Título Original: © Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov. Antón Pavlovich Chéjov
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RECOPILACIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV I
Antón Pavlovich Chéjov
Recopilación De Cuentos De Chéjov I
Antón Pavlovich Chéjov
Título: Proyecto Gutenberg: Recopilación De Cuentos De Chéjov
Autor: Antón Pavlovich Chéjov
Editor: David Widger
Fecha de lanzamiento: 15 de junio de 2018 [eBook n.° 57333]
Última actualización: 8 de mayo de 2025
Idioma: Inglés
Créditos: David Widger
***
LA COLECCIÓN DE CUENTOS DE CHÉJOV DEL PROYECTO GUTENBERG
Por Antón Chéjov
CONTENIDO EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
CONTENIDO DE CADA LIBRO
Los ladrones de caballos y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LOS LADRONES DE CABALLOS
BARRIO NÚMERO 6
EL PETCHENYEG
UN CADÁVER
UN FINAL FELIZ
EL ESPEJO
VEJEZ
OSCURIDAD
EL MENDIGO
UNA HISTORIA SIN TÍTULO
EN PROBLEMAS
HELADA
UNA CALUMNIA
MENTES EN FERMENTACIÓN
SE HA DESCURRIDO
UN VENGADOR
EL JOVEN PREMIER
UNA CRIATURA INDEFENSA
UNA NATURALEZA ENIGMÁTICA
UN HOMBRE FELIZ
UN VISITANTE PROBLEMÁTICO
EL FINAL DE UN ACTOR
El maestro de escuela y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL MAESTRO DE ESCUELA
ENEMIGOS
EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN
PROMETIDO
DEL DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
EN LA OSCURIDAD
UNA OBRA DE TEATRO
UN MISTERIO
FUERTES IMPRESIONES
EBRIO
LA VIUDA DEL MARISCAL
UN MAL NEGOCIO
EN LA CORTE
BOTAS
ALEGRÍA
SEÑORAS
UN HOMBRE PECULIAR
EN LA BARBERÍA
UNA INADVERTENCIA
EL ÁLBUM
¡OH! EL PÚBLICO
UNA LENGUA QUE TROPIEZA
EXCESIVANDO
EL ORADOR
SIMULADORES
EN EL CEMENTERIO
¡CÁLLATE!
EN UN HOTEL
EN UNA TIERRA EXTRAÑA
La fiesta y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA FIESTA
TERROR
EL REINO DE UNA MUJER
UN PROBLEMA
EL BESO
'ANA EN EL CUELLO'
EL PROFESOR DE LITERATURA
NO SE BUSCA
TIFUS
UNA DESGRACIA
UNA COSITA DE LA VIDA
La boda del cocinero y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BODA DEL COCINERO
SOMNOLIENTO
NIÑOS
EL FUGITIVO
GRISHA
OSTRAS
HOGAR
UN ESTUDIANTE CLÁSICO
VANKA
UN INCIDENTE
UN DÍA EN EL CAMPO
NIÑOS
MARTES DE CARNAVAL
LA CASA VIEJA
EN LA SEMANA DE LA PASIÓN
CEJAS BLANCAS
KASHTANKA
UN CAMALEÓN
LOS DEPENDIENTES
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
EL MERCADO DE AVES
UNA AVENTURA
EL PESCADO
ARTE
EL PARTIDO SUECO
El obispo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL OBISPO
LA CARTA
VÍSPERA DE PASCUA
UNA PESADILLA
EL ASESINATO
DESCARTADO
LA ESTEPA
El duelo y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
EL DUELO
EXCELENTE GENTE
FANGO
VECINOS
EN CASA
LECCIONES CARAS
LA PRINCESA
LA ESPOSA DEL QUÍMICO
La maestra de escuela y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA MAESTRA
UN ATAQUE DE NERVIOS
MISERIA
CHAMPÁN
DESPUÉS DEL TEATRO
LA HISTORIA DE UNA DAMA
EN EL EXILIO
LOS TRAFICANTES DE GANADO
PENA
EN FUNCIONES OFICIALES
EL PASAJERO DE PRIMERA CLASE
UN ACTOR TRÁGICO
UNA TRANSGRESIÓN
PEQUEÑOS PECES
EL RÉQUIEM
EN LA COCHERA
TEMORES DE PÁNICO
LA APUESTA
LA HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
LAS BELLEZAS
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
La esposa y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA ESPOSA
PERSONAS DIFÍCILES
EL SALTAMONTES
UNA HISTORIA LÚDICA
EL CONSEJERO PRIVADO
EL HOMBRE EN UN CASO
GROSELLAS
SOBRE EL AMOR
EL BILLETE DE LOTERÍA
La bruja y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
LA BRUJA
ESPOSAS CAMPESINAS
EL CORREO
LA NUEVA VILLA
SUEÑOS
LA TUBERÍA
AGAFYA
EN NAVIDAD
GUSEV
EL ESTUDIANTE
EN EL BARRANCO
EL CAZADOR
FELICIDAD
UN MALFACTOR
CAMPESINOS
La corista y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA CHICA DEL CORISTA
VEROTCHKA
MI VIDA
EN UNA CASA DE CAMPO
UN PADRE
EN LA CARRETERA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
Iván Matveyitch
ZINOTCHKA
MAL TIEMPO
UN AMIGO CABALLERO
UN INCIDENTE TRIVIAL
Amor y otras historias,
traducido por Constance Garnett
AMAR
LUCES
UNA HISTORIA SIN FIN
MARI D'ELLE
UN BIEN VIVO
EL DOCTOR
¡DEMASIADO PRONTO!
EL COSACO
ABORÍGENES
UNA INVESTIGACIÓN
MÁRTIRES
EL LEÓN Y EL SOL
UNA HIJA DE ALBION
CORISTAS
NERVIOS
UNA OBRA DE ARTE
UNA BROMA
UNA CASA DE CAMPO
UN ERROR
GORDAS Y DELGADAS
LA MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
UNA MEDIA ROSA
EN UNA VILLA DE VERANO
La casa con entrepiso,
traducido por Samuel S. Koteliansky
LA CASA CON ENTREPISO
TIFUS
GROSELLAS
EN EL EXILIO
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
GOUSSIEV
MI VIDA
La apuesta y otros cuentos
(traducido por Samuel S. Koteliansky)
LA APUESTA
UNA HISTORIA TEDIOSA
EL AJUSTE
DESGRACIA
DESPUÉS DEL TEATRO
ESE MISERABLE NIÑO
ENEMIGOS
UN SUCESO INSIGNIFICANTE
UN AMIGO CABALLERO
SENSACIONES ABRUMADORAS
LECCIONES CARAS
UN CALENDARIO VIVO
VEJEZ
La querida y otros cuentos,
traducidos por Constance Garnett
LA QUERIDA
ARIANA
POLINCA
ANYUTA
LOS DOS VOLODÍAS
EL AJUARRO
LA COMPAÑERA
TALENTO
LA HISTORIA DE UN ARTISTA
TRES AÑOS
LAS HISTORIAS EN LOS SIGUIENTES DOS LIBROS ELECTRÓNICOS SE AGREGARON POSTERIORMENTE Y NO ESTÁN INCLUIDAS EN LA LISTA ALFABÉTICA A CONTINUACIÓN; UN CLIC EN EL TÍTULO ABRIRÁ LA HISTORIA EN LÍNEA.
LA DAMA DEL PERRO,
Traducida por Constance Garnett
LA SEÑORA DEL PERRO
UNA VISITA AL MÉDICO
UNA Agitación
IONITCH
EL CABEZA DE FAMILIA
EL MONJE NEGRO
VOLODÍA
UNA HISTORIA ANÓNIMA
EL MARIDO
EL MONJE NEGRO Y OTROS CUENTOS,
Traducido por REC Long
EL MONJE NEGRO
EN CAMINO
UN CONSEJO FAMILIAR
EN CASA
EN EL EXILIO
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
UN PADRE
DOS TRAGEDIAS
DORMILÓN
EN LA MANSIÓN
UN EVENTO
BARRIO NÚMERO 6
EN ORDEN ALFABÉTICO
A B do D mi F GRAMO H I Yo K Yo METRO norte Oh PAG Q R S T Tú V O XYZ
[ A ]
ABORÍGENES
SOBRE EL AMOR
FIN DEL ACTOR
AVENTURA
DESPUÉS DEL TEATRO
DESPUÉS DEL TEATRO
AGAFYA
ÁLBUM
ANNA EN EL CUELLO
ANYUTA
ARIANA
ARTE
HISTORIA DEL ARTISTA
NOCHE DE OTOÑO
VENGADOR
[ B ]
MAL NEGOCIO
MAL TIEMPO
PELUQUERÍA
BELLEZAS
MENDIGO
APUESTA
APUESTA
APUESTA
PROMETIDO
MERCADO DE AVES
OBISPO
TORPEZA
BOTAS
NIÑOS
[ C ]
COMERCIANTES DE GANADO
CAMALEÓN
CHAMPÁN
ESPOSA DEL QUÍMICO
NIÑOS
CORISTAS
TIEMPO DE NAVIDAD
EL ÁRBOL DE NAVIDAD Y LA BODA
ESTUDIANTE CLÁSICO
CAPA
CASA EN COCHE
LA BODA DEL COCINERO
COSACO
CASA DE CAMPO
CASA DE CAMPO
CORTE
[ D ]
OSCURO
OSCURIDAD
QUERIDA
QUERIDA
HIJA DE ALBION
DÍA EN EL CAMPO
CADÁVER
MUERTE DE UN EMPLEADO DEL GOBIERNO
CRIATURA INDEFENSIVA
DEPENDIENTES
DESTRONADO
DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
PERSONAS DIFÍCILES
MÉDICO DE DISTRITO
DOCTOR
SUEÑOS
HISTORIA LÚDICA
EBRIO
DUELO
[ E ]
¡TEMPRANO!
VÍSPERA DE PASCUA
ENEMIGOS
ENEMIGOS
NATURALEZA ENIGMÁTICA
JUEZ DE INSTRUCCIÓN
EXCELENTE GENTE
EXILIO
EXILIO
LECCIONES CARAS
LECCIONES CARAS
[ F ]
GORDAS Y DELGADAS
PADRE
PASAJERO DE PRIMERA CLASE
PEZ
HELADA
[ G ]
CABALLERO AMIGO
CABALLERO AMIGO
DIOS VE LA VERDAD, PERO ESPERA
SE HA DESCURRIDO
GROSELLAS
GROSELLAS
GOUSSIEV
SALTAMONTES
CEMENTERIO
GRISHA
GUSEV
[ H ]
FELICIDAD
FINAL FELIZ
HOMBRE FELIZ
HISTORIA DEL JARDINERO JEFE
BUEN COMPAÑERO
SU AMANTE
AL ESCONDITE
HOGAR
HOGAR
LADRONES DE CABALLOS
HOTEL
CASA CON ENTREPISO
CAZADOR
¡CÁLLATE!
[ I ]
INADVERTENCIA
INCIDENTE
CONSULTA
Iván Matveyitch
[ J ]
JOVEN PREMIER
BROMA
ALEGRÍA
[ K ]
KASHTANKA
BESO
[ L ]
SEÑORAS
LA SEÑORA DEL PERRO DE JUGUETE
LA HISTORIA DE LA DAMA
LÁZARO
CARTA
LUCES
LEÓN Y EL SOL
CALENDARIO VIVO
BIENES VIVOS
ESPEJO
BILLETE DE LOTERÍA
AMAR
[ M ]
MALHECHOR
SIMULADORES
HOMBRE EN UN CASO
MARI D'ELLE
LA VIUDA DEL MARISCAL
MÁRTIRES
MENTES EN FERMENTACIÓN
FANGO
MISERIA
DESGRACIA
DESGRACIA
ASESINATO
MUZHIK ALIMENTÓ A DOS FUNCIONARIOS
MI VIDA
MI VIDA
MISTERIO
[ N ]
VECINOS
NERVIOS
Colapso nervioso
NUEVA VILLA
PESADILLA
NO SE BUSCA
[ O ]
DEBER OFICIAL
VEJEZ
VEJEZ
CASA ANTIGUA
EN LA CARRETERA
INDIGNACIÓN: UNA HISTORIA REAL
EXCESIVANDO
SENSACIONES ABRUMADORAS
OSTRAS
[ PAG ]
TEMORES DE PÁNICO
FIESTA
SEMANA DE LA PASIÓN
ESPOSAS CAMPESINAS
CAMPESINOS
HOMBRE PECULIAR
PETCHENYEG
MEDIAS ROSAS
TUBO
JUGAR
POLINCA
CORREO
PRINCESA
CONSEJERO PRIVADO
PROBLEMA
PÚBLICO
[ Q ]
REINA DE ESPADAS
[ R ]
BARRANCO
RÉQUIEM
REVOLUCIONISTA
EL VIOLÍN DE ROTHSCHILD
FUGITIVO
[ S ]
MAESTRO
MAESTRA DE ESCUELA
SERVIDOR
SOMBRAS, UNA FANTASÍA
EL ZAPATERO Y EL DIABLO
MARTES DE CARNAVAL
SEÑAL
CALUMNIA
SOMNOLIENTO
PEQUEÑOS PECES
PENA
ESTEPA
HISTORIA SIN TÍTULO
HISTORIA SIN FIN
TIERRA EXTRAÑA
FUERTES IMPRESIONES
ALUMNO
VILLA DE VERANO
PARTIDO SUECO
[ T ]
TALENTO
PROFESOR DE LITERATURA
HISTORIA TEDIOSA
TERROR
ESE MISERABLE NIÑO
LA CHICA DEL CORISTA
EL AJUSTE
EL ORADOR
TRES AÑOS
ACTOR TRÁGICO
TRANSGRESIÓN
UNA BREVEDAD DE LA VIDA
OCURRENCIA INSIGNIFICANTE
LENGUA TROPEZADA
INCIDENTE TRIVIAL
PROBLEMA
VISITANTE PROBLEMÁTICO
AJUAR
DOS VOLODÍAS
TIFUS
TIFUS
[ U ]
DESCARTADO
[ V ]
VANKA
VANKA
VEROTCHKA
[ O ]
BARRIO NÚMERO 6
CEJAS BLANCAS
¿QUIÉN TENÍA LA CULPA?
ESPOSA
BRUJA
REINO DE LA MUJER
OBRA DE ARTE
[ Z ]
ZINOTCHKA
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Los ladrones de caballos y otros cuentos
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LOS LADRONES DE CABALLOS
AEl ayudante del hospital, llamado Yergunov, un tipo ingenuo, conocido en todo el distrito como un gran fanfarrón y borracho, regresaba una tarde de Navidad de la aldea de Ryepino, donde había ido a hacer algunas compras para el hospital. Para llegar a casa a tiempo y no llegar tarde, el médico le había prestado su mejor caballo.
Al principio había sido un día tranquilo, pero a las ocho en punto comenzó una violenta tormenta de nieve y cuando estaba a sólo cuatro millas de su casa, Yergunov se perdió por completo.
No sabía conducir, desconocía el camino y siguió conduciendo al azar, con la esperanza de que el caballo encontrara el camino por sí solo. Pasaron dos horas; el caballo estaba exhausto, él mismo tenía frío y ya empezaba a creer que no iba a casa, sino de vuelta a Ryepino. Pero por fin, por encima del estruendo de la tormenta, oyó el ladrido lejano de un perro, y una turbia mancha roja apareció ante él: poco a poco, se vislumbró la silueta de una puerta alta, luego una larga valla con clavos con la punta hacia arriba, y más allá de la valla se alzaba la grúa inclinada de un pozo. El viento disipó la neblina de nieve ante sus ojos, y donde antes había una mancha roja, surgió una casita pequeña y achaparrada con un empinado tejado de paja. De las tres ventanitas, una, cubierta por dentro con algo rojo, estaba iluminada.
¿Qué clase de lugar era aquel? Yergunov recordaba que a la derecha del camino, a tres millas y media o cuatro millas del hospital, estaba la taberna de Andrey Tchirikov. Recordaba también que este Tchirikov, asesinado recientemente por unos conductores de trineos, dejaba esposa y una hija llamada Lyubka, que había ingresado en el hospital dos años antes como paciente. La posada tenía mala fama, y visitarla a altas horas de la noche, y sobre todo con el caballo de otro, no estaba exento de riesgos. Pero no había remedio. Yergunov buscó a tientas el revólver en su mochila y, tosiendo con fuerza, golpeó el marco de la ventana con el látigo.
¡Oye! ¿Quién anda dentro? —gritó—. ¡Oye, abuela! ¡Déjame entrar a calentarme!
Con un ladrido ronco, un perro negro rodó como una pelota bajo las patas del caballo, luego otro blanco, luego otro negro; debía de haber una docena. Yergunov miró para ver cuál era el más grande, blandió su látigo y lo azotó con todas sus fuerzas. Un pequeño cachorro de patas largas levantó su hocico afilado y lanzó un aullido agudo y penetrante.
Yergunov permaneció un buen rato junto a la ventana, golpeando. Pero por fin, la escarcha de los árboles cercanos a la casa brilló de rojo, y apareció una figura femenina embozada con una linterna en las manos.
—Déjame entrar para calentarme, abuela —dijo Yergunov—. Iba en coche al hospital y me he perdido. ¡Qué tiempo hace! ¡Dios nos libre! No tengas miedo; somos tu propia gente, abuela.
—Mi gente está en casa, y no invitamos a desconocidos —dijo la figura con gravedad—. ¿Y qué buscan? La puerta no está cerrada.
Yergunov entró en el patio y se detuvo en las escaleras.
—Abuela, dile a tu peón que saque mi caballo —dijo.
“No soy abuela.”
Y, en efecto, no era una abuela. Mientras apagaba la linterna, la luz le iluminó el rostro, y Yergunov vio unas cejas negras y reconoció a Lyubka.
—No hay trabajadores por ahora —dijo al entrar en la casa—. Algunos están borrachos y dormidos, y otros se han ido a Ryepino desde la mañana. Es día festivo...
Mientras ataba su caballo en el cobertizo, Yergunov oyó un relincho, distinguió en la oscuridad otro caballo y sintió sobre él una silla de montar cosaca. Así que debía de haber alguien más en la casa, además de la mujer y su hija. Para mayor seguridad, Yergunov desensilló su caballo y, al entrar en la casa, se llevó consigo sus compras y su silla de montar.
La primera habitación a la que entró era amplia y muy calurosa, y olía a suelos recién lavados. Un campesino bajo y delgado, de unos cuarenta años, con una pequeña barba rubia y una camisa azul oscuro, estaba sentado a la mesa bajo las imágenes sagradas. Era Kalashnikov, un sinvergüenza consumado y ladrón de caballos, cuyo padre y tío regentaban una taberna en Bogalyovka y se deshacían de los caballos robados donde podían. Él también había ido al hospital más de una vez, no para recibir tratamiento médico, sino para ver al médico por unos caballos: para preguntar si no tenía uno en venta y si su señoría no querría cambiar su yegua castaña por un caballo castrado de color pardo. Ahora tenía la cabeza untada con pomada y un pendiente de plata brillaba en su oreja, y en conjunto tenía un aire de vacaciones. Frunciendo el ceño y bajando el labio inferior, miraba fijamente un gran libro ilustrado con las esquinas dobladas. Otro campesino yacía tendido en el suelo cerca de la estufa; Su cabeza, sus hombros y su pecho estaban cubiertos con una piel de oveja; probablemente estaba dormido; junto a sus botas nuevas, con brillantes trozos de metal en los tacones, había dos charcos oscuros de nieve derretida.
Al ver al asistente del hospital, Kalashnikov lo saludó.
—Sí, hace buen tiempo —dijo Yergunov, frotándose las rodillas heladas con las manos abiertas—. La nieve me llega al cuello; estoy empapado hasta los huesos, te lo aseguro. Y creo que mi revólver también...
Sacó su revólver, lo examinó detenidamente y lo guardó en su mochila. Pero el revólver no le causó ninguna impresión; el campesino siguió mirando el libro.
Sí, hace mal tiempo... Me perdí, y si no hubiera sido por los perros, creo que habría muerto. Habría habido un buen revuelo. ¿Y dónde están las mujeres?
—La anciana se ha ido a Ryepino y la muchacha está preparando la cena... —respondió Kalashnikov.
Se hizo el silencio. Yergunov, temblando y jadeando, se echó el aliento en las manos, se acurrucó y fingió tener mucho frío y estar exhausto. Afuera se oía aullar a los perros, todavía furiosos. Era un día deprimente.
- "Usted viene de Bogalyovka, ¿no?", le preguntó severamente al campesino.
“Sí, de Bogalyovka”.
Y para entretenerse, Yergunov empezó a pensar en Bogalyovka. Era un pueblo grande y se encontraba en un profundo barranco, así que cuando uno conducía por la carretera en una noche de luna y miraba hacia abajo, al oscuro barranco, y luego al cielo, parecía como si la luna se cerniera sobre un abismo sin fondo y fuera el fin del mundo. El camino que bajaba era empinado, sinuoso y tan estrecho que, cuando uno conducía a Bogalyovka por alguna epidemia o para vacunar a la gente, tenía que gritar a todo pulmón o silbar todo el camino, porque si se topaba con una carreta que se acercaba, no podía pasar. Los campesinos de Bogalyovka tenían fama de ser buenos jardineros y ladrones de caballos. Tenían huertos bien surtidos. En primavera, todo el pueblo estaba cubierto de flores blancas de cerezo, y en verano vendían cerezas a tres kopeks el cubo. Se podían pagar tres kopeks y recoger las cerezas que se quisieran. Sus mujeres eran hermosas y parecían bien alimentadas, les gustaban las galas y nunca hacían nada ni siquiera en los días laborables, sino que pasaban todo el tiempo sentadas en la cornisa frente a sus casas y buscando en la cabeza de los demás.
Pero por fin se oyeron pasos. Lyubka, una joven de veinte años, descalza y con un vestido rojo, entró en la habitación... Miró de reojo a Yergunov y caminó dos veces de un extremo a otro de la habitación. No se movía con sencillez, sino con pasitos cortos, sacando el pecho hacia adelante; evidentemente disfrutaba caminando descalza sobre el suelo recién lavado, y se había quitado los zapatos a propósito.
Kalashnikov se rió de algo y la llamó con el dedo. Ella se acercó a la mesa, y él le mostró una imagen del profeta Elías, quien, conduciendo tres caballos uno al lado del otro, se elevaba velozmente hacia el cielo. Liubka apoyó el codo en la mesa; su trenza, una larga trenza castaña atada con una cinta roja en el extremo, le caía sobre el hombro y casi tocaba el suelo. Ella también sonrió.
«Una imagen espléndida y maravillosa», dijo Kalashnikov. «Maravillosa», repitió, e hizo un gesto con la mano como si quisiera tomar las riendas en lugar de Elijah.
El viento aullaba en la estufa; algo gruñía y chillaba como si un perro grande hubiera estrangulado a una rata.
—¡Uf! ¡Los espíritus malignos andan sueltos! —dijo Lyubka.
—Es el viento —dijo Kalashnikov; y tras una pausa, levantó la vista hacia Yergunov y preguntó:
—¿Y cuál es tu erudita opinión, Osip Vasilievich? ¿Hay demonios en este mundo o no?
—¿Qué se puede decir, hermano? —dijo Yergunov, encogiéndose de hombros—. Si se razona desde la ciencia, claro que no hay demonios, pues es una superstición; pero si se lo mira con sencillez, como tú y yo ahora, sí hay demonios, para resumir... He visto muchísimo en mi vida... Al terminar mis estudios, serví como auxiliar médico en el ejército, en un regimiento de dragones, y, por supuesto, he estado en la guerra. Tengo una medalla y una condecoración de la Cruz Roja, pero tras el Tratado de San Stefano regresé a Rusia y me uní al Zemstvo. Y, debido a mi enorme circulación por el mundo, puedo decir que he visto más de lo que muchos han soñado. A mí también me ha pasado que veo demonios; es decir, no demonios con cuernos y cola —eso es una tontería—, sino, para ser precisos, algo por el estilo.
“¿Dónde?” preguntó Kalashnikov.
En varios lugares. No hace falta ir muy lejos. El año pasado lo encontré aquí —mejor no hablar de él de noche— cerca de esta misma posada. Recuerdo que iba en coche a Golyshino; iba allí a vacunar. Claro, como siempre, llevaba el droshky de carreras, un caballo y toda la parafernalia necesaria, y, además, un reloj y todo lo demás, así que iba en guardia mientras conducía, por miedo a cualquier contratiempo. Hay un montón de vagabundos de todo tipo. Llegué al barranco de Zmeinoy —maldita sea— y estaba bajando, cuando de repente alguien se me acercó: ¡menudo tipo! Cabello negro, ojos negros, y toda su cara parecía tiznada de hollín... Se acercó directamente al caballo y agarró la rienda izquierda: "¡Alto!". Miró al caballo, luego a mí, luego soltó las riendas y, sin decir una sola palabra, dijo: «¿Adónde vas?». Y mostró los dientes con una sonrisa, y sus ojos tenían una mirada maliciosa.
«¡Ah!», pensé, «¡Qué cliente tan raro!». «Voy a vacunarme contra la viruela», dije. «¿Y a ti qué te importa?». «Bueno, si es así», me dijo, «vacúname». Desnudó su brazo y me lo puso bajo la nariz. Claro, no le dije nada; solo lo vacuné para librarme de él. Después miré mi lanceta y se había oxidado.
El campesino que dormía cerca de la estufa se giró de repente y se quitó la piel de oveja; para su gran sorpresa, Yergunov reconoció al extraño que había conocido ese día en el barranco de Zmeinoy. El cabello, la barba y los ojos de este campesino eran negros como el hollín; su rostro era moreno; y, para mayor efecto, tenía una mancha negra del tamaño de una lenteja en la mejilla derecha. Miró burlonamente al auxiliar del hospital y dijo:
—Sí, agarré la rienda izquierda, así fue; pero sobre la viruela, mientes, señor. Y no dijimos ni una palabra sobre la viruela entre nosotros.
Yergunov estaba desconcertado.
—No me refiero a ti —dijo—. Acuéstate, ya que estás acostada.
El campesino moreno nunca había estado en el hospital, y Yergunov no sabía quién era ni de dónde venía; y ahora, al mirarlo, dedujo que debía ser un gitano. El campesino se levantó, se estiró y bostezó ruidosamente, se acercó a Lyubka y Kaláshnikov, se sentó junto a ellos y también empezó a hojear el libro. Su rostro soñoliento se suavizó y una mirada de envidia se dibujó en él.
—Mira, Merik —le dijo Lyubka—, consígueme esos caballos y conduciré hasta el cielo.
«Los pecadores no pueden conducir hasta el cielo», dijo Kalashnikov. «Eso es por santidad».
Entonces Lyubka puso la mesa y trajo un gran trozo de tocino graso, pepinillos en salmuera, una bandeja de madera con carne hervida cortada en trocitos y una sartén con salchichas y repollo chisporroteando. También se puso sobre la mesa una botella de vodka de cristal tallado, que al servirla desprendía un olor a cáscara de naranja por toda la habitación.
A Yergunov le molestaba que Kalashnikov y el moreno Merik hablaran entre sí sin hacerle caso, comportándose como si no estuviera presente. Y quería hablar con ellos, presumir, beber, disfrutar de una buena comida y, si era posible, divertirse un poco con Lyubka, quien se sentó a su lado media docena de veces mientras cenaban y, como por casualidad, lo rozó con sus hermosos hombros y se pasó las manos por sus anchas caderas. Era una chica sana y activa, siempre riendo y nunca quieta: se sentaba, se levantaba, y al sentarse, giraba la cara y luego la espalda hacia su vecino, como una niña inquieta, y nunca dejaba de rozarlo con los codos o las rodillas.
Y también le disgustaba que los campesinos solo bebieran un vaso cada uno y nada más, y que le resultara incómodo beber solo. Pero no pudo evitar tomar un segundo vaso, de todos modos, luego un tercero, y se comió toda la salchicha. Se atrevió a halagar a los campesinos para que lo aceptaran como uno más del grupo en lugar de mantenerlo a distancia.
—¡Sois unos tipos estupendos en Bogalyovka! —dijo, meneando la cabeza.
“¿En qué sentido son buenos muchachos?”, preguntó Kalashnikov.
—Pues, por ejemplo, sobre los caballos. ¡Qué buenos ladrones!
¡Mmm! Los llamas buenos tipos. Nada más que ladrones y borrachos.
—Ya tuvieron su momento, pero ya pasó —dijo Merik tras una pausa—. Pero ahora solo les queda Filya, y está ciego.
“Sí, no hay nadie más que Filya”, dijo Kalashnikov con un suspiro. “Hazte a la idea, debe de tener setenta años; los colonos alemanes le sacaron un ojo y no ve bien con el otro. Tiene cataratas. Antes, el policía gritaba en cuanto lo veía: "¡Eh, Shamil!". Y todos los campesinos lo llamaban así; era Shamil en todas partes; y ahora solo se llama Filya el Tuerto. ¡Pero era un buen muchacho! El padre de Liuba, Andréi Grigóritch, se coló una noche en Rozhnovo (allí había regimientos de caballería estacionados) y se llevó nueve caballos de los soldados, los mejores. No le temieron al centinela, y por la mañana vendieron todos los caballos por veinte rublos al gitano Afonka. ¡Sí! Pero hoy en día un hombre se las ingenia para robar un caballo cuyo jinete está borracho o dormido, y no teme a Dios, sino que le quita hasta las botas a un borracho, y luego se escabulle y se aleja ciento cincuenta millas con un caballo, y regatea en el mercado, regatea como un judío, hasta que el policía lo atrapa, el muy tonto. No tiene gracia; ¡es simplemente una desgracia! Debo decir que son unos miserables.
“¿Qué pasa con Merik?” —preguntó Liubka.
—Merik no es de los nuestros —dijo Kalashnikov—. Es de Harkov, de Mizhiritch. Pero es un tipo valiente, es cierto; es un buen tipo, sin duda.
Lyubka miró a Merik con picardía y alegría y dijo:
“No en vano lo sumergieron en un agujero en el hielo”.
“¿Cómo fue eso?” preguntó Yergunov.
“Fue así…”, dijo Merik, y rió. “Filya les quitó tres caballos a los arrendatarios de Samoylenka, y me atacaron. Había diez arrendatarios en Samoylenka, y con sus trabajadores había treinta en total, y todos molokanes… Así que uno de ellos me dijo en el mercado: “Ven a echar un vistazo, Merik; trajimos caballos nuevos de la feria”. Estaba interesado, por supuesto. Me acerqué a ellos, y todos ellos, treinta hombres, me ataron las manos a la espalda y me llevaron al río. «Les enseñaremos buenos caballos», dijeron. Ya había un agujero en el hielo; abrieron otro junto a él, a dos metros de distancia. Luego, para asegurarse, tomaron una cuerda, me pusieron un nudo corredizo bajo las axilas y ataron un palo torcido al otro extremo, lo suficientemente largo como para alcanzar ambos agujeros. Metieron el palo y lo arrastraron. Me metí en el agujero del hielo tal como estaba, con mi abrigo de piel y mis botas altas, mientras ellos, de pie, me empujaban, uno con el pie y el otro con el palo, luego me arrastraron bajo el hielo y me sacaron del otro agujero.
Lyubka se estremeció y se encogió de hombros.
“Al principio tenía fiebre por el frío”, continuó Merik, “pero cuando me sacaron, estaba indefenso y yacía en la nieve. Los molokanes me rodeaban y me golpeaban con palos en las rodillas y los codos. Me dolía muchísimo. Me golpearon y se fueron... y todo mi cuerpo estaba congelado, mi ropa cubierta de hielo. Me levanté, pero no podía moverme. Gracias a Dios, una mujer pasó en coche y me llevó.”
Mientras tanto, Ergunov había bebido cinco o seis vasos de vodka; su corazón se sentía más ligero y deseaba contar también alguna historia extraordinaria y maravillosa, y demostrar que él también era un tipo valiente y que no le tenía miedo a nada.
“Les contaré lo que nos pasó en la provincia de Penza…”, comenzó.
Ya fuera porque había bebido mucho y estaba un poco achispado, o quizá porque lo habían descubierto dos veces mintiendo, los campesinos no le hicieron el menor caso, e incluso dejaron de responder a sus preguntas. Lo que era peor, se permitieron una franqueza en su presencia que lo hizo sentir incómodo y frío, y eso significaba que no le hacían caso.
Kaláshnikov tenía los modales dignos de un hombre tranquilo y sensato; hablaba con voz grave y se santiguaba cada vez que bostezaba, y nadie podría haber supuesto que se trataba de un ladrón, un ladrón despiadado que había despojado a pobres criaturas, que ya había estado dos veces en prisión, que había sido condenado por la comuna al exilio en Siberia y que había sido sobornado por su padre y su tío, que eran tan grandes ladrones y granujas como él. Merik se daba aires de bravo. Vio que Lyubka y Kaláshnikov lo admiraban, y se consideró un tipo excelente, y puso los brazos en jarras, cuadró el pecho o se estiró tanto que el banco crujió bajo él...
Después de cenar, Kalashnikov rezó a la santa imagen sin levantarse de su asiento y estrechó la mano de Merik; este también rezó y estrechó la mano de Kalashnikov. Lyubka retiró la cena, puso sobre la mesa galletas de menta, nueces secas y pipas de calabaza, y colocó dos botellas de vino dulce.
“Que el reino de los cielos y la paz eterna sean para Andréi Grigoritch”, dijo Kalashnikov, brindando con Merik. “Cuando vivía, solíamos reunirnos aquí o en casa de su hermano Martín, y ¡caramba! ¡caramba! ¡Qué hombres, qué conversaciones! ¡Conversaciones extraordinarias! Martín solía estar aquí, y Filya, y Fiódor Stukotey... Todo se hacía con estilo, todo estaba en armonía... ¡Y cómo nos lo pasábamos! ¡Nos lo pasábamos genial, nos lo pasábamos genial!”
Lyubka salió y poco después regresó vestida con un pañuelo verde y cuentas.
—Mira, Merik, lo que me trajo Kalashnikov hoy —dijo.
Se miró en el espejo y movió la cabeza varias veces para que las cuentas tintinearan. Luego abrió un cofre y empezó a sacar, primero, un vestido de algodón con flores rojas y azules, luego uno rojo con volantes que crujían y crujían como papel, luego un pañuelo nuevo, azul oscuro, con muchos colores; y mostró todas estas cosas, levantando las manos, riendo como asombrada de poseer tales tesoros.
Kalashnikov afinó la balalaika y empezó a tocarla, pero Yergunov no distinguía qué tipo de canción cantaba, ni si era alegre o melancólica, porque a veces era tan triste que le daban ganas de llorar, y al siguiente era alegre. Merik se levantó de un salto y empezó a golpear con los talones en el mismo sitio; luego, blandiendo los brazos, se movió sobre sus talones de la mesa a la estufa, de la estufa al arcón; luego, como si le hubieran picado, golpeó los tacones de las botas en el aire y empezó a dar vueltas y vueltas agachado. Lyubka agitó los brazos, lanzó un grito desesperado y lo siguió. Al principio se movió de lado, como una serpiente, como si quisiera acercarse sigilosamente a alguien y golpearlo por la espalda. Golpeó rápidamente con sus tacones desnudos, como Merik lo había hecho con los de sus botas, luego dio vueltas y vueltas como un trompo y se agachó, y su vestido rojo ondeó como una campana. Merik, mirándola con enojo y mostrando los dientes con una sonrisa, voló hacia ella en la misma postura agachada, como si quisiera aplastarla con sus terribles piernas, mientras ella saltaba, echaba la cabeza hacia atrás y, agitando los brazos como un pájaro grande, flotaba por la habitación sin apenas tocar el suelo...
¡Qué chica tan ardiente! —pensó Yergunov, sentado en el baúl, observando desde allí el baile—. ¡Qué fogosidad! Si lo dejara todo por ella, sería demasiado poco...
Y lamentaba ser auxiliar de hospital, y no un simple campesino, que llevara un abrigo de lana y una cadena con una llave dorada en lugar de una camisa azul con un cordón atado a la cintura. Entonces podría haber cantado, bailado y abrazado a Lyubka con valentía, como hizo Merik...
Los fuertes golpes, gritos y alaridos hicieron sonar la vajilla en el armario y bailar la llama de la vela.
El hilo se rompió y las cuentas se esparcieron por todo el suelo, el pañuelo verde se deslizó y Lyubka se transformó en una nube roja que revoloteaba y brillaban sus ojos negros, y parecía que en otro segundo los brazos y las piernas de Merik se caerían.
Pero finalmente Merik pateó el suelo por última vez y se quedó inmóvil como petrificado. Agotada y casi sin aliento, Lyubka se desplomó sobre su pecho y se apoyó en él como contra un poste, y él la rodeó con sus brazos y, mirándola a los ojos, dijo con ternura y cariño, como en broma:
Descubriré dónde está escondido el dinero de tu anciana madre, la asesinaré y te cortaré el cuello, y después prenderé fuego a la posada... La gente pensará que pereciste en el fuego, y con tu dinero iré a Kuban. Cuidaré manadas de caballos y rebaños de ovejas...
Lyubka no respondió, se limitó a mirarlo con aire culpable y preguntó:
—¿Y es agradable estar en Kuban, Merik?
No dijo nada, pero se acercó al arcón, se sentó y se sumió en sus pensamientos: lo más probable es que estuviera soñando con Kuban.
—Es hora de irme —dijo Kalashnikov, levantándose—. Filya debe estar esperándome. Adiós, Lyuba.
Yergunov salió al patio para asegurarse de que Kalashnikov no se marchara con su caballo. La tormenta de nieve persistía. Nubes blancas flotaban en el patio, con sus largas colas pegadas a la hierba áspera y los arbustos, mientras que al otro lado de la cerca, en campo abierto, gigantes con túnicas blancas y mangas anchas giraban, caían al suelo y se levantaban de nuevo para agitar los brazos y luchar. ¡Y el viento, el viento! Los abedules y cerezos desnudos, incapaces de soportar sus rudas caricias, se inclinaron hasta el suelo y gemían: «Dios mío, ¿por qué pecado nos has atado a la tierra y no nos dejas libres?».
—¡Ay! —exclamó Kaláshnikov con severidad, y montó en su caballo. La mitad de la puerta estaba abierta, y junto a ella se extendía un gran ventisquero. —¡Bien, adelante! —gritó Kaláshnikov. Su pequeño caballo de patas cortas arrancó y se hundió hasta el estómago en el ventisquero. Kaláshnikov estaba blanco por completo de nieve y pronto desapareció de la vista con su caballo.
Cuando Ergunov regresó a la habitación, Lyubka estaba arrastrándose por el suelo recogiendo su rosario; Merik no estaba allí.
"¡Una muchacha espléndida!", pensó Yergunov, mientras se tumbaba en el banco y se ponía el abrigo bajo la cabeza. "¡Oh, si Merik no estuviera aquí!". Lyubka lo excitó al verla arrastrarse por el suelo junto al banco, y pensó que si Merik no hubiera estado allí, sin duda se habría levantado y la habría abrazado, y ya veríamos qué pasaba. Era cierto que solo era una muchacha, pero no era probable que fuera casta; y aunque lo fuera, ¿acaso era necesario ser tan ceremonioso en una cueva de ladrones? Lyubka recogió su rosario y salió. La vela se consumió y la llama prendió el papel del candelabro. Yergunov dejó el revólver y las cerillas a su lado y apagó la vela. La luz delante de las imágenes sagradas parpadeaba tanto que le dolía los ojos, y manchas de luz bailaban en el techo, en el suelo y en el armario, y entre ellas tuvo visiones de Lyubka, rolliza, de pechos grandes: ahora daba vueltas como una peonza, ahora estaba agotada y sin aliento. . . .
«¡Oh, si los demonios se llevaran a ese Merik!», pensó.
La lamparita dio un último parpadeo, chisporroteó y se apagó. Alguien, seguramente Merik, entró en la habitación y se sentó en el banco. Dio una calada a su pipa y, por un instante, encendió una mejilla oscura con una mancha. A Yergunov le irritaba la garganta el horrible humo del tabaco.
—¡Qué asqueroso tabaco tienes! ¡Maldita sea! —dijo Yergunov—. Me pone fatal.
—Mezclo mi tabaco con flores de avena —respondió Merik tras una pausa—. Es mejor para el pecho.
Fumó, escupió y volvió a salir. Pasó media hora, y de repente, un destello de luz se asomó al pasillo. Apareció Merik con abrigo y gorra, y luego Lyubka con una vela en la mano.
—Quédate, Merik —dijo Lyubka con voz suplicante.
—No, Lyuba, no me retengas.
—Escucha, Merik —dijo Lyubka, y su voz se volvió suave y tierna—. Sé que encontrarás el dinero de mi madre, y que harás por ella y por mí, e irás a Kuban y amarás a otras chicas; pero que Dios te acompañe. Solo te pido una cosa, cariño: ¡quédate!
—No, quiero divertirme un poco... —dijo Merik abrochándose el cinturón.
—Pero no tienes nada para ir... Viniste a pie; ¿qué haces?
Merik se inclinó hacia Lyubka y le susurró algo al oído; ella miró hacia la puerta y se rió entre lágrimas.
«Está dormido, el diablo engreído...», dijo.
Merik la abrazó, la besó con fuerza y salió. Yergunov se guardó el revólver en el bolsillo, se levantó de un salto y corrió tras él.
—¡Quítate del medio! —le dijo a Lyubka, quien rápidamente echó el cerrojo a la puerta de entrada y se quedó en el umbral—. ¡Déjame pasar! ¿Qué haces aquí?
“¿A qué quieres salir?”
“Para echarle un vistazo a mi caballo.”
Lyubka lo miró con una mirada pícara y acariciadora.
"¿Para qué mirarlo? Será mejor que me mires...", dijo, y luego se agachó y tocó con el dedo la llave dorada del reloj que colgaba de su cadena.
—Déjame pasar, o se irá en mi caballo —dijo Yergunov—. ¡Suéltame, demonio! —gritó, y, dándole un furioso golpe en el hombro, la apretó con todas sus fuerzas para apartarla de la puerta, pero ella agarró el cerrojo con fuerza, como un hierro.
—¡Suéltame! —gritó exhausto—. Se irá con él, te digo.
¿Por qué debería? No lo hará. Respirando con dificultad y frotándose el hombro, que le dolía, lo miró de nuevo, se sonrojó un poco y rió. «No te vayas, cariño», dijo; «me aburro sola».
Yergunov la miró a los ojos, vaciló y la rodeó con sus brazos; ella no opuso resistencia.
—Vamos, no digas tonterías; déjame ir —le rogó. Ella no dijo nada.
—Te escuché hace un momento —dijo—, diciéndole a Merik que lo amas.
“Me atrevo a decir... Mi corazón sabe a quién amo.”
Volvió a poner el dedo sobre la llave y dijo en voz baja: «Dame eso».
Yergunov soltó la llave y se la dio. De repente, ella estiró el cuello y escuchó con semblante serio, y su expresión le pareció a Yergunov fría y astuta; pensó en su caballo, y ahora la apartó con facilidad y salió corriendo al patio. En el cobertizo, un cerdo soñoliento gruñía con perezosa regularidad y una vaca tocaba su cuerno. Yergunov encendió una cerilla y vio al cerdo, a la vaca y a los perros, que se abalanzaron sobre él por todos lados al ver la luz, pero no había rastro del caballo. Gritando y agitando los brazos a los perros, tropezando con los montones de nieve y clavándose en la nieve, salió corriendo hacia la puerta y se puso a mirar en la oscuridad. Forzó la vista al máximo, y solo vio la nieve que caía y los copos de nieve formando distintas formas; En un momento dado, el rostro blanco y risueño de un cadáver se asomaba en la oscuridad; al siguiente, galopaba un caballo blanco con una amazona vestida de muselina; al siguiente, una hilera de cisnes blancos volaba sobre sus cabezas... Temblando de ira y frío, y sin saber qué hacer, Yergunov disparó su revólver contra los perros, pero no alcanzó a ninguno; luego regresó corriendo a la casa.
Al entrar en el recibidor, oyó claramente que alguien salía corriendo de la habitación y daba un portazo. Estaba oscuro. Yergunov empujó la puerta; estaba cerrada. Luego, encendiendo cerillas tras cerillas, volvió corriendo al recibidor, de allí a la cocina, y de la cocina a una pequeña habitación cuyas paredes estaban adornadas con enaguas y vestidos, donde olía a acianos e hinojo, y una cama con una montaña de almohadas, en un rincón junto a la estufa; debía de ser la habitación de la anciana. De allí pasó a otra pequeña habitación, y allí vio a Lyubka. Estaba tumbada sobre un arcón, cubierta con una colcha de algodón de retazos de colores vivos, fingiendo dormir. Una pequeña lámpara de icono ardía en un rincón, sobre la almohada.
“¿Dónde está mi caballo?” preguntó Yergunov.
Lyubka no se movió.
—¿Dónde está mi caballo? —repitió Yergunov con más severidad aún, y le arrancó la colcha—. ¡Te lo pregunto, diabla! —gritó.
Se puso de rodillas de un salto y, con una mano sujetando la camisa y con la otra intentando aferrar la colcha, se acurrucó contra la pared... Miró a Yergunov con repulsión y terror en los ojos y, como una fiera en una trampa, vigilaba astutamente cada uno de sus movimientos.
—Dime dónde está mi caballo o te mataré a golpes —gritó Yergunov.
—¡Aléjate, sucio bruto! —dijo con voz ronca.
Yergunov la agarró por la camisa cerca del cuello y la desgarró. Entonces, sin poder contenerse, la abrazó con todas sus fuerzas. Pero ella, siseando de furia, se escapó de sus brazos y, liberando una mano (la otra estaba enredada en la camisa desgarrada), le asestó un puñetazo en el cráneo.
Tenía la cabeza mareada por el dolor, un zumbido y un estertor en los oídos, se tambaleó hacia atrás y en ese momento recibió otro golpe, esta vez en la sien. Tambaleándose y agarrándose a los postes de la puerta para no caerse, se dirigió a la habitación donde estaban sus cosas y se tumbó en el banco; luego, tras un rato, sacó la caja de cerillas del bolsillo y empezó a encender cerillas tras cerillas sin ningún propósito: la encendió, la apagó de un soplido, la tiró debajo de la mesa y así siguió hasta que se acabaron todas las cerillas.
Mientras tanto, el aire afuera se tornaba azul, los gallos cantaban, pero aún le dolía la cabeza y un rugido resonaba en sus oídos, como si estuviera sentado bajo un puente ferroviario y oyera los trenes pasar sobre su cabeza. De alguna manera, se puso el abrigo y la gorra; no pudo encontrar la silla de montar ni el paquete de sus compras, su mochila estaba vacía: no en vano alguien había salido corriendo de la habitación cuando regresó del patio.
Tomó un atizador de la cocina para ahuyentar a los perros y salió al patio, dejando la puerta abierta. La tormenta de nieve había amainado y afuera reinaba la calma... Cuando salió por la puerta, la llanura blanca parecía muerta, y no había un solo pájaro en el cielo matutino. A ambos lados del camino y a lo lejos, se veían manchas azuladas de matorrales jóvenes.
Yergunov empezó a pensar en cómo lo recibirían en el hospital y qué le diría el médico; era absolutamente necesario pensar en eso y prepararse de antemano para responder a las preguntas que le harían, pero este pensamiento se desdibujó y se desvaneció. Caminó pensando solo en Lyubka, en los campesinos con los que había pasado la noche; recordó cómo, después de que Lyubka lo golpeara por segunda vez, se agachó para recoger la colcha y cómo su cabello suelto cayó al suelo. Su mente era un laberinto y se preguntaba por qué había en el mundo médicos, auxiliares de hospital, comerciantes, oficinistas y campesinos en lugar de simples hombres libres. Hay, sin duda, pájaros libres, animales libres, un Merik libre, ¡y no temen a nadie y no necesitan a nadie! ¿Y de quién fue la idea, quién decretó que uno debe levantarse por la mañana, cenar al mediodía y acostarse por la noche; que un médico tiene precedencia sobre un auxiliar de hospital? ¿Que uno debe vivir en habitaciones y amar solo a su esposa? ¿Y por qué no lo contrario: cenar de noche y dormir de día? ¡Ah, subirse a un caballo sin preguntar de quién es, correr carreras con el viento como un demonio, por campos, bosques y barrancos, hacer el amor con chicas, burlarse de todos...!
Yergunov hundió el atizador en la nieve, apretó la frente contra el tronco blanco y frío de un abedul y se sumió en sus pensamientos; y su vida gris y monótona, su salario, su posición subordinada, el dispensario, el eterno alboroto con las botellas y las ampollas, le parecieron despreciables, repugnantes.
"¿Quién dice que es pecado disfrutar?", se preguntó con irritación. "Quienes dicen eso nunca han vivido en libertad como Merik y Kalashnikov, ni han amado a Lyubka; han sido mendigos toda su vida, han vivido sin ningún placer y solo han amado a sus esposas, que son como ranas."
Y pensó que hasta entonces no había sido un ladrón, un estafador, ni siquiera un bandido, simplemente porque no podía o no había encontrado aún una oportunidad adecuada.
——
Pasó un año y medio. En primavera, después de Pascua, Yergunov, que hacía tiempo que había sido dado de alta del hospital y se encontraba sin trabajo, salió de la taberna de Ryepino y paseó sin rumbo por la calle.
Salió al campo abierto. Allí se sentía el aroma de la primavera y soplaba un viento cálido y acariciador. La noche tranquila y estrellada miraba desde el cielo a la tierra. ¡Dios mío, qué infinita la profundidad del cielo, y con qué insondable inmensidad se extendía sobre el mundo! El mundo está bien creado, pero ¿por qué y con qué derecho, pensó Yergunov, divide la gente a sus semejantes en sobrios y borrachos, empleados y despedidos, etcétera? ¿Por qué los sobrios y bien alimentados duermen cómodamente en sus casas mientras que los borrachos y hambrientos deben vagar por el campo sin refugio? ¿Por qué si alguien no tenía trabajo ni cobraba un salario tenía que pasar hambre, sin ropa ni botas? ¿De quién fue la idea? ¿Por qué los pájaros y las bestias salvajes del bosque no tenían trabajo ni cobraban un salario, sino que vivían a su antojo?
A lo lejos, en el cielo, un hermoso resplandor carmesí temblaba, extendiéndose sobre el horizonte. Yergunov se detuvo y lo contempló largo rato, preguntándose por qué, si el día anterior había robado el samovar ajeno y lo había vendido para beber en las tabernas, sería un pecado. ¿Por qué?
Por el camino pasaban dos carros; en uno de ellos iba una mujer dormida, en el otro iba sentado un anciano sin gorra.
—Abuelo, ¿dónde está ese fuego? —preguntó Yergunov.
—La posada de Andrey Tchirikov —respondió el anciano.
Yergunov recordó lo que le había sucedido dieciocho meses antes, en invierno, en esa misma posada, y cómo Merik se había jactado; e imaginó a la anciana y a Lyubka, degolladas, quemadas, y envidió a Merik. Y mientras regresaba a la taberna, contemplando las casas de los ricos taberneros, ganaderos y herreros, pensó en lo agradable que sería colarse de noche en la casa de algún rico.
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BARRIO NÚMERO 6
I
IEn el patio del hospital se alza una pequeña cabaña rodeada de un perfecto bosque de bardanas, ortigas y cáñamo silvestre. El techo está oxidado, la chimenea se está derrumbando, los escalones de la puerta principal están podridos y cubiertos de hierba, y solo quedan restos del estuco. La fachada de la cabaña da al hospital; la trasera, al campo abierto, del que la separa la valla gris del hospital, con clavos. Estos clavos, con las puntas hacia arriba, la valla y la propia cabaña, tienen ese aspecto peculiar, desolado y abandonado que solo se encuentra en nuestros hospitales y prisiones.
Si no temes que te piquen las ortigas, acércate por el estrecho sendero que lleva a la cabaña y déjanos ver qué pasa dentro. Abrimos la primera puerta y entramos en la entrada. Allí, junto a las paredes y junto a la estufa, se encuentran todo tipo de basura hospitalaria. Colchones, batas viejas y andrajosas, pantalones, camisas de rayas azules, botas y zapatos inservibles: todos estos restos se amontonan, revueltos y arrugados, enmohecidos y desprendiendo un olor nauseabundo.
El portero, Nikita, un viejo soldado con galones oxidados de buena conducta, siempre está tumbado en la litera con una pipa entre los dientes. Tiene un rostro adusto, hosco y de aspecto maltrecho, unas cejas prominentes que le dan la expresión de un perro pastor de las estepas, y una nariz roja; es bajo y parece delgado y flacucho, pero de porte imponente y puños vigorosos. Pertenece a la clase de personas sencillas, prácticas y torpes, puntuales en el cumplimiento de las órdenes, que valoran la disciplina más que nada en el mundo, y por eso están convencidos de que es su deber golpear a la gente. Golpea a diestro y siniestro en la cara, el pecho, la espalda, a quien primero se le ocurra, y está convencido de que no habría orden en el lugar si no lo hiciera.
A continuación se llega a una habitación grande y espaciosa que ocupa toda la cabaña excepto la entrada. Aquí, las paredes están pintadas de un azul sucio, el techo está tan cubierto de hollín como en una cabaña sin chimenea; es evidente que en invierno la estufa echa humo y la habitación está llena de vapores. Las ventanas están desfiguradas por rejas de hierro en el interior. El suelo de madera es gris y está lleno de astillas. Hay un hedor a col agria, a mechas humeantes, a insectos y a amoníaco, y durante el primer minuto, este hedor da la impresión de haber entrado en una casa de fieras.
Hay camas atornilladas al suelo. Hombres con batas azules de hospital y gorros de dormir a la antigua usanza están sentados y acostados en ellas. Estos son los lunáticos.
Hay cinco en total. Solo uno pertenece a la clase alta; los demás son artesanos. El que está más cerca de la puerta —un obrero alto y delgado, de brillantes patillas rojas y ojos llorosos— está sentado con la cabeza apoyada en la mano, mirando fijamente al mismo punto. Día y noche se lamenta, sacudiendo la cabeza, suspirando y sonriendo amargamente. Participa en las conversaciones y no suele responder a las preguntas; come y bebe mecánicamente cuando se le ofrece comida. Por su tos agonizante y palpitante, su delgadez y el rubor en sus mejillas, se puede deducir que está en la primera fase de la tuberculosis. Junto a él hay un anciano pequeño, despierto y muy vivaz, con barba puntiaguda y cabello negro y rizado como el de un negro. De día, recorre la sala de ventana en ventana, o se sienta en su cama, con las piernas cruzadas como un turco, y, sin cesar, como el silbido de un camachuelo, canta suavemente y ríe disimuladamente. Demuestra su alegría infantil y su carácter vivaz por la noche, incluso al levantarse a rezar, es decir, a golpearse el pecho con los puños y arañar la puerta con los dedos. Este es el judío Moiseika, un imbécil que enloqueció hace veinte años cuando incendiaron su fábrica de sombreros.
Y de todos los habitantes del pabellón número 6, él es el único al que se le permite salir de la caseta, e incluso del patio a la calle. Ha disfrutado de este privilegio durante años, probablemente porque es un antiguo residente del hospital: un imbécil tranquilo e inofensivo, el bufón del pueblo, donde la gente está acostumbrada a verlo rodeado de niños y perros. Con su miserable bata, su absurdo gorro de dormir y sus zapatillas, a veces con las piernas descubiertas e incluso sin pantalones, camina por las calles, deteniéndose en las puertas y en las pequeñas tiendas, y mendigando una moneda. En un lugar le dan kvas, en otro pan, en otro una moneda, así que generalmente regresa al pabellón sintiéndose rico y bien alimentado. Todo lo que trae, Nikita se lo quita para su propio beneficio. El soldado hace esto bruscamente, volteando enojado los bolsillos del judío y poniendo a Dios por testigo de que no lo dejará salir a la calle más, y que romper el reglamento es peor para él que cualquier cosa en el mundo.
A Moiseika le gusta ser útil. Les da agua a sus compañeros y los abriga cuando duermen; les promete a cada uno traerle un kopek y hacerle una gorra nueva; alimenta con cuchara a su vecino de la izquierda, que está paralizado. Actúa así, no por compasión ni por consideración humana, sino por imitación, inconscientemente dominado por Grómov, su vecino de la derecha.
Ivan Dmitritch Gromov, un hombre de treinta y tres años, caballero de nacimiento y ujier de la corte y secretario provincial, sufre la manía de la persecución. Se acurruca en la cama o camina de un rincón a otro como si hiciera ejercicio; rara vez se sienta. Siempre está excitado, agitado y sobrecogido por una especie de vaga e indefinida expectativa. El más leve susurro en la entrada o un grito en el patio basta para que levante la cabeza y empiece a escuchar: si vienen a buscarlo, si lo buscan. Y en esos momentos su rostro expresa la mayor inquietud y repulsión.
Me gusta su rostro ancho, de pómulos altos, siempre pálido y triste, que refleja, como en un espejo, un alma atormentada por el conflicto y un terror prolongado. Sus muecas son extrañas y anormales, pero las delicadas líneas que dibuja en su rostro un profundo y genuino sufrimiento revelan inteligencia y sensatez, y hay una luz cálida y saludable en sus ojos. Me gusta el hombre en sí: cortés, deseoso de ser útil y extraordinariamente amable con todos, excepto con Nikita. Si a alguien se le cae un botón o una cuchara, se levanta de la cama de un salto y los recoge; todos los días les da los buenos días a sus compañeros y, al acostarse, les desea buenas noches.
Además de su constante estado de sobreexcitación y sus muecas, su locura se manifiesta también de la siguiente manera. A veces, por las noches, se envuelve en su bata y, temblando de pies a cabeza, castañeteando los dientes, empieza a caminar rápidamente de un rincón a otro y entre las camas. Parece como si tuviera una fiebre intensa. Por la forma en que se detiene de repente y mira a sus compañeros, se ve que anhela decir algo muy importante, pero, al parecer pensando que no lo escucharán o no lo entenderán, sacude la cabeza con impaciencia y sigue paseándose de un lado a otro. Pero pronto el deseo de hablar se impone a cualquier consideración, y se deja llevar y habla con fervor y pasión. Su habla es desordenada y febril como el delirio, inconexa y no siempre inteligible, pero, por otro lado, se percibe algo extremadamente fino en ella, tanto en las palabras como en la voz. Cuando habla, se reconoce en él al lunático y al hombre. Es difícil reproducir en papel su discurso demencial. Habla de la bajeza de la humanidad, de la violencia que pisotea la justicia, de la gloriosa vida que un día llegará a la tierra, de las rejas que le recuerdan a cada instante la estupidez y la crueldad de los opresores. Crea una mezcla desordenada e incoherente de temas antiguos, pero aún no obsoletos.
II
Hace unos doce o quince años, un funcionario llamado Gromov, persona muy respetable y próspera, vivía en su casa en la calle principal de la ciudad. Tenía dos hijos, Sergei e Iván. Cuando Sergei cursaba cuarto año de universidad, enfermó de tuberculosis galopante y falleció. Su muerte fue, por así decirlo, la primera de una serie de calamidades que azotaron repentinamente a la familia Gromov. Una semana después del funeral de Sergei, el anciano padre fue juzgado por fraude y apropiación indebida, y poco después falleció de fiebre tifoidea en el hospital de la prisión. La casa, con todas sus pertenencias, se vendió en subasta, e Iván Dmítrich y su madre quedaron completamente sin recursos.
Hasta entonces, en vida de su padre, Iván Dmítrich, quien estudiaba en la Universidad de Petersburgo, recibía una asignación de sesenta o setenta rublos al mes y no conocía la pobreza; ahora tenía que dar un giro radical a su vida. Debía dedicarse de la mañana a la noche a dar clases por casi nada, a trabajar como copista y, con todo eso, a pasar hambre, pues destinaba todas sus ganancias al sustento de su madre. Iván Dmítrich no soportaba esa vida; perdió el ánimo y las fuerzas, y, abandonando la universidad, regresó a casa.
Allí, por interés, consiguió el puesto de profesor en la escuela del distrito, pero no se llevaba bien con sus compañeros, no era del agrado de los chicos y pronto dejó el puesto. Su madre falleció. Estuvo seis meses sin trabajo, viviendo a duras penas; luego se convirtió en ujier de la corte. Conservó este puesto hasta que fue despedido por enfermedad.
Ni siquiera en sus años de estudiante dio la impresión de estar perfectamente sano. Siempre había sido pálido, delgado y propenso a resfriarse; comía poco y dormía mal. Una sola copa de vino le subía a la cabeza y lo ponía histérico. Siempre ansiaba compañía, pero, debido a su temperamento irritable y desconfianza, nunca llegó a intimar mucho con nadie y no tenía amigos. Siempre hablaba con desprecio de sus conciudadanos, diciendo que su grosera ignorancia y su soñolienta existencia animal le parecían repugnantes y horribles. Hablaba en voz alta, con vehemencia, e invariablemente ya sea con desprecio e indignación, ya sea con asombro y entusiasmo, y siempre con perfecta sinceridad. Cualquier cosa que le contaran, siempre la refería al mismo tema: que la vida era aburrida y sofocante en la ciudad; que los ciudadanos no tenían intereses nobles, sino que vivían una vida sórdida y sin sentido, salpicada de violencia, despilfarro y de hipocresía; Que los sinvergüenzas estaban bien alimentados y vestidos, mientras que los hombres honestos vivían al día; que necesitaban escuelas, un periódico local progresista, un teatro, conferencias públicas, la coordinación de los elementos intelectuales; que la sociedad debía ver sus fallas y horrorizarse. En sus críticas a la gente, exageraba, usando solo el blanco y el negro, y no matices sutiles; para él, la humanidad estaba dividida entre hombres honestos y sinvergüenzas: no había nada intermedio. Siempre hablaba con pasión y entusiasmo de las mujeres y del amor, pero nunca había estado enamorado.
A pesar de la severidad de sus juicios y su nerviosismo, era apreciado, y a sus espaldas se le conocía cariñosamente como Vania. Su refinamiento innato y su disposición al servicio, su buena educación, su pureza moral, su abrigo raído, su aspecto frágil y sus desgracias familiares, despertaban un sentimiento de ternura, calidez y tristeza. Además, era culto y culto; según la opinión de los habitantes del pueblo, lo sabía todo, y era, a sus ojos, una especie de enciclopedia ambulante.
Había leído muchísimo. Se sentaba en el club, tirándose nerviosamente de la barba y hojeando revistas y libros; y por su rostro se veía que no leía, sino que devoraba las páginas sin darse tiempo para digerir lo leído. Es de suponer que leer era uno de sus hábitos morbosos, pues se abalanzaba sobre todo lo que caía en sus manos con igual avidez, incluso los periódicos y calendarios del año anterior. En casa, siempre leía acostado.
III
Una mañana de otoño, Iván Dmítrich, subiéndose el cuello del abrigo y chapoteando en el barro, se abría paso por callejones y callejuelas para ver a un artesano y cobrar una deuda. Estaba de mal humor, como siempre por la mañana. En una de las callejuelas lo esperaban dos presos encadenados y cuatro soldados con fusiles a su cargo. Iván Dmítrich se había encontrado con presos muchas veces, y siempre le habían despertado compasión e incomodidad; pero ahora este encuentro le causó una impresión peculiar y extraña. De repente, por alguna razón, le pareció que a él también podrían encadenarlo y conducirlo a través del barro a la cárcel de esa manera. Después de visitar al artesano, de camino a casa se encontró cerca de la oficina de correos con un comisario conocido, quien lo saludó y lo acompañó unos pasos por la calle, lo que, por alguna razón, le pareció sospechoso. En casa, no podía quitarse de la cabeza a los convictos ni a los soldados con sus fusiles en todo el día, y una inexplicable agitación interior le impedía leer o concentrarse. Por la noche no encendía la lámpara y por la noche no podía dormir, pensando constantemente que podrían arrestarlo, encadenarlo y encarcelarlo. No sabía nada de lo que había hecho y estaba seguro de que nunca más sería culpable de asesinato, incendio provocado ni robo; pero ¿acaso no era fácil cometer un delito por accidente, inconscientemente, y no era siempre posible el falso testimonio y, de hecho, la injusticia? No en vano, la experiencia milenaria de la gente sencilla enseña que la mendicidad y la prisión son males de los que nadie puede estar a salvo. Un error judicial es muy posible tal como se llevan los procesos legales hoy en día, y no hay nada de extraño en ello. Las personas que tienen una relación oficial y profesional con el sufrimiento ajeno —por ejemplo, jueces, policías, médicos—, con el tiempo, por costumbre, se vuelven tan insensibles que no pueden, aunque lo deseen, adoptar una actitud formal hacia sus clientes; en este sentido, no se diferencian del campesino que sacrifica ovejas y terneros en el patio trasero, sin reparar en la sangre. Con esta actitud formal e insensible hacia la personalidad humana, el juez solo necesita una cosa —tiempo— para privar a un inocente de todo derecho de propiedad y condenarlo a trabajos forzados. Solo el tiempo dedicado a realizar ciertas formalidades por las que cobra su salario, y entonces, todo se acabó. ¡Entonces podrán buscar en vano justicia y protección en este pueblito sucio y miserable a ciento cincuenta millas de una estación de tren! Y, de hecho,¿No es absurdo siquiera pensar en la justicia cuando todo tipo de violencia es aceptado por la sociedad como una necesidad racional y consistente, y todo acto de misericordia —por ejemplo, un veredicto absolutorio— provoca un estallido perfecto de sentimiento insatisfecho y vengativo?
Por la mañana, Iván Dmítrich se levantó de la cama horrorizado, con la frente bañada en sudor frío, convencido de que lo arrestarían en cualquier momento. Dado que sus sombríos pensamientos del día anterior lo habían atormentado durante tanto tiempo, pensó, debía de haber algo de cierto en ellos. De hecho, no podían haberle venido a la mente sin motivo alguno.
Un policía que caminaba lentamente pasó junto a las ventanas: no era casualidad. Allí estaban dos hombres, inmóviles y silenciosos cerca de la casa. ¿Por qué guardaban silencio? Y así siguieron días y noches angustiosos para Iván Dmítrich. Todo aquel que pasaba por las ventanas o entraba en el patio le parecía un espía o un detective. Al mediodía, el jefe de policía solía conducir por la calle con un par de caballos; iba desde su finca cerca del pueblo a la comisaría; pero Iván Dmítrich se imaginaba cada vez que conducía especialmente rápido, y que tenía una expresión peculiar: era evidente que tenía prisa por anunciar que había un criminal muy importante en el pueblo. Iván Dmítrich se sobresaltaba con cada timbre y cada llamada a la puerta, y se agitaba cada vez que se topaba con alguien nuevo en casa de su casera; cuando se encontraba con policías y gendarmes, sonreía y se ponía a silbar para parecer despreocupado. No pudo dormir durante noches enteras, temiendo ser arrestado, pero roncaba ruidosamente y suspiraba como si estuviera profundamente dormido, para que su casera pensara que dormía; pues si no podía dormir significaba que lo atormentaban los remordimientos de la conciencia: ¡menuda prueba! Los hechos y el sentido común lo convencieron de que todos estos terrores eran absurdos y morbosos, que, si se miraba el asunto con mayor amplitud, no había nada realmente terrible en el arresto y el encarcelamiento, siempre que la conciencia estuviera tranquila; pero cuanto más sensata y lógicamente razonaba, más aguda y angustiosa se volvía su angustia mental. Podría compararse con la historia de un ermitaño que intentó construir su vivienda en un bosque virgen; cuanto más afanosamente trabajaba con su hacha, más espeso se volvía el bosque. Al final, Iván Dmítrich, al ver que era inútil, abandonó por completo el razonamiento y se abandonó por completo a la desesperación y el terror.
Empezó a evitar a la gente y a buscar la soledad. Su trabajo oficial le había resultado desagradable antes; ahora se le hacía insoportable. Temía que de alguna manera lo metieran en problemas, que le metieran un soborno en el bolsillo sin que nadie se diera cuenta y luego lo denunciaran, o que cometiera accidentalmente un error en los documentos oficiales que pareciera fraudulento, o que perdiera el dinero de otros. Es extraño que su imaginación nunca hubiera sido tan ágil e inventiva como ahora, cuando a diario se le ocurrían miles de razones diferentes para preocuparse seriamente por su libertad y su honor; pero, por otro lado, su interés por el mundo exterior, en particular por los libros, se desvaneció notablemente, y su memoria empezó a fallarle.
En primavera, al derretirse la nieve, se encontraron en el barranco cercano al cementerio dos cadáveres medio descompuestos: los cuerpos de una anciana y un niño, con las huellas de una muerte violenta. No se hablaba de nada más que de estos cuerpos y de sus asesinos desconocidos. Para que nadie pensara que era culpable del crimen, Iván Dmítrich paseaba por las calles sonriendo, y al encontrarse con conocidos palidecía, se sonrojaba y comenzaba a declarar que no había crimen mayor que asesinar a los débiles e indefensos. Pero esta hipocresía pronto lo agotó, y tras reflexionar un poco, decidió que, en su situación, lo mejor era esconderse en el sótano de su casera. Permaneció allí sentado todo el día, y luego toda la noche, y luego otro día, con un frío terrible, y esperando hasta el anochecer, regresó sigilosamente, como un ladrón, a su habitación. Se quedó en medio de la habitación hasta el amanecer, escuchando sin moverse. Muy temprano por la mañana, antes del amanecer, entraron unos obreros en la casa. Iván Dmítrich sabía perfectamente que habían venido a arreglar la estufa de la cocina, pero el terror le indicó que eran policías disfrazados de obreros. Salió sigilosamente del piso y, dominado por el terror, corrió por la calle sin gorra ni abrigo. Los perros corrían tras él ladrando, un campesino gritaba a sus espaldas, el viento silbaba en sus oídos, y a Iván Dmítrich le pareció que la fuerza y la violencia del mundo entero se concentraban a sus espaldas y lo perseguían.
Lo detuvieron y lo llevaron a casa, y su casera mandó llamar a un médico. El doctor Andrey Yefimitch, de quien hablaremos más adelante, le recetó compresas frías en la cabeza y gotas de laurel, negó con la cabeza y se marchó, diciéndole a la casera que no volviera, pues no se debe molestar a quienes pierden el juicio. Como no tenía recursos para vivir en casa y recibir cuidados, Ivan Dmitritch fue enviado pronto al hospital, donde lo internaron en la sala de enfermos venéreos. No podía dormir por las noches, era caprichoso y perturbaba a los pacientes, y poco después, por orden de Andrey Yefimitch, fue trasladado a la sala número 6.
En el plazo de un año, Iván Dmitritch fue olvidado por completo en la ciudad, y sus libros, amontonados por su casera en un trineo en el cobertizo, fueron destrozados por los muchachos.
IV
El vecino de Ivan Dmitritch a la izquierda es, como ya he dicho, el judío Moiseika; su vecino a la derecha es un campesino tan rebosante de grasa que es casi esférico, con una cara de estupidez, completamente desprovisto de pensamiento. Es un animal inmóvil, glotón e impuro que ha perdido hace mucho tiempo toda capacidad de pensamiento y sentimiento. Siempre emana un hedor acre y sofocante.
Nikita, que tiene que limpiar lo que deja tirado, lo golpea terriblemente con todas sus fuerzas, sin escatimar los puños; y lo que es terrible no es que lo golpeen —a eso uno se puede acostumbrar—, sino el hecho de que esta estupefacta criatura no responde a los golpes con un sonido o un movimiento, ni con una mirada a los ojos, sino que solo se balancea un poco como un barril pesado.
El quinto y último habitante del Distrito n.° 6 es un artesano que en su día fue clasificador en la oficina de correos, un hombre delgado y rubio de rostro afable pero algo astuto. A juzgar por la mirada clara y alegre de sus ojos tranquilos e inteligentes, alberga una idea agradable en la mente y un secreto muy importante y agradable. Guarda algo bajo la almohada y bajo el colchón que nunca muestra a nadie, no por miedo a que se lo roben, sino por modestia. A veces se asoma a la ventana y, dándoles la espalda a sus compañeros, se pone algo sobre el pecho e inclinando la cabeza, lo mira; si uno se acerca a él en ese momento, se siente abrumado por la confusión y se arrebata algo del pecho. Pero no es difícil adivinar su secreto.
«Felicítame», le dice a menudo a Ivan Dmitritch; «Me han concedido la Orden Stanislav de segundo grado con la estrella. El segundo grado con la estrella solo se otorga a extranjeros, pero por alguna razón quieren hacer una excepción conmigo», dice con una sonrisa, encogiéndose de hombros con perplejidad. «Debo confesar que no me lo esperaba».
"No entiendo nada de eso", responde tristemente Ivan Dmitritch.
—¿Pero sabes lo que conseguiré tarde o temprano? —insiste el ex clasificador, entrecerrando los ojos con picardía—. Sin duda conseguiré la «Estrella Polar» sueca. Vale la pena esforzarse por conseguirla, una cruz blanca con una cinta negra. Es muy hermosa.
Probablemente en ningún otro lugar la vida es tan monótona como en esta sala. Por la mañana, los pacientes, excepto el paralítico y el campesino gordo, se lavan en la entrada con una gran tina y se limpian con los faldones de sus batas; después, toman té en tazas de hojalata que Nikita les trae del edificio principal. Cada uno tiene derecho a una taza. Al mediodía toman sopa de col agria y grano hervido, y por la noche cenan con el grano que les sobró de la cena. En los intervalos se tumban, duermen, miran por la ventana y caminan de un rincón a otro. Y así todos los días. Incluso el antiguo clasificador siempre habla de las mismas órdenes.
Rara vez se ven rostros nuevos en la sala número 6. El médico no ha admitido nuevos pacientes psiquiátricos desde hace mucho tiempo, y son pocos los aficionados a los manicomios. Una vez cada dos meses, Semión Lázarich, el barbero, aparece en la sala. No describiremos cómo les corta el pelo a los pacientes, cómo Nikita le ayuda a hacerlo, ni la inquietud que siempre les produce a los lunáticos la llegada del barbero borracho y sonriente.
Nadie mira dentro de la sala, salvo el barbero. Los pacientes están condenados a ver día tras día a nadie más que a Nikita.
Sin embargo, últimamente ha estado circulando en el hospital un rumor bastante extraño.
Se rumorea que el médico ha comenzado a visitar la sala número 6.
V
¡Un rumor extraño!
El Dr. Andrey Yefimitch Ragin es un hombre peculiar. Dicen que de joven era muy religioso y se preparó para la carrera clerical, y que al terminar sus estudios de bachillerato en 1863 pretendía ingresar en una academia teológica, pero que su padre, cirujano y doctor en medicina, se burló de él y declaró categóricamente que lo renegaría si se hacía sacerdote. Desconozco hasta qué punto esto es cierto, pero el propio Andrey Yefimitch ha confesado en más de una ocasión que nunca tuvo una inclinación natural por la medicina ni por la ciencia en general.
Sea como fuere, al terminar sus estudios en la facultad de medicina no se hizo sacerdote. No mostró ninguna devoción especial, y al principio de su carrera médica no se parecía más a un sacerdote que ahora.
Su aspecto es pesado, tosco como el de un campesino; su rostro, su barba, su cabello liso y su figura tosca y desgarbada sugieren a un posadero de caminos sobrealimentado, destemplado y severo. Su rostro, de aspecto hosco y cubierto de venas azules, tiene ojos pequeños y nariz roja. Con su altura y hombros anchos, tiene manos y pies enormes; uno pensaría que un puñetazo podría dejar a cualquiera sin vida, pero su paso es suave y su andar cauteloso e insinuante; cuando se encuentra con alguien en un pasaje estrecho, siempre es el primero en detenerse y ceder el paso, y en decir, no en voz baja, como cabría esperar, sino con un tenor agudo y suave: "¡Disculpe!". Tiene una pequeña hinchazón en el cuello que le impide usar cuellos rígidos y almidonados, por lo que siempre anda con camisas suaves de lino o algodón. En general, no viste como un médico. Lleva diez años usando el mismo traje, y la ropa nueva, que suele comprar en una tienda judía, le parece tan raída y arrugada como la vieja; ve pacientes, cena y hace visitas, todo con el mismo abrigo; pero esto no se debe a tacañería, sino a un completo descuido en cuanto a su apariencia.
Cuando Andrey Yefimitch llegó a la ciudad para asumir sus funciones, la "institución fundada para la gloria de Dios" se encontraba en un estado lamentable. Apenas se podía respirar por el hedor en las salas, los pasillos y los patios del hospital. El personal, las enfermeras y sus hijos dormían en las salas junto con los pacientes. Se quejaban de que no había dónde vivir para los escarabajos, las chinches y los ratones. Las salas de cirugía nunca estaban libres de erisipela. Solo había dos bisturíes y ningún termómetro en todo el hospital; se guardaban patatas en los baños. El superintendente, el ama de llaves y el auxiliar médico robaban a los pacientes, y del viejo médico, predecesor de Andrey Yefimitch, se decía que vendía alcohol en secreto al hospital y que mantenía un harén de enfermeras y pacientes. Estos desórdenes eran bien conocidos en la ciudad, e incluso se exageraban, pero la gente los tomaba con calma. Algunos los justificaban alegando que solo había campesinos y obreros en el hospital, quienes no podían estar insatisfechos, pues estaban mucho peor en casa que en el hospital: ¡no se les podía alimentar con becadas! Otros se excusaban diciendo que la ciudad por sí sola, sin la ayuda del zemstvo, no era capaz de mantener un buen hospital; gracias a Dios por tener uno, aunque fuera malo. Y el recién formado zemstvo no abrió enfermerías ni en la ciudad ni en los alrededores, aduciendo que la ciudad ya contaba con su propio hospital.
Tras inspeccionar el hospital, Andréi Yefímich llegó a la conclusión de que era una institución inmoral y extremadamente perjudicial para la salud de los ciudadanos. En su opinión, lo más sensato era dejar salir a los pacientes y cerrar el hospital. Pero reflexionó que su voluntad por sí sola no bastaba, y que sería inútil; si la impureza física y moral se expulsaba de un lugar, simplemente se trasladaría a otro; había que esperar a que desapareciera por sí sola. Además, si la gente abre un hospital y lo soporta, debe ser porque lo necesita; la superstición y todas las inmundicias y abominaciones de la vida cotidiana eran necesarias, ya que con el tiempo se convertían en algo sensato, como el estiércol se convierte en tierra negra. No había nada en la tierra tan bueno que no tuviera algo de desagradable en su origen.
Cuando Andrey Yefimitch asumió sus funciones, al parecer no le preocupaban demasiado las irregularidades del hospital. Solo pidió a los asistentes y enfermeras que no durmieran en las salas e hizo instalar dos armarios con instrumental; el superintendente, el ama de llaves, el auxiliar médico y la erisipela permanecieron sin cambios.
Andrey Yefimitch amaba intensamente la inteligencia y la honestidad, pero carecía de fuerza de voluntad y de fe en su derecho a organizar una vida inteligente y honesta. Era absolutamente incapaz de dar órdenes, prohibir cosas e insistir. Parecía como si hubiera hecho voto de no alzar la voz ni usar el imperativo. Le costaba decir «Trae» o «Trae»; cuando quería comer, tosía vacilante y le decía al cocinero: «¿Qué te parece el té?...» o «¿Qué te parece la cena?...». Despedir al superintendente, decirle que dejara de robar, o abolir por completo el innecesario puesto de parásito, estaba completamente fuera de su alcance. Cuando Andrey Yefimitch era engañado o adulado, o le llevaban a firmar cuentas que sabía que estaban manipuladas, se ponía rojo como un cangrejo y se sentía culpable, pero aun así firmaba las cuentas. Cuando los pacientes se quejaban de tener hambre o de la rudeza de las enfermeras, se mostraba confundido y murmuraba con culpa: «Muy bien, muy bien, lo explicaré más tarde... Lo más probable es que haya algún malentendido...».
Al principio, Andrey Yefimitch trabajaba con mucho celo. Atendía pacientes todos los días desde la mañana hasta la hora de la cena, realizaba operaciones e incluso asistía partos. Las damas decían de él que era atento y hábil para diagnosticar enfermedades, especialmente en mujeres y niños. Pero con el tiempo, el trabajo lo cansaba indudablemente por su monotonía y evidente inutilidad. Hoy se atienden treinta pacientes, y mañana han aumentado a treinta y cinco, al día siguiente a cuarenta, y así sucesivamente día tras día, año tras año, mientras que la mortalidad en la ciudad no disminuía ni los pacientes seguían llegando. Ayudar de verdad a cuarenta pacientes entre la mañana y la cena era físicamente imposible, por lo que solo podía conducir al engaño. Si se atendían doce mil pacientes al año, significaba, si se miraba simplemente, que doce mil hombres eran engañados. Internar a los enfermos graves en salas y tratarlos según los principios de la ciencia también era imposible, porque aunque existían principios, no había ciencia; Si dejara de lado la filosofía y siguiera las reglas pedantemente como otros médicos, lo más necesario sería limpieza y ventilación en lugar de suciedad, alimentación sana en lugar de caldo de col agria y pestilente, y buenos ayudantes en lugar de ladrones; y, de hecho, ¿por qué impedir que la gente muera si la muerte es el fin normal y legítimo de todos? ¿Qué se gana con que un comerciante o empleado viva cinco o diez años más? Si el objetivo de la medicina es aliviar el sufrimiento mediante fármacos, surge la pregunta: ¿por qué aliviarlo? En primer lugar, dicen que el sufrimiento lleva al hombre a la perfección; y en segundo lugar, si la humanidad realmente aprende a aliviar sus sufrimientos con pastillas y gotas, abandonará por completo la religión y la filosofía, en las que hasta ahora ha encontrado no solo protección contra todo tipo de problemas, sino incluso la felicidad. Pushkin sufrió terribles agonías antes de morir, el pobre Heine permaneció paralizado durante varios años; ¿Por qué entonces no habría de enfermarse algún Andrei Yefimitch o Matryona Savishna, cuya vida no tenía nada de importancia y habría sido completamente vacía y como la vida de una ameba si no fuera por el sufrimiento?
Oprimido por tales reflexiones, Andrei Yefimitch relajó sus esfuerzos y renunció a visitar el hospital todos los días.
VI
Su vida transcurría así. Por lo general, se levantaba a las ocho de la mañana, se vestía y tomaba el té. Luego se sentaba en su estudio a leer o iba al hospital. En el hospital, los pacientes externos esperaban sentados en el oscuro y estrecho pasillo a ser atendidos por el médico. Las enfermeras y los asistentes, pisando fuerte con sus botas sobre el suelo de ladrillo, corrían junto a ellos; pacientes de aspecto demacrado pasaban en batas; se transportaban cadáveres y recipientes llenos de suciedad; los niños lloraban y corría una corriente de aire frío. Andréi Yefímich sabía que ese entorno era una tortura para los pacientes febriles, tísicos e impresionables; pero ¿qué se podía hacer? En la consulta lo esperaba su ayudante, Serguéi Serguéievich, un hombrecillo gordo de rostro regordete, afeitado y bien lavado, de modales suaves y afables, vestido con un traje nuevo de corte holgado y con más aspecto de senador que de auxiliar médico. Tenía una vasta consulta en la ciudad, vestía corbata blanca y se consideraba más competente que el médico, quien no tenía consulta. En un rincón del consultorio había un gran icono en un altar con una pesada lámpara delante, y cerca de él un candelabro con una cubierta blanca. En las paredes colgaban retratos de obispos, una vista del Monasterio de Svyatogorski y coronas de acianos secos. Serguéi Serguéievich era religioso y apreciaba la solemnidad y el decoro. El icono había sido erigido a sus expensas; siguiendo sus instrucciones, uno de los pacientes leía los himnos de alabanza en el consultorio los domingos, y después de la lectura, el propio Serguéi Serguéievich recorría las salas con un incensario y quemaba incienso.
Había muchísimos pacientes, pero el tiempo era escaso, así que el trabajo se limitaba a hacer unas breves preguntas y administrar algunos medicamentos, como aceite de ricino o ungüento volátil. Andréi Yefímich se sentaba con la mejilla apoyada en la mano, absorto en sus pensamientos y haciendo preguntas mecánicamente. Serguéi Serguéievich también se sentaba, frotándose las manos y, de vez en cuando, interviniendo.
«Sufrimos dolor y pobreza», decía, «porque no rezamos al Dios misericordioso como deberíamos. ¡Sí!».
Andréi Yefímich nunca operaba cuando atendía a sus pacientes; hacía tiempo que había dejado de hacerlo, y ver sangre lo perturbaba. Cuando tenía que abrirle la boca a un niño para examinarle la garganta, y este lloraba e intentaba defenderse con sus manitas, el ruido en sus oídos le hacía dar vueltas la cabeza y le llenaba los ojos de lágrimas. Se apresuraba a recetar un medicamento y le hacía señas a la mujer para que se llevara al niño.
Pronto se cansó de la timidez y la incoherencia de los pacientes, de la proximidad del piadoso Serguéi Serguéievich, de los retratos en las paredes y de sus propias preguntas, que se había hecho una y otra vez durante veinte años. Y se marchaba después de ver a cinco o seis pacientes. El resto los atendía su asistente en su ausencia.
Con la grata idea de que, gracias a Dios, ya no tenía consulta privada y de que nadie lo interrumpiría, Andrei Yefimitch se sentó a la mesa nada más llegar a casa y cogió un libro. Leía mucho, siempre con placer. La mitad de su sueldo se la gastaba en comprar libros, y de las seis habitaciones que componían su vivienda, tres estaban abarrotadas de libros y revistas viejas. Sus obras favoritas eran las de historia y filosofía; la única publicación médica a la que estaba suscrito era "El Doctor" , de la que siempre leía las últimas páginas. Leía durante horas sin descanso ni cansancio. No leía tan rápido e impulsivamente como Ivan Dmitritch, sino despacio y con concentración, deteniéndose a menudo en algún pasaje que le gustaba o que no le resultaba comprensible. Cerca de los libros siempre había una botella de vodka, y junto a ella, un pepino encurtido o una manzana encurtida, no en un plato, sino sobre el mantel de bayeta. Cada media hora se servía un vaso de vodka y se lo bebía sin apartar la vista del libro. Luego, sin mirarlo, buscaba el pepino y le daba un mordisco.
A las tres se dirigía con cautela a la puerta de la cocina, tosía y decía: «Daryushka, ¿qué quieres cenar?».
Después de su cena —bastante pobre y servida con descuido—, Andréi Yefímich recorría sus habitaciones con los brazos cruzados, pensando. El reloj daba las cuatro, luego las cinco, y él seguía caminando de un lado a otro, pensando. De vez en cuando, la puerta de la cocina crujía y aparecía el rostro rojo y soñoliento de Daryushka.
«Andréi Yefímich, ¿no es hora de que tomes tu cerveza?», preguntaba ansiosamente.
«No, todavía no es hora...», respondía. «Esperaré un poco... Esperaré un poco...».
Hacia la tarde, el jefe de correos, Mihail Averiánich, el único hombre del pueblo cuya compañía no aburría a Andréi Yefímich, llegaba. Mihail Averiánich había sido un terrateniente muy rico y había servido en la caballería, pero se arruinó y la pobreza lo obligó a aceptar un trabajo en la oficina de correos a una edad avanzada. Tenía un aspecto saludable y vigoroso, unas abundantes patillas grises, modales de hombre bien educado y una voz potente y agradable. Era bondadoso y emotivo, pero irascible. Cuando alguien en la oficina de correos protestaba, expresaba su desacuerdo o incluso empezaba a discutir, Mihail Averiánich se ponía colorado, temblaba y gritaba con voz de trueno: "¡Cállate!". De modo que la oficina de correos había gozado durante mucho tiempo de la reputación de una institución que daba pena visitar. Mihail Averiánich apreciaba y respetaba a Andréi Yefímich por su cultura y la nobleza de su alma; Trataba a los demás habitantes de la ciudad con altivez, como si fueran sus subordinados.
«Aquí estoy», decía, entrando en casa de Andréi Yefímich. «¡Buenas noches, querido! Seguro que ya te estás cansando de mí, ¿verdad?».
—Al contrario, estoy encantado —dijo el doctor—. Siempre me alegra verte.
Los amigos se sentaban en el sofá del estudio y durante un rato fumaban en silencio.
—Daryushka, ¿qué hay de la cerveza? —preguntaba Andrey Yefimitch.
Bebían la primera botella en silencio, el médico pensativo y Mihail Averiánich con el rostro alegre y animado, como quien tiene algo muy interesante que contar. El médico siempre era quien iniciaba la conversación.
«Qué lástima», decía en voz baja y despacio, sin mirar a su amigo a la cara (nunca miraba a nadie a la cara), «qué lástima que no haya gente en nuestro pueblo capaz de mantener una conversación inteligente e interesante, o que se preocupe por ello. Es una inmensa privación para nosotros. Ni siquiera la clase culta supera la vulgaridad; su nivel de desarrollo, te lo aseguro, no es ni remotamente superior al de las clases bajas».
—Totalmente cierto. Estoy de acuerdo.
“Sabe, por supuesto”, continuó el doctor en voz baja y pausada, “que todo en este mundo es insignificante y carente de interés, salvo las manifestaciones espirituales superiores de la mente humana. El intelecto traza una línea nítida entre los animales y el hombre, sugiere la divinidad de este último y, en cierta medida, incluso sustituye la inmortalidad, que no existe. En consecuencia, el intelecto es la única fuente posible de goce. No vemos ni oímos rastro alguno de intelecto a nuestro alrededor, por lo que estamos privados de goce. Tenemos libros, es cierto, pero eso no es en absoluto lo mismo que hablar y conversar en vivo. Si me permite una comparación no muy acertada: los libros son la partitura impresa, mientras que la conversación es el canto.”
“Totalmente cierto.”
Se hacía el silencio. Daryushka salía de la cocina y, con expresión de absoluto desaliento, se quedaba en la puerta escuchando, con la cara apoyada en el puño.
—¡Eh! —suspiraba Mihail Averiánich—. ¡Esperar inteligencia de esta generación!
Y describía lo sana, entretenida e interesante que había sido la vida en el pasado. Qué inteligente era la clase culta en Rusia, y qué nobles ideas tenía sobre el honor y la amistad; cómo prestaban dinero sin pagaré, y se consideraba una vergüenza no ayudar a un compañero necesitado; ¡y qué campañas, qué aventuras, qué escaramuzas, qué camaradas, qué mujeres! ¡Y el Cáucaso, qué país tan maravilloso! La esposa de un comandante de batallón, una mujer peculiar, solía ponerse el uniforme de oficial y partir hacia las montañas al anochecer, sola, sin guía. Se decía que había tenido una aventura amorosa con un príncipe de su pueblo natal.
“Reina del Cielo, Santa Madre...” suspiraba Daryushka.
¡Y cómo bebíamos! ¡Y cómo comíamos! ¡Y qué liberales tan desesperados éramos!
Andrei Yefimitch escuchaba sin oír, meditaba mientras bebía un sorbo de cerveza.
“A menudo sueño con personas intelectuales y hablo con ellas”, dijo de repente, interrumpiendo a Mihail Averianitch. Mi padre me dio una excelente educación, pero bajo la influencia de las ideas de los años sesenta me hizo médico. Creo que si no le hubiera obedecido entonces, ahora estaría en el centro mismo del movimiento intelectual. Probablemente ya habría entrado en alguna universidad. Claro que el intelecto también es transitorio y no eterno, pero ya sabes por qué le tengo predilección. La vida es una trampa fastidiosa; cuando un hombre pensante alcanza la madurez y la plena consciencia, no puede evitar sentir que está en una trampa de la que no hay escapatoria. De hecho, es llamado sin su elección por circunstancias fortuitas de la nada a la vida... ¿para qué? Intenta descubrir el sentido y el objeto de su existencia; no se le dice nada, o se le dicen absurdos; llama y no se le abre; la muerte le llega, también sin su elección. Y así, así como en la cárcel los hombres unidos por la desgracia común se sienten más a gusto estando juntos, así uno no nota la trampa de la vida. Cuando personas con inclinación al análisis y la generalización se reúnen y pasan el tiempo intercambiando ideas orgullosas y libres. En ese sentido, el intelecto es la fuente de un goce insustituible.
“Totalmente cierto.”
Sin mirar a su amigo a la cara, Andrei Yefimitch seguía hablando en voz baja y con pausas sobre los intelectuales y las conversaciones con ellos, y Mihail Averianitch escuchaba atentamente y asintía: "Totalmente cierto".
“¿Y no crees en la inmortalidad del alma?”, preguntaba de repente.
—No, honorable Mihail Averiánich; no lo creo y no tengo motivos para creerlo.
Debo confesar que yo también lo dudo. Y, sin embargo, tengo la sensación de que nunca moriré. Ay, pienso: «¡Viejo cascarrabias, ya es hora de que mueras!». Pero hay una vocecita en mi alma que dice: «No lo creas; no morirás».
Poco después de las nueve, Mihail Averiánich se marchaba. Mientras se ponía el abrigo de piel en la entrada, decía con un suspiro:
¡A qué destino tan salvaje nos ha llevado! Lo más fastidioso de todo es tener que morir aquí. ¡Ech!...
VII
Tras despedir a su amigo, Andréi Yefímich se sentaba a la mesa y retomaba la lectura. La quietud de la tarde, y después de la noche, no se rompía con un solo sonido, y parecía como si el tiempo se hubiera detenido, meditando con el doctor sobre el libro, como si no existiera nada más que los libros y la lámpara de pantalla verde. El rostro tosco y campesino del doctor se iluminaba gradualmente con una sonrisa de deleite y entusiasmo ante el progreso del intelecto humano. «Oh, ¿por qué no es el hombre inmortal?», pensó. «¿De qué sirven los centros y circunvoluciones cerebrales, la vista, el habla, la autoconciencia, el genio, si todo está destinado a desaparecer en la tierra, a enfriarse junto con la corteza terrestre y luego a volar durante millones de años con la tierra alrededor del sol sin sentido ni propósito?». Para ello no hacía falta en absoluto sacar al hombre de la inexistencia con su intelecto elevado, casi divino, y luego, como en una burla, convertirlo en arcilla. ¡La transmutación de las sustancias! ¡Pero qué cobardía consolarse con ese barato sustituto de la inmortalidad! Los procesos inconscientes que tienen lugar en la naturaleza son incluso inferiores a la estupidez del hombre, pues en la estupidez hay, de todos modos, consciencia y voluntad, mientras que en esos procesos no hay absolutamente nada. Solo el cobarde que teme más a la muerte que a la dignidad puede consolarse con el hecho de que su cuerpo con el tiempo volverá a vivir en la hierba, en las piedras, en el sapo. Encontrar la propia inmortalidad en la transmutación de las sustancias es tan extraño como profetizar un futuro brillante para el estuche después de que un preciado violín se haya roto y haya quedado inservible.
Cuando el reloj daba la hora, Andrei Yefimitch se hundía en su silla y cerraba los ojos para pensar un poco. Y bajo la influencia de las bellas ideas que había estado leyendo, sin darse cuenta, recordaba su pasado y su presente. El pasado era odioso; mejor no pensar en él. Y era lo mismo en el presente que en el pasado. Sabía que, justo cuando sus pensamientos flotaban junto con la tierra que se enfriaba alrededor del sol, en el edificio principal, junto a su vivienda, la gente sufría enfermedades e impurezas físicas: alguien tal vez no podía dormir y luchaba contra los insectos, alguien se estaba contagiando de erisipela o se quejaba de una venda demasiado apretada; tal vez los pacientes jugaban a las cartas con las enfermeras y bebían vodka. Según el informe anual, doce mil personas habían sido engañadas; Todo el hospital, como hacía veinte años, dependía del robo, la suciedad, los escándalos, los chismes y la charlatanería descarada; y, como antes, era una institución inmoral, extremadamente perjudicial para la salud de los habitantes. Sabía que Nikita maltrataba a los pacientes tras las ventanas enrejadas del pabellón número 6, y que Moiseika recorría el pueblo todos los días pidiendo limosna.
Por otra parte, sabía muy bien que en los últimos veinticinco años se había producido un cambio mágico en la medicina. Cuando estudiaba en la universidad, imaginaba que la medicina pronto sería superada por el destino de la alquimia y la metafísica; pero ahora, al leer por la noche, la ciencia de la medicina lo conmovía y despertaba su asombro, e incluso su entusiasmo. ¡Qué brillantez inesperada, qué revolución! Gracias al sistema antiséptico, se realizaban operaciones que el gran Pirogov había considerado imposibles incluso en spe . Los médicos comunes del Zemstvo se aventuraban a realizar la resección de la rótula; de las operaciones abdominales, solo el uno por ciento era mortal; mientras que la litotricia se consideraba una nimiedad tan insignificante que ni siquiera se escribía sobre ella. Se había descubierto una cura radical para la sífilis. ¡Y la teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y Koch, la higiene basada en la estadística y el trabajo de los médicos del Zemstvo!
La psiquiatría, con su moderna clasificación de enfermedades mentales, métodos de diagnóstico y tratamiento, era un Elborus perfecto en comparación con lo que había sido en el pasado. Ya no se les echaba un jarro de agua fría a los lunáticos ni se les imponía una camisa de fuerza; se les trataba con humanidad e incluso, según se decía en la prensa, se les organizaban bailes y espectáculos. Andrei Yefimitch sabía que, con los gustos y las opiniones modernas, una abominación como el pabellón número 6 solo era posible a ciento cincuenta millas de una vía férrea, en un pueblito donde el alcalde y todo el ayuntamiento eran comerciantes medio analfabetos que consideraban al médico un oráculo al que había que creer sin crítica alguna, incluso si les hubiera vertido plomo fundido en la boca; en cualquier otro lugar, el público y la prensa habrían hecho pedazos hace mucho tiempo esta pequeña Bastilla.
«Pero, al fin y al cabo, ¿qué importa?», se preguntaba Andrey Yefimitch, abriendo los ojos. «Está el sistema antiséptico, está Koch, está Pasteur, pero la realidad esencial no ha cambiado en lo más mínimo; la mala salud y la mortalidad siguen siendo las mismas. Organizan bailes y diversiones para los locos, pero aun así no los dejan libres; así que todo son tonterías y vanidad, y en realidad no hay diferencia entre la mejor clínica de Viena y mi hospital». Pero la depresión y un sentimiento parecido a la envidia le impedían sentirse indiferente; debía de ser por agotamiento. Su pesada cabeza se hundió en el libro, se tapó la cara con las manos para suavizarla y pensó: «Sirvo en una institución perniciosa y recibo un salario de gente a la que engaño. No soy honesto, pero claro, yo mismo no soy nada, solo soy parte de un mal social inevitable: todos los funcionarios locales son perniciosos y reciben su salario por no hacer nada... Así que, por mi deshonestidad, no soy yo el culpable, sino los tiempos... Si hubiera nacido doscientos años después, habría sido diferente...».
Cuando daban las tres apagaba la lámpara y se iba a su dormitorio; no tenía sueño.
VIII
Dos años antes, el zemstvo, con una actitud liberal, había decidido asignar trescientos rublos anuales para cubrir servicios médicos adicionales en la ciudad hasta la apertura del hospital zemstvo, y el médico de distrito, Yevgeny Fyodoritch Hobotov, fue invitado a la ciudad para asistir a Andrey Yefimitch. Era un hombre muy joven —no había cumplido aún los treinta—, alto y moreno, de pómulos anchos y ojos pequeños; sus antepasados probablemente provenían de alguna de las muchas razas extranjeras de Rusia. Llegó a la ciudad sin un céntimo, con una pequeña maleta y una joven sencilla a la que llamaba su cocinera. Esta mujer estaba amamantando a un bebé. Yevgeny Fyodoritch solía ir con gorra con visera y botas altas, y en invierno usaba una piel de oveja. Hizo una gran amistad con Sergey Sergeyitch, el asistente médico, y con el tesorero, pero se mantenía alejado de los demás funcionarios, y por alguna razón los llamaba aristócratas. Solo tenía un libro en su alojamiento: «Las últimas recetas de la Clínica de Viena para 1881». Cuando visitaba a un paciente, siempre lo llevaba consigo. Jugaba al billar por las noches en el club: no le gustaban las cartas. Le gustaba mucho usar en sus conversaciones expresiones como «patrañas sin fin», «jabón blando», «cállate ya con tus divagaciones...».
Visitaba el hospital dos veces por semana, recorría las salas y atendía a pacientes externos. La ausencia total de tratamiento antiséptico y de ventosas lo indignaba, pero no introdujo ningún sistema nuevo por temor a ofender a Andrey Yefimitch. Consideraba a su colega un viejo pícaro y astuto, sospechaba que era un hombre adinerado y lo envidiaba en secreto. Habría estado muy contento de ocupar su puesto.
IX
Una tarde de primavera, a finales de marzo, cuando ya no quedaba nieve en el suelo y los estorninos cantaban en el jardín del hospital, el médico salió a ver a su amigo el cartero hasta la puerta. En ese preciso instante, el judío Moiseika, que regresaba con su botín, entró en el patio. No llevaba gorra y calzaba chanclos; en la mano llevaba una bolsita de monedas de cobre.
"¡Dame un kopek!", le dijo al médico, sonriendo y temblando de frío. Andrei Yefimitch, que jamás le negaba nada a nadie, le dio una moneda de diez kopeks.
"¡Qué mal!", pensó, mirando los pies descalzos del judío, con sus delgados tobillos rojos. "¡Pero si está mojado!"
Y movido por un sentimiento que se acercaba a la compasión y al asco, entró en la caseta detrás del judío, mirando ora su calva, ora sus tobillos. Al entrar el médico, Nikita saltó de su montón de basura y se puso firme.
—Buenos días, Nikita —dijo Andrey Yefimitch con suavidad—. A ese judío deberían darle botas o algo, se va a resfriar.
—Claro, señoría. Informaré al superintendente.
Por favor, pídele en mi nombre. Dile que yo lo pedí.
La puerta de la sala estaba abierta. Iván Dmítrich, recostado sobre un codo en la cama, escuchó alarmado la voz desconocida y de repente reconoció al médico. Temblando de ira, se levantó de un salto y, con el rostro rojo y furioso, con los ojos desorbitados, salió corriendo al centro de la calle.
—¡Ha llegado el doctor! —gritó y soltó una carcajada—. ¡Por fin! Caballeros, los felicito. ¡El doctor nos honra con una visita! ¡Maldito reptil! —chilló, y pateó con un frenesí como nunca antes se había visto en la sala—. ¡Maten al reptil! No, matar es demasiado bueno. ¡Ahogadlo en el basurero!
Al oír esto, Andrei Yefimitch miró hacia la sala desde la entrada y preguntó con dulzura: "¿Para qué?".
—¿Para qué? —gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y envolviéndose convulsivamente en su bata—. ¿Para qué? ¡Ladrón! —dijo con repulsión, moviendo los labios como si fuera a escupirle—. ¡Cuac! ¡Verdugo!
—Tranquilízate —dijo Andréi Yefímich, sonriendo con aire de culpabilidad—. Te aseguro que nunca he robado nada; y en cuanto al resto, probablemente exageras mucho. Veo que estás enfadado conmigo. Cálmate, te lo ruego, si puedes, y dime con serenidad por qué estás enfadado.
"¿Por qué me tienes aquí?"
“Porque estás enfermo.”
Sí, estoy enfermo. Pero sabes que decenas, cientos de locos andan sueltos porque tu ignorancia es incapaz de distinguirlos de los cuerdos. ¿Por qué me tienen que encerrar aquí a mí y a estos pobres desgraciados como chivos expiatorios de todos los demás? Tú, tu ayudante, el superintendente y toda tu gentuza de hospital son moralmente inconmensurablemente inferiores a cada uno de nosotros; ¿por qué entonces nos tienen encerrados a nosotros y a ti no? ¿Qué lógica tiene?
La moral y la lógica no influyen, todo depende del azar. Si alguien está encerrado, tiene que quedarse, y si alguien no está encerrado, puede andar por ahí, eso es todo. No hay moral ni lógica en que yo sea médico y tú un enfermo mental; no hay más que azar.
—No entiendo esas tonterías… —exclamó Ivan Dmitritch con voz hueca y se sentó en la cama.
Moiseika, a quien Nikita no se atrevió a registrar en presencia del médico, colocó sobre su cama trozos de pan, papelitos y huesitos, y, todavía temblando de frío, empezó rápidamente, con voz cantarina, a decir algo en yidis. Probablemente imaginó que había abierto una tienda.
—Déjenme salir —dijo Iván Dmitritch y su voz tembló.
"No puedo."
“¿Pero por qué, por qué?”
Porque no está en mi poder. Piensa, ¿de qué te servirá si te dejo salir? Vete. La gente del pueblo o la policía te detendrán o te traerán de vuelta.
—Sí, sí, es cierto —dijo Iván Dmítrich, frotándose la frente—. ¡Es horrible! Pero ¿qué voy a hacer? ¿Qué?
A Andréi Yefímich le gustaba la voz de Iván Dmítrich y su rostro joven e inteligente, con sus muecas. Anhelaba ser amable con el joven y consolarlo; se sentó en la cama junto a él, pensó y dijo:
Me preguntas qué hacer. En tu situación, lo mejor sería huir. Pero, por desgracia, es inútil. Te arrestarían. Cuando la sociedad se protege de los criminales, los desequilibrados o cualquier otra persona incómoda, es invencible. Solo te queda una cosa: resignarte a la idea de que tu presencia aquí es inevitable.
“No le sirve a nadie.”
Mientras existan cárceles y manicomios, alguien tendrá que estar encerrado en ellos. Si no eres tú, yo. Si no soy yo, una tercera persona. Esperen a que, en un futuro lejano, las cárceles y los manicomios dejen de existir, y no haya rejas en las ventanas ni batas de hospital. Claro que ese momento llegará tarde o temprano.
Ivan Dmitritch sonrió irónicamente.
—Está bromeando —dijo, entrecerrando los ojos—. Caballeros como usted y su asistente Nikita no tienen nada que ver con el futuro, pero puede estar seguro, señor, ¡vendrán días mejores! Puede que me exprese con ligereza, puede que se ría, pero el amanecer de una nueva vida está cerca; la verdad y la justicia triunfarán, y... ¡nos llegará el turno! No viviré para verlo, pereceré, pero los bisnietos de algunos lo verán. Los saludo de todo corazón y me regocijo, ¡me regocijo con ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios los ayude, amigos!
Con los ojos brillantes, Iván Dmitritch se levantó y, extendiendo las manos hacia la ventana, continuó con emoción en su voz:
¡Desde tras estas rejas los bendigo! ¡Viva la verdad y la justicia! ¡Me regocijo!
“No veo ningún motivo de alegría”, dijo Andrey Yefimitch, quien consideraba teatral el movimiento de Ivan Dmitritch, aunque le encantaba. “No habrá cárceles ni manicomios, y la verdad, como usted acaba de expresarla, triunfará; pero la realidad de las cosas, como usted sabe, no cambiará; las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. La gente sufrirá, envejecerá y morirá como ahora. Por magnífico que un amanecer iluminara su vida, al final terminaría clavado en un ataúd y arrojado a un agujero”.
“¿Y la inmortalidad?”
“¡Oh, ven, ahora!”
Tú no lo crees, pero yo sí. Alguien, en Dostoievski o Voltaire, dijo que si no hubiera existido Dios, los hombres lo habrían inventado. Y creo firmemente que, si no existe la inmortalidad, el gran intelecto humano, tarde o temprano, la inventará.
—Bien dicho —observó Andréi Yefímich, sonriendo complacido—. Qué bien que tengas fe. Con esa fe se puede vivir feliz incluso encerrado entre paredes. Supongo que habrás estudiado en algún sitio.
“Sí, estuve en la universidad, pero no terminé mis estudios”.
Eres un hombre reflexivo y pensativo. En cualquier entorno puedes encontrar tranquilidad interior. Un pensamiento libre y profundo que busca comprender la vida, y un desprecio absoluto por el ajetreo del mundo: esas son dos bendiciones que el hombre jamás ha conocido. Y puedes poseerlas aunque vivas tras tres rejas. Diógenes vivía en una tina, pero era más feliz que todos los reyes de la tierra.
—Tu Diógenes era un imbécil —dijo Iván Dmítrich con tristeza—. ¿Por qué me hablas de Diógenes y de una estúpida comprensión de la vida? —exclamó, enfurecido de repente y poniéndose en pie de un salto—. Amo la vida; la amo apasionadamente. Tengo la manía de la persecución, un terror continuo y agonizante; pero hay momentos en que me abruma la sed de vivir, y entonces temo volverme loco. ¡Deseo vivir con locura, con locura!
Caminó agitado de un lado a otro por la sala y dijo, bajando la voz:
Cuando sueño, me persiguen fantasmas. La gente se me acerca, oigo voces y música, y me imagino caminando por el bosque o por la orilla del mar, y anhelo con tanta pasión el movimiento, los intereses... Venga, dime, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Iván Dmítrich—. ¿Qué ocurre?
“¿Quieres saber sobre la ciudad o en general?”
“Bueno, cuéntame primero sobre la ciudad y luego en general”.
Bueno, en el pueblo es terriblemente aburrido... No hay nadie a quien decirle una palabra, nadie a quien escuchar. No hay gente nueva. Un joven médico llamado Hobotov llegó hace poco.
Había llegado en mi época. Bueno, es un canalla, ¿no?
Sí, es un hombre sin cultura. Es extraño, ¿sabe?... A juzgar por todos los indicios, no hay estancamiento intelectual en nuestras capitales; hay un movimiento, así que debe haber gente de verdad allí también; pero por alguna razón siempre nos envían hombres que preferiría no ver. ¡Qué mala suerte tiene esta ciudad!
—Sí, es un pueblo desafortunado —suspiró Iván Dmítrich, y rió—. ¿Y qué tal van las cosas en general? ¿Qué publican en los periódicos y las reseñas?
Ya era de noche en la sala. El médico se levantó y, de pie, comenzó a describir lo que se escribía en el extranjero y en Rusia, y la tendencia de pensamiento que se percibía. Iván Dmítrich escuchaba atentamente y hacía preguntas, pero de repente, como si recordara algo terrible, se llevó las manos a la cabeza y se tumbó en la cama, dándole la espalda al médico.
“¿Qué ocurre?” preguntó Andrei Yefimitch.
—No volverás a saber nada de mí —dijo Iván Dmítrich con rudeza—. Déjame en paz.
“¿Por qué?”
—Te digo que me dejes en paz. ¿Por qué demonios insistes?
Andréi Yefímich se encogió de hombros, suspiró y salió. Al cruzar la entrada, dijo: «Deberías limpiarte un poco, Nikita... Hay un olor horriblemente sofocante».
—Por supuesto, señoría.
"¡Qué joven tan agradable!", pensó Andréi Yefímich al volver a su piso. "En todos los años que llevo viviendo aquí, creo que es el primero que conozco con quien se puede conversar. Es capaz de razonar y se interesa por las cosas adecuadas."
Mientras leía y después, mientras se iba a dormir, no dejaba de pensar en Iván Dmitritch, y cuando se despertó a la mañana siguiente recordó que el día anterior había conocido a un hombre inteligente e interesante, y decidió visitarlo de nuevo lo antes posible.
incógnita
Iván Dmítrich yacía en la misma posición que el día anterior, con la cabeza agarrada con ambas manos y las piernas encogidas. No se le veía el rostro.
—Buenos días, amigo —dijo Andrey Yefimitch—. ¿No estás dormido?
—En primer lugar, no soy tu amigo —articuló Iván Dmítrich contra la almohada—; y en segundo lugar, tus esfuerzos son inútiles; no conseguirás sacarme ni una palabra.
—Qué extraño —murmuró Andréi Yefímich, confundido—. Ayer hablamos tranquilamente, pero de repente, por alguna razón, te ofendiste y te interrumpiste de golpe... Probablemente me expresé con torpeza, o tal vez dije algo que no encajaba con tus convicciones...
—¡Sí, una buena idea! —dijo Iván Dmítrich, incorporándose y mirando al médico con ironía e inquietud. Tenía los ojos enrojecidos—. Puedes ir a espiar y a investigar a otro sitio, no tiene caso que lo hagas aquí. Ayer supe a qué venías.
—Qué idea tan rara —rió el doctor—. ¿Así que cree que soy un espía?
—Sí, lo sé... Un espía o un médico encargado de hacerme pruebas... da igual...
—Oh, disculpe, ¡qué tipo tan raro es usted realmente!
El médico se sentó en el taburete cerca de la cama y meneó la cabeza en señal de reproche.
—Pero supongamos que tiene razón —dijo—, supongamos que intento a traición tenderle una trampa para que diga algo que lo delate ante la policía. Sería arrestado y luego juzgado. Pero ¿estaría usted peor siendo juzgado y en prisión que aquí? Si lo destierran a un asentamiento, o incluso lo envían a trabajos forzados, ¿sería peor que estar encerrado en este pabellón? Supongo que no sería peor... ¿De qué tiene miedo, entonces?
Estas palabras, evidentemente, hicieron mella en Iván Dmítrich. Se sentó en silencio.
Eran entre las cuatro y las cinco de la tarde, la hora en que Andréi Yefímich solía pasearse por sus habitaciones, y Daryushka le preguntó si no era la hora de tomar su cerveza. Era un día tranquilo y luminoso.
“Salí a dar un paseo después de cenar, y aquí estoy, como ve”, dijo el doctor. “Es primavera”.
—¿Qué mes es? ¿Marzo? —preguntó Iván Dmitritch.
“Sí, a finales de marzo.”
“¿Hay mucho barro?”
—No, no mucho. Ya hay senderos en el jardín.
—Sería bonito ir en coche abierto a algún lugar del campo —dijo Iván Dmítrich, frotándose los ojos enrojecidos como si acabara de despertar—, luego volver a casa a un estudio calentito y cómodo, y... y tener un buen médico que me cure el dolor de cabeza... Hace tanto tiempo que no vivo como un ser humano. ¡Es repugnante aquí! ¡Insoportablemente repugnante!
Tras la excitación del día anterior, estaba exhausto y apático, y hablaba con desgana. Le temblaban los dedos, y su rostro dejaba entrever un terrible dolor de cabeza.
“No hay diferencia real entre un estudio cálido y acogedor y esta sala”, dijo Andrey Yefimitch. “La paz y la satisfacción de un hombre no residen fuera de él, sino en sí mismo”.
"¿Qué quieres decir?"
“El hombre común busca el bien y el mal en las cosas externas, es decir, en los coches, en los estudios, pero un hombre pensante lo busca en sí mismo”.
Deberías ir a predicar esa filosofía a Grecia, donde el clima es cálido y fragante, con el aroma de las granadas, pero aquí no es adecuado. ¿Con quién hablaba de Diógenes? ¿Contigo?
“Sí, conmigo ayer.”
Diógenes no necesitaba un estudio ni una vivienda cálida; allí hace calor sin él. Puedes tumbarte en tu bañera y comer naranjas y aceitunas. Pero tráelo a Rusia a vivir: estaría rogando que lo dejaran entrar en mayo, y ni hablar de diciembre. Estaría hecho un ovillo por el frío.
No. Se puede ser insensible al frío como a cualquier otro dolor. Marco Aurelio dice: «Un dolor es una idea vívida del dolor; haz un esfuerzo de voluntad para cambiar esa idea, deséchala, deja de quejarte, y el dolor desaparecerá». Es cierto. El hombre sabio, o simplemente el hombre reflexivo y pensativo, se distingue precisamente por su desprecio por el sufrimiento; siempre está contento y nada le sorprende.
“Entonces soy un idiota, ya que sufro y estoy descontento y sorprendido por la bajeza de la humanidad”.
Te equivocas en eso; si reflexionas más sobre el tema, comprenderás lo insignificante que es todo ese mundo externo que nos perturba. Hay que esforzarse por comprender la vida, y en eso reside la verdadera felicidad.
“Comprensión…” repitió Iván Dmitritch frunciendo el ceño. “Externo, interno... Disculpe, pero no lo entiendo. Solo sé”, dijo, levantándose y mirando enojado al médico, “solo sé que Dios me ha creado de sangre caliente y nervios, ¡sí, claro! Si el tejido orgánico es capaz de vivir, debe reaccionar a todo estímulo. ¡Y lo hago! Al dolor respondo con lágrimas y gritos, a la bajeza con indignación, a la inmundicia con asco. Para mí, eso es precisamente lo que se llama vida. Cuanto más bajo es el organismo, menos sensible es y más débilmente reacciona a los estímulos; y cuanto más alto es, con mayor respuesta y vigor reacciona a la realidad. ¿Cómo es que no lo sabe? ¡Un médico, y no sabe esas nimiedades! Para despreciar el sufrimiento, estar siempre contento y no sorprenderse de nada, uno debe alcanzar esta condición” —e Iván Dmítrich señaló al campesino que era una masa de grasa— “o endurecerse sufriendo hasta tal punto que Se pierde toda sensibilidad; es decir, se deja de vivir. —Disculpen, no soy sabio ni filósofo —continuó Iván Dmítrich con irritación—, y no entiendo nada de esto. No soy capaz de razonar.
“Por el contrario, su razonamiento es excelente”.
Los estoicos, a quienes parodias, fueron personas notables, pero su doctrina cristalizó hace dos mil años y no ha avanzado ni avanzará ni un ápice, ya que no es práctica ni viva. Solo tuvo éxito con la minoría que se pasa la vida saboreando todo tipo de teorías y rumiándolas; la mayoría no la entendió. Una doctrina que aboga por la indiferencia hacia la riqueza y las comodidades de la vida, y el desprecio por el sufrimiento y la muerte, es completamente ininteligible para la gran mayoría de los hombres, ya que esa mayoría nunca ha conocido la riqueza ni las comodidades de la vida; y despreciar el sufrimiento significaría para ella despreciar la vida misma, ya que toda la existencia del hombre se compone de las sensaciones de hambre, frío, heridas y un miedo a la muerte, propio de Hamlet. La vida entera reside en estas sensaciones; uno puede sentirse oprimido por ellas, puede odiarlas, pero no puede despreciarlas. Sí, entonces, repito, la doctrina de los estoicos nunca puede tener futuro; desde “Desde el principio de los tiempos hasta hoy se ve aumentar continuamente la lucha, la sensibilidad al dolor, la capacidad de respuesta a los estímulos”.
De repente, Iván Dmitritch perdió el hilo de sus pensamientos, se detuvo y se frotó la frente con disgusto.
“Quería decir algo importante, pero lo he perdido”, dijo. “¿Qué decía? ¡Ah, sí! A esto me refiero: un estoico se vendió como esclavo para redimir a su prójimo, así que, verá, incluso un estoico reaccionaba a los estímulos, ya que, para un acto tan generoso como la destrucción de uno mismo por el bien del prójimo, debía tener un alma capaz de compasión e indignación. Aquí en prisión he olvidado todo lo que he aprendido, o podría haber recordado algo diferente. Tomemos a Cristo, por ejemplo: Cristo respondió a la realidad llorando, sonriendo, afligido y conmovido por la ira, incluso abrumado por la miseria. No fue al encuentro de sus sufrimientos con una sonrisa, no despreció la muerte, sino que oró en el Huerto de Getsemaní para que esta copa lo pasara por alto”.
Iván Dmitritch se rió y se sentó.
“Si bien la paz y la satisfacción del hombre no residen en el exterior, sino en sí mismo”, dijo, “si bien hay que despreciar el sufrimiento y no sorprenderse de nada, ¿con qué fundamento predicas esa teoría? ¿Eres un sabio? ¿Un filósofo?”
“No, no soy filósofo, pero todo el mundo debería predicarlo porque es razonable”.
No, quiero saber cómo es que te consideras competente para juzgar la comprensión, el desprecio por el sufrimiento, etc. ¿Has sufrido alguna vez? ¿Tienes alguna idea del sufrimiento? Permíteme preguntarte: ¿alguna vez te azotaron en tu infancia?
“No, mis padres tenían aversión al castigo corporal”.
Mi padre solía azotarme cruelmente; era un funcionario del gobierno severo y enfermizo, de nariz larga y cuello amarillento. Pero hablemos de ti. Nadie te ha puesto un dedo encima en toda tu vida, nadie te ha asustado ni te ha golpeado; eres fuerte como un toro. Creciste bajo el ala de tu padre y estudiaste a sus expensas, y luego caíste enseguida en una sinecura. Durante más de veinte años has vivido sin pagar alquiler, con calefacción, luz y servicios incluidos, y tenías derecho a trabajar como quisieras y tanto como quisieras, incluso a no hacer nada. Eras un hombre flácido y perezoso por naturaleza, y por eso has intentado organizar tu vida de tal manera que nada te molestara ni te hiciera moverte. Has dejado tu trabajo al asistente y al resto de la chusma mientras te sientas en paz y calor, ahorras dinero, lees, te diviertes con reflexiones, con todo tipo de tonterías elevadas y —(Iván Dmítrich miró la nariz roja del médico)— con la bebida; en De hecho, no has visto nada de la vida, no sabes absolutamente nada de ella y solo conoces la realidad teóricamente; desprecias el sufrimiento y nada te sorprende por una razón muy simple: vanidad de vanidades, la externa y la interna, desprecio por la vida, el sufrimiento y la muerte, la comprensión, la verdadera felicidad: esa es la filosofía que mejor le sienta al perezoso ruso. Ves a un campesino golpeando a su esposa, por ejemplo. ¿Para qué interferir? Que la golpee, ambos morirán tarde o temprano; y, además, quien golpea hiere con sus golpes, no a la persona a la que golpea, sino a sí mismo. Emborracharse es estúpido e indecoroso, pero si bebes, mueres, y si no bebes, mueres. Una campesina llega con dolor de muelas... bueno, ¿qué importa? El dolor es la idea del dolor, y además, «no hay vida en este mundo sin enfermedad; todos moriremos, así que, vete, mujer, no me impidas pensar y beber vodka». Un joven pide consejo, qué debe hacer, cómo debe vivir; cualquier otro pensaría antes de responder, pero usted ya tiene la respuesta preparada: esfuércese por alcanzar la «comprensión» o la verdadera felicidad. ¿Y qué es esa fantástica «verdadera felicidad»? No hay respuesta, por supuesto. Nos tienen aquí tras ventanas enrejadas, nos torturan, nos dejan pudrir; pero eso es muy bueno y razonable, porque no hay ninguna diferencia entre esta sala y un estudio cálido y acogedor. Una filosofía conveniente. No puede hacer nada, y su conciencia está tranquila, y se siente sabio... No, señor, no es filosofía, no es pensar, no es amplitud de miras, sino pereza, faquirismo, estupefacción soñolienta. —Sí —exclamó Iván Dmítrich, enfadándose de nuevo—, usted desprecia el sufrimiento, pero apuesto a que si se pellizca el dedo con la puerta, aullará a voz en cuello.
—Y quizá no debería aullar —dijo Andrei Yefimitch con una suave sonrisa.
¡Ah, me atrevería a decirlo! Bueno, si sufrieras un ataque de parálisis, o suponiendo que algún necio o matón se aprovechara de su posición y rango para insultarte en público, y si supieras que puede hacerlo con impunidad, entonces entenderías lo que significa desanimar a la gente con comprensión y verdadera felicidad.
—Qué original —dijo Andréi Yefímich, riendo de placer y frotándose las manos—. Me impresiona gratamente su gusto por las generalizaciones, y el esbozo de mi personaje que acaba de dibujar es sencillamente brillante. Debo confesar que hablar con usted me produce un gran placer. Bueno, lo he escuchado, y ahora tiene usted la amabilidad de escucharme.
XI
La conversación se prolongó durante aproximadamente una hora más y, al parecer, causó una profunda impresión en Andrey Yefimitch. Empezó a ir a la sala todos los días. Iba por las mañanas y después de cenar, y a menudo, al anochecer, lo encontraba conversando con Ivan Dmitritch. Al principio, Ivan Dmitritch se mantenía distante, sospechaba de sus malas intenciones y le expresaba abiertamente su hostilidad. Pero después se acostumbró, y su brusquedad cambió a una ironía condescendiente.
Pronto corrió la voz en todo el hospital de que el doctor, Andréi Yefímich, había empezado a visitar la sala número 6. Nadie —ni Serguéi Serguévich, ni Nikita, ni las enfermeras— entendía por qué iba allí, por qué se quedaba allí durante horas, de qué hablaba y por qué no recetaba. Sus acciones parecían extrañas. A menudo, Mijaíl Averiánich no lo encontraba en casa, algo que nunca había sucedido antes, y Daryushka estaba muy preocupada, pues el doctor ahora bebía su cerveza sin una hora determinada, y a veces incluso llegaba tarde a cenar.
Un día, a finales de junio, el Dr. Hobotov fue a ver a Andrey Yefimitch por un asunto. Al no encontrarlo en casa, lo buscó en el patio; allí le dijeron que el viejo doctor había ido a ver a los enfermos mentales. Al entrar en la cabaña y detenerse en la entrada, Hobotov escuchó la siguiente conversación:
“Nunca estaremos de acuerdo, y no lograrás convertirme a tu fe”, decía Iván Dmítrich con irritación; “ignoras por completo la realidad, y nunca has conocido el sufrimiento, sino que solo te has alimentado, como una sanguijuela, junto al sufrimiento ajeno, mientras que yo he estado en constante sufrimiento desde que nací hasta hoy. Por eso, te digo con franqueza, me considero superior a ti y más competente en todos los aspectos. No te corresponde a ti enseñarme.”
—No tengo la menor ambición de convertirte a mi fe —dijo Andrei Yefimitch con suavidad, y con pesar porque el otro se negaba a comprenderlo—. Y eso no es lo que importa, amigo mío; lo que importa no es que tú hayas sufrido y yo no. La alegría y el sufrimiento son pasajeros; dejémoslos, no nos preocupemos por ellos. Lo que importa es que tú y yo pensemos; vemos en nosotros a personas capaces de pensar y razonar, y ese es un vínculo común entre nosotros, por muy diferentes que sean nuestras opiniones. ¡Si supieras, amigo mío, cuánto me harta estoy de la insensatez, la ineptitud y la estupidez universales, y con qué deleite siempre hablo contigo! Eres un hombre inteligente, y disfruté de tu compañía.
Hobotov abrió la puerta un poco y echó un vistazo a la sala. Iván Dmítrich, con su gorro de dormir, y el doctor Andréi Yefímitch estaban sentados uno junto al otro en la cama. El loco hacía muecas, se retorcía y se envolvía convulsivamente en su bata, mientras que el doctor permanecía inmóvil, cabizbajo, con el rostro enrojecido y una expresión de impotencia y tristeza. Hobotov se encogió de hombros, sonrió y miró a Nikita. Nikita también se encogió de hombros.
Al día siguiente, Hobotov fue al albergue acompañado por su asistente. Ambos permanecieron en la entrada escuchando.
—¡Me parece que nuestro viejo se ha vuelto completamente loco! —dijo Hobotov al salir de la cabaña.
—¡Señor, ten piedad de nosotros, pecadores! —suspiró el decoroso Serguéi Serguéievich, evitando escrupulosamente los charcos para no ensuciar sus botas lustradas—. Debo confesar, honorable Yevgeny Fiódoritch, que lo esperaba desde hace mucho tiempo.
XII
Después de esto, Andrei Yefimitch empezó a percibir un aire misterioso a su alrededor. Los asistentes, las enfermeras y los pacientes lo miraban con curiosidad al encontrarlo y luego susurraban entre sí. La pequeña hija del superintendente, Masha, a quien le gustaba ver en el jardín del hospital, por alguna razón huyó de él cuando se acercó con una sonrisa a acariciarle la cabeza. El jefe de correos ya no decía «Totalmente cierto» mientras lo escuchaba, sino que, en una inexplicable confusión, murmuró «Sí, sí, sí...», y lo miró con expresión afligida y pensativa; por alguna razón, empezó a aconsejar a su amigo que dejara el vodka y la cerveza, pero como hombre de sentimientos delicados, no lo dijo directamente, sino que lo insinuó, hablándole primero del comandante de su batallón, un hombre excelente, y luego del sacerdote del regimiento, un tipo estupendo; ambos bebieron y enfermaron, pero al dejar la bebida recuperaron la salud por completo. En dos o tres ocasiones Andrei Yefimitch recibió la visita de su colega Hobotov, quien también le aconsejó que abandonara las bebidas espirituosas y, sin motivo aparente, le recomendó que tomara bromuro.
En agosto, Andrey Yefimitch recibió una carta del alcalde de la ciudad pidiéndole que acudiera a un asunto muy importante. Al llegar al ayuntamiento a la hora señalada, Andrey Yefimitch se encontró allí con el comandante militar, el superintendente de la escuela del distrito, un miembro del consejo municipal, Hobotov, y un caballero corpulento y rubio que le presentaron como médico. Este médico, de apellido polaco difícil de pronunciar, vivía en una ganadería de pedigrí a veinte millas de distancia y se encontraba de visita en la ciudad.
—Hay algo que le preocupa —dijo el miembro del consejo municipal, dirigiéndose a Andréi Yefímich después de que todos se hubieran saludado y sentado a la mesa—. Yevgeny Fiódoritch dice que no hay espacio para el dispensario en el edificio principal y que debería trasladarse a una de las logias. Eso no tiene importancia; claro que se puede trasladar, pero la logia necesita reformas.
—Sí, habría que arreglarlo —dijo Andrey Yefimitch tras pensarlo un momento—. Si la cabaña de la esquina, por ejemplo, se acondicionara como dispensario, calculo que costaría al menos quinientos rublos. ¡Un gasto improductivo!
Todos guardaron silencio por un momento.
“Tuve el honor de comunicarles hace diez años”, continuó Andrey Yefimitch en voz baja, “que el hospital en su forma actual es un lujo para la ciudad, que excede sus posibilidades. Fue construido en los años cuarenta, pero entonces las cosas eran diferentes. La ciudad gasta demasiado en edificios innecesarios y personal superfluo. Creo que con un sistema diferente se podrían mantener dos hospitales modelo por el mismo dinero”.
“¡Pues entonces pongamos un sistema diferente!”, dijo con vehemencia el concejal.
“Ya he tenido el honor de proponerle que el departamento médico sea transferido a la supervisión del Zemstvo”.
“Sí, transfieran el dinero al Zemstvo y lo robarán”, rió el médico rubio.
“A eso se reduce siempre la cosa”, asintió el miembro del consejo, y también rió.
Andrei Yefimitch miró con ojos apáticos y sin brillo al médico rubio y dijo: «Hay que ser justo».
De nuevo se hizo el silencio. Trajeron el té. El comandante militar, por alguna razón muy avergonzado, tocó la mano de Andrey Yefimitch por encima de la mesa y dijo: «Se ha olvidado por completo de nosotros, doctor. Pero claro, usted es un ermitaño: no juega a las cartas y no le gustan las mujeres. Sería aburrido con tipos como nosotros».
Todos empezaron a comentar lo aburrido que era para una persona decente vivir en un pueblo así. No había teatro ni música, y en el último baile del club había unas veinte damas y solo dos caballeros. Los jóvenes no bailaban, sino que se pasaban el tiempo apiñados alrededor del bar o jugando a las cartas.
Sin mirar a nadie y hablando lentamente en voz baja, Andrei Yefimitch empezó a decir qué lástima, qué terrible lástima era que los ciudadanos malgastasen su energía vital, su corazón y su mente en cartas y chismes, y no tuvieran ni la fuerza ni la inclinación para dedicar su tiempo a conversaciones y lecturas interesantes, y se negaran a disfrutar de los placeres de la mente. Solo la mente era interesante y digna de atención; todo lo demás era bajo y mezquino. Hobotov escuchó atentamente a su colega y de repente preguntó:
—Andrei Yefimitch, ¿qué día del mes es hoy?
Habiendo recibido la respuesta, el médico rubio y él, en el tono de los examinadores conscientes de su falta de habilidad, comenzaron a preguntar a Andrey Yefimitch qué día de la semana era, cuántos días había en el año y si era cierto que en la sala número 6 vivía un profeta notable.
En respuesta a la última pregunta, Andrei Yefimitch se puso colorado y dijo: “Sí, está mentalmente perturbado, pero es un joven interesante”.
No le hicieron más preguntas.
Mientras se ponía el abrigo en la entrada, el comandante militar le puso una mano en el hombro y dijo con un suspiro:
“¡Es hora de que nosotros, los viejos, descansemos!”
Al salir de la sala, Andrey Yefimitch comprendió que se había designado un comité para investigar su estado mental. Recordó las preguntas que le habían hecho, se sonrojó y, por alguna razón, por primera vez en su vida, sintió una profunda pena por la ciencia médica.
«Dios mío...», pensó, recordando cómo lo acababan de examinar estos médicos; «¡Pero si hace poco que están asistiendo a conferencias sobre patología mental! Han aprobado un examen... ¿cómo se explica esta crasa ignorancia? ¡No tienen ni idea de la patología mental!».
Y por primera vez en su vida se sintió insultado y movido a la ira.
Al anochecer de ese mismo día, Mihail Averiánich fue a verlo. El jefe de correos se acercó sin esperar a saludarlo, lo tomó de las manos y le dijo con voz agitada:
—Mi querido amigo, mi querido amigo, ¡demuéstrame que crees en mi sincero afecto y me consideras tu amigo! —E impidiendo que Andrey Yefimitch hablara, continuó, cada vez más emocionado—: Te amo por tu cultura y nobleza de alma. Escúchame, querido amigo. Las reglas de su profesión obligan a los médicos a ocultarte la verdad, pero yo te digo la pura verdad como un soldado. ¡No te encuentras bien! Disculpa, querido amigo, pero es la verdad; todos a tu alrededor la han notado desde hace mucho tiempo. El Dr. Yevgeny Fyodoritch acaba de decirme que es esencial que descanses y te distraigas por el bien de tu salud. ¡Totalmente cierto! ¡Excelente! Dentro de un par de días me tomaré unas vacaciones y me iré a disfrutar de un ambiente diferente. Demuéstrame que eres mi amigo, ¡vamos juntos! ¡Démosnos una vuelta como en los viejos tiempos!
—Me siento perfectamente bien —dijo Andrey Yefimitch tras pensarlo un momento—. No puedo irme. Permíteme demostrarte mi amistad de otra manera.
Irse sin objeto, sin sus libros, sin su Daryushka, sin su cerveza, romper bruscamente la rutina de la vida, establecida durante veinte años; la idea, al principio, le pareció salvaje y fantástica, pero recordó la conversación en el comité del zemstvo y los sentimientos deprimentes con los que había regresado a casa, y la idea de una breve ausencia de la ciudad en la que las personas estúpidas lo miraban como un loco le resultó agradable.
“¿Y adónde exactamente pretendes ir?”, preguntó.
A Moscú, a San Petersburgo, a Varsovia... Pasé los cinco años más felices de mi vida en Varsovia. ¡Qué ciudad tan maravillosa! ¡Vamos, querido amigo!
XIII
Una semana después, le sugirieron a Andréi Yefímich que se tomara un descanso, es decir, que presentara su dimisión. Esta sugerencia la recibió con indiferencia. Una semana después, Mihail Averiánich y él viajaban en un carruaje de postas rumbo a la estación de tren más cercana. Los días eran frescos y luminosos, con un cielo azul y una distancia transparente. Recorrieron dos días las ciento cincuenta millas hasta la estación y se quedaron dos noches en el camino. Cuando en la estación de postas no habían lavado bien los vasos que les habían dado para el té, o los cocheros tardaban en enganchar los caballos, Mihail Averiánich se ponía colorado y, temblando, gritaba:
¡Cállate! ¡No discutas!
Y en el carruaje, hablaba sin parar ni un instante, describiendo sus campañas en el Cáucaso y en Polonia. ¡Cuántas aventuras había vivido, cuántos encuentros! Hablaba en voz alta y abría los ojos de par en par con tanta admiración que bien podría pensarse que mentía. Además, mientras hablaba, respiraba en la cara de Andréi Yefímich y se reía en su oído. Esto incomodaba al médico y le impedía pensar o concentrarse.
En el tren viajaban, por motivos de economía, en tercera clase, en un compartimento para no fumadores. La mitad de los pasajeros eran gente decente. Mihail Averiánich pronto se hizo amigo de todos y, moviéndose de un asiento a otro, no dejaba de gritar que no debían viajar por esas líneas espantosas. ¡Era una auténtica estafa! Cabalgar a caballo era muy distinto: uno podía recorrer más de ciento diez kilómetros al día y sentirse fresco y bien después. Y nuestras malas cosechas se debían al desecamiento de las marismas de Pinsk; en resumen, la forma en que se hacían las cosas era espantosa. Se exaltaba, hablaba en voz alta y no dejaba hablar a los demás. Esta interminable charla, acompañada de fuertes risas y gestos expresivos, cansaba a Andrey Yefimitch.
"¿Quién de nosotros es el loco?", pensó con irritación. "¿Yo, que intento no molestar a mis compañeros de viaje, o este egoísta que se cree más listo e interesante que todos aquí, y por eso no deja a nadie en paz?"
En Moscú, Mihail Averiánich se puso una casaca militar sin charreteras y pantalones con galones rojos. Por la calle llevaba gorra y abrigo militares, y los soldados lo saludaban. A Andrey Yefimitch le parecía que su compañero era un hombre que había desechado todo lo bueno y conservaba solo lo malo de todas las características de caballero rural que alguna vez poseyó. Le gustaba que lo atendieran incluso cuando era completamente innecesario. Las cerillas estaban delante de él en la mesa, y las veía y gritaba al camarero que se las diera; no dudaba en presentarse ante una criada en ropa interior; usaba el tono familiar para dirigirse a todos los lacayos indiscriminadamente, incluso a los ancianos, y cuando se enfadaba los llamaba tontos y zoquetes. Esto, pensó Andrey Yefimitch, era propio de un caballero, pero repugnante.
Primero, Mihail Averiánich condujo a su amigo hasta la Virgen de Iversky. Rezó fervientemente, derramando lágrimas e inclinándose hasta la tierra, y al terminar, exhaló un profundo suspiro y dijo:
Aunque uno no lo crea, rezar un poco lo hace más fácil. Besa el icono, querido amigo.
Andrey Yefimitch, avergonzado, besó la imagen, mientras Mihail Averiánitch fruncía los labios y rezaba en voz baja, y de nuevo se le llenaron los ojos de lágrimas. Luego fueron al Kremlin y allí contemplaron el cañón y la campana del Zar, e incluso los tocaron con los dedos, admiraron la vista sobre el río, visitaron la iglesia de San Salvador y el museo Rumyantsev.
Cenaron en casa de Tyestov. Mihail Averianitch contempló largo rato el menú, acariciándose el bigote, y dijo con el tono de un gourmet acostumbrado a comer en restaurantes:
“¡Veremos qué nos das de comer hoy, ángel!”
XIV
El médico paseaba, observaba, comía y bebía, pero en todo momento sentía una misma molestia: su enfado con Mijaíl Averiánich. Ansiaba descansar de su amigo, alejarse de él, esconderse, mientras que su amigo creía que era su deber no dejar que el médico se alejara ni un paso y proporcionarle tantas distracciones como fuera posible. Cuando no había nada que ver, lo entretenía conversando. Andréi Yefímich lo soportó durante dos días, pero al tercero le anunció a su amigo que estaba enfermo y quería quedarse en casa todo el día; su amigo le respondió que en ese caso él también se quedaría; que realmente necesitaba descansar, pues ya estaba agotado. Andréi Yefímich, tumbado en el sofá, con la cara hacia atrás y apretando los dientes, escuchaba a su amigo, quien le aseguraba con vehemencia que tarde o temprano Francia aplastaría a Alemania, que había muchísimos sinvergüenzas en Moscú y que era imposible juzgar la calidad de un caballo por su aspecto. El médico empezó a sentir un zumbido en los oídos y palpitaciones, pero por delicadeza no se atrevió a rogarle a su amigo que se fuera ni a callarse. Por suerte, Mijaíl Averiánich se cansó de estar sentado en la habitación del hotel y, después de cenar, salió a dar un paseo.
En cuanto estuvo solo, Andrey Yefimitch se abandonó a una sensación de alivio. ¡Qué agradable yacer inmóvil en el sofá y saber que uno está solo en la habitación! La verdadera felicidad es imposible sin soledad. El ángel caído traicionó a Dios probablemente porque anhelaba la soledad, de la que los ángeles no saben nada. Andrey Yefimitch quería pensar en lo que había visto y oído durante los últimos días, pero no podía quitarse a Mihail Averiánich de la cabeza.
«¡Vaya! Se ha tomado unas vacaciones y ha venido conmigo por amistad, por generosidad», pensó el doctor con disgusto; «nada podría ser peor que esta supervisión amistosa. Supongo que es bondadoso, generoso y un tipo vivaz, pero es un pesado. Un pesado insoportable. De la misma manera, hay personas que solo dicen cosas ingeniosas y buenas, y sin embargo, uno siente que son personas tontas».
Durante los días siguientes, Andrei Yefimitch se declaró enfermo y no quería salir de la habitación del hotel; yacía con la cara contra el respaldo del sofá y sufría un cansancio terrible cuando su amigo lo entretenía conversando o descansaba cuando este no estaba. Estaba molesto consigo mismo por haber venido, y con su amigo, que cada día se volvía más hablador y desenvuelto; no lograba poner sus pensamientos en un plano serio y elevado.
«Esto es lo que me dice la vida real de la que hablaba Iván Dmítrich», pensó, furioso por su propia mezquindad. «Pero no tiene importancia... Me iré a casa y todo seguirá como antes...».
En San Petersburgo ocurrió lo mismo: durante días enteros no salía de la habitación del hotel, sino que se quedaba tumbado en el sofá y se levantaba sólo para beber cerveza.
Mihail Averianitch tenía prisa por llegar a Varsovia.
—Mi querido amigo, ¿para qué voy allí? —dijo Andréi Yefímich con voz implorante—. ¡Váyase solo y déjeme llegar a casa! ¡Se lo suplico!
—De ninguna manera —protestó Mihail Averiánich—. Es una ciudad maravillosa.
Andrey Yefimitch no tuvo la fuerza de voluntad para seguir su propio camino y, muy en contra de su voluntad, se fue a Varsovia. Allí no salió de la habitación del hotel, sino que se quedó tendido en el sofá, furioso consigo mismo, con su amigo y con los camareros, que se negaban obstinadamente a entender ruso; mientras Mihail Averiánich, sano, vigoroso y lleno de energía como siempre, recorría la ciudad de la mañana a la noche, buscando a sus viejos conocidos. Varias veces no regresó a casa por la noche. Tras pasar una noche en un lugar desconocido, regresó a casa temprano por la mañana, en un estado de violenta excitación, con la cara roja y el cabello despeinado. Durante un largo rato deambuló por las habitaciones murmurando algo para sí mismo, luego se detuvo y dijo:
“El honor ante todo.”
Tras caminar un rato más, se agarró la cabeza con ambas manos y pronunció con voz trágica: «¡Sí, el honor ante todo! ¡Maldito sea el momento en que se me ocurrió por primera vez visitar esta Babilonia! Mi querido amigo —añadió, dirigiéndose al doctor—, puede despreciarme, he jugado y perdido; ¡présteme quinientos rublos!».
Andréi Yefímich contó quinientos rublos y se los dio a su amigo sin decir palabra. Este, todavía rojo de vergüenza y rabia, pronunció un juramento incoherente, se puso la gorra y salió. Al regresar dos horas después, se dejó caer en un sillón, exhaló un profundo suspiro y dijo:
Mi honor está a salvo. Vámonos, amigo mío; no quiero quedarme ni una hora más en esta maldita ciudad. ¡Sinvergüenzas! ¡Espías austriacos!
Para cuando los amigos regresaron a su pueblo, era noviembre, y las calles estaban cubiertas de nieve. El Dr. Hobotov ocupaba el puesto de Andrey Yefimitch; aún vivía en su antiguo alojamiento, esperando a que Andrey Yefimitch llegara y desalojara las habitaciones del hospital. La sencilla mujer a la que llamaba su cocinera ya estaba instalada en una de las cabañas.
Nuevos escándalos sobre el hospital recorrían la ciudad. Se decía que la mujer sencilla se había peleado con el superintendente, y que este se había arrodillado ante ella implorando perdón. Desde el primer día de su llegada, Andrei Yefimitch tuvo que buscar alojamiento.
«Amigo mío», le dijo tímidamente el cartero, «disculpe la pregunta indiscreta: ¿de qué medios dispone?»
Andrei Yefimitch, sin decir palabra, contó su dinero y dijo: «Ochenta y seis rublos».
—No me refiero a eso —dijo Mijaíl Averiánich, confundido, sin comprenderlo—. Me refiero a qué tienes para vivir.
—Te digo que ochenta y seis rublos... No tengo nada más.
Mihail Averiánich consideraba al doctor un hombre honorable, pero sospechaba que había acumulado una fortuna de al menos veinte mil. Al enterarse de que Andrei Yefimitch era un mendigo, que no tenía para vivir, por alguna razón, se conmovió de repente hasta las lágrimas y abrazó a su amigo.
XV
Andrey Yefimitch se alojaba ahora en una casita con tres ventanas. Solo había tres habitaciones, además de la cocina. El médico vivía en dos de ellas, que daban a la calle, mientras que Daryushka y la casera, con sus tres hijos, vivían en la tercera habitación y la cocina. A veces, el amante de la casera, un campesino borracho y alborotador que aterrorizaba a los niños y a Daryushka, venía a pasar la noche. Cuando llegaba, se instalaba en la cocina y pedía vodka, todos se sentían muy incómodos, y el médico, movido por la compasión, llevaba a los niños que lloraban a su habitación y los dejaba tumbados en el suelo, lo cual le proporcionaba una gran satisfacción.
Se levantó como siempre a las ocho, y después del té de la mañana se sentó a leer sus viejos libros y revistas: no tenía dinero para nuevos. Ya fuera porque los libros eran viejos, o quizá por el cambio de entorno, la lectura lo agotaba y no captaba su atención como antes. Para no perder el tiempo en la ociosidad, hizo un catálogo detallado de sus libros y les pegó pequeñas etiquetas en el lomo, y este trabajo mecánico y tedioso le parecía más interesante que leer. El trabajo monótono y tedioso adormecía sus pensamientos de alguna manera inexplicable, y el tiempo pasaba rápidamente sin que él pensara en nada. Incluso sentado en la cocina, pelando patatas con Daryushka o rebuscando entre los granos de trigo sarraceno, le parecía interesante. Los sábados y domingos iba a la iglesia. De pie junto a la pared y con los ojos entrecerrados, escuchaba los cantos y pensaba en su padre, en su madre, en la universidad, en las religiones del mundo; Se sentía tranquilo y melancólico, y al salir de la iglesia después, lamentó que el servicio hubiera terminado tan pronto. Fue dos veces al hospital para hablar con Iván Dmítrich. Pero en ambas ocasiones, Iván Dmítrich se mostró inusualmente excitado y de mal humor; le rogó al médico que lo dejara en paz, pues hacía tiempo que estaba harto de charlas vacías, y declaró que, para compensar todos sus sufrimientos, les pedía a los malditos sinvergüenzas solo un favor: aislamiento. ¿Seguramente no le negarían ni siquiera eso? En ambas ocasiones, cuando Andrei Yefimitch se despedía de él y le deseaba buenas noches, respondió con rudeza y dijo:
"¡Vete al diablo!"
Y Andrei Yefimitch ya no sabía si ir a verlo por tercera vez o no. Anhelaba ir.
En otros tiempos, Andrei Yefimitch solía pasearse por sus habitaciones y reflexionar en los intervalos después de cenar, pero ahora, desde la hora de la cena hasta la merienda, se tumbaba en el sofá con la cara hacia atrás, entregado a pensamientos triviales que no podía evitar. Le mortificaba que, tras más de veinte años de servicio, no le hubieran dado pensión ni ayuda alguna. Es cierto que no había trabajado honestamente, pero todos los que están en el servicio reciben una pensión sin distinción, sean honestos o no. La justicia contemporánea reside precisamente en la concesión de grados, órdenes y pensiones, no por cualidades morales o capacidades, sino por el servicio, cualquiera que fuera. ¿Por qué él era la excepción? No tenía dinero. Le daba vergüenza pasar por la tienda y mirar a la dueña. Ya debía treinta y dos rublos de cerveza. También le debía dinero a la casera. Daryushka vendía ropa vieja y libros a escondidas y le decía mentiras a la casera, diciéndole que el médico iba a recibir una gran suma de dinero.
Estaba furioso consigo mismo por haber malgastado en viajes los mil rublos que había ahorrado. ¡Qué útiles habrían sido esos mil rublos ahora! Le irritaba que la gente no lo dejara en paz. Hobotov creía que era su deber visitar a su colega enfermo de vez en cuando. Todo en él le repugnaba a Andréi Yefímich: su rostro bien alimentado, su tono vulgar y condescendiente, su uso de la palabra «colega» y sus botas altas; lo más repugnante era que creía que era su deber atender a Andréi Yefímich, y creía que realmente lo estaba atendiendo. En cada visita llevaba un frasco de pastillas de bromuro y ruibarbo.
Mihail Averiánich también consideraba su deber visitar a su amigo y entretenerlo. Cada vez que entraba en casa de Andrey Yefimitch, fingiendo tranquilidad, reía contenciosamente y le aseguraba que hoy se encontraba muy bien y que, gracias a Dios, iba por buen camino hacia la recuperación, lo que deducía que consideraba la condición de su amigo desesperada. Aún no había pagado su deuda de Varsovia y estaba abrumado por la vergüenza; se sentía obligado a reír más fuerte y hablar con más humor. Sus anécdotas y descripciones parecían interminables ahora, y eran una agonía tanto para Andrey Yefimitch como para él mismo.
En su presencia, Andrei Yefimitch solía tumbarse en el sofá de cara a la pared y escuchaba con los dientes apretados; un profundo disgusto le oprimía el alma y, después de cada visita de su amigo, sentía como si ese disgusto hubiera subido más alto y le hubiera subido a la garganta.
Para acallar sus pensamientos mezquinos, se apresuró a reflexionar que él mismo, Hobotov y Mihail Averiánich, tarde o temprano perecerían sin dejar rastro alguno en el mundo. Si uno imaginara a algún espíritu volando cerca del globo terráqueo en el espacio dentro de un millón de años, no vería más que arcilla y rocas desnudas. Todo —la cultura y la ley moral— desaparecería y ni siquiera una bardana crecería de ellos. ¿Qué importancia tenía la vergüenza en presencia de un comerciante, qué importancia tenía el insignificante Hobotov o la fastidiosa amistad de Mihail Averiánich? Todo era trivial y sin sentido.
Pero tales reflexiones no le servían de nada ahora. Apenas había imaginado el globo terráqueo dentro de un millón de años, cuando Hobotov con sus botas altas o Mihail Averianitch con su risa forzada aparecían de detrás de una roca desnuda, e incluso oía el susurro avergonzado: «La deuda de Varsovia... La pagaré en un día o dos, querido amigo, sin falta...».
XVI
Un día, Mihail Averiánich llegó después de cenar cuando Andréi Yefímich estaba recostado en el sofá. Dio la casualidad de que Hobotov llegó al mismo tiempo con su bromuro. Andréi Yefímich se levantó pesadamente y se sentó, apoyando ambos brazos en el sofá.
—Tienes mucho mejor color hoy que ayer, querido —empezó Mihail Averiánich—. Sí, te ves muy bien. ¡Por mi alma, qué bien!
—Ya era hora de que te recuperaras, querido colega —dijo Hobotov, bostezando—. Seguro que estás harto de estas tonterías.
—Y nos recuperaremos —dijo alegremente Mihail Averiánich—. ¡Viviremos cien años más! ¡Sin duda!
—No cien años, sino veinte —dijo Hobotov para tranquilizarlo—. Está bien, está bien, colega; no se desanime... ¡No se agite!
—Demostraremos de lo que somos capaces —rió Mihail Averiánich, y le dio una palmada en la rodilla a su amigo—. ¡Ya les demostraremos! El verano que viene, si Dios quiere, nos iremos al Cáucaso y lo recorreremos a caballo: ¡trote, trote, trote! Y cuando volvamos del Cáucaso, no me extrañaría que todos bailaramos en la boda. —Mihail Averiánich le guiñó el ojo con picardía—. Nos casaremos contigo, querido, nos casaremos contigo...
De repente, Andrei Yefimitch sintió que el creciente asco le subía a la garganta y su corazón empezó a latir con fuerza.
—Eso es vulgar —dijo, levantándose rápidamente y alejándose hacia la ventana—. ¿No entiendes que estás diciendo tonterías vulgares?
Quería continuar con suavidad y educación, pero, contra su voluntad, de repente apretó los puños y los levantó por encima de la cabeza.
—Déjenme en paz —gritó con una voz que no era la suya, ruborizado y temblando por todas partes—. ¡Váyanse los dos!
Mihail Averianitch y Hobotov se levantaron y lo miraron primero con asombro y luego con alarma.
—¡Váyanse los dos! —gritaba Andréi Yefímich—. ¡Estúpidos! ¡Insensatos! ¡No quiero ni su amistad ni sus medicinas, estúpido! ¡Vargazo! ¡Asqueroso!
Hobotov y Mihail Averiánich, mirándose desconcertados, se tambalearon hacia la puerta y salieron. Andrey Yefimitch agarró la botella de bromuro y la arrojó tras ellos; la botella se rompió con estrépito contra el marco de la puerta.
—¡Vete al diablo! —gritó con voz llorosa, corriendo hacia el pasillo—. ¡Al diablo!
Cuando sus invitados se marcharon, Andréi Yefímich se tumbó en el sofá, temblando como si tuviera fiebre, y repitió un buen rato: "¡Estúpidos! ¡Insensatos!".
Cuando se tranquilizó, lo primero que le vino a la mente fue que el pobre Mihail Averiánich debía de sentirse terriblemente avergonzado y deprimido, y que todo aquello era espantoso. Nunca le había sucedido algo así. ¿Dónde estaban su inteligencia y su tacto? ¿Dónde estaban su comprensión de las cosas y su indiferencia filosófica?
El médico no pudo dormir en toda la noche por la vergüenza y el disgusto consigo mismo, y a las diez de la mañana siguiente fue a la oficina de correos y pidió disculpas al jefe de correos.
—No volveremos a pensar en lo sucedido —dijo Mihail Averiánich, muy conmovido, con un suspiro, apretándole la mano con cariño—. Lo pasado, pasado está. Liubavkin —gritó de repente tan fuerte que todos los carteros y demás presentes se sobresaltaron—, trae una silla; y tú espera —le gritó a una campesina que le extendía una carta certificada a través de la reja—. ¿No ves que estoy ocupado? No recordaremos el pasado —continuó, dirigiéndose cariñosamente a Andréi Yefímich—; siéntate, te lo ruego, querido amigo.
Durante un minuto se acarició las rodillas en silencio y luego dijo:
Nunca he pensado en ofenderme. Entiendo que la enfermedad no es broma. Tu ataque nos asustó al médico y a mí ayer, y después hablamos largo y tendido sobre ti. Querido amigo, ¿por qué no te tomas en serio tu enfermedad? No puedes seguir así... Disculpa que te hable abiertamente como amigo —susurró Mihail Averiánich—. Vives en un entorno desfavorable, entre la multitud, en un ambiente sucio, sin nadie que te cuide, sin dinero para un tratamiento adecuado... Querido amigo, el médico y yo te imploramos de todo corazón que hagas caso de nuestro consejo: ¡ingresa al hospital! Allí tendrás comida sana, atención y tratamiento. Aunque, entre nosotros, Yevgeny Fiódoritch es mauvais ton , aunque comprende su trabajo, puedes confiar plenamente en él. Me ha prometido que te cuidará.
Andrei Yefimitch se sintió conmovido por la sincera compasión del jefe de correos y por las lágrimas que repentinamente brillaron en sus mejillas.
—¡Mi estimado amigo, no lo crea! —susurró, llevándose la mano al corazón—. No les crea. Es todo una farsa. Mi problema es que en veinte años solo he encontrado un hombre inteligente en todo el pueblo, y está loco. No estoy enfermo en absoluto, es simplemente que he entrado en un círculo mágico del que no hay salida. No me importa; estoy listo para lo que sea.
“Vaya al hospital, querido amigo”.
“No me importa si fuera al pozo”.
—Dame tu palabra, querido hombre, de que obedecerás a Yevgeny Fyodoritch en todo.
—Claro que te doy mi palabra. Pero repito, mi estimado amigo, he caído en un círculo mágico. Ahora todo, incluso la sincera compasión de mis amigos, me lleva a lo mismo: a mi ruina. Voy camino de mi ruina, y tengo la hombría de reconocerlo.
“Mi querido amigo, te recuperarás”.
—¿De qué sirve decir eso? —dijo Andrey Yefimitch, irritado—. Son pocos los hombres que al final de sus vidas no experimentan lo que yo experimento ahora. Cuando te dicen que tienes algo como riñones enfermos o un corazón agrandado, y empiezas a recibir tratamiento, o te dicen que estás loco o que eres un criminal —es decir, cuando de repente la gente te mira—, puedes estar seguro de que has entrado en un círculo vicioso del que no podrás escapar. Intentarás escapar y empeorarás las cosas. Será mejor que cedas, porque ningún esfuerzo humano podrá salvarte. Eso creo yo.
Mientras tanto, el público se agolpaba ante la reja. Para no estorbar, Andrei Yefimitch se levantó y comenzó a despedirse. Mihail Averiánich le hizo prometer una vez más su honor y lo acompañó hasta la puerta exterior.
Al anochecer de ese mismo día, apareció de repente Hobotov, con su piel de oveja y sus botas altas, y le dijo a Andrei Yefimitch en un tono como si nada hubiera sucedido el día anterior:
—Vengo por negocios, colega. Vengo a preguntarle si le gustaría acompañarme en una consulta. ¿Eh?
Pensando que Hobotov quería distraerse con una salida, o quizás en realidad ganar algo de dinero, Andrey Yefimitch se puso el abrigo y el sombrero y salió con él a la calle. Se alegró de la oportunidad de enmendar su falta del día anterior y reconciliarse, y en su corazón agradeció a Hobotov, quien ni siquiera mencionó la escena de ayer y, evidentemente, lo estaba perdonando. Nadie habría esperado tanta delicadeza de este hombre inculto.
“¿Dónde está tu enfermo?”, preguntó Andrei Yefimitch.
En el hospital... Hace tiempo que quería enseñárselo. Un caso muy interesante.
Entraron al patio del hospital y, tras rodear el edificio principal, se dirigieron hacia la enfermería psiquiátrica, y todo esto, por alguna razón, en silencio. Al entrar, Nikita, como siempre, se puso de pie de un salto y se puso firme.
—Uno de los pacientes tiene una complicación pulmonar —dijo Hobotov en voz baja, saliendo al patio con Andrey Yefimitch—. Espere aquí, vuelvo enseguida. Voy a por un estetoscopio.
Y se fue.
XVII
Estaba anocheciendo. Iván Dmítrich yacía en su cama con la cara hundida en la almohada; el paralítico permanecía inmóvil, llorando en silencio y moviendo los labios. El campesino gordo y el ex clasificador dormían. Todo estaba en silencio.
Andrey Yefimitch se sentó en la cama de Ivan Dmitritch y esperó. Pero pasó media hora, y en lugar de Hobotov, Nikita entró en la sala con una bata, ropa interior y un par de zapatillas amontonadas en el brazo.
—Por favor, cámbiese, su señoría —dijo en voz baja—. Aquí está su cama; venga por aquí —añadió, señalando una cama vacía que, evidentemente, había sido traída recientemente a la sala—. No se preocupe; Dios quiera que se recupere.
Andréi Yefímich lo comprendió todo. Sin decir palabra, se acercó a la cama que Nikita le indicó y se sentó. Al ver que Nikita esperaba de pie, se desvistió por completo y sintió vergüenza. Luego se puso la ropa de hospital; los calzoncillos eran muy cortos, la camisa larga y la bata olía a pescado ahumado.
—Dios mío, que te recuperes —repitió Nikita, y cogió en sus brazos la ropa de Andrei Yefimitch, salió y cerró la puerta tras él.
«No importa...», pensó Andréi Yefímich, envolviéndose en su bata con vergüenza y sintiéndose como un presidiario con su nuevo traje. «No importa... No importa si es un frac, un uniforme o esta bata».
¿Y su reloj? ¿Y la libreta que guardaba en el bolsillo lateral? ¿Y sus cigarrillos? ¿Dónde se había metido Nikita la ropa? Quizás hasta el día de su muerte no se pondría pantalones, chaleco ni botas altas. Al principio, todo le resultaba extraño e incluso incomprensible. Andrey Yefimitch seguía convencido de que no había diferencia entre la casa de su casera y el pabellón número 6, de que todo en este mundo era pura vanidad. Y, sin embargo, le temblaban las manos, tenía los pies fríos y le invadía el miedo al pensar que pronto Ivan Dmitritch se levantaría y lo vería en bata. Se levantó, cruzó la habitación y volvió a sentarse.
Llevaba sentado allí media hora, una hora, y estaba harto de ello: ¿de verdad era posible vivir aquí un día, una semana, e incluso años como aquella gente? Pues, si había estado sentado allí, había caminado y vuelto a sentarse; podía levantarse, mirar por la ventana y volver a caminar de esquina en esquina, ¿y luego qué? ¿Sentarse así todo el tiempo, como un poste, y pensar? No, eso era prácticamente imposible.
Andrey Yefimitch se acostó, pero se levantó enseguida, se secó el sudor frío de la frente con la manga y sintió que toda su cara olía a pescado ahumado. Volvió a caminar.
"Es un malentendido...", dijo, extendiendo las palmas de las manos con perplejidad. "Hay que aclararlo. Hay un malentendido."
Mientras tanto, Iván Dmítrich despertó; se incorporó y apoyó las mejillas en los puños. Escupió. Luego miró perezosamente al médico, y al parecer, al principio no entendió; pero pronto su rostro soñoliento se tornó malicioso y burlón.
¡Ajá! ¿Así que también te han metido aquí, viejo? —dijo con la voz ronca por el sueño, entornando un ojo—. Me alegra mucho verte. Chupaste la sangre de otros, y ahora te chuparán la tuya. ¡Genial!
—Es un malentendido... —exclamó Andrei Yefimitch, asustado por las palabras de Iván Dmitritch. Se encogió de hombros y repitió: —Es un malentendido.
Iván Dmitritch escupió de nuevo y se acostó.
—Maldita vida —gruñó—, y qué amargo e insultante es que esta vida no terminará compensando nuestros sufrimientos, no terminará con la apoteosis como en una ópera, sino con la muerte; vendrán campesinos y arrastrarán el cadáver de uno por los brazos y las piernas hasta el sótano. ¡Uf! Bueno, no importa... Nos divertiremos en el otro mundo... Vendré aquí como un fantasma del otro mundo y asustaré a estos reptiles. Les volveré el pelo canoso.
Moiseika regresó y, al ver al médico, le tendió la mano.
«Dame un pequeño kopek», dijo.
XVIII
Andréi Yefímich se acercó a la ventana y contempló el campo abierto. Estaba oscureciendo, y en el horizonte, a la derecha, una fría luna carmesí ascendía. No muy lejos de la valla del hospital, a poco más de doscientos metros, se alzaba una alta casa blanca, encerrada por un muro de piedra. Era la prisión.
“Así que esto es la vida real”, pensó Andrei Yefimitch y sintió miedo.
La luna, la prisión, los clavos de la cerca y las llamas lejanas de la fábrica de huesos carbonizados eran terribles. A sus espaldas se oyó un suspiro. Andrei Yefimitch miró a su alrededor y vio a un hombre con estrellas brillantes y órdenes en el pecho, que sonreía y guiñaba el ojo con picardía. Y esto también parecía terrible.
Andréi Yefímich se convenció de que ni la luna ni la prisión tenían nada de especial, que incluso las personas cuerdas llevaban órdenes, y que con el tiempo todo se desintegraría y se convertiría en tierra, pero de repente lo invadió el deseo; se aferró a la reja con ambas manos y la sacudió con todas sus fuerzas. La fuerte reja no cedió.
Luego, para que no fuera tan terrible, se acercó a la cama de Iván Dmitritch y se sentó.
—Me he desanimado, querido amigo —murmuró temblando y secándose el sudor frío—, me he desanimado.
“Deberías ser filosófico”, dijo irónicamente Ivan Dmitritch.
—Dios mío, Dios mío... Sí, sí... Te complació decir una vez que no había filosofía en Rusia, pero que todos, incluso los más insignificantes, filosofan. Pero sabes que la filosofía de los más insignificantes no perjudica a nadie —dijo Andréi Yefímich con un tono que parecía querer llorar y quejarse—. ¿Por qué, entonces, esa risa maligna, amigo mío? ¿Y cómo pueden estas criaturas insignificantes dejar de filosofar si no están satisfechas? ¡Que un hombre inteligente, culto, hecho a imagen de Dios, orgulloso y amante de la libertad, no tenga más alternativa que ser médico en un pueblito sucio, estúpido y miserable, y pasarse la vida entre botellas, sanguijuelas y cataplasmas de mostaza! ¡Charlatanería, estrechez de miras, vulgaridad! ¡Dios mío!
Estás diciendo tonterías. Si no te gusta ser médico, deberías haberte dedicado a ser estadista.
No pude, no pude hacer nada. Somos débiles, mi querido amigo... Solía ser indiferente. Razonaba con valentía y sensatez, pero al primer roce rudo de la vida me he desanimado... Postración... Somos débiles, somos pobres criaturas... y tú también, mi querido amigo, eres inteligente, generoso, absorbiste buenos impulsos con la leche materna, pero apenas comenzaste la vida cuando te agotaste y enfermaste... ¡Débil, débil!
Al caer la noche, Andréi Yefímich se sentía atormentado por otra sensación persistente, además del terror y el resentimiento. Finalmente, comprendió que ansiaba fumar y tomar cerveza.
—Me voy, amigo mío —dijo—. Les diré que traigan una luz; no puedo soportar esto... No estoy a la altura...
Andrei Yefimitch se dirigió a la puerta y la abrió, pero enseguida Nikita saltó y le cerró el paso.
¿Adónde vas? ¡No puedes, no puedes! —dijo—. Es hora de dormir.
—Pero sólo voy a salir un momento para dar una vuelta por el patio —dijo Andrey Yefimitch.
—No puedes, no puedes; está prohibido. Tú mismo lo sabes.
—¿Pero qué más le dará a alguien si salgo? —preguntó Andréi Yefímich, encogiéndose de hombros—. No lo entiendo. ¡Nikita, tengo que salir! —dijo con voz temblorosa—. Tengo que salir.
—No seas desordenado, no está bien —dijo Nikita con tono autoritario.
—¡Esto es inaudito! —gritó de repente Iván Dmítrich, y se levantó de un salto—. ¿Qué derecho tiene a no dejarte salir? ¿Cómo se atreven a retenernos aquí? ¡Creo que la ley establece claramente que nadie puede ser privado de su libertad sin juicio! ¡Es un ultraje! ¡Es tiranía!
—Claro que es tiranía —dijo Andréi Yefímich, animado por el arrebato de Iván Dmítrich—. Tengo que salir, quiero. ¡No tiene derecho! ¡Abre, te digo!
—¿Me oyes, bruto estúpido? —gritó Iván Dmítrich, y golpeó la puerta con el puño—. ¡Abre la puerta o la rompo! ¡Torturador!
—¡Abre la puerta! —gritó Andrei Yefimitch temblando—. ¡Insisto!
—¡Habla! —respondió Nikita desde la puerta—. Habla...
—¡De todas formas, ve a llamar a Yevgeny Fyodoritch! ¡Dile que le ruego que venga un momento!
“Su honor vendrá de él mismo mañana.”
—Jamás nos dejarán salir —proseguía Iván Dmítrich—. ¡Nos dejarán pudrirnos aquí! ¡Dios mío! ¿De verdad no habrá infierno en el otro mundo? ¿Serán perdonados estos desgraciados? ¿Dónde está la justicia? ¡Abre la puerta, desgraciado! ¡Me ahogo! —gritó con voz ronca, y se abalanzó sobre la puerta—. ¡Me voy a romper la cabeza, asesinos!
Nikita abrió la puerta rápidamente y, con brusquedad, con ambas manos y la rodilla, empujó a Andrey Yefimitch hacia atrás. Luego, con un gesto del brazo, le propinó un puñetazo en la cara. A Andrey Yefimitch le pareció como si una enorme ola de sal lo envolviera de la cabeza a los pies y lo arrastrara hasta la cama; realmente tenía un sabor salado en la boca: probablemente le manaba sangre de los dientes. Agitó los brazos como si intentara salir nadando y se aferró a la cama, y en ese mismo instante sintió dos golpes de Nikita en la espalda.
Iván Dmitritch dio un grito fuerte. Debieron haberlo golpeado también.
Entonces todo quedó en silencio, la tenue luz de la luna se filtraba por la reja y una sombra como una red se extendía en el suelo. Era terrible. Andrei Yefimitch yacía, conteniendo la respiración; esperaba con horror ser golpeado de nuevo. Sintió como si alguien le hubiera clavado una hoz y le hubiera dado varias vueltas en el pecho y las entrañas. Mordió la almohada de dolor y apretó los dientes, y de repente, a través del caos de su mente, brilló la terrible e insoportable idea de que estas personas, que ahora parecían sombras negras a la luz de la luna, tenían que soportar semejante dolor día tras día durante años. ¿Cómo era posible que durante más de veinte años no lo hubiera conocido y se hubiera negado a conocerlo? No sabía nada del dolor, no lo concebía, así que no era culpable, pero su conciencia, tan inexorable y áspera como la de Nikita, lo heló de pies a cabeza. Saltó, intentó gritar con todas sus fuerzas y correr a toda prisa para matar a Nikita, y luego a Hobotov, al superintendente y al ayudante, y luego a sí mismo; pero ningún sonido brotaba de su pecho, y sus piernas no le obedecían. Jadeando, se arrancó la bata y la camisa del pecho, las rasgó y cayó inconsciente sobre la cama.
XIX
A la mañana siguiente le dolía la cabeza, le zumbaban los oídos y sentía una profunda debilidad. No le avergonzaba recordar su debilidad del día anterior. Había sido cobarde, incluso le había dado miedo la luna, había expresado abiertamente pensamientos y sentimientos que antes no esperaba; por ejemplo, la idea de que los insignificantes que filosofaban estaban realmente insatisfechos. Pero ahora nada le importaba.
No comió nada ni bebió nada. Permaneció inmóvil y en silencio.
«Me da igual», pensó cuando le hacían preguntas. «No voy a responder... Me da igual».
Después de cenar, Mihail Averiánich le trajo un cuarto de libra de té y una libra de caramelos de fruta. Daryushka también llegó y se quedó de pie junto a la cama durante una hora entera con una expresión de tristeza sorda en el rostro. El Dr. Hobotov lo visitó. Trajo una botella de bromuro y le dijo a Nikita que fumigara la sala con algo.
Al anochecer, Andrey Yefimitch murió de un ataque de apoplejía. Al principio, sufrió un violento escalofrío y una sensación de malestar; algo repugnante, al parecer, le atravesó todo el cuerpo, hasta las yemas de los dedos, se extendió desde el estómago hasta la cabeza e inundó sus ojos y oídos. Había un verdor ante sus ojos. Andrey Yefimitch comprendió que su fin había llegado y recordó que Ivan Dmitritch, Mihail Averiánich y millones de personas creían en la inmortalidad. ¿Y si realmente existía? Pero él no deseaba la inmortalidad, y solo pensó en ella un instante. Una manada de ciervos, extraordinariamente hermosos y gráciles, sobre los que había estado leyendo el día anterior, pasó corriendo junto a él; entonces, una campesina le tendió la mano con una carta certificada... Mihail Averiánich dijo algo, y entonces todo se desvaneció, y Andrey Yefimitch se hundió en el olvido para siempre.
Llegaron los porteros del hospital, lo tomaron de los brazos y las piernas y lo llevaron a la capilla.
Allí yacía sobre la mesa, con los ojos abiertos, y la luna lo iluminaba por la noche. Por la mañana, Serguéi Serguéievich llegó, rezó piadosamente ante el crucifijo y cerró los ojos de su antiguo jefe.
Al día siguiente, enterraron a Andrey Yefimitch. Mihail Averiánich y Daryushka fueron los únicos presentes en el funeral.
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EL PETCHENYEG
IVAN ABRAMITCH ZHMUHIN, un oficial cosaco retirado, que había servido en el Cáucaso, pero que ahora vivía en su propia granja. Alguna vez fue joven, fuerte y vigoroso, pero ahora era viejo, reseco y encorvado, con cejas pobladas y bigote gris verdoso, regresaba del pueblo a su granja un caluroso día de verano. En el pueblo se había confesado y recibido la absolución, y había hecho testamento ante notario (dos semanas antes había sufrido un leve derrame cerebral), y ahora, mientras estaba en el vagón de tren, lo acosaban pensamientos melancólicos y serios sobre la muerte cercana, sobre la vanidad de las vanidades, sobre la transitoriedad de todo lo terrenal. En la estación de Provalye —hay una similar en la línea del Donetz—, un caballero rubio, regordete y de mediana edad con una cartera desgastada subió al vagón y se sentó enfrente. Entablaron conversación.
“Sí”, dijo Ivan Abramitch, mirando pensativo por la ventana, “nunca es tarde para casarse. Yo mismo me casé a los cuarenta y ocho años; me dijeron que era tarde, pero resultó que no era tarde ni temprano, sino simplemente que hubiera sido mejor no casarme. Todos se cansan pronto de su esposa, pero no todos dicen la verdad, porque, ya sabes, la gente se avergüenza de una vida familiar infeliz y la oculta. Es 'Manya esto' y 'Manya aquello' con muchos hombres al lado de su esposa, pero si pudiera, metería a esa Manya en un saco y la tiraría al agua. Es aburrido con la esposa, es pura tontería. Y no es mejor con los hijos, me atrevo a asegurarles. Tengo dos, esos sinvergüenzas. No hay dónde educarlos aquí en la estepa; no tengo dinero para enviarlos a la escuela en Novo Tcherkask, y viven Aquí como lobos jóvenes. Lo próximo será que maten a alguien en la carretera.
El caballero rubio escuchó atentamente, respondió brevemente a las preguntas en voz baja y, al parecer, era un caballero de carácter amable y modesto. Mencionó que era abogado y que iba a la aldea de Dyuevka por negocios.
—¡Cielos, eso está a diez kilómetros de aquí! —dijo Zhmuhin con un tono de voz que parecía una discusión—. Pero disculpe, ahora no encontrará caballos en la estación. En mi opinión, lo mejor que puede hacer es venir directamente a verme, pasar la noche y por la mañana conducir hasta allí con mis caballos.
El abogado pensó un momento y aceptó la invitación.
Cuando llegaron a la estación, el sol ya estaba bajo sobre la estepa. No dijeron nada durante todo el camino desde la estación hasta la granja: las sacudidas impedían la conversación. El coche daba saltos, chirriaba y parecía sollozar, y el abogado, sentado muy incómodo, miraba al frente, con la triste esperanza de ver la granja. Después de recorrer cinco o seis millas, a lo lejos apareció una casa de poca altura y un patio cercado por una valla de piedras oscuras y planas, erguidas; el tejado estaba verde, el estuco se estaba desprendiendo y las ventanas eran pequeñas ranuras estrechas como ojos entrecerrados. La granja estaba a pleno sol, y no había rastro de agua ni árboles por los alrededores. Entre los terratenientes y campesinos vecinos se la conocía como la granja de los Petchenyeg. Muchos años antes, un agrimensor que pasaba por los alrededores y se alojó en la granja, pasó toda la noche hablando con Ivan Abramitch, no quedó muy impresionado y, cuando se alejaba en coche por la mañana, le dijo con tristeza:
“¡Usted es un Petchenyeg*, mi buen señor!”
* Los pechenegos eran una tribu de nómadas mongoles salvajes que hicieron frecuentes incursiones en los rusos en los siglos X y XI.— Nota del traductor.
De ahí el apodo de la granja de los Petcheniegs, que se afianzó aún más cuando los hijos de Zhmuhin crecieron y empezaron a saquear los huertos. A Iván Abramitch lo llamaban «Ya sabes», pues solía hablar mucho y usaba esa expresión con frecuencia.
En el patio, cerca de un granero, estaban los hijos de Zhmuhin: uno, un joven de diecinueve años, el otro, un muchacho más joven, ambos descalzos y con la cabeza descubierta. Justo cuando la trampa entraba en el patio, el más joven lanzó una gallina al aire, la cual, cacareando, describió un arco en el aire; el mayor le disparó con una escopeta y la gallina cayó muerta al suelo.
“Esos son mis muchachos que están aprendiendo a disparar a los pájaros en vuelo”, dijo Zhmuhin.
En la entrada, los viajeros fueron recibidos por una mujer pequeña y delgada, de rostro pálido, todavía joven y hermosa; por su vestimenta podría haber sido tomada por una sirvienta.
—Y esta, permíteme presentártela —dijo Zhmuhin—, es la madre de mis cachorros. Ven, Lyubov Osipovna —dijo, dirigiéndose a ella—, tienes que estar lista, madre, y traerle algo a nuestro invitado. ¡Cenemos! ¡Prepárate!
La casa constaba de dos partes: en una estaba la sala y, junto a ella, el dormitorio del viejo Zhmuhin, ambas habitaciones sofocantes, de techos bajos y multitud de moscas y avispas; en la otra estaba la cocina, donde se cocinaba, se lavaba y comían los trabajadores; allí, bajo los bancos, se ponían gansos y pavas, y allí estaban las camas de Lyubov Osipovna y sus dos hijos. Los muebles de la sala estaban sin pintar y, evidentemente, toscamente hechos por un carpintero; escopetas, morrales y látigos colgaban de las paredes, y todos estos trastos viejos estaban cubiertos por el óxido del tiempo y tenían un aspecto grisáceo por el polvo. No había ni un solo cuadro; en un rincón había una tabla sucia que en su día había sido un icono.
Una joven rusa puso la mesa y sirvió jamón y luego sopa de remolacha. El visitante rechazó el vodka y solo comió pan y pepinos.
“¿Qué tal el jamón?” preguntó Zhmuhin.
“Gracias, no como”, respondió el visitante, “no como carne en absoluto”.
"¿Porqué es eso?"
Soy vegetariano. Matar animales va en contra de mis principios.
Zhmuhin pensó un minuto y luego dijo lentamente con un suspiro:
Sí... claro... Vi a un hombre que no comía carne en el pueblo también. Es una nueva religión que tienen ahora. Bueno, es buena. No podemos seguir disparando y masacrando siempre, ¿sabes? Tenemos que dejarlo algún día y dejar incluso a los animales en paz. Matar es pecado, es pecado, no se puede negar. A veces uno mata una liebre y la hiere en la pata, y llora como un niño... ¡Así que debe dolerle!
“Claro que le duele; los animales sufren igual que los seres humanos”.
—Es cierto —asintió Zhmuhin—. Lo entiendo perfectamente —continuó, pensativo—, solo que hay una cosa que no entiendo: supongamos que todos dejaran de comer carne, ¿qué sería de los animales domésticos, como las aves y los gansos, por ejemplo?
“Las aves y los gansos vivirían en libertad como pájaros salvajes”.
Ahora lo entiendo. Claro que los cuervos y las grajillas se las arreglan bien sin nosotros. Sí... Las aves, los gansos, las liebres y las ovejas vivirán en libertad, regocijándose, ¿sabes?, y alabando a Dios; y no nos temerán; la paz y la concordia llegarán. Solo hay una cosa, ¿sabes?, que no entiendo —continuó Zhmuhin, mirando el jamón—. ¿Qué pasará con los cerdos? ¿Qué haremos con ellos?
“Serán como los demás, es decir, vivirán en libertad”.
¡Ah! Sí. Pero permíteme decirte que, si no los mataran, se multiplicarían, ¿sabes?, y entonces, adiós a los huertos y a los prados. Un cerdo, si lo dejas suelto y no lo cuidas, lo arruina todo en un día. Un cerdo es un cerdo, y no en vano se le llama cerdo...
Terminaron de cenar. Zhmuhin se levantó de la mesa y durante un largo rato paseó por la habitación, hablando y hablando... Le gustaba hablar de cosas importantes o serias y meditar, y en su vejez anhelaba encontrar un refugio, estar tranquilo, para no tener tanto miedo a la muerte. Anhelaba la mansedumbre, la calma espiritual y la confianza en sí mismo, como la de este invitado, que había saciado su hambre con pepinos y pan, y creía que hacerlo lo hacía más perfecto; estaba sentado en un arcón, gordo y saludable, en silencio y soportando pacientemente su aburrimiento, y al anochecer, cuando uno lo miraba desde la entrada, parecía una gran piedra redonda que no se podía mover de su lugar. Si un hombre tiene algo a lo que aferrarse en la vida, está bien.
Zhmuhin cruzó la entrada hacia el porche, y entonces se le oyó suspirar y decirse reflexivamente: «Sí... Sin duda...». Ya había oscurecido, y aquí y allá se veían estrellas en el cielo. Aún no habían iluminado el interior. Alguien entró en la sala tan silenciosamente como una sombra y se detuvo cerca de la puerta. Era Lyubov Osipovna, la esposa de Zhmuhin.
“¿Eres del pueblo?” preguntó tímidamente, sin mirar a su visitante.
“Sí, vivo en el pueblo.”
Quizás sea usted un poco erudito, señor; tenga la amabilidad de aconsejarnos. Deberíamos enviar una petición.
¿A quién?, preguntó el visitante.
“Tenemos dos hijos, amable caballero, y deberían haber ido a la escuela hace mucho tiempo, pero nunca vemos a nadie ni tenemos a nadie que nos aconseje. Y no sé nada. Porque si no les enseñan, tendrán que servir en el ejército como cosacos comunes. ¡No está bien, señor! No saben leer ni escribir, son peores que campesinos, y el propio Iván Abramitch no los soporta y no los deja entrar. Pero ellos no tienen la culpa. ¡Al menos el menor debería ir a la escuela, es una lástima!”, dijo lentamente, con un temblor en la voz; y parecía increíble que una mujer tan pequeña y joven pudiera tener hijos ya mayores. “¡Ay, qué lástima!”
—No sabes nada de esto, madre, y no es asunto tuyo —dijo Zhmuhin, apareciendo en la puerta—. No molestes a nuestra invitada con tus disparates. ¡Vete, madre!
Lyubov Osipovna salió y en la entrada repitió una vez más con un hilo de voz: "¡Oh, es una lástima!"
Se preparó una cama para el visitante en el sofá de la sala, y para que no estuviera oscuro, encendieron la lámpara delante del icono. Zhmuhin se acostó en su habitación. Y mientras yacía allí, pensó en su alma, en su edad, en el reciente derrame cerebral que tanto lo había asustado y le había hecho pensar en la muerte. Le gustaba filosofar cuando estaba solo, en silencio, y entonces se imaginaba que era un pensador muy serio y profundo, y que nada en este mundo le interesaba excepto las preguntas serias. Y ahora seguía pensando y anhelaba dar con una idea significativa, distinta a las demás, que le sirviera de guía en la vida, y quería elaborar principios para sí mismo que le permitieran vivir tan profundamente y con la misma seriedad que imaginaba. Sería bueno para un anciano como él abstenerse por completo de la carne, de todo tipo de superfluidades. El tiempo en que los hombres dejen de matarse entre sí y a los animales llegaría tarde o temprano, no podía dejar de ser así, y él imaginó ese tiempo y se imaginó claramente viviendo en paz con todos los animales, y de repente pensó otra vez en los cerdos, y todo se hizo un lío en su cerebro.
—Qué cosa más rara, Señor, ten piedad de nosotros —murmuró, suspirando profundamente—. ¿Duermes? —preguntó.
"No."
Zhmuhin se levantó de la cama y se detuvo en la puerta sin nada puesto excepto su camisa, mostrándole a su invitado sus piernas musculosas, que parecían secas como palos.
“Hoy en día, ya sabes”, empezó, “han llegado todo tipo de telégrafos, teléfonos y maravillas de todo tipo, de hecho, pero la gente no es mejor que antes. Dicen que en nuestra época, hace treinta o cuarenta años, los hombres eran toscos y crueles; ¿pero no es igual ahora? Ciertamente no nos andábamos con ceremonias en nuestra época. Recuerdo en el Cáucaso, cuando estuvimos estacionados junto a un riachuelo sin nada que hacer durante cuatro meses enteros (yo era suboficial por aquel entonces), ocurrió algo extraño, casi novelesco. Justo en la orilla de ese río, ya sabes, donde estaba acampada nuestra división, fue enterrado un desdichado príncipe al que habíamos matado hacía poco. Y por las noches, ya sabes, la princesa solía ir a su tumba a llorar. Gemía y gemía, gemía y gemía, y nos deprimía tanto que no podíamos dormir, y esa es la realidad. No podíamos dormir una noche, no podíamos dormir ni un segundo; Bueno, nos hartamos. Y desde el punto de vista del sentido común, uno no puede estar sin dormir por quién sabe qué (perdón por la expresión). Cogimos a esa princesa, le dimos una buena paliza y dejó de venir. Ahí va un ejemplo. Hoy en día, claro, la gente no es la misma, no son dados a la paliza y viven con un estilo de vida más limpio, y hay más conocimiento, pero, ya sabes, el alma es la misma: no hay cambios. Ahora, mira, hay un terrateniente viviendo aquí entre nosotros; tiene minas, ¿sabes?; todo tipo de vagabundos sin pasaporte que no saben dónde ir a trabajar para él. Los sábados tiene que pagarles a los obreros, pero no le importa pagarles, ¿sabes?, le escatima el dinero. Así que tiene a un capataz que también es vagabundo, aunque lleva sombrero. «No les pagues nada», dice, «ni un... —¡Te pegarán y dejarán que te peguen! —dice—, pero aguanta, y te pagaré diez rublos cada sábado. Así que el sábado por la tarde los obreros vienen a pagar como de costumbre; el capataz les dice: «¡Nada!». Bueno, palabra por palabra, como dijo el amo, empiezan a maldecir y a usar los puños... Lo golpean y lo patean... ya sabes, son unos hombres brutalizados por el hambre; lo golpean hasta dejarlo inconsciente, y luego cada uno sigue su camino. El amo ordena que le echen agua fría al capataz y luego le tira diez rublos a la cara. Y él los acepta y se alegra, pues estaría dispuesto a que lo ahorcaran por tres rublos, y ni hablar de diez. Sí... y el lunes llega una nueva cuadrilla de obreros; trabajan, porque no tienen adónde ir... El sábado se repite la misma historia.
El visitante se giró hacia el otro lado, con la cara hacia el respaldo del sofá, y murmuró algo.
“Y aquí hay otro ejemplo”, continuó Zhmuhin. “Tuvimos la peste siberiana aquí, ¿sabe? El ganado muere como moscas, se lo aseguro. Vinieron los veterinarios y dieron órdenes estrictas de enterrar el ganado muerto a cierta profundidad, de echarle cal encima, etc., según principios científicos. Mi caballo también murió. Lo enterré con todas las precauciones y le eché más de trescientos kilos de cal. ¿Y qué opina? Mis queridos compañeros, quiero decir, mis queridos hijos, lo desenterraron, lo desollaron y vendieron la piel por tres rublos; ahí tiene un ejemplo. Así que la gente no ha mejorado, y por mucho que alimente a un lobo, siempre mirará hacia el bosque; ahí está. Da que pensar, ¿verdad? ¿Cómo lo ve usted?”
A un lado, un relámpago se filtraba por una rendija en la persiana. Se sentía la sofocante sensación de tormenta inminente, los mosquitos picaban, y Zhmuhin, meditando en su dormitorio, suspiró y gimió, y se dijo: «Sí, claro...». Y no había posibilidad de conciliar el sueño. En algún lugar lejano, se oyó el rugido de un trueno.
"¿Estás dormido?"
“No”, respondió el visitante.
Zhmuhin se levantó y, haciendo ruido con los tacones, atravesó el salón y la entrada de la cocina para buscar un vaso de agua.
“Lo peor del mundo, ya sabes, es la estupidez”, dijo un poco después, volviendo con un cucharón. Mi Lyubov Osipovna está de rodillas rezando. Reza todas las noches, ¿sabes?, y se inclina hasta el suelo, primero para que sus hijos puedan ir a la escuela; teme que sus hijos se unan al ejército como simples cosacos y que los azoten en la espalda con sables. Pero para enseñar hay que tener dinero, ¿y dónde se consigue? Puedes romper el suelo dándote cabezazos, pero si no lo tienes, no lo tienes. Y la otra razón por la que reza es porque, ¿sabes?, toda mujer se imagina que no hay nadie en el mundo tan infeliz como ella. Soy un hombre franco y no quiero ocultarte nada. Proviene de una familia pobre, hija de un cura de pueblo. Me casé con ella cuando tenía diecisiete años, y aceptaron mi oferta principalmente porque no tenían suficiente para comer; no era más que pobreza y miseria, mientras que yo tengo tierras, ¿sabes?, una granja, y al fin y al cabo soy oficial; Fue un paso adelante para ella casarse conmigo, ¿sabes? El primer día de su boda lloró, y no ha dejado de llorar desde entonces, durante todos estos veinte años; tiene los ojos llorosos. Y siempre está sentada pensando, ¿y en qué crees que está pensando? ¿En qué puede pensar una mujer? Pues en nada. Debo confesar que no considero a una mujer un ser humano.
El visitante se levantó bruscamente y se sentó en la cama.
“Disculpe, me siento sofocado”, dijo; “saldré”.
Zhmuhin, hablando todavía de mujeres, corrió el cerrojo de la entrada y ambos salieron. La luna llena flotaba en el cielo justo sobre el patio, y a la luz de la luna, la casa y el granero parecían más blancos que de día; sobre la hierba, brillantes rayos de luna, blancos también, se extendían entre las sombras negras. A lo lejos, a la derecha, se veía la estepa; sobre ella, las estrellas brillaban suavemente; todo era misterioso, infinitamente lejano, como si uno contemplara un profundo abismo; mientras que a la izquierda, densas nubes de tormenta, negras como el hollín, se amontonaban sobre la estepa; sus bordes estaban iluminados por la luna, y parecía que allí había montañas con nieve blanca en sus cimas, bosques oscuros, el mar. Hubo un relámpago, un débil trueno, y parecía que se libraba una batalla en las montañas.
Muy cerca de la casa, un pequeño búho nocturno chillaba monótonamente:
“¡Dormido! ¡Dormido!”
“¿Qué hora es ahora?” preguntó el visitante.
“Poco después de la una.”
¡Cuánto falta para que amanezca!
Regresaron a la casa y se acostaron de nuevo. Era hora de dormir, y uno suele dormir tan espléndidamente antes de la lluvia; pero el anciano ansiaba pensamientos serios y profundos; no quería simplemente pensar, sino meditar, y meditaba en lo bueno que sería, con la muerte cerca, para el bien de su alma abandonar la ociosidad que tan imperceptiblemente se tragaba día tras día, año tras año, sin dejar rastro; idear alguna gran hazaña; por ejemplo, caminar lejos, muy lejos, o renunciar a la carne como este joven. Y de nuevo se imaginó el tiempo en que no se mataría a los animales, lo imaginó clara y distintamente como si él mismo estuviera viviendo esa época; pero de repente todo se volvió un embrollo en su cabeza y todo se volvió confuso.
La tormenta había pasado, pero desde los bordes de las nubes caía la lluvia suavemente sobre el tejado. Zhmuhin se levantó, desperezándose y gimiendo de vejez, y miró hacia la sala. Al notar que su visitante no dormía, dijo:
Cuando estábamos en el Cáucaso, ¿sabes?, había un coronel que también era vegetariano; no comía carne, nunca cazaba y no dejaba que sus sirvientes pescaran. Claro que entiendo que todo animal debe vivir en libertad y disfrutar de su vida; pero no entiendo cómo un cerdo puede andar por ahí sin que lo cuiden...
El visitante se levantó y se sentó. Su rostro pálido y demacrado reflejaba cansancio y disgusto; era evidente que estaba exhausto, y solo su dulzura y la delicadeza de su alma le impidieron expresar su disgusto con palabras.
—Está amaneciendo —dijo con dulzura—. Por favor, que me traigan el caballo.
¿Por qué? Espera un poco y dejará de llover.
—No, se lo suplico —dijo el visitante horrorizado, con voz suplicante—. Es indispensable que me vaya inmediatamente.
Y comenzó a vestirse apresuradamente.
Para cuando enjaezaron el caballo, ya salía el sol. Acababa de dejar de llover, las nubes corrían veloces y las manchas azules se hacían cada vez más grandes en el cielo. Los primeros rayos del sol se reflejaban tímidamente en los grandes charcos. El visitante cruzó la entrada con su cartera para subir al coche, y en ese momento la esposa de Zhmuhin, pálida, y parecía más pálida que el día anterior, con los ojos bañados en lágrimas, lo miró fijamente sin pestañear, con la expresión ingenua de una niña pequeña, y era evidente en su rostro abatido que envidiaba su libertad —¡oh, con cuánta alegría se habría marchado de allí!— y quería decirle algo, probablemente pedirle consejo sobre sus hijos. ¡Y qué figura tan lamentable era! No era una esposa, ni la cabeza de familia, ni siquiera una sirvienta, sino más bien una dependiente, una pariente pobre que nadie quería, una nulidad... Su marido, alborotado y hablando sin parar, despedía a su visitante, corriendo continuamente delante de él, mientras ella se acurrucaba contra la pared con aire tímido y culpable, esperando un momento conveniente para hablar.
“Por favor, vuelva otra vez”, repetía el anciano sin cesar; “estamos encantados de ofrecerle lo que tenemos, ¿sabe?”
El visitante se metió apresuradamente en la trampa, evidentemente aliviado, como si temiera constantemente que lo detuvieran. La trampa se tambaleó como el día anterior, chirrió y sacudió furiosamente el cubo atado a la parte trasera. Miró a Zhmuhin con una expresión extraña; parecía como si quisiera llamarlo Petchenyeg, como el topógrafo, o algo por el estilo, pero su amabilidad pudo más. Se controló y no dijo nada. Pero en la entrada, de repente, no pudo contenerse; se levantó y gritó con fuerza y furia:
“Me has aburrido hasta la muerte.”
Y desapareció por la puerta.
Cerca del granero estaban los hijos de Zhmuhin; el mayor sostenía una escopeta, mientras que el menor sostenía en sus manos un gallo gris con una cresta roja brillante. El menor lanzó al gallo con todas sus fuerzas; el ave voló más alto que la casa y dio vueltas en el aire como una paloma. El mayor disparó y el gallo cayó como una piedra.
El anciano, abrumado por la confusión, sin saber cómo explicar el extraño e inesperado grito del visitante, regresó lentamente a la casa. Y sentado a la mesa, meditó largo rato sobre las tendencias intelectuales de la época, sobre la inmoralidad universal, sobre el telégrafo, el teléfono, los velocípedos, sobre lo innecesario que era todo aquello; poco a poco recuperó la compostura, luego comió lentamente, bebió cinco vasos de té y se echó a dormir la siesta.
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UN CADÁVER
ATranquila noche de agosto. Una niebla se alza lentamente desde los campos, proyectando un velo opaco sobre todo lo que se ve. Iluminada por la luna, la niebla da la impresión, por momentos, de un mar tranquilo e infinito, y por momentos, de una inmensa muralla blanca. El aire es húmedo y frío. La mañana aún está lejos. A un paso del camino secundario que bordea el bosque, brilla una pequeña hoguera. Un cadáver, cubierto de pies a cabeza con lino blanco nuevo, yace bajo un roble joven. Un icono de madera reposa sobre su pecho. Junto al cadáver, casi en el camino, se sienta el "vigía": dos campesinos realizando una de las tareas más desagradables y poco atractivas de un campesino. Uno, un joven alto, con un bigote apenas perceptible y cejas negras y pobladas, con una piel de oveja andrajosa y zapatos de corteza, está sentado en la hierba húmeda, con los pies estirados hacia adelante, intentando matar el tiempo trabajando. Dobla su largo cuello y, respirando ruidosamente por la nariz, hace una cuchara con un gran trozo de madera torcida; el otro —un campesino flacucho y picado de viruelas, de rostro envejecido, bigote ralo y barba de cabra— se sienta con las manos colgando sobre las rodillas y, sin moverse, mira con indiferencia la luz. Una pequeña fogata arde lentamente entre ellos, proyectando un resplandor rojizo sobre sus rostros. Reina un silencio absoluto. Los únicos sonidos son el raspado del cuchillo sobre la madera y el crujir de los palos húmedos en el fuego.
“No te duermas, Syoma…” dice el joven.
“Yo… yo no duermo…” balbucea el barbudo.
—Está bien... Sería horrible estar aquí solo, uno se asustaría. Podrías decirme algo, Syoma.
¡Eres un tipo raro, Syomushka! Otros se ríen, cuentan historias y cantan canciones, pero a ti... es imposible distinguirte. Te sientas como un espantapájaros en el jardín, poniendo los ojos en blanco ante el fuego. No sabes decir nada con claridad... cuando hablas pareces asustado. Diría que tienes cincuenta años, pero tienes menos sentido común que un niño. ¿No te arrepientes de ser un ingenuo?
“Lo siento”, responde tristemente el hombre con barba de cabra.
Y lamentamos ver tu estupidez, puedes estar seguro. Eres un campesino bondadoso y sobrio, y el único problema es que no tienes sentido común. Deberías haber recuperado el sentido común si el Señor te ha afligido y no te ha dado entendimiento. Debes esforzarte, Syoma... Debes escuchar atentamente cuando se diga algo bueno, tomarlo en cuenta y seguir pensando sin parar... Si hay alguna palabra que no entiendas, debes esforzarte y reflexionar sobre su significado. ¿Lo ves? ¡Esfuérzate! Si no recuperas el sentido común, serás un ingenuo y no servirás de nada hasta el día de tu muerte.
De repente, un gemido prolongado se oye en el bosque. Algo cruje entre las hojas, como si lo hubieran arrancado de la copa del árbol y cayera al suelo. Todo esto se repite débilmente por el eco. El joven se estremece y mira inquisitivamente a su compañero.
"Es un búho mirando a los pajaritos", dice Syoma tristemente.
—¡Pero, Syoma, es hora de que los pájaros vuelen a los países cálidos!
“Sin duda, ya es hora.”
Hace frío al amanecer. Hace frío. La grulla es una criatura fría, es tierna. Un frío así la mata. No soy una grulla, pero estoy congelada... ¡Echen más leña!
Syoma se levanta y desaparece entre la oscura maleza. Mientras se afana entre los arbustos, quebrando ramas secas, su compañero se tapa los ojos con la mano y se sobresalta con cada sonido. Syoma trae un puñado de leña y la pone al fuego. La llama lame, indecisa, las ramas negras con sus lengüitas, y de repente, como a una orden, las atrapa y proyecta una luz carmesí sobre los rostros, el camino, el lino blanco con sus prominencias donde las manos y los pies del cadáver lo levantan, el icono. El «reloj» calla. El joven agacha aún más el cuello y se pone a trabajar con aún más nerviosismo. El barbudo permanece inmóvil como antes, con la mirada fija en el fuego...
“Los que no amáis a Sión... seréis avergonzados por el Señor.” De repente, se oye una voz de falsete cantando en la quietud de la noche, luego se oyen pasos lentos, y la figura oscura de un hombre con una sotana corta de monje y un sombrero de ala ancha, con una alforja sobre los hombros, aparece en el camino a la luz carmesí del fuego.
¡Hágase tu voluntad, Señor! ¡Santa Madre! —dice la figura con un ronco falsete—. Vi el fuego en la oscuridad exterior y mi alma saltó de alegría... Al principio pensé que eran hombres pastando una manada de caballos, luego pensé que no podía ser, ya que no se veían caballos. «¿No son ladrones?», me pregunté, «¿no son salteadores que acechan a un Lázaro rico? ¿No son los gitanos que ofrecen sacrificios a los ídolos?». Y mi alma saltó de alegría. «¡Ve, Teodosio, siervo de Dios!», me dije, «¡y gana la corona de mártir!». Y volé hacia el fuego como una polilla de alas ligeras. Ahora estoy ante ustedes, y por su aspecto exterior juzgo sus almas: no son ladrones ni paganos. ¡La paz sea con ustedes!».
"Buenas noches."
“Buena gente ortodoxa, ¿sabéis cómo llegar a la fábrica de ladrillos Makuhinsky desde aquí?”
Está cerca. Sigue recto por la carretera; cuando hayas recorrido una milla y media, estarás en Ananova, nuestro pueblo. Desde el pueblo, padre, gira a la derecha por la orilla del río y así llegarás a las ladrilleras. Está a dos millas de Ananova.
Que Dios te dé salud. ¿Y por qué estás sentado aquí?
Estamos aquí sentados observando. Mira, hay un cadáver...
¿Qué? ¿Qué cuerpo? ¡Madre mía!
El peregrino ve el lienzo blanco con el icono y se sobresalta con tanta violencia que le tiemblan las piernas. Esta visión inesperada lo abruma. Se acurruca y permanece inmóvil, boquiabierto y con la mirada perdida. Durante tres minutos guarda silencio, como si no pudiera creer lo que veía, y luego empieza a murmurar:
¡Oh, Señor! ¡Santa Madre! Iba por ahí sin meterme con nadie, y de repente, ¡qué aflicción!
—¿Qué es usted? —pregunta el joven—. ¿Del clero?
—No... no... voy de un monasterio a otro... ¿Conoces a Mi... Mihail Polikarpitch, el capataz de la ladrillera? Bueno, soy su sobrino... ¡Hágase tu voluntad, Señor! ¿Por qué estás aquí?
“Estamos observando... se nos dice que lo hagamos”.
—Sí, sí... —murmura el hombre de la sotana, pasándose la mano por los ojos—. ¿Y de dónde venía el difunto?
“Él era un extraño.”
¡Así es la vida! Pero yo... eh... seguiré adelante, hermanos... Estoy nervioso. ¡Le tengo más miedo a los muertos que a cualquier otra cosa, queridos míos! ¡Y fíjense! Mientras este hombre vivía, nadie lo notaba, mientras que ahora, muerto y entregado a la corrupción, temblamos ante él como ante un general famoso o un obispo... Así es la vida; ¿lo asesinaron o qué?
¡Dios lo sabe! Quizás lo asesinaron, o quizás murió por sus propios medios.
—Sí, sí... ¿Quién sabe, hermanos? Quizás su alma esté ahora saboreando las alegrías del Paraíso.
«Su alma sigue aquí, cerca de su cuerpo», dice el joven. «No se separa del cuerpo durante tres días».
—¡Mmm, sí!... ¡Qué frías son las noches ahora! Hace castañetear los dientes... ¿Entonces tengo que seguir así?...
“Hasta llegar al pueblo y luego girar a la derecha por la orilla del río”.
Junto a la orilla del río... Claro que sí... ¿Por qué me quedo quieto? Debo continuar. Adiós, hermanos.
El hombre de la sotana da cinco pasos por el camino y se detiene.
"Se me olvidó poner un kopek para el entierro", dice. "Queridos amigos ortodoxos, ¿puedo dar el dinero?"
Deberías saberlo mejor, recorriendo los monasterios. Si murió de muerte natural, sería por el bien de su alma; si se suicidó, es pecado.
—Es cierto... ¡Y quizá sí fue un suicidio! Así que mejor me quedo con mi dinero. ¡Ay, pecados, pecados! Dame mil rublos y no consentiré sentarme aquí... Adiós, hermanos.
La sotana se aleja lentamente y se detiene nuevamente.
“No puedo decidir qué hacer”, murmura. “Quedarme aquí junto al fuego y esperar hasta el amanecer… Tengo miedo; seguir adelante también es terrible. El muerto me perseguirá todo el camino en la oscuridad… ¡El Señor me ha castigado! He recorrido más de quinientos kilómetros a pie y no ha pasado nada, y ahora estoy cerca de casa y hay problemas. No puedo seguir…”
“Es terrible, eso es verdad”.
No le temo a los lobos, ni a los ladrones, ni a la oscuridad, pero sí le temo a los muertos. Les temo, y nada más. Queridos hermanos ortodoxos, les suplico de rodillas que me acompañen al pueblo.
“Nos han dicho que no nos alejemos del cuerpo”.
—¡Nadie lo verá, hermanos! ¡Por mi alma, nadie lo verá! ¡El Señor los recompensará cien veces más! ¡Anciano, ven conmigo, te lo ruego! ¡Anciano! ¿Por qué callas?
“Es un poco simple”, dice el joven.
“Ven conmigo, amigo; te daré cinco kopeks”.
—Por cinco kopeks podría —dice el joven, rascándose la cabeza—, pero me dijeron que no. Si Syoma, nuestro ingenuo, se queda solo, te llevaré. Syoma, ¿te quedarás solo?
“Me quedo”, consiente el tonto.
—Bueno, está bien. ¡Vamos! El joven se levanta y se va con la sotana. Un minuto después, el sonido de sus pasos y su conversación se desvanece. Syoma cierra los ojos y dormita suavemente. El fuego comienza a apagarse y una gran sombra negra cae sobre el cadáver.
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UN FINAL FELIZ
YoYUBOV GRIGORYEVNA, una corpulenta y rolliza dama de unos cuarenta años, encargada de hacer de casamentera y de muchos otros asuntos de los que se suele hablar solo en susurros, había ido a ver a Stytchkin, el jefe de guardia, un día que este no estaba de servicio. Stytchkin, algo avergonzado, pero, como siempre, serio, práctico y severo, paseaba por la habitación, fumando un puro y diciendo:
Me alegro mucho de conocerla. Semión Ivanovitch la recomendó porque podría ayudarme en un asunto delicado e importante que afecta a la felicidad de mi vida. Liubov Grigórievna, he cumplido cincuenta y dos años; es una edad en la que muchos ya tienen hijos adultos. Mi posición es estable. Aunque mi fortuna no es cuantiosa, puedo mantener a un ser querido y a mis hijos. Debo decirles que, además de mi salario, también tengo dinero en el banco que mi estilo de vida me ha permitido ahorrar. Soy un hombre práctico y sobrio, llevo una vida sensata y coherente, de modo que puedo servir de ejemplo a muchos. Pero me falta una cosa: un hogar propio y una compañera de vida, y vivo como un magiar errante, yendo de un lado a otro sin ninguna satisfacción. No tengo a nadie con quien pedir consejo, y cuando estoy enfermo, nadie que me dé agua, etc. Aparte de eso, Liubov Grigóryevna, un hombre casado siempre tiene más peso en la sociedad que un soltero... Soy un hombre de clase educada, con dinero, pero si me miras desde otra perspectiva, ¿qué soy? Un hombre sin parientes, no mejor que un sacerdote polaco. Y por eso desearía mucho unirme a los lazos del Himeneo, es decir, contraer matrimonio con alguien digno.
—¡Qué cosa tan excelente! —dijo el casamentero con un suspiro.
Soy un hombre solitario y en esta ciudad no conozco a nadie. ¿Adónde puedo ir y a quién puedo acudir, ya que aquí todos son desconocidos para mí? Por eso Semión Ivánovich me aconsejó que me dirigiera a una persona especializada en este campo, cuya profesión es la felicidad ajena. Por eso, le ruego encarecidamente, Liubov Grigóryevna, que me ayude a ordenar mi futuro. Usted conoce a todas las jóvenes casaderas de la ciudad, y le será fácil complacerme.
"Puedo. . . ."
“Una copa de vino, te lo ruego. . . .”
Con un gesto habitual, la casamentera se llevó el vaso a la boca y lo bebió de un trago sin pestañear.
—Sí, puedo —repitió—. ¿Y qué tipo de novia te gustaría, Nikolay Nikolayitch?
¿Debería gustarme? La novia que me manda el destino.
—Bueno, claro que depende de tu destino, pero cada uno tiene sus gustos, ¿sabes? A uno le gustan las mujeres morenas, al otro las rubias.
“Verá, Liubov Grigóryevna”, dijo Stytchkin, suspirando con calma, “soy un hombre práctico y de carácter; para mí, la belleza y la apariencia externa suelen ser secundarias, pues, como usted sabe, la belleza no es ni plato ni cuenco, y una esposa guapa implica mucha ansiedad. En mi opinión, lo que más importa en una mujer no es lo externo, sino lo interior; es decir, que tenga alma y todas las cualidades. Una copa de vino, se lo ruego… Claro que sería muy agradable que la esposa fuera algo regordeta, pero para la felicidad mutua no es tan importante; lo que importa es la inteligencia. En realidad, una mujer tampoco necesita inteligencia, pues si tiene cerebro, se enorgullecerá demasiado de sí misma y se le meterán en la cabeza todo tipo de ideas. Hoy en día no se puede prescindir de la educación, por supuesto, pero la educación es de otro tipo. Sería un placer para la esposa saber francés y alemán, hablar varios Idiomas, muy agradable; pero ¿de qué sirve si no sabe coser botones, quizá? Soy un hombre de clase educada: me siento tan a gusto, diría yo, con el príncipe Kanitelin como contigo ahora. Pero mis costumbres son sencillas, y quiero una chica que no sea una dama demasiado refinada. Sobre todo, debe respetarme y sentir que la he hecho feliz.
"Sin duda."
Bueno, ahora, en cuanto a lo esencial... no quiero una novia rica; jamás condescendería a algo tan bajo como casarme por dinero. No deseo que mi esposa me retenga, sino conservarla, y que ella lo sepa. Pero tampoco quiero una chica pobre. Aunque soy un hombre adinerado y me caso no por mercenarios, sino por amor, no puedo aceptar a una chica pobre, pues, como usted sabe, los precios han subido mucho, y habrá hijos.
“Podría encontrarse a alguien con dote”, dijo el casamentero.
“Una copa de vino, te lo ruego. . . .”
Hubo una pausa de cinco minutos.
El casamentero suspiró, miró de reojo al guardia y preguntó:
—Bueno, mi buen señor... ¿desea algo de soltero? Tengo algunas gangas. Una es francesa y la otra griega. Valen la pena.
El guardia pensó un momento y dijo:
—No, gracias. Dada su buena disposición, permítame preguntarle cuánto pide por sus esfuerzos para conseguir una novia.
No pido mucho. Dame veinticinco rublos y la tela para un vestido, como siempre, y te lo agradeceré... pero la dote es otra historia.
Stytchkin cruzó los brazos sobre el pecho y se sumió en una profunda reflexión. Tras reflexionar un momento, exhaló un suspiro y dijo:
"Eso es querido..."
—¡No es nada caro, Nikolay Nikolayitch! Antes, cuando había muchas bodas, era más barato, pero ¿cuánto ganamos hoy en día? Si ganas cincuenta rublos en un mes que no es ayuno, puedes estar agradecido. No es con las bodas que ganamos, mi buen señor.
Stytchkin miró al casamentero con asombro y se encogió de hombros.
—¡Hmm!... ¿Cincuenta rublos te parecen poco? —preguntó.
¡Claro que es poco! Antiguamente, a veces hacíamos más de cien.
¡Mmm! Nunca pensé que fuera posible ganar tanto dinero con estos trabajos. ¡Cincuenta rublos! ¡No todos ganan tanto! Bébete el vino, por favor...
La casamentera apuró su copa sin pestañear. Stytchkin la miró de pies a cabeza en silencio y luego dijo:
Cincuenta rublos... ¡Vaya, seiscientos rublos al año!... Por favor, acepte un poco más... Con semejantes dividendos, ¿sabe, Lyubov Grigoryevna?, no le costaría nada encontrar pareja...
“En cuanto a mí”, se rió la casamentera, “soy una anciana”.
—Para nada... Tienes una figura estupenda, y tu cara es regordeta y hermosa, y todo lo demás.
La casamentera se sintió avergonzada. Stytchkin también se sintió avergonzado y se sentó a su lado.
«Sigues siendo muy atractiva», dijo; «si encontraras un marido práctico, serio y cuidadoso, con su sueldo y tus ganancias podrías incluso atraerlo mucho, y se llevarían muy bien juntos...».
—Dios sabe lo que dices, Nikolay Nikolayitch.
“Bueno, no quise hacer daño. . . .”
Siguió un silencio. Stytchkin empezó a sonarse la nariz ruidosamente, mientras el casamentero se sonrojaba y, mirándolo tímidamente, preguntó:
“¿Y cuánto ganas, Nikolay Nikolayitch?”
¿Yo? Setenta y cinco rublos, además de las propinas... Aparte de eso, hacemos algo con velas y liebres.
“¿Vas a cazar entonces?”
No. A los pasajeros que viajan sin billete los llamamos liebres.
Pasó otro minuto en silencio. Stytchkin se levantó y caminó por la habitación, emocionado.
—No quiero una esposa joven —dijo—. Soy un hombre de mediana edad, y quiero a alguien que... como tú... serio y estable, con una figura parecida a la tuya...
“Dios sabe lo que estás diciendo…” rió la casamentera, escondiendo su rostro sonrojado bajo su pañuelo.
No hace falta pensarlo mucho. Me gustas mucho y tus cualidades me encajan. Soy un hombre práctico y sobrio, y si te gusto... ¿qué mejor? ¡Permíteme hacerte una propuesta!
La casamentera dejó caer una lágrima, se rió y, en señal de consentimiento, brindó con Stytchkin.
“Bueno”, dijo el feliz guarda del ferrocarril, “ahora permítame explicarle el comportamiento y el estilo de vida que deseo de usted… Soy un hombre estricto, respetable y práctico. Lo veo todo con caballerosidad. Y deseo que mi esposa también sea estricta y que comprenda que para ella soy un benefactor y la persona más importante del mundo”.
Se sentó y, suspirando profundamente, comenzó a exponer a su novia electa sus puntos de vista sobre la vida doméstica y los deberes de una esposa.
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EL ESPEJO
norteNochevieja. Nellie, hija de un terrateniente y general, una joven y hermosa muchacha que soñaba día y noche con casarse, estaba sentada en su habitación, mirándose al espejo con los ojos entrecerrados y exhaustos. Estaba pálida, tensa y tan inmóvil como el espejo.
La inexistente pero aparente vista de un pasillo largo y estrecho con interminables filas de velas, el reflejo de su rostro, sus manos, del marco; todo esto ya estaba envuelto en niebla y se fundía en un mar gris infinito. El mar ondulaba, relucía y, de vez en cuando, se tiñeba de rojo carmesí...
Al mirar los ojos inmóviles y los labios entreabiertos de Nellie, era difícil distinguir si dormía o estaba despierta, pero aun así veía. Al principio solo vio la sonrisa y la expresión suave y encantadora de alguien; luego, contra el cambiante fondo gris, aparecieron gradualmente los contornos de una cabeza, un rostro, cejas, barba. Era él, el predestinado, objeto de largos sueños y esperanzas. El predestinado lo era todo para Nellie: el significado de la vida, la felicidad personal, la carrera, el destino. Fuera de él, como en el fondo gris del espejo, todo era oscuro, vacío, sin sentido. Y por eso no era extraño que, al ver ante ella un rostro hermoso y dulcemente sonriente, sintiera la dicha, un sueño indescriptiblemente dulce, indescriptible, indescriptible, ni con palabras ni por escrito. Entonces oyó su voz, se vio viviendo bajo el mismo techo que él, su vida fundida con la suya. Meses y años pasaron volando contra el fondo gris. Y Nellie vio su futuro con claridad, en todos sus detalles.
Una imagen tras otra sobre el fondo gris. Ahora Nellie se veía a sí misma, una noche de invierno, llamando a la puerta de Stepan Lukitch, el médico del distrito. El perro viejo ladraba ronca y perezosamente tras la verja. Las ventanas del médico estaban a oscuras. Todo era silencio.
—¡Por el amor de Dios, por el amor de Dios! —susurró Nellie.
Pero finalmente la puerta del jardín crujió y Nellie vio al cocinero del médico.
“¿Está el médico en casa?”
—Su señoría está dormido —susurró la cocinera en la manga, como si temiera despertar a su amo.
“Acaba de llegar a casa de sus pacientes con fiebre y dio órdenes de que no lo despertaran”.
Pero Nellie apenas oyó a la cocinera. La apartó de un empujón y entró precipitadamente en la casa del médico. Atravesando unas habitaciones oscuras y sofocantes, volcando dos o tres sillas, llegó por fin a la habitación. Stepan Lukitch estaba acostado en su cama, vestido, pero sin abrigo, y con los labios fruncidos respiraba en su mano abierta. Una lamparita de noche brillaba débilmente a su lado. Sin decir palabra, Nellie se sentó y rompió a llorar. Lloró amargamente, temblando por todas partes.
—¡Mi marido está enfermo! —sollozó. Stepan Lukitch guardó silencio. Se incorporó lentamente, apoyó la cabeza en la mano y miró a su visitante con ojos fijos y soñolientos—. ¡Mi marido está enfermo! —continuó Nellie, conteniendo el sollozo—. Por favor, venga pronto. ¡Date prisa!... ¡Date prisa!
“¿Eh?” gruñó el doctor, soplándose la mano.
¡Ven! ¡Ven ahora mismo! ¡O... es terrible pensarlo! ¡Por Dios!
Y Nellie, pálida y exhausta, jadeando y tragándose las lágrimas, comenzó a describirle al médico la enfermedad de su esposo, su terror indescriptible. Su sufrimiento habría conmovido profundamente, pero el médico la miró, sopló en su mano abierta y... ni un movimiento.
“¡Vendré mañana!” murmuró.
—¡Imposible! —gritó Nellie—. ¡Sé que mi marido tiene tifus! ¡Ahora mismo...! ¡Te necesito!
“Acabo de llegar”, murmuró el doctor. “Llevo tres días fuera, viendo pacientes con tifus, y estoy agotado y enfermo… ¡No puedo! ¡En absoluto! ¡Me lo he contagiado! ¡Listo!”
Y el médico le puso ante los ojos un termómetro clínico.
Tengo casi cuarenta grados de fiebre... No puedo en absoluto. Apenas puedo incorporarme. Disculpe. Me acostaré...
El médico se acostó.
—Pero se lo imploro, doctor —gimió Nellie desesperada—. ¡Se lo suplico! ¡Ayúdeme, por favor! ¡Haga un gran esfuerzo y venga! ¡Se lo recompensaré, doctor!
—¡Ay, Dios mío!... ¡Ya te lo dije! ¡Ah!
Nellie se levantó de un salto y paseó nerviosa por el dormitorio. Anhelaba explicarle al médico, hacerle entrar en razón... Pensó que si él supiera cuánto quería a su marido y lo infeliz que era, olvidaría su agotamiento y su enfermedad. Pero ¿cómo podría ser lo suficientemente elocuente?
“Ve al médico del zemstvo”, escuchó la voz de Stepan Lukitch.
¡Eso es imposible! Vive a más de veinte millas de aquí, y el tiempo es oro. Y los caballos no lo aguantan. Hay treinta millas de nosotros a ti, y otras tantas de aquí al médico del zemstvo. ¡No, es imposible! Ven, Stepan Lukitch. Te pido una hazaña. ¡Ven, realiza esa hazaña! ¡Ten piedad de nosotros!
Es insoportable... Tengo fiebre... mi cabeza es un torbellino... ¡y ella no lo entiende! ¡Déjame en paz!
—¡Pero tienes la obligación de venir! ¡No puedes negarte! ¡Es egoísmo! Un hombre está obligado a sacrificar su vida por el prójimo, y tú... ¡te niegas a venir! Te citaré ante el Tribunal.
Nellie sintió que profería un insulto falso e inmerecido, pero por su esposo era capaz de olvidar la lógica, el tacto y la compasión por los demás... En respuesta a sus amenazas, el doctor bebió con avidez un vaso de agua fría. Nellie se puso a suplicar e implorar como la más baja mendiga... Finalmente, el doctor cedió. Se levantó lentamente, jadeando y resoplando, buscando su abrigo.
—¡Aquí está! —gritó Nellie, ayudándolo—. Déjame ponértelo. ¡Ven! Te lo pagaré... Te estaré agradecida toda la vida...
¡Pero qué agonía! Después de ponerse el abrigo, el doctor se volvió a acostar. Nellie lo levantó y lo arrastró hasta el recibidor. Luego hubo un alboroto agonizante por sus chanclos, su abrigo... Perdió su gorra... Pero por fin Nellie estaba en el carruaje con el doctor. Ahora solo tenían que conducir cincuenta kilómetros y su esposo tendría la ayuda de un médico. La tierra estaba envuelta en oscuridad. No se podía ver la mano delante del rostro... Soplaba un viento frío de invierno. Había grumos congelados bajo las ruedas. El cochero se detenía continuamente, preguntándose qué camino tomar.
Nellie y el doctor permanecieron en silencio todo el camino. Fue una sacudida terrible, pero no sintieron ni el frío ni las sacudidas.
“¡Sube, sube!” imploró Nellie al conductor.
A las cinco de la mañana, los caballos, exhaustos, entraron en el patio. Nellie vio las puertas familiares, el pozo con la grúa, la larga hilera de establos y graneros. Por fin estaba en casa.
"Espera un momento, vuelvo enseguida", le dijo a Stepan Lukitch, haciéndole sentarse en el sofá del comedor. "Quédate quieto y espera un poco, a ver cómo está".
Al regresar de la consulta con su esposo, Nellie encontró al médico acostado. Estaba recostado en el sofá, murmurando.
“¡Doctor, por favor!... ¡doctor!”
—¿Eh? ¡Pregúntale a Domna! —murmuró Stepan Lukitch.
"¿Qué?"
Dijeron en la reunión... Vlasov dijo... ¿Quién? ¿Qué?
Y para su horror, Nellie vio que el médico deliraba tanto como su marido. ¿Qué hacer?
“Tengo que ir a ver al médico del zemstvo”, decidió.
Luego volvió la oscuridad, un viento gélido y cortante, terrones de tierra helada. Sufría en cuerpo y alma, y la naturaleza engañosa no tiene artes ni engaños para compensar estos sufrimientos...
Entonces vio, contra el fondo gris, cómo su marido, cada primavera, andaba con apuros para pagar los intereses de la hipoteca al banco. Él no podía dormir, ella tampoco, y ambos se devanaban los sesos hasta que les dolía la cabeza, pensando en cómo evitar la visita del secretario del juzgado.
Vio a sus hijos: la eterna aprensión de los resfriados, la escarlatina, la difteria, las malas notas en la escuela, la separación. De una camada de cinco o seis, uno estaba destinado a morir.
El fondo gris no quedó exento de muerte. Bien podría ser. Un esposo y una esposa no pueden morir simultáneamente. Pase lo que pase, uno debe enterrar al otro. Y Nellie vio morir a su esposo. Este terrible suceso se le presentó con todo detalle. Vio el ataúd, las velas, al diácono e incluso las huellas de los pies del funerario en el pasillo.
“¿Por qué? ¿Para qué sirve?” preguntó mirando fijamente el rostro de su marido.
Y toda la vida anterior con su marido le parecía un estúpido preludio de esto.
Algo se le cayó de la mano a Nellie y golpeó el suelo. Se sobresaltó, se levantó de un salto y abrió mucho los ojos. Vio un espejo a sus pies. El otro estaba, como antes, sobre la mesa.
Se miró al espejo y vio un rostro pálido y surcado por las lágrimas. Ya no había fondo gris.
“Debo haberme quedado dormida”, pensó con un suspiro de alivio.
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VEJEZ
TúZELKOV, arquitecto con rango de consejero civil, llegó a su ciudad natal, adonde había sido invitado para restaurar la iglesia del cementerio. Había nacido allí, había asistido a la escuela, crecido y se había casado allí. Pero al bajar del tren apenas la reconoció. Todo había cambiado... Dieciocho años atrás, cuando se mudó a San Petersburgo, los niños de la calle solían cazar marmotas, por ejemplo, en el lugar donde ahora se alzaba la estación; ahora, al entrar en la calle principal, se alzaba un hotel de cuatro plantas frente a uno; antiguamente, justo allí había una fea valla gris; pero nada —ni vallas ni casas— había cambiado tanto como la gente. Por sus preguntas al camarero del hotel, Uzelkov supo que más de la mitad de las personas que recordaba habían muerto, sumidas en la pobreza, olvidadas.
—¿Y recuerdas a Uzelkov? —le preguntó al viejo camarero—. ¿Uzelkov, el arquitecto que se divorció de su esposa? Tenía una casa en la calle Svirebeyevsky... debes recordarlo.
"No lo recuerdo, señor."
¿Cómo es que no te acuerdas? El caso causó mucho revuelo, hasta los taxistas lo sabían. ¡Piénsalo! Shapkin, el abogado, me gestionó el divorcio, el sinvergüenza... el famoso tramposo, el tipo al que le dieron una paliza en el club...
“¿Iván Nikolaich?”
—Sí, sí... Bueno, ¿está vivo? ¿Está muerto?
—Vivo, señor, gracias a Dios. Ahora es notario y tiene despacho. Es muy adinerado. Tiene dos casas en la calle Kirpitchny... Su hija se casó el otro día.
Uzelkov paseaba por la habitación, reflexionando un momento, y, aburrido, decidió ir a ver a Shapkin a su despacho. Cuando salió del hotel y se dirigió lentamente hacia la calle Kirpitchny, era mediodía. Encontró a Shapkin en su despacho y apenas lo reconoció. De aquel abogado antaño adinerado y hábil, con rostro inquieto, insolente y siempre borracho, Shapkin se había transformado en un anciano modesto, canoso y decrépito.
—No me reconoces, me has olvidado —empezó Uzelkov—. Soy tu antiguo cliente, Uzelkov.
—¡Uzelkov! ¿Qué Uzelkov? ¡Ah! —Shapkin recordó, reconoció y quedó atónito. Siguió una lluvia de exclamaciones, preguntas y recuerdos.
¡Qué sorpresa! ¡Qué inesperado! —se rió Shapkin—. ¿Qué puedo ofrecerte? ¿Te apetece champán? ¿Quizás te apetezcan ostras? Querido amigo, he tenido tantos regalos tuyos en mi vida que no puedo ofrecerte nada a la altura de la ocasión...
“Por favor, no se moleste…”, dijo Uzelkov. “No tengo tiempo que perder. Debo ir inmediatamente al cementerio a examinar la iglesia; he comenzado su restauración.”
¡Genial! Tomaremos un refrigerio, una bebida y daremos un paseo juntos. Tengo caballos estupendos. Te llevaré allí y te presentaré al sacristán; yo me encargaré de todo... Pero, ángel mío, ¿por qué pareces tenerme miedo y mantenerme a distancia? ¡Acércate un poco más! Ya no tienes por qué tenerme miedo. ¡Je, je!... Hubo un tiempo, es cierto, que era un espadachín astuto, un perro de caza... nadie se atrevía a acercarse a mí; pero ahora soy más tranquilo que el agua y más humilde que la hierba. He envejecido, soy un hombre de familia, tengo hijos. Ya es hora de que muera.
Los amigos almorzaron, bebieron algo y, con un par de caballos, salieron de la ciudad hacia el cementerio.
“¡Sí, qué buenos tiempos!” recordó Shapkin mientras estaba sentado en el trineo. Cuando los recuerdas, simplemente no puedes creerlos. ¿Recuerdas cómo te divorciaste de tu esposa? Hace casi veinte años, y me atrevería a decir que lo has olvidado todo; pero yo lo recuerdo como si me hubiera divorciado de ti ayer. ¡Dios mío, cuántas preocupaciones me dio! Era un tipo astuto, tramposo y astuto, un personaje desesperado... A veces me moría de ganas de abordar algún asunto delicado, sobre todo si la tarifa era buena, como, por ejemplo, en tu caso. ¿Cuánto me pagaste entonces? ¡Cinco o seis mil! Valía la pena molestarse, ¿no? Te fuiste a Petersburgo y dejaste todo en mis manos para que hiciera lo mejor que pudiera, y, aunque Sofya Mihailovna, tu esposa, provenía únicamente de una familia de comerciantes, era orgullosa y digna. Sobornarla para que asumiera la culpa era difícil, ¡tremendamente difícil! Iba a negociar con ella, y en cuanto me veía llamaba a su doncella: «Masha, ¿no te dije...?» ¿No vas a admitir a ese sinvergüenza? Bueno, intenté una cosa y otra... Le escribí cartas y me las arreglé para encontrarme con ella por casualidad, ¡pero fue inútil! Tuve que actuar a través de una tercera persona. Tuve muchos problemas con ella durante mucho tiempo, y solo cedió cuando accediste a darle diez mil... No pudo resistirse a los diez mil, no aguantó... Lloró, me escupió en la cara, pero consintió, ¡asumió la culpa!
“Pensé que eran quince mil dólares los que me había dado, no diez”, dijo Uzelkov.
—Sí, sí... quince. Cometí un error —dijo Shapkin confundido. Ya pasó, no sirve de nada ocultarlo. Le di diez y los otros cinco los conseguí yo mismo. Los engañé a ambos... Ya pasó, no sirve de nada avergonzarse. Y, de hecho, juzgue usted mismo, Boris Petróvich, ¿no era usted precisamente la persona a la que yo debía sacarle dinero?... Era usted un hombre rico y tenía todo lo que quería... Su matrimonio fue un capricho, y también su divorcio. Ganaba un montón de dinero... Recuerdo que se llevó veinte mil con un solo contrato. ¿A quién iba a haber estafado sino a usted? Y debo confesar que lo envidiaba. Si cogía algo, se quitaban la gorra, mientras que a mí me daban una paliza por un rublo y me abofeteaban en el club... Pero bueno, ¿para qué recordarlo? Ya es hora de olvidarlo.
—Dime, por favor, ¿cómo le fue a Sofya Mihailovna después?
¿Con sus diez mil? Muy mal. Dios sabe qué fue... perdió la cabeza, quizá, o quizá el orgullo y la conciencia la atormentaban por haber vendido su honor, o quizá te amaba; pero, ¿sabes?, se dio a la bebida... En cuanto consiguió su dinero, se fue de paseo con los oficiales. Era borrachera, disipación, libertinaje... Cuando iba a un restaurante con oficiales, no se conformaba con oporto ni nada ligero; necesitaba un brandy fuerte, un licor fuerte para atontarla.
Sí, era excéntrica... Tuve que soportar mucho de ella... a veces se ofendía por algo y se ponía histérica... ¿Y qué pasaba después?
Pasó una semana y luego otra... Estaba sentado en casa, escribiendo algo. De repente, se abrió la puerta y ella entró... borracha. «¡Devuélveme tu maldito dinero!», dijo, y me arrojó un fajo de billetes a la cara... Así que no pudo seguir así. Recogí los billetes y los conté. Faltaban quinientos para los diez mil, así que solo había conseguido quinientos.
“¿Dónde pusiste el dinero?”
Todo esto es historia antigua... no hay razón para ocultarlo ahora... En mi bolsillo, por supuesto. ¿Por qué me miras así? Espera un poco lo que vendrá después... Es una novela normal, un estudio patológico. Un par de meses después, volvía a casa una noche en un estado de ebriedad terrible... Encendí una vela, ¡y he aquí! Sofía Mihailovna estaba sentada en mi sofá, borracha también, y en un estado frenético, tan desquiciada como si hubiera salido de un manicomio. «¡Devuélveme mi dinero!», dijo, «he cambiado de opinión; si tengo que arruinarme, no lo haré a medias, ¡tendré mi aventura! ¡Rápido, sinvergüenza, devuélveme mi dinero!». ¡Qué escena tan vergonzosa!
“¿Y tú… se lo diste?”
“Le di, recuerdo, diez rublos”.
—¡Ay! ¿Cómo pudiste? —exclamó Uzelkov, frunciendo el ceño—. Si no pudiste o no quisiste dárselo, podrías haberme escrito... ¡Y yo no lo sabía! ¡No lo sabía!
—Mi querido amigo, ¿de qué habría servido escribirle, considerando que ella misma le escribió cuando estaba hospitalizada después?
—Sí, pero estaba tan absorta en mi segundo matrimonio. Estaba tan ocupada que no tenía ni idea de escribir cartas... Pero tú eras una forastera, no sentías antipatía por Sofía... ¿Por qué no le echaste una mano?...
No puedes juzgar con los criterios de hoy, Boris Petróvich; así lo vemos ahora, pero en aquel entonces pensábamos de forma muy distinta... Ahora quizá le daría mil rublos, pero incluso ese billete de diez rublos no le di gratis. ¡Fue un mal negocio!... Debemos olvidarlo... Pero aquí estamos...
El trineo se detuvo en la puerta del cementerio. Uzelkov y Shapkin se bajaron, entraron por la puerta y caminaron por una avenida larga y ancha. Los cerezos y acacias desnudos, las cruces y lápidas grises, estaban cubiertos de escarcha; cada pequeño grano de nieve reflejaba el día brillante y soleado. Se percibía el olor que siempre hay en los cementerios, el olor a incienso y tierra recién excavada...
“Nuestro cementerio es muy bonito”, dijo Uzelkov, “¡todo un jardín!”
—Sí, pero es una lástima que los ladrones roben las lápidas... Y allí, más allá de ese monumento de hierro a la derecha, está enterrada Sofía Mihailovna. ¿Quiere verla?
Los amigos giraron a la derecha y caminaron a través de la nieve profunda hasta el monumento de hierro.
"Aquí está", dijo Shapkin, señalando una pequeña losa de mármol blanco. "Un teniente puso la lápida sobre su tumba".
Uzelkov se quitó lentamente la gorra y expuso su calva al sol. Shapkin, mirándolo, también se quitó la gorra, y otra calva brilló a la luz del sol. La quietud de la tumba reinaba a su alrededor, como si el aire también estuviera muerto. Los amigos contemplaron la tumba, reflexionaron y no dijeron nada.
—Duerme en paz —dijo Shapkin, rompiendo el silencio—. No le importa que se haya culpado a sí misma y haya bebido coñac. Debes reconocerlo, Boris Petróvich...
“¿Poseer qué?” preguntó Uzelkov con tristeza.
“¿Por qué…? Por muy odioso que fuera el pasado, era mejor que esto.”
Y Shapkin señaló su cabeza gris.
Antes no pensaba en la hora de la muerte... Me imaginaba que podría haber dado puntos de muerte y ganado la partida si nos hubiéramos enfrentado; pero ahora... ¡Pero de qué sirve hablar!
Uzelkov se sintió abrumado por la melancolía. De repente sintió un deseo apasionado de llorar, como antaño anhelaba el amor, y sintió que esas lágrimas le habrían resultado dulces y refrescantes. Se le humedecieron los ojos y se le hizo un nudo en la garganta, pero... Shapkin estaba de pie junto a él y a Uzelkov le dio vergüenza mostrar debilidad ante un testigo. Se dio la vuelta bruscamente y entró en la iglesia.
Tan solo dos horas después, tras hablar con el síndico y recorrer la iglesia, aprovechó un momento en que Shapkin conversaba con el sacerdote y se apresuró a llorar... Se acercó a la tumba a escondidas, furtivamente, mirando a su alrededor a cada instante. La pequeña losa blanca lo miraba pensativa, triste e inocente, como si una niña yaciera debajo en lugar de una esposa disoluta y divorciada.
“¡Llorar, llorar!”, pensó Uzelkov.
Pero se había perdido el momento de llorar; aunque el anciano parpadeó, aunque se emocionó, las lágrimas no brotaron ni se le hizo un nudo en la garganta. Tras diez minutos de pie, con gesto de desesperación, Uzelkov fue a buscar a Shapkin.
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OSCURIDAD
AUn joven campesino, de cejas y pestañas blancas y pómulos anchos, con una piel de oveja rota y grandes botas de fieltro negro, esperó a que el médico del zemstvo terminara de ver a sus pacientes y saliera del hospital para irse a casa; luego se acercó a él, tímidamente.
“Por favor, su señoría”, dijo.
"¿Qué deseas?"
El joven pasó la palma de su mano sobre su nariz, miró al cielo y luego respondió:
—Por favor, su señoría... Tiene a mi hermano Vaska, el herrero de Varvarino, en el pabellón de presos, su señoría...
“Sí, ¿entonces qué?”
Soy hermano de Vaska, ¿sabes? Mi padre nos tiene a los dos: a él, Vaska, y a mí, Kirila; además de nosotras, hay tres hermanas, y Vaska es un hombre casado con una pequeña... Somos muchos y nadie que trabaje... En la herrería hace casi dos años que no se calienta la fragua. Estoy en la fábrica de algodón, no puedo hacer el trabajo de herrero, ¿y cómo va a trabajar mi padre? Y mucho menos trabajar, no puede comer bien, no puede ni llevarse la cuchara a la boca.
"¿Qué quieres de mí?"
¡Ten piedad! ¡Deja ir a Vaska!
El doctor miró a Kirila con asombro y, sin decir palabra, siguió caminando. El joven campesino corrió delante y se arrojó a sus pies.
—¡Doctor, amable caballero! —le suplicó, parpadeando y pasándose de nuevo la mano abierta por la nariz—. ¡Ten piedad de Dios! ¡Deja que Vaska vuelva a casa! ¡Te recordaremos siempre en nuestras oraciones! ¡Su señoría, déjalo ir! ¡Todos se mueren de hambre! El llanto de mi madre a diario, el llanto de la esposa de Vaska... ¡es peor que la muerte! No quiero ver la luz del día. ¡Ten piedad de él! ¡Deja que se vaya, amable caballero!
"¿Eres tonto o estás loco?", preguntó el doctor enojado. "¿Cómo puedo dejarlo ir? ¡Es un convicto!"
Kirila empezó a llorar. "¡Déjalo ir!"
¡Raro! ¿Qué derecho tengo? ¿Soy un carcelero o qué? Lo trajeron al hospital para que lo atendiera, pero tengo tanto derecho a dejarlo salir como a meterte a ti en la cárcel, ¡tonto!
¡Pero lo han encerrado para nada! Estuvo en prisión un año antes del juicio, y ahora nadie sabe por qué está ahí. Habría sido diferente si hubiera asesinado a alguien, digamos, o robado caballos; pero, tal como están las cosas, ¿de qué se trata?
“Es muy probable, pero ¿cómo entro?”
Encerraron a un hombre y no saben por qué. Estaba borracho, señoría, no sabía lo que hacía, e incluso golpeó a mi padre en la oreja y se arañó la mejilla con una rama, y dos de nuestros compañeros —querían tabaco turco, ¿sabe?— empezaron a decirle que los acompañara a entrar en la tienda del armenio por la noche a por tabaco. Como estaba borracho, les obedeció, el muy tonto. Rompieron la cerradura, ¿sabe?, entraron y causaron un desastre; lo pusieron todo patas arriba, rompieron las ventanas y esparcieron la harina por todas partes. ¡Estaban borrachos, eso es todo lo que se puede decir! Bueno, apareció el alguacil... y con una cosa y otra los llevaron ante el magistrado. Llevan un año entero en prisión, y hace una semana, el miércoles, los tres fueron juzgados en la ciudad. Un soldado los seguía con una pistola... se les tomó juramento. Vaska era el menos culpable, pero la nobleza decidió que él era el... Cabecilla. Los otros dos muchachos fueron enviados a prisión, pero Vaska a un batallón de convictos durante tres años. ¿Y para qué? ¡Hay que juzgar como un cristiano!
—No tengo nada que ver, te lo repito. Acude a las autoridades.
¡Ya lo he hecho! He ido al juzgado; he intentado presentar una demanda, pero no la han aceptado; he ido al capitán de policía y al juez de instrucción, y todos dicen: "¡No es asunto mío!". ¿A quién le importa entonces? Pero aquí en el hospital no hay nadie por encima de usted; haga lo que quiera, señoría.
—¡Qué tonto! —suspiró el doctor—. Una vez que el jurado lo haya declarado culpable, ni el gobernador, ni siquiera el ministro, podrían hacer nada, y mucho menos el capitán de policía. ¡De nada sirve que intentes hacer algo!
“¿Y quién lo juzgó entonces?”
“Los señores del jurado. . . .”
¡No eran caballeros, eran nuestros campesinos! Andrey Guryev era uno de ellos; Aloshka Huk era uno de ellos.
“Bueno, tengo frío hablando contigo. . . .”
El doctor hizo un gesto con la mano y caminó rápidamente hacia su puerta. Kirila estuvo a punto de seguirlo, pero al ver el portazo, se detuvo.
Durante diez minutos permaneció inmóvil en medio del patio del hospital y, sin ponerse la gorra, contempló la casa del médico; luego exhaló un profundo suspiro, se rascó lentamente y caminó hacia la puerta.
—¿A quién voy a ir? —murmuró al salir a la carretera—. Uno dice que no es asunto suyo, otro dice que no es asunto suyo. ¿A quién le incumbe entonces? No, hasta que no les untes las manos no les sacarás nada. El doctor dice eso, pero no para de mirarme el puño para ver si le voy a dar una nota azul. Bueno, hermano, iré, aunque tenga que ser al gobernador.
Cambiando de pie y mirando continuamente a su alrededor sin rumbo, caminaba perezosamente por el camino, aparentemente preguntándose adónde ir... No hacía frío y la nieve crujía levemente bajo sus pies. A menos de media milla frente a él, el miserable pueblito donde acababan de juzgar a su hermano se extendía sobre la colina. A la derecha estaba la oscura prisión con su techo rojo y garitas en las esquinas; a la izquierda, el gran bosquecillo del pueblo, ahora cubierto de escarcha. Todo estaba en silencio; solo un anciano, con una chaqueta corta de mujer y una enorme gorra, caminaba delante, tosiendo y gritándole a una vaca que conducía al pueblo.
—Buenos días, abuelo —saludó Kirila al alcanzarlo.
"Buen día. . . ."
"¿Lo llevarás al mercado?"
“No”, respondió perezosamente el anciano.
“¿Eres un ciudadano?”
Se pusieron a conversar; Kirila le contó por qué había ido al hospital y qué había estado hablando con el médico.
“El doctor no sabe nada de estos asuntos, eso es seguro”, le dijo el anciano al entrar en el pueblo. “Aunque es un caballero, solo sabe curar por todos los medios, pero no puede darte un buen consejo, ni, digamos, escribirte una petición. Hay autoridades especiales para eso. Has consultado al juez de paz y al capitán de policía; tampoco te sirven para el negocio”.
"¿Adónde voy a ir?"
El miembro permanente de la junta rural es el responsable de los asuntos campesinos. Diríjase a él, señor Sineokov.
“¿El que está en Zolotovo?”
Pues sí, en Zolotovo. Él es su jefe. Si se trata de algo relacionado con ustedes, los campesinos, ni siquiera el capitán de policía tiene autoridad contra él.
—Es un largo camino, viejo... Me atrevo a decir que son doce millas y quizá más.
“Quien necesita algo, irá setenta”.
—Así es... ¿Debería enviarle una petición o qué?
Lo averiguarás allí. Si tienes una petición, el secretario te la escribirá rápidamente. El miembro permanente tiene un secretario.
Tras despedirse del anciano, Kirila se detuvo en medio de la plaza, reflexionó un momento y salió del pueblo. Decidió ir a Zolotovo.
Cinco días después, mientras el médico volvía a casa tras atender a sus pacientes, volvió a ver a Kirila en su patio. Esta vez, el joven campesino no estaba solo, sino con un anciano demacrado y muy pálido que asentía con la cabeza sin cesar, como un péndulo, y murmuraba entre dientes.
—Su señoría, he venido de nuevo a pedirle su clemencia —comenzó Kirila—. Aquí vengo con mi padre. ¡Ten piedad, deja ir a Vaska! El miembro permanente no quiso hablar conmigo. Dijo: "¡Vete!".
—Su señoría —susurró el anciano, arqueando las cejas—, ¡tenga piedad! Somos pobres, no podemos corresponderle, pero si tiene la amabilidad de complacerlo, Kiryushka o Vaska pueden recompensarlo con trabajo. Déjelos trabajar.
—Pagaremos con trabajo —dijo Kirila, y levantó la mano por encima de la cabeza como si fuera a hacer un juramento—. ¡Suéltenlo! ¡Se mueren de hambre, lloran día y noche, señoría!
El joven campesino miró rápidamente a su padre, lo jaló de la manga y ambos, como si hubieran recibido una orden, cayeron a los pies del doctor. Este último agitó la mano con desesperación y, sin mirar atrás, entró rápidamente en su puerta.
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EL MENDIGO
"KSeñor IND, tenga la amabilidad de fijarse en un hombre pobre y hambriento. No he probado bocado en tres días. No tengo ni un centavo para una noche de alojamiento. ¡Lo juro por Dios! Durante cinco años fui maestro de escuela de pueblo y perdí mi puesto por las intrigas del zemstvo. Fui víctima de falso testimonio. Llevo un año sin hogar.
Skvortsov, un abogado de Petersburgo, miró el abrigo azul oscuro y andrajoso del orador, sus ojos embarrados y borrachos, las manchas rojas en sus mejillas, y le pareció que ya había visto a ese hombre antes.
“Y ahora me ofrecen un puesto en la provincia de Kaluga”, continuó el mendigo, “pero no tengo los medios para viajar hasta allí. ¡Por favor, ayúdenme! Me da vergüenza pedirlo, pero… las circunstancias me obligan.”
Skvortsov miró sus chanclos, de los cuales uno era poco profundo como un zapato, mientras que el otro le llegaba hasta arriba de la pierna como una bota, y de repente recordó.
—Oye, anteayer te encontré en la calle Sadovoy —dijo—, y entonces me dijiste, no que eras un maestro de escuela del pueblo, sino que eras un estudiante expulsado. ¿Te acuerdas?
—¡No! ¡No puede ser! —murmuró el mendigo, confundido—. Soy maestro de escuela del pueblo, y si lo desea, puedo mostrarle documentos que lo acrediten.
¡Basta de mentiras! Te llamaste estudiante e incluso me contaste por qué te expulsaron. ¿Te acuerdas?
Skvortsov se sonrojó y con una mirada de disgusto en su rostro se alejó de la figura harapienta.
—¡Es despreciable, señor! —gritó furioso—. ¡Es una estafa! ¡Lo entregaré a la policía, maldito sea! Es pobre y tiene hambre, ¡pero eso no le da derecho a mentir con tanta desfachatez!
La figura harapienta agarró el pomo de la puerta y, como un pájaro en una trampa, miró desesperada a su alrededor.
—Yo... no miento —murmuró—. Puedo mostrar documentos.
—¿Quién puede creerte? —continuó Skvortsov, todavía indignado—. ¡Aprovecharse de la compasión del público por los maestros y estudiantes del pueblo es tan bajo, tan ruin, tan sucio! ¡Es repugnante!
Skvortsov montó en cólera y reprendió sin piedad al mendigo. La insolente mentira del harapiento despertó su repugnancia y aversión, fue una ofensa contra lo que él, Skvortsov, amaba y apreciaba en sí mismo: la bondad, la sensibilidad, la compasión por los desdichados. Con sus mentiras, con su traicionero ataque a la compasión, el individuo había, por así decirlo, profanado la caridad que le gustaba dar a los pobres sin reparo alguno. El mendigo al principio se defendió, protestó con juramentos, luego se sumió en el silencio y bajó la cabeza, abrumado por la vergüenza.
—¡Señor! —dijo, llevándose la mano al corazón—. ¡De verdad que estaba... mintiendo! No soy estudiante ni maestro de pueblo. ¡Todo eso es pura invención! Estuve en el coro ruso y me echaron por borracho. ¿Pero qué puedo hacer? Créame, por Dios, no puedo seguir sin mentir; cuando digo la verdad nadie me da nada. ¡Con la verdad uno puede morir de hambre y congelarse sin pasar la noche! Lo que dice es cierto, lo entiendo, pero... ¿qué voy a hacer?
¿Qué tienes que hacer? ¿Me preguntas qué tienes que hacer? —gritó Skvortsov, acercándose a él—. ¡Trabajar, eso es lo que tienes que hacer! ¡Tienes que trabajar!
“Trabajo… Ya lo sé, pero ¿dónde puedo conseguir trabajo?”
¡Tonterías! Eres joven, fuerte y sano, y siempre podrías encontrar trabajo si quisieras. ¡Pero sabes que eres un vago, un mimado y un borracho! ¡Hueles a vodka como una taberna! ¡Te has vuelto falso y corrupto hasta la médula y solo sirves para mendigar y mentir! Si te dignas a trabajar, tendrás que hacerlo en una oficina, en el coro ruso o como jugador de billar, ¡donde tendrás un sueldo y no tendrás nada que hacer! ¿Pero qué te parecería hacer trabajo manual? ¡Apuesto a que no serías portero ni obrero de fábrica! ¡Eres demasiado refinado para eso!
—¿Qué dices, en serio...? —dijo el mendigo, con una sonrisa amarga—. ¿Cómo voy a conseguir trabajo manual? Es demasiado tarde para ser dependiente, pues en el oficio hay que empezar desde niño; nadie me aceptaría de portero, porque no soy de esa clase... Y no podría conseguir trabajo en una fábrica; hay que saber un oficio, y yo no sé nada.
¡Tonterías! ¡Siempre encuentras una justificación! ¿No te gustaría cortar leña?
“No me negaría, pero los leñadores habituales están sin trabajo ahora”.
¡Ay, todos los holgazanes discuten así! En cuanto te ofrecen algo, lo rechazas. ¿Te importaría cortar leña para mí?
“Por supuesto que lo haré. . .”
—Muy bien, ya veremos... ¡Excelente! ¡Ya veremos! —Skvortsov, nervioso y apresurado, y no sin un placer maligno, frotándose las manos, llamó a su cocinero desde la cocina.
—Mira, Olga —le dijo—, lleva a este señor al cobertizo y déjalo cortar un poco de leña.
El mendigo se encogió de hombros, desconcertado, y siguió al cocinero con indecisión. Su actitud evidenciaba que había accedido a ir a cortar leña, no por hambre ni por ganar dinero, sino simplemente por vergüenza y amor propio , porque le habían tomado la palabra. Era evidente, también, que sufría los efectos del vodka, que se encontraba mal y no tenía la menor intención de trabajar.
Skvortsov se apresuró a entrar al comedor. Desde la ventana que daba al patio, podía ver la leñera y todo lo que allí ocurría. De pie junto a la ventana, Skvortsov vio al cocinero y al mendigo entrar por la puerta trasera del patio y atravesar la nieve embarrada hasta la leñera. Olga la observó con enfado y, con un codazo, abrió la leñera y la puerta de golpe.
«Seguro que interrumpimos a la mujer que tomaba su café», pensó Skvortsov. «¡Qué malhumorada está!».
Entonces vio al pseudomaestro y pseudoalumno sentarse en un bloque de madera y, con las mejillas enrojecidas apoyadas en los puños, sumido en sus pensamientos. La cocinera le arrojó un hacha a los pies, escupió furiosa al suelo y, a juzgar por la expresión de sus labios, empezó a insultarlo. El mendigo, indeciso, atrajo un tronco hacia él, lo colocó entre sus pies y, tímidamente, pasó el hacha por encima. El tronco se volcó y cayó. El mendigo lo atrajo hacia él, le susurró en las manos congeladas y volvió a pasar el hacha por encima con tanta cautela como si temiera que le golpeara el chanclo o le cortara los dedos. El tronco volvió a caer.
La ira de Skvortsov ya se había calmado; se sentía dolorido y avergonzado al pensar que había obligado a un hombre mimado, borracho y tal vez enfermo a realizar un trabajo duro y rudo en el frío.
«No importa, que siga...», pensó, pasando del comedor a su estudio. «¡Lo hago por su bien!».
Una hora más tarde apareció Olga y anunció que la leña había sido cortada.
—Toma, dale medio rublo —dijo Skvortsov—. Si quiere, que venga a cortar leña el primero de cada mes... Siempre habrá trabajo para él.
A principios de mes, el mendigo apareció y volvió a ganar medio rublo, aunque apenas podía mantenerse en pie. Desde entonces, empezó a aparecer con frecuencia, y siempre le encontraban trabajo: a veces barría la nieve a montones o limpiaba el cobertizo; otras, sacudía las alfombras y los colchones. Siempre recibía entre treinta y cuarenta kopeks por su trabajo, y en una ocasión le enviaron un pantalón viejo.
Cuando se mudó, Skvortsov lo contrató para que le ayudara a empacar y trasladar los muebles. En esta ocasión, el mendigo se mostró serio, sombrío y silencioso; apenas tocó los muebles, caminó cabizbajo detrás de los camiones de muebles y ni siquiera intentó aparentar estar ocupado; simplemente temblaba de frío y se sintió abrumado por la confusión cuando los hombres de los camiones se rieron de su ociosidad, debilidad y abrigo andrajoso que antaño había sido de caballero. Tras la mudanza, Skvortsov lo mandó llamar.
—Bueno, veo que mis palabras te han hecho efecto —dijo, dándole un rublo—. Esto es para tu trabajo. Veo que eres sobrio y que no te aburre trabajar. ¿Cómo te llamas?
“Lushkov.”
—Puedo ofrecerte un trabajo mejor, no tan duro, Lushkov. ¿Sabes escribir?
"Sí, señor."
Entonces ve con esta nota mañana a mi colega y él te dará algunas copias para que las hagas. Trabaja, no bebas y no olvides lo que te dije. Adiós.
Skvortsov, satisfecho de haber puesto a un hombre en el camino de la rectitud, le dio una palmadita cordial en el hombro a Lushkov e incluso le estrechó la mano al despedirse.
Lushkov cogió la carta, se marchó y desde entonces no volvió a trabajar al patio trasero.
Pasaron dos años. Un día, mientras Skvortsov pagaba su entrada en la taquilla de un teatro, vio a su lado a un hombrecillo con cuello de piel de cordero y una raída gorra de piel de gato. El hombre, tímidamente, le pidió al dependiente una entrada para la galería y la pagó con kopeks.
—¿Eres tú, Lushkov? —preguntó Skvortsov, reconociendo en el hombrecillo a su antiguo leñador—. ¿Y qué haces? ¿Te va bien?
—Bastante bien... Ahora trabajo en una notaría. Gano treinta y cinco rublos.
Bueno, gracias a Dios, eso es genial. Me alegro mucho por ti. Me alegro muchísimo, Lushkov. Sabes, en cierto modo, eres mi ahijado. Fui yo quien te puso en el buen camino. ¿Recuerdas la reprimenda que te di, eh? Casi te hundes en el suelo aquella vez. Bueno, gracias, querido amigo, por recordar mis palabras.
—Gracias también —dijo Lushkov—. Si no hubiera acudido a ti ese día, quizá todavía me consideraría maestro o estudiante. Sí, en tu casa me salvé y salí del abismo.
“Estoy muy, muy contento.”
Gracias por sus amables palabras y acciones. Lo que dijo ese día fue excelente. Le estoy muy agradecido a usted y a su cocinera. Que Dios bendiga a esa mujer tan amable y noble. Lo que dijo ese día fue excelente; le estaré en deuda toda la vida, por supuesto, pero fue su cocinera, Olga, quien realmente me salvó.
"¿Cómo fue eso?"
Pues era así. Yo solía ir a cortar leña contigo y ella empezaba: "¡Ay, borracho! ¡Maldito seas! ¡Y sin embargo, la muerte no te lleva!". Y entonces se sentaba frente a mí, lamentándose, mirándome a la cara y gimiendo: "¡Desdichado! No tienes alegría en este mundo, y en el otro arderás en el infierno, ¡pobre borracho! ¡Pobre criatura triste!". Y ella siempre seguía con ese estilo, ¿sabe? Cuántas veces se disgustaba y cuántas lágrimas derramó por mí, no puedo contarle. Pero lo que más me afectó fue que ella cortó la leña para mí. ¿Sabe, señor? Nunca corté un solo tronco para usted; ¡ella lo hizo todo! Cómo me salvó, cómo cambié al mirarla y dejé de beber, no puedo explicarlo. Solo sé que sus palabras y su noble comportamiento provocaron un cambio en mi alma, y nunca lo olvidaré. Pero es hora de subir, van a tocar la campana.
Lushkov hizo una reverencia y se dirigió a la galería.
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UNA HISTORIA SIN TÍTULO
IEn el siglo V, igual que ahora, el sol salía cada mañana y cada tarde se retiraba a descansar. Por la mañana, cuando los primeros rayos besaban el rocío, la tierra revivía, el aire se llenaba de sonidos de éxtasis y esperanza; mientras que al atardecer, la misma tierra se sumía en el silencio y se hundía en una oscuridad sombría. Un día era igual a otro, una noche igual a otra. De vez en cuando, una nube de tormenta se alzaba velozmente y se oía el furioso estruendo de un trueno, o una estrella descuidada caía del cielo, o un monje pálido corría a contar a la hermandad que no lejos del monasterio había visto un tigre; y eso era todo, y entonces cada día era igual al siguiente.
Los monjes trabajaban y rezaban, y su Padre Superior tocaba el órgano, componía versos en latín y escribía música. El maravilloso anciano poseía un don extraordinario. Tocaba el órgano con tal arte que incluso los monjes más ancianos, cuya audición se había debilitado un poco hacia el final de sus vidas, no podían contener las lágrimas cuando los sonidos del órgano emanaban de su celda. Cuando hablaba de cualquier cosa, incluso de las cosas más cotidianas —por ejemplo, de los árboles, de las fieras o del mar—, no podían escucharlo sin sonreír o llorar, y parecía que las mismas cuerdas vibraban en su alma que en el órgano. Si se dejaba llevar por la ira o se abandonaba a una alegría intensa, o empezaba a hablar de algo terrible o grandioso, entonces una inspiración apasionada se apoderaba de él, las lágrimas asomaban a sus ojos centelleantes, su rostro se enrojecía y su voz atronaba, y mientras los monjes lo escuchaban, sentían que sus almas quedaban hechizadas por su inspiración. En momentos tan maravillosos y espléndidos, su poder sobre ellos era ilimitado, y si hubiera ordenado a sus mayores que se arrojaran al mar, todos, cada uno de ellos, se habrían apresurado a cumplir sus deseos.
Su música, su voz, su poesía, en la que glorificaba a Dios, los cielos y la tierra, eran una fuente constante de alegría para los monjes. A veces, por la monotonía de sus vidas, se cansaban de los árboles, las flores, la primavera, el otoño; sus oídos se cansaban del sonido del mar y el canto de los pájaros les parecía tedioso; pero los talentos de su Padre Superior les eran tan necesarios como el pan de cada día.
Pasaron decenas de años, y cada día era igual a cualquier otro, cada noche igual a cualquier otra. Salvo los pájaros y las fieras, ni un alma se acercaba al monasterio. La vivienda humana más cercana estaba lejos, y llegar a ella desde el monasterio, o llegar al monasterio desde él, significaba un viaje de más de ciento once kilómetros a través del desierto. Solo los hombres que despreciaban la vida, que la habían renunciado y que llegaban al monasterio como a la tumba, se aventuraban a cruzar el desierto.
Cuál no sería, pues, el asombro de los monjes cuando una noche llamó a su puerta un hombre que resultó ser del pueblo, un pecador común y corriente, amante de la vida. Antes de rezar y pedir la bendición del Padre Superior, pidió vino y comida. A la pregunta de cómo había llegado del pueblo al desierto, respondió con una larga historia de caza: había salido a cazar, había bebido demasiado y se había extraviado. A la sugerencia de que entrara en el monasterio para salvar su alma, respondió con una sonrisa: "¡No soy un compañero adecuado para ti!".
Cuando hubo comido y bebido, miró a los monjes que le servían, meneó la cabeza en señal de reproche y dijo:
No hacen nada, monjes. No sirven para nada más que para comer y beber. ¿Es esa la manera de salvar el alma? Piensen, mientras ustedes se sientan aquí en paz, comiendo, bebiendo y soñando con la beatitud, sus vecinos perecen y van al infierno. ¡Deberían ver lo que está pasando en el pueblo! Algunos mueren de hambre, otros, sin saber qué hacer con su oro, se hunden en el despilfarro y perecen como moscas atrapadas en la miel. No hay fe ni verdad en los hombres. ¿De quién es la tarea de salvarlos? ¿De quién es la obra de predicarles? No me corresponde a mí, borracho de la mañana a la noche como estoy. ¿Acaso se les ha dado un espíritu manso, un corazón amoroso y fe en Dios para que se sienten aquí entre cuatro paredes sin hacer nada?
Las palabras del ciudadano, borracho, fueron insolentes e indecorosas, pero tuvieron un extraño efecto en el Padre Superior. El anciano intercambió miradas con sus monjes, palideció y dijo:
Hermanos míos, dice la verdad, ¿saben? En efecto, la gente pobre, en su debilidad e incomprensión, perece en el vicio y la infidelidad, mientras nosotros no nos movemos, como si no nos importara. ¿Por qué no iría a recordarles al Cristo que han olvidado?
Las palabras del ciudadano habían cautivado al anciano. Al día siguiente, tomó su bastón, se despidió de la hermandad y partió hacia la ciudad. Y los monjes se quedaron sin música, sin sus discursos ni versos. Pasaron un mes de tristeza, luego otro, pero el anciano no regresó. Finalmente, después de tres meses, se oyó el familiar golpeteo de su bastón. Los monjes corrieron a su encuentro y lo lloró a preguntas, pero en lugar de alegrarse de verlas, lloró amargamente y no pronunció palabra. Los monjes notaron que parecía mucho mayor y más delgado; su rostro se veía exhausto y tenía una expresión de profunda tristeza, y cuando lloraba tenía el aire de un hombre ultrajado.
Los monjes también rompieron a llorar, y con compasión comenzaron a preguntarle por qué lloraba, por qué su rostro estaba tan sombrío, pero él se encerró en su celda sin decir palabra. Durante siete días permaneció allí, sin comer ni beber, llorando y sin tocar el órgano. A los llamados a su puerta y a las súplicas de los monjes de que saliera y compartiera su dolor, respondió con un silencio inquebrantable.
Por fin salió. Reuniendo a todos los monjes a su alrededor, con el rostro bañado en lágrimas y expresión de dolor e indignación, comenzó a contarles lo que le había sucedido durante esos tres meses. Su voz era serena y sus ojos sonreían mientras describía su viaje desde el monasterio hasta el pueblo. En el camino, les contó, los pájaros le cantaban, los arroyos gorgoteaban y dulces esperanzas juveniles agitaban su alma; siguió marchando y se sintió como un soldado que va a la batalla, seguro de la victoria; caminó soñando, componiendo poemas e himnos, y llegó al final de su viaje sin darse cuenta.
Pero su voz temblaba, sus ojos centelleaban y estaba lleno de ira cuando habló de la ciudad y de sus habitantes. Nunca en su vida había visto ni se había atrevido a imaginar lo que encontraría al entrar en la ciudad. Solo entonces, por primera vez en su vida, en su vejez, vio y comprendió cuán poderoso era el diablo, cuán justo el mal y cuán débiles, cobardes e indignos los hombres. Por una desgraciada casualidad, la primera morada en la que entró fue la morada del vicio. Unos cincuenta hombres adinerados comían y bebían vino sin medida. Embriagados por el vino, cantaban canciones y pronunciaban con valentía palabras terribles y repugnantes, palabras que un hombre temeroso de Dios no podría pronunciar; infinitamente libres, seguros de sí mismos y felices, no temían ni a Dios ni al diablo ni a la muerte, sino que decían y hacían lo que querían, y se dejaban llevar por su lujuria. Y el vino, claro como el ámbar, salpicado de destellos dorados, debía ser irresistiblemente dulce y fragante, pues cada hombre que lo bebía sonreía con alegría y quería beber más. A la sonrisa del hombre respondía con una sonrisa y brillaba de alegría al beberlo, como si conociera el encanto diabólico que ocultaba su dulzura.
El anciano, cada vez más indignado y llorando de ira, continuó describiendo lo que había visto. Sobre una mesa, en medio de los juerguistas, dijo, se encontraba una mujer pecadora, semidesnuda. Era difícil imaginar o encontrar en la naturaleza algo más hermoso y fascinante. Este reptil, joven, de pelo largo, piel oscura, ojos negros y labios carnosos, desvergonzado e insolente, mostró sus dientes blancos como la nieve y sonrió como diciendo: «Miren qué desvergonzada, qué hermosa soy». La seda y el brocado caían en hermosos pliegues desde sus hombros, pero su belleza no se ocultaba bajo sus ropas, sino que se asomaba ansiosamente entre los pliegues, como la hierba joven en primavera. La desvergonzada mujer bebía vino, cantaba canciones y se abandonaba a quien la deseara.
Entonces el anciano, blandiendo los brazos con ira, describió las carreras de caballos, las corridas de toros, los teatros, los estudios de los artistas donde pintaban mujeres desnudas o las moldeaban en arcilla. Hablaba con inspiración, con una belleza sonora, como si tocara acordes invisibles, mientras los monjes, petrificados, absorbían con avidez sus palabras y jadeaban de éxtasis.
Después de describir todos los encantos del diablo, la belleza del mal y la gracia fascinante de la terrible forma femenina, el anciano maldijo al diablo, se dio la vuelta y se encerró en su celda.
Cuando salió de su celda por la mañana no quedaba ningún monje en el monasterio; todos habían huido a la ciudad.
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EN PROBLEMAS
PAGYotr Semionitch, el gerente del banco, junto con el contable, su asistente y dos miembros de la junta directiva, fueron llevados a prisión esa misma noche. Al día siguiente del alboroto, el comerciante Avdeyev, miembro del comité de auditores, estaba sentado con sus amigos en la tienda diciendo:
Así parece ser la voluntad de Dios. No hay escapatoria a tu destino. Hoy comemos caviar y mañana, por lo que sabemos, será la cárcel, la mendicidad o quizás la muerte. Cualquier cosa puede pasar. Tomemos como ejemplo a Piotr Semiónich...
Habló, entrecerrando los ojos de borracho, mientras sus amigos seguían bebiendo, comiendo caviar y escuchando. Tras describir la desgracia y la impotencia de Piotr Semiónitch, quien tan solo el día anterior había sido poderoso y respetado por todos, Avdeyev continuó con un suspiro:
Las lágrimas del ratón se vuelven para el gato. ¡Se lo tienen merecido, sinvergüenzas! ¡Podrían robar, los grajos, así que que respondan por ello!
—¡Ten cuidado, Iván Danílich, no vaya a ser que te contagies tú también! —observó uno de sus amigos.
“¿Y qué tiene que ver conmigo?”
¿Pero estaban robando? ¿Y en qué estaban pensando ustedes, los auditores? Seguro que firmaron la auditoría.
—¡Está muy bien hablar! —rió Avdeyev—. ¡Lo firmé, sí! Me traían las cuentas a la tienda y yo las firmaba. ¡Como si las entendiera! Dame lo que quieras, garabatearé mi nombre. Si escribieras que asesiné a alguien, firmaría con mi nombre. No tengo tiempo para entrar en detalles; además, no veo sin gafas.
Tras hablar de la quiebra del banco y del destino de Piotr Semiónitch, Avdeyev y sus amigos fueron a comer pastel a casa de un amigo cuya esposa celebraba su onomástico. En la fiesta, todos hablaban de la quiebra del banco. Avdeyev, más emocionado que nadie, declaró que había previsto el colapso con mucha antelación y que dos años antes sabía que la situación no iba bien en el banco. Mientras comían pastel, describió una docena de operaciones ilegales de las que había tenido conocimiento.
“Si lo sabías, ¿por qué no diste información?”, preguntó un oficial que estaba presente.
—No fui el único: todo el pueblo lo sabía —rió Avdeyev—. Además, ¡no tengo tiempo para perder el tiempo en los juzgados, maldita sea!
Se echó una siesta después del pastel y luego cenó, luego volvió a echarse otra siesta y luego fue al servicio vespertino en la iglesia de la que era guardián; después del servicio, volvió a la fiesta del santo y jugó a la preferencia hasta la medianoche. Todo parecía estar bien.
Pero cuando Avdeyev regresó a casa apresuradamente después de medianoche, la cocinera que le abrió la puerta estaba pálida y temblaba tan violentamente que no podía pronunciar palabra. Su esposa, Elizaveta Trofimovna, una mujer flácida y sobrealimentada, con el pelo gris suelto, estaba sentada en el sofá del salón, temblando de frío y poniendo los ojos en blanco, como si estuviera borracha. Su hijo mayor, Vassily, un estudiante de secundaria, también pálido y sumamente agitado, se movía a su alrededor con un vaso de agua.
“¿Qué ocurre?”, preguntó Avdeyev, y miró de reojo la estufa (su familia estaba constantemente molesta por el humo que desprendía).
—El juez de instrucción acaba de estar con la policía —respondió Vassily—. Han hecho una búsqueda.
Avdeyev miró a su alrededor. Los armarios, las cómodas, las mesas… todo mostraba rastros del registro reciente. Por un minuto, Avdeyev permaneció inmóvil, como petrificado, incapaz de comprender; luego, todo su interior se estremeció y pareció pesarse, su pierna izquierda se entumeció y, incapaz de soportar el temblor, se tumbó en el sofá. Sintió que su interior se agitaba y su rebelde pierna izquierda golpeaba contra el respaldo del sofá.
En el transcurso de dos o tres minutos recordó todo su pasado, pero no pudo recordar ningún crimen que mereciera la atención de la policía.
—Todo esto son tonterías —dijo, levantándose—. Deben haberme calumniado. Mañana debo presentar una denuncia por haberse atrevido a hacer semejante cosa.
A la mañana siguiente, tras una noche sin dormir, Avdeyev, como de costumbre, fue a su tienda. Sus clientes le informaron que, durante la noche, el fiscal también había enviado a prisión al subdirector y al jefe de oficina. Esta noticia no inquietó a Avdeyev. Estaba convencido de que lo habían calumniado y de que, si presentaba una denuncia ese día, el juez de instrucción se vería envuelto en problemas por el registro de la noche anterior.
Entre las nueve y las diez se apresuró a ir al ayuntamiento para ver al secretario, que era el único hombre educado del consejo municipal.
—Vladimir Stepanitch, ¿qué es esta nueva moda? —preguntó, inclinándose hacia el oído del secretario—. Han estado robando, pero ¿cómo entro yo? ¿Qué tiene que ver conmigo? —susurró—, ¡anoche registraron mi casa! ¡Por Dios! ¿Se han vuelto locos? ¿Por qué me tocan?
—Porque uno no debe ser una oveja —respondió el secretario con calma—. Antes de firmar, debería mirar.
¿Mirar qué? ¡Si revisara esas cuentas durante mil años, no les encontraría ni pies ni cabeza! ¡Para mí es todo griego! No soy contable. Me las traían y yo las firmaba.
Disculpe. Además, usted y su comité están en serios problemas. Pidieron prestados diecinueve mil dólares al banco sin ofrecer ninguna garantía.
—¡Señor, ten piedad de nosotros! —gritó Avdeyev asombrado—. ¡No soy el único que le debe al banco! Todo el pueblo le debe dinero. Pago los intereses y saldaré la deuda. ¡Y ahora qué! Y además, a decir verdad, no fui yo quien pidió prestado el dinero. Piotr Semiónich me lo impuso. «Tómalo», me dijo, «tómalo. Si no lo tomas», añadió, «significa que no confías en nosotros y te resistes. Tómalo», dijo, «y construye un molino para tu padre». Así que lo tomé.
—Bueno, verá, solo los niños o las ovejas pueden razonar así. En cualquier caso, señor , no se preocupe. No puede escapar del juicio, por supuesto, pero seguro que será absuelto.
La indiferencia y el tono tranquilo del secretario le devolvieron la compostura a Avdeyev. Al regresar a su tienda y encontrar amigos allí, volvió a beber, comer caviar y a opinar. Casi olvidó el registro policial, y solo le preocupaba una circunstancia que no pudo evitar notar: tenía la pierna izquierda extrañamente entumecida y, por alguna razón, su estómago se negaba a funcionar.
Esa noche, el destino asestó otro duro golpe a Avdeyev: en una reunión extraordinaria del ayuntamiento, se pidió la dimisión de todos los empleados del banco, incluido Avdeyev, por estar acusados de un delito penal. Por la mañana, recibió la solicitud de que renunciara de inmediato a sus funciones como síndico.
Después de eso, Avdeyev perdió la cuenta de los golpes que le asestó el destino, y días extraños e inauditos transcurrieron rápidamente, uno tras otro, y cada día traía una nueva e inesperada sorpresa. Entre otras cosas, el juez de instrucción le envió una citación, y regresó a casa después de la entrevista, insultado y con la cara roja.
No me dejó en paz, insistiéndome para que le dijera por qué había firmado. Firmé, y punto. No lo hice a propósito. Trajeron los papeles a la tienda y los firmé. No soy muy bueno leyendo ni escribiendo.
Llegaron jóvenes con rostros despreocupados, sellaron la tienda e hicieron un inventario de todos los muebles de la casa. Sospechando alguna intriga y, como antes, inconsciente de cualquier irregularidad, Avdeyev, mortificado, recorrió las oficinas del gobierno presentando quejas. Pasó horas en salas de espera, redactó largas peticiones, lloró, maldijo. A sus quejas, el fiscal y el juez de instrucción respondieron con indiferencia y sensatez: «Venga cuando lo llamen; no tenemos tiempo para atenderlo ahora». Otros, en cambio, respondieron: «No es asunto nuestro».
El secretario, un hombre culto que, según pensó Avdeyev, podría haberle ayudado, simplemente se encogió de hombros y dijo:
Es tu culpa. No deberías haber sido una oveja.
El anciano se esforzó al máximo, pero su pierna izquierda seguía entumecida y su digestión empeoraba cada vez más. Cuando se cansó de no hacer nada y se fue empobreciendo cada vez más, decidió ir al molino de su padre, o a casa de su hermano, y empezar a comerciar con trigo. Su familia fue a casa de su padre y él se quedó solo. Los días transcurrían fugazmente. Sin familia, sin tienda y sin dinero, el ex síndico, hombre honorable y respetado, pasaba días enteros recorriendo las tiendas de sus amigos, bebiendo, comiendo y escuchando consejos. Por las mañanas y por las tardes, para matar el tiempo, iba a la iglesia. Mirando los iconos durante horas, no rezaba, sino que reflexionaba. Con la conciencia tranquila, atribuía su situación a un error y una incomprensión; en su opinión, todo se debía a que los funcionarios y los jueces de instrucción eran jóvenes e inexpertos. Le parecía que si lo conversaba detalladamente y se abría a algún juez mayor, todo volvería a la normalidad. No entendía a sus jueces, y creía que ellos no lo entendían a él.
Los días transcurrieron, y finalmente, tras largas y agobiantes demoras, llegó el día del juicio. Avdeyev pidió prestados cincuenta rublos y, tras proveerse de alcohol para frotarse la pierna y una decocción de hierbas para la digestión, partió hacia la ciudad donde se celebraba el juicio.
El juicio duró diez días. Durante todo el juicio, Avdeyev permaneció sentado entre sus compañeros de infortunio con la serenidad y la dignidad propias de un hombre respetable e inocente que sufre sin culpa propia: escuchaba sin entender palabra. Estaba de mal humor. Estaba furioso por haber estado detenido tanto tiempo en el tribunal, por no poder conseguir comida de Cuaresma en ninguna parte, por que su abogado defensor no lo comprendiera y, según él, dijera algo inapropiado. Pensaba que los jueces no entendían su oficio. Apenas le hicieron caso; solo se dirigieron a él una vez en tres días, y las preguntas que le formularon fueron de tal índole que Avdeyev provocaba risas en el público cada vez que las respondía. Cuando intentó hablar de los gastos en los que había incurrido, de sus pérdidas y de su intención de reclamar las costas judiciales, su abogado se giró e hizo una mueca incomprensible; el público rió, y el juez anunció con severidad que eso no tenía nada que ver con el caso. Las últimas palabras que se le permitió decir no fueron las que su abogado le había indicado, sino algo muy distinto, lo que provocó otra carcajada.
Durante la terrible hora en que el jurado deliberaba en su sala, él permaneció sentado, furioso, en el bar, sin pensar en el jurado en absoluto. No entendía por qué tardaban tanto en deliberar cuando todo estaba tan claro, ni qué querían de él.
Como tenía hambre, le pidió al camarero un plato barato de Cuaresma. Por cuarenta kopeks le dieron pescado frío y zanahorias. Lo comió y de inmediato sintió como si el pescado le revolviera el estómago con un frío intenso; a esto le siguieron flatulencias, ardor y dolor.
Después, mientras escuchaba al presidente del jurado leer las preguntas punto por punto, sintió una especie de revolución en su interior; todo su cuerpo estaba bañado en sudor frío, con la pierna izquierda entumecida; no entendía nada y sufría insoportablemente por no poder sentarse ni acostarse mientras el presidente leía. Finalmente, cuando a él y a sus compañeros se les permitió sentarse, el fiscal se levantó y dijo algo ininteligible, y de repente, como si hubieran surgido de la tierra, aparecieron unos policías con las espadas desenvainadas y rodearon a todos los presos. Le ordenaron a Avdeyev que se levantara y se fuera.
Ahora comprendió que lo habían declarado culpable y que estaba a cargo de la policía, pero no se asustó ni se asombró; sentía tal revoltijo en el estómago que no podía pensar en sus guardias.
—¿Entonces no nos dejan volver al hotel? —preguntó a uno de sus compañeros—. Pero tengo tres rublos y un cuarto de libra de té sin tocar en mi habitación.
Pasó la noche en la comisaría; durante toda la noche sintió una profunda aversión al pescado y pensó en los tres rublos y el cuarto de libra de té. Temprano por la mañana, cuando el cielo empezaba a teñirse de azul, le ordenaron que se vistiera y se marchara. Dos soldados con bayonetas lo llevaron a la cárcel. Nunca antes las calles del pueblo le habían parecido tan largas e interminables. No caminaba por la acera, sino por el centro de la calle, entre la nieve fangosa y derretida. Su interior aún luchaba contra el pescado, tenía la pierna izquierda entumecida; había olvidado sus chanclos en el juzgado o en la comisaría, y sentía los pies congelados.
Cinco días después, todos los presos fueron llevados de nuevo ante el tribunal para escuchar su sentencia. Avdeyev se enteró de que había sido condenado al exilio en la provincia de Tobolsk. Y eso no lo asustó ni lo asombró. Por alguna razón, creyó que el juicio aún no había terminado, que habría más aplazamientos por venir y que aún no se había tomado la decisión final... Siguió en la prisión esperando esta decisión final todos los días.
Solo seis meses después, cuando su esposa y su hijo Vassily vinieron a despedirse, y cuando en la anciana demacrada y mal vestida apenas reconoció a su otrora gorda y digna Elizaveta Trofimovna, y cuando vio a su hijo con una chaqueta corta y raída y pantalones de algodón en lugar del uniforme del instituto, comprendió que su destino estaba decidido, y que, fuera cual fuera la nueva "decisión", su pasado jamás volvería a él. Y por primera vez desde el juicio y su encarcelamiento, la expresión de ira desapareció de su rostro y lloró amargamente.
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HELADA
ASe había organizado una fiesta popular con fines filantrópicos para la Epifanía en la ciudad provincial de N——. Se había seleccionado un tramo ancho del río entre el mercado y el palacio episcopal, se lo había cercado con una cuerda, abetos y banderas, y se había proporcionado todo lo necesario para patinar, andar en trineo y deslizarse en trineo. La festividad se organizó a lo grande. Los carteles distribuidos eran enormes y prometían diversas delicias: patinaje, una banda militar, una lotería sin boletos en blanco, un sol eléctrico, etc. Pero todo el plan casi fracasó debido a la fuerte helada. Desde la víspera de la Epifanía hubo veintiocho grados de escarcha con un fuerte viento; se propuso posponer la fiesta, y esto no se hizo solo porque el público, que llevaba mucho tiempo esperando la fiesta con impaciencia, no consintiera en ningún aplazamiento.
¡Piensen, qué esperan en invierno sino una helada! —dijeron las damas, persuadiendo al gobernador, quien intentó insistir en que se pospusiera la fiesta—. Si alguien tiene frío, que vaya a calentarse.
Los árboles, los caballos, las barbas de los hombres estaban blancos de escarcha; incluso parecía que el aire mismo crujiera, como si no pudiera soportar el frío; pero a pesar de eso, el público congelado patinaba. Inmediatamente después de la bendición de las aguas, y en punto de la una, la banda militar comenzó a tocar.
Entre las tres y las cuatro de la tarde, en su apogeo, la selecta sociedad del lugar se reunió para calentarse en el pabellón del gobernador, erigido a orillas del río. El anciano gobernador y su esposa, el obispo, el presidente del tribunal local, el director del instituto y muchos otros estaban allí. Las damas estaban sentadas en sillones, mientras que los hombres se agolpaban alrededor de la amplia puerta de cristal, contemplando el patinaje.
—¡Santo cielo! —dijo el obispo sorprendido—. ¡Qué filigranas hacen con las piernas! ¡Por Dios! Muchos cantantes no podrían hacer un giro con la voz como esos asesinos hacen con las piernas. ¡Ay! ¡Se va a matar!
—Ese es Smirnov...Ese es Gruzdev... —dijo el director, mencionando los nombres de los alumnos que pasaron volando por el pabellón.
¡Bah! ¡Está como una cabra! —rió el gobernador—. Miren, caballeros, ya viene nuestro alcalde... Viene para acá... ¡Qué fastidio! ¡Ahora nos va a dejar sin palabras!
Un anciano delgado, con una gorra grande y un abrigo forrado de piel abierto, venía desde la orilla opuesta hacia el pabellón, evitando a los patinadores. Era el alcalde de la ciudad, un comerciante llamado Ereméyev, millonario y antiguo vecino de N——. Abriendo los brazos y encogiéndose de hombros para protegerse del frío, avanzaba a saltos, chocando una chancla contra otra, evidentemente con prisa por resguardarse del viento. A mitad de camino, se agachó de repente, se acercó sigilosamente a una señora y le tiró de la manga por detrás. Cuando ella se dio la vuelta, él se alejó a saltos y, probablemente encantado de haberla asustado, soltó una carcajada agria y envejecida.
—Qué viejo tan vivaz —dijo el gobernador—. ¡Qué raro que no esté patinando!
Al acercarse al pabellón, el alcalde empezó a trotar con dificultad, agitó las manos y, tomando carrera, se deslizó sobre el hielo con sus enormes botas de agua hasta la misma puerta.
—¡Egor Ivanitch, deberías comprarte unos patines! —le saludó el gobernador.
—Eso mismo pensaba —respondió con un tenor chillón y algo nasal, quitándose la gorra—. ¡Le deseo buena salud, Excelencia! ¡Su Santidad! ¡Larga vida a todos los demás caballeros y damas! ¡Qué helada! ¡Sí, es una helada, qué fastidio! ¡Es mortal!
Guiñando un ojo con sus ojos rojos y helados, Yegor Ivanitch pateó el suelo con sus botas de agua y agitó los brazos como un cochero congelado.
—¡Qué helada tan maldita, peor que cualquier perro! —siguió hablando, con una sonrisa radiante—. ¡Es una verdadera lacra!
“Es saludable”, dijo el gobernador; “la escarcha fortalece al hombre y lo hace vigoroso. . . .”
—Aunque sea saludable, sería mejor no tenerlo —dijo el alcalde, secándose la barba cuneiforme con un pañuelo rojo—. ¡Sería una buena solución! En mi opinión, Excelencia, el Señor nos lo envía como castigo; me refiero a la helada. Pecamos en verano y nos castigan en invierno... ¡Sí!
Yegor Ivanitch miró rápidamente a su alrededor y levantó las manos.
—¿Y dónde está lo necesario... para calentarnos? —preguntó, mirando alarmado primero al gobernador y luego al obispo—. ¡Su Excelencia! ¡Su Santidad! ¡Apuesto a que las damas también están congeladas! ¡Necesitamos algo, esto no servirá!
Todos empezaron a gesticular y a decir que no habían ido a la pista de patinaje a calentarse, pero el alcalde, sin hacer caso a nadie, abrió la puerta e hizo una seña a alguien con el dedo torcido. Un obrero y un bombero corrieron hacia él.
—Mira, ve corriendo a ver a Savatin —murmuró—, y dile que se dé prisa y envíe... ¿cómo se llama?... ¿Qué será? Dile que envíe una docena de copas... una docena de copas de vino caliente, el más caliente, o de ponche, quizás...
Hubo risas en el pabellón.
“¡Qué bonito regalo para nosotros!”
—No importa, nos lo beberemos —murmuró el alcalde—; una docena de copas, entonces... y un poco de benedictino, quizás... y diles que calienten dos botellas de vino tinto... Ah, ¿y qué hay para las damas? Bueno, diles que traigan pasteles, nueces... algún dulce, quizás... ¡Vamos, corre, prepárate!
El alcalde guardó silencio durante un minuto y luego volvió a empezar a criticar duramente el frío, golpeándose el pecho con los brazos y dando golpes con sus botas de agua.
—No, Yegor Ivanitch —dijo el gobernador persuasivamente—, no sea injusto, el frío ruso tiene sus encantos. Leí hace poco que muchas de las buenas cualidades del pueblo ruso se deben a la vasta extensión de su territorio y al clima, a la cruel lucha por la existencia... ¡Es totalmente cierto!
Puede que sea cierto, Excelencia, pero sería mejor sin él. La helada expulsó a los franceses, por supuesto, y se puede congelar todo tipo de platos, y los niños pueden ir a patinar; ¡todo eso es cierto! Para el hombre bien alimentado y bien vestido, la helada es solo un placer, pero para el trabajador, el mendigo, el peregrino, el vagabundo loco, es el mayor mal y la mayor desgracia. ¡Es la miseria, Su Santidad! Con una helada como esta, la pobreza es el doble de dura, y el ladrón es más astuto y los malhechores más violentos. ¡Es innegable! Ya he cumplido setenta años, tengo un abrigo de piel y en casa tengo una estufa, rones y ponches de todo tipo. La helada no significa nada para mí ahora; no le presto atención, no me importa saberlo, pero ¡cómo era antes, Madre Santa! ¡Es terrible recordarlo! La memoria me falla con los años y lo he olvidado. Todo; mis enemigos, mis pecados y mis problemas de todo tipo; los olvido todos, pero la escarcha... ¡ay! ¡Cómo la recuerdo! Cuando murió mi madre, me quedé como un pequeño demonio, así de alto, un huérfano sin hogar... sin parientes ni amigos, miserable, harapiento, con poca ropa, hambriento, sin dónde dormir; de hecho, «no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura». En aquellos días, solía guiar a una anciana ciega por la ciudad por cinco kopeks al día... las heladas eran crueles, perversas. Uno salía con la anciana y comenzaba a sufrir tormentos. ¡Mi Creador! Primero temblabas como con fiebre, encogiéndote de hombros y bailando. Luego te empezaban a doler las orejas, los dedos, los pies. Te dolían como si alguien te los apretara con tenazas. Pero todo eso no era nada, un asunto trivial, sin mayor importancia. El problema era cuando todo el cuerpo se congelaba. Uno caminaba durante tres benditas horas en la escarcha, Su Santidad, y perdía toda apariencia humana. Tenías las piernas encogidas, un peso en el pecho, un opresor en el estómago; sobre todo, un dolor en el corazón peor que cualquier otra cosa. Te duele el corazón más allá de toda resistencia, y hay una miseria en todo el cuerpo como si llevaras de la mano a la Muerte en lugar de a una anciana. Estás entumecido por todas partes, convertido en piedra como un... Estatua; sigues adelante y sientes como si no fueras tú quien camina, sino alguien más quien mueve tus piernas. Cuando tu alma se congela, no sabes qué haces: estás listo para dejar a la anciana sin nadie que la guíe, o para sacar un panecillo caliente de la bandeja de un vendedor ambulante, o para pelearte con alguien. Y cuando llegas a tu alojamiento nocturno, al calor después de la helada, ¡tampoco hay mucha alegría en eso! Te quedas despierto hasta la medianoche, llorando, y ni siquiera sabes por qué lloras...
—Tenemos que dar una vuelta por la pista de patinaje antes de que oscurezca —dijo la esposa del gobernador, aburrida de escuchar—. ¿Quién viene conmigo?
La esposa del gobernador salió y toda la compañía salió del pabellón tras ella. Solo quedaron el gobernador, el obispo y el alcalde.
¡Reina del Cielo! ¡Y lo que pasé cuando era dependiente en una pescadería! —continuó Yegor Ivanitch, levantando los brazos de golpe, de modo que su abrigo forrado de zorro se abrió—. Uno salía a la tienda casi antes del amanecer... a las ocho estaba completamente congelado, con la cara azul, los dedos entumecidos, tanto que no podía abrocharme los botones ni contar el dinero. Uno se quedaba parado en el frío, entumecido, y pensaba: "¡Dios mío, tendré que aguantar así hasta la noche!". A la hora de cenar, tenía el estómago revuelto y el corazón dolorido... ¡Sí! Y no mejoré mucho después, cuando tuve mi propia tienda. La helada era intensa y la tienda parecía una ratonera con corrientes de aire en todas direcciones; el abrigo que llevaba puesto estaba, perdón, sarnoso, fino como el papel, raído... Uno se congelaba hasta los huesos, medio aturdido, y se volvía tan cruel como la misma helada: a uno le tiraba de la oreja hasta casi arrancársela; a otro le daba un golpe en la nuca; miraba a un cliente con furia como un rufián, como una fiera, dispuesto a desplumarlo; y cuando llegaba a casa por la noche y debería haberme acostado, estaba de mal humor y me lanzaba contra mi familia, echándoles en cara que se estaban aprovechando de mí; armaba un escándalo y me comportaba de tal manera que media docena de policías no habrían podido conmigo. La helada hace... “Uno es rencoroso y te lleva a beber”.
Yegor Ivanitch juntó las manos y continuó:
—¡Y cuando llevábamos pescado a Moscú en invierno, Santa Madre! —Y farfullando mientras hablaba, empezó a describir los horrores que sufrió con sus dependientes cuando llevaba pescado a Moscú...
—Sí —suspiró el gobernador—, ¡es maravilloso lo que un hombre puede soportar! Tú solías llevar carros llenos de pescado a Moscú, Yegor Ivanitch, mientras yo estaba en la guerra. Recuerdo un caso extraordinario...
Y el gobernador describió cómo, durante la última guerra ruso-turca, una noche helada la división en la que él estaba había permanecido en la nieve sin moverse durante trece horas bajo un viento penetrante; por miedo a ser observada, la división no encendió fuego ni hizo ruido ni movimiento; tenían prohibido fumar.
Siguieron los recuerdos. El gobernador y el alcalde se animaron y se animaron, y, interrumpiéndose mutuamente, comenzaron a recordar sus experiencias. El obispo les contó cómo, cuando servía en Siberia, había viajado en un trineo tirado por perros; cómo un día, somnoliento, en una helada intensa, se cayó del trineo y casi se congela; cuando los tunguses regresaron y lo encontraron, apenas estaba vivo. Entonces, como de común acuerdo, los ancianos se sumieron repentinamente en silencio, se sentaron uno al lado del otro y meditaron.
—¡Eh! —susurró el alcalde—. Uno pensaría que ya es hora de olvidar, pero al ver a los aguadores, a los escolares, a los presos con sus miserables togas, ¡todo lo recuerda! Fíjense en esos músicos que están tocando. Apuesto a que sienten un dolor en el corazón; un nudo en el estómago, y las trompetas se les congelan en los labios... Tocan y piensan: «¡Madre mía! ¡Tenemos tres horas más para pasar el frío!».
Los ancianos se sumieron en sus pensamientos. Pensaron en aquello en el hombre que es superior a la buena cuna, superior al rango, la riqueza y el conocimiento, en aquello que acerca al más humilde mendigo a Dios: en la impotencia del hombre, en sus sufrimientos y su paciencia...
Mientras tanto, el aire se tornaba azul... la puerta se abrió y entraron dos camareros de Savatin's, con bandejas y una gran tetera con sordina. Cuando se llenaron los vasos y se percibió un fuerte olor a canela y clavo, la puerta se abrió de nuevo y entró en el pabellón un joven policía imberbe, con la nariz roja y cubierto de escarcha. Se acercó al gobernador y, saludando, dijo: «Su Excelencia me pidió que le informara que se ha ido a casa».
Al ver cómo el policía se llevaba los dedos rígidos y helados a la gorra, al mirar su nariz, sus ojos sin brillo y su capucha cubierta de escarcha blanca cerca de la boca, todos, por alguna razón, sintieron que el corazón de ese policía debía estar doliendo, que su estómago debía sentirse apretado y su alma entumecida.
—Digo —dijo el gobernador vacilante—, ¡tomemos un poco de vino caliente!
—¡Está bien... está bien! ¡Bébetelo! —le animó el alcalde, gesticulando—. ¡No seas tímido!
El policía tomó el vaso con ambas manos, se hizo a un lado y, intentando beber sin hacer ruido, empezó a beber discretamente. Bebió, abrumado por la vergüenza, mientras los ancianos lo miraban en silencio, y todos creyeron que el dolor abandonaba el corazón del joven policía y que su alma se derretía. El gobernador exhaló un suspiro.
—Ya es hora de que nos vayamos a casa —dijo, levantándose—. ¡Adiós! —añadió, dirigiéndose al policía—, diles a los músicos que... dejen de tocar y pídele a Pavel Semiónovitch, de mi parte, que les dé... cerveza o vodka.
El gobernador y el obispo se despidieron del alcalde y salieron del pabellón.
Yegor Ivanitch atacó el vino caliente, y antes de que el policía terminara su copa, logró contarle muchísimas cosas interesantes. No pudo callarse.
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UNA CALUMNIA
SERGE KAPITONICH AHINEEV, el maestro de escritura, casaba a su hija con el profesor de historia y geografía. La boda transcurría con gran éxito. En el salón se cantaba, jugaba y bailaba. Los camareros contratados en el club, vestidos con fracs negros y corbatas blancas sucias, revoloteaban distraídamente por las habitaciones. Había un bullicio constante. Sentados uno junto al otro en el sofá, el profesor de matemáticas, Tarantulov, el profesor de francés, Pasdequoi, y el asesor fiscal auxiliar, Mzda, hablaban atropelladamente e interrumpiéndose mutuamente mientras describían a los invitados casos de personas enterradas vivas y daban sus opiniones sobre el espiritismo. Ninguno creía en el espiritismo, pero todos admitían que había muchas cosas en este mundo que siempre estarían más allá de la mente humana. En la habitación contigua, el profesor de literatura, Dodonsky, explicaba a los visitantes los casos en los que un centinela tiene derecho a disparar contra los transeúntes. Los temas, como se puede apreciar, eran alarmantes, pero muy agradables. Personas cuya posición social les impedía entrar miraban por las ventanas desde el patio.
Justo a medianoche, el dueño de la casa entró en la cocina para ver si todo estaba listo para la cena. La cocina, de suelo a techo, estaba llena de vapores compuestos por olores a ganso, pato y muchos otros. En dos mesas, los accesorios, las bebidas y los refrigerios estaban dispuestos en un desorden artístico. La cocinera, Marfa, una mujer de rostro colorado cuya figura era como un barril con un cinturón, se movía afanosamente entre las mesas.
—Enséñame el esturión, Marfa —dijo Ahineev, frotándose las manos y lamiéndose los labios—. ¡Qué perfume! Podría comerme toda la cocina. Ven, enséñame el esturión.
Marfa se acercó a uno de los bancos y levantó con cuidado un trozo de periódico grasiento. Bajo el papel, en un plato enorme, reposaba un enorme esturión, cubierto de gelatina y decorado con alcaparras, aceitunas y zanahorias. Ahineev contempló al esturión y se quedó sin aliento. Su rostro resplandecía y alzó la vista. Se agachó y con los labios emitió el sonido de una rueda sin engrasar. Tras un momento, chasqueó los dedos con deleite y volvió a relamirse.
¡Ah, ah! El sonido de un beso apasionado... ¿A quién besas ahí fuera, pequeña Marfa? —se oyó una voz desde la habitación contigua, y en la puerta apareció la cabeza rapada del ayudante de acomodador, Vankin—. ¿Quién es? ¡Ah!... ¡Encantado de conocerte! ¡Sergei Kapitonich! ¡Eres un abuelo estupendo, debo decir! ¡Tête-à-tête con el bello sexo...!
—No te estoy besando —dijo Ahineev confundido—. ¿Quién te lo dijo, idiota? Solo estaba... Me chasqueé los labios... en referencia a... como muestra de... placer... al ver el pez.
—¡Díselo a los marines! El rostro intrusivo desapareció, luciendo una amplia sonrisa.
Ahineev se sonrojó.
¡Maldita sea! —pensó—, la bestia va a empezar a armar escándalo. Me deshonrará ante todo el pueblo, el muy bruto.
Ahineev entró tímidamente en la sala y buscó con sigilo a Vankin. Vankin estaba de pie junto al piano y, agachándose con aire desenfadado, le susurraba algo a la cuñada del inspector, quien reía.
¡Hablando de mí! —pensó Ahineev—. ¡Maldito sea! ¡Y ella lo cree... lo cree! ¡Se ríe! ¡Ay de nosotros! No, no puedo dejarlo pasar... No puedo. Debo hacer algo para que no le crean... Hablaré con todos, y lo acusarán de ser un tonto y un chismoso.
Ahineev se rascó la cabeza y, todavía abrumado por la vergüenza, se acercó a Pasdequoi.
“Acabo de estar en la cocina para ver qué tal está la cena”, le dijo al francés. “Sé que te gusta el pescado, y yo tengo un esturión, querido amigo, ¡más que nada! ¡Una yarda y media de largo! ¡Ja, ja, ja! Y, por cierto… se me olvidaba… En la cocina hace un momento, con ese esturión… ¡menuda historia! Entré en la cocina hace un momento y quería ver los platos de la cena. Miré el esturión y me chasqueé los labios con deleite… por lo picante que estaba. Y justo en ese momento entró ese tonto de Vankin y dijo:… '¡Ja, ja, ja!… ¡Así que se están besando aquí!' ¡Besar a Marfa, la cocinera! ¡Menuda idea, tonta! ¡Esa mujer es un horror, como todas las bestias juntas, y él habla de besos! ¡Qué raro!
“¿Quién es ese pez raro?”, preguntó Tarantulov acercándose.
—¡Pues él, allá...! ¡Vankin! Fui a la cocina...
Y contó la historia de Vankin. «... ¡Me hizo gracia, qué raro! Preferiría besar a un perro que a Marfa, si quieres mi opinión», añadió Ahineev. Miró a su alrededor y vio a Mzda detrás de él.
“Estábamos hablando de Vankin”, dijo. “¡Qué raro es! Fue a la cocina, me vio junto a Marfa y empezó a inventar un montón de tonterías. “¿Por qué se besan?”, dijo. Debió de haber bebido demasiado. “Y prefiero besar a un pavo que a Marfa”, dije. “Y tengo esposa, idiota”, dije. ¡Me hizo gracia!”
“¿Quién te divirtió?”, preguntó el sacerdote que enseñaba Escritura en la escuela, acercándose a Ahineev.
—Vankin. Estaba en la cocina, ¿sabes?, mirando el esturión...
Y así sucesivamente. En media hora aproximadamente, todos los invitados conocían el incidente del esturión y Vankin.
"¡Que lo cuente todo ahora!", pensó Ahineev, frotándose las manos. "¡Que lo cuente! Empezará a contar su historia y le dirán enseguida: "¡Basta de tonterías, idiota, ya lo sabemos todo!".
Y Ahineev se sintió tan aliviado que, en su alegría, bebió cuatro vasos de más. Tras acompañar a los jóvenes a su habitación, se acostó y durmió como un niño inocente, y al día siguiente ya no pensó más en el incidente del esturión. Pero, ¡ay!, el hombre propone, pero Dios dispone. Una lengua maligna hizo su maldad, y la estrategia de Ahineev fue en vano. Apenas una semana después —para ser precisos, el miércoles después de la tercera clase—, cuando Ahineev estaba de pie en medio de la sala de profesores, despotricando sobre las viciosas tendencias de un chico llamado Visekin, el director se le acercó y lo llevó aparte:
—Mire, Sergei Kapitonich —dijo el director—, debe disculparme... No es asunto mío; pero aun así debo hacerle comprender... Es mi deber. Verá, corren rumores de que está liado con esa... cocinera... No es asunto mío, pero... flirtee con ella, bésela... como quiera, pero que no sea tan público, por favor. ¡Se lo suplico! No olvide que es maestro de escuela.
Ahineev se quedó helado y desmayado. Volvió a casa como un hombre picado por un enjambre de abejas, como un hombre escaldado con agua hirviendo. Mientras caminaba hacia casa, le pareció que todo el pueblo lo miraba como si estuviera untado con brea. En casa le aguardaban nuevos problemas.
"¿Por qué no estás devorando tu comida como siempre?", le preguntó su esposa durante la cena. "¿En qué estás tan pensativo? ¿Levantando la cabeza sobre tus amores? ¿Suspirando por tu Marfa? ¡Lo sé todo, musulmán! ¡Tus buenos amigos me han abierto los ojos! ¡Ay!... ¡Qué salvaje!"
Y ella le dio una bofetada. Él se levantó de la mesa, sin sentir la tierra bajo sus pies, y sin sombrero ni abrigo, se dirigió a Vankin. Lo encontró en casa.
—¡Sinvergüenza! —le dijo—. ¿Por qué me has cubierto de barro delante de todo el pueblo? ¿Por qué has lanzado esta calumnia contra mí?
¿Qué calumnia? ¿De qué estás hablando?
¿Quién se rumoreaba que besaba a Marfa? ¿No eras tú? Dime eso. ¿No eras tú, bandido?
Vankin parpadeó y se contrajo en cada fibra de su rostro maltrecho, alzó la vista hacia el icono y articuló: "¡Dios me maldiga! ¡Que me deje ciego y me derrumbe si digo una sola palabra sobre ti! ¡Que me quede sin casa ni hogar, que me ataque algo peor que el cólera!"
La sinceridad de Vankin no admitía ninguna duda. Evidentemente, no era él el autor de la calumnia.
"¿Pero quién, entonces, quién?", se preguntó Ahineev, repasando mentalmente a todos sus conocidos y dándose golpes en el pecho. "¿Quién, entonces?"
¿Quién, entonces? Le preguntamos también al lector.
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MENTES EN FERMENTACIÓN
(DE LOS ANALES DE UN PUEBLO)
TLa tierra era como un horno. El sol de la tarde brillaba con tanta fuerza que incluso el termómetro colgado en la habitación del inspector de aduanas perdió la cabeza: subió a 43 °C y se detuvo allí, indeciso. Los habitantes estaban empapados de sudor como caballos atropellados, y les daba pereza secarse la cara.
Dos de los habitantes caminaban por la plaza del mercado frente a las casas cerradas con llave. Uno era Potcheshihin, el secretario de Hacienda local, y el otro, Optimov, el agente, corresponsal del periódico Hijo de la Patria durante muchos años . Caminaban en silencio, sin palabras por el calor. Optimov sintió la tentación de criticar a las autoridades locales por el polvo y el desorden del mercado, pero, consciente del carácter pacífico y las opiniones moderadas de su compañero, no dijo nada.
En medio del mercado, Potcheshihin se detuvo de repente y comenzó a mirar hacia el cielo.
"¿Qué estás mirando?"
Esos estorninos que volaron. Me pregunto dónde se habrán posado. Nubes y nubes de ellos... Si alguien fuera a dispararles, y si alguien los recogiera... y si... ¡Se habrán posado en el jardín del Padre Prebendado!
¡Oh, no! No están en casa del Padre Prebendario, están en casa del Padre Diácono. Si les dispararas desde aquí, no matarías nada. Una bala fina no llega tan lejos; pierde fuerza. ¿Y por qué habrías de matarlos, de todos modos? Son pájaros que destruyen la fruta, es cierto; aun así, son aves del cielo, obras del Señor. El estornino canta, ¿sabes?... ¿Y qué canta, reza? Un canto de alabanza... «Todas las aves del cielo, alaben al Señor». No. Creo que se han establecido en el jardín del Padre Prebendario.
Tres ancianas peregrinas, con zapatos de corteza y alforjas, pasaron silenciosamente junto a los oradores. Mirando con curiosidad a los caballeros que, por alguna razón desconocida, observaban la casa del Padre Prebendado, aminoraron el paso y, a pocos metros de distancia, se detuvieron, miraron de nuevo a los amigos y luego se dedicaron a contemplar la casa.
—Sí, tenías razón; se han instalado en casa del Padre Prebendado —dijo Óptimov—. Sus cerezas ya están maduras, así que han ido allí a picotearlas.
De la puerta del jardín emergió el mismísimo Padre Prebendado, acompañado del sacristán. Al ver la atención dirigida a su morada y preguntándose qué miraba la gente, se detuvo y, al igual que el sacristán, comenzó a mirar hacia arriba para averiguarlo.
—Supongo que el padre va a un servicio religioso —dijo Potcheshihin—. ¡Que el Señor lo auxilie!
Unos obreros de la fábrica de Purov, que se estaban bañando en el río, pasaron entre los amigos y el sacerdote. Al ver a este último absorto en la contemplación del cielo y también a las peregrinas, inmóviles con la mirada alzada, se detuvieron y miraron en la misma dirección.
Un niño pequeño que guiaba a un mendigo ciego y un campesino que llevaba una tina de pescado apestoso para arrojarlo al mercado hicieron lo mismo.
—Supongo que debe haber algo —dijo Potcheshihin—, un incendio o algo así. Pero no hay rastro de humo por ninguna parte. ¡Oye! ¡Kuzma! —le gritó al campesino—. ¿Qué pasa?
El campesino respondió, pero Potcheshihin y Optimov no lo captaron. Los tenderos, con aspecto soñoliento, aparecieron en las puertas de todas las tiendas. Algunos yeseros que trabajaban en un almacén cercano dejaron sus escaleras y se unieron a los obreros.
El bombero, que describía círculos con los pies descalzos en la torre de vigilancia, se detuvo y, tras observarlos fijamente durante unos minutos, bajó. La torre de vigilancia quedó desierta. Esto pareció sospechoso.
Debe haber un incendio en alguna parte. ¡No me empujes! ¡Maldito cerdo!
¿Dónde ven el fuego? ¿Qué fuego? ¡Pasen, caballeros! ¡Se lo pido con cortesía!
¡Debe haber un incendio en el interior!
Nos lo pide con cortesía y no para de dar codazos. ¡Mantén las manos en alto! Aunque seas jefe de policía, ¡no tienes ningún derecho a usar los puños!
¡Me ha pisado el maíz! ¡Ah! ¡Te voy a aplastar!
¿Aplastado? ¿Quién está aplastado? ¡Muchachos! ¡Un hombre ha sido aplastado!
¿Qué significa esta multitud? ¿Qué quieren?
“¡Un hombre ha sido aplastado, por favor, señoría!”
¿Dónde? ¡Pasen! ¡Se lo pido con educación! ¡Se lo pido con educación, imbéciles!
Puedes empujar a un campesino, ¡pero no te atrevas a tocar a un caballero! ¡Manos fuera!
¿Conociste alguna vez a gente así? ¡Con ellos no se puede hacer nada con palabras justas, demonios! ¡Sidorov, corre a por Akim Danilitch! ¡Ten cuidado! ¡Será peor para ustedes, caballeros! ¡Akim Danilitch viene y les dará la victoria! ¿Estás aquí, Parfen? ¡Un ciego, y a su edad! No ve, pero debe ser como los demás y no hará lo que le digan. ¡Smirnov, apúntalo!
—¡Sí, señor! ¿Y apunto a los hombres de Purov? Ese hombre de la mejilla hinchada es de Purov.
No menosprecies a los hombres de Purov. Mañana es su cumpleaños.
Los estorninos se alzaron en una nube negra desde el jardín del Padre Prebendado, pero Potcheshihin y Optimov no los notaron. Se quedaron mirando al aire, preguntándose qué habría atraído a semejante multitud y qué estaría mirando.
Apareció Akim Danilitch. Sin dejar de masticar y limpiándose los labios, se abrió paso entre la multitud, gritando:
¡Bomberos, prepárense! ¡Dispérsense! ¡Señor Optimov, dispérsense, o será peor para ustedes! En lugar de escribir cosas sobre la gente decente en los periódicos, mejor intenten comportarse de forma más respetuosa. ¡Leer los periódicos nunca trae nada bueno!
—¡Por favor, absténgase de reflexionar sobre literatura! —exclamó Optimov con vehemencia—. Soy un hombre de letras, ¡y no permitiré que nadie reflexione sobre literatura! Aunque, como es deber de un ciudadano, lo respeto como padre y benefactor.
“¡Bomberos, abranles las mangueras!”
“¡No hay agua, por favor, señoría!”
¡No me respondas! ¡Ve a buscar algo! ¡Prepárate!
—No tenemos dónde meterlo, señoría. El mayor ha llevado los caballos de los bomberos para llevar a su tía a la estación.
¡Dispérsense! ¡Atrás, maldita sea! ¿Les parece bien? ¡Bájenlo, demonio!
“¡He perdido mi lápiz, por favor, señoría!”
La multitud crecía cada vez más. No se sabe qué proporciones habría alcanzado si el nuevo órgano recién llegado de Moscú no hubiera empezado a sonar en la taberna cercana. Al oír su melodía favorita, la multitud se quedó sin aliento y corrió hacia la taberna. Así que nadie supo nunca por qué se había reunido la multitud, y Potcheshihin y Optimov ya habían olvidado la existencia de los estorninos, inocentemente responsables de los acontecimientos.
Una hora más tarde, la ciudad volvió a estar quieta y silenciosa y solo se veía una figura solitaria: el bombero caminando en círculos en la torre de vigilancia.
Aquella misma tarde, Akim Danilitch estaba sentado en la tienda de comestibles bebiendo limonada gaseosa y coñac y escribiendo:
Además del informe oficial, me atrevo, Excelencia, a añadir algunas observaciones complementarias. ¡Padre y benefactor! En verdad, de no ser por las oraciones de su virtuosa esposa en su salubre villa cerca de nuestra ciudad, nadie sabe lo que podría haber sucedido. No tengo palabras para expresar lo que he pasado hoy. ¡La eficiencia de Krushensky y del comandante del cuerpo de bomberos es inalcanzable! ¡Estoy orgulloso de tan devotos servidores de nuestra patria! En cuanto a mí, hice todo lo que un hombre débil puede hacer, cuyo único deseo es el bienestar de su prójimo; y ahora, sentado en el seno de mi familia, con lágrimas en los ojos, le agradezco a Aquel que nos evitó derramar sangre. A falta de pruebas, los culpables permanecen detenidos, pero propongo liberarlos en una semana aproximadamente. ¡Fue su ignorancia la que los llevó por mal camino!
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SE HA DESCURRIDO
AUn pueblo rural envuelto en la oscuridad de la noche. La una da la campana. Dos abogados, Kozyavkin y Laev, ambos de muy buen humor y con las piernas algo temblorosas, salen del bosque y se dirigen a las cabañas.
—Bueno, gracias a Dios, hemos llegado —dice Kozyavkin, respirando hondo—. Recorrer seis kilómetros desde la estación en estas condiciones es una hazaña. ¡Estoy fatal! Y, por pura mala suerte, no veo ni una mosca.
—Petya, mi querido amigo... No puedo... Me muero si no estoy en la cama en cinco minutos.
¡A la cama! ¡Ni lo pienses, hijo! Primero cenaremos y tomaremos una copa de vino tinto, y luego podrás acostarte. Verotchka y yo te despertaremos... ¡Ay, querido amigo, qué bien está casarse! ¡No lo entiendes, insensible! Estaré en casa en un minuto, agotado y exhausto... Una esposa amorosa me recibirá, me dará té y algo de comer, y me recompensará por mi trabajo duro y mi amor con una mirada tan tierna y amorosa en sus preciosos ojos negros que olvidaré lo cansado que estoy, el robo, los juzgados y la sala de apelaciones... ¡Es glorioso!
—Sí, digo, siento que se me doblan las piernas, apenas puedo caminar... Tengo muchísima sed...
“Bueno, aquí estamos en casa”.
Los amigos suben a una de las cabañas y se quedan quietos bajo la ventana más cercana.
“Es una cabaña preciosa”, dijo Kozyavkin. “¡Mañana verás qué vistas tenemos! No hay luz en las ventanas. Verotchka debe de haberse acostado, entonces; debe de haberse cansado de estar despierta. Está en la cama y debe de estar preocupada porque no he aparecido”. (Empuja la ventana con su bastón y esta se abre). “¡Qué chica tan valiente! Se acuesta sin echar el cerrojo”. (Se quita la capa y la arroja con su portafolios por la ventana). “¡Tengo calor! ¡Cantémosle una serenata y hagámosla reír!” (Canta). “La luna flota en el cielo de medianoche… Agita suavemente las suaves brisas… Susurra suavemente en las copas de los árboles… ¡Canta, canta, Aliosha! Verotchka, ¿te cantamos la Serenata de Schubert?” (Canta).
Su actuación se ve interrumpida por un repentino ataque de tos. "¡Tphoo! ¡Verotchka, dile a Aksinya que nos abra la puerta!" (Una pausa). "¡Verotchka! ¡No seas perezosa, levántate, cariño!" (Se sube a una piedra y mira por la ventana). "Verotchka, mi bolita; Verotchka, mi muñeca... mi angelito, mi esposa incomparable, ¡levántate y dile a Aksinya que nos abra la puerta! No estás dormida, ¿sabes? Esposa, estamos tan cansados y agotados que no estamos de humor para bromas. ¡Hemos caminado penosamente desde la estación! ¿No lo oyes? ¡Ay, maldita sea!" (Hace un esfuerzo por trepar hasta la ventana y se cae). "¡Sabes que esta no es una broma para una visita! Veo que eres tan buena colegiala como siempre, Vera, ¡siempre estás tramando travesuras!"
"Quizás Vera Stepanovna esté dormida", dice Laev.
¡No está dormida! Seguro que quiere que monte un alboroto y despierte a todo el vecindario. ¡Me estoy enfadando, Vera! ¡Ay, maldita sea! Ayúdame, Aliosha; subiré. Eres una niña traviesa, una colegiala normal... Ayúdame.
Resoplando y jadeando, Laev le ayuda a levantarse y Kozyavkin sube por la ventana y desaparece en la oscuridad del interior.
—¡Vera! —Laev oye un minuto después—, ¿dónde estás?... ¡Maldición! ¡Tf! ¡Metí la mano en algo! ¡Tff!
Se oye un crujido, un batir de alas y el cacareo desesperado de un pájaro.
—Qué bien —oye Laev—. Vera, ¿de dónde han salido estos pollos? ¡Caramba, hay un sinfín! Hay una cesta con un pavo dentro... ¡Picotea, el bicho asqueroso!
Dos gallinas salen volando por la ventana y, cacareando a todo pulmón, revolotean por la calle del pueblo.
—¡Aliosha, nos hemos equivocado! —dice Kozyavkin con voz lastimera—. Hay un montón de gallinas aquí... Debo haberme equivocado de casa. ¡Malditas sean, están por todas partes, malditos animales!
—Bueno, pues baja rápido. ¿Me oyes? ¡Me muero de sed!
—En un minuto... busco mi capa y mi portafolios.
“Enciende una cerilla.”
Las cerillas están en la capa... Fui un completo idiota al entrar aquí. Las cabañas son exactamente iguales; ni el mismísimo diablo podría distinguirlas en la oscuridad. ¡Ay, el pavo me ha picoteado la mejilla, criatura asquerosa!
“Date prisa y sal o pensarán que estamos robando las gallinas”.
En un minuto... No encuentro mi capa por ningún lado... Hay un montón de trapos viejos aquí, y no sé dónde está la capa. Tírame una cerilla.
“No tengo ninguna.”
¡Estamos en un aprieto! ¿Qué hago? No puedo irme sin mi capa y mi portafolios. Tengo que encontrarlos.
—No puedo entender que un hombre desconozca su propia cabaña —dice Laev indignado—. ¡Bestia borracha!... Si hubiera sabido que me esperaba algo así, nunca habría venido contigo. Ya debería estar en casa, profundamente dormido, y qué bien me siento aquí... Estoy fatal, tengo sed y me da vueltas la cabeza.
“En un minuto, en un minuto... No morirás.”
Un gallo enorme vuela cantando sobre la cabeza de Laev. Laev exhala un profundo suspiro y, con un gesto de desesperación, se sienta en una piedra. Una sed ardiente lo acosa, sus ojos se cierran, su cabeza se inclina hacia adelante... Pasan cinco minutos, diez, veinte, y Kozyavkin sigue ocupado entre las gallinas.
—Petya, ¿tardarás mucho?
Un momento. Encontré la cartera, pero la he vuelto a perder.
Laev apoya la cabeza en los puños y cierra los ojos. El cacareo de las aves se hace cada vez más fuerte. Los habitantes de la cabaña vacía salen volando por la ventana y revolotean en círculos, imagina, como búhos sobre su cabeza. Sus oídos zumban con el cacareo; el terror lo abruma.
"¡Qué bestia!", piensa. "Me invitó a quedarme, prometiéndome vino y cuajada, y luego me hace caminar desde la estación y escuchar a estas gallinas..."
En medio de su indignación, hunde la barbilla en el cuello de la camisa, apoya la cabeza en su portafolios y poco a poco se calma. El cansancio lo domina y empieza a dormitar.
—¡Encontré la cartera! —oyó gritar triunfalmente a Kozyavkin—. ¡Encontraré la capa en un minuto y nos vamos!
Entonces, mientras dormía, oyó ladridos de perros. Primero ladró un perro, luego otro, y un tercero... Y el ladrido de los perros se fundió con el cacareo de las aves en una especie de música salvaje. Alguien se acercó a Laev y le preguntó algo. Entonces oyó a alguien subirse por encima de su cabeza a la ventana, luego golpes y gritos... Una mujer con un delantal rojo estaba de pie junto a él con una linterna en la mano y le preguntó algo.
"No tiene derecho a decirlo", oye la voz de Kozyavkin. "Soy abogado, licenciado en Derecho, Kozyavkin, aquí tiene mi tarjeta de visita".
—¿Para qué quiero su tarjeta? —pregunta alguien con voz grave y ronca—. ¡Ha molestado a todas mis aves, ha destrozado los huevos! Mire lo que ha hecho. Los pavitos debían salir hoy o mañana, y los ha destrozado. ¿De qué sirve que me dé su tarjeta, señor?
¡Cómo te atreves a interferir conmigo! ¡No! ¡No lo permitiré!
“Tengo sed”, piensa Laev mientras intenta abrir los ojos, y siente que alguien baja por la ventana que está sobre su cabeza.
¡Me llamo Kozyavkin! Tengo una cabaña aquí. Todo el mundo me conoce.
“No conocemos a nadie que se llame Kozyavkin”.
¿Qué dices? Llama al anciano. Él me conoce.
No te emociones, el alguacil llegará enseguida... Conocemos a todos los veraneantes, pero a ti no te he visto en mi vida.
“Tengo una cabaña en Rottendale desde hace cinco años”.
¡Uf! ¿Te imaginas esto por el valle? Esto es Sicklystead, pero Rottendale está más a la derecha, más allá de la fábrica de cerillas. Está a cinco kilómetros de aquí.
¡Dios mío! ¡Me he equivocado de camino!
Los gritos de los hombres y de las aves se mezclan con los ladridos de los perros, y la voz de Kozyavkin se eleva por encima del caos de sonidos confusos:
¡Cállate! Yo pagaré. ¡Te mostraré con quién tienes que lidiar!
Poco a poco, las voces se apagan. Laev siente que lo sacuden por el hombro...
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UN VENGADOR
SPoco después de encontrar a su esposa en flagrante delito, Fyodor Fyodorovitch Sigaev se encontraba en Schmuck and Co., la armería, eligiendo un revólver adecuado. Su semblante reflejaba ira, dolor y una determinación inquebrantable.
«Sé lo que debo hacer», pensaba. «Las santidades del hogar han sido ultrajadas, el honor pisoteado, el vicio triunfa, y por lo tanto, como ciudadano y hombre de honor, debo ser su vengador. Primero, la mataré a ella y a su amante, y luego a mí mismo».
Aún no había elegido un revólver ni había matado a nadie, pero ya imaginaba tres cadáveres ensangrentados, cráneos rotos, cerebros rezumando de ellos, la conmoción, la multitud de espectadores boquiabiertos, la autopsia... Con la alegría maligna de un hombre ofendido, imaginó el horror de los parientes y el público, la agonía de la traidora, y leía mentalmente artículos editoriales sobre la destrucción de las tradiciones del hogar.
El dependiente, una figura afrancesada, pequeña y vivaz, de vientre redondo y chaleco blanco, exhibió los revólveres y, sonriendo respetuosamente y raspando con sus piececitos, observó:
“...Le aconsejo, señor, que se lleve este magnífico revólver, modelo Smith & Wesson, la última palabra en la ciencia de las armas de fuego: triple acción, con eyector, mata a seiscientos pasos, mira central. Permítame que le llame la atención, señor, la belleza del acabado. El sistema más de moda, señor. Vendemos una docena cada día para ladrones, lobos y amantes. Acción muy correcta y potente, impacta a gran distancia y mata a la esposa y a su amante de una sola bala. En cuanto al suicidio, señor, no conozco un modelo mejor.”
El dependiente apretó y amartilló el gatillo, respiró sobre el cañón, apuntó y fingió estar sin aliento de alegría. Viendo su semblante extasiado, uno podría haber supuesto que con gusto se habría disparado de un tiro en la cabeza si tan solo hubiera tenido un revólver de tan excelente modelo como un Smith-Wesson.
“¿Y qué precio?” preguntó Sigaev.
“Cuarenta y cinco rublos, señor.”
“¡Mmm!... eso es demasiado caro para mí.”
En ese caso, señor, permítame ofrecerle otra marca, algo más barata. Si tiene la amabilidad de mirar, tenemos una inmensa variedad, a todos los precios... Aquí, por ejemplo, este revólver del modelo Lefaucher cuesta solo dieciocho rublos, pero... (el dependiente frunció el ceño con desprecio)... pero, señor, es una marca anticuada. Solo las compran mujeres histéricas o deficientes mentales. Suicidarse o dispararle a la esposa con un revólver Lefaucher se considera de mala educación hoy en día. El Smith-Wesson es el único modelo que sigue el estilo.
—No quiero pegarme un tiro ni matar a nadie —dijo Sigaev, mintiendo hoscamente—. La compro simplemente para una casa de campo... para ahuyentar a los ladrones...
—No es asunto nuestro, qué propósito tiene al comprarlo. —El dependiente sonrió, bajando la mirada discretamente—. Si tuviéramos que investigar el objeto en cada caso, señor, tendríamos que cerrar la tienda. Para asustar a los ladrones, el Lefaucher no es un modelo adecuado, señor, ya que se dispara con un sonido débil y apagado. Yo sugeriría el Mortimer's, la llamada pistola de duelo...
"¿No debería retarlo a duelo?", pensó Sigaev. "Aunque le estoy haciendo demasiado honor... Bestias como esa se matan como perros..."
El dependiente, balanceándose con gracia y tambaleándose sobre sus piececitos, sin dejar de sonreír y charlar, exhibió ante él un montón de revólveres. El más atractivo e impresionante de todos era el Smith & Wesson. Sigaev cogió una pistola de ese modelo, la miró con la mirada perdida y se sumió en sus pensamientos. Su imaginación imaginaba cómo les volaría la cabeza, cómo la sangre correría a chorros sobre la alfombra y el parqué, cómo se contraerían las piernas de la traidora en su última agonía... Pero eso no bastó para su alma indignada. La imagen de sangre, lamentos y horror no lo satisfizo. Debía pensar en algo más terrible.
¡Ya lo sé! Me mataré a mí mismo y a él —pensó—, pero la dejaré con vida. Que se consuma por el remordimiento de su conciencia y el desprecio de todos los que la rodean. Para una naturaleza tan sensible como la suya, eso será mucho más doloroso que la muerte.
Y se imaginó su propio funeral: él, el marido ofendido, yace en su ataúd con una dulce sonrisa en los labios, y ella, pálida, torturada por el remordimiento, sigue el ataúd como una Níobe, sin saber dónde esconderse para escapar de las miradas fulminantes y despectivas que le lanza la multitud indignada.
—Veo, señor, que le gusta la marca Smith & Wesson —interrumpió el dependiente tras sus cavilaciones—. Si le parece demasiado cara, pues bien, le descuento cinco rublos... Pero tenemos otras marcas, más baratas.
La pequeña figura afrancesada se giró con gracia y sacó otra docena de cajas de revólveres del estante.
—Tome, señor, el precio de treinta rublos. No es caro, sobre todo porque el tipo de cambio ha bajado muchísimo y los aranceles aduaneros suben cada hora. Señor, juro que soy conservador, pero incluso yo empiezo a murmurar. Con el tipo de cambio y el arancel aduanero, solo los ricos pueden comprar armas de fuego. Para los pobres no queda nada más que armas de Tula y cerillas de fósforo, ¡y las armas de Tula son una miseria! Puede apuntar a su esposa con un revólver de Tula y dispararse en el omóplato.
Sigaev se sintió repentinamente mortificado y apenado por estar muerto y extrañar la agonía de la traidora. La venganza solo es dulce cuando se pueden ver y saborear sus frutos, ¿y qué sentido tendría si yaciera en su ataúd, sin saber nada al respecto?
“¿No sería mejor que hiciera esto?”, reflexionó. “Lo mataré, luego iré a su funeral a presenciarlo, y después del funeral me suicidaré. Pero me arrestarían antes del funeral y me quitarían la pistola… Así que lo mataré, ella seguirá viva, y yo… por el momento, no me suicidaré, sino que iré a que me arresten. Siempre tendré tiempo para suicidarme. Estar arrestado tendrá la ventaja de que, en la investigación preliminar, tendré la oportunidad de exponer a las autoridades y al público toda la infamia de su conducta. Si me mato, ella puede, con su duplicidad e impudencia características, echarme toda la culpa, y la sociedad justificará su comportamiento y muy probablemente se reirá de mí… Si sigo vivo, entonces…”
Un minuto después estaba pensando:
Sí, si me mato, podrían culparme y hacerme sospechoso de mezquindad... Además, ¿por qué debería suicidarme? Eso es una cosa. Y, por otra, dispararse es una cobardía. Así que lo mataré y la dejaré vivir, y compareceré ante el tribunal. Seré juzgado, y ella comparecerá como testigo... ¡Puedo imaginar su confusión, su vergüenza cuando la interrogue mi abogado! La compasión del tribunal, de la prensa y del público estará conmigo sin duda.
Mientras deliberaba, el comerciante exhibió sus productos y sintió que era su obligación entretener a su cliente.
“Aquí hay unos ingleses, un modelo nuevo, recién llegados”, continuó parloteando. Pero le advierto, M'sieu, que todos estos sistemas palidecen al lado del Smith & Wesson. El otro día —como supongo que habrá leído— un oficial nos compró un Smith & Wesson. Disparó al amante de su esposa y, ¿se lo puede creer?, la bala lo atravesó, atravesó la lámpara de bronce, luego el piano y rebotó en el piano, matando al perro faldero y contusionando a la esposa. ¡Un magnífico récord que redunda en honor de nuestra firma! El oficial está ahora bajo arresto. Sin duda será condenado y enviado a trabajos forzados. En primer lugar, nuestro código penal está completamente anticuado; y, en segundo lugar, M'sieu, las simpatías del tribunal siempre están con el amante. ¿Por qué? Muy sencillo, M'sieu. Los jueces, el jurado, el fiscal y el abogado defensor viven con las esposas de otros hombres, y les consuela saber que habrá un marido menos en Rusia. La sociedad estaría contenta si el Gobierno enviara Todos los maridos a Sahalin. Ay, señor, no sabe cuánto me indigna ver la corrupción de la moral hoy en día. Amar a las esposas de otros es tan común hoy como fumar cigarrillos ajenos y leer libros ajenos. Cada año nuestro negocio empeora; no significa que las esposas sean más fieles, sino que los maridos se resignan a su posición y temen la ley y los trabajos forzados.
El dependiente miró a su alrededor y susurró: «¿Y de quién es la culpa, señor? Del Gobierno».
“Ir a Sahalin por un cerdo así, tampoco tiene sentido”, reflexionó Sigaev. “Si me condenan a trabajos forzados, solo le daré a mi esposa la oportunidad de casarse de nuevo y engañar a un segundo marido. Triunfaría… Así que la dejaré con vida, no me mataré, ni a él … No mataré a ninguno. Debo pensar en algo más sensato y efectivo. Los castigaré con mi desprecio e iniciaré un proceso de divorcio que armará un escándalo”.
—Aquí, señor, hay otra marca —dijo el dependiente, bajando otra docena del estante—. Permítame que le muestre el mecanismo original de la cerradura.
Ante su determinación, a Sigaev ya no le servía un revólver, pero el dependiente, cada vez más entusiasta, insistía en mostrarle sus productos. El marido, indignado, empezó a avergonzarse de que el dependiente se molestara tanto por él en vano, de que sonriera, perdiera el tiempo y mostrara entusiasmo por nada.
—Muy bien, en ese caso —murmuró—, volveré a mirar más tarde... o enviaré a alguien.
No vio la expresión del dependiente, pero para disimular un poco la incomodidad de la situación, se sintió obligado a comprar algo. Pero ¿qué debía comprar? Recorrió la tienda con la mirada buscando algo barato, y sus ojos se posaron en una red verde que colgaba cerca de la puerta.
“Eso es… ¿qué es eso?” preguntó.
“Esa es una red para atrapar codornices”.
“¿Y cuál es el precio?”
“Ocho rublos, señor.”
"Envuélvemelo..."
El marido indignado pagó ocho rublos, cogió la red y, sintiéndose aún más indignado, salió de la tienda.
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EL JOVEN PREMIER
YEVGENY ALEXEYITCH PODZHAROV, el joven primer ministro , un joven elegante y agraciado con una cara ovalada y pequeñas bolsas bajo los ojos, había llegado para la temporada a una de las ciudades del sur de Rusia y trató de inmediato de conocer a algunas de las familias más importantes del lugar. “Sí, señor”, decía a menudo, balanceando elegantemente el pie y exhibiendo sus calcetines rojos, “un artista debe influir en las masas, tanto directa como indirectamente; el primer objetivo se logra con su trabajo en el escenario, el segundo conociendo a los habitantes locales. Por mi honor, palabra de honor , no entiendo por qué los actores evitamos relacionarnos con las familias locales. ¿Por qué? Por no hablar de cenas, fiestas de cumpleaños, festines, veladas , por no hablar de estos entretenimientos, ¡piense en la influencia moral que podemos tener en la sociedad! ¿No es agradable sentir que se le ha caído una chispa en la cabeza a alguien? ¡Los tipos que uno conoce! ¡Las mujeres! ¡ Dios mío , qué mujeres! ¡Te dejan atónito! Uno entra en la enorme casa de un comerciante, en los retiros sagrados, y elige un pequeño melocotón fresco y rosado: ¡es el cielo, palabra de honor !
En la ciudad del sur, entre otras familias respetables, conoció a la de un fabricante llamado Zybaev. Cada vez que recuerda a ese conocido, frunce el ceño con desprecio, entorna los ojos y juguetea nerviosamente con la cadena de su reloj.
Un día —en una fiesta de cumpleaños en casa de Zybaev—, el actor estaba sentado en el salón de sus nuevos amigos, charlando como siempre. A su alrededor, los personajes, sentados en sillones y en el sofá, escuchaban afablemente; de la habitación contigua llegaban risas femeninas y el sonido del té de la tarde... Cruzando las piernas, después de cada frase, bebiendo té con ron a sorbos, y procurando adoptar una expresión de aburrimiento despreocupado, hablaba de sus triunfos teatrales.
“Soy actor de provincias, principalmente”, dijo, sonriendo condescendientemente, “pero también he actuado en San Petersburgo y Moscú… Por cierto, les contaré un incidente que ilustra bastante bien el estado de ánimo actual. En mi acto benéfico en Moscú, los jóvenes me trajeron tal cantidad de coronas de laurel que, ¡juro por todo lo que considero sagrado, no sabía dónde ponerlas! ¡ Palabra de honor! Más tarde, cuando escaseaban los fondos, llevé las coronas de laurel a la tienda y… ¿adivinen cuánto pesaban? Ochenta libras en total. ¡Ja, ja! No se imaginan lo útil que fue el dinero. Los artistas, la verdad, a menudo andan escasos de dinero. Hoy tengo cientos, miles, mañana nada… Hoy no tengo ni un mendrugo de pan, mañana tengo ostras y anchoas, ¡maldita sea!”.
Los lugareños bebieron sus copas con decoro y escucharon. El complacido anfitrión, sin saber cómo agasajar a su culto e interesante visitante, le presentó a un pariente lejano recién llegado, un tal Pavel Ignatyevitch Klimov, un corpulento caballero de unos cuarenta años, vestido con levita larga y pantalones muy anchos.
«Deberían conocerse», dijo Zybaev al presentar a Klimov; «le encanta el teatro y en su época actuó él mismo. Tiene una finca en la provincia de Tula».
Podzharov y Klimov entablaron conversación. Para gran satisfacción de ambos, resultó que el terrateniente de Tula vivía en el mismo pueblo donde el joven primer ministro había actuado durante dos temporadas consecutivas. A continuación, se hicieron preguntas sobre el pueblo, sobre conocidos en común y sobre el teatro...
"¿Sabes? Me encanta ese pueblo", dijo el joven primer ministro, mostrando sus calcetines rojos. "¡Qué calles, qué parque tan encantador y qué sociedad! ¡Qué sociedad tan encantadora!"
“Sí, encantadora sociedad”, asintió el terrateniente.
Un pueblo comercial, pero sumamente culto... Por ejemplo, el director del instituto, el fiscal... los oficiales... El capitán de policía tampoco estaba mal, un hombre, como dicen los franceses, encantado, y las mujeres... ¡Dios mío, qué mujeres!
“Sí, las mujeres... ciertamente... ”
Quizás soy parcial; lo cierto es que en tu ciudad, no sé por qué, ¡tuve una suerte endiablada con el sexo justo! Podría escribir una docena de novelas. Por ejemplo, este episodio... Me alojaba en la calle Yegoryevsky, en la misma casa donde está el Tesoro...
“¿La casa roja sin estuco?”
—Sí, sí... sin estuco... Cerca de allí, si no recuerdo mal, vivía una belleza local, Varenka...
—¿No será Varvara Nikolayevna? —preguntó Klimov, y sonrió de satisfacción—. Es una belleza... la chica más guapa del pueblo.
¡La chica más guapa del pueblo! Un perfil clásico, grandes ojos negros... ¡y el pelo hasta la cintura! Me vio en 'Hamlet' y me escribió una carta al estilo de 'Tatyana' de Pushkin... Le respondí, como pueden imaginar...
Podzharov miró a su alrededor y, tras comprobar que no había ninguna dama en la habitación, puso los ojos en blanco, sonrió con tristeza y exhaló un suspiro.
«Llegué a casa una noche después de una función», susurró, «y allí estaba ella, sentada en mi sofá. Siguieron lágrimas, manifestaciones de amor, besos... ¡Oh, fue una noche maravillosa, una noche divina! Nuestro romance duró dos meses, pero esa noche nunca se repitió. ¡Fue una noche de palabra de honor!»
—Disculpe, ¿qué es eso? —murmuró Klimov, sonrojándose y mirando al actor con los ojos abiertos—. Conozco bien a Varvara Nikolayevna: es mi sobrina.
Podzharov se sintió avergonzado y también abrió mucho los ojos.
—¿Qué te parece? —continuó Klimov, alzando las manos—. Conozco a la chica, y... y... me sorprende...
"Siento mucho que esto haya salido a colación", murmuró el actor, levantándose y frotándose algo del ojo izquierdo con el meñique. "Aunque, claro... claro, tú, como su tío..."
Los demás invitados, que hasta entonces habían escuchado al actor con agrado y lo habían recompensado con sonrisas, se sintieron avergonzados y bajaron la mirada.
—Por favor, tenga la amabilidad de... retractarse... —dijo Klimov, muy avergonzado—. ¡Se lo ruego!
“Si... eh... eh... te ofende, sin duda”, respondió el actor con un movimiento indefinido de la mano.
“Y confiesa que has dicho una mentira.”
—Yo, no... eh... eh... No era mentira, pero lamento mucho haberme excedido... Y, de hecho... ¡no entiendo tu tono!
Klimov caminaba de un lado a otro de la sala en silencio, como con incertidumbre y vacilación. Su rostro carnoso se enrojecía cada vez más, y las venas de su cuello se hinchaban. Tras caminar de un lado a otro durante unos dos minutos, se acercó al actor y le dijo con voz llorosa:
—¡No, ten la amabilidad de confesar que mentiste sobre Varenka! ¡Ten la bondad de hacerlo!
"Es raro", dijo el actor con una sonrisa forzada, encogiéndose de hombros y balanceando la pierna. "¡Esto es absolutamente insultante!"
“¿Entonces no lo confesarás?”
“¡No lo entiendo!”
¿No lo hará? En ese caso, discúlpeme... Tendré que recurrir a medidas desagradables. O bien, señor, lo insulto de inmediato, o bien... si es usted un hombre honorable, aceptará amablemente mi desafío a duelo... ¡Lucharemos!
—¡Claro que sí! —exclamó el joven primer ministro con un gesto despectivo—. Claro que sí.
Sumamente perturbados, los invitados y el anfitrión, sin saber qué hacer, llevaron a Klimov aparte y le rogaron que no armara un escándalo. Rostros femeninos asombrados aparecieron en la puerta... El joven primer ministro se dio la vuelta, pronunció unas palabras y, con aire de no poder permanecer en una casa donde lo insultaban, tomó su gorra y se marchó sin despedirse.
De camino a casa, el joven primer ministro sonrió con desprecio y se encogió de hombros, pero cuando llegó a su habitación de hotel y se estiró en el sofá, se sintió extremadamente incómodo.
¡Que se lo lleve el diablo!, pensó. Un duelo no importa, no me matará, pero el problema es que los demás se enterarán, y saben perfectamente que era una farsa. ¡Es abominable! Seré deshonrado por toda Rusia...
Podzharov pensó un poco, fumó y para calmarse salió a la calle.
“Debería hablar con ese matón, meterle en la cabeza que es un imbécil y un tonto, y que no le tengo el más mínimo miedo…”
El joven primer ministro se detuvo frente a la casa de Zybaev y miró las ventanas. Las luces aún ardían tras las cortinas de muselina y se veían figuras moviéndose.
“¡Lo esperaré!” decidió el actor.
Estaba oscuro y hacía frío. Una odiosa lluvia otoñal caía como si pasara por un colador. Podzharov apoyó el codo en una farola y se abandonó a una sensación de inquietud.
Estaba empapado y exhausto.
A las dos de la madrugada, los invitados empezaron a salir de la casa de Zybaev. El terrateniente de Tula fue el último en aparecer. Exhaló un suspiro que se oyó en toda la calle y raspó el pavimento con sus pesadas botas.
—¡Disculpe! —dijo el joven primer ministro, al adelantarlo—. Un minuto.
Klimov se detuvo. El actor sonrió, dudó y comenzó, tartamudeando: «Yo... confieso... mentí».
—No, señor, por favor, confeselo públicamente —dijo Klimov, y se puso rojo de nuevo—. No puedo dejarlo así...
—¡Pero ya ves, me estoy disculpando! Te lo ruego... ¿no lo entiendes? Te lo ruego porque admitirás que un duelo da que hablar, y yo estoy en posición... Mis compañeros actores... quién sabe qué pensarán...
El joven primer ministro intentó aparentar despreocupación, sonreír, mantenerse erguido, pero su cuerpo no le obedecía; le temblaba la voz, parpadeaba con aire de culpabilidad y agachaba la cabeza. Durante un buen rato siguió murmurando algo. Klimov lo escuchó, reflexionó un momento y exhaló un suspiro.
—Bueno, que así sea —dijo—. Que Dios te perdone. Pero no mientas en el futuro, joven. Nada degrada tanto a un hombre como mentir... ¡Sí, claro! Eres joven, has tenido una buena educación...
El terrateniente de Tula, con aire benévolo y paternal, le dio una charla, mientras el joven primer ministro escuchaba y sonreía dócilmente... Al terminar, sonrió con suficiencia, hizo una reverencia y, con paso culpable y aire abatido, se dirigió a su hotel.
Al acostarse media hora después, sintió que estaba fuera de peligro y que ya estaba de excelente humor. Sereno y satisfecho de que el malentendido hubiera terminado tan satisfactoriamente, se envolvió en las sábanas, se durmió pronto y durmió profundamente hasta las diez de la mañana siguiente.
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UNA CRIATURA INDEFENSA
IA pesar de un violento ataque de gota durante la noche y del agotamiento nervioso que le dejó, Kistunov acudió por la mañana a su oficina y comenzó a atender puntualmente a los clientes del banco y a las personas que habían acudido con peticiones. Parecía lánguido y exhausto, y hablaba con una voz débil, apenas un susurro, como si se estuviera muriendo.
“¿Qué puedo hacer por usted?”, le preguntó a una dama con un manto antediluviano, cuya vista de espaldas sugería extremadamente la de un enorme escarabajo pelotero.
“Verá, Excelencia”, comenzó la peticionaria en cuestión, hablando rápidamente, “mi esposo Shtchukin, asesor colegiado, estuvo enfermo cinco meses, y mientras, si me disculpa, estuvo en casa, fue despedido sin motivo alguno, Excelencia; y cuando fui a cobrarle su salario, le descontaron, con su permiso, Excelencia, veinticuatro rublos y treinta y seis kopeks. “¿Para qué?”, pregunté. “Tomó prestado del fondo del club”, me dijeron, “y los demás empleados lo habían avalado”. ¿Cómo fue eso? ¿Cómo pudo haberlo tomado prestado sin mi consentimiento? Es imposible, Excelencia. ¿Cuál es el motivo? Soy una mujer pobre, me gano la vida alojando huéspedes. Soy una mujer débil e indefensa… Tengo que soportar los malos tratos de todos y nunca escuchar una palabra amable…”
La peticionaria parpadeaba y rebuscó en su manto para coger su pañuelo. Kistunov le quitó la petición y empezó a leerla.
—Disculpe, ¿qué es esto? —preguntó, encogiéndose de hombros—. No entiendo nada. Evidentemente, se ha equivocado de lugar, señora. Su petición no tiene nada que ver con nosotros. Tendrá que dirigirse al departamento donde trabajaba su marido.
—Mi querido señor, ya he estado en cinco sitios, y ni siquiera aceptaron la petición —dijo la señora Shchukin—. Estaba completamente perdida, pero, gracias a Dios —que Dios lo bendiga—, mi yerno, Boris Matveyitch, me aconsejó que fuera a verle. «Vaya usted con el señor Kistunov, mamá: es un hombre influyente, puede hacer cualquier cosa por usted...». ¡Ayúdeme, Excelencia!
No podemos hacer nada por usted, señora Shtchukin. Debe comprender: su esposo sirvió en el Departamento Médico del Ejército, y nuestro establecimiento es una empresa comercial puramente privada, un banco. ¡Seguro que debe comprenderlo!
Kistunov volvió a encogerse de hombros y se volvió hacia un caballero con uniforme militar y la cara hinchada.
—Su Excelencia —dijo Madame Shtchukin con voz lastimera—, ¡tengo el certificado médico de que mi esposo estuvo enfermo! Aquí está, si tiene la amabilidad de mirarlo.
—Muy bien, le creo —dijo Kistunov con irritación—, pero le repito que no tiene nada que ver con nosotros. ¡Es extraño y totalmente absurdo! ¿Su marido debe saber dónde está para presentar su solicitud?
—No sabe nada, Excelencia. Insiste: «¡No es asunto suyo! ¡Lárguese!». Es todo lo que puedo sacarle... ¿A quién le importa entonces? ¡Tengo que quedármelos a todos!
Kistunov se volvió de nuevo hacia la señora Shtchukin y comenzó a explicarle la diferencia entre el Departamento Médico del Ejército y un banco privado. Ella escuchó atentamente, asintió con la cabeza y dijo:
—Sí... sí... sí... sí... Entiendo, señor. En ese caso, Excelencia, ¡dígales que me paguen al menos quince rublos! ¡Acepto participar a cuenta!
—¡Uf! —suspiró Kistunov, echando la cabeza hacia atrás—. No hay manera de hacerle entrar en razón. Entienda que dirigirse a nosotros con semejante petición es tan extraño como enviar una solicitud de divorcio, por ejemplo, a una farmacia o a la Junta de Ensayos. No le han pagado lo que le corresponde, pero ¿qué nos importa?
“Su Excelencia, hágame recordarlo en mis oraciones por el resto de mis días, tenga piedad de una mujer sola y desamparada”, se lamentó Madame Shtchukin; “Soy una mujer débil e indefensa… Estoy muerta de preocupación, tengo que pagar a los inquilinos, ocuparme de los asuntos de mi esposo y estar pendiente de la casa, y voy a la iglesia todos los días esta semana, y mi yerno está sin trabajo… Mejor no como ni bebo… Apenas puedo mantenerme en pie… No he dormido en toda la noche…”
Kistunov sentía las palpitaciones de su corazón. Con rostro angustiado, apretándose el corazón con la mano, volvió a explicarle a la señora Shchukin, pero le falló la voz.
—No, disculpe, no puedo hablar con usted —dijo con un gesto de la mano—. Me da vueltas la cabeza. Nos está estorbando y haciéndole perder el tiempo. ¡Uf! —dijo, dirigiéndose a uno de sus empleados—, por favor, ¿podría explicárselo a la señora Shchukin?
Kistunov, pasando junto a todos los peticionarios, se dirigió a su despacho privado y firmó una docena de documentos mientras Alexey Nikolaich seguía comprometido con Madame Shtchukin. Sentado en su despacho, Kistunov oyó dos voces: la voz grave, monótona y contenida de Alexey Nikolaich y la voz aguda y lastimera de Madame Shtchukin.
“Soy una mujer débil e indefensa, una mujer con una salud delicada”, dijo Madame Shtchukin. “Parezco fuerte, pero si me revisaran, no me queda ni una fibra sana. Apenas puedo mantenerme en pie y he perdido el apetito… Bebí mi café esta mañana sin el más mínimo gusto…”
Alexey Nikolaitch le explicó la diferencia entre los departamentos y el complejo sistema de envío de documentos. Pronto se sintió exhausto, y el contable lo sustituyó.
—¡Qué mujer tan desagradable! —dijo Kistunov, indignado, crujiendo nerviosamente los dedos y yendo continuamente a la jarra de agua—. ¡Es una completa idiota! ¡Me ha dejado exhausto y los dejará exhaustos, la muy desagradable! ¡Uf!... ¡Me late el corazón!
Media hora después sonó el timbre. Apareció Alexéi Nikolaich.
“¿Cómo van las cosas?”, preguntó Kistunov con tristeza.
—¡No podemos obligarla a ver nada, Piotr Aleksandritch! Estamos acabados. Hablamos de una cosa y ella de otra.
“Yo... no soporto el sonido de su voz... estoy enferma... no lo soporto.”
—Que llame al portero, Piotr Alexandritch, que la saque.
—No, no —gritó Kistunov alarmado—. Va a armar un escándalo, y hay un montón de pisos en este edificio, y quién sabe qué pensarían de nosotros... Intenta explicárselo, querido amigo...
Un minuto después, la profunda voz monótona de Alexey Nikolaich volvió a oírse. Transcurrió un cuarto de hora, y en lugar de su bajo, se oía el murmullo del potente tenor del contable.
«¡Qué mujer tan desagradable!», pensó Kistunov indignado, encogiéndose de hombros con nerviosismo. «No tiene más cerebro que una oveja. Creo que es otra punzada de gota... Me está volviendo la migraña...».
En la habitación de al lado, Alexey Nikolaich, al final de sus recursos, por fin golpeó con el dedo la mesa y luego su propia frente.
“El hecho es que no tienes cabeza sobre los hombros”, dijo, “pero esto…”
—Vamos, vamos —dijo la anciana, ofendida—. Háblale así a tu propia esposa... ¡Maldito!... No te pases con las manos.
Y mirándola con furia, con exasperación, como si fuera a devorarla, Alexey Nikolaitch dijo con voz queda y ahogada:
"Limpiar."
—¿Qué? —chilló Madame Shtchukin—. ¿Cómo te atreves? Soy una mujer débil e indefensa; no lo soportaré. Mi marido es asesor colegiado. ¡Maldita sea!... ¡Iré a ver a Dmitri Karlitch, el abogado, y no quedará nada de ti! ¡He tenido la ley de los tres inquilinos, y te haré caer a mis pies por tus palabras descaradas! ¡Iré a ver a tu general! ¡Su Excelencia, su Excelencia!
—Vete, peste —susurró Alexey Nikolaitch.
Kistunov abrió la puerta y miró hacia la oficina.
“¿Qué pasa?” preguntó con voz llorosa.
Madame Shtchukin, roja como un cangrejo, estaba de pie en medio de la sala, poniendo los ojos en blanco y palpando el aire con los dedos. Los empleados del banco también estaban de pie, con la cara roja, y, visiblemente agobiados, se miraban distraídamente.
—Su Excelencia —gritó Madame Shtchukin, abalanzándose sobre Kistunov—. ¡Aquí, este hombre, este hombre...! —Señaló a Alexey Nikolaich—. Se dio un golpecito en la frente y luego en la mesa... ¡Le dijo que se ocupara de mi caso, y se está burlando de mí! Soy una mujer débil e indefensa... ¡Mi esposo es asesor colegiado, y yo soy hija de un mayor!
—Muy bien, señora —gimió Kistunov—. Voy a investigar... Tomaré medidas... ¡Váyase... luego!
—¿Y cuándo recibiré el dinero, Excelencia? ¡Lo necesito hoy mismo!
Kistunov se pasó la mano temblorosa por la frente, exhaló un suspiro y comenzó a explicar de nuevo.
Señora, ya le dije que esto es un banco, un establecimiento comercial privado... ¿Qué quiere de nosotros? Y comprenda que nos está estorbando.
La señora Shtchukin lo escuchó y suspiró.
—Claro, claro —asintió—. Solo, Excelencia, hágame el favor de rezar por usted el resto de mi vida, ¡sea un padre, protéjame! Si un certificado médico no basta, puedo presentar una declaración jurada de la policía... Dígales que me den el dinero.
Todo empezó a dar vueltas ante los ojos de Kistunov. Exhaló todo el aire de sus pulmones con un suspiro prolongado y se desplomó indefenso en una silla.
¿Cuánto quieres?, preguntó con voz débil.
“Veinticuatro rublos y treinta y seis kopeks.”
Kistunov sacó su cartera del bolsillo, extrajo un billete de veinticinco rublos y se lo dio a la señora Shtchukin.
“¡Cógetelo y... y vete!”
La señora Shtchukin envolvió el dinero en su pañuelo, lo guardó y, frunciendo el rostro en una sonrisa dulce, afectada, incluso coqueta, preguntó:
—Excelencia, ¿sería posible que mi marido volviera a conseguir un puesto?
—Me voy... Estoy enfermo... —dijo Kistunov con voz cansada—. Tengo unas palpitaciones terribles.
Después de llegar a casa, Alexey Nikolaich envió a Nikita a buscar unas gotas de laurel y, después de tomar veinte gotas cada uno, todos los empleados se pusieron a trabajar, mientras la señora Shtchukin permaneció otras dos horas en el vestíbulo, hablando con el portero y esperando el regreso de Kistunov. . . .
Ella vino de nuevo al día siguiente.
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UNA NATURALEZA ENIGMÁTICA
OhEn el asiento de terciopelo rojo de un vagón de primera clase, una bella dama se sienta medio reclinada. Un costoso abanico de plumas tiembla entre sus dedos apretados, unas gafas se le caen constantemente de su linda naricita, el broche se agita y cae sobre su pecho, como un barco en el océano. Está muy agitada.
En el asiento de enfrente se sienta el Secretario Provincial de Comisiones Especiales, un joven escritor en ciernes que de vez en cuando publica largos relatos de la alta sociedad, o "Novelli", como él los llama, en el periódico más importante de la provincia. La observa fijamente, con ojos de experto. Observa, estudia, captando cada matiz de esta naturaleza excepcional y enigmática. La comprende, la penetra. Su alma, toda su psicología, se abre ante él.
—¡Oh, te entiendo, te entiendo hasta lo más profundo! —dice el Secretario de Comisiones Especiales, besándole la mano cerca del brazalete—. Tu alma sensible y receptiva busca escapar del laberinto de... Sí, la lucha es terrible, titánica. Pero no te desanimes, ¡saldrás victoriosa! ¡Sí!
—¡Escribe sobre mí, Voldemar! —dice la bella dama con una sonrisa triste—. Mi vida ha sido tan plena, tan variada, tan accidentada. Sobre todo, soy infeliz. Soy un alma sufriente en alguna página de Dostoievski. Revela mi alma al mundo, Voldemar. Revela esa alma desventurada. Eres psicólogo. No llevamos ni una hora juntos en el tren, y ya has sondeado mi corazón.
¡Dime! ¡Te lo suplico, dímelo!
Escuche. Mi padre era un empleado pobre del Servicio. Tenía buen corazón y no carecía de inteligencia; pero el espíritu de la época, de su entorno, ¿comprende?, no culpo a mi pobre padre. Bebía, jugaba, aceptaba sobornos. Mi madre... ¿para qué decir más? La pobreza, la lucha por el pan de cada día, la conciencia de la insignificancia... ¡ah, no me obligue a recordarlo! Tuve que abrirme camino. Ya conoce la monstruosa educación en un internado, la lectura insensata de novelas, los errores de la primera juventud, el primer tímido aleteo amoroso. ¡Fue horrible! ¡La vacilación! ¡Y la agonía de perder la fe en la vida, en una misma! Ah, usted es escritora. Nos conoce a las mujeres. Lo entenderá. Por desgracia, tengo un carácter intenso. Buscaba la felicidad, ¡y qué felicidad! Anhelaba liberar mi alma. Sí. ¡En eso vi mi felicidad!
—¡Criatura exquisita! —murmuró el autor, besándole la mano cerca del brazalete—. No es a ti a quien beso, sino al sufrimiento de la humanidad. ¿Recuerdas a Raskolnikov y su beso?
¡Oh, Voldemar! Anhelaba gloria, renombre, éxito, como todos —¿para qué fingir modestia?—, todos los seres por encima de lo común. ¡Anhelaba algo extraordinario, por encima de la suerte común de una mujer! Y entonces —y entonces— se cruzó en mi camino un viejo general, muy adinerado. ¡Entiéndeme, Voldemar! ¡Fue abnegación, renuncia! ¡Tienes que verlo! No podía hacer otra cosa. Restauré la fortuna familiar, pude viajar, hacer el bien. Sin embargo, ¡cuánto sufrí, cuán repugnantes, cuán aborrecibles me resultaron sus abrazos! Aunque, para ser justos, él había luchado con nobleza en su época. Hubo momentos —momentos terribles—, pero me mantenía en pie la idea de que, día tras día, el viejo podría morir, que entonces comenzaría a vivir como quisiera, a entregarme al hombre que adoro, a ser feliz. ¡Sí que existe tal hombre, Voldemar, sí que lo existe!
La bella dama agita su abanico con más vehemencia. Su rostro adquiere una expresión lacrimógena. Continúa:
Pero al fin murió el viejo. Me dejó algo. Era libre como un pájaro. Ahora es el momento de ser feliz, ¿verdad, Voldemar? La felicidad llama a mi ventana; solo tenía que dejarla entrar, pero... ¡Voldemar, escucha, te lo imploro! Ahora es el momento de entregarme al hombre que amo, de convertirme en su compañera de vida, de ayudarlo, de defender sus ideales, de ser feliz, de encontrar descanso, pero... ¡qué innoble, repulsiva y sin sentido es toda nuestra vida! ¡Qué miserable es todo, Voldemar! ¡Soy desdichada, desdichada, desdichada! ¡De nuevo hay un obstáculo en mi camino! ¡De nuevo siento que mi felicidad está muy, muy lejos! ¡Ah, qué angustia! ¡Si supieras qué angustia!
—¿Pero qué... qué se interpone en tu camino? ¡Te lo imploro! ¿Qué es?
“Otro viejo general, muy adinerado——”
El ventilador roto oculta la carita bonita. El autor apoya su frente, sumida en la reflexión, en el puño y reflexiona con aires de maestro en psicología. El motor silba y sisea mientras las cortinas se tiñen de rojo con el resplandor del sol poniente.
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UN HOMBRE FELIZ
TEl tren de pasajeros acaba de partir de Bologoye, el cruce de la línea Petersburgo-Moscú. En un compartimento para fumadores de segunda clase, cinco pasajeros dormitan, envueltos en la penumbra del vagón. Acaban de comer y ahora, cómodamente acomodados en sus asientos, intentan conciliar el sueño. Silencio.
La puerta se abre y entra una figura alta y desgarbada, erguida como un palo, con un sombrero color jengibre y un abrigo elegante, que recuerda maravillosamente a un periodista de Julio Verne o del escenario cómico.
La figura permanece inmóvil en medio del compartimento durante un largo rato, respirando con dificultad, entrecerrando los ojos y mirando fijamente los asientos.
—¡No, otra vez equivocado! —murmura—. ¡Qué demonios! ¡Es repugnante! ¡No, otra vez equivocado!
Uno de los pasajeros mira fijamente la figura y lanza un grito de alegría:
¡Iván Alexyevitch! ¿Qué te trae por aquí? ¿Eres tú?
El caballero con cara de póquer se sobresalta, mira fijamente al pasajero y al reconocerlo aplaude con alegría.
—¡Ja! —dice—. ¡Cuántos veranos, cuántos inviernos! No sabía que ibas en este tren.
¿Cómo te va?
—Estoy bien; lo único, querido amigo, es que perdí mi compartimento y no lo encuentro. ¡Qué idiota soy! ¡Deberían azotarme!
El caballero con aspecto de póquer se balancea un poco inestablemente y se ríe disimuladamente.
“¡Pasan cosas raras!”, continúa. “Salí justo después de la segunda campanada a por una copa de brandy. La tomé, por supuesto. Bueno, pensé, ya que la siguiente estación está lejos, no estaría mal tomar otra copa. Mientras lo pensaba y bebía, sonó la tercera campanada… Corrí como un loco y me subí al primer vagón. ¡Soy un idiota! ¡Soy un hijo de gallina!”
—Pero pareces de muy buen humor —observa Piotr Petróvich—. ¡Ven a sentarte! Hay sitio y eres bienvenido.
—No, no... Voy a buscar mi carruaje. ¡Adiós!
¡Te caerás entre los vagones en la oscuridad si no tienes cuidado! Siéntate, y cuando lleguemos a una estación encontrarás tu propio compartimento. ¡Siéntate!
Iván Alexyevitch suspira y, indeciso, se sienta frente a Piotr Petróvich. Está visiblemente emocionado y se revuelve como si estuviera sentado sobre espinas.
“¿Adónde viajas?”, pregunta Pyotr Petrovich.
¿Yo? Al espacio. Tengo tal confusión mental que no podría decir adónde voy. Voy adonde me lleve el destino. ¡Ja, ja! Querido amigo, ¿alguna vez has visto a un tonto feliz? ¿No? Pues entonces, míralo. ¡Contemplas al más feliz de los mortales! ¡Sí! ¿No ves algo en mi cara?
—Bueno, se puede ver que eres un poco... un poquito más o menos.
Me atrevería a decir que ahora mismo parezco un estúpido. ¡Ay! Qué lástima no tener un espejo, me gustaría mirar mi oficina. Querido amigo, siento que me estoy volviendo idiota, ¡qué honor! ¡Ja, ja! ¿Te lo puedes creer? Estoy de luna de miel. ¿Acaso no soy un hijo de gallina?
¿Tú? ¿Quieres decir que estás casado?
—Hoy, mi querido muchacho. Nos fuimos justo después de la boda.
Felicitaciones y las preguntas de siempre. "¡Vaya, qué buen tipo eres!", ríe Piotr Petróvich. "Por eso vas tan elegante".
Sí, claro... Para completar la ilusión, incluso me he rociado con perfume. ¡Estoy hasta las orejas de vanidad! Sin preocupaciones, sin pensamientos, nada más que una sensación de algo... quién sabe cómo llamarlo... ¿beatitud o algo así? ¡Nunca me he sentido tan grandioso en mi vida!
Iván Alexyevitch cierra los ojos y mueve la cabeza.
“Soy repugnantemente feliz”, dice. “Piénsalo; en un minuto iré a mi compartimento. Allí, en el asiento cerca de la ventana, está sentado un ser que, por así decirlo, te está dedicado con todo su ser. Una pequeña rubia con una naricita… deditos… ¡Mi pequeña querida! ¡Mi ángel! ¡Mi pequeña muñeca! ¡Filoxera de mi alma! ¡Y su pequeño pie! ¡Dios mío! Un pequeño pie no como nuestros aplastaescarabajos, sino algo diminuto, como de cuento de hadas, alegórico. ¡Podría cogerlo y comérmelo, ese pequeño pie! ¡Oh, pero no lo entiendes! Eres materialista, por supuesto, empiezas a analizar enseguida, y una cosa y otra. ¡Sois unos solteros sin corazón, eso es lo que sois! Cuando os caséis pensaréis en mí. "¿Dónde está Ivan Alexyevitch ahora?" Dirás. Sí; así que en un minuto voy a mi compartimento. Allí me espera con impaciencia... con alegría esperando mi llegada. Me saludará con una sonrisa. Me siento a su lado y le tomo la barbilla con dos dedos.
Iván Alexyevitch mueve la cabeza y se marcha riendo encantado.
Entonces puse mi cabeza sobre su hombro y la rodeé con el brazo. Todo era silencio, ¿sabes?... un crepúsculo poético. Podría abrazar al mundo entero en un momento así. ¡Piotr Petróvich, permíteme abrazarte!
"Encantado, estoy seguro." Los dos amigos se abrazan mientras los pasajeros ríen a coro. Y el feliz novio continúa:
Y para colmo de idiotez, o, como dicen los novelistas, para colmo de ilusión, uno va al bar y se toma dos o tres copas. Y entonces algo ocurre en tu cabeza y en tu corazón, más sutil que lo que se puede leer en un cuento de hadas. Soy un hombre sin importancia, pero me siento ilimitado: ¡abarco al mundo entero!
Los pasajeros, al contemplar al novio, alegre y achispado, se contagian de su alegría y ya no tienen sueño. En lugar de un solo oyente, Iván Alexyevitch tiene ahora cinco oyentes. Se retuerce, farfulla, gesticula y parlotea sin parar. Ríe y todos ríen.
¡Caballeros, caballeros, no piensen tanto! ¡Al diablo con todo este análisis! Si quieren beber, beban, no hay necesidad de filosofar sobre si es malo o no... ¡Al diablo con toda esta filosofía y psicología!
El guardia camina a través del compartimento.
—Querido amigo —le dice el novio—, cuando pases por el coche número 209, busca a una dama con un sombrero gris y un pájaro blanco, ¡y dile que estoy aquí!
—Sí, señor. Solo que no hay un número 209 en este tren; ¡hay un 219!
—¡Bueno, 219! Da igual. ¡Dile a esa señora que su marido está bien!
De repente, Iván Alexyevitch se agarra la cabeza y gime:
—Esposo... Señora... ¡Todo en un minuto! Esposo... ¡Ja, ja! Soy un cachorrito que necesita una buena tunda, ¡y aquí estoy, esposo! ¡Ay, idiota! ¡Pero piensa en ella!... Ayer era una niñita, una enana... ¡Es simplemente increíble!
“Hoy en día resulta realmente extraño ver a un hombre feliz”, observa uno de los pasajeros; “uno espera ver un elefante blanco”.
—Sí, ¿y de quién es la culpa? —dice Iván Alexyevitch, estirando sus largas piernas y estirando los pies con sus puntas muy puntiagudas—. ¡Si no eres feliz, es culpa tuya! Sí, ¿qué otra cosa crees que es? El hombre es el creador de su propia felicidad. Si quieres ser feliz, lo serás, ¡pero no quieres serlo! Te obstinas en rechazar la felicidad.
—¡Pero qué sigue! ¿Cómo lo entiendes?
Muy sencillo. La naturaleza ha ordenado que, en cierta etapa de su vida, el hombre debe amar. Cuando llega ese momento, debes amar con todas tus fuerzas, pero no atiendes a los dictados de la naturaleza; sigues esperando algo. Es más, la ley establece que el hombre normal debe contraer matrimonio. No hay felicidad sin matrimonio. Cuando llegue el momento propicio, cásate. No sirve de nada andarse con rodeos... ¡Pero uno no se casa, sigue esperando algo! Las Escrituras nos dicen que «el vino alegra el corazón del hombre»... Si te sientes feliz y quieres sentirte aún mejor, ve al bar y tómate una copa. ¡Lo importante no es ser demasiado listo, sino seguir el camino trillado! ¡Seguir el camino trillado es algo grandioso!
Dices que el hombre es creador de su propia felicidad. ¿Cómo demonios es creador de ella cuando un dolor de muelas o una suegra malhumorada bastan para esparcir su felicidad por los aires? Todo depende del azar. Si tuviéramos un accidente en este momento, cantarías otra canción.
—¡Tonterías! —replica el novio—. Los accidentes de tren solo ocurren una vez al año. No me da miedo un accidente, porque no hay motivo para que ocurra. ¡Los accidentes son excepcionales! ¡Malditas sean! ¡No quiero hablar de ellos! Ah, creo que paramos en una estación.
—¿Adónde vas ahora? —pregunta Piotr Petróvich—. ¿A Moscú o a algún lugar más al sur?
¡Dios mío! ¿Cómo podría ir más al sur si voy camino del norte?
“Pero Moscú no está en el norte”.
—Lo sé, pero vamos camino a San Petersburgo —dice Iván Alexyevitch.
“¡Nos vamos a Moscú, piedad de nosotros!”
"¿A Moscú? ¿Qué quieres decir?", pregunta el novio asombrado.
—Es curioso... ¿Para qué estación cogiste el billete?
"Para Petersburgo."
En ese caso, te felicito. Te has equivocado de tren.
Sigue un minuto de silencio. El novio se levanta y mira a los presentes con la mirada perdida.
—Sí, sí —explica Piotr Petróvich—. Debiste haberte subido al tren equivocado en Bologoye... Después de tu coñac, conseguiste subir al tren de abajo.
Iván Alexyevitch palidece, se lleva las manos a la cabeza y empieza a caminar rápidamente de un lado a otro del coche.
—¡Ay, qué idiota soy! —dice indignado—. ¡Sinvergüenza! ¡Que me devore el diablo! ¿Qué hago ahora? ¡Mi esposa está en ese tren! Está sola, esperándome, consumida por la ansiedad. ¡Ay, qué idiota soy!
El novio cae sobre el asiento y se retuerce como si alguien le hubiera pisado los callos.
"¡Soy un hombre infeliz!", se lamenta. "¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?"
—¡Tranquilo, tranquilo! —intentan consolarlo los pasajeros—. No pasa nada... Debes telegrafiar a tu esposa e intentar cambiar al expreso de Petersburgo. Así la alcanzarás.
—¡El expreso de Petersburgo! —llora el novio, creador de su propia felicidad—. ¿Y cómo voy a conseguir un billete para el expreso de Petersburgo? Mi mujer tiene todo el dinero.
Los pasajeros, riendo y susurrando entre sí, hacen una colecta y proporcionan fondos al hombre feliz.
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UN VISITANTE PROBLEMÁTICO
IEn la pequeña cabaña, baja y torcida, de Artyom, el guardabosques, dos hombres estaban sentados bajo el gran icono oscuro: Artyom, un campesino bajo y delgado, con el rostro arrugado y envejecido, y una pequeña barba que le crecía en el cuello, y un joven corpulento con una camisa carmesí nueva y grandes botas de vadeo, que había salido de caza y había vuelto a pasar la noche. Estaban sentados en un banco, junto a una mesita de tres patas, sobre la que ardía perezosamente una vela de sebo metida en una botella.
Afuera de la ventana, la oscuridad de la noche estaba llena del estruendo que la naturaleza suele desencadenar antes de una tormenta. El viento aullaba furioso y los árboles arqueados gemían lastimeramente. Un cristal de la ventana estaba cubierto con papel, y se oía el repiqueteo de las hojas arrancadas por el viento.
—Te diré una cosa, buen cristiano —dijo Artyom en un susurro ronco de tenor, mirando al cazador con ojos asustados y sin pestañear—. No le tengo miedo a los lobos ni a los osos, ni a ninguna bestia salvaje, pero sí al hombre. Puedes protegerte de las bestias con un rifle o cualquier otra arma, pero no tienes forma de protegerte de un hombre malvado.
“Claro que puedes disparar a una bestia, pero si disparas a un ladrón tendrás que responder por ello: irás a Siberia”.
He sido guardabosques, muchacho, durante treinta años, y no podría decirte lo que he tenido que soportar de los hombres malvados. Ha habido muchísimos por aquí. La cabaña está en un camino, es un camino de carros, y eso los atrae, los diablos. Aparece cualquier tipo de rufián, y sin quitarse la gorra ni persignarse, irrumpe en uno con: «¡Danos pan, viejo fulano!». ¿Y dónde voy a conseguir pan para él? ¿Qué derecho tiene? ¿Soy millonario para alimentar a todos los borrachos que pasan? Están medio ciegos de rencor... No tienen cruz, los diablos... Te darán un golpe en la oreja y no lo pensarán dos veces: «¡Danos pan!». Bueno, uno se lo da... ¡No se va a pelear con ellos, los ídolos! Algunos miden dos yardas de ancho y tienen un puño tan grande como tu bota, y ya ves qué figura tengo. Uno podría aplastarme con el meñique... Bueno, uno le da pan y se lo zampa, y se estira cuan largo es en la choza sin decir ni una palabra de agradecimiento. Y hay algunos que piden dinero. «Dime, ¿dónde está tu dinero?» ¡Como si tuviera dinero! ¿Cómo lo voy a conseguir?
—¡Silvicultor y sin dinero! —rió el cazador—. Recibes un sueldo cada mes, y seguro que vendes madera a escondidas.
Artyom miró tímidamente de reojo a su visitante y movió la barba como una urraca mueve la cola.
—Eres muy joven para decirme algo así —dijo—. Tendrás que rendirle cuentas a Dios por esas palabras. ¿Quiénes son tus descendientes? ¿De dónde vienes?
Soy de Vyazovka. Soy hijo de Nefed, el anciano del pueblo.
—Has salido a jugar con tu escopeta. A mí también me gustaba jugar de joven. ¡Mmm! ¡Qué graves son nuestros pecados! —dijo Artyom con un bostezo—. ¡Qué triste! Hay poca gente buena, pero hay un sinfín de villanos y asesinos. Que Dios nos tenga compasión.
“Parece que tú también tienes miedo de mí. . . .”
¡Vamos, qué sigue! ¿Por qué debería tenerte miedo? Ya veo... Entiendo... Entraste, y no de cualquier manera, sino que te santiguaste, te inclinaste, todo decente y correcto... Entiendo... Se te puede dar pan... Soy viudo, no caliento la estufa, vendí el samovar... Soy demasiado pobre para tener carne ni nada más, pero pan, con gusto.
En ese momento, algo empezó a gruñir bajo el banco: al gruñido le siguió un siseo. Artyom se sobresaltó, encogió las piernas y miró inquisitivamente al cazador.
—Es mi perro el que está molestando a tu gata —dijo el cazador—. ¡Demonios! —gritó bajo el banco—. ¡Túmbate! Te voy a dar una paliza. ¡Tu gata está flaca, amigo! No es más que piel y huesos.
—Es vieja, ya es hora de que muera... ¿Así que dices que eres de Vyazovka?
Veo que no la alimentas. Aunque es una gata, es una criatura... todo lo que respira. ¡Deberías tenerle lástima!
—Son una gente rara en Vyazovka —continuó Artyom, como si no escuchara—. Han asaltado la iglesia dos veces en un año... ¡Pensar que hay hombres tan malvados! ¡Así que no temen ni a los hombres ni a Dios! ¡Robar lo que es del Señor! ¡La horca es demasiado para ellos! Antiguamente, los gobernadores mandaban azotar a esos sinvergüenzas.
“Por cualquier medio que castigues, ya sea con azotes o con cualquier otra cosa, no servirá de nada; no eliminarás la maldad de un hombre malvado”.
—¡Sálvanos y líbranos, Reina del Cielo! —suspiró el guardabosques bruscamente—. Sálvanos de todos los enemigos y malhechores. La semana pasada, en Volovy Zaimishtchy, un segador golpeó a otro en el pecho con su guadaña... ¡lo mató en el acto! ¿Y qué fue todo esto, Dios me bendiga? Un segador salió de la taberna... borracho. El otro lo recibió, también borracho.
El joven, que había estado escuchando atentamente, de repente se sobresaltó y su rostro se tensó mientras escuchaba.
—Quédate —dijo, interrumpiendo al guardabosques—. Me parece que alguien está gritando.
El cazador y el guardabosques se pusieron a escuchar con la mirada fija en la ventana. A través del ruido del bosque, podían oír sonidos que el oído atento siempre puede distinguir en cada tormenta, de modo que era difícil distinguir si la gente pedía ayuda o si el viento aullaba en la chimenea. Pero el viento rasgaba el techo, golpeaba el papel de la ventana y traía consigo un claro grito de "¡Socorro!".
—Habla de tus asesinos —dijo el cazador, palideciendo y levantándose—. ¡Están robando!
—Señor, ten piedad de nosotros —susurró el guardabosques, y él también palideció y se levantó.
El cazador miró sin rumbo por la ventana y caminó de un lado a otro de la cabaña.
—¡Qué noche, qué noche! —murmuró—. ¡No puedes ver tu mano delante de tu cara! Justo a tiempo para un robo. ¿Oyes? Se oye otro grito.
El guardabosques miró el icono y desde allí volvió la vista hacia el cazador, y se hundió en el banco, desplomándose como un hombre aterrorizado por una mala noticia repentina.
—Buen cristiano —dijo con voz llorosa—, podrías salir al pasillo y cerrar la puerta con pestillo. Y debemos apagar la luz.
"¿Para qué?"
“Por mala suerte, podrían llegar hasta aquí... ¡Ay, nuestros pecados!”
¡Deberíamos irnos, y hablas de cerrar la puerta con pestillo! ¡Qué listo eres! ¿Vienes?
El cazador echó el arma por encima del hombro y cogió su gorra.
—Prepárate, toma tu arma. ¡Oye, Flerka, aquí! —le gritó a su perro—. ¡Flerka!
Un perro de orejas largas y deshilachadas, una mezcla entre setter y perro de casa, salió de debajo del banco. Se estiró a los pies de su amo y meneó la cola.
—¿Por qué estás ahí sentado? —le gritó el cazador al guardabosques—. ¿Quieres decir que no te vas?
"¿Dónde?"
“¡Para ayudar!”
—¿Cómo puedo? —dijo el guardabosques con un gesto de la mano, temblando de pies a cabeza—. ¡No me importa!
"¿Por qué no vienes?"
Después de hablar de cosas tan terribles, no pienso adentrarme en la oscuridad. ¡Benditos sean! ¿Y qué debo hacer?
¿De qué tienes miedo? ¿No tienes un arma? ¡Déjanos ir, por favor! Da miedo ir solo; será más divertido, los dos. ¿Me oyes? Se oyó otro grito. ¡Levántate!
—¿Qué piensas de mí, muchacho? —se lamentó el guardabosques—. ¿Crees que soy tan tonto como para ir directo a mi perdición?
“¿Entonces no vienes?”
El guardabosques no respondió. El perro, probablemente al oír un llanto humano, emitió un gemido lastimero.
“¿Vienes, te pregunto?”, gritó el cazador, poniendo los ojos en blanco con enojo.
—Sigue adelante, te lo aseguro —dijo el guardabosques con fastidio—. Ve tú mismo.
—¡Uf!... ¡Qué canalla! —gruñó el cazador, volviéndose hacia la puerta—. ¡Flerka, aquí!
Salió y dejó la puerta abierta. El viento entró en la cabaña. La llama de la vela parpadeó inquieta, se encendió y se apagó.
Al cerrar la puerta tras el cazador, el guardabosques vio los charcos en el sendero, los pinos más cercanos y la figura de su invitado que se alejaba, iluminada por un relámpago. A lo lejos, oyó el retumbar de un trueno.
—¡Santo cielo! —susurró el guardabosques, apresurándose a clavar el grueso perno en las grandes argollas de hierro—. ¡Qué mal tiempo nos ha dado el Señor!
Al regresar a la habitación, se acercó a tientas a la estufa, se acostó y se cubrió de pies a cabeza. Acostado bajo la piel de oveja y escuchando atentamente, ya no oía el grito humano, pero los truenos se hacían cada vez más fuertes y prolongados. Podía oír las grandes gotas de lluvia azotadas por el viento repiqueteando furiosamente en los cristales y el papel de la ventana.
«Ha ido a una misión inútil», pensó, imaginándose al cazador empapado por la lluvia y tropezando con los tocones. «¡Apuesto a que le castañetean los dientes del terror!».
No pasaron más de diez minutos cuando se oyó un sonido de pasos, seguido de un fuerte golpe en la puerta.
“¿Quién está ahí?” gritó el guardabosques.
—Soy yo —oyó la voz del joven—. Abre la puerta.
El guardabosques bajó de la estufa, buscó la vela a tientas y, tras encenderla, se dirigió a la puerta. El cazador y su perro estaban calados hasta los huesos. Habían entrado con el aguacero más fuerte, y ahora el agua les corría como si fuera ropa lavada antes de escurrirla.
“¿Qué fue?” preguntó el guardabosques.
—Una campesina que conducía una carreta; se había salido del camino... —respondió el joven, luchando contra la respiración—. Estaba atrapada en un matorral.
—¡Ah, qué tontería! Entonces se asustó... Bueno, ¿la pusiste en la carretera?
“No me interesa hablar con un sinvergüenza como tú”.
El joven arrojó su gorra mojada sobre el banco y continuó:
Ahora sé que eres un sinvergüenza y el más ruin de los hombres. ¡Y además, un guardián que cobra un sueldo! ¡Canalla!
El guardabosques se acercó a la estufa con paso culpable, se aclaró la garganta y se echó. El joven se sentó en el banco, pensó un momento y se tumbó cuan largo era. Poco después se levantó, apagó la vela y volvió a acostarse. Durante un trueno particularmente fuerte, se dio la vuelta, escupió al suelo y gruñó:
Tiene miedo... ¿Y si la mujer estuviera siendo asesinada? ¿A quién le corresponde defenderla? Y él, además, es un anciano, y cristiano... Es un cerdo y nada más.
El guardabosques se aclaró la garganta y exhaló un profundo suspiro. En algún lugar de la oscuridad, Flerka se sacudió el abrigo mojado con fuerza, lo que hizo que gotas de agua volaran por toda la habitación.
—¿Entonces no te importaría que asesinaran a la mujer? —continuó el cazador—. Bueno, ¡qué lástima! No tenía ni idea de que fueras esa clase de hombre...
Se hizo un silencio. La tormenta ya había pasado y los truenos venían de lejos, pero seguía lloviendo.
—¿Y si no hubiera sido una mujer, sino tú, quien gritara «¡Socorro!»? —dijo el cazador, rompiendo el silencio—. ¿Cómo te sentirías, bestia, si nadie corriera a socorrerte? ¡Me has ofendido con tu maldad, que la peste te lleve!
Después de otro largo intervalo el cazador dijo:
¡Hay que tener dinero para tenerle miedo a la gente! Un hombre pobre no suele tener miedo...
—De esas palabras tendrás que responder ante Dios —dijo Artyom con voz ronca desde la estufa—. No tengo dinero.
¡Ya lo creo! Los sinvergüenzas siempre tienen dinero... ¿Por qué le tienes miedo a la gente entonces? ¡Así debe ser! ¡Me gustaría robarte por despecho, para darte una lección!...
Artyom se deslizó silenciosamente de la estufa, encendió una vela y se sentó bajo la imagen sagrada. Estaba pálido y no apartaba la vista del cazador.
—Mira, te voy a robar —dijo el cazador, levantándose—. ¿Qué te parece? Tipos como tú necesitan una lección. Dime, ¿dónde está escondido tu dinero?
Artyom encogió las piernas y parpadeó. "¿Por qué te retuerces? ¿Dónde está tu dinero? ¿Has perdido la lengua, idiota? ¿Por qué no respondes?"
El joven saltó y se dirigió hacia el guardabosques.
¡Parpadea como un búho! ¿Y bien? Dame tu dinero o te disparo con mi pistola.
—¿Por qué insistes? —chilló el guardabosques, y se le saltaron las lágrimas—. ¿Por qué? ¡Dios lo ve todo! Tendrás que responderle a Dios por cada palabra que digas. No tienes ningún derecho a pedirme mi dinero.
El joven miró el rostro lloroso de Artyom, frunció el ceño y caminó de un lado a otro de la cabaña, luego, enojado, se puso la gorra en la cabeza y cogió su arma.
—¡Uf!... ¡uf!... Me da asco verte —murmuró entre dientes—. No soporto verte. De todas formas, no dormiré en tu casa. ¡Adiós! ¡Hola, Flerka!
La puerta se cerró de golpe y el molesto visitante salió con su perro... Artyom cerró la puerta tras él, se santiguó y se echó.
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EL FINAL DE UN ACTOR
SHTCHIPTSOV, el "padre pesado" y "bobo de buen corazón", un anciano alto y corpulento, que no se distinguía tanto por su talento como actor como por su excepcional fuerza física, tuvo una discusión desesperada con el director durante la función, y justo cuando el torrente de palabras estaba en su apogeo sintió como si algo se rompiera en su pecho. Zhukov, el director, solía empezar a reír histéricamente al final de cada discusión acalorada y a desmayarse; en esta ocasión, sin embargo, Shchiptsov no se quedó para este clímax, sino que se apresuró a volver a casa. Las palabras altisonantes y la sensación de algo que se rompía en su pecho lo agitaron tanto al salir del teatro que olvidó lavarse la pintura y se limitó a quitarse la barba.
Al llegar a su habitación de hotel, Shchiptsov se pasó un buen rato paseándose de un lado a otro, luego se sentó en la cama, apoyó la cabeza en los puños y se sumió en sus pensamientos. Permaneció así, sin moverse ni emitir sonido alguno, hasta las dos de la tarde siguiente, cuando Sigaev, el cómico, entró en su habitación.
—¿Por qué no viniste al ensayo, Booby Ivanitch? —empezó el cómico, jadeando y llenando la sala con vapores de vodka—. ¿Dónde te has metido?
Shchiptsov no respondió, simplemente se quedó mirando al cómico con sus ojos sin brillo, bajo los cuales había manchas de pintura.
—¡Al menos podrías haberte lavado el pío! —continuó Sigaev—. ¡Eres una vergüenza! ¿Has estado bebiendo, o... estás enfermo, o qué? Pero ¿por qué no hablas? Te pregunto: ¿estás enfermo?
Shchiptsov no habló. A pesar de la pintura en su rostro, el cómico no pudo evitar notar su llamativa palidez, las gotas de sudor en su frente y la contracción de sus labios. También le temblaban las manos y los pies, y la enorme figura del "bonachón" parecía de alguna manera aplastada y achatada. El cómico echó un vistazo rápido a la habitación, pero no vio ni botella, ni frasco, ni ningún otro recipiente sospechoso.
—¡Oye, Mishutka, sabes que estás enferma! —dijo con un sobresalto—. ¡Mátame, estás enferma! ¡No te ves como antes!
Shchiptsov permaneció en silencio y miró desconsoladamente al suelo.
—Debes haberte resfriado —dijo Sigaev, tomándolo de la mano—. ¡Ay, Dios mío, qué calientes tienes las manos! ¿Qué te pasa?
“Quiero volver a casa”, murmuró Shchiptsov.
—Pero ahora estás en casa, ¿no?
"No... A Viazma..."
¡Ay, a cualquier otro sitio! Tardarías tres años en llegar a tu Viazma... ¿Qué? ¿Quieres ir a ver a tus padres? Seguro que ya estiraron la pata hace años, y no encontrarás sus tumbas...
“Mi casa está allí.”
Vamos, no sirve de nada dejarse llevar por la tristeza. Estos sentimientos neuróticos son el colmo, viejo. Tienes que ponerte bien, porque mañana tienes que interpretar a Mitka en "El Terrible Zar". No hay nadie más que pueda. ¿Bebe algo caliente y toma un poco de aceite de ricino? ¿Tienes dinero para aceite de ricino? O quédate, voy corriendo a comprarlo.
El cómico rebuscó en sus bolsillos, encontró una moneda de quince kopeks y corrió a la farmacia. Regresó un cuarto de hora después.
—Ven, bébelo —dijo, acercando la botella a la boca del «padre pesado»—. Bébelo directamente de la botella... ¡De un trago! Así se hace... Ahora mordisquea un clavo para que no te apeste el alma a esa porquería.
El cómico se sentó un rato más con su amigo enfermo, lo besó con ternura y se marchó. Al anochecer, el joven primer ministro , Brama-Glinsky, entró corriendo a ver a Shchiptsov. El talentoso actor calzaba unas botas de prunella, llevaba un guante en la mano izquierda, fumaba un puro e incluso olía a heliotropo; sin embargo, recordaba vivamente a un viajero naufragado en una tierra donde no había baños, ni lavanderas, ni sastres...
—¿Me han dicho que estás enfermo? —le dijo a Shchiptsov, dando media vuelta—. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, en serio?...
Shchiptsov no habló ni se movió.
¿Por qué no hablas? ¿Te sientes mareada? Bueno, no hables, no te molestaré... no hables...
Brama-Glinsky (ese era su nombre artístico, en su pasaporte lo llamaban Guskov) se acercó a la ventana, se metió las manos en los bolsillos y se puso a contemplar la calle. Ante sus ojos se extendía un inmenso terreno baldío, delimitado por una valla gris junto a la cual se extendía un perfecto bosque de bardanas del año anterior. Más allá del terreno baldío había una fábrica oscura y desierta, con las ventanas tapiadas. Una grajilla tardía volaba alrededor de la chimenea. Esta escena lúgubre y sin vida comenzaba a ocultarse en la penumbra del atardecer.
“¡Tengo que volver a casa!” escuchó el joven primer ministro .
"¿Dónde está el hogar?"
“A Vyazma... a mi casa...”
—Viazma está a mil millas de distancia... muchacho —suspiró Brama-Glinsky, tamborileando en el cristal de la ventana—. ¿Y para qué quieres ir a Viazma?
“Quiero morir allí.”
¡Y ahora qué! ¡Se está muriendo! Ha enfermado por primera vez en su vida, y ya cree que le ha llegado su hora final... No, hijo mío, ningún cólera se llevará a un búfalo como tú. Vivirás cien años... ¿Dónde está el dolor?
“No hay dolor, pero yo... siento...”
No sientes nada, todo es por estar demasiado sano. Tu exceso de energía te desquicia. Deberías ponerte bien borracho, beber, ya sabes, hasta que todo tu cuerpo esté patas arriba. Emborracharse es maravillosamente reparador... ¿Recuerdas lo mal que lo pasaste en Rostov del Don? ¡Dios mío, solo pensarlo es alarmante! Sashka y yo juntas apenas pudimos cargar el barril, y tú lo vaciaste sola, e incluso mandaste traer ron después... Te emborrachaste tanto que estabas atrapando demonios en un saco y arrancaste una farola de raíz. ¿Te acuerdas? Luego te fuiste a derrotar a los griegos...
Bajo la influencia de estos agradables recuerdos, el rostro de Shchiptsov se iluminó un poco y sus ojos comenzaron a brillar.
—¿Y recuerdas cómo le gané al gerente, Savoikin? —murmuró, levantando la cabeza—. ¡Pero vaya! He vencido a treinta y tres gerentes en mi carrera, y no recuerdo cuántos eran insignificantes. ¡Y qué gerentes eran! ¡Hombres que no se dejaban tocar por el viento! ¡He vencido a dos autores célebres y a un pintor!
¿Por qué lloras?
En Jersón maté a un caballo a puñetazos. Y en Taganrog, quince matones me atacaron de noche. Les quité las gorras y me siguieron, suplicando: «Tío, devuélvenos las gorras». Así solía seguir.
—Entonces, ¿por qué lloras, tonta?
Pero ahora que todo ha terminado... lo presiento. ¡Ojalá pudiera ir a Viazma!
Siguió una pausa. Tras un silencio, Shchiptsov se levantó de repente y agarró su gorra. Parecía angustiado.
—¡Adiós! ¡Me voy a Viazma! —articuló, tambaleándose.
“¿Y el dinero para el viaje?”
—¡Hmm!... ¡Iré a pie!
"Usted está loco. . . ."
Los dos hombres se miraron, probablemente porque el mismo pensamiento —de las llanuras infinitas, de los bosques y pantanos interminables— los golpeó a ambos a la vez.
“Bueno, veo que has perdido la cabeza”, comentó el joven primer ministro . “Te diré algo, viejo... Primero, vete a la cama y luego tómate un poco de brandy y té para sudar. Y un poco de aceite de ricino, por supuesto. Espera, ¿dónde voy a conseguir brandy?”
Brama-Glinsky pensó un momento y luego decidió ir a ver a una tendera llamada Madame Tsitrinnikov para intentar conseguirlo a cuenta: ¿quién sabe? Quizás la mujer se compadecería de ellos y se lo daría. El joven primer ministro se fue y media hora después regresó con una botella de brandy y un poco de aceite de ricino. Shchiptsov estaba sentado inmóvil, como antes, en la cama, con la mirada perdida en el suelo. Bebió el aceite de ricino que le ofreció su amigo como un autómata, sin darse cuenta de lo que hacía. Como un autómata, se sentó después a la mesa y bebió té y brandy; mecánicamente vació toda la botella y dejó que el joven primer ministro lo acostara. Este lo cubrió con una colcha y un abrigo, le aconsejó que sudara un poco y se fue.
Cayó la noche; Shchiptsov había bebido mucho brandy, pero no dormía. Yacía inmóvil bajo la colcha, mirando fijamente el techo oscuro; luego, al ver la luna asomando por la ventana, apartó la mirada del techo hacia la compañera de la tierra, y permaneció así con los ojos abiertos hasta la mañana. A las nueve de la mañana, Zhukov, el gerente, entró corriendo.
“¿Qué te ha metido en la cabeza estar enferma, mi ángel?”, rió entre dientes, arrugando la nariz. “¡Ay, ay! ¡Un hombre con tu físico no tiene por qué estar enfermo! ¡Qué vergüenza, qué vergüenza! Sabes, estaba bastante asustado. “¿Puede nuestra conversación haber tenido tanto efecto en él?”, me pregunté. Mi querida alma, ¡espero que no sea por mí que hayas enfermado! Sabes que me diste igual de bien... eh... Y, además, los camaradas nunca pueden llevarse bien sin palabras. Me has insultado de todo... y también me has atacado con los puños, ¡y aun así te quiero! ¡Por mi alma! ¡Te respeto y te quiero! Explícame, mi ángel, por qué te quiero tanto. No eres ni pariente ni esposa, pero en cuanto supe que habías enfermado, me dolió el corazón.
Zhukov pasó un largo rato declarando su afecto, luego comenzó a besar al enfermo y finalmente se sintió tan abrumado por sus sentimientos que comenzó a reír histéricamente e incluso estuvo a punto de desmayarse, pero, probablemente recordando que no estaba en casa ni en el teatro, pospuso el desmayo para una oportunidad más conveniente y se fue.
Poco después apareció Adabashev, el actor trágico, un individuo deslucido y miope que hablaba por la nariz. ... Miró largo rato a Shchiptsov, reflexionó largo rato y, por fin, hizo un descubrimiento.
—¿Sabes qué, Mifa? —dijo, pronunciando por la nariz «f» en lugar de «sh» y adoptando una expresión misteriosa—. ¿Sabes qué? ¡Deberías tomarte una dosis de aceite de ricino!
Shchiptsov guardó silencio. También permaneció en silencio un rato después, mientras el actor trágico se vertía el repugnante aceite en la boca. Dos horas después, Yevlampy, o, como lo llamaban los actores por alguna razón, Rigoletto, el peluquero de la compañía, entró en la habitación. Él también, al igual que el actor trágico, miró fijamente a Shchiptsov un buen rato, luego suspiró como una locomotora de vapor y, lenta y deliberadamente, comenzó a desatar un paquete que había traído consigo. En él había veinte tazas y varios frascos pequeños.
—Deberías haberme llamado y te habría abrazado hace mucho —dijo, desnudando con ternura el pecho de Shchiptsov—. Es fácil descuidar la enfermedad.
Entonces Rigoletto acarició el ancho pecho del “padre pesado” y lo cubrió por todas partes con ventosas.
“Sí…”, dijo, mientras, tras esta operación, recogía sus cosas, teñidas de rojo por la sangre de Shchiptsov. “Deberías haberme llamado, y yo habría venido… No tienes que preocuparte por el pago… Lo hago por compasión. ¿De dónde vas a sacar el dinero si ese ídolo no te paga? Ahora, por favor, toma estas gotas. ¡Son unas gotas deliciosas! Y ahora necesitas una dosis de este aceite de ricino. Es de verdad. ¡Así es! Espero que te haga bien. Bueno, ahora, adiós…
Rigoletto cogió su paquete y se retiró, contento de haber ayudado a un semejante.
A la mañana siguiente, Sigaev, el cómico, fue a ver a Shchiptsov y lo encontró en un estado lamentable. Estaba tumbado bajo su abrigo, respirando con dificultad, mientras su mirada vagaba por el techo. Apretaba convulsivamente la colcha arrugada con las manos.
—¡Por Vyazma! —susurró al ver al cómico—. ¡Por Vyazma!
—¡Venga, no me gusta eso, viejo! —dijo el cómico, levantando las manos—. Ya ves... ya ves... ya ves, viejo, ¡eso no es lo importante! Disculpa, pero... es una auténtica estupidez...
"¡Ir a Vyazma! ¡Dios mío, a Vyazma!"
—Yo... no me lo esperaba —murmuró el cómico, completamente distraído—. ¿Por qué demonios quieres desplomarte así? ¡Ay... ay... ay!... Eso no es lo importante. Un gigante tan alto como una atalaya, y llorando. ¿Llorar es propio de los actores?
—Sin esposa ni hijos —murmuró Shchiptsov—. No debería haberme dedicado a la actuación, sino haberme quedado en Viazma. ¡He desperdiciado mi vida, Semión! ¡Ay, estar en Viazma!
—¡Ay... ay... ay!... ¡No es eso! Verás, es una tontería... ¡Despreciable!
Tras recobrar la compostura y poner orden en sus sentimientos, Sigaev empezó a consolar a Shchiptsov, diciéndole con falsedad que sus camaradas habían decidido enviarlo a Crimea a sus expensas, etc., pero el enfermo no le hizo caso y siguió murmurando sobre Viazma... Finalmente, con un gesto de la mano, el cómico empezó a hablar del propio Viazma para consolar al enfermo.
—Es una ciudad preciosa —dijo con dulzura—, ¡una capital, viejo! Es famosa por sus pasteles. Son clásicos, pero, entre nosotros, ¡ajá!, están un poco atontados. Durante una semana entera después de comerlos estuve... ¡ajá!... ¡Pero lo que es precioso allí son los comerciantes! Son algo así como comerciantes. ¡Cuando te invitan, te invitan de verdad!
El cómico hablaba mientras Shchiptsov escuchaba en silencio y asentía con la cabeza en señal de aprobación.
Hacia la tarde murió.
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El maestro de escuela y otros cuentos
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EL MAESTRO DE ESCUELA
FYodor Lukitch Sysoev, director de la escuela fabril mantenida a expensas de la empresa Kulikin, se preparaba para la cena anual. Todos los años, después de los exámenes escolares, la junta directiva ofrecía una cena a la que asistían el inspector de escuelas primarias, todos los examinadores y todos los directores y capataces de la fábrica. A pesar de su carácter oficial, estas cenas siempre eran buenas y animadas, y los invitados permanecían sentados largo rato; olvidando las distinciones de rango y recordando únicamente sus meritorias labores, comían hasta saciarse, bebían amigablemente, charlaban hasta quedarse roncos y se despedían tarde en la noche, ensordeciendo a todo el personal de la fábrica con sus cantos y el sonido de sus besos. Sysoev había participado en trece de estas cenas, ya que había sido director de la escuela fabril durante ese mismo número de años.
Ahora, preparándose para el día catorce, intentaba aparentar la mayor solemnidad y corrección posible. Había pasado una hora entera cepillando su nuevo traje negro, y casi el mismo tiempo frente a un espejo mientras se ponía una camisa a la moda; los tachones no entraban en los ojales, y esta circunstancia desató una tormenta de quejas, amenazas y reproches dirigidos a su esposa.
Su pobre esposa, afanándose a su alrededor, se agotó con el esfuerzo. Y, de hecho, él también estaba exhausto al final. Cuando le trajeron sus botas lustradas de la cocina, no tuvo fuerzas para ponérselas. Tuvo que acostarse y beber agua.
—¡Qué débil te has vuelto! —suspiró su esposa—. No deberías ir a esta cena.
“¡Ningún consejo, por favor!” la interrumpió enojado el maestro.
Estaba de muy mal humor, pues había estado muy disgustado con los recientes exámenes. Los exámenes habían ido de maravilla; todos los alumnos de la división superior habían obtenido certificados y premios; tanto los directores de la fábrica como los funcionarios del gobierno estaban satisfechos con los resultados; pero eso no era suficiente para el maestro. Estaba molesto porque Babkin, un niño que nunca se equivocaba al escribir, había cometido tres errores al dictado; Sergeyev, otro niño, había estado tan emocionado que no podía recordar diecisiete veces trece; el inspector, un hombre joven e inexperto, había elegido un artículo difícil para dictar, y Lyapunov, el maestro de una escuela vecina, a quien el inspector le había pedido que dictara, no se había comportado como un buen camarada; sino que al dictar, por así decirlo, se había tragado las palabras y no las había pronunciado tal como estaban escritas.
Tras ponerse las botas con la ayuda de su esposa y mirarse una vez más en el espejo, el maestro tomó su bastón nudoso y se dirigió a la cena. Justo antes de llegar a la casa del director de la fábrica, donde se celebraría la fiesta, sufrió un pequeño contratiempo. Le dio un violento ataque de tos... Estaba tan afectado que la gorra voló de su cabeza y el bastón se le cayó de la mano; y cuando el inspector de la escuela y los maestros, al oír su tos, salieron corriendo de la casa, estaba sentado en el último escalón, bañado en sudor.
—¿Es usted Fiódor Lukitch? —preguntó el inspector, sorprendido—. ¿Ha venido?
"¿Por qué no?"
Deberías estar en casa, querido. No te encuentras nada bien hoy...
Estoy igual hoy que ayer. Y si mi presencia no te resulta agradable, puedo volver.
—¡Ay, Fiódor Lukitch, no debe hablar así! Pase, por favor. La función es en su honor, no en el nuestro. Y estamos encantados de verlo. ¡Claro que sí!...
Dentro, todo estaba listo para el banquete. En el gran comedor, adornado con oleografías alemanas y con aroma a geranios y barniz, había dos mesas: una grande para la cena y otra pequeña para los entremeses. La cálida luz del mediodía se filtraba tenuemente a través de las persianas bajadas... La penumbra de la sala, las vistas suizas en las persianas, los geranios, las finas lonchas de salchicha en los platos, todo tenía un aire ingenuo y sentimental, propio de una niña, y todo ello encajaba con el dueño de la casa, un alemán de carácter afable, de barriguita redonda y ojitos cariñosos y untuosos. Adolf Andréievich Bruni (así se llamaba) se afanaba alrededor de la mesa de entremeses con tanto celo como si fuera una casa en llamas, llenando las copas de vino, llenando los platos e intentando por todos los medios complacer, divertir y mostrar su amabilidad. Daba palmaditas en el hombro a la gente, los miraba a los ojos, reía, se frotaba las manos; en realidad, era tan adulador como un perro amigable.
—¿A quién veo? ¡A Fiódor Lukitch! —dijo con voz entrecortada al ver a Sysoev—. ¡Qué alegría! Ha venido a pesar de su enfermedad. Caballeros, permítanme felicitarlos. ¡Fiódor Lukitch ha venido!
Los maestros ya se agolpaban alrededor de la mesa, comiendo los entremeses. Sysoev frunció el ceño; le disgustaba que sus colegas hubieran empezado a comer y beber sin esperarlo. Vio entre ellos a Lyapunov, el hombre que había dictado en el examen, y acercándose a él, comenzó:
¡No se comportó como un camarada! ¡No, claro! ¡La gente caballerosa no dicta esas reglas!
—¡Dios mío, sigues insistiendo en ello! —dijo Lyapunov, frunciendo el ceño—. ¿No estás harto?
—¡Sí, sigo insistiendo! ¡Mi Babkin nunca se ha equivocado! Sé por qué dictabas así. Simplemente querías que mis alumnos se quedaran boquiabiertos, para que tu escuela pareciera mejor que la mía. ¡Lo sé todo!...
—¿Por qué intentas provocar una pelea? —gruñó Liapunov—. ¿Por qué demonios me molestas?
—Vamos, caballeros —intervino el inspector con cara de tristeza—. ¿Vale la pena enojarse tanto por una nimiedad? Tres errores... ni uno solo... ¿importa?
Sí, sí importa. Babkin nunca ha cometido errores.
—No para —continuó Liapunov, resoplando furioso—. Se aprovecha de su inválido y nos preocupa muchísimo. Bueno, señor, no voy a considerar que esté enfermo.
—¡Deja ya mi enfermedad! —gritó Sysoev, furioso—. ¿Qué te importa? Todos me lo repiten una y otra vez: ¡enfermedad! ¡enfermedad! ¡enfermedad!... ¡Como si necesitara tu compasión! Además, ¿de dónde has sacado la idea de que estoy enfermo? Estaba enfermo antes de los exámenes, es cierto, pero ahora que me he recuperado del todo, no me queda nada más que debilidad.
—Has recuperado la salud, bueno, gracias a Dios —dijo el profesor de Sagrada Escritura, el padre Nikolay, un joven sacerdote con una sotana color canela y pantalones por encima de las botas—. Deberías alegrarte, pero estás irritable y demás.
—Tú también eres amable —lo interrumpió Sysoev—. Las preguntas deberían ser directas y claras, pero no parabas de plantear acertijos. ¡Eso no se debe hacer!
Con esfuerzos conjuntos, lograron calmarlo y sentarlo a la mesa. Tardó un buen rato en decidir qué beber, y con una mueca irónica, bebió una copa de licor verde; luego se acercó un trozo de pastel y, con mal humor, sacó de dentro un huevo con cebolla. Al primer bocado le pareció que no tenía sal. Le echó sal y lo apartó enseguida, pues el pastel estaba demasiado salado.
Durante la cena, Sysoev se sentó entre el inspector y Bruni. Tras el primer plato, comenzaron los brindis, según la antigua costumbre.
“Considero que es mi deber”, comenzó el inspector, “proponer un voto de agradecimiento a los directores de la escuela ausentes, Daniel Petróvich y... y... y...”.
—Y también Iván Petróvich —le apuntó Bruni.
“Y yo, Iván Petrovich Kulikin, que no escatima ningún gasto para la escuela, y yo nos proponemos brindar por su salud...”
—Por mi parte —dijo Bruni, saltando como si le hubieran picado—, propongo un brindis por la salud del honorable inspector de escuelas primarias, Pavel Gennadievitch Nadarov.
Las sillas se apartaron, los rostros se iluminaron con sonrisas y comenzó el habitual tintineo de vasos.
El tercer brindis siempre recaía en Sysoev. Y también en esta ocasión, se levantó y comenzó a hablar. Con semblante serio y carraspeando, anunció en primer lugar que no tenía el don de la elocuencia y que no estaba preparado para pronunciar un discurso. Además, dijo que durante los catorce años que llevaba como maestro de escuela había habido muchas intrigas, muchos ataques encubiertos e incluso informes secretos sobre él a las autoridades, y que conocía a sus enemigos y a quienes lo habían delatado, y que no mencionaría sus nombres «por miedo a quitarle el apetito a alguien»; que a pesar de estas intrigas, la escuela Kulikin ocupaba el primer lugar en toda la provincia, no solo desde un punto de vista moral, sino también material.
«En todos los demás sitios», dijo, «los maestros cobran doscientos o trescientos rublos, mientras que yo recibo quinientos, y además mi casa ha sido redecorada e incluso amueblada a expensas de la empresa. Y este año han empapelado todas las paredes...».
Además, el maestro explayó sobre la liberalidad con la que se proporcionaba material de escritura a los alumnos en las escuelas fabriles, en comparación con las escuelas zemstvo y gubernamentales. Y por todo esto, la escuela debía, en su opinión, no a los directores de la empresa, que vivían en el extranjero y apenas conocían su existencia, sino a un hombre que, a pesar de su origen alemán y su fe luterana, era ruso de corazón.
Sysoev habló largo y tendido, con pausas para recuperar el aliento y con pretensiones retóricas, y su discurso fue aburrido y desagradable. Se refirió varias veces a algunos de sus enemigos, intentó dar indirectas, repitió lo mismo, tosió y blandió los dedos de forma inapropiada. Finalmente, exhausto y sudoroso, empezó a hablar a tirones, en voz baja, como para sí mismo, y terminó su discurso de forma incoherente: «Y entonces propongo la salud de Bruni, es decir, Adolf Andreyitch, que está aquí, entre nosotros... en general... ya me entiende...».
Al terminar, todos dieron un leve suspiro, como si alguien hubiera rociado agua fría y purificado el ambiente. Solo Bruni, al parecer, no tenía ninguna sensación desagradable. Con una sonrisa radiante y poniendo los ojos en blanco, el alemán estrechó la mano de Sysoev con sentimiento y volvió a ser tan amigable como un perro.
“Oh, gracias”, dijo, con énfasis en el “oh” , poniéndose la mano izquierda sobre el corazón. “¡Me alegra mucho que me entienda! Le deseo todo lo mejor de corazón. Pero solo debo observar: exagera mi importancia. La escuela debe su floreciente situación solo a usted, mi estimado amigo, Fiódor Lukitch. ¡Sin usted, no se distinguiría en nada de otras escuelas! Cree que el alemán está haciendo un cumplido, el alemán está diciendo algo cortés. ¡Ja, ja! No, mi querido Fiódor Lukitch, soy un hombre honesto y nunca hago discursos elogiosos. Si le pagamos quinientos rublos al año es porque lo valoramos. ¿No es así? Caballeros, lo que digo es cierto, ¿no? No deberíamos pagarle tanto a nadie más… ¡Una buena escuela es un honor para la fábrica!”
“Debo reconocer sinceramente que su escuela es realmente excepcional”, dijo el inspector. “No piense que esto es un halago. De todos modos, nunca he visto otra igual en mi vida. Al presentarme al examen, me llené de admiración… ¡Niños maravillosos! Saben muchísimo y responden con brillantez, y al mismo tiempo son de alguna manera especiales, libres, sinceros… Se nota que lo quieren, Fiódor Lukitch. Eres un maestro hasta la médula. Debes de haber nacido para ser maestro. Tienes todos los dones: vocación innata, larga experiencia y amor por tu trabajo… Es simplemente asombroso, considerando tu frágil estado de salud, cuánta energía, cuánta comprensión… cuánta perseverancia, ¿entiendes?, ¡cuánta confianza tienes! Alguien en el comité escolar dijo con razón que eras un poeta en tu trabajo… ¡Sí, un poeta eres!”
Y todos los presentes en la cena comenzaron a hablar como un solo hombre del extraordinario talento de Sysoev. Y como si se hubiera roto un dique, siguió un torrente de palabras sinceras y entusiastas, como las que los hombres no pronuncian cuando se ven frenados por una sobriedad prudente y cautelosa. El discurso de Sysoev, su temperamento intolerable y la expresión horrible y rencorosa de su rostro quedaron en el olvido. Todos hablaron con libertad, incluso los tímidos y silenciosos nuevos profesores, jóvenes pobres y oprimidos que nunca hablaban con el inspector sin dirigirse a él como «su señoría». Era evidente que, en su propio círculo, Sysoev era una persona importante.
Acostumbrado al éxito y a los elogios durante los catorce años que llevaba como maestro de escuela, escuchaba con indiferencia el ruidoso entusiasmo de sus admiradores.
Fue Bruni quien absorbió los elogios, no el maestro. El alemán captó cada palabra, sonrió radiante, aplaudió y se sonrojó modestamente, como si el elogio no se refiriera al maestro, sino a él.
¡Bravo! ¡Bravo! —gritó—. ¡Es cierto! ¡Me has entendido!... ¡Excelente!... —Miró al maestro a los ojos como si quisiera compartir su dicha con él. Al final, no pudo contenerse más; se levantó de un salto y, acallando las demás voces con su estridente voz de tenor, gritó:
¡Caballeros! ¡Permítanme hablar! ¡Shh! A todo lo que dicen solo puedo responder una cosa: ¡la dirección de la fábrica no olvidará lo que le debe a Fiódor Lukitch!...
Todos guardaron silencio. Sysoev levantó la vista hacia el rostro sonrosado del alemán.
—Sabemos apreciarlo —continuó Bruni, bajando la voz—. En respuesta a sus palabras, debo decirle que... la familia de Fiódor Lukitch tendrá lo necesario y que hace un mes se depositó una suma de dinero en el banco para ese fin.
Sysoev miró inquisitivamente al alemán, a sus colegas, como incapaz de comprender por qué debían cuidar de su familia y no de él. Y de repente, en todos los rostros, en todos los ojos inmóviles clavados en él, leyó no la compasión, ni la conmiseración insoportable, sino algo más, algo suave, tierno, pero a la vez intensamente siniestro, como una terrible verdad, algo que en un instante lo dejó helado y llenó su alma de una desesperación indescriptible. Con el rostro pálido y desencajado, se levantó de repente de un salto y se llevó las manos a la cabeza. Durante un cuarto de minuto permaneció así, mirando con horror un punto fijo ante él, como si viera la muerte inminente de la que hablaba Bruni, luego se sentó y rompió a llorar.
—¡Vamos, vamos!... ¿Qué pasa? —oyó voces agitadas que decían—. ¡Agua! ¡Bebe un poco de agua!
Pasó un rato y el maestro se tranquilizó, pero la fiesta no recuperó su anterior animación. La cena terminó en un silencio sombrío, mucho antes que en ocasiones anteriores.
Cuando llegó a casa, Sysoev lo primero que se miró en el espejo.
«¡Claro que no tenía por qué llorar así!», pensó, mirando sus mejillas hundidas y sus ojeras. «Hoy tengo la cara mucho mejor que ayer. Sufro de anemia y catarro estomacal, y mi tos es solo tos estomacal».
Tranquilizado, comenzó a desvestirse lentamente y pasó un largo rato cepillando su nuevo traje negro, luego lo dobló cuidadosamente y lo guardó en la cómoda.
Luego se acercó a la mesa donde había una pila de cuadernos de ejercicios de sus alumnos, y escogiendo el de Babkin, se sentó y se puso a contemplar la bella letra infantil.
Y mientras tanto, mientras examinaba los cuadernos, el médico del distrito estaba sentado en la habitación contigua y le decía a su esposa en voz baja que no se debía permitir salir a cenar a un hombre al que, con toda probabilidad, no le quedaba más de una semana de vida.
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ENEMIGOS
BEntre las nueve y las diez de una oscura tarde de septiembre, el hijo único del médico de distrito, Kirilov, un niño de seis años llamado Andrey, murió de difteria. Justo cuando la esposa del médico se desplomaba de rodillas junto a la cama del niño muerto, abrumada por la primera oleada de desesperación, sonó un timbre agudo en la entrada.
Todos los sirvientes habían sido expulsados de la casa esa mañana a causa de la difteria. Kirilov fue a abrir la puerta tal como estaba, sin abrigo, con el chaleco desabrochado, sin limpiarse la cara mojada ni las manos escaldadas con ácido fénico. El recibidor estaba oscuro y no se distinguía en el hombre que entró más que una estatura mediana, un pañuelo blanco y un rostro grande y extremadamente pálido, tan pálido que su entrada parecía iluminar el pasillo.
“¿Está el médico en casa?” preguntó rápidamente el recién llegado.
—Estoy en casa —respondió Kirilov—. ¿Qué quieres?
—Ah, ¿es usted? Me alegro mucho —dijo el desconocido con alivio, y empezó a palpar la mano del médico, la encontró y la apretó con fuerza—. ¡Me alegro mucho! Nos conocemos. Me llamo Abogin y tuve el honor de conocerlo este verano en casa de Gnutchev. Me alegro mucho de haberlo encontrado en casa. Por Dios, no se niegue a volver conmigo enseguida... Mi esposa ha enfermado gravemente... Y el coche está esperando...
Por la voz y los gestos del orador se notaba su gran excitación. Como un hombre aterrorizado por una casa en llamas o un perro rabioso, apenas podía contener la respiración agitada y hablaba con rapidez y voz temblorosa, con un dejo de sinceridad sin afectación y una alarma infantil en su voz. Como suele ocurrir con quienes están asustados y abrumados, hablaba con frases breves y entrecortadas, y profería un montón de palabras innecesarias e irrelevantes.
“Temía no encontrarte”, continuó. “Estaba en una agonía terrible mientras conducía hasta aquí. Ponte tus cosas y vámonos, por Dios… Así fue como sucedió. Alexandr Semyonovitch Paptchinsky, a quien conoces, vino a verme… Charlamos un rato y luego nos sentamos a tomar el té; de repente, mi esposa gritó, se apretó el corazón y se desplomó en la silla. La llevamos a la cama y… le froté la frente con amoníaco y la rocié con agua… yacía como muerta… Me temo que es un aneurisma… Ven… su padre murió de un aneurisma”.
Kirilov escuchó y no dijo nada, como si no entendiera ruso.
Cuando Abogin volvió a mencionar a Paptchinsky y al padre de su esposa y una vez más comenzó a buscar en la oscuridad su mano, el médico meneó la cabeza y dijo apáticamente, alargando cada palabra:
“Disculpe, no puedo ir... ¡mi hijo murió... hace cinco minutos!”
—¡Es posible! —susurró Abogin, retrocediendo un paso—. ¡Dios mío, en qué momento tan desafortunado he llegado! Un día maravillosamente desafortunado... maravillosamente. ¡Qué casualidad...! ¡Parece que fue a propósito!
Abogin agarró el pomo de la puerta e inclinó la cabeza. Evidentemente dudaba y no sabía qué hacer: si irse o seguir suplicando al médico.
—Escuche —dijo con fervor, agarrando a Kirilov de la manga—. ¡Comprendo perfectamente su postura! Dios es testigo de que me avergüenza intentar distraerle en un momento como este, pero ¿qué hago? Piense, ¿a quién puedo acudir? No hay otro médico aquí, ¿sabe? ¡Por Dios, venga! No lo pido por mí... ¡No soy el paciente!
Siguió un silencio. Kirilov le dio la espalda a Abogin, se detuvo un momento y entró lentamente en el salón. A juzgar por su paso vacilante y mecánico, por la atención con la que enderezó la mullida pantalla de la lámpara apagada del salón y echó un vistazo a un grueso libro que yacía sobre la mesa, en ese instante no tenía intención ni deseo, no pensaba en nada y probablemente no recordaba que había un extraño en la entrada. La penumbra y la quietud del salón parecieron aumentar su entumecimiento. Al salir del salón a su estudio, levantó el pie derecho más de lo necesario y buscó a tientas los marcos de la puerta con las manos, y al hacerlo, una sensación de perplejidad lo envolvió por completo, como si estuviera en casa de otra persona o estuviera borracho por primera vez en su vida y ahora se abandonara con sorpresa a la nueva sensación. Un amplio rayo de luz se extendía por la estantería de una pared del estudio; Esta luz se unía al olor denso y denso a ácido carbólico y éter que emanaba de la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta... El doctor se hundió en una silla baja frente a la mesa; durante un minuto contempló soñoliento sus libros, que estaban expuestos a la luz, luego se levantó y entró en el dormitorio.
En el dormitorio reinaba un silencio sepulcral. Todo, hasta el más mínimo detalle, delataba la tormenta que había atravesado, el agotamiento, y todo estaba en calma. Una vela, entre un montón de botellas, cajas y ollas sobre un taburete, y una gran lámpara sobre la cómoda, proyectaban una luz brillante sobre toda la habitación. En la cama, bajo la ventana, yacía un niño con los ojos abiertos y una expresión de asombro en el rostro. No se movía, pero sus ojos abiertos parecían oscurecerse cada vez más y hundirse más en su cabeza. La madre estaba arrodillada junto a la cama, con los brazos sobre su cuerpo y la cabeza oculta entre las sábanas. Al igual que el niño, no se movía; ¡pero qué vida palpitante se sugería en las curvas de su cuerpo y en sus brazos! Se apoyaba en la cama con todo su ser, apretándose contra ella con todas sus fuerzas, como si temiera perturbar la paz y la comodidad que por fin había encontrado para su cuerpo exhausto. Las sábanas, los trapos y los cuencos, las salpicaduras de agua en el suelo, los pinceles y cucharitas tirados aquí y allá, la botella blanca de agua de cal, el aire mismo, pesado y sofocante, todo estaba en silencio y parecía sumido en el reposo.
El médico se detuvo junto a su esposa, metió las manos en los bolsillos del pantalón y, ladeando la cabeza, fijó la mirada en su hijo. Su rostro mostraba una expresión de indiferencia, y solo por las gotas que brillaban en su barba se veía que acababa de llorar.
Ese horror repulsivo que nos hace pensar en la muerte estaba ausente de la habitación. En la insensibilidad general, en la actitud de la madre, en la indiferencia del rostro del médico, había algo que atraía y conmovía el corazón, esa belleza sutil, casi esquiva, del dolor humano que los hombres tardarán mucho en comprender y describir, y que parece que solo la música puede transmitir. Había también una sensación de belleza en la austera quietud. Kirilov y su esposa guardaban silencio y no lloraban, como si, además de la amargura de su pérdida, fueran conscientes también de la tragedia de su situación; así como una vez su juventud se había desvanecido, ahora, junto con este niño, su derecho a tener hijos se había esfumado para siempre. El médico tenía cuarenta y cuatro años, el pelo canoso y parecía un anciano; su esposa, demacrada e inválida, tenía treinta y cinco. Andrey no solo era hijo único, sino también el último.
A diferencia de su esposa, el médico pertenecía a esa clase de personas que, en momentos de sufrimiento espiritual, sienten un anhelo de movimiento. Tras permanecer cinco minutos junto a su esposa, caminó, con el pie derecho en alto, desde el dormitorio hasta una pequeña habitación que estaba ocupada a medias por un gran sofá; de allí, se dirigió a la cocina. Tras pasar junto a la estufa y la cama del cocinero, se agachó y salió por una pequeña puerta al pasillo.
Allí vio de nuevo el pañuelo blanco y el rostro blanco.
—Por fin —suspiró Abogin, extendiendo la mano hacia el picaporte—. Déjanos ir, por favor.
El médico se sobresaltó, lo miró y recordó...
—¡Ya te dije que no puedo ir! —dijo, animándose—. ¡Qué extraño!
—Doctor, no soy una piedra, comprendo perfectamente su situación... Lo siento —dijo Abogin con voz implorante, llevándose la mano al pañuelo—. Pero no le pido nada por mí. Mi esposa se está muriendo. Si hubiera oído ese llanto, si hubiera visto su rostro, comprendería mi obstinación. ¡Dios mío, pensé que se había ido a preparar! Doctor, el tiempo es oro. Vámonos, se lo suplico.
—No puedo ir —dijo Kirilov con énfasis y dio un paso hacia la sala.
Abogin lo siguió y lo agarró de la manga.
—Entiendo que estés triste. Pero no te pido que vengas a un dolor de muelas ni a una consulta, ¡sino que salves una vida humana! —siguió suplicando como un mendigo—. ¡La vida está por encima de cualquier dolor personal! ¡Ven, te pido valentía, heroísmo! ¡Por amor a la humanidad!
—La humanidad es un arma de doble filo —dijo Kirilov, irritado—. En nombre de la humanidad, le ruego que no me lleve. ¡Y qué raro es, de verdad! ¡Apenas puedo soportarlo y usted me habla de humanidad! Ahora mismo no sirvo para nada... Nada me convencerá de ir, y no puedo dejar sola a mi esposa. No, no...
Kirilov agitó las manos y se tambaleó hacia atrás.
—Y... y no me preguntes —continuó alarmado—. Disculpa. Según el número XIII del reglamento, estoy obligado a ir y tienes derecho a arrastrarme del cuello... arrastrarme si quieres, pero... no estoy en condiciones... ni siquiera puedo hablar... discúlpame.
—¡No hay necesidad de hablarme en ese tono, doctor! —dijo Abogin, volviendo a tomar al doctor de la manga—. ¡Qué me importa el número XIII! No tengo ningún derecho a obligarlo contra su voluntad. Si quiere, venga; si no, que Dios lo perdone; pero no apelo a su voluntad, sino a sus sentimientos. Una joven se está muriendo. Acaba de hablar de la muerte de su hijo. ¿Quién podría comprender mi horror sino usted?
La voz de Abogin temblaba de emoción; ese temblor y su tono eran mucho más persuasivos que sus palabras. Abogin era sincero, pero era notable que, dijera lo que dijera, sus palabras sonaban forzadas, desalmadas e inapropiadamente floridas, e incluso parecían un ultraje al ambiente de la casa del médico y a la mujer que agonizaba en algún lugar. Él mismo lo sentía, y por eso, temeroso de no ser comprendido, se esforzaba al máximo por dotar su voz de suavidad y ternura para que la sinceridad de su tono prevaleciera si sus palabras no lo hacían. Por regla general, por muy fina y profunda que sea una frase, solo conmueve a los indiferentes y no puede satisfacer plenamente a quienes son felices o infelices; por eso, el silencio suele ser la máxima expresión de felicidad o infelicidad; los amantes se entienden mejor cuando guardan silencio, y un discurso ferviente y apasionado pronunciado por el sepulcro solo conmueve a los extraños, mientras que a la viuda y los hijos del difunto les parece frío y trivial.
Kirilov permaneció en silencio. Cuando Abogin pronunció algunas frases más sobre la noble vocación de médico, el autosacrificio, etc., el médico preguntó con tristeza: "¿Está lejos?".
—Unas ocho o nueve millas. ¡Tengo caballos de primera, doctor! Le doy mi palabra de honor de que lo llevaré y lo traeré en una hora. Solo una hora.
Estas palabras tuvieron más efecto en Kirilov que las exhortaciones a la humanidad o la noble vocación del médico. Reflexionó un momento y dijo con un suspiro: «¡Muy bien, vámonos!».
Se dirigió rápidamente, con paso más seguro, a su estudio y luego regresó con una levita larga. Abogin, muy aliviado, se movió nerviosamente a su alrededor y le raspó los pies mientras lo ayudaba a ponerse el abrigo, y salió de la casa con él.
Estaba oscuro afuera, aunque más claro que en la entrada. La figura alta y encorvada del doctor, con su barba larga y estrecha y su nariz aguileña, se destacaba claramente en la oscuridad. La gran cabeza de Abogin y la pequeña gorra de estudiante que apenas la cubría se vislumbraban ahora, así como su rostro pálido. El pañuelo se veía blanco solo por delante; por detrás, estaba oculto por su larga cabellera.
—Créeme, sé apreciar tu generosidad —murmuró Abogin mientras ayudaba al doctor a subir al carruaje—. Llegaremos rápido. ¡Conduce lo más rápido que puedas, Luka, qué buen chico! ¡Por favor!
El cochero condujo rápidamente. Al principio, una hilera de edificios indistintos se extendía junto al patio del hospital; todo estaba oscuro, salvo la brillante luz de una ventana que se filtraba a través de la valla hasta el extremo del patio, mientras que tres ventanas del piso superior del hospital parecían más pálidas que el aire circundante. Luego, el carruaje se adentró en una densa sombra; se percibía el olor a humedad y a hongos, y el susurro de los árboles; los cuervos, despertados por el ruido de las ruedas, se agitaban entre el follaje y emitían prolongados graznidos lastimeros, como si supieran que el hijo del médico había muerto y que la esposa de Abogin estaba enferma. Luego se vislumbraron árboles y arbustos aislados; un estanque, sobre el que dormitaban grandes sombras negras, brillaba con una luz tenue, y el carruaje rodó sobre un terreno llano y liso. El graznido de los cuervos sonaba tenuemente a lo lejos y pronto cesó por completo.
Kirilov y Abogin guardaron silencio durante casi todo el trayecto. Solo una vez, Abogin exhaló un profundo suspiro y murmuró:
¡Es un estado angustioso! Nunca se ama tanto a los que están cerca como cuando se está en peligro de perderlos.
Y cuando el carruaje atravesaba lentamente el río, Kirilov se sobresaltó de repente, como si el chapoteo del agua lo hubiera asustado, e hizo un movimiento.
—Escuche, suélteme —dijo con tristeza—. Iré a verla luego. Debo enviar a mi asistente con mi esposa. ¡Está sola, ya sabe!
Abogin no habló. El carruaje, balanceándose de un lado a otro y crujiendo contra las piedras, subió por la ladera arenosa y siguió su camino. Kirilov se movía inquieto y miraba a su alrededor con tristeza. Tras ellos, a la tenue luz de las estrellas, se veía el camino y los sauces ribereños desapareciendo en la oscuridad. A la derecha se extendía una llanura tan uniforme e ilimitada como el cielo; aquí y allá, a lo lejos, probablemente en las marismas, brillaban tenues luces. A la izquierda, paralela al camino, corría una colina sembrada de pequeños arbustos, y sobre la colina se alzaba inmóvil una gran media luna roja, ligeramente velada por la niebla y rodeada de diminutas nubes, que parecían observarla desde todos los ángulos y vigilar que no se alejara.
En toda la naturaleza parecía reinar una sensación de desesperanza y dolor. La tierra, como una mujer destrozada sentada sola en una habitación oscura, intentando no pensar en el pasado, rumiaba recuerdos de primavera y verano, esperando con apatía el inevitable invierno. Dondequiera que se mirara, por todas partes, la naturaleza parecía un pozo oscuro, infinitamente profundo y frío del que ni Kirilov, ni Abogin, ni la media luna roja podían escapar...
Cuanto más se acercaba el carruaje a su destino, más impaciente se ponía Abogin. Siguió avanzando, saltando, mirando por encima del hombro del cochero. Y cuando por fin el carruaje se detuvo ante la entrada, elegantemente cubierta con una cortina de lino a rayas, y al mirar las ventanas iluminadas del segundo piso, se le oyó contener la respiración.
«Si pasa algo... no sobreviviré», dijo, entrando en la sala con el médico y frotándose las manos con agitación. «Pero no hay conmoción, así que todo debe ir bien hasta ahora», añadió, escuchando en el silencio.
No se oía ningún ruido de pasos ni voces en el vestíbulo, y toda la casa parecía dormida a pesar de las ventanas iluminadas. Ahora el doctor y Abogin, que hasta entonces habían estado a oscuras, podían verse con claridad. El doctor era alto y encorvado, vestía descuidadamente y no era apuesto. Sus labios, gruesos como los de un negro, su nariz aguileña y sus ojos apáticos y desganados tenían una expresión desagradablemente dura, taciturna y hostil. Su cabeza descuidada y sus sienes hundidas, el prematuramente grisáceo de su larga y estrecha barba, a través de la cual se le veía la barbilla, el pálido tono gris de su piel y sus modales descuidados y toscos: la crudeza de todo ello sugería años de pobreza, de mala fortuna, de hastío de la vida y de los hombres. Al contemplar su figura gélida, uno apenas podía creer que este hombre tuviera esposa, que fuera capaz de llorar por su hijo. Abogin presentaba un aspecto muy diferente. Era un hombre corpulento, robusto y rubio, con una cabeza grande y rasgos grandes y suaves; vestía elegantemente a la última moda. Su porte, su abrigo abotonado, su larga cabellera y su rostro denotaban algo generoso y leonino; caminaba con la cabeza erguida y el pecho cuadrado, hablaba con un agradable tono de barítono, y había un matiz de refinada elegancia, casi femenina, en la manera en que se quitaba el pañuelo y se alisaba el cabello. Ni siquiera su palidez y el terror infantil con el que miraba hacia las escaleras al quitarse el abrigo le restaban dignidad ni disminuían el aire de pulcritud, salud y aplomo que caracterizaba toda su figura.
—No hay nadie ni se oye nada —dijo subiendo las escaleras—. No hay ningún alboroto. Que Dios quiera que todo esté bien.
Condujo al médico a través del pasillo hasta un gran salón donde había un piano negro y una lámpara de araña con una cubierta blanca; desde allí, ambos pasaron a un pequeño y acogedor salón, muy bonito y lleno de un crepúsculo agradable y rosado.
—Bueno, siéntese aquí, doctor, y vuelvo enseguida. Iré a echar un vistazo y a prepararlos.
Kirilov se quedó solo. El lujo del salón, la agradable luz tenue y su propia presencia en la casa desconocida del forastero, que tenía algo de aventura, no parecían afectarle. Se sentó en una silla baja y se examinó las manos, quemadas por el ácido carbólico. Apenas vislumbró la brillante pantalla roja de la lámpara y el estuche del violonchelo, y al mirar hacia donde marcaba el reloj, vio un lobo disecado, tan corpulento y elegante como el propio Abogin.
Todo estaba en silencio... En algún lugar lejano, en las habitaciones contiguas, alguien lanzó una fuerte exclamación:
—¡Ah! Se oyó el ruido metálico de una puerta de cristal, probablemente de un armario, y de nuevo todo quedó en silencio. Tras esperar cinco minutos, Kirilov dejó de examinarse las manos y alzó la vista hacia la puerta por la que había desaparecido Abogin.
En la puerta estaba Abogin, pero no era el mismo que al salir. Su aspecto pulcro y elegante había desaparecido; su rostro, sus manos, su actitud estaban contorsionados por una expresión repugnante, entre horror y un dolor físico agonizante. Su nariz, sus labios, su bigote, todos sus rasgos se movían y parecían querer separarse de su rostro; sus ojos parecían reír con agonía...
Abogin entró con paso pesado en el salón, se inclinó hacia delante, gimió y agitó los puños.
—¡Me ha engañado! —gritó, con un fuerte énfasis en la segunda sílaba del verbo—. ¡Me ha engañado, se ha ido! ¡Se enfermó y me mandó al médico, solo para escaparse con ese payaso de Paptchinsky! ¡Dios mío!
Abogin dio un paso pesado hacia el médico, extendió sus puños blancos y suaves frente a su cara y, agitándolos, continuó gritando:
¡Se fue! ¡Me engañó! ¿Pero por qué este engaño? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué necesidad hay de esta vil artimaña, esta diabólica y sinvergüenza farsa? ¿Qué le he hecho? ¡Se fue!
Las lágrimas brotaron de sus ojos. Giró sobre un pie y empezó a pasearse por el salón. Con su abrigo corto y sus pantalones ajustados a la moda que le hacían parecer desproporcionadamente delgadas, su cabeza grande y su larga melena parecía un león. Un destello de curiosidad se dibujó en el rostro apático del doctor. Se levantó y miró a Abogin.
“Disculpe, ¿dónde está el paciente?” dijo.
—¡La paciente! ¡La paciente! —gritó Abogin, riendo, llorando y aún blandiendo los puños—. ¡No está enferma, sino maldita! ¡Qué bajeza! ¡Qué vileza! ¡Ni el mismísimo diablo podría haber imaginado nada más repugnante! ¡Me envió para escaparse con un bufón, un payaso estúpido, un tal Alphonse! ¡Dios mío, mejor hubiera muerto! ¡No lo soporto! ¡No lo soporto!
El médico se irguió. Sus ojos parpadearon y se llenaron de lágrimas; su barba angosta empezó a moverse de derecha a izquierda junto con su mandíbula.
—¿Qué significa esto? —preguntó, mirando a su alrededor con curiosidad—. Mi hijo ha muerto, mi esposa está de luto, sola en casa... Yo mismo apenas puedo mantenerme en pie, llevo tres noches sin dormir... ¡Y aquí me veo obligado a representar un papel en una vulgar farsa, a representar el papel de un personaje teatral! ¡No... no lo entiendo!
Abogin abrió el puño, arrojó una nota arrugada al suelo y la pisoteó como si fuera un insecto que quisiera aplastar.
—Y no lo vi, no lo entendí —dijo con los dientes apretados, blandiendo el puño ante la cara con una expresión como si alguien le hubiera pisado los callos—. ¡No me di cuenta de que venía todos los días! ¡No me di cuenta de que hoy venía en un carruaje cerrado! ¿Para qué venía en un carruaje cerrado? ¡Y no lo vi! ¡Nada!
“No lo entiendo…”, murmuró el doctor. “¿Pero qué significa esto? ¡Es un ultraje a la dignidad personal, una burla al sufrimiento humano! Es increíble… ¡Es la primera vez en mi vida que tengo una experiencia así!”
Con la sorda sorpresa de quien acaba de darse cuenta de que ha sido duramente insultado, el médico se encogió de hombros, abrió los brazos y, sin saber qué hacer ni qué decir, se hundió indefenso en una silla.
—Si has dejado de amarme y amas a otra, que así sea; pero ¿por qué este engaño, por qué esta vulgar y traicionera treta? —preguntó Abogin con voz llorosa—. ¿Cuál es el objetivo? ¿Y qué lo justifica? ¿Y qué te he hecho? Escuche, doctor —dijo con vehemencia, acercándose a Kirilov. Has sido testigo involuntario de mi desgracia y no voy a ocultarte la verdad. ¡Juro que amé a esa mujer, la amé con devoción, como a una esclava! Lo he sacrificado todo por ella; me he peleado con mi propia gente, he abandonado el servicio y la música, le he perdonado lo que no podría haber perdonado a mi propia madre o hermana... Nunca la he mirado con recelo... Nunca la he contradicho en nada. ¿Por qué este engaño? No exijo amor, pero ¿por qué esta repugnante duplicidad? Si no me amaba, ¿por qué no lo dijo abiertamente, con honestidad, sobre todo sabiendo que conoce mis opiniones al respecto?...
Con lágrimas en los ojos y temblando por todas partes, Abogin se abrió al médico con absoluta sinceridad. Habló con calidez, apretándose el corazón con ambas manos, exponiendo los secretos de su vida privada sin la menor vacilación, e incluso pareció alegrarse de que por fin estos secretos ya no estuvieran reprimidos en su pecho. Si hubiera hablado así durante una o dos horas, y le hubiera abierto el corazón, sin duda se habría sentido mejor. Quién sabe, si el médico lo hubiera escuchado y se hubiera compadecido de él como un amigo, tal vez, como suele ocurrir, se habría reconciliado con su problema sin protestar, sin hacer nada innecesario ni absurdo... Pero lo que ocurrió fue muy diferente. Mientras Abogin hablaba, el indignado médico cambió perceptiblemente. La indiferencia y el asombro en su rostro dieron paso gradualmente a una expresión de amargo resentimiento, indignación e ira. Los rasgos de su rostro se volvieron aún más duros, toscos y desagradables. Cuando Abogin le mostró ante los ojos la fotografía de una joven con un rostro hermoso, frío e inexpresivo como el de una monja, y le preguntó si, mirando ese rostro, uno podía concebir que fuera capaz de duplicidad, el médico apareció de repente y, con ojos centelleantes, dijo, pronunciando groseramente cada palabra:
¿Para qué me cuentas todo esto? ¡No tengo ganas de oírlo! ¡No tengo ganas! —gritó y dio un puñetazo en la mesa—. ¡No quiero tus vulgares secretos! ¡Maldita sea! ¡No te atrevas a contarme esas vulgaridades! ¿Acaso consideras que ya no me han insultado lo suficiente? ¿Que soy un lacayo al que puedes insultar sin reservas? ¿De eso se trata?
Abogin se tambaleó hacia atrás, alejándose de Kirilov y lo miró con asombro.
—¿Por qué me has traído aquí? —continuó el doctor, con la barba temblando—. Si estás tan engreído que te casas y luego haces una farsa como esta, ¿cómo entro yo? ¿Qué tengo que ver con tus amoríos? ¡Déjame en paz! Sigue sacando dinero a los pobres con tu caballerosidad. Haz alarde de ideas humanas, toca (el doctor miró de reojo el estuche del violonchelo), toca el fagot y el trombón, engorda como un capón, ¡pero no te atrevas a insultar la dignidad personal! Si no puedes respetarla, ¡al menos podrías dedicarle tu atención!
—Disculpe, ¿qué significa todo esto? —preguntó Abogin, sonrojándose.
¡Significa que es vil y ruin jugar con gente así! Soy médico; ustedes consideran a los médicos y a la gente en general que trabaja y no huele a perfume ni a prostitución como sus sirvientes y mala calidad ; bueno, pueden considerarlos así, pero nadie les ha dado el derecho de tratar a un hombre que sufre como si fuera un objeto de teatro.
—¡Cómo te atreves a decirme eso! —dijo Abogin en voz baja, y su rostro volvió a temblar, esta vez claramente por la ira.
—¡No! ¿Cómo se atrevió, conociendo mi dolor, a traerme aquí a escuchar estas vulgaridades? —gritó el doctor, y volvió a golpear la mesa con el puño—. ¿Quién le ha dado derecho a burlarse del dolor ajeno?
—¡Has perdido el juicio! —gritó Abogin—. Es una falta de generosidad. Yo mismo me siento profundamente infeliz y... y...
—¡Infeliz! —dijo el doctor con una sonrisa de desprecio—. No pronuncies esa palabra, no te concierne. El derrochador que no puede conseguir un préstamo también se considera infeliz. El capón, perezoso por la sobrealimentación, también es infeliz. ¡Gente inútil!
—¡Señor, se le olvida! —chilló Abogin—. ¡Por decir esas cosas... la gente recibe una paliza! ¿Entiende?
Abogin buscó apresuradamente en su bolsillo lateral, sacó una cartera, extrajo dos billetes y los arrojó sobre la mesa.
—Aquí está la tarifa de su visita —dijo, con las fosas nasales dilatadas—. Ya está pagado.
"¿Cómo se atreve a ofrecerme dinero?", gritó el doctor, y tiró las notas de la mesa al suelo. "¡Un insulto no se paga con dinero!"
Abogin y el médico se encontraron cara a cara, y en su ira continuaron lanzándose insultos inmerecidos. Creo que nunca en sus vidas, ni siquiera en el delirio, habían dicho algo tan injusto, cruel y absurdo. El egoísmo de los infelices era evidente en ambos. Los infelices son egoístas, rencorosos, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse que los necios. La infelicidad no une a las personas, sino que las separa, e incluso donde uno supondría que las personas deberían estar unidas por la similitud de su dolor, se genera mucha más injusticia y crueldad que en entornos comparativamente apacibles.
“¡Por favor, déjame ir a casa!” gritó el médico respirando con dificultad.
Abogin tocó la campana con fuerza. Al no haber respuesta, volvió a tocar y, furioso, la arrojó al suelo; cayó sobre la alfombra con un sonido apagado y emitió una nota lastimera, como si estuviera a punto de morir. Entró un lacayo.
—¿Dónde te has estado escondiendo, que el diablo te lleve? —Su amo se abalanzó sobre él, apretando los puños—. ¿Dónde estabas ahora mismo? Ve y diles que traigan la victoria para este caballero y que me preparen el carruaje cerrado. ¡Quédate! —gritó mientras el lacayo se daba la vuelta para salir—. ¡No quiero ni un solo traidor en la casa para mañana! ¡Fuera todos! ¡Contrataré sirvientes nuevos! ¡Reptiles!
Abogin y el doctor permanecieron en silencio esperando el carruaje. El primero recuperó su expresión elegante y refinada. Paseaba de un lado a otro de la habitación, meneando la cabeza con elegancia, y evidentemente meditaba en algo. Su ira no se había calmado, pero intentaba aparentar no reparar en su enemigo... El doctor permaneció de pie, apoyado con una mano en el borde de la mesa, y miró a Abogin con ese profundo y algo cínico, feo desprecio que solo se encuentra en los ojos de la tristeza y la indigencia cuando se enfrentan a la comodidad y la elegancia bien nutridas.
Cuando poco después el doctor subió al coche victoria y se marchó, aún había una mirada de desprecio en sus ojos. Estaba oscuro, mucho más oscuro que una hora antes. La media luna roja se había ocultado tras la colina y las nubes que la protegían formaban manchas oscuras cerca de las estrellas. El carruaje con faroles rojos traqueteaba por la carretera y pronto adelantó al doctor. Era Abogin, que se marchaba a protestar, a hacer tonterías...
Durante todo el camino a casa, el doctor no pensó en su esposa ni en su Andrey, sino en Abogin y en la gente de la casa que acababa de dejar. Sus pensamientos eran injustos e inhumanamente crueles. Condenó a Abogin, a su esposa, a Paptchinsky y a todos los que vivían en una luz rosada y tenue entre dulces perfumes, y durante todo el camino los odió y despreció hasta que le dolió la cabeza. Y una firme convicción sobre ellos se forjó en su mente.
El tiempo pasará y el dolor de Kirilov pasará, pero esa convicción, injusta e indigna del corazón humano, no pasará, sino que permanecerá en la mente del médico hasta la tumba.
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EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN
AUn hermoso día de primavera, un médico de distrito y un juez de instrucción se dirigían a una audiencia judicial. El juez de instrucción, un hombre de treinta y cinco años, miró a los caballos con aire soñador y dijo:
Hay mucho enigmático y oscuro en la naturaleza; e incluso en la vida cotidiana, doctor, uno a menudo se topa con fenómenos absolutamente inexplicables. Conozco, por ejemplo, varias muertes extrañas y misteriosas, cuya causa solo los espiritistas y místicos se atreven a explicar; un hombre lúcido solo puede alzar las manos con perplejidad. Por ejemplo, conozco a una mujer muy culta que predijo su propia muerte y murió sin motivo aparente el mismo día que había predicho. Dijo que moriría en un día determinado, y murió.
“No hay efecto sin causa”, dijo el doctor. “Si hay una muerte, debe haber una causa. Pero predecirla no tiene nada de maravilloso. Todas nuestras damas —todas nuestras mujeres, de hecho— tienen predilección por las profecías y los presentimientos”.
Así es, pero mi señora, doctor, era un caso bastante especial. No había nada que se pareciera a los presentimientos de las damas u otras mujeres sobre su predicción y su muerte. Era una mujer joven, sana e inteligente, sin supersticiones de ningún tipo. Tenía unos ojos claros, inteligentes y honestos; un rostro abierto y sensato con una leve mirada burlona, típicamente rusa, en los ojos y los labios. No había nada de una dama refinada ni de una mujer en ella, excepto —si lo prefiere— ¡su belleza! Era grácil, elegante como ese abedul; tenía un cabello maravilloso. Para que le sea comprensible, añadiré también que era una persona de una alegría y una despreocupación contagiosas, y de esa frivolidad inteligente y bondadosa que solo se encuentra en personas bondadosas, despreocupadas y con cerebro. ¿Se puede hablar de misticismo, espiritualismo, predisposición o algo por el estilo en este caso? Solía reírse de todo eso.
La calesa del médico se detuvo junto a un pozo. El juez de instrucción y el médico bebieron agua, se estiraron y esperaron a que el cochero terminara de abrevar a los caballos.
—¿Y bien? ¿De qué murió la señora? —preguntó el médico cuando el carruaje volvió a rodar por la carretera.
Murió de una forma extraña. Un buen día, su marido fue a verla y le dijo que no estaría mal vender su viejo carruaje antes de la primavera y comprar uno más nuevo y ligero, y que también sería mejor cambiar el caballo de tiro izquierdo y poner a Bobtchinsky (así se llamaba uno de los caballos de su marido) en las varas.
Su esposa lo escuchó y dijo:
—Haz lo que creas conveniente, pero ahora me da igual. Antes del verano estaré en el cementerio.
“Su marido, por supuesto, se encogió de hombros y sonrió.
—No bromeo —dijo—. Te digo en serio que pronto moriré.
“¿Qué quieres decir con pronto?”
Inmediatamente después de mi parto. Daré a luz a mi hijo y moriré.
El esposo no le dio importancia a estas palabras. No creía en presentimientos de ningún tipo, y sabía que las mujeres en una condición interesante tienden a ser fantasiosas y a ceder a ideas pesimistas. Un día después, su esposa volvió a hablarle de morir inmediatamente después del parto, y luego todos los días ella hablaba de ello y él se reía y la llamaba tonta, adivina, loca. Su muerte inminente se convirtió en una idea fija para su esposa. Cuando su esposo no la escuchaba, ella iba a la cocina y hablaba de su muerte con la enfermera y la cocinera.
«No me queda mucho tiempo de vida, enfermera», decía. «En cuanto termine mi parto, moriré. No quería morir tan pronto, pero parece que es mi destino».
La enfermera y la cocinera estaban llorando, por supuesto. A veces, la esposa del sacerdote o alguna señora de una finca vecina venía a verla y ella las llevaba aparte y les abría su corazón, siempre insistiendo en el mismo tema: su muerte inminente. Hablaba con gravedad, con una sonrisa desagradable, incluso con un rostro enfadado que no admitía ninguna contradicción. Había sido elegante y a la moda en su vestimenta, pero ahora, ante la proximidad de su muerte, se volvió descuidada; no leía, no reía, no soñaba en voz alta. Es más, acompañó a su tía al cementerio y eligió un lugar para su tumba. Cinco días antes de su parto, hizo testamento. Y todo esto, tengan en cuenta, lo hizo con la mejor salud, sin el menor atisbo de enfermedad o peligro. Un parto es un asunto difícil y a veces fatal, pero en el caso que les cuento, todos los indicios eran favorables, y no había absolutamente nada que temer. Su esposo finalmente se hartó de todo el asunto. Un día, durante la cena, perdió los estribos y le preguntó:
—Escucha, Natasha, ¿cuándo acabará esta tontería?
“No es ninguna tontería, lo digo en serio”.
“Tonterías, te aconsejo que dejes de hacer tonterías para que después no te avergüences de ello”.
Bueno, llegó el parto. El esposo consiguió la mejor partera del pueblo. Era el primer parto de su esposa, pero no pudo haber ido mejor. Cuando terminó, pidió ver a su bebé. Lo miró y dijo:
“Bueno, ahora puedo morir”.
Se despidió, cerró los ojos y media hora después entregó su alma a Dios. Estuvo plenamente consciente hasta el último momento. De todas formas, cuando le dieron leche en lugar de agua, susurró suavemente:
“¿Por qué me das leche en lugar de agua?”
Así que eso fue lo que pasó. Murió como predijo.
El juez de instrucción hizo una pausa, suspiró y dijo:
Venga, explíqueme por qué murió. Le aseguro por mi honor que esto no es un invento, es un hecho.
El médico miró al cielo meditativamente.
"Debería haber hecho una investigación sobre ella", dijo.
"¿Por qué?"
Pues para averiguar la causa de su muerte. No murió porque lo hubiera predicho. Probablemente se envenenó.
El juez de instrucción se volvió rápidamente hacia el médico y, entrecerrando los ojos, preguntó:
“¿Y de qué concluyes que se envenenó?”
No lo concluyo, pero lo asumo. ¿Se llevaba bien con su marido?
—Mmm, no del todo. Hubo malentendidos poco después de casarse. Hubo circunstancias desafortunadas. En una ocasión, ella encontró a su esposo con una dama. Sin embargo, pronto lo perdonó.
“¿Y qué fue primero, la infidelidad de su marido o su idea de morir?”
El juez de instrucción miró atentamente al médico, como si intentara imaginar por qué hacía aquella pregunta.
“Disculpe”, dijo, no inmediatamente. “Intentaré recordarlo”. El juez de instrucción se quitó el sombrero y se frotó la frente. “Sí, sí... fue muy poco después de ese incidente cuando empezó a hablar de la muerte. Sí, sí”.
—Bueno, ¿lo ven?... Probablemente fue en ese momento cuando decidió envenenarse, pero, como seguramente no quería matar también a su hijo, lo pospuso hasta después del parto.
¡Imposible, improbable!... Es imposible. Ella lo perdonó en su momento.
Que lo haya perdonado pronto significa que tenía algo malo en la cabeza. Las esposas jóvenes no perdonan pronto.
El juez de instrucción esbozó una sonrisa forzada y, para ocultar su evidente agitación, empezó a encender un cigarrillo.
“No es probable, no es probable”, continuó. “Nunca se me pasó por la cabeza que algo así fuera posible… Y además… él no era tan culpable como parece… Le fue infiel de una manera bastante extraña, sin ningún deseo de serlo; llegaba a casa por la noche algo exaltado, quería hacer el amor con alguien, su esposa estaba en un estado interesante… entonces se encontró con una señora que había venido a pasar tres días —maldita sea—, una mujer tonta, tonta y fea. No podía considerarse una infidelidad. Su esposa lo vio así y pronto… lo perdonó. No se dijo nada más al respecto…
“La gente no muere sin una razón”, afirmó el médico.
Así es, por supuesto, pero aun así... No puedo admitir que se envenenó. ¡Pero es extraño que la idea nunca se me hubiera ocurrido! ¡Y a nadie se le había ocurrido! Todos estaban asombrados de que su predicción se hubiera cumplido, y la idea... de semejante muerte estaba lejos de sus mentes. ¡Y, en efecto, no puede ser que se envenenara! ¡No!
El juez de instrucción reflexionó. El recuerdo de la mujer que había muerto de forma tan extraña lo persiguió durante toda la investigación. Mientras anotaba lo que el médico le dictaba, frunció el ceño con tristeza y se frotó la frente.
“¿Y de verdad hay venenos que matan en un cuarto de hora, poco a poco, sin dolor?”, preguntó al médico mientras éste le abría el cráneo.
—Sí, los hay. Morphia, por ejemplo.
—Mmm, qué raro. Recuerdo que solía guardar algo así... Pero difícilmente podría ser.
En el camino de regreso, el juez de instrucción parecía agotado, se mordía nerviosamente el bigote y no quería hablar.
—Caminemos un poco —le dijo al doctor—. Estoy cansado de estar sentado.
Tras caminar unos cien pasos, el juez de instrucción le pareció al doctor abrumado por la fatiga, como si hubiera escalado una montaña. Se detuvo y, mirándolo con una expresión extraña, como si estuviera borracho, dijo:
—Dios mío, si tu teoría es correcta, ¡pero fue cruel, inhumano! ¡Se envenenó para castigar a alguien! ¿Por qué fue tan grave el pecado? ¡Dios mío! ¿Y por qué me regaló esta maldita idea, doctor?
El juez de instrucción se llevó las manos a la cabeza con desesperación y continuó:
Lo que te he contado era sobre mi esposa, sobre mí. ¡Dios mío! Tuve la culpa, la herí, pero ¿acaso fue más fácil morir que perdonar? Esa es la lógica típica de las mujeres: una lógica cruel y despiadada. ¡Ay, incluso cuando vivía era cruel! ¡Ahora lo recuerdo todo! ¡Ahora lo tengo todo claro!
Mientras el juez de instrucción hablaba, se encogió de hombros y se llevó las manos a la cabeza. Volvió al carruaje y volvió a caminar. La nueva idea que le había transmitido el doctor parecía haberlo abrumado, envenenado; estaba distraído, destrozado en cuerpo y alma, y al regresar al pueblo se despidió del doctor, negándose a quedarse a cenar, aunque la noche anterior le había prometido cenar con él.
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PROMETIDO
I
Eran las diez de la noche y la luna llena brillaba sobre el jardín. En casa de los Shumin, el servicio vespertino, celebrado a petición de la abuela, Marfa Mihalovna, acababa de terminar, y Nadya —había salido un momento al jardín— podía ver cómo se ponía la mesa para la cena en el comedor, y a su abuela ajetreada con su magnífico vestido de seda. El padre Andrey, sumo sacerdote de la catedral, hablaba con la madre de Nadya, Nina Ivanovna, y ahora, a la luz del atardecer que entraba por la ventana, su madre, por alguna razón, parecía muy joven. Andrey Andréich, hijo del padre Andrey, estaba de pie junto a ella escuchando atentamente.
El jardín estaba tranquilo y fresco, y unas sombras oscuras y apacibles se extendían sobre el suelo. Se oía el croar de las ranas, muy, muy lejos, más allá del pueblo. ¡Se sentía mayo, dulce mayo! Uno respiraba hondo y anhelaba imaginar que no allí, sino muy lejos, bajo el cielo, sobre los árboles, muy lejos, en el campo abierto, en los campos y los bosques, se desplegaba la vida de la primavera, misteriosa, hermosa, rica y santa, más allá de la comprensión del hombre débil y pecador. Y por alguna razón, uno quería llorar.
Ella, Nadia, ya tenía veintitrés años. Desde los dieciséis soñaba apasionadamente con el matrimonio, y por fin se comprometió con Andréi Andréich, el joven que estaba al otro lado de la ventana; le gustaba, la boda ya estaba fijada para el 7 de julio, y sin embargo no sentía alegría, dormía mal, estaba decaída... Desde las ventanas abiertas del sótano, donde estaba la cocina, oía a los sirvientes apresurados, el repiqueteo de los cuchillos, el portazo de la puerta batiente; olía a pavo asado y cerezas encurtidas, y por alguna razón le pareció que sería así toda su vida, sin cambios, sin fin.
Alguien salió de la casa y se detuvo en la escalera; era Alexandr Timofeitch, o, como siempre lo llamaban, Sasha, que había llegado de Moscú diez días antes y se alojaba con ellos. Años atrás, una pariente lejana de la abuela, la viuda de un caballero llamada Marya Petrovna, una mujer delgada y enfermiza que se había hundido en la pobreza, solía ir a la casa a pedir ayuda. Tenía un hijo, Sasha. Por alguna razón, se decía que tenía talento para el arte, y cuando murió su madre, la abuela de Nadya, para salvar su alma, lo envió a la escuela Komissarovsky de Moscú; dos años después ingresó en la escuela de pintura, donde pasó casi quince años, y apenas logró aprobar el examen final de arquitectura. Sin embargo, no se estableció como arquitecto, sino que consiguió un trabajo en un estudio de litografía. Solía venir casi todos los años, generalmente muy enfermo, a quedarse con la abuela de Nadya para descansar y recuperarse.
Ahora llevaba una levita abotonada hasta el cuello y unos pantalones de lona raídos, arrugados en los bajos. Su camisa no estaba planchada y, por alguna razón, tenía un aspecto descuidado. Era muy delgado, con ojos grandes, dedos largos y delgados, y un rostro moreno y barbudo, pero aun así era guapo. Con los Shumin era como uno más de la familia, y en su casa se sentía como en casa. Y la habitación que ocupaba cuando estaba allí se había llamado durante años la habitación de Sasha. De pie en los escalones, vio a Nadya y se acercó a ella.
“Es agradable aquí”, dijo.
“Claro que es bonito, deberías quedarte aquí hasta el otoño”.
—Sí, supongo que llegará a ese punto. Me atrevería a decir que me quedaré contigo hasta septiembre.
Él se rió sin motivo y se sentó a su lado.
—Estoy sentada mirando a mi madre —dijo Nadya—. ¡Desde aquí se ve tan joven! Mi madre tiene sus debilidades, claro —añadió, tras una pausa—, pero aun así es una mujer excepcional.
—Sí, es muy simpática... —coincidió Sasha—. Tu madre, a su manera, claro, es una mujer muy buena y dulce, pero... ¿cómo decirlo? Esta mañana temprano fui a tu cocina y encontré a cuatro sirvientes durmiendo en el suelo, sin camas, y con trapos de cama, hedor, bichos, escarabajos... Está igual que hace veinte años, sin ningún cambio. Bueno, abuela, que Dios la bendiga, ¿qué más se puede esperar de la abuela? Pero tu madre habla francés, ¿sabes?, y actúa en obras de teatro privadas. Cualquiera pensaría que lo entendería.
Mientras Sasha hablaba, solía estirar dos dedos largos y desgarbados frente a la cara del oyente.
—Todo me parece un poco extraño aquí, ahora que he perdido la costumbre —continuó—. No hay manera de entenderlo. Nadie hace nada nunca. Tu madre se pasa el día entero caminando como una duquesa, la abuela tampoco hace nada, ni tú tampoco. Y tu Andréi Andréich tampoco hace nada nunca.
Nadia había oído eso el año anterior y, suponía, también el anterior a ese, y sabía que Sasha no podía hacer otra crítica, y en el pasado eso la había divertido, pero ahora, por alguna razón, se sentía molesta.
—Todo eso está rancio, y llevo siglos harta de ello —dijo, y se levantó—. Deberías pensar en algo un poco más moderno.
Él rió y se levantó también, y juntos fueron hacia la casa. Ella, alta, guapa y bien formada, a su lado parecía muy saludable y elegantemente vestida; era consciente de ello y sentía lástima por él, y por alguna razón, se sentía incómoda.
—Y dices muchas cosas que no deberías —dijo ella—. Acabas de hablar de mi Andrey, pero ves que no lo conoces.
—Mi Andrey... Moléstalo, tu Andrey. Me da pena tu juventud.
Ya estaban sentados a cenar cuando los jóvenes entraron al comedor. La abuela, o Yaya, como la llamaban en casa, una anciana corpulenta y sencilla, de cejas pobladas y bigotito, hablaba en voz alta, y por su voz y forma de hablar se notaba que era la persona más importante de la casa. Era dueña de hileras de tiendas en el mercado, de la casa antigua con columnas y del jardín, pero rezaba cada mañana para que Dios la salvara de la ruina y derramaba lágrimas al hacerlo. Su nuera, la madre de Nadia, Nina Ivanovna, una mujer rubia de pelo bien peinado, con quevedos y diamantes en cada dedo; el padre Andréi, un anciano delgado y desdentado cuyo rostro siempre parecía estar a punto de decir algo gracioso; y su hijo, Andréi Andréievich, un joven corpulento y apuesto de pelo rizado con aspecto de artista o actor, hablaban de hipnotismo.
—Te pondrás bien en una semana —dijo la abuela, dirigiéndose a Sasha—. Solo que tienes que comer más. ¡Qué cara tienes! —suspiró—. ¡Eres horrible! Eres un hijo pródigo, eso es lo que eres.
—Después de malgastar la fortuna de su padre viviendo desenfrenadamente —dijo el padre Andrey lentamente, con ojos risueños—, se alimentó de animales insensatos.
—Me cae bien mi papá —dijo Andrey Andreich, tocándole el hombro—. Es un viejo estupendo, un viejo entrañable.
Todos guardaron silencio un rato. De repente, Sasha se echó a reír y se llevó la servilleta a la boca.
“¿Entonces usted cree en el hipnotismo?”, le preguntó el padre Andrey a Nina Ivanovna.
—No puedo, por supuesto, afirmar que lo creo —respondió Nina Ivanovna, adoptando una expresión muy seria, casi severa—; pero debo reconocer que hay mucho misterioso e incomprensible en la naturaleza.
“Estoy totalmente de acuerdo contigo, aunque debo añadir que la religión limita claramente para nosotros el ámbito de lo misterioso.”
Se sirvió un pavo grande y gordo. El padre Andrey y Nina Ivanovna continuaron su conversación. Los diamantes de Nina Ivanovna brillaron en sus dedos, y entonces, las lágrimas comenzaron a brillar en sus ojos; estaba emocionada.
«Aunque no puedo aventurarme a discutir contigo», dijo, «debes admitir que hay tantos enigmas insolubles en la vida».
“Ninguno, te lo aseguro.”
Después de cenar, Andréi Andréich tocó el violín y Nina Ivánovna lo acompañó al piano. Diez años antes se había graduado en la Facultad de Artes de la universidad, pero nunca había ocupado ningún puesto, carecía de trabajo fijo y solo participaba ocasionalmente en conciertos benéficos; en la ciudad era considerado músico.
Andréi Andréich tocaba; todos escuchaban en silencio. El samovar hervía tranquilamente sobre la mesa y nadie más que Sasha tomaba té. Entonces, al dar las doce, una cuerda de violín se rompió de repente; todos rieron, se pusieron a bailar y empezaron a despedirse.
Tras despedir a su prometido, Nadia subió a la planta alta, donde ella y su madre tenían sus habitaciones (la planta baja estaba ocupada por la abuela). Empezaron a apagar las luces del comedor, mientras Sasha seguía sentado tomando el té. Siempre pasaba un buen rato tomando el té al estilo moscovita, llegando a beber hasta siete vasos seguidos. Durante un buen rato, después de que Nadia se desvistiera y se acostara, pudo oír a los sirvientes recogiendo abajo y a la abuela hablando enfadada. Finalmente, todo quedó en silencio, y no se oía nada más que a Sasha, que de vez en cuando tosía con un tono grave en su habitación de abajo.
II
Cuando Nadia despertó, debían de ser las dos; empezaba a amanecer. Un vigilante llamaba a la puerta a lo lejos. No tenía sueño, y su cama se sentía muy blanda e incómoda. Nadia se incorporó y se puso a pensar como todas las noches de mayo. Sus pensamientos eran los mismos de la noche anterior, pensamientos inútiles y persistentes, siempre iguales, sobre cómo Andrei Andreich había empezado a cortejarla y le había propuesto matrimonio, cómo ella lo había aceptado y luego, poco a poco, había llegado a apreciar a ese hombre bondadoso e inteligente. Pero por alguna razón, ahora, cuando faltaba apenas un mes para la boda, empezó a sentir temor e inquietud, como si algo vago y opresivo se avecinara.
“Tic-tac, tic-tac…”, el vigilante golpeó perezosamente. “… Tic-tac.”
A través del gran ventanal antiguo podía ver el jardín y, a poca distancia, los arbustos de lilas en plena floración, soñolientos y sin vida por el frío; la espesa niebla blanca flotaba suavemente hacia las lilas, intentando cubrirlas. Los grajos, soñolientos, graznaban en los árboles lejanos.
“Dios mío, ¿por qué tengo el corazón tan pesado?”
Quizás todas las chicas sentían lo mismo antes de su boda. ¡Quién lo iba a saber! ¿O era la influencia de Sasha? Pero durante varios años, Sasha había estado repitiendo lo mismo, como un libro de texto, y cuando hablaba parecía ingenuo y raro. Pero ¿por qué no podía sacarse a Sasha de la cabeza? ¿Por qué?
El vigilante dejó de tocar la hierba un buen rato. Los pájaros piaban bajo las ventanas y la niebla había desaparecido del jardín. Todo estaba iluminado por el sol primaveral como por una sonrisa. Pronto todo el jardín, cálido y acariciado por el sol, volvió a la vida, y las gotas de rocío brillaban como diamantes sobre las hojas, y el viejo jardín abandonado, esa mañana, lucía joven y alegremente engalanado.
La abuela ya estaba despierta. La tos ronca de Sasha empezó. Nadya los oía abajo, preparando el samovar y moviendo las sillas. Las horas transcurrían lentamente; Nadya llevaba un buen rato de pie, paseando por el jardín, y la mañana seguía su curso.
Por fin apareció Nina Ivanovna con el rostro bañado en lágrimas, con un vaso de agua mineral en la mano. Le interesaba el espiritismo y la homeopatía, leía mucho, le gustaba hablar de las dudas que la asaltaban, y a Nadia le pareció que todo aquello encerraba un profundo y misterioso significado.
Ahora Nadya besó a su madre y caminó a su lado.
—¿Por qué has estado llorando, madre? —preguntó.
Anoche leía un cuento sobre un anciano y su hija. El anciano ocupa una oficina y su jefe se enamora de su hija. No lo he terminado, pero había un pasaje que me hizo llorar —dijo Nina Ivanovna, y dio un sorbo a su copa—. Lo recordé esta mañana y volví a llorar.
"He estado muy deprimida todos estos días", dijo Nadya tras una pausa. "¿Por qué no duermo por las noches?"
—No lo sé, querida. Cuando no puedo dormir, cierro los ojos muy fuerte, así, y me imagino a Ana Karenina moviéndose y hablando, o algo histórico del mundo antiguo...
Nadia sintió que su madre no la comprendía y era incapaz de comprenderla. Lo sintió por primera vez en su vida, y la asustó profundamente y quiso esconderse; así que se fue a su habitación.
A las dos se sentaron a cenar. Era miércoles, día de ayuno, así que le sirvieron sopa de verduras y besugo con cereales hervidos a la abuela.
Para molestar a la abuela Sasha, comía su sopa de carne además de la de verduras. Bromeaba durante toda la cena, pero sus bromas eran forzadas e invariablemente morales, y el efecto no era nada divertido cuando, antes de hacer algún comentario ingenioso, levantaba sus dedos larguísimos, delgados y de aspecto cadavérico; y al recordar que estaba muy enfermo y que probablemente no viviría mucho más, uno sentía lástima por él y estaba a punto de llorar.
Después de cenar, la abuela se fue a su habitación a acostarse. Nina Ivanovna tocó un rato el piano y luego también se fue.
—¡Ay, querida Nadya! —empezó Sasha con su habitual conversación vespertina—. ¡Si tan solo me escucharas! ¡Si tan solo lo hicieras!
Ella estaba sentada en el fondo de un sillón antiguo, con los ojos cerrados, mientras él caminaba lentamente de un rincón a otro de la habitación.
“Si tan solo fueras a la universidad”, dijo. “Solo la gente iluminada y santa es interesante, solo a ellos se les busca. Cuanta más gente así haya, más pronto vendrá el Reino de Dios a la tierra. De tu ciudad no quedará piedra sobre piedra, todo volará por los aires, todo cambiará como por arte de magia. Y entonces habrá casas inmensas y magníficas, jardines maravillosos, fuentes maravillosas, gente extraordinaria... Pero eso no es lo que más importa. Lo que más importa es que la multitud, en el sentido que tenemos ahora, ese mal no existirá entonces, porque todo el mundo creerá y todo el mundo sabrá para qué vive, y nadie buscará apoyo moral en la multitud. Querida Nadya, querida niña, ¡vete! Demuéstrales a todos que estás harta de esta vida estancada, gris y pecaminosa. ¡Al menos demuéstratelo a ti misma!”
-No puedo, Sasha, me voy a casar.
¡Tonterías! ¿Para qué sirve?
Salieron al jardín y caminaron un poco arriba y abajo.
“Y sea como sea, querida, debes pensar, debes darte cuenta de lo sucia, de lo inmoral que es esta vida ociosa tuya”, continuó Sasha. “Entiende que si, por ejemplo, tú, tu madre y tu abuela no hacen nada, significa que alguien más trabaja para ti, que te estás comiendo la vida de alguien más, ¿y eso es limpio? ¿No es asqueroso?”
Nadia quería decir: “Sí, es verdad”, quería decir que lo entendía, pero se le llenaron los ojos de lágrimas, se le desanimó y, encogiéndose en sí misma, se fue a su habitación.
Al anochecer llegó Andrey Andreich y, como de costumbre, tocó el violín un buen rato. No era muy hablador, y le gustaba el violín, quizá porque se podía tocar en silencio. A las once, cuando estaba a punto de irse a casa y se había puesto el abrigo, abrazó a Nadya y empezó a besarle con avidez la cara, los hombros y las manos.
—Mi querida, mi dulce, mi encanto —murmuró—. ¡Qué feliz soy! ¡Estoy fuera de mí de alegría!
Y le parecía como si lo hubiera oído hacía mucho, mucho tiempo, o lo hubiera leído en alguna parte... en alguna vieja novela andrajosa tirada hacía mucho tiempo. En el comedor, Sasha estaba sentado a la mesa bebiendo té con el platillo suspendido sobre sus cinco largos dedos; la abuela estaba desplegando paciencia; Nina Ivanovna estaba leyendo. La llama crepitaba en la lámpara de icono y todo, al parecer, estaba tranquilo y marchaba bien. Nadya se despidió, subió a su habitación, se metió en la cama y se durmió al instante. Pero al igual que la noche anterior, casi antes de que amaneciera, se despertó. No tenía sueño, había una sensación inquietante y opresiva en su corazón. Se incorporó con la cabeza sobre las rodillas y pensó en su prometido y su matrimonio... Por alguna razón recordó que su madre no había querido a su padre y ahora no tenía nada y vivía en completa dependencia de su suegra, la abuela. Y por mucho que Nadia reflexionaba, no podía comprender por qué hasta entonces había visto en su madre algo especial y excepcional, cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que era una mujer sencilla, común y desdichada.
Y Sasha, abajo, no dormía; lo oía toser. «Es un hombre raro e ingenuo», pensó Nadya, «y en todos sus sueños, en todos esos maravillosos jardines y fuentes maravillosas, uno sentía algo absurdo. Pero por alguna razón, en su ingenuidad, en ese mismo absurdo, había algo tan hermoso que, en cuanto pensó en la posibilidad de ir a la universidad, sintió un escalofrío que le recorrió el corazón y el pecho, inundándolos de alegría y éxtasis».
—Pero mejor no pensar, mejor no pensar... —susurró—. No debo pensar en ello.
—Tic-tac —dijo el vigilante a lo lejos—. Tic-tac... tic-tac...
III
A mediados de junio, Sasha de repente se sintió aburrido y decidió regresar a Moscú.
“No puedo vivir en este pueblo”, dijo con tristeza. “¡No hay agua ni desagüe! Me da asco cenar; la suciedad en la cocina es increíble…”
—¡Espera un poco, hijo pródigo! —intentó persuadirlo la abuela, hablando en voz baja, por alguna razón—. La boda será el día siete.
"No quiero."
“¡Querías quedarte con nosotros hasta septiembre!”
—Pero ahora, ya ves, no quiero. Tengo que ponerme a trabajar.
El verano era gris y frío, los árboles estaban húmedos, todo en el jardín parecía desolado y poco atractivo; sin duda, ansiaba ponerse a trabajar. Se oían voces de mujeres desconocidas arriba y abajo; se oía el traqueteo de una máquina de coser en la habitación de la abuela; estaban trabajando arduamente en el ajuar. Solo de abrigos de piel, le dieron seis a Nadya, y el más barato, según la abuela, ¡había costado trescientos rublos! El alboroto irritó a Sasha; se quedó en su habitación, enfadado, pero todos lo convencieron de quedarse, y prometió no irse antes del primero de julio.
El tiempo pasó rápido. El día de San Pedro, después de cenar, Andréi Andréich fue con Nadia a la calle Moscú para ver de nuevo la casa que habían alquilado y acondicionado para la joven pareja hacía tiempo. Era una casa de dos plantas, pero hasta el momento solo se había amueblado la planta alta. En el recibidor había un suelo brillante, pintado y entarimado; había sillas vienesas, un piano, un atril para violín; olía a pintura. En la pared colgaba un gran óleo con marco dorado: una mujer desnuda y, junto a ella, un jarrón morado con el asa rota.
"Un cuadro exquisito", dijo Andrey Andreitch, y suspiró respetuosamente. "Es obra del artista Shismatchevsky".
Luego estaba el salón con la mesa redonda, un sofá y sillones tapizados de azul brillante. Sobre el sofá había una gran fotografía del padre Andrey con un birrete de terciopelo y condecoraciones sacerdotales. Luego pasaron al comedor, donde había un aparador; luego al dormitorio; allí, en la penumbra, se alzaban dos camas, una junto a la otra, y parecía como si el dormitorio hubiera sido decorado con la idea de que siempre sería muy agradable allí y no podría ser otra cosa. Andrey Andreich guió a Nadya por las habitaciones, rodeándola la cintura con el brazo; y ella se sintió débil y con remordimientos. Odiaba todas las habitaciones, las camas, los sillones; la mujer desnuda le daba náuseas. Ahora tenía claro que había dejado de amar a Andrey Andreich o tal vez nunca lo había amado; pero cómo decírselo, a quién decírselo y con qué propósito, no lo entendía, ni podía entenderlo, aunque pensaba en ello día y noche... La abrazó por la cintura, le habló con tanto cariño, con tanta modestia, se sentía tan feliz paseando por su casa; mientras ella no veía en ello más que vulgaridad, una vulgaridad estúpida, ingenua, insoportable, y su brazo alrededor de su cintura se sentía duro y frío como un aro de hierro. Y a cada minuto estaba a punto de salir corriendo, rompiendo a llorar, arrojándose por la ventana. Andréi Andréich la condujo al baño y allí tocó un grifo de la pared y al instante salió agua.
"¿Qué me dices?", dijo, riendo. "Hice que instalaran un tanque de doscientos galones en el desván, así que ahora tendremos agua".
Cruzaron el patio, salieron a la calle y tomaron un taxi. Se levantaban densas nubes de polvo, y parecía que iba a llover.
—¿No tienes frío? —preguntó Andrei Andreich, entornando los ojos al ver el polvo.
Ella no respondió.
“Ayer, recuerdas, Sasha me culpó por no hacer nada”, dijo, tras un breve silencio. “¡Pues tiene razón, toda la razón! No hago nada ni puedo hacer nada. Querida, ¿por qué? ¿Por qué me resulta tan odiosa la sola idea de que algún día pueda ponerme una escarapela en la gorra y entrar al servicio del gobierno? ¿Por qué me siento tan incómodo cuando veo a un abogado, a un profesor de latín o a un miembro del zemstvo? ¡Oh, Madre Rusia! ¡Oh, Madre Rusia! ¡Qué carga de gente ociosa e inútil llevas todavía! ¡Cuántos como yo hay sobre ti, Madre sufrida!”
Y del hecho de no hacer nada sacó generalizaciones, viendo en ello un signo de los tiempos.
Cuando nos casemos, vámonos juntos al campo, mi tesoro; ¡allí trabajaremos! Nos compraremos un pequeño terreno con jardín y río, trabajaremos y disfrutaremos de la vida. ¡Oh, qué espléndido será!
Se quitó el sombrero y su cabello ondeó al viento, mientras ella lo escuchaba y pensaba: “¡Dios mío, ojalá estuviera en casa!”.
Cuando estaban bastante cerca de la casa alcanzaron al padre Andrey.
—¡Ah, ahí viene papá! —exclamó Andrey Andreich, encantado, y agitó su sombrero—. Quiero mucho a mi papá —dijo mientras pagaba al cochero—. Es un viejo espléndido, un viejo entrañable.
Nadia entró en la casa sintiéndose mal y enfadada, pensando que habría visitas toda la noche, que tendría que entretenerlas, sonreír, escuchar el violín, escuchar toda clase de tonterías y no hablar de nada más que de la boda.
La abuela, digna, guapísima con su vestido de seda y altiva como siempre ante las visitas, estaba sentada frente al samovar. El padre Andrey entró con su sonrisa pícara.
—Tengo el placer y el bendito consuelo de verte sana —le dijo a la abuela, y era difícil saber si bromeaba o hablaba en serio.
IV
El viento golpeaba la ventana y el tejado; se oía un silbido, y en la estufa el espíritu de la casa cantaba su canción, triste y melancólica. Era pasada la medianoche; todos en la casa se habían acostado, pero nadie dormía, y a Nadia le pareció que abajo estaban tocando el violín. Se oyó un golpe seco; debió de arrancarse una persiana. Un minuto después, Nina Ivanovna entró en camisón con una vela.
“¿Qué fue lo que te hizo estallar, Nadya?”, preguntó.
Su madre, con el pelo recogido en una sola trenza y una tímida sonrisa, parecía mayor, más fea, más pequeña en aquella noche tormentosa. Nadya recordó que hacía poco tiempo la había considerado una mujer excepcional y había escuchado con orgullo lo que decía; y ahora no podía recordarlo; todo lo que le venía a la mente era tan débil e inútil.
En la estufa se oía el sonido de varias voces graves a coro, e incluso se oyó un "¡Oh, Dios mío!". Nadya se sentó en la cama y, de repente, se agarró el pelo y rompió a sollozar.
—Madre, madre, mía —dijo—. ¡Si supieras lo que me pasa! ¡Te lo ruego, te lo suplico, déjame ir! ¡Te lo suplico!
—¿Adónde? —preguntó Nina Ivanovna, sin entender, y se sentó en la cama—. ¿Adónde?
Nadya lloró durante mucho tiempo y no pudo pronunciar palabra.
—Déjame irme del pueblo —dijo al fin—. ¡No debe haber ni habrá boda, entiéndelo! No amo a ese hombre... Ni siquiera puedo hablar de él.
—¡No, mía, no! —dijo Nina Ivanovna rápidamente, terriblemente alarmada—. Tranquilízate, es solo que estás decaída. Ya se te pasará, pasa a menudo. Probablemente hayas tenido una discusión con Andrey; ¡pero las peleas de amantes siempre terminan en besos!
—Oh, vete, madre, oh, vete —sollozó Nadya.
—Sí —dijo Nina Ivanovna tras una pausa—, hace poco eras una bebé, una niñita, y ahora estás comprometida. En la naturaleza hay una transmutación continua de sustancias. Antes de que te des cuenta, serás madre y anciana, y tendrás una hija tan rebelde como yo.
—Querida mía, mi dulce, eres lista, ¿sabes?, eres infeliz —dijo Nadya—. Eres muy infeliz; ¿por qué dices esas cosas tan aburridas y triviales? ¡Por Dios! ¿Por qué?
Nina Ivanovna intentó decir algo, pero no pudo articular palabra; sollozó y se fue a su habitación. Las voces graves volvieron a zumbar en la estufa, y Nadia sintió un repentino miedo. Saltó de la cama y fue rápidamente hacia su madre. Nina Ivanovna, con el rostro bañado en lágrimas, yacía en la cama, envuelta en una colcha azul pálido y con un libro en las manos.
—¡Mamá, escúchame! —dijo Nadia—. ¡Te lo imploro, entiéndeme! Si tan solo comprendieras lo mezquina y degradante que es nuestra vida. He abierto los ojos y ahora lo veo todo. ¿Y qué es tu Andrei Andréich? ¡Mamá, no es inteligente! ¡Dios mío, entiéndeme, madre, es un estúpido!
Nina Ivanovna se incorporó de repente.
—Tú y tu abuela me atormentan —dijo con un sollozo—. ¡Quiero vivir! ¡Vivir! —repitió, y se golpeó el pecho dos veces con el puño—. ¡Déjenme ser libre! ¡Todavía soy joven, quiero vivir, y ustedes me han convertido en una anciana!
Rompió a llorar amargamente, se acostó y se acurrucó bajo la colcha, y se veía tan pequeña, tan lastimosa, tan tonta. Nadya fue a su habitación, se vistió y, sentada junto a la ventana, se puso a esperar la mañana. Se quedó pensando toda la noche, mientras alguien parecía golpear las contraventanas y silbar en el patio.
Por la mañana, la abuela se quejó de que el viento había derribado todas las manzanas del jardín y había derribado un viejo ciruelo. Estaba gris, turbio, desolado, tan oscuro que parecía que se encendieran velas; todos se quejaban del frío y la lluvia azotaba las ventanas. Después del té, Nadya entró en la habitación de Sasha y, sin decir palabra, se arrodilló ante un sillón en un rincón y se tapó la cara con las manos.
“¿Qué pasa?” preguntó Sasha.
—No puedo... —dijo—. ¡No entiendo, no puedo concebir cómo pude seguir viviendo aquí! Desprecio al hombre con el que estoy comprometida, me desprecio a mí misma, desprecio toda esta existencia ociosa y sin sentido.
—Bueno, bueno —dijo Sasha, sin entender aún lo que quería decir—. Está bien... está bien.
—Estoy harta de esta vida —continuó Nadya—. No aguanto ni un día más aquí. Mañana me voy. ¡Llévame contigo, por Dios!
Por un momento, Sasha la miró con asombro; por fin comprendió y se sintió encantado como un niño. Agitó los brazos y empezó a bailar con sus zapatillas como si bailara de alegría.
—Espléndido —dijo, frotándose las manos—. ¡Dios mío, qué bien está!
Y ella lo miraba sin pestañear, con ojos adoradores, como hechizada, esperando a cada minuto que él dijera algo importante, algo infinitamente significativo; él aún no le había dicho nada, pero ya le parecía que algo nuevo y grande se abría ante ella, algo que hasta entonces no conocía, y ya lo miraba llena de expectación, dispuesta a afrontar cualquier cosa, incluso la muerte.
—Me voy mañana —dijo tras pensarlo un momento—. Ven a la estación a despedirme... Llevaré tus cosas en mi maleta, te compraré el billete y, cuando suene la tercera campana, subirás al vagón y nos iremos. Me acompañarás hasta Moscú y luego seguirás sola hasta San Petersburgo. ¿Tienes pasaporte?
"Sí."
—Te prometo que no te arrepentirás —dijo Sasha con convicción—. Irás, estudiarás y luego irás adonde te lleve el destino. Cuando le des un giro a tu vida, todo cambiará. Lo importante es darle un giro a tu vida, y todo lo demás carece de importancia. Así que, ¿nos vamos mañana?
—¡Oh, sí, por el amor de Dios!
A Nadia le pareció que estaba muy excitada, que su corazón estaba más pesado que nunca, que pasaría todo el tiempo hasta que se fuera sumida en la miseria y en pensamientos agonizantes; pero apenas subió las escaleras y se acostó en su cama, se quedó dormida de inmediato, con rastros de lágrimas y una sonrisa en su rostro, y durmió profundamente hasta la noche.
V
Habían llamado un taxi. Nadya, con su sombrero y abrigo, subió a echar un último vistazo a su madre y a todas sus pertenencias. Se quedó en su habitación, junto a su cama aún caliente, miró a su alrededor y luego entró lentamente junto a su madre. Nina Ivanovna dormía; reinaba un silencio absoluto en su habitación. Nadya besó a su madre, le acarició el pelo, se quedó quieta un par de minutos... y luego bajó lentamente las escaleras.
Llovía a cántaros. El cochero, con la capota bajada, estaba en la entrada, empapado.
—No hay sitio para ti, Nadya —dijo la abuela mientras los sirvientes empezaban a meter el equipaje—. ¡Qué buena idea despedirlo con este tiempo! Mejor quédate en casa. ¡Madre mía, cómo llueve!
Nadya intentó decir algo, pero no pudo. Entonces Sasha la ayudó a entrar y le cubrió los pies con una manta. Luego se sentó a su lado.
¡Buena suerte! ¡Que Dios te bendiga! —gritó la abuela desde la escalera—. ¡Escríbenos desde Moscú, Sasha!
—Bien. Adiós, abuela.
“¡La Reina del Cielo te guarde!”
“¡Oh, qué clima!” dijo Sasha.
Fue solo entonces que Nadia rompió a llorar. Ahora tenía claro que se iba, algo que no había creído al despedirse de la abuela y al mirar a su madre. ¡Adiós, ciudad! Y de repente pensó en todo: Andrei, su padre, la casa nueva y la mujer desnuda con el jarrón; y todo aquello ya no la asustaba ni la agobiaba, sino que era ingenuo y trivial, y cada vez se alejaba más. Y cuando subieron al vagón y el tren empezó a moverse, todo ese pasado, tan grande y serio, se redujo a algo diminuto, y un vasto futuro, hasta entonces apenas percibido, empezó a desplegarse ante ella. La lluvia golpeaba las ventanillas del vagón, no se veía nada más que los campos verdes, los postes telegráficos con pájaros posados en los cables que pasaban revoloteando, y la alegría la hizo contener la respiración; Ella creía que iba a la libertad, que iba a estudiar, y eso era exactamente lo que, hace siglos, se llamaba ir a ser cosaco libre.
Ella rió, lloró y oró, todo a la vez.
—Está bien —dijo Sasha sonriendo—. Está bien.
VI
El otoño había pasado y el invierno también. Nadia había empezado a extrañar mucho su hogar y pensaba a diario en su madre y su abuela; también pensaba en Sasha. Las cartas que llegaban de casa eran amables y tiernas, y parecía que ya todo estaba perdonado y olvidado. En mayo, después de los exámenes, partió de regreso a casa con buena salud y buen humor, y de camino se detuvo en Moscú para ver a Sasha. Estaba igual que el año anterior, con la misma barba y el mismo cabello despeinado, con los mismos ojos grandes y hermosos, y aún llevaba el mismo abrigo y los mismos pantalones de lona; pero parecía indispuesto y preocupado, parecía mayor y más delgado, y no dejaba de toser, y por alguna razón a Nadia le pareció gris y provinciano.
—¡Dios mío, Nadya ha llegado! —dijo, y rió alegremente—. ¡Mi querida niña!
Se sentaron en la imprenta, llena de humo de tabaco y con un olor fuerte y sofocante a tinta china y pintura; luego fueron a su habitación, que también olía a tabaco y estaba llena de restos de saliva; cerca de un samovar frío había un plato roto con papel oscuro encima, y había montones de moscas muertas sobre la mesa y el suelo. Y todo indicaba que Sasha organizaba su vida personal de forma descuidada y vivía de cualquier manera, con absoluto desprecio por la comodidad, y si alguien le hubiera hablado de su felicidad personal, de su vida privada, de su cariño por él, no lo habría entendido y solo se habría reído.
—Está bien, todo ha ido bien —dijo Nadia apresuradamente—. Mi madre vino a verme a San Petersburgo en otoño; me dijo que la abuela no está enfadada y que solo entra en mi habitación y hace la señal de la cruz sobre las paredes.
Sasha parecía alegre, pero no paraba de toser y hablaba con voz quebrada, y Nadya lo miraba fijamente, incapaz de decidir si realmente estaba gravemente enfermo o si era sólo una imaginación suya.
“Querida Sasha”, dijo, “estás enferma”.
“No, no es nada, estoy enferma, pero no muy...”
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Nadia, agitada—. ¿Por qué no vas al médico? ¿Por qué no cuidas de tu salud? Mi querida Sasha —dijo, y las lágrimas brotaron de sus ojos y, por alguna razón, surgió en su imaginación a Andrei Andréich, a la mujer desnuda con el jarrón y a todo su pasado, que ahora parecía tan lejano como su infancia; y empezó a llorar porque Sasha ya no le parecía tan novedosa, tan culta y tan interesante como el año anterior—. Querida Sasha, estás muy, muy enferma... Haría cualquier cosa para que no estuvieras tan pálida y delgada. ¡Estoy tan en deuda contigo! ¡No te imaginas cuánto has hecho por mí, mi querida Sasha! En realidad, ahora eres mi persona más querida.
Se sentaron y conversaron, y ahora, después de que Nadia hubiera pasado un invierno en San Petersburgo, Sasha, sus obras, su sonrisa, toda su figura tenían para ella la impresión de algo anticuado, pasado de moda, desaparecido hacía mucho tiempo y tal vez ya muerto y enterrado.
—Pasado mañana voy por el Volga —dijo Sasha—, y luego a beber kumis. Quiero decir, a beber kumis. Un amigo y su esposa me acompañan. Su esposa es una mujer maravillosa; siempre estoy ahí, intentando convencerla de que vaya a la universidad. Quiero que dé un vuelco a su vida.
Después de conversar, se dirigieron a la estación. Sasha recibió su té y sus manzanas; y cuando el tren arrancó y él le saludó con el pañuelo, sonriendo, se notaba incluso en sus piernas que estaba muy enfermo y que no viviría mucho.
Nadya llegó a su pueblo natal al mediodía. Al volver a casa en coche desde la estación, las calles le parecieron muy anchas y las casas muy pequeñas y achaparradas; no había gente, solo se cruzó con el afinador de pianos alemán, con un abrigo oxidado. Y todas las casas parecían cubiertas de polvo. La abuela, que parecía haber envejecido bastante, pero estaba tan gorda y fea como siempre, abrazó a Nadya y lloró largo rato con la cara apoyada en su hombro, incapaz de separarse. Nina Ivanovna parecía mucho más vieja y fea, y parecía arrugada, pero aún llevaba el pelo bien atado y aún lucía diamantes brillando en sus dedos.
—Mi querido —dijo temblando por todas partes—, ¡mi querido!
Entonces se sentaron y lloraron en silencio. Era evidente que tanto la madre como la abuela comprendían que el pasado estaba perdido, para siempre; ya no tenían posición social, ni prestigio como antes, ni derecho a recibir visitas; así es cuando, en medio de una vida tranquila y despreocupada, la policía irrumpe repentinamente por la noche y realiza un registro, y resulta que el cabeza de familia ha malversado dinero o ha cometido falsificación. ¡Y adiós, pues, a la vida tranquila y despreocupada para siempre!
Nadya subió las escaleras y vio la misma cama, las mismas ventanas con ingenuas cortinas blancas, y al otro lado de las ventanas el mismo jardín, alegre y ruidoso, bañado por el sol. Tocó la mesa, se sentó y se sumió en sus pensamientos. Y cenó bien y tomó té con una deliciosa crema; pero algo faltaba: había una sensación de vacío en las habitaciones y los techos eran muy bajos. Por la noche se acostó, se tapó y, por alguna razón, le pareció raro estar acostada en esa cama tan cómoda y mullida.
Nina Ivanovna entró un momento, se sentó como se sienta quien se siente culpable, tímidamente, y miró a su alrededor.
—Bueno, dime, Nadya —preguntó tras una breve pausa—, ¿estás contenta? ¿Completamente contenta?
“Sí, madre.”
Nina Ivanovna se levantó, hizo la señal de la cruz sobre Nadia y las ventanas.
«Me he vuelto religiosa, como ves», dijo. «Sabes que ahora estoy estudiando filosofía, y no dejo de pensar y pensar... Y muchas cosas se me han vuelto tan claras como la luz del día. Me parece que lo más necesario es que la vida pase como a través de un prisma».
Dime, mamá, ¿cómo está de salud la abuela?
Parece estar bien. Cuando te fuiste aquella vez con Sasha y llegó el telegrama tuyo, la abuela se desplomó al suelo mientras lo leía; estuvo tres días inmóvil. Después de eso, no dejaba de rezar y llorar. Pero ahora está bien otra vez.
Ella se levantó y caminó por la habitación.
—Tic-tac —dijo el vigilante—. Tic-tac, tic-tac...
«Lo que es ante todo necesario es que la vida pase, por así decirlo, a través de un prisma», dijo; «en otras palabras, que la vida en la conciencia se analice en sus elementos más simples, como en los siete colores primarios, y cada elemento debe estudiarse por separado».
Lo que Nina Ivanovna dijo después y cuando se fue, Nadia no lo oyó, pues rápidamente se quedó dormida.
Pasó mayo; llegó junio. Nadia se había acostumbrado a estar en casa. La abuela se afanaba en el samovar, suspirando profundamente. Nina Ivanovna hablaba por las noches de su filosofía; seguía viviendo en casa como una pariente pobre, y tenía que pedirle a la abuela cada centavo. Había un montón de moscas en la casa, y los techos parecían cada vez más bajos. La abuela y Nina Ivanovna no salían a la calle por miedo a encontrarse con el padre Andréi y Andréi Andréich. Nadia paseaba por el jardín y las calles, miraba las vallas grises, y le parecía que todo en el pueblo había envejecido, estaba anticuado y solo esperaba el fin o el comienzo de algo joven y fresco. ¡Oh, si tan solo esa nueva y brillante vida llegara más pronto, esa vida en la que uno podrá afrontar su destino con valentía y franqueza, saber que tiene razón, ser despreocupado y libre! Y tarde o temprano, esa vida llegará. Llegará el día en que de la casa de la abuela, donde todo está tan organizado que los cuatro sirvientes solo pueden vivir en una habitación, entre la suciedad del sótano, llegará el día en que de esa casa no quede ni rastro, y sea olvidada, nadie la recordará. Y el único entretenimiento de Nadya eran los chicos de al lado; cuando paseaba por el jardín, golpeaban la cerca y gritaban burlonamente: "¡Prometida! ¡Prometida!".
Una carta de Sasha llegó desde Saratov. Con su alegre caligrafía, les contaba que su viaje por el Volga había sido todo un éxito, pero que en Saratov se había enfermado gravemente, había perdido la voz y llevaba dos semanas hospitalizado. Ella sabía lo que eso significaba, y la invadió un presentimiento casi convencido. Y le afligía que este presentimiento y el pensamiento de Sasha no la angustiaran tanto como antes. Anhelaba la vida, anhelaba estar en Petersburgo, y su amistad con Sasha ahora parecía dulce, ¡pero algo muy, muy lejano! No durmió en toda la noche, y por la mañana se sentó junto a la ventana, escuchando. Y, de hecho, oyó voces abajo; la abuela, muy agitada, hacía preguntas rápidamente. Entonces alguien empezó a llorar... Cuando Nadya bajó, la abuela estaba de pie en un rincón, rezando ante el icono, con el rostro lloroso. Había un telegrama sobre la mesa.
Durante un rato Nadia caminó de un lado a otro de la habitación, escuchando el llanto de la abuela; luego cogió el telegrama y lo leyó.
Se anunció que la mañana anterior, Alexandr Timofeitch, o más simplemente, Sasha, había muerto en Saratov de tuberculosis.
La abuela y Nina Ivanovna fueron a la iglesia a ordenar un servicio conmemorativo, mientras Nadya seguía paseando por las habitaciones y reflexionando. Reconoció claramente que su vida había dado un vuelco, como deseaba Sasha; que allí estaba, extraña, aislada, inútil, y que todo allí le era inútil; que todo el pasado le había sido arrebatado y se había desvanecido como si lo hubieran quemado y las cenizas esparcidas por el viento. Entró en la habitación de Sasha y se quedó allí un rato.
“Adiós, querida Sasha”, pensó, y ante su mente surgió la visión de una vida nueva, amplia y espaciosa, y esa vida, todavía oscura y llena de misterios, la llamaba y la atraía.
Subió a su habitación para hacer las maletas y a la mañana siguiente se despidió de su familia y, llena de vida y de buen humor, abandonó la ciudad (como suponía que sería para siempre).
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DEL DIARIO DE UN HOMBRE DE TEMPERAMENTO VIOLENTO
ISoy una persona seria y mi mente tiene inclinaciones filosóficas. Mi vocación es el estudio de las finanzas. Soy estudiante de derecho financiero y he elegido como tema de mi tesis el pasado y el futuro de la licencia canina. Huelga decir que las señoritas, las canciones, la luz de la luna y todas esas tonterías están totalmente fuera de mi ámbito.
Buenos días. Las diez. Mi mamá me sirve un café. Lo bebo y salgo al pequeño balcón a trabajar en mi tesis. Tomo una hoja en blanco, mojo el bolígrafo en la tinta y escribo el título: «El pasado y el futuro de la licencia canina».
Tras reflexionar un poco, escribo: «Análisis histórico. Podemos deducir de algunas alusiones en Heródoto y Jenofonte que el origen del impuesto sobre los perros se remonta a...».
Pero en ese momento oigo unos pasos que me parecen muy sospechosos. Miro hacia abajo desde el balcón y veo a una joven de cara alargada y cintura ancha. Creo que se llama Nadenka o Varenka, da igual cuál. Busca algo, finge no haberme visto y tararea para sí misma:
“¿Recuerdas aquella canción llena de ternura?”
Leo lo que he escrito y quiero continuar, pero la joven finge haberme visto y dice con voz triste:
Buenos días, Nikolay Andreitch. ¡Imagínate la desgracia que he tenido! Ayer salí a caminar y perdí la bolita de mi pulsera.
Leo una vez más el inicio de mi tesis, recorto el final de la letra “g” y quiero continuar, pero la señorita persiste.
—Nikolay Andreitch —dice—, ¿no me acompañas a casa? Los Karelin tienen un perro tan grande que no me atrevo a pasar sola.
No hay escapatoria. Dejo la pluma y me acerco a ella. Nadenka (o Varenka) me toma del brazo y nos dirigimos hacia su villa.
Cuando me toca caminar del brazo con una dama, por alguna razón u otra siempre me siento como un gancho con una pesada capa colgando. Nadenka (o Varenka), entre nosotros, de temperamento ardiente (su abuelo era armenio), tiene la peculiaridad de cargar con todo su peso sobre el brazo y aferrarse al costado como una sanguijuela. Y así caminamos.
Al pasar por casa de los Karelin, veo un perro enorme que me recuerda la licencia canina. Pienso con desesperación en el trabajo que he comenzado y suspiro.
“¿Por qué suspiras?”, pregunta Nadenka (o Varenka) y suspira también.
Aquí debo hacer una breve digresión para explicar que Nadenka o Varenka (ahora que lo pienso, creo haber oído que la llamaban Mashenka) imagina, no puedo adivinar por qué, que estoy enamorado de ella, y por lo tanto piensa que es su deber como persona humana mirarme siempre con compasión y aliviar mi herida con palabras.
—Escucha —dijo ella, deteniéndose—. Sé por qué suspiras. Estás enamorado, sí; pero te ruego, por el bien de nuestra amistad, que creas que la chica que amas te tiene el más profundo respeto. Ella no puede corresponder a tu amor; pero ¿es culpa suya que su corazón haya pertenecido a otro durante tanto tiempo?
La nariz de Mashenka empieza a hincharse y enrojecerse, sus ojos se llenan de lágrimas: evidentemente esperaba una respuesta mía, pero, por suerte, en ese momento llegamos. La madre de Mashenka, una mujer bondadosa pero llena de ideas convencionales, está sentada en la terraza: observando el rostro agitado de su hija, me mira fijamente y suspira, como diciéndose a sí misma: "¡Ay, estos jóvenes! ¡Ni siquiera saben guardarse sus secretos!".
En la terraza con ella hay varias señoritas de diversos colores y un oficial retirado que se aloja en la villa contigua a la nuestra. Fue herido durante la última guerra en la sien izquierda y la cadera derecha. Este desdichado hombre, como yo, se propone dedicar el verano a la literatura. Está escribiendo las «Memorias de un militar». Como yo, comienza sus honorables labores cada mañana, pero antes de haber escrito más que «Nací en...», seguro que aparece alguna Varenka o Mashenka bajo su balcón, y el héroe herido es llevado bajo custodia.
Todos los presentes en la terraza están ocupados preparando una fruta miserable para mermelada. Hago una reverencia y estoy a punto de retirarme, pero las jóvenes de diversos colores me agarran el sombrero con un chillido e insisten en que me quede. Me siento. Me dan un plato de fruta y una horquilla. Empiezo a quitarles las semillas.
Las señoritas de distintos colores hablan de los hombres: dicen que fulano es guapo, que fulano es guapo pero no simpático, que otro es simpático pero feo, que un cuarto no habría sido feo si su nariz no fuera como un dedal, y así sucesivamente.
“Y usted, señor Nicolás ”, dice la mamá de Varenka, volviéndose hacia mí, “no es guapo, pero sí atractivo… Hay algo en su rostro… En los hombres, sin embargo, no es la belleza, sino la inteligencia lo que importa”, añade, suspirando.
Las jóvenes también suspiran y bajan la mirada... coinciden en que lo mejor de los hombres no es la belleza, sino la inteligencia. Miro de reojo al espejo para comprobar si soy realmente atractiva. Veo una cabeza peluda, una barba poblada, bigotes, cejas, pelo en las mejillas, pelo hasta los ojos, una mata perfecta con una nariz robusta que sobresale como una atalaya. ¡Atractiva! ¡Hum!
“Pero, al fin y al cabo, es por las cualidades de tu alma que te abrirás camino, Nicolás ”, suspira la mamá de Nadenka, como afirmando alguna idea secreta y original propia.
Y Nadenka se siente afligida por mí, pero la convicción de que enfrente está sentado un hombre apasionadamente enamorado de ella es, obviamente, una fuente de gran placer para ella.
Cuando terminan con los hombres, las jóvenes empiezan a hablar de amor. Tras una larga conversación, una de ellas se levanta y se va. Las que quedan empiezan a desprestigiarla. Todas coinciden en que es estúpida, insoportable, fea y que uno de sus omóplatos sobresale de forma impactante.
Pero por fin, ¡menos mal! Veo a nuestra criada. Mi mamá la ha mandado a llamarme para cenar. Ahora puedo escaparme de esta compañía tan desagradable y volver a mi trabajo. Me levanto y hago una reverencia.
La mamá de Varenka , la propia Varenka y las jóvenes de diversas apariencias me rodean y me declaran que no puedo ir, pues ayer prometí cenar con ellas e ir al bosque a buscar setas. Hago una reverencia y vuelvo a sentarme. Mi alma hierve de rabia, y siento que en un momento no podré responder por mí mismo, que podría estallar, pero mi caballerosidad y el miedo a faltar a las buenas costumbres me obligan a obedecer a las damas. Y las obedezco.
Nos sentamos a cenar. El oficial herido, cuya herida en la sien le ha afectado los músculos de la mejilla izquierda, come como si tuviera un bocado en la boca. Yo hago bolitas de pan, pienso en la licencia para el perro y, conociendo la violencia incontrolable de mi temperamento, intento evitar hablar. Nadenka me mira con compasión.
Sopa, lengua con guisantes, ave asada y compota. No tengo apetito, pero como por cortesía.
Después de cenar, mientras estoy sola en la terraza fumando, la madre de Nadenka se me acerca, me aprieta la mano y me dice sin aliento:
—¡No desesperes, Nicolás! ¡Tiene un corazón tan... tan... tan...!
Nos dirigimos al bosque a recoger setas. Varenka se cuelga de mi brazo y se aferra a mi costado. Mi sufrimiento es indescriptible, pero lo soporto con paciencia.
Entramos en el bosque.
—Escuche, señor Nicolás —dice Nadenka suspirando—. ¿Por qué está tan melancólico? ¿Y por qué guarda tanto silencio?
¡Es una chica extraordinaria, de verdad! ¿De qué puedo hablar con ella? ¿Qué tenemos en común?
“¡Oh, di algo!” me suplica.
Empiezo a intentar pensar en algo popular, algo que esté al alcance de su comprensión. Tras pensarlo un momento, digo:
“La tala de bosques ha sido muy perjudicial para la prosperidad de Rusia...”
—Nicolas —suspira Nadenka, y su nariz empieza a enrojecerse—. Nicolas, veo que intentas evitar ser sincero conmigo... Parece que quieres castigarme con tu silencio. No te correspondo, y quieres sufrir en silencio, en soledad... ¡Es horrible, Nicolas! —grita impulsivamente, agarrándome la mano, y veo que su nariz empieza a hincharse—. ¿Qué dirías si la chica que amas te ofreciera su amistad eterna?
Murmuro algo incoherente porque realmente no puedo pensar en qué decirle.
En primer lugar, no estoy enamorado de ninguna muchacha; en segundo lugar, ¿para qué podría querer su amistad eterna? y, en tercer lugar, tengo un carácter violento.
Mashenka (o Varenka) esconde su rostro entre sus manos y murmura, como para sí misma:
No hablará; ¡es evidente que me obligará a sacrificarme! No puedo amarlo si mi corazón sigue siendo el de otro... pero... lo pensaré... Muy bien, lo pensaré... Demostraré la fuerza de mi alma y quizás, a costa de mi propia felicidad, ¡salve a este hombre del sufrimiento!
No logro entender nada de todo esto. Parece una especie de rompecabezas.
Nos adentramos en el bosque y empezamos a recoger setas. Guardamos un silencio absoluto todo el tiempo. El rostro de Nadenka muestra signos de lucha interior. Oigo ladridos de perros; me recuerdan mi tesis, y suspiro profundamente. Entre los árboles veo al oficial herido cojeando dolorosamente. El pobre hombre tiene la pierna derecha cojeando por la herida, y en el brazo izquierdo lleva a una de las jóvenes abigarradas. Su rostro expresa resignación ante el destino.
Regresamos a casa a tomar el té, después jugamos al croquet y escuchamos a una de las señoritas de colores cantando una canción: «No, no, no amas, no, no». Al oír «no», tuerce la boca hasta casi tocarse una oreja.
“ ¡Charmant! ”, gimen las otras señoritas, “¡ Charmant! ”.
Cae la noche. Una luna detestable se asoma tras los arbustos. Hay una quietud absoluta en el aire, y un olor desagradable a heno recién cortado. Me pongo el sombrero e intento escapar.
—¡Tengo algo que decirte! —me susurra Mashenka con tono significativo—. ¡No te vayas!
Tengo un presentimiento malo, pero la cortesía me obliga a quedarme. Mashenka me toma del brazo y me lleva a un paseo por el jardín. Para entonces, toda su figura expresa conflicto. Está pálida y jadeante, y parece decidida a arrancarme el brazo derecho. ¿Qué le pasa?
—¡Escucha! —murmura—. ¡No, no puedo! ¡No!... —Intenta decir algo, pero duda. Ahora veo en su rostro que ha tomado una decisión. Con ojos brillantes y la nariz hinchada, me agarra la mano y dice apresuradamente: —¡Nicolas , soy tuya! ¡No puedo amarte, pero prometo serte fiel!
Entonces se aprieta contra mi pecho y de inmediato se aleja de un salto.
—Alguien viene —susurra—. ¡Adiós!... Mañana a las once estaré en el cenador... ¡Adiós!
Y ella desaparece. Sin saber qué explicarle a su conducta y con un dolor punzante en el corazón, me dirijo a casa. Allí me espera el «Pasado y Futuro de la Licencia Canina», pero no puedo trabajar. Estoy furioso... Debo decir que mi ira es terrible. ¡Maldita sea! No permito que nadie me trate como a un niño; soy un hombre de temperamento violento, ¡y no es prudente jugar conmigo!
Cuando la criada entra a llamarme para cenar, le grito: “¡Sal de la habitación!”. Semejante prisa no augura nada bueno.
A la mañana siguiente. Un clima típico de vacaciones. Temperatura bajo cero, viento cortante, lluvia, barro y olor a naftalina, porque mi mamá se había quitado todos los abrigos del baúl. ¡Una mañana infernal! Es el 7 de agosto de 1887, la fecha del eclipse solar. Debo señalar que, durante un eclipse, cualquiera de nosotros, sin conocimientos astronómicos especiales, puede ser de gran ayuda. Así, por ejemplo, cualquiera puede (1) medir los diámetros del sol y la luna; (2) dibujar la corona solar; (3) tomar la temperatura; (4) observar plantas y animales durante el eclipse; (5) anotar sus propias impresiones, etc.
Se trata de un asunto de tan excepcional importancia que dejo de lado el “Pasado y Futuro de la Licencia para Perros” y me decido a observar el eclipse.
Todos nos levantamos muy temprano y divido el trabajo de la siguiente manera: yo debo medir el diámetro del sol y de la luna; el oficial herido debe dibujar la corona; y las otras observaciones las realizan Mashenka y las jovencitas abigarradas.
Todos nos reunimos y esperamos.
“¿Cuál es la causa del eclipse?”, pregunta Mashenka.
Respondo: “Un eclipse solar ocurre cuando la Luna, moviéndose en el plano de la eclíptica, cruza la línea que une los centros del Sol y la Tierra”.
“¿Y qué significa la eclíptica?”
Le explico. Mashenka escucha atentamente.
“¿Se puede ver a través del cristal ahumado la línea que une los centros del sol y la tierra?”, pregunta.
Respondo que ésta es sólo una línea imaginaria, dibujada teóricamente.
“Si es solo una línea imaginaria, ¿cómo puede la luna cruzarla?”, pregunta Varenka, preguntándose.
No respondo. Me enfurezco ante esta ingenua pregunta.
“Todo esto son tonterías”, dice la mamá de Mashenka . “Es imposible predecir qué va a pasar. Nunca has estado en el cielo, así que ¿qué puedes saber de lo que pasará con el sol y la luna? Todo es pura fantasía”.
En ese momento, una mancha negra comienza a cubrir el sol. Se desata la confusión general. Las ovejas, los caballos y las vacas corren mugiendo por los campos con el rabo al aire. Los perros aúllan. Los insectos, pensando que ha anochecido, se deslizan por las grietas de las paredes y pican a quienes aún están en la cama.
El diácono, que estaba trayendo pepinos de la huerta, saltó de su carreta y se escondió bajo el puente; mientras su caballo se adentraba en un corral ajeno, donde los cerdos se los comieron todos. El funcionario de impuestos, que no había dormido en casa esa noche, sino en casa de una amiga, salió corriendo solo con su camisón y, corriendo entre la multitud, gritó frenéticamente: "¡Sálvate, si puedes!".
Numerosas damas visitantes, incluso jóvenes y guapas, salen corriendo de sus villas sin siquiera ponerse las zapatillas. Se producen escenas que dudo en describir.
—¡Ay, qué horror! —gritan las jóvenes abigarradas—. ¡Es realmente horrible!
—¡Señoras, miren! —grito—. ¡El tiempo es oro!
Y me apresuro a medir los diámetros. Recuerdo la corona y miro al oficial herido. Permanece inmóvil.
"¿Qué pasa?", grité. "¿Qué hay del coronavirus?"
Se encoge de hombros y mira con impotencia hacia sus brazos. El pobre hombre tiene a ambos lados a unas jovencitas abigarradas, aferrándose a él con terror, impidiéndole trabajar. Cojo un lápiz y anoto el tiempo con una precisión de un segundo. Eso es de suma importancia. Anoto la posición geográfica del punto de observación. Eso también es importante. Estoy a punto de medir el diámetro cuando Mashenka me agarra la mano y dice:
“No te olvides hoy, a las once en punto.”
Retiro la mano, sintiendo cada segundo precioso, intento continuar con mis observaciones, pero Varenka me agarra del brazo y se aferra a mí. Lápiz, trozos de vidrio, dibujos: todo está esparcido por la hierba. ¡Maldita sea! Ya es hora de que la chica se dé cuenta de que soy un hombre de temperamento violento, y cuando me enfurezco, mi furia no tiene límites; no puedo responder por mí mismo.
Intento continuar pero el eclipse ya terminó.
“¡Mírame!” susurra con ternura.
¡Ah, esa es la gota que colma el vaso! Poner a prueba la paciencia de un hombre así solo puede tener un final fatal. No tengo la culpa si algo terrible sucede. No permito que nadie se burle de mí, y, Dios sabe, cuando estoy furioso, no le aconsejo a nadie que se me acerque, ¡maldita sea! ¡No hay nada que no pueda hacer! Una de las jóvenes, probablemente notando por mi cara la furia que tengo y ansiosa por apaciguarme, dice:
Hice exactamente lo que me dijiste, Nikolay Andreitch; observé a los animales. Vi al perro gris persiguiendo al gato justo antes del eclipse y meneando la cola un buen rato después.
Así que, después de todo, no pasó nada del eclipse.
Me voy a casa. Gracias a la lluvia, trabajo dentro en lugar de en el balcón. El oficial herido se ha arriesgado y ha llegado de nuevo a decir: «Nací en...», cuando veo a una de las jóvenes abigarradas abalanzarse sobre él y llevárselo a su villa.
No puedo trabajar, porque todavía estoy furioso y con palpitaciones. No voy al cenador. Es de mala educación no hacerlo, pero, después de todo, no se puede esperar que vaya bajo la lluvia.
A las doce recibo una carta de Mashenka, una carta llena de reproches y ruegos para que vaya al cenador, dirigiéndose a mí como «tú». A la una recibo una segunda carta, y a las dos, una tercera... Debo irme... Pero antes de irme debo pensar qué le voy a decir. Me portaré como un caballero.
Para empezar, le diré que se equivoca al suponer que estoy enamorado de ella. Aunque eso es algo que uno no suele decirle a una dama. Decirle a una dama que uno no está enamorado de ella es casi tan grosero como decirle a un autor que no sabe escribir.
Lo mejor será explicar mi visión sobre el matrimonio.
Me pongo mi abrigo de invierno, tomo un paraguas y camino hasta el cenador.
Conociendo lo precipitado de mi carácter, temo caer en la tentación de hablar con demasiada vehemencia; trataré de contenerme.
Encontré a Nadenka todavía esperándome. Estaba pálida y llorando. Al verme, lanzó un grito de alegría, se arrojó sobre mi cuello y dijo:
¡Por fin! Estás poniendo a prueba mi paciencia... Escucha, no he dormido en toda la noche... He estado pensando y pensando... Creo que cuando te conozca mejor aprenderé a amarte...
Me siento y empiezo a exponer mis opiniones sobre el matrimonio. Para empezar, para evitar digresiones y ser lo más breve posible, comienzo con un breve resumen histórico. Hablo del matrimonio en el antiguo Egipto y la India, y luego paso a épocas más recientes, con algunas ideas de Schopenhauer. Mashenka escucha atentamente, pero de repente, por una extraña incoherencia de ideas, decide interrumpirme:
“¡Nicolas, bésame!” dice ella.
Me siento avergonzada y no sé qué decirle. Reitera su petición. Parece inevitable. Me levanto y me inclino sobre su rostro alargado, sintiéndome igual que en mi infancia, cuando me alzaron para besar a mi abuela en su ataúd. No contenta con el beso, Mashenka salta y me abraza impulsivamente. En ese instante, la mamá de Mashenka aparece en la entrada del cenador... Hace una mueca de alarma y, diciendo «sh-sh» a alguien que la acompaña, desaparece como Mefistófeles por la trampilla.
Confundido y furioso, regreso a nuestra villa. En casa encuentro a la mamá de Varenka abrazando a la mía con lágrimas en los ojos. Y mi mamá llora y dice:
“¡Siempre lo esperé!”
Y entonces, si te parece bien, la mamá de Nadenka se acerca a mí, me abraza y me dice:
¡Que Dios te bendiga!... ¡Cuídala mucho!... ¡Recuerda el sacrificio que está haciendo por ti!
Y aquí estoy en mi boda. En el momento en que escribo estas últimas palabras, mi padrino está a mi lado, animándome a darme prisa. ¡Esta gente no tiene ni idea de mi carácter! Tengo un temperamento violento, ¡no siempre puedo responder por mí misma! ¡Maldita sea! ¡Dios sabe qué saldrá de esto! Llevar a un hombre violento y desesperado al altar es tan imprudente como meter la mano en la jaula de un tigre feroz. ¡Ya veremos, ya veremos!
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Y así, me casé. Todos me felicitaron y Varenka no dejaba de abrazarme y decir:
—Ahora eres mía, mía; ¿entiendes? ¡Dime que me amas! —Y se le hincha la nariz al decirlo.
Me entero por mi padrino de boda que el oficial herido ha escapado con gran astucia de las trampas de Himeneo. Le mostró a la joven abigarrada un certificado médico que, debido a la herida en la sien, a veces sufría trastornos mentales y era incapaz de contraer un matrimonio válido. ¡Menuda inspiración! Yo también podría haber conseguido un certificado. Un tío mío bebió hasta morir, otro tío era extremadamente distraído (en una ocasión se puso un manguito de señora en la cabeza confundiéndolo con su sombrero), una tía mía tocaba mucho el piano y solía sacarle la lengua a los caballeros que no le gustaban. Y mi temperamento incontrolable es un síntoma muy sospechoso.
Pero ¿por qué estas grandes ideas siempre llegan demasiado tarde? ¿Por qué?
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EN LA OSCURIDAD
AUna mosca de tamaño mediano se coló en la nariz del procurador adjunto, Gagin. Quizás la curiosidad la impulsó, o llegó allí por frivolidad o por accidente en la oscuridad; en cualquier caso, la nariz resentía la presencia de un cuerpo extraño y dio la señal para un estornudo. Gagin estornudó, estornudó de forma impresionante, tan estridente y fuerte que la cama se estremeció y los muelles crujieron. La esposa de Gagin, Marya Mihalovna, una mujer regordeta, rubia y corpulenta, también se sobresaltó y despertó. Miró a la oscuridad, suspiró y se dio la vuelta. Cinco minutos después, volvió a darse la vuelta y cerró los ojos con más fuerza, pero no pudo conciliar el sueño. Tras suspirar y dar vueltas un rato, se levantó, se acercó a su marido, se puso las zapatillas y se acercó a la ventana.
Afuera estaba oscuro. No veía nada más que las siluetas de los árboles y el techo de los establos. Había una leve palidez en el este, pero esta palidez comenzaba a nublarse. Reinaba una quietud absoluta en el aire, envuelta en letargo y oscuridad. Incluso el vigilante, pagado para perturbar la quietud de la noche, guardaba silencio; incluso el guión de codornices —la única criatura salvaje de la tribu emplumada que no rehúye la proximidad de los visitantes de verano— guardaba silencio.
El silencio fue roto por la propia Marya Mihalovna. De pie junto a la ventana, mirando hacia el patio, lanzó de repente un grito. Creyó que, desde el jardín florido, con el álamo demacrado y podado, una figura oscura se arrastraba hacia la casa. Al principio pensó que era una vaca o un caballo; luego, frotándose los ojos, distinguió con claridad la silueta de un hombre.
Entonces le pareció que la figura oscura se acercaba a la ventana de la cocina y, deteniéndose un momento, aparentemente indecisa, puso un pie en el alféizar de la ventana y desapareció en la oscuridad de la misma.
“¡Un ladrón!”, pensó de repente y una palidez mortal cubrió su rostro.
Y en un instante su imaginación dibujó la imagen tan temida por las damas que visitan los lugares de campo: un ladrón entra sigilosamente en la cocina, de la cocina al comedor... la plata en el armario... luego al dormitorio... un hacha... el rostro de un bandido... joyas... Sus rodillas cedieron y un escalofrío le recorrió la espalda.
—¡Vassya! —dijo, sacudiendo a su marido—. ¡ Basile! ¡Vasili Prokovitch! ¡Ah! ¡Ten piedad de nosotros, podría estar muerto! ¡Despierta, Basile , te lo suplico!
—¿Y bien? —gruñó el procurador adjunto, respirando profundamente y masticando.
¡Por Dios, despierta! ¡Un ladrón ha entrado en la cocina! Estaba mirando desde la ventana y alguien entró por la ventana. Entrará al comedor... ¡Las cucharas están en el armario! ¡ Basile! El año pasado entraron en casa de Mavra Yegorovna.
“¿Qu… qué pasa?”
¡Cielos! No lo entiende. ¡Escucha, tonta! ¡Te digo que acabo de ver a un hombre entrar por la ventana de la cocina! ¡Pelagea se asustará y... y la plata está en el armario!
"¡Sandeces!"
—¡Basile , esto es insoportable ! ¡Te hablo de un peligro real y te duermes y gruñes! ¿Qué querrías? ¿Que nos robaran y nos asesinaran?
El procurador adjunto se levantó lentamente y se sentó en la cama, llenando el aire con fuertes bostezos.
—¡Dios sabe qué criaturas son las mujeres! —murmuró—. ¡No se puede dejar a una en paz ni de noche! ¡Despertar a un hombre por semejante tontería!
—¡Pero, Basile , te juro que vi a un hombre entrando por la ventana!
—Bueno, ¿y qué? Que suba... Seguro que es el novio de Pelagea, el bombero.
—¡Qué! ¿Qué dijiste?
“Digo que es el bombero de Pelagea que viene a verla”.
—¡Peor que nunca! —chilló María Mijálovna—. ¡Eso es peor que un ladrón! ¡No voy a tolerar el cinismo en mi casa!
¡Presumidos! ¡Somos virtuosos!... ¿No toleran el cinismo? ¡Como si fuera cinismo! ¿De qué sirve soltar esas palabras extranjeras? Querida, es algo que ha sucedido desde el principio del mundo, santificado por la tradición. ¿Para qué sirve un bombero si no es para hacerle el amor al cocinero?
—¡No, Basile! ¡Parece que no me conoces! No puedo soportar la idea de tal... tal... en mi casa. ¡Debes ir ahora mismo a la cocina y decirle que se vaya! ¡En este preciso instante! ¡Y mañana le diré a Pelagea que no se atreva a rebajarse con semejantes procedimientos! Cuando yo muera, podrás permitir la inmoralidad en tu casa, ¡pero no lo harás ahora!... ¡Por favor, vete!
—Maldita sea —gruñó Gagin, molesto—. Piénsalo con tu microscópico cerebro femenino, ¿qué voy a hacer?
“¡ Basile , me voy a desmayar!. . .”
Gagin maldijo, se puso las zapatillas, volvió a maldecir y se dirigió a la cocina. Estaba tan oscuro como el interior de un tonel, y el procurador adjunto tuvo que andar a tientas. A tientas llegó a la puerta de la habitación de los niños y despertó a la enfermera.
—Vassilissa —dijo—, anoche te llevaste mi bata para cepillarla. ¿Dónde está?
—Se lo di a Pelagea para que lo cepillara, señor.
¡Qué descuido! ¡Me lo quitas y no lo devuelves! ¡Ahora tengo que irme sin bata!
Al llegar a la cocina, se dirigió al rincón en el que, sobre una caja bajo un estante de cacerolas, dormía el cocinero.
—Pelagea —dijo, tocándole el hombro y sacudiéndolo—. ¡Pelagea! ¿Por qué finges? ¡No estás dormida! ¿Quién entró por tu ventana hace un momento?
—Mm... m... ¡buenos días! ¿Entraste por la ventana? ¿Quién pudo entrar?
—¡Vamos, no sirve de nada que sigas así! ¡Más te vale decirle a tu bribón que se largue mientras pueda! ¿Lo oyes? ¡No tiene por qué estar aquí!
¿Está loco, señor, Dios mío? ¿Cree que sería tan tonto? ¡Aquí uno corretea todo el día, sin un minuto para sentarse, y luego le hablan así por la noche! ¡Cuatro rublos al mes... y para buscar mi propio té y azúcar, y este es todo el mérito! ¡Vivía en casa de un comerciante y nunca me ofendieron así!
—¡Vamos, vamos! ¡No hace falta que me vengas con tus quejas! ¡Tu granadero debe salir ahora mismo! ¿Entiendes?
—Debería avergonzarse, señor —dijo Pelagea, y él podía oír las lágrimas en su voz—. Gente de bien… educada, y sin embargo, sin la menor idea de que con nuestra dura vida… en nuestra vida de trabajo —rompió a llorar—. Es fácil insultarnos. No hay nadie que nos defienda.
—¡Vamos, vamos...! ¡Me da igual! Me envía tu ama. ¡Por mí, puedes dejar entrar a un demonio por la ventana!
Al procurador adjunto no le quedó más remedio que reconocer su error y regresar con su esposa.
—Oye, Pelagea —dijo—, tenías que cepillar mi bata. ¿Dónde está?
—Oh, lo siento mucho, señor; olvidé ponerlo en su silla. Está colgado en un gancho cerca de la estufa.
Gagin buscó la bata que estaba junto a la estufa, se la puso y regresó tranquilamente a su habitación.
Cuando su marido salió, Marya Mihalovna se metió en la cama y esperó. Durante los primeros tres minutos estuvo tranquila, pero después empezó a sentirse inquieta.
«¡Cuánto tiempo se ha ido!», pensó. «No pasa nada si está ahí... ese hombre inmoral... ¿pero si es un ladrón?».
Y de nuevo su imaginación dibujó la imagen de su marido entrando en la cocina oscura... un golpe con un hacha... muriendo sin emitir un solo sonido... ¡un charco de sangre!...
Pasaron cinco minutos... cinco y medio... al fin seis... Un sudor frío le brotó de la frente.
“ ¡Basile! ” gritó, “ ¡Basile! ”
—¿Por qué gritas? ¡Estoy aquí! —Oyó la voz y los pasos de su marido—. ¿Te están asesinando?
El procurador adjunto se acercó a la cama y se sentó en el borde.
—No hay nadie —dijo—. Fue tu imaginación, criatura rara... Puedes dormir tranquila, tu tonta de Pelagia es tan virtuosa como su ama. ¡Qué cobarde eres! ¡Qué...!
Y el procurador adjunto empezó a burlarse de su esposa. Ya estaba completamente despierto y no quería volver a dormirse.
—¡Eres un cobarde! —se rió—. Será mejor que vayas al médico mañana y le cuentes tus alucinaciones. ¡Eres un neurótico!
“¡Qué olor a alquitrán!”, dijo su esposa. “¡Alquitrán o algo así… cebolla… sopa de repollo!”.
¡Sí! Hay un olor... No tengo sueño. Digo, encenderé la vela... ¿Dónde están las cerillas? Y, por cierto, les mostraré la foto del procurador del Palacio de Justicia. Nos dio una foto a todos cuando se despidió ayer, con su autógrafo.
Gagin encendió una cerilla contra la pared y una vela. Pero antes de que pudiera alejarse de la cama para buscar las fotografías, oyó a sus espaldas un grito desgarrador y penetrante. Al mirar a su alrededor, vio los grandes ojos de su esposa fijos en él, llenos de asombro, horror e ira...
“¿Te quitaste la bata en la cocina?” dijo ella, poniéndose pálida.
"¿Por qué?"
“¡Mírate a ti mismo!”
El procurador adjunto bajó la mirada y se quedó sin aliento.
Sobre sus hombros no llevaba su bata, sino el abrigo de bombero. ¿Cómo había llegado hasta sus hombros? Mientras él resolvía esa pregunta, la imaginación de su esposa dibujaba otra imagen, terrible e imposible: oscuridad, quietud, susurros, y así sucesivamente.
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UNA OBRA DE TEATRO
"PAG—Avel Vassilievitch, hay una señora aquí que pregunta por usted —anunció Luka—. Lleva esperando una buena hora...
Pavel Vasilievich acababa de terminar de almorzar. Al oír hablar de la señora, frunció el ceño y dijo:
¡Maldita sea! Dile que estoy ocupado.
Ya ha estado aquí cinco veces, Pavel Vasilievich. Dice que necesita verte... Casi llora.
—Hmm... muy bien, entonces invítala a pasar al estudio.
Sin prisa, Pavel Vasilievich se puso el abrigo, tomó una pluma en una mano y un libro en la otra, y, intentando aparentar estar muy ocupado, entró en el estudio. Allí lo esperaba la visita: una mujer corpulenta, de rostro rojo y carnoso, con gafas. Parecía muy respetable, y su vestido era más que elegante (llevaba una crinoleta de cuatro pisos y un sombrero de copa con un pájaro rojizo). Al verlo, levantó los ojos y juntó las manos en un gesto de súplica.
—No me recuerda, claro —empezó con un tenor masculino y agudo, visiblemente agitada—. Yo... he tenido el placer de conocerlo en casa de Hrutsky... Soy la señora Murashkin...
—¡Siéntate! ¿Qué puedo hacer por ti?
—Usted... ya ve... yo... yo... —continuó la señora, sentándose y cada vez más agitada. No me recuerdas... Soy la señora Murashkin... Verás, soy una gran admiradora de tu talento y siempre leo tus artículos con gran placer... No pienses que te estoy adulando, ¡Dios no lo quiera! Solo estoy honrando a quien honor merece... Siempre te estoy leyendo... ¡siempre! Hasta cierto punto, yo misma no soy ajena a la literatura; es decir, por supuesto... No me aventuraré a llamarme autora, pero... aun así he añadido mi pequeña cuota... He publicado en diferentes momentos tres cuentos para niños... No los has leído, por supuesto... He traducido bastante y... y mi difunto hermano solía escribir para The Cause .
“Para estar seguro... eh... eh... eh... ¿Qué puedo hacer por usted?”
Verá... (La señora bajó la mirada y se sonrojó aún más) Conozco su talento... sus opiniones, Pavel Vassilyevitch, y ansiaba conocer su opinión, o más exactamente... pedirle consejo. Debo decirle que he escrito una obra, mi primogénita —¡perdón por la expresión!— , y antes de enviarla al censor, me gustaría sobre todo conocer su opinión.
Nerviosa, con el aleteo de un pájaro capturado, la dama rebuscó en su falda y sacó un grueso manuscrito.
A Pavel Vasilievich solo le gustaban los artículos propios. Cuando se veía obligado a leer o escuchar los de otros, se sentía como si estuviera frente a la boca de un cañón. Al ver el manuscrito, se asustó y se apresuró a decir:
“Muy bien... déjalo... lo leeré.”
—Pavel Vasilievich —dijo la señora con tristeza, juntando las manos y levantándolas en señal de súplica—, sé que está ocupado... Cada minuto suyo es precioso, y sé que me está maldiciendo por dentro en este momento, pero... Por favor, permítame leerle mi obra... ¡Sea tan amable!
—Me encantaría... —balbució Pavel Vasilievich—; pero, señora, estoy... estoy muy ocupado... estoy... me veo obligado a irme ahora mismo.
—Pavel Vasilievich —gimió la dama, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Te pido un sacrificio! Soy insolente, soy intrusiva, pero sé magnánimo. Mañana me voy a Kazán y me gustaría saber tu opinión hoy. Concédeme media hora de tu atención... solo media hora... ¡te lo imploro!
Pavel Vasilievich estaba paralizado y no pudo negarse. Cuando le pareció que la dama estaba a punto de estallar en sollozos y caer de rodillas, se sintió abrumado por la confusión y murmuró algo con impotencia.
—Muy bien; claro que sí... Te escucharé... Te doy media hora.
La señora lanzó un grito de alegría, se quitó el sombrero y, acomodándose, comenzó a leer. Primero leyó una escena en la que un lacayo y una criada, ordenando un suntuoso salón, hablaban extensamente sobre su joven esposa, Anna Sergyevna, quien construía una escuela y un hospital en el pueblo. Cuando el lacayo salió de la habitación, la criada pronunció un monólogo sobre que la educación es luz y la ignorancia oscuridad; entonces, la señora Murashkin trajo al lacayo de vuelta al salón y lo hizo recitar un largo monólogo sobre su amo, el general, quien detestaba las ideas de su hija, pretendía casarla con un rico kammer junker y sostenía que la salvación del pueblo residía en la ignorancia pura. Entonces, cuando los sirvientes se marcharon del escenario, la joven apareció en persona e informó al público que no había dormido en toda la noche, sino que había estado pensando en Valentín Ivanovitch, hijo de un maestro pobre que ayudaba gratuitamente a su padre enfermo. Valentín había estudiado todas las ciencias, pero no creía en la amistad ni en el amor; no tenía ningún propósito en la vida y anhelaba la muerte, y por lo tanto, ella, la joven, debía salvarlo.
Pavel Vasilievich escuchaba y pensaba con anhelo y angustia en su sofá. Examinó a la dama con crueldad, sintió su tenor masculino golpeando sus tímpanos, no entendió nada y pensó:
¡El diablo te envió... como si quisiera escuchar tus tonterías! No es culpa mía que hayas escrito una obra, ¿verdad? ¡Dios mío! ¡Qué manuscrito tan grueso! ¡Qué pena!
Pavel Vasilievich miró la pared donde estaba colgado el retrato de su esposa y recordó que su esposa le había pedido que comprara y llevara a su casa de verano cinco yardas de cinta adhesiva, una libra de queso y un poco de polvo para dentífrico.
«Espero no haber perdido el dibujo de esa cinta», pensó, «¿dónde la puse? Creo que está en mi chaqueta azul... Esas malditas moscas ya han manchado su retrato, tengo que decirle a Olga que lave el cristal... Está leyendo la escena duodécima, así que pronto estaremos al final del primer acto. ¡Como si la inspiración fuera posible con este calor y con semejante montaña de carne! En lugar de escribir obras de teatro, mejor comería hachís con vinagre frío y dormiría en un sótano...».
—¿No te parece que este monólogo es demasiado largo? —preguntó de repente la señora, levantando la mirada.
Pavel Vasilievich no había oído el monólogo y dijo con una voz tan culpable como si no hubiera sido la dama sino él quien había escrito ese monólogo:
—No, no, para nada. Es muy bonito...
La señora irradiaba felicidad y continuó leyendo:
ANNA: Estás consumido por el análisis. Demasiado pronto has dejado de vivir en el corazón y has puesto tu fe en el intelecto.
VALENTIN: ¿A qué te refieres con corazón? Es un concepto anatómico. Como término convencional para lo que se llama sentimientos, no lo admito.
ANNA (confundida) : ¿Y el amor? ¿Acaso no es solo producto de la asociación de ideas? Dime con franqueza, ¿alguna vez has amado?
VALENTÍN (con amargura) : No toquemos viejas heridas que aún no han sanado. (Una pausa.) ¿En qué estás pensando?
ANNA: Creo que eres infeliz.
Durante la escena dieciséis, Pavel Vasílievich bostezó y, sin querer, imitó con los dientes el sonido que hacen los perros al atrapar una mosca. Quedó consternado ante este sonido indecoroso y, para disimularlo, adoptó una expresión de absorta atención.
¡Escena diecisiete! ¿Cuándo terminará? —pensó—. ¡Dios mío! Si esta tortura se prolonga diez minutos más, llamaré a la policía. Es insoportable.
Pero por fin la señora empezó a leer más alto y más rápido, y finalmente, alzando la voz, leyó “Cortina”.
Pavel Vasilievich dejó escapar un débil suspiro y se disponía a levantarse, pero la señora inmediatamente dio vuelta la página y continuó leyendo.
ACTO II.— Escena, una calle de pueblo. A la derecha, la escuela. A la izquierda, el hospital. Aldeanos, hombres y mujeres, sentados en la escalera del hospital.
—Disculpe —interrumpió Pavel Vassilyevitch—, ¿cuántos actos hay?
“Cinco”, respondió la dama, y de inmediato, como si temiera que su audiencia se le escapara, continuó rápidamente.
Valentín mira por la ventana de la escuela. Al fondo, se ve a los aldeanos llevando sus mercancías a la posada.
Como un hombre condenado a muerte, convencido de la imposibilidad de un indulto, Pavel Vasilievich renunció a esperar el fin, abandonó toda esperanza y simplemente intentó evitar que se le cerraran los ojos y mantener una expresión de atención en el rostro... El futuro, cuando la dama terminara su obra y se marchara, le parecía tan remoto que ni siquiera pensó en ello.
—¡Trooo...! ¡Trooo...! ¡Trooo...! —resonó la voz de la señora en sus oídos—. ¡Trooo...! ¡Trooo...! ¡Trooo...! ¡Trooo...!
«Olvidé tomar mi refresco», pensó. «¿En qué estoy pensando? Ay, mi refresco... Lo más probable es que me dé un ataque de bilis... Es extraordinario, Smirnovsky bebe vodka todo el día y, sin embargo, nunca le da un ataque de bilis... Hay un pájaro posado en la ventana... un gorrión...».
Pavel Vasilievich hizo un esfuerzo por despegar sus párpados tensos y cerrados, bostezó sin abrir la boca y miró fijamente a la señora Murashkin. Ella se empañó y se balanceó ante sus ojos, se convirtió en un triángulo y su cabeza se apoyó contra el techo...
VALENTÍN No, déjame ir.
ANNA (consternada) : ¿Por qué?
VALENTÍN (aparte) : ¡Se ha puesto pálida! (A ella) No me obligues a explicarlo. Prefiero morir yo a que sepas la razón.
ANNA (después de una pausa) : No puedes irte...
La dama empezó a hincharse, creció hasta alcanzar un tamaño inmenso y se fundió con la atmósfera lúgubre del estudio (solo era visible su boca en movimiento); luego, de repente, disminuyó hasta el tamaño de una botella, se balanceó de un lado a otro y, con la mesa, se retiró al otro extremo de la habitación...
VALENTÍN (sosteniendo a ANNA en sus brazos) : ¡Me has dado nueva vida! ¡Me has mostrado un propósito por el que vivir! ¡Me has renovado como la lluvia de primavera renueva la tierra despierta! Pero... ¡es demasiado tarde, demasiado tarde! El mal que me corroe el corazón no tiene cura...
Pavel Vasilievich se sobresaltó y con ojos apagados y escocidos miró fijamente a la señora que leía; durante un minuto miró fijamente como si no entendiera nada...
ESCENA XI.— Lo mismo. El BARÓN y el INSPECTOR DE POLICÍA con sus ayudantes.
VALENTÍN: ¡Llévame!
ANNA: ¡Soy suya! ¡Llévame también! ¡Sí, llévame también! ¡Lo amo, lo amo más que a mi vida!
BARÓN: Anna Sergyevna, olvidas que estás arruinando a tu padre...
La señora empezó a hincharse de nuevo... Pavel Vasilievich, mirando a su alrededor con expresión desesperada, se levantó, gritó con una voz profunda y antinatural, agarró de la mesa un pesado pisapapeles y, fuera de sí, lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de la autora...
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“¡Dame el mando, la he matado!” le dijo a la criada que entró corriendo un minuto después.
El jurado lo absolvió.
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UN MISTERIO
OhLa tarde del Domingo de Pascua, el actual consejero civil, Navagin, al regresar de sus visitas, recogió la hoja de papel donde los visitantes habían inscrito sus nombres en el vestíbulo y se dirigió a su estudio. Tras quitarse la ropa y beber agua mineral, se acomodó en un diván y comenzó a leer las firmas de la lista. Al llegar a la mitad de la larga lista, se sobresaltó, lanzó una exclamación de asombro y chasqueó los dedos, con una expresión de profunda perplejidad en su rostro.
—¡Otra vez! —dijo, dándose una palmada en la rodilla—. ¡Es extraordinario! ¡Otra vez! ¡Otra vez la firma de ese tipo, quién sabe quién es! ¡Fediukov! ¡Otra vez!
Entre las numerosas firmas del papel estaba la de un tal Fedyukov. Navagin no tenía ni idea de quién demonios era ese Fedyukov. Repasó en su memoria a todos sus conocidos, parientes y subordinados en el servicio, recordó su pasado remoto, pero no pudo recordar ningún nombre como Fedyukov. Lo extraño era que este incógnito , Fedyukov, había firmado con su nombre regularmente cada Navidad y Pascua durante los últimos trece años. Ni Navagin, ni su esposa, ni el portero de su casa sabían quién era, de dónde venía ni cómo era.
"¡Es extraordinario!", pensó Navagin perplejo, mientras paseaba por el estudio. "¡Es extraño e incomprensible! ¡Parece brujería!"
“¡Llamen al portero!” gritó.
¡Es diabólico! ¡Pero averiguaré quién es!
—Digo, Grigory —dijo, dirigiéndose al portero al entrar—, ¡Fediukov ha vuelto a firmar! ¿Lo viste?
—No, Excelencia.
¡Les aseguro que ha firmado! Así que debió estar en la sala. ¿De verdad?
—No, no lo ha hecho, Excelencia.
“¿Cómo pudo firmar sin estar presente?”
"No lo puedo decir."
¿Quién lo dirá entonces? Te quedas boquiabierto en el pasillo. Intenta recordarlo, ¿quizás entró alguien que no conocías? ¡Piénsalo un momento!
—No, Excelencia, no ha habido nadie que no conociera. Nuestros clérigos han estado, la baronesa vino a ver a Su Excelencia, los sacerdotes han estado con la Cruz, y no ha habido nadie más...
—Entonces, ¿era invisible cuando firmaba?
No puedo decirlo: pero Fedyukov no ha estado aquí. Lo juraré ante la santa imagen...
¡Es raro! ¡Es incomprensible! ¡Es extraordinario! —reflexionó Navagin—. Es totalmente absurdo. Un hombre lleva trece años firmando aquí y no pueden averiguar quién es. ¿Será una broma? Quizás algún oficinista escribe ese nombre además del suyo por diversión.
Y Navagin comenzó a examinar la firma de Fedyukov.
La firma, audaz y florida, de estilo antiguo, con giros y florituras, era completamente distinta a la caligrafía de las demás firmas. Estaba justo debajo de la firma de Shtutchkin, el secretario provincial, un hombrecillo asustado y tímido que sin duda se habría muerto de miedo si se hubiera atrevido a hacer una broma tan descarada.
—¡El misterioso Fedyukov ha vuelto a firmar! —dijo Navagin, entrando a ver a su esposa—. Otra vez no logro averiguar quién es.
Madame Navagin era una espiritualista y para todos los fenómenos de la naturaleza, comprensibles o incomprensibles, tenía una explicación muy simple.
—No tiene nada de extraordinario —dijo—. Claro que no lo crees, pero ya lo he dicho y lo repito: hay muchísimas cosas sobrenaturales en el mundo que nuestro débil intelecto jamás podrá comprender. Estoy convencida de que este Fedyukov es un espíritu que siente compasión por ti... Si yo fuera tú, lo llamaría y le preguntaría qué quiere.
“¡Tonterías, tonterías!”
Navagin estaba libre de supersticiones, pero el fenómeno que le interesaba era tan misterioso que toda suerte de diabluras misteriosas se introdujeron en su mente contra su voluntad. Durante toda la velada imaginó que el incógnito Fedyukov era el espíritu de algún oficinista fallecido hacía mucho tiempo, despedido del servicio por sus antepasados y que ahora se vengaba de su descendiente; o quizás era el pariente de algún funcionario de poca monta despedido por el propio Navagin, o de una joven seducida por él...
Navagin soñó toda la noche con un oficinista viejo y demacrado, con un uniforme raído, la cara amarilla como un limón, el pelo erizado como un cepillo y ojos de peltre. El oficinista dijo algo con voz sepulcral y lo apuntó con un dedo huesudo. Y Navagin casi sufrió un ataque de inflamación cerebral.
Durante quince días permaneció silencioso y sombrío, sin parar de caminar y pensar. Al final, venció su vanidad escéptica y, entrando en la habitación de su esposa, dijo con voz ronca:
“¡Zina, llama a Fedyukov!”
La señora espiritista estaba encantada; mandó traer una hoja de cartón y un platillo, hizo sentar a su marido a su lado y comenzó los ritos mágicos.
Fedyukov no los hizo esperar mucho tiempo.
“¿Qué quieres?” preguntó Navagin.
“Arrepiéntete”, respondió el platillo.
“¿Qué eras en la tierra?”
“Un pecador. . . .”
—¡Ya lo ves! —susurró su mujer—. ¡Y no lo creíste!
Navagin conversó largo rato con Fedyukov y luego llamó a Napoleón, Aníbal, Askotchensky y a su tía Klavdya Zaharovna, quienes le dieron respuestas breves pero correctas y de profundo significado. Estuvo ocupado con el platillo durante cuatro horas y se durmió tranquilo y feliz por haber conocido un mundo misterioso y nuevo para él. Después, estudió espiritismo a diario y, en la oficina, les contó a los empleados que había en la naturaleza muchísimas cosas sobrenaturales y maravillosas a las que nuestros hombres de ciencia deberían haber dedicado su atención hacía mucho tiempo.
El hipnotismo, el mediumnismo, el episcopado, el espiritismo, la cuarta dimensión y otras ideas nebulosas se apoderaron de él por completo, de modo que durante días enteros, para gran deleite de su esposa, leía libros de espiritismo o se dedicaba al platillo, a girar la mesa y a discutir fenómenos sobrenaturales. Por instigación suya, todos sus empleados también se dedicaron al espiritismo, y con tal ardor que el viejo administrador perdió la cabeza y un día envió un telegrama: «¡Infierno! Casa de Gobierno. Siento que me estoy convirtiendo en un espíritu maligno. ¿Qué puedo hacer? Conteste pagado. Vasili Krinolinsky».
Tras leer cientos de tratados sobre espiritualismo, Navagin sintió un fuerte deseo de escribir algo. Durante cinco meses se dedicó a componer y finalmente escribió una extensa monografía titulada « Mi opinión» . Al terminar el ensayo, decidió enviarlo a una revista espiritualista.
El día en que debía enviarlo a la revista fue muy memorable para él. Navagin recuerda que, en ese día inolvidable, el secretario que había hecho una copia en limpio de su artículo y el sacristán de la parroquia, a quien habían llamado por asuntos de negocios, estaban en su estudio. El rostro de Navagin estaba radiante. Contempló con cariño su creación, sintió entre los dedos su grosor y, con una sonrisa feliz, le dijo al secretario:
—Propongo, Filipp Sergeyitch, que lo envíes certificado. Será más seguro... —Y alzando la vista hacia el sacristán, dijo—: Lo he llamado por un asunto, buen hombre. Estoy inscribiendo a mi hijo menor en el instituto y necesito un certificado de bautismo; ¿podría facilitármelo cuanto antes?
—¡Muy bien, Excelencia! —dijo el sacristán, haciendo una reverencia—. Muy bien, entiendo...
“¿Puedes dejármelo para mañana?”
Muy bien, Excelencia, ¡tranquilo! ¡Mañana estará listo! ¿Podría enviar a alguien a la iglesia mañana antes del servicio vespertino? Allí estaré. Dígale que pregunte por Fedyukov. Siempre estoy allí...
—¡Qué! —gritó el general palideciendo.
“Fediukov.”
—¿Tú… tú eres Fedyukov? —preguntó Navagin mirándolo con los ojos muy abiertos.
—Así es, Fedyukov.
“¿Tú… tú firmaste tu nombre en mi salón?”
“Sí…”, admitió el sacristán, abrumado por la confusión. “Cuando venimos con la Cruz, Excelencia, a las casas de los grandes señores, siempre firmo con mi nombre… Me gusta hacerlo… Disculpe, pero cuando veo la lista de nombres en la sala siento el impulso de firmar con el mío…”
En un estupor mudo, sin comprender nada, sin oír nada, Navagin se paseaba por su estudio. Tocó la cortina de la puerta, agitó las manos tres veces como un joven primer ministro al verla , silbó y esbozó una sonrisa vacía, y señaló al vacío con el dedo.
—Enviaré entonces el artículo de inmediato, Excelencia —dijo el secretario.
Estas palabras despertaron a Navagin de su estupor. Miró con la mirada perdida al secretario y al sacristán, recordando, y pateando el suelo con irritación, gritó con un tenor agudo y quebrado:
¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz, te digo! No entiendo qué quieres de mí.
El secretario y el sacristán salieron del estudio y llegaron a la calle mientras él todavía pateaba y gritaba:
¡Déjame en paz! No entiendo qué quieres de mí. ¡Déjame en paz!
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FUERTES IMPRESIONES
ISucedió hace poco en el tribunal de circuito de Moscú. Los jurados, que habían pasado la noche en el tribunal, antes de acostarse, entablaron una conversación sobre fuertes impresiones. El recuerdo de un testigo que, según su propio relato, había empezado a tartamudear y se había puesto pálido debido a un momento terrible los condujo a esta conversación. Los jurados decidieron que, antes de dormir, cada uno rebuscara en sus recuerdos y contara algo que le hubiera sucedido. La vida es breve, pero nadie puede presumir de haber vivido momentos terribles.
Un miembro del jurado relató cómo casi se ahoga; otro describió cómo, en un lugar donde no había médicos ni químicos, una noche envenenó a su propio hijo dándole vitriolo de zinc por error con soda. El niño no murió, pero el padre casi perdió la razón. Un tercero, un hombre no anciano pero con mala salud, contó cómo había intentado suicidarse dos veces: la primera pegándose un tiro y la segunda arrojándose a un tren.
El cuarto, un hombrecito gordo y elegantemente vestido, nos contó la siguiente historia:
No tenía más de veintidós o veintitrés años cuando me enamoré perdidamente de mi actual esposa y le propuse matrimonio. Ahora podía arrepentirme con gusto de mi matrimonio precoz, pero en aquel momento no sé qué habría sido de mí si Natasha me hubiera rechazado. Mi amor era absolutamente auténtico, tal como se describe en las novelas: frenético, apasionado, etc. La felicidad me abrumaba y no sabía cómo escapar de ella, y aburría a mi padre, a mis amigos y a los sirvientes, hablando sin parar del fervor de mi pasión. La gente feliz es la más asquerosa. Era un pesado terrible; todavía me avergüenzo de ello...
Entre mis amigos, por aquel entonces, había un joven que empezaba su carrera como abogado. Ahora es un abogado conocido en toda Rusia; en aquel entonces, apenas empezaba a ganar reconocimiento y no era lo suficientemente rico ni famoso como para tener derecho a despedir a un viejo amigo cuando lo conoció. Solía ir a verlo una o dos veces por semana. Nos repanchingábamos en los sofás y empezábamos a hablar de filosofía.
Un día, tumbado en su sofá, argumentaba que no había profesión más ingrata que la de abogado. Intenté demostrar que, una vez finalizado el interrogatorio de los testigos, el tribunal puede prescindir fácilmente de los abogados de la acusación y de la defensa, porque ninguno de los dos es necesario y solo estorba. Si un jurado adulto, moral y mentalmente sano, está convencido de que el techo es blanco, o de que Ivanov es culpable, luchar contra esa convicción y vencerla está más allá del poder de cualquier Demóstenes. ¿Quién puede convencerme de que tengo bigote rojo cuando sé que es negro? Al escuchar a un orador, quizá me ponga sentimental y llore, pero mi convicción fundamental, basada principalmente en pruebas y hechos inconfundibles, no cambia en lo más mínimo. Mi abogado sostenía que yo era joven e ingenuo y que decía tonterías infantiles. En su opinión, para empezar, un hecho evidente se hace aún más evidente al ser arrojado luz sobre él por Gente concienzuda e informada; por otro lado, el talento es una fuerza elemental, un huracán capaz de convertir incluso las piedras en polvo, por no hablar de nimiedades como las convicciones de artesanos y comerciantes del segundo gremio. Es tan difícil para la debilidad humana luchar contra el talento como mirar al sol sin pestañear o detener el viento. Un simple mortal, con el poder de la palabra, convierte a miles de salvajes convencidos al cristianismo; Odiseo era un hombre de las más firmes convicciones, pero sucumbió a las sirenas, y así sucesivamente. Toda la historia está llena de ejemplos similares, y en la vida se encuentran a cada paso; y así es inevitable, o el hombre inteligente y talentoso no tendría superioridad sobre el estúpido e incompetente.
Me mantuve firme en mi punto y seguí sosteniendo que las convicciones son más fuertes que cualquier talento, aunque, francamente, no habría podido definir con exactitud qué entendía por convicción ni por talento. Lo más probable es que solo hablara por hablar.
“—Pon tu ejemplo —dijo el abogado—. En este momento estás convencido de que tu prometida es un ángel y de que no hay hombre más feliz en todo el pueblo que tú. Pero te digo: diez o veinte minutos me bastarían para que te sentaras a esta mesa y le escribieras a tu prometida, rompiendo tu compromiso.
“Me reí.
—No te rías, hablo en serio —dijo mi amigo—. Si me place, en veinte minutos te alegrarás al pensar que no necesitas casarte. Quién sabe qué talento tengo, pero tú no eres de los fuertes.
«¡Pues pruébalo!», dije.
—No, ¿para qué? Solo te digo esto. Eres un buen chico y sería cruel someterte a semejante experimento. Y además, hoy no estoy en buena forma.
Nos sentamos a cenar. El vino y el recuerdo de Natasha, mi amada, inundaron todo mi ser de juventud y felicidad. Mi felicidad era tan desbordante que el abogado sentado frente a mí, con sus ojos verdes, me pareció un hombre infeliz, tan pequeño, tan gris...
—¡Inténtalo! —insistí—. ¡Ven, te lo suplico!
El abogado negó con la cabeza y frunció el ceño. Evidentemente, empezaba a aburrirlo.
—Lo sé —dijo—, después de mi experimento me darás las gracias y me llamarás tu salvador; pero verás, también debo pensar en tu prometida. Ella te ama; si la dejaras plantada, la haría sufrir. ¡Y qué criatura tan encantadora es! Te envidio.
El abogado suspiró, dio un sorbo a su vino y empezó a hablar de lo encantadora que era mi Natasha. Tenía un don extraordinario para la descripción. Podía soltar una retahíla de palabras sobre las pestañas o el meñique de una mujer. Lo escuché con deleite.
«He conocido a muchísimas mujeres en mi vida», dijo, «pero le doy mi palabra de honor, le hablo como amigo, su Natasha Andreyevna es una perla, una chica excepcional. Claro que tiene sus defectos —muchísimos, de hecho, si quiere—, pero aun así es fascinante».
Y el abogado empezó a hablar de los defectos de mi prometida. Ahora entiendo perfectamente que hablaba de las mujeres en general, de sus debilidades en general, pero en aquel momento me pareció que solo hablaba de Natasha. Se extasiaba con su nariz respingada, sus gritos, su risa estridente, sus aires de grandeza, precisamente todo lo que tanto me disgustaba de ella. Todo eso era, en su opinión, infinitamente dulce, elegante y femenino.
Sin que me diera cuenta, cambió rápidamente de su tono entusiasta a uno de admonición paternal, y luego a uno ligero y burlón... No había juez presidente ni nadie que frenara la displicencia del abogado. No tuve tiempo de abrir la boca; además, ¿qué podía decir? Lo que dijo mi amigo no era nuevo, era algo que todos sabían desde hacía siglos, y todo el veneno no residía en lo que decía, sino en la forma condenable en que lo expresaba. ¡Realmente era algo inaudito!
Mientras lo escuchaba entonces, aprendí que una misma palabra tiene miles de matices según el tono en que se pronuncia y la forma que se le da a la frase. Claro que no puedo reproducir el tono ni la forma; solo puedo decir que, mientras escuchaba a mi amigo y caminaba de un lado a otro de la habitación, sentí resentimiento, indignación y desprecio junto con él. Incluso le creí cuando, con lágrimas en los ojos, me dijo que yo era un gran hombre, que merecía un destino mejor, que estaba destinado a lograr algo en el futuro que el matrimonio impediría.
—¡Amigo mío! —exclamó, apretándome la mano—. Te lo suplico, te lo conjuro: detente antes de que sea demasiado tarde. ¡Detente! ¡Que el Cielo te libre de este extraño y cruel error! ¡Amigo mío, no arruines tu juventud!
Créanme o no, como quieran, pero en resumen, me senté a la mesa y le escribí a mi prometida, rompiendo el compromiso. Mientras escribía, sentí alivio al saber que aún no era demasiado tarde para rectificar mi error. Sellé la carta y salí corriendo a la calle a echarla al correo. El abogado en persona me acompañó.
«¡Excelente! ¡Genial!», me aplaudió mientras mi carta para Natasha desaparecía en la oscuridad de la caja. «Te felicito de todo corazón. Me alegro por ti».
“Después de caminar una docena de pasos conmigo, el abogado continuó:
“Claro que el matrimonio tiene sus ventajas. Yo, por ejemplo, pertenezco a esa clase de personas para quienes el matrimonio y la vida familiar lo son todo.”
“Y procedió a describir su vida y me expuso todo lo horrible que era su existencia de soltero solitario.
“Hablaba con entusiasmo de su futura esposa, de las dulzuras de la vida familiar ordinaria, y era tan elocuente, tan sincero en sus éxtasis, que cuando llegamos a su puerta, yo estaba desesperada.
—¿Qué me haces, hombre horrible? —dije, jadeando—. ¡Me has arruinado! ¿Por qué me hiciste escribir esa maldita carta? ¡La amo, la amo!
Y protesté por mi amor. Estaba horrorizado por mi conducta, que ahora me parecía salvaje y sin sentido. Es imposible, caballeros, imaginar una emoción más violenta que la que experimenté en ese momento. ¡Ay, lo que pasé, lo que sufrí! Si alguien bondadoso me hubiera puesto un revólver en la mano en ese momento, me habría disparado con gusto.
—Vamos, vamos... —dijo el abogado, dándome una palmada en el hombro, y se rió—. Deja de llorar. La carta no le llegará a tu prometida. No fuiste tú quien escribió la dirección, sino yo, y la confundí para que no la pudieran leer en correos. Te servirá de lección: no discutas sobre lo que no entiendes.
“Ahora, señores, le dejo la palabra al siguiente”.
El quinto jurado se acomodó más cómodamente y acababa de abrir la boca para comenzar su relato cuando oímos el reloj sonar en la Torre Spassky.
“Doce…”, contó uno de los jurados. “¿Y en qué categoría, caballeros, clasificarían las emociones que experimenta ahora el hombre que estamos juzgando? Él, ese asesino, pasa la noche en una celda aquí en el tribunal, sentado o acostado y, por supuesto, sin dormir, y durante toda la noche en vela escuchando esa campana. ¿En qué está pensando? ¿Qué visiones lo atormentan?”
Y de repente todos los jurados se olvidaron de las fuertes impresiones; lo que había sufrido su compañero que una vez le había escrito una carta a Natasha les pareció poco importante, incluso nada divertido; y nadie dijo nada más; comenzaron a acostarse tranquilamente y en silencio a dormir.
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EBRIO
AEl fabricante llamado Frolov, un apuesto hombre moreno de barba redonda y mirada suave y aterciopelada, y Almer, su abogado, un hombre mayor de cabezón, estaban bebiendo en uno de los salones de un restaurante a las afueras del pueblo. Ambos habían llegado al restaurante directamente de un baile, por lo que vestían frac y corbata blanca. Aparte de ellos y los camareros de la puerta, no había nadie en la sala; por orden de Frolov, no se permitió la entrada a nadie más.
Comenzaron bebiendo una copa grande de vodka y comiendo ostras.
—¡Bien! —dijo Almer—. Fui yo quien puso de moda las ostras como primer plato, hijo. El vodka quema y pica la garganta, y se siente una sensación voluptuosa al tragar una ostra. ¿Verdad?
Un camarero digno, con el labio superior afeitado y patillas grises, puso una salsera sobre la mesa.
“¿Qué es lo que estás sirviendo?” preguntó Frolov.
“Salsa provenzal para el arenque, señor. . . .”
—¡Qué! ¿Así se sirve? —gritó Frolov, sin mirar la salsera—. ¿A eso le llamas salsa? ¡No sabes esperar, imbécil!
Los ojos aterciopelados de Frolov brillaron. Enrolló una esquina del mantel alrededor de su dedo, hizo un ligero movimiento, y los platos, los candelabros y las botellas, tintineando y repiqueteando, cayeron al suelo con estrépito.
Los camareros, acostumbrados desde hacía tiempo a las catástrofes de los bares, corrieron hacia la mesa y empezaron a recoger los fragmentos con caras graves e indiferentes, como cirujanos en una operación.
—¡Qué bien los manejas! —dijo Almer, y se rió—. Pero... apártate un poco de la mesa o pisarás el caviar.
—¡Llamen al ingeniero! —gritó Frolov.
Este era el nombre que se le daba a un anciano decrépito y triste que en realidad había sido ingeniero y muy adinerado; había malgastado todas sus propiedades y hacia el final de su vida había entrado en un restaurante donde atendía a camareros y cantantes, y realizaba diversos encargos relacionados con el bello sexo. Al presentarse ante la llamada, ladeó la cabeza respetuosamente.
—Escuche, buen hombre —dijo Frolov, dirigiéndose a él—. ¿Qué significa este desorden? ¡Qué extraña espera! ¿No sabe que no me gusta? ¡Que el diablo lo lleve, dejaré de ir a verlo!
—¡Le ruego que me disculpe, Alexéi Semiónich! —dijo el ingeniero, llevándose la mano al corazón—. Tomaré medidas de inmediato y sus más mínimos deseos se cumplirán de la mejor manera y con la mayor rapidez.
“Bueno, eso servirá, puedes irte. . . .”
El ingeniero hizo una reverencia, se tambaleó hacia atrás, todavía encorvado, y desapareció por la puerta con un último destello de los diamantes falsos en el frente de su camisa y en sus dedos.
La mesa estaba puesta de nuevo. Almer bebió vino tinto y comió con fruición una especie de ave servida con trufas, y pidió un matelote de anguilas y un esterlina con la cola en la boca. Frolov solo bebió vodka y no comió nada más que pan. Se frotó la cara con las manos abiertas, frunció el ceño y, evidentemente, estaba de mal humor. Ambos guardaron silencio. Se hizo el silencio. Dos luces eléctricas con pantallas opacas parpadeaban y silbaban como si estuvieran enfadadas. Las gitanas pasaron junto a la puerta, tarareando suavemente.
“Uno bebe y no se alegra”, dijo Frolov. “Cuanto más bebo, más sobrio me vuelvo. Otros se alegran con el vodka, pero yo sufro de ira, pensamientos repugnantes, insomnio. ¿Por qué, viejo, la gente no inventa otros placeres además de la borrachera y el libertinaje? ¡Es realmente horrible!”
“Sería mejor que mandaras a buscar a las gitanas”.
¡Confundidlos!
En la puerta del pasillo apareció la cabeza de una anciana gitana.
—Alexei Semiónich, los gitanos piden té y coñac —dijo la anciana—. ¿Podemos pedirlo?
—Sí —respondió Frolov—. Ya sabes que reciben un porcentaje del dueño del restaurante por invitar a los clientes. Hoy en día ni siquiera se puede creer a un hombre que pide vodka. La gente es ruin, vil, malcriada. Fíjate en estos camareros, por ejemplo. Tienen cara de profesor y cabellos canosos; ganan doscientos rublos al mes, viven en casas propias y envían a sus hijas al instituto, pero puedes insultarlos y darte aires cuanto quieras. Por un rublo, el ingeniero se toma un bote entero de mostaza y cacarea como un gallo. Por mi honor, si alguno se ofende, le regalaría mil rublos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Almer, mirándolo con sorpresa—. ¿De dónde viene esta melancolía? Tienes la cara roja, pareces una fiera... ¿Qué te pasa?
Es horrible. Hay algo que no me puedo sacar de la cabeza. Parece que está clavado ahí y no sale.
Un anciano rollizo, hundido en la grasa y completamente calvo, con una chaqueta corta de porro y un chaleco lila, y una guitarra en la mano, entró en la habitación. Hizo una mueca de imbécil, se irguió y saludó como un soldado.
—¡Ah, el parásito! —dijo Frolov—. Permítanme presentárselo. Ha hecho su fortuna gruñendo como un cerdo. ¡Vengan! —Sirvió vodka, vino y brandy en un vaso, le echó pimienta y sal, lo mezcló todo y se lo dio al parásito. Este lo bebió de un trago y chasqueó los labios con gusto.
—Está acostumbrado a beber tanto que el vino puro le pone enfermo —dijo Frolov—. Ven, parásito, siéntate y canta.
El anciano se sentó, tocó las cuerdas con sus dedos gordos y comenzó a cantar:
"Neetka, neetka, Margareetka..."
Después de beber champán, Frolov estaba borracho. Golpeó la mesa con el puño y dijo:
¡Sí, hay algo que se me ha metido en la cabeza! ¡No me deja ni un minuto en paz!
“¿Pero qué es?”
No puedo decírtelo. Es un secreto. Es algo tan privado que solo podría hablar de ello en mis oraciones. Pero si quieres... como muestra de amistad, entre nosotros... solo en tu mente, a nadie, no, no, no... Te lo diré, me tranquilizará, pero por Dios... escúchalo y olvídalo...
Frolov se inclinó hacia Almer y durante un minuto le respiró en el oído.
“¡Odio a mi esposa!” exclamó.
El abogado lo miró con sorpresa.
—Sí, sí, mi esposa, Marya Mihalovna —murmuró Frolov, ruborizándose—. La odio y punto.
"¿Para qué?"
¡Ni yo mismo lo sé! Solo llevo dos años casado. Me casé, como sabes, por amor, y ahora la odio como a un enemigo mortal, como a este parásito que te salva la vida. ¡Y no hay motivo, ningún motivo! Cuando se sienta a mi lado, come o dice algo, me hierve el alma; apenas puedo contenerme para no ser grosero con ella. Es algo indescriptible. Dejarla o decirle la verdad es completamente imposible porque sería un escándalo, y vivir con ella es un infierno para mí. ¡No puedo quedarme en casa! Paso los días en el trabajo y en los restaurantes, y las noches en la disipación. Vamos, ¿cómo se explica este odio? No es una mujer común, sino guapa, inteligente y tranquila.
El anciano pateó el suelo y empezó a cantar:
“Salí a pasear con un capitán atrevido, y al oído le conté mis secretos.”
—Debo confesar que siempre pensé que Marya Mihalovna no era la persona adecuada para ti —dijo Almer después de un breve silencio, y dejó escapar un suspiro.
¿Quieres decir que tiene demasiada educación?... Yo mismo obtuve la medalla de oro en la escuela de comercio, he estado en París tres veces. No soy más listo que tú, claro, pero tampoco soy más tonto que mi esposa. No, hermano, la educación no es lo delicado. Déjame contarte cómo empezó todo el problema. Empezó cuando de repente imaginé que se había casado conmigo no por amor, sino por dinero. Esta idea se apoderó de mi mente. He hecho todo lo que se me ha ocurrido, ¡pero la maldita cosa persiste! Y para colmo, mi esposa se dejó llevar por la pasión por el lujo. Tras la pobreza, se apoderó de un saco de oro y empezó a tirarlo por todas partes. Se volvió completamente loca, y se dejó llevar tanto que ganaba veinte mil al mes. Y yo soy un hombre desconfiado. No creo en nadie, sospecho de todos. Y cuanto más amable eres conmigo, mayor es mi tormento. Sigo creyendo que me adulan por mi dinero. ¡No confío en nadie! ¡Soy un hombre difícil, muchacho, muy difícil!
Frolov vació su vaso de un trago y continuó.
—Pero todo eso son tonterías —dijo—. Nunca se debe hablar de eso. Es una tontería. Estoy un poco achispado y he estado charlando, y ahora me miras con ojos de abogado; me alegra que sepas el secreto de alguien. ¡Bueno, bueno!... ¡Dejemos de hablar! ¡Bebamos! —dijo, dirigiéndose a un camarero—, ¿está Mustafá aquí? ¡Que pase!
Poco después entró en la habitación un niño tártaro, de unos doce años, vestido con casaca y guantes blancos.
—¡Ven aquí! —le dijo Frolov—. Explícanos lo siguiente: hubo un tiempo en que ustedes, los tártaros, nos conquistaron y nos cobraron tributos, pero ahora nos sirven de camareros y venden batas. ¿Cómo explicas semejante cambio?
Mustafa levantó las cejas y dijo con voz estridente y entonación cantarina: “¡La mutabilidad del destino!”
Almer miró su rostro serio y se echó a reír a carcajadas.
—¡Pues denle un rublo! —dijo Frolov—. Está amasando una fortuna con la indecisión del destino. Solo lo tienen aquí por esas dos palabras. ¡Bebe, Mustafá! ¡Serás un gran bribón! Es horrible cuántos de tu calaña son aduladores que rondan a los ricos. ¡La cantidad de estos bandidos y ladrones pacíficos es incalculable! ¿No deberíamos mandar a buscar a los gitanos ya? ¿Eh? ¡Que vengan los gitanos!
Los gitanos, que llevaban mucho tiempo deambulando cansinamente por los pasillos, irrumpieron en la habitación con gritos y empezó una orgía salvaje.
—¡Beban! —les gritó Frolov—. ¡Beban! ¡Semilla del Faraón! ¡Canten! ¡Aa-ah!
“En invierno... ¡uy!... el trineo volaba...”
Los gitanos cantaban, silbaban, bailaban. En el frenesí que a veces se apodera de los hombres consentidos y muy ricos, de carácter generoso, Frolov empezó a hacer el tonto. Pidió la cena y champán para los gitanos, rompió la pantalla de la luz eléctrica, arrojó botellas a los cuadros y espejos, y todo ello aparentemente sin el menor disfrute, frunciendo el ceño y gritando con irritación, con desprecio hacia la gente, con una expresión de odio en los ojos y en sus modales. Hizo que el ingeniero cantara un solo, y que los bajos bebieran una mezcla de vino, vodka y aceite.
A las seis le entregaron la cuenta.
—Novecientos veinticinco rublos con cuarenta kopeks —dijo Almer, encogiéndose de hombros—. ¿Para qué es? ¡No, espere, tenemos que entrar!
—¡Para! —murmuró Frolov, sacando su cartera—. ¡Pues... que me roben! ¡Para eso soy rico, para que me roben!... ¡No se puede vivir sin parásitos!... Eres mi abogado. Me sacas seis mil al año, ¿y para qué? Pero, perdón... no sé lo que digo.
Mientras regresaba a casa con Almer, Frolov murmuró:
¡Volver a casa me da asco! ¡Sí!... No hay nadie a quien pueda abrirle el alma... Son todos ladrones... traidores... ¡Oh, por qué te conté mi secreto! Sí... ¿por qué? ¡Dime por qué!
A la entrada de su casa, se inclinó hacia Almer y, tambaleándose, lo besó en los labios, teniendo la vieja costumbre moscovita de besar indiscriminadamente en cada ocasión.
“Adiós... Soy un hombre difícil y odioso”, dijo. “Una vida horrible, borracha y desvergonzada. Eres un hombre culto e inteligente, pero solo te ríes y bebes conmigo... no hay ayuda de ninguno de ustedes... Pero si fueras mi amigo, si fueras un hombre honesto, en realidad deberías haberme dicho: “¡Uf, hombre vil y odioso! ¡Reptil!”.
—Vamos, vamos —murmuró Almer—. Vete a la cama.
No hay ayuda de tu parte; la única esperanza es que, cuando esté en el campo en verano, salga al campo y se desate una tormenta y el trueno me mate allí mismo... Adiós.
Frolov besó a Almer una vez más y, murmurando y quedándose dormido mientras caminaba, comenzó a subir las escaleras, apoyado por dos lacayos.
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LA VIUDA DEL MARISCAL
OhEl primero de febrero de cada año, día de San Trifón, se produce una conmoción extraordinaria en la finca de Madame Zavzyatov, viuda de Trifón Lvovitch, el difunto mariscal del distrito. Ese día, onomástico del difunto mariscal, la viuda Lyubov Petrovna celebra un servicio fúnebre en su memoria, y tras el mismo, una acción de gracias al Señor. Todo el distrito se reúne para el servicio. Allí verán a Hrumov, el actual mariscal; a Marfutkin; al presidente del zemstvo; a Potrashkov, miembro permanente de la Junta Rural; a los dos jueces de paz del distrito; al capitán de policía; a Krinolinov; a dos superintendentes de policía; al médico del distrito; a Dvornyagin, oliendo a yodoformo; a todos los terratenientes, grandes y pequeños, etc. En total, hay unas cincuenta personas reunidas.
Exactamente a las doce, los visitantes, con caras largas, se dirigen desde todas las habitaciones al gran salón. Hay alfombras en el suelo y sus pasos son silenciosos, pero la solemnidad de la ocasión los hace caminar instintivamente de puntillas, extendiendo las manos para mantener el equilibrio. En el salón todo está ya preparado. El padre Yevmeny, un anciano con una gorra alta y descolorida, se pone sus vestimentas negras. Konkordiev, el diácono, ya con sus vestimentas, y rojo como un cangrejo, hojea silenciosamente las hojas de su misal y coloca trocitos de papel en él. En la puerta que da al vestíbulo, Luka, el sacristán, inflando las mejillas y poniendo los ojos como platos, sopla el incensario. El salón se llena gradualmente de humo azulado y transparente y de olor a incienso.
Gelikonsky, el maestro de primaria, un joven con grandes granos en el rostro asustado, vestido con un abrigo nuevo que parecía un saco, lleva velas redondas de cera en una bandeja plateada. La anfitriona, Lyubov Petrovna, está de pie al frente, junto a una mesita con un plato de arroz fúnebre, y se lleva el pañuelo a la cara. Hay un silencio profundo, interrumpido de vez en cuando por suspiros. Todos tienen un rostro alargado y solemne...
Comienza el servicio de réquiem. El humo azul se eleva desde el incensario y juega con los rayos oblicuos del sol, las velas encendidas chisporrotean levemente. El canto, al principio áspero y ensordecedor, pronto se vuelve tranquilo y musical a medida que el coro se adapta gradualmente a las condiciones acústicas de las salas... Las melodías son todas tristes y lastimeras... Los invitados se van volviendo melancólicos y pensativos. Pensamientos sobre la brevedad de la vida humana, la mutabilidad, la vanidad mundana vagan por sus mentes... Recuerdan al difunto Zavzyatov, un hombre corpulento y de mejillas coloradas que solía beber una botella de champán de un trago y romper espejos con la frente. Y cuando cantan "Con tus santos, oh Señor", y se oyen los sollozos de su anfitriona, los invitados se mueven inquietos de un pie a otro. Los más sensibles empiezan a sentir un cosquilleo en la garganta y alrededor de los párpados. Marfutkin, el presidente del zemstvo, para acallar la desagradable sensación, se inclina al oído del capitán de policía y susurra:
Ayer estuve en casa de Iván Fiódoritch... Piotr Petróvich y yo nos aprovechamos de todas las bazas, sin ningún triunfo... Sí, en efecto... Olga Andréievna estaba tan exasperada que se le cayó la dentadura postiza.
Pero finalmente se canta el "Memoria Eterna". Gelikonsky retira respetuosamente las velas y el servicio conmemorativo concluye. A continuación, se produce una breve conmoción; hay un cambio de vestimentas y un servicio de acción de gracias. Tras la acción de gracias, mientras el padre Yevmeny se desviste, los visitantes se frotan las manos y tosen, mientras su anfitriona cuenta una anécdota sobre la bondad del difunto Trifón Lvóvich.
“Por favor, vengan a almorzar, amigos”, dice, concluyendo su relato con un suspiro.
Los visitantes, procurando no empujarse ni pisarse, se apresuran al comedor... Allí les espera el almuerzo. La comida es tan magnífica que el diácono Konkordiev se considera su deber cada año alzar las manos al contemplarla y, meneando la cabeza con asombro, decir:
¡Sobrenatural! No se parece tanto a la comida humana, padre Yevmeny, sino a las ofrendas a los dioses.
El almuerzo es ciertamente excepcional. Todo lo que la flora y la fauna del país pueden ofrecer está en la mesa, pero lo único sobrenatural, quizás, es que en la mesa hay de todo menos... bebidas alcohólicas. Lyubov Petrovna ha jurado no tener jamás en su casa naipes ni licores espirituosos, las dos causas de la ruina de su esposo. Y las únicas botellas contienen aceite y vinagre, como una burla y un castigo a los invitados, quienes, para un hombre, son desesperadamente aficionados a la botella y dados a la bebida.
—¡Sírvanse, caballeros! —les insiste la viuda del mariscal—. Disculpen, no tengo vodka... No tengo en casa.
Los invitados se acercan a la mesa y atacan el pastel con vacilación. Pero el progreso al comer es lento. Al usar los tenedores, al cortar y masticar, hay cierta pereza y apatía... Evidentemente, algo falta.
“Siento como si hubiera perdido algo”, le susurra uno de los jueces de paz al otro. “Me siento como cuando mi esposa se fugó con el ingeniero... No puedo comer”.
Marfutkin, antes de empezar a comer, hurga largo rato en su bolsillo buscando su pañuelo.
—Oh, mi pañuelo debe estar en mi abrigo —recuerda en voz alta—, y aquí estoy buscándolo —y se dirige al vestíbulo donde están colgados los abrigos de piel.
Regresa del vestíbulo con ojos brillantes y de inmediato ataca el pastel con gusto.
—Digo, es horrible masticar con la boca seca, ¿verdad? —le susurra al padre Yevmeny—. Pase al vestíbulo, padre. Hay una botella ahí, en mi abrigo de piel... Pero tenga cuidado; no haga ruido con la botella.
El padre Yevmeny recuerda que tiene algunas instrucciones que darle a Luka y se dirige al vestíbulo.
—Padre, unas palabras de confidencia —dice Dvornyagin, alcanzándolo.
—Deberían ver el abrigo de piel que me compré, caballeros —presumió Hrumov—. Vale mil, y di... no se lo van a creer... ¡doscientos cincuenta! Ni un céntimo más.
En cualquier otro momento, los invitados habrían recibido esta información con indiferencia, pero ahora muestran sorpresa e incredulidad. Al final, todos salen al vestíbulo a mirar el abrigo de piel, y siguen observándolo hasta que Mikeshka, el hombre del médico, saca cinco botellas vacías a escondidas. Cuando se sirve el esturión al vapor, Marfutkin recuerda que ha dejado su cigarrera en el trineo y se dirige al establo. Para no sentirse solo en esta expedición, lleva consigo al diácono, quien, como era de esperar, considera necesario echar un vistazo a su caballo...
En la tarde del mismo día, Lyubov Petrovna estaba sentada en su estudio, escribiendo una carta a un viejo amigo en Petersburgo:
“Hoy, como en años anteriores”, escribe entre otras cosas, “tuve un servicio en memoria de mi querido esposo. Todos mis vecinos vinieron al servicio. Son gente sencilla y ruda, ¡pero qué corazones! Les di un almuerzo espléndido, pero, por supuesto, como en años anteriores, sin una gota de alcohol. Desde que murió por exceso de bebida, he jurado establecer la templanza en este distrito y así expiar sus pecados. He comenzado la campaña por la templanza en mi propia casa. El padre Yevmeny está encantado con mis esfuerzos y me ayuda tanto con palabras como con hechos. ¡Oh, querida , si supieras cuánto me quieren mis osos! El presidente del zemstvo, Marfutkin, me besó la mano después del almuerzo, se la llevó un buen rato a los labios y, meneando la cabeza de forma absurda, rompió a llorar: ¡tanto sentimiento, pero sin palabras! El padre Yevmeny, ese encantador viejecito, se sentó a mi lado y me miró con lágrimas en los ojos. No dejaba de balbucear como un niño. No entendía lo que decía, pero sé interpretar los verdaderos sentimientos. El capitán de policía, el apuesto hombre del que le escribí, se arrodilló ante mí e intentó leerme unos versos de su propia composición (es poeta), pero... sus emociones lo superaron, se tambaleó y cayó... ¡ese gigante entró en un ataque de histeria, imagínese mi alegría! Sin embargo, el día no transcurrió sin contratiempos. El pobre Alalykin, el presidente de la asamblea de jueces, un hombre corpulento y apoplético, estaba enfermo y permaneció inconsciente en el sofá durante dos horas. Tuvimos que echarle agua... Le estoy agradecido al doctor Dvornyagin: había traído una botella de brandy de su dispensario y le humedeció las sienes al paciente, lo que lo reanimó rápidamente y pudo ser trasladado...
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UN MAL NEGOCIO
“¿QUIÉN va allí?”
No hay respuesta. El vigilante no ve nada, pero a través del rugido del viento y los árboles oye claramente a alguien caminando por la avenida frente a él. Una noche de marzo, nublada y brumosa, envuelve la tierra, y al vigilante le parece que la tierra, el cielo y él mismo con sus pensamientos se funden en algo vasto e impenetrablemente negro. Solo puede avanzar a tientas.
"¿Quién anda ahí?", repite el vigilante, y empieza a creer que oye susurros y risas ahogadas. "¿Quién anda ahí?"
“Soy yo, amigo…” responde una voz de anciano.
“¿Pero quién eres tú?”
“Yo... un viajero.”
—¿Qué clase de viajero? —grita el vigilante furioso, intentando disimular su terror con gritos—. ¿Qué demonios haces aquí? ¡Andas rondando por el cementerio de noche, rufián!
¿No dirás que aquí hay un cementerio?
¿Y qué más? ¡Claro que es el cementerio! ¿No lo ves?
—¡Oh, oh... Reina del Cielo! —se oye el suspiro de un anciano—. No veo nada, alma mía, nada. ¡Ay, qué oscuridad, qué oscuridad! No puedes ver tu mano delante de tu rostro, está oscuro, amiga. Oh, oh...
“¿Pero quién eres tú?”
“Soy un peregrino, amigo, un hombre errante.”
“Los demonios, los pájaros nocturnos... ¡Qué peregrinos tan simpáticos! Son unos borrachos...”, murmura el vigilante, tranquilizado por el tono y los suspiros del desconocido. “Uno se siente tentado a pecar por ti. Se pasan el día bebiendo y rondan por la noche. Pero creo haber oído que no estabas solo; parecía que eran dos o tres.”
Estoy solo, amigo, solo. Completamente solo. ¡Oh, nuestros pecados...!
El vigilante tropieza con el hombre y se detiene.
“¿Cómo llegaste aquí?”, pregunta.
Me he perdido, buen hombre. Iba caminando hacia el Molino Mitrievsky y me perdí.
¡Uf! ¿Es este el camino al Molino Mitrievsky? ¡Imbécil! Para llegar al Molino Mitrievsky, debes mantenerte mucho más a la izquierda, saliendo del pueblo por la carretera principal. Has estado bebiendo y te has desviado un par de millas. Seguro que te has tomado una gota en el pueblo.
—Sí, amigo... De verdad que sí; no ocultaré mis pecados. Pero ¿cómo me voy ahora?
Sigue recto por esta avenida hasta que no puedas más, y luego gira inmediatamente a la izquierda y sigue hasta que hayas cruzado todo el cementerio hasta la puerta. Allí encontrarás una puerta... Ábrela y vete con la bendición de Dios. Cuidado con caer en la zanja. Y cuando salgas del cementerio, sigue por los campos hasta llegar a la carretera principal.
Que Dios te dé salud, amigo. Que la Reina del Cielo te salve y tenga piedad de ti. ¡Podrías llevarme contigo, buen hombre! ¡Ten piedad! ¡Llévame hasta la puerta!
¡Como si tuviera tiempo que perder! ¡Ve solo!
¡Ten piedad! Rezaré por ti. No veo nada; no se puede ver la mano delante del rostro, amigo... ¡Está tan oscuro, tan oscuro! ¡Muéstrame el camino, señor!
“Como si tuviera tiempo para llevarte de un lado a otro; si tuviera que hacer de enfermera para todos, nunca lo habría hecho”.
¡Por Dios, llévame! No veo y me da miedo caminar solo por el cementerio. Es aterrador, amigo, es aterrador; tengo miedo, buen hombre.
—No hay manera de librarse de ti —suspira el vigilante—. Está bien, ven.
El vigilante y el viajero siguen juntos. Caminan hombro con hombro en silencio. Un viento húmedo y cortante les da en la cara y los árboles invisibles, murmurando y susurrando, esparcen gruesas gotas sobre ellos... El sendero está casi completamente cubierto de charcos.
—Hay algo que no entiendo —dice el vigilante tras un largo silencio—: cómo llegaste aquí. La puerta está cerrada. ¿Saltaste el muro? Si lo hiciste, es lo último que esperarías de un anciano.
No lo sé, amigo, no lo sé. Ni yo mismo puedo decir cómo llegué aquí. Es una visitación. Un castigo del Señor. En verdad, una visitación, el maligno me confundió. ¿Así que eres un centinela aquí, amigo?
"Sí."
“¿El único para todo el cementerio?”
Hay una ráfaga de viento tan violenta que ambos se detienen un momento. Esperando a que amaine el viento, el vigilante responde:
Somos tres, pero uno está enfermo con fiebre y el otro duerme. Nos turnamos.
—Ah, claro, amigo. ¡Qué viento! ¡Los muertos deben oírlo! ¡Aúlla como una fiera! ¡Uy!
“¿Y de dónde vienes?”
Desde lejos, amigo. Soy de Vólogda, muy lejos. Voy de un lugar sagrado a otro y rezo por la gente. Sálvame y ten piedad de mí, Señor.
El vigilante se detiene un momento para encender su pipa. Se agacha tras el viajero y enciende varias cerillas. El resplandor de la primera ilumina por un instante un trocito de la avenida a la derecha: una lápida blanca con un ángel y una cruz oscura; la luz de la segunda cerilla, con una intensidad intensa y extinguida por el viento, destella como un relámpago a la izquierda, y en la oscuridad solo se distingue el ángulo de una especie de enrejado; la tercera cerilla proyecta luz a derecha e izquierda, revelando la lápida blanca, la cruz oscura y el enrejado que rodea la tumba de un niño.
—¡Los difuntos duermen! ¡Los seres queridos duermen! —murmura el desconocido, suspirando con fuerza—. Todos duermen igual: ricos y pobres, sabios e insensatos, buenos y malos. Ahora tienen el mismo valor. Y dormirán hasta la última trompeta. Que el Reino de los Cielos y la paz eterna sean suyos.
“Aquí estamos ahora caminando, pero llegará el día en que nosotros también estaremos aquí acostados”, dice el vigilante.
Sin duda, sin duda, todos moriremos. No hay hombre que no muera. ¡Ay! ¡Nuestras acciones son perversas, nuestros pensamientos engañosos! ¡Pecados, pecados! ¡Mi alma maldita, siempre codiciosa, mi vientre avaricioso y lujurioso! He enojado al Señor y no hay salvación para mí en este mundo ni en el venidero. Estoy hundido en pecados como un gusano en la tierra.
“Sí, y tienes que morir.”
"Estás justo ahí."
«La muerte es más fácil para un peregrino que para nosotros», dice el vigilante.
Hay peregrinos de diferentes tipos. Están los verdaderos, que son hombres temerosos de Dios y velan por sus propias almas, y los hay que vagan por el cementerio de noche y son el deleite de los demonios... ¡Sí! Hay uno que es peregrino y podría darte un hachazo en la cabeza si quisiera y dejarte sin aliento.
¿Por qué hablas así?
—Oh, nada... Bueno, me imagino que aquí está la puerta. Sí, ahí está. Ábrela, buen hombre.
El centinela, a tientas, abre la puerta, saca al peregrino por la manga y le dice:
Aquí termina el cementerio. Ahora debes seguir por los campos abiertos hasta llegar a la carretera principal. Solo que cerca de aquí estará la zanja del límite; no te caigas... Y cuando salgas a la carretera, gira a la derecha y sigue hasta llegar al molino...
—¡Ay! —suspira el peregrino tras una pausa—. Y ahora pienso que no tengo motivos para ir al Molino Mitrievsky... ¿Para qué demonios debería ir allí? Será mejor que me quede un rato con usted, señor...
“¿Para qué quieres quedarte conmigo?”
“¡Oh... es más divertido contigo!. . . .”
—Así que has encontrado un buen compañero, ¿verdad? Veo que, peregrino, te gustan las bromas...
—Claro que sí —dice el desconocido con una risita ronca—. ¡Ah, mi querido amigo! ¡Apuesto a que recordarás al peregrino durante muchos años!
“¿Por qué debería recordarte?”
¿Por qué te he rodeado tan elegantemente? ¿Soy un peregrino? No soy un peregrino en absoluto.
“¿Qué eres entonces?”
Un muerto... Acabo de salir de mi ataúd... ¿Te acuerdas de Gubaryev, el cerrajero, que se ahorcó en carnaval? ¡Pues yo soy el mismísimo Gubaryev!
“¡Cuéntanos algo más!”
El vigilante no le cree, pero siente un terror tan frío y opresivo que se sobresalta y empieza a palpar apresuradamente la puerta.
—Alto, ¿adónde vas? —dice el desconocido, agarrándolo del brazo—. ¡Ay, ay, ay! ¡Menudo tipo! ¿Cómo puedes dejarme solo?
“¡Suelta!” grita el vigilante, intentando apartar el brazo.
¡Detente! Te ordeno que pares, y tú paras. ¡No te resistas, perro asqueroso! Si quieres quedarte entre los vivos, detente y cállate hasta que te lo diga. Es solo que no me interesa derramar sangre o ya estarías muerto hace mucho, canalla despreciable... ¡Detente!
Las rodillas del vigilante ceden. Aterrorizado, cierra los ojos y, temblando, se acurruca contra la pared. Quisiera gritar, pero sabe que sus gritos no llegarán a ningún ser vivo. El extraño se para a su lado y lo sujeta del brazo... Pasan tres minutos en silencio.
“Uno tiene fiebre, otro duerme, y el tercero ve a los peregrinos en camino”, murmura el extraño. “¡Guardianes excepcionales, valen su sueldo! ¡Sí, hermano, los ladrones siempre han sido más listos que los vigilantes! Quédate quieto, no te muevas...”.
Pasaron cinco minutos, diez minutos en silencio. De repente, el viento trajo el sonido de un silbido.
—Bueno, ya puedes irte —dice el desconocido, soltando el brazo del vigilante—. ¡Ve y da gracias a Dios que estás vivo!
El extraño también silba, huye de la puerta y el vigilante lo oye saltar el foso.
Con el presentimiento de algo muy terrible en el corazón, el vigilante, todavía temblando de terror, abre la puerta indeciso y regresa corriendo con los ojos cerrados.
Al entrar en la avenida principal, oye pasos apresurados y alguien le pregunta con voz sibilante: "¿Eres tú, Timofey? ¿Dónde está Mitka?".
Y tras recorrer toda la avenida principal, nota una tenue luz en la oscuridad. Cuanto más se acerca a la luz, más miedo siente y más fuerte es su presentimiento.
«Parece que la luz estaba en la iglesia», piensa. «¿Y cómo ha podido llegar hasta allí? ¡Sálvame y ten piedad de mí, Reina del Cielo! Y así es».
El vigilante permanece un minuto ante la ventana rota y mira con horror hacia el altar... Una pequeña vela de cera, que los ladrones habían olvidado apagar, parpadea con el viento que irrumpe por la ventana y proyecta tenues manchas rojas de luz sobre las vestimentas esparcidas y un armario volcado en el suelo, sobre numerosas huellas cerca del altar mayor y el altar de las ofrendas.
Pasa un poco de tiempo y el viento aullante envía flotando sobre el cementerio los apresurados y desiguales sonidos de la campana de alarma. . . .
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EN LA CORTE
AEn la capital del distrito de N., en la casa de gobierno color canela, donde se reúnen por turnos el Zemstvo, las sesiones de los jueces de paz, la Junta Rural, la Junta de Licores, la Junta Militar y muchas otras, el Tribunal de Circuito sesionaba en uno de los grises días de otoño. Un funcionario local comentó ingeniosamente sobre la mencionada casa color canela:
“Aquí está la Justicia, aquí está la Policía, aquí está la Milicia: un auténtico internado para señoritas de alta alcurnia.”
Pero, como dice el dicho, «demasiados cocineros echan a perder el caldo», y probablemente por eso la casa impacta, oprime y abruma a un visitante no oficial con su lúgubre aspecto de barracón, su estado decrépito y la completa ausencia de cualquier tipo de comodidad, externa o interna. Incluso en los días más brillantes de primavera parece envuelta en una densa sombra, y en las noches despejadas de luna, cuando los árboles y las pequeñas viviendas, fundidos en una mancha de sombra, parecen sumidos en un sueño tranquilo, ella sola se alza absurda e inapropiadamente, una opresiva masa de piedra, sobre el modesto paisaje, arruinando la armonía general y vigilando sin dormir, como si no pudiera escapar de los pesados recuerdos de pecados pasados sin perdón. Por dentro es como un granero y extremadamente poco atractivo. Es extraño ver con qué facilidad estos elegantes abogados, miembros de comités y mariscales de la nobleza, que en sus propias casas montarían un escándalo por el más mínimo humo de la estufa o una mancha en el suelo, se resignan aquí al zumbido de las ruedas de la ventilación, al olor repugnante de las velas fumigadoras y a las paredes sucias y siempre sudorosas.
La sesión del tribunal de circuito comenzó entre las nueve y las diez. El programa del día se inició con prontitud, con notable premura. Los casos se sucedieron y terminaron rápidamente, como un servicio religioso sin coro, de modo que ninguna mente podía formarse una imagen completa de toda esta masa multicolor de rostros, movimientos, palabras, desgracias, verdades y mentiras, todo fluyendo como un río desbordado... Para las dos de la tarde se había avanzado mucho: dos presos habían sido sentenciados a servir en batallones de convictos, uno de la clase privilegiada había sido sentenciado a privación de derechos y prisión, uno había sido absuelto, un caso se había aplazado.
A las dos en punto, el presidente del tribunal anunció que se celebraría la vista del caso del campesino Nikolay Harlamov, acusado del asesinato de su esposa. La composición del tribunal se mantuvo igual que en el caso anterior, salvo que el abogado defensor fue sustituido por un nuevo personaje, un joven graduado imberbe con un abrigo de botones brillantes. El presidente dio la orden: "¡Traigan al prisionero!".
Pero el prisionero, que ya había sido preparado, ya se dirigía a su estrado. Era un campesino alto y corpulento, de unos cincuenta y cinco años, completamente calvo, con un rostro apático y velludo, y una gran barba pelirroja. Lo seguía un soldadito de aspecto frágil con una pistola.
Justo cuando llegaba al escaño, el escolta sufrió un pequeño contratiempo. Tropezó y se le cayó el arma de las manos, pero la atrapó enseguida antes de que tocara el suelo, golpeándose la rodilla violentamente contra la culata. Una leve risa se oyó entre el público. Ya sea por el dolor o quizás por la vergüenza de su torpeza, el soldado se sonrojó profundamente.
Tras las preguntas habituales al preso, la rotación del jurado, la llamada y toma de juramento de los testigos, comenzó la lectura de la acusación. El secretario, de pecho estrecho y rostro pálido, demasiado delgado para su uniforme y con esparadrapo en la mejilla, la leyó en voz baja y grave, con rapidez de sacristán, sin subir ni bajar la voz, como si temiera esforzarse al máximo; le secundaba el zumbido incansable de la rueda del ventilador tras la mesa del juez, y el resultado fue un sonido que imbuyó de somnolencia y narcótico la quietud de la sala.
El presidente, un hombre miope, no anciano, pero con el rostro extremadamente agotado, permanecía sentado en su sillón sin moverse, con la mano abierta cerca de la frente, como para protegerse los ojos del sol. Meditaba al son del zumbido de la rueda del ventilador y del secretario. Cuando el secretario se detuvo un instante para tomar aliento al comenzar una nueva página, se sobresaltó de repente y miró a la sala con ojos apagados. Luego, se inclinó hacia el oído del juez que estaba a su lado y preguntó con un suspiro:
—¿Te alojas en casa de Demyanov, Matvey Petrovich?
—Sí, en casa de Demyanov —respondió el otro sobresaltándose también.
La próxima vez probablemente me quede allí también. ¡Es imposible alojarse en casa de Tipyakov! ¡Hay ruido y alboroto toda la noche! Golpes, toses, niños llorando... ¡Es imposible!
El fiscal adjunto, un hombre gordo, bien alimentado y moreno, con gafas doradas y una barba hermosa y cuidada, permanecía inmóvil como una estatua, con la mejilla apoyada en el puño, leyendo el «Caín» de Byron. Sus ojos reflejaban una atención intensa y sus cejas se elevaban cada vez más con asombro... De vez en cuando se recostaba en su silla, miraba sin interés al frente durante un minuto y luego se sumergía de nuevo en la lectura. El abogado defensor movía la punta roma de su lápiz por la mesa y meditaba con la cabeza ladeada... Su rostro juvenil no expresaba más que el aburrimiento gélido e inamovible que se observa comúnmente en el rostro de los escolares y los hombres de servicio, obligados a diario a sentarse en el mismo lugar, a ver las mismas caras, las mismas paredes. No sentía ninguna emoción por el discurso que iba a pronunciar, y, en realidad, ¿en qué consistía ese discurso? Siguiendo instrucciones de sus superiores, de acuerdo con una rutina establecida desde hacía tiempo, lo lanzaba ante los jurados, sin pasión ni ardor, sintiendo que era incoloro y aburrido, y luego galopaba a través del barro y la lluvia hasta la estación, de allí a la ciudad, para recibir en breve instrucciones de volver a algún distrito a pronunciar otro discurso... ¡Era un aburrimiento!
Al principio, el preso palideció y tosió nervioso en su manga, pero pronto la quietud, la monotonía general y el aburrimiento lo contagiaron también. Contempló con torpe respeto los uniformes de los jueces, los rostros cansados de los jurados, y parpadeó con calma. El entorno y el procedimiento del tribunal, cuya expectativa tanto le había pesado mientras los esperaba en prisión, ahora ejercían sobre él un efecto sumamente tranquilizador. Lo que encontró allí no era en absoluto lo que podría haber esperado. La acusación de asesinato pendía sobre él, y sin embargo, allí no se encontró con rostros amenazadores ni miradas indignadas, ni frases en voz alta sobre represalias, ni compasión por su extraordinario destino; ninguno de los que lo juzgaban lo miró con interés ni por mucho tiempo... Las ventanas y las paredes sucias, la voz del secretario, la actitud del fiscal, todo estaba saturado de indiferencia oficial y producía una atmósfera de frigidez, como si el asesino fuera simplemente una propiedad oficial, o como si no estuviera siendo juzgado por hombres vivos, sino por alguna máquina invisible, puesta en marcha, quién sabe cómo o por quién...
El campesino, tranquilizado, no comprendía que los hombres allí estaban tan acostumbrados a los dramas y tragedias de la vida y se sentían tan embotados al verlos como los enfermeros ante la muerte, y que todo el horror y la desesperanza de su situación residían precisamente en esta indiferencia mecánica. Parecía que si no se quedaba quieto, sino que se levantaba y empezaba a suplicar, implorando con lágrimas su misericordia, arrepintiéndose amargamente, si moría de desesperación, todo se desmoronaría contra los nervios embotados y la insensibilidad de la costumbre, como las olas contra una roca.
Cuando el secretario terminó, el presidente por alguna razón pasó las manos sobre la mesa que tenía delante, miró durante un tiempo con los ojos entornados hacia el prisionero y luego preguntó, hablando lánguidamente:
—Prisionero en el banquillo, ¿se declara usted culpable de haber asesinado a su esposa la noche del nueve de junio?
—No, señor —respondió el prisionero levantándose y sosteniendo su túnica sobre su pecho.
Tras esto, el tribunal procedió apresuradamente al interrogatorio de los testigos. Interrogaron a dos campesinas, cinco hombres y al policía del pueblo que había realizado la investigación. Todos, cubiertos de barro, exhaustos por la larga caminata y esperando en la sala de testigos, sombríos y desanimados, prestaron la misma declaración. Declararon que Harlamov vivía "bien" con su anciana, como cualquier otra persona; que nunca la golpeaba, salvo cuando había bebido una gota; que el 9 de junio, al ponerse el sol, la anciana fue encontrada en el porche con el cráneo roto; que junto a ella, en un charco de sangre, yacía un hacha. Cuando buscaron a Nikolay para contarle la calamidad, no estaba en su choza ni en las calles. Lo buscaron por todo el pueblo. Fueron a todas las tabernas y chozas, pero no lo encontraron. Había desaparecido, y dos días después acudió por su propia voluntad a la comisaría, pálido, con la ropa desgarrada y temblando. Lo ataron y lo encerraron.
—Prisionero —dijo el presidente dirigiéndose a Harlamov—, ¿no puede explicarle al tribunal dónde estuvo durante los tres días posteriores al asesinato?
“Estaba vagando por los campos... Sin comer ni beber...”.
“¿Por qué te escondiste si no fuiste tú quien cometió el asesinato?”
“Tenía miedo... Tenía miedo de que me declararan culpable... ”
—¡Ajá!... ¡Bien, siéntate!
El último en ser examinado fue el médico de distrito que le había practicado la autopsia a la anciana. Relató al tribunal todo lo que recordaba de su informe y todo lo que había logrado recordar camino al tribunal esa mañana. El presidente entornó los ojos al observar su nuevo y brillante traje negro, su elegante corbata, sus labios moviéndose; escuchó y en su mente, el pensamiento lánguido pareció surgir por sí solo:
Hoy en día todo el mundo lleva chaqueta corta, ¿por qué la mandó hacer larga? ¿Por qué larga y no corta?
Se oyó un discreto crujido de botas a espaldas del presidente. Era el fiscal adjunto acercándose a la mesa para recoger unos papeles.
—Mihail Vladimirovitch —dijo el fiscal adjunto, inclinándose hacia el presidente—, es sorprendente la despreocupación con la que Koreisky dirigió la investigación. Ni al hermano del preso ni al anciano del pueblo se les interrogó; su descripción de la cabaña no tiene fundamento...
"No se puede evitar, no se puede evitar", dijo el presidente, hundiéndose en su silla. "¡Está hecho pedazos... se está cayendo a pedazos!"
“Por cierto”, susurró el fiscal adjunto, “miren al público, en la primera fila, el tercero desde la derecha… una cara como la de un actor… ese es el Creso local. Tiene una fortuna de unos cincuenta mil”.
¿En serio? No lo dirías por su aspecto... Bueno, querido, ¿no deberíamos tomarnos un descanso?
“Terminaremos el caso para la fiscalía, y luego. . . .”
—Como mejor le parezca... ¿Y bien? —el presidente alzó la vista hacia el médico—. ¿Entonces considera que la muerte fue instantánea?
“Sí, en consecuencia de la extensión de la lesión a la sustancia cerebral. . . .”
Cuando el médico terminó, el presidente miró al espacio entre el fiscal y el abogado defensor y sugirió:
“¿Tienes alguna pregunta que hacer?”
El fiscal adjunto negó con la cabeza, sin apartar la vista de “Caín”; el abogado defensor se movió inesperadamente y, carraspeando, preguntó:
Dígame, doctor, ¿puede, a partir de las dimensiones de la herida, formular alguna teoría sobre... sobre el estado mental del criminal? Es decir, ¿la magnitud de la lesión justifica la suposición de que el acusado sufría una aberración temporal?
El presidente alzó su mirada soñolienta e indiferente hacia el abogado defensor. El fiscal adjunto se apartó de «Caín» y miró al presidente. Simplemente lo miraron, pero no había sonrisa, ni sorpresa, ni perplejidad; sus rostros no expresaban nada.
—Quizás —el doctor dudó—, si se considera la fuerza con la que... eh... eh... el criminal asesta el golpe... Sin embargo, disculpe, no entiendo bien su pregunta...
El abogado defensor no obtuvo respuesta a su pregunta, y de hecho no sintió la necesidad de una. Incluso para él mismo era evidente que esa pregunta se le había metido en la cabeza y encontrado expresión simplemente por el efecto del silencio, el aburrimiento, el zumbido de las ruedas del ventilador.
Tras despachar al médico, el tribunal se levantó para examinar las pruebas materiales. Lo primero que se examinó fue el abrigo de faldón, en cuya manga había una mancha de sangre marrón oscura. Al ser interrogado sobre el origen de la mancha, Harlamov declaró:
Tres días antes de la muerte de mi anciana, Penkov le hizo una sangría a su caballo. Yo estaba allí; ayudaba, para asegurarme, y... y me manché con ella...
—Pero Penkov acaba de declarar que no recuerda que usted estuvo presente en la sangría...
"No puedo decirlo."
"Sentarse."
Procedieron a examinar el hacha con la que habían asesinado a la anciana.
“Esa no es mi hacha”, declaró el prisionero.
“¿De quién es entonces?”
“No lo sé... No tenía hacha...”
Un campesino no puede pasar un día sin un hacha. Y tu vecino Iván Timoféich, con quien remendaste un trineo, ha dado pruebas de que es tu hacha...
No puedo decirlo, pero lo juro por Dios (Harlamov extendió la mano y extendió los dedos), por Dios viviente. Y no recuerdo cuánto tiempo hace que no tengo un hacha. Tuve una igual, solo un poco más pequeña, pero mi hijo Prohor la perdió. Dos años antes de alistarse en el ejército, fue a buscar leña, se puso a beber con los compañeros y la perdió...
“Bueno, siéntate.”
Esta desconfianza sistemática y su reticencia a escucharlo probablemente irritaron y ofendieron a Harlamov. Parpadeó y le aparecieron manchas rojas en los pómulos.
—Lo juro por Dios —continuó, estirando el cuello hacia adelante—. Si no me cree, pregúntele a mi hijo Prohor. Proshka, ¿qué hiciste con el hacha? —preguntó de repente con voz áspera, volviéndose bruscamente hacia el soldado que lo escoltaba—. ¿Dónde está?
¡Fue un momento doloroso! Todos parecieron estremecerse y, por así decirlo, encogerse. El mismo pensamiento aterrador e increíble cruzó como un rayo por todas las cabezas de la corte, la idea de una posible coincidencia fatal, y nadie en la corte se atrevió a mirar al soldado a la cara. Todos se negaron a creer en su pensamiento y creyeron que había oído mal.
“Prisionero, está prohibida la conversación con los guardias…” se apresuró a decir el presidente.
Nadie vio el rostro de la escolta, y el horror se apoderó de la sala, invisible como una máscara. El ujier se levantó silenciosamente de su puesto y, de puntillas y con la mano extendida para mantener el equilibrio, salió de la sala. Medio minuto después se oyeron los sonidos y pasos apagados que acompañan al cambio de guardia.
Todos levantaron la cabeza y, tratando de aparentar que nada había sucedido, continuaron con su trabajo. . . .
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BOTAS
AEl afinador de pianos llamado Murkin, un hombre afeitado, de cara amarillenta, con la nariz manchada de rapé y algodón en los oídos, salió de su habitación de hotel al pasillo y, con voz quebrada, gritó: "¡Semyon! ¡Camarero!".
Y mirando su cara asustada, uno podría haber supuesto que el techo se le había caído encima o que simplemente había visto un fantasma en su habitación.
—¡Por Dios, Semión! —gritó al ver al asistente correr hacia él—. ¿Qué significa esto? ¡Soy un hombre reumático y delicado, y me haces andar descalzo! ¿Por qué no me das mis botas todo este tiempo? ¿Dónde están?
Semión entró en la habitación de Murkin, miró el lugar donde solía dejar las botas que había limpiado y se rascó la cabeza: las botas no estaban allí.
—¿Dónde estarán esas malditas cosas? —preguntó Semión—. Me parece que las limpié por la noche y las puse aquí... ¡Mmm!... Ayer, debo confesar, me di una gota... Supongo que las dejé en otra habitación. ¡Debe ser, Afanasi Yegóritch, están en otra habitación! Hay un montón de botas, ¿y cómo demonios va uno a distinguirlas cuando está borracho y no sabe lo que hace?... Debo de habérselas llevado a la señora de al lado... la actriz...
Y ahora, si me permiten, ¡voy a entrar en casa de una dama y a molestarla por medio de ustedes! ¡Miren, si me permiten, con esta tontería voy a despertar a una mujer respetable!
Suspirando y tosiendo, Murkin se dirigió a la puerta de la habitación contigua y golpeó con cautela.
"¿Quién está ahí?" escuchó la voz de una mujer un minuto después.
—¡Soy yo! —empezó Murkin con voz lastimera, con la actitud de un caballero que se dirige a una dama de la alta sociedad—. Disculpe la molestia, señora, pero soy un hombre delicado de salud, reumático... Los médicos, señora, me han recetado que mantenga los pies calientes, sobre todo porque tengo que ir inmediatamente a afinar el piano en casa de la señora general Shevelitsyn. No puedo ir descalzo.
—¿Pero qué quieres? ¿Qué piano?
—No es un piano, señora; ¡se refiere a unas botas! Semión, el estúpido, limpió mis botas y las puso sin querer en su habitación. ¡Señora, tenga la amabilidad de darme mis botas!
Se oyó un crujido, un salto de la cama y el aleteo de unas zapatillas, tras lo cual la puerta se entreabrió y una mano femenina y regordeta arrojó a los pies de Murkin un par de botas. El afinador de pianos le dio las gracias y se fue a su habitación.
—Qué raro... —murmuró, poniéndose las botas—, parece que esta no es la bota correcta. ¡Pero si aquí hay dos botas izquierdas! ¡Ambas son para el pie izquierdo! ¡Oye, Semión, estas no son mías! Mis botas tienen etiquetas rojas y no tienen parches, y estas tienen agujeros y no tienen etiquetas.
Semyon cogió las botas, las dio vuelta varias veces ante sus ojos y frunció el ceño.
—Esas son las botas de Pavel Alexandritch —gruñó, mirándolas con los ojos entrecerrados. Lo hizo con el ojo izquierdo.
“¿Qué, Pavel Alexandritch?”
El actor viene aquí todos los martes... Debió de ponerse el tuyo en lugar del suyo... Así que debí de poner los dos pares en su habitación, el de él y el tuyo. ¡Adelante!
“¡Entonces ve y cámbialos!”
—¡No te preocupes! —rió Semyon—. Ve a cambiártelos... ¿Dónde lo encuentro ahora? Se fue hace una hora... ¡Ve a buscar el viento en los campos!
“¿Dónde vive entonces?”
¿Quién sabe? Viene aquí todos los martes, y no sé dónde vive. Viene y se queda a pasar la noche, y luego puedes esperar hasta el próximo martes...
—¡Mira, bruto, lo que has hecho! ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ya es hora de que vaya a casa de la señora general Shevelitsyn, anatema! ¡Tengo los pies helados!
Podrás cambiarte las botas pronto. Ponte estas botas, anda con ellas hasta la noche y por la noche ve al teatro... Pregunta allí por Blistanov, el actor... Si no quieres ir al teatro, tendrás que esperar hasta el próximo martes; él solo viene los martes...
—Pero ¿por qué hay dos botas para el pie izquierdo? —preguntó el afinador de pianos, recogiendo las botas con aire de disgusto.
Lo que Dios le ha mandado, eso lleva puesto. Por la pobreza... ¿dónde va a conseguir un actor botas? Le dije: «¡Qué botas, Pavel Alexandritch! ¡Son una auténtica vergüenza!», y él respondió: «Calla», dijo, «¡y palidece! Con esas mismas botas», añadió, «he interpretado a condes y príncipes». ¡Qué gente tan rara! ¡Artistas, esa es la única palabra para ellos! Si yo fuera el gobernador o cualquier otro al mando, reuniría a todos estos actores y los metería a todos en la cárcel.
Sin parar de suspirar, gemir y fruncir el ceño, Murkin se calzó las dos botas izquierdas y partió cojeando hacia la casa de la señora general Shevelitsyn. Se pasó el día entero recorriendo la ciudad afinando pianos, y le parecía que todo el día todos le miraban los pies y veían sus botas remendadas con los tacones desgastados. Además de sus agonías morales, también tenía que sufrir físicamente; las botas le causaron un callo.
Por la noche estaba en el teatro. Había una función de Barba Azul . Justo antes del último acto, y gracias a la ayuda de un conocido que tocaba la flauta en la orquesta, logró entrar tras bambalinas. Al dirigirse al camerino masculino, encontró allí a todos los actores. Algunos se cambiaban de ropa, otros se pintaban la cara, otros fumaban. Barba Azul estaba con el rey Bobesh, mostrándole un revólver.
—Mejor cómpralo —dijo Barba Azul—. Lo compré en Kursk, una ganga, por ocho rublos, pero ¡vaya! Te lo dejo por seis... ¡Uno de los mejores!
—Tranquilos... ¡Está cargado, ¿sabes?!
"¿Puedo ver al señor Blistanov?", preguntó el afinador de pianos al entrar.
—¡Soy yo! —dijo Barba Azul, volviéndose hacia él—. ¿Qué quieres?
—Disculpe la molestia, señor —empezó el afinador de pianos con voz implorante—, pero créame, soy un hombre delicado de salud, reumático. Los médicos me han recetado mantener los pies calientes...
“Pero, hablando claro, ¿qué quieres?”
—Verá —dijo el afinador de pianos, dirigiéndose a Barba Azul—. Eh... anoche se alojó en el apartamento amueblado de Buhteyev... el número 64...
"¿Qué tontería?", dijo el Rey Bobesh con una sonrisa. "Mi esposa está en el número 64".
¿Su esposa, señor? Encantado... —Murkin sonrió—. Fue ella, su buena señora, quien me regaló las botas de este caballero... Después de que este caballero —el afinador señaló a Blistanov— se fuera, extrañé mis botas... Llamé al camarero, ¿sabe?, y me dijo: «¡Dejé sus botas en la habitación de al lado!». Por error, estando borracho, dejó mis botas y las suyas en el 64 —dijo Murkin, volviéndose hacia Blistanov—, y cuando usted dejó a la señora de este caballero, se puso las mías.
—¿De qué hablas? —preguntó Blistanov, frunciendo el ceño—. ¿Has venido a difamarme?
—Para nada, señor. ¡Dios no lo quiera! Me malinterpreta. ¿De qué hablo? ¡De botas! Se quedó a dormir en el número 64, ¿verdad?
"¿Cuando?"
"¡Anoche!"
“¿Por qué me viste allí?”
—No, señor, no lo vi —dijo Murkin muy confundido, sentándose y quitándose las botas—. No lo vi, pero la dama de este caballero me tiró sus botas... en lugar de las mías.
¿Qué derecho tiene, señor, a hacer tales afirmaciones? No digo nada sobre mí, pero está calumniando a una mujer, ¡y además en presencia de su marido!
Un alboroto aterrador se desató entre bastidores. El rey Bobesh, el esposo herido, se puso rojo de repente y golpeó la mesa con el puño con tanta violencia que dos actrices en el camerino contiguo se desmayaron.
—¿Y tú lo crees? —exclamó Barba Azul—. ¿Crees a este sinvergüenza? ¡Ay! ¿Quieres que lo mate como a un perro? ¿Te gustaría? ¡Lo convertiré en un bistec! ¡Le volaré la tapa de los sesos!
Y todas las personas que paseaban esa noche por el parque municipal junto al Teatro de Verano describen hasta el día de hoy cómo, justo antes del cuarto acto, vieron a un hombre descalzo, con el rostro amarillento y ojos aterrorizados salir disparado del teatro y correr por la avenida principal. Lo perseguía un hombre disfrazado de Barba Azul, armado con un revólver. Lo que sucedió después, nadie lo vio. Lo único que se sabe es que Murkin estuvo en cama durante dos semanas después de conocer a Blistanov, y que a las palabras «Soy un hombre delicado de salud, reumático», añadió: «Soy un hombre herido...».
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ALEGRÍA
Eran las doce de la noche.
Mitya Kuldarov, con el rostro emocionado y el pelo alborotado, entró corriendo en el piso de sus padres y recorrió a toda prisa todas las habitaciones. Sus padres ya se habían acostado. Su hermana estaba en la cama, terminando la última página de una novela. Sus hermanos, que eran estudiantes, dormían.
—¿De dónde has salido? —gritaron sus padres asombrados—. ¿Qué te pasa?
—¡Oh, no preguntes! ¡Nunca me lo esperé! ¡No, nunca me lo esperé! ¡Es... es absolutamente increíble!
Mitia rió y se hundió en un sillón, tan abrumado por la felicidad que no podía mantenerse en pie.
¡Es increíble! ¡No te lo puedes imaginar! ¡Mira!
Su hermana saltó de la cama y, cubriéndose con una colcha, entró a ver a su hermano. Los escolares despertaron.
¿Qué pasa? ¡No te pareces a ti mismo!
¡Es que estoy tan contenta, mamá! ¿Sabes? ¡Ahora toda Rusia me conoce! ¡Toda Rusia! Hasta ahora solo tú sabías que había un empleado de registro llamado Dmitry Kuldarov, ¡y ahora toda Rusia lo sabe! ¡Mamá! ¡Ay, Dios mío!
Mitia saltó, corrió de un lado a otro por todas las habitaciones y luego volvió a sentarse.
¿Qué ha pasado? ¡Cuéntanoslo con sensatez!
Vivís como fieras, no leéis los periódicos ni prestáis atención a lo que se publica, y hay tantas cosas interesantes en ellos. Si pasa algo, se sabe de inmediato, ¡no se oculta nada! ¡Qué feliz soy! ¡Dios mío! Sabéis que solo publican los nombres de las personas famosas, ¡y ahora han publicado el mío!
¿Qué quieres decir? ¿Dónde?
El papá palideció. La mamá miró la imagen sagrada y se santiguó. Los colegiales saltaron de la cama y, tal como estaban, en camisón corto, se acercaron a su hermano.
¡Sí! ¡Mi nombre ha sido publicado! ¡Ahora toda Rusia sabe de mí! ¡Guarda el periódico, mamá, en memoria mía! ¡Lo leeremos alguna vez! ¡Mira!
Mitia sacó de su bolsillo una copia del periódico, se la dio a su padre y señaló con el dedo un pasaje marcado con lápiz azul.
“¡Léelo!”
El padre se puso las gafas.
“¡Léelo!”
La mamá miró la imagen sagrada y se santiguó. El papá carraspeó y comenzó a leer: «A las once de la noche del 29 de diciembre, un empleado del registro civil llamado Dmitry Kuldarov...».
¡Ya ves, ya ves! ¡Adelante!
“. . . un empleado de registro llamado Dmitry Kuldarov, saliendo de la cervecería en el edificio Kozihin en Malaya Bronnaia en estado de ebriedad. . .”
—Somos Semión Petróvich y yo... ¡Está todo descrito con exactitud! ¡Adelante! ¡Escuchen!
En estado de ebriedad, resbaló y cayó bajo el caballo de un trineotero, un campesino de la aldea de Durikino, en el distrito de Yuhnovsky, llamado Ivan Drotov. El caballo, asustado, pisó a Kuldarov y lo agarró con el trineo, junto con un comerciante moscovita del segundo gremio llamado Stepan Lukov, que iba en él, y corrió por la calle, donde fue atrapado por unos porteros. Kuldarov, inicialmente inconsciente, fue llevado a la comisaría, donde fue examinado por un médico. El golpe que recibió en la nuca...
—Salió del pozo, papá. ¡Anda! ¡Lee el resto!
El golpe que recibió en la nuca resultó leve. El incidente se reportó debidamente. Se brindó asistencia médica al herido.
Me dijeron que me lavara la nuca con agua fría. ¿Ya lo has leído? ¡Ah! Ya lo ves. ¡Ya está por toda Rusia! ¡Dáselo!
Mitia cogió el papel, lo dobló y se lo metió en el bolsillo.
Iré corriendo a ver a los Makarov y se la mostraré... También tengo que enseñársela a los Ivanitski, a Natasya Ivanovna y a Anisim Vasilievich... ¡Me voy corriendo! ¡Adiós!
Mitia se puso su gorra con escarapela y, alegre y triunfante, corrió a la calle.
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SEÑORAS
FEl director de las escuelas primarias del distrito norte, Yodor Petrovitch, que se consideraba un hombre justo y generoso, entrevistaba un día en su despacho a un maestro de escuela llamado Vremensky.
—No, señor Vremensky —decía—, su jubilación es inevitable. ¡No puede seguir trabajando como maestro con esa voz! ¿Cómo la perdió?
“Bebí cerveza fría cuando estaba sudando...” susurró el maestro.
¡Qué lástima! Después de catorce años de servicio, ¡qué calamidad de repente! La idea de arruinar una carrera por algo tan trivial. ¿Qué piensas hacer ahora?
El maestro no respondió nada.
“¿Es usted un hombre de familia?” preguntó el director.
—Una esposa y dos hijos, Excelencia… —susurró el maestro.
Se hizo un silencio. El director se levantó de la mesa y empezó a caminar de un lado a otro, perturbado.
—¡No sé qué voy a hacer contigo! —dijo—. No puedes ser maestra, y aún no tienes derecho a una pensión... Abandonarte a tu suerte y dejar que hagas lo mejor que puedas es bastante incómodo. Te consideramos uno de los nuestros; has servido catorce años, así que es nuestro deber ayudarte... Pero ¿cómo vamos a ayudarte? ¿Qué puedo hacer por ti? Ponte en mi lugar: ¿qué puedo hacer por ti?
Siguió un silencio; el director caminaba de un lado a otro, sin dejar de pensar, y Vremensky, abrumado por su preocupación, se sentó en el borde de su silla y también reflexionó. De repente, el director empezó a sonreír radiante e incluso chasqueó los dedos.
—¡Me pregunto si no lo había pensado antes! —empezó rápidamente—. Escuche, esto es lo que puedo ofrecerle. La semana que viene se jubila nuestro secretario del Hogar. ¡Si quiere, puede ocupar su puesto! ¡Aquí tiene!
Vremensky, que no esperaba tanta suerte, también sonrió radiante.
—Eso es genial —dijo el director—. ¡Escribe la solicitud hoy mismo!
Al despedir a Vremensky, Fiódor Petróvich se sintió aliviado e incluso satisfecho: la figura encorvada del maestro siseante ya no lo enfrentaba, y era grato reconocer que, al ofrecerle el puesto vacante a Vremensky, había actuado con justicia y concienzudamente, como una persona bondadosa y completamente decente. Pero este buen humor no duró mucho. Al llegar a casa y sentarse a cenar, su esposa, Nastasya Ivanovna, dijo de repente:
¡Ah, sí, casi lo olvido! Nina Serguéievna vino a verme ayer y me pidió que me interesara en nombre de un joven. Me han dicho que hay una vacante en nuestro Hogar...
—Sí, pero el puesto ya se lo prometieron a otra persona —dijo el director, frunciendo el ceño—. Y ya sabes mi regla: nunca doy puestos por patrocinio.
—Lo sé, pero con Nina Serguéievna, supongo, podrías hacer una excepción. Nos quiere como si fuéramos parientes, y nunca hemos hecho nada por ella. ¡Y ni se te ocurra negarte, Fedya! Nos herirás a ambas con tus caprichos.
“¿A quién recomienda?”
“¡Polzuhin!”
¿Qué, Polzuhin? ¿Es el tipo que interpretó a Tchatsky en la fiesta de Año Nuevo? ¿Es ese caballero? ¡De ninguna manera!
El director dejó de comer.
—¡De ningún modo! —repitió—. ¡Que Dios nos libre!
“¿Pero por qué no?”
—Entiende, querida, que si un joven no se pone a trabajar directamente, sino a través de mujeres, ¡debe ser inútil! ¿Por qué no viene a mí él mismo?
Después de cenar, el director se tumbó en el sofá de su estudio y comenzó a leer las cartas y los periódicos que había recibido.
«Querido Fiódor Petróvich», escribió la esposa del alcalde de la ciudad. «Una vez dijiste que conocía el corazón humano y comprendía a la gente. Ahora tienes la oportunidad de comprobarlo en la práctica. K. N. Polzuhin, a quien conozco como un joven excelente, te visitará dentro de un par de días para pedirte el puesto de secretario en nuestro Hogar. Es un joven muy agradable. Si te interesas por él, te convencerás». Y así sucesivamente.
"¡De ninguna manera!", comentó el director. "¡Que Dios me libre!"
Después de eso, no pasaba un día sin que el director recibiera cartas recomendando a Polzuhin. Una hermosa mañana, el propio Polzuhin, un joven corpulento con el rostro rapado como el de un jockey, con un traje negro nuevo, hizo su aparición...
“Veo gente que está de negocios, no aquí, sino en la oficina”, dijo secamente el director al oír su petición.
—Disculpe, Excelencia, pero nuestros conocidos comunes me aconsejaron venir aquí.
—¡Mmm! —gruñó el director, mirando con odio las puntiagudas puntas de los zapatos del joven—. Si no me equivoco, su padre es un hombre adinerado y usted no pasa necesidad —dijo—. ¿Qué le lleva a pedir este puesto? ¡El sueldo es irrisorio!
—No es por el sueldo... Es un puesto en el gobierno, de todas formas...
“Hmm... Me da la impresión de que dentro de un mes estarás harto del trabajo y lo dejarás, y mientras tanto hay candidatos para quienes sería una carrera para toda la vida. Hay hombres pobres para quienes...”.
—No me cansaré, Excelencia —intervino Polzuhin—. ¡Mi honor, haré todo lo que pueda!
Fue demasiado para el director.
—Dime —dijo sonriendo con desprecio—, ¿por qué no te dirigiste a mí directamente, sino que consideraste conveniente molestar a las damas como paso preliminar?
—No sabía que le resultaría desagradable —respondió Polzuhin, avergonzado—. Pero, Excelencia, si no le da importancia a las cartas de recomendación, puedo darle un testimonio...
Sacó una carta de su bolsillo y se la entregó al director. Al pie del testimonio, escrito en lengua y letra oficiales, figuraba la firma del Gobernador. Todo apuntaba a que el Gobernador la había firmado sin leerla, simplemente para librarse de alguna inoportuna.
“No hay nada que hacer, me inclino ante su autoridad... Obedezco...” dijo el director leyendo el testimonio y suspiró.
“Envía tu solicitud mañana... No hay nada que hacer..."
Y cuando Polzuhin salió, el director se abandonó a un sentimiento de repulsión.
—¡Qué furtivo! —siseó, paseándose de un rincón a otro—. ¡Ya consiguió lo que quería, de una forma u otra, el adulador inútil! ¡Congraciando a las damas! ¡Reptil! ¡Criatura!
El director escupió con fuerza en dirección a la puerta por donde había salido Polzuhin y de inmediato se sintió abrumado por la vergüenza, pues en ese momento entró por la puerta una señora, la esposa del superintendente del Tesoro Provincial.
“He venido por un ratito… un ratito…”, empezó la señora. “Siéntese, amigo, y escúcheme atentamente… Bueno, me han dicho que tiene una vacante… Hoy o mañana recibirá la visita de un joven llamado Polzuhin…”
La dama seguía parloteando mientras el director la miraba con ojos apagados y estupefactos, como un hombre a punto de desmayarse, miraba y sonreía por cortesía.
Y al día siguiente, cuando Vremensky llegó a su despacho, el director tardó mucho en decir la verdad. Dudó, se quedó sin palabras y no supo cómo empezar ni qué decir. Quiso disculparse con el maestro, decirle toda la verdad, pero se le trabó la lengua como a un borracho, le ardían las orejas y, de repente, lo invadió la irritación y el resentimiento por tener que interpretar un papel tan absurdo, en su propio despacho, delante de su subordinado. De repente, golpeó la mesa con el puño, se levantó de un salto y gritó furioso:
¡No tengo ningún puesto para ti! ¡No lo tengo, y punto! ¡Déjame en paz! ¡No me preocupes! ¡Sé tan amable de dejarme en paz!
Y salió de la oficina.
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UN HOMBRE PECULIAR
BEntre las doce y la una de la noche, un caballero alto, con sombrero de copa y abrigo con capucha, se detiene ante la puerta de Marya Petrovna Koshkin, partera y solterona. No se distinguen ni su rostro ni sus manos en la oscuridad otoñal, pero en la forma de toser y el sonido de la campanilla se percibe cierta solidez, seguridad e incluso imponencia. Tras el tercer timbrazo, la puerta se abre y aparece la propia Marya Petrovna. Lleva un abrigo de hombre sobre sus enaguas blancas. La pequeña lámpara de pantalla verde que sostiene en la mano proyecta una luz verdosa sobre su rostro soñoliento y pecoso, su cuello desaliñado y el pelo lacio y rojizo que sobresale por debajo de su cofia.
“¿Puedo ver a la partera?” pregunta el caballero.
Soy la partera. ¿Qué quieres?
El caballero entra en la entrada y Marya Petrovna ve frente a ella a un hombre alto y bien formado, ya no joven, pero con un rostro hermoso y severo y patillas pobladas.
—Soy asesor colegiado, me llamo Kiryakov —dice—. Vine a buscarte con mi esposa. Solo date prisa, por favor.
«Muy bien...», asiente la partera. «Me vestiré enseguida y debo pedirle que me espere en la sala».
Kiryakov se quita el abrigo y entra en la sala. La luz verdosa de la lámpara se proyecta escasamente sobre los muebles baratos con fundas blancas remendadas, sobre las flores lastimeras y los postes donde crece la hiedra... Huele a geranio y ácido fénico. El pequeño reloj de pared hace tictac tímidamente, como avergonzado por la presencia de un extraño.
"Estoy lista", dice Marya Petrovna, entrando en la habitación cinco minutos después, vestida, lavada y lista para la acción. "Vámonos".
—Sí, debe darse prisa —dice Kiryakov—. Y, por cierto, no está de más preguntar: ¿qué pide por sus servicios?
—La verdad es que no lo sé... —dice Marya Petrovna con una sonrisa avergonzada—. Tanto como puedas dar.
—No, no me gusta —dice Kiryakov, mirando fría y fijamente a la partera—. Lo mejor es acordarlo de antemano. No quiero aprovecharme de ti ni tú de mí. Para evitar malentendidos, es más sensato que lo arreglemos de antemano.
“Realmente no lo sé, no hay un precio fijo”.
Trabajo y estoy acostumbrado a respetar el trabajo de los demás. No me gustan las injusticias. Me resultará igualmente desagradable si le pago muy poco o si me exige demasiado, así que insisto en que me diga quién está a su cargo.
“Bueno, hay cargos muy diferentes”.
—Mmm. En vista de su vacilación, que no comprendo, me veo obligado a fijar la suma yo mismo. Puedo darle dos rublos.
—¡Caramba!... ¡Les doy mi palabra!... —dice María Petrovna, ruborizándose y retrocediendo—. Me da mucha vergüenza. Antes que dos rublos, vengo a cambio de nada... Cinco rublos, si quieren.
Dos rublos, ni un kopek más. No quiero aprovecharme de usted, pero no pienso que me cobren de más.
“Como quieras, pero no voy por dos rublos...”
“Pero por ley no tienes derecho a negarte”.
“Muy bien, vendré gratis.”
No te aceptaré a cambio de nada. Todo trabajo debe ser remunerado. Yo mismo trabajo y lo entiendo...
—No vendré ni por dos rublos —responde Marya Petrovna con suavidad—. Si quieres, vendré gratis.
En ese caso, lamento haberle molestado en vano... Tengo el honor de despedirme de usted.
—¡Bueno, ya eres hombre! —dice Marya Petrovna, acompañándolo hasta la entrada—. Vendré por tres rublos, si eso te satisface.
Kiryakov frunce el ceño y reflexiona durante dos minutos, con la mirada fija en el suelo. Luego dice con firmeza: «No», y sale a la calle. La partera, atónita y desconcertada, cierra la puerta tras él y regresa a su dormitorio.
“Es guapo, respetable, pero qué extraño, Dios bendiga a ese hombre…”, piensa mientras se mete en la cama.
Pero menos de media hora después oye otro timbre, se levanta y vuelve a ver al mismo Kiryakov.
Es extraordinario cómo se manejan las cosas. Ni la farmacia, ni la policía, ni los porteros pueden darme la dirección de una partera, así que me veo en la necesidad de aceptar sus condiciones. Le daré tres rublos, pero... le advierto de antemano que cuando contrato sirvientes o recibo cualquier tipo de servicio, lo arreglo con antelación para que al pagar no se hable de extras, propinas ni nada por el estilo. Cada uno debe recibir lo que le corresponde.
María Petrovna no lleva mucho tiempo escuchando a Kiryakov, pero ya siente que la aburre y le repugna, que su discurso sereno y mesurado le pesa en el alma. Se viste y sale a la calle con él. El aire es quieto, pero frío, y el cielo está tan nublado que apenas se ve la luz de las farolas. La nieve fangosa chapotea bajo sus pies. La partera mira fijamente, pero no ve ningún taxi.
«Supongo que no está lejos», pregunta.
—No, no muy lejos —responde Kiryakov con gravedad.
Bajan una curva, una segunda, una tercera... Kiryakov avanza a grandes zancadas, e incluso en su paso se hace evidente su respetabilidad y positivismo.
“¡Qué tiempo tan horrible!” le observa la partera.
Pero guarda un silencio digno, y se nota que intenta pisar las piedras lisas para no estropear sus chanclos. Por fin, tras una larga caminata, la partera entra en la entrada; desde donde puede ver un amplio salón amueblado decentemente. No hay un alma en las habitaciones, ni siquiera en el dormitorio donde la mujer está de parto... Las ancianas y parientes que acuden en masa a cada parto no están a la vista. La cocinera corre sola, con el rostro asustado y ausente. Se oyen fuertes gemidos.
Pasan tres horas. Marya Petrovna se sienta junto a la cama de la madre y le susurra algo. Las dos mujeres ya han tenido tiempo de hacer amigas, se han conocido, cotillean, suspiran juntas...
“No debes hablar”, dice la partera con ansiedad y al mismo tiempo la bombardea con preguntas.
Entonces se abre la puerta y el propio Kiryakov entra en la habitación, silencioso e impasible. Se sienta en la silla y se acaricia el bigote. Reina el silencio. Marya Petrovna mira tímidamente su rostro apuesto, impasible e inexpresivo, y espera a que empiece a hablar, pero él permanece absolutamente silencioso, absorto en sus pensamientos. Tras esperar en vano, la partera decide empezar ella misma y pronuncia una frase común en los partos.
“¡Pues ahora, gracias a Dios, hay un ser humano más en el mundo!”
—Sí, me parece bien —dijo Kiryakov, conservando la expresión rígida de su rostro—, aunque, por otro lado, para tener más hijos hay que tener más dinero. El bebé no nace alimentado ni vestido.
Una expresión de culpabilidad se dibuja en el rostro de la madre, como si hubiera traído una criatura al mundo sin permiso o por capricho. Kiryakov se levanta con un suspiro y sale de la habitación con firme dignidad.
"¡Qué hombre, bendito sea!", le dice la partera a la madre. "Es tan severo y no sonríe".
La madre le dice que siempre es así... Es honesto, justo, prudente, sensato y económico, pero todo ello a un grado tan excepcional que los simples mortales se sienten asfixiados. Sus familiares se han separado de él, los sirvientes no se quedan más de un mes; no tienen amigos; su esposa e hijos siempre están en ascuas de terror a cada paso que dan. No les grita ni les pega, sus virtudes son mucho más numerosas que sus defectos, pero cuando sale de casa todos se sienten mejor y más a gusto. La propia mujer no sabe por qué.
«Hay que lavar bien los lavabos y guardarlos en el armario», dice Kiryakov, entrando en el dormitorio. «También hay que guardar estas botellas: pueden ser útiles».
Lo que dice es muy simple y corriente, pero la partera, por alguna razón, se siente nerviosa. Empieza a tenerle miedo al hombre y se estremece cada vez que oye sus pasos. Por la mañana, mientras se prepara para partir, ve al hijo pequeño de Kiryakov, un colegial pálido y de pelo rapado, en el comedor tomando el té... Kiryakov está de pie frente a él, diciendo con su voz monótona y serena:
Sabes comer, también debes saber trabajar. Acabas de tragar un bocado, pero probablemente no has reflexionado en que ese bocado cuesta dinero y que el dinero se gana con trabajo. Debes comer y reflexionar...
La partera observa el rostro apagado del niño, y le parece que el aire mismo es denso, que un poco más y las paredes se derrumbarán, incapaces de soportar la aplastante presencia de aquel hombre tan peculiar. Aterrorizada, y sintiendo ya un odio violento hacia él, Marya Petrovna recoge sus bultos y se marcha a toda prisa.
A mitad de camino a casa recuerda que se había olvidado de pedir los tres rublos, pero después de detenerse y pensar un momento, con un gesto de la mano, continúa.
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EN LA BARBERÍA
METROMAÑANA. Aún no son las siete, pero la peluquería de Makar Kuzmitch Blyostken ya está abierta. El barbero, un joven de veintitrés años, sucio y grasiento, pero con un atuendo elegante, está ocupado limpiando; no hay nada que recoger, pero está sudando por el esfuerzo. En un sitio saca brillo con un trapo, en otro raspa con el dedo o atrapa un bicho y lo quita de la pared.
La barbería es pequeña, estrecha y sucia. Las paredes de troncos están cubiertas de papel que evoca la camisa descolorida de un cochero. Entre las dos ventanas sucias y sudorosas hay una puerta delgada, crujiente y destartalada; encima, verde por la humedad, una campana que tiembla y emite un repique enfermizo sin provocación. ¡Mírate en el espejo que cuelga de una de las paredes y te distorsiona el rostro en todas direcciones de la forma más despiadada! El afeitado y el corte de pelo se hacen ante este espejo. En la mesita, tan grasienta y sucia como el propio Makar Kuzmitch, hay de todo: peines, tijeras, navajas, un haporth de cera para el bigote, un haporth de polvos, un haporth de agua de colonia muy diluida, y, en realidad, toda la barbería no vale más que quince kopeks.
Se oye un chirrido de la campana de los inválidos y un hombre mayor, vestido con una piel de oveja curtida y botas altas de fieltro, entra en la tienda. Lleva la cabeza y el cuello envueltos en un chal de mujer.
Este es Erast Ivanitch Yagodov, el padrino de Makar Kuzmitch. Anteriormente fue vigilante en el Consistorio, ahora vive cerca del Estanque Rojo y trabaja como cerrajero.
—¡Makarushka, buenos días, querido muchacho! —le dice a Makar Kuzmitch, que está absorto en ordenar.
Se besan. Yagodov se quita el chal de la cabeza, se santigua y se sienta.
—¡Qué largo es el camino! —dice, suspirando y carraspeando—. ¡No es broma! Del Estanque Rojo a la Puerta de Kaluga.
"¿Cómo estás?"
—Muy mal, hijo. He tenido fiebre.
—¡No me digas! ¡Fiebre!
Sí, llevo un mes en cama; pensé que me moría. Me pusieron la extremaunción. Ahora se me está cayendo el pelo. El médico dice que tengo que afeitarme. Dice que el pelo volverá a crecer fuerte. Así que pensé: iré a Makar. Mejor con un pariente que con cualquier otra persona. Él lo hará mejor y no me cobrará nada. Es bastante lejos, es cierto, pero ¿y qué? Es un paseo.
—Lo haré con mucho gusto. Siéntese, por favor.
Con un roce del pie, Makar Kuzmitch señala una silla. Yagodov se sienta, se mira en el espejo y parece complacido con su reflejo: el espejo muestra un rostro torcido, con labios calmucos, nariz ancha y chata, y ojos en la frente. Makar Kuzmitch coloca sobre los hombros de su cliente una sábana blanca con manchas amarillas y comienza a cortar con las tijeras.
"¡Te afeitaré hasta la piel!", dice.
—Claro. Para parecer un tártaro, como una bomba. El pelo me crecerá más.
“¿Cómo está la tía?”
Bastante regular. El otro día fue de partera a casa de la señora del mayor. Le dieron un rublo.
—Ah, sí, un rublo. Tápate la oreja.
—Lo estoy sujetando... ¡Cuidado con cortarme! ¡Ay, me duele! Me estás tirando del pelo.
—Eso no importa. No podemos evitarlo en nuestro trabajo. ¿Y cómo está Anna Erastovna?
¿Mi hija? Está bien, está dando saltitos. El miércoles pasado la comprometimos con Sheikin. ¿Por qué no viniste?
Las tijeras dejan de cortar. Makar Kuzmitch baja las manos y pregunta asustado:
“¿Quién está comprometido?”
"Ana."
¿Cómo es eso? ¿A quién?
Para Sheikin. Prokofy Petróvich. Su tía es ama de llaves en la calle Zlatoustensky. Es una mujer amable. Claro que estamos todos encantados, gracias a Dios. La boda será dentro de una semana. No olvides venir; lo pasaremos genial.
—¿Pero cómo es esto, Erast Ivanitch? —dice Makar Kuzmich, pálido, asombrado, encogiéndose de hombros—. Es... es completamente imposible. Pero, Anna Erastovna... pero yo... pero, yo albergaba sentimientos por ella, tenía intenciones. ¿Cómo pudo pasar?
—Pues, simplemente fuimos y la comprometimos. Es un buen muchacho.
Gotas de sudor frío cubren el rostro de Makar Kuzmitch. Deja las tijeras sobre la mesa y empieza a frotarse la nariz con el puño.
—Tenía intenciones —dice—. Es imposible, Erast Ivánich. Yo... estoy enamorado de ella y le he ofrecido mi corazón... Y mi tía me lo prometió. Siempre te he respetado como a mi padre... Siempre te he cortado el pelo gratis... Siempre te he agradecido, y cuando murió mi papá te llevaste el sofá y diez rublos en efectivo y nunca me los devolviste. ¿Te acuerdas?
¡Recuerda! Claro que sí. Pero, ¿qué partido serías, Makar? No eres nada. No tienes ni dinero ni posición, tu oficio es mediocre.
“¿Y Sheikin es rico?”
Sheikin es miembro de un sindicato. Tiene mil quinientos dólares prestados en hipoteca. Así que, muchacho... No sirve de nada hablar de ello, ya está hecho. No hay vuelta atrás, Makarushka. Debes buscar otra novia... El mundo no es tan pequeño. Vamos, corta. ¿Por qué te detienes?
Makar Kuzmitch permanece en silencio e inmóvil, luego saca un pañuelo de su bolsillo y comienza a llorar.
—Vamos, ¿qué pasa? —lo consuela Erast Ivánich—. ¡Déjalo! ¡Uf, está lloriqueando como una mujer! Me acabas la cabeza y luego lloras. ¡Toma las tijeras!
Makar Kuzmitch toma las tijeras, las mira con la mirada perdida durante un minuto y luego las deja caer sobre la mesa. Le tiemblan las manos.
—No puedo —dice—. No puedo hacerlo ahora mismo. ¡No tengo fuerzas! ¡Soy un hombre miserable! ¡Y ella es miserable! Nos amábamos, nos habíamos prometido y nos separaron personas crueles y sin compasión. ¡Vete, Erast Ivanitch! No soporto verte.
—Vendré mañana, Makarushka. Mañana me acabarás.
"Bien."
“Tranquilízate y mañana temprano iré a verte”.
Erast Ivanitch tiene la mitad de la cabeza rapada y parece un presidiario. Es incómodo quedarse con una cabeza así, pero no hay remedio. Se envuelve la cabeza en el chal y sale de la barbería. Al quedarse solo, Makar Kuzmitch se sienta y continúa llorando en silencio.
Temprano a la mañana siguiente, Erast Ivanitch regresa.
“¿Qué quieres?” le pregunta fríamente Makar Kuzmitch.
Termina de cortarme el pelo, Makarushka. Me queda media cabeza por cortar.
Por favor, deme el dinero por adelantado. No lo cortaré a cambio de nada.
Sin decir palabra, Erast Ivánich sale, y hasta el día de hoy lleva el pelo largo de un lado y corto del otro. Considera un lujo pagar por un corte de pelo y espera a que le crezca solo en el lado rapado.
Bailó en la boda en esas condiciones.
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UNA INADVERTENCIA
PAGYotr Petrovitch Strizhin, sobrino de Madame Ivanov, viuda del coronel —el hombre al que le robaron sus chanclos nuevos el año pasado—, llegó a casa de una fiesta de bautizo a las dos de la madrugada. Para no despertar a la familia, se quitó la ropa en el vestíbulo, se dirigió de puntillas a su habitación, conteniendo la respiración, y empezó a prepararse para acostarse sin encender una vela.
Strizhin lleva una vida sobria y normal. Tiene una expresión santurrona en el rostro, solo lee libros religiosos y edificantes, pero en la fiesta del bautizo, encantado de que Lyubov Spiridonovna hubiera superado el parto con éxito, se permitió beber cuatro vasos de vodka y una copa de vino, cuyo sabor sugería una mezcla de vinagre y aceite de ricino. Los licores espirituosos son como el agua de mar y la gloria: cuanto más se ingiere, mayor es la sed. Y ahora, mientras se desvestía, Strizhin sintió un deseo irresistible de beber.
«Creo que Dashenka tiene vodka en el armario de la esquina derecha», pensó. «Si me bebo una copita de vino, no se dará cuenta».
Tras una breve vacilación, superando sus miedos, Strizhin se dirigió al armario. Abriendo la puerta con cautela, buscó una botella en la esquina derecha y se sirvió una copa de vino. Volvió a colocar la botella en su sitio y, haciendo la señal de la cruz, se la bebió. De inmediato, ocurrió algo parecido a un milagro. Strizhin salió despedido del armario al arcón con una fuerza aterradora, como una bomba. Vio destellos ante sus ojos, sintió como si no pudiera respirar, y sintió por todo el cuerpo la sensación de haber caído en un pantano lleno de sanguijuelas. Le pareció como si, en lugar de vodka, hubiera ingerido dinamita, que hizo estallar su cuerpo, la casa y toda la calle... La cabeza, los brazos, las piernas, todo parecía arrancado y volar hacia el infierno, hacia el espacio.
Durante unos tres minutos permaneció tendido sobre el pecho, sin moverse y respirando apenas, luego se levantó y se preguntó:
"¿Dónde estoy?"
Lo primero de lo que fue claramente consciente al volver en sí fue el intenso olor a parafina.
«¡Santo cielo!», pensó horrorizado, «en lugar de vodka he bebido parafina».
La idea de haberse envenenado le provocó un escalofrío y luego fiebre. Que realmente había ingerido veneno lo demostraba no solo el olor de la habitación, sino también el sabor a quemado en la boca, los destellos en los ojos, el zumbido en la cabeza y el dolor de estómago. Sintiendo la proximidad de la muerte y sin abrigar falsas esperanzas, quiso despedirse de sus seres queridos y se dirigió al dormitorio de Dashenka (al ser viudo, su cuñada, Dashenka, una solterona, vivía en el piso para que le cuidara la casa).
—Dashenka —dijo con voz llorosa mientras entraba en el dormitorio—, ¡querida Dashenka!
Algo gruñó en la oscuridad y emitió un profundo suspiro.
“Dashenka.”
¿Eh? ¿Qué? —Una voz de mujer articuló rápidamente—. ¿Eres tú, Piotr Petróvich? ¿Ya has vuelto? Bueno, ¿qué pasa? ¿Cómo bautizaron al bebé? ¿Quién fue la madrina?
La madrina fue Natalya Andreyevna Velikosvyetsky, y el padrino Pavel Ivanitch Bezsonnitsin... Creo, Dashenka, que me estoy muriendo. Y al bebé lo han bautizado como Olimpiada, en honor a su bondadosa patrona... ¡Acabo de beber parafina, Dashenka!
¿Y ahora qué? ¿No me dirás que te dieron parafina allí?
Debo confesar que quise tomar un trago de vodka sin pedírselo, y... y el Señor me castigó: por accidente, en la oscuridad, tomé parafina... ¿Qué hago?
Dashenka, al oír que habían abierto el armario sin su permiso, se despertó aún más. Encendió rápidamente una vela, saltó de la cama y, en camisón, una figura pecosa y huesuda, con los pies descalzos y envuelta en papel de seda, se dirigió al armario.
"¿Quién te dijo que podrías?", preguntó con severidad, mientras examinaba el interior del armario. "¿El vodka estaba ahí para ti?"
—Yo... no he bebido vodka, sino parafina, Dashenka... —murmuró Strizhin, secándose el sudor frío de la frente.
¿Y para qué querías tocar la parafina? No te incumbe, ¿verdad? ¿La pusieron ahí para ti? ¿O crees que la parafina no cuesta nada? ¿Eh? ¿Sabes qué es la parafina ahora? ¿Lo sabes?
—Querida Dashenka —gimió Strizhin—, es una cuestión de vida o muerte, ¡y tú hablas de dinero!
—¡Se ha emborrachado hasta las cejas y ahora mete la nariz en el armario! —gritó Dashenka, dando un portazo furiosa—. ¡Ay, los monstruos, los verdugos! ¡Soy una mártir, una mujer miserable, sin paz ni de día ni de noche! ¡Víboras, basiliscos, malditos Herodes, que sufran lo mismo en el mundo venidero! ¡Me voy mañana! ¡Soy una doncella y no permitiré que estén ante mí en ropa interior! ¡Cómo se atreven a mirarme sin ropa!
Y ella seguía y seguía... Sabiendo que cuando Dashenka se enfurecía no había manera de conmoverla con oraciones ni votos, ni siquiera disparando un cañón, Strizhin agitó la mano con desesperación, se vistió y decidió ir al médico. Pero un médico solo se encuentra fácilmente cuando no se le necesita. Después de correr por tres calles y llamar cinco veces a la casa del Dr. Tchepharyants, y siete veces a la del Dr. Bultyhin, Strizhin corrió a una farmacia, pensando que tal vez el farmacéutico podría ayudarlo. Allí, después de un largo intervalo, un pequeño farmacéutico moreno y de pelo rizado salió a su encuentro en bata, con ojos soñolientos y un rostro tan sabio y serio que era realmente aterrador.
“¿Qué desea?”, preguntó en un tono en el que sólo los químicos muy sabios y dignos de convicción judía pueden hablar.
—Por Dios... te lo suplico... —dijo Strizhin sin aliento—, dame algo. ¡Acabo de beber parafina sin querer, me muero!
Te ruego que no te excites y que respondas a las preguntas que voy a hacerte. El simple hecho de que estés excitado me impide entenderte. Has bebido parafina, ¿verdad?
¡Sí, parafina! ¡Por favor, sálvame!
El químico se acercó al escritorio con frialdad y gravedad, abrió un libro y se absorbió en su lectura. Tras leer un par de páginas, se encogió de hombros, primero uno y luego el otro, hizo una mueca de desprecio y, tras pensar un minuto, pasó a la habitación contigua. El reloj dio las cuatro, y cuando marcó las diez y media, el químico regresó con otro libro y se sumergió de nuevo en la lectura.
—Hmm —dijo como desconcertado—, el hecho de que te sientas mal demuestra que deberías acudir a un médico, no a un químico.
Pero ya fui al médico. No pude llamarlos.
—Mmm... no nos consideras seres humanos a los químicos y perturbas nuestro descanso incluso a las cuatro de la noche, aunque cualquier perro, cualquier gato, puede descansar en paz... No intentas entender nada, y para ti no somos personas y nuestros nervios son como cuerdas.
Strizhin escuchó al químico, suspiró y se fue a casa.
“Estoy destinado a morir”, pensó.
Y en su boca ardía y tenía sabor a parafina, tenía punzadas en el estómago y un sonido de bum, bum, bum en sus oídos. A cada instante le parecía que su fin estaba cerca, que su corazón ya no latía.
Al regresar a casa, se apresuró a escribir: «Que nadie sea culpado de mi muerte». Luego rezó, se acostó y se cubrió la cabeza con las sábanas. Permaneció despierto hasta la mañana, esperando la muerte, y todo el tiempo imaginaba cómo su tumba estaría cubierta de hierba fresca y verde, y cómo los pájaros gorjearían sobre ella...
Y por la mañana estaba sentado en su cama, diciéndole con una sonrisa a Dashenka:
Quien lleva una vida estable y regular, querida hermana, no se ve afectado por ningún veneno. Por ejemplo, yo. Estuve al borde de la muerte. Estaba agonizando, pero ahora estoy bien. Solo siento ardor en la boca y dolor de garganta, pero estoy bien de pies a cabeza, gracias a Dios... ¿Y por qué? Es por mi vida regular.
—¡No, es porque es parafina de mala calidad! —suspiró Dashenka, pensando en los gastos de la casa y con la mirada perdida—. El vendedor no podría haberme dado la mejor calidad, pero eso a tres peniques. Soy una mártir, soy una mujer miserable. ¡Monstruos! Que sufran lo mismo en el mundo venidero, malditos Herodes...
Y ella siguió y siguió...
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EL ÁLBUM
KRATEROV, el consejero titular, tan delgado y esbelto como la aguja del Almirantazgo, dio un paso adelante y, dirigiéndose a Zhmyhov, dijo:
¡Su Excelencia! Conmovidos y conmovidos hasta lo más profundo de nuestro corazón por la forma en que nos ha gobernado durante largos años y por su cuidado paternal...
“Durante más de diez años…”, instó Zakusin.
“Durante más de diez años, nosotros, sus subordinados, en este día tan memorable para nosotros... eh... día, rogamos a Su Excelencia que acepte, como muestra de nuestro respeto y profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, y expresamos nuestra esperanza de que, durante toda su distinguida vida, durante muchos, muchos años por venir, hasta el día de su muerte, no nos abandone... ”
«Con tu paternal guía en el camino de la justicia y el progreso...», añadió Zakusin, secándose el sudor que repentinamente le había brotado de la frente; evidentemente ansiaba hablar, y con toda probabilidad ya tenía un discurso preparado. «Y», concluyó, «que tu estandarte ondee durante muchos, muchos años en la carrera del genio, la laboriosidad y la conciencia social».
Una lágrima corrió por la arrugada mejilla izquierda de Zhmyhov.
—¡Caballeros! —dijo con voz temblorosa—, no esperaba, no tenía ni idea de que fueran a celebrar mi modesto jubileo... Estoy realmente conmovido... muchísimo... No olvidaré este momento hasta el día de mi muerte, y créanme... créanme, amigos, que nadie desea tanto su bienestar como yo... y si ha habido algo... ha sido para su beneficio.
Zhmyhov, el actual consejero civil, besó al consejero titular Kraterov, quien no esperaba tal honor, y palideció de alegría. Entonces el jefe hizo un gesto que indicaba que no podía hablar por la emoción y derramó lágrimas como si no le hubieran regalado un álbum caro, sino que, al contrario, se lo hubieran quitado... Luego, cuando se recuperó un poco, pronunció algunas palabras más llenas de sentimiento y les dio la mano a todos para que la estrecharan, bajó las escaleras entre fuertes y alegres vítores, subió a su carruaje y se marchó, seguido de sus bendiciones. Sentado en su carruaje, sintió una oleada de alegría como nunca antes había sentido, y una vez más derramó lágrimas.
En casa le aguardaban nuevas alegrías. Allí, su familia, amigos y conocidos le habían preparado tal ovación que le pareció que realmente había prestado un gran servicio a su país, y que si nunca hubiera existido, este quizás estaría en muy mal estado. La cena del jubileo estuvo llena de brindis, discursos y lágrimas. En resumen, Zhmyhov nunca imaginó que sus méritos serían tan efusivamente apreciados.
—¡Caballeros! —dijo antes del postre—, hace dos horas fui recompensado por todos los sufrimientos que sufre un hombre que sirve, por así decirlo, no a la rutina ni a la letra, sino al deber. Durante toda mi vida laboral me he mantenido fiel al principio: el público no existe para nosotros, sino nosotros para el público, ¡y hoy he recibido la mayor recompensa! Mis subordinados me regalaron un álbum... ¡Miren! Me conmovió.
Rostros festivos se inclinaron sobre el álbum y comenzaron a examinarlo.
—Es un álbum muy bonito —dijo Olia, la hija de Zhmyhov—. Creo que costó cincuenta rublos. ¡Ay, es precioso! Tienes que dármelo, papá, ¿me oyes? Yo me encargo de él, es tan bonito.
Después de cenar, Olia se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en un cajón de la mesa. Al día siguiente, sacó a los empleados, los tiró al suelo y puso en su lugar a sus compañeros de clase. Los uniformes oficiales dieron paso a las pelerinas blancas. Kolya, el hijo pequeño de Su Excelencia, recogió a los empleados y les pintó la ropa de rojo. A los que no tenían bigote les regaló bigotes verdes y a los imberbes les añadió barbas castañas. Cuando ya no quedó nada que pintar, recortó los hombrecitos del cartón, les pinchó los ojos con un alfiler y empezó a jugar a los soldados con ellos. Tras recortar al consejero titular Kraterov, lo fijó en una caja de cerillas y lo llevó en ese estado al estudio de su padre.
-Papá, ¡un monumento, mira!
Zhmyhov se echó a reír, se lanzó hacia adelante y, mirando con ternura al niño, le dio un cálido beso en la mejilla.
—Ve, bribón, ve y enséñaselo a mamá; deja que mamá también lo vea.
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¡OH! EL PÚBLICO
"H¡Aquí va, ya terminé con la bebida! Nada... nada me tentará. Es hora de tomar las riendas; debo animarme y trabajar... Estás contento de recibir tu sueldo, así que debes trabajar con honestidad, entusiasmo y consciencia, sin importar el sueño ni la comodidad. Chuck, tranquilo. Has empezado a cobrar un sueldo a cambio de nada, muchacho; eso no está bien... no está bien en absoluto...
Tras darse varias charlas similares, Podtyagin, el jefe de revisores, empieza a sentir un impulso irresistible de ponerse a trabajar. Es más de la una de la madrugada, pero a pesar de ello despierta a los revisores y, con ellos, recorre los vagones, inspeccionando los billetes.
"¡B-boletos... por favor!", grita, chasqueando las tijeras con fuerza.
Figuras soñolientas, envueltas en la penumbra de los vagones del tren, se sobresaltaron, sacudieron la cabeza y sacaron sus billetes.
—¡Billetes, por favor! —Podtyagin se dirige a un pasajero de segunda clase, un hombre delgado y de aspecto desaliñado, envuelto en un abrigo de piel y una manta, y rodeado de almohadas—. ¡Billetes, por favor!
El hombre de aspecto flaco no responde. Está sumido en el sueño. El jefe de cobradores le toca el hombro y repite con impaciencia: "¡B-boletos, por favor!"
El pasajero se sobresalta, abre los ojos y mira alarmado a Podtyagin.
“¿Qué?... ¿Quién?... ¿Eh?”
Se les pide en lenguaje sencillo: ¡entradas, por favor! ¡Por favor!
—¡Dios mío! —gime el hombre de aspecto flacucho, con cara de pena—. ¡Cielos! ¡Tengo reumatismo! ¡Llevo tres noches sin dormir! Me he tomado morfina a propósito para dormir, ¡y tú... con tus billetes! ¡Es cruel, inhumano! Si supieras lo mucho que me cuesta dormir, no me molestarías con semejante disparate... ¡Es cruel, absurdo! ¡Y para qué quieres mi billete! ¡Es una auténtica estupidez!
Podtyagin considera si debe ofenderse o no, y decide ofenderse.
¡No grites aquí! ¡Esto no es una taberna!
—No, en una taberna la gente es más humana... —tose el pasajero—. ¡Quizás me dejes dormir otra vez! Es extraordinario: he viajado al extranjero, por todas partes, y allí nadie me ha pedido el billete, pero aquí estás tú una y otra vez, como si el diablo te persiguiera...
—Bueno, será mejor que vuelvas al extranjero, ya que te gusta tanto.
¡Es una tontería, señor! ¡Sí! Como si no bastara con matar a los pasajeros con humo, sofocación y corrientes de aire, ¡también quieren estrangularnos con burocracia, maldita sea! ¡Debe tener el billete! ¡Dios mío, qué celo! Si le sirviera de algo a la compañía... ¡pero la mitad de los pasajeros viajan sin billete!
—¡Escuche, señor! —grita Podtyagin, furioso—. ¡Si no deja de gritar y molestar al público, me veré obligado a despedirlo en la siguiente estación y a redactar un informe sobre el incidente!
"¡Esto es repugnante!", exclama el público, cada vez más indignado. "¡Perseguir a un inválido! ¡Escuchen y tengan consideración!"
—¡Pero el propio caballero fue injurioso! —dice Podtyagin, un poco asustado—. Muy bien... No aceptaré el billete... como usted quiera... Solo que, por supuesto, como bien sabe, es mi deber hacerlo... Si no fuera mi deber, claro... Puede preguntarle al jefe de estación... a quien quiera...
Podtyagin se encoge de hombros y se aleja del inválido. Al principio se siente agraviado y algo herido; luego, tras pasar por dos o tres vagones, empieza a sentir cierta inquietud, similar a un remordimiento de conciencia en el pecho de un cobrador de billetes.
«Ciertamente no había necesidad de despertar al inválido», piensa, «aunque no fue mi culpa... Se creen que lo hice a la ligera, sin pensarlo. No saben que estoy obligado por el deber... si no lo creen, puedo llevarles al jefe de estación». Una estación. El tren se detiene cinco minutos. Antes de la tercera campanada, Podtyagin entra en el mismo vagón de segunda clase. Detrás de él, acecha el jefe de estación con una gorra roja.
“Este caballero”, comienza Podtyagin, “declara que no tengo derecho a pedirle su billete y… y se siente ofendido. Le pido, señor jefe de estación, que le explique… ¿Pido billetes según el reglamento o por gusto? Señor”, Podtyagin se dirige al hombre de aspecto flacucho, “¡señor! Puede preguntarle al jefe de estación si no me cree”.
El enfermo se sobresalta como si le hubieran picado, abre los ojos y con rostro desolado se hunde en su asiento.
¡Dios mío! Me he tomado otro polvo y apenas me he quedado dormida cuando aquí está otra vez... ¡otra vez! ¡Te ruego que tengas compasión de mí!
“Puedes preguntarle al jefe de estación... si tengo derecho a exigir tu billete o no”.
¡Esto es insoportable! ¡Toma tu boleto...! ¡Toma! ¡Te pagaré cinco más si me dejas morir en paz! ¿Nunca has estado enfermo? ¡Qué desalmados!
—¡Esto es simplemente persecución! —Un caballero con uniforme militar se indigna—. No veo otra explicación para esta persistencia.
—Déjalo ya... —dice el jefe de estación frunciendo el ceño y tirando de la manga a Podtyagin.
Podtyagin se encoge de hombros y camina lentamente detrás del jefe de estación.
"¡No hay manera de complacerlos!", piensa desconcertado. "Fue por él que traje al jefe de estación, para que entendiera y se tranquilizara, ¡y él... jura!"
Otra estación. El tren se detiene diez minutos. Antes de que suene la segunda campana, mientras Podtyagin está en el bar bebiendo agua con gas, dos caballeros se le acercan, uno con uniforme de ingeniero y el otro con abrigo militar.
—¡Mire, cobrador! —comienza el maquinista, dirigiéndose a Podtyagin—. Su comportamiento con ese pasajero inválido ha indignado a todos los que lo presenciaron. Me llamo Puzitsky; soy maquinista, y este caballero es coronel. Si no se disculpa con el pasajero, presentaremos una queja al jefe de tráfico, que es amigo nuestro.
—¡Caballeros! Claro que yo... Claro que ustedes... Podtyagin está presa del pánico.
No queremos explicaciones. Pero les advertimos que, si no se disculpan, haremos justicia.
—Claro que sí... Me disculparé, por supuesto... Sin duda...
Media hora después, Podtyagin, tras haber pensado en una frase de disculpa que satisficiera al pasajero sin menoscabar su propia dignidad, entra en el vagón. «Señor», se dirige al inválido. «Escuche, señor...».
El inválido se sobresalta y salta: “¿Qué?”
—Yo... ¿qué era?... No te ofendas...
—¡Ay! ¡Agua...! —jadea el inválido, agarrándose el corazón—. Acababa de tomar la tercera dosis de morfina, me quedé dormido y... ¡otra vez! ¡Dios mío! ¿Cuándo terminará esta tortura?
“Yo sólo... debes disculparme. . .”
¡Ay! ¡Bájenme en la próxima estación! No aguanto más... me... me muero...
"¡Esto es ruin, repugnante!", gritó el público, indignado. "¡Váyanse! Pagarán por esta persecución. ¡Fuera!"
Podtyagin agita la mano con desesperación, suspira y sale del carruaje. Se dirige al compartimento de los camareros, se sienta a la mesa, exhausto, y se queja:
¡Ay, el público! ¡No hay manera de satisfacerlos! ¡De nada sirve trabajar y esforzarse al máximo! Uno se ve obligado a beber y a maldecirlo todo... Si no haces nada, se enfadan; si empiezas a cumplir con tu deber, también se enfadan. ¡No hay más remedio que beber!
¡Podtyagin vacía la botella directamente y ya no piensa en el trabajo, el deber y la honestidad!
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UNA LENGUA QUE TROPIEZA
norteATALYA MIHALOVNA, una joven casada que había llegado por la mañana desde Yalta, estaba cenando y, en un parloteo incesante, le contaba a su esposo todos los encantos de Crimea. Su esposo, encantado, contemplaba con ternura su rostro entusiasta, escuchaba y, de vez en cuando, le hacía alguna pregunta.
“¿Pero dicen que vivir allí es carísimo?”, preguntó, entre otras cosas.
—Bueno, ¿qué te digo? Me parece exagerado hablar de lo caro que es, cariño. El diablo no es tan negro como lo pintan. Yulia Petrovna y yo, por ejemplo, teníamos habitaciones muy decentes y cómodas por veinte rublos al día. Todo depende de saber hacer las cosas, querida. Claro que si quieres subir a las montañas... a Aie-Petri, por ejemplo... si llevas un caballo, un guía, claro que hay que conseguir algo. ¡Es horrible lo que hay que conseguir! Pero, Vassitchka, ¡qué montañas! Imagínate montañas altísimas, mil veces más altas que la iglesia... Arriba: niebla, niebla, niebla... Abajo: enormes piedras, piedras, piedras... Y pinos... ¡Ay, no soporto ni pensarlo!
Por cierto, leí sobre esos guías tártaros de allí, en una revista mientras estabas fuera... ¡Qué historias tan abominables! Dime, ¿de verdad hay algo raro en ellos?
Natalia Mihalovna hizo una mueca de desdén y meneó la cabeza.
“Solo tártaros comunes y corrientes, nada del otro mundo…”, dijo, “aunque, de hecho, solo los vi de reojo. Me los señalaron, pero no les presté mucha atención. ¿Sabes, marido? Siempre tuve prejuicios contra esos circasianos, griegos… ¡moros!”.
“Se dice que son unos terribles Don Juanes.”
—¡Quizás! Hay criaturas desvergonzadas que...
Natalia Mihalovna saltó de repente de su silla, como si hubiera pensado en algo terrible; durante medio minuto miró con ojos asustados a su marido y dijo, acentuando cada palabra:
—Vassitchka, digo, ¡qué mujeres tan inmorales hay en el mundo! ¡Ah, qué inmorales! Y no es que fueran gente de clase trabajadora o de clase media, sino damas aristocráticas, ¡que se enorgullecían de su bon-ton! ¡ Fue simplemente horrible, no podía creer lo que veía! ¡Lo recordaré toda la vida! Pensar que la gente puede olvidarse de sí misma hasta tal punto... ¡Ay, Vassitchka, no me gusta hablar de eso! Tomemos como ejemplo a mi compañera, Yulia Petrovna... Un marido tan bueno, dos hijos... se mueve en un círculo decente, siempre se hace pasar por una santa... y de repente, ¿te lo puedes creer?... Pero, marido, claro que esto es entre nous ... Dame tu palabra de honor de que no se lo dirás a nadie.
¿Y ahora qué? ¡Claro que no lo diré!
¿Honor brillante? ¡Cuidado! Confío en ti...
La señorita dejó el tenedor, adoptó un aire misterioso y susurró:
“Imagínese una cosa así... Que Yulia Petrovna cabalgara hacia las montañas... ¡Hacía un tiempo espléndido! Ella cabalgaba delante con su guía, yo iba un poco atrás. Habíamos cabalgado dos o tres millas, todas a la vez, solo que imagínese, Vassitchka, Yulia gritó y se agarró el pecho. Su tártaro le rodeó la cintura con el brazo o se habría caído de la silla... Me acerqué a ella con mi guía... '¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?' 'Oh', gritó, '¡Me muero! ¡Me siento débil! No puedo seguir adelante'. ¡Imagínese mi alarma! 'Regresemos entonces', dije. 'No, Natalie ', dijo, '¡No puedo regresar! ¡Moriré de dolor si doy un paso más! Tengo espasmos'. Y ella oró y nos rogó a mi Suleiman y a mí que regresáramos a la ciudad y le trajéramos algunas de sus gotas que siempre le hacen bien”.
—Quédate... No te entiendo bien —murmuró el marido, rascándose la frente—. Acabas de decir que solo habías visto a esos tártaros de lejos, y ahora hablas de un tal Suleimán.
—Vaya, estás criticando otra vez —dijo la señora con un puchero, nada desconcertada—. ¡No soporto la desconfianza! ¡No la soporto! ¡Es una estupidez, una estupidez!
No estoy criticando, pero... ¿por qué decir algo que no es cierto? Si anduviste con tártaros, que así sea, Dios te bendiga, pero... ¿por qué darle vueltas?
—¡Mmm!... ¡Qué raro eres! —exclamó la dama, indignada—. ¡Tiene celos de Suleiman! ¡Como si se pudiera subir a las montañas sin guía! ¡Me encantaría verte hacerlo! Si no conoces los caminos, si no los entiendes, mejor calla. Sí, calla. No puedes dar un paso allí sin guía.
“¡Así parece!”
¡Deja de hacerte el tonto! No soy una Yulia... No la justifico, pero... Aunque no finjo ser una santa, no me olvido tanto de mí misma. Mi Suleiman nunca se pasó de la raya... ¡No! Mametkul solía estar sentado en casa de Yulia todo el día, pero en mi habitación, en cuanto daban las once: "¡Suleiman, marcha! ¡Vete!". Y mi ingenuo tártaro se marchaba. ¡Le hice tener cuidado con sus modales, marido! En cuanto empezaba a quejarse de dinero o de cualquier cosa, le decía: "¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué?". Y se le salía el corazón a la boca... ¡Ja, ja, ja! Sus ojos, ya sabes, Vassitchka, eran negros, negros como brasas, ¡qué carita tártara tan graciosa, tan graciosa y tonta! ¡Lo mantuve en orden, ¿verdad?!
“Me imagino…” murmuró su marido mientras enrollaba bolitas de pan.
¡Qué tontería, Vassitchka! ¡Sé lo que piensas! ¡Sé lo que estás pensando...! Pero te aseguro que, incluso en nuestras expediciones, nunca le permití que se pasara de la raya. Por ejemplo, si íbamos a las montañas o a la cascada U-Chan-Su, siempre le decía: «¡Suleiman, cabalga detrás! ¡¿Me oyes?!». Y él siempre cabalgaba detrás, pobrecito... Incluso cuando... incluso en los momentos más dramáticos, le decía: «¡Pero no olvides que solo eres un tártaro y yo soy la esposa de un consejero civil!». Ja, ja...
La pequeña dama se rió y, mirando rápidamente a su alrededor y adoptando una expresión alarmada, susurró:
¡Pero Yulia! ¡Ay, esa Yulia! Ya lo veo, Vassitchka, no hay razón para que una no se divierta un poco, ¡descanse un poco del vacío de la vida convencional! Está bien, ten tu aventura por todos los medios; nadie te culpará, pero tomarse el asunto en serio, armar un escándalo... no, di lo que quieras, ¡no lo puedo entender! ¡Imagínate, estaba celosa! ¿No fue una tontería? Un día Mametkul, su gran pasión , vino a verla... no estaba en casa... Bueno, lo invité a mi habitación... hubo conversación, una cosa y otra... son terriblemente divertidas, ¿sabes? La noche pasó sin que nos diéramos cuenta... De repente, Yulia entró corriendo... Se abalanzó sobre mí y sobre Mametkul; armó tal escándalo... ¡fi! No puedo entenderlo. Ese tipo de cosas, Vassitchka”.
Vassitchka se aclaró la garganta, frunció el ceño y caminó de un lado a otro de la habitación.
—Debo decir que lo pasaste muy bien allí —gruñó con una sonrisa desdeñosa.
—¡Qué tontería! —exclamó Natalia Mihalovna, ofendida—. ¡Sé lo que estás pensando! ¡Siempre tienes ideas tan horribles! ¡No te diré nada! ¡No, no te diré nada!
La señora hizo pucheros y no dijo más.
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EXCESIVANDO
GRAMOLyeb Gavrilovich Smirnov, agrimensor, llegó a la estación de Gnilushki. Tenía que recorrer otras veinte o treinta millas antes de llegar a la finca que le habían encomendado inspeccionar. (Si el cochero no estaba borracho y los caballos no estaban en mal estado, apenas serían veinte millas, pero si el cochero había bebido un poco y sus caballos estaban agotados, serían unas buenas cuarenta).
“Dígame, por favor, ¿dónde puedo conseguir caballos de posta aquí?”, preguntó el topógrafo al gendarme de la estación.
¿Qué? ¿Caballos de posta? No hay perro decente en ciento veinte kilómetros a la redonda, y mucho menos caballos de posta... ¿Pero adónde quieres ir?
"A Dyevkino, la propiedad del general Hohotov".
—Bueno —bostezó el gendarme—, salga de la estación, a veces hay campesinos en el patio que llevan pasajeros.
El topógrafo suspiró y salió de la estación.
Allí, después de prolongadas indagaciones, conversaciones y vacilaciones, encontró a un campesino muy robusto, de aspecto hosco y lleno de marcas de viruela, que vestía una vieja bata gris y zapatos de corteza.
—¡Qué carro tan raro tienes! —dijo el topógrafo, frunciendo el ceño al subirse—. No se distingue bien cuál es la parte de atrás y cuál la de adelante.
¿Qué se puede distinguir? Donde está la cola del caballo, ahí está el frente, y donde está sentado su señoría, ahí está la parte de atrás.
La yegua pequeña era joven, pero delgada, con las patas bien separadas y las orejas deshilachadas. Cuando el cochero se levantó y la azotó con un látigo de cuerda, ella simplemente negó con la cabeza; cuando la maldijo y la azotó una vez más, el carro chirrió y tembló como si tuviera fiebre. Tras el tercer latigazo, el carro dio una sacudida; tras el cuarto, avanzó.
“¿Vamos a conducir así todo el camino?”, preguntó el topógrafo, sobresaltado y maravillado por la capacidad de los conductores rusos para combinar un ritmo lento, como el de una tortuga, con una sacudida que te revuelve el alma.
—¡Llegaremos! —le aseguró el campesino—. La yegua es joven y juguetona... Solo déjala correr y no habrá quien la pare... ¡Noooo, maldita bestia!
Anochecía cuando el carro salió de la estación. A la derecha del topógrafo se extendía una oscura llanura helada, interminable e ilimitada. Si la cruzabas, sin duda llegarías al otro lado. En el horizonte, donde se desvanecía y se fundía con el cielo, se veía el lánguido resplandor de un frío atardecer otoñal... A la izquierda del camino, unos montículos, que podrían ser las pilas del año pasado o un pueblo, se alzaban en la creciente oscuridad. El topógrafo no podía ver lo que tenía delante, ya que todo su campo de visión hacia ese lado estaba cubierto por la ancha y torpe espalda del conductor. El aire estaba quieto, pero era frío y gélido.
«Qué desierto es esto», pensó el topógrafo, intentando taparse los oídos con el cuello del abrigo. «Ni posta ni potrero. Si, por desgracia, a uno lo atacaran y le robaran, nadie lo oiría, por mucho que armara alboroto... Y el cochero no es de fiar... ¡Uf, qué espalda tan grande! ¡A un hijo de la naturaleza como ese solo le basta con mover un dedo para que se le eche encima! Y su fea cara tiene un aspecto sospechoso y brutal.»
—¡Hola, buen hombre! —dijo el topógrafo—. ¿Cómo te llamas?
"¿Mío? Klim."
Bueno, Klim, ¿cómo es la vida por aquí? ¿No hay peligro? ¿Hay ladrones en la calle?
“Está bien, el Señor nos ha perdonado... ¿Quién debería andar robando en el camino?”
—Menos mal que no hay ladrones. Pero para estar preparado, llevo tres revólveres —dijo el topógrafo con falsedad—. Y con un revólver no se juega, ¿sabe? Uno puede con una docena de ladrones...
Ya había oscurecido por completo. De repente, el carro empezó a crujir, chirriar, temblar y, como si no lo hubiera querido, giró bruscamente a la izquierda.
"¿Adónde me lleva?", se preguntó el topógrafo. "Ha estado conduciendo derecho y ahora, de repente, a la izquierda. No me extrañaría que me lleve, el muy bribón, a alguna guarida de ladrones... y... Cosas así pasan."
—Digo —dijo, dirigiéndose al cochero—, ¿me dice que no es peligroso aquí? Qué lástima... Me gusta pelear con ladrones... Soy delgado y de aspecto enfermizo, pero tengo la fuerza de un toro... Una vez me atacaron tres ladrones, ¿y qué cree? Le di a uno tal paliza que... que entregó su alma a Dios, ¿entiende?, y a los otros dos los enviaron a trabajos forzados en Siberia. Y de dónde saqué la fuerza, no lo sé... Uno agarra a un tipo corpulento como usted con una mano y... lo mata.
Klim miró al topógrafo, arrugó toda la cara y azotó a su caballo.
“Sí…”, continuó el topógrafo. “Dios no permita que alguien me aborde. Al ladrón le romperían los huesos y, además, tendría que responder por ello ante el juzgado… Conozco a todos los jueces y capitanes de policía; soy un hombre del Gobierno, un hombre importante. Aquí estoy viajando y las autoridades lo saben… me vigilan constantemente para que nadie me haga daño. Hay policías y alguaciles escondidos tras los arbustos a lo largo del camino… ¡Alto… alto… alto!”, gritó de repente el topógrafo. “¿Dónde te has metido? ¿Adónde me llevas?”
¿No lo ves? ¡Es un bosque!
«¡Ciertamente es un bosque!», pensó el topógrafo. «¡Tenía miedo! Pero no quiero traicionar mis sentimientos... Ya se ha dado cuenta de que estoy de mal humor. ¿Por qué me mira tan a menudo? Está tramando algo seguro... Al principio iba como un caracol, ¡y ahora cómo corre!».
—Digo, Klim, ¿por qué haces que el caballo vaya así?
No la obligo a correr. Corre sola... Una vez que empieza a correr, no hay forma de detenerla. No le causa ningún placer tener las piernas así.
—Mientes, amigo, ya veo que mientes. Solo te aconsejo que no conduzcas tan rápido. Sujeta un poco al caballo... ¿Me oyes? ¡Sujétala!
"¿Para qué?"
—¿Por qué...? ¿Por qué? Porque cuatro camaradas iban a venir tras de mí desde la estación. Debemos dejar que nos alcancen... Prometieron alcanzarnos en este bosque. Estará más alegre en su compañía... Son unos tipos fuertes y robustos... Y cada uno tiene una pistola. ¿Por qué miras a tu alrededor y te mueves como si estuvieras sentado sobre espinos? ¿Eh? Yo, mi buen amigo, eh... mi buen amigo... no hay necesidad de que me mires... no tengo nada interesante... Excepto quizás los revólveres. Bueno, si quieres, los sacaré y te los mostraré...
El topógrafo fingió hurgar en sus bolsillos y en ese momento ocurrió algo inesperado, con tanta cobardía. Klim se bajó repentinamente del carro y corrió a toda velocidad hacia el bosque.
—¡Socorro! —rugió—. ¡Socorro! ¡Toma el caballo y la carreta, demonio! Pero no me quites la vida. ¡Socorro!
Se oyó el sonido de pasos que se alejaban apresuradamente, de ramas que se rompían, y todo quedó en silencio... El topógrafo no esperaba semejante desenlace . Primero detuvo el caballo, luego se acomodó en el carro y se puso a pensar.
Se ha escapado... estaba asustado, el muy tonto. Bueno, ¿qué hago ahora? No puedo seguir solo porque no conozco el camino; además, podrían pensar que le he robado el caballo... ¿Qué hago?
—¡Klim! ¡Klim! —gritó.
“Klim”, respondió el eco.
Al pensar que tendría que pasar toda la noche sentado en el frío y oscuro bosque y no oír nada más que a los lobos, el eco y el resoplido de la desgarbada yegua, el topógrafo empezó a sentir punzadas en la columna, como si se la estuvieran raspando con una lima fría.
—¡Klimushka! —gritó—. ¡Amigo! ¿Dónde estás, Klimushka?
Durante dos horas el agrimensor gritó, y solo cuando ya estaba bastante ronco y se había resignado a pasar la noche en el bosque, una leve brisa le trajo el sonido de un gemido.
—Klim, ¿eres tú, querido? Sigamos.
“¡Me vas a asesinar!”
—¡Pero estaba bromeando, querido! ¡Juro por Dios que estaba bromeando! ¡Como si tuviera revólveres! Mentí porque tenía miedo. ¡Por Dios, sigamos, me estoy congelando!
Klim, probablemente pensando que un verdadero ladrón habría desaparecido hace mucho tiempo con el caballo y el carro, salió del bosque y se acercó vacilante a su pasajero.
—Bueno, ¿de qué tenías miedo, estúpido? Yo... estaba bromeando y te asustaste. ¡Entra!
—Que Dios lo acompañe, señor —murmuró Klim mientras subía al carro—. Si lo hubiera sabido, no lo habría aceptado por cien rublos. Casi me muero del susto...
Klim azotó a la yegua. El carro se tambaleó. Klim volvió a azotarlo y el carro dio una sacudida. Tras el cuarto latigazo, cuando el carro avanzó, el topógrafo se tapó las orejas con el collar y se sumió en sus pensamientos.
La carretera y Klim ya no le parecían peligrosos.
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EL ORADOR
OhUna hermosa mañana, el asesor colegiado Kirill Ivanovitch Babilonov, fallecido a causa de dos males tan extendidos en nuestro país: una mala esposa y el alcoholismo, era enterrado. Mientras la procesión fúnebre partía de la iglesia hacia el cementerio, uno de los colegas del difunto, llamado Poplavsky, subió a un coche de alquiler y salió al galope a buscar a un amigo, Grigory Petrovitch Zapoikin, un hombre que, a pesar de su juventud, había alcanzado considerable popularidad. Zapoikin, como muchos de mis lectores saben, posee un talento excepcional para improvisar discursos en bodas, aniversarios y funerales. Puede hablar cuando le apetece: dormido, con el estómago vacío, completamente borracho o con fiebre alta. Sus palabras fluyen fluidas y uniformes, como el agua de una cañería, y en abundancia; hay muchas más palabras conmovedoras en su diccionario oratorio que escarabajos en cualquier restaurante. Habla siempre con elocuencia y durante mucho tiempo, tanto que en algunas ocasiones, sobre todo en las bodas de los comerciantes, tienen que recurrir a la ayuda de la policía para detenerlo.
—¡Vengo a buscarte, viejo! —empezó Poplavsky al encontrarlo en casa—. Ponte el sombrero y el abrigo ahora mismo y ven. Uno de nuestros compañeros ha muerto; lo estamos enviando al otro mundo, así que debes despedirte con un poco de palabrería... Eres nuestra única esperanza. Si hubiera sido alguien de poca monta, no habría merecido la pena molestarte, pero verás, es el secretario... un pilar de la oficina, en cierto sentido. Es incómodo enterrar a semejante farsante sin un discurso.
—¡Oh, la secretaria! —bostezó Zapoikin—. ¿Te refieres a la borracha?
—Sí. Habrá panqueques, almuerzo... pagarás el taxi. Ven, querido. ¡Cuéntanos tus disparates como un auténtico Cicerón en la tumba y cuánta gratitud te ganarás!
Zapoikin accedió de inmediato. Se revolvió el pelo, se cubrió el rostro con una sombra de melancolía y salió a la calle con Poplavsky.
—Conozco a su secretario —dijo al subir al taxi—. Un pícaro astuto y una bestia —que el reino de los cielos sea suyo— como no se encuentra a menudo.
—Vamos, Grisha, no se debe maltratar a los muertos.
"Por supuesto que no, aut mortuis nihil bene , pero aun así era un sinvergüenza".
Los amigos alcanzaron la procesión fúnebre y se unieron a ella. El ataúd fue llevado lentamente, de modo que antes de llegar al cementerio pudieron pasar tres veces por una taberna y beber un poco por la salud del difunto.
En el cementerio se celebró el servicio junto a la tumba. La suegra, la esposa y la cuñada, como era costumbre, derramaron muchas lágrimas. Cuando bajaban el ataúd a la tumba, la esposa incluso gritó: "¡Déjenme ir con él!", pero no siguió a su esposo, probablemente recordando su pensión. Esperando a que volviera el silencio, Zapoikin se adelantó, miró a todos los presentes y comenzó:
¿Puedo creer lo que veo y oigo? ¿No es un sueño terrible esta tumba, estos rostros bañados en lágrimas, estos gemidos y lamentaciones? ¡Ay, no es un sueño y nuestros ojos no nos engañan! Aquel a quien vimos hace tan poco, tan lleno de coraje, tan joven, fresco y puro, quien hace tan poco ante nuestros ojos, como una abeja incansable, llevó su miel a la colmena común del bienestar del estado, aquel que... ahora se ha convertido en polvo, en un espejismo inanimado. La muerte inexorable le ha puesto su mano huesuda cuando, a pesar de su edad encorvada, aún estaba lleno de la flor de la fuerza y radiantes esperanzas. ¡Una pérdida irremediable! ¿Quién ocupará su lugar por nosotros? Buenos funcionarios tenemos muchos, pero Prokofy Osipitch fue único. En lo más profundo de su alma, se dedicó a su honesto deber; no escatimó en esfuerzos, sino que trabajó hasta altas horas de la noche, y fue desinteresado, inmune a los sobornos... ... ¡Cuánto despreciaba a quienes, en detrimento del interés público, intentaban corromperlo, quienes, con los atractivos bienes de esta vida, se esforzaban por inducirlo a traicionar su deber! Sí, ante nuestros ojos, Prokofi Osipitch repartía su escaso salario entre sus colegas más pobres, y acaban de oír los lamentos de las viudas y huérfanos que vivían de sus limosnas. Dedicado a las buenas obras y a su deber oficial, renunció a las alegrías de esta vida e incluso a la felicidad de la vida doméstica; como saben, fue soltero hasta el final de sus días. ¿Y quién lo reemplazará como camarada? Ahora veo su rostro amable y afeitado vuelto hacia nosotros con una suave sonrisa, ahora oigo su suave voz amistosa. ¡Paz a tus cenizas, Prokofi Osipitch! ¡Descansa, honesto y noble trabajador!
Zapoikin continuó mientras sus oyentes susurraban. Su discurso complació a todos y arrancó algunas lágrimas, pero muchos detalles resultaron extraños. En primer lugar, no entendían por qué el orador llamaba al difunto Prokofy Osipitch cuando su nombre era Kirill Ivanovitch. En segundo lugar, todos sabían que el difunto se había pasado la vida peleando con su legítima esposa, por lo que no podía ser considerado soltero; en tercer lugar, tenía una espesa barba pelirroja y nunca se había afeitado, así que nadie entendía por qué el orador hablaba de su rostro afeitado. Los oyentes estaban perplejos; se miraron entre sí y se encogieron de hombros.
—Prokofy Osipitch —continuó el orador, mirando con aire inspirado hacia la tumba—, tu rostro era vulgar, incluso horrible; eras taciturno y austero, pero todos sabemos que bajo esa apariencia latía un corazón honesto y amigable.
Pronto los oyentes comenzaron a observar algo extraño en el propio orador. Fijó la mirada en un punto, se movió inquieto y también empezó a encogerse de hombros. De repente, dejó de hablar y, boquiabierto de asombro, se volvió hacia Poplavsky.
—¡Digo! ¡Está vivo! —dijo, mirándolo con horror.
"¿Quién está vivo?"
—¡Ahí está, Prokofy Osipitch, junto a esa lápida!
¡Nunca murió! Es Kirill Ivanovitch quien murió.
—Pero tú mismo me dijiste que tu secretaria estaba muerta.
Kirill Ivanovitch era nuestro secretario. Lo has liado todo, maricón. Prokofy Osipitch era nuestro secretario antes, es cierto, pero hace dos años lo transfirieron a la segunda división como jefe de oficina.
¿Cómo diablos se puede saber?
¿Por qué te detienes? Sigue, es incómodo.
Zapoikin se volvió hacia la tumba y, con la misma elocuencia, continuó su discurso interrumpido. Prokofy Osipitch, un viejo oficinista de rostro bien afeitado, se encontraba junto a una lápida. Miró al orador y frunció el ceño con enojo.
—¡Vaya, has metido la pata! —rieron sus compañeros al regresar del funeral con Zapoikin—. ¡Enterrar a un hombre vivo!
—Es desagradable, joven —gruñó Prokofy Osipitch—. Puede que su discurso sea adecuado para un muerto, pero referido a uno vivo, ¡no es más que sarcasmo! ¡Por Dios, qué ha estado diciendo! ¡Desinteresado, incorruptible, no acepta sobornos! Esas cosas solo se pueden decir de los vivos con sarcasmo. Y nadie le pidió, señor, que se explayara sobre mi rostro. Claro, horrible, sea como sea, pero ¿por qué mostrar mi rostro de esa manera en público? Es insultante.
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SIMULADORES
METROARFA PETROVNA PETCHONKIN, viuda del general, quien ejerce como homeópata desde hace diez años, atiende pacientes en su estudio un martes de mayo. Sobre la mesa, frente a ella, hay un cofre con medicamentos homeopáticos, un libro sobre homeopatía y facturas de un químico homeópata. En la pared cuelgan bajo un cristal, en un marco dorado, las cartas de un homeópata de Petersburgo, en opinión de Marfa Petrovna un hombre célebre y eminente. También hay un retrato del padre Aristark, a quien la señora debe su salvación: la renuncia a la perniciosa alopatía y el conocimiento de la verdad. En el vestíbulo, los pacientes esperan sentados, en su mayoría campesinos. Todos, menos dos o tres, van descalzos, pues la señora ha ordenado que sus botas malolientes se dejen en el patio.
Marfa Petrovna ya había visto a diez pacientes cuando llamó al undécimo: "¡Gavrila Gruzd!"
La puerta se abre y, en lugar de Gavrila Gruzd, entra en la habitación Zamuhrishen, un terrateniente vecino sumido en la pobreza, un viejecito de mirada agria y gorra de caballero bajo el brazo. Deja el bastón en un rincón, se acerca a la señora y, sin decir palabra, se arrodilla ante ella.
—¿Qué haces, Kuzma Kuzmitch? —grita la dama horrorizada, ruborizándose—. ¡Por Dios!
“Mientras viva, no me levantaré”, dice Zamuhrishen, inclinándose sobre su mano. “¡Que todo el mundo vea mi homenaje de rodillas, nuestro ángel guardián, benefactora de la raza humana! ¡Que lo vean! Ante el hada buena que me dio la vida, me guió por el camino de la verdad e iluminó mi escepticismo, estoy listo no solo para arrodillarme, sino para pasar por el fuego, nuestra milagrosa sanadora, madre del huérfano y la viuda! Me he recuperado. ¡Soy un hombre nuevo, hechicera!”
“Me... me alegro mucho…”, murmura la señora, ruborizándose de placer. “Es tan agradable oír eso... ¡Siéntese, por favor! ¡Estuvo muy mal ese martes!”
—Sí, ¡qué mal estaba! Es horrible recordarlo —dice Zamuhrishen, tomando asiento. Tenía reumatismo en cada parte y en cada órgano. Llevo ocho años en la miseria, sin descanso... ni de día ni de noche, mi benefactora. He consultado médicos y he ido a ver a profesores en Kazán; he probado todo tipo de baños de barro, he bebido aguas, ¡y quién sabe qué no he probado! He malgastado todo mi dinero en médicos, mi bella dama. Los médicos no me hicieron más que daño. Me introdujeron la enfermedad. Introdujeron, eso hicieron, pero expulsarla estaba más allá de su ciencia. A los bandidos solo les importan sus honorarios; pero en cuanto al bien de la humanidad, les da igual. Recetan alguna charlatanería, y hay que beberla. Asesinos, esa es la única palabra para ellos. ¡Si no hubiera sido por ti, nuestro ángel, ya estaría en la tumba! Volví a casa ese martes y miré las pastillas que me diste. Entonces, me pregunté qué bien habría en ellos. ¿Era posible que esos pequeños granos, apenas visibles, pudieran curar mi inmensa y prolongada enfermedad? Eso pensé —¡incrédulo como era!— y sonreí; pero cuando tomé la píldora, ¡fue instantáneo! Fue como si no hubiera estado enfermo, como si me hubieran quitado la enfermedad de encima. Mi esposa me miró con los ojos desorbitados y no podía creerlo. "¿Pero eres tú, Kolya?". "Sí, soy yo", dije. Y nos arrodillamos juntos ante el icono y nos pusimos a orar por nuestro ángel: "¡Envíale, Señor, todo lo que sentimos!".
Zamuhrishen se seca los ojos con la manga, se levanta de la silla y muestra disposición a arrodillarse nuevamente, pero la dama lo detiene y lo obliga a sentarse.
"No es a mí a quien debes agradecer", dice, sonrojándose de emoción y mirando con entusiasmo el retrato del Padre Aristark. "No es obra mía... Solo soy el instrumento obediente... Es un verdadero milagro. ¡Reumatismo de ocho años por una sola píldora de escrofulosis!"
Disculpe, tuvo la amabilidad de darme tres pastillas. Una me la tomé en la cena y el efecto fue instantáneo. Otra por la noche y la tercera al día siguiente; ¡y desde entonces ni una molestia! ¡Ni una punzada en ninguna parte! Y sabe que pensé que me moría, ¡había escrito a Moscú para que viniera mi hijo! ¡El Señor le ha dado sabiduría, nuestra señora de la curación! Ahora camino y me siento como en el paraíso. El martes que fui a verla cojeaba, y ahora estoy lista para correr tras una liebre... Podría vivir cien años. Solo hay un problema, nuestra falta de medios. Ahora estoy bien, pero ¿de qué sirve la salud si no hay nada para vivir? La pobreza me pesa más que la enfermedad... Por ejemplo, tome esto... Es el momento de sembrar avena, ¿y cómo se va a sembrar si no se tiene semilla? Debería comprarla, pero el dinero... …todo el mundo sabe cómo estamos en cuanto a dinero…”
Te daré avena, Kuzma Kuzmitch... Siéntate, siéntate. Me has deleitado tanto, me has dado tanto placer que no eres tú, sino yo, quien debería darte las gracias.
¡Eres nuestra alegría! ¡Que el Señor haya creado tanta bondad! ¡Regocíjate, Señora, viendo tus buenas obras!... Mientras que nosotros, pecadores, no tenemos motivos para alegrarnos... Somos gente miserable, de espíritu débil, inútil... una gente ruin... Solo somos nobles de nombre, pero en el fondo somos iguales a los campesinos, solo que peores... Vivimos en casas de piedra, pero es una mera fantasía... porque el techo tiene goteras. Y no hay dinero para comprar madera para repararlo.
“Te daré la madera, Kuzma Kuzmitch”.
Zamuhrishen pide y consigue también una vaca, una carta de recomendación para su hija a la que quiere enviar a un internado y... conmovido por la liberalidad de la dama, gime con exceso de sentimiento, tuerce la boca y busca en su bolsillo su pañuelo...
Marfa Petrovna ve cómo un papel rojo se desliza del bolsillo de él junto con el pañuelo y cae silenciosamente al suelo.
“Nunca lo olvidaré por toda la eternidad…”, murmura, “y haré que mis hijos y mis nietos lo recuerden… de generación en generación. “Miren, hijos”, les diré, “¿quién me ha salvado de la tumba, quién…?”
Tras despedir a su paciente, la señora mira un instante al padre Aristark con los ojos llenos de lágrimas, luego dirige su mirada acariciadora y reverente al botiquín, los libros, las facturas, el sillón donde acababa de sentarse el hombre al que había salvado de la muerte, y su mirada se posa en el papel que su paciente acababa de dejar caer. Lo recoge, lo desdobla y ve en él tres pastillas: las mismas pastillas que le había dado a Zamuhrishen el martes anterior.
«Son los mismos», piensa desconcertada. «... El papel es el mismo... ¡Ni siquiera los ha desenvuelto! ¿Qué se ha llevado entonces? Qué raro... ¡Seguro que no intentaría engañarme!»
Y por primera vez en sus diez años de práctica, una duda se cuela en la mente de Marfa Petrovna... Llama a los demás pacientes y, mientras les habla de sus dolencias, se da cuenta de lo que hasta entonces se le había pasado por alto. Los pacientes, todos como si estuvieran conspirando, primero la aclaman por su cura milagrosa, se entusiasman con su habilidad médica e insultan a los médicos alópatas; luego, cuando ella se pone colorada de la emoción, empiezan a hablar de sus necesidades. Uno pide un poco de tierra para arar, otro leña, un tercero permiso para cazar en sus bosques, y así sucesivamente. Mira el rostro amplio y benévolo del padre Aristark, quien le ha revelado la verdad, y una nueva verdad comienza a roerle el corazón. Una verdad maligna y opresiva...
¡El engaño del hombre!
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EN EL CEMENTERIO
"YoSe ha levantado viento, amigos, y empieza a oscurecer. ¿No sería mejor que nos largáramos antes de que empeore?
El viento jugueteaba entre las hojas amarillas de los viejos abedules, y una lluvia de gruesas gotas caía sobre nosotros. Uno de nuestro grupo resbaló en la tierra arcillosa y se aferró a una gran cruz gris para no caer.
“Yegor Gryaznorukov, consejero titular y caballero…”, leyó. “Conocí a ese caballero. Quería mucho a su esposa, llevaba la cinta de Stanislav y no leía nada… Su digestión funcionaba bien… la vida le iba bien, ¿no? Uno habría pensado que no tenía motivos para morir, pero ¡ay! El destino lo tenía en la mira… El pobre hombre cayó víctima de su hábito de observación. En una ocasión, mientras escuchaba por el ojo de una cerradura, recibió tal golpe en la cabeza con la puerta que sufrió una conmoción cerebral (tenía cerebro) y murió. Y aquí, bajo esta lápida, yace un hombre que desde su cuna detestaba los versos y epigramas… Como para burlarse de él, toda su lápida está adornada con versos… ¡Alguien viene!”
Un hombre con un abrigo raído, de rostro afeitado y teñida de rojo azulado, nos adelantó. Llevaba una botella bajo el brazo y un paquete de salchichas asomaba del bolsillo.
“¿Dónde está la tumba del actor Mushkin?” nos preguntó con voz ronca.
Lo conducimos hacia la tumba de Mushkin, el actor, que había muerto dos años antes.
“¿Supongo que usted es empleado del gobierno?” le preguntamos.
—No, un actor. Hoy en día es difícil distinguir a los actores de los secretarios del Consistorio. Seguro que lo has notado... Es típico, pero no es muy favorecedor para el funcionario del gobierno.
Nos costó encontrar la tumba del actor. Se había hundido, estaba cubierta de maleza y había perdido toda apariencia de tumba. Una cruz pequeña y barata, que había empezado a pudrirse y estaba cubierta de musgo verde ennegrecido por la escarcha, tenía un aire de viejo abatimiento y parecía, por así decirlo, enferma.
“…el olvidado amigo Mushkin…” leemos.
El tiempo había borrado el nunca y corregido la falsedad del hombre.
“Se organizó una suscripción para un monumento en su honor entre actores y periodistas, pero se bebieron el dinero, queridos muchachos...” suspiró el actor, inclinándose hasta el suelo y tocando la tierra mojada con las rodillas y la gorra.
"¿Qué quieres decir con "lo bebí"?"
Es muy sencillo. Reunieron el dinero, publicaron un artículo al respecto en el periódico y lo gastaron en bebida... No lo digo para culparlos... ¡Espero que les haya venido bien, queridos! ¡Que tengan salud y que él recuerde eternamente!
Beber es sinónimo de mala salud, y el recuerdo eterno solo es tristeza. Dios nos conceda el recuerdo por un tiempo, pero el recuerdo eterno... ¿qué sigue?
Tienes razón. Mushkin era un hombre muy conocido, ¿sabes? Había una docena de coronas de flores en el ataúd, y ya lo han olvidado. Sus seres queridos lo han olvidado, pero quienes les hizo daño lo recuerdan. Yo, por ejemplo, nunca lo olvidaré, porque solo me hizo daño. No siento ningún cariño por el difunto.
¿Qué daño te hizo?
“¡Gran daño!” suspiró el actor y una expresión de amargo resentimiento se dibujó en su rostro. Para mí era un villano y un sinvergüenza, ¡que el Reino de los Cielos sea suyo! Fue mirándolo y escuchándolo que me convertí en actor. Con su arte me atrajo del hogar paterno, me sedujo con las emociones de la vida de actor, me prometió todo tipo de cosas y me trajo lágrimas y tristeza... ¡La suerte de un actor es amarga! He perdido la juventud, la sobriedad y la apariencia divina... No tengo ni medio penique para bendecirme, mis zapatos están desgastados, mis pantalones están deshilachados y remendados, y mi cara parece roída por perros... Mi cabeza está llena de librepensamientos y tonterías... Me robó la fe, ¡mi genio maligno! Habría sido algo si hubiera tenido talento, pero tal como están las cosas, estoy arruinado para nada... Hace frío, Estimados amigos... ¿Quieren un poco? Hay suficiente para todos... ¡Brrr! ¡Brindemos por su alma! Aunque no me cae bien y aunque esté muerto, era el único que tenía en el mundo, el único. Es la última vez que lo visitaré... Los médicos dicen que pronto moriré de alcohol, así que aquí he venido a despedirme. Hay que perdonar a los enemigos.
Dejamos al actor conversando con el difunto Mushkin y continuamos. Empezó a lloviznar con una fina lluvia fría.
Al desviarse hacia la avenida principal, sembrada de grava, nos encontramos con una procesión fúnebre. Cuatro porteadores, con fajas blancas de percal y botas altas embarradas con hojas adheridas, llevaban el ataúd marrón. Estaba oscureciendo y se apresuraron, tropezando y sacudiendo su carga...
“Solo llevamos un par de horas caminando y ya es el tercero que traen... ¿Nos vamos a casa, amigos?”
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¡CÁLLATE!
IVAN YEGORITCH KRASNYHIN, un periodista de cuarta categoría, regresa a casa tarde en la noche, serio y agobiado, con un peculiar aire de concentración. Parece un hombre que espera una redada policial o que piensa en suicidarse. Caminando de un lado a otro por sus habitaciones, se detiene bruscamente, se alborota el pelo y dice con el tono con el que Laertes anuncia su intención de vengar a su hermana:
Destrozado, con el alma agobiada, con un peso enfermizo de miseria en el corazón... y luego sentarse a escribir. ¡Y a esto se le llama vida! ¿Cómo es posible que nadie haya descrito la agonizante discordia en el alma de un escritor que tiene que divertir a la multitud cuando tiene el corazón apesadumbrado o derramar lágrimas ante una orden cuando tiene el corazón ligero? Debo ser juguetón, fríamente despreocupado, ingenioso, pero ¿qué pasa si me agobia la miseria, si estoy enfermo, si mi hijo se está muriendo o si mi esposa está angustiada?
Dice esto blandiendo los puños y poniendo los ojos en blanco... Luego entra al dormitorio y despierta a su esposa.
“Nadya”, dice, “me siento a escribir… Por favor, que nadie me interrumpa. No puedo escribir con niños llorando o cocineros roncando… Mira, también, que haya té y… un filete o algo… Sabes que no puedo escribir sin té… El té es lo único que me da energía para trabajar”.
Al regresar a su habitación, se quita el abrigo, el chaleco y las botas. Lo hace muy despacio; luego, con una expresión de inocencia ofendida, se sienta a la mesa.
No hay nada casual, nada ordinario en su escritorio; hasta el más mínimo detalle lleva la impronta de un programa riguroso y deliberadamente planificado. Pequeños bustos y fotografías de escritores distinguidos, montones de manuscritos toscos, un volumen de Byelinsky con una página doblada, parte de una calavera a modo de cenicero, una hoja de periódico doblada con descuido, pero de modo que un pasaje ocupa la parte superior, marcada con lápiz azul con la palabra «vergonzoso». Hay una docena de lápices de punta afilada y varios portaplumas con plumillas nuevas, preparados para que ninguna rotura accidental de una pluma interrumpa ni un solo segundo el vuelo de su imaginación creativa.
Iván Yegoritch se recostó en su silla y, cerrando los ojos, se concentró en su tema. Oyó a su esposa arrastrando los pies en pantuflas, partiendo virutas para calentar el samovar. Apenas estaba despierta, lo cual se desprendía de la forma en que el cuchillo y la tapa del samovar se le caían de las manos. Pronto, el silbido del samovar y el chisporroteo de la carne friéndose lo alcanzaron. Su esposa seguía partiendo virutas y haciendo vibrar las puertas y los ventiladores de la estufa.
De repente, Iván Yegoritch se sobresalta, abre los ojos asustado y comienza a olfatear el aire.
¡Cielos! ¡La estufa está humeando! —gime, con una mueca de dolor—. ¡Humeando! ¡Esa mujer insoportable se empeña en intentar envenenarme! ¿Cómo, por Dios, voy a escribir en este lugar? Dígamelo, por favor.
Corrió a la cocina y prorrumpió en un gemido teatral. Cuando, poco después, su esposa, poniéndose de puntillas con cuidado, le trajo un vaso de té, estaba sentado en un sillón como antes, con los ojos cerrados, absorto en su artículo. No se movió, se tamborileó suavemente la frente con dos dedos y fingió no darse cuenta de la presencia de su esposa... Su rostro reflejaba una inocencia ofendida.
Como una joven a la que le han regalado un abanico caro, pasa un buen rato coqueteando, haciendo muecas y posando antes de escribir el título... Se aprieta las sienes, se retuerce y encoge las piernas bajo la silla como si le doliera, o entrecierra los ojos lánguidamente como un gato en el sofá. Por fin, no sin vacilación, extiende la mano hacia el tintero y, con la expresión de quien firma una sentencia de muerte, escribe el título...
“¡Mamá, dame un poco de agua!”, escucha la voz de su hijo.
—¡Silencio! —dice su madre—. ¡Papá está escribiendo! ¡Silencio!
Papá escribe rapidísimo, sin correcciones ni pausas, apenas tiene tiempo para pasar las páginas. Los bustos y retratos de autores célebres observan su pluma veloz y, inmóviles, parecen pensar: "¡Madre mía, cómo lo estás haciendo!".
“¡Sh!” chirría el bolígrafo.
“¡Sh!” susurran los autores cuando su rodilla golpea la mesa y se ponen a temblar.
De repente, Krasnyhin se incorpora, deja la pluma y escucha... Oye un susurro monótono... Es Foma Nikolaevitch, el inquilino de la habitación contigua, rezando.
—¡Digo! —grita Krasnyhin—. ¿No podrías, por favor, rezar más bajo? ¡Me impides escribir!
“Lo siento mucho…” responde tímidamente Foma Nikolaevitch.
Después de cubrir cinco páginas, Krasnyhin se estira y mira su reloj.
—¡Dios mío, ya son las tres! —gime—. Hay otros durmiendo mientras yo... ¡Tengo que trabajar solo!
Destrozado y exhausto, se dirige, con la cabeza ladeada, al dormitorio para despertar a su mujer, y dice con voz lánguida:
—¡Nadya, tráeme más té! Me siento débil.
Escribe hasta las cuatro y habría escrito con gusto hasta las seis si no se hubiera agotado su tema. Coquetear y posar para sí mismo y los objetos inanimados que lo rodean, lejos de cualquier mirada indiscreta y crítica, tiranizando y dominando al pequeño hormiguero que el destino ha puesto en su poder son la miel y la sal de su existencia. ¡Y qué diferente es este déspota aquí en casa del hombrecillo humilde, manso y torpe que estamos acostumbrados a ver en las oficinas de redacción!
«Estoy tan agotado que temo no poder dormir...», dice mientras se mete en la cama. «Nuestro trabajo, esta maldita, ingrata y dura tarea, agota el alma aún más que el cuerpo... Mejor me tomo un poco de bromuro... Dios sabe que si no fuera por mi familia, abandonaría el trabajo... ¡Escribir por encargo! Es horrible».
Duerme hasta las doce o la una del día, duerme profundamente, un sueño saludable... ¡Ah! ¡Cómo dormiría, qué sueños tendría, cómo se expandiría si llegara a ser un escritor famoso, un editor o incluso un subeditor!
—Lleva escribiendo toda la noche —susurra su esposa con cara de susto—. ¡Sh!
Nadie se atreve a hablar, moverse ni emitir sonido alguno. Su sueño es sagrado, y quien lo profane pagará caro su falta.
"¡Silencio!" flota sobre el piso. "¡Silencio!"
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EN UN HOTEL
"Yo—Dígame, buen hombre —empezó Madame Nashatyrin, la dama del coronel en el número 47, roja y farfullando, mientras se abalanzaba sobre el hotelero—. ¡O me da otras habitaciones o me voy de su maldito hotel para siempre! ¡Es un pozo de iniquidad! ¡Ay de nosotras! Tengo hijas adultas y no se oyen más que abominaciones día y noche. ¡Es insoportable! ¡Día y noche! ¡A veces suelta esas cosas que te ponen los pelos de punta! Como un cochero. Menos mal que mis pobres hijas no lo entienden, o tendría que salir corriendo a la calle con ellas... ¡Está diciendo algo! ¡Escúchame!
“Sé algo mejor que eso, muchacho”, dijo un bajo ronco flotando desde la habitación contigua. “¿Te acuerdas del teniente Druzhkov? Bueno, ese mismo Druzhkov estaba un día haciendo un drive con la amarilla en la tronera y como solía hacer, ya sabes, levantó la pierna… ¡De repente algo hizo crrr-ack! Al principio pensaron que había rasgado el mantel de la mesa de billar, pero cuando miraron, mi querido amigo, ¡sus Estados Unidos se habían abierto por todas las costuras! Había dado una patada tan alta, la bestia, que no quedó ni una costura… Ja, ja, ja, y también había damas presentes… entre otras, la esposa de ese baboso del teniente Okurin… Okurin estaba furioso… '¿Cómo se atreve el tipo', dijo, 'a comportarse de manera inapropiada en presencia de mi esposa?' Una cosa llevó a la otra... ¡ya conoces a nuestros compañeros!... Okurin envió padrinos a Druzhkov, y Druzhkov dijo: «No seas tonto»... ja, ja, ja, «pero dile que mejor no me envíe padrinos a mí, sino al sastre que me hizo esos pantalones; es culpa suya, ¿sabes?». ¡Ja, ja, ja! Ja, ja, ja...
Lilya y Mila, las hijas del coronel, que estaban sentadas en la ventana con sus redondas mejillas apoyadas en los puños, se sonrojaron y bajaron sus ojos que parecían enterrados en sus caras regordetas.
—Ya lo ha oído, ¿verdad? —continuó Madame Nashatyrin, dirigiéndose al hotelero—. ¿Y eso le parece irrelevante? ¡Soy la esposa de un coronel, señor! Mi marido es un oficial al mando. ¡No permitiré que un cochero pronuncie semejantes infamias casi en mi presencia!
—No es cochero, señora, sino el capitán Kikin... Un caballero de nacimiento.
Si ha olvidado tanto su posición que se expresa como un cochero, ¡entonces es aún más digno de desprecio! En resumen, no me responda, ¡pero por favor tome medidas!
Pero ¿qué puedo hacer, señora? No es la única que se queja, todos se quejan, pero ¿qué voy a hacer con él? Uno va a su habitación y empieza a avergonzarlo, diciéndole: "¡Aníbal Ivánich, ten un poco de miedo de Dios! ¡Es vergonzoso!". Y te da puñetazos en la cara y dice todo tipo de cosas: "Toma, ponte eso en la pipa y fúmatelo", y cosas así. ¡Es una vergüenza! Se despierta por la mañana y se pone a caminar por el pasillo sin nada, salvo tu presencia, solo en ropa interior. Y cuando ha bebido un trago, coge un revólver y se pone a disparar contra la pared. De día bebe alcohol y de noche juega a las cartas como un loco, y después de las cartas se pelea... ¡Me avergüenza que lo vean los demás inquilinos!
¿Por qué no te deshaces de ese sinvergüenza?
¡Pero si no hay manera de sacarlo! Me debe tres meses, pero no le pedimos dinero, simplemente le pedimos que se vaya como un favor... El magistrado le ha dado orden de desalojar las habitaciones, pero lo está llevando de un juzgado a otro, y así se alarga... Es un incordio, eso es lo que es. ¡Y, Dios mío, qué hombre! Joven, guapo e intelectual... Cuando no ha bebido ni una gota, no se puede desear ver un caballero más amable. El otro día no estaba borracho y se pasó todo el día escribiendo cartas a sus padres.
—¡Pobres padre y madre! —suspiró la dama del coronel.
¡Sin duda, son dignos de lástima! ¡No hay consuelo en tener a semejante bribón! Lo insultan y lo echan de su alojamiento, y no pasa un día sin que se meta en problemas por algún escándalo. ¡Qué triste!
—¡Su pobre e infeliz esposa! —suspiró la señora.
—No tiene esposa, señora. ¡Qué buena idea! Daría gracias a Dios si no se hubiera roto la cabeza...
La señora caminaba arriba y abajo de la habitación.
“¿No está casado, dices?”
—Por supuesto que no, señora.
La señora volvió a caminar de un lado a otro por la habitación y reflexionó un poco.
“Hmm, no casada…”, pronunció meditativamente. “Hmm. Lilya y Mila, ¡no se sienten junto a la ventana, hay corriente de aire! ¡Qué lástima! ¡Un hombre joven y dejarse hundir hasta este punto! ¿Y todo debido a qué? ¡A la falta de buena influencia! No hay madre que… ¿No casada? Bueno… ahí está… Por favor, tengan la amabilidad”, continuó la dama con suavidad después de un momento de reflexión, “de ir a verlo y pedirle en mi nombre que… se abstenga de usar expresiones… Díganle que Madame Nashatyrin se lo ruega… Díganle que se aloja con sus hijas en el número 47… que ha venido de su finca en el campo…
"Ciertamente."
Dígaselo, la dama de un coronel y sus hijas. Puede que incluso venga a disculparse... Siempre estamos en casa después de cenar. ¡Ay, Mila, cierra la ventana!
—¿Qué quieres con esa... oveja negra, mamá? —preguntó Lilya con voz cansina cuando el hotelero se retiró—. ¡Menuda persona para invitar! ¡Un borracho y un canalla!
—¡Oh, no digas eso, querida! Siempre hablas así; y ahí... ¡siéntate! Vaya, sea lo que sea, no debemos despreciarlo... Hay algo bueno en todos. Quién sabe —suspiró la dama del coronel, mirando a sus hijas de arriba abajo con ansiedad—, quizá tu destino esté aquí. Cámbiate de ropa de todas formas...
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EN UNA TIERRA EXTRAÑA
SDOMINGO, mediodía. Un terrateniente, llamado Kamyshev, está sentado en su comedor, almorzando con delicadeza en una mesa lujosamente servida. Monsieur Champoun, un anciano francés, limpio, pulcro y bien afeitado, comparte la comida con él. Este Champoun había sido tutor en casa de Kamyshev, enseñando a sus hijos buenos modales, la pronunciación correcta del francés y a bailar; después, cuando los hijos de Kamyshev crecieron y se convirtieron en tenientes, Champoun se convirtió en una especie de bonne del sexo masculino. Las tareas del antiguo tutor no eran complicadas. Tenía que vestir adecuadamente, oler bien, escuchar las conversaciones de Kamyshev, comer, beber y dormir; y, al parecer, eso era todo. A cambio recibía habitación, comida y un salario indefinido.
Kamyshev come y como de costumbre balbucea incoherentemente.
—¡Maldición! —dice, secándose las lágrimas que le han asaltado los ojos tras un bocado de jamón bien untado con mostaza—. ¡Uf! Se me ha metido en la cabeza y en todas las articulaciones. Tu mostaza francesa no te haría eso, ¿sabes?, ni aunque te comieras el bote entero.
“A algunos les gustan los franceses, otros prefieren los rusos…” Champoun asiente suavemente.
A nadie le gusta la mostaza francesa, excepto a los franceses. Y un francés come cualquier cosa, lo que sea que le des: ranas, ratas y escarabajos negros... ¡brrr! No te gusta ese jamón, por ejemplo, porque es ruso, pero si alguien te diera un trozo de cristal horneado y te dijera que es francés, te lo comerías y te relamerías... Para ti, todo lo ruso es asqueroso.
"No digo eso."
Todo lo ruso es repugnante, pero si es francés... ¡Oh, digamos tray zholee! Para ti no hay mejor país que Francia, pero para mí... ¿A decir verdad, qué es Francia? Un poco de tierra. Enviaron a nuestro capitán de policía allí, pero al mes pidió que lo trasladaran: ¡no había dónde ir! Se puede recorrer toda Francia en un día, mientras que aquí, al salir en coche, no se ve el fin del país, se puede cabalgar sin parar...
“Sí, señor, Rusia es un país inmenso.”
¡Claro que sí! Para ti, no hay gente mejor que los franceses. ¡Gente culta e inteligente! ¡Civilización! Estoy de acuerdo, los franceses son todos cultos y de modales elegantes... es cierto... Un francés nunca se permite ser grosero: le da la silla a una dama en el momento justo, no come cangrejos de río con el tenedor, no escupe en el suelo, pero... ¡no tiene el mismo espíritu! ¡No tiene el mismo espíritu! No sé cómo explicártelo, pero, como sea que se lo exprese, no hay nada en un francés de... algo... (el orador hace un gesto con los dedos)... algo... fanático. Recuerdo haber leído en alguna parte que todos ustedes tienen una inteligencia adquirida en los libros, mientras que los rusos tenemos una inteligencia innata. Si un ruso estudia las ciencias correctamente, ninguno de sus profesores de francés es rival para él.
—Quizás —dice Champoun, por así decirlo, de mala gana.
—¡No, quizá no, pero sí desde luego! No sirve de nada que frunzas el ceño, es la verdad. La inteligencia rusa es una inteligencia inventiva. Solo que, por supuesto, no se le da vía libre para ello, y no es bueno presumiendo. Inventará algo y lo romperá o se lo dará a los niños para que jueguen, mientras que tu francés inventará alguna tontería y armará un escándalo para que todo el mundo la oiga. El otro día, Iona, el cochero, talló un hombrecito de madera; si lo tiras de un hilo, hace payasadas indecorosas. Pero Iona no presume de ello... Por lo general, no me gustan los franceses. No me refiero a ti, sino en general... ¡Son gente inmoral! Por fuera parecen hombres, pero viven como perros. Tomemos el matrimonio, por ejemplo. Entre nosotros, una vez casado, te aferras a tu mujer, y no se habla de ello, pero quién sabe cómo es contigo. El marido está sentado todo el día. largo rato en un café, mientras su esposa llena la casa de franceses y se pone a bailar cancán con ellos”.
—¡Eso no es cierto! —protesta Champoun, furioso e incapaz de contenerse—. El principio de la familia es muy valorado en Francia.
¡Conocemos ese principio a la perfección! Debería darte vergüenza defenderlo: hay que ser imparcial: un cerdo siempre es un cerdo... Debemos agradecer a los alemanes por haberlos vencido... Sí, claro, que Dios los bendiga por ello.
—En ese caso, señor, no lo entiendo... —dice el francés saltando con los ojos centelleantes—, si odia a los franceses, ¿por qué me mantiene aquí?
“¿Qué voy a hacer contigo?”
“Déjame ir y regresaré a Francia”.
¿Qué? ¿Pero crees que te dejarían entrar a Francia ahora? ¡Eres un traidor a tu patria! En un momento Napoleón es tu gran hombre, en otro Gambetta... ¿Quién demonios te puede identificar?
—Señor —dice Champoun en francés, farfullando y aplastando la servilleta entre las manos—, ¡mi peor enemigo no habría podido pensar en un insulto mayor que el ultraje que acaba de infligir a mis sentimientos! ¡Se acabó todo!
Y con un trágico movimiento de su brazo, el francés arroja majestuosamente su servilleta sobre la mesa y sale de la habitación con dignidad.
Tres horas después, la mesa está puesta de nuevo y los sirvientes traen la cena. Kamyshev se sienta solo a la mesa. Tras la copa preliminar, siente un deseo de charlar. Quiere charlar, pero no tiene quien lo escuche.
“¿Qué está haciendo Alphonse Ludovikovitch?”, le pregunta al lacayo.
“Está empacando su baúl, señor.”
—¡Qué fideo! ¡Que Dios nos perdone! —dice Kamyshev, y se acerca al francés.
Champoun está sentado en el suelo de su habitación, y con manos temblorosas guarda en su baúl su ropa de cama, frascos de perfume, libros de oración, tirantes, corbatas... Toda su figura correcta, su baúl, su cama y la mesa, todo tiene un aire de elegancia y afeminamiento. Gruesas lágrimas caen de sus grandes ojos azules al baúl.
“¿Adónde vas?”, pregunta Kamyshev, después de quedarse quieto un momento.
El francés no dice nada.
—¿Quieres irte? —continúa Kamyshev—. Bueno, ya lo sabes, pero... no me atreveré a entretenerte. Pero lo raro es, ¿cómo vas a viajar sin pasaporte? ¡Me pregunto! Sabes que perdí el tuyo. Lo metí entre unos papeles y se perdió... Y entre nosotros son muy estrictos con los pasaportes. Antes de que hayas recorrido tres o cuatro millas, te abalanzan.
Champoun levanta la cabeza y mira con desconfianza a Kamyshev.
Sí... ¡Ya verás! Verán en tu cara que no tienes pasaporte y preguntarán enseguida: ¿Quién es? Alphonse Champoun. Conocemos a ese Alphonse Champoun. ¿No te gustaría ir con escolta policial a un lugar más cerca de casa?
"¿Estás bromeando?"
¿Qué motivo tengo para bromear? ¿Por qué debería? Solo tenlo en cuenta; es un pacto, no te pongas a quejarte ni a escribir cartas. ¡No moveré un dedo cuando te lleven con grilletes!
Champoun salta y, pálido y con los ojos muy abiertos, comienza a caminar de un lado a otro de la habitación.
"¿Qué me estás haciendo?", dice desesperado, agarrándose la cabeza. "¡Dios mío! ¡Maldita sea la hora en que me entró en la cabeza la fatal idea de abandonar mi país!..."
—¡Vamos, vamos, vamos...! ¡Estaba bromeando! —dice Kamyshev en voz baja—. ¡Qué raro es! No entiende un chiste. ¡No se le puede decir ni una palabra!
—¡Mi querido amigo! —grita Champoun, tranquilizado por el tono de Kamyshev—. Te juro que te dedico a Rusia, a ti y a tus hijos... ¡Dejarte me amarga como la muerte! ¡Pero cada palabra que pronuncias me apuñala el corazón!
¡Ah, qué raro! Si insulto a los franceses, ¿qué razón tienes para ofenderte? ¡Eres un raro, la verdad! Deberías seguir el ejemplo de Lazar Isaakitch, mi inquilino. Lo llamo una cosa y otra, judío y sinvergüenza, y hago una oreja de cerdo con el faldón de mi abrigo y lo agarro por sus rizos judíos. No se ofende.
¡Pero es un esclavo! ¡Por un centavo está dispuesto a aguantar cualquier insulto!
—¡Vamos, vamos, vamos...! ¡Basta! ¡Paz y concordia!
Champoun se empolva el rostro manchado de lágrimas y acompaña a Kamyshev al comedor. El primer plato se come en silencio; tras el segundo, la misma función se repite, y así el sufrimiento de Champoun no tiene fin.
La fiesta y otros cuentos,
traducido por Constance Garnett
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LA FIESTA
I
ATras la cena festiva con sus ocho platos y su interminable conversación, Olga Mihalovna, cuyo esposo celebraba su onomástico, salió al jardín. El deber de sonreír y hablar sin parar, el tintineo de la vajilla, la estupidez de los sirvientes, los largos intervalos entre platos y el corsé que se había puesto para ocultar su estado a las visitas, la agotaban. Anhelaba salir de casa, sentarse a la sombra y descansar su corazón pensando en el bebé que nacería dentro de dos meses. Estaba acostumbrada a que estos pensamientos la asaltaran al girar a la izquierda, salir de la gran avenida y entrar en el estrecho sendero. Allí, a la espesa sombra de los ciruelos y cerezos, las ramas secas solían arañarle el cuello y los hombros; Una telaraña se posaba en su rostro, y surgía en su mente la imagen de una pequeña criatura de sexo indeterminado y rasgos indefinidos, y comenzaba a parecer que no era la telaraña la que le acariciaba el rostro y el cuello, sino esa pequeña criatura. Cuando, al final del sendero, aparecía una delgada valla de mimbre, y tras ella, rechonchas colmenas con techos de tejas; cuando en el aire inmóvil y estancado llegaba un olor a heno y miel, y se oía un suave zumbido de abejas, entonces la pequeña criatura se apoderaba por completo de Olga Mihalovna. Solía sentarse en un banco cerca de la cabaña tejida con ramas y se ponía a pensar.
Esta vez también llegó hasta el asiento, se sentó y se puso a pensar; pero en lugar de la pequeña criatura, surgieron en su imaginación las figuras de las personas mayores que acababa de dejar. Se sentía terriblemente incómoda por haber abandonado a sus invitados, y recordó cómo su esposo, Piotr Dmítrich, y su tío, Nikolai Nikolaich, habían discutido durante la cena sobre el juicio por jurado, la prensa y la educación superior de las mujeres. Su esposo, como de costumbre, discutía para exhibir sus ideas conservadoras ante sus invitados, y más aún para discrepar de su tío, a quien detestaba. Su tío lo contradecía y discutía con cada palabra que pronunciaba, para demostrar a los presentes que él, el tío Nikolai Nikolaich, aún conservaba la frescura de su juventud y su libre pensamiento a pesar de sus cincuenta y nueve años. Y hacia el final de la cena, ni siquiera la propia Olga Mihalovna pudo resistirse a participar e intentar, torpemente, defender la educación universitaria femenina; no porque esa educación requiriera su defensa, sino simplemente porque quería molestar a su esposo, quien, en su opinión, era injusto. Los invitados estaban cansados de esta discusión, pero todos consideraron necesario participar y hablaron largo y tendido, aunque a ninguno le interesaban los juicios con jurado ni la educación superior femenina...
Olga Mihalovna estaba sentada al borde del cerco, cerca de la cabaña. El sol se ocultaba tras las nubes. Los árboles y el aire estaban nublados como antes de la lluvia, pero a pesar de ello hacía calor y era sofocante. El heno cortado bajo los árboles el día anterior yacía suelto, con un aspecto melancólico, con algún toque de color de las flores marchitas, y de él emanaba un olor denso y nauseabundo. Todo estaba en calma. Al otro lado del cerco se oía un monótono zumbido de abejas...
De repente oyó pasos y voces; alguien venía por el sendero hacia la casa de las abejas.
—¡Qué sofocante está! —dijo una voz femenina—. ¿Qué te parece? ¿Va a llover o no?
—Va a llover, mi encanto, pero no antes del anochecer —respondió lánguidamente una voz masculina muy familiar—. Lloverá mucho.
Olga Mihalovna calculó que si se apresuraba a esconderse en la choza, pasarían de largo sin verla y no tendría que hablar ni esforzarse en sonreír. Se recogió las faldas, se agachó y se metió en la choza. De inmediato sintió en la cara, el cuello y los brazos el aire caliente, denso como vapor. De no haber sido por el sofocante ambiente y el olor a pan de centeno, hinojo y maleza, que le impedían respirar con facilidad, habría sido un placer esconderse de sus visitas allí, bajo el techo de paja, al anochecer, y pensar en la pequeña criatura. Era acogedor y tranquilo.
—¡Qué sitio tan bonito! —dijo una voz femenina—. Sentémonos aquí, Piotr Dmítrich.
Olga Mihalovna empezó a espiar por una grieta entre dos ramas. Vio a su marido, Piotr Dmítrich, y a Lubotchka Sheller, una chica de diecisiete años que hacía poco había salido del internado. Piotr Dmítrich, con el sombrero echado hacia atrás, lánguido e indolente por haber bebido tanto en la cena, se encorvó junto a la valla y amontonó el heno con el pie; Lubotchka, sonrojada por el calor y tan guapa como siempre, permanecía de pie con las manos a la espalda, observando los movimientos perezosos de su corpulenta y atractiva figura.
Olga Mihalovna sabía que su esposo era atractivo para las mujeres y no le gustaba verlo con ellas. No había nada raro en que Piotr Dmítrich recogiera el heno perezosamente para sentarse con Lubotchka y charlar con ella sobre trivialidades; tampoco había nada raro en que la bella Lubotchka lo mirara con sus dulces ojos; pero aun así, Olga Mihalovna se sentía molesta con su esposo, asustada y contenta de poder escucharlas.
—Siéntate, hechicera —dijo Piotr Dmítrich, dejándose caer en el heno y estirándose—. Así es. Ven, dime algo.
¿Y ahora qué? Si empiezo a contarte algo, te quedarás dormido.
¿Que me duerma? ¡Dios no lo quiera! ¿Puedo dormirme con ojos como los tuyos observándome?
En las palabras de su marido, y en el hecho de que estuviera con el sombrero echado en la nuca en presencia de una dama, tampoco había nada extraño. Estaba mimado por las mujeres, sabía que lo encontraban atractivo y había adoptado con ellas un tono especial que, según todas, le sentaba bien. Con Lubotchka se comportaba como con todas las mujeres. Pero, aun así, Olga Mihalovna estaba celosa.
—Dígame, por favor —dijo Lubotchka después de un breve silencio—, ¿es cierto que le van a juzgar por algo?
¿Yo? Sí, me considero... entre los transgresores, mi encantador.
“¿Pero para qué?”
“Por nada, solo… es principalmente una cuestión política”, bostezó Piotr Dmítrich: “los antagonismos entre la izquierda y la derecha. Yo, oscurantista y reaccionario, me atreví en un periódico oficial a usar una expresión ofensiva a ojos de Gladstones tan inmaculados como Vladímir Pavlovitch Vladímirov y nuestro juez de paz local, Kuzmá Grigoritch Vostryakov”.
Pytor Dmitritch bostezó nuevamente y continuó:
Y es común entre nosotros que expreses tu desaprobación del sol, la luna o cualquier cosa que te guste, ¡pero que Dios te libre de tocar a los liberales! ¡Dios no lo quiera! Un liberal es como un hongo seco y venenoso que te cubre con una nube de polvo si lo tocas accidentalmente con el dedo.
"¿Lo que le pasó?"
Nada en particular. Todo el alboroto comenzó por una nimiedad. Un profesor, una persona detestable de las asociaciones clericales, le entregó a Vostryakov una demanda contra un tabernero, acusándolo de lenguaje y comportamiento insultantes en un lugar público. Todo demostraba que tanto el profesor como el tabernero estaban borrachos como zapateros y que se portaron igual de mal. Si hubiera habido un comportamiento insultante, el insulto habría sido mutuo. Vostryakov debería haberlos multado a ambos por alteración del orden público y haberlos expulsado del tribunal, eso es todo. Pero esa no es nuestra manera de actuar. Para nosotros, lo primero no es la persona, ni el hecho en sí, sino la marca registrada y la etiqueta. Por muy canalla que sea un profesor, siempre tiene razón porque es profesor; un tabernero siempre está equivocado porque es tabernero y avaro. Vostryakov arrestó al tabernero. El hombre apeló ante el Tribunal de Circuito; el Tribunal de Circuito Confirmó triunfalmente la decisión de Vostryakov. Bueno, me mantuve firme en mi opinión... Me enfadé un poco... Eso fue todo.
Piotr Dmítrich hablaba con calma y una ironía despreocupada. En realidad, el juicio que se cernía sobre él lo preocupaba enormemente. Olga Mihalovna recordaba cómo, a su regreso de la desafortunada sesión, había intentado ocultar a sus familiares lo preocupado y lo insatisfecho que estaba consigo mismo. Como hombre inteligente, no podía evitar la sensación de haber ido demasiado lejos al expresar su desacuerdo; ¡y cuántas mentiras habían sido necesarias para ocultar ese sentimiento, tanto a sí mismo como a los demás! ¡Cuántas conversaciones innecesarias! ¡Cuántas quejas y risas falsas por lo que no era risible! Cuando supo que iba a comparecer ante el tribunal, se sintió a la vez agobiado y deprimido; empezó a dormir mal, se quedaba de pie junto a las ventanas con más frecuencia que nunca, tamborileando sobre los cristales. Y le avergonzaba que su esposa viera su preocupación, y eso la irritaba.
“¿Dicen que estuviste en la provincia de Poltava?”, le preguntó Lubotchka.
—Sí —respondió Piotr Dmítrich—. Regresé anteayer.
“Supongo que será muy agradable allí.”
Sí, es muy bonito, muy bonito de verdad; de hecho, llegué justo a tiempo para la siega del heno, debo decirte, y en Ucrania la siega del heno es el momento más poético del año. Aquí tenemos una casa grande, un jardín grande, muchos sirvientes y tantas cosas que pasan, que no se ve la siega; aquí todo pasa desapercibido. Allí, en la granja, tengo un prado de cuarenta y cinco acres tan plano como mi mano. Puedes ver a los hombres siega desde cualquier ventana. Están siegando en el prado, están siegando en el jardín. No hay visitas, ni alboroto ni prisa, así que no puedes evitar ver, sentir y oír nada más que la siega del heno. Hay olor a heno dentro y fuera. Se oye el sonido de las guadañas desde el amanecer hasta el atardecer. En resumen, la Pequeña Rusia es un país encantador. ¿Te lo creerías?, cuando bebía agua de los pozos rústicos y vodka asqueroso en la taberna de algún judío, en silencio... Por las tardes, las notas del violín ruso y las panderetas me llegaban, y me sentía tentado por una idea fascinante: establecerme en mi casa y vivir allí tanto tiempo como quisiera, lejos de los juzgados, de las conversaciones intelectuales, de las mujeres filosofando, de las largas cenas...
Piotr Dmítrich no mentía. Estaba triste y ansiaba descansar. Y había visitado su propiedad de Poltava simplemente para evitar ver su estudio, sus sirvientes, sus conocidos y todo aquello que pudiera recordarle su vanidad herida y sus errores.
De repente, Lubotchka saltó y agitó las manos con horror.
—¡Ay! ¡Una abeja, una abeja! —chilló—. ¡Va a picar!
—Tonterías; no te va a doler —dijo Piotr Dmítrich—. ¡Qué cobarde eres!
—No, no, no —gritó Lubotchka; y, mirando a las abejas, regresó rápidamente.
Piotr Dmítrich la siguió, mirándola con un rostro melancólico y apacible. Probablemente pensaba, al mirarla, en su granja, en la soledad, y —¿quién sabe?— quizá incluso en lo cómoda y acogedora que sería la vida en la granja si su esposa hubiera sido esta chica: joven, pura, fresca, no corrompida por la educación superior, no embarazada...
Cuando el sonido de sus pasos se apagó, Olga Mihalovna salió de la choza y se volvió hacia la casa. Quería llorar. Para entonces, estaba profundamente celosa. Comprendía que su marido estuviera preocupado, insatisfecho consigo mismo y avergonzado, y cuando uno se avergüenza, se mantiene distante, sobre todo de sus allegados, y no muestra reservas con los desconocidos; comprendía también que no tenía nada que temer de Lubotchka ni de aquellas mujeres que ahora tomaban café en la casa. Pero todo en general era terrible, incomprensible, y a Olga Mihalovna ya le parecía que Piotr Dmítrich solo le pertenecía a medias.
—¡No tiene derecho a hacerlo! —murmuró, intentando expresar sus celos y su enfado con su marido—. No tiene ningún derecho. ¡Se lo diré sin rodeos!
Decidió ir a buscar a su marido enseguida y contárselo todo: era repugnante, absolutamente repugnante, que atrajera a otras mujeres y buscara su admiración como si fuera un maná celestial; era injusto y deshonroso que diera a otras lo que por derecho le pertenecía a su esposa, que le ocultara su alma y su conciencia para revelárselas al primer rostro bonito que se cruzara. ¿Qué daño le había hecho su esposa? ¿Qué culpa tenía ella? Hacía mucho tiempo que le habían repugnado sus mentiras: siempre estaba posando, coqueteando, diciendo lo que no pensaba e intentando parecer diferente de lo que era y de lo que debía ser. ¿Por qué esta falsedad? ¿Era propio de un hombre decente? Si mentía, se degradaba a sí mismo y a aquellos a quienes mentía, y menospreciaba aquello sobre lo que mentía. ¿No podía comprender que si se pavoneaba y posaba en la mesa judicial o hablaba en la cena sobre las prerrogativas del Gobierno, simplemente para provocar a su tío, estaba demostrando con ello que no tenía ni un ápice de respeto por la Corte, ni por sí mismo, ni por ninguna de las personas que lo escuchaban y lo miraban?
Al salir a la gran avenida, Olga Mihalovna adoptó una expresión como si acabara de salir a atender algún asunto doméstico. En la terraza, los caballeros bebían licor y comían fresas: uno de ellos, el Juez de Instrucción —un hombre corpulento y mayor, charlatán e ingenioso— debía de estar contando alguna anécdota bastante despreocupada, pues, al ver a su anfitriona, se tapó de repente los labios carnosos con las manos, puso los ojos en blanco y se sentó. A Olga Mihalovna no le gustaban los funcionarios locales. No le gustaban sus esposas torpes y ceremoniosas, sus escándalos, sus frecuentes visitas, sus halagos a su marido, a quien todos odiaban. Ahora, cuando bebían, estaban saciados y no daban señales de marcharse, sentía su presencia como un cansancio angustioso; pero para no parecer descortés, sonrió cordialmente al Juez de Instrucción y lo señaló con el dedo. Cruzó el comedor y la sala sonriendo, con el aspecto de quien iba a ordenar. «Que Dios no me detenga», pensó, pero se obligó a detenerse en la sala para escuchar, por cortesía, a un joven que tocaba el piano. Tras un minuto de pie, gritó: «¡Bravo, bravo, M. Georges!». Y, dando dos palmadas, continuó.
Encontró a su marido en su estudio. Estaba sentado a la mesa, pensando en algo. Su rostro se veía severo, pensativo y culpable. No era el mismo Piotr Dmítrich que había estado discutiendo durante la cena y a quien sus invitados conocían, sino un hombre diferente: cansado, culpable e insatisfecho consigo mismo, a quien nadie conocía excepto su esposa. Debió de haber ido al estudio a buscar cigarrillos. Ante él había una pitillera abierta llena de cigarrillos, y tenía una mano en el cajón de la mesa; se había detenido y se había sumido en sus pensamientos mientras cogía los cigarrillos.
Olga Mihalovna sintió lástima por él. Era evidente que este hombre estaba agobiado, no encontraba descanso y tal vez luchaba consigo mismo. Olga Mihalovna se acercó a la mesa en silencio: queriendo demostrar que había olvidado la discusión de la cena y que no estaba enfadada, cerró la pitillera y la guardó en el bolsillo del abrigo de su marido.
¿Qué le diría? —se preguntaba—. Le diré que la mentira es como un bosque: cuanto más se adentra uno, más difícil es salir. Le diré: «Te has dejado llevar por el falso papel que estás representando; has insultado a personas que te apreciaban y no te han hecho ningún daño. Ve y pídeles disculpas, ríete de ti mismo y te sentirás mejor. Y si quieres paz y soledad, vámonos juntos».
Al cruzar la mirada con su esposa, el rostro de Piotr Dmítrich adoptó de inmediato la expresión que había mostrado durante la cena y en el jardín: indiferente y ligeramente irónico. Bostezó y se levantó.
"Son más de las cinco", dijo, mirando su reloj. "Si nuestros visitantes tienen la bondad de dejarnos a las once, aun así tendremos seis horas más. ¡Es una perspectiva alentadora, sin duda!"
Y silbando algo, salió lentamente del estudio con su habitual paso digno. Ella pudo oírlo con digna firmeza cruzar el comedor, luego la sala de estar, reír con digna seguridad y decirle al joven que tocaba: "¡Bravo! ¡Bravo!". Pronto sus pasos se apagaron: debía de haber salido al jardín. Y ahora, no celos, ni enojo, sino verdadero odio a sus pasos, a su risa y voz falsas, se apoderó de Olga Mihalovna. Se acercó a la ventana y miró hacia el jardín. Pyotr Dmitritch ya caminaba por la avenida. Metiendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos de la otra, caminaba con paso seguro y balanceado, echando la cabeza un poco hacia atrás, y con aspecto de estar muy satisfecho de sí mismo, de su comida, de su digestión y de la naturaleza...
Dos pequeños escolares, hijos de Madame Chizhevsky, que acababan de llegar, aparecieron en la avenida, acompañados de su tutor, un estudiante con túnica blanca y pantalones muy estrechos. Al llegar a Piotr Dmítrich, los niños y el estudiante se detuvieron y probablemente lo felicitaron por su onomástico. Con un elegante balanceo de hombros, les dio unas palmaditas en las mejillas y, con despreocupación, le ofreció la mano al estudiante sin mirarlo. El estudiante debió elogiar el tiempo y compararlo con el clima de San Petersburgo, pues Piotr Dmítrich dijo en voz alta, como si no se dirigiera a un invitado, sino a un ujier del tribunal o a un testigo:
¡Qué! ¿Hace frío en Petersburgo? Y aquí, mi buen señor, tenemos un ambiente saludable y los frutos de la tierra en abundancia. ¿Eh? ¿Qué?
Y metiendo una mano en el bolsillo y chasqueando los dedos con la otra, siguió caminando. Hasta que desapareció tras los nogales, Olga Mihalovna lo observó perpleja. ¿Cómo había logrado este hombre de treinta y cuatro años el porte digno de un general? ¿Cómo había logrado esos modales imponentes y elegantes? ¿De dónde había sacado esa vibración de autoridad en su voz? ¿De dónde había sacado esos «qué», «por supuesto» y «mi buen señor»?
Olga Mihalovna recordaba cómo, durante los primeros meses de su matrimonio, se sentía deprimente sola en casa y conducía hasta el juzgado de distrito, que a veces presidía Piotr Dmitritch en lugar de su padrino, el conde Alexey Petróvich. En la silla presidencial, con su uniforme y una cadena en el pecho, estaba completamente cambiado. Gestos majestuosos, voz de trueno, «qué», «seguro», tonos despreocupados... Todo, todo lo ordinario y humano, todo lo individual y personal que Olga Mihalovna solía ver en él en casa, se desvaneció en la grandeza, y en la silla presidencial no estaba sentado Piotr Dmitritch, sino otro hombre al que todos llamaban señor presidente. Esta conciencia de poder le impedía permanecer quieto en su sitio, y aprovechaba cualquier oportunidad para tocar la campana, mirar severamente al público, gritar... ¿De dónde había sacado su miopía y su sordera para que de repente empezara a ver y oír con dificultad, y, frunciendo majestuosamente el ceño, insistiera en que la gente hablara más alto y se acercara a la mesa? Desde su imponente presencia, apenas distinguía rostros ni sonidos, de modo que parecía que si la propia Olga Mihalovna se hubiera acercado a él, le habría gritado incluso a ella: "¿Su nombre?". Se dirigía con familiaridad a los testigos campesinos, gritaba al público de tal manera que su voz se oía incluso en la calle, y se comportaba de forma insólita con los abogados. Si un abogado tenía que hablarle, Piotr Dmítrich, alejándose un poco de él, miraba al techo con los ojos entornados, queriendo dar a entender con ello que el abogado era completamente superfluo y que no lo reconocía ni lo escuchaba. Cuando hablaba un abogado mal vestido, Piotr Dmítrich aguzaba el oído y lo miraba de arriba abajo con una mirada sarcástica y aniquiladora, como diciendo: «¡Qué clase de abogados tan raros hay hoy en día!».
“¿Qué quieres decir con eso?”, me interrumpía.
Si un abogado que pretendía ser elocuente pronunciaba mal una palabra extranjera, diciendo, por ejemplo, «facticio» en lugar de «ficticio», Piotr Dmítrich se animaba al instante y preguntaba: «¿Qué? ¿Cómo? ¿Facticio? ¿Qué significa eso?», y luego observaba con solemnidad: «No uses palabras que no entiendes». Y el abogado, al terminar su discurso, se alejaba de la mesa, rojo y sudoroso, mientras Piotr Dmítrich, con una sonrisa de satisfacción, se reclinaba triunfante en su silla. En su trato con los abogados imitaba un poco al conde Alexéi Petróvich, pero cuando este decía, por ejemplo: «¡Abogado de la defensa, calle un poco!», sonaba paternalmente bondadoso y natural, mientras que las mismas palabras en boca de Piotr Dmítrich eran groseras y artificiales.
II
TSe oyeron aplausos. El joven había terminado de tocar. Olga Mihalovna se acordó de sus invitados y se apresuró a entrar en el salón.
“He disfrutado muchísimo tocando”, dijo, acercándose al piano. “Lo he disfrutado muchísimo. ¡Tienes un talento maravilloso! ¿Pero no crees que nuestro piano está desafinado?”
En ese momento los dos escolares entraron en la habitación, acompañados por la estudiante.
—¡Dios mío! Mitia y Kolya —dijo Olga Mihalovna con alegría, yendo a su encuentro—: ¡Qué grandes han crecido! ¡Nadie los reconocería! Pero ¿dónde está su mamá?
—Te felicito por tu onomástico —empezó el estudiante con tono desenfadado— y te deseo mucha felicidad. Ekaterina Andreyevna te envía sus felicitaciones y te ruega que la disculpes. No se encuentra muy bien.
¡Qué cruel! La he estado esperando todo el día. ¿Hace mucho que saliste de Petersburgo? —preguntó Olga Mihalovna al estudiante—. ¿Qué tiempo hace allí ahora? Y sin esperar respuesta, miró cordialmente a los estudiantes y repitió:
¡Cuánto han crecido! ¡No hace mucho que venían con su niñera, y ya están en la escuela! Los viejos envejecen mientras los jóvenes crecen... ¿Has cenado ya?
“¡Oh, por favor, no te molestes!” dijo el estudiante.
“¿Por qué no has cenado?”
“¡Por el amor de Dios, no te molestes!”
—¿Pero supongo que tienes hambre? —dijo Olga Mihalovna con voz áspera y grosera, con impaciencia y disgusto. No se dio cuenta, pero al instante tosió, sonrió y se puso colorada—. ¡Cuánto han crecido! —dijo en voz baja.
“¡Por favor, no molestes!” dijo el estudiante una vez más.
La estudiante le rogó que no se molestara; los chicos no dijeron nada; era evidente que los tres tenían hambre. Olga Mihalovna los llevó al comedor y le dijo a Vassily que pusiera la mesa.
—¡Qué cruel es tu mamá! —dijo mientras los hacía sentar—. Se ha olvidado por completo de mí. Cruel, cruel, cruel... Debes decírselo. ¿Qué estás estudiando? —le preguntó al estudiante.
"Medicamento."
Bueno, tengo debilidad por los médicos, imagínate. Lamento mucho que mi marido no sea médico. ¡Qué valor hay que tener para operar o diseccionar un cadáver, por ejemplo! ¡Qué horror! ¿No tienes miedo? ¡Creo que me moriría de miedo! Claro, ¿bebes vodka?
"Por favor, no molestes."
Después del viaje, necesitas algo de beber. Aunque soy mujer, incluso yo bebo a veces. Y Mitia y Kolya beberán Málaga. No es un vino fuerte; no tienes por qué tenerle miedo. ¡Qué buenos tipos son, la verdad! Seguro que estarán pensando en casarse.
Olga Mihalovna hablaba sin parar; sabía por experiencia que cuando tenía invitados, era mucho más fácil y cómodo hablar que escuchar. Cuando se habla, no hay necesidad de forzar la atención para pensar en respuestas ni de cambiar la expresión del rostro. Pero, sin darse cuenta, le hizo al estudiante una pregunta seria; este comenzó un largo discurso y ella se vio obligada a escuchar. El estudiante sabía que había estado en la universidad, por lo que intentó parecer serio mientras le hablaba.
“¿Qué materia estás estudiando?” preguntó ella, olvidando que ya le había hecho esa pregunta.
"Medicamento."
Olga Mihalovna recordó ahora que había estado lejos de las damas durante mucho tiempo.
¿Sí? ¿Entonces supongo que serás médico? —dijo, levantándose—. ¡Genial! Lamento no haberme dedicado a la medicina. Así que terminarán de cenar aquí, caballeros, y luego saldrán al jardín. Les presentaré a las señoritas.
Salió y miró su reloj: faltaban cinco minutos para las seis. Y se preguntó por qué el tiempo había transcurrido tan lentamente, y pensó con horror que faltaban seis horas para la medianoche, cuando la fiesta terminaría. ¿Cómo podría aguantar esas seis horas? ¿Qué frases podría decir? ¿Cómo debería comportarse con su marido?
No había un alma en el salón ni en la terraza. Todos los invitados paseaban por el jardín.
“Tendré que sugerir un paseo por el bosque de abedules antes del té, o bien un paseo en bote”, pensó Olga Mihalovna, corriendo hacia el campo de croquet, de donde llegaban sonidos de voces y risas.
“Y que los ancianos se sienten a tomar vino …” Se encontró con Grigory, el lacayo, que venía del campo de croquet con botellas vacías.
“¿Dónde están las damas?” preguntó.
Entre los frambuesos. El amo también está allí.
—¡Cielos! —gritó alguien exasperado en el campo de croquet—. ¡Te lo he dicho mil veces! ¡Para conocer a los búlgaros hay que verlos! ¡No se puede juzgar por los periódicos!
Ya sea por el arrebato o por alguna otra razón, Olga Mihalovna sintió de repente una terrible debilidad en todo el cuerpo, especialmente en las piernas y los hombros. Sentía que no podía ni hablar, ni escuchar, ni moverse.
—Grigory —dijo débilmente y con esfuerzo—, cuando tengas que servir té o cualquier otra cosa, por favor, no me pidas nada, no me preguntes nada, no hables de nada... Hazlo todo tú mismo, y... y no hagas ruido con los pies, te lo ruego... No puedo, porque...
Sin terminar, siguió caminando hacia el campo de croquet, pero de camino pensó en las damas y se giró hacia los frambuesos. El cielo, el aire y los árboles volvían a estar sombríos y amenazaban lluvia; hacía un calor sofocante. Una inmensa bandada de cuervos, previendo una tormenta, graznaba sobre el jardín. Los senderos estaban más cubiertos de maleza, más oscuros y estrechos a medida que se acercaban al huerto. En uno de ellos, enterrados en una espesa maraña de perales silvestres, manzanos silvestres, acederas, robles jóvenes y lúpulos, nubes de diminutas moscas negras revoloteaban alrededor de Olga Mihalovna. Se cubrió la cara con las manos y empezó a pensar en la pequeña criatura... Flotaban en su imaginación las figuras de Grigory, Mitya, Kolya, los rostros de los campesinos que habían venido por la mañana a felicitarla.
Oyó pasos y abrió los ojos. El tío Nikolay Nikolaitch venía rápidamente hacia ella.
"¿Eres tú, querida? Me alegro mucho...", empezó sin aliento. "Un par de palabras..." Se secó con el pañuelo la barbilla afeitada y roja, y de repente retrocedió un paso, alzó las manos y abrió mucho los ojos. "Querida, ¿cuánto dura esto?", dijo rápidamente, farfullando. “Le pregunto: ¿no tiene límites? No digo nada del efecto desmoralizador de sus opiniones pretenciosas sobre todos los que lo rodean, de la forma en que insulta todo lo que es sagrado y mejor en mí y en todo hombre honesto y pensante; no diré nada al respecto, ¡pero al menos podría comportarse decentemente! ¡Grita, brama, se da aires, se hace pasar por una especie de Bonaparte, no deja decir ni una palabra...! ¡No sé qué demonios le pasa! ¡Esos gestos señoriales, ese tono condescendiente; y riendo como un general! ¿Quién es, permítame preguntarle? Le pregunto, ¿quién es? ¡El esposo de su esposa, con unas pocas hectáreas miserables y el rango de un titular que ha tenido la suerte de casarse con una heredera! ¡Un advenedizo y un chatarrero , como tantos otros! ¡Un tipo salido de Shchedrin! Le doy mi palabra, o es que sufre de megalomanía, o esa vieja rata en Tiene razón su senectud, el conde Alexei Petrovich, cuando dice que hoy en día los niños y los jóvenes tardan mucho en hacerse mayores y hasta los cuarenta años siguen jugando a ser cocheros y generales.
—Es cierto, es cierto —asintió Olga Mihalovna—. Déjenme pasar.
—Piénsalo bien: ¿adónde conduce esto? —continuó su tío, cerrándole el paso—. ¿Cómo acabará esto de hacerse el general y el conservador? ¡Ya se ha metido en líos! ¡Sí, a juicio! ¡Me alegro mucho! A eso lo han llevado sus gritos y alboroto: a sentarse en el banquillo de los acusados. Y no es que fuera el Tribunal de Circuito ni nada parecido: ¡es el Tribunal Central! ¡No se puede imaginar nada peor, creo! ¡Y además se ha peleado con todo el mundo! Está celebrando su onomástica, y mira, Vostryakov no está, ni Yahontov, ni Vladimirov, ni Shevud, ni el conde... No hay nadie, me imagino, más conservador que el conde Alexey Petróvich, y sin embargo, ni siquiera él ha venido. Y nunca volverá. ¡No vendrá, ya lo verás!
—¡Dios mío! ¿Y a mí qué me importa? —preguntó Olga Mihalovna.
¿Y a ti qué te importa? ¡Pues eres su esposa! Eres inteligente, tienes estudios universitarios, ¡y estaba en tu poder convertirlo en un trabajador honrado!
“En las clases a las que asistí no nos enseñaron a influir en la gente pesada. Me parece que debería disculparme con todos ustedes por haber estado en la Universidad”, dijo Olga Mihalovna con brusquedad. “Escuchen, tío. Si la gente tocara las mismas escalas una y otra vez todo el día delante de ustedes, no podrían quedarse quietos escuchando, sino que saldrían corriendo. Yo oigo lo mismo durante días seguidos todo el año. Deben tener compasión de mí por fin”.
Su tío hizo una mueca muy larga, luego la miró inquisitivamente y torció sus labios en una sonrisa burlona.
—Así es —dijo con voz de anciana—. ¡Disculpe! —dijo, haciendo una reverencia ceremoniosa—. Si usted también ha caído bajo su influencia y ha abandonado sus convicciones, debería haberlo dicho antes. ¡Disculpe!
—Sí, he abandonado mis convicciones —exclamó—. ¡Listo! ¡Aprovéchalo al máximo!
"¡Disculpe!"
Su tío, por última vez, le hizo una ceremoniosa reverencia, un poco hacia un lado, y, encogiéndose sobre sí mismo, hizo un gesto con el pie y regresó caminando.
"¡Idiota!", pensó Olga Mihalovna. "Espero que se vaya a casa".
Encontró a las damas y a los jóvenes entre las frambuesas del huerto. Algunos comían frambuesas; otros, cansados de comerlas, paseaban por los fresales o rebuscaban entre los guisantes. A un lado del frambueso, cerca de un manzano con muchas ramas, sostenido por postes arrancados de una vieja cerca, Piotr Dmítrich cortaba el césped. El pelo le caía sobre la frente y llevaba la corbata desatada. La cadena de su reloj colgaba suelta. Cada paso y cada golpe de guadaña demostraban destreza y una inmensa fuerza física. Cerca de él estaban Lubotchka y las hijas de un vecino, el coronel Bukríev: dos muchachas rubias, anémicas y de complexión enfermiza, Natalia y Valentina, o, como siempre las llamaban, Nata y Vata, ambas con vestidos blancos y sorprendentemente parecidas. Piotr Dmítrich les estaba enseñando a cortar el césped.
—Es muy sencillo —dijo—. Solo tienes que saber sujetar la guadaña y no acalorarte demasiado; es decir, ¡no usar más fuerza de la necesaria! Así... ¿Te gustaría intentarlo? —dijo, ofreciéndole la guadaña a Lubotchka—. ¡Ven!
Lubotchka cogió torpemente la guadaña, se puso colorada y se rió.
—¡No tengas miedo, Lubov Alexandrovna! —gritó Olga Mihalovna, tan alto que todas las damas oyeron que estaba con ellas—. ¡No tengas miedo! ¡Debes aprender! Si te casas con un tolstoiano, te obligará a segar.
Lubotchka levantó la guadaña, pero volvió a reír y, desesperada por la risa, la soltó enseguida. Se sentía avergonzada y complacida de que le hablaran como a una adulta. Nata, con rostro frío y serio, sin rastro de sonrisa ni timidez, tomó la guadaña, la blandió y la atrapó en la hierba; Vata, también sin sonreír, tan fría y seria como su hermana, tomó la guadaña y la clavó en la tierra en silencio. Después, las dos hermanas se tomaron del brazo y caminaron en silencio hacia las frambuesas.
Piotr Dmítrich reía y jugaba como un niño, y este humor infantil y juguetón, en el que se volvía sumamente bondadoso, le sentaba mucho mejor que ningún otro. Olga Mijálovna lo adoraba así. Pero su infantilismo no solía durar mucho. No fue así en esta ocasión; después de jugar con la guadaña, por alguna razón creyó necesario tomarlo con seriedad.
“Cuando siego, me siento, ¿sabes?, más sano y normal”, dijo. “Si me vieran obligado a limitarme a una vida intelectual, creo que me volvería loco. ¡Siento que no nací para ser un hombre culto! Debería segar, arar, sembrar y arrear los caballos”.
Y Piotr Dmítrich entabló una conversación con las damas sobre las ventajas del trabajo físico, sobre la cultura, y luego sobre los efectos perniciosos del dinero, de la propiedad. Al escuchar a su esposo, Olga Mihalovna, por alguna razón, pensó en su dote.
«Y llegará el día, supongo», pensó, «en que no me perdonará ser más rica que él. Es orgulloso y vanidoso. Quizás me odie por lo mucho que me debe».
Se detuvo cerca del coronel Bukryeev, que estaba comiendo frambuesas y también participaba en la conversación.
—Vengan —dijo, haciendo sitio a Olga Mihalovna y a Piotr Dmitritch—. Los más maduros están aquí... Y entonces, según Proudhon —continuó, alzando la voz—, la propiedad es un robo. Pero debo confesar que no creo en Proudhon ni lo considero un filósofo. Los franceses no son autoridades, en mi opinión... ¡Dios los bendiga!
—Bueno, en cuanto a Proudhons, Buckles y demás, soy flojo en ese aspecto —dijo Piotr Dmitritch—. Para filosofía, dirígete a mi esposa. Ha asistido a conferencias universitarias y se sabe de memoria todos tus Schopenhauers y Proudhons...
Olga Mihalovna volvió a aburrirse. Caminó de nuevo por un sendero entre manzanos y perales, y de nuevo parecía estar en un recado muy importante. Llegó a la cabaña del jardinero. En la puerta, la esposa del jardinero, Varvara, estaba sentada con sus cuatro hijos pequeños de grandes cabezas rapadas. Varvara también estaba embarazada y esperaba dar a luz el día de Elías. Tras saludarla, Olga Mihalovna la miró a ella y a los niños en silencio y preguntó:
“Bueno, ¿cómo te sientes?”
“Oh, está bien. . . .”
Siguió un silencio. Las dos mujeres parecieron entenderse sin palabras.
"Es horrible tener el primer hijo", dijo Olga Mihalovna tras reflexionar un momento. "Siento que no lo superaré, que me voy a morir".
Yo también lo imaginaba, pero aquí estoy viva. Uno tiene todo tipo de fantasías.
Varvara, que estaba a punto de tener su quinto hijo, desde la cima de su experiencia, miró con desdén a su ama y habló en un tono bastante didáctico, y Olga Mihalovna no pudo evitar sentir su autoridad; le habría gustado hablar de sus miedos, del niño, de sus sensaciones, pero temía que a Varvara le pareciera ingenuo y trivial. Y esperó en silencio a que Varvara dijera algo.
—Olya, vamos a entrar —gritó Pyotr Dmitritch desde las frambuesas.
A Olga Mihalovna le gustaba estar en silencio, esperando y observando a Varvara. Habría estado dispuesta a quedarse así hasta la noche sin hablar ni tener ninguna obligación que cumplir. Pero tenía que irse. Apenas había salido de la cabaña cuando Lubotchka, Nata y Vata llegaron corriendo a su encuentro. Las hermanas se detuvieron bruscamente a un par de metros de distancia; Lubotchka corrió hacia ella y se le echó al cuello.
—Querida, mi amor, preciosa —dijo, besándole la cara y el cuello—. ¡Vamos a tomar el té a la isla!
—¡En la isla, en la isla! —dijeron Nata y Vata, que eran exactamente iguales, a la vez y sin sonreír.
“Pero va a llover, queridos míos.”
—¡No, no! —gritó Lubotchka con cara de pena—. Todos han accedido a ir. ¡Cariño! ¡Cariño!
—Se están preparando para tomar el té en la isla —dijo Piotr Dmítrich, acercándose—. Encárguense de organizar todo... Iremos todos en los botes, y los samovares y todo lo demás deben enviarse en el carruaje con los sirvientes.
Caminó junto a su esposa y le ofreció el brazo. Olga Mihalovna sintió deseos de decirle algo desagradable a su esposo, algo mordaz, incluso sobre su dote quizás; cuanto más cruel, mejor, pensó. Pensó un momento y dijo:
¿Por qué no ha venido el conde Alexey Petróvich? ¡Qué lástima!
—Me alegro mucho de que no haya venido —mintió Piotr Dmítrich—. Estoy harto de ese viejo lunático.
—¡Pero antes de cenar lo estabas esperando con tanta impaciencia!
III
HMedia hora después, todos los invitados se agolpaban en la orilla, cerca del pilón donde estaban amarrados los botes. Todos hablaban y reían, y estaban tan emocionados y conmocionados que apenas podían subir a los botes. Tres botes estaban abarrotados de pasajeros, mientras que dos estaban vacíos. Las llaves para abrir los dos botes se habían extraviado, y los mensajeros corrían continuamente del río a la casa a buscarlas. Algunos decían que Grigory tenía las llaves, otros que el alguacil las tenía, mientras que otros sugerían llamar a un herrero para que rompiera los candados. Y todos hablaban a la vez, interrumpiéndose y gritándose. Piotr Dmítrich paseaba impaciente de un lado a otro por la orilla, gritando:
¡Qué demonios significa esto! ¡Las llaves deberían estar siempre en la ventana del recibidor! ¿Quién se ha atrevido a llevárselas? ¡El alguacil puede conseguir su propio bote si quiere!
Por fin encontraron las llaves. Entonces resultó que faltaban dos remos. De nuevo se armó un gran alboroto. Piotr Dmítrich, cansado de dar vueltas por la orilla, se subió a un bote largo y estrecho, excavado en el tronco de un álamo, y, dando bandazos y casi cayendo al agua, se impulsó. Los demás botes lo siguieron uno tras otro, entre fuertes risas y los gritos de las jóvenes.
El cielo blanco y nublado, los árboles a la orilla del río, las barcas con la gente a bordo y los remos se reflejaban en el agua como en un espejo; bajo las barcas, allá abajo, en las profundidades insondables, había un segundo cielo con los pájaros volando sobre él. La orilla donde se alzaban la casa y los jardines era alta, empinada y cubierta de árboles; en la otra, en pendiente, se extendían amplias praderas verdes con láminas de agua que brillaban en ellas. Las barcas habían flotado cien yardas cuando, tras los sauces tristemente colgantes de la orilla, aparecieron cabañas y un rebaño de vacas; empezaron a oírse canciones, gritos de borrachos y los acordes de una concertina.
Aquí y allá, en el río, se veían barcos pesqueros dispersos, echando sus redes para pasar la noche. En uno de ellos se encontraba la comitiva festiva, tocando violines y violonchelos caseros.
Olga Mihalovna estaba sentada al timón; sonreía afablemente y charlaba mucho para entretener a sus visitantes, mientras miraba furtivamente a su marido. Él iba delante, de pie, remando con un solo remo. La ligera canoa de punta afilada, a la que todos los invitados llamaban la "trampa mortal" —mientras que Piotr Dmítrich, por alguna razón, la llamaba Penderaklia— , volaba a toda velocidad; tenía una expresión vivaz y astuta, como si odiara a su pesado ocupante y buscara el momento oportuno para deslizarse bajo sus pies. Olga Mihalovna no dejaba de mirar a su marido, y detestaba su atractivo, que atraía a todos, su nuca, su actitud, su familiaridad con las mujeres; odiaba a todas las mujeres que la acompañaban en el bote, estaba celosa y, al mismo tiempo, temblaba a cada minuto de miedo de que la frágil embarcación volcara y causara un accidente.
—¡Cuídate, Piotr! —gritó, con el corazón latiendo de terror—. ¡Siéntate! ¡Creemos en tu valentía sin tener que hacer nada!
También le preocupaban las personas que la acompañaban en el bote. Todos eran gente común y corriente, como miles de otras, pero ahora cada uno le parecía excepcional y malvado. En cada uno de ellos no veía más que falsedad. «Ese joven», pensó, «remando, con gafas de montura dorada, cabello castaño y una bonita barba: es el consentido de una mamá, rico, bien alimentado y siempre afortunado, y todos lo consideran un hombre honorable, librepensador y avanzado. No ha pasado ni un año desde que dejó la universidad y se mudó al distrito, pero ya se define como «nosotros, los miembros activos del zemstvo». Pero dentro de un año, se aburrirá como tantos otros y se marchará a San Petersburgo. Para justificar su huida, les dirá a todos que los zemstvos no sirven para nada y que lo han engañado. Mientras tanto, desde el otro barco, su joven esposa lo observa con atención y cree que es «un miembro activo del zemstvo», igual que dentro de un año creerá que el zemstvo no sirve para nada. Y ese caballero corpulento y bien afeitado, con el sombrero de paja y la cinta ancha, y un cigarro caro en la boca, le gusta decir: «¡Es hora de dejar atrás los sueños y ponerse a trabajar!». Tiene cerdos de Yorkshire, colmenas de Butler, colza, piñas, una lechería, una quesería, contabilidad italiana por partida doble; pero cada verano vende su madera e hipoteca parte de sus tierras para pasar el otoño con su amante en Crimea. Y ahí está el tío Nikolay Nikolaitch, que se ha peleado con Pyotr Dmitritch, y sin embargo, por alguna razón, no regresa a casa.
Olga Mihalovna miró los demás barcos, y allí también solo vio criaturas extrañas y sin interés, gente afectada o estúpida. Pensó en toda la gente que conocía en el barrio y no recordaba a nadie de quien se pudiera decir o pensar algo bueno. Todos le parecían mediocres, insípidos, poco inteligentes, estrechos de miras, falsos, desalmados; todos decían lo que no pensaban y hacían lo que no querían. La tristeza y la desesperación la asfixiaban; ansiaba dejar de sonreír, saltar y gritar: «¡Estoy harta de ti!», y luego saltar y nadar hasta la orilla.
—¡Vamos a llevarnos a Piotr Dmitritch! —gritó alguien.
—¡A remolque, a remolque! —intervinieron los demás—. Olga Mihalovna, lleva a tu marido contigo.
Para remolcarlo, Olga Mihalovna, quien gobernaba el barco, tuvo que aprovechar el momento oportuno y sujetar la cadena del bote por la punta. Cuando se inclinó hacia la cadena, Piotr Dmítrich frunció el ceño y la miró alarmado.
“Espero que no te resfríes”, dijo.
“Si estás preocupada por mí y por el niño, ¿por qué me atormentas?”, pensó Olga Mihalovna.
Pyotr Dmitritch se reconoció vencido y, sin querer ser remolcado, saltó del Penderaklia al bote que ya estaba lleno y saltó tan descuidadamente que el bote se sacudió violentamente y todos gritaron de terror.
«Lo hizo para complacer a las damas», pensó Olga Mihalovna; «sabe que es encantador». Le temblaron las manos y los pies, supuso, de aburrimiento, de fastidio por el esfuerzo de sonreír y de la incomodidad que sentía en todo el cuerpo. Y para disimular este temblor a sus invitados, intentó hablar más alto, reír, moverse.
«Si de repente empiezo a llorar», pensó, «diré que me duele una muela...»
Pero por fin los barcos llegaron a la «Isla de Buena Esperanza», como llamaban a la península formada por un recodo del río en ángulo agudo, cubierta por un bosquecillo de viejos abedules, robles, sauces y álamos. Las mesas ya estaban puestas bajo los árboles; los samovares humeaban, y Vasili y Grigori, con sus fracs y guantes blancos de punto, ya estaban ocupados con la preparación del té. En la otra orilla, frente a la «Isla de Buena Esperanza», estaban los carruajes que habían llegado con las provisiones. Las cestas y los paquetes de provisiones fueron llevados a la isla en una pequeña barca parecida a la Penderaklia . Los lacayos, los cocheros e incluso el campesino que iba sentado en la barca tenían la expresión solemne propia de un onomástico, como solo se ve en niños y sirvientes.
Mientras Olga Mihalovna preparaba el té y servía las primeras copas, los visitantes se afanaban con los licores y los dulces. Luego se produjo el alboroto general habitual en los picnics al tomar el té, muy cansador y agotador para la anfitriona. Apenas Grigory y Vassily habían tenido tiempo de repartir las copas cuando ya se extendían manos hacia Olga Mihalovna con vasos vacíos. Uno pidió sin azúcar, otro lo quiso más fuerte, otro más suave, un cuarto rechazó otro vaso. Y Olga Mihalovna tuvo que recordar todo esto y luego preguntar: «Iván Petróvich, ¿quiere té sin azúcar?» o «Caballeros, ¿quién de ustedes lo quiere suave?». Pero el invitado que había pedido té suave, o sin azúcar, ya lo había olvidado y, absorto en una agradable conversación, tomó el primer vaso que le trajeron. Figuras de aspecto deprimido vagaban como sombras a poca distancia de la mesa, fingiendo buscar setas en la hierba o leyendo las etiquetas de las cajas; eran aquellos para quienes no había suficientes vasos. "¿Han tomado el té?", preguntaba Olga Mihalovna, y la invitada así llamada le rogó que no se molestara y dijo: "Esperaré", aunque le habría convenido que los visitantes no esperaran, sino que se dieran prisa.
Algunos, absortos en la conversación, bebían el té lentamente, manteniendo sus vasos durante media hora; otros, sobre todo algunos que habían bebido mucho en la cena, no se levantaban de la mesa y seguían bebiendo vaso tras vaso, de modo que Olga Mihalovna apenas tenía tiempo de llenarlos. Un joven jocoso sorbía su té con un terrón de azúcar y repetía: «¡Qué pecador soy! Me encanta disfrutar de la hierba china». Con un profundo suspiro, pedía: «Otro platito de té más, por favor». Bebió mucho, mordisqueó el azúcar y le pareció todo muy divertido y original, imaginando que estaba imitando hábilmente a un comerciante ruso. Ninguno comprendía que estas nimiedades le resultaban dolorosas a su anfitriona, y, de hecho, era difícil de entender, ya que Olga Mihalovna no paraba de sonreír afablemente y decir tonterías.
Pero se sentía mal... La irritaba la multitud, las risas, las preguntas, el joven bromista, los lacayos acosados y atropellados, los niños que rondaban la mesa; le irritaba que Vata se pareciera a Nata, que Kolya se pareciera a Mitia, de modo que era imposible distinguir quién había tomado el té y quién no. Sentía que su sonrisa de afabilidad forzada se transformaba en una expresión de ira, y a cada minuto sentía que iba a estallar en lágrimas.
“¡Llueve, amigos míos!” gritó alguien.
Todos miraron al cielo.
—Sí, realmente llueve... —asintió Piotr Dmítrich y se secó la mejilla.
Apenas caían unas gotas del cielo; la lluvia de verdad aún no había empezado; pero la compañía dejó el té y se apresuró a bajarse. Al principio, todos querían volver a casa en los carruajes, pero cambiaron de opinión y se dirigieron a los barcos. Con el pretexto de que debía apresurarse para dar instrucciones sobre la cena, Olga Mihalovna pidió disculpas por dejar a los demás y se fue a casa en el carruaje.
Al subir al carruaje, lo primero que hizo fue descansar la sonrisa. Con cara de enfado, atravesó el pueblo, y con cara de enfado respondió a las reverencias de los campesinos que se cruzó. Al llegar a casa, fue al dormitorio de atrás y se acostó en la cama de su marido.
—¡Dios misericordioso! —susurró—. ¿Para qué tanto trabajo? ¿Por qué toda esta gente se afana aquí y finge que se divierte? ¿Por qué sonrío y miento? No lo entiendo.
Oyó pasos y voces. Los visitantes habían regresado.
“Que vengan”, pensó Olga Mihalovna; “yo me quedaré un poco más”.
Pero vino una sirvienta y dijo:
—María Grigórievna se va, señora.
Olga Mihalovna se levantó de un salto, se arregló el pelo y salió apresuradamente de la habitación.
—Marya Grigoryevna, ¿qué significa esto? —empezó con voz dolida, yendo a su encuentro—. ¿Por qué tienes tanta prisa?
—¡No puedo evitarlo, cariño! Ya me he quedado demasiado tiempo; mis hijos me esperan en casa.
¡Qué lástima! ¿Por qué no trajiste a tus hijos?
—Si me lo permites, querida, te los traeré un día cualquiera, pero hoy...
—Oh, por favor —interrumpió Olga Mihalovna—. ¡Me encantará! ¡Tus hijos son tan adorables! Bésalos a todos de mi parte... Pero, de verdad, ¡estoy ofendida contigo! ¡No entiendo por qué tienes tanta prisa!
—De verdad que debo, de verdad que debo... Adiós, querida. Cuídate. En tu estado, ya sabes...
Y las damas se besaron. Tras acompañar a la invitada hasta su carruaje, Olga Mihalovna entró en el salón de las damas. Allí, las lámparas ya estaban encendidas y los caballeros estaban sentados a jugar a las cartas.
IV
TLa reunión se disolvió después de la cena sobre las doce y cuarto. Al despedir a sus visitantes, Olga Mihalovna se quedó en la puerta y dijo:
¡Deberías llevarte un chal! Está refrescando un poco. ¡Por Dios, que no te resfríes!
—No te molestes, Olga Mihalovna —respondieron las damas al subir al carruaje—. Bueno, adiós. Ten en cuenta que te esperamos; ¡no nos engañes!
“¡Guau!” El cochero detuvo los caballos.
¡Listo, Denis! ¡Adiós, Olga Mihalovna!
“¡Besen a los niños por mí!”
El carruaje arrancó y desapareció de inmediato en la oscuridad. En el círculo rojo de luz proyectado por la farola en el camino, aparecían un par o tres caballos impacientes y la silueta de un cochero con las manos estiradas y rígidas. De nuevo, comenzaron los besos, los reproches y las súplicas para que volvieran o se llevaran un chal. Piotr Dmítrich salía corriendo y ayudaba a las damas a subir a sus carruajes.
—Vaya ahora por Efremovshtchina —le indicó al cochero—; está más cerca por Mankino, pero el camino es peor por ahí. Podría tener un disgusto... Adiós, mi encanto. ¡ Mil felicitaciones a su artista!
¡Adiós, Olga Mihalovna, querida! ¡Entra o te vas a resfriar! ¡Qué húmedo está!
—¡Guau! ¡Granuja!
“¿Qué caballos tenéis aquí?” preguntó Piotr Dmitritch.
“Se compraron en Haidorov, durante la Cuaresma”, respondió el cochero.
“Caballos capitales. . . .”
Y Pyotr Dmitritch le dio unas palmaditas en el anca al caballo de tiro.
¡Bueno, puedes empezar! ¡Que Dios te dé mucha suerte!
El último visitante se había marchado por fin; el círculo rojo en el camino tembló, se apartó, se contrajo y se apagó, mientras Vasili se llevaba la lámpara de la entrada. En ocasiones anteriores, al despedir a sus visitantes, Piotr Dmítrich y Olga Mijálovna se ponían a bailar por el salón, uno frente al otro, aplaudiendo y cantando: "¡Se han ido! ¡Se han ido!". Pero ahora Olga Mijálovna no estaba a la altura. Fue a su dormitorio, se desvistió y se metió en la cama.
Creyó que se quedaría dormida al instante y dormiría profundamente. Le dolían muchísimo las piernas y los hombros, le pesaba la cabeza por el esfuerzo de hablar y sentía, como antes, una incomodidad en todo el cuerpo. Cubriéndose la cabeza, permaneció inmóvil durante tres o cuatro minutos, luego miró por debajo de las sábanas hacia la lámpara que había delante del icono, escuchó el silencio y sonrió.
—Qué bien, qué bien —susurró, encogiendo las piernas, que parecían más largas de tanto caminar—. Duerme, duerme...
Sus piernas no se acomodaban; sentía un malestar general, y se giró hacia el otro lado. Una mosca grande zumbaba por el dormitorio y golpeaba el techo. También oía a Grigory y Vassily caminando con cautela por la sala, volviendo a colocar las sillas en sus lugares; a Olga Mihalovna le pareció que no podría dormirse ni estar cómoda hasta que esos ruidos se acallaran. Y de nuevo se giró hacia el otro lado, impaciente.
Oyó la voz de su marido en la sala. Alguien debía de estar pasando la noche, pues Piotr Dmítrich se dirigía a alguien y hablaba en voz alta:
No digo que el conde Alexey Petróvich sea un impostor. Pero no puede evitar parecerlo, porque todos ustedes, caballeros, intentan ver en él algo diferente de lo que realmente es. Su locura se considera originalidad, sus modales familiares, buen carácter, y su total ausencia de opiniones, conservadurismo. Aun suponiendo que sea un conservador de la talla del 84, ¿qué es, después de todo, el conservadurismo?
Piotr Dmítrich, furioso con el conde Alexéi Petróvich, sus visitantes y consigo mismo, se desahogaba. Insultaba tanto al conde como a sus visitantes, y en su enfado consigo mismo estaba dispuesto a hablar y a despotricar sobre cualquier cosa. Tras acompañar a su invitado a su habitación, recorrió la sala de estar, el comedor, el pasillo, luego su estudio, luego la sala de estar y el dormitorio. Olga Mijálovna estaba tumbada boca arriba, con la ropa de cama hasta la cintura (ya sentía calor), y con cara de enfado, observaba la mosca que golpeaba el techo.
“¿Alguien se queda a pasar la noche?” preguntó.
“Yegorov.”
Pyotr Dmitritch se desnudó y se metió en la cama.
Sin decir palabra, encendió un cigarrillo y también se dedicó a observar la mosca. Había una mirada inquieta y amenazadora en sus ojos. Olga Mihalovna contempló su atractivo perfil durante cinco minutos en silencio. Por alguna razón, le parecía que si su marido se giraba de repente hacia ella y le decía: «Olga, soy infeliz», lloraría o reiría, y se sentiría tranquila. Le parecía que le dolían las piernas y que sentía un malestar general por la tensión que sentía.
—Piotr, ¿en qué estás pensando? —preguntó.
“Oh, nada…” respondió su marido.
“Últimamente has empezado a tener secretos conmigo: eso no está bien”.
—¿Por qué no está bien? —respondió Piotr Dmítrich secamente, y no de inmediato—. Todos tenemos nuestra vida privada, cada uno de nosotros, y estamos obligados a tener nuestros secretos.
—Vida personal, nuestros secretos... ¡eso son solo palabras! ¡Entiende que me estás lastimando! —dijo Olga Mihalovna, incorporándose en la cama—. Si llevas una carga en el corazón, ¿por qué me la ocultas? ¿Y por qué te parece más apropiado abrir tu corazón a mujeres que no significan nada para ti, en lugar de a tu esposa? Hoy oí por casualidad tus desahogos con Lubotchka junto al colmenar.
Bueno, te felicito. Me alegra que lo hayas oído.
Esto significaba: «Déjame en paz y déjame pensar». Olga Mihalovna estaba indignada. La ira, el odio y la ira, que se habían acumulado en su interior durante todo el día, estallaron de repente; quiso hablar enseguida, herir a su marido sin dejarlo para mañana, herirlo, castigarlo... Esforzándose por controlarse y no gritar, dijo:
—Déjame decirte, entonces, que todo esto es repugnante, repugnante, repugnante. Te he odiado todo el día; ya ves lo que has hecho.
También Pyotr Dmitritch se levantó y se sentó en la cama.
—Es repugnante, repugnante, repugnante —continuó Olga Mihalovna, temblando por completo—. No hace falta que me felicites; ¡mejor felicítate tú mismo! Es una vergüenza, una desgracia. ¡Te has envuelto en mentiras hasta que te avergüenza estar solo en la habitación con tu esposa! ¡Eres un hombre mentiroso! ¡Te veo y entiendo cada paso que das!
Olya, me gustaría que me avisaras cuando estés de mal humor. Entonces dormiré en el estudio.
Dicho esto, Piotr Dmítrich cogió su almohada y salió del dormitorio. Olga Mihalovna no lo previó. Durante unos minutos permaneció en silencio, boquiabierta, temblando, mirando la puerta por la que había salido su marido, intentando comprender qué significaba. ¿Era una de las artimañas de los mentirosos cuando se equivocan, o un insulto deliberado a su orgullo? ¿Cómo iba a tomárselo? Olga Mihalovna recordó a su primo, un joven oficial vivaz, que solía contarle entre risas que, cuando su mujer le daba la lata por la noche, solía coger la almohada y marcharse silbando a su despacho, dejando a su esposa en una situación ridícula. Este oficial estaba casado con una mujer rica, caprichosa e insensata a la que no respetaba, sino que simplemente la soportaba.
Olga Mihalovna saltó de la cama. En su mente, solo le quedaba una cosa por hacer: vestirse con toda prisa y marcharse de casa para siempre. La casa era suya, pero tanto peor para Piotr Dmítrich. Sin detenerse a pensar si era necesario, fue rápidamente al estudio para informar a su esposo de su intención («¡Lógica femenina!», cruzó por su mente), y para decir algo hiriente y sarcástico al despedirse...
Pyotr Dmitritch estaba tumbado en el sofá, fingiendo leer el periódico. Había una vela encendida en una silla cerca de él. Su rostro no se veía tras el periódico.
¿Podrías decirme qué significa esto? Te lo pregunto.
—Sé tan amable... —Piotr Dmitritch la imitó, sin mostrar la cara—. ¡Es repugnante, Olga! Por mi honor, estoy agotado y no tengo fuerzas... Discutamos mañana.
—¡No, te entiendo perfectamente! —continuó Olga Mihalovna—. ¡Me odias! ¡Sí, sí! ¡Me odias porque soy más rica que tú! ¡Nunca me lo perdonarás y siempre me estarás mintiendo! (¡Lógica femenina! —volvió a pasar por su mente—. Ahora te ríes de mí... De hecho, estoy convencida de que solo te casaste conmigo para tener títulos de propiedad y esos malditos caballos... ¡Ay, qué desgraciada soy!)
Piotr Dmítrich dejó caer el periódico y se levantó. El insulto inesperado lo abrumó. Con una sonrisa infantil e impotente, miró desesperado a su esposa y, extendiendo las manos hacia ella como para protegerse de los golpes, dijo implorante:
“¡Olia!”
Y esperando que ella dijera algo más terrible, se reclinó en su silla, y su enorme figura parecía tan desamparadamente infantil como su sonrisa.
—Olya, ¿cómo pudiste decir eso? —susurró.
Olga Mihalovna recuperó la consciencia. De repente, fue consciente de su apasionado amor por aquel hombre, recordó que era su esposo, Piotr Dmítrich, sin quien no podría vivir ni un solo día, y que también la amaba apasionadamente. Estalló en fuertes sollozos, que sonaban extraños e impropios de ella, y corrió de vuelta a su dormitorio.
Cayó en la cama, y breves sollozos histéricos, que la asfixiaban y le hacían contraer brazos y piernas, llenaron el dormitorio. Recordando que había una visita durmiendo tres o cuatro habitaciones más allá, hundió la cabeza bajo la almohada para ahogar los sollozos, pero esta rodó hasta el suelo, y ella casi se cae al suelo al agacharse a recogerla. Se cubrió la cara con la colcha, pero sus manos no la obedecieron, sino que se desgarraron convulsivamente de todo lo que agarraba.
Pensó que todo estaba perdido, que la mentira que había dicho para herir a su esposo había destrozado su vida. Su esposo no la perdonaría. El insulto que le había lanzado no podía borrarse con caricias ni con votos... ¿Cómo podría convencer a su esposo de que no creía en lo que había dicho?
—¡Se acabó, se acabó! —gritó, sin darse cuenta de que la almohada se había vuelto a caer al suelo—. ¡Por Dios, por Dios!
Probablemente despertados por sus gritos, el huésped y los sirvientes ya estaban despiertos; al día siguiente, todo el vecindario sabría que había estado histérica y culparía a Piotr Dmítrich. Hizo un esfuerzo por contenerse, pero sus sollozos se hacían cada vez más fuertes.
—¡Por Dios! —gritó con una voz distinta a la suya, sin saber por qué—. ¡Por Dios!
Sintió como si la cama se moviera bajo ella y sus pies se enredaran en las sábanas. Piotr Dmítrich, en bata y con una vela en la mano, entró en el dormitorio.
—¡Olya, cállate! —dijo.
Se incorporó y, arrodillándose en la cama, entornando los ojos ante la luz, articuló entre sollozos:
“¡Entiende...entiende!....”
Ella quería decirle que estaba muerta de cansancio por la fiesta, por su falsedad, por su propia falsedad, que todo había funcionado junto, pero sólo pudo articular:
“¡Entiende...entiende!”
—¡Ven a beber! —dijo, entregándole un poco de agua.
Ella tomó el vaso obedientemente y comenzó a beber, pero el agua se derramó sobre sus brazos, su garganta y sus rodillas.
"Debo tener un aspecto terriblemente indecoroso", pensó.
Pyotr Dmitritch sin decir palabra la volvió a poner en la cama, la tapó con la colcha, luego cogió la vela y salió.
—¡Por Dios! —gritó Olga Mihalovna de nuevo—. ¡Piotr, entiéndelo, entiéndelo!
De repente, algo la agarró por la parte inferior del cuerpo y la espalda con tanta fuerza que sus lamentos se interrumpieron, y mordió la almohada de dolor. Pero el dolor la cedió de inmediato y volvió a sollozar.
La criada entró y, arreglándose la colcha, preguntó alarmada:
“Señora, querida, ¿qué ocurre?”
—Sal de la habitación —dijo con severidad Pyotr Dmitritch, acercándose a la cama.
—¡Entiende... entiende!... —empezó Olga Mihalovna.
—Olya, te lo ruego, cálmate —dijo—. No quise hacerte daño. No habría salido de la habitación de haber sabido que te dolería tanto; simplemente me sentía deprimido. Te lo digo por mi honor...
—¡Entiende!... Mentías, yo mentía...
—Entiendo... ¡Vamos, vamos, basta! Entiendo —dijo Piotr Dmítrich con ternura, sentándose en su cama—. Lo dijiste con enfado; lo entiendo perfectamente. Te juro por Dios que te amo más que a nada en el mundo, y cuando me casé contigo ni siquiera pensé en que fueras rica. Te amé inmensamente, y eso es todo... te lo aseguro. Nunca me ha faltado dinero ni he sentido su valor, así que no puedo notar la diferencia entre tu fortuna y la mía. Siempre me pareció que éramos igual de ricos. Y que he sido deshonesta en las cosas pequeñas, eso... por supuesto, es cierto. Hasta ahora, mi vida ha sido tan frívola que, de alguna manera, me ha sido imposible seguir adelante sin mentir sin fundamento. Ahora también me pesa... ¡Dejemos de hablar de eso, por el amor de Dios!
Olga Mihalovna sintió nuevamente un dolor agudo y agarró a su marido por la manga.
“Me duele, me duele, me duele…”, dijo rápidamente. “¡Ay, cuánto dolor!”
—¡Malditas sean esas visitas! —murmuró Piotr Dmítrich, levantándose—. ¡No deberías haber ido a la isla hoy! —exclamó—. ¡Qué idiota fui al no impedírtelo! ¡Dios mío!
Se rascó la cabeza con fastidio y, con un gesto de la mano, salió de la habitación.
Entonces entró en la habitación varias veces, se sentó en la cama junto a ella y habló largo y tendido, a veces con ternura, a veces con enojo, pero ella apenas lo oía. Sus sollozos eran interrumpidos continuamente por terribles ataques de dolor, y cada vez el dolor era más agudo y prolongado. Al principio contenía la respiración y mordía la almohada por el dolor, pero luego empezó a gritar con un tono indecoroso y agudo. Una vez, al ver a su marido cerca, recordó que lo había insultado y, sin detenerse a pensar si realmente era Piotr Dmítrich o si estaba delirando, le agarró la mano entre las suyas y comenzó a besarla.
“Mentirías, yo mentía…”, empezó a justificarse. “Entiende, entiende… Me han agotado, me han quitado toda paciencia.”
“Olya, no estamos solos”, dijo Pyotr Dmitritch.
Olga Mihalovna levantó la vista y vio a Varvara, que estaba arrodillada junto a la cómoda, abriendo el cajón inferior. Los cajones superiores ya estaban abiertos. Entonces Varvara se levantó, roja por la tensión, y con rostro frío y solemne empezó a intentar abrir una caja.
—Marya, ¡no puedo abrirla! —susurró—. Desábrela tú, ¿verdad?
María, la criada, estaba sacando con unas tijeras la punta de una vela del candelabro, para poner una vela nueva; se acercó a Varvara y la ayudó a abrir la caja.
—No debería haber nada cerrado... —susurró Varvara—. Abre también esta cesta, mi querida niña. Maestro —dijo—, ¡deberías mandarle al Padre Mihail que abra las puertas sagradas! ¡Debes hacerlo!
—Haz lo que quieras —dijo Piotr Dmítrich, jadeando—, pero, por Dios, ¡date prisa y llama al médico o a la partera! ¿Se ha ido Vasili? ¡Que venga otro! ¡Que venga tu marido!
«Es el parto», pensó Olga Mihalovna. «Varvara», gimió, «¡pero no nacerá vivo!».
—Está bien, está bien, señora —susurró Varvara—. ¡Dios mío, vivirá! ¡Vivirá!
Cuando Olga Mihalovna recuperó la consciencia tras un dolor, ya no sollozaba ni se revolvía, sino que gemía. No podía contener los gemidos ni siquiera entre los dolores. Las velas seguían encendidas, pero la luz de la mañana se filtraba por las persianas. Eran probablemente las cinco de la mañana. En la mesa redonda estaba sentada una mujer desconocida de aire muy discreto, con un delantal blanco. Por su aspecto, era evidente que llevaba allí sentada mucho tiempo. Olga Mihalovna supuso que era la partera.
"¿Terminará pronto?", preguntó, y en su voz percibió un tono peculiar y desconocido que nunca antes había sentido. "Debo estar muriendo de parto", pensó.
Piotr Dmítrich entró con cautela en el dormitorio, vestido para el día, y se quedó junto a la ventana, de espaldas a su esposa. Levantó la persiana y miró por la ventana.
¡Qué lluvia!, dijo.
—¿Qué hora es? —preguntó Olga Mihalovna para volver a oír el tono desconocido en su voz.
“Las seis menos cuarto”, respondió la partera.
"¿Y si de verdad me muero?", pensó Olga Mihalovna, mirando la cabeza de su marido y los cristales de la ventana, sobre los que caía la lluvia. "¿Cómo vivirá sin mí? ¿Con quién tomará el té y la cena, conversará por las noches, dormirá?"
Y él le parecía un niño desamparado; sintió lástima por él y quiso decirle algo bonito, cariñoso y consolador. Recordó cómo en primavera él había querido comprarse unos aguiluchos, y ella, considerándolo un deporte cruel y peligroso, se lo había impedido.
—¡Pyotr, cómprate unos aguiluchos! —gimió.
Bajó la persiana, se acercó a la cama y quiso decir algo, pero en ese momento volvió el dolor y Olga Mihalovna lanzó un grito indecoroso y desgarrador.
El dolor y los gritos y gemidos constantes la aturdían. Oía, veía y a veces hablaba, pero apenas entendía nada, y solo era consciente de que sentía dolor o de que iba a sentirlo. Le parecía que la fiesta del santo había sido hacía mucho, mucho tiempo; no ayer, sino quizá un año; y que su nueva vida de agonía había durado más que su infancia, sus días de escuela, su tiempo en la universidad y su matrimonio, y que continuaría durante mucho, mucho tiempo, sin fin. Los vio llevar el té a la partera y llamarla al mediodía para comer y después a cenar; vio a Piotr Dmítrich acostumbrarse a entrar, quedarse de pie junto a la ventana durante largos intervalos y volver a salir; vio a hombres desconocidos, la criada, Varvara, entrar como si estuvieran en casa... Varvara no decía nada más que «Ya verá, ya verá», y se enfadaba cuando alguien cerraba los cajones y la cómoda. Olga Mihalovna vio cómo cambiaba la luz en la habitación y en las ventanas: a veces era crepúsculo, luego espesa como la niebla, luego una luz diurna brillante como la de la víspera a la hora de cenar, luego otra vez crepúsculo... y cada uno de estos cambios duró tanto como su infancia, sus años de escuela, su vida en la universidad...
Por la noche, dos médicos —uno huesudo, calvo, con una gran barba pelirroja; el otro, con un rostro judío moreno y gafas baratas— le practicaron una especie de operación a Olga Mihalovna. A estos desconocidos que la tocaban, ella se sentía completamente indiferente. Para entonces, ya no tenía vergüenza ni voluntad, y cualquiera podía hacer lo que quisiera con ella. Si alguien la hubiera atacado con un cuchillo, o hubiera insultado a Piotr Dmítrich, o le hubiera robado su derecho sobre la pequeña criatura, no habría dicho ni una palabra.
Le administraron cloroformo durante la operación. Cuando recuperó la consciencia, el dolor seguía ahí, insoportable. Era de noche. Y Olga Mihalovna recordó que había habido una noche así, con el silencio, la lámpara, con la partera sentada inmóvil junto a la cama, con los cajones de la cómoda abiertos, con Pyotr Dmitritch de pie junto a la ventana, pero hacía muchísimo tiempo...
V
"I“No estoy muerta…” pensó Olga Mihalovna cuando comenzó a comprender de nuevo su entorno y cuando el dolor pasó.
Un día luminoso de verano se asomaba por las ventanas abiertas de par en par; en el jardín, bajo las ventanas, los gorriones y las urracas no dejaban de parlotear ni un instante.
Los cajones estaban cerrados, la cama de su marido estaba hecha. No había rastro de la partera, ni de la criada, ni de Varvara en la habitación; solo Pyotr Dmitritch estaba de pie, como antes, inmóvil junto a la ventana, mirando al jardín. No se oía el llanto de ningún niño, nadie la felicitaba ni la regocijaba; era evidente que la pequeña criatura no había nacido viva.
“¡Piotr!”
Olga Mihalovna llamó a su marido.
Piotr Dmítrich miró a su alrededor. Parecía que había pasado mucho tiempo desde que el último invitado se había marchado y Olga Mijálovna había insultado a su marido, pues Piotr Dmítrich estaba visiblemente más delgado y con los ojos hundidos.
“¿Qué pasa?” preguntó acercándose a la cama.
Él apartó la mirada, movió los labios y sonrió con impotencia infantil.
“¿Ya terminó todo?” preguntó Olga Mihalovna.
Piotr Dmitritch intentó responder, pero sus labios temblaban y su boca se movía como la de un anciano sin dientes, como la del tío Nikolay Nikolaitch.
—Olya —dijo, retorciéndose las manos; gruesas lágrimas brotaron repentinamente de sus ojos—. Olya, no me importan tus derechos de propiedad, ni los Tribunales de Circuito... (sollozó) —ni opiniones particulares, ni esas visitas, ni tu fortuna... ¡Me da igual! ¿Por qué no cuidamos de nuestro hijo? ¡Ay, no sirve de nada hablar!
Con un gesto desesperado salió del dormitorio.
Pero a Olga Mihalovna ya nada le importaba, había una neblina en su cerebro por el cloroformo, un vacío en su alma... La sorda indiferencia hacia la vida que la había dominado cuando los dos médicos la operaron todavía la poseía.
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TERROR
La historia de mi amigo
DMitri Petrovitch Silin se graduó y entró al servicio público en San Petersburgo, pero a los treinta años dejó su puesto y se dedicó a la agricultura. Su agricultura fue bastante próspera, pero siempre me pareció que no estaba en su sitio y que haría bien en volver a San Petersburgo. Cuando, quemado por el sol, gris por el polvo, exhausto por el trabajo, me esperaba cerca de las puertas o en la entrada, y luego, a la hora de la cena, luchaba contra el sueño y su esposa lo llevaba a la cama como si fuera un bebé; o cuando, venciendo el sueño, comenzaba con su voz suave, cordial, casi implorante, a hablar de sus excelentes ideas, no lo veía como un granjero ni un agricultor, sino como un hombre preocupado y exhausto, y me quedó claro que en realidad no le interesaba la agricultura, sino que lo único que quería era que terminara el día y «dar gracias a Dios».
Me gustaba estar con él y solía quedarme en su granja dos o tres días seguidos. Me gustaba su casa, su parque, su gran huerto, el río y su filosofía, clara, aunque un tanto apagada y retórica. Supongo que le tenía cariño por sí mismo, aunque no puedo asegurarlo, ya que hasta ahora no he logrado analizar mis sentimientos de entonces. Era un hombre inteligente, bondadoso, genuino y nada aburrido, pero recuerdo que cuando me confiaba sus secretos más preciados y hablaba de nuestra relación como amistad, me incomodaba y me sentía incómodo. En su afecto por mí había algo inapropiado, tedioso, y habría preferido con creces unas relaciones amistosas y comunes.
La verdad es que me sentía profundamente atraído por su esposa, María Serguéievna. No estaba enamorado de ella, pero sí me atraían su rostro, sus ojos, su voz, su forma de andar. La echaba de menos cuando no la veía durante mucho tiempo, y mi imaginación no imaginaba a nadie con tanto anhelo como a esa joven, hermosa y elegante. No tenía planes concretos con respecto a ella, ni soñaba con nada parecido; sin embargo, por alguna razón, cada vez que nos quedábamos solos, recordaba que su marido me consideraba su amigo, y me sentía incómodo. Cuando tocaba mis piezas favoritas al piano o me contaba algo interesante, la escuchaba con placer, y sin embargo, al mismo tiempo, por alguna razón, la reflexión de que amaba a su marido, que él era mi amigo, y que ella misma me consideraba su amigo, se me imponía, me desanimé y me volví apático, torpe y apagado. Ella notaba este cambio y solía decir:
Estás aburrido sin tu amigo. Debemos mandarlo al campo a buscarlo.
Y cuando entraba Dmitri Petrovich, ella decía:
—Bueno, aquí está tu amigo. ¡Regocíjate!
Así pasó un año y medio.
Sucedió un domingo de julio que, sin nada que hacer, Dmitri Petrovich y yo fuimos en coche al gran pueblo de Klushino a comprar la cena. Mientras íbamos de tienda en tienda, se puso el sol y anocheció, una noche que probablemente no olvidaré jamás. Después de comprar queso que olía a jabón y salchichas petrificadas que olían a alquitrán, fuimos a la taberna a preguntar si tenían cerveza. Nuestro cochero fue a ver al herrero a herrar nuestros caballos, y le dijimos que lo esperaríamos cerca de la iglesia. Caminamos, charlamos, nos reímos de nuestras compras, mientras un hombre conocido en el barrio por un apodo muy extraño, "Cuarenta Mártires", nos seguía en silencio con aire misterioso, como un detective. Este Cuarenta Mártires no era otro que Gavril Syeverov, o simplemente Gavryushka, quien había estado un corto tiempo a mi servicio como lacayo y al que yo había despedido por embriaguez. También había estado al servicio de Dmitri Petróvich, quien lo había despedido por el mismo vicio. Era un borracho empedernido, y de hecho, toda su vida fue tan borracha y desordenada como él mismo. Su padre había sido sacerdote y su madre, noble, por lo que pertenecía por nacimiento a la clase privilegiada; pero por mucho que examinaba su rostro exhausto, respetuoso y siempre sudoroso, su barba roja que ahora se estaba volviendo gris, su chaqueta de porro lastimosamente rota y su camisa roja, no pude descubrir en él el más mínimo rastro de lo que asociamos con el privilegio. Se definía como un hombre culto, y solía decir que había estado en una escuela clerical, pero no había terminado sus estudios allí, ya que lo habían expulsado por fumar; luego cantó en el coro del obispo y vivió dos años en un monasterio, del que también fue expulsado, pero esta vez no por fumar, sino por «su debilidad». Había recorrido a pie dos provincias, presentado peticiones al Consistorio y a diversas oficinas gubernamentales, y había sido sometido a juicio cuatro veces. Finalmente, varado en nuestro distrito, sirvió como lacayo, guardabosques, perrero, sacristán, se casó con una cocinera viuda y de carácter bastante descuidado, y se había hundido tan irremediablemente en una posición servil, y se había acostumbrado tanto a la suciedad, que incluso hablaba de su origen privilegiado con cierto escepticismo, como si se tratara de un mito. En la época que describo, vagaba sin trabajo, presentándose como arriero y cazador, y su esposa había desaparecido sin dejar rastro.
De la taberna fuimos a la iglesia y nos sentamos en el pórtico a esperar al cochero. Cuarenta Mártires se mantuvo a cierta distancia y se tapó la boca con la mano para toser respetuosamente si era necesario. Ya había oscurecido; había un fuerte olor a humedad vespertina, y la luna estaba a punto de salir. Solo había dos nubes en el cielo despejado y estrellado justo encima de nuestras cabezas: una grande y otra más pequeña; solas en el cielo, corrían una tras otra como madre e hijo, hacia donde brillaba el sol poniente.
“¡Qué día tan glorioso!” dijo Dmitri Petrovich.
—En extremo... —asintió Cuarenta Mártires, y tosió respetuosamente en su mano—. ¿Qué tal, Dmitri Petróvich, que se te ocurriera visitar estos lugares? —preguntó con voz aduladora, evidentemente ansioso por iniciar una conversación.
Dmitri Petróvich no respondió. Cuarenta Mártires exhaló un profundo suspiro y dijo en voz baja, sin mirarnos:
Sufro únicamente por una causa que debo responder ante Dios Todopoderoso. Sin duda, soy un hombre desesperado e incompetente; pero créeme, en mi conciencia, estoy sin un mendrugo de pan y peor que un perro... Perdóname, Dmitri Petróvich.
Silin no escuchaba, sino que permanecía meditando con la cabeza apoyada en los puños. La iglesia se alzaba al final de la calle, en la ribera alta del río, y a través de la puerta enrejada del recinto podíamos ver el río, los prados ribereños a su lado y el resplandor carmesí de una fogata alrededor de la cual se movían figuras negras de hombres y caballos. Y más allá de la fogata, más lejos, había otras luces, donde había una pequeña aldea. Cantaban allí. Sobre el río, y aquí y allá en los prados, se alzaba una niebla. Altas y estrechas espirales de niebla, espesas y blancas como la leche, se extendían sobre el río, ocultando el reflejo de las estrellas y flotando sobre los sauces. Cambiaban de forma a cada minuto, y parecía como si algunos se abrazaran, otros se inclinaran, otros alzaran los brazos al cielo con amplias mangas como sacerdotes, como si estuvieran rezando... Probablemente le recordaron a Dmitri Petrovich a los fantasmas y a los muertos, porque se volvió hacia mí y me preguntó con una sonrisa triste:
Dime, querido amigo, ¿por qué, cuando queremos contar una historia terrible, misteriosa y fantástica, no sacamos el material de la vida, sino invariablemente del mundo de los fantasmas y de las sombras de ultratumba?
“Tenemos miedo de lo que no entendemos”.
¿Y entiendes la vida? Dime: ¿entiendes la vida mejor que el mundo de ultratumba?
Dmitri Petróvich estaba sentado muy cerca de mí, así que sentí su aliento en la mejilla. Al anochecer, su rostro pálido y enjuto parecía más pálido que nunca y su barba oscura era negra como el hollín. Sus ojos eran tristes, sinceros y un poco asustados, como si estuviera a punto de decirme algo horrible. Me miró a los ojos y continuó con su habitual voz implorante:
Nuestra vida y la vida de ultratumba son igualmente incomprensibles y horribles. Si alguien teme a los fantasmas, también debería temerme a mí, a esas luces y al cielo, ya que, si lo piensas bien, todo eso no es menos fantástico e inalcanzable que las apariciones del otro mundo. El príncipe Hamlet no se suicidó por miedo a las visiones que pudieran atormentar sus sueños después de la muerte. Me gusta ese famoso soliloquio suyo, pero, para ser sincero, nunca me conmovió. Te confieso como amigo que, en momentos de depresión, a veces me he imaginado la hora de mi muerte. Mi imaginación ha inventado miles de las visiones más sombrías, y he logrado llevarme a una exaltación agonizante, a un estado de pesadilla, y te aseguro que eso no me pareció más terrible que la realidad. Lo que quiero decir es que las apariciones son terribles, pero la vida también lo es. No entiendo la vida y le tengo miedo, querido muchacho; no... Sé. Quizás soy una persona morbosa, desquiciada. A un hombre sano y sensato le parece que entiende todo lo que ve y oye, pero yo pierdo esa apariencia, y día a día me enveneno de terror. Hay una enfermedad, el miedo a los espacios abiertos, pero mi enfermedad es el miedo a la vida. Cuando me tumbo en la hierba y observo a un pequeño escarabajo que nació ayer y no entiende nada, me parece que su vida no consiste en nada más que miedo, y en él me veo a mí mismo.
“¿De qué tienes miedo exactamente?”, pregunté.
Tengo miedo de todo. No soy un pensador profundo por naturaleza, y me interesan poco cuestiones como la vida después de la muerte, el destino de la humanidad; de hecho, rara vez me dejo llevar por las alturas. Lo que más me asusta es la rutina de la vida, de la que ninguno de nosotros puede escapar. Soy incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso en mis acciones, y me preocupan. Reconozco que la educación y las condiciones de vida me han aprisionado en un estrecho círculo de falsedad, que toda mi vida no es más que un esfuerzo diario por engañarme a mí mismo y a los demás, y por no darme cuenta; y me asusta pensar que hasta el día de mi muerte no escaparé de esta falsedad. Hoy hago algo y mañana no entiendo por qué lo hice. Entré al servicio en San Petersburgo y me asusté; vine aquí a trabajar el campo, y aquí también tengo miedo... Veo que sabemos muy poco y Así que cometemos errores todos los días. Somos injustos, nos calumniamos y nos arruinamos la vida mutuamente, malgastamos todas nuestras fuerzas en basura que no necesitamos y que nos impide vivir; y eso me asusta, porque no entiendo por qué ni para quién es necesario. No entiendo a los hombres, querido amigo, y les tengo miedo. Me asusta mirar a los campesinos, y no sé por qué objetos superiores sufren ni para qué viven. Si la vida es un disfrute, entonces son personas innecesarias, superfluas; si el objeto y el sentido de la vida se encuentran en la pobreza y la ignorancia interminable y desesperanzada, no puedo entender para quién ni para qué es necesaria esta tortura. No entiendo a nadie ni a nada. Por favor, trate de comprender a este espécimen, por ejemplo —dijo Dmitri Petrovich, señalando a Cuarenta Mártires—. ¡Piense en él!
Al darse cuenta de que lo mirábamos, Cuarenta Mártires tosió con deferencia en su puño y dijo:
Siempre fui un sirviente fiel con buenos amos, pero el gran problema ha sido el licor. Si a un pobre como yo se le tratara con consideración y se le diera un lugar, besaría el icono. Mi palabra es mi compromiso.
El sacristán pasó, nos miró con asombro y empezó a tirar de la cuerda. La campana, rompiendo bruscamente la quietud de la tarde, dio las diez con una nota lenta y prolongada.
—Son las diez —dijo Dmitri Petróvich—. Ya es hora de irnos. Sí, querido —suspiró—, si supieras cuánto me asustan mis pensamientos cotidianos, en los que uno pensaría que no hay nada terrible. Para no pensar, me distraigo con el trabajo y trato de cansarme para poder dormir profundamente por la noche. Hijos, esposa... todo eso parece normal con otras personas; ¡pero cuánto me pesa, querido!
Se frotó la cara con las manos, se aclaró la garganta y se rió.
¡Si tan solo pudiera contarte cómo he hecho el tonto en mi vida! —dijo—. Todos me dicen que tengo una esposa dulce, hijos encantadores y que soy un buen esposo y padre. Creen que soy muy feliz y me envidian. Pero ya que hemos llegado a eso, te lo diré en secreto: mi feliz vida familiar es solo un grave malentendido, y me da miedo. Su rostro pálido estaba distorsionado por una sonrisa irónica. Me rodeó la cintura con el brazo y continuó en voz baja:
Eres mi verdadero amigo; creo en ti y te tengo un profundo respeto. El Cielo nos dio la amistad para que abriéramos nuestros corazones y nos liberáramos de los secretos que nos oprimen. Permíteme aprovechar tu afecto y decirte toda la verdad. Mi vida familiar, que te parece tan encantadora, es mi mayor miseria y mi mayor terror. Me casé de una manera extraña y estúpida. Debo decirte que estaba locamente enamorado de Masha antes de casarme con ella, y la cortejé durante dos años. Le pedí que se casara conmigo cinco veces, y me rechazó porque no le importaba en lo más mínimo. La sexta, cuando, ardiendo de pasión, me arrastré de rodillas ante ella y le imploré que tomara a un mendigo y se casara conmigo, consintió... Lo que me dijo fue: «No te amo, pero te seré fiel...». Acepté esa condición con entusiasmo. En aquel momento entendí lo que significaba, pero juro por Dios que ahora no lo entiendo. «No te amo, pero te seré fiel». ¿Qué significa eso? Es una niebla, una oscuridad. La amo ahora tan intensamente como el día que nos casamos, mientras que ella, creo, es tan indiferente como siempre, y creo que se alegra cuando me voy de casa. No sé con certeza si le importo o no; no lo sé, no lo sé; pero, como ves, vivimos bajo el mismo techo, nos llamamos «tú», dormimos juntos, tenemos hijos, nuestros bienes son comunes... ¿Qué significa, qué significa? ¿Cuál es el objetivo? ¿Y lo entiendes, querido amigo? ¡Es una tortura cruel! Como no entiendo nuestras relaciones, la odio, a veces a ella, a veces a mí mismo, a veces a ambos a la vez. Todo se me hace un lío en la cabeza; me atormento y me vuelvo estúpido. Y como para fastidiarme, cada día está más hermosa, se vuelve más maravillosa... Me imagino que su cabello es maravilloso, y su sonrisa no tiene igual. De mujer. La amo, y sé que mi amor es desesperado. ¡Un amor desesperado por una mujer con la que se tienen dos hijos! ¿Se entiende? ¿Y no es terrible? ¿No es más terrible que los fantasmas?
Tenía ganas de seguir hablando un buen rato, pero por suerte oímos la voz del cochero. Nuestros caballos habían llegado. Subimos al carruaje, y Cuarenta Mártires, quitándose la gorra, nos ayudó a subir con una expresión que sugería que llevaba mucho tiempo esperando la oportunidad de conocer a nuestras queridas personas.
—Dmitri Petróvich, déjame ir contigo —dijo, parpadeando furiosamente e inclinando la cabeza—. ¡Ten piedad de mí! ¡Me muero de hambre!
—Muy bien —dijo Silin—. Ven, te quedarás tres días y luego veremos.
—Claro, señor —dijeron los Cuarenta Mártires, rebosantes de alegría—. Iré hoy mismo, señor.
Era un viaje de ocho kilómetros hasta casa. Dmitri Petróvich, contento de haberle abierto por fin su corazón a su amigo, me rodeó la cintura con el brazo durante todo el trayecto; y hablando ahora, sin amargura ni aprensión, sino con alegría, me dijo que si todo hubiera ido bien en su vida familiar, habría regresado a San Petersburgo y se habría dedicado a la investigación científica. El movimiento que había atraído a tantos jóvenes talentosos al campo era, dijo, deplorable. En Rusia teníamos mucho centeno y trigo, pero ninguna gente culta. Los jóvenes fuertes y talentosos deberían dedicarse a la ciencia, el arte y la política; actuar de otro modo significaba derrochar. Generalizó con placer y lamentó tener que separarse de mí a la mañana siguiente, ya que tenía que ir a una venta de madera.
Me sentí incómoda y deprimida, y me pareció que engañaba al hombre. Y al mismo tiempo me sentí complacida. Contemplé la inmensa luna carmesí que ascendía, e imaginé a la mujer alta, grácil y rubia, de rostro pálido, siempre bien vestida y perfumada con un aroma especial, parecido al almizcle, y por alguna razón me complació pensar que no amaba a su marido.
Al llegar a casa, nos sentamos a cenar. Marya Serguéievna, riendo, nos obsequió con nuestras compras, y pensé que tenía un cabello precioso y que su sonrisa era única. La observé, y quise detectar en cada mirada y movimiento que no amaba a su marido, y me pareció verlo.
Dmitri Petróvich pronto tuvo dificultades para conciliar el sueño. Después de cenar, se sentó con nosotros diez minutos y dijo:
Hagan lo que quieran, amigos, pero mañana tengo que levantarme a las tres. Disculpen que los deje.
Besó a su esposa con ternura, me estrechó la mano con cariño y gratitud, y me hizo prometer que sin duda iría la semana siguiente. Para no quedarse dormido a la mañana siguiente, se fue a pasar la noche en la cabaña.
María Serguéievna siempre se quedaba despierta hasta tarde, al estilo petersburgo, y por alguna razón en esta ocasión me alegré de ello.
“Y ahora”, comencé cuando nos quedamos solos, “y ahora serás amable y me tocarás algo”.
No tenía ganas de música, pero no sabía cómo empezar la conversación. Se sentó al piano y tocó, no recuerdo qué. Me senté a su lado y miré sus manos blancas y regordetas, intentando descifrar algo en su rostro frío e indiferente. Entonces sonrió y me miró.
“Estás aburrido sin tu amigo”, dijo.
Me reí.
“Para la amistad bastaría con venir una vez al mes, pero yo aparezco más de una vez por semana”.
Diciendo esto, me levanté y caminé de un extremo a otro de la habitación. Ella también se levantó y se dirigió a la chimenea.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella levantando sus grandes y claros ojos y mirándome.
No respondí nada
—Lo que dices no es cierto —continuó, tras pensarlo un momento—. Solo vienes aquí por Dmitri Petróvich. Bueno, me alegro mucho. Ya no es común ver amistades así hoy en día.
“¡Ajá!”, pensé, y, sin saber qué decir, pregunté: “¿Te gustaría dar una vuelta por el jardín?”.
Salí a la terraza. Sentía escalofríos de nervios y un escalofrío de excitación. Estaba convencido de que nuestra conversación sería trivial, de que no podríamos decirnos nada en particular, pero que esa noche, lo que no me atrevía a soñar, ocurriría sin remedio; que ocurriría esa noche o nunca.
“¡Qué tiempo tan bonito!” dije en voz alta.
“Para mí no hay ninguna diferencia”, respondió ella.
Entré en la sala. Marya Serguéievna estaba de pie, como antes, junto a la chimenea, con las manos a la espalda, mirando a otro lado y pensando en algo.
“¿Por qué no te importa?”, pregunté.
Porque me aburro. Tú solo te aburres sin tu amigo, pero yo siempre me aburro. Sin embargo... eso no te interesa.
Me senté al piano y toqué algunos acordes, esperando escuchar lo que diría.
—Por favor, no te andes con rodeos —dijo, mirándome con enojo, y parecía a punto de llorar de rabia—. Si tienes sueño, vete a la cama. Como eres amigo de Dmitri Petróvich, no tienes por qué aburrirte con su esposa. No quiero un sacrificio. Por favor, vete.
Por supuesto, no me acosté. Ella salió a la terraza mientras yo me quedaba en la sala y pasé cinco minutos escuchando música. Luego salí yo también. Nos quedamos muy juntas a la sombra de las cortinas, y debajo de nosotras estaban las escaleras bañadas por la luz de la luna. Las sombras negras de los árboles se extendían sobre los parterres y la arena amarilla de los senderos.
“Yo también tendré que irme mañana”, dije.
—Claro, si mi marido no está en casa, no puedes quedarte —dijo con sarcasmo—. ¡Me imagino lo desdichada que serías si estuvieras enamorada de mí! Espera un momento: un día me lanzaré a tus brazos... Veré con qué horror huyes de mí. Sería interesante.
Sus palabras y su rostro pálido reflejaban ira, pero sus ojos estaban llenos de tierno y apasionado amor. Ya consideraba a esta encantadora criatura como mi propiedad, y entonces, por primera vez, noté que tenía cejas doradas, cejas exquisitas. Nunca antes había visto cejas así. La idea de poder estrecharla contra mi corazón, acariciarla, tocar su maravilloso cabello, me pareció un milagro tal que reí y cerré los ojos.
“Ya es hora de dormir... Una noche tranquila”, dijo.
—No quiero una noche tranquila —dije riendo, siguiéndola al salón—. Maldeciré esta noche si es tranquila.
Al apretarle la mano y acompañarla hasta la puerta, vi por su rostro que me entendía y me alegré de poder entenderla yo también.
Fui a mi habitación. Cerca de los libros sobre la mesa estaba la gorra de Dmitri Petróvich, y eso me recordó su cariño por mí. Tomé mi bastón y salí al jardín. Allí también había aumentado la niebla, y las mismas figuras altas, estrechas y fantasmales que había visto antes en el río se arrastraban entre los árboles y arbustos, envolviéndolos. ¡Qué lástima no poder hablar con ellas!
En el aire extraordinariamente transparente, cada hoja, cada gota de rocío se destacaba distintamente; todo me sonreía en la quietud medio dormida, y al pasar junto a los asientos verdes recordé las palabras de alguna obra de Shakespeare: “¡Cuán dulcemente cae la luz de la luna sobre ese asiento!”.
Había un montículo en el jardín; subí y me senté. Me atormentaba una sensación deliciosa. Sabía con certeza que en un instante abrazaría, estrecharía contra mi corazón su magnífico cuerpo, besaría sus doradas cejas; y quería no creerlo, atormentarme, y lamentaba que me hubiera costado tan poco esfuerzo y hubiera cedido tan pronto.
Pero de repente oí pasos pesados. Un hombre de mediana estatura apareció en la avenida, y lo reconocí al instante como Cuarenta Mártires. Se sentó en el banco y exhaló un profundo suspiro, luego se santiguó tres veces y se acostó. Un minuto después se levantó y se acostó al otro lado. Los mosquitos y la humedad de la noche le impidieron dormir.
—¡Ay, vida! —dijo—. ¡Vida miserable y amarga!
Al observar su cuerpo encorvado y demacrado, y al oír sus profundos y ruidosos suspiros, pensé en la vida infeliz y amarga que me habían confesado ese día, y me sentí inquieto y asustado por mi dichoso estado de ánimo. Bajé del montículo y fui a la casa.
“La vida, como él piensa, es terrible”, pensé, “así que no te quedes con ceremonias con ella, dóblala a tu voluntad y, hasta que te aplaste, arrebátale todo lo que puedas”.
María Serguéievna estaba de pie en la terraza. La abracé sin decir palabra y comencé a besarle con avidez las cejas, las sienes, el cuello...
En mi habitación me dijo que me amaba desde hacía mucho tiempo, más de un año. Me juró amor eterno, lloró y me rogó que la llevara conmigo. La llevé repetidamente a la ventana para mirar su rostro a la luz de la luna, y me pareció un sueño encantador, y me apresuré a abrazarla fuerte para convencerme de la verdad. Hacía mucho que no conocía tales éxtasis... Sin embargo, en lo más profundo de mi corazón sentía una incomodidad y me sentía incómodo. En su amor por mí había algo incongruente y pesado, igual que en la amistad de Dmitri Petróvich. Era una pasión grande y seria con lágrimas y votos, y yo no quería nada serio en ella: ni lágrimas, ni votos, ni hablar del futuro. Que esa noche de luna destelle por nuestras vidas como un meteoro y... ¡ basta!
A las tres salió de mi habitación y, mientras yo estaba en la puerta, observándola, al final del pasillo apareció de repente Dmitri Petróvich; ella se sobresaltó y se hizo a un lado para dejarlo pasar, y toda su figura expresaba repulsión. Él esbozó una extraña sonrisa, tosió y entró en mi habitación.
“Olvidé mi gorra aquí ayer”, dijo sin mirarme.
Lo encontró y, sosteniéndolo con ambas manos, se lo puso en la cabeza; luego miró mi cara confundida, mis zapatillas, y dijo con una voz extraña, ronca, diferente a la suya:
Supongo que mi destino es no entender nada... Si entiendes algo, te felicito. Todo es oscuridad ante mis ojos.
Y salió, carraspeando. Después, desde la ventana, lo vi junto al establo, enjaezando los caballos con sus propias manos. Le temblaban las manos, estaba nervioso y apresurado, y no dejaba de mirar la casa; probablemente sentía terror. Luego subió al carruaje y, con una expresión extraña, como si temiera ser perseguido, azotó a los caballos.
Poco después partí yo también. El sol ya estaba saliendo, y la niebla del día anterior se aferraba tímidamente a los arbustos y los montículos. En el pescante del carruaje iba sentado Cuarenta Mártires; ya se había emborrachado y murmuraba tonterías.
—Soy un hombre libre —gritó a los caballos—. ¡Ah, queridos míos, soy un noble por derecho propio, si quieren saberlo!
El terror de Dmitri Petróvich, cuyo recuerdo no podía quitarme de la cabeza, me invadió. Pensé en lo sucedido y no pude entender nada. Miré las torres, y me pareció tan extraño y terrible que volaran.
"¿Por qué he hecho esto?", me preguntaba desconcertado y desesperado. "¿Por qué ha resultado así y no de otra manera? ¿Para quién y para qué era necesario que ella me amara de verdad, y que él viniera a mi habitación a buscar su gorra? ¿Qué tenía que ver una gorra con todo esto?"
Partí hacia San Petersburgo ese día y no he vuelto a ver a Dmitri Petróvich ni a su esposa desde entonces. Me han dicho que siguen viviendo juntos.
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EL REINO DE UNA MUJER
I
doNochebuena
Había un grueso fajo de billetes. Era del alguacil de la villa del bosque; escribía que enviaba mil quinientos rublos, que le habían sido concedidos como indemnización por daños y perjuicios tras ganar una apelación. A Anna Akimovna le disgustaban y temían palabras como «concedido daños y perjuicios» y «ganó el pleito». Sabía que era imposible prescindir de la justicia, pero por alguna razón, siempre que Nazaritch, el gerente de la fábrica, o el alguacil de su villa en el campo, quienes acudían frecuentemente a los tribunales, ganaban algún tipo de pleito en su beneficio, se sentía incómoda y, por así decirlo, avergonzada. En esta ocasión también se sentía incómoda e incómoda, y quería guardar esos mil quinientos rublos más lejos para que no los viera.
Pensó con disgusto que otras chicas de su edad —tenía veintiséis años— estaban ahora ocupadas con sus quehaceres domésticos, cansadas, dormirían profundamente y se despertarían al día siguiente con ánimo festivo; muchas llevaban casadas mucho tiempo y tenían hijos. Solo que ella, por alguna razón, se veía obligada a sentarse como una anciana sobre estas cartas, a tomar notas, a escribir respuestas, y luego a no hacer nada en toda la tarde hasta la medianoche, solo esperar a tener sueño; y mañana vendrían todo el día con felicitaciones navideñas y pidiendo favores; y pasado mañana seguramente habría algún escándalo en la fábrica: alguien sería golpeado o moriría por beber demasiado vodka, y ella estaría atormentada por remordimientos de conciencia; y después de las vacaciones, Nazarich despediría a unas veinte obreras por ausencia del trabajo, y las veinte se quedarían en la puerta principal, sin cofia, y ella se avergonzaría de salir a su encuentro, y las echarían como perros. Y todos sus conocidos decían a sus espaldas y le escribían en cartas anónimas que era millonaria y explotadora, que devoraba las vidas de otros hombres y chupaba la sangre de los trabajadores.
Allí yacía un montón de cartas, ya leídas y apartadas. Todas eran cartas de mendicidad. Provenían de personas hambrientas, borrachas, oprimidas por familias numerosas, enfermas, degradadas, despreciadas... Anna Akimovna ya había anotado en cada carta: tres rublos a una, cinco a otra; estas cartas irían ese mismo día a la oficina, y a continuación se distribuiría la ayuda, o, como decían los empleados, se alimentaría a los animales.
También distribuían en pequeñas cantidades cuatrocientos setenta rublos: los intereses de una suma legada por el difunto Akim Ivanovitch para socorrer a los pobres y necesitados. Se armaba una aglomeración espantosa. Desde las puertas de la oficina hasta las de la entrada, se extendía una larga fila de desconocidos con rostros brutales, harapientos, entumecidos de frío, hambrientos y ya borrachos, con voces roncas invocando bendiciones para Anna Akimovna, su benefactora, y sus padres: los de atrás apretaban a los de delante, y estos los insultaban con palabrotas. El empleado se cansaba del ruido, las palabrotas, los lloriqueos y las bendiciones monótonas; salía corriendo y le daba a alguien una bofetada para deleite de todos. Y su propia gente, los obreros de la fábrica, que no recibían nada en Navidad salvo su salario, y ya lo habían gastado todo, se quedaban en medio del patio, mirando y riendo, algunos con envidia, otros con ironía.
«Los comerciantes, y aún más sus esposas, aprecian más a los mendigos que a sus propios trabajadores», pensó Anna Akimovna. «Siempre es así».
Su mirada se posó en el fajo de billetes. Sería bonito distribuir ese dinero odioso e inútil entre los obreros mañana, pero no servía darles nada a cambio de nada, o lo volverían a exigir la próxima vez. ¿Y de qué servirían mil quinientos rublos cuando había mil ochocientos obreros en la fábrica, además de sus esposas e hijos? O tal vez podría elegir a uno de los autores de esas cartas de mendicidad —un hombre desafortunado que hacía tiempo había perdido toda esperanza de algo mejor— y darle los mil quinientos. El dinero caería sobre el pobre ser como un trueno, y quizá por primera vez en su vida se sentiría feliz. Esta idea le pareció a Anna Akimovna original y divertida, y la fascinó. Tomó una carta al azar del montón y la leyó. Un funcionario de poca monta llamado Tchalikov llevaba mucho tiempo sin trabajo, estaba enfermo y vivía en los Edificios Gushtchin; su esposa estaba constipada y tenía cinco hijas pequeñas. Anna Akimovna conocía bien la casa de cuatro pisos, los Edificios Gushtchin, donde vivía Tchalikov. ¡Oh, era una casa horrible, sucia e insalubre!
«Bueno, se lo daré a ese Tchalikov», decidió. «No lo enviaré; mejor lo llevo yo misma para evitar conversaciones innecesarias. Sí», reflexionó mientras se guardaba los mil quinientos rublos en el bolsillo, «y les echaré un vistazo, y quizás pueda hacer algo por las niñas».
Se sintió alegre, tocó la campana y ordenó que trajeran los caballos.
Cuando subió al trineo, eran más de las seis de la tarde. Las ventanas de todos los bloques de edificios estaban muy iluminadas, lo que hacía que el enorme patio pareciera muy oscuro: en las puertas y al fondo del patio, cerca de los almacenes y los barracones de los trabajadores, brillaban las lámparas eléctricas.
A Anna Akimovna le disgustaban y le temían aquellos enormes y oscuros edificios, almacenes y barracones donde vivían los obreros. Solo había estado una vez en el edificio principal desde la muerte de su padre. Los altos techos con vigas de hierro; la multitud de enormes ruedas que giraban rápidamente, con correas y palancas de conexión; el estridente silbido; el traqueteo del acero; el traqueteo de los carros; el áspero resoplido del vapor; los rostros —pálidos, carmesí o negros por el polvo de carbón; las camisas empapadas de sudor; el brillo del acero, del cobre y del fuego; el olor a petróleo y carbón; y la corriente de aire, a veces muy caliente y a veces muy fría— le daban una sensación infernal. Le parecía como si las ruedas, las palancas y los cilindros calientes y silbantes intentaran soltarse de sus ataduras para aplastar a los hombres, mientras estos, sin oírse entre sí, corrían con caras de angustia y se afanaban alrededor de las máquinas, intentando detener su terrible movimiento. Le mostraron algo a Anna Akimovna y se lo explicaron respetuosamente. Recordó cómo en la forja sacaron del horno un trozo de hierro al rojo vivo; y cómo un anciano con una correa en la cabeza, y otro, un joven con camisa azul y una cadena en el pecho, con cara de enfado, probablemente uno de los capataces, golpearon el trozo de hierro con martillos; y cómo las chispas doradas se dispersaron en todas direcciones; y cómo, poco después, sacaron un enorme trozo de chapa con un estruendo metálico. El anciano se irguió y sonrió, mientras el joven se secó la cara con la manga y le explicó algo. Y recordó también cómo en otra sección un anciano tuerto estaba limando un trozo de hierro, y cómo las limaduras estaban esparcidas por todas partes. Y cómo un hombre pelirrojo con gafas negras y la camisa llena de agujeros trabajaba en un torno, fabricando algo con una pieza de acero: el torno rugía, silbaba y chirriaba, y Anna Akimovna sintió náuseas al oírlo, como si le perforaran los oídos. Miró, escuchó, no comprendió, sonrió con gracia y se sintió avergonzada. ¡Qué extraño es ganar cientos de miles de rublos en un negocio que uno no entiende y que no le puede gustar!
Y no había estado ni una sola vez en el cuartel obrero. Allí, le dijeron, había humedad; había chinches, desenfreno, anarquía. Era asombroso: se gastaban mil rublos al año en mantener el cuartel en buen estado, pero, si hacía caso a los anónimos, la situación de los obreros empeoraba cada año.
«Había más orden en la época de mi padre», pensó Anna Akimovna mientras salía del patio, «porque él también había sido obrero. Yo no sé nada al respecto y solo hago tonterías».
Volvió a sentirse deprimida y ya no se alegraba de haber venido, y la idea del hombre afortunado sobre el que caerían mil quinientos rublos del cielo ya no le parecía original ni divertida. Acudir a algún Tchalikov, cuando en casa un negocio que valía un millón se desmoronaba y se arruinaba, y los trabajadores del cuartel vivían peor que los presos, significaba hacer una tontería y engañar a su conciencia. Por la carretera y a través de los campos cercanos, los trabajadores de las fábricas de algodón y papel vecinas caminaban hacia las luces del pueblo. Se oían conversaciones y risas en el aire gélido. Anna Akimovna miró a las mujeres y a los jóvenes, y de repente sintió la añoranza de una vida sencilla y dura entre la multitud. Recordó vívidamente aquella época lejana en la que la llamaban Anyutka, de niña, y solía acostarse bajo la misma colcha que su madre, mientras una lavandera que se alojaba con ellos lavaba la ropa en la habitación contigua. Mientras que a través de las delgadas paredes llegaban de los pisos vecinos sonidos de risas, palabrotas, llantos infantiles, el acordeón y el zumbido de tornos de carpintero y máquinas de coser; mientras que su padre, Akim Ivanovitch, que era hábil en casi todos los oficios, estaría soldando algo cerca de la estufa, o dibujando o cepillando, sin prestar atención alguna al ruido y la sofocación. Y ella anhelaba lavar, planchar, correr a la tienda y a la taberna como solía hacer todos los días cuando vivía con su madre. ¡Debería haber sido una obrera y no la dueña de la fábrica! Su gran casa con sus lámparas de araña y cuadros; su lacayo Mishenka, con su bigote brillante y su frac; la devota y digna Varvarushka, y la lengua suave Agafyushka; y los jóvenes de ambos sexos que venían casi a diario a pedirle dinero, y con los que siempre por alguna razón se sentía culpable; Y los oficinistas, los médicos y las damas que eran caritativas con ella, que la adulaban y la despreciaban en secreto por su origen humilde, ¡qué aburrido y extraño era todo eso para ella!
Allí estaba el cruce ferroviario y la puerta de la ciudad; luego casas alternadas con huertos; y finalmente la ancha calle donde se alzaban los famosos edificios de Gushtchin. La calle, habitualmente tranquila, estaba ahora, en Nochebuena, llena de vida y movimiento. Los restaurantes y cervecerías eran ruidosos. Si alguien que no perteneciera a ese barrio, sino que viviera en el centro, hubiera pasado por la calle en coche, solo habría visto gente sucia, borracha y maltratadora; pero Anna Akimovna, que había vivido en esos lugares toda su vida, reconocía constantemente entre la multitud a su propio padre, madre o tío. Su padre era un personaje suave y fluido, un poco fantasioso, frívolo e irresponsable. No le importaban el dinero, la respetabilidad ni el poder; solía decir que un trabajador no tenía tiempo para celebrar las fiestas ni ir a la iglesia; y de no haber sido por su esposa, probablemente nunca se habría confesado, ni habría tomado la Santa Cena ni habría guardado el ayuno. Mientras que su tío, Iván Ivanovitch, por el contrario, era inflexible; en todo lo relacionado con la religión, la política y la moral, era severo e implacable, y vigilaba estrictamente, no solo a sí mismo, sino también a todos sus sirvientes y conocidos. ¡Dios no permitiera que alguien entrara en su habitación sin persignarse ante el icono! La lujosa mansión en la que Anna Akimovna vivía ahora la mantenía siempre cerrada, y solo la abría en días festivos importantes para visitas importantes, mientras que él vivía en la oficina, en una pequeña habitación cubierta de iconos. Tenía inclinaciones hacia los Viejos Creyentes y continuamente recibía a sacerdotes y obispos del antiguo ritual, a pesar de haber sido bautizado, casado y enterrado a su esposa según los ritos ortodoxos. Le disgustaba Akim, su único hermano y heredero, por su frivolidad, que él llamaba simpleza y locura, y por su indiferencia hacia la religión. Lo trataba como a un inferior, lo mantenía en la posición de trabajador y le pagaba dieciséis rublos al mes. Akim se dirigía a su hermano con formal respeto, y los días de pedir perdón, él, su esposa y su hija se inclinaban ante él. Pero tres años antes de su muerte, Iván Ivanovitch se había acercado a su hermano, le había perdonado sus faltas y le había ordenado que buscara una institutriz para Aniutka.
Había un arco oscuro, profundo y maloliente bajo los edificios de Gushtchin; se oía la tos de hombres cerca de las paredes. Dejando el trineo en la calle, Anna Akimovna entró por la puerta y allí preguntó cómo llegar al número 46 para ver a un empleado llamado Tchalikov. La indicaron la puerta más a la derecha en el tercer piso. Y en el patio y cerca de la puerta exterior, e incluso en las escaleras, seguía habiendo el mismo olor repugnante que bajo el arco. En su infancia, Anna Akimovna, cuando su padre era un simple obrero, vivía en un edificio como ese, y después, cuando sus circunstancias eran diferentes, los había visitado a menudo en el papel de una Dama Generosa. La estrecha escalera de piedra con sus escalones empinados y sucios, con rellanos en cada piso; los faroles grasientos que se balanceaban; el hedor; Los comederos, las ollas y los trapos en los rellanos cerca de las puertas... todo esto le resultaba familiar hacía mucho tiempo... Una puerta estaba abierta, y dentro se veían sastres judíos con cofias, cosiendo. Anna Akimovna se encontraba con gente en la escalera, pero jamás se le pasó por la cabeza que pudieran ser groseros con ella. No le temía más a los campesinos ni a los obreros, borrachos o sobrios, que a sus conocidos de la clase educada.
No había entrada en el número 46; la puerta daba directamente a la cocina. Por lo general, las viviendas de obreros y mecánicos huelen a barniz, alquitrán, cuero y humo, según la ocupación del inquilino; las viviendas de personas de la nobleza o la burguesía que han caído en la pobreza se reconocen por un peculiar olor rancio y agrio. Este olor repugnante envolvía a Anna Akimovna por todos lados, y ella aún estaba en el umbral. Un hombre con abrigo negro, sin duda el propio Tchalikov, estaba sentado en un rincón a la mesa, de espaldas a la puerta, y con él había cinco niñas. La mayor, una niña delgada de rostro ancho con un peine en el pelo, aparentaba unos quince años, mientras que la menor, una niña regordeta con el pelo erizado como un erizo, no tenía más de tres. Las seis estaban comiendo. Cerca de la estufa, una mujercita muy delgada, de rostro amarillento y en avanzado estado de gestación. Vestía falda y blusa blanca, y sostenía un tenedor de horno en la mano.
—No esperaba que fueras tan desobediente, Liza —decía el hombre con tono de reproche—. ¡Qué vergüenza! ¿Quieres que papá te azote?
Al ver a una señora desconocida en la puerta, la mujer delgada se sobresaltó y dejó el tenedor.
—¡Vassily Nikititch! —gritó, después de una pausa, con voz hueca, como si no pudiera creer lo que veía.
El hombre miró a su alrededor y se levantó de un salto. Era un hombre huesudo, de pecho plano, hombros estrechos y sienes hundidas. Sus ojos eran pequeños y hundidos, con ojeras oscuras alrededor, tenía la boca ancha y una nariz larga como el pico de un pájaro, ligeramente curvada hacia la derecha. Llevaba la barba partida en dos y el bigote afeitado, lo que le daba más aspecto de lacayo que de funcionario.
“¿Vive aquí el señor Tchalikov?”, preguntó Anna Akimovna.
—Sí, señora —respondió Chalikov con severidad, pero al reconocer enseguida a Anna Akimovna, gritó: —¡Anna Akimovna! —y de repente, jadeó y juntó las manos como si estuviera terriblemente alarmado—. ¡Benefactora!
Con un gemido corrió hacia ella, gruñendo inarticuladamente, como si estuviera paralizado (tenía repollo en la barba y olía a vodka), presionó su frente contra su manguito y parecía como si estuviera desmayado.
—¡Tu mano, tu santa mano! —exclamó sin aliento—. ¡Es un sueño, un sueño glorioso! ¡Niños, despertadme!
Se volvió hacia la mesa y dijo con voz sollozante, agitando los puños:
¡La Providencia nos ha escuchado! ¡Nuestro salvador, nuestro ángel, ha llegado! ¡Estamos a salvo! ¡Niños, de rodillas! ¡De rodillas!
La señora Tchalikov y las niñas, excepto la más pequeña, comenzaron, por algún motivo, a limpiar rápidamente la mesa.
«Escribiste que tu esposa estaba muy enferma», dijo Anna Akimovna, y se sintió avergonzada y molesta. «No les voy a dar los mil quinientos», pensó.
—Aquí está, mi esposa —dijo Tchalikov con una voz tenue y femenina, como si se le hubieran subido las lágrimas—. ¡Aquí está, infeliz! ¡Con un pie en la tumba! Pero no nos quejamos, señora. Mejor morir que vivir así. ¡Mejor morir, infeliz!
"¿Por qué hace estas payasadas?", pensó Anna Akimovna con fastidio. "Se nota enseguida que está acostumbrado a tratar con comerciantes".
"Háblame como a un ser humano", dijo. "No me gustan las farsas".
—Sí, señora; cinco niños desconsolados alrededor del ataúd de su madre con velas funerarias... ¿es una farsa? ¿Verdad? —dijo Chalikov con amargura, y se dio la vuelta.
—Cállate —susurró su esposa, y le tiró de la manga—. No han recogido nada, señora —dijo, dirigiéndose a Anna Akimovna—. Disculpe... ya sabe lo que pasa cuando hay niños. Un hogar lleno, pero armonía.
“No les voy a dar los mil quinientos”, pensó de nuevo Anna Akimovna.
Y para escapar lo antes posible de aquella gente y de aquel olor agrio, sacó su bolsa y decidió dejarles veinticinco rublos, no más; pero de repente sintió vergüenza de haber venido desde tan lejos y de haber molestado a la gente por tan poco.
—Si me da papel y tinta, le escribiré enseguida a un médico amigo mío para que venga a verla —dijo, ruborizándose—. Es un médico muy bueno. Y le dejaré dinero para medicinas.
La señora Tchalikov se apresuraba a limpiar la mesa.
—¡Qué desorden! ¿Qué haces? —siseó Chalikov, mirándola con ira—. ¡Llévala a la habitación! Me atrevo a pedirle, señora, que entre —dijo, dirigiéndose a Anna Akimovna—. Está limpio.
—¡Osip Ilich nos ha ordenado que no entremos en su habitación! —dijo con severidad una de las niñas.
Pero ya habían sacado a Anna Akimovna de la cocina, a través de un estrecho pasillo entre dos camas: la disposición de las camas evidenciaba que en una dos dormían a lo largo, y en la otra, tres a lo ancho. La habitación del huésped, que venía a continuación, estaba realmente limpia. Una cama impecable con una colcha roja de lana, una almohada con una funda blanca, incluso una zapatilla para el reloj, una mesa cubierta con un mantel de cáñamo y, sobre ella, un tintero de cristal lechoso, plumas, papel, fotografías enmarcadas: todo en su sitio; y otra mesa para trabajos rudimentarios, sobre la que yacían ordenadamente herramientas de relojero y relojes desarmados. En las paredes colgaban martillos, alicates, punzones, cinceles, tenazas, etc., y había tres relojes colgantes que hacían tictac; uno era un reloj grande con pesas gruesas, como los que se ven en los restaurantes.
Al sentarse a escribir la carta, Anna Akimovna vio, sobre la mesa, las fotografías de su padre y de ella misma. Eso la sorprendió.
“¿Quién vive aquí contigo?” preguntó.
Nuestro inquilino, señora, Pimenov. Trabaja en su fábrica.
“Oh, pensé que debía ser relojero”.
Repara relojes en privado, en sus horas libres. Es un aficionado.
Tras un breve silencio, durante el cual no se oía nada más que el tictac del reloj y el rasguño de la pluma sobre el papel, Tchalikov exhaló un suspiro y dijo irónicamente, con indignación:
Es un dicho cierto: una noble cuna y un grado en el servicio no te dan abrigo. Una escarapela en la gorra y un título nobiliario, pero nada para comer. En mi opinión, si alguien de clase humilde ayuda a los pobres, es mucho más caballero que cualquier Tchalikov hundido en la pobreza y el vicio.
Para halagar a Anna Akimovna, pronunció algunas frases más despectivas sobre su noble cuna, y era evidente que se humillaba porque se consideraba superior a ella. Mientras tanto, ella había terminado su carta y la había sellado. La carta sería tirada a la basura y el dinero no se gastaría en medicinas; eso lo sabía, pero aun así puso veinticinco rublos sobre la mesa y, tras pensarlo un momento, añadió dos billetes rojos más. Vio la mano demacrada y amarillenta de Madame Tchalikov, como la garra de una gallina, salir disparada y aferrar el dinero con fuerza.
“Tienes la amabilidad de darme esto como medicina”, dijo Chalikov con voz temblorosa, “pero ayúdame también a mí... ¡y a los niños!”, añadió con un sollozo. “¡Mis desdichados hijos! No temo por mí; ¡temo por mis hijas! ¡Temo a la hidra del vicio!”.
Al intentar abrir su bolso, cuyo cierre se había roto, Anna Akimovna se sintió confundida y se puso roja. Le daba vergüenza que la gente estuviera frente a ella, mirándole las manos y esperando, y probablemente, en el fondo, riéndose de ella. En ese instante, alguien entró en la cocina y pateó el suelo, sacudiendo la nieve.
“El inquilino ha entrado”, dijo la señora Tchalikov.
Anna Akimovna se sintió aún más confundida. No quería que nadie de la fábrica la encontrara en esa ridícula situación. Por pura mala suerte, el inquilino entró justo cuando, tras haber roto por fin el pestillo, le daba unos billetes a Tchalikov, y Tchalikov, gruñendo como si estuviera paralizado, tanteaba con los labios para besarla. En el inquilino reconoció al obrero que una vez había hecho sonar la plancha de hierro delante de ella en la forja y le había explicado las cosas. Evidentemente, había entrado directamente de la fábrica; su rostro lucía oscuro y mugriento, y en una mejilla, cerca de la nariz, tenía una mancha de hollín. Tenía las manos completamente negras, y su camisa, sin cinturón, brillaba de aceite y grasa. Era un hombre de treinta años, de mediana estatura, con cabello negro y hombros anchos, y aspecto de gran fuerza física. A primera vista, Anna Akimovna se dio cuenta de que debía ser un capataz que debía de recibir al menos treinta y cinco rublos al mes, un hombre severo y de voz fuerte que golpeaba a los obreros en la cara; todo esto era evidente por su postura, por la actitud que adoptó involuntariamente al ver a una dama en su habitación, y sobre todo por el hecho de que no llevaba botas altas, tenía bolsillos en el pecho y una barba puntiaguda y pintorescamente recortada. Su padre, Akim Ivanovitch, había sido hermano del dueño de la fábrica, y aun así temía a capataces como este inquilino y había intentado ganarse su favor.
“Disculpe que haya entrado aquí en su ausencia”, dijo Anna Akimovna.
El obrero la miró sorprendido, sonrió confundido y no habló.
—Debe hablar un poco más alto, señora... —dijo Tchalikov en voz baja—. Cuando el señor Pimenov vuelve de la fábrica por las tardes, tiene un poco de dificultad auditiva.
Pero Anna Akimovna, aliviada ya de no tener nada más que hacer allí, les hizo un gesto con la cabeza y salió rápidamente de la habitación. Pimenov fue a acompañarla.
“¿Hace mucho tiempo que trabaja para nosotros?”, preguntó en voz alta, sin volverse hacia él.
Desde los nueve años. Entré en la fábrica en tiempos de tu tío.
¡Cuánto tiempo! Mi tío y mi padre conocían a todos los trabajadores, y yo casi no conozco a ninguno. Te había visto antes, pero no sabía que te llamabas Pimenov.
Anna Akimovna sintió el deseo de justificarse ante él, de fingir que acababa de darle el dinero no en serio, sino como una broma.
—¡Ay, qué pobreza! —suspiró—. Damos limosna los días festivos y laborables, y aun así no tiene sentido. Creo que es inútil ayudar a gente como este Tchalikov.
—Claro que es inútil —coincidió—. Por mucho que le des, se lo beberá todo. Y ahora marido y mujer se lo estarán arrebatando y peleando toda la noche —añadió riendo.
Sí, hay que admitir que nuestra filantropía es inútil, aburrida y absurda. Pero aun así, hay que reconocer que no se puede estar de brazos cruzados; hay que hacer algo. ¿Qué hacer con los Tchalikov, por ejemplo?
Se volvió hacia Pimenov y se detuvo, esperando una respuesta; él también se detuvo y, lentamente, sin decir palabra, se encogió de hombros. Obviamente, sabía qué hacer con los Tchalikov, pero el trato habría sido tan grosero e inhumano que no se atrevió a expresarlo con palabras. Y los Tchalikov le parecían tan completamente faltos de interés e inservibles, que un momento después los había olvidado; al mirar a Anna Akimovna a los ojos, sonrió complacido, y su rostro adoptó una expresión como si soñara con algo muy agradable. Solo que, ahora de pie junto a él, Anna Akimovna vio en su rostro, y sobre todo en sus ojos, lo exhausto y somnoliento que estaba.
“¡Mira, debería darle los mil quinientos rublos!”, pensó, pero por alguna razón esta idea le pareció incongruente e insultante para Pimenov.
—Seguro que te duele todo el cuerpo después del trabajo, y me acompañas a la puerta —dijo mientras bajaban las escaleras—. Vete a casa.
Pero él no captó sus palabras. Cuando salieron a la calle, corrió hacia adelante, desató la lona del trineo y, ayudando a Anna Akimovna a subir, dijo:
“¡Te deseo una feliz Navidad!”
II
domañana de Navidad
¡Hace muchísimo que dejaron de sonar! ¡Es horrible! ¡No llegarás antes de que termine el servicio! ¡Levántate!
“Dos caballos corren, corren…”, dijo Anna Akimovna, y se despertó; frente a ella, con una vela en la mano, estaba su criada, la pelirroja Masha. “¿Qué pasa?”
—Ya terminó el servicio —dijo Masha desesperada—. ¡Te he llamado tres veces! ¡Duerme hasta la noche, pero me dijiste que te llamara!
Anna Akimovna se incorporó sobre un codo y miró hacia la ventana. Afuera todavía estaba bastante oscuro, y solo el borde inferior del marco estaba blanco de nieve. Oyó un suave y suave repique de campanas; no era la iglesia parroquial, sino algo más lejano. El reloj de la mesita marcaba las seis y tres.
—Muy bien, Masha... En tres minutos... —dijo Anna Akimovna con voz implorante, y se acurrucó bajo las sábanas.
Se imaginó la nieve en la puerta principal, el trineo, el cielo oscuro, la multitud en la iglesia y el olor a enebro, y la idea la asustó; pero aun así, decidió levantarse enseguida e ir al servicio matutino. Y mientras estaba calentita en la cama y luchaba por conciliar el sueño —lo cual, para fastidiar, parece particularmente dulce cuando uno debería levantarse—, y mientras tenía visiones de un inmenso jardín en una montaña y luego de los Edificios de Gushtchin, la preocupaba constantemente la idea de que debía levantarse en ese mismo instante e ir a la iglesia.
Pero cuando se levantó, ya había bastante luz, y resultaron ser las nueve y media. Había nevado mucho esa noche; los árboles estaban vestidos de blanco, y el aire era particularmente ligero, transparente y tierno, así que cuando Anna Akimovna miró por la ventana, su primer impulso fue respirar hondo. Y después de lavarse, un vestigio de lejanos sentimientos infantiles —la alegría de que hoy fuera Navidad— la invadió de repente; después se sintió ligera, libre y pura de alma, como si su alma también hubiera sido lavada o sumergida en la blanca nieve. Masha entró, vestida con elegancia y bien ataviada, y le deseó una feliz Navidad; luego pasó un buen rato peinando a su señora y ayudándola a vestirse. La fragancia y la sensación del nuevo, precioso y espléndido vestido, su leve susurro y el aroma a perfume fresco, entusiasmaron a Anna Akimoyna.
—Bueno, es Navidad —le dijo alegremente a Masha—. Ahora probaremos suerte.
El año pasado, me iba a casar con un anciano. Me pasó lo mismo tres veces.
“Bueno, Dios es misericordioso”.
—Bueno, Anna Akimovna, lo que creo es que, antes que ni una cosa ni la otra, me casaría con un viejo —dijo Masha con tristeza, y suspiró—. Ya he cumplido veinte; no es broma.
Todos en la casa sabían que la pelirroja Masha estaba enamorada de Mishenka, el lacayo, y este amor genuino, apasionado y desesperado ya duraba tres años.
—Vamos, no digas tonterías —la consoló Anna Akimovna—. Ya casi cumplo treinta, pero sigo pensando en casarme con un hombre joven.
Mientras su ama se vestía, Mishenka, con un frac nuevo y botas lustradas, paseaba por el recibidor y la sala, esperando a que saliera para desearle una feliz Navidad. Tenía un andar peculiar, suave y delicado; al observar sus pies, sus manos y la inclinación de su cabeza, uno podría imaginar que no solo caminaba, sino que estaba aprendiendo a bailar la primera figura de una cuadrilla. A pesar de su fino bigote aterciopelado y su apariencia atractiva y algo llamativa, era firme, prudente y devoto como un anciano. Rezaba sus oraciones inclinándose hasta el suelo, y le gustaba quemar incienso en su habitación. Respetaba a las personas de riqueza y rango y les tenía reverencia; despreciaba a los pobres y a cualquiera que viniera a pedir favores de cualquier tipo, con toda la fuerza de su alma de lacayo. Bajo su camisa almidonada llevaba una franela, tanto en invierno como en verano, cuidando mucho su salud; sus oídos estaban tapados con algodón.
Cuando Anna Akimovna cruzó el pasillo con Masha, él inclinó un poco la cabeza y dijo con su voz agradable y melosa:
“Tengo el honor de felicitarte, Anna Akimovna, con motivo de la solemnísima fiesta del nacimiento de nuestro Señor”.
Anna Akimovna le dio cinco rublos, mientras la pobre Masha estaba paralizada de éxtasis. Su atuendo festivo, su actitud, su voz y lo que decía la impresionaban por su belleza y elegancia; mientras seguía a su ama, no podía pensar en nada, no podía ver nada, solo podía sonreír, primero con alegría y luego con amargura. La planta alta de la casa se llamaba la parte de los invitados, mientras que la parte de los negocios —la de los ancianos o simplemente la de las mujeres— se llamaba a las habitaciones de la planta baja, donde la tía Tatiana Ivanovna se encargaba de la casa. En la planta alta se atendía a la nobleza y a los visitantes cultos; en la planta baja, a la gente sencilla y a los amigos personales de la tía. Guapa, regordeta y saludable, aún joven y lozana, y sintiéndose vestida con un magnífico vestido que parecía irradiar una especie de resplandor a su alrededor, Anna Akimovna bajó a la planta baja. Allí la recibieron con reproches por olvidarse de Dios ahora que era tan culta, por dormir demasiado tarde para el servicio y por no bajar a romper el ayuno. Todos se estrecharon las manos y exclamaron con absoluta sinceridad que era encantadora, maravillosa; y ella lo creyó, rió, los besó, les dio a uno un rublo, a otro tres o cinco, según su posición. Le gustaba estar abajo. Mirara donde mirara, había altares, iconos, lamparitas, retratos de personajes eclesiásticos; el lugar olía a monjes; se oía un tintineo de cuchillos en la cocina, y un aroma sabroso, sumamente apetitoso, impregnaba ya todas las habitaciones. Los suelos pintados de amarillo relucían, y desde las puertas, estrechas alfombras con brillantes rayas azules se extendían como pequeños senderos hasta el rincón de los iconos, y la luz del sol se filtraba a raudales por las ventanas.
En el comedor estaban sentadas algunas ancianas desconocidas; en la habitación de Varvarushka también había ancianas, y con ellas una niña sordomuda, que parecía avergonzada y repetía: "¡Bli, bli!...". Dos niñas delgadas, traídas del orfanato por Navidad, se acercaron a besar la mano de Anna Akimovna y se quedaron ante ella, fascinadas por su espléndido vestido. Ella notó que una de las niñas entrecerraba los ojos, y en medio de su alegre humor festivo, sintió una punzada de dolor al pensar que los jóvenes la despreciarían y que nunca se casaría. En la habitación de la cocinera Agafya, cinco campesinos corpulentos con camisas nuevas estaban sentados alrededor del samovar; no eran obreros de la fábrica, sino parientes de la cocinera. Al ver a Anna Akimovna, todos los campesinos se levantaron de sus asientos de un salto y, por decoro, dejaron de masticar, aunque tenían la boca llena. El cocinero Stepan, con gorra blanca y cuchillo en la mano, entró en la habitación y la saludó; entraron porteadores con botas altas de fieltro, y también la saludaron. El aguador se asomó con carámbanos en la barba, pero no se atrevió a entrar.
Anna Akimovna recorrió las habitaciones seguida de su séquito: la tía Varvarushka, Nikandrovna, la costurera Marfa Petrovna y Masha, la de abajo. Varvarushka —una mujer alta, delgada y esbelta, más alta que cualquiera en la casa, vestida de negro y con olor a ciprés y café— se santiguó en cada habitación ante el icono, inclinándose de cintura para arriba. Y cada vez que uno la miraba, recordaba que ya había preparado su sudario y que guardaba los billetes de lotería en la misma caja.
—Anyutinka, ten piedad en Navidad —dijo, abriendo la puerta de la cocina—. ¡Perdónalo, bendícelo! ¡Acaba con esto!
El cochero Panteley, despedido por borrachera en noviembre, estaba de rodillas en medio de la cocina. Era un hombre bondadoso, pero solía ser indisciplinado cuando estaba borracho y no podía dormir, sino que persistía en vagar por los edificios y gritar con voz amenazante: "¡Lo sé todo!". Ahora, por su rostro rollizo e hinchado y por sus ojos inyectados en sangre, se notaba que había estado bebiendo sin parar desde noviembre hasta Navidad.
—Perdóname, Anna Akimovna —dijo con voz ronca, golpeándose la frente contra el suelo y mostrando su cuello de toro.
“Fue la tía quien te despidió; pregúntale a ella.”
—¿Y la tía? —preguntó su tía, entrando en la cocina con la respiración agitada; era muy corpulenta, y sobre su pecho parecía haber una bandeja con tazas de té y un samovar—. ¿Y la tía ahora? Tú eres la señora aquí, da tus propias órdenes; aunque por mí, estos sinvergüenzas podrían estar todos muertos. ¡Vamos, levántate, cerdo! —le gritó a Panteley, perdiendo la paciencia—. ¡Quítate de mi vista! Es la última vez que te perdono, pero si vuelves a transgredir, ¡no pidas clemencia!
Luego fueron al comedor a tomar café. Pero apenas se habían sentado, cuando Masha, que estaba abajo, entró corriendo, diciendo horrorizada: "¡Los cantantes!". Y volvió corriendo. Oyeron a alguien sonarse la nariz, una tos grave y grave, y pasos que sonaban como cascos de caballos herrados pisando fuerte cerca de la entrada. Durante medio minuto todo quedó en silencio... Los cantantes estallaron tan repentina y ruidosamente que todos se sobresaltaron. Mientras cantaban, llegó el sacerdote de la casa de beneficencia con el diácono y el sacristán. Poniéndose la estola, el sacerdote dijo lentamente que cuando tocaban maitines nevaba y no hacía frío, pero que la escarcha era más intensa hacia la mañana, ¡Dios lo bendiga!, y que ahora debía de haber veinte grados de escarcha.
“Mucha gente sostiene, sin embargo, que el invierno es más saludable que el verano”, dijo el diácono; inmediatamente adoptó una expresión austera y cantó tras el sacerdote: “Tu Nacimiento, oh Cristo nuestro Señor…”
Al poco rato llegó el sacerdote del hospital obrero con el diácono, luego las hermanas del hospital, los niños del orfanato, y entonces se oyeron cantos casi sin interrupción. Cantaron, almorzaron y se marcharon.
Unos veinte hombres de la fábrica vinieron a felicitarles la Navidad. Eran solo los capataces, los mecánicos y sus ayudantes, los patronistas, el contable, etc., todos de buen aspecto, con abrigos negros nuevos. Todos eran hombres de primera, como si fueran hombres selectos; cada uno conocía su valor; es decir, sabían que si perdía su puesto hoy, la gente estaría encantada de contratarlo en otra fábrica. Evidentemente, apreciaban a la tía, pues se comportaban con naturalidad en su presencia e incluso fumaban, y cuando todos entraron a comer, el contable la rodeó con el brazo. Estaban despreocupados, quizá, en parte también porque Varvarushka, quien bajo los antiguos amos había ejercido un gran poder y había velado por la moral de los empleados, ahora no tenía autoridad alguna en la casa; y tal vez porque muchos de ellos aún recordaban el tiempo cuando la tía Tatiana Ivanovna, cuyos hermanos la controlaban estrictamente, vestía como una simple campesina como Agafya, y cuando Anna Akimovna solía correr por el patio cerca de los edificios de la fábrica y todos la llamaban Anyutya.
Los capataces comían, conversaban y miraban con asombro a Anna Akimovna, ¡cómo había crecido y qué guapa se había vuelto! Pero esta elegante muchacha, educada por institutrices y maestras, era una desconocida para ellos; no la entendían, e instintivamente se acercaban a la «tía», quien las llamaba por sus nombres, las instaba continuamente a comer y beber, y, chocando sus copas, ya había bebido dos copas de vino de serba. Anna Akimovna siempre temía que la consideraran orgullosa, una advenediza o un cuervo con plumas de pavo real; y ahora, mientras los capataces se agolpaban alrededor de la comida, no abandonó el comedor, sino que participó en la conversación. Le preguntó a Pimenov, su conocido del día anterior:
“¿Por qué tienes tantos relojes en tu habitación?”
—Reparo relojes —respondió—. Me encargo de los trabajos entre horas, en días festivos o cuando no puedo dormir.
—Entonces, si mi reloj falla, ¿puedo llevártelo para que lo arregles? —preguntó Anna Akimovna, riendo.
—Sin duda, lo haré con mucho gusto —dijo Pimenov, y una expresión de tierna devoción se dibujó en su rostro cuando, sin saber por qué, desabrochó su magnífico reloj de la cadena y se lo entregó; él lo miró en silencio y se lo devolvió. —Sin duda, lo haré con mucho gusto —repitió—. Ahora no reparo relojes. Tengo la vista débil y los médicos me han prohibido hacer trabajos finos. Pero por ti puedo hacer una excepción.
“Los médicos dicen tonterías”, dijo el contable. Todos rieron. “No les crean”, continuó, halagado por las risas; “el año pasado, una muela se le salió de un cilindro y le dio al viejo Kalmykov en la cabeza con tal fuerza que se le veía el cerebro, y el médico dijo que moriría; pero sigue vivo y trabajando hasta el día de hoy, solo que desde entonces ha empezado a tartamudear”.
“Los médicos dicen tonterías, sí, pero no tantas”, suspiró la tía. “Pobrecito, Piotr Andréievich, perdió la vista. Igual que tú, trabajaba día tras día en la fábrica cerca del horno caliente y se quedó ciego. A los ojos no les gusta el calor. ¿Pero de qué estamos hablando?”, dijo, animándose. “Vengan a tomar algo. Les deseo lo mejor para Navidad, queridos. Nunca bebo con nadie, pero bebo contigo, pecadora como soy. ¡Dios mío!”
Anna Akimovna imaginó que, después de ayer, Pimenov la despreciaba como filántropa, pero la fascinaba como mujer. Lo miró y pensó que se comportaba con mucho encanto e iba bien vestido. Es cierto que las mangas de su abrigo no eran lo suficientemente largas, y el abrigo en sí parecía de talle corto, y sus pantalones no eran anchos ni elegantes, pero su corbata estaba anudada con descuido y buen gusto, y no era tan llamativa como las de los demás. Y parecía un hombre bondadoso, pues comía con sumisión todo lo que la tía le ponía en el plato. Recordó lo negro que había estado el día anterior, y lo somnoliento que estaba, y pensarlo, por alguna razón, la conmovió.
Cuando los hombres se disponían a irse, Anna Akimovna le tendió la mano a Pimenov. Quería pedirle que entrara a verla de vez en cuando, sin ceremonias, pero no sabía cómo; su lengua no le obedecía; y para que no pensaran que Pimenov la atraía, también les estrechó la mano a sus compañeros.
Entonces llegaron los chicos de la escuela de la que ella era patrona. Todos llevaban el pelo rapado y blusas grises del mismo estampado. El maestro —un joven alto e imberbe con manchas rojas en la cara— estaba visiblemente agitado mientras formaba a los chicos en filas; los chicos cantaban afinados, pero con voces ásperas y desagradables. El gerente de la fábrica, Nazaritch, un viejo creyente calvo y de mirada penetrante, nunca se llevaba bien con los maestros, pero al que ahora agitaba las manos con ansiedad lo despreciaba y odiaba, aunque no habría sabido explicar por qué. Se comportó de forma grosera y condescendiente con el joven, le retuvo el sueldo, se entrometió en la enseñanza y finalmente intentó destituirlo nombrando, dos semanas antes de Navidad, como portero de la escuela a un campesino borracho, pariente lejano de su esposa, que desobedeció al maestro y le dijo groserías delante de los chicos.
Anna Akimovna estaba al tanto de todo esto, pero no podía ayudar, pues le tenía miedo a la propia Nazarich. Ahora quería al menos ser muy amable con el maestro, decirle que estaba muy contenta con él; pero cuando, después de cantar, este empezó a disculparse por algo con gran confusión, y la tía empezó a dirigirse a él con familiaridad mientras lo llevaba sin ceremonias a la mesa, se sintió, por alguna razón, aburrida e incómoda, y, tras ordenar que les dieran dulces a los niños, subió las escaleras.
“En realidad, hay algo cruel en estas costumbres navideñas”, dijo un rato después, como para sí misma, mirando por la ventana a los niños, que salían en tropel de la casa hacia la verja, temblando de frío, poniéndose los abrigos mientras corrían. “En Navidad uno quiere descansar, estar en casa con los suyos, y los niños pobres, el maestro, los oficinistas y los capataces, por alguna razón, se ven obligados a soportar el frío, para luego saludar, mostrar su respeto, ser confundidos…”
Mishenka, que estaba de pie en la puerta del salón y escuchó esto, dijo:
No ha surgido de nosotros, y no terminará con nosotros. Claro que no soy un hombre culto, Anna Akimovna, pero entiendo que los pobres siempre deben respetar a los ricos. Bien dice el dicho: «Dios reconoce al pícaro». En las cárceles, los refugios nocturnos y los bares de mala muerte solo se ve a pobres, mientras que la gente decente, como habrás notado, siempre es rica. De los ricos se ha dicho: «Lo profundo llama a lo profundo».
—Siempre te expresas de manera tan tediosa e incomprensible —dijo Anna Akimovna y se dirigió al otro extremo del gran salón.
Eran apenas las once y pico. El silencio de la gran sala, solo roto por el canto que subía desde abajo, la hizo bostezar. Los bronces, los álbumes y los cuadros de las paredes, que representaban un barco en el mar, vacas en un prado y vistas del Rin, estaban tan completamente rancios que sus ojos simplemente los recorrieron sin observarlos. El ambiente festivo ya se estaba volviendo aburrido. Como antes, Anna Akimovna se sentía hermosa, bondadosa y maravillosa, pero ahora le parecía que eso no le servía de nada a nadie; le parecía que no sabía para quién ni para qué se había puesto ese vestido tan caro, y, como siempre ocurría en todas las fiestas, empezó a angustiarse por la soledad y la persistente idea de que su belleza, su salud y su riqueza eran una simple trampa, ya que nadie la quería, no le servía de nada a nadie y nadie la quería. Recorrió todas las habitaciones, tarareando y mirando por la ventana; Al detenerse en la sala, no pudo resistirse a empezar a hablar con Mishenka.
—No sé qué piensas de ti mismo, Misha —dijo, y suspiró—. De verdad, Dios podría castigarte por ello.
"¿Qué quieres decir?"
—Sabes a qué me refiero. Disculpa que me meta en tus asuntos. Pero parece que te estás arruinando la vida por terquedad. Admitirás que ya es hora de casarte, y ella es una chica excelente y digna. Nunca encontrarás a nadie mejor. Es una belleza, inteligente, dulce y devota... ¡Y qué aspecto!... Si perteneciera a nuestro círculo o a uno superior, la gente se enamoraría de ella solo por su pelo rojo. Mira qué bien le queda el pelo a su tez. ¡Ay, Dios mío! No entiendes nada y no sabes lo que quieres —dijo Anna Akimovna con amargura, y se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¡Pobrecita, lo siento mucho por ella! Sé que quieres una esposa con dinero, pero ya te he dicho que le daré una dote a Masha.
Mishenka no podía imaginar a su futura esposa más que como una mujer alta, regordeta, corpulenta y piadosa, con pasos de pavo real y, por alguna razón, con un largo chal sobre los hombros; mientras que Masha era delgada, esbelta, de cintura ceñida y caminaba con pasitos cortos; y, lo peor de todo, resultaba demasiado fascinante y, a veces, extremadamente atractiva para Mishenka, lo cual, en su opinión, era incongruente con el matrimonio y solo concordaba con una conducta relajada. Cuando Anna Akimovna le prometió una dote a Masha, él dudó un momento; pero en una ocasión, un estudiante pobre con un abrigo marrón sobre el uniforme, que llegó con una carta para Anna Akimovna, quedó fascinado por Masha y no pudo resistirse a abrazarla cerca del perchero, y ella lanzó un grito débil; Mishenka, de pie en la escalera de arriba, lo vio, y desde entonces comenzó a sentir repugnancia por Masha. ¡Una estudiante pobre! Quién sabe, si la hubiera abrazado un estudiante rico o un oficial las consecuencias podrían haber sido diferentes.
—¿Por qué no lo deseas? —preguntó Anna Akimovna—. ¿Qué más quieres?
Mishenka guardó silencio y miró fijamente el sillón, arqueando las cejas.
“¿Amas a alguien más?”
Silencio. La pelirroja Masha entró con cartas y tarjetas de visita en una bandeja. Suponiendo que hablaban de ella, se sonrojó hasta las lágrimas.
—Han llegado los carteros —murmuró—. Y hay un empleado llamado Tchalikov esperando abajo. Dice que le dijiste que viniera hoy a buscar algo.
—¡Qué insolencia! —dijo Anna Akimovna, furiosa—. No le di ninguna orden. ¡Dígale que se largue; que no estoy en casa!
Se oyó un timbre. Eran los sacerdotes de su parroquia. Siempre los acompañaban a la parte aristocrática de la casa, es decir, al piso de arriba. Después de los sacerdotes, Nazaritch, el gerente de la fábrica, vino a visitarlos, y luego el médico de la fábrica; luego Mishenka anunció al inspector de escuelas primarias. Los visitantes seguían llegando.
Cuando tenía un momento libre, Anna Akimovna se sentaba en un sillón mullido del salón y, cerrando los ojos, pensaba que su soledad era natural, pues no se había casado ni se casaría jamás... Pero no era culpa suya. El destino mismo la había arrojado del sencillo entorno obrero en el que, si no le fallaba la memoria, se sentía tan a gusto, a estas inmensas habitaciones, donde jamás se le ocurría qué hacer ni entendía por qué pasaba tanta gente ante sus ojos. Lo que ocurría ahora le parecía trivial, inútil, pues no le daba ni podía darle felicidad ni un solo instante.
«Si pudiera enamorarme», pensó, estirándose; la sola idea le llenaba el corazón de alegría. «Y si pudiera escapar de la fábrica...», reflexionó, imaginando cómo el peso de esos edificios, barracones y escuelas se le iría de la conciencia, de la mente... Entonces recordó a su padre, y pensó que si hubiera vivido más, sin duda la habría casado con un trabajador, con Pimenov, por ejemplo. Le habría dicho que se casara, y eso habría sido todo. Y habría sido una buena noticia; entonces la fábrica habría pasado a manos capaces.
Se imaginó su cabeza rizada, su perfil atrevido, sus labios delicados e irónicos y la fuerza, la tremenda fuerza, en sus hombros, en sus brazos, en su pecho, y la ternura con la que él había mirado su reloj ese día.
—Bueno —dijo ella—, no habría problema. Me habría casado con él.
—Anna Akimovna —dijo Mishenka entrando silenciosamente en el salón.
—¡Cuánto me asustaste! —dijo ella, temblando por completo—. ¿Qué quieres?
—Anna Akimovna —dijo, poniéndose la mano en el corazón y arqueando las cejas—, eres mi amante y mi benefactora, y nadie más que tú puede decirme qué debo hacer con respecto al matrimonio, pues eres como una madre para mí... Pero, por favor, no les permitas que se rían y se burlen de mí abajo. No me dejarán pasar sin él.
“¿Cómo se burlan de ti?”
“Me llaman la Mishenka de Mashenka”.
—¡Bah, qué tontería! —exclamó Ana Akimovna indignada—. ¡Qué estúpidos son todos! ¡Qué estúpido eres, Misha! ¡Cuánto me hastía! No soporto verte.
III
Dinterno
Al igual que el año anterior, los últimos en visitarla fueron Krylin, un consejero civil de facto, y Lysevitch, un conocido abogado. Ya había anochecido cuando llegaron. Krylin, un hombre de sesenta años, de boca ancha y patillas grises pegadas a las orejas, con cara de lince, vestía uniforme con una cinta de Anna y pantalones blancos. Sostuvo la mano de Anna Akimovna entre las suyas durante un largo rato, la miró fijamente a la cara, movió los labios y finalmente dijo, cansinamente, sobre una sola nota:
Solía respetar a tu tío... y a tu padre, y disfrutaba del privilegio de su amistad. Ahora siento que es un grato deber, como ves, felicitar a su honorable heredera con mis mejores deseos navideños, a pesar de mis achaques y la distancia que me queda por recorrer... Y me alegra mucho verte con buena salud.
El abogado Lysevitch, un hombre alto, apuesto y rubio, con una ligera cana en las sienes y la barba, se distinguía por sus modales excepcionalmente elegantes; caminaba con paso tambaleante, hacía reverencias de mala gana y se encogía de hombros al hablar, todo ello con una gracia indolente, como un caballo mimado recién salido del establo. Estaba bien alimentado, gozaba de una salud excepcional y de una posición económica muy adinerada; en una ocasión había ganado cuarenta mil rublos, pero se lo ocultó a sus amigos. Le gustaba la buena comida, sobre todo el queso, las trufas y el rábano rallado con aceite de cáñamo; durante su estancia en París había comido, según decía, vísceras asadas pero sin lavar. Hablaba con suavidad, fluidez, sin vacilar, y solo ocasionalmente, para causar efecto, se permitía vacilar y chasquear los dedos como si captara una palabra. Hacía tiempo que había dejado de creer en lo que decía en los tribunales, o quizá sí creía en ello, pero no le daba ninguna importancia. Todo le había resultado familiar, rancio, ordinario durante tanto tiempo... No creía en nada más que en lo original e inusual. Una moraleja de manual, en su forma original, lo conmovía hasta las lágrimas. Sus dos cuadernos estaban llenos de expresiones extraordinarias que había leído en varios autores; y cuando necesitaba buscar alguna expresión, la buscaba nerviosamente en ambos libros, y por lo general no la encontraba. El padre de Anna Akimovna, en un momento de buen humor, lo había nombrado ostentosamente asesor legal en asuntos relacionados con la fábrica y le había asignado un salario de doce mil rublos. Los asuntos legales de la fábrica se habían limitado a dos o tres acciones triviales de cobro de deudas, que Lysevitch encomendaba a sus ayudantes.
Anna Akimovna sabía que no tenía nada que hacer en la fábrica, pero no podía despedirlo; le faltaba el coraje moral; además, estaba acostumbrada a él. Él solía llamarse su asesor legal, y su salario, que invariablemente mandaba cobrar puntualmente el primer día del mes, lo llamaba «prosa severa». Anna Akimovna sabía que, tras la muerte de su padre, cuando la madera de su bosque se vendió para traviesas de ferrocarril, Lysevitch ganó más de quince mil dólares en la transacción y los repartió con Nazarich. Al descubrir que la habían estafado, lloró amargamente, pero después se acostumbró.
Deseándole una feliz Navidad y besándole ambas manos, la miró de arriba abajo y frunció el ceño.
—No debes —dijo con sincera decepción—. ¡Te lo he dicho, querida, no debes!
—¿Qué quieres decir, Viktor Nikolaitch?
—Te he dicho que no debes engordar. Toda tu familia tiene una desafortunada tendencia a engordar. No debes —repitió con voz implorante, y le besó la mano—. ¡Eres tan guapa! ¡Eres tan espléndida! Venga, Excelencia, permíteme presentarte a la única mujer en el mundo a la que he amado de verdad.
No hay nada de sorprendente en eso. Conocer a Anna Akimovna a tu edad y no estar enamorado de ella sería imposible.
“La adoro”, continuó el abogado con perfecta sinceridad, pero con su habitual gracia indolente. “La amo, pero no porque yo sea hombre y ella mujer. Cuando estoy con ella, siempre siento como si ella perteneciera a un tercer sexo, y yo a un cuarto, y nos perdiéramos juntos en el reino de las más sutiles sombras, y allí nos fundiéramos con el espectro. Leconte de Lisle define estas relaciones mejor que nadie. Tiene un pasaje soberbio, un pasaje maravilloso…”
Lysevitch rebuscó en un cuaderno, luego en el otro, y al no encontrar la cita, se calló. Empezaron a hablar del tiempo, de la ópera, de la llegada, prevista en breve, de Duse. Anna Akimovna recordó que el año anterior Lysevitch y, según creía, Krylin habían cenado con ella, y ahora, cuando se disponían a partir, empezó con absoluta sinceridad a indicarles con voz suplicante que, como no tenían más visitas que hacer, debían quedarse a cenar con ella. Tras una breve vacilación, los visitantes accedieron.
Además de la cena familiar, que consistía en sopa de col, cochinillo, ganso con manzanas, etc., en las grandes festividades se preparaba en la cocina la llamada cena "francesa" o "del chef", por si algún visitante del piso superior deseaba comer. Al oír el tintineo de la vajilla en el comedor, Lysevitch empezó a mostrar una notable excitación; se frotó las manos, se encogió de hombros, entrecerró los ojos y describió con sentimiento las cenas que su padre y su tío solían preparar en su época, y un maravilloso matelote de rodaballos que el cocinero sabía preparar: ¡no era un matelote , sino una auténtica revelación! Ya estaba regodeándose con la cena, comiéndola en su imaginación y disfrutándola. Cuando Anna Akimovna lo tomó del brazo y lo condujo al comedor, se bebió un vaso de vodka y se llevó un trozo de salmón a la boca; ronroneó de placer. Masticaba ruidosamente, de forma repugnante, emitiendo sonidos por la nariz, mientras sus ojos se volvían aceitosos y rapaces.
Los entremeses eran magníficos; entre otras cosas, había champiñones blancos frescos guisados en crema y salsa provenzal de ostras fritas y cangrejos de río, con un intenso sabor a pepinillos amargos. La cena, compuesta por elaborados platos festivos, fue excelente, al igual que los vinos. Mishenka atendía la mesa con entusiasmo. Cuando ponía un plato nuevo en la mesa y levantaba la brillante tapa, o servía el vino, lo hacía con la solemnidad de un profesor de magia negra, y, al ver su rostro y sus movimientos que sugerían la primera figura de una cuadrilla, el abogado pensó varias veces: "¡Qué tonto!".
Después del tercer plato, Lysevitch dijo, volviéndose hacia Anna Akimovna:
La mujer de fin de siglo —me refiero a cuando es joven, y por supuesto, adinerada— debe ser independiente, inteligente, elegante, intelectual, audaz y un poco depravada. Depravada dentro de ciertos límites, un poco; porque el exceso, ya sabes, cansa. No deberías vegetar, querida; no deberías vivir como los demás, sino disfrutar plenamente de la vida, y un ligero toque de depravación es la esencia de la vida. Deléitate entre flores de fragancia embriagadora, respira el perfume del almizcle, come hachís y, lo mejor de todo, ama, ama, ama... Para empezar, en tu lugar, yo pondría siete amantes: uno para cada día de la semana; y a uno lo llamaría lunes, a otro martes, al tercer miércoles, y así sucesivamente, para que cada uno conociera su día.
Esta conversación preocupó a Anna Akimovna, que no comió nada y sólo bebió una copa de vino.
“Déjenme hablar por fin”, dijo. “En lo personal, no concibo el amor sin la vida familiar. Me siento sola, sola como la luna en el cielo, y además como una luna menguante; y digan lo que digan, estoy convencida de que esta menguante solo se puede restaurar con el amor en su sentido más común. Me parece que un amor así definiría mis deberes, mi trabajo, aclararía mi concepción de la vida. Quiero del amor paz de alma, tranquilidad; quiero todo lo contrario del almizcle, del espiritualismo y del fin de siglo ... en resumen —se sintió avergonzada—, un marido e hijos”.
—¿Quieres casarte? Bueno, también puedes —asintió Lysevitch—. Deberías vivir todas las experiencias: el matrimonio, los celos, la dulzura de la primera infidelidad, e incluso tener hijos... Pero date prisa y vive; date prisa, querida: el tiempo pasa; no esperará.
—¡Sí, me casaré! —dijo ella, mirando con enojo su rostro satisfecho y bien alimentado—. Me casaré de la manera más sencilla y común, y estaré radiante de felicidad. Y, ¿te lo puedes creer?, me casaré con un simple trabajador, un mecánico o un dibujante.
Eso tampoco tiene nada de malo. La duquesa Josiana amaba a Gwinplin, y eso le era lícito por ser gran duquesa. A ti también te es lícito, porque eres una mujer excepcional: si, querida, quieres amar a un negro o a un árabe, no tengas escrúpulos; manda a buscar a un negro. No te niegues nada. Debes ser tan audaz como tus deseos; no los dejes por debajo.
“¿Puede ser tan difícil entenderme?”, preguntó Anna Akimovna con asombro, con los ojos llenos de lágrimas. “Entienda, tengo un negocio inmenso entre manos: dos mil trabajadores, por los que debo responder ante Dios. Los hombres que trabajan para mí se están volviendo ciegos y sordos. Tengo miedo de seguir así; ¡tengo miedo! Soy desdichada, y usted tiene la crueldad de hablarme de negros y... ¡y sonríe!”. Anna Akimovna golpeó la mesa con el puño. “Seguir viviendo como llevo ahora, o casarme con alguien tan holgazán e incompetente como yo, sería un crimen. No puedo seguir viviendo así”, dijo con vehemencia. “¡No puedo!”.
—¡Qué guapa es! —dijo Lysevitch, fascinado—. ¡Dios mío, qué guapa es! Pero ¿por qué estás enfadada, querida? Quizás me equivoque; pero seguro que no te imaginas que si, por ideas que respeto profundamente, renuncias a las alegrías de la vida y llevas una vida deprimente, ¿tus trabajadores saldrán beneficiados? ¡Ni lo más mínimo! ¡No, frivolidad, frivolidad! —dijo con decisión—. Es esencial para ti; es tu deber ser frívola y depravada. Piénsalo, querida, piénsalo.
Anna Akimovna se alegró de haber hablado y se animó. Estaba contenta de haber hablado tan bien y de que sus ideas fueran tan buenas y justas, y ya estaba convencida de que si Pimenov, por ejemplo, la amaba, se casaría con él con gusto.
Mishenka empezó a servir champán.
—Me enojas, Viktor Nikolaich —dijo, chocando las copas con el abogado—. Me parece que das consejos y que tú mismo no sabes nada de la vida. Según tú, si un hombre es mecánico o delineante, ¡es inevitable que sea un campesino y un ignorante! ¡Pero son gente muy inteligente! ¡Gente extraordinaria!
—Tu tío y tu padre... los conocía y los respetaba... —dijo Krylin, haciendo una pausa para enfatizar (había estado sentado erguido como un poste y comiendo sin parar),— eran personas de considerable inteligencia y... de elevadas cualidades espirituales.
—Sí, claro, conocemos todas sus cualidades —murmuró el abogado, y pidió permiso para fumar.
Al terminar la cena, llevaron a Krylin a dormir una siesta. Lysevitch terminó su puro y, tambaleándose por la saciedad, siguió a Anna Akimovna a su estudio. Los rincones acogedores con fotografías y abanicos en las paredes, y las inevitables farolas rosas o azul pálido en medio del techo, no le gustaban, pues eran la expresión de un carácter insípido y poco original; además, el recuerdo de algunos de sus amoríos, de los que ahora se avergonzaba, se asociaba con esas farolas. El estudio de Anna Akimovna, con sus paredes desnudas y muebles de mal gusto, le gustaba sobremanera. Era cómodo y acogedor sentarse en un diván turco y contemplar a Anna Akimovna, quien solía sentarse en la alfombra frente al fuego, abrazando las rodillas, mirando el fuego y pensando en algo; y en esos momentos le parecía que su sangre de campesina y vieja creyente se agitaba en su interior.
Cada vez que, después de cenar, le llegaban el café y los licores, se animaba y empezaba a contarle chismes literarios. Hablaba con elocuencia e inspiración, y se dejaba llevar por sus propias historias; ella lo escuchaba y pensaba cada vez que por semejante disfrute valía la pena pagar no solo doce mil, sino el triple, y le perdonaba todo lo que le disgustaba. A veces le contaba la historia de algún cuento o novela que había estado leyendo, y entonces dos o tres horas pasaban desapercibidas como un minuto. Ahora empezaba con cierta tristeza, con la voz entrecortada y los ojos cerrados.
—Hace siglos, querida, que no leo nada —dijo cuando ella le pidió que le contara algo—. Aunque a veces leo a Julio Verne.
“Estaba esperando que me dijeras algo nuevo.”
—¡Mmm!... nueva —murmuró Lysevitch soñoliento, y se acomodó aún más en la esquina del sofá—. Ninguna de las nuevas obras literarias, querida, nos sirve ni a ti ni a mí. Claro, tiene que ser así, y negarse a reconocerla es negarse a reconocerla; significaría negarse a reconocer el orden natural de las cosas, y lo reconozco, pero... Lysevitch parecía haberse quedado dormido. Pero un minuto después volvió a oírse su voz:
Toda la nueva literatura gime y aúlla como el viento otoñal en la chimenea. "¡Ay, desgraciado! ¡Ah, tu vida podría compararse con una prisión! ¡Ah, qué húmeda y oscura es tu prisión! ¡Ah, sin duda te arruinarás, y no tendrás escapatoria!". Está muy bien, pero preferiría una literatura que nos dijera cómo escapar de la prisión. Sin embargo, de todos los escritores contemporáneos, prefiero a Maupassant. Lysevitch abrió los ojos. "¡Un buen escritor, un escritor perfecto!" Lysevitch se removió en su asiento. "¡Un artista maravilloso! ¡Un artista terrible, prodigioso, sobrenatural!" Lysevitch se levantó del sofá y levantó el brazo derecho. "¡Maupassant!", dijo con entusiasmo. Querida, ¡lee a Maupassant! ¡Una página suya te ofrece más que todas las riquezas de la tierra! Cada línea es un nuevo horizonte. Los impulsos más suaves y tiernos del alma se alternan con violentas sensaciones tempestuosas; tu alma, como bajo el peso de cuarenta mil atmósferas, se transforma en la más insignificante brizna de algo de un indefinido tono rosado que, imagino, si uno pudiera ponerlo en la lengua, desprendía un sabor acre y voluptuoso. ¡Qué furia de transiciones, de motivos, de melodías! Descansas plácidamente sobre los lirios y las rosas, y de repente un pensamiento —un pensamiento terrible, espléndido, irresistible— se abalanza sobre ti como una locomotora, te baña en vapor caliente y te ensordece con su silbido. Lee a Maupassant, querida; insisto en ello.
Lysevitch agitaba los brazos y caminaba de un rincón a otro con violenta excitación.
—Sí, es inconcebible —pronunció, como desesperado—; ¡su última obra me abrumó, me embriagó! Pero me temo que no te gustará. Para dejarte llevar por ella, debes saborearla, sorber lentamente el jugo de cada verso, beberla... ¡Debes beberla!...
Tras una larga introducción, con numerosas palabras como sensualidad demoníaca, una red de nervios delicadísimos, simún, cristal, etc., comenzó por fin a contar la historia de la novela. No la contó de forma caprichosa, sino con minuciosidad, citando de memoria descripciones y conversaciones completas; los personajes de la novela le fascinaban, y para describirlos se entregaba a posturas, cambiaba la expresión de su rostro y su voz como un auténtico actor. Reía deleitándose, a ratos con un grave y profundo susurro, y a ratos, con una nota aguda y estridente, se juntó las manos y se agarró la cabeza con una expresión que sugería que iba a estallar. Anna Akimovna escuchaba cautivada, aunque ya había leído la novela, y le parecía mucho más fina y sutil en la versión del abogado que en el libro mismo. Él le llamó la atención sobre diversas sutilezas y enfatizó las expresiones felices y los pensamientos profundos, pero ella solo vio en ello vida, vida, vida y a sí misma, como si hubiera sido un personaje de la novela. Se animó, y ella también, riendo y juntándose las manos, pensó que no podía seguir viviendo así, que no había necesidad de una vida miserable cuando se podía tener una espléndida. Recordó sus palabras y pensamientos durante la cena, y se sintió orgullosa de ellos; y cuando Pimenov surgió repentinamente en su imaginación, se sintió feliz y anheló que la amara.
Cuando terminó el relato, Lysevitch se sentó en el sofá, exhausto.
¡Qué espléndida eres! ¡Qué guapa! —comenzó, un rato después, con voz débil, como si estuviera enfermo—. Soy feliz a tu lado, querida, pero ¿por qué tengo cuarenta y dos años en lugar de treinta? Tus gustos y los míos no coinciden: deberías ser depravada, y yo ya pasé esa etapa hace tiempo, y necesito un amor tan delicado e inmaterial como un rayo de sol; es decir, desde el punto de vista de una mujer de tu edad, no sirvo para nada.
En sus propias palabras, amaba a Turguéniev, el cantor del amor virginal y la pureza, de la juventud y del melancólico paisaje ruso; pero amaba el amor virginal, no por conocimiento, sino por oídas, como algo abstracto, ajeno a la vida real. Ahora se aseguraba de amar a Anna Akimovna platónicamente, idealmente, aunque desconocía el significado de esas palabras. Pero se sentía cómodo, acogedor, cálido. Anna Akimovna le parecía encantadora, original, e imaginaba que la agradable sensación que le despertaba ese entorno era precisamente lo que se llamaba amor platónico.
Él puso su mejilla sobre su mano y dijo en el tono que se usa comúnmente para persuadir a los niños pequeños:
“Mi preciosa, ¿por qué me has castigado?”
¿Cómo? ¿Cuándo?
“No he recibido ningún regalo de Navidad de tu parte.”
Anna Akimovna nunca había oído hablar de que le enviaran una caja de Navidad al abogado, y ahora no sabía cuánto darle. Pero debía darle algo, pues él lo esperaba, aunque la miraba con ojos llenos de amor.
—Supongo que Nazaritch lo olvidó —dijo—, pero no es demasiado tarde para arreglarlo.
De repente recordó los mil quinientos que había recibido el día anterior, que ahora estaban en el cajón del inodoro de su dormitorio. Y cuando trajo ese dinero desagradecido y se lo dio al abogado, quien lo guardó en el bolsillo de su abrigo con indolente gracia, todo el incidente transcurrió con encanto y naturalidad. El repentino recuerdo de una caja de Navidad y esos mil quinientos no le resultó inapropiado a Lysevitch.
“Gracias”, dijo y le besó el dedo.
Krylin entró con cara feliz y soñolienta, pero sin sus decoraciones.
Lysevitch y él se quedaron un rato más, tomaron un vaso de té cada uno y se dispusieron a irse. Anna Akimovna estaba un poco avergonzada... Había olvidado por completo en qué departamento trabajaba Krylin, y si debía darle dinero o no; y, en caso de tener que hacerlo, si debía dárselo ahora o enviarlo después en un sobre.
—¿Dónde trabaja? —le susurró a Lysevitch.
—Dios sabe —murmuró Lysevitch bostezando.
Reflexionó que si Krylin solía visitar a su padre y a su tío y los respetaba, probablemente no era en vano: al parecer, había sido caritativo con ellos, sirviendo en alguna institución benéfica. Al despedirse, le entregó trescientos rublos; él pareció desconcertado y la miró en silencio durante un minuto con sus ojos de peltre, pero luego pareció comprender y dijo:
“El recibo, honorable Anna Akimovna, solo lo podrás recibir en Año Nuevo”.
Lysevitch se había vuelto completamente flácido y pesado y se tambaleó cuando Mishenka le puso el abrigo.
Mientras bajaba las escaleras parecía un hombre en el último estadio de agotamiento y era evidente que se quedaría dormido tan pronto como se subiera a su trineo.
—Su Excelencia —le dijo lánguidamente a Krylin, deteniéndose en medio de la escalera—, ¿le ha ocurrido alguna vez experimentar una sensación como si una fuerza invisible lo arrastrara cada vez más? Se siente atraído y se convierte en un alambre finísimo. Subjetivamente, esto se expresa en una curiosa sensación voluptuosa, incomparable con cualquier otra.
Anna Akimovna, parada en lo alto de las escaleras, vio cómo cada uno de ellos le entregaba una nota a Mishenka.
—¡Adiós! ¡Volved! —les gritó y corrió a su dormitorio.
Se quitó rápidamente el vestido, del que ya estaba cansada, se puso una bata y bajó corriendo las escaleras; y mientras bajaba corriendo, se reía y golpeaba los pies como un colegial; tenía un gran deseo de hacer travesuras.
IV
miVenida
La tía, con una blusa holgada estampada, Varvarushka y dos ancianas cenaban en el comedor. Un gran trozo de carne salada, un jamón y varios entremeses estaban sobre la mesa, y de la carne, que parecía especialmente gruesa y apetitosa, se elevaban nubes de vapor. En la planta baja no se servía vino, pero lo compensaban con una gran cantidad de licores y aguardientes caseros. Agafyushka, la cocinera gorda, de piel blanca y bien alimentada, estaba de pie con los brazos cruzados en el umbral, hablando con las ancianas, mientras Masha, la de abajo, una chica morena con una cinta carmesí en el pelo, servía los platos. Las ancianas habían comido bastante antes de que terminara la mañana, y una hora antes de cenar habían tomado té y bollos, así que ahora comían con esfuerzo, como por obligación.
—¡Ay, mi niña! —suspiró la tía, mientras Anna Akimovna corría al comedor y se sentaba a su lado—. ¡Me has dado un susto de muerte!
Todos en la casa se alegraban cuando Anna Akimovna estaba de buen humor y hacía travesuras; esto siempre les recordaba que los viejos habían muerto y que las ancianas no tenían autoridad en la casa, y que cualquiera podía hacer lo que quisiera sin temor a ser duramente reprendido. Solo las dos ancianas miraron a Anna Akimovna con recelo y asombro: estaba tarareando, y cantar en la mesa era pecado.
«Nuestra señora, nuestra belleza, nuestra imagen», empezó a cantar Agafyushka con dulzura. «¡Nuestra joya preciosa! La gente, la gente que ha venido hoy a contemplar a nuestra reina. ¡Señor, ten piedad de nosotros! Generales, oficiales y caballeros... Seguí mirando por la ventana y contando y contando hasta que me di por vencido».
—Preferiría que no vinieran —dijo la tía. Miró con tristeza a su sobrina y añadió—: Solo le hacen perder el tiempo a mi pobre huérfana.
Anna Akimovna tenía hambre, pues no había comido nada desde la mañana. Le sirvieron un licor muy amargo; lo bebió, probó la carne salada con mostaza y le pareció extraordinariamente rica. Luego, Masha, la de abajo, trajo el pavo, las manzanas encurtidas y las grosellas. Y eso también le gustó. Solo había una cosa desagradable: una corriente de aire caliente proveniente de la estufa de azulejos; era sofocante y a todos les ardían las mejillas. Después de cenar, quitaron el mantel y trajeron platos de galletas de menta, nueces y pasas.
“Siéntate tú también... ¡no hace falta que te quedes ahí parada!”, le dijo la tía al cocinero.
Agafyushka suspiró y se sentó a la mesa; Masha también le puso una copa de licor delante, y Anna Akimovna empezó a sentir como si el cuello blanco de Agafyushka despidiera calor como una estufa. Todas hablaban de lo difícil que era casarse hoy en día, y decían que antes, si los hombres no cortejaban la belleza, se fijaban en el dinero, pero que ahora no había forma de saber lo que querían; y mientras que antes los jorobados y los lisiados se quedaban solterones, ahora los hombres ni siquiera quieren a las bellas y ricas. La tía empezó a atribuirlo a la inmoralidad, y dijo que la gente no temía a Dios, pero de repente recordó que Iván Ivánich, su hermano y Varvarushka —ambos personas de vida santa— habían temido a Dios, pero aun así habían tenido hijos a escondidas y los habían enviado al manicomio. Se incorporó y cambió de tema, contándoles sobre un pretendiente que había tenido, un obrero de fábrica, y cómo lo había amado, pero sus hermanos la obligaron a casarse con un viudo, pintor de iconos, quien, gracias a Dios, murió dos años después. Masha, la de abajo, se sentó también a la mesa y les contó con aire misterioso que, durante la última semana, un hombre desconocido de bigote negro y abrigo con cuello de astracán se había presentado todas las mañanas en el patio, se había asomado a las ventanas de la casa grande y había seguido adelante, hasta los edificios; el hombre era agradable, guapo.
Toda esta conversación despertó en Anna Akimovna un repentino deseo de casarse, intenso y doloroso; sentía que daría la mitad de su vida y toda su fortuna solo por saber que arriba vivía un hombre más cercano a ella que nadie en el mundo, que la amaba con ternura y la extrañaba; y la idea de tal cercanía, extática e inexpresable, la turbaba. Y el instinto de juventud y salud la halagaba con falsas promesas de que la verdadera poesía de la vida no había terminado, sino que aún estaba por venir, y ella lo creía, y reclinándose en su silla (con el pelo suelto), se echó a reír, y, al mirarla, los demás también rieron. Y pasó mucho tiempo antes de que esta risa sin causa se apagara en el comedor.
Le informaron que había llegado el Escarabajo Picador. Era una peregrina llamada Pasha o Spiridonovna, una mujer delgada y menuda de unos cincuenta años, vestida de negro con un pañuelo blanco, de mirada penetrante, nariz y barbilla afiladas; tenía ojos astutos y víboras, y parecía que podía ver a través de todos. Sus labios tenían forma de corazón. Su vileza y hostilidad hacia todos le habían valido el apodo de Escarabajo Picador.
Entró en el comedor sin mirar a nadie, se dirigió a los iconos y cantó en voz alta “Tu Santo Nacimiento”, luego cantó “La Virgen hoy da a luz al Hijo”, luego “Cristo ha nacido”, luego se volvió y dirigió una mirada penetrante sobre todos ellos.
"Feliz Navidad", dijo, y besó a Anna Akimovna en el hombro. "Hice todo lo posible, todo lo que pude para llegar a ustedes, mis queridos amigos". Besó a la tía en el hombro. "Debería haber ido a verlos esta mañana, pero entré a descansar en casa de unas buenas personas por el camino. 'Quédate, Spiridonovna, quédate', me dijeron, y no me di cuenta de que caía la noche".
Como no comía carne, le dieron salmón y caviar. Comió mirando a los invitados con desdén y bebió tres vasos de vodka. Al terminar, rezó una oración y se inclinó a los pies de Anna Akimovna.
Empezaron a jugar a los reyes, como el año anterior y el anterior, y todos los sirvientes de ambos pisos se agolparon en las puertas para ver la partida. Anna Akimovna creyó ver fugazmente a Mishenka un par de veces, con una sonrisa condescendiente, entre la multitud de campesinos y campesinas. El primero en ser rey fue Escarabajo Picante, y Anna Akimovna, como soldado, pagó su tributo; luego la tía fue rey y Anna Akimovna campesina, lo que despertó el deleite general, y Agafiushka, príncipe, se sintió completamente avergonzado y complacido. Otra partida se organizó en el otro extremo de la mesa, en la que jugaban las dos Mashas, Varvarushka y la costurera Marfa Ptrovna, a quien despertaron a propósito para jugar a los reyes y cuyo rostro parecía enfadado y soñoliento.
Mientras jugaban, hablaban de hombres, de lo difícil que era hoy en día conseguir un buen marido y de qué estado era preferible: el de solterona o el de viuda.
—Eres una muchacha guapa, sana y robusta —le dijo Escarabajo Picante a Anna Akimovna—. Pero no entiendo por quién te estás conteniendo.
“¿Qué hacer si nadie me quiere?”
"¿O tal vez hiciste voto de seguir siendo doncella?", continuó Escarabajo Picante, como si no la hubiera oído. "Bueno, es una buena acción... Seguir siéndolo", repitió, mirando fija y maliciosamente sus cartas. "Muy bien, querida, seguir siendo una... Sí... solo que las doncellas, estas santas doncellas, no son todas iguales". Suspiró e hizo el rey. ¡Ay, no, mi niña, no todas son iguales! Algunas se cuidan como monjas, y ni la mantequilla se les derretiría en la boca; y si una de ellas peca en un momento de debilidad, ¡se muere de miedo, pobrecita! Así que sería un pecado condenarla. Mientras que otras irán vestidas de negro y coserán su sudario, y aun así amarán a escondidas a viejos ricos. Sí, sí, mis canarios, algunas desvergonzadas hechizarán a un anciano y lo dominarán, mis palomas, lo dominarán y lo volverán loco; y cuando hayan ahorrado suficiente dinero y billetes de lotería, lo hechizarán hasta la muerte.
La única respuesta de Varvarushka a estas insinuaciones fue suspirar y mirar hacia los iconos. Había una expresión de mansedumbre cristiana en su rostro.
“Conozco a una doncella así, mi peor enemiga”, continuó Escarabajo Picante, mirando a todos con aire triunfal; “siempre está suspirando y mirando a los iconos, la diablesa. Cuando reinaba en casa de cierto anciano, si alguien iba a verla, le daba una corteza de pan y le pedía que se inclinara ante los iconos mientras cantaba: "¡En la concepción, permaneces virgen...". En los días festivos le daba un bocado, y en los días laborables le reprochaba. ¡Pero ahora me regocijo por ella! Me regocijo todo lo que quiera, mi joya.”
Varvarushka volvió a mirar los iconos y se santiguó.
—Pero nadie me aceptará, Spiridonovna —dijo Anna Akimovna para cambiar de tema—. ¿Qué se puede hacer?
Es tu culpa. Sigues esperando caballeros con buena educación, pero deberías casarte con alguien de tu calaña, un comerciante.
—No queremos un comerciante —dijo la tía, nerviosa—. ¡Reina del Cielo, líbranos! Un caballero gastará tu dinero, pero luego será amable contigo, pobrecita. Pero un comerciante será tan estricto que no te sentirás a gusto en tu propia casa. Querrás acariciarlo y él estará contando su dinero, y cuando te sientes a comer con él, te escatimará cada bocado, aunque sea tuyo, ¡el muy patán!... ¡Cásate con un caballero!
Todos hablaron a la vez, interrumpiéndose en voz alta, y la tía golpeó la mesa con los cascanueces y dijo, sonrojada y enojada:
¡No tendremos comerciante! ¡No tendremos! Si eliges un comerciante, iré a una casa de beneficencia.
—¡Sh...! ¡Sh! ¡Silencio! —gritó Escarabajo Picante; cuando todos guardaron silencio, entrecerró un ojo y dijo: —¿Sabes qué, Annushka, pajarito mío...? No hay necesidad de que te cases como todo el mundo. Eres rica y libre, eres tu propia dueña; pero aun así, hija mía, no me parece bien que seas solterona. Te encontraré, ya sabes, un hombre tramposo e ingenuo. ¡Te casarás con él por las apariencias y luego tendrás tu ligue, guapa! Puedes darle cinco mil o diez mil, y mandarlo a donde vino, y serás la dueña de tu propia casa; podrás amar a quien quieras sin que nadie te diga nada. Y entonces podrás amar a tu caballero tan educado. ¡Lo pasarás genial! —Escarabajo Picante chasqueó los dedos y silbó.
“Es un pecado”, dijo la tía.
“Oh, qué pecado”, rió Escarabajo Picante. “Es culta, lo entiende. Cortarle el cuello a alguien o hechizar a un anciano... eso es pecado, es cierto; pero amar a una joven encantadora no lo es en absoluto. ¿Y qué hay en ello, en realidad? ¡No hay ningún pecado en ello! Las viejas peregrinas han inventado todo eso para burlarse de la gente sencilla. Yo también digo en todas partes que es pecado; ni yo misma sé por qué lo es”. Escarabajo Picante vació su copa y se aclaró la garganta. “Date un capricho, preciosa muchacha”, esta vez evidentemente dirigiéndose a sí misma. “Durante treinta años, muchachas, no he pensado en nada más que pecados y he tenido miedo, pero ahora veo que he perdido el tiempo, ¡lo he dejado pasar como una tonta! ¡Ah, he sido una tonta, una tonta!” Suspiró. El tiempo de una mujer es corto y cada día es precioso. Eres guapa, Annushka, y muy rica; pero en cuanto cumplas treinta y cinco o cuarenta, se te acaba el tiempo. No escuches a nadie, mi niña; vive, disfruta hasta los cuarenta, y entonces tendrás tiempo para pedir perdón; habrá tiempo de sobra para inclinarte y coser tu mortaja. ¡Una vela para Dios y un atizador para el diablo! ¡Puedes hacer ambas cosas a la vez! Bueno, ¿qué te parece? ¿Harás feliz a algún hombrecito?
—Lo haré —rió Anna Akimovna—. Ahora me da igual; me casaría con un trabajador.
—¡Bueno, eso estaría bien! ¡Oh, qué buen tipo elegiste entonces! —Escarabajo Picante entrecerró los ojos y negó con la cabeza—. ¡Oh, oh, oh!
—Yo misma le digo —dijo la tía— que no sirve de nada esperar a un caballero, así que más le vale casarse, no con un caballero, sino con alguien más humilde; de todas formas, deberíamos tener un hombre en casa que se encargue de todo. Y hay muchos hombres buenos. Podría tener a alguien de la fábrica. Todos son hombres serios y responsables...
—Ya lo creo —coincidió Escarabajo Picante—. Son gente estupenda. Si quieres, tía, ¿la emparejo con Vasili Lebedinsky?
—Ay, Vasya tiene las piernas tan largas —dijo la tía con seriedad—. Es tan flacucho. No tiene pinta.
Hubo risas entre la multitud en la puerta.
—¿Y bien, Pimenov? ¿Te gustaría casarte con Pimenov? —le preguntó Escarabajo Picante a Anna Akimovna.
Muy bien. Hazme una pareja con Pimenov.
"¿En realidad?"
—¡Sí, hazlo! —dijo Anna Akimovna con decisión, y golpeó la mesa con el puño—. Por mi honor, me casaré con él.
"¿En realidad?"
Anna Akimovna sintió de repente vergüenza de que le ardieran las mejillas y de que todos la miraran; arrojó las cartas sobre la mesa y salió corriendo de la habitación. Mientras subía corriendo las escaleras y, al llegar al piso superior, se sentaba al piano en el salón, un murmullo la alcanzó desde abajo como el rugido del mar; probablemente hablaban de ella y de Pimenov, y quizá Escarabajo Picante estaba aprovechando su ausencia para insultar a Varvarushka y no ponía ningún freno a su lenguaje.
La lámpara de la habitación grande era la única luz encendida en el piso superior, y proyectaba un destello a través de la puerta hacia el oscuro salón. Eran entre las nueve y las diez, no más tarde. Anna Akimovna tocó un vals, luego otro, luego un tercero; siguió tocando sin parar. Miró hacia el rincón oscuro más allá del piano, sonrió y lo llamó para sus adentros, y se le ocurrió la idea de ir al pueblo a ver a alguien, a Lysevitch, por ejemplo, y contarle lo que sentía. Quería hablar sin parar, reír, hacer el tonto, pero el rincón oscuro estaba hoscamente silencioso, y a su alrededor, en todas las habitaciones del piso superior, reinaba la quietud y la desolación.
Le gustaban las canciones sentimentales, pero tenía una voz áspera e inexperta, así que solo tocaba el acompañamiento y cantaba apenas en un susurro, casi sin aliento. Cantaba en voz baja una canción tras otra, la mayoría sobre amor, separación y esperanzas frustradas, e imaginaba cómo le extendería las manos y le diría con súplica, entre lágrimas: «¡Pimenov, quítame este peso de encima!». Y entonces, como si sus pecados hubieran sido perdonados, sentiría alegría y consuelo en su alma, y tal vez comenzaría una vida libre y feliz. Con angustia y anticipación, se inclinó sobre las teclas, anhelando apasionadamente que el cambio en su vida llegara de inmediato, sin demora, y la aterraba la idea de que su antigua vida continuara durante algún tiempo más. Entonces volvió a tocar y cantó apenas en un susurro, y todo quedó en silencio a su alrededor. Ya no se oía ningún ruido de abajo; debían de haberse acostado. Habían dado las diez hacía un rato. Se acercaba una noche larga, solitaria y agotadora.
Anna Akimovna recorrió todas las habitaciones, se tumbó un rato en el sofá y leyó en su estudio las cartas que habían llegado esa noche; había doce cartas de felicitación navideña y tres anónimas. En una de ellas, un obrero se quejaba con una letra horrible, casi ilegible, de que el aceite de Cuaresma que se vendía en la fábrica estaba rancio y olía a parafina; en otra, alguien le informaba respetuosamente que, por una compra de hierro, Nazarich había aceptado recientemente un soborno de mil rublos; en una tercera, la insultaban por su inhumanidad.
La emoción navideña se estaba desvaneciendo, y para mantenerla viva, Anna Akimovna volvió a sentarse al piano y tocó suavemente uno de los nuevos valses. Entonces recordó la inteligencia y la credibilidad con las que había hablado en la cena. Miró a su alrededor, a las ventanas oscuras, a las paredes con cuadros, a la tenue luz que provenía de la gran sala, y de repente rompió a llorar, afligida por estar tan sola y no tener a nadie con quien hablar ni consultar. Para animarse, intentó imaginar a Pimenov, pero no lo consiguió.
Dieron las doce. Mishenka, ya sin su cola de golondrina, sino con su chaqueta de porro, entró y, sin decir palabra, encendió dos velas; luego salió y regresó un minuto después con una taza de té en una bandeja.
"¿De qué te ríes?" preguntó ella, notando una sonrisa en su rostro.
"Estaba abajo y oí los chistes que hacías sobre Pimenov...", dijo, y se tapó la boca con la mano, riendo. "Si se hubiera sentado a cenar hoy con Viktor Nikolaevitch y el general, se habría muerto del susto". Los hombros de Mishenka temblaban de risa. "Apuesto a que ni siquiera sabe sostener el tenedor".
La risa y las palabras del lacayo, su chaqueta de porro y su bigote, le inspiraban a Anna Akimovna una sensación de suciedad. Cerró los ojos para no verlo y, contra su voluntad, imaginó a Pimenov cenando con Lysevitch y Krylin; su figura tímida y poco intelectual le pareció lastimosa e indefensa, y sintió repulsión. Y solo entonces, por primera vez en todo el día, comprendió con claridad que todo lo que había dicho y pensado sobre Pimenov y su matrimonio con un obrero eran disparates, locuras y obstinación. Para convencerse de lo contrario, para superar la repulsión, intentó recordar lo que había dicho en la cena, pero ya no encontraba nada en ello: la vergüenza de sus propios pensamientos y acciones, el miedo a haber dicho algo inapropiado durante el día y el asco por su propia falta de ánimo la abrumaban por completo. Tomó una vela y, tan rápido como si alguien la persiguiera, bajó corriendo las escaleras, despertó a Spiridonovna y empezó a asegurarle que había estado bromeando. Luego fue a su dormitorio. La pelirroja Masha, que dormitaba en un sillón cerca de la cama, se levantó de un salto y empezó a sacudir las almohadas. Tenía el rostro exhausto y somnoliento, y su espléndido cabello se le había caído hacia un lado.
—Tchalikov volvió esta noche —dijo bostezando—, pero no me atreví a anunciarlo; estaba muy borracho. Dice que volverá mañana.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Anna Akimovna, y tiró el peine al suelo—. No quiero verlo, no quiero.
Decidió que no le quedaba nadie en la vida excepto este Tchalikov, que nunca dejaría de perseguirla y que le recordaría a diario lo aburrida y absurda que era su vida. Así que solo servía para ayudar a los pobres. ¡Qué estúpido!
Se acostó sin desvestirse y sollozó de vergüenza y depresión: lo más vejatorio y estúpido de todo era que sus sueños de ese día sobre Pimenov habían sido acertados, elevados, honorables, pero al mismo tiempo sentía que Lysevitch e incluso Krylin estaban más cerca de ella que Pimenov y todos los trabajadores juntos. Pensó que si el largo día que acababa de pasar hubiera podido representarse en un cuadro, todo lo malo y vulgar —como, por ejemplo, la cena, la charla del abogado, el juego de los reyes— habría sido real, mientras que sus sueños y conversaciones sobre Pimenov habrían sobresalido del conjunto como algo falso, como algo sacado de un dibujo; y pensó, también, que era demasiado tarde para soñar con la felicidad, que todo había terminado para ella, y que era imposible volver a la vida en la que había dormido bajo la misma colcha con su madre, o idear una nueva vida especial.
La pelirroja Masha estaba arrodillada ante la cama, mirándola con triste perplejidad; entonces ella también comenzó a llorar y apoyó su cara en el brazo de su señora, y sin palabras quedó claro por qué estaba tan desdichada.
—¡Somos unos tontos! —dijo Anna Akimovna, riendo y llorando—. ¡Somos unos tontos! ¡Ay, qué tontos somos!
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UN PROBLEMA
TSe tomaron las medidas más estrictas para evitar que el secreto familiar de los Uskov se filtrara y se hiciera público. La mitad de los sirvientes fueron enviados al teatro o al circo; la otra mitad se quedó en la cocina, sin permiso para salir. Se ordenó que no se permitiera la entrada a nadie. La esposa del coronel, su hermana y la institutriz, aunque habían sido iniciadas en el secreto, fingieron no saber nada; se sentaron en el comedor y no se dejaron ver en la sala ni en el recibidor.
Sasha Uskov, el joven de veinticinco años que había provocado todo el revuelo, había llegado hacía algún tiempo y, por consejo de su bondadoso tío Iván Markovitch, que tomaba su parte, se sentó dócilmente en el vestíbulo, junto a la puerta que conducía al estudio, y se preparó para dar una explicación abierta y sincera.
Al otro lado de la puerta, en el estudio, se celebraba un consejo familiar. El tema en discusión era sumamente desagradable y delicado. Sasha Uskov había cobrado en un banco un pagaré falso, cuyo vencimiento había vencido tres días antes, y ahora sus dos tíos paternos e Iván Markovitch, hermano de su difunta madre, estaban decidiendo si debían pagar el dinero y salvar el honor familiar, o desentenderse y dejar el caso en juicio.
Para quienes no tienen ningún interés personal en el asunto, estas cuestiones parecen sencillas; para quienes tienen la mala suerte de tener que decidirlas seriamente, resultan extremadamente difíciles. Los tíos llevaban mucho tiempo hablando, pero el problema no parecía estar más cerca de resolverse.
—¡Amigos míos! —dijo el tío coronel, con un deje de cansancio y amargura en la voz—. ¿Quién dice que el honor familiar es una simple convención? No lo digo en absoluto. Solo les advierto contra una idea errónea; les señalo la posibilidad de un error imperdonable. ¿Cómo pueden no verlo? ¡No hablo chino, hablo ruso!
—Mi querido amigo, lo entendemos —protestó suavemente Ivan Markovitch.
¿Cómo puedes entender si dices que no creo en el honor familiar? Repito una vez más: ¡el honor fa-mi-liar mal entendido es un prejuicio! ¡Mal entendido! Eso es lo que digo: sean cuales sean los motivos para encubrir a un sinvergüenza, sea quien sea, y ayudarlo a escapar del castigo, es contrario a la ley e indigno de un caballero. No es salvar el honor familiar; ¡es cobardía cívica! Tomemos el ejército, por ejemplo... El honor del ejército es más preciado para nosotros que cualquier otro honor, pero no encubrimos a nuestros culpables, sino que los condenamos. ¿Y acaso el honor del ejército sufre las consecuencias? ¡Todo lo contrario!
El otro tío paterno, funcionario de Hacienda, taciturno, torpe y reumático, guardaba silencio o solo hablaba de que el nombre de los Uskov saldría en los periódicos si el caso llegaba a juicio. Opinaba que el caso debía silenciarse desde el principio y no hacerse público; pero, aparte de la publicidad en los periódicos, no aportó ningún otro argumento en apoyo de esta opinión.
El tío materno, el bondadoso Iván Markovitch, habló con suavidad, con voz temblorosa. Empezó diciendo que la juventud tiene sus derechos y sus peculiares tentaciones. ¿Quién de nosotros no ha sido joven y quién no se ha dejado llevar por el mal camino? Por no hablar del común de los mortales, ni siquiera los grandes hombres han escapado a errores y equivocaciones en su juventud. Tomemos, por ejemplo, la biografía de los grandes escritores. ¿Acaso no jugaron todos ellos, bebieron y atrajeron sobre sí la ira de la gente sensata en su juventud? Si el error de Sasha rozaba el crimen, hay que recordar que Sasha prácticamente no había recibido educación; había sido expulsado del instituto en quinto curso; había perdido a sus padres en la infancia, por lo que, desde muy joven, se había quedado sin guía ni influencias positivas. Era nervioso, excitable, no tenía un suelo firme bajo sus pies y, sobre todo, había tenido mala suerte. Incluso si fuera culpable, merecía la indulgencia y la compasión de todas las almas compasivas. Debía, por supuesto, ser castigado, pero lo fue por su conciencia y las agonías que padecía mientras esperaba la sentencia de sus parientes. La comparación que hizo el coronel con el ejército fue encantadora y enalteció su elevada inteligencia; su apelación al sentido del deber público hablaba de la caballerosidad de su alma, pero no debían olvidar que, en cada individuo, el ciudadano está estrechamente ligado al cristiano...
“¿Seremos infieles a nuestro deber cívico”, exclamó apasionadamente Ivan Markovitch, “si en lugar de castigar a un muchacho descarriado le tendemos una mano amiga?”
Ivan Markovitch siguió hablando del honor familiar. No tenía el honor de pertenecer a la familia Uskov, pero sabía que su distinguida familia se remontaba al siglo XIII; tampoco olvidó ni por un instante que su querida hermana había sido la esposa de uno de los representantes de ese apellido. En resumen, la familia le era querida por muchas razones, y se negaba a admitir la idea de que, por unos míseros mil quinientos rublos, se manchara el escudo de armas de un valor incalculable. Si todos los motivos que había presentado no eran suficientemente convincentes, él, Ivan Markovitch, para concluir, rogó a sus oyentes que se preguntaran qué se entendía por crimen. El crimen es un acto inmoral fundado en la mala voluntad. Pero ¿es libre la voluntad humana? La filosofía aún no ha dado una respuesta positiva a esa pregunta. Los eruditos sostenían diferentes puntos de vista. La última escuela de Lombroso, por ejemplo, niega la libertad de la voluntad y considera cada crimen como producto de las peculiaridades puramente anatómicas del individuo.
—Iván Markovitch —dijo el coronel con voz suplicante—, estamos hablando seriamente de un asunto importante, y tú traes a Lombroso, ¡qué listo! Piensa un poco: ¿para qué dices todo esto? ¿Te imaginas que con todas tus palabras y retóricas encontrarás una respuesta?
Sasha Uskov se sentó en la puerta y escuchó. No sentía terror, ni vergüenza, ni depresión, sino solo cansancio y vacío interior. Le daba igual que lo perdonaran o no; había venido allí para escuchar su sentencia y explicarse simplemente porque el bondadoso Iván Markovitch se lo había rogado. No le temía al futuro. Le daba igual dónde estuviera: allí, en la cárcel, en Siberia.
“Si es Siberia, que sea Siberia, ¡maldita sea!”
Estaba harto de la vida y la encontraba insoportablemente dura. Estaba inextricablemente endeudado; no tenía ni un céntimo en el bolsillo; su familia se había vuelto detestable para él; tarde o temprano tendría que separarse de sus amigos y sus mujeres, pues habían empezado a despreciarlas demasiado por su forma de vivir a costa de ellos. El futuro se presentaba sombrío.
Sasha se mostró indiferente, y solo lo perturbó una circunstancia: al otro lado de la puerta lo llamaban sinvergüenza y criminal. A cada minuto estaba a punto de saltar, irrumpir en el estudio y gritar en respuesta a la detestable voz metálica del Coronel:
“¡Estás mintiendo!”
«Criminal» es una palabra terrible; eso es lo que son los asesinos, ladrones y salteadores; en realidad, gente malvada y moralmente desesperanzada. Y Sasha estaba muy lejos de serlo... Era cierto que debía mucho y no pagaba sus deudas. Pero endeudarse no es un delito, y es inusual que un hombre no esté endeudado. El coronel e Iván Markovitch estaban endeudados...
“¿Qué he hecho mal además?” se preguntó Sasha.
Había desestimado un pagaré falso. Pero todos los jóvenes que conocía hacían lo mismo. Handrikov y Von Burst siempre falsificaban pagarés de sus padres o amigos cuando no les pagaban la asignación a tiempo, y luego, al recibir el dinero de casa, los cobraban antes de su vencimiento. Sasha había hecho lo mismo, pero no había cobrado el pagaré porque no había recibido el dinero que Handrikov le había prometido prestarle. No era culpa suya; era culpa de las circunstancias. Era cierto que usar la firma de otra persona se consideraba reprensible; pero, aun así, no era un delito, sino una evasiva generalmente aceptada, una desagradable formalidad que no perjudicaba a nadie y era completamente inofensiva, pues al falsificar la firma del coronel, Sasha no tenía intención de causar daño ni perjuicio a nadie.
«No, eso no significa que sea una criminal...», pensó Sasha. «Y no es propio de mí cometer un delito. Soy sensible, sensible... Cuando tengo dinero, ayudo a los pobres...».
Sasha estaba meditando de esta manera mientras seguían hablando al otro lado de la puerta.
“Pero, amigos míos, esto es interminable”, declaró el Coronel, emocionado. “Supongamos que lo perdonamos y pagamos el dinero. ¡Saben que no dejaría de llevar una vida disipada, derrochando dinero, endeudándose, yendo a nuestros sastres y encargando trajes a nuestro nombre! ¿Pueden garantizar que esta será su última travesura? Por mi parte, ¡no tengo ninguna fe en que se reforme!”
El funcionario de Hacienda murmuró algo en respuesta; tras él, Iván Markovitch volvió a hablar con tono suave y afable. El coronel movió su silla con impaciencia y ahogó las palabras del otro con su detestable voz metálica. Por fin, la puerta se abrió e Iván Markovitch salió del estudio; tenía manchas rojas en su rostro delgado y afeitado.
—Ven —dijo, tomando a Sasha de la mano—. Ven y háblame con franqueza, desde el corazón. Sin orgullo, querido muchacho, con humildad y desde el corazón.
Sasha entró en el estudio. El funcionario de Hacienda estaba sentado; el coronel estaba de pie ante la mesa con una mano en el bolsillo y una rodilla apoyada en una silla. El estudio estaba lleno de humo y hacía un calor sofocante. Sasha no miró al funcionario ni al coronel; de repente se sintió avergonzado e incómodo. Miró con inquietud a Ivan Markovitch y murmuró:
“Lo pagaré... lo devolveré...”
“¿Qué esperabas cuando descontaste el pagaré?” escuchó una voz metálica.
—Yo... Handrikov prometió prestarme el dinero antes de ahora.
Sasha no pudo decir nada más. Salió del estudio y volvió a sentarse en la silla cerca de la puerta.
Le habría encantado irse de una vez, pero el odio lo ahogaba y deseaba con todas sus fuerzas quedarse, destrozar al coronel, decirle algo grosero. Se sentó, intentando pensar en algo violento y efectivo que decirle a su odiado tío, y en ese momento, la figura de una mujer, envuelta en la penumbra, apareció en la puerta del salón. Era la esposa del coronel. Le hizo señas a Sasha para que se acercara y, retorciéndose las manos, dijo entre lágrimas:
Alexandre , sé que no te gusto, pero... escúchame; escúchame, te lo ruego... Pero, querido, ¿cómo ha podido pasar esto? ¡Es horrible, horrible! Por el amor de Dios, pídeles, defiéndete, suplícales .
Sasha miró sus hombros temblorosos, las gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas, oyó a sus espaldas las voces huecas y nerviosas de gente preocupada y agotada, y se encogió de hombros. ¡No se imaginaba en absoluto que sus parientes aristocráticos armarían semejante alboroto por unos míseros mil quinientos rublos! No podía comprender sus lágrimas ni el temblor de sus voces.
Una hora más tarde se enteró de que el coronel estaba sacando lo mejor de todo y que los tíos finalmente estaban dispuestos a dejar que el caso fuera llevado a juicio.
—Asunto resuelto —dijo el coronel suspirando—. Basta.
Tras esta decisión, todos los tíos, incluso el enfático coronel, se sintieron visiblemente deprimidos. Se hizo el silencio.
—¡Cielos misericordiosos! —suspiró Iván Markovitch—. ¡Mi pobre hermana!
Y empezó a decir en voz baja que probablemente su hermana, la madre de Sasha, estaba presente en el estudio sin ser vista en ese momento. Sintió en el alma cómo la infeliz y santa mujer lloraba, se lamentaba y suplicaba por su hijo. Por su paz en el más allá, debían perdonarle la vida a Sasha.
Se oyó un sollozo ahogado. Iván Markovitch lloraba y murmuraba algo que era imposible oír a través de la puerta. El coronel se levantó y empezó a pasearse de un rincón a otro. La larga conversación se reanudó.
Pero entonces el reloj del salón dio las dos. El consejo familiar había terminado. Para evitar ver a la persona que lo había provocado a tal ira, el coronel salió del estudio, no al recibidor, sino al vestíbulo... Iván Markovitch salió al recibidor... Estaba agitado y se frotaba las manos con alegría. Sus ojos, bañados en lágrimas, parecían alegres y su boca se curvaba en una sonrisa.
—¡Genial! —le dijo a Sasha—. ¡Gracias a Dios! Puedes irte a casa, querida, y dormir tranquila. Hemos decidido pagarte la suma, pero con la condición de que te arrepientas y vengas conmigo mañana al campo a trabajar.
Un minuto después, Ivan Markovitch y Sasha, con sus abrigos y gorras, bajaban las escaleras. El tío murmuraba algo edificante. Sasha no escuchó, pero sintió como si un peso incómodo se le quitara poco a poco de los hombros. Lo habían perdonado; ¡era libre! Una oleada de alegría lo invadió y le provocó un dulce escalofrío en el corazón. Anhelaba respirar, moverse con rapidez, ¡vivir! Al mirar las farolas y el cielo negro, recordó que Von Burst celebraba su onomástica esa noche en el "Oso", y de nuevo una oleada de alegría inundó su alma...
“¡Me voy!” decidió.
Pero entonces recordó que no tenía ni un céntimo, que sus compañeros lo despreciarían enseguida por tener los bolsillos vacíos. ¡Tenía que conseguir algo de dinero, pasara lo que pasara!
“Tío, préstame cien rublos”, le dijo a Iván Markovitch.
Su tío, sorprendido, lo miró a la cara y se apoyó contra un poste de luz.
—Dámelo —dijo Sasha, cambiando de pie con impaciencia y jadeando—. Tío, te lo ruego, dame cien rublos.
Su rostro se contrajo, tembló y pareció a punto de atacar a su tío.
"¿No lo harás?", seguía preguntando, al ver que su tío seguía asombrado y no entendía. "Escucha. ¡Si no lo haces, me entregaré mañana! ¡No te dejaré pagar el pagaré! ¡Mañana presentaré otro pagaré falso!"
Aterrorizado, murmurando algo incoherente, Ivan Markovitch sacó un billete de cien rublos de su cartera y se lo dio a Sasha. El joven lo cogió y se alejó rápidamente de él...
Al subirse a un trineo, Sasha se tranquilizó y sintió una oleada de alegría de nuevo. Los "derechos de la juventud" de los que el bondadoso Iván Markovitch había hablado en el consejo familiar despertaron y se impusieron. Sasha imaginó la fiesta que tenía delante, y, entre las botellas, las mujeres y sus amigos, un pensamiento cruzó su mente:
“Ahora veo que soy un criminal; sí, soy un criminal”.
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Sigue II
FIN

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