© Libro N° 14282. Recopilación De Cuentos De Chéjov III. Chéjov Antón, Pavlovich. Proyecto Gutenberg. Emancipación. Septiembre 20 de 2025
Título Original: © Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov. Antón Pavlovich Chéjov
Versión Original: © Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov. Antón Pavlovich Chéjov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
RECOPILACIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV III
Antón Pavlovich Chéjov
Recopilación De Cuentos De Chéjov III
Antón Pavlovich Chéjov
Título: Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov
Autor: Antón Pavlovich Chéjov
Editor: David Widger
Fecha de lanzamiento: 15 de junio de 2018 [eBook n.° 57333]
Última actualización: 8 de mayo de 2025
Idioma: Inglés
Créditos: David Widger
***
LA COLECCIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV DEL PROYECTO GUTENBERG
Por Antón Chéjov
CONTENIDO EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
CONTENIDO DE CADA LIBRO
Los ladrones de caballos y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LOS LADRONES DE CABALLOS
BARRIO NÚMERO 6
EL PETCHENYEG
UN CADÁVER
UN FINAL FELIZ
EL ESPEJO
VEJEZ
OSCURIDAD
EL MENDIGO
UNA HISTORIA SIN TÍTULO
EN PROBLEMAS
HELADA
UNA CALUMNIA
MENTES EN FERMENTACIÓN
SE HA DESCURRIDO
UN VENGADOR
EL JOVEN PREMIER
UNA CRIATURA INDEFENSA
UNA NATURALEZA ENIGMÁTICA
UN HOMBRE FELIZ
UN VISITANTE PROBLEMÁTICO
EL FINAL DE UN ACTOR
El maestro de escuela y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL MAESTRO DE ESCUELA
ENEMIGOS
EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN
PROMETIDO
DEL DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
EN LA OSCURIDAD
UNA OBRA DE TEATRO
UN MISTERIO
FUERTES IMPRESIONES
EBRIO
LA VIUDA DEL MARISCAL
UN MAL NEGOCIO
EN LA CORTE
BOTAS
ALEGRÍA
SEÑORAS
UN HOMBRE PECULIAR
EN LA BARBERÍA
UNA INADVERTENCIA
EL ÁLBUM
¡OH! EL PÚBLICO
UNA LENGUA QUE TROPIEZA
EXCESIVANDO
EL ORADOR
SIMULADORES
EN EL CEMENTERIO
¡CÁLLATE!
EN UN HOTEL
EN UNA TIERRA EXTRAÑA
La fiesta y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA FIESTA
TERROR
EL REINO DE UNA MUJER
UN PROBLEMA
EL BESO
'ANA EN EL CUELLO'
EL PROFESOR DE LITERATURA
NO SE BUSCA
TIFUS
UNA DESGRACIA
UNA COSITA DE LA VIDA
La boda del cocinero y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BODA DEL COCINERO
SOMNOLIENTO
NIÑOS
EL FUGITIVO
GRISHA
OSTRAS
HOGAR
UN ESTUDIANTE CLÁSICO
VANKA
UN INCIDENTE
UN DÍA EN EL CAMPO
NIÑOS
MARTES DE CARNAVAL
LA CASA VIEJA
EN LA SEMANA DE LA PASIÓN
CEJAS BLANCAS
KASHTANKA
UN CAMALEÓN
LOS DEPENDIENTES
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
EL MERCADO DE AVES
UNA AVENTURA
EL PESCADO
ARTE
EL PARTIDO SUECO
El obispo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL OBISPO
LA CARTA
VÍSPERA DE PASCUA
UNA PESADILLA
EL ASESINATO
DESCARTADO
LA ESTEPA
El duelo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL DUELO
EXCELENTE GENTE
FANGO
VECINOS
EN CASA
LECCIONES CARAS
LA PRINCESA
LA ESPOSA DEL QUÍMICO
La maestra de escuela y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA MAESTRA
UN ATAQUE DE NERVIOS
MISERIA
CHAMPÁN
DESPUÉS DEL TEATRO
LA HISTORIA DE UNA DAMA
EN EL EXILIO
LOS TRAFICANTES DE GANADO
PENA
EN FUNCIONES OFICIALES
EL PASAJERO DE PRIMERA CLASE
UN ACTOR TRÁGICO
UNA TRANSGRESIÓN
PEQUEÑOS PECES
EL RÉQUIEM
EN LA COCHERA
TEMORES DE PÁNICO
LA APUESTA
LA HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
LAS BELLEZAS
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
La esposa y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA ESPOSA
PERSONAS DIFÍCILES
EL SALTAMONTES
UNA HISTORIA LÚDICA
EL CONSEJERO PRIVADO
EL HOMBRE EN UN CASO
GROSELLAS
SOBRE EL AMOR
EL BILLETE DE LOTERÍA
La bruja y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BRUJA
ESPOSAS CAMPESINAS
EL CORREO
LA NUEVA VILLA
SUEÑOS
LA TUBERÍA
AGAFYA
EN NAVIDAD
GUSEV
EL ESTUDIANTE
EN EL BARRANCO
EL CAZADOR
FELICIDAD
UN MALFACTOR
CAMPESINOS
La corista y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA CHICA DEL CORISTA
VEROTCHKA
MI VIDA
EN UNA CASA DE CAMPO
UN PADRE
EN LA CARRETERA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
Iván Matveyitch
ZINOTCHKA
MAL TIEMPO
UN AMIGO CABALLERO
UN INCIDENTE TRIVIAL
Amor y otras historias,
traducido por Constance Garnett
AMAR
LUCES
UNA HISTORIA SIN FIN
MARI D'ELLE
UN BIEN VIVO
EL DOCTOR
¡DEMASIADO PRONTO!
EL COSACO
ABORÍGENES
UNA INVESTIGACIÓN
MÁRTIRES
EL LEÓN Y EL SOL
UNA HIJA DE ALBION
CORISTAS
NERVIOS
UNA OBRA DE ARTE
UNA BROMA
UNA CASA DE CAMPO
UN ERROR
GORDAS Y DELGADAS
LA MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
UNA MEDIA ROSA
EN UNA VILLA DE VERANO
La casa con entrepiso,
traducido por Samuel S. Koteliansky
LA CASA CON ENTREPISO
TIFUS
GROSELLAS
EN EL EXILIO
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
GOUSSIEV
MI VIDA
La apuesta y otros cuentos
(traducido por Samuel S. Koteliansky)
LA APUESTA
UNA HISTORIA TEDIOSA
EL AJUSTE
DESGRACIA
DESPUÉS DEL TEATRO
ESE MISERABLE NIÑO
ENEMIGOS
UN SUCESO INSIGNIFICANTE
UN AMIGO CABALLERO
SENSACIONES ABRUMADORAS
LECCIONES CARAS
UN CALENDARIO VIVO
VEJEZ
La querida y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA QUERIDA
ARIANA
POLINCA
ANYUTA
LOS DOS VOLODÍAS
EL AJUARRO
LA COMPAÑERA
TALENTO
LA HISTORIA DE UN ARTISTA
TRES AÑOS
LAS HISTORIAS EN LOS SIGUIENTES DOS LIBROS ELECTRÓNICOS SE AGREGARON POSTERIORMENTE Y NO ESTÁN INCLUIDAS EN LA LISTA ALFABÉTICA A CONTINUACIÓN; UN CLIC EN EL TÍTULO ABRIRÁ LA HISTORIA EN LÍNEA.
LA DAMA DEL PERRO,
Traducida por Constance Garnett
LA SEÑORA DEL PERRO
UNA VISITA AL MÉDICO
UNA Agitación
IONITCH
EL CABEZA DE FAMILIA
EL MONJE NEGRO
VOLODÍA
UNA HISTORIA ANÓNIMA
EL MARIDO
EL MONJE NEGRO Y OTROS CUENTOS,
Traducido por REC Long
EL MONJE NEGRO
EN CAMINO
UN CONSEJO FAMILIAR
EN CASA
EN EL EXILIO
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
UN PADRE
DOS TRAGEDIAS
DORMILÓN
EN LA MANSIÓN
UN EVENTO
BARRIO NÚMERO 6
EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
[ A ]
ABORÍGENES
SOBRE EL AMOR
FIN DEL ACTOR
AVENTURA
DESPUÉS DEL TEATRO
DESPUÉS DEL TEATRO
AGAFYA
ÁLBUM
ANNA EN EL CUELLO
ANYUTA
ARIANA
ARTE
HISTORIA DEL ARTISTA
NOCHE DE OTOÑO
VENGADOR
[ B ]
MAL NEGOCIO
MAL TIEMPO
PELUQUERÍA
BELLEZAS
MENDIGO
APUESTA
APUESTA
APUESTA
PROMETIDO
MERCADO DE AVES
OBISPO
TORPEZA
BOTAS
NIÑOS
[ C ]
COMERCIANTES DE GANADO
CAMALEÓN
CHAMPÁN
ESPOSA DEL QUÍMICO
NIÑOS
CORISTAS
TIEMPO DE NAVIDAD
EL ÁRBOL DE NAVIDAD Y LA BODA
ESTUDIANTE CLÁSICO
CAPA
CASA EN COCHE
LA BODA DEL COCINERO
COSACO
CASA DE CAMPO
CASA DE CAMPO
CORTE
[ D ]
OSCURO
OSCURIDAD
QUERIDA
QUERIDA
HIJA DE ALBION
DÍA EN EL CAMPO
CADÁVER
MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
CRIATURA INDEFENSIVA
DEPENDIENTES
DESTRONADO
DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
PERSONAS DIFÍCILES
MÉDICO DE DISTRITO
DOCTOR
SUEÑOS
HISTORIA LÚDICA
EBRIO
DUELO
[ E ]
¡TEMPRANO!
VÍSPERA DE PASCUA
ENEMIGOS
ENEMIGOS
NATURALEZA ENIGMÁTICA
JUEZ DE INSTRUCCIÓN
EXCELENTE GENTE
EXILIO
EXILIO
LECCIONES CARAS
LECCIONES CARAS
[ F ]
GORDAS Y DELGADAS
PADRE
PASAJERO DE PRIMERA CLASE
PEZ
HELADA
[ G ]
CABALLERO AMIGO
CABALLERO AMIGO
DIOS VE LA VERDAD, PERO ESPERA
SE HA DESCURRIDO
GROSELLAS
GROSELLAS
GOUSSIEV
SALTAMONTES
CEMENTERIO
GRISHA
GUSEV
[ H ]
FELICIDAD
FINAL FELIZ
HOMBRE FELIZ
HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
BUEN COMPAÑERO
SU AMANTE
AL ESCONDITE
HOGAR
HOGAR
LADRONES DE CABALLOS
HOTEL
CASA CON ENTREPISO
CAZADOR
¡CÁLLATE!
[ I ]
INADVERTENCIA
INCIDENTE
CONSULTA
Iván Matveyitch
[ J ]
JOVEN PREMIER
BROMA
ALEGRÍA
[ K ]
KASHTANKA
BESO
[ L ]
SEÑORAS
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
LA HISTORIA DE LA DAMA
LÁZARO
CARTA
LUCES
LEÓN Y EL SOL
CALENDARIO VIVO
BIENES VIVOS
ESPEJO
BILLETE DE LOTERÍA
AMAR
[ M ]
MALHECHOR
SIMULADORES
HOMBRE EN UN CASO
MARI D'ELLE
LA VIUDA DEL MARISCAL
MÁRTIRES
MENTES EN FERMENTACIÓN
FANGO
MISERIA
DESGRACIA
DESGRACIA
ASESINATO
MUZHIK ALIMENTÓ A DOS FUNCIONARIOS
MI VIDA
MI VIDA
MISTERIO
[ N ]
VECINOS
NERVIOS
Colapso nervioso
NUEVA VILLA
PESADILLA
NO SE BUSCA
[ O ]
DEBER OFICIAL
VEJEZ
VEJEZ
CASA ANTIGUA
EN LA CARRETERA
INDIGNACIÓN: UNA HISTORIA REAL
EXCESIVANDO
SENSACIONES ABRUMADORAS
OSTRAS
[ PAG ]
TEMORES DE PÁNICO
FIESTA
SEMANA DE LA PASIÓN
ESPOSAS CAMPESINAS
CAMPESINOS
HOMBRE PECULIAR
PETCHENYEG
MEDIAS ROSAS
TUBO
JUGAR
POLINCA
CORREO
PRINCESA
CONSEJERO PRIVADO
PROBLEMA
PÚBLICO
[ Q ]
REINA DE ESPADAS
[ R ]
BARRANCO
RÉQUIEM
REVOLUCIONISTA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
FUGITIVO
[ S ]
MAESTRO
MAESTRA DE ESCUELA
SERVIDOR
SOMBRAS, UNA FANTASÍA
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
MARTES DE CARNAVAL
SEÑAL
CALUMNIA
SOMNOLIENTO
PEQUEÑOS PECES
PENA
ESTEPA
HISTORIA SIN TÍTULO
HISTORIA SIN FIN
TIERRA EXTRAÑA
FUERTES IMPRESIONES
ALUMNO
VILLA DE VERANO
PARTIDO SUECO
[ T ]
TALENTO
PROFESOR DE LITERATURA
HISTORIA TEDIOSA
TERROR
ESE MISERABLE NIÑO
LA CHICA DEL CORISTA
EL AJUSTE
EL ORADOR
TRES AÑOS
ACTOR TRÁGICO
TRANSGRESIÓN
UNA BREVEDAD DE LA VIDA
OCURRENCIA INSIGNIFICANTE
LENGUA TROPEZADA
INCIDENTE TRIVIAL
PROBLEMA
VISITANTE PROBLEMÁTICO
AJUAR
DOS VOLODÍAS
TIFUS
TIFUS
[ U ]
DESCARTADO
[ V ]
VANKA
VANKA
VEROTCHKA
[ O ]
BARRIO NÚMERO 6
CEJAS BLANCAS
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
ESPOSA
BRUJA
REINO DE LA MUJER
OBRA DE ARTE
[ Z ]
ZINOTCHKA
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Los mejores cuentos rusos
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INTRODUCCIÓN
doImaginen la alegría de un amante de la naturaleza que, al salir de las galerías de arte, se adentra entre los árboles, las flores silvestres y los pájaros que las pinturas de las galerías han sentimentalizado. Es una alegría similar la que experimenta quien verdaderamente ama lo más noble de las letras al saborear por primera vez las sencillas delicias de la literatura rusa. Autores franceses, ingleses y alemanes también, ocasionalmente, ofrecen obras de una naturalidad elevada y sencilla; pero la clave de toda la literatura rusa es la simplicidad, la naturalidad y la veracidad.
Otro rasgo esencialmente ruso es la concepción, bastante natural, de que los humildes están en igualdad de condiciones con las llamadas clases altas. Cuando el inglés Dickens escribió con su profunda compasión y comprensión hacia los pobres, había aún algo de distanciamiento, quizás incluso de caricatura, en su tratamiento. Mostró sus sufrimientos al resto del mundo con un "¡Miren cómo vive la otra mitad!". El ruso escribe sobre los pobres, por así decirlo, desde dentro, como uno más, sin buscar un efecto teatral sobre los adinerados. No hay insistencia en virtudes o vicios peculiares. Los pobres son retratados tal como son, como seres humanos como el resto de nosotros. Se refleja un espíritu democrático, que respira una humanidad amplia, una verdadera universalidad, una generosidad espontánea que no proviene de la convicción intelectual de que comprenderlo todo es perdonarlo todo, sino de un sentimiento instintivo de que nadie tiene derecho a erigirse en juez de otro, que solo se puede observar y registrar.
En 1834 aparecieron dos cuentos, La dama de picas , de Pushkin, y La capa , de Gógol. El primero fue el broche de oro al viejo y extrovertido estilo del romanticismo, el otro el comienzo de uno nuevo, el estilo típicamente ruso. Leemos La dama de picas de Pushkin , el primer cuento del volumen, y es probable que lo disfrutemos enormemente. «¿Pero por qué es ruso?», preguntamos. La respuesta es: «No es ruso». Podría haber sido impreso en una revista estadounidense con el nombre de John Brown. Pero, ahora, tomemos el siguiente cuento del volumen, La capa . «Ah», exclama usted, «una auténtica historia rusa, sin duda. No puede endosármela con el nombre de Jones o Smith». ¿Por qué? Porque La capa, por primera vez, toca esa nota verdaderamente rusa de profunda compasión por los desheredados. Todavía no está totalmente libre de artificialidad y, por lo tanto, todavía no es típica de la ficción puramente realista que alcanzó su desarrollo perfeccionado en Turguéniev y Tolstoi.
Aunque Pushkin encabeza la lista de los escritores que dieron fama mundial a la literatura de su país, seguía siendo un romántico, al estilo literario universal de su época. Sin embargo, ya daba claras muestras del peculiar genio ruso para la naturalidad o el realismo, y era un auténtico ruso en la simplicidad de su estilo. No fue un innovador en ningún sentido, pero, inspirándose en Byron para su poesía y en el romanticismo de la época para su prosa, no se adelantó a su época. Tenía una vena revolucionaria en su naturaleza, como lo demuestran su Oda a la Libertad y otros versos, y su intimidad con los rebeldes decembristas. Pero su pasión juvenil pronto se apagó, y pudo adaptarse a la vida de alto funcionario y cortesano ruso bajo el severo déspota Nicolás I, aunque, sin duda, siempre la detestó. A pesar de sus coqueteos con el revolucionarismo, nunca mostró gran originalidad ni profundidad de pensamiento. Fue simplemente un autor extraordinariamente talentoso, un versificador perfecto, un lírico maravilloso y un narrador exquisito, dotado de una gracia, una facilidad y una fuerza expresiva que deleitaba incluso al exigente sentido artístico de Turguéniev. A él se le aplica acertadamente el dicho de Sócrates: «No escriben poesía los poetas con sabiduría, sino con una especie de genio e inspiración». No pretendo dar a entender que, como pensador, Pushkin deba ser despreciado. Sin embargo, es cierto que ocuparía un lugar inferior en la literatura si su reputación dependiera de sus contribuciones al pensamiento y no de su valor como artista.
“Todos descendemos del manto de Gógol ”, dijo un escritor ruso. Y la novela de Dostoievski, Pobres , publicada diez años después, es, en cierto modo, una mera extensión del relato más breve de Gógol. En Dostoievski, de hecho, la pasión por la gente común y la compasión omnipresente y penetrante por la humanidad sufriente alcanzan su clímax. Era un psicólogo profundo y profundizó en el alma humana, especialmente en sus aspectos anormales y enfermizos. Entre escenas de desgarradora pobreza abyecta, injusticia y agravio, y los tormentos de la patología mental, logró casi agotar toda la gama de la aflicción humana. Y analizó esta miseria con una intensidad de sentimiento y una minuciosa consideración por los detalles más desgarradores que resultan bastante perturbadores para los nervios normales. Sin embargo, todos los horrores deben serle perdonados debido al motivo que los inspira: un amor irresistible y el deseo de inducir un amor igual en los demás. No se trata del horror por el horror, ni de un tour de force literario , como en Poe, sino del horror con un propósito elevado, la purificación a través del sufrimiento, que era uno de los artículos de la fe de Dostoyevsky.
Como corolario del amor y la compasión por la humanidad, elementos fundamentales de la literatura rusa, se desprende una búsqueda apasionada de los medios para mejorar la suerte de la humanidad, un ferviente apego a las ideas e ideales sociales. Un autor ruso se dedica con más fervor a una causa que un cuentista estadounidense a una trama. Esto, a su vez, no es más que un reflejo del espíritu del pueblo ruso, especialmente de los intelectuales. Los rusos se toman la literatura quizás más en serio que cualquier otra nación. Para ellos, los libros no son una mera diversión. Exigen que la ficción y la poesía sean un verdadero reflejo de la vida y estén al servicio de ella. Un autor ruso, para alcanzar el máximo reconocimiento, debe ser también un pensador. No tiene por qué ser necesariamente un artista consumado. Todo está subordinado a dos requisitos principales: los ideales humanitarios y la fidelidad a la vida. Este es el secreto de la maravillosa simplicidad del arte literario ruso. Ante la función suprema de la literatura, el escritor ruso se yergue admirado y humilde. Sabe que no puede disimular la pobreza de pensamiento, la pobreza de espíritu ni la falta de sinceridad con trucos retóricos ni con astucia verbal. Y si posee los dos requisitos esenciales, bastará con el lenguaje más sencillo.
Estas cualidades se ejemplifican en su máxima expresión en Turguéniev y Tolstói. Ambos poseían una fuerte conciencia social; ambos se enfrentaron a los problemas del bienestar humano; ambos eran artistas en el sentido más amplio, es decir, en su fiel representación de la vida. Turguéniev fue artista también en el sentido más estricto: en su profundo aprecio por la forma. De gustos profundamente occidentales, buscaba la regeneración de Rusia mediante un progreso radical, siguiendo los lineamientos de la democracia europea. Tolstói, por su parte, buscaba la salvación de la humanidad en el retorno a la vida primitiva y a la religión cristiana primitiva.
La primera obra importante de Turguéniev, Bocetos de un deportista , abordó la cuestión de la servidumbre y ejerció una enorme influencia en su abolición. Casi todos sus libros posteriores, desde Rudin hasta Padres e hijos y Tierra virgen , presentaron vívidas imágenes de la sociedad rusa contemporánea, con sus problemas, el choque de ideas entre las generaciones antiguas y nuevas, y las luchas, aspiraciones y pensamientos que absorbieron a la juventud progresista de Rusia. De modo que sus obras completas constituyen un notable registro literario de los sucesivos movimientos de la sociedad rusa en un período de preparación, cargado de trascendencia histórica, que culminó con el derrocamiento del zarismo y la instauración de una nueva y auténtica democracia, marcando, quizás, el inicio de una transformación radical en todo el mundo.
“El más grande escritor de Rusia”. Esa es la apreciación que Turguéniev tenía de Tolstói. “¡Un segundo Shakespeare!”, fue la entusiasta exclamación de Flaubert. La comparación del francés no es del todo esclarecedora. El único punto de semejanza entre ambos autores reside simplemente en la tremenda magnitud de su genio. Cada uno es un coloso. Cada uno crea un mundo entero de personajes, desde reyes, príncipes y damas hasta sirvientes, criadas y campesinos. ¡Pero qué divergente es el ángulo de aproximación! Ana Karenina puede tener todo el sutil encanto femenino de una Olivia o una Porcia, pero qué diferentes son sus dificultades. Shakespeare no podría haber tratado los problemas de Ana en absoluto. Ana no podría haber aparecido en sus páginas excepto como una Gertrudis pecadora, la madre de Hamlet. Shakespeare tenía todos los prejuicios de su época. Aceptó el mundo tal como es, con sus absurdas moralidades, sus convenciones, instituciones y clases sociales. Un sepulturero es por naturaleza inferior a un lord, y si se le presenta, debe presentarse como un payaso. El pueblo siempre es una turba, una plebe. Tolstói es el revolucionario, el iconoclasta. Posee la más absoluta independencia mental. Se niega rotundamente a aceptar las opiniones establecidas solo porque lo son. Indaga en lo correcto y lo incorrecto de las cosas. La suya es una democracia universal amplia y generosa, la suya es una compasión integral, la suya es una absoluta incapacidad para evaluar a los seres humanos según su posición social, rango o profesión, o cualquier otro criterio que no sea el de la valía espiritual. En todo esto, contrastaba completamente con Shakespeare. Cada uno de los dos hombres era como una criatura de un mundo superior, dotado de dones sobrenaturales. Su omnisciencia de todo lo humano, su comprensión de las causas más ocultas de las acciones humanas, parecen milagrosas. Pero Shakespeare da la impresión de desapego respecto a sus obras. Las obras no revelan al hombre; mientras que en Tolstói la grandeza del hombre se funde con la grandeza del genio. Tolstói no era un simple oráculo que profería profundidades que desconocía. Así como los tratados sociales, religiosos y morales que escribió en la última etapa de su vida están imbuidos de una belleza literaria de la que nunca pudo desprenderse, y que otorgaba valor artístico incluso a sus sermones, sus primeras novelas muestran una profunda preocupación por el bienestar de la sociedad, un espíritu amplio y humanitario, una grandeza de alma que abarcaba tanto a príncipes como a mendigos.
¿Es este un elogio exagerado? Entonces, permítanme repetir lo que dijo William Dean Howells: «Sé muy bien que no hablo de los libros de Tolstói con mesura; no puedo».
Los escritores rusos considerados hasta ahora han hecho valiosas contribuciones al relato; pero, con la excepción de Pushkin, cuya reputación se basa principalmente en su poesía, su mejor obra, por lo general, se desarrolló en el campo de la novela larga. Fue la novela la que dio a la literatura rusa su preeminencia. No podía ser de otra manera, dado que Rusia es una nación literaria joven y no alcanzó la madurez hasta la época en que la novela era casi la única forma literaria relevante. Por lo tanto, si Rusia iba a destacarse en el mundo de las letras, solo podría ser a través de la novela. De la magnitud de su éxito quizás no haya mejor testimonio que las palabras de Matthew Arnold, un crítico ciertamente no dado a la exageración. “La novela rusa”, escribió en 1887, “está de moda y merece estarlo... El novelista ruso domina un hechizo que permite que el secreto de la naturaleza humana —tanto lo externo como lo interno, los gestos y modales, no menos que el pensamiento y el sentimiento— se manifieste voluntariamente... En esa forma de literatura imaginativa, que hoy en día es la más popular y la más viable, los rusos, en mi opinión, dominan el campo”.
Con la estricta censura impuesta a los escritores rusos, muchos de ellos que tal vez se habrían contentado con expresar sus opiniones en ensayos, se vieron obligados a ocultar su significado bajo la apariencia de la sátira o la alegoría, lo que dio origen a un género literario peculiar, una especie de editorial o ensayo convertido en ficción, en el que el satírico Saltykov, contemporáneo de Turgenev y Dostoyevsky, que escribió bajo el seudónimo de Shchedrin, alcanzó el mayor éxito y popularidad.
Sin embargo, no fue hasta el último cuarto del siglo pasado que surgieron escritores como Korolenko y Garshin, quienes se dedicaron principalmente al cultivo del cuento. Con Antón Chéjov, el cuento adquirió una importancia crucial junto a las obras más extensas de los grandes maestros rusos. Gorki y Andréiev hicieron que el cuento prestara el mismo servicio, durante el activo período revolucionario de la última década del siglo XIX, hasta su derrota temporal en 1906, que Turguéniev en su serie de novelas extensas durante el período preparatorio. Pero la voz de Gorki, el hombre surgido del pueblo, la encarnación de toda la ira e indignación acumuladas durante siglos de injusticia y opresión social, era muy diferente del tono caballeroso del culto artista Turguéniev. Como un poderoso martillo, sus golpes caían sobre el tejido decadente de la vieja sociedad. La suya ya no era una protesta débil y desesperada. Con la fuerza y la confianza de la victoria, atacó una y otra vez las viejas instituciones hasta que estas se tambalearon y casi se derrumbaron. Y cuando la reacción celebró su efímero triunfo y la tristeza volvió a azotar su país, y la mayoría de sus compañeros de lucha se retiraron desesperados, algunos retornando a la antigua Rusia de desesperanza, pasividad y apatía, y otros incluso recayendo en desenfrenadas orgías de desenfreno literario, Gorki nunca vaciló, nunca perdió la fe ni la esperanza, ni por un instante faltó a sus principios. Ahora, con la revolución victoriosa, ha recuperado su derecho, siendo una de las figuras más respetadas, queridas y pintorescas de la democracia rusa.
Kuprin, el cuentista más hábil y talentoso después de Chéjov, se ha mantenido, en general, fiel a las mejores tradiciones literarias de Rusia, aunque con frecuencia se ha desviado hacia extravagantes temas sexuales, por los que parece mostrar tanta afición como Artzybashev. Semiónov es un personaje único en la literatura rusa, un campesino que apenas dominaba los mecanismos más elementales de la escritura cuando escribió su primer relato. Pero ese relato agradó a Tolstói, quien le brindó su amistad y le animó. Sus cuentos tratan íntegramente de la vida campesina en el campo y la ciudad, y poseen una naturalidad, una naturalidad y una simplicidad sorprendentes incluso en un autor ruso.
Existe un pequeño grupo de escritores, ajenos a la corriente principal de la literatura rusa, que veneran el santuario de la belleza y el misticismo. De ellos, Sologub ha alcanzado la mayor reputación.
A pesar de la riqueza que ha alcanzado Rusia en el campo del relato breve, Antón Chéjov sigue destacando como el maestro supremo, uno de los más grandes cuentistas del mundo. Nació en Taganarok, Ucrania, en 1860, hijo de un campesino siervo que logró comprar su libertad. Antón Chéjov estudió medicina, pero se dedicó principalmente a la escritura, en la que, según reconoció, su formación científica le fue de gran utilidad. Aunque solo vivió cuarenta y cuatro años, falleciendo de tuberculosis en 1904, sus obras completas consisten en dieciséis volúmenes considerables de relatos, además de varios dramas. Algunos volúmenes de sus obras ya han sido traducidos al inglés.
Los críticos, entre ellos Tolstói, han comparado a menudo a Chéjov con Maupassant. Me cuesta encontrar el parecido. Maupassant ocupa una posición privilegiada como cuentista; Chéjov también. Pero ahí, me parece, termina el parecido.
El viento gélido que sopla de la atmósfera creada por el arte objetivo del francés se mezcla con el aliento cálido de una gran compasión humana, gracias al ruso. Maupassant nunca revela quiénes son sus simpatías, y uno no lo sabe; solo lo intuye. Chéjov tampoco revela quiénes son sus simpatías, pero uno lo sabe de todos modos; no tiene por qué adivinar. Y, sin embargo, Chéjov es tan objetivo como Maupassant. En la crónica de hechos, condiciones y situaciones, en la reproducción de personajes, es escrupulosamente veraz, duro e inexorable. Pero sin imponer su personalidad, de alguna manera logra hacerte saber que siempre está presente, siempre a mano. Si ríes, él está ahí para reír contigo; si lloras, él está ahí para derramar una lágrima contigo; si te horrorizas, él también se horroriza. Es un arte sutil mediante el cual logra hacerte sentir la cercanía de sí mismo a pesar de toda su objetividad, tan sutil que desafía el análisis. Y sin embargo constituye uno de los grandes encantos de sus cuentos.
Las obras de Chéjov muestran una ingeniosidad y versatilidad asombrosas. No hay monotonía ni repetición. Ni en los incidentes ni en los personajes hay dos historias iguales. El alcance del conocimiento de Chéjov sobre los hombres y las cosas parece ser ilimitado, y es extravagante en el uso de él. Alguna gran idea que muchos escritores considerarían suficiente para desarrollar en una novela completa, la dispone en una historia de unas pocas páginas. Tomemos, por ejemplo, Vanka , aparentemente no es más que un mero episodio en la infancia de un niño de nueve años; cuando en realidad es la tragedia de toda una vida en sus tentadores vistazos a un entorno pasado y ominosos presagios del futuro, todo contraído en el espacio de cuatro o cinco páginas. Chéjov es pródigo en su inventiva. Aparentemente, no le costó ningún esfuerzo inventar.
He usado la palabra inventiva a falta de un nombre mejor. Expresa pero débilmente la facultad peculiar que distingue a Chéjov. Chéjov no inventa realmente. Revela. Revela cosas que ningún autor antes de él ha revelado. Es como si poseyera un órgano especial que le permitiera ver, oír y sentir cosas de las cuales nosotros otros mortales ni siquiera soñábamos la existencia. Sin embargo, cuando las expone sabemos que no son ficticias, no inventadas, sino tan reales como los hechos familiares ordinarios de la vida. Esta facultad suya de jugar con todos los objetos concebibles, todas las emociones concebibles, sin importar cuán microscópicas sean, las dota de vida y un alma. En virtud de este poder, La estepa , un registro anodino de campesinos viajando día tras día a través de campos llanos y monótonos, se vuelve instintivo con interés dramático, y sus 125 páginas parecen demasiado cortas. Y en virtud del mismo atributo, seguimos con suspenso la minuciosa descripción del ocaso de un gran científico, que siente cómo sus facultades físicas y mentales se desvanecen gradualmente. «Una historia tediosa» , la llama Chéjov; y así sería sin la vitalidad que le infunde el toque mágico de este extraño genio.
Adivinación es quizás un término mejor que invención. Chéjov adivina los impulsos más secretos del alma, husmea lo que está enterrado en el subconsciente y lo saca a la superficie. La mayoría de los escritores son especialistas. Conocen ciertos estratos de la sociedad, y cuando se aventuran más allá, su paso se vuelve incierto. El material de Chéjov solo está delimitado por la humanidad. Se siente igualmente a gusto en todas partes. El campesino, el trabajador, el comerciante, el sacerdote, el profesional, el erudito, el oficial militar y el funcionario del gobierno, gentil o judío, hombre, mujer o niño: Chéjov tiene intimidad con todos ellos. Sus personajes son individuos nítidamente definidos, no tipos. En casi todos sus cuentos, por cortos que sean, los hombres, mujeres y niños que desempeñan un papel se revelan como personalidades claras y distintas. Ariadna es un personaje tan vívido como Lilly, la heroína del Cantar de los Cantares de Sudermann ; sin embargo, Ariadna no es más que una sola historia en un volumen de cuentos. Quien haya leído "La Querida" podrá olvidarla: la mujer que no tenía existencia propia, sino que pensaba, sentía y decía las palabras de los hombres que amaba. Y cuando ya no hubo hombre a quien amar, quedó completamente destrozada hasta que encontró un hijo al que cuidar y amar; y entonces hundió su personalidad en el niño como antes la había hundido en sus maridos y su amante, se convirtió en un mero reflejo de él y volvió a ser feliz.
En la compilación de este volumen me he guiado por el deseo de ofrecer la mayor representación posible de los autores más destacados del cuento ruso y de presentar ejemplos característicos de cada uno. Al mismo tiempo, se ha tenido presente el elemento de interés; y en algunos casos, como en el de Korolenko, la selección del cuento se hizo considerando su mérito intrínseco y sus cualidades impactantes, más que como una representación del arte del escritor. Por supuesto, fue imposible en un solo libro agotar todo lo mejor. Pero, que yo sepa, este volumen es la antología más completa del cuento ruso en inglés y ofrece una buena idea de los logros en ese campo. No tengo motivos para dudar de que todos los que disfrutan de la buena lectura lo disfrutarán, y si, además, resulta de ayuda para los estudiantes estadounidenses de literatura rusa, sentiré que la tarea ha merecido la pena.
Las Sombras de Korolenko y Lázaro de Andreyev aparecieron por primera vez en Current Opinion , y El Revolucionario de Artzybashev en la Revista Metropolitan . Me complace agradecer al Sr. Edward J. Wheeler, editor de Current Opinion , y al Sr. Carl Hovey, editor de la Revista Metropolitan , por permitirme reimprimirlos.
[Firma: Thomas Seltzer]
Todo se subordina a dos exigencias principales: los ideales humanitarios y la fidelidad a la vida. Este es el secreto de la maravillosa simplicidad del arte literario ruso . —Thomas Seltzer.
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MEJORES CUENTOS RUSOS
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LA REINA DE ESPADAS
POR ALEXANDER S. PUSHKIN
I
TSe jugaba a las cartas en los aposentos de Narumov, de la Guardia Montada. La larga noche de invierno transcurrió imperceptiblemente, y eran las cinco de la mañana cuando la compañía se sentó a cenar. Los ganadores comieron con buen apetito; los demás permanecieron sentados con la mirada ausente en sus platos vacíos. Sin embargo, cuando llegó el champán, la conversación se animó y todos participaron.
“¿Y cómo te fue, Surin?”, preguntó el anfitrión.
—Oh, perdí, como siempre. Debo confesar que tengo mala suerte: juego con la mirada puesta, siempre mantengo la calma, nunca dejo que nada me desanime, ¡y aun así siempre pierdo!
“¿Y nunca te dejaste tentar por el rojo? Tu firmeza me asombra.”
—¿Pero qué opinas de Hermann? —preguntó uno de los invitados, señalando a un joven ingeniero—. Nunca ha tenido una carta en la mano en su vida, nunca ha hecho una apuesta en su vida, y aun así se sienta aquí hasta las cinco de la mañana viendo nuestro juego.
“El juego me interesa mucho”, dijo Hermann: “pero no estoy en posición de sacrificar lo necesario con la esperanza de ganar lo superfluo”.
—Hermann es alemán: es económico, ¡eso es todo! —observó Tomsky—. Pero si hay alguien a quien no puedo entender, es a mi abuela, la condesa Anna Fedotovna.
“¿Cómo es eso?” preguntaron los invitados.
—No puedo comprender —continuó Tomsky— cómo es que mi abuela no patea.
“¿Qué tiene de especial que una señora de ochenta años no patine?”, preguntó Narumov.
“¿Entonces no sabes el motivo?”
—No, en serio. No tengo ni la menor idea.
¡Ah! Entonces escucha. Hace unos sesenta años, mi abuela fue a París, donde causó sensación. La gente corría tras ella para ver la «Venus moscovita». Richelieu le hizo el amor, y mi abuela sostiene que casi se vuela la tapa de los sesos por su crueldad. En aquella época, las damas solían jugar al faro. En una ocasión, en la corte, perdió una suma considerable a manos del duque de Orleans. Al regresar a casa, mi abuela se quitó los parches de la cara, se quitó los aros, informó a mi abuelo de su pérdida en la mesa de juego y le ordenó que pagara el dinero. Mi difunto abuelo, que yo recuerde, era una especie de mayordomo de mi abuela. La temía con furia; pero, al enterarse de una pérdida tan grande, casi perdió la cabeza; calculó las diversas sumas que había perdido y le indicó que en seis meses había gastado medio millón de francos, que ni sus propiedades de Moscú ni de Sarátov estaban en París, y finalmente se negó rotundamente a pagar la deuda. Mi abuela le dio una bofetada y durmió sola como muestra de su disgusto. Al día siguiente mandó llamar a su marido, con la esperanza de que este castigo doméstico hubiera... Le causó un gran impacto, pero lo encontró inflexible. Por primera vez en su vida, entró en razonamientos y explicaciones con él, creyendo poder convencerlo señalándole que existen deudas y deudas, y que hay una gran diferencia entre un príncipe y un cochero. Pero todo fue en vano; mi abuelo seguía obstinado. Pero el asunto no quedó ahí. Mi abuela no sabía qué hacer. Poco antes había conocido a un hombre extraordinario. Han oído hablar del conde Saint Germain, del que se cuentan tantas historias maravillosas. Saben que se presentaba como el Judío Errante, el descubridor del elixir de la vida, de la piedra filosofal, etc. Algunos se burlaban de él llamándolo charlatán; pero Casanova, en sus memorias, dice que era un espía. Sea como fuere, Saint Germain, a pesar del misterio que lo rodeaba, era una persona fascinante y muy solicitado en los círculos más selectos de la sociedad. Incluso hoy en día. Mi abuela lo recuerda con cariño y se enfada mucho si alguien habla de él con falta de respeto. Mi abuela sabía que St. Germain tenía grandes sumas de dinero a su disposición. Decidió recurrir a él y le escribió una carta pidiéndole que fuera a verla sin demora. El extraño anciano la atendió de inmediato y la encontró abrumada por el dolor. Le describió con los colores más oscuros la barbarie de su marido.y terminó declarando que toda su esperanza dependía de su amistad y amabilidad.
“St. Germain reflexionó.
«Podría adelantarle la suma que necesita», dijo; «pero sé que no estará tranquilo hasta que me la devuelva, y no quiero causarle más problemas. Pero hay otra manera de salir de su apuro: puede recuperar su dinero».
«Pero, querido conde», respondió mi abuela, «le digo que no me queda dinero».
«El dinero no es necesario», respondió St. Germain: «Tenga el placer de escucharme».
“Entonces le reveló un secreto, por el cual cada uno de nosotros daría un buen trato...”
Los jóvenes oficiales escucharon con mayor atención. Tomsky encendió su pipa, dio una calada breve y luego continuó:
Esa misma noche, mi abuela fue a Versalles al jeu de la reine . El duque de Orleans llevaba la banca; mi abuela se disculpó de forma despreocupada por no haber pagado aún su deuda, inventando una pequeña historia, y luego empezó a jugar contra él. Escogió tres cartas y las jugó una tras otra: las tres ganaron sonika [se dice de una carta que gana o pierde en el menor tiempo posible]. Y mi abuela recuperó hasta el último céntimo que había perdido.
“¡Pura casualidad!” dijo uno de los invitados.
“¡Un cuento!” observó Hermann.
“¡Quizás eran cartas marcadas!” dijo un tercero.
—No lo creo —respondió Tomsky con gravedad.
—¡Qué! —dijo Narumov—. ¿Tienes una abuela que sabe cómo sacar tres cartas de la suerte seguidas, y aún no has conseguido sonsacarle el secreto?
“¡Eso es lo peor del asunto!” —respondió Tomsky—. Tenía cuatro hijos, uno de los cuales era mi padre; los cuatro eran jugadores empedernidos, y sin embargo, a ninguno de ellos les reveló su secreto, aunque no habría sido malo ni para ellos ni para mí. Pero esto es lo que oí de mi tío, el conde Iván Ilich, y me aseguró, por su honor, que era cierto. El difunto Chaplitzky —el mismo que murió en la pobreza tras haber malgastado millones— perdió una vez, en su juventud, unos trescientos mil rublos, a manos de Zórich, si no recuerdo mal. Estaba desesperado. Mi abuela, que siempre fue muy severa con la extravagancia de los jóvenes, se apiadó, sin embargo, de Chaplitzky. Le dio tres cartas, diciéndole que las jugara una tras otra, al tiempo que le exigía la solemne promesa de que no volvería a jugar a las cartas en toda su vida. Chaplitzky se dirigió entonces a su victorioso oponente y comenzaron una nueva partida. En la primera carta apostó cincuenta mil rublos y ganó. sonika ; dobló la apuesta y ganó de nuevo, hasta que al final, siguiendo la misma táctica, recuperó más de lo que había perdido...
“Pero ya es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.”
Y en efecto ya empezaba a amanecer: los jóvenes vaciaron sus vasos y luego se despidieron.
II
TLa anciana condesa A— estaba sentada en su tocador frente a su espejo. Tres doncellas la rodeaban. Una sostenía un pequeño frasco de colorete, otra una caja de horquillas para el pelo y la tercera un bote alto con brillantes cintas rojas. La condesa ya no tenía la más mínima pretensión de belleza, pero aún conservaba los hábitos de su juventud, vestía estrictamente según la moda de setenta años atrás y se aseaba tan larga y cuidadosamente como lo habría hecho sesenta años antes. Cerca de la ventana, junto a un bastidor de bordado, estaba sentada una joven, su pupila.
—Buenos días, abuela —dijo un joven oficial al entrar en la habitación—. Bonjour, señorita Lise . Abuela, quería preguntarle algo.
“¿Qué pasa, Pablo?”
“Quiero que me dejes presentarte a uno de mis amigos y que me permitas llevarlo al baile el viernes”.
—Llévalo directamente al baile y preséntamelo allí. ¿Estuviste ayer en casa de B——?
Sí; todo transcurrió de maravilla y el baile duró hasta las cinco. ¡Qué encantadora estuvo Yeletzkaya!
—Pero, querida, ¿qué tiene de encantador? ¿No se parece a su abuela, la princesa Daria Petrovna? Por cierto, debe de ser muy mayor, la princesa Daria Petrovna.
—¿Qué quieres decir con «vieja»? —exclamó Tomsky sin pensar—. Murió hace siete años.
La joven levantó la cabeza e hizo una seña al joven oficial. Este recordó entonces que la anciana condesa jamás sería informada de la muerte de ninguno de sus contemporáneos, y se mordió los labios. Pero la anciana condesa escuchó la noticia con la mayor indiferencia.
—¡Muerta! —dijo ella—. Y yo no lo sabía. Nos nombraron damas de honor al mismo tiempo, y cuando nos presentaron a la Emperatriz...
Y la condesa por centésima vez le contó a su nieto una de sus anécdotas.
—Vamos, Paul —dijo ella al terminar su relato—, ayúdame a levantarme. Lizanka, ¿dónde está mi tabaquera?
Y la condesa, con sus tres doncellas, se fue tras un biombo para terminar de asearse. Tomsky se quedó solo con la joven.
—¿Quién es el caballero que desea presentarle a la condesa? —preguntó Lizaveta Ivanovna en un susurro.
—Narumov. ¿Lo conoces?
—No. ¿Es soldado o civil?
"Un soldado."
"¿Está en los Ingenieros?"
—No, en la Caballería. ¿Qué te hizo pensar que estaba en los Ingenieros?
La joven sonrió, pero no respondió.
—Paul —gritó la condesa desde detrás del biombo—, envíame alguna novela nueva, pero te ruego que no sea una de estilo actual.
¿Qué quieres decir, abuela?
Es decir, una novela en la que el héroe no estrangula ni a su padre ni a su madre, y en la que no hay cuerpos ahogados. Siento un gran horror por los ahogados.
Hoy en día ya no existen novelas así. ¿Te gustaría una rusa?
¿Hay alguna novela rusa? ¡Envíame una, querida, por favor!
Adiós, abuela: tengo prisa... Adiós, Lizaveta Ivanovna. ¿Qué te hizo pensar que Narumov estaba en los Ingenieros?
Y Tomsky abandonó el tocador.
Lizaveta Ivanovna se quedó sola: dejó su trabajo a un lado y empezó a mirar por la ventana. Unos momentos después, en una casa de la esquina, al otro lado de la calle, apareció un joven oficial. Un rubor intenso cubrió sus mejillas; retomó su trabajo e inclinó la cabeza sobre el marco. En ese mismo instante, la condesa regresó completamente vestida.
—Lizaveta, encarga el coche —dijo—. Saldremos a dar un paseo.
Lizaveta se levantó del marco y comenzó a organizar su trabajo.
—¿Qué te pasa, hija mía? ¿Estás sorda? —gritó la condesa—. ¡Que preparen el carruaje de inmediato!
—Lo haré ahora mismo —respondió la joven, apresurándose a entrar en la antesala.
Entró un sirviente y le dio a la condesa algunos libros del príncipe Pablo Aleksandrovich.
—Dile que le estoy muy agradecida —dijo la condesa—. ¡Lizaveta! ¡Lizaveta! ¿Adónde vas?
“Me voy a vestir.”
—Hay tiempo de sobra, querida. Siéntate aquí. Abre el primer volumen y léemelo en voz alta.
Su compañero tomó el libro y leyó unas líneas.
—Más fuerte —dijo la condesa—. ¿Qué te pasa, hija mía? ¿Has perdido la voz? Espera, acércame un poco más a ese escabel, con eso basta.
Lizaveta leyó dos páginas más. La condesa bostezó.
—Deja el libro —dijo—. ¡Qué tontería! Devuélveselo al príncipe Pablo con mi agradecimiento... ¿Pero dónde está el carruaje?
“El coche está listo”, dijo Lizaveta mirando hacia la calle.
—¿Cómo es que no estás vestida? —dijo la Condesa—. Siempre tengo que esperarte. ¡Es insoportable, querida!
Liza se apresuró a su habitación. Apenas llevaba allí dos minutos cuando la condesa empezó a llamar con todas sus fuerzas. Las tres camareras entraron corriendo por una puerta y el ayuda de cámara por otra.
—¿Cómo es que no me oyes cuando te llamo? —preguntó la condesa—. Dile a Lizaveta Ivanovna que la estoy esperando.
Lizaveta regresó con su sombrero y capa puestos.
—¡Por fin estás aquí! —dijo la Condesa—. ¿Pero por qué un ajuar tan elaborado? ¿A quién pretendes cautivar? ¿Qué tiempo hace? Parece que hace bastante viento.
—No, señoría, está muy tranquilo —respondió el ayuda de cámara.
Nunca piensas en lo que dices. Abre la ventana. Así es: viento y frío glacial. Desengancha los caballos. Lizaveta, no saldremos; no hacía falta que te arreglaras así.
“¡Qué vida la mía!” pensó Lizaveta Ivanovna.
Y, en verdad, Lizaveta Ivanovna era una criatura muy desdichada. «El pan del extranjero es amargo», dice Dante, «y su escalera difícil de subir». Pero ¿quién puede conocer la amargura de la dependencia mejor que la pobre compañera de una anciana de alta alcurnia? La condesa A—— no tenía en absoluto un corazón malo, pero era caprichosa, como una mujer malcriada por el mundo, además de avariciosa y egoísta, como todos los ancianos que han tenido sus mejores días y cuyos pensamientos están en el pasado y no en el presente. Participaba de todas las vanidades del mundo, asistía a bailes, donde se sentaba en un rincón, maquillada y vestida a la antigua, como un adorno deforme pero indispensable del salón; todos los invitados, al entrar, se acercaban a ella y le hacían una profunda reverencia, como si siguieran una ceremonia establecida, pero después de eso nadie volvió a prestarle atención. Recibía a todo el pueblo en su casa y observaba la más estricta etiqueta, aunque ya no reconocía los rostros de la gente. Sus numerosos criados, engordando y envejeciendo en su antecámara y sala de servicio, hacían lo que querían y competían entre sí por robar a la anciana condesa de la forma más descarada. Lizaveta Ivanovna era la mártir de la casa. Preparaba té y le reprochaban usar demasiado azúcar; le leía novelas en voz alta a la condesa, y las faltas del autor recaían sobre ella; acompañaba a la condesa en sus paseos y era responsable del clima o del estado del pavimento. El puesto tenía un sueldo asociado, pero rara vez lo recibía, aunque se esperaba que vistiera como todos los demás, es decir, como muy pocos. En sociedad, desempeñaba un papel lamentable. Todos la conocían y nadie le prestaba atención. En los bailes, solo bailaba cuando se necesitaba pareja, y las damas solo la tomaban del brazo cuando era necesario sacarla del salón para arreglarse sus vestidos. Era muy consciente de su situación y miraba a su alrededor con impaciencia esperando que alguien la rescatara; pero los jóvenes, calculadores en su vértigo, la honraban con muy poca atención, aunque Lizaveta Ivanovna era cien veces más bonita que las jóvenes casaderas de rostro descarado y corazón frío que las rodeaban. Muchas veces se escabullía silenciosamente del brillante pero aburrido salón para ir a llorar a su pobre y pequeña habitación, donde había un biombo, una cómoda, un espejo y una cama pintada, y donde una vela de sebo ardía débilmente en un candelabro de cobre.
Una mañana —unos dos días después de la velada descrita al principio de esta historia y una semana antes de la escena que acabamos de presenciar—, Lizaveta Ivanovna estaba sentada junto a la ventana, junto a su bastidor, cuando, al mirar por casualidad hacia la calle, vio a un joven oficial de ingenieros, inmóvil, con la mirada fija en su ventana. Bajó la cabeza y continuó con su trabajo. Unos cinco minutos después, volvió a mirar hacia afuera: el joven oficial seguía en el mismo sitio. Como no tenía por costumbre coquetear con los oficiales que pasaban, no siguió mirando hacia la calle, sino que siguió cosiendo durante un par de horas, sin levantar la vista. Anunciaron la cena. Se levantó y empezó a guardar su bordado, pero al mirar distraídamente por la ventana, volvió a ver al oficial. Esto le pareció muy extraño. Después de cenar, se acercó a la ventana con cierta inquietud, pero el oficial ya no estaba allí, y no pensó más en él.
Un par de días después, justo cuando subía al carruaje con la condesa, lo volvió a ver. Estaba de pie, cerca de la puerta, con el rostro medio oculto por el cuello de piel, pero sus ojos oscuros brillaban bajo la gorra. Lizaveta se alarmó, aunque no supo por qué, y tembló al subir al carruaje.
Al regresar a casa, se apresuró a acercarse a la ventana; el oficial estaba de pie en su sitio habitual, con la mirada fija en ella. Ella retrocedió, presa de la curiosidad y agitada por una sensación completamente nueva para ella.
Desde entonces, no pasaba un día sin que el joven oficial se apareciera bajo la ventana a la hora de costumbre, y entre él y ella se estableció una especie de amistad silenciosa. Sentada en su puesto de trabajo, sentía su llegada; y levantando la cabeza, lo observaba cada día con más atención. El joven parecía estarle muy agradecido: veía con la mirada penetrante de la juventud cómo un repentino rubor cubría sus pálidas mejillas cada vez que sus miradas se cruzaban. Después de una semana, aproximadamente, ella comenzó a sonreírle...
Cuando Tomsky le pidió permiso a su abuela, la condesa, para presentarle a uno de sus amigos, el corazón de la joven latió con fuerza. Pero al enterarse de que Narumov no era ingeniero, lamentó haber revelado su secreto al voluble Tomsky con su pregunta desconsiderada.
Hermann era hijo de un alemán nacionalizado ruso, del que heredó un pequeño capital. Firmemente convencido de la necesidad de preservar su independencia, Hermann no tocaba sus ingresos personales, sino que vivía de su sueldo, sin permitirse el más mínimo lujo. Además, era reservado y ambicioso, y sus compañeros rara vez tenían oportunidad de divertirse a costa de su extrema parsimonia. Tenía fuertes pasiones y una imaginación ardiente, pero su firmeza de carácter lo preservaba de los errores comunes de los jóvenes. Así, aunque jugador de corazón, jamás tocaba una carta, pues consideraba que su posición no le permitía —como él decía— «arriesgar lo necesario con la esperanza de ganar lo superfluo». Aun así, se sentaba durante noches enteras a la mesa de cartas y seguía con febril ansiedad los diferentes turnos de la partida.
La historia de las tres cartas había causado una poderosa impresión en su imaginación, y durante toda la noche no pudo pensar en otra cosa. «Si», pensó la noche siguiente, mientras caminaba por las calles de San Petersburgo, «¡si la vieja condesa me revelara su secreto! ¡Si tan solo me dijera los nombres de las tres cartas ganadoras! ¿Por qué no probar fortuna? Debo presentarme a ella y ganarme su favor, convertirme en su amante... Pero todo eso llevará tiempo, y ella tiene ochenta y siete años: ¡podría morir en una semana, incluso en un par de días!... Pero la historia en sí: ¿puede ser cierta?... ¡No! Economía, templanza y laboriosidad: esas son mis tres cartas ganadoras; con ellas podré duplicar mi capital, septuplicarlo, y procurarme tranquilidad e independencia».
Reflexionando así, siguió caminando hasta encontrarse en una de las calles principales de San Petersburgo, frente a una casa de arquitectura anticuada. La calle estaba bloqueada por carruajes; uno tras otro, los carruajes se detenían frente a la puerta brillantemente iluminada. En un momento, aparecía en la acera el pie bien formado de una joven belleza, en otro, la pesada bota de un oficial de caballería, y luego las medias y zapatos de seda de un miembro del mundo diplomático. Pieles y capas desfilaban en rápida sucesión ante el gigantesco portero de la entrada.
Hermann se detuvo. "¿De quién es esta casa?", le preguntó al vigilante de la esquina.
—La de la condesa A—— —respondió el vigilante.
Hermann se sobresaltó. La extraña historia de las tres cartas volvió a su imaginación. Empezó a caminar de un lado a otro frente a la casa, pensando en su dueña y su extraño secreto. Al regresar tarde a su modesto alojamiento, no pudo conciliar el sueño durante mucho tiempo, y cuando por fin se quedó dormido, no pudo soñar más que con cartas, mesas verdes, montones de billetes y montones de ducados. Jugó una carta tras otra, ganando sin interrupción, y luego recogió el oro y se llenó los bolsillos con los billetes. Al despertar tarde a la mañana siguiente, suspiró por la pérdida de su riqueza imaginaria, y luego, al salir al pueblo, se encontró una vez más frente a la residencia de la condesa. Una fuerza desconocida parecía haberlo atraído hasta allí. Se detuvo y miró hacia las ventanas. En una de ellas vio una cabeza con una exuberante cabellera negra, inclinada probablemente sobre algún libro o un bastidor de bordado. La cabeza estaba levantada. Hermann vio una tez lozana y un par de ojos oscuros. Ese momento decidió su destino.
III
YoApenas Izaveta Ivanovna se había quitado el sombrero y la capa, la condesa la mandó llamar y le ordenó de nuevo que preparara el carruaje. El vehículo se detuvo ante la puerta y se dispusieron a tomar asiento. Justo cuando dos lacayos ayudaban a la anciana a subir al carruaje, Lizaveta vio a su ingeniero de pie junto al volante; le tomó la mano; la alarma la hizo perder la serenidad, y el joven desapareció, no sin antes dejarle una carta entre los dedos. La ocultó en su guante, y durante todo el trayecto no vio ni oyó nada. La condesa, cuando salía a pasear en su carruaje, tenía por costumbre preguntar constantemente: "¿Quién era esa persona que nos acaba de encontrar? ¿Cómo se llama este puente? ¿Qué está escrito en ese letrero?". En esta ocasión, sin embargo, Lizaveta respondió con respuestas tan vagas y absurdas que la condesa se enfadó con ella.
—¿Qué te pasa, querida? —exclamó—. ¿Has perdido el juicio o qué? ¿No me oyes ni entiendes lo que te digo?... ¡Gracias a Dios, todavía estoy en mi sano juicio y te hablo con toda claridad!
Lizaveta Ivanovna no la oyó. Al volver a casa, corrió a su habitación y sacó la carta de su guante: no estaba sellada. Lizaveta la leyó. La carta contenía una declaración de amor; era tierna, respetuosa y copiada palabra por palabra de una novela alemana. Pero Lizaveta no sabía nada de alemán, y estaba encantada.
A pesar de todo, la carta la inquietaba profundamente. Por primera vez en su vida, entablaba relaciones secretas y confidenciales con un joven. Su atrevimiento la alarmaba. Se reprochaba su imprudente comportamiento y no sabía qué hacer. ¿Debería dejar de sentarse junto a la ventana y, adoptando una apariencia de indiferencia hacia él, frenar el deseo del joven oficial de conocerla mejor? ¿Debería devolverle la carta o responderle con frialdad y decisión? No había nadie a quien acudir en su perplejidad, pues no tenía ni amiga ni consejera... Finalmente, decidió responderle.
Se sentó a su pequeño escritorio, tomó pluma y papel y se puso a pensar. Varias veces empezó su carta y luego la rompió: su forma de expresarse le parecía demasiado sugerente o demasiado fría y decidida. Por fin logró escribir unas líneas con las que se sintió satisfecha.
«Estoy convencida», escribió, «de que sus intenciones son honorables y de que no desea ofenderme con ninguna imprudencia, pero nuestra relación no debe empezar así. Le devuelvo su carta y espero no tener nunca motivo para quejarme de este inmerecido desaire».
Al día siguiente, tan pronto como apareció Hermann, Lizaveta se levantó de su bordado, fue a la sala, abrió la ventilación y arrojó la carta a la calle, confiando en que el joven oficial tendría la perspicacia de recogerla.
Hermann se apresuró a avanzar, lo recogió y se dirigió a una pastelería. Rompiendo el sello del sobre, encontró dentro su propia carta y la respuesta de Lizaveta. Ya lo esperaba, y regresó a casa, absorto en su intriga.
Tres días después, una joven de mirada vivaz de una sombrerería le trajo una carta a Lizaveta. Lizaveta la abrió con gran inquietud, temiendo que fuera una exigencia de dinero, cuando de repente reconoció la letra de Hermann.
“Te has equivocado, querido mío”, dijo ella: “esta carta no es para mí”.
—Sí, es para ti —respondió la niña, sonriendo con complicidad—. Ten la bondad de leerlo.
Lizaveta echó un vistazo a la carta. Hermann solicitó una entrevista.
—No puede ser —exclamó, alarmada por la audaz petición y la forma en que se hizo—. Esta carta no es para mí.
Y lo rompió en pedazos.
—Si la carta no era para ti, ¿por qué la rompiste? —dijo la niña—. Debería habérsela devuelto a quien la envió.
—Ten la bondad, querida —dijo Lizaveta, desconcertada por este comentario—, de no traerme más cartas en el futuro y dile a quien te envió que debería avergonzarse...
Pero Hermann no era hombre que se dejara amedrentar. Lizaveta recibía a diario una carta suya, a veces de esta manera, a veces de aquella. Ya no eran traducidas del alemán. Hermann las escribía bajo la inspiración de la pasión, hablando en su propio idioma, y eran un testimonio claro de la inflexibilidad de su deseo y del desorden de su imaginación incontrolable. Lizaveta ya no pensaba en devolvérselas: se embriagó con ellas y empezó a responderlas, y poco a poco sus respuestas se hicieron más largas y cariñosas. Finalmente, le lanzó por la ventana la siguiente carta:
Esta noche habrá un baile en la Embajada. La Condesa estará allí. Nos quedaremos hasta las dos. Ahora tiene la oportunidad de verme a solas. En cuanto la Condesa se haya ido, es muy probable que los sirvientes salgan y no quede nadie más que el suizo, aunque este suele dormir en su cabaña. Venga sobre las once y media. Suba directamente. Si encuentra a alguien en la antesala, pregunte si la Condesa está en casa. Le dirán que no, en cuyo caso no le quedará más remedio que irse. Pero lo más probable es que no encuentre a nadie. Las criadas estarán todas juntas en una habitación. Al salir de la antesala, gire a la izquierda y siga recto hasta llegar al dormitorio de la Condesa. En el dormitorio, tras un biombo, encontrará dos puertas: la de la derecha da a un armario, al que la Condesa nunca entra; la de la izquierda da a un pasillo, al final del cual hay un pequeño... escalera de caracol; ésta conduce a mi habitación”.
Hermann temblaba como un tigre mientras esperaba la hora señalada. A las diez de la noche ya estaba frente a la casa de la condesa. El tiempo era terrible; el viento soplaba con gran violencia; la nieve aguanieve caía en grandes copos; las farolas emitían una luz tenue, las calles estaban desiertas; de vez en cuando pasaba un trineo tirado por un coche de caballos de aspecto desdichado, buscando a algún pasajero retrasado. Hermann iba envuelto en un grueso abrigo y no sentía ni el viento ni la nieve.
Por fin llegó el carruaje de la condesa. Hermann vio a dos lacayos que llevaban en brazos el cuerpo encorvado de la anciana, envuelta en piel de marta cibelina, e inmediatamente detrás de ella, ataviada con un manto cálido y con la cabeza adornada con una corona de flores frescas, seguía Lizaveta. La puerta estaba cerrada. El carruaje se alejó rodando pesadamente entre la nieve que cedía. El portero cerró la puerta de la calle; las ventanas se oscurecieron.
Hermann empezó a caminar de un lado a otro cerca de la casa desierta; finalmente se detuvo bajo una lámpara y miró su reloj: eran las once y veinte. Permaneció de pie bajo la lámpara, con la vista fija en el reloj, esperando con impaciencia que transcurrieran los minutos restantes. A las once y media en punto, Hermann subió las escaleras de la casa y se dirigió al vestíbulo brillantemente iluminado. El portero no estaba allí. Hermann subió apresuradamente la escalera, abrió la puerta de la antesala y vio a un lacayo dormido en una silla antigua junto a una lámpara. Con paso ligero y firme, Hermann pasó junto a él. El salón y el comedor estaban a oscuras, pero un débil reflejo penetraba desde la lámpara de la antesala.
Hermann llegó al dormitorio de la condesa. Ante un altar, repleto de imágenes antiguas, ardía una lámpara dorada. Sillones y divanes descoloridos, con mullidos cojines, se alzaban en melancólica simetría alrededor de la habitación, cuyas paredes estaban tapizadas con seda china. A un lado de la habitación colgaban dos retratos pintados en París por Madame Lebrun. Uno de ellos representaba a un hombre corpulento y de rostro colorado, de unos cuarenta años, con un uniforme verde brillante y una estrella en el pecho; el otro, a una hermosa joven, de nariz aguileña, rizos en la frente y una rosa en el cabello empolvado. En los rincones se alzaban pastores y pastoras de porcelana, relojes de comedor del taller del célebre Lefroy, sombrereras, ruletas, abanicos y los diversos juguetes para el entretenimiento de las damas que estaban de moda a finales del siglo pasado, cuando los globos de Montgolfier y el magnetismo de Mesmer estaban de moda. Hermann se situó tras el biombo. Al fondo había una pequeña cama de hierro; a la derecha, la puerta que daba al armario; a la izquierda, la otra, que daba al pasillo. Abrió esta última y vio la pequeña escalera de caracol que conducía a la habitación del pobre compañero... Pero volvió sobre sus pasos y entró en el oscuro armario.
El tiempo transcurrió lentamente. Todo estaba en silencio. El reloj del salón dio las doce; las campanadas resonaron por la habitación una tras otra, y todo volvió a quedar en silencio. Hermann estaba apoyado en la estufa fría. Estaba tranquilo; su corazón latía con regularidad, como el de un hombre decidido a una empresa peligrosa pero inevitable. Dio la una de la mañana; luego las dos; y oyó el lejano ruido de las ruedas de un carruaje. Una agitación involuntaria se apoderó de él. El carruaje se acercó y se detuvo. Oyó el sonido de los escalones al bajar. Todo era bullicio en la casa. Los sirvientes corrían de un lado a otro, había una confusión de voces y las habitaciones estaban iluminadas. Tres anticuadas camareras entraron en el dormitorio, seguidas poco después por la condesa, que, más muerta que viva, se desplomó en un sillón Voltaire. Hermann miró por una rendija. Lizaveta Ivanovna pasó junto a él, y oyó sus pasos apresurados subiendo apresuradamente la pequeña escalera de caracol. Por un momento su corazón fue asaltado por algo parecido a un pinchazo de conciencia, pero la emoción fue sólo transitoria y su corazón quedó petrificado como antes.
La condesa comenzó a desvestirse ante su espejo. Se quitó la cofia adornada con rosas y luego la peluca empolvada de su cabello blanco y corto. Las horquillas cayeron a cántaros a su alrededor. Su vestido de satén amarillo, con brocado de plata, cayó a sus pies hinchados.
Hermann fue testigo de los repugnantes misterios de su tocador; por fin, la condesa estaba en gorro de dormir y bata, y con este traje, más apropiado para su edad, parecía menos horrible y deforme.
Como todas las personas mayores, la condesa sufría de insomnio. Tras desvestirse, se sentó junto a la ventana en un sillón Voltaire y despidió a sus doncellas. Retiraron las velas y, una vez más, la habitación quedó con una sola lámpara encendida. La condesa permaneció allí sentada, con el rostro pálido, murmurando con los labios flácidos y balanceándose. Sus ojos apagados reflejaban una completa indiferencia, y al mirarla, cualquiera habría pensado que el balanceo de su cuerpo no era un acto voluntario, sino producto de algún mecanismo galvánico oculto.
De repente, el rostro cadavérico adoptó una expresión inexplicable. Los labios dejaron de temblar, los ojos se animaron: ante la condesa se encontraba un hombre desconocido.
—¡No te alarmes, por Dios, no te alarmes! —dijo en voz baja pero clara—. No tengo intención de hacerte daño, solo vengo a pedirte un favor.
La anciana lo miró en silencio, como si no hubiera oído lo que decía. Hermann pensó que estaba sorda y, inclinándose hacia su oído, repitió lo que había dicho. La anciana condesa permaneció en silencio como antes.
—Puedes asegurarme la felicidad —continuó Hermann—, y no te costará nada. Sé que puedes nombrar tres cartas en orden...
Hermann se detuvo. La condesa pareció comprender ahora lo que quería; parecía como si buscara las palabras para responder.
“Era una broma”, respondió finalmente. “Te aseguro que sólo era una broma”.
—No se trata de bromas —respondió Hermann con enfado—. Recuerda a Chaplitzky, a quien ayudaste a ganar.
La condesa se sintió visiblemente inquieta. Sus rasgos reflejaban una intensa emoción, pero pronto recuperaron su anterior inmovilidad.
“¿No puedes nombrarme estas tres cartas ganadoras?” continuó Hermann.
La condesa permaneció en silencio; Hermann continuó:
¿Para quién guardas tu secreto? ¿Para tus nietos? Ya son bastante ricos sin él; desconocen el valor del dinero. Tus cartas no le servirían a un derrochador. Quien no pueda conservar la herencia paterna, morirá en la miseria, aunque tenga un demonio a su servicio. Yo no soy así; conozco el valor del dinero. No me echarás en cara tus tres cartas. ¡Ven!
Hizo una pausa y esperó tembloroso su respuesta. La condesa guardó silencio; Hermann cayó de rodillas.
“Si tu corazón alguna vez conoció el sentimiento del amor”, dijo él, “si recuerdas su arrebato, si alguna vez sonreíste al llanto de tu hijo recién nacido, si algún sentimiento humano alguna vez se apoderó de tu pecho, te suplico por los sentimientos de esposa, amante, madre, por todo lo más sagrado de la vida, que no rechaces mi oración. Revélame tu secreto. ¿De qué te sirve?... Quizás esté relacionado con algún terrible pecado, con la pérdida de la salvación eterna, con algún pacto con el diablo... Reflexiona: eres viejo; no te queda mucho tiempo de vida; estoy dispuesto a cargar con tus pecados sobre mi alma. Solo revélame tu secreto. Recuerda que la felicidad de un hombre está en tus manos, que no solo yo, sino mis hijos y nietos bendeciremos tu memoria y te reverenciaremos como a un santo...”
La vieja condesa no respondió ni una palabra.
Hermann se puso de pie.
—¡Vieja bruja! —exclamó apretando los dientes—. ¡Entonces te haré responder!
Con estas palabras sacó una pistola de su bolsillo.
Al ver la pistola, la condesa, por segunda vez, mostró una fuerte emoción. Negó con la cabeza y levantó las manos como para protegerse del disparo... luego cayó hacia atrás y permaneció inmóvil.
—¡Vamos, basta de tonterías infantiles! —dijo Hermann, tomándole la mano—. Te pregunto por última vez: ¿me dirás los nombres de tus tres cartas o no?
La condesa no respondió. ¡Hermann se dio cuenta de que estaba muerta!
IV
YoIzaveta Ivanovna estaba sentada en su habitación, todavía con su vestido de baile, sumida en sus pensamientos. Al regresar a casa, despidió apresuradamente a la camarera, quien se acercó a su lado con mucha reticencia, diciendo que se desnudaría sola, y con el corazón tembloroso subió a su habitación, esperando encontrar allí a Hermann, pero con la esperanza de no encontrarlo. A primera vista, se convenció de que no estaba y agradeció al destino haberle impedido acudir a la cita. Se sentó sin desvestirse y comenzó a recordar todas las circunstancias que en tan poco tiempo la habían llevado hasta allí. No habían pasado tres semanas desde que vio por primera vez al joven oficial desde la ventana, y sin embargo, ya mantenía correspondencia con él, ¡y él había logrado convencerla de concederle una entrevista nocturna! Conocía su nombre solo porque lo había escrito al pie de algunas de sus cartas; nunca había hablado con él, ni había oído su voz, ni había oído hablar de él hasta esa noche. Pero, por extraño que parezca, esa misma noche en el baile, Tomsky, molesto con la joven princesa Pauline N——, quien, contrariamente a su costumbre, no coqueteaba con él, quiso vengarse adoptando un aire de indiferencia: por lo tanto, contrató a Lizaveta Ivanovna y bailó con ella una mazurca interminable. Durante todo el tiempo no dejó de burlarse de su preferencia por los oficiales de ingenieros; le aseguró que sabía mucho más de lo que ella imaginaba, y algunas de sus bromas eran tan acertadas que Lizaveta creyó varias veces que él conocía su secreto.
«¿De quién has aprendido todo esto?», preguntó sonriendo.
—De un amigo de una persona muy conocida por usted —respondió Tomsky—, de un hombre muy distinguido.
“¿Y quién es este distinguido hombre?”
"Su nombre es Hermann."
Lizaveta no respondió, pero sus manos y pies perdieron toda sensibilidad.
—Este Hermann —continuó Tomsky— es un hombre de personalidad romántica. Tiene el perfil de un Napoleón y el alma de un Mefistófeles. Creo que tiene al menos tres crímenes sobre su conciencia... ¡Qué pálido te has puesto!
—Me duele la cabeza... ¿Pero qué te dijo ese Hermann, o como se llame?
Hermann está muy insatisfecho con su amigo: dice que en su lugar actuaría de forma muy distinta... Incluso creo que el propio Hermann tiene intenciones contra ti; al menos, escucha con mucha atención todo lo que su amigo tiene que decir sobre ti.
“¿Y dónde me ha visto?”
En la iglesia, quizás; o en la procesión, solo Dios sabe dónde. Puede que haya sido en tu habitación, mientras dormías, porque no hay nada que él...
Tres damas se acercaron a él y le preguntaron: “ ¿De qué te arrepientes ?”, interrumpiendo la conversación, que se había vuelto tan tentadoramente interesante para Lizaveta.
La dama elegida por Tomsky fue la propia princesa Paulina. Logró reconciliarse con él durante las numerosas vueltas del baile, tras lo cual la condujo a su silla. Al regresar a su lugar, Tomsky ya no pensó en Hermann ni en Lizaveta. Anhelaba reanudar la conversación interrumpida, pero la mazurca terminó, y poco después la anciana condesa se marchó.
Las palabras de Tomsky no eran más que la típica charla informal del baile, pero calaron hondo en el alma de la joven soñadora. El retrato, esbozado por Tomsky, coincidía con la imagen que ella misma se había formado, y gracias a las últimas novelas románticas, el rostro común de su admiradora se dotó de atributos capaces de alarmarla y fascinar su imaginación al mismo tiempo. Ahora estaba sentada con los brazos desnudos cruzados y la cabeza, aún adornada con flores, hundida sobre su pecho descubierto. De repente, la puerta se abrió y entró Hermann. Ella se estremeció.
¿Dónde estabas?, preguntó en un susurro aterrorizado.
—En el dormitorio de la condesa —respondió Hermann—. Acabo de dejarla. La condesa ha muerto.
¡Dios mío! ¿Qué dices?
«Y me temo», añadió Hermann, «que yo soy la causa de su muerte».
Lizaveta lo miró, y las palabras de Tomsky resonaron en su alma: "¡Este hombre tiene al menos tres crímenes sobre su conciencia!" Hermann se sentó junto a la ventana, cerca de ella, y le contó todo lo sucedido.
Lizaveta lo escuchaba aterrorizada. Así que todas esas cartas apasionadas, esos deseos ardientes, esa búsqueda audaz y obstinada... ¡nada de eso era amor! ¡Dinero! ¡Eso era lo que anhelaba su alma! ¡Ella no podía satisfacer su deseo ni hacerlo feliz! ¡La pobre muchacha no había sido más que la ciega herramienta de un ladrón, del asesino de su anciana benefactora!... Lloró amargas lágrimas de arrepentimiento agonizante. Hermann la miró en silencio: su corazón también era presa de una violenta emoción, pero ni las lágrimas de la pobre muchacha ni el maravilloso encanto de su belleza, realzado por su dolor, lograron impresionar su alma endurecida. No sentía remordimiento alguno al pensar en la anciana muerta. Solo una cosa lo afligía: la pérdida irreparable del secreto del que esperaba obtener una gran riqueza.
“¡Eres un monstruo!” dijo finalmente Lizaveta.
“No deseaba su muerte”, respondió Hermann: “mi pistola no estaba cargada”.
Ambos permanecieron en silencio.
El día comenzó a amanecer. Lizaveta apagó la vela: una tenue luz iluminó su habitación. Se secó los ojos llorosos y los alzó hacia Hermann: estaba sentado cerca de la ventana, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. En esta actitud, guardaba un asombroso parecido con el retrato de Napoleón. Este parecido impresionó incluso a Lizaveta.
—¿Cómo puedo sacarte de la casa? —preguntó ella al fin—. Pensé en acompañarte por la escalera secreta, pero en ese caso sería necesario pasar por el dormitorio de la condesa, y tengo miedo.
“Dime cómo encontrar esta escalera secreta. Iré solo”.
Lizaveta se levantó, sacó una llave de su cajón, se la entregó a Hermann y le dio las instrucciones necesarias. Hermann le apretó la mano fría y flácida, le besó la cabeza inclinada y salió de la habitación.
Bajó la escalera de caracol y entró de nuevo en el dormitorio de la condesa. La anciana muerta permanecía sentada como petrificada; su rostro reflejaba una profunda tranquilidad. Hermann se detuvo ante ella y la contempló larga y atentamente, como si quisiera convencerse de la terrible realidad; finalmente entró en el gabinete, buscó la puerta tras el tapiz y comenzó a bajar la oscura escalera, presa de extrañas emociones. «Por esta misma escalera», pensó, «quizás procedente de la misma habitación, y a esta misma hora hace sesenta años, quizá se deslizara, con un abrigo bordado, el pelo peinado a la usanza real y apretando contra el corazón su sombrero de tres picos, algún joven galán, que lleva mucho tiempo desmoronándose en la tumba, pero el corazón de su anciana amante solo hoy ha dejado de latir...».
Al final de la escalera, Hermann encontró una puerta que abrió con llave y luego recorrió un pasillo que lo condujo a la calle.
V
TTres días después de la noche fatal, a las nueve de la mañana, Hermann acudió al convento de ——, donde se rendirían los últimos honores a los restos mortales de la anciana condesa. Aunque no sentía remordimientos, no pudo acallar del todo la voz de su conciencia, que le decía: «¡Eres el asesino de la anciana!». A pesar de sus escasas creencias religiosas, era extremadamente supersticioso; y creyendo que la difunta condesa podría ejercer una influencia negativa sobre su vida, decidió asistir a sus exequias para implorar su perdón.
La iglesia estaba llena. Hermann se abrió paso con dificultad entre la multitud. El ataúd fue colocado sobre un rico catafalco bajo un baldaquino de terciopelo. La difunta condesa yacía en su interior, con las manos cruzadas sobre el pecho, un gorro de encaje y vestida con una túnica de satén blanco. Alrededor del catafalco se encontraban los miembros de su familia: los sirvientes, con caftanes negros , cintas heráldicas sobre los hombros y velas en las manos; los familiares —hijos, nietos y bisnietos—, de riguroso luto.
Nadie lloró; las lágrimas habrían sido una afectación . La condesa era tan anciana que su muerte no habría sorprendido a nadie, y sus familiares la consideraban desde hacía tiempo un sermón fuera de este mundo. Un famoso predicador pronunció el sermón fúnebre. Con palabras sencillas y conmovedoras, describió el apacible fallecimiento de la mujer justa, que había pasado largos años preparándose con serenidad para un fin cristiano. «El ángel de la muerte la encontró», dijo el orador, «enfrascada en piadosa meditación, esperando al novio de medianoche».
El servicio concluyó en un profundo silencio. Los familiares se adelantaron primero para despedir al cadáver. Luego siguieron los numerosos invitados, que habían venido a rendirle el último homenaje a quien durante tantos años había participado en sus frívolas diversiones. Tras ellos, los miembros de la casa de la condesa. La última de ellos era una anciana de la misma edad que la difunta. Dos jóvenes la condujeron de la mano. No tuvo fuerzas para inclinarse hasta el suelo; simplemente derramó algunas lágrimas y besó la fría mano de su señora.
Hermann decidió entonces acercarse al ataúd. Se arrodilló sobre las frías piedras y permaneció en esa posición durante unos minutos; finalmente se levantó, pálido como la propia condesa fallecida; subió los escalones del catafalco y se inclinó sobre el cadáver... En ese momento le pareció que la muerta lo miraba burlonamente y le guiñaba un ojo. Hermann retrocedió, dio un paso en falso y cayó al suelo. Varias personas se apresuraron a levantarlo. En ese mismo instante, Lizaveta Ivanovna fue llevada desmayada al pórtico de la iglesia. Este episodio perturbó durante unos minutos la solemnidad de la sombría ceremonia. Entre la congregación surgió un profundo murmullo, y un chambelán alto y delgado, pariente cercano de la difunta, susurró al oído de un inglés que estaba de pie cerca de él que el joven oficial era hijo natural de la condesa, a lo que el inglés respondió fríamente: "¡Oh!".
Durante todo ese día, Hermann estuvo extrañamente excitado. Al dirigirse a un restaurante apartado para cenar, bebió mucho vino, contrariamente a su costumbre, con la esperanza de calmar su agitación interior. Pero el vino solo sirvió para excitar aún más su imaginación. Al regresar a casa, se tiró en la cama sin desvestirse y se sumió en un sueño profundo.
Cuando despertó ya era de noche y la luna iluminaba la habitación. Miró su reloj: eran las tres menos cuarto. El sueño lo había abandonado; se sentó en la cama y pensó en el funeral de la anciana condesa.
En ese momento, alguien en la calle se asomó a su ventana y siguió caminando. Hermann no prestó atención a este incidente. Unos momentos después, oyó abrirse la puerta de su antesala. Hermann pensó que era su ordenanza, borracho como siempre, que regresaba de alguna expedición nocturna, pero enseguida oyó pasos desconocidos para él: alguien caminaba suavemente por el suelo en pantuflas. La puerta se abrió y una mujer vestida de blanco entró en la habitación. Hermann la confundió con su anciana niñera y se preguntó qué la traería allí a esas horas de la noche. Pero la mujer blanca cruzó rápidamente la habitación y se detuvo frente a él, ¡y Hermann reconoció a la condesa!
—He venido a ti contra mi voluntad —dijo con voz firme—, pero se me ha ordenado acceder a tu petición. Tres, siete, as, te darán la victoria si juegas consecutivamente, pero con estas condiciones: que no juegues más de una carta en veinticuatro horas y que no vuelvas a jugar en el resto de tu vida. Te perdono mi muerte, con la condición de que te cases con mi compañera, Lizaveta Ivanovna.
Con estas palabras, se dio la vuelta en silencio, caminó arrastrando los pies hacia la puerta y desapareció. Hermann oyó abrirse y cerrarse la puerta de la calle, y de nuevo vio que alguien lo miraba por la ventana.
Durante mucho tiempo, Hermann no pudo recuperarse. Entonces se levantó y entró en la habitación contigua. Su ordenanza dormía en el suelo, y le costó mucho despertarlo. El ordenanza estaba borracho, como siempre, y no pudieron obtener ninguna información de él. La puerta de la calle estaba cerrada. Hermann regresó a su habitación, encendió la vela y anotó todos los detalles de su visión.
VI
TDos ideas fijas no pueden coexistir en el mundo moral, así como dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el mundo físico. «Tres, siete, as», pronto apartó de la mente de Hermann el recuerdo de la condesa muerta. «Tres, siete, as», resonaba perpetuamente en su mente y se repetía continuamente en sus labios. Si veía a una joven, decía: «¡Qué esbelta es! Es como el tres de corazones». Si alguien le preguntaba: «¿Qué hora es?», respondía: «Las siete menos cinco». Todo hombre corpulento que veía le recordaba el as. «Tres, siete, as» lo perseguía en sueños y adoptaba todas las formas posibles. Los tres florecían ante él en forma de magníficas flores, los sietes estaban representados por portales góticos y los ases se transformaban en arañas gigantes. Un solo pensamiento ocupaba toda su mente: aprovechar al máximo el secreto que había adquirido tan caro. Pensó en solicitar un permiso para viajar al extranjero. Quería ir a París y tentar a la fortuna en alguna de las casas de juego públicas que abundaban allí. La casualidad le evitó todos estos problemas.
Había en Moscú una sociedad de jugadores adinerados, presidida por el célebre Chekalinsky, quien se había pasado toda la vida jugando a las cartas y había amasado millones, aceptando letras de cambio por sus ganancias y pagando sus pérdidas con dinero al contado. Su larga experiencia le garantizó la confianza de sus compañeros, y su ambiente acogedor, su famoso cocinero y sus modales agradables y fascinantes le granjearon el respeto del público. Llegó a San Petersburgo. Los jóvenes de la capital acudían en masa a sus habitaciones, dejando de lado los bailes por las cartas y prefiriendo las emociones del faro a la seducción del coqueteo. Narumov condujo a Hermann a la residencia de Chekalinsky.
Pasaron por una serie de magníficas habitaciones, llenas de atentos sirvientes. El lugar estaba abarrotado. Generales y consejeros privados jugaban al whist; jóvenes se repanchingaban despreocupadamente en los sofás tapizados de terciopelo, comiendo helados y fumando en pipa. En el salón, a la cabecera de una larga mesa, alrededor de la cual se reunían una veintena de jugadores, estaba sentado el dueño de la casa, encargado de la banca. Era un hombre de unos sesenta años, de aspecto muy digno; su cabeza estaba cubierta de cabello blanco plateado; su rostro, amplio y rubicundo, expresaba buen humor, y sus ojos brillaban con una sonrisa perpetua. Narumov le presentó a Hermann. Chekalinsky le estrechó la mano amistosamente, le pidió que no se anduviera con ceremonias y luego continuó repartiendo.
La partida duró un buen rato. Sobre la mesa había más de treinta cartas. Chekalinsky hacía una pausa después de cada tirada para que los jugadores pudieran ordenar sus cartas y anotar sus pérdidas, escuchaba con cortesía sus peticiones y, con mayor cortesía aún, enderezaba las esquinas de las cartas que la mano de algún jugador había doblado por casualidad. Finalmente, la partida terminó. Chekalinsky barajó las cartas y se preparó para repartir de nuevo.
“¿Me permite tomar una carta?” dijo Hermann, extendiendo su mano desde detrás de un caballero corpulento que estaba jugando.
Chekalinsky sonrió e hizo una reverencia silenciosa, en señal de asentimiento. Narumov, entre risas, felicitó a Hermann por su renuncia a esa abstinencia de las cartas que había practicado durante tanto tiempo y le deseó un buen comienzo.
“¡Apuesta!” dijo Hermann, escribiendo algunas cifras con tiza en el reverso de su tarjeta.
“¿Cuánto?”, preguntó el banquero, contrayendo los músculos de los ojos. “Disculpe, no veo con claridad”.
“Cuarenta y siete mil rublos”, respondió Hermann.
Ante estas palabras, todas las cabezas en la sala se giraron de repente y todos los ojos se fijaron en Hermann.
“¡Ha perdido el juicio!” pensó Narumov.
—Permítame informarle —dijo Chekalinsky con su eterna sonrisa— que está usted jugando muy alto; aquí nadie ha apostado nunca más de doscientos setenta y cinco rublos a la vez.
—Muy bien —respondió Hermann—; ¿pero aceptas mi tarjeta o no?
Chekalinsky hizo una reverencia en señal de consentimiento.
—Solo quiero comentar —dijo— que, aunque confío plenamente en mis amigos, solo puedo jugar contra dinero en efectivo. Por mi parte, estoy convencido de que su palabra es suficiente, pero para mantener el orden del juego y facilitar las cuentas, debo pedirle que apueste el dinero en su tarjeta.
Hermann sacó de su bolsillo un billete y se lo entregó a Chekalinsky, quien, después de examinarlo superficialmente, lo colocó en la tarjeta de Hermann.
Empezó a repartir. A la derecha apareció un nueve y a la izquierda un tres.
“¡He ganado!” dijo Hermann mostrando su tarjeta.
Un murmullo de asombro se elevó entre los jugadores. Chekalinsky frunció el ceño, pero la sonrisa regresó rápidamente a su rostro.
“¿Quieres que me ponga de acuerdo contigo?” le dijo a Hermann.
“Si es tan amable”, respondió este último.
Chekalinsky sacó varios billetes de su bolsillo y pagó de inmediato. Hermann tomó su dinero y se levantó de la mesa. Narumov no pudo recuperarse de su asombro. Hermann bebió un vaso de limonada y regresó a casa.
A la noche siguiente, volvió a Chekalinsky's. El camarero estaba repartiendo. Hermann se acercó a la mesa; los apostadores inmediatamente le hicieron sitio. Chekalinsky lo saludó con una cortés reverencia.
Hermann esperó el siguiente reparto, cogió una carta y puso sobre ella sus cuarenta y siete mil rublos, junto con sus ganancias de la noche anterior.
Chekalinsky empezó a repartir. Apareció una sota a la derecha y un siete a la izquierda.
Hermann mostró su siete.
Se oyó una exclamación general. Chekalinsky, evidentemente, estaba incómodo, pero contó los noventa y cuatro mil rublos y se los entregó a Hermann, quien los guardó con la mayor frialdad posible y salió de la casa inmediatamente.
A la noche siguiente, Hermann volvió a la mesa. Todos lo esperaban. Los generales y consejeros privados dejaron el whist para presenciar tan extraordinario juego. Los jóvenes oficiales abandonaron sus sofás, e incluso los sirvientes se agolparon en la sala. Todos se apiñaron alrededor de Hermann. Los demás jugadores dejaron de jugar, impacientes por ver cómo terminaría. Hermann se quedó de pie junto a la mesa, preparado para jugar solo contra el pálido, pero aún sonriente, Chekalinsky. Cada uno abrió una baraja de cartas. Chekalinsky barajó. Hermann tomó una carta y la cubrió con un fajo de billetes. Fue como un duelo. Un profundo silencio reinó.
Chekalinsky empezó a repartir; le temblaban las manos. A la derecha apareció una reina, y a la izquierda, un as.
“¡El as ha ganado!”, gritó Hermann, mostrando su carta.
—Vuestra reina ha perdido —dijo Chekalinsky cortésmente.
Hermann se sobresaltó; en lugar de un as, ¡tenía ante sí la reina de picas! No podía creer lo que veía, ni entendía cómo había cometido semejante error.
En ese momento le pareció que la reina de picas le sonreía irónicamente y le guiñaba el ojo. Le impresionó su notable parecido...
—¡La vieja condesa! —exclamó, presa del terror.
Chekalinsky recogió sus ganancias. Durante un rato, Hermann permaneció inmóvil. Cuando por fin se levantó de la mesa, se produjo una conmoción general en la sala.
"¡Qué buena jugada!", dijeron los jugadores. Chekalinsky volvió a barajar las cartas y el juego continuó como siempre.
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Hermann perdió la razón y ahora está recluido en la habitación número 17 del Hospital Obukhov. Nunca responde a ninguna pregunta, pero murmura constantemente con una rapidez inusual: "¡Tres, siete, as!" "¡Tres, siete, reina!"
Lizaveta Ivanovna se ha casado con un joven muy amable, hijo del antiguo mayordomo de la anciana condesa. Él trabaja en algún lugar del Estado y percibe buenos ingresos. Lizaveta también mantiene a un pariente pobre.
Tomsky ha sido ascendido al rango de capitán y se ha convertido en el marido de la princesa Pauline.
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LA CAPA
POR NIKOLAY V. GOGOL
IEn el departamento de——, pero es mejor no mencionar el departamento. Los asuntos más delicados del mundo son los departamentos, regimientos, tribunales de justicia, en una palabra, todas las ramas del servicio público. Hoy en día, cada individuo cree que toda la sociedad se ve insultada en su persona. Recientemente, se recibió una queja de un jefe de policía de distrito, en la que demostraba claramente que todas las instituciones imperiales se estaban yendo al garete y que el sagrado nombre del zar se estaba usando en vano; y como prueba, adjuntó a la queja una novela, en la que el jefe de policía de distrito aparece aproximadamente una vez cada diez páginas, a veces en estado de ebriedad. Por lo tanto, para evitar cualquier disgusto, será mejor designar el departamento en cuestión como un departamento específico.
Así pues, en cierto departamento había un funcionario —no muy destacado, hay que reconocerlo— de baja estatura, con algunas marcas de viruela, pelirrojo y ojos de lunar, con la frente calva, mejillas arrugadas y una tez conocida como sanguínea. El clima petersburgués era el responsable. En cuanto a su rango oficial —para nosotros los rusos el rango es lo primero—, era lo que se llama consejero titular perpetuo, sobre el cual, como es bien sabido, algunos escritores se divierten y hacen bromas, siguiendo la loable costumbre de atacar a quienes no pueden contraatacar.
Su apellido era Bashmachkin. Este nombre evidentemente deriva de bashmak (zapato); pero se desconoce cuándo, en qué momento ni de qué manera. Su padre, su abuelo y todos los Bashmachkin siempre usaban botas, que se resolaban dos o tres veces al año. Su nombre era Akaki Akakiyevich. Puede que al lector le parezca un tanto singular y descabellado; pero puede estar seguro de que no lo era en absoluto, y que las circunstancias eran tales que habría sido imposible darle otro.
Así fue como ocurrió.
Akaki Akakiyevich nació, si no me falla la memoria, la tarde del 23 de marzo. Su madre, esposa de un funcionario del gobierno y una mujer muy noble, hizo todos los arreglos necesarios para el bautizo del niño. Estaba acostada en la cama frente a la puerta; a su derecha estaban el padrino, Iván Ivánovich Eroshkin, un hombre muy respetable, que se desempeñaba como secretario principal del Senado; y la madrina, Arina Semiónovna Bielobrinshkova, esposa de un oficial del cuartel y una mujer de excepcionales virtudes. Le ofrecieron a la madre elegir entre tres nombres: Mokiya, Sossiya, o que el niño se llamara en honor al mártir Khozdazat. «No», dijo la buena mujer, «todos esos nombres son malos». Para complacerla, abrieron el calendario por otro lugar; aparecieron tres nombres más: Triphily, Dula y Varakhasy. «Esto es horrible», dijo la anciana. ¡Qué nombres! Nunca había oído nada parecido. ¡Habría aguantado a Varadat o a Varukh, pero no a Triphily ni a Varakhasy! Pasaron a otra página y encontraron a Pavsikakhy y Vakhtisy. «Ahora veo», dijo la anciana, «que es pura fatalidad. Y como es así, será mejor ponerle el nombre de su padre. Su padre se llamaba Akaky, así que que su hijo también se llame Akaky». Así se convirtió en Akaky Akakiyevich. Bautizaron al niño, ante lo cual lloró e hizo una mueca, como si previera que sería consejero titular.
Así sucedió todo. Lo mencionamos para que el lector pueda ver por sí mismo que fue un caso de necesidad y que era absolutamente imposible darle otro nombre.
Nadie recordaba cuándo ni cómo entró en el departamento, ni quién lo nombró. Por mucho que cambiaran directores y jefes de todo tipo, siempre se le veía en el mismo sitio, con la misma actitud, con la misma ocupación —siempre el de copista—, de modo que después se afirmó que había nacido de uniforme y calvo. No se le mostraba ningún respeto en el departamento. El portero no solo no se levantaba de su asiento al pasar, sino que ni siquiera lo miraba, como si una mosca hubiera pasado volando por la sala de recepción. Sus superiores lo trataban con frialdad y despóticamente. Algún insignificante ayudante del jefe le metía un papel bajo la nariz sin siquiera decir «Copia», «Aquí hay un caso interesante» ni nada agradable, como es costumbre entre los funcionarios de buena cuna. Y lo cogía, mirando solo el papel, sin fijarse en quién se lo entregaba ni si tenía derecho a hacerlo; simplemente lo cogía y se ponía a copiarlo.
Los jóvenes funcionarios se reían y se burlaban de él, hasta donde su ingenio oficial se lo permitía; contaban en su presencia diversas historias inventadas sobre él y su casera, una anciana de setenta años; declaraban que ella lo golpeaba; preguntaban cuándo sería la boda; y le esparcían trozos de papel sobre la cabeza, llamándolos nieve. Pero Akaki Akakiyevich no respondía ni una palabra, como si no hubiera habido nadie más allí. Ni siquiera afectaba su trabajo. Entre todas estas molestias, jamás cometía un solo error en una carta. Pero si las bromas se volvían completamente insoportables, como cuando le daban un cosquilleo en la cabeza y le impedían concentrarse en su trabajo, exclamaba:
¡Déjame en paz! ¿Por qué me insultas?
Y había algo extraño en las palabras y en la voz con que fueron pronunciadas. Había en ello algo que conmovía a la compasión; tanto así que un joven, un recién llegado, que, imitando a los demás, se había permitido burlarse de Akaky, de repente se detuvo en seco, como si todo a su alrededor hubiera sufrido una transformación y se presentara con un aspecto diferente. Alguna fuerza invisible lo repelió de los camaradas que había conocido, suponiendo que eran hombres decentes y bien educados. Mucho después, en sus momentos más alegres, volvió a su mente el pequeño oficial de la frente calva, con sus desgarradoras palabras: "¡Déjame en paz! ¿Por qué me insultas?". En estas conmovedoras palabras, otras resonaron: "Soy tu hermano". Y el joven se cubrió la cara con la mano; y muchas veces después, en el curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosería salvaje se esconde bajo el refinamiento refinado, culto, mundano, e incluso, ¡oh Dios!, en ese hombre a quien el mundo reconoce como honorable y recto.
Sería difícil encontrar a otro hombre que viviera tan exclusivamente para sus deberes. No basta con decir que Akaky trabajaba con celo; no, trabajaba con amor. En sus copias, encontró una ocupación variada y agradable. El placer se reflejaba en su rostro; algunas letras incluso eran sus favoritas; y cuando las encontraba, sonreía, guiñaba el ojo y trabajaba con los labios, hasta que parecía que cada letra podía leerse en su rostro, mientras su pluma la trazaba. Si su sueldo hubiera sido proporcional a su celo, tal vez, para su gran sorpresa, habría sido nombrado incluso consejero de estado. Pero trabajaba, como decían sus compañeros, los ingeniosos, como un caballo en un molino.
Sin embargo, sería falso decir que no se le prestó atención. Un director, un hombre amable y deseoso de recompensarlo por su larga trayectoria, ordenó que se le asignara algo más importante que simplemente copiar. Así que se le ordenó que presentara un informe de un asunto ya concluido a otro departamento; la tarea consistía simplemente en cambiar el encabezado y corregir algunas palabras de la primera a la tercera persona. Esto le causó tanto trabajo que rompió a sudar, se frotó la frente y finalmente dijo: «No, denme algo para copiar». Después de eso, lo dejaron copiar para siempre.
Aparte de copiar, parecía que nada existía para él. No pensaba en su ropa. Su uniforme no era verde, sino de un color óxido. El cuello era bajo, de modo que su cuello, a pesar de no ser largo, parecía desmesuradamente largo al salir, como los cuellos de los gatos de yeso que los vendedores ambulantes llevan sobre sus cabezas. Y siempre había algo pegado a su uniforme, ya fuera un poco de heno o alguna bagatela. Además, tenía una peculiar habilidad, mientras caminaba por la calle, para llegar debajo de una ventana justo cuando salían todo tipo de basura; por eso siempre llevaba en el sombrero trozos de cáscaras de melón y otros artículos similares. Nunca en su vida prestó atención a lo que sucedía a diario en la calle; Es bien sabido que sus jóvenes colegas oficiales aguzaban la vista hasta ver cuándo alguien se desabrochaba los pantalones en la acera de enfrente, lo que siempre les dibujaba una sonrisa maliciosa. Pero Akaki Akakiyevich veía en todo la limpieza y la uniformidad de sus líneas; y solo cuando un caballo, desde algún lugar desconocido, le asomaba el hocico por encima del hombro y le enviaba una ráfaga de viento por la nuca, se daba cuenta de que no estaba en medio de una fila, sino en medio de la calle.
Al llegar a casa, se sentó enseguida a la mesa, bebió rápidamente su sopa de col y se tragó un trozo de carne encebollada, sin notar su sabor, engullendo todo con moscas y cualquier otra cosa que el Señor le enviara en ese momento. Cuando vio que su estómago empezaba a hincharse, se levantó de la mesa y copió los papeles que había traído a casa. Si no había ninguno, hacía copias para su propia satisfacción, sobre todo si el documento era notable, no por su estilo, sino por estar dirigido a alguna persona distinguida.
Incluso a la hora en que el cielo gris de San Petersburgo había desaparecido por completo y todo el mundo oficial había comido o cenado, cada uno como podía, de acuerdo con su salario y su propio capricho; cuando todos descansaban del bote de plumas del departamento, corriendo de un lado a otro, para sus propias ocupaciones y las de los demás, y de todo el trabajo que un hombre inquieto hace voluntariamente para sí mismo, en lugar de lo necesario; cuando los funcionarios se apresuraban a dedicar al placer el tiempo que les quedaba, uno más atrevido que el resto, yendo al teatro; otro, a la calle, mirando bajo los sombreros; otro, desperdiciando su tarde en cumplidos a alguna chica guapa, la estrella de un pequeño círculo oficial; otro —y este es el caso común de todos— visitando a sus camaradas en el tercer o cuarto piso, en dos pequeñas habitaciones con una antesala o cocina, y algunas pretensiones de moda, como una lámpara o alguna otra bagatela que ha costado muchos sacrificios de cena o viaje de placer; En una palabra, a la hora en que todos los oficiales se dispersan entre los cuarteles de sus amigos para jugar al whist, mientras beben té en vasos con un kopek de azúcar, fuman largas pipas, cuentan de vez en cuando chismes que un ruso jamás, bajo ninguna circunstancia, puede evitar, y cuando no hay nada más que decir, repiten anécdotas eternas sobre el comandante al que le habían dicho que les habían cortado las colas a los caballos del monumento Falconet; mientras todos se esfuerzan por divertirse, Akaki Akakiyevich no se entrega a ninguna clase de diversión. Nadie podría siquiera decir haberlo visto en ninguna velada. Habiendo escrito hasta saciarse, se acostó a dormir, sonriendo al pensar en el día que se avecinaba, en lo que Dios podría enviarle a copiar al día siguiente.
Así transcurrió la vida pacífica de aquel hombre que, con un sueldo de cuatrocientos rublos, supo contentarse con su suerte; y así habría continuado, quizá, hasta una edad muy avanzada, si no fuera porque en el camino de la vida se encuentran varios males que afectan tanto a los consejeros titulares como a los privados, efectivos, de corte y de toda clase, incluso a aquellos que nunca dan ni reciben consejos.
Existe en San Petersburgo un poderoso enemigo de todos aquellos que reciben un salario de cuatrocientos rublos al año, o algo así. Este enemigo no es otro que el frío del norte, aunque se dice que es muy saludable. A las nueve de la mañana, justo cuando las calles se llenan de hombres con destino a los diversos departamentos oficiales, comienza a dar pellizcos tan fuertes y penetrantes en todas las narices, sin distinción, que los pobres funcionarios realmente no saben qué hacer con ellos. A una hora en que incluso a quienes ocupan puestos elevados les duele la frente de frío y se les llenan los ojos de lágrimas, los pobres consejeros titulares a veces están completamente desprotegidos. Su única salvación reside en recorrer lo más rápido posible, con sus finas capas, cinco o seis calles, y luego calentarse los pies en la portería, descongelando así todos sus talentos y cualificaciones para el servicio oficial, que se habían congelado en el camino.
Akaki Akakiyevich llevaba un tiempo sintiendo un dolor peculiar en la espalda y los hombros, a pesar de intentar recorrer la distancia a toda velocidad. Finalmente, empezó a preguntarse si el problema no residía en su capa. La examinó con detenimiento en casa y descubrió que en dos lugares, a saber, la espalda y los hombros, se había vuelto tan fina como una gasa. La tela estaba tan desgastada que podía ver a través de ella, y el forro se había desmoronado. Debe saber que la capa de Akakiy Akakiyevich fue objeto de burla para los funcionarios. Incluso le negaron el noble nombre de capa y la llamaron capa. De hecho, era de una factura singular, y su cuello se reducía año tras año para servir de remiendo. El remiendo no demostró gran habilidad por parte del sastre, y, de hecho, era holgado y feo. Viendo cómo estaban las cosas, Akaki Akakiyevich decidió que sería necesario llevar la capa a Petrovich, el sastre, que vivía en algún lugar en el cuarto piso subiendo por una escalera oscura, y que, a pesar de tener un solo ojo y marcas de viruela en toda la cara, se ocupaba con considerable éxito en reparar los pantalones y abrigos de los funcionarios y otros; es decir, cuando estaba sobrio y no albergaba ningún otro plan en su cabeza.
No es necesario decir mucho sobre este sastre, pero como es costumbre tener claramente definido el carácter de cada personaje en una novela, no hay otra opción, así que aquí está Petrovich, el sastre. Al principio se llamaba solo Grigory y era siervo de algún caballero. Empezó a llamarse Petrovich desde que recibió sus papeles de libertad, y además empezó a beber en exceso en todos los días festivos, primero en los grandes, y luego en todas las festividades religiosas sin distinción, dondequiera que hubiera una cruz en el calendario. En este punto era fiel a la costumbre ancestral; y cuando discutía con su esposa, la llamaba mujerzuela y alemana. Como ya hemos mencionado a su esposa, será necesario decir unas palabras sobre ella. Por desgracia, poco se sabe de ella, salvo que Petrovich tenía una esposa que usaba gorra y vestido, pero no podía presumir de belleza; al menos, nadie, salvo los soldados de la guardia, miraba bajo su gorra cuando la veían.
Subiendo la escalera que conducía a la habitación de Petrovich —escalera empapada de agua de fregar y con ese olor a licor que afecta la vista, inevitable en las escaleras oscuras de las casas de San Petersburgo—, Akaki Akakiyevich reflexionó sobre cuánto pediría Petrovich y decidió no dar más de dos rublos. La puerta estaba abierta, pues la señora, al cocinar pescado, había levantado tanto humo en la cocina que ni siquiera se veían los escarabajos. Akaki Akakiyevich atravesó la cocina sin ser visto, ni siquiera por el ama de casa, y finalmente llegó a una habitación donde vio a Petrovich sentado en una gran mesa sin pintar, con las piernas dobladas como un pachá turco. Iba descalzo, como los sastres que trabajan; y lo primero que llamó la atención fue su pulgar, con una uña deformada, gruesa y fuerte como el caparazón de una tortuga. Del cuello de Petrovich colgaba una madeja de seda e hilo, y sobre sus rodillas yacía una prenda vieja. Llevaba tres minutos intentando enhebrar la aguja sin éxito, y estaba furioso por la oscuridad e incluso por el hilo, gruñendo en voz baja: "¡No pasa, bárbaro! ¡Me has pinchado, granuja!"
Akaki Akakiyevich se sintió molesto por llegar justo cuando Petrovich estaba furioso. Le gustaba pedirle algo cuando estaba un poco desanimado, o, como lo expresó su esposa, "¡cuando se había acomodado con brandy, el tuerto!". En tales circunstancias, Petrovich solía rebajar el precio con mucha facilidad, e incluso hacía una reverencia y daba las gracias. Después, sin duda, su esposa venía, quejándose de que su marido había estado borracho y, por lo tanto, había fijado el precio demasiado bajo; pero, con solo añadir diez kopeks, el asunto se zanjaba. Pero ahora parecía que Petrovich estaba sobrio, y por lo tanto, rudo, taciturno y con ganas de exigir, quién sabe qué precio. Akakiy Akakiyevich lo percibió y con gusto se habría retirado, pero le esperaba. Petrovich lo miró fijamente con el ojo entornado, y Akakiy Akakiyevich preguntó involuntariamente: "¿Cómo está, Petrovich?".
—Buenos días, señor —dijo Petrovich mirando de reojo las manos de Akaki Akakiyevich para ver qué clase de botín había traído.
¡Ah! Yo... para ti, Petrovich, esto... Es importante saber que Akaki Akákievich se expresaba principalmente con preposiciones, adverbios y fragmentos de frases sin sentido alguno. Si el asunto era muy difícil, tenía la costumbre de no terminar nunca las frases, así que con frecuencia, tras empezar una frase con «Esto, de hecho, es bastante...», se olvidaba de continuar, pensando que ya la había terminado.
"¿Qué es?", preguntó Petrovich, y con un solo ojo examinó todo el uniforme de Akaki Akakiyevich, desde el cuello hasta los puños, la espalda, los faldones y los ojales, todos ellos bien conocidos por él, pues eran obra suya. Esa es la costumbre de los sastres; es lo primero que hacen al encontrarse con uno.
Pero yo, aquí, esto —Petrovich—, una capa, tela —aquí lo ves, por todas partes, en diferentes lugares, es bastante resistente— está un poco polvorienta y parece vieja, pero es nueva, solo aquí en un lugar está un poco —en la espalda, y aquí en uno de los hombros, está un poco desgastada, sí, aquí en este hombro está un poco— ¿ves? Eso es todo. Y un poco de trabajo—
Petrovich tomó la capa, la extendió, para empezar, sobre la mesa, la observó fijamente, negó con la cabeza, extendió la mano hacia el alféizar de la ventana para coger su tabaquera, adornada con el retrato de algún general, aunque se desconoce qué general, pues el lugar donde debería estar el rostro había sido frotado con el dedo y un trozo de papel pegado encima. Tras tomar una pizca de rapé, Petrovich levantó la capa, la examinó a contraluz y volvió a negar con la cabeza. Luego la giró, forrándola hacia arriba, y volvió a negar con la cabeza. Después, volvió a levantar la tapa adornada con el general y el trozo de papel pegado, y tras llenarse la nariz de rapé, cerró y guardó la tabaquera, y dijo finalmente: «No, es imposible remendarla. ¡Es una prenda horrible!».
El corazón de Akaki Akakiyevich se hundió ante estas palabras.
—¿Por qué es imposible, Petrovich? —dijo, casi con la voz suplicante de un niño—. Lo único malo es que lo lleva sobre los hombros. Debes tener algunas piezas...
—Sí, se pueden encontrar parches, es fácil encontrarlos —dijo Petrovich—, pero no hay nada a qué coserlos. Está completamente podrido. Si le pones una aguja, ¿ves?, cederá.
“Déjalo ceder y podrás poner otro parche de inmediato”.
Pero no hay nada donde poner los parches. No sirve de nada reforzarlo. Está demasiado dañado. Menos mal que es de tela, porque si soplara el viento, volaría.
—Bueno, refuérzalo de nuevo. ¿Cómo es esto, de hecho...?
—No —dijo Petrovich con decisión—, no hay nada que hacer con él. Es un trabajo pésimo. Será mejor que, cuando llegue el frío invernal, te hagas unas polainas, porque las medias no abrigan. Los alemanes las inventaron para ganar más dinero. A Petrovich le encantaba lanzarse contra los alemanes en cualquier ocasión. —Pero es evidente que necesitas una capa nueva.
Al oír la palabra «nuevo», todo se oscureció ante los ojos de Akaki Akakiyevich, y todo en la habitación empezó a dar vueltas. Lo único que vio con claridad fue al general con la cara de papel en la tapa de la tabaquera de Petrovich. «¿Uno nuevo?», dijo, como si aún estuviera soñando. «¡Pero si no tengo dinero para eso!».
“Sí, uno nuevo”, dijo Petrovich, con bárbara compostura.
“Bueno, si llegara a uno nuevo, ¿cómo…?”
"¿Quieres decir cuánto costaría?"
"Sí."
—Bueno, tendrías que gastar ciento cincuenta o más —dijo Petrovich, frunciendo los labios con un gesto significativo. Le gustaba crear efectos impactantes, aturdir total y repentinamente, y luego mirar de reojo para ver qué cara pondría la persona aturdida.
—¡Ciento cincuenta rublos por una capa! —gritó el pobre Akaki Akakievich, quizá por primera vez en su vida, pues su voz siempre se había distinguido por su suavidad.
—Sí, señor —dijo Petrovich—, para cualquier tipo de capa. Si tiene piel de marta en el cuello o una capucha forrada de seda, se acumulan hasta doscientos.
—Petrovich, por favor —dijo Akaki Akakiyevich en tono suplicante, sin oír ni intentar oír las palabras de Petrovich y haciendo caso omiso de todos sus «efectos»—, algunas reparaciones para que dure todavía un poco más.
—No, solo sería una pérdida de tiempo y dinero —dijo Petrovich. Y Akaki Akakiyevich se marchó tras estas palabras, completamente desanimado. Pero Petrovich permaneció un rato después de su partida, con los labios muy apretados, sin dedicarse a su trabajo, convencido de que no lo dejarían y contratarían a un sastre.
Akaki Akákievich salió a la calle como en un sueño. "¡Qué asunto!", se dijo. "No pensé que hubiera llegado a...", y luego, tras una pausa, añadió: "¡Pues sí que es! ¡Miren lo que ha llegado a ser! ¡Y nunca imaginé que sería así!". Siguió un largo silencio, tras el cual exclamó: "¡Pues sí que es! ¡Miren lo que ya... nada inesperado... no sería nada... qué circunstancia tan extraña!". Dicho esto, en lugar de irse a casa, fue en dirección contraria sin sospecharlo. En el camino, un deshollinador chocó contra él y le ennegreció el hombro, y un sombrero lleno de escombros le cayó encima desde lo alto de una casa en construcción. No se dio cuenta, y solo cuando se topó con un vigilante, quien, con su alabarda junto a él, sacudía rapé de su caja en su mano callosa, se recuperó un poco, y fue porque el vigilante le dijo: "¿Por qué te metes en la cara de un hombre? ¿No tienes el pavimento?". Esto le hizo mirar a su alrededor y volver a casa.
Allí solo, finalmente comenzó a ordenar sus pensamientos, a examinar su posición bajo una luz clara y real, y a discutir consigo mismo, sensata y francamente, como con un amigo razonable, con quien se pueden tratar asuntos privados y personales. "No", dijo Akaki Akakiyevich, "es imposible razonar con Petrovich ahora. Él es que... evidentemente, su esposa lo ha estado golpeando. Será mejor que vaya a verlo el domingo por la mañana. Después del sábado por la noche estará un poco bizco y somnoliento, porque querrá emborracharse, y su esposa no le dará dinero, y en un momento así, una moneda de diez kopeks en su mano... estará más en condiciones de razonar con él, y luego la capa y eso...". Así discutió Akaki Akakiyevich consigo mismo, recobró el valor y esperó hasta el primer domingo, cuando, al ver de lejos que la esposa de Petrovich había salido de la casa, fue directamente a verlo.
El ojo de Petrovich estaba, en efecto, muy torcido después del sábado. Tenía la cabeza gacha y mucho sueño; pero a pesar de todo, en cuanto supo de qué se trataba, pareció como si Satanás le refrescara la memoria. «Imposible», dijo. «Por favor, encargue uno nuevo». Acto seguido, Akaki Akakiyevich le entregó la moneda de diez kopeks. «Gracias, señor. Brindo por su salud», dijo Petrovich. «Pero en cuanto a la capa, no se preocupe; no sirve para nada. Le haré una nueva de primera, así que arreglemos el asunto ahora».
Akaki Akakiyevich seguía dispuesto a remendarlo, pero Petrovich no quiso ni oír hablar de ello y dijo: «Sin duda tendré que hacerte uno nuevo, y puedes estar seguro de que haré todo lo posible. Incluso puede ser, como está de moda, que el cuello se pueda abrochar con ganchos de plata bajo una solapa».
Entonces Akaki Akakiyevich vio que era imposible arreglárselas sin una capa nueva, y se desanimó por completo. ¿Cómo, en realidad, lo haría? ¿De dónde sacaría el dinero? Tenía que comprarse unos pantalones nuevos, saldar una deuda de larga data con el zapatero por ponerle nuevas punteras a sus viejas botas, y encargarle tres camisas a la costurera y un par de piezas de lino. En resumen, tenía que gastar todo su dinero. E incluso si el director tuviera la amabilidad de ordenarle que recibiera cuarenta y cinco o incluso cincuenta rublos en lugar de cuarenta, sería una miseria, una gota en el océano para los fondos necesarios para una capa, aunque sabía que Petrovich a menudo era tan insensato que decía precios desorbitados, tanto que ni siquiera su propia esposa pudo evitar exclamar: «¿Has perdido el juicio, idiota?». En un tiempo no quería trabajar a ningún precio, y ahora era muy probable que hubiera pedido una suma mayor que la que costaría la capa.
Pero aunque sabía que Petrovich se encargaría de hacer una capa por ochenta rublos, ¿de dónde sacaría los ochenta? Quizás pudiera conseguir la mitad. Sí, la mitad podía conseguirse, pero ¿de dónde sacaría la otra mitad? Pero primero hay que decirle al lector de dónde salió la primera mitad.
Akaki Akakiyevich tenía la costumbre de guardar, por cada rublo que gastaba, un groschen en una cajita cerrada con llave y una ranura en la parte superior para recibir el dinero. Al final de cada semestre, contaba el montón de cobre y lo cambiaba por plata. Lo había hecho durante mucho tiempo, y con el paso de los años, la suma había superado los cuarenta rublos. Así que tenía la mitad a mano. Pero ¿dónde encontraría la otra mitad? ¿De dónde sacaría otros cuarenta rublos? Akaki Akakiyevich pensó y pensó, y decidió que sería necesario recortar sus gastos ordinarios, al menos durante un año, prescindir del té por la noche, no encender velas y, si tenía algo que hacer, ir a la habitación de su casera y trabajar a la luz de su lámpara. Al salir a la calle, debía caminar con la mayor ligereza y cautela posibles sobre las piedras, casi de puntillas, para no desgastar los talones en poco tiempo. Debía dejar que la lavandera lavara lo menos posible; y, para no desgastar su ropa, debía quitársela en cuanto llegara a casa y ponerse solo su bata de algodón, que había guardado cuidadosamente.
A decir verdad, al principio le costó un poco acostumbrarse a estas privaciones. Pero con el tiempo se acostumbró, en cierto modo, y todo transcurrió con normalidad. Incluso se acostumbró a pasar hambre por la noche, pero lo compensaba con un capricho, por así decirlo, en espíritu, teniendo siempre presente la idea de su futura capa. A partir de entonces, su existencia pareció volverse, de alguna manera, más plena, como si estuviera casado, o como si otro hombre viviera en él, como si, de hecho, no estuviera solo, y algún amigo agradable hubiera consentido en recorrer el camino de la vida con él, siendo ese amigo la capa, de grueso relleno y un forro resistente e inamovible. Se volvió más vivaz, e incluso su carácter se fortaleció, como el de un hombre que ha tomado una decisión y se ha fijado una meta. De su rostro y su andar, la duda y la indecisión, toda vacilación y titubeo, desaparecieron por sí solas. El fuego brillaba en sus ojos, y de vez en cuando las ideas más audaces y atrevidas pasaban por su mente. ¿Por qué no, por ejemplo, ponerle piel de marta al cuello? Pensarlo casi lo distraía. Una vez, al copiar una carta, casi comete un error, de modo que exclamó casi en voz alta: "¡Uf!", y se santiguó. Una vez, cada mes, tenía una reunión con Petrovich sobre la capa, dónde sería mejor comprar la tela, el color y el precio. Siempre regresaba a casa satisfecho, aunque preocupado, pensando que llegaría el momento en que por fin se pudiera comprar todo y confeccionar la capa.
El asunto avanzó con más agilidad de la que esperaba. Pues, contra toda expectativa, el director no le otorgó ni cuarenta ni cuarenta y cinco rublos a Akaki Akakiyevich por su parte, sino sesenta. Ya fuera porque sospechaba que Akakiy Akakiyevich necesitaba una capa, o por pura casualidad, al menos le proporcionaron veinte rublos extra. Esta circunstancia aceleró el asunto. Dos o tres meses más de hambre, y Akakiy Akakiyevich había acumulado unos ochenta rublos. Su corazón, por lo general tan tranquilo, empezó a latir con fuerza. El primer día que pudo, fue de compras con Petrovich. Compraron telas muy buenas, y a un precio razonable, pues llevaban seis meses dándole vueltas al asunto, y rara vez dejaban pasar un mes sin visitar las tiendas para preguntar precios. El propio Petrovich dijo que no se podía encontrar tela mejor. Para el forro, eligieron una tela de algodón, pero tan firme y gruesa, que Petrovich afirmó que era mejor que la seda, e incluso más bonita y brillante. No compraron piel de marta porque, en realidad, era cara, sino que escogieron en su lugar la mejor piel de gato que pudieron encontrar en la tienda y que, de hecho, a distancia podía confundirse con la de marta.
Petrovich trabajó en la capa dos semanas enteras, pues había mucho acolchado; de lo contrario, la habría terminado antes. Cobró doce rublos por el trabajo; era imposible que se hubiera hecho por menos. Estaba toda cosida con seda, con pequeñas costuras dobles, y Petrovich repasó después cada costura con sus propios dientes, estampando diversos patrones.
Fue —es difícil decir con exactitud qué día, pero probablemente el más glorioso en la vida de Akaki Akakiyevich— cuando Petrovich finalmente trajo la capa a casa. La trajo por la mañana, antes de la hora en que debía partir hacia el departamento. Nunca había llegado una capa tan justo a tiempo, pues el frío intenso ya había llegado y parecía amenazar con arreciar. Petrovich trajo la capa él mismo, como corresponde a un buen sastre. En su rostro se veía una expresión significativa, como Akaki Akakiyevich nunca había visto. Parecía plenamente consciente de que había hecho una gran obra, salvando la distancia que separaba a los sastres que forran y hacen reparaciones de los que hacen cosas nuevas. Sacó la capa del pañuelo en el que la había traído. El pañuelo estaba recién lavado por la lavandera, y se lo guardó en el bolsillo para usarlo. Sacando la capa, la contempló con orgullo, la levantó con ambas manos y la echó hábilmente sobre los hombros de Akaki Akakiyevich. Luego la tiró, la ajustó por detrás con la mano y la envolvió en su cuerpo sin abotonarla. Akakiyevich, como un hombre experimentado, quiso probarse las mangas. Petrovich le ayudó a ponérselas, y resultó que las mangas también le quedaban bien. En resumen, la capa parecía perfecta y muy apropiada. Petrovich no olvidó comentar que la había hecho tan barata solo porque vivía en una calle estrecha, no tenía letrero y conocía a Akakiyevich desde hacía tanto tiempo; pero que si hubiera tenido un negocio en la Avenida Nevsky, habría cobrado setenta y cinco rublos solo por la confección. Akakiyevich no quiso discutir este punto con Petrovich. Le pagó, le dio las gracias y partió de inmediato con su capa nueva hacia el departamento. Petrovich lo siguió y, deteniéndose en la calle, contempló largamente la capa a lo lejos. Después, se desvió expresamente para correr por un callejón sinuoso y salir de nuevo a la calle para contemplar de nuevo la capa desde otro punto, es decir, justo enfrente.
Mientras tanto, Akaki Akakiyevich seguía con aires de fiesta. Era consciente en todo momento de que llevaba una capa nueva sobre los hombros, y varias veces rió con satisfacción interior. De hecho, tenía dos ventajas: una era su calidez, la otra, su belleza. No vio nada del camino, pero de repente se encontró en el departamento. Se quitó la capa en la antesala, la examinó con atención y la confió al cuidado especial del encargado. Es imposible explicar con precisión cómo todos en el departamento supieron de inmediato que Akaki Akakiyevich tenía una capa nueva y que la «capa» ya no existía. Todos corrieron a la vez a la antesala para inspeccionarla. Lo felicitaron y le dijeron cosas agradables, de modo que empezó primero a sonreír y luego a avergonzarse. Cuando todos lo rodearon y dijeron que la capa nueva debía ser "bautizada" y que al menos debía darles una fiesta, Akaki Akakiyevich perdió la cabeza por completo, sin saber dónde pararse, qué responder ni cómo salir de allí. Se quedó ruborizado durante varios minutos, intentando asegurarles con gran sencillez que no era una capa nueva, sino la vieja "capa".
Finalmente, uno de los funcionarios, ayudante del jefe de oficina, para demostrar que no era nada orgulloso y que se llevaba bien con sus subordinados, dijo:
Así sea, solo yo daré la fiesta en lugar de Akaki Akakiyevich; los invito a todos a tomar el té conmigo esta noche. Casualmente, también es mi onomástico.
Naturalmente, los funcionarios felicitaron de inmediato al subsecretario y aceptaron la invitación con agrado. Akaki Akakiyevich habría declinado la invitación; pero todos declararon que era una descortesía, un pecado y una vergüenza, y que no podía negarse. Además, la idea le agradó al recordar que así tendría la oportunidad de lucir su capa nueva también por la noche.
Ese día fue una verdadera fiesta triunfal para Akaki Akákievich. Regresó a casa muy contento, se quitó la capa y la colgó con cuidado en la pared, admirando de nuevo la tela y el forro. Luego sacó su vieja y desgastada capa para compararla. La miró y rió, tan grande era la diferencia. Y mucho después de cenar, volvió a reír al recordar el estado de la capa. Cenó alegremente y, después de cenar, no escribió nada, sino que se relajó un rato en la cama, hasta que oscureció. Luego se vistió tranquilamente, se puso la capa y salió a la calle.
Lamentablemente, no podemos decir dónde vivía el anfitrión. Nuestra memoria empieza a fallarnos. Las casas y calles de San Petersburgo se han mezclado tanto en nuestra memoria que es muy difícil recuperar algo con precisión. Lo que sí es cierto es que el funcionario vivía en la mejor zona de la ciudad; por lo tanto, debía de estar lejos de la residencia de Akaki Akakiyevich. Akakiyevich se vio obligado a atravesar primero una especie de desierto de calles desiertas y tenuemente iluminadas. Pero a medida que se acercaba al barrio de los funcionarios, las calles se volvían más animadas, más pobladas y más brillantemente iluminadas. Empezaron a aparecer peatones; las damas elegantemente vestidas eran más frecuentes; los hombres llevaban cuellos de piel de nutria en sus abrigos; los andrajosos trineos con sus trineos de madera con barandillas, rematados con clavos de latón, se hicieron más raros. Mientras tanto, por otra parte, empezaron a aparecer cada vez más conductores con gorras de terciopelo rojo, trineos lacados y abrigos de piel de oso, y carruajes con ricas telas de martillo volaban rápidamente por las calles, haciendo crujir las ruedas en la nieve.
Akaki Akakiyevich contempló todo esto como si fuera una novedad. Hacía años que no salía a la calle por la noche. Se detuvo por curiosidad ante un escaparate para observar un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se había quitado el zapato, dejando al descubierto todo el pie de una forma muy elegante; mientras que detrás de ella, la cabeza de un hombre con patillas y un bonito bigote se asomaba por la puerta de otra habitación. Akaki Akakiyevich negó con la cabeza, rió y siguió su camino. ¿Por qué se reía? O porque se había topado con algo completamente desconocido, pero por lo que todos, sin embargo, albergan algún tipo de sentimiento, o pensó, como muchos funcionarios: «¡Vaya, esos franceses! ¿Qué más se puede decir? Si se dedican a algo así, ¿por qué...?». Pero posiblemente no pensó en absoluto.
Akaki Akakiyevich llegó por fin a la casa donde se alojaba el ayudante del jefe de oficina. Vivía con gran estilo. La escalera estaba iluminada por una lámpara, pues su apartamento se encontraba en el segundo piso. Al entrar en el vestíbulo, Akaki Akakiyevich contempló una hilera de chanclos en el suelo. Entre ellos, en el centro de la habitación, había un samovar que zumbaba y desprendía nubes de vapor. De las paredes colgaban todo tipo de abrigos y capas, incluso algunos con cuellos de castor o forros de terciopelo. Más allá, se oía el murmullo de la conversación, que se volvió claro y fuerte cuando el criado salió con una bandeja llena de vasos vacíos, jarras de crema y azucareros. Era evidente que los funcionarios habían llegado hacía mucho tiempo y ya habían terminado su primer vaso de té.
Akaki Akakiyevich, tras colgar su capa, entró en la habitación interior. Ante él aparecieron de repente luces, funcionarios, pipas y mesas de juego, y quedó desconcertado por el sonido de una conversación rápida que provenía de todas las mesas y el ruido de sillas moviéndose. Se detuvo torpemente en medio de la habitación, preguntándose qué debía hacer. Pero lo habían visto. Lo recibieron con un grito y todos se agolparon en la antesala, donde volvieron a mirar su capa. Akaki Akakiyevich, aunque algo confundido, se mostró sincero y no pudo evitar alegrarse al ver cómo elogiaban su capa. Entonces, por supuesto, todos lo dejaron a él y a su capa, y regresaron, como era debido, a las mesas preparadas para el whist.
Todo esto, el ruido, la charla y la multitud, resultaba abrumador para Akaki Akakiyevich. Simplemente no sabía dónde pararse, ni dónde poner las manos, los pies ni todo el cuerpo. Finalmente, se sentó junto a los jugadores, miró las cartas, se miró las caras a uno y a otro, y al cabo de un rato empezó a quedarse boquiabierto, sintiéndose cansado, sobre todo porque ya había pasado la hora en que solía acostarse. Quiso despedirse del anfitrión, pero no lo dejaron ir, diciéndole que no debía dejar de beber una copa de champán en honor a su nuevo atuendo. Al cabo de una hora, se sirvió la cena, que consistió en ensalada de verduras, ternera fría, hojaldre, pasteles de repostería y champán. Le dieron a Akaki Akakiyevich dos copas de champán, tras lo cual sintió que la situación se animaba.
Aun así, no podía olvidar que eran las doce y que hacía rato que debería haber estado en casa. Para que el anfitrión no pensara en ninguna excusa para entretenerlo, salió rápidamente de la habitación, buscó en la antesala su capa, que, para su pesar, encontró tirada en el suelo, la cepilló, le quitó todas las motas, se la echó sobre los hombros y bajó las escaleras a la calle.
En la calle todo estaba aún iluminado. Algunas pequeñas tiendas, esos clubes permanentes de sirvientes y gente de todo tipo, estaban abiertas. Otras estaban cerradas, pero, sin embargo, mostraban un rayo de luz a lo largo de la rendija de la puerta, indicando que aún no se habían desembarazado de la compañía, y que probablemente algunos criados, hombres y mujeres, estaban terminando sus historias y conversaciones, dejando a sus amos en completa ignorancia sobre su paradero. Akaki Akakiyevich continuó alegre. Incluso echó a correr, sin saber por qué, tras una dama que pasó volando como un relámpago. Pero se detuvo en seco y continuó tan silenciosamente como antes, preguntándose por qué había acelerado el paso. Pronto se extendieron ante él estas calles desiertas que no son alegres de día, por no hablar de la noche. Ahora eran aún más oscuras y solitarias. Los faroles empezaron a escasear; evidentemente, el aceite había disminuido. Luego vinieron las casas de madera y las cercas. Ni un alma por ninguna parte; Solo la nieve brillaba en las calles y velaba con tristeza las cabañas de techo bajo con las contraventanas cerradas. Se acercó al punto donde la calle cruzaba una vasta plaza con casas apenas visibles al otro lado, una plaza que parecía un desierto aterrador.
A lo lejos, una pequeña chispa brillaba desde una garita de vigilancia, que parecía estar en el confín del mundo. La alegría de Akaki Akakiyevich disminuyó notablemente en ese momento. Entró en la plaza, no sin una involuntaria sensación de miedo, como si su corazón le advirtiera de algún mal. Miró hacia atrás, y a ambos lados lo rodeaba un mar. «No, mejor no mirar», pensó, y continuó su camino, cerrando los ojos. Al abrirlos para ver si estaba cerca del final de la plaza, de repente vio, de pie justo delante de sus narices, a unos individuos barbudos, de una raza que no pudo distinguir. Todo se oscureció ante sus ojos, y su corazón latió con fuerza.
—¡Claro que la capa es mía! —dijo uno de ellos en voz alta, agarrándolo del cuello. Akaki Akakiyevich estaba a punto de gritar "¡Socorro!" cuando el segundo hombre le tapó la boca con un puño, del tamaño de la cabeza de un funcionario, murmurando: "¡Tú solo te atreves a gritar!".
Akaki Akakiyevich sintió que le quitaban la capa y le daban una patada. Cayó de bruces sobre la nieve y no sintió nada más.
En pocos minutos recobró el conocimiento y se puso de pie, pero no había nadie. Sintió que hacía frío en la plaza y que había perdido su capa. Empezó a gritar, pero su voz no parecía llegar a las afueras de la plaza. Desesperado, pero sin dejar de gritar, echó a correr por la plaza, directo a la caseta de vigilancia, junto a la cual estaba el vigilante, apoyado en su alabarda, y aparentemente curioso por saber qué clase de cliente corría hacia él gritando. Akaki Akakiyevich corrió hacia él y, entre sollozos, empezó a gritar que estaba dormido, que no hacía nada y que no veía a un hombre robado. El vigilante respondió que había visto a dos hombres detenerlo en medio de la plaza, pero supuso que eran amigos suyos, y que, en lugar de regañarlo en vano, sería mejor ir a la policía al día siguiente para que buscaran al que había robado la capa.
Akaki Akakiyevich corrió a casa y llegó completamente desorganizado, con el pelo ralo que le crecía en las sienes y la nuca despeinado, y el cuerpo, brazos y piernas cubiertos de nieve. La anciana, dueña de su alojamiento, al oír un golpe terrible, saltó de la cama de un salto y, con un solo zapato puesto, corrió a abrir la puerta, apretando la manga de su camisa contra el pecho por pudor. Pero al abrir, se quedó de piedra al ver a Akaki Akakiyevich en tal estado. Cuando él le contó el asunto, ella juntó las manos y le dijo que debía ir directamente al jefe de policía del distrito, porque su subordinado haría el ridículo, le prometería buenas obras y dejaría el asunto allí. Por lo tanto, lo mejor sería acudir al jefe de distrito, a quien conocía, pues la finlandesa Anna, su antigua cocinera, ahora era niñera en su casa. Ella lo veía pasar a menudo por la casa, y todos los domingos iba a la iglesia, rezando, pero al mismo tiempo miraba alegremente a todos; así que, a juzgar por las apariencias, debía ser un buen hombre. Tras escuchar esta opinión, Akaki Akakiyevich se retiró tristemente a su habitación. Y cómo pasó la noche allí, cualquiera que pueda ponerse en su lugar puede imaginarlo fácilmente.
Temprano por la mañana, se presentó en casa del jefe de distrito, pero le dijeron que el funcionario dormía. Volvió a las diez y le informaron que dormía. A las once, le dijeron: «El superintendente no está en casa». A la hora de la cena, los empleados de la antesala no lo dejaron entrar bajo ninguna circunstancia e insistieron en saber qué hacía. Así que, por fin, por una vez en su vida, Akaki Akakiyevich sintió ganas de mostrarse más cortés y dijo secamente que necesitaba ver al jefe en persona, que no debían atreverse a negarle la entrada, que venía del departamento de justicia y que, si se quejaba, lo atenderían.
Los empleados no se atrevieron a responder, y uno de ellos fue a llamar al jefe, quien escuchó la extraña historia del robo del abrigo. En lugar de centrar su atención en los puntos principales del asunto, comenzó a interrogar a Akaki Akakiyevich. ¿Por qué se iba a casa tan tarde? ¿Tenía por costumbre hacerlo o había estado en alguna casa de mala muerte? Así que Akaki Akakiyevich, completamente confundido, lo dejó sin saber si el asunto de su capa iba por buen camino.
En todo ese día, por primera vez en su vida, no se acercó al departamento. Al día siguiente apareció, muy pálido, con su vieja capa, que se había vuelto aún más raída. La noticia del robo de la capa conmovió a muchos, aunque algunos funcionarios presentes no perdían oportunidad, ni siquiera la presente, de ridiculizar a Akaki Akakiyevich. Decidieron hacer una colecta para él en el acto, pero los funcionarios ya habían gastado una fortuna en suscribir el retrato del director y un libro, por sugerencia del jefe de esa división, amigo del autor; así que la suma era irrisoria.
Uno de ellos, compadecido, decidió ayudar a Akaki Akakiyevich con un buen consejo, al menos, y le dijo que no debía acudir a la policía, pues aunque un policía, con el deseo de ganarse la aprobación de sus superiores, pudiera encontrar la capa por algún medio, aun así, esta permanecería en posesión de la policía si no presentaba pruebas legales de su propiedad. Por lo tanto, lo mejor para él sería dirigirse a cierta persona prominente; ya que esta, al relacionarse con las personas adecuadas, podría agilizar enormemente el asunto.
Como no había nada más que hacer, Akaki Akakiyevich decidió acudir a la figura prominente. Cuál era el cargo oficial exacto de la figura prominente sigue siendo desconocido hasta el día de hoy. El lector debe saber que la figura prominente se había convertido recientemente en una figura prominente, habiendo sido hasta entonces solo una persona insignificante. Además, su posición actual no se consideraba prominente en comparación con otras, aún más. Pero siempre hay un círculo de personas para quienes lo insignificante a ojos de otros es suficientemente importante. Además, se esforzó por aumentar su importancia mediante diversos recursos. Por ejemplo, logró que los funcionarios subordinados lo esperaran en la escalera cuando entró en servicio; nadie debía atreverse a acudir directamente a él, pero se debía observar la más estricta etiqueta; el secretario colegiado debía rendir informe al secretario de gobierno, el secretario de gobierno al consejero titular, o a quien correspondiera, y todos los asuntos debían presentarse ante él de esta manera. En la Santa Rusia, todo está contaminado por el amor a la imitación; cada hombre imita y copia a su superior. Incluso dicen que un cierto consejero titular, cuando fue promovido a jefe de una pequeña oficina separada, inmediatamente reservó una habitación privada para sí mismo, la llamó la sala de audiencias, y colocó en la puerta un lacayo con cuello rojo y galón, que agarraba el picaporte de la puerta y la abría a todos los que llegaban, aunque la sala de audiencias difícilmente podría contener una mesa de escribir común.
Los modales y costumbres del prominente personaje eran imponentes, pero algo exagerados. El fundamento principal de su sistema era la severidad. "¡Severidad, severidad y siempre severidad!", solía decir; y al final, miraba significativamente a la cara de su interlocutor. Pero no era necesario, pues los sesenta subordinados, que constituían la totalidad de la fuerza de la oficina, estaban, con razón, asustados. Al verlo de lejos, dejaron su trabajo y esperaron, formados en fila, hasta que cruzó la sala. Su conversación habitual con sus subordinados denotaba severidad y consistía principalmente en tres frases: "¿Cómo te atreves?", "¿Sabes con quién estás hablando?", "¿Te das cuenta de quién tienes delante?".
Por lo demás, era un hombre muy bondadoso, bueno con sus camaradas y dispuesto a ayudar. Pero el rango de general lo desestabilizaba por completo. Al recibir a cualquiera de ese rango, se confundía, se perdía, por así decirlo, y nunca sabía qué hacer. Si por casualidad se encontraba entre sus iguales, seguía siendo un hombre muy amable, muy buen tipo en muchos aspectos, y no era estúpido, pero en cuanto se encontraba en compañía de personas de un rango inferior, se quedaba callado. Y su situación despertaba simpatía, sobre todo porque sentía que podría haber aprovechado su tiempo mucho mejor. A veces se le veía el deseo de unirse a alguna conversación o grupo interesante, pero lo retenía un pensamiento: "¿No sería una gran condescendencia de su parte? ¿No resultaría familiar? ¿Y no perdería así su importancia?". Y a consecuencia de tales reflexiones permanecía siempre en el mismo estado mudo, emitiendo de cuando en cuando algunos sonidos monosilábicos, ganándose con ello el nombre de "el más fastidioso de los hombres".
Akaki Akákievich se presentó ante este destacado personaje, en el momento más desfavorable para él, aunque oportuno para el destacado personaje. Este se encontraba en su despacho, conversando animadamente con un viejo conocido y compañero de infancia, a quien no veía desde hacía varios años, y que acababa de llegar, cuando le anunciaron la llegada de un tal Bashmachkin. Preguntó bruscamente: "¿Quién es?". "Algún funcionario", le informaron. "¡Ah, puede esperar! No es momento para que venga", dijo el importante hombre.
Cabe destacar aquí que el hombre importante mintió descaradamente. Hacía tiempo que le había dicho todo lo que tenía que decirle a su amigo, y la conversación se había visto intercalada durante un tiempo con larguísimas pausas, durante las cuales se limitaban a darse palmadas en la pierna y decir: "¡Eso crees, Iván Abramovich!". "¡Exactamente, Stepan Varlamovich!". Sin embargo, ordenó que el funcionario esperara para mostrarle a su amigo, un hombre que no llevaba mucho tiempo en el servicio militar, sino que vivía en su casa de campo, cuánto tiempo tenían que esperar los funcionarios en su antesala.
Finalmente, tras haber hablado hasta el cansancio, y más aún, tras haber tenido suficientes pausas y haber fumado un puro en un sillón comodísimo con respaldo reclinable, pareció recordar de repente y le dijo al secretario, que estaba junto a la puerta con informes: «Parece que hay un funcionario esperándome. Dígale que puede pasar». Al percibir el semblante modesto de Akaki Akakiyevich y su uniforme desgastado, se volvió bruscamente hacia él y le preguntó: «¿Qué desea?» con una voz seca y seca, que había practicado en privado en su habitación, y frente al espejo, durante toda una semana antes de ser ascendido a su rango actual.
Akaki Akakiyevich, que ya estaba imbuido de una debida dosis de miedo, se sintió algo confuso y, como su lengua le permitió, explicó, añadiendo con más frecuencia de lo habitual la palabra "que", que su capa era completamente nueva y había sido robada de la manera más inhumana; que se había dirigido a él para que, de alguna manera, por su intermediación, pudiera entrar en correspondencia con el jefe de policía y encontrar la capa.
Por alguna razón inexplicable, esta conducta le pareció familiar al destacado personaje.
—¡Qué, mi querido señor! —dijo bruscamente—. ¿No conoce la etiqueta? ¿A quién acude? ¿No sabe cómo se gestionan estos asuntos? Primero debería haber presentado una petición en la oficina. Habría ido al jefe de departamento, luego al jefe de división, luego al secretario, y el secretario me la habría entregado a mí.
—Pero, excelencia —dijo Akaki Akakievich, intentando recuperar su escasa inteligencia y consciente al mismo tiempo de que sudaba terriblemente—, yo, excelencia, me he atrevido a molestarla porque las secretarias... son gente poco fiable.
—¡Qué, qué, qué! —dijo el importante personaje—. ¿De dónde sacaste tanto coraje? ¿De dónde sacaste esas ideas? ¡Qué descaro hacia sus jefes y superiores se ha extendido entre la joven generación! El prominente personaje aparentemente no se había dado cuenta de que Akaki Akakiyevich ya rondaba los cincuenta. Si se le podía llamar joven, debía de ser en comparación con alguien de setenta. —¿Sabes con quién estás hablando? ¿Te das cuenta de quién tienes delante? ¿Te das cuenta? ¡Te lo pregunto! —Luego dio una patada en el suelo y alzó la voz a tal altura que habría asustado incluso a otro hombre que no fuera Akaki Akakiyevich.
A Akaki Akákievich le fallaron los sentidos. Se tambaleó, tembló por completo, y si los porteadores no hubieran corrido a sostenerlo, habría caído al suelo. Lo sacaron inconsciente. Pero el prominente personaje, complacido de que el efecto hubiera superado sus expectativas, y embriagado por la idea de que sus palabras pudieran incluso desorientar a alguien, miró de reojo a su amigo para ver qué opinaba al respecto, y percibió, no sin satisfacción, que su amigo estaba de muy mal humor, e incluso comenzaba a sentirse un poco asustado.
Akaki Akakiyevich no recordaba cómo bajó las escaleras y salió a la calle. No sentía ni las manos ni los pies. Nunca en su vida había sido tratado así por un alto funcionario, y mucho menos por uno desconocido. Avanzó tambaleándose bajo la tormenta de nieve que azotaba las calles, con la boca abierta. El viento, al estilo petersburgo, le azotaba desde todas partes y por cada cruce de calles. En un abrir y cerrar de ojos le había provocado una angina en la garganta, y llegó a casa sin poder articular palabra. Tenía la garganta hinchada y se tumbó en la cama. ¡Qué fuerte es a veces una buena reprimenda!
Al día siguiente, sufrió una fiebre intensa. Gracias a la generosa ayuda del clima petersburgués, la enfermedad progresó más rápidamente de lo esperado, y cuando llegó el médico, al tomarle el pulso, descubrió que no había nada que hacer, salvo recetarle una cataplasma para que no quedara completamente sin la benéfica ayuda de la medicina. Pero al mismo tiempo, predijo su fin en treinta y seis horas. Después de esto, se volvió hacia la casera y le dijo: «Y usted, no pierda el tiempo con él. Encargue ahora su ataúd de pino, porque uno de roble le saldrá demasiado caro».
¿Oyó Akaki Akakiyevich estas palabras fatales? Y si las oyó, ¿le produjeron algún efecto abrumador? ¿Lamentó la amargura de su vida? No lo sabemos, pues seguía delirando. Se le aparecían visiones incesantemente, a cual más extraña. Vio a Petrovich y le ordenó que hiciera una capa con trampas para los ladrones, que le parecían estar siempre debajo de la cama; y le gritaba a la casera a cada momento que sacara una de debajo de la colcha. Luego preguntó por qué su vieja capa colgaba delante de él si tenía una capa nueva. Luego se imaginó que estaba de pie ante el personaje prominente, escuchando una minuciosa reprimenda y diciendo: «¡Perdóneme, excelencia!». Pero finalmente empezó a maldecir, profiriendo las palabras más horribles, tanto que su anciana casera se santiguó, pues nunca en su vida le había oído algo así, y más aún porque estas palabras venían justo después de «su excelencia». Más tarde dijo tonterías, de las que no se podía sacar ninguna conclusión, pues lo único evidente era que esas palabras y pensamientos incoherentes rondaban siempre en torno a una cosa: su capa.
Finalmente, el pobre Akaki Akakiyevich expiró. No sellaron ni su habitación ni sus pertenencias, porque, en primer lugar, no había herederos, y, en segundo lugar, había muy poco que heredar más allá de un fajo de plumas de ganso, un manojo de papel blanco oficial, tres pares de calcetines, dos o tres botones que se le habían roto del pantalón y el manto que el lector ya conoce. Quién le habría recaído todo esto, solo Dios lo sabe. Confieso que quien me contó esta historia no se interesó en el asunto. Sacaron a Akaki Akakiyevich y lo enterraron.
Y San Petersburgo se quedó sin Akaki Akakiyevich, como si nunca hubiera vivido allí. Un ser desaparecido, sin protección de nadie, querido por nadie, interesante para nadie, y que ni siquiera atrajo la atención de esos estudiosos de la naturaleza humana que no pierden oportunidad de clavar un alfiler en una mosca común y examinarla al microscopio. Un ser que soportó con docilidad las burlas del departamento y se fue a la tumba sin haber cometido ningún acto inusual, pero al que, sin embargo, al final de su vida, se le apareció una brillante visita en forma de capa, que alegró momentáneamente su pobre vida, y sobre él, a partir de entonces, cayó una desgracia intolerable, ¡tal como cae sobre las cabezas de los poderosos de este mundo!
Varios días después de su muerte, el portero fue enviado desde el departamento a su alojamiento, con orden de presentarse allí de inmediato, bajo la supervisión del jefe. Pero el portero tuvo que regresar sin éxito, respondiendo que no podía ir; y a la pregunta "¿Por qué?", respondió: "¡Pues porque está muerto! Lo enterraron hace cuatro días". Así se enteraron de la muerte de Akaki Akakiyevich en el departamento. Y al día siguiente, un nuevo funcionario ocupó su lugar, con una letra no tan recta, sino más inclinada y sesgada.
Pero ¿quién habría imaginado que este no era realmente el final de Akaki Akákievich, que estaba destinado a causar conmoción tras su muerte, como si fuera una compensación por su insignificante vida? Pero así sucedió, y nuestra pobre historia tiene un final inesperado y fantástico.
De repente, corrió por San Petersburgo el rumor de que un muerto se presentaba por la noche en el puente Kalinkin y sus alrededores, disfrazado de funcionario, buscando una capa robada. Con el pretexto de ser la capa robada, se arrebataba, sin importar rango ni profesión, las capas de todos, ya fueran de piel de gato, castor, zorro, oso, marta cibelina, en una palabra, cualquier tipo de piel que los hombres usaban para cubrirse. Uno de los funcionarios del departamento vio al muerto con sus propios ojos y reconoció de inmediato en él a Akaki Akakiyevich. Esto, sin embargo, le infundió tal terror que huyó con todas sus fuerzas, sin examinar al muerto de cerca, sino que solo vio cómo este lo amenazaba desde lejos con el dedo. Constantes quejas llegaban de todas partes, afirmando que las espaldas y los hombros, no solo de los titulares, sino incluso de los consejeros de la corte, estaban expuestos al peligro de resfriarse debido a que se les quitaban las capas con frecuencia.
La policía dispuso capturar el cadáver, vivo o muerto, a cualquier precio, y castigarlo con la mayor severidad, como ejemplo para los demás. Casi lo lograron, pues un vigilante de la calle Kirinshkin agarró al cadáver por el cuello justo en el lugar de sus fechorías, cuando intentaba quitarle la capa de friso a un músico jubilado. Tras sujetarlo por el cuello, llamó a gritos a dos de sus compañeros, a quienes les ordenó que lo sujetaran mientras él mismo se palpaba un momento la bota para sacar su tabaquera y refrescarse la nariz congelada. Pero el rapé era de una calidad que ni siquiera un cadáver podría soportar. El vigilante, tras taparse la fosa nasal derecha con el dedo, apenas logró levantar medio puñado hacia la izquierda, cuando el cadáver estornudó con tanta fuerza que les llenó los ojos a los tres. Mientras se limpiaban las manos, el muerto desapareció por completo, de modo que no supieron con certeza si lo habían tenido en sus manos. A partir de entonces, los vigilantes sintieron tal terror a los muertos que temieron incluso agarrar a los vivos, y solo gritaron desde lejos: "¡Eh! ¡Váyanse!". Así, el funcionario muerto comenzó a aparecer incluso más allá del puente Kalinkin, aterrorizando no poco a todos los tímidos.
Pero hemos pasado por alto por completo a ese personaje prominente que realmente podría considerarse la causa del giro fantástico que tomó esta historia verídica. Ante todo, la justicia nos obliga a decir que, tras la partida del pobre y aniquilado Akaki Akakiyevich, sintió algo parecido al remordimiento. El sufrimiento le resultaba desagradable, pues su corazón era receptivo a muchos buenos impulsos, a pesar de que su rango a menudo le impedía mostrar su verdadera identidad. En cuanto su amigo dejó el gabinete, empezó a pensar en el pobre Akaki Akakiyevich. Y desde ese día, el pobre Akaki Akakiyevich, que no soportaba una reprimenda oficial, acudía a su mente casi a diario. El pensamiento lo perturbaba tanto que una semana después incluso decidió enviarle un funcionario para que le preguntara si realmente podía ayudarlo. Y cuando le informaron que Akaki Akakiyevich había muerto repentinamente de fiebre, se sobresaltó, escuchó los reproches de su conciencia y estuvo de mal humor durante todo el día.
Con el deseo de distraerse y alejar la desagradable impresión, esa noche se dirigió a casa de uno de sus amigos, donde encontró a un grupo bastante numeroso. Lo que era mejor, casi todos eran de su mismo rango, así que no se sintió en absoluto obligado. Esto tuvo un efecto maravilloso en su estado mental. Se mostró expansivo, se mostró agradable en la conversación; en resumen, pasó una velada deliciosa. Después de cenar, bebió un par de copas de champán, una buena receta para la alegría, como todos saben. El champán lo indujo a diversas aventuras, y decidió no volver a casa, sino ir a ver a cierta conocida dama de ascendencia alemana, Karolina Ivanovna, una dama, al parecer, con quien mantenía una relación muy amistosa.
Cabe mencionar que el prominente personaje ya no era un joven, sino un buen esposo y respetado padre de familia. Sus dos hijos, uno de los cuales ya estaba en el ejército, y una guapa hija de dieciséis años, con una naricita ligeramente arqueada pero bonita, acudían todas las mañanas a besarle la mano y decirle: « Bon jour , papa». Su esposa, una mujer aún lozana y atractiva, primero le daba la mano para besarla y luego, a la inversa, besaba la suya. Pero el prominente personaje, aunque perfectamente satisfecho con sus relaciones domésticas, consideraba elegante tener un amigo en otro barrio de la ciudad. Este amigo no era ni más guapo ni más joven que su esposa; pero existen tales enigmas en el mundo, y no nos corresponde juzgarlos. Así que el importante personaje bajó las escaleras, subió a su trineo, le dijo al cochero: «A casa de Karolina Ivanovna», y, arrebujándose lujosamente en su cálida capa, se encontró en ese delicioso estado de ánimo que un ruso no puede concebir mejor: cuando uno no piensa en nada, pero los pensamientos se le vienen a la mente por sí solos, a cual más agradable, sin que uno tenga que esforzarse en alejarlos ni buscarlos. Plenamente satisfecho, recordó todos los detalles alegres de la velada que acababa de pasar y todas las palabras que habían hecho reír al pequeño círculo. Muchas las repitió en voz baja, y las encontró tan divertidas como antes; así que no es de extrañar que se riera a carcajadas. De vez en cuando, sin embargo, era interrumpido por ráfagas de viento que, llegando de repente, Dios sabe de dónde o por qué, le cortaban la cara, le arrojaban masas de nieve, le llenaban el cuello de la capa como una vela o lo levantaban de repente sobre su cabeza con una fuerza sobrenatural, y así le causaban constantes problemas para desenredarse.
De repente, el importante personaje sintió que lo agarraban con fuerza por el cuello. Al volverse, vio a un hombre de baja estatura, con un uniforme viejo y desgastado, y reconoció, no sin terror, a Akaki Akakiyevich. El rostro del funcionario estaba blanco como la nieve y parecía el de un cadáver. Pero el horror del importante personaje trascendió todos los límites al ver la boca abierta del muerto y oírle pronunciar las siguientes palabras, mientras le exhalaba el terrible olor a tumba: "¡Ah, por fin estás aquí! ¡Te tengo, ese... por el cuello! Necesito tu capa. No te preocupaste por la mía, sino que me reprendiste. Así que ahora, dale la tuya".
El pálido personaje prominente casi se muere de miedo. Valiente como era en la oficina y en presencia de subordinados en general, y aunque, al ver su figura y apariencia varoniles, todos decían: "¡Uf! ¡Cuánto carácter tiene!", en esta crisis, él, como muchos de apariencia heroica, experimentó tal terror que, no sin razón, empezó a temer un ataque de enfermedad. Se quitó la capa apresuradamente de los hombros y gritó a su cochero con una voz extraña: "¡A casa, a toda velocidad!". El cochero, al oír el tono que suele emplearse en momentos críticos, e incluso acompañado de algo mucho más tangible, metió la cabeza entre los hombros por si acaso, blandió el látigo y salió disparado como una flecha. En poco más de seis minutos, el personaje prominente estaba en la entrada de su casa. Pálido, completamente asustado y sin capa, se fue a casa en lugar de ir a la de Karolina Ivanovna, llegó a su habitación de alguna manera y pasó la noche en la más terrible penuria. Así que a la mañana siguiente, mientras tomaban el té, su hija le dijo: «Estás muy pálido hoy, papá». Pero papá permaneció en silencio y no dijo ni una palabra a nadie de lo que le había sucedido, dónde había estado o adónde pensaba ir.
Este suceso le causó una profunda impresión. Incluso empezó a decir: "¿Cómo se atreven? ¿Se dan cuenta de quién está delante de ustedes?", con menos frecuencia a los suboficiales, y si llegó a pronunciar esas palabras, fue solo después de haber comprendido el alcance del asunto. Pero lo más destacable fue que, a partir de ese día, la aparición del funcionario fallecido dejó de verse. Evidentemente, la capa del prominente personaje le quedaba justo sobre los hombros. En cualquier caso, no se supo de más casos de que le quitara capas a la gente. Pero muchas personas activas y solícitas no se tranquilizaban en absoluto y afirmaban que el funcionario fallecido seguía apareciendo en zonas remotas de la ciudad.
De hecho, un vigilante de Kolómen vio con sus propios ojos la aparición que salía de detrás de una casa. Pero el vigilante no era un hombre fuerte, así que temió arrestarlo y lo siguió en la oscuridad, hasta que, finalmente, la aparición miró a su alrededor, se detuvo y preguntó: "¿Qué desea?", mostrando al mismo tiempo un puño como nunca se ha visto en un ser humano vivo. El vigilante dijo: "Nada" y se dio la vuelta al instante. Pero la aparición era demasiado alta, lucía enormes bigotes y, dirigiendo sus pasos aparentemente hacia el puente de Obukhov, desapareció en la oscuridad de la noche.
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EL MÉDICO DE DISTRITO
POR IVAN S. TURGENEV
OhUn día de otoño, al regresar de un remoto lugar del país, me resfrié y enfermé. Por suerte, la fiebre me atacó en la posada de la capital del distrito; mandé llamar al médico. Media hora después apareció el médico del distrito, un hombre delgado, moreno y de mediana estatura. Me recetó el sudorífico de siempre, ordenó que me aplicaran una cataplasma de mostaza, se metió hábilmente un billete de cinco rublos en la manga, tosiendo secamente y mirando hacia otro lado, y luego se levantó para irse a casa, pero de alguna manera se puso a hablar y se quedó. Estaba agotado por la fiebre; preví una noche sin dormir y agradecí una breve charla con un compañero agradable. Se sirvió el té. Mi médico empezó a conversar libremente. Era un hombre sensato y se expresaba con vigor y humor. Suceden cosas raras en el mundo: puedes vivir mucho tiempo con algunas personas, tener una relación amistosa con ellas, y nunca hablarles abiertamente con el corazón; Con otros apenas tienes tiempo de conocerlos, y de repente les revelas todos tus secretos, como si te estuvieras confesando. No sé cómo me gané la confianza de mi nuevo amigo; en fin, sin nada que lo llevara a la conclusión, me contó un incidente bastante curioso; y aquí relataré su historia para información del lector indulgente. Intentaré contarla con las propias palabras del doctor.
“¿No lo sabe por casualidad?”, empezó con voz débil y temblorosa (el resultado habitual del uso de rapé Berezov sin mezclar); “¿no conoce por casualidad al juez de aquí, Mylov, Pavel Lukich?... ¿No lo conoce?... Bueno, es lo mismo.” (Se aclaró la garganta y se frotó los ojos). “Bueno, verá, ocurrió el suceso, para decírselo con exactitud, en Cuaresma, en plena época del deshielo. Estaba sentado en su casa —la de nuestro juez, ya sabe— jugando a la preferencia. Nuestro juez es un buen tipo y le gusta jugar a la preferencia. De repente” (el médico hacía uso frecuente de esta palabra, de repente) “me dicen: “Hay un sirviente que pregunta por usted”. Pregunto: “¿Qué quiere?”. Dicen: “Ha traído una nota; debe ser de un paciente”. «Dame la nota», le digo. Así que es de una paciente, bueno, ya me entiendes, es nuestro sustento... Pero así fue: una señora viuda me escribe; dice: «Mi hija se está muriendo. ¡Venga, por Dios!», dice, «y ya han enviado los caballos».... Bueno, está bien. Pero estaba a treinta kilómetros del pueblo, y era medianoche afuera, ¡y las carreteras estaban en un estado deplorable! Y como ella misma era pobre, no se podía esperar más de dos rublos de plata, e incluso eso era problemático; y tal vez solo fuera cuestión de un rollo de lino y un saco de avena como pago.Pero, ya sabes, el deber ante todo: un semejante puede estar muriendo. Entrego mis tarjetas enseguida a Kalliopin, miembro de la comisión provincial, y vuelvo a casa. Miro; un cochecito miserable estaba en la escalera, con caballos campesinos, gordos —demasiado gordos— y su pelaje peludo como fieltro; y el cochero, sentado sin la gorra en señal de respeto. Bueno, pienso: «Está claro, amigo mío, estos pacientes no nadan en la fortuna». Sonríes; pero te digo que un hombre pobre como yo tiene que tenerlo todo en cuenta... Si el cochero se sienta como un príncipe, sin tocarse la gorra, e incluso te mira con desprecio tras la barba y azota el látigo, entonces puedes apostar a seis rublos. Pero este caso, vi, tenía un aire muy diferente. Sin embargo, creo que no hay remedio; el deber ante todo. Agarro los medicamentos más necesarios y me voy. ¿Lo creerás? Apenas logré llegar. El camino era infernal: arroyos, nieve, cursos de agua, y el dique se había roto repentinamente; ¡eso era lo peor! Sin embargo, llegué por fin. Era una pequeña casa con techo de paja. Había luz en las ventanas; eso significaba que me esperaban. Me recibió una anciana, muy venerable, con una gorra. "¡Sálvenla!", dijo; "se está muriendo". Le dije: "Por favor, no se preocupe. ¿Dónde está la enferma?". "Venga por aquí". Vi una pequeña habitación limpia, una lámpara en la esquina; en la cama, una chica de veinte años, inconsciente. Tenía un calor abrasador y respiraba con dificultad; era fiebre. Había otras dos chicas, sus hermanas, asustadas y llorando. "Ayer", me dijeron, "estaba perfectamente y tenía buen apetito; esta mañana se quejó de la cabeza, y esta noche, de repente, ya ve, así". Repito: "Por favor, no se preocupe". Es el deber de un médico, ya sabes... y me acerqué a ella y le hice una sangría, les dije que le pusieran un emplasto de mostaza y le receté una mezcla. Mientras tanto, la miré; la miré, ya sabes... ¡ahí, por Dios! ¡Nunca había visto un rostro así!... ¡era una belleza, en una palabra! Sentí una profunda compasión. ¡Qué rasgos tan hermosos; qué ojos!... Pero, ¡gracias a Dios! se tranquilizó; empezó a sudar, pareció recobrar el sentido, miró a su alrededor, sonrió y se pasó la mano por la cara... Sus hermanas se inclinaron sobre ella. Preguntaron: «¿Cómo estás?». «Bien», dijo, y se dio la vuelta. La miré; se había quedado dormida. «Bueno», dije, «ahora dejen a la paciente sola». Así que todos salimos de puntillas; solo quedaba una criada, por si la necesitábamos. En el salón había un samovar sobre la mesa y una botella de ron; En nuestra profesión es indispensable. Me dieron té; me pidieron que pasara la noche... Accedí: ¿adónde podría ir, en efecto?¿A esas horas de la noche? La anciana no dejaba de quejarse. «¿Qué ocurre?», le dije; «vivirá; no se preocupe; será mejor que descanse un poco; son casi las dos». «¿Pero me despertará si pasa algo?». «Sí, sí». La anciana se fue, y las niñas también se fueron a su habitación; me prepararon una cama en la sala. Bueno, me fui a la cama, pero no pude dormir, ¡qué milagro!, porque en realidad estaba muy cansada. No podía sacarme a mi paciente de la cabeza. Al final, no pude soportarlo más; me levanté de repente; pensé: «Voy a ver cómo está la paciente». Su dormitorio estaba junto a la sala. Bueno, me levanté y abrí la puerta con cuidado. ¡Cómo me latía el corazón! Miré dentro: la criada dormía, con la boca abierta, ¡e incluso roncaba, la muy desgraciada! pero la paciente yacía con su cara hacia mí y sus brazos abiertos, ¡pobre chica! Me acerqué a ella... ¡cuando de repente abrió los ojos y me miró fijamente! '¿Quién es? ¿Quién es?' Estaba confundido. 'No se alarme, señora', dije; 'Soy el médico; he venido a ver cómo se encuentra'. '¿Es usted el médico?' 'Sí, el médico; su madre me mandó llamar desde el pueblo; la hemos desangrado, señora; ahora, por favor, duerma, y en un día o dos, ¡por favor, Dios! la pondremos de pie de nuevo'. 'Ah, sí, sí, doctor, no me deje morir... por favor, por favor'. '¿Por qué habla así? ¡Dios la bendiga! Tiene fiebre otra vez, pienso para mí; le tomé el pulso; sí, tenía fiebre. Me miró y luego me tomó de la mano. 'Le diré por qué no quiero morir: le diré... Ahora estamos solos; y solo, por favor, no... a nadie... Escuche...' Me incliné; ella acercó sus labios a mi oído; me rozó la mejilla con su cabello —confieso que me dio vueltas la cabeza— y empezó a susurrar... No pude entender nada... ¡Ah, deliraba!... Susurraba y susurraba, pero tan rápido, y como si no fuera en ruso; por fin terminó, y temblando, dejó caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: 'Recuerde, doctor, a nadie'. La tranquilicé de alguna manera, le di algo de beber, desperté a la criada y me fui.Iré a ver cómo está la paciente. Su dormitorio estaba junto a la sala. Bueno, me levanté y abrí la puerta con cuidado... ¡cómo me latía el corazón! Miré dentro: la sirvienta dormía, con la boca abierta, ¡e incluso roncaba, la desgraciada! Pero la paciente yacía con la cara hacia mí y los brazos abiertos, ¡pobrecita! Me acerqué a ella... ¡cuando de repente abrió los ojos y me miró fijamente! "¿Quién es? ¿Quién es?" Estaba confundida. "No se alarme, señora", dije; "Soy el médico; he venido a ver cómo se encuentra". "¿Es usted el médico?" "Sí, el médico; su madre me mandó llamar del pueblo; le hemos hecho una sangría, señora; ahora, por favor, duérmase, y en un día o dos, ¡Dios quiera!, la pondremos de pie de nuevo". "Ah, sí, sí, doctor, no me deje morir... por favor, por favor". "¿Por qué habla así? ¡Dios la bendiga! Tiene fiebre otra vez, pienso; le tomé el pulso; sí, tenía fiebre. Me miró y me tomó de la mano. «Te diré por qué no quiero morir: te lo diré... Ahora estamos solos; y solo, por favor, no... a nadie... Escucha...». Me incliné; acercó sus labios a mi oído; me rozó la mejilla con su cabello —confieso que me dio vueltas la cabeza— y empezó a susurrar... No entendí nada... ¡Ah, deliraba!... Susurraba y susurraba, pero tan rápido, y como si no fuera en ruso; por fin terminó, y temblando, dejó caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: «Recuerde, doctor, a nadie». La tranquilicé de alguna manera, le di algo de beber, desperté a la criada y me fui.Iré a ver cómo está la paciente. Su dormitorio estaba junto a la sala. Bueno, me levanté y abrí la puerta con cuidado... ¡cómo me latía el corazón! Miré dentro: la sirvienta dormía, con la boca abierta, ¡e incluso roncaba, la desgraciada! Pero la paciente yacía con la cara hacia mí y los brazos abiertos, ¡pobrecita! Me acerqué a ella... ¡cuando de repente abrió los ojos y me miró fijamente! "¿Quién es? ¿Quién es?" Estaba confundida. "No se alarme, señora", dije; "Soy el médico; he venido a ver cómo se encuentra". "¿Es usted el médico?" "Sí, el médico; su madre me mandó llamar del pueblo; le hemos hecho una sangría, señora; ahora, por favor, duérmase, y en un día o dos, ¡Dios quiera!, la pondremos de pie de nuevo". "Ah, sí, sí, doctor, no me deje morir... por favor, por favor". "¿Por qué habla así? ¡Dios la bendiga! Tiene fiebre otra vez, pienso; le tomé el pulso; sí, tenía fiebre. Me miró y me tomó de la mano. «Te diré por qué no quiero morir: te lo diré... Ahora estamos solos; y solo, por favor, no... a nadie... Escucha...». Me incliné; acercó sus labios a mi oído; me rozó la mejilla con su cabello —confieso que me dio vueltas la cabeza— y empezó a susurrar... No entendí nada... ¡Ah, deliraba!... Susurraba y susurraba, pero tan rápido, y como si no fuera en ruso; por fin terminó, y temblando, dejó caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: «Recuerde, doctor, a nadie». La tranquilicé de alguna manera, le di algo de beber, desperté a la criada y me fui.Me incliné; ella acercó sus labios a mi oído; me rozó la mejilla con su cabello —confieso que me dio vueltas la cabeza— y empezó a susurrar... No entendí nada... ¡Ah, deliraba!... Susurraba y susurraba, pero tan rápido, y como si no estuviera en ruso; por fin terminó, y temblando, dejó caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: «Recuerde, doctor, a nadie». La tranquilicé de alguna manera, le di algo de beber, desperté a la criada y me fui.Me incliné; ella acercó sus labios a mi oído; me rozó la mejilla con su cabello —confieso que me dio vueltas la cabeza— y empezó a susurrar... No entendí nada... ¡Ah, deliraba!... Susurraba y susurraba, pero tan rápido, y como si no estuviera en ruso; por fin terminó, y temblando, dejó caer la cabeza sobre la almohada y me amenazó con el dedo: «Recuerde, doctor, a nadie». La tranquilicé de alguna manera, le di algo de beber, desperté a la criada y me fui.
En ese momento el médico volvió a tomar rapé con energía exasperada y por un momento pareció estupefacto por sus efectos.
“Sin embargo”, continuó, “al día siguiente, contrariamente a mis expectativas, la paciente no mejoró. Pensé y pensé, y de repente decidí quedarme allí, aunque mis otros pacientes me esperaban... Y ya saben que uno no puede permitirse ignorar eso; la propia práctica se resiente si lo hace. Pero, en primer lugar, la paciente estaba realmente en peligro; y en segundo lugar, a decir verdad, me sentí muy atraído por ella. Además, me gustaba toda la familia. Aunque estaban en una situación muy precaria, eran personas singularmente, podría decirse, cultas... Su padre había sido un hombre erudito, un escritor; murió, por supuesto, en la pobreza, pero antes de morir había logrado dar a sus hijos una excelente educación; también dejó muchos libros. Ya sea porque cuidaba a la enferma con mucho esmero, o por alguna otra razón; en fin, me atrevo a decir que toda la familia me quería como si fuera uno más de la familia... Mientras tanto, las carreteras estaban en peor estado que nunca; todas las comunicaciones, por así decirlo, estaban completamente cortadas; incluso era difícil conseguir medicinas de... pueblo... La enferma no mejoraba... Día tras día, y día tras día... pero... aquí... (El doctor hizo una breve pausa). "Les confieso que no sé cómo decírselo"... (Volvió a tomar rapé, tosió y bebió un poco de té). "Se lo diré sin rodeos. Mi paciente... ¿cómo decirlo?... Bueno, se había enamorado de mí... o, no, no es que estuviera enamorada... sin embargo... en realidad, ¿cómo decirlo?" (El doctor bajó la mirada y se sonrojó.) "No", continuó rápidamente, "¡enamorado, desde luego! Un hombre no debe sobreestimarse. Era una chica culta, inteligente y culta, y yo incluso había olvidado mi latín, diría yo, por completo. En cuanto a la apariencia" (el doctor se miró con una sonrisa) "tampoco tengo nada de qué presumir. Pero Dios Todopoderoso no me hizo tonto; no tomo lo negro por blanco; sé un par de cosas; pude ver muy claramente, por ejemplo, que Aleksandra Andreyevna —así se llamaba— no sentía amor por mí, sino una inclinación amistosa, por así decirlo, un respeto o algo por mí. Aunque ella misma quizá malinterpretó este sentimiento, en cualquier caso, esta era su actitud; puede formarse su propio juicio al respecto. Pero", añadió el doctor, que había pronunciado todas estas frases inconexas sin respirar y con evidente vergüenza, "parece que estoy divagando un poco; no entenderá nada de esto... Aquí, con su permiso, yo “Lo relataremos todo en orden”.
Bebió un vaso de té y comenzó a hablar con voz más tranquila.
“Bueno, entonces. Mi paciente empeoraba cada vez más. Usted no es médico, mi buen señor; no puede comprender lo que pasa en el corazón de un pobre hombre, sobre todo al principio, cuando empieza a sospechar que la enfermedad se está apoderando de él. ¿Qué pasa con su confianza en sí mismo? De repente se vuelve tan tímido; es indescriptible. Cree entonces que ha olvidado todo lo que sabía, que el paciente no tiene fe en usted, que otras personas empiezan a notar lo distraído que está y le cuentan los síntomas con reticencia; que lo miran con recelo, susurrando... ¡Ah! ¡Es horrible! Debe haber un remedio, piensa, para esta enfermedad, si es que alguien pudiera encontrarlo. ¿No es este? Lo intenta... ¡no, no es ese! No le da a la medicina el tiempo necesario para hacer efecto... Se aferra a una cosa, luego a otra. A veces toma un libro de recetas médicas... ¡aquí está, piensa! A veces, ¡por Júpiter!, elige una al azar, pensando en dejarla en Destino... Pero mientras tanto, un semejante se está muriendo, y otro médico lo habría salvado. «Tenemos que hacer una consulta», dices; «no me hago responsable». ¡Y qué tonta te ves en esos momentos! Bueno, con el tiempo aprendes a soportarlo; no te importa. Ha muerto un hombre, pero no es culpa tuya; lo trataste según las reglas. Pero lo que te tortura aún más es ver esa fe ciega en ti y sentirte incapaz de ser útil. Bueno, era precisamente esa fe ciega la que tenía toda la familia de Aleksandra Andreyevna en mí; se habían olvidado de pensar que su hija estaba en peligro. Yo también, por mi parte, les aseguro que no es nada, pero mientras tanto, me siento fatal. Para colmo, las carreteras estaban en tal estado que el cochero se iba días enteros a buscar medicinas. Y yo no salía de la habitación de la paciente; no podía irme; le cuento historias divertidas, ¿sabes?, y juego a las cartas con ella. La vigilo a su lado por las noches. La anciana madre me da las gracias con lágrimas en los ojos; pero yo pienso: «No merezco tu gratitud». Le confieso francamente —no tiene caso ocultarlo ahora— que estaba enamorado de mi paciente. Y Aleksandra Andreyevna se había encariñado conmigo; a veces no dejaba entrar a nadie más que a mí en su habitación. Empezó a hablarme, a hacerme preguntas: dónde había estudiado, cómo vivía, quiénes son mis parientes, a quién voy a ver. Creo que no debería hablar; pero prohibírselo —prohibirselo resueltamente, ¿sabe?— no podía. A veces me sostenía la cabeza entre las manos y me preguntaba: "¿Qué haces, villano?"... Y ella me tomaba la mano y la sujetaba, me miraba largamente, se daba la vuelta, suspiraba y decía: "¡Qué bien estás!". Sus manos estaban tan febriles,sus ojos tan grandes y lánguidos... 'Sí', dice, 'es usted un hombre bueno y amable; no es como nuestros vecinos... No, usted no es así... ¡Cómo no lo conocía hasta ahora!' 'Aleksandra Andreyevna, cálmese', le digo... 'Siento, créame, que no sé cómo he ganado... pero bueno, cálmese... Todo estará bien; usted se pondrá bien de nuevo'. Y mientras tanto debo decirle —continuó el médico, inclinándose hacia delante y arqueando las cejas— que se relacionaban muy poco con los vecinos, porque la gente más pequeña no estaba a su nivel, y el orgullo les impedía ser amigables con los ricos. Le digo que eran una familia excepcionalmente culta; así que sabe que era gratificante para mí. Ella solo tomaba su medicina de mis manos... se levantaba, pobrecita, con mi ayuda, la tomaba y me miraba... Sentí que mi corazón estallaba. Y mientras tanto, ella empeoraba cada vez más, cada vez peor, todo el tiempo; morirá, pienso; debe morir. Créeme, yo mismo habría ido a la tumba; y allí estaban su madre y hermanas observándome, mirándome a los ojos... y su fe en mí se estaba desvaneciendo. '¿Y bien? ¿Cómo está?' '¡Oh, está bien, está bien!' ¡Bien, en efecto! Mi mente me fallaba. Bueno, estaba sentado solo una noche otra vez junto a mi paciente. La criada estaba sentada allí también, y roncando a toda velocidad; sin embargo, no puedo criticar a la pobre chica; ella también estaba agotada. Aleksandra Andreyevna se había sentido muy mal toda la noche; tenía mucha fiebre. Hasta la medianoche estuvo dando vueltas; al final pareció quedarse dormida; al menos, yacía quieta sin moverse. La lámpara ardía en la esquina ante la santa imagen. Yo estaba sentado allí, ¿sabes?, con la cabeza gacha; incluso dormité un poco. De repente, me pareció que me tocaban en el costado; me giré... ¡Dios mío! Aleksandra Andreyevna me miraba fijamente... con los labios entreabiertos, las mejillas le ardían. «¿Qué ocurre?» «Doctor, ¿debería morir?» «¡Cielos misericordiosos!» «No, doctor, no; por favor, no me diga que viviré... no me lo diga... Si lo supiera... ¡Escuche! Por el amor de Dios, no me oculte mi verdadera situación», y su respiración se aceleró. «Si puedo saber con certeza que debo morir... entonces se lo contaré todo... ¡todo!» «¡Aleksandra Andreyevna, se lo ruego!» «Escuche; no he dormido nada... Llevo un buen rato observándola... ¡Por el amor de Dios!... Creo en usted; es un buen hombre, un hombre honesto; le suplico por todo lo que es sagrado en el mundo: ¡dígame la verdad!» Si supiera lo importante que es para mí... Doctor, por el amor de Dios, dígame... ¿Estoy en peligro? —¿Qué puedo decirle, Aleksandra Andreyevna, por favor? —¡Por el amor de Dios, se lo suplico! —No puedo disimularlo,Digo: «Aleksandra Andreyevna; sin duda estás en peligro; pero Dios es misericordioso». «Moriré, moriré». Y parecía complacida; su rostro se iluminó; me alarmé. «¡No tengas miedo, no tengas miedo! No le temo a la muerte en absoluto». De repente se incorporó y se apoyó en el codo. «Ahora... sí, ahora puedo decirte que te agradezco de todo corazón... que seas amable y buena, ¡que te amo!». La miré como un poseso; fue terrible para mí, ¿sabes? «¡Me oyes! ¡Te amo!». 'Aleksandra Andreyevna, ¿cómo he merecido...?' 'No, no, no me entiendes... no me entiendes'... Y de repente extendió los brazos, y tomando mi cabeza entre sus manos, la besó... Créeme, casi grité en voz alta... Me arrodillé y hundí la cabeza en la almohada. No habló; sus dedos temblaron en mi pelo; escucho; está llorando. Empecé a calmarla, a tranquilizarla... Realmente no sé qué le dije. 'Despertarás a la niña', le digo; 'Aleksandra Andreyevna, te lo agradezco... créeme... cálmate'. '¡Basta, basta!', insistió; 'no te preocupes por todos ellos; que despierten, entonces; que entren, no importa; me estoy muriendo, ¿ves...? ¿Y qué temes? ¿Por qué tienes miedo? Levanta la cabeza... O, tal vez, no me amas; Quizás me equivoque... En ese caso, perdóname.' 'Aleksandra Andreyevna, ¡qué estás diciendo!... Te amo, Aleksandra Andreyevna'. Me miró directamente a los ojos y abrió los brazos de par en par. 'Entonces tómame en tus brazos'. Te digo francamente que no sé cómo no me volví loco esa noche. Siento que mi paciente se está matando; veo que no es ella misma del todo; comprendo también que si no se considerara a punto de morir, nunca habría pensado en mí; y, de hecho, digas lo que digas, es difícil morir a los veinte sin haber conocido el amor; esto era lo que la torturaba; por eso, desesperada, me agarró, ¿lo entiendes ahora? Pero me abrazó y no me soltó. 'Ten piedad de mí, Aleksandra Andreyevna, y ten piedad de ti misma', le digo. 'Pero', dice ella; '¿en qué hay que pensar? Sabes que debo morir.' ... Esto repetía sin cesar... 'Si supiera que volvería a la vida y volvería a ser una señorita decente, me avergonzaría... claro, avergonzada... pero ¿por qué ahora?' '¿Pero quién ha dicho que morirás?' '¡Oh, no, deja ya! No me engañarás; no sabes mentir; mírate la cara.' ... 'Vivirás, Aleksandra Andreyevna; yo te curaré; pediremos la bendición de tu madre... estaremos unidas, seremos felices.' 'No, no, tengo tu palabra; debo morir... me lo has prometido... me lo has dicho.' ...Fue cruel para mí, cruel por muchas razones. Y vean lo que a veces pueden hacer las nimiedades; parece insignificante, pero es doloroso. Se le ocurrió preguntarme cómo me llamo; no mi apellido, sino mi nombre. Debo de tener la mala suerte de que me llamen Trifon. Sí, en efecto; Trifon Ivanich. Todos en la casa me llamaban doctor. Sin embargo, no hay otra opción. Digo: «Trifon, señora». Ella frunció el ceño, negó con la cabeza y murmuró algo en francés —ah, algo desagradable, ¡por supuesto!— y luego se rió, también de forma desagradable. Bueno, pasé toda la noche con ella así. Antes del amanecer me fui, sintiéndome como si estuviera loca. Cuando volví a su habitación era de día, después del té de la mañana. ¡Dios mío! Apenas la reconocí; la gente se entierra con mejor aspecto. Le juro, por mi honor, que no entiendo, absolutamente no entiendo, ahora mismo, cómo viví esa experiencia. Tres días y tres noches mi paciente aún se demoró. ¡Y qué noches! ¡Cuántas cosas me decía! Y la última noche —imagínense— estaba sentado a su lado y no dejaba de rezarle a Dios una sola cosa: «Llévenla —dije—, rápido, y a mí con ella». De repente, la anciana madre entra inesperadamente en la habitación. La noche anterior ya le había dicho —a la madre— que había pocas esperanzas y que sería bueno mandar a buscar a un sacerdote. Cuando la enferma vio a su madre, dijo: «Qué bien que haya venido; mírenos, nos queremos, nos hemos dado nuestra palabra». «¿Qué dice, doctor? ¿Qué dice?». Me puse lívido. «EllaDe repente, la anciana madre entra inesperadamente en la habitación. Ya la noche anterior le había dicho a ella —a la madre— que había pocas esperanzas y que sería bueno llamar a un sacerdote. Cuando la enferma vio a su madre, dijo: «Qué bien que haya venido; mírenos, nos queremos, nos hemos dado nuestra palabra». «¿Qué dice, doctor? ¿Qué dice?». Me puse lívido. «Ella...De repente, la anciana madre entra inesperadamente en la habitación. Ya la noche anterior le había dicho a ella —a la madre— que había pocas esperanzas y que sería bueno llamar a un sacerdote. Cuando la enferma vio a su madre, dijo: «Qué bien que haya venido; mírenos, nos queremos, nos hemos dado nuestra palabra». «¿Qué dice, doctor? ¿Qué dice?». Me puse lívido. «Ella...—Está vagando —digo—; la fiebre. Pero ella: —Calla, calla; me acabas de decir algo muy diferente y me has quitado el anillo. ¿Por qué finges? Mi madre es buena, perdonará, comprenderá, y me estoy muriendo... No tengo por qué mentir; dame la mano. Di un salto y salí corriendo de la habitación. La anciana, por supuesto, lo adivinó.
Sin embargo, no los aburriré más, y a mí también, por supuesto, me duele recordar todo esto. Mi paciente falleció al día siguiente. ¡Que Dios la bendiga! —añadió el médico, hablando rápidamente y con un suspiro—. Antes de morir, le pidió a su familia que saliera y me dejara a solas con ella.
“Perdóname”, dijo; “quizás tengo la culpa hacia ti… mi enfermedad… pero créeme, a nadie he amado más que a ti… no me olvides… quédate con mi anillo.”
El médico se dio la vuelta y le tomé la mano.
—¡Ah! —dijo—, hablemos de otra cosa, ¿o prefieres jugar a la preferencia por una pequeña apuesta? No es propio de la gente como yo dejarse llevar por emociones exaltadas. Solo tengo una cosa en la que pensar: cómo evitar que los niños lloren y que la esposa regañe. Desde entonces, ¿sabes?, he tenido tiempo de contraer matrimonio legal, como dicen... Oh... Tomé a la hija de un comerciante: siete mil como dote. Se llama Akulina; le va bien a Trifón. Es una mujer de mal carácter, debo decirte, pero por suerte duerme todo el día... Bueno, ¿preferiría la preferencia?
Nos sentamos a dar preferencia a los puntos de medio penique. Trifon Ivanich me ganó dos rublos y medio y se fue tarde a casa, muy satisfecho con su éxito.
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EL ÁRBOL DE NAVIDAD Y LA BODA
POR FIODOR M. DOSTOYEVSKY
TEl otro día vi una boda... ¡Pero no! Preferiría hablarles de un árbol de Navidad. La boda fue magnífica. Me gustó muchísimo. Pero el otro incidente fue aún mejor. No sé por qué la imagen de la boda me recordó al árbol de Navidad. Así fue:
Hace exactamente cinco años, en Nochevieja, un hombre con mucha influencia en el mundo empresarial, con sus contactos, su círculo de conocidos y sus intrigas, me invitó a un baile infantil. Así que parecía que el baile infantil era solo un pretexto para que los padres se reunieran y hablaran de asuntos que les interesaban, con total inocencia y naturalidad.
Yo era un forastero y, como no tenía asuntos especiales que ventilar, pude pasar la velada independientemente de los demás. Había otro caballero presente que, como yo, acababa de descubrir por casualidad este asunto de felicidad doméstica. Fue el primero en llamar mi atención. Su aspecto no era el de un hombre de cuna ni de alta familia. Era alto, bastante delgado, muy serio y bien vestido. Al parecer, no le gustaban las festividades familiares. En cuanto se retiró a un rincón, la sonrisa desapareció de su rostro y sus espesas y oscuras cejas se fruncieron. No conocía a nadie más que al anfitrión y daba muestras de aburrirse mortalmente, aunque mantuvo valientemente su papel de disfrutador absoluto hasta el final. Más tarde supe que era provinciano, que había venido a la capital por un asunto importante y estresante, que había traído una carta de recomendación para nuestro anfitrión, y que este lo había acogido bajo su protección, nada de con amore . Fue simplemente por cortesía que lo invitó al baile infantil.
No jugaron a las cartas con él, ni le ofrecieron puros. Nadie entabló conversación con él. Posiblemente reconocieron al pájaro por sus plumas a distancia. Así, mi caballero, sin saber qué hacer con las manos, se vio obligado a pasar la tarde acariciándose los bigotes. Sus bigotes eran realmente hermosos, pero los acariciaba con tanta asiduidad que daba la sensación de que los bigotes habían nacido primero y luego el hombre para acariciarlos.
Había otro invitado que me interesaba. Pero era de un tipo muy distinto. Era un personaje. Lo llamaban Julián Mastakovich. A primera vista, se notaba que era un invitado de honor y que mantenía con el anfitrión la misma relación que este con el caballero de las patillas. Los anfitriones le decían un sinfín de cosas amables, eran sumamente atentos, lo congraciaban, lo rodeaban con esmero, lo presentaban a los invitados, pero nunca lo conducían a nadie más. Noté lágrimas en los ojos de nuestro anfitrión cuando Julián Mastakovich comentó que rara vez había pasado una velada tan agradable. De alguna manera, empecé a sentirme incómodo en presencia de este personaje. Así que, después de divertirme con los niños, cinco de los cuales, jóvenes notablemente bien alimentados, eran de nuestro anfitrión, entré en una pequeña sala de estar, completamente desocupada, y me senté en el extremo que hacía las veces de invernadero y ocupaba casi la mitad de la habitación.
Los niños eran encantadores. Se negaban rotundamente a parecerse a sus mayores, a pesar de los esfuerzos de madres e institutrices. En un instante, habían vaciado el árbol de Navidad hasta el último dulce y ya habían roto la mitad de sus juguetes antes de siquiera saber a quién pertenecía cada uno.
Uno de ellos era un niño particularmente guapo, de ojos oscuros y pelo rizado, que se obstinaba en apuntarme con su escopeta de madera. Pero el niño que más llamaba la atención era su hermana, una niña de unos once años, preciosa como un Cupido. Era tranquila y pensativa, con ojos grandes, redondos y soñadores. Los niños la habían ofendido de alguna manera, así que los dejó y entró en la misma habitación donde yo me había refugiado. Allí se sentó con su muñeca en un rincón.
«Su padre es un hombre de negocios inmensamente rico», se informaron los invitados con asombro. «Ya se han reservado trescientos mil rublos para su dote».
Al girarme para observar al grupo del que provenía la noticia, mi mirada se cruzó con la de Julian Mastakovich. Estaba escuchando la insulsa charla con atención concentrada, con las manos a la espalda y la cabeza inclinada.
Durante todo ese tiempo estuve absorto en la admiración por la astucia que nuestro anfitrión demostró al repartir los regalos. La pequeña doncella de la dote de muchos rubíes recibió la muñeca más hermosa, y el resto de los regalos fueron clasificados en valor según la escala social decreciente de los padres. El último niño, un muchacho de diez años, delgado, pelirrojo y pecoso, recibió un pequeño libro de cuentos de la naturaleza sin ilustraciones ni siquiera cabecera ni cola. Era el hijo de la institutriz. Ella era una viuda pobre, y su pequeño, vestido con una chaquetilla de nanquín de aspecto lamentable, parecía completamente destrozado e intimidado. Tomó el libro de cuentos de la naturaleza y dio una vuelta lentamente alrededor de los juguetes de los niños. Habría dado cualquier cosa por jugar con ellos. Pero no se atrevió. Se notaba que ya conocía su lugar.
Me gusta observar a los niños. Es fascinante observar su individualidad, luchando por afirmarse. Pude ver que las cosas de los otros niños tenían un encanto tremendo para el niño pelirrojo, especialmente un teatro de juguete, en el que estaba tan ansioso por participar que decidió adular a los demás niños. Sonrió y empezó a jugar con ellos. Le entregó su única manzana a un niño regordete que ya tenía los bolsillos llenos de dulces, e incluso le llevó a la mochila a otro niño, todo simplemente para que le permitieran quedarse en el teatro.
Pero en pocos instantes, un joven insolente se le echó encima y le dio una paliza. No se atrevió ni a llorar. La institutriz llegó y le dijo que dejara de meterse en los juegos de los demás niños, y se escabulló a la misma habitación donde estábamos la niña y yo. Ella lo dejó sentarse a su lado, y los dos se pusieron a vestir a la costosa muñeca.
Pasó casi media hora, y estaba a punto de quedarme dormido, sentado en el invernadero, escuchando a medias la charla del chico pelirrojo y la belleza dotada, cuando Julián Mastakovich entró de repente. Había salido del salón al amparo de una escena ruidosa entre los niños. Desde mi rincón apartado, no se me había escapado que momentos antes había estado conversando animadamente con el padre de la niña rica, a quien acababa de conocer.
Se quedó quieto un rato, reflexionando y murmurando para sí, como si contara algo con los dedos.
¡Trescientos... trescientos once... doce... trece... dieciséis... en cinco años! Digamos un cuatro por ciento... cinco por doce... sesenta, y sobre estos sesenta... Supongamos que en cinco años llegará a... bueno, cuatrocientos. ¡Mmm... hm! Pero el viejo zorro astuto no se conformará con un cuatro por ciento. Recibe un ocho o incluso un diez, quizá. Supongamos quinientos, quinientos mil, al menos, eso seguro. Cualquier cantidad superior para gastos... hm...
Se sonó la nariz y estaba a punto de salir de la habitación cuando vio a la niña y se quedó quieto. Yo, detrás de las plantas, pasé desapercibido. Me pareció que temblaba de emoción. Debieron ser sus cálculos los que lo perturbaron tanto. Se frotó las manos y bailó de un lado a otro, cada vez más emocionado. Finalmente, sin embargo, dominó sus emociones y se detuvo. Miró con determinación a la futura novia y quiso acercarse a ella, pero miró a su alrededor antes. Entonces, como con remordimientos, se acercó a la niña de puntillas, sonriendo, se inclinó y le besó la cabeza.
Su llegada fue tan inesperada que ella lanzó un grito de alarma.
—¿Qué haces aquí, querida niña? —susurró, mirando a su alrededor y pellizcando su mejilla.
"Estamos jugando."
—¿Qué? ¿Con él? —preguntó Julián Mastakovich, mirando de reojo al hijo de la institutriz—. Deberías ir a la sala, muchacho —le dijo.
El niño guardó silencio y miró al hombre con los ojos muy abiertos. Julián Mastakovich volvió a mirar a su alrededor con cautela y se inclinó sobre la niña.
-¿Qué tienes, una muñeca, querida?
—Sí, señor. —La niña se encogió un poco y arrugó la frente.
¿Una muñeca? ¿Y sabes, querida, de qué están hechas las muñecas?
—No, señor —dijo débilmente y bajó la cabeza.
—¡Deja ya los harapos, querido! Tú, muchacho, vuelve al salón, con los niños —dijo Julián Mastakovich, mirándolo con severidad.
Los dos niños fruncieron el ceño. Se abrazaron y no se separaron.
“¿Y sabes por qué te dieron la muñeca?”, preguntó Julián Mastakovich bajando cada vez más la voz.
"No."
“Porque fuiste una niña buena, muy buena toda la semana”.
Dicho esto, Julián Mastakovich se sintió presa de un ataque de agitación. Miró a su alrededor y dijo en un tono débil, casi inaudible por la excitación y la impaciencia:
“Si voy a visitar a tus padres, ¿me amarás, querida?”
Intentó besar a la dulce criaturita, pero el chico pelirrojo vio que estaba al borde de las lágrimas, así que le tomó la mano y sollozó en voz alta, compadeciéndose de ella. Eso enfureció al hombre.
¡Vete! ¡Vete! Vuelve a la otra habitación, con tus compañeros de juego.
—¡No quiero que lo haga! ¡No quiero que lo haga! ¡Vete! —gritó la niña—. ¡Déjalo! ¡Déjalo! Casi lloraba.
Se oyeron pasos en la puerta. Julián Mastakovich se sobresaltó y enderezó su respetable cuerpo. El chico pelirrojo se alarmó aún más. Soltó la mano de la chica, se deslizó a lo largo de la pared y escapó por la sala hacia el comedor.
Para no llamar la atención, Julián Mastakovich también se dirigió al comedor. Estaba rojo como una langosta. Verse en el espejo parecía avergonzarlo. Probablemente le molestaba su propio ardor e impaciencia. Sin el debido respeto a su importancia y dignidad, sus cálculos lo habían atraído y provocado con la codicia de un niño que se dirige directo a su objetivo, aunque este aún no era un objetivo; solo lo sería dentro de cinco años. Seguí al respetable hombre al comedor, donde presencié una obra notable.
Julián Mastakovich, ruborizado por la ira, con la mirada llena de veneno, comenzó a amenazar al pelirrojo. Este se retiró cada vez más, hasta que no le quedó dónde refugiarse, y no sabía adónde ir, asustado.
¡Fuera de aquí! ¿Qué haces aquí? ¡Fuera, te digo, inútil! ¿Robas fruta? ¡Ah, sí, robaste fruta! ¡Fuera, pecosa, vete a lo tuyo!
El niño asustado, como último recurso, se metió rápidamente debajo de la mesa. Su perseguidor, furioso, sacó su gran pañuelo de lino y lo usó como látigo para obligarlo a salir de su posición.
Aquí debo señalar que Julián Mastakovich era un hombre algo corpulento, corpulento, bien alimentado, de mejillas hinchadas, con panza y tobillos redondos como nueces. Transpiraba, resoplaba y jadeaba. Tan fuerte era su antipatía (¿o eran celos?) por la niña que empezó a comportarse como un loco.
Me reí con ganas. Julián Mastakovich se giró. Estaba completamente confundido y, por un momento, al parecer, completamente ajeno a su inmensa importancia. En ese momento, nuestro anfitrión apareció en la puerta de enfrente. El chico salió a gatas de debajo de la mesa y se limpió las rodillas y los codos. Julián Mastakovich se apresuró a llevarse el pañuelo, que había estado colgando de una esquina, a la nariz. Nuestro anfitrión nos miró a los tres con cierta desconfianza. Pero, como hombre que conoce el mundo y se adapta fácilmente, aprovechó la oportunidad para atrapar a su valioso invitado y obtener lo que quería de él.
—Aquí está el chico del que te hablaba —dijo, señalando al niño pelirrojo—. Me tomé la libertad de presumir de tu bondad en su favor.
—Oh —respondió Julián Mastakovich, aún sin dominarse del todo.
—Es el hijo de mi institutriz —continuó nuestro anfitrión con tono suplicante—. Es una pobre criatura, la viuda de un funcionario honesto. Por eso, si le fuera posible...
—¡Imposible, imposible! —gritó Julián Mastakovich con prisa—. Disculpe, Philip Alexeyevich, de verdad que no puedo. He hecho averiguaciones. No hay plazas, y hay una lista de espera de diez personas con mayor derecho... Lo siento.
"Qué lástima", dijo nuestro anfitrión. "Es un niño tranquilo y discreto".
—Un pequeño travieso, diría yo —dijo Julián Mastakovich con ironía—. Vete, muchacho. ¿Qué haces aquí? Vete con los otros niños.
Incapaz de controlarse, me miró de reojo. Yo tampoco pude controlarme. Me reí en su cara. Se dio la vuelta y le preguntó a nuestro anfitrión, en un tono perfectamente audible para mí, quién era ese jovencito tan peculiar. Cuchichearon y salieron de la habitación, sin hacerme caso.
Me reí a carcajadas. Luego, yo también fui al salón. Allí, el gran hombre, ya rodeado de los padres, los anfitriones y la anfitriona, había empezado a conversar animadamente con una dama que acababa de conocer. La dama tomó la mano de la niña rica. Julián Mastakovich la elogió efusivamente. Se deleitó con la belleza de la querida niña, su talento, su gracia, su excelente educación, desplegándose sin reservas a halagar a la madre, quien escuchaba sin apenas contener las lágrimas de alegría, mientras el padre demostraba su alegría con una sonrisa de satisfacción.
La alegría era contagiosa. Todos la compartían. Incluso los niños tuvieron que dejar de jugar para no interrumpir la conversación. El ambiente estaba impregnado de admiración. Oí a la madre de la importante niña, conmovida profundamente, preguntar a Julián Mastakovich con la más exquisita cortesía si les haría el honor de ir a verlos. Oí a Julián Mastakovich aceptar la invitación con sincero entusiasmo. Luego, los invitados se dispersaron decorosamente por diferentes partes del salón, y los oí, con veneración en el tono, elogiar al hombre de negocios, a su esposa, a su hija y, especialmente, a Julián Mastakovich.
“¿Está casado?”, le pregunté en voz alta a un conocido que estaba al lado de Julián Mastakovich.
Julián Mastakovich me dirigió una mirada venenosa.
“No”, respondió mi conocido, profundamente conmocionado por mi —intencionada— indiscreción.
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No hace mucho pasé por la iglesia de——. Me impresionó la multitud reunida para presenciar una boda. Era un día gris. Empezaba a lloviznar. Me abrí paso entre la multitud hacia la iglesia. El novio era un hombrecito rollizo, bien alimentado y panzudo, muy elegante. Corría, se movía de un lado a otro, daba órdenes y organizaba todo. Finalmente, se corrió la voz de que la novia venía. Me abrí paso entre la multitud y contemplé una belleza maravillosa cuya primera primavera apenas comenzaba. Pero la belleza estaba pálida y triste. Parecía distraída. Incluso me pareció que tenía los ojos enrojecidos por el llanto reciente. La severidad clásica de cada línea de su rostro impartía un significado y una solemnidad peculiares a su belleza. Pero a través de esa severidad y solemnidad, a través de la tristeza, brillaba la inocencia de una niña. Había algo inexpresablemente ingenuo, inquieto y juvenil en sus rasgos que, sin palabras, parecía pedir misericordia.
Dijeron que solo tenía dieciséis años. Miré al novio con atención. De repente reconocí a Julián Mastakovich, a quien no había vuelto a ver en cinco años. Entonces volví a mirar a la novia. —¡Dios mío! Salí de la iglesia lo más rápido que pude. Oí chismes entre la multitud sobre la riqueza de la novia, sobre su dote de quinientos mil rublos, una fortuna.
“Entonces sus cálculos eran correctos”, pensé mientras salía a la calle.
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DIOS VE LA VERDAD, PERO ESPERA
POR LEÓN N. TOLSTOI
IEn la ciudad de Vladimir vivía un joven comerciante llamado Ivan Dmitrich Aksionov. Tenía dos tiendas y una casa propia.
Aksionov era un hombre apuesto, rubio y de cabello rizado, muy jovial y aficionado al canto. De joven, se había aficionado a la bebida y se descontrolaba cuando bebía demasiado; pero después de casarse, dejó de beber, salvo de vez en cuando.
Un verano, Aksionov se dirigía a la Feria de Nizhny y, al despedirse de su familia, su esposa le dijo: «Iván Dmitrich, no te pongas en marcha hoy; he tenido una mala pesadilla sobre ti».
Aksionov se rió y dijo: “Tienes miedo de que cuando llegue a la feria me vaya de juerga”.
Su esposa respondió: «No sé de qué tengo miedo; solo sé que tuve una pesadilla. Soñé que volvías del pueblo, y cuando te quitaste la gorra vi que tenías el pelo bastante canoso».
Aksionov se rió. «Qué buena señal», dijo. «A ver si no vendo todos mis productos y te traigo algunos regalos de la feria».
Entonces se despidió de su familia y se marchó.
A mitad de camino, se encontró con un comerciante conocido, y pasaron la noche en la misma posada. Tomaron té juntos y luego se acostaron en habitaciones contiguas.
No era costumbre de Aksionov dormir hasta tarde y, deseando viajar mientras aún hiciera fresco, despertó a su cochero antes del amanecer y le dijo que preparara los caballos.
Luego se dirigió a casa del propietario de la posada (que vivía en una cabaña en la parte de atrás), pagó la cuenta y continuó su viaje.
Tras recorrer unas veinticinco millas, se detuvo para alimentar a los caballos. Aksionov descansó un rato en el pasillo de la posada, luego salió al porche y, tras ordenar que calentaran un samovar, sacó su guitarra y empezó a tocar.
De repente, llegó una troika con el tintineo de las campanillas y un oficial se apeó, seguido de dos soldados. Se acercó a Aksionov y comenzó a interrogarlo, preguntándole quién era y de dónde venía. Aksionov le respondió con detalle: "¿Quiere tomar el té conmigo?". Pero el oficial siguió interrogándolo y preguntándole: "¿Dónde pasó la noche anoche? ¿Estuvo solo o con algún comerciante? ¿Vio al otro comerciante esta mañana? ¿Por qué se fue de la posada antes del amanecer?".
Aksionov se preguntó por qué le hacían todas esas preguntas, pero describió todo lo sucedido y luego añadió: "¿Por qué me interrogan como si fuera un ladrón? Estoy de viaje por mi cuenta y no hay necesidad de interrogarme".
Entonces el oficial, llamando a los soldados, dijo: «Soy el policía de este distrito y los interrogo porque el comerciante con quien pasaron la noche ha sido encontrado degollado. Debemos registrar sus pertenencias».
Entraron en la casa. Los soldados y el policía desataron el equipaje de Aksionov y lo registraron. De repente, el agente sacó un cuchillo de una bolsa y gritó: "¿De quién es este cuchillo?".
Aksionov miró y, al ver que sacaban de su bolso un cuchillo manchado de sangre, se asustó.
“¿Cómo es que hay sangre en este cuchillo?”
Aksionov intentó responder, pero apenas pudo articular palabra y solo balbuceó: «No sé, no es mío». Entonces el policía dijo: «Esta mañana encontraron al comerciante en la cama degollado. Usted es el único que pudo haberlo hecho. La casa estaba cerrada por dentro y no había nadie más. ¡Aquí tiene este cuchillo manchado de sangre en su bolso, y su rostro y sus modales lo delatan! Dígame cómo lo mató y cuánto dinero robó».
Aksionov juró no haberlo hecho; que no había visto al comerciante después de tomar el té; que no tenía dinero salvo ocho mil rublos propios, y que el cuchillo no era suyo. Pero tenía la voz entrecortada, el rostro pálido y temblaba de miedo, como si fuera culpable.
El policía ordenó a los soldados que ataran a Aksionov y lo subieran a la carreta. Mientras le ataban los pies y lo metían en la carreta, Aksionov se santiguó y lloró. Le quitaron el dinero y los bienes, y lo enviaron al pueblo más cercano, donde lo encarcelaron. Se indagó sobre su conducta en Vladímir. Los comerciantes y otros habitantes del pueblo dijeron que antes bebía y perdía el tiempo, pero que era una buena persona. Entonces llegó el juicio: lo acusaron de asesinar a un comerciante de Riazán y robarle veinte mil rublos.
Su esposa estaba desesperada y no sabía qué creer. Sus hijos eran muy pequeños; uno era un bebé que ella amamantaba. Llevándolos a todos consigo, fue al pueblo donde su esposo estaba encarcelado. Al principio no le permitieron verlo; pero después de mucho rogar, obtuvo permiso de los funcionarios y la llevaron con él. Al ver a su esposo con uniforme de prisión y encadenado, encerrado con ladrones y criminales, se desplomó y no recuperó la consciencia durante mucho tiempo. Entonces atrajo a sus hijos hacia sí y se sentó a su lado. Le contó cosas de su casa y le preguntó qué le había sucedido. Él se lo contó todo, y ella preguntó: "¿Qué podemos hacer ahora?".
“Debemos pedirle al Zar que no deje que perezca un hombre inocente”.
Su esposa le dijo que había enviado una petición al Zar, pero que no había sido aceptada.
Aksionov no respondió, sólo pareció desanimado.
Entonces su esposa dijo: «No fue en vano que soñé que tu cabello se había vuelto gris. ¿Recuerdas? No debiste haber empezado ese día». Y pasando los dedos por su cabello, dijo: «Vanya, querido, dile la verdad a tu esposa; ¿no fuiste tú quien lo hizo?».
—¡Así que tú también sospechas de mí! —dijo Aksionov, y, escondiendo la cara entre las manos, rompió a llorar. Entonces llegó un soldado a decir que la esposa y los hijos debían irse; y Aksionov se despidió de su familia por última vez.
Cuando se fueron, Aksionov recordó lo que se había dicho, y cuando recordó que su esposa también había sospechado de él, se dijo a sí mismo: "Parece que solo Dios puede saber la verdad; es solo a Él a quien debemos apelar, y solo de Él debemos esperar misericordia".
Y Aksionov no escribió más peticiones, abandonó toda esperanza y sólo rezó a Dios.
Aksionov fue condenado a ser azotado y enviado a las minas. Lo azotaron con un nudo, y cuando las heridas causadas por este sanaron, lo llevaron a Siberia con otros convictos.
Durante veintiséis años, Aksionov vivió como convicto en Siberia. Su cabello se volvió blanco como la nieve, y su barba se volvió larga, rala y gris. Perdió toda su alegría; se encorvaba; caminaba despacio, hablaba poco y nunca reía, pero rezaba a menudo.
En prisión, Aksionov aprendió a hacer botas y ganó algo de dinero, con el que compró Las vidas de los santos . Leía este libro cuando había suficiente luz en la prisión; y los domingos, en la iglesia de la prisión, leía las lecciones y cantaba en el coro, pues aún tenía buena voz.
Las autoridades de la prisión apreciaban a Aksionov por su docilidad, y sus compañeros de prisión lo respetaban: lo llamaban «Abuelo» y «El Santo». Cuando querían presentar una petición a las autoridades de la prisión, siempre lo convertían en su portavoz, y cuando surgían disputas entre los presos, acudían a él para resolver el asunto y juzgarlo.
A Aksionov no le llegaron noticias de su casa y ni siquiera sabía si su mujer y sus hijos seguían vivos.
Un día, una nueva cuadrilla de convictos llegó a la prisión. Al anochecer, los antiguos presos se reunieron con los nuevos y les preguntaron de qué pueblos o aldeas provenían y a qué habían sido condenados. Entre los demás, Aksionov se sentó cerca de los recién llegados y escuchó con aire abatido lo que decían.
Uno de los nuevos convictos, un hombre alto y fuerte de unos sesenta años, con una barba gris muy corta, les contaba a los demás por qué lo habían arrestado.
“Bueno, amigos”, dijo, “solo tomé un caballo atado a un trineo, y me arrestaron y me acusaron de robo. Dije que solo lo había tomado para llegar más rápido a casa y que luego lo había soltado; además, el cochero era amigo mío. Así que dije: 'No pasa nada'. 'No', dijeron, 'lo robaste'. Pero no supieron decir cómo ni dónde lo robé. Una vez hice algo realmente mal, y debería haber venido aquí hace mucho tiempo, pero esa vez no me descubrieron. Ahora me han enviado aquí para nada... Eh, pero les estoy mintiendo; he estado en Siberia antes, pero no me quedé mucho tiempo”.
¿De dónde eres?, preguntó alguien.
De Vladimir. Mi familia es de ese pueblo. Me llamo Makar, y también me llaman Semiónich.
Aksionov levantó la cabeza y dijo: «Dime, Semiónich, ¿sabes algo de los comerciantes Aksionov de Vladímir? ¿Siguen vivos?»
¿Los conozco? Claro que sí. Los Aksionov son ricos, aunque su padre está en Siberia: ¡un pecador como nosotros, al parecer! En cuanto a ti, abuelo, ¿cómo llegaste aquí?
A Aksionov no le gustaba hablar de su desgracia. Solo suspiró y dijo: «Por mis pecados he estado en prisión estos veintiséis años».
“¿Qué pecados?” preguntó Makar Semiónich.
Pero Aksionov se limitó a decir: «¡Vaya, vaya! ¡Me lo debo haber merecido!». No quiso añadir nada más, pero sus compañeros contaron a los recién llegados cómo Aksionov había llegado a Siberia; cómo alguien había matado a un comerciante y había puesto el cuchillo entre las cosas de Aksionov, y Aksionov había sido condenado injustamente.
Al oír esto, Makar Semiónich miró a Aksionov, se dio una palmada en la rodilla y exclamó: "¡Vaya, qué maravilla! ¡Maravilloso de verdad! ¡Pero qué viejo te has hecho, abuelo!".
Los demás le preguntaron por qué estaba tan sorprendido y dónde había visto antes a Aksionov; pero Makar Semiónich no respondió. Solo dijo: "¡Qué bueno que nos encontremos aquí, muchachos!".
Estas palabras hicieron que Aksionov se preguntara si este hombre sabía quién había asesinado al comerciante, así que dijo: “Quizás, Semiónich, haya oído hablar de ese asunto, o tal vez me haya visto antes”.
¿Cómo podría no oír? El mundo está lleno de rumores. Pero ha pasado mucho tiempo y he olvidado lo que oí.
“¿Quizás escuchaste quién mató al comerciante?” preguntó Aksionov.
Makar Semiónich se rió y respondió: "¡Debió ser él en cuyo bolso se encontró el cuchillo! Si alguien más lo escondió allí, "No es ladrón hasta que lo pillan", como dice el dicho. ¿Cómo podría alguien meterte un cuchillo en el bolso con la cabeza debajo? Seguro que te habría despertado".
Cuando Aksionov oyó estas palabras, tuvo la certeza de que era el hombre que había asesinado al comerciante. Se levantó y se marchó. Aksionov permaneció despierto toda la noche. Se sentía terriblemente infeliz, y todo tipo de imágenes acudieron a su mente. Recordó a su esposa tal como estaba cuando se separó de ella para ir a la feria. La vio como si estuviera presente; su rostro y sus ojos se alzaron ante él; la oyó hablar y reír. Luego vio a sus hijos, muy pequeños, como eran entonces: uno con una pequeña capa, otro al pecho de su madre. Y entonces se recordó a sí mismo como era antes: joven y alegre. Recordó cómo tocaba la guitarra en el porche de la posada donde fue arrestado, y lo libre de preocupaciones que había estado. Vio, en su mente, el lugar donde fue azotado, al verdugo y a la gente que lo rodeaba; las cadenas, los convictos, los veintiséis años de su vida en prisión y su prematura vejez. Pensar en todo aquello lo hacía sentir tan miserable que estaba dispuesto a suicidarse.
"¡Y todo es obra de ese villano!", pensó Aksionov. Y su ira contra Makar Semiónich era tan grande que ansiaba venganza, aunque él mismo pereciera por ella. Rezó toda la noche, pero no lograba encontrar paz. Durante el día no se acercaba a Makar Semiónich, ni siquiera lo miraba.
Así transcurrieron dos semanas. Aksionov no podía dormir por las noches y se sentía tan mal que no sabía qué hacer.
Una noche, mientras paseaba por la prisión, notó que la tierra rodaba por debajo de una de las estanterías donde dormían los presos. Se detuvo a ver qué era. De repente, Makar Semiónich salió sigilosamente de debajo de la estantería y miró a Aksionov con cara de susto. Aksionov intentó pasar de largo sin mirarlo, pero Makar le sujetó la mano y le dijo que había cavado un hoyo bajo el muro, que había sacado la tierra metiéndola en sus botas altas y que la vaciaba todos los días en el camino cuando los presos eran conducidos a trabajar.
—Cállate, viejo, y tú también saldrás. Si te chivas, me azotarán hasta matarme, pero yo te mataré primero.
Aksionov tembló de ira al mirar a su enemigo. Retiró la mano y dijo: «No quiero escapar, y tú no tienes por qué matarme; ¡me mataste hace mucho! En cuanto a hablar de ti, puedo hacerlo o no, como Dios quiera».
Al día siguiente, cuando los convictos fueron llevados a trabajar, los soldados del convoy notaron que uno de los prisioneros se había sacado tierra de las botas. Registraron la prisión y encontraron el túnel. El gobernador llegó e interrogó a todos los prisioneros para averiguar quién había cavado el agujero. Todos negaron tener conocimiento. Quienes lo sabían no traicionarían a Makar Semiónich, sabiendo que sería azotado casi hasta la muerte. Finalmente, el gobernador se volvió hacia Aksionov, a quien conocía como un hombre justo, y dijo:
Eres un anciano veraz; dime, ante Dios, ¿quién cavó el hoyo?
Makar Semiónich permaneció de pie como si no le importara nada, mirando al gobernador y sin siquiera mirar a Aksionov. Los labios y las manos de Aksionov temblaban, y durante un largo rato no pudo articular palabra. Pensó: "¿Por qué debería ocultar a quien arruinó mi vida? Que pague por lo que yo he sufrido. Pero si lo declaro, probablemente lo azotarán hasta la muerte, y tal vez sospeche erróneamente de él. Y, al fin y al cabo, ¿de qué me serviría?".
—Bueno, anciano —repitió el gobernador—, dime la verdad: ¿quién ha estado cavando bajo el muro?
Aksionov miró a Makar Semiónich y dijo: «No puedo decirlo, señoría. ¡No es la voluntad de Dios que lo diga! Hagan lo que quieran conmigo; estoy en sus manos».
Por mucho que lo intentara el gobernador, Aksionov no decía nada más y, por lo tanto, el asunto tuvo que dejarse así.
Esa noche, cuando Aksionov estaba acostado en su cama y apenas comenzaba a dormitar, alguien se acercó silenciosamente y se sentó en su cama. Escudriñó la oscuridad y reconoció a Makar.
—¿Qué más quieres de mí? —preguntó Aksionov—. ¿Por qué has venido?
Makar Semiónich guardó silencio. Entonces Aksionov se incorporó y dijo: "¿Qué quieres? ¡Vete o llamaré a la guardia!".
Makar Semiónich se inclinó sobre Aksionov y susurró: «¡Iván Dmitrich, perdóname!».
“¿Para qué?” preguntó Aksionov.
Fui yo quien mató al comerciante y escondió el cuchillo entre tus cosas. Quise matarte también, pero oí un ruido afuera, así que escondí el cuchillo en tu bolso y escapé por la ventana.
Aksionov guardó silencio, sin saber qué decir. Makar Semiónich se deslizó del estante de la cama y se arrodilló en el suelo. «¡Iván Dmitrich!», dijo, «¡perdóname! ¡Por el amor de Dios, perdóname! Confesaré que fui yo quien mató al comerciante, y quedarás libre y podrás irte a casa».
—Es fácil para ti hablar —dijo Aksionov—, pero he sufrido por ti estos veintiséis años. ¿Adónde podría ir ahora?... Mi esposa ha muerto y mis hijos me han olvidado. No tengo adónde ir...
Makar Semiónich no se levantó, sino que se golpeó la cabeza contra el suelo. "¡Iván Dmitrich, perdóname!", gritó. "Cuando me azotaron con el nudo no fue tan duro de soportar como lo es verte ahora... pero tuviste compasión de mí y no me lo dijiste. ¡Por Dios, perdóname, desgraciado!" Y empezó a sollozar.
Cuando Aksionov lo oyó sollozar, también rompió a llorar. «¡Dios te perdonará!», dijo. «Quizás soy cien veces peor que tú». Y con estas palabras, su corazón se alegró, y la añoranza de su hogar lo abandonó. Ya no tenía deseos de salir de la prisión; solo esperaba que llegara su última hora.
A pesar de lo que Aksionov había dicho, Makar Semiónich confesó su culpabilidad. Pero cuando llegó la orden de liberación, Aksionov ya estaba muerto.
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CÓMO UN MUZHIK ALIMENTÓ A DOS FUNCIONARIOS
POR MI SALTYKOV [ N.Shchedrin ]
Había una vez dos funcionarios. Ambos eran cabezas huecas, y un día se encontraron transportados repentinamente a una isla desierta, como en una alfombra mágica.
Habían pasado toda su vida en un departamento gubernamental, donde se guardaban registros; habían nacido allí, se habían criado allí, envejecido allí y, en consecuencia, no tenían la menor comprensión de nada fuera del Departamento; y las únicas palabras que sabían eran: “Con seguridad de la más alta estima, soy su humilde servidor”.
Pero el Departamento fue disuelto, y como los servicios de los dos funcionarios ya no eran necesarios, se les concedió la libertad. Así, los funcionarios jubilados emigraron a la calle Podyacheskaya en San Petersburgo. Cada uno tenía su propia casa, su propio cocinero y su pensión.
Al despertar en la isla desierta, se encontraron acostados bajo la misma manta. Al principio, por supuesto, no entendían qué les había sucedido, y hablaban como si nada extraordinario hubiera sucedido.
—Qué sueño tan peculiar tuve anoche, Excelencia —dijo el funcionario—. Me pareció estar en una isla desierta.
Apenas había pronunciado estas palabras, se puso de pie de un salto. El otro oficial también se levantó.
—¡Dios mío! ¿Qué significa esto? ¿Dónde estamos? —gritaron asombrados.
Se palparon el uno al otro para asegurarse de que ya no estaban soñando y finalmente se convencieron de la triste realidad.
Ante ellos se extendía el océano, y detrás había un pequeño trozo de tierra, más allá del cual se extendía de nuevo el océano. Empezaron a llorar, la primera vez desde que cerraron su departamento.
Se miraron el uno al otro y cada uno notó que el otro no llevaba nada más que su camisa de dormir y que su orden colgaba de su cuello.
"Deberíamos estar tomando nuestro café ahora", comentó el funcionario. Luego recordó la extraña situación en la que se encontraba y rompió a llorar por segunda vez.
"¿Qué vamos a hacer ahora?", sollozó. "Aunque hiciéramos un informe, ¿de qué serviría?"
—Sabe qué, Excelencia —respondió el otro oficial—, usted vaya al este y yo iré al oeste. Al anochecer regresaremos aquí y, quizás, encontremos algo.
Empezaron a determinar cuál era el este y cuál el oeste. Recordaron que el jefe de su Departamento les había dicho una vez: «Si quieren saber dónde está el este, miren hacia el norte, y el este estará a su derecha». Pero cuando intentaron averiguar cuál era el norte, giraron a la derecha y a la izquierda y miraron a su alrededor. Tras haber pasado toda su vida en el Departamento de Registros, sus esfuerzos fueron en vano.
“En mi opinión, Excelencia, lo mejor sería que usted fuera a la derecha y yo a la izquierda”, dijo un oficial, que había servido no sólo en el Departamento de Registros, sino que también había sido profesor de caligrafía en la Escuela de Reservas, y por eso era un poco más inteligente.
Dicho y hecho. El Oficial se dirigió a la derecha. Se topó con árboles llenos de frutas. Con gusto habría cogido una manzana, pero todas eran tan altas que se habría visto obligado a trepar. Intentó trepar en vano. Lo único que logró fue rasgarse el camisón. Entonces llegó a un arroyo. Estaba repleto de peces.
"¡Qué bien estaría si tuviéramos todo este pescado en la calle Podyacheskaya!", pensó, y se le hizo la boca agua. Entonces se adentró en el bosque y encontró perdices, urogallos y liebres.
—¡Dios mío, qué abundancia de comida! —exclamó. Su hambre aumentaba considerablemente.
Pero tuvo que regresar al lugar señalado con las manos vacías. Encontró al otro oficial esperándolo.
—Bueno, Su Excelencia, ¿cómo le fue? ¿Encontró algo?
“Nada más que un viejo número de la Gaceta de Moscú , nada más.”
Los funcionarios volvieron a acostarse a dormir, pero sus estómagos vacíos no les dieron descanso. En parte, les robó el sueño el pensamiento de quién estaba ahora disfrutando de su pensión, y en parte el recuerdo de las frutas, los peces, las perdices, los urogallos y las liebres que habían visto durante el día.
“El pábulo humano en su forma original vuela, nada y crece en los árboles. ¿Quién lo hubiera dicho, Excelencia?”, dijo el funcionario.
—Claro —replicó el otro funcionario—. Yo también debo admitir que me había imaginado que nuestros panecillos de desayuno nacían tal como aparecen en la mesa.
De lo cual se deduce que si queremos comer un faisán, primero debemos atraparlo, matarlo, desplumarlo y asarlo. ¿Pero cómo se hace eso?
—Sí, ¿cómo se hará eso? —repitió el otro funcionario.
Se quedaron en silencio e intentaron dormir de nuevo, pero el hambre les ahuyentó el sueño. Ante sus ojos pululaban bandadas de faisanes y patos, manadas de cerdos jóvenes, y todos eran tan jugosos, tan tiernos y tan deliciosamente aderezados con aceitunas, alcaparras y pepinillos.
“Creo que podría devorar mis propias botas ahora”, dijo el funcionario.
“Los guantes tampoco están mal, sobre todo si han nacido bastante suaves”, dijo el otro Oficial.
Los dos oficiales se miraron fijamente. En sus miradas brillaba un fuego de mal agüero, les castañeteaban los dientes y un gemido sordo emanaba de sus pechos. Lentamente, se acercaron sigilosamente y, de repente, estallaron en un frenesí aterrador. Hubo gritos y gemidos, los trapos volaron por todas partes, y el oficial que había sido profesor de caligrafía mordió la orden de su colega y se la tragó. Sin embargo, la visión de la sangre los hizo volver en sí.
—¡Dios nos ayude! —gritaron al unísono—. No pretendemos devorarnos unos a otros. ¿Cómo hemos podido llegar a semejante situación? ¿Qué genio maligno se está burlando de nosotros?
“Debemos, por todos los medios, entretenernos unos a otros para pasar el tiempo, de lo contrario habrá asesinatos y muertes”, dijo el funcionario.
“Empieza tú”, dijo el otro.
¿Puedes explicar por qué el sol sale primero y luego se pone? ¿Por qué no es al revés?
¿No es usted un hombre curioso, Excelencia? Se levanta primero, luego va a su oficina a trabajar, y por la noche se acuesta a dormir.
“¿Pero por qué no se puede suponer lo contrario, es decir, que uno se va a la cama, ve todo tipo de figuras oníricas y luego se levanta?”
Bueno, sí, claro. Pero cuando aún era funcionario, siempre pensaba así: «Ahora amanece, luego será de día, luego llegará la hora de cenar y, por fin, llegará la hora de acostarse».
La palabra “cena” recordó ese incidente de los acontecimientos del día, y pensar en él hizo que ambos funcionarios se sintieran melancólicos, por lo que la conversación se detuvo.
—Un médico me dijo una vez que los seres humanos pueden subsistir durante mucho tiempo con sus propios jugos —repitió el funcionario.
"¿Qué significa eso?"
Es muy sencillo. Verás, los propios jugos generan otros jugos, y estos a su vez, otros jugos, y así sucesivamente hasta que finalmente se consumen todos los jugos.
“¿Y luego qué pasa?”
“Luego es necesario reintroducir el alimento en el organismo”.
"¡El diablo!"
Sin importar el tema que eligieran los funcionarios, la conversación invariablemente volvía al tema de la comida, lo que solo aumentaba su apetito. Así que decidieron dejar de hablar por completo y, recordando la Gaceta de Moscú que uno de ellos había encontrado, la tomaron y comenzaron a leer con avidez.
BANQUETE OFRECIDO POR EL ALCALDE
"YoLa mesa estaba preparada para cien personas. Su magnificencia superó todas las expectativas. Las provincias más remotas estaban representadas en este festín de los dioses con los regalos más costosos. El esturión dorado de Sheksna y el faisán plateado de los bosques del Cáucaso se citaron con fresas, tan raras en nuestra latitud en invierno...
—¡Dios mío! ¡Por Dios, deje de leer, Excelencia! ¿No pudo encontrar nada más que leer? —gritó el otro funcionario, desesperado. Le arrebató el periódico de las manos a su colega y empezó a leer otra cosa.
Nuestro corresponsal en Tula nos informa que ayer se encontró un esturión en Upa (un suceso que ni siquiera los habitantes más antiguos recuerdan, y aún más notable porque reconocieron al ex capitán de policía en este esturión). Esto dio pie a un banquete en el club. El motivo principal del banquete fue servirlo en una gran bandeja de madera adornada con pepinillos en vinagre. Un manojo de perejil sobresalía de su boca. El doctor P——, que ofició de maestro de ceremonias, se encargó de que todos los presentes recibieran un trozo de esturión. Las salsas para acompañarlo eran inusualmente variadas y delicadas...
—Permítame, Excelencia, me parece que usted tampoco es tan cuidadoso con la selección de lectura —interrumpió el primer funcionario, quien volvió a asegurar la Gaceta y comenzó a leer:
Uno de los habitantes más antiguos de Viatka ha descubierto una receta nueva y muy original para la sopa de pescado: se toma un bacalao vivo ( lota vulgaris ) y se lo golpea con una vara hasta que su hígado se hincha de ira...
Los funcionarios agacharon la cabeza. Todo lo que veían tenía algo que ver con la comida. Incluso sus propios pensamientos eran fatales. Por mucho que intentaran apartar la mente del bistec y cosas por el estilo, todo era en vano; su imaginación volvía invariablemente, con una fuerza irresistible, a aquello que anhelaban con tanta intensidad.
De repente, una inspiración llegó al funcionario que una vez había enseñado escritura a mano.
—¡Lo tengo! —exclamó encantado—. ¿Qué opina de esto, Excelencia? ¿Qué opina de que encontremos a un mujik?
—¿Un mujik, Su Excelencia? ¿Qué clase de mujik?
Un mujik común y corriente. Un mujik como todos los mujiks. Nos traía los panecillos enseguida, y también podía atrapar perdices y pescar para nosotros.
—Mmm, un mujik. ¿Pero de dónde vamos a sacar uno si no hay mujik aquí?
¿Por qué no habría de haber un mujik aquí? Hay mujiks por todas partes. Solo hay que buscarlos. Seguro que hay un mujik escondido por aquí para no tener que trabajar.
Este pensamiento animó tanto a los funcionarios que inmediatamente saltaron para ir en busca del mujik.
Durante un largo rato vagaron por la isla sin el resultado deseado, hasta que finalmente un intenso olor a pan negro y piel de oveja vieja les invadió el olfato y los guió en la dirección correcta. Allí, bajo un árbol, yacía un hombre colosal, profundamente dormido con las manos bajo la cabeza. Era evidente que, para eludir su deber laboral, se había retirado descaradamente a esta isla. La indignación de los funcionarios no tuvo límites.
—¡Qué! ¿Estás durmiendo aquí, holgazán? —le gritaron furiosos—. No te importa que haya dos funcionarios aquí que se están muriendo de hambre. ¡Arriba, adelante, a trabajar!
El mujik se levantó y miró a los dos severos caballeros que estaban frente a él. Su primer pensamiento fue escapar, pero los oficiales lo sujetaron con fuerza.
Tuvo que someterse a su destino. Tuvo que trabajar.
Primero se subió a un árbol y arrancó varias docenas de las mejores manzanas para los oficiales. Se quedó con una podrida. Luego removió la tierra y sacó unas patatas. Después, encendió una fogata con dos trozos de leña que frotó. Con su propio cabello hizo una trampa y atrapó perdices. Sobre el fuego, que para entonces ardía con fuerza, cocinó tantos platos que los oficiales se preguntaron si no debían darle un poco a este holgazán.
Al contemplar los esfuerzos del mujik, se regocijaron profundamente. Ya habían olvidado cómo el día anterior casi se morían de hambre, y ahora solo pensaban: «Qué bueno es ser funcionario. A un funcionario nunca le puede pasar nada malo».
“¿Están satisfechos, señores?”, preguntó el mujik perezoso.
“Sí, valoramos su industria”, respondieron los funcionarios.
—Entonces ¿me permitirás descansar un poco?
“Ve a descansar un poco, pero primero hazte una cuerda buena y fuerte”.
El mujik recogió tallos de cáñamo silvestre, los puso en agua, los golpeó y los rompió, y al anochecer ya tenía lista una cuerda gruesa y resistente. Los funcionarios tomaron la cuerda y ataron al mujik a un árbol para que no escapara. Luego se acostaron.
Así transcurría el día tras día, y el mujik se volvía tan hábil que incluso podía cocinar sopa para los funcionarios con sus propias manos. Los funcionarios estaban regordetes, bien alimentados y felices. Les alegraba no tener que gastar dinero y que, mientras tanto, sus pensiones se acumularan en San Petersburgo.
—¿Qué opina, Excelencia? —le preguntó uno al otro después del desayuno—. ¿Es cierta la historia de la Torre de Babel? ¿No cree que es simplemente una alegoría?
—De ninguna manera, Excelencia. Creo que fue algo que realmente ocurrió. ¿Qué otra explicación hay para la existencia de tantos idiomas diferentes en la Tierra?
“¿Entonces realmente también debió haber ocurrido el Diluvio?”
—Claro, de lo contrario; ¿cómo explicarías la existencia de animales antediluvianos? Además, la Gaceta de Moscú dice...
Buscaron el número antiguo de la Gaceta de Moscú , se sentaron a la sombra y leyeron la hoja completa de principio a fin. Leyeron sobre festividades en Moscú, Tula, Penza y Riazán, y curiosamente no les incomodó la descripción de los manjares servidos.
No se sabe cuánto habría durado esta vida. Sin embargo, al final, empezó a aburrir a los funcionarios. A menudo pensaban en sus cocineros de San Petersburgo, e incluso derramaban algunas lágrimas en secreto.
—Me pregunto cómo estará la calle Podyacheskaya ahora, Excelencia —le dijo uno de ellos al otro.
—Oh, no me lo recuerde, Excelencia. Me muero de nostalgia.
Es muy bonito aquí. No hay nada que criticar, pero el cordero añora a su madre. Y es una lástima, también, por los hermosos uniformes.
Sí, claro, un uniforme de cuarta clase no es ninguna broma. Solo el bordado dorado es suficiente para marear.
Ahora empezaron a importunar al mujik para que encontrara la manera de llevarlos de vuelta a la calle Podyacheskaya, y, por extraño que parezca, el mujik incluso sabía dónde estaba la calle Podyacheskaya. Una vez había bebido cerveza e hidromiel allí, y como dice el dicho, todo se le había corrido por la barba, ¡ay!, pero nada en la boca. Los funcionarios se alegraron y dijeron: «Somos funcionarios de la calle Podyacheskaya».
—Y yo soy uno de esos hombres, ¿te acuerdas?, que se sientan en un andamio colgado de cuerdas desde los tejados y pintan las paredes exteriores. Soy uno de los que se arrastran por los tejados como moscas. Eso es lo que soy —respondió el mujik.
El mujik reflexionó larga y detenidamente sobre cómo complacer a sus funcionarios, quienes habían sido tan generosos con él, el perezoso, y no habían menospreciado su trabajo. Y finalmente logró construir un barco. No era realmente un barco, pero era una embarcación, que los transportaría a través del océano cerca de la calle Podyacheskaya.
—Ten cuidado, perro, no nos ahogues —dijeron los oficiales al ver la balsa subir y bajar sobre las olas.
—No tengan miedo. Los mujiks estamos acostumbrados a esto —dijo el mujik, mientras hacía todos los preparativos para el viaje. Recogió plumas de cisne e hizo un lecho para sus dos oficiales, luego se santiguó y remó lejos de la orilla.
El miedo que sintieron los funcionarios en el camino, el mareo que sintieron durante las tormentas, cómo regañaron al grosero mujik por su holgazanería, es indescriptible. El mujik, sin embargo, siguió remando y alimentó a sus funcionarios con arenques. Por fin, avistaron a la querida Madre Neva. Pronto llegaron al glorioso Canal de Catalina, y entonces, ¡oh, alegría!, llegaron a la majestuosa calle Podyacheskaya. Cuando los cocineros vieron a sus funcionarios tan bien alimentados, regordetes y felices, se alegraron inmensamente. Los funcionarios tomaron café y panecillos, luego se pusieron sus uniformes y se dirigieron a la Oficina de Pensiones. Cuánto dinero recaudaron allí es otra cosa indescriptible. El mujik tampoco fue olvidado. Los funcionarios le enviaron un vaso de whisky y cinco kopeks. Ahora, mujik, alégrate.
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LAS SOMBRAS, UNA FANTASÍA
POR VLADIMIR G. KORLENKO
I
AHabía transcurrido un mes y dos días desde que los jueces, entre la aclamación del pueblo ateniense, dictaron sentencia de muerte contra el filósofo Sócrates por intentar destruir la fe en los dioses. Lo que el tábano es para el caballo, Sócrates lo era para Atenas. El tábano pica al caballo para evitar que se duerma y para que siga adelante con agilidad. El filósofo dijo al pueblo de Atenas:
Soy tu tábano. Mi aguijón te aguijonea la conciencia y te despierta cuando duermes. ¡No duerman, no duerman, atenienses! ¡Despierten y busquen la verdad!
El pueblo se levantó exasperado y exigió cruelmente que lo deshicieran de su tábano.
“Tal vez sus dos acusadores, Meleto y Anito, estén equivocados”, dijeron los ciudadanos al salir del tribunal después de que se pronunció la sentencia.
Pero, después de todo, ¿adónde conducen sus doctrinas? ¿Qué haría? Ha sembrado la confusión, derriba creencias que han existido desde el principio, habla de nuevas virtudes que deben ser reconocidas y buscadas, habla de una Divinidad hasta ahora desconocida para nosotros. ¡El blasfemo se cree más sabio que los dioses! No, sería mejor que nos mantuviéramos fieles a los antiguos dioses que conocemos. Puede que no siempre sean justos, a veces pueden estallar en una ira injusta, y también pueden ser presa de una lujuria desenfrenada por las esposas de los mortales; pero ¿acaso nuestros antepasados no vivieron con ellos en la paz de sus almas, no realizaron nuestros antepasados sus hazañas heroicas con la ayuda de estos mismos dioses? Y ahora los rostros de los Olímpicos han palidecido y la vieja virtud está desquiciada. ¿A qué conduce todo esto? ¿No debería acabarse de una vez por todas con esta sabiduría impía?
Así hablaban los ciudadanos de Atenas al salir del lugar, mientras caía el crepúsculo azul. Habían decidido matar al inquieto tábano con la esperanza de que el rostro de los dioses volviera a brillar. Y, sin embargo, ante sus almas se alzaba la apacible figura del singular filósofo. Algunos ciudadanos recordaban la valentía con la que había compartido sus problemas y peligros en Potidea; cómo solo él les había impedido cometer el pecado de ejecutar injustamente a los generales tras la victoria sobre los Arginusas; cómo solo él se había atrevido a alzar la voz contra los tiranos que habían condenado a muerte a mil quinientas personas, hablando a la gente en la plaza del mercado sobre los pastores y sus ovejas.
“¿No es un buen pastor —preguntó— quien cuida su rebaño y vela por su crecimiento? ¿O es obra del buen pastor reducir el número de sus ovejas y dispersarlas, y del buen gobernante hacer lo mismo con su pueblo? ¡Atenienses, investiguemos esta cuestión!”
Y ante esta pregunta del filósofo solitario e indefenso, los rostros de los tiranos palidecieron, mientras los ojos de los jóvenes se encendieron con el fuego de la justa ira y de la indignación.
Así, cuando los atenienses, al dispersarse después de la sentencia, recordaron todas estas cosas de Sócrates, sus corazones se oprimieron con una pesada duda.
“¿No hemos cometido un grave agravio contra el hijo de Sofronisco?”
Pero entonces los buenos atenienses contemplaron el puerto y el mar, y en el resplandor rojizo del día agonizante vieron las velas purpúreas del navío de quilla afilada, enviado al festival de Delos, brillando en la distancia sobre el Ponto azul. El navío no regresaría hasta transcurrido un mes, y los atenienses recordaron que durante ese tiempo no se derramaría sangre en Atenas, ni la de inocentes ni la de culpables. Un mes, además, tiene muchos días y aún más horas. Suponiendo que el hijo de Sofronisco hubiera sido condenado injustamente, ¿quién le impediría escapar de la prisión, sobre todo teniendo en cuenta que contaba con numerosos amigos que lo ayudaban? ¿Tan difícil era para el rico Platón, para Esquines y para otros sobornar a los guardias? Entonces el inquieto tábano huiría de Atenas a los bárbaros de Tesalia, o al Peloponeso, o, aún más lejos, a Egipto; Atenas ya no escucharía sus discursos blasfemos; Su muerte no pesaría sobre la conciencia de los dignos ciudadanos, y así todo terminaría para mejor provecho de todos.
Así se dijeron muchos aquella noche, mientras alababan en voz alta la sabiduría del demos y los heliastas. Sin embargo, en secreto, abrigaban la esperanza de que el inquieto filósofo abandonara Atenas, huyera de la cicuta hacia los bárbaros, y así liberara a los atenienses de su molesta presencia y del remordimiento que los atormentaba por haber infligido la muerte a un hombre inocente.
Treinta y dos veces desde aquella tarde, el sol había salido del océano y vuelto a esconderse. El barco había regresado de Delos y se encontraba en el puerto con las velas tristemente caídas, como avergonzado de su ciudad natal. La luna no brillaba en el cielo, el mar se agitaba bajo una densa niebla, y en las colinas, las luces se asomaban en la oscuridad como ojos de hombres atormentados por la culpa.
El testarudo Sócrates no perdonó la conciencia de los buenos atenienses.
¡Nos separamos! Ustedes se van a casa y yo a la muerte —dijo a los jueces tras pronunciarse la sentencia—. ¡No sé, amigos míos, quién de nosotros tiene la mejor suerte!
A medida que se acercaba la hora del regreso del barco, muchos ciudadanos comenzaban a inquietarse. ¿Debía morir realmente aquel obstinado? Y empezaron a apelar a la conciencia de Esquines, Fedón y otros discípulos de Sócrates, intentando instarlos a seguir esforzándose por su señor.
"¿Permitirás que muera tu maestro?", preguntaron con reproche y tono mordaz. "¿O te cuesta pagar las pocas monedas que costaría sobornar al guardia?"
En vano Critón suplicó a Sócrates que huyera, y se quejó de que el público vituperaba a sus discípulos por su falta de amistad y su avaricia. El filósofo, obstinado, se negó a complacer a sus alumnos ni a la buena gente de Atenas.
—Investiguemos —dijo—. Si resulta que debo huir, huiré; pero si debo morir, moriré. Recordemos lo que dijimos una vez: el sabio no debe temer a la muerte, solo debe temer a la mentira. ¿Es correcto acatar las leyes que nosotros mismos hemos establecido mientras nos sean agradables y negarnos a obedecer las que nos desagradan? Si no me equivoco, creo que alguna vez hablamos de estas cosas, ¿no es así?
“Sí, lo hicimos”, respondió su alumno.
“¿Y creo que todos estaban de acuerdo en cuanto a la respuesta?”
"Sí."
“¿Pero tal vez lo que es verdad para otros no lo es para nosotros?”
“No, la verdad es igual para todos, incluidos nosotros mismos”.
“¿Pero tal vez cuando somos nosotros los que debemos morir y no otro, la verdad se vuelve mentira?”
“No, Sócrates, la verdad sigue siendo la verdad en todas las circunstancias”.
Después de que su alumno hubo aceptado cada premisa de Sócrates, sonrió y sacó su conclusión.
Si es así, amigo mío, ¿no debo morir? ¿O mi cabeza ya está tan débil que ya no puedo sacar una conclusión lógica? Entonces corrígeme, amigo mío, y muéstrame el camino correcto a mi mente errada.
Su alumno se cubrió el rostro con el manto y se volvió hacia un lado.
“Sí”, dijo, “ahora veo que debes morir”.
Y aquella tarde, cuando el mar se agitaba de un lado a otro y rugía sordamente bajo el peso de la niebla, y el viento caprichoso, con triste asombro, agitaba suavemente las velas de los barcos; cuando los ciudadanos reunidos en las calles se preguntaban unos a otros: "¿Está muerto?" y sus voces tímidamente traicionaban la esperanza de que no estuviera muerto; cuando el primer aliento de la conciencia despertada tocó los corazones de los atenienses como el primer mensajero de la tormenta; y cuando, parecía que los rostros de los dioses se oscurecían de vergüenza, ¡esa tarde, al ponerse el sol, el hombre obstinado bebió la copa de la muerte!
El viento arreció con violencia y cubrió la ciudad con un velo de niebla, tirando con furia de las velas de los barcos retenidos en el puerto. Y las Erinias entonaron sus lúgubres canciones al corazón de los ciudadanos y atizaron en sus pechos la tempestad que más tarde abrumaría a los denunciantes de Sócrates.
Pero en esa hora, los primeros indicios de arrepentimiento aún eran inciertos y confusos. Los ciudadanos criticaban más que nunca a Sócrates por no haberles dado la satisfacción de huir a Tesalia; estaban molestos con sus discípulos porque en los últimos días habían andado con sombríos atuendos de luto, un reproche viviente para los atenienses; estaban enojados con los jueces por no haber tenido la sensatez y el coraje de resistir la ira ciega del pueblo exaltado; incluso les guardaban rencor a los dioses.
«A vosotros, dioses, os hemos traído este sacrificio», dijeron muchos. «¡Alegraos, insaciables!»
“¡No sé quién de nosotros elige la mejor suerte!”
Aquellas palabras de Sócrates volvieron a su memoria, aquellas últimas dirigidas a los jueces y al pueblo reunido en el tribunal. Ahora yacía en la prisión, quieto e inmóvil bajo su manto, mientras sobre la ciudad se cernían el luto, el horror y la vergüenza.
De nuevo se convirtió en el atormentador de la ciudad, él mismo, que ya no era accesible al tormento. El tábano había sido asesinado, pero picaba al pueblo con más fuerza que nunca. ¡No durmáis, no durmáis esta noche, atenienses! ¡No durmáis! ¡Habéis cometido una injusticia, una cruel injusticia, que jamás podrá ser borrada!
II
DDurante aquellos tristes días, Jenofonte, el general, discípulo de Sócrates, marchaba con sus Diez Mil hacia una tierra lejana, entre peligros, buscando el camino de regreso a su amada patria.
Esquines, Critón, Critóbulo, Fedón y Apolodoro estaban ahora ocupados con los preparativos del modesto funeral.
Platón encendía su lámpara, inclinado sobre un pergamino; el mejor discípulo del filósofo se afanaba en escribir los hechos, palabras y enseñanzas que marcaron el fin de la vida del sabio. Un pensamiento nunca se pierde, y la verdad descubierta por un gran intelecto ilumina el camino para las generaciones futuras como una antorcha en la oscuridad.
Había otro discípulo de Sócrates. No mucho antes, el impetuoso Ctesipo había sido uno de los jóvenes atenienses más frívolos y ávidos de placer. Había establecido la belleza como su única diosa y se había inclinado ante Clinias como su máximo ejemplo. Pero desde que conoció a Sócrates, todo deseo de placer y toda frivolidad lo habían abandonado. Observaba con indiferencia mientras otros ocupaban su lugar con Clinias. La gracia de pensamiento y la armonía de espíritu que encontró en Sócrates le parecían cien veces más atractivas que la grácil figura y los armoniosos rasgos de Clinias. Con toda la intensidad de su temperamento tempestuoso, se aferró al hombre que había perturbado la serenidad de su alma virginal, que por primera vez se abrió a las dudas como el brote de un roble joven se abre a los vientos frescos de la primavera.
Ahora que el maestro había muerto, no encontraba paz ni en su propio hogar ni en la quietud opresiva de las calles, ni entre sus amigos y condiscípulos. Los dioses del hogar y los dioses del pueblo le inspiraban repugnancia.
—No sé —dijo— si sois los mejores de todos los dioses a quienes numerosas generaciones han quemado incienso y traído ofrendas; lo único que sé es que por vosotros la multitud ciega apagó la antorcha clara de la verdad, y por vosotros sacrificó al más grande y mejor de los mortales.
A Ctesipo casi le parecía que las calles y los mercados aún resonaban con el clamor de aquella sentencia injusta. Y recordó cómo fue allí donde el pueblo clamaba por la ejecución de los generales que los habían guiado a la victoria contra los Argunisas, y cómo solo Sócrates se había opuesto a la brutal sentencia de los jueces y a la furia ciega de la turba. Pero cuando el propio Sócrates necesitó un campeón, nadie lo defendió con igual fuerza. Ctesipo se culpaba a sí mismo y a sus amigos, y por eso quería evitar a todos, incluso a sí mismo, si era posible.
Esa tarde fue al mar. Pero su dolor se agudizó. Le pareció que las dolientes hijas de Nereo se agitaban de un lado a otro en la orilla, lamentando la muerte del mejor de los atenienses y la locura de la ciudad enloquecida. Las olas rompían en la costa rocosa con un rugido de lamento. Su estruendo sonaba como un canto fúnebre.
Se dio la vuelta, abandonó la orilla y continuó su camino sin mirar atrás. Olvidó el tiempo, el espacio y su propio ego, lleno solo del afligido pensamiento de Sócrates.
Ayer aún era, ayer aún se oían sus dulces palabras. ¿Cómo es posible que hoy ya no exista? ¡Oh noche, oh gigantesca montaña envuelta en niebla, oh mar embravecido movido por tu propia vida, oh vientos inquietos que llevan en sus alas el aliento de un mundo inconmensurable, oh bóveda estrellada salpicada de nubes aladas! ¡Llévame contigo, descúbreme el misterio de esta muerte, si te es revelado! Y si no lo sabes, entonces concede a mi alma ignorante tu propia y alta indiferencia. Aleja de mí estas preguntas torturantes. Ya no tengo fuerzas para llevarlas en mi pecho sin respuesta, sin siquiera la esperanza de una respuesta. Pues ¿quién las responderá, ahora que los labios de Sócrates están sellados en eterno silencio, y la oscuridad eterna cubre sus párpados?
Así, Ctesipo clamó al mar y a las montañas, y a la oscura noche, que seguía su curso invariable, incesante e invisible, sobre el mundo dormido. Pasaron muchas horas antes de que Ctesipo alzara la vista y viera adónde lo habían conducido inconscientemente sus pasos. Un oscuro horror se apoderó de su alma al mirar a su alrededor.
III
IParecía como si los dioses desconocidos de la noche eterna hubieran escuchado su impía plegaria. Ctesipo miró a su alrededor, sin poder reconocer el lugar donde se encontraba. Las luces de la ciudad hacía tiempo que se habían extinguido en la oscuridad. El rugido del mar se había apagado en la distancia; su alma ansiosa había olvidado incluso haberlo oído. Ningún sonido —ni el triste graznido de un pájaro nocturno, ni el zumbido de unas alas, ni el susurro de los árboles, ni el murmullo de un alegre arroyo— rompía el profundo silencio. Solo los fuegos fatuos cegaban aquí y allá sobre las rocas, y relámpagos, sin acompañamiento de ningún sonido, se encendían y apagaban contra los picos de los riscos. Esta breve iluminación simplemente acentuaba la oscuridad; y la luz mortecina revelaba los contornos de desiertos muertos, atravesados por gargantas como serpientes reptantes, y elevándose hacia las alturas rocosas en un caos salvaje.
Todos los dioses alegres que rondan los verdes bosques, los arroyos susurrantes y los valles montañosos parecían haber huido para siempre de estos desiertos. Solo Pan, el grande y misterioso Pan, se escondía en algún lugar cercano, en el caos de la naturaleza, y con mirada burlona parecía perseguir a la diminuta hormiga que poco antes había pedido blasfemamente conocer el secreto del mundo y de la muerte. Un horror oscuro e insensato abrumaba el alma de Ctesipo. Así es como el mar, en una marea tormentosa, hunde una roca en la orilla.
¿Fue un sueño, fue la realidad o la revelación de la divinidad desconocida? Ctesipo sintió que en un instante cruzaría el umbral de la vida y que su alma se fundiría en un océano de horror infinito e inconcebible, como una gota de lluvia en las olas del mar gris en una noche oscura y tormentosa. Pero en ese momento, de repente, oyó voces que le resultaron familiares, y a la luz de los relámpagos, sus ojos reconocieron figuras humanas.
IV
OhEn una ladera rocosa, un hombre se encontraba sentado, sumido en la desesperación. Se había echado una capa sobre la cabeza y estaba inclinado hasta el suelo. Otra figura se le acercó sigilosamente, subiendo con cautela y tanteando cada paso con cuidado. El primer hombre se descubrió el rostro y exclamó:
¿Eres tú a quien acabo de ver, mi querido Sócrates? ¿Eres tú el que pasas junto a mí en este lugar desolado? Ya he pasado muchas horas aquí sin saber cuándo el día dará la bienvenida a la noche. He esperado en vano el amanecer.
—Sí, yo soy Sócrates, mi amigo, y tú, ¿no eres Elpidias, que murió tres días antes que yo?
Sí, soy Elpidias, antaño el curtidor más rico de Atenas, ahora el más miserable de los esclavos. Por primera vez entiendo las palabras del poeta: «Mejor ser esclavo en este mundo que gobernante en el tenebroso Hades».
“Amigo mío, si no te resulta agradable donde estás, ¿por qué no te mudas a otro lugar?”
Oh, Sócrates, me maravillo de ti. ¿Cómo te atreves a vagar en esta triste penumbra? Yo... yo estoy aquí sentado, abrumado por el dolor, y lamento las alegrías de una vida fugaz.
Amigo Elpidias, al igual que tú, yo también me vi sumido en esta penumbra cuando la luz de la vida terrenal desapareció de mis ojos. Pero una voz interior me dijo: «Recorre este nuevo camino sin vacilar», y así lo hice.
Pero ¿adónde vas, hijo de Sofronisco? Aquí no hay camino, ni sendero, ni siquiera un rayo de luz; solo un caos de rocas, niebla y penumbra.
Cierto. Pero, mi Elpidias, ya que conoces esta triste verdad, ¿no te has preguntado qué es lo más angustioso de tu situación actual?
“Sin duda, la lúgubre oscuridad.”
Entonces uno debería buscar la luz. Quizás encuentres aquí la gran ley: que los mortales deben buscar en la oscuridad la fuente de la vida. ¿No crees que es mejor buscar así que quedarse sentado en un mismo sitio? Creo que sí, por eso sigo caminando. ¡Adiós!
¡Oh, buen Sócrates, no me abandones! Caminas con paso seguro por el caos sin camino del Hades. Ofréceme solo un pliegue de tu manto...
—Si crees que también es mejor para ti, sígueme, amigo Elpidias.
Y las dos sombras siguieron caminando, mientras el alma de Ctesipo, liberada por el sueño de su envoltura mortal, volaba tras ellas, absorbiendo con avidez los tonos del claro discurso socrático.
—¿Estás aquí, buen Sócrates? —se oyó de nuevo la voz del ateniense—. ¿Por qué callas? Conversar acorta el camino, y juro, por Hércules, que nunca he tenido que recorrer un camino tan horrible.
¡Haz preguntas, amigo Elpidias! La pregunta de quien busca conocimiento trae respuestas y genera conversación.
Elpidias guardó silencio un momento y luego, tras ordenar sus pensamientos, preguntó:
—Sí, eso es lo que quería decir: dime, pobre Sócrates, ¿al menos te dieron un buen entierro?
“Debo confesar, amigo Elpidias, que no puedo satisfacer tu curiosidad”.
Entiendo, mi pobre Sócrates, que no te ayuda a dar buena imagen. ¡Ahora conmigo fue tan diferente! ¡Oh, cómo me enterraron, con qué magnificencia me enterraron, mi pobre compañero de camino! Todavía recuerdo con gran placer aquellos hermosos momentos después de mi muerte. Primero me lavaron y me rociaron con un bálsamo aromático. Luego, mi fiel Larisa me vistió con ropas del tejido más fino. Las mejores luteranas de la ciudad se arrancaron el pelo porque les habían prometido una buena paga, y en el panteón familiar colocaron un ánfora, una crátera con hermosas asas de bronce decoradas, y, además, un frasco.
Quédate, amigo Elpidias. Estoy convencido de que la fiel Larisa convirtió su amor en varias minas. Sin embargo...
Exactamente diez minas y cuatro dracmas, sin contar las bebidas para los invitados. Dudo que el curtidor más rico pueda presentarse ante las almas de sus antepasados y presumir de tal respeto por parte de los vivos.
“Amigo Elpidias, ¿no crees que ese dinero hubiera sido de más utilidad para los pobres que aún viven en Atenas que para ti en este momento?”
—Admítelo, Sócrates, hablas con envidia —respondió Elpidias, dolido—. Lo siento por ti, desdichado Sócrates, aunque, entre nosotros, realmente merecías tu destino. Yo mismo, en mi círculo familiar, dije más de una vez que debíamos poner fin a tus impías acciones, porque...
Espera, amigo, pensé que querías sacar una conclusión, y me temo que te estás desviando del buen camino. Dime, mi buen amigo, ¿adónde se dirige tu vacilante pensamiento?
Quería decirte que, por mi bondad, lo siento por ti. Hace un mes, yo mismo hablé en tu contra en la asamblea, pero en realidad ninguno de los que gritamos tan fuerte quería que te ocurriera un mal tan grande. Créeme, ahora siento aún más pena por ti, ¡infeliz filósofo!
—Gracias. Pero dime, amigo mío, ¿percibes un brillo ante tus ojos?
“No, al contrario, ante mí se extiende tal oscuridad que debo preguntarme si esta no es la región brumosa de Orcus”.
“¿Este camino es entonces tan oscuro para ti como para mí?”
“Muy bien.”
“Si no me equivoco, ¿incluso estás agarrando los pliegues de mi capa?”
“También es cierto.”
—¿Entonces estamos en la misma situación? Ya ves que tus antepasados no se apresuran a alegrarse con la historia de tu pomposo entierro. ¿Dónde está la diferencia entre nosotros, mi buen amigo?
—Pero, Sócrates, ¿han envuelto los dioses tu razón en tal oscuridad que no puedes ver la diferencia?
“Amigo, si tu situación te resulta más clara, entonces dame tu mano y guíame, porque juro por el perro que me dejaste ir adelante en esta oscuridad”.
¡Deja de burlarte, Sócrates! No te burles, ni te compares, tú mismo, impío, con un hombre que murió en su propia cama...
—Ah, creo que empiezo a comprenderte. Pero dime, Elpidias, ¿esperas volver a disfrutar de tu lecho?
“Oh, creo que no.”
“¿Y hubo alguna vez un momento en que no durmieras en él?”
—Sí. Eso fue antes de que le comprara bienes a Agesilao a mitad de precio. Verás, ese Agesilao es un canalla de pura cepa...
—¡Ah, no te preocupes por Agesilao! Quizás los esté recuperando de tu viuda a una cuarta parte de su valor. ¿No tenía razón entonces cuando dije que solo estabas en posesión de tu cama parte del tiempo?
“Sí, tenías razón.”
Bueno, yo también estuve en posesión de la cama donde morí parte del tiempo. Proteo, el buen guardián de la prisión, me la prestó por un tiempo.
¡Oh, si hubiera sabido a qué te referías con tus palabras, no habría respondido a tus astutas preguntas! ¡Por Hércules, semejante profanación es inaudita! ¡Se compara conmigo! ¡Podría acabar contigo con dos palabras, si llegara el caso...!
—Dímelo, Elpidias, sin miedo. Las palabras apenas pueden ser más destructivas para mí que la cicuta.
Bueno, entonces, eso es justo lo que quería decir. ¡Desgraciado, moriste por sentencia judicial y tuviste que beber cicuta!
Pero lo sé desde el día de mi muerte, incluso desde mucho antes. Y tú, desdichado Elpidias, dime qué causó tu muerte.
¡Ay, en mi caso fue diferente, completamente diferente! Verás, me dio hidropesía abdominal. Llamaron a un médico caro de Corinto que prometió curarme por dos minas, y le dieron la mitad por adelantado. Me temo que Larisa, por su falta de experiencia en estas cosas, también le dio la otra mitad...
“¿Entonces el médico no cumplió su promesa?”
"Eso es todo."
“¿Y usted murió de hidropesía?”
“¡Ah, Sócrates, créeme, tres veces quiso vencerme y al final apagó la llama de mi vida!”
—Entonces dime: ¿la muerte por hidropesía te produjo gran placer?
¡Oh, malvado Sócrates, no te burles de mí! Te dije que quería vencerme tres veces. Rugí como un novillo bajo el cuchillo del matadero y le rogué a las Parcas que cortara el hilo de mi vida cuanto antes.
Eso no me sorprende. Pero ¿de qué concluyes que la hidropesía te fue más agradable que la cicuta a mí? La cicuta me mató en un instante.
Ya veo, caí otra vez en tu trampa, ¡astuto pecador! No enfureceré aún más a los dioses hablando contigo, destructor de costumbres sagradas.
Ambos guardaron silencio y reinó el silencio. Pero al poco rato, Elpidias fue de nuevo el primero en iniciar una conversación.
¿Por qué estás callado, buen Sócrates?
«Amigo mío, ¿no pediste tú mismo silencio?»
No soy orgulloso, y puedo tratar con consideración a los hombres que son peores que yo. No nos peleemos.
No me peleé contigo, amigo Elpidias, ni quise decir nada que te ofendiera. Simplemente estoy acostumbrado a comprender la verdad mediante comparaciones. No tengo clara mi situación. Tú la consideras mejor, y me encantaría saber por qué. Por otro lado, no te vendría mal conocer la verdad, sea cual sea su forma.
“Bueno, no más de esto.”
Dime, ¿tienes miedo? No creo que lo que siento ahora se pueda llamar miedo.
Me temo, aunque tengo menos motivos que tú para estar en desacuerdo con los dioses. Pero ¿no crees que los dioses, al abandonarnos a nuestra suerte en este caos, nos han defraudado?
—Eso depende de qué tipo de esperanzas albergaran. ¿Qué esperabas de los dioses, Elpidias?
Vaya, vaya, ¿qué esperaba de los dioses? ¡Qué preguntas tan curiosas haces, Sócrates! Si un hombre, a lo largo de su vida, trae ofrendas y al morir fallece con un corazón piadoso y con todo lo que exige la costumbre, los dioses podrían al menos enviar a alguien a su encuentro, al menos uno de los dioses inferiores, para mostrarle el camino. ... Pero eso me recuerda. Muchas veces, cuando pedía buena suerte en el comercio de pieles, le prometí a Hermes terneros...
“¿Y no tuviste suerte?”
—Oh, sí, tuve suerte, buen Sócrates, pero...
“Entiendo, no tenías ningún ternero.”
¡Bah! Sócrates, ¿un curtidor rico y sin pantorrillas?
Ahora lo entiendo. Tuviste suerte, tuviste terneros, pero te los quedaste, y Hermes no recibió nada.
Eres un hombre inteligente. Lo he dicho muchas veces. Solo cumplí tres de mis diez juramentos y no traté de forma diferente a los demás dioses. Si te ocurre lo mismo, ¿no es esa, posiblemente, la razón por la que ahora estamos abandonados por los dioses? Sin duda, le ordené a Larisa que sacrificara una hecatombe entera después de mi muerte.
—Pero eso es asunto de Larisa, mientras que fuiste tú, amigo Elpidias, quien hizo las promesas.
—Es cierto, es cierto. Pero tú, buen Sócrates, ¿podrías, siendo impío como eres, tratar mejor a los dioses que yo, que era un curtidor temeroso de Dios?
Amigo mío, no sé si lo hice mejor o peor. Al principio traje ofrendas sin haber hecho votos. Después, ni ofrecí terneros ni hice votos.
“¿Qué? ¿Ni un solo ternero, desgraciado?”
—Sí, amigo, si Hermes hubiera tenido que vivir de mis dones, me temo que habría adelgazado mucho.
Entiendo. No traficabas con ganado, así que ofrecías artículos de otro oficio, probablemente una mina más o menos de lo que te pagaban los alumnos.
Sabes, amigo mío, no les pedí salario a mis alumnos, y mi oficio apenas me alcanzaba para vivir. Si los dioses contaron con los miserables restos de mis comidas, se equivocaron.
¡Oh, blasfemo! Comparado contigo, puedo enorgullecerme de mi piedad. ¡Dioses, miren a este hombre! A veces los engañé, pero de vez en cuando compartí con ustedes lo que sobraba de algún negocio afortunado. Quien da, da mucho en comparación con un blasfemo que no da nada. Sócrates, creo que sería mejor que sigas solo. Me temo que tu compañía, impío, me perjudica a los ojos de los dioses.
Como quieras, mi buen Elpidias. Juro por el perro que nadie obligará a otro a estar en su compañía. Suelta el pliegue de mi manto y adiós. Iré solo.
Y Sócrates siguió adelante con paso seguro, sintiendo, sin embargo, el terreno a cada paso.
Pero Elpidias, que estaba detrás de él, gritó al instante:
—Espere, espere, mi querido conciudadano, ¡no deje a un ateniense solo en este horrible lugar! Solo me estaba burlando. Tómese lo que dije como una broma y no se vaya tan rápido. Me asombra cómo puede ver algo en esta oscuridad infernal.
“Amigo, ya he acostumbrado mis ojos a ello.”
—Bien. Aun así, no puedo aprobar que no hayas ofrecido sacrificios a los dioses. No, no puedo, pobre Sócrates, no puedo. El honorable Sofronisco sin duda te enseñó mejor en tu juventud, y tú mismo participabas en las oraciones. Te vi.
Sí. Pero suelo examinar todos nuestros motivos y aceptar solo aquellos que, tras investigarlos, resultan razonables. Y así llegó un día en que me dije: «Sócrates, aquí estás rezando a los Olímpicos. ¿Por qué les rezas?».
Elpidias se rió.
En realidad, ustedes, los filósofos, a veces no saben cómo responder a las preguntas más simples. Soy un simple curtidor que nunca en mi vida estudió sofistería, pero sé por qué debo honrar a los Olímpicos.
“Dímelo rápido, para que yo también sepa por qué.”
¿Por qué? ¡Ja! ¡Ja! Es demasiado simple, sabio Sócrates.
—Tanto mejor si es sencillo. Pero no me ocultes tu sabiduría. Dime, ¿por qué hay que honrar a los dioses?
¿Por qué? Porque todo el mundo lo hace.
Amigo, sabes muy bien que no todos honran a los dioses. ¿No sería más correcto decir «muchos»?
“Muy bien, muchos.”
“Pero dime, ¿no son más los que obran con maldad que los que obran con justicia?”
—Creo que sí. Se encuentran más personas malvadas que buenas.
“Por lo tanto, si sigues a la mayoría, ¿deberías proceder con maldad y no con justicia?”
"¿Qué estás diciendo?"
No lo digo yo , lo dices tú . Pero creo que la razón por la que los hombres veneran a los Olímpicos no es porque la mayoría los adore. Debemos encontrar otra base más racional. ¿Quizás quieres decir que merecen veneración?
“Sí, muy cierto.”
Bien. Pero entonces surge una nueva pregunta: ¿Por qué merecen reverencia?
“Por su grandeza.”
Ah, así me gusta más. Quizás pronto esté de acuerdo contigo. Solo te queda decirme en qué consiste su grandeza. Es una pregunta difícil, ¿verdad? Busquemos la respuesta juntos. Homero dice que el impetuoso Ares, tendido en el suelo por una piedra lanzada por Palas Atenea, cubrió con su cuerpo el espacio que se puede recorrer en siete mañanas. ¡Mira qué espacio tan enorme!
“¿En eso consiste la grandeza?”
Ahí me tienes, amigo mío. Eso plantea otra pregunta. ¿Recuerdas al atleta Teofantes? Era más alto que la gente, con una cabeza de altura, mientras que Pericles no era más grande que tú. Pero ¿a quién llamamos grande, a Pericles o a Teofantes?
Veo que la grandeza no reside en el tamaño del cuerpo. En eso tienes razón. Me alegra que estemos de acuerdo. ¿Quizás la grandeza reside en la virtud?
"Ciertamente."
"Yo también lo creo."
Entonces, ¿quién debe inclinarse ante quién? ¿Los pequeños antes que los grandes, o los grandes virtuosos antes que los malvados?
“La respuesta es clara”.
Yo también lo creo. Ahora investigaremos más a fondo este asunto. Dime la verdad, ¿alguna vez mataste a hijos ajenos con flechas?
—¡Ni que decir tiene, jamás! ¿Tan mal piensas de mí?
“¿Y supongo que alguna vez habrás seducido a las esposas de otros hombres?”
Fui un curtidor honrado y un buen esposo. ¡No lo olvides, Sócrates, te lo ruego!
“¿Nunca te convertiste en un bruto, ni por tu lujuria le diste a tu fiel Larisa ocasión de vengarse de las mujeres a las que habías arruinado y de sus hijos inocentes?”
- "Me enojas, de verdad, Sócrates."
“¿Pero acaso le arrebataste a tu padre tu herencia y lo arrojaste a la cárcel?”
¡Jamás! ¿Por qué estas preguntas tan insultantes?
Espera, amigo mío. Quizás ambos lleguemos a una conclusión. Dime, ¿considerarías grande a un hombre que hubiera hecho todas estas cosas de las que he hablado?
¡No, no, no! Habría llamado sinvergüenza a ese hombre y lo habría denunciado públicamente ante los jueces en la plaza del mercado.
—Bueno, Elpidias, ¿por qué no te quejaste en la plaza del mercado contra Zeus y los Olímpicos? El hijo de Cronos guerreó con su propio padre y se dejó llevar por una lujuria brutal hacia las hijas de los hombres, mientras que Hera se vengó de vírgenes inocentes. ¿Acaso no convirtieron ambos a la infeliz hija de Ínaco en una simple vaca? ¿No mató Apolo a todos los hijos de Níobe con sus flechas? ¿No robó Callenio toros? Pues bien, Elpidias, si es cierto que quien tiene menos virtud debe honrar a quien la tiene más, entonces no deberías construir altares a los Olímpicos, sino ellos a ti.
¡No blasfemes, impío Sócrates! ¡Calla! ¿Cómo te atreves a juzgar las acciones de los dioses?
Amigo, un poder superior los ha juzgado. Investiguemos la cuestión. ¿Cuál es la marca de la divinidad? Creo que dijiste: la grandeza, que consiste en la virtud. Ahora bien, ¿no es esta grandeza la única chispa divina en el hombre? Pero si comprobamos la grandeza de los dioses con nuestras pequeñas virtudes humanas, y resulta que lo que mide es mayor que lo que es medido, entonces se deduce que el principio divino mismo condena a los Olímpicos. Pero, entonces...
“¿Qué entonces?”
—Entonces, amigo Elpidias, no son dioses, sino fantasmas engañosos, creaciones de un sueño. ¿No es así?
¡Ah, ahí es adonde lleva tu charla, filósofo descalzo! Ahora veo que lo que dijeron de ti es cierto. Eres como ese pez que cautiva a los hombres con su mirada. Así que me cautivaste para confundir mi alma creyente y despertar en ella la duda. Ya empezaba a vacilar en su reverencia a Zeus. Habla solo. No responderé más.
¡No te enfades, Elpidias! No quiero hacerte ningún mal. Pero si estás cansado de seguir mis argumentos hasta sus últimas consecuencias, permíteme contarte una alegoría de un joven milesio. Las alegorías descansan la mente, y el descanso no es inútil.
“Habla, si tu historia no es demasiado larga y su propósito es bueno”.
Su propósito es la verdad, amigo Elpidias, y seré breve. Una vez, como sabes, en la antigüedad, Mileto estuvo expuesto a los ataques de los bárbaros. Entre los jóvenes capturados se encontraba el hijo del más sabio y mejor de todos los ciudadanos del país. Su preciado hijo sufrió una grave enfermedad y quedó inconsciente. Lo abandonaron y lo dejaron tendido como un botín inútil. En la oscuridad de la noche recobró el sentido. En lo alto brillaban las estrellas. A su alrededor se extendía el desierto; y a lo lejos oyó el aullido de las fieras. Estaba solo.
Estaba completamente solo, y además, los dioses le habían arrebatado el recuerdo de su vida anterior. En vano se devanó los sesos; todo estaba tan oscuro y vacío como el inhóspito desierto en el que se encontraba. Pero en algún lugar, a lo lejos, tras las figuras brumosas y oscuras que evocaba su razón, se cernía el recuerdo de su hogar perdido y una vaga consciencia de la figura del mejor de todos los hombres; y en su corazón resonó la palabra «padre». ¿No te parece que el destino de este joven se asemeja al de toda la humanidad?
"¿Cómo es eso?"
¿Acaso no despertamos todos a la vida terrenal con un vago recuerdo de otro hogar? ¿Y no se cierne ante nuestras almas la figura de lo desconocido?
Continúa, Sócrates, te escucho.
El joven se animó, se levantó y caminó con cautela, procurando evitar todo peligro. Cuando, tras largas andanzas, sus fuerzas casi se le acabaron, vislumbró un fuego en la neblinosa distancia que iluminó la oscuridad y ahuyentó el frío. Una leve esperanza se apoderó de su alma cansada, y los recuerdos de la casa de su padre despertaron en él. El joven caminó hacia la luz y exclamó: «¡Eres tú, padre mío, eres tú!».
“¿Y era la casa de su padre?”
No, era solo un refugio nocturno para nómadas salvajes. Así, durante muchos años, llevó la miserable vida de un esclavo cautivo, y solo en sueños veía el lejano hogar y descansaba en el regazo de su padre. A veces, con mano débil, intentaba extraer de la arcilla muerta, la madera o la piedra el rostro y la forma que siempre flotaban ante él. Incluso había momentos en que se cansaba y abrazaba su propia obra, le rezaba y la mojaba con sus lágrimas. Pero la piedra seguía siendo fría. Y a medida que envejecía, el joven destruyó sus creaciones, que ya le parecían una vil difamación de sus sueños siempre presentes. Finalmente, el destino lo llevó ante un buen bárbaro, quien le preguntó por la causa de su constante luto. Cuando el joven le confió las esperanzas y anhelos de su alma, el bárbaro, un hombre sabio, dijo:
El mundo sería mejor si existiera un hombre y un país como el del que hablas. Pero ¿por qué reconocerías a tu padre?
«En mi país», respondió el joven, «reverenciaban la sabiduría y la virtud y admiraban a mi padre como a un maestro».
«Muy bien», respondió el bárbaro. «Debo asumir que algo de la enseñanza de tu padre reside en ti. Por lo tanto, toma el bastón del viajero y prosigue tu camino. Busca la sabiduría y la verdad perfectas, y cuando las hayas encontrado, deja a un lado tu bastón; allí estarán tu hogar y tu padre».
“Y el joven siguió su camino al amanecer—”
“¿Encontró a quien buscaba?”
Sigue buscando. Ha visto muchos países, ciudades y hombres. Ha llegado a conocer todos los caminos por tierra; ha atravesado mares tempestuosos; ha buscado las trayectorias de las estrellas en el cielo, por las cuales un peregrino puede guiar su rumbo en los desiertos infinitos. Y cada vez que en su fatigoso camino un fuego acogedor iluminaba la oscuridad ante sus ojos, su corazón latía con más fuerza y la esperanza se apoderaba de su alma. «Esa es la casa hospitalaria de mi padre», pensó.
Y cuando un anfitrión hospitalario recibía al cansado viajero y le ofrecía la paz y la bendición de su hogar, el joven caía a sus pies y decía con emoción: «¡Gracias, padre! ¿No reconoces a tu hijo?».
Y muchos estaban dispuestos a tomarlo como hijo, pues en aquella época los niños eran secuestrados con frecuencia. Pero tras el primer arrebato de entusiasmo, el joven detectaba rastros de imperfección, a veces incluso de maldad. Entonces comenzaba a investigar y a poner a prueba a su anfitrión con preguntas sobre la justicia y la injusticia. Y pronto se veía obligado a emprender de nuevo el frío y fatigoso camino. Más de una vez se dijo: «Me quedaré en este último hogar, preservaré mi última creencia. Será el hogar de mi padre».
“¿Sabes, Sócrates? Quizás eso hubiera sido lo más sensato”.
Eso pensaba a veces. Pero la costumbre de investigar, el sueño confuso de un padre, no le dejaban paz. Una y otra vez se sacudía el polvo de los pies; una y otra vez agarraba su bastón. No pocas noches de tormenta lo encontraron sin refugio. ¿No te parece que el destino de este joven se asemeja al de la humanidad?
"¿Por qué?"
¿Acaso la raza humana no pone a prueba su creencia infantil y duda de ella mientras busca lo desconocido? ¿Acaso no modela la forma de su padre en madera, piedra, costumbre y tradición? Y entonces el hombre encuentra la forma imperfecta, la destruye y de nuevo vaga por el desierto de la duda. Siempre con el propósito de buscar algo mejor...
¡Oh, astuto sabio, ahora entiendo el propósito de tu alegoría! Y te diré a la cara que si tan solo un rayo de luz penetrara esta penumbra, no pondría al Señor a prueba con preguntas innecesarias...
«Amigo, la luz ya brilla», respondió Sócrates.
V
IParecía que las palabras del filósofo habían surtido efecto. A lo lejos, un rayo de luz penetró una envoltura vaporosa y desapareció entre las montañas. Le siguieron un segundo y un tercero. Allí, más allá de la oscuridad, parecían flotar genios luminosos, y un gran misterio parecía estar a punto de revelarse, como si soplara un aliento de vida, como si se estuviera gestando una gran ceremonia. Pero aún era muy remoto. Las sombras se espesaban cada vez más; nubes brumosas se arremolinaban, se separaban y se perseguían unas a otras sin cesar.
Una luz azul desde un pico lejano cayó sobre un profundo barranco; las nubes se elevaron y cubrieron los cielos hasta el cenit.
Los rayos desaparecieron y se alejaron cada vez más, como si huyeran de este valle de sombras y horrores. Sócrates se quedó allí, observándolos con tristeza. Elpidias, lleno de pavor, alzó la vista hacia la cima.
¡Mira, Sócrates! ¿Qué ves ahí en la montaña?
“Amigo”, respondió el filósofo, “investiguemos nuestra situación. Ya que estamos en movimiento, debemos llegar a alguna parte, y como la existencia terrenal debe tener un límite, creo que este límite se encuentra en la intersección de dos principios. En la lucha de la luz contra la oscuridad alcanzamos la corona de nuestros esfuerzos. Puesto que no nos han arrebatado la capacidad de pensar, creo que es la voluntad del ser divino que creó nuestra capacidad de pensar que investiguemos nosotros mismos el objetivo de nuestros esfuerzos. Por lo tanto, Elpidias, vayamos con dignidad al encuentro del amanecer que yace más allá de esas nubes”.
¡Ay, amigo mío! Si ese es el amanecer, preferiría que la larga y sombría noche hubiera perdurado para siempre, pues era tranquila y pacífica. ¿No crees que pasamos bastante bien el tiempo en conversaciones instructivas? Y ahora mi alma tiembla ante la tempestad que se acerca. Digan lo que digan, pero ante nosotros no hay sombras comunes de la noche muerta.
Zeus lanzó un rayo al abismo sin fondo.
Ctesipo alzó la vista hacia la cima, y su alma se paralizó de horror. Enormes y sombrías figuras de los dioses olímpicos se agolpaban en la montaña formando un círculo. Un último rayo atravesó la región de nubes y nieblas, y se desvaneció como un vago recuerdo. Se avecinaba una tormenta, y los poderes de la noche volvían a imponerse. Oscuras figuras cubrían el cielo. En el centro, Ctesipo pudo distinguir al todopoderoso hijo de Cronos, rodeado de un halo. Las sombrías figuras de los dioses mayores lo rodeaban con furia. Como bandadas de pájaros que se abrían paso en el crepúsculo, como remolinos de polvo impulsados por un huracán, como hojas otoñales azotadas por Bóreas, numerosos dioses menores flotaban en largas nubes y ocupaban los espacios.
Cuando las nubes se alzaron gradualmente de la cima y un horror lúgubre cubrió la tierra, Ctesipo cayó de rodillas. Más tarde, admitió que en ese terrible momento olvidó todas las deducciones y conclusiones de su amo. Le falló el valor y el terror se apoderó de su alma.
Él simplemente escuchó.
Dos voces resonaron allí donde antes había silencio: una, la poderosa y amenazante voz de la Divinidad; la otra, la débil voz de un mortal, que el viento llevó desde la ladera de la montaña hasta el lugar donde Ctesipo había dejado a Sócrates.
“¿Eres tú?”, así habló la voz desde las nubes, “¿eres tú el blasfemo Sócrates que lucha con los dioses del cielo y la tierra? Hubo un tiempo en que nadie era tan dichoso, tan inmortal, como nosotros. Ahora, durante mucho tiempo hemos pasado nuestros días en la oscuridad debido a la incredulidad y la duda que han invadido la tierra. Nunca la niebla nos ha envuelto tan densamente como desde que tu voz resonó en Atenas, la ciudad que un día amamos tanto. ¿Por qué no seguiste los mandatos de tu padre, Sofronisco? El buen hombre se permitió algunos pequeños pecados, sobre todo en su juventud, pero, como compensación, disfrutábamos con frecuencia del aroma de sus ofrendas...
—¡Quédate, hijo de Cronos, y resuelve mis dudas! ¿Entiendo que prefieres la hipocresía cobarde a la búsqueda de la verdad?
Ante esta pregunta, los riscos temblaron con la conmoción de un estruendo atronador. El primer aliento de la tempestad se dispersó en las gargantas lejanas. Pero las montañas aún temblaban, pues quien las coronaba aún temblaba. Y en la ansiosa quietud de la noche solo se oían suspiros lejanos.
En las entrañas de la tierra los Titanes encadenados parecían gemir bajo el golpe del hijo de Cronos.
“¿Dónde estás ahora, impío interrogador?”, se escuchó de repente la voz burlona del Olímpico.
Estoy aquí, hijo de Cronos, en el mismo sitio. Solo tu respuesta podrá hacerme cambiar de opinión. Estoy esperando.
El trueno rugió en las nubes como un animal salvaje asombrado por la osadía de un domador libio que se acercaba sin miedo. Al cabo de unos instantes, la Voz volvió a resonar por los espacios:
¡Hijo de Sofronisco! ¿No te basta con que hayas sembrado tanto escepticismo en la tierra que las nubes de tu duda alcanzaron incluso el Olimpo? De hecho, muchas veces, mientras hablabas en los mercados, en las academias o en los paseos, me parecía que ya habías destruido todos los altares de la tierra, y que el polvo se elevaba de ellos hasta nosotros, aquí en la montaña. ¡Ni siquiera eso es suficiente! Aquí, ante mi rostro, no reconocerás el poder de los inmortales...
Zeus, estás furioso. Dime, ¿quién me dio el «Daemon» que habló a mi alma durante toda mi vida y me obligó a buscar la verdad sin descanso?
Un silencio misterioso reinaba en las nubes.
¿No fuiste tú? ¿Guardas silencio? Entonces investigaré el asunto. O este divino principio emana de ti o de alguien más. Si de ti, te lo traigo como una ofrenda. Te ofrezco el fruto maduro de mi vida, ¡la llama de la chispa de tu propio encendido! Mira, hijo de Cronos, conservé mi don; en lo más profundo de mi corazón creció la semilla que sembraste. Es el fuego mismo de mi alma. Ardió en esas crisis cuando con mi propia mano rompí el hilo de la vida. ¿Por qué no lo aceptas? ¿Quieres que te considere un pobre maestro cuya edad le impide ver que su propio alumno sigue obedientemente sus órdenes? ¿Quién eres tú para ordenarme que sofoque la llama que ha iluminado toda mi vida, desde que fue penetrada por el primer rayo del pensamiento sagrado? El sol no dice a las estrellas: "Apáguense para que yo pueda resurgir". El sol sale y el débil destello de las estrellas se apaga con su luz mucho más intensa. El día no le dice a la antorcha: «Apágate; me interfieres». Amanece, y la antorcha humea, pero ya no brilla. La divinidad que busco no eres tú, que temes a la duda. Esa divinidad es como el día, como el sol, y brilla sin apagar otras luces. El dios que busco es el dios que me diría: «Caminante, dame tu antorcha, ya no la necesitas, porque yo soy la fuente de toda luz. Buscador de la verdad, pon sobre mi altar el pequeño regalo de tu duda, porque en mí está su solución». Si tú eres ese dios, escucha mis preguntas. Nadie mata a su propio hijo, y mis dudas son una rama del espíritu eterno cuyo nombre es verdad.
A su alrededor, los fuegos del cielo desgarraron las nubes oscuras, y de entre la tormenta aullante resonó nuevamente la poderosa voz:
¿Adónde fueron tus dudas, sabio arrogante, que renunciaste a la humildad, el más bello adorno de las virtudes terrenales? Abandonaste el refugio acogedor de la crédula simplicidad para vagar por el desierto de la duda. Has visto este espacio muerto del que se han alejado los dioses vivos. ¿Lo recorrerás, insignificante gusano, que te arrastras en el polvo de tu lastimosa profanación de los dioses? ¿Vivificarás el mundo? ¿Concebirás la divinidad desconocida a la que no te atreves a rezar? Tú, miserable excavador de estiércol, manchado por la tizne de altares en ruinas, ¿eres acaso el arquitecto que construirá el nuevo templo? ¿En qué basas tus esperanzas, tú que reniegas de los viejos dioses y no tienes dioses nuevos que los sustituyan? La eterna noche de dudas sin resolver, el desierto muerto, privado del espíritu vivo: este es tu mundo, lastimoso gusano, que roíste la creencia viva que era refugio para corazones sencillos, que convertiste a los mundo en un caos mortal. Ahora bien, ¿dónde estás, insignificante y blasfemo sabio?
No se oía nada más que la poderosa tormenta rugiendo por los espacios. Entonces, el trueno se apagó, el viento dobló sus alas y torrentes de lluvia se derramaron en la oscuridad, como incesantes torrentes de lágrimas que amenazaban con devorar la tierra y ahogarla en un diluvio de dolor inextinguible.
A Ctesipo le pareció que el maestro estaba vencido, y que la voz intrépida, inquieta e inquisitiva se había silenciado para siempre. Pero instantes después volvió a surgir del mismo lugar.
Tus palabras, hijo de Cronos, dan en el blanco mejor que tus rayos. Los pensamientos que has lanzado a mi alma aterrorizada me han atormentado a menudo, y a veces ha parecido que mi corazón se rompería bajo el peso de su angustia insoportable. Sí, abandoné el refugio acogedor de la crédula simplicidad. Sí, he visto los espacios de los que se han ido los dioses vivientes envueltos en la noche de la duda eterna. Pero caminé sin miedo, pues mi «Daimon» iluminaba el camino, el divino principio de toda vida. Investiguemos la pregunta. ¿No se queman ofrendas de incienso en vuestros altares en nombre de Aquel que da la vida? ¡Estáis robando lo que pertenece a otro! No a vosotros, sino a ese otro, le sirve la crédula simplicidad. Sí, tenéis razón, no soy arquitecto. No soy el constructor de un nuevo templo. No me fue dado levantar de la tierra al cielo la gloriosa estructura de la fe venidera. Soy uno que cava estiércol, manchado por el tizón de la destrucción. Pero mi La conciencia me dice, hijo de Cronos, que el trabajo de quien excava estiércol también es necesario para el futuro templo. Cuando llegue el momento de que el orgulloso y majestuoso edificio se erija en el lugar purificado, y de que la divinidad viviente de la nueva creencia erija su trono sobre él, yo, el modesto excavador de estiércol, iré a él y le diré: «Aquí estoy yo, que me arrastraba inquieto en el polvo de la negación. Rodeado de niebla y hollín, no tuve tiempo de levantar la vista del suelo; mi cabeza solo albergaba una vaga idea del futuro edificio. ¿Me rechazarás, tú, el único, justo, veraz y grande?»
El silencio y el asombro reinaron en los espacios. Entonces Sócrates alzó la voz y continuó:
El rayo de sol cae sobre el charco inmundo, y un vapor ligero, dejando tras sí un lodo espeso, asciende hacia el sol, se funde y se disuelve en el éter. Con tu rayo de sol tocaste mi alma cargada de polvo y ella aspiró hacia ti, Desconocido, ¡cuyo nombre es misterio! Te busqué porque eres la Verdad; me esforcé por alcanzarte porque eres la Justicia; te amé porque eres Amor; morí por ti porque eres la Fuente de la Vida. ¿Me rechazarás, oh Desconocido? Mis torturantes dudas, mi apasionada búsqueda de la verdad, mi vida difícil, mi muerte voluntaria, ¡acéptalas como una ofrenda incruenta, como una oración, como un suspiro! ¡Absórbelas como el éter inconmensurable absorbe las nieblas que se evaporan! Tómalas, tú cuyo nombre ignoro, no dejes que los fantasmas de la noche que he atravesado te impidan el camino hacia la luz eterna. ¡Cedan paso, sombras que oscurecen la luz del amanecer! Os digo, dioses de Pueblo mío, sois injustos, y donde no hay justicia no puede haber verdad, solo fantasmas, creaciones de un sueño. A esta conclusión he llegado, yo, Sócrates, que buscaba comprenderlo todo. ¡Levántate, nieblas muertas, voy hacia Aquel a quien he buscado toda mi vida!
El trueno estalló de nuevo: un estruendo breve y abrupto, como si la égida se hubiera desprendido de la mano debilitada del trueno. Voces de tormenta temblaron desde las montañas, resonando sordamente en las gargantas y apagándose en las grietas. En su lugar resonaron otros tonos maravillosos.
Cuando Ctesipo miró hacia arriba con asombro, se presentó un espectáculo como ningún ojo mortal había visto jamás.
La noche se desvaneció. Las nubes se disiparon, y figuras divinas flotaron en el azul celeste como adornos dorados en el dobladillo de una túnica festiva. Figuras heroicas brillaban sobre los remotos riscos y barrancos, y Elpidias, cuya pequeña figura se veía de pie al borde de una grieta en las rocas, extendió las manos hacia ellas, como implorando a los dioses evanescentes una solución para su destino.
Un pico de montaña se alzaba ahora con nitidez sobre la misteriosa niebla, brillando como una antorcha sobre valles de un azul oscuro. El hijo de Cronos, el tronador, ya no estaba entronizado en él, y los demás olímpicos también habían desaparecido.
Sócrates se encontraba solo a la luz del sol bajo los altos cielos.
Ctesipo era claramente consciente del pulso de una vida misteriosa que vibraba en toda la naturaleza y agitaba incluso la más pequeña brizna de hierba.
Un aliento parecía agitar el aire templado, una voz que sonaba en maravillosa armonía, unas pisadas invisibles que se oían: ¡las pisadas del radiante amanecer!
Y en la cima iluminada aún permanecía de pie un hombre, extendiendo los brazos en mudo éxtasis, movido por un poderoso impulso.
Un instante, y todo desapareció, y la luz de un día cualquiera brilló sobre el alma despierta de Ctesipo. Era como un crepúsculo lúgubre tras la revelación de la naturaleza que le había infundido el aliento de una vida desconocida.
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En profundo silencio, los discípulos del filósofo escucharon el maravilloso relato de Ctesipo. Platón rompió el silencio.
“Investiguemos el sueño y su significado”, dijo.
“Vamos a investigarlo”, respondieron los demás.
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LA SEÑAL
POR VSEVOLOD M. GARSHIN.
SEmyon Ivanov era un senderista. Su cabaña estaba a diez verstas de una estación de ferrocarril en una dirección y a doce verstas en la otra. A unas cuatro verstas de distancia había una fábrica de algodón que había abierto el año anterior, y su alta chimenea se alzaba oscura tras el bosque. Las únicas viviendas en los alrededores eran las cabañas lejanas de los demás senderistas.
La salud de Semión Ivanov estaba completamente destrozada. Nueve años antes, había servido durante toda la guerra como sirviente de un oficial. El sol lo había asado, el frío lo había congelado y el hambre lo había dejado hambriento en las marchas forzadas de cuarenta y cincuenta verstas diarias bajo el calor, el frío, la lluvia y el sol. Las balas habían silbado a su alrededor, pero, ¡gracias a Dios!, ninguna lo había alcanzado.
El regimiento de Semión había estado una vez en la línea de fuego. Durante una semana entera hubo escaramuzas con los turcos, solo un profundo barranco separaba a los dos ejércitos enemigos; y desde la mañana hasta la noche hubo un fuego cruzado constante. Tres veces al día, Semión llevaba un samovar humeante y la comida de su oficial desde la cocina del campamento hasta el barranco. Las balas zumbaban a su alrededor y repiqueteaban con saña contra las rocas. Semión estaba aterrorizado y a veces lloraba, pero aun así seguía adelante. Los oficiales estaban contentos con él, porque siempre tenía té caliente listo para ellos.
Regresó de la campaña con las extremidades intactas, pero paralizado por el reumatismo. Desde entonces, había experimentado un gran dolor. Al llegar a casa, descubrió que su padre, un anciano, y su pequeño hijo de cuatro años habían muerto. Semión se quedó solo con su esposa. No podían hacer gran cosa. Era difícil arar con brazos y piernas reumáticos. Ya no podían quedarse en su pueblo, así que partieron en busca de fortuna en nuevos lugares. Permanecieron un corto tiempo en la vía férrea, en Jersón y Donshchina, pero no encontraron suerte. Luego, su esposa se fue a trabajar, y Semión continuó viajando. Una vez, por casualidad, viajó en una locomotora, y en una de las estaciones, el rostro del jefe de estación le resultó familiar. Semión miró al jefe de estación y el jefe de estación miró a Semión, y se reconocieron. Había sido oficial del regimiento de Semión.
“¿Eres Ivanov?” dijo.
“Sí, Su Excelencia.”
“¿Cómo llegaste aquí?”
Semyon le contó todo.
"¿A dónde vas?"
"No puedo decírselo, señor."
¡Idiota! ¿Qué quieres decir con "no puedo decírtelo"?
—Lo digo en serio, Su Excelencia. No tengo adónde ir. Tengo que buscar trabajo, señor.
El jefe de estación lo miró, pensó un momento y dijo: «Mira, amigo, quédate un rato en la estación. Creo que estás casado. ¿Dónde está tu esposa?»
Sí, Excelencia, estoy casado. Mi esposa está en Kursk, al servicio de un comerciante.
—Bueno, escríbele a tu esposa para que venga. Te daré un pase gratis por ella. Hay una plaza de caminante de vías disponible. Hablaré con el jefe en tu nombre.
—Le estaré muy agradecido, Excelencia —respondió Semyon.
Se quedó en la estación, ayudó en la cocina, cortó leña, mantuvo limpio el patio y barrió el andén. Dos semanas después, llegó su esposa, y Semión se dirigió en una carretilla a su cabaña. La cabaña era nueva y acogedora, con toda la leña que necesitaba. Había un pequeño huerto, legado de antiguos caminantes por las vías, y aproximadamente media desiatina de tierra arada a ambos lados del terraplén del ferrocarril. Semión estaba contento. Empezó a pensar en dedicarse a la agricultura, en comprar una vaca y un caballo.
Le dieron todo lo necesario: una bandera verde, una roja, linternas, una bocina, un martillo, una llave para las tuercas, una palanca, una pala, una escoba, pernos y clavos; le dieron dos libros de reglamentos y un horario del tren. Al principio, Semión no podía dormir por las noches y se aprendió todo el horario de memoria. Dos horas antes de la llegada del tren, repasaba su sección, se sentaba en el banco de su barraca y observaba y escuchaba si temblaban las vías o se oía el estruendo del tren. Incluso se aprendió el reglamento de memoria, aunque solo sabía leer deletreando cada palabra.
Era verano; el trabajo no era pesado; no había nieve que retirar, y los trenes en esa línea eran poco frecuentes. Semión solía recorrer su versta dos veces al día, revisar y atornillar tuercas aquí y allá, mantener la cama nivelada, revisar las tuberías de agua y luego volver a casa a sus asuntos. Solo había un inconveniente: siempre tenía que pedir permiso al inspector para cualquier cosa que quisiera hacer. Semión y su esposa incluso empezaban a aburrirse.
Pasaron dos meses, y Semión empezó a conocer a sus vecinos, los senderistas a ambos lados. Uno era un hombre muy mayor, a quien las autoridades siempre querían relevar. Apenas salía de su cabaña. Su esposa solía hacer todo su trabajo. El otro senderista, más cerca de la estación, era un hombre joven, delgado pero musculoso. Él y Semión se conocieron por primera vez en la vía, a medio camino entre las cabañas. Semión se quitó el sombrero e hizo una reverencia. «Que tenga buena salud, vecino», dijo.
El vecino lo miró de reojo. "¿Cómo estás?", respondió; luego se dio la vuelta y se fue.
Más tarde, las esposas se encontraron. La esposa de Semyon pasó el rato con su vecina, pero tampoco dijo gran cosa.
En una ocasión, Semión le dijo: “Jovencita, tu marido no es muy hablador”.
La mujer no dijo nada al principio, luego respondió: «¿Pero de qué tiene que hablar? Cada uno tiene sus asuntos. Vete, y que Dios te acompañe».
Sin embargo, después de un mes aproximadamente, se conocieron. Semión acompañaba a Vasili por el camino, se sentaba al borde de una pipa, fumaba y hablaba de la vida. Vasili, la mayor parte del tiempo, guardaba silencio, pero Semión hablaba de su pueblo y de la campaña que había atravesado.
«He tenido no pocas penas en mi vida», decía; «y bien sabe Dios que no he vivido mucho. Dios no me ha dado la felicidad, pero lo que Él me dé, así será. Así es, amigo Vasili Stepanych».
Vasili Stepanych sacudió las cenizas de su pipa contra una barandilla, se levantó y dijo: «No es la suerte la que nos persigue en la vida, sino los seres humanos. No hay bestia más cruel en esta tierra que el hombre. El lobo no come lobo, pero el hombre devora con gusto al hombre».
-Vamos, amigo, no digas eso. Lobo come lobo.
Las palabras me vinieron a la mente y las dije. Aun así, no hay nada más cruel que el hombre. Si no fuera por su maldad y avaricia, sería posible vivir. Todos intentan herirte profundamente, morderte y devorarte.
Semión reflexionó un momento. «No lo sé, hermano», dijo; «quizás sea como dices, y quizás sea la voluntad de Dios».
—Y quizás —dijo Vasily— sea una pérdida de tiempo hablar contigo. Atribuirle todo lo desagradable a Dios y quedarse sentado sufriendo significa, hermano, no ser un hombre, sino un animal. Eso es lo que tengo que decir. —Y se dio la vuelta y se fue sin despedirse.
Semión también se levantó. «Vecino», gritó, «¿por qué te enojas?». Pero su vecino no miró atrás y siguió su camino.
Semión lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista en el desmonte de la curva. Volvió a casa y le dijo a su esposa: «Arina, nuestro vecino es una persona malvada, no un hombre».
Sin embargo, no discutieron. Se volvieron a encontrar y hablaron de los mismos temas.
—Bueno, si no fuera por los hombres no estaríamos husmeando en estas chozas —dijo Vasily en una ocasión.
¿Y si husmeamos en estas chozas? No es tan malo. Puedes vivir en ellas.
¡Vive en ellas, sí! ¡Bah, tú!... Has vivido mucho y has aprendido poco, has visto mucho y has visto poco. ¿Qué clase de vida le queda a un pobre en una choza cualquiera? Los caníbales te están devorando. Te están chupando la sangre, y cuando envejezcas, te echarán como hacen con las algarrobas para alimentar a los cerdos. ¿Qué pagas?
—No mucho, Vasili Stepanych: doce rublos.
Y yo, trece rublos y medio. ¿Por qué? Según el reglamento, la compañía debería darnos quince rublos al mes, incluyendo el fuego y la iluminación. ¿Quién decide si tú tienes doce rublos o yo trece y medio? ¡Pregúntatelo! ¿Y dices que un hombre puede vivir con eso? Entiendes que no se trata de un rublo y medio ni de tres, aunque nos pagaran los quince rublos a cada uno. Estuve en la estación el mes pasado. El director pasó por allí. Lo vi. Tuve ese honor. Tenía un vagón aparte. Salió y se detuvo en el andén... No me quedaré aquí mucho tiempo; iré a algún sitio, a cualquier parte, siguiendo mi olfato.
—¿Pero adónde irás, Stepanych? Déjalo como está. Aquí tienes una casa, calor, un pequeño terreno. Tu esposa es una trabajadora.
¡Tierra! Deberías ver mi terreno. Ni una ramita, nada. Planté unas coles en primavera, justo cuando llegó el inspector. Me dijo: "¿Qué es esto? ¿Por qué no lo has denunciado? ¿Por qué lo has hecho sin permiso? ¡Arráncalas con todo y raíces!". Estaba borracho. En otra ocasión no habría dicho ni una palabra, pero esta vez le impactó. ¡Tres rublos de multa!...
Vasily guardó silencio un rato, fumando su pipa, y luego añadió en voz baja: «Un poco más y habría acabado con él».
"Tienes mal carácter."
—No, no soy irascible, pero digo la verdad y pienso. Sí, aun así le daré una paliza. Me quejaré con el jefe. ¡Ya veremos! Y Vasily se quejó con el jefe.
Una vez, el Jefe vino a inspeccionar la línea. Tres días después, importantes personajes llegaban de San Petersburgo y cruzarían la línea. Estaban realizando una investigación, por lo que antes de su viaje era necesario poner todo en orden. Se colocó balasto, se niveló la plataforma, se examinaron cuidadosamente las traviesas, se clavaron un poco los clavos, se apretaron las tuercas, se pintaron los postes y se ordenó que se esparciera arena amarilla en los pasos a nivel. La mujer de la cabaña vecina echó a su viejo a desherbar. Semión trabajó durante una semana entera. Lo puso todo en orden, remendó su caftán, limpió y pulió su placa de latón hasta que brilló. Vasili también trabajó duro. El Jefe llegó en una carretilla, cuatro hombres manejando las manijas y las palancas que hacían vibrar las seis ruedas. La carretilla viajaba a veinte verstas por hora, pero las ruedas chirriaban. Llegó a la cabaña de Semión, quien salió corriendo a informar con aires de soldado. Todo parecía estar en orden.
“¿Hace mucho tiempo que estás aquí?” preguntó el jefe.
“Desde el dos de mayo, Excelencia.”
Muy bien. Gracias. ¿Y quién está en la cabaña número 164?
El inspector de tráfico (viajaba con el jefe en el tranvía) respondió: “Vasily Spiridov”.
—Spiridov, Spiridov... ¡Ah! ¿Es él el hombre contra el que hiciste una anotación el año pasado?
"Él es."
—Bueno, veremos a Vasili Spiridov. ¡Vamos! Los obreros apretaron las manivelas y el carro se puso en marcha. Semión lo observó y pensó: «Habrá problemas entre ellos y mi vecino».
Unas dos horas después, empezó su ronda. Vio a alguien que venía por la línea desde el desmonte. Algo blanco se le veía en la cabeza. Semyon empezó a mirar con más atención. Era Vasily. Llevaba un bastón en la mano, un pequeño bulto al hombro y la mejilla envuelta en un pañuelo.
—¿Adónde vas? —gritó Semión.
Vasily se acercó bastante. Estaba muy pálido, blanco como la tiza, y sus ojos tenían una mirada desencajada. Casi ahogándose, murmuró: «A la ciudad, a Moscú, a la central».
¿Sede central? Ah, supongo que te vas a quejar. ¡Déjalo ya! Vasili Stepanych, olvídalo.
—No, amigo, no lo olvidaré. Es demasiado tarde. ¡Mira! Me golpeó en la cara y me hizo sangrar. Mientras viva no lo olvidaré. ¡No lo dejaré así!
Semión le tomó la mano. «Déjalo, Stepanych. Te estoy dando un buen consejo. No mejorarás las cosas...».
¡Mejores cosas! Sé que no las mejoraré. Tenías razón sobre el Destino. Sería mejor para mí no hacerlo, pero hay que defender lo justo. Pero dime, ¿cómo sucedió?
¿Cómo? Lo examinó todo, se bajó del carrito y miró dentro de la cabaña. Sabía de antemano que sería estricto, así que lo puse todo en orden. Ya se iba cuando presenté mi queja. Enseguida gritó: «¡Aquí viene una investigación del Gobierno y te quejas de un huerto! ¡Aquí vienen consejeros privados y me molestas con coles!». Perdí la paciencia y dije algo, no mucho, pero lo ofendió, y me golpeó en la cara. Me quedé quieto; no hice nada, como si lo que hiciera estuviera perfectamente bien. Se fueron; recuperé la consciencia, me lavé la cara y me fui.»
“¿Y qué pasa con la cabaña?”
Mi esposa se queda allí. Ella se encargará de todo. No te preocupes por las carreteras.
Vasily se levantó y se recompuso. «Adiós, Ivanov. No sé si conseguiré que alguien en la oficina me escuche».
¿Seguro que no vas a caminar?
En la estación intentaré tomar un tren de mercancías y mañana estaré en Moscú.
Los vecinos se despidieron. Vasily estuvo ausente un tiempo. Su esposa trabajaba para él día y noche. No dormía nunca y se agotaba esperando a su esposo. Al tercer día llegó la comisión. Una locomotora, un furgón de equipajes y dos salones de primera clase; pero Vasily seguía fuera. Semyon vio a su esposa al cuarto día. Tenía la cara hinchada de tanto llorar y los ojos enrojecidos.
—¿Ha vuelto su marido? —preguntó. Pero la mujer solo hizo un gesto con las manos y, sin decir palabra, se fue.
De joven, Semión había aprendido a hacer flautas con una especie de caña. Solía quemar el corazón del tallo, hacerle agujeros donde fuera necesario, taladrarlos, fijarles una boquilla en un extremo y afinarlas tan bien que era posible tocar casi cualquier melodía. Hizo varias en su tiempo libre y las envió por medio de sus amigos, los guardafrenos, al bazar del pueblo. Cobró dos kopeks por cada una. Al día siguiente de la visita de la comisión, dejó a su esposa en casa para esperar el tren de las seis y se dirigió al bosque a cortar leña. Llegó al final de su tramo —en ese punto la vía daba una curva cerrada—, bajó el terraplén y se adentró en el bosque al pie de la montaña. A media versta de distancia había un gran pantano, alrededor del cual crecían espléndidas cañas para sus flautas. Cortó un manojo entero de tallos y emprendió el regreso a casa. El sol ya se ponía, y en el silencio sepulcral solo se oía el trinar de los pájaros y el crujido de la madera muerta bajo sus pies. Mientras caminaba rápidamente, creyó oír el golpeteo del hierro contra el hierro, y redobló el paso. No había ninguna reparación en su sección. ¿Qué significaba? Salió del bosque, el terraplén del ferrocarril se alzaba ante él; en la cima, un hombre estaba agachado sobre el lecho de la vía, ocupado en algo. Semión empezó a arrastrarse silenciosamente hacia él. Pensó que era alguien tras las tuercas que sujetan los raíles. Observó, y el hombre se levantó con una palanca en la mano. Había aflojado un raíl, dejándolo correr hacia un lado. Una niebla se cernió ante los ojos de Semión; quiso gritar, pero no pudo. ¡Era Vasili! Semión trepó por el terraplén, mientras Vasili, con una palanca y una llave inglesa, se deslizaba de cabeza por el otro lado.
¡Vasily Stepanych! ¡Querido amigo, regresa! Dame la palanca. Volveremos a colocar la barandilla; nadie lo sabrá. ¡Regresa! ¡Salva tu alma del pecado!
Vasily no miró atrás, sino que desapareció en el bosque.
Semión se paró frente a la barandilla rota. Tiró su manojo de ramas. Un tren se acercaba; no un tren de mercancías, sino uno de pasajeros. Y no tenía nada para detenerlo, ni una bandera. No podía volver a colocar la barandilla ni clavar los clavos con las manos desnudas. Era necesario correr, absolutamente necesario, a la cabaña a buscar herramientas. "¡Dios mío!", murmuró.
Semión echó a correr hacia su cabaña. Estaba sin aliento, pero seguía corriendo, cayéndose de vez en cuando. Había atravesado el bosque; estaba a solo unos cientos de pies de su cabaña, no más, cuando oyó la lejana sirena de la fábrica: ¡las seis! En dos minutos llegaría el tren número 7. "¡Oh, Dios! ¡Ten piedad de las almas inocentes!". En su mente, Semión vio la locomotora golpear el raíl suelto con su rueda izquierda, temblar, desviarse, destrozar y astillar las traviesas; y justo allí, había una curva y el terraplén de setenta pies de altura, por el que la locomotora se derrumbaría, y los vagones de tercera clase irían abarrotados... niños pequeños... Todos sentados en el tren ahora, sin siquiera pensar en el peligro. "¡Oh, Dios! ¡Dime qué hacer!... No, es imposible correr a la cabaña y regresar a tiempo".
Semión no corrió hacia la cabaña, sino que dio media vuelta y corrió más rápido que antes. Corría casi mecánicamente, a ciegas; ni él mismo sabía qué iba a pasar. Corrió hasta la barandilla que habían levantado; sus bastones estaban amontonados. Se agachó, agarró uno sin saber por qué y siguió corriendo. Le pareció que el tren ya venía. Oyó el silbido lejano; oyó el temblor suave y uniforme de las vías; pero sus fuerzas se habían agotado, no pudo correr más y se detuvo a unos doscientos metros del terrible lugar. Entonces una idea le cruzó la cabeza, literalmente como un rayo de luz. Se quitó la gorra, sacó un pañuelo de algodón, sacó el cuchillo de la parte superior de la bota y se santiguó, murmurando: «¡Dios me bendiga!».
Se clavó el cuchillo en el brazo izquierdo por encima del codo; la sangre brotó a borbotones, fluyendo en un chorro caliente. En este, empapó su bufanda, la alisó, la ató al palo y colgó su bandera roja.
Se quedó ondeando su bandera. El tren ya estaba a la vista. El maquinista no lo vería; se acercaría, y un tren pesado no puede detenerse a doscientos metros de distancia.
Y la sangre seguía fluyendo. Semión apretó los bordes de la herida para cerrarla, pero la sangre no disminuía. Evidentemente, se había cortado el brazo muy profundamente. La cabeza le empezó a dar vueltas, manchas negras danzaron ante sus ojos, y luego se oscureció. Sentía un zumbido en los oídos. No veía el tren ni oía el ruido. Solo un pensamiento lo dominaba: «No podré mantenerme en pie. Me caeré y dejaré caer la bandera; el tren pasará por encima de mí. ¡Ayúdame, Señor!».
Todo se volvió negro ante él, su mente se quedó en blanco y dejó caer la bandera; pero el estandarte manchado de sangre no cayó al suelo. Una mano lo agarró y lo sostuvo en alto para recibir al tren que se acercaba. El maquinista lo vio, cerró el regulador y revirtió el vapor. El tren se detuvo.
La gente saltó de los vagones y se reunió en una multitud. Vieron a un hombre inconsciente en la acera, empapado en sangre, y a otro hombre de pie junto a él con un trapo manchado de sangre en un palo.
Vasily miró a su alrededor. Luego, bajando la cabeza, dijo: "¡Átenme! ¡He roto una barandilla!".
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LA QUERIDA
POR ANTON P. CHÉKOV
OhLenka, la hija del asesor universitario jubilado Plemyanikov, estaba sentada en la escalera trasera de su casa sin hacer nada. Hacía calor, las moscas molestaban y molestaban, y era agradable pensar que pronto anochecería. Oscuras nubes de lluvia se arremolinaban desde el este, trayendo un soplo de humedad de vez en cuando.
Kukin, que se alojaba en el ala de la misma casa, estaba de pie en el patio mirando al cielo. Era el director del Tivoli, un teatro al aire libre.
—Otra vez —dijo desesperado—. ¡Otra vez llueve! ¡Lluvia, lluvia, lluvia! ¡Lluvia todos los días! Como para fastidiarme. Mejor meto la cabeza en una soga y listo. Me está arruinando. ¡Grandes pérdidas cada día! Se retorció las manos y continuó, dirigiéndose a Olenka: “¡Qué vida, Olga Semiónovna! Es para llorar. Trabaja, se esfuerza al máximo, se tortura, pasa noches en vela, piensa y piensa y piensa cómo hacerlo todo bien. ¿Y cuál es el resultado? Le ofrece al público la mejor opereta, la mejor pantomima, artistas excelentes. ¿Pero acaso la quieren? ¿La aprecian lo más mínimo? El público es maleducado. El público es un gran patán. El público quiere un circo, un montón de tonterías, un montón de cosas. Y luego está el tiempo. ¡Mira! Llueve casi todas las noches. Empezó a llover el 10 de mayo y ha seguido lloviendo durante todo junio. Es simplemente horrible. No consigo público, ¿y acaso no tengo que pagar alquiler? ¿Acaso no tengo que pagar a los actores?”
Al día siguiente, hacia la tarde, las nubes volvieron a acumularse y Kukin dijo con una risa histérica:
—Oh, me da igual. Que haga lo que quiera. Que inunde todo el teatro, y a mí también. Bueno, no tendré suerte ni en este mundo ni en el otro. Que los actores me demanden y me lleven a los tribunales. ¿Qué es el tribunal? ¿Por qué no a Siberia, a trabajos forzados, o incluso al cadalso? ¡Ja, ja, ja!
Lo mismo ocurrió el tercer día.
Olenka escuchaba a Kukin con atención, en silencio. A veces se le llenaban los ojos de lágrimas. Por fin, la desgracia de Kukin la conmovió. Se enamoró de él. Era bajo, demacrado, con el rostro amarillento, el cabello rizado peinado hacia atrás, y una voz tenue y aguda, de tenor. Sus rasgos se fruncían al hablar. La desesperación siempre estaba grabada en su rostro. Y, sin embargo, despertaba en Olenka un sentimiento sincero y profundo.
Siempre amaba a alguien. No podía seguir adelante sin amar a alguien. Había amado a su padre enfermo, que se sentaba todo el tiempo en su sillón en una habitación oscura, respirando agitadamente. Había amado a su tía, que venía de Brianska una o dos veces al año a visitarlos. Y antes de eso, cuando era alumna del progymnasium, había amado a su profesora de francés. Era una chica tranquila, bondadosa y compasiva, de modales suaves y apacibles. Y causaba una impresión muy saludable y íntegra. Al mirar sus mejillas llenas y sonrosadas, su cuello suave y blanco con el lunar negro, y la sonrisa bondadosa e ingenua que siempre se dibujaba en su rostro cuando se decía algo agradable, los hombres pensaban: «No está tan mal» y también sonreían; y las visitas, en medio de la conversación, de repente le agarraban la mano y exclamaban: «¡Cariño!», en un arrebato de alegría.
La casa, suya por herencia, en la que había vivido desde su nacimiento, se encontraba a las afueras de la ciudad, en la Calle Gitana, no lejos del Tivoli. Desde temprano en la tarde hasta bien entrada la noche, oía la música del teatro y el estallido de los cohetes; y le parecía que Kukin rugía, luchando contra su destino y asaltando a su principal enemigo, el público indiferente. Su corazón se derritió suavemente, no sentía deseos de dormir, y cuando Kukin regresó a casa por la mañana, golpeó el cristal de su ventana, y a través de las cortinas él vio su rostro, un hombro y la amable sonrisa que le dedicó.
Le propuso matrimonio y se casaron. Y cuando vio bien su cuello y sus hombros vigorosos, aplaudió y dijo:
“¡Cariño!”
Estaba feliz. Pero llovió el día de su boda, y la desesperación no desapareció de su rostro.
Se llevaban bien. Ella se sentaba en la caja, mantenía el teatro en orden, anotaba los gastos y pagaba los salarios. Sus mejillas sonrosadas, su amable sonrisa ingenua, como un halo alrededor de su rostro, se veían en la ventanilla, entre bastidores y en el café. Empezó a decirles a sus amigos que el teatro era lo más grande, lo más importante, lo más esencial del mundo, que era el único lugar donde se podía disfrutar de verdad, humanizarse y educarse.
—¿Pero crees que el público lo aprecia? —preguntó—. Lo que el público quiere es el circo. Ayer Vanichka y yo presentamos Fausto Burlesco , y casi todos los palcos estaban vacíos. Si hubiéramos hecho alguna tontería, te aseguro que el teatro se habría llenado. Mañana presentaremos Orfeo en el Hades . Ven, por favor.
Todo lo que Kukin decía sobre el teatro y los actores, ella lo repetía. Hablaba, como él, con desprecio del público, de su indiferencia hacia el arte, de su grosería. Se entrometía en los ensayos, corregía a los actores, vigilaba la conducta de los músicos; y cuando aparecía una crítica desfavorable en el periódico local, lloraba y acudía al editor para discutir con él.
Los actores la querían mucho y la llamaban "Vanichka y yo" y "la querida". Les tenía lástima y les prestaba pequeñas cantidades. Cuando la estafaban, nunca se quejaba con su marido; como mucho, derramaba alguna lágrima.
En invierno también se llevaban muy bien. Alquilaron un teatro en el pueblo durante todo el invierno y lo subarrendaron por periodos cortos a una compañía teatral de la Pequeña Rusia, a un mago y a los actores aficionados locales.
Olenka se puso más gorda y siempre rebosaba de alegría; mientras que Kukin adelgazaba y se ponía más amarillo, quejándose de sus terribles pérdidas, aunque se recuperó bastante bien durante todo el invierno. Por la noche tosía, y ella le daba jarabe de frambuesa y agua de lima, le frotaba con agua de colonia y lo envolvía en mantas suaves.
—Eres mi tesoro —dijo con total sinceridad, acariciándole el pelo—. Eres un encanto.
Durante la Cuaresma, fue a Moscú a reunir a su compañía, y, sin él, Olenka no pudo dormir. Se sentó junto a la ventana todo el tiempo, contemplando las estrellas. Se comparó con las gallinas, que también se inquietan y no pueden dormir cuando su gallo sale del gallinero. Kukin estuvo detenido en Moscú. Escribió que regresaría durante la Semana Santa, y en sus cartas ya comentaba los preparativos para el Tivoli. Pero una noche, tarde, antes del Lunes Santo, se oyeron unos golpes de mal agüero en la puerta. Fue como golpear un barril: ¡bum, bum, bum! La cocinera, soñolienta, corrió descalza, chapoteando entre los charcos, a abrir la puerta.
—Abra la puerta, por favor —dijo alguien con voz grave y ronca—. Tengo un telegrama para usted.
Olenka ya había recibido telegramas de su marido; pero esta vez, de alguna manera, el terror la paralizó. Abrió el telegrama con manos temblorosas y leyó:
Ivan Petrovich falleció repentinamente hoy. A la espera de órdenes urgentes para el martes de semana.
Así estaba escrito el telegrama: «wuneral» y otra palabra ininteligible: «propt». El telegrama estaba firmado por el director de la compañía de ópera.
—¡Querida mía! —exclamó Olenka entre sollozos—. Vanichka, querida mía, mi amor. ¿Por qué te conocí? ¿Por qué llegué a conocerte y amarte? ¿A quién has abandonado a tu pobre Olenka, a tu pobre e infeliz Olenka?
Kukin fue enterrada el martes en el cementerio Vagankov de Moscú. Olenka regresó a casa el miércoles; y en cuanto entró, se tiró en la cama y rompió a llorar tan fuerte que se la oyó en la calle y en los patios vecinos.
—¡Qué linda! —dijeron los vecinos, santiguándose—. ¡Qué pena está Olga Semiónovna, la pobre!
Tres meses después, Olenka regresaba a casa de misa, abatida y de luto riguroso. A su lado caminaba un hombre que también regresaba de la iglesia: Vasili Pustovalov, el administrador del almacén de madera del comerciante Babakáyev. Llevaba un sombrero de paja, un chaleco blanco con una cadena de oro y parecía más un terrateniente que un hombre de negocios.
—Todo tiene su curso preestablecido, Olga Semiónovna —dijo con serenidad, con compasión en la voz—. Y si alguien cercano y querido muere, significa que fue la voluntad de Dios y debemos recordarlo y soportarlo con sumisión.
La acompañó hasta la verja, se despidió y se marchó. Después de eso, ella escuchó su voz serena todo el día; y al cerrar los ojos, al instante tuvo una visión de su oscura barba. Le tomó mucho cariño. Y evidentemente, él también quedó impresionado por ella; pues, poco después, una mujer mayor, una conocida lejana, entró a tomar un café con ella. En cuanto la mujer se sentó a la mesa, empezó a hablar de Pustovalov: lo bueno que era, lo serio que era, y cualquier mujer estaría encantada de tenerlo como marido. Tres días después, el propio Pustovalov visitó a Olenka. Se quedó solo unos diez minutos y habló poco, pero Olenka se enamoró de él, tan perdidamente enamorada que no durmió en toda la noche y ardía como una fiebre. A la mañana siguiente mandó llamar a la anciana. Poco después, Olenka y Pustovalov se comprometieron, y se celebró la boda.
Pustovalov y Olenka vivían felices juntos. Él solía quedarse en el almacén de madera hasta la cena y luego salía a trabajar. En su ausencia, Olenka ocupaba su lugar en la oficina hasta la noche, ocupándose de la contabilidad y despachando los pedidos.
“Hoy en día la madera sube un veinte por ciento cada año”, les dijo a sus clientes y conocidos. “Imagínense, antes comprábamos madera de nuestros bosques. Ahora Vasichka tiene que ir todos los años al gobierno de Mogilev a buscar madera. ¡Y qué impuesto!”, exclamó, tapándose las mejillas con las manos, aterrorizada. “¡Qué impuesto!”.
Sentía como si hubiera comerciado con madera durante siglos, como si lo más importante y esencial en la vida fuera la madera. Había algo conmovedor y entrañable en su forma de pronunciar las palabras «viga», «vigueta», «tablón», «duela», «listón», «curva de armas», «abrazadera». Por la noche soñaba con montañas enteras de tablas y tablones, largas e interminables filas de carros que transportaban la madera a algún lugar, muy, muy lejos de la ciudad. Soñaba que todo un regimiento de vigas, de 10 metros por 13 centímetros, avanzaba en posición vertical para luchar contra el almacén de madera; que las vigas, las viguetas y las abrazaderas chocaban entre sí, emitiendo el agudo crujido de la madera seca, que todas caían y volvían a levantarse, apilándose unas sobre otras. Olenka gritó en sueños, y Pustovalov le dijo con dulzura:
—Olenka, querida, ¿qué te pasa? Persígnate.
Las opiniones de su marido eran solo suyas. Si él pensaba que la habitación hacía demasiado calor, ella también. Si él pensaba que el trabajo era aburrido, ella pensaba que el trabajo era aburrido. A Pustovalov no le gustaban las diversiones y se quedaba en casa durante las vacaciones; ella hacía lo mismo.
—Siempre estás en casa o en la oficina —dijeron sus amigas—. ¿Por qué no vas al teatro o al circo, cariño?
—Vasichka y yo nunca vamos al teatro —respondió con calma—. Tenemos trabajo, no tenemos tiempo para tonterías. ¿Qué gana uno con ir al teatro?
Los sábados, ella y Pustovalov iban a vísperas, y los días festivos a misa de madrugada. Al volver a casa, caminaban juntos, con el rostro extasiado, un agradable aroma emanaba de ambos y el vestido de seda de ella crujía con un agradable susurro. En casa, tomaban té con pan con leche y diversas mermeladas, y luego comían pastel. Todos los días, al mediodía, había un apetitoso olor en el patio y fuera de la puerta a sopa de col, cordero o pato asados; y, en los días de ayuno, a pescado. Era imposible cruzar la puerta sin sentir un intenso deseo de comer. El samovar siempre hervía en la mesa de la oficina, y los clientes eran agasajados con té y galletas. Una vez a la semana, el matrimonio iba a los baños y regresaba con el rostro enrojecido, caminando uno junto al otro.
«Nos llevamos muy bien, gracias a Dios», dijo Olenka a sus amigas. «Que Dios nos conceda que todos vivamos tan bien como Vasichka y yo».
Cuando Pustovalov fue al gobierno de Mogilev a comprar leña, ella lo extrañaba muchísimo, no dormía por las noches y lloraba. A veces, el cirujano veterinario del regimiento, Smirnov, un joven que se alojaba en el ala de su casa, venía a verla por las noches. Le contaba anécdotas o jugaban a las cartas. Esto la distraía. Las historias más interesantes eran las de su propia vida. Estaba casado y tenía un hijo; pero se había separado de su esposa porque ella lo había engañado, y ahora la odiaba y le enviaba cuarenta rublos al mes para la manutención de su hijo. Olenka suspiró, meneó la cabeza y sintió lástima por él.
—Que Dios te guarde —dijo ella, mientras lo acompañaba a la puerta a la luz de las velas—. Gracias por venir a pasar el rato conmigo. ¡Que Dios te dé salud, Madre mía! —Habló con mucha calma, con mucho criterio, imitando a su marido. El veterinario había desaparecido tras la puerta cuando ella lo llamó: —¿Sabes, Vladímir Platónich? Deberías reconciliarte con tu esposa. Perdónala, aunque solo sea por tu hijo. El niño lo entiende todo, puedes estar seguro.
Cuando Pustovalov regresó, le contó en voz baja sobre el veterinario y su desdichada vida familiar; suspiraron, negaron con la cabeza y hablaron del niño que debía extrañar a su padre. Entonces, por una extraña combinación de ideas, ambos se detuvieron ante las imágenes sagradas, hicieron genuflexiones y pidieron a Dios que les enviara hijos.
Y así vivieron los Pustovalov durante seis años, tranquilos y en paz, en perfecto amor y armonía. Pero un invierno, Vasili Andréich, después de tomar un té caliente, salió al almacén de madera sin sombrero, se resfrió y enfermó. Fue tratado por los mejores médicos, pero la enfermedad progresó y falleció tras cuatro meses de enfermedad. Olenka volvió a quedar viuda.
"¿A quién me dejaste, querida?", se lamentó después del funeral. "¿Cómo viviré ahora sin ti, miserable criatura? ¡Tengan compasión de mí, buena gente, tengan compasión de mí, huérfana de padre y de madre, completamente sola en el mundo!"
Iba vestida de negro y con llorones, y dejó de usar sombreros y guantes para siempre. Apenas salía de casa, salvo para ir a la iglesia y visitar la tumba de su marido. Llevaba una vida casi monja.
No fue hasta que pasaron seis meses que se quitó las mantas y abrió las persianas. Empezó a salir de vez en cuando por la mañana al mercado con su cocinera. Pero solo se podía conjeturar cómo vivía en casa y qué ocurría allí. Se podía conjeturar por el hecho de que la vieron en su pequeño jardín tomando té con el veterinario mientras este le leía el periódico en voz alta, y también por el hecho de que una vez, al encontrarse con una conocida en la oficina de correos, le dijo:
En nuestro pueblo no hay una inspección veterinaria adecuada. Por eso hay tantas enfermedades. Constantemente se oye hablar de gente que se enferma por la leche y se contagia por los caballos y las vacas. La salud de los animales domésticos debería cuidarse tanto como la de los seres humanos.
Repetía las palabras del veterinario y compartía su opinión sobre todo. Era evidente que no podía vivir ni un solo año sin un afecto, y encontró su nueva felicidad en el ala de su casa. En cualquier otra persona, esto habría sido condenado; pero nadie podía pensar mal de Olenka. Todo en su vida era tan transparente. Ella y el veterinario nunca hablaron del cambio en sus relaciones. De hecho, intentaron ocultarlo, pero sin éxito; porque Olenka no podía tener secretos. Cuando los colegas del cirujano del regimiento vinieron a verlo, ella sirvió el té y la cena, y les habló de la peste bovina, la fiebre aftosa y los mataderos municipales. El cirujano estaba terriblemente avergonzado, y después de que los visitantes se marcharan, le tomó la mano y le siseó enojado:
¿No te pedí que no hablaras de lo que no entiendes? Cuando los médicos hablamos de cosas, por favor, no te metas. Se está volviendo una molestia.
Ella lo miró con asombro y alarma y preguntó:
—Pero, Volodichka, ¿de qué voy a hablar?
Y ella le echó los brazos al cuello, con lágrimas en los ojos, y le rogó que no se enfadara. Y ambos fueron felices.
Pero su felicidad duró poco. El veterinario se marchó con su regimiento para desaparecer definitivamente, cuando este fue trasladado a un lugar lejano, casi tan lejano como Siberia, y Olenka se quedó sola.
Ahora estaba completamente sola. Su padre había muerto hacía tiempo, y su sillón yacía en el desván, cubierto de polvo y sin una pata. Se volvió delgada y fea, y la gente que la encontraba en la calle ya no la miraba como antes, ni le sonreía. Evidentemente, sus mejores años habían pasado, habían pasado, y una nueva vida incierta estaba por comenzar, en la que era mejor no pensar.
Al anochecer, Olenka se sentó en los escalones y oyó la música y los cohetes estallar en el Tivoli; pero ya no le despertaba ninguna reacción. Miraba con indiferencia el patio, sin pensar en nada, sin desear nada, y al caer la noche, se acostó y solo soñó con el patio vacío. Comía y bebía como por obligación.
Y lo peor de todo, ya no tenía opiniones. Veía y entendía todo lo que sucedía a su alrededor, pero no podía formarse una opinión al respecto. No sabía de qué hablar. ¡Y qué terrible no tener opiniones! Por ejemplo, ves una botella, o ves que llueve, o ves a un campesino que pasa en una carreta. Pero para qué sirven la botella, la lluvia o el campesino, o cuál es el sentido de todo eso, no lo sabes; no lo sabes ni por mil rublos. En la época de Kukin y Pustovalov, y luego del veterinario, Olenka tenía una explicación para todo y habría dado su opinión libremente, sin importar nada. Pero ahora había el mismo vacío en su corazón y su mente que en su jardín. Era tan irritante y amargo como el sabor del ajenjo.
Poco a poco, el pueblo creció a su alrededor. El Camino Gitano se había convertido en una calle, y donde antes estaban el Tivoli y el almacén de madera, ahora había casas y una hilera de callejones. ¡Qué rápido pasa el tiempo! La casa de Olenka se volvió lúgubre, el tejado oxidado, el cobertizo inclinado. El muelle y los cardos invadían el patio. Olenka misma había envejecido y se había vuelto fea. En verano se sentaba en los escalones, y su alma estaba vacía, triste y amarga. Cuando percibía el aliento de la primavera, o cuando el viento traía el repique de las campanas de la catedral, un repentino torrente de recuerdos la inundaba, su corazón se expandía con una tierna calidez y las lágrimas corrían por sus mejillas. Pero eso duraba solo un instante. Luego volvía el vacío, y la sensación de: ¿Para qué vivir? La gatita negra Bryska se frotaba contra ella y ronroneaba suavemente, pero las caricias de la pequeña criatura dejaban a Olenka intacta. Eso no era lo que necesitaba. Lo que necesitaba era un amor que absorbiera todo su ser, su razón, toda su alma, que le diera ideas, un propósito en la vida, que le calentara la sangre envejecida. Y se quitó al gatito negro de la falda con rabia, diciendo:
¡Vete! ¿Qué haces aquí?
Y así, día tras día, año tras año, ni una sola alegría, ni una sola opinión. Todo lo que decía Marva, la cocinera, estaba bien.
Un caluroso día de julio, al atardecer, mientras el ganado del pueblo pasaba y todo el patio estaba cubierto de nubes de polvo, llamaron de repente a la puerta. Olenka fue a abrir y se quedó atónita al ver al veterinario Smirnov. Estaba canoso y vestía de paisano. Todos los viejos recuerdos la inundaron; no pudo contenerse, rompió a llorar y apoyó la cabeza en el pecho de Smirnov sin decir palabra. Estaba tan conmovida que no se dio cuenta de cómo entraron en la casa y se sentaron a tomar el té.
—¡Querido mío! —murmuró, temblando de alegría—. Vladimir Platónich, ¿de dónde te ha enviado Dios?
“Quiero establecerme aquí para siempre”, le dijo. “He renunciado a mi puesto y he venido a probar fortuna como hombre libre y llevar una vida estable. Además, es hora de enviar a mi hijo al gimnasio. Ya es mayor. Mi esposa y yo nos hemos reconciliado”.
“¿Dónde está ella?” preguntó Olenka.
En el hotel con el chico. Busco alojamiento.
—¡Dios mío, quédate con mi casa! ¿Por qué no te sirve mi casa? ¡Ay, Dios mío! ¡No te pediré alquiler! —exclamó Olenka, emocionadísima, y volvió a llorar—. Vive aquí, y con el ala me bastará. ¡Dios mío, qué alegría!
Al día siguiente, pintaban el techo y encalaban las paredes, y Olenka, con los brazos en jarras, vigilaba el patio. Su rostro se iluminó con su antigua sonrisa. Todo su ser se reanimó y se sintió fresco, como si hubiera despertado de un largo sueño. Llegaron la esposa y el hijo del veterinario. Era una mujer delgada y sencilla, de expresión agria. El niño Sasha, pequeño para sus diez años, era un niño regordete, de ojos azul claro y hoyuelos en las mejillas. Se dirigió hacia el gatito en cuanto entró en el patio, y el lugar resonó con su risa alegre.
—¿Es tu gato, tía? —le preguntó a Olenka—. Cuando tenga gatitos, por favor, dame uno. Mamá le tiene un miedo terrible a los ratones.
Olenka conversó con él, le ofreció té y sintió un calor repentino en el pecho y una suave opresión en el corazón, como si el niño fuera su propio hijo.
Por la noche, cuando él estaba sentado en el comedor estudiando sus lecciones, ella lo miró con ternura y susurró para sí misma:
—Mi querida, mi preciosa. Eres una niña tan lista, tan bonita de ver.
“Una isla es una extensión de tierra completamente rodeada de agua”, recitó.
“Una isla es una extensión de tierra”, repitió, la primera idea afirmada con convicción después de tantos años de silencio y vacío mental.
Ya tenía sus propias opiniones, y durante la cena comentó con los padres de Sasha lo difícil que se había vuelto el estudio para los niños en el instituto, pero que, al fin y al cabo, una educación clásica era mejor que una carrera comercial, porque al graduarse del instituto se abría el camino a cualquier carrera. Si lo deseabas, podías ser médico o, si querías, ingeniero.
Sasha empezó a ir al gimnasio. Su madre se fue a visitar a su hermana en Járkov y nunca regresó. El padre estaba fuera todos los días inspeccionando el ganado, y a veces se ausentaba tres días seguidos, así que a Olenka le parecía que Sasha estaba completamente abandonado, lo trataban como si fuera superfluo y se estuviera muriendo de hambre. Así que lo trasladó al ala con ella y le preparó una pequeña habitación allí.
Todas las mañanas, Olenka entraba en su habitación y lo encontraba profundamente dormido, con la mano bajo la mejilla, tan quieto que parecía no respirar. Qué lástima tener que despertarlo, pensó.
—Sashenka —dijo con tristeza—, levántate, cariño. Es hora de ir al gimnasio.
Se levantó, se vistió, rezó y luego se sentó a tomar el té. Bebió tres vasos de té, comió dos cracknels grandes y medio panecillo con mantequilla. Aún no había recuperado el sueño, así que estaba un poco enfadado.
—No conoces tu fábula como deberías, Sashenka —dijo Olenka, mirándolo como si se fuera de viaje—. ¡Menudo problema! Debes esforzarte y aprender, querida, y hacer caso a tus maestros.
—Oh, déjame sola, por favor —dijo Sasha.
Luego bajó por la calle hacia el gimnasio, un hombrecito con una gorra grande y una cartera a la espalda. Olenka lo siguió sin hacer ruido.
—¡Sashenka! —llamó.
Miró a su alrededor y ella le puso un dátil o un caramelo en la mano. Al llegar a la calle del gimnasio, se dio la vuelta y dijo, avergonzado de que lo siguiera una mujer alta y corpulenta:
Será mejor que te vayas a casa, tía. Puedo hacer el resto del camino yo sola.
Ella se detuvo y lo miró fijamente hasta que desapareció en la entrada de la escuela.
¡Oh, cuánto lo amaba! Ningún otro vínculo con él había sido tan profundo. Nunca antes se había entregado tan completamente, tan desinteresadamente, tan alegremente como ahora, con sus instintos maternales despertados. Por este chico, que no era suyo, por los hoyuelos de sus mejillas y por su gran gorra, habría dado su vida, la habría dado con alegría y con lágrimas de éxtasis. ¿Por qué? Ah, sí, ¿por qué?
Tras despedir a Sasha al gimnasio, regresó a casa tranquila, contenta, serena, rebosante de amor. Su rostro, que había rejuvenecido en el último medio año, sonreía y resplandecía. Quienes la conocían la miraban con satisfacción.
—¿Cómo estás, Olga Semiónovna, cariño? ¿Cómo te va, cariño?
“El curso de secundaria es muy difícil hoy en día”, dijo en el mercado. “No es broma. Ayer, la primera clase tenía que aprenderse de memoria una fábula, una traducción al latín y un problema. ¿Cómo va a hacer todo eso un niño pequeño?”
Y habló de la maestra, de las lecciones y de los libros de texto, repitiendo exactamente lo que Sasha decía sobre ellos.
A las tres en punto cenaron. Por la noche prepararon las lecciones juntos, y Olenka lloró con Sasha por las dificultades. Al acostarlo, se quedó un buen rato persignándose y murmurando una oración. Y mientras yacía en la cama, soñaba con el futuro lejano y nebuloso en el que Sasha terminaría sus estudios y se convertiría en médico o ingeniero, tendría una casa grande propia, con caballos y un carruaje, se casaría y tendría hijos. Se dormía pensando en lo mismo, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas desde sus ojos cerrados. Y el gato negro se tumbaba a su lado ronroneando: «Señor, señor, señor».
De repente, llamaron fuerte a la puerta. Olenka se despertó sin aliento del susto, con el corazón latiendo con fuerza. Medio minuto después, llamaron de nuevo.
«Un telegrama de Járkov», pensó, temblando por completo. «Su madre quiere que Sasha vaya a verla a Járkov. ¡Dios mío!».
Estaba desesperada. Tenía la cabeza, los pies y las manos fríos. Sentía que no había criatura más infeliz en el mundo. Pero pasó otro minuto y oyó voces. Era el veterinario que volvía del club.
«Gracias a Dios», pensó. Poco a poco, el peso se le fue quitando del corazón; volvió a estar tranquila. Y volvió a la cama, pensando en Sasha, que dormía profundamente en la habitación de al lado y a veces gritaba en sueños:
¡Te lo doy! ¡Fuera! ¡Deja de pelear!
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LA APUESTA
POR ANTON P. CHÉJOV
I
IEra una oscura noche de otoño. El viejo banquero paseaba de un rincón a otro de su estudio, recordando la fiesta que había dado en el otoño de hacía quince años. Había mucha gente inteligente en la fiesta y conversaciones muy interesantes. Hablaron, entre otras cosas, de la pena capital. Los invitados, entre ellos no pocos académicos y periodistas, en su mayoría la desaprobaban. La consideraban obsoleta como método de castigo, inadecuada para un Estado cristiano e inmoral. Algunos opinaban que la pena capital debería ser reemplazada universalmente por la cadena perpetua.
“No estoy de acuerdo”, dijo el anfitrión. “Yo mismo no he experimentado ni la pena capital ni la cadena perpetua, pero si se puede juzgar a priori , en mi opinión, la pena capital es más moral y más humana que la prisión. La ejecución mata al instante, la cadena perpetua mata gradualmente. ¿Quién es el verdugo más humano: el que te mata en segundos o el que te arrebata la vida sin cesar, durante años?”
«Ambos son igualmente inmorales», comentó uno de los invitados, «porque su propósito es el mismo: quitar la vida. El Estado no es Dios. No tiene derecho a quitar lo que no puede devolver, si así lo deseara».
Entre los presentes se encontraba un abogado, un joven de unos veinticinco años. Al preguntarle su opinión, dijo:
La pena capital y la cadena perpetua son igualmente inmorales; pero si me dieran a elegir entre ellas, sin duda elegiría la segunda. Es mejor vivir de alguna manera que no vivir en absoluto.
Se produjo una animada discusión. El banquero, entonces más joven y nervioso, perdió repentinamente los estribos, golpeó la mesa con el puño y, volviéndose hacia el joven abogado, gritó:
—Es mentira. Te apuesto dos millones a que no aguantarías en una celda ni cinco años.
“Si lo dices en serio”, respondió el abogado, “entonces apuesto a que me quedaré no cinco, sino quince”.
¡Quince! ¡Listo! —gritó el banquero—. Caballeros, apuesto dos millones.
—De acuerdo. Tú apuestas dos millones y yo mi libertad —dijo el abogado.
Así se hizo realidad esta apuesta descabellada y ridícula. El banquero, que por aquel entonces tenía demasiados millones para contar, era consentido y caprichoso, estaba fuera de sí de la emoción. Durante la cena, le dijo al abogado en broma:
Entra en razón, joven ruano, antes de que sea demasiado tarde. Dos millones no son nada para mí, pero te arriesgas a perder tres o cuatro de los mejores años de tu vida. Digo tres o cuatro, porque ya no aguantarás más. No olvides tampoco, infeliz, que la prisión voluntaria es mucho más dura que la forzada. La idea de que tienes derecho a liberarte en cualquier momento envenenará toda tu vida en la celda. Te compadezco.
Y entonces el banquero, paseándose de un rincón a otro, recordó todo esto y se preguntó:
¿Por qué hice esta apuesta? ¿De qué sirve? El abogado pierde quince años de su vida y yo tiro dos millones. ¿Convencerá a la gente de que la pena capital es peor o mejor que la cadena perpetua? ¡No, no! Son puras tonterías. Por mi parte, fue el capricho de un hombre bien alimentado; la pura avaricia del abogado por el oro.
Recordó además lo sucedido después de la fiesta. Se decidió que el abogado debía pasar su encarcelamiento bajo estricta vigilancia en un ala del jardín de la casa del banquero. Se acordó que durante ese período se le privaría del derecho a cruzar el umbral, a ver personas vivas, a oír voces humanas y a recibir cartas y periódicos. Se le permitía tener un instrumento musical, leer libros, escribir cartas, beber vino y fumar tabaco. Según el acuerdo, podía comunicarse, pero solo en silencio, con el mundo exterior a través de una pequeña ventana construida especialmente para tal fin. Todo lo necesario: libros, música, vino, podía recibirlo en cualquier cantidad enviando una nota por la ventana. El acuerdo preveía todos los detalles más minuciosos, lo que hacía que el confinamiento fuera estrictamente solitario y obligaba al abogado a permanecer exactamente quince años, desde las doce del 14 de noviembre de 1870 hasta las doce del 14 de noviembre de 1885. El menor intento de su parte de violar las condiciones, de escapar aunque fuera por dos minutos antes de la hora, liberaba al banquero de la obligación de pagarle los dos millones.
Durante el primer año de prisión, el abogado, según sus breves notas, sufrió terriblemente de soledad y aburrimiento. De su ala llegaba día y noche el sonido del piano. Rechazaba el vino y el tabaco. «El vino», escribió, «excita los deseos, y los deseos son los principales enemigos de un preso; además, nada es más aburrido que beber buen vino solo», y el tabaco contamina el aire de su habitación. Durante el primer año, el abogado recibió libros ligeros: novelas con un tema amoroso complejo, historias de crimen y fantasía, comedias, etc.
En el segundo año, el piano dejó de oírse y el abogado solo pidió clásicos. En el quinto año, volvió a oírse música, y el preso pidió vino. Quienes lo observaban decían que durante todo ese año solo comía, bebía y permanecía en cama. Bostezaba a menudo y hablaba consigo mismo con enfado. No leía libros. A veces, por las noches, se sentaba a escribir. Escribía durante largo rato y lo rompía todo por la mañana. Más de una vez se le oyó llorar.
En la segunda mitad del sexto año, el prisionero comenzó a estudiar con celo idiomas, filosofía e historia. Se abalanzó sobre estos temas con tanta avidez que el banquero apenas tuvo tiempo de conseguirle suficientes libros. En el espacio de cuatro años, se compraron unos seiscientos volúmenes a petición suya. Fue mientras duró esa pasión que el banquero recibió la siguiente carta del prisionero: «Mi querido carcelero, escribo estas líneas en seis idiomas. Muéstrelas a los expertos. Que las lean. Si no encuentran un solo error, le ruego que ordene que se dispare un cañonazo en el jardín. Por el ruido sabré que mis esfuerzos no han sido en vano. Los genios de todas las épocas y países hablan en diferentes idiomas; pero en todos ellos arde la misma llama. ¡Oh, si supiera mi felicidad celestial ahora que puedo entenderlos!». El deseo del prisionero se cumplió. Se dispararon dos tiros en el jardín por orden del banquero.
Más tarde, después del décimo año, el abogado permaneció inmóvil ante su mesa, leyendo únicamente el Nuevo Testamento. Al banquero le extrañó que un hombre que en cuatro años había dominado seiscientos volúmenes eruditos, hubiera dedicado casi un año a leer un solo libro, fácil de entender y nada denso. El Nuevo Testamento fue entonces reemplazado por la historia de las religiones y la teología.
Durante los dos últimos años de su confinamiento, el prisionero leyó muchísimo, de forma bastante aleatoria. Ora se dedicaba a las ciencias naturales, ora leía a Byron o a Shakespeare. Solía recibir notas suyas en las que pedía que le enviaran simultáneamente un libro de química, un libro de texto de medicina, una novela y algún tratado de filosofía o teología. Leía como si nadara en el mar entre los restos de un naufragio, y en su afán por salvar la vida, se aferraba con avidez a un fragmento tras otro.
II
TEl banquero recordó todo esto y pensó:
Mañana a las doce en punto recibe su libertad. Según el acuerdo, tendré que pagarle dos millones. Si pago, se acabó todo para mí. Estoy arruinado para siempre...
Quince años antes tenía millones incontables, pero ahora temía preguntarse qué tenía más, si dinero o deudas. El juego en la Bolsa, la especulación arriesgada y la imprudencia de la que no pudo librarse ni siquiera en la vejez, habían llevado gradualmente su negocio a la ruina; y el hombre de negocios intrépido, seguro de sí mismo y orgulloso se había convertido en un banquero común y corriente, temblando ante cada alza y baja del mercado.
—Esa maldita apuesta —murmuró el anciano, agarrándose la cabeza con desesperación—. ¿Por qué no murió? Solo tiene cuarenta años. Me quitará mi último céntimo, se casará, disfrutará de la vida, jugará en la Bolsa, y yo lo miraré como un mendigo envidioso, oyendo las mismas palabras de él todos los días: «Te estoy agradecido por la felicidad de mi vida. Déjame ayudarte». ¡No, es demasiado! La única salida de la bancarrota y la desgracia es que muera.
El reloj acababa de dar las tres. El banquero escuchaba. En la casa, todos dormían, y solo se oía el gemido de los árboles congelados al otro lado de las ventanas. Intentando no hacer ruido, sacó de su caja fuerte la llave de la puerta que no se había abierto en quince años, se puso el abrigo y salió de la casa. El jardín estaba oscuro y frío. Llovía. Un viento húmedo y penetrante aullaba en el jardín y no dejaba descansar a los árboles. Aunque forzó la vista, el banquero no pudo ver el suelo, ni las estatuas blancas, ni el ala del jardín, ni los árboles. Acercándose al ala del jardín, llamó al vigilante dos veces. No hubo respuesta. Evidentemente, el vigilante se había refugiado del mal tiempo y ahora dormía en algún lugar de la cocina o del invernadero.
«Si tengo el coraje de llevar a cabo mi intención», pensó el anciano, «la sospecha recaerá primero sobre el vigilante».
En la oscuridad, buscó a tientas los escalones y la puerta, y entró en el vestíbulo del ala del jardín. Luego se metió en un estrecho pasadizo y encendió una cerilla. No había un alma. Allí estaba la cama de alguien, sin sábanas, y una estufa de hierro se alzaba oscura en un rincón. Los sellos de la puerta que daba a la habitación del prisionero estaban intactos.
Cuando la cerilla se apagó, el anciano, temblando de agitación, se asomó por la pequeña ventana.
En la habitación del prisionero, una vela ardía tenuemente. El prisionero estaba sentado junto a la mesa. Solo se le veían la espalda, el cabello y las manos. Había libros abiertos esparcidos sobre la mesa, las dos sillas y la alfombra cerca de la mesa.
Pasaron cinco minutos y el prisionero no se movió ni un segundo. Quince años de confinamiento le habían enseñado a permanecer inmóvil. El banquero golpeó la ventana con el dedo, pero el prisionero no respondió. Entonces, con cautela, el banquero arrancó los precintos de la puerta e introdujo la llave en la cerradura. La cerradura oxidada emitió un ronco crujido y la puerta crujió. El banquero esperó oír de inmediato un grito de sorpresa y el sonido de pasos. Pasaron tres minutos y dentro reinaba el mismo silencio que antes. Decidió entrar.
Ante la mesa se sentaba un hombre, distinto a cualquier ser humano común. Era un esqueleto, de piel tersa, cabello largo y rizado como el de una mujer y barba hirsuta. Su rostro era amarillo, de un tono terroso; las mejillas estaban hundidas, la espalda larga y estrecha, y la mano en la que apoyaba su cabeza peluda era tan delgada y flaca que resultaba doloroso mirarla. Su cabello ya estaba canoso, y nadie que observara la demacración senil de su rostro habría creído que solo tenía cuarenta años. Sobre la mesa, ante su cabeza inclinada, yacía una hoja de papel con algo escrito con letra diminuta.
«Pobre diablo», pensó el banquero, «está dormido y probablemente ve millones en sueños. Solo tengo que tirar a este ser medio muerto sobre la cama, asfixiarlo un momento con la almohada, y un examen minucioso no encontrará rastro de muerte no natural. Pero, primero, leamos lo que ha escrito aquí».
El banquero tomó la hoja de la mesa y leyó:
Mañana a las doce de la noche, obtendré mi libertad y el derecho a relacionarme con la gente. Pero antes de salir de esta habitación y ver el sol, creo necesario decirles unas palabras. Con la conciencia tranquila y ante Dios que me ve, les declaro que desprecio la libertad, la vida, la salud y todo lo que sus libros llaman las bendiciones del mundo.
Durante quince años he estudiado diligentemente la vida terrenal. Es cierto que no vi la tierra ni a la gente, pero en tus libros bebí vino fragante, canté canciones, cacé ciervos y jabalíes en los bosques, amé mujeres... Y mujeres hermosas, como nubes etéreas, creadas por la magia del genio de tus poetas, me visitaban de noche y me susurraban cuentos maravillosos que me embriagaban la cabeza. En tus libros escalé las cumbres del Elbruz y el Mont Blanc y vi desde allí cómo salía el sol por la mañana y por la tarde teñía el cielo, el océano y las cordilleras de un oro púrpura. Desde allí vi cómo sobre mí brillaban relámpagos hendiendo las nubes; vi verdes bosques, campos, ríos, lagos, ciudades; oí el canto de las sirenas y el sonido de las flautas de Pan; toqué las alas de hermosos demonios que volaron hacia mí para hablarme de Dios... En tus libros me arrojé a abismos sin fondo, obré milagros, quemé ciudades hasta el... terreno, predicó nuevas religiones, conquistó países enteros...
Tus libros me dieron sabiduría. Todo ese incansable pensamiento humano, creado a lo largo de los siglos, está comprimido en un pequeño bulto en mi cráneo. Sé que soy más inteligente que todos ustedes.
Y desprecio tus libros, desprecio todas las bendiciones y la sabiduría mundanas. Todo es vacío, frágil, visionario y engañoso como un espejismo. Aunque seas orgulloso, sabio y hermoso, la muerte te borrará de la faz de la tierra como a los ratones subterráneos; y tu posteridad, tu historia y la inmortalidad de tus hombres de genio serán como escoria congelada, quemada junto con el globo terrestre.
Estás loco y has tomado el camino equivocado. Confundes la falsedad con la verdad y la fealdad con la belleza. Te maravillarías si de repente los manzanos y los naranjos dieran ranas y lagartijas en lugar de frutos, y si las rosas empezaran a exhalar el olor de un caballo sudoroso. Así me maravillo de ti, que has cambiado el cielo por la tierra. No quiero entenderte.
Para demostrarles con hechos mi desprecio por aquello de lo que viven, renuncio a los dos millones que una vez soñé como el paraíso, y que ahora desprecio. Para privarme de mi derecho a ellos, saldré de aquí cinco minutos antes del plazo estipulado, violando así el acuerdo.
Tras leer, el banquero dejó la hoja sobre la mesa, besó la cabeza del desconocido y rompió a llorar. Salió del ala. Nunca, ni siquiera después de sus terribles pérdidas en la Bolsa, había sentido tanto desprecio por sí mismo como ahora. Al llegar a casa, se acostó en la cama, pero la agitación y las lágrimas le impidieron conciliar el sueño durante mucho tiempo...
A la mañana siguiente, el pobre vigilante acudió corriendo y le contó que habían visto al hombre que vivía en el ala trepar por la ventana hacia el jardín. Había ido a la verja y desaparecido. El banquero acudió de inmediato con sus sirvientes al ala y determinó la fuga de su prisionero. Para evitar rumores innecesarios, tomó el papel con la renuncia de la mesa y, a su regreso, lo guardó bajo llave en su caja fuerte.
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VANKA
POR ANTON P. CHÉJOV
norteVanka Zhukov, de diez años, quien había sido aprendiz del zapatero Aliakhin durante tres meses, no se acostó la víspera de Navidad. Esperó a que el amo, la maestra y los ayudantes salieran a un servicio religioso temprano para sacar del armario de su patrón un pequeño frasco de tinta y un portaplumas con la punta oxidada; luego, extendiendo una hoja de papel arrugada frente a él, comenzó a escribir.
Sin embargo, antes de decidirse a escribir la primera carta, miró furtivamente la puerta y la ventana, echó un vistazo varias veces al sombrío icono, a ambos lados del cual se extendían estantes llenos de hormas, y exhaló un suspiro desgarrador. La hoja de papel estaba extendida sobre un banco, y él mismo estaba de rodillas frente a ella.
«Querido abuelo Konstantin Makarych», escribió, «te escribo una carta. Te deseo una Feliz Navidad y todo lo mejor de Dios. No tengo ni mamá ni papá, eres todo lo que tengo».
Vanka echó un vistazo a la ventana donde brillaba el reflejo de su vela y se imaginó vívidamente a su abuelo, Konstantin Makarych, sereno en la casa de los señores Zhivarev. Era un anciano de sesenta y cinco años, pequeño, delgado, inusualmente vivaz y activo, siempre sonriente y con los ojos legañosos. Dormía todo el día en la cocina de los sirvientes o jugueteaba con los cocineros. Por la noche, envuelto en un amplio abrigo de piel de oveja, vagaba por la finca golpeando con su garrote. Detrás de él, cada uno con la cabeza gacha, caminaban la vieja perra Kashtanka y el perro Viun, llamado así por su pelaje negro, su cuerpo largo y su parecido con una locha. Viun era un perro excepcionalmente cortés y amigable, que miraba con la misma dulzura a un extraño que a sus amos, pero no era de fiar. Bajo su deferencia y humildad se escondía la más inquisidora malicia. Nadie sabía mejor que él cómo colarse y morder una pierna, colarse en la despensa o robarle el pollo a un campesino. Más de una vez casi le rompieron las patas traseras, dos veces lo colgaron, cada semana casi lo matan a latigazos, pero siempre se recuperaba.
En este momento, seguro que el abuelo de Vanka estará en la puerta, parpadeando ante las ventanas rojas de la iglesia del pueblo, pateando el suelo con sus botas de fieltro y bromeando con la gente del patio; llevará colgado del cinturón un garrote, se abrazará a sí mismo de frío, toserá un poco seco, como un anciano, y a veces pellizcará a alguna criada o a una cocinera.
"¿Nos gustaría tomar rapé?", pregunta, extendiendo su caja de rapé a las mujeres. Las mujeres toman una pizca de rapé y estornudan.
El anciano entra en un éxtasis indescriptible, estalla en carcajadas y grita:
“¡Quítatelo, se te congelará la nariz!”
También les da rapé a los perros. Kashtanka estornuda, arruga la nariz y se aleja ofendida. Viun, con deferencia, se niega a olfatear y menea la cola. Hace un tiempo espléndido, ni una brisa, despejado y helado; es una noche oscura, pero todo el pueblo, con sus tejados blancos y las columnas de humo de las chimeneas, los árboles cubiertos de escarcha y los ventisqueros, se puede ver todo. El cielo centellea con estrellas brillantes y centelleantes, y la Vía Láctea se destaca con tanta claridad que parece pulida y frotada con nieve para las fiestas...
Vanka suspira, moja su pluma en la tinta y continúa escribiendo:
Anoche me dieron una paliza. Mi amo me arrastró del pelo hasta el patio y me azotó con un estribo de zapatero, porque mientras mecía a su mocoso en la cuna, por desgracia, me quedé dormida. Y entre semana, mi ama me dijo que limpiara un arenque, y empecé por la cola, así que lo tomó y me metió el hocico en la cara. Los ayudantes me molestan, me mandan a la taberna a por vodka, me hacen robar los pepinos del amo, y el amo me pega con lo que tiene a mano. No hay comida; por la mañana pan, por la cena gachas, y por la noche pan de nuevo. En cuanto al té o la sopa de col agria, el amo y la ama se los beben engullendo. Me hacen dormir en el vestíbulo, y cuando su mocoso llora, no duermo nada, sino que tengo que mecer la cuna. Querido abuelo, por el amor de Dios, llévame lejos de aquí, a casa, a nuestro... pueblo, no puedo soportarlo más... Me inclino ante ti hasta el suelo y rogaré a Dios por los siglos de los siglos: sácame de aquí o moriré...
Las comisuras de los labios de Vanka bajaron, se frotó los ojos con el puño sucio y sollozó.
“Te rallaré el tabaco”, continuó, “rezaré a Dios por ti, y si pasa algo, entonces azotame como a una cabra gris. Y si de verdad crees que no encontraré trabajo, le pediré al administrador, por el amor de Dios, que me deje limpiar las botas, o iré en lugar de Fedia como subpastor. Querido abuelo, no puedo soportarlo más, me matará... Quería huir a nuestro pueblo, pero no tengo botas, y tenía miedo de la escarcha, y cuando crezca te cuidaré, nadie te hará daño, y cuando mueras rezaré por el descanso de tu alma, igual que lo hago por mamá Pelagueya.
En cuanto a Moscú, es una ciudad grande, con casas de señores, muchos caballos, ninguna oveja, y los perros no son bravos. Los niños no vienen por Navidad con una estrella, nadie puede cantar en el coro, y una vez vi en un escaparate anzuelos con sedal y cañas de pescar, todo a la venta, para todo tipo de pescado, ¡una ganga! Había un anzuelo que atrapaba un siluro de una libra. Y hay tiendas con escopetas, como las del amo, y estoy seguro de que deben de costar 100 rublos cada una. Y en las carnicerías hay becadas, perdices y liebres, pero el dependiente no dice quién las mató ni de dónde vienen.
Querido abuelo, cuando los dueños regalen un árbol de Navidad, coge una nuez dorada y escóndela en mi caja verde. Pídesela a la señorita Olga Ignatyevna y dile que es para Vanka.
Vanka suspiró convulsivamente y volvió a mirar por la ventana. Recordó que su abuelo siempre iba al bosque a buscar el árbol de Navidad y llevaba a su nieto. ¡Qué tiempos tan felices! La escarcha crujía, su abuelo crujía, y al igual que ambos, Vanka hacía lo mismo. Entonces, antes de cortar el árbol de Navidad, su abuelo fumó su pipa, tomó una buena pizca de rapé y se burló de la pobre Vanka, congelada... Los abetos jóvenes, envueltos en escarcha, permanecían inmóviles, esperando a que muriera. De repente, una liebre, que salía de algún sitio, se lanzaba sobre el ventisquero... Su abuelo no pudo evitar gritar:
¡Atrápalo, atrápalo, atrápalo! ¡Ah, diablo de cola corta!
Una vez derribado el árbol, su abuelo lo arrastró hasta la casa del amo, y allí se pusieron a decorarlo. La joven Olga Ignátyevna, gran amiga de Vanka, se dedicó sobre todo a ello. Cuando la madre del pequeño Vanka, Pelagueya, aún vivía y era criada, Olga Ignátyevna solía atiborrarlo de azúcar cande y, al no tener nada que hacer, le enseñó a leer, escribir, contar hasta cien e incluso a bailar la cuadrilla. Cuando Pelagueya murió, colocaron al huérfano Vanka en la cocina con su abuelo, y de la cocina lo enviaron a Moscú con Aliakhin, el zapatero.
—Ven rápido, querido abuelo —continuó Vanka—. Te lo suplico, por el amor de Dios, que me saques de aquí. Ten compasión de un pobre huérfano, porque aquí me golpean, y tengo un hambre terrible, y estoy tan triste que no puedo decírtelo, lloro todo el tiempo. El otro día, el amo me dio un puntapié en la cabeza; caí al suelo y apenas volví a la vida. Mi vida es una desgracia, peor que la de cualquier perro... Saludos a Aliona, a Tegor el tuerto y al cochero, y no dejes que nadie se quede con mi armónica. Quedo, tu nieto, Iván Zhúkov, querido abuelo, ven.
Vanka dobló su hoja de papel en cuatro y la metió en un sobre que había comprado la noche anterior por un kopek. Pensó un momento, mojó la pluma en el tintero y escribió la dirección:
«El pueblo, a mi abuelo». Luego se rascó la cabeza, pensó de nuevo y añadió: «Konstantin Makarych». Satisfecho de que nadie le hubiera interrumpido mientras escribía, se puso la gorra y, sin ponerse el abrigo de piel de oveja, salió corriendo a la calle en mangas de camisa.
El dependiente de la pollería, a quien le había preguntado la noche anterior, le había dicho que las cartas debían depositarse en buzones, y desde allí eran transportadas por todo el mundo en troikas de correos por carteros borrachos y al son de las campanas. Vanka corrió al primer buzón y deslizó su preciada carta por la ranura.
Una hora después, arrullado por la esperanza, dormía profundamente. En sueños, vio una estufa, junto a la cual estaba su abuelo sentado con las piernas colgando, descalzo, leyendo una carta a los cocineros, y a Viun caminando alrededor de la estufa meneando la cola.
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AL ESCONDITE
POR FIODOR SOLOGUB
miTodo en la habitación de Lelechka era brillante, bonito y alegre. La dulce voz de Lelechka cautivaba a su madre. Lelechka era una niña encantadora. No había otra niña igual, nunca la había habido, y nunca la habría. La madre de Lelechka, Serafima Aleksandrovna, estaba segura de ello. Los ojos de Lelechka eran oscuros y grandes, sus mejillas sonrosadas, sus labios estaban hechos para besar y reír. Pero no eran estos encantos de Lelechka los que le daban a su madre la mayor alegría. Lelechka era la hija única de su madre. Por eso cada movimiento de Lelechka la hechizaba. Era una gran dicha sostener a Lelechka en sus rodillas y acariciarla; sentir a la pequeña en sus brazos, algo tan vivaz y brillante como un pajarito.
A decir verdad, Serafima Aleksandrovna solo se sentía feliz en la habitación de los niños. Sentía frío con su marido.
Quizás era porque él mismo amaba el frío: le encantaba beber agua fría y respirar aire frío. Siempre estaba fresco y sereno, con una sonrisa gélida, y por dondequiera que pasaba parecían moverse corrientes frías en el aire.
Los Neslétyev, Serguéi Modestovich y Serafima Aleksándrovna, se habían casado sin amor ni cálculo, porque era lo habitual. Él era un joven de treinta y cinco años, ella una joven de veinticinco; ambos pertenecían al mismo círculo y eran bien educados; se esperaba que él se casara, y para ella había llegado el momento de casarse.
Incluso a Serafima Aleksandrovna le parecía que estaba enamorada de su futuro esposo, y eso la hacía feliz. Él parecía guapo y de buena familia; sus inteligentes ojos grises siempre conservaban una expresión digna; y cumplía con sus obligaciones de prometido con una delicadeza irreprochable.
La novia también era guapa; era alta, de ojos y cabello oscuros, algo tímida pero muy diplomática. Él no buscaba su dote, aunque le complacía saber que poseía algo. Tenía contactos, y su esposa provenía de personas influyentes. Esto, en el momento oportuno, podría resultar útil. Siempre irreprochable y diplomático, Neslétyev ascendió en su puesto no tan rápido como para que alguien lo envidiara, ni tan lento como para envidiar a nadie más; todo llegaba en su justa medida y en el momento oportuno.
Tras su matrimonio, nada en la personalidad de Serguéi Módéstovich le sugería algo malo a su esposa. Sin embargo, más tarde, cuando su esposa estaba a punto de tener un hijo, Serguéi Módéstovich estableció relaciones breves y temporales en otros lugares. Serafima Aleksándrovna lo descubrió y, para su propia sorpresa, no se sintió especialmente afectada; esperaba a su bebé con una ansiedad que eclipsaba cualquier otro sentimiento.
Nació una niña; Serafima Aleksandrovna se entregó a ella. Al principio, le contaba a su marido, con entusiasmo, todos los alegres detalles de la vida de Lelechka. Pero pronto descubrió que él la escuchaba sin el menor interés, solo por cortesía. Serafima Aleksandrovna se alejó cada vez más de él. Amaba a su pequeña con la pasión insatisfecha que otras mujeres, engañadas por sus maridos, muestran a sus jóvenes amantes.
—Mamochka , vamos a jugar a las escondidas —gritó Lelechka, pronunciando la r como si fuera una l , de modo que la palabra sonaba como «pliatki».
Esta encantadora incapacidad para hablar siempre hacía sonreír a Serafima Aleksandrovna con tierno éxtasis. Lelechka entonces huyó, pateando las alfombras con sus regordetas piernas, y se escondió tras las cortinas cerca de su cama.
—¡Tiu -tiu, mamochka! —gritó con su dulce voz risueña, mientras miraba con un solo ojo pícaro.
“¿Dónde está mi niña?”, preguntó la madre mientras buscaba a Lelechka y fingía que no la veía.
Y Lelechka soltó su risa sonora en su escondite. Luego salió un poco más lejos, y su madre, como si acabara de verla, la agarró por los hombros y exclamó con alegría: "¡Aquí está, mi Lelechka!".
Lelechka rió larga y alegremente, con la cabeza cerca de las rodillas de su madre, y toda su cuerpo acurrucado entre sus blancas manos. Los ojos de su madre brillaban de apasionada emoción.
—Ahora, mamá , escóndete —dijo Lelechka, dejando de reír.
Su madre se fue a esconder. Lelechka se dio la vuelta como si no viera nada, pero la observó sigilosamente todo el tiempo. Mamá se escondió detrás del armario y exclamó: " ¡Tiu-tiu , pequeña!".
Lelechka corría por toda la habitación y miraba hacia todos los rincones, fingiendo, como antes lo había hecho su madre, que estaba buscando (aunque en realidad sabía en todo momento) dónde se encontraba su mamochka .
"¿Dónde está mi mamochka ?", preguntó Lelechka. "No está, no está", repetía sin cesar mientras corría de un rincón a otro.
Su madre permanecía de pie, con la respiración contenida, la cabeza apoyada contra la pared y el cabello algo despeinado. Una sonrisa de absoluta felicidad se dibujaba en sus labios rojos.
La enfermera, Fedosya, una mujer bondadosa y de aspecto atractivo, aunque algo tonta, sonrió al mirar a su ama con su expresión característica, que parecía indicar que no le correspondía oponerse a los caprichos de las damas. Pensó: «La madre es como una niña pequeña; mira qué emocionada está».
Lelechka se acercaba al rincón de su madre. Su madre estaba cada vez más absorta en el juego; su corazón latía con latidos cortos y rápidos, y se apretaba aún más contra la pared, despeinándose aún más. De repente, Lelechka miró hacia el rincón de su madre y gritó de alegría.
“¡Encontré a 'oo!”, gritó en voz alta y alegre, pronunciando mal las palabras de una manera que nuevamente hizo feliz a su madre.
Tiró de su madre con las manos hasta el centro de la habitación; estaban alegres y reían; y Lelechka volvió a esconder la cabeza entre las rodillas de su madre y siguió balbuceando sin parar sus dulces palabritas, tan fascinantes y al mismo tiempo tan torpes.
Serguéi Modestovich se dirigía en ese momento a la habitación de los niños. A través de las puertas entreabiertas, oyó risas, gritos de alegría, el sonido de los juegos. Entró en la habitación, sonriendo con su afable y fría sonrisa; vestía impecablemente, se veía fresco y erguido, y extendía a su alrededor una atmósfera de limpieza, frescura y frialdad. Entró en medio del animado juego y los confundió a todos con su radiante frialdad. Incluso Fedosya se sintió avergonzada, ora por su ama, ora por sí misma. Serafima Aleksandrovna se calmó de inmediato y pareció fría, y este estado de ánimo se contagió a la niña, que dejó de reír y miró, en silencio y con atención, a su padre.
Serguéi Módéstovich echó un vistazo rápido a la habitación. Le gustaba venir allí, donde todo estaba bellamente arreglado; esto lo hacía Serafima Aleksándrovna, quien deseaba rodear a su pequeña, desde su más tierna infancia, solo con las cosas más bonitas. Serafima Aleksándrovna se vestía con gusto; esto también hacía por Lelechka, con el mismo fin. Si algo no había aceptado Serguéi Módéstovich era la presencia casi continua de su esposa en la habitación infantil.
—Es tal como lo pensé... Sabía que te encontraría aquí —dijo con una sonrisa burlona y condescendiente.
Salieron juntos de la habitación de los niños. Mientras seguía a su esposa por la puerta, Serguéi Modestovich dijo con cierta indiferencia, como por casualidad, sin darle mayor importancia a sus palabras: "¿No crees que le vendría bien a la niña que a veces estuviera sin tu compañía? Simplemente, ya ves, para que la niña sienta su propia individualidad", explicó en respuesta a la mirada perpleja de Serafima Aleksandrovna.
"Ella es todavía muy pequeña", dijo Serafima Alexandrovna.
En cualquier caso, esta es solo mi humilde opinión. No insisto. Es tu reino allí.
“Lo pensaré”, respondió su esposa sonriendo como él, con frialdad pero con afabilidad.
Luego empezaron a hablar de otra cosa.
II
norteEsa noche, la señora Fedosya, sentada en la cocina, le contaba a la silenciosa criada Daria y a la vieja y habladora cocinera Agatia sobre la joven señora de la casa y cómo a la niña le encantaba jugar a las priatki con su madre: "¡Esconde su carita y grita ' tiutiu '!"
—Y la señora misma es como una pequeña —añadió Fedosya sonriendo.
Agatia escuchó y meneó la cabeza amenazadoramente; mientras su rostro se tornó serio y reprochador.
“Que lo haga la señora, bueno, eso es una cosa; pero que lo haga la señorita, eso es malo”.
“¿Por qué?” preguntó Fedosya con curiosidad.
Esta expresión de curiosidad le dio a su rostro el aspecto de una muñeca de madera toscamente pintada.
—Sí, eso es malo —repitió Agathya con convicción—. ¡Terriblemente malo!
“¿Y bien?” dijo Fedosya, mientras la ridícula expresión de curiosidad en su rostro se hacía más enfática.
—Se esconderá, se esconderá y se esconderá —dijo Agathya en un susurro misterioso, mientras miraba cautelosamente hacia la puerta.
—¿Qué estás diciendo? —exclamó Fedosya asustado.
—Es la verdad, recuerda mis palabras —continuó Agathya con la misma seguridad y discreción—. Es la señal más segura.
La anciana había inventado este signo, de repente, ella misma; y evidentemente estaba muy orgullosa de ello.
III
YoElechka dormía, y Serafima Aleksandrovna estaba sentada en su habitación, pensando con alegría y ternura en Lelechka. Lelechka ocupaba sus pensamientos, primero una dulce niñita, luego una dulce niñita grande, y luego otra vez una niñita encantadora; y así, hasta el final, siguió siendo la pequeña Lelechka de mamá.
Serafima Aleksandrovna ni siquiera se dio cuenta de que Fedosya se acercó y se detuvo frente a ella. Fedosya tenía una expresión preocupada y asustada.
—Señora, señora —dijo en voz baja y temblorosa.
Serafima Aleksandrovna se sobresaltó. El rostro de Fedosya la puso nerviosa.
—¿Qué pasa, Fedosya? —preguntó con gran preocupación—. ¿Le pasa algo a Lelechka?
—No, señora —dijo Fedosya, mientras gesticulaba con las manos para tranquilizar a su señora y hacerla sentarse—. ¡Lelechka está dormida, que Dios la acompañe! Solo quería decirle algo... Verá, Lelechka siempre se esconde; eso no está bien.
Fedosya miró a su señora con los ojos fijos, que se habían agrandado por el miedo.
“¿Por qué no es bueno?”, preguntó Serafín Aleksándrovna con disgusto, sucumbiendo involuntariamente a vagos temores.
“No puedo expresar lo mal que estoy”, dijo Fedosya, y su rostro expresaba la confianza más decidida.
—Por favor, hable con sensatez —observó Serafima Aleksandrovna secamente—. No entiendo nada de lo que dice.
—Ya ve, señora, es una especie de presagio —explicó Fedosya bruscamente, con cierta vergüenza.
"¡Disparates!" -dijo Serafima Alexandrovna.
No quería saber más sobre el presagio ni lo que presagiaba. Pero, de alguna manera, una sensación de miedo y tristeza se apoderó de ella, y era humillante sentir que una historia absurda perturbara sus entrañables fantasías y la conmoviera tan profundamente.
—Ya sé que la gente noble no cree en presagios, pero es un mal presagio, señora —prosiguió Fedosya con voz triste—. La señorita se esconderá, se esconderá...
De repente, rompió a llorar, sollozando en voz alta: “Se esconderá, se esconderá y se esconderá, pequeña alma angelical, en una tumba húmeda”, continuó, mientras se secaba las lágrimas con el delantal y se sonaba la nariz.
“¿Quién te ha contado todo esto?”, preguntó Serafima Aleksandrovna en voz baja y austera.
—Agathya lo dice, señora —respondió Fedosya—. Ella es la que lo sabe.
—¡Sabe! —exclamó Serafima Aleksandrovna irritada, como si quisiera protegerse de alguna manera de esta repentina ansiedad—. ¡Qué tontería! Por favor, no vuelvas a venir a mí con esas ideas. Ahora puedes irte.
Fedosya, abatida y herida en los sentimientos, abandonó a su ama.
¡Qué disparate! ¡Como si Lelechka pudiera morir!, pensó Serafima Aleksandrovna, intentando dominar la frialdad y el miedo que la invadieron ante la posibilidad de la muerte de Lelechka. Serafima Aleksandrovna, tras reflexionar, atribuyó la creencia de estas mujeres en los presagios a la ignorancia. Vio con claridad que no podía haber ninguna conexión entre la diversión ordinaria de una niña y su supervivencia. Esa noche se esforzó por ocupar su mente en otros asuntos, pero sus pensamientos volvieron involuntariamente a la idea de que a Lelechka le encantaba esconderse.
Cuando Lelechka era aún muy pequeña y había aprendido a distinguir entre su madre y su niñera, a veces, sentada en brazos de ella, hacía una repentina mueca pícara y ocultaba su rostro risueño en el hombro de la niñera. Luego, miraba con picardía.
Últimamente, en los raros momentos en que la señora no estaba en la guardería, Fedosya había vuelto a enseñar a Lelechka a esconderse; y cuando la madre de Lelechka, al entrar, vio lo hermosa que se veía la niña cuando se escondía, ella misma comenzó a jugar a las escondidas con su pequeña hija.
IV
TAl día siguiente, Serafima Aleksandrovna, absorta en sus alegres cuidados por Lelechka, había olvidado las palabras de Fedosya del día anterior.
Pero cuando regresó a la habitación de los niños, después de haber pedido la cena, y oyó a Lelechka gritar de repente "¡Tiu-tiu!" desde debajo de la mesa, un miedo repentino la invadió. Aunque se reprochó de inmediato este temor infundado y supersticioso, no pudo entrar de lleno en el espíritu del juego favorito de Lelechka e intentó desviar su atención hacia otra cosa.
Lelechka era una niña encantadora y obediente. Cumplía con entusiasmo los nuevos deseos de su madre. Pero como se había acostumbrado a esconderse de su madre en algún rincón y a gritar "¡Tiu-tiu!", incluso ese día volvió al juego más de una vez.
Serafima Aleksandrovna intentó desesperadamente divertir a Lelechka. No fue fácil, pues pensamientos inquietos y amenazantes la asaltaban constantemente.
¿Por qué Lelechka no deja de recordar el tiu-tiu ? ¿Por qué no se cansa de lo mismo: de cerrar los ojos eternamente y ocultar la cara? Quizás —pensó Serafima Aleksandrovna— no se siente tan atraída por el mundo como otros niños, que se sienten atraídos por muchas cosas. Si es así, ¿no es un signo de debilidad orgánica? ¿No es el germen de una falta inconsciente de deseo de vivir?
Serafima Aleksandrovna estaba atormentada por presentimientos. Se avergonzaba de sí misma por haber dejado de jugar al escondite con Lelechka delante de Fedosya. Pero este juego se había vuelto angustioso para ella, aún más angustioso porque tenía un deseo real de jugarlo y porque algo la impulsaba con fuerza a esconderse de Lelechka y buscar a la niña escondida. Serafima Aleksandrovna empezó el juego una o dos veces, aunque lo jugaba con gran pesar. Sufría como si cometiera una mala acción con plena conciencia.
Fue un día triste para Serafima Alexandrovna.
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V
Lelechka estaba a punto de dormirse. Apenas se metió en su camita, protegida por una red por todos lados, sus ojos comenzaron a cerrarse de cansancio. Su madre la cubrió con una manta azul. Lelechka sacó sus dulces manitas de debajo de la manta y las extendió para abrazar a su madre. Su madre se inclinó. Lelechka, con una expresión tierna en su rostro soñoliento, besó a su madre y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Mientras sus manos se escondían bajo la manta, Lelechka susurró: "¡Las manos tiu-tiu! ".
El corazón de la madre pareció detenerse. Lelechka yacía allí, tan pequeña, tan frágil, tan quieta. Lelechka sonrió con dulzura, cerró los ojos y dijo en voz baja: "¡Los ojos tiu-tiu! ".
Y luego, aún más bajito: “¡Lelechka tiu-tiu! ”
Con estas palabras se quedó dormida, con el rostro apoyado en la almohada. Parecía tan pequeña y frágil bajo la manta que la cubría. Su madre la miró con ojos tristes.
Serafima Aleksandrovna permaneció un buen rato de pie junto a la cama de Lelechka y la miraba con ternura y miedo.
“Soy madre: ¿es posible que no pueda protegerla?”, pensó mientras imaginaba los diversos males que podrían sobrevenirle a Lelechka.
Ella oró largamente esa noche, pero la oración no alivió su tristeza.
VI
SPasaron varios días. Lelechka se resfrió. La fiebre le atacó por la noche. Cuando Serafima Aleksandrovna, despertada por Fedosya, fue a ver a Lelechka y la vio tan acalorada, tan inquieta y tan atormentada, recordó al instante el mal presagio, y una desesperación desesperanzada se apoderó de ella desde el primer momento.
Se llamó a un médico y se hizo todo lo habitual en tales ocasiones, pero ocurrió lo inevitable. Serafima Aleksandrovna intentó consolarse con la esperanza de que Lelechka se recuperara y volviera a reír y jugar; ¡pero esto le parecía una felicidad inimaginable! Y Lelechka se debilitaba cada hora.
Todos simulaban tranquilidad para no asustar a Serafima Aleksandrovna, pero sus rostros enmascarados solo la entristecían.
Nada la hacía tan infeliz como las reiteraciones de Fedosya, pronunciadas entre sollozos: “¡Se escondió y se escondió, nuestra Lelechka!”
Pero los pensamientos de Serafima Aleksandrovna estaban confusos y no podía comprender exactamente lo que estaba sucediendo.
La fiebre consumía a Lelechka, y a veces perdía el conocimiento y hablaba en delirio. Pero al recobrar la consciencia, soportaba el dolor y la fatiga con dulzura y bondad; le sonreía débilmente a su mamochka para que no viera cuánto sufría. Pasaron tres días, torturándola como una pesadilla. Lelechka se debilitó bastante. No sabía que se moría.
Miró a su madre con los ojos entrecerrados y balbuceó con una voz ronca y apenas audible: " ¡Tiu-tiu, mamochka! ¡Haz tiu-tiu, mamochka! ".
Serafima Aleksandrovna escondió su rostro tras las cortinas cerca de la cama de Lelechka. ¡Qué trágico!
—¡Mamochka ! —gritó Lelechka con una voz casi inaudible.
La madre de Lelechka se inclinó sobre ella, y Lelechka, con la visión aún más nublada, vio por última vez el rostro pálido y desesperado de su madre.
¡Una mamochka blanca ! -susurró Lelechka.
El rostro pálido de Mamochka se volvió borroso, y todo se oscureció ante Lelechka. Agarró débilmente el borde de la colcha con las manos y susurró: " ¡Tiu-tiu! ".
Algo le resonó en la garganta; Lelechka abrió y volvió a cerrar sus labios, que palidecían rápidamente, y murió.
Serafima Aleksandrovna, sumida en la desesperación, dejó a Lelechka y salió de la habitación. Se encontró con su marido.
—Lelechka ha muerto —dijo con voz tranquila y apagada.
Serguéi Modestovich observó con ansiedad su rostro pálido. Le impresionó el extraño estupor en sus rasgos, antes animados y atractivos.
VII
YoVestieron a Elechka, la colocaron en un pequeño ataúd y la llevaron a la sala. Serafima Aleksandrovna estaba de pie junto al ataúd, mirando con tristeza a su hija muerta. Serguéi Modestovich se acercó a su esposa y, consolándola con palabras frías y vacías, intentó apartarla del ataúd. Serafima Aleksandrovna sonrió.
—Vete —dijo en voz baja—. Lelechka está tocando. Subirá enseguida.
—Sima, querida, no te preocupes —susurró Serguéi Modestovich—. Debes resignarte a tu destino.
—Subirá en un minuto —insistió Serafima Aleksandrovna, con la mirada fija en la niña muerta.
Serguéi Modestovich miró a su alrededor con cautela: tenía miedo de lo indecoroso y lo ridículo.
—Sima, no te preocupes —repitió—. Esto sería un milagro, y los milagros no ocurren en el siglo XIX.
Apenas pronunció estas palabras, Serguéi Modestovich sintió que no tenían relación con lo sucedido. Estaba confundido y molesto.
Tomó a su esposa del brazo y la alejó con cautela del ataúd. Ella no se opuso.
Su rostro parecía tranquilo y sus ojos estaban secos. Entró en la habitación infantil y empezó a caminar por ella, buscando en los lugares donde Lelechka solía esconderse. Recorrió toda la habitación, agachándose de vez en cuando para mirar debajo de la mesa o de la cama, y repetía alegremente: "¿Dónde está mi pequeña? ¿Dónde está mi Lelechka?".
Tras recorrer la habitación una vez, reinició su búsqueda. Fedosya, inmóvil, con el rostro abatido, se sentó en un rincón y miró asustada a su ama; de repente, rompió a sollozar y se lamentó en voz alta:
“¡Se escondió y se escondió, nuestra Lelechka, nuestra pequeña alma angelical!”
Serafima Aleksandrovna tembló, se detuvo, lanzó una mirada perpleja a Fedosya, empezó a llorar y abandonó la habitación de los niños en silencio.
VIII
SErgey Modestovich apresuró el funeral. Vio que Serafima Aleksandrovna estaba terriblemente conmocionada por su repentina desgracia, y como temía por su razón, pensó que se divertiría y consolaría más fácilmente cuando enterraran a Lelechka.
A la mañana siguiente, Serafima Aleksandrovna se vistió con especial cuidado para Lelechka. Al entrar en la sala, había varias personas entre ella y Lelechka. El sacerdote y el diácono paseaban de un lado a otro de la habitación; nubes de humo azul flotaban en el aire y olía a incienso. Una opresiva sensación de pesadez invadió la cabeza de Serafima Aleksandrovna al acercarse a Lelechka. Lelechka yacía inmóvil y pálida, sonriendo con tristeza. Serafima Aleksandrovna apoyó la mejilla en el borde del ataúd de Lelechka y susurró: «¡ Tiu-tiu , pequeña!».
La pequeña no respondió. Entonces se produjo una especie de revuelo y confusión alrededor de Serafima Aleksandrovna; rostros extraños e innecesarios se inclinaron sobre ella, alguien la sujetó... y Lelechka fue llevada a algún lugar.
Serafima Aleksandrovna se levantó, suspiró perdidamente, sonrió y gritó: "¡Lelechka!".
Se llevaban a Lelechka. La madre se abalanzó sobre el ataúd entre sollozos desesperados, pero la retuvieron. Saltó tras la puerta por la que había pasado Lelechka, se sentó en el suelo y, mientras miraba por la rendija, gritó: "¡Lelechka, tiu-tiu! ".
Entonces asomó la cabeza por detrás de la puerta y empezó a reír.
Lelechka fue rápidamente alejada de su madre, y quienes la llevaban parecían correr en lugar de caminar.
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DESTRONADO
POR IN POTAPENKO
"O—Bueno —gritó con impaciencia la mujer del capitán Zarubkin, levantándose del sofá y volviéndose para mirarlo cuando entró.
—No sabe nada al respecto —respondió con indiferencia, como si el asunto no le interesara. Luego preguntó con tono profesional: —¿No hay nada para mí de la oficina?
¿Y yo qué sé? ¿Soy tu chico de los recados?
¡Qué pereza! Ojalá el paquete no llegue demasiado tarde. ¡Es tan importante!
"¡Estúpido!"
"¿Quién es un idiota?"
“Tú, con tu indiferencia, con tu estúpido egoísmo.”
El capitán no dijo nada. No se sorprendió ni se sintió insultado. Al contrario, su sonrisa era como si hubiera recibido un cumplido. Estas animadversiones conyugales, probablemente frecuentes, no perturbaban en absoluto su paz doméstica.
—No puede ser que el hombre no sepa cuándo regresa su esposa —continuó la señora Zarubkin con entusiasmo—. Le ha escrito todos los días de los cuatro meses que lleva fuera. Me lo dijo el jefe de correos.
¡Semyonov! ¡Eh, Semyonov! ¿Ha estado aquí alguien de la oficina?
“No lo sé, Excelencia”, dijo con voz alta y clara desde el fondo de la sala.
¿Por qué no lo sabes? ¿Dónde has estado?
“Fui a ver a Abramka, Excelencia.”
“¿El sastre otra vez?”
—Sí, Su Excelencia, el sastre Abramka.
El capitán escupió con fastidio.
“¿Y dónde está Krynka?”
“Fue al mercado, Excelencia.”
“¿Le dijeron que fuera al mercado?”
“Sí, Su Excelencia.”
El capitán escupió de nuevo.
—¿Por qué sigues escupiendo? ¡Qué modales tan vulgares! —gritó su esposa enfadada—. Te comportas en casa como un subalterno borracho. No tienes la menor consideración por tu esposa. ¡Eres tan grosero conmigo! Por favor, ve a tu oficina.
“Semyonov.”
“¿Su Excelencia?”
Si llega el paquete, por favor, que lo devuelvan a la oficina y digan que ya fui. ¡Y escuchen! Siempre debe haber alguien aquí. No quiero que todos salgan de casa a la vez. ¿Me oyen?
“Sí, Su Excelencia.”
El capitán se puso la gorra para irse. En la puerta, se giró y se dirigió a su esposa.
—Por favor, Tasya, por favor, no envíes a todos los sirvientes a hacer tus recados a la vez. Podría surgir algo importante y no haber nadie aquí para atenderlo.
Salió, y su esposa permaneció reclinada en el rincón del sofá, como si su súplica no le importara. Pero apenas salió de la casa, ella gritó:
—¡Semyonov, ven aquí! ¡Rápido!
Un hombre descalzo y sin afeitar, con pantalones azul oscuro y camisa de algodón, se presentó. Su figura robusta y su rostro enrojecido le daban un aspecto saludable. Era el ordenanza del capitán.
“A su servicio, Excelencia.”
-Escucha, Semyonov, no pareces estúpido.
-No lo sé, Excelencia.
—Por el amor de Dios, olvídese de «Su Excelencia». No soy su superior.
“Sí, tu Excel—”
"¡Estúpido!"
Pero la actitud de la dama hacia el sirviente era mucho más amistosa que hacia su esposo. Semiónov tenía la facultad de realizarle importantes servicios, mientras que el capitán no había estado a la altura de sus expectativas.
Oye, Semiónov, ¿cómo se llevan tú y los hombres del doctor? ¿Son amigos?
“Sí, Su Excelencia.”
—¡Intolerable! —exclamó la señora, poniéndose de pie de un salto—. ¡Deja de usar ese título tan tonto! ¿Es que no sabes hablar como un hombre sensato?
Semiónov había permanecido en posición de firmes, con las palmas de las manos en las costuras de los pantalones. De repente, se relajó e incluso se limpió la nariz con el puño.
—Así nos enseñan —dijo con indiferencia, con una sonrisa burlona—. Los caballeros, los oficiales, insisten en ello.
—Ahora dime, ¿estás en buenos términos con los hombres del médico?
¿Te refieres a Podmar y Shuchok? Claro, somos amigos.
Muy bien, entonces ve directamente con ellos y trata de averiguar cuándo se espera el regreso de la Sra. Shaldin. Deberían saberlo. Deben estar preparándose para su regreso: limpiando su habitación y arreglándola. ¿Entiendes? Pero ten cuidado de averiguarlo bien. Y también ten mucho cuidado de no revelar para quién lo estás averiguando. ¿Entiendes?
“Por supuesto que lo entiendo.”
—Bueno, entonces vete. Pero una cosa más. Ya que vas a salir, podrías pasarte otra vez por casa de Abramka y decirle que venga enseguida. ¿Entiendes?
—Pero Su Excelencia me dio órdenes de quedarme en casa —dijo Semyonov, rascándose detrás de las orejas.
—Por favor, no me respondas. Solo haz lo que te digo. Adelante.
“A su servicio.” Y el ordenanza, impresionado por el severo tono militar de la dama, salió de la habitación.
La señora Zarubkin permaneció reclinada en el sofá un rato. Luego se levantó, paseó por la habitación y finalmente llegó a su dormitorio, donde sus dos hijas pequeñas jugaban bajo el cuidado de la niñera. Las regañó un poco y regresó a su antiguo lugar en el sofá. Cada movimiento suyo delataba gran excitación.
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Tatiana Grigoryevna Zarubkin era una de las damas más admiradas del Regimiento S—— e incluso de toda la ciudad de Chmyrsk, donde estaba acuartelado el regimiento. Ciertamente, era difícil decir que, fuera del regimiento, la ciudad pudiera presumir de tener damas. Había mujeres muy respetables, esposas decentes, madres, hijas y viudas de ciudadanos honorables; pero todas vestían de algodón y franela, y en las grandes festividades hacían alarde de vestidos baratos de cachemira sobre los que lucían alegres chales con ribetes de maravillosos arabescos. Sus sombreros y demás tocados no mostraban la más mínima muestra de buen gusto. Así que difícilmente se las podía llamar «damas». Se conformaban con que las llamaran «mujeres». Casi todas llevaban el nombre del oficio o puesto de su marido pegado a su nombre: la Sra. El tendero fulano, la señora alcaldesa fulana, la señora sombrerera fulana, etc. Las damas auténticas , en el sentido de la sociedad rusa, nunca habían llegado al pueblo antes de que el Regimiento S—— se instalara allí; y huelga decir que las damas del regimiento no tenían nada en común, y por lo tanto, ninguna relación con las mujeres del pueblo. Eran tan distintas que parecían criaturas de otra especie.
Es indiscutible que Tatiana Grigoryevna Zarubkin era una de las damas más admiradas. Invariablemente, desempeñaba el papel más importante en todos los eventos del regimiento: las representaciones teatrales amateur, las veladas sociales, los tés de la tarde. Si la esposa del capitán no estaba presente, era inevitable que el evento no fuera un éxito.
Lo más importante era que la señora Zarubkin tenía la intachable reputación de ser la mejor vestida de todas las damas. Siempre era la más distinguida en el baile anual. Su vestido para la ocasión, encargado desde Moscú, siempre se escogía con la mayor consideración por sus encantos y defectos, y siempre era de una belleza exquisita. Una nueva moda no podía ser aceptada por las demás damas del regimiento excepto por medio de la esposa del capitán. Gracias a su buen gusto al vestir, la majestuosa rubia reinaba en todos los bailes y salones de Chmyrsk. Otra ventaja suya era que, a pesar de estar cerca de los cuarenta, aún lucía fresca y juvenil, por lo que los jóvenes oficiales la rodeaban constantemente y le rendían homenaje.
Noviembre era un mes muy animado en el calendario del regimiento. El 10 de noviembre se celebraba el baile anual. Las damas, por supuesto, dedicaron sus mejores esfuerzos a los preparativos. Huelga decir que en estas arduas actividades, Abramka Stiftik, el sastre de las damas, desempeñaba un papel destacado. Era el único hombre en Chmyrsk que entendía algo del sutil arte del aseo femenino. Los preparativos en su taller ya habían comenzado en agosto. En las últimas semanas, su modesto salón —amueblado con seis sillas raídas alrededor de una mesa redonda y un espejo manchado de moscas en la pared—, con un ambiente impregnado de un olor a cebolla y arenque, se había llenado desde la mañana hasta la noche con las mujeres más encantadoras y elegantes. Hubo pruebas de vestuario, debates sobre estilos y selección de telas. Todo era muy estresante para las damas.
La única que nunca había aparecido en ese salón era la esposa del capitán. Eso había sido una espina clavada para Abramka. Se pasaba días y noches dándole vueltas a cómo librar a esa dama de la, en su opinión, horrible costumbre de encargar su ropa a Moscú. Para este baile, sin embargo, como ella misma le había contado, no había encargado un vestido, sino solo tela de fuera de la ciudad, de lo que dedujo que él debía hacerle el vestido. Pero solo faltaba una semana para el baile, y ella seguía sin ir. Abramka estaba en un estado de fiebre. Anhelaba hacer un vestido para la señora Zarubkin. Sería aún más glorioso. Quería demostrar que entendía su oficio tan bien como cualquier sastre de Moscú, y que era completamente superfluo que ella encargara sus vestidos fuera de Chmyrsk. Saldría victorioso como competidor de Moscú.
A medida que pasaban los días y la señora Zarubkin no aparecía en su tienda, su nerviosismo aumentaba. Finalmente, ella le encargó una chaqueta, pero ni una palabra de un vestido de fiesta. ¿Qué iba a pensar de ello?
Así que, cuando Semiónov le dijo que la señora Zarubkin lo esperaba en su casa, huelga decir que al instante se quitó la docena de alfileres de la boca mientras se probaba el vestido de una clienta, le dijo a uno de sus ayudantes que continuara con las pruebas y fue inmediatamente a visitar a la esposa del capitán. En este caso, no se trataba de un simple vestido de gala, sino de conseguir a la mejor clienta de la ciudad.
Aunque Abramka llevaba un sombrero de seda y un traje a juego con el sombrero, se cuidaba de no llamar a la puerta principal, sino que siempre llamaba a la puerta trasera. En otras ocasiones, cuando el ordenanza del capitán no estaba en casa —pues también cumplía las funciones de cocinero—, habría llamado largo y tendido. En otras ocasiones, un cañón habría disparado justo al lado de los oídos de Tatiana Grigóryevna, quien no habría movido un dedo para abrir. Pero ahora, al instante, oyó el discreto sonido de los golpes y abrió ella misma la puerta trasera para Abramka.
—¡Oh! —exclamó encantada—. ¡Tú, Abramka!
En realidad, quería dirigirse a él con menos familiaridad, como correspondía a un hombre tan digno con sombrero de seda; pero todos lo llamaban «Abramka», y se habría sorprendido mucho si le hubieran honrado con su nombre completo, Abram Srulevich Stiftik. Así que pensó que sería mejor dirigirse a él como lo hacían los demás.
El señor "Abramka" era alto y delgado. Su rostro pálido siempre reflejaba una expresión melancólica. Tenía la espalda ligeramente encorvada y una barba canosa, larga y muy espesa. Llevaba treinta años ejerciendo su profesión. Desde su aprendizaje lo llamaban "Abramka", lo cual no le parecía en absoluto despectivo ni inapropiado. Incluso su placa decía: "Sastre de señoras: Abramka Stiftik", prueba fehaciente de que consideraba su nombre irrelevante, pues para él lo más importante era su arte. De hecho, había alcanzado, si no la perfección en la sastrería, sí una destreza notable. Todas las damas del Regimiento S—— podían dar fe de ello con convicción.
Abramka se quitó el sombrero de seda, entró en la cocina y dijo con gravedad, con profundo sentimiento:
Señora Zarubkin, estoy a su entera disposición.
Pase a la sala de recepción. Tengo algo muy importante que decirle.
Abramka lo siguió en silencio. Caminaba de puntillas con cuidado, como si temiera despertar a alguien.
—Siéntate, Abramka, escucha, pero dame tu palabra de honor de que no se lo dirás a nadie —empezó Tatiana Grigóryevna, ruborizándose un poco. Le avergonzaba tener que compartir su secreto con el sastre Abramka, pero como no había vuelta atrás, se tranquilizó y en un instante recuperó la serenidad.
—No sé de qué habla, señora Zarubkin —replicó Abramka. Adoptó un aire algo ofendido—. ¿Ha oído alguna vez que Abramka balbucee algo? Seguro que lo sabe en mi profesión; sabe que todo el mundo tiene algún secreto que guardar.
—Oh, debiste haberme malinterpretado, Abramka. ¿A qué clase de secretos te refieres?
“Bueno, una dama es un poco parcial, otra” —señaló su pecho— “no lo tiene lo suficientemente lleno, otra tiene los brazos flacuchos; esas cosas hay que cubrirlas, rellenarlas o atarlas para que se vean mejor. Ahí es donde entra nuestro arte. Pero tenemos el deber de no decir nada al respecto”.
Tatiana Grigorievna sonrió.
Bueno, te aseguro que así estoy bien. No hay nada en mí que necesite ser ocultado o rellenado.
—¡Ay, como si no lo supiera! Todo el mundo sabe que la figura de la señora Zarubkin es perfecta —exclamó Abramka, intentando halagar a su nueva clienta.
La señora Zarubkin se rió y se propuso recordar: «Todo el mundo sabe que la señora Zarubkin tiene una figura perfecta». Luego dijo:
“Ya sabéis que el baile tendrá lugar dentro de una semana”.
—Sí, claro, señora Zarubkina, en solo una semana; por desgracia, solo una semana —respondió Abramka suspirando.
—Pero ¿recuerdas tu promesa de hacerme el vestido para el baile esta vez?
—Señora Zarubkin —exclamó Abramka, llevándose la mano al corazón—. ¿He dicho que no estaba dispuesto a hacerlo? No, de hecho, dije que hay que hacerlo y hacerlo bien; para la señora Zarubkin, debe ser mejor que para cualquier otra persona. Eso es lo que pienso.
¡Espléndido! Justo lo que quería saber.
¿Pero por qué no me enseñas tu tela? ¿Por qué no me dices: «Aquí tienes, Abramka, aquí tienes la tela, haz un vestido»? Abramka trabajaba en ella día y noche.
—Ejem, es justo eso: no puedo encargarlo. Ahí es donde viene el problema. Dime, Abramka, ¿cuánto tiempo necesitas para hacer el vestido? Oye, ¿el más corto?
Abramka se encogió de hombros.
—Bueno, ¿una semana es demasiado para un vestido de baile como el que usted quiere? Hay que coserlo, no se puede pegar. Usted lo sabe, señora Zarubkin.
“¿Pero qué pasa si lo pido sólo tres días antes del baile?”
Abramka empezó.
¿Solo tres días antes del baile? ¿Un vestido de baile? ¿Soy un dios, señora Zarubkin? No soy más que el sastre de señoras, Abramka Stiftik.
—¡Pues entonces eres un buen sastre! —dijo Tatiana Grigóryevna con desdén—. En Moscú me hicieron un vestido de baile en dos días.
Abramka se levantó de un salto como si hubiera recibido un disparo y se golpeó el pecho.
—¿De verdad? —exclamó con tristeza—. Si en Moscú le hicieron un vestido de baile en dos días, pues bien, le haré uno, si es necesario, en un día. No comeré ni dormiré, y no dejaré que mi ayudante se vaya ni un minuto. ¿Qué le parece?
Siéntate, Abramka, muchas gracias. Espero no tener que presionarte tanto. De verdad que no depende de mí; de lo contrario, te habría encargado el vestido hace mucho tiempo.
¿No depende de ti? ¿De quién depende entonces?
—Ejem, depende de... pero ahora, Abramka, recuerda que esto es solo entre tú y yo: depende de la Sra. Shaldin.
¿Acerca de la Sra. Shaldin, la esposa del doctor? ¿Por qué ni siquiera está aquí?
—Justo eso. Por eso tengo que esperar. ¿Cómo es posible que un hombre tan inteligente como tú, Abramka, no comprenda la situación?
—¡Mmm, hm! A ver. —Abramka se devanó los sesos buscando la solución del acertijo. ¿Cómo era posible que la señora Shaldin, que estaba ausente, tuviera algo que ver con el pedido de un vestido de la señora Zarubkin? No, eso escapaba a su comprensión.
"Seguro que volverá a tiempo para el baile", dijo la señora Zarubkin, para darle la señal.
“Bueno, sí.”
“Y seguro que traerá consigo un vestido”.
"¡Ciertamente!"
“Un vestido del extranjero, algo que nunca habíamos visto aquí, algo muy original.”
—¡Señora Zarubkin! —gritó Abramka, como si le hubieran revelado una verdad de enorme importancia—. Señora Zarubkin, lo entiendo. ¡Claro que sí! Sí, pero será muy difícil.
"Eso es todo."
Abramka reflexionó un momento y luego dijo:
Le aseguro, señora Zarubkin, que no tiene por qué preocuparse. Le haré un vestido tan elegante como el del extranjero. Le aseguro que su vestido será el más elegante del baile, como siempre. Le aseguro que mi nombre no será Abramka Stiftik si...
Sus ansiosas afirmaciones no parecieron satisfacer del todo a la esposa del capitán. No estaba del todo tranquila. Lo interrumpió.
—¡Pero el estilo, Abramka, el estilo! Es imposible adivinar cuál es la última moda en el extranjero.
¿Por qué no voy a saber qué es la última moda, señora Zarubkin? En Kiev tengo un amigo que publica láminas de moda. Le telegrafiaré y enseguida me enviará fotos de los últimos modelos franceses. El telegrama costará solo ochenta centavos, señora Zarubkin, y le juro que copiaré cualquier vestido que me envíe. La señora Shaldin no puede tener un vestido así.
Está muy bien, y eso es lo que haremos. Aun así, debemos esperar a que regrese la Sra. Shaldin. ¿No lo ves, Abramka? Debo tener exactamente el mismo estilo que ella. ¿No lo ves? Para que nadie diga que está a la última moda.
En ese momento, Semiónov entró en la habitación con cautela. Vestía una chaqueta de aspecto peculiar y las viejas botas del capitán. Llevaba el pelo revuelto y los ojos le brillaban de forma sospechosa. Todo parecía indicar que había aprovechado la reanudación de su amistad con los hombres del médico como pretexto para tomar una copa.
—Tuve que ofrecerles un poco de brandy, Excelencia —dijo con descaro, pero al captar la mirada amenazante de su señora, bajó la cabeza con sentimiento de culpa.
—¡Idiota! —le gritó—. ¡Da la vuelta! Vete a la cocina.
En su desconcierto, Semiónov no había notado la presencia de Abramka. Ahora lo percibió, dio media vuelta y se retiró a la cocina tímidamente.
—¡Qué tipo más maleducado! —dijo Abramka con tono de reproche.
—Oh, no lo creerías —dijo la esposa del capitán, pero inmediatamente siguió a Semyonov a la cocina.
Semiónov, consciente de su terrible falta, intentó ponerse de pie y dar un informe.
Regresará, Excelencia, pasado mañana al anochecer. Envió un telegrama.
“¿Es eso cierto ahora?”
—Juro que es cierto. Shuchok lo vio con sus propios ojos.
Muy bien. Recibirás algo por esto.
“Sí, Su Excelencia.”
—Silencio, ganso. Anda, pon la mesa.
Abramka permaneció unos diez minutos más con la esposa del capitán y al salir dijo:
—Le aseguro una vez más, señora Zarubkin, que no tiene por qué preocuparse; solo elija el estilo y le haré un vestido que ni el mejor sastre de París podrá superar. —Se llevó la mano al corazón en señal de su intención de hacer todo lo posible por la señora Zarubkin.
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Eran las siete de la tarde. La señora Shaldin y su baúl habían llegado apenas media hora antes, pero la esposa del capitán ya estaba allí de visita, lo cual era señal de la cálida amistad que existía entre las dos mujeres. Se besaron y se pusieron a conversar. El doctor, un hombre alto de cuarenta y cinco años, parecía incómodo con la visita y miraba de reojo a su invitado con hostilidad. Esperaba pasar la noche tranquilamente con su esposa, y sabía muy bien que cuando las damas del regimiento venían a visitarse «solo un segundo», significaba pasar una noche entera escuchando conversaciones triviales.
No me creerías, querida, lo aburrida que estuve todo el tiempo que estuviste fuera, cuánto te extrañé, Natalie Semiónovna. Pero seguro que nunca pensaste en nosotras.
¡Ay, cómo puedes decir algo así! Pensaba en ti cada minuto, cada segundo. Si no hubiera tenido que terminar la cura, habría regresado hace mucho. Por muy bonito que sea estar lejos de casa, el único lugar donde vivir es con tus seres queridos.
Estos fueron solo los sondeos preliminares. Duraron, con variaciones, un cuarto de hora. Primero, la Sra. Shaldin narró algunos incidentes del viaje, luego la Sra. Zarubkin informó sobre algunos de los acontecimientos más importantes de la vida del regimiento. Cuando la conversación estaba en pleno auge, el samovar cantaba sobre la mesa y los panqueques desprendían su apetitoso aroma, la esposa del capitán exclamó de repente:
Me pregunto qué modas habrán en el mundo ahora. ¡Digo, seguro que te has deleitado con ellas!
La señora Shaldin simplemente respondió con un gesto de desprecio.
Puede que a otros les gusten, pero a mí no me gustan nada. Me alegra que aquí no los veamos hasta dentro de un año. Sabes, Tatiana Grigoryevna, a veces se ven los estilos más feos.
"¿De verdad?", preguntó la esposa del capitán con entusiasmo, con los ojos brillantes de curiosidad. El gran momento de la revelación completa parecía haber llegado.
Espantoso, te lo digo. Imagínate, ya sabes lo bonitas que eran las faldas lisas. ¿Entonces por qué cambiarlas? Pero no, para estar a la moda ahora, las faldas tienen que ser drapeadas. ¿Por qué? Es solo una señal de total falta de imaginación. Y en Lyon sacaron un nuevo tipo de seda, pero eso sigue siendo un secreto francés.
¿Por qué un secreto? ¿Seguro que ya se está usando la seda?
Sí, ya se ve que se usa, pero cuando se fabricó por primera vez, se mantuvo en secreto. Temían que los alemanes lo imitaran. ¿Entiendes?
“Oh, pero ¿cuál es la última moda?”
De verdad que no puedo explicártelo. Solo sé que es algo horrible.
¡No puede explicarlo! Eso significa que no quiere explicarlo. ¡Ay, la astuta! ¡Qué mirada tan taimada tiene! Eso pensó la esposa del capitán. Desde el principio de la conversación, las dos queridas amigas, sobra decirlo, desconfiaron mutuamente. Cada una estaba convencida de que todo lo que la otra decía debía interpretarse en el sentido contrario. Tenían más o menos la misma edad; la señora Shaldin posiblemente uno o dos años menor que la señora Zarubkin. La señora Zarubkin era bastante regordeta y tenía una cabellera clara y espesa. Su aspecto era radiante. La señora Shaldin era delgada, aunque bien proporcionada. Era morena, de tez pálida y grandes ojos oscuros. Eran dos tipos de belleza que muy probablemente dividirían a los caballeros del regimiento en dos bandos de admiradores. Pero las mujeres nunca se conforman con las mitades. La señora Zarubkin quería ver a todos los oficiales del regimiento a sus pies, y la señora Shaldin también. Naturalmente, esto condujo a una gran rivalidad entre las dos mujeres, de la que ambas eran conscientes, aunque siempre se dirigían las sonrisas más amistosas.
La señora Shaldin intentó darle un giro diferente a la conversación.
¿Crees que el baile estará interesante este año?
—¿Por qué debería ser interesante? —replicó la esposa del capitán con desdén—. Siempre la misma gente, el mismo trote monótono de siempre.
“¿Supongo que las damas han estado asediando a nuestro pobre Abramka?”
—La verdad es que no puedo decírtelo. Por lo que a mí respecta, apenas he visto lo que hizo para mí.
¿Qué tal? ¿No pediste tu vestido de Moscú otra vez?
—No, de verdad que no vale la pena. Estoy harto de todo esto. ¿Para qué tanta molestia? ¿Para quién? A nuestros oficiales les da igual cómo se vista uno. No tienen el más mínimo gusto.
"Hmm, hay algo detrás de eso", pensó la señora Shaldin.
La esposa del capitán continuó con aparente indiferencia:
Me imagino el vestido tan precioso que te hiciste en el extranjero. ¿A la última moda, sin duda?
—¿Yo? —La Sra. Shaldin rió con inocencia—. ¿Cómo pude tener tiempo durante mi cura para pensar en un vestido? De hecho, se me olvidó por completo el baile, se me ocurrió en el último momento y compré lo primero que encontré.
"¿Rosa?"
—¡Ay, no! ¡Cómo puedes decir rosa!
“¿Azul claro entonces?”
No se puede llamar exactamente azul claro. Es un color muy indefinido. La verdad es que no sabría cómo llamarlo.
—Pero seguro que tiene algún tipo de sombra, ¿no?
Puedes creerme o no si quieres, pero la verdad es que no lo sé. Es un tono muy indefinido.
“¿Es seda Sura?”
No, no soporto Sura. No se mantiene bien en los pliegues.
"Supongo que es crepe de China, ¿no?"
¡Cielos, no! La crepe de China es demasiado cara para mí.
“¿Entonces qué puede ser?”
Un momento, ¿cómo se llama ese producto? Ya sabes, hay tantos nombres raros ahora. No tienen ningún sentido.
—Entonces enséñame tu vestido, querida. Por favor, enséñame tu vestido.
La señora Shaldin parecía estar muy avergonzada.
Lo siento mucho, no puedo. Está al fondo del baúl. Ahí está el baúl. Ya ves, no podría desempacarlo ahora.
El baúl, pegado a la pared, estaba cubierto de hule y atado con gruesas cuerdas. La esposa del capitán lo devoraba con la mirada. Le habría gustado verlo a través de todo. No tenía nada que responder, porque ciertamente era imposible pedirle a su amiga, agotada por su reciente viaje, que empezara a desempacar de inmediato y sacara todas sus cosas solo para enseñarle su vestido nuevo. Sin embargo, no podía apartar la vista del baúl. Había en él una magia que la cautivaba. Si hubiera estado sola, habría empezado a desempacarlo ella misma, ni siquiera habría pedido ayuda a una criada para deshacer los nudos. Ahora no le quedaba más remedio que apartar la mirada con tristeza del fascinante objeto y buscar otro tema de conversación que le resultaría completamente indiferente. Pero no se le ocurría nada más de qué hablar. La señora Shaldin debía de haberse preparado de antemano. Debió de sospechar algo. Así que ahora la señora Zarubkin depositaba su última esperanza en la inventiva de Abramka. Ella miró el reloj.
—¡Dios mío! —exclamó, como sorprendida por lo tarde que era—. Tengo que irme. Yo tampoco quiero molestarte más, querida. Debes de estar muy cansada. Espero que descanses bien.
Estrechó la mano de la señora Shaldin, la besó y se fue.
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Abramka Stiftik acababa de quitarse el abrigo y planchaba las mangas de su camisa cuando una figura peculiar apareció en su tienda. Era la de un ordenanza corpulento con un uniforme desgastado, sin botones, y chanclos viejos en lugar de botas. Su rostro tenía un aspecto sombrío y estaba cubierto de una espesa mata de pelo. Abramka conocía bien esta figura. Siempre parecía recién despertado de un sueño profundo.
—Ah, Shuchok, ¿qué quieres?
—La señora Shaldin quiere que la visites —dijo Shuchok. Se comportó como si hubiera venido con una misión muy seria.
Ah, así es, su señora ha regresado. Me enteré. Verá, estoy muy ocupada. Aun así, puede decirle que voy enseguida. Solo quiero terminar de planchar el vestido de la señora Konopotkin.
Abramka simplemente quería guardar las apariencias, como siempre que lo llamaban. Pero su alegría al ser llamado por la señora Shaldin fue tan grande que, para asombro de sus ayudantes y de Shuchok, se marchó de inmediato.
Encontró a la Sra. Shaldin sola. No había dormido bien las dos noches anteriores y se había levantado tarde esa mañana. Su esposo se había marchado hacía tiempo al Hospital Militar. Ella estaba sentada junto a su baúl abierto, sacando sus cosas con mucho cuidado.
¿Cómo está, Sra. Shaldin? Bienvenida de nuevo a Chmyrsk. La felicito por su feliz llegada.
—¡Oh, qué tal, Abramka! —dijo la señora Shaldin encantada—. Hace mucho que no nos vemos, ¿verdad? Te echaba mucho de menos.
—Oh, Sra. Shaldin, debe haberlo pasado muy bien en el extranjero. ¿Pero para qué me necesita? ¿De verdad trajo un vestido?
—Abramka siempre viene bien —dijo la señora Shaldin en broma—. Las damas del regimiento estamos completamente indefensas sin Abramka. Siéntate.
Abramka se sentó. Se sentía mucho más a gusto en casa de la señora Shaldin que en la de la señora Zarubkin. La señora Shaldin no encargaba su ropa a Moscú. Era una clienta habitual suya. En esa habitación, muchas veces había dado vueltas alrededor de la esposa del médico con una regla, alfileres, tiza y tijeras, se había arrodillado junto a ella, se había puesto de pie, se había vuelto a inclinar y se había quedado dándole vueltas a algún difícil problema de costura: qué tan bajo debía cortarse el vestido en el cuello, qué tan larga debía ser la cola, qué tan ancho debía ser el dobladillo, etcétera. Ninguna dama del regimiento le encargaba tanto como la señora Shaldin. Su abuela le enviaba telas desde Kiev o el médico hacía un viaje profesional a Chernígov y siempre traía alguna tela; o a veces su tía, en Voronesh, le regalaba seda.
—Abramka siempre está dispuesto a servir primero a la señora Shaldin —dijo el sastre, aunque con una pequeña punzada de remordimiento, como si lo mordiera la conciencia.
¿Estás seguro de que dices la verdad? ¿Siempre se puede confiar en Abramka? ¿Eh? —Lo miró inquisitivamente con los párpados entrecerrados.
—¡Menuda pregunta! —replicó Abramka. Su rostro tembló levemente. Su incomodidad crecía—. ¿Acaso Abramka alguna vez...?
—Oh, pueden pasar cosas. Pero bueno, no importa. Traje un vestido. Tuve que mandarlo a hacer con mucha prisa, y aún queda un poco por terminar. Ahora bien, si te doy este vestido para que lo termines, ¿te aseguro que no le contarás a nadie cómo se hace?
—Señora Shaldin, ay, señora Shaldin —dijo Abramka con reproche. Sin embargo, su expresión no era tan tranquilizadora como de costumbre.
“¿Me das tu palabra de honor?”
—¡Claro! No me llamo Abramka Stiftik si...
—Bueno, está bien, confiaré en ti. Pero ten cuidado. ¿Sabes de quién debes tener cuidado?
¿Quién es esa señora Shaldin?
—Oh, sabes muy bien a quién me refiero. No, no tienes por qué ponerte la mano en el corazón. Vino a verme ayer e intentó por todos los medios averiguar cómo está hecho mi vestido. Pero no pudo sonsacármelo. —Abramka suspiró. La señora Shaldin pareció sospechar su traición—. Tengo razón, ¿verdad? Aún no se ha hecho el vestido, ¿verdad? Esperó a ver el mío, ¿verdad? Y te dijo que copiaras el estilo, ¿verdad? —preguntó la señora Shaldin con sincera ingenuidad—. Pero te advierto, Abramka, que si revelas el más mínimo detalle de mi vestido, todo se acabará entre tú y yo. Recuérdalo.
La mano de Abramka volvió a dirigirse a su corazón, y el gesto tenía el mismo sentido de convicción que antes.
—Señora Shaldin, ¿cómo puede hablar así?
“Espera un momento.”
La señora Shaldin salió de la habitación. Pasaron unos diez minutos, durante los cuales Abramka tuvo tiempo de sobra para reflexionar. ¿Cómo podía haberle hecho a la esposa del capitán una promesa tan a la ligera? ¿Qué era la esposa del capitán para él comparada con la esposa del médico? La señora Zarubkin nunca le había hecho un encargo realmente decente: solo unas cuantas cosas para la casa y algunos remiendos. Suponiendo que ahora le realizara este gran servicio, ¿significaría eso que podía confiar en ella para el futuro? ¿Se podía confiar en alguna mujer? Ella usaría este vestido y volvería a encargar su ropa a Moscú. Pero la señora Shaldin era muy diferente. Podía perdonarle que hubiera traído ese vestido del extranjero. ¿Qué mujer en Rusia se habría abstenido, estando en el extranjero, de comprar un vestido nuevo? La señora Shaldin seguiría siendo su clienta habitual de todos modos.
La puerta se abrió. Abramka se levantó involuntariamente y juntó las manos con asombro.
“Bueno”, exclamó entusiasmado, “eso es un vestido, eso es... ¡Vaya, vaya!” Estaba tan atónito que no pudo decir nada más. ¡Y qué encantadora se veía la Sra. Shaldin con su maravilloso vestido! Su figura alta y esbelta parecía hecha a medida. Qué líneas sencillas y a la vez elegantes. A primera vista, uno pensaría que no era más que un simple vestido de casa, pero solo a primera vista. Si lo volvía a mirar, se daba cuenta de inmediato de que cumplía todos los requisitos de un elegante vestido de gala. Lo que más le impactó a Abramka fue que no tenía cintura, que no constaba de corpiño y falda. Era extraño. Estaba ligeramente recogido bajo el busto, lo que realzaba. Cubría el conjunto una especie de prenda superior de exquisito encaje rosa antiguo bordado con grandes flores de seda, que caía desde los hombros y se ensanchaba en líneas audaces y soberbias. El vestido era de corte bajo y estaba ribeteado con una estrecha franja de plumón negro alrededor del busto, el bajo del drapeado de encaje y el bajo de la falda. Un maravilloso abanico de plumas a juego con el plumón le daba el toque final.
—Bueno, ¿qué te parece, Abramka? —preguntó la señora Shaldin con una sonrisa triunfante.
¡Glorioso, glorioso! No me salen las palabras. ¡Qué vestido! No, yo no podría hacer un vestido así. Y qué bonito le queda, como si lo hubiera llevado puesto, señora Shaldin. ¿Cómo se llama ese estilo?
"Imperio."
"¿Amperio?", preguntó. "¿Es un estilo nuevo? Bueno, bueno, en lo que la gente no piensa. Los sastres como nosotros mejor tiramos las agujas y las tijeras".
—Escucha, Abramka, no te lo habría mostrado si no fuera por esta costura. Eres la única que lo habrá visto antes del baile. Ni siquiera voy a dejar que mi esposo lo vea.
—Oh, Sra. Shaldin, puede confiar plenamente en mí. Pero después del baile, ¿puedo copiarlo?
—Sí, después del baile cópialo cuanto quieras, pero ahora no, por nada del mundo.
Abramka no albergaba dudas al salir de la casa del médico. Había tomado una decisión. Aquella magnífica creación lo había conquistado. Sería una audacia de su parte, pensó, incluso pensar en imitar semejante vestido. Pero no era un vestido. Era un sueño, una visión fantástica: sin corpiño, sin pompones, volantes ni adornos recargados. La sencillez personificada, y a la vez, tan chic.
De vuelta en su tienda, abrió el paquete de láminas de moda que acababa de llegar de Kiev. Pasó las páginas y se quedó mirando con asombro. ¿Qué era aquello? ¿Podía confiar en sus ojos? Un vestido estilo imperio. Allí estaba, con el amplio y voluptuoso drapeado de encaje colgando de los hombros y el ribete de plumón. Casi idéntico al de la señora Shaldin.
Levantó la vista y vio a Semiónov por la ventana. Seguramente había venido a buscarlo ante la esposa del capitán, quien debió de haberle ordenado que vigilara los movimientos del sastre y debió de enterarse de que acababa de estar en casa de la señora Shaldin. Semiónov entró y le dijo que su señora quería verlo enseguida.
Abramka cerró de golpe la revista de moda, como si temiera que Semyonov pudiera echar un vistazo a la nueva moda del Imperio y revelar el secreto.
"Vendré inmediatamente", dijo enojado.
Tomó sus láminas de moda, se guardó el metro en el bolsillo, se caló el sombrero de seda con tristeza y se dirigió a casa del capitán. Encontró a la señora Zarubkin paseándose emocionada por la habitación; la saludó, pero evitó mirarla a los ojos.
—Bueno, ¿qué descubriste?
—Nada, señora Zarubkin —dijo Abramka con desaliento—. Lamentablemente, no pude averiguar nada.
¡Idiota! No tengo paciencia contigo. ¿Dónde están las láminas de moda?
“Aquí, señora Zarubkin.”
Pasó las páginas, miró una imagen tras otra y, de repente, sus ojos brillaron y sus mejillas se enrojecieron.
—¡Oh, Empire! ¡Justo lo que necesitas! Empire es lo último. ¡Hazme este! —gritó con autoridad.
Abramka palideció.
—¿Ampeer, señora Zarubkin? No puedo hacerle ese vestido de Ampeer —murmuró.
“¿Por qué no?”, preguntó la esposa del capitán mirándolo fijamente.
“Porque… porque… no puedo.”
—¡Ah, ah, ah! ¿No puedes? Sabes por qué. Porque ese es el estilo del vestido de la Sra. Shaldin. ¿Así que esa es la fiabilidad de la que tanto presumes? ¡Genial!
—Señora Zarubkin, puedo hacer cualquier otro vestido que usted elija, pero me es absolutamente imposible hacer este.
—No necesito tus láminas de moda, ¿me oyes? ¡Fuera de aquí y no vuelvas a aparecer por aquí!
—Señora Zarubkin, yo…
—Sal de aquí —repitió la mujer del capitán, totalmente fuera de sí.
El pobre sastre guardó en su bolsillo la regla que ya había sacado y se fue.
Media hora después, la esposa del capitán subía a un tren con destino a Kiev, cargando un gran paquete con tela para un vestido. El capitán la había acompañado a la estación con el ceño fruncido. Eso fue cinco días antes del baile.
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En el baile, dos costosos vestidos estilo imperio destacaron notablemente entre los vestidos más o menos elegantes confeccionados en el taller de Abramka Stiftik, sastrería femenina. Uno adornaba la figura de la señora Shaldin, y el otro, la de la esposa del capitán.
La señora Zarubkin había comprado su vestido ya confeccionado en Kiev y regresó solo dos horas antes del comienzo del baile. Apenas tuvo tiempo de vestirse. Quizás hubiera sido mejor no haber asistido a este baile anual, si no hubiera hecho ese fatídico viaje a Kiev. Pues, comparado con la confección y el estilo del vestido de la señora Shaldin, que había sido traído del extranjero, el suyo parecía la imitación chapucera de una aficionada.
Eso era evidente para todos, aunque la esposa del capitán tenía su pequeño grupo de partidarios, quienes sostenían con exagerado entusiasmo que lucía extraordinariamente fascinante con su vestido y que la Sra. Shaldin seguía sin poder rivalizar con ella. Pero era indudable que había poca justicia en esta afirmación. Todos lo sabían mejor; lo peor de todo, la propia Sra. Zarubkin también. El triunfo de la Sra. Shaldin fue rotundo.
Las dos damas se intercambiaron las mismas sonrisas amistosas de siempre, pero una de ellas experimentaba el fino desdén y la burla del conquistador, mientras que la otra ardía por dentro con el furioso resentimiento de una diosa destronada, la diosa del baile anual.
A partir de ese momento Abramka evitó con cautela pasar por la casa del capitán.
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EL CRIADO
POR SAN SEMENOV
I
GRAMOErasim regresó a Moscú justo en el momento de mayor dificultad para encontrar trabajo, poco antes de Navidad, cuando uno se aferra incluso a un trabajo mediocre esperando un regalo. Durante tres semanas, el joven campesino había estado buscando en vano un trabajo.
Se alojó en casa de parientes y amigos de su pueblo, y aunque aún no había pasado grandes necesidades, le descorazonaba que él, un joven fuerte, se quedara sin trabajo.
Gerasim había vivido en Moscú desde su infancia. De niño, trabajó en una cervecería como lavabotellas y, más tarde, como sirviente en una casa. Durante los dos últimos años había trabajado como comerciante, y habría conservado ese puesto de no haber sido convocado de vuelta a su pueblo para el servicio militar. Sin embargo, no fue reclutado. El pueblo le parecía aburrido; no estaba acostumbrado a la vida rural, así que decidió que prefería contar piedras en Moscú que quedarse allí.
Cada minuto que pasaba se le hacía más pesado vagar por las calles sin hacer nada. No escatimó esfuerzos en su afán por conseguir trabajo. Molestaba a todos sus conocidos, incluso asaltaba a la gente en la calle preguntándoles si conocían alguna situación, todo en vano.
Finalmente, Gerasim ya no soportó ser una carga para su gente. Algunos estaban molestos por su visita; y otros habían sufrido disgustos por parte de sus amos por su culpa. No sabía qué hacer. A veces pasaba un día entero sin comer.
II
OhUn día, Gerasim fue a casa de un amigo de su pueblo, que vivía en las afueras de Moscú, cerca de Sokolnik. El hombre era cochero de un comerciante llamado Sharov, a cuyo servicio llevaba muchos años. Se había congraciado con su amo, tanto que Sharov confiaba plenamente en él y daba muestras de tenerlo en alta estima. Fue principalmente su facilidad de palabra lo que le había ganado la confianza de su amo. Delataba a todos los sirvientes, y Sharov lo apreciaba por ello.
Gerasim se acercó y lo saludó. El cochero le dio a su invitado una bienvenida digna, le sirvió té y algo de comer, y le preguntó cómo estaba.
—Muy mal, Yegor Danilych —dijo Gerasim—. Llevo semanas sin trabajo.
¿No le pediste a tu antiguo jefe que te aceptara nuevamente?
"Hice."
“¿No te aceptaría otra vez?”
“El puesto ya estaba cubierto.”
Así son ustedes, los jóvenes. Sirven a sus jefes más o menos, y cuando dejan sus trabajos, suelen haberles enturbiado el camino de regreso. Deben servir a sus amos para que los tengan en alta estima, y cuando regresen, no los rechazarán, sino que despedirán al hombre que los ha reemplazado.
¿Cómo puede un hombre hacer eso? Hoy en día no hay empleadores así, y tampoco somos precisamente ángeles.
¿De qué sirve malgastar palabras? Solo quiero hablarte de mí. Si por alguna razón tuviera que irme de aquí y volver a casa, el Sr. Sharov, si volviera, no solo me acogería sin decirme nada, sino que estaría encantado de hacerlo.
Gerasim se quedó allí abatido. Vio que su amigo se jactaba, y se le ocurrió complacerlo.
—Lo sé —dijo—. Pero es difícil encontrar hombres como tú, Yegor Danilych. Si fueras un trabajador pobre, tu amo no te habría mantenido doce años.
Yegor sonrió. Le gustó el elogio.
"Eso es", dijo. "Si vivieras y sirvieras como yo, no estarías sin trabajo durante meses y meses".
Gerasim no respondió nada.
Yegor fue convocado ante su amo.
—Espera un momento —le dijo a Gerasim—. Vuelvo enseguida.
"Muy bien."
III
YEgor regresó e informó que en media hora tendría que tener los caballos enjaezados, listos para llevar a su amo a la ciudad. Encendió su pipa y dio varias vueltas por la habitación. Entonces se detuvo frente a Gerasim.
-Escucha, muchacho -dijo-, si quieres, le pediré a mi amo que te acepte como sirviente aquí.
“¿Necesita un hombre?”
Tenemos uno, pero no sirve de mucho. Se está haciendo viejo y le cuesta mucho hacer el trabajo. Por suerte, el barrio no es muy animado y la policía no se preocupa por que todo esté impecable; de lo contrario, el viejo no podría mantener el lugar lo suficientemente limpio para ellos.
—Oh, si puedes, por favor, di una palabra por mí, Yegor Danilych. Rezaré por ti toda mi vida. Ya no soporto estar sin trabajo.
Está bien, hablaré por ti. Vuelve mañana y, mientras tanto, llévate esta moneda de diez kopeks. Puede que te sea útil.
Gracias, Yegor Danilych. ¿Entonces lo intentarás por mí? Por favor, hazme el favor.
Está bien. Lo intentaré por ti.
Gerasim se fue, y Yegor enganchó sus caballos. Luego se puso el hábito de cochero y se dirigió a la puerta principal. El Sr. Sharov salió de la casa, se sentó en el trineo y los caballos partieron al galope. Él atendió sus asuntos en la ciudad y regresó a casa. Yegor, al ver que su amo estaba de buen humor, le dijo:
“Yegor Fiodorych, tengo que pedirte un favor”.
"¿Qué es?"
Hay un joven de mi pueblo, un buen chico. Está sin trabajo.
"¿Bien?"
"¿No lo llevarías?"
¿Para qué lo quiero?
“Úsalo como encargado de todos los trabajos del lugar”.
¿Qué tal Polikarpych?
¿De qué sirve? Ya es hora de que lo despidas.
Eso no sería justo. Lleva tantos años conmigo. No puedo dejarlo ir así como así, sin motivo alguno.
Supongamos que lleva años trabajando para ti. No trabajó gratis. Le pagaron por ello. Seguro que ha ahorrado unos dólares para su vejez.
¡Ahorró! ¿Cómo pudo? ¿De qué? No está solo en el mundo. Tiene una esposa que mantener, y ella también tiene que comer y beber.
“Su esposa también gana dinero trabajando como limpiadora.”
¡Podría haber hecho un montón! Suficiente para kvas .
¿Por qué deberías preocuparte por Polikarpych y su esposa? A decir verdad, es un sirviente muy pobre. ¿Por qué malgastar tu dinero en él? Nunca quita la nieve a tiempo ni hace nada bien. Y cuando le toca ser vigilante nocturno, se escabulle al menos diez veces por noche. Hace demasiado frío para él. Ya verás, algún día, por su culpa, tendrás problemas con la policía. El inspector trimestral nos echará encima, y no te resultará muy agradable ser responsable de Polikarpych.
Aun así, es bastante duro. Lleva quince años conmigo. Y tratarlo así en su vejez sería un pecado.
¡Un pecado! ¿Qué daño le harías? No se morirá de hambre. Irá a un hospicio. Será mejor para él también estar tranquilo en su vejez.
Sharov reflexionó.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Trae a tu amigo. Veré qué puedo hacer.
Llévelo, señor. Lo siento mucho por él. Es un buen chico y lleva mucho tiempo sin trabajo. Sé que hará bien su trabajo y le servirá fielmente. Por tener que presentarse al servicio militar, perdió su último puesto. De no haber sido por eso, su amo nunca lo habría dejado ir.
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IV
A la tarde siguiente Gerasim volvió y preguntó:
—Bueno, ¿podrías hacer algo por mí?
—Algo, creo. Primero tomemos un té. Luego iremos a ver a mi amo.
Ni siquiera el té le atraía. Ansiaba una decisión; pero, obligado por la cortesía hacia su anfitrión, se bebió dos vasos de té de un trago y luego se dirigieron a Sharov.
Sharov le preguntó a Gerasim dónde había vivido antes y qué trabajo podía hacer. Luego le dijo que estaba dispuesto a contratarlo como encargado de todo, y que regresaría al día siguiente listo para ocupar el puesto.
Gerasim quedó bastante atónito ante el gran golpe de suerte. Su alegría era tan inmensa que apenas podía sostenerlo con las piernas. Fue a la habitación del cochero, y Yegor le dijo:
Bueno, muchacho, asegúrate de hacer bien tu trabajo, para que no tenga que avergonzarme de ti. Ya sabes cómo son los maestros. Si te equivocas una vez, te perseguirán para siempre con sus críticas y nunca te dejarán en paz.
—No te preocupes por eso, Yegor Danilych.
“Bueno, bueno.”
Gerasim se despidió, cruzando el patio para salir por la puerta. Las habitaciones de Polikarpych daban al patio, y un amplio haz de luz desde la ventana iluminaba el camino de Gerasim. Tenía curiosidad por vislumbrar su futuro hogar, pero los cristales estaban cubiertos de escarcha y era imposible mirar a través de ellos. Sin embargo, podía oír lo que decían los que estaban dentro.
“¿Qué haremos ahora?”, dijo una voz de mujer.
—No sé, no sé —respondió un hombre, sin duda Polikarpych—. Supongo que iré a mendigar.
“Eso es todo lo que podemos hacer. No nos queda nada más”, dijo la mujer. “Ay, los pobres, qué vida tan miserable llevamos. Trabajamos y trabajamos desde temprano hasta tarde en la noche, día tras día, y cuando envejecemos, entonces nos dicen: "¡Fuera de aquí!"”.
¿Qué podemos hacer? Nuestro amo no es de los nuestros. No valdría la pena hablarle mucho al respecto. Solo le importa su propio beneficio.
Todos los amos son tan mezquinos. No piensan en nadie más que en sí mismos. No se les ocurre que trabajamos para ellos con honestidad y fidelidad durante años, y que empleamos nuestras mejores fuerzas en su servicio. Temen retenernos un año más, aunque tenemos toda la fuerza necesaria para hacer su trabajo. Si no fuéramos lo suficientemente fuertes, nos iríamos por nuestra propia voluntad.
No es tanto el amo como su cochero quienes tienen la culpa. Yegor Danilych quiere conseguir un buen puesto para su amigo.
Sí, es una serpiente. Sabe cómo mover la lengua. Espera, malhablada, me vengaré de ti. Iré directo al amo y le diré cómo lo engaña, cómo le roba el heno y el forraje. Lo pondré por escrito, y él podrá convencerse de que ese tipo miente sobre todos nosotros.
—No, anciana. No peques.
¿Pecado? ¿No es verdad lo que dije? Sé exactamente lo que digo, y pienso decírselo sin rodeos al amo. Debería verlo con sus propios ojos. ¿Por qué no? ¿Qué podemos hacer ahora? ¿Adónde iremos? Nos ha arruinado, nos ha arruinado.
La anciana rompió a sollozar.
Gerasim oyó todo eso, y le dolió como una daga. Comprendió la desgracia que traería a los ancianos, y le dolió profundamente. Permaneció allí un buen rato, entristecido, absorto en sus pensamientos, luego se dio la vuelta y regresó a la habitación del cochero.
“Ah, ¿olvidaste algo?”
—No, Yegor Danilych —balbució Gerasim—. He venido. Escuche. Quiero agradecerle infinitamente por la forma en que me recibió y por todas las molestias que se tomó por mí, pero no puedo ocupar el lugar.
—¡Qué! ¿Qué significa eso?
Nada. No quiero el lugar. Buscaré otro para mí.
Yegor se puso furioso.
¿Querías burlarte de mí, idiota? Vienes aquí con tanta humildad: «Inténtalo, inténtalo», y luego te niegas a aceptar el puesto. ¡Pícaro, me has deshonrado!
Gerasim no supo qué responder. Se sonrojó y bajó la mirada. Yegor le dio la espalda con desprecio y no dijo nada más.
Entonces Gerasim recogió su gorra en silencio y salió de la habitación del cochero. Cruzó el patio rápidamente, salió por la puerta y se apresuró calle abajo. Se sentía feliz y despreocupado.
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UNA NOCHE DE OTOÑO
POR MÁXIMO GORKY
OhUna vez, en otoño, me encontré en una situación muy desagradable e incómoda. En el pueblo al que acababa de llegar, donde no conocía a nadie, me encontré sin un céntimo en el bolsillo y sin alojamiento.
Habiendo vendido durante los primeros días todas las partes de mi traje sin las cuales aún era posible seguir adelante, pasé de la ciudad al barrio llamado “Yste”, donde estaban los muelles de los barcos de vapor, un barrio que durante la temporada de navegación fermentaba con una vida bulliciosa y laboriosa, pero que ahora estaba silencioso y desierto, porque estábamos en los últimos días de octubre.
Arrastrando mis pies por la arena húmeda y escrutándola obstinadamente con el deseo de descubrir en ella algún trozo de comida, vagaba solo entre los edificios y almacenes desiertos, y pensaba en lo bueno que sería conseguir una comida completa.
En nuestro estado actual de cultura, el hambre mental se satisface más rápidamente que el hambre corporal. Deambulas por las calles, rodeado de edificios de aspecto agradable por fuera y —puedes decirlo con seguridad— no tan mal amueblados por dentro, y su vista puede despertar en ti ideas estimulantes sobre arquitectura, higiene y muchos otros temas sabios y trascendentales. Puedes encontrarte con gente vestida con gusto y pulcritud, todos muy educados, que se apartan de ti con tacto, sin querer ofender a nadie por la lamentable realidad de tu existencia. En fin, la mente de un hombre hambriento siempre está mejor nutrida y más sana que la de un hombre bien alimentado; y ahí tienes una situación de la que puedes extraer una conclusión muy ingeniosa a favor de un hombre mal alimentado.
Se acercaba la tarde, llovía a cántaros y el viento soplaba con fuerza desde el norte. Silbaba en los puestos y tiendas vacíos, se colaba por los cristales enlucidos de las tabernas y convertía en espuma las olas del río que chapoteaban ruidosamente en la orilla arenosa, proyectando sus crestas blancas, una tras otra perdiéndose en la penumbra, y saltando impetuosamente unas sobre otras. Parecía como si el río sintiera la proximidad del invierno y corriera al azar, alejándose de las cadenas de hielo que el viento del norte bien podría haberle lanzado esa misma noche. El cielo estaba denso y oscuro; de él caían incesantemente gotas de lluvia apenas visibles, y la melancólica elegía de la naturaleza que me rodeaba se veía realzada por un par de sauces maltrechos y deformes y un bote, boca abajo, amarrado a sus raíces.
La canoa volcada con su quilla maltratada y los viejos y miserables árboles azotados por el viento frío... todo a mi alrededor estaba en bancarrota, estéril y muerto, y el cielo fluía con lágrimas insecables... Todo alrededor era desolado y sombrío... parecía como si todo estuviera muerto, dejándome solo entre los vivos, y a mí también me esperaba una muerte fría.
Tenía entonces dieciocho años: ¡qué buena época!
Caminé y caminé por la arena fría y húmeda, haciendo que mis dientes castañetearan en honor al frío y al hambre, cuando de repente, mientras buscaba con cuidado algo para comer detrás de una de las cajas vacías, vi detrás, agachada en el suelo, una figura con ropa de mujer empapada por la lluvia y aferrada a sus hombros encorvados. De pie sobre ella, observé qué hacía. Parecía que estaba cavando una zanja en la arena con las manos, excavando bajo una de las cajas.
—¿Por qué haces eso? —pregunté, agachándome sobre mis talones muy cerca de ella.
Dio un pequeño grito y se puso de pie rápidamente. Mientras me miraba fijamente, con sus ojos grises abiertos y llenos de terror, me di cuenta de que era una chica de mi edad, con un rostro muy agradable, desgraciadamente embellecido por tres grandes manchas azules. Esto la estropeó, aunque estas manchas azules habían sido distribuidas con un notable sentido de la proporción, una a una, y todas eran del mismo tamaño: dos bajo los ojos y una un poco más grande en la frente, justo por encima del puente de la nariz. Esta simetría era evidentemente obra de un artista habituado a estropear la fisonomía humana.
La muchacha me miró y el terror en sus ojos se fue apagando poco a poco... Se sacudió la arena de las manos, se ajustó el gorro de algodón, se encogió y dijo:
¿Supongo que tú también quieres comer algo? ¡A comer! Tengo las manos cansadas. Allí —asintió con la cabeza en dirección a un puesto—, seguro que hay pan... y también salchichas... Ese puesto sigue abierto.
Empecé a cavar. Ella, tras esperar un rato y observarme, se sentó a mi lado y empezó a ayudarme.
Trabajamos en silencio. No puedo decir ahora si en ese momento pensé en el código penal, en la moral, en la propiedad y en todas esas cosas en las que, según mucha gente experimentada, uno debería pensar a cada instante de su vida. Para ser lo más fiel posible a la verdad, debo confesar que, al parecer, estaba tan absorto en hurgar bajo la caja que me olvidé por completo de todo lo demás, salvo de una cosa: ¿qué podía haber dentro de esa caja?
La noche avanzaba. La niebla gris, mohosa y fría se espesaba cada vez más a nuestro alrededor. Las olas rugían con un sonido más hueco que antes, y la lluvia repiqueteaba sobre las tablas de aquel cajón con más fuerza y frecuencia. En algún lugar, el sereno empezó a hacer sonar su carraca.
"¿Tiene fondo o no?", preguntó mi asistente en voz baja. No entendí de qué hablaba y guardé silencio.
Digo, ¿tiene fondo la caja? Si lo tiene, intentaremos en vano forzarla. Aquí estamos cavando una zanja, y puede que, después de todo, no encontremos más que tablas sólidas. ¿Cómo las sacamos? Mejor rompamos la cerradura; es una cerradura de mala muerte.
Las buenas ideas rara vez llegan a la mente de las mujeres, pero, como ven, a veces sí. Siempre las he valorado y he intentado aprovecharlas al máximo.
Tras encontrar la cerradura, tiré de ella y la arranqué por completo. Mi cómplice se agachó de inmediato y se deslizó como una serpiente dentro de la caja, abierta de par en par, desde donde me llamó con aprobación en voz baja:
“¡Eres un ladrillo!”
Hoy en día, un pequeño elogio de una mujer me es más preciado que un ditirambo entero de un hombre, aunque sea más elocuente que todos los oradores antiguos y modernos juntos. Entonces, sin embargo, me sentía menos afable que ahora, y, sin prestar atención al cumplido de mi camarada, le pregunté seca y ansiosamente:
"¿Hay algo?"
Con tono monótono se puso a calcular nuestros descubrimientos.
“Una cesta llena de botellas, pieles gruesas, una sombrilla y un cubo de hierro”.
Todo esto era indigerible. Sentí que mis esperanzas se habían desvanecido... Pero de repente, ella exclamó con vivacidad:
¡Ajá! ¡Aquí está!
"¿Qué?"
“Pan... una hogaza... está solo húmeda... ¡tómala!”
Un pan voló a mis pies, y tras él, mi valiente compañera. Ya había mordido un bocado, me lo había metido en la boca y lo estaba masticando...
—¡Ven, dame un poco también!... Y no debemos quedarnos aquí... ¿Adónde vamos? —Miró inquisitivamente a su alrededor... Estaba oscuro, húmedo y bullicioso.
¡Mira! Hay una canoa volcada allá... ¡Vamos allá!
¡Vámonos, pues! Y partimos, destrozando nuestro botín a medida que avanzábamos y llenándonos la boca con grandes porciones... La lluvia arreció, el río rugió; de alguna parte resonó un prolongado silbido burlón, como si Alguien grande que no temía a nadie estuviera silbando aniquilando todas las instituciones terrenales y, con ellas, este horrible viento otoñal y a nosotros, sus héroes. Este silbido me latía con fuerza el corazón, a pesar de lo cual seguí comiendo con avidez, y en este sentido la muchacha, que caminaba a mi izquierda, me seguía el paso.
“¿Cómo te llaman?” le pregunté. No sé por qué.
—Natasha —respondió ella secamente, masticando ruidosamente.
La miré fijamente. Me dolía el corazón; y entonces miré la niebla que tenía ante mí, y me pareció como si el rostro hostil de mi Destino me sonriera enigmática y fríamente.
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La lluvia azotaba incesantemente la madera del esquife, y su suave repiqueteo inspiraba melancolía. El viento silbaba al deslizarse por una grieta hacia el maltrecho fondo del bote, donde algunas astillas sueltas de madera chocaban entre sí: un sonido inquietante y deprimente. Las olas del río salpicaban la orilla, y sonaban monótonas y desesperanzadoras, como si contaran algo insoportablemente monótono y pesado, que los aburría hasta el asco, algo de lo que querían huir y, sin embargo, se veían obligados a hablar. El sonido de la lluvia se mezclaba con el chapoteo, y un largo suspiro parecía flotar sobre el esquife volcado: el interminable y fatigoso suspiro de la tierra, herida y agotada por los eternos cambios del brillante y cálido verano al frío, brumoso y húmedo otoño. El viento soplaba continuamente sobre la desolada orilla y el espumoso río; soplaba y cantaba sus melancólicas canciones...
Nuestra posición bajo el refugio del esquife era completamente incómoda; era estrecho y húmedo, diminutas gotas de lluvia fría se filtraban por el fondo dañado; ráfagas de viento lo penetraban. Nos sentamos en silencio, temblando de frío. Recordé que quería dormir. Natasha apoyó la espalda contra el casco del bote y se hizo un ovillo. Abrazándose las rodillas con las manos y apoyando la barbilla sobre ellas, miró fijamente al río con los ojos muy abiertos; en la pálida mancha de su rostro, parecían inmensos, debido a las marcas azules debajo. No se movió, y esta inmovilidad y silencio —lo sentí— gradualmente me infundieron terror hacia mi vecina. Quería hablar con ella, pero no sabía cómo empezar.
Fue ella misma quien habló.
“¡Qué maldita cosa es la vida!”, exclamó con claridad, distraídamente y en un tono de profunda convicción.
Pero esto no era una queja. En estas palabras había demasiada indiferencia para ser una queja. Esta alma sencilla pensó según su entendimiento, pensó y procedió a formular cierta conclusión que expresó en voz alta, y que no pude refutar por miedo a contradecirme. Por lo tanto, guardé silencio, y ella, como si no me hubiera notado, permaneció sentada inmóvil.
“Aunque nos quedáramos sin aliento... ¿qué pasaría entonces...?”, repitió Natasha, esta vez en voz baja y reflexiva, sin que se percibiera un solo atisbo de queja en sus palabras. Era evidente que, al reflexionar sobre la vida, esta persona se ocupaba de su propio caso y había llegado a la convicción de que, para protegerse de las burlas de la vida, no podía hacer otra cosa que simplemente “quedársenos sin aliento”, como ella misma lo expresó.
La claridad de esta línea de pensamiento me resultó indescriptiblemente triste y dolorosa, y sentí que si seguía callado, estaba destinado a llorar... Y habría sido vergonzoso hacerlo delante de una mujer, sobre todo porque ella no lloraba. Decidí hablarle.
"¿Quién te golpeó?", pregunté. Por el momento no se me ocurrió nada más sensato ni más delicado.
“Pashka lo hizo todo”, respondió en un tono monótono y sereno.
“¿Y quién es él?”
“Mi amante... era panadero.”
“¿Te golpeaba a menudo?”
“Siempre que estaba borracho me pegaba... ¡A menudo!”
Y de repente, volviéndose hacia mí, empezó a hablar de ella, de Pashka y de sus relaciones. Él era panadero de bigotes rojos y tocaba muy bien el banjo. Fue a verla y la complació mucho, pues era un tipo alegre y vestía ropa limpia y bonita. Tenía un chaleco que costaba quince rublos y botas con corpiño. Por estas razones, ella se había enamorado de él, y él se convirtió en su acreedor. Y cuando se convirtió en su acreedor, se dedicó a quitarle el dinero que sus otras amigas le daban para comprar caramelos, y, emborrachándose con ese dinero, se ponía a pegarle; pero eso no habría sido nada si no hubiera empezado también a perseguir a otras chicas ante sus propios ojos.
¿No fue eso un insulto? No soy peor que los demás. Claro que eso significaba que se reía de mí, el sinvergüenza. Anteayer le pedí permiso a mi señora para salir un rato, fui a verlo, y allí encontré a Dimka sentado a su lado, borracho. Y él también estaba medio borracho. Le dije: "¡Sinvergüenza!". Y me dio una buena paliza. Me dio patadas y me arrastró del pelo. Pero eso no fue nada comparado con lo que vino después. ¡Me arruinó todo lo que llevaba puesto! ¡Me dejó tal como estoy! ¿Cómo iba a presentarme ante mi señora? Me arruinó todo... mi vestido y mi chaqueta también; era completamente nueva; di cinco libras por ella... y me arrancó el pañuelo de la cabeza... ¡Ay, Dios mío! ¿Qué será de mí ahora?", gimió de repente con una voz lastimera y forzada.
El viento aullaba, y se hacía cada vez más frío y más fuerte... De nuevo mis dientes empezaron a bailar arriba y abajo, y ella, acurrucada para evitar el frío, se apretó contra mí lo más que pudo, de modo que pude ver el brillo de sus ojos a través de la oscuridad.
¡Qué miserables son todos ustedes! Los quemaría a todos en un horno; los cortaría en pedazos. Si alguno de ustedes se estuviera muriendo, le escupiría en la boca y no le tendría ni una pizca de compasión. ¡Malditos zorrillos! Engatusan y engatusan, menean la cola como perros cobardes, y nosotros, los necios, nos entregamos a ustedes, ¡y se acabó todo! Enseguida nos pisotean... Miserables holgazanes.
Nos maldijo una y otra vez, pero no había en sus maldiciones vigor, malicia ni odio hacia estos «miserables holgazanes», según pude percibir. Su tono no correspondía en absoluto con el tema, pues era bastante tranquilo, y su voz era terriblemente pobre.
Sin embargo, todo esto me impresionó más que los libros y discursos pesimistas más elocuentes y convincentes, de los que había leído muchísimos y que aún hoy leo. Y esto, como ven, se debía a que la agonía de un moribundo es mucho más natural y violenta que las descripciones más minuciosas y pintorescas de la muerte.
Me sentí realmente mal, más por el frío que por las palabras de mi vecino. Gemí suavemente y apreté los dientes.
Casi en ese mismo momento sentí dos bracitos a mi alrededor: uno me tocaba el cuello y el otro se posaba sobre mi cara, y al mismo tiempo una voz ansiosa, suave y amigable pronunció la pregunta:
"¿Qué te pasa?"
Estaba a punto de creer que alguien más me preguntaba esto y no Natasha, quien acababa de declarar que todos los hombres eran unos sinvergüenzas y deseaba su destrucción. Pero era ella, y ahora empezó a hablar rápido, con prisa.
¿Qué te pasa, eh? ¿Tienes frío? ¿Te congelas? ¡Ay, qué rara eres, sentada ahí tan silenciosa como un pequeño búho! ¡Hace tiempo que deberías haberme dicho que tenías frío! Ven... túmbate en el suelo... estírate y yo me quedaré... ¡ahí! ¿Qué te parece? ¡Ahora abrázame... más fuerte! ¿Qué te parece? Pronto entrarás en calor... Y luego nos acostaremos espalda con espalda... La noche pasará tan rápido, a ver si no. Digo... ¿tú también has estado bebiendo?... ¿Te han echado de tu casa?... No importa.
Y ella me consoló... Ella me animó.
¡Maldito sea yo tres veces! ¡Qué ironía tan grande había en este simple hecho para mí! ¡Imagínense! Allí estaba yo, seriamente ocupado en ese preciso momento con el destino de la humanidad, pensando en la reorganización del sistema social, en las revoluciones políticas, leyendo toda clase de libros diabólicos y sabios cuya profundidad abismal era ciertamente insondable para sus propios autores; en ese preciso momento, digo, intentaba con todas mis fuerzas convertirme en una «poderosa fuerza social activa». Incluso me parecía que había logrado parcialmente mi objetivo; en fin, en ese momento, en mis ideas sobre mí mismo, había llegado a reconocer que tenía el derecho exclusivo a existir, que poseía la grandeza necesaria para merecer vivir mi vida y que era plenamente competente para desempeñar un papel histórico importante en ella. Y ahora una mujer me calentaba con su cuerpo, una criatura miserable, maltratada, perseguida, que no tenía lugar ni valor en la vida, y a la que nunca había pensado en ayudar hasta que ella misma me ayudó, y a la que realmente no habría sabido cómo ayudar de ninguna manera incluso si se me hubiera ocurrido.
¡Ah! Estaba a punto de creer que todo esto me estaba sucediendo en un sueño, en un sueño desagradable y opresivo.
Pero, ¡uf! Me era imposible creerlo, pues las frías gotas de lluvia me caían encima, la mujer se apretaba contra mí, su cálido aliento me abanicaba la cara y, a pesar de un ligero olor a vodka, me sentaba bien. El viento aullaba y rugía, la lluvia golpeaba el esquife, las olas salpicaban, y ambos, abrazados convulsivamente, temblábamos de frío. Todo esto era demasiado real, y estoy seguro de que nadie soñó jamás un sueño tan opresivo y horrible como esa realidad.
Pero Natasha hablaba sin parar de una cosa u otra, con amabilidad y simpatía, como solo las mujeres saben hablar. Bajo la influencia de su voz y sus palabras amables, un pequeño fuego comenzó a arder en mi interior, y algo en mi corazón se derritió en consecuencia.
Entonces las lágrimas brotaron de mis ojos como una granizada, lavando de mi corazón mucha maldad, mucha estupidez, mucha tristeza y suciedad que se habían acumulado en él antes de esa noche. Natasha me consoló.
¡Vamos, vamos, con eso basta, pequeña! ¡No te arriesgues! ¡Con eso basta! Dios te dará otra oportunidad... te enderezarás y volverás a estar en tu lugar... y todo estará bien...
Y ella seguía besándome... muchos besos me dio... besos ardientes... y todo para nada...
Aquellos fueron los primeros besos que una mujer me había dado, y también fueron los mejores besos, porque todos los besos posteriores me costaron terriblemente caros y realmente no me dieron nada a cambio.
—¡Vamos, no te compliques tanto, graciosa! Me encargaré de ti mañana si no encuentras sitio. Su susurro suave y persuasivo resonó en mis oídos como si viniera de un sueño...
Allí nos quedamos hasta el amanecer...
Y cuando amaneció, salimos sigilosamente de detrás del bote y entramos en la ciudad... Luego nos despedimos amistosamente y nunca más nos volvimos a encontrar, aunque durante medio año busqué por todos los agujeros y rincones a esa amable Natasha, con la que pasé la noche de otoño que acabo de describir.
Si ya ha fallecido —y bien por ella si así fuera—, ¡que descanse en paz! Y si está viva... aun así, le digo: "¡Paz a su alma!". Y que la conciencia de su caída nunca la acompañe... pues sería un sufrimiento superfluo e infructuoso si se quiere vivir...
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SU AMANTE
POR MÁXIMO GORKY
AUn conocido mío me contó una vez la siguiente historia:
Cuando estudiaba en Moscú, viví casualmente con una de esas damas de dudosa reputación. Era polaca, y la llamaban Teresa. Era una morena alta y robusta, con cejas negras y pobladas y un rostro grande y tosco, como tallado a hacha; el brillo bestial de sus ojos oscuros, su voz grave y ronca, su andar de cochero y su inmenso vigor muscular, digno de una pescadera, me horrorizaban. Vivía en el piso superior y su buhardilla estaba frente a la mía. Nunca dejaba la puerta abierta cuando sabía que estaba en casa. Pero esto, después de todo, era muy poco frecuente. A veces me la encontraba por casualidad en la escalera o en el patio, y me sonreía con una sonrisa que me parecía pícara y cínica. De vez en cuando, la veía borracha, con los ojos legañosos, el pelo enmarañado y una sonrisa particularmente espantosa. En esas ocasiones, me hablaba.
"¡Qué tal, señor estudiante!", y su risa estúpida intensificaba aún más mi odio hacia ella. Me habría gustado cambiar de habitación para evitar tales encuentros y saludos; pero mi pequeño dormitorio era bonito, tenía una vista tan amplia desde la ventana, y siempre había tanto silencio en la calle de abajo... así que lo soportaba.
Y una mañana me encontraba despatarrada en mi sofá, tratando de encontrar alguna excusa para no asistir a mi clase, cuando la puerta se abrió y la voz grave de Teresa la repugnante resonó desde mi umbral:
“¡Buena salud, señor estudiante!”
"¿Qué quieres?", pregunté. Vi que su rostro estaba confundido y suplicante... Era un rostro muy inusual en ella.
¡Señor! Quisiera pedirle un favor. ¿Me lo concedería?
Me quedé allí en silencio y pensé:
—¡Dios mío! ¡Ánimo, muchacho!
“Quiero enviar una carta a casa, eso es lo que es”, dijo; su voz era suplicante, suave, tímida.
"¡Que te lleve el diablo!", pensé; pero me levanté de un salto, me senté a la mesa, tomé una hoja de papel y dije:
“¡Ven aquí, siéntate y dicta!”
Ella vino, se sentó con mucho cuidado en una silla y me miró con expresión culpable.
“Bueno, ¿a quién quieres escribir?”
“A Boleslav Kashput, en la ciudad de Svieptziana, en la carretera de Varsovia...”
“¡Bueno, dispara!”
Mi querido Boles... mi querido... mi fiel amante. ¡Que la Madre de Dios te proteja! Corazón de oro, ¿por qué no le has escrito a tu afligida palomita, Teresa, desde hace tanto tiempo?
Casi me echo a reír. "¡Una palomita triste!", de más de metro y medio de altura, con puños de un kilo y más de peso, y una cara tan negra como si hubiera vivido toda su vida en una chimenea y nunca se hubiera lavado. Conteniéndome de alguna manera, pregunté:
“¿Quién es este Bolest?”
—Boles, señor estudiante —dijo, como si se ofendiera conmigo por haberme equivocado con el nombre—, él es Boles, mi joven.
"¡Joven!"
¿Por qué se sorprende tanto, señor? ¿Acaso yo, siendo chica, no puedo tener un hombre joven?
¿Ella? ¿Una chica? ¡Vaya!
—¿Por qué no? —dije—. Todo es posible. ¿Y lleva mucho tiempo siendo tu novio?
“Seis años.”
"¡Ay, ay!", pensé. "Bueno, déjanos escribir tu carta..."
Y os digo claramente que de buen grado me habría cambiado por este Boles si su bella corresponsal no hubiera sido Teresa, sino algo menos que ella.
—Le agradezco de todo corazón, señor, sus amables servicios —me dijo Teresa con una reverencia—. Quizás pueda prestarle algún servicio, ¿ de acuerdo?
—No, de todos modos le agradezco humildemente.
“¿Quizás, señor, sus camisas o sus pantalones necesiten un pequeño remiendo?”
Sentí que aquel mastodonte con enaguas me había hecho sonrojar de vergüenza y le dije con mucha severidad que no tenía ninguna necesidad de sus servicios.
Ella se fue.
Transcurrieron una o dos semanas. Era de noche. Estaba sentado junto a la ventana silbando y pensando en algún recurso para desconectar de mí mismo. Estaba aburrido; hacía mal tiempo. No quería salir, y por puro hastío comencé un curso de autoanálisis y reflexión. Esto también era bastante aburrido, pero no me importaba hacer nada más. Entonces se abrió la puerta. ¡Alabado sea el cielo! Alguien entró.
—Oh, señor estudiante, espero que no tenga ningún asunto urgente que atender.
Era Teresa. ¡Hum!
—No. ¿Qué pasa?
“Le iba a pedir, señor, que me escribiera otra carta”.
—¡Muy bien! Por Boles, ¿eh?
“No, esta vez es de él.”
"¿Qué-qué?"
¡Qué tonta soy! No es para mí, señor estudiante, le ruego me disculpe. Es para un amigo mío, es decir, no un amigo, sino un conocido, un hombre conocido. Tiene una novia igual que yo, Teresa. Así son las cosas. ¿Podría escribirle una carta a Teresa, señor?
La miré: su rostro estaba preocupado, sus dedos temblaban. Al principio estaba un poco aturdido, pero luego comprendí por qué.
—Mire, mi señora —dije—, no hay Boles ni Teresas, y me ha estado contando un montón de mentiras. No vuelva a andar a escondidas. No tengo ningún deseo de cultivar su amistad. ¿Entiende?
Y de repente, se sintió extrañamente aterrorizada y angustiada; empezó a balancearse de un pie a otro sin moverse del sitio, y farfullaba cómicamente, como si quisiera decir algo y no pudiera. Esperé a ver qué saldría de todo esto, y vi y sentí que, al parecer, había cometido un gran error al sospechar que ella quería apartarme del camino de la rectitud. Evidentemente, era algo muy diferente.
—¡Señor Estudiante! —empezó, y de repente, con un gesto de la mano, se giró bruscamente hacia la puerta y salió. Me quedé con una sensación muy desagradable. Escuché. Su puerta se cerró de golpe; era evidente que la pobre muchacha estaba muy enfadada... Lo pensé y decidí ir a verla e invitarla a entrar y escribirle todo lo que quisiera.
Entré en su apartamento. Miré a mi alrededor. Estaba sentada a la mesa, apoyada en los codos y con la cabeza entre las manos.
“Escúchame”, dije.
Ahora, cada vez que llego a este punto de mi historia, me siento terriblemente incómodo e idiota. ¡Vaya, vaya!
“Escúchame”, dije.
Saltó de su asiento, vino hacia mí con ojos centelleantes y, poniendo sus manos sobre mis hombros, comenzó a susurrar, o más bien a tararear con su peculiar voz de bajo:
¡Mira! Es así. No hay Boles, ni Teresa. ¿Pero qué te importa? ¿Te cuesta dibujar sobre papel? ¿Eh? ¡Ah, y tú también! ¡Sigues siendo un niño rubio! No hay nadie, ni Boles, ni Teresa, solo yo. ¡Ahí lo tienes, y que te sirva de mucho!
—¡Perdón! —dije, completamente atónito por semejante recibimiento—. ¿De qué se trata? ¿Dices que no hay Boles?
—No. Así es.
“¿Y Teresa tampoco?”
—Y no Teresa. Soy Teresa.
No lo entendí en absoluto. La miré fijamente e intenté discernir quién de los dos estaba perdiendo el juicio. Pero ella volvió a la mesa, buscó algo, regresó a mí y dijo con tono ofendido:
Si tanto te costó escribirle a Boles, mira, ahí está tu carta, ¡tómala! Otros escribirán por mí.
Miré. En su mano estaba mi carta para Boles. ¡Uf!
¡Escucha, Teresa! ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué tienes que pedirle a otros que escriban por ti si yo ya lo he escrito y tú no lo has enviado?
"¿A dónde lo enviaste?"
—Pues a esto... Boles.
“No existe tal persona.”
No lo entendí en absoluto. No me quedó más remedio que escupir e irme. Entonces me lo explicó.
—¿Qué pasa? —dijo, todavía ofendida—. No existe tal persona, te lo aseguro —y extendió los brazos como si ella misma no comprendiera por qué no existía—. Pero yo quería que fuera... ¿Acaso no soy una criatura humana como los demás? Sí, sí, lo sé, lo sé, claro... Sin embargo, que yo sepa, no le hice daño a nadie por escribirle...
“Disculpe, ¿a quién?”
“A Boles, por supuesto.”
“Pero él no existe.”
¡Ay! ¡Ay! ¿Y si no existe? ¡No existe, pero podría! Le escribo, y parece que sí existió. Y Teresa, esa soy yo, y me responde, y luego le vuelvo a escribir...
Por fin lo comprendí. Y me sentí tan mal, tan miserable, tan avergonzado, de alguna manera. A mi lado, a menos de tres metros, vivía una criatura humana que no tenía a nadie en el mundo que la tratara con cariño, con cariño, ¡y esta criatura humana se había inventado una amiga!
¡Mira! Me escribiste una carta a Boles y se la di a alguien para que me la leyera; y cuando me la leyeron, escuché y creí que Boles estaba allí. Y te pedí que me escribieras una carta de Boles a Teresa, es decir, a mí. Cuando me escriben una carta así y me la leen, tengo la plena seguridad de que Boles está allí. Y, como resultado, mi vida se vuelve más fácil.
“¡Te tomaré por tonto!”, me dije a mí mismo cuando oí esto.
Y desde entonces, regularmente, dos veces por semana, le escribía una carta a Boles, y una respuesta de Boles a Teresa. Escribía bien esas respuestas... Ella, por supuesto, las escuchaba y lloraba a mares, rugía, diría yo, con su voz de bajo. Y a cambio de conmoverla hasta las lágrimas con cartas reales del imaginario Boles, empezó a remendar los agujeros que tenía en mis calcetines, camisas y otras prendas. Posteriormente, unos tres meses después de que comenzara esta historia, la metieron en la cárcel por alguna razón. Sin duda, para entonces ya está muerta.
Mi conocido sacudió la ceniza de su cigarrillo, miró pensativo al cielo y concluyó:
Bueno, bueno, cuanto más ha probado una criatura humana lo amargo, más anhela las dulzuras de la vida. Y nosotros, envueltos en los harapos de nuestras virtudes, mirando a los demás a través de la niebla de nuestra autosuficiencia y convencidos de nuestra impecabilidad universal, no lo entendemos.
Y todo resulta bastante estúpido y cruel. Las clases caídas, decimos. ¿Y quiénes son las clases caídas, me gustaría saber? Son, ante todo, personas con los mismos huesos, carne, sangre y nervios que nosotros. Nos lo han dicho día tras día durante siglos. Y de hecho escuchamos, y solo el diablo sabe lo horrible que es todo. ¿O estamos completamente depravados por la ruidosa sermoneada del humanismo? En realidad, también somos gente caída y, hasta donde puedo ver, profundamente caídos en el abismo de la autosuficiencia y la convicción de nuestra propia superioridad. Pero basta de esto. Todo es tan viejo como las montañas, tan viejo que da vergüenza hablar de ello. Muy viejo, sí, ¡eso es lo que es!
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LÁZARO
POR LEONID ANDREYEV
I
OCuando Lázaro resucitó de la tumba, tras tres días y tres noches en la misteriosa servidumbre de la muerte, y regresó vivo a su hogar, pasó mucho tiempo antes de que alguien notara las malvadas peculiaridades en él que luego harían terrible su nombre. Sus amigos y familiares estaban jubilosos de su regreso a la vida. Lo rodearon de ternura, le prodigaron sus atenciones, dedicando el mayor cuidado a su comida y bebida, y a las nuevas prendas que le confeccionaron. Lo vistieron suntuosamente con los brillantes colores de la esperanza y la risa, y cuando, ataviado como un novio, se sentó a la mesa con ellos de nuevo, comió y bebió de nuevo, lloraron con ternura y convocaron a los vecinos para que contemplaran al hombre milagrosamente resucitado.
Los vecinos acudieron conmovidos de alegría. Llegaron forasteros de pueblos y ciudades lejanas para venerar el milagro. Prorrumpieron en exclamaciones estruendosas y zumbaron alrededor de la casa de María y Marta, como abejas.
Lo nuevo en el rostro y los gestos de Lázaro lo explicaron con naturalidad como las huellas de su grave enfermedad y la conmoción que había sufrido. Era evidente que la desintegración del cuerpo había sido detenida por un poder milagroso, pero que la restauración no había sido completa; que la muerte había dejado en su rostro y cuerpo el efecto de un boceto inacabado de un artista visto a través de un cristal fino. En sus sienes, bajo los ojos y en el hueco de su mejilla yacía un azul espeso y terroso. Sus dedos también estaban azules, y bajo sus uñas, que habían crecido mucho en la tumba, el azul se había vuelto lívido. Aquí y allá, en sus labios y cuerpo, la piel, ampollada en la tumba, se había reventado, dejando grietas rojizas y brillantes, como si estuviera cubierta de una baba fina y vidriosa. Y había engordado excesivamente. Su cuerpo estaba horriblemente hinchado y sugería el fétido y húmedo olor de la putrefacción. Pero el olor cadavérico y denso que se aferraba a sus ropas funerarias y, al parecer, a su propio cuerpo, pronto desapareció, y al cabo de un tiempo, el azul de sus manos y rostro se suavizó, y las grietas rojizas de su piel se suavizaron, aunque nunca desaparecieron por completo. Tal era el aspecto de Lázaro en su segunda vida. Parecía natural solo para quienes lo habían visto enterrado.
No solo el rostro de Lázaro, sino su propio carácter, al parecer, había cambiado; aunque no asombraba a nadie ni atraía la atención que merecía. Antes de morir, Lázaro había sido alegre y despreocupado, amante de la risa y las bromas inofensivas. Fue por su buen humor, agradable y apacible, su ausencia de mezquindad y tristeza, que había sido tan querido por el Maestro. Ahora estaba serio y silencioso; ni bromeaba ni se reía de las bromas de los demás; y las palabras que pronunciaba ocasionalmente eran sencillas, ordinarias y necesarias, palabras tan carentes de sentido y profundidad como los sonidos con los que un animal expresa dolor y placer, sed y hambre. Palabras así un hombre puede pronunciar toda su vida y nadie conocería jamás las penas y alegrías que habitaban en su interior.
Así fue como Lázaro se sentó a la mesa festiva entre sus amigos y parientes: su rostro, el rostro de un cadáver sobre el cual, durante tres días, la muerte había reinado en la oscuridad; sus vestiduras, espléndidas y festivas, brillaban con oro, rojo sangre y púrpura; su semblante pesado y silencioso. Estaba horriblemente cambiado y extraño, pero aún no había sido descubierto. En altas olas, ahora suaves, ahora tormentosas, las festividades continuaban a su alrededor. Cálidas miradas de amor acariciaban su rostro, aún frío por el roce de la tumba; y la mano cálida de un amigo palmeó su mano azulada y pesada. Y la música tocaba melodías alegres mezcladas con los sonidos del tímpano, la flauta, la cítara y el dulcémele. Era como si las abejas zumbaran, las langostas zumbaran y los pájaros cantaran sobre el feliz hogar de María y Marta.
II
SAlguien levantó el velo imprudentemente. Con un solo susurro, destruyó el sereno encanto y descubrió la verdad en su horrible desnudez. Ningún pensamiento se definía con claridad en su mente cuando, sonriendo, preguntó: «¿Por qué no nos dices, Lázaro, qué había allí?». Y todos guardaron silencio, impresionados por la pregunta. Solo entonces parecían haberles ocurrido que Lázaro llevaba tres días muerto; y miraban con curiosidad, esperando una respuesta. Pero Lázaro permaneció en silencio.
"¿No nos lo dirás?", se preguntó el indagador. "¿Tan terrible es allí?"
De nuevo su pensamiento se rezagó tras sus palabras. Si las hubiera precedido, no habría hecho la pregunta, pues, en el preciso instante en que la pronunció, un miedo terrible le encogió el corazón. Todos se inquietaron; esperaban ansiosamente las palabras de Lázaro. Pero él permanecía silencioso, frío y severo, con la mirada baja. Y entonces, como si fuera la primera vez, percibieron la horrible azulada de su rostro y la repugnante corpulencia de su cuerpo. Sobre la mesa, como olvidada por Lázaro, yacía su mano lívida y azul, y todas las miradas estaban fijas en ella, como esperando la respuesta deseada de esa mano. Los músicos seguían tocando; luego el silencio los invadió también, y los alegres sonidos se apagaron, como brasas dispersas que se extinguen con agua. La flauta enmudeció, y el tímpano resonante y el dulcémele murmurante; y como si una cuerda se rompiera, como si la canción misma se extinguiera, la cítara resonó con un tembloroso sonido roto. Luego todo quedó en silencio.
—¿No lo harás? —repitió el indagador, incapaz de contener su balbuceo. Reinó el silencio, y la mano azulada y lívida permaneció inmóvil. Se movió ligeramente, y la compañía suspiró aliviada y alzó la vista. Lázaro, resucitado de entre los muertos, los miraba fijamente, abrazándolos a todos con una sola mirada, pesada y terrible.
Esto ocurrió al tercer día de que Lázaro resucitara de la tumba. Desde entonces, muchos habían sentido que su mirada era la de la destrucción, pero ni quienes habían sido aplastados para siempre por ella, ni quienes en la flor de la vida (misteriosa como la muerte) habían encontrado la fuerza para resistirse a su mirada, pudieron explicar jamás el terror que yacía inamovible en lo profundo de sus pupilas negras. Parecía tranquilo y sencillo. Se sentía que no tenía intención de ocultar nada, pero tampoco de decir nada. Su mirada era fría, como la de alguien completamente indiferente a todo lo vivo. Y muchas personas despreocupadas que se apiñaban a su alrededor sin reparar en él, aprendieron más tarde con asombro y temor el nombre de este hombre corpulento y tranquilo que los rozaba con sus suntuosas y llamativas vestimentas. El sol no dejaba de brillar cuando miraba, ni la fuente dejaba de fluir, y el cielo oriental permanecía despejado y azul como siempre; pero el hombre que cayó bajo su inescrutable mirada ya no podía sentir el sol, ni oír la fuente, ni reconocer su cielo natal. A veces lloraba amargamente, a veces se arrancaba el pelo desesperado y pedía ayuda con desesperación; pero generalmente ocurría que los hombres, así azotados por la mirada de Lázaro, comenzaban a desvanecerse con indiferencia y en silencio, y caían en una muerte lenta que duraba muchos años. Morían en presencia de todos, descoloridos, ojerosos y sombríos, como árboles marchitos en un terreno rocoso. Los que gritaban desesperados a veces volvían a la vida; pero los demás, nunca.
—¿Así que no nos dirás, Lázaro, qué viste allí? —repitió el indagador por tercera vez. Pero ahora su voz era apagada, y un cansancio gris y muerto se reflejaba estúpidamente en sus ojos. Los rostros de todos los presentes también estaban cubiertos por el mismo cansancio gris y muerto, como una niebla. Los invitados se miraban estúpidamente, sin saber por qué se habían reunido ni por qué estaban sentados alrededor de esa suntuosa mesa. Dejaron de hablar y sintieron vagamente que era hora de irse; pero no pudieron superar la lasitud que se extendía por sus músculos. Así que continuaron sentados allí, cada uno aislado, como pequeñas luces tenues dispersas en la oscuridad de la noche.
A los músicos se les pagaba por tocar, y volvieron a tomar los instrumentos y tocaron de nuevo melodías alegres o tristes. Pero era música hecha a la medida, siempre las mismas melodías, y los invitados escuchaban con asombro. ¿Por qué era necesaria esta música?, pensaban, ¿por qué era necesaria y de qué servía que la gente tocara cuerdas y soplara con las mejillas en flautas delgadas, produciendo sonidos variados y extraños?
¡Qué mal tocan!, dijo alguien.
Los músicos, insultados, se marcharon. Entonces los invitados se marcharon uno a uno, pues se acercaba la noche. Y cuando la silenciosa oscuridad los envolvió y se les hizo más fácil respirar, la imagen de Lázaro se alzó repentinamente ante cada uno con severo esplendor. Allí estaba, con el rostro azul de un cadáver y la vestimenta de un novio, suntuoso y resplandeciente, en sus ojos esa fría mirada en cuyas profundidades acechaba ¡ Lo Horrible! Se quedaron inmóviles como petrificados. La oscuridad los rodeó, y en medio de esta oscuridad resplandeció la horrible aparición, la visión sobrenatural, de aquel que durante tres días había yacido bajo el inconmensurable poder de la muerte. Tres días había estado muerto. Tres veces había salido y se había puesto el sol, y él yacía muerto. Los niños habían jugado, el agua había murmurado al correr sobre las rocas, el polvo caliente había nublado el camino, y él había muerto. Y ahora estaba de nuevo entre los hombres, los tocaba, los miraba, ¡ los miraba! Y a través de los círculos negros de sus pupilas, como a través de unas gafas oscuras, lo insondable contemplaba a la humanidad.
III
norteNadie cuidó de Lázaro, y ningún amigo ni pariente permaneció con él. Solo el gran desierto, que envolvía la Ciudad Santa, se acercó al umbral de su morada. Entró en su casa, se acostó en su lecho como un esposo y apagó todos los fuegos. Nadie cuidó de Lázaro. Uno tras otro se fueron, incluso sus hermanas, María y Marta. Durante mucho tiempo, Marta no quiso dejarlo, pues no sabía quién lo cuidaría; y lloró y rezó. Pero una noche, cuando el viento soplaba por el desierto y los cipreses susurrantes se inclinaban sobre el tejado, se vistió en silencio y se fue en silencio. Lázaro probablemente oyó el portazo —no había cerrado bien y el viento la golpeaba continuamente contra el poste—, pero no se levantó, no salió, no intentó averiguar la razón. Y toda la noche hasta la mañana, los cipreses silbaron sobre su cabeza, y la puerta se balanceó de un lado a otro, dejando entrar en su morada al desierto frío y ávido. Todos lo rehuían como a un leproso. Querían ponerle una campanilla en el cuello para no encontrárselo. Pero alguien, palideciendo, comentó que sería terrible si por la noche, bajo las ventanas, se oyera la campana de Lázaro, y todos palidecieron y asintieron.
Como no hacía nada por sí mismo, probablemente se habría muerto de hambre si sus vecinos, atemorizados, no le hubieran guardado comida. Los niños se la llevaban. No le temían, ni se reían de él con la inocente crueldad con la que los niños suelen reírse de los desafortunados. Le eran indiferentes, y Lázaro mostraba la misma indiferencia hacia ellos. No mostró ningún deseo de agradecerles sus servicios; no intentó acariciar las manos oscuras ni mirar los ojitos brillantes y sencillos. Abandonada a los estragos del tiempo y del desierto, su casa se estaba derrumbando, y sus cabras hambrientas y balantes llevaban tiempo dispersas entre sus vecinos. Su traje de boda había envejecido. Lo llevaba sin cambiarlo, como se lo había puesto aquel feliz día en que tocaron los músicos. No veía la diferencia entre lo viejo y lo nuevo, entre lo roto y lo entero. Los brillantes colores estaban quemados y descoloridos; los perros feroces de la ciudad y las afiladas espinas del desierto habían destrozado las finas vestiduras.
Durante el día, cuando el sol caía sin piedad sobre todos los seres vivos, y hasta los escorpiones se escondían bajo las piedras, convulsionados por un loco deseo de picar, él permanecía sentado inmóvil bajo los ardientes rayos, levantando en alto su rostro azul y su barba salvaje y peluda.
Mientras la gente aún no temía hablarle, uno de ellos le preguntó: «¡Pobre Lázaro! ¿Te resulta agradable sentarte así y mirar el sol?». Y él respondió: «Sí, es agradable».
A la gente se le ocurrió el pensamiento de que el frío de los tres días en la tumba había sido tan intenso, su oscuridad tan profunda, que no había en toda la tierra suficiente calor ni luz para calentar a Lázaro y aligerar la tristeza de sus ojos; y los que preguntaban se alejaban con un suspiro.
Y cuando el sol poniente, plano y rojo púrpura, descendió a la tierra, Lázaro se internó en el desierto y caminó derecho hacia él, como si pretendiera alcanzarlo. Siempre caminaba directamente hacia el sol, y quienes intentaron seguirlo y averiguar qué hacía de noche en el desierto tenían grabada indeleblemente en la mente la silueta negra de un hombre alto y corpulento contra el fondo rojo de un inmenso disco. Los horrores de la noche los ahuyentaron, y así nunca supieron qué hacía Lázaro en el desierto; pero la imagen de la forma negra contra el rojo quedó grabada para siempre en sus cerebros. Como un animal con una brasa en el ojo que frota furiosamente el hocico contra las patas, se frotaron los ojos tontamente; pero la impresión dejada por Lázaro fue imborrable, olvidada solo con la muerte.
Había gente que vivía lejos que nunca había visto a Lázaro y solo había oído hablar de él. Con una curiosidad audaz, más fuerte que el miedo y que se alimenta del miedo, con una mueca secreta en el corazón, algunos se acercaron a él un día mientras tomaba el sol y entablaron conversación con él. Para entonces, su aspecto había mejorado y ya no era tan aterrador. Al principio, los visitantes chasquearon los dedos y pensaron con desaprobación en los insensatos habitantes de la Ciudad Santa. Pero al terminar la breve charla y regresar a casa, su expresión fue tal que los habitantes de la Ciudad Santa comprendieron al instante su propósito y dijeron: «Aquí van otros locos a quienes Lázaro ha mirado». Los oradores levantaron las manos en silenciosa compasión.
Llegaron otros visitantes, entre ellos valientes guerreros con armaduras tintineantes, que no conocían el miedo, y jóvenes alegres que se divertían con risas y canciones. Comerciantes ajetreados, haciendo tintinear sus monedas, entraron corriendo un rato, y los orgullosos sirvientes del Templo colocaron sus bastones a la puerta de Lázaro. Pero nadie regresó igual que había venido. Una sombra aterradora cayó sobre sus almas y dio una nueva apariencia al viejo mundo familiar.
Los que sintieron algún deseo de hablar, después de haber sido impactados por la mirada de Lázaro, describieron el cambio que se había producido en ellos más o menos así:
Todos los objetos visibles y palpables se volvieron vacíos, ligeros y transparentes, como si fueran sombras en la oscuridad; y esta oscuridad envolvió el universo entero. No fue disipada ni por el sol, ni por la luna, ni por las estrellas, sino que abrazó la tierra como una madre, cubriéndola con un velo negro infinito .
Penetró en todos los cuerpos, incluso en el hierro y la piedra; y las partículas del cuerpo perdieron su unidad y se volvieron solitarias. Penetró hasta el corazón de las partículas, y las partículas de las partículas se volvieron solitarias .
El vasto vacío que rodea el universo no estaba lleno de cosas vistas, de sol o de luna o de estrellas; se extendía sin límites, penetrando por todas partes, desuniendo todo, cuerpo de cuerpo, partícula de partícula .
En el vacío los árboles extendían sus raíces, ellos también vacíos; en el vacío se alzaban templos fantasmales, palacios y casas, todos vacíos; y en el vacío se movía el Hombre inquieto, él mismo vacío y ligero, como una sombra .
Ya no existía la noción del tiempo; el principio y el fin de todas las cosas se fundían en uno. En el preciso instante en que se erigía un edificio y se oía a los constructores golpear con sus martillos, parecía ya ver sus ruinas, y luego el vacío donde estaban las ruinas .
Acababa de nacer un hombre, y ya se habían encendido en su cabecera las velas funerarias, y luego se apagaron; y pronto hubo vacío donde antes habían estado el hombre y las velas.
Y rodeado de Oscuridad y Vacío, el Hombre temblaba desesperanzado ante el pavor del Infinito .
Así hablaron quienes deseaban hablar. Pero mucho más podrían haber dicho quienes no quisieron hablar y murieron en silencio.
IV
AEn aquella época vivía en Roma un célebre escultor llamado Aurelio. Con arcilla, mármol y bronce, creó figuras de dioses y hombres de tal belleza que esta belleza fue proclamada inmortal. Pero él mismo no estaba satisfecho, y afirmó que existía una belleza suprema que nunca había logrado expresar en mármol ni en bronce. «Todavía no he captado el resplandor de la luna», dijo; «todavía no he captado el resplandor del sol. No hay alma en mi mármol, no hay vida en mi hermoso bronce». Y cuando, a la luz de la luna, deambulaba lentamente por los caminos, cruzando las negras sombras de los cipreses, con su túnica blanca brillando a la luz de la luna, quienes se encontraba solían reír afablemente y decir: «¿Es luz de luna lo que estás captando, Aurelio? ¿Por qué no trajiste algunas cestas?».
Y él también se reía y señalaba sus ojos y decía: “Aquí están las cestas en las que recojo la luz de la luna y el resplandor del sol”.
Y esa era la verdad. En sus ojos brillaban la luna y el sol. Pero no podía transmitir su resplandor al mármol. Ahí residía la mayor tragedia de su vida. Era descendiente de una antigua raza de patricios, tenía una buena esposa e hijos, y salvo en este único aspecto, no le faltaba nada.
Cuando le llegó el sombrío rumor sobre Lázaro, consultó con su esposa y amigos y decidió emprender el largo viaje a Judea para ver al hombre milagrosamente resucitado. Se sentía solo en aquellos días y esperaba que el camino le renovara las energías. Lo que le contaban de Lázaro no lo asustaba. Había meditado mucho sobre la muerte. No le gustaba, ni le gustaban quienes intentaban armonizarla con la vida. Por un lado, la vida hermosa; por el otro, la muerte misteriosa, razonó, y nada mejor podía sucederle a un hombre que vivir, disfrutar de la vida y de la belleza de vivir. Y ya había concebido el deseo de convencer a Lázaro de la verdad de esta opinión y devolverle la vida a su alma, tal como le había sido devuelto el cuerpo. Esta tarea no parecía imposible, pues los informes sobre Lázaro, por aterradores y extraños que fueran, no revelaban toda la verdad sobre él, sino que solo transmitían una vaga advertencia contra algo terrible.
Lázaro se estaba levantando de una piedra para seguir el camino del sol poniente, cuando al anochecer se le acercó el rico romano, acompañado de un esclavo armado, y con voz resonante le llamó: «¡Lázaro!».
Lázaro vio un rostro orgulloso y hermoso, radiante por la fama, y ropas blancas y joyas preciosas que brillaban a la luz del sol. Los rojizos rayos del sol daban a la cabeza y al rostro una semejanza de bronce tenuemente brillante; eso fue lo que vio Lázaro. Se recostó en su asiento obedientemente y bajó la mirada con cansancio.
—Es cierto que no eres hermoso, mi pobre Lázaro —dijo el romano en voz baja, jugando con su cadena de oro—. Eres incluso espantoso, mi pobre amigo; y la muerte no fue perezosa el día en que tan despreocupadamente caíste en sus brazos. Pero estás gordo como un tonel, y «los gordos no son malos», como dijo el gran César. No entiendo por qué la gente te tiene tanto miedo. ¿Me permitirías quedarme contigo esta noche? Ya es tarde, y no tengo dónde alojarme.
Nadie jamás le había pedido a Lázaro que le permitiera pasar la noche con él.
“No tengo cama”, dijo.
—Tengo algo de guerrero y puedo dormir sentado —respondió el romano—. Haremos una luz.
“No tengo luz.”
Entonces conversaremos en la oscuridad como dos amigos. ¿Tienes vino?
“No tengo vino.”
El romano se rió.
Ahora entiendo por qué estás tan triste y por qué no te gusta tu segunda vida. ¿No tienes vino? Bueno, nos las arreglaremos sin él. Ya sabes que hay palabras que se suben a la cabeza tanto como el vino de Falerno.
Con un gesto de la cabeza, despidió al esclavo y se quedaron solos. Y de nuevo habló el escultor, pero parecía como si el sol poniente hubiera penetrado en sus palabras. Se desvanecieron, pálidas y vacías, como si temblaran sobre pies débiles, como si resbalaran y cayeran, ebrias del vino de la angustia y la desesperación. Y negros abismos aparecieron entre los dos hombres, como remotos indicios de vasto vacío y vasta oscuridad.
—¡Ahora soy tu huésped y no me maltratarás, Lázaro! —dijo el romano—. La hospitalidad es obligatoria incluso para quienes llevan tres días muertos. Me han dicho que estuviste tres días en la tumba. Debió de hacer frío allí... y de ahí has traído esta mala costumbre de prescindir de la luz y del vino. Me gusta la luz. Aquí oscurece tan rápido. Tus cejas y tu frente tienen una línea curiosa: como las ruinas de castillos cubiertos por las cenizas de un terremoto. Pero ¿por qué llevas una ropa tan extraña y fea? He visto a los novios de tu país; llevan ropas así, ropas tan ridículas, ropas tan horribles... ¿Eres un novio?
El sol ya había desaparecido. Una gigantesca sombra negra se acercaba velozmente desde el oeste, como si prodigiosos pies descalzos crujieran sobre la arena. Y las brisas frías se acercaban sigilosamente.
En la oscuridad pareces aún más grande, Lázaro, como si hubieras engordado en estos pocos minutos. ¿Acaso te alimentas de la oscuridad?... Y quisiera una luz... solo una pequeña luz... solo una pequeña luz. Y tengo frío. Las noches aquí son tan frías... Si no fuera tan oscuro, diría que me mirabas, Lázaro. Sí, parece que me miras. Me miras. ¡ Me miras! ... Lo siento: ahora sonríes.
La noche había llegado y una densa oscuridad llenaba el aire.
Qué bien será cuando salga el sol mañana... Sabes que soy un gran escultor... así me llaman mis amigos. Creo, sí, dicen que creo, pero para eso se necesita la luz del día. Doy vida al frío mármol. Fundo el bronce resonante en el fuego, en un fuego brillante y ardiente. ¿Por qué me tocaste con la mano?
«Ven», dijo Lázaro, «eres mi huésped». Y entraron en la casa. Y las sombras de la larga tarde cayeron sobre la tierra...
El esclavo finalmente se cansó de esperar a su amo, y cuando el sol ya estaba alto, llegó a la casa. Y vio, directamente bajo sus ardientes rayos, a Lázaro y a su amo sentados juntos. Miraron hacia arriba y guardaron silencio.
El esclavo lloró y gritó en voz alta: «¡Amo, qué te pasa, Amo!»
Ese mismo día, Aurelio partió hacia Roma. Durante todo el camino permaneció pensativo y en silencio, examinándolo todo con atención: la gente, el barco y el mar, como si intentara recordar algo. En el mar, una gran tormenta los sorprendió, y durante todo ese tiempo Aurelio permaneció en cubierta, observando con interés las olas que se acercaban y se detenían. Al llegar a casa, su familia se quedó atónita ante el terrible cambio en su actitud, pero él los tranquilizó con estas palabras: «¡Lo he encontrado!».
Con la ropa polvorienta que había usado durante todo el viaje y que no se había cambiado, comenzó su trabajo, y el mármol respondió con un sonido resonante a los resonantes golpes del martillo. Trabajó largo y tendido, sin dejar entrar a nadie. Por fin, una mañana, anunció que la obra estaba lista y dio instrucciones para que se reunieran todos sus amigos, así como los severos críticos y jueces de arte. Entonces se vistió con suntuosas vestiduras, resplandecientes de oro, con el púrpura del bisín.
“Esto es lo que he creado”, dijo pensativo.
Sus amigos lo miraron, e inmediatamente una profunda tristeza cubrió sus rostros. Era algo monstruoso, sin ninguna de las formas familiares a la vista, pero con un atisbo de alguna nueva forma desconocida. En una ramita delgada y tortuosa, o mejor dicho, en una horrible semejanza de una, yacían montones torcidos, extraños, feos e informes de algo vuelto del revés o del revés: fragmentos salvajes que parecían intentar escapar débilmente de sí mismos. Y, accidentalmente, bajo una de las proyecciones salvajes, notaron una mariposa maravillosamente esculpida, con alas transparentes, temblando como si tuviera un débil deseo de volar.
“¿Por qué esa maravillosa mariposa, Aurelio?”, preguntó alguien tímidamente.
“No lo sé”, respondió el escultor.
Había que decir la verdad, y uno de sus amigos, el que más quería a Aurelio, dijo: «Esto es feo, pobre amigo. Hay que destruirlo. Dame el martillo». Y de dos golpes destruyó la monstruosa masa, dejando solo la mariposa maravillosamente esculpida.
Después de eso, Aurelio no creó nada. Contempló con absoluta indiferencia el mármol, el bronce y sus propias creaciones divinas, en las que habitaba la belleza inmortal. Con la esperanza de reavivar en él la antigua llama de la inspiración, con la idea de despertar su alma muerta, sus amigos lo llevaron a ver las hermosas creaciones de otros, pero permaneció indiferente y ninguna sonrisa calentó sus labios cerrados. Y solo después de que le hablaran largo y tendido de belleza, respondía con cansancio:
“Pero todo esto es… mentira.”
Y durante el día, cuando brillaba el sol, se adentraba en su exuberante y hermoso jardín, y, buscando un lugar sin sombra, exponía su cabeza descubierta y sus ojos apagados al brillo y al calor abrasador del sol. Mariposas rojas y blancas revoloteaban; hacia la cisterna de mármol corría agua salpicando de la boca torcida de un sátiro felizmente ebrio; pero él permanecía inmóvil, como una pálida sombra de aquel otro que, en una tierra lejana, a las puertas mismas del desierto pedregoso, también permanecía inmóvil bajo el sol ardiente.
V
AY finalmente sucedió que Lázaro fue llamado a Roma por el gran Augusto.
Lo vistieron con suntuosas vestiduras, como si se hubiera ordenado que fuera el novio de una novia desconocida hasta el mismo día de su muerte. Era como si un viejo ataúd, podrido y desmoronado, fuera redorado una y otra vez, y le colgaran alegres borlas. Y solemnemente lo condujeron con atuendo de gala, como si en realidad se tratara de una procesión nupcial, mientras los corredores tocaban a gritos la trompeta para que se abriera paso a los embajadores del Emperador. Pero los caminos por los que pasó estaban desiertos. Toda su tierra natal maldijo el execrable nombre de Lázaro, el hombre milagrosamente resucitado, y la gente se dispersó ante el simple anuncio de su horrible llegada. Los trompeteros tocaron ráfagas solitarias, y solo el desierto respondió con un eco moribundo.
Luego lo llevaron a través del mar en el barco más triste y hermoso que jamás se haya reflejado en las olas azules del Mediterráneo. Había mucha gente a bordo, pero el barco estaba silencioso e inmóvil como un ataúd, y el agua parecía gemir al abrirse ante la corta y curva proa. Lázaro se sentó solo, con la cabeza descubierta al sol, escuchando en silencio el chapoteo de las aguas. Más lejos, los marineros y los embajadores se congregaron como una multitud de sombras angustiadas. Si una tormenta hubiera estallado sobre ellos en ese momento o el viento hubiera azotado las velas rojas, el barco probablemente habría perecido, pues ninguno de los que estaban en él tenía la fuerza ni el deseo suficientes para luchar por la vida. Con un esfuerzo supremo, algunos se acercaron al costado del barco y contemplaron con ansia el abismo azul y transparente. Tal vez imaginaron ver una náyade que mostraba su hombro rosado a través de las olas, o un centauro ebrio y desquiciado galopando, salpicando el agua con sus cascos. Pero el mar estaba desierto y mudo, y lo mismo el abismo acuático.
Lázaro pisó con apatía las calles de la Ciudad Eterna, como si todas sus riquezas, toda la majestuosidad de sus gigantescos edificios, todo el lustre, la belleza y la música de la vida refinada, fueran simplemente el eco del viento en el desierto o las imágenes borrosas de la arena caliente y movediza. Los carros giraban; la multitud de hombres fuertes, hermosos y altivos pasaba, constructores de la Ciudad Eterna y orgullosos participantes de su vida; sonaban canciones; las fuentes reían; la risa perlada de las mujeres llenaba el aire, mientras el borracho filosofaba y los sobrios escuchaban sonriendo; las herraduras repiqueteaban en el pavimento. Y rodeado por todos lados de sonidos alegres, un hombre gordo y corpulento se movía por el centro de la ciudad como un frío punto de silencio, sembrando a su paso dolor, ira y una angustia vaga y lastimera. ¿Quién se atrevía a estar triste en Roma?, preguntaban indignados los ciudadanos ceñudos; Y en dos días la lengua veloz de Roma supo de Lázaro, el hombre milagrosamente resucitado de la tumba, y tímidamente lo evitó.
Había muchos hombres valientes dispuestos a probar su fuerza, y a su insensata llamada, Lázaro acudió obedientemente. El Emperador estaba tan absorto en los asuntos de estado que retrasó la recepción del visitante, y durante siete días Lázaro se paseó entre la gente.
Un borracho jovial lo recibió con una sonrisa en sus labios rojos. "¡Bebe, Lázaro, bebe!", gritó, "¡Augusto no se reiría de verte beber!". Y mujeres desnudas y embelesadas rieron, y adornaron las manos azules de Lázaro con pétalos de rosa. Pero el borracho miró a Lázaro a los ojos, y su alegría terminó para siempre. A partir de entonces, siempre estuvo borracho. No bebió más, sino que estaba borracho todo el tiempo, ensombrecido por pesadillas aterradoras, en lugar de las alegres ensoñaciones que da el vino. Las pesadillas aterradoras se convirtieron en el alimento de su espíritu quebrantado. Las pesadillas aterradoras lo retenían día y noche en las brumas de una fantasía monstruosa, y la muerte misma no era más temible que la aparición de su feroz precursora.
Lázaro se acercó a un joven y a su hija, quienes se amaban y eran hermosos en su amor. Abrazando con orgullo y fuerza a su amada, el joven le dijo con tierna compasión: «Míranos, Lázaro, y alégrate con nosotros. ¿Hay algo más fuerte que el amor?».
Y Lázaro los miró. Y toda su vida continuaron amándose, pero su amor se volvió triste y sombrío, como esos cipreses sobre las tumbas que nutren sus raíces de la putrefacción de la tumba y se esfuerzan en vano, en la tranquila hora del atardecer, por tocar el cielo con sus puntiagudas copas. Lanzados por insondables fuerzas vitales a los brazos del otro, mezclaron sus besos con lágrimas, su alegría con dolor, y solo lograron comprender con mayor intensidad su esclavitud a la silenciosa Nada. Para siempre unidos, para siempre separados, brillaron como chispas, y como chispas se extinguieron en una oscuridad infinita.
Lázaro se acercó a un sabio orgulloso, y este le dijo: «Ya sé todos los horrores que puedes contarme, Lázaro. ¿Con qué más puedes aterrorizarme?»
Solo pasaron unos instantes antes de que el sabio comprendiera que el conocimiento de lo horrible no es lo horrible, y que la visión de la muerte no es la muerte. Y sintió que a los ojos del Infinito, la sabiduría y la locura son lo mismo, pues el Infinito las desconoce. Y los límites entre el conocimiento y la ignorancia, entre la verdad y la falsedad, entre lo alto y lo bajo, se desvanecieron y su pensamiento informe quedó suspendido en el vacío. Entonces se agarró la cabeza gris entre las manos y gritó desquiciado: "¡No puedo pensar! ¡No puedo pensar!"
Así fue como, bajo la fría mirada de Lázaro, el hombre milagrosamente resucitado, pereció todo lo que afirmaba la vida, su sentido y sus alegrías. Y la gente empezó a decir que era peligroso permitirle ver al Emperador; que era mejor matarlo y enterrarlo en secreto, y jurar que había desaparecido. Se afilaron las espadas y jóvenes dedicados al bienestar del pueblo anunciaron su disposición a convertirse en asesinos, cuando Augusto frustró los crueles planes al exigir que Lázaro compareciera ante él.
Aunque no se pudo mantener alejado a Lázaro, se consideró que la profunda impresión que transmitía su rostro podría suavizarse un poco. Con ese fin, se contrataron pintores, barberos y artistas expertos que trabajaron toda la noche en la cabeza de Lázaro. Le recortaron y rizaron la barba. La desagradable y mortal azulación de sus manos y rostro fue cubierta con pintura; sus manos fueron blanqueadas, sus mejillas coloreadas. Las repugnantes arrugas de sufrimiento que surcaban su anciano rostro fueron remendadas y pintadas, y sobre la lisa superficie, arrugas de buen humor y risa, y de agradable y jovialidad, fueron dibujadas artísticamente con finos pinceles.
Lázaro se sometió con indiferencia a todo lo que le hacían, y pronto se transformó en un anciano corpulento y apuesto, un abuelo tranquilo y afable de numerosos nietos. Parecía como si la sonrisa con la que contaba historias graciosas no hubiera abandonado sus labios, como si una silenciosa ternura aún se escondiera en el rabillo de sus ojos. Pero no se atrevieron a quitarle el vestido de novia; y no pudieron cambiarle la mirada: esos ojos oscuros y terribles desde los cuales miraba fijamente lo incomprensible ...
VI
YoAzarus no le conmovió la magnificencia de los aposentos imperiales. Permaneció impasible, como si no percibiera contraste alguno entre su casa en ruinas al borde del desierto y el sólido y hermoso palacio de piedra. Bajo sus pies, el duro mármol del suelo semejaba la arena movediza del desierto, y a sus ojos, la multitud de hombres altivos y alegremente vestidos era tan irreal como el vacío del aire. No lo miraron a la cara al pasar, temiendo verse sometidos a la terrible pesadilla de sus ojos; pero cuando el sonido de sus pesados pasos anunció su paso, alzaron la cabeza y examinaron con tímida curiosidad la figura del anciano corpulento, alto y ligeramente encorvado, mientras se adentraba lentamente en el corazón del palacio imperial. Si la muerte misma hubiera aparecido, los hombres no la habrían temido tanto; pues hasta entonces, la muerte solo la conocían los muertos, y la vida solo los vivos, y entre ambas no había puente. Pero este extraño ser conocía la muerte, y ese conocimiento se percibía como misterioso y maldito. «Matará a nuestro gran y divino Augusto», gritaban los hombres con horror, y le proferían maldiciones. Lenta e impasiblemente, los pasó de largo, adentrándose cada vez más en el palacio.
César ya sabía quién era Lázaro y estaba preparado para recibirlo. Era un hombre valiente; sentía que su poder era invencible, y en el fatídico encuentro con el hombre «maravillosamente resucitado» se negó a depender de la débil ayuda de otros. De hombre a hombre, cara a cara, se encontró con Lázaro.
«No me mires fijamente, Lázaro», le ordenó. «He oído que tu cabeza es como la de Medusa y que se petrifica todo aquel a quien miras. Pero me gustaría observarte de cerca y hablar contigo antes de petrificarme», añadió con un tono juguetón que ocultaba sus verdaderas inquietudes.
Acercándose, examinó detenidamente el rostro de Lázaro y su extraña vestimenta festiva. Aunque su mirada era aguda y penetrante, fue engañado por la hábil falsificación.
—Bueno, su aspecto no es terrible, venerable señor. Pero peor para los hombres, cuando lo terrible adquiere una apariencia tan venerable y agradable. Ahora hablemos.
Augustus se sentó y, tanto con la mirada como con las palabras, inició la discusión. "¿Por qué no me saludaste al entrar?"
Lázaro respondió con indiferencia: “No sabía que fuera necesario”.
“¿Eres cristiano?”
"No."
Augustus asintió con aprobación. «Qué bien. No me gustan los cristianos. Sacudirán el árbol de la vida, impidiéndole dar fruto, y esparcirán sus fragantes flores al viento. Pero ¿quiénes son ustedes?»
Con cierto esfuerzo Lázaro respondió: “Estaba muerto”.
—Ya me enteré. ¿Pero quién eres ahora?
La respuesta de Lázaro fue lenta. Finalmente, volvió a decir, con indiferencia y desgana: «Estaba muerto».
“Escúchame, forastero”, dijo el Emperador con aspereza, dando expresión a lo que ya había estado en su mente. “Mi imperio es un imperio de los vivos; mi pueblo es un pueblo de los vivos, no de los muertos. Eres superfluo aquí. No sé quién eres, no sé qué has visto allí, pero si mientes, detesto tus mentiras, y si dices la verdad, detesto tu verdad. En mi corazón siento el pulso de la vida; en mis manos siento el poder, y mis orgullosos pensamientos, como águilas, vuelan por el espacio. A mis espaldas, bajo la protección de mi autoridad, a la sombra de las leyes que he creado, los hombres viven, trabajan y se regocijan. ¿Oyes esta divina armonía de la vida? ¿Oyes el grito de guerra que los hombres lanzan al futuro, desafiándolo a la lucha?”
Augusto extendió sus brazos con reverencia y exclamó solemnemente: “¡Bendita seas, Gran Vida Divina!”
Pero Lázaro guardó silencio, y el Emperador continuó con más severidad: «No eres bienvenido aquí. Lastimoso remanente, medio devorado por la muerte, llenas a los hombres de angustia y aversión a la vida. Como una oruga en los campos, roes la semilla plena de la alegría, exudando el fango de la desesperación y la tristeza. Tu verdad es como una espada oxidada en manos de un asesino nocturno, y te condenaré a muerte como a un asesino. Pero primero quiero mirarte a los ojos. Quizás solo los cobardes los temen, y los hombres valientes se espolean a la lucha y la victoria. Entonces merecerás no la muerte, sino una recompensa. Mírame, Lázaro».
Al principio, Augusto creyó ser observado por un amigo; tan suave, tan seductora, tan delicadamente fascinante era la mirada de Lázaro. No prometía horror, sino un tranquilo descanso, y el Infinito habitaba allí como una amante cariñosa, una hermana compasiva, una madre. Y su tierno abrazo se hizo cada vez más fuerte, hasta que sintió, por así decirlo, el aliento de una boca ávida de besos... Entonces, pareció como si huesos de hierro se proyectaran en un abrazo voraz y se cerraran sobre él como una atadura de hierro; y unas uñas frías le tocaron el corazón y, poco a poco, se hundieron en él.
—Me duele —dijo el divino Augusto palideciendo—; pero ¡mira, Lázaro, mira!
Unas pesadas puertas, que cerraban la eternidad, parecían abrirse lentamente, y por la creciente abertura se vertía, fría y serenamente, el terrible horror del Infinito. El Vacío Infinito y la Oscuridad Infinita entraron como dos sombras, apagando el sol, quitando el suelo bajo los pies y la cubierta sobre la cabeza. Y el dolor en su gélido corazón cesó.
—¡Mírame, mírame, Lázaro! —ordenó Augusto, tambaleándose...
El tiempo cesó y el principio de las cosas se acercó peligrosamente a su fin. El trono de Augusto, recién erigido, se derrumbó, y el vacío ocupó el lugar del trono y de Augusto. Roma se derrumbó silenciosamente. Una nueva ciudad se alzó en su lugar, y también fue borrada por el vacío. Como gigantes fantasmales, ciudades, reinos y países cayeron rápidamente y desaparecieron en el vacío, engullidos por las fauces negras del Infinito...
—Alto —ordenó el Emperador. Ya se percibía un tono de indiferencia en su voz. Sus brazos colgaban impotentes, y sus ojos de águila brillaron y se oscurecieron de nuevo, luchando contra la oscuridad abrumadora.
«Me has matado, Lázaro», dijo adormilado.
Estas palabras desesperadas lo salvaron. Pensó en el pueblo, de quien estaba destinado a ser escudo, y una punzada aguda y redentora atravesó su corazón apagado. Pensó en ellos, condenados a perecer, y se llenó de angustia. Al principio parecían sombras brillantes en la penumbra del Infinito. ¡Qué terrible! Luego aparecieron como frágiles vasos con sangre agitada por la vida, y corazones que conocían tanto la tristeza como la gran alegría. Y pensó en ellos con ternura.
Y así, pensando y sintiendo, inclinando la balanza ahora hacia el lado de la vida, ahora hacia el lado de la muerte, lentamente regresó a la vida, para encontrar en su sufrimiento y alegría un refugio contra la oscuridad, el vacío y el temor del Infinito.
—No, no me mataste, Lázaro —dijo con firmeza—. Pero te mataré. ¡Vete!
Llegó la noche y el divino Augusto comió y bebió con gran alegría. Pero hubo momentos en que su brazo alzado quedó suspendido en el aire, y la luz de sus brillantes y ávidos ojos se atenuó. Parecía como si una gélida ola de horror le rozara los pies. Vencido, pero no muerto, aguardaba fríamente su destino, como una sombra negra. Sus noches estaban atormentadas por el horror, pero los días brillantes aún le traían las alegrías, así como las tristezas, de la vida.
Al día siguiente, por orden del Emperador, le quemaron los ojos a Lázaro con hierros candentes y lo enviaron a casa. Ni siquiera Augusto se atrevió a matarlo.
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Lázaro regresó al desierto, y este lo recibió con el aliento del viento silbante y el ardor del sol radiante. De nuevo se sentó en la piedra, con la barba enmarañada alzada; y dos agujeros negros, donde antes estaban los ojos, miraban al cielo apagados y horribles. A lo lejos, la Ciudad Santa rugía con inquietud, pero cerca de él todo estaba desierto y en silencio. Nadie se acercaba al lugar donde Lázaro, milagrosamente resucitado, pasó sus últimos días, pues sus vecinos hacía tiempo que habían abandonado sus hogares. Su maldito conocimiento, impulsado por los hierros candentes de sus ojos a lo profundo de su cerebro, yacía allí al acecho; como si de la emboscada pudiera surgir sobre hombres con mil ojos invisibles. Nadie se atrevía a mirar a Lázaro.
Y al atardecer, cuando el sol, hinchado y carmesí, se inclinaba hacia el oeste, el ciego Lázaro lo siguió lentamente a tientas. Tropezó con piedras y cayó; corpulento y débil, se levantó pesadamente y siguió caminando; y contra la cortina roja del ocaso, su figura oscura y sus brazos extendidos le daban la apariencia de una cruz.
Ocurrió una vez que se fue y nunca regresó. Así terminó la segunda vida de Lázaro, quien durante tres días estuvo en la misteriosa esclavitud de la muerte y luego resucitó milagrosamente.
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EL REVOLUCIONARIO
POR MICHAÏL P. ARTZYBASHEV
I
GRAMOGabriel Andersen, el maestro, caminó hasta el borde del jardín de la escuela, donde se detuvo, indeciso sobre qué hacer. A lo lejos, a tres kilómetros, el bosque se cernía como un encaje azulado sobre un campo de nieve pura. Era un día espléndido. Un centenar de matices brillaban en el suelo blanco y en los barrotes de hierro de la barandilla del jardín. Había una ligereza y transparencia en el aire que solo poseen los primeros días de primavera. Gabriel Andersen se dirigió hacia la franja de encaje azul para pasear por el bosque.
«Otra primavera en mi vida», dijo, respirando hondo y mirando al cielo a través de sus gafas. Andersen era bastante dado a la poesía sentimental. Caminaba con las manos cruzadas a la espalda, balanceando el bastón.
Había dado apenas unos pasos cuando vio a un grupo de soldados y caballos en el camino, más allá de la barandilla del jardín. Sus uniformes apagados contrastaban débilmente con el blanco de la nieve, pero sus espadas y los abrigos de sus caballos reflejaban la luz. Sus piernas arqueadas de caballería se movían torpemente sobre la nieve. Andersen se preguntó qué hacían allí. De repente, la naturaleza de su asunto se le iluminó. Era una misión desagradable la que llevaban a cabo, un instinto más bien que su razón le decía. Algo inusual y terrible iba a suceder. Y el mismo instinto le decía que debía ocultarse de los soldados. Giró rápidamente a la izquierda, se arrodilló y se arrastró sobre la nieve blanda, descongelada y crujiente hasta un pajar bajo, desde detrás del cual, estirando el cuello, podía observar lo que hacían los soldados.
Eran doce, uno de ellos un joven oficial corpulento con una capa gris ceñida a la cintura por un cinturón plateado. Su rostro estaba tan rojo que, incluso a esa distancia, Andersen captó el extraño brillo blanquecino de su bigote y cejas, ligeramente prominentes, contra el intenso color de su piel. Los tonos entrecortados de su voz ronca llegaban con claridad hasta donde el maestro, que escuchaba atentamente, yacía oculto.
—Sé lo que hago. No necesito consejos de nadie —gritó el oficial. Dio una palmada en las manos y miró a alguien entre el grupo de soldados ajetreados—. Te enseñaré a ser un rebelde, maldito canalla.
El corazón de Andersen latía con fuerza. "¡Cielos!", pensó. "¿Es posible?". Sintió un frío intenso en la cabeza, como si lo hubiera golpeado una ola de frío.
—Oficial —una voz tranquila, contenida pero inequívoca surgió de entre los soldados—, no tiene derecho... Es el tribunal quien debe decidir... usted no es juez... es asesinato, no... —¡Silencio! —tronó el oficial, con la voz entrecortada por la rabia—. Le daré un tribunal. Ivanov, adelante.
Espoleó a su caballo y se alejó. Gabriel Andersen observó mecánicamente con qué cuidado el caballo escogía el camino, colocando los cascos con delicadeza, como si estuviera siguiendo los pasos de un minué. Tenía las orejas erguidas para captar cada sonido. Hubo un breve bullicio y excitación entre los soldados. Luego se dispersaron en diferentes direcciones, dejando atrás a tres personas vestidas de negro: dos hombres altos y uno muy bajo y frágil. Andersen pudo ver el pelo del bajo. Era muy claro. Y vio sus orejas rosadas que sobresalían a cada lado.
Ahora comprendía plenamente lo que iba a suceder. Pero era algo tan extraordinario, tan horrible, que creyó estar soñando.
Es tan brillante, tan hermoso: la nieve, el campo, el bosque, el cielo. El aliento de la primavera lo impregna todo. Sin embargo, la gente va a morir. ¿Cómo puede ser? ¡Imposible! Sus pensamientos se desvanecían en la confusión. Tenía la sensación de un hombre repentinamente loco, que descubre que ve, oye y siente lo que no está acostumbrado a oír, ver ni sentir.
Los tres hombres de negro estaban uno al lado del otro, junto a la barandilla, dos muy cerca el uno del otro y el más bajo a cierta distancia.
—¡Oficial! —gritó uno de ellos con voz desesperada (Andersen no pudo distinguir cuál era)—. ¡Dios nos ve! ¡Oficial!
Ocho soldados desmontaron rápidamente, con las espuelas y los sables enganchados torpemente. Evidentemente, tenían prisa, como si fueran ladrones.
Pasaron varios segundos en silencio hasta que los soldados se pusieron en fila a pocos metros de las figuras negras y apuntaron con sus armas. Al hacerlo, a un soldado se le cayó la gorra de la cabeza. La recogió y se la volvió a poner sin sacudirse la nieve mojada.
La montura del oficial seguía bailando en el mismo sitio con las orejas erguidas, mientras los otros caballos, también con las orejas puntiagudas y erguidas para captar cada sonido, permanecían inmóviles mirando a los hombres de negro, con sus largas y sabias cabezas inclinadas hacia un lado.
—¡Al menos perdona al niño! —otra voz rompió el aire de repente—. ¡Maldita sea, por qué matar a un niño! ¿Qué ha hecho el niño?
—Ivanov, haz lo que te dije —tronó el oficial, ahogando la otra voz. Su rostro se tornó escarlata como un trozo de franela roja.
Siguió una escena brutal y repulsiva por su horror. La pequeña figura de negro, de cabello claro y orejas rosadas, lanzó un grito salvaje con la voz chillona de un niño y se tambaleó hacia un lado. Al instante, dos o tres soldados la atraparon. Pero el niño empezó a forcejear, y dos soldados más llegaron corriendo.
—¡Ay, ay, ay! —gritó el niño—. ¡Suéltame, suéltame! ¡Ay, ay!
Su voz aguda cortó el aire como el grito de un cerdo apuñalado, aún sin acabar de morir. De repente, se quedó en silencio. Alguien debió de haberlo golpeado. Se hizo un silencio inesperado y opresivo. Empujaban al niño hacia adelante. Entonces se oyó un estallido ensordecedor. Andersen retrocedió temblando. Vio con claridad, aunque vagamente, como en un sueño, la caída de dos cuerpos oscuros, el destello de unas chispas pálidas y una humareda ligera que se elevaba en la atmósfera limpia y luminosa. Vio a los soldados montar a toda prisa en sus caballos sin siquiera mirar los cuerpos. Los vio galopando por el camino embarrado, con el sonido de los brazos y los cascos de los caballos.
Vio todo esto, él mismo ahora de pie en medio del camino, sin saber cuándo ni por qué había saltado de detrás del pajar. Estaba pálido como la muerte. Su rostro estaba cubierto de sudor húmedo, su cuerpo temblaba. Una tristeza física lo azotaba y lo torturaba. No podía descifrar la naturaleza de la sensación. Era similar a una enfermedad extrema, aunque mucho más nauseabunda y terrible.
Después de que los soldados desaparecieron más allá de la curva hacia el bosque, la gente llegó apresuradamente al lugar del tiroteo, aunque hasta entonces no se había visto ni un alma.
Los cuerpos yacían al borde de la carretera, al otro lado de la barandilla, donde la nieve, limpia, quebradiza e intacta, brillaba alegremente en la atmósfera luminosa. Había tres cadáveres: dos hombres y un niño. El niño yacía con su largo y suave cuello estirado sobre la nieve. El rostro del hombre a su lado era invisible. Había caído boca abajo en un charco de sangre. El tercero era un hombre corpulento, de barba negra y brazos enormes y musculosos. Yacía tendido en toda su longitud, con los brazos extendidos sobre una amplia superficie de nieve manchada de sangre.
Los tres hombres baleados yacían negros contra la nieve blanca, inmóviles. Desde lejos, nadie habría podido apreciar el terror que se respiraba en su inmovilidad, al borde de la estrecha carretera abarrotada de gente.
Esa noche, Gabriel Andersen, en su cuartito de la escuela, no escribió poemas como de costumbre. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando el lejano y pálido disco de la luna en el cielo azul brumoso, y pensó. Y sus pensamientos eran confusos, sombríos y pesados, como si una nube le hubiera invadido el cerebro.
A la tenue luz de la luna, vio la oscura barandilla, los árboles, el jardín vacío. Le pareció contemplarlos: los tres hombres que habían recibido disparos, dos adultos y un niño. Yacían allí junto al camino, en el campo vacío y silencioso, mirando la lejana luna fría con sus ojos blancos y muertos, como él con sus ojos vivos.
Llegará el día —pensó— en que matar a alguien será completamente imposible. Llegará el día en que incluso los soldados y oficiales que mataron a estos tres hombres se darán cuenta de lo que hicieron y comprenderán que el motivo de su muerte es tan necesario, importante y preciado para ellos —para los oficiales y soldados— como para aquellos a quienes mataron.
—Sí —dijo en voz alta y solemne, con los ojos humedecidos—, ese momento llegará. Lo entenderán. Y el pálido disco de la luna quedó oscurecido por la humedad de sus ojos.
Una profunda compasión le atravesó el corazón por las tres víctimas, cuyos ojos miraban a la luna, tristes y ciegos. Un sentimiento de rabia lo atravesó como un cuchillo afilado y se apoderó de él.
Pero Gabriel Andersen tranquilizó su corazón, susurrando suavemente: «No saben lo que hacen». Y esta frase, antigua y fácil de usar, le dio la fuerza para sofocar su rabia e indignación.
II
TEl día era igual de brillante y blanco, pero la primavera ya estaba avanzada. La tierra húmeda olía a primavera. Agua clara y fría corría por todas partes bajo la nieve suelta y descongelada. Las ramas de los árboles eran elásticas y flexibles. A kilómetros y kilómetros a la redonda, el campo se extendía en claras extensiones de color azul celeste.
Sin embargo, la claridad y la alegría del día primaveral no estaban en el pueblo. Estaban en algún lugar fuera del pueblo, donde no había gente: en los campos, los bosques y las montañas. En el pueblo, el aire era sofocante, pesado y terrible, como en una pesadilla.
Gabriel Andersen se encontraba en el camino cerca de una multitud de gente oscura, triste y distraída y estiró el cuello para ver los preparativos para la azotación de siete campesinos.
Estaban de pie en la nieve que se derretía, y Gabriel Andersen no podía convencerse de que eran personas a quienes conocía y comprendía desde hacía mucho tiempo. Por lo que estaba a punto de sucederles, la cosa vergonzosa, terrible e inextinguible que les acontecería, estaban separados del resto del mundo, y por lo tanto eran incapaces de sentir lo que él, Gabriel Andersen, sentía, al igual que él era incapaz de sentir lo que ellos sentían. A su alrededor estaban los soldados, seguros y hermosamente montados en sus grandes corceles, que sacudían sus sabias cabezas y giraban lentamente sus rostros moteados de madera de un lado a otro, mirándolo con desprecio, Gabriel Andersen, quien pronto presenciaría este horror, esta desgracia, y no haría nada, no se atrevería a hacer nada. Así le pareció a Gabriel Andersen; y una sensación de vergüenza fría e intolerable lo agarró como entre dos pinzas de hielo a través de las cuales podía verlo todo sin poder moverse, gritar ni emitir un gemido.
Se llevaron al primer campesino. Gabriel Andersen vio su mirada extraña, implorante y desesperanzada. Movió los labios, pero no oyó ningún sonido, y sus ojos vagaron. Había en ellos un brillo brillante, como en los ojos de un loco. Su mente, era evidente, ya no podía comprender lo que estaba sucediendo.
Y tan terrible era aquel rostro, lleno a la vez de razón y de locura, que Andersen se sintió aliviado cuando lo pusieron boca abajo sobre la nieve y, en lugar de los ojos llameantes, vio brillar su espalda desnuda: un espectáculo insensato, vergonzoso, horrible.
El gran soldado de cara roja y gorra roja se acercó a él, miró su cuerpo con aparente deleite y luego gritó con voz clara:
—¡Pues déjenla ir, con la bendición de Dios!
Andersen parecía no ver a los soldados, el cielo, los caballos ni a la multitud. No sentía el frío, el terror ni la vergüenza. No oía el silbido del látigo en el aire ni el aullido salvaje de dolor y desesperación. Solo veía la espalda desnuda de un hombre hinchándose y cubriéndose uniformemente con rayas blancas y moradas. Poco a poco, la espalda desnuda perdió su semblante de carne humana. La sangre rezumaba y chorreaba, formando manchas, gotas y riachuelos que corrían sobre la nieve blanca y descongelada.
El terror se apoderó del alma de Gabriel Andersen al pensar en el momento en que el hombre se levantaría y se enfrentaría a todos los que habían visto su cuerpo expuesto al descubierto y reducido a una masa ensangrentada. Cerró los ojos. Al abrirlos, vio a cuatro soldados uniformados y con gorras rojas obligando a otro hombre a tumbarse en la nieve, con la espalda al descubierto de forma igualmente vergonzosa, terrible y absurda: una visión ridículamente trágica.
Luego vino el tercero, el cuarto, y así sucesivamente, hasta el final.
Y Gabriel Andersen permaneció de pie sobre la nieve húmeda y descongelada, estirando el cuello, temblando y tartamudeando, aunque no dijo ni una palabra. Un sudor húmedo le corría por el cuerpo. Una sensación de vergüenza lo invadía por completo. Era una sensación humillante tener que evitar que lo vieran para que no lo atraparan, lo tumbaran en la nieve y lo desnudaran; a él, Gabriel Andersen.
Los soldados se apiñaban y se agolpaban, los caballos meneaban la cabeza, el látigo silbaba en el aire, y la carne humana, desnuda y avergonzada, se hinchaba, se desgarraba, se llenaba de sangre y se enroscaba como una serpiente. Juramentos y gritos salvajes llovían sobre la aldea a través del aire limpio y blanco de aquel día de primavera.
Andersen vio entonces los rostros de cinco hombres en las escaleras del ayuntamiento, los rostros de aquellos hombres que ya habían sufrido la vergüenza. Apartó la mirada rápidamente. Tras ver esto, un hombre debe morir, pensó.
III
THabía diecisiete de ellos: quince soldados, un subalterno y un joven oficial imberbe. El oficial yacía frente al fuego, mirando fijamente las llamas. Los soldados manipulaban las armas de fuego en el carro.
Sus figuras grises se movían silenciosamente sobre el suelo negro que se descongelaba, y de vez en cuando tropezaban con los troncos que sobresalían del fuego ardiente.
Gabriel Andersen, con abrigo y bastón a la espalda, se acercó a ellos. El subalterno, un hombre corpulento con bigote, se levantó de un salto, se apartó del fuego y lo miró.
"¿Quiénes son? ¿Qué quieren?", preguntó con entusiasmo. Por su tono, era evidente que los soldados temían a todos en ese distrito, por donde pasaban sembrando muerte, destrucción y tortura.
“Oficial”, dijo, “hay un hombre aquí que no conozco”.
El oficial miró a Andersen sin hablar.
—Oficial —dijo Andersen con voz tensa—, me llamo Michelson. Soy hombre de negocios y voy al pueblo por negocios. Tenía miedo de que me confundieran con otra persona, ¿sabe?
—Entonces, ¿por qué andas husmeando por aquí? —preguntó enojado el oficial y se dio la vuelta.
—Un hombre de negocios —se burló un soldado—. A este hombre de negocios hay que registrarlo para que no ande deambulando por la noche. Un buen golpe en la mandíbula es lo que necesita.
—Es un tipo sospechoso, agente —dijo el subalterno—. ¿No cree que sería mejor arrestarlo?
—No —respondió el oficial con pereza—. Estoy harto de ellos, maldita sea.
Gabriel Andersen permaneció allí sin decir nada. Sus ojos brillaron extrañamente en la oscuridad, a la luz del fuego. Y era extraño ver su figura baja, robusta, limpia y pulcra en el campo de noche, entre los soldados, con su abrigo, bastón y gafas brillando a la luz del fuego.
Los soldados lo dejaron y se marcharon. Gabriel Andersen permaneció allí un rato. Luego se dio la vuelta y se fue, desapareciendo rápidamente en la oscuridad.
La noche tocaba a su fin. El aire se volvió frío y las copas de los arbustos se distinguían con mayor claridad en la oscuridad. Gabriel Andersen volvió al puesto militar. Pero esta vez se ocultó, agachándose mientras se abría paso entre los arbustos. Detrás de él, la gente se movía silenciosa y cuidadosamente, doblando los arbustos, silenciosa como sombras. Junto a Gabriel, a su derecha, caminaba un hombre alto con un revólver en la mano.
La figura de un soldado en la colina se perfiló de forma extraña e inesperada, fuera del lugar donde la buscaban. Estaba tenuemente iluminada por el resplandor del fuego moribundo. Gabriel Andersen reconoció al soldado. Era quien había propuesto que lo registraran. Nada se conmovió en el corazón de Andersen. Su rostro estaba frío e inmóvil, como el de un hombre dormido. Alrededor del fuego, los soldados yacían tumbados, durmiendo, todos menos el subalterno, que estaba sentado con la cabeza gacha sobre las rodillas.
El hombre alto y delgado a la derecha de Andersen levantó el revólver y apretó el gatillo. Un destello cegador momentáneo, una detonación ensordecedora.
Andersen vio al guardia levantar las manos y luego sentarse en el suelo, abrazándose el pecho. De todas partes surgían chispas cortas y crepitantes que se combinaban en un rugido desgarrador. El subalterno saltó y se dejó caer directamente al fuego. Las figuras de soldados grises se movían en todas direcciones como apariciones, levantando las manos y cayendo y retorciéndose sobre la tierra negra. El joven oficial pasó corriendo junto a Andersen, agitando las manos como un pájaro extraño y asustado. Andersen, como si estuviera pensando en otra cosa, levantó su bastón. Con todas sus fuerzas golpeó al oficial en la cabeza, cada golpe con un ruido sordo y feo. El oficial se tambaleó en círculo, golpeó un arbusto y se sentó después del segundo golpe, cubriéndose la cabeza con ambas manos, como hacen los niños. Alguien corrió y disparó un revólver como si saliera de la propia mano de Andersen. El oficial se desplomó en un montón y se abalanzó con gran fuerza de cabeza contra el suelo. Sus piernas se crisparon por un momento, luego se acurrucó en silencio.
Los disparos cesaron. Hombres negros de rostros blancos, de un gris fantasmal en la oscuridad, se movían entre los cadáveres de los soldados, quitándoles sus armas y municiones.
Andersen observaba todo esto con una mirada fría y atenta. Cuando todo terminó, subió, sujetó las piernas del subalterno quemado e intentó retirar el cuerpo del fuego. Pero era demasiado pesado para él, y lo soltó.
IV
ANdersen permaneció inmóvil en las escaleras del ayuntamiento, pensando. Pensó en cómo él, Gabriel Andersen, con sus gafas, bastón, abrigo y poemas, había mentido y traicionado a quince hombres. Pensó que era terrible, pero no sentía piedad, vergüenza ni arrepentimiento. Si lo liberaban, sabía que él, Gabriel Andersen, con las gafas y los poemas, lo volvería a hacer. Intentó examinarse, ver qué ocurría en su alma. Pero sus pensamientos eran pesados y confusos. Por alguna razón, le resultaba más doloroso pensar en los tres hombres tendidos en la nieve, mirando el pálido disco de la luna lejana con sus ojos muertos y ciegos, que en el oficial asesinado al que había asestado dos golpes secos y feos en la cabeza. No pensaba en su propia muerte. Le parecía que había terminado con todo hacía mucho, mucho tiempo. Algo había muerto, se había apagado, dejándolo vacío, y no debía pensar en ello.
Y cuando lo agarraron por el hombro y se levantó, y lo condujeron rápidamente a través del jardín donde las coles levantaban sus cabezas secas, no pudo formular un solo pensamiento.
Lo condujeron hasta el camino y lo colocaron junto a la barandilla, de espaldas a una de las barras de hierro. Se ajustó las gafas, puso las manos a la espalda y permaneció allí de pie, con su cuerpo pulcro y robusto, y la cabeza ligeramente ladeada.
En el último momento, miró al frente y vio cañones de fusil apuntando a su cabeza, pecho y estómago, y rostros pálidos con labios temblorosos. Vio claramente cómo un cañón, apuntado a su frente, cayó repentinamente.
Algo extraño e incomprensible, como si ya no fuera de este mundo, terrenal, cruzó la mente de Andersen. Se irguió en toda su estatura y echó la cabeza hacia atrás con orgullo. Una extraña y difusa sensación de limpieza, fuerza y orgullo llenó su alma, y todo —el sol, el cielo, la gente, el campo y la muerte— le pareció insignificante, remoto e inútil.
Las balas lo alcanzaron en el pecho, en el ojo izquierdo, en el estómago, y atravesaron su abrigo limpio, abotonado hasta arriba. Sus gafas se hicieron añicos. Lanzó un grito, dio una vuelta y cayó de cara contra una de las barras de hierro, con el único ojo que le quedaba abierto de par en par. Arañó el suelo con las manos extendidas como si intentara sostenerse.
El oficial, que se había puesto pálido, corrió hacia él, le puso el revólver en el cuello sin darse cuenta y disparó dos veces. Andersen se desplomó en el suelo.
Los soldados se marcharon rápidamente. Pero Andersen permaneció pegado al suelo. El dedo índice de su mano izquierda siguió temblando durante unos diez segundos.
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LA INDIGNACIÓN: UNA HISTORIA REAL
POR ALEKSANDR I. KUPRIN
IEran las cinco de la tarde de julio. Hacía un calor terrible. Toda la enorme ciudad de piedra exhalaba calor como un horno incandescente. El resplandor de la casa de paredes blancas era insoportable. El asfalto se ablandaba y quemaba los pies. Las sombras de las acacias se extendían sobre el camino empedrado, lastimosas y cansadas. También parecían calientes. El mar, pálido a la luz del sol, yacía pesado e inmóvil como un muerto. Sobre las calles flotaba un polvo blanco.
En el vestíbulo de uno de los teatros privados, un pequeño comité de abogados locales, encargado de llevar los casos de quienes habían sufrido en el último pogromo contra los judíos, llegaba al final de su tarea diaria. Eran diecinueve, todos jóvenes, progresistas y concienzudos. La sesión transcurrió sin formalidades, y la mayoría vestía trajes blancos de lona, franela y alpaca. Se sentaban en cualquier sitio, en pequeñas mesas de mármol, y el presidente permanecía de pie frente a un mostrador vacío donde se vendían chocolates en invierno.
Los abogados estaban bastante agotados por el calor que entraba por las ventanas, la luz deslumbrante del sol y el ruido de la calle. El proceso transcurrió con pereza y cierta irritación.
Un joven alto, de bigote rubio y cabello ralo, estaba sentado en la silla. Soñaba con voluptuosidad cómo se iría en un instante en su bicicleta recién comprada al bungalow. Se desnudaría rápidamente y, sin esperar a refrescarse, aún bañado en sudor, se lanzaría al mar cristalino, frío y perfumado. Todo su cuerpo estaba enervado y tenso, emocionado por la idea. Movía con impaciencia los papeles que tenía delante, hablaba con voz soñolienta.
—Entonces, Joseph Moritzovich se hará cargo del caso Rubinchik... ¿Quizás aún quede alguna declaración pendiente sobre el orden del día?
Su colega más joven, un caraíta bajo y corpulento, muy negro y vivaz, dijo en un susurro para que todos pudieran oír: “En la orden del día, lo mejor sería kvas helado ...”
El presidente lo miró de reojo con severidad, pero no pudo contener una sonrisa. Suspiró y apoyó ambas manos en la mesa para levantarse y declarar clausurada la reunión, cuando el portero, que estaba a la entrada del teatro, se adelantó de repente y dijo: «Hay siete personas afuera, señor. Quieren entrar».
El presidente miró con impaciencia a toda la empresa.
“¿Qué hacer, señores?”
Se oyeron voces.
¡La próxima vez! ¡Basta !
“Que lo pongan por escrito”.
“Si pueden terminar con esto rápido... decídanlo de una vez.”
¡Que se vayan al diablo! ¡Uf! Es como brea hirviendo.
—Déjenlos pasar. —El presidente hizo una señal con la cabeza, molesto—. Entonces tráigame un Vichy, por favor. Pero debe estar frío.
El portero abrió la puerta y gritó desde el pasillo: «Pase. Dicen que puede».
Entonces, siete de los individuos más sorprendentes e inesperados entraron en el vestíbulo. Primero apareció un hombre adulto y seguro de sí mismo, con un elegante traje color arena seca, una magnífica camisa rosa con rayas blancas y una rosa carmesí en el ojal. De frente, su cabeza parecía una judía erguida, de perfil, una judía horizontal. Su rostro estaba adornado con un bigote fuerte, poblado y marcial. Llevaba quevedos azul oscuro en la nariz y guantes color paja en las manos. En la mano izquierda sostenía un bastón negro con montura plateada; en la derecha, un pañuelo azul claro.
Los otros seis causaban una impresión extraña, caótica e incongruente, como si hubieran reunido apresuradamente no solo sus ropas, sino también sus manos, pies y cabezas. Había un hombre con el espléndido perfil de un senador romano, vestido con harapos. Otro llevaba un elegante chaleco de gala, de cuya profunda abertura saltaba a la vista una sucia camisa rusa. Allí estaban los rostros desequilibrados del tipo criminal, pero con una confianza inquebrantable. Todos estos hombres, a pesar de su aparente juventud, poseían evidentemente una amplia experiencia de vida, modales afables, un enfoque audaz y cierta astucia oculta y sospechosa.
El caballero del traje color arena inclinó la cabeza con pulcritud y naturalidad y dijo con tono interrogativo: "¿Señor presidente?".
Sí. Soy el presidente. ¿A qué se dedica?
—Nosotros, todos los que ven ante ustedes —comenzó el caballero en voz baja y se giró para señalar a sus compañeros—, venimos como delegados de la Asociación Unida de Ladrones de Rostov, Járkov, Odessa y Nikolaev.
Los abogados empezaron a moverse en sus asientos.
El presidente se echó hacia atrás y abrió mucho los ojos. "¿Asociación de qué ?", dijo perplejo.
—La Asociación de Ladrones —repitió con frialdad el caballero del traje color arena—. En cuanto a mí, mis camaradas me hicieron el gran honor de elegirme portavoz de la delegación.
“Muy… satisfecho”, dijo el presidente con incertidumbre.
Gracias. Los siete somos ladrones comunes y corrientes, naturalmente de diferentes departamentos. La Asociación nos ha autorizado a presentar ante su estimado Comité —el caballero volvió a hacer una elegante reverencia— nuestra respetuosa solicitud de ayuda.
—No entiendo bien... francamente... ¿cuál es la conexión...? —El presidente agitó las manos con impotencia—. Pero, por favor, continúe.
El asunto sobre el que tenemos el valor y el honor de dirigirnos a ustedes, caballeros, es muy claro, muy sencillo y muy breve. Solo tomará seis o siete minutos. Considero mi deber advertirles de esto con antelación, dada la hora tardía y los 46 grados Celsius que marca la temperatura en la sombra. El orador escupió levemente y miró su magnífico reloj de oro. Verán, en los artículos publicados últimamente en la prensa local sobre los melancólicos y terribles días del último pogromo, a menudo se ha señalado que entre los instigadores del pogromo, pagados y organizados por la policía —la escoria de la sociedad, compuesta por borrachos, vagabundos, souteneurs y vándalos de los barrios bajos— también se encontraban ladrones. Al principio guardamos silencio, pero finalmente nos vimos en la necesidad de protestar contra una acusación tan injusta y grave, ante toda la sociedad intelectual. Sé bien que ante la ley somos infractores y enemigos de la sociedad. Pero imaginen por un momento, señores, la situación de este enemigo de la sociedad cuando se le acusa de un delito que no solo nunca cometió, sino que está dispuesto a resistir con todas sus fuerzas. Huelga decir que sentirá la indignación de tal injusticia con mayor intensidad que un ciudadano normal, promedio y afortunado. Ahora, declaramos Que la acusación contra nosotros carece por completo de fundamento, no solo de hecho, sino incluso de lógica. Tengo la intención de demostrarlo en pocas palabras, si el honorable comité tiene la amabilidad de escucharme.
“Proceda”, dijo el presidente.
“Por favor, haga... Por favor...” se escuchó de los abogados, ahora animados.
Les ofrezco mi más sincero agradecimiento en nombre de todos mis camaradas. Créanme, nunca se arrepentirán de su atención a los representantes de nuestra... digamos, escurridiza, pero sin embargo difícil, profesión. «Así comenzamos», como canta Giraldoni en el prólogo de Pagliacci .
Pero primero le pediría permiso, señor presidente, para saciar un poco mi sed... Portero, tráigame una limonada y un vaso de cerveza amarga inglesa, buen muchacho. Caballeros, no hablaré del aspecto moral de nuestra profesión ni de su importancia social. Sin duda conocen mejor que yo la sorprendente y brillante paradoja de Proudhon: La propiedad es el bien ; una paradoja, si se quiere, pero que nunca ha sido refutada por los sermones de burgueses cobardes o sacerdotes gordos. Por ejemplo: un padre acumula un millón mediante una explotación enérgica e inteligente, y se lo deja a su hijo, un idiota desvencijado, perezoso, ignorante y degenerado, un gusano descerebrado, un verdadero parásito. Potencialmente, un millón de rublos es un millón de días de trabajo, el derecho absolutamente irracional al trabajo, el sudor, la vida y la sangre de una terrible cantidad de hombres. ¿Por qué? ¿Cuál es el fundamento de la razón? Completamente desconocido. Entonces, ¿por qué no estar de acuerdo con la proposición, caballeros, de que nuestra profesión es ¿En cierta medida, como una corrección de la excesiva acumulación de valores en manos de los individuos, y sirve como protesta contra todas las penurias, abominaciones, arbitrariedad, violencia y negligencia de la personalidad humana, contra todas las monstruosidades creadas por la organización capitalista burguesa de la sociedad moderna? Tarde o temprano, este orden de cosas será derribado sin duda por la revolución social. La propiedad pasará al limbo de los recuerdos melancólicos y con ella, ¡ay!, desapareceremos de la faz de la tierra, nosotros, los valientes caballeros de la industria .
El orador se detuvo para tomar la bandeja de las manos del portero y la colocó cerca de su mano sobre la mesa.
“Disculpen, señores... Tome, buen hombre, esto... y, por cierto, cuando salga, cierre bien la puerta”.
—¡Muy bien, Excelencia! —gritó en broma el portero.
El orador bebió medio vaso y continuó: «Sin embargo, dejemos de lado los aspectos filosóficos, sociales y económicos de la cuestión. No deseo cansar su atención. Debo, no obstante, señalar que nuestra profesión se acerca mucho a la idea de lo que se llama arte. En ella entran todos los elementos que forman el arte: vocación, inspiración, fantasía, inventiva, ambición y un largo y arduo aprendizaje de la ciencia. De ella solo falta la virtud, sobre la que el gran Karamzin escribió con tan estupenda y ardiente fascinación. Caballeros, nada más lejos de mi intención que jugar con ustedes y desperdiciar su precioso tiempo con paradojas ociosas; pero no puedo evitar exponer brevemente mi idea. Para un extraño, suena absurdamente descabellado y ridículo hablar de la vocación de un ladrón. Sin embargo, me atrevo a asegurarles que esta vocación es una realidad. Hay hombres que poseen una memoria visual peculiarmente fuerte, agudeza y precisión de vista, presencia de ánimo, destreza manual y, sobre todo, una sutil... sentido del tacto, que, por así decirlo, nacieron en el mundo de Dios con el único y especial propósito de convertirse en distinguidos tahúres. La profesión de carterista exige una agilidad y destreza extraordinarias, una tremenda seguridad de movimiento, por no mencionar un ingenio ágil, un talento para la observación y una atención aguda. Algunos tienen una vocación positiva por abrir cajas fuertes: desde su más tierna infancia se sienten atraídos por los misterios de todo tipo de mecanismos complicados: bicicletas, máquinas de coser, juguetes de cuerda y relojes. Finalmente, caballeros, hay personas con una animadversión hereditaria contra la propiedad privada. Podrían llamar a este fenómeno degeneración. Pero les digo que no pueden atraer a un verdadero ladrón, y ladrón por vocación, a la prosa de la honesta vegetación con ninguna recompensa de pan de jengibre, ni con la oferta de un puesto seguro, ni con el regalo del dinero, ni con el amor de una mujer: porque aquí hay una belleza permanente del riesgo, un fascinante abismo de peligro, el delicioso hundimiento del corazón, la impetuosa pulsación de ¡Vida, el éxtasis! Ustedes están armados con la protección de la ley, con candados, revólveres, teléfonos, policía y soldados; pero nosotros solo con nuestra propia destreza, astucia e valentía. Somos los zorros, y la sociedad es un gallinero vigilado por perros. ¿Saben que las personas más artísticas y talentosas de nuestros pueblos se convierten en ladrones de caballos y cazadores furtivos? ¿Qué querrían ustedes? ¡La vida es tan miserable, tan insípida, tan intolerablemente aburrida para las almas ansiosas y llenas de vida!
Paso a la inspiración. Caballeros, sin duda han tenido que leer sobre robos de diseño y ejecución sobrenaturales. En los titulares de los periódicos se les llama «Un robo asombroso», «Una estafa ingeniosa», o incluso «Una astuta artimaña de los gánsteres». En tales casos, nuestro burgués padre de familia agita las manos y exclama: «¡Qué cosa tan terrible! ¡Si tan solo sus habilidades se convirtieran en algo bueno: su inventiva, su asombroso conocimiento de la psicología humana, su aplomo, su valentía, su incomparable capacidad histriónica! ¡Qué extraordinarios beneficios traerían al país!». Pero es bien sabido que el paterfamilias burgués fue especialmente diseñado por el Cielo para decir trivialidades y trivialidades. Yo mismo a veces —los ladrones somos sentimentales, lo confieso— admiro una hermosa puesta de sol en el Parque Aleksandra o a la orilla del mar. Y siempre tengo la certeza de que alguien cerca de mí dirá con infalible aplomo : «Míralo. Si lo representaran, ¡nadie lo creería!». Me doy la vuelta y, naturalmente, veo a un paterfamilias satisfecho y harto, que se deleita repitiendo las tonterías de otros como si fueran suyas. En cuanto a nuestro querido país, el paterfamilias burgués lo ve como si fuera un pavo asado. Si has conseguido cortar la mejor parte del ave para ti, cómetela tranquilamente en un rincón cómodo y alaba a Dios. Pero él no es realmente la persona importante. Me dejé llevar por mi desprecio por la vulgaridad y pido disculpas por la digresión. La cuestión es que el genio y la inspiración, incluso cuando no están dedicados al servicio de la Iglesia Ortodoxa, siguen siendo cosas raras y hermosas. El progreso es una ley, y el robo también tiene su creación.
Finalmente, nuestra profesión no es tan fácil ni agradable como parece a primera vista. Requiere una larga experiencia, práctica constante y un aprendizaje lento y arduo. Comprende cientos de procesos ágiles y hábiles que ni el más hábil malabarista podría comprender. Para no quedarme con palabras vacías, caballeros, realizaré algunos experimentos ante ustedes. Les pido que tengan plena confianza en los manifestantes. Actualmente, todos gozamos de libertad legal, y aunque habitualmente se nos vigila, se nos conoce por la cara y nuestras fotografías adornan los álbumes de todos los departamentos de detectives, por el momento no tenemos necesidad de ocultarnos de nadie. Si alguno de ustedes nos reconoce en el futuro en otras circunstancias, les rogamos encarecidamente que actúen siempre conforme con sus deberes profesionales y sus obligaciones como ciudadanos. En agradecimiento por su amable atención, hemos decidido declarar sus bienes inviolables y declararlos tabú para los ladrones. Sin embargo, procedo al asunto.
El orador se dio la vuelta y dio una orden: «¡Sesoi el Grande, ven por aquí!»
Un tipo enorme, encorvado, con las manos hasta las rodillas, sin frente ni cuello, como un Hércules grande y rubio, se adelantó. Sonrió estúpidamente y se frotó la ceja izquierda, confundido.
“No podemos hacer nada aquí”, dijo con voz ronca.
El caballero del traje color arena habló por él, dirigiéndose al comité.
Caballeros, ante ustedes se encuentra un respetado miembro de nuestra asociación. Su especialidad es forzar cajas fuertes, cajas de seguridad de hierro y otros recipientes para objetos monetarios. En su trabajo nocturno, a veces utiliza la corriente eléctrica de la instalación de alumbrado para fundir metales. Desafortunadamente, no tiene nada con lo que pueda demostrar sus mejores habilidades. Abre la cerradura más elaborada con total imperfección... Por cierto, esta puerta está cerrada, ¿verdad?
Todos se giraron a mirar la puerta, donde colgaba un cartel impreso: «Puerta del escenario. Estrictamente privado».
—Sí, la puerta está cerrada, evidentemente —coincidió el presidente.
Admirable. Sesoi el Grande, ¿sería tan amable?
"No es nada en absoluto", dijo el gigante tranquilamente.
Se acercó a la puerta, la estrechó con cautela, sacó del bolsillo un pequeño instrumento brillante, se inclinó hacia la cerradura, hizo unos movimientos casi imperceptibles con la herramienta, se enderezó de repente y abrió la puerta de par en par en silencio. El presidente tenía el reloj en la mano. Todo el asunto duró solo diez segundos.
—Gracias, Sesoi el Grande —dijo cortésmente el caballero del traje color arena—. Puede volver a su asiento.
Pero el presidente, algo alarmado, interrumpió: «Disculpe. Todo esto es muy interesante e instructivo, pero... ¿está incluido en la profesión de su estimado colega poder cerrar la puerta con llave?»
—Ah, mil perdones —el caballero hizo una rápida reverencia—. Se me había olvidado. Sesoi el Grande, ¿me haría el favor?
La puerta se cerró con la misma destreza y el mismo silencio. El estimado colega regresó con sus amigos, contoneándose, sonriendo.
“Ahora tendré el honor de mostrarles la habilidad de uno de nuestros camaradas, que se dedica a robar carteras en teatros y estaciones de tren”, continuó el orador. “Aún es muy joven, pero por la delicadeza de su trabajo actual pueden deducir hasta qué punto alcanzará la cima con su diligencia. ¡Yasha!” Un joven moreno, con blusa de seda azul y botas largas de glacé, como un gitano, se adelantó con aire arrogante, jugueteando con las borlas de su cinturón y entornando alegremente sus grandes e impúdicos ojos negros con el blanco amarillento.
—Caballeros —dijo persuasivamente el caballero del traje color arena—, debo preguntarles si alguno de ustedes sería tan amable de someterse a un pequeño experimento. Les aseguro que esto será solo una exhibición, un simple juego.
Miró a todos los presentes allí sentados.
El caraíta, bajo y regordete, negro como un escarabajo, se adelantó desde su mesa.
“A su servicio”, dijo divertido.
“¡Yasha!” El orador señaló con la cabeza.
Yasha se acercó al abogado. De su brazo izquierdo, doblado, colgaba un pañuelo estampado de colores brillantes.
“Imagínese que está en la iglesia o en el bar de uno de los salones, o viendo un circo”, comenzó con una voz dulce y fluida. Ya veo... es un pijo... Disculpe, señor. Supongamos que usted es el pijo. Sin ánimo de ofender, solo se refiere a un caballero rico, bastante decente, pero que no sabe cómo moverse. Primero, ¿qué es probable que lleve encima? De todo. Sobre todo, un billetero y una cadena. ¿Dónde los guarda? En algún lugar del bolsillo superior del chaleco, aquí. Otros los tienen en el bolsillo inferior. Justo aquí. El bolso, casi siempre en los pantalones, excepto cuando un novato lo guarda en la chaqueta. La cigarrera. Fíjese primero qué es: oro, plata, con un monograma. De cuero... ¿qué hombre decente se ensuciaría las manos? La cigarrera. Siete bolsillos: aquí, aquí, aquí, allá arriba, allá, aquí y aquí otra vez. ¿Verdad? Así es como se trabaja.
Mientras hablaba, el joven sonrió. Sus ojos brillaron directamente en los del abogado. Con un movimiento rápido y diestro de la mano derecha, señaló varias partes de su ropa.
Por otra parte, podría ver un alfiler aquí en la corbata. Sin embargo, no nos apropiamos. Estos caballeros de hoy en día casi nunca llevan una piedra auténtica. Entonces me acerqué a él. Empecé a hablarle directamente como un caballero: «Señor, ¿sería tan amable de encenderme un cigarrillo?», o algo por el estilo. En fin, entré en conversación. ¿Qué sigue? Lo miré directamente a los ojos, así. Solo dos de mis dedos estaban en ello: solo este y este. Yasha levantó dos dedos de su mano derecha a la altura de la cara del abogado, el índice y el corazón, y los movió.
¿Lo ves? Con estos dos dedos recorro todo el piano. No tiene nada de maravilloso: un, dos, tres... listo. Cualquiera que no fuera tonto aprendería fácilmente. Eso es todo. Un asunto de lo más común. Gracias.
El carterista giró sobre sus talones como si quisiera regresar a su asiento.
—¡Yasha! —dijo el caballero del traje color arena con un tono serio—. ¡Yasha! —repitió con severidad.
Yasha se detuvo. Estaba de espaldas al abogado, pero evidentemente dirigió a su representante una mirada implorante, pues este frunció el ceño y negó con la cabeza.
—¡Yasha! —dijo por tercera vez, en tono amenazante.
—¡Vaya! —gruñó el joven ladrón, molesto, y se giró hacia el abogado—. ¿Dónde está su reloj, señor? —preguntó con voz chillona.
—¡Oh! —se puso en pie bruscamente el caraíta.
—Ya ves, ahora dices "¡Oh!" —continuó Yasha con reproche—. Mientras me admirabas con la mano derecha, yo manejaba tu reloj con la izquierda. Solo con estos dos deditos, debajo del pañuelo. Por eso llevamos pañuelo. Como tu cadena no vale nada —un regalo de alguna señorita— y el reloj es de oro, te dejé la cadena como recuerdo. Cógela —añadió con un suspiro, ofreciéndole el reloj.
—Pero... ¡Qué ingenioso! —dijo el abogado, confundido—. No me había dado cuenta en absoluto.
“Eso es asunto nuestro”, dijo Yasha con orgullo.
Regresó pavoneándose con sus camaradas. Mientras tanto, el orador tomó un trago de su copa y continuó.
Ahora, caballeros, nuestro próximo colaborador les ofrecerá una exhibición de trucos de cartas comunes, que se practican en ferias, barcos de vapor y ferrocarriles. Con tres cartas, por ejemplo, un as, una reina y un seis, puede fácilmente... Pero quizás estén cansados de estas demostraciones, caballeros.
—Para nada. Es sumamente interesante —respondió el presidente con amabilidad—. Quisiera hacerle una pregunta, si no es muy indiscreto: ¿cuál es su especialidad?
—Mío... Mmm... No, ¿cómo podría ser una indiscreción?... Trabajo en las grandes tiendas de diamantes... y mi otro negocio son los bancos —respondió el orador con una sonrisa modesta—. No crea que este oficio es más fácil que otros. Basta con que sepa cuatro idiomas europeos: alemán, francés, inglés e italiano, por no hablar del polaco, el ucraniano y el yidis. Pero, ¿le muestro más experimentos, señor presidente?
El presidente miró su reloj.
—Desafortunadamente, el tiempo apremia —dijo—. ¿No sería mejor pasar al meollo de su negocio? Además, los experimentos que acabamos de presenciar nos han convencido ampliamente del talento de sus estimados asociados... ¿No es cierto, Isaac Abramovich?
“Sí, sí… absolutamente”, confirmó rápidamente el abogado caraíta.
“Admirable”, asintió amablemente el caballero del traje color arena. “Mi querido Conde” —se dirigió a un hombre rubio de pelo rizado, con cara de billarista en día festivo—, “guarde sus instrumentos. No los necesitaremos. Solo tengo unas palabras más que decir, caballeros. Ahora que se han convencido de que nuestro arte, aunque no goza del patrocinio de personalidades de alto rango, es sin duda un arte; y probablemente han llegado a mi opinión de que este arte exige muchas cualidades personales, además del trabajo constante, el peligro y los desagradables malentendidos, también creerán, espero, que es posible apegarse a su práctica, amarla y estimarla, por extraño que parezca a primera vista. Imaginen que a un famoso poeta de talento, cuyos cuentos y poemas adornan las páginas de nuestras mejores revistas, se le ofrece de repente la oportunidad de escribir versos a un penique la línea, firmados además como anuncio de 'Cigarrillos Jazmín', o que se ha difundido una calumnia sobre uno de ustedes, distinguidos abogados, ¡Acusándote de hacer un negocio inventando pruebas para divorcios o de escribir peticiones de los cocheros al gobernador en las tabernas! Seguro que tus familiares, amigos y conocidos no lo creerían. Pero el rumor ya ha hecho su trabajo venenoso, y tienes que vivir minutos de tortura. Ahora imagina que una calumnia tan vergonzosa y vejatoria, iniciada quién sabe quién, empieza a amenazar no solo tu buen nombre y tu tranquila digestión, sino tu libertad, tu salud e incluso tu vida.
Esta es la situación de los ladrones, ahora calumniados por los periódicos. Debo explicarlo. Existe una clase de escoria —passez-moi le mot— a quienes llamamos sus «Misericordias de Madre». Con estos, lamentablemente, estamos confundidos. No tienen vergüenza ni conciencia, son una gentuza disipada, los consentidos inútiles de sus madres, zánganos ociosos y torpes, dependientes que cometen robos torpes. No les importa vivir de su amante, una prostituta, como el macho de la caballa, que siempre nada tras la hembra y vive de sus excrementos. Es capaz de robar a un niño con violencia en un callejón oscuro para conseguir un centavo; matará a un hombre mientras duerme y torturará a una anciana. Estos hombres son la peste de nuestra profesión. Para ellos, las bellezas y las tradiciones del arte no existen. Nos vigilan a los verdaderos ladrones con talento como una jauría de chacales tras un león. Supongamos que he logrado sacar adelante un trabajo importante —no mencionaremos el hecho de que tengo que dejar dos tercios de lo que gano a los síndicos que venden la mercancía y descuentan los pagarés, ni los subsidios habituales a nuestra incorruptible policía—. Todavía tengo que repartir algo a cada uno de estos parásitos, que se han enterado de mi trabajo, por accidente, por rumores o por una mirada casual.
Así que los llamamos Motients , que significa 'mitad', una corrupción de moitié ... Etimología original. Le pago solo porque sabe y puede delatarme. Y suele ocurrir que, incluso cuando tiene su parte, se escapa a la policía para conseguir otro dólar. Nosotros, ladrones honestos... Sí, pueden reírse, caballeros, pero lo repito: nosotros, los ladrones honestos, detestamos a estos reptiles. Tenemos otro nombre para ellos, un estigma de ignominia; pero no me atrevo a pronunciarlo aquí por respeto al lugar y a mi público. Oh, sí, aceptarían con gusto una invitación a un pogromo. La idea de que nos confundan con ellos es cien veces más insultante para nosotros que la acusación de participar en un pogromo.
¡Caballeros! Mientras he estado hablando, he notado a menudo sonrisas en sus rostros. Los comprendo. Nuestra presencia aquí, nuestra solicitud de ayuda y, sobre todo, lo inesperado de un fenómeno como una organización sistemática de ladrones, con delegados que son ladrones y un líder de la delegación, también ladrón de profesión; todo es tan original que inevitablemente les arrancará una sonrisa. Pero ahora les hablaré desde lo más profundo de mi corazón. Dejémonos de apariencias, caballeros, hablemos de hombres a hombres.
Casi todos somos cultos y a todos nos encantan los libros. No solo leemos las aventuras de Roqueambole, como dicen de nosotros los escritores realistas. ¿Creen que nuestros corazones no sangraron ni nuestras mejillas ardieron de vergüenza, como si nos hubieran abofeteado, durante todo el tiempo que duró esta guerra desafortunada, vergonzosa, maldita y cobarde? ¿De verdad creen que nuestras almas no arden de ira cuando nuestro país es azotado con látigos cosacos, pisoteado, baleado y escupido por hombres locos y exasperados? ¿No creerán que nosotros, ladrones, afrontamos cada paso hacia la liberación venidera con una emoción de éxtasis?
Todos comprendemos —quizás solo un poco menos que ustedes, abogados, caballeros— el verdadero sentido de los pogromos. Cada vez que ocurre un suceso ruin o un fracaso ignominioso, tras ejecutar a un mártir en un rincón oscuro de una fortaleza, o tras engañar la confianza pública, alguien oculto e inaccesible teme la ira popular y dirige su elemento perverso contra judíos inocentes. ¿De quién es la mente diabólica que inventa estos pogromos, estas sangrías titánicas, estos entretenimientos caníbales para las almas oscuras y bestiales?
Todos vemos con cierta claridad que las últimas convulsiones de la burocracia están cerca. Perdónenme si lo presento con imaginación. Había un pueblo que tenía un templo principal, donde habitaba una deidad sanguinaria, tras una cortina, custodiada por sacerdotes. Una vez, manos intrépidas arrancaron la cortina. Entonces todo el pueblo vio, en lugar de un dios, una araña enorme, peluda y voraz, como una sepia repugnante. La golpearon y le dispararon: ya está desmembrada; pero aún en el frenesí de su agonía final, extiende sobre todo el antiguo templo sus repugnantes tentáculos. Y los sacerdotes, ellos mismos condenados a muerte, aprisionan al monstruo con sus dedos aterrorizados y temblorosos.
Perdónenme. Lo que he dicho probablemente sea descabellado e incoherente. Pero estoy un poco alterado. Perdónenme. Continúo. Los ladrones de profesión sabemos mejor que nadie cómo se organizaron estos pogromos. Deambulamos por todas partes: en bares, mercados, teterías, pensiones, plazas públicas, el puerto. Podemos jurar ante Dios, los hombres y la posteridad que hemos visto cómo la policía organiza las masacres, sin vergüenza y casi sin disimulo. Los conocemos a todos de cara, de uniforme o disfrazados. Invitaron a muchos a participar; pero no hubo ninguno tan vil entre nosotros como para dar siquiera el consentimiento aparente que el miedo podría haber exigido.
Ya saben, por supuesto, cómo se comportan los diversos estratos de la sociedad rusa con la policía. Ni siquiera quienes se valen de sus oscuros servicios la respetan. Pero la despreciamos y la odiamos tres o diez veces más, no porque muchos de nosotros hayamos sido torturados en los departamentos de detectives, que son meras cámaras del horror, golpeados casi hasta la muerte, azotados con látigos de cuero de buey y goma para arrancarnos una confesión o para obligarnos a traicionar a un camarada. Sí, también los odiamos por eso. Pero nosotros, los ladrones, todos los que hemos estado en prisión, tenemos una pasión loca por la libertad. Por eso despreciamos a nuestros carceleros con todo el odio que un corazón humano puede sentir. Hablaré por mí mismo. He sido torturado tres veces por detectives de policía hasta quedar medio muerto. Mis pulmones y mi hígado han quedado destrozados. Por las mañanas escupo sangre hasta quedarme sin aliento. Pero si me dijeran que me ahorraré una cuarta paliza solo por estrechar la mano de un jefe de detectives... Policía, ¡me negaría a hacerlo!
Y luego los periódicos dicen que tomamos de estas manos dinero de Judas, rebosante de sangre humana. No, señores, es una calumnia que nos hiere el alma y nos inflige un dolor insoportable. Ni el dinero, ni las amenazas, ni las promesas bastarán para convertirnos en asesinos mercenarios de nuestros hermanos, ni en cómplices de ellos.
“Nunca... No... No...”, empezaron a murmurar sus compañeros que estaban detrás de él.
“Diré más”, continuó el ladrón. Muchos de nosotros protegimos a las víctimas durante este pogromo. Nuestro amigo, llamado Sesoi el Grande —acaban de verlo, caballeros— se alojaba entonces con un trenzador judío en la Moldavanka. Con un atizador en la mano, defendió a su casero de una gran horda de asesinos. Es cierto que Sesoi el Grande es un hombre de enorme fuerza física, y esto lo saben bien muchos habitantes de la Moldavanka. Pero deben concordar, caballeros, que en esos momentos Sesoi el Grande se enfrentó a la muerte. Nuestro camarada Martín el Minero —este caballero aquí presente —el orador señaló a un hombre pálido, barbudo y de hermosos ojos que se mantenía en segundo plano— salvó a un anciano judío, al que nunca había visto antes, que era perseguido por una multitud de estos canallas . Le rompieron la cabeza con una palanca para compensar sus dolores, le destrozaron el brazo por dos partes y le astillaron una costilla. Acaba de salir del hospital. Así es. Nuestros miembros más ardientes y decididos actuaron. Los demás temblaron de ira y lloraron por su propia impotencia.
Ninguno de nosotros olvidará los horrores de aquellos días y noches sangrientos, iluminados por el resplandor de las hogueras, aquellas mujeres sollozando, aquellos cuerpos de niños pequeños destrozados y abandonados en la calle. Pero a pesar de todo, ninguno de nosotros cree que la policía y la turba sean el verdadero origen del mal. Estas pequeñas, estúpidas y repugnantes alimañas son solo un puño insensato, gobernado por una mente vil y calculadora, movido por una voluntad diabólica.
“Sí, caballeros”, continuó el orador, “nosotros, los ladrones, hemos merecido, sin embargo, su desprecio legal. Pero cuando ustedes, nobles caballeros, necesiten la ayuda de hombres inteligentes, valientes y obedientes en las barricadas, hombres que estén dispuestos a enfrentarse a la muerte con una canción y una broma en los labios por la palabra más gloriosa del mundo —Libertad—, ¿nos rechazarán entonces y nos ordenarán que nos vayamos por una repulsión inveterada? Maldita sea, la primera víctima de la Revolución Francesa fue una prostituta. Saltó a una barricada, con la falda recogida elegantemente en la mano, y gritó: '¿Quién de ustedes, soldados, se atreverá a dispararle a una mujer?'. Sí, por Dios”. El orador exclamó en voz alta y golpeó con el puño la mesa de mármol: “La mataron, pero su acción fue magnífica, y la belleza de sus palabras, inmortal.
Si nos expulsan en el gran día, nos volveremos hacia ustedes y les diremos: «Querubines inmaculados, si los pensamientos humanos tuvieran el poder de herir, matar y robar honor y propiedad, ¿cuál de ustedes, palomas inocentes, no merecería el látigo y la prisión perpetua?». Entonces nos alejaremos de ustedes y construiremos nuestra propia y alegre barricada de ladrones desesperados, y moriremos con canciones tan unidas en nuestros labios que nos envidiarán, ¡ustedes que son más blancos que la nieve!
Pero me he dejado llevar una vez más. Perdónenme. Ya he llegado al final. Ya ven, caballeros, qué sentimientos nos han suscitado las calumnias de los periódicos. Confíen en nuestra sinceridad y hagan lo que puedan para limpiar la mancha que tan injustamente nos han echado. He terminado.
Se alejó de la mesa y se reunió con sus compañeros. Los abogados susurraban en voz baja, como los magistrados en las sesiones. Entonces el presidente se levantó.
Confiamos plenamente en ustedes y haremos todo lo posible para exonerar a su asociación de esta gravísima acusación. Al mismo tiempo, mis colegas me han autorizado, caballeros, a expresarles su profundo respeto por sus apasionados sentimientos como ciudadanos. Y, por mi parte, solicito al líder de la diputación permiso para estrecharle la mano.
Los dos hombres, ambos altos y serios, se tomaron de las manos en un fuerte y masculino apretón.
Los abogados salían del teatro; pero cuatro de ellos se quedaron un poco atrás, junto al perchero del vestíbulo. Isaac Abramovich no encontraba por ninguna parte su nuevo y elegante sombrero gris. En su lugar, en la percha de madera, colgaba una cofia de tela, elegantemente aplanada a ambos lados.
—¡Yasha! —La voz severa del orador se oyó de repente desde el otro lado de la puerta—. ¡Yasha! ¡Es la última vez que te hablo, maldita seas!... ¿Me oyes? La pesada puerta se abrió de par en par. Entró el caballero del traje color arena. En sus manos sostenía el sombrero de Isaac Abramovich; en su rostro se dibujaba una sonrisa refinada.
Caballeros, por favor, perdónennos... un pequeño malentendido. Uno de nuestros camaradas se cambió el sombrero por accidente... ¡Ah, es suyo! Mil perdones. ¡Portero! ¿Por qué no vigila, mi buen amigo? Deme esa gorra. Una vez más, les pido perdón, caballeros.
Con una amable reverencia y la misma sonrisa educada, se dirigió rápidamente hacia la calle.
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El duelo y otras historias
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EL DUELO
I
IEran las ocho de la mañana, la hora en que los oficiales, funcionarios locales y visitantes solían darse un chapuzón matutino en el mar tras la noche calurosa y sofocante, y luego entraban al pabellón a tomar té o café. Iván Andréich Laevski, un joven delgado y rubio de veintiocho años, con gorra de oficinista del Ministerio de Hacienda y zapatillas, bajó a bañarse y se encontró con varios conocidos en la playa, entre ellos su amigo Samoylenko, el médico militar.
Con su cabeza rapada, cuello corto, rostro colorado, nariz prominente, cejas negras y peludas, patillas grises, figura robusta y robusta, y voz ronca y grave, este Samoylenko causaba en cualquier recién llegado la desagradable impresión de un matón brusco; pero dos o tres días después de conocerlo, su rostro empezaba a parecer extraordinariamente bondadoso, amable e incluso atractivo. A pesar de su torpeza y modales toscos, era un hombre pacífico, de infinita amabilidad y bondad, siempre dispuesto a ayudar. Mantenía una relación cordial con todos los habitantes del pueblo, prestaba dinero a todos, curaba a todos, hacía parejas, arreglaba riñas, organizaba picnics en los que cocinaba shashlik y una sopa de salmonetes riquísima. Siempre estaba pendiente de los asuntos de los demás, intentando interesar a alguien en su nombre, y siempre se alegraba de algo. La opinión general sobre él era que no tenía defectos de carácter. Tenía sólo dos debilidades: se avergonzaba de su buen carácter y trataba de disimularlo con una expresión hosca y una brusquedad fingida; y le gustaba que sus ayudantes y sus soldados le llamaran «Su Excelencia», aunque sólo era un consejero civil.
“Contéstame una pregunta, Alexandr Daviditch”, empezó Laevsky, cuando él y Samoylenko estaban sumergidos en el agua hasta los hombros. “Supón que hubieras amado a una mujer y hubieras vivido con ella dos o tres años, y luego hubieras dejado de preocuparte por ella, como suele hacerse, y hubieras empezado a sentir que no tienes nada en común con ella. ¿Cómo te comportarías en ese caso?”
Es muy sencillo. «Vaya donde quiera, señora», y ahí se acabaría todo.
¡Es fácil decirlo! ¿Pero si no tiene adónde ir? Una mujer sin amigos ni parientes, sin un céntimo, que no puede trabajar...
¿Y bien? Quinientos rublos de entrada o una asignación de veinticinco rublos al mes, y nada más. Es muy sencillo.
Incluso suponiendo que tuvieras quinientos rublos y pudieras pagar veinticinco rublos al mes, la mujer de la que hablo es una mujer culta y orgullosa. ¿De verdad te atreverías a ofrecerle dinero? ¿Y cómo lo harías?
Samoylenko iba a responder, pero en ese momento una gran ola los cubrió a ambos, rompió en la playa y retrocedió ruidosamente sobre la grava. Los amigos salieron y empezaron a vestirse.
—Claro que es difícil vivir con una mujer si no la amas —dijo Samoylenko, sacudiéndose la arena de las botas—. Pero hay que verlo con humanidad, Vanya. Si fuera mi caso, jamás daría muestras de que no la amo y seguiría viviendo con ella hasta la muerte.
Inmediatamente se avergonzó de sus propias palabras; se incorporó y dijo:
Pero por mí, puede que no haya ninguna hembra. ¡Que se vayan todas al diablo!
Los amigos se vistieron y entraron al pabellón. Allí, Samoylenko se sentía como en casa, e incluso tenía una taza y un platillo especiales. Todas las mañanas le traían en bandeja una taza de café, un vaso alto de agua helada y una copita de brandy. Primero bebía el brandy, luego el café caliente, luego el agua helada, y debió de ser muy agradable, pues después de beberlo, sus ojos se humedecían de placer, se acariciaba el bigote con ambas manos y decía, mirando al mar:
“¡Una vista maravillosamente magnífica!”
Tras una larga noche sumida en pensamientos desoladores e inútiles que le impidieron dormir y parecieron intensificar la oscuridad y el bochorno de la noche, Laevsky se sentía apático y destrozado. El baño y el café no le hicieron ningún bien.
—Sigamos con nuestra conversación, Alexandr Daviditch —dijo—. No lo ocultaré; te hablaré abiertamente, como a un amigo. Las cosas entre Nadyezhda Fyodorovna y yo van muy mal... ¡muy mal! Perdóname por forzarte a hablar de mis asuntos privados, pero debo hablar claro.
Samoylenko, que tenía dudas sobre lo que iba a decir, bajó la mirada y tamborileó con los dedos sobre la mesa.
“Llevo dos años viviendo con ella y he dejado de amarla”, continuó Laevsky; “o, mejor dicho, me di cuenta de que nunca la había amado… Estos dos años han sido un error”.
Mientras hablaba, Laevsky tenía la costumbre de mirarse atentamente las palmas rosadas de las manos, morderse las uñas o pellizcarse los puños. Y así lo hacía ahora.
—Sé muy bien que no puedes ayudarme —dijo—. Pero te lo digo, porque la gente fracasada y superflua como yo encuentra su salvación en la conversación. Tengo que generalizar sobre todo lo que hago. Estoy obligado a buscar una explicación y justificación de mi absurda existencia en las teorías de otros, en los tipos literarios; en la idea de que nosotros, los rusos de clase alta, estamos degenerando, por ejemplo, y así sucesivamente. Anoche, por ejemplo, me consolaba pensando constantemente: «¡Ah, qué cierto es Tolstói, qué despiadadamente cierto!». Y eso me hizo bien. Sí, de verdad, hermano, es un gran escritor, ¡di lo que quieras!».
Samoylenko, que nunca había leído a Tolstoi y tenía la intención de hacerlo todos los días de su vida, se sintió un poco avergonzado y dijo:
“Sí, todos los demás autores escriben desde la imaginación, pero él escribe directamente desde la naturaleza”.
“¡Dios mío!” suspiró Laevsky; ¡Qué distorsionados estamos todos por la civilización! Me enamoré de una mujer casada y ella de mí... Al principio, teníamos besos, tardes tranquilas, votos, Spencer, ideales e intereses comunes... ¡Qué engaño! En realidad, huimos de su marido, pero nos mentimos a nosotros mismos y fingimos huir del vacío de la vida de la clase educada. Nos imaginábamos nuestro futuro así: para empezar, en el Cáucaso, mientras conocíamos a la gente y el lugar, me pondría el uniforme del gobierno y entraría en el servicio; luego, con tiempo, elegiríamos un terreno, trabajaríamos con el sudor de nuestra frente, tendríamos una viña y un campo, y así sucesivamente. Si estuvieras en mi lugar, o en el de ese zoólogo tuyo, Von Koren, podrías vivir con Nadyezhda Fyodorovna durante treinta años, quizás, y dejar a tus herederos un rico viñedo y tres mil acres de maíz; pero Me sentí arruinado desde el primer día. En la ciudad hay un calor insoportable, aburrimiento y falta de compañía; si sales al campo, te imaginas arañas venenosas, escorpiones o serpientes acechando bajo cada piedra y detrás de cada arbusto, y más allá de los campos, montañas y desierto. Gente extranjera, un país extranjero, una miserable forma de civilización; todo eso no es tan fácil, hermano, como caminar por la Avenida Nevsky con un abrigo de piel, del brazo de Nadyezhda Fyodorovna, soñando con el soleado Sur. Lo que se necesita aquí es una lucha a vida o muerte, y yo no soy un hombre de guerra. Un neurasténico miserable, un caballero ocioso... Desde el primer día supe que mis sueños de una vida de trabajo y de una viña eran inútiles. En cuanto al amor, debo decirte que vivir con una mujer que ha leído a Spencer y te ha seguido hasta el fin del mundo no es más interesante que vivir con cualquier Anfissa o Akulina. El mismo olor a plancha, a polvos y a medicinas, los mismos papeles rizadores cada mañana, el mismo autoengaño.
—No puedes desenvolverte en casa sin una plancha —dijo Samoylenko, sonrojándose al ver que Laevsky le hablaba tan abiertamente de una dama conocida—. Veo que estás de mal humor hoy, Vanya. Nadyezhda Fyodorovna es una mujer espléndida, muy culta, y tú eres un hombre de altísimo intelecto. Claro que no estás casado —continuó Samoylenko, mirando a las mesas contiguas—, pero no es culpa tuya; y además... uno debería estar por encima de los prejuicios convencionales y ponerse a la altura de las ideas modernas. Yo también creo en el amor libre, sí... Pero, en mi opinión, una vez que se hayan establecido juntos, deberían seguir viviendo juntos toda la vida.
“¿Sin amor?”
—Te lo diré directamente —dijo Samoylenko—. Hace ocho años vivía aquí un anciano, un agente, un hombre de gran inteligencia. Bueno, solía decir que lo más importante en la vida matrimonial era la paciencia. ¿Me oyes, Vanya? No el amor, sino la paciencia. El amor no dura mucho. Has vivido dos años enamorado, y ahora, evidentemente, tu vida matrimonial ha llegado a la etapa en la que, para mantener el equilibrio, por así decirlo, debes ejercitar toda tu paciencia...
Crees en tu antiguo agente; para mí, sus palabras carecen de sentido. Tu viejo podría ser un hipócrita; podría ejercitarse en la virtud de la paciencia y, al hacerlo, considerar a una persona a la que no ama como un objeto indispensable para sus ejercicios morales; pero yo aún no he caído tan bajo. Si quiero ejercitarme en la paciencia, compraré mancuernas o un caballo juguetón, pero dejaré a los seres humanos en paz.
Samoylenko pidió vino blanco con hielo. Cuando cada uno había bebido una copa, Laevsky preguntó de repente:
“Dime, por favor, ¿qué significa ablandamiento del cerebro?”
¿Cómo puedo explicártelo? Es una enfermedad en la que el cerebro se ablanda, se disuelve, por así decirlo.
“¿Tiene cura?”
Sí, si no se descuida la enfermedad. Duchas frías, ampollas... Algo interno también.
¡Oh!... Bueno, ya ves mi situación; no puedo vivir con ella: es más de lo que puedo hacer. Mientras estoy contigo puedo ser filosófico y sonreír, pero en casa me descorazono por completo; soy tan miserable que, si me dijeran, por ejemplo, que tengo que vivir un mes más con ella, me volaría la tapa de los sesos. Al mismo tiempo, separarme de ella es impensable. No tiene amigos ni parientes; no puede trabajar, y ni ella ni yo tenemos dinero... ¿Qué podría ser de ella? ¿A quién podría acudir? No se me ocurre nada... Venga, dime, ¿qué voy a hacer?
—¡Mmm!... —gruñó Samoylenko, sin saber qué responder—. ¿Te quiere?
Sí, me ama porque, a su edad y con su temperamento, desea un hombre. Le sería tan difícil prescindir de mí como prescindir de sus polvos o de sus papelitos para rizos. Soy para ella una parte indispensable e integral de su tocador.
Samoylenko estaba avergonzado.
—Estás de mal humor hoy, Vanya —dijo—. Debes haber tenido una mala noche.
Sí, dormí mal... En fin, me siento fatal, hermano. Siento un vacío en la cabeza; siento un nudo en el corazón, una debilidad... Tengo que escapar.
"¿Correr adónde?"
Allá, al norte. A los pinos y las setas, a la gente y a las ideas... Daría media vida por bañarme ahora en algún arroyuelo de la provincia de Moscú o Tula; por sentir frío, ¿sabe?, y luego pasear tres horas incluso con el estudiante más débil, y hablar sin parar... ¡Y el aroma del heno! ¿Lo recuerda? Y por la noche, al pasear por el jardín, se oye el piano desde la casa; se oye pasar el tren...
Laevski rió de placer; se le llenaron los ojos de lágrimas y, para taparlas, sin levantarse, se estiró en la mesa contigua para jugar a los partidos.
«Hace dieciocho años que no estoy en Rusia», dijo Samoylenko. «He olvidado cómo es. Para mí, no hay país más espléndido que el Cáucaso».
Vereshtchagin tiene una imagen en la que unos hombres condenados a muerte languidecen en el fondo de un pozo muy profundo. Su magnífico Cáucaso me parece idéntico a ese pozo. Si me ofrecieran ser deshollinador en San Petersburgo o príncipe en el Cáucaso, elegiría el oficio de deshollinador.
Laevsky se quedó pensativo. Al observar su figura encorvada, sus ojos fijos en un punto, su rostro pálido y sudoroso, sus sienes hundidas, sus uñas mordidas, la zapatilla que se le había caído del talón, dejando al descubierto un calcetín mal zurcido, Samoylenko sintió compasión, y probablemente porque Laevsky le recordaba a un niño indefenso, preguntó:
“¿Vive tu madre?”
—Sí, pero nos llevamos mal. No pudo perdonarme esta aventura.
Samoylenko apreciaba a su amigo. Consideraba a Laevsky un tipo bondadoso, un estudiante, un hombre sensato, con quien se podía beber, reír y hablar sin reservas. Lo que entendía de él le disgustaba profundamente. Laevsky bebía mucho y en momentos inoportunos; jugaba a las cartas, despreciaba su trabajo, vivía por encima de sus posibilidades, usaba expresiones indecorosas con frecuencia, andaba por las calles en pantuflas y se peleaba con Nadyezhda Fyodorovna delante de otros; y esto no le gustaba a Samoylenko. Pero el hecho de que Laevsky hubiera sido estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras, estuviera suscrito a dos revistas importantes, a menudo hablara con tanta inteligencia que solo unos pocos lo entendían, y viviera con una mujer culta; todo esto Samoylenko no lo entendía, y le gustaba y respetaba a Laevsky, considerándolo superior a él.
—Hay otro punto —dijo Laevsky, negando con la cabeza—. Es solo que es entre nosotros. Se lo estoy ocultando a Nadyezhda Fyodorovna por ahora... No se lo digas delante de ella... Anteayer recibí una carta diciéndome que su marido había fallecido por reblandecimiento cerebral.
—¡Que el Reino de los Cielos sea suyo! —suspiró Samoylenko—. ¿Por qué se lo ocultas?
Mostrarle esa carta equivaldría a decir: «Ven a la iglesia a casarte». Y primero debemos aclarar nuestra relación. Cuando entienda que no podemos seguir viviendo juntos, le mostraré la carta. Entonces no habrá peligro.
—¿Sabes qué, Vanya? —dijo Samoylenko, y una expresión triste e implorante se dibujó en su rostro, como si fuera a pedirle algo muy conmovedor y temiera ser rechazado—. ¡Cásate con ella, querido muchacho!
"¿Por qué?"
¡Cumple con tu deber con esa espléndida mujer! Su esposo ha muerto, ¡y la Providencia misma te muestra qué hacer!
Pero entiende, maricón, que es imposible. Casarse sin amor es tan vil e indigno de un hombre como celebrar una misa sin creer en ella.
"Pero es tu deber hacerlo."
“¿Por qué es mi deber?”, preguntó Laevsky irritado.
“Porque la alejaste de su marido y te hiciste responsable de ella”.
—Pero ahora te lo digo claramente: ¡no la amo!
“Bueno, si no la amas, muéstrale el debido respeto, considera sus deseos...”
“Muéstrale respeto, considera sus deseos”, lo imitó Laevsky. “¡Como si fuera una Madre Superiora!... Eres un mal psicólogo y fisiólogo si crees que viviendo con una mujer solo se puede vivir con respeto y consideración. Lo que más preocupa a una mujer es su dormitorio”.
—¡Vanya, Vanya! —dijo Samoylenko, abrumado por la confusión.
—Tú eres un niño mayor, un teórico, mientras que yo soy un anciano a pesar de mi edad, y práctico, y nunca nos entenderemos. ¡Mejor dejemos de hablar de esto, Mustafá! —gritó Laevsky al camarero—. ¿Cuánto nos piden?
—No, no... —gritó el doctor consternado, agarrándose del brazo a Laevsky—. Yo debo pagar. Lo ordené. Hágalo a mi nombre —gritó a Mustafá.
Los amigos se levantaron y caminaron en silencio por el paseo marítimo. Al llegar al bulevar, se detuvieron y se dieron la mano al despedirse.
—¡Estás muy mimado, amigo mío! —suspiró Samoylenko—. El destino te ha dado una mujer joven, hermosa y culta, y tú rechazas el regalo, mientras que si Dios me diera una vieja deforme, ¡cuánto me alegraría que fuera amable y cariñosa! Viviría con ella en mi viña y...
Samoylenko se recuperó y dijo:
“Y puede que allí me prepare el samovar, la vieja bruja”.
Tras separarse de Laevsky, caminó por el bulevar. Cuando, corpulento y majestuoso, con expresión severa, lo recorría con su túnica blanca como la nieve y sus botas impecablemente lustradas, con el pecho cuadrado, adornado con la cruz de Vladimir en una cinta, se sentía muy satisfecho de sí mismo, y parecía que todo el mundo lo miraba con agrado. Sin volver la cabeza, miró a ambos lados y pensó que el bulevar estaba magníficamente diseñado; que los jóvenes cipreses, los eucaliptos y las feas y anémicas palmeras eran muy hermosos y con el tiempo darían abundante sombra; que los circasianos eran un pueblo honesto y hospitalario.
«Es extraño que a Laevsky no le guste el Cáucaso», pensó, «es muy extraño».
Cinco soldados, portando fusiles, lo recibieron y lo saludaron. A la derecha del bulevar, la esposa de un funcionario local caminaba por la acera con su hijo, un colegial.
—Buenos días, Marya Konstantinovna —le gritó Samoylenko con una sonrisa amable—. ¿Te has bañado? ¡Ja, ja, ja!... ¡Mis respetos para Nikodim Alexandritch!
Y siguió adelante, siempre sonriendo agradablemente, pero al ver que se acercaba un ayudante del hospital militar, de repente frunció el ceño, lo detuvo y le preguntó:
“¿Hay alguien en el hospital?”
“Nadie, Excelencia.”
“¿Eh?”
“Nadie, Excelencia.”
“Muy bien, corre…”
Balanceándose majestuosamente, se dirigió al puesto de limonada, donde estaba sentada una anciana judía de pecho voluminoso, que se hizo pasar por georgiana y le dijo tan fuerte como si estuviera dando la orden a un regimiento:
“¡Sería tan amable de darme un poco de agua con gas!”
II
El desprecio de Laevsky por Nadyezhda Fyodorovna se manifestaba principalmente en que todo lo que ella decía o hacía le parecía mentira, o equivalente a ella, y todo lo que leía contra las mujeres y el amor le parecía perfectamente aplicable a él mismo, a Nadyezhda Fyodorovna y a su esposo. Al regresar a casa, ella estaba sentada junto a la ventana, vestida y peinada, y con el rostro absorto, tomando café y hojeando una revista voluminosa; y él pensaba que tomar café no era algo tan extraordinario como para que tuviera que fingir preocupación, y que había estado perdiendo el tiempo peinándose a la moda, ya que allí no había nadie a quien atraer ni necesidad de ser atractiva. Y en la revista no veía más que falsedad. Pensaba que se había vestido y peinado para verse más guapa, y que leía para parecer inteligente.
“¿Estará bien que me bañe hoy?” dijo.
¿Por qué? Supongo que no habrá terremoto vayas o no...
—No, sólo pregunto en caso de que el médico se sienta molesto.
—Bueno, pregúntale al médico entonces; no soy médico.
En esta ocasión, lo que más disgustó a Laevsky de Nadyezhda Fyodorovna fue su blanco cuello abierto y los pequeños rizos en la nuca. Y recordó que cuando Anna Karenin se cansó de su marido, lo que más le disgustó fueron sus orejas, y pensó: "¡Qué cierto, qué cierto!".
Sintiéndose débil y con la cabeza completamente vacía, entró en su estudio, se tumbó en el sofá y se cubrió la cara con un pañuelo para que las moscas no le molestaran. Pensamientos desalentadores y opresivos, siempre sobre lo mismo, recorrían lentamente su mente como una larga hilera de carros en una sombría tarde de otoño, y se sumió en un estado de somnolencia opresiva. Le parecía que había ofendido a Nadyezhda Fyodorovna y a su esposo, y que era culpa suya la muerte de su esposo. Le parecía que había pecado contra su propia vida, que había arruinado, contra el mundo de las ideas elevadas, del saber y del trabajo, y concebía ese maravilloso mundo como real y posible, no en este paseo marítimo con turcos hambrientos y montañeses perezosos paseando por él, sino allí en el norte, donde había óperas, teatros, periódicos y toda clase de actividad intelectual. Solo allí —no aquí— se podía ser honesto, inteligente, noble y puro. Se acusaba de no tener un ideal, un principio rector en la vida, aunque ahora tenía una vaga comprensión de lo que significaba. Dos años antes, cuando se enamoró de Nadyezhda Fyodorovna, le parecía que con solo irse con ella al Cáucaso, como esposa, se salvaría de la vulgaridad y el vacío; de la misma manera, ahora estaba convencido de que con solo separarse de Nadyezhda Fyodorovna e ir a Petersburgo, conseguiría todo lo que deseaba.
«Huye», murmuró para sí mismo, incorporándose y mordiéndose las uñas. «¡Huye!».
Se imaginó cómo subiría a bordo del vapor y luego almorzaría, bebería cerveza fría, hablaría en cubierta con damas, luego subiría al tren en Sebastopol y partiría. ¡Viva la libertad! Una estación tras otra pasaría como un rayo, el aire se volvería cada vez más frío y cortante, luego los abedules y los abetos, luego Kursk, Moscú... En los restaurantes, sopa de col, cordero con kasha, esturión, cerveza, nada de asiatismo, sino Rusia, la verdadera Rusia. Los pasajeros del tren hablarían de comercio, de nuevos cantantes, de la entente franco-rusa ; por todos lados se sentiría una vida entusiasta, culta, intelectual y llena de entusiasmo... ¡Adelante, adelante! Por fin, la Avenida Nevski, y la calle Gran Morskaya, y luego la Plaza Kovenski, donde solía vivir cuando era estudiante, el cielo gris y claro, la llovizna, los cocheros empapados... . .
—¡Iván Andréich! —gritó alguien desde la habitación contigua—. ¿Estás en casa?
—Aquí estoy —respondió Laevsky—. ¿Qué quieres?
"Papeles."
Laevsky se levantó lánguidamente, mareado, y entró en la otra habitación, bostezando y arrastrando las zapatillas. Allí, junto a la ventana abierta que daba a la calle, estaba uno de sus jóvenes compañeros de oficina, colocando unos documentos oficiales en el alféizar.
—Un momento, querido amigo —dijo Laevsky en voz baja, y fue a buscar la tinta; volviendo a la ventana, firmó los papeles sin mirarlos y dijo: —¡Hace calor!
—Sí. ¿Vienes hoy?
—No lo creo... No me encuentro bien. Dile a Sheshkovsky que iré a verlo después de cenar.
El empleado se marchó. Laevsky volvió a tumbarse en el sofá y empezó a pensar:
Así que debo sopesar todas las circunstancias y reflexionar sobre ellas. Antes de irme de aquí, debo saldar mis deudas. Debo unos dos mil rublos. No tengo dinero... Claro, eso no importa; pagaré una parte ahora, como sea, y enviaré el resto más tarde, desde Petersburgo. Lo principal es Nadyezhda Fyodorovna... Primero, debemos definir nuestras relaciones... Sí.
Un poco más tarde pensó si no sería mejor acudir a Samoylenko para pedirle consejo.
«Podría irme», pensó, «pero ¿de qué serviría? Solo diré algo inapropiado sobre tocadores, sobre mujeres, sobre lo honesto o lo deshonesto. ¿De qué sirve hablar de lo honesto o lo deshonesto si tengo que apresurarme a salvar mi vida, si me estoy asfixiando en esta maldita esclavitud y me estoy matando?... Hay que darse cuenta al fin de que seguir viviendo como llevo es algo tan vil y cruel que todo lo demás parece insignificante y trivial a su lado. Huir», murmuró, sentándose, «huir».
La playa desierta, el calor insaciable y la monotonía de las humeantes montañas lilas, siempre iguales y silenciosas, eternamente solitarias, lo abrumaban con depresión y, por así decirlo, lo adormecían y le quitaban energía. Quizás era muy inteligente, talentoso, notablemente honesto; tal vez si el mar y las montañas no lo hubieran acorralado por todos lados, podría haberse convertido en un excelente líder de zemstvo, un estadista, un orador, un escritor político, un santo. ¿Quién sabe? De ser así, ¿no era absurdo discutir si era honesto o deshonesto que un hombre talentoso y útil —un artista o músico, por ejemplo— escapara de la prisión, derribara un muro y engañara a sus carceleros? Todo es honesto cuando un hombre se encuentra en tal posición.
A las dos, Laevsky y Nadyezhda Fyodorovna se sentaron a cenar. Cuando el cocinero les sirvió arroz y sopa de tomate, Laevsky dijo:
Lo mismo todos los días. ¿Por qué no tomar sopa de col?
“No hay coles.”
Es extraño. Samoylenko toma sopa de col y Marya Konstantinovna toma sopa de col, y solo yo me veo obligada a comer este empalagoso desastre. No podemos seguir así, cariño.
Como es común entre la gran mayoría de maridos y esposas, ni una sola cena había pasado en días anteriores sin escenas y críticas entre Nadyezhda Fyodorovna y Laevsky; pero desde que Laevsky decidió que no la amaba, había tratado de ceder ante Nadyezhda Fyodorovna en todo, le hablaba con suavidad y educación, sonreía y la llamaba "cariño".
“Esta sopa sabe a regaliz”, dijo sonriendo; hizo un esfuerzo por controlarse y parecer amable, pero no pudo evitar decir: “Nadie se encarga de la casa... Si estás muy enferma o ocupada leyendo, déjame encargarme de la cocina”.
En otros tiempos le habría dicho: “Hazlo por todos los medios” o “Veo que quieres convertirme en cocinera”; pero ahora sólo lo miraba tímidamente y se sonrojó.
—Bueno, ¿cómo te sientes hoy? —preguntó amablemente.
Estoy bien hoy. Solo tengo un poco de debilidad.
—Debes cuidarte, cariño. Estoy muy preocupada por ti.
Nadyezhda Fyodorovna estaba enferma. Samoylenko dijo que tenía fiebre intermitente y le recetó quinina; el otro médico, Ustimovitch, un hombre alto, delgado y poco sociable, que solía quedarse en casa durante el día y por las noches pasear lentamente por el paseo marítimo tosiendo, con las manos cruzadas a la espalda y un bastón extendido a la espalda, opinó que tenía una dolencia femenina y le recetó compresas calientes. En otros tiempos, cuando Laevsky la amaba, la enfermedad de Nadyezhda Fyodorovna le había causado compasión y terror; ahora veía falsedad incluso en su enfermedad. Su cara amarilla y soñolienta, sus ojos sin brillo, su expresión apática y los bostezos que siempre seguían a sus ataques de fiebre, y el hecho de que durante ellos yacía bajo un chal y parecía más un niño que una mujer, y que en su habitación estaba cerrada y sofocante; todo esto, en su opinión, destruía la ilusión y era un argumento contra el amor y el matrimonio.
El siguiente plato que le sirvieron fueron espinacas con huevos duros, mientras que Nadyezhda Fyodorovna, como inválida, pidió gelatina con leche. Cuando, con expresión preocupada, ella tocó la gelatina con una cuchara y luego comenzó a comerla lánguidamente, sorbiendo la leche, y él la oyó tragar, lo invadió una aversión tan abrumadora que le provocó un hormigueo en la cabeza. Reconoció que semejante sentimiento sería un insulto incluso para un perro, pero estaba furioso, no consigo mismo, sino con Nadyezhda Fyodorovna, por despertar semejante sentimiento, y comprendió por qué los amantes a veces asesinan a sus amantes. Él no la asesinaría, por supuesto, pero si hubiera formado parte del jurado, habría absuelto al asesino.
“Gracias, cariño”, dijo después de cenar, y besó a Nadyezhda Fyodorovna en la frente.
Al regresar a su estudio, pasó cinco minutos caminando de un lado a otro, mirando sus botas; luego se sentó en su sofá y murmuró:
¡Huyan, huyan! ¡Debemos definir la posición y huir!
Se acostó en el sofá y recordó nuevamente que el marido de Nadyezhda Fyodorovna había muerto, tal vez, por culpa suya.
«Culpar a un hombre por amar a una mujer, o por dejar de amarla, es una estupidez», se dijo, acostándose y levantando las piernas para ponerse las botas altas. «El amor y el odio no están bajo nuestro control. En cuanto a su marido, quizá fui indirectamente una de las causas de su muerte; pero, repito, ¿es culpa mía que me enamorara de su esposa y ella de mí?».
Luego se levantó, encontró su gorra y se dirigió a la casa de su colega Sheshkovsky, donde los empleados del gobierno se reunían todos los días para jugar al vino y beber cerveza.
«Mi indecisión me recuerda a Hamlet», pensó Laevsky por el camino. «¡Qué bien lo describe Shakespeare! ¡Ah, qué bien!».
III
Para fomentar la sociabilidad y por compasión hacia la difícil situación de los recién llegados sin familia, quienes, al no haber hotel en la ciudad, no tenían dónde cenar, el Dr. Samoylenko organizaba una especie de mesa redonda. En esa época, solo dos hombres cenaban habitualmente con él: un joven zoólogo llamado Von Koren, que había venido a pasar el verano al Mar Negro para estudiar la embriología de la medusa, y un diácono llamado Pobyedov, que acababa de salir del seminario y había sido enviado a la ciudad para sustituir al anciano diácono que se había marchado para una cura. Cada uno pagaba doce rublos al mes por la comida y la cena, y Samoylenko les hacía prometer que llegarían puntualmente a las dos.
Von Koren solía ser el primero en aparecer. Se sentaba en silencio en el salón y, tomando un álbum de la mesa, comenzaba a examinar atentamente las fotografías descoloridas de hombres desconocidos con pantalones anchos y sombreros de copa, y de damas con miriñaques y cofias. Samoylenko solo recordaba el nombre de algunos, y de los que había olvidado, dijo con un suspiro: "¡Un tipo muy elegante, extraordinariamente inteligente!". Al terminar con el álbum, Von Koren sacaba una pistola del mueble y, entrecerrando el ojo izquierdo, apuntaba deliberadamente al retrato del príncipe Vorontsov, o se quedaba quieto frente al espejo contemplando largo rato su rostro moreno, su frente ancha y su cabello negro, rizado como el de un negro, su camisa de algodón de color apagado con grandes flores como una alfombra persa, y el ancho cinturón de cuero que llevaba en lugar de chaleco. La contemplación de su propia imagen parecía proporcionarle casi más satisfacción que mirar fotografías o jugar con las pistolas. Estaba muy satisfecho con su rostro, su barba bien recortada y sus hombros anchos, prueba inequívoca de su excelente salud y fortaleza física. También estaba satisfecho con su elegante atuendo, desde la corbata, que hacía juego con el color de su camisa, hasta sus botas marrones.
Mientras miraba el álbum y permanecía ante el espejo, en ese momento, en la cocina y en el pasillo cercano, Samoylenko, sin abrigo ni chaleco, con el cuello descubierto, excitado y bañado en sudor, se afanaba por las mesas, mezclando la ensalada, o haciendo alguna salsa, o preparando carne, pepinos y cebolla para la sopa fría, mientras miraba ferozmente al ordenanza que lo ayudaba y blandía primero un cuchillo y luego una cuchara.
—¡Dame el vinagre! —dijo—. ¡Eso no es vinagre, es aceite! —gritó, pateando el suelo—. ¿Adónde vas, bruto?
—A buscar la mantequilla, Excelencia —respondió el nervioso ordenanza con voz quebrada.
¡Date prisa, está en la alacena! ¡Y dile a Daria que ponga hinojo en el tarro con los pepinos! ¡Hinojo! ¡Tapa la crema, rezagada, o se le meterán las moscas!
Y toda la casa parecía resonar con sus gritos. Cuando faltaban diez o quince minutos para las dos, entraba el diácono; era un joven flacucho de veintidós años, de pelo largo, sin barba y con un bigote apenas perceptible. Al entrar en la sala, se santiguó ante el icono, sonrió y le tendió la mano a Von Koren.
—Buenos días —dijo el zoólogo con frialdad—. ¿Dónde has estado?
“He estado pescando gobios de mar en el puerto”.
—Oh, claro... Evidentemente, diácono, nunca estará ocupado con el trabajo.
—¿Por qué no? El trabajo no es como un oso; no se escapa al bosque —dijo el diácono, sonriendo y metiendo las manos en los profundos bolsillos de su sotana blanca.
“¡No hay nadie que te azote!” suspiró el zoólogo.
Pasaron otros quince o veinte minutos y no los llamaron a cenar, y todavía podían oír al ordenanza corriendo a la cocina y de regreso, pisando ruidosamente con sus botas, y a Samoylenko gritando:
¡Ponlo en la mesa! ¿Dónde estás? Lávalo primero.
El diácono, hambriento, y Von Koren empezaron a golpear el suelo con los talones, expresando así su impaciencia como el público de un teatro. Por fin, la puerta se abrió y el agobiado ordenanza anunció que la cena estaba lista. En el comedor, los recibió Samoylenko, con el rostro enrojecido, iracundo, sudoroso por el calor de la cocina. Los miró con furia y, con expresión de horror, destapó la sopera y les sirvió un plato a cada uno; y solo cuando estuvo convencido de que lo comían con gusto y les gustaba, suspiró aliviado y se acomodó en su mullido sillón. Su rostro se veía feliz y sus ojos se humedecieron... Se sirvió deliberadamente un vaso de vodka y dijo:
“Por la salud de las generaciones más jóvenes”.
Tras su conversación con Laevsky, desde la mañana hasta la cena, Samoylenko sintió una gran carga en el corazón, aunque estaba de muy buen humor; sintió lástima por Laevsky y quiso ayudarlo. Tras beber un vaso de vodka antes de la sopa, suspiró y dijo:
Hoy vi a Vanya Laevsky. ¡Lo está pasando mal, pobrecito! La vida material no le resulta nada alentadora, y lo peor es que toda esta psicología es demasiado para él. Lo siento por el chico.
“Bueno, esa es una persona por la que no siento lástima”, dijo Von Koren. “Si ese encantador individuo se estuviera ahogando, lo empujaría con un palo y le diría: 'Ahógate, hermano, ahógate'.
—Eso no es cierto. No lo harías.
—¿Por qué piensas eso? —El zoólogo se encogió de hombros—. Soy tan capaz de una buena acción como tú.
“¿Es buena acción ahogar a un hombre?”, preguntó el diácono y se rió.
—¿Laevsky? Sí.
“Creo que hay algo mal con la sopa…” dijo Samoylenko, ansioso por cambiar de conversación.
«Laevsky es absolutamente pernicioso y tan peligroso para la sociedad como el microbio del cólera», continuó Von Koren. «Ahogarlo sería un favor».
No te hace honor hablar así de tu vecino. Dinos: ¿por qué lo odias?
No diga tonterías, doctor. Odiar y despreciar a un microbio es estúpido, pero tratar a todo el que uno conoce sin distinción como prójimo, pase lo que pase, muchas gracias, eso equivale a renunciar a la crítica, a renunciar a una actitud directa con la gente, ¡de hecho, a desentenderse de toda responsabilidad! Considero a su Layevsky un canalla; no lo oculto, y soy perfectamente consciente de tratarlo como tal. Bueno, usted lo considera su prójimo, y puede besarlo si quiere: lo considera su prójimo, y eso significa que su actitud hacia él es la misma que hacia mí y hacia el diácono; eso no es ninguna actitud. Usted es igualmente indiferente hacia todos.
—¡Llamar a un hombre canalla! —murmuró Samoylenko, frunciendo el ceño con desagrado—. ¡Es tan erróneo que no encuentro palabras para describirlo!
“La gente es juzgada por sus acciones”, continuó Von Koren. Ahora decida usted, diácono... Voy a hablarle, diácono. La carrera del señor Laevsky se abre ante usted, como un largo rompecabezas chino, y puede leerla de principio a fin. ¿Qué ha estado haciendo estos dos años que lleva viviendo aquí? Lo contaremos con los dedos. Primero, ha enseñado a los habitantes del pueblo a jugar al vint : hace dos años, este juego era desconocido aquí; ahora todos lo juegan desde la mañana hasta altas horas de la noche, incluso las mujeres y los niños. Segundo, ha enseñado a los residentes a beber cerveza, algo que aquí tampoco se conocía; los habitantes le deben el conocimiento de diversos licores, de modo que ahora pueden distinguir el vodka de Kospelov del número 21 de Smirnov, a ciegas. Tercero, antes, aquí la gente hacía el amor con las esposas de otros hombres en secreto, por los mismos motivos que los ladrones roban a escondidas y no abiertamente; el adulterio se consideraba algo que les avergonzaba cometer. una exhibición pública de... Laevsky ha llegado como pionero en ese sentido; vive abiertamente con la esposa de otro hombre... En cuarto lugar...
Von Koren comió rápidamente su sopa y le entregó su plato al ordenanza.
“Comprendí a Laevsky desde el primer mes de nuestro conocimiento”, continuó, dirigiéndose al diácono. Llegamos aquí al mismo tiempo. Los hombres como él son muy aficionados a la amistad, la intimidad, la solidaridad y todo lo demás, porque siempre necesitan compañía para beber , comer y beber; además, son habladores y necesitan escuchar. Nos hicimos amigos; es decir, aparecía todos los días, me impedía trabajar y se permitía confidencias sobre su amante. Desde el principio me impresionó su excepcional falsedad, que simplemente me repugnaba. Como amigo, le preguntaba por qué bebía tanto, por qué vivía por encima de sus posibilidades y se endeudaba, por qué no hacía nada ni leía nada, por qué tenía tan poca cultura y tan pocos conocimientos; y, en respuesta a todas mis preguntas, solía sonreír amargamente, suspirar y decir: «Soy un fracasado, un hombre superfluo»; o: «¿Qué esperas, querido amigo, de nosotros, los restos de la clase servil?» o: «Somos unos degenerados...». O bien comenzaba una larga perorata sobre Onyegin, Petchorin, el Caín de Byron y Bazarov, de quienes decía: "Son nuestros padres en la carne y en el espíritu". Así que debemos entender que no fue su culpa que los sobres del Gobierno permanecieran sin abrir en su oficina durante semanas, ni que bebiera y enseñara a beber a otros, sino que Onyeguin, Petchorin y Turguéniev, quienes inventaron el fracaso y al hombre superfluo, fueron los responsables. La causa de su extrema disolución e indecorosidad reside, ¿ven?, no en él mismo, sino en algún lugar exterior del espacio. Y así —¡qué ingeniosa idea!— no es solo él quien es disoluto, falso y repugnante, sino nosotros... «nosotros, los hombres de los ochenta», «nosotros, los descendientes desanimados y nerviosos de la clase servil»; «la civilización nos ha mutilado»... de hecho, debemos entender que un hombre tan grande como Laevski es grande incluso en su caída: que su disolución, su falta de cultura y de pureza moral, es un fenómeno de la historia natural, santificado por la inevitabilidad; que sus causas son mundiales. elemental; y que deberíamos colgar una lámpara ante Laevsky, ya que es la víctima fatal de la época, de las influencias, de la herencia, etc. Todos los funcionarios y sus damas estaban extasiados al escucharlo, y durante mucho tiempo no pude distinguir con qué clase de hombre estaba tratando, si con un cínico o con un astuto bribón. Tipos como él, aparentemente intelectuales con una educación superficial y mucha palabrería sobre su propia nobleza, son muy hábiles para hacerse pasar por naturalezas excepcionalmente complejas.
—¡Cállate! —exclamó Samoylenko—. ¡No permitiré que hablen mal de un hombre tan espléndido en mi presencia!
—No me interrumpas, Alexandr Daviditch —dijo fríamente Von Koren; Estoy terminando. Layevsky no es en absoluto un organismo complejo. Aquí está su esqueleto moral: por la mañana, zapatillas, baño y café; luego, hasta la hora de cenar, zapatillas, paseo y conversación; a las dos, zapatillas, cena y vino; a las cinco, baño, té y vino, luego vino y acostarse; a las diez, cena y vino; y después de medianoche, sueño y la femme . Su existencia se limita a este estrecho programa como un huevo en su cáscara. Ya sea que camine o se siente, esté enojado, escriba, se alegre, todo puede reducirse a vino, cartas, zapatillas y mujeres. La mujer desempeña un papel fatal y abrumador en su vida. Él mismo nos cuenta que a los trece años estaba enamorado; que cuando era estudiante de primer año vivía con una dama que ejercía una buena influencia sobre él y a quien le debía su educación musical. En segundo año compró una prostituta en un burdel y la elevó a su nivel, es decir, la tomó como su amante. Vivió con él seis meses y luego huyó de vuelta con el dueño del burdel, y su huida le causó mucho sufrimiento espiritual. ¡Ay! Sus sufrimientos fueron tan grandes que tuvo que dejar la universidad y pasar dos años en casa sin hacer nada. Pero todo esto fue para bien. En casa se hizo amigo de una viuda que le aconsejó que dejara la Facultad de Jurisprudencia y entrara en la Facultad de Artes. Y así lo hizo. Al graduarse, se enamoró perdidamente de su actual... ¿cómo se llama?... mujer casada, y se vio obligado a huir con ella al Cáucaso por sus ideales, según nos quiere hacer creer, ya que... mañana, si no hoy, se cansará de ella y volverá a Petersburgo, y eso también será por sus ideales.
—¿Cómo lo sabes? —gruñó Samoylenko, mirando con enojo al zoólogo—. Será mejor que comas.
El siguiente plato consistió en salmonete hervido con salsa polaca. Samoylenko sirvió un salmonete entero a cada uno de sus acompañantes y vertió la salsa con la mano. Pasaron dos minutos en silencio.
“La mujer es esencial en la vida de todo hombre”, dijo el diácono. “No puedes evitarlo”.
Sí, pero ¿hasta qué punto? Para cada uno de nosotros, mujer significa madre, hermana, esposa, amiga. Para Layevsky, ella lo es todo, y al mismo tiempo nada más que una amante. Ella —es decir, la cohabitación con ella— es la felicidad y el objeto de su vida; él está alegre, triste, aburrido, desencantado —por culpa de la mujer—; su vida se vuelve desagradable —la mujer es la culpable—; el amanecer de una nueva vida comienza a brillar, los ideales surgen —y de nuevo busca a la mujer... Solo disfruta de los libros y cuadros en los que hay una mujer. Nuestra época es, en su opinión, pobre e inferior a la de los cuarenta y los sesenta solo porque no sabemos cómo abandonarnos abiertamente a la pasión y el éxtasis del amor. Estos voluptuosos deben tener en sus cerebros un crecimiento especial de la naturaleza del sarcoma, que sofoca el cerebro y dirige toda su psicología. Observen a Layevsky cuando esté sentado en cualquier lugar en compañía. Fíjense: cuando alguien plantea alguna pregunta general en su presencia, por ejemplo, sobre la célula o Por instinto, se sienta aparte y no habla ni escucha; parece lánguido y desilusionado; nada le interesa, todo es vulgar y trivial. Pero en cuanto se habla de macho y hembra —por ejemplo, del hecho de que la araña hembra, tras la fecundación, devora al macho—, sus ojos brillan de curiosidad, su rostro se ilumina y, de hecho, el hombre revive. Todos sus pensamientos, por nobles, elevados o neutrales que sean, tienen un punto de semejanza. Caminas con él por la calle y te encuentras con un burro, por ejemplo… «Dime, por favor», pregunta, «¿qué pasaría si aparearas un burro con un camello?». ¡Y sus sueños! ¿Te ha contado sus sueños? ¡Son magníficos! Primero, sueña que está casado con la luna, luego que lo citan ante la policía y le ordenan vivir con una guitarra…
El diácono estalló en una sonora carcajada; Samoylenko frunció el ceño y arrugó la cara con enojo para no reír, pero no pudo contenerse y se rió.
—¡Y todo esto son tonterías! —dijo, secándose las lágrimas—. ¡Sí, por Júpiter, son tonterías!
IV
El diácono se divertía con mucha facilidad y se reía de cualquier nimiedad hasta que le daba un vuelco el costado, hasta quedar indefenso. Parecía que solo le gustaba estar en compañía de la gente porque tenían un lado ridículo y porque podían ponerles apodos ridículos. Había apodado a Samoylenko "la tarántula", a su ordenanza "el pato", y estaba extasiado cuando en una ocasión Von Koren habló de Laevsky y Nadyezhda Fyodorovna como "monos japoneses". Observaba las caras de la gente con avidez, escuchaba sin pestañear, y se veía que sus ojos se llenaban de risa y su rostro se tensaba esperando el momento en que pudiera soltarse y estallar en carcajadas.
—Es un tipo corrupto y depravado —continuó el zoólogo, mientras el diácono lo miraba fijamente, esperando que dijera algo gracioso—. No es frecuente encontrarse con semejante nulidad. De cuerpo es inerte, débil, prematuramente viejo, mientras que en inteligencia no se diferencia en nada de la esposa de un tendero gordo que no hace más que comer, beber y dormir en un colchón de plumas, y que tiene a su cochero como amante.
El diácono comenzó a reírse a carcajadas nuevamente.
“No se ría, diácono”, dijo Von Koren. “Al final se vuelve estúpido. No le habría prestado atención a su insignificancia”, continuó, después de esperar a que el diácono dejara de reír; “Lo habría pasado por alto si no fuera tan nocivo y peligroso. Su nocividad radica, en primer lugar, en que tiene mucho éxito con las mujeres, y por eso amenaza con dejar descendientes, es decir, con presentar al mundo una docena de Laevskys tan débiles y depravados como él. En segundo lugar, es sumamente contaminante. Ya le he hablado de vinty cerveza. Dentro de uno o dos años dominará toda la costa del Cáucaso. Ya saben cómo la masa, especialmente su estrato medio, cree en la intelectualidad, en la educación universitaria, en los modales caballerosos y en el lenguaje literario. Cualquiera que sea la vileza que cometa, todos creerán que es como debe ser, ya que es un hombre intelectual, de ideas liberales y educación universitaria. Es más, es un fracasado, un hombre superfluo, un neurasténico, una víctima de la época, y eso significa que puede con todo. Es un tipo encantador, un buen tipo, tan genuinamente indulgente con las debilidades humanas; es dócil, servicial, fácil y nada orgulloso; uno puede beber con él, chismear y hablar mal de la gente... Las masas, siempre inclinadas al antropomorfismo en religión y moral, prefieren sobre todo a los pequeños dioses que tienen las mismas debilidades que ellas. ¡Solo piensen en el amplio campo que tiene para la contaminación! Además, no es un mal actor y es un astuto hipócrita, y sabe muy bien cómo manipular las cosas. Basta con fijarse en sus pequeños trucos y evasivas, su actitud hacia la civilización, por ejemplo. Apenas la ha despreciado, pero: "¡Ah, cómo nos ha mutilado la civilización! ¡Ah, cómo envidio a esos salvajes, a esos hijos de la naturaleza, que no saben nada de civilización!". Debemos entender, como ven, que en un tiempo, en la antigüedad, se dedicó a la civilización con toda su alma, la sirvió, la sondeó hasta sus últimas consecuencias, pero esta lo agotó, lo desilusionó, lo engañó; es un Fausto, ¿ven? Un segundo Tolstoi... En cuanto a Schopenhauer y Spencer, los trata como niños pequeños y les da palmaditas en el hombro con aire paternal: "Bueno, ¿qué dices, viejo Spencer?". No ha leído a Spencer, claro, pero qué encantador es cuando, con una ironía ligera y despreocupada, dice de su amiga: "¡Ha leído a Spencer!". Y todos lo escuchan, y a nadie le importa entender que este charlatán no tiene derecho a besarle la planta del pie a Spencer, ¡y mucho menos a hablar de él en ese tono! Socavar los cimientos de la civilización, de la autoridad, de los altares ajenos, salpicarlos de inmundicia, guiñándoles el ojo con picardía solo para justificar y ocultar la propia podredumbre y pobreza moral solo es posible para una criatura vanidosa, vil y repugnante.
—No sé qué esperas de él, Kolya —dijo Samoylenko, mirando al zoólogo, ya no con enojo, sino con aire de culpa—. Es un hombre como todos los demás. Claro que tiene sus debilidades, pero está al tanto de las ideas modernas, está al servicio del país, es útil a su país. Hace diez años, un viejo agente aquí, un hombre de gran inteligencia..., solía decir...
—¡Tonterías, tonterías! —interrumpió el zoólogo—. Dices que está en el servicio; pero ¿cómo sirve? ¿Pretende decirme que las cosas se han hecho mejor porque él está aquí, y que los funcionarios son más puntuales, honestos y educados? Al contrario, solo ha sancionado su negligencia con su prestigio como intelectual universitario. Solo es puntual el día 20 del mes, cuando cobra su sueldo; los demás días holgazanea en casa en pantuflas e intenta aparentar que le hace un gran favor al Gobierno viviendo en el Cáucaso. No, Alexandr Daviditch, no lo defiendas. Eres un mentiroso de pies a cabeza. Si de verdad lo quisieras y lo consideraras tu prójimo, sobre todo no serías indiferente a sus debilidades, no serías indulgente con ellas, sino que, por su propio bien, intentarías hacerlo inofensivo.
"¿Eso es?"
“Inofensivo. Como es incorregible, solo se le puede volver inofensivo de una manera…” Von Koren se pasó el dedo por el cuello. “O podrían ahogarlo…”, añadió. “En interés de la humanidad y en su propio interés, estas personas deberían ser destruidas. Sin duda.”
—¿Qué dices? —murmuró Samoylenko, levantándose y mirando con asombro el rostro sereno y frío del zoólogo—. Diácono, ¿qué dice? ¿Cómo? ¿Estás en tus cabales?
"No insisto en la pena de muerte", dijo Von Koren. "Si se demuestra que es perniciosa, que se invente otra cosa. Si no podemos destruir a Laevsky, ¿por qué entonces aislarlo, inofensivo, enviarlo a trabajos forzados?"
—¡Qué dices! —exclamó Samoylenko horrorizado—. ¡Con pimienta, con pimienta! —gritó con voz desesperada al ver que el diácono comía berenjenas rellenas sin pimienta—. ¡Tú, con tu gran intelecto, qué dices! ¡Envía a nuestro amigo, un intelectual orgulloso, a trabajos forzados!
“Bueno, si es orgulloso y trata de resistirse, ¡pónganle grilletes!”
Samoylenko no pudo pronunciar palabra y se limitó a juguetear con los dedos; el diácono miró su rostro estupefacto y realmente absurdo y se rió.
“Dejemos de hablar de eso”, dijo el zoólogo. “Solo recuerda una cosa, Alexandr Daviditch: el hombre primitivo se salvó de seres como Laevsky gracias a la lucha por la existencia y a la selección natural; ahora nuestra civilización ha debilitado considerablemente la lucha y la selección, y debemos ocuparnos de la destrucción de lo podrido e inservible; de lo contrario, cuando los Laevsky se multipliquen, la civilización perecerá y la humanidad se degenerará por completo. Será culpa nuestra”.
“Si depende de ahogarse y ahorcarse”, dijo Samoylenko, “¡maldita sea su civilización, maldita sea su humanidad! ¡Maldita sea! Le diré una cosa: usted es un hombre muy erudito e inteligente y el orgullo de su país, pero los alemanes lo han arruinado. ¡Sí, los alemanes! ¡Los alemanes!”
Desde que Samoylenko dejó Dorpat, donde estudió medicina, rara vez había visto a un alemán ni había leído un solo libro en ese idioma. Sin embargo, en su opinión, toda idea perjudicial en política o ciencia se debía a los alemanes. No habría sabido decir de dónde había sacado esta idea, pero la mantenía firmemente.
—¡Sí, los alemanes! —repitió una vez más—. Vengan a tomar el té.
Los tres se levantaron, se pusieron los sombreros y salieron al jardincito, donde se sentaron a la sombra de los arces verde claro, los perales y un castaño. El zoólogo y el diácono se sentaron en un banco junto a la mesa, mientras Samoylenko se hundía en una silla de mimbre con respaldo inclinado. El ordenanza les sirvió té, mermelada y una botella de sirope.
Hacía mucho calor, treinta grados en Réaumur a la sombra. El aire sofocante era estancado e inmóvil, y una larga telaraña, que se extendía desde el castaño hasta el suelo, colgaba flácida e inmóvil.
El diácono tomó la guitarra, que estaba constantemente en el suelo cerca de la mesa, la afinó y comenzó a cantar suavemente con voz fina:
“Reunidos alrededor de la taberna estaban los muchachos del seminario”.
Pero al instante se calmó, vencido por el calor, se secó la frente y miró hacia el cielo azul resplandeciente. Samoylenko se sintió somnoliento; el calor sofocante, la quietud y la deliciosa languidez de sobremesa, que rápidamente invadió todos sus miembros, lo hicieron sentir pesado y somnoliento; dejó caer los brazos a los costados, sus ojos se encogieron, su cabeza se hundió en el pecho. Miró con una ternura casi llorosa a Von Koren y al diácono, y murmuró:
La generación más joven... Una estrella científica y una lumbrera de la Iglesia... No me extrañaría que el aleluya de falda larga se convirtiera en un obispo; me atrevo a decir que quizá llegue a besarle la mano... Bueno... si Dios quiere...
Al poco rato se oyó un ronquido. Von Koren y el diácono terminaron su té y salieron a la calle.
“¿Vas de nuevo al puerto a pescar gobios de mar?” preguntó el zoólogo.
“No, hace demasiado calor.”
Ven a verme. Puedes preparar un paquete y copiarme algo. Por cierto, tenemos que hablar sobre lo que vas a hacer. Tienes que trabajar, diácono. No puedes seguir así.
“Sus palabras son justas y lógicas”, dijo el diácono. “Pero mi pereza encuentra una excusa en las circunstancias de mi vida actual. Usted mismo sabe que una posición incierta tiende a volver apática a la gente. Solo Dios sabe si me han enviado aquí temporalmente o para siempre. Vivo aquí en la incertidumbre, mientras mi esposa vegeta en casa de su padre y me extraña. Y debo confesar que mi cerebro se está derritiendo de calor”.
—Eso son tonterías —dijo el zoólogo—. Puedes acostumbrarte al calor y a estar sin la diaconisa. No debes descuidarte; debes recomponerte.
V
Nadyezhda Fyodorovna fue a bañarse por la mañana, y su cocinera, Olga, la siguió con una jarra, una palangana de cobre, toallas y una esponja. En la bahía se encontraban dos vapores desconocidos con chimeneas blancas y sucias, obviamente cargueros extranjeros. Unos hombres vestidos de blanco y con zapatos blancos caminaban por el puerto, gritando a gritos en francés, y recibieron respuesta desde los vapores. Las campanas repicaban con fuerza en la pequeña iglesia del pueblo.
“¡Hoy es domingo!” recordó con placer Nadyezhda Fyodorovna.
Se sentía perfectamente bien y estaba de un humor festivo. Con un vestido nuevo y holgado de gruesa seda tussore y un gran sombrero de paja de ala ancha, que le caía sobre las orejas, de modo que su rostro sobresalía como si saliera de una cesta, se imaginaba muy encantadora. Pensaba que en todo el pueblo solo había una joven, guapa e intelectual, y esa era ella misma, y que era la única que sabía vestirse de forma económica, elegante y con buen gusto. Ese vestido, por ejemplo, costaba solo veintidós rublos, ¡y sin embargo, qué encantador era! En todo el pueblo, ella era la única que podía ser atractiva, mientras que había tantos hombres, así que todos, quisieran o no, debían envidiar a Laevsky.
Se alegraba de que últimamente Laevsky se hubiera mostrado frío con ella, reservado y cortés, y a veces incluso duro y grosero; antes, había respondido a todos sus arrebatos, a todas sus miradas despectivas, frías o extrañas e incomprensibles, con lágrimas, reproches y amenazas de abandonarlo o de morirse de hambre; ahora solo se sonrojaba, lo miraba con aire de culpabilidad y se alegraba de que no fuera cariñoso con ella. Si la hubiera insultado, amenazado, habría sido mejor y más agradable, ya que se sentía irremediablemente culpable hacia él. Sentía que era culpable, en primer lugar, por no simpatizar con los sueños de una vida de trabajo duro, por los cuales él había abandonado Petersburgo y había venido al Cáucaso, y estaba convencida de que él había estado enfadado con ella últimamente precisamente por eso. Cuando viajaba al Cáucaso, parecía que encontraría allí desde el primer día un rincón acogedor junto al mar, un pequeño y acogedor jardín con sombra, con pájaros, con pequeños arroyos, donde podría cultivar flores y verduras, criar patos y gallinas, entretener a sus vecinos, atender a campesinos pobres y repartir libritos. Resultó que el Cáucaso no era más que montañas peladas, bosques y valles inmensos, donde se necesitaba mucho tiempo y esfuerzo para encontrar algo y establecerse; que no había vecinos de ningún tipo; que hacía mucho calor y podían robar. Laevsky no tenía prisa por conseguir un terreno; ella se alegraba, y parecían tener un pacto tácito de no mencionar jamás una vida de trabajo duro. Él guardaba silencio al respecto, pensó ella, porque estaba enfadado con ella por su silencio.
En segundo lugar, durante esos dos años, sin que él lo supiera, había comprado diversas bagatelas por valor de trescientos rublos en la tienda de Atchmianov. Las había comprado poco a poco, unas veces telas, otras seda o una sombrilla, y la deuda había crecido imperceptiblemente.
“Se lo contaré hoy…”, solía decidir, pero enseguida pensó que en el estado de ánimo actual de Laevsky no sería conveniente hablar con él de deudas.
En tercer lugar, en ausencia de Laevsky, recibió dos visitas de Kirilin, el capitán de policía: una por la mañana, cuando Laevsky se había ido a bañar, y otra a medianoche, mientras jugaba a las cartas. Al recordarlo, Nadyezhda Fyodorovna se sonrojó y miró a la cocinera como si pudiera oír sus pensamientos. Los días largos, insoportablemente calurosos y agotadores, las hermosas tardes lánguidas y las noches sofocantes, y toda esa forma de vida, cuando de la mañana a la noche uno no sabe cómo llenar las horas inútiles, y el pensamiento persistente de que era la joven más guapa del pueblo, y de que su juventud se estaba desperdiciando, y el propio Laevsky, aunque honesto e idealista, siempre igual, holgazaneando en zapatillas, mordiéndose las uñas y aburriéndola con sus caprichos, la llevaron poco a poco a ser poseída por el deseo, y como si estuviera loca, no pensaba en nada más día y noche. Respirando, mirando, caminando, no sentía nada más que deseo. El sonido del mar le decía que debía amar; la oscuridad del atardecer, la misma; las montañas, la misma... Y cuando Kirilin empezó a prestarle atención, no tuvo ni el poder ni el deseo de resistirse, y se entregó a él...
Ahora, los vapores extranjeros y los hombres de blanco le recordaban, por alguna razón, a un enorme salón; junto con los gritos en francés, oyó los acordes de un vals, y su pecho se llenó de un gozo indescriptible. Anhelaba bailar y hablar francés.
Reflexionó con alegría que no había nada terrible en su infidelidad. Su alma no tenía nada que ver con ella; seguía amando a Laevsky, y eso lo demostraba el hecho de que estaba celosa de él, le tenía lástima y lo extrañaba cuando no estaba. Kirilin había resultado ser muy mediocre, más bien tosco, aunque guapo; ya había roto todo con él y nunca volvería a haber nada. Lo sucedido había terminado; no tenía nada que ver con nadie, y si Laevsky lo descubría, no lo creería.
Solo había un baño para damas frente al mar; los hombres se bañaban al aire libre. Al entrar, Nadyezhda Fyodorovna encontró allí a una señora mayor, Marya Konstantinovna Bityugov, y a su hija Katya, una colegiala de quince años; ambas estaban sentadas en un banco desvistiéndose. Marya Konstantinovna era una persona bondadosa, entusiasta y gentil, que hablaba con voz lenta y patética. Había sido institutriz hasta los treinta y dos años, y luego se casó con Bityugov, un funcionario del gobierno, un hombrecito calvo, con el pelo peinado hacia las sienes y de carácter muy manso. Ella seguía enamorada de él, estaba celosa, se sonrojaba al oír la palabra «amor» y les decía a todos que era muy feliz.
—Querida —exclamó con entusiasmo al ver a Nadyezhda Fyodorovna, con una expresión que todos sus conocidos llamaban «aceitosa como la de una almendra». —¡Qué alegría que hayas venido, querida! ¡Nos bañaremos juntas! ¡Qué maravilla!
Olga se quitó rápidamente el vestido y la camisa y comenzó a desvestir a su señora.
—¿Hace menos calor hoy que ayer? —dijo Nadyezhda Fyodorovna, encogiéndose ante el roce áspero de la cocinera desnuda—. Ayer casi me muero de calor.
—¡Oh, sí, querida! ¡A mí también me costaba respirar! ¿Te lo puedes creer? ¡Ayer me bañé tres veces! ¡Imagínate, querida, tres veces! Nikodim Aleksandritch estaba bastante inquieto.
“¿Es posible ser tan fea?”, pensó Nadyezhda Fyodorovna, mirando a Olga y a la esposa del funcionario; miró a Katya y pensó: “La niña no está mal hecha”.
—¡Tu Nikodim Alexandritch es encantador! —dijo—. Estoy enamorada de él.
—¡Ja, ja, ja! —exclamó María Konstantinovna con una risa forzada—. ¡Qué encantador!
Desnuda, Nadyezhda Fyodorovna sintió deseos de volar. Le pareció que si agitaba las manos, volaría hacia arriba. Al desvestirse, notó que Olga miraba con desprecio su cuerpo pálido. Olga, esposa de un joven soldado, vivía con su legítimo esposo y, por lo tanto, se consideraba superior a su amante. Marya Konstantinovna y Katya le tenían miedo y no la respetaban. Esto era desagradable, y para enaltecerse ante sus ojos, Nadyezhda Fyodorovna dijo:
En casa, en San Petersburgo, la vida de verano en la villa está en su apogeo. ¡Mi marido y yo tenemos muchísimos amigos! Deberíamos ir a verlos.
“¿Su marido es ingeniero?”, preguntó tímidamente Marya Konstantinovna.
Me refiero a Laevsky. Tiene muchísimos conocidos. Pero, por desgracia, su madre es una aristócrata orgullosa, no muy inteligente...
Nadyezhda Fyodorovna se lanzó al agua sin terminar; Marya Konstantinovna y Katya entraron detrás de ella.
“Hay tantas ideas convencionales en el mundo”, continuó Nadyezhda Fyodorovna, “y la vida no es tan fácil como parece”.
Marya Konstantinovna, que había sido institutriz en familias aristocráticas y era una autoridad en asuntos sociales, dijo:
¡Claro que sí! ¿Me lo crees, querida? En casa de los Garatynsky me obligaban a vestirme tanto para el almuerzo como para la cena, así que, como una actriz, recibía una asignación especial para mi vestuario además de mi salario.
Se paró entre Nadyezhda Fyodorovna y Katya, como para proteger a su hija del agua que lavaba a la primera.
A través de las puertas abiertas que daban al mar pudieron ver a alguien nadando a cien pasos de su lugar de baño.
“Mamá, es nuestro Kostya”, dijo Katya.
—¡Ay, ay! —se rio María Konstantinovna consternada—. ¡Ay, Kostya! —gritó—. ¡Vuelve! ¡Kostia, vuelve!
Kostya, un muchacho de catorce años, para mostrar su destreza ante su madre y su hermana, se zambulló y nadó más lejos, pero comenzó a cansarse y se apresuró a regresar, y por su rostro tenso y serio se podía ver que no podía confiar en su propia fuerza.
—¡Qué problema con estos chicos, querida! —dijo Marya Konstantinovna, tranquilizándose—. Antes de que puedas darte la vuelta, se romperá el cuello. ¡Ay, querida, qué dulce es, y a la vez qué difícil, ser madre! Una le tiene miedo a todo.
Nadyezhda Fyodorovna se puso su sombrero de paja y se lanzó mar adentro. Nadó unos nueve metros y luego se giró boca arriba. Podía ver el mar hasta el horizonte, los vapores, la gente en el paseo marítimo, la ciudad; y todo esto, junto con el calor sofocante y las suaves y transparentes olas, la excitaban y le susurraban que debía vivir, vivir... Un velero pasó veloz y vigorosamente junto a ella, hendiendo las olas y el aire; el hombre al timón la miró, y a ella le gustaba que la miraran...
Después de bañarse, las damas se vistieron y se fueron juntas.
“Tengo fiebre cada dos días, y aun así no adelgazo”, dijo Nadyezhda Fyodorovna, lamiéndose los labios, salados por el baño, y respondiendo con una sonrisa a las reverencias de sus conocidos. “Siempre he sido gordita, y ahora creo que estoy más gordita que nunca”.
—Eso, querida, es cuestión de constitución. Si, como yo, uno no tiene tendencia a la obesidad, ninguna dieta sirve de nada... Pero te has equivocado, querida.
“No importa; se secará”.
Nadyezhda Fyodorovna volvió a ver a los hombres de blanco que caminaban por el paseo marítimo y hablaban francés; y de nuevo sintió una repentina alegría, y tuvo un vago recuerdo de algún gran salón en el que una vez había bailado, o con el que, tal vez, alguna vez había soñado. Y algo en el fondo de su alma le susurraba, vaga y oscuramente, que era una mujer bonita, común, miserable e inservible...
Marya Konstantinovna se detuvo en la puerta y le pidió que entrara y se sentara un rato.
—Entra, querida —dijo con voz suplicante, y al mismo tiempo miró a Nadyezhda Fyodorovna con ansiedad y esperanza; ¡quizás se negaría y no entraría!
—Con mucho gusto —dijo Nadyezhda Fyodorovna, aceptando—. ¡Ya sabes cuánto me encanta estar contigo!
Y entró en la casa. Marya Konstantinovna la sentó, le dio café, la obsequió con panecillos con leche y luego le enseñó las fotografías de sus antiguos alumnos, los Garatynsky, que ya estaban casados. También le enseñó los informes de los exámenes de Kostya y Katya. Los informes eran muy buenos, pero para que parecieran aún mejores, se quejó, con un suspiro, de lo difíciles que eran ahora las clases en la escuela... Se enorgulleció de su visitante y sintió lástima por ella, aunque al mismo tiempo la atormentaba la idea de que Nadyezhda Fyodorovna pudiera tener una influencia corruptora en la moral de Kostya y Katya, y se alegró de que su Nikodim Alexandritch no estuviera en casa. Viendo que, en su opinión, a todos los hombres les gustan las «mujeres así», Nadyezhda Fyodorovna también podría tener un efecto negativo en Nikodim Alexandritch.
Mientras hablaba con su visitante, Marya Konstantinovna recordaba que esa noche harían un picnic y que Von Koren le había rogado encarecidamente que no dijera nada al respecto a los «monos japoneses», es decir, Laevsky y Nadyezhda Fyodorovna; pero, sin darse cuenta, soltó una palabra al respecto, sonrojada, y dijo confundida:
“¡Espero que vengas también!”
VI
Se acordó conducir unos ocho kilómetros fuera de la ciudad por la carretera hacia el sur, detenerse cerca de un duhan en la confluencia de dos arroyos —el río Negro y el río Amarillo— y cocinar sopa de pescado. Partieron poco después de las cinco. A la cabeza del grupo, en un char-à-banc, iban Samoylenko y Laevsky; les seguían Marya Konstantinovna, Nadyezhda Fyodorovna, Katya y Kostya, en un carruaje tirado por tres caballos, llevando consigo la vajilla y una cesta con provisiones. En el siguiente carruaje iban el capitán de policía, Kirilin, y el joven Atchmianov, hijo del tendero a quien Nadyezhda Fyodorovna le debía trescientos rublos; frente a ellos, acurrucado en el pequeño asiento con los pies flexionados, estaba sentado Nikodim Alexandritch, un hombrecillo pulcro con el pelo peinado hacia las sienes. Por último, iban Von Koren y el diácono; a los pies del diácono había una cesta de pescado.
“¡C-cierto!”, gritaba Samoylenko a todo pulmón cuando se topaba con una carreta o un montañero montado en un burro.
“Dentro de dos años, cuando tenga los medios y la gente preparada, emprenderé una expedición”, le decía Von Koren al diácono. “Iré por la costa desde Vladivostok hasta el estrecho de Behring, y luego desde el estrecho hasta la desembocadura del Yeniséi. Elaboraremos el mapa, estudiaremos la fauna y la flora, y realizaremos investigaciones geológicas, antropológicas y etnográficas detalladas. Depende de ti si vienes conmigo o no”.
“Es imposible”, dijo el diácono.
"¿Por qué?"
“Soy un hombre con vínculos y familia”.
Tu esposa te dejará ir; nosotros nos encargaremos de ella. Mejor aún, si la convences, por el bien público, de que ingrese en un convento; eso te permitiría convertirte en monje también y unirte a la expedición como sacerdote. Puedo organizarlo por ti.
El diácono guardó silencio.
“¿Conoces bien tu teología?” preguntó el zoólogo.
“No, bastante mal.”
¡Mmm!... No puedo aconsejarte al respecto, porque yo mismo no sé mucho de teología. Dame una lista de los libros que necesitas y te los enviaré desde Petersburgo en invierno. También tendrás que leer las notas de viajeros religiosos; entre ellos hay buenos etnólogos y eruditos orientales. Cuando te familiarices con sus métodos, te será más fácil ponerte manos a la obra. Y no pierdas tiempo hasta que consigas los libros; ven a verme y estudiaremos la brújula y haremos un curso de meteorología. Todo eso es indispensable.
—Sin duda... —murmuró el diácono, y rió—. Estaba intentando conseguir un puesto en Rusia Central, y mi tío, el sumo sacerdote, prometió ayudarme. Si voy contigo, los habré molestado en vano.
No entiendo tu vacilación. Si sigues siendo un diácono común y corriente, que solo está obligado a celebrar un servicio los días festivos y los demás días puede descansar, dentro de diez años serás exactamente igual que ahora, y solo habrás ganado barba y bigote; mientras que, al regresar de esta expedición dentro de diez años, serás un hombre diferente, te enriquecerá la conciencia de que has hecho algo por ti.
Del carruaje de las damas se oían gritos de terror y alegría. Los carruajes avanzaban por un camino excavado en un precipicio que sobresalía casi por completo, y a todos les parecía que galopaban por una repisa de una pared empinada, y que en un instante se precipitarían al abismo. A la derecha se extendía el mar; a la izquierda, una pared áspera y marrón con manchas negras y venas rojas, y con raíces trepadoras; mientras que en la cima se alzaban abetos peludos, inclinados, como si miraran hacia abajo con terror y curiosidad. Un minuto después, volvieron los gritos y las risas: tenían que pasar bajo una enorme roca que sobresalía.
—No sé por qué demonios voy contigo —dijo Laevsky—. ¡Qué estúpido y vulgar! Quiero ir al norte, huir, escapar; pero aquí estoy, por alguna razón, yendo a este estúpido picnic.
—¡Pero miren, qué vista! —dijo Samoylenko mientras los caballos giraban a la izquierda y el valle del Río Amarillo apareció a la vista y el arroyo mismo brillaba a la luz del sol, amarillo, turbio, frenético.
—No veo nada bueno en eso, Sasha —respondió Laevsky—. Estar en constante éxtasis con la naturaleza demuestra pobreza de imaginación. Comparados con lo que mi imaginación me puede dar, todos estos arroyos y rocas son basura, y nada más.
Los carruajes estaban ahora a orillas del arroyo. Las altas laderas de la montaña se acercaban gradualmente, el valle se estrechaba y terminaba en un desfiladero; la montaña rocosa que rodeaban había sido apilada por la naturaleza a partir de enormes rocas, presionándose unas sobre otras con tal peso que Samoylenko no podía evitar jadear cada vez que las miraba. La oscura y hermosa montaña estaba hendida en algunos tramos por estrechas fisuras y desfiladeros de los que emanaba un aliento húmedo y misterioso; a través de los desfiladeros se veían otras montañas, marrones, rosadas, lilas, humeantes o bañadas por una intensa luz solar. De vez en cuando, al pasar por un desfiladero, percibían el sonido del agua cayendo desde las alturas y salpicando las piedras.
—¡Ay, malditas montañas! —suspiró Laevsky—. ¡Qué harto estoy de ellas!
En el lugar donde el Río Negro desemboca en el Amarillo, y el agua, negra como la tinta, mancha el amarillo y lucha con él, se alzaba el duhan del tártaro Kerbalay , con la bandera rusa en el tejado y una inscripción escrita con tiza: «El duhan agradable ». Cerca de él había un pequeño jardín, rodeado por una valla de vallas, con mesas y sillas dispuestas en él, y en medio de una espesura de miserables arbustos espinosos se alzaba un solo ciprés solitario, oscuro y hermoso.
Kerbalay, un pequeño y ágil tártaro con una camisa azul y un delantal blanco, estaba de pie en el camino y, sujetándose el estómago, hizo una profunda reverencia para dar la bienvenida a los carruajes y sonrió, mostrando sus brillantes dientes blancos.
—Buenas noches, Kerbalay —gritó Samoylenko—. ¡Seguimos un poco más adelante, y tú llévate el samovar y las sillas! ¡Prepárate!
Kerbalay asintió con su cabeza rapada y murmuró algo, y solo los que estaban sentados en el último vagón pudieron oír: «Tenemos truchas, Excelencia».
“¡Traedlos, traedlos!” dijo Von Koren.
A quinientos pasos del duhan , los carruajes se detuvieron. Samoylenko eligió un pequeño prado alrededor del cual había piedras dispersas, ideales para sentarse, y un árbol caído, derribado por la tormenta, con las raíces cubiertas de musgo y agujas secas y amarillas. Allí había un frágil puente de madera sobre el arroyo, y justo enfrente, en la otra orilla, había un pequeño granero para secar maíz, construido sobre cuatro pilotes bajos, que parecía la cabaña sobre patas de gallina del cuento de hadas; una pequeña escalera descendía desde su puerta.
La primera impresión fue la de que jamás volverían a salir de allí. Adondequiera que miraran, las montañas se alzaban imponentes sobre ellos, y las sombras del atardecer se esfumaban velozmente del duhan y los oscuros cipreses, estrechando aún más el estrecho y sinuoso valle del Río Negro y elevando aún más las montañas. Podían oír el murmullo del río y el incesante chirrido de los saltamontes.
—¡Encantador! —dijo María Konstantinovna, exhalando profundos suspiros de éxtasis—. ¡Niños, miren qué bien! ¡Qué paz!
"Sí, de verdad que está bien", asintió Laevsky, a quien le gustaba la vista y, por alguna razón, se sintió triste al mirar el cielo y luego el humo azul que salía de la chimenea del duhan . "Sí, está bien", repitió.
—Iván Andréich, describe esta vista —dijo entre lágrimas Marya Konstantinovna.
"¿Por qué?", preguntó Laevsky. "La impresión es mejor que cualquier descripción. La riqueza de imágenes y sonidos que cada uno recibe de la naturaleza por impresión directa es despotricada por los autores de una manera espantosa e irreconocible."
"¿De verdad?", preguntó Von Koren con frialdad, eligiendo la piedra más grande junto al agua e intentando trepar y sentarse. "¿De verdad?", repitió, mirando directamente a Laevsky. "¿Qué hay de 'Romeo y Julieta'? ¿O, por ejemplo, de 'Noche en Ucrania' de Pushkin? La naturaleza debería venir y postrarse a sus pies."
“Quizás”, dijo Laevsky, demasiado perezoso para pensar y oponerse. “Aunque, después de todo, ¿qué es 'Romeo y Julieta'?”, añadió tras una breve pausa. “La belleza de la poesía y la santidad del amor son simplemente las rosas bajo las que intentan ocultar su podredumbre. Romeo es igual de animal que todos nosotros”.
—De cualquier tema que te hablen, siempre lo llevas al punto de... —Von Koren miró a Katya y se interrumpió.
“¿Y en qué lo hago?” preguntó Laevsky.
Te dicen, por ejemplo, lo bonito que es un racimo de uvas, y respondes: «Sí, ¡pero qué feo es cuando se mastica y se digiere en el estómago!». ¿Por qué decir eso? No es nuevo, y... en definitiva, es una costumbre rara.
Laevsky sabía que a Von Koren no le gustaba, por lo que le tenía miedo, y en su presencia se sentía como si todos estuvieran constreñidos y alguien lo estuviera vigilando. No respondió y se marchó, arrepentido de haber venido.
—¡Caballeros, marchen rápido a buscar leña para el fuego! —ordenó Samoylenko.
Todos se alejaron en direcciones diferentes, y no quedó nadie más que Kirilin, Atchmianov y Nikodim Alexandritch. Kerbalay trajo sillas, extendió una alfombra en el suelo y puso algunas botellas de vino.
El capitán de policía, Kirilin, un hombre alto y apuesto, que en todo tiempo llevaba el abrigo sobre la túnica, con su porte altivo, su porte majestuoso y su voz gruesa y más bien ronca, parecía un joven jefe de policía de provincia; su expresión era triste y soñolienta, como si lo acabaran de despertar contra su voluntad.
—¿Para qué has traído esto, bruto? —le preguntó a Kerbalay, articulando cada palabra con delicadeza—. Te ordené que nos dieras kvarel , ¿y qué has traído, tártaro asqueroso? ¿Eh? ¿Qué?
—Tenemos mucho vino propio, Yegor Alekseitch —observó Nikodim Alexandritch tímidamente y con educación.
¿Qué? Pero también quiero que tomemos mi vino; voy a participar en el picnic y supongo que tengo todo el derecho a contribuir. ¡Me lo imagino! Trae diez botellas de kvarel .
—¿Por qué tantos? —preguntó Nikodim Alexandritch, sorprendido, sabiendo que Kirilin no tenía dinero.
—¡Veinte botellas! ¡Treinta! —gritó Kirilin.
—No importa, déjalo —susurró Atchmianov a Nikodim Alexandritch—. Yo pagaré.
Nadyezhda Fyodorovna estaba de un humor alegre y travieso; quería saltar, reír, gritar, bromear, coquetear. Con su vestido barato de algodón con pensamientos azules, sus zapatos rojos y el mismo sombrero de paja, se sentía pequeña, sencilla, ligera, etérea como una mariposa. Cruzó corriendo el puente desvencijado y se miró un momento al agua para marearse; luego, chillando y riendo, corrió al otro lado, al secadero, y creyó que todos los hombres la admiraban, incluso Kerbalay. Cuando, en la oscuridad que caía rápidamente, los árboles empezaron a fundirse con las montañas y los caballos con los carruajes, y una luz brilló en las ventanas del duhan , subió a la montaña por el pequeño sendero que zigzagueaba entre piedras y espinos y se sentó en una piedra. Abajo, ardía la hoguera. Cerca del fuego, con las mangas arremangadas, el diácono se movía de un lado a otro, y su larga sombra negra describía un círculo a su alrededor; echó leña y, con una cuchara atada a un palo largo, removió el caldero. Samoylenko, con el rostro rojo como el cobre, se movía alrededor del fuego como si estuviera en su propia cocina, gritando furioso:
¿Dónde está la sal, caballeros? Seguro que la han olvidado. ¿Por qué están sentados como señores mientras yo trabajo?
Laevsky y Nikodim Alexandritch estaban sentados uno junto al otro en el árbol caído, contemplando pensativamente el fuego. Marya Konstantinovna, Katya y Kostya sacaban las tazas, los platillos y los platos de las cestas. Von Koren, con los brazos cruzados y un pie apoyado en una piedra, estaba de pie en una orilla, justo al borde del agua, pensando en algo. Manchas de luz roja del fuego se movían junto con las sombras sobre el suelo cerca de las oscuras figuras humanas, y temblaban en la montaña, en los árboles, en el puente, en el secadero; al otro lado, la empinada y excavada orilla estaba iluminada y relucía en el arroyo, y el agua turbia que corría rompía su reflejo en pequeños fragmentos.
El diácono fue a buscar el pescado que Kerbalay estaba limpiando y lavando en la orilla, pero se detuvo a mitad de camino y miró a su alrededor.
«¡Dios mío, qué bonito es!», pensó. «Gente, rocas, el fuego, el crepúsculo, un árbol monstruoso... nada más, ¡y sin embargo qué bonito es!».
En la otra orilla, aparecieron unos desconocidos cerca del secadero. La luz parpadeante y el humo de la fogata que se elevaba en esa dirección impedían verlos a todos a la vez, pero se vislumbraban a ratos un sombrero peludo y una barba gris, a ratos una camisa azul, a ratos una figura andrajosa de hombros a rodillas, con una daga cruzada en el cuerpo; luego un rostro joven y moreno con cejas negras, tan gruesas y pronunciadas como dibujadas con carboncillo. Cinco de ellos estaban sentados en círculo en el suelo, y los otros cinco entraron en el secadero. Uno estaba de pie en la puerta de espaldas al fuego, y con las manos a la espalda contaba algo que debió de ser muy interesante, pues cuando Samoylenko echó ramitas y el fuego se encendió, esparció chispas y arrojó una luz cegadora sobre el cobertizo, se podían ver dos rostros tranquilos con expresión de profunda atención, mirando hacia la puerta, mientras los que estaban sentados en círculo se giraron y comenzaron a escuchar al orador. Poco después, los sentados en círculo comenzaron a cantar suavemente algo lento y melodioso, que sonaba como música de Cuaresma. . . . Al escucharlos, el diácono imaginó cómo sería con él dentro de diez años, cuando regresara de la expedición: sería un joven sacerdote y monje, un autor con un nombre y un pasado espléndido; sería consagrado archimandrita, luego obispo; y oficiaría misa en la catedral; con una mitra de oro salía al cuerpo de la iglesia con el icono en el pecho, y bendiciendo a la masa del pueblo con el candelabro triple y doble, proclamaba: “Mira desde el Cielo, oh Dios, contempla y visita esta viña que tu mano ha plantado”, y los niños con sus voces de ángeles cantaban en respuesta: “Dios Santo…”
«Diácono, ¿dónde está ese pescado?», escuchó la voz de Samoylenko.
Mientras regresaba al fuego, el diácono imaginó la procesión de la Iglesia yendo por un camino polvoriento en un caluroso día de julio; al frente los campesinos portando los estandartes y las mujeres y los niños los iconos, luego los niños coristas y el sacristán con la cara vendada y una paja en el pelo, luego en el debido orden él mismo, el diácono, y detrás de él el sacerdote con su calceta y cargando una cruz, y detrás de ellos, pisoteando el polvo, una multitud de campesinos, hombres, mujeres y niños; en la multitud su esposa y la esposa del sacerdote con pañuelos en la cabeza. Los coristas cantan, los bebés lloran, los guiones de codornices llaman, las alondras villancicos... Luego se ponen de pie y rocían el rebaño con agua bendita... Continúan de nuevo, y luego, de rodillas, rezan para que llueva. Luego, almuerzo y charla...
«Y eso también está bien...», pensó el diácono.
VII
Kirilin y Atchmianov subieron la montaña por el sendero. Atchmianov se quedó atrás y se detuvo, mientras Kirilin subía hasta Nadyezhda Fyodorovna.
—Buenas noches —dijo tocándose la gorra.
"Buenas noches."
“¡Sí!” dijo Kirilin, mirando al cielo y reflexionando.
“¿Por qué sí?”, preguntó Nadyezhda Fyodorovna después de una breve pausa, notando que Atchmianov los observaba a ambos.
—Y así parece —dijo el oficial lentamente— que nuestro amor se ha marchitado antes de florecer, por así decirlo. ¿Cómo quiere que lo entienda? ¿Es una especie de coquetería de su parte, o me considera un imbécil al que puede tratar como quiera?
—¡Fue un error! ¡Déjame en paz! —dijo Nadyezhda Fyodorovna con aspereza, en aquella hermosa y maravillosa noche, mirándolo con terror y preguntándose con desconcierto: ¿podría haber existido realmente un momento en que ese hombre la atrajera y estuviera cerca de ella?
—¡Así que ya está! —dijo Kirilin; pensó en silencio unos minutos y añadió—: Bueno, esperaré a que estés de mejor humor, y mientras tanto me atrevo a asegurarte que soy un caballero, y no permito que nadie lo dude. ¡Adiós!
Se tocó la gorra de nuevo y se alejó, abriéndose paso entre los arbustos. Tras un breve intervalo, Atchmianov se acercó vacilante.
“¡Qué noche más bonita!” dijo con un ligero acento armenio.
Era guapo, vestía a la moda y se comportaba con naturalidad como un joven bien educado, pero a Nadyezhda Fyodorovna no le gustaba porque le debía a su padre trescientos rublos; también le desagradaba que hubieran invitado a un tendero a la merienda, y estaba molesta por su visita esa noche cuando su corazón se sentía tan puro.
“El picnic es todo un éxito”, dijo después de una pausa.
—Sí —asintió ella, y como si de repente recordara su deuda, dijo con indiferencia—: Ah, diles en tu tienda que Iván Andréich vendrá en un par de días y pagará trescientos rublos... No recuerdo exactamente cuánto es.
Daría otros trescientos si no mencionaras esa deuda a diario. ¿Para qué ser prosaico?
Nadyezhda Fyodorovna rió; se le ocurrió la divertida idea de que, si hubiera sido lo suficientemente inmoral y dispuesta, podría librarse de su deuda en un instante. ¡Si, por ejemplo, le hubiera hecho perder el control a ese apuesto joven ingenuo! ¡Qué divertido, absurdo y descabellado sería! Y de repente sintió el deseo de que la amara, de saquearlo, de abandonarlo, y luego ver qué pasaba.
—Permíteme darte un consejo —dijo Atchmianov tímidamente—. Te ruego que tengas cuidado con Kirilin. Dice cosas horribles sobre ti por todas partes.
—No me interesa saber lo que cada tonto dice de mí —dijo fríamente Nadyezhda Fyodorovna, y la divertida idea de jugar con el apuesto joven Atchmianov perdió de repente su encanto.
“Tenemos que bajar”, dijo, “nos están llamando”.
La sopa de pescado ya estaba lista. La servían a platos y la comían con la solemnidad religiosa que solo se da en un picnic; y a todos les pareció muy buena, pensando que en casa nunca habían comido nada tan delicioso. Como siempre ocurre en los picnics, entre la masa de servilletas, paquetes y papeles grasientos e inútiles que ondeaban al viento, nadie sabía dónde estaba su vaso ni dónde estaba su pan. Vertieron el vino sobre la alfombra y sobre sus rodillas, derramaron la sal, mientras la oscuridad los rodeaba y el fuego ardía cada vez más débilmente, y a todos les daba pereza levantarse a echar leña. Todos bebieron vino, e incluso les dieron a Kostya y Katya medio vaso a cada uno. Nadyezhda Fyodorovna bebió un vaso y luego otro, se emborrachó un poco y se olvidó de Kirilin.
“Un picnic espléndido, una velada encantadora”, dijo Laevsky, animándose con el vino. “Pero preferiría un buen invierno a todo esto. 'Su collar de castor está plateado por la escarcha'”.
“Cada uno a su gusto”, observó Von Koren.
Laevsky se sentía incómodo; el calor de la fogata le golpeaba la espalda y el odio hacia Von Koren le azotaba el pecho y la cara: este odio por parte de un hombre decente e inteligente, un sentimiento en el que probablemente se escondía una razón bien fundada, lo humillaba y lo enervaba, e incapaz de oponerse a él, dijo en tono propiciatorio:
Me apasiona la naturaleza, y lamento no ser naturalista. Te envidio.
—Bueno, no te envidio ni me arrepiento —dijo Nadyezhda Fyodorovna—. No entiendo cómo alguien puede interesarse seriamente en escarabajos y mariquitas mientras la gente sufre.
Laevsky compartía su opinión. Desconocía por completo las ciencias naturales, por lo que jamás pudo aceptar el tono autoritario ni el aire erudito y profundo de quienes se dedicaban a estudiar los bigotes de las hormigas y las garras de los escarabajos. Siempre le molestó que, basándose en estos bigotes, garras y algo que llamaban protoplasma (siempre lo imaginaba con forma de ostra), se encargaran de resolver cuestiones relacionadas con el origen y la vida del hombre. Pero en las palabras de Nadyezhda Fyodorovna percibió una nota de falsedad, y simplemente para contradecirla, dijo: «La cuestión no son las mariquitas, sino las deducciones que se hacen de ellas».
VIII
Eran las once, ya tarde, cuando empezaron a subir a los vagones para volver a casa. Ocuparon sus asientos, y solo faltaban Nadyezhda Fyodorovna y Atchmianov, que corrían uno tras otro, riendo, al otro lado del arroyo.
—¡Dense prisa, amigos míos! —gritó Samoylenko.
—No deberías darles vino a las damas —dijo Von Koren en voz baja.
Español Laevsky, agotado por el picnic, por el odio a Von Koren y por sus propios pensamientos, fue a encontrarse con Nadyezhda Fyodorovna, y cuando ella, alegre y feliz, sintiéndose ligera como una pluma, sin aliento y riendo, lo tomó de ambas manos y apoyó la cabeza en su pecho, él dio un paso atrás y dijo secamente:
“Te estás comportando como una… cocotte.”
Sonó tan grosero que al instante sintió lástima por ella. En su rostro enojado y exhausto, ella leyó odio, compasión y enojo consigo misma, y se le encogió el corazón al instante. Comprendió al instante que había ido demasiado lejos, que se había comportado con demasiada libertad y naturalidad, y, abrumada por la tristeza, sintiéndose pesada, corpulenta, grosera y borracha, subió al primer vagón vacío junto con Atchmianov. Laevsky subió con Kirilin, el zoólogo con Samoylenko, el diácono con las damas, y el grupo partió.
—Ya ves cómo son los monos japoneses —empezó Von Koren, envolviéndose en su capa y cerrando los ojos. Has oído que no le interesan los escarabajos ni las mariquitas porque la gente está sufriendo. Así es como todos los monos japoneses ven a la gente como nosotros. Son una raza servil y astuta, aterrorizada por el látigo y el puño durante diez generaciones; tiemblan y queman incienso solo ante la violencia; pero deja que el mono entre en un estado de libertad donde no hay nadie que lo agarre por el collar, y se relaja al instante y se muestra en su verdadera cara. Mira qué atrevidos son en las galerías de arte, en los museos, en los teatros, o cuando hablan de ciencia: se inflan y se excitan, son abusivos y críticos... están obligados a criticar; es la señal del esclavo. Escucha: los hombres de las profesiones liberales son insultados con más frecuencia que los carteristas; eso se debe a que tres cuartas partes de la sociedad están compuestas por esclavos, precisamente por esos monos. Nunca ocurre que un esclavo te extienda la mano y te diga sinceramente: «Gracias». "Gracias por tu trabajo".
—No sé qué quieres —dijo Samoylenko, bostezando—; la pobre, en su ingenuidad, quería hablarte de temas científicos, y tú sacas una conclusión de eso. Estás enfadada con él por alguna razón, y con ella también, por hacerle compañía. Es una mujer espléndida.
¡Ah, qué tontería! Una mujer común y corriente, depravada y vulgar. Escucha, Alexandr Daviditch; cuando te encuentras con una simple campesina que no vive con su marido y que no hace más que reírse, le dices que se ponga a trabajar. ¿Por qué eres tímido y temes decir la verdad? Simplemente porque a Nadyezhda Fyodorovna no la mantiene un marinero, sino un funcionario.
"¿Qué voy a hacer con ella?", dijo Samoylenko, enfadado. "¿Pegarla o qué?
No adulamos al vicio. Maldecimos al vicio solo a sus espaldas, y eso es como hacerle una mueca desde la esquina. Soy zoólogo o sociólogo, que es lo mismo; usted es médico; la sociedad cree en nosotros; deberíamos señalar el terrible daño que la amenaza, a ella y a la próxima generación, por la existencia de mujeres como Nadyezhda Ivanovna.
—Fyodorovna —corrigió Samoylenko—. Pero ¿qué debería hacer la sociedad?
¿La sociedad? Eso es asunto suyo. En mi opinión, el método más seguro y directo es la coacción. Manu militari , debería ser devuelta a su esposo; y si su esposo no la acoge, entonces debería ser enviada a trabajos forzados o a algún centro de corrección.
—¡Ay! —suspiró Samoylenko. Hizo una pausa y preguntó en voz baja: —Dijiste el otro día que gente como Laevsky debía ser destruida... Dime, si tú... si el Estado o la sociedad te encargaran destruirlo, ¿podrías... atreverte a hacerlo?
“Mi mano no temblará.”
IX
Al llegar a casa, Laevsky y Nadyezhda Fyodorovna entraron en sus habitaciones oscuras, sofocantes y monótonas. Ambos guardaron silencio. Laevsky encendió una vela, mientras Nadyezhda Fyodorovna se sentaba y, sin quitarse la capa ni el sombrero, alzó hacia él su mirada melancólica y culpable.
Sabía que ella esperaba una explicación, pero una explicación sería tediosa, inútil y agotadora, y sentía un gran pesar por haber perdido el control y haber sido grosero con ella. Por casualidad, sintió en el bolsillo la carta que había pensado leerle todos los días, y pensó que si se la mostraba ahora, la haría reflexionar.
«Es hora de definir nuestras relaciones», pensó. «Se lo daré; lo que tenga que ser, será».
Él sacó la carta y se la dio.
Léelo. Te concierne.
Dicho esto, entró en su habitación y se tumbó en el sofá a oscuras, sin almohada. Nadyezhda Fyodorovna leyó la carta y le pareció que el techo se derrumbaba y las paredes se cerraban sobre ella. De repente, todo parecía oscuro, encerrado y terrible. Se santiguó rápidamente tres veces y dijo:
“Dale paz, oh Señor . . . dale paz. . .”
Y ella empezó a llorar.
—Vanya —llamó—. ¡Iván Andréich!
No hubo respuesta. Pensando que Laevsky había entrado y estaba de pie detrás de su silla, sollozó como una niña y dijo:
¿Por qué no me dijiste antes que estaba muerto? No habría ido al picnic; no me habría reído tanto... Los hombres me dijeron cosas horribles. ¡Qué pecado, qué pecado! Sálvame, Vanya, sálvame... He estado loca... Estoy perdida...
Laevsky oyó sus sollozos. Se sentía ahogado y su corazón latía con fuerza. En su aflicción, se levantó, se detuvo en medio de la habitación, a tientas en la oscuridad, hasta un sillón junto a la mesa y se sentó.
«Esto es una prisión...», pensó. «Tengo que irme... No lo soporto».
Era demasiado tarde para ir a jugar a las cartas; no había restaurantes en el pueblo. Se volvió a acostar y se tapó los oídos para no oírla sollozar, y de repente recordó que podía ir a ver a Samoylenko. Para no acercarse a Nadyezhda Fyodorovna, salió por la ventana al jardín, saltó la valla y siguió por la calle. Estaba oscuro. Un vapor, a juzgar por sus luces, uno grande de pasajeros, acababa de llegar. Oyó el tintineo de la cadena del ancla. Una luz roja se movía rápidamente desde la orilla en dirección al vapor: era el barco de la aduana que se dirigía hacia él.
“Los pasajeros duermen en sus camarotes…” pensó Laevsky, y envidió la tranquilidad de espíritu de los demás.
Las ventanas de la casa de Samoylenko estaban abiertas. Laevsky miró por una, luego por otra; las habitaciones estaban oscuras y silenciosas.
—Alexandr Daviditch, ¿duermes? —gritó—. ¡Alexandr Daviditch!
Escuchó una tos y un grito inquieto:
¿Quién anda ahí? ¿Qué demonios?
—Soy yo, Alexandr Daviditch. Disculpe.
Un poco después se abrió la puerta; había un resplandor de luz suave proveniente de la lámpara y apareció la enorme figura de Samoylenko, toda de blanco, con un gorro de dormir blanco en la cabeza.
—¿Y ahora qué? —preguntó, rascándose y respirando con dificultad por el sueño—. Espera un momento; abriré la puerta enseguida.
“No te molestes, entraré por la ventana...”
Laevsky subió por la ventana y cuando llegó hasta Samoylenko, le agarró la mano.
—Alexandr Daviditch —dijo con voz temblorosa—, ¡sálvame! Te lo suplico, te lo imploro. ¡Compréndeme! Mi situación es angustiosa. Si esto dura dos días más, me estrangularé como... como un perro.
Espera un momento... ¿De qué estás hablando exactamente?
“Enciende una vela.”
—¡Ay... ay!... —suspiró Samoylenko, encendiendo una vela—. ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Pero si es más de la una, hermano!
“Disculpe, pero no puedo quedarme en casa”, dijo Laevsky, sintiéndose muy reconfortado por la luz y la presencia de Samoylenko. “Eres mi mejor, mi único amigo, Alexandr Daviditch... Eres mi única esperanza. Por Dios, ven a rescatarme, quieras o no. ¡Tengo que irme de aquí, pase lo que pase!... ¡Préstame el dinero!”
—¡Dios mío, Dios mío!... —suspiró Samoylenko, rascándose—. Me estaba quedando dormido y oí el silbato del vapor, y ahora tú... ¿Quieres mucho?
Trescientos rublos por lo menos. Debo dejarle cien, y necesito doscientos para el viaje... Ya te debo unos cuatrocientos, pero te los enviaré todos... todos...
Samoylenko tomó sus dos bigotes en una mano y, de pie, con las piernas bien abiertas, reflexionó.
—Sí... —murmuró, pensativo—. Trescientos... Sí... Pero no tengo tanto. Tendré que pedírselo prestado a alguien.
—¡Pídelo prestado, por Dios! —dijo Laevsky, al ver en la cara de Samoylenko que quería prestarle el dinero y que sin duda lo haría—. Pídelo prestado y te lo devolveré sin duda. Lo enviaré desde Petersburgo en cuanto llegue. Puedes estar tranquilo. Te diré una cosa, Sasha —dijo, animándose—: tomemos un poco de vino.
“Sí... también podemos tomar vino.”
Ambos entraron al comedor.
—¿Y qué hay de Nadyezhda Fyodorovna? —preguntó Samoylenko, poniendo tres botellas y un plato de melocotones en la mesa—. ¿Seguro que no se queda?
—Lo arreglaré todo, lo arreglaré todo —dijo Laevsky, sintiendo una inesperada oleada de alegría—. Después le enviaré el dinero y se reunirá conmigo... Entonces definiremos nuestras relaciones. ¡A tu salud, amigo!
“Espera un momento”, dijo Samoylenko. “Bebe esto primero… Esto es de mi viñedo. Esta botella es del viñedo de Navaridze y esta es del de Ahatulov… Prueba los tres tipos y cuéntamelo con franqueza… El mío parece un poco ácido. ¿Eh? ¿No lo notas?”
—Sí. Me has consolado, Alexandr Daviditch. Gracias... Me siento mejor.
“¿Hay alguna acidez?”
—Dios sabe que no lo sé. ¡Pero eres un hombre espléndido y maravilloso!
Al observar su rostro pálido, excitado y bondadoso, Samoylenko recordó la opinión de Von Koren de que los hombres como ese debían ser destruidos, y Laevsky le pareció un niño débil e indefenso, a quien cualquiera podría dañar y destruir.
—Y cuando te vayas, haz las paces con tu madre —dijo—. No está bien.
“Sí, sí; por supuesto que lo haré.”
Guardaron silencio un rato. Cuando vaciaron la primera botella, Samoylenko dijo:
Deberías reconciliarte con Von Koren también. Son dos tipos tan espléndidos e inteligentes, y se miran con furia como lobos.
—Sí, es un tipo excelente e inteligente —asintió Laevsky, dispuesto a elogiar y perdonar a todos—. Es un hombre extraordinario, pero me es imposible llevarme bien con él. ¡No! Nuestras naturalezas son muy diferentes. Soy indolente, débil y sumisa. Quizás en un momento dado le tiende la mano, pero me daría la espalda... con desprecio.
Laevsky tomó un sorbo de vino, caminó de un rincón a otro y continuó, de pie en el centro de la habitación:
Entiendo muy bien a Von Koren. Tiene un carácter resuelto, fuerte y despótico. Lo han oído hablar continuamente de «la expedición», y no son meras palabras. Anhela el desierto, la noche iluminada por la luna: a su alrededor, en pequeñas tiendas, bajo el cielo abierto, duermen sus cosacos enfermos y hambrientos, guías, porteadores, médico, sacerdote, todos exhaustos por sus fatigosas marchas, mientras solo él está despierto, sentado como Stanley en un taburete de campamento, sintiéndose el monarca del desierto y el amo de estos hombres. Sigue y sigue y sigue, sus hombres gimen y mueren, uno tras otro, y él sigue y sigue, y al final perece, pero sigue siendo monarca y gobernante del desierto, ya que la cruz sobre su tumba puede ser vista por las caravanas a treinta o cuarenta millas sobre el desierto. Lamento que el hombre no esté en el ejército. Habría sido un espléndido genio militar. No habría dudado en ahogar a su caballería en el río y hacer... Un puente hecho de cadáveres. Y esa audacia es más necesaria en la guerra que cualquier tipo de fortificación o estrategia. ¡Oh, lo entiendo perfectamente! Dime: ¿por qué malgasta sus bienes aquí? ¿Qué busca aquí?
“Está estudiando la fauna marina”.
—¡No, no, hermano, no! —suspiró Laevsky. Un científico que estaba en el vapor me dijo que el Mar Negro era pobre en vida animal y que en sus profundidades, gracias a la abundancia de hidrógeno sulfúrico, la vida orgánica era imposible. Todos los zoólogos serios trabajan en la estación biológica de Nápoles o Villefranche. Pero Von Koren es independiente y obstinado: trabaja en el Mar Negro porque nadie más trabaja allí; está en desacuerdo con la universidad, no le importa conocer a sus camaradas ni a otros científicos porque es, ante todo, un déspota y, solo en segundo lugar, un zoólogo. Y ya verás que hará algo. Ya sueña con que, al regresar de su expedición, purificará nuestras universidades de la intriga y la mediocridad, y hará que los científicos se cuiden. El despotismo es tan fuerte en la ciencia como en el ejército. Y pasa su segundo verano en este pueblito pestilente porque prefiere ser el primero en un pueblo que el segundo en una ciudad. Aquí es un rey y un águila; mantiene a todos los habitantes Bajo su yugo, los oprime con su autoridad. Se ha apropiado de todos, se entromete en los asuntos ajenos; todo le sirve, y todos le temen. Me estoy escapando de sus garras, lo siente y me odia. ¿No te ha dicho que debería ser destruida o enviada a trabajos forzados?
“Sí”, se rió Samoylenko.
Laevsky también se rió y bebió un poco de vino.
“Sus ideales también son despóticos”, dijo riendo y mordiendo un melocotón. Los mortales comunes piensan en su prójimo —yo, tú, el hombre, de hecho— si trabajan por el bien común. Para Von Koren, los hombres son marionetas y nulidades, demasiado triviales para ser el objeto de su vida. Trabaja, se embarcará en su expedición y se romperá el cuello allí, no por amor al prójimo, sino por abstracciones como la humanidad, las generaciones futuras, una raza ideal de hombres. Se esfuerza por el mejoramiento de la raza humana, y a sus ojos solo somos esclavos, comida para el cañón, bestias de carga; a algunos los destruiría o los encerraría en Siberia, a otros los quebrantaría mediante la disciplina, como Aráktcheev, los obligaría a levantarse y acostarse al son del tambor; nombraría eunucos para preservar nuestra castidad y moralidad, les ordenaría disparar contra cualquiera que se saliera del círculo de nuestra estrecha moral conservadora; y todo esto en nombre del mejoramiento de la raza humana... ¿Y qué es la raza humana? Ilusión, espejismo... ...los déspotas siempre han sido ilusionistas. Lo entiendo muy bien, hermano. Lo aprecio y no niego su importancia; este mundo se basa en hombres como él, y si el mundo se dejara solo en manos de hombres como nosotros, a pesar de toda nuestra bondad y buenas intenciones, lo arruinaríamos tanto como las moscas han arruinado esa imagen. Sí.
Laevsky se sentó junto a Samoylenko y dijo con sincero sentimiento: «Soy un hombre necio, despreciable y depravado. El aire que respiro, este vino, el amor, la vida en realidad; a pesar de todo eso, hasta ahora no he dado nada a cambio más que mentiras, holgazanería y cobardía. Hasta ahora me he engañado a mí mismo y a los demás; he sido miserable por ello, y mi miseria ha sido vulgar y vulgar. Me inclino humildemente ante el odio de Von Koren porque a veces me odio y me desprecio».
Laevsky comenzó a caminar de un extremo a otro de la habitación con entusiasmo y dijo:
Me alegra ver mis defectos con claridad y ser consciente de ellos. Eso me ayudará a reformarme y a convertirme en un hombre diferente. Querido amigo, si supieras con cuánta pasión y angustia anhelo ese cambio. ¡Y te juro que seré un hombre! ¡Lo seré! No sé si es el vino el que me habla, o si realmente es así, pero me parece que hace mucho que no comparto momentos tan puros y lúcidos como los que acabo de vivir contigo.
“Es hora de dormir, hermano”, dijo Samoylenko.
—Sí, sí... Disculpe, voy directamente.
Laevsky se movió apresuradamente entre los muebles y las ventanas, buscando su gorra.
—Gracias —murmuró, suspirando—. Gracias... Las palabras amables son mejores que la caridad. Me has dado una nueva vida.
Encontró su gorra, se detuvo y miró con culpabilidad a Samoylenko.
—Alexandr Daviditch —dijo con voz suplicante.
"¿Qué es?"
“¡Déjame pasar la noche contigo, querido amigo!”
—Claro... ¿Por qué no?
Laevsky se acostó en el sofá y continuó hablando con el médico durante un largo rato.
incógnita
Tres días después del picnic, Marya Konstantinovna visitó inesperadamente a Nadyezhda Fyodorovna y, sin saludarla ni quitarle el sombrero, la agarró de ambas manos, las apretó contra su pecho y dijo con gran excitación:
Querida, estoy profundamente conmovida: nuestro querido y bondadoso médico le dijo ayer a mi Nikodim Alexandritch que tu esposo había fallecido. Dime, querida... dime, ¿es cierto?
—Sí, es cierto, está muerto —respondió Nadyezhda Fyodorovna.
¡Qué horror, querida! Pero no hay mal sin compensación; tu esposo era sin duda un hombre noble, maravilloso y santo, y los que lo son son más necesarios en el Cielo que en la Tierra.
Cada línea y rasgo del rostro de Marya Konstantinovna empezó a temblar como si pequeñas agujas saltaran arriba y abajo bajo su piel; esbozó una sonrisa de almendras y dijo, sin aliento, con entusiasmo:
Y ahora eres libre, querida. Puedes mantener la frente en alto y mirar a la gente con valentía. De ahora en adelante, Dios y los hombres bendecirán tu unión con Iván Andréich. Es encantadora. Tiemblo de alegría, no encuentro palabras. Querida, te entregaré... Nikodim Aleksandritch y yo te hemos tenido tanto cariño que nos permitirás bendecir tu unión pura y legítima. ¿Cuándo, cuándo piensas casarte?
“No lo había pensado”, dijo Nadyezhda Fyodorovna liberándose las manos.
—Eso es imposible, querida. Ya lo has pensado.
—Te lo aseguro, no —dijo Nadyezhda Fyodorovna riendo—. ¿Para qué casarnos? No lo veo necesario. Seguiremos viviendo como hasta ahora.
—¡Qué dices! —gritó María Konstantinovna horrorizada—. ¡Por Dios! ¡Qué dices!
Casarnos no mejorará las cosas. Al contrario, las empeorará. Perderemos nuestra libertad.
—¡Querida, querida! ¿Qué dices? —exclamó María Konstantinovna, retrocediendo y levantando las manos—. ¡Estás hablando como un loco! Piensa bien lo que dices. ¡Tienes que tranquilizarte!
«Asentarme.» ¿A qué te refieres? Todavía no he vivido, y me dices que me establezca.
Nadyezhda Fyodorovna reflexionó que en realidad no había vivido. Había terminado sus estudios en un internado y se había casado con un hombre al que no amaba; luego se había unido a Laevsky y había pasado todo el tiempo con él en esta costa desierta y solitaria, siempre esperando algo mejor. ¿Era eso la vida?
«Debería casarme», pensó, pero al recordar a Kirilin y Atchmianov, se sonrojó y dijo:
—No, es imposible. Aunque Iván Andréich me lo suplicara de rodillas, incluso entonces me negaría.
Marya Konstantinovna permaneció un minuto en silencio en el sofá, grave y triste, con la mirada fija en el vacío; luego se levantó y dijo fríamente:
¡Adiós, querida! Perdóname por haberte molestado. Aunque no es fácil para mí, es mi deber decirte que desde hoy todo ha terminado entre nosotros y, a pesar de mi profundo respeto por Iván Andréich, la puerta de mi casa está cerrada para ti.
Pronunció estas palabras con gran solemnidad, abrumada por su tono solemne. Su rostro volvió a temblar; adquirió una expresión suave y untuosa. Extendió ambas manos hacia Nadyezhda Fyodorovna, quien, presa de la alarma y la confusión, dijo con voz implorante:
Querida, permíteme, aunque sea por un momento, ser tu madre o tu hermana mayor. Seré tan franca como una madre.
Nadyezhda Fyodorovna sintió en su pecho calor, alegría y compasión por sí misma, como si su propia madre realmente se hubiera levantado y estuviera ante ella. Abrazó impulsivamente a Marya Konstantinovna y apretó su rostro contra su hombro. Ambas derramaron lágrimas. Se sentaron en el sofá y durante unos minutos sollozaron sin mirarse ni poder articular palabra.
—Mi querida hija —empezó María Konstantinovna—, te diré algunas verdades duras, sin perdonarte nada.
“¡Por amor a Dios, por amor a Dios, hazlo!”
Créeme, querida. Recuerda que, de todas las damas aquí presentes, yo era la única que te recibía. Me horrorizaste desde el primer día, pero no tuve el valor de tratarte con desdén como a todas las demás. Me dolió el querido Iván Andréich como si fuera mi hijo: un joven en un lugar extraño, inexperto, débil, sin madre; y estaba preocupada, terriblemente preocupada... Mi esposo se oponía a que lo conociéramos, pero lo convencí... lo convencí... Empezamos a recibir a Iván Andréich, y con él, por supuesto, a ti. De no haberlo hecho, se habría sentido insultado. Tengo una hija, un hijo... Ya entiendes la ternura, el corazón puro de la infancia... «¿Quién ofende a uno de estos pequeños?». ...Te recibí en mi casa y temblé por mis hijos. Ay, cuando seas madre, comprenderás mis temores. Y todos se sorprendieron de que te recibiera, disculpe la expresión, como una mujer respetable, y me insinuaron... bueno, claro, calumnias, suposiciones... En el fondo de mi corazón te culpaba, pero eras infeliz, voluble, digna de lástima, y me conmovió profundamente.
—¿Pero por qué, por qué? —preguntó Nadyezhda Fyodorovna, temblando—. ¿Qué daño le he hecho a alguien?
Eres una terrible pecadora. Rompiste el voto que le hiciste a tu esposo en el altar. Sedujiste a un joven apuesto, quien quizás, de no haberlo conocido, podrías haber elegido una pareja legítima para toda la vida de una buena familia de su propio círculo, y ahora habrías sido como todos los demás. Has arruinado su juventud. ¡Cállate, querida! Nunca he creído que el hombre sea el culpable de nuestros pecados. Siempre es culpa de la mujer. Los hombres son frívolos en la vida doméstica; se guían por la mente, no por el corazón. Hay mucho que no entienden; la mujer lo entiende todo. Todo depende de ella. A ella se le da mucho y de ella mucho se le exigirá. Ay, querida, si hubiera sido más tonta o más débil que el hombre en ese aspecto, Dios no le habría confiado la educación de niños y niñas. Y entonces, querida, te adentraste en el camino del vicio, olvidando toda modestia; cualquier otra mujer en tu lugar se habría escondido de la gente, se habría quedado callada. en casa, y solo se la habría visto en el templo de Dios, pálida, vestida de negro y llorando, y todos habrían dicho con genuina compasión: «Oh, Señor, este ángel errante regresa a Ti...». Pero tú, querida, has olvidado toda discreción; has vivido abiertamente, con extravagancia; has parecido estar orgullosa de tu pecado; has estado alegre y riéndote, y yo, al mirarte, me estremecí de horror, y he temido que un trueno del cielo cayera sobre nuestra casa mientras estabas sentada con nosotros. «Querida, no hables, no hables», gritó María Konstantinovna, al observar que Nadyezhda Fyodorovna quería hablar. «Créeme, no te engañaré, no ocultaré ni una sola verdad a los ojos de tu alma. Escúchame, querida... Dios distingue a los grandes pecadores, y tú has sido señalada: solo piensa: tus ropas siempre han sido espantosas».
Nadyezhda Fyodorovna, que siempre tenía la mejor opinión de sus trajes, dejó de llorar y la miró con sorpresa.
“Sí, espantoso”, prosiguió María Konstantinovna. Cualquiera podría juzgar tu comportamiento por la sofisticación y la ostentación de tu atuendo. La gente reía y se encogía de hombros al mirarte, y yo me entristecía, me entristecía... Y perdóname, querida; ¡no eres agradable en persona! Cuando nos vimos en los baños, me hiciste temblar. Tu ropa exterior era bastante decente, pero tu enagua, tu camisa... ¡Querida, me sonrojé! ¡Pobre Iván Andréich! Nadie se ata bien la corbata, y por su ropa de cama y sus botas, ¡pobrecito!, se ve que no tiene a nadie en casa que lo cuide. Y siempre tiene hambre, querida, y claro, si no hay nadie en casa que se ocupe del samovar y el café, uno se ve obligado a gastar la mitad del sueldo en el pabellón. ¡Y es simplemente horrible, horrible en tu casa! Nadie más en el pueblo tiene moscas, pero no hay Deshaciéndose de ellos en sus habitaciones: todos los platos y fuentes están negros de ellos. Si mira las ventanas y las sillas, no hay más que polvo, moscas muertas y vasos... ¿Para qué quiere vasos por ahí? Y, querida, la mesa no está recogida hasta esta hora del día. Y da vergüenza entrar en su dormitorio: ropa interior tirada por todas partes, tubos de goma colgando de las paredes, cubos y palanganas por todas partes... ¡Querida! Un marido no debería saber nada, y su mujer debería estar pulcra como un angelito en su presencia. Me despierto todas las mañanas antes del amanecer y me lavo la cara con agua fría para que mi Nikodim Alexandritch no me vea con cara de somnoliento.
—¡Tonterías! —sollozó Nadyezhda Fyodorovna—. ¡Ojalá fuera feliz, pero soy tan infeliz!
—Sí, sí; ¡eres muy infeliz! —suspiró María Konstantinovna, sin apenas poder contener las lágrimas—. ¡Y te espera un dolor terrible en el futuro! Una vejez solitaria, mala salud; y entonces tendrás que responder ante el temible tribunal... Es horrible, horrible. Ahora el destino mismo te tiende una mano amiga, y tú, loca, la rechazas. ¡Cásate, date prisa y cásate!
—Sí, debemos hacerlo, debemos hacerlo —dijo Nadyezhda Fyodorovna—; ¡pero es imposible!
"¿Por qué?"
—Es imposible. ¡Si lo supieras!
Nadyezhda Fyodorovna sintió el impulso de contarle sobre Kirilin, y cómo la noche anterior había conocido al apuesto joven Atchmianov en el puerto, y cómo se le había ocurrido la loca y ridícula idea de cancelar su deuda de trescientos dólares. La había divertido muchísimo, y regresó a casa tarde en la noche sintiéndose perdida e irremediablemente vendida. Ni ella misma sabía cómo había sucedido. Y anhelaba jurarle a Marya Konstantinovna que sin duda pagaría esa deuda, pero los sollozos y la vergüenza le impidieron hablar.
—Me voy —dijo—. Iván Andréich puede que se quede, pero yo me voy.
"¿Dónde?"
"A Rusia."
—¿Pero cómo vas a vivir allí? ¡Si no tienes nada!
“Haré traducciones, o… o abriré una biblioteca…”
No te dejes llevar por la fantasía, querida. Necesitas dinero para una biblioteca. Bueno, te dejo ahora, y tú cálmate y reflexiona, y mañana ven a verme, radiante y feliz. ¡Será encantador! Bueno, adiós, mi ángel. Déjame besarte.
Marya Konstantinovna besó a Nadyezhda Fyodorovna en la frente, le hizo la señal de la cruz y se retiró suavemente. Estaba oscureciendo y Olga encendió la cocina. Llorando aún, Nadyezhda Fyodorovna entró en el dormitorio y se acostó en la cama. Empezó a tener mucha fiebre. Se desvistió sin levantarse, arrugó la ropa a sus pies y se acurrucó bajo las sábanas. Tenía sed y no había nadie que le diera de beber.
"¡Te lo devolveré!", se dijo, y le pareció, delirante, estar sentada junto a una enferma y reconocerla. "Te lo devolveré. Sería estúpido pensar que fue por dinero. Yo... me iré y le enviaré el dinero desde Petersburgo. Primero cien... luego otros cien... y luego los terceros cien..."
Era tarde por la noche cuando Laevsky llegó.
“Al principio cien…” le dijo Nadyezhda Fyodorovna, “luego otros cien…”
«Deberías tomar quinina», dijo, y pensó: «Mañana es miércoles; el barco sale y yo no voy a subir. Así que tendré que seguir viviendo aquí hasta el sábado».
Nadyezhda Fyodorovna se arrodilló en la cama.
"No dije nada hace un momento, ¿verdad?", preguntó ella, sonriendo y entrecerrando los ojos ante la luz.
—No, nada. Tendremos que llamar al médico mañana por la mañana. Vete a dormir.
Tomó su almohada y se dirigió a la puerta. Desde que finalmente decidió irse y dejar a Nadyezhda Fyodorovna, ella había empezado a despertar en él compasión y sentimiento de culpa; se sentía un poco avergonzado en su presencia, como ante un caballo enfermo o viejo al que se ha decidido sacrificar. Se detuvo en la puerta y la miró.
Estaba de mal humor en el picnic y te dije algo grosero. ¡Perdóname, por Dios!
Dicho esto, se fue a su estudio, se acostó y durante largo rato no pudo conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, cuando Samoylenko, vestido, como si fuera un día festivo, con uniforme de gala, charreteras y condecoraciones en el pecho, salió del dormitorio tras tomarle el pulso a Nadyezhda Fyodorovna y examinarle la lengua, Laevsky, que estaba en la puerta, le preguntó con inquietud: "¿Y bien? ¿Y bien?".
Había una expresión de terror, de extrema inquietud y de esperanza en su rostro.
—No te preocupes, no hay nada peligroso —dijo Samoylenko—. Es la fiebre habitual.
—No me refiero a eso. —Laevsky frunció el ceño con impaciencia—. ¿Tienes el dinero?
“Mi querida alma, perdóname”, susurró, mirando hacia la puerta y abrumado por la confusión.
¡Por Dios, perdóname! Nadie tiene nada de sobra, y solo he podido reunir billetes de cinco y de diez rublos... Solo ciento diez en total. Hoy hablaré con alguien más. Ten paciencia.
—Pero el sábado es la última fecha —susurró Laevsky, temblando de impaciencia—. ¡Por todos los santos, consíguelo para el sábado! Si no me voy para el sábado, ¡de nada sirve! ¡No entiendo cómo un médico puede estar sin dinero!
—¡Señor, ten piedad de nosotros! —susurró Samoylenko rápida e intensamente, y sin duda se le quebró la garganta—. Me han despojado de todo; me deben siete mil y estoy endeudado por todos lados. ¿Es culpa mía?
—Entonces, ¿lo recibirás el sábado? ¿Sí?
"Voy a tratar de."
—¡Te lo imploro, querido amigo! ¡Para que el dinero esté en mis manos el viernes por la mañana!
Samoylenko se sentó y me recetó una solución de quinina, kalii bromati, tintura de ruibarbo, tincturae de genciana y agua de folículos, todo en una sola mezcla, añadió un poco de jarabe rosado para endulzarlo y se fue.
XI
“Parece como si vinieras a arrestarme”, dijo Von Koren al ver entrar a Samoylenko, vestido con su uniforme de gala.
“Pasaba por allí y pensé: '¿Qué tal si entro a presentar mis respetos a la zoología?'”, dijo Samoylenko, sentándose a la gran mesa, hecha a mano por el propio zoólogo con tablas lisas. “Buenos días, santo padre”, le dijo al diácono, que estaba sentado en la ventana, copiando algo. “Me quedo un momento y luego corro a casa a ver qué pasa con la cena. Es la hora... ¿No te molesto?”
—En absoluto —respondió el zoólogo, extendiendo sobre la mesa trozos de papel con letras pequeñas—. Estamos ocupados copiando.
—¡Ah!... ¡Dios mío, Dios mío!... —suspiró Samoylenko. Con cautela, tomó de la mesa un libro polvoriento sobre el que había una araña seca y muerta, y dijo: —Imagínate: un pequeño escarabajo verde está haciendo lo suyo, cuando de repente un monstruo como este se abalanza sobre él. Me imagino su terror.
“Sí, supongo que sí.”
“¿Se le administra veneno para protegerlo de sus enemigos?”
“Sí, para protegerlo y permitirle atacar”.
—Sin duda, sin duda... Y todo en la naturaleza, queridos míos, es coherente y puede explicarse —suspiró Samoylenko—. “Solo te diré lo que no entiendo. Eres un hombre de gran intelecto, así que explícamelo, por favor. Hay, ya sabes, pequeños animales no más grandes que ratas, bastante hermosos a la vista, pero repugnantes e inmorales en extremo, déjame decirte. Supongamos que un pequeño animal corre por el bosque. Ve un pájaro; lo atrapa y lo devora. Sigue adelante y ve en la hierba un nido de huevos; no quiere comérselos, no tiene hambre, pero aun así prueba un huevo y esparce los demás fuera del nido con la pata. Entonces se encuentra con una rana y comienza a jugar con ella; cuando ha atormentado a la rana, continúa lamiéndose y se encuentra con un escarabajo; lo aplasta con la pata... y así estropea y destruye todo a su paso... Se mete en las madrigueras de otros animales, destroza los hormigueros, rompe los caracoles Concha. Si se encuentra con una rata, lucha con ella; si se encuentra con una serpiente o un ratón, debe estrangularlo; y así todo el día. Venga, dime: ¿para qué sirve una bestia así? ¿Para qué fue creada?
“No sé de qué animal hablas”, dijo Von Koren; “probablemente de uno de los insectívoros. Bueno, se apoderó del pájaro por imprudencia; rompió el nido porque el pájaro no era hábil, lo había hecho mal y no sabía cómo disimularlo. La rana probablemente tenía algún defecto en el color, o no lo habría visto, y así sucesivamente. Tu pequeño animal solo destruye a los débiles, a los torpes, a los descuidados; de hecho, a aquellos que tienen defectos que la naturaleza no considera oportuno transmitir a la posteridad. Solo los más listos, los más fuertes, los más cuidadosos y desarrollados sobreviven; y así tu pequeño animal, sin sospecharlo, está sirviendo a los grandes fines de perfeccionar la creación”.
—Sí, sí, sí... Por cierto, hermano —dijo Samoylenko con indiferencia—, préstame cien rublos.
Muy bien. Hay algunos tipos muy interesantes entre los mamíferos insectívoros. Por ejemplo, se dice que el topo es útil porque devora insectos dañinos. Se dice que un alemán le envió a Guillermo I un abrigo de piel hecho de piel de topo, y el emperador ordenó que lo reprendieran por haber destruido tantos animales útiles. Y, sin embargo, el topo no es menos cruel que tu pequeño animal, y además es muy travieso, ya que daña terriblemente los prados.
Von Koren abrió una caja y sacó un billete de cien rublos.
“El topo tiene un tórax poderoso, igual que el murciélago”, continuó, cerrando la caja; “los huesos y músculos están tremendamente desarrollados, la boca está provista de una fuerza extraordinaria. Si tuviera las proporciones de un elefante, sería un animal destructor e invencible. Es curioso cuando dos topos se encuentran bajo tierra; empiezan de inmediato, como de común acuerdo, a cavar una pequeña plataforma; la necesitan para librar una batalla más cómoda. Una vez construida, se enzarzan en una lucha feroz y luchan hasta que el más débil cae. “Toma los cien rublos”, dijo Von Koren, bajando la voz, “pero solo con la condición de que no se los prestes a Laevsky”.
—Y si fuera por Laevsky —exclamó Samoylenko, enfurecido—, ¿qué te importa?
No puedo dártelo por Laevsky. Sé que te gusta prestar dinero. Se lo darías a Kerim, el bandido, si te lo pidiera; pero, discúlpame, no puedo ayudarte en ese sentido.
—Sí, lo pido por Laevsky —dijo Samoylenko, poniéndose de pie y agitando el brazo derecho—. ¡Sí! ¡Por Laevsky! Y nadie, ni demonio ni diablo, tiene derecho a dictarme cómo disponer de mi dinero. ¿No te conviene prestármelo? ¿No?
El diácono comenzó a reír.
—No se emocionen, pero sean razonables —dijo el zoólogo—. Colmar de beneficios al Sr. Laevsky es, en mi opinión, tan insensato como regar la maleza o alimentar langostas.
“¡En mi opinión, es nuestro deber ayudar a nuestros vecinos!”, exclamó Samoylenko.
En ese caso, ¡ayuda a ese turco hambriento que yace bajo la cerca! Es un trabajador, más útil e indispensable que tu Laevsky. ¡Dale ese billete de cien rublos! ¡O suscribe cien rublos para mi expedición!
¿Me darás el dinero o no? ¡Te lo pido!
“Dime abiertamente: ¿para qué quiere dinero?”
“No es ningún secreto: quiere ir a San Petersburgo el sábado”.
—¡Así que eso es todo! —dijo Von Koren arrastrando las palabras—. ¡Ajá!... Ya lo entendemos. ¿Y se va con él, o cómo será?
Se quedará aquí por un tiempo. Él arreglará sus asuntos en Petersburgo, le enviará el dinero y luego se irá.
"¡Qué ingenioso!", dijo el zoólogo, y soltó una breve carcajada de tenor. "Ingenioso, bien planeado".
Se acercó rápidamente a Samoylenko, y, parándose frente a él, mirándolo a los ojos, le preguntó: «Dime con sinceridad: ¿está cansado de ella? ¿Sí? Dime: ¿está cansado de ella? ¿Sí?».
“Sí”, articuló Samoylenko, empezando a transpirar.
—¡Qué repulsivo! —dijo Von Koren, y su rostro dejaba entrever su repulsión—. Una de dos, Alexandr Daviditch: o estás en su complot, o, con perdón, eres un ingenuo. ¿Te das cuenta de que te está tratando como a un niño de la forma más descarada? ¡Es evidente que quiere deshacerse de ella y abandonarla aquí! Será una carga para ti. Es evidente que tendrás que enviarla a Petersburgo a tus expensas. ¿No te habrá cegado tanto tu buen amigo con sus deslumbrantes cualidades que no puedes ver ni la cosa más simple?
“Todo esto son suposiciones”, dijo Samoylenko sentándose.
¿Suposición? ¿Pero por qué se va solo en lugar de llevársela? Y pregúntale por qué no la despide primero. ¡Qué astuto!
Abrumado por repentinas dudas y sospechas sobre su amigo, Samoylenko se debilitó y adoptó un tono más humilde.
—Pero es imposible —dijo, recordando la noche que Laevsky pasó en su casa—. ¡Es tan infeliz!
¿Y qué? ¡Los ladrones y los incendiarios también están descontentos!
“Aun suponiendo que tenga razón…”, dijo Samoylenko, vacilante. “Admitámoslo… Aun así, es un joven en un lugar desconocido… un estudiante. Nosotros también hemos sido estudiantes, y no hay nadie más que nosotros para ayudarle.”
¡Ayudarlo a hacer cosas abominables, porque él y tú han estado en universidades en diferentes momentos, y ninguno de los dos hizo nada allí! ¡Qué disparate!
—Para; hablemos de ello con calma. Supongo que podremos llegar a algún acuerdo... —reflexionó Samoylenko, jugueteando con los dedos—. Le daré el dinero, ¿sabe?, pero hágale prometer por su honor que dentro de una semana le enviará a Nadyezhda Fyodorovna el dinero para el viaje.
Y te dará su palabra de honor; de hecho, derramará lágrimas y se la creerá él mismo; pero ¿de qué sirve su palabra de honor? No la cumplirá, y cuando dentro de un año o dos te lo encuentres en la avenida Nevsky con una nueva amante del brazo, se excusará diciendo que la civilización lo ha mutilado y que está hecho a imagen de Rudin. ¡Déjalo, por Dios! ¡Aléjate de la inmundicia; no la revuelvas con las dos manos!
Samoylenko pensó un momento y dijo con decisión:
Pero le daré el dinero de todas formas. Como usted quiera. No me atrevo a rechazar a un hombre solo por una suposición.
—Muy bien. Puedes besarlo si quieres.
—Dame entonces los cien rublos —preguntó tímidamente Samoylenko.
"No lo haré."
Se hizo un silencio. Samoylenko estaba destrozado; su rostro reflejaba culpa, vergüenza y adulación, y era extraño ver ese semblante lastimero, infantil y avergonzado en un hombre corpulento con charreteras y órdenes al mérito.
“El obispo recorre su diócesis a caballo en lugar de en carruaje”, dijo el diácono, dejando la pluma. “Es sumamente conmovedor verlo montado en su caballo. Su sencillez y humildad están llenas de grandeza bíblica”.
“¿Es un buen hombre?”, preguntó Von Koren, quien se alegró de cambiar de conversación.
—¡Claro! Si no hubiera sido un buen hombre, ¿crees que lo habrían consagrado obispo?
«Entre los obispos se encuentran hombres buenos y talentosos», dijo Von Koren. «El único inconveniente es que algunos tienen la debilidad de considerarse estadistas. Uno se ocupa de la rusificación, otro critica las ciencias. Eso no les incumbe. Deberían investigar un poco su consistorio».
“Un laico no puede juzgar a los obispos”.
¿Por qué, diácono? Un obispo es un hombre igual que tú y yo.
“El mismo, pero no el mismo.” El diácono se ofendió y tomó la pluma. “Si hubieras sido el mismo, la gracia divina habría recaído sobre ti, y tú mismo habrías sido obispo; y como no eres obispo, se deduce que no eres el mismo.”
—No digas tonterías, diácono —dijo Samoylenko con desaliento—. Escuche mi sugerencia —dijo, volviéndose hacia Von Koren—. No me dé esos cien rublos. Cenará conmigo durante tres meses antes del invierno, así que deme el dinero por adelantado durante tres meses.
"No lo haré."
Samoylenko parpadeó y se puso colorado; mecánicamente atrajo hacia sí el libro con la araña y lo miró, luego se levantó y cogió su sombrero.
Von Koren sintió pena por él.
—¡Qué es tener que lidiar con gente así! —dijo el zoólogo, y con indignación pateó un papel hacia un rincón—. ¡Deben entender que esto no es bondad, no es amor, sino cobardía, dejadez, veneno! ¡Lo que se gana con la razón lo pierden sus corazones flácidos e inútiles! Cuando enfermé de tifoidea en la escuela, mi tía, compasiva, me dio champiñones encurtidos, y casi me muero. Ustedes, y mi tía también, deben entender que el amor al hombre no se encuentra en el corazón, ni en el estómago, ni en las entrañas, ¡sino aquí!
Von Koren se dio una palmada en la frente.
—Tómalo —dijo y le puso en la mano un billete de cien rublos.
—No tienes por qué enfadarte, Kolya —dijo Samoylenko con suavidad, doblando la nota—. Te entiendo perfectamente, pero... debes ponerte en mi lugar.
Eres una anciana, eso es lo que eres.
El diácono se echó a reír.
—Escucha mi última petición, Alexandr Daviditch —dijo Von Koren con vehemencia—. Cuando le des el dinero a ese sinvergüenza, ponle como condición que se lleve a su dama o que la despida, y no se lo des sin él. No hay necesidad de andarse con ceremonias. Díselo, o si no, te doy mi palabra de que iré a su oficina, lo echaré abajo a patadas y romperé toda relación contigo. Así que más te vale saberlo.
—¡Bueno! Le resultará más cómodo ir con ella o enviarla antes —dijo Samoylenko—. Estará encantado. Bueno, adiós.
Se despidió con cariño y salió, pero antes de cerrar la puerta tras él, miró a Von Koren y, con rostro feroz, dijo:
¡Son los alemanes quienes te han arruinado, hermano! ¡Sí! ¡Los alemanes!
XII
Al día siguiente, jueves, Marya Konstantinovna celebraba el cumpleaños de su Kostya. Todos estaban invitados a comer pasteles al mediodía y a tomar chocolate por la noche. Cuando Laevsky y Nadyezhda Fyodorovna llegaron por la noche, el zoólogo, que ya estaba sentado en el salón tomando chocolate, le preguntó a Samoylenko:
¿Has hablado con él?
"Aún no."
Ojo, no te andes con rodeos. ¡No entiendo la insolencia de esta gente! Saben perfectamente cómo ve esta familia su convivencia, y aun así se meten aquí a la fuerza.
“Si uno presta atención a todos los prejuicios”, dijo Samoylenko, “no llegará a ninguna parte”.
“¿Quieres decir que la repugnancia que sienten las masas por el amor ilícito y la laxitud moral es un prejuicio?”
Claro que sí. Es prejuicio y odio. Cuando los soldados ven a una chica con un comportamiento ligero, se ríen y silban; pero pregúntales qué son ellos mismos.
No es por nada que silban. El hecho de que las chicas estrangulen a sus hijos ilegítimos y vayan a la cárcel por ello, y que Ana Karenin se arrojó bajo el tren, y que en los pueblos manchen las puertas con alquitrán, y que tú y yo, sin saber por qué, nos complazca la pureza de Katya, y que cada uno de nosotros sienta un vago anhelo de amor puro, aunque sepa que no existe tal amor, ¿es todo eso prejuicio? Eso es lo único, hermano, que ha sobrevivido intacto a la selección natural, y, si no fuera por esa oscura fuerza que regula las relaciones entre los sexos, los Laevsky se saldrían con la suya y la humanidad degeneraría en dos años.
Laevsky entró en el salón, saludó a todos y, tras estrecharle la mano a Von Koren, sonrió condescendientemente. Esperó el momento oportuno y le dijo a Samoylenko:
“Disculpe, Alexandr Daviditch, tengo que decirle dos palabras”.
Samoylenko se levantó, rodeó con su brazo la cintura de Laevsky y ambos entraron en el estudio de Nikodim Alexandritch.
—Mañana es viernes —dijo Laevsky, mordiéndose las uñas—. ¿Cumpliste lo que prometiste?
Solo tengo doscientos. Conseguiré el resto hoy o mañana. No te preocupes.
—Gracias a Dios... —suspiró Laevsky, y sus manos empezaron a temblar de alegría—. Me estás salvando, Alexandr Daviditch, y te juro por Dios, por mi felicidad y por lo que quieras, que te enviaré el dinero en cuanto llegue. Y también te enviaré mi antigua deuda.
—Mira, Vanya... —dijo Samoylenko, poniéndose colorado y tomándolo del botón—. Debes perdonar mi intromisión en tus asuntos privados, pero... ¿por qué no llevas contigo a Nadyezhda Fyodorovna?
¡Raro! ¿Cómo es posible? Uno de nosotros debe quedarse, o nuestros acreedores protestarán. Verá, debo setecientos o más a las tiendas. Espere, y les enviaré el dinero. Les callaré la boca, y entonces podrá irse.
—Ya veo... ¿Pero por qué no la envías primero?
—¡Dios mío, cómo si eso fuera posible! —Laevsky estaba horrorizado—. ¡Pero si es una mujer! ¿Qué haría allí sola? ¿Qué sabe ella? Sería una pérdida de tiempo y un gasto inútil.
«Es razonable...», pensó Samoylenko, pero al recordar su conversación con Von Koren, bajó la mirada y dijo con mal humor: «No puedo estar de acuerdo contigo. O te vas con ella o la envías primero; si no... si no, no te daré el dinero. Esas son mis últimas palabras...».
Se tambaleó hacia atrás, se golpeó contra la puerta y entró en la sala, colorado y abrumado por la confusión.
«Viernes... viernes», pensó Laevsky, volviendo al salón. «Viernes...».
Le dieron una taza de chocolate; se quemó los labios y la lengua con el chocolate hirviendo y pensó: “Viernes… viernes…”
Por alguna razón, no podía quitarse de la cabeza la palabra «viernes»; solo pensaba en viernes, y lo único que tenía claro, no en su mente, sino en lo más profundo de su corazón, era que no saldría el sábado. Frente a él, Nikodim Aleksandritch, muy pulcro, con el pelo peinado sobre las sienes, decía:
“Por favor, toma algo de comer. . . .”
Marya Konstantinovna mostró a los visitantes el informe escolar de Katya y dijo, arrastrando las palabras:
¡Hoy en día es muy, muy difícil tener éxito en la escuela! Se espera tanto...
“¡Mamá!” gimió Katya, sin saber dónde ocultar su confusión ante los elogios de la compañía.
Laevsky también miró el informe y lo elogió. Las Escrituras, el idioma ruso, la conducta, los cincos y los cuatros, danzaban ante sus ojos, y todo esto, mezclado con el inquietante estribillo de «Viernes», con los cabellos cuidadosamente peinados de Nikodim Alexandritch y las mejillas sonrojadas de Katya, le produjo una sensación de aburrimiento tan inmenso y abrumador que casi gritó de desesperación y se preguntó: «¿Será posible, será posible que no pueda escapar?».
Pusieron dos mesas de juego una al lado de la otra y se sentaron a jugar al correo. Laevsky también se sentó.
«Viernes... viernes...», seguía pensando, mientras sonreía y sacaba un lápiz del bolsillo. «Viernes...».
Quería reflexionar sobre su situación, pero le daba miedo. Le aterraba darse cuenta de que el médico lo había descubierto en el engaño que se había ocultado a sí mismo con tanto cuidado y durante tanto tiempo. Cada vez que pensaba en su futuro, no daba rienda suelta a sus pensamientos. Subía al tren y se iba, y así el problema de su vida se resolvería, y no dejaba que sus pensamientos fueran más allá. Como una tenue luz lejana en el campo, a veces le rondaba la idea de que en una de las calles laterales de San Petersburgo, en un futuro remoto, tendría que recurrir a una pequeña mentira para librarse de Nadyezhda Fyodorovna y pagar sus deudas; solo diría una mentira una vez, y entonces comenzaría una vida completamente nueva. Y así era: a costa de una pequeña mentira, obtendría mucha verdad.
Ahora bien, cuando con su rotunda negativa el médico insinuó burdamente su engaño, empezó a comprender que necesitaría engaños no solo en un futuro remoto, sino hoy, mañana, dentro de un mes, y quizás hasta el final de su vida. De hecho, para escapar, tendría que mentir a Nadyezhda Fyodorovna, a sus acreedores y a sus superiores en el Servicio; luego, para conseguir dinero en Petersburgo, tendría que mentirle a su madre, diciéndole que ya había roto con Nadyezhda Fyodorovna; y que su madre no le daría más de quinientos rublos, así que ya había engañado al médico, pues no estaría en condiciones de devolverle el dinero en poco tiempo. Después, cuando Nadyezhda Fyodorovna llegara a Petersburgo, tendría que recurrir a una serie de engaños, pequeños y grandes, para librarse de ella. Y de nuevo habría lágrimas, aburrimiento, una existencia repugnante, remordimiento, y así no habría nueva vida. Engaño y nada más. Una montaña de mentiras se alzaba ante la imaginación de Laevsky. Para superarla de un salto y no mentir a pedazos, tendría que obligarse a actuar con firmeza e inflexibilidad; por ejemplo, levantarse sin decir palabra, ponerse el sombrero y partir de inmediato sin dinero ni explicaciones. Pero Laevsky sentía que eso le era imposible.
«Viernes, viernes...», pensó. «Viernes...».
Escribieron notitas, las doblaron por la mitad y las guardaron en el viejo sombrero de copa de Nikodim Alexandritch. Cuando hubo un montón suficiente de notas, Kostya, que hacía de cartero, rodeó la mesa y las repartió. El diácono, Katya y Kostya, quienes recibieron notas divertidas e intentaron escribir de la forma más divertida posible, quedaron encantados.
“Tenemos que hablar un rato”, leyó Nadyezhda Fyodorovna en una pequeña nota; miró a Marya Konstantinovna, quien le dedicó una sonrisa de almendras y asintió.
"¿De qué?", pensó Nadyezhda Fyodorovna. "Si no se puede contar todo, no sirve de nada hablar."
Antes de salir por la noche, le había anudado la corbata a Laevsky, y ese simple gesto la llenó de ternura y tristeza. La ansiedad en su rostro, su mirada distraída, su palidez, el incomprensible cambio que se había operado en él últimamente, el hecho de que le ocultara un terrible y repugnante secreto, y el hecho de que le temblaran las manos al anudarle la corbata; todo esto parecía indicarle que no les quedaba mucho tiempo para estar juntos. Lo miró como a un icono, con terror y arrepentimiento, y pensó: «Perdóname, perdóname».
Frente a ella estaba sentado Atchmianov, y no apartaba de ella sus ojos negros y enamorados. La pasión la conmovía; se avergonzaba de sí misma, y temía que ni siquiera su miseria y su dolor le impidieran ceder al deseo impuro mañana, si no hoy, y que, como un borracho, no tuviera fuerzas para contenerse.
Decidió irse para no seguir con esa vida, vergonzosa para ella y humillante para Layevsky. Le suplicaría con lágrimas que la dejara ir; y si él se oponía, se iría en secreto. No le contaría lo sucedido; que guardara un recuerdo puro de ella.
«Te amo, te amo, te amo», leyó. Era de Atchmianov.
Viviría en un lugar remoto, trabajaría y le enviaría a Laevsky, anónimamente, dinero, camisas bordadas y tabaco, y solo volvería con él en su vejez o si enfermaba gravemente y necesitaba una enfermera. Cuando, ya de anciano, supiera cuáles fueron sus razones para abandonarlo y negarse a ser su esposa, apreciaría su sacrificio y la perdonaría.
“Tienes la nariz larga”. Eso debe ser del diácono o de Kostya.
Nadyezhda Fyodorovna imaginó que, al separarse de Laevsky, lo abrazaría cálidamente, le besaría la mano y juraría amarlo toda su vida, toda su vida, y luego, viviendo en la oscuridad entre extraños, todos los días pensaría que en algún lugar tenía un amigo, alguien a quien amaba, un hombre puro, noble, elevado, que guardaba un recuerdo puro de ella.
Si no me concede una entrevista hoy, tomaré medidas, le doy mi palabra de honor. No puede tratar así a la gente decente; debe entenderlo. Eso fue de Kirilin.
XIII
Laevsky recibió dos notas; abrió una y leyó: “No te vayas, cariño mío”.
"¿Quién pudo haber escrito eso?", pensó. "No Samoylenko, por supuesto. Y tampoco el diácono, porque él no sabe que quiero irme. ¿Von Koren, quizás?"
El zoólogo se inclinó sobre la mesa y dibujó una pirámide. Laevsky creyó que sus ojos sonreían.
“Lo más probable es que Samoylenko... haya estado chismorreando”, pensó Laevsky.
En la otra nota, con la misma letra angular disimulada y con largas colas en las letras, estaba escrito: “Alguien no se irá el sábado”.
«Qué broma tan estúpida», pensó Laevsky. «Viernes, viernes...».
Algo le subió a la garganta. Se tocó el cuello y tosió, pero en lugar de toser, le salió una risa.
—¡Ja, ja, ja! —se rió—. ¡Ja, ja, ja! ¿De qué me río? ¡Ja, ja, ja!
Intentó contenerse, se tapó la boca con la mano, pero la risa le ahogaba el pecho y la garganta, y su mano no podía taparle la boca.
"¡Qué tontería!", pensó, riéndose a carcajadas. "¿Me he vuelto loco?"
La risa se hizo cada vez más estridente, hasta convertirse en algo así como el ladrido de un perrito faldero. Laevsky intentó levantarse de la mesa, pero sus piernas no le obedecían y su mano derecha, extrañamente, sin su voluntad, bailaba sobre la mesa, agarrando y arrugando convulsivamente los trozos de papel. Vio miradas de asombro, el rostro serio y asustado de Samoylenko, y los ojos del zoólogo llenos de fría ironía y asco, y comprendió que estaba histérico.
¡Qué horror, qué vergüenza! —pensó, sintiendo el calor de las lágrimas en el rostro—. ¡Ay, ay, qué desgracia! Nunca me había pasado...
Lo tomaron por los brazos y, sujetándole la cabeza por detrás, se lo llevaron. Un vaso brilló ante sus ojos y golpeó sus dientes, y el agua se derramó sobre su pecho. Estaba en una pequeña habitación, con dos camas en el medio, una junto a la otra, cubiertas por dos colchas blancas como la nieve. Se dejó caer en una de las camas y sollozó.
“No es nada, no es nada”, repetía Samoylenko. “Sucede… sucede…”.
Helada de terror, temblando por todas partes y temiendo algo terrible, Nadyezhda Fyodorovna estaba junto a la cama y seguía preguntando:
¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Por Dios, dímelo.
“¿Habrále escrito algo Kirilin?”, pensó.
—No es nada —dijo Laevsky riendo y llorando—. Vete, cariño.
Su rostro no expresaba ni odio ni repulsión: por lo tanto, no sabía nada; Nadyezhda Fyodorovna se tranquilizó un poco y entró en la sala.
—¡No te preocupes, querida! —dijo María Konstantinovna, sentándose a su lado y tomándole la mano—. Ya pasará. Los hombres son tan débiles como nosotros, pobres pecadores. Ambas están pasando por una crisis... ¡Es tan comprensible! Bueno, querida, espero una respuesta. Hablemos un poco.
—No, no vamos a hablar —dijo Nadyezhda Fyodorovna, escuchando los sollozos de Laevsky—. Me siento deprimida... Debe permitirme ir a casa.
—¿Qué quieres decir, qué quieres decir, querida? —gritó Marya Konstantinovna alarmada—. ¿Crees que podría dejarte ir sin cenar? Comeremos algo y luego podrás irte con mi bendición.
“Me siento miserable…” susurró Nadyezhda Fyodorovna y se agarró al brazo del sillón con ambas manos para no caerse.
"Tiene un toque de histeria", dijo alegremente Von Koren al entrar en el salón, pero al ver a Nadyezhda Fyodorovna, se sorprendió y se retiró.
Cuando terminó el ataque, Laevsky se sentó en la cama extraña y pensó.
¡Qué vergüenza! ¡He estado aullando como una niña miserable! Debí de ser absurda y repugnante. Me iré por la escalera de atrás... Pero parecería que me tomé mi histeria demasiado en serio. Debería tomármelo a broma...
Se miró en el espejo, se sentó allí un rato y regresó a la sala.
"Aquí estoy", dijo sonriendo; se sentía terriblemente avergonzado, y sentía que otros se avergonzaban en su presencia. "¡Imagínate que algo así pase!", dijo, sentándose. "Estaba sentado aquí, y de repente, ¿sabes?, sentí un dolor terrible y punzante en el costado... insoportable, mis nervios no lo soportaban, y... y eso me llevó a esta tontería. Esta es la era de los nervios; no hay remedio."
Durante la cena, bebió vino y, de vez en cuando, con un suspiro repentino, se frotaba el costado, como para indicar que aún sentía dolor. Y nadie, excepto Nadyezhda Fyodorovna, le creyó, y él lo vio.
Después de las nueve, salieron a dar un paseo por el bulevar. Nadyezhda Fyodorovna, temerosa de que Kirilin le hablara, hizo todo lo posible por permanecer siempre junto a Marya Konstantinovna y los niños. Se sentía débil por el miedo y la tristeza, y presentía que iba a tener fiebre; estaba agotada y apenas podía mover las piernas, pero no regresó a casa, porque estaba segura de que Kirilin o Atchmianov, o ambos a la vez, la seguirían. Kirilin caminaba detrás de ella con Nikodim Alexandritch, y tarareaba en voz baja:
¡No permito que la gente juegue conmigo! ¡No lo permito!
Desde el bulevar, regresaron al pabellón y caminaron por la playa, contemplando durante un buen rato la fosforescencia del agua. Von Koren empezó a explicarles por qué parecía fosforescente.
XIV
"Es hora de ir a mi viña ... Me estarán esperando", dijo Laevsky. "Adiós, amigos".
—Iré contigo, espera un momento —dijo Nadyezhda Fyodorovna y le tomó el brazo.
Se despidieron de la compañía y se marcharon. Kirilin también se despidió y, diciendo que iba por el mismo camino, los acompañó.
«Lo que tenga que ser, será», pensó Nadyezhda Fyodorovna. «Que así sea...».
Y le pareció que todos los malos recuerdos de su cabeza habían tomado forma y caminaban junto a ella en la oscuridad, respirando pesadamente, mientras ella, como una mosca que hubiera caído en el tintero, se arrastraba dolorosamente por el pavimento y manchaba de negrura el costado y el brazo de Laevsky.
Si Kirilin hiciera algo horrible, pensó, no sería él, sino ella, el culpable. Hubo un tiempo en que ningún hombre le habría hablado como Kirilin, y ella había destrozado su seguridad como un hilo, destruyéndola irrevocablemente. ¿Quién era el culpable? Embriagada por sus pasiones, le había sonreído a un completo desconocido, probablemente solo por su altura y su figura. Después de dos encuentros, estaba cansada de él, lo había rechazado, y ¿acaso eso, pensaba ahora, no le daba derecho a tratarla como quisiera?
—Aquí me despido, cariño —dijo Laevsky—. Ilya Mihalitch te acompañará a casa.
Le hizo un gesto a Kirilin y, cruzando rápidamente el bulevar, caminó por la calle hasta la casa de Sheshkovsky, donde había luces en las ventanas, y entonces oyeron el portazo cuando entró.
—Permítame una explicación —dijo Kirilin—. No soy un niño, no soy un Atchkasov, un Latchkasov, un Zatchkasov... Exijo mucha atención.
El corazón de Nadyezhda Fyodorovna empezó a latir con fuerza. No respondió.
“Al principio, el cambio repentino en tu comportamiento hacia mí lo atribuí a la coquetería”, continuó Kirilin; “ahora veo que no sabes comportarte con gente caballerosa. Simplemente querías jugar conmigo, como estás jugando con ese miserable armenio; pero soy un caballero e insisto en que me traten como tal. Así que estoy a tu servicio…”
- ¡Qué desgraciada soy! -exclamó Nadyezhda Fyodorovna, empezando a llorar y, para ocultar sus lágrimas, se dio la vuelta.
—Yo también me siento miserable —dijo Kirilin—, pero ¿qué pasa con eso?
Kirilin permaneció en silencio por un instante y luego dijo con claridad y énfasis:
“Le repito, señora, que si no me concede una entrevista esta noche, haré un escándalo esta misma noche.”
“Déjenme salir esta noche”, dijo Nadyezhda Fyodorovna, y no reconoció su propia voz; era tan débil y lastimera.
Debo darte una lección... Disculpa la aspereza de mi tono, pero es necesario darte una lección. Sí, lamento decirte que debo darte una lección. Insisto en dos entrevistas: hoy y mañana. Después de mañana eres completamente libre y puedes ir a donde quieras con quien quieras. Hoy y mañana.
Nadyezhda Fyodorovna se acercó a su puerta y se detuvo.
—Déjame ir —murmuró, temblando de pies a cabeza y sin ver nada en la oscuridad excepto su túnica blanca—. Tienes razón: soy una mujer horrible... Soy culpable, pero déjame ir... te lo ruego. —Tocó su mano fría y se estremeció—. Te lo suplico...
—¡Ay! —suspiró Kirilin—. ¡Ay! No está en mis planes dejarte ir; solo pretendo darte una lección y que te des cuenta. Y además, señora, tengo muy poca fe en las mujeres.
“Soy miserable. . . .”
Nadyezhda Fyodorovna escuchaba el suave chapoteo del mar, miraba el cielo estrellado y anhelaba apresurarse a terminar con todo y alejarse de la maldita sensación de la vida, con su mar, sus estrellas, sus hombres y su fiebre.
—Solo que no en mi casa —dijo con frialdad—. Llévame a otro sitio.
—Ven a casa de Muridov. Está mejor.
"¿Dónde está eso?"
“Cerca de la antigua muralla.”
Caminó rápidamente por la calle y luego giró hacia la calle lateral que conducía a las montañas. Estaba oscuro. Había pálidos rayos de luz aquí y allá en la acera, provenientes de las ventanas iluminadas, y le parecía que, como una mosca, caía constantemente en la tinta y volvía a salir a la luz. En un momento dado, él tropezó, casi se cae y se echó a reír.
«Está borracho», pensó Nadyezhda Fyodorovna. «No importa... No importa... Que así sea».
Atchmianov también se despidió pronto de la fiesta y siguió a Nadyezhda Fyodorovna para invitarla a una pelea. Fue a su casa y miró por encima de la valla: las ventanas estaban abiertas de par en par, no había luz.
¡Nadiezhda Fiódorovna! llamó.
Pasó un momento y volvió a llamar.
“¿Quién está ahí?” escuchó la voz de Olga.
—¿Nadiezhda Fiódorovna está en casa?
“No, ella no ha entrado todavía.”
«Qué extraño... muy extraño», pensó Atchmianov, muy incómodo. «Se fue a casa...».
Caminó por el bulevar, luego por la calle, y echó un vistazo a los escaparates de Sheshkovsky. Laevsky estaba sentado a la mesa sin abrigo, mirando atentamente sus cartas.
—Qué raro, qué raro —murmuró Atchmianov, y al recordar la histeria de Laevsky, se sintió avergonzado—. Si no está en casa, ¿dónde está?
Volvió a casa de Nadyezhda Fyodorovna y miró las ventanas oscuras.
«Es una trampa, una trampa...», pensó, recordando que, al encontrarlo a mediodía en casa de Marya Konstantinovna, ella le había prometido ir con él en un bote esa noche.
Las ventanas de la casa donde vivía Kirilin estaban oscuras, y había un policía dormido en un pequeño banco junto a la puerta. Atchmianov lo vio todo claro al mirar las ventanas y al policía. Decidió volver a casa y se dirigió hacia allí, pero de alguna manera se encontró de nuevo cerca de la casa de Nadyezhda Fyodorovna. Se sentó en el banco cerca de la puerta y se quitó el sombrero, sintiendo que la cabeza le ardía de celos y resentimiento.
El reloj de la iglesia del pueblo solo dio dos campanadas en veinticuatro horas: al mediodía y a la medianoche. Poco después de la medianoche, oyó pasos apresurados.
—Mañana por la tarde, entonces, otra vez en casa de Muridov —oyó Atchmianov, y reconoció la voz de Kirilin—. A las ocho; ¡adiós!
Nadyezhda Fyodorovna apareció cerca del jardín. Sin percatarse de que Atchmianov estaba sentado en el banco, pasó junto a él como una sombra, abrió la verja y, dejándola abierta, entró en la casa. En su habitación, encendió la vela y se desvistió rápidamente, pero en lugar de meterse en la cama, se arrodilló ante una silla, la abrazó y apoyó la cabeza en ella.
Eran más de las dos cuando Laevsky llegó a casa.
XV
Decidido a mentir, no de golpe, sino poco a poco, Laevsky fue poco después de la una del día siguiente a Samoylenko a pedirle el dinero para poder salir el sábado. Tras su ataque de histeria, que había añadido una profunda vergüenza a su estado depresivo, era impensable quedarse en la ciudad. Si Samoylenko insistía en sus condiciones, pensó que sería posible aceptarlas y aceptar el dinero, y al día siguiente, justo al levantarse, decirle que Nadyezhda Fyodorovna se negaba a ir. Esa misma noche podría convencerla de que todo el acuerdo sería para su beneficio. Si Samoylenko, que estaba evidentemente bajo la influencia de Von Koren, rechazaba por completo el dinero o imponía nuevas condiciones, entonces él, Laevsky, partiría esa misma tarde en un carguero, o incluso en un velero, hacia Novy Athon o Novorossiisk, enviaría desde allí un telegrama humillante y se quedaría allí hasta que su madre le enviara el dinero para el viaje.
Al entrar en casa de Samoylenko, encontró a Von Koren en la sala. El zoólogo acababa de llegar a cenar y, como de costumbre, hojeaba el álbum y observaba con atención a los caballeros con chistera y a las damas con cofia.
"¡Qué mala suerte!", pensó Laevsky al verlo. "Quizás esté estorbando. Buenos días."
“Buenos días”, respondió Von Koren sin mirarlo.
¿Está Alexandr Daviditch en casa?
“Sí, en la cocina.”
Laevsky entró en la cocina, pero al ver desde la puerta que Samoylenko estaba ocupado con la ensalada, regresó a la sala y se sentó. Siempre se sentía incómodo en presencia del zoólogo, y ahora temía que se hablara de su ataque de histeria. Hubo más de un minuto de silencio. Von Koren levantó repentinamente la vista hacia Laevsky y preguntó:
¿Cómo te sientes después de ayer?
—Muy bien —dijo Laevsky, sonrojándose—. En realidad no fue gran cosa...
“Hasta ayer pensaba que solo las mujeres tenían histeria, así que al principio pensé que tenías el baile de San Vito”.
Laevsky sonrió con agrado y pensó:
¡Qué falta de delicadeza de su parte! Sabe perfectamente lo desagradable que es para mí...
“Sí, fue una actuación ridícula”, dijo, sin dejar de sonreír. “Me he estado riendo toda la mañana. Lo curioso de un ataque de histeria es que sabes que es absurdo, y te ríes en el fondo, y al mismo tiempo lloras. En nuestra era neurótica, somos esclavos de nuestros nervios; ellos son nuestros amos y hacen con nosotros lo que quieren. La civilización nos ha jugado una mala pasada en ese sentido…”
Mientras Laevsky hablaba, le resultaba desagradable que Von Koren lo escuchara con gravedad y lo mirara fija y atentamente, como si lo estuviera estudiando; y estaba molesto consigo mismo porque, a pesar de su disgusto por Von Koren, no podía desterrar la sonrisa zalamera de su rostro.
Debo admitir, sin embargo —añadió—, que hubo causas inmediatas para el ataque, y bastantes. Mi salud ha estado terriblemente frágil últimamente. A lo que hay que añadir el aburrimiento, la constante escasez de recursos... la ausencia de gente y de intereses generales... Mi situación es peor que la de un gobernador.
“Sí, su situación es desesperada”, respondió Von Koren.
Estas palabras tranquilas y frías, que parecían una mezcla de burla y predicción inesperada, ofendieron a Laevsky. Recordó la mirada del zoólogo la noche anterior, llena de burla y asco. Guardó silencio un instante y luego preguntó, sin sonreír ya:
“¿Cómo sabes algo de mi posición?”
Acabas de hablar de ello. Además, tus amigos se interesan tanto por ti que oigo hablar de ti todo el día.
¿Qué amigos? ¿Samoylenko, supongo?
“Sí, él también.”
Le pediría a Alexandr Daviditch y a mis amigos en general que no se preocupen tanto por mí.
—Aquí está Samoylenko. Será mejor que le pidas que no se preocupe tanto por ti.
"No entiendo su tono", murmuró Laevsky, sintiendo de repente como si acabara de comprender que el zoólogo lo odiaba y lo despreciaba, y se burlaba de él, y era su más amargo e inveterado enemigo.
—Guarda ese tono para otro —dijo en voz baja, incapaz de hablar en voz alta por el odio que le ahogaba el pecho y la garganta, como la noche anterior de risa.
Samoylenko llegó en mangas de camisa, colorado y sudoroso por el calor sofocante de la cocina.
—Ah, ¿estás aquí? —dijo—. Buenos días, querido. ¿Has cenado? No te andes con rodeos. ¿Has cenado?
—Alexandr Daviditch —dijo Laevsky, poniéndose de pie—, aunque le pedí ayuda en un asunto privado, eso no significa que lo liberara de su obligación de discreción y respeto hacia los asuntos privados de los demás.
“¿Qué es esto?” preguntó Samoylenko asombrado.
—Si no tienes dinero —continuó Laevsky, alzando la voz y balanceándose con entusiasmo—, no lo des; recházalo. ¿Pero por qué andar diciendo por todos lados que mi situación es desesperada, y todo lo demás? ¡No soporto tanta benevolencia y ayuda de un amigo cuando hay un chelín de charla por media porción de ayuda! Puedes presumir de tu benevolencia cuanto quieras, ¡pero nadie te ha dado derecho a cotillear sobre mis asuntos privados!
—¿Qué asuntos privados? —preguntó Samoylenko, desconcertado y empezando a enfadarse—. Si has venido a insultar, mejor que te largues. ¡Puedes volver después!
Recordó la regla de que cuando uno está enojado con su vecino, debe comenzar a contar hasta cien y uno se calmará nuevamente; y comenzó a contar rápidamente.
—Te ruego que no te preocupes por mí —continuó Laevsky—. No me hagas caso, ¿y a quién le importa lo que hago y cómo vivo? Sí, quiero irme. Sí, me endeudo, bebo, vivo con la esposa de otro, soy un histérico, soy un tipo normal. No soy tan profundo como algunos, pero ¿a quién le importa eso? Respeta la privacidad de los demás.
—Disculpe, hermano —dijo Samoylenko, que había contado hasta treinta y cinco—, pero...
—¡Respeta la individualidad de los demás! —interrumpió Laevsky—. ¡Este chismorreo constante sobre los asuntos ajenos, estos suspiros, gemidos y constantes fisgones, estas escuchas a escondidas, esta simpatía amistosa...! ¡Maldita sea! ¡Me prestan dinero y me imponen condiciones como a un colegial! ¡Me tratan como quién sabe qué! No quiero nada —gritó Laevsky, tambaleándose de la emoción y temeroso de que terminara en otro ataque de histeria—. Entonces no me escaparé el sábado —pasó por su mente—. No quiero nada. Solo te pido que me ahorres tu protección. No soy un niño, ni estoy loco, y te ruego que dejes de cuidarme.
El diácono entró y, al ver a Laevsky pálido y gesticulando, dirigiendo su extraño discurso al retrato del príncipe Vorontsov, se quedó paralizado junto a la puerta como petrificado.
“Esta continua intromisión en mi alma”, continuó Laevsky, “es un insulto a mi dignidad humana, y les ruego a estos detectives voluntarios que dejen de espiar. ¡Ya basta!”
—¿Qué...? ¿Qué dijiste? —preguntó Samoylenko, que había contado hasta cien. Se puso colorado y se acercó a Laevsky.
—Ya basta —dijo Laevsky respirando con dificultad y cogiendo su gorra.
"Soy médico ruso, noble de nacimiento y consejero civil", dijo Samoylenko con énfasis. "¡Nunca he sido espía y no permito que nadie me insulte!", gritó con voz entrecortada, enfatizando la última palabra. "¡Cállate!"
El diácono, que nunca había visto al médico tan majestuoso, tan hinchado de dignidad, tan carmesí y tan feroz, cerró la boca, salió corriendo a la entrada y allí estalló en risas.
Como a través de la niebla, Laevsky vio a Von Koren levantarse y, con las manos en los bolsillos del pantalón, permanecer inmóvil, expectante, como a la espera de lo que sucediera. Esta calma le pareció a Laevsky insolente e insultante en grado sumo.
“¡Por favor, retira tus palabras!” gritó Samoylenko.
Laevsky, que ya no recordaba cuáles fueron sus palabras, respondió:
¡Déjenme en paz! No pido nada. Solo pido que ustedes y esos alemanes advenedizos de origen judío me dejen en paz. ¡O haré lo que pueda para obligarlos! ¡Lucharé contra ustedes!
—Ahora lo entendemos —dijo Von Koren, saliendo de detrás de la mesa—. El señor Laevsky quiere divertirse con un duelo antes de irse. Puedo darle ese placer. Señor Laevsky, acepto su reto.
—Un desafío —dijo Laevsky en voz baja, acercándose al zoólogo y mirando con odio su frente morena y su cabello rizado—. ¿Un desafío? ¡Claro que sí! ¡Te odio! ¡Te odio!
Encantado. Mañana temprano cerca de Kerbalay. Dejo todos los detalles a tu gusto. ¡Y ahora, largaos!
—Te odio —dijo Laevsky en voz baja, jadeando—. ¡Te he odiado durante mucho tiempo! ¡Un duelo! ¡Sí!
—Deshazte de él, Alexandr Daviditch, o me voy —dijo Von Koren—. Me morderá.
El tono frío de Von Koren tranquilizó al médico, que pareció recobrar de pronto la razón; rodeó con ambos brazos la cintura de Laevsky y, alejándolo del zoólogo, murmuró con una voz amistosa que temblaba de emoción:
“Amigos míos… queridos, bien… han perdido los estribos y ya está bien… y ya está bien, amigos míos.”
Al oír su voz suave y amigable, Laevsky sintió que algo inaudito, monstruoso, acababa de sucederle, como si casi lo hubiera atropellado un tren; casi rompió a llorar, agitó la mano y salió corriendo de la habitación.
Sentirse odiado, exponerse ante quien lo odia, en el estado más lamentable, despreciable e indefenso. ¡Dios mío, qué duro es!, pensó un rato después, sentado en el pabellón, sintiendo como si su cuerpo estuviera marcado por el odio del que acababa de ser objeto.
—¡Qué grosero es esto, Dios mío!
El agua fría con brandy lo reanimó. Recordó vívidamente el rostro sereno y altivo de Von Koren; sus ojos del día anterior, su camisa como una alfombra, su voz, su mano blanca; y un odio intenso, apasionado y voraz le ardía en el pecho y clamaba por satisfacción. En sus pensamientos, derribó a Von Koren al suelo y lo pisoteó. Recordó con todo detalle todo lo sucedido, y se preguntó cómo pudo sonreír con agrado a ese hombre insignificante, y cómo podía importarle la opinión de gente miserable y mezquina a la que nadie conocía, que vivía en un pueblito miserable que, al parecer, ni siquiera figuraba en el mapa, y del que ninguna persona decente en San Petersburgo había oído hablar. Si este pueblito miserable caía repentinamente en ruinas o se incendiaba, el telegrama con la noticia se leería en Rusia con el mismo interés que un anuncio de venta de muebles de segunda mano. Tanto si mataba a Von Koren al día siguiente como si lo dejaba con vida, sería lo mismo, igual de inútil y sin interés. Es mejor dispararle en la pierna o en la mano, herirlo, luego reírse de él y dejarlo, como un insecto con una pata rota perdido en la hierba, perderse con sus oscuros sufrimientos entre la multitud de personas insignificantes como él.
Laevsky fue a ver a Sheshkovsky, le contó todo y le pidió que fuera su padrino. Luego, ambos fueron al superintendente del departamento de correos y telégrafos, le pidieron también que fuera padrino y se quedaron a cenar con él. Durante la cena, hubo muchas bromas y risas. Laevsky bromeó consigo mismo, diciendo que apenas sabía disparar una pistola, llamándose a sí mismo un arquero real y Guillermo Tell.
“Tenemos que darle una lección a este señor…”, dijo.
Después de cenar, se sentaron a jugar a las cartas. Laevsky jugó, bebió vino y pensó que el duelo era estúpido y sin sentido, ya que no decidía la cuestión, sino que la complicaba, pero que a veces era imposible seguir adelante sin él. En el caso en cuestión, por ejemplo, no se podía, por supuesto, demandar a Von Koren. Y este duelo era tan bueno que le impidió a Laevsky quedarse en la ciudad después. Se emborrachó un poco, se interesó en el juego y se sintió a gusto.
Pero cuando el sol se puso y oscureció, lo invadió una sensación de inquietud. No era miedo a la muerte, pues mientras cenaba y jugaba a las cartas, por alguna razón, creía firmemente que el duelo no terminaría en nada; era pavor ante la idea de algo desconocido que sucedería a la mañana siguiente por primera vez en su vida, y pavor ante la noche que se avecinaba... Sabía que la noche sería larga e insomne, y que tendría que pensar no solo en Von Koren y su odio, sino también en la montaña de mentiras que debía superar, y de las que no tenía fuerzas ni capacidad para prescindir. Fue como si hubiera enfermado repentinamente; de repente, perdió todo interés en las cartas y en la gente, se inquietó y empezó a pedirles que lo dejaran ir a casa. Ansiaba meterse en la cama, permanecer inmóvil y preparar sus pensamientos para la noche. Sheshkovsky y el superintendente de correos lo acompañaron a su casa y luego fueron a casa de Von Koren para organizar el duelo.
Cerca de su alojamiento, Laevsky se encontró con Atchmianov. El joven estaba sin aliento y emocionado.
—Te busco, Iván Andréich —dijo—. Te ruego que vengas pronto...
"¿Dónde?"
Alguien quiere verte, alguien que no conoces, para un asunto muy importante; te ruega encarecidamente que vengas un momento. Quiere hablarte de algo... Para él es una cuestión de vida o muerte... En su entusiasmo, Atchmianov habló con un marcado acento armenio.
“¿Quién es?” preguntó Laevsky.
“Me pidió que no te dijera su nombre”.
“Dile que estoy ocupado; mañana, si quiere…”
—¡Cómo puedes! —Atchmianov estaba horrorizado—. Quiere decirte algo muy importante para ti... ¡Muy importante! Si no vienes, algo terrible ocurrirá.
—Qué extraño... —murmuró Laevsky, incapaz de comprender por qué Atchmianov estaba tan emocionado y qué misterios podía haber en esa pequeña ciudad aburrida e inútil.
—Qué raro —repitió, vacilante—. Pero ven, me da igual.
Atchmianov se adelantó rápidamente y Laevsky lo siguió. Bajaron por una calle y luego entraron en un callejón.
“¡Qué aburrido es esto!” dijo Laevsky.
“Un minuto, un minuto... ya casi está.”
Cerca de la antigua muralla bajaron por un estrecho callejón entre dos recintos vacíos, luego llegaron a una especie de gran patio y se dirigieron hacia una pequeña casa.
—Es de Muridov, ¿no? —preguntó Laevsky.
"Sí."
Pero no entiendo por qué pasamos por los patios traseros. Podríamos haber pasado por la calle; está más cerca...
“No importa, no importa…”
A Laevsky también le pareció extraño que Atchmianov lo condujera a una entrada trasera y le hiciera un gesto como si le pidiera que entrara en silencio y se callara.
—Por aquí, por aquí... —dijo Atchmianov, abriendo la puerta con cautela y entrando al pasillo de puntillas—. Silenciosamente, silenciosamente, te lo ruego... que oigan.
Escuchó, respiró profundamente y dijo en un susurro:
“Abre esa puerta y entra... no tengas miedo.”
Laevsky, desconcertado, abrió la puerta y entró en una habitación con techo bajo y ventanas con cortinas.
Había una vela sobre la mesa.
—¿Qué quieres? —preguntó alguien en la habitación contigua—. ¿Eres tú, Muridov?
Laevsky entró en la habitación y vio a Kirilin y a su lado a Nadyezhda Fyodorovna.
No oyó lo que le dijeron; retrocedió tambaleándose, sin saber cómo llegó a la calle. Su odio por Von Koren y su inquietud se habían desvanecido de su alma. Al volver a casa, agitó torpemente el brazo derecho y miró con atención el suelo, intentando pisar donde estuviera liso. En su estudio, caminaba de un lado a otro, frotándose las manos y encogiéndose torpemente de hombros y cuello, como si la chaqueta y la camisa le apretaran demasiado; luego encendió una vela y se sentó a la mesa...
XVI
Los 'estudios humanitarios' de los que hablas solo satisfarán el pensamiento humano cuando, a medida que avancen, se encuentren con las ciencias exactas y progresen a la par. No sé si se encontrarán bajo un nuevo microscopio, en los monólogos de un nuevo Hamlet o en una nueva religión, pero preveo que la tierra se cubrirá de una capa de hielo antes de que eso suceda. De todo el saber humano, el más duradero y vivo es, por supuesto, la enseñanza de Cristo; ¡pero mira qué diferente se interpreta incluso eso! Algunos enseñan que debemos amar a todos nuestros prójimos, pero exceptúan a los soldados, criminales y lunáticos. Permiten que los primeros mueran en la guerra, que los segundos sean aislados o ejecutados, y que los terceros se casen. Otros intérpretes enseñan que debemos amar a todos nuestros prójimos sin excepción, sin distinción de más o menos . Según su enseñanza, si un tísico, un asesino o un epiléptico te pide a tu hija en matrimonio, debes dársela. Si los cretinos van a la guerra contra los física y mentalmente sanos, No se defiendan. Esta defensa del amor por el amor, como el arte por el arte, si tuviera poder, a la larga llevaría a la humanidad a la completa extinción, convirtiéndose así en el crimen más grande jamás cometido sobre la tierra. Hay muchísimas interpretaciones, y como hay tantas, la reflexión seria no se satisface con ninguna y se apresura a añadir su propia interpretación a la masa. Por esa razón, nunca deben plantear una pregunta sobre una base filosófica o supuestamente cristiana; al hacerlo, solo alejan aún más la cuestión de la solución.
El diácono escuchó atentamente al zoólogo, pensó un poco y preguntó:
“¿Los filósofos inventaron la ley moral que es innata en cada hombre, o Dios la creó junto con el cuerpo?”
No lo sé. Pero esa ley es tan universal entre todos los pueblos y todas las épocas que creo que deberíamos reconocerla como orgánicamente conectada con el hombre. No es una invención, sino que existe y existirá. No les digo que algún día se verá bajo el microscopio, pero su conexión orgánica se demuestra, de hecho, con pruebas: las afecciones cerebrales graves y todas las llamadas enfermedades mentales, según mi leal saber y entender, se manifiestan ante todo en la perversión de la ley moral.
Bien. Así pues, así como nuestro estómago nos impulsa a comer, nuestro sentido moral nos impulsa a amar al prójimo. ¿De verdad? Pero nuestro ser natural, por amor propio, se opone a la voz de la conciencia y la razón, y esto da lugar a muchas preguntas desconcertantes. ¿A quién deberíamos acudir para resolver estas preguntas si nos prohíben plantearlas desde una perspectiva filosófica?
Recurran a la poca ciencia exacta que tenemos. Confíen en la evidencia y la lógica de los hechos. Es cierto que es escasa, pero, por otro lado, es menos fluida y cambiante que la filosofía. La ley moral, supongamos, exige amar al prójimo. ¿Y bien? El amor debe manifestarse en la eliminación de todo lo que, de una u otra forma, sea perjudicial para los hombres y los amenace con peligro en el presente o en el futuro. Nuestro conocimiento y la evidencia nos indican que las personas moral y físicamente anormales son una amenaza para la humanidad. Si es así, deben luchar contra lo anormal; si no son capaces de elevarlos a la normalidad, deben tener la fuerza y la capacidad para volverlos inofensivos, es decir, para destruirlos.
“Así pues, el amor consiste en que el fuerte venza al débil”.
"Indudablemente."
“Pero vosotros sabéis que el Fuerte crucificó a nuestro Señor Jesucristo”, dijo con vehemencia el diácono.
El hecho es que quienes lo crucificaron no fueron los fuertes, sino los débiles. La cultura humana se debilita y se esfuerza por anular la lucha por la existencia y la selección natural; de ahí el rápido avance de los débiles y su predominio sobre los fuertes. Imaginen que lograran inculcar en las abejas ideas humanitarias en su forma cruda y elemental. ¿Qué resultaría? Los zánganos que deberían ser asesinados seguirían vivos, devorarían la miel, corromperían y sofocarían a las abejas, resultando en el predominio de los débiles sobre los fuertes y la degeneración de estos últimos. El mismo proceso está ocurriendo ahora con la humanidad; los débiles oprimen a los fuertes. Entre los salvajes no alcanzados por la civilización, el más fuerte, el más astuto y el más moral lleva la delantera; es el jefe y el amo. Pero nosotros, los hombres civilizados, hemos crucificado a Cristo y seguimos crucificándolo, así que algo nos falta... Y ese algo debemos cultivarlo en nosotros mismos, o no habrá fin a estos errores.
“¿Pero qué criterio tenéis para distinguir a los fuertes de los débiles?”
Conocimiento y evidencia. Los tuberculosos y los escrofulosos se reconocen por sus enfermedades, y los locos y los inmorales por sus acciones.
“¡Pero se pueden cometer errores!”
—Sí, ¡pero no sirve de nada tener miedo de mojarse los pies cuando te amenaza el diluvio!
“Eso es filosofía”, se rió el diácono.
Para nada. Estás tan corrompido por tu filosofía de seminario que solo quieres ver niebla en todo. Los estudios abstractos con los que tu joven cabeza está llena se llaman abstractos solo porque te distraen de lo obvio. Mira al diablo directamente a los ojos, y si es el diablo, dile que es el diablo, y no vayas a pedirle explicaciones a Kant o Hegel.
El zoólogo hizo una pausa y continuó:
Dos por dos son cuatro, y una piedra es una piedra. Mañana tenemos un duelo. Tú y yo diremos que es estúpido y absurdo, que el duelo está pasado de moda, que no hay diferencia real entre el duelo aristocrático y la pelea de borrachos en la taberna, y sin embargo no nos detendremos, iremos allí y lucharemos. Así que hay una fuerza más fuerte que nuestro razonamiento. Gritamos que la guerra es saqueo, robo, atrocidad, fratricidio; no podemos ver la sangre sin desmayar; pero basta con que los franceses o los alemanes nos insulten para que sintamos al instante una exaltación de espíritu; con la forma más genuina gritamos "¡Hurra!". y se apresuran a atacar al enemigo. Invocarán la bendición de Dios sobre nuestras armas, y nuestro valor despertará un entusiasmo universal. De ello se desprende que existe una fuerza, si no superior, al menos más poderosa que nosotros y nuestra filosofía. No podemos detenerla, como tampoco podemos detener esa nube que se eleva sobre el mar. No sean hipócritas, no le hagan ascos a escondidas; y no digan: "¡Ah, qué anticuado, qué estúpido! ¡Ah, es incompatible con las Escrituras!". Pero míralo de frente, reconoce su legitimidad racional, y cuando, por ejemplo, quiera destruir una raza podrida, escrofulosa y corrupta, no lo obstaculices con tus pilules y citas malinterpretadas del Evangelio. Leskov cuenta la historia de una Danila concienzuda que encontró a un leproso en las afueras del pueblo y lo alimentó y lo calentó en nombre del amor y de Cristo. Si esa Danila hubiera amado de verdad a la humanidad, habría arrastrado al leproso lo más lejos posible del pueblo, lo habría arrojado a un pozo y habría ido a salvar a los sanos. Cristo, espero, nos enseñó un amor racional, inteligente y práctico.
—¡Qué tipo eres! —rió el diácono—. No crees en Cristo. ¿Por qué mencionas su nombre tan a menudo?
—Sí, creo en Él. Solo que, claro, a mi manera, no a la tuya. ¡Oh, diácono, diácono! —rió el zoólogo; rodeó la cintura del diácono con el brazo y dijo alegremente: —¿Y bien? ¿Vienes con nosotros al duelo mañana?
“Mis órdenes no lo permiten, de lo contrario debería venir”.
“¿Qué quieres decir con ‘órdenes’?”
He sido consagrado. Estoy en estado de gracia.
“Oh, diácono, diácono”, repitió Von Koren, riendo, “me encanta hablar contigo”.
“Dices que tienes fe”, dijo el diácono. “¿Qué clase de fe es? Pues tengo un tío sacerdote, y es tan creyente que, cuando en tiempo de sequía sale al campo a rezar por la lluvia, lleva su paraguas y su abrigo de cuero por miedo a mojarse al volver a casa. ¡Eso es fe! Cuando habla de Cristo, su rostro se ilumina, y todos los campesinos, hombres y mujeres, lloran a mares. Él detendría esa nube y haría huir a todas esas fuerzas de las que hablas. Sí... la fe mueve montañas”.
El diácono se rió y le dio una palmada en el hombro al zoólogo.
—Sí... —continuó—; aquí estás enseñando todo el tiempo, sondeando las profundidades del océano, dividiendo a los débiles de los fuertes, escribiendo libros y retándote a duelo, y todo sigue igual; pero, ¡mira!, algún anciano débil murmurará una sola palabra con espíritu santo, o un nuevo Mahoma, con una espada, vendrá al galope desde Arabia, y todo se pondrá patas arriba, y en Europa no quedará piedra sobre piedra.
—Bueno, diácono, eso está de rodillas ante los dioses.
“La fe sin obras está muerta, pero las obras sin fe son aún peores: mera pérdida de tiempo y nada más”.
El médico apareció en el paseo marítimo. Vio al diácono y al zoólogo, y se acercó a ellos.
"Creo que todo está listo", dijo con la respiración agitada. "Govorovsky y Boyko serán los segundos. Saldrán a las cinco de la mañana. ¡Qué nublado está!", dijo, mirando al cielo. "No se ve nada; va a llover enseguida".
“¿Espero que vengas con nosotros?” dijo el zoólogo.
—No, Dios me libre; ya estoy bastante preocupado. Ustimovitch irá en mi lugar. Ya he hablado con él.
Allá a lo lejos, sobre el mar, se oyó un relámpago, seguido por un trueno sordo.
—¡Qué sofocante es antes de una tormenta! —dijo Von Koren—. Seguro que ya has estado en casa de Laevsky y has estado llorando en su regazo.
—¿Por qué debería ir a verlo? —respondió el médico confundido—. ¿Y ahora qué?
Antes del atardecer, había caminado varias veces por el bulevar y la calle con la esperanza de encontrarse con Laevsky. Le avergonzaba su precipitación y el repentino arrebato de amistad que le siguió. Quería disculparse con Laevsky en tono de broma, darle una buena charla, tranquilizarlo y decirle que el duelo era una supervivencia de la barbarie medieval, pero que la propia Providencia los había llevado al duelo como medio de reconciliación; que al día siguiente, siendo ambos personas espléndidas e inteligentes, tras intercambiar disparos, apreciarían las nobles cualidades del otro y se harían amigos. Pero no pudo encontrar a Laevsky.
—¿Para qué iba a verlo? —repitió Samoylenko—. Yo no lo insulté; él me insultó a mí. Dígame, por favor, por qué me atacó. ¿Qué daño le hice? Entro en la sala y, de repente, sin la menor provocación: "¡Espía!". ¡Menuda cosa! Dígame, ¿cómo empezó? ¿Qué le dijo?
Le dije que su situación era desesperada. Y tenía razón. Solo los hombres honestos o los sinvergüenzas pueden encontrar una salida a cualquier situación, pero quien quiera ser a la vez hombre honesto y sinvergüenza... es una situación desesperada. Pero son las once, caballeros, y tenemos que madrugar mañana.
De repente, se produjo una ráfaga de viento que levantó el polvo de la orilla del mar y lo arremolinó con un aullido que ahogó el rugido del mar.
—Una borrasca —dijo el diácono—. Tenemos que entrar, se nos están llenando los ojos de polvo.
Mientras se marchaban, Samoylenko suspiró y, sujetándose el sombrero, dijo:
“Supongo que no podré dormir esta noche”.
—No te preocupes —rió el zoólogo—. Puedes estar tranquilo; el duelo no servirá de nada. Laevsky disparará al aire con magnanimidad; no puede hacer otra cosa; y me atrevo a decir que yo no dispararé. Ser arrestado y perder el tiempo por culpa de Laevsky... el juego no vale la pena. Por cierto, ¿cuál es el castigo por batirse en duelo?
“Arresto y, en caso de muerte del adversario, un máximo de tres años de prisión en la fortaleza.”
“¿La fortaleza de San Pedro y San Pablo?”
—No, en una fortaleza militar, creo.
“¡Aunque este buen caballero debería recibir una lección!”
Detrás de ellos, sobre el mar, se produjo un relámpago que iluminó por un instante los tejados de las casas y las montañas. Los amigos se separaron cerca del bulevar. Cuando el doctor desapareció en la oscuridad y sus pasos se perdieron, Von Koren le gritó:
“¡Solo espero que el clima no nos afecte mañana!”
¡Es muy probable! ¡Dios quiera que así sea!
"¡Buenas noches!"
¿Y la noche? ¿Qué opinas?
Entre el rugido del viento y del mar y los truenos, era difícil oír.
—No es nada —gritó el zoólogo y se apresuró a volver a casa.
XVII
“Sobre mi mente, agobiada por la aflicción,
Pensamientos de multitud, una multitud pesada:
En el silencio se despliega la memoria
Su largo, largo pergamino ante mis ojos.
Con asco y estremecimiento maldigo
Y lamentarse amargamente en vano,
Y aunque amargas sean las lágrimas que lloro
No borro esas líneas”.
PUSHKIN.
Ya sea que lo mataran a la mañana siguiente o se burlaran de él —es decir, que lo dejaran con vida—, estaba arruinado de todos modos. Ya sea que esta mujer deshonrada se suicidara en su vergüenza y desesperación, o arrastrara su miserable existencia, estaba arruinada de todos modos.
Así pensaba Laevsky mientras estaba sentado a la mesa tarde en la noche, todavía frotándose las manos. Las ventanas se abrieron de golpe; una violenta ráfaga de viento irrumpió en la habitación y los papeles volaron de la mesa. Laevsky cerró las ventanas y se agachó para recogerlos. Sintió algo nuevo en su cuerpo, una especie de torpeza que no había sentido antes, y sus movimientos le resultaron extraños. Se movía tímidamente, sacudiendo los codos y encogiéndose de hombros; y al sentarse de nuevo a la mesa, volvió a frotarse las manos. Su cuerpo había perdido la flexibilidad.
En vísperas de la muerte, uno debería escribirle a su familiar más cercano. Layevsky pensó en esto. Tomó una pluma y escribió con mano temblorosa:
"¡Madre!"
Quería escribirle a su madre para rogarle, por amor al Dios misericordioso en quien ella creía, que diera cobijo y trajera un poco de calor y bondad a la infeliz mujer que, por su culpa, había sido deshonrada y se encontraba en soledad, pobreza y debilidad; que lo perdonara y lo olvidara todo, todo, todo, y que con su sacrificio expiara en cierta medida el terrible pecado de su hijo. Pero recordó cómo su madre, una anciana corpulenta y robusta con una cofia de encaje, solía salir al jardín por la mañana, seguida de su compañero con el perro faldero; cómo solía gritarles de forma perentoria al jardinero y a los sirvientes, y cuán orgullosa y altiva era su cara; recordó todo esto y tachó la palabra que había escrito.
Hubo un vívido relámpago en las tres ventanas, seguido de un prolongado y ensordecedor trueno, que empezó con un sordo estruendo y terminó con un estruendo tan violento que todos los cristales vibraron. Layevsky se levantó, se acercó a la ventana y apretó la frente contra el cristal. Se desató una tormenta feroz y magnífica. En el horizonte, los relámpagos se precipitaban en ráfagas blancas desde las nubes de tormenta hacia el mar, iluminando las altas y oscuras olas en la lejanía. Y a derecha e izquierda, y, sin duda, también sobre la casa, centellearon los relámpagos.
—¡La tormenta! —susurró Laevsky; ansiaba rezarle a alguien o a algo, aunque solo fuera al rayo o a las nubes de tormenta—. ¡Querida tormenta!
Recordó cómo de niño solía salir corriendo al jardín sin sombrero cuando había tormenta, y cómo dos muchachas rubias de ojos azules corrían tras él, y cómo se empapaban con la lluvia; reían con deleite, pero cuando había un fuerte trueno, las muchachas solían acurrucarse junto al chico con confianza, mientras él se santiguaba y se apresuraba a repetir: «Santo, santo, santo...». ¡Oh, dónde se habían desvanecido! ¿En qué mar se ahogaron aquellos días nacientes de vida pura y hermosa? Ya no temía a la tormenta, ni amaba la naturaleza; no tenía a Dios. Todas las muchachas confiadas que había conocido habían sido arruinadas por él y por otras como él. En toda su vida no había plantado un solo árbol en su propio jardín, ni había cultivado una sola brizna de hierba; y viviendo entre los vivos, no había salvado ni una mosca; no había hecho más que destruir y arruinar, y mentir, mentir...
“¿Qué en mi pasado no fue vicio?”, se preguntó, tratando de aferrarse a algún recuerdo brillante como un hombre que cae por un precipicio se aferra a los arbustos.
¿La escuela? ¿La universidad? Pero eso era una farsa. Había descuidado su trabajo y olvidado lo aprendido. ¿El servicio a su país? Eso también era una farsa, pues no hacía nada en el servicio, cobraba un salario por no hacer nada, y era una estafa abominable al Estado por la que no se castigaba.
No ansiaba la verdad ni la había buscado; hechizado por el vicio y la mentira, su conciencia dormía o callaba. Como un extraño, como un extraterrestre de otro planeta, no había participado en la vida común de los hombres, había sido indiferente a sus sufrimientos, sus ideas, su religión, sus ciencias, sus afanes y sus luchas. No había dicho una sola palabra buena, ni escrito una sola línea que no fuera inútil y vulgar; no les había hecho ningún servicio a sus semejantes, sino que había comido su pan, bebido su vino, seducido a sus esposas, vivido de sus pensamientos, y para justificar su vida despreciable y parasitaria ante sus ojos y ante los suyos propios, siempre había intentado aparentar ser superior y mejor que ellos. Mentiras, mentiras, mentiras...
Recordaba vívidamente lo que había visto aquella noche en casa de Muridov, y se sentía sumido en una angustia insoportable de asco y miseria. Kirilin y Atchmianov eran repugnantes, pero solo continuaban lo que él había comenzado; eran sus cómplices y sus discípulos. Esta joven débil había confiado en él más que en un hermano, y él la había privado de su marido, de sus amigos y de su país, y la había traído aquí, al calor, a la fiebre y al aburrimiento; y día tras día ella estaba destinada a reflejar, como un espejo, su ociosidad, su perversidad y su falsedad; y eso era todo lo que había tenido para llenar su vida débil, apática y lastimosa. Entonces él se había hartado de ella, había empezado a odiarla, pero no había tenido el coraje de abandonarla, y había intentado envolverla cada vez más en una red de mentiras... Estos hombres habían hecho el resto.
Layevsky se sentó a la mesa, se levantó y se acercó a la ventana; en un instante apagó la vela y la volvió a encender. Se maldijo en voz alta, lloró y se lamentó, y pidió perdón; varias veces corrió a la mesa desesperado y escribió:
"¡Madre!"
Aparte de su madre, no tenía parientes ni amigos cercanos; pero ¿cómo podía ayudarlo su madre? ¿Y dónde estaba? Sintió el impulso de correr hacia Nadyezhda Fyodorovna, caer a sus pies, besarle las manos y los pies, suplicarle perdón; pero ella era su víctima, y le tenía miedo como si estuviera muerta.
—Mi vida está arruinada —repitió, frotándose las manos—. ¡Dios mío, por qué sigo vivo!...
Había arrojado del cielo su tenue estrella; había caído, y su rastro se perdió en la oscuridad de la noche. Nunca volvería al cielo, porque la vida solo se da una vez y nunca vuelve. Si hubiera podido retroceder los días y años del pasado, habría reemplazado la falsedad con la verdad, la ociosidad con el trabajo, el aburrimiento con la felicidad; habría devuelto la pureza a quienes la había privado. Habría encontrado a Dios y la bondad, pero eso era tan imposible como devolver la estrella caída al cielo, y por ser imposible, estaba desesperado.
Cuando pasó la tormenta, se sentó junto a la ventana abierta y pensó con calma en lo que le esperaba. Von Koren probablemente lo mataría. Su clara y fría teoría de la vida justificaba la destrucción de lo podrido e inútil; si cambiaba en el momento crucial, serían el odio y la repugnancia que Laevsky le inspiraba lo que lo salvaría. Si fallaba la puntería o, burlándose de su odiado oponente, solo lo hería, o disparaba al aire, ¿qué podía hacer entonces? ¿Adónde iría?
"¿Ir a Petersburgo?", se preguntó Laevsky. Pero eso significaría recomenzar la vieja vida que maldecía. Y el hombre que busca la salvación en un cambio de lugar, como un pájaro migratorio, no la encontrará en ninguna parte, pues todo el mundo le es igual. ¿Buscar la salvación en los hombres? ¿En quién y cómo? La bondad y la generosidad de Samoylenko no podían salvarlo más que la risa del diácono o el odio de Von Koren. Debía buscar la salvación solo en sí mismo, y si no la encontraba, ¿para qué perder el tiempo? Debía suicidarse, eso era todo...
Oyó el sonido de un carruaje. Amanecía. El carruaje pasó, giró y, crujiendo sobre la arena mojada, se detuvo cerca de la casa. Había dos hombres en el carruaje.
—Esperen un momento; voy enseguida —les dijo Laevsky desde la ventana—. No estoy dormido. ¿Seguro que aún no es la hora?
—Sí, son las cuatro. Para cuando lleguemos...
Laevsky se puso el abrigo y la gorra, se guardó unos cigarrillos en el bolsillo y se quedó inmóvil, dudando. Sentía que debía hacer algo más. En la calle, los padrinos hablaban en voz baja y los caballos resoplaban, y este sonido en la húmeda madrugada, cuando todos dormían y apenas comenzaba a amanecer, llenó el alma de Laevsky de una sensación de desconsuelo, como un presentimiento maligno. Se quedó un momento, dudando, y entró en el dormitorio.
Nadyezhda Fyodorovna yacía estirada en la cama, envuelta de pies a cabeza en una manta. No se movió, y toda su apariencia, especialmente su cabeza, recordaba a una momia egipcia. Mirándola en silencio, Laevsky le pidió perdón mentalmente, pensando que si los cielos no estaban vacíos y realmente existía un Dios, entonces Él la salvaría; si no existía Dios, entonces sería mejor que pereciera; no tenía nada por qué vivir.
De repente, se levantó de un salto y se sentó en la cama. Levantó su rostro pálido y miró con horror a Laevsky. Preguntó:
¿Eres tú? ¿Ya pasó la tormenta?
"Sí."
Ella lo recordó; se llevó ambas manos a la cabeza y se estremeció por completo.
—¡Qué miserable soy! —dijo—. ¡Si supieras lo miserable que soy! Esperaba —continuó, entrecerrando los ojos— que me matarías o me echarías de casa a la lluvia y la tormenta, pero te demoras... te demoras...
Cálida e impulsivamente, la abrazó y le cubrió las rodillas y las manos de besos. Entonces, cuando ella murmuró algo y se estremeció al recordar el pasado, le acarició el cabello y, mirándola a la cara, comprendió que esta mujer infeliz y pecadora era la única criatura cercana y querida para él, a quien nadie podía reemplazar.
Cuando salió de la casa y subió al carruaje quería regresar a casa con vida.
XVIII
El diácono se levantó, se vistió, tomó su bastón grueso y nudoso y salió sigilosamente de la casa. Estaba oscuro, y durante el primer minuto, al salir a la calle, ni siquiera pudo ver su bastón blanco. No había ni una sola estrella en el cielo, y parecía que volvería a llover. Olía a arena mojada y a mar.
“Es de esperar que los montañeses no nos ataquen”, pensó el diácono al oír el golpeteo del bastón en el pavimento y al notar lo fuertes y solitarios que sonaban los golpes en la quietud de la noche.
Al salir del pueblo, empezó a ver el camino y su bastón. Aquí y allá, en el cielo negro, se veían nubarrones, y pronto una estrella se asomó y parpadeó tímidamente. El diácono caminaba por la alta costa rocosa y no veía el mar; dormitaba abajo, y sus olas invisibles rompían lánguida y pesadamente en la orilla, como si suspiraran "¡Ay!". ¡Qué despacio! Una ola rompió; el diácono tuvo tiempo de contar ocho pasos; luego otra rompió, y seis pasos; más tarde, una tercera. Como antes, no se veía nada, y en la oscuridad se oía el zumbido lánguido y soñoliento del mar. Se oía el tiempo infinitamente lejano e inconcebible en el que Dios se movía por encima del caos.
El diácono se sintió extraño. Esperaba que Dios no lo castigara por frecuentar a infieles, e incluso por asistir a sus duelos. El duelo sería absurdo, incruento, sin sentido, pero fuera como fuese, era un espectáculo pagano, y era totalmente indecoroso que un eclesiástico estuviera presente. Se detuvo y se preguntó: ¿debería regresar? Pero una intensa e inquieta curiosidad triunfó sobre sus dudas, y continuó.
«Aunque sean infieles, son buenas personas y se salvarán», se aseguró. «Seguro que se salvarán», dijo en voz alta, encendiendo un cigarrillo.
¿Con qué rasero se deben medir las cualidades de los hombres para juzgarlos correctamente? El diácono recordó a su enemigo, el inspector de la escuela clerical, quien creía en Dios, vivía en castidad y no se batía en duelo; pero solía alimentar al diácono con pan con arena, y en una ocasión casi le arrancó la oreja. Si la vida humana estaba construida con tanta ingenuidad que todos respetaban a este inspector cruel y deshonesto que robaba la harina del gobierno, y se rezaba por su salud y salvación en las escuelas, ¿era justo rechazar a hombres como Von Koren y Laevsky, simplemente por ser infieles? El diácono sopesaba esta cuestión, pero recordó lo absurdo que Samoylenko le había parecido el día anterior, y eso rompió el hilo de sus ideas. ¡Qué divertido sería al día siguiente! El diácono se imaginó que se sentaría bajo un arbusto y observaría, y cuando Von Koren comenzó a alardear al día siguiente en la cena, él, el diácono, comenzaría a reír y a contarle todos los detalles del duelo.
“¿Cómo lo sabes todo?”, preguntaba el zoólogo.
—¡Pues ahí lo tienes! Me quedé en casa, pero ya lo sé todo.
Sería genial escribir una descripción cómica del duelo. Su suegro la leería y se reiría. Una buena historia, contada o escrita, era más que suficiente para su suegro.
El valle del Río Amarillo se abrió ante él. El arroyo era más ancho y caudaloso por la lluvia, y en lugar de murmurar como antes, rugía con furia. Empezó a amanecer. La mañana gris y lúgubre, las nubes que se dirigían hacia el oeste para superar a las nubes de tormenta, las montañas cubiertas de niebla y los árboles húmedos, todo le pareció al diácono feo y siniestro. Se lavó en el arroyo, repitió su oración matutina y sintió un antojo de té y panecillos calientes con crema agria, que se servían todas las mañanas en casa de su suegro. Recordó a su esposa y el "Recuerdo de los días pasados", que tocaba al piano. ¿Qué clase de mujer era? Su esposa había sido presentada, prometida y casada con él, todo en una semana: llevaba menos de un mes con ella cuando llegó allí, así que no había tenido tiempo de descubrir cómo era. Aun así, la echaba bastante de menos.
«Tengo que escribirle una carta amable...», pensó. La bandera del duhan colgaba flácida, empapada por la lluvia, y el duhan , con su techo mojado, parecía más oscuro y bajo que antes. Cerca de la puerta había una carreta; Kerbalay, con dos montañeses y una joven tártara con pantalones —sin duda la esposa o la hija de Kerbalay—, sacaban sacos del duhan y los ponían sobre paja de maíz en la carreta.
Cerca del carro había un par de asnos cabizbajos. Cuando metieron todos los sacos, los montañeses y la tártara empezaron a cubrirlos con paja, mientras Kerbalay enjaezaba apresuradamente los asnos.
“Tal vez sea contrabando”, pensó el diácono.
Allí estaba el árbol caído con las agujas de pino secas, allí estaba la mancha ennegrecida por el fuego. Recordó el picnic y todos sus incidentes, el fuego, el canto de los montañeses, sus dulces sueños de convertirse en obispo y la procesión de la iglesia... El Río Negro se había vuelto más negro y ancho con la lluvia. El diácono caminó con cautela por el estrecho puente, al que ya llegaban las crestas más altas del agua sucia, y subió por el pequeño bosquecillo hasta el secadero.
«Una cabeza espléndida», pensó, estirándose sobre la paja y pensando en Von Koren. «Una cabeza hermosa... Dios le conceda salud; solo que hay crueldad en él...».
¿Por qué odiaba a Layevsky y Layevsky lo odiaba a él? ¿Por qué iban a batirse en duelo? Si desde niños habían conocido la pobreza como el diácono; si se habían criado entre gente ignorante, insensible, avariciosa, grosera y maleducada que te escatimaba un mendrugo de pan, que escupía al suelo e hipaba durante la comida y las oraciones; si no los hubieran malcriado desde niños por el agradable entorno y el selecto círculo de amigos en el que vivían, ¡con qué facilidad habrían pasado por alto los defectos del otro y habrían apreciado sus virtudes! ¡Qué poca gente, incluso en apariencia, decente había en el mundo! Era cierto que Layevsky era voluble, disipado, raro, pero no robaba ni escupía ruidosamente al suelo; no insultaba a su esposa diciéndole: «Comerás hasta reventar, pero no quieres trabajar»; No golpearía a un niño con riendas, ni daría de comer a sus sirvientes carne apestosa; ¿acaso esto era razón suficiente para ser indulgente con él? Además, él era el que más sufría por sus defectos, como un enfermo por sus llagas. En lugar de dejarse llevar por el aburrimiento y algún tipo de malentendido a buscar la degeneración, la extinción, la herencia y otras cosas incomprensibles en los demás, ¿no harían mejor en rebajarse un poco más y dirigir su odio e ira hacia calles enteras que resonaran con gemidos de grosera ignorancia, avaricia, regaños, impureza, palabrotas, gritos de mujeres...?
El sonido de un carruaje interrumpió los pensamientos del diácono. Miró por la puerta y vio un carruaje y en él a tres personas: Laevsky, Sheshkovsky y el superintendente de correos.
“¡Alto!” dijo Sheshkovsky.
Los tres salieron del carruaje y se miraron unos a otros.
—Todavía no han llegado —dijo Sheshkovsky, sacudiéndose el barro—. ¿Y bien? Mientras empieza el espectáculo, busquemos un sitio adecuado; aquí no hay espacio para dar la vuelta.
Siguieron río arriba y pronto desaparecieron de la vista. El cochero tártaro se sentó en el carruaje con la cabeza apoyada en el hombro y se quedó dormido. Tras esperar diez minutos, el diácono salió del secadero y, quitándose el sombrero negro para que no lo vieran, empezó a abrirse paso entre los arbustos y las franjas de maíz de la orilla, agazapado y mirando a su alrededor. La hierba y el maíz estaban mojados, y gruesas gotas le caían sobre la cabeza desde los árboles y arbustos. "¡Qué vergüenza!", murmuró, recogiendo su falda mojada y embarrada. "De haberme dado cuenta, no habría venido".
Pronto oyó voces y los divisó. Laevsky caminaba rápidamente de un lado a otro por el pequeño claro, con la espalda encorvada y las manos metidas en las mangas; sus padrinos estaban de pie junto al agua, liando cigarrillos.
«Qué extraño», pensó el diácono al no reconocer el andar de Laevsky; «parece un anciano...».
—¡Qué grosería! —dijo el superintendente de correos, mirando su reloj—. Puede que sea de educación llegar tarde, pero a mí me parece una barbaridad.
Sheshkovsky, un hombre corpulento con barba negra, escuchó y dijo:
“¡Ya vienen!”
XIX
¡Es la primera vez en mi vida que lo veo! ¡Qué glorioso! —dijo Von Koren, señalando el claro y extendiendo las manos hacia el este—. ¡Miren: rayos verdes!
Al este, tras las montañas, se alzaban dos rayos de luz verde, y era realmente hermoso. El sol estaba saliendo.
—¡Buenos días! —continuó el zoólogo, saludando con la cabeza a los padrinos de Laevsky—. No llego tarde, ¿verdad?
Le seguían sus segundos, Boyko y Govorovsky, dos oficiales muy jóvenes de la misma estatura, vestidos con túnicas blancas, y Ustimovitch, el médico delgado y poco sociable. En una mano llevaba una especie de maletín y en la otra, como de costumbre, un bastón que sostenía a la espalda. Dejó el maletín en el suelo y, sin saludar a nadie, se puso también la otra mano a la espalda y empezó a pasearse por el claro.
Laevsky sintió el agotamiento y la incomodidad de un hombre que quizá esté a punto de morir, y por ello es objeto de atención general. Quería que lo mataran cuanto antes o que lo llevaran a casa. Vio el amanecer por primera vez en su vida; la mañana temprana, los rayos verdes de luz, la humedad y los hombres con botas mojadas le parecían ajenos a su vida, superfluos y embarazosos. Todo esto no tenía relación con la noche que había pasado, con sus pensamientos y su sentimiento de culpa, así que se habría marchado con gusto sin esperar el duelo.
Von Koren estaba visiblemente emocionado e intentó disimularlo, fingiendo que le interesaba más la luz verde que cualquier otra cosa. Los padrinos estaban confundidos y se miraban entre sí como preguntándose por qué estaban allí y qué debían hacer.
—Me imagino, caballeros, que no hace falta ir más lejos —dijo Sheshkovsky—. Este lugar servirá.
“Sí, por supuesto”, asintió Von Koren.
Siguió un silencio. Ustimovitch, paseándose de un lado a otro, se giró bruscamente hacia Laevsky y dijo en voz baja, respirándole en la cara:
Probablemente aún no les hayan dicho mis condiciones. Cada parte me pagará quince rublos, y en caso de fallecimiento de una de las partes, la parte sobreviviente pagará treinta.
Laevsky ya conocía a aquel hombre, pero ahora, por primera vez, veía claramente sus ojos apagados, sus bigotes tiesos y su cuello consumido y tísico; era un avaro, no un médico; su aliento tenía un desagradable olor a carne de res.
“¡Cuánta gente hay en el mundo!”, pensó Laevsky, y respondió: “Muy bien”.
El doctor asintió y volvió a pasearse de un lado a otro, y era evidente que no necesitaba el dinero en absoluto, sino que simplemente lo pedía con odio. Todos sintieron que era hora de empezar, o de terminar lo que se había empezado, pero en lugar de empezar o terminar, se quedaron de pie, moviéndose de un lado a otro y fumando. Los jóvenes oficiales, que asistían a un duelo por primera vez en sus vidas, y que incluso ahora apenas creían en este duelo civil y, a su parecer, innecesario, se miraron críticamente las túnicas y se acariciaron las mangas. Sheshkovsky se acercó a ellos y dijo en voz baja: «Caballeros, debemos hacer todo lo posible para evitar este duelo; deben reconciliarse».
Se sonrojó y añadió:
Kirilin estuvo en mi habitación anoche quejándose de que Laevsky lo había encontrado con Nadyezhda Fyodorovna, y todo ese tipo de cosas.
“Sí, eso también lo sabemos”, dijo Boyko.
—Bueno, verá, entonces... a Laevsky le tiemblan las manos y todo eso... Apenas puede sostener una pistola ahora. Pelear con él es tan inhumano como pelear con un hombre borracho o con tifoidea. Si no se puede llegar a una reconciliación, deberíamos posponer el duelo, caballeros, o algo así... Es un asunto tan repugnante que no lo soporto.
“Hable con Von Koren”.
—No conozco las reglas del duelo, maldita sea, y tampoco quiero saberlas; quizá piense que Laevsky se enfada y me ha enviado a su casa, pero que piense lo que quiera, yo hablaré con él.
Sheshkovsky se acercó a Von Koren con paso vacilante y una ligera cojera, como si se le hubiera dormido una pierna; y mientras se dirigía hacia él, aclarándose la garganta, toda su figura era la imagen de la indolencia.
—Hay algo que debo decirle, señor —comenzó, examinando con atención las flores en la camisa del zoólogo—. Es confidencial. Desconozco las reglas del duelo, maldita sea, y no quiero saberlo, y no lo veo como un padrino ni nada de eso, sino como un hombre, y punto.
—Sí. ¿Y bien?
Cuando los segundos sugieren una reconciliación, no suelen ser escuchados; se considera una formalidad. Amor propio y todo eso. Pero le ruego humildemente que observe con atención a Iván Andréich. No se encuentra en un estado normal, por así decirlo, hoy; no está en su sano juicio, y es un objeto digno de lástima. Ha tenido una desgracia. No soporto los chismes...
Sheshkovsky se puso colorado y miró a su alrededor.
—Pero en vista del duelo, creo necesario informarle que Laevsky encontró a su dama anoche en casa de Muridov con... otro caballero.
—¡Qué asco! —murmuró el zoólogo; palideció, frunció el ceño y escupió con fuerza—. ¡Tf!
Con el labio inferior tembloroso, se alejó de Sheshkovsky, reacio a oír más, y como si hubiera probado algo amargo sin querer, escupió de nuevo con fuerza y, por primera vez esa mañana, miró con odio a Laevsky. Su excitación y su incomodidad se disiparon; sacudió la cabeza y dijo en voz alta:
Señores, ¿qué esperamos? Me gustaría saberlo. ¿Por qué no empezamos?
Sheshkovsky miró a los oficiales y se encogió de hombros.
«Caballeros», dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular. «Caballeros, les proponemos que se reconcilien».
—Dense prisa y terminemos con las formalidades —dijo Von Koren—. Ya se ha hablado de la reconciliación. ¿Cuál es la siguiente formalidad? ¡Dense prisa, caballeros, el tiempo no nos espera!
“Pero insistimos en la reconciliación de todos modos”, dijo Sheshkovsky con voz culpable, como quien se ve obligado a intervenir en los asuntos de otro; se sonrojó, se llevó la mano al corazón y continuó: “Caballeros, no vemos motivos para asociar la ofensa con el duelo. No hay nada en común entre el duelo y las ofensas mutuas de las que a veces somos culpables por debilidad humana. Ustedes son universitarios y hombres de cultura, y sin duda ven en el duelo solo una formalidad tonta y anticuada, y todo eso. Así es como lo vemos nosotros, o no habríamos venido, porque no podemos permitir que en nuestra presencia se disparen, y todo eso”. Sheshkovsky se secó el sudor de la cara y continuó: “Terminen con su malentendido, caballeros; dense la mano y vámonos a casa a brindar por la paz. ¡Por mi honor, caballeros!”
Von Koren no habló. Laevsky, al ver que lo miraban, dijo:
No tengo nada contra Nikolay Vassilitch; si él considera que soy culpable, estoy dispuesto a pedirle disculpas.
Von Koren se sintió ofendido.
“Es evidente, caballeros”, dijo, “que desean que el Sr. Laevsky regrese a casa con una figura magnánima y caballerosa, pero no puedo darles esa satisfacción. Y no había necesidad de madrugar y conducir ocho millas fuera de la ciudad solo para brindar por la paz, desayunar y explicarme que el duelo es una formalidad anticuada. Un duelo es un duelo, y no hay necesidad de hacerlo más falso y estúpido de lo que es en realidad. ¡Quiero pelear!”
Siguió un silencio. Boyko sacó un par de pistolas de una caja; una le fue entregada a Von Koren y otra a Laevsky, y entonces surgió una dificultad que divirtió brevemente al zoólogo y a los padrinos. Al parecer, de todos los presentes, ninguno había participado en un duelo, y nadie sabía exactamente cómo debían colocarse ni qué debían decir o hacer los padrinos. Pero entonces Boyko recordó y, con una sonrisa, comenzó a explicar.
—Caballeros, ¿quién recuerda la descripción de Lermontov? —preguntó Von Koren, riendo—. En Turguéniev, también Bazárov se batió en duelo con alguien...
—No hace falta recordar —dijo Ustimovitch con impaciencia—. Medir la distancia, eso es todo.
Y dio tres pasos como para mostrar cómo medirlo. Boyko contó los pasos mientras su compañero desenvainaba el sable y arañaba la tierra en los extremos para marcar la barrera. En completo silencio, los oponentes ocuparon sus puestos.
“Topos”, pensó el diácono, sentado entre los arbustos.
Sheshkovsky dijo algo, Boyko volvió a explicar algo, pero Laevsky no lo oyó, o mejor dicho, lo oyó, pero no lo entendió. Amartilló la pistola cuando llegó el momento y levantó el arma fría y pesada con el cañón hacia arriba. Olvidó desabrocharse el abrigo, que le apretaba mucho sobre el hombro y bajo el brazo, y su brazo se alzó torpemente como si la manga hubiera sido de hojalata. Recordó el odio que había sentido la noche anterior por la frente morena y el cabello rizado, y sintió que incluso ayer, en el momento de intenso odio e ira, no habría podido dispararle a un hombre. Temiendo que la bala alcanzara accidentalmente a Von Koren, levantó la pistola cada vez más alto, y sintió que esa magnanimidad demasiado evidente era poco delicada y cualquier cosa menos magnánima, pero no sabía qué hacer ni podía hacer otra cosa. Mirando el rostro pálido e irónicamente sonriente de Von Koren, que evidentemente estaba convencido desde el principio de que su oponente dispararía al aire, Laevsky pensó que, gracias a Dios, todo terminaría enseguida y que lo único que tenía que hacer era apretar el gatillo con bastante fuerza.
Sintió un violento choque en el hombro; se oyó el sonido de un disparo y un eco de respuesta en las montañas: ¡ping-ting!
Von Koren amartilló su pistola y miró a Ustimovitch, que caminaba como antes con las manos tras la espalda y sin prestar atención a nadie.
—Doctor —dijo el zoólogo—, tenga la amabilidad de no balancearse como un péndulo. Me marea.
El doctor se quedó quieto. Von Koren empezó a apuntar a Laevsky.
“¡Se acabó!” pensó Laevsky.
El cañón de la pistola apuntando directamente a su rostro, la expresión de odio y desprecio en la actitud y toda la figura de Von Koren, y el asesinato a punto de ser cometido por un hombre decente a plena luz del día, en presencia de hombres decentes, y la quietud y la fuerza desconocida que obligó a Laevsky a quedarse quieto y no correr: ¡qué misterioso era todo, qué incomprensible y terrible!
El instante en que Von Koren apuntaba le pareció a Laevsky más largo que una noche: miraba implorante los segundos; eran pálidos y no se movían.
“Date prisa y dispara”, pensó Laevsky, y sintió que su rostro pálido, tembloroso y lastimero debía despertar un odio aún mayor en Von Koren.
«Lo mataré directamente», pensó Von Koren, apuntándole a la frente, con el dedo ya en el cierre. «Sí, claro que lo mataré».
“¡Lo matará!” Un grito desesperado se escuchó de repente muy cerca.
Se oyó un disparo de inmediato. Al ver que Laevsky permanecía de pie y no caía, todos miraron hacia donde provenía el grito y vieron al diácono. Con el rostro pálido y el cabello mojado pegado a la frente y las mejillas empapadas y embarradas, estaba de pie en el maíz de la otra orilla, sonriendo de forma un tanto extraña y agitando su sombrero mojado. Sheshkovsky rió de alegría, rompió a llorar y se alejó...
XX
Poco después, Von Koren y el diácono se encontraron cerca del pequeño puente. El diácono estaba excitado; respiraba con dificultad y evitaba mirar a la gente a la cara. Se sentía avergonzado tanto por su terror como por sus ropas embarradas y mojadas.
—Creí que querías matarlo... —murmuró—. ¡Qué contrario a la naturaleza humana! ¡Qué completamente antinatural!
“¿Pero cómo llegaste aquí?” preguntó el zoólogo.
“No preguntes”, dijo el diácono, agitando la mano. “El maligno me tentó, diciéndome: 'Vete, vete...'. Así que fui y casi me muero del susto en el maíz. Pero ahora, gracias a Dios, gracias a Dios... estoy inmensamente contento contigo”, murmuró el diácono. “El abuelo Tarántula se alegrará... ¡Es curioso, es demasiado curioso! Solo te ruego encarecidamente que no le digas a nadie que estuve allí, o podría meterme en problemas con las autoridades. Dirán: 'El diácono fue un padrino'”.
—Caballeros —dijo Von Koren—, el diácono les pide que no le digan a nadie que lo han visto aquí. Podría meterse en problemas.
—¡Qué contrario a la naturaleza humana! —suspiró el diácono—. Disculpe que lo diga, pero su cara era tan horrible que pensé que iba a matarlo.
“Estuve muy tentado de acabar con ese sinvergüenza”, dijo Von Koren, “pero gritaste cerca y fallé. Todo este procedimiento resulta repugnante para cualquiera que no esté acostumbrado, y me ha dejado exhausto, diácono. Me siento terriblemente cansado. Venga conmigo…”
—No, tienes que dejarme volver caminando. Tengo que secarme, porque estoy mojado y tengo frío.
—Bueno, como quieras —dijo el zoólogo con tono cansado y desanimado, y, subiendo al carruaje, cerró los ojos—. Como quieras...
Mientras se movían entre los carruajes y tomaban asiento, Kerbalay se quedó en el camino y, con las manos sobre el estómago, hizo una profunda reverencia, mostrando los dientes. Imaginó que la nobleza había venido a disfrutar de las bellezas de la naturaleza y a tomar té, y no entendía por qué subían a los carruajes. El grupo partió en completo silencio y solo el diácono quedó junto al duhan .
"Ven al duhan a tomar el té", le dijo a Kerbalay. "Quiero comer".
Kerbalay hablaba bien el ruso, pero el diácono imaginó que el tártaro lo entendería mejor si le hablaba en un ruso entrecortado. «Cocina tortilla, dame queso...».
—Vamos, vamos, padre —dijo Kerbalay, haciendo una reverencia—. Te lo daré todo... Tengo queso y vino... Come lo que quieras.
“¿Qué significa ‘Dios’ en tártaro?”, preguntó el diácono al entrar al duhan .
—Tu Dios y mi Dios son el mismo —dijo Kerbalay, sin entenderlo—. Dios es el mismo para todos los hombres, solo que cada uno es diferente. Algunos son rusos, otros turcos, otros ingleses; hay muchas clases de hombres, pero Dios es uno solo.
Muy bien. Si todos adoran al mismo Dios, ¿por qué los musulmanes consideran a los cristianos sus enemigos eternos?
—¿Por qué estás enojado? —dijo Kerbalay, poniéndose ambas manos sobre el estómago—. Tú eres sacerdote; yo soy musulmán: dices: «Quiero comer», y te lo doy... Solo el rico distingue a tu Dios del mío; para el pobre, da igual. Si te place, está listo.
Mientras esta conversación teológica se desarrollaba en el duhan , Laevsky conducía de regreso a casa pensando en lo terrible que había sido conducir hasta allí al amanecer, cuando los caminos, las rocas y las montañas estaban húmedos y oscuros, y el futuro incierto parecía un terrible abismo, cuyo fondo era invisible; mientras que ahora las gotas de lluvia que colgaban de la hierba y las piedras brillaban al sol como diamantes, la naturaleza sonreía con alegría y el terrible futuro había quedado atrás. Miró el rostro hosco y surcado de lágrimas de Sheshkovsky, y los dos carruajes que los precedían, en los que viajaban Von Koren, sus padrinos y el médico, y le pareció que todos regresaban de un cementerio donde acababan de enterrar a un hombre pesado e insufrible, una carga para los demás.
“Todo ha terminado”, pensó sobre su pasado, tocándose con cautela el cuello con los dedos.
En el lado derecho del cuello tenía una pequeña hinchazón, del largo y ancho de su meñique, y sentía un dolor como si alguien le hubiera pasado un hierro candente por el cuello. La bala lo había magullado.
Después, al llegar a casa, comenzó para él un día extraño, largo y dulce, brumoso como el olvido. Como un hombre que sale de prisión o de un hospital, contemplaba los objetos que le resultaban familiares desde hacía tanto tiempo y se preguntaba si las mesas, las ventanas, las sillas, la luz y el mar le despertaban un deleite intenso e infantil como no había conocido en muchísimos años. Nadyezhda Fyodorovna, pálida y demacrada, no entendía su voz suave ni sus extraños movimientos; se apresuró a contarle todo lo que le había sucedido... Le parecía que probablemente él apenas la oía y no la comprendía, y que si lo supiera todo, la maldeciría y la mataría, pero él la escuchó, le acarició la cara y el pelo, la miró a los ojos y dijo:
“No tengo a nadie más que a ti. . . .”
Luego permanecieron sentados un largo rato en el jardín, acurrucados unos contra otros, sin decir nada o soñando en voz alta con su vida feliz en el futuro, con frases breves y entrecortadas, mientras a él le parecía que nunca había hablado con tanta extensión ni con tanta elocuencia.
XXI
Habían pasado más de tres meses.
Llegó el día que Von Koren había fijado para su partida. Una lluvia fría y torrencial caía desde temprano por la mañana, soplaba viento del noreste y el mar estaba muy oleado. Se decía que el vapor difícilmente podría llegar al puerto con semejante tiempo. Según el horario, debería haber llegado a las diez de la mañana, pero Von Koren, quien había ido al paseo marítimo al mediodía y de nuevo después de cenar, no pudo ver a través de los prismáticos más que olas grises y lluvia que cubrían el horizonte.
Hacia el final del día, la lluvia cesó y el viento empezó a amainar perceptiblemente. Von Koren ya había decidido que no podría salir ese día y se había sentado a jugar al ajedrez con Samoylenko; pero al anochecer, el ordenanza anunció que había luces en el mar y que se había avistado un cohete.
Von Koren se apresuró. Se echó la cartera al hombro y besó a Samoylenko y al diácono. Aunque no era necesario, recorrió las habitaciones de nuevo, se despidió del ordenanza y del cocinero, y salió a la calle, con la sensación de haber olvidado algo, ya fuera en casa del médico o en su alojamiento. En la calle, caminó junto a Samoylenko, detrás de ellos el diácono con una caja, y por último el ordenanza con dos maletas. Solo Samoylenko y el ordenanza pudieron distinguir las tenues luces en el mar. Los demás miraron fijamente en la oscuridad y no vieron nada. El vapor se había detenido lejos de la costa.
—Dense prisa, deprisa —los apresuró Von Koren—. Me temo que se va a ir.
Al pasar junto a la casita de tres ventanas, a la que Laevsky se había mudado poco después del duelo, Von Koren no pudo resistirse a asomarse por la ventana. Laevsky estaba sentado, escribiendo, inclinado sobre la mesa, de espaldas a la ventana.
—¡Me asombra! —dijo el zoólogo en voz baja—. ¡Menudo fastidio se ha metido!
“Sí, uno se lo puede preguntar”, dijo Samoylenko. “Se pasa la mañana sentado, siempre trabajando. Trabaja para pagar sus deudas. ¡Y vive, hermano, peor que un mendigo!”
Siguió medio minuto de silencio. El zoólogo, el médico y el diácono permanecieron junto a la ventana y siguieron observando a Laevsky.
—Así que no se escapó de aquí, pobrecito —dijo Samoylenko—. ¿Recuerdas cuánto lo intentó?
—Sí, se ha vuelto loco —repitió Von Koren—. Su matrimonio, su forma de trabajar todo el día para ganarse el pan de cada día, una nueva expresión en su rostro, e incluso en su andar... todo es tan extraordinario que no sé cómo llamarlo.
El zoólogo tomó la manga de Samoylenko y continuó con emoción en su voz:
Dile a él y a su esposa que, cuando me fui, los admiraba profundamente y les deseé mucha felicidad... y le ruego, si puede, que no me guarde rencor. Él me conoce. Sabe que si hubiera podido prever este cambio, quizá me habría convertido en su mejor amiga.
“Entra y despídete de él”.
"No, eso no serviría."
¿Por qué? Dios sabe que quizá no lo vuelvas a ver.
El zoólogo reflexionó y dijo:
"Eso es cierto."
Samoylenko golpeó suavemente la ventana. Laevsky se sobresaltó y miró a su alrededor.
—Vanya, Nikolay Vassilitch quiere despedirse de ti —dijo Samoylenko—. Se va.
Laevsky se levantó de la mesa y salió al pasillo para abrir la puerta. Samoylenko, el zoólogo y el diácono entraron en la casa.
"Solo puedo venir un minuto", empezó el zoólogo, quitándose los chanclos en el pasillo y lamentando no haber cedido a sus emociones y haber entrado sin invitación. "Es como si lo estuviera forzando", pensó, "y eso es una tontería".
—Disculpe la molestia —dijo al entrar en la habitación con Laevsky—, pero me voy y tenía ganas de verla. Quién sabe si nos volveremos a ver.
“Me alegro mucho de verlos… Pasen, por favor”, dijo Laevsky, y con torpeza colocó las sillas para sus visitantes, como si quisiera cerrarles el paso, y se quedó de pie en medio de la sala, frotándose las manos.
«Hubiera sido mejor dejar a mi público en la calle», pensó Von Koren, y dijo con firmeza: «No recuerdes nada malo de mí, Iván Andréich. Olvidar el pasado es, por supuesto, imposible; es demasiado doloroso, y no he venido aquí a disculparme ni a declarar que no tuve la culpa. Actué con sinceridad y no he cambiado mis convicciones desde entonces... Es cierto que veo, para mi gran alegría, que me equivoqué respecto a ti, pero es fácil dar un paso en falso incluso en un camino fácil, y, de hecho, es la condición humana natural: si uno no se equivoca en lo principal, se equivoca en los detalles. Nadie conoce la verdad real».
“No, nadie sabe la verdad”, dijo Laevsky.
“Bueno, adiós... Que Dios les conceda toda la felicidad.”
Von Koren le dio la mano a Laevsky; éste la tomó y se inclinó.
—No me hagas ningún mal —dijo Von Koren—. Saluda a tu esposa de mi parte y dile que siento mucho no poder despedirme de ella.
“Ella está en casa.”
Laevsky se dirigió a la puerta de la habitación contigua y dijo:
“Nadia, Nikolay Vassilitch quiere despedirse de ti”.
Nadyezhda Fyodorovna entró; se detuvo cerca de la puerta y miró tímidamente a los visitantes. Había una expresión de culpa y consternación en su rostro, y se apretaba las manos como una colegiala que recibe una reprimenda.
—Me voy, Nadyezhda Fyodorovna —dijo von Koren—, y he venido a despedirme.
Ella extendió la mano con incertidumbre, mientras Laevsky hacía una reverencia.
"¡Qué figuras tan lamentables son!", pensó Von Koren. "Llevan una vida difícil. Estaré en Moscú y San Petersburgo; ¿puedo enviarte algo?", preguntó.
—¡Oh! —dijo Nadyezhda Fyodorovna, y miró con ansiedad a su marido—. No creo que haya nada...
—No, nada... —dijo Laevsky, frotándose las manos—. Saludos.
Von Koren no sabía qué podía o debía decir, aunque al entrar pensó que diría muchas cosas cálidas, buenas e importantes. Estrechó la mano de Laevsky y su esposa en silencio, y se despidió de ellos con un sentimiento de tristeza.
—¡Qué gente! —dijo el diácono en voz baja, mientras caminaba tras ellos—. ¡Dios mío, qué gente! ¡En verdad, la diestra de Dios ha plantado esta viña! ¡Señor! ¡Señor! Un hombre vence a miles y otro a decenas de miles. Nikolay Vassilitch —dijo extasiado—, déjame decirte que hoy has vencido al mayor enemigo del hombre: el orgullo.
¡Silencio, diácono! ¡Somos unos magníficos conquistadores! Los conquistadores deberían parecer águilas, mientras que él es una figura lastimosa, tímido, abatido; se inclina como un ídolo chino, y yo, estoy triste...
Oyeron pasos detrás de ellos. Era Laevsky, que corría tras ellos para despedirlo. El ordenanza estaba en el muelle con las dos maletas, y a poca distancia había cuatro barqueros.
—Pero hay viento... ¡Brrr! —dijo Samoylenko—. ¡Debe haber una tormenta muy fuerte en el mar! No te vas en buen momento, Koyla.
“No tengo miedo al mareo”.
—Ese no es el punto... Solo espero que estos sinvergüenzas no los molesten. Deberían haber cruzado en la balandra del agente. ¿Dónde está la balandra del agente? —gritó a los barqueros.
“Se ha ido, Excelencia.”
“¿Y el barco de la Aduana?”
“Eso también se fue.”
—¿Por qué no nos avisaron? —dijo Samoylenko enojado—. ¡Imbéciles!
"Da igual, no te preocupes...", dijo Von Koren. "Bueno, adiós. Que Dios te guarde."
Samoylenko abrazó a Von Koren y le hizo la señal de la cruz tres veces.
No te olvides de nosotros, Kolya... Escribe... Te cuidaremos la próxima primavera.
—Adiós, diácono —dijo Von Koren, estrechándole la mano—. Gracias por su compañía y por la agradable conversación. Piense en la expedición.
—¡Oh, Señor, sí! Hasta los confines de la tierra —rió el diácono—. No tengo nada en contra.
Von Koren reconoció a Laevsky en la oscuridad y le tendió la mano sin decir palabra. Los barqueros ya estaban abajo, sujetando el bote, que golpeaba contra los pilotes, aunque el rompeolas lo protegía de las olas. Von Koren bajó por la escala, saltó al bote y se sentó al timón.
—¡Escribe! —le gritó Samoylenko—. Cuídate.
«Nadie sabe la verdad real», pensó Laevsky, subiéndose el cuello del abrigo y metiendo las manos en las mangas.
El bote viró rápidamente desde el puerto hacia mar abierto. Desapareció entre las olas, pero enseguida, desde una profunda hondonada, se deslizó hasta una rompiente alta, de modo que pudieron distinguir a los hombres e incluso los remos. El bote avanzó tres yardas y fue arrastrado dos yardas hacia atrás.
—¡Escribe! —gritó Samoylenko—. Hace un tiempo terrible para que entres.
“Sí, nadie sabe la verdad real…” pensó Laevsky, mirando con cansancio el mar oscuro e inquieto.
“Hace retroceder el barco”, pensó; “da dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás; pero los barqueros son testarudos, reman sin cesar y no temen las grandes olas. El barco avanza y avanza. Ya no está a la vista, pero en media hora los barqueros verán claramente las luces del vapor, y en una hora estarán junto a la escala. Así es la vida… En la búsqueda de la verdad, el hombre avanza dos pasos y retrocede uno. El sufrimiento, los errores y el cansancio de la vida los hacen retroceder, pero la sed de verdad y la terquedad los impulsarán a seguir adelante. ¿Y quién sabe? Quizás finalmente alcancen la verdad auténtica”.
“Vete—o—adiós—e”, gritó Samoylenko.
—No se ven ni se oyen —dijo el diácono—. ¡Buena suerte en el viaje!
Empezó a lloviznar.
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EXCELENTE GENTE
OhÉrase una vez en Moscú un hombre llamado Vladímir Semiónich Liadovsky. Se graduó en la facultad de derecho y ocupaba un puesto en la junta directiva de un ferrocarril; pero si le preguntabas a qué se dedicaba, te miraba con franqueza y franqueza con sus grandes ojos brillantes a través de sus quevedos dorados, y respondía con un suave, aterciopelado y ceceante barítono:
“Mi trabajo es la literatura.”
Tras finalizar sus estudios universitarios, un periódico aceptó un párrafo de crítica teatral de Vladímir Semiónich. De este párrafo pasó a la crítica, y un año después, comenzó a escribir un artículo semanal sobre temas literarios para el mismo periódico. Pero de esto no se deduce que fuera un aficionado, que su obra literaria tuviera un carácter efímero y aleatorio. Siempre que veía su figura pulcra y enjuta, su frente alta y su larga melena, al escuchar sus discursos, me parecía que su escritura, al margen de lo que escribía y cómo lo hacía, era algo orgánicamente inherente a él, como el latido de su corazón, y que todo su programa literario debía de haber sido parte integral de su cerebro mientras era un bebé en el vientre materno. Incluso en su andar, sus gestos, su manera de sacudirse la ceniza del cigarrillo, podía leer todo este programa de principio a fin, con todas sus tonterías, su aburrimiento y sus nobles sentimientos. Era un hombre de letras en toda su extensión cuando con rostro inspirado depositaba una corona de flores sobre el ataúd de alguna celebridad o con rostro grave y solemne recogía firmas para alguna dirección; su pasión por conocer a literatos distinguidos, su facultad para encontrar talento incluso donde faltaba, su perpetuo entusiasmo, su pulso que latía a ciento veinte por minuto, su ignorancia de la vida, el aleteo genuinamente femenino con el que se lanzaba a conciertos y veladas literarias en beneficio de estudiantes desposeídos, su manera de gravitar hacia los jóvenes, todo esto habría creado para él la reputación de escritor incluso si no hubiera escrito sus artículos.
Era uno de esos escritores para quienes frases como «Somos pocos» o «¿Qué sería de la vida sin lucha? ¡Adelante!» le sentaban de maravilla, aunque nunca se peleó con nadie ni avanzó. Ni siquiera sonaba sensiblero cuando se ponía a hablar de ideales. Cada aniversario de la universidad, el día de Santa Tatiana, se emborrachaba, cantaba Gaudeamus desafinadamente, y su rostro radiante y sudoroso parecía decir: «¡Mira, estoy borracho! ¡Sigo así!». Pero incluso eso le convenía.
Vladímir Semiónich tenía una fe genuina en su vocación literaria y en todo su programa. No albergaba dudas y, evidentemente, estaba muy satisfecho de sí mismo. Solo una cosa le apenaba: el periódico para el que trabajaba tenía una tirada limitada y no era muy influyente. Pero Vladímir Semiónich creía que tarde o temprano conseguiría un puesto en una revista sólida donde tendría alcance y podría destacarse, y la poca angustia que sentía por ello palidecía ante la brillantez de sus esperanzas.
Al visitar a este encantador hombre, conocí a su hermana, Vera Semiónovna, médica. A primera vista, lo que me impresionó de esta mujer fue su aspecto de agotamiento y su grave estado de salud. Era joven, de figura atractiva y rasgos regulares y bastante marcados, pero en comparación con su ágil, elegante y hablador hermano, parecía angulosa, desganada, desaliñada y hosca. Había algo tenso, frío y apático en sus movimientos, sonrisas y palabras; no era apreciada, y la consideraban orgullosa y poco inteligente.
En realidad, me imagino que estaba descansando.
«Querida amiga», me decía a menudo su hermano, suspirando y echándose el pelo hacia atrás con su pintoresca voz literaria, «¡nunca hay que juzgar por las apariencias! Mira este libro: lo leyeron hace mucho. Está deformado, andrajoso, y yace en el polvo, abandonado; pero ábrelo, y te hará llorar y palidecer. Mi hermana es como ese libro. Levanta la tapa y asómate a su alma, y quedarás horrorizado. ¡Vera vivió en unos tres meses experiencias que habrían bastado para toda una vida!».
Vladimir Semiónitch miró a su alrededor, me tomó de la manga y comenzó a susurrar:
Sabes, después de graduarse se casó, por amor, con un arquitecto. ¡Es una tragedia! Apenas llevaban un mes casados cuando, ¡uf!, su marido murió de tifus. Pero eso no fue todo. Ella se contagió del tifus, y cuando, al recuperarse, supo que su Iván había muerto, tomó una buena dosis de morfina. De no haber sido por las enérgicas medidas tomadas por sus amigos, mi Vera ya estaría en el Paraíso. Dime, ¿no es una tragedia? ¿Y no es mi hermana como una ingenua que ya ha interpretado los cinco actos de su vida? El público puede quedarse para la farsa, pero la ingenua debe irse a casa a descansar.
Tras tres meses de miseria, Vera Semiónovna se fue a vivir con su hermano. No estaba capacitada para ejercer la medicina, lo cual la agotaba y no la satisfacía; no daba la impresión de conocer la materia, y jamás la oí mencionar sus estudios de medicina.
Dejó la medicina y, silenciosa y desocupada, como si fuera una prisionera, pasó el resto de su juventud en una apatía descolorida, con la cabeza gacha y las manos colgando. Lo único que no le era del todo indiferente, y que aportaba algo de luz al crepúsculo de su vida, era la presencia de su hermano, a quien amaba. Lo amaba a él y a su programa, sentía una profunda reverencia por sus artículos; y cuando le preguntaban qué hacía su hermano, respondía en voz baja, como si temiera despertarlo o distraerlo: «Está escribiendo...». Por lo general, cuando él estaba trabajando, ella solía sentarse a su lado, con la mirada fija en su mano que escribía. En esos momentos, parecía un animal enfermo calentándose al sol...
Una tarde de invierno, Vladímir Semiónich estaba sentado a su mesa escribiendo un artículo crítico para su periódico. Vera Semiónovna estaba sentada a su lado, mirando fijamente, como de costumbre, su mano. El crítico escribía con rapidez, sin tachaduras ni correcciones. La pluma rayaba y chirriaba. Sobre la mesa, cerca de la mano que escribía, yacía abierto un volumen recién cortado de una revista gruesa, que contenía una historia sobre la vida campesina, firmada con dos iniciales. Vladímir Semiónich estaba entusiasmado; consideraba al autor admirable en su tratamiento del tema, sugería a Turguéniev en sus descripciones de la naturaleza, era veraz y poseía un excelente conocimiento de la vida campesina. El propio crítico desconocía la vida campesina salvo por libros y rumores, pero sus sentimientos y convicciones internas lo obligaron a creer la historia. Le auguró un futuro brillante al autor, le aseguró que debía esperar la conclusión con gran impaciencia, etc.
—¡Qué historia tan bonita! —dijo, dejándose caer en la silla y cerrando los ojos con placer—. El tono es buenísimo.
Vera Semiónovna lo miró, bostezó con fuerza y, de repente, hizo una pregunta inesperada. Por las noches, tenía la costumbre de bostezar nerviosamente y hacer preguntas breves y abruptas, no siempre pertinentes.
—Volodia —preguntó—, ¿qué significa no resistirse al mal?
“¡No resistencia al mal!” repitió su hermano abriendo los ojos.
—Sí. ¿Qué entiendes por eso?
“Verás, querida, imagínate que te atacan ladrones o bandidos, y tú, en lugar de. . .”
“No, dame una definición lógica.”
¿Una definición lógica? ¡Eh! —reflexionó Vladímir Semiónich—. La no resistencia al mal significa una actitud de no injerencia respecto a todo lo que en la esfera de la mortalidad se considera malo.
Diciendo esto, Vladímir Semiónich se inclinó sobre la mesa y cogió una novela. Esta novela, escrita por una mujer, abordaba la penosa situación de una dama de la alta sociedad que vivía bajo el mismo techo con su amante y su hijo ilegítimo. Vladímir Semiónich quedó satisfecho con la excelente dirección de la historia, la trama y la presentación. Haciendo un breve resumen de la novela, seleccionó los mejores pasajes y los añadió en su reseña: "¡Qué realista, qué vívido, qué pintoresco! El autor no es solo un artista; también es un sutil psicólogo capaz de leer en el corazón de sus personajes. Tomemos, por ejemplo, esta vívida descripción de las emociones de la heroína al conocer a su marido", etc.
—Volodia —interrumpió Vera Semiónovna sus críticas—, una idea extraña me ronda desde ayer. Me pregunto dónde estaríamos todos si la vida humana se basara en la no resistencia al mal.
Con toda probabilidad, en ninguna parte. La no resistencia al mal daría rienda suelta a la voluntad criminal, y, por no hablar de la civilización, esto no dejaría piedra sobre piedra en ningún lugar de la tierra.
“¿Qué quedaría?”
Bashi-Bazouke y burdeles. Quizás en mi próximo artículo hable de eso. Gracias por recordármelo.
Y una semana después, mi amigo cumplió su promesa. Eso fue justo en la época —en los años ochenta— en que se empezaba a hablar y escribir sobre la no resistencia, sobre el derecho a juzgar, a castigar, a hacer la guerra; cuando algunos de nuestro grupo empezaban a prescindir de sirvientes, a retirarse al campo, a trabajar la tierra y a renunciar a la comida animal y al amor carnal.
Después de leer el artículo de su hermano, Vera Semiónovna reflexionó y se encogió de hombros apenas perceptiblemente.
—¡Qué bonito! —dijo—. Pero aún así hay muchas cosas que no entiendo. Por ejemplo, en el cuento de Leskov «Pertenecientes a la Catedral» hay un jardinero peculiar que siembra para el bien de todos: para los clientes, para los mendigos y para cualquiera que quiera robar. ¿Se comportó con sensatez?
Por el tono y la expresión de su hermana, Vladimir Semiónich comprendió que no le había gustado su artículo y, casi por primera vez en su vida, su vanidad como escritor sufrió un duro golpe. Con cierta irritación, respondió:
Robar es inmoral. Sembrar para ladrones es reconocerles el derecho a la existencia. ¿Qué pensarías si fundara un periódico y, dividiéndolo en secciones, se ocupara del chantaje, además de las ideas liberales? Siguiendo el ejemplo de aquel jardinero, debería, lógicamente, crear una sección para los chantajistas, los intelectuales sinvergüenzas. Sí.
Vera Semiónovna no respondió. Se levantó de la mesa, se dirigió lánguidamente al sofá y se acostó.
—No sé, no sé nada al respecto —dijo pensativa—. Probablemente tengas razón, pero me parece, siento de alguna manera, que hay algo falso en nuestra resistencia al mal, como si hubiera algo oculto o no dicho. Dios sabe, tal vez nuestros métodos de resistencia al mal pertenecen a la categoría de prejuicios tan arraigados en nosotros que somos incapaces de desprendernos de ellos y, por lo tanto, no podemos formarnos un juicio correcto sobre ellos.
"¿Qué quieres decir?"
No sé cómo explicártelo. Quizás el hombre se equivoca al pensar que está obligado a resistir el mal y que tiene derecho a hacerlo, así como se equivoca al pensar, por ejemplo, que el corazón se parece a un as de corazones. Es muy posible que al resistir el mal no debamos usar la fuerza, sino lo contrario: si, por ejemplo, no quieres que te roben este cuadro, deberías regalarlo en lugar de guardarlo bajo llave...
¡Qué astuto, muy astuto! Si quiero casarme con una mujer rica y vulgar, ¡debería evitarme semejante acto ruin apresurándose a proponerme matrimonio!
El hermano y la hermana hablaron hasta la medianoche sin entenderse. Si alguien los hubiera oído, difícilmente habría podido entender a qué se referían.
Solían pasar la tarde en casa. No tenían casas de amigos a las que pudieran ir, y no sentían necesidad de tener amigos; solo iban al teatro cuando había una obra nueva —esa era la costumbre en los círculos literarios—; no iban a conciertos, pues no les interesaba la música.
“Puedes pensar lo que quieras”, repitió Vera Semiónovna al día siguiente, “pero para mí la cuestión está prácticamente resuelta. Estoy firmemente convencida de que no tengo motivos para resistirme al mal dirigido contra mí personalmente. Si quieren matarme, que lo hagan. Mi defensa no hará que el asesino mejore. Ahora solo me queda decidir la segunda parte de la cuestión: ¿cómo debo comportarme ante el mal dirigido contra mis vecinos?”
—¡Vera, no te pongas furiosa! —dijo Vladimir Semiónich riendo—. ¡Veo que la no resistencia se está convirtiendo en tu idea fija !
Quería terminar estas conversaciones tediosas con una broma, pero de alguna manera era más que una broma; su sonrisa era artificial y agria. Su hermana dejó de sentarse junto a su mesa y contemplar con reverencia su mano al escribir, y cada noche sentía que detrás de él, en el sofá, yacía alguien que no estaba de acuerdo con él. Y su espalda se entumeció, y sintió un escalofrío en el alma. La vanidad de un autor es vengativa, implacable, incapaz de perdonar, y su hermana fue la primera y única persona que había expuesto y perturbado esa sensación de inquietud, que es como una gran caja de vajilla, fácil de desempacar pero imposible de volver a empaquetar como antes.
Pasaron semanas y meses, y su hermana se aferraba a sus ideas y no se sentaba a la mesa. Una tarde de primavera, Vladímir Semiónich estaba sentado a su mesa escribiendo un artículo. Reseñaba una novela que describía cómo una maestra de pueblo rechazó al hombre al que amaba y que la amaba a ella, un hombre rico e intelectual, simplemente porque el matrimonio le imposibilitaba su trabajo como maestra. Vera Semiónovna, tumbada en el sofá, reflexionaba.
—¡Dios mío, qué lento es! —dijo, estirándose—. ¡Qué insípida y vacía es la vida! No sé qué hacer conmigo misma, y tú estás desperdiciando tus mejores años en quién sabe qué. Como un alquimista, hurgas en trastos viejos que nadie quiere. ¡Dios mío!
Vladimir Semiónitch dejó caer la pluma y miró lentamente a su hermana.
—¡Es deprimente verte! —dijo su hermana—. Wagner, en 'Fausto', desenterró gusanos, pero en fin, buscaba un tesoro, y tú buscas gusanos por el bien de los gusanos.
“¡Eso es vago!”
Sí, Volodia; he estado pensando todos estos días, he estado pensando dolorosamente durante mucho tiempo, y he llegado a la conclusión de que eres un reaccionario y convencional sin remedio. Vamos, pregúntate cuál es el objetivo de tu ferviente y concienzudo trabajo. Dime, ¿cuál es? Pues bien, hace tiempo que se ha extraído todo lo que se puede extraer de esa basura en la que siempre estás hurgando. Puedes machacar agua en un mortero y analizarla todo lo que quieras, pero no sacarás nada más de lo que ya han sacado los químicos...
—¡En efecto! —dijo Vladímir Semiónich, levantándose—. Sí, todo esto son tonterías, porque estas ideas son eternas; pero ¿qué considera usted nuevo entonces?
Te comprometes a trabajar en el ámbito del pensamiento; te corresponde a ti pensar en algo nuevo. No me corresponde a mí enseñarte.
—¡Yo, un alquimista! —exclamó el crítico con asombro e indignación, entrecerrando los ojos con ironía—. ¿Arte, progreso, todo eso es alquimia?
Verás, Volodia, me parece que si todos ustedes, gente pensante, se hubieran dedicado a resolver grandes problemas, todas esas pequeñas cuestiones que ahora les preocupan se resolverían solas. Si suben a un globo para ver un pueblo, casualmente, sin esfuerzo, verán también los campos, los pueblos y los ríos. Cuando se fabrica estearina, se obtiene glicerina como subproducto. Me parece que el pensamiento contemporáneo se ha fijado en un punto y se ha aferrado a él. Es prejuicioso, apático, tímido, teme emprender un vuelo titánico, igual que tú y yo tememos escalar una montaña alta; es conservador.
Tales conversaciones dejaban huella. La relación entre hermano y hermana se tensaba cada día más. El hermano se volvió incapaz de trabajar en presencia de su hermana y se irritaba al saber que su hermana estaba tumbada en el sofá, mirándole la espalda; mientras que la hermana fruncía el ceño nerviosamente y se desperezaba cuando, intentando revivir el pasado, él intentaba compartir sus entusiasmos con ella. Todas las noches se quejaba de aburrimiento y hablaba de la independencia mental y de quienes se aferraban a la tradición. Arrastrada por sus nuevas ideas, Vera Semiónovna demostró que el trabajo en el que su hermano estaba tan absorto era convencional, que era un vano esfuerzo de mentes conservadoras por preservar lo que ya había cumplido su función y se desvanecía del escenario. Hizo un sinfín de comparaciones. Comparó a su hermano primero con un alquimista, luego con un viejo creyente rancio que prefería morir antes que atender a razones. Poco a poco, también se produjo un cambio perceptible en su estilo de vida. Era capaz de pasarse el día tumbada en el sofá sin hacer nada más que pensar, con la expresión fría y seca que se ve en personas de fe firme y parcial. Empezó a rechazar las atenciones de los sirvientes, barría y ordenaba su habitación, limpiaba sus botas y cepillaba su ropa. Su hermano no podía evitar mirar con irritación e incluso odio su rostro frío cuando realizaba sus tareas domésticas. En ese trabajo, que siempre realizaba con cierta solemnidad, veía algo forzado y falso, algo farisaico y afectado. Y sabiendo que no podía convencerla con la persuasión, la criticaba y la molestaba como un colegial.
—¡No te opondrás al mal, pero sí te opones a que tenga sirvientes! —la regañó—. Si los sirvientes son un mal, ¿por qué te opones? ¡Eso es incoherente!
Sufrió, se indignó e incluso se avergonzó. Se sintió avergonzado cuando su hermana empezó a hacer cosas raras delante de desconocidos.
“Es horrible, querido amigo”, me dijo en privado, agitando las manos con desesperación. “Parece que nuestra ingenua también se ha quedado para participar en la farsa. ¡Se ha vuelto morbosa hasta la médula! Me he desenganchado de ella, la dejo pensar lo que quiera; pero ¿por qué habla, por qué me excita? Debería pensar en lo que significa para mí escucharla. ¡Lo que siento cuando en mi presencia tiene el descaro de sustentar sus errores citando blasfemamente las enseñanzas de Cristo! ¡Me ahoga! Me acalora oír a mi hermana exponer sus doctrinas e intentar distorsionar el Evangelio a su gusto, cuando se abstiene a propósito de mencionar cómo expulsaron a los cambistas del Templo. ¡Eso es, querido amigo, lo que pasa con la educación a medias, con la falta de formación! ¡Eso es lo que pasa con los estudios de medicina que no proporcionan una cultura general!”
Un día, al volver de la oficina, Vladímir Semiónich encontró a su hermana llorando. Estaba sentada en el sofá cabizbaja, retorciéndose las manos, y las lágrimas corrían por sus mejillas. El buen corazón del crítico latía de dolor. También le caían lágrimas de los ojos, y anhelaba acariciar a su hermana, perdonarla, implorarle perdón y vivir como antes... Se arrodilló y le besó la cabeza, las manos, los hombros... Ella sonrió, sonrió con amargura, inexplicablemente, mientras él, con un grito de alegría, se levantaba de un salto, cogía la revista de la mesa y decía con cariño:
¡Viva! ¡Viviremos como antes, Verotchka! ¡Con la bendición de Dios! ¡Y tengo una sorpresa increíble para ti! En lugar de celebrar la ocasión con champán, ¡leámoslo juntos! ¡Es una cosa espléndida y maravillosa!
—¡Ay, no, no! —gritó Vera Semiónovna, apartando el libro alarmada—. ¡Ya lo he leído! ¡No lo quiero, no lo quiero!
¿Cuándo lo leíste?
“Hace un año… dos años… Lo leí hace mucho tiempo, ¡y lo sé, lo sé!”
—¡Mmm! ¡Eres un fanático! —dijo su hermano con frialdad, arrojando la revista sobre la mesa.
—¡No, tú eres una fanática, no yo! ¡Tú! —Y Vera Semiónovna volvió a llorar. Su hermano se quedó frente a ella, la miró, con los hombros temblorosos, y pensó. Pensó, no en las agonías de la soledad que sufre quien empieza a pensar de una forma nueva, ni en los inevitables sufrimientos de una auténtica revolución espiritual, sino en el ultraje de su programa, el ultraje a la vanidad de su autor.
A partir de entonces, trató a su hermana con frialdad, con ironía despreocupada, y soportó su presencia en la habitación como se soporta la presencia de ancianas que dependen de uno. Por su parte, ella dejó de discutir con él y respondió a todas sus discusiones, burlas y ataques con un silencio condescendiente que lo irritó más que nunca.
Una mañana de verano, Vera Semiónovna, vestida para viajar y con una cartera al hombro, se acercó a su hermano y lo besó fríamente en la frente.
¿A dónde vas?, preguntó con sorpresa.
“A la provincia de N. a hacer labores de vacunación”. Su hermano salió a la calle con ella.
—Así que eso es lo que has decidido, rara —murmuró—. ¿No quieres dinero?
—No, gracias. Adiós.
La hermana estrechó la mano de su hermano y se puso en camino.
“¿Por qué no tomas un taxi?”, gritó Vladimir Semiónitch.
Ella no respondió. Su hermano la siguió con la mirada, observó su impermeable oxidado, el balanceo de su figura mientras caminaba con paso desgarbado, se obligó a suspirar, pero no logró despertar un sentimiento de arrepentimiento. Su hermana se había convertido en una extraña para él. Y él era un extraño para ella. En fin, no miró a su alrededor ni una sola vez.
Volviendo a su habitación, Vladimir Semiónitch se sentó inmediatamente a la mesa y comenzó a trabajar en su artículo.
Nunca volví a ver a Vera Semiónovna. No sé dónde estará ahora. Y Vladímir Semiónich siguió escribiendo sus artículos, depositando coronas de flores en los ataúdes, cantando Gaudeamus y atendiendo a la Sociedad de Ayuda Mutua de Periodistas de Moscú.
Enfermó de neumonía; estuvo en cama tres meses, primero en casa y después en el Hospital Golitsyn. Le salió un absceso en la rodilla. Se decía que debían enviarlo a Crimea y comenzaron a hacer una colecta para él. Pero no fue a Crimea; murió. Lo enterramos en el cementerio de Vagankovski, a la izquierda, donde se entierran artistas y literatos.
Un día, los escritores estábamos sentados en el restaurante de los tártaros. Mencioné que había estado recientemente en el cementerio Vagankovski y había visto allí la tumba de Vladímir Semiónich. Estaba completamente abandonada y casi indistinguible del resto del terreno; la cruz se había caído; fue necesario reunir unos rublos para arreglarla.
Pero escucharon con indiferencia lo que dije, no respondieron, y no pude cobrar ni un céntimo. Nadie recordaba a Vladímir Semiónich. Lo olvidaron por completo.
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FANGO
I
GRAMOContoneándose con agilidad en la silla, un joven con la túnica blanca como la nieve de un oficial entró en el gran patio de la destilería de vodka, propiedad de los herederos de M. E. Rothstein. El sol sonreía indiferente a las estrellitas del teniente, a los troncos blancos de los abedules y a los montones de cristales rotos esparcidos por el patio. La radiante y vigorosa belleza de un día de verano lo inundaba todo, y nada impedía que las jóvenes y ágiles hojas verdes bailaran alegremente y guiñaran al cielo azul claro. Ni siquiera el aspecto sucio y holliniento de los cobertizos de ladrillos ni los gases sofocantes de la destilería empañaron la buena impresión general. El teniente saltó alegremente de la silla, entregó su caballo a un hombre que se acercó corriendo y, acariciándose con un dedo sus delicados bigotes negros, entró por la puerta principal. En el último escalón de la antigua, pero luminosa y suavemente alfombrada escalera, lo recibió una criada de rostro altivo y no muy juvenil. El teniente le entregó su tarjeta sin decir palabra.
Mientras recorría las habitaciones con la tarjeta, la criada vio el nombre «Alexandr Grigoryevitch Sokolsky». Un minuto después, regresó y le dijo al teniente que su señora no podía verlo porque no se sentía bien. Sokolsky miró al techo y se mordió el labio inferior.
—¡Qué fastidio! —dijo—. Escucha, querida —dijo con vehemencia—. Ve y dile a Susanna Moiséyevna que es muy necesario que hable con ella, muy necesario. Solo la entretendré un minuto. Pídele que me disculpe.
La criada se encogió de hombros y se fue lánguidamente hacia su señora.
—¡Muy bien! —suspiró, volviendo tras un breve intervalo—. ¡Pase, por favor!
El teniente la acompañó por cinco o seis habitaciones amplias y lujosamente amuebladas y un pasillo, hasta llegar finalmente a una amplia y alta habitación cuadrada, donde desde el primer paso quedó impresionado por la abundancia de flores y plantas, y la fragancia dulce, casi repugnantemente intensa, del jazmín. Las flores estaban enrejadas en las paredes, protegiendo las ventanas, colgaban del techo y se colocaban en guirnaldas en las esquinas, de modo que la habitación parecía más un invernadero que un lugar habitable. Paros, canarios y jilgueros cantaban entre las hojas verdes y revoloteaban contra los cristales.
—Disculpe que le reciba —oyó la teniente con una voz suave y femenina, con un timbre en la r que no dejaba de ser encantador—. Ayer me dolió muchísimo la cabeza y estoy intentando no moverme para que no vuelva. ¿Qué desea?
Justo enfrente de la entrada, vio sentada en una silla grande y baja, como las que usan los ancianos, a una mujer con una costosa bata china, con la cabeza envuelta y recostada sobre una almohada. Tras el chal de lana que la envolvía, no se veía nada más que una nariz pálida, larga, puntiaguda y algo aguileña, y un gran ojo oscuro. Su amplia bata ocultaba su figura, pero a juzgar por su hermosa mano, su voz, su nariz y sus ojos, podría tener veintiséis o veintiocho años.
—Disculpe mi insistencia... —empezó el teniente, haciendo sonar las espuelas—. Permítame presentarme: ¡Sokolsky! Vengo con un mensaje de mi primo, su vecino, Alexey Ivanovitch Kryukov, quien...
—¡Lo sé! —interrumpió Susanna Moiséyevna—. Conozco a Kriukov. Siéntate; no me gusta que me pongan delante nada importante.
—Mi primo me encarga pedirle un favor —continuó el teniente, haciendo sonar las espuelas una vez más y sentándose—. El caso es que su difunto padre le compró avena a mi primo el invierno pasado, y le quedó una pequeña deuda. El pago vence la semana que viene, pero mi primo le ruega encarecidamente que se lo pague, si es posible, hoy mismo.
Mientras el teniente hablaba, miraba de reojo a su alrededor.
“¿Seguro que no estoy en su dormitorio?” pensó.
En un rincón de la habitación, donde el follaje era más denso y alto, bajo un toldo rosa como un palio funerario, había una cama sin hacer, con la ropa de cama aún desordenada. Cerca, sobre dos sillones, se amontonaban prendas femeninas arrugadas. Enaguas y mangas con encajes y volantes deshilachados se arrastraban sobre la alfombra, sobre la que, aquí y allá, se veían trozos de cinta blanca, colillas y papeles de caramelo... Debajo de la cama, las puntas, puntiagudas y cuadradas, de zapatillas de todo tipo asomaban en una larga hilera. Y al teniente le pareció que el aroma del jazmín no provenía de las flores, sino de la cama y las zapatillas.
“¿Y cuál es la suma que se debe?”, preguntó Susanna Moiseyevna.
“Dos mil trescientos.”
—¡Ay! —dijo la judía, mostrando otro gran ojo morado—. ¡Y a eso le llamas... una suma pequeña! Pero da igual pagarla hoy o dentro de una semana, pero he tenido tantos pagos que hacer en los dos últimos meses desde la muerte de mi padre... ¡Cuántas tonterías, que me dan vueltas la cabeza! ¡Qué buena idea! Quiero ir al extranjero, y no paran de obligarme a ocuparme de estas tonterías. Vodka, avena... —murmuró, entrecerrando los ojos—, avena, facturas, porcentajes, o, como dice mi jefe de oficina, 'porcentaje'... Es horrible. Ayer simplemente eché al funcionario de impuestos. Me acosa con sus Tralles. Le dije: "¡Vete al diablo con tus Tralles! ¡No veo a nadie!". Me besó la mano y se fue. Te diré una cosa: ¿no puede tu primo esperar dos o tres meses?
—¡Qué pregunta tan cruel! —rió el teniente—. ¡Mi primo puede esperar un año, pero soy yo quien no puede esperar! Verá, debo decirle que actúo por mi cuenta. Necesito dinero a toda costa, y por desgracia, mi primo no tiene ni un rublo. Me veo obligado a ir de un lado a otro cobrando deudas. Acabo de visitar a un campesino, nuestro arrendatario; aquí estoy, visitándolo; de aquí me iré a otro sitio y seguiré así hasta reunir cinco mil rublos. ¡Necesito dinero urgentemente!
¡Tonterías! ¿Para qué quiere un joven el dinero? Caprichos, travesuras. ¿Por qué? ¿Te has dedicado a la disipación? ¿O a perder a las cartas? ¿O a casarte?
—¡Lo has adivinado! —rió el teniente, y, levantándose ligeramente de su asiento, hizo sonar sus espuelas—. ¡De verdad que me voy a casar!
Susanna Moiseevna miró fijamente a su visitante, hizo una mueca irónica y suspiró.
—¡No entiendo qué lleva a la gente a casarse! —dijo, buscando su pañuelo—. ¡La vida es tan corta, se tiene tan poca libertad, y hay que encadenarse!
“Cada uno tiene su propia manera de ver las cosas. . . .”
Sí, sí, claro; cada uno tiene su manera de ver las cosas... Pero, dime, ¿de verdad te vas a casar con alguien pobre? ¿Estás locamente enamorado? ¿Y por qué tienes que tener cinco mil? ¿Por qué no bastan cuatro, o tres?
¡Qué lengua tiene!, pensó el teniente, y respondió: El problema es que la ley no permite que un oficial se case hasta los veintiocho años; si decide casarse, debe dejar el servicio o pagar un depósito de cinco mil.
Ah, ahora lo entiendo. Escucha. Acabas de decir que cada uno tiene su propia forma de ver las cosas... Quizás tu prometida sea alguien especial y notable, pero... pero soy completamente incapaz de entender cómo un hombre decente puede vivir con una mujer. No lo entiendo en absoluto. He vivido, gracias a Dios, veintisiete años, y nunca he visto una mujer soportable. Todas son unas descaradas, inmorales, mentirosas... Las únicas que soporto son cocineras y criadas, pero a las supuestas damas no las dejo acercarse a tiro de piedra. Pero, gracias a Dios, ¡me odian y no me imponen! Si alguna quiere dinero, envía a su marido, pero nada la inducirá a venir ella misma, no por orgullo, no, sino por cobardía; tiene miedo de que monte un escándalo. ¡Oh, entiendo muy bien su odio! ¡Más bien! Muestro abiertamente lo que hacen Se esfuerzan al máximo por ocultarlo a Dios y a los hombres. ¿Cómo pueden evitar odiarme? Seguro que ya han oído hablar muchísimo de mí...
“Llegué aquí hace muy poco...”
¡Vaya, vaya, vaya!... ¡Lo veo en tus ojos! Pero la esposa de tu hermano, ¿seguro que te preparó para esta expedición? ¿Cómo iba a dejar que un joven viniera a ver a una mujer tan horrible sin avisarle? ¡Ja, ja!... Pero dime, ¿cómo está tu hermano? ¡Es un buen muchacho, un hombre tan guapo!... Lo he visto varias veces en misa. ¿Por qué me miras así? ¡Voy muy a menudo a la iglesia! Todos tenemos el mismo Dios. Para una persona educada, las apariencias importan menos que la idea... Es cierto, ¿verdad?
“Sí, por supuesto…” sonrió el teniente.
—Sí, la idea... Pero no te pareces en nada a tu hermano. Tú también eres guapo, pero tu hermano es mucho más guapo. ¡Hay un parecido maravilloso!
“Es natural. No es mi hermano, sino mi primo”.
—¡Ah, claro! ¿Entonces necesitas el dinero hoy? ¿Por qué hoy?
“Mi permiso termina en unos días”.
—¡Bueno, qué haremos contigo! —suspiró Susana Moiséyevna—. Que así sea. Te daré el dinero, aunque sé que luego me insultarás. Después de casarte, te pelearás con tu esposa y dirás: «¡Si esa judía sarnosa no me hubiera dado el dinero, quizás hoy estaría más libre que un pájaro!». ¿Es bonita tu prometida?
"Oh sí. . . ."
—¡Mmm!... En fin, mejor algo, aunque solo sea belleza, que nada. Aunque por muy hermosa que sea una mujer, nunca podrá compensar a su marido por su estupidez.
—¡Qué original! —rió el teniente—. ¡Eres mujer, y una auténtica odiamujeres!
“Una mujer…”, sonrió Susanna. “No es culpa mía que Dios me haya moldeado así, ¿verdad? No tengo más culpa que tú de tener bigote. El violín no es responsable de la elección de su estuche. Me quiero mucho, pero cuando alguien me recuerda que soy mujer, empiezo a odiarme. Bueno, puedes irte, yo me vestiré. Espérame en la sala.”
El teniente salió, y lo primero que hizo fue respirar profundamente, para librarse del fuerte olor a jazmín, que había empezado a irritarle la garganta y a marearle.
¡Qué mujer tan rara! —pensó, mirando a su alrededor—. Habla con fluidez, pero... demasiado, y con demasiada libertad. Debe de ser neurótica.
El salón, en el que se encontraba ahora, estaba ricamente amueblado y presumía de lujo y estilo. Había platos de bronce oscuro con relieves, vistas de Niza y el Rin sobre las mesas, apliques antiguos, estatuillas japonesas, pero toda esta búsqueda de lujo y estilo solo acentuaba la falta de gusto, patente en las cornisas doradas, el llamativo papel pintado, los brillantes manteles de terciopelo y las oleografías comunes con gruesos marcos. El mal gusto del conjunto se acentuaba por la falta de acabados y la saturación de la habitación, que daba la sensación de que faltaba algo y de que mucho se debía haber tirado. Era evidente que los muebles no se habían comprado de golpe, sino que se habían encontrado en subastas y otras oportunidades ventajosas.
Quién sabe de qué buen gusto podía presumir el teniente, pero incluso él notó una peculiaridad característica en todo el lugar, que ningún lujo ni estilo podía borrar: la ausencia total de manos femeninas y cuidadosas, que, como todos sabemos, dan calidez, poesía y comodidad a la decoración de una habitación. Había una frialdad como la que se encuentra en las salas de espera de las estaciones, los clubes y los vestíbulos de los teatros.
Apenas había nada en la habitación que fuera definitivamente judío, salvo, quizás, una gran imagen del encuentro de Jacob y Esaú. El teniente miró a su alrededor y, encogiéndose de hombros, pensó en su extraña y nueva conocida, en sus modales desenfadados y su forma de hablar. Pero entonces se abrió la puerta, y en el umbral apareció la propia dama, con un largo vestido negro, tan fino y ajustado que su figura parecía torneada. El teniente vio no solo la nariz y los ojos, sino también un rostro delgado y blanco, una cabeza negra y rizada como lana de cordero. No le atraía, aunque no le parecía fea. Tenía prejuicios contra los rostros no rusos en general, y consideraba, además, que el rostro blanco de la dama, cuya blancura por alguna razón sugería el empalagoso aroma del jazmín, no casaba bien con sus pequeños rizos negros y sus pobladas cejas. que su nariz y orejas eran asombrosamente blancas, como si pertenecieran a un cadáver o hubieran sido moldeadas en cera transparente. Al sonreír, mostraba encías pálidas además de dientes, y eso tampoco le gustó.
“Debilidad anémica…”, pensó; “probablemente esté tan nerviosa como un pavo”.
—¡Aquí estoy! ¡Ven conmigo! —dijo ella, adelantándose rápidamente y arrancando las hojas amarillas de las plantas a su paso.
Te daré el dinero directamente, y si quieres, te invito a comer. ¡Dos mil trescientos rublos! Después de un negocio tan bueno, te entrará apetito. ¿Te gustan mis habitaciones? Las señoras de por aquí dicen que siempre huelen a ajo. Con esa broma culinaria se les agota el ingenio. Te aseguro que no tengo ajo ni en el sótano. Y un día, cuando vino a verme un médico que olía a ajo, le pedí que se quitara el sombrero y fuera a esparcir su aroma por otro lado. Aquí no huele a ajo, pero sí a medicina. Mi padre estuvo paralítico un año y medio, y toda la casa olía a medicina. ¡Un año y medio! Lamenté perderlo, pero me alegro de que haya muerto: ¡sufrió tanto!
Condujo al oficial a través de dos habitaciones similares al salón, a través de un amplio recibidor, y se detuvo en su estudio, donde había un escritorio de señora cubierto de pequeños adornos. Sobre la alfombra, cerca de él, había varios libros esparcidos, abiertos y plegados. A través de una pequeña puerta que daba al estudio, vio una mesa puesta para el almuerzo.
Sin dejar de charlar, Susanna sacó del bolsillo un manojo de llaves pequeñas y abrió un ingenioso armario con una tapa curva e inclinada. Al levantar la tapa, el armario emitió una nota lastimera que hizo pensar al teniente en un arpa eólica. Susanna sacó otra llave y abrió otra cerradura.
—Aquí tengo pasadizos subterráneos y puertas secretas —dijo, sacando una pequeña cartera de cuero marroquí—. Es un armario curioso, ¿verdad? Y en esta cartera tengo una cuarta parte de mi fortuna. ¡Mira qué rechoncha está! No me estrangularás, ¿verdad?
Susanna alzó la vista hacia el teniente y rió con buen humor. El teniente también rió.
"Es muy alegre", pensó mientras observaba las llaves pasar entre sus dedos.
“Aquí está”, dijo, sacando la llave de la cartera. “Ahora, señor acreedor, saque a relucir el pagaré. ¡Qué tontería es el dinero! ¡Qué insignificante es, y sin embargo, cómo les encanta a las mujeres! Soy judía, ¿sabe?, hasta la médula. Me apasionan los shmuls y los yankels, pero cómo detesto esa pasión por el lucro en nuestra sangre semita. Atesoran y no saben para qué. Uno debería vivir y disfrutar, pero les da miedo gastar un céntimo de más. En eso me parezco más a un húsar que a un shmul. No me gusta que el dinero se guarde mucho tiempo en un solo sitio. Y en general, creo que no me parezco mucho a una judía. ¿Acaso mi acento me delata mucho, eh?”
—¿Qué le digo? —masculló el teniente—. Habla bien el ruso, pero pronuncia la erre con mucha precisión .
Susana rió y metió la llavecita en la cerradura de la cartera. El teniente sacó del bolsillo un fajo de pagarés y los puso con un cuaderno sobre la mesa.
“Nada delata tanto a un judío como su acento”, continuó Susanna, mirando alegremente al teniente. “Por mucho que se distraiga como un ruso o un francés, pídele que diga 'pluma' y dirá 'fedder'... pero yo lo pronuncio correctamente: '¡Pluma! ¡Pluma! ¡Pluma!'”
Ambos rieron.
“¡Por Dios, qué alegre es!” pensó Sokolsky.
Susanna dejó la cartera sobre una silla, dio un paso hacia el teniente y, acercando su rostro al de él, continuó alegremente:
Después de los judíos, a ningún pueblo amo tanto como al ruso y al francés. No fui mucho en la escuela y no sé nada de historia, pero me parece que el destino del mundo está en manos de esas dos naciones. Viví mucho tiempo en el extranjero... Pasé seis meses en Madrid... He contemplado al público hasta saciarme, y la conclusión a la que he llegado es que no hay pueblos decentes excepto el ruso y el francés. Tomemos los idiomas, por ejemplo... El alemán es como el relincho de los caballos; en cuanto al inglés... no se puede imaginar nada más estúpido. ¡A pie! El italiano solo es agradable cuando lo hablan despacio. Si escuchas a los italianos parlotear, te da el efecto de la jerga judía. ¿Y los polacos? ¡Ay de nosotros! ¡No hay idioma más repugnante! «Nie pieprz, Pietrze, pieprzem wieprza bo mozeoz» przepieprzyé wieprza pieprzem. Eso significa: «No le eches pimienta al cochinillo, Piotr, o quizá le eches demasiada pimienta». ¡Ja, ja, ja!
Susanna Moiseyevna puso los ojos en blanco y soltó una carcajada tan agradable y contagiosa que el teniente, al mirarla, estalló en una carcajada sonora y alegre. Tomó al visitante del botón y continuó:
“No te gustan los judíos, por supuesto... tienen muchos defectos, como todas las naciones. No lo discuto. ¿Pero son los judíos los culpables? No, no son los judíos los culpables, ¡sino las mujeres judías! Son de mente estrecha, codiciosas; no hay poesía en ellas, son aburridas... ¡Nunca has vivido con una judía, así que no sabes lo encantador que es!” Susanna Moiseyevna pronunció las últimas palabras con un énfasis deliberado y sin entusiasmo ni risa. Hizo una pausa como asustada por su propia franqueza, y su rostro se distorsionó de repente de una manera extraña e inexplicable. Sus ojos miraban al teniente sin pestañear, sus labios entreabiertos y mostraban los dientes apretados. Todo su rostro, su garganta e incluso su pecho, parecían temblar con una expresión maliciosa y felina. Sin apartar la mirada de su visitante, se inclinó rápidamente hacia un lado y, veloz como un gato, agarró algo de la mesa. Todo esto en cuestión de segundos. Observando sus movimientos, el teniente vio cómo cinco dedos arrugaban sus pagarés y vislumbró el papel blanco crujiente al desaparecer en su puño cerrado. Tan extraordinaria transición de la risa afable al crimen lo horrorizó tanto que palideció y retrocedió...
Y ella, sin apartar la mirada asustada e inquisitiva de él, se palpó la cadera con el puño cerrado buscando el bolsillo. Su puño forcejeó convulsivamente por el bolsillo, como un pez en la red, y no pudo encontrar la abertura. En otro instante, los pagarés habrían desaparecido entre los recovecos de sus ropas femeninas, pero en ese momento el teniente lanzó un débil grito y, movido más por instinto que por reflexión, agarró a la judía del brazo por encima del puño cerrado. Mostrando los dientes más que nunca, forcejeó con todas sus fuerzas y apartó la mano. Entonces Sokolsky la rodeó firmemente con el brazo derecho por la cintura y con el otro por el pecho, y se produjo un forcejeo. Temeroso de ultrajarla o herirla, solo intentó impedir que se moviera y sujetar el puño con los pagarés; Pero ella se retorcía como una anguila en sus brazos con su cuerpo flexible y ágil, lo golpeaba en el pecho con los codos y lo arañaba, de modo que él no podía evitar tocarla por todas partes y se veía obligado a lastimarla y a ignorar su modestia.
¡Qué raro! ¡Qué extraño! —pensó, asombrado, sin poder creer lo que veía y con náuseas por el aroma a jazmín.
En silencio, respirando agitadamente, tropezando con los muebles, se movieron por la habitación. Susanna se dejó llevar por la lucha. Se sonrojó, cerró los ojos y, olvidándose de sí misma, incluso apretó una vez su rostro contra el del teniente, de modo que quedó un regusto dulzón en sus labios. Por fin, él le sujetó la mano apretada... La forzó a abrirse y, al no encontrar los papeles, soltó a la judía. Con los rostros enrojecidos y el cabello despeinado, se miraron, jadeando. La expresión maliciosa y felina del rostro de la judía fue reemplazada gradualmente por una sonrisa afable. Estalló en carcajadas y, girando sobre un pie, se dirigió a la habitación donde estaba listo el almuerzo. El teniente la siguió lentamente. Se sentó a la mesa y, todavía enrojecida y jadeante, se bebió medio vaso de oporto de un trago.
—Escuche —rompió el silencio el teniente—. Espero que esté bromeando.
—Ni un poco —respondió ella, metiéndose un trozo de pan en la boca.
—¡Hmm!... ¿Cómo quieres que me tome todo esto?
Como quieras. ¡Siéntate y come!
“¡Pero… es deshonesto!”
—Quizás. Pero no te molestes en darme un sermón; tengo mi propia manera de ver las cosas.
¿No me los devolverás?
¡Claro que no! Si fueras un hombre pobre y desafortunado, sin nada que comer, sería otra cosa. Pero… ¡él quiere casarse!
“No es mi dinero, ¿sabes? ¡Es de mi primo!”
¿Y para qué quiere tu primo el dinero? ¿Comprarle ropa de moda a su esposa? Pero me da igual si tu bella dama tiene vestidos o no.
El teniente había olvidado que estaba en una casa extraña con una dama desconocida y no se preocupaba por el decoro. Caminaba de un lado a otro de la habitación, frunciendo el ceño y toqueteando nerviosamente su chaleco. El hecho de que la judía se hubiera rebajado ante sus ojos con su acto deshonesto lo hacía sentir más audaz y tranquilo.
—¡Quién sabe qué pensar de esto! —murmuró—. ¡Escuche! ¡No me iré de aquí hasta que consiga los pagarés!
—Ah, mucho mejor —rió Susanna—. Si te quedas aquí para siempre, me alegrará el día.
Emocionado por la lucha, el teniente miró el rostro risueño e insolente de Susana, su boca masticando, su pecho agitado, y se volvió más atrevido y audaz. En lugar de pensar en el pagaré, por alguna razón, empezó a recordar con cierto deleite las historias de su primo sobre las aventuras románticas de la judía, sobre su vida libre, y estas reminiscencias solo lo incitaron a una mayor audacia. Impulsivamente, se sentó junto a la judía y, sin pensar más en los pagarés, comenzó a comer...
—¿Quieres vodka o vino? —preguntó Susanna riendo—. ¿Entonces te quedarás hasta que recibas los pagarés? ¡Pobrecito! ¡Cuántos días y noches tendrás que pasar conmigo, esperando esos pagarés! ¿Tu prometida no tendrá nada que decir al respecto?
II
Habían pasado cinco horas. El primo del teniente, Alexey Ivanovitch Kryukov, paseaba por las habitaciones de su casa de campo en bata y zapatillas, mirando con impaciencia por la ventana. Era un hombre alto y robusto, con una gran barba negra y rostro varonil; y como bien había dicho el judío, era apuesto, aunque había llegado a la edad en que los hombres tienden a engordar, a ponerse rollizos y calvos. Por su inteligencia y temperamento, era uno de esos caracteres que tanto abundan en la clase intelectual rusa: afectuoso, bondadoso, bien educado, con algunos conocimientos de artes y ciencias, algo de fe y las más caballerescas nociones sobre el honor, pero indolente y carente de profundidad. Le gustaba el buen comer y beber, era un jugador de whist ideal, era un entendido en mujeres y caballos, pero en otras cosas era apático y perezoso como una foca, y para despertarlo de su letargo se necesitaba algo extraordinario y completamente repugnante, y entonces se olvidaba de todo en el mundo y mostraba una intensa actividad; se enfurecía y hablaba de un duelo, escribía una petición de siete páginas a un ministro, galopaba a una velocidad vertiginosa por el distrito, llamaba a alguien públicamente "sinvergüenza", recurría a la ley, etcétera.
"¿Cómo es que Sasha no ha vuelto todavía?", le preguntaba a su esposa, mirando por la ventana. "¡Pero si es hora de cenar!".
Tras esperar al teniente hasta las seis, se sentaron a cenar. Sin embargo, a la hora de cenar, Alexey Ivanovitch escuchaba atentamente cada paso, cada ruido de la puerta, y no dejaba de encogerse de hombros.
—¡Qué raro! —dijo—. El dandi muy travieso debió de quedarse en casa del inquilino.
Cuando se fue a la cama después de cenar, Kryukov se dio cuenta de que el teniente estaba siendo agasajado en casa del inquilino, donde después de una velada festiva iba a pasar la noche.
Alexandr Grigoryevitch regresó a la mañana siguiente. Parecía muy desanimado y confundido.
“Quiero hablar contigo a solas…” le dijo misteriosamente a su primo.
Entraron al estudio. El teniente cerró la puerta y se paseó un buen rato antes de empezar a hablar.
—Ha pasado algo, querido amigo —empezó—, que no sé cómo contarte. No lo creerías...
Y ruborizado, vacilante, sin mirar a su primo, le contó lo sucedido con los pagarés. Kriukov, de pie, con los pies bien separados y la cabeza gacha, escuchaba con el ceño fruncido.
"¿Estás bromeando?" preguntó.
¿Cómo demonios iba a estar bromeando? ¡No es broma!
—¡No lo entiendo! —murmuró Kriukov, ruborizándose y alzando las manos—. Es decididamente... inmoral de tu parte. Ante tus propios ojos, una desvergonzada trama quién sabe qué, un delito grave, te gasta una mala pasada, ¡y tú vas y la besas!
—¡Pero ni yo mismo entiendo cómo sucedió! —susurró el teniente, parpadeando con aire de culpabilidad—. ¡Por mi honor, no lo entiendo! ¡Es la primera vez en mi vida que me topo con semejante monstruo! No es su belleza lo que te convence, ni su inteligencia, sino esa... ya lo entiendes... insolencia, cinismo...
Insolencia, cinismo... ¡es inmundo! Si tanto anhelas la insolencia y el cinismo, podrías haber sacado una cerda del lodo y devorarla viva. ¡Habría sido más barato, de todas formas! ¡En lugar de dos mil trescientos!
—¡Qué elegante se expresa! —dijo el teniente frunciendo el ceño—. ¡Le devolveré los dos mil trescientos!
Sé que me lo devolverás, ¡pero no es cuestión de dinero! ¡Maldita sea! ¡Lo que me repugna es que seas tan insulsa... tan inmunda! ¡Y comprometida! ¡Con una prometida!
—Ni hables de eso... —dijo el teniente, sonrojándose—. Me detesto tal como estoy. Me gustaría hundirme en la tierra. Es repugnante y fastidioso tener que molestar a mi tía por esos cinco mil...
Kryukov continuó durante un tiempo más expresando su indignación y quejándose, luego, cuando se calmó, se sentó en el sofá y comenzó a burlarse de su primo.
—¡Jóvenes oficiales! —dijo con ironía despectiva—. ¡Qué buenos novios!
De repente, saltó como si le hubieran picado, dio una patada en el suelo y echó a correr por el estudio.
—¡No, no voy a dejarlo así! —dijo, agitando el puño—. ¡Me quedo con esos pagarés! ¡Se los daré! A las mujeres no se les pega, pero le romperé todos los huesos del cuerpo... ¡La haré papilla! ¡No soy teniente! ¡No me tocarás con insolencia ni cinismo! ¡Nooo, maldita sea! ¡Mishka! —gritó—, ¡corre y diles que me saquen el droshky de carreras!
Kriukov se vistió rápidamente y, sin hacer caso al teniente, se subió al droshky y, con un gesto de la mano, corrió con decisión hacia Susanna Moiséyevna. Durante un largo rato, el teniente contempló por la ventana las nubes de polvo que se alzaban tras el droshky de su primo, se desperezó, bostezó y se fue a su habitación. Un cuarto de hora después, dormía profundamente.
A las seis lo despertaron y lo llamaron a cenar.
—¡Qué amable Alexey! —lo saludó la esposa de su primo en el comedor—. Nos hace esperar para cenar.
—¿Quieres decir que aún no ha vuelto? —bostezó el teniente—. ¡Mmm!... Seguro que ha ido a ver al inquilino.
Pero Alexey Ivanovitch tampoco había regresado para la cena. Su esposa y Sokolsky decidieron que estaba jugando a las cartas en casa del inquilino y que probablemente pasaría la noche allí. Sin embargo, lo que había sucedido no era lo que suponían.
Kryukov regresó a la mañana siguiente y, sin saludar a nadie, sin decir palabra, entró corriendo en su estudio.
—¿Y bien? —susurró el teniente mirándolo con los ojos muy abiertos.
Kryukov agitó la mano y resopló.
¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?
Kriukov se dejó caer en el sofá, hundió la cabeza en la almohada y se estremeció conteniendo la risa. Un minuto después se levantó y, mirando al sorprendido teniente, con los ojos llenos de lágrimas de la risa, dijo:
—Cierra la puerta. Bueno... ¡ es una he-m-bre, te lo advierto!
“¿Recibiste los pagarés?”
Kryukov hizo un gesto con la mano y se echó a reír otra vez.
—¡Vaya! ¡Es una hembra! —continuó—. ¡ Merci por la presentación, hijo! Es una diabla con enaguas. Llegué; entré como un Júpiter vengador, ¿sabe?, que casi me daba miedo... Fruncí el ceño, incluso apreté los puños para parecer más imponente... «¡Conmigo no se pagan las bromas, señora!» —dije yo, y más en ese estilo. Y la amenacé con la ley y con el Gobernador. Para empezar, rompió a llorar, dijo que había estado bromeando contigo, e incluso me llevó al armario para darme el dinero. Luego empezó a argumentar que el futuro de Europa está en manos de los franceses y los rusos, y maldijo a las mujeres... Como tú, la escuché, fascinado, como un imbécil... No dejaba de elogiar mi belleza, me daba palmaditas en el brazo cerca del hombro, para ver lo fuerte que era, y... y como ves, ¡acabo de escaparme de ella! ¡Ja, ja! ¡Está entusiasmada contigo!
—¡Eres un buen tipo! —rió el teniente—. ¡Un hombre casado! Muy respetado... Bueno, ¿no te da vergüenza? ¿Te disgusta? Bromas aparte, viejo, tienes a tu Reina Tamara en tu propio vecindario...
¡En mi propio vecindario! ¡Caramba, no encontrarías otro camaleón como él en toda Rusia! Nunca he visto nada igual en mi vida, aunque también sé bastante de mujeres. He conocido a auténticos demonios en mi vida, pero nunca a nada como esto. Es, como dices, con insolencia y cinismo como te supera. Lo que la hace tan atractiva es su diabólica brusquedad, sus rápidas transiciones, sus rápidos cambios de color... ¡Brrr! Y el pagaré... ¡uf! Dalo por perdido. Los dos somos grandes pecadores, nos iremos a medias en nuestro pecado. Te atribuiré no dos mil trescientos, sino la mitad. Por favor, dile a mi esposa que estaba en casa del inquilino.
Kryukov y el teniente hundieron la cabeza en las almohadas y estallaron en carcajadas; levantaron la cabeza, se miraron y volvieron a hundirse en las almohadas.
—¡Comprometido! ¡Un teniente! —se burló Kryukov.
—¡Casado! —replicó Sokolsky—. ¡Muy respetado! ¡Padre de familia!
Durante la cena, conversaron con alusiones veladas, se guiñaron el ojo y, para sorpresa de los demás, no paraban de reír a carcajadas en sus servilletas. Después, todavía de muy buen humor, se vistieron de turcos y, corriendo uno tras otro con armas, jugaron a los soldados con los niños. Por la noche, tuvieron una larga discusión. El teniente sostuvo que era mezquino y despreciable aceptar una dote con la esposa, incluso cuando existía un amor apasionado por ambas partes. Kriukov golpeó la mesa con los puños y declaró que eso era absurdo, y que un marido que no quería que su esposa tuviera propiedades era un egoísta y un déspota. Ambos gritaron, se enfurecieron, no se entendieron, bebieron mucho y, al final, recogiendo las faldas de sus batas, se fueron a sus dormitorios. Pronto se durmieron profundamente.
La vida seguía como antes, tranquila, lenta y sin penas. Las sombras se extendían sobre la tierra, los truenos retumbaban entre las nubes, de vez en cuando el viento gemía lastimeramente, como para demostrar que la naturaleza también podía lamentarse, pero nada perturbaba la tranquilidad habitual de estas personas. De Susana Moiséyevna y los pagarés no dijeron nada. Ambos sentían, de alguna manera, vergüenza de hablar del incidente en voz alta. Sin embargo, lo recordaban y pensaban en él con placer, como una curiosa farsa que la vida les había jugado de forma inesperada y casual, y que sería grato recordar en la vejez.
Al sexto o séptimo día de su visita a la judía, Kriukov se encontraba sentado en su estudio por la mañana, escribiendo una carta de felicitación a su tía. Alexandr Grigoryevitch caminaba de un lado a otro cerca de la mesa en silencio. El teniente había dormido mal esa noche; se despertó deprimido y ahora se sentía aburrido. Caminaba de un lado a otro, pensando en el fin de su permiso, en su prometida, que lo esperaba, en cómo la gente podía vivir toda su vida en el campo sin aburrirse. De pie junto a la ventana, contempló los árboles durante un largo rato, fumó tres cigarrillos seguidos y, de repente, se volvió hacia su primo.
—Tengo que pedirte un favor, Aliosha —dijo—. Dame un caballo de silla para hoy...
Kryukov lo miró fijamente y continuó escribiendo con el ceño fruncido.
“¿Lo harás entonces?” preguntó el teniente.
Kryukov lo miró de nuevo, luego abrió deliberadamente un cajón de la mesa, y sacando un grueso rollo de billetes, se lo dio a su primo.
«Aquí tienes cinco mil...», dijo. «Aunque no es mi dinero, Dios te bendiga, da igual. Te aconsejo que mandes a buscar caballos de posta de inmediato y te vayas. ¡Sí, de verdad!»
El teniente, a su vez, miró fijamente a Kryukov y se rió.
—Has acertado, Aliosha —dijo, enrojeciendo—. Era adonde iba. Ayer por la noche, cuando la lavandera me dio esa maldita túnica, la que llevaba puesta, y olía a jazmín, bueno... ¡sentí que debía irme!
“Debes irte.”
—Sí, claro. Y mi permiso acaba de terminar. ¡De verdad que me voy hoy mismo! ¡Sí, por Dios! Por mucho que uno se quede, al final hay que irse... ¡Me voy!
Los caballos de posta fueron traídos después de la cena del mismo día; el teniente se despidió de los Kryukov y partió, acompañado de sus buenos deseos.
Pasó otra semana. Era un día gris, pero caluroso y pesado. Desde temprano, Kriukov deambulaba sin rumbo por la casa, mirando por la ventana o hojeando álbumes, aunque ya le daba asco verlos. Al encontrarse con su esposa o sus hijos, se ponía a refunfuñar. Ese día, por alguna razón, le parecía que los modales de sus hijos eran repugnantes, que su esposa no sabía cómo atender a los sirvientes, que sus gastos eran desproporcionados en relación con sus ingresos. Todo esto significaba que «el amo» estaba de mal humor.
Después de cenar, Kryukov, insatisfecho con la sopa y el asado que había comido, pidió que le trajeran su droshky de carreras. Salió lentamente del patio, recorrió un cuarto de milla al paso y se detuvo.
“¿Debería… llevar a esa… diabla?”, pensó, mirando el cielo plomizo.
Y Kriukov rió con ganas, como si fuera la primera vez ese día que se hacía esa pregunta. De inmediato, el peso del aburrimiento se le quitó del corazón, y un brillo de placer brilló en sus ojos perezosos. Azotó al caballo...
Durante todo el camino su imaginación se imaginaba lo sorprendido que estaría el judío al verlo, cómo se reiría y charlaría, y volvería a casa sintiéndose renovado. . . .
«Una vez al mes uno necesita algo que le levante el ánimo... algo fuera de lo común», pensó, «algo que le dé un buen empujón al organismo estancado, una reacción... ya sea una borrachera o... Susana. No se puede vivir sin ello».
Estaba anocheciendo cuando entró en el patio de la destilería de vodka. De las ventanas abiertas de la casa del dueño salían risas y cantos:
“'Más brillante que el relámpago, más ardiente que la llama...'”
cantó con una voz potente, suave y grave.
“¡Ah! ¡Tiene visitas!”, pensó Kryukov.
Y le molestaba que ella tuviera visitas.
"¿Vuelvo?", pensó con la mano en el timbre, pero aun así tocó y subió la escalera familiar. Desde la entrada, echó un vistazo al salón de recepciones. Había unos cinco hombres allí, todos terratenientes y funcionarios conocidos; uno, un caballero alto y delgado, estaba sentado al piano, cantando y tocando las teclas con sus dedos largos y delgados. Los demás escuchaban y sonreían con alegría. Kriukov se miró de arriba abajo en el espejo y estaba a punto de entrar en el salón, cuando Susanna Moiséyevna entró corriendo, muy animada y con el mismo vestido negro... Al ver a Kriukov, se quedó petrificada por un instante, luego lanzó un pequeño grito y sonrió de alegría.
"¿Eres tú?", dijo, agarrándole la mano. "¡Qué sorpresa!"
—¡Aquí está! —dijo Kryukov con una sonrisa, rodeándola con el brazo—. ¡Y bien! ¿El destino de Europa sigue en manos de los franceses y los rusos?
—Me alegro mucho —rió el judío, apartando el brazo con cautela—. Venga, pase al salón; allí todos son amigos... Iré a decirles que le traigan té. ¿Se llama Alexey, verdad? Bueno, pase, voy enseguida...
Ella le lanzó un beso y salió corriendo de la entrada, dejando tras de sí el mismo olor nauseabundo a jazmín. Kriukov levantó la cabeza y entró en el pasillo. Mantenía una relación amistosa con todos los hombres presentes, pero apenas les saludó con la cabeza; ellos tampoco respondieron, como si los lugares donde se encontraban no fueran del todo decentes, y como si acordaran tácitamente que era mejor que no se reconocieran.
Desde el vestíbulo, Kriukov entró en el salón, y de este en otro. En el camino se encontró con otros tres o cuatro invitados, también conocidos, aunque apenas lo reconocieron. Sus rostros estaban enrojecidos por la bebida y la alegría. Alexey Ivanovitch los miró furtivamente y se maravilló de que estos hombres, respetables cabezas de familia, que habían conocido la tristeza y la privación, pudieran rebajarse a una alegría tan miserable y barata. Se encogió de hombros, sonrió y siguió caminando.
«Hay lugares», reflexionó, «donde un hombre sobrio se siente mal, y un borracho se alegra. Recuerdo que nunca pude ir a la opereta ni a los gitanos cuando estaba sobrio: el vino hace a uno más bondadoso y lo reconcilia con el vicio...».
De repente, se quedó paralizado, petrificado, y se agarró al marco de la puerta con ambas manos. En el escritorio del estudio de Susanna estaba sentado el teniente Alexandr Grigoryevitch. Hablaba en voz baja con un judío gordo y fofo, y al ver a su primo, se sonrojó y bajó la vista hacia un álbum.
El sentido de la decencia se despertó en Kryukov y la sangre le subió a la cabeza. Abrumado por el asombro, la vergüenza y la ira, se acercó a la mesa sin decir palabra. Sokolsky bajó la cabeza más que nunca. Su rostro se transformó en una expresión de vergüenza agonizante.
—¡Ah, eres tú, Aliosha! —articuló, haciendo un esfuerzo desesperado por levantar la vista y sonreír—. Venía a despedirme, y, como ves... Pero mañana me voy sin duda.
¿Qué puedo decirle? ¿Qué? —pensó Alexey Ivanovitch—. ¿Cómo puedo juzgarlo estando yo mismo aquí?
Y carraspeando y sin pronunciar palabra, salió lentamente.
“'No la llaméis celestial, y dejadla en la tierra...'”
El bajo cantaba en la sala. Poco después, el droshky de Kryukov avanzaba a trompicones por el polvoriento camino.
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VECINOS
PAG El joven Mijail Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una jovencita, se había ido a vivir con Vlasitch, un hombre casado. Para librarse del desaliento y la depresión que lo acosaban en casa y en el campo, invocó su sentido de la justicia, sus ideas genuinas y nobles —¡siempre había defendido el amor libre!—, pero esto fue en vano, y siempre volvía a la misma conclusión que su vieja y necia niñera: que su hermana había actuado mal y que Vlasitch la había raptado. Y eso era angustioso.
Su madre no salió de su habitación en todo el día; la anciana nodriza no dejaba de suspirar y hablar en susurros; su tía estaba a punto de marcharse todos los días, y sus baúles eran bajados continuamente al recibidor y subidos de nuevo a su habitación. En la casa, en el patio y en el jardín reinaba un silencio absoluto, como si hubiera un muerto. Su tía, los sirvientes e incluso los campesinos, según le pareció a Piotr Mijálich, lo miraban con enigma y perplejidad, como si quisieran decirle: «Han seducido a tu hermana; ¿por qué no haces nada?». Y se reprochaba su inactividad, aunque no sabía exactamente qué debía haber hecho.
Así pasaron seis días. El séptimo, domingo por la tarde, un mensajero a caballo trajo una carta. La dirección estaba escrita con una caligrafía femenina y familiar: «Su Excelencia Anna Nikolaevna Ivashin». A Piotr Mijálich le pareció que había algo desafiante, provocador, en la letra y en la abreviatura «Excelencia». Y las ideas progresistas en las mujeres son obstinadas, despiadadas, crueles.
«Preferiría morir antes que hacer concesiones a su desdichada madre o pedirle perdón», pensó Pyotr Mihalitch mientras se dirigía a su madre con la carta.
Su madre estaba acostada en la cama, vestida. Al ver a su hijo, se levantó impulsivamente y, alisándose el pelo canoso que se le había caído por debajo de la cofia, preguntó rápidamente:
¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
“Esto ha llegado...” dijo su hijo, entregándole la carta.
El nombre de Zina, e incluso el pronombre «ella», no se pronunciaba en casa. Se hablaba de Zina de forma impersonal: «Esto ha llegado», «Se ha ido», etc. La madre reconoció la letra de su hija, y su rostro se volvió feo y desagradable, y sus canas volvieron a escaparse de su cofia.
—¡No! —dijo con un gesto de las manos, como si la carta le quemara los dedos—. ¡No, no, jamás! ¡Nada me induciría!
La madre rompió a llorar histéricamente de dolor y vergüenza; evidentemente ansiaba leer la carta, pero su orgullo se lo impidió. Piotr Mijálich comprendió que debía abrir la carta él mismo y leerla en voz alta, pero lo invadió una ira como nunca antes había sentido; salió corriendo al patio y le gritó al mensajero:
¡Di que no habrá respuesta! ¡No habrá respuesta! ¡Díselo, bestia!
Y rompió la carta; entonces le brotaron lágrimas de los ojos, y sintiéndose cruel, miserable y culpable, salió al campo.
Solo tenía veintisiete años, pero ya era corpulento. Vestía como un anciano, con ropa holgada y amplia, y sufría de asma. Parecía estar desarrollando ya las características de un soltero de pueblo. Nunca se enamoraba, jamás pensaba en el matrimonio, y solo amaba a su madre, su hermana, su anciana niñera y el jardinero Vasílich. Le gustaba la buena comida, echarse una siesta después de cenar y hablar de política y temas ilustres. En su época se había graduado en la universidad, pero ahora consideraba sus estudios como si en ellos hubiera cumplido con un deber propio de los jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años; en cualquier caso, las ideas que ahora rondaban su mente a diario no tenían nada que ver con la universidad ni con las materias que había estudiado allí.
En los campos hacía calor y el silencio era insoportable, como si fuera a llover. El bosque humeaba, y se percibía un intenso olor a pinos y hojas podridas. Piotr Mijálich se detuvo varias veces y se secó la frente húmeda. Contempló su maíz de invierno y su avena de primavera, dio una vuelta por el campo de tréboles y dos veces ahuyentó a una perdiz con sus polluelos que se había extraviado del bosque. Y todo el tiempo pensaba que este estado insoportable no podía durar eternamente, y que debía acabar con él de una forma u otra. Acabar con él estúpidamente, con locura, pero debía acabar con él.
«¿Pero cómo? ¿Qué puedo hacer?», se preguntó, y miró implorante al cielo y a los árboles, como si les pidiera ayuda.
Pero el cielo y los árboles estaban en silencio. Sus nobles ideas no le servían de nada, y su sentido común le susurraba que la angustiosa pregunta no tenía otra solución que una estúpida, y que la escena de hoy con el mensajero no sería la última. ¡Era terrible pensar en lo que le aguardaba!
Al regresar a casa, el sol se ponía. Para entonces, le parecía que el problema no tenía solución. No podía aceptar el hecho consumado, ni negarse a aceptarlo, y no había término medio. Cuando, quitándose el sombrero y abanicándose con el pañuelo, caminaba por el camino, y solo le quedaban una milla y media para llegar a casa, oyó campanas a sus espaldas. Era una combinación de campanas muy selecta y acertada, que emitía un sonido nítido y cristalino. Nadie llevaba campanas así en sus caballos, salvo el capitán de policía, Medovsky, antiguo oficial de húsares, un hombre con una salud quebrantada, que había sido un gran libertino y derrochador, y pariente lejano de Piotr Mijálich. Era como un miembro más de la familia de los Ivashin y sentía por Zina un tierno afecto paternal, además de una gran admiración por ella.
—Venía a verte —dijo, adelantando a Piotr Mijálich—. Sube; te llevo.
Sonreía y parecía alegre. Evidentemente, aún no sabía que Zina se había ido a vivir con Vlasitch; quizá ya se lo habían dicho, pero no lo creía. Piotr Mijálich se sentía en una situación difícil.
—De nada —murmuró, ruborizándose hasta las lágrimas, sin saber cómo mentir ni qué decir—. Me alegro mucho —continuó, intentando sonreír—, pero... Zina no está y mi madre está enferma.
—¡Qué fastidio! —dijo el capitán de policía, mirando pensativo a Piotr Mijálich—. Y yo que quería pasar la noche contigo. ¿Dónde se ha metido Zinaida Mijálovna?
A casa de los Sinitsky, y creo que de allí quería ir al monasterio. No lo sé con certeza.
El capitán de policía habló un rato más y luego se dio la vuelta. Piotr Mihalitch caminó hacia su casa y pensó con horror cómo se sentiría el capitán al enterarse de la verdad. Piotr Mihalitch imaginó sus sentimientos y, sintiéndolos realmente, entró en la casa.
“Señor, ayúdanos”, pensó, “¡Señor, ayúdanos!”
A la hora del té de la tarde, la única persona sentada a la mesa era su tía. Como de costumbre, su rostro mostraba una expresión que parecía indicar que, aunque era una mujer débil e indefensa, no permitiría que nadie la insultara. Piotr Mijálich se sentó al otro extremo de la mesa (no le gustaba su tía) y comenzó a tomar el té en silencio.
—Tu madre no ha cenado otra vez hoy —dijo su tía—. Deberías hacer algo al respecto, Petrusha. Pasar hambre no ayuda en la tristeza.
A Piotr Mijálich le pareció absurdo que su tía se entrometiera en asuntos ajenos y condicionara su marcha a la marcha de Zina. Estuvo tentado de decirle algo grosero, pero se contuvo. Y al contenerse, sintió que había llegado el momento de actuar y que no podía soportarlo más. O actuaba de inmediato o se desplomaba, gritando y golpeándose la cabeza. Se imaginó a Vlasich y a Zina, ambos progresistas y satisfechos de sí mismos, besándose bajo un arce, y toda la ira y la amargura que había acumulado en él durante los últimos siete días se apoderó de Vlasich.
«Uno ha seducido y raptado a mi hermana», pensó, «otro vendrá y asesinará a mi madre, un tercero prenderá fuego a la casa y la saqueará... ¡Y todo esto bajo la máscara de la amistad, las ideas nobles y la infelicidad!».
—¡No, no será así! —gritó de repente Piotr Mijálich, y dio un puñetazo sobre la mesa.
Se levantó de un salto y salió corriendo del comedor. En el establo, el caballo del mayordomo ya estaba ensillado. Se montó y galopó hacia Vlassitch.
Había una tempestad perfecta en su interior. Sentía el anhelo de hacer algo extraordinario, sorprendente, aunque después tuviera que arrepentirse de ello toda la vida. ¿Debería llamar a Vlassitch canalla, abofetearlo y luego retarlo a duelo? Pero Vlassitch no era de esos hombres que se baten en duelo; ser llamado canalla y abofeteado solo lo haría más infeliz y lo haría encogerse en sí mismo más que nunca. Estas personas infelices e indefensas son las criaturas más insufribles y pesadas del mundo. Pueden hacer cualquier cosa con impunidad. Cuando el desafortunado responde a un reproche bien merecido mirándote con ojos llenos de profundo sentimiento de culpa, y con una sonrisa enfermiza inclina la cabeza sumisamente, ni siquiera la justicia misma podría levantar la mano contra él.
—No importa. Lo azotaré delante de ella y le diré lo que pienso de él —decidió Piotr Mijálich.
Cabalgaba por su bosque y su tierra baldía, e imaginó que Zina intentaría justificar su conducta hablando de los derechos de las mujeres y la libertad individual, y de la indiferencia entre el matrimonio legal y la unión libre. Como una mujer, discutiría sobre lo que no entendía. Y muy probablemente al final preguntaría: "¿Cómo entras tú? ¿Qué derecho tienes a interferir?".
—No, no tengo derecho —murmuró Piotr Mijálich—. Pero tanto mejor... Cuanto más duro sea, menos derecho tengo a interferir, mejor.
Era bochornoso. Nubes de mosquitos flotaban sobre el suelo y en los parajes baldíos las avispas chillaban lastimeramente. Todo presagiaba lluvia, pero no veía ni una sola nube en el cielo. Piotr Mijálich cruzó el límite de su propiedad y galopó por un campo liso y llano. A menudo recorría ese camino y conocía cada arbusto, cada hoyo. Lo que ahora, a lo lejos, en la penumbra, parecía un oscuro acantilado era una iglesia roja; podía imaginársela hasta el más mínimo detalle, incluso el yeso de la puerta y los terneros que siempre pastaban en el recinto de la iglesia. A tres cuartos de milla a la derecha de la iglesia había un bosquecillo como una mancha oscura: era la propiedad del conde Koltonovitch. Y más allá de la iglesia comenzaba la propiedad de Vlassitch.
Detrás de la iglesia y del bosquecillo del conde se alzaba una enorme nube de tormenta negra, y había cenizas de relámpagos blancos.
"¡Aquí está!", pensó Piotr Mijálich. "¡Señor, ayúdanos, Señor, ayúdanos!"
El caballo se cansó pronto tras su rápido galope, y Piotr Mijálich también. La nube de tormenta lo miró con enojo y pareció aconsejarle que volviera a casa. Sintió un poco de miedo.
«Les demostraré que se equivocan», intentó tranquilizarse. «Dirán que es amor libre, libertad individual; pero libertad significa autocontrol y no sumisión a la pasión. ¡No es libertad, sino libertinaje!»
Llegó al gran estanque del conde; se veía azul oscuro y ceñudo bajo las nubes, y de él emanaba un olor a humedad y limo. Cerca de la presa, dos sauces, uno viejo y otro joven, se inclinaban tiernamente uno hacia el otro. Piotr Mijálich y Vlásich habían estado paseando cerca de este mismo lugar apenas quince días antes, tarareando una canción estudiantil:
“La juventud se desperdicia, la vida no es nada cuando el corazón es frío y sin amor.”
¡Qué canción más miserable!
Tropezaba con un trueno mientras Piotr Mijálich cabalgaba por el bosquecillo, y los árboles se mecían y susurraban con el viento. Tenía que darse prisa. Solo había tres cuartos de milla a través de un prado desde el bosquecillo hasta la casa de Vlasitch. Allí había viejos abedules a ambos lados del camino. Tenían el mismo aire melancólico y triste que su dueño Vlasitch, y parecían tan altos y desgarbados como él. Gruesas gotas de lluvia golpeaban los abedules y la hierba; el viento había amainado repentinamente, y había un olor a tierra mojada y álamos. Ante él vio la cerca de Vlasitch con una hilera de acacias amarillas, que también eran altas y desgarbadas; donde la cerca estaba rota podía ver el huerto abandonado.
Piotr Mijálich no pensaba ahora en el látigo ni en una bofetada, y no sabía qué haría en casa de Vlasitch. Estaba nervioso. Tenía miedo, tanto por sí mismo como por su hermana, y le aterraba la idea de verla. ¿Cómo se comportaría con su hermano? ¿De qué hablarían? ¿Y no sería mejor que regresara antes de que fuera demasiado tarde? Mientras reflexionaba sobre esto, galopó por la avenida de tilos hacia la casa, rodeó los grandes grupos de lilas y, de repente, vio a Vlasitch.
Vlasitch, con camisa de algodón y botas altas, encorvado, sin sombrero bajo la lluvia, venía desde la esquina de la casa hacia la puerta principal. Lo seguía un obrero con un martillo y una caja de clavos. Debían estar remendando una persiana que se movía con el viento. Al ver a Piotr Mijálich, Vlasitch se detuvo.
—¡Eres tú! —dijo sonriendo—. ¡Qué bien!
—Sí, ya he venido, como ves —dijo Piotr Mijálich, secándose la lluvia con ambas manos.
—¡Qué bien! Me alegro mucho —dijo Vlasitch, pero no extendió la mano: evidentemente no se aventuró, sino que esperó a que Pyotr Mihalitch le extendiera la suya—. Le sentará bien a la avena —dijo, mirando al cielo.
"Sí."
Entraron en la casa en silencio. A la derecha del recibidor había una puerta que daba a otro recibidor y luego al salón, y a la izquierda había una pequeña habitación que en invierno usaba el mayordomo. Piotr Mijálich y Vlásich entraron en esta pequeña habitación.
“¿Dónde te pilló la lluvia?”
“No muy lejos, bastante cerca de la casa.”
Piotr Mijálich se sentó en la cama. Le alegraba el ruido de la lluvia y la oscuridad de la habitación. Era mejor: lo hacía menos aterrador, y no necesitaba ver el rostro de su compañero. Ya no sentía ira en su corazón, solo miedo y disgusto consigo mismo. Sentía que había empezado mal y que esta visita no serviría de nada.
Ambos guardaron silencio durante un rato y fingieron estar escuchando la lluvia.
—Gracias, Petrusha —comenzó Vlassitch, carraspeando—. Le agradezco mucho que haya venido. Es generoso y noble de su parte. Lo entiendo y, créame, se lo agradezco. Créame.
Miró por la ventana y continuó, de pie en medio de la habitación:
Todo sucedió en secreto, como si te lo ocultáramos. La sensación de que pudieras estar herido y enojado ha sido una mancha en nuestra felicidad todos estos días. Pero déjame justificarme. Lo mantuvimos en secreto no porque no confiáramos en ti. Para empezar, todo sucedió de repente, por una especie de inspiración; no había tiempo para hablarlo. Además, es un asunto tan privado y delicado, y era incómodo involucrar a una tercera persona, incluso a alguien tan cercano como tú. Sobre todo, en todo esto contábamos con tu generosidad. Eres una persona muy noble y generosa. Te estoy infinitamente agradecido. Si alguna vez necesitas mi vida, ven y tómala.
Vlassitch hablaba con un tono bajo y sordo, siempre con el mismo tono monótono; era evidente que estaba agitado. Piotr Mihalitch sintió que le tocaba hablar, y que escuchar y callar significaría en realidad comportarse como un simplón generoso y noble, y esa no había sido su intención al venir. Se levantó rápidamente y dijo, sin aliento, en voz baja:
Escucha, Grigory. Sabes que te apreciaba y que no podría haber deseado un mejor esposo para mi hermana; ¡pero lo que ha pasado es horrible! ¡Es terrible pensarlo!
—¿Por qué es terrible? —preguntó Vlassitch con voz temblorosa—. Sería terrible si hubiéramos actuado mal, pero no es así.
Escucha, Grigory. Sabes que no tengo prejuicios; pero, disculpa mi franqueza, creo que ambos han actuado con egoísmo. Claro que no se lo diré a mi hermana; la angustiaría; pero debes saberlo: mi madre es indescriptiblemente miserable.
—Sí, qué triste —suspiró Vlassitch—. Lo previmos, Petrusha, pero ¿qué podíamos haber hecho? Que las acciones de uno lastimen a otros no significa que estén mal. ¡Qué hacer! Cada paso importante que uno da siempre causa sufrimiento a alguien. Si fueras a luchar por la libertad, eso también angustiaría a tu madre. ¡Qué hacer! Quien antepone la paz de su familia a todo tiene que renunciar por completo a la vida de las ideas.
Hubo un vívido relámpago en la ventana, y el relámpago pareció cambiar el curso de los pensamientos de Vlassitch. Se sentó junto a Pyotr Mihalitch y comenzó a decir algo completamente fuera de lugar.
—Siento una gran reverencia por tu hermana, Petrusha —dijo—. Cuando venía a verte, me sentía como si fuera a un santuario, y realmente veneraba a Zina. Ahora mi reverencia por ella crece cada día. Para mí, es algo más que una esposa; ¡sí, más que eso! —Vlassitch agitó las manos—. Es mi santa de las santas. Como vive conmigo, entro en mi casa como si fuera un templo. ¡Es una mujer extraordinaria, excepcional, de la mayor nobleza!
«¡Bueno, ya se fue!», pensó Piotr Mihalitch; le desagradaba la palabra «mujer».
"¿Por qué no te casas como es debido?", preguntó. "¿Cuánto pide tu esposa por el divorcio?"
“Setenta y cinco mil.”
Es bastante. ¿Y si negociáramos con ella?
—No aceptará ni un céntimo menos. Es una mujer horrible, hermano —suspiró Vlassitch. Nunca te había hablado de ella; era desagradable pensar en ella; pero ahora que ha salido el tema, te hablaré de ella. Me casé con ella por un impulso del momento, un impulso noble y honorable. Un oficial al mando de un batallón de nuestro regimiento —si quieres saber los detalles— tuvo una aventura con una chica de dieciocho años; es decir, para decirlo sin rodeos, la sedujo, vivió con ella dos meses y la abandonó. Estaba en una situación terrible, hermano. Le daba vergüenza volver a casa con sus padres; además, no la habrían recibido. Su amante la había abandonado; no le quedaba más remedio que ir al cuartel y venderse. Los demás oficiales del regimiento estaban indignados. No eran santos, ni mucho menos, pero la bajeza del asunto era tan llamativa. Además, nadie en el regimiento podía soportar a ese hombre. Y para fastidiarlo, ¿comprendes?, los indignados tenientes y alféreces empezaron a hacer una suscripción para el desafortunado. Chica. Y cuando los subalternos nos reunimos y empezamos a suscribir cinco o diez rublos cada uno, tuve una inspiración repentina. Sentí que era la oportunidad de hacer algo bueno. Corrí hacia la chica y le expresé efusivamente mi compasión. Y mientras iba hacia ella, y mientras hablaba con ella, la quise fervientemente como a una mujer insultada y ofendida. Sí... Bueno, una semana después le hice una propuesta. El coronel y mis camaradas consideraron que mi matrimonio no estaba a la altura de la dignidad de un oficial. Eso me excitó más que nunca. Escribí una larga carta, ¿sabe?, en la que demostraba que mi acción debía quedar inscrita en los anales del regimiento con letras de oro, etc. Envié la carta a mi coronel y copias a mis camaradas. Bueno, estaba emocionado y, por supuesto, no pude evitar ser grosero. Me pidieron que dejara el regimiento. Tengo un borrador guardado en algún lugar; se lo daré para que lo lea. En algún momento. Lo escribí con gran sentimiento. Verás qué nobles y elevados sentimientos experimentaba. Renuncié a mi comisión y vine aquí con mi esposa. Mi padre había dejado algunas deudas, yo no tenía dinero, y desde el primer día mi esposa empezó a conocer gente, a vestirse elegantemente y a jugar a las cartas, y me vi obligado a hipotecar la propiedad. Llevó una vida miserable, ¿entiendes?, y eres el único de los vecinos que no ha sido su amante. Después de dos años le di todo lo que tenía para liberarme y se fue a la ciudad. Sí... Y ahora le pago mil doscientos rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Hay una mosca, hermano, que pone un huevo en la espalda de una araña para que la araña no pueda quitárselo de encima: la larva se adhiere a la araña y bebe la sangre de su corazón.Así fue como esta mujer se aferró a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia por ser tan estúpido; es decir, por casarme con una mujer como ella. Mi caballerosidad le parece despreciable. «Un hombre sabio me rechazó», dice, «y un necio me recogió». Para ella, nadie más que un miserable idiota podría haberse comportado como yo. Y eso me resulta insoportablemente amargo, hermano. En resumen, puedo decir entre paréntesis, el destino ha sido duro conmigo, muy duro.
Piotr Mijálich escuchaba a Vlásich y se preguntaba perplejo qué habría en este hombre que había cautivado tanto a su hermana. No era joven —tenía cuarenta y un años—, delgado y desgarbado, de pecho estrecho, nariz larga y canas en la barba. Hablaba con voz monótona, tenía una sonrisa enfermiza y agitaba las manos torpemente al hablar. No tenía salud, ni modales agradables y varoniles, ni savoir-faire , ni alegría, y en todo su exterior había algo incoloro e indefinido. Vestía sin gusto, su entorno era deprimente, no le gustaban la poesía ni la pintura porque «no tienen respuesta a las preguntas del día»; es decir, no las entendía; la música no lo conmovía. Era un campesino pobre.
Su propiedad estaba en lamentable estado y estaba hipotecada; pagaba el doce por ciento de la segunda hipoteca y debía diez mil dólares en garantías personales. Cuando llegaba el momento de pagar los intereses de la hipoteca o de enviar dinero a su esposa, pedía a todos que le prestaran dinero con tanta agitación como si su casa se estuviera incendiando, y, al mismo tiempo, perdiendo la cabeza, vendía toda su reserva de combustible para el invierno por cinco rublos y un montón de paja por tres, y luego mandaba a cortar la cerca de su jardín o los viejos pepinos para calentar sus estufas. Sus prados estaban arruinados por los cerdos, el ganado de los campesinos se perdía entre la maleza de sus bosques, y cada año los árboles viejos eran cada vez menos: colmenas y cubos oxidados se esparcían por su jardín y su huerto. No tenía talento ni habilidades, ni siquiera la capacidad normal para vivir como los demás. En la vida práctica era un hombre débil e ingenuo, fácil de engañar y de estafar, y los campesinos con razón lo llamaban “simple”.
Era liberal, y en el distrito se le consideraba un "rojo", pero incluso su progresismo resultaba aburrido. Carecía de originalidad y de fuerza conmovedora en sus opiniones independientes: se sentía indignado, renegado y encantado, siempre con la misma actitud; siempre carecía de espíritu y era ineficaz. Incluso en momentos de gran entusiasmo, nunca levantaba la cabeza ni se erguía. Pero lo más fastidioso de todo era que lograba expresar incluso sus mejores y más brillantes ideas de tal manera que parecían triviales y anticuadas. Recordaba algo antiguo leído hacía mucho tiempo, cuando, despacio y con aire de profundidad, empezaba a hablar de sus momentos nobles y elevados, de sus mejores años; o cuando se entusiasmaba con la generación más joven, que siempre ha estado, y sigue estando, a la vanguardia de la sociedad; o insultaba a los rusos por ponerse la bata a los treinta y olvidar los principios de su alma máter . Si pasabas la noche con él, ponía a Pissarev o a Darwin en la mesa de tu dormitorio; Si usted dijera que lo había leído, él iría a buscar a Dobrolubov.
En el distrito, esto se llamaba librepensamiento, y muchos lo consideraban una excentricidad inocente e inofensiva; sin embargo, lo hacía profundamente infeliz. Era para él el gusano del que acababa de hablar; se le había pegado y le estaba chupando la sangre. En su pasado, había tenido un matrimonio extraño al estilo de Dostoievski; largas cartas y copias escritas con una letra mala e ininteligible, pero con gran sentimiento; interminables malentendidos, explicaciones, decepciones, luego deudas, una segunda hipoteca, la pensión para su esposa, los préstamos mensuales; y todo esto sin ningún beneficio para nadie, ni para sí mismo ni para los demás. Y en el presente, como en el pasado, seguía en un estado de nerviosismo, a la caza de acciones heroicas y metiendo las narices en los asuntos ajenos; Como antes, en cada oportunidad favorable aparecían largas cartas y copias, conversaciones tediosas y estereotipadas sobre la comunidad del pueblo, el resurgimiento de la artesanía o la fundación de queserías; conversaciones tan parecidas entre sí como si las hubiera preparado, no con su mente viva, sino mediante algún proceso mecánico. ¡Y finalmente, este escándalo con Zina, del que nadie veía el final!
Y mientras tanto, Zina era joven —solo tenía veintidós años—, guapa, elegante, alegre; le gustaba reír, charlar, discutir, era una música apasionada; tenía buen gusto en el vestir, en los muebles, en los libros, y en su propia casa no habría soportado una habitación como esta, con olor a botas y vodka barato. Ella también tenía ideas avanzadas, pero en su libre pensamiento se percibía el desbordamiento de energía, la vanidad de una joven fuerte y animosa, apasionadamente ansiosa por ser mejor y más original que las demás... ¿Cómo había sido posible que se enamorara de Vlassitch?
«Es un Quijote, un fanático obstinado, un maniaco», pensó Piotr Mijálich, «y ella es tan blanda, complaciente y débil de carácter como yo... Ella y yo cedemos fácilmente, sin resistencia. Ella lo ama; pero, claro, yo también lo amo a pesar de todo».
Piotr Mihalitch consideraba a Vlassitch un hombre bueno y recto, pero estrecho de miras y parcial. En sus perturbaciones y sufrimientos, y de hecho en toda su vida, no veía objetivos elevados, ni remotos ni inmediatos; solo veía aburrimiento e incapacidad para la vida. Su abnegación y todo lo que el propio Vlassitch llamaba acciones heroicas o impulsos nobles le parecían un inútil desperdicio de fuerza, disparos de fogueo innecesarios que consumían mucha pólvora. Y la creencia fanática de Vlassitch en la extraordinaria nobleza e intachabilidad de su propia forma de pensar le parecía ingenua e incluso morbosa; y el hecho de que Vlassitch se las hubiera ingeniado para mezclar lo trivial con lo exaltado, que hubiera contraído un matrimonio estúpido y lo considerara un acto de heroísmo, y luego hubiera tenido aventuras con otras mujeres y lo considerara el triunfo de alguna idea, era simplemente incomprensible.
Sin embargo, Piotr Mihalitch quería a Vlassitch; era consciente de una especie de poder en él, y por alguna razón nunca había tenido el corazón para contradecirlo.
Vlasitch se sentó muy cerca de él para conversar en la oscuridad, con el acompañamiento de la lluvia, y se aclaró la garganta como preludio a comenzar algo extenso, como la historia de su matrimonio. Pero a Piotr Mijálich le resultaba intolerable escucharlo; le atormentaba la idea de ver a su hermana en persona.
—Sí, has tenido mala suerte —dijo con suavidad—; pero, disculpa, nos hemos desviado del tema. No es de eso de lo que estamos hablando.
—Sí, sí, así es. Bueno, volvamos al tema —dijo Vlassitch, y se puso de pie—. Te digo, Petrusha, que tenemos la conciencia tranquila. No estamos casados, pero no necesito demostrarte que nuestro matrimonio es perfectamente legítimo. Eres tan libre de ideas como yo, y, afortunadamente, no puede haber desacuerdo entre nosotros en ese punto. En cuanto a nuestro futuro, eso no debería alarmarte. Trabajaré con el sudor de mi frente, trabajaré día y noche; de hecho, me esforzaré al máximo para hacer feliz a Zina. ¡Su vida será espléndida! Puedes preguntar si soy capaz de hacerlo. ¡Lo soy, hermano! Cuando un hombre dedica cada minuto a un solo pensamiento, no le resulta difícil lograr su objetivo. Pero vayamos con Zina; será una alegría para ella verte.
El corazón de Piotr Mijálich empezó a latir con fuerza. Se levantó y siguió a Vlásitch al recibidor, y de allí al salón. En la enorme y sombría habitación no había nada más que un piano y una larga hilera de sillas viejas ornamentadas con bronce, en las que nadie se sentaba jamás. Había una vela encendida sobre el piano. Del salón pasaron en silencio al comedor. Esta habitación también era grande e incómoda; en el centro había una mesa redonda de dos hojas con seis patas gruesas, y solo una vela. Un reloj en una gran caja de caoba, como un icono, marcaba las dos y media.
Vlassitch abrió la puerta de la habitación contigua y dijo:
“¡Zina, aquí está Petrusha que viene a vernos!”
De inmediato se oyeron pasos apresurados y Zina entró en el comedor. Era alta, regordeta y muy pálida, y, tal como la última vez que la vio en casa, vestía una falda negra y una blusa roja, con una gran hebilla en el cinturón. Rodeó a su hermano con el brazo y lo besó en la sien.
—¡Menuda tormenta! —dijo—. Grigory se fue a algún sitio y me quedé sola en casa.
Ella no se avergonzó y miró a su hermano con la misma franqueza y franqueza que en casa; al mirarla, Pyotr Mihalitch también perdió su vergüenza.
“Pero tú no tienes miedo a las tormentas”, dijo, sentándose a la mesa.
—No —dijo—, pero aquí las habitaciones son tan grandes, la casa es tan vieja, y cuando truena todo resuena como un armario lleno de vajilla. Es una casa encantadora en general —continuó, sentándose frente a su hermano—. Hay algún recuerdo agradable en cada habitación. En mi habitación, imagínate, el abuelo de Grigory se pegó un tiro.
“En agosto tendremos el dinero para arreglar la cabaña del jardín”, dijo Vlassitch.
—Por alguna razón, cuando truena, pienso en ese abuelo —continuó Zina—. Y en este comedor, alguien fue azotado hasta la muerte.
—Es un hecho real —dijo Vlassitch y miró con los ojos muy abiertos a Pyotr Mihalitch. En algún momento de los años cuarenta, este lugar fue alquilado a un francés llamado Olivier. El retrato de su hija, una muchacha muy guapa, yace ahora en un ático. Este Olivier, según me contó mi padre, despreciaba a los rusos por su ignorancia y los trataba con cruel desdén. Así, por ejemplo, insistía en que el sacerdote caminara sin sombrero durante media milla alrededor de su casa, y en que sonaran las campanas de la iglesia cuando la familia Olivier pasaba en coche por el pueblo. A los siervos y, en general, a la gente humilde de este mundo, por supuesto, los trataba con aún menos ceremonia. Una vez, por este camino pasó uno de los hijos sencillos de la Rusia errante, un poco al estilo del estudiante de teología de Gógol, Homa Brut. Pidió alojamiento para pasar la noche, complació a los alguaciles y le dieron un trabajo en la administración de la finca. Hay muchas versiones de la historia. Algunos dicen que el estudiante de teología incitó a los campesinos, otros que la hija de Olivier se enamoró de él. No lo sé. Lo cual es cierto, solo una hermosa tarde, Olivier lo llamó aquí, lo interrogó y luego ordenó que lo golpearan. ¿Sabe? Estaba sentado aquí en esta mesa bebiendo clarete mientras los mozos de cuadra lo golpeaban. Debió de intentar arrancarle algo. Hacia la mañana, el estudiante de teología murió a causa de la tortura y su cuerpo fue escondido. Dicen que lo arrojaron al estanque de Koltovitch. Hubo una investigación, pero el francés pagó miles a alguien con autoridad y se fue a Alsacia. Su arrendamiento venció justo entonces, y así se resolvió el asunto.
—¡Qué sinvergüenzas! —dijo Zina estremeciéndose.
Mi padre recordaba bien a Olivier y a su hija. Solía decir que era extraordinariamente hermosa y excéntrica. Imagino que el estudiante de teología hizo ambas cosas: incitar a los campesinos y conquistar el corazón de la hija. Quizás no era estudiante de teología, sino alguien que viajaba de incógnito.
Zina se quedó pensativa; la historia del estudiante de teología y la hermosa francesa evidentemente había desbordado su imaginación. A Piotr Mijálich le pareció que no había cambiado en lo más mínimo durante la última semana, salvo que estaba un poco más pálida. Parecía tranquila y como siempre, como si hubiera venido con su hermano a visitar a Vlasitch. Pero Piotr Mijálich sintió que algún cambio se había producido en él. Antes, cuando vivía en casa, él podía hablarle de cualquier cosa, y ahora no se sentía con fuerzas para preguntarle simplemente: "¿Qué te parece estar aquí?". La pregunta le pareció incómoda e innecesaria. Probablemente, el mismo cambio se había producido en ella. No tenía prisa por desviar la conversación hacia su madre, su hogar, su relación con Vlasitch; no se defendió, no dijo que las uniones libres fueran mejores que los matrimonios por la iglesia; no se inquietó y reflexionó con calma sobre la historia de Olivier... ¿Y por qué de repente empezaron a hablar de Olivier?
—Estáis los dos mojados por la lluvia —dijo Zina y sonrió alegremente; le conmovió ese parecido entre su hermano y Vlassitch.
Y Piotr Mijálich sintió toda la amargura y el horror de su situación. Pensó en su casa desierta, el piano cerrado y la pequeña y luminosa habitación de Zina, a la que ya nadie entraba; pensó que no había huellas de pies en los senderos del jardín, y que antes del té nadie salía, riendo alegremente, a bañarse. Aquello a lo que se había aferrado cada vez más desde su infancia, aquello en lo que amaba pensar cuando solía sentarse en el sofocante aula o en el auditorio —la luminosidad, la pureza y la alegría, todo lo que llenaba la casa de vida y luz— se había ido para no volver jamás, se había desvanecido y se había mezclado con una historia burda y torpe de algún oficial de batallón, un teniente caballeroso, una mujer depravada y un abuelo que se había pegado un tiro... Y empezar a hablar de su madre o pensar que el pasado podría volver alguna vez significaría no comprender lo que era claro.
Los ojos de Piotr Mijálich se llenaron de lágrimas y su mano empezó a temblar sobre la mesa. Zina adivinó en qué estaba pensando, y sus ojos también brillaron y se pusieron rojos.
—Grigory, ven aquí —le dijo a Vlassitch.
Se acercaron a la ventana y empezaron a hablar de algo en susurros. Por la forma en que Vlassitch se inclinó hacia ella y la forma en que lo miró, Piotr Mihalitch comprendió de nuevo que todo había terminado irremediablemente y que no tenía sentido hablar de nada. Zina salió de la habitación.
—¡Bueno, hermano! —empezó Vlassitch, tras un breve silencio, frotándose las manos y sonriendo—. Acabo de llamar felicidad a nuestra vida, pero fue, por así decirlo, una licencia poética. En realidad, hasta ahora no ha habido ninguna sensación de felicidad. Zina ha estado pensando todo el tiempo en ti, en su madre, y ha estado preocupada; al mirarla, yo también me preocupé. Tiene un carácter audaz y libre, pero, ya sabes, es difícil cuando no estás acostumbrado, y además es joven. Los sirvientes la llaman «señorita»; parece una nimiedad, pero la molesta. Ahí tienes, hermano.
Zina trajo un plato de fresas. La siguió una pequeña criada, con aspecto desolado y humilde, que puso una jarra de leche sobre la mesa e hizo una profunda reverencia: tenía algo en ella que armonizaba con los viejos muebles, algo petrificado y lúgubre.
El sonido de la lluvia había cesado. Piotr Mijálich comía fresas mientras Vlásich y Zina lo observaban en silencio. Se acercaba el momento de la inevitable pero inútil conversación, y los tres sentían su peso. A Piotr Mijálich se le llenaron los ojos de lágrimas de nuevo; apartó el plato y dijo que debía irse a casa, o se haría tarde y tal vez volviera a llover. Había llegado el momento en que la decencia exigía a Zina hablar de sus familiares y de su nueva vida.
—¿Cómo van las cosas en casa? —preguntó rápidamente, y su rostro pálido tembló—. ¿Cómo está mamá?
—Ya sabes, mamá... —dijo Piotr Mijálich, sin mirarla.
—Petrusha, has reflexionado mucho sobre lo sucedido —dijo, agarrando la manga de su hermano, y él sabía lo difícil que le resultaba hablar—. Has reflexionado mucho: dime, ¿podemos contar con que mamá acepte a Grigory... y todo el puesto, algún día?
Estaba de pie junto a su hermano, cara a cara, y él se asombró de su belleza, sin que pareciera haberlo notado antes. Y le pareció absurdo que su hermana, tan parecida a su madre, mimada y elegante, viviera con Vlassitch y en su casa, con el sirviente petrificado y la mesa de seis patas, en la casa donde un hombre había sido azotado hasta la muerte, y que no fuera a casa con él, sino que se quedara a dormir.
—Sabes, mamá —dijo, sin responder a su pregunta—. Creo que deberías... hacer algo, pedirle perdón o algo...
Pero pedirle perdón sería fingir que hicimos algo malo. Estoy dispuesta a mentir para consolar a mi madre, pero no servirá de nada. Ya conozco a mi madre. ¡Bueno, lo que tenga que ser, será! —dijo Zina, alegrándose ahora que había dicho lo más desagradable—. Esperaremos cinco años, diez años, y seremos pacientes, y entonces se hará la voluntad de Dios.
Tomó del brazo a su hermano y, al cruzar el oscuro pasillo, se apretó contra él. Salieron a la escalera. Piotr Mijálich se despidió, montó en su caballo y emprendió el paso; Zina y Vlasich lo acompañaron un trecho. El ambiente era tranquilo y cálido, con un delicioso aroma a heno; las estrellas centelleaban entre las nubes. El viejo jardín de Vlasich, que había visto tantas historias sombrías en su tiempo, dormitaba en la oscuridad, y por alguna razón resultaba triste atravesarlo.
“Zina y yo pasamos hoy, después de cenar, unos momentos realmente eufóricos”, dijo Vlassitch. “Le leí en voz alta un excelente artículo sobre la emigración. ¡Tienes que leerlo, hermano! De verdad que sí. Es notable por su tono elevado. No pude resistirme a escribir una carta al editor para que se la enviara al autor. Solo escribí una línea: «Le agradezco y le estrecho afectuosamente la mano».
Piotr Mijailitch estuvo a punto de decirle: «No te metas en lo que no te concierne», pero se contuvo.
Vlassitch caminaba por el estribo derecho y Zina por el izquierdo; ambos parecían haber olvidado que debían irse a casa. Estaba húmedo y casi habían llegado al bosquecillo de Koltovitch. Piotr Mihalitch presentía que esperaban algo de él, aunque apenas sabían qué era, y sentía una pena insoportable por ellos. Ahora, mientras pasaban junto al caballo con rostros sumisos, absortos en sus pensamientos, tenía la profunda convicción de que eran infelices y no podían ser felices, y su amor le parecía un error melancólico e irreparable. La compasión y la sensación de no poder hacer nada para ayudarlos lo redujeron a ese estado de ablandamiento espiritual en el que estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para librarse del doloroso sentimiento de compasión.
"Vendré a tu casa alguna vez por la noche", dijo.
Pero parecía que hacía una concesión, y no le satisfizo. Cuando se detuvieron cerca del bosquecillo de Koltóvich para despedirse, se inclinó hacia Zina, le tocó el hombro y le dijo:
—¡Tienes razón, Zina! Lo has hecho bien. Para no decir más y echarse a llorar, azotó a su caballo y galopó hacia el bosque. Mientras cabalgaba en la oscuridad, miró a su alrededor y vio a Vlassitch y a Zina caminando a casa por el camino; él a grandes zancadas, mientras ella caminaba a paso apresurado y espasmódico a su lado, hablando animadamente de algo.
"¡Soy una anciana!", pensó Piotr Mijálich. "Fui a resolver el problema y solo lo he complicado más. ¡Ahí está!"
Tenía el corazón apesadumbrado. Al salir del bosquecillo, cabalgó al paso y detuvo su caballo cerca del estanque. Quería sentarse y pensar sin moverse. La luna salía y se reflejaba en una franja roja al otro lado del estanque. Se oían truenos sordos en la distancia. Pyotr Mihalitch miró fijamente el agua e imaginó la desesperación de su hermana, su palidez de mártir, los ojos sin lágrimas con los que ocultaría su humillación a los demás. La imaginó embarazada, imaginó la muerte de su madre, su funeral, el horror de Zina... La orgullosa y supersticiosa anciana moriría de pena. Terribles imágenes del futuro se alzaron ante él sobre el fondo de agua tranquila y oscura, y entre pálidas figuras femeninas se vio a sí mismo, un hombre débil y cobarde con rostro culpable.
A cien pasos, en la orilla derecha del estanque, algo oscuro permanecía inmóvil: ¿era un hombre o un poste alto? Piotr Mijálich pensó en el estudiante de teología que había sido asesinado y arrojado al estanque.
«Olivier se comportó de forma inhumana, pero de una forma u otra resolvió el asunto, mientras que yo no he resuelto nada y solo lo he empeorado», pensó, mirando la figura oscura que parecía un fantasma. «Él dijo e hizo lo que creía correcto, mientras que yo digo y hago lo que no creo correcto; y en realidad no sé qué pienso...».
Se acercó a la figura oscura: era un viejo poste podrido, la reliquia de algún cobertizo.
Del bosquecillo y el jardín de Koltóvich llegaba un intenso aroma a lirios del valle y flores cargadas de miel. Piotr Mijálich cabalgaba por la orilla del estanque y miraba con tristeza el agua. Y reflexionando sobre su vida, llegó a la conclusión de que nunca había dicho ni actuado según sus verdaderos pensamientos, y que otros le habían correspondido de la misma manera. Y así, toda la vida le parecía tan oscura como esta agua donde se reflejaba el cielo nocturno y crecían enmarañadas algas acuáticas. Y le parecía que nada podría arreglarla jamás.
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Sigue IV
FIN

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