más allá de todo! —exclama Liashkevsky, indignado—. Me alegro mucho de no tener pistola ni revólver, o tendría que dispararle a ese ganado. Tengo cuatro bribones, catorce... Tu punto... Me da escalofríos en las piernas. No puedo ver a esos rufianes sin sentirme mal.
“No te emociones, es malo para ti”.
“¡Pero te aseguro que es suficiente para probar la paciencia de una piedra!”
Al terminar de cenar, el nativo de pantalones azules, agotado y exhausto, tambaleándose por la pereza y la saciedad, cruza la calle hacia su casa y se desploma débilmente en su banco. Lucha contra la somnolencia y los mosquitos, y mira a su alrededor con tanta tristeza como si esperara su fin a cada minuto. Su aire de impotencia desespera a Liashkevsky. El polaco asoma la cabeza por la ventana y le grita, farfullando:
¿Has estado atiborrándote? ¡Ay, la vieja! ¡Qué rico! ¡Ha estado atiborrándose y ahora no sabe qué hacer con la barriga! ¡Quítate de mi vista, maldito! ¡Que te lleve la peste!
El nativo lo mira con acritud y se limita a juguetear con los dedos en lugar de responder. Un colegial conocido suyo pasa junto a él con su mochila a la espalda. El nativo, deteniéndolo, reflexiona largo rato sobre qué decirle y pregunta:
“Bueno, ¿y ahora qué?”
"Nada."
“¿Cómo? ¿Nada?”
"Pues, simplemente nada."
—Hmm... ¿Y cuál es la materia más difícil?
"Así es." El colegial se encoge de hombros.
—Ya veo... eh... ¿Cómo se dice árbol en latín?
"Cenador."
“Ajá... Y entonces hay que saber todo eso”, suspira el de los pantalones azules. “Hay que investigarlo todo... Es un trabajo duro, un trabajo duro... ¿Está bien tu querida mamá?”
“Ella está bien, gracias.”
—Ah... Bueno, vete.
Después de perder dos rublos, Finks recuerda la escuela secundaria y queda horrorizado.
¡Dios mío! Ya son las tres. ¡Cuánto me he demorado! Adiós, tengo que irme...
—Cena conmigo y luego vete —dice Lyashkevsky—. Tienes tiempo de sobra.
Finks se queda, pero con la condición de que la cena no dure más de diez minutos. Después de cenar, se sienta unos cinco minutos en el sofá y piensa en la pared agrietada; luego, con decisión, apoya la cabeza en el cojín e inunda la habitación con un silbido agudo que sale de su nariz. Mientras duerme, Lyashkevsky, a quien no le gusta echarse una siesta, se sienta junto a la ventana, mira fijamente al nativo dormitando y refunfuña:
¡Raza de perros! Me pregunto si no te ahogas por la pereza. Sin trabajo, sin intereses intelectuales ni morales, solo vegetando... asqueroso. ¡Tfoo!
A las seis en punto Finks se despierta.
"Ya es demasiado tarde para ir al instituto", dice, estirándose. "Tendré que ir mañana, y ahora... ¿Qué tal mi venganza? Juguemos un partido más..."
Después de despedir a su visitante, entre las nueve y las diez, Lyashkevsky lo observa durante un rato y le dice:
¡Maldito sea ese tipo! Se pasa el día aquí sin hacer absolutamente nada... Simplemente cobra su sueldo y no trabaja; ¡que se los lleve el diablo!... ¡El cerdo alemán!
Mira por la ventana, pero el nativo ya no está. Se ha acostado. No hay nadie a quien quejarse, y por primera vez en el día mantiene la boca cerrada, pero pasan diez minutos y no puede contener la depresión que lo domina, y empieza a quejarse, empujando el viejo y destartalado sillón:
¡Solo ocupas espacio, viejo inmundo! Deberían haberte quemado hace mucho, pero siempre se me olvida decirles que te descuarticen. ¡Es una vergüenza!
Y mientras se mete en la cama, aprieta la mano sobre un muelle del colchón, frunce el ceño y dice con mal humor:
¡El resorte estafado! Me va a cortar el costado toda la noche. Mañana les diré que rompan el colchón y te saquen, inútil.
Se queda dormido a medianoche y sueña que está vertiendo agua hirviendo sobre los nativos, Finks y el viejo sillón.
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UNA INVESTIGACIÓN
IEra mediodía. Voldyrev, un caballero rural alto y corpulento, con el pelo rapado y ojos saltones, se quitó el abrigo, se secó la frente con un pañuelo de seda y, con cierta timidez, entró en la oficina del gobierno. Allí estaban escribiendo...
"¿Dónde puedo hacer una consulta?", dijo, dirigiéndose a un portero que traía una bandeja llena de vasos desde el fondo de la oficina. "Tengo que hacer una consulta aquí y llevarme una copia de una resolución del Consejo".
—¡Por ahí, por favor! ¡A ese que está sentado junto a la ventana! —dijo el portero, señalando con la bandeja la ventana más alejada. Voldyrev tosió y se dirigió a la ventana; allí, en una mesa verde con manchas de tifus, estaba sentado un joven con el pelo erizado en cuatro mechones, una nariz larga y llena de granos y un uniforme largo y descolorido. Escribía, hundiendo su larga nariz en los papeles. Una mosca rondaba cerca de su fosa nasal derecha, y continuamente estiraba el labio inferior y se sonaba bajo la nariz, lo que le daba a su rostro una expresión extremadamente preocupada.
¿Puedo hacerles una pregunta sobre mi caso? Me llamo Voldyrev. Y, por cierto, necesito llevarme una copia de la resolución del Consejo del 2 de marzo.
El empleado mojó la pluma en la tinta y comprobó si se había manchado demasiado. Tras asegurarse de que la pluma no manchara, empezó a garabatear. Tenía el labio hacia afuera, pero ya no era necesario soplar: la mosca se había posado en su oreja.
“¿Puedo hacer una consulta?”, repitió Voldyrev un minuto después. “Me llamo Voldyrev, soy terrateniente…”.
—¡Iván Alexéich! —gritó el dependiente al aire como si no hubiera visto a Voldyrev—. ¡Se lo dirá al comerciante Yalikov cuando venga a firmar la copia de la denuncia presentada ante la policía! ¡Se lo he dicho mil veces!
—Vengo por mi pleito con los herederos de la princesa Gugulin —murmuró Voldyrev—. El caso es bien conocido. Le ruego encarecidamente que me atienda.
Sin observar aún a Voldyrev, el dependiente atrapó la mosca en su labio, la observó atentamente y la espantó. El caballero rural tosió y se sonó la nariz ruidosamente con su pañuelo a cuadros. Pero esto tampoco sirvió de nada. Seguía sin ser escuchado. El silencio duró dos minutos. Voldyrev sacó un rublo del bolsillo y lo puso sobre un libro abierto ante el dependiente. Este frunció el ceño, atrajo el libro hacia sí con aire ansioso y lo cerró.
Una pequeña pregunta... Solo quiero saber en qué se basan los herederos de la princesa Gugulin... ¿Puedo molestarle?
El empleado, absorto en sus pensamientos, se levantó y, rascándose el codo, fue a un armario a buscar algo. Al regresar un minuto después a su mesa, volvió a concentrarse en el libro: había otro billete de rublo encima.
“Solo le molestaré un minuto... Solo tengo que hacerle una pregunta.”
El empleado no oyó, había empezado a copiar algo.
Voldyrev frunció el ceño y miró desesperanzado a toda la hermandad de garabateadores.
"¡Escriben!", pensó, suspirando. "¡Escriben, que el diablo se los lleve!"
Se alejó de la mesa y se detuvo en medio de la sala, con las manos colgando desesperadamente a los costados. El portero, al pasar de nuevo con sus vasos, probablemente notó la expresión de impotencia en su rostro, pues se acercó a él y le preguntó en voz baja:
¿Y bien? ¿Has preguntado?
“Le pregunté, pero no quiso hablar conmigo”.
-Dale tres rublos -susurró el portero.
“Ya le he dado dos.”
“Dale otro.”
Voldyrev regresó a la mesa y dejó una nota verde en el libro abierto.
El empleado volvió a acercar el libro y empezó a hojearlo. De repente, como por casualidad, alzó la vista hacia Voldyrev. Su nariz empezó a brillar, se enrojeció y se arrugó en una mueca.
“Ah... ¿qué quieres?” preguntó.
Quiero hacer una consulta sobre mi caso... Me llamo Voldyrev.
¡Con mucho gusto! El caso Gugulin, ¿verdad? Muy bien. ¿De qué se trata exactamente?
Voldyrev explicó su negocio.
El dependiente se animó como si lo hubiera arrastrado un huracán. Le dio la información necesaria, encargó una copia, le ofreció una silla al solicitante, y todo en un instante. Incluso habló del tiempo y preguntó por la cosecha. Y cuando Voldyrev se marchó, lo acompañó escaleras abajo, sonriendo afable y respetuosamente, con cara de estar a punto de caer de bruces ante el caballero. Voldyrev, por alguna razón, se sintió incómodo, y obedeciendo a un impulso interior, sacó un rublo del bolsillo y se lo dio al dependiente. Este no paraba de hacer reverencias y sonreír, y tomó el rublo como un mago, de modo que pareció volar por los aires.
«¡Vaya gente!», pensó el caballero del campo mientras salía a la calle, y se detuvo y se secó la frente con su pañuelo.
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MÁRTIRES
YoIzotchka Kudrinsky, una joven casada que tenía muchos admiradores, enfermó repentinamente, y tan gravemente que su esposo no fue a la oficina, y le enviaron un telegrama a su madre en Tver. Así relató su enfermedad:
Fui a Lyesnoe a casa de mi tía. Me quedé allí una semana y luego fui con todos los demás a casa de mi prima Varya. El marido de Varya es un bruto hosco y un déspota (le dispararía a un marido así), pero lo pasamos muy bien allí. Para empezar, participé en algunas obras de teatro privadas. Era "Un escándalo en una familia respetable" . ¡Hrustalev actuó de maravilla! Entre las funciones bebí un zumo de limón frío, terriblemente frío, con un chorrito de brandy. El zumo de limón con brandy se parece mucho al champán... Lo bebí y no sentí nada. Al día siguiente de la función, salí a caballo con ese tal Adolf Ivanitch. Estaba bastante húmedo y soplaba un viento fuerte. Lo más probable es que me resfriara. Tres días después volví a casa para ver cómo estaba mi querida Vassya, y mientras estaba aquí para recoger mi vestido de seda, el que... Tiene florecitas. A Vassya, por supuesto, no la encontré en casa. Fui a la cocina a decirle a Praskovya que preparara el samovar, y allí vi en la mesa unas zanahorias y nabos preciosos, como juguetes. Comí una zanahoria y, bueno, también un nabo. Comí muy poco, pero imagínate, enseguida empecé a sentir un dolor agudo: espasmos... espasmos... espasmos... ¡Ah, me muero! Vassya sale corriendo de la oficina. Naturalmente, se agarra el pelo y palidece. Corren a buscar al médico... ¿Entiendes? Me muero, me muero.
Los espasmos comenzaron a mediodía, antes de las tres llegó el médico y a las seis Lizotchka se durmió y durmió profundamente hasta las dos de la mañana.
Son las dos... La luz de la lamparita de noche se filtra tenuemente a través de la pantalla azul pálido. Lizotchka está acostada en la cama; su cofia de encaje blanco resalta con nitidez sobre el fondo oscuro del cojín rojo. Las sombras de la pantalla azul se proyectan en dibujos sobre su rostro pálido y sus hombros regordetes y redondos. Vasili Stepánovich está sentado a sus pies. El pobre hombre se alegra de que su esposa por fin esté en casa, y al mismo tiempo está terriblemente alarmado por su enfermedad.
—Bueno, ¿cómo te sientes, Lizotchka? —pregunta en un susurro, notando que está despierta.
"Estoy mejor", gime Lizotchka. "Ya no siento los espasmos, pero no puedo dormir... ¡No puedo dormir!"
“¿No es hora de cambiar la compresa, mi ángel?”
Lizotchka se incorpora lentamente con expresión de mártir y gira la cabeza con gracia. Vasili Stepánovich, con reverente admiración, apenas rozando su cuerpo caliente con los dedos, le cambia la compresa. Lizotchka se encoge, ríe del agua fría que le hace cosquillas y vuelve a acostarse.
“¡No puedes dormir, pobrecito!” se lamenta.
“¡Como si pudiera dormir!”
Son los nervios, Vassya, soy una mujer muy nerviosa. El médico me recetó algo para el estómago, pero siento que no comprende mi enfermedad. Son los nervios, no el estómago; juro que son los nervios. Solo tengo miedo de una cosa: que mi enfermedad empeore.
—¡No, Lizotchka, no, mañana estarás bien!
¡Poco probable! No temo por mí... No me importa, de hecho, me alegraría morir, ¡pero lo siento por ti! Quedarás viudo y te quedarás solo.
Vassitchka rara vez disfruta de la compañía de su esposa y está acostumbrado desde hace tiempo a la soledad, pero las palabras de Lizotchka lo agitan.
—¡Dios sabe lo que dices, mujercita! ¿Por qué estos pensamientos sombríos?
Bueno, llorarás y te lamentarás, y luego te acostumbrarás. Incluso te volverás a casar.
El marido se agarra la cabeza.
—¡Tranquilo, tranquilo, no lo haré! —lo tranquiliza Lizotchka—. Pero debes estar preparado para cualquier cosa.
“Y de repente moriré”, piensa cerrando los ojos.
Y Lizotchka dibuja una imagen mental de su propia muerte, cómo su madre, su esposo, su prima Varya con su esposo, sus parientes, los admiradores de su "talento" se apiñan alrededor de su lecho de muerte, mientras susurra su último adiós. Todos lloran. Luego, cuando muere, la visten, curiosamente pálida y morena, con un vestido rosa (le sienta bien) y la depositan en un carísimo ataúd con patas de oro, lleno de flores. Hay olor a incienso, las velas chisporrotean. Su esposo no se separa del ataúd, mientras que los admiradores de su talento no le quitan los ojos de encima y dicen: "¡Como si viviera! ¡Está hermosa en su ataúd!". Todo el pueblo habla de la vida truncada tan prematuramente. Pero ahora la llevan a la iglesia. Los porteadores son Ivan Petrovich, Adolf Ivanitch, el esposo de Varya, Nikolay Semyonitch, y el estudiante de ojos negros que le había enseñado a beber limonada con brandy. Es una pena que no haya música. Tras el entierro, llega la despedida. La iglesia se llena de sollozos, traen la tapa con borlas y... Lizotchka queda aislada de la luz del día para siempre; se oye el sonido de clavos al martillar. Toc, toc, toc.
Lizotchka se estremece y abre los ojos.
—Vassya, ¿estás aquí? —pregunta—. Tengo pensamientos muy tristes. ¡Dios mío! ¿Por qué tengo la mala suerte de no poder dormir? Vassya, ten piedad, ¡cuéntame algo!
“¿Qué te digo?”
—Algo sobre el amor —dice Lizotchka con desgana—. O alguna anécdota sobre judíos...
Vasili Stepanovitch, dispuesto a todo con tal de que su mujer se muestre alegre y no hable de la muerte, se peina mechones de pelo sobre las orejas, hace una mueca absurda y se acerca a Lizotchka.
“¿Tu reloj no necesita arreglo?”, pregunta.
—Sí, sí —dice Lizotchka riendo, y le entrega su reloj de oro de la mesita—. Arréglalo.
Vassya toma el reloj, examina el mecanismo durante un largo rato y, retorciéndose y encogiéndose de hombros, dice: “No se puede arreglar... en vun veel dos engranajes están fallando...”.
Esta es la actuación completa. Lizotchka se ríe y aplaude.
—¡Genial! —exclama—. ¡Maravilloso! ¿Sabes, Vassya? ¡Es una estupidez de tu parte no participar en obras de teatro amateur! ¡Tienes un talento extraordinario! Eres mucho mejor que Sysunov. Había un aficionado llamado Sysunov que actuó con nosotros en « Es mi cumpleaños» . Un talento cómico de primera, solo que imagina: una nariz tan gruesa como una chirivía, ojos verdes, y camina como una grulla... Todos gritamos de alegría; espera, te mostraré cómo camina.
Lizotchka salta de la cama y comienza a caminar de un lado a otro por el suelo, descalza y sin gorra.
"¡Que tengas un muy buen día!" dice con voz grave, imitando la voz de un hombre. "¿Algo bonito? ¿Algo nuevo bajo la luna? ¡Ja, ja, ja!", ríe.
—¡Ja, ja, ja! —la secunda Vassya. Y la joven pareja, riendo a carcajadas, olvidando la enfermedad, se persiguen por la habitación. La carrera termina cuando Vassya agarra a su esposa por el camisón y la llena de besos con entusiasmo. Tras un abrazo particularmente apasionado, Lizotchka recuerda de repente que está gravemente enferma...
—¡Qué tontería! —dice, con cara seria y cubriéndose con la colcha—. ¡Supongo que has olvidado que estoy enferma! ¡Qué listo, debo decir!
“Lo siento…” balbucea su marido confundido.
Si mi enfermedad empeora, será tu culpa. ¡Qué mal! ¡Qué mal!
Lizotchka cierra los ojos y guarda silencio. Su anterior languidez y expresión de martirio regresan; se oyen suaves gemidos. Vassya cambia la compresa y, contento de que su esposa esté en casa y no se vaya a casa de su tía, se sienta dócilmente a sus pies. No duerme en toda la noche. A las diez llega el médico.
—Bueno, ¿cómo estamos? —pregunta mientras le toma el pulso—. ¿Has dormido?
“Mal”, responde por ella el marido de Lizotchka, “muy mal”.
El médico se aleja hacia la ventana y observa fijamente a un deshollinador que pasa.
-Doctor, ¿puedo tomar café hoy?, pregunta Lizotchka.
"Puedes."
“¿Y puedo levantarme?”
—Tal vez puedas, pero... será mejor que te quedes en cama otro día.
—Está terriblemente deprimida —le susurra Vassya al oído—. Qué pensamientos tan sombríos, qué pesimismo. Me siento terriblemente inquieta por ella.
El médico se sienta a la mesita y, frotándose la frente, le receta bromuro de potasio a Lizotchka. Luego hace una reverencia y, tras prometer volver a pasar por allí por la noche, se marcha. Vassya no va a la consulta, sino que se sienta todo el día a los pies de su esposa.
Al mediodía, los admiradores de su talento llegan en multitud. Agitados y alarmados, traen montones de flores y novelas francesas. Lizotchka, con una cofia blanca como la nieve y una bata ligera, yace en la cama con una mirada enigmática, como si no creyera en su propia recuperación. Los admiradores de su talento ven a su marido, pero perdonan de buena gana su presencia: ¡a ellos y a él los une una calamidad junto a esa cama!
A las seis de la tarde, Lizotchka se duerme y vuelve a dormir hasta las dos de la madrugada. Vassya, como antes, se sienta a sus pies, lucha contra el sueño, se cambia la compresa, juega a ser judía, y por la mañana, tras una segunda noche de sufrimiento, Liza se pone el sombrero ante el espejo.
—¿Adónde vas, querida? —pregunta Vassya mirándola con súplica.
—¿Qué? —pregunta Lizotchka con asombro, poniendo cara de miedo—. ¿No sabes que hoy hay ensayo en casa de María Lvovna?
Tras acompañarla hasta allí, Vassya, sin nada que hacer para matar el aburrimiento, toma su portafolios y se dirige a la oficina. Le duele tanto la cabeza por las noches de insomnio que su ojo izquierdo se cierra solo y se niega a abrirse...
"¿Qué le pasa, mi buen señor?", le pregunta su jefe. "¿Qué pasa?"
Vassya hace un gesto con la mano y se sienta.
—No me pregunte, Excelencia —dice con un suspiro—. ¡Cuánto he sufrido en estos dos días, cuánto he sufrido! ¡Liza ha estado enferma!
—¡Cielos! —gritó su jefe alarmado—. Lizaveta Pavlovna, ¿qué le pasa?
Vasili Stepanovich se limita a levantar las manos y alzar la mirada hacia el techo, como si dijera: «Es la voluntad de la Providencia».
—¡Ay, hijo mío, te comprendo de todo corazón! —suspira su jefe, poniendo los ojos en blanco—. He perdido a mi esposa, querido, lo entiendo. ¡Es una pérdida, una pérdida! ¡Es terrible, terrible! ¡Espero que Lizaveta Pavlovna se recupere! ¿Qué médico la atiende?
“De Schterk.”
¡Von Schterk! Pero hubiera sido mejor que hubieras llamado a Magnus o a Semandritsky. ¡Qué pálida estás! ¡Tú también estás enferma! ¡Esto es horrible!
—Sí, Excelencia, no he dormido. ¡Cuánto he sufrido, cuánto he pasado!
¡Y aun así viniste! ¿Por qué viniste? ¡No se puede obligar a uno mismo de esa manera! No hay que hacerse daño así. ¡Vete a casa y quédate allí hasta que te recuperes! ¡Vete a casa, te lo ordeno! El celo es muy valioso en un joven funcionario, pero no olvides, como decían los romanos: «mens sana in corpore sano», es decir, cerebro sano en cuerpo sano.
Vassya acepta, guarda sus papeles en su carpeta, se despide de su jefe y se va a su casa a dormir.
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Sigue VI
FIN

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