© Libro N° 14281. Recopilación De Cuentos De Chéjov II. Chéjov Antón, Pavlovich. Proyecto Gutenberg. Emancipación. Septiembre 20 de 2025
Título Original: © Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov. Antón Pavlovich Chéjov
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RECOPILACIÓN DE CUENTOS DE
CHÉJOV II
Antón Pavlovich Chéjov
Recopilación De Cuentos De Chéjov II
Antón Pavlovich Chéjov
Título: Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov
Autor: Antón Pavlovich Chéjov
Editor: David Widger
Fecha de lanzamiento: 15 de junio de 2018 [eBook n.° 57333]
Última actualización: 8 de mayo de 2025
Idioma: Inglés
Créditos: David Widger
***
LA COLECCIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV DEL PROYECTO GUTENBERG
Por Antón Chéjov
CONTENIDO EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
CONTENIDO DE CADA LIBRO
Los ladrones de caballos y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LOS LADRONES DE CABALLOS
BARRIO NÚMERO 6
EL PETCHENYEG
UN CADÁVER
UN FINAL FELIZ
EL ESPEJO
VEJEZ
OSCURIDAD
EL MENDIGO
UNA HISTORIA SIN TÍTULO
EN PROBLEMAS
HELADA
UNA CALUMNIA
MENTES EN FERMENTACIÓN
SE HA DESCURRIDO
UN VENGADOR
EL JOVEN PREMIER
UNA CRIATURA INDEFENSA
UNA NATURALEZA ENIGMÁTICA
UN HOMBRE FELIZ
UN VISITANTE PROBLEMÁTICO
EL FINAL DE UN ACTOR
El maestro de escuela y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL MAESTRO DE ESCUELA
ENEMIGOS
EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN
PROMETIDO
DEL DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
EN LA OSCURIDAD
UNA OBRA DE TEATRO
UN MISTERIO
FUERTES IMPRESIONES
EBRIO
LA VIUDA DEL MARISCAL
UN MAL NEGOCIO
EN LA CORTE
BOTAS
ALEGRÍA
SEÑORAS
UN HOMBRE PECULIAR
EN LA BARBERÍA
UNA INADVERTENCIA
EL ÁLBUM
¡OH! EL PÚBLICO
UNA LENGUA QUE TROPIEZA
EXCESIVANDO
EL ORADOR
SIMULADORES
EN EL CEMENTERIO
¡CÁLLATE!
EN UN HOTEL
EN UNA TIERRA EXTRAÑA
La fiesta y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA FIESTA
TERROR
EL REINO DE UNA MUJER
UN PROBLEMA
EL BESO
'ANA EN EL CUELLO'
EL PROFESOR DE LITERATURA
NO SE BUSCA
TIFUS
UNA DESGRACIA
UNA COSITA DE LA VIDA
La boda del cocinero y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BODA DEL COCINERO
SOMNOLIENTO
NIÑOS
EL FUGITIVO
GRISHA
OSTRAS
HOGAR
UN ESTUDIANTE CLÁSICO
VANKA
UN INCIDENTE
UN DÍA EN EL CAMPO
NIÑOS
MARTES DE CARNAVAL
LA CASA VIEJA
EN LA SEMANA DE LA PASIÓN
CEJAS BLANCAS
KASHTANKA
UN CAMALEÓN
LOS DEPENDIENTES
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
EL MERCADO DE AVES
UNA AVENTURA
EL PESCADO
ARTE
EL PARTIDO SUECO
El obispo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL OBISPO
LA CARTA
VÍSPERA DE PASCUA
UNA PESADILLA
EL ASESINATO
DESCARTADO
LA ESTEPA
El duelo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL DUELO
EXCELENTE GENTE
FANGO
VECINOS
EN CASA
LECCIONES CARAS
LA PRINCESA
LA ESPOSA DEL QUÍMICO
La maestra de escuela y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA MAESTRA
UN ATAQUE DE NERVIOS
MISERIA
CHAMPÁN
DESPUÉS DEL TEATRO
LA HISTORIA DE UNA DAMA
EN EL EXILIO
LOS TRAFICANTES DE GANADO
PENA
EN FUNCIONES OFICIALES
EL PASAJERO DE PRIMERA CLASE
UN ACTOR TRÁGICO
UNA TRANSGRESIÓN
PEQUEÑOS PECES
EL RÉQUIEM
EN LA COCHERA
TEMORES DE PÁNICO
LA APUESTA
LA HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
LAS BELLEZAS
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
La esposa y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA ESPOSA
PERSONAS DIFÍCILES
EL SALTAMONTES
UNA HISTORIA LÚDICA
EL CONSEJERO PRIVADO
EL HOMBRE EN UN CASO
GROSELLAS
SOBRE EL AMOR
EL BILLETE DE LOTERÍA
La bruja y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BRUJA
ESPOSAS CAMPESINAS
EL CORREO
LA NUEVA VILLA
SUEÑOS
LA TUBERÍA
AGAFYA
EN NAVIDAD
GUSEV
EL ESTUDIANTE
EN EL BARRANCO
EL CAZADOR
FELICIDAD
UN MALFACTOR
CAMPESINOS
La corista y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA CHICA DEL CORISTA
VEROTCHKA
MI VIDA
EN UNA CASA DE CAMPO
UN PADRE
EN LA CARRETERA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
Iván Matveyitch
ZINOTCHKA
MAL TIEMPO
UN AMIGO CABALLERO
UN INCIDENTE TRIVIAL
Amor y otras historias,
traducido por Constance Garnett
AMAR
LUCES
UNA HISTORIA SIN FIN
MARI D'ELLE
UN BIEN VIVO
EL DOCTOR
¡DEMASIADO PRONTO!
EL COSACO
ABORÍGENES
UNA INVESTIGACIÓN
MÁRTIRES
EL LEÓN Y EL SOL
UNA HIJA DE ALBION
CORISTAS
NERVIOS
UNA OBRA DE ARTE
UNA BROMA
UNA CASA DE CAMPO
UN ERROR
GORDAS Y DELGADAS
LA MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
UNA MEDIA ROSA
EN UNA VILLA DE VERANO
La casa con entrepiso,
traducido por Samuel S. Koteliansky
LA CASA CON ENTREPISO
TIFUS
GROSELLAS
EN EL EXILIO
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
GOUSSIEV
MI VIDA
La apuesta y otros cuentos
(traducido por Samuel S. Koteliansky)
LA APUESTA
UNA HISTORIA TEDIOSA
EL AJUSTE
DESGRACIA
DESPUÉS DEL TEATRO
ESE MISERABLE NIÑO
ENEMIGOS
UN SUCESO INSIGNIFICANTE
UN AMIGO CABALLERO
SENSACIONES ABRUMADORAS
LECCIONES CARAS
UN CALENDARIO VIVO
VEJEZ
La querida y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA QUERIDA
ARIANA
POLINCA
ANYUTA
LOS DOS VOLODÍAS
EL AJUARRO
LA COMPAÑERA
TALENTO
LA HISTORIA DE UN ARTISTA
TRES AÑOS
LAS HISTORIAS EN LOS SIGUIENTES DOS LIBROS ELECTRÓNICOS SE AGREGARON POSTERIORMENTE Y NO ESTÁN INCLUIDAS EN LA LISTA ALFABÉTICA A CONTINUACIÓN; UN CLIC EN EL TÍTULO ABRIRÁ LA HISTORIA EN LÍNEA.
LA DAMA DEL PERRO,
Traducida por Constance Garnett
LA SEÑORA DEL PERRO
UNA VISITA AL MÉDICO
UNA Agitación
IONITCH
EL CABEZA DE FAMILIA
EL MONJE NEGRO
VOLODÍA
UNA HISTORIA ANÓNIMA
EL MARIDO
EL MONJE NEGRO Y OTROS CUENTOS,
Traducido por REC Long
EL MONJE NEGRO
EN CAMINO
UN CONSEJO FAMILIAR
EN CASA
EN EL EXILIO
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
UN PADRE
DOS TRAGEDIAS
DORMILÓN
EN LA MANSIÓN
UN EVENTO
BARRIO NÚMERO 6
EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
[ A ]
ABORÍGENES
SOBRE EL AMOR
FIN DEL ACTOR
AVENTURA
DESPUÉS DEL TEATRO
DESPUÉS DEL TEATRO
AGAFYA
ÁLBUM
ANNA EN EL CUELLO
ANYUTA
ARIANA
ARTE
HISTORIA DEL ARTISTA
NOCHE DE OTOÑO
VENGADOR
[ B ]
MAL NEGOCIO
MAL TIEMPO
PELUQUERÍA
BELLEZAS
MENDIGO
APUESTA
APUESTA
APUESTA
PROMETIDO
MERCADO DE AVES
OBISPO
TORPEZA
BOTAS
NIÑOS
[ C ]
COMERCIANTES DE GANADO
CAMALEÓN
CHAMPÁN
ESPOSA DEL QUÍMICO
NIÑOS
CORISTAS
TIEMPO DE NAVIDAD
EL ÁRBOL DE NAVIDAD Y LA BODA
ESTUDIANTE CLÁSICO
CAPA
CASA EN COCHE
LA BODA DEL COCINERO
COSACO
CASA DE CAMPO
CASA DE CAMPO
CORTE
[ D ]
OSCURO
OSCURIDAD
QUERIDA
QUERIDA
HIJA DE ALBION
DÍA EN EL CAMPO
CADÁVER
MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
CRIATURA INDEFENSIVA
DEPENDIENTES
DESTRONADO
DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
PERSONAS DIFÍCILES
MÉDICO DE DISTRITO
DOCTOR
SUEÑOS
HISTORIA LÚDICA
EBRIO
DUELO
[ E ]
¡TEMPRANO!
VÍSPERA DE PASCUA
ENEMIGOS
ENEMIGOS
NATURALEZA ENIGMÁTICA
JUEZ DE INSTRUCCIÓN
EXCELENTE GENTE
EXILIO
EXILIO
LECCIONES CARAS
LECCIONES CARAS
[ F ]
GORDAS Y DELGADAS
PADRE
PASAJERO DE PRIMERA CLASE
PEZ
HELADA
[ G ]
CABALLERO AMIGO
CABALLERO AMIGO
DIOS VE LA VERDAD, PERO ESPERA
SE HA DESCURRIDO
GROSELLAS
GROSELLAS
GOUSSIEV
SALTAMONTES
CEMENTERIO
GRISHA
GUSEV
[ H ]
FELICIDAD
FINAL FELIZ
HOMBRE FELIZ
HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
BUEN COMPAÑERO
SU AMANTE
AL ESCONDITE
HOGAR
HOGAR
LADRONES DE CABALLOS
HOTEL
CASA CON ENTREPISO
CAZADOR
¡CÁLLATE!
[ I ]
INADVERTENCIA
INCIDENTE
CONSULTA
Iván Matveyitch
[ J ]
JOVEN PREMIER
BROMA
ALEGRÍA
[ K ]
KASHTANKA
BESO
[ L ]
SEÑORAS
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
LA HISTORIA DE LA DAMA
LÁZARO
CARTA
LUCES
LEÓN Y EL SOL
CALENDARIO VIVO
BIENES VIVOS
ESPEJO
BILLETE DE LOTERÍA
AMAR
[ M ]
MALHECHOR
SIMULADORES
HOMBRE EN UN CASO
MARI D'ELLE
LA VIUDA DEL MARISCAL
MÁRTIRES
MENTES EN FERMENTACIÓN
FANGO
MISERIA
DESGRACIA
DESGRACIA
ASESINATO
MUZHIK ALIMENTÓ A DOS FUNCIONARIOS
MI VIDA
MI VIDA
MISTERIO
[ N ]
VECINOS
NERVIOS
Colapso nervioso
NUEVA VILLA
PESADILLA
NO SE BUSCA
[ O ]
DEBER OFICIAL
VEJEZ
VEJEZ
CASA ANTIGUA
EN LA CARRETERA
INDIGNACIÓN: UNA HISTORIA REAL
EXCESIVANDO
SENSACIONES ABRUMADORAS
OSTRAS
[ PAG ]
TEMORES DE PÁNICO
FIESTA
SEMANA DE LA PASIÓN
ESPOSAS CAMPESINAS
CAMPESINOS
HOMBRE PECULIAR
PETCHENYEG
MEDIAS ROSAS
TUBO
JUGAR
POLINCA
CORREO
PRINCESA
CONSEJERO PRIVADO
PROBLEMA
PÚBLICO
[ Q ]
REINA DE ESPADAS
[ R ]
BARRANCO
RÉQUIEM
REVOLUCIONISTA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
FUGITIVO
[ S ]
MAESTRO
MAESTRA DE ESCUELA
SERVIDOR
SOMBRAS, UNA FANTASÍA
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
MARTES DE CARNAVAL
SEÑAL
CALUMNIA
SOMNOLIENTO
PEQUEÑOS PECES
PENA
ESTEPA
HISTORIA SIN TÍTULO
HISTORIA SIN FIN
TIERRA EXTRAÑA
FUERTES IMPRESIONES
ALUMNO
VILLA DE VERANO
PARTIDO SUECO
[ T ]
TALENTO
PROFESOR DE LITERATURA
HISTORIA TEDIOSA
TERROR
ESE MISERABLE NIÑO
LA CHICA DEL CORISTA
EL AJUSTE
EL ORADOR
TRES AÑOS
ACTOR TRÁGICO
TRANSGRESIÓN
UNA BREVEDAD DE LA VIDA
OCURRENCIA INSIGNIFICANTE
LENGUA TROPEZADA
INCIDENTE TRIVIAL
PROBLEMA
VISITANTE PROBLEMÁTICO
AJUAR
DOS VOLODÍAS
TIFUS
TIFUS
[ U ]
DESCARTADO
[ V ]
VANKA
VANKA
VEROTCHKA
[ O ]
BARRIO NÚMERO 6
CEJAS BLANCAS
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
ESPOSA
BRUJA
REINO DE LA MUJER
OBRA DE ARTE
[ Z ]
ZINOTCHKA
EL BESO
AA las ocho de la tarde del 20 de mayo, las seis baterías de la Brigada de Artillería de Reserva N—— se detuvieron para pasar la noche en el pueblo de Myestetchki, camino del campamento. En el punto álgido de la conmoción general, mientras algunos oficiales se afanaban en torno a los cañones, mientras otros, reunidos en la plaza cercana al recinto de la iglesia, escuchaban a los intendentes, un hombre vestido de civil, montado en un caballo desconocido, apareció cerca de la iglesia. El pequeño caballo pardo, de buen cuello y cola corta, se acercó, moviéndose no en línea recta, sino como de lado, con una especie de paso de baile, como si lo azotaran por las patas. Al llegar junto a los oficiales, el hombre a caballo se quitó el sombrero y dijo:
“Su Excelencia el Teniente General von Rabbek invita a los caballeros a tomar el té con él en este momento...”
El caballo giró, danzó y se retiró de lado; el mensajero volvió a levantarse el sombrero y en un instante desapareció con su extraño caballo detrás de la iglesia.
—¿Qué demonios significa eso? —gruñeron algunos oficiales, dispersándose hacia sus cuarteles—. Uno tiene sueño, ¡y aquí está Von Rabbek con su té! Ya sabemos lo que significa el té.
Los oficiales de las seis baterías recordaban vívidamente un incidente del año anterior: durante unas maniobras, ellos, junto con los oficiales de un regimiento cosaco, fueron invitados a tomar el té por un conde, propietario de una finca en las cercanías y oficial retirado del ejército. El hospitalario y afable conde los trató con cariño, los alimentó y les dio de beber, se negó a dejarlos ir a sus cuarteles en el pueblo y los obligó a pasar la noche. Todo esto, por supuesto, era muy agradable; no se podía desear nada mejor, pero lo peor era que el viejo oficial del ejército estaba tan absorto en la compañía de los jóvenes que hasta el amanecer les contó anécdotas de su glorioso pasado, acompañándolos por la casa, mostrándoles cuadros caros, grabados antiguos, armas raras, leyéndoles cartas autógrafas de personajes ilustres, mientras los oficiales, cansados y exhaustos, miraban y escuchaban, anhelando sus camas y bostezando en sus mangas. Cuando por fin su anfitrión los dejó ir, era demasiado tarde para dormir.
¿No sería este Von Rabbek otro de esos? Fuera o no así, no había otra opción. Los oficiales se cambiaron de uniforme, se cepillaron y fueron todos juntos en busca de la casa del caballero. En la plaza junto a la iglesia les dijeron que podían llegar a la de Su Excelencia por el camino de abajo —bajando por detrás de la iglesia hasta el río, siguiendo la orilla hasta el jardín, y allí una avenida los llevaría a la casa—; o por el camino de arriba —directamente desde la iglesia por el camino que, a media milla del pueblo, conducía directamente a los graneros de Su Excelencia—. Los oficiales decidieron ir por el camino de arriba.
"¿Quién es Von Rabbek?", se preguntaban por el camino. "¿Seguro que no es el que comandaba la división de caballería N—— en Plevna?"
“No, ese no fue Von Rabbek, sino simplemente Rabbe y no 'von'”.
“¡Qué tiempo tan bonito!”
En el primero de los graneros, el camino se dividía en dos: un ramal seguía recto y se perdía en la oscuridad del atardecer, el otro conducía a la casa del dueño, a la derecha. Los oficiales giraron a la derecha y empezaron a hablar en voz más baja... A ambos lados del camino se extendían graneros de piedra con tejados rojos, pesados y de aspecto sombrío, muy parecidos a los cuarteles de una ciudad de distrito. Delante de ellos brillaban las ventanas de la casa solariega.
—Buen augurio, caballeros —dijo uno de los oficiales—. Nuestro setter es el primero de todos; ¡sin duda olfatea la presa que tenemos delante!...
El teniente Lobytko, que caminaba delante, un hombre alto y robusto, aunque completamente sin bigote (tenía más de veinticinco años, pero por alguna razón no había rastro de pelo en su cara redonda y bien alimentada), famoso en la brigada por su peculiar facultad para adivinar la presencia de mujeres a distancia, se dio la vuelta y dijo:
—Sí, debe haber mujeres aquí; lo siento por instinto.
En el umbral, los oficiales fueron recibidos por el propio Von Rabbek, un hombre de sesenta años y aspecto apuesto, vestido de civil. Estrechando la mano de sus invitados, les dijo que se alegraba mucho de verlos, pero les rogó encarecidamente, por Dios, que lo disculparan por no haberlos invitado a pasar la noche; dos hermanas con sus hijos, algunos hermanos y algunos vecinos habían venido a visitarlo, así que no le quedaba ni una sola habitación libre.
El General les estrechó la mano a todos, se disculpó y sonrió, pero su rostro dejaba entrever que no estaba tan contento como el conde del año anterior, y que había invitado a los oficiales simplemente porque, en su opinión, era una obligación social. Y los propios oficiales, al subir las escaleras de suave alfombra, al escucharlo, sintieron que los habían invitado a esa casa simplemente porque habría sido incómodo no invitarlos; y al ver a los lacayos, que se apresuraban a encender las lámparas de la entrada y de la antesala, empezaron a sentir que habían traído consigo la inquietud y la incomodidad. En una casa donde dos hermanas, sus hijos, hermanos y vecinos estaban reunidos, probablemente con motivo de alguna festividad o evento familiar, ¿cómo podía ser bienvenida la presencia de diecinueve oficiales desconocidos?
A la entrada del salón, los oficiales fueron recibidos por una anciana alta y elegante, de cejas negras y rostro alargado, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con una sonrisa amable y majestuosa, expresó su alegría y felicidad por ver a sus invitados y se disculpó porque su esposo y ella no podían invitar a los oficiales a pasar la noche. Su hermosa y majestuosa sonrisa, que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que se alejaba de sus invitados, dejaba claro que había visto a muchos oficiales en su época, que ahora no estaba de humor para ellos, y si los invitaba a su casa y se disculpaba por no haber hecho más, era solo porque su educación y su posición social se lo exigían.
Cuando los oficiales entraron en el gran comedor, había una docena de personas, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, sentados a tomar el té en el extremo de una larga mesa. Un grupo de hombres era apenas visible tras sus sillas, envuelto en una nube de humo de cigarro; y en medio de ellos se encontraba un joven flacucho de patillas rojas, hablando en voz alta, ceceando, en inglés. A través de una puerta, más allá del grupo, se veía una habitación iluminada con muebles azul pálido.
—¡Caballeros, son tantos que es imposible presentarlos a todos! —dijo el General en voz alta, intentando sonar muy alegre—. ¡Conózcanse, caballeros, sin ceremonias!
Los oficiales, algunos con rostros muy serios e incluso severos, otros con sonrisas forzadas y todos sintiéndose extremadamente incómodos, de alguna manera hicieron una reverencia y se sentaron a tomar el té.
El más incómodo de todos era Ryabóvitch, un oficial pequeño, con gafas, hombros caídos y patillas de lince. Mientras algunos de sus camaradas adoptaban una expresión seria, mientras que otros mostraban sonrisas forzadas, su rostro, sus patillas de lince y sus gafas parecían decir: "¡Soy el oficial más tímido, modesto y mediocre de toda la brigada!". Al principio, al entrar en la habitación y sentarse a la mesa, no pudo fijar su atención en ningún rostro ni objeto. Los rostros, los vestidos, las botellas de brandy de cristal tallado, el vapor de las copas, las cornisas moldeadas, todo se fundía en una impresión general que inspiró en Ryabóvitch alarma y el deseo de esconder la cabeza. Como un conferenciante que debuta ante el público, veía todo lo que tenía ante sus ojos, pero aparentemente solo tenía una vaga comprensión (entre los fisiólogos, esta condición, cuando el sujeto ve pero no comprende, se llama ceguera psíquica). Al cabo de un tiempo, acostumbrándose a su entorno, Riabóvitch vio con claridad y comenzó a observar. Como hombre tímido, desacostumbrado a la sociedad, lo primero que le impactó fue aquello en lo que siempre había sido deficiente: la extraordinaria audacia de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su esposa, dos señoras mayores, una joven con vestido lila y el joven de patillas rojas, que al parecer era hijo menor de Von Rabbek, con mucha astucia, como si lo hubieran ensayado de antemano, se sentaron entre los oficiales e inmediatamente entablaron una acalorada discusión en la que los visitantes no pudieron evitar participar. La joven lila afirmó con vehemencia que la artillería lo pasaba mucho mejor que la caballería y la infantería, mientras que Von Rabbek y las ancianas sostenían lo contrario. Siguió una animada conversación. Riabóvich observó a la joven lila, que discutía con tanta vehemencia sobre algo que le resultaba desconocido y completamente irrelevante, y vio cómo sus sonrisas artificiales aparecían y desaparecían en su rostro.
Von Rabbek y su familia involucraron hábilmente a los oficiales en la discusión, mientras vigilaban atentamente sus vasos y bocas para ver si todos bebían, si tenían suficiente azúcar y por qué alguien no comía pasteles o no bebía brandy. Y cuanto más observaba y escuchaba Ryabóvitch, más se sentía atraído por esta familia hipócrita pero espléndidamente disciplinada.
Después del té, los oficiales entraron en el salón. El instinto del teniente Lobytko no lo había engañado. Había un gran número de muchachas y jóvenes casadas. El teniente "cazador" pronto estuvo junto a una jovencita rubia con vestido negro y, inclinándose hacia ella con desenvoltura, como si se apoyara en una espada invisible, sonrió y se encogió de hombros con coquetería. Probablemente dijo tonterías muy interesantes, pues la rubia miró su rostro bien alimentado con condescendencia y preguntó con indiferencia: "¿De verdad?". Y por ese desinteresado "¿De verdad?", el cazador, de haber sido inteligente, podría haber deducido que ella nunca lo obligaría a obedecer.
El piano empezó a sonar; las melancólicas melodías de un vals flotaban por las ventanas abiertas de par en par, y todos, por alguna razón, recordaron que era primavera, una tarde de mayo. Todos percibían la fragancia de rosas, lilas y hojas tiernas de álamo. Riabóvitch, en quien el coñac que había bebido se había hecho notar, bajo la influencia de la música echó un vistazo a la ventana, sonrió y comenzó a observar los movimientos de las mujeres, y le pareció que el aroma a rosas, álamos y lilas no provenía del jardín, sino de los rostros y los vestidos de las damas.
El hijo de Von Rabbek invitó a bailar a una joven de aspecto flacucho y bailó dos veces con ella alrededor de la sala. Lobytko, deslizándose sobre el suelo de parqué, voló hacia la joven lila y la hizo girar. Comenzó el baile... Ryabovitch se quedó de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, observando. Nunca había bailado en su vida, y nunca en su vida había puesto el brazo alrededor de la cintura de una mujer respetable. Le encantaba que un hombre, a la vista de todos, tomara por la cintura a una chica que no conocía y le ofreciera su hombro para que le pusiera la mano encima, pero no podía imaginarse en la posición de un hombre así. Había momentos en que envidiaba la audacia y el pavoneo de sus compañeros y se sentía desdichado por dentro; La conciencia de que era tímido, de que tenía los hombros encorvados y poco interesante, de que tenía una cintura larga y patillas de lince, lo había mortificado profundamente, pero con los años se había acostumbrado a ese sentimiento y ahora, mirando a sus compañeros bailar o hablar en voz alta, ya no los envidiaba, sino que sólo se sentía conmovido y triste.
Al comenzar la cuadrilla, el joven Von Rabbek se acercó a quienes no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Los oficiales aceptaron y lo acompañaron fuera del salón. Riabóvitch, sin nada que hacer y deseoso de participar en el movimiento general, los siguió con paso pesado. Del salón grande pasaron al pequeño, luego a un estrecho pasillo con techo de cristal, y de allí a una habitación donde, al entrar, tres lacayos con aspecto soñoliento se levantaron rápidamente del sofá. Finalmente, tras atravesar una larga sucesión de habitaciones, el joven Von Rabbek y los oficiales llegaron a una pequeña habitación donde había una mesa de billar. Empezaron a jugar.
Ryabovitch, que nunca había jugado a otro juego que no fueran las cartas, estaba de pie junto a la mesa de billar y miraba con indiferencia a los jugadores, mientras estos, con los abrigos desabrochados y los tacos en las manos, caminaban de un lado a otro, hacían juegos de palabras y gritaban palabras ininteligibles.
Los jugadores no le hacían caso, y solo de vez en cuando alguno, empujándolo con el codo o tocándolo accidentalmente con el taco, se giraba y decía "¡Perdón!". Antes de terminar la primera partida, se cansó y empezó a sentirse innecesario y estorbando... Sintió ganas de volver al salón y salió.
De regreso, tuvo una pequeña aventura. A mitad de camino, se dio cuenta de que se había equivocado de camino. Recordaba con claridad que debía encontrarse con tres lacayos soñolientos, pero había pasado por cinco o seis habitaciones, y aquellas figuras soñolientas parecían haberse desvanecido bajo tierra. Al darse cuenta de su error, retrocedió un poco y giró a la derecha; se encontró en una pequeña habitación oscura que no había visto de camino a la sala de billar. Tras un rato, abrió con decisión la primera puerta que encontró y entró en una habitación completamente a oscuras. Justo enfrente se veía la rendija de la puerta por la que se filtraba un destello de luz intensa; del otro lado de la puerta llegaba el sonido apagado de una melancólica mazurca. También allí, como en el salón, las ventanas estaban abiertas de par en par y se percibía un aroma a álamos, lilas y rosas...
Ryabóvitch se quedó inmóvil, vacilante... En ese momento, para su sorpresa, oyó pasos apresurados y el crujido de un vestido; una voz femenina, entrecortada, susurró: «¡Por fin!». Dos brazos suaves, fragantes e inconfundiblemente femeninos le rodearon el cuello; una mejilla cálida se apretó contra la suya, y al mismo tiempo se oyó un beso. Pero de inmediato, quien le había dado el beso lanzó un débil grito y se apartó de él, según le pareció a Ryabóvitch, con aversión. Él también casi gritó y corrió hacia el rayo de luz de la puerta...
Cuando regresó al salón, el corazón le latía con fuerza y le temblaban las manos tan visiblemente que se apresuró a esconderlas tras la espalda. Al principio, le atormentaba la vergüenza y el temor de que toda la sala supiera que una mujer acababa de besarlo y abrazarlo. Se encogió en sí mismo y miró a su alrededor con inquietud, pero al convencerse de que la gente bailaba y hablaba con la misma calma de siempre, se entregó por completo a la nueva sensación que jamás había experimentado en su vida. Algo extraño le estaba sucediendo... Su cuello, alrededor del cual hacía poco se habían abrazado unos brazos suaves y fragantes, le parecía ungido con aceite; en la mejilla izquierda, cerca del bigote, donde la desconocida lo había besado, sentía un leve cosquilleo frío, como de gotas de menta, y cuanto más se frotaba el lugar, más evidente era el frío; por todo el cuerpo, de pies a cabeza, sentía una extraña sensación nueva que se hacía cada vez más intensa... Quería bailar, hablar, correr al jardín, reír a carcajadas... Olvidó por completo que era corpulento y anodino, que tenía patillas de lince y una «apariencia común» (así lo describieron algunas damas cuya conversación escuchó por casualidad). Cuando la esposa de Von Rabbek pasó por su lado, le dedicó una sonrisa tan amplia y amable que ella se quedó quieta y lo miró con curiosidad.
“¡Me gusta muchísimo tu casa!” dijo, ajustándose las gafas.
La esposa del general sonrió y dijo que la casa había pertenecido a su padre; luego preguntó si sus padres vivían, si llevaba mucho tiempo en el ejército, por qué estaba tan delgado, etc. Tras recibir respuestas a sus preguntas, continuó, y tras la conversación, su sonrisa fue más amable que nunca, y pensó que estaba rodeado de gente espléndida.
Durante la cena, Riabóvich comió mecánicamente todo lo que le ofrecían, bebió y, sin escuchar nada, intentó comprender lo que acababa de sucederle... La aventura era misteriosa y romántica, pero no era difícil de explicar. Sin duda, alguna muchacha o joven casada había concertado una cita con alguien en la habitación oscura; había esperado mucho tiempo, y, nerviosa y excitada, había tomado a Riabóvich por su héroe; esto era más probable, ya que Riabóvich se había quedado inmóvil, dudando en la habitación oscura, de modo que él también parecía alguien que esperaba algo... Así fue como Riabóvich se explicó el beso que había recibido.
"¿Y quién es ella?", se preguntó, mirando los rostros de las mujeres. "Debe ser joven, pues las señoras mayores no suelen dar citas. Que era una dama se notaba por el roce de su vestido, su perfume, su voz..."
Sus ojos se posaron en la joven lila, y la encontró muy atractiva; tenía hermosos hombros y brazos, un rostro inteligente y una voz encantadora. Ryabóvitch, mirándola, deseó que ella y nadie más fuera su desconocida... Pero ella rió artificialmente y arrugó su larga nariz, lo que le pareció que la envejecía. Luego volvió la vista hacia la joven rubia de vestido negro. Era más joven, más sencilla y más genuina, tenía una frente encantadora y bebía con mucha delicadeza de su copa de vino. Ryabóvitch ahora deseó que fuera ella. Pero pronto empezó a pensar que su rostro era inexpresivo y fijó la vista en la que estaba a su lado.
«Es difícil de adivinar», pensó, meditando. «Si se toman solo los hombros y brazos de la lila, se le añade la frente de la rubia y los ojos de la que está a la izquierda de Lobytko, entonces...».
Hizo una combinación de estas cosas en su mente y así formó la imagen de la muchacha que lo había besado, la imagen que él quería que ella tuviera, pero que no podía encontrar en la mesa. . . .
Después de cenar, repletos y eufóricos, los oficiales comenzaron a despedirse y a dar las gracias. Von Rabbek y su esposa volvieron a disculparse por no poder invitarlos a pasar la noche.
“Me alegro mucho de haberlos conocido, caballeros”, dijo Von Rabbek, y esta vez con sinceridad (probablemente porque la gente es mucho más sincera y alegre al despedir a sus invitados que al recibirlos). “Encantado. ¡Espero que regresen! ¡No se anden con ceremonias! ¿Adónde van? ¿Quieren ir por el camino de arriba? No, crucen el jardín; está más cerca por el camino de abajo”.
Los oficiales salieron al jardín. Tras la brillante luz y el ruido, el jardín parecía muy oscuro y silencioso. Caminaron en silencio hasta la puerta. Estaban un poco borrachos, contentos y de buen humor, pero la oscuridad y el silencio los hicieron reflexionar un momento. Probablemente, a todos les pasó la misma idea que a Riabóvitch: ¿llegaría el día en que, como Von Rabbek, tuvieran una casa grande, una familia, un jardín; en que ellos también pudieran recibir a la gente, aunque fuera con insinceridad, alimentarlos, emborracharlos y dejarlos contentos?
Al salir por la puerta del jardín, todos empezaron a hablar a la vez y a reír a carcajadas por nada. Caminaban por el senderito que bajaba al río y luego corrían por la orilla, serpenteando entre los arbustos de la orilla, los charcos y los sauces que se cernían sobre el agua. La orilla y el sendero apenas eran visibles, y la otra orilla estaba completamente sumida en la oscuridad. Las estrellas se reflejaban aquí y allá en el agua oscura; temblaban y se fragmentaban en la superficie; y solo por eso se veía que el río fluía rápidamente. Estaba en calma. Zarapitos soñolientos graznaban lastimeramente en la otra orilla, y en uno de los arbustos del lado más cercano un ruiseñor trinaba con fuerza, sin hacer caso de la multitud de oficiales. Los oficiales rodearon el arbusto, lo tocaron, pero el ruiseñor siguió cantando.
—¡Menudo tipo! —exclamaron con aprobación—. ¡Nos ponemos a su lado y no nos hace ni caso! ¡Qué granuja!
Al final del camino, el sendero subía y, bordeando el recinto de la iglesia, se adentraba en la carretera. Allí, los oficiales, cansados de subir, se sentaron y encendieron sus cigarrillos. Al otro lado del río, se vislumbró un fuego rojo y turbio, y como no tenían nada mejor que hacer, discutieron largo rato si era una fogata, la luz de una ventana o algo más... Riabóvitch también miró la luz, y le pareció que la luz le guiñaba el ojo, como si supiera del beso.
Al llegar a su alojamiento, Ryabóvitch se desvistió lo más rápido posible y se metió en la cama. Lobytko y el teniente Merzlyakov —un hombre tranquilo y silencioso, considerado en su círculo un oficial muy culto y que siempre, siempre que podía, leía el "Vyestnik Evropi", que llevaba consigo a todas partes— se alojaron en la misma cabaña que Ryabóvitch. Lobytko se desvistió, paseó un buen rato por la habitación con aire de hombre insatisfecho y mandó a su ordenanza a por cerveza. Merzlyakov se metió en la cama, puso una vela junto a la almohada y se sumergió en la lectura del "Vyestnik Evropi".
"¿Quién era ella?", se preguntó Ryabovitch, mirando el techo humeante.
Aún sentía el cuello como si lo hubieran ungido con aceite, y aún sentía un frío cerca de la boca, como el de las gotas de menta. Los hombros y brazos de la joven de lila, la frente y la mirada sincera de la rubia de negro, las cinturas, los vestidos y los broches, flotaban en su imaginación. Intentó fijar la atención en estas imágenes, pero danzaban, se dispersaban y parpadeaban. Cuando estas imágenes desaparecieron por completo del amplio y oscuro fondo que todo hombre ve al cerrar los ojos, empezó a oír pasos apresurados, el roce de faldas, el sonido de un beso y... una intensa alegría infundada se apoderó de él... Entregándose a esta alegría, oyó al ordenanza regresar y anunciar que no había cerveza. Lobytko, terriblemente indignado, empezó a pasearse de un lado a otro de nuevo.
—Bueno, ¿no es un idiota? —repetía, deteniéndose primero ante Ryabóvitch y luego ante Merzliákov—. ¡Qué tonto y necio hay que ser para no conseguir cerveza! ¿Eh? ¿No es un sinvergüenza?
“Por supuesto que aquí no se puede conseguir cerveza”, dijo Merzlyakov sin apartar la vista del “Vyestnik Evropi”.
—¡Ah! ¿Esa es tu opinión? —insistió Lobytko—. ¡Señor, ten piedad de nosotros! Si me dejaras en la luna, ¡te buscaría cerveza y mujeres enseguida! Iré a buscarlas enseguida... ¡Puedes llamarme impostor si no lo hago!
Pasó un buen rato vistiéndose y poniéndose las botas altas, luego terminó de fumar su cigarrillo en silencio y salió.
—Rabbek, Grabbek, Labbek —murmuró, deteniéndose en la habitación de afuera—. ¡No me apetece ir solo, maldita sea! Riabóvich, ¿no te apetece dar un paseo? ¿Eh?
Al no recibir respuesta, regresó, se desvistió lentamente y se metió en la cama. Merzlyakov suspiró, guardó el «Vyestnik Evropi» y apagó la luz.
—¡Hmm!... —murmuró Lobytko, encendiendo un cigarrillo en la oscuridad.
Riabóvich se cubrió la cabeza con las sábanas, se acurrucó en la cama e intentó reunir las imágenes que flotaban en su mente y combinarlas en un todo. Pero no lo consiguió. Pronto se quedó dormido, y su último pensamiento fue que alguien lo había acariciado y lo había hecho feliz; que algo extraordinario, tonto, pero alegre y delicioso, había llegado a su vida. El pensamiento no lo abandonó ni siquiera en sueños.
Al despertar, la sensación de aceite en el cuello y el frescor de la menta en los labios habían desaparecido, pero la alegría inundó su corazón como el día anterior. Contempló con entusiasmo los marcos de las ventanas, dorados por la luz del sol naciente, y escuchó el movimiento de los transeúntes en la calle. La gente hablaba en voz alta cerca de la ventana. Lebedetsky, el comandante de la batería de Riabóvitch, que acababa de alcanzar a la brigada, hablaba con su sargento a grito pelado, pues siempre estaba acostumbrado a gritar.
“¿Qué más?” gritó el comandante.
Ayer, cuando herraban, su alta nobleza, le clavaron un clavo en la pezuña a Pigeon. El veterinario le puso arcilla y vinagre; ahora lo están llevando aparte. Y además, su señoría, Artemyev se emborrachó ayer, y el teniente ordenó que lo subieran a la armería de una cureña de repuesto.
El sargento informó que Karpov había olvidado las cuerdas nuevas para las trompetas y los anillos para las tiendas, y que sus honorables oficiales habían pasado la noche anterior visitando al general Von Rabbek. En medio de esta conversación, el rostro de barba roja de Lebedetsky apareció en la ventana. Entrecerró sus ojos miopes, observando los rostros soñolientos de los oficiales, y les dio los buenos días.
“¿Está todo bien?” preguntó.
—Uno de los caballos tiene el cuello dolorido por el collar nuevo —respondió Lobytko bostezando.
El comandante suspiró, pensó un momento y dijo en voz alta:
Estoy pensando en ir a ver a Alexandra Yevgrafovna. Tengo que ir a verla. Bueno, adiós. Nos vemos por la noche.
Un cuarto de hora después, la brigada se puso en camino. Mientras avanzaba por el camino junto a los graneros, Riabóvich observó la casa de la derecha. Las persianas estaban bajadas en todas las ventanas. Evidentemente, la familia aún dormía. La que había besado a Riabóvich el día anterior también dormía. Intentó imaginársela dormida. Las ventanas abiertas de par en par del dormitorio, las ramas verdes asomando, la frescura de la mañana, el aroma de los álamos, las lilas y las rosas, la cama, una silla y sobre ella las faldas que habían susurrado el día anterior, las pantuflas, el pequeño reloj sobre la mesa; todo esto se lo imaginó clara y distintamente, pero los rasgos del rostro, la dulce sonrisa soñolienta, justo lo que era característico e importante, se le escurrieron de la imaginación como el mercurio entre los dedos. Cuando hubo cabalgado media milla, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa y el río, todos estaban bañados de luz; El río, con sus orillas de un verde brillante, con el cielo azul reflejado y destellos plateados de la luz del sol aquí y allá, era muy hermoso. Riabóvich contempló por última vez a Myestetchki y sintió tanta tristeza como si se despidiera de algo muy querido.
Y ante él, en el camino, no había nada más que imágenes familiares y sin interés... A derecha e izquierda, campos de centeno joven y trigo sarraceno con grajos saltando en ellos. Si uno miraba hacia adelante, veía polvo y nucas; si miraba hacia atrás, veía el mismo polvo y las mismas caras... Al frente de todos marchaban cuatro hombres con sables: esta era la vanguardia. A continuación, detrás, la multitud de cantantes, y detrás de ellos los trompetistas a caballo. La vanguardia y el coro de cantantes, como portadores de antorchas en una procesión fúnebre, a menudo olvidaban mantener la distancia reglamentaria y avanzaban mucho... Ryabovitch estaba con el primer cañón de la quinta batería. Podía ver las cuatro baterías moviéndose frente a él. Para cualquiera que no sea militar, esta larga y tediosa procesión de una brigada en movimiento parece una confusión intrincada e ininteligible; No se puede entender por qué hay tanta gente alrededor de un cañón, ni por qué lo tiran tantos caballos con una red de arneses tan extraña, como si realmente fuera tan terrible y pesado. Para Ryabóvitch todo era perfectamente comprensible y, por lo tanto, carecía de interés. Sabía desde hacía siglos por qué al frente de cada batería cabalgaba un valiente bombardero, y por qué se le llamaba bombardero; inmediatamente detrás de este bombardero se veían los jinetes de la primera y luego de las unidades intermedias. Ryabóvitch sabía que los caballos que montaban, los de la izquierda, se llamaban de una manera, mientras que los de la derecha, de otra; era extremadamente aburrido. Detrás de los jinetes iban dos caballos de tiro. En uno de ellos iba sentado un jinete con el polvo del día anterior en el lomo y un trozo de madera tosco y extraño en la pierna. Ryabóvitch conocía el propósito de ese trozo de madera, y no le pareció gracioso. Todos los jinetes agitaban sus látigos mecánicamente y gritaban de vez en cuando. El cañón en sí era feo. En la parte delantera yacían sacos de avena cubiertos de lona, y el cañón estaba cubierto de ollas, mochilas de soldados y bolsas, y parecía un pequeño animal inofensivo rodeado, por alguna razón desconocida, de hombres y caballos. A sotavento marchaban seis hombres, los artilleros, blandiendo los brazos. Tras el cañón venían más bombarderos, jinetes, caballos de tiro, y detrás de ellos otro cañón, tan feo y mediocre como el primero. Tras el segundo seguían un tercero, un cuarto; cerca del cuarto un oficial, y así sucesivamente. Había seis baterías en total en la brigada, y cuatro cañones en cada batería. La procesión cubría media milla; terminaba en una hilera de carros cerca de los cuales una criatura extremadamente atractiva —el asno Magar, traído por un comandante de batería desde Turquía— paseaba pensativo con su cabeza orejuda inclinada.
Riabóvitch miraba con indiferencia hacia adelante y hacia atrás, las nucas y los rostros; en cualquier otro momento habría estado medio dormido, pero ahora estaba completamente absorto en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada se ponía en marcha, intentó convencerse de que el incidente del beso solo podía ser interesante como una pequeña y misteriosa aventura, que en realidad era trivial, y que pensarlo seriamente, por decir lo menos, era estúpido; pero ahora se despedía de la lógica y se entregaba a los sueños... En un momento se imaginaba en el salón de Von Rabbek junto a una muchacha que se parecía a la joven de lila y a la rubia de negro; luego cerraba los ojos y se veía con otra chica, completamente desconocida, cuyos rasgos eran muy vagos. En su imaginación hablaba, la acariciaba, se apoyaba en su hombro, imaginaba la guerra, la separación, luego el reencuentro, la cena con su esposa, sus hijos...
“¡Frenos puestos!”, resonaba la orden cada vez que bajaban una cuesta.
Él también gritó: “¡Frenos!” y temió que ese grito perturbara su ensoñación y lo devolviera a la realidad.
Al pasar junto a la finca de un terrateniente, Riabóvich miró por encima de la valla hacia el jardín. Una larga avenida, recta como una regla, sembrada de arena amarilla y bordeada de abedules jóvenes, se encontró con sus ojos... Con la avidez de un hombre entregado a la ensoñación, se imaginó pequeños pies femeninos tropezando por la arena amarilla, y de repente tuvo una visión nítida en su imaginación de la muchacha que lo había besado y a quien había logrado imaginar la noche anterior durante la cena. Esta imagen permaneció en su mente y no volvió a abandonarlo.
A mediodía se oyó un grito en la parte trasera, cerca de la hilera de carros:
¡Tranquilos! ¡Ojos a la izquierda! ¡Oficiales!
El general de la brigada pasó en un carruaje tirado por dos caballos blancos. Se detuvo cerca de la segunda batería y gritó algo que nadie entendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, galoparon hacia ellos.
—¿Y bien? —preguntó el general, parpadeando con sus ojos rojos—. ¿Hay algún enfermo?
Al recibir respuesta, el general, un hombrecito flacucho, masticó, pensó un momento y dijo, dirigiéndose a uno de los oficiales:
Uno de los conductores del tercer cañón se ha quitado la protección de la pierna y la ha colgado en la parte delantera del cañón, ¡el muy canalla! ¡Reprendedlo!
Levantó la vista hacia Ryabovitch y continuó:
“Me parece que tu correa delantera es demasiado larga”.
Tras hacer algunos otros comentarios tediosos, el general miró a Lobytko y sonrió.
—Se ve muy melancólico hoy, teniente Lobytko —dijo—. ¿Suspira por Madame Lopuhov? ¿Eh? Caballeros, él la extraña.
La dama en cuestión era una persona muy robusta y alta, que hacía tiempo que había pasado de los cuarenta. El general, que sentía predilección por las damas corpulentas, sin importar su edad, sospechaba un gusto similar en sus oficiales. Los oficiales sonrieron respetuosamente. El general, encantado de haber dicho algo tan divertido y mordaz, rió a carcajadas, tocó la espalda de su cochero y saludó. El carruaje continuó su camino...
«Todo lo que sueño ahora, que me parece tan imposible y sobrenatural, es en realidad algo bastante común», pensó Riabóvich, mirando las nubes de polvo que se precipitaban tras el carruaje del general. «Es todo muy común, y todos pasan por ello... Ese general, por ejemplo, estuvo enamorado; ahora está casado y tiene hijos. El capitán Vahter también está casado y es amado, aunque tiene la nuca muy roja y fea y no tiene cintura... Salrnanov es tosco y muy tártaro, pero tuvo una aventura amorosa que terminó en matrimonio... Soy igual que todos los demás, y yo también tendré la misma experiencia que todos, tarde o temprano...».
Y la idea de que era una persona común y corriente, y que su vida era común y corriente, lo deleitaba y le infundía valor. La imaginaba a ella y a su felicidad como quería, sin dar rienda suelta a su imaginación.
Cuando la brigada llegó a su parada al anochecer, y los oficiales descansaban en sus tiendas, Ryabóvitch, Merzliákov y Lobytko cenaban sentados alrededor de un palco. Merzliákov comió sin prisa y, mientras masticaba con detenimiento, leyó el "Vyestnik Evropi", que sostenía sobre sus rodillas. Lobytko hablaba sin parar y llenaba su vaso de cerveza, y Ryabóvitch, con la cabeza confusa tras soñar todo el día, bebió sin decir palabra. Después de tres vasos, se emborrachó un poco, se sintió débil y sintió un deseo irresistible de compartir sus nuevas sensaciones con sus camaradas.
—Me pasó algo extraño en casa de los Von Rabbek —empezó, intentando darle un tono indiferente e irónico—. ¿Sabes? Entré en la sala de billar...
Empezó a describir con gran detalle el incidente del beso, y un instante después se sumió en el silencio... En ese instante lo había contado todo, y le sorprendió terriblemente lo poco que tardó en contarlo. Había imaginado que podría haber estado contando la historia del beso hasta la mañana siguiente. Al escucharlo, Lobytko, que era un gran mentiroso y, por lo tanto, no creía a nadie, lo miró con escepticismo y rió. Merzlyakov frunció el ceño y, sin apartar la vista del «Vyestnik Evropi», dijo:
¡Qué cosa más rara! ¡Qué raro!... se lanza al cuello de un hombre, sin llamarlo por su nombre... Debe ser una neurótica histérica.
—Sí, debe hacerlo —coincidió Ryabovitch.
“Una vez me pasó algo parecido”, dijo Lobytko, con expresión de miedo. “El año pasado iba a Kovno… Saqué un billete de segunda clase. El tren iba abarrotado y era imposible dormir. Le di medio rublo al guardia; tomó mi equipaje y me condujo a otro compartimento… Me tumbé y me tapé con una manta… Estaba oscuro, ¿entiendes? De repente, sentí que alguien me tocaba el hombro y me respiraba en la cara. Hice un gesto con la mano y sentí el codo de alguien… Abrí los ojos e imagínate: una mujer. Ojos negros, labios rojos como un salmón, fosas nasales respirando apasionadamente, un pecho como un amortiguador…
—Disculpe —interrumpió Merzlyakov con calma—. Entiendo lo del pecho, pero ¿cómo pudo ver los labios si estaba oscuro?
Lobytko empezó a intentar recomponerse y a reírse de la falta de imaginación de Merzlyakov. Esto hizo que Riabóvitch se estremeciera. Se alejó del palco, se metió en la cama y juró no volver a confesar nada.
Comenzó la vida en el campamento... Los días transcurrían, uno muy parecido al otro. Todos esos días, Riabóvich sentía, pensaba y actuaba como si estuviera enamorado. Cada mañana, cuando su ordenanza le daba agua para lavarse y se enjuagaba la cabeza con agua fría, pensaba que había algo cálido y agradable en su vida.
Por las noches, cuando sus camaradas empezaban a hablar de amor y mujeres, él escuchaba y se acercaba más; y tenía la expresión de un soldado cuando oye la descripción de una batalla en la que ha participado. Y por las noches, cuando los oficiales, de juerga con el setter —Lobytko— a la cabeza, hacían excursiones al estilo Don Juan al «arrabal», y Riabóvich participaba en tales excursiones, siempre estaba triste, se sentía profundamente culpable y en su interior le rogaba perdón... En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando sentía el impulso de recordar su infancia, su padre y su madre —todo lo cercano y querido, de hecho—, invariablemente pensaba en Myestetchki, el caballo extraño, Von Rabbek, su esposa que era como la emperatriz Eugenia, la habitación oscura, la rendija de luz en la puerta...
El 31 de agosto regresó del campamento, no con toda la brigada, sino solo con dos baterías. Soñaba y se sentía excitado todo el camino, como si regresara a su tierra natal. Anhelaba intensamente volver a ver el caballo desconocido, la iglesia, la familia hipócrita de los Von Rabbek, la habitación oscura. La «voz interior», que tan a menudo engaña a los enamorados, le susurraba, por alguna razón, que seguro la vería... y lo torturaban las preguntas: ¿Cómo la encontraría? ¿De qué hablaría con ella? ¿Habría olvidado el beso? En el peor de los casos, pensó, incluso si no la encontraba, sería un placer simplemente recorrer la habitación oscura y recordar el pasado...
Al anochecer, aparecieron en el horizonte la familiar iglesia y los blancos graneros. El corazón de Riabóvitch latía con fuerza... No oyó al oficial que cabalgaba a su lado y le decía algo; lo olvidó todo y miró con ansia el río que brillaba a lo lejos, el tejado de la casa, el palomar alrededor del cual volaban las palomas a la luz del sol poniente.
Cuando llegaron a la iglesia y estaban escuchando las órdenes de alojamiento, esperaba a cada segundo que un hombre a caballo apareciera en el recinto de la iglesia e invitara a los oficiales a tomar el té, pero... se leyeron las órdenes de alojamiento, los oficiales tenían prisa por ir al pueblo y el hombre a caballo no apareció.
«Von Rabbek se enterará enseguida por los campesinos de que hemos llegado y nos mandará a buscar», pensó Riabóvich mientras entraba en la choza, sin poder comprender por qué un camarada encendía una vela y por qué los ordenanzas preparaban apresuradamente los samovares.
Una dolorosa inquietud se apoderó de él. Se acostó, se levantó y miró por la ventana para ver si venía el mensajero. Pero no había rastro de él.
Se volvió a acostar, pero media hora después se levantó y, sin poder contener su inquietud, salió a la calle y se dirigió a la iglesia. Estaba oscuro y desierto en la plaza cercana a la iglesia... Tres soldados estaban de pie, en silencio, en fila donde el camino empezaba a descender. Al ver a Riabóvitch, se levantaron y saludaron. Él les devolvió el saludo y comenzó a bajar por el sendero familiar.
Al otro lado del río, el cielo se tiñó de rojo: la luna salía; dos campesinas, hablando en voz alta, recogían coles en el huerto; detrás del huerto había unas chozas oscuras... Y todo en la orilla cercana del río estaba igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces que se cernían sobre el agua... pero no se oía el bravo ruiseñor, ni el aroma a álamo ni a hierba fresca.
Al llegar al jardín, Riabóvich miró por la puerta. El jardín estaba oscuro y silencioso... No veía nada más que los troncos blancos de los abedules más cercanos y un trocito de la avenida; todo lo demás se fundía en una oscura mancha. Riabóvich miró y escuchó con atención, pero tras esperar un cuarto de hora sin oír un sonido ni vislumbrar una luz, regresó con dificultad...
Bajó al río. La casa de baños del General y las toallas en la barandilla del pequeño puente se veían blancas ante él... Siguió hasta el puente, se detuvo un rato y, sin necesidad, tocó las toallas. Las sentía ásperas y frías. Miró el agua... El río corría rápidamente y con un gorgoteo apenas audible alrededor de los pilotes de la casa de baños. La luna roja se reflejaba cerca de la orilla izquierda; pequeñas ondas recorrían el reflejo, estirándolo, rompiéndolo en pedazos, y parecían intentar llevárselo.
"¡Qué tontería, qué tontería!", pensó Riabóvich, mirando el agua que corría. "¡Qué tontería es todo esto!"
Ahora que no esperaba nada, el incidente del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y su decepción se presentaron con claridad. Ya no le parecía extraño no haber visto al mensajero del General, ni que nunca vería a la chica que accidentalmente lo había besado a él en lugar de a otra persona; al contrario, habría sido extraño si la hubiera visto...
El agua corría, sin saber dónde ni por qué, igual que en mayo. En mayo había desembocado en el gran río, del gran río en el mar; luego se había convertido en vapor, en lluvia, y quizá esa misma agua corría ahora de nuevo ante los ojos de Riabóvich... ¿Para qué? ¿Por qué?
Y el mundo entero, la vida entera, le parecía a Riabóvitch una broma ininteligible y sin sentido... Y apartando la vista del agua y mirando al cielo, recordó de nuevo cómo el destino, en la persona de una mujer desconocida, lo había acariciado por casualidad; recordó sus sueños y fantasías de verano, y su vida le pareció extraordinariamente pobre, pobre y descolorida...
Al regresar a su cabaña, no encontró a ninguno de sus compañeros. El ordenanza le informó que todos habían ido a casa del general von Rabbek, quien había enviado un mensajero a caballo para invitarlos...
Por un instante hubo un destello de alegría en el corazón de Ryabovitch, pero lo apagó de inmediato, se metió en la cama y, enojado con su destino, como para fastidiarlo, no fue a casa del general.
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'ANA EN EL CUELLO'
I
ATras la boda, ni siquiera tomaron un refrigerio ligero; la feliz pareja simplemente bebió una copa de champán, se vistió con sus avíos y se dirigió a la estación. En lugar de un alegre baile nupcial y cena, en lugar de música y baile, emprendieron un viaje para rezar en un santuario a ciento cincuenta millas de distancia. Muchos elogiaron esto, diciendo que Modest Alexeitch era un hombre de alto rango en el servicio y ya no era joven, y que una boda ruidosa podría no haber parecido del todo apropiada; y la música suele sonar monótona cuando un funcionario del gobierno de cincuenta y dos años se casa con una joven de apenas dieciocho. Se decía también que Modest Alexeitch, hombre de principios, había organizado esta visita al monasterio expresamente para que su joven esposa comprendiera que, incluso en el matrimonio, anteponía la religión y la moral a todo.
La feliz pareja fue despedida en la estación. La multitud de familiares y colegas del servicio esperaba de pie, con sus copas en la mano, a que el tren arrancara y gritaba "¡Hurra!". El padre de la novia, Piotr Leontyitch, con sombrero de copa y uniforme de maestro, ya borracho y muy pálido, se asomaba a la ventana, copa en mano, y decía con voz implorante:
"¡Anyuta! ¡Anya, Anya! ¡Una palabra!"
Anna se asomó por la ventana hacia él, y él le susurró algo, envolviéndola en un olor rancio a alcohol, le sopló en el oído —no pudo entender nada— y le hizo la señal de la cruz sobre la cara, el pecho y las manos; mientras tanto, respiraba con dificultad y las lágrimas brillaban en sus ojos. Y los colegiales, los hermanos de Anna, Petia y Andrusha, tiraron de su abrigo por detrás, susurrando confundidos:
—¡Padre, silencio!... Padre, basta...
Cuando el tren arrancó, Anna vio a su padre correr un trecho detrás del tren, tambaleándose y derramando el vino, y qué rostro tan amable, culpable y lastimero tenía:
“¡Hurra! ¡Ah!” gritó.
La feliz pareja se quedó sola. Modest Alexeitch recorrió el compartimento con la mirada, colocó sus cosas en los estantes y se sentó, sonriendo, frente a su joven esposa. Era un funcionario de mediana estatura, bastante corpulento y rollizo, que parecía estar extraordinariamente bien alimentado, con largas patillas y sin bigote. Su barbilla, afeitada, redonda y definida, parecía el talón de un pie. El punto más característico de su rostro era la ausencia de bigote, la zona desnuda y recién afeitada, que gradualmente se transformaba en las mejillas regordetas, temblando como gelatina. Su porte era digno, sus movimientos, pausados, sus modales, suaves.
“No puedo evitar recordar ahora una circunstancia”, dijo sonriendo. “Cuando, hace cinco años, Kosorotov recibió la orden de Santa Ana de segundo grado y fue a agradecer a Su Excelencia, Su Excelencia se expresó así: 'Así que ahora tiene tres Anás: una en el ojal y dos en el cuello'. Y hay que explicar que en ese momento la esposa de Kosorotov, una persona pendenciera y frívola, acababa de regresar con él, y que se llamaba Ana. Confío en que cuando reciba la Ana de segundo grado, Su Excelencia no tenga que decirme lo mismo”.
Él sonrió con sus ojitos. Y ella también sonrió, preocupada al pensar que en cualquier momento ese hombre podría besarla con sus labios gruesos y húmedos, y que no tenía derecho a impedírselo. Los suaves movimientos de su cuerpo regordete la asustaron; sintió miedo y asco a la vez. Él se levantó, se quitó sin prisa la prenda del cuello, se quitó el abrigo y el chaleco, y se puso la bata.
“Está mejor”, dijo, sentándose junto a Anna.
Anna recordó la agonía de la boda, cuando le pareció que el sacerdote, los invitados y todos en la iglesia la miraban con tristeza y preguntaban por qué, por qué ella, una chica tan dulce y agradable, se casaba con un caballero tan mayor y aburrido. Solo esa mañana se alegró de que todo se hubiera arreglado satisfactoriamente, pero en el momento de la boda, y ahora en el vagón de tren, se sentía engañada, culpable y ridícula. Se había casado con un hombre rico y, sin embargo, no tenía dinero; su vestido de novia lo habían comprado a crédito, y cuando su padre y sus hermanos se despedían, pudo ver en sus rostros que no tenían ni un céntimo. ¿Cenarían ese día? ¿Y mañana? Y por alguna razón le pareció que su padre y los niños estaban sentados esa noche hambrientos sin ella, y sintiendo la misma tristeza que el día después del funeral de su madre.
«¡Ay, qué infeliz soy!», pensó. «¿Por qué soy tan infeliz?».
Con la torpeza de un hombre de hábitos establecidos, poco acostumbrado a tratar con mujeres, Modest Alexeitch la tocó en la cintura y le dio una palmadita en el hombro, mientras ella seguía pensando en el dinero, en su madre y en su muerte. Al morir su madre, su padre, Piotr Leontyitch, profesor de dibujo y escritura en el instituto, se dio a la bebida; la situación empobreció, los chicos no tenían botas ni chanclos, su padre fue llevado ante el magistrado, el suboficial vino e hizo un inventario de los muebles... ¡Qué vergüenza! Anna tuvo que cuidar de su padre borracho, zurcir las medias de sus hermanos, ir al mercado, y cuando la felicitaron por su juventud, su belleza y sus elegantes modales, le pareció que todos miraban su sombrero barato y los agujeros de sus botas, tapados con tinta. Y por la noche, había llorado y un temor inquietante de que su padre pronto, muy pronto, fuera expulsado del colegio por su debilidad, y que no sobreviviría, sino que también moriría, como su madre. Pero algunas damas conocidas se habían hecho cargo del asunto y buscaban un buen partido para Anna. Pronto encontraron a este Modest Alexevitch, que no era joven ni guapo, pero tenía dinero. Tenía cien mil en el banco y la finca familiar, que había alquilado. Era un hombre de principios y le caía bien a Su Excelencia; le dijeron a Anna que no le costaría nada conseguir una nota de Su Excelencia para la dirección del instituto, o incluso para el Comisario de Educación, para evitar que despidieran a Piotr Leontyitch.
Mientras recordaba estos detalles, de repente oyó una música que entraba flotando por la ventana, junto con el sonido de voces. El tren se detenía en una estación. Entre la multitud, más allá del andén, se oían a viva voz un acordeón y un violín barato y chirriante, y el sonido de una banda militar llegaba desde más allá de las villas y los altos abedules y álamos bañados por la luz de la luna; debía de haber un baile en el lugar. Veraneantes y habitantes del pueblo, que solían venir en tren con el buen tiempo para tomar un poco de aire fresco, desfilaban por el andén. Entre ellos se encontraba el acaudalado propietario de todas las villas de verano: un hombre alto, corpulento y moreno llamado Artynov. Tenía ojos saltones y parecía armenio. Vestía un atuendo extraño; su camisa estaba desabrochada, dejando al descubierto su pecho; calzaba botas altas con espuelas, y una capa negra le colgaba de los hombros y se arrastraba por el suelo como un tren. Dos perros cazadores lo siguieron con sus narices afiladas hacia el suelo.
Las lágrimas aún brillaban en los ojos de Anna, pero ahora no pensaba en su madre, ni en el dinero, ni en su matrimonio; sino que estrechaba la mano de escolares y oficiales que conocía, se reía alegremente y decía rápidamente:
¿Cómo estás? ¿Cómo estás?
Salió al andén entre los vagones, a la luz de la luna, y se quedó de pie para que todos pudieran verla con su nuevo y espléndido vestido y sombrero.
“¿Por qué nos detenemos aquí?” preguntó.
Este es un cruce. Están esperando el tren del correo.
Al ver que Artynov la miraba, entrecerró los ojos coquetamente y empezó a hablar en francés en voz alta; y como su voz sonaba tan agradable, y como oía música y la luna se reflejaba en el estanque, y como Artynov, el famoso Don Juan y niño mimado de la fortuna, la miraba con interés y curiosidad, y como todos estaban de buen humor, de repente se sintió alegre, y cuando el tren arrancó y los oficiales que conocía la saludaron, tarareó la polca cuyas notas le llegaban de la banda militar que tocaba más allá de los árboles; y regresó a su compartimento sintiéndose como si en la estación le hubieran demostrado que, a pesar de todo, sería feliz.
La feliz pareja pasó dos días en el monasterio y luego regresó a la ciudad. Vivían en un piso gratuito. Cuando Modest Alexevitch se iba a la oficina, Anna tocaba el piano, o derramaba lágrimas de depresión, o se tumbaba en un sofá a leer novelas u hojeaba periódicos de moda. En la cena, Modest Alexevitch comía mucho y hablaba de política, de nombramientos, traslados y ascensos en el servicio, de la necesidad de trabajar duro, y decía que, como la vida familiar no era un placer sino un deber, si uno cuidaba los kopeks, los rublos se cuidarían solos, y que él anteponía la religión y la moral a todo lo demás. Y, sosteniendo el cuchillo en el puño como si fuera una espada, decía:
“¡Cada uno debe tener sus deberes!”
Y Ana lo escuchaba, estaba asustada y no podía comer, y solía levantarse de la mesa con hambre. Después de cenar, su marido se echaba una siesta y roncaba ruidosamente, mientras Ana iba a ver a los suyos. Su padre y los chicos la miraban de forma extraña, como si justo antes de que entrara la hubieran estado culpando de haberse casado por dinero con un hombre aburrido y pesado al que no amaba; sus faldas crujientes, sus brazaletes y su aire de mujer casada los ofendían y los incomodaban. En su presencia se sentían un poco incómodos y no sabían de qué hablar con ella; pero aun así, la seguían queriendo como antes y no estaban acostumbrados a cenar sin ella. Se sentó con ellos a tomar sopa de col, gachas de avena y patatas fritas, con olor a grasa de cordero. Piotr Leontitch llenó su copa de la licorera con mano temblorosa y la bebió de un trago apresurado, con avidez, con repulsión, luego se sirvió una segunda copa y luego una tercera. Petia y Andrusha, chicos delgados y pálidos de ojos grandes, tomaban la licorera y decían desesperados:
—No debes, padre... Basta, padre...
Y también Ana se preocupó y le rogó que no bebiera más; pero él, de repente, se puso furioso y golpeó la mesa con los puños.
—¡No permitiré que nadie me dé órdenes! —gritaba—. ¡Miserables! ¡Miserable! ¡Los echaré a todos!
Pero había un matiz de debilidad, de buen humor en su voz, y nadie le tenía miedo. Después de cenar, solía vestirse con sus mejores galas. Pálido, con un corte en la barbilla por el afeitado, estirando su delgado cuello, se quedaba media hora frente al espejo, pintándose, peinándose, retorciéndose el bigote negro, perfumándose, anudándose la corbata; luego se ponía los guantes y el sombrero de copa y se iba a dar clases particulares. O, si era día festivo, se quedaba en casa pintando, o tocando el armonio, que resoplaba y gruñía; intentaba arrancarle sonidos puros y armoniosos y le cantaba; o les gritaba a los chicos:
¡Miserables! ¡Niños inútiles! ¡Han estropeado el instrumento!
Por la noche, el marido de Anna jugaba a las cartas con sus colegas, que vivían bajo el mismo techo en la residencia oficial. Las esposas de estos caballeros entraban —mujeres feas, vestidas con mal gusto, tan toscas como cocineras— y empezaban los chismes en el apartamento, tan insípidos y poco atractivos como las propias damas. A veces, Modest Alexevitch llevaba a Anna al teatro. En los intervalos, no la dejaba ni un paso de su lado, sino que la acompañaba del brazo por los pasillos y el vestíbulo. Cuando saludaba a alguien, le susurraba inmediatamente a Anna: «Un consejero civil... visita a Su Excelencia»; o «Un hombre adinerado... tiene casa propia». Al pasar junto al bufé, Anna tenía un antojo de dulce; le encantaban los pasteles de chocolate y manzana, pero no tenía dinero y no le gustaba pedírselo a su marido. Él cogía una pera, la pellizcaba con los dedos y preguntaba con incertidumbre:
"¿Cuánto cuesta?"
“¡Veinticinco kopeks!”
"¡Digo!", respondía, y lo dejaba; pero como era incómodo irse del bufé sin comprar nada, pedía agua con gas y se bebía la botella entera, y se le llenaban los ojos de lágrimas. Y Anna lo odiaba en esos momentos.
Y de repente, ruborizándose, le decía rápidamente:
“¡Inclínate ante esa anciana!”
“Pero no la conozco.”
—No importa. ¡Esa es la esposa del director de la tesorería local! —refunfuñaba con insistencia—. No se te va a caer la cabeza.
Anna hizo una reverencia y, desde luego, no bajó la cabeza, pero era una agonía. Hacía todo lo que su marido le pedía y estaba furiosa consigo misma por haber dejado que la engañara como a la más idiota. Solo se había casado con él por su dinero, y sin embargo, ahora tenía menos dinero que antes de casarse. Antes, su padre a veces le daba veinte kopeks, pero ahora no tenía ni un céntimo.
No podía aceptar dinero a escondidas ni pedirlo; le tenía miedo a su marido, temblaba ante él. Sentía como si le hubiera temido durante años. De niña, el director del instituto siempre le había parecido la fuerza más imponente y aterradora del mundo, azotándola como una tormenta o una locomotora de vapor a punto de aplastarla; otra fuerza similar de la que hablaba toda la familia, y a la que por alguna razón temían, era Su Excelencia; luego había una docena más, menos formidables, y entre ellos los profesores del instituto, con el labio superior afeitado, severos, implacables; y ahora, por último, estaba Modest Alexeitch, un hombre de principios, que incluso se parecía al director en el rostro. Y en la imaginación de Anna, todas estas fuerzas se fundían en una sola, y, en la forma de un terrible y enorme oso blanco, amenazaba a los débiles y descarriados como su padre. Y temía decir algo en contra de su marido, y esbozaba una sonrisa forzada, intentando fingir placer cuando la acariciaban groseramente y la profanaban con abrazos que la aterrorizaban. Solo una vez, Piotr Leontyitch tuvo la temeridad de pedir un préstamo de cincuenta rublos para pagar una deuda muy fastidiosa, ¡pero qué tormento había sido!
—Muy bien; te lo concedo —dijo Modest Alexeitch tras pensarlo un momento—; pero te advierto que no te ayudaré hasta que dejes la bebida. ¡Semejante defecto es vergonzoso en un funcionario! Debo recordarte que muchas personas capaces se han arruinado por esa pasión, aunque con templanza podrían haber llegado con el tiempo a una posición muy alta.
Y seguían frases interminables: «en la medida en que...», «a raíz de lo cual proposición...», «en vista de la afirmación antes mencionada...»; y Piotr Leontyitch sufría una agonía de humillación y sentía un intenso deseo de alcohol.
Y cuando los muchachos venían a visitar a Anna, generalmente con botas rotas y pantalones raídos, ellos también tenían que escuchar sermones.
“¡Todo hombre debe tener sus deberes!” les decía el modesto Alexeitch.
Y no les dio dinero. Pero sí le dio a Anna pulseras, anillos y broches, diciendo que le serían útiles en caso de necesidad. Y a menudo abría su cajón y revisaba si todo estaba bien.
II
METROMientras tanto, llegaba el invierno. Mucho antes de Navidad, los periódicos locales anunciaron que el habitual baile de invierno se celebraría el 29 de diciembre en el Salón de la Nobleza. Todas las noches, después de jugar a las cartas, Modest Alexeitch susurraba con entusiasmo con las esposas de sus colegas y miraba a Anna, y luego paseaba un buen rato por la sala, pensando. Por fin, una noche, se detuvo, mirando a Anna, y dijo:
Deberías comprarte un vestido de gala. ¿Entiendes? Solo consulta con Marya Grigoryevna y Natalya Kuzminishna, por favor.
Y le dio cien rublos. Ella aceptó el dinero, pero no consultó a nadie al encargar el vestido de baile; solo habló con su padre e intentó imaginar cómo se habría vestido su madre para un baile. Su madre siempre vestía a la última moda y siempre se había preocupado por Anna, vistiéndola con elegancia como a una muñeca, y le había enseñado a hablar francés y a bailar la mazurca con maestría (había sido institutriz durante cinco años antes de casarse). Al igual que su madre, Anna sabía hacer un vestido nuevo con uno viejo, limpiar guantes con bencina, alquilar joyas; y, como su madre, sabía entrecerrar los ojos, cecear, adoptar posturas elegantes, extasiarse cuando era necesario y proyectar una mirada triste y enigmática. Y de su padre había heredado el color oscuro de su cabello y ojos, su nerviosismo y la costumbre de siempre lucir lo mejor posible.
Cuando, media hora antes de partir para el baile, Modest Alexeitch entró en su habitación sin abrigo para colocarse el pedido al cuello delante de su espejo de cuerpo entero, deslumbrado por su belleza y el esplendor de su fresco y etéreo vestido, se peinó complacientemente las patillas y dijo:
—¡Así que así es como puede lucir mi esposa... así es como puedes lucir tú! ¡Anyuta! —continuó, adoptando un tono solemne—. He hecho tu fortuna, y ahora te ruego que hagas algo por la mía. ¡Te ruego que me presentes a la esposa de Su Excelencia! ¡Por Dios, hazlo! ¡Gracias a ella puedo conseguir el puesto de redactor jefe!
Fueron al baile. Llegaron al Salón de la Nobleza, a la entrada con el portero. Llegaron al vestíbulo con los percheros, los abrigos de piel; lacayos corriendo de un lado a otro, y damas de escote bajo que se abanicaban para protegerse de las corrientes de aire. Había olor a gas y a soldados. Cuando Anna, subiendo las escaleras del brazo de su esposo, oyó la música y se vio de cuerpo entero en el espejo a plena luz de las luces, sintió una oleada de alegría en el corazón, y sintió el mismo presentimiento de felicidad que bajo la luz de la luna en la estación. Entró con orgullo, con confianza, sintiéndose por primera vez no una niña sino una dama, e imitando inconscientemente a su madre en su andar y modales. Y por primera vez en su vida se sintió rica y libre. Ni siquiera la presencia de su marido la oprimió, pues al cruzar el umbral del salón, intuyó instintivamente que la proximidad de un marido anciano no la desmereció en lo más mínimo, sino que, al contrario, le confería ese matiz de misterio picante que tanto atrae a los hombres. La orquesta ya tocaba y los bailes habían comenzado. Después de su apartamento, Anna se sintió abrumada por las luces, los colores brillantes, la música, el ruido, y al mirar a su alrededor, pensó: "¡Qué bonito!". Enseguida distinguió entre la multitud a todos sus conocidos, a todos los que había conocido en fiestas o picnics: todos los oficiales, los maestros, los abogados, los funcionarios, los terratenientes, Su Excelencia Artynov, y las damas de la más alta alcurnia, elegantes y con mucho escote., guapos y feos, que ya se habían instalado en los puestos y pabellones del bazar de beneficencia, para empezar a vender cosas a beneficio de los pobres. Un corpulento oficial con charreteras —le habían presentado en la calle Staro-Kievsky cuando era colegiala, pero ahora no recordaba su nombre— pareció surgir de la tierra, rogándole que bailara un vals, y ella huyó de su marido, sintiéndose como si flotara en un velero en medio de una violenta tormenta, mientras su marido se quedaba lejos, en la orilla. Bailó apasionadamente, con fervor, un vals, luego una polca y una cuadrilla, siendo arrebatada por un compañero tan pronto como otro la dejaba, mareada por la música y el ruido, mezclando ruso y francés, ceceando, riendo, y sin pensar en su marido ni en nada más. Despertó una gran admiración entre los hombres; eso era evidente, y de hecho no podía ser de otra manera. Estaba sin aliento por la emoción, tenía sed y aferraba convulsivamente su abanico. Piotr Leontyitch, su padre, con un frac arrugado que olía a bencina, se acercó a ella y le ofreció un plato de hielo rosado.
—Estás encantadora esta noche —dijo, mirándola con entusiasmo—, y nunca me había arrepentido tanto de que tuvieras tanta prisa por casarte... ¿Para qué? Sé que lo hiciste por nosotros, pero... —Con mano temblorosa, sacó un fajo de billetes y dijo: —Hoy he recibido el dinero para mis clases y puedo pagarle a tu marido lo que le debo.
Le devolvió el plato, pero alguien se abalanzó sobre ella y la llevó lejos. Vio fugazmente, por encima del hombro de su pareja, a su padre deslizándose por la pista, abrazando a una dama y recorriendo el salón de baile con ella.
“¡Qué dulce es cuando está sobrio!”, pensó.
Bailó la mazurca con el mismo oficial corpulento; este se movía con gravedad, pesado como un cadáver uniformado, contraía los hombros y el pecho, pateaba con lánguida lentitud; se sentía terriblemente reacio a bailar. Ella revoloteaba a su alrededor, provocándolo con su belleza, su cuello desnudo; sus ojos brillaban desafiantes, sus movimientos eran apasionados, mientras él se volvía cada vez más indiferente y le tendía las manos con la gracia de un rey.
“¡Bravo, bravo!” decía la gente que los observaba.
Pero poco a poco, el corpulento oficial también se despertó; se animó, se emocionó y, dominado por su fascinación, se dejó llevar y bailó con ligereza y juventud, mientras ella simplemente movía los hombros y lo miraba con picardía, como si ahora fuera la reina y él su esclavo; y en ese momento le pareció que toda la sala los miraba, y que todos estaban emocionados y los envidiaban. Apenas el corpulento oficial había tenido tiempo de agradecerle el baile, cuando la multitud se apartó de repente y los hombres se erguieron de una manera extraña, con las manos a los costados.
Su Excelencia, con dos estrellas en su frac, se acercaba a ella. Sí, Su Excelencia caminaba directamente hacia ella, pues la miraba fijamente con una sonrisa empalagosa, mientras se humedecía los labios como siempre hacía al ver a una mujer hermosa.
“Encantado, encantado…”, empezó. “Ordenaré que encierren a su esposo por habernos ocultado tal tesoro hasta ahora. Vengo con un mensaje de mi esposa”, continuó, ofreciéndole el brazo. “Debe ayudarnos… Mm-sí… Deberíamos darle el premio a la belleza como hacen en América… Mm-sí… Los estadounidenses… Mi esposa la espera con impaciencia”.
La condujo a un puesto y la presentó a una señora de mediana edad, cuya parte inferior de la cara era desproporcionadamente grande, de modo que parecía como si tuviera una gran piedra en la boca.
—Tienes que ayudarnos —dijo por la nariz con voz cantarina—. Todas las mujeres guapas están trabajando en nuestro bazar benéfico, y tú eres la única que lo está pasando bien. ¿Por qué no nos ayudas?
Ella se fue, y Anna ocupó su lugar junto a las tazas y el samovar de plata. Pronto estaba haciendo un buen negocio. Anna pidió nada menos que un rublo por una taza de té e hizo beber tres tazas al corpulento oficial. Artynov, el hombre rico de ojos saltones, que padecía asma, también se acercó; no vestía el extraño traje con el que Anna lo había visto en verano en la estación, sino que llevaba un frac como todos los demás. Sin apartar la mirada de Anna, bebió una copa de champán y pagó cien rublos por ella, luego tomó un poco de té y dio otros cien; todo esto sin decir una palabra, pues le faltaba el aliento por el asma... Anna invitó a los compradores y les sacó dinero, firmemente convencida ya de que sus sonrisas y miradas no dejarían de causarles gran placer. Ahora se daba cuenta de que había sido creada exclusivamente para esa vida ruidosa, brillante y risueña, con su música, sus bailarines, sus adoradores, y su antiguo terror a una fuerza que se cernía sobre ella y amenazaba con aplastarla le parecía ridículo: ya no tenía miedo de nadie, y solo lamentaba que su madre no pudiera estar allí para regocijarse por su éxito.
Piotr Leontitch, ya pálido pero aún con las piernas bien puestas, se acercó al puesto y pidió una copa de brandy. Anna se sonrojó, esperando que dijera algo inapropiado (ya se avergonzaba de tener un padre tan pobre y ordinario); pero él vació su copa, sacó diez rublos de su fajo de billetes, la tiró y se marchó con dignidad sin decir palabra. Poco después lo vio bailando en la gran cadena, y para entonces se tambaleaba y no dejaba de gritar algo, para gran confusión de su pareja; y Anna recordó cómo, en el baile de tres años antes, se había tambaleado y gritado de la misma manera, y al final el sargento de policía lo llevó a casa a dormir, y al día siguiente el director lo amenazó con despedirlo. ¡Qué recuerdo tan inapropiado!
Cuando los samovares fueron colocados en los puestos y las damas, exhaustas, entregaron sus ganancias a la señora de mediana edad con la piedra en la boca, Artynov llevó a Anna del brazo al salón donde se sirvió la cena a todos los asistentes al bazar. Había unas veinte personas cenando, no más, pero había mucho ruido. Su Excelencia propuso un brindis.
“En este magnífico comedor será apropiado brindar por el éxito de los comedores baratos, que son el objeto del bazar de hoy”.
El general de brindis propuso el brindis: «Por el poder que incluso a la artillería se le vence», y toda la compañía brindó con las damas. Fue un brindis muy, muy alegre.
Cuando Anna fue acompañada a casa, era de día y los cocineros iban al mercado. Alegre, embriagada, llena de nuevas sensaciones, agotada, se desvistió, se dejó caer en la cama y al instante se quedó dormida...
Era pasada la una de la tarde cuando el criado la despertó y le anunció que el señor Artynov había llegado. Se vistió rápidamente y bajó al salón. Poco después de Artynov, Su Excelencia la visitó para agradecerle su ayuda en el bazar. Con una sonrisa empalagosa, mordiéndose los labios, le besó la mano y, pidiéndole permiso para volver, se despidió. Ella permaneció de pie en medio del salón, asombrada, encantada, incapaz de creer que este cambio en su vida, este maravilloso cambio, se hubiera producido tan rápido; y en ese momento entró Modest Alexeitch... y él también se plantó ante ella con la misma expresión aduladora, empalagosa y de un respeto cobarde que solía ver en su rostro en presencia de los grandes y poderosos; y con arrobamiento, con indignación, con desprecio, convencida de que no le haría daño, dijo, articulando con claridad cada palabra:
“¡Vete, idiota!”
A partir de entonces, Anna no tuvo ni un solo día libre, pues siempre participaba en picnics, expediciones y espectáculos. Volvía a casa todos los días después de medianoche y se acostaba en el suelo del salón, y después solía contar a todos, conmovedoramente, cómo dormía bajo las flores. Necesitaba muchísimo dinero, pero ya no le tenía miedo a Modest Alexeitch, y gastaba su dinero como si fuera suyo; no lo pedía ni lo exigía, simplemente le enviaba las letras. «Dé al portador doscientos rublos» o «Pague cien rublos de una vez».
En Pascua, Modest Alexeitch recibió a Ana de segundo grado. Al ir a dar las gracias, Su Excelencia dejó a un lado el periódico que estaba leyendo y se acomodó en su silla.
—Así que ahora tienes tres Anas —dijo, mientras examinaba sus manos blancas y sus uñas rosadas—, una en el ojal y dos en el cuello.
Modest Alexeitch se llevó dos dedos a los labios como medida de precaución para no reír demasiado fuerte y dijo:
Ahora solo me queda esperar con ilusión la llegada del pequeño Vladimir. Me atrevo a rogarle a Su Excelencia que sea su padrino.
Se refería a Vladimir de cuarto grado, y ya imaginaba cómo contaría en todas partes la historia de este juego de palabras, tan feliz en su rapidez y audacia, y quería decir algo igualmente feliz, pero Su Excelencia estaba enterrado nuevamente en su periódico, y se limitó a hacerle un gesto con la cabeza.
Y Anna seguía cabalgando con tres caballos, saliendo de caza con Artynov, representando dramas de un acto, cenando fuera, y cada vez rara vez estaba con su familia; ahora cenaban solos. Piotr Leontyich bebía más que nunca; no había dinero, y el armonio se había vendido hacía tiempo por deudas. Los chicos ya no lo dejaban salir solo a la calle, sino que lo vigilaban por miedo a que se cayera; y cada vez que se encontraban con Anna cabalgando por la calle Staro-Kievsky con un par de caballos y Artynov en el pescante en lugar de cochero, Piotr Leontyich se quitaba el sombrero de copa y estaba a punto de gritarle, pero Petia y Andrusha lo tomaron del brazo y le suplicaron:
—No debes, padre. ¡Silencio, padre!
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EL PROFESOR DE LITERATURA
I
TSe oyó el ruido sordo de los cascos de los caballos sobre el suelo de madera; sacaron del establo al caballo negro, el Conde Nulin; luego al blanco, Gigante; luego a su hermana Maika. Todos eran caballos magníficos y caros. El viejo Shelestov ensilló a Gigante y, dirigiéndose a su hija Masha, dijo:
—Bueno, Marie Godefroi, ¡vamos, sube! ¡Hopla!
Masha Shelestov era la más joven de la familia; tenía dieciocho años, pero su familia no podía acostumbrarse a pensar que ella no era una niña pequeña, y por eso todavía la llamaban Manya y Manyusa; y después de que hubo un circo en la ciudad que ella había visitado con entusiasmo, todos comenzaron a llamarla Marie Godefroi.
—¡Hop-la! —gritó, montando a Gigante. Su hermana Varya montó en Maika, Nikitin en el Conde Nulin, los oficiales en sus caballos, y la larga y pintoresca cabalgata, con los oficiales en sus túnicas blancas y las damas con sus trajes de montar, salió del patio a paso de tortuga.
Nikitin notó que, al montar a caballo y salir a la calle, Masha, por alguna razón, solo se fijaba en sí mismo. Los miró con inquietud, a él y al conde Nulin, y dijo:
Debes sujetarlo siempre en la acera, Serguéi Vasílich. No dejes que se acobarde. Está fingiendo.
Y ya sea porque su Gigante era muy amigo del Conde Nulin, o quizás por casualidad, cabalgaba todo el tiempo junto a Nikitin, como lo había hecho el día anterior y el anterior a ese. Y él observaba su grácil figura sentada en la orgullosa bestia blanca, su delicado perfil, el sombrero de copa, que no le sentaba nada y la hacía parecer mayor de lo que era; la miraba con alegría, con ternura, con arrebato; la escuchaba, captando poco de lo que decía, y pensaba:
“Lo prometo por mi honor, lo juro por Dios, no tendré miedo y hablaré con ella hoy mismo”.
Eran las siete de la tarde, la hora en que el aroma a acacias blancas y lilas es tan intenso que el aire y los mismos árboles parecen impregnados de su fragancia. La banda ya tocaba en los jardines del pueblo. Los caballos hacían un ruido sordo en el pavimento; por todas partes se oían risas, conversaciones y portazos. Los soldados que se encontraban saludaban a los oficiales, los escolares hacían una reverencia a Nikitin, y todos los que se apresuraban a los jardines para escuchar a la banda se alegraban al ver la fiesta. ¡Y qué calor hacía! ¡Qué suaves se veían las nubes dispersas despreocupadamente por el cielo, qué amables y reconfortantes eran las sombras de los álamos y las acacias, que se extendían por la calle y llegaban hasta los balcones y los segundos pisos de las casas del otro lado!
Salieron del pueblo y emprendieron el trote por el camino real. Allí no había aroma a lilas ni a acacias, ni música de banda, pero sí la fragancia de los campos, el verdor del centeno y el trigo tiernos, las marmotas chillaban, los graznidos de las cornejas. Mirara donde mirara, todo era verde, con solo aquí y allá manchas negras de tierra desnuda, y a lo lejos, a la izquierda, en el cementerio, una franja blanca de flores de manzano.
Pasaron los mataderos, luego la cervecería, y alcanzaron a una banda militar que se apresuraba hacia los jardines suburbanos.
—Polyansky tiene un caballo precioso, no lo niego —le dijo Masha a Nikitin, mirando al oficial que cabalgaba junto a Varya—. Pero tiene imperfecciones. Esa mancha blanca en la pata izquierda no debería estar ahí, y, mira, sacude la cabeza. Ahora no puedes entrenarlo para que no lo haga; sacudirá la cabeza hasta el fin de sus días.
Masha era una apasionada de los caballos tan apasionada como su padre. Sentía una punzada al ver a otras personas con buenos caballos y se alegraba al verles defectos. Nikitin no sabía nada de caballos; le daba igual sujetar su caballo en la brida o en la rienda, trotar o galopar; solo sentía que su posición era forzada y antinatural, y que, en consecuencia, los oficiales que sabían sentarse en sus sillas debían complacer a Masha más que él. Y estaba celoso de los oficiales.
Mientras cabalgaban por los jardines suburbanos, alguien sugirió que entraran a comprar agua mineral. Entraron. No había árboles en los jardines, salvo robles; acababan de brotar, así que a través del follaje joven aún se podía ver todo el jardín con su plataforma, mesitas y columpios, y se veían las cofas, que parecían grandes sombreros. El grupo desmontó cerca de una mesa y pidió agua mineral. Conocidos que paseaban por el jardín se acercaron. Entre ellos, el médico militar con botas altas y el director de la banda, esperando a los músicos. El médico debió de tomar a Nikitin por un estudiante, pues preguntó: "¿Han venido de vacaciones?".
—No, estoy aquí permanentemente —respondió Nikitin—. Soy profesor en la escuela.
—¿No me digas? —preguntó el doctor sorprendido—. ¿Tan joven y ya profesor?
¡Joven, sí! ¡Dios mío, tengo veintiséis!
Tienes barba y bigote, pero nadie diría que tienes más de veintidós o veintitrés años. ¡Qué joven te ves!
"¡Qué bestia!", pensó Nikitin. "¡Él también me toma por un mocoso!"
Le disgustaba muchísimo que la gente hablara de su juventud, sobre todo en presencia de mujeres o de los alumnos. Desde que llegó al pueblo como maestro de escuela, detestaba su propia apariencia juvenil. Los alumnos no le tenían miedo, los mayores lo llamaban «jovencito», las damas preferían bailar con él a escuchar sus largas discusiones, y habría dado cualquier cosa por ser diez años mayor.
Del jardín se dirigieron a la granja de los Shelestov. Allí se detuvieron en la puerta y le pidieron a Praskovya, la esposa del alguacil, que les trajera leche fresca. Nadie bebió la leche; todos se miraron, rieron y regresaron al galope. Mientras cabalgaban de vuelta, la banda tocaba en el jardín suburbano; el sol se ponía tras el cementerio, y la mitad del cielo estaba carmesí por la puesta del sol.
Masha cabalgó de nuevo junto a Nikitin. Él quería decirle cuánto la amaba, pero temía que los oficiales y Varya lo oyeran, y guardó silencio. Masha también calló, y él comprendió por qué ella callaba y por qué cabalgaba a su lado, y se sintió tan feliz de que la tierra, el cielo, las luces del pueblo, la silueta negra de la cervecería, todo se fundiera para él en algo muy agradable y reconfortante, y le pareció como si el Conde Nulin estuviera en el aire y fuera a ascender al cielo carmesí.
Llegaron a casa. El samovar ya hervía en la mesa. El viejo Shelestov estaba sentado con sus amigos, funcionarios del Tribunal de Circuito, y, como de costumbre, criticaba algo.
—¡Es una grosería! —dijo—. ¡Una grosería y nada más! ¡Sí!
Desde que Nikitin estaba enamorado de Masha, todo en casa de los Shelestov le gustaba: la casa, el jardín, el té de la tarde, las sillas de mimbre, la vieja niñera e incluso la palabra «grosería», que al viejo le gustaba usar. Lo único que no le gustaba era la cantidad de gatos, perros y palomas egipcias que gemían desconsoladamente en una gran jaula en la veranda. Había tantos perros de casa y de jardín que solo había aprendido a reconocer a dos durante su relación con los Shelestov: Mushka y Som. Mushka era una perrita sarnosa de cara peluda, rencorosa y malcriada. Odiaba a Nikitin: al verlo, ladeó la cabeza, enseñó los dientes y comenzó: «¡Rrr... nga-nga-nga... rrr...!». Entonces se metía debajo de su silla, y cuando él intentaba ahuyentarla, ella se ponía a ladrar con fuerza, y la familia decía: «No te asustes. No muerde. Es una buena perra».
Som era un perro alto y negro, con patas largas y una cola dura como un palo. Durante la cena y el té, solía moverse por debajo de la mesa y golpear las botas y las patas de la mesa con la cola. Era un perro bonachón y tonto, pero Nikitin no lo soportaba porque tenía la costumbre de apoyar la cabeza en las rodillas de la gente durante la cena y mancharles los pantalones con saliva. Nikitin había intentado más de una vez golpearlo en la cabeza con el mango de un cuchillo, voltearlo en la nariz, lo había maltratado, se había quejado de él, pero nada salvó sus pantalones.
Después del paseo, el té, la mermelada, las galletas y la mantequilla les parecieron deliciosos. Todos bebieron su primer vaso en silencio y con gran deleite; con el segundo, empezaron a discutir. Siempre era Varya quien iniciaba las discusiones a la hora del té; era guapa, más guapa que Masha, y se la consideraba la persona más inteligente y culta de la casa, y se comportaba con dignidad y severidad, como corresponde a una hija mayor que ha ocupado el lugar de su difunta madre. Como dueña de la casa, se sentía con derecho a usar bata en presencia de sus invitados y a llamar a los oficiales por sus apellidos; consideraba a Masha una niña pequeña y le hablaba como si fuera una maestra de escuela. Solía referirse a sí misma como una solterona, así que estaba segura de que se casaría.
Toda conversación, incluso sobre el tiempo, se convertía invariablemente en una discusión. Le apasionaba la precisión de las palabras, aprovecharse de las contradicciones y discutir sobre frases. Si empezabas a hablar con ella, te miraba fijamente y de repente te interrumpía: "¡Disculpe, disculpe, Petrov, el otro día dijo justo lo contrario!".
O sonreía irónicamente y decía: «Veo, sin embargo, que empiezas a defender los principios de la policía secreta. Te felicito».
Si bromeabas o hacías un juego de palabras, oías su voz al instante: «Eso está pasado de moda», «Eso no tiene sentido». Si un oficial se aventuraba a hacer un chiste, hacía una mueca de desprecio y decía: «¡Un chiste del ejército!».
Y ella hizo rodar la r de manera tan impresionante que Mushka invariablemente respondía desde debajo de una silla, "Rrr... ¡nga-nga-nga...!"
En esa ocasión, durante el té, la discusión comenzó cuando Nikitin mencionó los exámenes escolares.
—Disculpe, Serguéi Vasílich —lo interrumpió Varya—. Dice que es difícil para los chicos. ¿Y de quién es la culpa, si me permite preguntarle? Por ejemplo, les encargó a los chicos de octavo un ensayo sobre «Pushkin como psicólogo». Para empezar, no debería plantear un tema tan difícil; y, en segundo lugar, Pushkin no era psicólogo. Shchedrin, o Dostoievski, digamos, es otra historia, pero Pushkin es un gran poeta y nada más.
—Shchedrin es una cosa y Pushkin es otra —respondió Nikitin malhumorado.
Sé que no tienes muy buena opinión de Shchedrin en el instituto, pero esa no es la cuestión. Dime, ¿en qué sentido es Pushkin un psicólogo?
¿Por qué? ¿Quieres decir que no era psicólogo? Si quieres, te daré ejemplos.
Y Nikitin recitó varios pasajes de “Onyegin” y luego de “Boris Godunov”.
—No veo psicología en eso —suspiró Varya—. El psicólogo es quien describe los rincones más recónditos del alma humana, y eso es buena poesía y nada más.
—Sé qué tipo de psicología quieres —dijo Nikitin, ofendido—. Quieres que alguien me corte el dedo con una sierra roma mientras yo aúllo a voz en cuello; a eso te refieres con psicología.
¡Qué mala suerte! ¿Pero aún no me has demostrado en qué sentido Pushkin es psicólogo?
Cuando Nikitin tenía que argumentar contra algo que le parecía estrecho, convencional o algo por el estilo, solía levantarse de un salto, agarrándose la cabeza con ambas manos y lanzando un gemido, recorriendo la sala de un extremo a otro. Y ahora ocurría lo mismo: se levantaba de un salto, se agarraba la cabeza con las manos y, con un gemido, rodeaba la mesa, para luego sentarse un poco más lejos.
Los oficiales se pusieron de su parte. El capitán Polyansky empezó a asegurarle a Varya que Pushkin era realmente psicólogo, y para demostrarlo citó dos versos de Lermontov. El teniente Gernet dijo que si Pushkin no hubiera sido psicólogo, no le habrían erigido un monumento en Moscú.
—¡Eso es una grosería! —se oyó desde el otro extremo de la mesa—. Se lo dije al gobernador: «Es una grosería, Excelencia», dije.
—No discuto más —gritó Nikitin—. ¡Esto es interminable! ¡Basta! ¡Ay, lárgate, perro asqueroso! —le gritó a Som, quien apoyó la cabeza y la pata en su rodilla.
"Rrr... ¡nga-nga-nga!" vino de debajo de la mesa.
—¡Admite que te equivocas! —gritó Varya—. ¡Reconócelo!
Pero entraron unas señoritas y la discusión se apagó por sí sola. Todas entraron en el salón. Varya se sentó al piano y empezó a tocar. Bailaron primero un vals, luego una polca, luego una contradanza con una gran cadena que el capitán Polyansky guio por todas las habitaciones, y luego otro vals.
Durante el baile, los ancianos estaban sentados en el salón, fumando y observando a los jóvenes. Entre ellos se encontraba Shebaldin, director del banco municipal, famoso por su amor a la literatura y al arte dramático. Había fundado la Sociedad Musical y Dramática local y participaba en las representaciones, limitándose, por alguna razón, a interpretar a lacayos cómicos o a leer con voz cantarina "La mujer que era pecadora". Su apodo en el pueblo era "la Momia", pues era alto, muy delgado y flaco, y siempre tenía un aire solemne y una mirada fija y apagada. Era tan devoto del arte dramático que incluso se afeitó el bigote y la barba, lo que lo hacía aún más parecido a una momia.
Después de la gran cadena, se arrastró hasta Nikitin de lado, tosió y dijo:
Tuve el placer de presenciar la discusión a la hora del té. Comparto plenamente su opinión. Coincidimos en nuestra opinión y sería un gran placer hablar con usted. ¿Ha leído a Lessing sobre el arte dramático de Hamburgo?
"No, no lo he hecho."
Shebaldin, horrorizado, agitó las manos como si se hubiera quemado los dedos y, sin decir nada más, se tambaleó hacia atrás, alejándose de Nikitin. La apariencia de Shebaldin, su pregunta y su sorpresa le parecieron divertidas a Nikitin, pero aun así pensó:
Es realmente incómodo. Soy profesor de literatura y hasta el día de hoy no he leído a Lessing. Tengo que leerlo.
Antes de cenar, toda la compañía, jóvenes y mayores, se sentó a jugar a la suerte. Tomaron dos barajas: una se repartió entre los presentes y la otra se colocó boca abajo sobre la mesa.
—Quien tenga esta carta en la mano —empezó el viejo Shelestov con solemnidad, levantando la carta superior del segundo mazo—, está destinado a ir a la habitación de los niños y besar a la niñera.
El placer de besar a la niñera le correspondió a Shebaldin. Todos lo rodearon, lo llevaron a la guardería y, riendo y aplaudiendo, lo obligaron a besar a la niñera. Hubo un gran alboroto y gritos.
—¡No con tanto ardor! —gritó Shelestov entre lágrimas—. ¡No con tanto ardor!
El destino de Nikitin era oír las confesiones de todos. Se sentó en una silla en medio del salón. Le trajeron un chal y se lo pusieron en la cabeza. La primera en confesarse fue Varya.
—Conozco sus pecados —empezó Nikitin, mirando en la oscuridad su severo perfil—. Dígame, señora, ¿cómo explica que camine con Polyansky todos los días? ¡Oh, no en vano camina con un húsar!
—Eso es pobre —dijo Varya y se alejó.
Entonces, bajo el chal, vio el brillo de unos grandes ojos inmóviles, captó las líneas de un perfil claro en la oscuridad, junto con una fragancia familiar y preciosa que le recordó a Nikitin la habitación de Masha.
—María Godefroi —dijo, y no reconoció su propia voz, pues era tan suave y tierna—, ¿cuáles son tus pecados?
Masha entrecerró los ojos y le sacó la punta de la lengua, luego se rió y se fue. Y un minuto después estaba de pie en medio de la habitación, aplaudiendo y llorando:
“¡Cena, cena, cena!”
Y todos corrieron al comedor. Durante la cena, Varya tuvo otra discusión, esta vez con su padre. Polyansky comió con entusiasmo, bebió vino tinto y le contó a Nikitin cómo, una vez, en una campaña invernal, había pasado la noche entera hundido hasta las rodillas en un pantano; el enemigo estaba tan cerca que no se les permitía hablar ni fumar, la noche era fría y oscura, y soplaba un viento penetrante. Nikitin escuchaba y miraba de reojo a Masha. Ella lo miraba fijamente, sin pestañear, como si reflexionara sobre algo o estuviera sumida en una ensoñación... Era placer y agonía a la vez para él.
"¿Por qué me mira así?", era la pregunta que lo inquietaba. "Es incómodo. La gente podría notarlo. ¡Ay, qué joven, qué ingenua es!"
La fiesta terminó a medianoche. Cuando Nikitin salió por la puerta, se abrió una ventana en el primer piso, y Masha se asomó.
—¡Sergey Vassilitch! —gritó.
"¿Qué es?"
—Te diré una cosa... —dijo Masha, evidentemente pensando en algo que decir—. Te diré una cosa... Polyansky dijo que vendría en un par de días con su cámara y nos llevaría a todos. Debemos encontrarnos aquí.
"Muy bien."
Masha desapareció, la ventana se cerró de golpe y de inmediato alguien empezó a tocar el piano en la casa.
«¡Pues es una casa!», pensó Nikitin mientras cruzaba la calle. «¡Una casa donde no se oyen gemidos, salvo los de las palomas egipcias, y solo lo hacen porque no tienen otra forma de expresar su alegría!».
Pero los Shelestov no eran los únicos en casa que celebraban. Apenas había recorrido doscientos pasos Nikitin oyó las notas de un piano proveniente de otra casa. Un poco más adelante, se encontró con un campesino tocando la balalaika en la puerta. En los jardines, la banda empezó a interpretar un popurrí de canciones rusas.
Nikitin vivía a casi media milla de la casa de los Shelestoy en un piso de ocho habitaciones con un alquiler de trescientos rublos anuales, que compartía con su colega Ippolit Ippolititch, profesor de geografía e historia. Cuando Nikitin entró, Ippolit Ippolititch, un hombre de mediana edad, de nariz chata y barba rojiza, con un rostro tosco, afable y poco intelectual como el de un obrero, estaba sentado a la mesa corrigiendo los mapas de sus alumnos. Consideraba que la parte más importante y necesaria del estudio de la geografía era el dibujo de mapas, y del estudio de la historia, el aprendizaje de fechas: se sentaba todas las noches corrigiendo con lápiz azul los mapas dibujados por los niños y niñas a los que enseñaba, o haciendo tablas cronológicas.
—¡Qué día tan bonito ha hecho! —dijo Nikitin, entrando en su casa—. Me pregunto cómo puedes quedarte aquí dentro.
Hipólito Hipólito no era hablador; o bien guardaba silencio o bien hablaba de cosas que todo el mundo ya sabía. Ahora bien, lo que respondió fue:
Sí, hace un tiempo estupendo. Ya es mayo; pronto tendremos verano de verdad. Y el verano es muy diferente del invierno. En invierno hay que calentar las estufas, pero en verano se puede entrar en calor sin ellas. En verano se tiene la ventana abierta por la noche y aún se está caliente, y en invierno se pasa frío incluso con los marcos de las ventanas puestos.
Nikitin no llevaba sentado a la mesa más de un minuto cuando ya estaba aburrido.
—¡Buenas noches! —dijo, levantándose y bostezando—. Quería contarte algo romántico sobre mí, pero tú eres… ¡geografía! Si alguien te habla de amor, enseguida le preguntarás: "¿Cuál fue la fecha de la Batalla de Kalka?". ¡Maldita seas, con tus batallas y tus capas en Siberia!
"¿Por qué estás enojado?"
—¡Pero es una molestia!
Y molesto por no haber hablado con Masha y por no tener con quién hablar de su amor, fue a su estudio y se tumbó en el sofá. Estaba oscuro y silencioso en el estudio. Tumbado, mirando fijamente la oscuridad, Nikitin, por alguna razón, empezó a pensar que en dos o tres años iría a Petersburgo, que Masha lo despediría en la estación y lloraría; que en Petersburgo recibiría una larga carta suya rogándole que volviera a casa lo antes posible. Y le escribiría... Comenzaría su carta así: "¡Mi querida ratita!".
—¡Sí, mi querida ratita! —dijo y se rió.
Estaba tumbado en una posición incómoda. Puso los brazos bajo la cabeza y la pierna izquierda sobre el respaldo del sofá. Se sentía más cómodo. Mientras tanto, una tenue luz se hacía cada vez más perceptible en las ventanas; los gallos adormilados cantaban en el patio. Nikitin seguía pensando en cómo volvería de Petersburgo, cómo Masha lo recibiría en la estación y, con un grito de alegría, se le lanzaría al cuello; o, mejor aún, la engañaría y volvería a casa sigilosamente, tarde en la noche: la cocinera abriría la puerta, luego iría de puntillas al dormitorio, se desnudaría sin hacer ruido y ¡se metería en la cama! Y ella se despertaría, llena de alegría.
Empezaba a amanecer. Ya no había ventanas ni estudio. En las escaleras de la cervecería por la que habían pasado ese día, Masha estaba sentada, hablando. Luego tomó a Nikitin del brazo y lo acompañó al jardín suburbano. Allí vio los robles y los nidos de cuervo como sombreros. Uno de los nidos se meció; desde él se asomó Shebaldin, gritando a gritos: "¡No has leído a Lessing!".
Nikitin se estremeció y abrió los ojos. Hipólito Hipólito estaba de pie frente al sofá y, echando la cabeza hacia atrás, se ponía la corbata.
—Levántate, es hora de ir a la escuela —dijo—. No deberías dormir con la ropa puesta; se te estropea. Deberías dormir en tu cama, sin vestirte.
Y como de costumbre, comenzó a decir lenta y enfáticamente lo que todo el mundo sabía.
La primera lección de Nikitin fue sobre ruso en segundo grado. Cuando entró en el aula a las nueve en punto, vio escritas en la pizarra dos letras grandes: «MS» . Sin duda, se refería a Masha Shelestov.
«Ya lo han olido, los muy canallas...», pensó Nikitin. «¿Cómo es que lo saben todo?».
La segunda clase fue en quinto grado. Y había dos letras, MS , escritas en la pizarra; y cuando salió del aula al final de la clase, oyó un grito a sus espaldas, como si viniera de una galería de teatro:
“¡Viva Masha Shelestov!”
Le pesaba la cabeza de dormir con la ropa puesta; sus extremidades estaban abatidas por la inercia. Los chicos, que esperaban cada día romper antes de los exámenes, no hacían nada, estaban inquietos y tan aburridos que armaban travesuras. Nikitin también estaba inquieto, no se daba cuenta de sus travesuras y se asomaba continuamente a la ventana. Podía ver la calle brillantemente iluminada por el sol; sobre las casas, el cielo azul límpido, los pájaros, y a lo lejos, más allá de los jardines y las casas, una vasta e indefinida distancia, los bosques en la neblina azul, el humo de un tren que pasaba...
Aquí dos oficiales con túnicas blancas, jugando con sus látigos, pasaron por la calle a la sombra de las acacias. Aquí un montón de judíos, con barbas canosas y gorras, pasaron en una carreta... La institutriz pasó caminando con la nieta del director. Som pasó corriendo en compañía de otros dos perros... Y entonces pasó Varya, con un sencillo vestido gris y medias rojas, llevando el "Vyestnik Evropi" en la mano. Debía de estar en la biblioteca municipal...
¡Y pasaría mucho tiempo antes de que las clases terminaran a las tres! Y después de la escuela no podía ir a casa ni a casa de los Shelestov, sino que debía ir a dar una clase en casa de Wolf. Este Wolf, un judío adinerado que se había convertido al luteranismo, no enviaba a sus hijos al instituto, sino que los maestros les daban clases en casa, y pagaba cinco rublos por clase.
Estaba aburrido, aburrido, aburrido.
A las tres fue a casa de Wolf y pasó allí, según le pareció, una eternidad. Salió a las cinco, y antes de las siete tenía que estar de nuevo en el instituto para una reunión de profesores, para elaborar el plan del examen oral de cuarto y sexto curso.
Al salir del instituto, entrada la noche, y dirigirse a casa de los Shelestov, el corazón le latía con fuerza y tenía la cara enrojecida. Un mes antes, incluso una semana antes, cada vez que se decidía a hablar con ella, había preparado un discurso completo, con introducción y conclusión. Ahora no tenía ni una palabra preparada; todo era un lío en su cabeza, y lo único que sabía era que hoy se declararía sin dudarlo , y que era completamente imposible esperar más.
“Le pediré que venga al jardín”, pensó; “caminaremos un poco y hablaré”.
No había un alma en el recibidor; pasó al comedor y luego a la sala... Tampoco había nadie allí. Oía a Varya discutiendo con alguien arriba y el tintineo de las tijeras de la modista en el cuarto de los niños.
Había una pequeña habitación en la casa con tres nombres: la habitación pequeña, el pasillo y el cuarto oscuro. Había un gran armario donde guardaban medicinas, pólvora y equipo de caza. Desde esta habitación, una estrecha escalera de madera, donde siempre dormían gatos, conducía al primer piso. Tenía dos puertas: una que daba al cuarto de los niños y otra al salón. Cuando Nikitin entró en esta habitación para subir las escaleras, la puerta del cuarto de los niños se abrió y se cerró con tal estruendo que hizo temblar las escaleras y el armario. Masha, con un vestido oscuro, entró corriendo con un trozo de tela azul en la mano y, sin ver a Nikitin, corrió hacia las escaleras.
—Quédate... —dijo Nikitin, deteniéndola—. Buenas noches, Godefroi... Permíteme...
Él jadeó, sin saber qué decir; con una mano sostenía la suya y con la otra la tela azul. Y ella, entre asustada y sorprendida, lo miró con los ojos muy abiertos.
—Permítame... —prosiguió Nikitin, temeroso de que se fuera—. Hay algo que debo decirle... Solo que... es un inconveniente. No puedo, soy incapaz... Entiéndalo, Godefroi, no puedo, eso es todo...
La tela azul se deslizó al suelo y Nikitin tomó a Masha de la otra mano. Ella palideció, movió los labios, se apartó de Nikitin y se encontró en la esquina, entre la pared y el armario.
—Te lo aseguro, por mi honor... —dijo en voz baja—. Masha, por mi honor...
Ella echó la cabeza hacia atrás y él la besó en los labios, y para que el beso durara más, le puso los dedos en las mejillas; y de alguna manera sucedió que él se encontró en la esquina entre el armario y la pared, y ella le rodeó el cuello con los brazos y presionó su cabeza contra su barbilla.
Entonces ambos corrieron al jardín. Los Shelestoy tenían un jardín de nueve acres. Había unos veinte arces y tilos viejos; había un abeto, y todos los demás eran árboles frutales: cerezos, manzanos, perales, castaños de Indias, olivos plateados... También había montones de flores.
Nikitin y Masha corrían por las avenidas en silencio, reían, se hacían preguntas inconexas de vez en cuando, sin respuesta. Una luna creciente brillaba sobre el jardín, y tulipanes y lirios soñolientos se extendían desde la hierba oscura bajo su tenue luz, como implorando palabras de amor para ellos también.
Cuando Nikitin y Masha regresaron a la casa, los oficiales y las jóvenes ya estaban reunidos y bailando la mazurca. De nuevo, Polyansky guió la gran cadena por todas las habitaciones; después del baile, jugaron a la suerte. Antes de la cena, cuando los visitantes entraron en el comedor, Masha, que se quedó sola con Nikitin, se acercó a él y dijo:
“Debes hablar tú mismo con papá y con Varya; me da vergüenza”.
Después de cenar, habló con el anciano padre. Tras escucharlo, Shelestov reflexionó un momento y dijo:
Le agradezco mucho el honor que nos hace a mí y a mi hija, pero permítame hablarle como amigo. Le hablaré, no como un padre, sino como un caballero a otro. Dígame, ¿por qué quiere casarse tan joven? Solo los campesinos se casan tan jóvenes, y eso, por supuesto, es una grosería. ¿Pero por qué debería hacerlo? ¿Dónde está la satisfacción de ponerse las cadenas a su edad?
—¡No soy joven! —dijo Nikitin, ofendido—. Tengo veintisiete años.
—¡Papá, ha llegado el herrador! —gritó Varya desde la otra habitación.
Y la conversación se interrumpió. Varya, Masha y Polyansky acompañaron a Nikitin a casa. Al llegar a su puerta, Varya dijo:
¿Por qué tu misterioso Metropolita Metropolititch nunca se deja ver? Podría venir a vernos.
El misterioso Hipólito Hipólito estaba sentado en la cama, quitándose los pantalones, cuando Nikitin entró en su casa.
—No te acuestes, querido —dijo Nikitin sin aliento—. ¡Un momento! ¡No te acuestes!
Hipólito Hipólito se puso apresuradamente los pantalones y preguntó con un sobresalto:
"¿Qué es?"
"Me voy a casar."
Nikitin se sentó junto a su compañero y, mirándolo con asombro, como si se sorprendiera de sí mismo, dijo:
¡Imagínate, me voy a casar! ¡Con Masha Shelestov! Hoy le hice una propuesta de matrimonio.
¿Y bien? Parece una buena chica. Solo que es muy joven.
—Sí, es joven —suspiró Nikitin, encogiéndose de hombros con aire preocupado—. ¡Muy, muy joven!
Fue mi alumna en el instituto. La conozco. No se le daba mal la geografía, pero no la historia. Y además, no prestaba atención en clase.
Por alguna razón, Nikitin de repente sintió lástima por su compañero y quiso decirle algo amable y reconfortante.
—Mi querido amigo, ¿por qué no te casas? —preguntó—. ¿Por qué no te casas con Varya, por ejemplo? ¡Es una chica espléndida y de primera! Es cierto que le encanta discutir, pero tiene un corazón... ¡qué corazón! Justo preguntaba por ti. ¡Cásate con ella, querido amigo! ¿Eh?
Él sabía perfectamente que Varya no se casaría con ese hombre aburrido y de nariz chata, pero aun así lo persuadió para que se casara con ella. ¿Por qué?
«El matrimonio es un paso serio», dijo Ippolit Ippolititch tras reflexionar un momento. «Hay que analizarlo todo a fondo y sopesarlo bien; no hay que hacerlo a la ligera. La prudencia siempre es buena, y sobre todo en el matrimonio, cuando un hombre, tras dejar la soltería, empieza una nueva vida».
Y habló de lo que todos sabemos desde hace siglos. Nikitin no se quedó a escuchar, se despidió y se fue a su habitación. Se desvistió rápidamente y se metió en la cama rápidamente para poder pensar antes en su felicidad, en Masha, en el futuro; sonrió, y de repente recordó que no había leído a Lessing.
«Tengo que leerlo», pensó. «Aunque, al fin y al cabo, ¿para qué molestarlo?».
Y exhausto de felicidad, se durmió de inmediato y continuó sonriendo hasta la mañana.
Soñó con el ruido sordo de los cascos de los caballos sobre un suelo de madera; soñó con el caballo negro, el Conde Nulin, luego con el Gigante blanco y su hermana Maika, siendo sacados del establo.
II
"IHabía mucha gente y mucho ruido en la iglesia, y en una ocasión alguien gritó, y el sumo sacerdote, que nos casaba a Masha y a mí, miró a través de sus gafas a la multitud y dijo con severidad: «No se muevan por la iglesia ni hagan ruido, sino que permanezcan en silencio y oren. Deben tener el temor de Dios en sus corazones».
Mis padrinos fueron dos de mis colegas, y los de Masha fueron el capitán Polyansky y el teniente Gernet. El coro del obispo cantó magníficamente. El crepitar de las velas, la luz brillante, los espléndidos vestidos, los oficiales, la cantidad de rostros alegres y felices, y una mirada etérea especial en Masha, todo junto —el entorno y las palabras de las oraciones nupciales— me conmovió hasta las lágrimas y me llenó de triunfo. Pensé en cómo había florecido mi vida, ¡qué poética se estaba formando! Hace dos años todavía era estudiante, vivía en habitaciones baratas, sin dinero, sin parientes y, como me imaginaba entonces, sin nada que esperar. Ahora soy profesor en el instituto de una de las mejores ciudades de provincia, con ingresos seguros, amado, mimado. Es por mí, pensé, que esta multitud se ha reunido, por mí se han encendido tres candelabros, el diácono está entonando sus coros, el coro está haciendo su mejor esfuerzo; y es por mí que esta joven Esta criatura, a quien pronto llamaré mi esposa, es tan joven, tan elegante y tan alegre. Recordé nuestros primeros encuentros, nuestros paseos por el campo, mi declaración de amor y el clima, que, como si fuera expreso, fue exquisitamente agradable durante todo el verano; y la felicidad que antes, en mis antiguas habitaciones, me parecía solo posible en novelas y cuentos, ahora la experimentaba en realidad; ahora, por así decirlo, la tenía en mis manos.
Tras la ceremonia, todos se congregaron en desorden alrededor de Masha y de mí, expresaron su sincera alegría, nos felicitaron y nos desearon alegría. El general de brigada, un anciano de setenta años, se limitó a felicitar a Masha y le dijo con una voz chillona y envejecida, tan fuerte que se oyó en toda la iglesia:
“Espero que incluso después de casarte sigas siendo la rosa que eres ahora, querida mía”.
Los oficiales, el director y todos los profesores sonrieron por cortesía, y yo también noté una agradable sonrisa artificial en mi rostro. El querido Ippolit Ippolititch, el profesor de historia y geografía, que siempre dice lo que todos ya han oído, me estrechó la mano con cariño y dijo con sentimiento:
“Hasta ahora has estado soltera y has vivido sola, y ahora estás casada y ya no estás soltera.
De la iglesia fuimos a una casa de dos pisos que recibo como dote. Además de esa casa, Masha me trae veinte mil rublos, además de un terreno baldío con una choza, donde, según me han dicho, hay muchísimas gallinas y patos desatendidos y que se están volviendo salvajes. Al llegar a casa de la iglesia, me tumbé en el sofá bajo de mi nuevo estudio y comencé a fumar; me sentí a gusto, cómodo y acogedor, como nunca antes. Y mientras tanto, los invitados a la boda gritaban "¡Hurra!". Mientras una banda miserable en el salón tocaba florituras y toda clase de tonterías. Varya, la hermana de Masha, entró corriendo al estudio con una copa de vino en la mano, con una expresión extraña y tensa, como si se le hiciera agua la boca; al parecer, había querido continuar, pero de repente rompió a reír y a sollozar, y la copa se estrelló contra el suelo. La tomamos de los brazos y nos la llevamos.
«¡Nadie puede entenderlo!», murmuró después, tumbada en la cama de la vieja enfermera en una habitación trasera. «¡Nadie, nadie! ¡Dios mío, nadie puede entenderlo!».
Pero todos entendían perfectamente que era cuatro años mayor que su hermana Masha, y aún soltera, y que lloraba, no de envidia, sino de la melancólica consciencia de que su tiempo se le acababa, y quizá ya se le había acabado. Cuando bailaron la cuadrilla, ella regresó al salón con el rostro cubierto de lágrimas y empolvado, y vi al capitán Polyansky sosteniendo un plato de hielo delante de ella mientras ella comía con cuchara.
Son más de las cinco de la mañana. Tomé mi diario para describir mi completa y perfecta felicidad, y pensé en escribir unas buenas seis páginas y leérsela mañana a Masha; pero, por extraño que parezca, todo está confuso en mi cabeza, tan borroso como un sueño, y no recuerdo vívidamente nada más que ese episodio con Varya, y quiero escribir: "¡Pobre Varya!". Podría seguir aquí sentada escribiendo: "¡Pobre Varya!". Por cierto, los árboles han empezado a susurrar; va a llover. Los cuervos graznan, y mi Masha, que acaba de dormirse, tiene, por alguna razón, una expresión triste.
Durante mucho tiempo, Nikitin dejó de escribir su diario. A principios de agosto tuvo los exámenes escolares, y después del quince comenzaron las clases. Por lo general, salía para la escuela antes de las nueve de la mañana, y antes de las diez ya miraba el reloj, añorando a su Masha y su nueva casa. En los cursos inferiores, le pedía a un niño que dictara, y mientras los niños escribían, se sentaba en la ventana con los ojos cerrados, soñando; ya soñaba con el futuro o recordaba el pasado, todo le parecía igualmente delicioso, como un cuento de hadas. En los cursos superiores leían en voz alta las obras en prosa de Gógol o Pushkin, y eso le daba sueño; personas, árboles, campos, caballos, surgían ante su imaginación, y él decía con un suspiro, como fascinado por el autor:
“¡Qué bonito!”
A la hora del recreo, Masha le enviaba el almuerzo en una servilleta blanca como la nieve, y él lo comía lentamente, con pausas, para prolongar el gusto; e Ippolit Ippolititch, cuyo almuerzo por regla general consistía únicamente en pan, lo miraba con respeto y envidia, y expresaba algún hecho familiar, como:
“Los hombres no pueden vivir sin comida”.
Después de la escuela, Nikitin iba directo a dar sus clases particulares, y cuando por fin llegaba a casa a las seis, se sentía emocionado y ansioso, como si hubiera estado fuera durante un año. Subía corriendo las escaleras sin aliento, encontraba a Masha, la abrazaba, la besaba y juraba que la amaba, que no podía vivir sin ella, le decía que la había extrañado muchísimo y le preguntaba con inquietud cómo estaba y por qué parecía tan deprimida. Luego cenaban juntos. Después de cenar, él se tumbaba en el sofá de su estudio y fumaba, mientras ella, sentada a su lado, le hablaba en voz baja.
Sus días más felices eran los domingos y festivos, cuando estaba en casa desde la mañana hasta la noche. En esos días disfrutaba de una vida ingenua pero extraordinariamente placentera que le recordaba a un idilio pastoril. Nunca se cansaba de observar cómo su sensata y práctica Masha arreglaba su nido, y ansioso por demostrar que era útil en la casa, hacía algo inútil; por ejemplo, sacar el coche del establo y observarlo desde todos los ángulos. Masha había instalado una lechería con tres vacas, y en su sótano tenía muchas jarras de leche y tarros de crema agria, y lo guardaba todo para mantequilla. A veces, en broma, Nikitin le pedía un vaso de leche, y ella se enfadaba bastante porque iba contra sus reglas; pero él se reía y la abrazaba, diciendo:
—¡Vamos, vamos! ¡Estaba bromeando, cariño! ¡Estaba bromeando!
O se reía de su severidad cuando, encontrando en el armario algún trozo de queso duro o de salchicha dura como una piedra, decía con seriedad:
“Eso lo comerán en la cocina”.
Él observaba que semejante discusión solo servía para una ratonera, y ella respondía con calidez que los hombres no entendían nada de tareas domésticas, y que a los sirvientes les daba igual que les enviaran un quintal de delicias a la cocina. Él asentía y la abrazaba con entusiasmo. Todo lo justo en lo que ella decía le parecía extraordinario y asombroso; y lo que no encajaba con sus convicciones le parecía ingenuo y conmovedor.
A veces estaba de humor filosófico y comenzaba a discutir algún tema abstracto mientras ella escuchaba y miraba su rostro con curiosidad.
«Soy inmensamente feliz contigo, mi alegría», solía decir, jugando con sus dedos o trenzándole y destrenzándole el cabello. «Pero no considero esta felicidad mía como algo que me ha llegado por casualidad, como si me hubiera caído del cielo. Esta felicidad es una consecuencia perfectamente natural, coherente y lógica. Creo que el hombre es el creador de su propia felicidad, y ahora disfruto precisamente de lo que yo mismo he creado. Sí, hablo sin falsa modestia: yo mismo he creado esta felicidad y tengo derecho a ella. Conoces mi pasado. Mi infancia infeliz, sin padre ni madre; mi juventud deprimente, la pobreza; todo esto fue una lucha, todo esto fue el camino por el que me abrí camino hacia la felicidad...».
En octubre, la escuela sufrió una gran pérdida: Hipólito Hipólito enfermó de erisipela en la cabeza y falleció. Durante los dos días previos a su fallecimiento, estuvo inconsciente y delirando, pero incluso en su delirio no dijo nada que no fuera perfectamente conocido por todos.
El Volga desemboca en el mar Caspio... Los caballos comen avena y heno...
No hubo clases en el instituto el día de su funeral. Sus compañeros y alumnos fueron los portadores del féretro, y el coro del instituto cantó hasta la tumba el himno "Dios Santo". Tres sacerdotes, dos diáconos, todos sus alumnos y el personal del instituto masculino, y el coro del obispo, ataviados con sus mejores caftanes, participaron en la procesión. Y los transeúntes que se encontraban con la solemne procesión se santiguaron y dijeron:
“Que Dios nos conceda a todos una muerte así.”
Al regresar a casa desde el cementerio, muy conmovido, Nikitin sacó su diario de la mesa y escribió:
Acabamos de enterrar a Ippolit Ippolititch Ryzhitsky. ¡Que la paz sea con tus cenizas, modesto trabajador! Masha, Varya y todas las mujeres presentes en el funeral lloraron con sincero sentimiento, quizá porque sabían que este hombre humilde y sin interés nunca había sido amado por una mujer. Quise dirigirle unas palabras cariñosas a la tumba de mi colega, pero me advirtieron que esto podría disgustar al director, ya que no le gustaba nuestro pobre amigo. Creo que este es el primer día desde mi matrimonio que siento un gran pesar.
No hubo ningún otro acontecimiento digno de mención durante el año escolar.
El invierno fue suave, con nieve húmeda y sin escarcha; en la víspera de la Epifanía, por ejemplo, el viento aulló toda la noche como en otoño y el agua goteaba de los tejados; y por la mañana, en la ceremonia de la bendición del agua, la policía no permitió que nadie bajara al río, porque decían que el hielo se estaba hinchando y se veía oscuro. Pero a pesar del mal tiempo, la vida de Nikitin era tan feliz como en verano. Y, de hecho, adquirió otra fuente de placer: aprendió a jugar al vint . Solo una cosa lo inquietaba, lo enfurecía y parecía impedirle ser completamente feliz: los gatos y los perros que formaban parte de la dote de su esposa. Las habitaciones, sobre todo por la mañana, siempre olían a zoológico, y nada podía destruir el olor; los gatos se peleaban a menudo con los perros. La malvada Mushka recibía comida una docena de veces al día; seguía negándose a reconocer a Nikitin y le gruñía: "¡Rrr... nga-nga-nga!".
Una noche de Cuaresma, regresaba a casa del club donde había estado jugando a las cartas. Estaba oscuro, llovía y había barro. Nikitin tenía una sensación desagradable en el fondo de su corazón, inexplicable. No sabía si era porque había perdido doce rublos jugando a las cartas o porque uno de los jugadores, al ajustar las cuentas, había dicho que, por supuesto, Nikitin tenía un montón de dinero, en clara referencia a la parte de su esposa. No lamentaba los doce rublos, y no había nada ofensivo en lo que habían dicho; pero, aun así, persistía la sensación desagradable. Ni siquiera sentía deseos de volver a casa.
—¡Qué horror! —dijo, deteniéndose junto a un poste de luz.
Se le ocurrió que no lamentaba los doce rublos porque los había recibido gratis. Si hubiera sido trabajador, habría sabido el valor de cada céntimo y no le habría importado tanto perder o ganar. Y su buena fortuna, reflexionó, le había llegado por casualidad, gratis, y en realidad era tan superflua para él como la medicina para los sanos. Si, como la gran mayoría de la gente, hubiera estado agobiado por la ansiedad por el pan de cada día, hubiera estado luchando por la existencia, si le hubieran dolido la espalda y el pecho por el trabajo, entonces la cena, un hogar cálido y acogedor, y la felicidad doméstica habrían sido la necesidad, la compensación, la corona de su vida; tal como era, todo esto tenía un significado extraño e indefinido para él.
—¡Qué horror! —repitió, sabiendo perfectamente que esas reflexiones eran en sí mismas una mala señal.
Al llegar a casa, Masha estaba en la cama: respiraba con normalidad y sonreía, y era evidente que dormía con gran placer. Cerca de ella, el gato blanco yacía acurrucado, ronroneando. Mientras Nikitin encendía la vela y el cigarrillo, Masha se despertó y bebió con avidez un vaso de agua.
"Comí demasiados dulces", dijo, y se rió. "¿Has estado en casa?", preguntó tras una pausa.
"No."
Nikitin ya sabía que el capitán Polyansky, en quien Varya había depositado grandes esperanzas últimamente, estaba siendo transferido a una de las provincias occidentales y ya estaba haciendo sus visitas de despedida en la ciudad, por eso estaba deprimido en casa de su suegro.
—Varya pasó por aquí esta noche —dijo Masha, incorporándose—. No dijo nada, pero en su rostro se veía lo desdichada que está, ¡pobrecita! No soporto a Polyansky. Está gordo e hinchado, y cuando camina o baila le tiemblan las mejillas... No es un hombre que yo elegiría. Aun así, me pareció una persona decente.
“Creo que ahora es una persona decente”, dijo Nikitin.
—Entonces, ¿por qué ha tratado tan mal a Varya?
—¿Por qué tan mal? —preguntó Nikitin, empezando a sentir irritación por el gato blanco, que se estiraba y arqueaba el lomo—. Que yo sepa, no le ha hecho ninguna propuesta ni le ha hecho ninguna promesa.
—Entonces, ¿por qué venía tan a menudo a casa? Si no quería casarse con ella, no debería haber venido.
Nikitin apagó la vela y se metió en la cama. Pero no tenía ganas de acostarse y dormir. Sentía como si su cabeza fuera inmensa y vacía como un granero, y como si nuevos y peculiares pensamientos vagaran por ella como altas sombras. Pensaba que, aparte de la suave luz de la lámpara de iconos, que iluminaba su tranquila felicidad doméstica, que aparte de este pequeño mundo en el que él y este gato vivían tan tranquilos y felices, había otro mundo... Y sentía un anhelo apasionado y punzante de estar en ese otro mundo, de trabajar en alguna fábrica o gran taller, de dirigirse a grandes públicos, de escribir, de publicar, de causar sensación, de agotarse, de sufrir... Deseaba algo que lo absorbiera hasta olvidarse de sí mismo, que dejara de preocuparse por la felicidad personal que solo le proporcionaba sensaciones tan monótonas. Y de repente, ante su imaginación, apareció vívidamente la figura de Shebaldin, con su rostro afeitado, diciéndole horrorizado: "¡Ni siquiera has leído a Lessing! ¡Estás completamente atrasado! ¡Cómo te has vuelto obsoleto!"
Masha se despertó y volvió a beber agua. Él le echó un vistazo al cuello, a sus hombros y garganta rollizos, y recordó la palabra que el general de brigada había usado en la iglesia: «rosa».
—Rosa —murmuró y se rió.
Su risa fue respondida por un gruñido soñoliento de Mushka debajo de la cama: "Rrr... ¡nga-nga-nga...!"
Una fuerte ira se hundió como un peso frío en su corazón y se sintió tentado de decirle algo grosero a Masha, e incluso de saltar y golpearla; su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Entonces —preguntó conteniéndose—, dado que fui a tu casa, ¿tenía el deber de casarme contigo?
—Claro. Lo sabes muy bien.
“Qué bien.” Y un minuto después repitió: “Qué bien.”
Para aliviar los latidos de su corazón y no decir demasiado, Nikitin fue a su estudio y se acostó en el sofá, sin almohada; luego se tumbó en el suelo, sobre la alfombra.
—¡Qué disparate! —dijo para tranquilizarse—. Eres maestro, trabajas en la más noble de las profesiones... ¿Qué necesidad tienes de otro mundo? ¡Qué tontería!
Pero casi de inmediato se dijo a sí mismo con convicción que no era un verdadero profesor, sino simplemente un empleado del gobierno, tan vulgar y mediocre como el checo que enseñaba griego. Nunca había tenido vocación docente, desconocía la teoría de la enseñanza y nunca se había interesado por la materia; no sabía cómo tratar a los niños; no comprendía el significado de lo que enseñaba, y quizá no enseñaba lo correcto. El pobre Ippolit Ippolititch había sido francamente estúpido, y todos los chicos, así como sus colegas, sabían quién era y qué esperar de él; pero él, Nikitin, al igual que el checo, supo disimular su estupidez y engañó astutamente a todos fingiendo que, gracias a Dios, su enseñanza era un éxito. Estas nuevas ideas asustaron a Nikitin; las rechazó, las calificó de estúpidas, y creyó que todo se debía a sus nervios, que se reiría de sí mismo.
Y, de hecho, por la mañana se rió de sí mismo y se llamó viejo; pero tenía claro que su paz mental se había perdido, quizá, para siempre, y que en esa casita de dos pisos la felicidad le era imposible. Comprendió que la ilusión se había desvanecido y que comenzaba una nueva vida de inquietud y visión clara, incompatible con la paz y la felicidad personal.
Al día siguiente, domingo, estuvo en la capilla de la escuela, donde se encontró con sus compañeros y el director. Le pareció que estaban completamente absortos en ocultar su ignorancia y su descontento con la vida, y él también, para disimular su inquietud, sonrió afablemente y habló de trivialidades. Luego fue a la estación y vio llegar y salir el tren correo, y le agradó estar solo y no tener que hablar con nadie.
En casa encontró a Varya y a su suegro, que habían venido a cenar. Varya tenía los ojos rojos de tanto llorar y se quejaba de dolor de cabeza, mientras Shelestov comía mucho, diciendo que los jóvenes de hoy en día no eran de fiar y que había muy poco caballerosidad entre ellos.
—¡Es una grosería! —dijo—. Se lo diré en la cara: «Es una grosería, señor», le diré.
Nikitin sonrió afablemente y ayudó a Masha a atender a los invitados, pero después de cenar se dirigió a su estudio y cerró la puerta.
El sol de marzo brillaba con fuerza por las ventanas y derramaba sus cálidos rayos sobre la mesa. Era apenas el veinte del mes, pero los cocheros ya conducían sobre ruedas y los estorninos bullían en el jardín. Era justo el tiempo en que Masha entraba, le rodeaba el cuello con el brazo, le decía que los caballos estaban ensillados o que el carruaje estaba en la puerta y le preguntaba qué debía ponerse para abrigarse. La primavera comenzaba tan exquisita como la anterior, y prometía las mismas alegrías... Pero Nikitin pensaba que sería agradable tomarse unas vacaciones e ir a Moscú, y alojarse en su antiguo alojamiento. En la habitación contigua tomaban café y hablaban del capitán Polyansky, mientras él intentaba no escuchar y escribía en su diario: «¿Dónde estoy, Dios mío? Estoy rodeado de vulgaridad y vulgaridad. Gente pesada e insignificante, tarros de crema agria, jarras de leche, cucarachas, mujeres estúpidas... No hay nada más terrible, mortificante y angustioso que la vulgaridad. ¡Tengo que escapar de aquí, tengo que escapar hoy mismo, o perderé la cabeza!».
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NO SE BUSCA
BEntre las seis y las siete de la tarde de julio, una multitud de veraneantes —en su mayoría padres de familia— cargados con paquetes, carteras y sombrereras, se dirigía desde la pequeña estación de Helkovo hacia las villas de verano. Todos parecían exhaustos, hambrientos y de mal humor, como si el sol no brillara y la hierba no fuera verde para ellos.
Entre los demás, caminaba con dificultad Pavel Matveyitch Zaikin, miembro del Tribunal de Circuito, un hombre alto y encorvado, con un sobretodo de algodón barato y una escarapela en su gorra descolorida. Sudaba, tenía la cara roja y estaba sombrío...
“¿Vienes a tu casa de vacaciones todos los días?”, le preguntó un veraneante con pantalones color jengibre.
—No, no todos los días —respondió Zaikin con mal humor—. Mi esposa y mi hijo se quedan aquí todo el tiempo, y yo vengo dos o tres veces por semana. No tengo tiempo para venir todos los días; además, es caro.
“Tienes razón, es caro”, suspiró el de los pantalones color jengibre. En la ciudad no se puede ir andando a la estación, hay que tomar un taxi; y luego, el billete cuesta cuarenta y dos kopeks; se compra el periódico para el viaje; uno se siente tentado a beberse un vaso de vodka. Son gastos insignificantes que no vale la pena considerar, pero, ojo, en verano puede llegar a costar unos doscientos rublos. Claro que estar en el regazo de la naturaleza vale cualquier dinero, no lo discuto... idílico y todo lo demás; pero claro, con el sueldo de un funcionario, como usted mismo sabe, hay que tener en cuenta cada céntimo. Si malgastas medio penique, te quedas despierto toda la noche... Sí... Recibo, mi querido señor —no tengo el honor de saber su nombre—, un sueldo de casi dos mil rublos al año. Soy consejero civil, fumo tabaco de mala calidad y no me sobra ni un rublo para comprar agua de Vichy. “Me lo recetó el médico para los cálculos biliares”.
“Es absolutamente abominable”, dijo Zaikin tras un breve silencio. “Sostengo, señor, que las vacaciones de verano son invención del diablo y de la mujer. El diablo actuó en este caso por malicia, la mujer por excesiva frivolidad. ¡Dios mío, no es vida en absoluto; es trabajo duro, es el infierno! Hace calor y es sofocante, apenas se puede respirar, y uno vaga como un alma en pena sin encontrar refugio. En el pueblo no hay muebles, ni sirvientes… todo se lo han llevado a la villa: se come lo que se puede; se pasa sin té porque no hay nadie que caliente el samovar; no se puede lavar; y cuando se baja aquí, a este «regazo de la naturaleza», se tiene que caminar, si se quiere, entre el polvo y el calor… ¡Uf! ¿Está usted casado?
“Sí… tres niños”, suspira Ginger Trousers.
Es absolutamente abominable... Es un milagro que sigamos vivos.
Por fin, los visitantes del verano llegaron a su destino. Zaikin se despidió de Pantalones de Jengibre y entró en su villa. Encontró un silencio sepulcral en la casa. No oía nada más que el zumbido de los mosquitos y la plegaria de una mosca destinada a ser la cena de una araña. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas de muselina, a través de las cuales se veían rojas las marchitas flores de los geranios. En las paredes de madera sin pintar, cerca de las oleografías, dormitaban las moscas. No había un alma en el pasillo, la cocina ni el comedor. En la habitación que se llamaba indistintamente sala o salón, Zaikin encontró a su hijo Petia, un niño de seis años. Petia estaba sentado a la mesa y, respirando ruidosamente con el labio inferior hacia afuera, recortaba la figura de una sota de diamantes de una carta.
—¡Ah, eres tú, padre! —dijo sin darse la vuelta—. Buenas noches.
Buenas noches... ¿Y dónde está mamá?
¿Mamá? Se fue con Olga Kirillovna a un ensayo de la obra. Pasado mañana habrá una función. Y me llevarán también... ¿Y tú irás?
—¡Hmm! ¿Cuándo volverá?
“Dijo que volvería por la noche”.
“¿Y dónde está Natalya?”
Mamá se llevó a Natalya para ayudarla a vestirse para la función, y Akulina fue al bosque a buscar setas. Papá, ¿por qué cuando te pican los mosquitos se te pone la tripa roja?
—No sé... Porque chupan sangre. ¿Entonces no hay nadie en la casa?
“Nadie. Estoy solo en la casa.”
Zaikin se sentó en un sillón y por un momento se quedó mirando fijamente la ventana.
«¿Quién nos va a servir la cena?», preguntó.
—Hoy no han preparado la cena, papá. Mamá pensó que no vendrías y no pidió nada. Cenará con Olga Kirillovna en el ensayo.
—Oh, muchas gracias. Y tú, ¿qué tienes para comer?
—Tomé leche. Me compraron seis kopeks de leche. Y, padre, ¿por qué los mosquitos chupan sangre?
De repente, Zaikin sintió como si algo pesado le rodara por el hígado y empezara a roerlo. Se sentía tan molesto, tan agraviado y tan amargado que se ahogaba y temblaba; quería saltar, golpear algo en el suelo y estallar en insultos a gritos; pero entonces recordó que su médico le había prohibido terminantemente cualquier excitación, así que se levantó y, haciendo un esfuerzo por controlarse, empezó a silbar una melodía de «Los Hugonotes».
«Padre, ¿sabes actuar en obras de teatro?», escuchó la voz de Petia.
—¡Ay, no me atormentes con preguntas tontas! —dijo Zaikin, enfadado—. ¡Se te pega como una hoja en la bañera! Aquí tienes, con seis años, y tan tonto como hace tres... ¡Niño estúpido y descuidado! ¿Por qué arruinas esas tarjetas, por ejemplo? ¿Cómo te atreves a arruinarlas?
—Estas tarjetas no son tuyas —dijo Petya, dándose la vuelta—. Me las dio Natalya.
—¡Mientes, mientes, niño asqueroso! —dijo Zaikin, cada vez más irritado—. ¡Siempre mientes! ¡Quieres que te azote, cerdito asqueroso! ¡Te voy a arrancar las orejas!
Petia se levantó de un salto y, estirando el cuello, miró fijamente el rostro rojo e iracundo de su padre. Sus grandes ojos parpadearon, luego se humedecieron, y el rostro del niño empezó a temblar.
—¿Pero por qué me regañas? —chilló Petia—. ¿Por qué me atacas, estúpido? No me meto con nadie; no soy malo; hago lo que me dicen, y aun así... ¡estás enfadado! ¿Por qué me regañas?
El muchacho habló con convicción y lloró tan amargamente que Zaikin sintió remordimientos.
«Sí, en serio, ¿por qué le estoy haciendo la misma gracia?», pensó. «Vamos, vamos», dijo, tocándole el hombro al chico. «Lo siento, Petia... perdóname. Eres mi buen chico, mi buen chico, te quiero».
Petia se secó los ojos con la manga, se sentó, con un suspiro, en el mismo lugar y empezó a recortar a la reina. Zaikin se fue a su habitación. Se estiró en el sofá y, con las manos tras la cabeza, se sumió en sus pensamientos. Las lágrimas del chico habían apaciguado su ira, y poco a poco la opresión en su hígado disminuyó. No sentía más que agotamiento y hambre.
—Padre —oyó al otro lado de la puerta—, ¿le muestro mi colección de insectos?
“Sí, enséñamelo.”
Petya entró en el estudio y le entregó a su padre una larga caja verde. Antes de llevársela al oído, Zaikin oyó un zumbido desesperado y el rasguño de unas garras en los lados de la caja. Al abrir la tapa, vio varias mariposas, escarabajos, saltamontes y moscas sujetas al fondo con alfileres. Todas, salvo dos o tres mariposas, seguían vivas y moviéndose.
—¡Pero si el saltamontes sigue vivo! —dijo Petia sorprendido—. ¡Lo atrapé ayer por la mañana y sigue vivo!
“¿Quién te enseñó a sujetarlos de esta manera?”
“Olga Kirillovna.”
—¡A Olga Kirillovna deberían inmovilizarla así! —dijo Zaikin con repulsión—. ¡Llévenselos! Es vergonzoso torturar animales.
¡Dios mío! ¡Qué horrible lo están criando! —pensó mientras Petia salía.
Pavel Matveyitch olvidó su cansancio y hambre, y solo pensó en el futuro de su hijo. Mientras tanto, afuera, la luz se desvanecía gradualmente... Podía oír a los veraneantes regresar en tropel del baño vespertino. Alguien se detenía cerca de la ventana abierta del comedor y gritaba: "¿Quieren champiñones?". Al no obtener respuesta, siguió caminando descalzo... Pero finalmente, cuando la oscuridad era tan densa que se perdían los contornos de los geranios tras la cortina de muselina, y el frescor de la tarde entraba por la ventana, la puerta del pasillo se abrió de golpe y se oyó un ruido de pasos rápidos, conversaciones y risas...
—¡Mamá! —gritó Petia.
Zaikin se asomó a su despacho y vio a su mujer, Nadyezhda Stepanovna, sana y sonrosada como siempre; junto a ella vio a Olga Kirillovna, una mujer delgada, de pelo rubio y abundantes pecas, y a dos hombres desconocidos: uno, un joven desgarbado, de pelo rojo y rizado, y una gran nuez de Adán; el otro, un hombre bajo y rechoncho, con la cara afeitada, como la de un actor, y el mentón azulado y torcido.
“Natalya, prepara el samovar”, gritó Nadyezhda Stepanovna, con un fuerte susurro de sus faldas. “He oído que Pavel Matveyitch ha llegado. Pavel, ¿dónde estás? ¡Buenas noches, Pavel!”, dijo, corriendo al estudio sin aliento. “Así que has venido. Me alegro mucho… Dos de nuestros aficionados han venido conmigo… Ven, te presentaré… Aquí, el más alto se llama Koromyslov… canta espléndidamente; y el otro, el pequeño… se llama Smerkalov: es un verdadero actor… recita magníficamente. ¡Ay, qué cansada estoy! Acabamos de tener un ensayo… Va espléndidamente. Estamos representando 'El inquilino del trombón' y 'Esperándolo'. ...La función es pasado mañana...
“¿Por qué los trajiste?” preguntó Zaikin.
No pude evitarlo, Poppet; después del té debemos ensayar nuestras partes y cantar algo... Voy a cantar un dueto con Koromyslov... ¡Ah, sí, casi se me olvida! Cariño, manda a Natalya a buscar sardinas, vodka, queso y algo más. Seguramente se quedarán a cenar... ¡Ay, qué cansada estoy!
—¡Mmm! No tengo dinero.
—¡Tienes que hacerlo, Poppet! ¡Sería incómodo! No me hagas sonrojar.
Media hora después, Natalya fue a buscar vodka y aperitivos; Zaikin, tras tomar té y comerse una hogaza de pan francés entera, fue a su dormitorio y se tumbó en la cama, mientras Nadyezhda Stepanovna y sus visitas, entre ruido y risas, se pusieron a ensayar sus papeles. Durante un buen rato, Pavel Matveyitch oyó la recitación nasal de Koromyslov y las exclamaciones teatrales de Smerkalov... El ensayo fue seguido por una larga conversación, interrumpida por la risa estridente de Olga Kirillovna. Smerkalov, como un verdadero actor, explicó los papeles con aplomo y entusiasmo...
Luego siguió el dúo, y tras el dúo se oyó el tintineo de la vajilla... A través de su somnolencia, Zaikin oyó cómo convencían a Smerkalov de leer «La mujer pecadora», y lo oyó, tras fingir que se negaba, empezar a recitar. Siseó, se golpeó el pecho, lloró, rió con un bajo ronco... Zaikin frunció el ceño y escondió la cabeza bajo la colcha.
—Tienes que ir muy lejos, y está oscuro —oyó la voz de Nadyezhda Stepanovna una hora después—. ¿Por qué no pasas la noche aquí? Koromyslov puede dormir aquí, en el sofá de la sala, y tú, Smerkalov, en la cama de Petya... Puedo llevar a Petya al estudio de mi marido... ¡Quédate, de verdad!
Por fin, cuando el reloj dio las dos, todo quedó en silencio, la puerta del dormitorio se abrió y apareció Nadyezhda Stepanovna.
—Pavel, ¿estás durmiendo? —susurró.
“No; ¿por qué?”
Ve a tu estudio, cariño, y túmbate en el sofá. Voy a poner a Olga Kirillovna aquí, en tu cama. ¡Vete, cariño! La acostaría en el estudio, pero le da miedo dormir sola... ¡Levántate, por favor!
Zaikin se levantó, se puso la bata y, tomando su almohada, se arrastró con cansancio hasta el estudio... A tientas, se dirigió al sofá, encendió una cerilla y vio a Petia tumbado en él. El niño no dormía y, mirando la cerilla con los ojos muy abiertos:
«Padre, ¿por qué los mosquitos no duermen por la noche?», preguntó.
“Porque… porque… a ti y a mí no nos quieren… Ni siquiera tenemos dónde dormir.”
—Padre, ¿y por qué Olga Kirillovna tiene pecas en la cara?
—¡Cállate! ¡Estoy harto de ti!
Tras pensarlo un momento, Zaikin se vistió y salió a la calle a tomar el aire... Miró el cielo gris de la mañana, las nubes inmóviles, oyó el canto perezoso del guion de codornices soñoliento y empezó a soñar con el día siguiente, cuando iría a la ciudad y, al volver de la corte, se desplomaría en la cama... De repente, la figura de un hombre apareció por la esquina.
«Un vigilante, sin duda», pensó Zaikin. Pero al acercarse y observar con más atención, reconoció en la figura al visitante de verano con pantalones rojizos.
-¿No estás dormido? -preguntó.
—No, no puedo dormir —suspiró Pantalones Pelirrojos—. Estoy disfrutando de la naturaleza... Una visita bienvenida, la madre de mi esposa, llegó en el tren nocturno, ¿sabe? Trajo consigo a nuestras sobrinas... ¡Unas niñas espléndidas! Me encantó verlas, aunque... ¡hay mucha humedad! ¿Y usted también está disfrutando de la naturaleza?
—Sí —gruñó Zaikin—. Yo también lo estoy disfrutando... ¿Sabes si hay alguna taberna o restaurante por aquí?
Ginger Trousers levantó los ojos al cielo y meditó profundamente.
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TIFUS
AEl joven teniente Klimov viajaba de Petersburgo a Moscú en un vagón de fumadores del tren correo. Frente a él se sentaba un hombre mayor con el rostro afeitado como el de un capitán de barco, aparentemente un finlandés o sueco adinerado. Fumó su pipa durante todo el viaje y no dejaba de hablar del mismo tema:
¡Ja, eres oficial! Tengo un hermano que también es oficial, solo que es oficial de marina... Es oficial de marina y está destinado en Kronstadt. ¿Por qué vas a Moscú?
“Estoy sirviendo allí.”
¡Ja! ¿Y eres un hombre de familia?
“No, vivo con mi hermana y mi tía”.
Mi hermano es oficial, solo que es oficial de la marina; tiene esposa y tres hijos. ¡Ja!
El finlandés parecía continuamente sorprendido por algo, y esbozaba una amplia sonrisa idiota al exclamar "¡Ja!" y fumaba sin parar su apestosa pipa. Klimov, que por alguna razón no se sentía bien y le resultaba pesado responder preguntas, lo odiaba con todo su corazón. Soñaba con lo agradable que sería arrebatarle la pipa sibilante de la mano, arrojarla debajo del asiento y llevar al finlandés él mismo a otro compartimento.
«¡Qué gente tan detestable estos finlandeses y... griegos!», pensó. «Gente absolutamente superflua, inútil, detestable. Simplemente llenan el espacio del globo terráqueo. ¿Para qué sirven?»
Y pensar en finlandeses y griegos le producía una sensación de malestar por todo el cuerpo. Para comparar, intentó pensar en los franceses, en los italianos, pero sus esfuerzos por pensar en ellos solo evocaban en su mente, por alguna razón, imágenes de organilleros, mujeres desnudas y las oleografías extranjeras que colgaban sobre la cómoda de su casa, en casa de su tía.
En general, el oficial se sentía en un estado anormal. No podía acomodar los brazos y las piernas cómodamente en el asiento, aunque tenía todo el asiento para él solo. Sentía la boca seca y pegajosa; una densa niebla le inundaba el cerebro; sus pensamientos parecían vagar, no solo dentro de su cabeza, sino fuera de ella, entre los asientos y la gente envuelta en la oscuridad de la noche. A través de la niebla de su cerebro, como en un sueño, oía el murmullo de voces, el retumbar de ruedas, los portazos. El sonido de las campanas, los silbatos, los guardias, el ir y venir de los pasajeros en los andenes parecía más frecuente de lo habitual. El tiempo pasaba rápido, imperceptiblemente, y parecía como si el tren se detuviera en las estaciones a cada minuto, y voces metálicas gritaran sin cesar:
"¿Está listo el correo?"
“¡Sí!” se escuchaba repetidamente desde afuera.
Parecía que el encargado de la calefacción entraba con demasiada frecuencia para mirar el termómetro, que el ruido de los trenes en dirección contraria y el traqueteo de las ruedas sobre los puentes era incesante. El ruido, los silbatos, el finlandés, el humo del tabaco —todo ello mezclado con la amenaza y el parpadeo de las imágenes borrosas en su cerebro, cuya forma y carácter un hombre sano jamás puede recordar— pesaba sobre Klimov como una pesadilla insoportable. Con horrible tristeza, levantó la pesada cabeza, miró la lámpara en cuyos rayos parecían danzar sombras y borrones. Quiso pedir agua, pero su lengua reseca apenas se movía, y apenas tenía fuerzas para responder a las preguntas del finlandés. Intentó acostarse más cómodamente y dormirse, pero no lo consiguió. El finlandés se durmió varias veces, se despertó de nuevo, encendió su pipa, le dirigió un «¡Ja!» y volvió a dormirse; Y aún así las piernas del teniente no podían ponerse en una posición cómoda, y las imágenes amenazantes seguían frente a él.
En Spirovo, salió a la estación a tomar agua. Vio gente sentada a la mesa comiendo apresuradamente.
«¡Y cómo van a comer!», pensó, intentando no olfatear el aire, ese olor a carne asada, y no mirar las bocas masticando; ambas le parecían repugnantes.
Una bella dama conversaba en voz alta con un militar de gorra roja, mostrando unos magníficos dientes blancos al sonreír; y la sonrisa, los dientes y la propia dama causaron en Klimov la misma impresión repugnante que el jamón y las albóndigas. No podía comprender cómo el militar de gorra roja no se sentía incómodo sentado a su lado, contemplando su rostro saludable y sonriente.
Cuando después de beber un poco de agua regresó a su carruaje, el finlandés estaba sentado fumando; su pipa resoplaba y chapoteaba como un chanclo agujereado cuando llueve.
—¡Ja! —dijo sorprendido—. ¿Qué estación es ésta?
—No lo sé —respondió Klimov, acostándose y cerrando la boca para no respirar el acre humo del tabaco.
“¿Y cuándo llegaremos a Tver?”
—No lo sé. Disculpe, no puedo responder. Estoy enfermo. Me resfrié hoy.
El finlandés golpeó su pipa contra el marco de la ventana y empezó a hablar de su hermano, el oficial de marina. Klimov ya no lo oía; pensaba con tristeza en su cama blanda y cómoda, en una botella de agua fría, en su hermana Katya, que tan bien sabía poner a uno cómodo, tranquilizarlo, dar agua. Incluso sonrió cuando la imagen de su ordenanza Pavel, quitándose las pesadas y sofocantes botas y poniendo agua en la mesita, cruzó por su imaginación. Imaginó que si tan solo pudiera meterse en la cama y beber un poco de agua, su pesadilla daría paso a un sueño profundo y reparador.
“¿Está listo el correo?”, le llegó una voz hueca desde la distancia.
“Sí”, respondió una voz grave casi desde la ventana.
Era ya la segunda o tercera estación desde Spirovo.
El tiempo volaba a pasos agigantados, y parecía que las campanas, los silbatos y las paradas no tendrían fin. Desesperado, Klimov hundió la cara en la esquina del asiento, se agarró la cabeza con las manos y volvió a pensar en su hermana Katya y su ordenanza Pavel, pero su hermana y su ordenanza se mezclaron con las imágenes borrosas de su mente, dieron vueltas y desaparecieron. Su aliento ardiente, reflejado desde el respaldo del asiento, parecía quemarle la cara; tenía las piernas incómodas; una corriente de aire proveniente de la ventana le daba en la espalda; pero, por muy mal que estuviera, no quería cambiar de postura... Un pesado letargo de pesadilla se apoderó de él gradualmente y le ató las extremidades.
Cuando se armó de valor para levantar la cabeza, ya amanecía en el vagón. Los pasajeros se ponían sus abrigos de piel y se movían. El tren se detenía. Mozos con delantales blancos y discos en el pecho se afanaban entre los pasajeros, recogiendo sus cajas. Klimov se puso el abrigo, siguió mecánicamente a los demás pasajeros fuera del vagón, y le pareció que no era él, sino alguien más quien se movía, y sintió que la fiebre, la sed y las imágenes amenazantes que lo habían acosado en toda la noche salían con él del vagón. Mecánicamente, tomó su equipaje y contrató a un conductor de trineo. El hombre le pidió un rublo y veinticinco centavos para ir a la calle Povarsky, pero no regateó y, sin protestar, subió sumisamente al trineo. Aún entendía la diferencia de números, pero el dinero había dejado de tener valor para él.
En casa, Klimov fue recibido por su tía y su hermana Katya, una joven de dieciocho años. Cuando Katya lo saludó, llevaba un lápiz y un cuaderno en la mano, y él recordó que se estaba preparando para un examen de maestra. Respirando con fiebre, caminó sin rumbo por todas las habitaciones sin responder a sus preguntas ni saludos, y al llegar a su cama se hundió en la almohada. El finlandés, la gorra roja, la señora de los dientes blancos, el olor a carne asada, las luces parpadeantes, llenaron su conciencia, y para entonces ya no sabía dónde estaba ni oía las voces agitadas.
Al recobrar el conocimiento, se encontró en la cama, desvestido, vio una botella de agua y a Pavel, pero no por ello estaba más fresco, ni más suave, ni más cómodo. Sus brazos y piernas, como antes, se negaban a reposar cómodamente; tenía la lengua pegada al paladar y oía el silbido de la pipa del finlandés... Un médico fornido y de barba negra estaba ocupado haciendo algo junto a la cama, rozando a Pavel con su ancha espalda.
—Está bien, está bien, jovencito —murmuró—. ¡Excelente, excelente...! ¡Buenísimo, buenísimo...!
El médico llamó a Klimov “jovencito”, dijo “buenísimo” en lugar de “bueno” y “regular” en lugar de “regular”.
—¡Bien... bien... bien... bien! —murmuró—. ¡Bien... bien...! ¡Excelente, jovencito! ¡No te desanimes!
La forma rápida y despreocupada de hablar del médico, su aspecto bien alimentado y su actitud condescendiente de “joven” irritaron a Klimov.
—¿Por qué me llamas «jovencito»? —gimió—. ¡Qué familiaridad! ¡Maldita sea!
Y se asustó de su propia voz. La voz era tan seca, tan débil y malhumorada, que no la habría reconocido.
—¡Excelente, excelente! —murmuró el doctor, sin ofenderse en absoluto—. No debe enojarse, so-o, so-o, so-s...
Y el tiempo volaba en casa con la misma rapidez asombrosa que en el vagón de tren. La luz del día daba paso continuamente al crepúsculo. El doctor parecía no separarse nunca de su cama, y oía a cada instante su «sí, sí, sí». Una sucesión continua de personas cruzaba incesantemente el dormitorio. Entre ellos estaban: Pavel, el finlandés, el capitán Yaroshevitch, el cabo Maximenko, el de la gorra roja, la señora de los dientes blancos, el doctor. Todos hablaban y agitaban los brazos, fumaban y comían. Un día, a la luz del día, Klimov vio al capellán del regimiento, el padre Alexandr, de pie ante la cama, con una estola y un libro de oraciones en la mano. Murmuraba algo con una expresión seria, como Klimov nunca le había visto. El teniente recordó que el padre Alexandr solía llamar «polacos» a todos los oficiales católicos, y, queriendo entretenerlo, gritó:
—¡Padre, Yaroshevitch el polaco se ha subido a un poste!
Pero el padre Alexandr, un hombre de buen humor y amante de las bromas, no sonrió, sino que se puso más serio que nunca e hizo la señal de la cruz sobre Klimov. Por la noche, dos sombras entraban y salían silenciosamente por turnos; eran su tía y su hermana. La sombra de su hermana se arrodilló y rezó; se inclinó ante el icono, y su sombra gris en la pared también se inclinó, de modo que dos sombras rezaban. Todo el tiempo olía a carne asada y a la pipa del finlandés, pero en un momento Klimov percibió el intenso olor a incienso. Se sintió tan mal que no pudo quedarse quieto y empezó a gritar:
¡El incienso! ¡Quitad el incienso!
No hubo respuesta. Solo se oía el canto apagado del sacerdote y a alguien subiendo corriendo las escaleras.
Cuando Klimov recuperó la consciencia, no había un alma en su dormitorio. El sol de la mañana entraba a raudales por la ventana a través de la persiana baja, y un rayo de sol vibrante, brillante y penetrante como el filo de una espada, se reflejaba en la botella de cristal. Oyó el traqueteo de las ruedas; así que ya no había nieve en la calle. El teniente miró el rayo, los muebles familiares, la puerta, y lo primero que hizo fue reír. Su pecho y su estómago se agitaron con una risa deliciosa, feliz y cosquilleante. Todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, se sintió invadido por una sensación de infinita felicidad y alegría de vivir, tal como debió sentir el primer hombre al ser creado y ver el mundo por primera vez. Klimov sintió un deseo apasionado de movimiento, de gente, de hablar. Su cuerpo yacía inmóvil; solo sus manos se movían, pero él apenas lo notó, y toda su atención estaba concentrada en nimiedades. Se regocijaba con su respiración, con su risa, se regocijaba con la existencia de la botella de agua, el techo, la luz del sol, la cinta adhesiva de las cortinas. El mundo de Dios, incluso en el estrecho espacio de su dormitorio, parecía hermoso, variado, grandioso. Cuando apareció el doctor, el teniente pensaba en lo deliciosa que era la medicina, en lo encantador y agradable que era el doctor, y en lo agradable e interesante que era la gente en general.
—Bueno, bueno, bueno... ¡Excelente, excelente!... Ya estamos bien de nuevo... ¡Bien, bien! —dijo el doctor.
El teniente escuchaba y reía alegremente; recordaba al finlandés, a la señora de los dientes blancos, el tren, y ansiaba fumar, comer.
—Doctor —dijo—, dígales que me den un mendrugo de pan de centeno y sal, y... y sardinas.
El médico se negó; Pavel no obedeció la orden y no fue a por el pan. El teniente no pudo soportarlo y empezó a llorar como un niño travieso.
—¡Bebé! —rió el doctor—. ¡Adiós, mami!
Klimov también rió, y cuando el médico se fue, se quedó profundamente dormido. Despertó con la misma alegría y sensación de felicidad. Su tía estaba sentada junto a la cama.
—Bueno, tía —dijo alegremente—. ¿Qué te ha pasado?
“Tifus manchado.”
—¡De verdad! ¡Pero ahora estoy bien, muy bien! ¿Dónde está Katya?
No está en casa. Supongo que se habrá ido a algún sitio después del examen.
La anciana dijo esto y miró su media; sus labios comenzaron a temblar, se dio la vuelta y de repente rompió a sollozar. Olvidando la prohibición del médico en su desesperación, dijo:
—¡Ay, Katya, Katya! ¡Nuestro ángel se ha ido! ¡Se ha ido!
Dejó caer la media y se inclinó hacia ella, y al hacerlo, se le cayó la gorra. Mirando su cabeza canosa y sin entender nada, Klimov temió por Katya y preguntó:
“¿Dónde está ella, tía?”
La anciana, que había olvidado a Klimov y sólo pensaba en su dolor, dijo:
Se contagió del tifus por tu culpa y está muerta. La enterraron anteayer.
Esta terrible e inesperada noticia fue plenamente asimilada por la conciencia de Klimov; pero, por terrible y alarmante que fuera, no pudo vencer la alegría animal que embargaba al convaleciente. Lloró y rió, y pronto empezó a regañar porque no lo dejaban comer.
Sólo una semana después, cuando, apoyado en Pavel, se acercó en bata a la ventana, miró el cielo nublado de primavera y escuchó el desagradable ruido de los viejos rieles de hierro que pasaban, se le encogió el corazón, rompió a llorar y apoyó la frente contra el marco de la ventana.
—¡Qué miserable soy! —murmuró—. ¡Dios mío, qué miserable!
Y la alegría dio paso al aburrimiento de la vida cotidiana y al sentimiento de su pérdida irreparable.
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UNA DESGRACIA
SOFYA PETROVNA, la esposa del notario Lubyantsev, una hermosa joven de veinticinco años, caminaba lentamente por un sendero abierto en el bosque con Ilyin, un abogado que veraneaba en el barrio. Eran las cinco de la tarde. Masas de nubes blancas como plumas se cernían sobre sus cabezas; entre ellas se asomaban franjas de cielo azul brillante. Las nubes permanecían inmóviles, como atrapadas en las copas de los altos y viejos pinos. El clima era tranquilo y bochornoso.
Más adelante, la vía se cruzaba con un terraplén bajo donde, por alguna razón, un centinela armado paseaba de un lado a otro. Justo al otro lado del terraplén había una gran iglesia blanca con seis cúpulas y un tejado oxidado.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo Sofya Petrovna, mirando al suelo y tocando las hojas del año pasado con la punta de su sombrilla—, y ahora me alegro de habernos conocido. Quiero hablarte en serio y de una vez por todas. Te lo ruego, Iván Mihalovitch, si de verdad me quieres y me respetas, ¡por favor, deja de perseguirme! Me sigues como una sombra, me miras constantemente con malos ojos, me haces el amor, me escribes cartas extrañas y... ¡y no sé dónde va a terminar todo esto! ¿Qué puede salir de esto?
Ilyin no dijo nada. Sofya Petrovna dio unos pasos y continuó:
Y esta transformación completa en todos ustedes se produjo en el transcurso de dos o tres semanas, tras cinco años de amistad. ¡No te conozco, Ivan Mihalovitch!
Sofya Petrovna miró de reojo a su compañero. Entornando los ojos, observaba atentamente las nubes esponjosas. Su rostro reflejaba enfado, malhumorado y preocupado, como el de un hombre dolorido obligado a escuchar tonterías.
—Me extraña que no lo veas tú mismo —continuó Madame Lubyantsev, encogiéndose de hombros—. Deberías darte cuenta de que no es un papel muy agradable el que estás interpretando. Estoy casada; amo y respeto a mi marido... Tengo una hija... ¿Acaso crees que todo eso no significa nada? Además, como viejo amigo, conoces mi actitud hacia la vida familiar y mi opinión sobre la santidad del matrimonio.
Ilyin se aclaró la garganta enojado y dejó escapar un suspiro.
«La santidad del matrimonio...», murmuró. «¡Oh, Señor!».
Sí, sí... Amo a mi esposo, lo respeto; y en cualquier caso, valoro la paz de mi hogar. Preferiría dejarme matar antes que ser motivo de infelicidad para Andrey y su hija... Y te lo ruego, Iván Mihalovitch, ¡por Dios, déjame en paz! Seamos tan buenos y verdaderos amigos como antes, y dejemos ya estos suspiros y gemidos, que realmente no te convienen. ¡Se acabó! Ni una palabra más. Hablemos de otra cosa.
Sofía Petrovna volvió a mirar de reojo el rostro de Ilyin. Ilyin alzaba la vista; estaba pálido y se mordía los labios temblorosos con rabia. No entendía por qué estaba enojado ni indignado, pero su palidez la conmovió.
—No te enfades; seamos amigos —dijo con cariño—. ¿De acuerdo? Aquí tienes mi mano.
Ilyin tomó su regordeta manita entre las suyas, la apretó y lentamente la llevó a sus labios.
—No soy un colegial —murmuró—. No me tienta en absoluto la amistad con la mujer que amo.
¡Basta! ¡Ya está todo decidido! Hemos llegado al asiento; sentémonos.
El alma de Sofía Petrovna se llenó de un dulce alivio: lo más difícil y delicado se había dicho, la dolorosa cuestión estaba zanjada y resuelta. Ahora podía respirar tranquilamente y mirar a Ilyin directamente a la cara. Lo miró, y el egoísta sentimiento de superioridad de la mujer sobre el hombre que la amaba la halagaba gratamente. Le complacía ver a ese hombre corpulento y fuerte, con su rostro varonil y furioso y su gran barba negra —inteligente, culto y, según decían, talentoso—, sentarse obedientemente a su lado e inclinar la cabeza con desaliento. Durante dos o tres minutos permanecieron en silencio.
—Nada está resuelto —empezó Ilyin—. Me repites máximas de manual. «Amo y respeto a mi marido... la santidad del matrimonio...». Sé todo eso sin tu ayuda, y podría decirte más. Te digo con toda sinceridad que considero mi comportamiento criminal e inmoral. ¿Qué más se puede decir? Pero ¿de qué sirve decir lo que todo el mundo sabe? En lugar de alimentar a los ruiseñores con palabras insignificantes, sería mejor que me dijeras qué debo hacer.
“Ya te lo dije: vete.”
Como bien sabes, me he ido cinco veces, y cada vez he regresado. Puedo mostrarte mis boletos de ida; los he guardado todos. ¡No tengo la fuerza de voluntad para escaparme de ti! Estoy luchando. Estoy luchando terriblemente; pero ¿de qué diablos sirvo si no tengo agallas, si soy débil, cobarde? ¡No puedo luchar contra la Naturaleza! ¿Entiendes? ¡No puedo! Huyo de aquí, y ella me agarra y me jala de vuelta. ¡Despreciable, repugnante debilidad!
Ilyin se puso colorado, se levantó y caminó de un lado a otro junto al asiento.
—Estoy más cabreado que un perro —murmuró, apretando los puños—. ¡Me odio y me desprecio! ¡Dios mío! Como un colegial depravado, le estoy haciendo el amor a la esposa de otro, escribiendo cartas idiotas, degradándome... ¡Uf!
Ilyin se agarró la cabeza, gruñó y se sentó. "¡Y luego tu insinceridad!", continuó con amargura. "Si te disgusta mi repugnante comportamiento, ¿por qué has venido? ¿Qué te ha traído? En mis cartas solo te pido una respuesta directa y definitiva: sí o no; pero en lugar de una respuesta directa, ¡inventas cada día estos encuentros casuales y me agasajas con máximas de manual!"
Madame Lubyantsev se asustó y se sonrojó. De repente, sintió la incomodidad que siente una mujer decente cuando la descubren desnuda por accidente.
—Pareces sospechar que estoy jugando contigo —murmuró—. Siempre te he dado una respuesta directa, y... solo hoy te he rogado...
¡Uf! ¡Como si uno suplicara en estos casos! Si me hubieras dicho directamente «¡Fuera!», me habría ido hace mucho; pero nunca lo has dicho. Nunca me has dado una respuesta directa. ¡Qué extraña indecisión! Sí, claro; o estás jugando conmigo, o...
Ilyin apoyó la cabeza en los puños sin terminar. Sofya Petrovna empezó a repasar mentalmente cómo se había comportado de principio a fin. Recordó que no solo en sus acciones, sino incluso en sus pensamientos más íntimos, siempre se había opuesto a que Ilyin le hiciera el amor; pero aun así, sentía que había algo de verdad en las palabras del abogado. Pero al no saber exactamente cuál era la verdad, no encontraba respuestas a la queja de Ilyin, por mucho que lo pensara. Le resultaba incómodo permanecer en silencio, y, encogiéndose de hombros, dijo:
Así que al parecer soy el culpable”.
—No te culpo por tu insinceridad —suspiró Ilyin—. No quise decir eso al hablar de ello... Tu insinceridad es natural y está en el orden natural de las cosas. Si la gente se pusiera de acuerdo y de repente se volviera sincera, todo se iría al diablo.
Sofya Petrovna no estaba de humor para reflexiones filosóficas, pero se alegró de tener la oportunidad de cambiar de conversación y preguntó:
"¿Pero por qué?"
Porque solo las mujeres y los animales salvajes son sinceros. Una vez que la civilización ha introducido la demanda de comodidades como, por ejemplo, la virtud femenina, la sinceridad queda fuera de lugar...
Ilyin golpeó la arena con su bastón, furioso. Madame Lubyantsev lo escuchó y disfrutó de su conversación, aunque no comprendió gran parte. Lo que más la gratificó fue que ella, una mujer común y corriente, hablara con un hombre talentoso sobre temas "intelectuales"; también le causó gran placer observar la expresión de su rostro joven y ágil, aún pálido y enojado. No entendió gran parte de lo que dijo, pero lo que sí le quedó claro en sus palabras fue la atractiva audacia con la que el hombre moderno, sin vacilaciones ni dudas, resuelve grandes cuestiones y extrae conclusiones concluyentes.
De repente se dio cuenta de que lo admiraba y se alarmó.
—Perdóname, pero no entiendo —dijo apresuradamente—. ¿Qué te hace hablar de insinceridad? Te lo repito: sé mi buena amiga; ¡déjame en paz! ¡Te lo ruego de todo corazón!
—Muy bien, lo intentaré de nuevo —suspiró Ilyin. Me alegra haberlo hecho lo mejor posible... Solo dudo que mis esfuerzos resulten en algo. O me pego un tiro en la cabeza o me dedico a la bebida como un idiota. ¡Tendré un mal final! Todo tiene un límite, incluso la lucha con la naturaleza. Dime, ¿cómo se puede luchar contra la locura? Si bebes vino, ¿cómo vas a luchar contra la embriaguez? ¿Qué voy a hacer si tu imagen se ha instalado en mi alma y día y noche persiste ante mis ojos, como ese pino que está ahí ahora mismo? Dime, ¿qué puedo hacer para liberarme de esta abominable y miserable condición, en la que todos mis pensamientos, deseos y sueños ya no son míos, sino de algún demonio que se ha apoderado de mí? Te amo, te amo tanto que estoy completamente desquiciado; he abandonado mi trabajo y a todos mis seres queridos; ¡me he olvidado de mi Dios! Nunca he estado tan enamorado en mi vida.
Sofya Petrovna, que no esperaba semejante giro en su conversación, se apartó de Ilyin y lo miró a la cara consternada. Las lágrimas inundaron sus ojos, sus labios temblaban y una expresión implorante y hambrienta se reflejaba en su rostro.
—¡Te amo! —murmuró, acercando la mirada a sus grandes ojos asustados—. ¡Eres tan hermosa! Estoy agonizando, pero juro que me quedaría aquí toda mi vida, sufriendo y mirándote a los ojos. Pero... ¡cállate, te lo imploro!
Sofya Petrovna, sintiéndose completamente desconcertada, intentó pensar lo más rápido posible en algo que decir para detenerlo. "Me voy", decidió, pero antes de que tuviera tiempo de hacer un movimiento para levantarse, Ilyin estaba de rodillas ante ella... Él estaba agarrando sus rodillas, mirándola a la cara y hablando apasionadamente, acaloradamente, elocuentemente. En su terror y confusión, no escuchó sus palabras; por alguna razón ahora, en este momento peligroso, mientras sus rodillas eran agradablemente apretadas y se sentían como si estuvieran en un baño caliente, estaba tratando, con una especie de rencor enojado, de interpretar sus propias sensaciones. Estaba enojada porque en lugar de rebosar de virtud protestante, estaba completamente abrumada por la debilidad, la apatía y el vacío, como un hombre borracho completamente imprudente; Solo en el fondo de su alma, una remota parte de sí misma la provocaba con malicia: "¿Por qué no te vas? ¿Es así como debe ser? ¿Sí?"
Buscando una explicación, no entendía cómo no apartaba la mano a la que Ilyin se aferraba como una sanguijuela, ni por qué, al igual que él, miraba apresuradamente a derecha e izquierda para ver si alguien la observaba. Las nubes y los pinos permanecían inmóviles, observándolos con severidad, como viejos acomodadores que ven una travesura, pero son sobornados para que no se lo digan a las autoridades escolares. El centinela permanecía de pie como un poste en el terraplén y parecía estar mirando el asiento.
“Que mire”, pensó Sofya Petrovna.
—Pero... pero escucha —dijo al fin, con desesperación en la voz—. ¿Qué puede salir de esto? ¿Cuál será el fin de esto?
—No lo sé, no lo sé —susurró, quitando importancia a las preguntas desagradables.
Oyeron el silbido ronco y discordante del tren. Este sonido frío e irrelevante, propio del cotidiano mundo de la prosa, hizo que Sofya Petrovna se despertara.
—No puedo quedarme... es hora de irme a casa —dijo, levantándose rápidamente—. Ya llega el tren... ¡Andréi viene en él! Querrá cenar.
Sofya Petrovna se giró hacia el terraplén con el rostro encendido. La locomotora pasó lentamente, luego llegaron los vagones. No era el tren local, como había supuesto, sino un tren de mercancías. Los vagones desfilaron contra el fondo de la iglesia blanca en una larga fila, como los días de la vida de un hombre, y parecía que nunca terminaría.
Pero por fin pasó el tren, y el último vagón, con el guarda y una luz, desapareció tras los árboles. Sofía Petrovna se dio la vuelta bruscamente y, sin mirar a Ilyin, regresó rápidamente por la vía. Había recuperado el dominio de sí misma. Roja de vergüenza, humillada no por Ilyin, no, sino por su propia cobardía, por la desvergüenza con la que ella, una mujer casta y de principios, había permitido que un hombre, no su marido, le abrazara las rodillas, solo tenía un pensamiento ahora: llegar cuanto antes a su villa, a su familia. El abogado apenas podía seguirle el paso. Saliendo del claro y entrando en un sendero estrecho, se giró y lo miró tan rápido que no vio más que la arena sobre sus rodillas, y le hizo un gesto para que se quedara atrás.
Al llegar a casa, Sofía Petrovna permaneció cinco minutos en medio de su habitación sin moverse, mirando primero la ventana y luego su escritorio.
—¡Qué ruin criatura! —dijo, reprendiéndose a sí misma—. ¡Qué ruin criatura!
Para fastidiarse, recordó con todo lujo de detalles, sin guardarse nada: recordó que, aunque todo este tiempo se había opuesto a las relaciones amorosas con Ilyin, algo la había impulsado a buscar una entrevista con él; y, lo que es más, cuando él estaba a sus pies, lo había disfrutado enormemente. Lo recordó todo sin reservas, y ahora, avergonzada, habría querido darse una bofetada.
—¡Pobre Andrey! —se dijo a sí misma, intentando, mientras pensaba en su marido, poner en su rostro la expresión más tierna posible—. ¡Varya, mi pobre niña, no sabe qué madre tiene! ¡Perdónenme, queridos! ¡Los quiero tanto... tanto!
Y ansiosa por demostrarse a sí misma que seguía siendo una buena esposa y madre, y que la corrupción aún no había afectado esa "santidad del matrimonio" de la que le había hablado a Ilyin, Sofía Petrovna corrió a la cocina y reprendió a la cocinera por no haber puesto aún la mesa para Andrey Ilyitch. Intentó imaginar el aspecto hambriento y exhausto de su esposo, lo compadeció en voz alta y le puso la mesa con sus propias manos, algo que nunca antes había hecho. Entonces encontró a su hija Varya, la cogió en brazos y la abrazó con cariño; la niña le pareció fría y pesada, pero no quería reconocerlo, y comenzó a explicarle lo bueno, amable y honorable que era su papá.
Pero cuando Andrei Ilich llegó poco después, apenas lo saludó. La oleada de falsos sentimientos ya se había disipado sin demostrarle nada, solo irritándola y exasperándola por su falsedad. Estaba sentada junto a la ventana, sintiéndose desdichada y enfadada. Solo estando en apuros se comprende lo difícil que es dominar los propios sentimientos y pensamientos. Sofía Petrovna comentó después que tenía una maraña en su interior tan difícil de desentrañar como contar una bandada de gorriones que pasan volando a toda velocidad. Dado que no le alegró mucho ver a su marido, y que no le gustó su actitud en la cena, de repente concluyó que estaba empezando a odiarlo.
Andrei Ilich, lánguido por el hambre y el cansancio, mientras esperaba que le trajeran la sopa se abalanzó sobre la salchicha y la comió con avidez, masticando ruidosamente y moviendo las sienes.
¡Dios mío! —pensó Sofía Petrovna—. Lo quiero y lo respeto, pero... ¿por qué mastica con tanta repulsión?
El desorden en sus pensamientos no era menor que el desorden en sus sentimientos. Como todas las personas inexpertas en combatir ideas desagradables, Madame Lubyantsev hizo todo lo posible por no pensar en su problema, y cuanto más se esforzaba, más vívidamente se le presentaban en la imaginación Ilyin, la arena sobre sus rodillas, las nubes esponjosas, el tren.
"¿Y por qué fui allí esta tarde como una tonta?", pensó, atormentándose. "¿De verdad soy tan débil que no puedo depender de mí misma?"
El miedo magnifica el peligro. Para cuando Andrey Ilich terminaba el último plato, ¡estaba firmemente decidida a contárselo todo a su marido y huir del peligro!
—Tengo algo serio que decirte, Andrey —empezó después de cenar, mientras su marido se quitaba el abrigo y las botas para echarse una siesta.
"¿Bien?"
“¡Dejemos este lugar!”
¡Mmm! ¿Adónde vamos? Es demasiado pronto para volver al pueblo.
—No; para una gira o algo por el estilo.
—Para una visita... —repitió el notario, estirándose—. Yo también sueño con eso, pero ¿de dónde sacaremos el dinero y a quién le dejaré la oficina?
Y pensando un poco añadió:
Claro que te aburres. Ve solo si quieres.
Sofya Petrovna aceptó, pero enseguida pensó que Ilyin estaría encantado con la oportunidad y que iría con ella en el mismo tren, en el mismo compartimento... Pensó y miró a su marido, ahora satisfecho, pero aún lánguido. Por alguna razón, su mirada se posó en sus pies: pies diminutos, casi femeninos, calzados con calcetines a rayas; un hilo sobresalía en la punta de cada calcetín.
Tras la persiana, un abejorro se golpeaba contra el cristal de la ventana y zumbaba. Sofía Petrovna observaba los hilos de los calcetines, escuchaba a la abeja e imaginaba cómo partiría... vis-à-vis . Ilyin se sentaría día y noche, sin apartar la vista de ella, furioso por su propia debilidad y pálido de angustia. Se llamaba a sí mismo un colegial inmoral, la insultaba, se tiraba del pelo, pero cuando oscurecía y los pasajeros dormían o se bajaban en una estación, aprovechaba la oportunidad para arrodillarse ante ella y abrazar sus rodillas como lo había hecho en el asiento del bosque...
Se sorprendió a sí misma entregándose a esa ensoñación.
—Escucha. No iré sola —dijo—. Debes venir conmigo.
—¡Tonterías, Sofotchka! —suspiró Lubyantsev—. Hay que ser sensato y no desear lo imposible.
“Vendrás cuando lo sepas todo”, pensó Sofya Petrovna.
Decidida a irse a toda costa, sintió que estaba fuera de peligro. Poco a poco, sus ideas se aclararon; se animó y se permitió reflexionar sobre todo, sintiendo que por mucho que pensara, por mucho que soñara, se iría. Mientras su esposo dormía, la noche fue cayendo. Se sentó en el salón y tocó el piano. La mayor animación del exterior, el sonido de la música, pero sobre todo la idea de que era una persona sensata, de que había superado sus dificultades, la animaron por completo. Otras mujeres, le decía su conciencia apacible, probablemente habrían caído en su lugar y habrían perdido el equilibrio, mientras que ella casi se moría de vergüenza, se había sentido miserable y ahora huía de un peligro que tal vez no existía. Estaba tan conmovida por su propia virtud y determinación que incluso se miró dos o tres veces en el espejo.
Al oscurecer, llegaron las visitas. Los hombres se sentaron en el comedor a jugar a las cartas; las damas permanecieron en la sala y la terraza. El último en llegar fue Ilyin. Estaba sombrío, taciturno y parecía enfermo. Se sentó en un rincón del sofá y no se movió en toda la velada. Habitualmente de buen humor y hablador, esta vez permaneció en silencio, frunció el ceño y se frotó las cejas. Cuando tenía que responder a alguna pregunta, esbozaba una sonrisa forzada solo con el labio superior y respondía con brusquedad e irritación. Cuatro o cinco veces bromeó, pero sus bromas sonaban ásperas e incisivas. A Sofya Petrovna le pareció que estaba al borde de la histeria. Solo entonces, sentada al piano, reconoció plenamente por primera vez que este infeliz hombre hablaba en serio, que su alma estaba enferma y que no encontraba descanso. Por ella, estaba desperdiciando los mejores días de su juventud y su carrera, gastando lo que le quedaba de dinero en una villa de verano, abandonando a su madre y hermanas y, lo peor de todo, desgastándose en una lucha agonizante consigo mismo. Por pura humanidad, merecía ser tratado con seriedad.
Reconoció todo esto con tanta claridad que le dolió el corazón, y si en ese momento se hubiera acercado a él y le hubiera dicho «no», habría habido una fuerza en su voz difícil de desobedecer. Pero no se acercó ni le habló; de hecho, nunca pensó en hacerlo. La mezquindad y el egoísmo de la juventud nunca habían sido más patentes en ella que esa noche. Comprendió que Ilyin era infeliz y que estaba sentado en el sofá como sobre brasas; sintió lástima por él, pero al mismo tiempo la presencia de un hombre que la amaba con locura le llenó el alma de triunfo y una sensación de poder propio. Sintió su juventud, su belleza y su virtud inexpugnable, y, dado que había decidido irse, se dio plena libertad esa noche. Coqueteó, rió sin cesar, cantó con peculiar sentimiento y entusiasmo. Todo la deleitaba y la divertía. Le divertía el recuerdo de lo sucedido en el banco del bosque, del centinela que la había observado. Le divertían sus invitados, las bromas mordaces de Ilyin y el alfiler de su corbata, en el que nunca se había fijado. Había una serpiente roja con ojos de diamante en el alfiler; esta serpiente le pareció tan divertida que la habría besado en el acto.
Sofya Petrovna cantaba nerviosa, con una temeridad desafiante, como si estuviera medio ebria, y elegía canciones tristes y lúgubres que trataban sobre esperanzas perdidas, el pasado, la vejez, como si se burlaran del dolor ajeno. «Y la vejez se acerca cada vez más...», cantaba. ¿Y qué era la vejez para ella?
“Parece que algo anda mal conmigo”, pensaba de vez en cuando entre risas y cantos.
La fiesta se disolvió a las doce. Ilyin fue el último en marcharse. Sofya Petrovna tuvo la osadía de acompañarlo hasta el último escalón de la terraza. Quería decirle que se iba con su marido y ver qué efecto le causaría esta noticia.
La luna se ocultaba tras las nubes, pero había suficiente luz para que Sofya Petrovna viera cómo el viento jugueteaba con los faldones de su abrigo y con el toldo de la terraza. También pudo ver lo pálido que estaba Ilyin y cómo torcía el labio superior en un esfuerzo por sonreír.
—¡Sonia, Sonitchka... mi querida! —murmuró, impidiéndole hablar—. ¡Mi querida! ¡Mi dulce!
En un arrebato de ternura, con lágrimas en la voz, la llenó de palabras cariñosas, cada vez más tiernas, e incluso la llamó «tú», como si fuera su esposa o su amante. De repente, la rodeó con un brazo y con la otra la sujetó del codo.
—¡Mi tesoro! ¡Mi deleite! —susurró, besándola en la nuca—. ¡Sé sincera! ¡Ven a verme enseguida!
Ella se escapó de sus brazos y levantó la cabeza para dar rienda suelta a su indignación y enojo, pero la indignación no desapareció, y toda su cacareada virtud y castidad sólo fueron suficientes para permitirle pronunciar la frase usada por todas las mujeres comunes en tales ocasiones:
“Debes estar loco.”
—Ven, vámonos —continuó Ilyin—. Acabo de sentir, igual que en el asiento del bosque, que estás tan indefensa como yo, Sonia... ¡Estás en la misma situación! Me amas y tratas en vano de apaciguar tu conciencia...
Al ver que ella se alejaba, la agarró por el puño de encaje y le dijo rápidamente:
¡Si no es hoy, mañana tendrás que rendirte! ¿Por qué, entonces, esta pérdida de tiempo? Mi querida Sonia, la sentencia está dictada; ¿por qué aplazar la ejecución? ¿Por qué engañarte?
Sofya Petrovna se apartó de él y entró corriendo por la puerta. Al regresar al salón, cerró el piano mecánicamente, contempló un buen rato el atril y se sentó. No podía levantarse ni pensar. De su excitación y despreocupación solo quedaban una terrible debilidad, apatía y tristeza. Su conciencia le susurraba que se había portado mal, tontamente, esa noche, como una niña alocada; que acababan de abrazarla en la terraza y aún sentía una incomodidad en la cintura y el codo. No había un alma en el salón; solo una vela ardía. Madame Lubyantsev estaba sentada en el taburete redondo frente al piano, inmóvil, como esperando algo. Y como aprovechándose de la oscuridad y su extrema lasitud, un deseo opresivo y abrumador comenzó a asaltarla. Como una boa constrictor, se apoderó de sus miembros y de su alma, y se hizo más fuerte a cada segundo, y ya no la amenazaba como antes, sino que permanecía ante ella en toda su desnudez.
Se sentó durante media hora sin moverse, sin dejar de pensar en Ilyin, luego se levantó lánguidamente y se arrastró hasta su dormitorio. Andrey Ilich ya estaba acostado. Se sentó junto a la ventana abierta y se entregó al deseo. Ya no había ningún enredo en su cabeza; todos sus pensamientos y sentimientos se concentraban en un solo objetivo. Intentó luchar contra él, pero se rindió al instante... Ahora comprendía lo fuerte e implacable que era el enemigo. Se necesitaba fuerza y fortaleza para combatirlo, y su nacimiento, su educación y su vida no le habían dado ningún recurso.
—¡Maldita inmoral! ¡Menuda criatura! —se reprochó su debilidad—. ¡Así que así eres!
Su ultrajado sentido del decoro se indignó tanto por esta debilidad que se prodigó todos los insultos que conocía y se repitió muchas verdades ofensivas y humillantes. Así, por ejemplo, se dijo que nunca había sido moral, que no había tenido problemas antes simplemente porque no había tenido la oportunidad, que su conflicto interno de ese día había sido una farsa...
«Y aunque haya luchado», pensó, «¿qué clase de lucha fue? Incluso la mujer que se vende lucha antes de atreverse, y aun así se vende. ¡Qué buena lucha! ¡Como la leche, me he convertido en un día! ¡En un día!»
Se convenció de que la tentaba, no el sentimiento, ni Ilyin personalmente, sino las sensaciones que la aguardaban... ¡una dama ociosa, disfrutando de las vacaciones de verano, como tantas otras!
“Como un pájaro sin emplumar cuando su madre ha sido asesinada”, cantaba un tenor ronco desde la ventana.
«Si tengo que irme, ya es hora», pensó Sofía Petrovna. De repente, su corazón empezó a latir con fuerza.
—¡Andrey! —casi gritó—. ¡Escucha! ¿Nos... nos vamos? ¿Sí?
“Sí, ya te lo he dicho: ve solo.”
—Pero escucha —empezó—. Si no vienes conmigo, corres el riesgo de perderme. Creo que ya estoy... enamorada.
“¿Con quién?” preguntó Andrei Ilich.
“¡A ti no te importa quién sea!”, exclamó Sofya Petrovna.
Andrei Ilich se incorporó, con los pies fuera de la cama, y miró con asombro la figura oscura de su esposa.
“¡Es una fantasía!” bostezó.
No la creyó, pero aun así estaba asustado. Tras pensarlo un poco y hacerle a su esposa varias preguntas sin importancia, expresó su opinión sobre la familia, sobre la infidelidad... habló con indiferencia durante unos diez minutos y volvió a la cama. Sus moralizaciones no surtieron efecto. Hay muchísimas opiniones en el mundo, ¡y la mitad de ellas las sostienen personas que nunca han tenido problemas!
A pesar de lo tarde que era, los visitantes del verano seguían paseando afuera. Sofya Petrovna se puso una capa ligera, se quedó un rato, pensó un poco... Aún tenía la suficiente determinación para decirle a su marido dormido:
¿Duermes? Voy a dar un paseo... ¿Me acompañas?
Esa era su última esperanza. Al no recibir respuesta, salió... El aire era fresco y ventoso. No era consciente del viento ni de la oscuridad, pero siguió y siguió... Una fuerza abrumadora la impulsaba, y parecía que, si se hubiera detenido, la habría empujado por la espalda.
—¡Criatura inmoral! —murmuró mecánicamente—. ¡Maldita sea!
Estaba sin aliento, ardía de vergüenza, no sentía las piernas, pero lo que la impulsaba era más fuerte que la vergüenza, la razón o el miedo.
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UNA COSITA DE LA VIDA
AUn joven bien alimentado y de mejillas coloradas llamado Nikolai Ilich Belyaev, de treinta y dos años, propietario de una casa en San Petersburgo y aficionado a las carreras de caballos, fue una noche a ver a Olga Ivanovna Irnin, con quien vivía, o, para usar sus propias palabras, estaba relatando un largo y tedioso romance. Y, en efecto, las primeras páginas, interesantes y entusiastas, de este romance ya habían sido leídas hacía tiempo; ahora las páginas se alargaban, y seguían alargando, sin ofrecer nada nuevo ni interesante.
Al no encontrar a Olga Ivanovna en casa, mi héroe se echó en el sillón y procedió a esperarla en el salón.
—¡Buenas noches, Nikolai Ilich! —oyó la voz de un niño—. Mi madre llegará enseguida. Ha ido con Sonia a la modista.
El hijo de Olga Ivanovna, Aliosha —un niño de ocho años, elegante y muy bien cuidado, vestido como un cuadro, con una chaqueta de terciopelo negro y largas medias negras—, estaba tumbado en el sofá de la misma habitación. Estaba recostado sobre un cojín de satén y, evidentemente imitando a un acróbata que había visto recientemente en el circo, levantaba primero una pierna y luego la otra. Cuando sus elegantes piernas se cansaban, ponía los brazos en movimiento o saltaba impulsivamente y se ponía a cuatro patas, intentando mantenerse en pie con las piernas en el aire. Todo esto lo hacía con suma gravedad, jadeando y gimiendo dolorosamente, como si lamentara que Dios le hubiera dado un cuerpo tan inquieto.
—Ah, buenas noches, hijo —dijo Belyaev—. ¡Eres tú! No me había fijado. ¿Tu madre está bien?
Aliosha, agarrándose la punta del pie izquierdo con la mano derecha y adoptando la postura más antinatural, se dio la vuelta, saltó y miró a Belyaev desde detrás de la gran y esponjosa pantalla de la lámpara.
—¿Qué le digo? —dijo, encogiéndose de hombros—. En realidad, mi madre nunca está bien. Verá, es mujer, y las mujeres, Nikolai Ilich, siempre tienen algún problema.
Belyaev, sin nada mejor que hacer, comenzó a observar el rostro de Aliosha. Nunca antes, durante toda su intimidad con Olga Ivanovna, le había prestado atención al chico, y había ignorado por completo su existencia; el chico había estado ante sus ojos, pero no se había molestado en pensar por qué estaba allí ni qué papel desempeñaba.
En el crepúsculo de la noche, el rostro de Aliosha, con su frente blanca y sus ojos negros e impasibles, le recordó inesperadamente a Belyaev a Olga Ivanovna, tal como la había visto en las primeras páginas de su romance. Y se sintió dispuesto a ser amable con el chico.
“Ven aquí, insecto”, dijo; “déjame mirarte más de cerca”.
El niño saltó del sofá y se dirigió hacia Belyaev.
—Bueno —empezó Nikolay Ilich, poniendo una mano sobre el delgado hombro del chico—. ¿Cómo te va?
¡Cómo decirlo! Antes nos llevábamos mucho mejor.
"¿Por qué?"
Es muy sencillo. Sonia y yo antes solo aprendíamos música y lectura, y ahora nos dan poesía francesa para aprender. ¿Te has afeitado últimamente?
"Sí."
—Sí, ya veo que sí. Tienes la barba más corta. Déjame tocarla... ¿Te duele?
"No."
¿Por qué si te arrancas un pelo duele, pero si te arrancas muchos a la vez no duele nada? ¡Ja, ja! Y, ¿sabes?, es una pena que no tengas patillas. Aquí debería estar rapado... pero aquí, a los lados, debería dejarse el pelo...
El niño se acurrucó junto a Belyaev y comenzó a jugar con la cadena de su reloj.
“Cuando vaya al instituto”, dijo, “mamá me va a comprar un reloj. Le pediré que me compre una cadena como esta… ¡Qué medallón! Papá tiene un medallón igual, solo que el tuyo tiene barritas y el suyo letras… Tiene el retrato de mamá en medio del suyo. Papá tiene una cadena diferente ahora, no de anillas, sino como de cinta…”.
¿Cómo lo sabes? ¿Ves a tu padre?
"¿Yo? M'm... no... yo..."
Aliosha se sonrojó y, muy confundido, sintiéndose sorprendido en una mentira, comenzó a rascar con celo el relicario con la uña. Belyaev lo miró fijamente a la cara y preguntó:
“¿Ves a tu padre?”
“¡N-no!”
Vamos, habla con franqueza, por tu honor... Veo por tu cara que estás mintiendo. Una vez que se te escapa algo, no sirve de nada escabullirse. Dime, ¿lo ves? Ven, como amigo.
Aliosha dudó.
- ¿No se lo dirás a mamá? -preguntó.
“¡Como si debiera!”
“¿Por su honor?”
"Por mi honor."
"¿Lo juras?"
—¡Ah, chico provocador! ¿Por quién me tomas?
Aliosha miró a su alrededor y luego, con los ojos muy abiertos, le susurró:
—Pero, por favor, no se lo digas a mamá... No se lo digas a nadie, porque es un secreto. Ojalá mamá no se entere, o nos enteraremos todos: Sonia, yo y Pelagea... Bueno, escucha... Sonia y yo vemos a papá todos los martes y viernes. Cuando Pelagea nos lleva a dar un paseo antes de cenar, vamos al restaurante Apfel, y allí está papá esperándonos... Siempre está sentado en una habitación aparte, donde, como sabes, hay una mesa de mármol y un cenicero con forma de ganso sin lomo...
"¿Qué haces ahí?"
¡Nada! Primero nos saludamos, luego nos sentamos todos a la mesa y papá nos invita a café y pasteles. Ya sabes que Sonia come pasteles de carne, ¡pero yo no los soporto! Me gustan los de col y huevo. Comemos tanto que tenemos que esforzarnos para comer lo máximo posible en la cena, por miedo a que mamá se dé cuenta.
¿De qué hablas?
¿Con papá? De todo. Nos besa, nos abraza, nos cuenta chistes muy divertidos. ¿Sabes? Dice que cuando seamos mayores nos llevará a vivir con él. Sonia no quiere ir, pero yo estoy de acuerdo. Claro, extrañaría a mamá; ¡pero entonces le escribiría cartas! Es una idea rara, pero podríamos ir a visitarla en vacaciones, ¿no? Papá también dice que me comprará un caballo. ¡Es un hombre tan amable! No entiendo por qué mamá no le pide que venga a vivir con nosotros y por qué nos prohíbe verlo. Sabes que quiere mucho a mamá. Siempre nos pregunta cómo está y qué hace. Cuando estaba enferma, se agarraba la cabeza así, y... y no paraba de correr. Siempre nos dice que seamos obedientes y respetuosos con ella. Oye. ¿Es cierto que somos tan desgraciados?
“¡Hmm! ¿Por qué?”
Eso es lo que dice papá. «Son unos niños infelices», dice. Es extraño oírlo, la verdad. «Son infelices», dice. «Yo soy infeliz, y mamá es infeliz. Deben rezarle a Dios», dice; «por ustedes y por ella».
Aliosha dejó que su mirada se posara en un pájaro disecado y se hundió en sus pensamientos.
—Entonces... —gruñó Belyaev—. ¿Así que así es como te va? Organizas encuentros en restaurantes. ¿Y mi madre no lo sabe?
—¡Noooo! ¿Cómo iba a saberlo? Pelagea no se lo diría por nada del mundo, ¿sabes? Anteayer nos dio unas peras. ¡Dulces como mermelada! Me comí dos.
—¡Mmm!... Bueno, y yo digo... Escucha. ¿Papá dijo algo sobre mí?
¿Y tú? ¿Qué te digo?
Aliosha miró fijamente a Belyaev a la cara y se encogió de hombros.
“No dijo nada en particular.”
“Por ejemplo, ¿qué dijo?”
“¿No te ofenderás?”
¿Y ahora qué? ¿Por qué me maltrata?
No te maltrata, pero sabes que está enojado contigo. Dice que mamá es infeliz por tu culpa... y que la has arruinado. ¡Sabes que es tan raro! Le explico que eres amable, que nunca regañas a mamá; pero solo niega con la cabeza.
“¿Entonces dice que la he arruinado?”
—Sí, no debes ofenderte, Nikolay Ilyitch.
Belyaev se levantó, se quedó quieto un momento y caminó de un lado a otro por el salón.
—¡Qué extraño y... ridículo! —murmuró, encogiéndose de hombros y sonriendo con sarcasmo—. Él tiene toda la culpa, y yo la he arruinado, ¿eh? Una corderita inocente, debo decir. ¿Así que te dijo que yo arruiné a tu madre?
—Sí, pero... dijiste que no te ofenderías, ¿sabes?
No me ofendo, y... y no es asunto tuyo. ¡Es... es totalmente ridículo! Me han metido en esto como a un pollo en el caldo, ¡y ahora parece que soy el culpable!
Se oyó un timbre. El niño se levantó de un salto y salió corriendo. Un minuto después, una señora entró en la habitación con una niña pequeña: era Olga Ivanovna, la madre de Aliosha. Aliosha los siguió, dando saltitos, tarareando y agitando las manos. Belyaev asintió y siguió paseando.
—Claro, ¿de quién es la culpa si no es mía? —murmuró con un bufido—. ¡Tiene razón! Es un marido ofendido.
“¿De qué estás hablando?” preguntó Olga Ivanovna.
¿Qué tal?... ¡Pues escucha los cuentos que tu legítimo esposo está difundiendo! Parece que soy un sinvergüenza y un villano, que los he arruinado a ti y a los niños. ¡Todos son infelices, y yo soy el único feliz! ¡Maravillosamente feliz!
—No lo entiendo, Nikolay. ¿Qué pasa?
—¡Escuche a este joven caballero! —dijo Belyaev señalando a Aliosha.
Aliosha se puso rojo como un tomate, luego pálido y todo su rostro empezó a temblar de terror.
—Nikolay Ilich —susurró—. ¡Shsh!
Olga Ivanovna miró con sorpresa a Aliosha, luego a Belyaev, luego a Aliosha otra vez.
—Pregúntale —continuó Belyaev—. Tu Pelagea, como un auténtico imbécil, los lleva a restaurantes y les organiza encuentros con su papá. Pero esa no es la cuestión: la cuestión es que su querido papá es una víctima, mientras que yo soy un desgraciado que les ha destrozado la vida a ambos...
—Nikolay Ilich —gimió Aliosha—. ¡Pero si lo prometiste bajo tu palabra de honor!
—¡Ay, lárgate! —dijo Belyaev, despidiéndolo con un gesto—. Esto es más importante que cualquier palabra de honor. ¡Es la hipocresía, la mentira lo que me repugna!...
—No lo entiendo —dijo Olga Ivanovna, con lágrimas en los ojos—. Dime, Aliosha —se volvió hacia su hijo—. ¿Ves a tu padre?
Aliosha no la oyó y miró con horror a Belyaev.
—Es imposible —dijo su madre—. Iré a interrogar a Pelagia.
Olga Ivanovna salió.
—¡Digo que me diste tu palabra de honor! —dijo Aliosha temblando por todas partes.
Belyaev lo despidió con un gesto de la mano y siguió paseando. Estaba absorto en su queja y, como siempre, ajeno a la presencia del chico. Él, una persona adulta y seria, no pensaba en los chicos. Y Aliosha se sentó en un rincón y le contó a Sonia con horror cómo lo habían engañado. Temblaba, tartamudeaba y lloraba. Era la primera vez en su vida que se veía expuesto a una mentira tan cruda; hasta entonces no sabía que existen en el mundo, además de peras dulces, pasteles y relojes caros, muchísimas cosas para las que el lenguaje infantil no tiene expresión.
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La boda del cocinero y otras historias
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LA BODA DEL COCINERO
GRAMORISHA, una personita gorda y solemne de siete años, estaba de pie junto a la puerta de la cocina, escuchando y atisbando por el ojo de la cerradura. En la cocina ocurría algo extraordinario, en su opinión nunca visto. Un campesino corpulento, pelirrojo, con barba y una gota de sudor en la nariz, vestido con un abrigo de cochero, estaba sentado a la mesa donde picaban la carne y cortaban la cebolla. Balanceaba un platillo sobre los cinco dedos de la mano derecha y bebía té, masticando azúcar tan ruidosamente que a Grisha le recorrió un escalofrío. Aksinya Stepanovna, la anciana enfermera, estaba sentada en el taburete sucio frente a él, y también bebía té. Su rostro estaba serio, aunque al mismo tiempo irradiaba una especie de triunfo. Pelageya, la cocinera, estaba ocupada en los fogones y, al parecer, intentaba ocultar su rostro. Y en su rostro, Grisha vio una luz uniforme: ardía y cambiaba de color, comenzando con un púrpura carmesí y terminando con un blanco mortal. Agarraba cuchillos, tenedores, trozos de madera y trapos con manos temblorosas, moviéndose, refunfuñando, haciendo ruido, pero en realidad nada. No miró ni una vez hacia la mesa donde tomaban el té, y a las preguntas de la enfermera respondía con brusquedad y desgana, sin volver la cara.
—Sírvase usted mismo, Danilo Semiónich —lo animó la enfermera con hospitalidad—. ¿Por qué sigue tomando té y solo té? ¡Debería tomar un poco de vodka!
Y la enfermera puso delante del visitante una botella de vodka y una copa de vino, mientras su rostro tenía una expresión muy astuta.
—Nunca lo toco... No... —dijo el cochero, declinando—. No me presione, Aksinya Stepanovna.
¡Menudo hombre!... ¡Un cochero y no bebe!... Un soltero no puede vivir sin beber. ¡Sírvase usted mismo!
El cochero miró de reojo la botella, luego la cara astuta de la enfermera, y su propia cara asumió una expresión no menos astuta, como si dijera: "¡No me atraparás, vieja bruja!".
No bebo; discúlpenme. Semejante debilidad no es propia de nuestro oficio. Un trabajador puede beber, pues se queda en casa, pero los cocheros siempre estamos a la vista del público. ¿No es así? Si uno entra en una taberna, descubre que su caballo ha desaparecido; si uno bebe una gota de más, es aún peor; antes de darse cuenta, se queda dormido o se resbala del pescante. Ahí es donde está la cosa.
—¿Y cuánto gana usted al día, Danilo Semiónich?
—Eso es lo que hay. Un día tendrás un viaje de tres rublos, y otro día volverás al patio sin un céntimo. Los tiempos son muy diferentes. Hoy en día nuestro negocio no va bien. Hay muchísimos cocheros, como sabes, el heno es caro, y la gente es miserable hoy en día y siempre se las arregla para ir en tranvía. Y aun así, gracias a Dios, no tengo nada de qué quejarme. Tengo de sobra para comer y buena ropa para vestir, e... incluso podríamos mantener bien a otro... —(el cochero miró de reojo a Pelageya)— si les gustase...
Grisha no escuchó nada más. Su mamá abrió la puerta y lo envió a la guardería para que aprendiera sus lecciones.
Ve y aprende la lección. ¡No te corresponde escuchar aquí!
Al llegar a la habitación de los niños, Grisha puso "Mi propio libro" delante, pero no prosiguió con la lectura. Todo lo que acababa de ver y oír le despertó multitud de preguntas.
«El cocinero se va a casar», pensó. «Qué raro, no entiendo por qué se casa la gente. Mamá se casó con papá, la prima Verotchka con Pavel Andréievich. Pero uno podría casarse con papá y Pavel Andréievich después de todo: llevan cadenas de oro en los relojes y trajes elegantes, sus botas siempre están lustradas; pero casarse con ese cochero horrible de nariz roja y botas de fieltro... ¡Fi! ¿Y por qué quiere la niñera que se case la pobre Pelageya?»
Cuando la visita salió de la cocina, apareció Pelageya y empezó a recoger. Su agitación persistía. Tenía la cara roja y parecía asustada. Apenas rozó el suelo con la escoba y barrió cada rincón cinco veces. Se quedó un buen rato en la habitación donde estaba sentada mamá. Evidentemente, estaba agobiada por su aislamiento y ansiaba expresarse, compartir sus impresiones con alguien, abrir su corazón.
“Se ha ido”, murmuró ella al ver que mamá no quería iniciar la conversación.
—Se ve que es un buen hombre —dijo mamá, sin apartar la vista de su costura—. Sobrio y serio.
—¡Declaro que no me casaré con él, señora! —gritó de repente Pelageya, ruborizándose—. ¡Declaro que no!
No seas tonta; no eres una niña. Es un paso serio; debes pensártelo bien, no sirve de nada decir tonterías. ¿Te gusta?
—¡Qué idea, señora! —exclamó Pelageya, avergonzada—. Dicen cosas que... ¡Dios mío...!
“¡Debería decir que no le gusta!” pensó Grisha.
—Qué criatura tan afectada eres... ¿Te gusta?
—¡Pero es viejo, señora!
—Piensa en otra cosa —le espetó la enfermera desde la habitación contigua—. Aún no ha cumplido los cuarenta; ¿y para qué quieres un joven? Guapo es lo que hace... ¡Cásate con él y ya está!
—Juro que no lo haré —chilló Pelageya.
—Estás diciendo tonterías. ¿Qué clase de bribón buscas? Cualquiera se habría rendido a sus pies, y tú declaras que no te casarás con él. Quieres estar siempre guiñándoles el ojo a los carteros y tutores. Esa tutora que solía ir a Grishenka, señora... nunca se cansaba de hacerle ojitos. ¡Ay, qué descarada!
“¿Has visto a este Danilo antes?”, le preguntó mamá a Pelageya.
¿Cómo pude verlo? Lo vi hoy por primera vez. Aksinya lo recogió y lo trajo consigo... ¡Maldito demonio! ¿Y de dónde ha salido para mi perdición?
En la cena, mientras Pelageya repartía los platos, todos la miraron a la cara y se burlaron de ella por el cochero. Se puso roja de miedo y soltó una risita forzada.
«Debe ser vergonzoso casarse», pensó Grisha. «Terriblemente vergonzoso».
Todos los platos estaban demasiado salados, y la sangre rezumaba de los pollos medio crudos, y, para colmo, los platos y cuchillos se le caían de las manos a Pelageya durante la cena, como si se hubieran desprendido de un estante; pero nadie la criticó, pues todos comprendían su estado de ánimo. Solo una vez, papá sacudió la servilleta con enojo y le dijo a mamá:
¿Para qué quieres casarlos a todos? ¿Qué te importa? Que se casen solos si quieren.
Después de cenar, las cocineras y criadas vecinas no paraban de entrar a la cocina, y se oían susurros hasta bien entrada la noche. Quién sabe cómo habían intuido el casamentero. Cuando Grisha despertó por la noche, oyó a su niñera y a la cocinera susurrando en el cuarto de los niños. La niñera hablaba persuasivamente, mientras la cocinera sollozaba y reía entre dientes. Al dormirse después de esto, Grisha soñó que Pelageya era raptada por Chernomor y una bruja.
Al día siguiente reinó la calma. La vida en la cocina seguía su curso habitual, como si el cochero no existiera. Solo de vez en cuando la niñera se ponía su chal nuevo, adoptaba un aire solemne y austero, y se iba a algún sitio durante una o dos horas, obviamente a negociar... Pelageya no vio al cochero, y al oír su nombre, se sonrojó y gritó:
¡Maldito sea! ¡Como si estuviera pensando en él! ¡Tf!
Por la tarde, mamá fue a la cocina, mientras la niñera y Pelageya picaban algo con celo, y dijo:
—Puedes casarte con él, claro, es asunto tuyo, pero debo decirte, Pelageya, que no puede vivir aquí... Sabes que no me gusta tener a nadie sentado en la cocina. Recuerda... Y no puedo dejarte dormir a la intemperie.
—¡Dios sabe! ¡Qué idea, señora! —chilló la cocinera—. ¿Por qué me lo sigues vomitando? ¡Que se lo lleve la peste! ¡Es una auténtica maldición, maldito sea!...
Un domingo por la mañana, al echar un vistazo a la cocina, Grisha se quedó atónita. La cocina estaba abarrotada de gente. Allí estaban los cocineros de todo el patio, el portero, dos policías, un suboficial con galones de buena conducta y el niño Filka... Este Filka solía rondar la ropa sucia jugando con los perros; ahora estaba peinado y lavado, y sostenía un icono en una caja de papel de aluminio. Pelageya estaba de pie en medio de la cocina con un vestido nuevo de algodón y una flor en la cabeza. A su lado estaba el cochero. La feliz pareja tenía la cara roja, sudaba y parpadeaba de vergüenza.
—Bueno... creo que ya es hora —dijo el suboficial tras un prolongado silencio.
La cara de Pelageya se contrajo por completo y comenzó a llorar.
El soldado tomó un pan grande de la mesa, se paró junto a la enfermera y comenzó a bendecir a la pareja. El cochero se acercó al soldado, se arrodilló y le dio un sonoro beso en la mano. Hizo lo mismo ante la enfermera. Pelageya lo siguió mecánicamente, y ella también se inclinó hasta el suelo. Por fin se abrió la puerta exterior, se percibió un tufo de niebla blanca, y todos salieron ruidosamente de la cocina al patio.
«Pobrecita, pobrecita», pensó Grisha al oír los sollozos de la cocinera. «¿Adónde se la han llevado? ¿Por qué papá y mamá no la protegen?»
Después de la boda, hubo cantos y conciertos en la lavandería hasta bien entrada la noche. Mamá estuvo enfadada toda la noche porque la niñera olía a vodka, y debido a la boda, no había nadie para calentar el samovar. Pelageya no había regresado cuando Grisha se acostó.
¡La pobrecita está llorando en la oscuridad!, pensó. ¡Mientras el cochero le dice «cállate!»!
A la mañana siguiente, el cocinero estaba de nuevo en la cocina. El cochero entró un momento. Le dio las gracias a mamá y, mirando severamente a Pelageya, dijo:
¿La cuidará, señora? Sea un padre y una madre para ella. Y usted también, Aksinya Stepanovna, no la abandone, asegúrese de que todo esté como debe estar... sin tonterías... Y también, señora, si fuera tan amable de adelantarme cinco rublos de su sueldo. Tengo que comprar una collera nueva.
De nuevo un problema para Grisha: Pelageya vivía en libertad, haciendo lo que quería y sin tener que rendir cuentas a nadie, y de repente, sin motivo alguno, aparece un extraño que, de alguna manera, ha adquirido derechos sobre su conducta y sus bienes. Grisha estaba angustiado. Anhelaba con pasión, casi hasta las lágrimas, consolar a esta víctima, según suponía, de la injusticia humana. Cogió la manzana más grande del almacén, se coló en la cocina, se la puso a Pelageya en la mano y salió disparado.
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SOMNOLIENTO
norteNOCHE. Varka, la niñera, una niña de trece años, mece la cuna donde yace el bebé y tararea casi sin oírse:
“Duérmete, mi bebé,
Mientras canto una canción para ti."
Una lamparita verde arde ante el icono; hay una cuerda tendida de un extremo a otro de la habitación, de la que cuelgan ropa de bebé y unos pantalones negros grandes. Hay una gran mancha verde en el techo, proveniente de la lámpara del icono, y la ropa de bebé y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka... Cuando la lámpara empieza a parpadear, la mancha verde y las sombras cobran vida y se mueven, como impulsadas por el viento. El ambiente es sofocante. Huele a sopa de col y a interior de zapatería.
El bebé llora. Lleva un buen rato ronco y exhausto de tanto llorar; pero sigue gritando, y no se sabe cuándo parará. Y Varka tiene sueño. Tiene los ojos pegados, la cabeza gacha, le duele el cuello. No puede mover los párpados ni los labios, y siente como si su cara estuviera seca y rígida, como si su cabeza se hubiera vuelto tan pequeña como la cabeza de un alfiler.
"Duérmete, mi bebé", tararea, "mientras te cocino los granos..."
Un grillo canta en la estufa. Por la puerta de la habitación contigua, el maestro y el aprendiz Afanasi roncan... La cuna cruje lastimeramente, Varka murmura, y todo se funde con esa música relajante de la noche que es tan dulce escuchar cuando uno está acostado. Ahora esa música es simplemente irritante y opresiva, porque la incita a dormir, y no debe dormir; si Varka —¡Dios no lo quiera!— se durmiera, sus amos la golpearían.
La lámpara parpadea. La mancha verde y las sombras se ponen en movimiento, imponiéndose a los ojos fijos y entreabiertos de Varka, y en su mente medio dormida se transforman en visiones borrosas. Ve nubes oscuras persiguiéndose unas a otras en el cielo, gritando como un bebé. Pero entonces sopla el viento, las nubes desaparecen, y Varka ve un camino ancho y alto cubierto de barro líquido; a lo largo del camino se extienden filas de carros, mientras la gente con las carteras a la espalda avanza con dificultad y las sombras se mueven de un lado a otro; a ambos lados puede ver bosques a través de la niebla fría y áspera. De repente, la gente con sus carteras y sus sombras caen al suelo en el barro líquido. "¿Para qué es eso?", pregunta Varka. "¡Para dormir, para dormir!", le responden. Y se quedan profundamente dormidos, y duermen dulcemente, mientras cuervos y urracas se posan en los cables del telégrafo, gritan como un bebé e intentan despertarlos.
—Duérmete, mi pequeño, y te cantaré una canción —murmura Varka, y ahora se ve en una cabaña oscura y sofocante.
Su padre fallecido, Yefim Stepanov, se revuelve en el suelo. Ella no lo ve, pero lo oye gemir y revolcarse de dolor. «Se le han reventado las tripas», dice; el dolor es tan intenso que no puede pronunciar palabra, solo puede contener la respiración y castañetear los dientes como el redoble de un tambor.
“Bu-bu-bu-bu-bu. . . .”
Su madre, Pelageya, ha corrido a casa del amo para decirle que Yefim se está muriendo. Llevaba mucho tiempo ausente y debería haber vuelto. Varka, despierta, yace sobre la estufa y oye el «bu-bu-bu» de su padre. Y entonces oye que alguien ha llegado a la cabaña. Es un joven médico del pueblo, enviado de visita desde la casa grande donde se aloja. El médico entra en la cabaña; no se le ve en la oscuridad, pero se le oye toser y golpear la puerta.
“Enciende una vela”, dice.
“Bu-bu-bu”, responde Yefim.
Pelageya corre hacia la estufa y empieza a buscar la olla rota con las cerillas. Pasa un minuto en silencio. El médico, rebuscando en su bolsillo, enciende una cerilla.
—En un minuto, señor, en un minuto —dice Pelageya. Sale corriendo de la cabaña y al poco rato regresa con un poco de vela.
Las mejillas de Yefim están sonrojadas y sus ojos brillan, y hay una agudeza peculiar en su mirada, como si estuviera viendo a través de la cabaña y del médico.
—Venga, ¿qué pasa? ¿En qué piensas? —pregunta el doctor, inclinándose hacia él—. ¡Ajá! ¿Cuánto tiempo llevas así?
¿Qué? Moribundo, su señoría, mi hora ha llegado... No debo quedarme entre los vivos.
¡No digas tonterías! ¡Te curaremos!
—Como le plazca, señoría, le agradecemos humildemente, solo nosotros entendemos... Ya que la muerte ha llegado, aquí está.
El médico pasa un cuarto de hora con Yefim, luego se levanta y dice:
No puedo hacer nada. Debes ir al hospital, allí te operarán. Vete ya... ¡Debes irte! Es bastante tarde, todos estarán durmiendo en el hospital, pero no importa, te daré una nota. ¿Me oyes?
—Amable señor, pero ¿en qué puede entrar? —pregunta Pelageya—. No tenemos caballo.
—No importa. Le preguntaré a tu amo y te dará un caballo.
El médico se va, la vela se apaga y de nuevo se oye el "bu-bu-bu". Media hora después, alguien llega a la cabaña. Han enviado un carro para llevar a Yefim al hospital. Se prepara y se va...
Pero ahora es una mañana clara y radiante. Pelageya no está en casa; ha ido al hospital para averiguar qué le están haciendo a Yefim. En algún lugar se oye llorar a un bebé, y Varka oye a alguien cantar con su propia voz:
“Duérmete, mi pequeño, te cantaré una canción”.
Pelageya regresa, se santigua y susurra:
Lo pusieron en orden durante la noche, pero al amanecer entregó su alma a Dios... Que el Reino de los Cielos sea suyo y la paz eterna... Dicen que se lo llevaron demasiado tarde... Debió haberse ido antes...
Varka sale al camino y llora, pero de repente alguien la golpea en la nuca con tanta fuerza que su frente choca contra un abedul. Alza la vista y ve frente a ella a su amo, el zapatero.
"¿Qué haces, zorra costrosa?", dice. "¡El niño está llorando y tú estás dormida!"
Le da una palmada fuerte detrás de la oreja, y ella niega con la cabeza, mece la cuna y murmura su canción. La mancha verde y las sombras de los pantalones y la ropa de bebé se mueven arriba y abajo, le hacen señas y pronto vuelven a apoderarse de su mente. De nuevo ve el camino cubierto de barro líquido. La gente con las carteras a cuestas y las sombras se han acostado y duermen profundamente. Al mirarlos, Varka siente un intenso deseo de dormir; quisiera acostarse con alegría, pero su madre, Pelageya, camina a su lado, apresurándola. Se dirigen juntas al pueblo a buscar un lugar donde trabajar.
—¡Den limosna, por el amor de Dios! —suplica su madre a la gente que encuentran—. ¡Muéstrennos la Divina Misericordia, gente bondadosa!
—¡Dame al bebé! —responde una voz familiar—. ¡Dame al bebé! —repite la misma voz, esta vez con dureza y enojo—. ¿Duermes, desgraciada?
Varka se levanta de un salto y, mirando a su alrededor, comprende lo que ocurre: no hay camino real, ni Pelageya, ni gente que los encuentre; solo está su ama, que ha venido a alimentar al bebé, y está de pie en medio de la habitación. Mientras la mujer corpulenta y de hombros anchos amamanta al niño y lo tranquiliza, Varka la observa, esperando a que termine. Y fuera de las ventanas, el aire ya se está volviendo azul, las sombras y la mancha verde del techo palidecen visiblemente; pronto amanecerá.
—Llévenselo —dice su señora, abotonándose la camisa sobre el pecho—; está llorando. Debe de estar hechizado.
Varka toma al bebé, lo pone en la cuna y empieza a mecerlo de nuevo. La mancha verde y las sombras desaparecen poco a poco, y ya no hay nada que le obligue a cerrar los ojos ni le nuble el cerebro. Pero tiene tanto sueño como antes, ¡un sueño terrible! Varka apoya la cabeza en el borde de la cuna y se mece con todo el cuerpo para combatir el sueño, pero aún tiene los ojos pegados y la cabeza pesada.
—¡Varka, calienta la estufa! —oyó la voz del amo a través de la puerta.
Así que es hora de levantarse y ponerse a trabajar. Varka deja la cuna y corre al cobertizo a buscar leña. Está contenta. Cuando uno se mueve y corre, no tiene tanto sueño como cuando está sentado. Trae la leña, calienta la estufa y siente que su rostro de madera recupera la flexibilidad y que sus pensamientos se aclaran.
—¡Varka, prepara el samovar! —grita su señora.
Varka parte un trozo de leña, pero apenas tiene tiempo de encender las astillas y ponerlas en el samovar, cuando oye una nueva orden:
—Varka, ¡limpia los chanclos del amo!
Se sienta en el suelo, limpia los chanclos y piensa en lo bien que estaría meter la cabeza en un chanclo grande y profundo y echarse una siesta... Y de repente, el chanclo crece, se hincha, llena toda la habitación. Varka suelta el cepillo, pero enseguida niega con la cabeza, abre mucho los ojos e intenta mirar las cosas para que no se inclinen y se muevan ante sus ojos.
—Varka, lava los escalones de afuera. ¡Me da vergüenza que los clientes los vean!
Varka lava los escalones, barre y quita el polvo de las habitaciones, luego enciende otra estufa y corre a la tienda. Hay muchísimo trabajo: no tiene ni un minuto libre.
Pero nada es tan duro como estar de pie en el mismo sitio en la mesa de la cocina pelando patatas. Su cabeza se inclina sobre la mesa, las patatas bailan ante sus ojos, el cuchillo se le cae de la mano mientras su señora, gorda y enfadada, se mueve cerca de ella con las mangas remangadas, hablando tan alto que a Varka le zumban los oídos. También es una agonía esperar la cena, lavar, coser; hay minutos en los que anhela tirarse al suelo a pesar de todo y dormir.
El día transcurre. Al ver que las ventanas se oscurecen, Varka se aprieta las sienes, que parecen de madera, y sonríe, aunque no sabe por qué. El crepúsculo acaricia sus ojos, que apenas se mantienen abiertos, y le promete un sueño reparador pronto. Por la noche llegan visitas.
—¡Varka, prepara el samovar! —grita su señora. El samovar es pequeño, y antes de que los visitantes se hayan bebido todo el té que desean, tiene que calentarlo cinco veces. Después del té, Varka se queda parada una hora entera en el mismo sitio, observando a los visitantes y esperando órdenes.
“¡Varka, corre y compra tres botellas de cerveza!”
Ella se pone en marcha y trata de correr lo más rápido que puede para ahuyentar el sueño.
—¡Varka, trae vodka! ¿Dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!
Pero ahora, por fin, los visitantes se han ido, las luces se han apagado y el amo y la señora se van a dormir.
“¡Varka, mece al bebé!” escucha la última orden.
El grillo canta en la estufa; la mancha verde del techo y las sombras de los pantalones y de la ropa del bebé se imponen de nuevo en los ojos entreabiertos de Varka, le guiñan un ojo y le nublan la mente.
—Duérmete, mi pequeño —murmura—, y te cantaré una canción.
Y el bebé llora, agotado de tanto gritar. De nuevo, Varka ve el camino embarrado, a la gente con sus carteras, a su madre Pelageya, a su padre Yefim. Lo entiende todo, los reconoce a todos, pero en su semidormido no puede comprender la fuerza que la ata de pies y manos, que la oprime y le impide vivir. Mira a su alrededor, buscando esa fuerza para escapar de ella, pero no la encuentra. Finalmente, agotada, hace todo lo posible, aguza la vista, mira hacia arriba, al verde titilante, y, escuchando los gritos, encuentra al enemigo que no la dejará vivir.
Ese enemigo es el bebé.
Ella ríe. Le parece extraño no haber comprendido algo tan simple antes. La mancha verde, las sombras y el grillo parecen reír y preguntarse también.
La alucinación se apodera de Varka. Se levanta del taburete y, con una amplia sonrisa y los ojos abiertos, recorre la habitación. Se siente complacida y encantada al pensar que se librará directamente del bebé que la ata de pies y manos... Matar al bebé y luego dormir, dormir, dormir...
Riendo, guiñando el ojo y meneando los dedos ante la mancha verde, Varka se acerca sigilosamente a la cuna y se inclina sobre el bebé. Tras estrangularlo, se tumba rápidamente en el suelo, ríe encantada de poder dormir, y en un instante duerme profundamente.
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NIÑOS
PAGAPA, mamá y la tía Nadya no están en casa. Han ido a un bautizo en casa de ese viejo oficial que monta un caballito gris. Mientras esperan a que lleguen, Grisha, Anya, Alyosha, Sonya y el hijo del cocinero, Andrey, están sentados a la mesa del comedor, jugando a la lotería. A decir verdad, es hora de dormir, pero ¿cómo irse a dormir sin que mamá les cuente cómo estaba el bebé en el bautizo y qué cenaron? La mesa, iluminada por una lámpara colgante, está llena de números, cáscaras de nueces, trozos de papel y pequeños trozos de cristal. Delante de cada jugador hay dos cartas y un montón de trozos de cristal para tapar los números. En el centro de la mesa hay un platillo blanco con cinco kopeks. Junto al platillo, una manzana a medio comer, unas tijeras y un plato donde les han dicho que pongan las cáscaras de nueces. Los niños juegan por dinero. La apuesta es un kopeck. La regla es: si alguien hace trampa, lo expulsan de inmediato. No hay nadie en el comedor excepto los jugadores, y la enfermera, Agafya Ivanovna, está en la cocina, enseñándole a la cocinera a cortar un patrón, mientras su hermano mayor, Vasya, un colegial de quinto grado, está tumbado en el sofá del salón, aburrido.
Juegan con entusiasmo. La mayor emoción se refleja en el rostro de Grisha. Es un niño de nueve años, con el pelo rapado, de tal manera que se le ve la piel desnuda, mejillas regordetas y labios gruesos como los de un negro. Ya está en la clase preparatoria, por lo que se le considera adulto y el más listo. Juega solo por el dinero. Si no hubiera habido kopeks en el plato, se habría dormido hace rato. Sus ojos marrones recorren con inquietud y celos las cartas de los demás jugadores. El miedo a no ganar, la envidia y las combinaciones financieras que llenan su cabeza rapada le impiden estarse quieto y concentrarse. Se inquieta como si estuviera sentado sobre espinas. Cuando gana, agarra el dinero con avidez y se lo guarda al instante en el bolsillo. Su hermana, Anya, una niña de ocho años, de barbilla afilada y ojos brillantes e inteligentes, también teme que gane otro. Se ruboriza y palidece, observando atentamente a los jugadores. Los kopeks no le interesan. Para ella, el éxito en el juego es cuestión de vanidad. Su otra hermana, Sonia, una niña de seis años con el pelo rizado y una tez como solo se ve en niños muy sanos, muñecas caras y caras en las cajas de bombones, juega al loto por el juego en sí. Su rostro refleja felicidad. Gane quien gane, ríe y aplaude. Aliosha, una figura regordeta y esférica, jadea, respira con dificultad por la nariz y mira las cartas con los ojos abiertos. No lo mueve ni la codicia ni la vanidad. Mientras no lo echen de la habitación o lo manden a la cama, está agradecido. Parece flemático, pero en el fondo es un animalito. No está allí tanto por el loto como por los malentendidos inevitables en el juego. Se alegra enormemente si alguien golpea a otro o lo insulta. Debería haberse escapado hace tiempo, pero no se levanta de la mesa ni un minuto, por miedo a que le roben las fichas o los kopeks. Como solo sabe contar las unidades y los números que terminan en cero, Anya le tapa los números. El quinto jugador, el hijo del cocinero, Andrey, un chico moreno y de aspecto enfermizo, con una camisa de algodón y una cruz de cobre en el pecho, permanece inmóvil, mirando los números con aire soñador. No le interesa ganar ni el éxito de los demás, porque está completamente absorto en la aritmética del juego, y su teoría dista mucho de ser compleja; "¿Cuántos números hay en el mundo?", piensa, "¿y cómo es que no se mezclan?".
Todos gritan los números por turnos, excepto Sonia y Aliosha. Para variar la monotonía, con el tiempo han inventado sinónimos y apodos cómicos. Al siete, por ejemplo, lo llaman el "rastrillo", al once, los "palos", al setenta y siete, "Semión Semiónich", al noventa, "abuelo", y así sucesivamente. El juego transcurre alegremente.
—Treinta y dos —grita Grisha, sacando los pequeños cilindros amarillos de la gorra de su padre—. ¡Diecisiete! ¡Rastrillo! ¡Veintiocho! ¡Pónganlos rectos...!
Anya ve que a Andrey se le ha escapado el veintiocho. En cualquier otro momento se lo habría dicho, pero ahora, con su vanidad en el plato junto a los kopeks, triunfa.
—¡Veintitrés! —continúa Grisha—. ¡Semyon Semyonitch! ¡Nueve!
—¡Un escarabajo, un escarabajo! —grita Sonia, señalando un escarabajo que corre por la mesa—. ¡Ay!
“No lo mates”, dice Alyosha con su voz grave y profunda, “quizás tenga hijos…”
Sonia sigue con la mirada al escarabajo negro y se pregunta por sus crías: ¡qué diminutos escarabajos deben ser!
¡Cuarenta y tres! ¡Uno! —continúa Grisha, disgustada al pensar que Anya ya ha hecho dos cuatros—. ¡Seis!
¡Juego! ¡Ya lo tengo! —grita Sonia, poniendo los ojos en blanco con coquetería y riendo.
Los rostros de los jugadores se alargan.
“¡Debo asegurarme!” dice Grisha, mirando con odio a Sonya.
Ejerciendo sus derechos como niño grande, y el más astuto, Grisha se encarga de decidir. Lo que él quiere, eso hacen. El cálculo de Sonya se verifica lenta y cuidadosamente, y para gran pesar de sus compañeros, parece que no ha hecho trampa. Comienza otra partida.
—¡Vi algo ayer! —dice Anya, como para sí misma—. Filipp Filippitch, de alguna manera, se giró los párpados y sus ojos se veían rojos y aterradores, como los de un espíritu maligno.
—Yo también lo vi —dice Grisha—. ¡Ocho! Y un niño de nuestra escuela sabe mover las orejas. ¡Veintisiete!
Andrey mira a Grisha, medita y dice:
“Yo también puedo mover las orejas...”
“Bueno entonces, muévelos.”
Andrey mueve los ojos, los labios y los dedos, y cree que también se mueven las orejas. Todos ríen.
—Es un hombre horrible, ese Filipp Filippitch —suspira Sonia—. Vino ayer a la habitación de los niños, y yo solo llevaba mi camisola... ¡Y me sentí tan inapropiada!
—¡Juego! —grita Grisha de repente, arrebatando el dinero del platillo—. ¡Tengo el juego! Puedes echar un vistazo si quieres.
El hijo del cocinero levanta la vista y palidece.
“Entonces no podré seguir jugando más”, susurra.
"¿Por qué no?"
“Porque… porque no tengo más dinero.”
“Sin dinero no se puede jugar”, afirma Grisha.
Andrey rebusca en sus bolsillos una vez más para asegurarse. Al no encontrar nada más que migas y un lápiz mordido, baja las comisuras de los labios y empieza a parpadear con tristeza. Está a punto de llorar...
—¡Te lo apunto! —dice Sonia, incapaz de soportar su mirada de agonía—. Pero recuerda que después me lo debes devolver.
Se trae el dinero y el juego continúa.
—Creo que están sonando en alguna parte —dice Anya abriendo mucho los ojos.
Todos dejan de tocar y miran boquiabiertos la ventana oscura. El reflejo de la lámpara brilla en la oscuridad.
“Fue tu imaginación.”
“Por la noche sólo tocan en el cementerio”, dice Andrey.
“¿Y para qué llaman allí?”
Para evitar que los ladrones entren en la iglesia. Les temen a las campanas.
“¿Y para qué entran los ladrones en la iglesia?”, pregunta Sonia.
“Todos saben para qué: para matar a los vigilantes”.
Transcurre un minuto en silencio. Todos se miran, se estremecen y siguen jugando. Esta vez gana Andrey.
—¡Ha hecho trampa! —exclama Aliosha sin venir a cuento.
“¡Qué mentira! No he hecho trampa”.
Andrey palidece, le tiembla la boca y le da a Aliosha una bofetada en la cabeza. Aliosha lo mira furioso, se levanta de un salto y, con una rodilla sobre la mesa, le da a Andrey una bofetada en la mejilla. Cada uno le da un segundo golpe al otro, y ambos aúllan. Sonia, sintiendo tanto horror, también empieza a llorar, y el comedor resuena con lamentos de diversas notas. Pero no crean que ahí termina el juego. Antes de que pasen cinco minutos, los niños vuelven a reír y hablar tranquilamente. Tienen las caras bañadas en lágrimas, pero eso no les impide sonreír; Aliosha está feliz, ¡ha habido una pelea!
Vasya, el alumno de quinto de primaria, entra al comedor. Parece somnoliento y desilusionado.
"¡Esto es repugnante!", piensa, al ver a Grisha palpar sus bolsillos, donde tintinean los kopeks. "¿Cómo pueden darles dinero a los niños? ¿Y cómo pueden dejarlos jugar a juegos de azar? ¡Qué buena forma de criarlos, debo decir! ¡Es repugnante!"
Pero el juego de los niños es tan tentador que siente la inclinación de unirse a ellos y probar suerte.
“Espera un momento que me sentaré a jugar”, dice.
“¡Pon un kopek!”
—En un minuto —dice, rebuscando en sus bolsillos—. No tengo ni un kopek, pero aquí tienes un rublo. Apuesto un rublo.
—No, no, no... Debes dejar un kopek.
—¡Qué idiotas! Un rublo vale más que un kopek —explica el colegial—. Quien gane, que me dé el cambio.
—¡No, por favor! ¡Váyanse!
El alumno de quinto se encoge de hombros y va a la cocina a pedir cambio a los sirvientes. Al parecer, no hay ni un solo kopek en la cocina.
—En ese caso, dame el cambio —le insta a Grisha al volver de la cocina—. Te lo pago. ¿Verdad? Ven, dame diez kopeks por un rublo.
Grisha mira a Vasya con sospecha, preguntándose si no será algún truco, una estafa.
"No lo haré", dice él sujetándose los bolsillos.
Vasya comienza a enfadarse y los insulta, llamándolos idiotas y tontos.
—¡Apuesto por ti, Vasya! —dice Sonia—. Siéntate. Se sienta y coloca dos cartas delante de él. Anya empieza a contar los números.
—¡He perdido un kopek! —anuncia Grisha de repente, con voz agitada—. ¡Espera!
Toma la lámpara y se esconde debajo de la mesa buscando el kopek. Se aferran a cáscaras de nueces y a toda clase de porquerías, se golpean la cabeza, pero no encuentran el kopek. Empiezan a buscar de nuevo, y buscan hasta que Vasya le quita la lámpara a Grisha y la pone en su lugar. Grisha sigue buscando en la oscuridad. Pero por fin encuentran el kopek. Los jugadores se sientan a la mesa y deciden seguir jugando.
"¡Sonya está dormida!" —anuncia Aliosha.
Sonia, con su cabeza rizada apoyada en los brazos, duerme dulce, profundamente y tranquilamente, como si llevara una hora dormida. Se quedó dormida sin querer, mientras los demás buscaban el kopek.
—¡Ven, acuéstate en la cama de mamá! —dice Anya, alejándola de la mesa—. ¡Ven!
Todos salen en tropel con ella, y cinco minutos después, la cama de mamá ofrece un espectáculo curioso. Sonia duerme. Aliosha ronca a su lado. Grisha y Ania duermen con la cabeza apoyada en los pies de los demás. El hijo del cocinero, Andrey, también ha logrado acurrucarse junto a ellos. Cerca de ellos yacen los kopeks, que han perdido su valor hasta el próximo partido. ¡Buenas noches!
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EL FUGITIVO
IHabía sido un largo camino. Al principio, Pashka había caminado con su madre bajo la lluvia, una vez por un campo segado, luego por senderos forestales, donde las hojas amarillas se le pegaban a las botas; había caminado hasta el amanecer. Luego se quedó de pie durante dos horas en el oscuro pasillo, esperando a que se abriera la puerta. No hacía tanto frío ni humedad en el pasillo como en el patio, pero con el fuerte viento, la lluvia entraba incluso allí. Cuando el pasillo se fue llenando poco a poco de gente, Pashka se apretujó entre ellos, apoyó la cara en una piel de oveja que olía intensamente a pescado salado y se quedó dormido. Pero finalmente el cerrojo se cerró, la puerta se abrió de golpe y Pashka y su madre entraron en la sala de espera. Todos los pacientes estaban sentados en bancos sin moverse ni hablar. Pashka los miró y también guardó silencio, aunque veía muchas cosas extrañas y divertidas. Sólo una vez, cuando un muchacho entró en la sala de espera saltando en una pierna, Pashka quiso saltar también; le dio un codazo a su madre, rió para sí y dijo: «Mira, mami, un gorrión».
—¡Silencio, niño, silencio! —dijo su madre.
En la pequeña ventana apareció un asistente de hospital con aspecto soñoliento.
“¡Venid y registraos!” gritó.
Todos, incluido el chico gracioso que saltaba, se acercaron a la ventana. El ayudante les preguntó a todos su nombre, el de su padre, dónde vivían, cuánto tiempo llevaban enfermos, etc. Por las respuestas de su madre, Pashka supo que no se llamaba Pashka, sino Pavel Galaktionov, que tenía siete años, que no sabía leer ni escribir y que llevaba enfermo desde Pascua.
Poco después del registro, tuvo que permanecer de pie un rato; el médico, con delantal blanco y una toalla alrededor de la cintura, cruzó la sala de espera. Al pasar junto al chico que saltaba, se encogió de hombros y dijo con voz cantarina:
—¡Eres un idiota! ¿Verdad? Te dije que vinieras el lunes y vienes el viernes. No me importa si no vienes, pero ya sabes, idiota, ¡se te va a acabar la pierna!
El muchacho hizo una mueca lastimera, como si fuera a pedir limosna, parpadeó y dijo:
“¡Por favor, haz algo por mí, Iván Mikolaitch!”
—No sirve de nada decir «Iván Mikolaich» —lo imitó el médico—. Te dijeron que vinieras el lunes y debes obedecer. Eres un idiota, y punto.
El médico empezó a atender a los pacientes. Se sentaba en su cuartito y los llamaba uno por uno. De la pequeña habitación salían continuamente sonidos: gemidos desgarradores, el llanto de un niño o las palabras airadas del médico:
—Ven, ¿por qué lloras? ¿Te estoy asesinando o qué? ¡Siéntate en silencio!
Llegó el turno de Pashka.
¡Pavel Galaktionov! gritó el médico.
Su madre estaba horrorizada, como si no hubiera esperado esa llamada, y tomando a Pashka de la mano, lo condujo a la habitación.
El médico estaba sentado a la mesa, golpeando mecánicamente un grueso libro con un pequeño martillo.
—¿Qué pasa? —preguntó sin mirarlos.
—El muchachito tiene una úlcera en el codo, señor —respondió su madre, y su rostro adoptó una expresión como si realmente estuviera terriblemente afligida por la úlcera de Pashka.
“¡Desvístelo!”
Pashka, jadeante, se desenrolló el pañuelo del cuello, luego se limpió la nariz con la manga y comenzó a quitarse deliberadamente la piel de oveja.
—¡Mujer, no has venido de visita! —dijo el doctor enojado—. ¿Por qué te entretienes? No estás sola aquí.
Pashka arrojó apresuradamente la piel de oveja al suelo y, con la ayuda de su madre, se quitó la camisa... El médico lo miró perezosamente y le dio unas palmaditas en el vientre desnudo.
—Has formado una corporación bastante respetable, hermano Pashka —dijo, y suspiró—. Ven, enséñame el codo.
Pashka miró de reojo el recipiente lleno de restos manchados de sangre, miró el delantal del médico y comenzó a llorar.
—¡Ay, ay! —lo imitó el doctor—. Ya casi tiene edad para casarse, niño mimado, ¡y aquí está llorando! ¡Qué vergüenza!
Pashka, tratando de no llorar, miró a su madre, y en esa mirada se podía leer la súplica: “No les digas en casa que lloré en el hospital”.
El médico le examinó el codo, lo presionó, exhaló un suspiro, chasqueó los labios y volvió a presionarlo.
—Deberían golpearte, mujer, pero no hay nadie que lo haga —dijo—. ¿Por qué no lo trajiste antes? ¡Mira, el brazo está hecho polvo! ¡Mira, mujer insensata! ¡Mira, la articulación está mal!
“Usted lo sabe mejor, amable señor…” suspiró la mujer.
Amable señor... Dejó que el brazo del niño se pudriera, y ahora es 'amable señor'. ¿Qué clase de trabajador será sin un brazo? Lo cuidarás y cuidarás durante siglos. Apuesto a que si hubieras tenido un grano en la nariz, habrías corrido al hospital enseguida, pero has dejado que tu hijo se pudra durante seis meses. Todos sois así.
El doctor encendió un cigarrillo. Mientras humeaba, regañó a la mujer y meneó la cabeza al ritmo de la canción que tarareaba para sus adentros, mientras pensaba en otra cosa. Pashka permanecía desnuda frente a él, escuchando y observando el humo. Cuando el cigarrillo se apagó, el doctor se sobresaltó y dijo en voz baja:
—Bueno, escucha, mujer. En este caso no puedes hacer nada con ungüentos ni gotas. Debes dejarlo en el hospital.
-Si es necesario, señor, ¿por qué no?
“Tenemos que operarlo. Quédate conmigo, Pashka”, dijo el doctor, dándole una palmada en el hombro. “Deja que mamá se vaya a casa, y tú y yo nos quedaremos aquí, viejo. Me siento bien, viejo, aquí es de primera. Te diré lo que haremos, Pashka: iremos a cazar pinzones juntos. ¡Te enseñaré un zorro! ¡Iremos de visita juntos! ¿De acuerdo? ¡Y mamá vendrá a buscarte mañana! ¿Eh?”
Pashka miró inquisitivamente a su madre.
“¡Quédate, niña!” dijo.
—¡Se quedará, se quedará! —gritó el doctor con alegría—. Y no hay necesidad de discutirlo. ¡Le enseñaré un zorro vivo! ¡Iremos juntos a la feria a comprar dulces! ¡María Denísovna, llévalo arriba!
El doctor, aparentemente un hombre alegre y amigable, parecía contento de tener compañía; Pashka quería complacerlo, especialmente porque nunca en su vida había estado en una feria y le habría encantado ver un zorro vivo, pero ¿cómo podría hacerlo sin su madre?
Tras reflexionar un poco, decidió pedirle al médico que dejara que su madre también se quedara en el hospital, pero antes de que pudiera abrir la boca, la ayudante ya lo llevaba arriba. Subió y miró a su alrededor con la boca abierta. La escalera, el suelo y los marcos de las puertas —todo enorme, recto y brillante— estaban pintados de un espléndido color amarillo y desprendían un delicioso aroma a aceite de Cuaresma. Por todas partes colgaban lámparas, tiras de alfombra tendidas por el suelo, grifos de cobre sobresalían de las paredes. Pero lo que más le gustó a Pashka fue la cama donde lo obligaron a sentarse y la colcha de lana gris. Tocó las almohadas y la colcha con las manos, recorrió la sala con la mirada y se convenció de que se estaba muy bien en la consulta del médico.
La sala no era grande; solo tenía tres camas. Una estaba vacía, la segunda estaba ocupada por Pashka, y en la tercera estaba sentado un anciano de ojos irritados que no paraba de toser y escupir en una taza. Desde la cama de Pashka se veía parte de otra sala con dos camas; en una dormía un hombre muy pálido y demacrado con una botella de goma en la cabeza; en la otra, un campesino con la cabeza atada, con aspecto de mujer, estaba sentado con los brazos extendidos.
Después de hacer sentar a Pashka, la asistente salió y regresó un poco más tarde con un paquete de ropa bajo el brazo.
“Estos son para ti”, dijo, “póntelos”.
Pashka se desvistió y, no sin satisfacción, comenzó a vestirse con su nuevo atuendo. Tras ponerse la camisa, los calzoncillos y la bata gris, se miró complacido y pensó que no estaría mal pasear por el pueblo con ese atuendo. Imaginó a su madre enviándolo al huerto junto al río a recoger hojas de col para el cerdito; se vio caminando, mientras los niños y niñas lo rodeaban y miraban con envidia su bata.
Una enfermera entró en la sala con dos cuencos de hojalata, dos cucharas y dos rebanadas de pan. Puso un cuenco delante del anciano y el otro delante de Pashka.
“¡Come!” dijo ella.
Al mirar su plato, Pashka vio una rica sopa de col, y en ella un trozo de carne, y volvió a pensar que se estaba muy bien en casa del médico, y que el doctor no estaba tan enfadado como parecía al principio. Tragó la sopa un buen rato, lamiendo la cuchara tras cada bocado; luego, cuando no quedó nada en el plato excepto la carne, miró de reojo al anciano y sintió envidia de que todavía estuviera comiendo sopa. Con un suspiro, Pashka atacó la carne, intentando que durara lo máximo posible, pero sus esfuerzos fueron infructuosos; la carne también se esfumó rápidamente. No quedaba nada más que el trozo de pan. El pan solo, sin nada encima, no era apetitoso, pero no había remedio. Pashka pensó un momento y se comió el pan. En ese momento entró la enfermera con otro plato. Esta vez había carne asada con patatas.
“¿Y dónde está el pan?” preguntó la enfermera.
En lugar de responder, Pashka infló las mejillas y exhaló el aire.
—¿Por qué te lo comiste todo? —preguntó la enfermera con reproche—. ¿Con qué vas a comer la carne?
Fue a buscar otro trozo de pan. Pashka nunca había comido carne asada en su vida, y al probarla ahora le pareció deliciosa. Desapareció enseguida, y entonces le quedó un trozo de pan más grande que el primero. Cuando el anciano terminó de cenar, guardó los restos de pan en una mesita. Pashka quiso hacer lo mismo, pero, pensándolo mejor, se comió su trozo.
Cuando terminó, salió a dar un paseo. En la sala contigua, además de las dos que había visto desde la puerta, había cuatro personas más. De ellas, solo una le llamó la atención. Era un campesino alto y extremadamente demacrado, con un rostro velludo y de aspecto taciturno. Estaba sentado en la cama, asintiendo con la cabeza y balanceando el brazo derecho constantemente como un péndulo. Pashka no pudo apartar la vista de él durante un buen rato. Al principio, los movimientos regulares, como de péndulo, del hombre le parecieron curiosos, y pensó que eran para diversión general, pero al mirarlo a la cara, se asustó y comprendió que estaba muy enfermo. Al entrar en una tercera sala, vio a dos campesinos con el rostro rojo oscuro, como si estuvieran manchados de arcilla. Estaban sentados inmóviles en sus camas, y con sus extraños rostros, en los que era difícil distinguir sus rasgos, parecían ídolos paganos.
—Tía, ¿por qué se ven así? —preguntó Pashka a la enfermera.
“Tienen viruela, muchacho.”
De regreso a su sala, Pashka se sentó en la cama y esperó a que el médico viniera a llevarlo a cazar pinzones o a la feria. Pero el médico no llegó. Vio fugazmente a un auxiliar de hospital en la puerta de la sala contigua. Se inclinó sobre el paciente, cuya cabeza tenía una bolsa de hielo, y gritó: "¡Mihailo!".
Pero el hombre dormido no se movió. El ayudante hizo un gesto y se marchó. Pashka observó al anciano, su vecino de al lado. El anciano tosía sin parar y escupía en una taza. Su tos tenía un sonido largo y crujiente.
A Pashka le gustaba una peculiaridad suya: cuando inhalaba mientras tosía, algo en su pecho silbaba y cantaba con notas diferentes.
—Abuelo, ¿qué es lo que te silba? —preguntó Pashka.
El anciano no respondió. Pashka esperó un momento y preguntó:
Abuelo, ¿dónde está el zorro?
"¿Qué zorro?"
“El vivo.”
¿Dónde debería estar? ¡En el bosque!
Pasó mucho tiempo, pero el médico seguía sin aparecer. La enfermera trajo el té y regañó a Pashka por no haber guardado pan para la merienda; el ayudante volvió y se puso a despertar a Mihailo. Afuera, el cielo se tornó azul, las salas estaban iluminadas, pero el médico no apareció. Ya era demasiado tarde para ir a la feria a cazar pinzones; Pashka se estiró en la cama y se puso a pensar. Recordó los dulces que le había prometido el médico, el rostro y la voz de su madre, la oscuridad de su cabaña, la estufa, la malhumorada abuela Yegorovna... y de repente se sintió triste y deprimente. Recordó que su madre vendría a buscarlo al día siguiente, sonrió y cerró los ojos.
Un crujido lo despertó. En la sala contigua, alguien caminaba y hablaba en voz baja. Tres figuras se movían alrededor de la cama de Mihailo a la tenue luz de la lamparilla y la lámpara de iconos.
“¿Lo llevamos con cama y todo o sin él?”, preguntó uno de ellos.
Sin ella. No podrás pasar por la puerta con la cama.
“Murió en el momento equivocado, ¡el Reino de los Cielos sea suyo!”
Uno tomó a Mihailo por los hombros, otro por las piernas y lo levantó: los brazos y la falda de su bata colgaban flácidas hasta el suelo. Un tercero —era el campesino con aspecto de mujer— se santiguó, y los tres, pisando torpemente las faldas de Mihailo, salieron de la sala.
Se oyó un silbido y un zumbido con diferentes notas proveniente del pecho del anciano dormido. Pashka escuchó, miró por las ventanas oscuras y saltó de la cama aterrorizada.
“¡Ma-a-mka!” gimió con un bajo profundo.
Y sin esperar respuesta, corrió a la sala contigua. Allí, la oscuridad estaba tenuemente iluminada por una lamparilla y la lámpara ikon; los pacientes, consternados por la muerte de Mihailo, estaban sentados en sus camas: sus figuras desaliñadas, confundidas con las sombras, parecían más anchas, más altas, y parecían crecer cada vez más; en la cama más alejada del rincón, donde estaba más oscuro, estaba sentado el campesino moviendo la cabeza y la mano.
Pashka, sin fijarse en las puertas, entró corriendo en la sala de viruela, de allí al pasillo, y del pasillo voló a una gran habitación donde monstruos, con cabello largo y rostros de ancianas, yacían y se sentaban en las camas. Atravesando el ala de mujeres, se encontró de nuevo en el pasillo, vio la barandilla de la escalera que ya conocía y bajó corriendo. Allí reconoció la sala de espera donde había estado esa mañana y empezó a buscar la puerta que daba al exterior.
El pestillo crujió, se sintió una ráfaga de viento frío, y Pashka, tropezando, salió corriendo al patio. Solo tenía un pensamiento: ¡correr, correr! No conocía el camino, pero estaba convencido de que si corría, seguro que se encontraría en casa con su madre. El cielo estaba nublado, pero había luna tras las nubes. Pashka corrió desde los escalones hacia adelante, rodeó el granero y tropezó con unos arbustos espesos; tras detenerse un momento a pensar, regresó corriendo al hospital, lo rodeó y se detuvo de nuevo, indeciso; detrás del hospital había cruces blancas.
“¡Ma-a-mka!” gritó y salió corriendo hacia atrás.
Corriendo junto a los oscuros y siniestros edificios, vio una ventana iluminada.
La mancha roja brillante parecía aterradora en la oscuridad, pero Pashka, frenético de terror, sin saber adónde correr, se volvió hacia ella. Junto a la ventana había un porche con escalones y una puerta principal con una pizarra blanca; Pashka subió corriendo los escalones, miró por la ventana y al instante se sintió invadido por una alegría intensa y abrumadora. A través de la ventana vio al alegre y afable doctor sentado a la mesa leyendo un libro. Riendo de felicidad, Pashka extendió las manos hacia la persona que conocía e intentó llamarla, pero una fuerza invisible lo ahogó y le golpeó las piernas; se tambaleó y cayó inconsciente en los escalones.
Cuando volvió en sí ya era de día, y una voz que conocía muy bien, que le había prometido una feria, pinzones y un zorro, decía a su lado:
—¡Eres un idiota, Pashka! ¿Verdad que eres un idiota? Deberían golpearte, pero no hay nadie que lo haga.
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GRISHA
GRAMORISHA, un niño regordete, nacido hace dos años y ocho meses, camina por el bulevar con su niñera. Lleva una pelliza larga y acolchada, una bufanda, una gorra grande con un pompón esponjoso y botas de agua abrigadas. Siente calor y se siente sofocado, y ahora, además, el sol de abril le da de lleno en la cara y le hormiguea los párpados.
Toda su pequeña figura, que camina con torpeza, timidez e incertidumbre, expresa el máximo desconcierto.
Hasta ahora, Grisha solo ha conocido un mundo rectangular, donde en una esquina está su cama, en la otra el baúl de la niñera, en la tercera una silla, y en la cuarta una lamparita encendida. Si uno mira debajo de la cama, ve una muñeca con un brazo roto y un tambor; y detrás del baúl de la niñera, hay muchísimas cosas de todo tipo: carretes de hilo, cajas sin tapa y un Jack-a-dandy roto. En ese mundo, además de la niñera y Grisha, a menudo están mamá y el gato. Mamá es como una muñeca, y el minino es como el abrigo de piel de papá, solo que el abrigo no tiene ojos ni cola. Desde el mundo llamado la habitación de los niños, una puerta conduce a un gran espacio donde cenan y toman el té. Allí está la silla de Grisha, de patas altas, y en la pared cuelga un reloj que existe para balancear su péndulo y sonar. Desde el comedor, se puede pasar a una habitación con sillones rojos. Aquí hay una mancha oscura en la alfombra, por la que aún se le tiemblan los dedos a Grisha. Más allá de esa habitación hay otra, a la que no se permite el paso, y donde se vislumbran a papá, ¡una persona extremadamente enigmática! La niñera y la mamá son comprensibles: visten a Grisha, lo alimentan y lo acuestan, pero se desconoce para qué existe papá. Hay otra persona enigmática, la tía, que le regaló un tambor a Grisha. Aparece y desaparece. ¿Adónde desaparece? Grisha ha mirado más de una vez debajo de la cama, detrás del baúl y debajo del sofá, pero no estaba allí.
En este nuevo mundo, donde el sol hiere los ojos, hay tantos papás, mamás y tías que no se sabe a quién acudir. Pero lo más extraño y absurdo de todo son los caballos. Grisha observa sus patas en movimiento, sin entender nada. Mira a su niñera para que resuelva el misterio, pero ella no dice nada.
De repente, oye un ruido espantoso... Una multitud de soldados, con el rostro enrojecido y escobas bajo el brazo, avanza a paso lento por el bulevar, justo frente a él. Grisha se queda paralizado de terror y mira inquisitivamente a la enfermera para saber si es peligroso. Pero la enfermera no llora ni huye, así que no hay peligro. Grisha observa a los soldados y empieza a caminar al ritmo de ellos.
Dos grandes felinos de hocico alargado corren uno tras otro por el bulevar, con la lengua fuera y el rabo al aire. Grisha cree que él también debe correr y corre tras los felinos.
—¡Alto! —grita la enfermera, agarrándolo bruscamente del hombro—. ¿Adónde vas? ¿No te han dicho que no te portes mal?
Aquí hay una enfermera sentada con una bandeja de naranjas. Grisha pasa junto a ella y, sin decir nada, toma una naranja.
"¿Qué haces?", grita su compañero de viaje, dándose una palmada en la mano y arrebatándole la naranja. "¡Qué tontería!"
Ahora a Grisha le hubiera gustado coger un trozo de cristal que estaba a sus pies y brillaba como una lámpara, pero tiene miedo de que le vuelvan a dar un golpe en la mano.
—¡Mis respetos para ti! —Grishha oye de repente, casi encima de su oído, una voz fuerte y ronca, y ve a un hombre alto con botones brillantes.
Para su gran deleite, este hombre le da la mano a la enfermera, se detiene y empieza a hablar con ella. El brillo del sol, el ruido de los carruajes, los caballos, los botones brillantes son tan impresionantemente nuevos y nada aterradores, que el alma de Grisha se llena de alegría y empieza a reír.
¡Vamos! ¡Vamos! —le grita al hombre de los botones brillantes, tirando de los faldones de su abrigo.
“¿Adónde vamos?”, pregunta el hombre.
“¡Ven!” insiste Grisha.
Él quiere decir que estaría bien llevarse consigo a papá, a mamá y al gato, pero su lengua no dice lo que quiere.
Un poco más tarde, la enfermera sale del bulevar y conduce a Grisha a un amplio patio donde aún hay nieve; el hombre de los botones brillantes también los acompaña. Evitan con cuidado los grumos de nieve y los charcos, y luego, por una escalera oscura y sucia, entran en una habitación. Allí hay mucho humo, huele a carne asada, y una mujer está de pie junto a la estufa friendo chuletas. El cocinero y la enfermera se besan, se sientan en el banco junto al hombre y empiezan a hablar en voz baja. Grisha, abrigado como está, siente un calor insoportable y se siente sofocado.
“¿Por qué pasa esto?” se pregunta mirando a su alrededor.
Ve el techo oscuro, el horno con dos cuernos, la estufa que parece un gran agujero negro.
"Mamá", dice arrastrando las palabras.
—¡Vamos, vamos, vamos! —grita la enfermera—. ¡Esperen un momento!
El cocinero pone una botella en la mesa, dos copas de vino y un pastel. Las dos mujeres y el hombre de los botones brillantes chocan las copas y las vacían varias veces, y el hombre abraza primero a la cocinera y luego a la enfermera. Y entonces los tres empiezan a cantar en voz baja.
Grisha extiende la mano hacia el pastel y le dan un trozo. Lo come y observa a la enfermera beber... Él también quiere beber.
“¡Dame un poco, enfermera!”, suplica.
La cocinera le da un sorbo de su vaso. Él pone los ojos en blanco, parpadea, tose y agita las manos un buen rato después, mientras la cocinera lo mira y ríe.
Al llegar a casa, Grisha empieza a contarle a mamá, a las paredes y a la cama dónde ha estado y qué ha visto. Habla no tanto con la lengua, sino con la cara y las manos. Muestra cómo brilla el sol, cómo corren los caballos, el aspecto horrible de la estufa y cómo bebe el cocinero...
Por la noche no puede conciliar el sueño. Los soldados con las escobas, los grandes felinos, los caballos, el trozo de cristal, la bandeja de naranjas, los botones brillantes, todo reunido, le pesan en la cabeza. Se revuelve de un lado a otro, balbucea y, al final, incapaz de soportar la emoción, rompe a llorar.
—Tienes fiebre —dice mamá, poniéndole la mano abierta en la frente—. ¿Qué te habrá causado?
—¡Estufa! —grita Grisha—. ¡Fuera, estufa!
“Debe haber comido demasiado…” decide mamá.
Y Grisha, destrozado por las impresiones de la nueva vida que acaba de experimentar, recibe de mamá una cucharada de aceite de ricino.
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OSTRAS
INo hace falta un gran esfuerzo de memoria para recordar, con todo detalle, la lluviosa tarde de otoño en la que, de pie con mi padre en una de las calles más transitadas de Moscú, sentí que una extraña enfermedad me dominaba poco a poco. No sentía ningún dolor, pero las piernas me fallaban, las palabras se me atascaban en la garganta, la cabeza me resbalaba débilmente hacia un lado... Parecía que, en un instante, iba a caerme y perder el conocimiento.
Si en ese momento me hubieran ingresado en un hospital, los médicos habrían tenido que escribir sobre mi cama: Famas , una enfermedad que no está en los manuales de medicina.
A mi lado, en la acera, estaba mi padre con un abrigo de verano raído y una gorra de sarga, de la que sobresalía un poco de guata blanca. Calzaba unas chanclas grandes y pesadas. Temeroso, vanidoso, de que la gente viera que llevaba los pies descalzos bajo las chanclas, se había subido la parte superior de unas botas viejas hasta las pantorrillas.
Esta pobre, ingenua y extraña criatura, a quien quería con más cariño cuanto más andrajoso y sucio se volvía su elegante abrigo de verano, había llegado a Moscú cinco meses antes a buscar trabajo como copista. Durante esos cinco meses había estado vagando por Moscú buscando trabajo, y solo ese día se atrevió a salir a la calle a pedir limosna.
Ante nosotros había una gran casa de tres pisos, adornada con un letrero azul con la palabra "Restaurante". Mi cabeza se inclinaba débilmente hacia atrás y hacia un lado, y no pude evitar mirar hacia arriba, a las ventanas iluminadas del restaurante. Figuras humanas revoloteaban en las ventanas. Podía ver el lado derecho del orquestrión, dos oleografías, lámparas colgantes... Al mirar fijamente por una ventana, vi una mancha blanca. La mancha estaba inmóvil, y sus contornos rectangulares resaltaban nítidamente contra el fondo marrón oscuro. Miré atentamente y, a partir de la mancha, distinguí un cartel blanco en la pared. Había algo escrito, pero no pude ver qué era...
Durante media hora mantuve la vista fija en el cartel. Su blanco atraía mi mirada y, por así decirlo, hipnotizaba mi mente. Intenté leerlo, pero mis esfuerzos fueron en vano.
Al final la extraña enfermedad pudo más.
El estruendo de los carruajes empezó a parecer un trueno; en el hedor de la calle, distinguí mil olores. Las luces del restaurante y las farolas me deslumbraron como un rayo. Mis cinco sentidos estaban a flor de piel y más sensibles de lo normal. Empecé a ver lo que antes no había visto.
“Ostras…” escribí en el cartel.
¡Qué palabra tan rara! Había vivido ocho años y tres meses, pero nunca me había topado con esa palabra. ¿Qué significaba? ¿Seguro que no era el nombre del dueño del restaurante? ¡Pero los carteles con nombres siempre cuelgan afuera, no en las paredes interiores!
—Papá, ¿qué significa «ostras»? —pregunté con voz ronca, intentando girar la cara hacia mi padre.
Mi padre no oyó. Estaba atento a los movimientos de la multitud y seguía con la mirada a cada transeúnte... Por su mirada vi que quería decirles algo, pero la palabra fatal le pesaba como un peso en los labios temblorosos y no podía soltarla. Incluso dio un paso tras un transeúnte y le tocó la manga, pero al darse la vuelta, dijo: «Disculpe», se sintió abrumado por la confusión y retrocedió tambaleándose.
«Papá, ¿qué significa ostras?», repetí.
“Es un animal. . . que vive en el mar.”
Al instante me imaginé a este desconocido animal marino... Pensé que debía ser algo intermedio entre un pez y un cangrejo. Como era de mar, preparaban con él, por supuesto, una deliciosa sopa de pescado caliente con pimienta aromática y hojas de laurel, o caldo con vinagre y fricasé de pescado y col, o salsa de cangrejo de río, o lo servían frío con rábano picante... Me lo imaginé vívidamente siendo traído del mercado, limpiado rápidamente, puesto rápidamente en la olla, rápido, rápido, porque todos tenían hambre... ¡un hambre terrible! De la cocina subía el olor a sopa caliente de pescado y cangrejo de río.
Sentí que este olor me hacía cosquillas en el paladar y la nariz, que poco a poco se apoderaba de todo mi cuerpo... El restaurante, mi padre, el cartel blanco, mis mangas, todo olía a él, tan fuerte que empecé a masticar. Moví las mandíbulas y tragué como si realmente tuviera un trozo de este animal marino en la boca...
Me flaquearon las piernas ante la maravillosa sensación que sentía, y me aferré al brazo de mi padre para no caerme, apoyándome en su abrigo de verano mojado. Mi padre temblaba y tiritaba. Tenía frío...
“Papá, ¿las ostras son un plato de Cuaresma?”, pregunté.
“Se los comen vivos…”, dijo mi padre. “Vienen con caparazones como las tortugas, pero… en dos mitades.”
El delicioso olor dejó de afectarme al instante y la ilusión se desvaneció... ¡Ahora lo entendía todo!
—¡Qué asco! —susurré—. ¡Qué asco!
¡Así que eso significaba "ostras"! Me imaginé una criatura parecida a una rana. Una rana sentada en una concha, asomándose con sus grandes ojos brillantes y moviendo sus repugnantes mandíbulas. Imaginé a esta criatura en una concha con garras, ojos brillantes y una piel viscosa, siendo traída del mercado... Los niños se escondían mientras la cocinera, con el ceño fruncido y disgustada, tomaba a la criatura por la garra, la ponía en un plato y la llevaba al comedor. Los adultos la tomaban y se la comían, ¡viva con sus ojos, sus dientes, sus patas! Mientras chillaba e intentaba morderles los labios...
Fruncí el ceño, pero... ¿por qué movía los dientes como si estuviera masticando? La criatura era repugnante, asquerosa, terrible, pero la comí, la comí con avidez, temeroso de distinguir su sabor u olor. En cuanto comí una, vi los ojos brillantes de una segunda, una tercera... Me las comí también... Por fin, comí la servilleta, el plato, los chanclos de mi padre, el cartel blanco... Comí todo lo que me llamó la atención, porque sentía que solo comiendo podría curarme la enfermedad. Las ostras tenían una mirada terrible y eran repugnantes. Me estremecí al pensar en ellas, ¡pero quería comer! ¡Comer!
¡Ostras! ¡Dame ostras! —grité, y extendí la mano.
—¡Ayúdennos, caballeros! —escuché en ese momento a mi padre decir con voz ronca y temblorosa—. Me da vergüenza pedirlo, pero ¡Dios mío! ¡No puedo soportarlo más!
—¡Ostras! —grité, tirando de los faldones del abrigo de mi padre.
¿Quieres decir que comes ostras? ¡Un tipo tan pequeño como tú! —Oí risas cerca de mí.
Frente a nosotros estaban dos caballeros con sombreros de copa que me miraban a la cara y se reían.
¿De verdad comes ostras, jovencito? ¡Qué interesante! ¿Cómo las comes?
Recuerdo que una mano fuerte me arrastró hasta el restaurante iluminado. Un minuto después, una multitud me rodeaba, observándome con curiosidad y diversión. Me senté a una mesa y comí algo viscoso, salado, con un sabor a humedad y moho. Comí con avidez, sin masticar, sin mirar ni intentar descubrir lo que comía. Creí que si abría los ojos vería ojos brillantes, garras y dientes afilados.
De repente comencé a morder algo duro y se oyó un ruido como de algo crujido.
¡Ja, ja! ¡Se está comiendo las conchas! —rió la multitud—. ¡Tontita! ¿Crees que puedes comerte eso?
Después de eso recuerdo una sed terrible. Estaba acostado en mi cama, sin poder dormir por la acidez y el extraño sabor en la boca reseca. Mi padre caminaba de un lado a otro, gesticulando con las manos.
«Creo que me he resfriado», murmuraba. «Tengo la sensación de que alguien me ha pisado la cabeza... Quizás sea porque no he... eh... comido nada hoy... Soy un tipo raro y estúpido... Vi a esos señores pagar diez rublos por las ostras. ¿Por qué no me acerqué a ellos y les pedí... que me prestaran algo? Me lo habrían dado».
Hacia la mañana, me quedé dormido y soñé con una rana sentada en una concha, moviendo los ojos. Al mediodía, la sed me despertó y busqué a mi padre: seguía caminando y gesticulando.
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HOGAR
"SAlguien vino de casa de los Grigoryev a buscar un libro, pero le dije que no estaba en casa. El cartero trajo el periódico y dos cartas. Por cierto, Yevgeny Petróvich, me gustaría pedirle que hablara con Seryozha. Hoy y anteayer me he dado cuenta de que está fumando. Cuando empecé a reprenderlo, se tapó los oídos como siempre y cantó a todo pulmón para ahogar mi voz.
El fiscal del tribunal del distrito, Yevgeny Petrovich Bykovsky, que acababa de regresar de una sesión y se estaba quitando los guantes en su despacho, miró a la institutriz mientras ésta hacía su informe y se rió.
—Seryozha fumando... —dijo, encogiéndose de hombros—. ¡Me imagino al pequeño angelito con un cigarrillo en la boca! ¿Pero qué edad tiene?
Siete. Crees que no es importante, pero a su edad fumar es un hábito malo y pernicioso, y los malos hábitos deben erradicarse desde el principio.
—Totalmente cierto. ¿Y de dónde saca el tabaco?
“Lo saca del cajón de tu mesa”.
—¿Sí? En ese caso, envíamelo.
Cuando la institutriz salió, Bykovsky se sentó en un sillón frente a su escritorio, cerró los ojos y se puso a pensar. Se imaginó a su Seryozha con un puro enorme, de un metro de largo, en medio de nubes de humo de tabaco, y esta caricatura lo hizo sonreír; al mismo tiempo, el rostro serio y preocupado de la institutriz evocó recuerdos de una época lejana, casi olvidada, en la que fumar despertaba en sus maestros y padres un horror extraño e incomprensible. Realmente horror. Los niños eran azotados sin piedad y expulsados de la escuela, y sus vidas eran una miseria por culpa del tabaco, aunque ningún maestro ni padre sabía exactamente cuál era el daño o el pecado de fumar. Incluso las personas muy inteligentes no dudaban en combatir un vicio que no entendían. Yevgeny Petróvich recordaba al director del instituto, un anciano muy culto y bondadoso, que palideció al encontrar a un estudiante con un cigarrillo en la boca. Convocó de inmediato un comité de emergencia del profesorado y condenó al culpable a la expulsión. Probablemente se trataba de una ley de la vida social: cuanto menos se comprendía un mal, con mayor ferocidad y crudeza se lo atacaba.
El fiscal recordó a dos o tres chicos expulsados y su vida posterior, y no pudo evitar pensar que, a menudo, el castigo causaba mucho más daño que el propio delito. El organismo vivo tiene la capacidad de adaptarse rápidamente, acostumbrándose y habituándose a cualquier ambiente; de lo contrario, el hombre estaría obligado a sentir a cada instante la irracionalidad que a menudo subyace a su actividad racional, y cuán poco de verdad y certeza establecidas hay incluso en un trabajo tan responsable y de efectos tan terribles como el del maestro, el abogado, el escritor...
Y esos pensamientos ligeros y discursivos que solo visitan el cerebro cuando está cansado y descansando comenzaron a vagar por la cabeza de Yevgeny Petróvich; no se sabe de dónde ni por qué vienen, no permanecen mucho tiempo en la mente, sino que parecen deslizarse sobre su superficie sin penetrar profundamente. Para quienes se ven obligados a pensar rutinariamente en una sola dirección durante horas enteras, e incluso días enteros, ese pensamiento libre y privado proporciona una especie de consuelo, un agradable solaz.
Eran entre las ocho y las nueve de la noche. Arriba, en el segundo piso, alguien caminaba de un lado a otro, y en el piso superior, cuatro manos tocaban escalas. El paso del hombre que estaba arriba, quien, a juzgar por su paso nervioso, pensaba en algo agobiante o tenía dolor de muelas, y las escalas monótonas daban a la quietud de la noche una somnolencia que propiciaba ensoñaciones perezosas. En el cuarto de los niños, dos habitaciones más allá, la institutriz y Seryozha conversaban.
—¡Papá ha venido! —canturreó el niño—. ¡Papá ha venido! ¡Papá! ¡Papá!
“ ¡Votre père vous appelle, allez vite! ”, gritó la institutriz, chillando como un pájaro asustado. “¡Te estoy hablando a ti!”
«¿Y qué le voy a decir?», se preguntó Yevgeny Petrovich.
Pero antes de que tuviera tiempo de pensar en nada, su hijo Seryozha, un niño de siete años, entró en el estudio.
Era un niño cuyo sexo solo se podía adivinar por su vestimenta: débil, pálido y frágil. Era flácido como una planta de invernadero, y todo en él parecía extraordinariamente suave y tierno: sus movimientos, su cabello rizado, la mirada, su chaqueta de terciopelo.
—¡Buenas noches, papá! —dijo con voz suave, subiéndose a las rodillas de su padre y dándole un beso rápido en el cuello—. ¿Me mandaste llamar?
—Disculpe, Serguéi Yevguénich —respondió el fiscal, bajándolo de su regazo—. Antes de besarnos, debemos hablar, y hablar en serio... Estoy enojado contigo y ya no te quiero. Te digo, hijo mío, que no te quiero, y no eres mi hijo...
Seryozha miró fijamente a su padre, luego desvió la mirada hacia la mesa y se encogió de hombros.
—¿Qué te he hecho? —preguntó perplejo, parpadeando—. No he estado en tu estudio en todo el día y no he tocado nada.
Natalia Semiónovna acaba de quejarse de que has estado fumando... ¿Es cierto? ¿Has estado fumando?
—Sí, fumé una vez... Es cierto...
—Ahora ve que usted también miente —dijo el fiscal, frunciendo el ceño para disimular una sonrisa—. Natalya Semiónovna lo ha visto fumar dos veces. Así que ve que lo han descubierto en tres delitos: fumar, robar tabaco ajeno y mentir. Tres faltas.
—Ah, sí —recordó Seryozha, y sus ojos sonrieron—. Es cierto, es cierto; fumé dos veces: hoy y antes.
Así que ya ves que no fue una, sino dos veces... ¡Estoy muy, muy disgustado contigo! Antes eras un buen chico, pero ahora veo que te has malcriado y te has convertido en uno malo.
Yevgeny Petrovich alisó el cuello de la camisa de Seryozha y pensó:
¿Qué más le voy a decir?
“Sí, no está bien”, continuó. “No lo esperaba de ti. En primer lugar, no deberías tomar tabaco que no te pertenece. Cada persona solo tiene derecho a usar lo suyo; si toma lo ajeno… ¡es una mala persona!” (“¡No estoy diciendo lo correcto!”, pensó Yevgeny Petróvich). “Por ejemplo, Natalia Semiónovna tiene una caja con su ropa. Esa caja es suya, y nosotros —es decir, tú y yo— no nos atrevemos a tocarla, porque no es nuestra. Es cierto, ¿verdad? Tienes caballos de juguete y cuadros… Yo no los tomo, ¿verdad? Quizás me gustaría tomarlos, pero… ¡no son míos, sino tuyos!”
—¡Llévatelos si quieres! —dijo Seryozha, arqueando las cejas—. ¡No lo dudes, papá, llévatelos! Ese perrito amarillo que tienes en la mesa es mío, pero no me importa... Que se quede.
“No me entiendes”, dijo Bykovsky. “Me diste el perro, ahora es mío y puedo hacer lo que quiera con él; ¡pero no te di el tabaco! El tabaco es mío”. (“¡No me estoy explicando bien!”, pensó el fiscal. “¡Está mal! ¡Totalmente mal!”). “Si quiero fumar el tabaco de otro, primero debo pedirle permiso…”
Enlazando lánguidamente una frase con otra e imitando el lenguaje de la guardería, Bykovsky intentó explicarle a su hijo el significado de la propiedad. Seryozha se miró el pecho y escuchó atentamente (le gustaba hablar con su padre por las noches), luego apoyó el codo en el borde de la mesa y empezó a entrecerrar sus ojos miopes mirando los papeles y el tintero. Su mirada se desvió por la mesa y se posó en el frasco de chicles.
—Papá, ¿de qué está hecho el chicle? —preguntó de repente, llevándose la botella a los ojos.
Bykovsky tomó la botella de sus manos, la colocó en su lugar y continuó:
En segundo lugar, fumas... Eso es muy malo. Que yo fume no significa que tú puedas hacerlo. Fumo y sé que es una tontería, me culpo y no me gusto por ello. («¡Soy un profesor listo!», pensó). El tabaco es muy malo para la salud, y quien fuma muere antes de lo debido. Es especialmente malo para chicos como tú fumar. Tienes el pecho débil, aún no has alcanzado tu fuerza máxima, y fumar provoca tuberculosis y otras enfermedades en las personas débiles. El tío Ignat murió de tuberculosis, ¿sabes? Si no hubiera fumado, quizás habría vivido hasta ahora.
Seryozha miró pensativo la lámpara, tocó la pantalla con el dedo y exhaló un suspiro.
—¡El tío Ignat tocaba el violín de maravilla! —dijo—. Su violín está ahora en casa de los Grigoryev.
Seryozha volvió a apoyar los codos en el borde de la mesa y se sumió en sus pensamientos. Su rostro pálido tenía una expresión fija, como si escuchara o siguiera su propio hilo de pensamientos; la angustia y algo parecido al miedo se reflejaban en sus grandes ojos fijos. Probablemente pensaba ahora en la muerte, que hacía poco se había llevado a su madre y a su tío Ignat. La muerte se lleva a las madres y a los tíos al otro mundo, mientras que sus hijos y violines permanecen en la tierra. Los muertos viven en algún lugar del cielo junto a las estrellas, y desde allí contemplan la tierra. ¿Podrán soportar la separación?
"¿Qué le voy a decir?", pensó Yevgeny Petróvich. "No me escucha. Es evidente que no le parece serio ni sus fechorías ni mis argumentos. ¿Cómo voy a convencerlo?"
El fiscal se levantó y caminó por el estudio.
“Antes, en mi época, estas cuestiones se resolvían de forma muy sencilla”, reflexionó. “A todo niño al que pillaban fumando lo azotaban. Los cobardes y pusilánimes dejaban de fumar; los más valientes e inteligentes, tras la paliza, se dedicaban a llevar tabaco en las cañas de las botas y a fumar en el granero. Cuando los pillaban en el granero y los azotaban de nuevo, se iban a fumar junto al río... y así sucesivamente, hasta que el niño crecía. Mi madre me daba dinero y dulces para que no fumara. Ahora ese método se considera inútil e inmoral. El maestro moderno, basándose en la lógica, intenta que el niño forme buenos principios, no por miedo ni por deseo de distinción o recompensa, sino conscientemente”.
Mientras caminaba, pensando, Seryozha se subió a una silla, de lado, hasta la mesa, y empezó a dibujar. Para no estropear el papel oficial ni tocar la tinta, había un montón de medias hojas, cortadas a propósito para él, sobre la mesa junto con un lápiz azul.
“La cocinera estaba picando repollo hoy y se cortó el dedo”, dijo, dibujando una casita y moviendo las cejas. “Dio un grito tan fuerte que todos nos asustamos y corrimos a la cocina. ¡Qué tontería! Natalia Semiónovna le dijo que se metiera el dedo en agua fría, pero se lo chupó... ¡Y cómo pudo meterse un dedo sucio en la boca! ¡Eso no está bien, papá!”
Luego continuó describiendo cómo, mientras estaban cenando, un hombre con una zanfona entró al patio con una niña que había bailado y cantado al son de la música.
«¡Tiene su propia línea de pensamiento!», pensó el fiscal. «Tiene un mundo propio en la cabeza, y tiene sus propias ideas sobre lo importante y lo insignificante. Para captar su atención, no basta con imitar su lenguaje; también hay que ser capaz de pensar como él. Me entendería perfectamente si de verdad lamentara la pérdida del tabaco, si me sintiera herido y llorara... Por eso nadie puede sustituir a una madre en la crianza de un hijo, porque ella puede sentir, llorar y reír junto con él. No se puede hacer nada con lógica ni moralidad. ¿Qué más le diré? ¿Qué?»
Y a Yevgeny Petrovich le pareció extraño y absurdo que él, un abogado experimentado, que había pasado la mitad de su vida en la práctica de reducir a la gente al silencio, anticiparse a lo que tenían que decir y castigarlos, estuviera completamente perdido y no supiera qué decirle al muchacho.
“Dame tu palabra de honor de que no volverás a fumar”, dijo.
—¡Palabra de honor! —canturreó Seryozha, apretando con fuerza el lápiz e inclinándose sobre el dibujo—. ¡Palabra de honor!
"¿Sabe lo que significa una palabra de honor?", se preguntó Bykovsky. "¡No, soy un mal maestro de moral! Si algún maestro o uno de nuestros abogados pudiera espiar mi mente en este momento, me llamaría un inútil y muy probablemente sospecharía de mi sutileza innecesaria... Pero en la escuela y en el tribunal, por supuesto, todas estas miserables cuestiones se resuelven con mucha más facilidad que en casa; aquí uno trata con personas a las que ama más que a nada, y el amor es exigente y complica la cuestión. Si este chico no fuera mi hijo, sino mi alumno, o un preso en su juicio, no sería tan cobarde y mis pensamientos no estarían divagando por todas partes".
Yevgeny Petróvich se sentó a la mesa y acercó uno de los dibujos de Seryozha. En él se veía una casa con el tejado torcido y humo que salía de la chimenea como un relámpago en zigzag hasta el borde mismo del papel; junto a la casa había un soldado con puntos en lugar de ojos y una bayoneta que parecía el número 4.
“Un hombre no puede ser más alto que una casa”, afirmó el fiscal.
Seryozha se puso de rodillas y se movió un rato para acomodarse allí.
—¡No, papá! —dijo, mirando su dibujo—. Si dibujaras al soldado pequeño, no se le verían los ojos.
¿Debería discutir con él? Tras observar a diario a su hijo, el fiscal se había convencido de que los niños, como los salvajes, tienen sus propios puntos de vista y exigencias artísticas, inalcanzables para los adultos. Si lo hubieran observado con atención, Seryozha podría haberle parecido anormal a una persona adulta. Creía posible y razonable dibujar hombres más altos que casas y representar a lápiz no solo objetos, sino incluso sus sensaciones. Así, representaba los sonidos de una orquesta en forma de humo, como borrones esféricos, un silbato en forma de espiral... Para él, el sonido estaba estrechamente ligado a la forma y al color, de modo que, al pintar letras, invariablemente pintaba la L de amarillo, la M de rojo, la A de negro, etc.
Seryozha abandonó su dibujo, se movió de nuevo, adoptó una actitud cómoda y se dedicó a la barba de su padre. Primero la alisó con cuidado, luego la separó y comenzó a peinarla formando patillas.
—Ahora eres como Iván Stepánovich —dijo—, y dentro de un minuto serás como nuestro portero. Papá, ¿por qué los porteros se quedan en las puertas? ¿Es para evitar que entren los ladrones?
El fiscal sentía la respiración del niño en su cara, no paraba de tocarle el pelo con la mejilla y en su alma había una sensación cálida y suave, tan suave como si no sólo sus manos, sino toda su alma, estuvieran recostadas sobre el terciopelo de la chaqueta de Seryozha.
Miró los grandes ojos oscuros del niño, y le pareció como si desde aquellas grandes pupilas lo miraran su madre, su esposa y todo lo que alguna vez había amado.
“Pensar en azotarlo…”, reflexionó. “¡Qué buena tarea idear un castigo para él! ¿Cómo podemos encargarnos de educar a los jóvenes? Antiguamente, la gente era más sencilla y desconsiderada, y por eso resolvía los problemas con audacia. Pero pensamos demasiado, nos devora la lógica… Cuanto más desarrollado es un hombre, más reflexiona y se entrega a las sutilezas, más indeciso y escrupuloso se vuelve, y más tímido demuestra al actuar. ¡Cuánto coraje y confianza en uno mismo se necesitan, cuando uno lo analiza detenidamente, para emprender la tarea de enseñar, juzgar, escribir un libro grueso…!”
Dieron las diez.
—Vamos, muchacho, es hora de dormir —dijo el fiscal—. Dile buenas noches y vete.
—No, papá —dijo Seryozha—. Me quedaré un rato más. ¡Cuéntame algo! Cuéntame un cuento...
“Muy bien, sólo que después del cuento deberás irte a dormir inmediatamente.”
En sus tardes libres, Yevgeny Petróvich solía contarle cuentos a Seriozha. Como la mayoría de la gente dedicada a asuntos prácticos, no se sabía ni un solo poema de memoria ni recordaba ningún cuento de hadas, así que tenía que improvisar. Por lo general, empezaba con lo estereotipado: «En tal país, en tal reino», y luego acumulaba toda clase de tonterías inocentes, sin tener ni idea, al principio, de cómo continuaría la historia ni de cómo terminaría. Escenas, personajes y situaciones eran tomados al azar, improvisados, y la trama y la moraleja surgían por sí solas, sin ningún plan por parte del narrador. Seriozha disfrutaba mucho de esta improvisación, y el fiscal se dio cuenta de que cuanto más simple y menos ingeniosa era la trama, más fuerte era la impresión que causaba en el niño.
—Escucha —dijo levantando la mirada al techo. Érase una vez, en cierto país, en cierto reino, un anciano emperador con una larga barba gris y... y con grandes bigotes grises como este. Pues bien, vivía en un palacio de cristal que brillaba y centelleaba al sol, como un gran trozo de hielo transparente. El palacio, hijo mío, se alzaba en un enorme jardín, en el que crecían naranjos, ¿sabes?... bergamotas, cerezas... tulipanes, rosas y lirios del valle estaban en flor, y allí cantaban pájaros de diferentes colores... Sí... De los árboles colgaban campanillas de cristal, y, cuando soplaba el viento, sonaban tan dulcemente que uno nunca se cansaba de oírlas. El cristal da una nota más suave y tierna que los metales... Bueno, ¿qué siguió? Había fuentes en el jardín... ¿Recuerdas haber visto una fuente en casa de la tía...? ¿La villa de verano de Sonia? Bueno, había fuentes iguales en el jardín del emperador, solo que mucho más grandes, y los chorros llegaban hasta la copa del álamo más alto.
Yevgeny Petrovich pensó un momento y continuó:
El viejo emperador tenía un hijo único y heredero de su reino: un niño tan pequeño como tú. Era un buen chico. Nunca se portaba mal, se acostaba temprano, nunca tocaba nada de la mesa y, en general, era un chico sensato. Solo tenía un defecto: fumaba...
Seryozha escuchó atentamente y miró a su padre a los ojos sin pestañear. El fiscal continuó, pensando: "¿Y ahora qué?". Soltó un largo galimatías y terminó así:
El hijo del emperador enfermó de tuberculosis por fumar y murió a los veinte años. Su anciano padre, enfermo y débil, se quedó sin nadie que lo ayudara. No había nadie que gobernara el reino ni defendiera el palacio. Llegaron los enemigos, mataron al anciano y destruyeron el palacio, y ahora no hay cerezas, ni pájaros, ni campanillas en el jardín... Eso fue lo que pasó.
Este final le pareció a Yevgeny Petróvich absurdo e ingenuo, pero toda la historia causó una profunda impresión en Seryozha. De nuevo, sus ojos se nublaron por la tristeza y algo parecido al miedo; por un momento miró pensativo la ventana oscura, se estremeció y dijo, con voz entrecortada:
“No voy a fumar más. . . .”
Después de despedirse y marcharse, su padre caminó de un lado a otro de la habitación y sonrió para sí mismo.
“Me decían que era la influencia de la belleza, la forma artística”, meditaba. “Puede que sea así, pero no me consuela. No es el camino correcto, de todos modos… ¿Por qué la moral y la verdad nunca deben ofrecerse en su forma cruda, sino solo con adornos, edulcoradas y doradas como pastillas? No es normal… Es falsificación… engaño… trucos….”
Pensó en los jurados ante los cuales era absolutamente necesario hacer un “discurso”, en el público en general que absorbe la historia solo a través de leyendas y novelas históricas, y en sí mismo y en cómo había adquirido una comprensión de la vida no a partir de sermones y leyes, sino de fábulas, novelas, poemas.
La medicina debería ser dulce, la verdad hermosa, y el hombre ha tenido esta tonta costumbre desde los días de Adán... aunque, de hecho, quizá sea completamente natural, y así debería ser... Hay muchos engaños y delirios en la naturaleza que tienen un propósito.
Se puso a trabajar, pero pensamientos perezosos e íntimos aún rondaban su mente por un buen rato. Arriba, la báscula ya no se oía, pero el habitante del segundo piso seguía paseándose de un extremo a otro de la habitación.
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UN ESTUDIANTE CLÁSICO
BAntes de partir para su examen de griego, Vania besó todas las imágenes sagradas. Sentía un vuelco en el estómago; un escalofrío le recorrió el corazón, mientras que el corazón mismo latía y se paralizaba de terror ante lo desconocido. ¿Qué recibiría ese día? ¿Un tres o un dos? Seis veces fue a pedirle la bendición a su madre y, al salir, le pidió a su tía que rezara por él. De camino a la escuela, le dio dos kopeks a un mendigo, con la esperanza de que esos dos kopeks expiaran su ignorancia y que, con la ayuda de Dios, no le tocaran los números con esos horribles cuarenta y ochenta.
Regresó tarde del instituto, entre las cuatro y las cinco. Entró y se acostó en la cama sin hacer ruido. Su rostro delgado estaba pálido. Tenía ojeras alrededor de los ojos enrojecidos.
—Bueno, ¿cómo te fue? ¿Cómo te calificaron? —preguntó su madre, acercándose a su cama.
Vanya parpadeó, torció la boca y rompió a llorar. Su madre palideció, abrió la boca y juntó las manos. Los pantalones que estaba remendando se le cayeron de las manos.
—¿Por qué lloras? ¿Has fracasado entonces? —preguntó.
“Estoy desplumado... Tengo un dos.”
—¡Sabía que sería así! Lo presentía —dijo su madre—. ¡Dios mío! ¿Cómo es que no has aprobado? ¿A qué se debe? ¿Qué asignatura has reprobado?
“En griego... Madre, yo... Me preguntaron el futuro de phero , y yo... en lugar de decir oisomai dije opsomai . Entonces... entonces no hay acento, si la última sílaba es larga, y yo... me puse nerviosa... Olvidé que la alfa era larga... Fui y puse el acento. Entonces Artajerjesov me dijo que diera la lista de las partículas enclíticas... Lo hice, y accidentalmente mezclé un pronombre... y cometí un error... y entonces me dio un dos... Soy una persona miserable... Estuve trabajando toda la noche... Me he estado levantando a las cuatro en punto toda esta semana... ”
—¡No, no eres tú, sino yo el que soy miserable, desgraciado! ¡Soy yo el que soy miserable! ¡Me has desgastado, Herodes, tormento, azote de mi vida! Yo pago por ti, inútil; me he esforzado por ti, estoy muerto de preocupación, y, debo decir, soy infeliz, ¿y a ti qué te importa? ¿Cómo trabajas?
—Yo... yo trabajo. Toda la noche... Tú mismo lo has visto.
Le rogué a Dios que me llevara, pero no me llevará, soy una mujer pecadora... ¡Qué tormento! Otros tienen hijos como todos, y yo solo tengo uno, y no me siento cómodo ni me consuela. ¿Pegarte? Te pegaría, pero ¿dónde voy a encontrar la fuerza? Madre de Dios, ¿dónde voy a encontrar la fuerza?
La mamá ocultó el rostro entre los pliegues de la blusa y rompió a sollozar. Vanya se retorció de angustia y apoyó la frente contra la pared. La tía entró.
“Así que así es... Justo lo que esperaba”, dijo, adivinando al instante qué le pasaba, palideciendo y juntándose las manos. “He estado deprimida toda la mañana... Se avecinan problemas, pensé... y aquí están...”.
“¡El villano, el tormento!”
—¿Por qué lo insultas? —gritó la tía, quitándose nerviosamente el pañuelo color café de la cabeza y volviéndose hacia la madre—. ¡No es culpa suya! ¡Es culpa tuya! ¡Tú tienes la culpa! ¿Por qué lo enviaste a ese instituto? ¡Eres una dama! ¿Quieres ser una dama? ¡Ay! ¡Me atrevería a decir que te convertirías en una aristócrata! Pero si lo hubieras enviado, como te dije, a un negocio... a una oficina, como mi Kuzya... aquí está Kuzya ganando quinientos rublos al año... Quinientos rublos valen la pena, ¿verdad? Y te estás agotando, y agotando al chico con estos estudios, ¡maldita sea! Está delgado, tose... ¡míralo! Tiene trece años y no aparenta más de diez.
—¡No, Nastenka, no, querida! ¡No lo he azotado lo suficiente, qué tormento! ¡Debería haberlo azotado, eso es lo que es! ¡Uf... Jesuita, Mahoma, tormento! —le dijo a su hijo con el puño—. Quieres una paliza, pero no tengo fuerzas. Me dijeron hace años, cuando era pequeño: "¡Azotenlo, azotenlo!". No les hice caso, pecadora como soy. Y ahora sufro por ello. ¡Espera un poco! ¡Te despellejaré! Espera un poco...
La mamá sacudió el puño mojado y entró llorando en la habitación de su inquilino. Este, Yevtihy Kuzmitch Kuporossov, estaba sentado a su mesa leyendo "Bailando autodidacta". Yevtihy Kuzmitch era un hombre inteligente y culto. Hablaba por la nariz, se lavaba con un jabón cuyo olor hacía estornudar a todos en la casa, comía carne en los días de ayuno y buscaba una novia de educación refinada, por lo que se le consideraba el más inteligente de los inquilinos. Cantaba como tenor.
—Mi buen amigo —empezó la mamá, rompiendo a llorar—. Si tuvieras la generosidad... ¡golpea a mi hijo por mí!... ¡Hazme el favor! ¡Suspendió el examen, qué incordio! ¡Créeme, ha suspendido! No puedo castigarlo, por la debilidad de mi mala salud... ¡Golpéalo por mí, si fueras tan amable y considerado, Yevtihy Kuzmitch! ¡Ten consideración con una mujer enferma!
Kuporossov frunció el ceño y exhaló un profundo suspiro. Reflexionó un momento, tamborileó sobre la mesa con los dedos y, suspirando de nuevo, se acercó a Vanya.
—Te están enseñando, por así decirlo —empezó—, te están educando, te están dando una oportunidad, ¡joven repugnante! ¿Por qué lo has hecho?
Habló largo y tendido, con un discurso regular. Aludió a la ciencia, a la luz y a la oscuridad.
“Sí, joven.”
Cuando terminó su discurso, se quitó el cinturón y tomó a Vanya de la mano.
"Es la única manera de tratarte", dijo. Vanya se arrodilló sumisamente y metió la cabeza entre las rodillas del inquilino. Sus prominentes orejas rosadas se movían de arriba abajo contra los nuevos pantalones de sarga del inquilino, con rayas marrones en las costuras exteriores.
Vanya no profirió ni un solo sonido. En el consejo familiar de la noche, se decidió enviarlo a trabajar.
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VANKA
VAnka Zhukov, un niño de nueve años que llevaba tres meses de aprendiz con el zapatero Alyahin, estaba despierto la Nochebuena. Mientras esperaba a que sus amos y sus obreros se marcharan al servicio de medianoche, sacó del armario de su amo un tintero y una pluma con la punta oxidada y, extendiendo una hoja de papel arrugada frente a él, empezó a escribir. Antes de formar la primera letra, miró varias veces con temor a la puerta y las ventanas, echó un vistazo al icono oscuro, a ambos lados del cual se extendían estantes llenos de hormas, y exhaló un suspiro entrecortado. El papel yacía en el banco mientras él se arrodillaba ante él.
«Querido abuelo, Konstantin Makaritch», escribió, «te escribo una carta. Te deseo una feliz Navidad y todas las bendiciones de Dios Todopoderoso. No tengo padre ni madre; eres el único que me queda».
Vanka alzó la vista hacia el icono oscuro donde se reflejaba la luz de su vela y recordó vívidamente a su abuelo, Konstantin Makaritch, sereno de una familia llamada Zhivarev. Era un anciano delgado, pero extraordinariamente ágil y vivaz, de sesenta y cinco años, con un rostro siempre risueño y ojos de borracho. De día dormía en la cocina de los sirvientes o bromeaba con los cocineros; de noche, envuelto en una amplia piel de oveja, paseaba por el jardín y golpeaba con su pequeño mazo. El viejo Kashtanka y Eel, llamado así por su tez oscura y su cuerpo largo como el de una comadreja, lo seguían cabizbajos. Este Eel era excepcionalmente cortés y cariñoso, y trataba con igual amabilidad a los desconocidos que a sus propios amos, pero no tenía muy buena reputación. Bajo su cortesía y mansedumbre se escondía la astucia más jesuítica. Nadie sabía mejor cómo acercarse sigilosamente de vez en cuando y morderle las piernas, colarse en el almacén o robarle una gallina a un campesino. Casi le arrancaron las patas traseras más de una vez, lo ahorcaron dos veces, cada semana lo azotaban hasta casi morir, pero siempre revivía.
En ese momento, el abuelo estaba, sin duda, de pie en la puerta, mirando con los ojos entornados las vidrieras rojas de la iglesia, pateando el suelo con sus altas botas de fieltro y bromeando con los sirvientes. Llevaba un pequeño mazo colgado del cinturón. Se agarraba las manos, encogiéndose de hombros por el frío, y, con una risita envejecida, pellizcaba primero a la criada y luego a la cocinera.
“¿Qué tal una pizca de rapé?”, decía, ofreciendo a las mujeres su caja de rapé.
Las mujeres olfateaban y estornudaban. El abuelo, encantado, se reía alegremente y exclamaba:
“¡Arráncalo, se ha congelado!”
También les dan a los perros una olfatería. Kashtanka estornuda, menea la cabeza y se aleja ofendida. Eel no estornuda, por cortesía, sino que mueve la cola. Y el clima es glorioso. El aire es quieto, fresco y transparente. La noche es oscura, pero se puede ver todo el pueblo con sus tejados blancos y las volutas de humo que salen de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los ventisqueros. Todo el cielo está salpicado de alegres estrellas centelleantes, y la Vía Láctea es tan nítida como si la hubieran lavado y frotado con nieve para unas vacaciones...
Vanka suspiró, mojó la pluma y continuó escribiendo:
Y ayer me dieron una paliza. El amo me sacó del pelo al patio y me golpeó con un estirador de botas porque me quedé dormido sin querer mientras mecía a su mocoso en la cuna. Y hace una semana, la señora me dijo que limpiara un arenque, y empecé por la cola, y ella tomó el arenque y me puso la cabeza en la cara. Los trabajadores se ríen de mí y me mandan a la taberna a por vodka, y me dicen que les robe los pepinos del amo, y el amo me pega con todo lo que encuentra. Y no hay nada que comer. Por la mañana me dan pan, para cenar, gachas, y por la noche, pan de nuevo; pero en cuanto al té o la sopa, el amo y la señora se lo engullen todo. Y me hacen dormir en el pasillo, y cuando su desdichado mocoso llora no puedo dormir nada, sino que tengo que mecer la cuna. Querido abuelo, ten piedad divina, llévame lejos de aquí, a casa, al pueblo. Es más que... Puedo soportarlo. Me inclino a tus pies y rogaré a Dios por ti para siempre. ¡Llévame lejos de aquí o moriré!
La boca de Vanka se movió, se frotó los ojos con su puño negro y sollozó.
—Te empolvaré el rapé —continuó—. Rezaré por ti, y si hago algo, puedes azotarme como a la cabra de Sidor. Y si crees que no tengo trabajo, le rogaré al mayordomo, por Dios, que me deje limpiarle las botas, o buscaré un pastorcillo en lugar de Fedka. Querido abuelo, esto es más de lo que puedo soportar, simplemente no es vida. Quería escaparme al pueblo, pero no tengo botas y me da miedo el frío. Cuando sea mayor, te cuidaré por esto y no dejaré que nadie te moleste, y cuando mueras rezaré por el resto de tu alma, igual que por la de mi mamá.
Moscú es una ciudad grande. Está llena de casas señoriales, y hay muchos caballos, pero no hay ovejas, y los perros no son rencorosos. Los muchachos de aquí no salen con la estrella, y no dejan entrar a nadie al coro, y una vez vi en un escaparate anzuelos de pesca a la venta, listos para pescar, con sedal y para todo tipo de peces, unos buenísimos; incluso había uno que sujetaba un siluro de veinte kilos. Y he visto tiendas con escopetas de todo tipo, como las que usa el amo en casa, así que no me extrañaría que costaran cien rublos cada una... Y en las carnicerías hay urogallos, becadas, peces y liebres, pero los dependientes no dicen dónde los cazan.
Querido abuelo, cuando tengan el árbol de Navidad en la casa grande, tráeme una nuez dorada y guárdala en el baúl verde. Pregúntale a la señorita Olga Ignatyevna que es para Vanka.
Vanka dejó escapar un suspiro tembloroso y volvió a mirar por la ventana. Recordó cómo su abuelo siempre iba al bosque a buscar el árbol de Navidad para la familia de su amo y se llevaba a su nieto. ¡Qué época tan alegre! El abuelo emitió un sonido gutural, el bosque crujió con la escarcha, y al mirarlos, Vanka también rió entre dientes. Antes de talar el árbol de Navidad, el abuelo fumaba en pipa, tomaba lentamente una pizca de rapé y se reía de Vanka, congelada... Los abetos jóvenes, cubiertos de escarcha, permanecían inmóviles, esperando a ver cuál de ellos moriría. Dondequiera que uno mirara, una liebre volaba como una flecha sobre los ventisqueros... El abuelo no podía contenerse de gritar: "¡Sujétenlo, sujétenlo... sujétenlo! ¡Ah, el diablo de cola corta!"
Después de cortar el árbol de Navidad, el abuelo solía arrastrarlo hasta la casa grande y allí se ponía a decorarlo... La joven, la favorita de Vanka, Olga Ignatyevna, era la más ocupada de todas. Cuando Pelageya, la madre de Vanka, vivía y servía en la casa grande, Olga Ignatyevna solía darle dulces, y al no tener nada mejor que hacer, le enseñó a leer y escribir, a contar hasta cien e incluso a bailar una cuadrilla. Cuando Pelageya murió, Vanka fue trasladado a la cocina de servicio para estar con su abuelo, y de la cocina a la zapatería en Moscú.
—Ven, querido abuelo —continuó Vanka con su carta—. Por Dios, te lo ruego, llévame. Ten compasión de un huérfano infeliz como yo; aquí todos me apalean y tengo un hambre terrible; no puedo describirte la miseria que siento, siempre estoy llorando. Y el otro día el amo me golpeó en la cabeza con una horma, y me caí. Mi vida es miserable, peor que la de cualquier perro... Saludos a Alyona, a Yegorka la tuerta y al cochero, y no le des mi concertina a nadie. Quedo como tu nieto, Iván Zhúkov. Querido abuelo, ven.
Vanka dobló la hoja de papel dos veces y la metió en un sobre que había comprado el día anterior por un kopek... Tras pensarlo un momento, mojó la pluma y escribió la dirección:
Al abuelo en el pueblo.
Luego se rascó la cabeza, pensó un momento y añadió: «Konstantin Makaritch». Contento de no haberle impedido escribir, se puso la gorra y, sin ponerse el abrigo, salió corriendo a la calle, pues llevaba camisa.
Los dependientes de la carnicería, a quienes había interrogado el día anterior, le dijeron que las cartas se metían en buzones y que desde allí se transportaban por todo el mundo en carros de correos con conductores ebrios y campanillas. Vanka corrió al buzón más cercano y metió la preciada carta por la ranura...
Una hora después, arrullado por dulces esperanzas, dormía profundamente... Soñó con la estufa. En la estufa estaba sentado su abuelo, balanceando las piernas desnudas y leyendo la carta a los cocineros...
Junto a la estufa estaba Eel, moviendo la cola.
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UN INCIDENTE
METROMAÑANA. Un sol radiante penetra a través del encaje congelado de los cristales de la ventana hacia la habitación infantil. Vanya, un niño de seis años, con la cabeza rapada y una nariz como un botón, y su hermana Nina, una niña bajita, regordeta y de pelo rizado de cuatro años, se despiertan y se miran con enfado a través de los barrotes de sus cunas.
¡Niños traviesos! —gruñe la niñera—. La gente buena ya ha desayunado, mientras que tú no puedes abrir los ojos.
Los rayos de sol juguetean sobre las alfombras, las paredes y las faldas de las niñeras, y parecen invitar a los niños a unirse a su juego, pero ellos no les hacen caso. Se han despertado de mal humor. Nina hace pucheros, una mueca y empieza a quejarse:
“¡Desayuno, enfermera, desayuno!”
Vanya frunce el ceño y piensa qué le va a dar para aullar. Ya ha empezado a entrecerrar los ojos y abrir la boca, pero en ese instante la voz de mamá les llega desde la sala, diciendo: "¡No olviden darle leche a la gata, ya tiene familia!".
Los rostros fruncidos de los niños se suavizan de nuevo mientras se miran con asombro. Entonces, ambos empiezan a gritar, saltan de sus cunas y, llenando el aire de chillidos penetrantes, corren descalzos, en camisón, a la cocina.
"¡La gata tiene cachorros!" gritan. "¡La gata tiene cachorros!"
Bajo el banco de la cocina hay una pequeña caja, la misma en la que Stepan trae el carbón para encender el fuego. La gata mira desde la caja. Su rostro grisáceo refleja un cansancio extremo; sus ojos verdes, con sus pupilas estrechas y negras, tienen una mirada lánguida y sentimental. Su rostro deja ver que lo único que falta para completar su felicidad es la presencia en la caja de «él», el padre de sus hijos, ¡a quien se había entregado con tanta imprudencia! Quiere maullar y abre la boca de par en par, pero solo un siseo sale de su garganta; se oyen los chillidos de los gatitos.
Los niños se agachan frente a la caja y, inmóviles, conteniendo la respiración, miran al gato... Están sorprendidos, impresionados, y no oyen los gruñidos de la niñera mientras los persigue. Un deleite genuino brilla en los ojos de ambos.
Los animales domésticos desempeñan un papel poco conocido, pero sin duda beneficioso, en la educación y la vida de los niños. ¿Quién de nosotros no recuerda perros poderosos pero magnánimos, perritos falderos perezosos, pájaros moribundos en cautiverio, pavos torpes pero altivos, y apacibles gatos atigrados que nos perdonaban cuando les pisábamos la cola por diversión y les causábamos un dolor agonizante? Incluso me imagino, a veces, que la paciencia, la fidelidad, la disposición a perdonar y la sinceridad que caracterizan a nuestros animales domésticos tienen un efecto mucho más fuerte y definido en la mente de un niño que las largas exhortaciones de un Karl Karlovitch seco y pálido, o las vagas explicaciones de una institutriz que intenta demostrarles a los niños que el agua está compuesta de hidrógeno y oxígeno.
¡Qué cositas! —dice Nina, abriendo mucho los ojos y soltando una carcajada—. ¡Parecen ratones!
—Uno, dos, tres —cuenta Vanya—. Tres gatitos. Así que hay uno para ti, uno para mí y uno para alguien más.
“Murrm... murrm..." ronronea la madre, halagada por su atención. "Murrm."
Después de contemplar los gatitos, los niños los sacan de debajo del gato y comienzan a apretarlos en sus manos; luego, no satisfechos con esto, los ponen en las faldas de sus camisones y corren a las otras habitaciones.
“¡Mamá, la gata ha tenido crías!” gritan.
Mamá está sentada en la sala con un caballero desconocido. Al ver a los niños sin lavar, sin vestir, con los camisones en alto, se avergüenza y los mira con severidad.
—Bajaos los camisones, niños deshonrosos —dice—. Salid de la habitación o os castigaré.
Pero los niños no se percatan ni de las amenazas de mamá ni de la presencia de un extraño. Dejan a los gatitos sobre la alfombra y se alejan entre chillidos ensordecedores. La madre camina a su alrededor, maullando implorantemente. Cuando, poco después, los llevan a rastras a la guardería, los visten, los obligan a rezar y les dan el desayuno, sienten un deseo apasionado de escapar de estas tareas prosaicas lo antes posible y correr de nuevo a la cocina.
Sus actividades y juegos habituales quedan relegados a un segundo plano.
Los gatitos lo eclipsan todo al aparecer en el mundo y son la gran sensación del día. Si a Nina o Vanya les hubieran ofrecido cuarenta libras de dulces o diez mil kopeks por cada gatito, habrían rechazado semejante trueque sin dudarlo. A pesar de las acaloradas protestas de la niñera y la cocinera, los niños persisten en sentarse junto a la caja del gato en la cocina, ocupados con los gatitos hasta la hora de la cena. Sus rostros están serios y concentrados, y expresan ansiedad. Les preocupa no tanto el presente como el futuro de los gatitos. Deciden que un gatito se quede en casa con la gata vieja para consolar a su madre, mientras que el segundo se irá a su villa de verano y el tercero vivirá en el sótano, donde hay muchísimas ratas.
"¿Pero por qué no nos miran?", se preguntó Nina. "Tienen los ojos ciegos como los de los mendigos".
A Vanya también le preocupa esta pregunta. Intenta abrirle los ojos a un gatito y pasa un buen rato jadeando, pero no lo consigue. También les preocupa mucho que los gatitos se nieguen obstinadamente a comer la leche y la carne que se les ofrece. Todo lo que se les pone delante lo come su gris mamá.
—Construyamos casitas para los gatitos —sugiere Vanya—. Vivirán en casas diferentes, y el gato vendrá a visitarlos...
Se colocan sombrereras de cartón en distintos rincones de la cocina y se instalan en ellas a los gatitos. Pero esta división resulta prematura; la gata, aún con expresión implorante y sentimental en el rostro, recorre todas las sombrereras y se lleva a sus crías a su lugar original.
—La gata es su madre —observó Vanya—, pero ¿quién es su padre?
“Sí, ¿quién es su padre?”, repite Nina.
“Deben tener un padre.”
Vanya y Nina tardan mucho en decidir quién será el padre de los gatitos, y al final, su elección recae en un gran caballo rojo oscuro sin cola, que yace en el armario bajo las escaleras, junto con otras reliquias de juguetes que ya no sirven. Lo sacan del armario y lo colocan junto a la caja.
“¡Ten cuidado!” le advierten, “quédate aquí y asegúrate de que se comporten correctamente”.
Todo esto se dice y se hace con la mayor gravedad, con una expresión de ansiedad en sus rostros. Vanya y Nina se niegan a reconocer la existencia de otro mundo que no sea la caja de los gatitos. Su alegría no tiene límites. Pero también tienen que pasar por momentos amargos y agonizantes.
Justo antes de cenar, Vanya estaba sentado en el estudio de su padre, contemplando la mesa con aire soñador. Un gatito se movía junto a la lámpara, sobre un papel estampado. Vanya observaba sus movimientos y le metía primero un lápiz y luego una cerilla en la hociquita... De repente, como si hubiera salido del suelo, su padre apareció junto a la mesa.
"¿Qué es esto?" escucha Vanya con voz enojada.
“Es... es el gatito, papá... ”
—¡Te lo concedo! ¡Mira lo que has hecho, niño travieso! ¡Has manchado todos mis papeles!
Para gran sorpresa de Vanya, su papá no comparte su debilidad por los gatitos y, en lugar de emocionarse y deleitarse, le tira de la oreja a Vanya y grita:
“Stepan, llévate esta cosa horrible.”
En la cena también hay una escena... Durante el segundo plato, de repente se oye un maullido agudo. Empiezan a investigar su origen y descubren un gatito bajo el delantal de Nina.
—¡Nina, deja la mesa! —grita su padre furioso—. ¡Tira a los gatitos a la fosa séptica! ¡No quiero esas cosas asquerosas en casa!...
Vanya y Nina están horrorizadas. La muerte en la fosa séptica, además de su crueldad, amenaza con robarles a sus hijos el gato y el caballo de madera, con destrozar la caja del gato y con destruir sus planes para el futuro, ese futuro justo en el que un gato será un consuelo para su anciana madre, otro vivirá en el campo y el tercero cazará ratas en el sótano. Los niños empiezan a llorar y suplican que se perdone a los gatitos. Su padre consiente, pero con la condición de que no entren en la cocina ni los toquen.
Después de cenar, Vanya y Nina deambulan por las habitaciones, deprimidas. La prohibición de ir a la cocina las ha sumido en el abatimiento. Rechazan los dulces, se portan mal y son groseras con su madre. Cuando su tío Petrusha llega por la noche, lo llevan aparte y se quejan de su padre, que quería tirar a los gatitos a la fosa séptica.
“Tío Petrusha, dile a mamá que lleve los gatitos a la guardería”, le suplican los niños a su tío, “díselo”.
—Bueno, bueno... muy bien —dice su tío, despidiéndolos con un gesto—. Está bien.
El tío Petrusha no suele venir solo. Lo acompaña Nero, un gran perro negro de raza danesa, con orejas caídas y una cola dura como un palo. El perro es silencioso, taciturno y lleno de dignidad. No presta la menor atención a los niños, y al pasar junto a ellos los golpea con la cola como si fueran sillas. Los niños lo odian con todo su corazón, pero en esta ocasión, las consideraciones prácticas superan a los sentimientos.
—Digo, Nina —dice Vanya, abriendo mucho los ojos—. ¡Que Nerón sea su padre, en lugar del caballo! El caballo está muerto y él está vivo, ¿ves?
Llevan toda la tarde esperando el momento en que papá se siente a jugar a las cartas y sea posible llevar a Nero a la cocina sin que nadie lo vea... Por fin, papá se sienta a jugar a las cartas, mamá está ocupada con el samovar y no se da cuenta de los niños...
Llega el momento feliz.
“¡Ven conmigo!” le susurra Vanya a su hermana.
Pero en ese momento entra Stepan y, con una risita, anuncia:
—Nerón se ha comido los gatitos, señora.
Nina y Vanya palidecen y miran a Stepan con horror.
“Realmente tiene...” ríe el lacayo, “fue a la caja y se los tragó”.
Los niños esperan que todos en la casa, aterrados, se abalancen sobre el malvado Nerón. Pero todos permanecen sentados tranquilamente en sus asientos, y solo expresan sorpresa ante el apetito del enorme perro. Papá y mamá ríen. Nerón camina junto a la mesa, menea la cola y se lame los labios complacientemente... el gato es el único que se siente inquieto. Con la cola al aire, recorre las habitaciones, mirando con recelo a la gente y maullando lastimeramente.
“Niños, son más de las nueve”, grita mamá, “es hora de dormir”.
Vanya y Nina se van a la cama, derraman lágrimas y pasan un largo rato pensando en el gato herido y en el cruel, insolente e impune Nerón.
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UN DÍA EN EL CAMPO
ENTRE las ocho y las nueve de la mañana.
AUna masa oscura y plomiza se arrastra por el cielo hacia el sol. Relámpagos rojos en zigzag brillan aquí y allá. Se oye un rumor lejano. Un viento cálido juguetea sobre la hierba, dobla los árboles y levanta el polvo. En un minuto caerá un chaparrón de mayo y estallará una verdadera tormenta.
Fyokla, una pequeña mendiga de seis años, corre por el pueblo buscando a Terenty, el zapatero. La niña, de pelo blanco y descalza, está pálida. Tiene los ojos muy abiertos y los labios temblorosos.
«Tío, ¿dónde está Terenty?», pregunta a todo el que se encuentra. Nadie responde. Todos, preocupados por la tormenta que se avecina, se refugian en sus chozas. Por fin se encuentra con Silanty Silitch, el sacristán, el amigo íntimo de Terenty. Viene tambaleándose por el viento.
Tío, ¿dónde está Terenty?
“En los huertos”, responde Silanty.
La mendiga corre tras las chozas hacia los huertos y allí encuentra a Terenty; el anciano alto, de rostro delgado y picado de viruelas, piernas larguísimas y pies descalzos, vestido con una chaqueta andrajosa de mujer, está de pie cerca de los huertos, mirando con ojos somnolientos y ebrios la oscura nube de tormenta. Sobre sus largas piernas, como las de una grulla, se mece al viento como un estornino.
—¡Tío Terenty! —le dice la mendiga de pelo canoso—. ¡Tío, cariño!
Terenty se inclina hacia Fyokla, y su rostro sombrío y borracho se cubre con una sonrisa, como la que aparece en los rostros de las personas cuando miran algo pequeño, tonto y absurdo, pero cálidamente amado.
—¡Ah! Sierva de Dios, Fyokia —dice, ceceando con ternura—, ¿de dónde vienes?
—Tío Terenty —dice Fyokia sollozando, tirando de la solapa del zapatero—. ¡El hermano Danilka ha tenido un accidente! ¡Vamos!
¿Qué clase de accidente? ¡Uf, qué trueno! ¡Santo cielo, santo cielo...! ¿Qué clase de accidente?
En el bosquecillo del conde, Danilka metió la mano en un agujero de un árbol y no puede sacarla. ¡Vamos, tío, ten la amabilidad de sacarle la mano!
¿Cómo metió la mano? ¿Para qué?
“Quería sacarme un huevo de cuco del agujero”.
Apenas ha empezado el día y ya están en apuros... —Terente sacudió la cabeza y escupió con delicadeza—. Bueno, ¿qué haré con ustedes ahora? ¡Tengo que ir...! ¡Tengo que ir, que el lobo los devore, niños traviesos! ¡Vengan, huerfanito!
Terenty sale del huerto y, con las piernas en alto, empieza a caminar por la calle del pueblo. Camina deprisa, sin detenerse ni mirar a un lado ni a otro, como si lo empujaran por detrás o temiera ser perseguido. Fyokla apenas puede seguirle el ritmo.
Salen del pueblo y giran por el camino polvoriento hacia el bosquecillo del conde, que se yergue azul oscuro a lo lejos. Está a una milla y media de distancia. Las nubes ya han tapado el sol, y poco después no queda ni una pizca de azul en el cielo. Oscurece.
—¡Santo, santo, santo...! —susurra Fyokla, corriendo tras Terenty. Las primeras gotas de lluvia, grandes y pesadas, yacen como puntos oscuros sobre el polvoriento camino. Una gota gruesa cae sobre la mejilla de Fyokla y se desliza como una lágrima por su barbilla.
—Ha empezado a llover —murmura el zapatero, levantando el polvo con sus pies descalzos y huesudos—. Está bien, Fyokla, vieja. La hierba y los árboles se nutren de la lluvia, como nosotros del pan. Y en cuanto al trueno, no te asustes, huerfanita. ¿Por qué iba a matar a una criatura como tú?
En cuanto empieza a llover, el viento amaina. El único sonido es el repiqueteo de la lluvia, como una fina ráfaga de gas, sobre el centeno joven y el camino reseco.
—Nos vamos a mojar, Fyolka —murmura Terenty—. No nos quedará ni una gota seca... ¡Jo, jo, mi niña! ¡Me ha corrido por el cuello! Pero no te asustes, tonta... La hierba se secará de nuevo, la tierra se secará de nuevo, y nosotros también. El sol nos espera a todos.
Un relámpago, de unos cuatro metros y medio de largo, brilla sobre sus cabezas. Se oye un fuerte trueno, y a Fyokla le parece que algo grande, pesado y redondo rueda por el cielo, desgarrándolo justo encima de su cabeza.
—¡Santo, santo, santo...! —dice Terenty, santiguándose—. ¡No tengas miedo, huérfano! No es por despecho que truena.
Los pies de Terenty y Fyokla están cubiertos de terrones de arcilla pesada y húmeda. Es resbaladizo y cuesta caminar, pero Terenty avanza cada vez más rápido. La débil mendiga está sin aliento y a punto de desplomarse.
Pero al fin entran en el bosquecillo del conde. Los árboles lavados, agitados por una ráfaga de viento, dejan caer una cascada perfecta sobre ellos. Terenty tropieza con los tocones y empieza a aminorar el paso.
"¿Dónde está Danilka?", pregunta. "Llévame hasta él".
Fyokla lo conduce a un matorral y, tras recorrer un cuarto de milla, señala a Danilka. Su hermano, un pequeño de ocho años, con el pelo rojo como el ocre y un rostro pálido y enfermizo, está apoyado en un árbol, con la cabeza ladeada, mirando de reojo al cielo. En una mano sostiene su vieja gorra raída, la otra está escondida en un viejo tilo. El niño contempla el cielo tormentoso, sin parecer pensar en su problema. Al oír pasos y ver al zapatero, esboza una sonrisa enfermiza y dice:
—¡Qué trueno tan fuerte, Terenty! Nunca había oído tantos truenos en mi vida.
“¿Y dónde está tu mano?”
—En el agujero... ¡Sácalo, por favor, Terenty!
La madera se había roto en el borde del agujero y le había atascado la mano a Danilka: podía empujarla más adentro, pero no podía sacarla. Terenty rompió el trozo roto y la mano del niño, roja y aplastada, quedó libre.
—Es terrible cómo truena —repite el niño, frotándose la mano—. ¿Qué hace que truene, Terenty?
—Una nube se enfrenta a la otra —responde el zapatero. El grupo sale del bosquecillo y camina por el borde hacia el camino oscuro. El trueno amaina poco a poco y su estruendo se oye a lo lejos, más allá del pueblo.
—Los patos pasaron por aquí el otro día, Terenty —dice Danilka, sin dejar de frotarse la mano—. Deben estar anidando en los pantanos de Gniliya Zaimishtcha... Fyolka, ¿quieres que te enseñe un nido de ruiseñor?
—No lo toques, podrías molestarlos —dice Terenty, escurriendo el agua de su gorra—. El ruiseñor es un pájaro cantor, sin pecado. Tiene voz en la garganta para alabar a Dios y alegrar el corazón del hombre. Es pecado molestarlo.
“¿Y qué pasa con el gorrión?”
El gorrión no importa, es un pájaro malo y rencoroso. Es como un carterista en sus modales. No le gusta la felicidad del hombre. Cuando Cristo fue crucificado, fue el gorrión quien trajo clavos a los judíos y gritó: "¡Viva! ¡Viva!".
Una mancha brillante de color azul aparece en el cielo.
—¡Miren! —dice Terenty—. ¡Un hormiguero se ha reventado con la lluvia! ¡Se han inundado, los muy canallas!
Se inclinan sobre el hormiguero. El aguacero lo ha dañado; los insectos corren de un lado a otro en el lodo, agitados, intentando afanosamente llevarse a sus compañeros ahogados.
—¡No tienen por qué estar en semejante situación, no van a morir! —dice Terenty, sonriendo—. En cuanto el sol los caliente, volverán a la realidad... Es una lección para ustedes, estúpidos. No volverán a asentarse en terreno bajo.
Ellos continúan.
—Y aquí hay algunas abejas —grita Danilka señalando la rama de un roble joven.
Las abejas, empapadas y heladas, se apiñan en la rama. Hay tantas que no se ven ni la corteza ni las hojas. Muchas están posadas unas sobre otras.
“Eso es un enjambre de abejas”, les informa Terenty. “Volaban buscando un hogar, y cuando la lluvia les cayó encima, se posaron. Si un enjambre está volando, basta con rociarles agua para que se asienten. Ahora bien, si, por ejemplo, quisieran llevarse el enjambre, doblarían la rama con ellas dentro de un saco y lo sacudirían, y todas caerían dentro”.
La pequeña Fyokla frunce el ceño de repente y se frota el cuello con fuerza. Su hermano le observa el cuello y ve una gran hinchazón.
—¡Oye! —se ríe el zapatero—. ¿Sabes de dónde sacaste eso, Fyokia, querida? Hay moscas españolas en un árbol del bosque. La lluvia las ha escurrido y una gota te ha caído en el cuello; eso es lo que te ha hinchado.
El sol aparece tras las nubes e inunda el bosque, los campos y a los tres amigos con su cálida luz. La oscura y amenazante nube se ha alejado, llevándose consigo la tormenta. El aire es cálido y fragante. Hay un aroma a cerezo silvestre, reina de los prados y lirios del valle.
—Esa hierba se da cuando sangra la nariz —dice Terenty, señalando una flor con aspecto lanoso—. Es buena.
Oyen un silbido y un estruendo, pero no un estruendo como el que arrastran las nubes de tormenta. Un tren de mercancías pasa a toda velocidad ante los ojos de Terenty, Danilka y Fyokla. La locomotora, jadeando y expulsando humo negro, arrastra más de veinte vagones. Su potencia es tremenda. Los niños están interesados en saber cómo una locomotora, inerte y sin la ayuda de caballos, puede mover y arrastrar semejantes pesos, y Terenty se encarga de explicárselo:
“Es todo obra del vapor, niños... El vapor hace el trabajo... Verán, empuja debajo de esa cosa cerca de las ruedas, y... verán... funciona..."
Cruzaron la vía del tren y, bajando del terraplén, caminaron hacia el río. Caminaron sin llevar objetos, sino al azar, y hablaron todo el camino... Danilka hizo preguntas, Terenty las respondió...
Terenty responde a todas sus preguntas, y no hay secreto en la Naturaleza que lo desconcierte. Lo sabe todo. Así, por ejemplo, conoce los nombres de todas las flores silvestres, animales y piedras. Sabe qué hierbas curan enfermedades; no tiene dificultad en calcular la edad de un caballo o una vaca. Mirando la puesta de sol, la luna o los pájaros, puede predecir el tiempo que hará al día siguiente. Y, de hecho, no solo Terenty es tan sabio. Silanty Silitch, el posadero, el hortelano, el pastor y todos los aldeanos, en general, saben tanto como él. Estas personas han aprendido no de los libros, sino en los campos, en el bosque, en la orilla del río. Sus maestros han sido los propios pájaros, cuando les cantaban, el sol cuando dejaba tras sí un resplandor carmesí al ponerse, los mismos árboles y las hierbas silvestres.
Danilka mira a Terenty y absorbe con avidez cada palabra. En primavera, antes de cansarse del calor y el verde monótono de los campos, cuando todo es fresco y fragante, ¿quién no querría oír hablar de las escarabajos dorados, de las grullas, del gorgoteo de los arroyos y del trigo que madura en espiga?
Los dos, el zapatero y el huérfano, caminan por los campos, hablan sin parar y no se cansan. Podrían vagar por el mundo sin fin. Caminan, y mientras hablan de la belleza de la tierra, no se percatan de la frágil mendiga que los persigue. Está sin aliento y avanza con paso lento. Tiene lágrimas en los ojos; le encantaría detener a estos inagotables vagabundos, pero ¿adónde y a quién puede ir? No tiene hogar ni familia; le guste o no, debe caminar y escuchar su conversación.
Hacia el mediodía, los tres se sientan en la orilla del río. Danilka saca de su mochila un trozo de pan, remojado y reducido a puré, y empiezan a comer. Terenty reza una oración al terminar el pan, se estira en la orilla arenosa y se queda dormido. Mientras duerme, el niño contempla el agua, reflexionando. Tiene muchas cosas en qué pensar. Acaba de ver la tormenta, las abejas, las hormigas, el tren. Ahora, ante sus ojos, los peces revolotean. Algunos miden cinco centímetros o más, otros no son más grandes que una uña. Una víbora, con la cabeza bien alta, nada de una orilla a otra.
Solo al anochecer nuestros vagabundos regresan al pueblo. Los niños pasan la noche en un granero abandonado, donde antes se guardaba el maíz de la comuna, mientras Terenty, dejándolos, se dirige a la taberna. Los niños duermen acurrucados sobre la paja.
El niño no duerme. Mira fijamente a la oscuridad, y le parece ver todo lo que ha visto durante el día: las nubes de tormenta, el sol radiante, los pájaros, los peces, el flacucho Terenty. La cantidad de impresiones, junto con el cansancio y el hambre, lo superan; siente un calor abrasador y se revuelve de un lado a otro. Anhela contarle a alguien todo lo que lo atormenta en la oscuridad y le conmueve el alma, pero no hay nadie a quien contárselo. Fyokla es demasiado pequeño y no puede comprender.
«Se lo diré a Terenty mañana», piensa el muchacho.
Los niños se duermen pensando en el zapatero sin hogar, y, por la noche, Terenty se acerca a ellos, les hace la señal de la cruz y les pone pan bajo la cabeza. Y nadie ve su amor. Solo lo ve la luna que flota en el cielo y se asoma acariciante por los agujeros en la pared del granero desierto.
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NIÑOS
“¡VOLODYA HA LLEGADO!” gritó alguien en el patio.
"METRO—¡El señor Volodia está aquí! —gritó Natalia, la cocinera, corriendo al comedor—. ¡Dios mío!
Toda la familia Koroliov, que llevaba hora tras hora esperando a su Volodia, corrió a las ventanas. En la puerta principal había un trineo ancho con tres caballos blancos envueltos en una nube de vapor. El trineo estaba vacío, pues Volodia ya estaba en el recibidor, desatando su capucha con los dedos rojos y helados. Su abrigo, su gorra, sus botas de nieve y el pelo de sus sienes estaban blancos de escarcha, y toda su figura, de pies a cabeza, desprendía un olor a nieve tan agradable y fresco que solo verlo daban ganas de temblar y gritar "¡brrr!".
Su madre y su tía corrieron a besarlo y abrazarlo. Natalya se dejó caer a sus pies y empezó a quitarle las botas de nieve. Sus hermanas gritaron de alegría, las puertas crujieron y se cerraron de golpe, y el padre de Volodia, con chaleco y camisa en mangas, salió corriendo al pasillo con tijeras en la mano y gritó alarmado:
¿Los esperábamos ayer? ¿Llegaron bien? ¿Tuvieron un buen viaje? ¡Por Dios! ¡Podrían dejar que le diga «qué tal» a su padre! ¡Al fin y al cabo, soy su padre!
“¡Guau!” ladró el enorme perro negro, Milord, con un bajo profundo, golpeando con su cola las paredes y los muebles.
Durante dos minutos no hubo más que un bullicio general de alegría. Tras el primer arrebato de alegría, los Koroliov notaron que, además de su Volodia, había otra persona menuda en el salón, envuelta en bufandas y chales, blanca de escarcha. Estaba de pie, completamente inmóvil, en un rincón, a la sombra de un gran abrigo forrado de zorro.
—Volodia querido, ¿quién es? —preguntó su madre en un susurro.
—¡Oh! —exclamó Volodia—. Les presento a mi amigo Lentilov, un compañero de segundo grado... Lo he traído para que se quede con nosotros.
—¡Me alegra mucho oírlo! De nada —dijo el padre cordialmente—. Disculpe, he estado trabajando sin abrigo... ¡Pase, por favor! Natalya, ayuda al Sr. Lentilov con sus cosas. ¡Por favor, suelte a ese perro! ¡Es insoportable!
Unos minutos después, Volodia y su amigo Lentilov, algo aturdidos por la ruidosa bienvenida y aún rojos por el frío exterior, se sentaban a tomar el té. El sol invernal, abriéndose paso entre la nieve y la tracería helada de los cristales, brillaba en el samovar y derramaba sus rayos puros en la palangana. La habitación estaba cálida, y los chicos sentían como si el calor y el frío lucharan entre sí con un hormigueo en el cuerpo.
—Bueno, ya casi llega la Navidad —dijo el padre con voz cantarina y agradable, mientras liaba un cigarrillo de tabaco rojizo oscuro—. Parece que no ha pasado mucho desde el verano, cuando mamá lloraba por tu partida... y aquí estás de vuelta... El tiempo vuela, hijo mío. Antes de que tengas tiempo de llorar, la vejez te alcanza. ¡Señor Lentilov, tome un poco más, por favor! ¡No nos andamos con rodeos!
Las tres hermanas de Volodia, Katya, Sonya y Masha (la mayor tenía once años), estaban sentadas a la mesa y no apartaban la vista del recién llegado.
Lentilov era de la misma altura y edad que Volodia, pero no tan redondo ni de piel tan clara. Era delgado, moreno y pecoso; su cabello se erizaba como un cepillo, tenía los ojos pequeños y los labios gruesos. De hecho, era notablemente feo, y si no hubiera llevado el uniforme escolar, podría haber sido tomado por el hijo de una cocinera. Parecía taciturno, no hablaba y no sonreía ni una sola vez. Las niñas, mirándolo fijamente, dedujeron de inmediato que debía ser una persona muy inteligente y culta. Parecía estar pensando en algo todo el tiempo, y estaba tan absorto en sus pensamientos que, cada vez que le hablaban, se sobresaltaba, echaba la cabeza hacia atrás y pedía que le repitieran la pregunta.
Las niñas notaron que Volodia, que siempre había sido tan alegre y hablador, también hablaba muy poco, no sonreía para nada y no parecía contento de estar en casa. Durante todo el tiempo que estuvieron tomando el té, solo se dirigió a sus hermanas una vez, y entonces dijo algo muy extraño. Señaló el samovar y dijo:
“En California no beben té, sino ginebra”.
Él también parecía absorto en sus pensamientos y, a juzgar por las miradas que intercambiaban él y su amigo Lentilov, sus pensamientos eran los mismos.
Después del té, todos fueron al cuarto de los niños. Las niñas y su padre retomaron el trabajo que había sido interrumpido por la llegada de los niños. Estaban haciendo flores y volantes para el árbol de Navidad con papel de diferentes colores. Era una actividad atractiva y ruidosa. Cada flor fresca era recibida por las niñas con gritos de alegría, incluso de asombro, como si hubiera caído del cielo; su padre también estaba extasiado, y de vez en cuando tiraba las tijeras al suelo, molesto por su torpeza. Su madre entraba corriendo al cuarto de los niños con cara de ansiedad, preguntando:
¿Quién me ha quitado las tijeras? Iván Nikolaich, ¿me has quitado otra vez las tijeras?
—¡Ay de nosotros! ¡Ni siquiera me dejan unas tijeras! —respondía su padre con voz lasciva, y, dejándose caer en la silla, fingía estar profundamente herido; pero un minuto después, volvía a estar en éxtasis.
En sus vacaciones anteriores, Volodia también había participado en los preparativos del árbol de Navidad o había estado corriendo por el patio para contemplar la montaña de nieve que construían el vigilante y el pastor. Pero esta vez, Volodia y Lentilov no prestaron atención al papel de colores ni entraron al establo. Se sentaron en la ventana y empezaron a susurrar; luego abrieron un atlas y observaron atentamente un mapa.
“Primero a Perm…”, dijo Lentilov en voz baja, “de allí a Tiumén, luego a Tomsk… luego… luego… a Kamchatka. Allí los samoyedos cruzan el estrecho de Behring en botes… Y luego llegamos a América… Hay muchos animales peludos allí…”
“¿Y California?” preguntó Volodia.
California está más abajo... Solo tenemos que llegar a Estados Unidos y California no está lejos... Y uno puede ganarse la vida cazando y saqueando.
Lentilov evitaba a las niñas durante todo el día y parecía mirarlas con recelo. Por la noche, por casualidad, se quedaba solo con ellas unos cinco minutos. Era incómodo estar en silencio.
Se aclaró la garganta con tristeza, frotó su mano izquierda contra la derecha, miró hoscamente a Katya y preguntó:
“¿Has leído a Mayne Reid?”
—No, no lo he hecho... Digo, ¿sabes patinar?
Absorto en sus reflexiones, Lentilov no respondió a esta pregunta; simplemente hinchó las mejillas y exhaló un largo suspiro, como si tuviera mucho calor. Volvió a mirar a Katya y dijo:
“Cuando una manada de bisontes corre en estampida por la pradera, la tierra tiembla y los mustangs asustados patean y relinchan”.
Sonrió impresionantemente y añadió:
Y los indios también atacan los trenes. Pero lo peor de todo son los mosquitos y las termitas.
"¿Por qué? ¿Qué es eso?"
Son como hormigas, pero con alas. Muerden con miedo. ¿Sabes quién soy?
“Señor Lentilov.”
“No, yo soy Montehomo, la Garra del Halcón, Jefe de los Siempre Victoriosos”.
Masha, la más pequeña, lo miró a los ojos, a la oscuridad de la ventana y dijo, sorprendida:
“Y ayer cenamos lentejas.”
Las incomprensibles palabras de Lentilov, su constante susurro con Volodia, y la forma en que Volodia parecía estar siempre pensando en algo en lugar de jugar... todo esto era extraño y misterioso. Y las dos hijas mayores, Katya y Sonia, empezaron a vigilar atentamente a los chicos. Por la noche, cuando los chicos se acostaban, las chicas se acercaban sigilosamente a la puerta de su dormitorio y escuchaban lo que decían. ¡Ah, lo que descubrieron! Los chicos planeaban huir a América a buscar oro: tenían todo listo para el viaje: una pistola, dos cuchillos, galletas, un vaso de cristal para servir en lugar de cerillas, una brújula y cuatro rublos en efectivo. Se enteraron de que tendrían que caminar miles de kilómetros y luchar contra tigres y salvajes en el camino: luego conseguirían oro y marfil, matarían a sus enemigos, se convertirían en piratas, beberían ginebra y, finalmente, se casarían con hermosas doncellas y establecerían una plantación.
Los chicos se interrumpían entre sí, emocionados. Durante la conversación, Lentilov se hacía llamar "Montehomo, la Garra de Halcón", y Volodia era "¡mi hermano pálido!".
—Cuidado con decírselo a mamá —dijo Katya mientras volvían a la cama—. Volodia nos traerá oro y marfil de América, pero si se lo dices a mamá, no podrá irse.
La víspera de Nochebuena, Lentilov se pasó el día entero estudiando el mapa de Asia y tomando notas, mientras Volodia, con el rostro lánguido e hinchado como si le hubiera picado una abeja, paseaba por las habitaciones sin comer nada. Y una vez se detuvo ante la imagen sagrada en la habitación de los niños, se santiguó y dijo:
“Señor, perdóname, pecador. ¡Señor, ten piedad de mi pobre e infeliz mamá!”
Por la noche, rompió a llorar. Al despedirse, le dio un largo abrazo a su padre y luego a su madre y hermanas. Katya y Sonia sabían qué pasaba, pero la pequeña Masha estaba desconcertada, completamente desconcertada. Cada vez que miraba a Lentilov, se quedaba pensativa y decía con un suspiro:
“Cuando llega la Cuaresma, la enfermera dice que tendremos que comer guisantes y lentejas”.
Temprano en la mañana de Nochebuena, Katya y Sonia se levantaron sigilosamente de la cama y fueron a averiguar cómo los chicos planeaban huir a Estados Unidos. Se acercaron sigilosamente a la puerta.
—¿Entonces no piensas ir? —preguntó Lentilov con enfado—. Dilo claro: ¿no te vas?
—Ay, Dios mío —sollozó Volodia quedamente—. ¿Cómo puedo irme? Me siento tan triste por mamá.
Mi hermano pálido, te lo ruego, déjanos ir. Dijiste que ibas, me incitaste, y ahora que llega la hora, ¡qué miedo!
—Yo... yo... yo no me estoy poniendo nerviosa, pero... yo... yo lo siento por mamá.
“Dímelo de una vez por todas: ¿te vas o no te vas?”
“Me voy, solo... espera un poco... quiero estar un rato en casa.”
—En ese caso, iré solo —declaró Lentilov—. Puedo arreglármelas sin ti. ¡Y tú querías cazar tigres y luchar! ¡Ya que es así, devuélveme mis cartuchos!
Ante esto, Volodia lloró tan amargamente que sus hermanas no pudieron evitar llorar también. Se hizo el silencio.
—Entonces, ¿no vienes? —empezó a decir Lentilov.
—¡Yo... yo... yo ya voy!
“Bueno, entonces ponte tus cosas.”
Y Lentilov intentó animar a Volodia cantando alabanzas a América, gruñendo como un tigre, haciéndose pasar por un vapor, regañándolo y prometiéndole darle todo el marfil y las pieles de leones y tigres.
Y este niño delgado y moreno, con sus pecas y su melena erizada, impresionó a las niñas como una persona extraordinaria. Era un héroe, un personaje decidido, que no conocía el miedo, y gruñía con tanta ferocidad que, de pie en la puerta, podrían imaginar que había un tigre o un león dentro. Cuando las niñas regresaron a su habitación y se vistieron, Katya tenía los ojos llenos de lágrimas y dijo:
“¡Oh, tengo tanto miedo!”
Todo transcurrió como de costumbre hasta las dos, cuando se sentaron a cenar. Entonces resultó que los chicos no estaban en casa. Enviaron a los aposentos de los sirvientes, a los establos, a la casa del alguacil. No los encontraron. Enviaron al pueblo... no estaban.
A la hora del té, los niños seguían ausentes y a la hora de la cena la madre de Volodia estaba terriblemente inquieta y hasta derramó lágrimas.
Al anochecer volvieron al pueblo, buscaron por todas partes y caminaron por la orilla del río con linternas. ¡Cielos! ¡Qué alboroto!
Al día siguiente llegó el policía y se escribió una especie de papel en el comedor. Su madre lloró...
De repente, un trineo se detuvo en la puerta, con tres caballos blancos en una nube de vapor.
—¡Ha llegado Volodia! —gritó alguien en el patio.
—¡Llegó el amo Volodia! —gritó Natalya, corriendo al comedor. Y mi señor ladró con su grave voz grave: «¡Guau!».
Al parecer los chicos fueron detenidos en el Arcade, donde habían ido de tienda en tienda preguntando dónde podían conseguir pólvora.
Volodia rompió a llorar en cuanto entró en el recibidor y se arrojó al cuello de su madre. Las niñas, temblando, se preguntaban aterrorizadas qué sucedería después. Vieron a su padre llevar a Volodia y a Lentilov a su estudio, y allí conversó con ellos un buen rato.
"¿Es correcto hacer esto?", les dijo su padre. "Solo rezo para que no se enteren en la escuela, o los expulsarían a ambos. Debería estar avergonzado, Sr. Lentilov, de verdad. ¡No es para nada correcto! Usted empezó esto, y espero que sus padres lo castiguen. ¿Cómo pudo? ¿Dónde pasó la noche?"
“En la estación”, respondió orgulloso Lentilov.
Luego Volodia se fue a la cama y se puso una compresa empapada en vinagre en la frente.
Se envió un telegrama y al día siguiente apareció una señora, la madre de Lentilov, y se llevó a su hijo.
Lentilov se mostró taciturno y altivo hasta el final, y no pronunció una sola palabra al despedirse de las niñas. Pero tomó el libro de Katya y escribió en él como recuerdo: «Montehomo, la Garra de Halcón, Jefe de los Siempre Victoriosos».
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MARTES DE CARNAVAL
"PAG¡AVEL VASSILICH! —grita Pelageya Ivanovna, despertando a su marido—. ¡Pavel Vassilitch! Podrías ir a ayudar a Styopa con sus lecciones; está sentado llorando sobre su libro. ¡Otra vez no entiende nada!
Pavel Vassilitch se levanta, hace la señal de la cruz sobre la boca, bosteza y dice en voz baja: “¡En un minuto, mi amor!”.
El gato que dormía a su lado también se levanta, estira la cola, arquea la columna y entrecierra los ojos. Se hace el silencio... Se oyen ratones correteando tras el papel pintado. Tras ponerse las botas y la bata, Pavel Vasílich, arrugado y con el ceño fruncido por el sueño, sale de su dormitorio al comedor; al entrar, otro gato, olfateando un adobo de pescado en la ventana, salta al suelo y se esconde detrás del armario.
—¡Quién te pidió que olieras eso! —dice enojado, cubriendo el pescado con una hoja de periódico—. Eres un cerdo por hacer eso, no un gato...
Desde el comedor hay una puerta que da a la habitación de los niños. Allí, en una mesa llena de manchas y profundos arañazos, se sienta Styopa, un estudiante de segundo de secundaria, con expresión malhumorada y ojos llorosos. Con las rodillas casi hasta la barbilla y las manos entrelazadas, se balancea como un ídolo chino y mira con enfado un libro de sumas.
"¿Trabajas?", pregunta Pavel Vasílich, sentándose a la mesa y bostezando. "Sí, hijo mío... Nos hemos divertido, hemos dormido y hemos comido panqueques, y mañana llega la Cuaresma, el arrepentimiento y el trabajo. Todo tiene su límite. ¿Por qué tienes los ojos tan rojos? ¿Estás harto de aprender lecciones? Claro que, después de los panqueques, las lecciones son desagradables. Eso es todo."
—¿Por qué te ríes del niño? —grita Pelageya Ivanovna desde la habitación contigua—. Será mejor que lo enseñes en lugar de reírte de él. Mañana volverá a tener un problema y me hará sentir fatal.
—¿Qué es lo que no entiendes? —le pregunta Pavel Vassilitch a Styopa.
“¿Por qué esta… división de fracciones?”, responde el niño con enfado. “La división de fracciones por fracciones…”
—Mmm... ¡Qué raro! ¿Qué hay ahí? No hay nada que entender. Aprende las reglas, y eso es todo... Para dividir una fracción entre otra fracción, debes multiplicar el numerador de la primera fracción por el denominador de la segunda, y ese será el numerador del cociente... En este caso, el numerador de la primera fracción...
—Lo sé sin que me lo digas —lo interrumpe Styopa, tirando una cáscara de nuez de la mesa—. Muéstrame la prueba.
¿La prueba? Muy bien, dame un lápiz. Escucha... Supongamos que queremos dividir siete octavos entre dos quintos. Bueno, la cuestión es, hijo mío, que hay que dividir estas fracciones entre sí... ¿Han puesto el samovar?
"No sé."
Es hora del té... Son más de las siete. Bueno, escuchen. Lo veremos así... Supongamos que queremos dividir siete octavos no entre dos quintos, sino entre dos, es decir, solo por el numerador. Lo dividimos, ¿qué obtenemos?
“Siete dieciseisavos.”
—Bien. ¡Bravo! Bueno, el truco, hijo mío, es que si... si lo dividimos entre dos, entonces... Un momento, me estoy confundiendo. Recuerdo que cuando estaba en la escuela, el profesor de aritmética se llamaba Segismundo Urbanitch, un polaco. Solía confundirse con cada lección. Empezaba a explicar alguna teoría, se enredaba, se ponía rojo de ira y corría de un lado a otro del aula como si le estuvieran clavando un punzón en la espalda, luego se sonaba la nariz media docena de veces y se ponía a llorar. Pero, ya sabes, éramos magnánimos con él, fingíamos no verlo. «¿Qué pasa, Segismundo Urbanitch?», le preguntábamos. «¿Te duele la muela?». ¡Y qué pandilla de jóvenes rufianes, auténticos asesinos, éramos, pero aun así éramos magnánimos, ¿sabes?! No había chicos como ustedes en mi época; todos eran unos tipos corpulentos, unos patanes fornidos, uno más alto que otro. Por ejemplo, en tercer grado, estaba Mamahin. ¡Dios mío, era un tipo sólido! Ya sabes, un auténtico mayo de dos metros de altura. Cuando se movía, temblaba el suelo; cuando te daba un puñetazo en la espalda, ¡te dejaba sin aliento! No solo nosotros, los chicos, sino incluso los profesores le teníamos miedo. Así que este Mamahin solía...
Se oyen los pasos de Pelageya Ivanovna a través de la puerta. Pavel Vassilitch guiña un ojo hacia la puerta y dice:
—Ahí viene mamá. ¡A trabajar! —Bueno, ya ves, hijo —dice, alzando la voz—. Hay que multiplicar esta fracción por aquella. Y para eso hay que tomar el numerador de la primera fracción...
—¡Vengan a tomar el té! —grita Pelageya Ivanovna. Pavel Vassilitch y su hijo dejan la aritmética y entran a tomar el té. Pelageya Ivanovna ya está sentada a la mesa con una tía que nunca habla, otra tía sordomuda y la abuela Markovna, la partera que trajo al mundo a Styopa. El samovar sisea y expulsa vapor que proyecta sombras parpadeantes en el techo. Los gatos entran por la entrada, soñolientos y melancólicos, con la cola al aire...
—Toma mermelada con el té, Markovna —dice Pelageya Ivanovna, dirigiéndose a la partera—. Mañana empieza el gran ayuno. Come bien hoy.
Markovna toma con vacilación una cucharada colmada de mermelada, como si fuera polvo, se la lleva a los labios y, mirando de reojo a Pavel Vassilitch, la come; al instante su rostro se cubre de una dulce sonrisa, tan dulce como la mermelada misma.
“La mermelada está buenísima”, dice. “¿La hizo usted misma, Pelageya Ivanovna, señora?”
—Sí. ¿Quién más puede hacerlo? Lo hago todo yo. Styopotchka, ¿te he dado el té demasiado aguado? Ah, ya te lo has bebido. Pásame la taza, ángel mío; déjame darte un poco más.
“Así que este Mamahin, mi hijo, no soportaba al maestro francés”, continuó Pavel Vassilitch, dirigiéndose a su hijo. “'¡Soy un noble!', gritaba, '¡y no permitiré que un francés me domine! ¡Le ganamos a los franceses en 1812!'. Bueno, claro que lo azotaban por ello... lo azotaban brutalmente, y a veces, cuando veía que querían azotarlo, saltaba por la ventana ¡y se iba! Luego, durante cinco o seis días, no se presentaba en la escuela. Su madre iba a ver al director y le suplicaba por Dios: '¡Señor, tenga la amabilidad de encontrar a mi Mishka y azotarlo, ese granuja!'. Y el director le decía: '¡Le doy mi palabra, señora, nuestros cinco porteros no son rival para él!'”.
—¡Dios mío! ¡Pensar que nazcan semejantes rufianes! —susurra Pelageya Ivanovna, mirando a su marido con horror—. ¡Qué pena para la pobre madre!
Se hace un silencio. Styopa bosteza ruidosamente y observa atentamente al chino de la caja de té, a quien ya ha visto mil veces. Markovna y las dos tías beben té con cuidado de sus platillos. El aire es quieto y sofocante proveniente de la estufa... Los rostros y los gestos delatan la pereza y la saciedad que acompañan al estómago lleno, y aun así hay que seguir comiendo. El samovar, las tazas y el mantel se retiran, pero la familia sigue sentada a la mesa... Pelageya Ivanovna salta continuamente y, con expresión de alarma, corre a la cocina para hablar con la cocinera sobre la cena. Las dos tías permanecen sentadas en la misma posición, inmóviles, con los brazos cruzados sobre el pecho, dormitando, mirando la lámpara con sus ojitos de peltre. Markovna hipa a cada minuto y pregunta:
¿Por qué tengo hipo? No creo haber comido nada que lo explique... ni bebido nada... ¡Hi!
Pavel Vassilitch y Styopa se sientan uno al lado del otro, con las cabezas tocándose, e inclinados sobre la mesa, examinan un volumen del “Neva” de 1878.
«El monumento de Leonardo da Vinci, frente a la galería de Víctor Manuel en Milán». ¡Digo!... Al estilo de un arco de triunfo... Un caballero con su dama... Y hay hombrecitos a lo lejos...
“Ese hombrecito se parece a un compañero mío de la escuela llamado Niskubin”, dice Styopa.
“Dale la vuelta... 'La probóscide de la mosca común vista al microscopio'. ¡Así que eso es una probóscide! Digo... una mosca. ¿Cómo se vería un bicho al microscopio, hijo? ¡Sería horrible!
El antiguo reloj del salón no da la hora, pero tose diez veces roncamente, como si estuviera resfriado. La cocinera, Anna, entra en el comedor y se deja caer a los pies del amo.
—¡Perdóname, por el amor de Dios, Pavel Vassilitch! —dice ella, levantándose, completamente sonrojada.
—Perdóname tú también, por el amor de Dios —responde Pavel Vassilitch con indiferencia.
De la misma manera, Anna se acerca a los demás miembros de la familia, se postra a sus pies y les ruega perdón. Solo ignora a Markovna, ante quien, al no pertenecer a la nobleza, no siente la necesidad de inclinarse.
Transcurre otra media hora en silencio y tranquilidad. El «Neva» ya está tumbado en el sofá, y Pavel Vasílich, con el dedo en alto, repite de memoria unos versos en latín que aprendió de niño. Styopa mira fijamente el dedo con el anillo de bodas, escucha las palabras ininteligibles y dormita; se frota los párpados con los puños, que se cierran aún más.
“Me voy a la cama…” dice estirándose y bostezando.
—¿Qué? ¿A la cama? —pregunta Pelageya Ivanovna—. ¿Y qué tal cenar antes del ayuno?
"No quiero ninguno."
"¿Estás loco?", dice su madre alarmada. "¿Cómo puedes quedarte sin cenar antes del ayuno? ¡Solo tendrás comida de Cuaresma durante todo el ayuno!"
Pavel Vassilitch también está asustado.
—Sí, sí, hijo mío —dice—. Durante siete semanas, mamá solo te dará comida de Cuaresma. No te puedes perder la última cena antes del ayuno.
—Ay, Dios mío, tengo sueño —dice Styopa con irritación.
—Ya que es así, pon la cena rápido —grita Pavel Vasílich, nervioso—. Anna, ¿qué haces ahí sentada, tonta? Date prisa y pon la mesa.
Pelageya Ivanovna junta las manos y corre a la cocina con una expresión como si la casa estuviera en llamas.
—¡Date prisa, date prisa! —se oye por toda la casa—. Styopotchka tiene sueño. ¡Anna! ¡Dios mío! ¿Qué se puede hacer? ¡Date prisa!
Cinco minutos después, la mesa está puesta. De nuevo, los gatos, arqueando la columna y estirándose con la cola en el aire, entran al comedor... La familia empieza a cenar... Nadie tiene hambre, todos tienen el estómago rebosante, pero aun así deben comer.
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LA CASA VIEJA
(Una historia contada por un dueño de casa)
TLa vieja casa tuvo que ser demolida para construir una nueva en su lugar. Acompañé al arquitecto por las habitaciones vacías y, entre nuestras conversaciones de negocios, le conté varias historias. El papel pintado deshilachado, las ventanas sucias, las estufas oscuras, todo mostraba rastros de haber estado habitado recientemente y evocaba recuerdos. En esa escalera, por ejemplo, unos hombres borrachos bajaban un cadáver cuando tropezaron y cayeron de cabeza junto con el ataúd; los vivos estaban gravemente magullados, mientras que el muerto parecía muy serio, como si nada hubiera pasado, y meneó la cabeza cuando lo levantaron del suelo y lo volvieron a meter en el ataúd. Vean esas tres puertas en fila: allí vivían señoritas que siempre recibían visitas, por lo que vestían mejor que cualquier otro inquilino y podían pagar el alquiler con regularidad. La puerta al final del pasillo daba al lavadero, donde de día lavaban la ropa y de noche armaban un alboroto y bebían cerveza. Y en ese piso de tres habitaciones todo estaba saturado de bacterias y bacilos. No es agradable allí. Han muerto muchos inquilinos, y puedo afirmar con certeza que ese piso fue maldecido alguna vez por alguien, y que junto a sus inquilinos humanos siempre había otro, invisible, viviendo allí. Recuerdo en particular el destino de una familia. Imagínense a un hombre común, sin nada destacable, con esposa, madre y cuatro hijos. Se llamaba Putohin; era copista en una notaría y cobraba treinta y cinco rublos al mes. Era un hombre sobrio, religioso y serio. Cuando me traía el alquiler del piso, siempre se disculpaba por ir mal vestido; se disculpaba por llegar cinco días tarde, y cuando le daba un recibo, sonreía con buen humor y decía: «Ah, sí, también está eso, no me gustan esos recibos». Vivía pobremente, pero decentemente. En esa habitación del medio, la abuela solía estar con los cuatro niños; allí cocinaban, dormían, recibían visitas e incluso bailaban. Esta era la habitación de Putohin; tenía una mesa en ella, donde solía trabajar haciendo encargos privados, copiando piezas para el teatro, anuncios, etc. La habitación de la derecha estaba alquilada a su inquilino, Yegoritch, un cerrajero, un tipo serio, pero dado a la bebida; siempre tenía demasiado calor, así que solía andar con chaleco y descalzo. Yegoritch solía arreglar cerraduras, pistolas, bicicletas infantiles, no se negaba a reparar relojes baratos y a hacer patines por un cuarto de rublo, pero despreciaba ese trabajo y se consideraba un especialista en instrumentos musicales. Entre los restos de acero y hierro de su mesa siempre se veía una concertina con una llave rota o una trompeta con los bordes doblados.Le pagaba a Putohin dos rublos y medio por su habitación; estaba siempre en su mesa de trabajo y sólo salía para meter algún trozo de hierro en la estufa.
En las raras ocasiones en que entraba en ese piso por la noche, siempre me encontraba con esta imagen: Putohin sentado en su mesita, copiando algo; su madre y su esposa, una mujer delgada con el rostro exhausto, cosían junto a la lámpara; Yegoritch hacía un ruido áspero con su lima. Y las brasas calientes, aún humeantes, de la estufa llenaban la habitación de calor y humo; el aire denso olía a sopa de col, a pañales y a Yegoritch. Era un ambiente sombrío y sofocante, pero los rostros obreros, los cajoncitos de los niños colgados junto a la estufa, los hierros de Yegoritch, aún transmitían paz, amabilidad, satisfacción... En el pasillo, los niños corrían de un lado a otro con la cabeza bien peinada, alegres y profundamente convencidos de que todo era satisfactorio en este mundo, y que sería tan interminable, que bastaba con rezar cada mañana y antes de acostarse.
Ahora imaginen en medio de esa misma habitación, a dos pasos de la estufa, el ataúd donde yace la esposa de Putohin. No hay marido cuya esposa viva para siempre, pero había algo especial en esta muerte. Cuando, durante el réquiem, miré el rostro serio del marido, sus ojos severos, pensé: "¡Ay, hermano!".
Me parecía que él mismo, sus hijos, la abuela y Yegoritch, ya estaban marcados por ese ser invisible que vivía con ellos en ese piso. Soy un hombre completamente supersticioso, quizá porque soy propietario y durante cuarenta años he tenido que lidiar con inquilinos. Creo que si no se gana a las cartas desde el principio, se seguirá perdiendo hasta el final; cuando el destino quiere borrarte a ti y a tu familia de la faz de la tierra, permanece inexorable en su persecución, y la primera desgracia suele ser solo la primera de una larga serie... Las desgracias son como piedras. Basta con que una piedra caiga de un precipicio para que otras se lancen a rodar tras ella. En resumen, al salir del servicio de réquiem en casa de Putohin, creí que él y su familia estaban en mal estado.
Y, de hecho, una semana después, el notario, inesperadamente, despidió a Putohin y contrató a una joven en su lugar. Y, créanlo, Putohin no estaba tan molesto por perder su trabajo como por ser reemplazado por una joven y no por un hombre. ¿Por qué una joven? Le molestó tanto que, al volver a casa, azotó a sus hijos, insultó a su madre y se emborrachó. Yegoritch también se emborrachó para hacerle compañía.
Putohin me trajo el alquiler, pero esta vez no se disculpó, a pesar de que llevaba dieciocho días de retraso, y no dijo nada al recibir el recibo. Al mes siguiente, su madre me trajo el alquiler; solo me trajo la mitad y prometió traerme el resto una semana después. Al tercer mes, no recibí ni un céntimo, y el portero se quejó de que los inquilinos del número 23 «no se comportaban como caballeros».
Éstos eran síntomas ominosos.
Imagínense esta escena. Una sombría mañana de Petersburgo se asoma por las ventanas sucias. Junto a la estufa, la abuela sirve el té a los niños. Solo la mayor, Vassya, bebe de un vaso; a los demás se les sirve el té en platillos. Yegoritch está de cuclillas frente a la estufa, echando un hierro al fuego. Tiene la cabeza pesada y los ojos apagados por la borrachera de ayer; suspira y gime, tiembla y tose.
“El diablo me ha desviado del buen camino”, se queja; “bebe y lleva a otros al pecado”.
Putohin está sentado en su habitación, sobre la cama, de la que hace tiempo que desaparecieron las sábanas y las almohadas, y, con las manos enredadas en el pelo, mira fijamente al suelo, a sus pies. Está andrajoso, desaliñado y enfermo.
“Bébetelo, date prisa o llegarás tarde a la escuela”, le dice la anciana a Vassya, “y es hora de que yo también vaya a fregar los pisos para los judíos…”
La anciana es la única del piso que no se desanima. Recuerda los viejos tiempos y sale a trabajar duro y sucio. Los viernes friega los suelos para los judíos en la loza, los sábados lava para los tenderos, y los domingos recorre el pueblo de la mañana a la noche, buscando mujeres que la ayuden. Todos los días tiene algún trabajo; lava y friega, y por turnos es partera, casamentera o mendiga. Es cierto que ella también está dispuesta a ahogar sus penas, pero incluso después de beber una gota no olvida sus deberes. En Rusia hay muchas ancianas tan fuertes, ¡y cuánto de su bienestar depende de ellas!
Tras terminar el té, Vassya guarda sus libros en una cartera y se va detrás de la estufa; su abrigo debería estar colgado allí, junto a la ropa de su abuela. Un minuto después, sale de detrás de la estufa y pregunta:
“¿Dónde está mi abrigo?”
La abuela y los demás niños buscan juntos el abrigo. Perdieron mucho tiempo buscándolo, pero el abrigo había desaparecido por completo. ¿Dónde estaba? La abuela y Vassya estaban pálidas y asustadas. Incluso Yegoritch estaba sorprendido. Putohin era el único que no se movía. Aunque notaba rápidamente cualquier irregularidad o desorden, esta vez fingió no oír ni ver nada. Eso era sospechoso.
“Lo vendió por bebida”, declara Yegoritch.
Putohin no dice nada, así que es la verdad. Vassya está aterrada. ¡Su abrigo, su espléndido abrigo, hecho con el vestido de tela de su madre muerta, con un espléndido forro de percal, se ha ido a beber a la taberna! Y con el abrigo también han desaparecido, por supuesto, el lápiz azul que estaba en el bolsillo, ¡y el cuaderno con « Nota bene » en letras doradas! Hay otro lápiz con goma de borrar pegado en el cuaderno, y, además, hay dibujos transferidos dentro.
A Vassya le gustaría llorar, pero llorar es imposible. Si su padre, que tiene dolor de cabeza, oyera llantos, gritaría, patearía y empezaría a pelear, y después de beber, pelearía horriblemente. La abuela defendería a Vassya, y su padre también la golpearía; al final, Yegoritch también se vería envuelto en el asunto, agarrándose a su padre y cayendo al suelo con él. Los dos rodarían por el suelo, forcejeando y jadeando con furia animal, y la abuela lloraría, los niños chillarían, los vecinos mandarían a buscar al portero. No, mejor no llorar.
Como no debe llorar ni desahogar su indignación en voz alta, Vassya gime, se retuerce las manos y mueve las piernas convulsivamente, o mordiéndose la manga la sacude con los dientes como un perro a una liebre. Su mirada es frenética y su rostro está desfigurado por la desesperación. Al mirarlo, su abuela se quita de golpe el chal de la cabeza y también hace extraños movimientos con los brazos y las piernas en silencio, con la mirada fija en un punto lejano. Y en ese momento creo que hay una certeza definitiva en las mentes del niño y la anciana de que su vida está arruinada, de que no hay esperanza...
Putohin no oye llantos, pero puede verlo todo desde su habitación. Cuando, media hora después, Vassya sale para la escuela, envuelto en el chal de su abuela, sale con una cara que no me atreveré a describir y camina tras él. Anhela llamar al niño, consolarlo, pedirle perdón, prometerle bajo su palabra, llamar a su madre muerta como testigo, pero en lugar de palabras, brotan sollozos. Es una mañana gris y fría. Al llegar a la escuela del pueblo, Vassya desenreda el chal de su abuela y entra sin nada encima de la chaqueta por miedo a que los niños digan que parece una mujer. Y al llegar a casa, Putohin solloza, murmura palabras incoherentes, se inclina hasta el suelo ante su madre, Yegoritch y la mesa del cerrajero. Luego, recuperándose un poco, corre hacia mí y me suplica sin aliento, por Dios, que le encuentre un trabajo. Le doy esperanzas, por supuesto.
«Por fin vuelvo a ser yo mismo», dijo. «Ya es hora de que recupere la cordura. Me he portado fatal, y se acabó».
Él está encantado y me da las gracias, mientras yo, que he estudiado a fondo a estos señores durante los años que he sido propietario de la casa, lo miro y me siento tentado a decir:
¡Es demasiado tarde, querido! Ya estás muerto.
Desde mi casa, Putohin corre a la escuela del pueblo. Allí camina de un lado a otro, esperando a que salga su hijo.
—Vassya —dice con alegría, cuando el chico por fin sale—, me acaban de prometer un trabajo. Espera un momento, te compraré un abrigo de piel espléndido... ¡Te enviaré al instituto! ¿Entiendes? ¡Al instituto! ¡Te haré un caballero! Y no volveré a beber. Te lo juro por mi honor.
Y tenía una fe intensa en un futuro brillante. Pero caía la noche. La anciana, que volvía de la casa judía con veinte kopeks, exhausta y dolorida por todas partes, se puso a lavar la ropa de los niños. Vassya estaba sentada haciendo una suma. Yegoritch no estaba trabajando. Gracias a Putohin, se había aficionado a la bebida y en ese momento sentía un deseo irresistible de beber. La habitación estaba calurosa y sofocante. El vapor se elevaba en nubes desde la bañera donde la anciana se lavaba.
“¿Nos vamos?” pregunta Yegoritch con mal humor.
Mi inquilino no responde. Después de su excitación, se siente insoportablemente deprimente. Lucha contra el deseo de beber, contra una depresión aguda y... y, por supuesto, la depresión lo domina. Es una historia conocida.
Hacia la noche, Yegoritch y Putohin salen, y por la mañana Vassya no puede encontrar el chal de la abuela.
Ese es el drama que tuvo lugar en ese piso. Tras vender el chal a cambio de bebida, Putohin no volvió a casa. No sé adónde se fue. Tras su desaparición, la anciana se emborrachó y luego se quedó en cama. La llevaron al hospital, unos parientes fueron a buscar a los niños pequeños, y Vassya fue al lavadero. De día, repartía las planchas y de noche, la cerveza. Cuando lo echaron del lavadero, se puso al servicio de una de las señoritas, solía andar de noche haciendo recados y empezaron a hablar de él como «un cliente peligroso».
Qué ha pasado con él desde entonces, no lo sé.
Y en esta habitación vivió un músico callejero durante diez años. Al morir, encontraron veinte mil rublos en su colchón de plumas.
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EN LA SEMANA DE LA PASIÓN
"GRAMO¡Ah, ya están sonando! Y ojo, no os portéis mal en la iglesia, o Dios os castigará.
Mi madre me da unas monedas de cobre y, olvidándose al instante de mí, corre a la cocina con una plancha que necesita recalentarse. Sé bien que después de la confesión no me dejarán comer ni beber, así que, antes de salir de casa, me obligo a comer un mendrugo de pan blanco y a beber dos vasos de agua. Es primavera en la calle. Las calles están cubiertas de aguanieve pardusca, en la que ya se vislumbran futuros caminos; los tejados y las aceras están secos; el verde fresco se abre paso entre la hierba podrida del año pasado, bajo las vallas. En las cunetas se oye el alegre gorgoteo y la espuma del agua sucia, en la que los rayos de sol no desdeñan bañarse. Patatas fritas, pajitas, cáscaras de pipas de girasol son arrastradas rápidamente por el agua, dando vueltas y pegándose en la espuma sucia. ¿Adónde, adónde nadan esas patatas fritas? Bien podría ser que del arroyo pasen al río, del río al mar, y del mar al océano. Intento imaginarme ese largo y terrible viaje, pero mi imaginación se detiene antes de llegar al mar.
Un cochero pasa. Se acerca a su caballo, tira de las riendas y no ve que dos pilluelos van colgados en la parte trasera de su coche. Me gustaría unirme a ellos, pero al pensar en la confesión, los pilluelos empiezan a parecerme grandes pecadores.
En el día del juicio les preguntarán: "¿Por qué hicieron travesuras y engañaron al pobre cochero?", pienso. Empezarán a defenderse, pero los malos espíritus los atraparán y los arrastrarán al fuego eterno. Pero si obedecen a sus padres y les dan a los mendigos un kopek a cada uno, o un panecillo, Dios se apiadará de ellos y los dejará entrar al Paraíso.
El pórtico de la iglesia está seco y bañado por el sol. No hay un alma en él. Abro la puerta con vacilación y entro en la iglesia. Aquí, en el crepúsculo que me parece denso y sombrío como en ningún otro momento, me invade una sensación de pecado e insignificancia. Lo primero que llama la atención es un enorme crucifijo, y a un lado la Madre de Dios, y al otro, San Juan el Divino. Los candelabros y los candeleros están cubiertos con paños negros de luto, las lámparas brillan tenuemente y débilmente, y el sol parece pasar intencionadamente por las vidrieras de la iglesia. La Madre de Dios y el discípulo amado de Jesucristo, representados de perfil, contemplan en silencio la insufrible agonía y no notan mi presencia; Siento que para ellos soy ajeno, superfluo, inadvertido, que no puedo ayudarles ni con palabras ni con hechos, que soy un chico repugnante y deshonesto, solo capaz de travesuras, groserías y chismes. Pienso en toda la gente que conozco, y todos me parecen mezquinos, estúpidos y malvados, incapaces de aportar un ápice de alivio a esa tristeza intolerable que ahora contemplo.
El crepúsculo de la iglesia se vuelve más oscuro y sombrío. Y la Madre de Dios y San Juan me parecen solitarios y desamparados.
Prokofy Ignatitch, un soldado veterano, ayudante del sacristán, está de pie detrás del candelabro. Arqueando las cejas y acariciándose la barba, le explica en voz baja a una anciana: «Los maitines serán esta tarde, justo después de vísperas. Y tocarán las horas mañana entre las siete y las ocho. ¿Entiendes? Entre las siete y las ocho».
Entre las dos anchas columnas de la derecha, donde comienza la capilla de Bárbara la Mártir, los que van a confesarse esperan junto al biombo, esperando su turno. Y Mitka también está allí: un niño harapiento, con la cabeza horriblemente rapada, orejas de soplillo y ojitos rencorosos. Es hijo de Nastasya, la criada, un matón y un rufián que arrebata manzanas de las cestas de las mujeres y más de una vez me ha robado mis huesos. Me mira con enojo, y creo que disfruta con resentimiento al ser él, y no yo, el primero en pasar tras el biombo. Me siento rebosante de resentimiento, intento no mirarlo y, en el fondo de mi corazón, me aflige que los pecados de este desgraciado niño pronto sean perdonados.
Frente a él se encuentra una bella dama, elegantemente vestida, con un sombrero con una pluma blanca. Se la nota agitada, esperando en tensa suspense, y una de sus mejillas está roja de emoción.
Espero cinco minutos, diez... Un joven bien vestido, de cuello largo y delgado, con chanclas de goma, sale de detrás del biombo. Empiezo a soñar que, de mayor, compraré chanclas exactamente iguales. ¡Claro que sí! La señora se estremece y se esconde tras el biombo. Es su turno.
En la grieta, entre los dos paneles del biombo, veo a la dama subir al atril e inclinarse hasta el suelo. Luego se levanta y, sin mirar al sacerdote, inclina la cabeza con anticipación. El sacerdote está de espaldas al biombo, por lo que solo puedo ver su cabeza canosa y rizada, la cadena de la cruz en su pecho y su ancha espalda. No se le ve el rostro. Suspirando, sin mirar a la dama, empieza a hablar rápidamente, sacudiendo la cabeza, subiendo y bajando alternativamente su voz susurrante. La dama escucha dócilmente, como si se sintiera culpable, responde con humildad y mira al suelo.
"¿De qué manera puede ser pecadora?", me pregunto, mirando con reverencia su rostro dulce y hermoso. "Que Dios perdone sus pecados, que Dios le dé felicidad". Pero ahora el sacerdote le cubre la cabeza con la estola. "Y yo, sacerdote indigno...", escucho su voz, "...por el poder que me ha sido dado, te perdono y te absuelvo de todos tus pecados...".
La dama se inclina hasta el suelo, besa la cruz y regresa. Tiene las mejillas sonrojadas, pero su rostro está tranquilo, sereno y alegre.
«Ahora es feliz», pienso, mirándola primero a ella y luego al sacerdote que le había perdonado los pecados. «¡Pero qué feliz debe ser el hombre que tiene derecho a perdonar los pecados!».
Ahora es el turno de Mitka, pero de repente me invade un sentimiento de odio hacia ese joven rufián. Quiero ir tras el biombo antes que él, quiero ser el primero. Al notar mi movimiento, me golpea en la cabeza con su vela; respondo haciendo lo mismo, y durante medio minuto se oye un jadeo, como si alguien rompiera velas... Nos separamos. Mi enemigo se acerca tímidamente al atril y se inclina hasta el suelo sin doblar las rodillas, pero no veo qué sucede después; la idea de que mi turno llegue después del de Mitka hace que todo se vuelva borroso y confuso ante mis ojos; las orejas de Mitka se agrandan y se funden con su oscura cabeza, el sacerdote se tambalea, el suelo parece ondularse...
Se oye la voz del sacerdote: «Y yo, indigno sacerdote...»
Ahora yo también me muevo tras el biombo. No siento el suelo bajo mis pies, es como si caminara en el aire... Me acerco al atril, que es más alto que yo. Por un instante vislumbro el rostro indiferente y exhausto del sacerdote. Pero después no veo nada más que su manga con el forro azul, la cruz y el borde del atril. Soy consciente de la proximidad del sacerdote, del olor de su sotana; oigo su voz severa, y mi mejilla, vuelta hacia él, empieza a arder... Estoy tan turbado que me pierdo mucho de lo que dice, pero respondo a sus preguntas con sinceridad, con una voz artificial, no la mía. Pienso en las figuras desoladas de la Santa Madre y San Juan el Divino, el crucifijo, mi madre, y quiero llorar y pedir perdón.
“¿Cuál es tu nombre?” me pregunta el sacerdote cubriéndome la cabeza con la suave estola.
¡Qué alegre estoy ahora y qué alegría en el alma!
Ya no tengo pecados, soy santo, ¡tengo derecho a entrar al Paraíso! Me parece que ya huelo a sotana. Salgo de detrás del biombo y me acerco al diácono para escribir mi nombre y me huelo las mangas. El crepúsculo de la iglesia ya no me parece sombrío, y miro a Mitka con indiferencia, sin malicia.
“¿Cuál es tu nombre?” pregunta el diácono.
“Fedia.”
“¿Y tu nombre por parte de tu padre?”
"No sé."
“¿Cómo se llama tu papá?”
“Iván Petróvich.”
“¿Y tu apellido?”
No doy ninguna respuesta
"¿Cuántos años tiene?"
“Casi las nueve.”
Al llegar a casa, me acuesto rápido para no verlos cenar; y, cerrando los ojos, sueño en lo maravilloso que sería sufrir el martirio a manos de algún Herodes o Dióscoro, vivir en el desierto y, como San Serafín, alimentar osos, vivir en una celda y comer solo pan sagrado, dar mis bienes a los pobres, peregrinar a Kiev. Los oigo poner la mesa en el comedor: van a cenar, comerán ensalada, pasteles de col, pescado frito y asado. ¡Qué hambre tengo! Consentiría soportar cualquier martirio, vivir en el desierto sin mi madre, alimentar osos con mis propias manos, ¡si antes pudiera comerme un solo pastel de col!
«Señor, purifícame, pecador», rezo, cubriéndome la cabeza. «Ángel de la guarda, líbrame del espíritu inmundo».
Al día siguiente, jueves, me despierto con el corazón puro y limpio como un hermoso día de primavera. Entro alegre y con valentía en la iglesia, sintiéndome comulgante, con una camisa espléndida y cara, hecha con un vestido de seda que me dejó mi abuela. En la iglesia todo respira alegría, felicidad y primavera. Los rostros de la Madre de Dios y de San Juan el Divino no están tan tristes como ayer. Los rostros de los comulgantes irradian esperanza, y parece que todo el pasado se ha olvidado, que todo está perdonado. Mitka también se ha peinado y viste sus mejores galas. Miro con alegría sus orejas de soplillo y, para demostrarle que no tengo nada en su contra, le digo:
Te ves muy bien hoy, y si no tuvieras el pelo tan erizado ni fueras tan mal vestida, todos pensarían que tu madre no es una lavandera, sino una señora. Ven a verme en Pascua, jugaremos a las tabas.
Mitka me mira con desconfianza y me amenaza disimuladamente con el puño.
Y la señora que vi ayer está preciosa. Lleva un vestido azul claro y un gran broche brillante en forma de herradura. La admiro y pienso que, de mayor, sin duda me casaré con una mujer así, pero recordando que casarse es vergonzoso, dejo de pensar en ello y entro al coro, donde el diácono ya está leyendo las horas.
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CEJAS BLANCAS
ALa loba hambrienta se levantó para ir de caza. Sus tres cachorros dormían profundamente, acurrucados, abrigados. Los lamió y se fue.
Ya era marzo, mes de primavera, pero por la noche los árboles se quebraban con el frío, como en diciembre, y apenas se podía sacar la lengua sin que la mordisquearan. La madre loba estaba delicada de salud y nerviosa; se sobresaltaba al menor ruido y esperaba que nadie lastimara a los pequeños en casa mientras ella estaba fuera. El olor a huellas de hombres y caballos, troncos, montones de leña y el camino oscuro con estiércol la asustaban; le parecía que había hombres detrás de los árboles en la oscuridad, y que los perros aullaban en algún lugar más allá del bosque.
Ya no era joven y su olfato se había debilitado, de modo que a veces confundía la pista de un zorro con la de un perro, e incluso a veces se extraviaba, algo que nunca había sucedido en su juventud. Debido a su débil salud, ya no cazaba terneros ni ovejas grandes como antes, y se mantenía alejada de las yeguas con potros; solo se alimentaba de carroña; rara vez probaba carne fresca, solo en primavera, cuando se topaba con una liebre y se llevaba a sus crías, o se dirigía al establo de algún campesino donde había corderos.
A unas tres millas de su guarida había una cabaña de invierno en el camino de postas. Allí vivía el guardabosques Ignat, un anciano de setenta años, que siempre tosía y hablaba solo; por la noche solía dormir, y de día vagaba por el bosque con un rifle de un solo cañón, silbando a las liebres. Debió de trabajar entre máquinas en sus primeros tiempos, pues antes de detenerse siempre se gritaba a sí mismo: "¡Para la máquina!" y antes de continuar: "¡A toda velocidad!". Tenía un enorme perro negro de raza indeterminada, llamado Arapka. Cuando corría demasiado, le gritaba: "¡Reversa!". A veces cantaba, y al hacerlo se tambaleaba violentamente, y a menudo se caía (el lobo creía que el viento lo había derribado), y gritaba: "¡Sal de las vías!".
La loba recordó que, en verano y otoño, un carnero y dos ovejas pastaban cerca de la cabaña de invierno, y cuando pasó corriendo no hacía mucho, creyó oír balidos en el establo. Y ahora, al acercarse, pensó que ya era marzo y que, para entonces, seguramente habría corderos en el establo. El hambre la atormentaba; pensaba con cuánta avidez comería un cordero, y estos pensamientos le hacían crujir los dientes y sus ojos brillar en la oscuridad como dos destellos de luz.
La cabaña de Ignat, su granero, su establo y su pozo estaban rodeados de altos ventisqueros. Todo estaba en silencio. Probablemente Arapka estaba durmiendo en el granero.
La loba trepó por un ventisquero hasta el establo y empezó a arañar el techo de paja con las patas y el hocico. La paja estaba podrida y en descomposición, tanto que la loba casi se cae; de repente, un olor a vapor caliente, a estiércol y a leche de oveja le llegó directamente a la nariz. Abajo, un cordero, sintiendo el frío, balaba suavemente. Saltando por el agujero, la loba cayó con sus cuatro patas y su pecho sobre algo suave y cálido, probablemente una oveja, y en ese mismo instante, algo en el establo empezó de repente a gemir, ladrar y a emitir un ladrido agudo; la oveja se acurrucó contra la pared, y la loba, asustada, agarró lo primero que encontró con los dientes y salió corriendo...
Corría a toda velocidad, mientras Arapka, que ya había olido al lobo, aullaba furiosa, las gallinas asustadas cacareaban, e Ignat, saliendo al porche, gritaba: "¡A toda velocidad! ¡Toquen el silbato!".
Y silbó como una locomotora de vapor, y luego gritó: "¡Jo-jo-jo-jo!", y todo este ruido fue repetido por el eco del bosque. Cuando, poco a poco, todo se apagó, la loba se recuperó un poco y comenzó a notar que la presa que sostenía entre sus dientes y arrastraba por la nieve era más pesada y, por así decirlo, más dura que la que solían ser los corderos en esa época; y olía de forma diferente, y emitía sonidos extraños... La loba se detuvo y dejó su carga sobre la nieve, para descansar y empezar a comerla, y de repente saltó hacia atrás con asco. No era un cordero, sino un cachorro negro, de cabeza grande y patas largas, de raza grande, con una mancha blanca en la frente, como la de Arapka. A juzgar por sus modales, era un perro de corral simple e ignorante. Se lamió el lomo magullado y herido, y, como si nada pasara, meneó la cola y ladró al lobo. Gruñó como un perro y huyó de él. Él corrió tras ella. Ella miró a su alrededor y chasqueó los dientes. Él se detuvo perplejo y, probablemente pensando que estaba jugando con él, estiró la cabeza hacia donde había venido y se alejó con un ladrido agudo y alegre, como invitando a su madre Arapka a jugar con él y el lobo.
Ya estaba amaneciendo, y cuando la loba llegó a su casa en el espeso bosque de álamos, cada álamo se podía ver claramente, y las becadas ya estaban despiertas, y los hermosos pájaros machos a menudo volaban, perturbados por los imprudentes saltos y ladridos del cachorro.
"¿Por qué me persigue?", pensó el lobo con fastidio. "Supongo que quiere que me lo coma".
Vivía con sus cachorros en un agujero poco profundo; tres años antes, un pino viejo y alto había sido arrancado de raíz por una violenta tormenta, formando así el agujero. Ahora había hojas muertas y musgo en el fondo, y alrededor yacían huesos y cuernos de buey, con los que los pequeños jugaban. Ya estaban despiertos, y los tres, muy parecidos, estaban de pie en fila al borde de su agujero, mirando a su madre que regresaba y meneando la cola. Al verlos, el cachorro se detuvo a cierta distancia y los observó fijamente durante un buen rato; al ver que ellos también lo miraban con mucha atención, empezó a ladrar con rabia, como a desconocidos.
Ya era de día y el sol había salido, la nieve brillaba por todas partes, pero el cachorro seguía de pie, a cierta distancia, ladrando. Los cachorros mamaban de su madre, apretando su delgado vientre con las patas, mientras ella roía un hueso de caballo, seco y blanco; la atormentaba el hambre, le dolía la cabeza por los ladridos del perro, y sentía ganas de abalanzarse sobre el huésped inesperado y destrozarlo.
Finalmente, el cachorro quedó ronco y exhausto; al ver que no le tenían miedo, ni siquiera le hacían caso, comenzó a acercarse tímidamente a los cachorros, agachándose y dando unos pasos al frente. Ahora, a la luz del día, era fácil observarlo bien... Su frente blanca era grande, y en ella tenía una joroba como solo se ve en perros muy torpes; tenía ojillos azules y de aspecto apagado, y la expresión de toda su cara era extremadamente estúpida. Al llegar a los cachorros, extendió sus anchas patas, apoyó la cabeza sobre ellas y comenzó:
"Mnya, myna... nga—nga—nga...!"
Los cachorros no entendieron lo que quería decir, pero menearon la cola. Entonces el cachorro le dio a uno de los cachorros un golpe en la cabeza con la pata. El cachorro también le dio un golpe en la cabeza. El cachorro se paró de lado y lo miró de reojo, meneando la cola, luego salió corriendo y dio varias vueltas sobre la nieve helada. Los cachorros corrieron tras él; cayó de espaldas y pateó, y los tres se abalanzaron sobre él, chillando de alegría, y comenzaron a morderlo, no para lastimarlo, sino para jugar. Los cuervos, posados en el alto pino, observaron la lucha desde arriba, muy preocupados. Se pusieron ruidosos y alegres. El sol calentaba, como en primavera; y las becadas, revoloteando continuamente entre el pino derribado por la tormenta, parecían esmeraldas bajo el brillante sol.
Por regla general, las madres lobas entrenan a sus hijos para cazar, dándoles presas con las que jugar; y ahora, viendo a los cachorros persiguiendo al cachorro sobre la nieve helada y luchando con él, la madre pensó:
“Dejadlos aprender.”
Cuando ya habían jugado lo suficiente, los cachorros se metieron en el agujero y se echaron a dormir. El cachorro maulló un poco de hambre, y luego él también se estiró al sol. Y cuando despertaron, volvieron a jugar.
Durante todo el día, y al anochecer, la loba pensaba en cómo el cordero había balado en el establo la noche anterior y en cómo olía a leche de oveja. No dejaba de chasquear los dientes de hambre y no dejaba de roer con avidez el hueso viejo, fingiendo que era el cordero. Los cachorros mamaban de su madre, y el cachorro, hambriento, corría a su alrededor y olfateaba la nieve.
“Me lo comeré…” decidió la madre loba.
Ella se acercó a él, y él le lamió la nariz y le ladró, pensando que quería jugar con él. Antes había comido perros, pero el perro olía muy mal, y en su delicado estado de salud no soportaba el olor; sintió asco y se marchó.
Al anochecer empezó a hacer frío. El cachorro se sintió deprimido y se fue a casa.
Cuando los lobeznos dormían profundamente, su madre salió de caza otra vez. Como la noche anterior, se alarmaba con cada sonido, y la asustaban los tocones, los troncos, los oscuros enebros, que se destacaban individualmente y a lo lejos parecían seres humanos. Corrió sobre la nieve helada, apartándose del camino... De repente, vislumbró algo oscuro, a lo lejos en el camino. Aguzó la vista y el oído: sí, algo realmente caminaba delante, incluso podía oír el ruido sordo y regular de pasos. ¿Seguramente no sería un tejón? Conteniendo la respiración con cautela y manteniéndose siempre a un lado, alcanzó la mancha oscura, miró a su alrededor y la reconoció. Era el cachorro de la frente blanca, caminando lento y pausado hacia casa.
«Ojalá no vuelva a molestarme», pensó el lobo, y siguió corriendo rápidamente.
Pero la granja ya estaba cerca. De nuevo trepó al establo junto al ventisquero. El hueco que había hecho el día anterior ya estaba remendado con paja, y dos vigas nuevas se extendían por el tejado. La loba empezó a trabajar rápidamente con las patas y el hocico, mirando a su alrededor para ver si venía el cachorro, pero apenas el olor a vapor caliente y estiércol le había llegado al olfato cuando oyó un alegre ladrido a sus espaldas. Era el cachorro. Saltó hacia el lobo en el tejado, luego al agujero, y, sintiéndose como en casa en el calor, reconociendo a sus ovejas, ladró más fuerte que nunca... Arapka se despertó en el establo y, al oler a un lobo, aulló, las gallinas empezaron a cacarear, y para cuando Ignat apareció en el porche con su escopeta, el lobo asustado ya estaba lejos.
—¡Fuite! —silbó Ignat—. ¡Fuite! ¡A toda máquina!
Apretó el gatillo, pero el arma falló; volvió a apretarlo, y también falló; lo intentó por tercera vez, y una gran llamarada salió disparada del cañón y se oyó un estruendo ensordecedor. Le dio una violenta patada en el hombro, y, tomando el arma en una mano y el hacha en la otra, fue a ver qué era el ruido.
Poco después regresó a la cabaña.
“¿Qué fue?”, preguntó con voz ronca un peregrino que estaba pasando la noche en el refugio y se había despertado por el ruido.
—No pasa nada —respondió Ignat—. Nada grave. Nuestro Cejasblancas se ha acostumbrado a dormir con las ovejas en el calor. Solo que no tiene el buen juicio de entrar por la puerta, sino que siempre intenta colarse por el tejado. La otra noche hizo un agujero en el tejado y se fue de juerga, el muy canalla, y ahora ha vuelto y ha vuelto a arañar el tejado.
"Perro estúpido."
—Sí, se le ha roto el cerebro. Detesto a los necios —suspiró Ignat, subiéndose a la estufa—. Vamos, hombre de Dios, todavía es temprano para levantarse. ¡Dormiremos a tope!...
Por la mañana llamó a Cejas Blancas, le dio un fuerte golpe en las orejas y luego, mostrándole un palo, siguió repitiéndole:
¡Entren por la puerta! ¡Entren por la puerta! ¡Entren por la puerta!
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KASHTANKA
(Una historia)
I
| Mala conducta
Una perrita joven, rojiza, entre un dachshund y un perro de jardín, con cara de zorro, corría por la acera, mirando inquieta a un lado y a otro. De vez en cuando se detenía y, gimiendo y levantando primero una pata helada y luego otra, intentaba comprender cómo había podido perderse.
Recordaba muy bien cómo había transcurrido el día y cómo, al final, se había encontrado en esa acera desconocida.
El día comenzó con el sombrero puesto por su amo Luka Alexandritch, tomando bajo el brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo y gritando: “¡Kashtanka, ven!”.
Al oír su nombre, la perra salió de debajo de la mesa de trabajo, donde dormía sobre las virutas, se estiró voluptuosamente y corrió tras su amo. Los empleados de Luka Alexandritch vivían muy lejos, así que, antes de poder llegar a ninguno, el carpintero tuvo que entrar varias veces en una taberna para reponer fuerzas. Kashtanka recordó que, por el camino, se había portado de forma extremadamente inapropiada. En su alegría por estar de paseo, saltaba, corría ladrando tras los trenes, corría por los patios y perseguía a otros perros. El carpintero la perdía de vista continuamente, se detenía y le gritaba furioso. Una vez incluso, con expresión de furia, le agarró la oreja de zorro con el puño, le dio un bofetón y le dijo con énfasis: "¡Que te lleve la peste, peste!".
Tras dejar el trabajo donde le habían encomendado la tarea, Luka Aleksandrovich entró en casa de su hermana y allí comió y bebió algo; de casa de su hermana fue a ver a un encuadernador conocido; del encuadernador a una taberna, de la taberna a casa de otro amigo, y así sucesivamente. En resumen, cuando Kashtanka se encontró en la acera desconocida, ya anochecía y el carpintero estaba más borracho que un zapatero. Agitaba los brazos y, respirando con dificultad, murmuró:
¡En pecado me parió mi madre! ¡Ay, pecados, pecados! Aquí estamos, caminando por la calle y mirando las farolas, pero cuando muramos, arderemos en una Gehena ardiente...
O bien, adoptaba un tono afable, llamaba a Kashtanka y le decía: «Tú, Kashtanka, eres un insecto, y nada más. Al lado de un hombre, eres como un carpintero al lado de un ebanista...».
Mientras le hablaba así, de repente, estalló la música. Kashtanka miró a su alrededor y vio que un regimiento de soldados venía directo hacia ella. Incapaz de soportar la música, que la desquiciaba, dio vueltas y más vueltas, gimiendo. Para su gran sorpresa, el carpintero, en lugar de asustarse, gimoteando y ladrando, esbozó una amplia sonrisa, se puso firme y saludó con los cinco dedos. Al ver que su amo no protestaba, Kashtanka gimió más fuerte que nunca y cruzó la calle corriendo hacia la acera de enfrente.
Cuando se recuperó, la banda no tocaba y el regimiento ya no estaba. Corrió a través de la calle hasta el lugar donde había dejado a su amo, pero, por desgracia, el carpintero ya no estaba. Corrió hacia adelante, luego hacia atrás y cruzó la calle otra vez, pero el carpintero parecía haberse desvanecido bajo tierra. Kashtanka empezó a olfatear el pavimento, esperando encontrar a su amo por el olor de sus huellas, pero algún desgraciado había estado por allí hacía un momento con chanclas nuevas de goma, y ahora todos los delicados aromas se mezclaban con un penetrante hedor a goma, de modo que era imposible distinguir nada.
Kashtanka corría de un lado a otro sin encontrar a su amo, y mientras tanto, ya había oscurecido. Las farolas estaban encendidas a ambos lados de la calle y se veían luces en las ventanas. Grandes y esponjosos copos de nieve caían, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y las gorras de los cocheros, y cuanto más oscura era la noche, más blancos se volvían todos estos objetos. Clientes desconocidos caminaban sin cesar de un lado a otro, obstruyendo su campo de visión y empujándola con los pies. (Kashtanka dividía a toda la humanidad en dos partes desiguales: amos y clientes; entre ellos había una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a golpearla, y a los segundos, a mordisquearles las pantorrillas). Estos clientes se marchaban apresuradamente a algún lugar sin prestarle atención.
Cuando oscureció del todo, Kashtanka se sintió invadida por la desesperación y el horror. Se acurrucó en una entrada y empezó a gemir lastimeramente. El largo día de viaje con Luka Alexandritch la había agotado; tenía las orejas y las patas heladas, y, además, tenía un hambre terrible. Solo dos veces en todo el día había probado bocado: había comido un poco de pasta en el encuadernador, y en una taberna había encontrado una piel de salchicha en el suelo, cerca del mostrador; eso fue todo. Si hubiera sido humana, sin duda habría pensado: "¡No, es imposible vivir así! ¡Me voy a pegar un tiro!".
II
| Un extraño misterioso
Pero no pensó en nada, simplemente gimoteó. Cuando su cabeza y espalda quedaron completamente cubiertas por la suave nieve, y se sumió en un doloroso sopor de agotamiento, de repente la puerta de la entrada hizo un clic, crujió y la golpeó en un costado. Se levantó de un salto. Un hombre que pertenecía a la clase de clientes salió. Mientras Kashtanka gemía y se ponía de pie, no pudo evitar fijarse en ella. Se inclinó hacia ella y le preguntó:
—Perrito, ¿de dónde sales? ¿Te he hecho daño? Ay, pobrecito, pobrecito... Vamos, no te enfades, no te enfades... Lo siento.
Kashtanka miró al extraño a través de los copos de nieve que colgaban de sus pestañas y vio ante ella a un hombrecito bajo y gordo, de rostro regordete y afeitado, que llevaba un sombrero de copa y un abrigo de piel que se abría.
—¿Por qué te quejas? —continuó, quitándole la nieve del lomo con los dedos—. ¿Dónde está tu amo? Supongo que te has perdido. ¡Ay, pobre perrita! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Kashtanka, al percibir un tono cálido y cordial en la voz del desconocido, le lamió la mano y gimió aún más lastimeramente.
—¡Qué cosita tan graciosa! —dijo el desconocido—. ¡Un auténtico zorro! Bueno, no hay nada que hacer, ¡tienes que venir conmigo! Quizás me seas útil para algo... ¡Bueno!
Chasqueó los labios y con la mano le hizo una señal a Kashtanka que solo podía significar una cosa: "¡Vamos!". Kashtanka fue.
No más de media hora después, estaba sentada en el suelo de una habitación grande y luminosa, y, con la cabeza apoyada en el costado, miraba con ternura y curiosidad al desconocido que cenaba a la mesa. Él comía y le daba trozos... Primero le dio pan y la corteza verde del queso, luego un trozo de carne, media tarta y huesos de pollo, mientras que, por el hambre, ella comía tan deprisa que no tenía tiempo de distinguir el sabor, y cuanto más comía, más agudizada se le hacía la sensación de hambre.
—Tus amos no te alimentan bien —dijo el desconocido, al ver con qué voracidad devoraba los bocados sin masticarlos—. ¡Y qué delgada estás! Solo piel y huesos...
Kashtanka comió mucho y, sin embargo, no sació su hambre; simplemente estaba atontada de comer. Después de cenar, se tumbó en medio de la habitación, estiró las piernas y, consciente de un agradable cansancio en todo el cuerpo, meneó la cola. Mientras su nuevo amo, repanchingado en un sillón, fumaba un cigarro, ella meneó la cola y consideró si estaría mejor en casa del desconocido o en casa del carpintero. El entorno del desconocido era pobre y feo; aparte de los sillones, el sofá, las lámparas y las alfombras, no había nada, y la habitación parecía vacía. En casa del carpintero, todo estaba abarrotado de cosas: tenía una mesa, un banco, un montón de virutas, cepillos, cinceles, sierras, una jaula con un jilguero, una palangana... La habitación del desconocido olía a nada, mientras que en el taller de carpintería siempre había una densa niebla y un glorioso olor a pegamento, barniz y virutas. Por otro lado, el desconocido tenía una gran ventaja: le daba de comer en abundancia y, para ser justos, cuando Kashtanka se sentaba frente a la mesa y lo miraba con nostalgia, no la golpeó ni la pateó ni le gritó: "¡Vete, maldita bestia!".
Cuando terminó su cigarro, su nuevo amo salió y un minuto después regresó con un pequeño colchón en sus manos.
—¡Oye, perro, ven aquí! —dijo, colocando el colchón en la esquina cerca del perro—. ¡Acuéstate aquí, duérmete!
Entonces apagó la lámpara y se fue. Kashtanka se tumbó en el colchón y cerró los ojos; el sonido de un ladrido llegó desde la calle, y ella hubiera querido responder, pero de repente la invadió una inesperada melancolía. Pensó en Luka Alexandritch, en su hijo Fedyushka, y su pequeño y acogedor lugar debajo del banco... Recordó que en las largas tardes de invierno, cuando el carpintero cepillaba o leía el periódico en voz alta, Fedyushka solía jugar con ella... Solía sacarla de debajo del banco por las patas traseras y hacerle tales bromas que veía verde ante sus ojos y le dolían todas las articulaciones. La hacía caminar sobre sus patas traseras, la usaba como una campana, es decir, la sacudía violentamente por la cola para que chillara y ladrara, y le daba tabaco para olfatear... El siguiente truco era particularmente angustioso: Fedyushka ataba un trozo de carne a un hilo y se lo daba a Kashtanka, y luego, cuando ella lo había tragado, él, con una fuerte risa, lo sacaba de nuevo de su estómago, y cuanto más espeluznantes eran sus recuerdos, más fuerte y miserablemente se quejaba Kashtanka.
Pero pronto el cansancio y el calor prevalecieron sobre la melancolía. Empezó a quedarse dormida. En su imaginación, pasaban perros corriendo: entre ellos, un viejo caniche peludo, al que había visto ese día en la calle con una mancha blanca en el ojo y mechones de lana junto al hocico. Fedyushka corrió tras el caniche con un cincel en la mano; de repente, él también estaba cubierto de lana peluda y empezó a ladrar alegremente junto a Kashtanka. Kashtanka y él se olfatearon con buen humor y corrieron alegremente calle abajo...
III
| Nuevos y muy agradables conocidos
Cuando Kashtanka despertó, ya era de día y se oía un ruido de la calle, como solo se oye durante el día. No había un alma en la habitación. Kashtanka se desperezó, bostezó y, enfadada y de mal humor, recorrió la habitación. Olfateó los rincones y los muebles, miró al pasillo y no encontró nada interesante. Además de la puerta que daba al pasillo, había otra puerta. Tras reflexionar un poco, Kashtanka la arañó con ambas patas, la abrió y entró en la habitación contigua. Allí, en la cama, cubierta con una alfombra, dormía una clienta, en quien reconoció al forastero de ayer.
“Rrrrr. . .” gruñó, pero recordando la cena de ayer, movió la cola y comenzó a olfatear.
Olfateó la ropa y las botas del desconocido y pensó que olían a caballo. En el dormitorio había otra puerta, también cerrada. Kashtanka arañó la puerta, apoyó el pecho en ella, la abrió y al instante percibió un olor extraño y muy sospechoso. Previendo un encuentro desagradable, gruñendo y mirando a su alrededor, Kashtanka entró en una pequeña habitación con el papel pintado sucio y retrocedió alarmada. Vio algo sorprendente y terrible. Un ganso gris se dirigió directamente hacia ella, silbando, con el cuello inclinado hasta el suelo y las alas extendidas. No lejos de él, sobre un pequeño colchón, yacía un gato blanco; al ver a Kashtanka, saltó, arqueó el lomo, meneó la cola con el pelo erizado y él también le siseó. El perro estaba realmente asustado, pero sin querer delatar su alarma, comenzó a ladrar fuerte y se abalanzó sobre el gato... El gato arqueó el lomo más que nunca, maulló y le dio a Kashtanka un zarpazo en la cabeza. Kashtanka saltó hacia atrás, se acuclilló sobre sus cuatro patas y, estirando el hocico hacia el gato, se puso a ladrar fuerte y estridentemente; mientras tanto, el ganso se acercó por detrás y le dio un doloroso picotazo en la espalda. Kashtanka saltó y se abalanzó sobre el ganso.
"¿Qué es esto?" Oyeron una voz fuerte y enfadada, y el desconocido entró en la habitación en bata y con un puro entre los dientes. "¿Qué significa esto? ¡A sus puestos!"
Se acercó al gato, le dio un golpecito en el lomo arqueado y le dijo:
—Fiódor Timoféich, ¿qué significa esto? ¿Has armado una pelea? ¡Ay, viejo bribón! ¡Túmbate!
Y volviéndose hacia el ganso, gritó: “¡Iván Ivánich, vete a casa!”.
El gato se echó obedientemente en su colchón y cerró los ojos. A juzgar por la expresión de su rostro y sus bigotes, estaba disgustado consigo mismo por haber perdido los estribos y haberse metido en una pelea.
Kashtanka empezó a gemir con resentimiento, mientras el ganso estiró el cuello y empezó a decir algo rápidamente, con excitación, con claridad, pero de manera completamente ininteligible.
—Está bien, está bien —dijo su amo bostezando—. Deben vivir en paz y amistad. Acarició a Kashtanka y continuó: —Y tú, pelirroja, no tengas miedo... Son una compañía excelente, no te molestarán. Espera, ¿cómo te llamaremos? No puedes seguir sin un nombre, querida.
El desconocido pensó un momento y dijo: «Te diré algo... serás tía... ¿Entiendes? ¡Tía!».
Y repitiendo la palabra "tía" varias veces, salió. Kashtanka se sentó y se puso a observar. El gato permanecía inmóvil en su pequeño colchón, fingiendo dormir. El ganso, estirando el cuello y pateando, seguía hablando rápido y con entusiasmo sobre algo. Al parecer, era un ganso muy listo; después de cada larga diatriba, siempre retrocedía con aire de asombro y fingía estar encantado con su propio discurso... Escuchándolo y respondiendo "Rrrr", Kashtanka se puso a olfatear los rincones. En uno de los rincones encontró un pequeño comedero donde vio guisantes remojados y un poco de pan de centeno. Probó los guisantes; no estaban buenos; probó el pan remojado y empezó a comerlo. El ganso no se ofendió en absoluto de que el perro desconocido se comiera su comida, sino que, al contrario, habló aún más excitado, y para demostrar su confianza se acercó al comedero y comió él mismo unos guisantes.
IV
| Maravillas en un obstáculo
Poco después, el desconocido volvió a entrar, trayendo consigo algo extraño, como una valla o la figura II. En el travesaño de la parte superior de este tosco marco de madera colgaba una campana, y también estaba atada una pistola; había cuerdas que salían de la lengüeta de la campana y del gatillo de la pistola. El desconocido colocó el marco en el centro de la habitación, pasó un buen rato atando y desatando algo, luego miró al ganso y dijo: «¡Iván Ivánich, por favor!».
El ganso se acercó a él y permaneció en actitud expectante.
—Bueno —dijo el desconocido—, empecemos por el principio. Primero, ¡hagan una reverencia! ¡Muéstrense bien!
Iván Ivánitch estiró el cuello, asintió en todas direcciones y raspó con el pie.
—Bien. Bravo... ¡Ahora muere!
El ganso yacía de espaldas con las patas en alto. Tras realizar algunos trucos similares, sin importancia, el extraño se agarró la cabeza de repente y, con expresión de horror, gritó: "¡Socorro! ¡Fuego! ¡Nos estamos quemando!"
Iván Ivánich corrió hacia el marco, tomó la cuerda en su pico y hizo sonar la campana.
El extraño se sintió muy complacido. Acarició el cuello del ganso y dijo:
¡Bravo, Iván Ivánich! Imagina que eres un joyero que vende oro y diamantes. Imagina que vas a tu tienda y encuentras ladrones. ¿Qué harías en ese caso?
El ganso tomó la otra cuerda con el pico y tiró de ella, e inmediatamente se oyó un disparo ensordecedor. Kashtanka estaba encantada con el sonido de la campana, y el disparo la sumió en tal éxtasis que corrió alrededor del marco ladrando.
—¡Tía, acuéstate! —gritó el desconocido—. ¡Silencio!
La tarea de Iván Ivánich no terminó con la caza. Durante una hora entera, el desconocido arreó al ganso a su alrededor con una cuerda, haciendo restallar un látigo, y el ganso tuvo que saltar barreras y atravesar aros; tuvo que encabritarse, es decir, sentarse sobre su cola y agitar las patas en el aire. Kashtanka no podía apartar la vista de Iván Ivánich, se retorcía de alegría y varias veces se echó a correr tras él con ladridos estridentes. Tras agotar al ganso y a sí mismo, el desconocido se secó el sudor de la frente y gritó:
¡María, trae aquí a Havronya Ivanovna!
Un minuto después se oyó un gruñido. Kashtanka gruñó, adoptó un aire muy valiente y, para mayor seguridad, se acercó al desconocido. La puerta se abrió, una anciana miró dentro y, diciendo algo, hizo entrar a una cerda negra y muy fea. Sin prestar atención a los gruñidos de Kashtanka, la cerda levantó su pequeña pezuña y gruñó alegremente. Al parecer, le agradó mucho ver a su amo, el gato, y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al gato y le dio un ligero golpecito en el estómago con la pezuña, y luego le hizo algún comentario al ganso, sus movimientos y el temblor de su cola reflejaron mucha amabilidad. Kashtanka comprendió al instante que gruñir y ladrarle a semejante personaje era inútil.
El maestro retiró el marco y gritó: "¡Fiódor Timoféich, por favor!".
El gato se estiró perezosamente y, de mala gana, como si estuviera cumpliendo con un deber, se acercó a la cerda.
“Vamos, comencemos con la pirámide egipcia”, comenzó el maestro.
Pasó un buen rato explicando algo, y luego dio la orden: "¡Uno... dos... tres!". Al oír "tres", Iván Ivánich batió las alas y saltó al lomo de la cerda... Cuando, balanceándose con las alas y el cuello, consiguió afianzarse en el áspero lomo, Fiódor Timoféich, con indiferencia y pereza, con manifiesto desdén y con aire de menosprecio por su arte y desinterés, se subió al lomo de la cerda, luego, a regañadientes, montó en el ganso y se irguió sobre sus patas traseras. El resultado fue lo que el desconocido llamó la pirámide egipcia. Kashtanka ladró de alegría, pero en ese momento el viejo gato bostezó y, perdiendo el equilibrio, rodó del ganso. Iván Ivánich se tambaleó y también cayó. El desconocido gritó, agitó las manos y volvió a explicar algo. Después de pasar una hora sobre la pirámide, su infatigable maestro procedió a enseñar a Iván Ivanitch a montar el gato, luego comenzó a enseñarle al gato a fumar, y así sucesivamente.
La lección terminó cuando el desconocido se secó el sudor de la frente y se marchó. Fiódor Timoféievich resopló con desdén, se echó en su colchón y cerró los ojos; Iván Ivánich fue al comedero, y la anciana se llevó al cerdo. Gracias a la cantidad de nuevas impresiones, Kashranka apenas se dio cuenta de cómo transcurría el día, y por la noche se instaló con su colchón en la habitación del empapelado sucio, y pasó la noche en compañía de Fiódor Timoféievich y el ganso.
V
¡Talento! ¡ Talento!
Pasó un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a disfrutar de una buena cena cada noche y a que la llamaran tía. También se había acostumbrado a la desconocida y a sus nuevos compañeros. La vida era cómoda y sencilla.
Todos los días empezaban igual. Por lo general, Iván Ivánich era el primero en despertarse y enseguida se acercaba a la tía o al gato, torciéndole el cuello y empezando a hablar con entusiasmo y persuasión, pero, como antes, de forma ininteligible. A veces levantaba la cabeza y profería un largo monólogo. Al principio, Kashtanka pensó que hablaba tanto porque era muy listo, pero al cabo de un rato, le perdió todo el respeto; cuando se acercaba a ella con sus largos discursos, ya no meneaba la cola, sino que lo trataba como a un charlatán pesado que no dejaba dormir a nadie y, sin la menor ceremonia, le respondía con un "¡Rrrr!".
Fiódor Timoféich era un caballero muy diferente. Al despertar, no emitió ningún sonido, no se movió y ni siquiera abrió los ojos. Habría preferido no despertar, pues, como era evidente, no estaba muy enamorado de la vida. Nada le interesaba, mostraba una actitud apática e indiferente ante todo, lo desdeñaba todo e, incluso mientras comía su deliciosa cena, sorbía con desprecio.
Al despertar, Kashtanka empezó a pasearse por la habitación, husmeando por los rincones. Ella y el gato eran los únicos que tenían permiso para recorrer el piso; el ganso no podía cruzar el umbral de la habitación con el empapelado sucio, y Hayronya Ivanovna vivía en una pequeña dependencia del patio y solo aparecía durante las clases. Su maestro se levantaba tarde e inmediatamente después de tomar el té empezaba a enseñarles sus trucos. Todos los días traían el marco, el látigo y el aro, y todos los días se repetía casi la misma función. La clase duraba tres o cuatro horas, así que a veces Fiódor Timoféich estaba tan cansado que se tambaleaba como un borracho, e Iván Ivanich abría el pico y respiraba con dificultad, mientras que su maestro se ponía rojo de ira y no podía secarse el sudor de la frente con la suficiente rapidez.
La lección y la cena hicieron el día muy interesante, pero las tardes eran tediosas. Como era habitual, su amo se iba a algún sitio por la noche y se llevaba al gato y al ganso. Al quedarse sola, la tía se echó en su pequeño colchón y empezó a sentirse triste.
La melancolía se apoderó de ella imperceptiblemente y se apoderó de ella poco a poco, como la oscuridad de una habitación. Comenzó cuando el perro perdió las ganas de ladrar, comer, corretear por las habitaciones e incluso de mirar; luego, figuras vagas, mitad perros, mitad seres humanos, con rostros atractivos, agradables, pero incomprensibles, aparecían en su imaginación; cuando aparecían, la tía meneaba la cola, y le parecía haberlas visto en algún lugar, alguna vez, y haberlas amado. Y al dormirse, siempre sentía que esas figuras olían a pegamento, virutas y barniz.
Cuando ya se había acostumbrado a su nueva vida y de ser un perro mestizo, delgado y largo, se había transformado en un perro elegante y bien cuidado, su amo la miró un día antes de la lección y le dijo:
Ya es hora, tía, de ponernos manos a la obra. Ya has estado holgazaneando demasiado. Quiero convertirte en una artista... ¿Quieres ser una artista?
Y comenzó a enseñarle diversas habilidades. En la primera lección, le enseñó a pararse y caminar sobre sus patas traseras, lo cual le encantaba. En la segunda, tuvo que saltar sobre sus patas traseras y atrapar un poco de azúcar, que su maestra sostenía en alto sobre su cabeza. Después, en las siguientes lecciones, bailó, corrió atada a una cuerda, aulló al ritmo de la música, tocó la campana y disparó la pistola, y en un mes logró reemplazar con éxito a Fiódor Timoféich en la "Pirámide Egipcia". Aprendió con mucho entusiasmo y estaba satisfecha con su propio éxito; correr con la lengua fuera en la cuerda, saltar por el aro y montar al viejo Fiódor Timoféich le proporcionaban el mayor disfrute. Acompañaba cada truco exitoso con un ladrido agudo y alegre, mientras su maestra, maravillada y también encantada, se frotaba las manos.
¡Es talento! ¡Es talento! —dijo—. ¡Un talento indiscutible! ¡Sin duda triunfarás!
Y la tía se acostumbró tanto a la palabra talento, que cada vez que su amo la pronunciaba, saltaba como si fuera su nombre.
VI
| Una noche inquieta
La tía tuvo un sueño perruno en el que un portero corría tras ella con una escoba y se despertó asustada.
Estaba bastante oscuro y sofocante en la habitación. Las pulgas picaban. La tía nunca antes le había tenido miedo a la oscuridad, pero ahora, por alguna razón, sentía miedo y ganas de ladrar.
Su amo exhaló un fuerte suspiro en la habitación contigua, y poco después la cerda gruñó en su pocilga, y luego todo volvió a la calma. Cuando uno piensa en comer, se le alivia el corazón, y la tía empezó a pensar en cómo ese día le había robado la pata de pollo a Fiódor Timoféich y la había escondido en la sala, entre el armario y la pared, donde había muchísimas telarañas y muchísimo polvo. ¿No sería mejor ir ahora a ver si la pata de pollo seguía allí? Era muy posible que su amo la hubiera encontrado y se la hubiera comido. Pero no debía salir de la habitación antes del amanecer, esa era la regla. La tía cerró los ojos para dormirse cuanto antes, pues sabía por experiencia que cuanto antes se duerme, antes llega la mañana. Pero de repente, un extraño grito no muy lejos de ella la hizo sobresaltar y ponerse de pie sobre sus cuatro patas. Era Iván Ivánich, y su grito no era balbuceante ni persuasivo como de costumbre, sino un grito salvaje, agudo y antinatural, como el chirrido de una puerta al abrirse. Incapaz de distinguir nada en la oscuridad y sin entender qué pasaba, la tía se asustó aún más y gruñó: «Rrrr...».
Pasó un tiempo, el que se tarda en comer un buen hueso; el grito no se repitió. Poco a poco, la inquietud de la tía se fue calmando y empezó a dormitar. Soñó con dos grandes perros negros con mechones del pelo del año anterior en las ancas y los costados; comían de una gran palangana, un poco de bazofia, de la que salía un vapor blanco y un olor apetitoso; de vez en cuando miraban a la tía, le mostraban los dientes y gruñían: "¡No te vamos a dar nada!". Pero un campesino con abrigo de piel salió corriendo de la casa y los ahuyentó a látigos; entonces la tía se acercó a la palangana y empezó a comer, pero en cuanto el campesino salió por la puerta, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella gruñendo, y de repente se oyó de nuevo un grito estridente.
"¡K-gee! ¡K-gee-gee!" -exclamó Iván Ivánich.
La tía despertó, se levantó de un salto y, sin moverse del colchón, se puso a ladrar con fuerza. Le pareció que no era Iván Ivánich quien gritaba, sino otra persona, y por alguna razón la cerda volvió a gruñir en su pocilga.
Entonces se oyó el ruido de unas zapatillas al arrastrarse, y el amo entró en la habitación en bata y con una vela en la mano. La luz parpadeante bailó sobre el sucio empapelado y el techo, disipando la oscuridad. La tía vio que no había ningún extraño en la habitación. Iván Ivánich estaba sentado en el suelo y no dormía. Tenía las alas desplegadas y el pico abierto, y en general parecía muy cansado y sediento. El viejo Fiódor Timoféich tampoco dormía. El grito también debió de despertarlo.
—Iván Ivánich, ¿qué te pasa? —le preguntó el amo al ganso—. ¿Por qué gritas? ¿Estás enfermo?
El ganso no respondió. El amo le tocó el cuello, le acarició la espalda y dijo: «Eres un tipo raro. No duermes ni dejas que los demás...».
Cuando el amo salió con la vela, volvió a oscurecerse. La tía se asustó. El ganso no gritó, pero de nuevo creyó que había un extraño en la habitación. Lo más terrible era que a ese extraño no lo podían morder, pues era invisible y no tenía forma. Y por alguna razón pensó que algo muy malo ocurriría esa noche. Fiódor Timoféich también estaba inquieto.
La tía podía oírlo moverse en el colchón, bostezando y sacudiendo la cabeza.
En algún lugar de la calle, llamaron a la puerta y la cerda gruñó en su corral. La tía empezó a gemir, estiró las patas delanteras y apoyó la cabeza sobre ellas. Imaginó que en los golpes, en el gruñido de la cerda, que por alguna razón estaba despierta, en la oscuridad y el silencio, había algo tan miserable y aterrador como en el grito de Iván Ivánich. Todo era agitación y ansiedad, pero ¿por qué? ¿Quién era el extraño que no se veía? Entonces, dos tenues destellos verdes brillaron un instante cerca de la tía. Era Fiódor Timoféich, que por primera vez desde que se conocían se acercaba a ella. ¿Qué quería? La tía le lamió la pata y, sin preguntar por qué había venido, aulló suavemente y con diferentes tonos.
“¡Caramba!” -exclamó Iván Ivanitch-. ¡Kg-ee!
La puerta se abrió de nuevo y el maestro entró con una vela.
El ganso estaba sentado en la misma actitud que antes, con el pico abierto, las alas extendidas y los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó su amo.
El ganso no se movió. Su amo se sentó frente a él en el suelo, lo miró en silencio durante un minuto y dijo:
—¡Iván Ivánich, qué pasa? ¿Te estás muriendo? ¡Ay, ya lo recuerdo! —gritó, agarrándose la cabeza—. ¡Ya sé por qué! ¡Es porque el caballo te pisó hoy! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
La tía no entendía lo que decía su amo, pero supo por su rostro que él también esperaba algo terrible. Estiró la cabeza hacia la ventana oscura, donde le pareció que un extraño la observaba, y aulló.
—¡Se está muriendo, tía! —dijo su amo, retorciéndose las manos—. ¡Sí, sí, se está muriendo! La muerte ha entrado en tu habitación. ¿Qué haremos?
Pálido y agitado, el amo regresó a su habitación, suspirando y meneando la cabeza. La tía, temerosa de quedarse a oscuras, siguió a su amo hasta su dormitorio. Se sentó en la cama y repitió varias veces: «Dios mío, ¿qué hago?».
La tía caminaba alrededor de sus pies, y sin comprender por qué se sentía tan mal y por qué todos estaban tan inquietos, y tratando de comprender, observaba cada movimiento. Fiódor Timoféich, que rara vez salía de su pequeño colchón, entró también en el dormitorio principal y empezó a frotarse los pies. Sacudió la cabeza como si quisiera apartar los pensamientos dolorosos de ella, y no dejaba de mirar con recelo debajo de la cama.
El maestro cogió un platillo, echó en él un poco de agua del lavabo y se dirigió de nuevo al ganso.
—¡Bebe, Iván Ivánich! —dijo con ternura, colocando el platillo delante de él—. Bebe, cariño.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. Su amo inclinó la cabeza hacia el platillo y metió el pico en el agua, pero el ganso no bebió; extendió las alas más que nunca y su cabeza permaneció en el platillo.
—No, ya no hay nada que hacer —suspiró su amo—. Se acabó. ¡Iván Ivánich se ha ido!
Y gotas brillantes, como las que se ven en el cristal de la ventana cuando llueve, le resbalaban por las mejillas. Sin entender qué pasaba, la tía y Fiódor Timoféich se acurrucaron junto a él y miraron con horror al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —dijo el maestro con un suspiro lastimero—. Y yo que soñaba con llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la verde hierba. ¡Querido, mi querido camarada, ya no estás! ¿Cómo voy a vivir sin ti ahora?
A la tía le pareció que le sucedería lo mismo, es decir, que ella también, sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca, y todos la mirarían con horror. Al parecer, las mismas reflexiones pasaban por la mente de Fiódor Timoféich. Nunca antes el viejo gato había estado tan taciturno y melancólico.
Empezó a amanecer, y el desconocido que tanto había asustado a la tía ya no estaba en la habitación. Cuando ya era de día, entró el portero, tomó el ganso y se lo llevó. Y poco después entró la anciana y se llevó el comedero.
La tía entró en la sala y miró detrás del armario: su amo no se había comido el hueso de pollo; estaba tirado en su sitio, entre el polvo y las telarañas. Pero la tía se sentía triste y desanimada, con ganas de llorar. Ni siquiera olió el hueso, sino que se metió debajo del sofá, se sentó allí y empezó a gemir suavemente con una voz débil.
VII
Un debut fallido
Una hermosa tarde, el amo entró en la habitación con el papel pintado sucio y, frotándose las manos, dijo:
"Bien. . . ."
Quiso decir algo más, pero se fue sin decir nada. La tía, que durante sus lecciones había estudiado minuciosamente su rostro y su entonación, adivinó que estaba agitado, ansioso y, supuso, enojado. Poco después regresó y dijo:
Hoy llevaré conmigo a la tía y a Fiódor Timoféievich. Hoy, tía, ocuparás el lugar del pobre Iván Ivánich en la «Pirámide Egipcia». ¡Quién sabe cómo será! ¡No hay nada listo, nada se ha estudiado a fondo, ha habido pocos ensayos! ¡Seremos deshonrados, nos veremos en la ruina!
Luego salió de nuevo y, un minuto después, regresó con su abrigo de piel y su sombrero de copa. Acercándose al gato, lo tomó de las patas delanteras y lo metió dentro de su abrigo, mientras Fiódor Timoféievich parecía completamente despreocupado y ni siquiera se molestó en abrir los ojos. Al parecer, le era absolutamente indiferente si permanecía acostado o si lo levantaban de sus patas, si descansaba en su colchón o bajo el abrigo de piel de su amo.
—Ven, tía —dijo su amo.
Meneando la cola, sin entender nada, la tía lo siguió. Un minuto después, estaba sentada en un trineo a los pies de su amo y lo oyó, encogido de frío y ansiedad, murmurar para sí mismo:
¡Seremos deshonrados! ¡Nos afligiremos!
El trineo se detuvo en una casa grande y extraña, como un cucharón de sopa al revés. La larga entrada de esta casa, con sus tres puertas de cristal, estaba iluminada por una docena de lámparas brillantes. Las puertas se abrieron con un ruido estruendoso y, como mandíbulas, se tragaron a la gente que se movían de un lado a otro en la entrada. Había muchísima gente, y los caballos también corrían a menudo hasta la entrada, pero no se veían perros.
El amo tomó a la tía en brazos y la metió en su abrigo, donde ya estaba Fiódor Timofeyirch. Estaba oscuro y sofocante, pero cálido. Por un instante, dos destellos verdes la iluminaron; era el gato, que abrió los ojos al ser molestado por las patas frías y ásperas de su vecino. La tía le lamió la oreja y, tratando de acomodarse lo mejor posible, se movió inquieta, lo aplastó bajo sus patas frías y, con indiferencia, asomó la cabeza por debajo del abrigo, pero enseguida gruñó con rabia y la volvió a meter. Le pareció haber visto una habitación enorme y mal iluminada, llena de monstruos; tras biombos y rejas que se extendían a ambos lados de la habitación, asomaban rostros horribles: rostros de caballos con cuernos, orejas largas, y un rostro gordo y enorme con cola en lugar de nariz, y dos largos huesos roídos que le asomaban de la boca.
El gato maulló roncamente bajo las patas de la tía, pero en ese momento el abrigo se abrió de golpe. El amo dijo: "¡Salta!", y Fiódor Timoféich y la tía saltaron al suelo. Se encontraban en una pequeña habitación con paredes de tablones grises; no había más muebles que una mesita con un espejo, un taburete y algunos trapos colgados en las esquinas, y en lugar de lámpara o velas, había una brillante lámpara en forma de abanico sujeta a un pequeño tubo fijado en la pared. Fiódor Timoféich se lamió el abrigo que la tía le había alborotado, se metió debajo del taburete y se acostó. Su amo, todavía agitado y frotándose las manos, comenzó a desvestirse... Se desvistió como solía hacer en casa cuando se disponía a meterse debajo de la alfombra, es decir, se quitó todo menos la ropa interior, se sentó en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a gastarse las bromas más sorprendentes... Primero se puso una peluca con raya al medio y dos mechones erizados como cuernos. Luego se untó la cara con algo blanco, y sobre el blanco se pintó las cejas, el bigote y se tiñó las mejillas de rojo. Sus travesuras no terminaron ahí. Después de untarse la cara y el cuello, empezó a disfrazarse de forma extraordinaria e incongruente, como la tía nunca había visto antes, ni en casas ni en la calle. Imagínense unos pantalones muy anchos, de chintz cubierto de grandes flores, como los que se usan en las casas obreras para cortinas y muebles, pantalones que se abrochaban justo debajo de las axilas. Una pernera era de chintz marrón, la otra de amarillo brillante. Casi perdido entre ellos, se puso una chaqueta corta de chintz, con un gran cuello festoneado y una estrella dorada en la espalda, medias de diferentes colores y zapatillas verdes.
Todo parecía girar ante los ojos de la tía y en su alma. La figura pálida y con aspecto de saco olía a su amo, y su voz también era la voz familiar del amo, pero había momentos en que la tía se sentía atormentada por las dudas, y entonces estaba lista para huir de la figura multicolor y ladrar. El nuevo lugar, la luz en abanico, el olor, la transformación que se había operado en su amo: todo esto despertaba en ella un vago temor y el presentimiento de que sin duda se encontraría con algo horrible, como la cara grande con cola en lugar de nariz. Y entonces, en algún lugar al otro lado de la pared, una banda odiosa tocaba, y de vez en cuando oía un rugido incomprensible. Solo una cosa la tranquilizaba: la imperturbabilidad de Fiódor Timoféich. Dormitaba con la mayor tranquilidad bajo el taburete, y no abrió los ojos ni siquiera cuando lo movieron.
Un hombre con abrigo y chaleco blanco se asomó a la pequeña habitación y dijo:
La señorita Arabella acaba de irse. Tras ella, tú.
Su amo no respondió. Sacó una cajita de debajo de la mesa, se sentó y esperó. Sus labios y sus manos revelaban su agitación, y la tía podía oír cómo respiraba entrecortadamente.
—¡Señor George, venga! —gritó alguien tras la puerta. Su amo se levantó, se santiguó tres veces, sacó al gato de debajo del taburete y lo metió en la caja.
—Ven, tía —dijo suavemente.
La tía, que no entendía nada, se acercó a sus manos, él la besó en la cabeza y la puso junto a Fiódor Timoféich. Luego vino la oscuridad... La tía pisoteó al gato, arañó las paredes del cofre y estaba tan asustada que no pudo emitir ningún sonido, mientras el cofre se balanceaba y temblaba, como si estuviera sobre las olas...
—¡Aquí estamos de nuevo! —gritó en voz alta su amo—. ¡Aquí estamos de nuevo!
La tía sintió que, tras ese grito, la caja chocó contra algo duro y dejó de balancearse. Se oyó un rugido fuerte y profundo, alguien recibía una bofetada, y ese alguien, probablemente el monstruo con cola en lugar de nariz, rugió y rió tan fuerte que las cerraduras de la caja temblaron. En respuesta al rugido, se oyó una risa estridente y chillona de su amo, como nunca reía en casa.
—¡Ja! —gritó, intentando hacerse oír por encima del estruendo—. ¡Honorables amigos! ¡Acabo de llegar de la estación! ¡Mi abuela ha estirado la pata y me ha dejado una fortuna! Hay algo muy pesado en la caja, debe ser oro, ¡ja! ¡ja! ¡Apuesto a que hay un millón aquí! La abriremos y miraremos...
La cerradura de la caja hizo clic. La luz brillante deslumbró a la tía, quien saltó de la caja y, ensordecida por el rugido, corrió rápidamente alrededor de su amo y rompió a ladrar estridentemente.
—¡Ja! —exclamó su amo—. ¡Tío Fiódor Timoféich! ¡Querida tía, queridos parientes! ¡Que el diablo los lleve!
Cayó boca abajo en la arena, agarró al gato y a la tía y los abrazó. Mientras la sostenía con fuerza, ella miró a su alrededor, al mundo al que el destino la había traído, e impresionada por su inmensidad, se quedó un instante atónita, asombrada y encantada. Luego, saltó de los brazos de su amo y, para expresar la intensidad de sus emociones, dio vueltas y vueltas en el mismo punto como una peonza. Este nuevo mundo era enorme y estaba lleno de luz brillante; dondequiera que mirara, desde el suelo hasta el techo, había rostros, rostros, rostros, y nada más.
—¡Tía, te ruego que te sientes! —gritó su amo. Recordando lo que eso significaba, la tía saltó a una silla y se sentó. Miró a su amo. Sus ojos la observaban con gravedad y amabilidad, como siempre, pero su rostro, especialmente su boca y dientes, se volvían grotescos por una amplia sonrisa inamovible. Reía, daba saltitos, encogía los hombros y fingía estar muy alegre ante las miles de caras. La tía creyó en su alegría; de repente, sintió que todas esas miles de caras la miraban, alzó su cabeza de zorro y aulló de alegría.
—Siéntate ahí, tía —le dijo su amo—, mientras mi tío y yo bailamos el Kamarinsky.
Fiódor Timoféich observaba a su alrededor con indiferencia, esperando que lo obligaran a hacer alguna tontería. Bailaba con desgana, despreocupación, hoscamente, y se podía ver por sus movimientos, su cola y sus orejas, que sentía un profundo desprecio por la multitud, la luz brillante, su amo y por sí mismo. Cuando terminó su tarea, bostezó y se sentó.
—¡Ahora, tía! —dijo su amo—, primero cantaremos una canción y luego bailaremos, ¿de acuerdo?
Sacó una flauta del bolsillo y empezó a tocar. La tía, que no soportaba la música, empezó a moverse inquieta en su silla y aulló. Un rugido de aplausos se elevó de todos lados. Su maestro hizo una reverencia y, cuando todo volvió al silencio, siguió tocando... Justo cuando alcanzaba una nota muy aguda, alguien en lo alto del público profirió una fuerte exclamación:
—¡Tía! —gritó una voz infantil—. ¡Pero es Kashtanka!
"¡Kashtanka lo es!" -declaró un tenor borracho y chiflado. "¡Kashtanka! Mátame, Fedyushka, es Kashtanka. ¡Kashtanka! ¡Aquí!"
Alguien en la galería silbó, y dos voces, una de niño y otra de hombre, gritaron: "¡Kashtanka! ¡Kashtanka!".
La tía se sobresaltó y miró de dónde venían los gritos. Dos rostros, uno peludo, borracho y sonriente, el otro regordete, de mejillas sonrosadas y aspecto asustado, la deslumbraron como la luz brillante los había deslumbrado antes... Recordó, se cayó de la silla, forcejeó en la arena, luego se levantó de un salto y, con un ladrido de alegría, corrió hacia esos rostros. Se oyó un rugido ensordecedor, intercalado con silbidos y un grito agudo e infantil: "¡Kashtanka! ¡Kashtanka!"
La tía saltó la barrera y luego los hombros de alguien. Se encontró en una caja: para pasar al siguiente nivel, tuvo que saltar un muro alto. Saltó, pero no lo suficiente, y se deslizó por el muro. Luego la pasaron de mano en mano, lamió manos y caras, siguió subiendo más y más, y finalmente llegó a la galería...
——
Media hora después, Kashtanka estaba en la calle, siguiendo a la gente que olía a pegamento y barniz. Luka Alexandritch se tambaleó e instintivamente, aleccionado por la experiencia, intentó mantenerse lo más lejos posible de la cuneta.
—En pecado me parió mi madre —murmuró—. Y tú, Kashtanka, eres un ser de poca comprensión. Al lado de un hombre, eres como un carpintero al lado de un ebanista.
Fedyushka caminaba a su lado, con la gorra de su padre. Kashtanka los miró de espaldas y le pareció que los había estado siguiendo durante siglos, y se alegró de que no se hubiera roto ni un instante en su vida.
Recordó la pequeña habitación con el empapelado sucio, el ganso, Fiódor Timoféich, las deliciosas cenas, las lecciones, el circo, pero todo eso le parecía ahora un sueño largo, enredado y opresivo.
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UN CAMALEÓN
TEl comisario de policía Otchumyelov cruza la plaza del mercado con un abrigo nuevo y un paquete bajo el brazo. Un policía pelirrojo lo sigue con un colador lleno de grosellas confiscadas. Reina el silencio. Ni un alma en la plaza... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas miran desconsoladamente al mundo de Dios, como bocas hambrientas; no hay ni un mendigo cerca.
—¿Así que muerdes, maldito bruto? —Otchumyelov oye de repente—. ¡Chicos, no lo suelten! ¡Morder está prohibido ahora! ¡Sujétenlo! ¡Ah... ah!
Se oye el aullido de un perro. Otchumyelov mira en dirección al sonido y ve a una perra, saltando sobre tres patas y mirando a su alrededor, salir corriendo del almacén de madera de Pitchugin. Un hombre con una camisa de algodón almidonada y el chaleco desabrochado la persigue. Corre tras ella, se lanza hacia adelante, cae al suelo y agarra a la perra por las patas traseras. De nuevo se oyen aullidos y gritos de "¡No la sueltes!". Rostros soñolientos sobresalen de las tiendas, y pronto una multitud, que parece haber surgido de la tierra, se reúne alrededor del almacén de madera.
“Parece que hay una pelea, señoría…”, dice el policía.
Otchumyelov hace medio giro hacia la izquierda y avanza hacia la multitud.
Ve al hombre antes mencionado, con el chaleco desabrochado, de pie junto a la puerta del almacén de madera, con la mano derecha en alto y mostrando un dedo ensangrentado a la multitud. En su rostro medio borracho se leía claramente: "¡Te pagaré, granuja!", y de hecho, el mismo dedo parecía una bandera de la victoria. En este hombre, Otchumyelov reconoce a Hryukin, el orfebre. La culpable del revuelo, una cachorrita borzoi blanca con hocico afilado y una mancha amarilla en el lomo, está sentada en el suelo con las patas delanteras extendidas en medio de la multitud, temblando. Hay una expresión de tristeza y terror en sus ojos llorosos.
"¿De qué se trata?", pregunta Otchumyelov, abriéndose paso entre la multitud. "¿Qué haces aquí? ¿Por qué agitas el dedo...? ¿Quién gritó?"
—Caminaba por aquí, sin molestar a nadie, señoría —comienza Hryukin, tosiendo en su puño—. Hablaba de leña con Mitry Mitrich, cuando este bruto, sin ton ni son, me mordió el dedo... Disculpe, soy trabajador... Lo mío es un buen trabajo. Debo pagar una indemnización, porque no podré usar este dedo durante una semana, quizá... Ni siquiera está en la ley, señoría, que uno deba soportarlo de una bestia... Si todos van a ser mordidos, la vida no valdrá la pena...
—Mmm. Muy bien —dice Otchumyelov con severidad, tosiendo y arqueando las cejas—. Muy bien. ¿De quién es este perro? ¡No lo dejaré pasar! ¡Les enseñaré a dejar que sus perros corran por todas partes! ¡Ya es hora de que se cuide a estos señores si no obedecen las normas! Cuando lo multen, ¡el canalla!, ¡le enseñaré lo que significa tener perros y semejante ganado vagabundo! ¡Le daré una lección!... —Yeldyrin —grita el superintendente, dirigiéndose al policía—, ¡averigua de quién es este perro y redacta un informe! Y hay que estrangularlo. ¡Sin demora! Seguro que se va a poner furioso... ¿De quién es este perro?
“Me imagino que es del general Zhigalov”, dice alguien entre la multitud.
—El del general Zhigalov... Ayúdame a quitarme el abrigo, Yeldyrin... ¡Hace un calor espantoso! Debe ser señal de lluvia... Hay una cosa que no entiendo: ¿cómo te mordió? —Otchumyelov se vuelve hacia Hryukin—. Seguro que no te alcanzó el dedo. ¡Es un perro pequeño, y tú eres un tipo enorme! Debiste arañarte el dedo con una uña, y entonces se te ocurrió reclamar daños y perjuicios. ¡Todos sabemos... a los de tu clase! ¡Los conozco, demonios!
—Le puso un cigarrillo en la cara, señoría, de broma, y ella tuvo el buen juicio de responderle bruscamente... ¡Es un tipo sin sentido, señoría!
¡Mentira, Bizco! No lo viste, así que ¿para qué mentir? Su señoría es un caballero sabio, y verá quién miente y quién dice la verdad, como a los ojos de Dios... Y si miento, que lo decida el tribunal. Está escrito en la ley... Hoy en día todos somos iguales. Mi propio hermano está en la gendarmería... déjame que te lo diga...
“¡No discutas!”
—No, ese no es el perro del General —dice el policía con profunda convicción—. El General no tiene uno así. Los suyos son principalmente setters.
¿Lo sabes con certeza?
“Sí, su señoría.”
Yo también lo sé. El General tiene perros valiosos, pura sangre, ¡y este es quién sabe qué! Sin pelaje, sin forma... ¡Una criatura despreciable! ¡Y tener un perro así!... ¿Qué sentido tiene? Si un perro así apareciera en San Petersburgo o Moscú, ¿sabes qué pasaría? ¡No se preocuparían por la ley, lo estrangularían en un abrir y cerrar de ojos! Has resultado herido, Hryukin, y no podemos dejar pasar el asunto... ¡Tenemos que darles una lección! ¡Ya es hora...!
“Aun así, quizá sea del General”, dice el policía, pensando en voz alta. “No lo dice todo... Vi uno igual el otro día en su jardín”.
“¡Es del general, eso es seguro!” dice una voz entre la multitud.
—Mmm, ayúdame a ponerme el abrigo, Yeldyrin, muchacho... Está arreciando el viento... Tengo frío... Llévalo a casa del general y pregunta allí. Di que lo encontré y lo envié. Y diles que no lo dejen salir a la calle... Puede que sea un perro valioso, y si todos los cerdos le meten un cigarro en la boca, pronto se arruinará. Un perro es un animal delicado... Y tú baja la mano, zoquete. No sirve de nada que muestres tu dedo de tonto. Es culpa tuya...
Ahí viene el cocinero del general, pregúntale... ¡Hola, Prohor! ¡Ven aquí, querido! Mira este perro... ¿Es de los tuyos?
¡Qué idea! ¡Nunca habíamos tenido una igual!
“No hay necesidad de perder el tiempo preguntando”, dice Otchumyelov. “¡Es un perro callejero! No hay necesidad de perder el tiempo hablando de ello... Ya que dice que es un perro callejero, pues un perro callejero es... Hay que sacrificarlo, eso es todo”.
—No es nuestro perro —continúa Prohor—. Es del hermano del general, que llegó el otro día. A nuestro amo no le gustan los sabuesos. Pero a su señor le gustan...
—¿No me dirá que el hermano de Su Excelencia está aquí? ¿Vladimir Ivánich? —pregunta Otchumyelov, y su rostro se ilumina con una sonrisa extática—. ¡Pues yo nunca! ¡Y no lo sabía! ¿Ha venido de visita?
"Sí."
“Bueno, yo nunca... No podía estar lejos de su hermano... ¡Y yo que no lo sabía! ¿Así que este es el perro de su señoría? Me alegra oírlo... Tómalo. No es un mal cachorro... Un animalito vivaz... ¡Le mordió el dedo a este tipo! Ja, ja, ja... Vamos, ¿por qué tiemblas? Rrr... Rrrr... El pícaro está enfadado... Un cachorrito muy simpático.”
Prohor llama a la perra y se aleja del aserradero con ella. La multitud se ríe de Hryukin.
—¡Te voy a hacer inteligente! —lo amenaza Otchumyelov y, envolviéndose en su abrigo, continúa su camino a través de la plaza.
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LOS DEPENDIENTES
METROIHAIL PETROVITCH ZOTOV, un anciano decrépito y solitario de setenta años, perteneciente a la clase artesana, se despertó por el frío y el dolor en sus miembros. Estaba oscuro en su habitación, pero la pequeña lámpara frente al icono ya no ardía. Zotov levantó la cortina y miró por la ventana. Las nubes que cubrían el cielo comenzaban a blanquearse aquí y allá, y el aire se volvía transparente, así que debían de ser casi las cinco, no más.
Zotov se aclaró la garganta, tosió y, encogiéndose de frío, se levantó de la cama. Siguiendo su hábito de años, permaneció un buen rato ante el icono, rezando. Repitió el Padrenuestro, el Ave María, el Credo y mencionó una larga retahíla de nombres. Hacía años que había olvidado a quién pertenecían, y solo los repetía por costumbre. Por costumbre también, barrió su habitación y el recibidor, y preparó su pequeño y grueso samovar de cobre de cuatro patas. Si Zotov no hubiera tenido estos hábitos, no habría sabido cómo ocupar su vejez.
El pequeño samovar empezó a calentarse poco a poco y, de repente, inesperadamente, rompió a emitir un trémulo zumbido grave.
—¡Oh, has empezado a tararear! —gruñó Zotov—. ¡Pues tararea, y mala suerte!
En ese momento el anciano recordó apropiadamente que la noche anterior había soñado con una estufa, y soñar con una estufa es señal de tristeza.
Los sueños y los presagios eran lo único que le quedaba para despertar su reflexión; y en esta ocasión se sumergió con especial entusiasmo en la consideración de las preguntas: ¿Qué zumbaba el samovar? ¿Y qué tristeza presagiaba la estufa? El sueño pareció hacerse realidad desde el principio. Zotov enjuagó su tetera y se disponía a preparar su té, cuando descubrió que no quedaba ni una cucharadita en la caja.
—¡Menuda vida! —gruñó, dando vueltas a migas de pan negro en la boca—. ¡Qué vida de perros! ¡Ni té! Y no soy un simple campesino: soy artesano y dueño de casa. ¡Qué vergüenza!
Refunfuñando y hablando consigo mismo, Zotov se puso su abrigo, que parecía una crinolina, y, calzando unas enormes y toscas botas de agua (fabricadas en 1867 por un zapatero llamado Prohoritch), salió al patio. El aire era gris, frío y sombrío. El amplio patio, lleno de matas de bardana y sembrado de hojas amarillas, estaba ligeramente plateado por la escarcha otoñal. Ni una brisa ni un sonido. El anciano se sentó en los escalones de su porche inclinado, y de repente ocurrió lo que solía ocurrir todas las mañanas: su perra Lyska, una perra de patio grande, sarnosa, de aspecto decrépito, blanca y con manchas negras, se le acercó con el ojo derecho cerrado. Lyska se acercó tímidamente, retorciéndose asustada, como si sus patas no tocaran la tierra, sino una estufa caliente, y toda su miserable figura expresara abyección. Zotov fingió no notarla, pero cuando ella movió levemente la cola y, retorciéndose como antes, lamió su chancho, él pateó enojado.
¡Fuera! ¡Que te lleve la peste! —gritó—. ¡Maldita bestia!
Lyska se hizo a un lado, se sentó y fijó su mirada solitaria en su amo.
—¡Demonios! —continuó—. ¡Sois la gota que colma el vaso, Herodes!
Y miró con odio su cobertizo, con su techo torcido y cubierto de maleza; desde la puerta, una gran cabeza de caballo lo observaba. Probablemente halagada por la atención de su amo, la cabeza se movió, se impulsó, y allí emergió del cobertizo el caballo entero, tan decrépito como Lyska, tan tímido y abatido, con patas delgadas, pelo gris, el vientre abatido y la columna vertebral huesuda. Salió del cobertizo y se quedó quieto, vacilando, como abrumado por la vergüenza.
—Que la peste los lleve —continuó Zotov—. ¿Acaso los veré por última vez, faraones presos?... ¡Apuesto a que quieren su desayuno! —se burló, torciendo su rostro enojado en una sonrisa desdeñosa—. ¡Ahora mismo! ¡Un corcel invaluable como ustedes debe saciarse de la mejor avena! ¡Comiencen, por favor! ¡Ahora mismo! ¡Y tengo algo que darle al magnífico y valioso perro! Si a un perro tan valioso como ustedes no le gusta el pan, pueden comer carne.
Zotov refunfuñó durante media hora, cada vez más irritado. Al final, incapaz de controlar la ira que lo invadía, se levantó de un salto, pateó el suelo con sus chanclos y gruñó, oyéndose por todo el patio:
¡No tengo la obligación de alimentarlos, holgazanes! ¡No soy un millonario para que me devoren! ¡No tengo nada que comer, malditos cadáveres, que se los lleve el cólera! No obtengo ningún placer ni beneficio de ustedes; solo problemas y ruina. ¿Por qué no se rinden? ¿Son tan personajes que ni siquiera la muerte los llevará? ¡Pueden vivir, malditos! ¡Pero no quiero alimentarlos! ¡Estoy harto de ustedes! ¡No quiero!
Zotov se enfureció e indignó, y el caballo y el perro escucharon. No sé si estos dos dependientes comprendían que se les reprochaba vivir a su costa, pero sus estómagos parecían más apretados que nunca, y sus figuras se encogieron, se volvieron más sombrías y abyectas que antes... Su aire sumiso exasperó a Zotov más que nunca.
—¡Fuera de aquí! —gritó, dominado por una especie de inspiración—. ¡Fuera de mi casa! ¡Que no te vuelva a ver! ¡No tengo obligación de tener basura en mi jardín! ¡Fuera de aquí!
El anciano se dirigió a la verja con pasos cortos y apresurados, la abrió y, recogiendo un palo del suelo, comenzó a sacar a sus dependientes. El caballo meneó la cabeza, movió los omóplatos y cojeó hasta la verja; el perro lo siguió. Ambos salieron a la calle y, tras caminar unos veinte pasos, se detuvieron ante la cerca.
“¡Os lo daré!”, les amenazó Zotov.
Tras echar a sus dependientes, se sintió más tranquilo y empezó a barrer el patio. De vez en cuando se asomaba a la calle: el caballo y el perro estaban parados como postes junto a la cerca, mirando con desaliento hacia la puerta.
—Intenta cómo puedes prescindir de mí —murmuró el anciano, sintiendo como si le quitaran un peso de ira del corazón—. ¡Que alguien más te cuide! Soy tacaño y malhumorado... Es horrible vivir conmigo, así que intenta vivir con otras personas... Sí...
Después de disfrutar de la expresión desanimada de sus subordinados y de quejarse a gusto, Zotov salió del patio y, adoptando un aire feroz, gritó:
—Bueno, ¿qué haces ahí parado? ¿A quién esperas? ¡Parado justo en medio de la calle, impidiendo el paso! ¡Sal al patio!
El caballo y el perro, con la cabeza gacha y aire culpable, se volvieron hacia la puerta. Lyska, probablemente sintiéndose indigno de perdón, gimió lastimeramente.
Quédate si puedes, pero en cuanto a comida, ¡no te daré nada! ¡Puedes morir, por mí!
Mientras tanto, el sol comenzaba a abrirse paso entre la niebla matutina; sus rayos oblicuos cubrían la escarcha otoñal. Se oyeron pasos y voces. Zotov dejó la escoba en su sitio y salió del patio a ver a su amigo y vecino, Mark Ivanitch, quien tenía una pequeña tienda de comestibles. Al llegar a la tienda de su amigo, se sentó en un taburete plegable, suspiró con calma, se acarició la barba y empezó a hablar del tiempo. Del tiempo, los amigos pasaron al nuevo diácono, del diácono a los coristas; y la conversación se alargó. No se dieron cuenta de cómo pasaba el tiempo mientras hablaban, y cuando el dependiente trajo una tetera grande con agua hirviendo y los amigos se dispusieron a tomar el té, el tiempo pasó volando. Zotov entró en calor y se sintió más animado.
—Tengo que pedirte un favor, Mark Ivanitch —empezó, después del sexto vaso, tamborileando con los dedos sobre el mostrador—. Si fueras tan amable de darme otro litro de avena hoy...
De detrás del gran arcón de té tras el cual estaba sentado Mark Ivanitch se oyó un profundo suspiro.
—Sé tan amable —continuó Zotov—; no te preocupes por el té; no me lo des hoy, pero dame un poco de avena... Me da vergüenza pedírtelo, te he cansado con mi pobreza, pero el caballo tiene hambre.
—Puedo dártelo —suspiró el amigo—. ¿Por qué no? Pero ¿por qué demonios guardas esos cadáveres? —¡Tf! —Dime eso, por favor. Estaría bien si fuera un caballo útil, pero —¡Tf!— da vergüenza mirarlo... ¡Y el perro no es más que un esqueleto! ¿Por qué demonios los guardas?
¿Qué voy a hacer con ellos?
Ya sabes. Llévalos a Ignat, el carnicero; eso es todo. Deberían haber estado allí hace mucho tiempo. Es el lugar indicado para ellos.
“¡Claro que sí!... ¡Me atrevo a decir!...”
“Vives como un mendigo y crías animales”, continuó el amigo. “No me importa la avena… Que Dios te bendiga. Pero en cuanto al futuro, hermano… ¡No puedo darme el lujo de dar regularmente todos los días! ¡Tu pobreza no tiene fin! Uno da y da, y nunca sabe cuándo acabará todo”.
El amigo suspiró y se acarició la cara roja.
«Si murieras, eso lo resolvería todo», dijo. «Sigues viviendo, y no sabes para qué... ¡Sí, claro! Pero si no es la voluntad del Señor que mueras, mejor ve a un hospicio o a un refugio».
¿Para qué? Tengo parientes. Tengo una sobrina nieta...
Y Zotov empezó a contar largamente sobre su sobrina nieta Glasha, hija de su sobrina Katerina, que vivía en algún lugar de una granja.
—¡Tiene que quedarse conmigo! —dijo—. Mi casa quedará en sus manos, así que que me quede; yo iré con ella. Es Glasha, ¿sabes?... la hija de Katya; y Katya, ¿sabes?, era la hijastra de mi hermano Panteley... ¿Entiendes? La casa quedará en sus manos... ¡Que me quede!
—Claro que sí; en lugar de vivir como tú, mendigo, hace tiempo que habría ido a verla.
¡Iré! Como Dios está arriba, iré. Es su deber.
Una hora después, cuando los viejos amigos estaban bebiendo un vaso de vodka, Zotov se paró en el centro de la tienda y dijo con entusiasmo:
“Hace mucho tiempo que tenía pensado ir a verla; iré hoy mismo.”
—Sin duda, en lugar de quedarte aquí muriendo de hambre, deberías haber ido a la granja hace tiempo.
¡Me voy enseguida! Cuando llegue, diré: Toma mi casa, pero quédate conmigo y trátame con respeto. ¡Es tu deber! Si no quieres, ¡no tendrás mi casa ni mi bendición! ¡Adiós, Ivanitch!
Zotov bebió otro vaso e, inspirado por la nueva idea, se apresuró a volver a casa. El vodka lo había trastornado y le daba vueltas la cabeza, pero en lugar de acostarse, juntó toda su ropa, rezó una oración, tomó su bastón y salió. Murmurando y golpeando las piedras con el bastón, recorrió toda la calle sin mirar atrás y se encontró en campo abierto. Faltaban ocho o nueve millas hasta la granja. Caminó por el camino seco, observó al rebaño del pueblo masticando perezosamente la hierba amarilla y reflexionó sobre el cambio abrupto en su vida que acababa de lograr con tanta determinación. Pensó también en sus dependientes. Al salir de casa, no había cerrado la puerta con llave, dejándolos libres para ir a donde quisieran.
Apenas se había adentrado una milla en el campo cuando oyó pasos a sus espaldas. Miró a su alrededor y juntó las manos con rabia. El caballo y Lyska, con la cabeza gacha y el rabo entre las patas, lo seguían en silencio.
“¡Regresen!” les hizo un gesto.
Se detuvieron, se miraron, lo miraron. Él continuó, lo siguieron. Entonces se detuvo y empezó a reflexionar. Era imposible ir con su sobrina nieta Glasha, a quien apenas conocía, con estas criaturas; no quería regresar y encerrarlas, y, de hecho, no podía encerrarlas, porque la puerta no servía de nada.
«Morir de hambre en el cobertizo», pensó Zotov. «¿No sería mejor llevárselos a Ignat?».
La cabaña de Ignat se alzaba en el prado del pueblo, a cien pasos del asta de la bandera. Aunque aún no se había decidido y no sabía qué hacer, se dirigió hacia ella. Sentía mareos y la oscuridad se cernía sobre sus ojos...
Recuerda poco de lo ocurrido en el matadero. Conserva el recuerdo de un olor nauseabundo y denso a pieles y del vapor fragante de la sopa de col que Ignat sorbía cuando entró en su casa. Como en un sueño, vio a Ignat, quien lo hizo esperar dos horas, preparando algo lentamente, cambiándose de ropa, hablando con unas mujeres sobre sublimación corrosiva; recordó que el caballo fue puesto en un caballete, tras lo cual se oyeron dos golpes sordos: uno en el cráneo y el otro al caer un cuerpo pesado. Cuando Lyska, al ver la muerte de su amigo, se abalanzó sobre Ignat, ladrando estridentemente, se oyó un tercer golpe que interrumpió el ladrido bruscamente. Además, Zotov recuerda que, en su locura de borracho, al ver los dos cadáveres, se acercó al caballete y preparó su propia frente para un golpe.
Y todo aquel día sus ojos estuvieron nublados por una neblina, y ni siquiera podía ver sus propios dedos.
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¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
AMientras mi tío Piotr Demyanitch, un delgado y bilioso consejero universitario, que parecía un pescado ahumado rancio atravesado por un palo, se disponía a entrar en el instituto donde enseñaba latín, se dio cuenta de que un rincón de su gramática estaba mordisqueado por los ratones.
—Oye, Praskovya —dijo, entrando en la cocina y dirigiéndose a la cocinera—, ¿cómo es que tenemos ratones aquí? ¡Por Dios! Ayer me mordisquearon el sombrero de copa, hoy me han desfigurado la gramática latina... ¡A este paso, pronto empezarán a comerse mi ropa!
¿Qué puedo hacer? ¡Yo no los traje! —respondió Praskovya.
¡Tenemos que hacer algo! Será mejor que te consigas un gato, ¿no?
“Tengo un gato, pero ¿de qué sirve?”
Y Praskovya señaló el rincón donde un gatito blanco, delgado como una cerilla, dormía acurrucado junto a una escoba.
“¿Por qué no sirve?” preguntó Piotr Demyanitch.
Es joven todavía, y tonto. No tiene ni dos meses.
—Mmm... Entonces hay que entrenarlo. Más le vale aprender que quedarse ahí tirado.
Dicho esto, Piotr Demiánich suspiró con aire preocupado y salió de la cocina. El gatito levantó la cabeza, lo miró perezosamente y volvió a cerrar los ojos.
El gatito yacía despierto, pensando. ¿En qué? Desconocido de la vida real, sin acumular impresiones, sus procesos mentales solo podían ser instintivos, y apenas podía imaginar la vida según las concepciones que había heredado, junto con su carne y sangre, de sus antepasados, los tigres ( véase Darwin). Sus pensamientos eran como ensoñaciones. Su imaginación felina imaginaba algo así como el desierto árabe, sobre el cual se cernían sombras que se parecían mucho a Praskovya, la estufa, la escoba. En medio de las sombras apareció de repente un platillo de leche; al platillo le empezaron a crecer patas, empezó a moverse y mostró tendencia a correr; el gatito dio un salto y, con un escalofrío de sensualidad sanguinaria, clavó sus garras en él.
Cuando el platillo se desvaneció en la oscuridad, apareció un trozo de carne, que Praskovya dejó caer; la carne huyó con un chillido cobarde, pero el gatito dio un salto y le clavó las garras... Todo lo que se alzaba ante la imaginación del joven soñador tenía como punto de partida saltos, garras y dientes... El alma de otro es oscuridad, y el alma de un gato más que la de la mayoría, pero lo cerca que están de la realidad las visiones que acabamos de describir se desprende del siguiente hecho: bajo la influencia de sus ensoñaciones, el gatito saltó repentinamente, miró a Praskovya con ojos brillantes, se alborotó el abrigo y, de un salto, clavó las garras en la falda del cocinero. Obviamente, había nacido para cazar ratones, un digno hijo de sus sanguinarios antepasados. El destino lo había destinado a ser el terror de sótanos, almacenes y graneros, y de no haber sido por la educación... Sin embargo, no nos anticiparemos.
De camino a casa desde el instituto, Piotr Demiánich entró en una tienda de comestibles y compró una trampa para ratones por quince kopeks. Durante la cena, fijó un trocito de su croqueta en el gancho y colocó la trampa debajo del sofá, donde había montones de cuadernos viejos de los alumnos, que Praskovya usaba para diversos fines domésticos. A las seis de la tarde, cuando el respetable profesor de latín estaba sentado a la mesa corrigiendo los ejercicios de sus alumnos, se oyó un repentino "¡klop!" tan fuerte que mi tío se sobresaltó y dejó caer el bolígrafo. Fue enseguida al sofá y sacó la trampa. Un pequeño ratón, del tamaño de un dedal, olfateaba los cables y temblaba de miedo.
—Ajá —murmuró Piotr Demiánich, y miró al ratón con malicia, como si estuviera a punto de ponerle una mala nota—. ¡Qué cau...! ¡Espera un poco! ¡Te enseñaré a comerte mi gramática!
Después de regodearse por su víctima, Poytr Demyanitch puso la trampa para ratones en el suelo y gritó:
—Praskovya, ¡hay un ratón atrapado! ¡Trae al gatito!
“Ya voy”, respondió Praskovya, y un minuto después entró con el descendiente de tigres en sus brazos.
—¡Genial! —dijo Piotr Demiánich, frotándose las manos—. Le daremos una lección... Pónganlo frente a la ratonera... Eso es... Que la huela y la mire... Eso es...
El gatito miró con asombro a mi tío, a su sillón, olió la trampa para ratones con desconcierto, luego, asustado probablemente por la luz deslumbrante de la lámpara y la atención dirigida hacia él, se lanzó y corrió aterrorizado hacia la puerta.
—¡Alto! —gritó mi tío, agarrándolo por la cola—. ¡Alto, bribón! ¡Le tiene miedo a un ratón, el idiota! ¡Mira! ¡Es un ratón! ¡Mira! ¿Y bien? ¡Mira, te lo digo!
Piotr Demyanitch tomó al gatito por la nuca y lo empujó con el hocico contra la trampa para ratones.
¡Mira, carroña! ¡Cógelo y sujétalo, Praskovya!... Sujétalo frente a la puerta de la trampa... Cuando suelte al ratón, lo sueltas al instante... ¿Me oyes?... ¡Suéltalo al instante! ¡Ahora!
Mi tío adoptó una expresión misteriosa y levantó la puerta de la trampa... El ratón salió indeciso, olfateó el aire y voló como una flecha bajo el sofá... Al soltar al gatito, se lanzó bajo la mesa con la cola al aire.
—¡Se ha escapado! ¡Se ha escapado! —gritó Piotr Demiánich con expresión feroz—. ¿Dónde está el sinvergüenza? ¿Debajo de la mesa? Espere...
Mi tío sacó al gatito de debajo de la mesa y lo sacudió en el aire.
—Maldito animal —murmuró, dándole un golpe en la oreja—. ¡Toma, toma! ¿La próxima vez te lo vas a quitar? ¡Qué va!
Al día siguiente Praskovya volvió a oír la citación.
—Praskovya, ¡hay un ratón atrapado! ¡Trae al gatito!
Tras el alboroto del día anterior, el gatito se había refugiado bajo la estufa y no había salido en toda la noche. Cuando Praskovya lo sacó y, llevándolo por la nuca al estudio, lo depositó frente a la ratonera, temblaba y maullaba lastimeramente.
—Ven, que se sienta como en casa primero —ordenó Piotr Demiánich—. Que mire y huela. ¡Mira y aprende! ¡Alto, que te lleve la peste! —gritó, al notar que el gatito se alejaba de la ratonera—. ¡Te voy a dar una paliza! ¡Sujétalo de la oreja! Eso es... Bueno, ahora, ponlo delante de la trampa...
Mi tío levantó lentamente la puerta de la trampa... el ratón pasó zumbando bajo la nariz del gatito, se abalanzó sobre la mano de Praskovya y huyó debajo del armario; el gatito, sintiéndose libre, dio un salto desesperado y se retiró debajo del sofá.
—¡Ha soltado a otro ratón! —gritó Piotr Demiánich—. ¿A eso le llamas gato? ¡Qué fiera! ¡Aplástalo! ¡Aplástalo junto a la ratonera!
Cuando atraparon al tercer ratón, el gatito se estremeció al ver la ratonera y a su intruso, y arañó la mano de Praskovya... Después del cuarto ratón, mi tío montó en cólera, le dio una patada al gatito y dijo:
¡Llévense esa cosa asquerosa! ¡Desháganse de ella! ¡Tírenla! ¡No sirve para nada!
Pasó un año, y el delgado y frágil gatito se había convertido en un gato robusto y sagaz. Un día, se dirigía por los patios traseros a una entrevista amorosa. Acababa de llegar a su destino cuando, de repente, oyó un crujido y, acto seguido, vio un ratón que corría desde un abrevadero hacia un establo. A mi héroe se le erizaron los pelos, arqueó el lomo, siseó y, temblando por todas partes, emprendió una huida ignominiosa.
¡Ay! A veces me siento en la ridícula posición del gato volador. Como el gatito, en mi época tuve el honor de que mi tío me enseñara latín. Ahora, cada vez que veo alguna obra de la antigüedad clásica, en lugar de entusiasmarme, empiezo a recordar, ut consecutivum , los verbos irregulares, el rostro cetrino de mi tío, el ablativo absoluto... Palidezco, se me erizan los pelos y, como el gato, emprendo una huida ignominiosa.
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EL MERCADO DE AVES
TAquí hay una pequeña plaza cerca del monasterio de la Santa Natividad, llamada Trubnoy, o simplemente Truboy; los domingos hay mercado. Cientos de pieles de oveja, abrigos acolchados, gorros de piel y sombreros de chimenea pululan como cangrejos en un colador. Se oye el trinar de los pájaros en todos los tonos, recordando la primavera. Si brilla el sol y no hay nubes en el cielo, el canto de los pájaros y el olor a heno crean una impresión más vívida, y este recuerdo de la primavera invita a la reflexión y lleva la imaginación lejos, muy lejos. A un lado de la plaza hay una hilera de carros. Los carros van cargados, no de heno, ni de coles, ni de judías, sino de jilgueros, jilgueros, alondras, mirlos, zorzales, herrerillos y camachuelos. Todos ellos saltan en toscas jaulas caseras, piando y mirando con envidia a los gorriones libres. Los jilgueros cuestan cinco kopeks, los jilgueros son bastante más caros y el valor de los demás pájaros es bastante indeterminado.
“¿Cuánto cuesta una alondra?”
El propio vendedor desconoce el valor de una alondra. Se rasca la cabeza y pregunta lo que salga, un rublo o tres kopeks, según el comprador. También hay aves caras. Un mirlo viejo y descolorido, con la mayoría de las plumas de la cola arrancadas, está posado en una percha sucia. Se muestra digno, serio e inmóvil como un general retirado. Ha agitado la garra en resignación a su cautiverio de hace mucho tiempo y mira el cielo azul con indiferencia. Probablemente, debido a esta indiferencia, se le considera un ave sagaz. No se vende por menos de cuarenta kopeks. Escolares, obreros, jóvenes con elegantes abrigos y aficionados a las aves con gorras increíblemente raídas, con pantalones harapientos, subidos a los tobillos y con aspecto de ratones, se apiñan alrededor de las aves, chapoteando en el barro. A los jóvenes y a los obreros se les venden gallinas por gallos, pájaros jóvenes por viejos... Saben muy poco de aves. Pero al aficionado a las aves no se le puede engañar. Ve y comprende a su ave desde la distancia.
“No hay que fiarse de ese pájaro”, dirá un aficionado, mirando el pico de un jilguero y contando las plumas de su cola. “Ahora canta, es cierto, pero ¿y eso qué? Yo también canto en compañía. No, muchacho, grita, cántame solo; canta en soledad, si puedes… ¡Dame a ese de allá que se sienta y se calla! ¡Dame al tranquilo! Ese no dice nada, así que piensa más…
Entre los carros de pájaros hay algunos llenos de otras criaturas vivas. Aquí se ven liebres, conejos, erizos, cobayas y turones. Una liebre mordisquea la paja con tristeza. Las cobayas tiemblan de frío, mientras los erizos observan con curiosidad al público desde debajo de sus púas.
«He leído en alguna parte», dice un funcionario de correos con un abrigo descolorido, mirando con cariño a la liebre y sin dirigirse a nadie en particular, «he leído que un hombre erudito tenía un gato, un ratón, un halcón y un gorrión, que comían todos de un mismo cuenco».
Es muy posible, señor. El gato debió de ser golpeado, y al halcón, me atrevería a decir, le arrancaron la cola. No hay mucha astucia en eso, señor. Un amigo mío tenía una gata que, a pesar de su presencia, se comía sus pepinos. La azotó con un látigo durante quince días, hasta que le enseñó a no hacerlo. Una liebre puede aprender a encender cerillas si la golpeas. ¿Le sorprende? ¡Es muy sencillo! Toma la cerilla con la boca y la enciende. Un animal es como un hombre. Un hombre se vuelve más sabio a base de golpes, y lo mismo ocurre con una bestia.
Hombres con abrigos largos y amplios se mueven entre la multitud con gallos y patos bajo el brazo. Las aves están todas flacas y hambrientas. Las gallinas asoman sus feas y sarnosas cabezas de sus jaulas y picotean algo en el barro. Los niños con palomas te miran fijamente a la cara e intentan detectar en ti a un colombófilo.
—¡Sí, claro! ¡No tiene caso hablarte! —grita alguien furioso—. ¡Deberías mirar antes de hablar! ¿A esto le llamas paloma? ¡Es un águila, no una paloma!
Un hombre alto y delgado, con el labio superior afeitado y patillas, que parece un lacayo enfermo y borracho, vende un perrito faldero blanco como la nieve. El viejo perrito faldero gime.
“Me dijo que vendiera esa porquería”, dice el lacayo con una risita desdeñosa. “Está arruinada por su vejez, no tiene qué comer, y ahora está vendiendo a sus perros y gatos. Llora y les besa en sus sucios hocicos. Y luego está tan apurada que los vende. "¡Por mi alma, es un hecho! ¡Cómprenlo, caballeros! ¡Se necesita el dinero para el café!".
Pero nadie se ríe. Un niño que está cerca entorna un ojo y lo mira con gravedad y compasión.
Lo más interesante de todo es la sección de pescado. Una docena de campesinos están sentados en fila. Delante de cada uno hay un cubo, y en cada cubo hay un verdadero pequeño infierno. Allí, en el agua espesa y verdosa, hay bancos de pequeñas carpas, anguilas, alevines, caracoles de agua, ranas y tritones. Grandes escarabajos de agua con patas rotas corren por la pequeña superficie, trepando por las carpas y saltando por encima de las ranas. Estas criaturas tienen un fuerte arraigo a la vida. Las ranas trepan por los escarabajos, los tritones por las ranas. La tenca verde oscura, como los peces más caros, disfruta de una posición excepcional; se mantiene en un recipiente especial donde no puede nadar, pero aun así no está tan apretada...
¡La carpa es un pez magnífico! ¡Es un pez que hay que conservar, señor, que se lo lleve la peste! ¡Puede tenerla un año en un cubo y vivirá! Hace una semana que pesqué estos mismos peces. Los pesqué, señor, en Pererva, y he venido de allí a pie. Las carpas cuestan dos kopeks cada una, las anguilas tres, y los pececillos diez kopeks la docena, que se los lleve la peste. ¿Cinco kopeks de pececillos, señor? ¿No quiere unas lombrices?
El vendedor mete sus dedos ásperos en el cubo y saca un pececillo blando, o una carpa pequeña, del tamaño de un clavo. Sedales, anzuelos y aparejos de pesca están dispuestos cerca de los cubos, y las lombrices de estanque brillan con una luz carmesí al sol.
Un viejo aficionado con gorro de piel, gafas de montura de hierro y chanclos que parecen dos acorazados, pasea junto a los carros de pájaros y los cubos de pescado. Es, como lo llaman aquí, "un tipo". No tiene ni un céntimo, pero a pesar de eso regatea, se entusiasma y acosa a los compradores con consejos. Ha examinado minuciosamente todas las liebres, palomas y peces; los ha examinado con todo detalle, fijando la especie, la edad y el precio de cada uno hace una buena hora. Está tan interesado como un niño en los jilgueros, las carpas y los pececillos. Háblale, por ejemplo, de los zorzales, y el peculiar anciano te contará cosas que no encontrarías en ningún libro. Te las contará con entusiasmo, con pasión, y también te regañará por tu ignorancia. De jilgueros y camachuelos habla sin parar, abriendo mucho los ojos y gesticulando con violencia. Solo se le ve aquí, en el mercado, cuando hace frío; en verano, está en algún lugar del campo, atrapando codornices con un reclamo y pescando.
Y aquí hay otro "tipo": un caballero muy alto, muy delgado, bien afeitado, con gafas oscuras, gorra con escarapela y con aspecto de un escribiente de antaño. Es un aficionado; un hombre de buena posición, profesor de secundaria, y eso lo saben bien los clientes habituales del mercado, quienes lo tratan con respeto, lo saludan con reverencias e incluso le han inventado un título especial: "Su Beca". En el mercado de Suharev rebusca entre los libros, y en Trubnoy busca buenas palomas.
—¡Por favor, señor! —le gritan los palomares—. ¡Señor maestro, su beca, preste atención a mis vasos! ¡Su beca!
¡Tu beca!, le gritan desde todos lados.
“¡Tu beca!” repite un niño en algún lugar del bulevar.
Y su “Erudición”, al parecer muy acostumbrada a su título, grave y severo, toma una paloma en ambas manos, y levantándola sobre su cabeza, comienza a examinarla, y mientras lo hace frunce el ceño y parece más serio que nunca, como un conspirador.
Y la plaza Trubnoy, ese trocito de Moscú donde los animales son tan tiernamente amados y donde son tan torturados, vive su pequeña vida, se vuelve ruidosa y excitada, y la gente de negocios o piadosa que pasa por el bulevar no puede entender qué ha reunido a esa multitud, a esa mezcla de gorras, sombreros de piel y chimeneas; de qué están hablando allí, qué están comprando y vendiendo.
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UNA AVENTURA
(La historia de un conductor)
IFue en ese bosque de allá, tras el arroyo, donde ocurrió, señor. Mi padre, que Dios lo bendiga, llevaba quinientos rublos al amo; en aquellos tiempos, nuestros compañeros y los campesinos de Shepelevsky solían arrendarle tierras al amo, así que mi padre cobraba el semestre. Era un hombre piadoso, leía las escrituras, y en cuanto a engañar o perjudicar a alguien, o defraudar —Dios no lo quiera—, y los campesinos lo honraban mucho, y cuando había que enviar a alguien al pueblo por impuestos o algo así, o con dinero, lo enviaban. Era un hombre fuera de lo común, pero, no es que yo hablara mal de él, tenía una debilidad. Le encantaba una copa. No había manera de que pasara de una taberna: entraba, se tomaba un vaso, ¡y estaba perdido! Él era consciente de su debilidad y, cuando llevaba dinero público, para no quedarse dormido o perderlo por casualidad, siempre me llevaba a mí o a mi hermana Anyutka con él.
A decir verdad, a toda mi familia le encanta el vodka. Sé leer y escribir, trabajé seis años en una tabaquería del pueblo, y puedo hablar con cualquier caballero culto, y tengo un lenguaje muy refinado, pero es totalmente cierto, señor, como leí en un libro, que el vodka es la sangre de Satanás. A causa del vodka, mi rostro se ha oscurecido. Y no tengo nada de decoroso, y aquí, como puede ver, señor, soy un taxista como un campesino ignorante e inculto.
Y así, como te contaba, mi padre le llevaba el dinero al amo, y Anyutka iba con él, y en ese entonces Anyutka tenía siete o quizá ocho años; era un niño tonto, no muy alto. Llegó hasta Kalantchiko con éxito, estaba sobrio, pero cuando llegó a Kalantchiko y entró en la taberna de Moiseika, esta misma debilidad suya lo acompañó. Bebió tres vasos y se puso a presumir delante de la gente:
«Soy un hombre sencillo y humilde», dice, «pero tengo quinientos rublos en el bolsillo; si quisiera», añade, «podría comprar la taberna, toda la vajilla, a Moiseika, su judía y sus judicillas. Puedo comprarlo todo», dijo. Era su forma de bromear, sin duda, pero luego empezó a quejarse: «Es una preocupación, buenos cristianos», dijo, «ser rico, comerciante o algo por el estilo. Si no tienes dinero, no tienes preocupaciones; si tienes dinero, debes cuidar tu bolsillo todo el tiempo para que los malvados no te roben. Es un horror vivir en el mundo para un hombre con mucho dinero».
Los borrachos, por supuesto, escucharon, lo asimilaron y tomaron nota. Y en aquellos días estaban construyendo una vía férrea en Kalantchiko, y había una multitud de vagabundos y mendigos de todo tipo, como langostas. Papá se recompuso después, pero ya era demasiado tarde. Una palabra no es un gorrión; si sale volando, no se puede atrapar. Pasaron en coche, señor, por el bosque, y de repente alguien galopaba a caballo detrás de ellos. Papá no era de los cobardes —no podría decirlo—, pero se sentía incómodo; no había un camino regular a través del bosque, por allí no pasaba nada más que heno y madera, y no había motivo para que alguien galopara por allí, sobre todo en horas de trabajo. Nadie galoparía buscando algo bueno.
—Parece que persiguen a alguien —le dijo su padre a Anyutka—. ¡Galopean tan furiosos! Debería haberme quedado callado en la taberna, tengo la lengua hecha un asco. ¡Ay, hijita, me duele el corazón, algo anda mal!
No dudó mucho en su peligrosa situación y le dijo a mi hermana Anyutka:
La cosa no pinta muy bien, de verdad que te persiguen. En fin, querida Anyutka, coge el dinero, guárdalo en tus faldas y escóndete tras un arbusto. Si por desgracia me atacan, corre con mi madre y dale el dinero. Que se lo lleve al anciano del pueblo. Pero cuidado, que nadie te vea; quédate en el bosque y junto al arroyo, para que nadie te vea. Corre lo mejor que puedas e invoca a Dios misericordioso. ¡Cristo te acompañe!
Papá le entregó el paquete de notas a Anyutka, y ella se asomó a la espesura de los arbustos y se escondió. Poco después, tres hombres a caballo galoparon hacia papá. Uno, un tipo robusto y de mandíbula grande, con camisa carmesí y botas altas, y los otros dos, hombres harapientos y desaliñados, peones de la línea. Tal como mi padre temía, así sucedió, señor. El de la camisa carmesí, el tipo robusto y fuerte, un hombre fuera de lo común, bajó del caballo, y los tres se dirigieron hacia mi padre.
¡Alto, fulano! ¿Dónde está el dinero?
¿Qué dinero? ¡Que se vaya al diablo!
—¡Oh, el dinero que le estás quitando al amo para la renta! ¡Dámelo, demonio calvo, o te estrangularemos y morirás en tus pecados!
Y ellos comenzaron a practicar su villanía contra el padre, y, en lugar de suplicarles, llorar o algo por el estilo, el padre se enojó y comenzó a reprenderlos con la mayor severidad.
¿Por qué me molestan? —dijo—. Son unos sucios. No tienen miedo de Dios, ¡que les dé la peste! No es dinero lo que quieren, sino una paliza para que les duela la espalda durante tres años. ¡Fuera, zoquetes, o me defenderé! Tengo un revólver de seis balas, ¡lo tengo en el pecho!
Pero sus palabras no disuadieron a los ladrones, y comenzaron a golpearlo con todo lo que pudieron encontrar.
Revisaron todo en la carreta, registraron a mi padre a fondo, incluso le quitaron las botas; cuando descubrieron que golpearlo solo hacía que les insultara más, comenzaron a torturarlo de mil maneras. Anyutka estuvo sentada todo el tiempo detrás del arbusto, y lo vio todo, pobrecita. Al ver a mi padre tirado en el suelo, jadeando, echó a correr con todas sus fuerzas a través de la espesura y el arroyo hacia casa. Era solo una niña pequeña, sin entendimiento; no conocía el camino, simplemente corría sin saber adónde iba. Eran unos diez kilómetros hasta nuestra casa. Cualquier otra persona habría corrido hasta allí en una hora, pero una niña pequeña, como todos sabemos, da dos pasos atrás por uno adelante, y la verdad es que no todo el mundo puede correr descalzo entre los arbustos espinosos; uno también necesita acostumbrarse, y nuestras niñas siempre se apiñaban en la estufa o en el patio, y les daba miedo correr por el bosque.
Al anochecer, Anyutka llegó a una vivienda. Miró: era una cabaña. Era la cabaña del guardabosques, en el bosque de la Corona; unos comerciantes la alquilaban y quemaban carbón. Llamó. Una mujer, la esposa del guardabosques, salió a su encuentro. Anyutka, la primera en romper a llorar, le contó todo tal como era, e incluso le habló del dinero. La esposa del guardabosques se compadeció de ella.
¡Pobrecita! ¡Pobrecita! ¡Dios te ha protegido, pobrecita! ¡Preciosa mía! Ven a la cabaña, que te daré algo de comer.
Ella empezó a hacer las paces con Anyutka, le dio de comer y de beber, e incluso lloró con ella, y fue tan atenta con ella que la muchacha, pensándolo bien, le dio el paquete con los billetes.
“Lo guardaré, cariño, y mañana por la mañana te lo devolveré y te llevaré a casa, querida”.
La mujer tomó el dinero y puso a Anyutka a dormir en la estufa donde se secaban las escobas. Y en la misma estufa, sobre las escobas, dormía la hija del guardabosques, una niña tan pequeña como nuestra Anyutka. ¡Y Anyutka nos contaba después que las escobas desprendían un olor tan especial, que olían a miel! Anyutka se acostó, pero no pudo dormirse; lloraba en silencio; sentía pena por papá y estaba aterrorizada. Pero, señor, pasaron una o dos horas, y vio a esos mismos tres ladrones que habían torturado a papá entrar en la cabaña; y el de la camisa carmesí, de grandes mandíbulas, su líder, se acercó a la mujer y le dijo:
Bueno, esposa, simplemente asesinamos a un hombre por nada. Hoy matamos a un hombre a la hora de la cena, sí, lo matamos, pero no encontramos ni un céntimo.
Así que este tipo de la camisa carmesí resultó ser el guardabosques, el marido de la mujer.
—Ese hombre murió en vano —dijeron sus harapientos compañeros—. En vano hemos cargado con un pecado.
La mujer del guardabosques miró a los tres y se rió.
¿De qué te ríes, tonto?
“Me río porque no he asesinado a nadie, ni he cargado con ningún pecado en mi alma, pero he encontrado el dinero”.
¿Qué dinero? ¡Qué tonterías estás diciendo!
“Mira, mira si estoy diciendo tonterías”.
La mujer del guardabosques desató el paquete y, con su maldad, les mostró el dinero. Luego les contó cómo había llegado Anyutka, qué había dicho, etcétera. Los asesinos, encantados, empezaron a repartirse el dinero; casi se pelearon, y luego se sentaron a la mesa, ¿sabes?, a beber. Y Anyutka se quedó allí tumbada, pobre niña, oyendo cada palabra y temblando como un judío en una sartén. ¿Qué iba a hacer? Y por sus palabras supo que papá estaba muerto y tendido en el camino, y imaginó, en su estupidez, que los lobos y los perros se lo comerían, que nuestro caballo se había adentrado en el bosque y que también sería devorado por los lobos, y que ella, Anyutka, iría a la cárcel y la golpearían por no haber cuidado el dinero. Los ladrones se emborracharon y mandaron a la mujer a comprar vodka. Le dieron cinco rublos para vodka y vino dulce. Se pusieron a cantar y a beber con dinero ajeno. Y bebieron y bebieron los perros, y de nuevo enviaron a la mujer, para que bebieran sin parar.
—¡Seguiremos así hasta mañana! —gritaron—. ¡Tenemos dinero de sobra, no hay necesidad de escatimar! Beban, y no se desanimen bebiendo.
Y así, a medianoche, cuando ya estaban todos bastante borrachos, la mujer salió corriendo a buscar vodka por tercera vez, y el guardabosques caminó dos veces arriba y abajo de la cabaña, y se tambaleaba.
—Miren, muchachos —dijo—, ¡también tenemos que llevarnos a la chica! Si la dejamos, será la primera en testificar en nuestra contra.
Lo discutieron y debatieron, y decidieron que Anyutka no debía vivir, que debía ser asesinada. Claro que asesinar a una niña inocente es algo terrible; ni siquiera un borracho o un loco se encargaría de semejante tarea. Discutieron durante una hora, quizá para matarla; uno intentó atribuírselo al otro, casi volvieron a pelear, y nadie accedió; entonces echaron suertes. La decisión le correspondió al guardabosques. Bebió otro vaso lleno, se aclaró la garganta y fue a la habitación exterior a buscar un hacha.
Pero Anyutka era una mujer lista. A pesar de su simpleza, se le ocurrió algo que, debo decir, no se le habría ocurrido a muchos hombres cultos. Quizás el Señor se compadeció de ella y la hizo entrar en razón por un momento, o quizás el susto agudizó su ingenio; en fin, cuando llegó el momento de la prueba, resultó ser más lista que nadie. Se levantó sigilosamente, rezó a Dios, cogió la pequeña piel de oveja que le había puesto la mujer del guardabosques, y, como comprenderán, la hijita del guardabosques, una niña de su misma edad, estaba tumbada en la estufa a su lado. La cubrió con la piel de oveja, le quitó la chaqueta a la mujer y se la echó encima. De hecho, se disfrazó. Se la puso por la cabeza y así cruzó la cabaña junto a los hombres borrachos, que pensaron que era la hija del guardabosques y ni siquiera la miraron. Por suerte para ella, la mujer no estaba en la cabaña; había ido a por vodka, o tal vez no habría escapado del hachazo, pues la mirada de una mujer es tan perspicaz como la de un buitre. La mirada de una mujer es aguda.
Anyutka salió de la cabaña y corrió a toda velocidad. Estuvo perdida en el bosque toda la noche, pero al amanecer llegó a la linde y corrió por el camino. Por la gracia de Dios, se encontró con el escribano Yegor Danilitch, que Dios lo bendiga. Iba con sus anzuelos a pescar. Anyutka se lo contó todo. Regresó más rápido que llegó —sin pensar más en el pescado—, reunió a los campesinos en el pueblo y se fueron a la casa del guardabosques.
Llegaron, y todos los asesinos yacían uno al lado del otro, completamente borrachos, cada uno donde había caído; la mujer también estaba borracha. Lo primero que hicieron fue registrarlos; les quitaron el dinero y luego miraron en la estufa. ¡Que la Santa Cruz nos acompañe! La hija del guardabosques yacía sobre las escobas, bajo la piel de oveja, con la cabeza en un charco de sangre, cortada por el hacha. Despertaron a los campesinos y a la mujer, les ataron las manos a la espalda y los llevaron al juzgado de distrito. La mujer aulló, pero el guardabosques solo negó con la cabeza y preguntó:
¡Podrían darme una gota, chicos! ¡Me duele la cabeza!
Después fueron juzgados en la ciudad a su debido tiempo y castigados con el máximo rigor de la ley.
Así que eso fue lo que pasó, señor, más allá del bosque, que está tras el arroyo. Ya casi no se ve, el sol se pone rojo tras él. Les he estado hablando, y los caballos se han detenido, como si también estuvieran escuchando. ¡Hola, mis bellezas! ¡Apresúrense, el buen caballero nos dará algo extra! ¡Hola, queridas!
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EL PESCADO
AMañana de verano. El aire está quieto; no se oye más que el chirrido de un saltamontes en la orilla del río y, en algún lugar, el tímido arrullo de una tórtola. Nubes plumosas se yerguen inmóviles en el cielo, como si fueran nieve esparcida... Gerassim, el carpintero, un campesino alto y flaco, de cabello rojo y rizado y rostro cubierto de pelo, se revuelve en el agua bajo las verdes ramas de sauce, cerca de un cobertizo de baño inacabado... Resopla y jadea, y, parpadeando furiosamente, intenta agarrar algo bajo las raíces de los sauces. Tiene la cara cubierta de sudor. A un par de metros de él, Lubim, el carpintero, un joven jorobado de rostro triangular y ojos estrechos de aspecto chino, está sumergido hasta el cuello en el agua. Tanto Gerassim como Lubim llevan camisa y pantalones de lino. Ambos están azules de frío, pues llevan ya más de una hora en el agua.
—¿Pero por qué sigues pinchando con la mano? —grita el jorobado Lubim, temblando como si tuviera fiebre—. ¡Imbécil! ¡Sujétalo, sujétalo, o se escapará, el anatema! ¡Sujétalo, te digo!
—No se escapará... ¿Adónde se meterá? Está bajo una raíz —dice Gerassim con un bajo ronco y hueco, que parece salir no de su garganta, sino de lo más profundo de su estómago—. Es escurridizo, el mendigo, y no hay adónde agarrarse.
“¡Agarradlo por las agallas, por las agallas!”
No se le ven las agallas... Espera, tengo algo agarrado... Lo tengo agarrado por el labio... ¡Muerde, el muy bruto!
¡No lo saques del labio, no, o lo soltarás! ¡Cógelo por las agallas, cógelo por las agallas! ¡Has empezado a hurgar con la mano otra vez! ¡Eres un insensato, la Reina del Cielo, perdóname! ¡Agárralo!
—¡Agárralo! —Gerasim lo imita—. Eres un buen tipo para dar órdenes... Será mejor que vengas y lo agarres tú mismo, demonio jorobado... ¿Qué haces ahí parado?
Lo atraparía si fuera posible. Pero ¿puedo quedarme junto a la orilla, siendo tan bajo como soy? Es profundo allí.
“No importa si es profundo... Debes nadar.”
El jorobado agita los brazos, nada hasta Gerasim y se agarra a las ramitas. Al primer intento de levantarse, se mete en el agua hasta la cabeza y empieza a hacer burbujas.
—Te dije que era profundo —dice, poniendo los ojos en blanco con enojo—. ¿Me voy a sentar en tu cuello o qué?
“Párate sobre una raíz... hay muchas raíces como una escalera.” El jorobado tantea una raíz con el talón y, agarrando firmemente varias ramitas, se sube a ella... Tras recuperar el equilibrio y establecerse en su nueva posición, se agacha y, tratando de no meterse agua en la boca, empieza a hurgar con la mano derecha entre las raíces. Enredándose entre la maleza y resbalando en las raíces musgosas, su mano toca las afiladas pinzas de un cangrejo de río.
—¡Como si quisiéramos verte, demonio! —exclama Lubim y, furioso, arroja el cangrejo a la orilla.
Por fin su mano siente el brazo de Gerassim y, a tientas, encuentra algo frío y viscoso.
—¡Aquí está! —dice Lubim con una sonrisa—. ¡Un buen tipo! Mueve los dedos, lo agarraré directamente... por las agallas. Para, no me empujes con el codo... Lo tendré en un minuto, en un minuto, solo déjame agarrarlo... El mendigo se ha metido mucho bajo las raíces, no hay nada que agarrar... No se le puede llegar a la cabeza... solo se le puede tocar la barriga... ¡Mata ese mosquito en mi cuello, pica! Lo agarraré por las agallas, directamente... ¡Apártate y dale un empujón! ¡Pínchalo con el dedo!
El jorobado infla las mejillas, contiene la respiración, abre mucho los ojos y, al parecer, ya tiene los dedos en las branquias, pero en ese momento las ramitas a las que se agarra con la mano izquierda se rompen y, perdiendo el equilibrio, ¡se desploma en el agua! Los remolinos huyen de la orilla como asustados, y pequeñas burbujas surgen del lugar donde ha caído. El jorobado sale nadando y, resoplando, se aferra a las ramitas.
—Te ahogarás tú, estúpido, y tendré que responder por ti —jadea Gerasim—. ¡Sal, que te lleve el diablo! Yo mismo lo sacaré.
Siguen palabras altisonantes... El sol abrasa. Las sombras empiezan a acortarse y a contraerse, como los cuernos de un caracol... La hierba alta, calentada por el sol, empieza a desprender un intenso y denso olor a miel. Pronto será mediodía, y Gerassim y Lubim siguen forcejeando bajo el sauce. El bajo ronco y el tenor estridente y gélido perturban persistentemente la quietud del día de verano.
¡Sácalo por las agallas, sácalo! ¡Quieto, que lo empujo! ¿Dónde metes tu puño feo? ¡Pínchalo con el dedo, cara de cerdo! ¡Da la vuelta por el costado! ¡A la izquierda, a la izquierda, hay un gran agujero a la derecha! ¡Serás la cena del diablo del agua! ¡Tíralo por el labio!
Se oye el chasquido de un látigo... Una manada de ganado, conducida por Yefim, el pastor, baja perezosamente por la ladera para beber. El pastor, un anciano decrépito, tuerto y con la boca torcida, camina cabizbajo, mirando a sus pies. Las primeras en llegar al agua son las ovejas, luego los caballos y, por último, las vacas.
—¡Empújalo desde abajo! —oye la voz de Lubim—. ¡Mete el dedo! ¿Estás sordo, amigo? ¡Tfoo!
“¿Qué buscáis, muchachos?”, grita Yefim.
¡Un puchero! ¡No podemos sacarlo! Está escondido entre las raíces. ¡Hazte a un lado! ¡Hazte a un lado!
Por un momento, Yefim entrecerró los ojos al ver a los pescadores, luego se quitó las alpargatas, se quitó el saco de los hombros y se quitó la camisa. No tuvo paciencia para quitarse los pantalones, pero, haciendo la señal de la cruz, se metió en el agua, extendiendo sus delgados brazos morenos para equilibrarse... Caminó cincuenta pasos por el fondo resbaladizo, luego empezó a nadar.
—¡Un momento, muchachos! —grita—. ¡Esperen! No se apresuren a sacarlo, lo perderán. ¡Deben hacerlo bien!
Yefim se une a los carpinteros y los tres, empujándose con las rodillas y los codos, resoplando y maldiciéndose, se afanan por el mismo sitio. Lubim, el jorobado, bebe un trago de agua, y el aire vibra con su tos espasmódica y fuerte.
—¿Dónde está el pastor? —grita desde la orilla—. ¡Yefim! ¡Pastor! ¿Dónde estás? ¡El ganado está en el jardín! ¡Sácalo, sácalo del jardín! ¿Dónde está el viejo bandido?
Primero se oyen voces de hombres, luego de mujeres. El propio amo, Andrey Andreich, con una bata hecha con un chal persa y un periódico en la mano, aparece tras la valla del jardín. Mira inquisitivamente hacia los gritos que llegan del río y luego corre rápidamente hacia el cobertizo de baño.
¿Qué es esto? ¿Quién grita? —pregunta con severidad, viendo entre las ramas del sauce las tres cabezas mojadas de los pescadores—. ¿Qué hacen ahí tan ocupados?
“Estoy pescando”, murmura Yefim sin levantar la cabeza.
¡Te lo concedo! ¡Las bestias están en el jardín y él está pescando!... ¿Cuándo terminarán ese baño, demonios? Llevan dos días trabajando, ¿y qué les queda?
—Pronto... terminará —gruñe Gerasim—. El verano es largo, tendrá tiempo de sobra para lavarse, señoría... ¡Pfrrr!... De todas formas, no podemos con este baboso aquí... Se ha metido debajo de una raíz y está ahí sentado como si estuviera en un agujero, sin moverse ni un ápice...
"¿Un puchero?", dice el amo, y sus ojos empiezan a brillar. "Sácalo rápido entonces."
Nos darás medio rublo ahora mismo si te lo permitimos... Un enorme puchero, tan gordo como la esposa de un comerciante... Vale medio rublo, señoría, por la molestia... ¡No lo aprietes, Lubim, no lo aprietes, lo vas a malcriar! ¡Empújalo desde abajo! ¡Arranca la raíz, buen hombre... cómo te llamas! ¡Arriba, no abajo, bruto! ¡No muevas las piernas!
Pasaron cinco minutos, diez... El maestro perdió toda la paciencia.
—¡Vassily! —grita, volviéndose hacia el jardín—. ¡Vaska! ¡Llámalo!
El cochero Vassily llega corriendo. Mastica algo y respira con dificultad.
—Métete en el agua —le ordena el amo—. Ayúdalos a sacar esa anguila. No pueden sacarla.
Vassily se desviste rápidamente y se mete en el agua.
—En un minuto... Lo consigo en un minuto —murmura—. ¿Dónde está el moscón? ¡Lo sacaremos en un santiamén! Será mejor que te vayas, Yefim. Un viejo como tú debería estar en sus asuntos en vez de estar aquí. ¿Dónde está ese moscón? Lo consigo en un minuto... ¡Aquí está! ¡Suéltalo!
¿De qué sirve decir eso? ¡Ya lo sabemos todo! ¡Dilo tú!
¡Pero así no hay manera de sacarlo! Hay que agarrarlo por la cabeza.
¡Y la cabeza está bajo la raíz! ¡Lo sabemos, idiota!
—¡Bueno, no hables o te contagiarás! ¡Perro asqueroso!
—¡Ante el amo, usar ese lenguaje! —murmura Yefim—. ¡No lo sacarán, muchachos! ¡Se ha arreglado con demasiada astucia!
"Espera un momento, voy enseguida", dice el maestro, y empieza a desvestirse a toda prisa. "¡Cuatro tontos, y ni siquiera pueden conseguir un puchero!"
Tras desvestirse, Andrey Andreitch se da un tiempo para refrescarse y se mete en el agua. Pero ni siquiera su intervención sirve de nada.
«Tenemos que cortar la raíz», decide Lubim al fin. «¡Gerassim, ve a buscar un hacha! ¡Dame un hacha!».
—No te cortes los dedos —dice el maestro al oír los golpes del hacha en la raíz bajo el agua—. ¡Yefim, sal de aquí! Quédate, voy a por la anguila... Jamás lo lograrás.
La raíz se corta un poco. La parten, y Andrey Andreich, para su inmensa satisfacción, siente sus dedos bajo las branquias del pez.
¡Lo estoy sacando, muchachos! No se amontonen... quédense quietos... ¡Lo estoy sacando!
La cabeza de una gran faneca anguila, y tras ella su largo cuerpo negro, de casi un metro de largo, aparece en la superficie del agua. El pez agita la cola con fuerza e intenta zafarse.
—¡No digas tonterías, muchacho! ¡Tonterías! ¡Te tengo! ¡Ajá!
Una sonrisa dulce se extiende por todos los rostros. Pasa un minuto en silenciosa contemplación.
—Un famoso puchero —murmura Yefim, rascándose bajo los omóplatos—. Seguro que pesa cinco kilos.
—¡Mmm!... Sí —asiente el maestro—. ¡El hígado está bastante hinchado! ¡Parece que sobresale! ¡Ay!
El pez hace un movimiento repentino e inesperado hacia arriba con su cola y los pescadores oyen un fuerte chapoteo... todos extienden las manos, pero ya es demasiado tarde; han visto lo último del pez anguila.
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ARTE
Una sombría mañana de invierno.
OhSobre la lisa y brillante superficie del río Bystryanka, salpicada de nieve aquí y allá, se encuentran dos campesinos: el pequeño y desaliñado Seryozhka y el bedel de la iglesia, Matvey. Seryozhka, un hombre de treinta años, de patas cortas, andrajoso y aspecto sarnoso, mira con rabia el hielo. Mechones de lana cuelgan de su peluda piel de oveja como un perro sarnoso. En sus manos sostiene una brújula hecha con dos varas puntiagudas. Matvey, un anciano de aspecto apuesto con una piel de oveja nueva y botas altas de fieltro, mira con apacibles ojos azules hacia arriba, donde en la alta y empinada orilla se alza pintorescamente un pueblo. En sus manos hay una pesada palanca.
—Bueno, ¿vamos a quedarnos así hasta la noche con los brazos cruzados? —pregunta Seryozhka, rompiendo el silencio y volviendo su mirada furiosa hacia Matvey—. ¿Has venido aquí a estar de brazos cruzados, viejo idiota, o a trabajar?
—Bueno, tú... eh... enséñame... —murmura Matvey, parpadeando levemente.
“Muéstrales... Siempre soy yo: yo para mostrarte, y yo para hacerlo. ¡No tienen sentido propio! ¡Márcalo con el compás, eso es lo que se necesita! No puedes romper el hielo sin marcarlo. ¡Márcalo! Toma el compás.”
Matvey le quita el compás a Seryozhka y, moviéndose pesadamente en el mismo sitio y sacudiendo los codos en todas direcciones, empieza a intentar, torpemente, describir un círculo sobre el hielo. Seryozhka entrecierra los ojos con desprecio, disfrutando, obviamente, de su torpeza e incompetencia.
—¡Eh-eh-eh! —murmura furioso—. ¡Ni siquiera eso puedes! ¡La verdad es que eres un campesino estúpido, un cabeza de palo! ¡Deberías estar pastoreando gansos y no haciendo un Jordan! ¡Dame las brújulas! ¡Damelas, te digo!
Seryozhka le arrebata la brújula de las manos al sudoroso Matvey y, en un instante, girando alegremente sobre un talón, describe un círculo sobre el hielo. El contorno del nuevo Jordán ya está listo; solo queda romper el hielo...
Pero antes de ponerse a trabajar, Seryozhka pierde mucho tiempo en aires y gracias, caprichos y reproches...
¡No estoy obligado a trabajar para ti! ¡Eres empleado de la iglesia, hazlo tú!
Obviamente disfruta de la peculiar posición en la que lo ha colocado el destino, que le ha otorgado el raro talento de sorprender a toda la parroquia una vez al año con su arte. El pobre Matvey tiene que escuchar muchas palabras venenosas y despectivas de su parte. Seryozhka se pone a trabajar con irritación, con ira. Es perezoso. Apenas ha descrito el círculo cuando ya está deseando ir al pueblo a tomar té, holgazanear y charlar...
"Vuelvo enseguida", dice, encendiendo el cigarrillo, "y mientras tanto será mejor que traigas algo para sentarte y barrer, en lugar de estar ahí contando cuervos".
Matvey se queda solo. El aire es gris y áspero, pero tranquilo. La iglesia blanca se asoma con alegría tras las cabañas dispersas en la orilla del río. Las grajillas revolotean incesantemente alrededor de sus cruces doradas. En un lado del pueblo, donde la orilla del río se quiebra y se vuelve empinada, un caballo cojo yace de pie en la misma orilla, inmóvil como una piedra, probablemente dormido o sumido en sus pensamientos.
Matvey también permanece inmóvil como una estatua, esperando pacientemente. La mirada soñadora y melancólica del río, el revoloteo de las grajillas y la visión del caballo lo adormecen. Pasa una hora, un segundo, y Seryozhka sigue sin aparecer. Hace tiempo que barrieron el río y trajeron un cajón para sentarse, pero el borracho no aparece. Matvey espera y se limita a bostezar. Desconoce por completo el aburrimiento. Si le dijeran que se quedara en el río un día, un mes o un año, se quedaría allí.
Por fin, Seryozhka aparece tras las cabañas. Camina con paso tambaleante, casi sin moverse. Le da pereza dar un rodeo, y no viene por la carretera, sino que prefiere un atajo en línea recta por la ladera, y se atasca en la nieve, se agarra a los arbustos, resbala de espaldas al acercarse, y todo esto lentamente, con pausas.
—¿Qué haces? —grita, abalanzándose sobre Matvey—. ¿Por qué te quedas ahí parado sin hacer nada? ¿Cuándo vas a romper el hielo?
Matvey se santigua, toma la palanca con ambas manos y empieza a romper el hielo, manteniéndose cuidadosamente dentro del círculo trazado. Seryozhka se sienta en la caja y observa los movimientos torpes y pesados de su asistente.
¡Cuidado con los bordes! ¡Cuidado ahí! —ordena—. Si no puedes hacerlo bien, no deberías intentarlo; una vez que lo hayas hecho, deberías hacerlo. ¡Tú!
Una multitud se congrega en lo alto del terraplén. Al ver a los espectadores, Seryozhka se emociona aún más.
“Declaro que no lo voy a hacer…”, dice, encendiendo un cigarrillo apestoso y escupiendo al suelo. “Me gustaría ver cómo te las arreglas sin mí. El año pasado, en Kostyukovo, Styopka Gulkov se propuso hacer un Jordan como el mío. Y en qué quedó, fue un hazmerreír. La gente de Kostyukovo vino a la nuestra, ¡en multitudes! La gente acudió en masa de todos los pueblos.”
“Porque salvo el nuestro no hay en ningún otro lugar un Jordán propiamente dicho...”
Trabajo, no hay tiempo para hablar... Sí, viejo... no encontrarás otro Jordán como este en toda la provincia. Los soldados dicen que buscarías en vano, que no son tan buenos ni siquiera en los pueblos. ¡Tranquilo, tranquilo!
Matvey resopla y gruñe. El trabajo no es fácil. El hielo es firme y grueso; tiene que romperlo y retirar los pedazos de inmediato para que el espacio abierto no se bloquee.
Pero, por muy duro que sea el trabajo y por muy absurdas que sean las órdenes de Seryozhka, a las tres de la tarde aparece un gran círculo de agua oscura en el Bystryanka.
—El año pasado estuvo mejor —dice Seriozhka enfadada—. ¡Ni siquiera eso puedes! ¡Ay, tonta! ¡Tener a esos idiotas en el templo de Dios! ¡Ve y trae una tabla para hacer las clavijas! ¡Trae el anillo, fanfarrón! Y... búscate pan por ahí... y pepinos, o algo.
Matvey se va y regresa poco después, cargando sobre sus hombros un enorme anillo de madera, pintado años atrás con dibujos de varios colores. En el centro del anillo hay una cruz roja, en la circunferencia hay agujeros para las clavijas. Seryozhka toma el anillo y tapa con él el agujero en el hielo.
“Justo a la medida... encaja... Solo tenemos que darle otra capa de pintura y quedará impecable... Vamos, ¿qué haces aquí parado? Haz el atril. O... bueno... ve a buscar troncos para hacer la cruz...”.
Matvey, que no ha probado bocado ni bebida en todo el día, sube la colina con dificultad. A pesar de la pereza de Seryozhka, hace las estacas con sus propias manos. Sabe que esas estacas tienen un poder milagroso: quien consiga una estaca después de la bendición del agua tendrá suerte todo el año. Un trabajo así realmente vale la pena.
Pero el verdadero trabajo comienza al día siguiente. Entonces Seriozhka se exhibe ante el ignorante Matvey en todo el esplendor de su talento. Sus parloteos, sus críticas, sus caprichos y fantasías no tienen fin. Si Matvey clava dos grandes trozos de madera para hacer una cruz, se muestra insatisfecho y le dice que lo repita. Si Matvey se queda quieto, Seriozhka le pregunta con enojo por qué no se va; si se mueve, Seriozhka le grita que no se vaya, que siga con su trabajo. No está satisfecho con sus herramientas, ni con el clima, ni con su propio talento; nada le complace.
Matvey corta un gran trozo de hielo para usarlo como atril.
—¿Por qué has roto la esquina? —grita Seryozhka, mirándolo furioso—. ¿Por qué has roto la esquina? Te lo pregunto.
“Perdóname, por el amor de Cristo.”
“¡Hazlo otra vez!”
Matvey vuelve a serruchar... y su sufrimiento no tiene fin. Un atril debe estar junto al agujero en el hielo, cubierto por el anillo pintado; en el atril se tallarán la cruz y el evangelio abierto. Pero eso no es todo. Detrás del atril debe haber una cruz alta, visible para toda la multitud, que brillará al sol como salpicada de diamantes y rubíes. Sobre la cruz debe haber una paloma tallada en hielo. El camino desde la iglesia hasta el Jordán debe estar sembrado de ramas de abeto y enebro. Toda esta es su tarea.
Primero, Seryozhka se pone a trabajar en el atril. Trabaja con una lima, un cincel y un punzón. Obtiene un éxito rotundo en la cruz del atril, el evangelio y el paño que cuelga del atril. Luego comienza con la paloma. Mientras intenta esculpir una expresión de mansedumbre y humildad en el rostro de la paloma, Matvey, moviéndose torpemente como un oso, cubre con hielo la cruz que ha hecho de madera. Toma la cruz y la sumerge en el agujero. Espera a que el agua se congele sobre la cruz, la sumerge una segunda vez, y así sucesivamente hasta que la cruz queda cubierta con una gruesa capa de hielo. Es una tarea difícil que requiere mucha fuerza y paciencia.
Pero ahora el delicado trabajo está terminado. Seryozhka corre por el pueblo como un poseso. Jura y promete que irá de inmediato al río y destrozará todo su trabajo. Busca pinturas adecuadas.
Sus bolsillos están llenos de ocre, azul oscuro, minio y cardenillo; sin pagar un céntimo, corre de una tienda a otra. La tienda está al lado de la taberna. Aquí toma una copa; con un gesto de la mano, sale disparado sin pagar. En una choza consigue hojas de remolacha, en otra una cáscara de cebolla, con la que hace un color amarillo. Jura, empuja, amenaza, ¡y nadie murmura! Todos le sonríen, se compadecen de él, lo llaman Serguéi Nikititch; todos sienten que su arte no es asunto suyo, sino algo que les concierne a todos, a todo el pueblo. Uno crea, los demás lo ayudan. Seriózhka en sí mismo es un nulo, un holgazán, un borracho y un derrochador, pero cuando tiene su minio o el compás en la mano, es inmediatamente algo superior, un siervo de Dios.
Llega la mañana de la Epifanía. Los alrededores de la iglesia y ambas orillas del río, a lo largo de una gran distancia, están abarrotados de gente. Todo lo que compone el Jordán está escrupulosamente oculto bajo esteras nuevas. Seryozhka se mueve dócilmente cerca de las esteras, intentando controlar su emoción. Ve a miles de personas. Hay muchos aquí de otras parroquias; estas personas han recorrido muchos kilómetros a pie a través de la escarcha y la nieve solo para ver su célebre Jordán. Matvey, que había terminado su trabajo tosco y rudo, ya está de vuelta en la iglesia; no se le ve ni se le oye; ya lo han olvidado... El tiempo es espléndido... No hay una sola nube en el cielo. El sol es deslumbrante.
Las campanas de la iglesia suenan en la colina... ¡Miles de cabezas están descubiertas, miles de manos se mueven, hay miles de señales de la cruz!
Y Seryozhka no sabe qué hacer con su impaciencia. Pero ahora están tocando las campanas para el Sacramento; luego, media hora después, se percibe cierta agitación en el campanario y entre la gente. Las pancartas salen de la iglesia una tras otra, mientras las campanas repican con alegre premura. Seryozhka, temblando, retira la estera... y la gente contempla algo extraordinario. El atril, el aro de madera, las clavijas y la cruz en el hielo son iridiscentes con miles de colores. La cruz y la paloma brillan tan deslumbrantemente que duele la vista mirarlas. ¡Dios misericordioso, qué hermoso es! Un murmullo de asombro y deleite recorre la multitud; las campanas repican aún más fuerte, el día se vuelve más brillante; las pancartas oscilan y se mueven sobre la multitud como sobre las olas. La procesión, resplandeciente con los engastes de los iconos y las vestimentas del clero, avanza lentamente por el camino y gira hacia el Jordán. Se hace un gesto hacia el campanario para que cese el repique y comienza la bendición del agua. Los sacerdotes ofician el servicio lenta y deliberadamente, intentando, evidentemente, prolongar la ceremonia y la alegría de orar todos reunidos. Reina un silencio absoluto.
Pero ahora hunden la cruz, y el aire resuena con un estruendo extraordinario. Se oyen disparos, las campanas repican furiosamente, fuertes exclamaciones de alegría, gritos y una carrera para coger las estacas. Seryozhka escucha este alboroto, ve miles de ojos fijos en él, y el alma del perezoso se llena de una sensación de gloria y triunfo.
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EL PARTIDO SUECO
(La historia de un crimen)
I
OhLa mañana del 6 de octubre de 1885, un joven elegante se presentó en la oficina del superintendente de policía de la 2.ª división del distrito sur y anunció que su jefe, un corneta retirado de la guardia llamado Mark Ivanovitch Klyauzov, había sido asesinado. El joven estaba pálido y sumamente agitado al hacer este anuncio. Le temblaban las manos y una expresión de horror se reflejaba en sus ojos.
«¿Con quién tengo el honor de hablar?», le preguntó el superintendente.
Psyekov, mayordomo de Klyauzov. Experto en agricultura e ingeniería.
El comisario de policía, al llegar al lugar con Psyekov y los testigos necesarios, encontró la situación de la siguiente manera.
Una multitud se agolpaba alrededor de la cabaña donde vivía Klyauzov. La noticia del suceso había corrido como la pólvora por el vecindario y, al ser día festivo, la gente acudía en masa a la cabaña desde todos los pueblos vecinos. Se oía un bullicio constante. Rostros pálidos y llorosos se veían aquí y allá. La puerta del dormitorio de Klyauzov estaba cerrada con llave. La llave estaba en la cerradura del interior.
“Es evidente que los criminales entraron por la ventana”, observó Psyekov mientras examinaban la puerta.
Salieron al jardín, al que daba la ventana del dormitorio. La ventana tenía un aire sombrío y amenazador. Estaba cubierta por una cortina verde descolorida. Una esquina de la cortina estaba ligeramente doblada hacia atrás, lo que permitía ver el interior del dormitorio.
“¿Alguien de ustedes ha mirado por la ventana?” preguntó el superintendente.
—No, su señoría —dijo Yefrem, el jardinero, un anciano canoso y bajito con cara de suboficial veterano—. ¡Nadie quiere mirar cuando le tiemblan las extremidades!
—¡Eh, Mark Ivanitch! ¡Mark Ivanitch! —suspiró el superintendente, mirando por la ventana—. ¡Te dije que acabarías mal! ¡Te lo dije, pobrecito, que no me harías caso! ¡La disipación no lleva a nada bueno!
“Es gracias a Yefrem”, dijo Psyekov. “Nunca lo habríamos adivinado de no ser por él. Fue él quien primero pensó que algo andaba mal. Vino a verme esta mañana y me dijo: “¿Por qué nuestro amo no se ha despertado en tanto tiempo? ¡Lleva una semana sin salir de su habitación! Cuando me lo dijo, me quedé atónito... La idea me cruzó la mente de inmediato. No ha aparecido desde el sábado de la semana pasada y hoy es domingo. ¡Siete días no es broma!”
—Sí, pobre hombre —suspiró de nuevo el superintendente—. Un tipo inteligente, culto y de tan buen corazón. No había nadie como él, diríase, en compañía. ¡Pero un libertino; el reino de los cielos sea suyo! ¡No me sorprende nada con él! Stepan —dijo, dirigiéndose a uno de los testigos—, vete ahora mismo a mi casa y envía a Andryushka a casa del capitán de policía, que le informe. ¡Dile que han asesinado a Mark Ivanitch! Sí, y corre a ver al inspector; ¿por qué iba a estar sentado tranquilamente sin hacer nada? Que venga. Y tú mismo ve lo más rápido que puedas al juez de instrucción, Nikolai Yermolaich, y dile que venga. Espera un momento, le escribiré una nota.
El comisario de policía colocó guardias alrededor de la caseta y se dirigió a la casa del mayordomo a tomar el té. Diez minutos después, estaba sentado en un taburete, mordisqueando cuidadosamente terrones de azúcar y bebiendo un té caliente como una brasa.
—¡Ahí está!... —le dijo a Psyekov—. ¡Ahí está!... Un caballero, y además uno adinerado... Un favorito de los dioses, podríamos decir, por usar la expresión de Pushkin, ¿y qué ha sacado de ello? ¡Nada! Se entregó a la bebida y al libertinaje, y... ¡aquí está!... ¡Lo han asesinado!
Dos horas después llegó el juez de instrucción. Nikolay Yermolaitch Tchubikov (así se llamaba el juez), un anciano alto y corpulento de sesenta años, llevaba un cuarto de siglo trabajando arduamente. Era conocido en todo el distrito como un hombre honesto, inteligente, enérgico y dedicado a su trabajo. Su invariable compañero, asistente y secretario, un joven alto de veintiséis años, llamado Dyukovsky, llegó al lugar de los hechos con él.
—¿Es posible, caballeros? —empezó Chubikov, entrando en la habitación de Psyekov y estrechando rápidamente la mano de todos—. ¿Es posible? ¿Mark Ivanitch? ¿Asesinado? ¡No, es imposible! ¡Imposible!
“Ahí está”, suspiró el superintendente.
¡Cielos! ¡Lo vi el viernes pasado! ¡En la feria de Tarabankovo! ¡Para tu sorpresa, me tomé un vaso de vodka con él!
—Ahí está —suspiró una vez más el superintendente.
Suspiraron, expresaron su horror, bebieron un vaso de té cada uno y se dirigieron a la cabaña.
“¡Abran paso!” gritó el inspector de policía a la multitud.
Al entrar en la cabaña, el juez de instrucción se puso a inspeccionar la puerta del dormitorio. Resultó que era de madera de pino, pintada de amarillo y no había sido forzada. No se encontraron rastros que pudieran servir como prueba. Procedieron a forzar la puerta.
“Les ruego, caballeros, que no estén interesados, que se retiren”, dijo el juez de instrucción cuando, tras largos golpes y crujidos, la puerta cedió ante el hacha y el cincel. “Les pido esto en beneficio de la investigación… ¡Inspector, no deje entrar a nadie!”
Tchubikov, su ayudante y el comisario abrieron la puerta y, vacilantes, uno tras otro, entraron en la habitación. El siguiente espectáculo se presentó ante sus ojos. En la solitaria ventana se alzaba una gran cama de madera con un inmenso colchón de plumas encima. Sobre el colchón de plumas revuelto yacía una colcha arrugada y estrujada. Una almohada, con una funda de algodón, también muy arrugada, estaba en el suelo. En una mesita junto a la cama había un reloj de plata y monedas de plata por valor de veinte kopeks. También había allí algunas cerillas de azufre. Aparte de la cama, la mesa y una silla solitaria, no había muebles en la habitación. Al mirar debajo de la cama, el comisario vio dos docenas de botellas vacías, un viejo sombrero de paja y una jarra de vodka. Debajo de la mesa yacía una bota, cubierta de polvo. Echando un vistazo a la habitación, Tchubikov frunció el ceño y se sonrojó.
—¡Esos canallas! —murmuró, apretando los puños.
—¿Y dónde está Mark Ivanitch? —preguntó Dyukovsky en voz baja.
—Le ruego que no meta la pata —respondió Tchubikov con aspereza—. Por favor, examine el suelo. Este es el segundo caso que conozco, Yevgraf Kuzmitch —añadió al comisario, bajando la voz—. En 1870 tuve un caso parecido. Pero seguro que lo recuerda... El asesinato del comerciante Portretov. Fue exactamente igual. Los canallas lo asesinaron y sacaron el cadáver por la ventana.
Tchubikov se acercó a la ventana, corrió la cortina y la empujó con cuidado. La ventana se abrió.
Se abre, así que no estaba cerrada... Vaya, hay marcas en el alféizar. ¿Lo ves? Aquí está la marca de una rodilla... Alguien salió... Tendremos que inspeccionar la ventana a fondo.
“No hay nada especial que observar en el suelo”, dijo Dyukovsky. “Ni manchas ni arañazos. Lo único que he encontrado es una cerilla sueca usada. Aquí está. Si mal no recuerdo, Mark Ivanitch no fumaba; por lo general usaba cerillas de azufre, nunca cerillas suecas. Esta cerilla podría servir de pista…”
—¡Oh, cállate, por favor! —gritó Tchubikov con un gesto de la mano—. ¡No para de hablar de su cerilla! ¡No soporto a esta gente tan excitable! ¡En vez de buscar cerillas, mejor examina la cama!
Al inspeccionar la cama, Dyukovsky informó:
No hay manchas de sangre ni de nada más... Tampoco hay rasgaduras recientes. En la almohada hay rastros de dientes. Un líquido con olor y sabor a cerveza se derramó sobre la colcha... El aspecto general de la cama sugiere que hubo forcejeo.
¡Sé que hubo una lucha sin que me lo dijeras! Nadie te preguntó si hubo una lucha. En lugar de estar pendiente de una lucha, más te vale estar...
“Una bota está aquí, la otra no está en escena”.
“Bueno, ¿y qué pasa con eso?”
—Pues, debieron estrangularlo mientras se quitaba las botas. No tuvo tiempo de quitarse la segunda bota cuando...
¡Se fue otra vez!... ¿Y cómo sabes que lo estrangularon?
Hay marcas de dientes en la almohada. Está muy arrugada y ha sido arrojada a dos metros de la cama.
¡Discute, el muy hablador! Mejor vamos al jardín. Será mejor que mires en el jardín en lugar de andar rebuscando por aquí... Puedo hacerlo sin tu ayuda.
Al salir al jardín, su primera tarea fue inspeccionar el césped. Había sido pisoteado bajo las ventanas. El macizo de bardana contra la pared, bajo la ventana, resultó estar también pisoteado. Dyukovsky logró encontrar algunos brotes rotos y un poco de guata. En las abrojos superiores, se encontraron finos hilos de lana azul oscuro.
"¿De qué color era su último traje?", le preguntó Dyukovsky a Psyekov.
“Era amarillo, hecho de lona”.
¡Capital! Entonces eran ellos los que vestían de azul oscuro...
Algunas rebabas fueron cortadas y cuidadosamente envueltas en papel. En ese momento llegaron Artsybashev-Svistakovsky, el capitán de policía, y Tyutyuev, el médico. El capitán de policía saludó a los demás y enseguida procedió a satisfacer su curiosidad; el médico, un hombre alto y extremadamente delgado, de ojos hundidos, nariz larga y mentón afilado, sin saludar a nadie ni hacer preguntas, se sentó en un tocón, suspiró y dijo:
¡Los serbios están otra vez alborotados! ¡No entiendo qué quieren! ¡Ay, Austria, Austria! ¡Es culpa vuestra!
La inspección de la ventana desde afuera no arrojó ningún resultado; la inspección del césped y los arbustos circundantes proporcionó muchas pistas valiosas. Dyukovsky, por ejemplo, logró detectar una larga y oscura franja en el césped, compuesta de manchas, que se extendía desde la ventana varios metros hacia el jardín. La franja terminaba bajo uno de los arbustos de lilas, en una gran mancha marrón. Bajo el mismo arbusto se encontró una bota, que resultó ser la misma que la encontrada en el dormitorio.
“Esta es una vieja mancha de sangre”, dijo Dyukovsky examinando la mancha.
Al oír la palabra “sangre”, el médico se levantó y miró perezosamente la mancha.
“Sí, es sangre”, murmuró.
“Entonces no lo estrangularon porque hay sangre”, dijo Tchubikov mirando con malicia a Dyukovsky.
Lo estrangularon en el dormitorio, y allí, temiendo que despertara, lo apuñalaron con algo afilado. La mancha bajo el arbusto muestra que permaneció allí tendido un tiempo comparativamente largo, mientras buscaban la manera de sacarlo del jardín.
“Bueno, ¿y la bota?”
Esa bota confirma mi afirmación de que fue asesinado mientras se quitaba las botas antes de acostarse. Se había quitado una bota, la otra; es decir, de esta bota solo había logrado quitarse la mitad. Mientras lo arrastraban y sacudían, la bota que solo llevaba puesta la mitad se desprendió sola...
¡Qué capacidad de deducción! ¡Míralo! —se burló Chubikov—. ¡Lo explica todo con tanta naturalidad! ¿Y cuándo aprenderás a no exponer tus teorías? ¡Mejor analiza un poco en lugar de discutir!
Tras la inspección y el plano de la localidad, fueron a casa del mayordomo para redactar un informe y almorzar. Durante el almuerzo, conversaron.
“El reloj, el dinero y todo lo demás… están intactos”, comenzó la conversación Tchubikov. “Está más que claro que el asesinato no se cometió por motivos mercenarios”.
“Fue cometido por un hombre de clase educada”, añadió Dyukovsky.
¿De qué sacas esa conclusión?
Me baso en la cerilla sueca que los campesinos de por aquí aún no han aprendido a usar. Estas cerillas solo las usan los terratenientes, no todos. Lo asesinaron, por cierto, no uno, sino al menos tres: dos lo sujetaron mientras el tercero lo estranguló. Klyauzov era fuerte y los asesinos debieron saberlo.
“¿De qué le serviría su fuerza si estuviera dormido?”
Los asesinos lo alcanzaron mientras se quitaba las botas. Se estaba quitando las botas, así que no dormía.
¡No sirve de nada inventar cosas! ¡Mejor come tu almuerzo!
—En mi opinión, señoría —dijo Yefrem, el jardinero, mientras colocaba el samovar sobre la mesa—, esta vil acción no fue obra de otro que Nikolashka.
“Es muy posible”, dijo Psyekov.
"¿Quién es este Nikolashka?"
—El ayuda de cámara del amo, su señoría —respondió Yefrem. ¿Quién sino él? ¡Es un rufián, señoría! ¡Un borracho, y un tipo tan disipado! ¡Que la Reina del Cielo no vuelva a traer algo así! Siempre le traía vodka al amo, siempre lo acostaba... ¿Quién sino él? Y es más, me atrevo a informarle, señoría, que una vez, en una taberna, el muy canalla, se jactó de asesinar a su amo. Todo por culpa de Akulka, por culpa de una mujer... Tenía la esposa de un soldado... El amo se encaprichó con ella y tuvo intimidad con ella, y él... se enfureció, sin duda. Ahora está holgazaneando en la cocina, borracho. Llora... fingiendo estar de luto por el amo...
“Y cualquiera podría estar enojado por Akulka, sin duda”, dijo Psyekov. “Es la esposa de un soldado, una campesina, pero… Mark Ivanitch bien podría llamarla Nana. Hay algo en ella que sí sugiere a Nana… fascinante…”
“La he visto... la conozco...” dijo el juez de instrucción, sonándose la nariz con un pañuelo rojo.
Dyukovsky se sonrojó y bajó la mirada. El superintendente de policía tamborileó con los dedos sobre su platillo. El capitán tosió y rebuscó algo en su carpeta. Solo con mencionar a Akulka y Nana, el médico no pareció causarle ninguna impresión. Tchubikov ordenó que trajeran a Nikolashka. Nikolashka, un joven desgarbado, con una nariz larga y picada de viruela y el pecho hundido, vestido con una chaqueta de porro que había sido de su amo, entró en la habitación de Psyekov y se inclinó hasta el suelo ante Tchubikov. Su rostro parecía somnoliento y mostraba rastros de lágrimas. Estaba borracho y apenas podía mantenerse en pie.
“¿Dónde está tu amo?” le preguntó Chubikov.
"Lo han asesinado, señoría."
Mientras decía esto Nikolashka parpadeó y comenzó a llorar.
Sabemos que fue asesinado. ¿Pero dónde está ahora? ¿Dónde está su cuerpo?
“Dicen que lo sacaron por la ventana y lo enterraron en el jardín”.
—Mmm... entonces ya se conocen los resultados de la investigación en la cocina... Eso es malo. Mi querido amigo, ¿dónde estaba usted la noche en que asesinaron a su amo? ¿El sábado, claro?
Nikolashka levantó la cabeza, estiró el cuello y reflexionó.
—No lo sé, señoría —dijo—. Estaba borracho y no me acuerdo.
—¡Una coartada! —susurró Dyukovsky, sonriendo y frotándose las manos.
¡Ah! ¿Y por qué hay sangre bajo la ventana de tu amo?
Nikolashka levantó la cabeza y reflexionó.
“Piensa un poco más rápido”, dijo el capitán de policía.
—En un minuto. Esa sangre es de un asunto insignificante, su señoría. Maté una gallina; la degollé de forma muy sencilla, como siempre, y se me escapó de las manos, salió corriendo... De ahí es de donde viene la sangre.
Yefrem testificó que Nikolashka realmente mataba una gallina todas las noches y la mataba en todo tipo de lugares, y nadie había visto a la gallina medio muerta corriendo por el jardín, aunque, por supuesto, no se podía negar positivamente que lo había hecho.
“Una coartada”, se rió Dyukovsky, “y qué coartada más idiota”.
“¿Has tenido relaciones con Akulka?”
“Sí, he pecado.”
“¿Y tu amo te la arrebató?”
—No, en absoluto. Fue este caballero, el señor Psyekov, Iván Mihalitch, quien la sedujo, y el amo se la arrebató a Iván Mihalitch. Así fue.
Psyekov parecía confundido y empezó a frotarse el ojo izquierdo. Diukovsky lo miró fijamente, percibió su confusión y se sobresaltó. Vio en las piernas del mayordomo unos pantalones azul oscuro que no había visto antes. Los pantalones le recordaron los hilos azules encontrados en la bardana. Tchubikov, a su vez, miró con recelo a Psyekov.
—¡Puede irse! —le dijo a Nikolashka—. Y ahora permítame hacerle una pregunta, señor Psyekov. ¿Estuvo aquí, por supuesto, el sábado de la semana pasada?
“Sí, a las diez cené con Mark Ivanitch”.
“¿Y después?”
Psyekov estaba confundido y se levantó de la mesa.
“Después… después… la verdad es que no me acuerdo”, murmuró. “Había bebido mucho en esa ocasión… No recuerdo dónde ni cuándo me acosté… ¿Por qué me miran así? ¡Como si lo hubiera asesinado!”
¿Dónde te despertaste?
Me desperté en la cocina de servicio, sobre la estufa... Todos pueden confirmarlo. No sé cómo llegué a la estufa...
—No te molestes... ¿Conoces a Akulina?
—Bueno, no particularmente.
“¿Te dejó por Klyauzov?”
—Sí... Yefrem, ¡trae más setas! ¿Quieres un poco de té, Yevgraf Kuzmitch?
Siguió un silencio opresivo y doloroso que duró unos cinco minutos. Diukovsky se mordió la lengua y mantuvo su mirada penetrante fija en el rostro de Psyekov, que palideció gradualmente. El silencio fue roto por Tchubikov.
—Debemos ir a la casa grande —dijo— y hablar con la hermana del difunto, Marya Ivanovna. Quizás nos dé alguna prueba.
Tchubikov y su asistente agradecieron a Psyekov por el almuerzo y luego se dirigieron a la mansión. Encontraron a la hermana de Klyauzov, una joven de cuarenta y cinco años, de rodillas ante un alto altar familiar de iconos. Al ver las carteras y los birretes adornados con escarapelas en las manos de sus visitantes, palideció.
“Antes que nada, debo disculparme por perturbar sus devociones, por así decirlo”, comenzó el galante Tchubikov con un rasguño. “Hemos venido a usted con una petición. Ya se ha enterado, por supuesto… Se sospecha que su hermano ha sido asesinado. La voluntad de Dios, ya sabe… Nadie puede escapar de la muerte, ni el zar ni el labrador. ¿Podría ayudarnos con algún dato, algo que arroje luz?”
—¡Oh, no me preguntes! —dijo María Ivánovna, palideciendo aún más y escondiendo la cara entre las manos—. ¡No puedo decirte nada! ¡Nada! ¡Te lo imploro! No puedo decir nada... ¿Qué puedo hacer? ¡Oh, no, no... ni una palabra... de mi hermano! ¡Preferiría morir antes que hablar!
María Ivánovna rompió a llorar y se fue a otra habitación. Los funcionarios se miraron, se encogieron de hombros y se retiraron.
—¡Menuda mujer! —dijo Diukovsky, maldiciendo al salir de la casona—. Parece que sabe algo y lo oculta. Y también hay algo raro en la expresión de la criada... ¡Esperen un poco, demonios! ¡Llegaremos al fondo de todo esto!
Al anochecer, Chubikov y su ayudante regresaban a casa a la luz de una luna pálida; sentados en su coche, repasaban mentalmente los incidentes del día. Ambos estaban exhaustos y permanecieron en silencio. A Chubikov nunca le gustó hablar en el camino. A pesar de su locuacidad, Diukovski se mordió la lengua en señal de deferencia al anciano. Sin embargo, hacia el final del viaje, el joven no soportó más el silencio y comenzó:
“Que Nikolashka haya tenido algo que ver en el asunto”, dijo, “ non dubitandum est . Se nota por su cara qué clase de tipo es… Su coartada lo delata por completo. Tampoco cabe duda de que no fue el instigador del crimen. Solo fue un estúpido mercenario. ¿Estás de acuerdo? El discreto Psyekov también juega un papel importante en el asunto. Sus pantalones azules, su vergüenza, el hecho de que se tirara al fuego del susto tras el asesinato, su coartada, y Akulka.”
¡Sigue así, estás en la gloria! Según tú, si alguien conoce a Akulka, es el asesino. ¡Ay, impulsivo! ¡Deberías estar bebiendo en vez de investigar casos! Tú también solías perseguir a Akulka, ¿eso significa que tuviste algo que ver en este asunto?
Akulka también fue cocinero en tu casa durante un mes, pero... no digo nada. Ese sábado por la noche estaba jugando a las cartas contigo, te vi, o debería estar tras de ti también. La mujer no es el punto, mi buen señor. El punto es el sentimiento desagradable, repugnante y mezquino... Al joven discreto no le gustaba que lo cortaran, ¿lo ves? Vanidad, ¿lo ves?... Anhelaba venganza. Entonces... Sus labios gruesos son un fuerte indicio de sensualidad. ¿Recuerdas cómo chasqueó los labios cuando comparó a Akulka con Nana? ¡Que arde de pasión, el sinvergüenza, está fuera de toda duda! Y entonces has herido la vanidad y la pasión insatisfecha. Eso es suficiente para llevar al asesinato. Dos de ellos están en nuestras manos, pero ¿quién es el tercero? Nikolashka y Psyekov lo sujetaron. ¿Quién fue el que lo asfixió? Psyekov es Tímido, se avergüenza fácilmente, un completo cobarde. La gente como Nikolashka no es capaz de asfixiar con una almohada; se ponen a trabajar con un hacha o un mazo... Alguien debió asfixiarlo, pero ¿quién?
Dyukovsky se puso la gorra y reflexionó. Guardó silencio hasta que la carreta llegó a la casa del juez de instrucción.
—¡Eureka! —dijo al entrar en la casa y quitarse el abrigo—. ¡Eureka, Nikolai Yermolaich! No entiendo cómo no se me había ocurrido antes. ¿Sabes quién es el tercero?
—¡Déjenme ya, por favor! ¡La cena está lista! ¡Siéntense a cenar!
Tchubikov y Diukovski se sentaron a cenar. Diukovski se sirvió una copa de vodka, se levantó, se estiró y, con los ojos brillantes, dijo:
—Déjenme decirles que la tercera persona que colaboró con el sinvergüenza Psyekov y lo asfixió fue una mujer. ¡Sí! ¡Me refiero a la hermana del hombre asesinado, Marya Ivanovna!
Tchubikov tosió sobre el vodka y clavó la mirada en Dyukovsky.
¿Te sientes... mal? ¿Te duele la cabeza?
Estoy bien. Muy bien, supongo que me he vuelto loca, pero ¿cómo explica su confusión al llegar? ¿Cómo explica su negativa a dar información? Admitiendo que es trivial, ¡muy bien! ¡De acuerdo! Pero piense en cómo estaban. ¡Ella detestaba a su hermano! Ella es una vieja creyente, él era un libertino, un impío... ¡eso es lo que ha generado odio entre ellos! ¡Dicen que logró convencerla de que era un ángel de Satanás! ¡Solía practicar el espiritismo en su presencia!
“Bueno, ¿y entonces qué?”
¿No lo entiendes? ¡Es una vieja creyente, lo asesinó por fanatismo! No solo ha matado a un hombre malvado, un libertino, sino que ha liberado al mundo del Anticristo, ¡y eso, según ella, es su mérito, su logro religioso! ¡Ah, no conoces a estas solteronas, a estas viejas creyentes! ¡Deberías leer a Dostoievski! ¿Y qué dice Lyeskov... y Petcherski? Es ella, es ella, me juego la vida. ¡Lo asfixió! ¡Ay, la mujer diabólica! ¿No estaba, quizás, de pie ante los iconos cuando entramos para despistarnos? «Me levantaré y rezaré», se dijo, «pensarán que estoy tranquila y no las esperan». Ese es el método de todos los novatos en el crimen. ¡Querido Nikolay Yermolaich! ¡Mi querido amigo! ¡Encárgueme de este caso! ¡Déjeme llevarlo hasta el final! ¡Mi querido amigo! Lo he empezado y lo llevaré hasta el final.
Tchubikov meneó la cabeza y frunció el ceño.
"Soy capaz de analizar casos difíciles yo mismo", dijo. "Y a ti no te corresponde presentarte. ¡Escribe lo que te dictan, eso es asunto tuyo!"
Dyukovsky se sonrojó, salió y cerró la puerta de golpe.
—Qué tipo tan listo, el granuja —murmuró Chubikov, mirándolo—. ¡Muy listo! Solo que se apresuró demasiado. Tendré que comprarle una cigarrera en la feria como regalo.
A la mañana siguiente, un muchacho cabezón y con labio leporino llegó desde Klyauzovka. Dijo llamarse el pastor Danilko y nos dio una información muy interesante.
“Había bebido un poco”, dijo. “Me quedé hasta la medianoche en casa de mi amigo. Mientras volvía a casa, borracho, me metí en el río a bañarme. ¡Me estaba bañando y qué vi! Dos hombres que venían por la presa cargando algo negro. "¡Tío!", les grité. Se asustaron y se fueron tan rápido como pudieron a las huertas de Makarev. ¡Que me maten si no era el amo el que llevaban!
Al anochecer de ese mismo día, Psyekov y Nikolashka fueron arrestados y llevados bajo custodia a la capital del distrito. Allí, los encerraron en la torre de la prisión.
II
TPasaron doce días.
Era de mañana. El juez de instrucción, Nikolai Yermolaich, estaba sentado a una mesa verde en su casa, revisando los documentos relacionados con el caso Klyauzov; Diukovsky paseaba inquieto por la sala, como un lobo enjaulado.
—Están convencidos de la culpabilidad de Nikolashka y Psyekov —dijo, tirando nerviosamente de su juvenil barba—. ¿Por qué se niegan a convencerse de la culpabilidad de María Ivánovna? ¿No tienen pruebas suficientes?
No digo que no lo crea. Estoy convencido, pero por alguna razón no lo puedo creer... No hay pruebas reales. Es todo teórico, por así decirlo... Fanatismo y una cosa y otra...
¡Y deben tener un hacha y sábanas manchadas de sangre!... ¡Ustedes, abogados! ¡Pues se lo demostraré! Dejen de lado su despreocupación por el aspecto psicológico del caso. ¡Su María Ivánovna debería estar en Siberia! Se lo demostraré. Si la prueba teórica no les basta, tengo algo material... ¡Les demostrará lo acertada que es mi teoría! ¡Solo déjenme explorar un poco!
"¿De qué estás hablando?"
¡La cerilla sueca! ¿Lo has olvidado? ¡Yo no! ¡Averiguaré quién la encendió en la habitación del hombre asesinado! No la encendió Nikolashka ni Psyekov, quienes resultaron tener cerillas al ser registrados, sino una tercera persona: Marya Ivanovna. ¡Y lo demostraré!... Solo déjame dar una vuelta por el barrio y hacer algunas averiguaciones...
—Oh, muy bien, siéntese... Pasemos al examen.
Dyukovsky se sentó a la mesa y metió su larga nariz en los papeles.
—¡Traigan a Nikolay Tetchov! —gritó el juez de instrucción.
Trajeron a Nikolashka. Estaba pálido y delgado como una patata. Temblaba.
—¡Tetchov! —empezó Chubikov—. En 1879, lo condenaron por robo y lo encarcelaron. En 1882, lo condenaron por robo por segunda vez y lo enviaron a prisión por segunda vez... Lo sabemos todo...
Una expresión de sorpresa se dibujó en el rostro de Nikolashka. La omnisciencia del juez de instrucción lo asombró, pero pronto el asombro dio paso a una expresión de extrema angustia. Rompió a sollozar y pidió permiso para ir a lavarse y calmarse. Lo sacaron.
“¡Traigan a Psyekov!”, dijo el juez de instrucción.
Condujeron a Psyekov. El rostro del joven había cambiado mucho durante esos doce días. Estaba delgado, pálido y demacrado. Había una mirada de apatía en sus ojos.
“Siéntate, Psyekov”, dijo Tchubikov. “Espero que hoy seas sensato y no persistas en mentir como en otras ocasiones. Durante todo este tiempo has negado tu participación en el asesinato de Klyauzov, a pesar de la gran cantidad de pruebas en tu contra. Es absurdo. La confesión es una especie de atenuante de la culpa. Hoy te hablo por última vez. Si no confiesas hoy, mañana será demasiado tarde. Ven, cuéntanos…
"No sé nada y no conozco tus pruebas", susurró Psyekov.
¡Eso es inútil! Bueno, entonces déjame contarte cómo sucedió. El sábado por la noche, estabas sentado en la habitación de Klyauzov bebiendo vodka y cerveza con él. (Dyukovsky clavó la mirada en el rostro de Psyekov y no la apartó durante todo el monólogo). Nikolay te esperaba. Entre las doce y la una, Mark Ivanitch te dijo que quería acostarse. Siempre se acostaba a esa hora. Mientras se quitaba las botas y te daba algunas instrucciones sobre la propiedad, Nikolay y tú, a una señal dada, sujetasteis a vuestro amo ebrio y lo arrojasteis de vuelta a la cama. Uno de vosotros se sentó sobre sus pies, el otro sobre su cabeza. En ese momento, la señora, ya sabéis quién, vestida de negro, que había acordado con vosotros de antemano su participación en el crimen, entró por el pasillo. Tomó la almohada y procedió a asfixiarlo con ella. Durante el forcejeo, la luz se apagó. La mujer sacó una caja de cerillas suecas del bolsillo y encendió la vela. ¿No es cierto? Veo por vuestra cara que lo que digo es cierto. Bueno, procedamos... Después de asfixiarlo, y convencida de que... Había dejado de respirar, Nikolay y tú lo sacaste por la ventana y lo pusiste cerca de las bardanas. Temiendo que recobrara el conocimiento, lo golpeaste con algo afilado. Luego lo cargaste y lo dejaste un rato bajo un arbusto de lilas. Después de descansar y reflexionar un poco, lo cargaste... lo subiste por encima de la valla... Luego seguiste el camino... Luego llega la presa; cerca de la presa te asustó un campesino. Pero ¿qué te pasa?
Psyekov, blanco como una sábana, se levantó tambaleándose.
—¡Me estoy asfixiando! —dijo—. Muy bien... Que así sea... Pero debo irme... Por favor.
Psyekov fue sacado fuera.
—¡Por fin lo ha admitido! —dijo Tchubikov, estirándose con comodidad—. ¡Se ha delatado! ¡Qué bien lo pillé!
—¡Y no le negó a la mujer de negro! —dijo Dyukovsky riendo—. ¡Estoy terriblemente preocupado por ese partido sueco! No lo soporto más. ¡Adiós! ¡Me voy!
Diukovski se puso la gorra y se marchó. Chubikov empezó a interrogar a Akulka.
Akulka declaró que no sabía nada al respecto. . . .
“¡He vivido contigo y con nadie más!”, dijo.
A las seis de la tarde, Diukovski regresó. Estaba más emocionado que nunca. Le temblaban tanto las manos que no podía desabrocharse el abrigo. Le ardían las mejillas. Era evidente que no había vuelto sin noticias.
—¡Veni , vidi, vici! —gritó, entrando a toda prisa en la habitación de Tchubikov y dejándose caer en un sillón—. Lo juro por mi honor, empiezo a creer en mi propio genio. ¡Escucha, maldita sea! ¡Escucha y pregúntate, viejo amigo! Es cómico y triste. Ya tienes a tres en tus manos... ¿verdad? ¡He encontrado a una cuarta asesina, o mejor dicho, asesina, pues es una mujer! ¡Y qué mujer! Habría dado diez años de mi vida solo por tocar sus hombros. Pero... escucha. Conduje hasta Klyauzovka y procedí a describir una espiral a su alrededor. De camino visité a todos los comerciantes y posaderos, pidiendo cerillas suecas. En todas partes me dijeron que no. He estado de ronda hasta ahora. Veinte veces perdí la esperanza, y otras tantas la recuperé. He estado en movimiento todo el día, y hace solo una hora encontré lo que buscaba. A un par de millas de aquí me dieron un paquete con una docena de cajas de cerillas. Faltaba una caja... Pregunté enseguida: "¿Quién compró esa caja?". "Fulano. Le gustaron... Crepitan". ¡Mi querido amigo! ¡Nikolái Yermolaich! ¡Lo que a veces puede hacer un hombre que ha sido expulsado de un seminario y estudió Gaboriau es inconcebible! ¡Desde hoy empezaré a respetarme a mí mismo!... ¡Uf!... ¡Bueno, vámonos!"
"¿Ir adónde?"
A ella, al cuarto... ¡Date prisa, o... estallaré de impaciencia! ¿Sabes quién es? Jamás lo adivinarás. La joven esposa de nuestro antiguo superintendente de policía, Yevgraf Kuzmitch, Olga Petrovna; ¡es ella! ¡Compró esa caja de cerillas!
“Tú... tú... ¿Estás loco?”
¡Es muy natural! Primero fuma, y segundo, estaba perdidamente enamorada de Klyauzov. Él rechazó su amor por una Akulka. Venganza. Ahora recuerdo que una vez los encontré detrás del biombo de la cocina. Ella lo maldecía, mientras él fumaba su cigarrillo y le echaba el humo en la cara. Pero venga, date prisa, que ya está anocheciendo... ¡Vámonos!
¡Aún no he perdido la cabeza hasta el punto de molestar a una mujer respetable y honorable por la noche por un niño miserable!
—Honorable, respetable... ¡Entonces eres un trapo, no un juez de instrucción! ¡Nunca me he atrevido a insultarte, pero ahora me obligas! ¡Trapo! ¡Viejo cascarrabias! ¡Ven, querido Nikolai Yermolaich, te lo suplico!
El juez de instrucción hizo un gesto con la mano en señal de negación y escupió con disgusto.
¡Te lo suplico! ¡Te lo suplico, no por mí, sino por la justicia! ¡Te lo suplico, de verdad! ¡Hazme un favor, aunque sea por una vez en la vida!
Dyukovsky cayó de rodillas.
¡Nikolay Yermolaich, ten la amabilidad de ser tan amable! ¡Llámame sinvergüenza, miserable si me equivoco con esa mujer! ¡Es un caso así, ya lo sabes! ¡Es un caso! Más bien una novela que un caso. Su fama se extenderá por toda Rusia. ¡Te nombrarán juez de instrucción para casos especialmente importantes! ¡Entiende, viejo irrazonable!
El juez de instrucción frunció el ceño y, con aire indeciso, extendió la mano hacia su sombrero.
—¡Que el diablo te lleve! —dijo—. Vámonos.
Ya estaba oscuro cuando el coche del juez de instrucción llegó a la puerta de la comisaria de policía.
—¡Qué brutos somos! —dijo Tchubikov, mientras alcanzaba la campana—. ¡Estamos molestando a la gente!
No te preocupes, no te preocupes, no te preocupes. Diremos que se rompió uno de los resortes.
Tchubikov y Dyukovsky fueron recibidos en la puerta por una mujer alta y regordeta de veintitrés años, con cejas negras como la brea y labios carnosos y rojos. Era la mismísima Olga Petrovna.
—Ah, qué bien —dijo con una sonrisa radiante—. Llegas justo a tiempo para cenar. Mi Yevgraf Kuzmitch no está en casa... Se está quedando en casa del cura. Pero podemos arreglárnoslas sin él. Siéntate. ¿Vienes de una investigación?
—Sí... Se nos ha roto un resorte, ¿sabe? —empezó Chubikov, entrando en la sala y sentándose en un sillón.
—Sorpréndela de inmediato y abrázala —le susurró Dyukovsky.
“Un manantial... eh... sí... Acabamos de llegar en coche...”.
¡Abrúmela, te digo! Lo adivinará si lo alargas.
—Oh, haz lo que quieras, pero sálvame —murmuró Tchubikov, levantándose y caminando hacia la ventana—. ¡No puedo! ¡Tú cocinaste el desastre, cómelo tú!
—Sí, el manantial —empezó Diukovsky, acercándose a la esposa del superintendente y arrugando la nariz—. No hemos venido a... eh... eh... cenar, ni a ver a Yevgraf Kuzmitch. Venimos a preguntarle, señora, ¿dónde está Mark Ivanovitch, a quien ha asesinado?
—¿Qué? ¿Qué Mark Ivanovitch? —balbuceó la esposa del superintendente, y de repente, su rostro se tiñó de rojo—. No... no lo entiendo.
¡Te lo pido en nombre de la ley! ¿Dónde está Klyauzov? ¡Lo sabemos todo!
“¿A través de quién?”, preguntó lentamente la esposa del superintendente, incapaz de mirar a Dyukovsky a los ojos.
“¡Por favor, infórmenos dónde se encuentra!”
—¿Pero cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
Lo sabemos todo. Insisto en nombre de la ley.
El juez de instrucción, animado por la confusión de la señora, se acercó a ella.
“Dínoslo y nos iremos. Si no…”
¿Qué quieres con él?
¿A qué se deben estas preguntas, señora? Le pedimos información. Está usted temblando, confundida... Sí, lo han asesinado, y si quiere, ¡lo ha asesinado usted! ¡Sus cómplices la han traicionado!
La esposa del superintendente de policía palideció.
—Ven —dijo en voz baja, retorciéndose las manos—. Está escondido en los baños. ¡Por Dios, no se lo digas a mi marido! ¡Te lo imploro! Sería demasiado para él.
La esposa del superintendente cogió una llave grande de la pared y condujo a sus visitantes por la cocina y el pasillo hasta el patio. Estaba oscuro. Caía una fina llovizna. La esposa del superintendente se adelantó. Tchubikov y Dyukovsky la siguieron a grandes zancadas entre la hierba alta, respirando el olor a cáñamo silvestre y a lodo, que chapoteaba bajo sus pies. Era un patio enorme. Pronto desaparecieron los charcos de lodo, y sus pies sintieron tierra arada. En la oscuridad vieron la silueta de los árboles, y entre ellos una casita con una chimenea torcida.
“Esta es la casa de baños”, dijo la esposa del superintendente, “pero te lo imploro, no se lo digas a nadie”.
Al acercarse a la casa de baños, Tchubikov y Dyukovsky vieron un gran candado en la puerta.
—Prepara la vela y las cerillas —le susurró Tchubikov a su asistente.
La esposa del superintendente abrió el candado y dejó entrar a los visitantes a los baños. Dyukovsky encendió una cerilla e iluminó la entrada. En el centro había una mesa. Sobre la mesa, junto a un pequeño samovar rechoncho, había una sopera con sopa de col fría y un plato con restos de salsa.
"¡Seguir!"
Entraron en la habitación contigua, el baño. Allí también había una mesa. Sobre ella había un plato grande de jamón, una botella de vodka, platos, cuchillos y tenedores.
“Pero ¿dónde está él... dónde está el hombre asesinado?”
—Está en el estante superior —susurró la esposa del superintendente, poniéndose más pálida que nunca y temblando.
Dyukovsky tomó el cabo de la vela y subió al estante superior. Allí vio un cuerpo humano alargado, inmóvil sobre un gran colchón de plumas. El cuerpo emitía un leve ronquido...
—¡Nos han tomado por tontos, maldita sea! —gritó Dyukovsky—. ¡No es él! Es un imbécil que yace aquí. ¡Hola! ¿Quién eres? ¡Maldita sea!
El cuerpo respiró con un silbido y se movió. Dyukovsky lo empujó con el codo. Levantó los brazos, se estiró y levantó la cabeza.
—¿Quién me está tocando? —preguntó una voz grave, ronca y grave—. ¿Qué quieres?
Diukovsky acercó la vela al rostro del desconocido y lanzó un grito. En la nariz carmesí, en el pelo alborotado y despeinado, en los bigotes negros como la brea, uno de los cuales estaba alegremente retorcido y apuntaba con insolencia hacia el techo, reconoció al corneta Kliaúzov.
—¡Tú... Mark... Ivanitch! ¡Imposible!
El juez de instrucción levantó la vista y quedó estupefacto.
—Soy yo, sí... ¡Y eres tú, Diukovski! ¿Qué demonios quieres aquí? ¿Y de quién es esa cara fea de ahí abajo? ¡Dios mío, es el juez de instrucción! ¿Cómo demonios has llegado hasta aquí?
Klyauzov bajó apresuradamente y abrazó a Tchubikov. Olga Petrovna salió disparada por la puerta.
¿Cómo has venido? ¡Tomemos una copa! ¡Rayos! ¡Tra-ta-ti-to-tom...! ¡Tomemos una copa! ¿Y quién te trajo? ¿Cómo supiste que estaba aquí? ¡No importa! ¡Toma una copa!
Klyauzov encendió la lámpara y sirvió tres vasos de vodka.
—La verdad es que no te entiendo —dijo el juez de instrucción, extendiendo las manos—. ¿Eres tú o no eres tú?
—Para ya... ¿Quieres darme un sermón? ¡No te molestes! ¡Dyukovski, muchacho, bébete el vodka! Amigos, pasemos... ¿Qué miran...? ¡Bebe!
—De todas formas, no lo entiendo —dijo el juez de instrucción, bebiendo su vodka mecánicamente—. ¿Por qué está aquí?
“¿Por qué no debería estar aquí si me siento cómodo aquí?”
Klyauzov bebió un sorbo de vodka y comió un poco de jamón.
Me quedo con la esposa del superintendente, como ves. En un lugar remoto entre las ruinas, como un duende casero. ¡Beber! Me dio pena, ¿sabes, viejo? Me dio pena, y bueno, aquí vivo en la casa de baños desierta, como un ermitaño... Estoy bien alimentado. La semana que viene pienso mudarme... Ya he tenido suficiente...
“¡Inconcebible!” dijo Dyukovsky.
“¿Qué hay de inconcebible en ello?”
¡Inconcebible! ¡Por Dios! ¿Cómo llegó tu bota al jardín?
"¿Qué bota?"
Encontramos una de tus botas en el dormitorio y la otra en el jardín.
¿Y para qué quieres saber eso? No es asunto tuyo. Pero bebe, ¡maldita sea! Ya que me has despertado, ¡mejor bebe! Hay una historia curiosa sobre esa bota, muchacho. No quería ir a casa de Olga. No me apetecía, ¿sabes?, había bebido demasiado... Se metió bajo la ventana y empezó a regañarme... Ya sabes cómo son las mujeres... por regla general. Como estaba borracho, me levanté y le tiré la bota. ¡Ja, ja!... «No me regañes», le dije. Se metió en la ventana, encendió la lámpara y me dio una buena paliza, porque estaba borracho. Tengo mucho que comer aquí... ¡Amor, vodka y cosas buenas! ¿Pero adónde vas? Tchubikov, ¿adónde vas?
El juez de instrucción escupió al suelo y salió de los baños. Diukovski lo siguió cabizbajo. Ambos subieron a la carreta en silencio y se marcharon. El camino nunca les había parecido tan largo y lúgubre. Ambos guardaron silencio. Tchubikov tembló de ira todo el camino. Diukovski se tapó la cara con el cuello de la camisa, como si temiera que la oscuridad y la llovizna le leyeran la vergüenza.
Al llegar a casa, el juez de instrucción encontró allí al doctor Tyutyuev. El doctor estaba sentado a la mesa, suspirando profundamente mientras hojeaba el Neva .
«Lo que está pasando en el mundo», dijo, saludando al juez de instrucción con una sonrisa melancólica. «Austria está de nuevo en marcha... y Gladstone también, en cierto modo...».
Tchubikov arrojó su sombrero debajo de la mesa y comenzó a temblar.
¡Maldito esqueleto! ¡No me molestes! Te lo he dicho mil veces: ¡no me molestes con tus políticas! ¡No es momento para política! Y en cuanto a ti —se volvió hacia Diukovski y le amenazó con el puño—, en cuanto a ti... ¡nunca lo olvidaré mientras viva!
—¡Pero el partido sueco, ya sabes! ¿Cómo iba a saberlo...?
¡Ahogáte con tu cerilla! Vete y no me irrites, o quién sabe qué te haré. Que no te vea.
Dyukovsky suspiró, cogió su sombrero y salió.
“¡Me voy a emborrachar!”, decidió mientras salía por la puerta y se dirigió abatido hacia la taberna.
Cuando la esposa del superintendente llegó a casa desde los baños, encontró a su marido en la sala de estar.
“¿A qué vino el juez de instrucción?”, preguntó su marido.
Vino a decir que habían encontrado a Klyauzov. Imagínate, lo encontraron viviendo con la esposa de otro hombre.
—¡Ah, Mark Ivanitch, Mark Ivanitch! —suspiró el comisario, levantando la vista—. ¡Te dije que la disipación no traería nada bueno! ¡Te lo dije! ¡No me hiciste caso!
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El obispo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
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EL OBISPO
I
TEl servicio vespertino se celebraba la víspera del Domingo de Ramos en el Antiguo Convento Petrovsky. Cuando comenzaron a distribuir la palma, eran casi las diez; las velas ardían tenuemente, las mechas necesitaban ser apagadas; todo estaba envuelto en una especie de niebla. En la penumbra de la iglesia, la multitud parecía agitarse como el mar, y al obispo Piotr, quien llevaba tres días enfermo, le pareció que todos los rostros —viejos y jóvenes, hombres y mujeres— eran iguales, que todos los que se acercaban a recibir la palma tenían la misma expresión en los ojos. En la niebla no podía ver las puertas; la multitud seguía moviéndose y parecía interminable. El coro femenino cantaba, una monja leía las oraciones del día.
¡Qué sofocante, qué calor! ¡Cuánto duró el servicio! El obispo Piotr estaba cansado. Respiraba con dificultad y rapidez, tenía la garganta reseca, le dolían los hombros de cansancio y le temblaban las piernas. Y le molestaba desagradablemente que un maniático religioso lanzara gritos ocasionales en la galería. Y entonces, de repente, como en un sueño o delirio, al obispo le pareció que su propia madre, María Timófievna, a quien no veía desde hacía nueve años, o alguna anciana igual a ella, se le acercaba entre la multitud y, tras tomar una rama de palma, se alejaba mirándolo con buen humor y una sonrisa amable y alegre hasta perderse entre la multitud. Y por alguna razón, las lágrimas corrían por su rostro. Había paz en su corazón, todo estaba bien, pero seguía mirando fijamente hacia el coro izquierdo, donde se leían las oraciones, donde en la penumbra de la noche no se reconocía a nadie, y... lloraba. Las lágrimas brillaban en su rostro y en su barba. Alguien cerca lloraba, luego alguien más lejos, luego otros y otros más, y poco a poco la iglesia se llenó de un suave llanto. Y poco después, a los cinco minutos, el coro de las monjas cantaba; nadie lloraba y todo era como antes.
Pronto terminó el servicio. Cuando el obispo subió a su carruaje para regresar a casa, el alegre y melodioso repique de las pesadas y costosas campanas llenaba todo el jardín a la luz de la luna. Los muros blancos, las cruces blancas sobre las tumbas, los abedules blancos y las sombras negras, y la luna lejana en el cielo justo sobre el convento, parecían vivir ahora vida propia, aparte e incomprensible, pero muy cerca del hombre. Era principios de abril, y después del cálido día de primavera, refrescó; había un ligero toque de escarcha, y el aliento de la primavera se podía sentir en el aire suave y frío. El camino del convento al pueblo era arenoso, los caballos tenían que ir al paso, y a ambos lados del carruaje, bajo la brillante y apacible luz de la luna, había gente caminando penosamente de regreso a casa desde la iglesia por la arena. Y todo estaba en silencio, sumido en sus pensamientos; Todo a nuestro alrededor parecía amable, juvenil, afín, todo: los árboles y el cielo y hasta la luna, y uno anhelaba pensar que así sería siempre.
Por fin, el carruaje entró en la ciudad y recorrió la calle principal. Las tiendas ya estaban cerradas, pero en la tienda de Erakin, el millonario comerciante, estaban probando las nuevas luces eléctricas, que parpadeaban con fuerza, y una multitud se había congregado a su alrededor. Luego vinieron calles anchas, oscuras y desiertas, una tras otra; luego la carretera principal, el campo abierto, la fragancia de los pinos. Y de repente, ante los ojos del obispo se alzó una blanca muralla con torres, y detrás, un alto campanario a la luz de la luna llena, y junto a él, cinco brillantes cúpulas doradas: este era el Monasterio Pankratievsky, donde vivía el obispo Piotr. Y allí también, en lo alto del monasterio, estaba la luna silenciosa y soñadora. El carruaje entró por la puerta, crujiendo sobre la arena; aquí y allá, a la luz de la luna, se vislumbraban oscuras figuras monásticas, y se oía el sonido de pasos sobre las losas...
“Usted sabe, Su Santidad, que su mamá llegó mientras usted estaba fuera”, informó el hermano laico al obispo mientras entraba en su celda.
¿Mi madre? ¿Cuándo llegó?
Antes del servicio vespertino. Primero preguntó dónde estabas y luego fue al convento.
—¡Entonces fue a ella a quien vi en la iglesia, hace un momento! ¡Oh, Señor!
Y el obispo rió de alegría.
—Me pidió que le dijera a Su Santidad —continuó el hermano lego— que vendría mañana. Traía a una niñita con ella, supongo que su nieta. Se alojan en la posada de Ovsyannikov.
"¿Qué hora es ahora?"
“Un poco después de las once.”
“¡Oh, qué fastidio!”
El obispo permaneció sentado un rato en la sala, dudando, como si se negara a creer que fuera tan tarde. Tenía los brazos y las piernas entumecidos, le dolía la cabeza. Tenía calor e incomodidad. Tras descansar un poco, entró en su dormitorio, y allí también se sentó un rato, pensando todavía en su madre; oía al hermano lego alejarse y al padre Sisoy tosiendo al otro lado de la pared. El reloj del monasterio dio los cuartos.
El obispo se cambió de ropa y comenzó a leer las oraciones antes de dormir. Leyó atentamente aquellas antiguas y largas oraciones familiares, y al mismo tiempo pensó en su madre. Tenía nueve hijos y unos cuarenta nietos. En una época, vivió con su esposo, el diácono, en un pueblo pobre; vivió allí mucho tiempo, desde los diecisiete hasta los sesenta años. El obispo la recordaba desde su más tierna infancia, casi desde los tres años, ¡y cuánto la había querido! ¡Una infancia dulce y preciosa, siempre recordada con cariño! ¿Por qué aquel tiempo lejano, que ya no podría volver, parecía más brillante, más pleno y más festivo de lo que realmente había sido? Cuando en su infancia o juventud había estado enfermo, ¡cuán tierna y comprensiva había sido su madre! Y ahora sus oraciones se mezclaban con los recuerdos, que brillaban cada vez con más intensidad como una llama, y las oraciones no le impedían pensar en su madre.
Cuando terminó sus oraciones, se desvistió y se acostó, e inmediatamente, tan pronto como oscureció, le vinieron a la mente su padre muerto, su madre, su pueblo natal, Lesopolye... el crujir de las ruedas, el balido de las ovejas, las campanas de la iglesia en las brillantes mañanas de verano, los gitanos bajo la ventana... ¡oh, qué dulce pensar en ello! Recordó al sacerdote de Lesopolye, el padre Simeón, apacible, gentil, bondadoso; era un hombrecillo delgado, mientras que su hijo, estudiante de teología, era un tipo corpulento y hablaba con una voz grave y estruendosa. El hijo del sacerdote había montado en cólera con la cocinera y la insultó: "¡Ah, asno de Jehud!". Y el padre Simeón, al oírlo, no dijo ni una palabra, y solo se avergonzó porque no podía recordar dónde se mencionaba semejante asno en la Biblia. Después de él, el sacerdote de Lesopolye fue el padre Demyan, quien solía beber mucho, y a veces bebía hasta ver serpientes verdes, e incluso fue apodado Demyan el Vidente. El maestro de escuela en Lesopolye fue Matvey Nikolaich, quien había sido estudiante de teología, un hombre amable e inteligente, pero él también era un borracho; nunca golpeaba a los estudiantes, pero por alguna razón siempre tenía colgado en la pared un manojo de ramitas de abedul, y debajo una inscripción en latín completamente absurda: «Betula kinderbalsamica secuta». Tenía un perro negro y peludo al que llamaba Syntax.
Y su santidad rió. A seis millas de Lesopolye se encontraba el pueblo de Obnino, con un icono milagroso. En verano, solían llevar el icono en procesión por los pueblos vecinos y tocar las campanas todo el día; primero en un pueblo y luego en otro, y al obispo le parecía entonces que la alegría vibraba en el aire, y él (en aquellos días se llamaba Pavlusha) solía seguir el icono, con la cabeza descubierta y descalzo, con una fe ingenua, con una sonrisa inocente, infinitamente feliz. En Obnino, recordaba ahora, siempre había mucha gente, y el sacerdote, el padre Alexey, para ahorrar tiempo durante la misa, solía hacer que su sobrino sordo Hilarion leyera los nombres de aquellos por cuya salud o por cuyas almas se pedían oraciones. Hilarión solía leerlos, recibiendo de vez en cuando una moneda de cinco o diez kopeks por el servicio, y solo cuando estaba canoso y calvo, cuando la vida estaba a punto de acabarse, de repente vio escrito en uno de los trozos de papel: «¡Qué tonto eres, Hilarión!». Hasta los quince años, al menos, Pavlusha era inmaduro y holgazán en sus lecciones, tanto que pensaron en sacarlo de la escuela clerical y ponerlo a trabajar en una tienda. Un día, yendo a correos en Obnino a recoger cartas, se quedó mirando fijamente a los empleados de correos durante un buen rato y preguntó: «Permítanme preguntarles, ¿cómo cobran su sueldo, mensual o diario?».
Su santidad se santiguó y se dio la vuelta hacia el otro lado, intentando dejar de pensar y conciliar el sueño.
“Mi madre ha venido”, recordó y se rió.
La luna se asomaba por la ventana, el suelo estaba iluminado y había sombras. Un grillo cantaba. Al otro lado de la pared, el padre Sisoy roncaba en la habitación contigua, y su ronquido, ya anciano, tenía un sonido que sugería soledad, desamparo, incluso vagancia. Sisoy había sido ama de llaves del obispo de la diócesis, y ahora lo llamaban «el antiguo padre ama de llaves»; tenía setenta años, vivía en un monasterio a doce millas del pueblo y también se alojaba a veces en él. Había llegado al monasterio de Pankratievsky tres días antes, y el obispo lo había retenido para que pudiera hablar con él tranquilamente sobre asuntos de negocios, sobre los preparativos del lugar...
A la una y media empezaron a tocar maitines. Se oyó al padre Sisoy toser, murmurando algo con voz descontenta, luego se levantó y anduvo descalzo por las habitaciones.
“Padre Sisoy”, llamó el obispo.
Sisoy regresó a su habitación y poco después apareció con sus botas y una vela; llevaba la sotana encima de la ropa interior y en la cabeza un solideo viejo y descolorido.
—No puedo dormir —dijo el obispo, incorporándose—. Debo estar indispuesto. Y no sé qué es. ¡Fiebre!
—Debe haberse resfriado, su santidad. Debe estar untado con sebo. —Sisoy se levantó un poco y bostezó—. Oh, Señor, perdóname, pecadora.
“Hoy en Erakin's había luz eléctrica”, dijo; “¡No me gusta!”
El padre Sisoy era viejo, delgado, encorvado, siempre insatisfecho con algo y sus ojos tenían un aspecto enojado y eran prominentes como los de un cangrejo.
—No me gusta —dijo, yéndose—. No me gusta. ¡Qué fastidio!
II
Al día siguiente, Domingo de Ramos, el obispo ofició el servicio en la catedral de la ciudad, luego visitó al obispo de la diócesis, luego a una anciana muy enferma, viuda de un general, y finalmente regresó a casa en coche. Entre la una y las dos de la tarde, recibió visitas muy bienvenidas: su madre y su sobrina Katya, una niña de ocho años. Durante toda la cena, el sol primaveral entraba a raudales por las ventanas, iluminando con su luz el mantel blanco y el cabello pelirrojo de Katya. A través de las ventanas dobles se oía el canto de los grajos y el canto de los estorninos en el jardín.
“Hace nueve años que no nos vemos”, dijo la anciana. “Y cuando te vi ayer en el monasterio, ¡Dios mío! No has cambiado nada, salvo quizás que estás más delgada y tienes la barba un poco más larga. ¡Santa Madre, Reina del Cielo! Ayer, en el servicio vespertino, nadie pudo contener las lágrimas. Yo también, al mirarte, me puse a llorar de repente, aunque no supe decir por qué. ¡Su Santa Voluntad!”
Y a pesar del tono cariñoso con que lo dijo, él pudo ver que estaba cohibida, como si no supiera si dirigirse a él formal o familiarmente, si reír o no, y que se sentía más viuda de diácono que su madre. Y Katya miró sin pestañear a su tío, su santidad, como si intentara descubrir qué clase de persona era. Su cabello se alzaba bajo la peineta y la cinta de terciopelo y resaltaba como un halo; tenía la nariz respingada y ojos astutos. La niña había roto un vaso antes de sentarse a cenar, y ahora su abuela, mientras hablaba, apartó de Katya primero una copa de vino y luego un vaso. El obispo escuchó a su madre y recordó cuántos, muchísimos años atrás ella solía llevarlos a él y a sus hermanos y hermanas a casa de parientes que consideraba ricos; en aquellos días estaba ocupada con el cuidado de sus hijos, ahora con el de sus nietos, y había traído a Katya...
—Tu hermana, Varenka, tiene cuatro hijos —le dijo—; Katya, aquí, es la mayor. Y tu cuñado, el padre Iván, enfermó, quién sabe de qué, y murió tres días antes de la Asunción; y mi pobre Varenka se quedó en la miseria.
“¿Y cómo le va a Nikanor?”, preguntó el obispo sobre su hermano mayor.
Está bien, gracias a Dios. Aunque no tiene mucho, puede vivir. Solo hay una cosa: su hijo, mi nieto Nikolasha, no quería entrar en la Iglesia; fue a la universidad para ser médico. Cree que es mejor; ¡pero quién sabe! ¡Su Santa Voluntad!
“Nikolasha corta a los muertos”, dijo Katya, derramando agua sobre sus rodillas.
—Quédate quieta, niña —dijo su abuela con calma, y le quitó el vaso de la mano—. Reza una oración y sigue comiendo.
—¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! —dijo el obispo, y acarició tiernamente la mano y el hombro de su madre—. Y te extrañé mucho cuando estabas fuera, madre, te extrañé muchísimo.
"Gracias."
“Solía sentarme por las noches junto a la ventana abierta, solo y aislado; a menudo sonaba música, y de repente me invadía la nostalgia y sentía que daría todo con tal de estar en casa y verte.”
Su madre sonrió, radiante, pero enseguida puso cara seria y dijo:
"Gracias."
Su humor cambió de repente. Miró a su madre y no comprendió cómo había adquirido ese respeto, esa expresión tímida: ¿a qué se debía? Y no la reconoció. Se sintió triste y molesto. Y entonces le dolió la cabeza igual que el día anterior; tenía las piernas terriblemente cansadas, y el pescado le parecía rancio e insípido; tenía sed constantemente...
Después de cenar, llegaron dos señoras ricas, terratenientes, y permanecieron sentadas en silencio durante una hora y media, con el rostro rígido. El archimandrita, un hombre silencioso y bastante sordo, fue a verlo por asuntos de negocios. Entonces empezaron a tocar vísperas; el sol se ponía tras el bosque y el día había terminado. Al regresar de la iglesia, rezó apresuradamente, se metió en la cama y se abrigó lo mejor posible.
Era desagradable recordar el pescado que había cenado. La luz de la luna lo inquietó, y entonces oyó una conversación. En una habitación contigua, probablemente en la sala, el padre Sisoy hablaba de política:
Hay guerra entre los japoneses ahora. Están luchando. Los japoneses, mi querida alma, son iguales a los montenegrinos; son de la misma raza. Estuvieron juntos bajo el yugo turco.
Y entonces oyó la voz de María Timofievna:
“Entonces, después de rezar y tomar té, fuimos, ya sabes, a casa del padre Yegor en Novokatnoye, así que. . .”
Y ella seguía diciendo: “habiendo tomado té” o “habiendo bebido té”, y parecía como si lo único que había hecho en su vida fuera beber té.
El obispo, lenta y lánguidamente, recordó el seminario, la academia. Durante tres años había sido profesor de griego en el seminario; para entonces, no sabía leer sin gafas. Luego se hizo monje; lo nombraron inspector escolar. Luego defendió su tesis para obtener su título. A los treinta y dos años, fue nombrado rector del seminario y consagrado archimandrita: y entonces su vida había sido tan fácil, tan placentera; parecía tan larga, tan larga, que no se vislumbraba el final. Luego empezó a enfermar, adelgazó mucho y quedó casi ciego, y por consejo de los médicos tuvo que dejarlo todo e irse al extranjero.
“¿Y entonces qué?” preguntó Sisoy en la habitación contigua.
“Luego tomamos té...” respondió Marya Timofyevna.
—¡Dios mío, tienes una barba verde! —dijo Katya de repente sorprendida y se rió.
El obispo recordó que la barba canosa del padre Sisoy en realidad tenía un tono verde y se rió.
—¡Dios se apiade de nosotros! ¡Lo que tenemos que aguantar con esta niña! —dijo Sisoy en voz alta, enfadada—. ¡Niña malcriada! ¡Siéntate tranquila!
El obispo recordaba la iglesia blanca, completamente nueva, en la que había oficiado los servicios religiosos mientras vivía en el extranjero; recordaba el sonido del cálido mar. En su apartamento tenía cinco habitaciones altas y luminosas; en su estudio, un escritorio nuevo y muchos libros. Había leído mucho y escrito a menudo. Y recordaba cuánto añoraba su tierra natal, cómo una mendiga ciega tocaba la guitarra bajo su ventana todos los días y cantaba al amor, y cómo, mientras la escuchaba, siempre, por alguna razón, pensaba en el pasado. Pero habían pasado ocho años y lo habían llamado de vuelta a Rusia, y ahora era obispo sufragáneo, y todo el pasado se había perdido en la niebla como si fuera un sueño...
El padre Sisoy entró en el dormitorio con una vela.
—¡Digo! —dijo, preguntándose—, ¿ya está durmiendo, Su Santidad?
"¿Qué es?"
—¡Pero si todavía es temprano, las diez o menos! Compré una vela hoy; quería untarte con sebo.
«Tengo fiebre...», dijo el obispo, incorporándose. «Debería tomar algo. Tengo mal la cabeza...».
Sisoy le quitó la camisa al obispo y comenzó a frotarle el pecho y la espalda con sebo.
“Así es... así es...”, dijo. “Señor Jesucristo... así es. Hoy caminé hasta el pueblo; estuve en casa de como se llama... el sumo sacerdote Sidonsky... Tomé el té con él. No me cae bien. Señor Jesucristo... Así es. No me cae bien.”
III
El obispo de la diócesis, un anciano muy gordo, padecía reumatismo o gota y llevaba más de un mes en cama. El obispo Piotr lo visitaba casi a diario y veía a todos los que acudían a pedirle ayuda. Y ahora que se encontraba mal, le impactaba la vacuidad, la trivialidad de todo lo que pedían y por lo que lloraban; le irritaba su ignorancia, su timidez; y todos estos asuntos inútiles y mezquinos lo oprimían por su volumen, y le parecía que ahora comprendía al obispo diocesano, quien en su juventud había escrito sobre «Las doctrinas del libre albedrío», y ahora parecía perdido en trivialidades, olvidado por completo y sin pensar en la religión. El obispo debía de haber perdido contacto con la vida rusa durante su estancia en el extranjero; no le resultaba fácil; los campesinos le parecían toscos, las mujeres que acudían a su ayuda, aburridas y estúpidas, los seminaristas y sus maestros, incultos y, a veces, salvajes. Y los documentos que entraban y salían se contaban por decenas de miles; ¡y qué documentos! El alto clero de toda la diócesis calificaba a los sacerdotes, jóvenes y mayores, e incluso a sus esposas e hijos, por su conducta: un cinco, un cuatro y, a veces, hasta un tres; y sobre esto tenía que hablar, leer y escribir informes serios. Y no le sobraba ni un minuto; su alma estaba turbada todo el día, y el obispo solo estaba en paz cuando estaba en la iglesia.
Tampoco podía acostumbrarse al respeto reverencial que, sin quererlo, inspiraba en la gente a pesar de su carácter tranquilo y modesto. Todos los habitantes de la provincia le parecían pequeños, asustados y culpables cuando los miraba. Todos se mostraban tímidos en su presencia, incluso los ancianos sumos sacerdotes; todos se postraban a sus pies, y no hacía mucho tiempo que una anciana, esposa de un cura de pueblo, que había ido a consultarlo, estaba tan sobrecogida que no pudo pronunciar una sola palabra y se marchó con las manos vacías. Y él, que nunca se atrevía a hablar mal de la gente en sus sermones, nunca reprochaba a nadie por su lástima, se enfurecía con quienes acudían a consultarlo, perdía los estribos y tiraba sus peticiones al suelo. Durante todo el tiempo que llevaba allí, nadie le había hablado con sinceridad, con sencillez, como a un ser humano; ¡ni siquiera su anciana madre parecía la misma! ¿Y por qué, se preguntaba, charlaba tanto con Sisoy y se reía tanto? Mientras que con él, su hijo, se mostraba seria y generalmente silenciosa y contenida, lo cual no le convenía en absoluto. La única persona que se comportaba con libertad con él y decía lo que pensaba era el viejo Sisoy, quien había pasado toda su vida en presencia de obispos y había sobrevivido a once de ellos. Y así, el obispo se sentía cómodo con él, aunque, por supuesto, era un hombre aburrido y sin sentido.
Después del servicio del martes, Su Santidad Piotr se encontraba en la casa del obispo diocesano recibiendo peticiones; se emocionó y enfureció, y luego condujo a casa. Estaba tan mal como antes; ansiaba estar en cama, pero apenas llegó a casa cuando le informaron que un joven comerciante llamado Erakin, que hacía generosas donaciones a obras de caridad, había venido a verlo por un asunto muy importante. El obispo tenía que verlo. Erakin se quedó cerca de una hora, hablando muy alto, casi gritando, y era difícil entender lo que decía.
—Dios quiera que así sea —dijo al marcharse—. ¡Imprescindible! ¡Según las circunstancias, Su Santidad! ¡Confío en que así sea!
Tras él llegó la Madre Superiora de un convento lejano. Y cuando se fue, empezaron a tocar las vísperas. Tenía que ir a la iglesia.
Por la noche, los monjes cantaron armoniosamente, con inspiración. Un joven sacerdote de barba negra dirigió el servicio; y el obispo, al oír hablar del Novio que llega a medianoche y de la Mansión Celestial adornada para la festividad, no sintió arrepentimiento por sus pecados ni tribulación, sino paz interior y tranquilidad. Y sus pensamientos lo transportaron al pasado lejano, a su infancia y juventud, cuando también solían cantar al Novio y a la Mansión Celestial; y ahora ese pasado se alzaba ante él, vivo, hermoso y alegre como probablemente nunca lo había sido. Y tal vez en el otro mundo, en la otra vida, pensemos en el pasado lejano, en nuestra vida aquí, con el mismo sentimiento. ¿Quién sabe? El obispo estaba sentado cerca del altar. Estaba oscuro; las lágrimas corrían por su rostro. Pensó que aquí había logrado todo lo que un hombre en su posición puede alcanzar; tenía fe, pero todo no estaba claro, aún le faltaba algo. No quería morir; y aún sentía que se había perdido lo más importante, algo con lo que había soñado vagamente en el pasado; y estaba perturbado por las mismas esperanzas para el futuro que había sentido en la infancia, en la academia y en el extranjero.
"¡Qué bien cantan hoy!", pensó, al escucharlos cantar. "¡Qué bonito!"
IV
El jueves celebró la misa en la catedral; era el lavatorio de pies. Al terminar el servicio y al volver la gente a sus casas, hacía sol y calor; el agua gorgoteaba en las alcantarillas, y el incesante trino de las alondras, tierno, anunciador de paz, se elevaba desde los campos de las afueras del pueblo. Los árboles ya despertaban y les sonreían en señal de bienvenida, mientras sobre ellos el infinito e insondable cielo azul se extendía en la distancia, quién sabe dónde.
Al llegar a casa, Su Santidad tomó un té, se cambió de ropa, se acostó y le dijo al hermano lego que cerrara las contraventanas. El dormitorio estaba a oscuras. ¡Pero qué cansancio, qué dolor en las piernas y la espalda, un dolor intenso y escalofriante, qué ruido en los oídos! Hacía mucho tiempo que no dormía —muchísimo tiempo, según le parecía ahora—, y un detalle insignificante que le rondaba la cabeza en cuanto cerraba los ojos le impedía conciliar el sueño. Como el día anterior, le llegaban sonidos de las habitaciones contiguas a través de las paredes: voces, el tintineo de vasos y cucharillas... Marya Timofyevna le contaba alegremente al padre Sisoy una historia con peculiares giros, mientras este respondía con voz gruñona y malhumorada: "¡Que les molesten! ¡Poco probable! ¡Y ahora qué!". Y el obispo volvió a sentirse molesto y luego dolido porque con otras personas su anciana madre se comportaba de forma sencilla y ordinaria, mientras que con él, su hijo, era tímida, hablaba poco y no decía lo que quería decir, e incluso, según creía él, durante esos tres días había intentado encontrar en su presencia una excusa para ponerse de pie, porque le daba vergüenza sentarse delante de él. ¿Y su padre? Probablemente él también, de haber vivido, no habría podido pronunciar palabra en presencia del obispo...
Algo cayó al suelo en la habitación contigua y se rompió; Katya debió haber dejado caer una taza o un platillo, porque el padre Sisoy de repente escupió y dijo enojado:
¡Qué incordio es esta niña! ¡Señor, perdona mis faltas! ¡Es imposible mantenerla!
Entonces todo quedó en silencio; los únicos sonidos provenían del exterior. Y cuando el obispo abrió los ojos, vio a Katya en su habitación, inmóvil, mirándolo fijamente. Su cabello rojo, como siempre, se erizaba bajo el peine como un halo.
"¿Eres tú, Katya?", preguntó. "¿Quién es el de abajo que no para de abrir y cerrar la puerta?"
«No lo oigo», respondió Katya; y escuchó.
“Allí, alguien acaba de pasar.”
—Pero eso fue un ruido en tu estómago, tío.
Él se rió y le acarició la cabeza.
—Entonces, ¿dices que el primo Nikolasha corta en pedazos a los muertos? —preguntó después de una pausa.
“Sí, está estudiando.”
“¿Y es amable?”
—Sí, es amable. Pero bebe vodka fatal.
“¿Y de qué murió tu padre?”
Papá estaba débil y muy, muy delgado, y de repente le dolió la garganta. Yo también estaba enfermo entonces, y mi hermano Fedia; todos teníamos problemas de garganta. Papá murió, tío, y nos recuperamos.
Su barbilla comenzó a temblar y las lágrimas brillaron en sus ojos y corrieron por sus mejillas.
—Santidad —dijo con voz chillona, llorando ya amargamente—, tío, madre y todos nosotros estamos muy desdichados... Denos un poco de dinero... tenga la bondad... querido tío...
Él también se conmovió hasta las lágrimas, y durante un buen rato estuvo demasiado conmovido para hablar. Entonces le acarició la cabeza, le dio unas palmaditas en el hombro y dijo:
Muy bien, muy bien, hija mía. Cuando llegue la santa Pascua, lo hablaremos... Te ayudaré... Te ayudaré...
Su madre entró silenciosa y tímidamente y rezó ante el icono. Al notar que no dormía, dijo:
¿No quieres un poco de sopa?
“No, gracias”, respondió, “no tengo hambre”.
Pareces estar indispuesta, ahora que te miro. Ya lo creo; ¡quizás estés enferma! Todo el día de pie, todo el día... ¡Y, Dios mío, me duele el corazón solo de mirarte! Bueno, ya falta poco para la Pascua; entonces descansarás, si Dios quiere. Luego charlaremos también, pero ahora no te voy a molestar con mi charla. Ven, Katya; deja que Su Santidad duerma un poco.
Y recordó cómo, hacía mucho tiempo, cuando era niño, ella le había hablado exactamente así, en el mismo tono burlón y respetuoso, con un dignatario de la Iglesia... Solo por sus ojos extraordinariamente amables y la mirada tímida y ansiosa que le dirigió al salir de la habitación, uno podría haber adivinado que era su madre. Cerró los ojos y pareció dormir, pero oyó dos veces las campanadas del reloj y al padre Sisoy tosiendo al otro lado de la pared. Y una vez más entró su madre y lo miró tímidamente un minuto. Alguien subió a la escalera, según pudo oír, en un carruaje o en una calesa. De repente, un golpe, un portazo, el hermano lego entró en el dormitorio.
“Su Santidad”, llamó.
"¿Bien?"
“Los caballos están aquí; es hora del servicio vespertino”.
"¿Qué hora es?"
“Las siete y cuarto.”
Se vistió y se dirigió a la catedral. Durante los doce evangelios, tuvo que permanecer inmóvil en medio de la iglesia, y el primer evangelio, el más largo y hermoso, lo leyó él mismo. Una sensación de confianza y valentía lo invadió. Ese primer evangelio, «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre», se lo sabía de memoria; y mientras leía, levantaba la vista de vez en cuando y veía a ambos lados un mar perfecto de luces y oía el crepitar de las velas; pero, como en años anteriores, no podía ver a la gente, y le parecía que todos eran los mismos que lo habían rodeado en aquellos días, en su infancia y juventud; que serían los mismos cada año, hasta que solo Dios supiera.
Su padre había sido diácono, su abuelo sacerdote, su bisabuelo diácono, y toda su familia, quizá desde la época en que el cristianismo fue aceptado en Rusia, había pertenecido al sacerdocio; y su amor por los servicios religiosos, por el sacerdocio, por el repique de las campanas, era profundo en él, imborrable, innato. En la iglesia, sobre todo cuando participaba en el servicio, se sentía vigoroso, de buen ánimo, feliz. Así era ahora. Solo después de leer el octavo evangelio, sintió que su voz se debilitaba; incluso su tos era inaudible. La cabeza le había empezado a doler intensamente y le preocupaba el temor de caerse. Y tenía las piernas entumecidas, de modo que poco a poco dejó de sentirlas y no entendía cómo ni sobre qué se sostenía, ni por qué no se caía...
Eran las doce menos cuarto cuando terminó el servicio. Al llegar a casa, el obispo se desvistió y se acostó de inmediato sin siquiera rezar. No podía hablar y sentía que no podría haberse levantado. Al cubrirse la cabeza con la colcha, sintió un repentino anhelo de estar fuera, ¡un anhelo insoportable! Sintió que daría su vida por no ver esas persianas baratas y miserables, esos techos bajos, por no oler ese fuerte olor a monasterio. ¡Si tan solo hubiera habido una persona con quien pudiera hablar, con quien pudiera abrir su corazón!
Durante un buen rato oyó pasos en la habitación contigua y no supo de quién eran. Por fin, la puerta se abrió y entró Sisoy con una vela y una taza de té en la mano.
—¿Ya está en cama, su santidad? —preguntó—. Aquí he venido a frotarla con alcohol y vinagre. Una buena frotación hace mucho bien. ¡Señor Jesucristo!... Así es... así es... Acabo de estar en nuestro monasterio... No me gusta. Me voy de aquí mañana, su santidad; no quiero quedarme más tiempo. Señor Jesucristo... Así es...
Sisoy nunca podía permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, y se sentía como si hubiera pasado un año entero en el Monasterio Pankratievsky. Sobre todo, al escucharlo, le costaba entender dónde estaba su hogar, si le importaba algo o alguien, si creía en Dios... Él mismo no sabía por qué era monje, y, de hecho, no pensaba en ello, y el momento en que se convirtió en monje había desaparecido hacía tiempo de su memoria; parecía como si hubiera nacido monje.
“Me voy mañana; Dios esté con todos ellos.”
“Me gustaría hablar contigo... No tengo tiempo”, dijo el obispo en voz baja, con esfuerzo. “No conozco nada ni a nadie aquí...”.
Me quedaré hasta el domingo si quieres; así sea, pero no quiero quedarme más tiempo. ¡Estoy harta de ellos!
—No debería ser obispo —dijo el obispo en voz baja—. Debería haber sido cura de pueblo, diácono... o simplemente monje... Todo esto me oprime... me oprime.
—¿Qué? Señor Jesucristo... Así es. ¡Venga, duerma bien, su santidad!... ¿De qué sirve hablar? No sirve de nada. ¡Buenas noches!
El obispo no durmió en toda la noche. A las ocho de la mañana empezó a tener una hemorragia intestinal. El hermano lego, alarmado, corrió primero a ver al archimandrita y luego al médico del monasterio, Iván Andréievich, que vivía en el pueblo. El médico, un anciano corpulento con una larga barba canosa, examinó al obispo durante un largo rato, negando con la cabeza y frunciendo el ceño, y luego dijo:
“¿Sabe usted, Su Santidad, que tiene fiebre tifoidea?”
Al cabo de una hora aproximadamente de hemorragia, el obispo parecía mucho más delgado, más pálido y demacrado; su cara parecía arrugada, sus ojos parecían más grandes, y parecía más viejo, más bajo, y le parecía que era más delgado, más débil, más insignificante que nadie, que todo lo que había sido se había retirado muy, muy lejos y que nunca volvería a suceder ni se repetiría.
«¡Qué bien!», pensó, «¡qué bien!»
Llegó su anciana madre. Al ver su rostro arrugado y sus grandes ojos, se asustó, se arrodilló junto a la cama y empezó a besarle la cara, los hombros, las manos. Y a ella también le pareció que era más delgado, más débil y más insignificante que nadie, y ahora olvidaba que era obispo y lo besaba como si fuera un niño muy querido.
—Pavlusha, querido —dijo—; ¡mi querido hijo!... ¿Por qué te pones así? ¡Pavlusha, respóndeme!
Katya, pálida y severa, permanecía a su lado, incapaz de comprender qué le pasaba a su tío, por qué su abuela tenía esa expresión de sufrimiento, por qué decía cosas tan tristes y conmovedoras. Para entonces, él no podía articular palabra, no entendía nada, y se imaginaba que era un hombre común y corriente, que caminaba deprisa y alegremente por los campos, golpeando el suelo con su bastón, mientras sobre él se extendía el cielo abierto bañado por el sol, y que ahora era libre como un pájaro y podía ir a donde quisiera.
—Pavlusha, mi querido hijo, respóndeme —decía la anciana—. ¿Qué pasa? ¡Es mío!
—No molesten a su santidad —dijo Sisoy enfadada, paseándose por la habitación—. Déjenlo dormir... ¿para qué?... no sirve de nada...
Llegaron tres médicos, se consultaron y se marcharon. El día fue largo, increíblemente largo, luego llegó la noche y transcurrió lentamente, lentamente, y hacia la mañana del sábado, el hermano lego se acercó a la anciana madre, que estaba tumbada en el sofá de la sala, y le pidió que fuera al dormitorio: el obispo acababa de exhalar su último suspiro.
Al día siguiente era Domingo de Pascua. Había cuarenta y dos iglesias y seis monasterios en la ciudad; el sonoro y alegre tañido de las campanas se cernía sobre la ciudad desde la mañana hasta la noche, incesantemente, estremeciendo el aire primaveral; los pájaros cantaban, el sol brillaba con fuerza. La gran plaza del mercado bullía: los columpios se movían, los organillos sonaban, los acordeones chirriaban, las voces de los borrachos gritaban. Después del mediodía, la gente empezó a recorrer la calle principal en coche.
En resumen, todo era alegría, todo era satisfactorio, tal como había sido el año anterior y como será con toda probabilidad el año que viene.
Un mes después se nombró un nuevo obispo sufragáneo, y nadie volvió a pensar en el obispo Piotr, y después fue completamente olvidado. Y solo la anciana madre del difunto, que vive hoy con su yerno, el diácono, en un pequeño y remoto pueblo del distrito, cuando sale de noche a recoger su vaca y se encuentra con otras mujeres en el pasto, empieza a hablar de sus hijos y nietos, y dice que tuvo un hijo obispo, y esto lo dice tímidamente, temerosa de que no la crean...
Y, de hecho, hay algunos que no le creen.
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LA CARTA
TEl superintendente eclesiástico del distrito, su reverendo padre Fiódor Orlov, un hombre apuesto y bien alimentado de cincuenta años, serio e importante como siempre, con una expresión habitual de dignidad que nunca abandonaba su rostro, caminaba de un lado a otro en su pequeño salón, extremadamente agotado, y pensando intensamente en lo mismo: "¿Cuándo se irá su visitante?". El pensamiento lo preocupó y no lo abandonó ni un minuto. El visitante, el padre Anastasio, sacerdote de uno de los pueblos cercanos a la ciudad, había ido a verlo tres horas antes por un asunto muy desagradable y tedioso, se había quedado y se había quedado, ahora estaba sentado en un rincón ante una pequeña mesa redonda con el codo apoyado en un grueso libro de cuentas, y aparentemente no pensaba irse, aunque eran casi las nueve de la noche.
No todos saben cuándo callar y cuándo irse. Con frecuencia, incluso diplomáticos de buena cuna no se dan cuenta de que su presencia despierta un sentimiento parecido al odio en su exhausto u ocupado anfitrión, y que este sentimiento se oculta con esfuerzo y se disfraza con una mentira. Pero el padre Anastasy lo percibió claramente y se dio cuenta de que su presencia era pesada e inapropiada, que su reverencia, quien había celebrado un servicio matutino por la noche y una larga misa al mediodía, estaba exhausto y anhelaba descansar; a cada minuto quería levantarse e irse, pero no se levantó, sino que siguió sentado como si esperara algo. Era un anciano de sesenta y cinco años, prematuramente envejecido, de figura encorvada y huesuda, rostro hundido y piel oscura propia de la vejez, párpados rojos y espalda larga y estrecha como la de un pez; Vestía una elegante sotana de color lila claro, pero demasiado grande para él (regalo de la viuda de un joven sacerdote recientemente fallecido), un abrigo de paño con un ancho cinturón de cuero y unas botas altas y toscas, cuyo tamaño y color mostraban claramente que el padre Anastasy prescindía de los chanclos. A pesar de su posición y su venerable edad, había algo lastimoso, oprimido y humillado en sus ojos rojos y sin brillo, en los mechones de pelo gris con un matiz verdoso en la nuca, y en los grandes omóplatos de su encorvada espalda... Permanecía sentado en silencio, tosiendo con circunspección, como si temiera que el sonido de su tos hiciera más notoria su presencia.
El anciano había venido a ver a Su Reverencia por negocios. Dos meses antes se le había prohibido oficiar hasta nuevo aviso, y su caso estaba siendo investigado. Sus defectos eran numerosos. Era intemperante en sus hábitos, se peleó con el resto del clero y la comuna, y llevaba los registros y las cuentas de la iglesia con descuido: estos eran los cargos formales contra él; pero además, desde hacía tiempo corrían rumores de que celebraba matrimonios ilícitos por dinero y vendía certificados de ayuno y sacramento a funcionarios y oficiales que acudían a él desde la ciudad. Estos rumores se mantenían con mayor insistencia: era pobre y tenía nueve hijos a su cargo, tan incompetentes y fracasados como él. Los hijos eran malcriados y sin educación, y se quedaban en casa sin hacer nada, mientras que las hijas eran feas y no se casaban.
Al no tener fuerza moral para ser abierto, Su Reverencia caminaba de un lado a otro de la habitación y no decía nada o hablaba en insinuaciones.
—Entonces, ¿no vas a ir a casa esta noche? —preguntó, deteniéndose cerca de la ventana oscura y metiendo el dedo meñique en la jaula donde dormía un canario con las plumas erizadas.
El padre Anastasy se sobresaltó, tosió con cautela y dijo rápidamente:
¿A casa? No me interesa, Fiódor Ilich. No puedo oficiar, como sabes, así que ¿qué hago allí? Vine a propósito para no tener que mirar a la gente a la cara. Da vergüenza no oficiar, como sabes. Además, tengo asuntos aquí, Fiódor Ilich. Mañana, después de romper el ayuno, quiero hablarlo a fondo con el padre encargado de la investigación.
—¡Ah!... —bostezó su Reverencia—, ¿y dónde se hospeda usted?
"En casa de Zyavkin."
El padre Anastasy recordó de repente que dentro de dos horas su reverencia debía asistir al servicio de la noche de Pascua, y se sintió tan avergonzado de su inoportuna y pesada presencia que decidió irse de inmediato y dejar descansar al exhausto hombre. Y el anciano se levantó para irse. Pero antes de despedirse, se aclaró la garganta un minuto y miró inquisitivamente la espalda de su reverencia, aún con la misma expresión de vaga expectación en toda su figura; su rostro se llenaba de vergüenza, timidez y una lastimera risa forzada, como la que se ve en quienes no se respetan a sí mismos. Agitando la mano, por así decirlo, con resolución, dijo con una risa ronca y temblorosa:
«Padre Fiódor, hazme un favor más: pídeles que, al despedirme, me den... un vasito de vodka».
—No es momento de beber vodka —dijo Su Reverencia con severidad—. Hay que tener un poco de respeto por la decencia.
El Padre Anastasy estaba aún más abrumado por la confusión; rió y, olvidando su resolución de irse, se dejó caer en su silla. Su Reverencia observó su rostro desamparado y avergonzado, y su figura encorvada, y sintió lástima por el anciano.
—Dios mío, mañana tomaremos una copa —dijo, para suavizar su firme negativa—. Todo es bueno a su debido tiempo.
Su Reverencia creía en la reforma de la gente, pero ahora que un sentimiento de compasión se había encendido en él, le parecía que este anciano deshonrado y desgastado, enredado en una red de pecados y debilidades, estaba destrozado sin esperanza, que no había poder en la tierra que pudiera enderezar su columna vertebral, dar brillo a sus ojos y restringir la risa tímida y desagradable que reía a propósito para suavizar en cierta medida la impresión repulsiva que causaba en la gente.
El anciano le pareció ahora al Padre Fiódor no culpable ni cruel, sino humillado, insultado, desdichado; su Reverencia pensó en su mujer, en sus nueve hijos, en el sucio y mendigo asilo de Zyavkin; pensó por alguna razón en la gente que se alegra de ver a los sacerdotes ebrios y a las personas con autoridad descubiertas en crímenes; y pensó que lo mejor que el Padre Anastasio podía hacer ahora era morir lo antes posible y partir de este mundo para siempre.
Se oyó un sonido de pasos.
—Padre Fiódor, ¿no descansa usted? —preguntó una voz grave desde el pasillo.
—No, diácono; pase.
El colega de Orlov, el diácono Liubimov, un hombre de edad avanzada, con una gran calva en lo alto de la cabeza, aunque su pelo todavía era negro y aún tenía un aspecto vigoroso, con cejas negras y espesas como las de un georgiano, entró. Hizo una reverencia al padre Anastasy y se sentó.
“¿Qué buenas noticias traéis?” preguntó Su Reverencia.
—¿Qué buenas noticias? —respondió el diácono, y tras una pausa, continuó con una sonrisa—: Cuando tus hijos son pequeños, tus problemas son pequeños; cuando tus hijos son grandes, tus problemas son grandes. Suceden tantas cosas, Padre Fiódor, que no sé qué pensar. Es una auténtica farsa, eso es lo que es.
Hizo otra breve pausa, sonrió aún más ampliamente y dijo:
Nikolai Matveyitch regresó hoy de Járkov. Me ha estado hablando de mi Piotr. Me dice que lo ha visitado dos veces.
—¿Qué te ha estado diciendo entonces?
Me ha disgustado, Dios lo bendiga. Quería complacerme, pero pensándolo bien, me di cuenta de que no hay mucho de qué alegrarse. Debería lamentarme más que alegrarme... «Tu Petrushka», dijo, «vive con gran estilo. Ahora está muy por encima de nosotros», añadió. «Bueno, gracias a Dios», dije. «Cené con él», añadió, «y vi toda su vida. Vive como un caballero», añadió; «no podría desear vivir mejor». Como era de esperar, me interesé y pregunté: «¿Y qué cenaste?». «Primero», dijo, «un plato de pescado, algo así como sopa de pescado, luego lengua con guisantes», y luego añadió: «pavo asado». «¿Pavo en Cuaresma? Eso sí que me alegra», dije. «¿Pavo en Cuaresma? ¿Eh?».
—No hay nada de maravilloso en eso —dijo Su Reverencia, entrecerrando los ojos con ironía. Y metiendo ambos pulgares en el cinturón, se irguió y dijo con el tono con el que solía pronunciar discursos o dar lecciones de Sagrada Escritura a los alumnos de la escuela del distrito: —Quienes no ayunan se dividen en dos categorías: algunos lo hacen por negligencia, otros por infidelidad. Su Piotr no lo hace por infidelidad. Sí.
El diácono miró tímidamente el rostro severo del padre Fiódor y dijo:
Lo peor está por venir... Hablamos y discutimos de todo, y resultó que el infiel de mi hijo vive con una madame, la esposa de otro. Ella hace de esposa y anfitriona en su piso, sirve el té, recibe visitas y todo lo demás, como si fuera su legítima esposa. Lleva más de dos años bailando con esta víbora. Es una auténtica farsa. Llevan tres años viviendo juntos y no tienen hijos.
—¡Supongo que han estado viviendo en castidad! —rió entre dientes el padre Anastasio, tosiendo roncamente—. Hay niños, padre diácono, los hay, ¡pero no los tienen en casa! ¡Los envían a la casa de expósitos! ¡Je, je, je!... Anastasio siguió tosiendo hasta atragantarse.
—No se meta, Padre Anastasio —dijo Su Reverencia con severidad.
Nikolai Matveyitch le preguntó: "¿Quién es esta señora que sirve la sopa en tu mesa?" —continuó el diácono, observando con tristeza la figura encorvada de Anastasy—. "Es mi esposa", dijo. "¿Cuándo fue tu boda?", le preguntó Nikolai Matveyitch, y Piotr respondió: "Nos casamos en el restaurante de Kulikov".
Los ojos de Su Reverencia brillaron de ira y se ruborizó. Aparte de su pecaminosidad, Piotr no era una persona que le agradara. El Padre Fiódor le guardaba, como dicen, rencor. Lo recordaba de niño en la escuela; lo recordaba con claridad, porque incluso entonces le había parecido anormal. De colegial, Petrushka se avergonzaba de servir en el altar, se ofendía al ser abordado sin ceremonia, no se santiguaba al entrar en la habitación y, lo que era aún más notable, le gustaba hablar mucho y con vehemencia; y, en opinión del Padre Fiódor, hablar mucho era indecoroso en los niños y les era perjudicial; además, Petrushka había adoptado una actitud despectiva y crítica hacia la pesca, una actividad a la que tanto Su Reverencia como el diácono eran muy aficionados. Cuando era estudiante, Piotr no iba a la iglesia en absoluto, dormía hasta el mediodía, miraba a la gente por encima del hombro y se dedicaba a plantear cuestiones delicadas e insolubles con un entusiasmo peculiarmente provocador.
—¿Qué quieres? —preguntó Su Reverencia, acercándose al diácono y mirándolo con enojo—. ¿Qué quieres? ¡Era de esperar! Siempre supe y estuve convencido de que nada bueno saldría de tu Piotr. Te lo dije y te lo repito ahora. ¡Lo que has sembrado, eso debes cosechar! ¡Cosecharlo!
—Pero ¿qué he sembrado, Padre Fiódor? —preguntó suavemente el diácono, mirando a su Reverencia.
¿Quién tiene la culpa sino tú? ¡Eres su padre, él es tu hijo! Debiste haberlo amonestado, haberle inculcado el temor de Dios. ¡A un niño hay que educarlo! Lo trajiste al mundo, pero no lo educaste correctamente. ¡Es un pecado! ¡Está mal! ¡Es una vergüenza!
Su Reverencia olvidó su cansancio, paseó de un lado a otro y siguió hablando. Gotas de sudor brotaron de la cabeza calva y la frente del diácono. Levantó la vista hacia su Reverencia con expresión de culpa y dijo:
Pero ¿acaso no lo eduqué yo, Padre Fiódor? ¡Que Dios se apiade de nosotros! ¿Acaso no he sido un padre para mis hijos? Tú mismo sabes que no escatimé nada por su bien; he rezado y me he esforzado al máximo toda mi vida para darle una educación completa. Fue al instituto, le conseguí tutores y se graduó en la universidad. Y en cuanto a mi incapacidad para influir en su mente, Padre Fiódor, ¡pues, puedes juzgar por ti mismo que no estoy capacitado para hacerlo! A veces, cuando venía aquí de estudiante, empezaba a amonestarlo a mi manera, y no me hacía caso. Le decía: «Ve a la iglesia», y él respondía: «¿Para qué?». Empezaba a explicarle, y él decía: «¿Por qué? ¿Para qué?». O me daba una palmada en el hombro y decía: «Todo en este mundo es relativo, aproximado y condicional. Yo no sé nada, y tú tampoco, papá».
El padre Anastasy rió roncamente, se aclaró la garganta y agitó los dedos en el aire como si se dispusiera a decir algo. Su Reverencia lo miró y dijo con severidad:
—No interfieras, padre Anastasy.
El anciano rió, sonrió radiante y, evidentemente, escuchó con agrado al diácono, como si se alegrara de que hubiera otros pecadores en este mundo además de él. El diácono habló con sinceridad, con el corazón dolido, y hasta se le saltaron las lágrimas. El padre Fiódor sintió lástima por él.
—Tienes la culpa, diácono, tienes la culpa —dijo, pero no con tanta severidad ni vehemencia como antes—. Si pudiste engendrarlo, deberías saber instruirlo. Debiste haberlo educado desde niño; de nada sirve intentar corregir a un alumno.
Siguió un silencio; el diácono juntó las manos y dijo con un suspiro:
“¡Pero sabes que tendré que responder por él!”
“¡Seguro que lo harás!”
Después de un breve silencio, Su Reverencia bostezó y suspiró al mismo tiempo y preguntó:
“¿Quién está leyendo los ‘Hechos’?”
Yevstrat. Yevstrat siempre los lee.
El diácono se levantó y, mirando suplicante a Su Reverencia, preguntó:
«Padre Fiódor, ¿qué debo hacer ahora?»
—Haz lo que quieras; tú eres su padre, no yo. Tú deberías saberlo mejor.
—¡No sé nada, Padre Fiódor! ¡Dime qué hacer, por Dios! ¡Créelo! ¡Tengo el corazón hecho polvo! No puedo dormir ni estar tranquilo, y las vacaciones no serán vacaciones para mí. ¡Dime qué hacer, Padre Fiódor!
“Escríbele una carta.”
¿Qué le escribiré?
Escríbele que no debe seguir así. Escribe conciso, pero con severidad y precisión, sin suavizar ni disimular su culpa. Es tu deber paternal; si escribes, habrás cumplido con tu deber y estarás en paz.
Es cierto. Pero ¿qué le escribiré, con qué propósito? Si le escribo, me responderá: "¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué es pecado?".
El padre Anastasio rió otra vez con voz ronca y agitó los dedos.
—¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por qué es pecado? —empezó con voz chillona—. Una vez, estaba confesando a un caballero y le dije que confiar demasiado en la Divina Misericordia es pecado; y me preguntó: «¿Por qué?». Intenté responderle, pero... —Anastasy se dio una palmada en la frente—. No tenía nada aquí. ¡Je, je, je!...
Las palabras de Anastasy, su risa ronca y estridente ante lo que no era risible, tuvieron un efecto desagradable en su Reverencia y en el diácono. El primero estuvo a punto de decir «No te metas» de nuevo, pero no lo dijo, solo frunció el ceño.
“No puedo escribirle”, suspiró el diácono.
“Si tú no puedes, ¿quién podrá?”
—¡Padre Fiodor! —dijo el diácono, ladeando la cabeza y apretándose el corazón con la mano—. Soy un hombre inculto y torpe, mientras que el Señor te ha concedido juicio y sabiduría. Tú lo sabes todo y lo entiendes todo. Tú puedes con todo, mientras que yo no sé articular mis palabras con sensatez. Sé generoso. Enséñame a escribir la carta. Enséñame qué decir y cómo decirlo...
¿Qué hay que enseñar? No hay nada que enseñar. Siéntate y escribe.
¡Oh, hágame el favor, Padre Fiódor! ¡Se lo suplico! Sé que se asustará y atenderá su carta, porque, verá, usted también es un hombre culto. ¡Sea tan amable! Me sentaré y usted me dictará. Sería un pecado escribir mañana, pero ahora sería el momento; así estaría más tranquilo.
Su Reverencia observó el rostro implorante del diácono, pensó en el desagradable Piotr y consintió en dictar. Hizo que el diácono se sentara a su mesa y comenzó.
“Bueno, escribe... 'Cristo ha resucitado, querido hijo...' signo de exclamación. 'Me han llegado rumores, tu padre', y luego, entre paréntesis, 'de qué fuente no te incumbe...' Cierra el paréntesis... ¿Lo has escrito? «Que llevas una vida incompatible con las leyes de Dios y del hombre. Ni la comodidad lujosa, ni el esplendor mundano, ni la cultura con la que intentas disfrazarlo exteriormente, pueden ocultar tu estilo de vida pagano. De nombre eres cristiano, pero en realidad eres un pagano tan lamentable y miserable como todos los demás paganos; más miserable, de hecho, viendo que aquellos paganos que no conocen a Cristo están perdidos por la ignorancia, mientras que tú estás perdido en que, poseyendo un tesoro, lo descuidas. No enumeraré aquí tus vicios, que conoces muy bien; diré que veo la causa de tu ruina en tu infidelidad. Te crees sabio, te jactas de tu conocimiento de la ciencia, pero te niegas a ver que la ciencia sin fe, lejos de elevar al hombre, en realidad lo degrada al nivel de un animal inferior, ya que...». Toda la carta estaba en este tono.
Cuando terminó de escribirlo, el diácono lo leyó en voz alta, sonrió radiante y saltó.
—¡Es un regalo, es un verdadero regalo! —dijo, juntando las manos y mirando con entusiasmo a su Reverendo—. ¡Pensar que el Señor nos concede un regalo así! ¿Eh? ¡Madre mía! Creo que no podría escribir una carta así ni en cien años. ¡Que Dios te salve!
El padre Anastasio también estaba entusiasmado.
—No se podría escribir así sin un don —dijo, levantándose y meneando los dedos—. ¡Ese no podría! Su retórica haría tropezar a cualquier filósofo y lo callaría. ¡Intelecto! ¡Intelecto brillante! Si no estuviera casado, padre Fiódor, ¡hace mucho que sería obispo!
Tras desahogar su ira en una carta, Su Reverencia se sintió aliviada; la fatiga y el agotamiento volvieron a él. El diácono era un viejo amigo, y Su Reverencia no dudó en decirle:
Bueno, diácono, vete, y que Dios te bendiga. Dormiré media hora en el sofá; necesito descansar.
El diácono se fue y se llevó a Anastasy. Como siempre en Nochebuena, la calle estaba oscura, pero el cielo brillaba con estrellas brillantes y luminosas. Había un aroma a primavera y fiesta en el aire suave y sereno.
—¿Cuánto tiempo estuvo dictando? —preguntó el diácono con admiración—. ¡Diez minutos, no más! A otro le habría llevado un mes escribir una carta así. ¡Eh! ¡Qué mente! ¡Una mente que no sé cómo llamarla! ¡Es una maravilla! ¡Realmente es una maravilla!
—¡Educación! —suspiró Anastasy mientras cruzaba la calle embarrada, alzándose la sotana hasta la cintura—. No nos corresponde compararnos con él. Nosotros venimos de la clase sacrista, mientras que él ha recibido una educación erudita. Sí, es un hombre de verdad, no lo podemos negar.
¡Y escucha cómo leerá el Evangelio en latín en la misa de hoy! Sabe latín y sabe griego... ¡Ay, Petrushka, Petrushka! —dijo el diácono, recordando de repente—. ¡Eso le hará rascarse la cabeza! ¡Eso le callará la boca, eso le hará comprender! Ahora no preguntará por qué. ¡Es como si un ingenio superara a otro! ¡Jajaja!
El diácono rió alegre y ruidosamente. Desde que le escribió la carta a Piotr, se había vuelto más sereno y alegre. La conciencia de haber cumplido con su deber como padre y su fe en el poder de la carta le habían devuelto la alegría y el buen humor.
“Piotr significa piedra”, dijo al entrar en su casa. “Mi Piotr no es una piedra, sino un trapo. Una víbora se le ha pegado y la mima, y no tiene el valor de echarla. ¡Tfoo! ¡Pensar que hay mujeres así, Dios me perdone! ¿Eh? ¿Es que no tiene vergüenza? Se le ha pegado al muchacho, se le ha pegado, y lo tiene atado a las faldas de su delantal... ¡Maldita sea!”
“¿Tal vez no es ella quien lo retiene a él, sino él a ella?”
¡De todas formas, es una descarada! No es que esté defendiendo a Pyotr... Se dará cuenta. ¡Leerá la carta y se rascará la cabeza! ¡Arderá de vergüenza!
Es una carta espléndida, pero usted sabe que no la enviaría, Padre Diácono. Déjelo en paz.
“¿Qué?” dijo el diácono desconcertado.
—¡Pues...! ¡No lo envíes, diácono! ¿Qué sentido tiene? Supongamos que lo envías; él lo lee, y... ¿y entonces qué? Solo lo molestarás. ¡Perdónalo! ¡Déjalo en paz!
El diácono miró con sorpresa el rostro moreno de Anastasio, su sotana desabotonada, que en la oscuridad parecía alas, y se encogió de hombros.
"¿Cómo puedo perdonarlo así?", preguntó. "¡Tendré que responder por él ante Dios!"
Aun así, perdónalo de todos modos. ¡De verdad! Y Dios te perdonará por tu bondad con él.
—Pero es mi hijo, ¿no? ¿No debería enseñarle?
¿Enseñarle? Claro, ¿por qué no? Puedes enseñarle, pero ¿por qué llamarlo pagano? Le dolerá, ¿sabes, diácono?
El diácono era viudo y vivía en una casita con tres ventanas. Su hermana mayor, solterona, cuidaba de la casa, aunque hacía tres años que había perdido el uso de las piernas y estaba confinada en cama; le tenía miedo, la obedecía y no hacía nada sin su consejo. El padre Anastasio entró con él. Al ver la mesa ya servida con pasteles de Pascua y huevos rojos, rompió a llorar por alguna razón, probablemente pensando en su propia casa, y para burlarse de sus lágrimas, enseguida rió con voz ronca.
—Sí, pronto romperemos el ayuno —dijo—. Sí... no estaría de más, diácono, tomar un vasito ahora. ¿Podemos? Lo beberé para que la anciana no me oiga —susurró, mirando de reojo hacia la puerta.
Sin decir palabra, el diácono le acercó una licorera y una copa de vino. Desdobló la carta y comenzó a leerla en voz alta. Y ahora la carta le complacía tanto como cuando Su Reverencia se la había dictado. Sonrió de placer y meneó la cabeza, como si hubiera saboreado algo muy dulce.
—¡Ah, qué carta! —dijo—. Petrushka jamás soñó con una carta así. Es justo lo que necesita, algo que le dé un ataque de fiebre...
—¡Sabe, diácono, no lo envíe! —dijo Anastasy, sirviéndose un segundo vaso de vodka como inconscientemente—. ¡Perdónelo, déjelo en paz! Le digo... lo que realmente pienso. Si su propio padre no puede perdonarlo, ¿quién lo perdonará? Y así vivirá sin perdón. Piense, diácono: habrá muchos que lo castiguen sin usted, ¡pero debería buscar a alguien que tenga compasión de su hijo! Tomaré... Tomaré... solo uno más. El último, anciano... Siéntese y escríbale directamente: "¡Te perdono, Piotr!". ¡Lo entenderá! ¡Lo sentirá! Lo entiendo por mí mismo, ¿ves, anciano... diácono, quiero decir? Cuando vivía como los demás, no tenía mucho de qué preocuparme, pero ahora que perdí la imagen y la apariencia, solo me importa una cosa: que la gente buena me perdone. Y recuerda también que no es a los justos, sino a los pecadores a quienes debemos perdonar. ¿Por qué deberías perdonar a tu anciana si no es pecadora? No, debes perdonar a un hombre cuando es un espectáculo triste... ¡sí!
Anastasy apoyó la cabeza en el puño y se hundió en sus pensamientos.
—Es terrible, diácono —suspiró, luchando evidentemente con el deseo de tomar otra copa—. ¡Es terrible! En pecado me parió mi madre, en pecado he vivido, en pecado moriré... ¡Que Dios me perdone, pecador! ¡Me he extraviado, diácono! ¡No hay salvación para mí! Y no es que me haya extraviado en vida, sino en la vejez, a las puertas de la muerte... yo...
El anciano, con gesto desesperado, bebió otro vaso, se levantó y se sentó en otra silla. El diácono, con la carta en la mano, paseaba por la habitación. Pensaba en su hijo. El disgusto, la angustia y la ansiedad ya no lo atormentaban; todo eso estaba escrito en la carta. Ahora simplemente imaginaba a Piotr; imaginaba su rostro, pensaba en los años pasados, cuando su hijo solía venir a pasar las vacaciones con él. Sus pensamientos se centraban solo en lo bueno, lo cálido, lo conmovedor, en lo que uno podía pensar durante toda la vida sin cansarse. Añorando a su hijo, leyó la carta una vez más y miró a Anastasy con una mirada interrogativa.
“No lo envíes”, dijo este último haciendo un gesto con la mano.
—No, debo enviarlo de todas formas; debo... hacerle entrar en razón un poco, de todas formas. Está bien...
El diácono tomó un sobre de la mesa, pero antes de meter la carta en él se sentó a la mesa, sonrió y añadió por su propia cuenta al final de la carta:
Nos han enviado un nuevo inspector. Es mucho más juguetón que el anterior. Es un genio para bailar y charlar, y no hay nada que no pueda hacer, así que todas las chicas Govorovsky están locas por él. Dicen que nuestro jefe militar, Kostyrev, también será despedido pronto. ¡Ya era hora! Y muy complacido, sin la menor idea de que con esta posdata había arruinado por completo la severa carta, el diácono escribió la dirección en el sobre y lo colocó en el lugar más visible de la mesa.
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VÍSPERA DE PASCUA
IEstaba de pie en la orilla del río Goltva, esperando el transbordador que venía del otro lado. Normalmente, el Goltva es un arroyo modesto, silencioso y pensativo, que brilla suavemente tras los espesos juncos; pero ahora se extendía ante mí un lago de tamaño considerable. Las aguas de la primavera, desbordadas, habían desbordado ambas orillas e inundado ambas orillas del río a lo largo de una gran distancia, sumergiendo huertos, campos de heno y pantanos, de modo que no era raro encontrar álamos y arbustos que sobresalían de la superficie del agua y que en la oscuridad parecían lúgubres riscos solitarios.
El tiempo me pareció magnífico. Estaba oscuro, pero podía ver los árboles, el agua y la gente... El mundo estaba iluminado por las estrellas, que se dispersaban densamente por todo el cielo. No recuerdo haber visto nunca tantas estrellas. Literalmente, no se podría haber puesto un dedo entre ellas. Había algunas tan grandes como un huevo de ganso, otras diminutas como semillas de cáñamo... Habían salido para la procesión del festival, todas, pequeñas y grandes, lavadas, renovadas y alegres, y cada una de ellas titilaba suavemente con sus rayos. El cielo se reflejaba en el agua; las estrellas se bañaban en sus oscuras profundidades y temblaban con los temblorosos remolinos. El aire era cálido y tranquilo... Aquí y allá, a lo lejos, en la otra orilla, en la oscuridad impenetrable, brillaban varias luces rojas brillantes...
A un par de pasos de mí vi la silueta oscura de un campesino con sombrero alto y un grueso bastón anudado en la mano.
¡Cuánto tarda el ferry en llegar!, dije.
“Ya es hora de que esté aquí”, respondió la silueta.
¿También estás esperando el ferry?
—No, no lo soy —bostezó el campesino—. Estoy esperando la iluminación. Debería haberme ido, pero, a decir verdad, no tengo los cinco kopeks para el transbordador.
“Te daré los cinco kopeks”.
—No; te lo agradezco humildemente... Con esos cinco kopeks, ponme una vela allá en el monasterio... Eso será más interesante, y me quedaré aquí. ¿Qué significa que no hay transbordador, como si se hubiera hundido en el agua?
El campesino se acercó a la orilla, tomó la cuerda y gritó: "¡Ieronim! ¡Ieron—im!"
Como en respuesta a su grito, el lento tañido de una gran campana llegó flotando desde la otra orilla. La nota era profunda y grave, como la de la cuerda más gruesa de un contrabajo; parecía como si la oscuridad misma la hubiera pronunciado roncamente. De inmediato se oyó el sonido de un cañonazo. Se perdió en la oscuridad y terminó en algún lugar lejano, detrás de mí. El campesino se quitó el sombrero y se santiguó.
«Cristo ha resucitado», dijo.
Antes de que las vibraciones del primer repique de la campana tuvieran tiempo de apagarse en el aire, sonó una segunda, seguida inmediatamente por una tercera, y la oscuridad se llenó de un clamor ininterrumpido y tembloroso. Cerca de las luces rojas, nuevas luces destellaron, y todo empezó a moverse al unísono y a centellear sin cesar.
“¡Ieron—im!”, oímos un grito hueco y prolongado.
—Gritan desde la otra orilla —dijo el campesino—, así que allí tampoco hay ferry. Nuestro Ieronim se ha dormido.
Las luces y el suave repique de la campana atraían a uno hacia ellas... Ya empezaba a perder la paciencia y a angustiarme, pero he aquí que por fin, mirando a la lejanía, vi la silueta de algo muy parecido a una horca. Era el transbordador tan esperado. Avanzaba hacia nosotros con tanta lentitud que, de no haber sido porque sus líneas se fueron definiendo gradualmente, se podría haber supuesto que estaba detenido o que se dirigía hacia la otra orilla.
¡Date prisa! ¡Ieronim! —gritó mi campesino—. ¡El caballero está cansado de esperar!
El ferry se arrastró hasta la orilla, dio una sacudida y se detuvo con un crujido. Un hombre alto, con sotana y gorro cónico, estaba de pie, sujetando la cuerda.
“¿Por qué has tardado tanto?” pregunté saltando al ferry.
—Perdóname, por Dios —respondió Ieronim con dulzura—. ¿No hay nadie más?
"Nadie. . . ."
Ieronim sujetó la cuerda con ambas manos, se inclinó hacia la figura de un interrogatorio y jadeó. El transbordador crujió y dio una sacudida. La silueta del campesino del sombrero de copa comenzó a alejarse lentamente de mí, así que el transbordador se puso en marcha. Ieronim pronto se irguió y comenzó a trabajar con una sola mano. Permanecimos en silencio, mirando hacia la orilla hacia la que flotábamos. Allí había comenzado la iluminación que el campesino esperaba. En la orilla, barriles de alquitrán ardían como enormes fogatas. Sus reflejos, carmesí como la luna naciente, se arrastraban a nuestro encuentro en largas y anchas franjas. Los barriles ardientes iluminaban su propio humo y las largas sombras de los hombres que revoloteaban alrededor del fuego; pero más a un lado y detrás de ellos, desde donde flotaba la aterciopelada campanada, aún permanecía la misma penumbra negra e ininterrumpida. De repente, hendiendo la oscuridad, un cohete zigzagueó en una cinta dorada hacia el cielo; Describió un arco y, como si se hubiera roto contra el cielo, se dispersó crepitando en chispas. Se oyó un rugido desde la orilla, como un hurra lejano.
“¡Qué bonito!” dije.
—¡Qué hermosa más allá de las palabras! —suspiró Ieronim—. ¡Menuda noche, señor! En otro tiempo uno no prestaría atención a los fuegos artificiales, pero hoy uno se regocija con cada vanidad. ¿De dónde viene?
Le dije de dónde vengo.
“Sin duda... un día feliz hoy...” Ieronim continuó con un tenor débil y susurrante, como la voz de un convaleciente. “El cielo se regocija, la tierra y lo que hay debajo de ella. Todas las criaturas celebran sus fiestas. Solo dígame, amable señor, ¿por qué, incluso en tiempos de gran alegría, uno no puede olvidar sus penas?”
Me imaginé que esta pregunta inesperada me arrastraría a una de esas interminables conversaciones religiosas que tanto gustan a los monjes aburridos y ociosos. No estaba dispuesto a hablar mucho, así que solo pregunté:
“¿Qué penas tienes, padre?”
—Por regla general, igual que todos los hombres, mi querido señor, pero hoy ha ocurrido un dolor especial en el monasterio: durante la misa, mientras se leía la Biblia, falleció el monje y diácono Nikolay.
—¡Bueno, es la voluntad de Dios! —dije, adoptando un tono monástico—. Todos debemos morir. En mi opinión, deberías alegrarte... Dicen que si alguien muere en Pascua, va directo al reino de los cielos.
"Eso es cierto."
Nos sumimos en el silencio. La figura del campesino con el sombrero de copa se fundió con las líneas de la ribera. Los barriles de alquitrán ardían cada vez más.
—La Sagrada Escritura señala claramente la vanidad del dolor, y también la reflexión —dijo Ieronim, rompiendo el silencio—, pero ¿por qué se aflige el corazón y se niega a escuchar la razón? ¿Por qué uno quiere llorar amargamente?
Ieronim se encogió de hombros, se volvió hacia mí y dijo rápidamente:
Si yo muriera, o cualquier otra persona, quizá no sería digno de mención; pero, verá, ¡Nikolai ha muerto! ¡Nadie más que Nikolai! ¡De hecho, cuesta creer que ya no esté! Estoy aquí en mi ferry y a cada minuto me imagino que alzará la voz desde la orilla. Siempre venía a la orilla a llamarme para que no tuviera miedo en el ferry. Se levantaba de la cama por las noches a propósito para eso. Era un alma bondadosa. ¡Dios mío! ¡Qué bondadoso y misericordioso! ¡Muchas madres no son tan buenas con sus hijos como Nikolai lo fue conmigo! ¡Señor, salva su alma!
Ieronim agarró la cuerda, pero inmediatamente se volvió hacia mí.
—Y qué inteligencia tan elevada, señoría —dijo con voz vibrante—. ¡Qué lengua tan dulce y armoniosa! Justo como cantarán en los primeros maitines: "¡Oh, hermosa! ¡Oh, dulce es tu voz!". Además de todas las demás cualidades humanas, ¡poseía también un don extraordinario!
¿Qué regalo?, pregunté.
El monje me examinó atentamente y, como si estuviera convencido de que podía confiarme un secreto, se rió de buen humor.
“Tenía un don para escribir himnos de alabanza”, dijo. “Era una maravilla, señor; ¡no se le podía llamar de otra manera! Se sorprendería si se lo contara. Nuestro Padre Archimandrita viene de Moscú, el Padre Subprior estudió en la academia de Kazán, tenemos monjes y ancianos sabios, pero, ¿lo creería?, nadie podría escribirlos; mientras que Nikolay, un simple monje, un diácono, no había estudiado en ninguna parte, y ni siquiera lo parecía, ¡pero los escribió! ¡Una maravilla! ¡Una auténtica maravilla!” Ieronim juntó las manos y, olvidándose por completo de la cuerda, continuó con entusiasmo:
El Padre Subprior tiene grandes dificultades para componer sermones; cuando escribió la historia del monasterio, preocupó a toda la hermandad y viajó una docena de veces a la ciudad, ¡mientras que Nikolay escribía cánticos! ¡Himnos de alabanza! ¡Eso es muy diferente de un sermón o de una historia!
“¿Es difícil escribirlas?”, pregunté.
“¡Hay una gran dificultad!”, dijo Ieronim meneando la cabeza. “No puedes hacer nada con sabiduría y santidad si Dios no te ha dado el don. Los monjes que no entienden argumentan que solo necesitas conocer la vida del santo para quien estás escribiendo el himno y armonizarlo con los demás himnos de alabanza. Pero eso es un error, señor. Por supuesto, quien escribe cánticos debe conocer la vida del santo a la perfección, hasta el más mínimo detalle. Para estar seguro, uno debe armonizarlos con los demás cánticos y saber por dónde empezar y sobre qué escribir. Para darle un ejemplo, la primera respuesta comienza en todas partes con 'el elegido' o 'el elegido'... La primera línea siempre debe comenzar con 'ángel'. En el cántico de alabanza a Jesús el Más Dulce, si te interesa el tema, comienza así: '¡De los ángeles, Creador y Señor de todos los poderes!' En el cántico a la Santa Madre de Dios: «De los ángeles, el primero enviado desde lo alto», a Nicolás, el Taumaturgo: «Un ángel en apariencia, aunque en esencia un hombre», y así sucesivamente. En todas partes se comienza con el ángel. Por supuesto, sería imposible sin armonizarlos, pero las vidas de los santos y la conformidad con los demás no es lo que importa; lo que importa es la belleza y la dulzura de la misma. Todo debe ser armonioso, breve y completo. Debe haber en cada verso suavidad, gracia y ternura; ninguna palabra debe ser áspera, ruda o inapropiada. Debe estar escrito de tal manera que el adorador pueda regocijarse en su corazón y llorar, mientras su mente se conmueve y se estremece. En el cántico a la Santa Madre están las palabras: «¡Alégrate, oh Tú, demasiado alto para que el pensamiento humano lo alcance! ¡Alégrate, oh Tú, demasiado profundo para que los ojos de los ángeles lo sondeen!». En otro lugar del mismo cántico: «¡Alégrate, árbol que das el hermoso fruto de la luz, alimento de los fieles! ¡Alégrate, árbol de graciosa y extensa sombra, bajo el cual hay refugio para multitudes!»
Ieronim ocultó su rostro entre sus manos, como si tuviera miedo de algo o estuviera abrumado por la vergüenza, y meneó la cabeza.
“Árbol que da el hermoso fruto de la luz... árbol de graciosa y extensa sombra...", murmuró. "¡Pensar que un hombre pudiera encontrar palabras como esas! ¡Tal poder es un don de Dios! Para ser breve, condensa muchos pensamientos en una sola frase, ¡y qué suave y completo es todo! 'Antorcha que irradia luz para todos los seres...' viene en el cántico a Jesús el Dulcísimo. '¡Irradiante de luz!' No existe tal palabra en las conversaciones ni en los libros, pero verá que él la inventó, ¡la encontró en su mente! Además de la suavidad y la grandeza del lenguaje, señor, cada verso debe ser embellecido en todos los sentidos, debe haber flores, relámpagos, viento, sol y todos los objetos del mundo visible. Y cada exclamación debe ser suave y agradable al oído. '¡Alégrate, flor de crecimiento celestial!' Aparece en el himno a Nicolás el Taumaturgo. No es simplemente «flor celestial», sino «flor de crecimiento celestial». Es más suave y dulce al oído. ¡Así lo escribió Nicolás! ¡Exactamente así! ¡No puedo explicarte cómo escribía!
—Bueno, en ese caso es una lástima que esté muerto —dije—, pero sigamos adelante, padre, o llegaremos tarde.
Ieronim se sobresaltó y corrió hacia la cuerda; empezaban a repicar todas las campanas. Probablemente la procesión ya estaba en marcha cerca del monasterio, pues todo el espacio oscuro tras los barriles de alquitrán estaba ahora salpicado de luces móviles.
“¿Nikolay imprimió sus himnos?”, le pregunté a Ieronim.
—¿Cómo pudo imprimirlas? —suspiró—. Y, en efecto, sería extraño imprimirlas. ¿Cuál sería el objetivo? A nadie en el monasterio le interesan. No les gustan. Sabían que Nikolay las escribió, pero lo dejaron pasar desapercibido. ¡Hoy en día nadie valora los nuevos escritos, señor!
“¿Tenían prejuicios contra él?”
Sí, claro. Si Nikolay hubiera sido anciano, quizá los hermanos se habrían interesado, pero no tenía cuarenta años, ¿sabe? Algunos se rieron e incluso consideraron que escribir era un pecado.
¿Para qué los escribió?
Principalmente por su propia comodidad. De toda la hermandad, yo era el único que leía sus himnos. Solía ir a verlo en secreto, para que nadie más lo supiera, y él se alegraba de que me interesara por ellos. Me abrazaba, me acariciaba la cabeza, me hablaba con palabras cariñosas como a un niño pequeño. Cerraba su celda, me hacía sentar a su lado y comenzaba a leer...
Ieronim dejó la cuerda y se acercó a mí.
“Éramos muy buenos amigos en cierto modo”, susurró, mirándome con ojos brillantes. “Adonde él iba, yo iba. Si no estaba allí, me extrañaba. Y se preocupaba por mí más que por nadie, y todo porque solía llorar con sus himnos. Me entristece recordarlo. Ahora me siento como una huérfana o una viuda. Ya sabes, en nuestro monasterio todos son buenas personas, amables y piadosas, pero… no hay nadie con dulzura y refinamiento, son como campesinos. Todos hablan alto y pisan fuerte al caminar; son ruidosos, se aclaran la garganta, pero Nikolay siempre hablaba suave, cariñosamente, y si veía que alguien dormía o rezaba, se escabullía como una mosca o un mosquito. Su rostro era tierno, compasivo…
Ieronim exhaló un profundo suspiro y volvió a agarrar la cuerda. Ya nos acercábamos a la orilla. Salimos flotando de la oscuridad y la quietud del río hacia un reino encantado, lleno de humo sofocante, luces crepitantes y alboroto. Ya se podía ver claramente a la gente moviéndose cerca de los barriles de alquitrán. El parpadeo de las luces daba una expresión extraña, casi fantástica, a sus figuras y rostros enrojecidos. De vez en cuando, entre las cabezas y los rostros, se vislumbraba la cabeza de un caballo, inmóvil, como fundida en cobre.
“Empezarán a cantar el himno de Pascua enseguida…”, dijo Ieronim, “y Nikolay se ha ido; no hay nadie que lo aprecie… No había nada escrito más querido para él que ese himno. ¡Solía absorber cada palabra! Usted estará allí, señor, así que preste atención a lo que se canta; ¡le quita el aliento!”
“¿No estarás en la iglesia entonces?”
“No puedo; . . . Tengo que trabajar en el ferry. . . .”
“¿Pero no te aliviarán?”
—No sé... Debería haberme relevado a las ocho; pero, como ve, ¡no vienen!... Y debo confesar que me habría gustado estar en la iglesia...
“¿Eres un monje?”
“Sí... es decir, soy un hermano lego.”
El transbordador se topó con la orilla y se detuvo. Le di a Ieronim una moneda de cinco kopeks por haberme ayudado a cruzar y salté a tierra. Inmediatamente, una carreta con un niño y una mujer dormida entró chirriando en el transbordador. Ieronim, con un tenue resplandor de las luces en su figura, presionó la cuerda, se agachó y puso en marcha el transbordador de regreso...
Di unos pasos por el barro, pero un poco más adelante caminé por un sendero suave y recién pisado. Este sendero conducía a las oscuras puertas del monasterio, que parecían una caverna a través de una nube de humo, a través de una multitud desordenada de gente, caballos desenganchados, carros y carruajes. Toda esta multitud traqueteaba, resoplaba, reía, y la luz carmesí y las sombras vacilantes del humo lo cubrían todo... ¡Un caos perfecto! Y en este bullicio, la gente aún encontraba espacio para cargar un pequeño cañón y vender pasteles. No había menos conmoción al otro lado del muro, en los recintos del monasterio, pero sí más respeto por el decoro y el orden. Allí se percibía un olor a enebro e incienso. Hablaban en voz alta, pero no se oían risas ni resoplidos. Cerca de las lápidas y las cruces, la gente se apiñaba con pasteles de Pascua y bultos en los brazos. Al parecer, muchos habían venido desde muy lejos para bendecir sus pasteles y ahora estaban exhaustos. Jóvenes hermanos legos, haciendo un ruido metálico con sus botas, corrían afanosamente por las losas de hierro que pavimentaban el camino desde las puertas del monasterio hasta la puerta de la iglesia. También estaban ocupados y gritaban en el campanario.
¡Qué noche tan agitada!, pensé. ¡Qué bien!
Uno se sentía tentado a ver la misma inquietud e insomnio en toda la naturaleza, desde la oscuridad nocturna hasta las losas de hierro, las cruces en las tumbas y los árboles bajo los cuales la gente se movía de un lado a otro. Pero en ningún lugar la excitación y la inquietud eran tan evidentes como en la iglesia. Una lucha incesante se libraba en la entrada entre el arroyo que entraba y el que salía. Algunos entraban, otros salían y pronto regresaban para detenerse un momento y reanudar la marcha. La gente corría de un lado a otro, holgazaneando como si buscara algo. El arroyo fluía desde la entrada por toda la iglesia, perturbando incluso las primeras filas, donde se encontraban personas de peso y dignidad. No cabía la menor idea de oración concentrada. No había oraciones en absoluto, sino una especie de alegría continua, infantilmente irresponsable, que buscaba un pretexto para estallar y desahogarse en algún movimiento, incluso en empujones y empujones sin sentido.
El mismo movimiento inusual se percibe en el propio servicio de Pascua. Las puertas del altar se abren de par en par, densas nubes de incienso flotan en el aire cerca de los candelabros; dondequiera que se mire, hay luces, el brillo y el crepitar de las velas... No hay lectura; el canto, inquieto y alegre, continúa hasta el final sin cesar. Después de cada himno, el clero se cambia las vestimentas y sale a quemar el incienso, que se repite cada diez minutos.
Apenas había tomado asiento, cuando una ola me obligó a retroceder. Un diácono alto y corpulento caminaba delante de mí con una larga vela roja; el archimandrita canoso, con su mitra dorada, lo seguía con el incensario. Cuando desaparecieron de la vista, la multitud me apretujó para que volviera a mi posición anterior. Pero no habían pasado diez minutos cuando una nueva ola me atacó, y de nuevo apareció el diácono. Esta vez lo seguía el Padre Subprior, el hombre que, como me había dicho Ieronim, estaba escribiendo la historia del monasterio.
Mientras me mezclaba con la multitud y me contagiaba de la alegría universal, me sentí insoportablemente dolido por Ieronim. ¿Por qué no enviaban a alguien a relevarlo? ¿Por qué no podía alguien menos sensible y menos susceptible subir al transbordador? «Alza tus ojos, oh Sión, y mira a tu alrededor», cantaban en el coro, «porque tus hijos han venido a ti como a un faro de luz divina del norte y del sur, del este y del mar...».
Observé los rostros; todos tenían una vivaz expresión de triunfo, pero nadie escuchaba ni asimilaba lo que se cantaba, y nadie contenía la respiración. ¿Por qué no lo liberaban? Me lo imaginaba de pie, dócilmente, junto a la pared, inclinado hacia adelante y absorbiendo con avidez la belleza de la frase sagrada. Todo lo que pasaba por los oídos de quienes estaban a mi lado lo habría absorbido con su alma delicada y sensible, y habría quedado hechizado hasta el éxtasis, hasta contener la respiración, y no habría habido hombre más feliz que él en toda la iglesia. Ahora navegaba de un lado a otro sobre el oscuro río, llorando a su difunto amigo y hermano.
La ola retrocedió con fuerza. Un monje corpulento y sonriente, jugando con su rosario y mirando a su alrededor, se metió a mi lado, cediendo el paso a una señora con sombrero y capa de terciopelo. Un sirviente del monasterio corrió tras ella, sosteniendo una silla sobre nuestras cabezas.
Salí de la iglesia. Quería ver al difunto Nikolay, el desconocido cantautor. Caminé alrededor del muro del monasterio, donde había una hilera de celdas, me asomé a varias ventanas y, al no ver nada, regresé. No me arrepiento ahora de no haber visto a Nikolay; Dios sabe que, si lo hubiera visto, habría perdido la imagen que ahora me pinta mi imaginación. Imagino a la adorable figura poética, solitaria e incomprendida, que salía por las noches a llamar a Ieronim por encima del agua y llenaba sus himnos de flores, estrellas y rayos de sol, como un hombre pálido y tímido de rasgos suaves y melancólicos. Sus ojos debieron brillar, no solo con inteligencia, sino con una ternura bondadosa y ese entusiasmo infantil apenas contenido que percibía en la voz de Ieronim cuando me citaba pasajes de los himnos.
Cuando salimos de la iglesia después de la misa ya no era de noche. La mañana estaba comenzando. Las estrellas se habían apagado y el cielo era de un azul grisáceo melancólico. Las losas de hierro, las lápidas y los brotes de los árboles estaban cubiertos de rocío. Había una frescura penetrante en el aire. Fuera del recinto no encontré la misma escena animada que había contemplado en la noche. Caballos y hombres parecían exhaustos, somnolientos, apenas inmóviles, mientras que de los barriles de alquitrán no quedaba nada más que montones de ceniza negra. Cuando alguien está exhausto y somnoliento, imagina que la naturaleza también está en la misma condición. Me pareció que los árboles y la hierba joven estaban dormidos. Parecía que incluso las campanas no tañeran tan fuerte y alegremente como por la noche. La inquietud había terminado, y de la excitación no quedaba nada más que un agradable cansancio, un anhelo de sueño y calor.
Ahora podía ver ambas orillas del río; una tenue niebla flotaba sobre él en masas movedizas. Se percibía un aliento gélido y penetrante proveniente del agua. Cuando subí al ferry, ya había una silla y unas dos docenas de hombres y mujeres de pie. La cuerda, mojada y, según me pareció, somnolienta, se extendía a lo lejos sobre el ancho río y, en algunos tramos, desaparecía entre la niebla blanca.
—¡Cristo ha resucitado! ¿No hay nadie más? —preguntó una voz suave.
Reconocí la voz de Ieronim. Ya no había oscuridad que me impidiera ver al monje. Era un hombre alto, de treinta y cinco años, de hombros estrechos, rasgos grandes y redondeados, ojos entrecerrados y de mirada apática, y una barba descuidada y en forma de cuña. Tenía una mirada extraordinariamente triste y agotada.
“¿Aún no te han relevado?” pregunté sorprendido.
—¿Yo? —respondió, volviéndose hacia mí con una sonrisa, con su rostro frío y húmedo—. No hay nadie que me sustituya hasta mañana. Todos irán a casa del Padre Archimandrita a romper el ayuno inmediatamente.
Con la ayuda de un pequeño campesino con un sombrero de piel rojiza que parecía las pequeñas tinas de madera en las que se vende la miel, lanzó su peso sobre la cuerda; ambos jadearon al mismo tiempo y el transbordador se puso en marcha.
Flotamos, perturbando la niebla que se alzaba lentamente. Todos guardaban silencio. Ieronim trabajaba mecánicamente con una mano. Lentamente, nos recorrió con su mirada apacible y apagada; luego, su mirada se posó en el rostro sonrosado de la esposa de un joven comerciante, de cejas negras, que estaba de pie en el ferry junto a mí, encogiéndose silenciosamente ante la niebla que la envolvía. No apartó la vista de su rostro en todo el camino.
Había poco de masculino en esa mirada prolongada. Me pareció que Ieronim buscaba en el rostro de la mujer los rasgos suaves y tiernos de su difunta amiga.
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UNA PESADILLA
KUnin, un joven de treinta años, que era miembro permanente de la Junta Rural, al regresar de Petersburgo a su distrito, Borisovo, envió inmediatamente un mensajero montado a Sinkino, para llamar al sacerdote de allí, el padre Yakov Smirnov.
Cinco horas después apareció el padre Yakov.
“Me alegro mucho de conocerlo”, dijo Kunin al encontrarlo en la entrada. “Llevo un año viviendo y sirviendo aquí; creo que deberíamos habernos conocido antes. ¡De nada! Pero... ¡qué joven es!”, añadió Kunin sorprendido. “¿Qué edad tiene?”
—Veintiocho... —dijo el padre Yakov, apretando débilmente la mano extendida de Kunin y, por alguna razón, poniéndose rojo como un tomate.
Kunin condujo a su visitante a su estudio y comenzó a mirarlo más atentamente.
«¡Qué cara de mujer más grosera!», pensó.
Ciertamente había mucho de afeminado en el rostro del padre Yakov: la nariz respingada, las mejillas coloradas y brillantes, y los grandes ojos azul grisáceo con cejas escasas y apenas perceptibles. Su largo cabello rojizo, liso y seco, colgaba en colas rectas sobre sus hombros. El pelo de su labio superior apenas comenzaba a formarse en un auténtico bigote masculino, mientras que su pequeña barba pertenecía a esa clase de barbas inútiles que entre los estudiantes de teología, por alguna razón, se llaman "cosquillas". Era escasa y extremadamente transparente; no podía haber sido acariciada ni peinada, solo podía haber sido pellizcada... Todas estas escasas decoraciones estaban colocadas de forma desigual en mechones, como si el padre Yakov, pensando en disfrazarse de sacerdote y comenzando a maquillarse la barba, hubiera sido interrumpido a mitad de camino. Llevaba una sotana, del color del café suave con achicoria, con grandes manchas en ambos codos.
«Qué tipo raro», pensó Kunin, mirando sus faldas embarradas. «Viene a casa por primera vez y no sabe vestirse decentemente.»
—Siéntese, padre —empezó con más naturalidad que cordialidad, mientras acercaba un sillón a la mesa—. Siéntese, se lo ruego.
El padre Yakov tosió en su puño, se desplomó torpemente en el borde de la silla y apoyó las manos abiertas sobre las rodillas. Con su baja estatura, su pecho estrecho, su rostro enrojecido y sudoroso, causó desde el primer momento una impresión muy desagradable en Kunin. Este jamás hubiera imaginado que hubiera sacerdotes tan indignos y de aspecto tan lastimoso en Rusia; y en la actitud del padre Yakov, en la forma en que apoyaba las manos sobre las rodillas y se sentaba en el borde de la silla, vio falta de dignidad e incluso un matiz de servilismo.
“Lo he invitado por negocios, Padre…”, comenzó Kunin, hundiéndose en su silla baja. “Me ha tocado desempeñar el grato deber de ayudarlo en una de sus útiles tareas… Al regresar de Petersburgo, encontré en mi mesa una carta del Mariscal de la Nobleza. Yegor Dmitrevitch me sugiere que me haga cargo de la escuela parroquial que se está inaugurando en Sinkino. Lo haré con mucho gusto, Padre, de todo corazón… Es más, acepto la propuesta con entusiasmo.”
Kunin se levantó y caminó por el estudio.
Por supuesto, tanto Yegor Dmitrevitch como probablemente usted también saben que no dispongo de muchos recursos. Mi patrimonio está hipotecado y vivo exclusivamente de mi salario como miembro permanente. Así que no puede contar con mucha ayuda, pero haré todo lo que esté en mi mano... ¿Y cuándo piensa abrir la escuela, padre?
“Cuando tengamos el dinero…” respondió el padre Yakov.
“¿Ya tienes algunos fondos a tu disposición?”
Casi ninguno... Los campesinos acordaron en su asamblea que pagarían, cada uno, treinta kopeks al año; ¡pero es solo una promesa! Y para empezar necesitaríamos al menos doscientos rublos...
—Sí... Por desgracia, ya no tengo esa suma —dijo Kunin con un suspiro—. Gasté todo lo que tenía en mi gira y también me endeudé. Intentemos pensar en algún plan juntos.
Kunin empezó a planear en voz alta. Explicó sus puntos de vista y observó el rostro del padre Yakov, buscando en él señales de acuerdo o aprobación. Pero el rostro permanecía apático e inmóvil, y solo expresaba una timidez contenida e inquietud. Al observarlo, uno podría haber supuesto que Kunin hablaba de asuntos tan abstrusos que el padre Yakov no entendía y solo escuchaba por educación, y al mismo tiempo temía ser descubierto en su incomprensión.
«Ese tipo no es de los más brillantes, eso es evidente...», pensó Kunin. «Es bastante tímido y demasiado estúpido».
El padre Yakov se animó un poco e incluso sonrió solo cuando el lacayo entró en el estudio trayendo dos vasos de té en una bandeja y una cesta llena de galletas. Tomó su vaso y empezó a beber de inmediato.
—¿No deberíamos escribirle al obispo de inmediato? —continuó Kunin, meditando en voz alta—. Para ser precisos, ya sabe, no somos nosotros, ni el zemstvo, sino las altas autoridades eclesiásticas quienes han planteado la cuestión de las escuelas parroquiales. Deberían asignar los fondos. Recuerdo haber leído que se había reservado una suma para ese fin. ¿No sabe nada al respecto?
El padre Yakov estaba tan absorto en el té que no respondió de inmediato. Levantó sus ojos azul grisáceos hacia Kunin, pensó un momento y, como si recordara su pregunta, negó con la cabeza. Una expresión de placer y del más común y prosaico apetito le inundó el rostro de oreja a oreja. Bebió y chasqueó los labios con cada trago. Cuando lo hubo bebido hasta la última gota, dejó el vaso sobre la mesa, lo volvió a tomar, miró el fondo y lo volvió a guardar. La expresión de placer se desvaneció de su rostro... Entonces Kunin vio a su visitante sacar una galleta de la cesta, mordisquearla un poco, darle la vuelta y guardarla apresuradamente en el bolsillo.
—¡Bueno, eso no tiene nada de clerical! —pensó Kunin, encogiéndose de hombros con desprecio—. ¿Qué es, avaricia sacerdotal o infantilismo?
Después de darle a su visitante otro vaso de té y acompañarlo hasta la entrada, Kunin se tumbó en el sofá y se abandonó a la desagradable sensación que le había provocado la visita del padre Yakov.
¡Qué criatura tan extraña y salvaje!, pensó. Sucio, desaliñado, grosero, estúpido, y probablemente bebedor... ¡Dios mío, y eso es un sacerdote, un padre espiritual! ¡Eso es un maestro del pueblo! Me imagino la ironía que debe haber en la cara del diácono cuando antes de cada misa grita: "¡Su bendición, Reverendo Padre!". ¡Un excelente Reverendo Padre! Un Reverendo Padre sin una pizca de dignidad ni educación, escondiendo galletas en el bolsillo como un colegial... ¡Vaya! ¡Dios mío, dónde estaban los ojos del obispo cuando ordenó a un hombre así! ¿Qué puede pensar del pueblo si le da un maestro así? Aquí se necesita gente que...
Y Kunin pensó cómo deberían ser los sacerdotes rusos.
Si yo fuera sacerdote, por ejemplo... Un sacerdote culto y apasionado por su trabajo podría ser de gran ayuda... Habría abierto la escuela hace mucho tiempo. ¿Y los sermones? Si el sacerdote es sincero y está inspirado por el amor a su trabajo, ¡qué sermones tan maravillosos y conmovedores podría pronunciar!
Kunin cerró los ojos y comenzó a componer mentalmente un sermón. Poco después, se sentó a la mesa y empezó a escribir rápidamente.
“Se lo daré a ese pelirrojo, que lo lea en la iglesia…”, pensó.
El domingo siguiente, Kunin se dirigió a Sinkino por la mañana para resolver el asunto de la escuela y, de paso, para conocer la iglesia de la que era feligrés. A pesar del pésimo estado de las carreteras, era una mañana gloriosa. El sol brillaba con fuerza y rasgaba con sus rayos las capas de nieve blanca que aún persistían aquí y allá. La nieve, al desprenderse de la tierra, brillaba con tales diamantes que dolía la vista, mientras el maíz joven de invierno brotaba apresuradamente su verdor a su lado. Los grajos flotaban con dignidad sobre los campos. Un grajo volaba, se dejaba caer al suelo y daba varios saltos antes de erguirse firmemente...
La iglesia de madera a la que Kunin llegó era vieja y gris; las columnas del pórtico habían estado pintadas de blanco, pero el color se había descascarillado por completo y parecían dos fustes desgarbados. El icono sobre la puerta parecía una mancha oscura y difusa. Pero su pobreza conmovió y ablandó a Kunin. Bajando la mirada con modestia, entró en la iglesia y se detuvo junto a la puerta. El servicio apenas había comenzado. Un viejo sacristán, inclinado, leía las "Horas" con un tenor sordo e indistinto. El padre Yakov, que oficiaba el servicio sin diácono, paseaba por la iglesia quemando incienso. De no haber sido por el ánimo apacible con el que Kunin se encontraba al entrar en la iglesia asolada por la pobreza, sin duda habría sonreído al ver al padre Yakov. El sacerdote, de baja estatura, vestía una túnica arrugada y larguísima de una tela amarilla raída; el dobladillo de la túnica arrastraba por el suelo.
La iglesia no estaba llena. Al observar a los feligreses, Kunin se impresionó a primera vista por una extraña circunstancia: no vio nada más que ancianos y niños... ¿Dónde estaban los hombres en edad de trabajar? ¿Dónde estaban los jóvenes y los hombres? Pero después de detenerse un rato y observar con más atención los rostros envejecidos, Kunin comprendió que había confundido a los jóvenes con viejos. Sin embargo, no le dio importancia a esta pequeña ilusión óptica.
La iglesia estaba tan fría y gris por dentro como por fuera. No había un solo rincón en los iconos ni en las paredes marrón oscuro que no estuviera manchado y desfigurado por el tiempo. Había muchas ventanas, pero el efecto general del color era gris, por lo que era el crepúsculo en la iglesia.
«Cualquiera de alma pura puede rezar aquí muy bien», pensó Kunin. «Así como en San Pedro de Roma uno se impresiona por la grandeza, aquí uno se conmueve por la humildad y la sencillez».
Pero su devoción se desvaneció como el humo en cuanto el padre Yakov se acercó al altar y comenzó la misa. Siendo aún joven y habiendo llegado directamente del seminario al sacerdocio, el padre Yakov aún no tenía una forma fija de celebrar el servicio. Mientras leía, parecía oscilar entre un tenor agudo y un bajo delgado; hacía una reverencia torpe, caminaba deprisa y abría y cerraba las puertas bruscamente... El anciano sacristán, evidentemente sordo y enfermo, no oía las oraciones con mucha claridad, lo que a menudo provocaba pequeños malentendidos. Antes de que el padre Yakov tuviera tiempo de terminar lo que tenía que decir, el sacristán comenzaba a cantar su respuesta; de lo contrario, mucho después de que el padre Yakov hubiera terminado, el anciano estaría aguzando el oído, escuchando en dirección al altar y sin decir nada hasta que le subieran la falda. El anciano tenía una voz enfermiza y hueca y un ceceo tembloroso, propio de un asmático... La total falta de dignidad y decoro fue enfatizada por un niño muy pequeño que secundaba al sacristán y cuya cabeza apenas se veía por encima de la barandilla del coro. El niño cantaba con un falsete estridente y parecía intentar evitar cantar afinado. Kunin se quedó un rato, escuchó y salió a fumar. Estaba decepcionado y miraba la iglesia gris casi con disgusto.
“Se quejan del declive del sentimiento religioso entre la gente…”, suspiró. “¡Claro que sí! ¡Mejor les endosan a unos cuantos sacerdotes más como este!”
Kunin regresó a la iglesia tres veces, y cada vez sentía la gran tentación de salir al aire libre. Esperó hasta el final de la misa y fue a casa del padre Yakov. La casa del sacerdote no se diferenciaba exteriormente de las chozas de los campesinos, pero el techo de paja era más liso y había pequeñas cortinas blancas en las ventanas. El padre Yakov condujo a Kunin a una pequeña habitación luminosa con suelo de barro y paredes cubiertas de papel barato; a pesar de algunos esfuerzos por alcanzar el lujo, como fotografías enmarcadas y un reloj con unas tijeras colgando del peso, el mobiliario de la habitación le impresionó por su escasez. Viendo los muebles, uno podría haber supuesto que el padre Yakov había ido de casa en casa recogiéndolos a pedazos; en un lugar le habían dado una mesa redonda de tres patas, en otro un taburete, en un tercero una silla con el respaldo violentamente doblado hacia atrás; en un cuarto una silla con el respaldo recto, pero el asiento se rompió; Mientras que en un quinto, habían sido generosos y le habían dado una especie de sofá con respaldo plano y asiento enrejado. Este sofá estaba pintado de rojo oscuro y olía intensamente a pintura. Kunin al principio quiso sentarse en una de las sillas, pero, tras pensarlo mejor, se sentó en el taburete.
“¿Es la primera vez que vienes a nuestra iglesia?”, preguntó el padre Yakov, colgando su sombrero en un enorme clavo deforme.
—Sí, lo es. Le diré una cosa, padre, antes de empezar con los negocios, ¿me ofrece un té? Tengo el alma seca.
El padre Yakov parpadeó, jadeó y se metió tras el tabique. Se oyó un susurro.
“Con su esposa, supongo”, pensó Kunin. “Sería interesante ver cómo es la esposa del pelirrojo”.
Poco después regresó el padre Yakov, rojo y sudoroso y, con un esfuerzo por sonreír, se sentó en el borde del sofá.
“Calentarán el samovar directamente”, dijo, sin mirar a su visitante.
¡Dios mío, todavía no han calentado el samovar! —pensó Kunin con horror—. ¡Qué bien que tendremos que esperar!
—Les he traído —dijo— el borrador de la carta que le escribí al obispo. Lo leeré después del té; quizá encuentren algo que añadir...
"Muy bien."
Se hizo un silencio. El padre Yakov lanzó miradas furtivas al tabique, se alisó el pelo y se sonó la nariz.
“Hace un tiempo maravilloso…”, dijo.
Sí. Ayer leí algo interesante... El Zemstvo Volsky ha decidido ceder sus escuelas al clero, eso es típico.
Kunin se levantó, y caminando de un lado a otro por el suelo de arcilla, comenzó a dar expresión a sus reflexiones.
—Eso estaría bien —dijo—, si tan solo el clero estuviera a la altura de su alta vocación y reconociera sus tareas. Tengo la desgracia de conocer sacerdotes cuyo nivel cultural y cualidades morales los hacen poco aptos para ser secretarios del ejército, y mucho menos sacerdotes. Convendrá en que un mal maestro hace mucho menos daño que un mal sacerdote.
Kunin miró al padre Yakov, que estaba sentado encorvado, pensando intensamente en algo y, aparentemente, sin escuchar a su visitante.
—¡Yasha, ven aquí! —gritó una voz de mujer desde detrás del biombo. El padre Yakov se sobresaltó y salió. De nuevo se oyeron susurros.
Kunin sintió una punzada de anhelo por el té.
«No; no tiene caso esperar el té aquí», pensó, mirando su reloj. «Además, me imagino que no soy del todo bienvenido. Mi anfitrión no se ha dignado a dirigirme la palabra; simplemente se sienta y parpadea».
Kunin cogió su sombrero, esperó a que regresara el padre Yakov y se despidió de él.
«He desperdiciado la mañana», pensó con ira camino a casa. «¡El muy tonto! ¡El muy idiota! Le importa la escuela tanto como a mí la nieve del año pasado... ¡No, nunca conseguiré nada con él! ¡Estamos condenados al fracaso! Si el alguacil supiera cómo es el cura de aquí, no tendría tanta prisa en hablar de una escuela. Primero deberíamos intentar conseguir un buen cura, y luego pensar en la escuela».
Para entonces, Kunin casi odiaba al padre Yakov. El hombre, su figura lastimosa y grotesca con la larga túnica arrugada, su rostro afeminado, su forma de oficiar, su estilo de vida y su formal y comedido respeto, herían la pequeña reliquia de sentimiento religioso que se guardaba en un rincón cálido del corazón de Kunin junto con los demás cuentos de hadas de su niñera. La frialdad y la falta de atención con la que el padre Yakov había recibido el cálido y sincero interés de Kunin por la obra del sacerdote eran difíciles de soportar para su vanidad...
Al anochecer de ese mismo día, Kunin pasó un buen rato recorriendo sus habitaciones y reflexionando. Luego, con decisión, se sentó a la mesa y escribió una carta al obispo. Tras pedir dinero y una bendición para la escuela, expresó con sinceridad, como un hijo, su opinión sobre el sacerdote de Sinkino.
«Es joven», escribió, «no tiene suficiente educación, lleva, me parece, una vida intemperante y no satisface en absoluto los ideales que el pueblo ruso se ha formado a lo largo de los siglos sobre lo que debe ser un pastor».
Después de escribir esta carta, Kunin exhaló un profundo suspiro y se fue a la cama con la conciencia de haber hecho una buena acción.
El lunes por la mañana, mientras aún estaba en cama, le informaron que el padre Yakov había llegado. No quería levantarse y le pidió al sirviente que dijera que no estaba en casa. El martes se fue a una sesión de la Junta, y cuando regresó el sábado, los sirvientes le dijeron que el padre Yakov había venido todos los días durante su ausencia.
“Parece que le gustaron mis galletas”, pensó.
Al anochecer del domingo, llegó el padre Yakov. Esta vez, no solo sus faldas, sino incluso su sombrero, estaban manchados de barro. Al igual que en su primera visita, tenía calor y estaba sudoroso, y se sentó en el borde de su silla como lo había hecho entonces. Kunin decidió no hablar de la escuela, no lanzar perlas.
—Te he traído una lista de libros para la escuela, Pavel Mihailovitch... —empezó el padre Yakov.
"Gracias."
Pero todo indicaba que el padre Yakov había venido por algo más que la lista. Su figura reflejaba una profunda vergüenza, y al mismo tiempo, una expresión de determinación en su rostro, como la de un hombre repentinamente inspirado por una idea. Se esforzó por decir algo importante, absolutamente necesario, y se esforzó por superar su timidez.
"¿Por qué es tan tonto?", pensó Kunin con ira. "¡Se ha acomodado! No tengo tiempo para molestarme con él".
Para suavizar la incomodidad de su silencio y disimular la lucha que se libraba en su interior, el sacerdote esbozó una sonrisa forzada, y esta lenta sonrisa, forzada en su rostro rojo y sudoroso, y que no concordaba con la mirada fija de sus ojos azul grisáceos, hizo que Kunin se alejara. Sintió repulsión.
“Disculpe, padre, tengo que salir”, dijo.
El padre Yakov se sobresaltó como un hombre dormido que ha recibido un golpe y, aún sonriendo, en su confusión, comenzó a envolverse en las faldas de su sotana. A pesar de la repulsión que sentía por él, Kunin sintió de repente lástima por él y quiso suavizar su crueldad.
—Por favor, venga otra vez, Padre —dijo—, y antes de despedirnos, quiero pedirle un favor. El otro día, de alguna manera, me inspiró a escribir dos sermones... Se los daré para que los vea. Si le parecen adecuados, úselos.
—Muy bien —dijo el padre Yakov, poniendo la mano abierta sobre los sermones de Kunin que estaban sobre la mesa—. Los tomaré.
Después de permanecer de pie un rato, dudando y envolviéndose todavía en la sotana, de repente abandonó el esfuerzo de sonreír y levantó la cabeza resueltamente.
—Pavel Mihailovitch —dijo, intentando evidentemente hablar alto y con claridad.
"¿Qué puedo hacer por ti?"
“He oído que usted... eh... ha despedido a su secretaria y... y está buscando una nueva...”
—Sí, lo soy... ¿No tienes a alguien que recomendar?
—Yo... eh... verás... yo... ¿No podrías cederme el puesto?
“¿Por qué abandonas la Iglesia?”, preguntó Kunin asombrado.
—No, no —dijo rápidamente el padre Yakov, palideciendo y temblando por alguna razón—. ¡Dios no lo quiera! Si tienes dudas, no te preocupes, no te preocupes. Verás, podría hacer el trabajo entre ratos... para aumentar mis ingresos... ¡No te preocupes, no te preocupes!
—¡Mmm!... tus ingresos... Pero, ¿sabes?, solo le pago a mi secretaria veinte rublos al mes.
—¡Cielos! Me conformo con diez —susurró el padre Yákov, mirando a su alrededor—. ¡Diez bastarían! Usted... usted está asombrado, y todos están asombrados. El sacerdote avaricioso, el sacerdote avaro, ¿qué hace con su dinero? Yo mismo me siento avaricioso... y me culpo, me condeno... Me avergüenzo de mirar a la gente a la cara... Se lo digo por mi conciencia, Pavel Mihailovitch... Pongo al Dios de la verdad por testigo...
El padre Yakov respiró hondo y continuó:
De camino hacia aquí preparé una confesión formal para ti, pero... lo he olvidado todo; no encuentro ni una palabra. Recibo ciento cincuenta rublos al año de mi parroquia, y todos se preguntan qué hago con el dinero... Pero te lo explicaré con toda sinceridad... Pago cuarenta rublos al año a la escuela clerical de mi hermano Pyotr. Allí lo tiene todo, excepto que tengo que proporcionarle bolígrafos y papel.
—¡Oh, te creo! ¡Te creo! ¿Pero a qué viene todo esto? —dijo Kunin con un gesto de la mano, sintiéndose terriblemente oprimido por el arrebato de confianza de su visitante y sin saber cómo evitar el brillo lloroso en sus ojos.
Entonces aún no he pagado todo lo que le debo al consistorio por mi puesto. Me cobraron doscientos rublos por el sustento, y debía pagar diez rublos al mes... ¡Ya sabrás cuánto me queda! Y, además, debo darle al padre Avraamy al menos tres rublos al mes.
“¿Qué, Padre Avraamy?”
El padre Avraamy, que era sacerdote en Sinkino antes de mi llegada, fue privado de sustento debido a su... enfermedad, pero, ¿sabe?, ¡sigue viviendo en Sinkino! No tiene adónde ir. No hay nadie que lo cuide. Aunque es viejo, necesita un rincón, comida y ropa. ¡No puedo dejar que mendigue por los caminos en su situación! ¡Si algo pasara, sería mi conciencia! ¡Sería culpa mía! Está... endeudado por todos lados; pero, ¿sabe?, soy yo el culpable de no pagarle.
El padre Yakov se levantó de su asiento y, mirando frenéticamente al suelo, caminó de un lado a otro por la habitación.
—¡Dios mío, Dios mío! —murmuró, levantando las manos y bajándolas—. ¡Señor, sálvanos y ten piedad de nosotros! ¿Por qué te has encomendado a semejante invocación si tienes tan poca fe y tan pocas fuerzas? ¡Mi desesperación no tiene fin! ¡Sálvame, Reina del Cielo!
“Tranquilízate, padre”, dijo Kunin.
—Estoy agotado de hambre, Pavel Mihailovitch —continuó el padre Yákov—. Perdóname generosamente, pero estoy al límite de mis fuerzas... Sé que si mendigara y me inclinara, todos me ayudarían, pero... ¡no puedo! Me da vergüenza. ¿Cómo puedo mendigarles a los campesinos? Tú estás en la Junta aquí, así que lo sabes... ¿Cómo se le puede mendigar a un mendigo? ¡Y mendigarles a los ricos, a los terratenientes, no puedo! ¡Tengo orgullo! ¡Me da vergüenza!
El padre Yakov agitó la mano y se rascó nerviosamente la cabeza con ambas manos.
¡Qué vergüenza! ¡Dios mío, qué vergüenza! ¡Soy orgulloso y no soporto que la gente vea mi pobreza! Cuando me visitaste, Pavel Mihailovitch, ¡no había té en casa! ¡No había ni una pizca, y sabes que fue el orgullo lo que me impidió decírtelo! Me avergüenzo de mi ropa, de estos remiendos... Me avergüenzo de mis vestimentas, de pasar hambre... ¿Y es propio de un sacerdote estar orgulloso?
El padre Yakov se quedó quieto en medio del estudio y, como si no notara la presencia de Kunin, comenzó a razonar consigo mismo.
Bueno, supongamos que sufro hambre y desgracia... ¡Dios mío, tengo esposa! ¡La saqué de un buen hogar! No está acostumbrada al trabajo duro; es débil; está acostumbrada al té, al pan blanco y a las sábanas en la cama... En casa solía tocar el piano... Es joven, aún no tiene veinte años... Le gustaría, sin duda, ser elegante, divertirse, salir a ver gente... Y conmigo está peor que con cualquier cocinero; le da vergüenza mostrarse en la calle. ¡Dios mío, Dios mío! Su único capricho es cuando le traigo una manzana o una galleta de visita...
El padre Yakov volvió a rascarse la cabeza con ambas manos.
Y nos hace sentir no amor, sino lástima el uno por el otro... ¡No puedo mirarla sin compasión! ¡Y las cosas que pasan en esta vida, oh Señor! Cosas que la gente no creería ni siquiera si las viera en el periódico... ¡Y cuándo acabará todo esto!
—¡Silencio, padre! —casi gritó Kunin, asustado por su tono—. ¿Por qué tienes una visión tan pesimista de la vida?
—Perdóname generosamente, Pavel Mihailovitch... —murmuró el padre Yakov como si estuviera borracho—. Perdóname, todo esto... no importa, y no le hagas caso... Solo que me culpo a mí mismo, y siempre me culparé... siempre.
El padre Yakov miró a su alrededor y comenzó a susurrar:
Una mañana temprano, iba de Sinkino a Lutchkovo; vi a una mujer parada en la orilla del río, haciendo algo... Me acerqué y no podía creer lo que veía... ¡Fue horrible! La esposa del doctor, Iván Sergeich, estaba allí sentada lavando su ropa... ¡La esposa de un médico, criada en un internado selecto! Se había levantado temprano, ¿sabe?, y se había alejado media milla del pueblo para que nadie la viera... ¡No podía superar su orgullo! Cuando me vio cerca y notó su pobreza, se puso roja como un tomate... Me sentí nerviosa, asustada, y corrí a ayudarla, pero me escondió la ropa; temía que viera sus camisas harapientas...
—Todo esto es absolutamente increíble —dijo Kunin sentándose y mirando casi con horror el pálido rostro del padre Yakov.
¡Increíble! ¡Es algo inaudito! ¡Pavel Mihailovitch, que la esposa de un médico esté enjuagando la ropa en el río! ¡Algo así no ocurre en ningún país! Como su pastor y padre espiritual, no debería permitirlo, pero ¿qué le voy a hacer? ¿Qué? ¡Si yo también intento que su marido me trate gratis! Es cierto que, como dices, ¡es increíble! Apenas se puede creer lo que ven los ojos. Durante la misa, ¿sabes?, cuando miro desde el altar y veo a mis feligreses, a Avraamy hambriento y a mi esposa, y pienso en la esposa del médico, en lo azules que estaban sus manos por el agua fría, ¡cómo no iba a creerlo!, me olvido de mí mismo y me quedo de pie, sin sentido, hasta que el sacristán me llama... ¡Es horrible!
El padre Yakov empezó a caminar de nuevo.
—¡Señor Jesús! —dijo, agitando las manos—, ¡Santos Santos! No puedo oficiar como es debido... Me hablas de la escuela, y yo me quedo como un tonto, sin entender ni una palabra, pensando solo en comida... Incluso ante el altar... Pero... ¿qué hago? —El padre Yakov se incorporó de repente—. Quieres salir. Perdóname, no quise decir nada... Disculpa...
Kunin estrechó la mano del padre Yakov sin decir palabra, lo acompañó hasta el recibidor y, al volver a su estudio, se detuvo junto a la ventana. Vio al padre Yakov salir de la casa, ponerse el sombrero de ala ancha y oxidado sobre los ojos y, lentamente, inclinando la cabeza, como avergonzado de su arrebato, caminar por el camino.
"No veo su caballo", pensó Kunin.
Kunin no se atrevía a pensar que el sacerdote venía a pie todos los días a verlo; Sinkino estaba a ocho o nueve kilómetros, y el barro del camino era intransitable. Más adelante vio al cochero Andrey y al niño Paramon, saltando los charcos y salpicando de barro al padre Yakov, correr hacia él para recibir su bendición. El padre Yakov se quitó el sombrero y bendijo lentamente a Andrey, luego bendijo al niño y le acarició la cabeza.
Kunin se pasó la mano por los ojos y le pareció que la tenía húmeda. Se alejó de la ventana y, con la mirada apagada, recorrió la habitación donde aún le parecía oír la tímida voz monótona. Miró hacia la mesa. Por suerte, el padre Yakov, con las prisas, había olvidado tomar los sermones. Kunin corrió hacia ellos, los rompió en pedazos y, con asco, los metió debajo de la mesa.
—¡Y yo que no lo sabía! —gimió, dejándose caer en el sofá—. ¡Después de estar aquí más de un año como miembro de la Junta Rural, Juez de Paz Honorario, miembro del Comité Escolar! ¡Un títere ciego, un completo idiota! ¡Tengo que apresurarme a ayudarlos, tengo que apresurarme!
Se giraba de un lado a otro con inquietud, se apretaba las sienes y se devanaba los sesos.
El día veinte recibiré mi sueldo, doscientos rublos... Con algún buen pretexto le daré una parte a él y otra a la esposa del médico... Les pediré que presten un servicio especial aquí y le prepararé una enfermedad al médico... Así no heriré su orgullo. Y también ayudaré al padre Avraamy...
Calculaba su dinero con los dedos, y temía reconocer que esos doscientos rublos apenas le alcanzarían para pagar a su mayordomo, a sus sirvientes, al campesino que traía la carne... No podía evitar recordar el pasado reciente, cuando malgastaba sin sentido la fortuna de su padre, cuando, siendo un cachorro de veinte años, regalaba abanicos caros a prostitutas, pagaba diez rublos al día a Kuzma, su taxista, y, en su vanidad, hacía regalos a actrices. ¡Oh, qué útiles habrían sido ahora esos billetes desperdiciados de rublos, tres rublos, diez rublos!
«¡El padre Avraamy vive con tres rublos al mes!», pensó Kunin. «Por un rublo, la esposa del sacerdote podría comprarse una camisa, y la esposa del médico podría contratar a una lavandera. ¡Pero los ayudaré de todas formas! ¡Tengo que ayudarlos!».
En ese momento, Kunin recordó de repente la información privada que le había enviado al obispo, y se retorció como si hubiera recibido una repentina ráfaga de aire frío. Este recuerdo lo llenó de una vergüenza abrumadora ante su ser interior y ante la verdad invisible.
Así había comenzado y había terminado un esfuerzo sincero de servicio público por parte de una persona bien intencionada pero irreflexiva y demasiado cómoda.
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EL ASESINATO
I
TEl servicio vespertino se celebraba en la estación de Progonnaya. Ante el gran icono, pintado con colores brillantes sobre un fondo dorado, se encontraban los empleados del ferrocarril con sus esposas e hijos, así como los leñadores y aserradores que trabajaban cerca de la vía. Todos permanecían en silencio, fascinados por el resplandor de las luces y el aullido de la tormenta de nieve que se desataba sin rumbo en el exterior, a pesar de ser la víspera de la Anunciación. El anciano sacerdote de Vedenyapino dirigía el servicio; el sacristán y Matvey Terehov cantaban.
El rostro de Matvey irradiaba alegría; cantaba estirando el cuello como si quisiera elevarse. Cantaba con voz de tenor y entonaba las "Alabanzas" también con voz de tenor, con una dulce dulzura y una gran persuasión. Al cantar "Voces de Arcángel", agitaba los brazos como un director de orquesta, y al intentar secundar el bajo hueco del sacristán con su voz de tenor, logró algo extremadamente complejo, y su rostro dejaba entrever que experimentaba un gran placer.
Por fin terminó el servicio y todos se dispersaron en silencio y volvió a estar oscuro y vacío y siguió ese silencio que solo se conoce en las estaciones que se encuentran solitarias en campo abierto o en el bosque, cuando el viento aúlla y no se oye nada más y cuando se siente todo el vacío alrededor, toda la tristeza de la vida, que lentamente se desvanece.
Matvey vivía cerca de la estación, en la taberna de su primo. Pero no quería volver a casa. Se sentó en la barra y empezó a hablar con el camarero en voz baja.
Teníamos nuestro propio coro en la fábrica de azulejos. Y debo decirles que, aunque solo éramos obreros, nuestro canto era de primera, espléndido. Nos invitaban a menudo al pueblo, y cuando el viceobispo, el padre Iván, oficiaba el servicio en la iglesia de la Trinidad, los cantores del obispo cantaban en el coro derecho y nosotros en el izquierdo. Solo que en el pueblo se quejaban de que cantábamos demasiado tiempo: «El coro de la fábrica lo alarga», solían decir. Es cierto que empezábamos las oraciones de San Andrés y las Alabanzas entre las seis y las siete, y terminábamos pasadas las once, así que a veces llegábamos a casa, a la fábrica, después de medianoche. Era bueno», suspiró Matvey. ¡Fue muy bueno, de verdad, Serguéi Nikanóritch! Pero aquí, en casa de mi padre, no hay nada de alegría. La iglesia más cercana está a seis kilómetros; con mi frágil salud no puedo ir tan lejos; allí no hay cantores. Y no hay paz ni tranquilidad en nuestra familia; día tras día hay alboroto, regaños, suciedad; todos comemos de un mismo plato como campesinos; y hay escarabajos en la sopa de col... Dios no me ha dado salud; si no, me habría ido hace mucho, Serguéi Nikanóritch.
Matvey Terehov era un hombre de mediana edad, de unos cuarenta y cinco años, pero tenía aspecto de enfermo; tenía el rostro arrugado y su barba lacia y rala era bastante canosa, lo que le hacía parecer mucho mayor. Hablaba con voz débil y circunspecta, y se sujetaba el pecho al toser, mientras sus ojos adquirían la mirada inquieta y ansiosa que se ve en las personas muy aprensivas. Nunca dijo con precisión qué le pasaba, pero le gustaba describir con detalle cómo una vez en la fábrica levantó una caja pesada y se hizo daño, y cómo esto le provocó «las gripes», obligándolo a dejar su trabajo en la fábrica de azulejos y regresar a su tierra natal; pero no podía explicar a qué se refería con «las gripes».
“Debo confesar que no le tengo cariño a mi primo”, continuó, sirviéndose un poco de té. “Es mayor que yo; es un pecado censurarlo, y temo al Señor, pero no puedo soportarlo con paciencia. Es un hombre altivo, hosco y abusivo; es el tormento de sus parientes y trabajadores, y siempre está de mal humor. El domingo pasado le pedí amablemente: “Hermano, ¡vamos a Pahomovo a misa!”, pero dijo: “No voy; el cura de allí es jugador”; y no quiso venir hoy porque, dijo, el cura de Vedenyapino fuma y bebe vodka. ¡No le gusta el clero! Él mismo lee la misa, las Horas y las Vísperas, mientras su hermana hace de sacristana; él dice: “¡Oremos al Señor!”, y ella, con una vocecita como la de una pava, “¡Señor, ten piedad de nosotros!”. Es un pecado, eso es lo que es. Todos los días le digo: «¡Piensa en lo que haces, hermano! ¡Arrepiéntete, hermano!», y no me hace caso.
Serguéi Nikanoritch, el camarero, sirvió cinco vasos de té y los llevó en una bandeja a la sala de espera. Apenas había entrado cuando se oyó un grito:
¿Así se sirve, cara de cerdo? ¡No sabes esperar!
Era la voz del jefe de estación. Se oyó un murmullo tímido, y luego un grito áspero y furioso:
"¡Llevarse bien!"
El camarero regresó muy desanimado.
“Hubo una época en que daba satisfacción a condes y príncipes”, dijo en voz baja; “pero ahora no sé servir el té... ¡Me insultaba delante del sacerdote y las damas!”
El camarero, Serguéi Nikanóritch, había tenido una vez dinero propio y había regentado un bufet en una estación de primera clase, un cruce de vías en la principal ciudad de provincia. Allí llevaba frac y una cadena de oro. Pero las cosas le habían ido mal; había malgastado todo su dinero en costosos accesorios y servicios; sus empleados le habían robado y, al verse en apuros, se había mudado a otra estación menos bulliciosa. Allí lo dejó su esposa, llevándose toda la plata, y se mudó a una tercera estación, de categoría aún inferior, donde no se servían platos calientes. Luego a una cuarta. Cambiando de puesto con frecuencia y hundiéndose cada vez más, finalmente llegó a Progonnaya, donde solo vendía té y vodka barata, y para el almuerzo huevos duros y salchichas secas, que olían a alquitrán, y que él mismo decía con sarcasmo que solo eran aptas para la orquesta. Era calvo por toda la cabeza, con prominentes ojos azules y una espesa y espesa patilla, que a menudo se peinaba mirándose al pequeño espejo. Los recuerdos del pasado lo atormentaban constantemente; nunca se acostumbró a las salchichas «solo aptas para la orquesta», a la rudeza del jefe de estación ni a los campesinos que solían regatear los precios, y en su opinión era tan indecoroso regatear en un bar como en una farmacia. Se avergonzaba de su pobreza y degradación, y esa vergüenza era ahora el principal interés de su vida.
“La primavera se ha retrasado este año”, dijo Matvey, escuchando. “Menos mal; no me gusta la primavera. En primavera hay mucho barro, Serguéi Nikanóritch. En los libros se dice: Primavera, los pájaros cantan, el sol se pone, pero ¿qué hay de agradable en eso? Un pájaro es un pájaro, y nada más. Me gusta la buena compañía, escuchar a la gente, hablar de religión o cantar algo agradable en coro; pero en cuanto a los ruiseñores y las flores, ¡benditos sean, digo!”
Volvió a hablar de la fábrica de azulejos, del coro, pero Serguéi Nikanóritch no podía superar su mortificación y seguía encogiéndose de hombros y murmurando. Matvey se despidió y se fue a casa.
No había escarcha, y la nieve ya se derretía en los tejados, aunque seguía cayendo en grandes copos; giraban rápidamente en el aire, persiguiéndose entre nubes blancas a lo largo de la vía férrea. Y el robledal a ambos lados de la vía, a la tenue luz de la luna, oculta en lo alto de las nubes, resonaba con un prolongado y sombrío murmullo. ¡Qué terribles son los árboles cuando una violenta tormenta los sacude! Matvey caminaba por la calzada junto a la vía, cubriéndose la cara y las manos, mientras el viento le azotaba la espalda. De repente, un pequeño rocín, cubierto de nieve, apareció ante sus ojos; un trineo rozaba las piedras desnudas de la calzada, y un campesino, también blanco, con la cabeza envuelta, hizo restallar su látigo. Matvey miró a su alrededor, pero de repente, como si hubiera sido una visión, no vio ni el trineo ni al campesino, y apresuró el paso, repentinamente asustado, aunque sin saber por qué.
Allí estaba el cruce y la casita oscura donde vivía el guardavías. La barrera estaba levantada, y junto a ella se habían deslizado montañas perfectas y nubes de nieve se arremolinaban como brujas en escobas. En ese punto, la vía se cruzaba con un antiguo camino real, que todavía se llamaba «el camino». A la derecha, no lejos del cruce, junto al camino, se encontraba la taberna de Terehov, que había sido una posada de postas. Allí siempre había una luz centelleante por la noche.
Cuando Matvey llegó a casa, un fuerte olor a incienso impregnaba todas las habitaciones, incluso la entrada. Su primo Yakov Ivanitch seguía celebrando el servicio vespertino. En el oratorio, en la esquina opuesta a la puerta, se alzaba un altar con antiguos iconos ancestrales engastados en oro, y las paredes, a derecha e izquierda, estaban decoradas con iconos antiguos y modernos, con y sin altar. Sobre la mesa, tendida hasta el suelo, había un icono de la Anunciación, y cerca una cruz de madera de ciprés y el incensario; ardían velas de cera. Junto a la mesa había un atril. Al pasar por el oratorio, Matvey se detuvo y echó un vistazo a la puerta. Yakov Ivanitch estaba leyendo en el atril en ese momento; su hermana Aglaia, una anciana alta y delgada con un vestido azul oscuro y un pañuelo blanco, rezaba con él. Allí también estaba la hija de Yakov Ivanitch, Dashutka, una muchacha pecosa y fea de dieciocho años, descalza como siempre y con el mismo vestido con el que al anochecer había llevado agua al ganado.
—¡Gloria a Ti que nos has mostrado la luz! —exclamó Yakov Ivanitch en un cántico, haciendo una profunda reverencia.
Aglaia apoyó la barbilla en la mano y canturreó con voz aguda, aguda y lenta. Y arriba, sobre el techo, se oían voces vagas que parecían amenazantes o presagiaban maldad. Nadie había vivido en el piso superior desde un incendio ocurrido hacía mucho tiempo. Las ventanas estaban tapiadas, y había botellas vacías esparcidas por el suelo, entre las vigas. El viento azotaba y zumbaba, y parecía como si alguien corriera y tropezara con las vigas.
La mitad de la planta baja se usaba como taberna, mientras que la familia de Terehov vivía en la otra mitad, de modo que cuando los visitantes borrachos armaban ruido en la taberna, cada palabra que decían se oía en las habitaciones. Matvey vivía en una habitación contigua a la cocina, con una gran estufa, en la que, antaño, cuando esta era una posada, se horneaba pan a diario. Dashutka, que no tenía habitación propia, vivía en la misma habitación, detrás de la estufa. Allí siempre cantaba un grillo por la noche y los ratones entraban y salían corriendo.
Matvey encendió una vela y se puso a leer un libro que le había prestado el policía de la comisaría. Mientras estaba sentado frente a él, terminó el servicio y todos se fueron a la cama. Dashutka también se acostó. Empezó a roncar enseguida, pero pronto se despertó y dijo, bostezando:
“No deberías quemar una vela por nada, tío Matvey”.
“Es mi vela”, respondió Matvey. “La compré con mi propio dinero”.
Dashutka se dio la vuelta un poco y se volvió a dormir. Matvey permaneció despierto un buen rato más —no tenía sueño— y cuando terminó la última página, sacó un lápiz de una caja y escribió en el cuaderno:
Yo, Matvey Terehov, he leído este libro y lo considero el mejor de todos. Por ello, expreso mi gratitud al suboficial del Departamento de Policía de Ferrocarriles, Kuzma Nikolaev Zhukov, por ser el propietario de este invaluable libro.
Consideraba una obligación de cortesía hacer tales inscripciones en los libros de otras personas.
II
El día de la Anunciación, después de que partiera el tren correo, Matvey estaba sentado en el bar, conversando y bebiendo té con limón.
El camarero y el policía Zhukov lo escuchaban.
“Debo confesarte”, decía Matvey, “tuve inclinación hacia la religión desde mi más tierna infancia. Tenía solo doce años cuando leía la epístola en la iglesia, y mis padres estaban encantados, y cada verano iba de peregrinación con mi querida madre. A veces, otros muchachos cantaban canciones y pescaban cangrejos de río, mientras yo estaba todo el tiempo con mi madre. Mis mayores me elogiaban, y, de hecho, yo mismo estaba contento de mi buen comportamiento. Y cuando mi madre me enviaba con su bendición a la fábrica, solía cantar tenor en nuestro coro entre horas de trabajo, y nada me daba mayor placer. No hace falta decir que no bebía vodka, no fumaba tabaco y vivía en castidad; pero todos sabemos que ese modo de vida desagrada al enemigo de la humanidad, y él, el espíritu inmundo, una vez intentó arruinarme y comenzó a oscurecer mi mente, igual que ahora con mi primo. Primero, hice voto de ayunar todos los lunes y No comer carne ningún día, y con el paso del tiempo me asaltaron todo tipo de caprichos. Desde la primera semana de Cuaresma hasta el sábado, los santos padres ordenaron una dieta de alimentos secos, pero no es pecado para los débiles ni para quienes trabajan duro ni siquiera tomar té. Sin embargo, no comí ni una migaja hasta el domingo, y después, durante toda la Cuaresma, no me permití ni una gota de aceite, y los miércoles y viernes no probé bocado alguno. Lo mismo ocurría en los ayunos menores. A veces, durante el ayuno de San Pedro, nuestros obreros tomaban sopa de pescado, mientras yo me sentaba un poco apartado y chupaba un mendrugo seco. Cada persona tiene sus propias facultades, por supuesto, pero puedo decir que, por mi parte, los días de ayuno no me resultaron difíciles, y, de hecho, cuanto mayor es el celo, más fácil parece. Solo tienes hambre los primeros días de ayuno, y luego te acostumbras; se va haciendo más fácil, y al final de la semana no te molesta en absoluto, y sientes un entumecimiento en las piernas. Como si no estuvieras en la tierra, sino en las nubes. Y, además, me impuse toda clase de penitencias; solía levantarme por la noche y rezar, postrado en tierra, arrastrar piedras pesadas de un lado a otro, salir descalzo en la nieve, e incluso llevaba cadenas. Pero, con el paso del tiempo, ¿sabes?, un día me estaba confesando con el sacerdote y de repente me vino esta reflexión: «¿Pero este sacerdote, pensé, está casado, come carne y fuma tabaco? ¿Cómo puede confesarme, y qué poder tiene para absolverme si es más pecador que yo? Incluso me da escrúpulos comer aceite de Cuaresma, mientras él come esturión, me atrevería a decir». Fui a ver a otro sacerdote, y él, por desgracia, era un hombre gordo y corpulento, con sotana de seda; susurraba como una dama, y también olía a tabaco. Fui a ayunar y a confesarme al monasterio.y mi corazón no estaba tranquilo ni siquiera allí; seguía imaginando que los monjes no vivían según sus reglas. Y después de eso no pude encontrar un servicio que me convenciera: en un lugar leían el servicio demasiado rápido, en otro cantaban la oración equivocada, en un tercero el sacristán tartamudeaba. A veces, el Señor me perdone a un pecador, me paraba en la iglesia y mi corazón latía de ira. ¿Cómo podía uno rezar, sintiéndose así? Y me imaginaba que la gente en la iglesia no se santiguaba correctamente, no escuchaba correctamente; dondequiera que miraba me parecía que todos eran borrachos, que rompían el ayuno, fumaban, vivían vidas perdidas y jugaban a las cartas. Yo era el único que vivía según los mandamientos. El espíritu astuto no dormía; empeoraba a medida que avanzaba. Dejé de cantar en el coro y no fui a la iglesia en absoluto; Como me creía un hombre justo y la iglesia no me convenía debido a sus imperfecciones —es decir, como un ángel caído—, me envanecí de orgullo hasta lo inimaginable. Después de esto, empecé a intentar construir una iglesia para mí. Le alquilé a una mujer sorda una habitación diminuta, lejos del pueblo, cerca del cementerio, e hice un oratorio como el de mi primo, solo que también tenía grandes candelabros de iglesia y un incensario de verdad. En este oratorio mío, cumplía las reglas del santo Monte Athos: todos los días mis maitines comenzaban sin falta a medianoche, y en la víspera del principal de los doce días festivos, mi servicio de medianoche duraba diez horas y, a veces, incluso doce. A los monjes se les permite por regla general sentarse durante el canto del Salterio y la lectura de la Biblia, pero yo quería ser mejor que los monjes, así que solía estar de pie todo el tiempo. Solía leer y cantar despacio, con lágrimas y suspiros, levantando las manos, e iba directamente de la oración al trabajo sin dormir; y, de hecho, siempre rezaba en el trabajo. Bueno, se corrió la voz por todo el pueblo: «Matvey es un santo; Matvey cura a los enfermos y a los insensatos». Nunca había curado a nadie, por supuesto, pero todos sabemos que dondequiera que surja una herejía o una falsa doctrina, no hay forma de mantener alejada al sexo femenino. Son como moscas en la miel. Solteronas y mujeres de todo tipo venían a rastras hacia mí, inclinándose a mis pies, besándome las manos y gritando que era una santa y todo lo demás, e incluso una vio un halo alrededor de mi cabeza. Había demasiada gente en el oratorio. Alquilé una habitación más grande, y entonces tuvimos una auténtica torre de Babel. El diablo me atrapó por completo y tapó la luz de mis ojos con sus impuras pezuñas. Todas nos comportamos como si estuviéramos frenéticas. Yo leía, mientras las solteronas y otras mujeres cantaban, y luego, después de estar de pie durante veinticuatro horas o más sin comer ni beber,De repente, les invadía un temblor como si tuvieran fiebre; después, uno empezaba a gritar, y luego otro, ¡era horrible! Yo también temblaba como un judío en una sartén, no sé por qué, y empezábamos a brincar. Es extraño, la verdad: uno no quiere, pero brinca y mueve los brazos; y después, gritando y chillando, todos bailábamos y corríamos unos tras otros, hasta caer rendidos; y así, en un frenesí salvaje, caí en la fornicación.
El policía se rió, pero al notar que nadie más se reía, se puso serio y dijo:
Eso es molokismo. He oído que todos son así en el Cáucaso.
—Pero a mí no me mató un rayo —prosiguió Matvey, santiguándose ante el icono y moviendo los labios. Mi difunta madre debió de estar rezando por mí en el otro mundo. Cuando todos en el pueblo me consideraban un santo, e incluso las damas y caballeros de buena familia solían acudir a mí en secreto en busca de consuelo, casualmente fui a casa de nuestro casero, Osip Varlamitch, para pedirle perdón —era el Día del Perdón— y él cerró la puerta con el gancho, y nos quedamos solos, cara a cara. Y empezó a reprenderme, y debo decirle que Osip Varlamitch era un hombre inteligente, aunque sin educación, y todos lo respetaban y temían, pues era un hombre de vida severa, temeroso de Dios y trabajador. Había sido alcalde del pueblo y guardián de la iglesia durante unos veinte años, y había hecho mucho bien; había cubierto toda la carretera de Nueva Moscú con grava, había pintado la iglesia y había decorado las columnas para que parecieran malaquita. Bueno, cerró la puerta y... «Hace mucho tiempo que quería hablar contigo, ¡Bribón!... —dijo—. Te crees un santo —dijo—. No, no eres un santo, sino un descarriado de Dios, un hereje y un malhechor... Y siguió y siguió... No puedo explicarles cómo lo dijo, tan elocuente e ingeniosamente, como si todo estuviera escrito, y tan conmovedoramente. Habló durante dos horas. Sus palabras penetraron mi alma; mis ojos se abrieron. Escuché, escuché y... ¡rompí a llorar! «Sé un hombre común», dijo, «come y bebe, vístete y reza como todos los demás. Todo lo que está por encima de lo común es del diablo. Tus cadenas», dijo, «son del diablo; tu ayuno es del diablo; tu sala de oración es del diablo. Todo es orgullo», dijo. Al día siguiente, lunes de Semana Santa, quiso Dios que enfermara. Me rompí el corazón y me llevaron al hospital. Estaba terriblemente preocupado, lloré amargamente y temblé. Pensé que había un camino directo delante de mí del hospital al infierno, y casi muero. Estuve en la miseria en una cama por enfermedad durante seis meses, y cuando me dieron de alta... Lo primero que hice fue confesarme, tomar la Santa Cena como de costumbre y volver a ser un hombre. Osip Varlamitch me acompañó a casa y me exhortó: «Recuerda, Matvey, que todo lo que se sale de lo común es del diablo». Y ahora como y bebo como todos los demás y rezo como todos los demás... Si ahora el sacerdote huele a tabaco o vodka, no me atrevo a culparlo, porque el sacerdote también es, por supuesto, un hombre común. Pero en cuanto me dicen que en el pueblo o en la ciudad se ha instalado un santo que no come durante semanas y se impone sus propias reglas, sé de quién es la obra. Así es como me comportaba antes, caballeros. Ahora, como Osip Varlamitch,Exhorto y reprocho continuamente a mis primos, pero soy una voz que clama en el desierto. Dios no me ha concedido el don.
La historia de Matvey, evidentemente, no causó ninguna impresión. Serguéi Nikanóritch no dijo nada, pero empezó a retirar los refrescos del mostrador, mientras el policía hablaba de lo rico que era el primo de Matvey.
“Debe tener por lo menos treinta mil”, dijo.
Zhukov, el policía, un hombre robusto, bien alimentado, pelirrojo y de rostro regordete (sus mejillas temblaban al caminar), solía sentarse despatarrado y cruzar las piernas cuando no estaba en presencia de sus superiores. Mientras hablaba, se balanceaba y silbaba despreocupadamente, con un aire de satisfacción y plenitud en su rostro, como si acabara de cenar. Ganaba dinero, y siempre hablaba de ello con aire de experto. Trabajaba como agente, y cuando alguien quería vender una finca, un caballo o un carruaje, se dirigían a él.
—Sí, supongo que serán treinta mil —asintió Serguéi Nikanóritch—. Tu abuelo tenía una fortuna inmensa —dijo, dirigiéndose a Matvey—. Era inmensa; todo se lo legó a tu padre y a tu tío. Tu padre murió joven y tu tío se quedó con todo, y después, por supuesto, con Yákov Ivánich. Mientras hacías peregrinaciones con tu madre y cantabas como tenor en la fábrica, no dejaron que la hierba creciera bajo sus pies.
—Quince mil le corresponden —dijo el policía, balanceándose—. La taberna es de todos, así que el capital es común. Sí. Si yo estuviera en su lugar, ya lo habría llevado a juicio. Para empezar, lo habría llevado a juicio, y mientras el caso seguía su curso, le habría dado un golpe en la cara.
Yakov Ivanitch era antipático porque, cuando alguien cree diferente a los demás, molesta incluso a quienes son indiferentes a la religión. El policía también lo detestaba porque él también vendía caballos y carruajes.
—No te importa ir a juicio con tu primo porque tienes mucho dinero —le dijo el camarero a Matvey, mirándolo con envidia—. Está muy bien para cualquiera que tenga recursos, pero supongo que moriré en esta posición...
Matvey empezó a declarar que no tenía dinero, pero Serguéi Nikanóritch no le hacía caso. Los recuerdos del pasado y de los insultos que soportaba a diario lo asaltaron. Su cabeza calva empezó a sudar; se sonrojó y parpadeó.
—¡Maldita vida! —dijo con enfado, y golpeó la salchicha contra el suelo.
III
Se decía que la taberna había sido construida en tiempos de Alejandro I por una viuda que se había establecido allí con su hijo; se llamaba Avdotya Terehov. El oscuro patio techado y las puertas siempre cerradas provocaban, sobre todo en las noches de luna, una sensación de depresión y una inquietud inexplicable en quienes pasaban con caballos de posta, como si allí vivieran hechiceros o ladrones; y el cochero siempre miraba hacia atrás al pasar y azuzaba a sus caballos. Los viajeros no querían alojarse allí, ya que los habitantes de la casa siempre eran antipáticos y cobraban muy caro. El patio estaba embarrado incluso en verano; cerdos enormes y gordos solían yacer allí en el barro, y los caballos que comerciaban los Terehov vagaban sueltos, y a menudo ocurría que salían corriendo del patio y corrían por el camino como animales enloquecidos, aterrorizando a las peregrinas. En aquella época había mucho tráfico en el camino; Pasaban largos trenes de carros cargados y sucedían toda clase de aventuras, como, por ejemplo, que hace treinta años unos carreteros se pelearon con un comerciante que pasaba y lo mataron, y una cruz inclinada sigue en pie hasta el día de hoy a media milla de la taberna; las sillas de posta con campanillas y los pesadosdormilones de los caballeros del campo pasaban; y manadas de ganado con cuernos pasaban mugiendo y levantando nubes de polvo.
Cuando llegó el ferrocarril, al principio solo había un andén en este lugar, llamado simplemente apeadero; diez años después se construyó la estación actual, Progonnaya. El tráfico en la antigua vía de postas casi cesó, y ahora solo circulaban por ella terratenientes y campesinos locales, pero los trabajadores acudían en masa en primavera y otoño. La posada se transformó en restaurante; el piso superior fue destruido por un incendio, el techo se había amarilleado por el óxido, el techo del patio se había derrumbado poco a poco, pero cerdos enormes y gordos, rosados y repugnantes, aún se revolcaban en el barro del patio. Como antes, los caballos a veces se escapaban y, azotando sus colas, corrían como locos por la vía. En la taberna vendían té, avena, harina, vodka y cerveza, para beber en el local y también para llevar; vendían licores con cautela, pues nunca habían obtenido licencia.
Los Terehov siempre se habían distinguido por su piedad, tanto que incluso se les apodaba los "Piadosos". Pero quizá porque vivían apartados como osos, evitaban a la gente y elaboraban sus propias ideas, eran dados a los sueños, a las dudas y a los cambios de fe, y casi cada generación tenía una fe peculiar. La abuela Avdotya, quien había construido la posada, era una vieja creyente; su hijo y sus dos nietos (los padres de Matvey y Yakov) asistían a la iglesia ortodoxa, recibían al clero y rezaban ante los nuevos iconos con la misma devoción que ante los antiguos. El hijo, en su vejez, se negaba a comer carne y se imponía la regla del silencio, considerando toda conversación un pecado; la peculiaridad de los nietos era que interpretaban las Escrituras no simplemente, sino que buscaban en ellas un significado oculto, declarando que cada palabra sagrada debía contener un misterio.
El bisnieto de Avdotia, Matvey, había luchado desde su infancia con todo tipo de sueños y fantasías, y casi lo había arruinado por ello; el otro bisnieto, Yakov Ivanitch, era ortodoxo, pero tras la muerte de su esposa dejó de ir a la iglesia y rezaba en casa. Siguiendo su ejemplo, su hermana Aglaia también se había convertido; ella misma no iba a la iglesia y no dejaba ir a Dashutka. De Aglaia se decía que en su juventud solía asistir a las reuniones de los Flagelantes en Vedenyapino, y que seguía siendo Flagelante en secreto, razón por la cual usaba un pañuelo blanco.
Yakov Ivanitch era diez años mayor que Matvey; era un anciano alto y muy apuesto, con una gran barba gris que le llegaba casi a la cintura y unas cejas pobladas que le daban a su rostro una expresión severa, incluso malhumorada. Vestía un jubón largo de buena tela o un abrigo negro de piel de oveja, y procuraba vestir limpio y pulcro; usaba chanclos incluso en tiempo seco. No iba a la iglesia porque, en su opinión, los servicios no se celebraban debidamente y porque los sacerdotes bebían vino a horas prohibidas y fumaban tabaco. Todos los días leía y cantaba el servicio en casa con Aglaia. En Vedenyapino omitían las "Alabanzas" en los maitines tempranos, y no había servicio vespertino ni siquiera en los días festivos importantes, pero él solía leer en casa todo lo que se le indicaba para cada día, sin prisas ni omitir una sola línea, e incluso en su tiempo libre leía en voz alta las Vidas de los Santos. Y en la vida cotidiana se atenía estrictamente a las reglas de la iglesia; Así, si se permitía tomar vino algún día de Cuaresma “por causa de la vigilia”, él nunca dejaba de beberlo, incluso si no tenía ganas.
Leía, cantaba, quemaba incienso y ayunaba, no para recibir bendiciones divinas, sino por el bien del orden. El hombre no puede vivir sin religión, y esta debe expresarse año tras año y día tras día en un orden determinado, para que cada mañana y cada noche uno pueda dirigirse a Dios con las palabras y pensamientos adecuados para ese día y hora especiales. Hay que vivir, y por lo tanto, también orar como agrada a Dios, y por eso cada día hay que leer y cantar lo que agrada a Dios, es decir, lo que establece la regla de la iglesia. Así, el primer capítulo de San Juan solo debe leerse el día de Pascua, y el «Es muy conveniente» no debe cantarse desde la Pascua hasta la Ascensión, etc. La conciencia de este orden y su importancia le proporcionaban a Yakov Ivanitch una gran satisfacción durante sus ejercicios religiosos. Cuando se veía obligado a romperlo por alguna necesidad —para ir a la ciudad o al banco, por ejemplo—, su conciencia le remordía y se sentía desdichado.
Cuando su primo Matvey regresó inesperadamente de la fábrica y se instaló en la taberna como si fuera su casa, desde el primer día alteró el orden establecido. Se negaba a rezar con ellos, comía y tomaba té a deshoras, se levantaba tarde, bebía leche los miércoles y viernes con el pretexto de que no tenía buena salud; casi todos los días entraba en el oratorio mientras ellos rezaban y gritaba: "¡Piensa en lo que haces, hermano! ¡Arrepiéntete, hermano!". Estas palabras enfurecieron a Yakov, mientras que Aglaia no pudo evitar empezar a regañarlo; o por la noche Matvey entraba furioso en el oratorio y decía en voz baja: "Primo, tu oración no agrada a Dios. Porque está escrito: Primero reconcíliate con tu hermano y luego ofrece tu ofrenda. Prestas dinero a usura, traficas con vodka, ¡arrepiéntete!".
En las palabras de Matvey, Yakov no vio más que las típicas evasivas de la gente hueca y despreocupada que habla de amar al prójimo, de reconciliarse con su hermano, etc., simplemente para evitar rezar, ayunar y leer libros sagrados, y que habla con desprecio de las ganancias y los intereses simplemente porque no les gusta trabajar. Claro que ser pobre, no ahorrar nada y no ahorrar nada era mucho más fácil que ser rico.
Pero aun así estaba turbado y no podía rezar como antes. En cuanto entró en el oratorio y abrió el libro, empezó a temer que su primo entrara y lo estorbara; y, de hecho, Matvey no tardó en aparecer y gritó con voz temblorosa: "¡Piensa en lo que haces, hermano! ¡Arrepiéntete, hermano!". Aglaia estalló en cólera, y Yakov también montó en cólera y gritó: "¡Sal de mi casa!". Matvey le respondió: "La casa es de los dos".
Yakov volvía a cantar y a leer, pero no lograba recuperar la calma y, inconscientemente, se sumía en sueños sobre su libro. Aunque consideraba absurdas las palabras de su primo, por alguna razón últimamente le rondaba la memoria que es difícil para un rico entrar en el reino de los cielos, que el año anterior había hecho un buen negocio comprando un caballo robado, que un día, cuando su esposa vivía, un borracho murió de vodka en su taberna...
Ahora dormía mal por las noches y se despertaba con facilidad, y oía que Matvey también estaba despierto, suspirando sin cesar y añorando su fábrica de tejas. Y mientras Yakov se revolvía de un lado a otro por la noche, pensaba en el caballo robado, en el borracho y en lo que decían los evangelios sobre el camello.
Parecía que la ensoñación lo invadía de nuevo. Y, por desgracia, aunque era finales de marzo, no dejaba de nevar a diario, y el bosque rugía como si fuera invierno, y era imposible creer que la primavera llegara. El clima propiciaba la depresión, las peleas y el odio, y por la noche, cuando el viento zumbaba sobre el techo, parecía como si alguien viviera en el piso vacío; poco a poco, las cavilaciones se asentaron como una carga en su mente, le ardía la cabeza y no podía dormir.
IV
En la mañana del lunes anterior al Viernes Santo, Matvey escuchó desde su habitación a Dashutka decirle a Aglaia:
El tío Matvey dijo el otro día que no hay necesidad de ayunar.
Matvey recordó toda la conversación que había tenido la noche anterior con Dashutka y se sintió herido de inmediato.
—¡Niña, no hagas nada malo! —dijo con voz quejumbrosa, como un enfermo—. No puedes prescindir del ayuno; nuestro Señor mismo ayunó cuarenta días. Solo te expliqué que el ayuno no le hace ningún bien a un hombre malo.
“Deberías escuchar a los obreros de la fábrica; ellos te pueden enseñar lo que es bueno”, dijo Aglaia con sarcasmo mientras lavaba el piso (solía lavar los pisos los días laborables y siempre se enojaba con todos cuando lo hacía). “Sabemos cómo mantienen los ayunos en la fábrica. Mejor pregúntale a ese tío tuyo, pregúntale sobre su 'Cariño', cómo solía beber leche en los días de ayuno con ella, la víbora. Él enseña a otros; se olvida de su víbora. Pero pregúntale a quién le dejó el dinero, ¿quién fue?”
Matvey había ocultado cuidadosamente a todos, como si fuera una llaga, que durante la época de su vida, cuando ancianas y solteras bailaban y corrían con él durante sus oraciones, había trabado amistad con una trabajadora y había tenido un hijo con ella. Al regresar a casa, le había dado a esta mujer todos sus ahorros en la fábrica y le había pedido prestado a su casero para el viaje, y ahora solo le quedaban unos pocos rublos que gastó en té y velas. La "Querida" le había informado más tarde que la niña había muerto y le había preguntado en una carta qué debía hacer con el dinero. Esta carta fue traída desde la estación por el trabajador. Aglaia la interceptó, la leyó y desde entonces le había reprochado a Matvey a su "Querida" todos los días.
—Imagínate, novecientos rublos —continuó Aglaia—. ¡Le diste novecientos rublos a una víbora, sin parentesco, una maniática, maldita sea! —Ya se había puesto furiosa y gritaba con estridencia—: ¿No puedes hablar? ¡Te haría pedazos, desgraciada! Novecientos rublos como si fueran un céntimo. Podrías habérselo dejado a Dashutka —es pariente, no una desconocida— o mandarlo a Bielev para los pobres huérfanos de María. ¡Y tu víbora no se ahogó, maldita sea la tres veces, la diablesa! ¡Que nunca vea la luz del día!
Yakov Ivanitch la llamó: era hora de comenzar las "Horas". Se lavó, se puso un pañuelo blanco y, ya tranquila y mansa, entró en el oratorio junto a su querido hermano. Cuando hablaba con Matvey o servía el té a los campesinos en la taberna, era una anciana demacrada, de mirada penetrante y malhumorada; en el oratorio, su rostro estaba sereno y apacible, parecía más joven, hacía reverencias afectadas e incluso fruncía los labios.
Yakov Ivanitch comenzó a leer el servicio con suavidad y tristeza, como siempre hacía en Cuaresma. Tras leer un poco, se detuvo a escuchar el silencio que reinaba en la casa y luego reanudó la lectura, con una sensación de satisfacción; juntó las manos en señal de súplica, puso los ojos en blanco, meneó la cabeza y suspiró. Pero de repente se oyeron voces. El policía y Serguéi Nikanóritch habían venido a ver a Matvey. Yakov Ivanitch se sentía incómodo leyendo en voz alta y cantando cuando había desconocidos en la casa, y ahora, al oír voces, empezó a leer en voz baja y en voz baja. Oyó al camarero decir en el oratorio:
El tártaro de Shchepovo vende su negocio por mil quinientos rublos. Tomará quinientos al contado y un pagaré por el resto. Así que, Matvey Vassilitch, tenga la amabilidad de prestarme esos quinientos rublos. Le pagaré el dos por ciento mensual.
—¿Qué dinero tengo? —gritó Matvey, asombrado—. ¡No tengo dinero!
“Un dos por ciento mensual te vendrá de maravilla”, explicó el policía. “Mientras estás de brazos cruzados, tu dinero simplemente se lo come la polilla, y eso es todo lo que sacas de él”.
Después, los visitantes salieron y se hizo el silencio. Pero apenas Yakov Ivanitch había empezado a leer y cantar de nuevo, cuando se oyó una voz al otro lado de la puerta:
“Hermano, dame un caballo para ir a Vedenyapino”.
Era Matvey. Y Yakov volvió a estar preocupado. "¿Con quién puedes ir?", preguntó tras pensarlo un momento. "El hombre se fue con el alazán a buscar al cerdo, y yo iré con el semental a Shuteykino en cuanto termine".
—Hermano, ¿por qué eres tú quien se encarga de los caballos y yo no? —preguntó Matvey con irritación.
“Porque no los tomo por placer, sino por trabajo”.
—Nuestra propiedad es común, así que los caballos también lo son, y debes entenderlo, hermano.
Se hizo un silencio. Yakov no siguió rezando, sino que esperó a que Matvey se alejara de la puerta.
—Hermano —dijo Matvey—, estoy enfermo. No quiero posesiones; déjalas; las tienes, pero dame una pequeña parte para que pueda soportar mi enfermedad. Dámela y me iré.
Yakov no habló. Anhelaba librarse de Matvey, pero no podía darle dinero, pues todo el dinero estaba en el negocio; además, nunca se había dado un caso de división familiar en toda la historia de los Terehov. La división significa la ruina.
Yakov no dijo nada, pero seguía esperando a que Matvey se fuera, y seguía mirando a su hermana, temeroso de que interfiriera y de que se desatara otra oleada de insultos, como la de la mañana. Cuando por fin Matvey se fue, Yakov siguió leyendo, pero ya no le gustaba. Sentía una pesadez en la cabeza y una oscuridad ante los ojos por la continua inclinación hasta el suelo, y le cansaba el sonido de su voz suave y abatida. Cuando esa depresión lo invadía por la noche, la atribuía a la insomnio; de día lo asustaba, y empezó a sentir como si demonios se le posaran en la cabeza y los hombros.
Tras terminar el servicio, insatisfecho y de mal humor, partió hacia Shuteykino. El otoño anterior, una cuadrilla de peones había cavado una zanja cerca de Progonnaya y había dejado una cuenta en la taberna por dieciocho rublos, y ahora tenía que encontrar a su capataz en Shuteykino y obtener el dinero. El camino se había deteriorado por el deshielo y la tormenta de nieve; era oscuro y estaba lleno de baches, y en algunos tramos había cedido por completo. La nieve se había hundido a los lados, por debajo del camino, de modo que tuvo que conducir, por así decirlo, por una calzada estrecha, y era muy difícil desviarse cuando se topaba con algo. El cielo había estado nublado desde la mañana y soplaba un viento húmedo...
Una larga caravana de trineos lo recibió; unas campesinas acarreaban ladrillos. Yakov tuvo que desviarse del camino. Su caballo se hundió en la nieve hasta la panza; el trineo se desvió hacia la derecha, y para no caerse, se inclinó hacia la izquierda, permaneciendo así todo el tiempo que los trineos pasaron lentamente junto a él. A través del viento, oyó el crujido de los postes del trineo y la respiración de los flacos caballos, y a las mujeres que decían de él: «¡Ahí viene Dios!», mientras una, mirando con compasión a su caballo, dijo rápidamente:
¡Parece que la nieve se quedará hasta el día de Yegory! ¡Están hartos!
Yakov se sentó incómodo y acurrucado, entornando los ojos por el viento, mientras caballos y ladrillos rojos pasaban sin parar ante él. Y quizá por la incomodidad y el dolor en el costado, se sintió de repente molesto, y el asunto que estaba tratando le pareció insignificante, y pensó que podría enviar al trabajador al día siguiente a Shuteykino. De nuevo, como en la noche anterior sin dormir, pensó en el dicho del camello, y entonces recuerdos de todo tipo acudieron a su mente: del campesino que le había vendido el caballo robado, del borracho, de las campesinas que le habían traído sus samovares para empeñarlos. Por supuesto, todo comerciante intenta conseguir lo máximo posible, pero Yakov se sentía deprimido por estar en el negocio; anhelaba ir a algún lugar lejos de esta rutina, y se sentía deprimente al pensar que tendría que leer el servicio vespertino ese día. El viento le soplaba directamente en la cara y le susurraba en el cuello; y parecía como si le susurrara todos estos pensamientos, trayéndolos de la amplia llanura blanca... Mirando esa llanura, familiar para él desde la infancia, Yakov recordó que había tenido exactamente este mismo problema y estos mismos pensamientos en sus días de juventud cuando los sueños e imaginaciones lo habían asaltado y su fe había vacilado.
Se sentía miserable por estar solo en campo abierto; se dio la vuelta y condujo lentamente tras los trineos, y las mujeres se rieron y dijeron:
“Godly se ha vuelto atrás.”
En casa no se había cocinado nada y el samovar no estaba calentado debido al ayuno, lo que hacía que el día se le hiciera interminable. Yakov Ivanitch hacía rato que había llevado el caballo al establo, había enviado la harina a la estación y había empezado a leer los Salmos dos veces, pero aún faltaba mucho para la noche. Aglaia ya había fregado todos los pisos y, como no tenía nada que hacer, estaba ordenando su baúl, cuya tapa estaba pegada por dentro con etiquetas de botellas. Matvey, hambriento y melancólico, se sentaba a leer o se acercaba a la estufa holandesa y examinaba lentamente las baldosas que le recordaban a la fábrica. Dashutka dormía; luego, al despertar, fue a dar agua al ganado. Mientras sacaba agua del pozo, la cuerda se rompió y el cubo se cayó. El trabajador empezó a buscar un bichero para sacar el cubo, y Dashutka, descalza, con las patas rojas como las de un ganso, lo seguía por la nieve fangosa, repitiendo: "¡Es demasiado lejos!". Quería decir que el pozo era demasiado profundo para que el bichero llegara al fondo, pero el trabajador no la entendió, y evidentemente lo molestó, así que de repente se volvió y la insultó con un lenguaje inapropiado. Yákov Ivánich, que salía en ese momento al patio, oyó a Dashutka responder al trabajador con una larga y rápida retahíla de insultos, que solo podía haber oído de los campesinos borrachos de la taberna.
—¡Qué dices, descarada! —le gritó, horrorizado—. ¡Qué lenguaje!
Y miró a su padre perpleja, sin comprender por qué no debía usar esas palabras. Él la habría reprendido, pero le pareció tan salvaje e ignorante; y por primera vez comprendió que no tenía religión. Y toda esa vida en el bosque, en la nieve, con campesinos borrachos, con groseras palabrotas, le parecía tan salvaje e ignorante como esta muchacha, y en lugar de sermonearla, solo hizo un gesto con la mano y regresó a la habitación.
En ese momento, el policía y Serguéi Nikanóritch volvieron a ver a Matvey. Yákov Ivánich pensó que esa gente tampoco tenía religión, y que eso no les preocupaba en lo más mínimo; y la vida humana empezó a parecerle tan extraña, absurda e ignorante como la de un perro. Con la cabeza descubierta, caminó por el patio y luego salió al camino, apretando los puños. La nieve caía en grandes copos. Su barba ondeaba al viento. Negaba con la cabeza, como si algo le pesara sobre la cabeza y los hombros, como si demonios estuvieran sentados sobre ellos; y le parecía que no era él mismo quien andaba, sino una bestia salvaje, una bestia enorme y terrible, y que si gritaba, su voz sería un rugido que resonaría por todo el bosque y la llanura, y asustaría a todos...
V
Cuando regresó a la casa, el policía ya no estaba, pero el camarero estaba sentado con Matvey, contando algo en el rosario. Solía ir a menudo, casi a diario, a la taberna; antes venía a ver a Yákov Ivánich, ahora venía a ver a Matvey. Constantemente contaba las cuentas, con el rostro transpirado y un aspecto tenso, o pedía dinero o, acariciándose las patillas, contaba cómo una vez estuvo en una estación de primera clase y solía preparar ponche de champán para oficiales, y en las grandes cenas servía la sopa de esturión con sus propias manos. Nada en este mundo le interesaba excepto los bares, y solo podía hablar de comida, de vinos y de los utensilios de la mesa. En una ocasión, al ofrecerle una taza de té a una joven que estaba amamantando a su bebé y deseando decirle algo agradable, se expresó así:
“El pecho de la madre es el bar de refresco del bebé”.
Tras echar cuentas en el rosario de la habitación de Matvey, pidió dinero; dijo que no podía seguir viviendo en Progonnaya y repitió varias veces con un tono de voz que parecía como si estuviera a punto de llorar:
¿Adónde voy? ¿Adónde voy ahora? Dímelo, por favor.
Entonces Matvey entró en la cocina y empezó a pelar unas patatas cocidas que probablemente había guardado del día anterior. Reinaba el silencio, y a Yákov Ivánich le pareció que el camarero se había ido. Era pasada la hora del servicio vespertino; llamó a Aglaia y, pensando que no había nadie más en la casa, cantó en voz alta sin vergüenza. Cantaba y leía, pero para sus adentros pronunciaba otras palabras: «¡Señor, perdóname! ¡Señor, sálvame!». Y, una tras otra, sin cesar, hacía profundas reverencias hasta el suelo como si quisiera agotarse, y negaba con la cabeza, de modo que Aglaia lo miraba con asombro. Temía que Matvey entrara, y estaba seguro de que entraría, y sentía una ira contra él que no podía dominar ni con oraciones ni con continuas reverencias hasta el suelo.
Matvey abrió la puerta muy suavemente y entró en la sala de oración.
—¡Es un pecado, un pecado tan grande! —dijo con reproche, y suspiró—. ¡Arrepiéntete! ¡Piensa en lo que haces, hermano!
Yakov Ivanitch, apretando los puños y sin mirarlo por miedo a golpearlo, salió rápidamente de la habitación. Sintiéndose como una bestia enorme y terrible, como ya se había sentido en el camino, cruzó el pasillo hacia la habitación gris y sucia, impregnada de humo y niebla, donde los campesinos solían tomar el té. Allí pasó un buen rato caminando de un rincón a otro, pisando pesadamente, de modo que la vajilla tintineaba en los estantes y las mesas se tambaleaban. Ahora era evidente que él mismo estaba insatisfecho con su religión y no podía rezar como antes. Debía arrepentirse, debía reflexionar, recapacitar, vivir y rezar de otra manera. Pero ¿cómo rezar? ¿Y acaso todo esto era una tentación del diablo, y nada de esto era necesario?... ¿Cómo sería? ¿Qué haría? ¿Quién podría guiarlo? ¡Qué impotencia! Se detuvo y, agarrándose la cabeza, empezó a pensar, pero la cercanía de Matvey le impidió reflexionar con calma. Y entró rápidamente en la habitación.
Matvey estaba sentado en la cocina frente a un plato de patatas, comiendo. Cerca, junto a la estufa, Aglaia y Dashutka estaban sentadas una frente a la otra, contando. Entre la estufa y la mesa donde estaba sentado Matvey había una tabla de planchar extendida; sobre ella, una plancha fría.
—Hermana —pidió Matvey—, ¡déjame un poco de aceite!
“¿Quién come aceite en un día como éste?”, preguntó Aglaia.
—No soy monje, hermana, sino laico. Y con mi frágil salud, no solo puedo tomar aceite, sino también leche.
“Sí, en la fábrica puedes tener cualquier cosa”.
Aglaia tomó una botella de aceite de Cuaresma del estante y la arrojó con enojo hacia Matvey, con una sonrisa maligna, evidentemente complacida de que él fuera un pecador.
—¡Pero os digo que no podéis comer aceite! —gritó Yakov.
Aglaia y Dashutka se sobresaltaron, pero Matvey vertió el aceite en el cuenco y continuó comiendo como si no hubiera oído.
—¡Te digo que no puedes comer aceite! —gritó Yakov aún más fuerte; se puso rojo de pies a cabeza, agarró el cuenco, lo levantó por encima de su cabeza y lo estrelló con todas sus fuerzas contra el suelo, haciéndolo volar en pedazos. —¡Ni se te ocurra hablar! —gritó con voz furiosa, aunque Matvey no había dicho ni una palabra—. ¡Ni se te ocurra! —repitió, y golpeó la mesa con el puño.
Matvey palideció y se levantó.
—¡Hermano! —dijo, sin dejar de masticar—. ¡Hermano, piensa en lo que haces!
—¡Fuera de mi casa ahora mismo! —gritó Yakov; detestaba la cara arrugada de Matvey, su voz, las migas en su bigote y el hecho de que estuviera masticando—. ¡Fuera, te digo!
—¡Hermano, tranquilízate! ¡La soberbia del infierno te ha confundido!
—¡Cállate! (Yakov pateó el suelo). ¡Vete, demonio!
—Si quieres saberlo —continuó Matvey en voz alta, mientras él también comenzaba a enojarse—, eres un apóstata y un hereje. Los espíritus malditos te han ocultado la verdadera luz; tu oración no es aceptable para Dios. ¡Arrepiéntete antes de que sea demasiado tarde! ¡El lecho de muerte del pecador es terrible! ¡Arrepiéntete, hermano!
Yakov lo agarró por los hombros y lo apartó de la mesa, mientras él palidecía más que nunca, asustado y desconcertado, murmuraba: "¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?". Y, forcejeando y esforzándose por zafarse de las manos de Yakov, accidentalmente le agarró la camisa cerca del cuello y le rasgó el cuello; y a Aglaia le pareció que intentaba golpear a Yakov. Lanzó un grito, agarró la botella de aceite de Cuaresma y con todas sus fuerzas la dejó caer directamente sobre el cráneo del primo que odiaba. Matvey se tambaleó, y en un instante su rostro se calmó e indiferente. Yakov, respirando agitadamente, excitado y sintiendo placer por el gorgoteo que la botella había hecho, como un ser vivo, al golpearle la cabeza, evitó que se cayera y varias veces (lo recordaba muy claramente) le indicó a Aglaia que se acercara al hierro con el dedo. y sólo cuando la sangre empezó a correr por sus manos y oyó el fuerte gemido de Dashutka, y cuando la tabla de planchar cayó con estrépito y Matvey rodó pesadamente sobre ella, Yakov dejó de sentir ira y comprendió lo que había sucedido.
—¡Que se pudra, ese cabrón de la fábrica! —exclamó Aglaia con repulsión, aún con el hierro en la mano. El pañuelo blanco manchado de sangre se le deslizó sobre los hombros y su cabello gris cayó alborotado—. ¡Se lo merecía!
Todo era terrible. Dashutka estaba sentada en el suelo, cerca de la estufa, con el hilo en las manos, sollozando y agachándose continuamente, emitiendo un jadeo con cada reverencia. Pero nada era tan terrible para Yakov como la patata en sangre, que temía pisar, y había algo más terrible que lo agobiaba como una pesadilla y parecía el peor peligro, aunque no pudo asimilarlo ni por un instante. Era el camarero, Serguéi Nikanóritch, que estaba de pie en la puerta con el rosario en las manos, muy pálido, observando con horror lo que sucedía en la cocina. Solo cuando se dio la vuelta y salió rápidamente al pasillo y desde allí, Yakov comprendió quién era y lo siguió.
Secándose las manos en la nieve mientras caminaba, reflexionó. Le cruzó por la mente la idea de que su peón se había ido hacía mucho tiempo y había pedido permiso para pasar la noche en su casa del pueblo; el día anterior habían matado un cerdo, y había enormes manchas de sangre en la nieve y en el trineo, e incluso un lado de la tapa del pozo estaba salpicado de sangre, así que no habría parecido sospechoso ni siquiera si toda la familia de Yakov hubiera estado manchada de sangre. Ocultar el asesinato sería una agonía, pero para que llegara el policía, que silbaba y sonreía irónicamente, desde la estación, para que llegaran los campesinos y les ataran las manos a Yakov y Aglaia, y los llevaran solemnemente al juzgado del distrito y de allí a la ciudad, mientras todos en el camino los señalaban y decían alegremente: "¡Se están llevando a los piadosos!", esto le parecía a Yakov más agonizante que cualquier otra cosa, y anhelaba alargar el tiempo de alguna manera, para soportar esta vergüenza no ahora, sino más tarde, en el futuro.
«Puedo prestarle mil rublos...», dijo, adelantando a Sergei Nikanoritch. «Si se lo dice a alguien, no servirá de nada... De todas formas, no hay manera de que vuelva», y con dificultad para seguir el ritmo del camarero, que no se volvió, sino que intentó alejarse más rápido que nunca, continuó: «Puedo darle mil quinientos...».
Se detuvo porque estaba sin aliento, mientras Serguéi Nikanóritch seguía caminando tan rápido como siempre, probablemente temeroso de que también lo mataran. Solo después de pasar el paso a nivel y recorrer la mitad del trayecto desde el paso a nivel hasta la estación, miró furtivamente a su alrededor y caminó más despacio. Las luces, rojas y verdes, ya brillaban en la estación y a lo largo de la vía; el viento había amainado, pero seguían cayendo copos de nieve y la carretera se había vuelto blanca de nuevo. Pero justo en la estación, Serguéi Nikanóritch se detuvo, pensó un momento y regresó con decisión. Estaba oscureciendo.
—Hazme el favor de darme los mil quinientos, Yakov Ivanitch —dijo, temblando de pies a cabeza—. Acepto.
VI
El dinero de Yákov Ivánich estaba en el banco municipal, invertido en segundas hipotecas; solo guardaba una pequeña cantidad en casa, justo lo necesario para los gastos necesarios. Entró en la cocina y buscó a tientas la caja de cerillas, y mientras el azufre ardía con una luz azul, tuvo tiempo de distinguir la figura de Matvey, que seguía tendido en el suelo cerca de la mesa, pero ahora estaba cubierto con una sábana blanca y no se veían más que sus botas. Un grillo cantaba. Aglaia y Dashutka no estaban en la habitación; ambas estaban sentadas tras el mostrador del salón de té, contando historias en silencio. Yákov Ivánich se dirigió a su habitación con una lamparita en la mano y sacó de debajo de la cama una cajita donde guardaba su dinero. Esta vez contenía cuatrocientos veintiún rublos y treinta y cinco rublos en plata; los billetes desprendían un olor fuerte y desagradable. Guardando el dinero en su gorra, Yákov Ivánich salió al patio y luego por la puerta. Caminó mirando de un lado a otro, pero no había ni rastro del camarero.
“¡Hola!” gritó Yakov.
Una figura oscura salió de la barrera del cruce ferroviario y avanzó indecisa hacia él.
—¿Por qué sigues dando vueltas? —dijo Yákov con irritación al reconocer al camarero—. Aquí tienes; hay poco menos de quinientos... No tengo más en casa.
—Muy bien;... muy agradecido —murmuró Serguéi Nikanóritch, tomando el dinero con avidez y metiéndolo en sus bolsillos. Temblaba de pies a cabeza, y eso era perceptible a pesar de la oscuridad—. No te preocupes, Yákov Ivánich... ¿Para qué voy a hablar? Vine y me fui, eso es todo lo que he hecho. Como dice el dicho, no sé nada ni puedo decir nada... —Y enseguida añadió con un suspiro—: ¡Maldita sea la vida!
Durante un minuto permanecieron en silencio, sin mirarse.
“Así que todo fue por una nimiedad, quién sabe cómo…”, dijo el camarero, temblando. “Estaba contando para mí cuando de repente un ruido… Miré por la puerta, y solo por el aceite de Cuaresma… ¿Dónde está ahora?”
“Allí tumbado en la cocina.”
Deberías llevarlo a algún sitio... ¿Por qué posponerlo?
Yakov lo acompañó a la estación sin decir palabra, luego regresó a casa y enganchó el caballo para llevar a Matvey a Limarovo. Había decidido llevarlo al bosque de Limarovo y dejarlo allí en el camino, y luego les diría a todos que Matvey se había ido a Vedenyapino y no había regresado, y entonces todos pensarían que alguien lo había matado en el camino. Sabía que no podía engañar a nadie con esto, pero moverse, hacer algo, estar activo, no era tan angustioso como quedarse quieto y esperar. Llamó a Dashutka y con ella sacó a Matvey. Aglaia se quedó limpiando la cocina.
Cuando Yakov y Dashutka regresaron, se detuvieron en el paso a nivel cuando bajaron la barrera. Pasaba un largo tren de mercancías, arrastrado por dos locomotoras, jadeantes y lanzando bocanadas de fuego carmesí por sus chimeneas.
La primera locomotora emitió un silbido penetrante en el cruce a la vista de la estación.
“Está silbando...” dijo Dashutka.
El tren por fin había pasado y el guardagujas levantó la barrera sin prisa.
¿Eres tú, Yakov Ivanitch? No te conocía, así que serás rico.
Y luego cuando llegaron a casa tuvieron que irse a la cama.
Aglaia y Dashutka se prepararon una cama en el salón de té y se acostaron juntas, mientras Yakov se estiraba sobre el mostrador. No rezaron ni encendieron la lámpara de icono antes de acostarse. Las tres permanecieron despiertas hasta la mañana, pero no dijeron ni una sola palabra, y les pareció que durante toda la noche alguien andaba por el piso vacío de arriba.
Dos días después, un inspector de policía y el juez de instrucción llegaron del pueblo y realizaron un registro, primero en la habitación de Matvey y luego en toda la taberna. Interrogaron primero a Yakov, quien testificó que el lunes Matvey había ido a Vedenyapino a confesar y que debía de haber sido asesinado por los aserradores que trabajaban en la línea.
Y cuando el juez de instrucción le preguntó cómo había sucedido que Matvey fue encontrado en el camino, mientras que su gorra había aparecido en casa (¿no habría ido a Vedenyapino sin su gorra?), y por qué no habían encontrado ni una sola gota de sangre a su lado en la nieve del camino, a pesar de que tenía la cabeza destrozada y la cara y el pecho negros de sangre, Yakov se quedó confundido, perdió la cabeza y respondió:
"No lo puedo decir."
Y sucedió exactamente lo que Yakov tanto temía: llegó el policía, el oficial de policía del distrito fumó en la sala de oración y Aglaia se abalanzó sobre él con insultos y fue grosera con el inspector de policía; y después, cuando Yakov y Aglaia fueron llevados al patio, los campesinos se agolparon en las puertas y dijeron: "¡Se están llevando a los piadosos!" y parecía que todos estaban contentos.
Durante la investigación, el policía declaró categóricamente que Yakov y Aglaia habían matado a Matvey para no compartirlo con él, y que Matvey tenía dinero propio, y que si no se encontraba en el registro, evidentemente Yakov y Aglaia se lo habían arrebatado. Dashutka fue interrogada. Dijo que el tío Matvey y la tía Aglaia se peleaban casi a diario por dinero, y que el tío Matvey era rico, tanto que le había dado a alguien —«su querido»— novecientos rublos.
Dashutka se quedó sola en la taberna. Ya no venía nadie a tomar té ni vodka, y repartía su tiempo entre limpiar las habitaciones, beber hidromiel y comer panecillos; pero unos días después interrogaron al guardavías del paso a nivel, quien declaró que el lunes por la noche había visto a Yákov y Dashutka conduciendo desde Limarovo. Dashutka también fue arrestada, llevada al pueblo y encarcelada. Pronto se supo, por lo que contó Aglaia, que Serguéi Nikanóritch había estado presente en el asesinato. Registraron su habitación y encontraron dinero en un lugar inusual, en sus botas de nieve, debajo de la estufa, y todo el dinero era en monedas pequeñas: trescientos billetes de un rublo. Juró haber ganado ese dinero él mismo y que no había estado en la taberna durante un año, pero los testigos declararon que era pobre y que últimamente había estado muy necesitado de dinero, y que solía ir todos los días a la taberna a pedirle prestado a Matvey. El policía describió cómo el día del asesinato él mismo había ido dos veces a la taberna con el camarero para pedir prestado. En ese momento se recordó que el lunes por la noche, Serguéi Nikanóritch no había estado allí para recibir el tren de pasajeros, sino que se había marchado. Y él también fue arrestado y llevado a la ciudad.
El juicio tuvo lugar once meses después.
Yakov Ivanitch parecía mucho mayor y mucho más delgado, y hablaba en voz baja, como un enfermo. Se sentía débil, lastimoso, de menor estatura que los demás, y parecía como si su alma, al igual que su cuerpo, también hubiera envejecido y consumido, por los remordimientos de conciencia y por los sueños e imaginaciones que no lo abandonaron durante su encarcelamiento. Cuando se supo que no iba a la iglesia, el presidente del tribunal le preguntó:
“¿Es usted un disidente?”
"No lo puedo decir", respondió.
Ya no tenía religión alguna; no sabía ni entendía nada; y sus antiguas creencias le resultaban odiosas, le parecían oscuridad y locura. Aglaia no se había apaciguado en absoluto, y seguía insultando al muerto, culpándolo de todas sus desgracias. Serguéi Nikanóritch se había dejado crecer la barba en lugar de las patillas. En el juicio estaba rojo y sudoroso, y se notaba la vergüenza de su guerrera gris y de sentarse en el mismo banquillo con humildes campesinos. Se defendió torpemente y, intentando demostrar que no había ido a la taberna en todo un año, se enzarzó en un altercado con todos los testigos, y los espectadores se rieron de él. Dashutka había engordado en prisión. En el juicio no entendió las preguntas que le formularon, y solo dijo que cuando mataron al tío Matvey se asustó muchísimo, pero después no le importó.
Los cuatro fueron declarados culpables de asesinato con fines mercenarios. Yakov Ivanitch fue condenado a veinte años de prisión; Aglaia, a trece años y medio; Serguéi Nikanoritch, a diez; y Dashutka, a seis.
VII
Una tarde, un vapor extranjero se detuvo en las radas de Dué, en Sahalin, y pidió carbón. Le pidieron al capitán que esperara hasta la mañana, pero no quiso esperar más de una hora, alegando que si el tiempo empeoraba durante la noche, correría el riesgo de tener que zarpar sin carbón. En el Golfo de Tartaria, el tiempo puede cambiar bruscamente en media hora, y entonces las costas de Sahalin son peligrosas. Y ya había refrescado, y había una marejada considerable.
Una cuadrilla de convictos fue enviada a la mina desde la prisión de Voevodsky, la más lúgubre y amenazante de todas las cárceles de Sahalin. El carbón debía cargarse en barcazas, que luego debían remolcarse con un cúter de vapor junto al vapor, anclado a más de un cuarto de milla de la costa. Después, debían comenzar la descarga y la recarga, una tarea agotadora cuando la barcaza se balanceaba constantemente contra el vapor y los hombres apenas podían mantenerse en pie por el mareo. Los convictos, recién despertados, aún somnolientos, caminaban por la orilla, tropezando en la oscuridad y haciendo sonar sus grilletes. A la izquierda, apenas visible, había un acantilado alto, escarpado y de aspecto extremadamente sombrío, mientras que a la derecha había una espesa niebla impenetrable, en la que el mar gemía con un sonido monótono y prolongado: "¡Ah!... ¡ah!... ¡ah!... ¡ah!... ¡ah!... ¡ah!". Y solo cuando el capataz encendía su pipa, proyectando al hacerlo un rayo de luz fugaz sobre la escolta con un arma y sobre los rostros toscos de dos o tres de los convictos más cercanos, o cuando se acercaba al agua con su linterna, se podían distinguir las crestas blancas de las olas más adelantadas.
Uno de esta banda era Yakov Ivanitch, apodado entre los presos el "Cepillo", debido a su larga barba. Hacía mucho tiempo que nadie se dirigía a él por su nombre ni por el de su padre; lo llamaban simplemente Yashka.
Estaba allí, en desgracia, pues, tres meses después de llegar a Siberia, sintiendo una intensa e irresistible añoranza de su hogar, había sucumbido a la tentación y huido. Pronto lo atraparon, lo condenaron a cadena perpetua y le dieron cuarenta latigazos. Luego lo castigaron con azotes dos veces más por perder su ropa de prisión, aunque en cada ocasión se la robaron. La añoranza del hogar había comenzado desde el mismo momento en que lo llevaron a Odesa, y el tren de presos se detuvo por la noche en Progonnaya; y Yákov, aferrado a la ventana, intentó ver su propio hogar, pero no pudo ver nada en la oscuridad. No tenía con quién hablar de su hogar. Su hermana Aglaia había sido enviada al otro lado de Siberia, y él no sabía dónde estaba ahora. Dashutka estaba en Sahalin, pero la habían enviado a vivir con un ex convicto en un asentamiento lejano; No había noticias de ella, salvo que un colono que había llegado a la prisión de Voevodsky le contó a Yakov que Dashutka tenía tres hijos. Serguéi Nikanóritch trabajaba de lacayo en la casa de un funcionario del gobierno en Dué, pero no contaba con verlo jamás, pues le avergonzaba relacionarse con presos de la clase campesina.
La cuadrilla llegó a la mina y los hombres ocuparon sus puestos en el muelle. Se dijo que no habría carga, ya que el tiempo seguía empeorando y el vapor se disponía a zarpar. Podían ver tres luces. Una de ellas se movía: era el cúter que se dirigía al vapor, y parecía regresar para indicarles si el trabajo debía terminarse o no. Temblando por el frío otoñal y la húmeda niebla marina, envuelto en su abrigo corto y roto, Yákov Ivánich miró fijamente y sin pestañear hacia donde se encontraba su casa. Desde que vivió en prisión junto a hombres desterrados de todos los confines de la tierra —rusos, ucranianos, tártaros, georgianos, chinos, gitanos, judíos— y desde que escuchó sus conversaciones y observó sus sufrimientos, comenzó a volverse de nuevo hacia Dios, y le pareció que por fin había aprendido la verdadera fe que toda su familia, desde su abuela Avdotia, había anhelado, buscado durante tanto tiempo y nunca había encontrado. Ahora lo sabía todo y comprendía dónde estaba Dios y cómo debía ser servido, y lo único que no podía comprender era por qué los destinos de los hombres eran tan diversos, por qué esta simple fe que otros reciben de Dios a cambio de nada y junto con sus vidas, le había costado tanto que le temblaban los brazos y las piernas como a un borracho por todos los horrores y agonías que, hasta donde alcanzaba a ver, continuarían sin interrupción hasta el día de su muerte. Miró con ojos tensos la oscuridad, y le pareció que a través de los miles de kilómetros de niebla podía ver su hogar, podía ver su provincia natal, su distrito, Progonnaya; podía ver la oscuridad, el salvajismo, la crueldad y la indiferencia sombría, hosca y animal de los hombres que había dejado allí. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas; pero aún miraba a lo lejos, donde las pálidas luces del vapor brillaban débilmente, y su corazón anhelaba su hogar, y anhelaba vivir, regresar a casa para hablarles allí de su nueva fe y salvar de la ruina, aunque solo fuera a un hombre, y vivir sin sufrimiento, aunque solo fuera por un día.
Llegó el cúter y el capataz anunció en voz alta que no se realizaría ninguna carga.
—¡Atrás! —ordenó—. ¡Tranquilos!
Podían oír el izado del ancla del vapor. Soplaba un viento fuerte y penetrante; en algún lugar del escarpado acantilado, los árboles crujían. Probablemente se avecinaba una tormenta.
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DESCARTADO
Un incidente de mis viajes
IRegresaba del servicio vespertino. El reloj del campanario del Monasterio de Svyatogorski dio sus suaves y melodiosas campanadas a modo de preludio y luego dio las doce. El gran patio del monasterio se extendía al pie de las Montañas Sagradas, a orillas del Donets, y, rodeado por los altos edificios de la hostería como por una muralla, parecía ahora, en la noche, iluminado únicamente por tenues faroles, luces en las ventanas y las estrellas, un viviente caos lleno de movimiento, ruido y la más original confusión. De punta a punta, hasta donde alcanzaba la vista, estaba abarrotado de carros, antiguos carruajes y calesas, furgones, carros de carga, alrededor de los cuales se apiñaban multitudes de caballos, oscuros y blancos, y bueyes con cuernos, mientras la gente se afanaba de un lado a otro, y hermanos legos con largas faldas negras entraban y salían en todas direcciones. Las sombras y los rayos de luz que se proyectaban desde las ventanas se movían sobre los carros y las cabezas de hombres y caballos, y en la densa penumbra todo esto asumía las formas más monstruosas y caprichosas: aquí las flechas inclinadas se extendían hacia el cielo, aquí ojos de fuego aparecían en el rostro de un caballo, allá un hermano lego desarrollaba un par de alas negras... Se oía el ruido de conversaciones, el resoplido y el mordisqueo de los caballos, el crujir de los carros, el lloriqueo de los niños. Nuevas multitudes seguían entrando por la puerta y los carros se acercaban con retraso.
Los pinos, apilados sobre la montaña que dominaba, uno encima del otro, e inclinados hacia el tejado del albergue, miraban al patio como a un pozo profundo y escuchaban con asombro; en su oscura espesura, los cucos y ruiseñores no cesaban de cantar... Al observar la confusión, al escuchar el alboroto, uno se imaginaba que en aquella mezcolanza viviente nadie entendía a nadie, que todos buscaban algo y no lo encontraban, y que aquella multitud de carros, sillas y seres humanos jamás lograría salir.
Más de diez mil personas acudieron a las Montañas Sagradas para las festividades de San Juan el Divino y San Nicolás el Taumaturgo. No solo los edificios del albergue, sino también la panadería, la sastrería, la carpintería y la cochera estaban abarrotados... Los que habían llegado al anochecer se agrupaban como moscas en otoño junto a los muros, alrededor de los pozos del patio o en los estrechos pasadizos del albergue, esperando que les indicaran un lugar donde pasar la noche. Los hermanos legos, jóvenes y mayores, estaban en un movimiento incesante, sin descanso ni esperanza de ser relevados. De día o de noche, daban la misma impresión de hombres que se apresuraban a algún lugar, agitados por algo; sin embargo, a pesar de su extremo agotamiento, sus rostros permanecían llenos de coraje y una cálida bienvenida, sus voces amigables, sus movimientos rápidos... Para todos los que llegaban, tenían que encontrar un lugar para dormir y proporcionarles comida y bebida; A los sordos, lentos para comprender o profusos en preguntas, tenían que darles largas y tediosas explicaciones, explicándoles por qué no había habitaciones vacías, a qué hora se celebraría el servicio, dónde se vendía el pan sagrado, etc. Tenían que correr, cargar, hablar sin parar, pero sobre todo, tenían que ser educados, tener tacto, intentar que los griegos de Mariupol, acostumbrados a vivir más cómodamente que los Pequeños Rusos, fueran alojados con otros griegos, que algún tendero de Bahmut o Lisitchansk, vestido de dama, no se ofendiera al ser alojado con campesinos. Se oían gritos continuos de: "¡Padre, por favor, denos un poco de kvas! ¡Por favor, denos un poco de heno!" o "Padre, ¿puedo beber agua después de la confesión?". Y el hermano lego tenía que repartir kvas o heno o responder: "Diríjase al sacerdote, mi querida señora, no tenemos autoridad para dar permiso". Seguía otra pregunta: "¿Dónde está el sacerdote entonces?", y el hermano lego tenía que explicar dónde estaba la celda del sacerdote. Con toda esta actividad, aún tenía tiempo para asistir al servicio religioso, para servir en la sección dedicada a la nobleza y para dar respuestas completas a la multitud de preguntas, necesarias e innecesarias, que los peregrinos de la clase educada suelen prodigarles. Observándolos durante veinticuatro horas, me costaba imaginar cuándo se sentaban y cuándo dormían estas figuras negras y móviles.
Cuando, al regresar del servicio vespertino, me dirigí al hostal en el que me habían asignado un lugar, el monje encargado de los dormitorios estaba de pie en la puerta, y junto a él, en los escalones, había un grupo de varios hombres y mujeres vestidos como ciudadanos.
—Señor —dijo el monje, deteniéndome—, ¿sería tan amable de permitir que este joven pase la noche en su habitación? ¡Si nos hiciera el favor! Hay tanta gente y no queda sitio... ¡Es realmente horrible!
Y señaló una figura baja con un abrigo ligero y un sombrero de paja. Accedí, y mi acompañante casual me siguió. Al abrir el pequeño candado de mi puerta, siempre, quisiera o no, me veía obligado a mirar el cuadro que colgaba en el marco a la altura de mi cara. Este cuadro, titulado «Meditación sobre la muerte», mostraba a un monje de rodillas, contemplando un ataúd y un esqueleto que yacía en él. Detrás del hombre se encontraba otro esqueleto, algo más sólido, que portaba una guadaña.
"No hay huesos como esos", dijo mi compañero, señalando el lugar del esqueleto donde debería haber estado la pelvis. "En general, ya sabes, la comida espiritual que se ofrece a la gente no es de primera calidad", añadió, y exhaló un largo y melancólico suspiro, para demostrarme que me encontraba ante un hombre que realmente sabía algo de comida espiritual.
Mientras buscaba las cerillas para encender una vela suspiró una vez más y dijo:
Cuando estuve en Járkov, fui varias veces al quirófano de anatomía y vi los huesos; incluso estuve en la morgue. ¿No te estorbo?
Mi habitación era pequeña y estrecha, sin mesa ni sillas, pero estaba bastante llena: una cómoda junto a la ventana, la estufa y dos pequeños sofás de madera pegados a la pared, uno frente al otro, dejando un estrecho espacio para caminar entre ellos. Sobre los sofás yacían colchoncitos delgados y oxidados, además de mis pertenencias. Había dos sofás, así que esta habitación era evidentemente para dos, y se lo comenté a mi compañero.
—Pronto tocarán a misa —dijo— y no tendré que estorbarles por mucho tiempo.
Aún convencido de que me estorbaba y sintiéndose incómodo, se dirigió con paso culpable a su pequeño sofá, suspiró con aire de culpa y se sentó. Cuando la vela de sebo, con su tenue y dilatoria llama, dejó de parpadear y se consumió lo suficiente como para hacernos visibles a ambos, pude distinguir su aspecto. Era un joven de veintidós años, de rostro redondo y agradable, ojos oscuros como los de un niño, vestido como un ciudadano con ropa gris barata y, como se podía deducir de su complexión y hombros estrechos, poco acostumbrado al trabajo manual. Era de un tipo muy indefinido; no se le podía tomar ni por estudiante ni por comerciante, y mucho menos por obrero. Pero al ver su atractivo rostro y sus ojos infantiles y amigables, no quise creer que fuera uno de esos impostores vagabundos que inundan todos los conventos donde dan comida y alojamiento, y que se hacen pasar por estudiantes de teología expulsados por defender la justicia, o por cantores de iglesia afónicos. ... Había algo característico, típico, muy familiar en su rostro, pero no podía recordar ni distinguir qué exactamente.
Durante un largo rato permaneció en silencio, reflexionando. Probablemente porque no había mostrado interés en sus comentarios sobre los huesos y la morgue, pensó que estaba de mal humor y disgustado con su presencia. Sacó una salchicha del bolsillo, la giró ante sus ojos y dijo, indeciso:
“Disculpe que le moleste... ¿tiene un cuchillo?”
Le di un cuchillo.
—La salchicha está asquerosa —dijo, frunciendo el ceño y interrumpiéndose un poco—. En la tienda de aquí te venden porquerías y te despluman horriblemente... Te ofrecería un trozo, pero no te animarías a comértelo. ¿Quieres un poco?
En su lenguaje también había algo típico que tenía mucho en común con lo característico de su rostro, pero aún no podía determinar qué era exactamente. Para inspirar confianza y demostrar que no estaba de mal humor, tomé un poco de la salchicha que me ofrecían. Ciertamente estaba horrible; se necesitaban los dientes de un buen perro de la casa para lidiar con ella. Mientras apretábamos las mandíbulas, entablamos conversación; empezamos a quejarnos de la duración del servicio.
—La regla aquí se parece a la del Monte Athos —dije—; pero en el Athos los servicios nocturnos duran diez horas, y en los días festivos, ¡catorce! ¡Deberías ir allí a rezar!
“Sí”, respondió mi compañero, y meneó la cabeza, “Llevo aquí tres semanas. Y ya sabes, los servicios son diarios, los servicios diarios. En días normales, a medianoche tocan para maitines, a las cinco para la misa temprana, a las nueve para la misa tardía. Dormir es totalmente imposible. Durante el día hay himnos de alabanza, oraciones especiales, vísperas... Y cuando me preparaba para la Santa Cena, simplemente me caía de cansancio”. Suspiró y continuó: “Y es incómodo no ir a la iglesia... Los monjes te dan una habitación, te dan de comer, y, ya sabes, a uno le da vergüenza no ir. A uno no le importaría aguantar un día o dos, quizás, pero tres semanas es demasiado, ¡demasiado! ¿Vas a estar aquí mucho tiempo?”
"Me voy mañana por la tarde."
“Pero me quedaré dos semanas más”.
“¿Pero pensé que no era la regla quedarse tanto tiempo aquí?” dije.
Sí, es cierto: si alguien se queda demasiado tiempo, aprovechándose de los monjes, se le pide que se vaya. Juzgue usted mismo: si al proletariado se le permitiera quedarse aquí todo el tiempo que quisiera, nunca habría una habitación libre y se comerían todo el monasterio. Es cierto. Pero los monjes hacen una excepción conmigo, y espero que no me echen por un tiempo. Ya sabe que soy converso.
"¿Te refieres a?"
Soy judío bautizado... Solo recientemente he abrazado la ortodoxia.
Ahora comprendí lo que antes me había sido completamente imposible descifrar por su rostro: sus labios gruesos, su forma de levantar la comisura derecha de la boca y la ceja derecha al hablar, y ese peculiar brillo aceitoso en sus ojos que solo se encuentra en los judíos. También comprendí su fraseología... Conversando más a fondo, supe que se llamaba Alexandr Ivanitch, que antes se había llamado Isaac, que era originario de la provincia de Mogilev y que había llegado a las Montañas Sagradas desde Novotcherkassk, donde había adoptado la fe ortodoxa.
Tras terminar su salchicha, Alexandr Ivanitch se levantó y, levantando la ceja derecha, rezó su oración ante el icono. La ceja permaneció levantada cuando volvió a sentarse en el pequeño sofá y comenzó a contarme brevemente su extensa biografía.
“Desde mi más temprana infancia albergé el amor por el aprendizaje”, comenzó en un tono que sugería que no estaba hablando de sí mismo, sino de algún gran hombre del pasado. Mis padres eran hebreos pobres; sobrevivían comprando y vendiendo a pequeña escala; vivían como mendigos, ya sabes, en la inmundicia. De hecho, toda la gente allí es pobre y supersticiosa; no les gusta la educación, porque la educación, como es natural, aparta a uno de la religión... Son fanáticos temerosos... Nada induciría a mis padres a dejarme educar, y querían que también me dedicara al comercio y que no supiera nada más que el Talmud... Pero estarás de acuerdo, no todo el mundo puede pasarse la vida luchando por un mendrugo, revolcándose en la inmundicia y murmurando el Talmud. A veces, oficiales y caballeros rurales se alojaban en la posada de papá, y solían hablar de un montón de cosas que en aquellos tiempos yo ni siquiera había soñado; y, por supuesto, era tentador y me daba envidia. Solía llorar y suplicarles que me enviaran a la escuela, pero me enseñaron a leer hebreo. Y nada más. Una vez encontré un periódico ruso y me lo llevé a casa para hacer una cometa. Me pegaron por ello, aunque no sabía leer ruso. Claro que el fanatismo es inevitable, pues todo pueblo se esfuerza instintivamente por preservar su nacionalidad, pero yo no lo sabía entonces y me indigné mucho...
Tras hacer semejante observación intelectual, Isaac, como siempre, levantó la ceja derecha más que nunca, satisfecho, y me miró, por así decirlo, de reojo, como un gallo a un grano de maíz, con aire de decir: «Ahora por fin ves con certeza que soy un hombre intelectual, ¿verdad?». Tras añadir algo más sobre el fanatismo y su irresistible anhelo de iluminación, continuó:
¿Qué podía hacer? Me escapé a Smolensk. Allí tenía un primo que forraba cacerolas y fabricaba latas. Claro, me alegraba trabajar con él, ya que no tenía con qué vivir; iba descalzo y andrajoso... Pensé que podría trabajar de día y estudiar de noche y los sábados. Y así lo hice, pero la policía descubrió que no tenía pasaporte y me envió de vuelta por etapas con mi padre...
Alexandr Ivanitch se encogió de hombros y suspiró.
"¿Qué podía hacer uno?", continuó, y cuanto más vívidamente recordaba el pasado, más marcado se volvía su acento judío. "Mis padres me castigaron y me entregaron a mi abuelo, un viejo judío fanático, para que me reformara. Pero me fui de noche a Shklov. Y cuando mi tío intentó atraparme en Shklov, me fui a Mogilev; allí me quedé dos días y luego me fui a Starodub con un camarada."
Más tarde mencionó en su historia Gonel, Kiev, Byelaya, Tserkov, Uman, Balt, Bendery y finalmente llegó a Odessa.
En Odesa vagué una semana entera, sin trabajo y con hambre, hasta que me acogieron unos judíos que recorrían el pueblo comprando ropa de segunda mano. Para entonces ya sabía leer y escribir, y sabía aritmética hasta las fracciones, y quería ir a estudiar a algún sitio, pero no tenía los medios. ¿Qué iba a hacer? Durante seis meses recorrí Odesa comprando ropa vieja, pero los judíos, los sinvergüenzas, no me pagaban el sueldo. Me molestó y los dejé. Luego me fui en barco a Perekop.
"¿Para qué?"
—Ah, nada. Un griego me prometió trabajo allí. En resumen, hasta los dieciséis años vagué sin rumbo fijo ni raíces, hasta que llegué a Poltava. Allí, un estudiante judío se enteró de que quería estudiar y me dio una carta para los estudiantes de Járkov. Por supuesto, fui a Járkov. Los estudiantes se reunieron y empezaron a prepararme para la escuela técnica. Y, ¿sabe?, debo decir que los estudiantes que conocí allí eran tan buenos que nunca los olvidaré. Por no hablar de que me dieron comida y alojamiento, me encaminaron, me hicieron reflexionar, me mostraron el propósito de la vida. Entre ellos había intelectuales notables que ya son célebres. Por ejemplo, ¿ha oído hablar de Grumaher?
"No, no lo he hecho."
¡No lo has hecho! Escribió artículos muy ingeniosos en la Gaceta de Járkov y se preparaba para ser profesor. Bueno, leí mucho y asistí a las asociaciones de estudiantes, donde no se escucha nada trivial. Estuve trabajando durante seis meses, pero como hay que haber cursado todo el bachillerato de matemáticas para entrar en la escuela técnica, Grumaher me aconsejó que intentara entrar en el instituto de veterinaria, donde admiten a estudiantes de bachillerato desde el sexto curso. Por supuesto, empecé a trabajar para ello. No quería ser veterinario, pero me dijeron que después de terminar el curso en el instituto de veterinaria me admitirían en la facultad de medicina sin examen. Aprendí todo Kühner; podía leer Cornelius Nepos, à livre ouvert ; y en griego leí casi todo Curtius. Pero, ya sabes, una cosa y otra... la marcha de los estudiantes y la incertidumbre de mi situación, y luego oí que mi madre había venido y me estaba buscando por todo Járkov. Entonces me fui. ¿Qué fue...? ¿Qué hacer? Pero por suerte me enteré de que había una escuela de minas aquí en la línea del Donets. ¿Por qué no iba a inscribirme? Ya sabes, la escuela de minas te habilita para capataz de minas: un puesto espléndido. Conozco minas donde los capataces ganan mil quinientos al año. Capital... Me inscribí...
Con expresión de reverente admiración, Alexandr Ivanitch enumeró unas dos docenas de ciencias abstrusas que se impartían en la escuela de minas; describió la escuela misma, la construcción de los pozos y la condición de los mineros... Luego me contó una historia terrible que parecía inventada, aunque no pude evitar creerla, pues su tono al contarla era demasiado genuino y la expresión de horror en su rostro semítico era demasiado evidentemente sincera.
“¡Un día, mientras hacía las prácticas, tuve un accidente así!”, dijo, levantando ambas cejas. Estaba en una mina aquí, en el distrito de Donets. Has visto, me atrevería a decir, cómo bajan a la gente a la mina. Recuerdas cuando ponen en marcha el caballo y las compuertas, un cubo en la polea baja a la mina, mientras el otro sube; cuando el primero empieza a subir, el segundo baja, exactamente como un pozo con dos cubos. Pues bien, un día me metí en el cubo, empecé a bajar, y, ¿te imaginas?, de repente oí: ¡Trrr! La cadena se rompió y salí volando con el cubo y el trozo de cadena roto... Caí desde una altura de seis metros, de bruces, mientras que el cubo, al ser más pesado, llegó al fondo antes que yo, y me golpeé el hombro contra el borde. Me quedé, ¿sabes?, aturdido. Creí que me había matado, y de repente vi una nueva calamidad: el otro cubo, que subía, al perder el contrapeso, se desplomó sobre mí. ¿Qué podía hacer? Al ver la situación, me apreté contra la pared, agachado, esperando a que el cubo se llenara y me aplastara la cabeza al instante siguiente. Pensé en papá y mamá, en Mogilev y Grumaher... Recé... Pero, felizmente... me da miedo incluso pensarlo...
Alexandr Ivanitch esbozó una sonrisa forzada y se frotó la frente con la mano.
Pero, por suerte, cayó a mi lado y solo me atrapó un poco de este lado... Me arrancó el abrigo, la camisa y la piel, ¿sabe?, de este lado... La fuerza fue terrible. Quedé inconsciente. Me sacaron y me enviaron al hospital. Estuve allí cuatro meses, y los médicos dijeron que debería tener tuberculosis. Ahora siempre tengo tos y dolor en el pecho. Y mi estado psíquico es terrible... Cuando estoy solo en una habitación, me invade el terror. Claro, con mi salud en ese estado, ser capataz de minas es imposible. Tuve que dejar la escuela de minas...
“¿Y ahora qué haces?” pregunté.
Aprobé mi examen de maestro de escuela rural. Ahora pertenezco a la iglesia ortodoxa y tengo derecho a ser maestro. En Novotcherkassk, donde me bautizaron, se interesaron mucho por mí y me prometieron una plaza en una escuela parroquial. Iré allí dentro de dos semanas y volveré a preguntar.
Alexandr Ivanitch se quitó el abrigo y se quedó con una camisa con cuello ruso bordado y un cinturón de lana.
“Es hora de dormir”, dijo, doblando su abrigo como almohada y bostezando. “Hasta hace poco, ¿sabe?, no tenía ningún conocimiento de Dios. Era ateo. Cuando estaba en el hospital, pensé en la religión y comencé a reflexionar sobre ese tema. En mi opinión, solo hay una religión posible para un hombre pensante, y es la religión cristiana. Si no crees en Cristo, entonces no hay nada más en qué creer, ¿verdad? El judaísmo ha sobrevivido a su tiempo y se conserva solo gracias a las peculiaridades de la raza judía. Cuando la civilización llegue a los judíos, no quedará ni rastro del judaísmo. Todos los jóvenes judíos son ateos ahora, fíjese. El Nuevo Testamento es la continuación natural del Antiguo, ¿no es así?”
Empecé a intentar averiguar las razones que lo habían llevado a dar un paso tan serio y audaz como el cambio de religión, pero él repetía lo mismo: «El Nuevo Testamento es la continuación natural del Antiguo» —una fórmula obviamente no suya, sino adquirida—, lo cual no explicaba la cuestión en absoluto. A pesar de mis esfuerzos y artificios, las razones seguían siendo oscuras. Si se podía creer que había abrazado la ortodoxia por convicción, como decía, era imposible deducir de sus palabras la naturaleza y el fundamento de esta convicción. Era igualmente imposible asumir que hubiera cambiado de religión por motivos interesados: su ropa barata y raída, su continuo vivir a expensas del convento y la incertidumbre de su futuro no parecían motivos interesados. No quedaba más remedio que aceptar la idea de que mi compañero se había visto impulsado a cambiar de religión por el mismo espíritu inquieto que lo había lanzado como un trozo de madera de pueblo en pueblo, y que él, utilizando la fórmula generalmente aceptada, llamaba ansia de iluminación.
Antes de acostarme, salí al pasillo a beber agua. Al volver, mi compañero estaba de pie en medio de la habitación y me miró con expresión asustada. Su rostro estaba pálido y tenía gotas de sudor en la frente.
—Tengo los nervios fatal —murmuró con una sonrisa enfermiza—. ¡Qué fatal! Es un trastorno psicológico agudo. Pero eso no tiene importancia.
Y empezó a razonar de nuevo que el Nuevo Testamento era una continuación natural del Antiguo, que el judaísmo había sobrevivido a su tiempo... Al seleccionar sus frases, parecía intentar reunir las fuerzas de su convicción y acallar con ellas la inquietud de su alma, y demostrarse a sí mismo que al abandonar la religión de sus padres no había hecho nada terrible ni peculiar, sino que había actuado como un hombre pensante y libre de prejuicios, y que, por lo tanto, podía permanecer tranquilamente en una habitación, a solas con su conciencia. Intentaba convencerse a sí mismo, y con la mirada me imploraba ayuda.
Mientras tanto, una mecha grande y tosca se había consumido en nuestra vela de sebo. Ya empezaba a amanecer. Por la ventana sombría, que se estaba poniendo azul, podíamos ver claramente ambas orillas del río Donets y el robledal al otro lado del río. Era hora de dormir.
—Mañana será muy interesante —dijo mi compañero cuando apagué la vela y me fui a la cama—. Después de la misa de la mañana, la procesión irá en barcas desde el Monasterio hasta la Ermita.
Levantando la ceja derecha y ladeando la cabeza, rezó ante los iconos y, sin desvestirse, se acostó en su pequeño sofá.
“Sí”, dijo dándose la vuelta hacia el otro lado.
“¿Por qué sí?” pregunté.
“Cuando acepté la ortodoxia en Novotcherkassk, mi madre me buscaba en Rostov. Intuyó que quería cambiar de religión”, suspiró, y continuó: “Hace seis años que estoy allí, en la provincia de Mogilev. Mi hermana ya debe estar casada”.
Tras un breve silencio, al ver que seguía despierto, empezó a hablar en voz baja de cómo pronto, gracias a Dios, le darían un trabajo, y que por fin tendría casa propia, un puesto fijo, el sustento diario asegurado... Y yo pensaba que este hombre nunca tendría casa propia, ni un puesto fijo, ni el sustento diario asegurado. Soñaba en voz alta con una escuela de pueblo como con la Tierra Prometida; como la mayoría de la gente, tenía prejuicios contra la vida errante, y la consideraba algo excepcional, anormal y accidental, como una enfermedad, y buscaba la salvación en la vida cotidiana. El tono de su voz delataba que era consciente de su situación anormal y la lamentaba. Parecía disculparse y justificarse.
A menos de un metro de mí yacía un vagabundo sin hogar; en las habitaciones de las posadas y junto a los carros del patio, entre los peregrinos, cientos de ellos esperaban la mañana, y más lejos, si uno pudiera imaginarse toda Rusia, una inmensa multitud de criaturas desarraigadas paseaba en ese momento por caminos y senderos secundarios, buscando algo mejor, o esperaban el amanecer, durmiendo en posadas y pequeñas tabernas, o sobre la hierba al aire libre... Al quedarme dormido, imaginé lo asombrados y quizás incluso llenos de alegría que estarían todos si se les hubiera encontrado razonamientos y palabras que les demostraran que su vida no necesitaba justificación. Mientras dormía, oí sonar una campana afuera, tan lastimeramente como si derramara lágrimas amargas, y al hermano lego gritar varias veces:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten piedad de nosotros! ¡Ven a misa!
Cuando desperté, mi compañero no estaba en la habitación. Hacía sol y se oía el murmullo de la multitud a través de la ventana. Al salir, supe que la misa había terminado y que la procesión había partido hacia la Ermita hacía un rato. La gente deambulaba en masa por la orilla del río y, sintiéndose en libertad, no sabía qué hacer: no podían comer ni beber, pues la misa de la tarde aún no había terminado en la Ermita; las tiendas del Monasterio, donde a los peregrinos les gusta tanto aglomerarse y preguntar precios, seguían cerradas. A pesar del cansancio, muchos de ellos, de puro aburrimiento, se dirigían a la Ermita. El sendero del Monasterio a la Ermita, hacia el que dirigí mis pasos, serpenteaba como una serpiente a lo largo de la alta y empinada orilla, subiendo y bajando, serpenteando entre los robles y pinos. Abajo, el Donets brillaba, reflejando el sol; Arriba, el escarpado acantilado calcáreo se alzaba blanco con un verde brillante en la cima gracias al follaje joven de robles y pinos, que, suspendidos uno sobre otro, lograban crecer en el acantilado vertical sin caerse. Los peregrinos avanzaban por el sendero en fila india, uno tras otro. La mayoría eran pequeños rusos de los distritos vecinos, pero también había muchos de lejos, llegados a pie desde las provincias de Kursk y Orel; en la larga hilera de colores variados se encontraban también colonos griegos de Mariupol, gente robusta, tranquila y amable, completamente diferentes de sus compatriotas débiles y degenerados que pueblan nuestras ciudades costeras del sur. También había hombres del Donets, con rayas rojas en sus pantalones, y emigrantes de la provincia de Tavritchie. Había un buen número de peregrinos de una clase anodina, como mi Alexandr Ivanitch; qué clase de gente eran y de dónde venían era imposible distinguir por sus rostros, su ropa o su forma de hablar. El sendero terminaba en el pequeño embarcadero, desde el cual un estrecho camino partía a la izquierda hacia la Ermita, abriéndose paso a través de la montaña. En el embarcadero se alzaban dos grandes y pesadas embarcaciones de aspecto imponente, como las piraguas neozelandesas que se pueden ver en las obras de Julio Verne. Una embarcación con alfombras en los asientos estaba destinada al clero y los cantantes, la otra sin alfombras para el público. Cuando la procesión regresaba, me encontré entre los elegidos que habían logrado colarse en la segunda. Eran tantos que la embarcación apenas se movía, y uno tenía que permanecer de pie todo el camino sin moverse y con cuidado de no aplastarse el sombrero. El camino era encantador. Ambas orillas: una alta, empinada y blanca, con pinos y robles que sobresalían, con la multitud regresando apresuradamente por el sendero, y la otra inclinada,Con verdes prados y un robledal bañado por el sol, parecía tan feliz y eufórico como si la mañana de mayo debiera su encanto solo a ellos. El reflejo del sol en el Donets, que fluía con rapidez, temblaba y se extendía en todas direcciones, y sus largos rayos jugaban en las casullas, en los estandartes y en las gotas que salpicaban los remos. El canto de los himnos pascuales, el repique de las campanas, el chapoteo de los remos en el agua, el canto de los pájaros, todo se mezclaba en el aire en una atmósfera tierna y armoniosa. La barca con los sacerdotes y los estandartes encabezaba la marcha; al timón, la figura negra de un hermano lego permanecía inmóvil como una estatua.
Cuando la procesión se acercaba al Monasterio, vi a Alexandr Ivanitch entre los elegidos. Estaba de pie frente a todos, boquiabierto de placer y con la ceja derecha arqueada, contemplando la procesión. Su rostro resplandecía; probablemente en momentos como esos, con tanta gente a su alrededor y tanta luz, se sentía satisfecho consigo mismo, con su nueva religión y con su conciencia.
Cuando un poco más tarde estábamos sentados en nuestra habitación, tomando té, él todavía sonreía de satisfacción; su rostro mostraba que estaba satisfecho tanto del té como de mí, que apreciaba plenamente mi condición de intelectual, pero que sabría desempeñar su papel con crédito si surgiera algún tema intelectual.
“Dime, ¿qué psicología debo leer?”, comenzó una conversación intelectual, arrugando la nariz.
¿Para qué lo quieres?
No se puede ser profesor sin conocimientos de psicología. Antes de enseñar a un niño, debo comprender su alma.
Le dije que la psicología por sí sola no bastaría para comprender el alma de un niño, y que, además, para un profesor que aún no dominaba los métodos técnicos de enseñanza de la lectura, la escritura y la aritmética, la psicología sería un lujo tan superfluo como las matemáticas superiores. Estuvo de acuerdo conmigo y empezó a describir lo ardua y responsable que era la tarea de un profesor, lo difícil que era erradicar en el niño la tendencia habitual al mal y a la superstición, hacerle pensar con honestidad e independencia, inculcarle la verdadera religión, las ideas de dignidad personal, de libertad, etc. En respuesta, le dije algo. Volvió a asentir. De hecho, asintió con mucha facilidad. Obviamente, su cerebro no tenía una comprensión muy sólida de todos estos "temas intelectuales".
Hasta la hora de mi partida, paseamos juntos por el Monasterio, pasando el largo y caluroso día. No se separó de mí ni un minuto; si le había cogido cariño o le tenía miedo a la soledad, ¡solo Dios lo sabe! Recuerdo que nos sentamos juntos bajo un macizo de acacias amarillas en uno de los jardincitos que se extienden por la ladera de la montaña.
“Me voy de aquí dentro de quince días”, dijo; “ya es hora”.
“¿Vas a pie?”
Desde aquí iré a Slavyansk a pie, luego en tren hasta Nikitovka; desde Nikitovka se bifurca la línea del Donets, y por ese ramal caminaré hasta Hatsepetovka, y allí sé que un guardia ferroviario me ayudará en el camino.
Pensé en la estepa desierta y desnuda entre Nikitovka y Hatsepetovka, y me imaginé a Alexandr Ivanitch caminando por ella, con sus dudas, su nostalgia y su miedo a la soledad... Leyó el aburrimiento en mi rostro y suspiró.
—Y mi hermana ya debe estar casada —dijo, pensando en voz alta, y de inmediato, para sacudirse la melancolía, señaló la cima de la roca y dijo:
“Desde esa montaña se puede ver Izyum”.
Mientras subíamos la montaña, tuvo un pequeño contratiempo. Supongo que tropezó, pues se rasgó los pantalones de algodón y se rompió la suela del zapato.
—¡Tss! —dijo, frunciendo el ceño mientras se quitaba un zapato y dejaba al descubierto un pie descalzo sin media—. ¡Qué desagradable!... Es una complicación, ¿sabes?... ¡Sí!
Dando vueltas al zapato ante sus ojos, como si no pudiera creer que la suela estuviera arruinada para siempre, pasó un largo rato frunciendo el ceño, suspirando y chasqueando la lengua.
Tenía en mi baúl unas botas, viejas pero a la moda, de punta y con cordones. Las había traído por si acaso, y solo las usaba cuando llovía. Al volver a la habitación, inventé una frase lo más diplomática posible y le ofrecí las botas. Las aceptó y dijo con dignidad:
“Debería agradecerte, pero sé que consideras que agradecer es una convención”.
De niño le gustaban las puntas y los cordones, e incluso cambió de planes.
«Ahora iré a Novotcherkassk en una semana, no en quince días», dijo, pensando en voz alta. «Con estos zapatos no me avergonzaré de presentarme ante mi padrino. No me iba de aquí solo por no tener ropa decente...».
Mientras el cochero sacaba mi baúl, un hermano lego con cara de buen humor entró a barrer la habitación. Alexandr Ivanitch, aturdido y avergonzado, le preguntó tímidamente:
“¿Me quedo aquí o me voy a otro sitio?”
No se decidía a ocupar una habitación entera para él solo, y evidentemente ya se avergonzaba de vivir a expensas del Monasterio. Se resistía a separarse de mí; para aplazar la soledad lo más posible, me pidió permiso para acompañarme en mi camino.
El camino que venía del Monasterio, excavado con no poco trabajo en la montaña de tiza, ascendía, describiendo casi una espiral alrededor de la montaña, sobre raíces y bajo pinos hoscos y colgantes. . . .
El Donets fue el primero en desaparecer de nuestra vista, tras él el patio del monasterio con sus miles de personas, y luego los tejados verdes... Mientras ascendía, todo parecía desvanecerse en un pozo. La cruz de la iglesia, bruñida por los rayos del sol poniente, brilló con fuerza en el abismo y desapareció. No quedaba nada más que los robles, los pinos y el camino blanco. Pero entonces nuestro carruaje salió a una zona llana, y todo eso quedó abajo y detrás de nosotros. Alexandr Ivanitch saltó y, sonriendo con tristeza, me miró por última vez con sus ojos infantiles, y desapareció de mí para siempre...
Las impresiones de las Montañas Sagradas ya se habían convertido en recuerdos, y vi algo nuevo: la llanura, la distancia de color marrón blanquecino, el bosquecillo al borde del camino, y más allá un molino de viento que permanecía inmóvil y parecía aburrido por no tener permitido agitar sus aspas porque era día festivo.
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LA ESTEPA
La historia de un viaje
I
miA primera hora de una mañana de julio, una destartalada calesa, una de esas calesas antediluvianas sin muelles en las que ya nadie viaja en Rusia, salvo los dependientes, comerciantes y los sacerdotes menos adinerados, salió de N., la principal ciudad de la provincia de Z., y retumbó ruidosamente por el camino de postas. Traqueteaba y crujía a cada movimiento; el cubo, colgado detrás, tintineaba ásperamente, y solo por estos sonidos y por los miserables jirones de cuero que colgaban sueltos alrededor de su cuerpo descascarillado, se podía deducir su edad decrépita y su inminente desmoronamiento.
Dos habitantes de N. estaban sentados en la silla: un comerciante de N. llamado Iván Ivánich Kuzmitchov, un hombre de rostro afeitado, con gafas y sombrero de paja, más parecido a un funcionario que a un comerciante, y el padre Cristóbal Sireysky, párroco de la iglesia de San Nicolás de N., un anciano de pelo largo, con sotana de lona gris, sombrero de copa de ala ancha y faja bordada de colores. El primero estaba absorto en sus pensamientos y sacudía la cabeza constantemente para combatir el sueño; en su rostro, la habitual reserva profesional luchaba con la expresión afable de quien acaba de despedirse de sus parientes y ha bebido un buen trago. El segundo contemplaba con ojos húmedos y asombrado el mundo de Dios, y su sonrisa era tan amplia que parecía abarcar incluso el ala de su sombrero; su rostro estaba rojo y parecía congelado. Ambos, el padre Cristóbal y Kuzmitchov, iban a vender lana. Al despedirse de sus familias acababan de comer abundantemente hojaldres con crema, y aunque era muy temprano por la mañana, habían tomado una copa o dos... Ambos estaban de muy buen humor.
Además de las dos personas descritas anteriormente y del cochero Deniska, que fustigaba a los juguetones caballos castaños, había otra figura en el carruaje: un niño de nueve años con el rostro quemado por el sol y bañado en lágrimas. Era Yegorushka, sobrino de Kuzmitchov. Con la aprobación de su tío y la bendición del padre Christopher, se dirigía a la escuela. Su madre, Olga Ivanovna, viuda de un secretario universitario, y hermana de Kuzmitchov, a quien le gustaban las personas cultas y la alta sociedad, le había rogado a su hermano que llevara a Yegorushka con él cuando fuera a vender lana y lo inscribiera en la escuela; y ahora el niño estaba sentado en el pescante junto al cochero Deniska, agarrándose del codo para no caerse, y dando saltos como una tetera en el fuego, sin tener ni idea de adónde iba ni de qué iba. El rápido movimiento del aire le inflaba la camisa roja como un globo a la espalda y hacía que su sombrero nuevo, con una pluma de pavo real, como el de un cochero, se le resbalara constantemente. Se sentía profundamente desdichado y tenía ganas de llorar.
Cuando la calesa pasó frente a la prisión, Yegorushka observó a los centinelas que paseaban lentamente junto a los altos muros blancos, las pequeñas ventanas enrejadas, la cruz que brillaba en el tejado, y recordó cómo la semana anterior, el día de la Santa Madre de Kazán, había estado con su madre en la iglesia de la prisión para la Fiesta de la Dedicación, y cómo antes, en Pascua, había ido a la prisión con Deniska y Ludmila, la cocinera, y les había llevado a los presos pan de Pascua, huevos, pasteles y rosbif. Los presos les dieron las gracias e hicieron la señal de la cruz, y uno de ellos le regaló a Yegorushka una hebilla de peltre hecha por él mismo.
El niño contemplaba los lugares familiares, mientras la odiosa calesa pasaba volando y los dejaba atrás. Después de la prisión, vislumbró fundiciones negras y mugrientas, seguidas por el acogedor cementerio verde rodeado por un muro de adoquines; cruces y lápidas blancas, enclavadas entre cerezos verdes y que a lo lejos parecían manchas blancas, se asomaban alegremente tras el muro. Yegorushka recordaba que cuando los cerezos florecían, esas manchas blancas se fundían con las flores en un mar blanco; y que cuando los cerezos maduraban, las lápidas y cruces blancas estaban salpicadas de manchas rojas como manchas de sangre. Bajo los cerezos del cementerio, el padre y la abuela de Yegorushka, Zinaida Danilovna, dormían día y noche. Cuando la abuela murió, la metieron en un ataúd largo y estrecho y le pusieron dos peniques sobre los ojos, que no se cerraban. Hasta su muerte, había sido una mujer activa y solía traer del mercado panecillos suaves cubiertos de semillas de amapola. Ahora no hacía más que dormir y dormir...
Más allá del cementerio se extendían las humeantes ladrilleras. De debajo de los largos techos de juncos, que parecían aplastados contra el suelo, se alzaba una densa humareda negra en grandes nubes que flotaba perezosamente hacia arriba. El cielo estaba turbio sobre las ladrilleras y el cementerio, y las grandes sombras de las nubes de humo se extendían sobre los campos y los caminos. Hombres y caballos, cubiertos de polvo rojo, se movían entre el humo cerca de los tejados.
El pueblo terminaba con las ladrilleras y comenzaba el campo abierto. Yegorushka contempló el pueblo por última vez, apretó la cara contra el codo de Deniska y lloró amargamente.
—¡Vamos, aún no has terminado de aullar, llorón! —gritó Kuzmitchov—. ¡Estás lloriqueando otra vez, pequeño blandengue! Si no quieres irte, quédate; ¡nadie te va a llevar a la fuerza!
—No te preocupes, no te preocupes, Yegor, no te preocupes —murmuró el padre Christopher rápidamente—. No te preocupes, hijo mío... Invoca a Dios... No vas por tu propio bien, sino por tu propio mal. El saber es luz, como dice el dicho, y la ignorancia es oscuridad... Así es, de verdad.
“¿Quieres regresar?” preguntó Kuzmitchov.
—Sí... sí... —respondió Yegorushka sollozando.
—Bueno, mejor que regreses. En fin, no vas para nada; es un día de viaje por una cucharada de gachas.
—No te preocupes, hijo mío —continuó el padre Christopher—. Invoca a Dios... Lomonosov partió con los pescadores de la misma manera y se hizo famoso en toda Europa. El aprendizaje, unido a la fe, produce frutos que agradan a Dios. ¿Cuáles son las palabras de la oración? Por la gloria de nuestro Creador, por el consuelo de nuestros padres, por el bien de nuestra Iglesia y de nuestro país... ¡Sí, claro!
“El beneficio no es el mismo en todos los casos”, dijo Kuzmitchov, encendiendo un cigarro barato; “algunos estudiarán durante veinte años y no les sacarán ningún provecho”.
“Eso pasa.”
Aprender beneficia a algunos, pero a otros solo les embrolla el cerebro. Mi hermana es una mujer que no entiende; está empeñada en el refinamiento y quiere convertir a Yegorka en un hombre erudito, y no comprende que con mi negocio podría asegurarle la felicidad de por vida. Les digo esto: si todos se dedicaran a la erudición y al refinamiento, no habría nadie para sembrar el trigo ni para comerciar; todos morirían de hambre.
“Y si todos se dedican al comercio y a la siembra de maíz, no habrá nadie que pueda aprender.”
Y considerando que cada uno de ellos había dicho algo importante y convincente, Kuzmitchov y el padre Christopher parecieron serios y se aclararon la garganta al mismo tiempo.
Deniska, que había estado escuchando la conversación sin entender nada, negó con la cabeza y, levantándose de su asiento, azotó a ambos bayos. Se hizo el silencio.
Mientras tanto, una amplia llanura sin límites rodeada por una cadena de colinas bajas se extendía ante los ojos de los viajeros. Acurrucándose y asomándose unas tras otras, estas colinas se fundían en un terreno elevado, que se extendía hasta el horizonte y desaparecía en la distancia lila; uno sigue y sigue y no puede discernir dónde comienza ni dónde termina... El sol ya se había asomado desde más allá del pueblo detrás de ellos, y silenciosamente, sin alboroto, se puso a su tarea acostumbrada. Al principio, en la distancia ante ellos, un amplio, brillante y amarillo rayo de luz se deslizó sobre el suelo donde la tierra se encontraba con el cielo, cerca de los pequeños túmulos y los molinos de viento, que en la distancia parecían hombrecitos agitando los brazos. Un minuto después, un rayo similar brilló un poco más cerca, se deslizó hacia la derecha y abrazó las colinas. Algo cálido tocó la columna vertebral de Yegorushka; El rayo de luz, que se colaba por detrás, se coló entre el coche y los caballos, fue a encontrarse con el otro rayo y pronto toda la amplia estepa se limpió del crepúsculo de la mañana y quedó sonriendo y brillando con el rocío.
El centeno cortado, la hierba esteparia áspera, la lechería, el cáñamo silvestre, todos marchitos por el calor sofocante, marrones y medio muertos, ahora bañados por el rocío y acariciados por el sol, revivieron para marchitarse de nuevo. Los petreles árticos cruzaron el camino con alegres graznidos; las marmotas se llamaban entre la hierba. En algún lugar, a lo lejos, a la izquierda, las avefrías emitían sus lastimeras notas. Una bandada de perdices, asustadas por el coche, revoloteó y, con su suave «trrrr», voló hacia las colinas. En la hierba, grillos, langostas y saltamontes mantenían su canto monótono y chirriante.
Pero pasó un poco de tiempo, el rocío se evaporó, el aire se estancó y la desilusionada estepa comenzó a adquirir su hastiado aspecto de julio. La hierba se marchitó, todo ser vivo quedó en silencio. Las colinas, tostadas por el sol, de un verde parduzco y lila a lo lejos, con sus tranquilos tonos sombríos, la llanura con la distancia brumosa y, arqueado sobre ellas, el cielo, que parece terriblemente profundo y transparente en las estepas, donde no hay bosques ni altas colinas, parecía ahora infinito, petrificado por la melancolía...
¡Qué sofocante y opresivo era! El coche avanzaba a toda velocidad, mientras Yegorushka veía siempre lo mismo: el cielo, la llanura, las colinas bajas... La música en la hierba se había apagado, los petreles habían volado, las perdices se habían perdido de vista, las grajas revoloteaban ociosas sobre la hierba marchita; todas eran iguales y hacían la estepa aún más monótona.
Un halcón voló justo por encima del suelo, con un aleteo uniforme, se detuvo de repente en el aire como si reflexionara sobre la monotonía de la vida, luego batió las alas y voló como una flecha sobre la estepa, sin saber por qué voló ni qué quería. A lo lejos, un molino de viento ondeaba sus aspas...
De vez en cuando, la visión de un tiesto blanco o de un montón de piedras rompía la monotonía; una piedra gris destacaba por un instante, o un sauce reseco con un cuervo azul en su rama superior; una marmota cruzaba corriendo el camino y, de nuevo, ante los ojos sólo pasaban fugazmente la hierba alta, las colinas bajas, los grajos...
Pero por fin, gracias a Dios, un carro cargado de gavillas llegó a su encuentro; una campesina yacía en lo alto. Somnolienta, agotada por el calor, levantó la cabeza y miró a los viajeros. Deniska la miró boquiabierta; los caballos estiraron el hocico hacia las gavillas; el carruaje, chirriando, rozó el carro, y las orejas puntiagudas rozaron el sombrero del padre Christopher como un cepillo.
—¡Estás atropellando a la gente, gordito! —gritó Deniska—. ¡Qué cara tan hinchada, como si te hubiera picado un abejorro!
La muchacha sonrió soñolienta y, moviendo los labios, volvió a acostarse; entonces, un álamo solitario apareció a la vista en la colina baja. Alguien lo había plantado, y solo Dios sabe por qué estaba allí. Era difícil apartar la vista de su grácil figura y su verde manto. ¿Era feliz aquella encantadora criatura? Calor sofocante en verano, heladas y tormentas de nieve en invierno, noches terribles en otoño en las que no se ve nada más que oscuridad y no se oye nada más que el viento aullante, furioso e insensible, y, lo peor de todo, sola, sola para toda la vida... Más allá de los álamos, se extendían extensiones de trigo como una brillante alfombra amarilla desde el camino hasta la cima de las colinas. En las colinas, el maíz ya estaba segado y apilado en gavillas, mientras que abajo seguían segando... Seis segadores estaban en fila blandiendo sus guadañas, y las guadañas brillaban alegremente y pronunciaban al unísono "¡Vzhee, vzhee!". Por los movimientos de las campesinas atando las gavillas, por los rostros de los segadores, por el brillo de las guadañas, se veía que el calor sofocante era abrasador y sofocante. Un perro negro, con la lengua fuera, corrió desde los segadores hacia el coche, probablemente con la intención de ladrar, pero se detuvo a medio camino y miró con indiferencia a Deniska, quien lo amenazaba con el látigo; ¡hacía demasiado calor para ladrar! Una campesina se levantó y, llevándose las manos a la espalda dolorida, siguió con la mirada la camisa roja de Yegorushka. Ya fuera porque el color le gustaba o porque le recordaba a sus hijos, permaneció inmóvil un buen rato, mirándolo fijamente.
Pero ahora el trigo también había pasado velozmente; de nuevo la llanura reseca, las colinas quemadas por el sol, el cielo sofocante se extendían ante ellos; de nuevo un halcón planeaba sobre la tierra. A lo lejos, como antes, un molino de viento hacía girar sus aspas, y aún parecía un hombrecito agitando los brazos. Era agotador verlo, y parecía que nunca se alcanzaría, como si huyera del coche.
El padre Christopher y Kuzmitchov guardaron silencio. Deniska fustigaba a los caballos y les gritaba sin parar, mientras que Yegorushka, que había dejado de llorar, miraba a su alrededor con indiferencia. El calor y el tedio de la estepa lo abrumaban. Sentía como si hubiera estado viajando y dando tumbos durante mucho tiempo, como si el sol le hubiera quemado la espalda. Antes de haber recorrido ocho millas, empezó a sentir: «Debe ser hora de descansar». La cordialidad se desvaneció gradualmente del rostro de su tío, y no quedó nada más que un aire de reserva profesional; y en un rostro demacrado y afeitado, sobre todo cuando lleva gafas y la nariz y las sienes están cubiertas de polvo, esta reserva le da un aspecto implacable e inquisidor. El padre Christopher no dejaba de contemplar con asombro el mundo de Dios y sonreír. Sin decir palabra, meditaba sobre algo agradable y bello, y una sonrisa amable y cordial quedó impresa en su rostro. Parecía como si un pensamiento lindo y placentero hubiera quedado impreso en su cerebro por el calor.
—Bueno, Deniska, ¿podemos alcanzar los carros hoy? —preguntó Kuzmitchov.
Deniska miró al cielo, se levantó de su asiento, azotó a sus caballos y luego respondió:
“Al anochecer, si Dios quiere, los alcanzaremos”.
Se oyeron ladridos de perros. Media docena de perros pastores esteparios, saltando de repente como si hubieran salido de una emboscada, con feroces ladridos, corrieron al encuentro del coche. Todos, furiosos, rodearon el coche, con sus hocicos peludos como arañas y los ojos rojos de ira, y, apretujándose unos contra otros, profirieron un ronco aullido. Estaban llenos de un odio apasionado hacia los caballos, el coche y los seres humanos, y parecían dispuestos a destrozarlos. Deniska, a quien le gustaba burlarse y golpear, se alegró de la oportunidad y, con expresión maligna, se inclinó y azotó a los perros pastores con su látigo. Las bestias gruñeron más que nunca, los caballos siguieron corriendo; y Yegorushka, que tenía dificultades para mantenerse en el pescante, comprendió, al ver los ojos y los dientes de los perros, que si se caía, lo harían pedazos al instante. Pero él no sentía miedo y los miraba con la misma malicia que Deniska y lamentó no tener un látigo en la mano.
El coche se topó con un rebaño de ovejas.
"¡Detener!" -exclamó Kuzmíchov-. "¡Levántate! ¡Guau!"
Deniska echó todo su cuerpo hacia atrás y detuvo a los caballos.
—¡Ven aquí! —gritó Kuzmitchov al pastor—. ¡Que se vayan los perros, maldícelos!
El viejo pastor, andrajoso y descalzo, con un gorro de piel, un saco sucio a la cintura y un largo cayado en la mano —una figura típica del Antiguo Testamento— llamó a los perros y, quitándose la gorra, se acercó al carruaje. Otra figura similar, también del Antiguo Testamento, permanecía inmóvil al otro extremo del rebaño, mirando con indiferencia a los viajeros.
“¿De quién son estas ovejas?” preguntó Kuzmitchov.
—De Varlamov —respondió el anciano en voz alta.
—De Varlamov —repitió el pastor que estaba en el otro extremo del rebaño.
“¿Varlamov vino por aquí ayer o no?”
“No lo hizo; vino su secretario. . . .”
“¡Sigue adelante!”
El carruaje siguió avanzando y los pastores, con sus perros furiosos, se quedaron atrás. Yegorushka miró con indiferencia la distancia lila que tenía delante, y empezó a parecer que el molino, agitando sus aspas, se acercaba. Se hizo cada vez más grande, se hizo bastante grande, y ahora podía distinguir claramente sus dos aspas. Una era vieja y remendada, la otra, recién hecha de madera nueva, brillaba al sol. El carruaje siguió recto, mientras que el molino, por alguna razón, empezó a retroceder hacia la izquierda. Siguieron avanzando, y el molino seguía alejándose hacia la izquierda, sin desaparecer.
“Boltva ha construido un bonito molino de viento para su hijo”, observó Deniska.
“¿Y cómo es que no vemos su granja?”
“Es por ahí, más allá del arroyo”.
La granja de Boltva también apareció pronto a la vista, pero el molino no retrocedió, no se quedó atrás; seguía observando a Yegorushka con su vela brillante y saludando. ¡Menudo hechicero!
II
Hacia el mediodía, la calesa se desvió del camino hacia la derecha; continuó un trecho a paso de peatón y luego se detuvo. Yegorushka oyó un suave gorgoteo, muy acariciador, y sintió un aire diferente respirar en su rostro con un toque fresco y aterciopelado. Por un pequeño tubo de cicuta colocado allí por algún benefactor desconocido, el agua corría en un fino hilillo desde una colina baja, formada por la naturaleza de enormes piedras monstruosas. Caía al suelo, y límpida, centelleando alegremente al sol y murmurando suavemente como si se creyera un gran torrente tempestuoso, fluía velozmente hacia la izquierda. No lejos de su nacimiento, el pequeño arroyo se extendía formando un estanque; los ardientes rayos del sol y la tierra reseca la absorbían con avidez y le quitaban su fuerza; pero un poco más adelante debió mezclarse con otro riachuelo, pues a cien pasos de distancia se veían espesos juncos verdes y exuberantes a lo largo de su curso, y tres agachadizas volaron desde ellos con un fuerte grito cuando pasó el carruaje.
Los viajeros salieron a descansar junto al arroyo y a alimentar a los caballos. Kuzmitchov, el padre Christopher y Yegorushka se sentaron en una estera en la estrecha franja de sombra que proyectaban la calesa y los caballos desenganchados. El agradable y placentero pensamiento que el calor había grabado en la mente del padre Christopher anhelaba expresarse después de beber agua y comer un huevo duro. Miró a Yegorushka con amabilidad, masticó y comenzó:
Yo también estudié, muchacho; desde muy pequeño, Dios me inculcó buen juicio y comprensión, de modo que, siendo un muchacho como tú, fui, por encima de los demás, un consuelo para mis padres y preceptores gracias a mi buen juicio. Antes de cumplir quince años, ya hablaba y componía versos en latín, igual que en ruso. Fui el báculo de Su Santidad el obispo Cristóbal. Un día, después de misa, recuerdo que era el día del santo patrón de Su Majestad el Zar Alexandr Pavlovitch, de bendita memoria, se desnudó en el altar, me miró con dulzura y preguntó: «Puer bone, quam appelaris?». Respondí: «Christopherus sum»; y él dijo: «Ergo connominati sumus», es decir, que éramos tocayos... Entonces preguntó en latín: «¿De quién eres hijo?». A lo cual respondí, también en latín, que era hijo del diácono Sireysky, de la aldea de Lebedinskoe. Al ver mi disposición y la claridad de mis respuestas, Su Santidad me bendijo y me dijo: «Escríbele a tu padre para que no lo olvide y te tenga presente». Los santos sacerdotes y padres que estaban de pie alrededor del altar, escuchando nuestra conversación en latín, se sorprendieron bastante, y todos expresaron su satisfacción al elogiarme. Antes de tener bigote, hijo mío, sabía leer latín, griego y francés; sabía filosofía, matemáticas, historia secular y todas las ciencias. El Señor me dio una memoria maravillosa. A veces, si leía algo una o dos veces, me lo sabía de memoria. Mis preceptores y patrones estaban asombrados, y por eso esperaban que me convirtiera en un hombre erudito, una lumbrera de la Iglesia. Pensé en ir a Kiev para continuar mis estudios, pero mis padres no lo aprobaron. «Estudiarás toda la vida», dijo mi padre; «¿cuándo terminarás?». Al oír tales palabras, abandoné los estudios y acepté un puesto... Claro que no me convertí en un hombre erudito, pero no desobedecí a mis padres; fui un consuelo para ellos en su vejez y les di un funeral digno. La obediencia es más que el ayuno y la oración.
“¿Supongo que has olvidado todo lo que aprendiste?” observó Kuzmitchov.
¡Eso creo! ¡Gracias a Dios, ya tengo ochenta años! Recuerdo algo de filosofía y retórica, pero he olvidado por completo los idiomas y las matemáticas.
El padre Christopher entrecerró los ojos, pensó un minuto y dijo en voz baja:
¿Qué es una sustancia? Una criatura es un objeto autoexistente que no requiere nada más para completarse.
Él meneó la cabeza y rió con sentimiento.
—¡Alimento espiritual! —dijo—. ¡En verdad, la materia nutre la carne y el alimento espiritual el alma!
“Aprender está muy bien”, suspiró Kuzmitchov, “pero si no superamos a Varlamov, aprender no nos servirá de mucho”.
Un hombre no es una aguja; lo encontraremos. Debe estar haciendo su ronda por aquí.
Entre los juncos volaban las tres agachadizas que habían visto antes, y en sus gritos lastimeros se percibía una nota de alarma y disgusto por haber sido ahuyentadas del arroyo. Los caballos masticaban y resoplaban sin parar. Deniska caminaba junto a ellos y, intentando aparentar indiferencia ante los pepinos, pasteles y huevos que comían los señores, se concentró en los tábanos y tábanos que se posaban en los lomos y vientres de los caballos; aplastaba a sus víctimas con apatía, emitiendo un peculiar sonido gutural, diabólico y triunfal, y cuando no las alcanzaba, se aclaraba la garganta con aire de disgusto y cuidaba de cada afortunado que escapaba a la muerte.
—Deniska, ¿dónde estás? Ven a comer —dijo Kuzmitchov, con un profundo suspiro, señal de que ya había tenido suficiente.
Deniska se acercó tímidamente a la estera y escogió cinco pepinos gruesos y amarillos (no se atrevió a tomar los más pequeños y frescos), tomó dos huevos duros que parecían oscuros y estaban agrietados, luego indeciso, como si temiera recibir un golpe en su mano extendida, tocó un pastel con el dedo.
—¡Cógelos, cógelos! —le instó Kuzmitchov.
Deniska tomó los pasteles con decisión y, alejándose un poco, se sentó en la hierba, de espaldas a la silla. De inmediato se oyó un ruido de masticación tan fuerte que incluso los caballos se giraron para mirar a Deniska con recelo.
Después de comer, Kuzmitchov sacó del coche un saco que contenía algo y le dijo a Yegorushka:
“Me voy a dormir, y ten cuidado de que nadie me quite el saco de debajo de la cabeza”.
El padre Christopher se quitó la sotana, el cinturón y el abrigo, y Yegorushka, mirándolo, se quedó mudo de asombro. Nunca se había imaginado que los sacerdotes usaran pantalones, y el padre Christopher llevaba pantalones de lona auténtica metidos dentro de botas altas, y una chaqueta corta a rayas. Al mirarlo, Yegorushka pensó que con ese atuendo, tan inadecuado para su digna posición, se parecía mucho, con su pelo largo y barba, a Robinson Crusoe. Tras quitarse la ropa exterior, Kuzmitchov y el padre Christopher se tumbaron a la sombra bajo la tumbona, uno frente al otro, y cerraron los ojos. Deniska, que había terminado de comer, se tumbó boca arriba y también cerró los ojos.
—¡Ten cuidado de que nadie se lleve los caballos! —le dijo a Yegorushka, y enseguida se durmió.
Reinaba el silencio. No se oía nada más que el ruidito y resoplido de los caballos y los ronquidos de los durmientes; a lo lejos, una avefría gemía, y de vez en cuando se oían los agudos gritos de las tres agachadizas que habían volado para ver si sus visitantes no invitados se habían marchado; el riachuelo murmuraba, ceceando suavemente, pero todos estos sonidos no rompían el silencio, no agitaban el estancamiento, sino que, al contrario, adormecían la naturaleza.
Yegorushka, jadeando por el calor, particularmente agobiante después de comer, corrió hacia el junco y desde allí contempló el campo. Vio exactamente lo mismo que por la mañana: la llanura, las colinas bajas, el cielo, la distancia lila; solo que las colinas se alzaban más cerca; y no pudo ver el molino de viento, que había quedado muy atrás. Tras la colina rocosa de donde brotaba el arroyo se alzaba otra, más lisa y ancha; una pequeña aldea de cinco o seis casas se aferraba a ella. No se veía gente, ni árboles, ni sombra alrededor de las cabañas; parecía como si la aldea se hubiera extinguido en el aire abrasador y se hubiera secado. Para matar el tiempo, Yegorushka atrapó un saltamontes en la hierba, se lo acercó a la oreja con la mano cerrada y se pasó un buen rato escuchando al animal tocar su instrumento. Cuando se cansó de su música, corrió tras una bandada de mariposas amarillas que volaban hacia la juncia del arroyo y se encontró de nuevo junto al coche, sin darse cuenta de cómo había llegado allí. Su tío y el padre Christopher dormían profundamente; su sueño seguramente duraría dos o tres horas hasta que los caballos descansaran... ¿Cómo iba a aguantar tanto tiempo y dónde iba a refugiarse del calor? Un problema difícil... Mecánicamente, Yegorushka acercó sus labios al hilillo que salía de la pipa de agua; tenía la boca fría y olía a cicuta. Bebió al principio con avidez, luego continuó con esfuerzo hasta que el frío intenso le recorrió la boca por todo el cuerpo y el agua se derramó sobre su camisa. Entonces se acercó al coche y comenzó a observar a las figuras dormidas. El rostro de su tío tenía, como antes, una expresión de reserva seria. Fanáticamente dedicado a su trabajo, Kuzmitchov siempre, incluso en sueños y en la iglesia cuando cantaban "Como los querubines", pensaba en su negocio y no lo olvidaba ni un instante; y ahora probablemente soñaba con fardos de lana, carros, precios, Varlamov... El padre Christopher, ahora blando, frívolo y absurdo, nunca en toda su vida había sido consciente de nada que pudiera, como una boa constrictor, enroscarse en su alma y retenerla. En todas las numerosas empresas que había emprendido en su época, lo que le atraía no era tanto el negocio en sí, sino el bullicio y el contacto con otras personas involucradas en cada una. Así, en la presente expedición, no le interesaban tanto la lana, Varlamov ni los precios, sino el largo viaje, las conversaciones durante el camino, dormir bajo una tumbona y las comidas a deshoras... Y ahora, a juzgar por su rostro, debía estar soñando con el obispo Cristóbal, con la discusión en latín, con su esposa,de hojaldres, crema y todo tipo de cosas con las que Kuzmitchov ni siquiera podría soñar.
Mientras Yegorushka observaba sus rostros dormidos, de repente oyó un suave canto; a lo lejos, una mujer cantaba, y era difícil distinguir dónde ni en qué dirección. La canción era apagada, lúgubre y melancólica, como un canto fúnebre, apenas audible, y parecía venir primero de la derecha, luego de la izquierda, luego de arriba, y luego de debajo de la tierra, como si un espíritu invisible flotara sobre la estepa y cantara. Yegorushka miró a su alrededor y no pudo distinguir de dónde provenía la extraña canción. Entonces, mientras escuchaba, empezó a imaginar que la hierba cantaba; en su canción, marchita y medio muerta, no tenía palabras, pero sí una voz lastimera y apasionada, insistiendo en que no tenía la culpa, que el sol la quemaba sin culpa propia; insistía en que anhelaba ardientemente vivir, que era joven y podría haber sido hermosa de no ser por el calor y la sequía; Era inocente, pero aun así pedía perdón y protestaba que estaba angustiado, triste y apenado de sí mismo.
Yegorushka escuchó un momento, y empezó a parecer que esta canción lúgubre y triste hacía el aire más caluroso, sofocante y estancado... Para ahogar el canto, corrió hacia el junco, tarareando para sí mismo e intentando hacer ruido con los pies. Desde allí miró en todas direcciones y descubrió quién cantaba. Cerca de la cabaña más alejada de la aldea había una campesina con una enagua corta, con piernas largas y delgadas como las de una garza. Estaba sembrando algo. Un polvo blanco flotaba lánguidamente desde su tamiz por el montículo. Ahora era evidente que estaba cantando. A un par de metros de ella, un niño pequeño con la cabeza descubierta y solo una bata permanecía inmóvil. Como fascinado por la canción, permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la distancia, probablemente fija en la camisa carmesí de Yegorushka.
La canción cesó. Yegorushka regresó tranquilamente a la tumbona y, para entretenerse, volvió al murmullo del agua.
Y de nuevo se oyó el sonido de la lúgubre canción. Era la misma campesina de piernas largas de la aldea al otro lado de la colina. El aburrimiento de Yegorushka regresó. Dejó la flauta y miró hacia arriba. Lo que vio fue tan inesperado que se asustó un poco. Justo encima de su cabeza, sobre una de las grandes y toscas piedras, se encontraba un niño regordete, vestido solo con una camisa, con un vientre prominente y piernas delgadas, el mismo niño que había estado de pie junto a la campesina. Miraba con la boca abierta y los ojos fijos la camisa carmesí de Yegorushka y la silla de paseo, con una expresión de asombro absoluto e incluso de miedo, como si viera ante sí criaturas de otro mundo. El color rojo de la camisa lo cautivaba y lo atraía. Pero la silla de paseo y los hombres que dormían debajo despertaron su curiosidad; quizá no se había dado cuenta de cómo el agradable color rojo y la curiosidad lo habían atraído desde la aldea, y ahora probablemente se sorprendía de su propia audacia. Durante un largo rato, Yegorushka lo miró fijamente, y él a Yegorushka. Ambos guardaron silencio, conscientes de cierta incomodidad. Tras un largo silencio, Yegorushka preguntó:
"¿Cómo te llamas?"
Las mejillas del desconocido se hincharon más que nunca; apretó la espalda contra la roca, abrió mucho los ojos, movió los labios y respondió con un bajo ronco: "¡Teta!".
Los muchachos no dijeron ni una palabra más; después de un breve silencio, con la mirada fija en Yegorushka, el misterioso carbonero levantó una pata, buscó con el talón un hueco y trepó por la roca; desde allí subió a la siguiente roca, tambaleándose hacia atrás y mirando fijamente a Yegorushka, como si temiera golpearle por detrás, y así siguió subiendo hasta desaparecer por completo tras la cresta de la colina.
Tras observarlo hasta perderse de vista, Yegorushka rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó la cabeza en ellas... El sol abrasador le quemó la nuca, el cuello y la columna. La canción melancólica se apagó y volvió a flotar en el aire sofocante y estancado. El riachuelo gorgoteaba monótonamente, los caballos masticaban y el tiempo se arrastraba interminablemente, como si también estuviera estancado y se hubiera detenido. Parecía que habían pasado cien años desde la mañana. ¿Sería posible que el mundo de Dios, el carruaje y los caballos se detuvieran en ese aire y, como las colinas, se convirtieran en piedra y permanecieran para siempre en un mismo lugar? Yegorushka levantó la cabeza y, con ojos escocidos, miró hacia delante; la distancia lila, que hasta entonces había permanecido inmóvil, comenzó a agitarse, y con el cielo se perdió en la distancia... Arrastró tras sí la hierba parda, la juncia, y con extraordinaria rapidez, Yegorushka flotó tras la distancia de vuelo. Una fuerza silenciosa lo impulsó hacia adelante, y el calor y la canción fatigosa volaron tras él. Yegorushka inclinó la cabeza y cerró los ojos...
Deniska fue la primera en despertar. Algo debió de morderlo, pues se levantó de un salto, se rascó el hombro rápidamente y dijo:
¡Que la peste te lleve, maldito idólatra!
Luego fue al arroyo, bebió un poco y se lavó lentamente. Sus chapoteos y resoplidos despertaron a Yegorushka de su letargo. El niño se miró la cara mojada, con gotas de agua y grandes pecas que la hacían parecer de mármol, y preguntó:
"¿Nos vamos pronto?"
Deniska miró la altura del sol y respondió:
"Eso espero."
Se secó con la cola de su camisa y, poniendo cara muy seria, saltó sobre una pierna.
—Digo, ¿quién de nosotros llegará primero al junco? —preguntó.
Yegorushka estaba agotado por el calor y la somnolencia, pero aun así salió corriendo tras él. Deniska tenía veinte años, era cochero y estaba a punto de casarse, pero no había dejado de ser un niño. Le encantaba volar cometas, perseguir palomas, jugar a las tabas, correr carreras y siempre participaba en juegos y disputas infantiles. En cuanto su amo le daba la espalda o se dormía, Deniska comenzaba a hacer algo como saltar en una pierna o tirar piedras. Era difícil para cualquier adulto, al ver el genuino entusiasmo con el que retozaba entre los niños, resistirse a decir: "¡Qué bebé!". Los niños, en cambio, no veían nada extraño en la invasión de sus dominios por parte del gran cochero. "¡Que juegue", pensaban, "¡siempre que no se pelee!". Del mismo modo, los perritos no ven nada extraño cuando un perro grande y sencillo se une a su compañía sin invitación y empieza a jugar con ellos.
Deniska adelantó a Yegorushka, y evidentemente estaba muy contento de haberlo hecho. Le guiñó un ojo y, para demostrarle que podía saltar con una sola pierna cualquier distancia, le sugirió a Yegorushka que lo acompañara por el camino y, desde allí, sin descansar, regresara al carruaje. Yegorushka declinó la sugerencia, pues estaba agotado y sin aliento.
De repente, Deniska adoptó una expresión muy seria, como no la adoptó ni siquiera cuando Kuzmitchov lo regañó o lo amenazó con un palo; escuchando atentamente, se arrodilló en silencio y una expresión de severidad y alarma se dibujó en su rostro, como la que se ve en quienes escuchan discursos heréticos. Fijó la mirada en un punto, levantó la mano curvada y, de repente, cayó boca abajo en el suelo, golpeando la hierba con la palma de la mano.
“¡Lo pillé!” exclamó triunfante y, levantándose, levantó un gran saltamontes y lo puso ante los ojos de Yegorushka.
Los dos chicos acariciaron el ancho lomo verde del saltamontes con los dedos y le tocaron las antenas, suponiendo que esto le agradaría. Entonces Deniska atrapó una mosca gorda que había estado chupando sangre y se la ofreció al saltamontes. Este movió sus enormes mandíbulas, que parecían la visera de un casco, con la mayor indiferencia, como si conociera a Deniska desde hacía mucho tiempo, y le arrancó el estómago de un mordisco. Lo soltaron. Con un destello del revestimiento rosado de sus alas, voló hacia la hierba y de inmediato reanudó su trino. Soltaron también a la mosca. Esta se acicaló las alas y, sin estómago, voló hacia los caballos.
Se oyó un fuerte suspiro desde debajo del diván. Era Kuzmitchov despertando. Levantó la cabeza rápidamente, miró con inquietud a lo lejos, y por esa mirada, que pasó desapercibida ante Yegorushka y Deniska sin compasión ni interés, se vio que al despertar pensaba en la lana y en Varlamov.
—Padre Christopher, levántate; es hora de partir —dijo con ansiedad—. ¡Despierta; ya hemos dormido demasiado! Deniska, mete los caballos.
El padre Christopher se despertó con la misma sonrisa con la que se había quedado dormido; su rostro se veía arrugado y congestionado por el sueño, y parecía haber perdido solo la mitad de su tamaño. Después de lavarse y vestirse, procedió sin prisa a sacar del bolsillo un pequeño salterio grasiento; y, de pie, con la cara hacia el este, comenzó a recitar en voz baja los salmos del día y a persignarse.
—Padre Cristóbal —dijo Kuzmitchov con tono de reproche—, es hora de partir; los caballos están listos, y aquí está usted... palabra mía.
—En un minuto, en un minuto —murmuró el padre Christopher—. Tengo que leer los salmos... No los he leído hoy.
“Los salmos pueden esperar”.
“Iván Ivánich, esa es mi regla todos los días... No puedo...”
“Dios lo pasará por alto.”
Durante un cuarto de hora, el padre Christopher permaneció de pie mirando hacia el este, moviendo los labios, mientras Kuzmitchov lo miraba casi con odio y se encogía de hombros con impaciencia. Se irritaba especialmente cuando, después de cada «Aleluya», el padre Christopher respiraba profundamente, se santiguaba rápidamente y repetía tres veces, alzando la voz a propósito para que los demás se santiguaran: «¡Aleluya, aleluya, aleluya! ¡Gloria a Ti, Señor!». Finalmente, sonrió, miró al cielo y, guardándose el salterio en el bolsillo, dijo:
“¡Terminado!”
Un minuto después, la calesa se puso en marcha. Como si fuera hacia atrás y no hacia adelante, los viajeros presenciaron la misma escena que antes del mediodía.
Las colinas bajas aún se hundían en la distancia lila, y no se les veía el fin. Se vislumbraban hierbas altas y montones de piedras; franjas de rastrojo pasaban junto a ellas y los mismos grajos, el mismo halcón, batiendo sus alas con lenta dignidad, seguían sobrevolando la estepa. El aire era más sofocante que nunca; el calor sofocante y la quietud hacían que la naturaleza sumisa se sumiera en el silencio... Sin viento, sin un fresco rumor de alegría, sin nubes.
Pero finalmente, cuando el sol comenzaba a ocultarse por el oeste, la estepa, las colinas y el aire no pudieron soportar más la opresión y, exhaustos, desesperados, intentaron sacudirse el yugo. Una nube gris ceniza y algodonosa apareció inesperadamente tras las colinas. Intercambió miradas con la estepa, como diciendo: «Aquí estoy», y frunció el ceño. De repente, algo estalló en el aire estancado; se desató una violenta ráfaga de viento que giraba en círculos, rugiendo y silbando sobre la estepa. De inmediato, un murmullo se elevó de la hierba y la hierba seca del año anterior; el polvo se enroscó en espiral sobre el camino, se deslizó por la estepa y, arrastrando consigo paja, libélulas y plumas, se elevó en una columna negra y giratoria hacia el cielo, oscureciendo el sol. Plantas espinosas y arrancadas de raíz corrían a trompicones y saltaban en todas direcciones por la estepa, y una de ellas quedó atrapada en el torbellino, dio vueltas y vueltas como un pájaro, voló hacia el cielo y, convertida en una pequeña mancha negra, desapareció de la vista. Tras ella, otra, y luego una tercera, y Yegorushka vio a dos de ellas encontrarse en la altura azul y abrazarse como si estuvieran luchando.
Una avutarda voló junto al mismo camino. Aleteando con las alas y la cola, parecía, bañada por la luz del sol, como un brillante pez de hojalata o una mosca acuática que revoloteaba tan velozmente sobre el agua que sus alas eran imposibles de distinguir de sus antenas, que parecían crecer por delante, por detrás y por todos lados... Temblando en el aire como un insecto con un destello de brillantes colores, la avutarda voló alto en línea recta; luego, probablemente asustada por una nube de polvo, viró bruscamente hacia un lado, y durante un largo rato se pudo ver el brillo de sus alas...
Entonces, un guión de codornices alzó el vuelo de la hierba, alarmado por el huracán y sin saber qué ocurría. Volaba a favor del viento, no en contra, como todas las demás aves, de modo que todas sus plumas se erizaron y se expandió hasta el tamaño de una gallina, con un aspecto enfadado e imponente. Solo los grajos, que habían envejecido en la estepa y estaban acostumbrados a sus caprichos, revoloteaban tranquilamente sobre la hierba o, sin reparar en nada, seguían picoteando despreocupadamente la tierra dura con sus robustos picos.
Se oyó un trueno sordo más allá de las colinas; llegó una bocanada de aire fresco. Deniska silbó alegremente y fustigó a sus caballos. El padre Christopher y Kuzmitchov se sujetaron los sombreros y miraron fijamente hacia las colinas... ¡Qué agradable habría sido un chaparrón!
Un esfuerzo, una lucha más, y parecía que la estepa habría tomado la delantera. Pero la fuerza opresiva invisible gradualmente ató sus cadenas al viento y al aire, sembró el polvo, y la quietud regresó como si nada hubiera sucedido, la nube se ocultó, las colinas abrasadas por el sol fruncieron el ceño sumisamente, el aire se calmó, y solo en algún lugar las atribuladas avefrías gemían y lamentaban su destino...
Poco después llegó la noche.
III
Al anochecer, apareció a la vista una gran casa de una sola planta, con tejado de hierro oxidado y ventanas oscuras. Esta casa se llamaba posada, aunque no tenía nada parecido a un establo, y se alzaba en medio de la estepa, sin ningún tipo de cercado a su alrededor. Un poco a un lado, un pequeño y miserable huerto de cerezos, encerrado por una valla de cañizos, formaba una mancha oscura, y bajo las ventanas se alzaban girasoles soñolientos con sus pesadas cabezas inclinadas. Del huerto llegaba el traqueteo de un pequeño molino de viento de juguete, colocado allí para ahuyentar a las liebres con su sonajero. No se veía nada más cerca de la casa, y no se oía nada más que la estepa. Apenas la silla se había detenido en el porche con toldo, cuando desde la casa llegó el sonido de voces alegres, una de hombre, otra de mujer; Se oyó el crujido de una puerta batiente, y en un instante una figura alta y demacrada, balanceando los brazos y agitando su abrigo, apareció junto a la silla. Era el posadero, Moisey Moisevitch, un hombre ya no joven, de rostro pálido y una hermosa barba negra como el carbón. Llevaba un abrigo negro raído, que colgaba ondeando sobre sus estrechos hombros como si estuviera en un perchero, y sus faldas ondeaban como alas cada vez que Moisey Moisevitch alzaba las manos con deleite o horror. Además del abrigo, el posadero llevaba pantalones blancos amplios, sin meterlos en las botas, y un chaleco de terciopelo con flores marrones que parecían insectos gigantes.
Moisey Moisevitch se quedó mudo al principio, presa de una excesiva emoción, al reconocer a los viajeros; luego juntó las manos y emitió un gemido. Su abrigo ondeaba, su espalda se encorvó y su pálido rostro se contorsionó en una sonrisa que sugería que ver la calesa no era solo un placer para él, sino una alegría tan dulce que resultaba dolorosa.
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —empezó con voz cantarina, sin aliento, afanándose e impidiendo que los viajeros bajaran del carruaje con sus travesuras—. ¡Qué día tan feliz! ¡Ay, qué hago ahora! ¡Iván Ivánich! ¡Padre Cristóbal! ¡Qué caballero tan guapo sentado en el pescante! ¡Dios mío! ¿Por qué estoy aquí parado en lugar de invitar a las visitas a entrar? Por favor, pasen, se los ruego humildemente... ¡Son bienvenidos! Denme todas sus cosas... ¡Ay, Dios mío!
Moisey Moisevitch, que estaba rebuscando en el coche y ayudando a los viajeros a apearse, se volvió de repente y gritó con una voz tan frenética y ahogada como si se estuviera ahogando y pidiera ayuda:
¡Salomón! ¡Salomón!
—¡Salomón! ¡Salomón! —repetía una voz de mujer desde el interior.
La puerta batiente crujió, y en el umbral apareció un joven judío bastante bajo, con una gran nariz aguileña y una calva rodeada de un pelo áspero, rojo y rizado. Vestía una chaqueta corta y raída, con faldones redondeados y mangas cortas, y pantalones cortos de sarga, de modo que parecía delgado y de cola corta, como un pájaro joven. Era Salomón, el hermano de Moisey Moisevitch. Se acercó al coche, sonriendo de forma un tanto extraña, y no habló ni saludó a los viajeros.
—Han llegado Iván Ivánich y el padre Cristóbal —dijo Moisey Moisevitch con un tono que parecía indicar que su hermano no le iba a creer—. ¡Caramba! ¡Qué sorpresa! ¡Qué invitados tan distinguidos nos hayan llegado tan de repente! Ven, toma sus cosas, Solomon. Pasen, invitados distinguidos.
Un poco más tarde, Kuzmitchov, el padre Christopher y Yegorushka estaban sentados en una habitación grande, lúgubre y vacía, ante una vieja mesa de roble. La mesa estaba casi solitaria, pues, salvo un amplio sofá tapizado con cuero americano desgarrado y tres sillas, no había otros muebles en la habitación. Y, de hecho, no todo el mundo les habría puesto ese nombre a las sillas. Eran un aspecto lamentable, tapizadas con cuero americano en mal estado, y con los respaldos curvados hacia atrás en un ángulo anormalmente agudo, que parecían trineos infantiles. Era difícil imaginar qué habría pretendido el carpintero desconocido al doblar los respaldos de las sillas con tanta despiadada, y uno se sentía tentado a pensar que no era culpa del carpintero, sino que algún visitante atlético las había doblado así como una proeza, y luego había intentado doblarlas de nuevo, dejándolas peor. La habitación parecía lúgubre, las paredes eran grises, los techos y las cornisas estaban mugrientos; En el suelo había grietas y agujeros enormes difíciles de explicar (uno podría haber imaginado que fueron hechos por el talón del mismo atleta), y parecía que la habitación seguiría a oscuras si hubiera colgado una docena de lámparas. No había nada parecido a un adorno en las paredes ni en las ventanas. En una pared, sin embargo, colgaba una lista de reglamentos de algún tipo bajo un águila bicéfala en un marco de madera gris, y en otra pared, en el mismo tipo de marco, un grabado con la inscripción «La indiferencia del hombre». A qué eran indiferentes los hombres era imposible distinguirlo, ya que el grabado estaba muy sucio por el tiempo y muy desgastado por las moscas. Había un olor a algo podrido y agrio en la habitación.
Mientras conducía a los visitantes a la habitación, Moisey Moisevitch continuó retorciéndose, gesticulando, encogiéndose de hombros y profiriendo exclamaciones alegres; consideraba que estas payasadas eran necesarias para parecer educado y agradable.
“¿Cuándo pasaron nuestros carros?”, preguntó Kuzmitchov.
“Un grupo pasó temprano esta mañana, y el otro, Iván Ivánich, se quedó aquí para cenar y se fue hacia la tarde”.
—¡Ah!... ¿Ha venido Varlamov o no?
—No, Iván Ivánich. Su secretario, Grigori Yegoritch, pasó ayer por la mañana y dijo que tenía que estar hoy en la granja de los Molokan.
¡Bien! Entonces iremos directamente tras los carros y luego a casa de los molokanes.
—¡Apiádate de nosotros, Iván Ivánich! —gritó Moisey Moisevitch horrorizado, alzando las manos—. ¿Adónde vas a pasar la noche? Cenarás bien y pasarás la noche, y mañana por la mañana, si Dios quiere, podrás seguir adelante y alcanzar a quien quieras.
No hay tiempo para eso... Disculpe, Moisey Moisevitch, otra vez; pero ahora debo darme prisa. Nos quedaremos un cuarto de hora y luego seguiremos; podemos pasar la noche en casa de los Molokan.
—¡Un cuarto de hora! —chilló Moisey Moisevitch—. ¿No temes a Dios, Iván Ivánitch? ¡Me obligarás a esconder tus gorras y a cerrar la puerta con llave! De todas formas, necesitas una taza de té y algo para picar.
“No tenemos tiempo para tomar té”, dijo Kuzmitchov.
Moisey Moisevitch inclinó la cabeza hacia un lado, dobló las rodillas y puso las manos abiertas ante él como para protegerse de un golpe, mientras con una sonrisa de dulzura agonizante comenzó a implorar:
¡Iván Ivánovich! ¡Padre Cristóbal! Tenga la amabilidad de tomar una taza de té conmigo. ¿Será que no soy tan mala persona como para que ni siquiera puedan tomar té en mi casa? ¡Iván Ivánovich!
—Bueno, también podemos tomar una taza de té —dijo el padre Christopher con una sonrisa comprensiva—; no nos entretendrá mucho.
“Muy bien”, asintió Kuzmitchov.
Moisey Moisevitch, consternado, lanzó una exclamación de alegría y, encogiéndose de hombros como si acabara de pasar del frío al calor, corrió hacia la puerta y gritó con la misma voz frenética con la que había llamado a Salomón:
"¡Rosa! ¡Rosa! ¡Trae el samovar!"
Un minuto después, la puerta se abrió y Solomon entró en la habitación con una gran bandeja. La dejó sobre la mesa y apartó la mirada con sarcasmo, con la misma extraña sonrisa de antes. Ahora, a la luz de la lámpara, se distinguía claramente su sonrisa; era muy compleja y expresaba diversas emociones, pero el elemento predominante era un desprecio manifiesto. Parecía estar pensando en algo ridículo y tonto, sentir desprecio y antipatía, estar complacido con algo y esperar el momento propicio para ridiculizarlo y estallar en carcajadas. Su nariz larga, sus labios gruesos y sus ojos saltones y astutos parecían tensos por el deseo de reír. Al mirarlo a la cara, Kuzmitchov sonrió irónicamente y preguntó:
“Salomón, ¿por qué no viniste a nuestra feria en N. este verano y actuaste algunas escenas judías?”
Dos años antes, como bien recordaba Yegorushka, en uno de los puestos de la feria de N., Solomon había representado algunas escenas de la vida judía, y su actuación fue todo un éxito. La alusión a esto no le causó ninguna impresión. Sin responder, salió y regresó poco después con el samovar.
Cuando terminó lo que tenía que hacer en la mesa, se apartó un poco y, cruzando los brazos sobre el pecho y estirando una pierna, fijó su mirada sarcástica en el padre Christopher. Había algo desafiante, altivo y desdeñoso en su actitud, y a la vez cómico y lastimoso, porque cuanto más impresionante era su actitud, más vívidamente resaltaban sus pantalones cortos, su abrigo corto, su nariz caricaturesca y su pequeña figura desplumada, como la de un pájaro.
Moisey Moisevitch trajo un taburete de la otra habitación y se sentó a cierta distancia de la mesa.
—¡Que tengan buen apetito! ¡Té y azúcar! —empezó, intentando entretener a sus visitantes—. Espero que lo disfruten. ¡Qué invitados tan raros, qué raros! Hace años que no veo al padre Christopher. ¿Y nadie me dirá quién es este simpático caballero? —preguntó, mirando con ternura a Yegorushka.
“Es el hijo de mi hermana, Olga Ivanovna”, respondió Kuzmitchov.
“¿Y a dónde va?”
A la escuela. Lo llevaremos a un instituto.
En su actitud cortés, Moisey Moisevitch puso cara de asombro y meneó la cabeza expresivamente.
—Ah, qué bien —dijo, señalando el samovar con el dedo—. ¡Qué bien! Volverás del instituto tan caballeroso que todos nos quitaremos el sombrero ante ti. Serás rico, sabio y tan grande que tu mamá estará encantada. ¡Oh, qué bien!
Hizo una pequeña pausa, se acarició las rodillas y comenzó de nuevo en un tono jocoso y deferente.
Disculpe, padre Christopher, pero pienso escribirle al obispo para decirle que está robando el sustento a los comerciantes. Tomaré una hoja de papel franqueada y escribiré que supongo que el padre Christopher anda corto de peniques, ya que se ha dedicado al comercio y ha empezado a vender lana.
—Mmm, sí... es una idea rara a mi avanzada edad —dijo el padre Christopher, y rió—. He pasado de sacerdote a comerciante, hermano. Debería estar en casa rezando, en lugar de galopar por el país como un faraón en su carroza... ¡Vanidad!
“¡Pero costará un montón de dinero!”
¡Oh, me atrevería a decirlo! Más patadas que medio penique, y me lo merezco. ¡La lana no es mía, sino de mi yerno Mijaíl!
¿Por qué no va él mismo?
“¿Por qué? Porque… La leche de su madre apenas se le seca en los labios. Compra lana, pero para venderla, no tiene ni idea; es joven todavía. Ha malgastado todo su dinero; quería hacerse rico y triunfar, pero lo intentó aquí y allá, y nadie le pagaba su precio. Y así siguió el muchacho un año, y luego vino a mí y me dijo: «Papá, vende la lana por mí; ¡sé amable y hazlo! ¡No sirvo para el negocio!». Y es verdad. En cuanto algo sale mal, es «papá», pero hasta entonces podían arreglárselas sin su padre. Cuando compraba no me consultaba, pero ahora que está en apuros, le toca a papá. ¿Y qué sabe su padre? Si no fuera por Iván Ivánich, no podría hacer nada. Estoy muy preocupado por ellos.
“Sí; uno se preocupa mucho por sus hijos, te lo aseguro”, suspiró Moisey Moisevitch. “Tengo seis. Uno necesita educación, otro necesita atención médica y un tercero necesita cuidados, y cuando crecen, son aún más problemáticos. No solo hoy en día, sino también en las Sagradas Escrituras. Cuando Jacob tuvo hijos pequeños, lloró, y cuando crecieron, lloró aún más amargamente”.
“Hmm, sí…” asintió el padre Christopher pensativo, mirando su vaso. “No tengo motivos para despotricar contra el Señor. He vivido hasta el fin de mis días como cualquier hombre agradecería vivir… He casado a mis hijas con hombres buenos, he establecido una buena vida para mis hijos, y ahora soy libre; he cumplido con mi trabajo y puedo ir a donde quiera. Vivo en paz con mi esposa. Como, bebo, duermo, me regocijo con mis nietos, rezo y no quiero nada más. Vivo de la abundancia de la tierra y no necesito congraciarme con nadie. Nunca he tenido problemas desde la infancia, y ahora supongamos que el zar me preguntara: “¿Qué necesitas? ¿Qué deseas?”. No necesito nada. Tengo todo lo que quiero y todo por lo que estar agradecido. En todo el pueblo no hay hombre más feliz que yo. Mi único problema es que tengo tantos pecados, pero allí... solo Dios está libre de pecado. Es cierto, ¿verdad?
“No hay duda de que lo es.”
No tengo dientes, claro; me duele la espalda; una cosa y otra... asma y cosas así... Me duele... Tengo la carne débil, ¡pero piensa en mi edad! ¡Tengo ochenta años! No se puede vivir eternamente; no hay que abusar de la hospitalidad.
El padre Christopher pensó de repente en algo, farfulló en su vaso y se ahogó de risa. Moisey Moisevitch también rió, por cortesía, y también se aclaró la garganta.
—¡Qué gracioso! —dijo el padre Christopher, agitando la mano—. Mi hijo mayor, Gavrila, vino a visitarme. Trabaja en el sector médico, es médico de distrito en la provincia de Chernígov... «Muy bien...», le dije, «aquí tengo asma y una cosa y otra... ¡Tú eres médico; cura a tu padre!». Me desnudó en el acto, me dio golpecitos, me escuchó y me repitió todo tipo de trucos... me masajeó el estómago, y luego dijo: «Papá, deberías recibir aire comprimido». El padre Christopher rió convulsivamente, hasta que se le saltaron las lágrimas, y se levantó.
"Y le dije: '¡Dios bendiga tu aire comprimido!'", soltó entre risas, agitando ambas manos. "¡Dios bendiga tu aire comprimido!"
Moisey Moisevitch se levantó también y, con las manos en el estómago, se puso a reír a carcajadas, como el ladrido de un perrito faldero.
“¡Dios bendiga el aire comprimido!” repitió el padre Christopher, riendo.
Moisey Moisevitch rió dos notas más altas y con tanta violencia que apenas podía mantenerse en pie.
—¡Ay, Dios mío! —gimió entre risas—. Déjame respirar... Me matarás.
Reía y hablaba, aunque al mismo tiempo lanzaba miradas tímidas y sospechosas a Solomon. Este permanecía en la misma actitud, sin dejar de sonreír. A juzgar por sus ojos y su sonrisa, su desprecio y odio eran genuinos, pero eso era tan incompatible con su figura de aspecto vigoroso que a Yegorushka le pareció que estaba adoptando su actitud desafiante y su sonrisa mordaz y sarcástica para hacerse el tonto y entretener a sus invitados de honor.
Tras beber seis vasos de té en silencio, Kuzmitchov despejó un espacio en la mesa, tomó su bolso, el que guardaba bajo la cabeza cuando dormía bajo el diván, desató la cuerda y lo sacudió. Rollos de billetes estaban esparcidos sobre la mesa.
—Mientras tengamos tiempo, padre Christopher, hagamos cuentas —dijo Kuzmitchov.
Moisey Moisevitch se sintió avergonzado al ver el dinero. Se levantó y, como hombre de sentimientos delicados, reacio a indagar en secretos ajenos, salió de la habitación de puntillas, agitando los brazos. Solomon permaneció donde estaba.
“¿Cuántos rublos hay en los rollos?”, empezó a decir el padre Christopher.
Los billetes de rublos están en billetes de cincuenta,... los de tres rublos en billetes de noventa, los de veinticinco y cien rublos en billetes de mil. Cuente siete mil ochocientos para Varlamov, y yo contaré para Gusevitch. Y tenga cuidado...
Yegorushka nunca en su vida había visto tanto dinero como el que yacía sobre la mesa ante él. Debía de ser una gran cantidad, pues el fajo de siete mil ochocientos, que el padre Christopher reservó para Varlamov, parecía muy pequeño comparado con todo el montón. En cualquier otro momento, semejante cantidad de dinero habría impresionado a Yegorushka y lo habría llevado a reflexionar sobre cuántos cracknels, bollos y pasteles de amapola se podrían comprar con ese dinero. Ahora lo miraba con indiferencia, consciente solo del repugnante olor a queroseno y manzanas podridas que emanaba del montón de billetes. Estaba agotado por el traqueteo del viaje en el carruaje, cansado y somnoliento. Tenía la cabeza pesada, apenas podía mantener los ojos abiertos y sus pensamientos se enredaban como hilos. Si hubiera sido posible, se habría sentido aliviado apoyando la cabeza en la mesa, para no ver la lámpara ni los dedos moviéndose sobre los montones de billetes, y para dejar que sus cansados y somnolientos pensamientos fluyeran aún más al azar. Cuando intentaba mantenerse despierto, la luz de la lámpara, de las tazas y de los dedos se duplicaba, el samovar se movía y el olor a manzanas podridas le parecía aún más acre y repugnante.
—¡Ah, dinero, dinero! —suspiró el padre Christopher, sonriendo—. ¡Traes problemas! Supongo que ahora mi Mihailo estará dormido y soñando que le voy a traer un montón de dinero como este.
—Su Mihailo Timofevitch no entiende de negocios —dijo Kuzmitchov en voz baja—; se encarga de lo que no le corresponde, pero usted lo entiende y puede juzgar. Será mejor que me entregue su lana, como ya le he dicho, y le daría medio rublo más de lo que yo le valía; sí, lo haría, simplemente por consideración hacia usted...
—No, Iván Ivánich —suspiró el padre Christopher—. Le agradezco su amabilidad... Claro que, si me tocara decidir, no lo pensaría dos veces; pero, como usted sabe, la lana no es mía...
Moisey Moisevitch entró de puntillas. Intentando, por delicadeza, no mirar los montones de dinero, se acercó sigilosamente a Yegorushka y le tiró de la camisa por detrás.
—Venga, caballero —dijo en voz baja—. ¡Venga a ver el osito que le puedo enseñar! ¡Qué osito tan raro y enfadado! ¡Uuuu!
El niño soñoliento se levantó y se arrastró con desgana tras Moisey Moisevitch para ver al oso. Entró en una pequeña habitación, donde, antes de ver nada, sintió que le cortaba la respiración por el olor a algo agrio y en descomposición, mucho más fuerte allí que en la habitación grande y probablemente extendido desde esta a toda la casa. Una parte de la habitación estaba ocupada por una cama grande, cubierta con una colcha grasienta, y otra por una cómoda y montones de trapos de todo tipo, desde enaguas rígidas de mujer hasta calzones y tirantes de niño. Una vela de sebo reposaba sobre la cómoda.
En lugar del oso prometido, Yegorushka vio a una judía corpulenta y gorda, con el pelo suelto y una falda de franela roja con ramitas negras. Se movía con dificultad en el estrecho espacio entre la cama y la cómoda y emitía gemidos prolongados, como si le doliera una muela. Al ver a Yegorushka, puso cara de tristeza, exhaló un largo suspiro y, antes de que él tuviera tiempo de mirarse, se llevó a los labios una rebanada de pan untada con miel.
—¡Cómelo, cariño, cómelo! —dijo—. Estás aquí sin tu mamá y sin nadie que te cuide. Cómelo.
Yegorushka sí lo comió, aunque después de las delicias y los pasteles de amapola que comía a diario en casa, no le gustó mucho la miel, que estaba mezclada con cera y alas de abeja. Comió mientras Moisey Moisevitch y la judía lo miraban y suspiraban.
“¿A dónde vas, querida?”, preguntó la judía.
“A la escuela”, respondió Yegorushka.
“¿Y cuántos hermanos y hermanas tienes?”
“Yo soy el único; no hay otros.”
—¡Ay! —suspiró la judía, levantando la vista—. ¡Pobre mamá, pobre mamá! ¡Cuánto llorará y te extrañará! Dentro de un año enviaremos a nuestro Nahum a la escuela. ¡Ay!
—¡Ah, Nahum, Nahum! —suspiró Moisey Moisevitch, y la piel de su pálido rostro se contrajo nerviosamente—. ¡Y es tan delicado!
La colcha grasienta se estremeció, y de debajo apareció la cabeza rizada de un niño sobre un cuello muy delgado; dos ojos negros brillaron y miraron con curiosidad a Yegorushka. Sin dejar de suspirar, Moisey Moisevitch y la judía fueron a la cómoda y comenzaron a hablar en yidis. Moisey Moisevitch habló en un tono bajo y grave, y en general su charla en yidis era como un continuo "ghaal-ghaal-ghaal-ghaal, . . ." mientras su esposa le respondía con una voz chillona como la de un pavo, y todo el efecto de su charla era algo así como "¡Tú, tú, tú, tú!". Mientras consultaban, otra pequeña cabeza rizada sobre un cuello delgado se asomó de la colcha grasienta, luego una tercera, luego una cuarta... Si Yegorushka hubiera tenido una imaginación fértil, podría haber imaginado que la hidra de cien cabezas se escondía bajo la colcha.
“¡Ghaal-ghaal-ghaal-ghaal!” dijo Moisés Moisevitch.
“¡Demasiado, demasiado, demasiado, demasiado!”, respondió el judío.
La consulta terminó con la judía sumergiéndose con un profundo suspiro en la cómoda y, desenvolviendo un trapo verde, sacó un gran pastel de centeno con forma de corazón.
—Tómalo, cariño —dijo, dándole el pastel a Yegorushka—; ya no tienes mamá, ni nadie que te dé cosas bonitas.
Yegorushka se guardó el pastel en el bolsillo y se tambaleó hacia la puerta, pues no podía seguir respirando el aire fétido y agrio en el que vivían el posadero y su esposa. De vuelta en la gran sala, se acomodó en el sofá y dejó de intentar controlar sus pensamientos errantes.
En cuanto Kuzmitchov terminó de contar los billetes, los guardó de nuevo en la bolsa. No los trató con mucho respeto y los metió en el saco sucio sin contemplaciones, con la misma indiferencia con que si no hubieran sido dinero, sino papel usado.
El padre Cristóbal estaba hablando con Salomón.
—¡Qué tal, Salomón el Sabio! —dijo, bostezando y persignándose—. ¿Cómo va el negocio?
—¿De qué clase de asunto estás hablando? —preguntó Salomón, y su expresión era tan diabólica como si se tratara de un indicio de algún delito por su parte.
—Ah, cosas en general. ¿Qué estás haciendo?
—¿Qué hago? —repitió Salomón, encogiéndose de hombros—. Igual que todos los demás... Verás, soy un simple criado, soy el sirviente de mi hermano; mi hermano es el sirviente de los visitantes; los visitantes son los sirvientes de Varlamov; y si tuviera diez millones, Varlamov sería mi sirviente.
“¿Por qué sería tu sirviente?”
Porque no hay caballero ni millonario que no esté dispuesto a lamerle la mano a un judío sarnoso por ganar un kopek. Ahora bien, yo soy un judío sarnoso y un mendigo. Todos me miran como si fuera un perro, pero si tuviera dinero, Varlamov se haría el tonto delante de mí, igual que Moisey delante de ti.
El padre Christopher y Kuzmitchov se miraron. Ninguno de los dos entendió a Solomon. Kuzmitchov lo miró con severidad y sequedad, y preguntó:
“¿Cómo puedes compararte con Varlamov, imbécil?”
—No soy tan tonto como para ponerme al nivel de Varlamov —respondió Solomon, mirando con sarcasmo al orador—. Aunque Varlamov es ruso, en el fondo es un judío cascarrabias; solo vive para el dinero y las ganancias, ¡pero yo lo arrojé a la basura! No quiero dinero, ni tierras, ni ovejas, y no hay necesidad de que la gente me tenga miedo y se desvele al pasar. ¡Así que soy más sabio que tu Varlamov y más hombre!
Un poco más tarde, Yegorushka, medio dormida, oyó a Solomon hablar de los judíos con una voz ronca, hueca y ahogada por el odio, con frases apresuradas y tartamudeantes. Al principio hablaba correctamente en ruso, luego adoptó el tono de un recitador judío y empezó a hablar como lo había hecho en la feria, con un acento judío exagerado.
—¡Para!... —le dijo el padre Christopher—. Si no te gusta tu religión, mejor cámbiala, pero reírse de ella es pecado; solo los más bajos entre los bajos se burlan de su religión.
—No lo entiendes —lo interrumpió Salomón bruscamente—. Yo hablo de una cosa y tú de otra...
—Se ve que eres un tonto —suspiró el padre Christopher—. Te reprendo con todas mis fuerzas, y estás furioso. Te hablo como un anciano en voz baja, y me respondes como un pavo: «¡Bla-bla-bla!». Eres un tipo raro...
Moisey Moisevitch entró. Miró con inquietud a Solomon y a sus visitantes, y de nuevo la piel de su rostro se estremeció nerviosamente. Yegorushka negó con la cabeza y miró a su alrededor; vislumbró fugazmente el rostro de Solomon justo cuando este se giró tres cuartos hacia él y la sombra de su larga nariz le partió la mejilla izquierda por la mitad; la sonrisa desdeñosa se confundió con esa sombra; los brillantes ojos sarcásticos, la expresión altiva y toda la pequeña figura de aspecto depilado, danzando y doblándose ante los ojos de Yegorushka, lo convertían ya no en un bufón, sino en algo con lo que uno a veces sueña, en un espíritu maligno.
—¡Qué tipo tan feroz tienes aquí, Moisey Moisevitch! ¡Que Dios lo bendiga! —dijo el padre Christopher con una sonrisa—. Deberías buscarle un lugar, una esposa o algo... No se sabe qué hacer con él...
Kuzmitchov frunció el ceño con enojo. Moisey Moisevitch volvió a mirar con inquietud e inquisitividad a su hermano y a los visitantes.
—¡Salomón, vete! —dijo secamente—. ¡Vete! —Y añadió algo en yidis. Salomón soltó una carcajada abrupta y salió.
“¿Qué fue?” preguntó ansioso Moisey Moisevitch al padre Christopher.
—Se olvida de sí mismo —respondió Kuzmitchov—. Es grosero y se cree demasiado.
—¡Lo sabía! —gritó Moisey Moisevitch horrorizado, apretándose las manos—. ¡Ay, ay, ay! —murmuró en voz baja—. Ten la amabilidad de disculparlo y no te enfades. ¡Es un tipo tan raro, tan raro! ¡Ay, ay, ay! Es mi propio hermano, pero siempre me ha dado problemas. Ya sabes que es...
Moisey Moisevitch dobló su dedo a la altura de la frente y continuó:
No está en sus cabales; no tiene remedio. ¡Y no sé qué hacer con él! No le importa nadie, no respeta a nadie y no le teme a nadie... Ya sabes que se ríe de todo el mundo, dice tonterías, habla con familiaridad con cualquiera. No te lo creerías, Varlamov vino un día y Salomón le dijo tales cosas que nos dio a ambos una paliza... Pero ¿por qué azotarme? ¿Fue culpa mía? Dios le ha quitado el juicio, así que es la voluntad de Dios, ¿y qué culpa tengo yo?
Pasaron diez minutos y Moisey Moisevitch seguía murmurando en voz baja y suspirando:
No duerme por las noches, y siempre está pensando y pensando, y solo Dios sabe en qué estará pensando. Si vas a verlo por la noche, se enfada y se ríe. Yo tampoco le gusto... ¡Y no hay nada que quiera! Cuando murió nuestro padre, nos dejó seis mil rublos a cada uno. Me compré una posada, me casé y ahora tengo hijos; y él quemó todo su dinero en la estufa. ¡Qué lástima, qué lástima! ¿Para qué quemarlo? Si no lo quisiera, podría dármelo, pero ¿para qué quemarlo?
De repente, la puerta batiente crujió y el suelo tembló bajo unos pasos. Yegorushka sintió una corriente de aire frío y le pareció como si un gran pájaro negro hubiera pasado junto a él y hubiera aleteado cerca de su cara. Abrió los ojos... Su tío estaba de pie junto al sofá con el saco en las manos, listo para partir; el padre Christopher, con su sombrero de copa de ala ancha en la mano, saludaba a alguien y sonreía —no con su habitual sonrisa suave y amable, sino con una sonrisa respetuosa y forzada que no le sentaba nada bien—, mientras que Moisey Moisevitch parecía como si le hubieran partido el cuerpo en tres partes, balanceándose y haciendo todo lo posible por no caerse a pedazos. Solo Solomon permanecía en la esquina con los brazos cruzados, como si nada hubiera pasado, y sonreía con desprecio como antes.
—Su Excelencia, disculpe nuestra falta de orden —gimió Moisey Moisevitch con una sonrisa dulce y agonizante, sin prestar atención a Kuzmitchov ni al padre Christopher, sino que se balanceaba para no desmoronarse—. Somos gente sencilla, Su Excelencia.
Yegorushka se frotó los ojos. En medio de la habitación, efectivamente, se encontraba una Excelencia, una joven regordeta y muy hermosa, con un vestido negro y un sombrero de paja. Antes de que Yegorushka tuviera tiempo de examinar sus rasgos, la imagen del solitario y elegante álamo que había visto ese día en la colina, por alguna razón, le vino a la mente.
“¿Ha estado Varlamov aquí hoy?”, preguntó una voz de mujer.
—No, Excelencia —respondió Moisey Moisevitch.
“Si lo ves mañana, pídele que venga a verme un minuto”.
De repente, inesperadamente, Yegorushka vio a media pulgada de sus ojos unas cejas negras y aterciopeladas, grandes ojos marrones, delicadas mejillas femeninas con hoyuelos, de las que parecían irradiar sonrisas por todo el rostro como rayos de sol. Había un aroma glorioso.
—¡Qué niño tan bonito! —dijo la señora—. ¿De quién es? ¡Kazimir Mihalovitch, mira qué chico tan encantador! ¡Dios mío, está dormido!
La señora besó a Yegorushka con cariño en ambas mejillas, y él sonrió y, creyendo dormir, cerró los ojos. La puerta batiente chirrió y se oyó el sonido de pasos apresurados que entraban y salían.
—¡Yegorushka, Yegorushka! —oyó susurrar dos voces graves—. ¡Levántate, es hora de partir!
Alguien, al parecer Deniska, lo puso de pie y lo llevó del brazo. En el camino, entreabrió los ojos y volvió a ver a la hermosa dama del vestido negro que lo había besado. Estaba de pie en medio de la habitación y lo vio salir, sonriéndole y asintiendo con la cabeza amistosamente. Al acercarse a la puerta, vio a un hombre apuesto, corpulento y moreno, con bombín y polainas de cuero. Debía de ser el acompañante de la dama.
“¡Guau!”, escuchó desde el patio.
En la puerta principal, Yegorushka vio un espléndido carruaje nuevo y un par de caballos negros. En el pescante iba sentado un mozo de cuadra con librea, empuñando un largo látigo. Solo Salomón salió a despedir a los viajeros. Su rostro estaba tenso por las ganas de reír; parecía esperar con impaciencia a que los visitantes se marcharan para reírse de ellos sin reservas.
—La condesa Dranitsky —susurró el padre Christopher, subiéndose al coche.
—Sí, condesa Dranitsky —repitió Kuzmitchov, también en un susurro.
La impresión que causó la llegada de la condesa fue probablemente muy grande, pues incluso Deniska hablaba en voz baja, y sólo se atrevió a azotar a sus caballos y a gritar cuando el carruaje ya se había alejado un cuarto de milla y ya no se veía nada de la posada salvo una luz tenue.
IV
¿Quién era ese escurridizo y misterioso Varlamov del que tanto se hablaba, a quien Salomón despreciaba y a quien incluso la bella condesa necesitaba? Sentado en el palco junto a Deniska, Yegorushka, medio dormido, pensaba en él. Nunca lo había visto. Pero había oído hablar de él a menudo y lo imaginaba. Sabía que Varlamov poseía varias decenas de miles de acres de tierra, unas cien mil ovejas y una fortuna. De su vida y ocupación, Yegorushka no sabía nada, salvo que siempre estaba "de ronda por aquí" y que siempre lo buscaban.
En casa, Yegorushka también había oído hablar mucho de la condesa Dranitsky. Ella también poseía decenas de miles de acres, muchísimas ovejas, un criadero de caballos y una fortuna, pero no andaba de un lado para otro, sino que vivía en una espléndida casa con sus jardines, de la que Iván Ivánich, quien había estado más de una vez en casa de la condesa por negocios, y otros conocidos contaban historias maravillosas; así, por ejemplo, decían que en el salón de la condesa, donde colgaban los retratos de todos los reyes de Polonia, había un gran reloj de mesa con forma de roca; sobre la roca, un caballo dorado con ojos de diamante, encabritado, y sobre el caballo, la figura de un jinete también de oro, que blandía su espada a diestro y siniestro cada vez que sonaba el reloj. Decían también que dos veces al año la condesa daba un baile al que eran invitados los nobles y los funcionarios de toda la provincia, y al que incluso Varlamov solía acudir; todos los visitantes bebían té en samovares de plata, comían toda clase de cosas extraordinarias (por ejemplo, en invierno, en Navidad, comían fresas y frambuesas) y bailaban al son de una banda que tocaba día y noche.
“Y qué hermosa es”, pensó Yegorushka, recordando su rostro y su sonrisa.
Kuzmitchov probablemente también pensaba en la condesa. Porque cuando el carruaje había recorrido una milla y media, dijo:
—¡Pero ese Kazimir Mihalovitch no la saquea a diestro y siniestro! El año pasado, cuando, ¿recuerdas?, le compré lana, ganó más de tres mil solo con mi compra.
“Eso es exactamente lo que se espera de un polaco”, afirmó el padre Christopher.
Y poco le preocupa. Joven y tonta, como dicen, tiene la cabeza llena de tonterías.
Yegorushka, por alguna razón, anhelaba pensar solo en Varlamov y la condesa, sobre todo en esta última. Su mente somnolienta rechazaba por completo los pensamientos ordinarios, estaba en una nube y solo retenía imágenes fantásticas de cuentos de hadas, que tienen la ventaja de surgir en la mente sin esfuerzo alguno por parte del pensador y desvanecerse por completo con un simple movimiento de cabeza; y, de hecho, nada de lo que lo rodeaba propiciaba pensamientos ordinarios. A la derecha, las oscuras colinas parecían ocultar algo invisible y terrible; a la izquierda, todo el cielo en el horizonte estaba cubierto de un resplandor carmesí, y era difícil distinguir si había un incendio en algún lugar o si era la luna a punto de salir. Como de día, se podía ver la distancia, pero su delicado tono lila había desaparecido, atenuado por la oscuridad del atardecer, en la que toda la estepa se ocultaba como los hijos de Moisey Moisevitch bajo la colcha.
Los guiones de codornices y las codornices no graznan en las noches de julio, el ruiseñor no canta en la ciénaga del bosque y no hay aroma a flores, pero aun así la estepa es hermosa y llena de vida. Tan pronto como el sol se pone y la oscuridad envuelve la tierra, el cansancio del día se olvida, todo se perdona y la estepa exhala un ligero suspiro desde su amplio seno. Como si la hierba no pudiera ver en la oscuridad que ha envejecido, un alegre gorjeo juvenil se eleva de ella, como no se oye de día; gorjeos, gorjeos, silbidos, rasguños, los bajos, tenores y sopranos de la estepa se mezclan en un rugido incesante y monótono de sonido en el que es dulce cavilar sobre recuerdos y penas. El monótono gorjeo apacigua el sueño como una canción de cuna; Conduces y sientes que te quedas dormido, pero de repente llega el grito abrupto y agitado de un pájaro despierto, o un sonido vago como una voz que grita con asombro "¡A-ah, a-ah!" y el sueño vuelve a cerrar los párpados. O conduces por un pequeño arroyo donde hay arbustos y oyes al pájaro, llamado por los habitantes de la estepa "el durmiente", llamar "¡Dormido, dormido, dormido!" mientras otro ríe o rompe en trinos de llanto histérico: ese es el búho. ¿A quién llaman y quién los oye en esa llanura? Solo Dios lo sabe, pero hay una profunda tristeza y lamentación en su grito... Hay un olor a heno, hierba seca y flores tardías, pero el aroma es pesado, dulcemente sensiblero y suave.
Todo se ve a través de la niebla, pero es difícil distinguir los colores y los contornos de los objetos. Todo parece diferente de lo que es. Continúas conduciendo y de repente ves, de pie frente a ti, en la calzada, una figura oscura como un monje; permanece inmóvil, esperando, con algo en las manos... ¿Será un ladrón? La figura se acerca, se hace más grande; ahora está a la altura del coche, y ves que no es un hombre, sino un arbusto solitario o una gran piedra. Esas figuras inmóviles y expectantes se alzan en las colinas bajas, se esconden tras los viejos túmulos, se asoman entre la hierba alta, y todas parecen seres humanos y despiertan sospechas.
Y cuando sale la luna, la noche se vuelve pálida y tenue. La niebla parece haberse disipado. El aire es transparente, fresco y cálido; se puede ver bien en todas direcciones e incluso distinguir los tallos de hierba al borde del camino. A lo lejos se ven piedras y trozos de macetas. Las figuras sospechosas, como monjes, se ven más negras contra el fondo claro de la noche y parecen más siniestras. Cada vez con más frecuencia, en medio del monótono canto, se oye el "¡A-ah, a-ah!" de asombro que perturba el aire inmóvil, y el graznido de un pájaro insomne o delirante. Amplias sombras se mueven por la llanura como nubes por el cielo, y en la inconcebible distancia, si se mira larga e intensamente, se alzan formas monstruosas y brumosas que se apiñan unas contra otras... Es bastante extraño. Uno contempla el cielo verde pálido, estrellado y sin nube ni mancha, y comprende por qué el aire cálido permanece inmóvil, por qué la naturaleza está en guardia, temerosa de moverse: temerosa y reacia a perder un instante de vida. De la insondable profundidad e infinitud del cielo solo se puede formarse una idea en el mar y en la estepa, de noche, cuando brilla la luna. Es terriblemente solitario y acariciador; mira hacia abajo, lánguido y seductor, y su dulzura acariciadora produce vértigo.
Conduces durante una hora, durante un segundo... Te encuentras en el camino con un viejo y silencioso túmulo o una figura de piedra erigida quién sabe cuándo y por quién; un ave nocturna flota silenciosamente sobre la tierra, y poco a poco esas leyendas de las estepas, los cuentos de hombres que has conocido, las historias de alguna vieja nodriza de la estepa, y todas las cosas que has logrado ver y atesorar en tu alma, vuelven a tu mente. Y entonces en el zumbido de los insectos, en las figuras siniestras, en los antiguos túmulos, en el cielo azul, en la luz de la luna, en el vuelo del ave nocturna, en todo lo que ves y oyes, la belleza triunfante, la juventud, la plenitud del poder y la apasionada sed de vida comienzan a ser evidentes; el alma responde a la llamada de su hermosa y austera patria, y anhela volar sobre las estepas con el ave nocturna. Y en el triunfo de la belleza, en la exuberancia de la felicidad, uno es consciente del anhelo y del dolor, como si la estepa supiera que está solitaria, supiera que su riqueza y su inspiración se desperdician para el mundo, no se glorifican en canciones, no son queridas por nadie; ¡y a través del clamor alegre uno oye su triste y desesperanzada llamada a cantantes, cantantes!
¡Guau! ¡Buenas noches, Panteley! ¿Está todo bien?
—¡De primera, Iván Ivánich!
“¿No habéis visto a Varlamov, muchachos?”
"No, no lo hemos hecho."
Yegorushka despertó y abrió los ojos. El carruaje se había detenido. A la derecha, la caravana de carros se extendía un largo trecho por el camino, y los hombres se movían de un lado a otro cerca de ellos. Todos los carros, cargados con grandes fardos de lana, parecían muy altos y gordos, mientras que los caballos parecían pequeños y de patas cortas.
—¡Bueno, entonces nos vamos a casa de los Molokanes! —dijo Kuzmitchov en voz alta—. El judío nos dijo que Varlamov se alojaba en casa de los Molokanes. ¡Así que adiós, muchachos! ¡Buena suerte!
“Adiós, Iván Ivánich”, respondieron varias voces.
—¡Oigan, muchachos! —gritó Kuzmitchov con energía—. ¡Llévense a mi pequeño! ¿Por qué se va a dar tumbos con nosotros para nada? Pónganlo en los fardos, Panteley, y déjenlo venir despacio, y los alcanzaremos. ¡Bajen, Yegor! ¡Sigan! No hay problema...
Yegorushka se bajó del palco. Varias manos lo agarraron, lo levantaron en el aire y se encontró sobre algo grande, suave y bastante empapado de rocío. Ahora le parecía que el cielo estaba muy cerca y la tierra muy lejos.
—¡Oye, quítale el abrigo! —gritó Deniska desde muy abajo.
Su abrigo y el bulto, lanzados desde muy abajo, cayeron cerca de Yegorushka. Ansioso por no pensar en nada, se puso rápidamente el bulto bajo la cabeza y se cubrió con el abrigo. Estiró las piernas y se encogió un poco por el rocío, y rió contento.
“Duerme, duerme, duerme…” pensó.
—¡No seáis crueles con él, demonios! —oyó la voz de Deniska abajo.
—Adiós, muchachos; ¡que tengáis suerte! —gritó Kuzmitchov—. ¡Cuento con vosotros!
—¡No te preocupes, Iván Ivánich!
Deniska gritó a los caballos; el carruaje crujió y arrancó, no por el camino, sino a un lado. Durante dos minutos reinó el silencio, como si las carretas estuvieran dormidas y no se oyera nada más que el tintineo de los cubos atados a la parte trasera del carruaje, que se apagaba lentamente en la distancia. Entonces, alguien a la cabeza de los carros gritó:
¡Kiruha! ¡Estrella!
El primero de los carros crujió, luego el segundo, luego el tercero... Yegorushka sintió que el carro en el que iba se balanceaba y crujía también. Los carros se movían. Yegorushka agarró con más fuerza la cuerda con la que estaban atados los fardos, rió de nuevo con satisfacción, se metió el pastel en el bolsillo y se durmió igual que en su cama...
Cuando despertó, el sol había salido, lo ocultaba un antiguo túmulo y, intentando proyectar su luz sobre la tierra, dispersaba sus rayos en todas direcciones e inundaba el horizonte de oro. A Yegorushka le pareció que no estaba en su sitio, pues el día anterior había salido a sus espaldas, y ahora estaba mucho más a su izquierda... Y todo el paisaje era diferente. Ya no había colinas, pero por todas partes, dondequiera que se mirara, se extendía la llanura parda y desolada; aquí y allá se alzaban pequeños túmulos y los grajos volaban como el día anterior. Los campanarios y las chozas de algún pueblo se veían blancos a lo lejos; como era domingo, los Pequeños Rusos estaban en casa horneando y cocinando; eso se podía ver por el humo que subía de cada chimenea y colgaba, un velo azul oscuro y transparente, sobre el pueblo. Entre las chozas y más allá de la iglesia se vislumbraban destellos azules de un río, y más allá del río, una distancia brumosa. Pero nada era tan diferente del día anterior como el camino. Algo extraordinariamente ancho, extenso y titánico, se extendía sobre la estepa a modo de camino. Era una franja gris, muy pisoteada y cubierta de polvo, como todos los caminos. Su anchura desconcertaba a Yegorushka y le traía recuerdos de cuentos de hadas. ¿Quién viajaba por ese camino? ¿Quién necesitaba tanto espacio? Era extraño e ininteligible. Cabría suponer que gigantes de zancadas inmensas, como Ilya Muromets y Solovy el Bandido, aún sobrevivían en Rusia, y que sus gigantescos corceles seguían con vida. Yegorushka, mirando el camino, imaginó media docena de carros de guerra corriendo uno al lado del otro, como algunos que solía ver en las imágenes de su historia bíblica; cada uno de estos carros era tirado por seis caballos salvajes y furiosos, y sus grandes ruedas levantaban una nube de polvo al cielo, mientras que los caballos eran conducidos por hombres como los que uno puede ver en sueños o en la imaginación rumiando cuentos de hadas. Y si aquellas figuras hubieran existido, ¡cuán perfectamente armonizadas con la estepa y el camino habrían sido!
Postes de telégrafo con dos cables se extendían a lo largo del camino hasta su extremo derecho. Cada vez más pequeños, desaparecían cerca del pueblo tras las cabañas y los árboles verdes, para luego reaparecer en la lejanía lila como palitos diminutos y delgados que parecían lápices clavados en la tierra. Halcones, halcones y cuervos se posaban en los cables y observaban con indiferencia los carros en movimiento.
Yegorushka estaba tumbado en el último vagón, por lo que podía ver toda la hilera. Eran unos veinte vagones, y había un cochero por cada tres. Junto al último vagón, en el que iba Yegorushka, caminaba un anciano de barba canosa, tan bajo y delgado como el padre Cristóbal, pero con un rostro bronceado, severo y pensativo. Es muy posible que el anciano no fuera severo ni pensativo, pero sus párpados rojos y su nariz larga y afilada le daban una expresión severa y fría, común en quienes suelen pensar continuamente en cosas serias en soledad. Al igual que el padre Cristóbal, llevaba un sombrero de copa de ala ancha, no como el de un caballero, sino de fieltro marrón, y con una forma más parecida a un cono con la copa cortada que a una auténtica chistera. Probablemente por una costumbre adquirida en los fríos inviernos, cuando más de una vez debió de congelarse al caminar junto a las carretas, no dejaba de darse palmadas en los muslos y patalear al caminar. Al notar que Yegorushka estaba despierto, lo miró y dijo, encogiéndose de hombros como si estuviera resfriado:
—¡Ah, ya despertaste, jovencito! ¿Así que eres el hijo de Iván Ivánich?
—No; su sobrino...
¿Sobrino de Iván Ivánovich? Me he quitado las botas y voy descalzo. Tengo los pies mal; hinchados, y es más fácil sin botas... más fácil, jovencito... sin botas, quiero decir... ¿Así que eres su sobrino? Es un buen hombre; no le pasa nada... Que Dios le dé salud... No le pasa nada... Me refiero a Iván Ivánovich... Se ha ido a casa de los Molokanes... ¡Oh, Señor, ten piedad de nosotros!
El anciano también hablaba como si hiciera mucho frío, haciendo pausas y sin abrir bien la boca; pronunciaba mal las consonantes labiales, tartamudeando como si tuviera los labios congelados. Mientras hablaba con Yegorushka, no sonrió ni una sola vez y parecía severo.
Dos carros delante de ellos caminaba un hombre con un abrigo largo marrón rojizo, gorra y botas altas con cañas sueltas, que portaba un látigo en la mano. No era un anciano, rondaba los cuarenta. Al mirar a su alrededor, Yegorushka vio un rostro alargado y rojo, con una barba rala y una hinchazón de aspecto esponjoso bajo el ojo derecho. Además de esta horrible hinchazón, había otra peculiaridad que llamó la atención de inmediato: en la mano izquierda llevaba un látigo, mientras que agitaba la derecha como si dirigiera un coro invisible; de vez en cuando se ponía el látigo bajo el brazo y entonces dirigía con ambas manos y tarareaba algo para sí mismo.
El siguiente cochero era una figura alta y rectilínea, con hombros extremadamente caídos y una espalda plana como una tabla. Se mantenía tan erguido como si estuviera marchando o se hubiera tragado una yarda. Sus manos no se balanceaban al caminar, sino que colgaban como si fueran palos rectos, y avanzaba a grandes zancadas, como si fueran soldados de juguete, casi sin doblar las rodillas, intentando dar pasos lo más largos posible. Mientras el anciano o el dueño de la esponjosa hinchazón daban dos pasos, él solo conseguía dar uno, por lo que parecía que caminaba más despacio que cualquiera de ellos y se quedaba atrás. Llevaba la cara envuelta en un trapo, y en la cabeza le sobresalía algo que parecía una gorra de monje; vestía un abrigo corto de la Pequeña Rusa, pantalones anchos azul oscuro y alpargatas.
Yegorushka ni siquiera distinguió a los que estaban más lejos. Se tumbó boca abajo, hizo un pequeño agujero en el fardo y, como no tenía nada mejor que hacer, empezó a retorcer la lana. El anciano que caminaba penosamente debajo de él resultó no ser tan severo como cabría suponer por su rostro. Tras iniciar una conversación, no la abandonó.
"¿Adónde vas?" preguntó, dando patadas en el suelo.
“A la escuela”, respondió Yegorushka.
¿A la escuela? ¡Ajá!... Bueno, que la Reina del Cielo te ayude. Sí. Un cerebro es bueno, pero dos son mejores. A uno le da Dios un cerebro, a otro dos, y a otro tres... A otro tres, es cierto... Un cerebro con el que se nace, otro con el aprendizaje, y un tercero con una buena vida. Así que, ya ves, muchacho, es bueno que un hombre tenga tres cerebros. Vivir le es más fácil, y, además, morir también. Morir también... Y todos moriremos, seguro.
El anciano se rascó la frente, miró a Yegorushka con sus ojos rojos y continuó:
Maxim Nikolaitch, el señor de Slavyanoserbsk, también trajo a un niño a la escuela el año pasado. No sé cómo le va allí con sus estudios de ciencias, pero era un niño muy bueno... Que Dios los ayude, son buenos caballeros. Sí, él también trajo a su hijo a la escuela... En Slavyanoserbsk no hay ningún centro, supongo, para estudiar. No... Pero es una ciudad bonita... Hay una escuela normal para la gente común, pero para los estudios superiores no hay nada. No, es cierto. ¿Cómo te llamas?...
“Yegorushka.”
“Yegory, entonces. . . . El santo mártir Yegory, el Portador de la Victoria, cuyo día es el veintitrés de abril. Y mi nombre cristiano es Panteley, . . . Panteley Zaharov Holodov. . . . Somos Holodovs. . . . Soy nativo de —tal vez hayas oído hablar de él— Tim en la provincia de Kursk. Mis hermanos son artesanos y trabajan en oficios en la ciudad, pero yo soy un campesino. . . . He seguido siendo un campesino. Hace siete años fui allí, a casa, quiero decir. Fui al pueblo y al pueblo. . . . A Tim, quiero decir. Entonces, gracias a Dios, todos estaban vivos y bien; . . . pero ahora no lo sé. . . . Tal vez algunos de ellos estén muertos. . . . Y es hora de que mueran, porque algunos de ellos son mayores que yo. La muerte lo es todo Cierto; es bueno, siempre y cuando, por supuesto, uno no muera sin arrepentimiento. No hay peor mal que una muerte impenitente; una muerte impenitente es una alegría para el diablo. Y si quieres morir arrepentido, para que no se te prohíba entrar en las moradas del Señor, reza a la santa mártir Bárbara. Ella es la intercesora. Lo es, esa es la verdad... Porque Dios le ha dado tal lugar en los cielos que todos tienen derecho a rezarle pidiendo penitencia.
Panteley siguió murmurando, y al parecer no le importaba si Yegorushka lo oía o no. Hablaba con apatía, murmurando para sí mismo, sin levantar ni bajar la voz, pero logró decirle mucho en poco tiempo. Todo lo que decía eran fragmentos que tenían muy poca relación entre sí y que carecían de interés para Yegorushka. Quizás solo hablaba para reflexionar en voz alta tras la noche en silencio, para comprobar si todos sus pensamientos estaban ahí. Después de hablar del arrepentimiento, habló de un tal Maxim Nikolaich de Slavyanoserbsk.
“Sí, se llevó a su muchachito; . . . se lo llevó, es verdad. . .”
Uno de los carreteros que caminaba delante salió disparado de su puesto, corrió a un lado y empezó a azotar el suelo con su látigo. Era un hombre corpulento, de treinta años, de hombros anchos, con el pelo rubio y rizado y un aspecto de gran salud y vigor. A juzgar por los movimientos de sus hombros y del látigo, y el entusiasmo que se reflejaba en su actitud, estaba azotando algo vivo. Otro carretero, un hombre bajo y rechoncho, con una espesa barba negra, vestido con chaleco y una camisa por encima de los pantalones, corrió hacia él. Este último rompió a reír a carcajadas y tosió, y dijo: "¡Oigan, muchachos, Dymov ha matado una serpiente!".
Hay personas cuya inteligencia se puede medir al instante por su voz y su risa. El hombre de la barba negra pertenecía a esa clase de afortunados; una estupidez impenetrable se percibía en su voz y su risa. El rubio Dímov había terminado, y levantando del suelo con su látigo algo parecido a una cuerda, la arrojó entre risas al carro.
«Eso no es una víbora; ¡es una culebra!», gritó alguien.
El hombre con el andar de madera y la venda alrededor de su cara se dirigió rápidamente hacia la serpiente muerta, la miró y levantó sus brazos como palos.
—¡Preso! —gritó con voz ronca y lastimera—. ¿Por qué has matado una culebra? ¿Qué te ha hecho, maldito bruto? Mira, ha matado una culebra; ¿cómo te gustaría que te trataran así?
—Las culebras no deben matarse, es cierto —murmuró Panteley con serenidad—. No deben... No son víboras; aunque parecen serpientes, son criaturas mansas e inocentes... La culebra es amigable con el hombre.
Dymov y el hombre de la barba negra probablemente se avergonzaron, pues rieron a carcajadas y, sin responder, regresaron perezosamente a sus carros. Cuando el último carro llegó a la altura de la serpiente muerta, el hombre con la cara vendada, de pie junto a él, se volvió hacia Panteley y preguntó con voz llorosa:
—Abuelo, ¿por qué quería matar a la culebra?
Sus ojos, como vio ahora Yegorushka, eran pequeños y de aspecto sucio; su rostro era gris, enfermizo y parecía de alguna manera sucio también, mientras que su barbilla estaba roja y parecía muy hinchada.
—Abuelo, ¿por qué lo mató? —repitió, caminando junto a Panteley.
—Un tipo estúpido. Le pican las manos por matar, y por eso lo hace —respondió el anciano—; pero no debería matar ni una culebra, es cierto... Dymov es un rufián, todos lo sabemos, mata todo lo que se encuentra a su paso, y Kiruha no intervino. Debería haber intervenido, pero en lugar de eso, se pone a gritar "¡Ja, ja, ja!" y "¡Jo, jo, jo!". ...Pero no te enfades, Vassya... ¿Por qué enfadarte? Lo han matado... bueno, no les hagas caso. Dymov es un rufián y Kiruha actuó por insensatez... no les hagas caso... Son gente tonta sin entendimiento... pero bueno, no les hagas caso. Emelyan nunca toca lo que no debe; nunca lo hace... es cierto, porque él es un hombre culto, mientras que ellos son estúpidos... Emelyan, él no toca nada.
El carretero de abrigo marrón rojizo y rostro hinchado y esponjoso, que dirigía un coro invisible, se detuvo. Al oír su nombre, y esperando a que Panteley y Vassya se acercaran, caminó junto a ellos.
"¿De qué estás hablando?" preguntó con voz ronca y apagada.
—Vassya está furioso —dijo Panteley—. Así que le he estado diciendo cosas para que no se enfade... ¡Ay, cómo me duelen los pies hinchados! ¡Ay, ay! ¡Están más inflamados que nunca por ser domingo, el día santo de Dios!
“Es por caminar”, observó Vassya.
—No, muchacho, no. No es por caminar. Cuando camino me siento más fácil; cuando me acuesto y me caliento... es mortal. Caminar me resulta más fácil.
Emelyan, con su abrigo marrón rojizo, caminaba entre Panteley y Vassya agitando los brazos como si fueran a cantar. Tras agitarlos un rato, los dejó caer y graznó desesperanzado:
No tengo voz. Es una verdadera desgracia. Toda la noche y esta mañana me ha estado atormentando el trío «Señor, ten piedad» que cantamos en la boda de Marionovsky. Lo tengo en la cabeza y en la garganta. Parece que podría cantarlo, pero no puedo; no tengo voz.
Hizo una pausa por un momento, pensando, y luego continuó:
Durante quince años estuve en el coro. En todas las obras de Lugansky quizá no había nadie con una voz como la mía. Pero, ¡maldita sea!, me bañé hace dos años en el Donets, y desde entonces no he podido articular ni una sola nota con precisión. Me resfrié la garganta. Y sin voz soy como un obrero sin manos.
“Es cierto”, asintió Panteley.
“Me considero un hombre arruinado y nada más”.
En ese momento, Vassya vio por casualidad a Yegorushka. Sus ojos se humedecieron y se cerraron más pequeños que nunca.
—Viene un caballero con nosotros —y se tapó la nariz con la manga, como si le diera vergüenza—. ¡Qué gran cochero! Quédate con nosotros y conducirás las carretas y venderás lana.
La incongruencia de que una persona fuera a la vez caballero y carretero le pareció muy extraña y divertida, pues soltó una carcajada y continuó explayándose sobre la idea. Emelyan también miró a Yegorushka, pero con frialdad y superficialidad. Estaba absorto en sus pensamientos, y de no haber sido por Vassya, no habría notado la presencia de Yegorushka. Antes de que transcurrieran cinco minutos, volvió a agitar los brazos, describiendo a sus compañeros la belleza del himno nupcial, «Señor, ten piedad», que había recordado durante la noche. Se puso el látigo bajo el brazo y agitó ambas manos.
A una milla del pueblo, las carretas se detuvieron junto a un pozo con grúa. Tras bajar el cubo, Kiruha, con su barba negra, se tumbó boca abajo sobre la estructura y metió la cabeza peluda, los hombros y parte del pecho en el agujero negro, de modo que Yegorushka no pudo ver nada más que sus cortas piernas, que apenas tocaban el suelo. Al ver el reflejo de su cabeza en el fondo del pozo, se llenó de alegría y profirió su risa grave, grave y estúpida, a la que respondió el eco del pozo. Al levantarse, tenía el cuello y la cara rojos como remolacha. El primero en subir corriendo a beber fue Dymov. Bebía riendo, apartándose a menudo del cubo para contarle a Kiruha alguna broma, luego se daba la vuelta y profería en voz alta, para que se oyeran en toda la estepa, cinco palabrotas. Yegorushka no entendía el significado de esas palabras, pero sabía muy bien que eran malas palabras. Conocía la repulsión que sus amigos y parientes sentían en silencio por ellas. Él mismo, sin saber por qué, compartía ese sentimiento y estaba acostumbrado a pensar que solo los borrachos y los alborotadores disfrutaban del privilegio de pronunciar tales palabras en voz alta. Recordó el asesinato de la culebra, escuchó la risa de Dímov y sintió algo parecido al odio por él. Y, por desgracia, Dímov en ese momento vio a Yegorushka, que había bajado del carro y se había acercado al pozo. Se rió a carcajadas y gritó:
“¡Oigan, muchachos, el viejo ha sido llevado a la cama por un niño en la noche!”
Kiruha rió con su risa grave hasta toser. Alguien más rió también, mientras Yegorushka se sonrojaba y finalmente se convenció de que Dymov era un hombre muy malvado.
Con su cabello rubio y rizado, la camisa abierta sobre el pecho y sin sombrero, Dymov parecía guapo y excepcionalmente fuerte; en cada movimiento se percibía al atleta temerario y temerario, consciente de su valía. Se encogía de hombros, ponía los brazos en jarras, hablaba y reía más fuerte que nadie, y parecía que iba a levantar algo muy pesado con una mano y asombrar al mundo entero. Sus ojos traviesos y burlones se deslizaban por el camino, los carros y el cielo sin posarse en nada, y parecía buscar a alguien a quien matar, simplemente como pasatiempo y motivo de risa. Evidentemente, no le temía a nadie, no se detenía ante nada, y probablemente no le interesaba en absoluto la opinión que Yegorushka tenía de él... Yegorushka, mientras tanto, odiaba con todo su corazón su cabeza rubia, su rostro claro y su fuerza, escuchaba con miedo y repugnancia su risa y pensaba con qué palabra insultante podría vengarse de él.
Panteley también se acercó al cubo. Sacó del bolsillo un pequeño vaso verde de una lámpara de icono, lo limpió con un trapo, lo llenó del cubo y bebió de él; luego lo volvió a llenar, envolvió el vaso en el trapo y lo guardó de nuevo en el bolsillo.
—Abuelo, ¿por qué bebes de la lámpara? —le preguntó Yegorushka sorprendido.
—Un hombre bebe de un cubo y otro de una lámpara —respondió el anciano con evasivas—. Cada uno a su gusto... Tú bebe del cubo... bueno, bebe, y que te haga bien...
—¡Qué belleza, qué belleza! —dijo Vassya de repente, con voz acariciadora y lastimera—. ¡Qué belleza!
Sus ojos estaban fijos en la distancia; estaban húmedos y sonrientes, y su rostro tenía la misma expresión que cuando había mirado a Yegorushka.
“¿Con quién estás hablando?” preguntó Kiruha.
“Un zorro adorable, . . . acostado de espaldas, jugando como un perro”.
Todos empezaron a mirar a lo lejos, buscando al zorro, pero nadie lo veía, solo Vassya, con sus ojos grises y turbios, y quedó fascinado. Su vista era extraordinariamente aguda, como Yegorushka descubrió después. Era tan presbítero que la estepa parda siempre le parecía llena de vida e interés. Bastaba con mirar a lo lejos para ver un zorro, una liebre, una avutarda o algún otro animal que se mantenía alejado de los hombres. No había nada extraño en ver una liebre huyendo o una avutarda volando; cualquiera que cruzara la estepa podía verlas; pero no todos podían ver animales salvajes en sus guaridas cuando no corrían, se escondían ni miraban a su alrededor alarmados. Sin embargo, Vassya vio zorros jugando, liebres lavándose con las patas, avutardas acicalándose las alas y forjando sus nidos. Gracias a esta agudeza visual, Vassya tenía, además del mundo visto por todos, otro mundo propio, accesible a nadie más, y probablemente muy bello, pues cuando veía algo y se extasiaba ante ello era imposible no envidiarlo.
Cuando los carros partieron nuevamente, las campanas de la iglesia sonaron para el servicio.
V
La caravana de carros se detuvo en la orilla de un río, a un lado de un pueblo. El sol brillaba con fuerza, como el día anterior; el aire era estancado y deprimente. Había algunos sauces en la orilla, pero su sombra no caía sobre la tierra, sino sobre el agua, donde se desperdiciaba; incluso a la sombra del carro, era sofocante y agotador. El agua, azul por el reflejo del cielo, era seductora.
Styopka, un carretero a quien Yegorushka vio por primera vez, un muchacho ruso de dieciocho años, con camisa larga sin cinturón y pantalones anchos que ondeaban como banderas al caminar, se desvistió rápidamente, corrió por la empinada orilla y se zambulló en el agua. Se zambulló tres veces, luego nadó de espaldas y cerró los ojos con deleite. Su rostro sonreía y se arrugaba como si le hicieran cosquillas, le dolieran y le hicieran gracia.
En un día caluroso, cuando no hay escapatoria del calor sofocante y sofocante, el chapoteo del agua y la respiración ruidosa de un hombre bañándose suenan a música de fondo. Dymov y Kiruha, mirando a Styopka, se desnudaron rápidamente y, uno tras otro, riendo a carcajadas, ansiosos por disfrutar, se lanzaron al agua. El tranquilo y modesto riachuelo resonó con bufidos, chapoteos y gritos. Kiruha tosió, rió y gritó como si intentaran ahogarlo, mientras Dymov lo perseguía e intentaba sujetarlo por la pierna.
—¡Ja, ja, ja! —gritó—. ¡Agarradlo! ¡Sujetadlo!
Kiruha rió y se divirtió, pero su expresión era la misma que en tierra firme: atontada, con una expresión de asombro, como si alguien, sin darse cuenta, se le hubiera acercado por detrás y le hubiera golpeado en la cabeza con el mango de un hacha. Yegorushka también se desnudó, pero no se dejó caer por la orilla, sino que echó a correr y saltó desde una altura de unos tres metros. Trazando un arco en el aire, cayó al agua, se hundió profundamente, pero no llegó al fondo; una fuerza fría y agradable al tacto pareció sostenerlo y traerlo de vuelta a la superficie. Salió y, resoplando y haciendo burbujas, abrió los ojos; pero el sol se reflejaba en el agua muy cerca de su rostro. Primero, puntos de luz cegadores, luego colores del arco iris y manchas oscuras, revolotearon ante sus ojos. Se apresuró a sumergirse de nuevo, abrió los ojos en el agua y vio algo verde nublado, como un cielo en una noche de luna. De nuevo, la misma fuerza no le permitió tocar fondo y permanecer en la frescura, sino que lo levantó a la superficie. Salió y exhaló un suspiro tan profundo que sintió espacio y frescor, no solo en el pecho, sino también en el estómago. Entonces, para aprovechar al máximo el agua, se permitió todos los lujos; se tumbó de espaldas y se asoleó, chapoteó, retozó, nadó boca arriba, de lado, boca arriba y de pie, como quiso, hasta quedar exhausto. La otra orilla estaba cubierta de juncos; estaba dorada por el sol, y las flores de los juncos colgaban hacia el agua en hermosas borlas. En un lugar, los juncos se mecían y se balanceaban, con sus flores susurrando: Styopka y Kiruha estaban pescando cangrejos de río.
—¡Un cangrejo de río, miren, muchachos! ¡Un cangrejo de río! —gritó Kiruha triunfante, mostrando un cangrejo de río.
Yegorushka nadó hasta los juncos, se zambulló y empezó a hurgar entre sus raíces. Hundiéndose en el lodo viscoso y líquido, sintió algo afilado y desagradable; quizá fuera realmente un cangrejo de río. Pero en ese instante alguien lo agarró de la pierna y lo sacó a la superficie. Tosiendo y escupiendo, Yegorushka abrió los ojos y vio ante él el rostro húmedo y sonriente del temerario Dímov. El insolente respiraba con dificultad, y por su mirada parecía dispuesto a hacer más travesuras. Apretó a Yegorushka por la pierna y levantó la mano para sujetarlo del cuello. Pero Yegorushka se apartó con repulsión y terror, como asqueado por haber sido tocado y temeroso de que el matón lo ahogara, y dijo:
¡Idiota! Te voy a dar un puñetazo en la cara.
Sintiendo que esto no era suficiente para expresar su odio, pensó un minuto y agregó:
¡Canalla! ¡Hijo de puta!
Pero Dymov, como si nada pasara, no le prestó más atención a Yegorushka y nadó hacia Kiruha gritando:
¡Ja, ja, ja! ¡A pescar! ¡A pescar, amigos!
—Sin duda —coincidió Kiruha—. Debe haber muchos peces aquí.
“¡Styopka, corre al pueblo y pídeles una red a los campesinos!
“No me lo darán”
Lo harán, pídeles. Diles que nos lo den por amor a Dios, porque somos como peregrinos.
"Eso es cierto."
Styopka salió del agua a trompicones, se vistió rápidamente y, sin gorra, corrió hacia el pueblo, con los pantalones al viento. El agua perdió todo su encanto para Yegorushka tras su encuentro con Dymov. Salió y empezó a vestirse. Panteley y Vassya estaban sentados en la empinada orilla, con las piernas colgando, mirando a los bañistas. Emelyan estaba de pie, desnudo, sumergido hasta las rodillas en el agua, agarrándose a la hierba con una mano para no caerse mientras con la otra se acariciaba el cuerpo. Con sus huesudos omóplatos, con la hinchazón bajo el ojo, encorvado y evidentemente asustado por el agua, formaba una figura ridícula. Su rostro era serio y severo. Miraba al agua con rabia, como si fuera a reprenderla por haberle dado un resfriado en el Donets y haberle quitado la voz.
“¿Y por qué no te bañas?”, le preguntó Yegorushka a Vassya.
“Oh, no me importa…” respondió Vassya.
"¿Cómo es que tienes la barbilla hinchada?"
Es malo... Trabajaba en la fábrica de fósforos, señorito... El médico decía que me iba a pudrir la mandíbula. El aire no es sano allí. Había tres hombres a mi lado que tenían la mandíbula hinchada, y a uno de ellos se le pudrió por completo.
Styopka regresó pronto con la red. Dymov y Kiruha ya se estaban poniendo azules y roncos de tanto tiempo en el agua, pero se pusieron a pescar con entusiasmo. Primero fueron a un lugar profundo junto a los juncos; allí, Dymov estaba con el agua hasta el cuello, mientras que el agua le cubría la cabeza al rechoncho Kiruha. Este último farfullaba y hacía burbujas, mientras que Dymov, tropezando con las raíces espinosas, se cayó y quedó atrapado en la red; ambos se revolcaron en el agua, haciendo ruido, y de su pesca solo salieron travesuras.
—Es profundo —graznó Kiruha—. No pescarás nada.
—¡No tires, demonio! —gritó Dymov intentando colocar la red en su sitio—. ¡Sujétala!
—¡Aquí no pescarán nada! —gritó Panteley desde la orilla—. ¡Solo están asustando a los peces, estúpidos! ¡Vayan más a la izquierda! ¡Allí hay menos profundidad!
Un día, un gran pez brilló sobre la red; todos respiraron hondo y Dymov golpeó con el puño el lugar donde había desaparecido y su rostro expresó disgusto.
—¡Uf! —gritó Panteley, y dio una patada en el suelo—. ¡Se te ha escapado la percha! ¡Se ha ido!
Moviéndose más a la izquierda, Dymov y Kiruha eligieron un lugar menos profundo, y entonces comenzaron a pescar con ahínco. Se habían alejado unos cien pasos de las carretas; se les veía intentando en silencio llegar lo más hondo posible y acercarse lo más posible a los juncos, moviendo las piernas poco a poco, sacando las redes, golpeando el agua con los puños para atraerlas hacia ellas. Desde los juncos llegaron a la otra orilla; sacaron la red y luego, con aire decepcionado, levantando las rodillas al caminar, volvieron a meterse en los juncos. Hablaban de algo, pero nadie podía oír qué era. El sol les quemaba la espalda, las moscas les picaban y sus cuerpos habían cambiado del púrpura al carmesí. Styopka caminaba tras ellos con un cubo en las manos; se había metido la camisa hasta las axilas y la sostenía por el dobladillo con los dientes. Después de cada captura exitosa, levantaba un pez y, dejándolo brillar al sol, gritaba:
¡Mira esta percha! ¡Tenemos cinco como esa!
Cada vez que Dymov, Kiruha y Styopka sacaban la red, se les podía ver hurgando en el barro, metiendo unas cosas en el cubo y tirando otras; a veces se pasaban de mano en mano algo que estaba en la red, lo examinaban con curiosidad y luego también lo tiraban.
¿Qué pasa?, les gritaron desde la orilla.
Styopka respondió, pero era difícil entender sus palabras. Luego salió del agua y, sujetando el cubo con ambas manos, olvidándose de dejar caer la camisa, corrió hacia los carros.
—¡Está lleno! —gritó, jadeando—. ¡Dennos otro!
Yegorushka miró dentro del cubo: estaba lleno. Un lucio joven asomó su horrible hocico, y alrededor había bancos de cangrejos de río y pececillos. Yegorushka metió la mano en el fondo y removió el agua; el lucio desapareció bajo los cangrejos de río y una perca y una tenca subieron a la superficie en su lugar. Vassya también miró dentro del cubo. Se le humedecieron los ojos y su rostro parecía tan cariñoso como antes, al ver al zorro. Sacó algo del cubo, se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo.
—Amigos —dijo Styopka asombrado—, ¡Vassya se está comiendo un gobio vivo! ¡Puaj!
—No es un gobio, sino un pececillo —respondió Vassya con calma, sin dejar de masticar.
Se sacó la cola de un pez de la boca, la miró con cariño y la volvió a meter. Mientras masticaba y crujía con los dientes, a Yegorushka le pareció ver ante sí algo que no era humano. La barbilla hinchada de Vassya, sus ojos apagados, su extraordinaria agudeza visual, la cola del pez en la boca y la cariñosa amabilidad con la que crujía el gobio lo convertían en un animal.
Yegorushka se sentía deprimente a su lado. Y la pesca también había terminado. Paseó junto a las carretas, pensó un rato y, aburrido, se dirigió al pueblo.
Poco después, estaba en la iglesia, con la frente apoyada en la espalda de alguien, escuchando el canto del coro. El servicio estaba a punto de terminar. Yegorushka no entendía el canto religioso ni le interesaba. Escuchó un poco, bostezó y empezó a observar las espaldas y las cabezas que tenía delante. En una cabeza, roja y húmeda por su reciente baño, reconoció a Emelyan. Llevaba la nuca rapada, más alta de lo habitual; el pelo de delante, indecorosamente alto, y las orejas de Emelyan sobresalían como dos hojas de acedera, desentonando. Al observar su nuca y sus orejas, Yegorushka, por alguna razón, pensó que Emelyan probablemente estaba muy triste. Recordó su forma de dirigir con las manos, su voz ronca, su aire tímido al bañarse, y sintió una profunda compasión por él. Anhelaba decirle algo amable.
“Yo también estoy aquí”, dijo extendiendo la mano.
Quienes cantan como tenor o bajo en el coro, especialmente quienes han dirigido en algún momento de su vida, suelen mirar con severidad y hostilidad a los chicos. No abandonan esta costumbre, ni siquiera al dejar de pertenecer al coro. Dirigiéndose a Yegorushka, Emelyan lo miró con el ceño fruncido y dijo:
“¡No juegues en la iglesia!”
Entonces Yegorushka se acercó al icono. Allí vio gente interesante. A la derecha, frente a todos, una dama y un caballero estaban de pie sobre una alfombra. Había sillas detrás de ellos. El caballero llevaba pantalones de shantung recién planchados; permanecía inmóvil como un soldado saludando, con la barbilla afeitada y azulada en alto. Había una gran dignidad en su cuello alto, en su barbilla azulada, en su pequeña calva y en su bastón. Su cuello estaba tan tenso por el exceso de dignidad, y su barbilla estaba tan levantada, que parecía que su cabeza estuviera a punto de volar y elevarse en cualquier momento. La dama, corpulenta y mayor, con un chal de seda blanca, ladeaba la cabeza y parecía haberle hecho un favor a alguien, como si quisiera decir: «Oh, no se moleste en agradecerme; no me gusta...». Una gruesa pared de pequeñas cabezas rusas rodeaba la alfombra.
Yegorushka se acercó al pedestal y comenzó a besar los iconos locales. Ante cada imagen, se inclinaba lentamente hasta el suelo, sin levantarse, miraba a la congregación y luego se levantaba y besaba el icono. El contacto de su frente con el suelo frío le produjo una gran satisfacción. Cuando el bedel bajó del altar con un par de apagavelas largas para apagar las velas, Yegorushka se levantó rápidamente del suelo y corrió hacia él.
“¿Han repartido el pan santo?” preguntó.
—No hay ninguno; no hay ninguno —murmuró el bedel con aspereza—. Es inútil que...
El servicio había terminado; Yegorushka salió de la iglesia con tranquilidad y comenzó a pasear por la plaza del mercado. Había visto muchos pueblos, mercados y campesinos en su vida, y todo lo que veía le resultaba completamente indiferente. Sin nada que hacer, entró en una tienda sobre cuya puerta colgaba una ancha tira de algodón rojo. La tienda constaba de dos partes espaciosas y mal iluminadas; en una mitad vendían telas y comestibles, en la otra había tinas de alquitrán y colleras de caballo colgando del techo; de ambas salía un olor fétido a cuero y alquitrán. El suelo de la tienda había sido regado; el hombre que lo regó debía de ser una persona muy peculiar y original, pues estaba salpicado de dibujos y símbolos misteriosos. El tendero, un hombre de aspecto regordete, de rostro ancho y barba redonda, aparentemente un gran ruso, estaba de pie, inclinado sobre el mostrador. Mordisqueaba un terrón de azúcar mientras bebía el té y exhalaba un profundo suspiro con cada sorbo. Su rostro expresaba total indiferencia, pero cada suspiro parecía decir:
“Espera un momento, te lo daré”.
—Dame un céntimo de semillas de girasol —dijo Yegorushka, dirigiéndose a él.
El dependiente enarcó las cejas, salió de detrás del mostrador y echó un cuarto de penique de pipas de girasol en el bolsillo de Yegorushka, usando un tarro vacío de pomato como medida. Yegorushka no quería irse. Pasó un buen rato examinando la caja de pasteles, pensó un momento y preguntó, señalando unos pastelitos cubiertos de moho por el paso del tiempo:
“¿Cuánto cuestan estos pasteles?”
“Dos por un cuarto.”
Yegorushka sacó de su bolsillo el pastel que le había regalado el día anterior el judío y le preguntó:
“¿Y cuánto cobras por pasteles como éste?”
El dependiente tomó el pastel en sus manos, lo miró de todos lados y levantó una ceja.
“¿Así?” preguntó.
Luego levantó la otra ceja, pensó un minuto y respondió:
“Dos por tres cuartos. . . .”
Siguió un silencio.
“¿De quién es usted, muchacho?”, preguntó el dependiente, sirviéndose un poco de té de una tetera de cobre rojo.
“El sobrino de Iván Ivánitch.”
"Hay todo tipo de Ivan Ivanitches", suspiró el tendero. Miró hacia la puerta por encima de la cabeza de Yegorushka, se detuvo un momento y preguntó:
"¿Quieres un poco de té?"
—Por favor… —Yegorushka asintió no muy de buen grado, aunque sentía un intenso deseo de tomar su té matutino habitual.
El tendero le sirvió un vaso y le ofreció un poco de azúcar que parecía mordisqueado. Yegorushka se sentó en la silla plegable y empezó a beber. Quería preguntar el precio de una libra de almendras confitadas, y justo había sacado el tema cuando entró un cliente. El tendero, dejando su vaso de té, se dedicó a sus asuntos. Lo condujo a la otra mitad, donde olía a alquitrán, y allí estuvo un buen rato discutiendo con él. El cliente, un hombre aparentemente muy obstinado y testarudo, meneaba la cabeza continuamente en señal de desaprobación y se retiraba hacia la puerta. El tendero intentó convencerlo de algo y empezó a echarle avena en un gran saco.
"¿A eso le llaman avena?", dijo el cliente con tristeza. "Eso no es avena, sino paja. Es una burla dársela a las gallinas; es para hacerlas reír... No, iré a Bondarenko".
Cuando Yegorushka regresó al río, una pequeña fogata humeaba en la orilla. Los carreteros preparaban la cena. Styopka estaba de pie entre el humo, removiendo el caldero con una cuchara grande y dentada. Un poco a un lado, Kiruha y Vassya, con los ojos enrojecidos por el humo, estaban sentados limpiando el pescado. Frente a ellos yacía la red cubierta de baba y algas, y sobre ella relucían peces y cangrejos de río.
Emelyan, que había regresado hacía poco de la iglesia, estaba sentado junto a Panteley, agitando el brazo y tarareando apenas audible con voz ronca: «A Ti cantamos...». Dymov se movía junto a los caballos.
Cuando terminaron de limpiarlos, Kiruha y Vassya pusieron el pescado y los cangrejos de río vivos juntos en el balde, los enjuagaron y del balde los vertieron todos en agua hirviendo.
“¿Le pongo un poco de grasa?” preguntó Styopka, retirando la espuma.
—No hace falta. El pescado hará su propia salsa —respondió Kiruha.
Antes de retirar el caldero del fuego, Styopka esparció en el agua tres grandes puñados de mijo y una cucharada de sal; por último lo probó, chasqueó los labios, lamió la cuchara y emitió un gruñido de satisfacción, lo que significaba que el grano estaba listo.
Todos, excepto Panteley, se sentaron cerca del caldero y se pusieron a trabajar con sus cucharas.
¡Tú! ¡Dale una cuchara al muchachito! —observó Panteley con severidad—. ¡Me imagino que él también tiene hambre!
“Lo nuestro es comida campesina”, suspiró Kiruha.
“La comida campesina también es bienvenida cuando uno tiene hambre”.
Le dieron una cuchara a Yegorushka. Empezó a comer, no sentado, sino de pie cerca del caldero, mirándolo como si estuviera en un agujero. El grano olía a pescado y las escamas estaban mezcladas con el mijo. Los cangrejos de río no se podían sacar con una cuchara, y los hombres simplemente los sacaban del caldero con las manos; Vassya lo hacía con especial generosidad, mojándose las mangas y las manos con la mezcla. Aun así, el guiso le pareció a Yegorushka muy rico, y le recordó la sopa de cangrejos de río que su madre solía preparar en casa los días de ayuno. Panteley estaba sentado aparte, masticando pan.
—Abuelo, ¿por qué no comes? —le preguntó Emelyan.
—No como cangrejos de río... Son cosas asquerosas —dijo el anciano, y se dio la vuelta con disgusto.
Mientras comían, todos charlaban. De esta conversación, Yegorushka dedujo que todos sus nuevos conocidos, a pesar de las diferencias de edad y carácter, tenían un punto en común que los hacía iguales: eran personas con un pasado espléndido y un presente muy pobre. De su pasado, todos —cada uno de ellos— hablaban con entusiasmo; su actitud hacia el presente era casi de desprecio. Al ruso le encanta recordar la vida, pero no le gusta vivir. Yegorushka aún no lo sabía, y antes de terminar el guiso, creía firmemente que los hombres sentados alrededor del caldero eran víctimas del destino. Panteley les contó que, en el pasado, antes de que existieran los ferrocarriles, solía ir en caravanas de vagones a Moscú y a Nizhni, y ganaba tanto que no sabía qué hacer con su dinero; ¡y cuántos comerciantes había en aquellos tiempos! ¡Qué pescado! ¡Qué barato era todo! Ahora los caminos eran más cortos, los comerciantes más tacaños, los campesinos más pobres, el pan más caro, todo había menguado y era más pequeño. Emelyan les contó que en el pasado había formado parte del coro de la fábrica Lugansky, que tenía una voz excepcional y leía música de maravilla, mientras que ahora se había convertido en campesino y vivía de la caridad de su hermano, quien lo enviaba con sus caballos y se quedaba con la mitad de sus ganancias. Vassya había trabajado en una fábrica de cerillas; Kiruha había sido cochero en una buena familia y era considerado el conductor de tres caballos más inteligente de todo el distrito. Dymov, hijo de un campesino acomodado, vivía a sus anchas, se divertía y no conoció problemas hasta los veinte años, cuando su severo y severo padre, deseoso de enseñarle a trabajar y temeroso de que lo malcriaran en casa, lo envió a un cartero a trabajar como jornalero. Styopka fue el único que no dijo nada, pero por su rostro imberbe era evidente que su vida había sido mucho mejor en el pasado.
Pensando en su padre, Dymov frunció el ceño y dejó de comer. Con el ceño fruncido, miró a sus compañeros y su mirada se posó en Yegorushka.
—¡Pagano, quítate la gorra! —dijo con rudeza—. ¡No puedes comer con la gorra puesta, y además eres un caballero!
Yegorushka se quitó el sombrero y no dijo ni una palabra, pero el guiso perdió todo su sabor y no oyó a Panteley ni a Vassya interceder por él. Un sentimiento de ira contra el insultante le oprimió el pecho, y decidió hacerle daño, costara lo que costara.
Después de cenar, todos se dirigieron a los carros y se tumbaron a la sombra.
“¿Empezamos pronto, abuelo?”, le preguntó Yegorushka a Panteley.
Cuando Dios quiera, partiremos. Aún no hay salida; hace demasiado calor... Oh, Señor, hágase tu voluntad. Santa Madre... Acuéstate, muchachito.
Al poco rato se oyeron ronquidos bajo las carretas. Yegorushka quería volver al pueblo, pero tras pensárselo, bostezó y se acostó junto al anciano.
VI
Los carros permanecieron junto al río todo el día y partieron nuevamente cuando se puso el sol.
Yegorushka yacía de nuevo sobre los fardos; la carreta crujía suavemente y se balanceaba de un lado a otro. Panteley caminaba abajo, pateando el suelo, dándose palmadas en los muslos y murmurando. El aire estaba impregnado del murmullo de la estepa, como el día anterior.
Yegorushka yacía boca arriba y, con las manos bajo la cabeza, miraba al cielo. Observó cómo el resplandor del atardecer se encendía y luego se desvanecía; los ángeles guardianes, cubriendo el horizonte con sus alas doradas, se disponían a dormir. El día había transcurrido plácidamente; había llegado la noche serena y apacible, y podían permanecer tranquilos en su hogar celestial... Yegorushka vio cómo el cielo se oscurecía poco a poco y la niebla caía sobre la tierra; vio cómo las estrellas se iluminaban, una tras otra...
Cuando se contempla fijamente el cielo profundo durante un largo rato, pensamientos y sentimientos, por alguna razón, se funden en una sensación de soledad. Uno empieza a sentirse desesperadamente solo, y todo lo que antes consideraba cercano y afín se vuelve infinitamente remoto y sin valor; las estrellas que han mirado desde el cielo durante miles de años, las nieblas y el mismo cielo incomprensible, indiferentes a la breve vida del hombre, oprimen el alma con su silencio cuando uno se encuentra cara a cara con ellas e intenta comprender su significado. Uno recuerda la soledad que nos espera a cada uno en la tumba, y la realidad de la vida parece terrible... llena de desesperación...
Yegorushka pensó en su abuela, que dormía bajo los cerezos del cementerio. Recordó cómo yacía en su ataúd con monedas en los ojos, cómo después la encerraron y la bajaron a la tumba; incluso recordó el ruido hueco de los terrones al caer sobre la tapa... Se imaginó a su abuela en el oscuro y estrecho ataúd, desamparada y abandonada por todos. Su imaginación la imaginó despertando de repente, sin saber dónde estaba, golpeando la tapa y pidiendo ayuda, y finalmente desmayándose de horror y muriendo de nuevo. Imaginó a su madre muerta, al padre Christopher, a la condesa Dranitsky, a Salomón. Pero por mucho que intentara imaginarse a sí mismo en la oscura tumba, lejos de casa, marginado, desamparado y muerto, no lo consiguió; personalmente, no podía admitir la posibilidad de la muerte, y sentía que nunca moriría...
Panteley, para quien la muerte no podía estar muy lejos, caminó hacia abajo y continuó ordenando sus pensamientos.
“Está bien... Buena gente, señor…”, murmuró. “Llevó a su pequeño a la escuela, pero no he oído decir cómo le va ahora, en Slavyanoserbsk. Digo que no hay ningún centro donde se les enseñe a ser muy inteligentes... No, es cierto; un buen muchacho no tiene nada de malo... Crecerá y será una ayuda para su padre... Tú, Yegory, eres pequeño ahora, pero crecerás y conservarás a tu padre y a tu madre... Así lo ha ordenado Dios: “Honra a tu padre y a tu madre”. ...Yo también tuve hijos, pero los quemaron... Mi esposa y mis hijos también... es cierto... La cabaña se incendió la noche de Epifanía... No estaba en casa, iba en coche por Oriol. En Oriol... Marya salió corriendo a la calle, pero al recordar que los niños dormían en la cabaña, regresó corriendo y se quemó con ellos... Al día siguiente no encontraron nada más que huesos.
Alrededor de la medianoche, Yegorushka y los carreteros estaban sentados de nuevo alrededor de una pequeña fogata. Mientras las ramas y tallos secos ardían, Kiruha y Vassya se alejaron a buscar agua de un arroyo; desaparecieron en la oscuridad, pero se les oía hablar y tintinear sus cubos todo el tiempo; así que el arroyo no estaba lejos. La luz de la fogata proyectaba una gran mancha parpadeante sobre la tierra; aunque la luna brillaba, todo parecía impenetrablemente negro más allá de esa mancha roja. La luz iluminaba los ojos de los carreteros, que solo veían parte del gran camino; casi invisibles en la oscuridad, los carros con los fardos y los caballos parecían una montaña indefinida. A veinte pasos de la fogata, al borde del camino, se alzaba una cruz de madera inclinada. Antes de encender la fogata, cuando aún podía ver a lo lejos, Yegorushka había notado que había una vieja cruz inclinada similar al otro lado del camino.
Al regresar con el agua, Kiruha y Vassya llenaron el caldero y lo colocaron sobre el fuego. Styopka, con la cuchara dentada en la mano, se colocó entre el humo junto al caldero, contemplando con aire soñador el agua esperando que la espuma subiera. Panteley y Emelyan estaban sentados uno junto al otro en silencio, rumiando algo. Dymov estaba tumbado boca abajo, con la cabeza apoyada en los puños, mirando el fuego... La sombra de Styopka danzaba sobre él, de modo que su hermoso rostro a ratos se oscurecía y al siguiente se iluminaba... Kiruha y Vassya deambulaban a poca distancia recogiendo hierba seca y corteza para el fuego. Yegorushka, con las manos en los bolsillos, estaba de pie junto a Panteley, observando cómo el fuego devoraba la hierba.
Todos descansaban, meditando, y miraron de reojo la cruz sobre la que danzaban destellos de luz roja. Hay algo melancólico, pensativo y sumamente poético en una tumba solitaria; se siente su silencio, y el silencio da la sensación de la presencia del alma del hombre desconocido que yace bajo la cruz. ¿Acaso esa alma está en paz en la estepa? ¿Sufre a la luz de la luna? Cerca de la tumba, la estepa parece melancólica, lúgubre y triste; la hierba parece más triste, y uno imagina que los saltamontes cantan con menos libertad, y no hay transeúnte que no recuerde a esa alma solitaria y siga mirando hacia la tumba, hasta que la dejen atrás, oculta entre la niebla...
—Abuelo, ¿para qué sirve esa cruz? —preguntó Yegorushka.
Panteley miró la cruz y luego a Dymov y preguntó:
—Nikola, ¿no es este el lugar donde los segadores mataron a los comerciantes?
Dymov, no muy dispuesto, se incorporó sobre un codo, miró hacia la carretera y dijo:
"Sí, lo es. . . ."
Se hizo un silencio. Kiruha partió unos tallos secos, los trituró y los metió bajo el caldero. El fuego ardió con fuerza; Styopka quedó envuelta en humo negro, y la sombra proyectada por la cruz danzaba por el camino en la penumbra junto a las carretas.
—Sí, los mataron —dijo Dymov a regañadientes—. Dos comerciantes, padre e hijo, viajaban vendiendo imágenes sagradas. Se alojaron en la posada no muy lejos de aquí, que ahora regenta Ignat Fomin. El anciano bebió demasiado y empezó a presumir de tener mucho dinero. Todos sabemos que los comerciantes son muy presumidos, Dios nos libre... No pueden resistirse a presumir delante de gente como nosotros. Y en ese momento, unos segadores estaban pasando la noche en la posada. Así que oyeron lo que decían los comerciantes y tomaron nota.
—¡Oh Señor! ¡Santa Madre! —suspiró Panteley.
“Al día siguiente, en cuanto amaneció”, continuó Dymov, “los mercaderes se disponían a partir y los segadores intentaron unirse a ellos. «Vayamos juntos, señores. Será más alegre y habrá menos peligro, pues este es un lugar apartado...». Los mercaderes tuvieron que caminar a paso de tortuga para no romper las imágenes, y eso les convenía a los segadores...
Dymov se puso de rodillas y se estiró.
“Sí”, continuó, bostezando. “Todo iba bien hasta que llegaron a este lugar, y entonces los segadores les dispararon con sus guadañas. El hijo, un muchacho muy apuesto, le arrebató la guadaña a uno de ellos y también la usó… Bueno, por supuesto, se llevaron la mejor parte, porque eran ocho. Aporrearon a los comerciantes de tal manera que no les quedó ni una sola parte sana del cuerpo; cuando terminaron, los sacaron a ambos del camino, al padre a un lado y al hijo al otro. Frente a esa cruz hay otra cruz a este lado… Si todavía sigue en pie, no lo sé… No puedo verla desde aquí…”
“Lo es”, dijo Kiruha.
“Dicen que después no encontraron mucho dinero”.
—No —confirmó Panteley—; sólo encontraron cien rublos.
Y tres de ellos murieron después, pues el comerciante también los había cortado gravemente con la guadaña. Murieron desangrados. A uno le cortaron la mano, así que dicen que corrió tres millas sin ella, y lo encontraron en un montículo cerca de Kurikovo. Estaba en cuclillas, con la cabeza sobre las rodillas, como absorto en sus pensamientos, pero cuando lo miraron, no tenía vida y estaba muerto...
“Lo encontraron por el rastro de sangre”, dijo Panteley.
Todos miraron la cruz, y de nuevo se hizo el silencio. De algún lugar, probablemente del arroyo, llegó el triste grito del pájaro: "¡Duerme! ¡Duerme! ¡Duerme!"
“Hay muchísima gente malvada en el mundo”, dijo Emelyan.
—Muchísimos —asintió Panteley, y se acercó al fuego como si tuviera miedo—. Muchísimos —continuó en voz baja. “He visto muchísimos de ellos... ¡Gente malvada!... También he visto a muchos santos y justos... Reina del Cielo, sálvanos y ten piedad de nosotros. Recuerdo que una vez, hace treinta años, o quizás más, llevaba en coche a un comerciante desde Morshansk. El comerciante era un tipo muy guapo, y además con dinero... el comerciante era... un hombre agradable, no tenía nada de malo... Así que pasamos la noche en una posada. Y en Rusia las posadas no son como por aquí. Allí los patios están techados y parecen la planta baja, o digamos, como los graneros de las buenas granjas. Solo que un granero sería un poco más alto. Así que nos alojamos allí y todo salió bien. Mi comerciante estaba en una habitación, mientras yo estaba con los caballos, y todo estaba como debía ser. Así que, muchachos, recé mis oraciones antes de irme a dormir y comencé a caminar por el patio. Y... Era una noche oscura, no podía ver nada; no servía de nada intentarlo. Así que caminé un poco hasta los carros, o casi, cuando vi una luz brillar. ¿Qué significaba? Pensé que la gente de la posada se había acostado hacía mucho tiempo, y aparte del comerciante y de mí no había otros huéspedes en la posada... ¿De dónde podía haber salido la luz? Sentí sospechas... Me acerqué... hacia la luz... ¡Que el Señor se apiade de mí! ¡Y sálvame, Reina del Cielo! Miré y había una pequeña ventana con una reja,... cerca del suelo, en la casa... Me tumbé en el suelo y miré dentro; tan pronto como miré, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo...
Kiruha, intentando no hacer ruido, echó un puñado de ramitas al fuego. Tras esperar a que dejara de crujir y sisear, el anciano continuó:
Miré dentro y había un sótano grande, negro y oscuro... Había una linterna encendida sobre una tina. En medio del sótano había una docena de hombres con camisas rojas, con las mangas arremangadas, afilando cuchillos largos... ¡Uf! Así que habíamos caído en una madriguera de ladrones... ¿Qué hacer? Corrí hacia el comerciante, lo desperté silenciosamente y le dije: «No te asustes, comerciante», le dije, «pero estamos en un mal momento. Hemos caído en una madriguera de ladrones», le dije. Palideció y preguntó: «¿Qué vamos a hacer ahora, Panteley? Tengo mucho dinero que pertenece a los huérfanos. En cuanto a mi vida», dijo, «está en manos de Dios. No tengo miedo a morir, pero es terrible perder el dinero de los huérfanos», dijo... ¿Qué íbamos a hacer? Las puertas estaban cerradas; había No hay salida. Si hubiera habido una valla, se podría haber saltado, ¡pero con el patio cerrado!... «Vamos, no te asustes, comerciante», le dije; «pero reza a Dios. Quizás el Señor no permita que los huérfanos sufran. Quédate quieto», le dije, «y no hagas señales, y mientras tanto, quizá se me ocurra algo...». ¡Cierto!... Le recé a Dios y el Señor me dio esa idea... Me subí a mi silla y, despacio, despacio para que nadie oyera, empecé a sacar la paja del techo, hice un agujero y salí a rastras... Luego salté del tejado y corrí por el camino tan rápido como pude. Corrí y corrí hasta casi morir... Corrí quizá cuatro millas sin respirar, si no más. Gracias a Dios vi un pueblo. Corrí hasta una cabaña y empecé a golpear una ventana. «Buenos cristianos», dije, y se lo conté todo, «no dejen que perezca un alma cristiana...». Los desperté a todos... Los campesinos se reunieron y me acompañaron... uno con una cuerda, otro con un palo de roble, otros con horcas... Derribamos las puertas del patio de la posada y fuimos directos al sótano... Y los ladrones acababan de afilar sus cuchillos e iban a matar al comerciante. Los campesinos los tomaron, a cada uno de ellos, los ataron y los llevaron a la policía. El comerciante, lleno de alegría, les dio trescientos rublos y a mí cinco piezas de oro y anotó mi nombre. Dijeron que después encontraron huesos humanos en el sótano, montones y montones... ¡Huesos!... Así que robaban a la gente y luego la enterraban, para que no quedara rastro... Bueno, después fueron castigados en Morshansk.
Panteley terminó su relato y miró a sus oyentes. Lo observaban en silencio. El agua ya estaba hirviendo y Styopka estaba desprendiendo la espuma.
“¿Está lista la grasa?”, le preguntó Kiruha en un susurro.
“Espera un poco... Directamente.”
Styopka, con los ojos fijos en Panteley, como si temiera que éste pudiera empezar a contar alguna historia antes de que él regresara, corrió hacia los carros; pronto regresó con un pequeño cuenco de madera y comenzó a machacar un poco de manteca en él.
—También hice otro viaje con un comerciante... —continuó Panteley, hablando como antes en voz baja y con los ojos fijos y sin pestañear. Su nombre, si mal no recuerdo, era Piotr Grigoritch. Era un hombre amable... el comerciante también. Nos detuvimos de la misma manera en una posada... Él dentro y yo con los caballos... Los habitantes de la casa, el posadero y su esposa, parecían gente amable y buena; los trabajadores también parecían estar bien; pero aun así, muchachos, no podía dormir. Tenía una extraña sensación en el corazón... una extraña sensación, precisamente eso. Las puertas estaban abiertas y había mucha gente alrededor, y aun así tenía miedo y no me sentía yo mismo. Todos habían dormido hacía rato. Era medianoche; pronto sería hora de levantarse, y yo estaba tumbado solo en mi silla y no podía cerrar los ojos, como si fuera una lechuza. Y entonces, muchachos, oí un sonido: "¡Tup! ¡Tup! ¡Tup!". Alguien se acercaba sigilosamente al diván. Asomé la cabeza y vi a una campesina vestida solo con su camisa y descalza... «¿Qué quieres, buena mujer?», pregunté. Y ella temblaba; su rostro estaba aterrorizado... «Levántate, buen hombre», dijo; «la gente está tramando algo malo... Quieren matar a tu comerciante. Con mis propios oídos oí al amo susurrar con su esposa...». ¡Así que no fue en vano, el presentimiento de mi corazón! «¿Y tú quién eres?» Pregunté. «Soy su cocinera», dijo... ¡Cierto!... Así que bajé del coche y fui a ver al comerciante. Lo desperté y le dije: «Las cosas no van bien, Piotr Grigoritch... Despiértate pronto, señoría, y vístete ahora que aún hay tiempo», dije; «y para salvar el pellejo, alejémonos del apuro». Apenas había empezado a vestirse cuando se abrió la puerta y, ¡dios mío!, vi, ¡Madre mía!, al posadero y a su esposa entrar en la habitación con tres trabajadores... Así que convencieron a los trabajadores para que se unieran a ellos. «El comerciante tiene mucho dinero, y nos iremos a compartir», les dijeron. Cada uno de los cinco tenía un cuchillo largo en la mano, cada uno con un cuchillo. El posadero cerró la puerta con llave y dijo: «Recen, viajeros... y si empiezan a gritar», dijeron, «no les dejaremos rezar antes de morir...». ¡Como si pudiéramos gritar! Tenía un nudo en la garganta que no podía gritar... El comerciante lloró y dijo: «¡Buenos cristianos! Han decidido matarme porque mi dinero los tienta. Pues que así sea; no seré el primero ni el último. Muchos comerciantes hemos sido asesinados en posadas. Pero ¿por qué, buenos hermanos cristianos —dijo—, asesinan a mi cochero? ¿Por qué tiene que sufrir por mi dinero?». ¡Y lo dijo con tanta lástima! Y el posadero le respondió:«Si lo dejamos con vida», dijo, «será el primero en testificar contra nosotros. Da lo mismo matar a dos que a uno. Solo se puede responder una vez por siete fechorías... Recen, eso es todo lo que pueden hacer, ¡y no sirve de nada hablar!». El comerciante y yo nos arrodillamos uno al lado del otro y lloramos y rezamos. Él pensó en sus hijos. Yo era joven en aquellos días; quería vivir... Miramos las imágenes y rezamos, y con tanta lástima que incluso ahora me hace llorar... Y la esposa del posadero nos mira y dice: «Buena gente», dijo, «no nos guarden rencor en el otro mundo y recen a Dios por nuestro castigo, pues es la necesidad la que nos lleva a él». Rezamos y lloramos y rezamos y lloramos, y Dios nos escuchó. Supongo que se apiadó de nosotros... Justo cuando el posadero agarraba al comerciante por la barba para desgarrarle la garganta con el cuchillo, ¡de repente alguien pareció golpear la ventana desde el patio! Todos nos sobresaltamos, y el posadero bajó las manos... Alguien golpeaba la ventana y gritaba: «¡Piotr Grigoritch! ¡Prepárense y vámonos!». La gente vio que alguien venía a buscar al comerciante; se aterrorizaron y echaron a correr... Y corrimos al patio, enganchamos los caballos y nos perdimos de vista en un minuto...
“¿Quién llamó a la ventana?”, preguntó Dymov.
¿En la ventana? Debió ser un santo o un ángel, pues no había nadie más... Cuando salimos del patio, no había ni un alma en la calle... Fue obra del Señor.
Panteley contaba otras historias, y en todas ellas aparecían "cuchillos largos" y todas parecían inventadas. ¿Las había oído de alguien más o las había inventado él mismo en un pasado remoto, y después, al debilitarse su memoria, confundió sus experiencias con su imaginación y se volvió incapaz de distinguir unas de otras? Todo es posible, pero es extraño que en esta ocasión y durante el resto del viaje, siempre que contaba una historia, diera una clara preferencia a la ficción y nunca contara lo que realmente había vivido. En aquel entonces, Yegorushka lo daba todo por cierto y se lo creía todo; más tarde le pareció extraño que un hombre que en su época había viajado por toda Rusia, visto y conocido tanto, cuya esposa e hijos habían muerto quemados, no apreciara la riqueza de su vida hasta el punto de que, sentado junto a la fogata, guardaba silencio o hablaba de lo que nunca había sucedido.
Mientras comían sus gachas, todos guardaron silencio, pensando en lo que acababan de oír. La vida es terrible y maravillosa, y por terrible que sea la historia que se cuente en Rusia, por mucho que se la adorne con nidos de ladrones, cuchillos largos y demás maravillas, siempre encuentra un eco de realidad en el alma del oyente, y solo un hombre con una buena educación mira con recelo y desconfianza, e incluso él guardará silencio. La cruz junto al camino, los oscuros fardos de lana, la vasta extensión de la llanura y la suerte de los hombres reunidos junto a la fogata: todo esto era en sí mismo tan maravilloso y terrible que los fantásticos colores de la leyenda y el cuento de hadas palidecían y se confundían con la vida.
Todos los demás comieron del caldero, pero Panteley se sentó aparte y comió sus gachas en un cuenco de madera. Su cuchara no era como las de los demás, sino de madera de ciprés, con una pequeña cruz. Yegorushka, mirándolo, pensó en el pequeño icono de cristal y le preguntó a Styopka en voz baja:
“¿Por qué el abuelo se sienta apartado?”
—Es un Viejo Creyente —respondieron Styopka y Vassya en un susurro. Y al decirlo, parecía como si hablaran de algún vicio o debilidad secreta.
Todos permanecieron en silencio, pensando. Después de las terribles historias, no había ganas de hablar de cosas comunes. De repente, en medio del silencio, Vassya se irguió y, fijando su mirada apagada en un punto, aguzó el oído.
“¿Qué pasa?” le preguntó Dymov.
“Alguien viene”, respondió Vassya.
¿Dónde lo ves?
¡Ay, ay! Hay algo blanco...
No se veía nada más que oscuridad en la dirección en la que miraba Vassya; todos escuchaban, pero no podían oír ningún sonido de pasos.
“¿Viene por la carretera principal?” preguntó Dymov.
—No, por campo abierto... Viene por aquí.
Pasó un minuto en silencio.
“Y tal vez sea el comerciante que fue enterrado aquí caminando por la estepa”, dijo Dymov.
Todos miraron con recelo la cruz, intercambiaron miradas y de repente estallaron en carcajadas. Se sintieron avergonzados de su terror.
"¿Por qué debería caminar?", preguntó Panteley. "Solo caminan de noche aquellos a quienes la tierra no acoge. Y los comerciantes tenían razón... Los comerciantes han recibido la corona de mártires."
Pero de repente oyeron un ruido de pasos: alguien venía apresuradamente.
“Lleva algo”, dijo Vassya.
Podían oír el crujir de la hierba y el crujir de las ramas secas bajo los pies del caminante que se acercaba. Pero a la luz de la fogata no se veía nada. Por fin, se oyeron pasos cerca, y alguien tosió. La luz parpadeante pareció disiparse; un velo cayó de los ojos de los carreteros, y vieron a un hombre frente a ellos.
Ya fuera por la luz parpadeante o porque todos querían distinguir primero el rostro del hombre, ocurrió, curiosamente, que al primer vistazo todos vieron, en primer lugar, no su rostro ni su ropa, sino su sonrisa. Era una sonrisa extraordinariamente afable, amplia y suave, como la de un bebé al despertar, una de esas sonrisas contagiosas a las que es difícil no responder con una sonrisa. El desconocido, cuando lo vieron bien, resultó ser un hombre de unos treinta años, feo y nada destacable. Era un pequeño ruso alto, de nariz larga, brazos y piernas largos; todo en él parecía largo excepto su cuello, tan corto que lo hacía parecer encorvado. Vestía una camisa blanca limpia con cuello bordado, pantalones blancos y botas altas nuevas, y en comparación con los carreteros parecía todo un dandi. En sus brazos llevaba algo grande, blanco y a primera vista de aspecto extraño, y detrás de su hombro también asomaba la culata de una pistola.
Saliendo de la oscuridad hacia el círculo de luz, se detuvo en seco como petrificado y durante medio minuto miró a los carreteros como si hubiera dicho: "¡Miren qué sonrisa tengo!".
Luego dio un paso hacia el fuego, sonrió aún más radiante y dijo:
“¡Pan y sal, amigos!”
“¡De nada!”, respondió Panteley por todos.
El extraño dejó junto al fuego lo que llevaba en brazos —era una avutarda muerta— y los saludó una vez más.
Todos se acercaron a la avutarda y comenzaron a examinarla.
—Era un pájaro grande y bonito. ¿Con qué lo mataste? —preguntó Dymov.
Metralla. No puedes con ella con munición pequeña, no te dejará acercarte lo suficiente. ¡Cómprala, amigos! Te la dejo por veinte kopeks.
¿De qué nos serviría? Está buen asado, pero apuesto a que cocido quedaría duro; no podrías hincarle el diente...
¡Qué lástima! Se lo llevaría a los señores de la granja; me darían medio rublo por él. Pero es un largo camino: ¡doce millas!
El extraño se sentó, se quitó el arma y la dejó a su lado.
Parecía somnoliento y lánguido; permanecía sentado sonriendo y, con los ojos entornados a la luz del fuego, parecía pensar en algo muy agradable. Le dieron una cuchara; empezó a comer.
“¿Quién eres?”, le preguntó Dymov.
El desconocido no oyó la pregunta; no respondió y ni siquiera miró a Dymov. Probablemente este hombre sonriente tampoco percibió el sabor de las gachas, pues parecía comerlas mecánicamente, llevándose la cuchara a los labios a veces muy llena y a veces completamente vacía. No estaba borracho, pero parecía tener algo sin sentido en la cabeza.
“¿Te pregunto quién eres?”, repitió Dymov.
—¿Yo? —dijo el desconocido, sobresaltado—. Konstantin Zvonik, de Rovno. Está a cinco kilómetros de aquí.
Y deseoso de demostrar claramente que no era un campesino común y corriente, sino algo mejor, Konstantin se apresuró a añadir:
“Criamos abejas y engordamos cerdos”.
“¿Vives con tu padre o en una casa propia?”
—No; ahora vivo en casa propia. Me he separado. Este mes, justo después del día de San Pedro, me casé. ¡Ya soy un hombre casado!... Han pasado dieciocho días desde la boda.
—Eso es bueno —dijo Panteley—. El matrimonio es bueno... Dios lo bendiga.
—Su joven esposa se queda en casa mientras él vaga por la estepa —rió Kiruha—. ¡Qué tipo tan raro!
Como si le hubieran pellizcado en el punto más sensible, Konstantin se sobresaltó, rió y se puso colorado.
—¡Pero, Señor, no está en casa! —dijo rápidamente, quitándose la cuchara de la boca y mirando a todos con una expresión de alegría y asombro—. ¡No está! ¡Se ha ido a casa de su madre por tres días! Sí, en efecto, se ha ido, y me siento como si no estuviera casado...
Konstantin agitó la mano y giró la cabeza; quería seguir pensando, pero la alegría que irradiaba en su rostro se lo impidió. Como si no se sintiera cómodo, cambió de actitud, rió y volvió a agitar la mano. Le daba vergüenza compartir sus felices pensamientos con desconocidos, pero al mismo tiempo sentía un deseo irresistible de comunicar su alegría.
—Se fue a Demidovo a ver a su madre —dijo, sonrojándose y moviendo el arma—. Volverá mañana... Dijo que volvería a cenar.
“¿Y la extrañas?” dijo Dymov.
¡Oh, Dios mío, sí! Ya lo creo. Llevamos tan poco tiempo casados, y ella se ha ido... ¡Eh! ¡Ay, qué taimada es! ¡Dios me libre! Es una chica tan fina y espléndida, tan risueña y cantora, llena de vida y pasión. Cuando está contigo, la mente da vueltas, y ahora que no está, deambulo por la estepa como un tonto, como si hubiera perdido algo. He estado caminando desde la cena.
Konstantin se frotó los ojos, miró el fuego y se rió.
—Entonces la amas... —dijo Panteley.
—Es tan fina y espléndida —repitió Konstantin, sin oírlo—; una ama de casa tan lista y sensata. No encontrarías a otra como ella entre la gente sencilla de toda la provincia. Se ha ido... ¡Pero me echa de menos, lo sé! Conozco a la urraca. Dijo que volvería mañana a la hora de cenar... ¡Y qué raro! —gritó Konstantin, subiendo un tono de voz y cambiando de postura—. Ahora me ama y está triste sin mí, y aun así no quiere casarse conmigo.
—Pero come —dijo Kiruha.
“Ella no quería casarse conmigo”, continuó Konstantin, sin hacerle caso. “¡Llevo tres años luchando con ella! La vi en la feria de Kalachik; me enamoré perdidamente de ella, estuve a punto de ahorcarme… Vivo en Rovno, ella en Demidovo, a más de veinte millas de distancia, y no pude hacer nada. Le envié casamenteras, y lo único que dijo fue: “¡No quiero!”. ¡Ay, la urraca! Le envié una cosa y otra, pendientes y pasteles, y veinte libras de miel, pero ella seguía diciendo: “¡No quiero!”. Y ahí estaba. Si lo piensas, ¡no era rival para ella! Era joven y hermosa, llena de pasión, mientras que yo soy viejo: pronto cumpliré treinta, y además soy una belleza; una barba fina como la de una cabra, una tez clara y llena de granos... ¡cómo podría compararme con ella! Lo único que se puede decir es que estamos bien, pero claro, los Vahramenky también lo están. Tienen seis bueyes y un par de peones. Estaba enamorado, amigos, como si estuviera apestado. No podía dormir ni comer; mi mente estaba llena de pensamientos, y en semejante laberinto, ¡Dios nos libre! Anhelaba verla, y estaba en Demidovo. ¿Qué te parece? Dios sea testigo, no miento, tres veces por semana iba a pie hasta allí solo para verla. ¡Dejé mi trabajo! Estaba tan desesperado que incluso quise que me contrataran de peón en Demidovo. Para estar cerca de ella. ¡Estaba en la miseria! Mi madre llamó a una bruja una docena de veces; mi padre intentó azotarme. Durante tres años estuve en este tormento, y luego tomé una decisión. "¡Maldita sea!", dije. "Iré al pueblo a ser cochero... Parece que está destinado a no serlo". En Pascua fui a Demidovo para verla por última vez...
Konstantin echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír alegremente, como si hubiera engañado a alguien con mucha astucia.
“La vi junto al río con los muchachos”, continuó. “Me invadió la ira… La llamé aparte y durante casi una hora le dije de todo. ¡Se enamoró de mí! ¡Durante tres años no me quiso! Se enamoró de mí por lo que le dije…”.
“¿Qué le dijiste?” preguntó Dymov.
¿Qué dije? No lo recuerdo... ¿Cómo podría alguien recordarlo? Mis palabras fluían entonces como agua de un grifo, sin parar para respirar. ¡Ta-ta-ta! Y ahora no puedo pronunciar palabra... Bueno, pues se casó conmigo... Ahora se ha ido con su madre, la urraca, y mientras ella está aquí, yo deambulo por la estepa. No puedo quedarme en casa. ¡Es más de lo que puedo hacer!
Konstantin soltó torpemente los pies sobre los que estaba sentado, se estiró en el suelo, apoyó la cabeza entre los puños, se levantó y volvió a sentarse. Para entonces, todos comprendían que estaba enamorado y feliz, profundamente feliz; su sonrisa, sus ojos y cada movimiento expresaban una ferviente felicidad. No encontraba un lugar para sí mismo, ni sabía qué actitud adoptar para no verse abrumado por la multitud de sus deliciosos pensamientos. Tras desahogarse ante estos desconocidos, por fin se sentó en silencio y, mirando el fuego, se sumió en sus pensamientos.
Al ver a este hombre feliz, todos se sintieron deprimidos y anhelaban ser felices también. Todos estaban soñadores. Dymov se levantó, caminó tranquilamente junto al fuego, y por su andar, por el movimiento de sus omoplatos, se notaba que estaba agobiado por la depresión y el anhelo. Se detuvo un momento, miró a Konstantin y se sentó.
La fogata ya se había apagado; no había destellos, y la mancha roja se había vuelto pequeña y tenue... Y a medida que el fuego se apagaba, la luz de la luna se hacía cada vez más clara. Ahora podían ver todo el ancho del camino, los fardos de lana, los ejes de las carretas, los caballos masticando; al otro lado del camino se veía la borrosa silueta de la segunda cruz...
Dymov apoyó la mejilla en la mano y tarareó suavemente una canción lastimera. Konstantin sonrió soñoliento y se sumó con una voz tenue. Cantaron durante medio minuto y luego se sumieron en el silencio. Emelyan se sobresaltó, sacudió los codos y retorció los dedos.
«Muchachos», dijo con voz implorante, «¡cantemos algo sagrado!». Se le llenaron los ojos de lágrimas. «Muchachos», repitió, apretándose el corazón, «¡cantemos algo sagrado!».
“No sé nada”, dijo Konstantin.
Todos se negaron, y entonces Emelyan cantó solo. Agitó los brazos, asintió con la cabeza, abrió la boca, pero de su garganta solo salió un jadeo discordante. Cantó con los brazos, con la cabeza, con los ojos, incluso con la hinchazón en el rostro; cantó apasionadamente, con angustia, y cuanto más se esforzaba por extraer al menos una nota, más discordantes eran sus jadeos.
Yegorushka, como los demás, estaba abrumado por la depresión. Fue a su carro, trepó a los fardos y se echó. Miró al cielo y pensó en la felicidad de Konstantin y su esposa. ¿Por qué se casaba la gente? ¿Para qué servían las mujeres en el mundo? Yegorushka se planteó estas vagas preguntas, pensando que un hombre sería feliz si tuviera a una mujer cariñosa, alegre y hermosa viviendo siempre a su lado. Por alguna razón, recordó a la condesa Dranitsky y pensó que probablemente sería muy agradable vivir con una mujer así; tal vez se habría casado con ella con gusto si esa idea no hubiera sido tan vergonzosa. Recordó sus cejas, las pupilas de sus ojos, su carruaje, el reloj con el jinete... La suave y cálida noche descendió suavemente sobre él y le susurró algo al oído, y le pareció que era esa hermosa mujer inclinada sobre él, mirándolo con una sonrisa y con la intención de besarlo...
Del fuego no quedaban más que dos ojitos rojos, que se hacían cada vez más pequeños. Konstantin y los carreteros estaban sentados junto a él, figuras oscuras e inmóviles, y parecía que eran muchos más que antes. Las cruces gemelas eran igualmente visibles, y a lo lejos, en algún lugar junto al camino real, brillaba una luz roja: probablemente otras personas cocinando sus gachas.
—¡Nuestra Madre Rusia es la cabeza del mundo entero! —cantó Kiruha de repente con voz áspera, ahogada y apagada. El eco de la estepa recogió su voz, la prolongó, y parecía como si la estupidez misma rodara sobre pesadas ruedas por la estepa.
—Es hora de irnos —dijo Panteley—. ¡Levántense, muchachos!
Mientras estaban preparando los caballos, Constantino pasó junto a los carros y habló con entusiasmo de su esposa.
—¡Adiós, compañeros! —gritó cuando los carros partieron—. Gracias por su hospitalidad. Seguiré hacia esa luz. Es más de lo que puedo soportar.
Y rápidamente desapareció en la niebla, y durante mucho tiempo pudieron oírlo caminar en dirección a la luz para contarles a aquellos otros extraños su felicidad.
Cuando Yegorushka despertó al día siguiente, era de madrugada; el sol aún no había salido. Los carros estaban detenidos. Un hombre con gorra blanca y traje gris barato, montado en un pequeño semental cosaco, hablaba con Dymov y Kiruha junto al carro delantero. A una milla y media de distancia se veían graneros blancos, largos y bajos, y casitas con techos de tejas; no se veían patios ni árboles junto a las casitas.
—¿Qué pueblo es ése, abuelo? —preguntó Yegorushka.
—Ese es el asentamiento armenio, joven —respondió Panteley—. Los armenios viven allí. Son buena gente... los arnienos lo son.
El hombre de gris terminó de hablar con Dymov y Kiruha; detuvo a su pequeño semental y miró hacia el asentamiento.
—¡Qué rollo! ¡Imagínese! —suspiró Panteley, mirando también hacia el asentamiento, estremeciéndose ante el frescor matutino—. Ha enviado a un hombre al asentamiento a buscar unos papeles, y no viene... Debería haber enviado a Styopka.
“¿Quién es ese, abuelo?”, preguntó Yegorushka.
“Varlamov.”
¡Dios mío! Yegorushka se levantó de un salto, se puso de rodillas y miró la gorra blanca. Era difícil reconocer al misterioso y escurridizo Varlamov, buscado por todos, que siempre estaba de ronda y que tenía mucho más dinero que la condesa Dranitsky, en el hombrecillo bajo y canoso de botas grandes, que estaba sentado en un feo rocín hablando con los campesinos a una hora en que toda la gente decente dormía.
“Está bien, es un buen hombre”, dijo Panteley, mirando hacia el asentamiento. “Que Dios le dé salud; un caballero espléndido, Semión Aleksandritch… Es gente así sobre la que descansa la tierra. Es cierto… Aún no cantan los gallos, y él ya está de pie… Otro hombre estaría durmiendo o de paseo con visitas en casa, pero él está en la estepa todo el día… haciendo sus rondas… No se le escapa nada… ¡No! Es un buen tipo…
Varlamov hablaba de algo, con la mirada fija. El pequeño semental cambiaba de pata con impaciencia.
—¡Semyon Alexandritch! —gritó Panteley, quitándose el sombrero—. ¡Permítanos enviar a Styopka! Emelyan, ordena que envíen a Styopka.
Pero ahora por fin se podía ver a un hombre a caballo saliendo del asentamiento. Muy inclinado hacia un lado, blandiendo el látigo por encima de la cabeza como un joven caucásico aguerrido, y queriendo asombrar a todos con su destreza, voló hacia los carros con la rapidez de un pájaro.
—Debe ser uno de sus jinetes de circuito —dijo Panteley—. Debe tener cien jinetes así, o quizá más.
Al llegar al primer carro, detuvo su caballo y, quitándose el sombrero, le entregó a Varlamov un librito. Varlamov sacó varios papeles del libro, los leyó y exclamó:
“¿Y dónde está la carta de Ivantchuk?”
El jinete recuperó el libro, miró los papeles y se encogió de hombros. Empezó a decir algo, probablemente justificándose y pidiendo permiso para volver al asentamiento. El pequeño semental se movió de repente, como si Varlamov hubiera engordado. Varlamov también se movió.
—¡Venga ya! —gritó furioso, y agitó el látigo hacia el hombre.
Entonces dio la vuelta a su caballo y, hojeando los papeles del libro, avanzó al paso junto a los carros. Al llegar al último, Yegorushka forzó la vista para observarlo mejor. Varlamov era un hombre mayor. Su rostro, un simple rostro ruso bronceado por el sol, con una pequeña barba gris, estaba rojo, húmedo de rocío y cubierto de venitas azules; tenía la misma expresión de frialdad profesional que el rostro de Iván Ivánovich, la misma mirada de celo fanático por los negocios. ¡Pero qué diferencia se percibía entre él y Kuzmitchov! El tío Iván Ivánovich siempre tenía en su rostro, junto con su reserva profesional, una mirada de ansiedad y aprensión por no encontrar a Varlamov, por llegar tarde, por perder un buen precio; nada de eso, tan característico de las personas pequeñas y dependientes, se podía ver en el rostro ni en la figura de Varlamov. Este hombre fijaba el precio él mismo, no buscaba a nadie ni dependía de nadie; Por muy ordinario que fuera su exterior, en todo, incluso en la manera de sostener el látigo, había una sensación de poder y autoridad habitual sobre la estepa.
Al pasar junto a Yegorushka, no lo miró. Solo el pequeño semental se dignó a fijarse en Yegorushka; lo miró con sus grandes ojos de tonto, y ni siquiera él mostró interés. Panteley hizo una reverencia a Varlamov; este lo notó y, sin apartar la vista de las hojas de papel, dijo ceceando:
“¿Cómo estás, viejo?”
La conversación de Varlamov con el jinete y la forma en que blandía el látigo habían causado una impresión abrumadora en todo el grupo. Todos parecían serios. El hombre a caballo, abatido por la ira del gran hombre, permaneció inmóvil, sin sombrero y con las riendas sueltas junto al carro delantero; guardaba silencio, y parecía incapaz de comprender que el día hubiera empezado tan mal para él.
“Es un viejo duro…”, murmuró Panteley. “¡Qué lástima que sea tan duro! Pero está bien, es un buen hombre… No maltrata a los hombres por nada… No importa…”
Después de examinar los papeles, Varlamov metió el libro en su bolsillo; el pequeño semental, como si supiera lo que pasaba por su cabeza, sin esperar órdenes, se puso en marcha y corrió por el camino real.
VII
A la noche siguiente, los carreteros se detuvieron y cocinaron sus gachas. En esta ocasión, una sensación de opresión abrumadora se apoderó de todos. Hacía un calor sofocante; todos bebieron mucho, pero no pudieron saciar su sed. La luna estaba intensamente carmesí y ceñuda, como si estuviera enferma. Las estrellas también estaban ceñudas, la niebla era más densa, la distancia más nublada. La naturaleza parecía lánguida y agobiada por algún mal presentimiento.
Ya no había la misma animación ni la misma charla alrededor de la fogata que el día anterior. Todos estaban tristes y hablaban con apatía y sin interés. Panteley no hacía más que suspirar y quejarse de sus pies, y aludía continuamente a los lechos de muerte impenitentes.
Dymov yacía boca abajo, masticando una pajita en silencio; tenía una expresión de disgusto en el rostro, como si la pajita oliera mal, una mirada rencorosa y agotada... Vassya se quejaba de dolor de mandíbula y profetizaba mal tiempo; Emelyan no agitaba los brazos, sino que permanecía sentado, inmóvil, mirando con tristeza el fuego. Yegorushka también estaba cansado. Este lento viaje lo agotaba, y el bochorno del día le había provocado dolor de cabeza.
Mientras cocinaban las gachas, Dymov, para aliviar su aburrimiento, comenzó a pelearse con sus compañeros.
—Aquí se queda repanchingado, el de la cara grumosa, y es el primero en meter la cuchara —dijo, mirando con rencor a Emelyan—. ¡Avaricioso! Siempre se las ingenia para sentarse junto al caldero. ¡Ha sido cantor de iglesia, así que se cree un caballero! ¡Hay muchos cantores como tú mendigando por el camino real!
—¿Por qué me molestas? —preguntó Emelyan mirándolo enojado.
Para enseñarte a no ser el primero en meter la mano en el caldero. ¡No te creas demasiado!
—¡Eres un tonto y eso es todo! —exclamó Emelyan.
Sabiendo por experiencia cómo solían terminar este tipo de conversaciones, Panteley y Vassya intervinieron y trataron de persuadir a Dymov para que no discutiera por nada.
—¡Un cantor de iglesia! —El matón no paraba, pero se reía con desprecio—. Cualquiera puede cantar así: sentarse en el pórtico de la iglesia y cantar «¡Dame limosna, por Dios!». ¡Uf! ¡Qué buen tipo!
Emelyan no habló. Su silencio irritó a Dymov. Miró con aún más odio al excantante y dijo:
“No me interesa tener nada que ver contigo, o te mostraría qué pensar de ti mismo”.
—¿Pero por qué me empujas, Mazeppa? —gritó Emelyan, furioso—. ¿Te estoy molestando?
—¿Cómo me llamaste? —preguntó Dymov, irguiéndose, con los ojos bañados en sangre—. ¡Eh! ¿Soy un Mazeppa? ¿Sí? Toma eso, entonces; ve a buscarlo.
Dymov le arrebató la cuchara de la mano a Emelyan y la arrojó lejos. Kiruha, Vassya y Styopka corrieron a buscarla, mientras Emelyan fijaba una mirada implorante e inquisitiva en Panteley. Su rostro se achicó y se arrugó; empezó a contraerse, y el excantante rompió a llorar como un niño.
Yegorushka, que odiaba a Dymov desde hacía tiempo, sintió de repente un sofocante aire, como si el fuego le quemara la cara; anhelaba correr rápidamente hacia los carros en la oscuridad, pero la mirada furiosa y aburrida del matón atrajo al chico. Con un deseo apasionado de decir algo extremadamente ofensivo, dio un paso hacia Dymov y, jadeando, exclamó:
Eres el peor de todos. ¡No te soporto!
Después de esto debería haber corrido hacia los carros, pero no pudo moverse del lugar y continuó:
¡En el otro mundo arderás en el infierno! Me quejaré con Iván Ivánich. ¡No te atrevas a insultar a Emelyan!
—Dile esto también, por favor —rió Dyrnov—: «Todos los cerditos quieren imponer la ley». ¿Te tiro de la oreja?
Yegorushka sintió que no podía respirar; y algo que nunca le había sucedido antes: de repente empezó a temblar por todas partes, pateando el suelo y gritando estridentemente:
“¡Golpéenlo, golpéenlo!”
Las lágrimas brotaron de sus ojos; se sintió avergonzado y corrió tambaleándose de vuelta a la carreta. No vio el efecto de su arrebato. Tumbado sobre los fardos, contorsionando brazos y piernas, susurró:
“¡Mamá, madre!”
Y estos hombres y las sombras alrededor de la fogata, y los oscuros fardos y los relámpagos lejanos, que centelleaban a cada minuto en la distancia, todo le pareció ahora terrible y hostil. Lo invadió el terror y se preguntó con desesperación por qué y cómo había llegado a esta tierra desconocida en compañía de terribles campesinos. ¿Dónde estaba su tío ahora, dónde estaba el padre Christopher, dónde estaba Deniska? ¿Por qué tardaban tanto en llegar? ¿No se habían olvidado de él? Al pensar que lo habían olvidado y arrojado a merced del destino, sintió un escalofrío de terror tan frío que varias veces tuvo el impulso de saltar de los fardos de lana y correr a toda velocidad por el camino; pero la idea de las enormes cruces oscuras, que seguramente lo encontrarían en el camino, y los relámpagos que centelleaban en la distancia, lo detuvieron... Y solo cuando susurró: "¡Mamá, madre!", se sintió un poco mejor.
Los carreteros también debieron estar llenos de miedo. Después de que Yegorushka huyera de la fogata, al principio permanecieron sentados en silencio un buen rato, luego empezaron a hablar en voz baja sobre algo, diciendo que se avecinaba y que debían apresurarse a alejarse... Terminaron de cenar rápidamente, apagaron el fuego y comenzaron a enjaezar los caballos en silencio. Por su nerviosismo y las frases entrecortadas que pronunciaban, era evidente que preveían algún problema. Antes de partir, Dymov se acercó a Panteley y le preguntó en voz baja:
"¿Cómo se llama?"
—Yegory —respondió Panteley.
Dymov puso un pie en la rueda, agarró la cuerda atada a los fardos y se impulsó. Yegorushka vio su rostro y su cabeza rizada. Su rostro estaba pálido y parecía serio y exhausto, pero no había en él expresión de rencor.
—¡Sí! —dijo en voz baja—. ¡Aquí tienes, golpéame!
Yegorushka lo miró sorprendida. En ese instante, hubo un relámpago.
—Está bien, golpéame —repitió Dymov. Y sin esperar a que Yegorushka le pegara ni le hablara, saltó y dijo: —¡Qué triste soy!
Luego, balanceándose sobre una pierna y otra y moviendo los omoplatos, caminaba perezosamente junto a la hilera de carros y repetía con una voz medio llorosa, medio enojada:
—¡Qué triste soy! ¡Oh, Señor! No te ofendas, Emelyan —dijo al pasar junto a él—. ¡Nuestra vida es miserable y cruel!
Hubo un relámpago a la derecha y, a continuación, como un reflejo en un espejo, un segundo relámpago en la distancia.
—Yegory, toma esto —gritó Panteley, arrojando algo grande y oscuro.
“¿Qué pasa?” preguntó Yegorushka.
Una estera. Va a llover, así que cúbrete.
Yegorushka se incorporó y miró a su alrededor. La distancia se había vuelto perceptiblemente más oscura, y ahora, con más frecuencia que cada minuto, una tenue luz parpadeaba. La negrura se curvaba hacia la derecha como por su propio peso.
“¿Habrá tormenta, abuelo?”, preguntó Yegorushka.
—¡Ay, mis pobres pies, cómo me duelen! —dijo Panteley con voz aguda, pateando el suelo y sin oír al niño.
A la izquierda, alguien pareció encender una cerilla en el cielo; un pálido destello fosforescente brilló y se apagó. Se oyó un ruido como si alguien muy lejano caminara sobre un tejado de hierro, probablemente descalzo, pues el hierro emitía un ruido sordo.
“¡Ya está instalado!” gritó Kiruha.
Entre la distancia y el horizonte, a la derecha, se vio un relámpago tan intenso que iluminó parte de la estepa y el punto donde el cielo despejado se unía a la oscuridad. Una nube terrible descendía en picado, sin prisa, como una masa compacta; grandes jirones negros colgaban de su borde; jirones similares, apretándose unos contra otros, se amontonaban a derecha e izquierda del horizonte. El aspecto deshilachado y harapiento de la nube de tormenta le daba un aire de borracho y desordenado. Se oyó un rugido de trueno, claro, no ahogado. Yegorushka se santiguó y empezó a ponerse rápidamente el abrigo.
"¡Qué deprimente!", gritó Dymov desde el primer carro, y su voz indicaba que estaba empezando a estar de mal humor otra vez. "¡Qué deprimente!"
De repente, se desató una ráfaga de viento tan violenta que casi arrebató el bulto y la estera de Yegorushka; la estera ondeó en todas direcciones, golpeando el fardo y la cara de Yegorushka. El viento silbaba sobre la estepa, giraba desordenadamente y levantaba tal estruendo entre la hierba que no se oían ni los truenos ni el crujido de las ruedas; soplaba desde la negra nube de tormenta, arrastrando nubes de polvo y el olor a lluvia y tierra mojada. La luz de la luna se volvió más borrosa, como si estuviera más sucia; las estrellas estaban aún más nubladas; y se veían nubes de polvo corriendo por el borde del camino, seguidas de sus sombras. Para entonces, lo más probable era que el torbellino que se arremolinaba y levantaba de la tierra polvo, hierba seca y plumas, estuviera ascendiendo hasta el mismísimo cielo; las plantas arrancadas debían de haber volado junto a esa negra nube de tormenta, ¡y qué asustadas debieron de estar! Pero a través del polvo que obstruía los ojos no se podía ver nada más que el destello del relámpago.
Yegorushka, pensando que en un minuto llovería a cántaros, se arrodilló y se cubrió con la estera.
—¡Panteley-ey! —gritó alguien desde el frente—. ¡A... a... va!
—¡No puedo! —respondió Panteley en voz alta—. ¡A... a... va! ¡Arya... a!
Se escuchó un furioso trueno que resonó por el cielo de derecha a izquierda, luego de vuelta, y se apagó cerca del primer carro.
—Santo, santo, santo, Señor de Sabaoth —susurró Yegorushka, santiguándose—. Llena el cielo y la tierra con tu gloria.
La negrura del cielo se abría y exhalaba fuego blanco. De inmediato se oyó otro trueno. Apenas había cesado cuando se produjo un relámpago tan amplio que Yegorushka vio de repente, a través de una rendija en la alfombra, todo el camino real hasta el horizonte, a todos los carreteros e incluso el chaleco de Kiruha. Los jirones negros ya se habían movido hacia arriba desde la izquierda, y uno de ellos, un monstruo tosco y torpe como una garra con dedos, se estiró hacia la luna. Yegorushka decidió cerrar los ojos con fuerza, ignorarlo y esperar a que todo terminara.
Por alguna razón, la lluvia se hacía esperar. Yegorushka se asomó a la estera con la esperanza de que la nube de tormenta estuviera pasando. Estaba terriblemente oscuro. Yegorushka no podía ver ni a Panteley, ni el fardo de lana, ni a sí mismo; miró de reojo hacia el lugar donde había estado la luna recientemente, pero allí reinaba la misma oscuridad negra que sobre los carros. Y en la oscuridad, los relámpagos parecían más violentos y cegadores, hasta el punto de herirle los ojos.
—¡Panteley! llamado Yegorushka.
No hubo respuesta. Pero entonces, una ráfaga de viento, por última vez, levantó la estera y se alejó a toda prisa. Se oyó un sonido suave y regular. Una gota fría cayó sobre la rodilla de Yegorushka, otra le resbaló por la mano. Se dio cuenta de que tenía las rodillas descubiertas e intentó reacomodar la estera, pero en ese momento algo empezó a repiquetear en el camino, luego en los rieles y los fardos. Era la lluvia. Como si se entendieran, la lluvia y la estera empezaron a parlotear de algo con rapidez, alegría y de forma molesta, como dos urracas.
Yegorushka se arrodilló, o mejor dicho, se acuclilló sobre sus botas. Mientras la lluvia repiqueteaba sobre la estera, se inclinó hacia adelante para protegerse las rodillas, que de repente estaban mojadas. Logró cubrirse las rodillas, pero en menos de un minuto notó una humedad penetrante y desagradable en la espalda y las pantorrillas. Regresó a su posición anterior, exponiendo las rodillas a la lluvia, y se preguntó cómo arreglar la estera que no podía ver en la oscuridad. Pero sus brazos ya estaban mojados, el agua le goteaba por las mangas y el cuello, y sentía frío en los omóplatos. Y decidió no hacer nada más que quedarse quieto y esperar a que todo terminara.
“¡Santo, santo, santo!” susurró.
De repente, justo encima de su cabeza, el cielo se quebró con un estruendo ensordecedor y aterrador; se acurrucó y contuvo la respiración, esperando que los fragmentos le cayeran en la cabeza y la espalda. Sin darse cuenta, abrió los ojos y vio una luz intensa y cegadora que se encendió y brilló cinco veces en sus dedos, sus mangas mojadas y en los hilos de agua que corrían de la estera sobre los fardos y caían al suelo. Se oyó un nuevo trueno, igual de violento y espantoso; el cielo ya no rugía ni retumbaba, sino que emitía breves crujidos como el crujido de la madera seca.
¡Trrah! ¡tah! ¡tah! ¡tah! El trueno resonó con fuerza, retumbó por el cielo, pareció tambalearse y, en algún lugar cerca de los carros de adelante o muy atrás, cayó con un repentino y furioso "¡Trrra!"
Los relámpagos al principio solo habían sido terribles, pero con tantos truenos parecían siniestros y amenazantes. Su luz mágica atravesaba los párpados cerrados y le producía escalofríos por todo el cuerpo. ¿Cómo podía evitar verlos? Yegorushka decidió darse la vuelta. Con cautela, como si temiera ser observado, se puso a cuatro patas y, al resbalar las manos en el fardo húmedo, se giró de nuevo.
—¡Trrah! ¡tah! ¡tah! —flotó sobre su cabeza, rodó bajo los carros y explotó—. ¡Kraa!
De nuevo, sin darse cuenta, abrió los ojos y vio un nuevo peligro: ¡tres gigantes con largas picas seguían la carreta! Un relámpago brilló en las puntas de sus picas e iluminó sus figuras con gran nitidez. Eran hombres corpulentos, con el rostro cubierto, la cabeza gacha y pasos pesados. Parecían sombríos, desanimados y sumidos en sus pensamientos. Quizás no seguían las carretas con malas intenciones, y sin embargo, había algo terrible en su proximidad.
Yegorushka se giró rápidamente hacia adelante y, temblando, gritó: "¡Panteley! ¡Abuelo!".
—¡Trrah! ¡tah! ¡tah! —le respondió el cielo.
Abrió los ojos para ver si los carreteros estaban allí. Hubo destellos de relámpagos en dos lugares, que iluminaron el camino a lo lejos, toda la hilera de carros y a todos los carreteros. Arroyos de agua fluían por el camino y las burbujas danzaban. Panteley caminaba junto al carro; su sombrero de copa y su hombro estaban cubiertos con una pequeña estera; su figura no expresaba terror ni inquietud, como si estuviera ensordecido por el trueno y cegado por el relámpago.
—¡Abuelo, los gigantes! —le gritó Yegorushka entre lágrimas.
Pero el anciano no lo oyó. Más lejos caminaba Emelyan. Iba cubierto de pies a cabeza con una gran estera y tenía forma triangular. Vassya, sin nada encima, caminaba con el mismo paso de madera de siempre, levantando los pies y sin doblar las rodillas. A la luz del relámpago, parecía que los carros no se movían y los hombres estaban inmóviles, que el pie levantado de Vassya permanecía rígido en la misma posición...
Yegorushka volvió a llamar al anciano. Al no obtener respuesta, permaneció inmóvil, sin esperar a que todo terminara. Estaba convencido de que el trueno lo mataría en un minuto, de que abriría los ojos sin querer y vería a los terribles gigantes, y dejó de santiguarse, de llamar al anciano y de pensar en su madre, y simplemente estaba paralizado por el frío y la convicción de que la tormenta nunca terminaría.
Pero por fin se oyó el sonido de voces.
—Yegory, ¿duermes? —gritó Panteley desde abajo—. ¡Baja! ¿Está sordo el muy tonto?...
—¡Algo así como una tormenta! —dijo una voz grave y desconocida, y el desconocido se aclaró la garganta como si acabara de beberse un buen vaso de vodka.
Yegorushka abrió los ojos. Junto al carro estaban Panteley, Emelyan, con forma de triángulo, y los gigantes. Estos últimos eran mucho más bajos, y cuando Yegorushka los observó con más atención, resultaron ser campesinos comunes que llevaban al hombro horcas en lugar de picas. En el espacio entre Panteley y la figura triangular, brillaba la ventana de una choza baja. Así que los carros se detenían en el pueblo. Yegorushka se quitó la estera de encima, tomó su bulto y se apresuró a bajar del carro. Ahora, cuando cerca de él había gente hablando y una ventana iluminada, ya no sintió miedo, aunque los truenos retumbaban como antes y todo el cielo estaba surcado de relámpagos.
“Fue una buena tormenta, sí…”, murmuraba Panteley. “Gracias a Dios… la lluvia me ha suavizado un poco los pies. Estuvo bien… ¿Has bajado, Yegory? Bueno, entra en la cabaña; todo está bien…”
—¡Santo, santo, santo! —jadeó Emelyan—. Debe haber golpeado algo... ¿Son de por aquí? —preguntó a los gigantes.
—No, de Glinovo. Somos de Glinovo. Trabajamos en casa de los Plateros.
"¿Trilla?"
De todo tipo. Justo ahora nos estamos metiendo en el trigo. ¡Los relámpagos, los relámpagos! Hacía tiempo que no teníamos una tormenta así...
Yegorushka entró en la cabaña. Lo recibió una anciana delgada, jorobada y de mentón afilado. Estaba de pie, sosteniendo una vela de sebo en las manos, entrecerrando los ojos y exhalando prolongados suspiros.
—¡Qué tormenta nos ha mandado Dios! —dijo—. Y nuestros muchachos están pasando la noche en la estepa; ¡lo van a pasar fatal, pobres! Quítate la ropa, señorito, quítate la ropa.
Temblando de frío y encogiéndose de hombros con aprensión, Yegorushka se quitó el abrigo empapado, estiró los brazos, se sentó a horcajadas sobre las piernas y permaneció inmóvil un buen rato. El más mínimo movimiento le causaba una desagradable sensación de frío y humedad. Tenía las mangas y la espalda de la camisa empapadas, los pantalones pegados a las piernas y la cabeza goteaba.
—¿De qué sirve estar ahí parado, con las piernas abiertas, muchachito? —dijo la anciana—. Ven, siéntate.
Con las piernas bien abiertas, Yegorushka se acercó a la mesa y se sentó en un banco cerca de la cabeza de alguien. La cabeza se movió, exhaló un soplo de aire por la nariz, emitió un sonido de masticación y se apaciguó. Un bulto cubierto con una piel de oveja se extendía desde la cabeza a lo largo del banco; era una campesina dormida.
La anciana salió suspirando y regresó con una sandía grande y un melón pequeño y dulce.
—¡Come algo, querida! No tengo nada más que ofrecerte... —dijo bostezando. Rebuscó en la mesa y sacó un cuchillo largo y afilado, muy parecido al que usaron los bandidos para matar a los mercaderes en la posada—. ¡Come, querida!
Yegorushka, temblando como si tuviera fiebre, comió una rodaja de melón dulce con pan negro y luego una rodaja de sandía, y eso le hizo sentir aún más frío.
“Nuestros muchachos están en la estepa pasando la noche…”, suspiró la anciana mientras comía. “¡Dios mío! Encendería la vela bajo el icono, pero no sé dónde la habrá puesto Stepanida. Toma un poco más, señorito, toma un poco más…”
La anciana bostezó y, poniendo su mano derecha detrás de ella, se rascó el hombro izquierdo.
—Deben ser las dos —dijo—; pronto será hora de levantarse. Nuestros muchachos están en la estepa pasando la noche; seguro que están todos empapados...
—Abuelita —dijo Yegorushka—. Tengo sueño.
—Acuéstate, querida, acuéstate —suspiró la anciana, bostezando—. ¡Señor Jesucristo! Estaba dormida cuando oí un ruido como si alguien llamara a la puerta. Desperté y miré, y era la tormenta que Dios nos había enviado... Hubiera encendido la vela, pero no la encontré.
Hablando consigo misma, sacó unos trapos del banco, probablemente de su propia cama, tomó dos pieles de oveja de un clavo junto a la estufa y empezó a tenderlas para la cama de Yegorushka. «La tormenta no amaina», murmuró. «Ojalá no nos haya pasado nada en una hora desafortunada. Nuestros muchachos están en la estepa pasando la noche. Acuéstate y duerme, querida... Que Dios te acompañe, hija mía... No te quitaré el melón; quizá comas un poco cuando te levantes».
Los suspiros y bostezos de la anciana, la respiración regular de la dormida, la penumbra de la cabaña y el sonido de la lluvia afuera, adormecían. Yegorushka se avergonzó de desvestirse delante de la anciana. Simplemente se quitó las botas, se acostó y se cubrió con la piel de oveja.
“¿Está acostado el muchachito?”, escuchó a Panteley susurrar un poco más tarde.
—Sí —respondió la anciana en un susurro—. ¡El terror del Señor! Truena y truena, y no tiene fin.
“Pronto terminará”, jadeó Panteley, sentándose; “cada vez hay más silencio… Los muchachos se han ido a las cabañas, y dos se han quedado con los caballos. Los muchachos… No pueden;… se llevarían los caballos… Me sentaré aquí un rato y luego iré a mi turno… No podemos dejarlos; se los llevarían…
Panteley y la anciana estaban sentados uno junto al otro a los pies de Yegorushka, hablando en susurros silbantes, intercalando sus palabras con suspiros y bostezos. Y Yegorushka no conseguía entrar en calor. La cálida y pesada piel de oveja yacía sobre él, pero temblaba por todas partes; sus brazos y piernas se crispaban, y todo su cuerpo temblaba... Se desvistió bajo la piel de oveja, pero no sirvió de nada. Sus temblores se intensificaron cada vez más.
Panteley salió a dar su turno con los caballos y luego regresó. Yegorushka seguía temblando y no podía dormir. Algo le pesaba en la cabeza y el pecho, oprimiéndolo, y no sabía qué era, si los susurros de los ancianos o el fuerte olor de la piel de oveja. El melón que había comido le había dejado un desagradable sabor metálico en la boca. Además, le picaban las pulgas.
«Abuelo, tengo frío», dijo sin reconocer su propia voz.
—Duérmete, hijo mío, duérmete —suspiró la anciana.
Tit se acercó a la cama con sus delgadas piernas y agitó los brazos, luego creció hasta el techo y se convirtió en un molino de viento... El padre Christopher, no como estaba en la silla, sino con sus vestiduras completas y el aspersor en la mano, rodeó el molino, rociándolo con agua bendita, y este dejó de ondear. Yegorushka, sabiendo que estaba delirando, abrió los ojos.
“Abuelo”, gritó, “dame un poco de agua”.
Nadie respondió. Yegorushka sentía un sofoco insoportable y una incomodidad insoportable al estar acostado. Se levantó, se vistió y salió de la cabaña. Amanecía. El cielo estaba nublado, pero ya no llovía. Temblando y envolviéndose en su abrigo mojado, Yegorushka caminó por el patio embarrado y escuchó el silencio; divisó un pequeño cobertizo con una puerta de caña entreabierta. Miró dentro del cobertizo, entró y se sentó en un rincón oscuro sobre un montón de estiércol seco.
Una maraña de pensamientos le ahogaba la cabeza; tenía la boca seca y desagradable por el sabor metálico. Miró su sombrero, se ajustó la pluma de pavo real y pensó en cómo había ido con su madre a comprarlo. Metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de pasta pegajosa y marrón. ¿Cómo había llegado esa pasta a su bolsillo? Lo pensó un momento, lo olió; olía a miel. ¡Ajá! ¡Era el pastel judío! ¡Qué empapado estaba, pobrecito!
Yegorushka examinó su abrigo. Era un pequeño abrigo gris con grandes botones de hueso, cortado en forma de levita. En casa, al ser una prenda nueva y cara, no estaba colgado en el recibidor, sino con los vestidos de su madre en su dormitorio; solo se le permitía usarlo en vacaciones. Al mirarlo, Yegorushka sintió lástima. Pensó que él y el abrigo estaban abandonados a merced del destino; pensó que nunca volvería a casa, y rompió a sollozar tan violentamente que casi se cae del montón de estiércol.
Un gran perro blanco con mechones lanudos como papelitos en la cara, empapado por la lluvia, entró en el cobertizo y miró con curiosidad a Yegorushka. Parecía dudar si ladrar o no. Decidiendo que no hacía falta ladrar, se acercó con cautela a Yegorushka, se comió el apósito y volvió a salir.
¡Allí están los hombres de Varlamov!, gritó alguien en la calle.
Tras dar su grito, Yegorushka salió del cobertizo y, rodeando un gran charco, se dirigió a la calle. Los carros estaban justo enfrente de la entrada. Los carreteros, empapados y con los pies embarrados, paseaban junto a ellos o sentados en los vagones, tan apáticos y somnolientos como moscas en otoño. Yegorushka los miró y pensó: «¡Qué triste y desalentador es ser campesino!». Se acercó a Panteley y se sentó a su lado en el vagón.
—Abuelo, tengo frío —dijo temblando y metiendo las manos bajo las mangas.
—No importa, pronto llegaremos —bostezó Panteley—. No importa, entrarás en calor.
Debía de ser temprano cuando partieron los carros, pues no hacía calor. Yegorushka yacía sobre los fardos de lana, temblando de frío, aunque pronto salió el sol y secó su ropa, los fardos y la tierra. En cuanto cerró los ojos, volvió a ver a Tit y el molino. Sintiendo náuseas y pesadez en todo el cuerpo, hizo todo lo posible por alejar esas imágenes, pero en cuanto se desvanecieron, el temerario Dímov, con los ojos enrojecidos y los puños en alto, se abalanzó sobre Yegorushka con un rugido, o se oyó su queja: "¡Qué deprimente soy!". Varlámov pasó cabalgando en su pequeño semental cosaco; el feliz Konstantín pasó, con una sonrisa y la avutarda en brazos. ¡Y qué tediosa era aquella gente, qué nauseabunda e insoportable!
Una vez, al anochecer, levantó la cabeza para pedir agua. Los carros estaban parados en un gran puente que cruzaba un ancho río. Había humo negro abajo, sobre el río, y a través de él se veía un vapor con una barcaza a remolque. Delante de ellos, más allá del río, se alzaba una enorme montaña salpicada de casas e iglesias; al pie de la montaña, una locomotora avanzaba junto a unos vagones de mercancías.
Yegorushka nunca había visto vapores, ni locomotoras, ni ríos anchos. Al mirarlos ahora, no se alarmó ni se sorprendió; ni siquiera había una expresión de curiosidad en su rostro. Simplemente sintió náuseas y se apresuró a girarse hacia el borde del fardo. Estaba enfermo. Panteley, al verlo, se aclaró la garganta y negó con la cabeza.
—Nuestro muchachito se ha puesto enfermo —dijo—. Debe de tener un resfriado. El muchachito debe estar... lejos de casa; ¡qué mala suerte!
VIII
Los carros se detuvieron en una gran posada para comerciantes, no lejos del muelle. Al bajar Yegorushka del carro, oyó una voz muy familiar. Alguien lo ayudaba a bajar y decía:
Llegamos ayer por la tarde... Te hemos estado esperando todo el día. Pensábamos alcanzarte ayer, pero estaba apartado; vinimos por el otro camino. ¡Cómo has arrugado el abrigo! ¡Te va a dar tu tío!
Yegorushka miró el rostro moteado del orador y recordó que se trataba de Deniska.
—Tu tío y el padre Cristóbal están ahora en la posada tomando té. ¡Venid con nosotros!
Y condujo a Yegorushka a un gran edificio de dos pisos, oscuro y lúgubre como el hospicio de N. Tras cruzar la entrada, subir una escalera oscura y atravesar un pasillo estrecho, Yegorushka y Deniska llegaron a una pequeña habitación donde Iván Ivánich y el padre Cristóbal estaban sentados a la mesa de té. Al ver al chico, ambos ancianos mostraron sorpresa y satisfacción.
¡Ajá! ¡Yegor Ni-ko-la-aitch! —canturreó el padre Christopher—. ¡Señor Lomonosov!
—Ah, nuestro futuro caballero —dijo Kuzmitchov—, ¡me alegro de verte!
Yegorushka se quitó el abrigo, besó la mano de su tío y del padre Christopher y se sentó a la mesa.
—Bueno, ¿qué tal el viaje, pequeño huesito? —el padre Christopher lo acribillaba a preguntas mientras le servía té con su radiante sonrisa—. ¿Cansado, sin duda? Que Dios nos libre de tener que viajar en carreta o con bueyes. Continúas y sigues, que Dios nos perdone; miras hacia adelante y la estepa siempre está extendida, igual que antes; ¡no ves el final! No es un viaje, sino una auténtica tortura. ¿Por qué no te tomas el té? Bébetelo; y en tu ausencia, mientras has estado con las carretas, hemos liquidado todos nuestros negocios de maravilla. Gracias a Dios le hemos vendido nuestra lana a Tcherepahin, y nadie podría haberlo hecho mejor... Hemos hecho un buen negocio.
Al ver a su propia gente, Yegorushka sintió un deseo inmenso de quejarse. No escuchó al padre Christopher, sino que pensó cómo empezar y de qué quejarse exactamente. Pero la voz del padre Christopher, que le pareció áspera y desagradable, le impidió concentrarse y le confundió los pensamientos. Apenas llevaba cinco minutos sentado a la mesa cuando se levantó, fue al sofá y se acostó.
—Vaya, vaya —dijo el padre Christopher sorprendido—. ¿Y qué tal el té?
Mientras aún pensaba de qué quejarse, Yegorushka apoyó la cabeza contra la pared y rompió a sollozar.
—¡Vaya, vaya! —repitió el padre Christopher, levantándose y dirigiéndose al sofá—. Yegory, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?
—Estoy... estoy enferma —dijo Yegorushka.
—¿Enfermo? —dijo el padre Christopher asombrado—. Eso no está bien, hijo mío... No hay que estar enfermo en un viaje. Ay, ay, ¿en qué estás pensando, hijo...?
Puso su mano sobre la cabeza de Yegorushka, le tocó la mejilla y dijo:
—Sí, tienes fiebre... Debes haberte resfriado o haber comido algo... Reza a Dios.
“¿Deberíamos darle quinina?”, dijo Iván Ivánich, preocupado.
—No; debería tomar algo caliente... Yegory, ¿quieres un poco de sopa? ¿Eh?
“No quiero nada”, dijo Yegorushka.
"¿Tienes frío?"
Antes tenía frío, pero ahora... ahora tengo calor. Y me duele todo el cuerpo...
Iván Ivánich se acercó al sofá, tocó la cabeza de Yegorushka, se aclaró la garganta con aire perplejo y volvió a la mesa.
—Te diré qué hacer: desvístete y vete a la cama —dijo el padre Christopher—. Lo que quieres es dormir.
Ayudó a Yegorushka a desvestirse, le dio una almohada y lo cubrió con una colcha, y encima con el abrigo de Iván Ivánich. Luego se alejó de puntillas y se sentó a la mesa. Yegorushka cerró los ojos, y de inmediato le pareció que no estaba en la habitación del hotel, sino en el camino real junto a la fogata. Emelyan agitó las manos, y Dymov, con los ojos enrojecidos, se tumbó boca abajo y miró burlonamente a Yegorushka.
“¡Golpéenlo, golpéenlo!” gritó Yegorushka.
“Está delirando”, dijo el padre Christopher en voz baja.
“¡Es una molestia!” suspiró Iván Ivánich.
Hay que frotarlo con aceite y vinagre. Dios quiera que mejore mañana.
Para librarse de las pesadillas, Yegorushka abrió los ojos y miró hacia el fuego. El padre Christopher e Ivan Ivanitch ya habían terminado de tomar el té y conversaban en voz baja. El primero sonreía encantado, y evidentemente no podía olvidar que había hecho un buen trato con su lana; lo que le encantaba no era tanto la ganancia real como la idea de que, al llegar a casa, reuniría a su numerosa familia, les guiñaría un ojo con picardía y se echaría a reír. Primero los engañaría a todos, diciendo que había vendido la lana a un precio inferior a su valor, luego le daría a su yerno, Mihail, una cartera abultada y le diría: "¡Bueno, tómala! ¡Así se hacen los negocios!". Kuzmitchov no parecía contento; su rostro reflejaba, como antes, una reserva y una ansiedad propias de un negocio.
—Si hubiera sabido que Tcherepahin daría ese precio —dijo en voz baja—, no le habría vendido a Makarov esas cinco toneladas en casa. ¡Es una vergüenza! Pero ¿quién iba a decir que el precio había subido aquí?
Un hombre con camisa blanca retiró el samovar y encendió la lamparita frente al icono del rincón. El padre Christopher le susurró algo al oído; el hombre puso cara seria, como un conspirador, como diciendo «Entiendo», salió y regresó al poco rato y puso algo debajo del sofá. Iván Ivánich se preparó una cama en el suelo, bostezó varias veces, rezó perezosamente y se acostó.
—Pienso ir a la catedral mañana —dijo el padre Christopher—. Conozco al sacristán de allí. Debería ir a ver al obispo después de misa, pero dicen que está enfermo.
Bostezó y apagó la lámpara. Ya no había luz en la habitación, salvo la de la lamparita delante del icono.
—Dicen que no puede recibir visitas —continuó el padre Christopher, desvistiéndose—. Así que me iré sin verlo.
Se quitó el abrigo y Yegorushka vio reaparecer a Robinson Crusoe. Robinson removió algo en un platillo, se acercó a Yegorushka y le susurró:
—Lomonósov, ¿duermes? Siéntate; te voy a untar con aceite y vinagre. Está bien, solo tienes que rezar.
Yegorushka se incorporó rápidamente. El padre Christopher le bajó la camisa y, encogiéndose y respirando entrecortadamente, como si le estuvieran haciendo cosquillas, empezó a frotarle el pecho.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —susurró—, acuéstate boca arriba, eso es todo... Mañana estarás bien, pero no lo vuelvas a hacer... Estás ardiendo como un rayo. Supongo que estabas en el camino durante la tormenta.
"Sí."
¡Podrías enfermarte! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...! ¡Podrías enfermarte!
Tras frotar a Yegorushka, el padre Christopher volvió a ponerse la camisa, lo cubrió, se santiguó y se alejó. Entonces Yegorushka lo vio rezando. Probablemente el anciano se sabía muchas oraciones de memoria, pues permaneció largo rato murmurando ante el icono. Tras rezar, se santiguó sobre la ventana, la puerta, Yegorushka e Iván Ivánich se tumbaron en el pequeño sofá sin almohada y se cubrieron con su abrigo. Un reloj en el pasillo dio las diez. Yegorushka pensó en cuánto tardaría en amanecer; sintiéndose desdichado, apoyó la frente contra el respaldo del sofá y dejó de intentar librarse de los opresivos sueños nebulosos. Pero la mañana llegó mucho antes de lo esperado.
Le pareció que no llevaba mucho tiempo tumbado con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, pero al abrir los ojos, los rayos oblicuos del sol ya brillaban en el suelo a través de las dos ventanas de la pequeña habitación del hotel. El padre Cristóbal e Iván Ivánich no estaban. La habitación había sido ordenada; era luminosa, acogedora y olía al padre Cristóbal, quien siempre olía a ciprés y acianos secos (en casa solía hacer los aspersores de agua bendita y las decoraciones para los iconostas con acianos, y por eso estaba impregnado de su aroma). Yegorushka miró la almohada, los rayos oblicuos del sol, sus botas, que habían sido limpiadas y estaban una junto a la otra cerca del sofá, y rió. Le pareció extraño no estar sobre los fardos de lana, que todo estuviera seco a su alrededor y que no hubiera truenos ni relámpagos en el techo.
Saltó del sofá y empezó a vestirse. Se sentía espléndido; de la enfermedad del día anterior no le quedaba nada, salvo una ligera debilidad en las piernas y el cuello. Así que el vinagre y el aceite le habían sentado bien. Recordó el vapor, la locomotora y el ancho río, que había vislumbrado vagamente el día anterior, y ahora se apresuró a vestirse, a correr al muelle y echarles un vistazo. Después de lavarse y ponerse la camisa roja, el pestillo de la puerta hizo clic y el padre Christopher apareció en la puerta, con su sombrero de copa y una sotana de seda marrón sobre su abrigo de lona, y su bastón en la mano. Sonriente y radiante (los ancianos siempre están radiantes al volver de la iglesia), puso un panecillo y un paquete sobre la mesa, rezó ante el icono y dijo:
“Dios nos ha enviado bendiciones. Bueno, ¿cómo estás?”
—Todo bien —respondió Yegorushka besándole la mano.
Gracias a Dios... Vengo de misa. Fui a ver a un sacristán que conozco. Me invitó a desayunar con él, pero no fui. No me gusta visitar a la gente demasiado temprano, ¡Dios los bendiga!
Se quitó la sotana, se acarició el pecho y, sin prisa, abrió el paquete. Yegorushka vio una latita de caviar, un trozo de esturión seco y un pan francés.
—Mira, pasé por una pescadería y traje esto —dijo el padre Christopher—. No hay necesidad de darse lujos un día cualquiera entre semana; pero pensé: «Tengo un inválido en casa, así que es excusable». Y el caviar está bueno, esturión de verdad...
El hombre de la camisa blanca trajo el samovar y una bandeja con artículos para el té.
—Come un poco —dijo el padre Christopher, untando el caviar en una rebanada de pan y entregándosela a Yegorushka. Come ahora y disfruta, pero pronto llegará el momento de que te pongas a estudiar. Asegúrate de estudiar con atención y dedicación, para que el bien surja de ello. Lo que tengas que aprender de memoria, apréndelo de memoria, pero cuando tengas que expresar el sentido interno con tus propias palabras, sin importar la forma externa, entonces dilo con tus propias palabras. Y trata de dominar todas las materias. Hay quien sabe matemáticas de maravilla, pero nunca ha oído hablar de Piotr Mogila; otro sabe de Piotr Mogila, pero no puede explicar lo de la luna. Pero tú estudia para entenderlo todo. Estudia latín, francés, alemán... geografía, por supuesto, historia, teología, filosofía, matemáticas... y cuando lo hayas dominado todo, no con prisa, sino con oración y celo, entonces entra en el servicio. Cuando lo sepas todo, te será fácil en cualquier ámbito de la vida... Estudia y esfuérzate por la bendición divina, y Dios te mostrará qué ser. Ya sea médico, juez o ingeniero...
El padre Cristóbal untó un poco de caviar en un trozo de pan, se lo llevó a la boca y dijo:
El apóstol Pablo dice: «No te dediques a estudios extraños y diversos». Claro que, si se trata de magia negra, artes ilícitas, invocar espíritus del otro mundo, como Saúl, o estudiar temas que no te sean de utilidad ni a ti ni a los demás, mejor no los aprendas. Debes emprender solo lo que Dios ha bendecido. Toma el ejemplo... los Santos Apóstoles hablaban todos los idiomas, así que estudia idiomas. Basilio el Grande estudió matemáticas y filosofía, así que estúdialas; San Néstor escribió historia, así que estudia y escribe historia. Toma el ejemplo de los santos.
El padre Christopher bebió el té de su platillo, se limpió el bigote y meneó la cabeza.
—¡Bien! —dijo—. Me educaron a la antigua usanza; ya he olvidado mucho, pero aun así vivo de forma diferente a los demás. De hecho, no hay comparación. Por ejemplo, en una cena o en una asamblea, uno dice algo en latín, o hace alguna alusión a la historia o la filosofía, y a la gente le gusta, y a mí también... O cuando llega el tribunal de circuito y hay que prestar juramento, todos los demás sacerdotes se muestran tímidos, pero yo me siento muy cómodo con los jueces, los fiscales y los abogados. Hablo intelectualmente, tomo una taza de té con ellos, me río, les pregunto lo que no sé... y les gusta. Así es, hijo mío. El saber es luz y la ignorancia es oscuridad. ¡Estudia! Es difícil, claro; hoy en día estudiar es caro... Tu madre es viuda; vive de su pensión, pero allí, claro...
El padre Christopher miró con aprensión hacia la puerta y continuó en un susurro:
Iván Ivánich te ayudará. No te abandonará. No tiene hijos y te ayudará. No te preocupes.
Parecía serio y susurró aún más suavemente:
Pero ten cuidado, Yegory, no olvides a tu madre ni a Iván Ivánich, que Dios te libre de ello. El mandamiento te manda honrar a tu madre, e Iván Ivánich es tu benefactor y te sirve de padre. Si llegas a ser erudito, Dios no permita que seas impaciente y desdeñoso con la gente porque no son tan listos como tú, ¡ay, ay de ti!
El padre Cristóbal levantó la mano y repitió en voz baja:
¡Ay de vosotros! ¡Ay de vosotros!
Al padre Christopher se le soltó la lengua y, como dicen, se estaba entusiasmando con el tema; no habría terminado hasta la hora de cenar, pero la puerta se abrió y entró Iván Ivánitch. Se apresuró a decir buenos días, se sentó a la mesa y empezó a beber rápidamente el té.
—Bueno, ya he arreglado todos nuestros asuntos —dijo—. Podríamos habernos ido a casa hoy, pero aún tenemos que pensar en Yegor. Tenemos que ocuparnos de él. Mi hermana me dijo que Nastasya Petrovna, una amiga suya, vive por aquí, así que quizá lo acoja como huésped.
Rebuscó en su bolsillo, encontró una nota arrugada y leyó:
«Calle Baja: Nastasya Petrovna Toskunov, vive en su propia casa». Debemos ir inmediatamente a buscarla. ¡Es una molestia!
Poco después del desayuno, Iván Ivánich y Yegorushka abandonaron la posada.
—Es una molestia —murmuró su tío—. Me estás pegando como un abejorro. Tú y tu madre quieren educación y educación de caballero, y yo solo tengo preocupaciones con ustedes dos...
Cuando cruzaron el patio, los carros y los conductores no estaban allí. Todos se habían ido al muelle temprano por la mañana. En un rincón oscuro y lejano del patio estaba el carruaje.
“¡Adiós, coche!”, pensó Yegorushka.
Al principio tuvieron que subir un largo trecho por una calle ancha, luego atravesaron un gran mercado; allí Iván Ivánich preguntó a un policía por la calle Pequeña Inferior.
—Digo —dijo el policía con una sonrisa—, está muy lejos, por allá hacia el pasto del pueblo.
Se encontraron con varios taxis, pero Iván Ivánich solo se permitía la debilidad de tomar uno en casos excepcionales y en días festivos importantes. Yegorushka y él caminaron un buen rato por calles pavimentadas, luego por calles donde solo había tablones de madera a los lados y sin aceras, y finalmente llegaron a calles donde no había ni tablones ni aceras. Cuando sus piernas y lenguas los llevaron a la calle Pequeña Inferior, ambos estaban rojos de la cara, y se quitaron los sombreros y se secaron el sudor.
—Dígame, por favor —dijo Iván Ivánich, dirigiéndose a un anciano sentado en un pequeño banco junto a la puerta—, ¿dónde está la casa de Nastasya Petrovna Toskunov?
—Aquí no hay nadie llamado Toskunov —dijo el anciano tras reflexionar un momento—. Quizás sea Timoshenko lo que busca.
—No, Toskunov...
“Disculpe, no hay nadie llamado Toskunov. . . .”
Iván Ivánich se encogió de hombros y siguió caminando con dificultad.
—No necesitan mirar —gritó el anciano tras ellos—. Les digo que no hay, y no hay.
—Escuche, tía —dijo Iván Ivánich, dirigiéndose a una anciana que estaba sentada en un rincón con una bandeja de peras y semillas de girasol—, ¿dónde está la casa de Nastasya Petrovna Toskunov?
La anciana lo miró con sorpresa y se rió.
—¡Pero Nastasya Petrovna ahora vive en su propia casa! —exclamó—. ¡Dios mío! ¡Hace ocho años que se casó con su hija y le cedió la casa a su yerno! ¡Es su yerno quien vive allí ahora!
Y sus ojos expresaron: “¿Cómo es que no sabían una cosa tan simple como esa, tontos?”
“¿Y dónde vive ahora?” preguntó Iván Ivánich.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó la anciana, levantando las manos sorprendida—. ¡Hace muchísimo que se mudó! ¡Hace ocho años que le cedió la casa a su yerno! ¡Te lo aseguro!
Probablemente esperaba que Iván Ivánovich también se sorprendiera y exclamara: «No digas eso», pero Iván Ivánovich preguntó con mucha calma:
¿Dónde vive ahora?
La anciana se remangó y, estirando el brazo desnudo para señalar, gritó con voz estridente y penetrante:
Sigue recto, recto, recto. Pasarás una casita roja y verás un callejón a tu izquierda. Gira por ese callejón y verás la tercera puerta a la derecha...
Iván Ivánich y Yegorushka llegaron a la casita roja, giraron a la izquierda por el callejón y se dirigieron a la tercera puerta a la derecha. A ambos lados de esta vieja puerta gris había una valla gris con grandes huecos. La primera parte de la valla se inclinaba hacia adelante y amenazaba con caer, mientras que a la izquierda de la puerta se inclinaba hacia atrás, hacia el patio. La propia puerta se mantenía en pie y parecía no decidir aún qué le convenía más: si caer hacia adelante o hacia atrás. Iván Ivánich abrió la pequeña puerta lateral, y él y Yegorushka vieron un gran patio cubierto de maleza y bardanas. A cien pasos de la puerta se alzaba una casita con tejado rojo y contraventanas verdes. Una mujer corpulenta, con las mangas remangadas y el delantal en la mano, estaba de pie en medio del patio, esparciendo algo por el suelo y gritando con una voz tan estridente como la de la frutera:
¡Pollito!... ¡Pollito!... ¡Pollito!
Detrás de ella estaba sentado un perro rojo de orejas puntiagudas. Al ver a los desconocidos, corrió hacia la pequeña puerta y empezó a ladrar con voz de tenor (todos los perros rojos ladran con voz de tenor).
“¿A quién quieres?”, preguntó la mujer, levantando la mano para protegerse los ojos del sol.
—¡Buenos días! —gritó también Iván Ivánich, espantando al perro rojo con su bastón—. Dime, por favor, ¿vive aquí Nastasya Petrovna Toskunov?
—¡Sí! ¿Pero qué quieres de ella?
“¿Quizás seas Nastasya Petrovna?”
“¡Pues sí que lo soy!”
Me alegro mucho de verte... Verás, tu vieja amiga Olga Ivanovna Knyasev te manda cariños. Este es su hijito. Y yo, quizás lo recuerdes, soy su hermano Iván Ivanitch... Eres de N... Naciste entre nosotros y te casaste allí...
Siguió un silencio. La mujer corpulenta miró fijamente a Iván Ivánich, como si no lo creyera o no lo comprendiera. Luego se sonrojó por completo y levantó las manos; la avena se desparramó de su delantal y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—¡Olga Ivanovna! —gritó, sin aliento de la emoción—. ¡Mi querida! ¡Ay, santos santos! ¿Por qué estoy aquí parada como una tonta? Mi pequeño ángel...
Ella abrazó a Yegorushka, le mojó la cara con sus lágrimas y se derrumbó por completo.
—¡Cielos! —dijo, retorciéndose las manos—. ¡El hijito de Olga! ¡Qué bonito! ¡Es como su madre! ¡La viva imagen de su madre! ¿Pero qué haces en el patio? ¡Entra!
Llorando, jadeando y hablando mientras caminaba, se apresuró hacia la casa. Sus visitantes la siguieron con dificultad.
—La habitación aún no está arreglada —dijo, mientras conducía a las visitas a una salita sofocante, adornada con muchos iconos y macetas—. ¡Ay, Madre de Dios! ¡Vassilisa, ve y abre las contraventanas de todos modos! ¡Mi angelito! ¡Mi pequeña belleza! ¡No sabía que Olitchka tuviera un hijo así!
Cuando se calmó y superó su primera sorpresa, Iván Ivánich pidió hablar con ella a solas. Yegorushka entró en otra habitación; había una máquina de coser; en la ventana había una jaula con un estornino dentro, y había tantos iconos y flores como en el salón. Cerca de la máquina estaba una niña pequeña con la cara quemada por el sol y mejillas regordetas como las de Tit, y un vestido limpio de algodón. Miró a Yegorushka sin pestañear, y aparentemente se sintió muy incómoda. Yegorushka la miró y, tras una pausa, preguntó:
"¿Cómo te llamas?"
La niña movió los labios, parecía que iba a llorar y respondió suavemente:
“Atka. . . .”
Esto significaba Katka.
—Vivirá con ustedes —susurraba Iván Ivánich en el salón—, si son tan amables, y pagaremos diez rublos al mes para su manutención. No es un niño mimado; es tranquilo...
—¡De verdad que no sé qué decir, Iván Ivánich! —suspiró Nastasya Petrovna entre lágrimas—. Diez rublos al mes está muy bien, ¡pero es horrible quitarle el hijo a otra persona! Podría enfermarse o algo así...
Cuando llamaron a Yegorushka de nuevo al salón, Iván Ivánich se quedó allí de pie, con el sombrero en las manos, diciendo adiós.
—Bueno, que se quede contigo —dijo—. ¡Adiós! ¡Quédate, Yegor! —dijo, dirigiéndose a su sobrino—. No molestes; obedece a Nastasya Petrovna... Adiós; vuelvo mañana.
Y se fue. Nastasya abrazó de nuevo a Yegorushka, lo llamó angelito y, con el rostro bañado en lágrimas, empezó a preparar la cena. Tres minutos después, Yegorushka estaba sentada a su lado, respondiendo a sus interminables preguntas y saboreando una sabrosa sopa de col caliente.
Por la noche, volvió a sentarse a la misma mesa y, con la cabeza apoyada en la mano, escuchó a Nastasya Petrovna. Entre risas y lágrimas, hablaba de la juventud de su madre, de su matrimonio, de sus hijos... Un grillo cantaba en la estufa y se oía un leve zumbido en el quemador de la lámpara. Nastasya Petrovna hablaba en voz baja, y con la excitación se le caía el dedal continuamente; y Katka, su nieta, se metía debajo de la mesa tras ella y cada vez se sentaba un buen rato, probablemente examinando los pies de Yegorushka; y Yegorushka escuchaba, medio dormitando, mirando el rostro de la anciana, su verruga con pelos y las manchas de lágrimas, y se sentía triste, muy triste. Lo pusieron a dormir en un arcón y le dijeron que si tenía hambre por la noche debía salir al pequeño pasillo y coger un poco de pollo, que ponía debajo de un plato en la ventana.
A la mañana siguiente, Iván Ivánich y el padre Cristóbal vinieron a despedirse. Nastasya Petrovna se alegró mucho de verlos y se disponía a preparar el samovar; pero Iván Ivánich, que tenía mucha prisa, hizo un gesto con las manos y dijo:
¡No tenemos tiempo para el té! Ya nos vamos.
Antes de despedirse, todos se sentaron y guardaron silencio un minuto. Nastasya Petrovna exhaló un profundo suspiro y miró hacia el icono con lágrimas en los ojos.
—Bueno —empezó Iván Ivánich, levantándose—, entonces te quedarás...
De repente, la expresión de reserva profesional desapareció de su rostro; se sonrojó un poco y dijo con una sonrisa triste:
—Cuidado con trabajar duro... No olvides a tu madre y obedece a Nastasya Petrovna... Si eres diligente en la escuela, Yegor, te apoyaré.
Sacó la cartera del bolsillo, le dio la espalda a Yegorushka, rebuscó un buen rato entre las monedas más pequeñas y, encontrando una moneda de diez kopeks, se la dio a Yegorushka.
El padre Cristóbal, sin prisa, bendijo a Yegorushka.
“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... Estudia”, dijo. “Trabaja duro, muchacho. Si muero, recuérdame en tus oraciones. Aquí tienes una moneda de diez kopeks de mi parte también...”.
Yegorushka le besó la mano y derramó lágrimas; algo le susurró en el corazón que nunca volvería a ver al anciano.
—Ya solicité plaza en el instituto —dijo Iván Ivánich con una voz que parecía indicar que había un cadáver en la habitación—. Lo llevarás al examen de admisión el siete de agosto... Bueno, adiós; ¡Dios te bendiga, adiós, Yegor!
“Al menos podrías haber tomado una taza de té”, se lamentó Nastasya Petrovna.
A través de las lágrimas que llenaban sus ojos, Yegorushka no pudo ver salir a su tío ni al padre Cristóbal. Corrió a la ventana, pero no estaban en el patio, y el perro rojo, que acababa de ladrar, regresaba corriendo de la verja con aire de haber cumplido con su deber. Cuando Yegorushka salió corriendo por la verja, Iván Ivánich y el padre Cristóbal, el primero blandiendo su bastón con el cayado, el segundo su cayado, estaban doblando la esquina. Yegorushka sintió que con esta gente todo lo que había conocido hasta entonces se había desvanecido para siempre. Se desplomó impotente en el pequeño banco y, con amargas lágrimas, saludó la nueva vida desconocida que comenzaba para él...
¿Cómo sería esa vida?
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Sigue III
FIN

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