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Libro N° 14238. Las Categorías. Aristóteles.


© Libro N° 14238. Las Categorías. Aristóteles.  Emancipación. Septiembre 6 de 2025

 

Título Original: © Las Categorías. Aristóteles

 

Versión Original: © Las Categorías. Aristóteles

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.gutenberg.org/cache/epub/2412/pg2412-images.html


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LAS CATEGORÍAS

Aristóteles




Las Categorías

Aristóteles




Título : Las Categorías

Autor : Aristóteles

Traductor : EM Edghill

Fecha de lanzamiento : 1 de noviembre de 2000 [eBook #2412]

Última actualización: 1 de enero de 2021

Idioma : Inglés

Créditos : Producido por Glyn Hughes. Versión HTML por Al Haines.







Las categorías


Por

Aristóteles


Traducido por EM Edghill






CONTENIDO

Sección 1

         Parte 1

         Parte 2

         Parte 3

         Parte 4

         Parte 5

         Parte 6



Sección 2

         Parte 7 Parte

         8



Sección 3

         Parte 9

         Parte 10

         Parte 11

         Parte 12

         Parte 13

         Parte 14

         Parte 15




Sección 1

Parte 1

Se dice que las cosas se nombran 'equívocamente' cuando, aunque tienen un nombre común, la definición correspondiente a dicho nombre difiere para cada una. Así, un hombre real y una figura en una pintura pueden reclamar el nombre de 'animal'; sin embargo, se les llama así equívocamente, pues, aunque tienen un nombre común, la definición correspondiente a dicho nombre difiere para cada una. Pues si alguien definiera en qué sentido cada una es un animal, su definición en un caso solo sería apropiada para ese caso.

Por otro lado, se dice que las cosas se nombran «unívocamente» cuando comparten tanto el nombre como la definición correspondiente. Un hombre y un buey son ambos «animales», y se les nombra así unívocamente, puesto que no solo el nombre, sino también la definición, es la misma en ambos casos: pues si un hombre indicara en qué sentido cada uno es un animal, la afirmación en un caso sería idéntica a la del otro.

Se dice que las cosas se nombran «derivativamente», pues derivan su nombre de otro nombre, pero difieren de este en su terminación. Así, el nombre del gramático deriva de la palabra «gramática», y el del hombre valiente, de la palabra «coraje».




Parte 2

Las formas de habla son simples o compuestas. Ejemplos de estas últimas son expresiones como «el hombre corre», «el hombre gana»; de las primeras, «hombre», «buey», «corre», «gana».

De las cosas mismas, algunas son predicables de un sujeto, y nunca están presentes en él. Así, «hombre» es predicable del hombre individual, y nunca está presente en un sujeto.

Cuando digo "estar presente en un sujeto" no me refiero a estar presente como las partes lo están en un todo, sino a ser incapaz de existir aparte de dicho sujeto.

Algunas cosas, además, están presentes en un sujeto, pero nunca son predicables de él. Por ejemplo, cierto punto de conocimiento gramatical está presente en la mente, pero no es predicable de ningún sujeto; o, de nuevo, cierta blancura puede estar presente en el cuerpo (pues el color requiere una base material), pero nunca es predicable de nada.

Otras cosas, a su vez, son predicables de un sujeto y están presentes en él. Así, si bien el conocimiento está presente en la mente humana, es predicable de la gramática.

Existe, por último, una clase de cosas que no están presentes en un sujeto ni son predicables de un sujeto, como el hombre individual o el caballo individual. Pero, hablando de forma más general, lo que es individual y tiene el carácter de una unidad nunca es predicable de un sujeto. Sin embargo, en algunos casos nada impide que esto esté presente en un sujeto. Así, cierto punto de conocimiento gramatical está presente en un sujeto.




Parte 3

Cuando una cosa se predica de otra, todo lo que es predicable del predicado será también predicable del sujeto. Así, «hombre» se predica del hombre individual; pero «animal» se predica del «hombre»; por lo tanto, también será predicable del hombre individual, pues el hombre individual es a la vez «hombre» y «animal».

Si los géneros son diferentes y coordinados, sus diferencias son, a su vez, de diferente naturaleza. Tomemos como ejemplo el género «animal» y el género «conocimiento». «Con pies», «bípedo», «alado», «acuático» son diferencias de «animal»; las especies de conocimiento no se distinguen por las mismas diferencias. Una especie de conocimiento no difiere de otra por ser «bípeda».

Pero donde un género está subordinado a otro, nada impide que tengan las mismas diferencias, pues la clase mayor se predica de la menor, de modo que todas las diferencias del predicado serán también diferencias del sujeto.




Parte 4

Las expresiones que no son en absoluto compuestas significan sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, estado, acción o afecto. Para resumir mi significado, ejemplos de sustancia son «hombre» o «el caballo», de cantidad, términos como «dos codos de largo» o «tres codos de largo», de calidad, atributos como «blanco» y «gramatical». «Doble», «mitad», «mayor» se incluyen en la categoría de relación; «en la plaza del mercado», «en el Liceo», en la de lugar; «ayer», «el año pasado», en la de tiempo. «Acostado», «sentado» son términos que indican posición; «herrado», «armado», estado; «lanzar», «cauterizar», acción; «ser lanceado», «ser cauterizado», afecto.

Ninguno de estos términos, en sí mismo, implica una afirmación; es mediante la combinación de dichos términos que surgen enunciados positivos o negativos. Pues toda afirmación debe, como se admite, ser verdadera o falsa, mientras que expresiones que no son en absoluto compuestas, como «hombre», «blanco», «corre», «gana», no pueden ser verdaderas ni falsas.




Parte 5

Sustancia, en el sentido más verdadero, primario y definido de la palabra, es aquello que no es predicable de un sujeto ni está presente en él; por ejemplo, el hombre o el caballo. Pero, en sentido secundario, se llaman sustancias aquellas cosas que, como especies, incluyen las sustancias primarias; también aquellas que, como géneros, incluyen las especies. Por ejemplo, el hombre está incluido en la especie «hombre», y el género al que pertenece esta es «animal»; estas, por lo tanto —es decir, la especie «hombre» y el género «animal»— se denominan sustancias secundarias.

De lo dicho se desprende claramente que tanto el nombre como la definición del predicado deben ser predicables del sujeto. Por ejemplo, «hombre» se predica del individuo hombre. Ahora bien, en este caso, el nombre de la especie «hombre» se aplica al individuo, pues usamos el término «hombre» para describir al individuo; y la definición de «hombre» también se predicará del individuo hombre, pues el individuo hombre es a la vez hombre y animal. Por lo tanto, tanto el nombre como la definición de la especie son predicables del individuo.

Por otra parte, respecto a las cosas presentes en un sujeto, generalmente ni su nombre ni su definición son predicables de aquello en que están presentes. Si bien la definición nunca es predicable, en ciertos casos nada impide que se use el nombre. Por ejemplo, la presencia de «blanco» en un cuerpo se predica de aquello en que está presente, pues un cuerpo se llama blanco; sin embargo, la definición del color «blanco» nunca es predicable del cuerpo.

Todo, excepto las sustancias primarias, se predica de una sustancia primaria o está presente en una sustancia primaria. Esto se hace evidente en referencia a casos particulares que ocurren. «Animal» se predica de la especie «hombre», por lo tanto, del hombre individual, pues si no hubiera un hombre individual del cual pudiera predicarse, no podría predicarse de la especie «hombre». Asimismo, el color está presente en el cuerpo, por lo tanto, en los cuerpos individuales, pues si no hubiera un cuerpo individual en el que estuviera presente, no podría estar presente en el cuerpo en absoluto. Así, todo, excepto las sustancias primarias, se predica de las sustancias primarias o está presente en ellas, y si estas últimas no existieran, sería imposible que existiera nada más.

De las sustancias secundarias, la especie es más propiamente sustancia que el género, al estar más estrechamente relacionada con la sustancia primaria. Pues si alguien explicara qué es una sustancia primaria, ofrecería una explicación más instructiva, y más apropiada para el tema, al mencionar la especie que el género. Así, daría una explicación más instructiva de un hombre individual al afirmar que era hombre que al afirmar que era animal, pues la primera descripción es más peculiar del individuo, mientras que la segunda es demasiado general. Asimismo, quien explica la naturaleza de un árbol individual dará una explicación más instructiva al mencionar la especie «árbol» que al mencionar el género «planta».

Además, las sustancias primarias se denominan sustancias con mayor propiedad en virtud de que son las entidades que subyacen a todo lo demás, y que todo lo demás se predica de ellas o está presente en ellas. Ahora bien, la misma relación que subsiste entre la sustancia primaria y todo lo demás subsiste también entre la especie y el género: pues la especie es al género como el sujeto al predicado, puesto que el género se predica de la especie, mientras que la especie no puede predicarse del género. Así pues, tenemos un segundo fundamento para afirmar que la especie es más verdaderamente sustancia que el género.

De las especies mismas, salvo en el caso de las que son géneros, ninguna es más sustancia que otra. No daríamos una descripción más apropiada del hombre individual indicando la especie a la que pertenecía, que de un caballo individual adoptando el mismo método de definición. Del mismo modo, de las sustancias primarias, ninguna es más sustancia que otra; un hombre individual no es más sustancia que un buey individual.

Es, pues, con razón que, de todo lo que queda, al excluir las sustancias primarias, concedemos solo a las especies y géneros el nombre de «sustancia secundaria», pues solo estos, de todos los predicados, transmiten el conocimiento de la sustancia primaria. Pues es al enunciar la especie o el género como definimos apropiadamente a cualquier hombre individual; y nuestra definición será más exacta al enunciar la primera que al enunciar el segundo. Todo lo demás que enunciemos, como que es blanco, que corre, etc., es irrelevante para la definición. Por lo tanto, es justo que solo estas, aparte de las sustancias primarias, se llamen sustancias.

Además, las sustancias primarias reciben este nombre con mayor propiedad, ya que subyacen y son el sujeto de todo lo demás. Ahora bien, la misma relación que subsiste entre la sustancia primaria y todo lo demás subsiste también entre la especie y el género al que pertenece la sustancia primaria, por un lado, y todo atributo que no esté incluido en estos, por otro. Pues estos son el sujeto de todo lo demás. Si llamamos a un individuo «experto en gramática», el predicado se aplica también a la especie y al género al que pertenece. Esta ley se cumple en todos los casos.

Es una característica común de toda sustancia el no estar nunca presente en un sujeto. Pues la sustancia primaria no está presente en un sujeto ni se predica de un sujeto; mientras que, con respecto a las sustancias secundarias, se desprende claramente de los siguientes argumentos (aparte de otros) que no están presentes en un sujeto. Pues «hombre» se predica del hombre individual, pero no está presente en ningún sujeto: pues la humanidad no está presente en el hombre individual. Del mismo modo, «animal» también se predica del hombre individual, pero no está presente en él. Además, cuando una cosa está presente en un sujeto, aunque el nombre pueda aplicarse perfectamente a aquello en lo que está presente, la definición no puede aplicarse. Sin embargo, de las sustancias secundarias, no solo el nombre, sino también la definición, se aplican al sujeto: deberíamos usar tanto la definición de la especie como la del género con referencia al hombre individual. Por lo tanto, la sustancia no puede estar presente en un sujeto.

Sin embargo, esto no es exclusivo de la sustancia, pues también ocurre que las diferencias no pueden estar presentes en los sujetos. Las características «terrestre» y «bípedo» se predican de la especie «hombre», pero no están presentes en ella. Pues no están en el hombre. Además, la definición de la diferencia puede predicarse de aquello de lo que se predica la diferencia misma. Por ejemplo, si la característica «terrestre» se predica de la especie «hombre», la definición de esa característica también puede usarse para formar el predicado de la especie «hombre», pues «hombre» es terrestre.

El hecho de que las partes de las sustancias parezcan estar presentes en el todo, como en un sujeto, no debería hacernos temer que tuviéramos que admitir que dichas partes no son sustancias: pues al explicar la frase 'estar presente en un sujeto', afirmamos que queríamos decir 'de otro modo que como partes en un todo'.

La característica de las sustancias y de las diferenciadas es que, en todas las proposiciones de las que forman el predicado, se predican unívocamente. Pues todas estas proposiciones tienen por sujeto al individuo o a la especie. Es cierto que, puesto que la sustancia primaria no es predicable de nada, nunca puede formar el predicado de ninguna proposición. Pero en las sustancias secundarias, la especie se predica del individuo, el género tanto de la especie como del individuo. De igual modo, las diferenciadas se predican de la especie y de los individuos. Además, la definición de la especie y la del género son aplicables a la sustancia primaria, y la del género a la especie. Pues todo lo que se predica del predicado se predicará también del sujeto. De igual modo, la definición de las diferenciadas será aplicable a la especie y a los individuos. Pero se afirmó anteriormente que la palabra «unívoca» se aplicaba a aquellas cosas que tenían nombre y definición en común. Queda, pues, establecido que en toda proposición cuyo predicado es una sustancia o una diferencia, éstas se predican unívocamente.

Toda sustancia parece significar lo individual. En el caso de la sustancia primaria, esto es indiscutiblemente cierto, pues la cosa es una unidad. En el caso de las sustancias secundarias, cuando hablamos, por ejemplo, de «hombre» o «animal», nuestra forma de hablar da la impresión de que también nos referimos a lo individual, pero esta impresión no es estrictamente cierta; pues una sustancia secundaria no es un individuo, sino una clase con cierta cualificación; pues no es una y única como lo es una sustancia primaria; las palabras «hombre» y «animal» se pueden predicar de más de un sujeto.

Sin embargo, especie y género no solo indican cualidad, como el término «blanco»; «blanco» indica cualidad y nada más, sino que especie y género determinan la cualidad con referencia a una sustancia: significan sustancia cualitativamente diferenciada. La calificación determinada abarca un campo más amplio en el caso del género que en el de la especie: quien usa la palabra «animal» utiliza aquí una palabra de mayor alcance que quien usa la palabra «hombre».

Otra característica de la sustancia es que no tiene contrario. ¿Qué podría ser el contrario de una sustancia primaria, como el hombre o el animal? No lo tiene. Ni la especie ni el género pueden tener un contrario. Sin embargo, esta característica no es exclusiva de la sustancia, sino que se aplica a muchas otras cosas, como la cantidad. No hay nada que constituya el contrario de «dos codos de largo», de «tres codos de largo», de «diez», ni de ningún término similar. Se podría argumentar que «mucho» es el contrario de «poco», o «grande» de «pequeño», pero para términos cuantitativos definidos no existe contrario.

La sustancia, de nuevo, no parece admitir variación de grado. No quiero decir con esto que una sustancia no pueda ser más o menos verdaderamente sustancia que otra, pues ya se ha afirmado que así es; sino que ninguna sustancia admite diversos grados dentro de sí misma. Por ejemplo, una sustancia particular, el «hombre», no puede ser más o menos hombre que él mismo en algún otro momento ni que algún otro hombre. Un hombre no puede ser más hombre que otro, como lo blanco puede ser más o menos blanco que otro objeto blanco, o como lo bello puede ser más o menos bello que otro objeto bello. Además, se dice que la misma cualidad subsiste en una cosa en diversos grados en diferentes momentos. Un cuerpo, siendo blanco, se dice que es más blanco en un momento que antes, o, siendo cálido, se dice que es más cálido o menos cálido que en algún otro momento. Pero no se dice que la sustancia sea más o menos lo que es: un hombre no es más verdaderamente hombre en un momento dado que antes, ni nada, si es sustancia, es más o menos lo que es. La sustancia, entonces, no admite variación de grado.

La característica más distintiva de la sustancia parece ser que, aun permaneciendo numéricamente una e igual, es capaz de admitir cualidades contrarias. Entre las cosas distintas a la sustancia, no podríamos encontrar ninguna que poseyera esta característica. Así, un mismo color no puede ser blanco y negro. Tampoco una misma acción puede ser buena o mala: esta ley se aplica a todo lo que no es sustancia. Pero una misma sustancia, aun conservando su identidad, es capaz de admitir cualidades contrarias. Una misma persona es a veces blanca, a veces negra, a veces cálida, a veces fría, a veces buena, a veces mala. Esta capacidad no se encuentra en ningún otro lugar, aunque podría sostenerse que una afirmación u opinión fuera una excepción a la regla. Se concuerda en que una misma afirmación puede ser verdadera y falsa. Pues si la afirmación «está sentado» es verdadera, sin embargo, cuando la persona en cuestión se haya levantado, la misma afirmación será falsa. Lo mismo ocurre con las opiniones. Pues si alguien cree con certeza que una persona está sentada, pero cuando se levanta, esta misma opinión, si se mantiene, será falsa. Sin embargo, aunque se permita esta excepción, existe, no obstante, una diferencia en la manera en que ocurre el hecho. Es por sí misma, cambiando, que las sustancias admiten cualidades contrarias. Así, lo que era caliente se vuelve frío, pues ha entrado en un estado diferente. De igual modo, lo que era blanco se vuelve negro, y lo que era malo, bueno, mediante un proceso de cambio; y de la misma manera, en todos los demás casos, es por el cambio que las sustancias son capaces de admitir cualidades contrarias. Pero los enunciados y las opiniones permanecen inalterados en todos los aspectos: es por la alteración de los hechos del caso que la cualidad contraria llega a ser suya. El enunciado «está sentado» permanece inalterado, pero a veces es verdadero, a veces falso, según las circunstancias. Lo dicho sobre los enunciados se aplica también a las opiniones. Así, respecto a la manera en que ocurre el hecho, la característica peculiar de la sustancia es que sea capaz de admitir cualidades contrarias; porque es por sí mismo cambiando que lo hace.

Si, entonces, alguien hiciera esta excepción y sostuviera que los enunciados y opiniones son capaces de admitir cualidades contrarias, su argumento sería erróneo. Pues se dice que los enunciados y opiniones tienen esta capacidad no porque ellos mismos experimenten modificación, sino porque esta modificación ocurre en el caso de algo más. La verdad o falsedad de un enunciado depende de los hechos, y no de su capacidad para admitir cualidades contrarias. En resumen, nada puede alterar la naturaleza de los enunciados y opiniones. Como, entonces, no se produce ningún cambio en sí mismos, no se puede decir que sean capaces de admitir cualidades contrarias.

Pero es en razón de la modificación que se produce en la propia sustancia que se dice que una sustancia es capaz de admitir cualidades contrarias; pues una sustancia admite en sí misma enfermedad o salud, blancura o negrura. Es en este sentido que se dice que es capaz de admitir cualidades contrarias.

En resumen, es una marca distintiva de la sustancia, que, aunque permaneciendo numéricamente una y la misma, es capaz de admitir cualidades contrarias, produciéndose la modificación a través de un cambio en la sustancia misma.

Basten estas observaciones sobre el tema de fondo.




Parte 6

La cantidad es discreta o continua. Además, algunas cantidades son tales que cada parte del todo tiene una posición relativa con respecto a las demás; otras no tienen tal relación entre sí.

Ejemplos de cantidades discretas son el número y el habla; de cantidades continuas, las líneas, las superficies, los sólidos y, además de éstos, el tiempo y el lugar.

En el caso de las partes de un número, no existe un límite común en el que se unan. Por ejemplo: dos cincos suman diez, pero los dos cincos no tienen un límite común, sino que están separados; las partes tres y siete tampoco se unen en ningún límite. Generalizando, tampoco sería posible en el caso del número que existiera un límite común entre las partes; siempre están separadas. El número, por lo tanto, es una cantidad discreta.

Lo mismo ocurre con el habla. Es evidente que el habla es una cantidad, pues se mide en sílabas largas y cortas. Me refiero al habla vocal. Además, es una cantidad discreta, pues sus partes no tienen un límite común. No hay un límite común donde se unan las sílabas, sino que cada una es independiente y distinta de las demás.

Una línea, por otro lado, es una cantidad continua, pues es posible encontrar un límite común en el que se unen sus partes. En el caso de la línea, este límite común es el punto; en el caso del plano, es la línea, pues las partes del plano también tienen un límite común. De igual manera, se puede encontrar un límite común en el caso de las partes de un sólido, es decir, una línea o un plano.

El espacio y el tiempo también pertenecen a esta clase de magnitudes. El tiempo, pasado, presente y futuro, forma un todo continuo. El espacio, asimismo, es una magnitud continua, pues las partes de un sólido ocupan un espacio determinado y comparten un límite común; de ahí que las partes del espacio ocupadas por las partes del sólido también compartan el mismo límite común que las partes del sólido. Así, no solo el tiempo, sino también el espacio, es una magnitud continua, pues sus partes comparten un límite común.

Las cantidades constan de partes que guardan una posición relativa entre sí, o de partes que no la guardan. Las partes de una línea guardan una posición relativa entre sí, pues cada una se encuentra en algún lugar, y sería posible distinguirlas, indicar su posición en el plano y explicar a qué tipo de parte, entre las demás, era contigua. De igual modo, las partes de un plano tienen posición, pues podría indicarse cuál era la posición de cada una y qué tipo de partes eran contiguas. Lo mismo ocurre con el sólido y el espacio. Pero sería imposible demostrar que las partes de un número tuvieran una posición relativa entre sí, o una posición particular, ni indicar qué partes eran contiguas. Tampoco podría hacerse esto en el caso del tiempo, pues ninguna de las partes del tiempo tiene una existencia permanente, y lo que no perdura difícilmente puede tener posición. Sería mejor decir que dichas partes tenían un orden relativo, en virtud de que una es anterior a la otra. Lo mismo ocurre con los números: al contar, «uno» precede a «dos» y «dos» a «tres», por lo que se puede decir que las partes del número poseen un orden relativo, aunque sería imposible determinar una posición distinta para cada una. Esto también aplica al habla. Ninguna de sus partes tiene una existencia permanente: una vez pronunciada una sílaba, no es posible retenerla, por lo que, naturalmente, al no permanecer, las partes no pueden tener posición. Así, algunas cantidades constan de partes que tienen posición y otras que no.

Estrictamente hablando, solo las cosas que he mencionado pertenecen a la categoría de cantidad: todo lo demás que se denomina cuantitativo es una cantidad en sentido secundario. Es porque tenemos en mente alguna de estas cantidades, propiamente dichas, que aplicamos términos cuantitativos a otras cosas. Decimos que lo blanco es grande, porque la superficie sobre la que se extiende es grande; decimos que una acción o un proceso es prolongado, porque el tiempo que abarca es largo; estas cosas no pueden, por sí mismas, reclamar el epíteto cuantitativo. Por ejemplo, si alguien explicara la duración de una acción, su afirmación se haría en términos del tiempo empleado, es decir, que duró un año, o algo similar. De la misma manera, explicaría el tamaño de un objeto blanco en términos de superficie, pues indicaría el área que abarca. Así pues, las cosas ya mencionadas, y solo estas, son, por su naturaleza intrínseca, cantidades; ninguna otra cosa puede reclamar el nombre por sí misma, sino, si acaso, solo en sentido secundario.

Las cantidades no tienen contrarios. En el caso de cantidades definidas, esto es obvio; así, no hay nada que sea contrario de «dos codos de largo» o «tres codos de largo», ni de una superficie, ni de ninguna de estas cantidades. Alguien podría, de hecho, argumentar que «mucho» es el contrario de «poco» y «grande» de «pequeño». Pero estos no son cuantitativos, sino relativos; las cosas no son grandes o pequeñas en términos absolutos; se les llama así más bien como resultado de un acto de comparación. Por ejemplo, una montaña se llama pequeña, un grano grande, en virtud de que este último es más grande que otros de su tipo, el primero menos. Por lo tanto, aquí se hace referencia a un estándar externo, pues si los términos «grande» y «pequeño» se usaran en términos absolutos, una montaña nunca se llamaría pequeña ni un grano grande. De nuevo, decimos que hay mucha gente en un pueblo y poca en Atenas, aunque la de la ciudad sea mucho mayor que la del pueblo; o decimos que una casa tiene muchos habitantes y un teatro pocos, aunque quienes están en el teatro superan con creces a los de la casa. Los términos «dos codos de largo», «tres codos de largo», etc., indican cantidad; los términos «grande» y «pequeño» indican relación, pues se refieren a un estándar externo. Por lo tanto, es evidente que estos deben clasificarse como relativos.

Además, ya sea que los definamos como cuantitativos o no, no tienen contrarios: pues ¿cómo puede haber un contrario de un atributo que no se puede aprehender en sí mismo, sino solo por referencia a algo externo? Además, si «grande» y «pequeño» son contrarios, ocurrirá que el mismo sujeto pueda admitir cualidades contrarias al mismo tiempo, y que las cosas mismas serán contrarias a sí mismas. Pues a veces ocurre que una misma cosa es pequeña y grande. Pues una misma cosa puede ser pequeña en comparación con una cosa y grande en comparación con otra, de modo que una misma cosa llega a ser pequeña y grande a la vez, y es de tal naturaleza que admite cualidades contrarias al mismo tiempo. Sin embargo, cuando se discutía la sustancia, se convino en que nada admite cualidades contrarias al mismo tiempo. Pues aunque la sustancia es capaz de admitir cualidades contrarias, nadie está enfermo y sano al mismo tiempo, nada es blanco y negro al mismo tiempo. Tampoco hay nada que sea calificado de maneras contrarias al mismo tiempo.

Además, si estos fueran contrarios, serían a su vez contrarios. Pues si «grande» es el contrario de «pequeño», y una misma cosa es grande y pequeña a la vez, entonces «pequeño» o «grande» es el contrario de sí mismo. Pero esto es imposible. El término «grande», por lo tanto, no es el contrario de «pequeño», ni «mucho» de «pequeño». Y aunque alguien llamara a estos términos no relativos, sino cuantitativos, no tendrían contrarios.

Es en el caso del espacio donde la cantidad parece admitir con mayor plausibilidad un contrario. Pues se define el término «arriba» como el contrario de «abajo», cuando se refieren a la región central; y esto es así porque nada está más lejos de los extremos del universo que la región central. De hecho, parece que al definir contrarios de todo tipo se recurre a una metáfora espacial, pues se dice que son contrarios aquellos que, dentro de la misma clase, están separados por la mayor distancia posible.

Al parecer, la cantidad no admite variación de grado. Una cosa no puede tener dos codos de longitud en mayor grado que otra. De igual manera, con respecto al número: lo que es «tres» no es más verdaderamente tres que lo que es «cinco» es cinco; ni un conjunto de tres es más verdaderamente tres que otro conjunto. Además, no se dice que un período de tiempo sea más verdaderamente tiempo que otro. Tampoco existe ninguna otra clase de cantidad, de todas las mencionadas, con respecto a la cual se pueda predicar variación de grado. La categoría de cantidad, por lo tanto, no admite variación de grado.

La característica más distintiva de la cantidad es que la igualdad y la desigualdad se predican de ella. Cada una de las cantidades mencionadas se dice que es igual o desigual. Por ejemplo, un sólido se dice que es igual o desigual a otro; también se pueden aplicar estos términos al número y al tiempo, y de hecho, a todas las clases de cantidad mencionadas.

Lo que no es una cantidad no puede, al parecer, considerarse igual o desigual a ninguna otra cosa. Una disposición o cualidad particular, como la blancura, no se compara con otra en términos de igualdad o desigualdad, sino en términos de semejanza. Por lo tanto, la característica distintiva de la cantidad es que puede considerarse igual o desigual.




Sección 2


Parte 7

Se llaman relativos aquellos términos que, al decirse que pertenecen a algo o que están relacionados con algo, se explican por referencia a ese otro. Por ejemplo, la palabra «superior» se explica por referencia a algo, pues se refiere a la superioridad sobre algo. De igual manera, la expresión «doble» tiene esta referencia externa, pues se refiere al doble de algo. Lo mismo ocurre con todo lo demás de este tipo. Existen, además, otros relativos, como el hábito, la disposición, la percepción, el conocimiento y la actitud. El significado de todos ellos se explica por referencia a algo diferente y de ninguna otra manera. Así, un hábito es el hábito de algo, el conocimiento es el conocimiento de algo, la actitud es la actitud de algo. Lo mismo ocurre con todos los demás relativos mencionados. Se llaman relativos, entonces, aquellos términos cuya naturaleza se explica por referencia a algo diferente, usándose la preposición «de» u otra preposición para indicar la relación. Así, una montaña se llama grande en comparación con otra; pues la montaña reclama este atributo por comparación con algo. Además, lo que se llama similar debe ser similar a otra cosa, y todos los demás atributos similares tienen esta referencia externa. Cabe señalar que estar acostado, de pie y sentado son actitudes particulares, pero la actitud en sí misma es un término relativo. Estar acostado, de pie o sentado no son actitudes en sí mismas, sino que toman su nombre de las actitudes mencionadas.

Es posible que los relativos tengan contrarios. Así, la virtud tiene un contrario, el vicio, siendo ambos relativos; el conocimiento también tiene un contrario, la ignorancia. Pero esta no es la característica de todos los relativos; «doble» y «triple» no tienen contrario, ni siquiera existe tal término.

También parece que los relativos pueden admitir variación de grado. Pues 'similar' y 'diferente', 'igual' y 'desigual', tienen las modificaciones 'más' y 'menos' aplicadas a ellos, y cada una de estas es de carácter relativo: pues los términos 'similar' y 'desigual' se refieren a algo externo. Sin embargo, de nuevo, no todo término relativo admite variación de grado. Ningún término como 'doble' admite esta modificación. Todos los relativos tienen correlativos: por el término 'esclavo' nos referimos al esclavo de un amo, por el término 'amo', al amo de un esclavo; por 'doble', al doble de su mitad; por 'mitad', a la mitad de su doble; por 'mayor', mayor que lo que es menor; por 'menor', menor que lo que es mayor.

Lo mismo ocurre con cualquier otro término relativo; pero el caso que usamos para expresar la correlación difiere en algunos casos. Así, por conocimiento nos referimos al conocimiento de lo cognoscible; por lo cognoscible, a lo que ha de ser aprehendido por el conocimiento; por percepción, a la percepción de lo perceptible; por lo perceptible, a lo que se aprehende por la percepción.

A veces, sin embargo, la reciprocidad de correlación parece no existir. Esto ocurre cuando se comete un error y no se enuncia con precisión aquello con lo que se relaciona el relativo. Si alguien afirma que un ala es necesariamente relativa a un pájaro, la conexión entre ambos no será recíproca, pues no será posible decir que un pájaro es un pájaro por razón de sus alas. La razón es que la afirmación original era inexacta, pues no se dice que el ala sea relativa al pájaro en cuanto pájaro, ya que muchas criaturas, además de las aves, tienen alas, sino en cuanto criatura alada. Si, entonces, la afirmación es precisa, la conexión será recíproca, pues podemos hablar de un ala, haciendo referencia necesariamente a una criatura alada, y de una criatura alada como tal debido a sus alas.

Ocasionalmente, quizás sea necesario acuñar términos, si no existe una palabra que explique adecuadamente una correlación. Si definimos un timón como necesariamente referente a un barco, nuestra definición no será apropiada, pues el timón no tiene esta referencia a un barco en cuanto barco, ya que hay barcos que no tienen timones. Por lo tanto, no podemos usar los términos recíprocamente, pues no se puede decir que la palabra «barco» encuentre su explicación en la palabra «timón». Como no existe una palabra, nuestra definición sería quizás más precisa si acuñáramos una palabra como «ruddered» como correlativo de «rudder». Si nos expresamos así con precisión, en cualquier caso, los términos están conectados recíprocamente, pues lo «ruddered» es «ruddered» en virtud de su timón. Lo mismo ocurre en todos los demás casos. Una cabeza se definirá con mayor precisión como correlativo de aquello que es «cabezado» que como la de un animal, pues el animal no tiene cabeza en cuanto animal, ya que muchos animales carecen de ella.

Así, tal vez podamos comprender más fácilmente aquello a lo que se relaciona una cosa, cuando no existe un nombre, si, de aquello que tiene un nombre, derivamos un nombre nuevo y lo aplicamos a aquello con lo que el primero está recíprocamente conectado, como en los casos antes mencionados, cuando derivamos la palabra "alado" de "ala" y de "timón".

Todos los parientes, si se definen correctamente, tienen un correlativo. Añado esta condición porque, si aquello con lo que se relacionan se enuncia de forma aleatoria e imprecisa, no se considera que ambos sean interdependientes. Permítanme explicar lo que quiero decir con más claridad. Incluso en el caso de correlativos reconocidos, y donde existen nombres para cada uno, no habrá interdependencia si uno de los dos se denota, no por el nombre que expresa la noción correlativa, sino por uno de significado irrelevante. El término «esclavo», si se define como relacionado, no con un amo, sino con un hombre, un bípedo o algo similar, no está recíprocamente conectado con aquello en relación con lo cual se define, pues la afirmación no es exacta. Además, si se dice que una cosa es correlativa con otra, y la terminología utilizada es correcta, entonces, aunque se eliminen todos los atributos irrelevantes y solo se deje el atributo en virtud del cual se afirmó correctamente que era correlativo con ese otro, la correlación declarada seguirá existiendo. Si se dice que el correlativo de «el esclavo» es «el amo», entonces, aunque se eliminen todos los atributos irrelevantes de dicho «amo», como «bípedo», «receptor de conocimiento» o «humano», y se deje solo el atributo «amo», la correlación declarada existente entre él y el esclavo seguirá siendo la misma, pues se dice que un esclavo es esclavo de un amo. Por otro lado, si de dos correlativos uno no se denomina correctamente, entonces, al eliminar todos los demás atributos y dejar solo aquel en virtud del cual se declaró correlativo, se descubrirá que la correlación declarada ha desaparecido.

Supongamos que el correlativo de «el esclavo» es «el hombre», o que el correlativo de «el ala» es «el pájaro»; si se elimina el atributo «amo» de «el hombre», la correlación entre «el hombre» y «el esclavo» dejará de existir, pues si el hombre no es amo, el esclavo no es esclavo. De igual manera, si se elimina el atributo «alado» de «el pájaro», «el ala» dejará de ser relativa; pues si el supuesto correlativo no es alado, se sigue que «el ala» no tiene correlativo.

Por lo tanto, es esencial que los términos correlacionados se designen con precisión; si existe un nombre, la declaración será sencilla; si no, sin duda es nuestro deber construir nombres. Cuando la terminología es así correcta, es evidente que todos los correlativos son interdependientes.

Se cree que los correlativos surgen simultáneamente. Esto es cierto en la mayoría de los casos, como en el caso del doble y la mitad. La existencia de la mitad requiere la existencia de aquello de lo que es mitad. De igual modo, la existencia de un amo requiere la existencia de un esclavo, y la de un esclavo implica la de un amo; estos son meros ejemplos de una regla general. Además, se anulan mutuamente; pues si no hay doble, se sigue que no hay mitad, y viceversa; esta regla también se aplica a todos estos correlativos. Sin embargo, no parece ser cierto en todos los casos que los correlativos surjan simultáneamente. El objeto de conocimiento parecería existir antes del conocimiento mismo, pues normalmente adquirimos conocimiento de objetos ya existentes; sería difícil, si no imposible, encontrar una rama del conocimiento cuyo inicio de existencia fuera contemporáneo al de su objeto.

Además, si bien el objeto de conocimiento, al dejar de existir, cancela al mismo tiempo el conocimiento que era su correlativo, lo inverso no es cierto. Es cierto que si el objeto de conocimiento no existe, no puede haber conocimiento, pues ya no habrá nada que saber. Sin embargo, es igualmente cierto que, si no existe el conocimiento de cierto objeto, este puede perfectamente existir. Así, en el caso de la cuadratura del círculo, si bien ese proceso es un objeto de conocimiento, aunque exista como tal, su conocimiento aún no ha llegado a existir. Además, si todos los animales dejaran de existir, no habría conocimiento, pero aún podría haber muchos objetos de conocimiento.

Esto mismo ocurre con la percepción: pues el objeto de la percepción es, al parecer, anterior al acto de la percepción. Si lo perceptible se aniquila, la percepción también dejará de existir; pero la aniquilación de la percepción no cancela la existencia de lo perceptible. Pues la percepción implica un cuerpo percibido y un cuerpo en el que la percepción tiene lugar. Ahora bien, si lo perceptible se aniquila, se sigue que el cuerpo se aniquila, pues el cuerpo es una cosa perceptible; y si el cuerpo no existe, se sigue que la percepción también deja de existir. Por lo tanto, la aniquilación de lo perceptible implica la de la percepción.

Pero la aniquilación de la percepción no implica la de lo perceptible. Pues si el animal es aniquilado, se sigue que la percepción también lo es, pero lo perceptible como el cuerpo, el calor, la dulzura, la amargura, etc., permanecerá.

Además, la percepción se genera al mismo tiempo que el sujeto perceptor, pues surge al mismo tiempo que el animal. Pero lo perceptible sin duda existe antes de la percepción; pues el fuego, el agua y otros elementos, de los que está compuesto el animal mismo, existen antes de que el animal sea un animal en absoluto, y antes de la percepción. Así pues, parecería que lo perceptible existe antes de la percepción.

Se puede cuestionar si es cierto que ninguna sustancia es relativa, como parece ser el caso, o si se debe hacer una excepción en el caso de ciertas sustancias secundarias. Con respecto a las sustancias primarias, es muy cierto que no existe tal posibilidad, ya que ni los todos ni las partes de las sustancias primarias son relativos. El hombre o el buey individuales no se definen con referencia a algo externo. De manera similar con las partes: una mano o cabeza particular no se define como una mano o cabeza particular de una persona particular, sino como la mano o cabeza de una persona particular. También es cierto, al menos en su mayor parte, en el caso de las sustancias secundarias; las especies 'hombre' y 'buey' no se definen con referencia a nada externo a ellas mismas. La madera, de nuevo, solo es relativa en la medida en que es propiedad de alguien, no en la medida en que es madera. Es evidente, entonces, que en los casos mencionados la sustancia no es relativa. Pero con respecto a algunas sustancias secundarias hay una diferencia de opinión; Así, términos como «cabeza» y «mano» se definen con referencia a aquello de lo que forman parte las cosas indicadas, y resulta que parecen tener un carácter relativo. De hecho, si nuestra definición de lo relativo fuera completa, sería muy difícil, si no imposible, demostrar que ninguna sustancia es relativa. Sin embargo, si nuestra definición no fuera completa, si solo se llamara propiamente relativa a aquellas cosas en las que la relación con un objeto externo es una condición necesaria de la existencia, tal vez se pudiera encontrar alguna explicación del dilema.

La primera definición se aplica, en efecto, a todos los relativos, pero el hecho de que una cosa se explique con referencia a otra cosa no la hace esencialmente relativa.

De esto se desprende claramente que, si alguien comprende con certeza algo relativo, comprenderá también con certeza aquello a lo que es relativo. Esto es evidente: si alguien sabe que algo particular es relativo, suponiendo que lo llamemos relativo cuando la relación con algo sea una condición necesaria de la existencia, también conoce aquello a lo que se relaciona. Pues si desconoce con certeza aquello a lo que se relaciona, no sabrá si es relativo o no. Esto es evidente, además, en casos particulares. Si alguien sabe con certeza que tal o cual cosa es «doble», también comprenderá inmediatamente con certeza aquello de lo que es doble. Pues si no hay nada definido de lo que sepa que es doble, no sabe en absoluto que sea doble. Además, si sabe que algo es más bello, se sigue necesariamente que inmediatamente comprenderá con certeza aquello que lo hace más bello. No sabrá simplemente indefinidamente que es más bello que algo menos bello, pues esto sería suposición, no conocimiento. Pues si no sabe con certeza qué es más bello, ya no puede afirmar saber con certeza que es más bello que algo menos bello: pues podría ser que nada fuera menos bello. Es, por lo tanto, evidente que si alguien aprehende algo relativo con certeza, necesariamente conoce también con certeza aquello a lo que se relaciona.

Ahora bien, la cabeza, la mano y cosas similares son sustancias, y es posible conocer su carácter esencial con certeza, pero de ello no se sigue necesariamente que sepamos con qué se relacionan. No es posible saber de inmediato a qué cabeza o mano se refiere. Por lo tanto, no son relativas, y, siendo así, sería cierto decir que ninguna sustancia tiene carácter relativo. Quizás sea difícil, en tales casos, hacer una afirmación positiva sin un examen más exhaustivo, pero haber planteado preguntas sobre los detalles no deja de ser ventajoso.




Parte 8

Por «calidad» entiendo aquello en virtud de lo cual se dice que las personas son tales o cuales.

La calidad es un término que se utiliza en muchos sentidos. Un tipo de cualidad la llamamos «hábito» o «disposición». El hábito se diferencia de la disposición en que es más duradero y está más firmemente establecido. Los diversos tipos de conocimiento y de virtud son hábitos, pues el conocimiento, incluso adquirido solo moderadamente, es, se reconoce, permanente y difícil de desplazar, a menos que se produzca una gran perturbación mental, ya sea por enfermedad o por cualquier otra causa. Asimismo, las virtudes, como la justicia, el autocontrol, etc., no se desalojan ni se descartan fácilmente, dando paso al vicio.

Por disposición, en cambio, nos referimos a una condición que cambia con facilidad y da paso rápidamente a su opuesto. Así, el calor, el frío, la enfermedad, la salud, etc., son disposiciones. Pues una persona está dispuesta de una u otra manera con respecto a estas, pero cambia rápidamente, volviéndose fría en lugar de cálida, enferma en lugar de sana. Lo mismo ocurre con todas las demás disposiciones, a menos que con el paso del tiempo una disposición se haya vuelto inveterada y casi imposible de eliminar; en cuyo caso quizá deberíamos llegar a llamarla hábito.

Es evidente que los hombres tienden a llamar hábitos a aquellas condiciones que son de tipo más o menos permanente y difíciles de eliminar; pues quienes no retienen el conocimiento, sino que son volátiles, no se dice que tengan tal o cual «hábito» con respecto al conocimiento; sin embargo, están dispuestos, podríamos decir, mejor o peor, hacia el conocimiento. Así, el hábito se diferencia de la disposición en que, mientras que esta última es efímera, el primero es permanente y difícil de alterar.

Los hábitos son a la vez disposiciones, pero las disposiciones no son necesariamente hábitos. Pues quienes poseen un hábito específico también pueden decir, en virtud de ese hábito, que están dispuestos de una u otra manera; pero quienes están dispuestos de una manera específica no siempre tienen el hábito correspondiente.

Otro tipo de cualidad es aquella en virtud de la cual, por ejemplo, llamamos a los hombres buenos boxeadores o corredores, o sanos o enfermizos: de hecho, incluye todos aquellos términos que se refieren a la capacidad o incapacidad innata. Tales cosas no se predican de una persona en virtud de su disposición, sino en virtud de su capacidad o incapacidad innata para hacer algo con facilidad o para evitar cualquier tipo de derrota. Las personas son llamadas buenos boxeadores o buenos corredores, no en virtud de tal o cual disposición, sino en virtud de una capacidad innata para lograr algo con facilidad. Los hombres son llamados sanos en virtud de la capacidad innata de resistir fácilmente las influencias malsanas que pueden surgir ordinariamente; malsanos, en virtud de la falta de esta capacidad. Lo mismo ocurre con respecto a la suavidad y la dureza. La dureza se predica de una cosa porque tiene esa capacidad de resistencia que le permite soportar la desintegración; la suavidad, a su vez, se predica de una cosa por razón de la falta de esa capacidad.

Una tercera clase dentro de esta categoría es la de las cualidades y afectos afectivos. La dulzura, la amargura y la acidez son ejemplos de este tipo de cualidad, junto con todo lo que les es afín; además, el calor, el frío, la blancura y la negrura son cualidades afectivas. Es evidente que estas son cualidades, pues quienes las poseen se consideran tales o cuales por su presencia. La miel se llama dulce porque contiene dulzor; el cuerpo se llama blanco porque contiene blancura; y así en todos los demás casos.

El término «cualidad afectiva» no se utiliza para indicar que quienes poseen estas cualidades sean afectados de alguna manera. La miel no se llama dulce porque sea afectada de una manera específica, ni es esto lo que se quiere decir en ningún otro caso. De igual manera, el calor y el frío se llaman cualidades afectivas, no porque quienes las poseen sean afectados. Lo que se quiere decir es que estas cualidades son capaces de producir un «afecto» en la percepción. Pues el dulzor tiene el poder de afectar el sentido del gusto; el calor, el del tacto; y lo mismo ocurre con las demás cualidades.

Sin embargo, la blancura, la negrura y los demás colores no se consideran cualidades afectivas en este sentido, sino porque son resultado de una afección. Es evidente que muchos cambios de color se producen debido a las afecciones. Cuando una persona se avergüenza, se sonroja; cuando tiene miedo, palidece, y así sucesivamente. Tan cierto es esto que, cuando una persona es por naturaleza propensa a tales afecciones, derivadas de la concomitancia de elementos en su constitución, es probable que tenga la tez correspondiente. Pues la misma disposición de elementos corporales, que en el caso anterior estuvo momentáneamente presente en el caso de un acceso de vergüenza, podría ser resultado del temperamento natural de una persona, de modo que produzca la coloración correspondiente también como característica natural. Por lo tanto, todas las condiciones de este tipo, si son causadas por ciertas afecciones permanentes y duraderas, se denominan cualidades afectivas. Pues la palidez y la tez morena se llaman cualidades, puesto que se dice que somos tales o cuales en virtud de ellas, no solo si se originan en la constitución natural, sino también si son consecuencia de una enfermedad prolongada o quemaduras solares, y son difíciles de eliminar, o incluso persisten durante toda la vida. Pues, del mismo modo, se dice que somos tales o cuales debido a estas.

Sin embargo, aquellas condiciones que surgen de causas que pueden fácilmente volverse ineficaces o eliminarse rápidamente no se llaman cualidades, sino afecciones: pues no se dice que seamos tales en virtud de ellas. No se dice que quien se sonroja por vergüenza sea un ruborizado por constitución, ni que quien palidece por miedo sea pálido por constitución. Se dice, más bien, que ha sido afectado.

Así, tales condiciones se llaman afectos, no cualidades. De igual manera, existen cualidades afectivas y afectos del alma. Ese temperamento con el que nace un hombre y que tiene su origen en ciertos afectos profundos se llama cualidad. Me refiero a condiciones como la locura, la irascibilidad, etc., pues se dice que las personas son locas o irascibles en virtud de estas. De igual modo, esos estados psíquicos anormales que no son innatos, sino que surgen de la concomitancia de ciertos otros elementos, y son difíciles de eliminar, o completamente permanentes, se llaman cualidades, pues en virtud de ellos se dice que las personas son tales o cuales.

Sin embargo, las que surgen de causas fácilmente ineficaces se llaman afectos, no cualidades. Supongamos que un hombre se irrita cuando está molesto: ni siquiera se le considera malhumorado cuando en tales circunstancias pierde un poco los estribos, sino que se dice que está afectado. Por lo tanto, tales condiciones no se denominan cualidades, sino afectos.

El cuarto tipo de cualidad es la figura y la forma que le corresponde a una cosa; además, la rectitud, la curvatura y cualquier otra cualidad similar; cada una de ellas define a una cosa como tal o cual. Se dice que una cosa tiene un carácter específico porque es triangular o cuadrangular, o también porque es recta o curva; de hecho, la forma de una cosa en todos los casos da lugar a una calificación de la misma.

Rareza y densidad, rugosidad y suavidad, parecen ser términos que indican calidad; sin embargo, estos, al parecer, pertenecen a una clase distinta de la de la calidad. Pues es más bien una cierta posición relativa de las partes que componen la cosa así calificada lo que, al parecer, cada uno de estos términos indica. Una cosa es densa porque sus partes están estrechamente combinadas entre sí; rara, porque existen intersticios entre ellas; lisa, porque sus partes se disponen, por así decirlo, uniformemente; rugosa, porque algunas partes sobresalen de otras.

Puede haber otros tipos de calidad, pero podemos decir con seguridad que hemos enumerado los que se llaman así con más propiedad.

Estas son, pues, cualidades, y se dice que las cosas que toman su nombre de ellas como derivadas, o que dependen de ellas de algún modo, están calificadas de alguna manera específica. En la mayoría de los casos, de hecho en casi todos, el nombre de lo calificado se deriva del de la cualidad. Así, los términos «blancura», «gramática», «justicia» nos dan los adjetivos «blanco», «gramatical», «justo», etc.

Sin embargo, existen casos en los que, como la cualidad en cuestión carece de nombre, es imposible que quienes la poseen tengan un nombre derivado. Por ejemplo, el nombre que se le da al corredor o boxeador, llamado así en virtud de una capacidad innata, no deriva del de ninguna cualidad; pues ambas capacidades carecen de nombre. En este sentido, la capacidad innata se distingue de la ciencia con la que se denomina a los hombres, por ejemplo, boxeadores o luchadores. Dicha ciencia se clasifica como una disposición; tiene un nombre, y se denomina «boxeo» o «lucha», según el caso, y el nombre que se da a quienes están así predispuestos se deriva del de la ciencia. A veces, aunque exista un nombre para la cualidad, aquello que deriva su carácter de ella tiene un nombre que no es derivado. Por ejemplo, el hombre recto deriva su carácter de la posesión de la cualidad de la integridad, pero el nombre que se le da no deriva de la palabra «integridad». Sin embargo, esto no ocurre a menudo.

Podemos, pues, afirmar que se dice que poseen alguna cualidad específica aquellas cosas que tienen un nombre derivado del de la cualidad antes mencionada, o que dependen de ella de alguna otra manera.

Una cualidad puede ser contraria a otra; así, la justicia es contraria a la injusticia, la blancura a la negrura, etc. También las cosas que se consideran tales o cuales en virtud de estas cualidades pueden ser contrarias entre sí; pues lo injusto es contrario a lo justo, lo blanco a lo negro. Sin embargo, esto no siempre ocurre. El rojo, el amarillo y otros colores, aunque son cualidades, no tienen contrarios.

Si uno de dos contrarios es una cualidad, el otro también lo será. Esto se evidencia en casos particulares, si aplicamos los nombres utilizados para designar las otras categorías; por ejemplo, si la justicia es el contrario de la injusticia y la justicia es una cualidad, la injusticia también lo será: ni la cantidad, ni la relación, ni el lugar, ni ninguna otra categoría que no sea la de la cualidad, serán aplicables propiamente a la injusticia. Lo mismo ocurre con todos los demás contrarios que caen dentro de la categoría de la cualidad.

Las cualidades admiten variación de grado. La blancura se predica de una cosa en mayor o menor grado que de otra. Esto también ocurre con la justicia. Además, una misma cosa puede exhibir una cualidad en mayor grado que antes: si algo es blanco, puede volverse más blanco.

Aunque este suele ser el caso, hay excepciones. Pues si dijéramos que la justicia admitía variación de grado, podrían surgir dificultades, y esto es cierto con respecto a todas las cualidades que constituyen disposiciones. De hecho, hay quienes cuestionan la posibilidad de variación en este caso. Sostienen que la justicia y la salud no pueden admitir variación de grado por sí mismas, sino que las personas varían en el grado en que poseen estas cualidades, y que este es el caso del aprendizaje gramatical y de todas las cualidades que se clasifican como disposiciones. Sea como fuere, es un hecho incontrovertible que las cosas que, en virtud de estas cualidades, se consideran lo que son varían en el grado en que las poseen; pues se dice que un hombre es más versado en gramática, o más sano o justo, que otro, y así sucesivamente.

Las cualidades expresadas por los términos «triangular» y «cuadrangular» no parecen admitir variación de grado, ni tampoco ninguna que tenga que ver con la figura. Pues aquellos objetos a los que se aplica la definición de triángulo o círculo son todos igualmente triangulares o circulares. Por otro lado, aquellos a los que no se aplica la misma definición no pueden decirse que difieran entre sí en grado; el cuadrado no es más círculo que el rectángulo, pues la definición de círculo no es apropiada para ninguno de los dos. En resumen, si la definición del término propuesto no es aplicable a ambos objetos, no pueden compararse. Por lo tanto, no todas las cualidades admiten variación de grado.

Si bien ninguna de las características que he mencionado es peculiar de la calidad, el hecho de que la semejanza y la desemejanza puedan predicarse únicamente con referencia a la calidad confiere a esta categoría su rasgo distintivo. Una cosa es semejante a otra solo en relación con aquello en virtud de lo cual es tal o cual; por lo tanto, esto constituye la marca peculiar de la calidad.

No debemos preocuparnos porque se podría argumentar que, aunque nos proponemos analizar la categoría de cualidad, hemos incluido en ella muchos términos relativos. Dijimos que los hábitos y las disposiciones eran relativos. En prácticamente todos estos casos, el género es relativo, el individuo no. Así, el conocimiento, como género, se explica por referencia a algo más, pues nos referimos al conocimiento de algo. Pero las ramas particulares del conocimiento no se explican así. El conocimiento de la gramática no es relativo a nada externo, ni tampoco lo es el conocimiento de la música; pero estos, si son relativos, lo son solo en virtud de sus géneros; así, se dice que la gramática es el conocimiento de algo, no la gramática de algo; de manera similar, la música es el conocimiento de algo, no la música de algo.

Así, las ramas individuales del conocimiento no son relativas. Y es precisamente porque poseemos estas ramas individuales del conocimiento que se nos llama tales o cuales. Son estas las que realmente poseemos: se nos llama expertos porque poseemos conocimiento en alguna rama en particular. Por lo tanto, esas ramas particulares del conocimiento, en virtud de las cuales a veces se nos llama tales o cuales, son en sí mismas cualidades, y no son relativas. Además, si algo cayera tanto en la categoría de cualidad como en la de relación, no habría nada extraordinario en clasificarlo bajo ambas categorías.




Sección 3


Parte 9

Tanto la acción como el afecto admiten contrarios y también variación de grado. Calentar es lo contrario de enfriar, calentarse de enfriarse, alegrarse de enojarse. Por lo tanto, admiten contrarios. También admiten variación de grado: pues es posible calentar en mayor o menor grado; también ser acalorado en mayor o menor grado. Así, la acción y el afecto también admiten variación de grado. Hasta aquí, pues, se ha dicho con respecto a estas categorías.

Hablamos, además, de la categoría de posición cuando tratábamos de la de relación, y afirmamos que tales términos derivaban sus nombres de los de las actitudes correspondientes.

En cuanto al resto, tiempo, lugar, estado, puesto que son fácilmente inteligibles, no digo más de ellos de lo que se dijo al principio, que en la categoría de estado se incluyen estados como 'calzado', 'armado', en la de lugar 'en el Liceo', etc., como se explicó antes.




Parte 10

Las categorías propuestas se han abordado adecuadamente. A continuación, debemos explicar los diversos sentidos del término «opuesto». Se dice que las cosas son opuestas en cuatro sentidos: (i) como correlativas entre sí, (ii) como contrarias entre sí, (iii) como privativas de las positivas, (iv) como afirmativas de las negativas.

Permítanme esbozar mi significado. Un ejemplo del uso de la palabra «opuesto» con referencia a correlativos lo ofrecen las expresiones «doble» y «mitad»; con referencia a contrarios, «malo» y «bueno». Los opuestos en el sentido de «privativos» y «positivos» son «ceguera» y «vista»; en el sentido de afirmativos y negativos, las proposiciones «él se sienta» y «él no se sienta».

(i) Los pares de opuestos que caen bajo la categoría de relación se explican por una referencia de uno al otro, indicada por la preposición «de» o por alguna otra preposición. Así, doble es un término relativo, pues lo que es doble se explica como el doble de algo. El conocimiento, a su vez, es lo opuesto de lo conocido, en el mismo sentido; y lo conocido también se explica por su relación con su opuesto, el conocimiento. Pues lo conocido se explica como aquello que es conocido por algo, es decir, por el conocimiento. Por lo tanto, las cosas que son opuestas entre sí en el sentido de ser correlativas se explican por una referencia de una a otra.

(ii) Los pares de opuestos que son contrarios no son en modo alguno interdependientes, sino contrarios entre sí. El bien no se define como el bien del mal, sino como su contrario, ni el blanco como el blanco del negro, sino como su contrario. Por lo tanto, estos dos tipos de oposición son distintos. Los contrarios que son tales que los sujetos en los que están naturalmente presentes, o de los que se predican, deben necesariamente contener uno u otro, no tienen intermediario, pero aquellos en cuyo caso no se da tal necesidad, siempre tienen un intermediario. Así, la enfermedad y la salud están naturalmente presentes en el cuerpo de un animal, y es necesario que una u otra estén presentes en el cuerpo de un animal. Par e impar, a su vez, se predican del número, y es necesario que uno u otro estén presentes en los números. Ahora bien, no hay intermediario entre los términos de ninguno de estos dos pares. Por otro lado, en aquellos contrarios con respecto a los cuales no se da tal necesidad, encontramos un intermediario. La negrura y la blancura están presentes de forma natural en el cuerpo, pero no es necesario que una u otra estén presentes, pues no es cierto que todos sean blancos o negros. La maldad y la bondad, a su vez, se predican del hombre y de muchas otras cosas, pero no es necesario que una u otra cualidad estén presentes en aquello de lo que se predican: no es cierto que todo lo que puede ser bueno o malo deba serlo. Estos pares de contrarios tienen intermedios: los intermedios entre el blanco y el negro son el gris, el cetrino y todos los demás colores intermedios; el intermedio entre el bien y el mal es aquello que no es ni lo uno ni lo otro.

Algunas cualidades intermedias tienen nombre, como el gris y el cetrino y todos los demás colores que están entre el blanco y el negro; en otros casos, sin embargo, no es fácil nombrar el intermedio, sino que debemos definirlo como aquello que no es ninguno de los dos extremos, como en el caso de lo que no es ni bueno ni malo, ni justo ni injusto.

(iii) Los "privativos" y los "positivos" se refieren al mismo sujeto. Así, la vista y la ceguera se refieren al ojo. Es una regla universal que cada uno de un par de opuestos de este tipo se refiere a aquello a lo que el "positivo" particular es natural. Decimos que aquello que es capaz de alguna facultad o posesión particular ha sufrido privación cuando la facultad o posesión en cuestión no está presente en absoluto en aquello en que, y en el momento en que, debería estar naturalmente presente. No llamamos desdentado a quien no tiene dientes, ni ciego a quien no tiene vista, sino más bien a quien no tiene dientes ni vista en el momento en que por naturaleza debería. Pues hay algunas criaturas que desde su nacimiento carecen de vista o de dientes, pero a estas no se las llama desdentadas ni ciegas.

Carecer de alguna facultad o poseerla no es lo mismo que el correspondiente «privativo» o «positivo». «Vista» es un «positivo», «ceguera» un «privativo», pero «poseer vista» no es equivalente a «vista», «ser ciego» no es equivalente a «ceguera». La ceguera es un «privativo», ser ciego es estar en un estado de privación, pero no es un «privativo». Además, si «ceguera» fuera equivalente a «ser ciego», ambos se predicarían del mismo sujeto; pero aunque se diga que un hombre es ciego, de ninguna manera se dice que es ciego.

Estar en estado de «posesión» es, al parecer, lo opuesto a estar en estado de «privación», así como lo «positivo» y lo «privativo» son opuestos. Existe el mismo tipo de antítesis en ambos casos; pues así como la ceguera se opone a la vista, también la ceguera se opone a tener vista.

Lo que se afirma o se niega no es en sí mismo afirmación o negación. Por «afirmación» entendemos una proposición afirmativa, y por «negación», una negativa. Ahora bien, los hechos que constituyen la materia de la afirmación o negación no son proposiciones; sin embargo, se dice que ambas se oponen en el mismo sentido que la afirmación y la negación, pues también en este caso el tipo de antítesis es el mismo. Pues así como la afirmación se opone a la negación, como en las dos proposiciones «él se sienta» y «él no se sienta», así también el hecho que constituye la materia de la proposición en un caso se opone al del otro, es decir, a su no sentarse.

Es evidente que los «positivos» y los «privativos» no se oponen entre sí en el mismo sentido que los relativos. Uno no se explica por referencia al otro; la vista no es la vista de la ceguera, ni se usa ninguna otra preposición para indicar la relación. De igual modo, no se dice que la ceguera sea ceguera de la vista, sino más bien, privación de la vista. Los relativos, además, se reciprocan; si la ceguera, por lo tanto, fuera un relativo, habría una relación de reciprocidad entre ella y aquello con lo que era correlativo. Pero este no es el caso. La vista no se llama la vista de la ceguera.

Que los términos que caen bajo los títulos de «positivos» y «privativos» tampoco se oponen entre sí como contrarios, se desprende de los siguientes hechos: de un par de contrarios tales que no tienen intermediario, uno u otro debe necesariamente estar presente en el sujeto en el que subsisten naturalmente, o del que se predican; pues, como demostramos, son aquellos en cuyo caso se da esta necesidad los que no tienen intermediario. Además, citamos la salud y la enfermedad, pares e impares, como ejemplos. Pero los contrarios que tienen un intermediario no están sujetos a tal necesidad. No es necesario que toda sustancia receptiva de tales cualidades sea negra o blanca, fría o caliente, pues algo intermedio entre estos contrarios puede muy bien estar presente en el sujeto. Demostramos, además, que esos contrarios tienen un intermediario en cuyo caso no se da dicha necesidad. Sin embargo, cuando uno de los dos contrarios es una propiedad constitutiva del sujeto, como lo es del fuego ser caliente o de la nieve ser blanca, es necesario, de forma determinante, que uno de los dos contrarios, y no uno ni el otro, esté presente en el sujeto; pues el fuego no puede ser frío ni la nieve negra. Por lo tanto, no se trata aquí de que uno de los dos deba estar necesariamente presente en todo sujeto receptivo de estas cualidades, sino solo en aquel del cual uno forma una propiedad constitutiva. Además, en tales casos, es un miembro del par, de forma determinante, y no uno ni el otro, el que debe estar presente.

En el caso de los «positivos» y los «privativos», por otro lado, ninguna de las afirmaciones anteriores es válida. Pues no es necesario que un sujeto receptivo de las cualidades posea siempre una u otra; de quien aún no ha alcanzado el estado en que la vista es natural no se dice que sea ciego ni que vea. Así, los «positivos» y los «privativos» no pertenecen a la clase de contrarios que consiste en aquellos que no tienen intermedio. Por otro lado, tampoco pertenecen a la clase de contrarios que tienen un intermedio. Pues bajo ciertas condiciones es necesario que uno u otro forme parte de la constitución de todo sujeto apropiado. Pues cuando algo ha alcanzado el estado en que por naturaleza es capaz de ver, se dirá que ve o que es ciego, y esto en un sentido indeterminado, lo que significa que la capacidad puede estar presente o ausente; pues no es necesario que vea ni que sea ciego, sino que esté en un estado o en el otro. Sin embargo, en el caso de los contrarios que tienen un intermedio, encontramos que nunca fue necesario que uno u otro estuviera presente en cada sujeto apropiado, sino solo que en ciertos sujetos uno del par estuviera presente, y esto en un sentido determinado. Es, por lo tanto, evidente que los «positivos» y los «privativos» no se oponen entre sí en ninguno de los sentidos en que se oponen los contrarios.

Además, en el caso de los contrarios, es posible que se produzcan cambios de uno en el otro, mientras el sujeto conserva su identidad, a menos que uno de los contrarios sea una propiedad constitutiva de dicho sujeto, como el calor lo es del fuego. Pues es posible que lo sano se vuelva enfermo, lo blanco, negro, lo frío, caliente, lo bueno, malo, lo malo, bueno. El hombre malo, si se le está llevando a una mejor forma de vida y pensamiento, puede lograr algún avance, por pequeño que sea, y si mejora una vez, aunque sea mínimamente, es evidente que podría cambiar por completo, o al menos progresar mucho; pues un hombre se inclina cada vez más a la virtud, por pequeña que haya sido la mejora inicial. Por lo tanto, es natural suponer que progresará aún más que en el pasado; y a medida que este proceso continúa, lo transformará por completo y lo establecerá en el estado contrario, siempre que no se vea obstaculizado por la falta de tiempo. Sin embargo, en el caso de los «positivos» y los «privativos», el cambio en ambas direcciones es imposible. Puede haber un cambio de la posesión a la privación, pero no de la privación a la posesión. El hombre que se ha quedado ciego no recupera la vista; el hombre que se ha quedado calvo no recupera el cabello; el hombre que ha perdido los dientes no le crece una nueva dentadura.

(iv) Las proposiciones opuestas, como afirmación y negación, pertenecen manifiestamente a una clase que es distinta, pues en este caso, y sólo en este caso, es necesario que la opuesta sea verdadera y la otra falsa.

Ni en el caso de los contrarios, ni en el de los correlativos, ni en el de los «positivos» y «privativos», es necesario que uno sea verdadero y el otro falso. La salud y la enfermedad son contrarios: ninguno es verdadero ni falso. «Doble» y «mitad» se oponen como correlativos: ninguno es verdadero ni falso. Lo mismo ocurre, por supuesto, con respecto a los «positivos» y «privativos», como «vista» y «ceguera». En resumen, donde no hay ningún tipo de combinación de palabras, la verdad y la falsedad no tienen cabida, y todos los opuestos que hemos mencionado hasta ahora consisten en simples palabras.

Al mismo tiempo, cuando las palabras que forman enunciados opuestos son contrarias, estas, más que cualquier otro conjunto de opuestos, parecen reivindicar esta característica. «Sócrates está enfermo» es el contrario de «Sócrates está bien», pero ni siquiera en estas expresiones compuestas es cierto que una de las dos deba ser siempre verdadera y la otra falsa. Pues si Sócrates existe, una será verdadera y la otra falsa; pero si no existe, ambas serán falsas; pues ni «Sócrates está enfermo» ni «Sócrates está bien» son verdaderas si Sócrates no existe.

En el caso de las proposiciones «positivas» y «privativas», si el sujeto no existe en absoluto, ninguna de las dos es verdadera; pero incluso si el sujeto existe, no siempre una es verdadera y la otra falsa. Pues «Sócrates tiene vista» es lo opuesto de «Sócrates es ciego» en el sentido de la palabra «opuesto», que se aplica a la posesión y la privación. Ahora bien, si Sócrates existe, no es necesario que una sea verdadera y la otra falsa, pues cuando aún no puede adquirir la capacidad de visión, ambas son falsas, como también lo es si Sócrates no existe en absoluto.

Pero en el caso de la afirmación y la negación, exista o no el sujeto, una es siempre falsa y la otra verdadera. Pues, manifiestamente, si Sócrates existe, una de las dos proposiciones «Sócrates está enfermo» y «Sócrates no está enfermo» es verdadera, y la otra falsa. Lo mismo ocurre si no existe; pues si no existe, decir que está enfermo es falso, decir que no está enfermo es verdadero. Así pues, solo en el caso de los opuestos, que lo son en el sentido en que se usa el término con referencia a la afirmación y la negación, se cumple la regla de que uno de los dos debe ser verdadero y el otro falso.




Parte 11

Que lo contrario de un bien es un mal se demuestra por inducción: lo contrario de la salud es la enfermedad, lo contrario del coraje es la cobardía, etc. Pero lo contrario de un mal a veces es un bien, a veces un mal. Pues el defecto, que es un mal, tiene por contrario el exceso, que también es un mal, y el término medio, que es un bien, es igualmente contrario de uno y de otro. Sin embargo, solo en unos pocos casos vemos ejemplos de esto: en la mayoría, lo contrario de un mal es un bien.

En el caso de los contrarios, no siempre es necesario que si uno existe, el otro también exista: pues si todos se vuelven sanos, habrá salud y no enfermedad; y, de nuevo, si todo se vuelve blanco, habrá blanco, pero no negro. Además, dado que el hecho de que Sócrates esté enfermo es lo contrario del hecho de que Sócrates esté bien, y dos condiciones contrarias no pueden darse simultáneamente en un mismo individuo, ambos contrarios no podrían existir a la vez: pues si que Sócrates estuviera bien fuera un hecho, entonces que Sócrates estuviera enfermo no podría serlo.

Es evidente que atributos contrarios deben estar presentes necesariamente en sujetos que pertenecen a la misma especie o género. La enfermedad y la salud requieren como sujeto el cuerpo de un animal; el blanco y el negro requieren un cuerpo, sin más requisitos; la justicia y la injusticia requieren como sujeto el alma humana.

Además, es necesario que los pares de contrarios pertenezcan en todos los casos al mismo género, a géneros contrarios o sean géneros en sí mismos. El blanco y el negro pertenecen al mismo género, el color; la justicia y la injusticia, a géneros contrarios, la virtud y el vicio; mientras que el bien y el mal no pertenecen a géneros, sino que son en sí mismos géneros reales, con términos que los rigen.




Parte 12

Hay cuatro sentidos en los que se puede decir que algo es «anterior» a otro. Principalmente, y con mayor propiedad, el término se refiere al tiempo: en este sentido, la palabra se usa para indicar que algo es más antiguo que otro, pues las expresiones «más antiguo» y «más antiguo» implican una mayor duración del tiempo.

En segundo lugar, se dice que una cosa es «anterior» a otra cuando la secuencia de su existencia no puede invertirse. En este sentido, «uno» es «anterior» a «dos». Pues si «dos» existe, se sigue directamente que «uno» debe existir, pero si «uno» existe, no se sigue necesariamente que «dos» exista: por lo tanto, la secuencia subsistente no puede invertirse. Se concuerda, entonces, que cuando la secuencia de dos cosas no puede invertirse, entonces aquella de la que depende la otra se llama «anterior» a esa otra.

En tercer lugar, el término «prior» se usa con referencia a cualquier orden, como en el caso de la ciencia y la oratoria. Pues en las ciencias que emplean la demostración, existe un orden anterior y uno posterior; en geometría, los elementos son anteriores a las proposiciones; en la lectura y la escritura, las letras del alfabeto son anteriores a las sílabas. De igual modo, en el caso de los discursos, el exordio es anterior a la narración.

Además de estos sentidos de la palabra, existe un cuarto. Se dice que lo mejor y más honorable tiene una prioridad natural. En el lenguaje común, los hombres dicen que quienes honran y aman son «lo primero». Este sentido de la palabra es quizás el más inverosímil.

Tales son, pues, los diferentes sentidos en que se utiliza el término «prior».

Sin embargo, parecería que, además de las mencionadas, hay otra. Pues en aquellas cosas, cuyo ser implica el del otro, aquello que de algún modo es la causa puede razonablemente decirse que es por naturaleza «anterior» al efecto. Es evidente que hay ejemplos de esto. El hecho de ser de un hombre conlleva la verdad de la proposición de que es, y la implicación es recíproca: pues si un hombre es, la proposición en la que alegamos que es verdadero, y a la inversa, si la proposición en la que alegamos que es verdadero, entonces lo es. Sin embargo, la proposición verdadera no es en modo alguno la causa del ser del hombre, pero el hecho de que el hombre sea sí parece ser de algún modo la causa de la verdad de la proposición, pues la verdad o falsedad de la proposición depende del hecho de que el hombre sea o no sea.

Así pues, la palabra «prior» puede emplearse en cinco sentidos.




Parte 13

El término «simultáneo» se aplica principal y más apropiadamente a aquellas cosas cuya génesis es simultánea a la de la otra; pues en tales casos ninguna es anterior ni posterior a la otra. Se dice que estas cosas son simultáneas en el tiempo. A su vez, son «simultáneas» en la naturaleza, pues el ser de cada una implica el del otro, mientras que al mismo tiempo ninguna es causa del ser del otro. Esto ocurre con el doble y la mitad, pues son recíprocamente dependientes, pues si hay un doble, también hay una mitad, y si hay una mitad, también hay un doble, mientras que al mismo tiempo ninguna es causa del ser del otro.

Además, se dice que las especies que se distinguen entre sí y se oponen entre sí dentro del mismo género son «simultáneas» en la naturaleza. Me refiero a aquellas especies que se distinguen entre sí por un mismo método de división. Así, la especie «alada» es simultánea con la especie «terrestre» y la especie «acuática». Estas se distinguen dentro del mismo género y se oponen entre sí, pues el género «animal» tiene las especies «alada», «terrestre» y «acuática», y ninguna de estas es anterior ni posterior a otra; por el contrario, todas estas cosas parecen ser «simultáneas» en la naturaleza. Cada una de estas también, la especie terrestre, la alada y la acuática, puede dividirse a su vez en subespecies. Entonces, también serán «simultáneas» en la naturaleza aquellas especies que, perteneciendo al mismo género, se distinguen entre sí por un mismo método de diferenciación.

Pero los géneros son anteriores a las especies, pues su secuencia de existencia no puede invertirse. Si existe la especie «animal acuático», existirá el género «animal», pero, dado el ser del género «animal», no se sigue necesariamente que exista la especie «animal acuático».

Por lo tanto, se dice que son «simultáneas» en la naturaleza aquellas cosas cuyo ser implica el del otro, sin que ninguna sea en modo alguno causa del ser del otro; también se dice que son «simultáneas» aquellas especies que se distinguen entre sí y se oponen dentro del mismo género. Además, son «simultáneas» en el sentido estricto de la palabra aquellas cosas que surgen al mismo tiempo.




Parte 14

Hay seis tipos de movimiento: generación, destrucción, aumento, disminución, alteración y cambio de lugar.

Es evidente en todos los casos, salvo en uno, que todos estos tipos de movimiento son distintos entre sí. La generación es distinta de la destrucción, el aumento y el cambio de lugar de la disminución, etc. Pero en el caso de la alteración, se puede argumentar que el proceso implica necesariamente uno u otro de los otros cinco tipos de movimiento. Esto no es cierto, pues podemos decir que todas las afecciones, o casi todas, producen en nosotros una alteración distinta de cualquier otro tipo de movimiento, pues aquello afectado no necesita sufrir ni aumento ni disminución ni ninguno de los otros tipos de movimiento. Por lo tanto, la alteración es un tipo distinto de movimiento; pues, si no lo fuera, lo alterado no solo lo sería, sino que inmediatamente sufriría necesariamente aumento o disminución, o alguno de los otros tipos de movimiento además; lo cual, de hecho, no es el caso. De igual modo, aquello que experimentaba el proceso de aumento o estaba sujeto a algún otro tipo de movimiento, si la alteración no fuera una forma distinta de movimiento, también estaría necesariamente sujeto a alteración. Pero hay cosas que experimentan aumento, pero no alteración. El cuadrado, por ejemplo, si se le aplica un gnomon, experimenta aumento pero no alteración, y lo mismo ocurre con todas las demás figuras de este tipo. Alteración y aumento, por lo tanto, son distintos.

En general, el reposo es lo contrario del movimiento. Pero las diferentes formas de movimiento tienen sus propios contrarios en otras formas; así, la destrucción es lo contrario de la generación, la disminución del crecimiento, el reposo en un lugar, del cambio de lugar. En cuanto a este último, el cambio en la dirección inversa parecería ser su contrario más acertado; así, el movimiento ascendente es lo contrario del movimiento descendente y viceversa.

En el caso del tipo de movimiento que aún permanece, de los enumerados, no es fácil determinar cuál es su contrario. Parece no tener contrario, a menos que se defina aquí también como «reposo en su cualidad» o como «cambio en la dirección de la cualidad contraria», así como definimos el contrario del cambio de lugar como reposo en un lugar o como cambio en la dirección inversa. Pues una cosa se altera cuando se produce un cambio de cualidad; por lo tanto, tanto el reposo en su cualidad como el cambio en la dirección del contrario pueden considerarse el contrario de esta forma cualitativa de movimiento. De este modo, volverse blanco es el contrario de volverse negro; hay alteración en la dirección contraria, ya que se produce un cambio de naturaleza cualitativa.




Parte 15

El término «tener» se usa en varios sentidos. En primer lugar, se usa con referencia a un hábito, una disposición o cualquier otra cualidad, pues se dice que «poseemos» un conocimiento o una virtud. Además, se refiere a la cantidad, como, por ejemplo, en el caso de la altura de un hombre, pues se dice que «tiene» una altura de tres o cuatro codos. Se usa, además, con respecto a la vestimenta, como se dice que un hombre «tiene» un abrigo o una túnica; o con respecto a algo que llevamos en una parte de nosotros mismos, como un anillo en la mano; o con respecto a algo que forma parte de nosotros, como una mano o un pie. El término también se refiere al contenido, como en el caso de una vasija y trigo, o de una jarra y vino; se dice que una jarra «tiene» vino, y una medida de grano, trigo. La expresión en tales casos se refiere al contenido. O se refiere a lo adquirido; se dice que «tenemos» una casa o un campo. También se dice que un hombre "tiene" una esposa, y una esposa un esposo, y este parece ser el significado más remoto del término, pues con su uso queremos decir simplemente que el esposo vive con la esposa.

Quizá se puedan encontrar otros sentidos de la palabra, pero se han enumerado los más comunes.




FIN

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