© Libro N° 14175. La Peste Parda. Guerin, Daniel. Emancipación. Agosto 16 de 2025
Título Original: © Daniel Guerin. LA PESTE PARDA
Versión Original: © Daniel Guerin. LA PESTE PARDA
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA PESTE PARDA
Daniel Guerin
La Peste
Parda
Daniel Guerin
Daniel Guerin
LA PESTE PARDA
LA PESTE PARDA
Libro 154
Daniel Guerin
Colección
SOCIALISMO y
LIBERTAD
Título original: La Peste
Brune
De la edición en
francés: François Maspero,1965
Traducción revisada
de la primera edición en castellano: Madrid, 1977
Imagen de Tapa: Kuhle
Wampe, (Film) Slatan Dudow, 1932
10
LA PESTE PARDA
“¡Pero la voluntad
resuelta de luchar no puede llegar demasiado tarde!
La absurda consigna
“aguantemos” ha fracasado. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice
del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el
genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora…
El enemigo
principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el
partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que
está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política,
cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es también contra
sus propios imperialistas.
“El enemigo
principal está en casa”
Karl Liebknecht
Volante de mayo de
1915
https://elsudamericano.wordpress.com
La red mundial de
los hijos de la revolución social
11
INDICE
Introducción: Cuando el
fascismo nos aventajaba
Antes de la
catástrofe (1932)
Después de la
catástrofe (1933)
El maremoto
Juventud
enloquecida
Domingos
hitlerianos
Su propaganda
Horst Wessel y el
universo
Muera la
inteligencia
Los judíos te están
mirando
¿Guerra o paz?
Hacia un nacional
bolchevismo
La cruz gamada
sobre los sindicatos A la conquista del proletariado La otra Alemania
Sus prisiones
Nueva salida
En la
clandestinidad
¿Hacia la unidad de
acción?
¿Ahora qué?
12
INTRODUCCIÓN
CUANDO EL FASCISMO
NOS AVENTAJABA
El texto que viene
a continuación y que hace las veces de introducción al conjunto de escritos
reunidos en el presente volumen, fue redactado en lo primavera de 1954. La
revista Les Temps Modernes, que a la sazón preparaba un número
especial sobre “La izquierda”, me pidió que escribiera sobre la década fatal en
la que el fascismo aventajó incesantemente a las fuerzas obreras y
democráticas. Pero el artículo en cuestión, aunque llenó a estar compuesto, fue
rechazado por la revista. Luego ha sido publicado dos veces en forma de
folleto.1 Para actualizarlo
me he limitado a modificar algunas líneas de la conclusión.
En los albores de
la década 1930-1940 en la que había que enfrentarse al fascismo y vencerlo, so
pena de quedar sepultados por él, la izquierda francesa ofrecía un lamentable
espectáculo: el de la división, la petrificación y la impotencia. No es que estuviese
tan deteriorada como hoy. Aún estaba viva, abundaban en ella los hombres que no
carecían de personalidad, ni de temperamento, ni de experiencia. Reflejaba aún
los rayos de un pasado glorioso. Aún no había permitido que se perdieran las
tradiciones del socialismo y del comunismo clásicos; unos estaban aún
impregnados de Guesde y de Jaurés y los otros iluminados por la prestigiosa
epopeya de la Revolución rusa y de los primeros años de la Internacional
comunista, una de las más fecundas experiencias de la historia humana.
Pero la izquierda
francesa se había instalado, atascado, en la escisión obrera. Para ella el
hábito de la lucha fratricida se había convertido en una segunda naturaleza.
Sus dos ramales habían quedado completamente paralizados.
Por una parte
estaba la veterana SFIO que aún ejercía su influencia sobre ciertos sectores de
la clase obrera y que seguramente era mucho más “de izquierdas” (al menos en
las palabras) que el actual partido de Guy Mollet, también está más apegada que
este último a la “democracia interior”, no estaba aún corrompida por el
ejercicio del poder, pero sí atrapada en la colaboración de clases, en un
electoralismo miope y dilapidaba sus últimas energías en repetir las monótonas
letanías de su polémica con los “escisionistas de Tours”.
1 Daniel
Cuerin, Quand le fascismo nous devançait, 1955. Quand le
fascisme et la guerre nous devançaient, 1960.
Por otra parte, el
Partido Comunista, numéricamente mucho más débil que en la actualidad,
“gauchista”, sectario, incluso aventurerista y hundido hasta el cuello en la
denuncia cotidiana de los "social-traidores" y esforzándose en
disimular, bajo las consignas grandi-locuentes y extremistas del “Tercer
Período”, la coexistencia pacífica con el mundo capitalista que Moscú pensaba
necesitar para (en teoría) “construir el socialismo” sobre una sexta parte de
la superficie del planeta, (en la práctica) para consolidar el poder de una
nueva burocracia.
Este movimiento
dividido, anquilosado, negativo, con su vista estorbada por enormes anteojeras
era el que. a lo largo de toda la década, iba a ser despertado de golpe por una
serie ininterrumpida de acontecimientos imprevistos, sorprendido por gigantescos
sucesos que no presintió ni dirigió, arrancado una y otra vez a su pasividad
por fuerzas adversas más agresivas.
En primer lugar la
sorpresa de la crisis económica mundial que estalló a finales de 1929 y que, si
bien le supuso, sobre el papel, un triunfo fácil y una justificación bien
acogida, aunque imprevista, de su Teoría, en realidad le cogió absolutamente
desprevenido: los dirigentes del Kremlin, que habían apostado secretamente
sobre la estabilización temporal del mundo capitalista, no resultaron menos
sorprendidos (a pesar de sus afirmaciones en contra) que los ingenuos
social-demócratas que se habían dejado atrapar en el espejismo de la
“prosperidad americana”.
Y unos meses más
tarde llegó la sorpresa de las elecciones alemanas del 14 de Septiembre de 1930
en las que los nazis obtuvieron 107 escaños en el Reichstag (en vez de los 12
que tenían hasta el momento) en medio de un enorme estrépito de taconazos y de ¡Sieg
Heil!
Bruscamente, sin
haber tenido ni siquiera el tiempo de verlo venir y de hacer como si lo
exorcizara. la izquierda francesa, escolástica y prisionera de sus antiguas
fórmulas, tenía ante sí el espectro casi desconocido del fascismo.
Sin embargo la
amenazadora aparición no era del todo nueva. Hacia ya ocho años que esa
afección, aún mal definida por la medicina socialista, se había apoderado de la
vecina Italia y la había fulminado. Pero la izquierda no se había tomado nunca
demasiado en serio el fenómeno transalpino. Había vituperado a los asesinos de
Matteotti como era debido y luego había recuperado el tono jocoso. Paul Boncour
había lanzado su: ¡Cesar de Carnaval! No habían querido
admitir que se trataba de una enfermedad contagiosa y que las mismas causas
podían provocar en otro sitio los mismos efectos. Incluso en Italia los
socialistas se habían reído a carcajadas poco antes de la “Marcha sobre Roma”.
En cuanto a los comunistas, se habían condenado a negar el peligro fascista afirmando
que las diferentes formas de dominación burguesa eran idénticas sin importar
que ostentasen la etiqueta “democrática” o la etiqueta “fascista”. Después de
la derrota los vencidos italianos fueron los primeros en convencer a sus
hermanos de los demás países occidentales que no tenían por qué temer un
accidente similar: jamás se produciría una marcha sobre Berlín: la República
de Weimar estaba a salvo de cualquier ataque. Y los buenos alemanes,
en su orgullo beatífico, se dejaron convencer: socialdemócratas y comunistas
proclamaron al unísono que la clase obrera alemana tenía una educación política
demasiado elevada, “un aplastamiento tan brutal de la democracia” era
impensable en el país de Goethe. El fascismo sólo tenía posibilidades en los
países atrasados y semi-agrícolas, etc. etc.
La sorpresa del 14
de Septiembre de 1930 no había bastado para abrir los ojos a esos ciegos. En la
víspera misma de la victoria hitleriana, a finales de 1932. los redactores
de Vorwärts y los de Rote Fahne, se
obstinaban en emitir presagios según los cuales el nacionalsocialismo no
exhalaba ya más que el olor de un “cadáver putrefacto”. León Blum tuvo, como
vemos, alguna excusa cuando en aquellos momentos pronosticaba, en un artículo
excesivamente célebre, la decadencia y el fracaso final del Führer.
Pero las
“reacciones en cadena”, como decimos hoy, siguieron sorprendiendo a nuestra
izquierda a un ritmo inexorable. El 30 de Enero de 1933 se produjo la sorpresa
de la toma del poder por el nacionalsocialismo a la que siguieron de cerca el
incendio del Reichtag y la declaración de fuera de la ley, o fuera de combate,
del movimiento obrero alemán.
Finalmente la
izquierda francesa sintió que tenía la soga al cuello. Interceptar el camino a
la epidemia fascista se convirtió para ella en una cuestión de vida o muerte.
El juego que consistía en denunciar (en teoría) al régimen capitalista
aplazando su destrucción para el día del juicio final y preparándose para
entonces un lecho mullido, dejó de ser seguro. Había que pensar en defenderse
so pena de perecer.
E incluso en esa
hora de pánico hubo aún entre nosotros militantes obtusos a quienes el calvario
de la lejana Alemania no quitó el sueño: los “macarronis” italianos se habían
entregado a Mussolini porque tenían debilidad por el oropel y lo superlativo; los
“boches” habían cedido ante Hitler porque añoraban el paso de la oca; pero
nosotros los franceses éramos demasiado “duros” como para caer en la trampa.
La izquierda tenía
también sus pequeños burgueses a quienes no gustaba nada que se les alarmase.
Todavía oigo a la llorada Suzanne Buisson, de la Federación Socialista del
Sena, cuando exclamaba: “¡Queridos amigos, a fuerza de clamar contra el peligro
fascista lo vais a hacer nacer!” Unos años más tarde moriría a manos de los
verdugos nazis.
El vertiginoso
desmoronamiento de la democracia alemana y la nueva reacción en cadena que
consistió, al año siguiente, en el sangriento aplastamiento del proletariado
vienés y la extensión siniestra y continua de la mancha fascista, todo clamaba,
todo hacia indispensable y urgente el remozamiento de los conceptos y de los
métodos de lucha de la izquierda francesa. Antes de que fuese demasiado tarde
tenía que librarse del estancamiento y la fosilización de su bagaje doctrinal,
pero también de la división: para sobrevivir tenía que apresurarse en
restablecer la unidad de la clase obrera.
Pero no hay nada
más difícil que reunir los pedazos que hace años que han adquirido la costumbre
de una existencia separada. O más bien, nada es más difícil que inducir a los
dueños de los feudos electorales o sindicales a que sacrifiquen las posiciones conquistadas
en aras de la unidad obrera. Porque, por lo que se refiere al proletariado
propiamente dicho, su instinto de clase elemental no le engañaba y jamás había
dejado de aspirar al restablecimiento de esa unión que hace la fuerza. Pero,
dificultad suplementaria, el problema de la unidad tenía su solución fuera de
Francia.
El movimiento
obrero francés solamente tenía oportunidad de ser reunificado si eso agradaba a
los dirigentes del Kremlin. Y, en el período que precedió a la derrota alemana
y por razones tan oscuras o tan poco confesables 2 que, en el fondo no
han sido nunca aclaradas por completo, éstos habían llegado al extremo de
tratar a la socialdemocracia y al fascismo de “hermanos gemelos” e incluso
llegaron a obligar en cierta ocasión, a los comunistas alemanes a unir sus
boletines de voto con los de los nazis. Las crueles lecciones de la derrota que
la chispeante pluma de Trotsky acababa de plasmar3, ¿podrían hacerles
renunciar a estas tácticas suicidas?
En Francia se
intentaron algunas gestiones aisladas para salir de la impotencia y de la
división, pero sin éxito… Desde 1931 un comité de veintidós eminencias
sindicalistas pertenecientes a la minoría de la CGT y de la CGTU y, al mismo
tiempo, a organizaciones autónomas, había lanzado un manifiesto en favor del
restablecimiento de la unidad sindical. Su acción, coreada cada semana por el
periódico Le Cri du Peuple, no había dejado de obtener
respuesta. Pero finalmente fue laminado por las poderosas direcciones
de las dos centrales obreras rivales: la minoría no comunista había sido
simplemente expulsada de la CGTU y, viéndose suspendida en el vacío, había
permitido que la recogiese la burocracia de León Jouhaux; con lamentable
precipitación había franqueado el “Rubicón” del reformismo.4
Seguidamente, en
1933, después de la catástrofe alemana, un determinado número de militantes
revolucionarios franceses, socialistas o sindicalistas de izquierdas y antiguos
comunistas, se reunieron con los refugiados alemanes más representativos
pertenecientes a tendencias políticas similares. Juntos intentaron extraer
lecciones políticas de la derrota y “repensar” los fundamentos teóricos y las
modalidades prácticas de su acción. Pero no llegaron a resultados tangibles o,
cuando menos, inmediatos. La derrota estaba aún demasiado cercana y las
cuestiones personales y rencores sectarios agravaban la miopía de los emigrados
transrenanos.
2 Algunos
creen que en esta época la URSS, movida principalmente por su desconfianza
hacia las "democracias" occidentales, plantaba ya los primeros
jalones que habrían de conducirle al pacto germano-soviético de 1939.
3 Cf.
Problémes de la Révolution allemande, 1931; La seule voie, 1932; ¿Etmaintenant?, 1932,
etc..., recopilados en Ecrits, tomo III, 1939.
4 Esta era la
acusación lanzada contra la CGTU y, en particular, contra Pierre Monate por
Trotsky.
No supieron
decirnos claramente por qué habían sido vencidos y cómo debíamos actuar para
evitar esa derrota.5 Y entonces, cuando
las “reacciones en cadena” continuaban aventajándonos, surgió la sorpresa del 6
de Febrero de 1934. Esta vez el fascismo estaba en nuestra puerta. Se había
adueñado de nuestras calles. Pretendía tomar posesión de nuestro París. Corrió la
sangre. La plaza de la Concordia y los Campos Elíseos reflejaron los
resplandores del incendio. En nuestras lilas la confusión y el sobrecogimiento
fueron indescriptibles.
Los socialistas se
habían desacreditado con León Blum que la misma víspera, sonreía a los
políticos radicales corrompidos, a los protectores del estafador Stavinsky, a
los “ladrones” que habían proporcionado el pretexto al motín fascista.
Los comunistas no
se habían comprometido en menor grado al gritar “abajo los ladrones” junto con
las bandas del coronel La Rocque y desfilando junto a ellos, codo a codo, a lo
largo de toda la rué Royale (lo vi con mis propios ojos). Al darse cuenta, demasiado
tarde, que habían llevado el agua al molino fascista, intentaron un arreglo
acrobático al lanzar, el 9 de Febrero, a sus tropas de choque (obreros muy
valientes) contra la policía parisina.
En este vacío, la
clase obrera organizada no perdió la cabeza. Y, cuando el hábil Jouhaux,
instigado, según dicen, por uno de los ministros dimisionarios del 6 de Febrero
y, para canalizar por vías no violentas la protesta popular, lanzó la orden de
huelga general de veinticuatro horas el doce de Febrero, los mismos
trabajadores, sin la menor vacilación, con una unidad disciplinada, dijeron
“no” al fascismo.
Pero este reflejo
de la defensa no había hecho más que remediar lo peor. Si, a corto plazo,
impidió a los fascistas el acceso al poder, fue en beneficio de un gobierno de
“unión nacional” que no era del todo libre frente a la Croix de Feu. Se había
tapado la brecha, pero el peligro seguía ahí.
Sin embargo la
izquierda se había repuesto. Finalmente había “tomado conciencia” de toda la
gravedad del peligro fascista. Y el coronel La Rocque (que resultó ser un
fantoche) la ayudó, sin quererlo, a tomar conciencia de sí misma. El
espantapájaros del fascismo actuó como una potente levadura del renacimiento
revolucionario, al mismo tiempo que contribuía a reunir las ramas divididas de
la izquierda francesa.
5 Solamente
más tarde, a finales de 1935, fue cuando los refugiados alemanes nos hicieron
aprovechar su experiencia de forma útil, cuando nos ayudaron a fundar la
Izquierda Revolucionaria del Partido Socialista. Cf. D.
Guerin, Front populaire, révolution manquée. 1963.
Algunas afortunadas
iniciativas aceleraron esa recuperación, especial-mente en Saint-Denis, Jacques
Doriot (el futuro renegado) agitó la bandera de la sublevación contra la
dirección del PC que se obstinaba en rechazar la unidad de acción contra el
SFIO (o que no la aceptaba más que “en la base”) y la dirección del PC,
amenazada con quedar desbordada, obtuvo de Moscú esa carta blanca para la
unidad de acción “en la cumbre”.
Pero en ese preciso
momento, en que podía pensarse que la izquierda había salido definitivamente
del atolladero, en ese momento en que era lícita cualquier esperanza6, una nueva
desgracia se abatió sobre ella. Los dioses del Kremlin, pasando bruscamente de
la intransigencia al oportunismo, obligaron a nuestros camaradas comunistas a
solicitar la alianza con un partido burgués cuya corrupción había provocado, en
gran parte, el auge fascista: el partido radical-socialista. En vez de
transformar la unidad de acción “en la cumbre” en una unidad orgánica, basada
en un programa mínimo intermedio de lucha contra los trusts y de transformación
social, en vez de ampliar este bloque obrero hasta convertirlo en un Frente
Popular que agrupase, alrededor de la clase obrera, a la mayoría de las clases
medias y de los pequeños campesinos depauperados, los jefes del PC se dejaron
atar de manos por el Sr. Daladier.
El pretexto que les
hicieron invocar para justificar esta desafortunada alianza fue la preocupación
de privar al fascismo de las clases medias. En 1935, las clases medias acababan
de ser descubiertas (o redescubiertas) por la izquierda francesa. Hay que reconocer
que el socialismo clásico las había descuidado un poco. Había anunciado, con
cierta precipitación y con una satisfacción ostensible su desaparición,
bautizándola con un término poco afortunado y científica-mente inexacto:
“proletarización”. Pero se habían dado cuenta de que las muy taimadas se
obstinaban en sobrevivir, eso sí, en un estado de creciente depauperación y
de que la crisis del régimen capitalista podía fanatizarlas de repente. Habían
sido ellas las que, presas de una locura colectiva, habían vestido, en los
países vecinos, camisas de
6 Esperanzas
que Trotsky manifestaba a finales de Octubre de 1934 en su artículo: “¿A
dónde va Francia?”, recogido en Ecrits tomo II, 1958.
diversa coloración
y andaban a la greña con los proletarios que les habían sido designados como
chivos expiatorios de sus desgracias. Era, pues, urgente impedir que las clases
medias escuchasen los cantos de las sirenas fascistas. ¿Cómo? Aliándose al partido
radical-socialista, respondieron los augures del PC, el partido de las clases
medias por excelencia. El argumento sólo tenía un defecto: evidentemente no se
podía poner fin a las tribulaciones de las clases medias más que asestando un
golpe decisivo al capitalismo que las arruinaba. Pero al asociarse con partidos
burgueses que recibían sus consignas del todopoderoso Horace Finaly, de
la Banque de París et des Pays Bas, y que, por consiguiente,
no querían hacer daño al régimen capitalista y al permitir
simultáneamente, para dar garantías a la clientela obrera, que esta última
emprendiese una acción reivindicativa, respetando el orden social establecido,
se corría el peligro de agravar más aún –en vez de mejorar– la incómoda
situación de las clases medias, cada vez más atrapadas entre el gran capital y
el proletariado y de arrojarlas, por desesperación, a los brazos del fascismo
de donde precisamente se deseaba apartarlas.7
Pero para los jefes
del PC el eslogan de las clases medias no era, en el fondo, más que un
pretexto. La verdadera razón de su conclusión con los dirigentes radicales era
muy distinta. Su inspiración estratégica venía de fuera. Stalin, repentinamente
asustado por la victoria del hitlerismo que había facilitado de una forma tan
extraña y tan imprudente, intentaba proteger a la URSS contra una eventual
agresión alemana bailando con las potencias occidentales “la ronda de las
democracias”. Necesitaba, por tanto, reconciliarse con los políticos franceses
de los que se suponía que eran partidarios a la vez de una política de
“firmeza” frente a la Alemania hitleriana y de la alianza franco-soviética, en
este caso el partido del Sr. Daladier.
El Frente Popular,
a pesar de las inmensas esperanzas que despertó y de las fervientes multitudes
que convocó, adolecía, desde un principio, de una tara congénita, era
impotente. En otro lugar he relatado detalladamente cómo, a pesar del sublime
arranque proletario de Junio de 1936, rápidamente frenado por los mismos jefes
de la izquierda, finalmente se vio obligado a capitular sin gloria ante el
“muro de oro” y cómo la brutal represión de la huelga general del 30 de
Noviembre de
7 Esto
es lo que terminó sucediendo cuando en 1940 las clases medias, arruinadas por
las insuficientes medidas económicas y financieras de los llamados gobiernos
del Frente Popular, se refugiaron bajo el manto del general Petain.
1938, realizada por
M. Daladier en persona, puso punto final al movimiento profundo de todo un
pueblo. Esta severa derrota desmoralizó seriamente a la izquierda francesa. Se
había preparado el lecho en donde, un poco más tarde y con la ayuda de la
invasión alemana, se instalaría una variedad francesa del fascismo.
Pero mientras tenía
lugar en nuestro país la experiencia que acabamos de mencionar, la mancha de
aceite del fascismo continuaba extendiéndose a nuestro alrededor. En julio de
1936 tuvo lugar, al otro lado de los Pirineos, el imprevisto y sorprendente pronunciamiento
franquista. Esta vez. al menos, la clase obrera demostró que había comprendido
la lección de los países vecinos. Se defendió atacando. Tomó al asalto las
ametralladoras que la apuntaban. Aventajó al fascismo haciéndose con el poder.
Pero los jefes de
la izquierda española le impidieron explotar su victoria (la única victoria
auténtica que registró, durante esta década, la izquierda internacional). El
reformismo surgió, al otro lado de los Pirineos, siempre igual a sí mismo, es
decir, vacilante y timorato. El anarquismo, que por primera vez había de
enfrentarse con la prueba que supone una victoria sobresalió en materia de
autogestión agrícola e industrial pero, pasando de un exceso de violencia
infantil al oportunismo, cometió el error de dejarse atar de manos al
participar en los gobiernos republicanos burgueses. En cuanto al comunismo,
minoritario en un principio y que era el único que sabía a dónde quería llegar
y que no estaba paralizado por ningún escrúpulo respecto a los medios,
consiguió captar la revolución española, no en provecho del pueblo español,
sino en beneficio de la política exterior del Kremlin. Y la URSS no deseaba ni
una victoria de Franco, apoyado por las potencias del Eje, ni una auténtica
revolución proletaria que le hubiera llevado a romper con el gobierno británico
y la City londinense, sus padrinos en la “ronda de las democracias”.
Pero el juego era
demasiado sutil y Stalin lo perdió al final como lo había perdido en Alemania
cuando aún era posible cerrar el paso al nacionalsocialismo. Frenar la victoria
del proletariado español, impedirle que adoptase audaces medidas socialistas y
especialmente llevar a cabo una revolución agraria que le hubiese valido la
adhesión incondicional de los campesinos, obligarle a compartir el poder con
los burgueses liberales mientras se aplastaba sangrientamente a su vanguardia
catalana suponía privarle de sus recursos políticos que le hubieran
permitido derrotar al fascismo español con más seguridad que los recursos militares (que,
por otra parte, la URSS dispensaba con cuentagotas). La izquierda francesa se
sintió un poco más cercada y también era por su culpa, porque el gobierno de
Blum se había negado a entregar armas a los republicanos –o se las había
entregado bajo cuerda y en cantidades muy insuficientes.
El drama español no
supuso para la izquierda francesa solamente un nuevo motivo de alarma y una
nueva fuente de desmoralización. También la colocó en una temible contradicción
de la que en adelante sería prisionera: al peligro fascista interior, es
decir, al temor de que la mancha de aceite de la contrarrevolución no terminase
por embeber nuestro propio país, se añadió el peligro fascista exterior, es
decir, la eventualidad de un conflicto armado con las potencias del Eje. En
cierta medida la guerra civil española prefiguraba ya la segunda guerra
mundial: las armas, los aviones, los estrategas y los hombres procedentes de la
URSS y de Occidente se habían enfrentado a las armas, los aviones, los
estrategas y los hombres procedentes del Eje.
Y la izquierda
francesa no podía ignorar tampoco (su minoría consciente lo percibía con
claridad) que, detrás de la aparente antinomia entre las “democracias” y las
“dictaduras”, se perfilaba una guerra de bandas entre dos grupos de potencias
imperialistas, llamadas unas “agresivas”, porque carecían de materias primas y
de salidas y les urgía realizar por la fuerza de las armas, un nuevo reparto
del mundo y otras que recibían el nombre de “pacíficas” porque estaban bien
provistas y decididas a oponerse a ese reparto. ¿Incitar al gobierno de Francia
a entrar en guerra con Alemania porque el gobierno de esta última era
fascista, no suponía para la izquierda francesa concluir
una unión sagrada con los plutócratas de nuestro propio país, ayudarles a
defender su botín colonial e imperial que se había visto aumentado con el
tratado de Versalles, fortalecer su dominación sobre el pueblo francés y quizás
preparar de esta forma el camino a una modalidad francesa del fascismo?
Pero el dilema
tenía otra cara. Nuestra burguesía estaba dividida en dos veleidades
contradictorias: por una parte la voluntad imperialista de defender sus
privilegios, aunque fuese a costa de una guerra, por otra, la solidaridad de
clase que ya había demostrado antaño al vencedor en 1871 y que le inspiraba la
indulgencia (e incluso la simpatía) para con los regímenes “fuertes” de Italia
y de Alemania y un secreto deseo de llegar con ellos a un entendimiento en
contra del proletariado. Este cálculo conduciría a los Sres. Daladier y
Chamberlain a Munich y luego convencería a un amplio sector de la burguesía
francesa para que considerase como una bendición la derrota militar de 1940 que
le permitió instaurar la dictadura de Vichy. Aplaudir a los “muniquenses”,
apremiar a nuestro gobierno a que llegase a un acuerdo con Hitler, porque una
guerra contra él hubiese sido imperialista ¿no significaban estas cosas para la
izquierda francesa formar una unión sagrada con aquellos de nuestros burgueses
que preferían hincar la rodilla ante el fascismo interior antes que inclinarse
ante el proletariado?
La larga serie de
“reacciones en cadena” que no habíamos sabido detener desde 1930 nos había
conducido finalmente a no tener otra elección que la alternativa entre la
guerra o el fascismo. En realidad hubimos de soportar a ambos, la guerra y el
fascismo.
Y este dilema en el
que nos debatíamos inmediatamente antes de 1939 cavó entre nosotros enormes
fosos. Mientras que el peligro fascista interior había actuado
sobre nosotros como un poderoso fermento de unidad y, para cortarle el paso,
habíamos acabado por silenciar nuestras rencillas, el peligro fascista exterior nos
dislocó. Su consecuencia directa fue una escisión en el seno de la SFIO. la
izquierda revolucionaria se negaba a formar parte de la unión sagrada a la que
León Blum había llevado a su partido. Y cuando, después de su exclusión, esta
minoría fundó el Partido Socialista Obrero y Campesino, no tardó en
disgregarse. Unos no dudaron en apuntar sus armas contra Hitler (olvidando el
carácter imperialista de la futura guerra) y otros se sumieron en un pacifismo
piante, no menos ciego, e imploraron la paz a cualquier precio de acuerdo con
los “muniqueses” y con el futuro régimen de Vichy. Se podía contar con los
dedos a los que no se inclinaron ni de un lado ni de otro.
Mientras que la
izquierda francesa vivía las últimas horas de su agonía en medio de una
impotencia total y de un desorden mental no menos grande, las sorpresas se
sucedían a intervalos cada vez más breves: el Anschluss de
Austria, la domesticación de Checoslovaquia, el pacto germano-soviético,
la invasión de Polonia y luego, después de un periodo de coma que se prolongó
hasta la primavera de 1940 y que entró en la historia con el nombre de “drôle
de guerre”, la última sorpresa del desastre militar, de la invasión, del
advenimiento del Mariscal. Le tocaba a Francia conocer la vergüenza del
fascismo y de un fascismo que no solamente nos vino impuesto del exterior.
Porque el régimen de Vichy, y esto se olvida con demasiada frecuencia en
nuestros días, aglutinó a una buena parte de nuestras clases medias y no fue
solamente un subproducto de la ocupación alemana.
Queda por
investigar, tan brevemente como sea posible, el porqué de esta derrota.
Nosotros, los supervivientes sin orgullo de la década 1930-1940, debemos a la
juventud, que con justicia es desconfiada y severa, no la entonación del mea
culpa, que no serviría de nada, sino la explicación de cómo pudimos perder las
riendas de nuestro propio destino.
La explicación
primordial hay que buscarla en las profundidades de la “infraestructura”. Todo
ese barullo tuvo como causa esencial la crisis del sistema capitalista y no
solamente la crisis cíclica, sino la crisis permanente, cuyos
primeros síntomas se manifestaron a finales de 1929. Porque sería
absurdo atribuirlo, como lo hizo Freud, a no se qué instinto biológico de
destrucción y de muerte inherente a la naturaleza humana, sería falso y
anticientífico hacer responsable a una voluntad demoníaca a una alienación
mental, de las empresas fascistas y guerreras que desembocaron en el gran
derrumbamiento de los años 1939-1940.
Tampoco sería
exacto sostener que la guerra fue producto del fascismo. El fascismo y la
guerra fueron ambos consecuencias, consecuencias diferentes, aunque
imbricadas, de una sola y única causa. Tomaron raíces en la misma tierra, ambos
fueron, cada cual a su modo, frutos de un monstruoso sistema que se había
convertido en un obstáculo para el progreso humano, de un mecanismo económico
irremediablemente frenado. Radek dijo un día que la dictadura fascista son los
aros de hierro con los que la burguesía intenta consolidar el tonel desfondado
del capitalismo. La misma imagen vale para la guerra.8 Ambas tienen por
objeto prolongar artificialmente, por medios de excepción, un modo de
producción y de apropiación periclitado que no podía sobrevivir por medios
regulares y pacíficos: el Estado fuerte por una parte, el armamento a ultranza,
por otra han sido (y son hoy todavía) los supremos expedientes a través de los
cuales la burguesía se esfuerza en renovar la pitanza sin la que moriría de
inanición: el beneficio.
8 Cf. Henri
Claude, De la crise économique a la guerre mondiale.
1945.
Y en este punto,
para disipar una confusión que el fascismo ha mantenido adrede es
desgraciadamente necesario precisar que el “tonel” del que habla Radek no ha
sido desfondado por los hachazos del proletariado. La ola de fondo provocada
por la Revolución de Octubre se había retirado desde hacía
tiempo de toda Europa cuando el fascismo hizo su entrada en escena.
Clara Zetkin ha destacado con razón que el fascismo no ha sido, como pretende,
la “respuesta de la burguesía a un ataque del proletariado”, sino, más bien,
“la expresión de la decadencia de la economía capitalista”. El tonel se ha
desfondado por sí mismo.
El fascismo intentó
justificarse presentándose como “un reflejo de defensa”. Pero el orden
establecido apenas si estaba amenazado por la clase obrera cuando este descargó
sobre ella su garrote. En ningún momento en Italia la ocupación de las fábricas
adoptó (a pesar de su carácter revolucionario) el aspecto de una conquista
revolucionaria del poder y hacía ya un siglo que había cesado cuando los
magnates del gran capital italiano alzaron a Mussolini al poder. En ningún
momento el proletariado alemán, dividido y desorientado por sus jefes, había
puesto seriamente en peligro a la sociedad burguesa, a pesar de su indiscutible
madurez revolucionaria. Cuando los hombres de negocios reunidos con el banquero
Schroeder decidieron llamar a Adolfo Hitler a la cancillería del Reich.
No fueron los
“excesos” revolucionarios ni proletarios, sino, por el contrario, las deficiencias de
sus malos pastores las que contribuyeron a la victoria del fascismo. La primera
derrota de la izquierda tuvo lugar en 1918 cuando los obreros alemanes no
fueron capaces de aprovechar la caída del régimen imperial y la derrota militar
para conquistar el poder y unirse a sus camaradas rusos. La primera derrota de
la izquierda tuvo lugar al mismo tiempo que el proletariado francés, a falta de
una dirección revolucionaria adecuada se mostró incapaz, al día siguiente de
las hostilidades, a pesar de su mal humor rei-vindicativo, de barrer a su
burguesía y prevenir así la injusta paz de Versalles, fuente de nuevas guerras
y una de las causas directas del fascismo en Italia y en Alemania.
Otra razón de la
relativa facilidad con que el fascismo pudo echar raíces fue, digámoslo una vez
más, la división obrera: la lucha fratricida entre socialistas y comunistas
contribuyó en gran medida a desarmar a la izquierda frente al adversario
fascista.
Y esa división fue
agravada por la subordinación del ala más dinámica del movimiento obrero a
los zig-zags de la política exterior rusa.
Finalmente, pero no
menos importante, el fascismo se aprovechó de la degeneración del poder
stalinista. No cabe duda que muchos de sus artificios estaban inspirados en el
modelo que le ofrecía una dictadura monolítica y totalitaria personificada por
un “hombre providencial”, apoyado por una policía secreta omnipotente y girando
en torno a un partido único que no tardó en perder todo contenido democrático y
fue sometido a “purgas” cada vez más frecuentes. Contrariamente a lo que
pretendía Malaparte9, el fascismo no
pudo aprender gran cosa de la Revolución de Octubre de 1917
que no fue un “golpe de Estado”, sino un gigantesco movimiento de
masas. En los antípodas, el Führer por el contrario, aprendió
mucho del stalinismo.
En resumen, cuando
comenzó la década 1930-1940, la izquierda había recibido de la década
precedente una enorme deuda. A partir de 1923 la siempre lúcida Clara Zetkin
observaba que el fascismo era “el castigo que se abate sobre el proletariado
por no haber continuado la revolución comenzada en Rusia”. Era preciso que
acabásemos con el régimen capitalista antes de que las
convulsiones de su agonía no nos sumergiesen en el fascismo y en nuevas
guerras.
Al no haber sabido
cambiar el mundo en el momento preciso, la izquierda sólo podía intentar
alcanzar al fascismo mediante expedientes improvisados y paliativos
inadecuados, en la carrera de velocidad hacia el poder que el bólido le
imponía. El inventario de esas desdichadas tentativas constituye la última
parte de mi exposición, y también la más difícil. En efecto, las desafortunadas
tácticas que voy a describir no fueron inspiradas a la izquierda únicamente por
el afán de cortar el paso al fascismo interior. También tuvieron otros móviles
(“unión sagrada” contra el enemigo exterior, subordinación a la política
extranjera de la URSS, etc.). Además, las generalidades que voy a enunciar han
sido extraídas de las experiencias vividas por diferentes países, haciendo
abstracción de sus respectivas particularidades. Mi campo de observación
abarcará tanto a Italia y a Alemania como a Francia.
9 Curzio
Malaparte, Técnica del golpe de Estado, 1931.
Más de un militante
de los años 30’s, dedujo del severo veredicto de Clara Zetkin, que la forma más
segura de cortar el paso al fascismo era cortarle la hierba bajo los pies y
hacer, según la expresión de Marceau Pivert, la “revolución primero”. Por desgracia
no se puede desencadenar una revolución proletaria por encargo y a la hora
fijada, ni siquiera aceptando que existan condiciones objetivas favorables, ni
tampoco por la sola amenaza fascista.
La técnica de la
revolución proletaria no es, repitámoslo, una “técnica de golpe de Estado”. Fue
imposible aventajar al fascismo mediante una operación blanquista. Las
“revoluciones preventivas” no lograron sus resultados (estuvo a punto de darlo)
más que de vez, en Hungría, o en España, porque en ese país el pronunciamiento
fascista coincidió con una auténtica situación revolucionaria: la iniciativa de
Franco fue la gota de agua que hizo desbordar el vaso. La revolución estaba
madura.
En otros sitios en
Italia, en Alemania, en Francia, el movimiento obrero no pudo o no supo
recurrir al arma de la revolución preventiva. En estos tres países la izquierda
no pudo oponer al fascismo más que la siempre precaria defensiva. Veamos cómo
lo hizo.
Antes de desear el
poder, el fascismo comienza por desgastar y aterrorizar al proletariado con sus
milicias. La izquierda se esforzó en responder mediante “la autodefensa
obrera”. Pero su handicap en este terreno escogido por el adversario, era
manifiesto. En Italia, en Alemania, el Estado burgués tuvo ríos de indulgencia
para las bandas fascistas mientras que reprimía e incluso prohibía a los grupos
de protección de la clase obrera. Y la izquierda, creyendo que era una buena
táctica aferrarse a la legalidad, renunció por sí misma a servirse de estos
últimos. En Francia la guerra civil no superó su fase embrionaria.
Sin embargo las
ligas pudieron reconstruirse tranquilamente a pesar de la ley que había
establecido su disolución, mientras que esa misma ley liquidaba a formaciones
de extrema izquierda como la Etoile Nord-Africaine.
Seguidamente, el
fascismo se lanzó a la conquista del elector a través de una propaganda
escandalosa y cínica. La izquierda fue el estupefacto testigo de estas nuevas
técnicas. Aquí una vez más estaba en desventaja. No podía –o no hubiera debido–
apropiarse de estos métodos de agitación que resultaron ser tan rentables. En
primer lugar porque no disponía de los inmensos recursos y de los medios
publicitarios que el gran capital procuraba al fascismo, seguidamente porque
adoptar la mayor parte de esos indignos procedimientos hubiera significado
renegar de si misma. Y sin embargo, la izquierda cedió a la tentación del
mimetismo con demasiada frecuencia. A fuerza de copiar al fascismo llegó a
parecérsele. Corrió el riesgo de que las masas resultasen más sensibles a la
propaganda fascista que a su facsímil antifascista. Mientras creía prevenir al
fascismo imitándolo, acarreaba el agua a su molino.
Enumeremos algunos
de estos plagios.
El fascismo
desprecia a las masas. No duda en tomarlas por su lado débil. Las declara
femeninas y se complace en “violarlas”. Para hacer esto utiliza todo tipo de
engaños (símbolos, espectáculos masivos, etc.). El socialismo no desprecia a
las masas. Le gustaría que fuesen mejores de lo que son, a imagen de la
vanguardia del proletariado de donde procede. Debería, pues, esforzarse en
elevar y no en disminuir su nivel intelectual y moral. No debería apelar a los
instintos más groseros de las multitudes, a su histeria potencial, como hace el
fascismo. Esto no es óbice para que en la época del Frente Popular un
profesor, especialista de la “violación de las masas”, fuese muy oído en los
ambientes de la SFIO. ¿No fue él quien había creído conjurar en Alemania los
maleficios de la esvástica hitleriana dotando a los socialdemócratas de las
simbólicas, pero impotentes, tres flechas?
El fascismo explota
en su provecho el sentimiento religioso que los siglos de dominación del hombre
por el hombre, de ignorancia y de miseria han anclado profundamente en el
cerebro humano. Los socialistas no deberían apelar más que a la Razón y, en vez
de explotar para sus fines la religiosidad de las masas, intentar destruir sus
raíces materiales. Sin embargo, la izquierda, creyendo que así le ganaría al
fascismo por la mano, quiso plagiar algunos de sus rituales, comenzando por el
mito del “hombre providencial” que el Estado fascista copió al Estado
staliniano y luego el antifascismo, al fascismo. Así, en 1936 se pudo ver a
León Blum aparecer entre los haces cruzados de los proyectores, a socialistas
extasiados que pronunciaban rítmicamente su nombre hasta el agotamiento y, en
la casa de enfrente, el “hijo del pueblo” no despertaba menos entusiasmo entre sus
fieles. ¿Al inculcar al pueblo francés, de tradiciones volterianas y
libertarias, semejantes patrones de conducta, no se ha facilitado en cierta
forma la eclosión a largo plazo del mito del Mariscal “que da su vida por
Francia”?
El fascismo no duda
en seducir a las masas mediante una demagogia “passe partout”.
Promete la luna a cada estamento social sin preocuparse de acumular
contradicciones en su programa. El socialismo, como respeta a las masas, no
debería seguir al fascismo en ese terreno. Y además por otra razón que nos
lleva de nuevo al problema de las clases medias: el socialismo no puede mezclar
en un cocktail hábil el anticapitalismo regresivo de los pequeños burgueses
(que querría volver a la “edad de oro” precapitalista) y el anti-capitalismo
progresivo de los obreros. Debe destacar que la pequeña burguesía y el
proletariado son, cada cual a su modo, oprimidos por el gran capital a fin de
asociarlos en la lucha inmediata contra los monopolios. Pero debería
ser intransigente sobre los artículos esenciales de su programa socialista,
de no ser así renunciaría a asestar al capitalismo golpes
decisivos, es decir, dejaría de preconizar una sociedad más equitativa
y más habitable para todos sus miembros. Y sin embargo hemos visto en
Francia, a partir de 1935 a un gran partido obrero esforzarse en
disputar el elector al fascismo imitando la demagogia “passe partout” de
este último, hasta el punto de que a veces sus oyentes debían hacer un esfuerzo
para convencerse de que no estaban oyendo un discurso del general La Rocque.
De todos los
instrumentos que toca el payaso fascista, del que saca los más bellos sonidos
es, sin discusión, el nacionalismo. Y también es éste el que la izquierda debe
guardarse más de copiar, ya que la Internacional expresa, en
todas las lenguas del mundo, su ideal de fraternidad humana. Sin
embargo, la izquierda, creyendo que así disputaría los “patriotas” al fascismo,
introdujo repentinamente la palabra nación en su vocabulario.
Ya en 1923, durante la ocupación del Ruhr, el PC alemán se había dedicado a la
demagogia nacionalista llegando hasta honrar al “mártir” Schlageter. De 1930 a
1932, reincidió a más y mejor. En Francia vimos sucesivamente a los
neosocialistas inscribir a la nación al frente de su credo, mientras que
nuestros camaradas comunistas se desgañitaban en “amar a su país”. Pero la
mayor parte de los “patriotas”, estimulados así en su histeria chovinista, pero
siempre desconfiados respecto a la izquierda, estimaron que el fascismo era más
idóneo para encarnar al nacionalismo. Muchos de ellos encabezados por Maurras
se unieron finalmente con los partidarios del Mariscal.10
El fascismo, aunque
en el fondo sólo se interesa en un culto, el suyo propio, se complace en hacer
concesiones a la vieja religión tradicional, que necesita para perfeccionar y
consolidar su conquista de las masas. El socialismo, mostrándose siempre respetuoso
para con las creencias de cada cual, no debería renunciar a explicar que “la
religión es el opio del pueblo”. Sin embargo también en esta ocasión la
izquierda creyó que era indicado plagiar al fascismo y, poniendo una sordina a
su propaganda anticlerical, “tendió una mano a los católicos”. Fórmula cuya
elástica imprecisión habría de llevarle muy lejos, no solamente se volvió hacia
el cristiano individual, lo que era inofensivo e incluso de buena táctica, sino
que no tardó en “tender la mano” al catolicismo político. La
repetición de este gesto a través de la Resistencia y más tarde el
“tripartidismo” contribuyó a entregar a la jerarquía católica y luego a sus
representantes parlamentarios posiciones que la izquierda laica había
conquistado luchando duramente. Hasta el punto de que ilustres cristianos que
son hoy día los primeros en lanzar anatemas contra el reaccionario MRP. Sin
embargo, la flagrante colusión de la Iglesia con el fascismo que tuvo lugar en
época de Petain debería haber inducido a la izquierda a ser más prudente.
El fascismo afirma
ser el mejor defensor de la familia burguesa y proclama ruidosamente que hay
que multiplicar la especie. Cuando ostenta el poder las practicas
anticonceptivas son severamente reprimidas y la mujer queda relegada a un papel
de “madre coneja”. El socialismo, ilustrado por una célebre obra de Engels, no
debería acceder a este último reducto de los defensores del patriarcado. Y, no
obstante, los lectores de L’Humanité quedaron altamente
sorprendidos al ver que su periódico se dedicaba repentinamente “al socorro de
la Familia”, condenaba el malthusianismo y preconizaba la proliferación de la
raza. Un poco más de agua acarreada al molino del enemigo.
El fascismo cuando
ha captado suficientemente a las masas populares a través de los artificios que
acabamos de describir y cuando ha conseguido poner de su parte, si no a la
mayoría, por lo menos a un amplio sector del cuerpo electoral, se lanza a la
conquista del poder. Pero actúa de una forma sumamente peculiar. Sabe que esa
conquista no es para él una cuestión de fuerza. Puede contar,
efectivamente, con la aquiescencia del ala de la burguesía
capitalista, la más poderosa en términos económicos y políticos.
10 Cf. Daniel
Halévy, Trois epreuves, 1941, págs. 132-117 “Le Maréchal”.
Además se ha
asegurado la complicidad de los jefes del ejército, de la policía y de la alta
burocracia administrativa. En cuanto a los políticos que se encuentran aún a la
cabeza del Estado burgués “democrático”, no ignora que. aunque estos personajes
no sean sus más fervientes partidarios, tampoco le opondrán una resistencia
armada: la solidaridad de clase será más fuerte que las divergencias de
intereses o de métodos. Así, cuando se han satisfecho todas las condiciones
psicológicas y constitucionales, se instala sin esfuerzo alguno en el Estado.
Una vez, sólidamente aferrado al poder, desaloja sin dificultad a los políticos
no fascistas que había encuadrado provisionalmente.
El socialismo no
debería proceder de esta forma. Porque, lo quiera o no, es el
adversario de clase del Estado burgués, incluso “democrático”. Así,
tampoco puede conquistar el poder más que a través de una dura lucha,
quebrantando, en cuanto haya conseguido ocupar la plaza, la encarnizada
resistencia de todas las fuerzas enemigas. Si procede de otra forma puede, sin
duda, “ocupar el poder”, pero sólo lo detentara en apariencia y será prisionero
del aparato gubernamental burgués. El sutil León Blum había captado esta verdad
elemental desde hacía mucho tiempo. Y como, por otra parte, era demasiado
respetuoso del orden social establecido como para introducirse en el Estado por
la fuerza, deseaba no tener que afrontar jamás la prueba del poder. ¡Alejad de
mí ese cáliz! Pero en 1939 la izquierda francesa, cuando la amenaza fascista se
le subió a la cabeza, creyó que había llegado el momento de recoger el fruto
maduro del Estado. Y, como había conseguido una victoria electoral gracias a su
coalición con los partidos burgueses, se imaginó que la ciudadela le abriría la
puerta grande como ya lo había hecho con el fascismo.11 Pero
desgraciadamente en París las cosas transcurrieron de forma completamente
distinta que en Roma o en Berlín. El gobierno del Frente Popular fue
estrangulado por el Estado burgués con el que tan ingenuamente había pretendido
identificarse. Un sólo ejemplo especialmente simbólico: el 16 de Marzo de 1937
en Clichy, a pesar de la presencia de un socialista en el Ministerio del
Interior, la policía y la brigada móvil dispararon, no sobre las bandas
fascistas que allí se habían reunido, sino contra los obreros socialistas: hubo
varios muertos y, entre los heridos, el jefe del gabinete socialista del
presidente del Consejo socialista.
11 Recuerdo un
editorial de Paul Kaure en Le Populaire que desarrollaba muy
exactamente el falaz razonamiento que acabamos de resumir.
Mientras que en
Italia y Alemania los figurantes no fascistas hablan sido rápidamente
expulsados del gobierno, en Francia fueron los ministros no socialistas del
Frente Popular los que permanecieron en sus puestos. Blum, después de haber
permitido de mala gana que se le acercase el cáliz, no hizo nada para impedir
que se alejara.
El desconcierto de
la izquierda (o de lo que quedaba de la izquierda) alcanzó su apogeo después
del triunfo de su terrible adversario. Se comportó como los médicos que,
enfrentados a una enfermedad desconocida, disimulan a duras penas las lagunas
de su ciencia y emiten diagnósticos contradictorios. Cuando la plaga estaba aún
en sus principios el Dr. Optimista anunció que el fascismo no podía durar, que
era una afección transitoria y accidental y que no tardaría en descomponerse y
en licuarse e incluso que era preciso “pasar por el infierno de la
dictadura fascista” (sic) para saborear las inefables alegrías
de la Revolución proletaria. A medida que el mal se extendió y arraigó el Dr.
Pesimista expreso, por el contrario, su temor de que el fascismo, a pesar de
sus contradicciones internas fuese capaz de durar indefinidamente.
Proclamándose instalado por un milenio, Hitler terminó por sugestionar a sus
mismos adversarios.
Esta
sobreestimación de los regímenes totalitarios, esta falta de confianza en la
evolución dialéctica de la historia, en la irresistible marcha del mundo hacia
la libertad, inclinaron a la izquierda francesa, después del desastre de 1940,
tanto hacia Vichy como hacia Londres. Unos, los menos, creyeron que había que
adaptarse al hecho consumado de la victoria fascista –y terminaron siendo unos
traidores. Otros, los más numerosos, imaginaron de buena fe que solamente la
superioridad económico militar del imperialismo de los anglosajones podría
acabar con el monstruo totalitario. Así, la izquierda, a lo largo de la década
trágica, no fue nunca capaz de vencer al fascismo con las armas del socialismo.
En su defecto había recurrido a todos los expedientes y a todos los remedios de
curandero. Había llegado incluso a plagiar al fascismo so pretexto de ganarle
por la mano. Y para terminar no encontró nada mejor que abandonar su causa en
manos, no solamente de un general de temperamento fascista, sino también en las
de una coalición de grandes potencias cuyo verdadero objetivo era mucho menos
la derrota del fascismo como la hegemonía mundial. Así, la victoria militar
habida sobre las potencias del Eje no libró al mundo del peligro fascista ni
del espectro de la guerra. Hoy lo vemos claramente.
No cabe duda de que
actualmente nos equivocaríamos si nos dejásemos hipnotizar por lo que se acaba
de decir. Los problemas graves y urgentes que hemos de resolver no se plantean
exactamente en los mismos términos que los hemos expuesto. La victoria militar
de 1945 tuvo, cuando menos, la ventaja inmediata de relegar durante algún
tiempo al baúl de los recuerdos al fascismo de corte clásico, al fascismo
demagógico y con botas. La burguesía se ha visto obligada a recurrir a medios
de dominación menos provocativos y también más insidiosos.
Pero no olvidemos
que el fascismo de corte clásico es solamente una de las formas que puede
adoptar la contrarrevolución. Además la experiencia ha demostrado que, en los
países que violentaron, los regímenes fascistas de corte clásico desembocaron,
en cierta medida, en dictaduras policíaco-militares-clericales de las que los
plebeyos de camisas de colores quedaban más o menos excluidos.
Y tampoco perdamos
de vista que la crisis permanente del régimen capitalista sigue haciendo
estragos, a lo sumo “paliada” por las inyecciones de dólares norteamericanos y
el rearme atlántico. El Estado fuerte, con o sin las milicias fascistas,
continuará proliferando – así como la guerra, esta vez nuclear– sobre el
estiércol del capitalismo debilitado.
En Francia la
sucesión imprevista de un poder personal en plena des-aceleración, cada vez más
aislado del país, basado en el ejército, la policía y una alta administración
fascista podría, si se presentase bruscamente, plantearnos el dilema: dictadura
militar o Frente Popular. Pero es de desear que ese nuevo Frente Popular gire
esta vez en torno a la clase obrera, que no se vea paralizado ni por las malas
alianzas políticas ni por las ilusiones reformistas, que no esté subordinado a
la política extranjera de ninguna gran potencia y que, finalmente, sepa atraer
a una juventud escéptica que hoy no pertenece a nadie.
ANTES DE LA
CATÁSTROFE (1932)
Esta primera parte
es el relato de un viaje realizado a pie en Agosto-Septiembre de 1932 a través
de Alemania, a la sazón prehitleriana. A mi regreso escribí una serie de
artículos que aparecieron en otoño de ese mismo año en diversas publicaciones:
la revista ilustrada Vu, el semanario Monde, que
dirigía Henri Barbusse, la revista sindicalista revolucionaria La
Revolution Proletarienne y la revista ilustrada comunista Regards.12
En esta época el
editor a quien se lo propuse no consideró conveniente reunir estos testimonios
que, en mi opinión, debían servir de introducción a mi reportaje sobre Alemania
del año siguiente: La Peste Parda ha pasado por allí. Al
releerlos con la perspectiva de estos años ya no me parece posible
publicarlos tal y como están. Hay muchas repeticiones. Carecen de homogeneidad.
A veces se apartan del tema central; la ascensión del nacionalsocialismo. Por
este motivo lie preferido utilizarlos como materia prima al redactar, en este
estilo autobiográfico, la narración de mi primer viaje. Desde ese punto de
vista el texto que viene a continuación es inédito. No figuraba en las
ediciones anteriores de La Peste Parda a la presente.
A finales de Agosto
de 1932 decidí realizar un gran viaje a pie a través de Alemania con la mochila
a la espalda, según los ritos germánicos. Me preparé con entusiasmo con el
camarada que me acompañó. Al pie del fuerte de Romainville, nuestro vecino, el canal
de Ourcq se extiende en línea recta. Para entrenarnos mejor nos pusimos el
uniforme completo de los excursionistas de a pie, zamarra, pantalón corto de
pana, fuertes borceguíes y gruesos calcetines de lana. Cargamos nuestras
mochilas con el peso respetable que habrían de llevar a lo largo de nuestro
periplo. Y, con el mapa en la mano, determinamos con exactitud en las orillas
del canal una distancia de 12 km 500 m.
12 Daniel
Guerin, “Sur les routes avec la jeunesse allemande”, Vu,
7 de Diciembre de 1932, "Retour au Barbare", Ibíd, 8 de
Marzo de 1933; “Images d’Allemagne” I y II; “Deux
Ecoles d'AIlemagne”, I y II, Monde, Octubre-Noviembre de
1932; “Cette letre sera peut-étre la derniére" (Carta
recibida de Alemania el 28 de Febrero de 1933), Ibíd., 11 de Marzo
de 1933; “¿Schleicher?. ¿Hitler?... ¿o Revolution?”, La
Revolution proletarienne,
10 de Octubre
de 1932; “A Kuhle Wampe avec les chômeurs révolutionnaires”, Regards,
Diciembre de 1932.
Con paso ágil y
regular, irguiendo la cabeza, hundiendo los riñones y sacando el pecho
caminamos cada día esa distancia. Llegados al punto de destino dábamos media
vuelta en un estilo casi militar y rehacíamos en sentido inverso el mismo
kilometraje, indiferentes al sol, a la intemperie, dispuestos a afrontarlo
todo.
Finalmente llega el
día de la salida, la tarde del 9 de Agosto de 1932. Un transportista que hace
todas las noches el trayecto París-Estrasburgo tiene la amabilidad de llevarnos
en su camión. El enorme vehículo salta con ruido de chatarra sobre el pavimento
de Pantín13. En el remolque,
entre dos rollos de linóleo de imponente diámetro, mi compañero y yo hemos
acomodado nuestros cuerpos maltrechos y nuestros sacos atestados y deformes
coronados por una escudilla. Al volante, en la cabina donde vamos de vez en
cuando para charlar un rato, dos muchachotes de Alsacia plácidos y rubios.
Basta con levantar el toldo de nuestro remolque para ver el paisaje. Pero la
mayor parte del tiempo preferíamos holgazanear tumbados sobre los ásperos
paquetes y dejando que fluya el río de las horas. Cuando, al caer la noche los
conductores agotados, se paran al borde de la carretera, corremos a un campo
vecino de donde traemos mullidas gavillas de trigo recién segado para redondear
los ángulos y amortiguar los golpes.
En el lindero de la
Selva Negra reboso de un optimismo que aún no ha sido conmocionado por las
vicisitudes de las luchas sociales y que mi compañero, pequeñoburgués escéptico
y despreocupado, no comparte apenas. Después de un período tan largo de inacción
estéril, en un viejo país degenerado, quizás pueda entrar finalmente en el
núcleo de la acción en esa Alemania joven, moderna y dinámica que no he dejado
de admirar desde mi juventud. El socialismo triunfará aquí o en ninguna otra
parte. Aquí se ha formado la clase obrera mejor organizada y más cultivada del
mundo. Aquí las contradicciones económicas y sociales han alcanzado un punto de
tensión extremo. Aquí va a sonar la hora de la explicación decisiva entre el
bloque formidable de los asalariados y los mercenarios del gran capital.
13 Pantin es
una localidad y comuna de Francia situada en los suburbios del noreste de París
(del cual es limítrofe) en la región de Île-de-France, departamento de
Sena-Saint-Denis, en el distrito de Bobigny. La comuna es limítrofe con
Aubervilliers, el XIX Distrito de París, La Courneuve, Bobigny, Noisy-le-Sec,
Romainville, Les Lilas y Le Pré-Saint-Gervais.
Y sin embargo los
gérmenes de una enfermedad mortal minan ya esta carne de apariencia
resplandeciente. La atmósfera es pesada, los pájaros vuelan bajo, como cuando
se aproxima una tormenta. Cuanto más me adentre en el corazón del país, más me
decepcionaré. En verdad, a pesar de algunas apariencias engañosas aquí y allá,
todo anuncia, todo fomenta –sin que yo tenga aún plena conciencia– la victoria
del fascismo hitleriano.
Nuestra primera
etapa del otro lado del Rin se termina con un bello atardecer. Tenemos ya
veinticinco kilómetros sobre nuestras piernas y nuestros hombros y, a pesar de
que nos hemos entrenado para esta distancia, las correas pesan un poco.
Atravesamos un pueblo que parece bonito en comparación con los nuestros, con
sus casitas blancas recién pintadas y sus ventanas adornadas con geranios. Como
el caballo que huele la cuadra, marchamos a paso más alegre cuando a la salida
del pequeño núcleo urbano aparece el cobijo que buscábamos: el albergue de la
juventud. Cada tarde, de la misma forma, nos encontraremos como en nuestra
casa.
La sala común ya
está llena: jóvenes de quince a veinte años, de pelo rubio, voces viriles y
rostros voluntariosos. Una camisa de sport kaki o verde con las mangas
arremangadas descubre sus antebrazos tostados por el sol. Rodillas esculturales
emergen de un pantalón corto de pana o de cuero completado a menudo por unos
tirantes tiroleses con su larga placa de cuero rectangular que forma como un
puente entre los pectorales. Las piernas están bronceadas y sus músculos son
tensos y duros. Gruesos calcetines caen sobre los fuertes zapatos de marcha.
Algunos adornan sus cabezas con un pequeño casquete de tipo eclesiástico de
fieltro gris recortado del fondo de un viejo sombrero, que llevan con
arrogancia.
No tardamos en
trabar conocimiento. Nuestra calidad de franceses nos vale un recibimiento
fraternal.
– ¿Franzose? ¡No es posible!
Se ven tan pocos Franzosen por aquí.
– Luego viene
el aluvión de preguntas:
– ¿Tenéis
vosotros también mucho paro?
– ¿Es cierto lo
que se dice que los franceses son tan ricos, que tienen tanto oro?
– ¿Tenéis el
servicio militar obligatorio?
– ¿Cómo nos llamáis? ¿Boches?
Respondemos lo
mejor posible. A nuestro alrededor se ha formado el círculo, un círculo en cuyo
centro me siento bien. Leo en las miradas una necesidad de comunicación
directa, más allá de las fronteras artificiales, los periódicos y los discursos
mentirosos, un asombro de sentirse semejantes.
Sobre una mesa un
“libro de oro”. Todo el mundo es invitado a inscribir en él su nombre, a dejar
una huella –un pensamiento o un dibujo– de su paso. En sus guardas esta vana
advertencia: “Se ruega olvidar la política en el umbral de este libro”. Sin
embargo, cuando lo hojeo, veo que la política surge en cada página. Atormenta a
estos jóvenes hasta el punto de que no pueden abstenerse, a pesar del ambiente
neutro del albergue. Una mano ha escrito: “Proletarios de todos los países,
uníos”. Pero otra ha tachado la llamada con un trazo rabioso. En otro sitio
son las tres flechas socialistas que traspasan una cruz gamada. Nos explican
que esa pasión es más bien reciente.
Cuando describo, en
comparación a la juventud francesa, indiferente, ignorante, adormecida por el
opio de los periódicos deportivos, me responden que no hace mucho la juventud
alemana se interesaba mucho más en los campeonatos y en las “vedettes” que en Hitler
o en “Teddy” Thälmann. Pero el paro, la miseria y la ruidosa
entrada en escena del nacional-socialismo han cambiado las cosas.
En el fondo de las miradas de mis jóvenes compañeros de una tarde leo, porque
tienen dieciocho años, la alegría de vivir, pero también la angustia y el
hambre. Estos albergues, lujosamente pertrechados en donde los bellos fogones
inútiles contrastan con los apretados cinturones, sugieren un mundo en
decadencia. El contagio del fanatismo político ha llegado hasta los impúberes.
Un mocoso de trece años me vocifera su amor por el Führer, una muchachita me
explica gravemente el último discurso del canciller von Papen. Pocos son los no
comprometidos. Todos han tomado partido.
La sala común se ha
vaciado poco a poco. Sin embargo dos grupos se han quedado en dos extremos
opuestos.
37
En la penumbra unos
pequeños colegiales, cada uno tiene un cuaderno de canciones en la mano. Bajo
la dirección de su maestro entonan aires marciales en los que se habla de
héroes victoriosos, de enemigos vencidos. Tres sólidos muchachotes de
Westfalia, proletarios con toda seguridad, los escuchan con toda satisfacción y
luego cantan el estribillo a coro. En el otro extremo de la sala otros
“ajistas”, molestos por esta demostración, observan mudos, enfadados. Uno de
ellos sostiene entre sus dedos crispados Rote Fahne, el diario
comunista. Y como intento en vano hacerle hablar, me señala con un gesto de la
cabeza el campo contrario y se encoge de hombros. Hasta la hora reglamentaria
de apagar las luces los nazis y los revolucionarios permanecerán así, cara a
cara, velando las armas.
Un joven, más
locuaz y más lúcido, murmura a mi oído mientras nos dirigimos a los
dormitorios:
– Ya lo ves,
estamos enfrentados los unos a los otros. Las pasiones están al rojo vivo hasta
el punto de que a veces nos enzarzamos seriamente, pero en el fondo
queremos lo mismo…
–¿De verdad?
– Si, lo mismo, un nuevo
mundo, radicalmente diferente de este, un mundo que no destruya ya el café y el
trigo mientras que millones de hombres pasan hambre, un nuevo sistema. Pero
unos creen a pies juntillas que se lo dará Hitler y otros que lo hará Stalin.
Entre nosotros solo existe esa diferencia…
Por ese motivo en
el dormitorio, antes de que se apaguen las luces, cincuenta potentes gargantas
entonarán una vieja canción de los vagabundos de la carretera, que el nazi
canta con tanta convicción como el socialista y el comunista:
Cuando caminamos
juntos
Y cantamos las
antiguas canciones Cuyos ecos nos devuelven los bosques Entonces sentimos que
esto tiene que pasar; ¡Con nosotros llegan los nuevos tiempos! ¡Con nosotros
llegan los nuevos tiempos!
Unanimidad apenas
perturbada por la discordia de tres gritos antagonistas proferidos juntos como
unas buenas noches o un último desafío:
¡Heil Hitler!
¡Freiheit!
¡Rot Front!
Sin embargo los
diletantes, los poetas los supervivientes románticos y literarios de Jugendbewegung (“movimiento
de la juventud”) de antes de 1914 no han desaparecido –aún– del todo. Por
ejemplo ese grupo de estudiantes que encontramos al día siguiente en la
carretera, vestidos con un simple short, casi desnudos bajo un sol de plomo.
Una vajilla inverosímil se acumula bajo sus bronceados espinazos. Parecen una
caravana de camellos cargados de mercancías. Estos juerguistas se obstinan en
preferir el naturismo a las controversias políticas. Y acompañándose por una
guitarra susurran estos versos tan pacíficos de un poeta caído en el frente14:
Y mi corazón, mi
corazón canta
Una canción que
también sube al cielo
Una canción muy
ligera y muy suave
Una canción tan
delicada y tan dulce
Como una nubecita
huyendo a través del firmamento
Como un copo de
plumón en la brisa.
Pero en esta
Alemania de 1932 los “ajistas” que andan por puro placer son menos numerosos
que los vagabundos por necesidad. Medio millón por lo menos de jóvenes parados
vagan por las carreteras. No tienen derecho a ningún socorro, las más de las
veces porque al menos un miembro de su familia ha conservado su empleo.
Cansados de estar mano sobre mano en su barrio triste, de ser una carga para
sus padres, salen en primavera y van dando tumbos hasta el final del otoño.
Algunos deambulan así desde hace varios años, sin norte, viviendo de limosnas,
pernoctando en los asilos o en los establos. Van generalmente de dos en dos por
las carreteras más transitadas llevando un grueso bastón o un báculo de
peregrino, saqueando los árboles frutales y practicando eso que aún no ha sido
bautizado como “auto-stop”. Cuando forman un grupo alguno toca un instrumento
14 Hermann
Löhne.
mientras que los
demás, músicos natos como todos los alemanes, cantan a coro. Son habladores y
fatalistas, algunos llegan a ser cínicos y serviles: si hay que comer no hay
que desagradar a nadie. Estos, cuando llegue el momento (y aún no sabemos que
el día esta tan próximo) se venderán al mejor postor, explotarán con brutalidad
y golpearán con todas mis fuerzas a los chivos expiatorios que les sean
designados.
En la orilla del
río en que nos bañamos hemos trabado conocimiento con dos amigos. Uno, cuando
tenía trabajo, era zapatero y el otro tintorero. Hoy no tienen más vestido que
una chaqueta remendada sobre su pecho desnudo; entre risas me enseñan sus
zapatos desgastados en donde se orean los dedos del pie, largos y rosados. De
un bolsillo desgarrado extraen con precaución un mugriento cuaderno, su “carnet
de nómada” oficial. A través de innumerables paginas una sucesión de nombres de
pueblos inscritos con tinta o con lápiz y avalados por sellos de caucho. Hay
nombres que aparecen ya dos y tres veces y volverán a aparecer, sin duda, en
las páginas que aún están en blanco. Un ciclo infernal. Solo terminará con el
enrolamiento en los “camisas pardas” o el empleo en las fábricas de armamento.
Pero mientras
tanto, el gobierno prefascista recluta ya a algunos de estos vagabundos como
“voluntarios” en campos de trabajo militarizados. Morir de hambre o aislarse,
esta es la alternativa para la juventud alemana de 1932.
Desde el puente de
Kehl, en las puertas de Sajonia largo itinerario recorrido a pie y en tren; una
impresión dominante: la población se ha inclinado ya del lado de los nazis. Es
una epidemia que causa estragos en todas partes, tanto en los pueblos como en
las ciudades.
En la plaza de cada
pueblo un gran mástil insolente, visible desde lejos, sostiene un gran
estandarte rojo, de un rojo chillón, estriado por la negra cruz gamada. Las
paredes de la alcaldía o de la escuela están provistas de tablones de anuncios
en donde cada día se colocan las páginas del periódico socialista. Sobre las
mesas de las cervecerías, recopiladas en lujosas encuadernaciones, las revistas
del Partido.
Entre en casa de
unos campesinos para comprarles huevos y leche. Sobre los muros retratos del
Führer procedentes de alguna revista ilustrada y groseramente pegados.
40
LA PESTE PARDA
– ¡Nuestro
salvador!, articula el padre, con una opaca certeza.
Despliegan ante mí
la pila de pasquines hitlerianos recibidos a lo largo de la última campaña
electoral. Los hay de todos los formatos y de todos los colores. El hijo me
dice con una voz ruda que no admite y que ni siquiera imagina la contradicción:
– ¡Aquí la lista
nacional-socialista ha obtenido la mayoría absoluta!
La madre busca
febrilmente en un armario. Finalmente saca de su escondite y me presenta una
caja de puros. Se lo agradezco y le digo que no soy fumador. Entonces la abre y
saca de ella un fajo de billetes de banca amarillentos y, mientras su hijo me
lanza una mirada dura, me dice:
– ¡Todo lo que
teníamos! Todo lo que habíamos ahorrado durante veinte años trabajando como
negros. Ya no vale nada... ni un penique, señor. Los socialdemócratas nos lo
han quitado todo con su inflación.
En las ciudades,
castigando las aceras, con botas y correajes demasiado nuevos o demasiado bien
lustrados, deambulan los jóvenes “SA”. Alrededor de las casas pardas, guardadas
por numerosos centinelas, un Estado dentro del Estado que es ya el embrión de un
nuevo Estado, reina una intensa agitación: idas y venidas, multitud de curiosos
y simpatizantes.
En Rothenburg,
pequeña ciudad bávara que ha conservado su ambiente medieval con tanta
perfección que parece de cartón piedra, tengo mi primera conversación con un
miliciano nazi. Febril, hablando a gritos, con los ojos inyectados, pero con
una cortesía completamente germánica, me abre su corazón como si tuviese una
urgente necesidad de aligerarlo.
Pequeño burgués
enfurecido, me explica que su profesión es chófer de taxi (y propietario de su
vehículo), que perteneció durante mucho tiempo al partido socialdemócrata. Pero
que salió desilusionado. Reprocha al “marxismo” haber traicionado a Alemania y haber
traicionado al proletariado. Ahora es jefe de una sección de asalto y, dentro
de su nuevo partido, extremista.
– ¿Participará
Hitler en el poder?
– ¡No! ¡No! ¡Mil
veces no!, vocifera como si esos gritos le apaciguasen. ¡Todo o nada!
41
Daniel Guerin
La posada en donde
nos invita a beber un jarro es la sede local del partido. Como un vendaval,
dando un sonoro portazo irrumpen unos motoristas en uniforme, muchachotes
sólidos, presuntuosos, con botas y cascos de cuero. Con una convicción pueril
nuestro taxista y la dueña del bar nos explican que Hitler acabará con la
desocupación, desterrara la miseria, instaurara el ‘nuevo sistema’, eso se
repite en una pequeña localidad de Suiza, no lejos de Bayreuth. Una piscina al
aire libre se abriga entre unas rocas cubiertas de abetos. A nuestro alrededor
racimos de cuerpos bronceados, relajados, liberados. Pero la política
prevalece, una vez más, sobre la naturaleza. Armado con una pala minúscula y
completamente desnudo un chaval nos salpica arena a los ojos, pasa por encima
de nosotros. Es tan hermoso, tan rubio, de un tipo germánico tan puro, que pido
permiso a su padre para fotografiarle.
– ¡Claro que sí!
Enséñeles usted a los franceses el retrato de un pequeño alemán y ruégueles que
sean menos injustos hacia su país...
ese naturista se
lanza a una dura diatriba contra el tratado de Versalles, contra la Francia
imperialista. Tumbado bajo el ardiente sol, con los ojos cerrados y las manos
detrás de la nuca, reclama el derecho al servicio militar obligatorio, no para
hacer la guerra, me explica, sino para “disciplinar” a la juventud. Como
intento oponerle argumentos que tienen un aroma de “marxismo”, la toma con los
jefes socialdemócratas que desde hace catorce años, dice, no han trabajado para
la clase obrera, sino para llenarse los bolsillos, de repente me pregunta:
– Bueno, veamos,
dígame la verdad: ¿desearía usted para el proletariado alemán, ya que parece
que le preocupa, un régimen de tipo estaliniano?
En un departamento
de un vagón de ferrocarril he sacado de mi mochila un fajo de revistas
comunistas que comienzo a hojear. Un obrero en traje de faena y andares
cansados se sube y se sienta a mi lado.
Como noto que echa
miradas furtivas a mis periódicos, se los presto. Empieza a leerlos atentamente
sin decir una palabra. Pero en el otro extremo del departamento hay dos jóvenes
en los que no había reparado: en sus chaquetas de corte elegante, la cruz gamada.
No se han movido, pero vigilan a su presa con el rabillo del ojo.
42
LA PESTE PARDA
Y cuando al llegar
a su destino el obrero se levanta y saca de la pared de equipajes la bolsa que
contiene su tartera, uno de ellos se pone en pie, le tiende el Voelkischer
Beobachter y le ruega muy cortésmente que se lo lleve. Un segundo de
vacilación, luego el hombre atemorizado se decide a tomar el periódico, saluda
torpemente con la gorra y desaparece.
En una pequeña
ciudad en donde paramos una tarde se celebra una fiesta infantil en la plaza
principal. Idílico espectáculo. Los hijos y las hijas de los trabajadores, con
la cabeza adornada por una corona de flores, bailan en corro y cantan a coro
con voces cristalinas.
Susurro a mi
compañero de viaje:
– No cabe duda de
que es una fiesta obrera.
Este hace una mueca
escéptica y no se equivoca. Al caer la noche volvemos a encontrar efectivamente
a estos niños en la carretera, en ringleras, de vuelta a sus casas. Sus padres,
proletarios endomingados, los conducen. Cada uno de los niños enarbola orgulloso
un farolillo de colores rutilantes en el extremo de un junco, en él se destaca
con grandes trazos negros la cruz gamada.
Pero en los centros
industriales encontramos de todas formas a los “rojos”. Un domingo entramos en
un pueblo grande cerca de Stuttgart calles desiertas, aburrimiento dominical,
cánticos y tañido de campanas, cuando de repente la Internacional me
hace dar un respingo. Mi compañero sonríe al ver mi emoción. Me quedo parado,
como un perro de caza, husmeando, buscando de donde viene la canción. El sonido
nos conduce a la sala trasera de una cervecería en donde chicos y chicas nos
acogen calurosamente con los puños en alto y gritos de ¡Rot Front!. Son
miembros de un club deportivo proletario de Stuttgart y cómo van a volver a esa
ciudad después de una excursión dominical, nos invitan a ir con ellos en su
camioneta. Las chicas llevan el pelo corto y sus brazos tostados podrían ser
masculinos. Los chicos, en pantalón corto, muy viriles, parecen revolucionarios
para un fresco histórico.
A lo largo del
trayecto, a través de los interminables suburbios de Stuttgart entonan todo el
repertorio de los cánticos rojos provocando el entusiasmo a su paso. Familias
de paseo, enamorados alegres, mujeres a las puertas de sus casas, niños en las
cunetas, graciosos
43
Daniel Guerin
ciclistas con el
manillar cuajado de flores, todos levantan el puño con la cara ilusionada y nos
gritan frenéticamente:
– ¡Rot Front!.
Me siento mejor.
Recupero la confianza. He sentido dentro de mí, de una forma física, lo que
considero la fuerza del proletariado alemán.
Pero el movimiento
sindical ofrece, en la mayor parte de los casos y sobre todo en las grandes
ciudades, un espectáculo mucho menos reconfortante. Por ejemplo la “Casa del
Pueblo” de Dresden. Casa es decir poco. Tenemos ante nosotros
un edificio colosal, obra de un arquitecto de la última hornada.
En primer lugar
entramos en la cervecería, con profundos butacones. Bajo nuestras botas de
marcha, que de pronto nos dan vergüenza, una espesa alfombra amortigua nuestros
pasos. Atmósfera silenciosa y confortable de sitio caro. Un maitre d’hotel de
elegante chaqueta blanca se acerca a nosotros. Al principio su actitud es
obsequiosa, pero nuestro insólito atuendo en un lugar tan lujoso confiere a su
voz inflexiones un poco irónicas. Nos presenta la carta, larga lista de
refinados manjares de precios notoriamente inaccesibles para bolsillos obreros.
En la mesa contigua tres voluminosos parroquianos juegan una formidable partida
de cartas trasegando formidables jarras de cerveza y descargando formidables
puñetazos.
Y de repente el
sentido de la palabra bonzo con la que los comunistas y los
nazis designan, de común acuerdo, a los dirigentes reformistas, adquiere a mis
ojos toda su significación. Nuestros vecinos los jugadores de cartas son
unos bonzos. Hemos caído en una guarida de bonzos. Buena
gente a fin de cuentas. Cuando se enteran de que somos camaradas
franceses nos invitan cordialmente a que nos unamos a sus libaciones. Con su
buen color y su tez pastosa y apagada, confinados en su pequeño y confortable
universo burocrático y corporativo, me dan ganas de cogerles por el cuello de
la chaqueta y sacudirles. Siete u ocho millones de proletarios trabajan con el
vientre casi vacío. El peligro fascista está ahí. Pero los bonzos de
Dresden prefieren pasarlo bien
Como tienen la
amabilidad de invitarnos a visitar esa “Casa del Pueblo” que ya no pertenece al
pueblo, nos vemos arrastrados a unos ascensores animados de movimiento
perpetuo. Se los coge al vuelo y
44
LA PESTE PARDA
se salta de ellos
sin que interrumpan su silencioso vaivén. De una tirada alcanzamos la cumbre,
el techo-terraza en donde, sin preparación, recibimos en plena cara la imagen
de una inmensa ciudad resplandeciendo al sol.
No nos dispensan de
nada, ni las salas de reunión, grandes habitaciones claras, tapizadas de
colores vivos y audaces en donde los síndicos, molestos por el ambiente, al
parecer, observan un tenso silencio, ni el hotel, cuyas costosas habitaciones
amuebladas en estilo Luis XV se abren en raras ocasiones a los parlamentarios
social-demócratas que se encuentran en gira de propaganda.
Me froto los ojos.
¿Es que ya se ha hecho la Revolución? Pero no. detrás de la jactancia de este
palacio hay millones de hombres sin pan y sin esperanza y otros que traman
arrebatar a la clase obrera sus últimas conquistas. El viejo mundo se
desintegra. Ha llegado el momento de jugárselo todo. Sin embargo el estruendo
de la batalla no pasa a través de estos muros, queda amortiguado por la
insonorización de este lujo.
La Casa del
Pueblo de Dresden es el símbolo y el producto de la locura colectiva.
La megalomanía de la americanización ha transformado el seso a toda Alemania.
Mientras que los capitanes de la industria construían fábricas tres veces más
bonitas y con una capacidad de producción tres veces mayor de la necesaria,
mientras que los municipios y las administraciones públicas edificaban
estaciones, oficinas de correos y albergues juveniles elefantiásicos, los bonzos sindicales,
para no ser menos, dilapidaban los caudales de las cotizaciones en riquísimas
mansiones. Pero, a partir de la crisis, este lujo no impide que los ingresos de
los trabajadores sigan bajando y, llegado el momento de enzarzarse con las
camisas pardas, emascula a los dirigentes dormidos sobre los laureles.
Como me atrevo a
expresar, con grandes precauciones, el malestar que me invade, mi guía me
explica, con una obstinación lírica:
– Queremos que
nuestros jefes tengan bellos despachos, bien amueblados, porque son nuestros jefes...
Todo trabajador está orgulloso de que la clase obrera organizada haya podido
realizar semejantes maravillas. Después de haber estado en nuestra hermosa Casa
del Pueblo, salen de ella con la idea de elevar su condición…
45
Daniel Guerin
Ya no me puedo
contener:
– ¿No cree usted
más bien que en adelante ya sólo tendrá una idea: convertirse a su vez en bonzo para
poder vivir mejor?
No cabe duda de que
nunca un lenguaje tan poco conformista turbó la paz de estos burócratas.
Intenta en vano encontrar una respuesta.
– ¿Y dígame, si los
“camisas pardas” invadiesen un día su Casa del Pueblo, cómo se
defenderían?
La lengua de mi
interlocutor se traba en su boca:
–¿Si los...? ¿Dice
Ud. que sí los...?
Sabe de memoria
cuánto han costado los aparatos telefónicos que se despliegan como un acordeón,
los archivos metálicos. los sillones de despacho, tan profundos que en ellos se
pierde la noción del tiempo y del espacio. Pero esto... No, en verdad, nunca había
pensado en esto.
Por su parte los
comunistas han echado ya por encima de la borda, han entregado mentalmente a
Hitler todo ese aparato reformista. Un muchacho alto, delgado, de mirada
inquisitiva y ortodoxa y que me mira desde lo alto de su metro noventa, me
confiesa:
– Poco nos importa
que los nazis se apoderen de ese palacio y de esos bonzos... No
perderemos nada con ello. Al contrario. Nosotros los comunistas trabajaremos
mucho mejor en la ilegalidad que en la legalidad.
Mañana unos astutos
merodeadores, aprovechando el desconcierto y la indiferencia populares, se
apoderarán sin esfuerzo de estas vanas riquezas. Y en este palacio pondrán a
sus propios bonzos en el lugar de los bonzos derrotados.
Esa misma noche en
Dresden los nacional-socialistas despliegan ante nuestros ojos su fuerza
ascendente. Todo comenzó por la tarde con las evoluciones por encima de la
ciudad de una escuadrilla de veloces y ruidosos aviones que se lanzaron en
picada para dejar caer una lluvia de pequeños papeles para levantar luego el
vuelo en formación de combate. Y sobre las carreteras que convergen hacia la
capital sajona se celebró un desfile de nazis a pie, en bicicletas, en
camiones, que venían de todos los pueblos. En las gradas del inmenso estadio
deportivo una multitud espera de pie. Público popular, pequeño burgueses en su
mayoría. Para empezar, un interminable desfile
46
LA PESTE PARDA
militar. A la débil
luz de los proyectores, al son de una musiquita de una trivialidad
desesperante, las secciones de asalto avanzan una a una detrás de sus banderas.
Cuando la velocidad decrece, patean mecánicamente en el polvo balanceando los
brazos y marcando el paso.
Al paso de cada
estandarte diez mil brazos se levantan y saludan a la romana. Y esto se produce
veinticinco veces seguidas. Después de haber dado la vuelta completa al estadio
cada sección se alinea en cuadrado en el centro del terreno, alrededor de la tribuna
levantada para los oradores. Ante nosotros tenemos un mar de camisas pardas en
posición de firmes.
Finalmente aparece
el jefe esperado, con la cabeza descubierta, rodeado de guardaespaldas,
saludado con entusiásticos ¡Heil! Con botas y correajes, una
corbata negra sobre su camisa parda, bajito, calvo, regordete, con el labio
inferior prominente, Gregor Strasser tiene un aspecto más grotesco que marcial.
En la vida “civil” era boticario y la panoplia con que se ha adornado no
consigue camuflar su aspecto de pequeñoburgués vulgar. Pero no es tonto ni
mucho menos. Tiene fama de ser el más dotado y más “gauchista” de los
dirigentes nazis. Algunos dicen incluso que es el verdadero jefe del Partido.
En realidad su enérgica personalidad hace sombra a Hitler que hará que lo maten
más tarde, como a un perro el 30 de junio de 1934.
Durante dos horas,
los altavoces nos transmitirán párrafos de una demagogia muy elocuente y de un
poder de persuasión que no hay que subestimar:
– El hecho esencial
del momento consiste en que el 90 % de la población alemana considera al
régimen capitalista caduco y reclaman otra cosa... una economía nueva... un
nuevo sistema... (Gritos generales: Si, eso es. ¡Jawohl!)
El inmenso coro
entona, como un sólo hombre el Horst Wessel Leid, en un impulso de
hipnosis colectiva.
Cuando llegamos a
Berlín el 5 de Septiembre, con esos ligeros escalofríos de impaciencia que
acompañan al descubrimiento de una gran capital, somos testigos de un cambio
escénico tan brusco como inesperado.
47
Daniel Guerin
Se diría, en
efecto, una ciudad de guarnición en la que todas las tropas estuviesen de
permiso el mismo día. Contrastando con las juveniles SA, esta soldadesca está
marcada por el estigma de la edad. ¡Son los “territoriales”, como decimos en
Francia, esos hombres gruesos de inmensos traseros, vientres rotundos y
uniformes un poco arrugados? Cuando se despojan de su gorra verde, de un verde
abominable, un cráneo pulido como un canto rodado deposita su exceso de sudor
en sus pañuelos a cuadros. Andan en grupos compactos ocupando toda la anchura
de la acera, se hacen fotografiar al pie del gran monumento ecuestre de
Guillermo I, se recogen bajo la cúpula de estilo romano que guarda al “soldado
desconocido”. Las gafas de oro de Herr Doktor alternan con el
monóculo del Junker. Legiones de campesinos, semisiervos aún,
arrastran pesadas botas. La aristocrática altivez de unos alterna con la
vulgaridad vocinglera de los otros.
¿De dónde ha salido
esa vieja Alemania militar e imperial? Ha resucitado de la noche a la mañana
por deseo del canciller von Papen. Lo que sucede es que los señores del antiguo
régimen, aristócratas, generales, industriales, barones del Herrenklub (“Club
de los Señores”) no experimentan una simpatía ilimitada por las bandas plebeyas
de Adolfo Hitler. Alardean de contrarrestarlas con unas cohortes más correosas,
curtidas en la antigua disciplina prusiana. Consentirían todo lo más en
compartir el poder con ese advenedizo que comenzó su carrera como pintor de
brocha gorda, pero nunca en entregárselo. Ellos tienen otros títulos para
gobernar el Reich: a los plebeyos sin educación ni experiencia les cederían, en
caso de necesidad, algunas carteras secundarias, pero ellos conservarían las
palancas del poder.
Por este motivo,
con ocasión de un congreso anual han reunido, a costa de mucho dinero, en la
capital a 150.000 antiguos combatientes de una organización llamada Stahlhelm (“Casco
de Acero”) procedentes de todos los rincones del país. Copiando al
nacional-socialismo sus técnicas de propaganda, esperan burlarse de Hitler
mediante un espectáculo de bombos y platillos, mediante un desfile gigantesco.
Cuando era de
esperase un choque decisivo entre fascismo y revolución ¿qué hacen aquí esos
espectros de un pasado muerto? En cualquier caso si no se trata más que de una
reconstrucción histórica o de un interludio sin futuro, el director de escena
ha hecho muy bien las cosas.
48
LA PESTE PARDA
Puedo ver a esas
momias verdes desde demasiado cerca. Sobre la plataforma de un autobús he
quedado atrapado entre sus rotundidades, sus correajes y sus cruces de hierro.
El “Casco de Acero” es la reacción crasa, pesada, estúpida, del pequeñoburgués
miope, el lúmpen analfabeta, el revanchista resentido, irreversiblemente
reaccionarios.
Potsdam, el
Versalles del gran Federico ha recobrado la vida por un día. Las banderas con
los colores imperiales ondean en todas las ventanas. Las viejas momias
militares han sacudido la naftalina de sus rutilantes y arcaicos uniformes y
llevan con arrogancia el casco puntiagudo –ese casco que en nuestra infancia
dibujábamos temblando, como si fueran cuernos del diablo. En los grandes
parques frondosos, esos soldados obesos, chabacanos y corpulentos que ofenden a
la naturaleza, hieren la vista, el oído y el olfato. Bajo las glorietas,
alrededor de los estanques de mármol, avanzan a paso cadencioso en grupos
cerrados y se detienen repentinamente a la voz de alto en medio de un redoble
de tacones entrechocados. Los palurdos con acusado acento provinciano señalan
con el dedo, sonriendo socarronamente, los senos delicadamente esculpidos, de
las estatuas. Otros, tumbados a pesar de la mochila que dobla grotescamente el
volumen de sus espaldas, se entretienen en pescar peces en los estanques. En
los alrededores del parque están las cocinas móviles, con sus chimeneas de
locomotoras prehistóricas, dispuestas a llenar a todos esos obesos.
Ante la tumba de
“la última emperatriz de Alemania” (pequeño templo antiguo recubierto de hiedra
y con una verja cerrada) los hombres de verde se paran con un ruido seco:
– ¡Jurad aquí que
volveréis a poner a Alemania a la cabeza de todos los pueblos!, recalca un
gigante de mirada dura y voz sanguinaria.
– ¡Lo juramos!
Sin embargo los
“Señores” serian imprudentes si cantasen victoria. Si tienen a su lado a los
antiguos combatientes y a una parte de los mandos del ejército, sus puntos de
apoyo entre las masas y en el parlamento son más bien débiles. Ahora intentarán
consolidar sus frágiles posturas.
49
Daniel Guerin
El 12 de Septiembre
de 1932 el Reichstag está convocado para una sesión que, de acuerdo con los
rumores, podría ser “histórica”. No quiero perderme ese espectáculo que, sin
embargo me está vedado por mi atuendo de trotamundos. Pero un amable
socialdemócrata me presta un traje demasiado amplio dentro del cual floto. Y
como he conseguido obtener un carnet de prensa, hago una entrada muy digna en
el palacio parlamentario, en taxi y saludado por una nube de Schupos.
La atmósfera del
hemiciclo me parece tétrica en comparación con la del Palais-Bourbon. Las
individualidades no tienen apenas importancia. Sobre los bancos que poco a poco
van llenándose se ven solamente volúmenes compactos y bien delimitados. Cada
cual tiene su tonalidad peculiar. Sus miembros parecen todos del mismo molde.
En primer lugar
majestuosa en sus buenos modales, está la social-democracia: se diría que son
viejos profesores de provincia, desdibujados, señoras maduras un poco
encopetadas. Cuesta trabajo imaginar que éste haya podido ser el partido de
Bebel y de Wilhelm Liebknecht.
Los comunistas son
más jóvenes, más dinámicos, con mujeres más desaliñadas, pero no menos dignos y
atentos. Separados de todos los demás grupos, los 89 representantes de la
IIIra Internacional dan la impresión o, al menos la ilusión, de ser un
bloque compacto, sin fisuras.
Luego están los
hombres del Zentrum, curas de civil, con chaqué negro y caras
lampiñas y pícaras; luego los abyectos varones del partido conservador de
Hugenberg y, más a la derecha aún, la masa provocativa, plebeya, turbulenta de
los 230 hitlerianos15. Entre ellos
muchos jóvenes, de buena facha, insolentes. Aún no se atreven a acudir a las
sesiones en camisa parda. Pero en los pasillos y en los alrededores del
Reichstag pululan los milicianos de altas botas.
15 En
las elecciones al parlamento alemán [Reichstag] de 1924 el partido nazi
consiguió el 3% de los votos y su representación consistió de 14 diputados. En
1928 la representación se redujo a sólo 12 escaños. El punto de inflexión se
produjo en las elecciones de 1930, las primeras realizadas después del estallido
de la crisis mundial. Los nazis sorprendieron al recibir el 18.3% de los
sufragios, que significaban 107 diputados en el Parlamento. En julio de 1932
los nazis se convirtieron en la facción mayoritaria con 230 representantes.
50
LA PESTE PARDA
En el sillón
presidencial, alto sillón gótico, aparece, con una chaqueta de calle marrón y
cuello blando, elegante e impertinente, una especie de muñeco grande e imberbe,
de mandíbula inquietante, mitad verdugo y mitad payaso. Parece divertirse
prodigiosamente. Pero cuando abre la boca su voz es tan sanguinaria como la del
gigante que vimos en Potsdam; y en el fondo de sus ojos vacíos de morfinómano
hay resplandores de ferocidad: Hermann Göring, que concede inmediata-mente la
palabra al diputado comunista Torgler. En unas pocas palabras, violentas y
hábiles, el stalinista abre el ataque contra el gobierno. Alineados detrás de
una mesa, a la derecha de la tribuna, como para una masacre, los ministros no
rechistan. Parecen el respetable consejo de administración de alguna sociedad
anónima.
Göring, después de
una breve suspensión de la sesión, anuncia con un tono cortante la votación de
la resolución comunista. El canciller von Papen se levanta, viscoso,
desagradable, muy pálido. Con un gesto apenas visible pide la palabra. Pero el
terrible muñeco presidencial vuelve la cabeza para otro lado y finge no haberlo
visto. Papen levanta una vez más el índice obstinado. En vano. Jamás se había
visto semejante sacrilegio en un parlamento alemán. Entonces, temblando de ira
contenida, el canciller saca de debajo del brazo una cartera rosa y se acerca
con pasos rápidos a la mesa presidencial, tiende a Göring un papelito y luego
se retira seguido, en fila india, por todos sus barones.
El muñeco coge el
papel al vuelo, lo lanza despectivamente al otro lado de la mesa y exclama
sarcástico que el voto sobre la resolución comunista continúa.
Porque las urnas
están circulando ya. Al realizar el escrutinio se sabrá que la vieja Alemania
espectral solamente ha obtenido 33 votos. El fascismo y el marxismo han formado
bloque contra ella.
Y súbitamente un
pequeño simio cojo ha saltado de su escaño de diputado. En dos zancadas llega
al sillón presidencial y con volubilidad y a fuerza de gestos reprende al
morfinómano. Afectado por el Dr. Goebbels, Göring proclama entonces que el
gobierno ha sido derrocado y que, por tanto, el decreto de disolución del
Reichstag que von Papen extrajo de su cartera rosa es nulo y carece de validez.
51
Daniel Guerin
Un rumor se
extiende por Berlín como un reguero de pólvora: mañana el ejército ocupará el
Reichstag –un ejército profesional de 100.000 hombres bien entrenados tras
siete años de servicios y con equipo moderno. ¿Irá Göring a hacer de Mirabeau?
¿Van a enfrentarse
los dos bandos de la derecha? una hora después de la sesión, dicen: Göring se
ha desinflado, se inclina ante la legalidad constitucional. El Reichstag en el
que el nacionalsocialismo disponía de 230 escaños ha quedado definitivamente disuelto.
Los fanfarrones hitlerianos no se han atrevido a enfrentarse al Reichswehr.
La vieja Alemania
se ha salido con la suya por el momento. Pero desea tan poco como los
nacionalsocialistas un conflicto abierto. No ha servido de nada que los
partidos de la izquierda. en vez de unirse, hayan intentado, creyendo actuar de
forma más inteligente, desunir a los dos bandos contrarios. Mañana el ‘Tercer
Reich’ nacerá a la vez de la desunión proletaria y de un compromiso
entre los antiguos y los nuevos señores. Se respira en el aire el clima del 12
de Septiembre.
Un domingo, en los
alrededores de Berlín, nos encontramos por casualidad en la carretera con un
grupo extraño. No se distinguen de los vagabundos ordinarios, claro está por
sus pantalones cortos, sus pantorrillas desnudas ceñidas por una faja de lana,
el enorme y heteróclito cargamento que se tambalea sobre sus hombros o las
voluminosas botas. Pero tienen un aspecto entre “beatniks” y “punkis”, como
diríamos hoy. Caras viciosas, turbias, de sinvergüenzas. Sobre sus cabezas, los
más pintorescos tocados: bombines negros o grises, a lo Charlot. viejos
sombreros femeninos con las alas levantadas estilo “amazona” y adornados con un
plumero y medallas, gorras proletarias estilo marinero que ostentan, por encima
de la visera, un enorme edelweiss, pañuelo o foulard de colores chillones
anudado de cualquier forma alrededor del cuello, torsos medio desnudos
emergiendo de un jersey a grandes rayas demasiado escotado, brazos cuajados de
tatuajes fantásticos o indecentes, orejas cargadas de pendientes o de enormes
anillos, pantalones cortos de piel terminados en un inmenso cinturón
triangular, también de piel, ambos tachonados de cifras esotéricas, perfiles
humanos e inscripciones como Wild-Frei (salvaje y libre)
o Raüber (bandidos). En el puño un enorme brazalete de cuero.
En pocas palabras, una insólita mezcla de virilidad y afeminación.
52
LA PESTE PARDA
A la cabeza un
muchachote de labios sensuales y ojos pintados de negro, lleva un estandarte.
Es Winnetou, el “jefe” de la banda. No es muy hablador. Pero nos dice lo
suficiente como para que nos enteremos de lo esencial: tenemos ante nosotros a
una Wild-clique, una banda salvaje, una pandilla de
adolescentes descarriados, antisociales, una comunidad de muchachos rechazados
por la comunidad.
De vuelta a Berlín
me dirijo rápidamente a las salas de redacción de la prensa de extrema
izquierda para buscar a alguien que me pueda informar sobre esas “cliques”. Me
envían ante Christine Fournier, que había estado casada con el escritor liberal
Rudolf Olden, colaboradora de la AIZ, el semanario ilustrado
publicado por Willy Münzenberg, genial especulador y propagandista staliniasta.
Ha frecuentado a esos jóvenes golfos con paciencia y gentileza. Ha conseguido
ganarse, poco a poco, su confianza, hacerse admitir en sus reuniones, penetrar
en sus secretos celosamente guardados. En el Neuewelt bühne del
20 de Enero de 1931 escribió un excelente estudio, fruto de sus audaces
observaciones.
Tengo ante mí a una
mujer de cerca de 45 años, de cara aún joven, seductora a pesar de sus
cabellos, prematuramente encanecidos, de mirada limpia detrás de sus gafas de
carey. Mi atuendo de trotamundos no parece incomodarle: ya está acostumbrada.
– ¿De dónde vienen
esas bandas?
– Las “cliques” no
son nada nuevo en Alemania. Nacieron del caos de la guerra y de la
postguerra... A partir de 1916 o 1917 ya se podía ver en los suburbios de las
grandes ciudades a tropas del mismo pelaje. Eran adolescentes cuyos padres
estaban en el frente y las madres, en la fábrica. No había nadie en casa que se
ocupase de ellos. La inflación de la postguerra y, desde hace dos años, el paro
han multiplicado esos pandilleros. Ofrecen a una juventud desarraigada y a
menudo privada de vida hogareña, la vida en común, la camaradería, el amor al
peligro y a la aventura. Para escapar a la tentación del suicidio crean un
mundo imaginario, un mundo basado en preceptos enteramente diferentes a los
admitidos por la moral corriente, un mundo abandonado al instinto más
desenfrenado, un mundo de odio contra la sociedad que los abandona.
–¿Cuál es el origen
de su lema: wild-frei?
53
Daniel Guerin
– Wild-Frei, “salvajes y
libres”, rebeldes a toda autoridad: rebeldes y no revolucionarios.
Los nombres que las cliques se dan a sí mismas son de por sí
muy significativos: Sangre de Tártaros, de Indios, de Cosacos, Crimen Salvaje,
Terror de las muchachas. Apaches Rojos, Amor Negro, Esqueletos Sangrientos,
Piratas de los Bosques, Gargantas de Aguardiente. Todos han leído a Karl May,
nuestro Gustave Aimard y Winnetou, el sobrenombre que más les gusta, es el
nombre del ultimo de los Apaches…
– ¿Y su vida
sexual?
– Cada clique tiene
su refugio, en un desván, un sótano, un cobertizo y el único mueble en ese
refugio clandestino es el stoszsofa, el sofá en donde se
consuma el coito. Pero eso no es todo…
– Mi interlocutora
baja la voz:
– …Hay ritos
secretos de iniciación... Por la noche, en algún bosque desierto, a orillas de
uno de los innumerables lagos que rodean la urbe berlinesa. Las pruebas son a
veces terribles: peleas a navaja, inmersión en el lago completamente vestidos,
acto de amor practicado por el postulante ante la “clique” en un tiempo fijado
por “el jefe” y que se controla reloj en mano. Pero hay cosas aún peores…
En ese momento la
Sra. Olden es reclamada al teléfono en la habitación de al lado y me deja solo.
Aprovecho la ocasión para echar mano a un sobre repleto de fotografías a las
que se ha referido, pero que sin duda, no se ha atrevido a enseñarme. Contemplo
una colección de adolescentes desnudos, suspendidos por las muñecas de una rama
o atados, con las manos a la espalda, en la copa de un árbol, mientras que a su
alrededor los miembros de la clique, igualmente desnudos, enarbolan
emblemas fálicos.
Cuando vuelve la
Sra. Olden he tenido tiempo de volver a colocar las imágenes en el sobre.
– La fiesta de
iniciación, concluye, degenera siempre en una borrachera, en una orgía loca.
Las lecturas de estos jóvenes pueden desempeñar, sin duda, un determinado
papel: imitan quizás los ritos primitivos, pero creo que más
bien se trata de una vuelta espontánea a la barbarie. Después de todo, la
civilización no es más que un barniz muy tenue, reciente y frágil…
54
LA PESTE PARDA
Al dejar a
Christine Fournier no puedo evitar una angustia, quien sepa alistarlos podría
muy bien convertir a estos apaches de carnaval en verdaderos bandidos. Dos años
más tarde, la periodista de Neue-weltbühne (que se había
convertido en mi suegra) me confesaría que, después de la llegada
de Hitler al poder, encontró en una calle de Berlín a un siniestro y poderoso
SA, con gran sorpresa por su parte el nazi la interpeló con familiaridad e
incluso con afecto: finalmente lo reconoció. Era el antiguo “jefe” de la clique cuya
amistad había sabido ganarse. Era Winnetou.
De la Wilde-clique a Kuhle
Wampe hay toda la distancia que separa a un universo de otro universo.
Y, sin embargo, ambos son producto del paro y de la miseria de la época. Aquí
no se trata de rebeldes, sino de revolucionarios.
Kuhle Wampe, a orillas del
Müggelsee, es un campamento de desocupados berlineses. Acaba de inspirar al
director de teatro comunista Slatan Dudow, en colaboración con Bertolt Brecht
un film famoso y magnífico que ha conseguido, en este verano de 1932, una
verdadera riada de espectadores. Diseminadas por las orillas del lago, bajo los
pinos, las pequeñas casetas son todas parecidas: simples largueros de madera
revestidos con telas de tienda, blanca o a rayas. Todas son claras, limpias y
cuidadas. Sus constructores han rivalizado en ingeniosidad y coquetería. Un
jardín en miniatura rodea a las más hermosas. Cuando llego una pareja de viejos
desempleados, con la regadera en la mano se mantiene inmóvil, extasiada ante
tres geranios aún húmedos.
Como empieza a
llover un muchacho me invita a guarecerme en su cabaña. Me ofrece un sillón, el
único sillón. Unos se sientan en taburetes de madera rústica y otros se
encaraman a las literas. Varios camaradas fornidos, de mirada abierta me rodean
vestidos con un sobretodo azul marino y acompañados de sus jóvenes esposas
sonrientes y atentas. Me explican:
– Ya ves, el aire
de Kuhle Wampe es mejor que el de los suburbios y son unas
vacaciones que no cuestan dinero... Preferimos ir cada semana en bicicleta a
Berlín para cobrar nuestro subsidio de desempleo. Y además queremos demostrar
que los proletarios saben vivir una vida inteligente y libre…
55
Daniel Guerin
Ya ha dejado de
llover y vamos a la orilla a ver a jóvenes y viejos entregarse a las delicias
del baño de sol mientras que los más intelectuales, tumbados en sus esterillas
están sumidos en lecturas serias. Y como hago el gesto de apoyar el disparador
de mi máquina fotográfica un atleta ágil y grande de cabellera rojiza se
arranca con un gesto brusco su slip y se ofrece, enteramente desnudo a los
ardientes rayos.
– “Para protestar
contra la ordenanza del canciller von Papen”, exclama entre
grandes carcajadas.
Efectivamente, la
Reacción mira con malos ojos a estos campamentos de proletarios libres que han
desterrado los prejuicios burgueses. Varias colonias han sido prohibidas ya y
se ha promulgado una puritana ordenanza prohibiendo el nudismo.
Los desempleados
de Kuhle Wampe no son ni forajidos ni excéntricos, sino
hombres sanos y resueltos que pretenden utilizar de la mejor manera posible
este período de ocio forzado. El naturismo y el nudismo no son para ellos un
pretexto para el exhibicionismo ni un derivativo de las luchas sociales. Les
gusta el sol que los fortalece y los vestidos de que se despojan, en un reto
lanzado a los barones del Herrenklub, simbolizan para ellos
los prejuicios que rechazan.
Los comunistas de
Wedding, el barrio rojo de Berlín, son numerosos en Kuhle Wampe16 y hacen retroceder,
gracias a sus pacientes explicaciones, el espíritu pequeñoburgués e
individualista que amenaza siempre en mayor o menor medida a toda colonia de
campistas.
Islote perdido en
medio de una Alemania desgarrada, Kuhle Wampe no tardará en
ser barrido por el maremoto hitleriano y de él sólo quedarán las imperecederas
imágenes conservadas por las cinematecas.
Para visitar a los
militantes y a los teóricos de diversas tendencias cuyas direcciones poseo,
recorro Berlín de punta a punta. El ferrocarril aéreo me hace trazar por encima
de la gigantesca urbe, fulgurantes diagonales o, alrededor de ella, enormes círculos
concéntricos.
16Kuhle Wampe oder: Wem gehört die
Welt? Una película de
Slatan Dudow. Guión: Bertolt Brecht, Ernst Ottwald. Música: Hanns Eisler.
Fotografía: Günther Krampf. Alemania, 1932. Blanco y Negro. 74 min.
56
LA PESTE PARDA
Asisto así a una
reunión del Partido Socialdemócrata. Viejos militantes rutinarios, obtusos,
pasivos, abuelas charlatanas que me recuerdan a las silleras de nuestras
iglesias o a nuestras damas de la Cruz Roja, pequeñoburgueses gordos y
acartonados. Pero en el fondo de la sala relincha una juventud impaciente,
intenta levantar la tapa bajo la que pretenden sofocarla. Sus portavoces
consiguen sin embargo leer una requisitoria que deja traslucir su cólera. La
joven generación aplaude a rabiar, la vieja, ceñuda, se calla: hay una fisura.
Sin embargo cuando
se traía de estigmatizar a los ministros que el 20 de Julio habían sido
desalojados por von Papen del gobierno de Prusia sin insinuar el más mínimo
gesto de resistencia, todos los oradores entre ellos un diputado del Landtag,
están de acuerdo: un socialista no se consuela nunca de haber perdido una
cartera o un escaño.
Otra tarde me
invitan a visitar un grupo de las juventudes comunistas en el rojo barrio de
Wedding. Es la sala trasera de un café. Alrededor de una mesa muchachos y
muchachas forman un círculo. Admiro su seriedad, su nivel cultural, su fervor
militante. Un hombre jovencísimo, que quizás tenga 17 años, con galas, gesto
decidido, abre gravemente la sesión. Con una volubilidad y una desenvoltura que
me dejan perplejo intenta justificar (sin duda para convencerse a sí mismo) la
línea del Partido. Preferiría que tuviese menos labia, porque así, su
sectarismo al resultar hechizante en vez de repeler al auditorio lo tranquiliza
y lo embruja. Me parece que toda esa generosidad fraterna, toda esa fe
revolucionaria, se están dilapidando sin ningún objeto.
Excepto por un
joven cuya rubia cabellera queda iluminada por un rayo de luna que entra por la
ventana abierta. Tiene una voz cristalina y murmura, es el único en decirlo,
esta herejía:
– La desgracia
de nuestro tiempo es que no hay nadie en este caos para guiarnos. ¡Ah!
¡Si Lenin viviese!
A decir verdad no
he podido encontrar en todo el viaje un solo comunista que, en plan de
confianza después de un momento de conversación, se declarase verdaderamente de
acuerdo con la táctica del Partido. Los más ortodoxos se repiten a sí mismos
que “la línea es justa”, pero lo hacen con la angustia del creyente asaltado
por la duda. En cuanto a los más valientes, apenas si pueden disimular su
desasosiego. La organización, ha sido instituida espontáneamente en muchos
sitios. Pero cada vez es disuelta al poco tiempo. En otras
57
Daniel Guerin
partes han quedado
suspendidas casi enseguida las conversaciones iniciadas.
Las direcciones
centrales de los dos partidos obreros –a pesar de la fuerte presión de la base–
han permanecido irreductiblemente opuestas a la unidad de acción: los
socialdemócratas por miedo de perder la dirección de sus tropas, los comunistas
por obediencia servil a las órdenes de Moscú y también por temor a dar su brazo
a torcer negociando con los “socialfascistas”.
Y cada vez el
pretexto invocado para rechazar el frente único, para rechazar, especialmente,
las propuestas de una huelga general común hechas por dos veces por el Partido
Comunista al Partido Socialdemócrata ha sido la cuestión candente de la “tregua
de las críticas”: los comunistas se niegan a interrumpir sus ataques
ideológicos contra los reformistas y estos últimos sólo aceptarían el frente
único bajo la forma confortable de una “tregua de Dios” en la que ninguna
expresión de opiniones divergentes rozase su excesivamente sensible epidermis.
Sin embargo, el
Partido comunista, después de su huelga fallida del 20 de Julio, debería haber
sacado una lección del fracaso. ¿Cómo conseguir, sin preparación, hacer que
abandonen de repente el trabajo obreros adoctrinados en el odio contra los
“social-fascistas” para protestar contra la expulsión de ministros
“social-fascistas”? Pero, lo que es aún más grave, ha quedado probado que la
influencia del Partido, bastante fuerte entre los parados, es casi nula sobre
los trabajadores organizados: es evidente que resulta imposible una huelga
general sin el concurso de los obreros reformistas. ¿Entonces qué espera el
Partido, que lleva mucho tiempo alardeando de haberlo conseguido, para
encontrar finalmente el camino que lleva a los millones de sindicados?
Será preciso el
trágico desenlace de principios de 1933: la llegada de Hitler al poder, el
incendio del Reichstag, la declaración de la ilegalidad del Partido Comunista
para que Moscú, demasiado tarde, autorice finalmente a sus subordinados a
“renunciar a los ataques a las organizaciones socialistas durante la acción
común”. Pero para ese momento la peste parda ya lo habrá inundado todo.
58
LA PESTE PARDA
Esperando la
derrota final que se acerca a grandes zancadas los desdichados trabajadores
alemanes son presa del desconcierto y la confusión más extremos. Recojo
afirmaciones como estas:
– ¿Por qué yo,
obrero socialdemócrata he de considerar como principal enemigo al vecino de
taller que es comunista?
– ¿Por qué yo,
obrero comunista, he de darme de golpes, a veces mortales, con el trabajador
nazi que hace cola a mi lado en la oficina de empleo?
Nadie sabe ya el
porqué de las cosas. Así, se ve a obreros nazis tomar parte en las huelgas
contra los decretos-leyes de von Papen. Y también se ve a los descarriados
pasar con una facilidad desconcertante de un campo al otro: socialdemócratas
que se convierten en nazis, nazis unidos por su odio común hacia la
socialdemocracia y por el slogan envenenado de la “liberación nacional”. Hay
socialistas y fascistas que se sienten unidos por el mito de una economía
dirigida, por un sindicalismo de interés general integrado en el Estado.
Y sobre todo el
agotamiento va haciendo su labor. Ninguna señal de relanzamiento económico.
¿Nos quedaremos sin trabajo para toda la eternidad? Los partidos políticos han
prometido tanto. Se han leído tantos carteles, tantos pasquines. Ha habido
tantas campañas electorales, tantos boletines echados en vano en las urnas. Y
siempre es lo mismo. Y hoy peor que ayer. Las últimas libertades han sido
abolidas, los periódicos obreros han sido prohibidos. En las reuniones públicas
he visto con mis propios ojos a un “Schupo” insolente que interrumpía a los
oradores que le desagradaban.
Y entre los más
desorientados de los trabajadores, escucho este monólogo que bien podría ser el
tañido fúnebre para la Alemania democrática: ¡Ah! ¡Si los jefes se entendieran!
P
ero esa perspectiva
es mínima y lejana... entonces, ¿por qué no voy a escuchar a esos nuevos
salvadores que me prometen pan y trabajo, que se ofrecen á liberarme de las
cadenas del tratado de Versalles y que me juran que ellos son también un
partido obrero, revolucionario, socialista. ¡Heil Hitler!
59
Daniel Guerin
Sin embargo, en el
otoño de 1932 el observador superficial puede creer que la marea fascista se ha
detenido provisionalmente o incluso que retrocede. Los señores del “Club de los
Señores”, apoyados por el presidente Hindenburg y el ejército parecen consolidar
durante un momento su poder. En las elecciones del 6 de Noviembre, tramadas por
von Papen para sustituir al Reichstag que ha disuelto, los nacional-socialistas
pierden escaños. El imprudente León Blum se apresura a vaticinar en Le
Popuiaire17:
“Desde ahora Hitler
queda excluido del poder. Queda incluso excluido, si se me permite decirlo, de
la esperanza del poder. Entre Hitler y el poder se ha levantado un muro
infranqueable”.
Un astuto militar
acaba de suceder al canciller von Papen, ayer era solamente su adjunto. El
general von Schleicher ha comprendido que una simple resurrección de la vieja
Alemania imperial o incluso una restauración de la monarquía no tendría
oportunidades de sobrevivir. El ejército, si quiere canalizar, neutralizar o
incluso anular a Hitler, debe pensar en algo nuevo. Así, el general sueña con
instaurar en Alemania con el apoyo simultaneo de los sindicatos obreros y del
ala izquierda del nacionalsocialismo, una especie de “bonapartismo” o fascismo
larvado: capitalismo de Estado a la prusiana y corporativismo a la Mussolini.
Coquetea a la vez
con los programas nazis y socialistas y con los bufones que puedan servirle; se
apodera no sólo de ideas de ambos bandos, sino también de hombres. Coquetea con
Gregor Strasser, el demagógico rival del Führer y cierra tratos con el secretario
general de la CGT alemana, el equívoco Leipart, digno émulo de nuestro Jouhaux.
Habla de nacionalizar los bancos y algunas grandes empresas. El aparato del
Estado absorbería algunas buenas voluntades hitlerianas demasiado ansiosas que
tienen prisa en demostrar finalmente la magnitud de sus talentos. Integraría al
mismo tiempo a los bonzos sindicalistas y cooperativos permitiéndoles así
salvar milagrosamente sus dorados feudos.
Pero la intriga es
demasiado bizantina y demasiado tardía como para tener éxito. Schleicher sólo
consiguió reunir en su contra, en todos los partidos, coaliciones de
adversarios. ¿Cómo iba a permitir la “base” del movimiento sindical que Leipart
se subiese al carro del general y, sobre
17 9 de
Noviembre de 1932
60
LA PESTE PARDA
todo, cómo ese
“bonapartismo” improvisado, de última hora conseguiría mantenerse en el poder,
a pesar de que lo apoyase el ejército, contra todo un pueblo ansioso de cambios
radicales?
A la historia
grande se le incorpora entonces la pequeña, esa que Brecht, con una miopía
decepcionante, parece haber tratado prioritaria-mente en su Arturo Ui.18 El viejo presidente
Hindenburg, a fin de sofocar el escándalo de los sobornos que está a punto de
salpicarle, destituye al canciller von Schleicher que, en su opinión, no es lo
bastante complaciente y, el 30 de Enero de 1933, instigado por von Papen y su
barones, instala a Hitler en el poder. Ha sucedido lo irreparable.
Un joven camarada
comunista que había conocido en la roja Wedding me dirige a Francia el 28 de
Febrero de 1933 un último mensaje: el gobierno de Hitler, dice, prepara una
acción de ‘alto vuelo’ contra el Partido; después de las elecciones, que
tendrán lugar el 5 de Marzo, se prohibirá al PC o se anularán los mandatos de
los elegidos. Están preparando ya a la opinión para este abuso. El proletariado
está demasiado debilitado como para responder.
Mi corresponsal
añade a su carta una lúgubre postdata: acaba de recibir hace un momento la
noticia del incendio del Reichstag que se declaró el día anterior por la noche.
Las ediciones especiales propagan ya la versión oficial: se supone que los
comunistas son los autores del incendio. ¡Me gustaría ver al idiota que
ha incendiado el Reichstag creyendo actuar en el interés del proletariado! exclama
mi joven corresponsal. Y continúa: el gobierno nacional-socialista
no ha perdido un segundo y acaba de proclamar severas medidas contra el
Partido; se han realizado ya muchas detenciones y registros; la policía
auxiliar de los nazis ha sido movilizada; van a proclamar el estado de sitio;
Berlín parece un campo de concentración; enseguida empezarán las ejecuciones
masivas. Un terror sin nombre está a punto de apoderarse de la clase obrera y
como. sin duda, va a ser suspendido el secreto de la correspondencia, mi
corresponsal termina su último mensaje con estas palabras: Esta carta
será probablemente la última. La noche ha caído sobre Alemania.
18 “El evitable ascenso de Arturo Ui” por Bertolt Brecht
61
Daniel Guerin
DESPUÉS DE LA
CATÁSTROFE (1933)
En Abril-Mayo de
1933, con Hitler yo instalado en el poder, emprendí un nuevo viaje a Alemania,
esta vez en bicicleta en vez de a pie. Había ido a visitar a León Blum a fin de
exponerle mi proyecto. Me dio carta blanca sin vacilar. Si pudo equivocarse en
algunos de sus pronosticas excesivamente optimistas en otoño de 1932 después
captó toda la magnitud del desastre. Mi reportaje aparecería, unas semanas más
larde, en el diario de la SFIO, Le Populaire.19
Añado aquí al
relato que viene a continuación dos detalles pintorescos que no me atreví a
mencionar en mi escrito de 1933. A lo largo del recorrido me había acostumbrado
a guardar en el cuadro de la bicicleta los pasquines ilegales que me confiaban
los militantes clandestinos, un dia en Berlín, en una calzada para bicicletas,
entro en colisión con una dama, el choque rompe el cuadro. Al ver en el
horizonte el casco negro de cuero lavable de un policía, me alejo a pie
llevando a hombros el vehículo comprometedor.
En la reunión
privada de nazis a la que conseguí asistir en Leipzig hago; para no llamar la
atención, el saludo a la romana al mismo tiempo que mis compañeros y con gran
sonrojo grito ¡Heil Hitler! cada vez que viene a cuento. Ese
repugnante mimetismo me permite cumplir hasta el final mi tarea de reportero.
Al volver a Francia
compruebo con estupor que mi testimonio es acogido con escepticismo incluso en
el partido socialista. El añorado Orestes Rosenfeld, a la sazón redactor en
jefe de Le Populaire, me reveló más tarde que había recibido de sus
lectores muchas cartas de protesta a veces indignadas. Decían que exageraba.
Que era parcial. La izquierda francesa tenía aún mucho que aprender.20
19 Daniel
Guerin, Le Populaire del 25-6 al 13-7 de 1933.
20 Cf. Daniel
Guerin, Front populaire, revolution manqueé, 1963. pags.
36-39.
62
LA PESTE PARDA
Kuhle Wampe, a orillas del
Müggelsee, es un campamento de desocupados berlineses. Acaba de inspirar al
director de teatro comunista Slatan Dudow, en colaboración con Bertolt Brecht
un film famoso y magnífico que ha conseguido, en este verano de 1932, una
verdadera riada de espectadores. Diseminadas por las orillas del lago, bajo los
pinos, las pequeñas casetas son todas parecidas: simples largueros de madera
revestidos con telas de tienda, blanca o a rayas...
63
Daniel Guerin
Prefacio a la
reedición de 1945
Los franceses de
hoy en día no necesitan, desgraciadamente, ser instruidos sobre la barbarie
nazi. La marea parda que cayó sobre Alemania en 1933 pasó más tarde a nuestro
país. Aún estamos lastimados.
El lector no
encontrara, pues, en este testimonio razones para odiar más. Las tiene ya en
cantidad suficiente. Las imágenes que can a desfilar ante sus ojos quizás
despierten otras reflexiones. Durante cuatro años no vimos de Alemania más que
la cara bestial del hitlerismo. No tiene nada de extraño que hayamos terminado
por confundir a esas bestias con el pueblo alemán. El presente “documental” nos
recuerda que existe otra Alemania. Aporta la prueba de que la élite de los
trabajadores alemanes, lejos de haberse convertido en cómplices de Hitler, fue
la primera víctima de su barbarie parda.
¿Vos recuerda que
esa otra Alemania, después de haber intentado inútilmente atajar la riada
hitleriana continuó, bajo el terror, en la clandestinidad, en los campos y en
las prisiones, una lucha heroica, paralela a la que nosotros, bajo el terror,
en la clandestinidad, realizamos aquí. El obrero francés Timbaud que ante el
pelotón de ejecución gritó: “¡Viva el partido comunista alemán!”, era de
la misma opinión.
Los deportados del
campo de Buchenwald eran de la misma opinión cuando, al día siguiente de su
liberación escribieron en un L’Humanité al multicopista:
“Sabemos que hay dos Alemanias; una la de Hitler, que hay que exterminar y otra
Alemania antifascista a la que habrá que ayudar”.
Ayudados, salvados
a veces incluso de la muerte por comunistas alemanes, compañeros de cautividad,
esos comunistas franceses pudieron comprobar en ese trance, lo que es la
solidaridad internacional del proletariado y se negaron a confundir a ambas
Alemanias a poner en el mismo cesto a nazis y antinazis, a víctimas y verdugos.
Aquí mismo, bajo la
ocupación, a pesar de la disciplina de hierro del militarismo prusiano y del
terror de las SS hubo soldados de la Wehrmacht que respondieron a la llamada
que les dirigieron en su
64
LA PESTE PARDA
propia lengua
grupos clandestinos de trabajadores franceses y de refugiados alemanes. Por
haber leído o distribuido esos pasquines, franceses y alemanes, civiles y
militares fueron reunidos en la misma y salvaje represión.
Así, a pesar de
todas las consignas de “no fraternización”, lanzadas por ambas partes por los
estados mayores beligerantes las manos obreras se tendieron y consiguieron
unirse.
En la barbarie
universal desencadenada la Internacional no es hoy más que una pequeña llama.
Pero arde aún y esto ya es mucho, es bastante como para que el género humano no
desespere sobre su porvenir.
Dedico estas pocas
páginas a la memoria de los trabajadores alemanes que dieron su vida en la
lucha contra el fascismo. En particular a la de mi camarada Arno Barr, de
Leipzig, militante comunista. Arno me había ayudado a redactar La Peste
Parda. Cayó en Madrid a fines de 1936. "Madrid, –me
escribía pocos días antes–, será la tumba del fascismo". Se
equivocó solamente en la fecha y en el lugar.
El espantoso
régimen que violentó al pueblo alemán y luego a Europa, no es ya más que un mal
recuerdo. Pero la lucha no ha terminado, la presión del hombre no ha acabado.
Incluso en Alemania los trabajadores salen de una servidumbre para caer en
otra. En otras partes (en Grecia, en los países colonizados) los aviones y los
tanques “libertadores” se emplean para mantener a los pueblos bajo el yugo.
Así se desgarra el
velo y podemos ver algo más claro. Nos damos cuenta ya, y cada día lo vemos un
poco mejor, que la verdadera guerra no tiene lugar entre naciones o entre
pueblos, sino entre clases.
Mañana los odios
nacionales, ayer exacerbados, dejarán paso a la solidaridad internacional de
los explotados, al odio común de los pueblos contra los explotadores. Al
anacrónico grito de guerra: “A cada cual su boche” sucederá, en todos los
países, el grito de nuestro siglo: “A cada cual su capitalista”. Juntos, con
los trabajadores alemanes, construiremos los Estados Unidos Socialistas
Soviéticos de Europa.
Descansa en paz,
Arno.
65
Daniel Guerin
El maremoto
A algunos
centenares de kilómetros de aquí, hay hombres como nosotros que se mueven en
otro mundo, un mundo cerrado en donde no se admite nada de lo que forma
nuestras costumbres de pensar, de sentir, de combatir. El año pasado
presintiendo la catástrofe, quise trabar conocimiento con esa Alemania
socialista y revolucionaria que hoy ha sido pisoteada y asesinada.
Cuando cierro los
ojos veo de nuevo a esas multitudes obreras, fervientes y disciplinadas,
esas Casas del Pueblo tan hermosas; demasiado hermosas; oigo
esos cánticos viriles de las juventudes proletarias. Pienso en ese lento
movimiento hacia la unidad de acción que, en las profundidades, se estaba
apoderando de las masas…
La peste parda ha
pasado por allí. Pero ¿cuáles son exactamente sus destrozos? ¿Qué queda de esa
Alemania que hemos conocido, comprendido, amado?
He vuelto por allí.
En bicicleta de Colonia a Hamburgo, de Hamburgo a Berlín y a Leipzig,
mezclándome con los hombres de los pueblos y del campo, durmiendo, como el año
pasado en esos albergues de la juventud que son en sí mismos un microcosmos de
Germania; he intentado ver, escuchar, explicar.
Un socialista que
viaje actualmente por el otro lado del Rhin, tiene la impresión de explorar,
después de un terremoto, una ciudad en ruinas. Aquí estaba hace solo unos meses
la sede del partido, del periódico, del sindicato; allí había una librería obrera.
Enormes pabellones con la cruz gamada ondean hoy sobre esos inmuebles. Esta es
una calle “roja”, sabían pelear. Ahora sólo se encuentran hombres mudos de
mirada inquieta y triste, mientras que los mocosos te rompen los tímpanos con
sus ¡Heil Hitler!
Todo lo que
amábamos de la Alemania de ayer, todo lo que volveremos a ver un día en la
Alemania de mañana, la marea parda lo ha recubierto, no lo ha aniquilado. Hay
que llegar hasta el fondo de las casas y al fondo de los corazones para
encontrar la conciencia de clase, la cálida camaradería, el sentido de la vida
colectiva, la madurez y la cultura que son y que siguen siendo las virtudes
alemanas. Esta llama, a pesar del encarnizamiento con que se ha pretendido
extinguirla sigue ardiendo, pero en la sombra y en el silencio. Por el
66
LA PESTE PARDA
contrario, la otra
Alemania actúa a la vista de todos, con toda su fealdad, sus malos instintos,
su brutalidad y sus taconazos. ¿Cómo explicaros lo que se siente en semejante
país? Es imposible, creo, amar más y odiar más.
Sin embargo hay que
superar la repulsión e intentar comprender. Lanzar el anatema sobre los
“bandidos pardos” es un juego fácil, pero la ola hitleriana es un fenómeno tan
extraordinario (en el sentido estricto del término) que los epítetos vengativos
no bastan para explicarlo. Ha surgido del fondo del pueblo alemán. Resultó
irresistible porque era popular. Por eso barrió todo, los
partidos obreros divididos no pudieron hacerle frente y la vieja Alemania
reaccionaria y feudal hubo de cederle el sitio de mala gana.
Es verdad que la
hez de la población ha encontrado asilo en el ejército pardo. Allí golpea y
juega con la pistola a más y mejor. Pero detrás de ella hay una masa campesina
que sufrí por el abaratamiento de sus productos o por sus bajos salarios, toda
la clase media en des-composición, esos pequeñoburgueses arruinados por la
inflación, por la crisis, luchando contra la competencia del gran capital,
contra la proletarización que les acecha y también hay amplios sectores obreros
a los que el hambre y la ociosidad han trastornado los nervios y sobre todo la
juventud, sin pan, sin trabajo, sin porvenir.
Hay que ver con los
propios ojos lo que esa Alemania ha sufrido durante estos últimos años –y cada
día sufre más– no para excusarla, sino para comprenderla. Hay que conocer las
colas en las oficinas de paro –acto esencial de una vida sin actos– el pedazo
de pan que hace las veces de comida, los parados que vagabundean con el
estómago vacío por los caminos o cantando sus penas en los patios de las casas
obreras para descubrir el secreto de esta locura colectiva, patológica,
desesperada.
Y esa inmensa masa,
confusamente, con diversos matices, apela al socialismo, al
que se siente predestinada y del que espera el final de su
calvario. Y creen firmemente que Hitler les traerá ese socialismo que a lo
largo de los últimos catorce años le han prometido los partidos proletarios sin
conseguir dárselo. Campesinos del Este que esperan el reparto de las tierras,
pequeños comerciantes que exigen ser protegidos contra el gran capital
comercial y financiero, proletarios a quienes solamente una “Revolución” puede
satisfacer, esos hombres y
67
Daniel Guerin
esas mujeres forman
el mar de fondo a quien nada resiste, que continúa ciegamente su marcha.
¿Hasta dónde? No se
puede calcular de antemano la trayectoria de ese bólido. Pero lo que se puede
afirmar es que avanza siempre a la misma velocidad. Es preciso que un día todo
termine en un accidente o en una terrible colisión…
Empujados por esa
corriente los jefes, en la cumbre, se apresuran, con una rapidez inaudita, una
fiebre de mala ley, a construir en unas pocas semanas para toda la eternidad.
En todas las ciudades y todos los pueblos la plaza principal ha recibido ya el nombre
de Adolf Hitler. Sin contar las escuelas Goebbels o las fundaciones Hermann
Göring. En los discursos machacan obsesivamente que el Tercer Reich durará
hasta el fin de los siglos. Los decretos suceden a los decretos, los
nombramientos a los nombramientos, las leyes a las leyes.
En vano se busca,
claro está, la menor huella de socialismo en estas improvisaciones. Pero se
encuentra ya un asombroso sentido de la organización (estamos en Alemania), una
indiscutible audacia y al mismo tiempo un cinismo pueril y grosero.
Es verdad que, bajo
la presión de las masas –y para conservar su control hasta los límites de lo
posible –se sabrá obligar a las clases posesoras a algunos sacrificios.
Pero ocho millones
de parados y sus familias esperan pan; pero la sed del socialismo es profunda
en el corazón alemán.
Y para el día, no
lejano, en que las masas se den cuenta de que ha sido engañadas, piensan que
tendrán tiempo de cimentar un poder tan fuerte, de poner a punto una policía
secreta tan colosal que podrá resistir a todas las tempestades.
Nos dirigiremos en
primer lugar hacia el adversario, hacia los vencedores del momento.
Luego hacia
nuestros amigos de la otra Alemania que continúan la lucha en
la ilegalidad, bajo el terror, en pequeños grupos de militantes seguros,
olvidando las querellas fratricidas del pasado. Nos acogerán con esta simple
frase.
– Seguimos siendo
lo que éramos.
La peste parda ha
pasado sin abatirlos.
68
LA PESTE PARDA
Juventud
enloquecida
Para comenzar es
preciso que me sigáis entre los locos. No importa que os cueste comprender,
haréis como yo: dominareis vuestros nervios.
Cuando reúno los
recuerdos y busco la fecha precisa de mí entrada en este terreno fantástico se
presenta una imagen: el albergue juvenil de Essen en un domingo por la tarde,
Essen la triste ciudad obrera, gris y tétrica, la ciudad de Drapp... En este
refugio hubierais encontrado el año pasado tranquilos usuarios ocupados en
preparar su colación nocturna.
Pero hoy la sala
común está llena hasta el tope, no de jóvenes vagabundos, sino de chicos y
chicas de Essen, hijos de proletarios. ¡Que calor hace! Olor a cerrado, olor a
cuero. Porque la mayor parte de estos jóvenes trabajadores llevan botas y
correajes y sobre su camisa kaki, la corbata de las “juventudes hitlerianas”
forma una mancha negra. Las muchachas llevan pequeñas chaquetas pardas, muy
masculinas, muy militares con una insignia de la cruz gamada en la solapa.
Nunca me había
sentido tan molesto en un albergue de la juventud. Tengo la impresión de estar
de más. ¿Van a decirme que me vaya? No, harán como si yo no estuviese. Me
tratarán con un soberbio desdén: ni siquiera intentarán comprender qué es lo
que puede sentir un extranjero, un hombre de otro mundo, un hombre que no da
taconazos, que dice "buenos días" y no ¡Heil Hitler!
Hay músicos,
guitarristas en este conglomerado de jóvenes en esta soldadesca adolescente.
Pienso en las encantadoras canciones de marcha, tan dulces, tan
"bohemias" que escuche el año pasado. Pero no hay lugar para
romanticismos. Pulsan las cuerdas de su instrumento con dedos de hierro, braman
hasta desgañitarse, como un solo hombre, los himnos del momento:
”Las secciones
de asalto están en marcha... La bandera de Hitler nos llama al combate...”
No hay ni un
segundo de descanso. Me gustaría oír una broma, una palabra galante, una
carcajada. Vuelven a empezar sin tomar aliento. Declinan todo su repertorio:
tiemblan los cristales.
69
Daniel Guerin
No hay duda de que,
cuando se canta así, en coro, no se siente el hambre. No se siente la tentación
de buscar el "como" el "porqué" de las cosas. Deben tener
razón ya que son cincuenta, codo a codo, aullando el mismo estribillo.
Se oye de todo,
incluso las canciones “patrióticas” de la vieja Alemania. El enemigo, el Franzose, no
sale bien librado, como los “Boches” en nuestras canciones patrioteras.
Un joven vecino,
menos fanatizado que los demás, se inclina hacia mi y me dice al oído:
– Espero que no
entiendas la letra…
Pero los demás son
incapaces de sentir ni siquiera esta inquietud.
Finalmente un
momento de calma. Para decir algo hago alusión a la miseria, a los ocho
millones de desocupados.
–¡Ya no!, me
interrumpe un niño de unos doce años en un tono de sorpresa y de reproche.
Y los demás, aún a
coro, precisan:
– Hitler ha
prometido que en cuatro años ya no habrá más desempleo...
Respuesta mecánica,
inevitable, que oiré todos los días durante semanas en boca de adolescentes,
adultos y ancianos.
El encargado del
albergue, un explotado de Krupp, con su gorra azul de proletario, contempla
desde el quicio de la puerta este pavoroso espectáculo. Pero inclina la cabeza
y se calla.
Respeto su
silencio. ¡Tanto esfuerzo y tanta lucha en este Ruhr proletario para llegar a
esto!
En Lübeck es aún
peor. El albergue juvenil, que antes fue un hogar de las Juventudes Socialistas
está ocupado por los camisas pardas. El encargado es un joven SA, con botas y
correajes, muy cortés, por otra parte. Cuando se le pregunta algo se pone firme,
da un taconazo y una respuesta breve de centinela bien adiestrado.
Las secciones de
asalto han pasado unos días en el albergue y aún flota en el un vago aroma
cuartelero. De la mañana hasta la noche las juventudes hitlerianas de la ciudad
escogen el gran patio sombreado – en donde se podría soñar tan a gusto– para
alinearse en filas, en
70
LA PESTE PARDA
columnas, realizar
giros a la derecha y a la izquierda impecables.
Listas, segundas listas, inspecciones de los uniformes, no se privan de nada.
En los instantes de reposo, algunos jóvenes guerreros vienen a sentarse a mi
lado y, en tono de camaradería, inician la conversación:
– ¿En tu país, en
Francia, también tenéis nacionalsocialistas uniformados?
Mi respuesta
negativa parece decepcionarles. Se les había repetido tantas veces que el
fascismo se extendía como una mancha de aceite…
Y como aventuro
alguna crítica apoya ambos codos sobre la mesa con una firme convicción:
– En fin, veamos,
¿no hemos librado al universo del bolchevismo?
Tengo la impresión
de enfrentarme a un mundo absolutamente cerrado con el que no es posible
establecer ningún contacto. ¿Para qué hablar? Nuestro lenguaje no sería
comprendido. Estos primitivos enloquecidos se fanatizan mutuamente en circuito
cerrado.
– Esta mañana nos
han dicho por teléfono que hay treinta y ocho espías franceses en la región...
me anuncian unos jóvenes “SA” en un tono que a la vez es serio y cordial.
Soy de un país en
donde aún tenemos la molesta costumbre de discutir:
– ¿Cómo es posible
que treinta y ocho espías estuviesen juntos? Habitualmente los espías trabajan
solos…
– Es lo que íbamos
a decirte. Están solos, pero juntos suman treinta y ocho... afirman mis jóvenes
“SA” con terca convicción.
Como no me digno
responderles uno de ellos me mira fijamente a los ojos:
– ¿Sabes lo que
hacen con los espías en todos los países?
– ¿No lo dirás por
mí?
– No... ¿Pero sabes
lo que hacen?
– A ver, dime…
– ¡Los ahorcan!
71
Daniel Guerin
Y hace el gesto de
la soga al cuello.
Para disipar los
siniestros pensamientos de esta juventud ofrezco cigarrillos.
No habíamos
terminado de fumar cuando un SS con un gorro negro adornado con una calavera se
acerca a mí marcando el paso y se para a tres metros;
– La policía desea
examinar sus papeles. ¿Quiere Ud. seguirme?
– No fallaba más…
Pero, según parece,
desafortunadamente mis papeles están en orden y no soy uno de los “treinta y
ocho”
Al día siguiente
cuando me despido, el encargado del albergue, dando un taconazo, me anuncia
aliviado y cordial:
– ¡Una buena
noticia!... Acaban de llamar de Rostock: han detenido a los treinta y ocho
espías franceses... A ver cuando le vemos otra vez por aquí... ¡Heil
Hitler!
72
LA PESTE PARDA
Domingos
hitlerianos
El séptimo día de
cada semana la locura colectiva se sale de curso.
Todo comienza a las
siete de la mañana alrededor de los altavoces; himno de Horst Wessel,
revolución nacional, Alemania despierta...
Saltan ya de la
cama con los nervios de punta. En la pared un retrato del Führer termina de
embriagarlos. Salen con las banderas rojas de la cruz gamada, tan grandes que
los vecinos de los pisos inferiores tendrán que renunciar a los rayos de sol.
Beben deprisa la taza de ersatz de café. ¡Qué importa si la
mísera rebanada de pan negro no llena el estómago! Alemania se ha
despertado, la vida es bella.
En el Beobachter leen
el programa del día. De 8 a 9 concierto por la orquesta de la cuarenta y dos
sección de asalto en la plaza de Adolf Hitler. Del campo han venido
delegaciones de antiguos combatientes con sus viejos uniformes. Hay cascos de
punta y guerreras de húsares de la muerte.
– Date prisa, Otto,
apriétate el cinturón. No quiero perderme ni un minuto de ese hermoso
espectáculo!
Las jóvenes
hermanas de Otto enloquecen cuando oyen resonar en la calzada los primeros
ruidos de botas.
– ¡Ay!, mamá, son
la SA…
En los labios de
esas jóvenes enloquecidas los ahora prestigiados “SA” y “SS”... chirrían como
el zumbido de los insectos en una tarde de tormenta. Sin botas, sin olor a
cuero, sin la pose de guerrero abyecto y rudo no hay forma de conquistar a esas
Brunildas. En el hitlerismo hay muchos retorcidos componentes sexuales.
La orquesta ha
tocado. Se han quedado en posición de firmes, han saludado a la romana y el
director de orquesta ha respondido de la misma forma a los aplausos. Han
cantado a coro por milésima vez las estrofas electrizantes. Ahora en cada
barrio se reúnen las juventudes hitlerianas delante de las cervecerías que
sirven permanentemente a sus organizaciones respectivas, las SS y las SA. Desde
las ventanas de las casas gruesas madres emocionadas contemplan el espectáculo.
Los jóvenes están ya alineados, inmóviles, con la cabeza erguida y el mentón
recogido bajo las viseras de sus gorras. Llamada, inspección de
uniformes. ¡Descansen!
73
Daniel Guerin
Ahora un joven jefe
pronuncia con voz ronca palabras altisonantes:
“¡Sois soldados
anónimos del ejército pardo. Seguid dispuestos a morir por Hitler, por la
revolución y por la patria!”
Esta sección de
jóvenes ha organizado una excursión al campo. Dos camionetas decoradas con
hojas y con banderas están alineadas en la acera. Pero antes de pensar en las
alegrías de la naturaleza hay que hacer un poco de propaganda. El barrio, que
hasta hace poco era aún muy “marxista” dista mucho de estar completamente
captado. Entonces salen marcando el paso, martilleando las calles y con una voz
ya viril, esos adolescentes entonan una canción de marcha robada a los
comunistas en la que se repite como un leitmotiv: “Izquierda...
Izquierda”... Si el
uniforme no fuese pardo podría creerse que son aún los orgullosos “combatientes
del frente rojo” que antaño eran los amos de la calle. En las ventanas, a pesar
de esa siniestra cruz gamada, los estandartes son como ayer, rojo sangre.
Termina la
exhibición, la juventud se amontona en los vehículos y hasta la tarde, en medio
de un olor a sudor y a cuero, berreará incansable, saludando a la romana,
embriagada.
A las once, anuncia
el Beobachter, se celebrará sobre la explanada una gran
concentración de las SA y las SS. De todas partes llegan las secciones. Las
órdenes se entrecruzan. Suenan los tacones. La multitud crece minuto a minuto.
Muchos pequeños burgueses y muchas mujeres. Pocos proletarios.
Un anciano
correctamente vestido –¿profesor retirado o antiguo rentista arruinado por la
inflación?– exhala su amor por el Führer al oído de su vecino:
– Este hombre está
dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre por nosotros…
Pronto la explanada
no es más que un inmenso cuadrilátero humano, gorras pardas, gorras negras. Los
hombres llevan ya una hora de pie.
Finalmente llegan
los grandes jefes ridículamente ceñidos, con sus inmensos traseros comprimidos
en pantalones estrechos. Revista. Milles de personas en posición de firmes.
Luego el inevitable discurso difundido por los altavoces que exalta la
revolución nacional. Palabras huecas, elocuencia barata y primitiva, pero
hábilmente calculada.
74
LA PESTE PARDA
El orador, un von no
sé qué, sin duda un antiguo oficial de Guillermo II, sabe olvidar por un
momento el bello lenguaje. Y sus relinchos roncos sacuden hasta las entrañas a
esta juventud amargada, a estos desocupados famélicos.
Ha comenzado a
llover. Al poco tiempo cae un verdadero diluvio. Las camisas pardas, empapadas,
adoptan un color terroso. Nadie se mueve. El discurso durará aún una hora bajo
las ráfagas de agua. Un hombre cae de frió y de hambre. Los discretos
enfermeros se apresuran a evacuarlo.
– ¡Heil! ¡Heil!
¡Heil!, braman finalmente, a modo de conclusión cinco mil pechos helados.
Luego, una tras
otra, las secciones se ponen en movimiento. Comienza la marcha dominical de
entrenamiento. Treinta kilómetros a través del campo con la música a la cabeza.
Ante cada una de
las banderas los pequeños burgueses panzones saludan a la romana. Observo el
monótono desfile, la cohorte de jovencitos famélicos. Aquí y allá, entre ellos,
destaca un bigote adulto o unos cabellos grises. Son los mandos, los antiguos
suboficiales del ejército imperial, hombres de fiar…
A la cola vienen
los trabajadores en civil con la insignia en la solapa: simples miembros del
partido captados por el demonio de la marcha o miembros de las “células de
empresa nacional-socialistas”. Como para hacerse perdonar su pacifico atuendo,
cantan mucho más alto que los demás.
En medio de un
petardeo ensordecedor, las brigadas motociclistas se ponen a la cabeza: dos
hombres por máquina que ruedan a intervalos regulares y a una velocidad
endemoniada; parece que salen para alguna expedición punitiva.
Marschieren...
marschieren... palabra mágica que embriaga hoy a toda Alemania, que se repite en
cada estrofa de los himnos, en cada párrafo de los discursos, en las peroratas
de todo lacayo de la pluma. Están en marcha. Marcharán siempre hacia delante
hasta la noche.
Sin tomar aliento
se atravesaran pueblos embanderados, presas de la fiebre; los críos de tres
años se pondrán firmes para gritar su ¡Heil Hitler!. Se
encontrarán otras tropas en marcha, porque todos los pueblos están
en marcha, en todas partes, desde la ciudad a la aldea,
75
Daniel Guerin
son los mismos
domingos ensordecedores. Es Hitler en persona, es Göring, es Goebbels que
parecen descender de los cielos en medio de un ruido de avión para tomar la
temperatura de las masas y llevarla hasta el paroxismo. Todo es pretexto para
celebraciones: el aniversario de una batalla, de un héroe nacional, de la
victoria de un antiguo regimiento, cada domingo se engalanan, desfilan y cada
domingo vuelven a empezar la ceremonia.
Cuando cae la noche
aún quieren más y en la humilde granja o en la gran sala de fiestas se celebra
una “Velada alemana” con música y discursos... Luego la retirada con antorchas.
Las once. Ya no hay
nada en el programa anunciado por el Beobachter. Mirad esa
pareja de pequeños burgueses dignos que vuelven a sus casas. La
insignia de la cruz gamada brilla ostensiblemente en su pecho. Seguramente
tienen aún cuarenta de fiebre.
Pero un sordo
trabajo se realiza ya en su subconsciente y el hombre susurra al oído de su
mujer:
– Todas estas
fiestas son muy bonitas, pero no nos dan de comer.
76
LA PESTE PARDA
Su propaganda
¡Hermanos hacia el
sol, hacia la libertad!
Así cantaban los
socialistas y los comunistas en una vieja y pegadiza melodía popular:
¡Romped el yugo de
los tiranos
Que os oprime tan
cruelmente
Y ondead la bandera
rojo sangre
Por encima del
universo de trabajadores!
Con un perfecto
descaro los nazis se han apropiado de esta canción como han hecho con la
bandera roja, la fiesta del Primero de Mayo, los coros dialogados, la idea del
plan quinquenal y otras mil cosas. La bandera rojo sangre se
ha convertido simplemente en la bandera de la cruz gamada y
el universo de los trabajadores, demasiado internacionalista,
en el Estado de los trabajadores.
No hay necesidad de
fatigar las meninges. Lo esencial es que las masas conserven la ilusión de
cantar una canción revolucionaria.
Pero los
latrocinios no terminan aquí. Los nazis, imitando fielmente al fascismo
italiano, han robado algo mucho más importante, una palabra y un arte
prestigioso: “la Propaganda”.
El más astuto de
los jefes del nacional-socialismo, la sabandija. Goebbels, no ha dudado en
dedicarle un ministerio. Es una organización científica, moderna, de la
publicidad que ha dado al partido hitleriano su formidable fuerza de expansión.
Los bandidos pardos quizás lleguen un día a ser hombres de Estado, pero hace ya
mucho tiempo que son unos directores escénicos prodigiosos. Hay que oír a
Goebbels extasiarse al ver El acorazado Potemkin mientras
prohíbe, claro está, la exhibición del film de Eisenstein en el Tercer Reich.
Las ediciones
populares del Estado jamás han publicado, en un plazo tan corto, semejante
avalancha de libros. Una semana después del primero de Mayo los escaparates de
las librerías estaban ya abarrotados de álbumes sobre la “Jornada del trabajo
nacional”: bonita presentación y precios módicos. Un sinnúmero de obras
mantiene el culto al Führer: “Cómo Adolf Hitler se convierte en el
jefe”, “Hitler reina”, “El país natal de Hitler”, “Hitler como nadie le conoce
aún”, “Hitler y sus combatientes”, “El triunfo de la voluntad”.
77
Daniel Guerin
Se ponen a la venta
incontables monografías sobre Goebbels, Göring y Frick, redactadas a vuela
pluma y de una calidad muy mediocre. Uno de los panegiristas de Goebbels no es
ni más ni menos que un jefe de departamento del Ministerio de Propaganda: nadie
sirve mejor la mesa que los de casa.
Junto a estas obras
“llamativas” están los clásicos. Y ante todo, en primer lugar, los dos
volúmenes de “Mi lucha”. De esta autobiografía de Hitler
escrita en la cárcel en 1925 después del fallido golpe de Estado en Munich, se
han vendido y se venden cada día cientos de miles de ejemplares. “La
lucha por Berlín” de Goebbels, “El mito del siglo XX” de
Rosenberg, “La lucha contra las altas finanzas” y “El
Estado alemán” de Feder, “El Tercer Reich” de Möeller
van der Bruck son las “obras de fondo" indispensables. Y para la masa hay
innumerables folletos de divulgación: “El programa del Partido”, “El
ABC del Nacionalsocialismo”, Cómo me hice nacional-socialista, etc.
Encontraréis
naturalmente a todos esos “héroes” del momento en tarjetas postales y si lo que
queréis es el retrato de Führer, sólo tendréis problema en la elección. Los hay
en negro, en color, en todos los formatos, con o sin cristal y enmarcados en
oro. Hace ya una hora que esa buena señora, rubia y corpulenta, palpa
amorosamente los cuadros que le presentan y no consigue decidirse.
Personas que han
visto cientos de veces ese rostro banal y sin expresión, ese mechón castaño,
ese bigotito, esos correajes bien lustrados, se paran aún ante los escaparates
y se entregan, indefensos, al hipnotismo. Se podría escribir un libro entero
sobre "el arte de fabricar un jefe".
Sería preciso
hurgar en los discursos, los artículos de Goebbels y de los demás para ver como
toma forma lentamente el mito de Hitler y cómo, de mediocre y vulgar charlatán
es convertido en divina majestad. Mirad también esas tiendas pardas. ¡Ah!
¡Los atractivos escaparates! Camisas y pantalones, gorras, insignias, morrales
y mochilas y, sobre todo, botas, cinturones, correajes y cartucheras. Todo lo
que necesita un hombre para disfrazarse de guerrero se ofrece al cliente, le
induce a la tentación. Prescindirán de la comida, pero se compran, para
apretárselo, el cinturón.
78
LA PESTE PARDA
Y si usted es
absolutamente incapaz de poner un nombre a los mil uniformes que se ven
diariamente, entre en uno de estos establecimientos. Aprenderá a distinguir el
antiguo uniforme de la SA y de las SS del nuevo, no confundirá ya el “casco de
acero” con el soldado de la Reichswehr, el policía auxiliar con el joven
alistado en el “servicio de trabajo”.
La propaganda le
persigue a uno, lancinante. Cuando hayáis apartado vuestros ojos del
escaparate, seguirá captándoos. En la alcaldía del pueblo un águila negra,
enorme, sostiene en sus garras cuerpos humanos fulminados. Se puede leer:
Aplastad al
Marxismo
Muerte a la
reacción
Porque con esta
doble derrota
Resucitara nuestra
nación
Las víctimas del
águila son, naturalmente los bonzos socialistas y comunistas.
Un poco más allá la escuela pública se adorna con cruces gamadas hechas con
ramas y en hermosas letras góticas, el famoso verso del Guillermo Tell de
Schiller:
Queremos ser un
pueblo unido de hermanos
Más allá, en una
exposición pública muy bien montada, os harán revivir la historia del partido
nacional-socialista. Tendréis que esperar vuestro turno –tan numeroso son los
visitantes y tanta es su devoción– para inclinaros sobre las venerables
reliquias. Aquí, un autógrafo del ‘Führer’, su mano ha pasado por este papel...
Descubríos ante esa hoja polvorienta: es la lista, de hace ya trece años, de
los primeros miembros del partido en Munich. A pesar de que la tinta ha
palidecido se puede descifrar aún:
Núm. 55: Hitler,
Adolf, pintor, Lothstrasse 29, nacido el 20-4-89.
No creáis que os
van a dejar. Si entráis a tomar un jarro a una cervecería la radio os hará
asistir a una representación de guiñol: La República de Weimar. Esos ronquidos
que provocan las risas son, al parecer, los diputados socialistas que se han
dormido en sus escaños... Y si reclamáis otra emisión os servirán la última
arenga de Hitler grabada en disco y retransmitida.
79
Daniel Guerin
Si finalmente,
agobiado, pidiendo algo de espacio, queréis buscar el olvido en un cine, Alemania
sangrante os iniciará en la “resurrección nacional”, 1914: arrojan
flores sobre los cascos en punta... Luego la derrota: Scheidemann en el balcón
proclama la república; las “bandas rojas” se adueñan de la calle. Versalles:
manos que parecen garras arrancan al Reich jirones de carne. El calvario
continúa. Renania: la Schwarze Schande (“vergüenza negra”, es
decir, la ocupación militar por las tropas senegalesas) y la
invasión del Ruhr. Luego la huelga y la crisis: los batallones pardos se ponen
en marcha... Hitler sermonea con gestos de histérico. Goebbels con sus malditos
ojos de hiena...
Finalmente la
apoteosis, la noche demencial del 30 de Enero de 1933... marchas... marchas...
marchas…
En las primeras
filas, las Juventudes hitlerianas, que pueden adquirir entradas a precios
reducidos aplauden estruendosamente.
Pero a mi lado mi
vecino se ha dormido.
80
LA PESTE PARDA
“Horst Wessel y el
universo”
No tenían un himno
propio; y no iban a apropiarse de la Internacional. Entonces
se apoderaron –una vez más– de una antigua melodía comunista viril y dulce a la
vez, como tantas canciones populares alemanas.
No tenían héroes,
como el proletariado revolucionario. A la imagen pura de Karl Liebknecht
asesinado se vieron obligados a oponer un ersatz: millones de
tarjetas postales difundieron la leyenda de Horst Wessel.
Ese joven “ario”
rubio, cuyo rostro de adolescente aparece en todos los escaparates, desempeñó
en su vida dos oficios, como muchos de sus compañeros de armas: proxeneta y
jefe de una sección de asalto.
En Febrero de 1930
una pelea bastante oscura hizo que se enzarzase con un rival: quedó tendido en
el suelo.
Esa desgracia fue,
naturalmente atribuida a los comunistas, el joven “ario” fue proclamado héroe
nacional y tres años más tarde, de una pincelada simbólica, la Casa
Karl Liebknecht Haus, sede del Partido Comunista quedó convertida
en Casa Horst Wessel.
Y como el matón
proxeneta se había entretenido en componer, sobre una melodía comunista, una
letra nueva –simple plagio de la anterior– se la convirtió en el himno oficial
del Tercer Reich, la Canción de Horst Wessel.
Bandera desplegada,
filas cerradas
La SA avanza con
paso tranquilo y firme.
Los camaradas
victimas del Frente Rojo y de la Reacción Marchan espiritualmente en nuestras
filas.. .
Pero llegó el
aguafiestas. El escritor revolucionario Ilya Ehrenburg21, con su renombrada
inspiración, desenmascaro al joven ‘héroe’. Las precisiones que contenía su
artículo en Izvestia no dejaron ninguna duda sobre cual era la
clase de vida de este Rouget de l’Isle22 berlinés. El
artículo fue traducido a varias lenguas.
21 “España, república de
trabajadores” de Ilya Ehrenburg,1932
22 Rouget
de l’Isle compositor de “Le Chant de guerre pour l’armée du
Rhin” (Canto de Guerra para el Ejército del Rin). Este himno, cantado
por el batallón de los marselleses durante su marcha hacia París en julio de
1792 fue rápidamente conocido como “La Marsellesa”
81
Daniel Guerin
El asunto amenazaba
con dar un giro perjudicial: no importa que se decida vivir en un compartimento
hermético, algunos ecos del exterior pueden resultar extremadamente
desagradables de oír. Fue preciso improvisar una contraofensiva.
Así se pudo leer en
la paredes de Berlín un cartel que convocaba a una gran manifestación pública.
“Conocidos portavoces extranjeros” hablarían sobre el tema: “Horst
Wessel y el universo”.
Paguemos nuestros
cincuenta peniques y traspasemos la quíntuple barrera de efebos rubios,
uniformados y seleccionados. Tomemos sitio.
La gran sala del
cabaret “Clou” se parece a todas las salas de fiestas del mundo. Los días
corrientes se cena en pequeñas mesas escuchando jazz. Pero esta tarde la escena
se ha transformado en tribuna y está guardada por jóvenes abanderados en
posición de firmes. Como telón de fondo, detrás de una orquesta uniformada, un
inmenso estandarte rojo con la cruz gamada. Alrededor de las pequeñas mesas
apacibles burgueses consumen ya, con un gesto cansado, sus jarras de cerveza.
Muchas jóvenes hitlerianas con camisa kaki. Y naturalmente cantidad de
Sigfridos en camisa parda, de punta en blanco y moviéndose entre crujidos de
cuero.
Un jefe de
distrito, que no debe tener más de veinte años, abre la sesión, saluda a la
romana y con una voz breve e imperativa anuncia:
– Si autorizamos a
extranjeros a hablar en nuestras reuniones es porque podemos responder de
ellos: solamente permitiremos que hablen extranjeros
nacionalsocialistas... (sic).
Y después de este
exordio tranquilizador anuncia con la mayor seriedad del mundo, que el
“universo” indignado por las ‘calumnias’ lanzadas contra el joven héroe, va a
rehabilitar a Horst Wessel.
Cuando termina las
tres primeras filas de guardia de honor hacen un giro a la derecha
reglamentario y, en fila india, marcando el paso, se van a una esquina de la
sala en donde se disuelven. Durante la velada relevarán a los abanderados que
se han quedado como estatuas al pie de la tribuna.
Después de un
general búlgaro de paisano que, con una ronca voz de soldado, felicita a Hitler
por haber salvado al mundo del bolchevismo, un hijo de la “América libre” sube
al estrado saludado por grandes fogonazos de magnesio.
82
LA PESTE PARDA
Pagado por el
gobierno alemán para dar cada semana una charla radiofónica de propaganda a sus
compatriotas, aún cree estar ante el micrófono:
– Alemania ha
despertado guiada por un jefe extraordinario: Adolf Hitler... Horts Wessel es
conocido y admirado en todo el mundo…
Para variar un poco
el programa unos coros dialogados recitan disciplinadamente los méritos del
héroe universal.
Luego de repente la
fiebre sube, la sala se desencadena: un Italiano en camisa negra, un fascista
de carne y hueso con el pecho cubierto de condecoraciones, herido doce veces
durante la guerra y casi otras tantas “luchando contra el marxismo”, escala la tribuna
y se inmoviliza con el brazo en alto:
¡Horst Wessel!
Y durante algunos
instantes permanece en comunicación espiritual con el difunto.
El signore se
expresa en su lengua materna. Oímos... “martire della causa sacra de la
rivoluzione… libró al mundo del pericolo rosso…” Después
de cada frase la traducción alemana provoca el entusiasmo.
Cuando termina la
orquesta entona el himno Giovinezza y toda la sala, en pie,
saludando a la romana, lo corea.
Finalmente le llega
el turno a un hombrecillo canijo y tímido. Desde el principio de la velada me
intrigan las idas y venidas a su alrededor. Jefes y subjefes se parten el
espinazo al saludarle. No cabe duda de que confieren mucha importancia a su
intervención.
Todo se explica
cuando se cede la palabra a “Mr. Akon Sneath, antiguo estudiante de Oxford”:
para rehabilitar a Horst Wessel el testimonio de un ciudadano británico no está
de más.
– El joven, que se
expresa en correcto alemán expone que está de paso por Berlín. Se le ha rogado
insistentemente que tome la palabra:
– He aceptado...
Pero no puedo deciros gran cosa del nacional-socialismo... Para nosotros es
realmente muy difícil de entender... Para nosotros los ingleses es algo tan
contrario a toda nuestra historia, a todas nuestras tradiciones... No,
ciertamente, no puedo decir nada.
83
Daniel Guerin
–“Por lo que se
refiere a Horst Wessel, comprendemos que un hombre pueda morir por su
‘ideal’... No importa que ese hombre sea nuestro amigo o nuestro enemigo…
– “Señoras,
señores...”
Un pequeño saludo,
y el británico abandona la tribuna de puntillas.
Resulta imposible
describir la consternación de la sala. Algunos “bravos” de cortesía. Un
silencio espeso. El jefe de distrito en medio de un pesado ruido de botas
escala precipitadamente la escena:
– Esperamos que a
lo largo de su estancia en Alemania Mr. Akon Sneath, terminará de comprender
nuestro nacional-socialismo… Por otra parte, en Inglaterra son ya muchos los
que están familiarizados con él. ¡El nacional-socialismo no es ya un asunto
exclusivamente alemán, sino un fenómeno internacional!
Claro está, pero a
partir de ahora y a pesar de todo lo que se pueda decir o cantar, hay en esta
sala hombres y mujeres mordidos por la duda…
El maítre d' hotel,
intentando reafirmar su fe, me susurra:
Si el Universo no
quiere comprendernos, siempre nos queda Italia…
84
LA PESTE PARDA
Muera la
inteligencia
No les gusta la
Inteligencia, la pretendida inteligencia, como dice Hitler. Y allí
donde la encuentran, la persiguen, la clavan en la picota de la infamia, la
arrojan a las llamas.
Como todo el mundo
había leído eso en los periódicos. Sin llegar a creerlo. Esto puede suceder en
un país lunar, pero no en la Alemania de Goethe y de Hegel…
Y una mañana,
bruscamente, ante la puerta de una majestuosa universidad, me encuentro ante
una especie de poste, apenas desbastado, hundido en la tierra. Unos estudiantes
con gorras verdes y el rostro surcado de cicatrices, ríen socarronamente.
Clavan en la madera tapas de libros groseramente arrancadas.
Hermosos libros
alemanes, tan cuidados, tan bien encuadernados...
Remarque, Sin
novedad en el frente: Ernst Glaesser, Classe 1922;
Feuchtwanger. El judio Süss: Emil Ludwig, Julio de
1914; Jakob Wassermann. El asunto Maurizius.
Ayer mismo visite
una biblioteca junto a la cual nuestra Biblioteca Nacional parece pobre y
vetusta: una escuela profesional del Libro como no hay otra en el mundo entero:
una exposición de la librería alemana que haría soñar a los editores franceses.
¿Cómo comprender esto?
Ese joven
estudiante, fino y cultivado que esta noche ocupa la cama contigua a la mía
quizás me lo pueda explicar. Rompiendo el silencio de la noche le confío en voz
baja mi zozobra:
– Cuando hablamos
juntos de filosofía y arte sé que podemos comprendernos, que vivimos en el
mismo planeta... Pero un momento después hace que le corten la cara a sablazos,
clava en la picota mis libros preferidos, habla de sangrar a todos los judíos y
canta canciones absurdas como un animal borracho…
Mi franqueza, algo
ruda, no le molesta:
– Ya sé a qué se
refiere, pero yo canto con alegría todas esas canciones absurdas.
85
Daniel Guerin
Hay en su
entonación un matiz de desprecio, algo así como el credo quia absurdum o
como: “vosotros los franceses sois demasiado degenerados como para
comprender…”
Y en la sombra.
Echándose la manta sobre la cara, me susurra junto con sus deseos de que pase
una buena noche.
–“Goebbels dice:
“Es verdad que la
propaganda nacional-socialista es primitiva. Pero el pensamiento del pueblo es
primitivo…”
Para cambiar nos
hemos trasladado a casa de un joven jurista, un amigo, un revolucionario. No
dudo ni un momento que haya permanecido fiel a sus convicciones. Sin embargo
¡qué extraño ambiente! Sobre la mesa, sobre la cama, por el suelo, obras
fascistas…
–¿Que qué significa
esto? amigo mío... Pues simplemente que estoy preparando mis exámenes de
derecho.
Creo haber oído
mal:
– Perfectamente...
Ya sabes –o quizás no– que nuestro ministro de Justicia en Prusia es ese loco
de Kerrl, el que proclama que para ser juez alemán hay que comprender la
esencia íntima del nacional-socialismo... entonces esos señores van a hacerme
pasar un interrogatorio de cinco horas sobre esa esencia intima. Y
me estoy preparando.
Como estoy
demasiado aturdido para responder, continúa:
– Si te apetece te
invito a mi bautismo…
– ¿Tu bautismo?
– Claro que sí...
Yo, como muchos alemanes era lo que se llama un “disidente”, es decir, un
librepensador, había abandonado la Iglesia luterana. Ahora, para ser
funcionario, para pasar un examen, hay que pertenecer a una confesión. Cada día
millares de individuos han de bautizarse para conservar su trabajo. Los
pastores no dan abasto... He de someterme a un nuevo interrogatorio, esta vez
sobre las Sagradas Escrituras…
Su hermano menor,
un escolar de pantalón corto, entra en ese momento:
86
LA PESTE PARDA
– Ludwig, busca
tu “Historia Sagrada”…
Porque ahora la
enseñanza religiosa es obligatoria en las escuelas.
Pero aún no había
visto nada.
En una gran plaza
de Bremen, en pleno barrio obrero, no lejos de la Casa del Pueblo, la
bulliciosa chiquillería forma un coro. ¿Qué es lo que pasa? Unámonos a los
curiosos.
Jóvenes con
correajes de cuero y las mangas arremangadas amontonan concienzudamente a
grandes paladas y escobazos, fajos de viejos papeles, de viejos folletos.
¡Extraños barrenderos!
Intento examinar
esos papelotes, leer algún título por encima de sus hombros. Y repentinamente,
con el corazón en un puno, veo: Diario del metalúrgico. El trabajador
libre. Y AlZ, la revista ilustrada comunista y el Vorwärts socialista
y folletos de Engels y pasquines:
¡Bremen la roja,
desesperada
reclama trabajo y
pan!
Y carteles
convocando a los trabajadores socialdemócratas a grandes mítines... Años de
propaganda, de miseria, de lucha.
Cuando la pirámide
alcanza la altura deseada, una especie de verdugo talla a golpes de navaja una
vara de madera, la planta en la cúspide y, saludado por las risas y los
“bravos” de esos adolescentes rateros y vividores, coloca alrededor de ese eje
una auténtica camisa negra de los “grupos de defensa” comunistas... Y luego
prende en su pechera con la precaución satisfecha de un fetichista la insignia
roja de la Acción Antifascista.
Una bola de papel
de embalaje hará las veces de cabeza; la cubren con una humilde gorra
proletaria, usada, deformé. Aun no comprendo:
– ¡Thälmann,
Thälmann! aúllan de repente los mocosos ciegos en su alegre estupidez
inconsciente.
Y bajo el muñeco
del líder comunista desenrollan una gran banda de tela roja adornada con las
tres flechas socialistas. La unidad que los hombres no han sabido realizar se
verificará en las llamas.
Finalmente han
terminado los preparativos. Para matar el tiempo un chaval echa mano al montón,
saca un libro al azar y lo hojea:
87
Daniel Guerin
– Karl Marx... dice
entre risas a otra sabandija a su lado
Luego lo vuelve a
arrojar con gesto de repugnancia mientras se limpia las manos.
Unos pocos
trabajadores inmóviles, mudos, asisten a este espectáculo. Fijo mi mirada en
sus pupilas: no hay lágrimas, es algo mucho más profundo, una desesperación
serena... Pero enseguida sus ojos esquivan al mirada.
No encienden el
fuego hasta el anochecer. Hay un gentío inmenso y silencioso atraído a pesar
suyo por la curiosidad... Marcando el paso los pesados batallones se suceden y
se instalan alrededor de la hoguera. Más pesados aún y más rústicos, los verdes
“Casco de Acero”. Finalmente los estudiantes en traje de gala –chaqueta con
alamares, bufanda multicolor, espada y guantes de esgrimista y pequeña gorra de
clown– vienen a asegurarse de que la “doctrina maldita” perece entre las
llamas.
Hay que oír aún un
discurso difundido por los altavoces, el himno de Horst Wessel y luego, de
repente, un enorme fulgor desgarra la noche. En un segundo la efigie de
Thälmann, los libros y los periódicos de la clase obrera no son ya más que
luciérnagas arrastradas por el viento.
Unos aplausos
furtivos y ya, como avergonzada de sí misma, a paso vivo, la gente vuelve la
espalda a este acto de fe.
88
LA PESTE PARDA
Los judíos te están
mirando
En la Alemania de
1933 la cuestión judía es, para un extranjero el más cómodo de los temas de
conversación. Por seguridad es mejor no declararse “marxista” ante un
interlocutor ocasional, pero sacar a colación el problema racial ante estos
“arios” es bastante menos arriesgado.
Con un placer
maligno les pincho en el punto débil y veo que se revuelven como mariposas
empaladas. Después de alguna declaración de amor al pueblo alemán:
– Hay que reconocer
la verdad ante un pueblo querido... Entonces, permítame que le diga... un gran
sabio como Einstein…
El joven
“dolicocéfalo rubio” da un respingo; sus ojos azules se inyectan con sangre
roja:
– ¿Einstein? ¡Un
perro!
Cada vez que
intentéis esta jugarreta obtendréis el mismo resultado.
Es infalible.
En la sala común
del albergue un músico adolescente tan delicado cuando pasea sus dedos por las
cuerdas de la guitarra, hace que conciba una fugitiva ilusión. Este no... Sin
embargo me atrevo a pronunciar el nombre fatal: ante mí sólo queda un gozque
rabioso dispuesto a morder.
– Pero bueno, ¿qué
es lo que han hecho esos desdichados judíos?
– ¿Y me lo
preguntas? ¿Pero no sabes que en Berlín, por ejemplo, el 70 % de los abogados
eran judíos... ¿Para qué perder el tiempo en años de estudio para luego
encontrarlos instalados por todas partes?
No intentéis
sugerirle que ese elevado porcentaje de abogados judíos honra más al pueblo
germánico que al pueblo semita: que si la profesión esta difícil la culpa la
tiene la crisis capitalista y no Israel. Perderéis el tiempo.
¡Pero vuestra raza
“aria” no es más que un mito!
Se engalla.
– ¿Un mito?
Mírame... ¿No soy, no somos germanos de cabello rubio? Al contrario que
vosotros, los franceses, nosotros somos de raza pura.
89
Daniel Guerin
Y para defendernos
no dudaremos en recurrir a la esterilización… El pequeño
músico ha dicho esto con una gentileza terrible.
Pero dejemos de
lado a esa bárbara juventud. Interroguemos a los “arios” adultos. Quizás
encontremos gente más razonable.
Mientras que el
peluquero pasea su navaja por mi rostro, mientras el mecánico repara mi
bicicleta, mientras que el posadero llena mi jarra de espumosa cerveza, unos
aguijonazos; lenta pero infalible se traba la conversación:
– ¿Los judíos? ¡Ay!
señor, hace ya tiempo que teníamos que habernos librado de esa gentuza... Son
ellos los que tienen la culpa de nuestra desgracia... Han venido a robarnos
nuestro pan... Ya podéis mirar si hay un sólo judío entre los parados... ¡En
primer lugar el trabajo para los alemanes!
¿Cómo 650.000
judíos pueden dejar sin trabajo a 65 millones de alemanes? Pero cuando los
negocios van mal hay que encontrar un chivo expiatorio y, para librar de la
cólera popular a los verdaderos culpables, los capitalistas, se ha cargado a
Israel con todos los pecados.
Otro comerciante al
borde de la ruina, me grita su odio hacia los grandes almacenes:
– Esos bazares
judíos, ¿no son una vergüenza? ¿Cómo quiere usted luchar contra la competencia
de esa gente? Han llegado tan lejos que ellos mismos están a dos dedos de la
bancarrota…
Es preciso oír a
esos hombres del pueblo que no son teóricos de la raza, que nunca se han puesto
la camisa parda para comprender el profundo origen de su odio. Hitler no ha
inventado nada, solamente ha escuchado, formulado, adivinado la válvula de
escape que el anti-semitismo sería para el anticapitalismo de las masas.
Respondo:
– Sí, pero también
hay muchos "arios" entre los peces gordos que os devoran…
– A esos hay que
perseguirlos también…
El buen hombre aún
se hace ilusiones.
90
LA PESTE PARDA
– ¿Y también a esos
sabios, esos intelectuales ilustres? Baja la cabeza, me parece que su orgullo
vacila:
– Es verdad que ha
habido algunos abusos... como en toda ‘revolución’…
Luego se recupera y
con los ojos inyectados de cólera añade:
– Pero no cederemos
al chantaje de la judería internacional, a su Greuelpropaganda (propaganda
de atrocidades)…
Y la lucha continúa
igual de encarnizada aunque sea más hipócrita.
Las cajas de la
seguridad social, que para un médico alemán representan la mitad de su
clientela, despiden a los médicos judíos: a los abogados que siguen ejerciendo
sé les retira determinados asuntos como las liquidaciones judiciales; las
administraciones públicas cancelan sus intermediarios que pertenecen a la raza
maldita; las células de las empresas nacional-socialistas fomentan huelgas en
las fábricas dirigidas por israelitas y exigen el despido del personal "no
ario"; y el boicot a los pequeños comerciantes judíos los arrastra
lentamente a la ruina…
Pero el verdadero
carácter de esta lucha lo comprendí al abrir un libro que es una verdadera
provocación al asesinato. Su título: Los judíos te están mirando. Parece
un álbum del servicio antropométrico. En él un cierto número de
judíos famosos son expuestos, a través de sus fotografías a la venganza
pública. A modo de prefacio podemos leer:
“Esta galería de
corruptores del pueblo prueba que ninguno de estos individuos ha sido
ejecutado hasta el momento por la Revolución nacional de 1933,
aunque sus crímenes claman al cielo".
Para quienes no
hayan comprendido, el nombre de las víctimas de ayer va, como el de Rosa
Luxemburgo, seguido de la mención: ejecutada y el de las
víctimas de mañana va seguida de la coletilla: sin ahorcar (aún).
Esta lista negra
comprende, naturalmente, varias categorías: en primer lugar los judíos
sangrientos: que va desde Rosa Luxemburgo, Bela Kun, Trotsky hasta el
profesor Gumbel, expulsado de su cátedra de Heidelberg. A continuación vienen
los judíos mentirosos: Einstein, Hilferding, Stampfer, Emil
Ludwig: los judíos estafadores: los famosos
91
Daniel Guerin
lobos de las
finanzas Barmat, Sklarz, Sklarek, etc... Luego los judíos disolventes: el
profesor Magnus Hirschfeld, especialista en ciencias sexuales y
Loewenstein, animador de los Amigos de la Infancia Obrera, que:
“enseñaba a los
niños a despreciar al pueblo, a la raza y a la nación alemanas y entrenaba a
los hijos de los trabajadores alemanes para traicionar al pueblo y someterse a
la esclavitud de los judíos”.
Ahora les llega el
turno a los judíos artistas entre los cuales, junto a Piscator
y Reinhardt, los famosos directores de teatro, se encuentra a Charlie Chaplin.
Finalmente los judíos de oro: el banquero Jacob Goldschmidt,
los hermanos Tietz, directores de los grandes almacenes berlineses, cierran la
galería. Y el libro termina con estas palabras: “El combate no ha
terminado: ¡Heil Hitler!”.
Sin embargo para
estar completamente en paz con mi conciencia he de evocar otra imagen: en un
interior de burgueses acomodados me recibe una familia israelita.
Se lamenta y gime
sobre ese acontecimiento increíble que la ha privado de su dulce quietud, de su
existencia honorable, de sus ingresos seguros.
–¿Podéis darnos un
consejo? ¿Hemos de ir a Francia? ¿Podemos vivir en Palestina?…
Detrás de estos
burgueses un poco gruesos, percibo la sombra del Judío Errante que
emprende el camino con el bastón en la mano.
Con lágrimas en los
ojos la mujer me explica:
– ¡Si usted supiese
hasta qué punto me sentía alemana! Vivíamos en América. Yo obligué a mi marido
a volver aquí... ¿Qué hemos hecho para ser tratados así?
– ¡Ah! ¿Por qué?
–añade–, después de todo, nos adaptaríamos a ese nuevo régimen, si nos dejasen
tranquilos…
Se ha roto el
hechizo. Pienso en quienes tienen hambre desde hace años, judíos o no; en
quienes, judíos o no, se pudren hoy en las prisiones pardas.
92
LA PESTE PARDA
¿Guerra o paz?
El drama hitleriano
va acompañado de otro drama o menos temible y que nos afecta más directamente:
el de las relaciones franco-alemanas.
Si queréis
comprender entrad en uno de esos doscientos teatros de Alemania en donde en
este momento se representa Schlageter, la obra de Hanns Johst.
Ese Schlageter, hoy
héroe nacional al igual que Horts Wessel era un pobre tipo: alistado a
comienzos de la guerra en uno de esos famosos “cuerpos francos” del Este, luego
espía al servicio de Polonia, reaparece en 1923 durante la invasión del Ruhr
actuando ya como confidente al servicio de Francia, ya como saboteador por
cuenta de Alemania. En Marzo hace saltar un puente sobre la vía férrea; el 26
de Mayo las tropas francesas de ocupación lo fusilan.
Pero si el hombre
apenas merece compasión, su ejecución toma el carácter de símbolo: Schlageter
encarna la resistencia al abuso de autoridad de Poincaré. Durante diez años el
nacional-socialismo extraerá de esta sórdida historia el fermento de su prodigiosa
ascensión.
– ¡Pertenecemos a
Schlageter porque es el primer soldado del Tercer Reich! exclama un personaje
de la obra.
Y el mismo
Schlageter replica:
– Tenemos el
derecho –el francés nos lo otorga con su ocupación– de sublevarnos y de decir:
¡Entente, fraternización internacional de los pueblos, todo eso no es más que
basura!
¡Entonces un
gobierno radicalmente nacional! ¡Al diablo el sistema de Noviembre del 18!
Y mientras que el
“héroe” prepara su atentado toma forma la trágica oposición entre la vieja
generación socialista y la nueva, fascista; el hijo de un alto funcionario
socialdemócrata va a prestar ayuda a Schlageter.
93
Daniel Guerin
En vano el padre
–que el autor no ha conseguido ridiculizar– habla de “exterminar con el fuego y
la espada a los últimos aventureros fanáticos, incendiarios y bandidos de la
guerra mundial”, en vano implora:
– ¡Queremos la paz!
Te lo digo yo, hijo mío, yo que estuve cuatro años en el frente…
El público empieza
a ponerse nervioso. A mí alrededor oigo sollozos contenidos.
El telón se levanta
por última vez: un pelotón francés en uniforme azul apunta a Schlageter que
está atado al poste.
– Alemania, exclama
el condenado, una última palabra, un deseo, una orden... ¡Alemania, despierta!
¡Inflámate! ¡Arde!
Una crepitación
atroz, luego el silencio y la noche.
Cuando la luz
ilumina la sala se ven rostros inundados de lágrimas.
– ¡Y pronto los
franceses nos invadirán otra vez! grita cerca de mí una mujer como una loca.
Cómo en nuestro
país, una generación va a alcanzar la edad adulta sin haber conocido los
horrores de la guerra.
Es preciso haber
oído a estos jóvenes cuando se Ies pregunta, sin segundas intenciones:
"¿Hacéis algún deporte?", cómo responden con una voz furiosa y
cortante:
–¡Kein sport!
¡Wehrsport! (¡Nada de deporte! ¡Entrenamiento militar!)
Hay que verlos
cuando en un desfile, la Reichswehr se contonea locamente con paso de ganso,
proferir exclamaciones de placer.
Una generación se
prepara hoy abiertamente; privada del servicio obligatorio encuentra muy
divertido jugar a los soldaditos; marcha, con la mochila a la espalda, por las
carreteras; se despliega en orden abierto y se pega al suelo en los terrenos de
ejercicios; alerta a la población de las ciudades contra los ataques aéreos,
golpeando unas cacerolas viejas.
Sin embargo, el
recuerdo de los sufrimientos de la guerra de 1914-1918 sigue vivo en la memoria
del pueblo alemán.
94
LA PESTE PARDA
Entrad conmigo en
este cafetín de pueblo. Hombres y mujeres se han reunido alrededor del altavoz
en una espera silenciosa. A las tres el Führer, desde la tribuna del Reichstag,
va a hablar al universo. Pero, magia de la radio, se diría que ha venido en persona
a este establecimiento para darnos una charla íntima…
Escuchadle
vaticinar:
– Ninguna guerra en
Europa podría crear nada mejor para reemplazar lo que existe... Si un día
llegase a producirse semejante locura, supondría la ruina del orden social, un
caos sin fin…
Observad los Ja...
Ja…, las inclinaciones de cabeza de vuestros vecinos. Y el hechicero con
los ojos exorbitados cosecha un éxito fácil con este argumento:
– Alemania estaría
dispuesta a disolver todas sus organizaciones militares y a destruir las armas
que le quedan, si todos los demás, sin excepción, hacen lo mismo…
– ¡Alemania no pide
el rearme, sino que los demás se desarmen!
Es evidente,
pensaba yo mientras escuchaba aquello, que este hombre va de mala fe; está
encantado con el pretexto que tan generosamente le han proporcionado las
potencias occidentales: al no desarmarse, a pesar de los acuerdos adoptados en
Versalles, le han hecho y siguen haciéndole el juego.
Esa misma tarde una
anciana, con las lágrimas en los ojos vino a verme y me dijo con toda su alma:
– Mi marido cayó
allí, en su país... ¿Ya lo ha oído Ud.? No queremos la guerra.
Sí, pero tengamos
cuidado, no sea que esa misma anciana se vuelva una fiera rabiosa dentro de
poco.
95
Daniel Guerin
Hacia un
“nacional-bolchevismo”
Vamos derecho a un
“nacional-bolchevismo”... he oído muchas veces durante mi viaje.
¿Cuál es esta nueva
enfermedad? La expresión, me diréis, es tan impropia como peligrosa. Impropia,
porque bolchevismo y nacionalismo (al menos hasta el día en que el Partido
Comunista Alemán empezó a dárselas de nacionalista) son teóricamente
antinómicos. Peligrosa porque acredita la mentira de un posible maridaje entre
los dos contrarios.
Pero por impropia
que sea, expresa un estado de ánimo que prolifera entre las masas. Vayamos a
una morada humilde a tomar conciencia.
Por ejemplo ese
obrero carpintero de Moabit, en el camino había trabado conocimiento con su
hijo que, parado, vagaba por el país, un “rojo” cuyos ojos brillaban cuando le
hablaba de Thälmann, de Teddy. No sé por qué me había
imaginado que el padre también sería comunista. Y, por un momento, su rudo
lenguaje proletario, sus argumentos revolucionarios, dieron alas a mi ilusión:
– Mire Ud.,
nosotros los trabajadores hemos sido traicionados por los dos partidos
obreros... Hubiera sido preciso llegar a la unidad de acción... No quisieron…
Luego, de repente
este argumento sospechoso:
– Ahora tenemos que
salvarnos nosotros mismos…
– ¿Quiénes,
nosotros mismos?
– El pueblo alemán.
Ya estamos hartos de ser humillados y tratados como esclavos. Ya basta de pagar
impuestos para los tributos de guerra…
Yo lo cuestiono
diciendo que fuera del internacionalismo revolucionario no hay salvación:
– Sí...
sí.... La Internacional... eso es muy bonito. En otros tiempos
enviamos millones de marcos-oro a los mineros ingleses en huelga...
¿Pero qué hicieron
ellos por nosotros?
96
LA PESTE PARDA
Y después de haber
llenado su pipa sigue:
– Nuestra
Revolución la hemos de hacer solos... Mientras esperamos que la Internacional
sea una realidad hay que pensar en el presente...
en primer lugar
hemos de librarnos del Diktat de Versalles, liberar a nuestros
camaradas oprimidos de Silesia, el Sarre, Austria, das Sudetenland,
Memel y Dantzig... ¡Fundar un Estado alemán de trabajadores!
Así los hay miles.
Mezclan sus confusas exigencias socialistas con el sentimiento fanático de una
humillación nacional. Los jóvenes aún más que los adultos. Si te sientas por
ejemplo, al borde la carretera con un peatón que, con la mochila a la espalda, se
dirige a su “campamento de trabajo voluntario”, te molestará tanto cuando cante
las virtudes de la disciplina libremente consentida, del trabajo a bajo precio,
que tendrás de hacer un gran esfuerzo para no dejarlo hablando sólo.
– Mira, yo he sido
nacional-socialista durante años... De esos que en 1928 vapulearon
abundantemente a los separatistas renanos... Hoy he dejado el partido.
– ¿Por qué?
– Porque no estoy
satisfecho... Ya no es un partido revolucionario, sino un pesebre. Yo lo que
quiero es el verdadero socialismo... Durante catorce años el
partido social demócrata ha tenido la oportunidad de construirlo. ¿Qué ha
hecho? No soy comunista porque ante todo soy alemán y no quiero que me traten
como a un mujik ruso. Pero respeto a los comunistas y me siento más cercano a
ellos que a todos los demás…
Con odio me habla
de los ricos, de los magnates de la industria, de los grandes terratenientes. Y
con un suspiro añade:
– Mientras todos
traicionen al socialismo yo seguiré sin partido.
"Nacional-bolchevismo"...
¿qué otra palabra para expresar estas aspiraciones desesperadamente
ambivalentes?
Vayamos más al
fondo. Olvidemos quiénes somos. Mezclémonos entre los camisas pardas.
Intentemos comprender las ideas que se esconden detrás de sus ¡Heil
Hitler!
97
Daniel Guerin
Es sábado por la
tarde, una sala de baile en un barrio proletario de Leipzig. Hombres y mujeres
sentados en las mesas, vestidos de pequeños burgueses, como todos los
trabajadores alemanes. Muchas SA y Juventudes hitlerianas, pero aquí no hay
arrogancia ni envaramiento, sino abandono y sonoras carcajadas; el pueblo.
La orquesta en
uniforme interpreta buena música clásica: Wagner, Verdi.
En el entreacto un
orador sube a la escena y arenga a esa masa, atenta en un principio, dócil.
Tema: Nuestra revolución.
– Nuestra
revolución, Volksgenossen (connacionales), no ha hecho más que
empezar. Aún no hemos alcanzado ninguno de nuestros objetivos. Se habla de
gobierno nacional de despertar nacional... ¿Qué es todo esto? lo que importa es
la parte socialista de nuestro programa…
Un “¡Ahh!” de
satisfacción emana de la masa. Esto es lo que todos sentían, pero no se
atrevían a decir. Las caras siguen ahora atentamente a ese hombre que habla en
nombre de todos.
– El Reich de
Guillermo II fue un Reich sin ideal. Estaba dominado por la burguesía con su
repugnante materialismo, su desprecio por el proletariado... La Revolución de
1918, Volksgenossen, no ha sabido destruir al viejo sistema.
Los jefes socialistas han abandonado la dictadura del proletariado por la
ternera de oro. Han traicionado a la nación y han traicionado al pueblo. En
cuanto al comunismo, se ha mostrado incapaz de deshacerse de ellos desde que
Stalin renegó del bolchevismo leninista por el individualismo capitalista…
Escucho perplejo
esta perorata. ¿Estoy en una reunión hitleriana? Pero la demagogia sabe lo que
hace porque a mi alrededor la masa vibra.
– La
burguesía, Volksgenossen, continuó monopolizando el
patriotismo, abandonando las masas al marxismo, ese esfuerzo inútil... Nosotros
comprendimos que habla que ir al proletariado, entrar en él, que conquistar
Alemania era conquistar a la clase obrera. Y cuando revelamos a esos
proletarios la idea de Patria, en muchas caras brillaron las lágrimas de
gratitud...
A este lenguaje
enfático de misionero le sigue ahora la diatriba y la amenaza:
98
LA PESTE PARDA
– Sólo hay un
enemigo al que hemos de vencer: la burguesía. Si no quiere ceder, si no quiere
comprender, peor para ella.
Y, dejándose llevar
por su elocuencia, deja escapar una confidencia:
– Además algún día
nos agradecerá que la hayamos tratado así.
Pero la multitud no
ha entendido. La multitud solamente cree que la Revolución ha comenzado, que el
socialismo despunta ya en el horizonte y cuando ha terminado, entona airada:
Oh, pueblo
productor, experimentas
Muy crudamente la
miseria de los tiempos Crece incesantemente
El ejército de los
“sin trabajo”
Pero tú cantas
trabajador, dichoso y libre, Siempre la misma melodía “Somos los trabajadores.
¡El proletariado!”
Tú sufres todos los
días
Por un salario de
hambre
Pero ellos no
conocen la miseria ni la pena Los Tietz, los Wertheim y los Cohn. Tú te
extenúas, tu te agotas:
¿Quién se sacia con
tu trabajo?
Son los accionistas
del Beneficiariado.
...¡Rompe ahora tus
cadenas
Trabajador alemán!
No hay Moscú que
pueda salvarte
Y tampoco los
socialistas
¡Eres el esclavo de
Todo Israel!
con la estrella
soviética como con el fasto de los bonzos ¡Seguirás siendo el siervo Del
Beneficiariado!
...La Internacional
¡Valiente socorro!
Pero ya brilla en
el horizonte
la luz de la
libertad alemana...
99
Daniel Guerin
Nunca había oído
cantar con tanta fe. En ningún otro sitio ni siquiera entre los Aissauas de
Islam, había visto seres tan proyectados fuera de sí mismos. Me siento perdido
en medio de esta masa, de pie, inmóvil, que moriría sin interrumpir su cántico.
Corre ya el rumor
de que las secciones de asalto se impacientan, se amotinan. Pienso que pronto
habrá que satisfacer a esta multitud –o someterla brutalmente.
100
LA PESTE PARDA
La cruz gamada
sobre los sindicatos
Poco después del
Primero de Mayo, fiesta del trabajo durante la cual el Führer celebró el “idealismo
proletario que por sí solo hace posible la vida y la existencia de todos”, el
régimen se apoderó de los sindicatos obreros.
Cuando llegué a
Alemania el acontecimiento acababa de producirse. Con una curiosidad emocionada
volví a ver los hermosos edificios de arquitectura audazmente moderna junto a
los cuales nuestras Bolsas de Trabajo parecían unos parientes pobres. Apenas
habían pasado unos pocos meses desde mi viaje del año pasado y esta inmensa
organización de la que nuestros camaradas estaban tan orgullosos, había sido
.devorado por el fascismo. Estandartes con la cruz gamada cuelgan hoy de las
ventanas y, en la fachada, la inscripción, Casa del Pueblo ha
cedido el sitio a esta otra, pintarrajeada sobre banderolas chillonas: Casa
del Trabajo Alemán.
A sus puertas se
aglomeran los trabajadores, leen en silencio los anuncios, los diarios de los
vencedores. Me mezclo con ellos. Intento leer en sus miradas, pero sólo percibo
una muda perplejidad.
¿Qué ha pasado? Un
camarada que ha vivido el drama día a día, que ha visto venir la catástrofe me
explica –y yo transcribo:
– Mira, en el fondo
esta impresionante fortaleza presentaba muchas fisuras... Un coloso con los
pies de barro, como decís vosotros. Mientras duró el período de coyuntura
alcista, todo va bien... Con las cotizaciones de siete millones de afiliados se
pudo construir, en un alarde de fuerza, estos magníficos –y excesivamente
lujosos edificios. Se creyó que la prosperidad sería eterna; se pensó de buena
fe que, dentro del régimen, se podría realizar esa Democracia
económica, tan querida por el teórico Naphtali. Luego llegó la crisis.
Varios millones de afiliados sin trabajo desertaron de las organizaciones. Hubo
que distribuir entre los demás cuantiosos subsidios de paro. El arma esencial
de los sindicatos, la huelga, perdió eficacia. Y luego nació el fascismo...
Nuestros jefes, que no supieron adaptarse a la crisis, tampoco supieron hacer
frente a Hitler. No se puede luchar contra un adversario agresivo con hermosas
proclamas y bellos edificios. ¿Conoces la espléndida escuela sindical de
Bernau? Un verdadero palacio.
101
Daniel Guerin
– Si, la visité el
año pasado, no sin cierta desazón...
– Pues bien, Bernau
encarnaba nuestro sindicalismo con todo lo que le faltaba: quiero decir, un
alma, una voluntad de lucha. A menudo nuestras organizaciones no eran más que
simples bancos corporativos. El trabajador venía a cobrar lo que le
correspondía como quien va a la caja de la Seguridad Social o a la oficina de
paro. No había el mínimo ideal revolucionario, solo espíritu burocrático...
Fíjate que no quiero despreciar la obra del pasado de los sindicatos alemanes.
Ya sé de sobras todo lo que han hecho para la emancipación y la cultura de
nuestro proletariado...
– Consiguieron
organizar a las masas, lo que ya es algo.
– Sí, pero
perdiendo su carácter de pueblo... La ADGB (la CGT alemana)
había acabado por convertirse en un engranaje del Estado...
El corporativismo y
el sindicalismo de colaboración condujeron rápidamente al fascismo. De las
consignas de “interés general”, de “economía dirigida” a la fraseología
hitleriana, sólo había un paso y no tardaron en darlo. A esto añado que los
comunistas tuvieron su parte de responsabilidad con su consigna: “Desertad de
los sindicatos reformistas”... Pero veamos qué pasó en estos últimos meses: so
pretexto de salvar lo salvable, se inclinaron ante el vencedor, se deslizaron
por una pendiente continua e insensible: el trabajador, adormecido por esta
táctica, no pudo ver venir el instante decisivo...
Bastó con enviar un
día varios jóvenes con camisa parda a las Casas del Pueblo, armados
con porras y los porteros –como sucedió en Leipzig– se metieron
bajo la cama. Izaron en la terraza la bandera de la cruz gamada y el magnífico
palacio de la ADGB se convirtió en el cuartel general del Dr. Ley y de su
pretendido “Frente de Trabajo”. “El pago de las prestaciones está garantizado",
exclamó el fascismo y la maquinaria administrativa continuó funcionando como
antes... Así fueron sincronizados los sindicatos, como dicen
ellos.
Mi interlocutor me
enseña uno de los innumerables folletos apresurada-mente confeccionados, en los
que los nazis, al censar las cuentas de los sindicatos, se ceban contra
los bonzos.
– Aquí hay un 50%
de mentiras... Por desgracia éramos vulnerables a
102
LA PESTE PARDA
algunos ataques. No
había tanta “corrupción” como pretenden, sino una tendencia a vivir demasiado
bien... en cuanto al nuevo equipo, te aseguro que no va a darnos lecciones de
ascetismo.
Siguiendo con mi
investigación fui a visitar a un militante sindical que había conocido el año
pasado. Como el acceso a las Casas del Pueblo esta
rigurosamente prohibido a los profanos, hay que esperar en la calle. Impotentes
limusinas, muy poco proletarias, con el banderín de la cruz gamada, se detienen
ante la puerta. De ellas bajan los “comisarios” camisa parda, botas, correajes,
mientras que los centinelas en uniforme entrechocan los talones y se
inmovilizan en posición de firmes.
Finalmente llega mi
amigo, exhibe su pase a las SA porque no se puede salir del edificio sin
autorización y me sonríe con tristeza.
– Bueno, ya ves a
lo que hemos llegado...
– ¿Y puedes
quedarte ahí dentro?
– Me despiden a
partir del primero de Septiembre... Los muy bribones dicen que siempre habíamos
prometido volver a las filas, que rejuvenecerán los mandos a partir de la
“base”. Nos dejan seguir aquí durante estos meses para que les pongamos al
corriente. ¡Pero no tiene gracia! Trabajamos en un ambiente de cuerpo de
guardia. Tengo jóvenes armados en mi oficina; nos espían desde la mañana a la
noche y los “comisarios” se entretienen en coleccionar fichas de delación...
– ¿Y de dónde salen
esos famosos “comisarioS”?
– Hay un poco de
todo... Muchos Akademiker, intelectuales, abogados, que no
saben nada de los problemas del trabajo. Antiguos secretarios de los sindicatos
amarillos o cristianos... Antiguos tránsfugas de nuestro bando como Winnig que
antes fue secretario de la federación de la construcción... E incluso
tránsfugas mucho más recientes...
Porque también
teníamos entre nosotros fascistas en ciernes...
No puedo evitar
pensar en ese Herr Doktor que visité el año pasado en la ADGB
y que hoy proclama que el gobierno nacional "es el único capaz de realizar
el socialismo”.
Pero ha llegado el
momento de que mi interlocutor vuelva a su trabajo.
103
Daniel Guerin
Suspira y
cogiéndome del brazo me dice:
– ¿No te he contado
nunca que, en otros tiempos, hace ya muchos años, fui comunista? Me expulsaron
por blandura frente al “reformismo” de Leipart... Hoy por fin lo veo claro; y
aunque no apruebo la nefasta táctica escisionista de los “sindicatos rojos”, también
he de reconocer que yo estaba equivocado, muy equivocado...
Está tan emocionado
que me abstengo de hurgar en la herida.
– ¿Y qué vas a
hacer ahora? ¿De qué vas a vivir? Esboza un gesto vago de hombre sin
esperanzas.
–¿De qué voy a
vivir? Trabajaba en la Compañía de Gas, naturalmente no me van a readmitir...
No puedo abrir una tienda; una ley reciente dirigida contra nosotros prohíbe la
expedición de nuevas licencias... Quedan las “grandes obras públicas”, los
trabajos forzados.
Superado el primer
estupor la masa se ha recuperado. Si hay algunos que se han dejado engatusar
por la continuidad de las prestaciones, otros reaccionan, reclaman el respeto
de la democracia sindical: no están en absoluto dispuestos a quedarse callados
y a escuchar a pie firme los discursos del Führer; reclaman la elegibilidad de
sus jefes.
En Leipzig, durante
una reunión de la Federación central de empleados un afiliado socialista pide
audazmente la palabra, expone sus quejas y recibe una estruendosa ovación.
Precipitadamente se levanta la sesión.
En Kiel los
trabajadores van a la huelga para protestar por el despido de sus delegados de
empresa. En Hamburgo los jefes nazis critican en una asamblea a los “bonzos corrompidos”;
¡perfecto!, responden los asistentes, nombremos una comisión investigadora.
Pero la asamblea es inmediatamente disuelta.
Entonces se han
vuelto tímidos. Pierden la calma y se sonrojan ante las masas exigentes. Y
antes que afrontarlas prefieren abstenerse de todo contacto. En una biblioteca
de la Casa del Pueblo un SA entra bruscamente y lanza un
formidable ¡Heil Hitler! Muchos trabajadores están leyendo.
Nadie responde, nadie se mueve.
La cólera y la
sorpresa lo paralizan por un momento, luego el muchacho sale sin pedir más
explicaciones.
104
LA PESTE PARDA
A la conquista del
proletariado
Pero, sin embargo
no han renunciado a engatusar a los trabajadores. Nadie lo hace mejor que el
Dr. Robert Ley. Levy, dicen las malas lenguas. Y la verdad es
que este denodado racista presenta el más acentuado de los tipos semitas. Tiene
un pasado interesante, gran aficionado al kirsch, fue él quien en una
cervecería de Colonia envió delicadamente una botella vacía sobre la cabeza de
Wels, el líder socialdemócrata.
– Yo, afirma en sus
declaraciones a los obreros, soy un pobre hijo de campesinos y se lo que es la
miseria. He estado siete años en una de las mayores empresas de Alemania y
conozco la explotación por el capital financiero anónimo…
Cuando el Sr. Ley
decidió abandonar “I.G. Farben”, el famoso trust de los colorantes, recibió una
indemnización de diez mil marcos-oro.
Y para hacerse amar
por las masas, lentamente y con seguridad, el jefe del Frente del Trabajo
distribuye más de cuatro millones de ejemplares de una magnífica revista: Arbeitertum. Junto
a instantáneas publicitarias de Hitler y profundas máximas como: “Ha
terminado la lucha de clases y los prejuicios de condición social”; “Honrad el
trabajo”, despliega sus artificios de seducción:
– Mis
queridos camaradas del pueblo, comienza esta sirena, vais a
decirnos (traduzco textualmente):
– ¿Que más queréis?
¿No tenéis ya el poder absoluto?
– Es verdad,
tenemos el poder, pero aún no tenemos a todo el pueblo. Tú, trabajador, aún no
te tenemos al cien por cien y precisamente te queremos a ti: no descansaremos
hasta que no vengas por las buenas, con conocimiento de causa, con nosotros...
Como al otro lado
del sofá el honrado proletario sigue reticente, le pasa el brazo por la
espalda:
– Ciertamente
sabemos que, en el fondo de tu corazón sigues siendo un sindicado marxista y
que leerás este número de Arbeitertum con cierto recelo...
Quizás te sorprenda un cambio tan brusco. Quizás sigas estando convencido de
que la ocupación de las casas sindicales y de las confederaciones fue un abuso
de autoridad contra los derechos de los trabajadores. ¡Nada más falso!
105
Daniel Guerin
Maternal, zalamero,
explica que sólo quiso salvar a su buen amigo sindicado de las garras de los
perversos bonzos, que van a simplificar los engranajes de la administración y
van a economizar el dinero del pueblo. Y como el proletario intenta escapar a sus
ventajas:
– No te pedimos que
seas, desde hoy, nacional-socialista... para comprendernos bien hace falta algo
más de tiempo... Pero un día reconocerás honestamente, estamos seguros, que
cuando expulsamos a los bonzos era sumamente urgente hacerlo.
Sabemos que nos aprobarás... Porque forzaremos tu confianza.
No cabe duda de que
este lenguaje capcioso trastorna algunas mentes débiles. Pero el buen
proletario no se deja violar así.
Como la seducción
del Dr. Ley corre el peligro de ser inoperante, piden ayuda a Hitler en
persona:
– El Führer,
explican a los lectores de Arbeitertum, aprendió, durante los años
de su lucha por el poder, a conocer la fidelidad del hombre modesto que, detrás
de su carreta o inclinado sobre su torno cumple en silencio con su deber de
pionero anónimo del trabajo... Durante cinco años en Viena, como obrero de la
construcción y mezclador de cemento; la segunda vez, como soldado desconocido
durante cuatro años en el frente, durante ¡a gran guerra, vivió con los
trabajadores y luchó con ellos...
El nuevo Mesías se
propone a sí mismo como un “honesto intermediario” entre el Capital y el
Trabajo.
– Creo, afirma, que
el destino me ha designado para este papel. Carezco de interés personal. No
dependo ni del Estado, ni de la administración pública, ni de la economía, ni
de la industria ni de un sindicato. Soy un hombre independiente... Mi mayor
orgullo seria poder decir al final de mi vida: he conducido a los obreros
alemanes al Reich alemán.
El 16 de Mayo del
Dr. Ley “en nombre del Trabajo” firmó un armisticio con su compadre Wagener “en
nombre del Capital”. Ha entrado en vigor una tregua económica de dos meses
durante la cual serán mantenidas las tarifas y las huelgas quedarán
rigurosamente prohibidas. Y como el “honesto intermediario” no puede estar en
todas partes a un mismo tiempo, los “fideicomisarios del trabajo” le
representarán en cada gran región y decidirán inapelablemente en
106
LA PESTE PARDA
materia de
conflictos sociales, regularán los salarios y fijarán los contratos.
– Conseguiremos
para ti buenas tarifas en la medida en que lo permita la situación, actualmente
catastrófica, de la economía alemana...
termina por
confesar Arbeitertum.
Por si el
trabajador ha comprendido mal:
Hitler exige
obediencia...
Pero en las filas
de los camisas pardas, cunde la impaciencia. Los manipuladores han quedado
atrapados en su propio juego. Para mostrarse igual de “revolucionarios” que los
comunistas crearon en los centros de trabajo “células de empresa
nacional-socialistas” (NSBO), reconocieron solemnemente el derecho de huelga y
repartieron verdaderos ríos de folletos demagógicos contra el gran patronato
“egoísta”. Y hoy, el pueblo vencido, los buenos proletarios, quisieran ver a la
“Revolución” penetrar en sus talleres.
Además hubo una
primera época de indecisión: aún no se sabía qué iba a ser de los sindicatos y
alardearon de haber convertido las "NSBO" en una nueva organización
corporativa. También fueron enrolados a la fuerza en las células muchos
trabajadores comunistas o socialistas. Otros se infiltraron hábilmente. Todo
eso se agita hoy.
Los incidentes se
multiplicaron. Aquí los delegados de una célula dan un puñetazo en la mesa de
un patrón, reclaman el control de la empresa: más allá exigen la disminución de
los grandes sueldos y la reducción del personal superior. Otros recuerdan que Goebbels
había prometido anular, después de la toma del poder, los decretos de Brüning
que mermaban los salarios... Pero esas resistencias se quiebran sin compasión,
los “cabecillas” son despedidos de la fábrica, expulsados y sustituidos por
elementos seguros. Dicen que pronto las NSBO quedarán libres de unos cien mil
indeseables y recuperarán su carácter de fracción política sufrida.
Pero la corriente
es tan fuerte que hay que arrojar lastre. Y de vez en cuando los
"malos" patrones que reducen sus plantillas o no observan las
tarifas, son detenidos por “sabotaje económico” y enviados veinticuatro horas a
un campo de concentración. La efervescencia del taller se calma por un tiempo.
¡Pero qué fácil
resulta turbar la conciencia de un joven sindicado nazi!
107
Daniel Guerin
Escuchad, como
colofón este breve diálogo:
– El derecho de
huelga no era una invención de los políticos, sino vuestra única arma. ¿Cómo
defenderás ahora tu salario?
Mi interlocutor
comienza por mostrarse seguro de sí:
– El Estado nos
protegerá...
– Sí, pero los
peces gordos tienen además “buenos contactos”: siempre tendrán más influencia
que tú sobre el Estado.
El argumento lo
intranquiliza. Siento que le he cogido desprevenido, que está inquieto.
Entonces se agarra desesperadamente a este clavo ardiendo:
– Confío en
Hitler...
– El hombre no es
eterno. ¿Qué pasará cuando Hitler ya no exista? Me mira absorto, enfrentado de
repente con la nada.
108
LA PESTE PARDA
La otra Alemania
Quizás hayamos
tardado un poco en venir a visitar a nuestros amigos, en vivir la vida de la
otra Alemania. Lo que sucede es que un abismo la separa de la primera, un
abismo más extenso que una frontera, más profundo que un océano. ¡Unificación
del pueblo! proclama el fascismo. En realidad nunca estuvo este país dividido
en dos bandos más irreconciliables.
Ahí está esa otra
Alemania, en la carretera entre Colonia y Dusseldorf, un oscuro día de lluvia.
Imaginad dos jóvenes parados uno al lado del otro, con las piernas desnudas y
los zapatos gastados, con el cabello rizándose en la nuca y sobre el mentón descarnado
unos grandes pelos negros.
– ¡Ah! ¿Eres
francés?... ¡No es posible!
Los ojos brillan,
por fin alguien con quien hablar sin temor de que sea un delator... Y cuando
conocen mis opiniones extraen dichosos de algún dobladillo la insignia del
Partido Comunista.
– Provisionalmente
estamos vencidos... Durará mucho tiempo, pero no hay dudas sobre el resultado.
Con un movimiento
de caderas han rectificado la posición de su mochila, luego con un acento de
enérgica decisión, añaden:
– Ya lo verás, no
conseguirán atraparnos con eso del trabajo obligatorio.
Veo cómo se alejan,
pobres desechos, sobre la carretera sin fin. Unos motoristas pardos, orgullosos
y provocativos, los rozan al pasar. Ellos no tienen bonitos uniformes como los
vencedores del momento. Son andrajosos, pero refractarios.
Un poco más allá,
en el Ruhr, también un oscuro día de lluvia, como para morirse de tristeza. Las
chimeneas sin penachos de humo, lo oscuros altos hornos dormidos, el color gris
del pavimento, de las casas, del cielo, todo produce una desoladora impresión
de vacío, de desesperación. Entro en una “taberna” del pueblo para comprar un
bocadillo.
Unos pocos obreros
jóvenes con gorras azules conversan en voz baja.
109
Daniel Guerin
Uno de ellos viene
a sentarse a mi mesa. Después de ponerle al corriente sobre mi nacionalidad, le
pregunto, para hablar de algo, si la desocupación sigue haciendo estragos: ¡Por
desgracia!, suspira.
Me dice al oído:
– Y no tiene
aspecto de mejorar con el nuevo gobierno. Eso basta, nos hemos comprendido.
Así puede un
extranjero abrir muchos corazones en esta Alemania aterrorizada. En cuanto
saben quién soy comienzan las confidencias. Un empleado de librería, después de
dos segundos de conversación me cuenta apasionadamente sus odios y sus
esperanzas. Un camarero de restaurante me anuncia, casi a bocajarro, cuando
estamos solos en la sala trasera:
–¿Usted es francés?
Yo, señor, soy comunista.
En un albergue de
juventud en donde los jóvenes nazis acaban de describir cínicamente las
virtudes de la fusta como medio de persuasión, un muchachón me lleva a parte
como si quisiera consolarme:
– No pierdas la
confianza... ¡Algún día volveremos a ver la Alemania universal, la Alemania de
Goethe!
Pero de todas estas
imágenes esta es la más pura. Quizás también la más fugitiva y la más frágil.
Todos los
jóvenes Wandervögel (trotamundos) que se han reunido esta
tarde en el dormitorio pertenecen a la otra Alemania. Todos ellos son
desocupados o músicos ambulantes. De sus guitarras cuelgan fajos de cintas
multicolores. Ningún correaje aprisiona su camisa libre y flotante de color
azul.
Y después de haber
verificado que las puertas y las ventanas están cerradas y que ningún oído
indiscreto escucha, cantan, acompañándose con las guitarras, las viejas
melodías proletarias: Hermanos, hacia el sol. La vía libre, con
las antiguas letras que luego serían plagiadas y prohibidas.
Gentiles bohemios
que sólo amáis vuestra libertad, sois ya unos extraños en vuestro propio país.
Como me decís vosotros mismos:
– Van a cazar sin
piedad a los músicos y a los mendigos. Van a
110
LA PESTE PARDA
encerrarnos en sus
campos de trabajo, doblegarnos con su disciplina e intentar transformarnos bajo
su látigo…
Ya ha entrado el
enemigo en el dormitorio con un horrible crujido de cuero. Enseguida habéis
dejado de cantar. Ahora conversáis en voz baja. Y, en la sombra, acechando en
sus literas, los guerreros pardos os espían.
Llamamos a una
puerta amiga. Un largo silencio, luego un ruido de pasos amortiguados. Detrás
de una especie de mirilla de vidrio un ojo inquieto nos observa. Si es el
enemigo hay que tener tiempo de encender el gas y quemar los papeles y hojas de
propaganda ilegales.
Nos acogen en una
hermosa vivienda –que haría soñar a muchos trabajadores franceses.
Ese maestro que
acaba de ser despedido por sus ideas socialistas, nos confía en el umbral:
– Sí, tenemos una
bonita casa... Nos van a dar 312 francos como subsidio mensual de paro más 60
francos como ayuda de vivienda... ¡Y el alquiler es de 360 francos! Nos
quedarán doce francos para los dos niños y para nosotros... Y es
endiabladamente más difícil encontrar una vivienda más barata.
Para no sentir
vacío en el estómago viven a cámara lenta: duermen hasta tarde por las mañanas,
largas siestas sobre el sofa por la tarde y se demoran leyendo el periódico, el
estúpido periódico vacío y mentiroso.
¡Pero cómo nace la
alegría cuando viene un camarada extranjero que trae noticias frescas del
exterior, del mundo libre! Y para él de algún escondrijo, de las profundidades
del sótano salen los preciosos recuerdos: folletos socialistas o comunistas,
banderas rojas, brazaletes de enfermera obrerista, material de los Amigos de la
Infancia Obrera. Todo aquello por lo que se ha vivido.
En la casa de
enfrente los nazis han instalado un altavoz gigante a fin de convertir a sus
vecinos “marxistas” a golpe de discurso de Goebbels y de Horst Wessel. Pero
no se desaniman por tan poca cosa: basta con ponerse un poco de algodón en los
oídos.
El buen humor
tampoco ha perdido sus derechos, alrededor de unas
111
Daniel Guerin
rebanadas de pan
untadas con margarina, el abuelo, empleado municipal cuenta, riendo, que a él y
a sus compañeros les obligaron a entrar en la NSBO: cada quince días esos
viejos tienen que reunirse y recitar juntos, como niños, los himnos fascistas.
Un crío espabilado
exclama:
– ¿Ya sabes quién
incendió el Reichstag, mamá?
La madre, prudente,
le hace señas de que no hable tan alto y va a cerrar la ventana.
– ¡Los hermanos
SASS!
Los Sass, ladrones
de Bancos son célebres en Alemania, como en Francia la banda de Bonnot. Pero
los “hermanos” de los que en realidad hablaba el muchacho son... las SA y las
SS.
Son las diez de la
noche. Para festejar al extranjero han invitado, alrededor del receptor de
radio, a los vecinos, los amigos seguros... Repentinamente la animada
conversación se calma.
El padre hace señas
de que ha llegado el momento, mientras que, girando febrilmente el dial, el
hijo busca Moscú.
Se puede oír el
vuelo de una mosca... Finalmente la canción prohibida sale de las
profundidades. Quien haya oído esto no puede desesperar. ¿Quién sabe si mañana
le espera la prisión, la tortura, la muerte? Pero esta tarde, cada tarde, en lo
más íntimo de innumerables hogares, los labios repiten a coro en voz muy baja:
– En la lucha
final…
112
LA PESTE PARDA
Sus prisiones
En París me habían
dado el nombre de un socialista, un simple militante.
Al llegar, me
informo.
– ¿Se le puede ver
sin comprometerle? ¿Está en libertad?
Una mujer audaz se
ofrece a acompañarme, monta en su bicicleta. Pero cuando llamamos a la puerta
de nuestro amigo adivinamos enseguida que le ha sucedido una desgracia. Los
críos, abandonados, lloran en el jardín. Finalmente nos abre la madre con los
ojos enrojecidos.
– Vinieron a
buscarle ayer…
Junto a ella, con
el rostro descompuesto, la mujer de un comunista cuyo marido también había
caído entre sus garras.
No hay pan en el
hogar. El prisionero no tiene derecho al subsidio de paro. Cuando salga libre
el Estado le reclamará doce francos diarios para los gastos de detención que
retendrá de sus futuros salarios.
Pero la valerosa
madre no quiere hablar de su miseria. Piensa en el compañero quizás torturado,
azotado hasta la sangre.
– Mire, actualmente
en Alemania estamos como en la guerra. Nadie está seguro del mañana. Ud. está
tranquilamente en su casa, incluso se asombra de que no le molesten y una hora
más tarde vienen a buscarle. ¿Por un día? ¿Por un mes? ¿Por un año? ¿Para siempre?
Contiene sus
lágrimas:
Nadie lo sabe. Si
uno tiene suerte puede salir bien librado... Si cae en manos de unos sádicos,
puede salir mutilado, loco o muerto.
La vecina que había
escuchado llorando la interrumpe:
– Y cuando vuelven
no pueden decir nada... Les hacen firmar un papel diciendo que los han tratado
bien... Mire Ud., a mi marido le he preguntado día y noche y no suelta una
palabra... No lo sabré jamás.
– O bien responden
como un joven que nosotros conocemos: “Nunca más haré política, nunca más...”
Eso es todo lo que pudieron averiguar.
113
Daniel Guerin
Un camarada que ha
pasado por ese infierno ha prometido reunirse conmigo y hablarme. Pero en el
último momento, sintiendo el terrible peligro que pesa sobre él, sabiendo que
es espiado, perseguido, me hace saber que renuncia. Pero otros, muchos otros
hablan. Y en sus miradas fijas revivo el loco terror de los primeros meses.
En pleno Berlín una
especie de torre de ladrillo rojo en la cumbre de una colina cubierta de
césped: sobre el edificio ondea la bandera de la cruz gamada.
– Aquí, me dice un
amigo, se han oído gritos, tantos gritos que para taparlos se han visto
obligados a poner una orquesta. Y aún hoy debe haber camaradas ahí dentro, pero
nadie sabe nada.
Otro, un muchacho
de Wedding cuya voz tiembla al hablar:
– Imagínate... Un
día oigo ruido en la calle, veo un grupo de gente...
Me acerco...
Pregunto lo que pasa. Están registrando una casa de unos camaradas comunistas.
Están poniendo todo patas arriba y sacudiendo a la familia... De repente veo un
tipo ensangrentado que no puede aguantar más, salta la balaustrada del balcón y
viene a estrellarse a mis pies con las dos piernas rotas.
A algunos los han
dejado durante varios días en un sótano con el agua hasta el vientre; a otros
les han hecho arrodillarse quinientas veces, a otros les han tallado a navaja
una cruz gamada en el cráneo. Pero ahora prefieren los castigos menos visibles:
como, por ejemplo, dar porrazos en las nalgas y luego hacer correr al
prisionero o bien obligarle a permanecer una hora con los brazos en cruz
mientras le disparan con los revólveres por debajo de las axilas.
– Para darte una
idea de su refinamiento, me dice un amigo, escucha esta historia. En la celda
de una prisión ponen a un provocador entre los comunistas. Este empieza a
aserrar los barrotes de la ventana y les propone a los demás la fuga. Pero
abajo, en el patio, las SA acechan con los fusiles preparados. Los compañeros
desconfían y se niegan a huir. Entonces entran las SA y los golpean cruelmente
por los barrotes aserrados.
En otro sitio en
una prisión improvisada se produce una avería de electricidad.
– ¿Quién ha cortado
la corriente?, braman los carceleros pardos.
114
LA PESTE PARDA
Nadie es culpable,
nadie responde.
– Bueno, entonces
la suerte designará a los responsables. Un maestro se ofrece en holocausto.
– He sido yo.
Y le dan una
paliza.
Alguien ha venido a
verme.
Es un militante
socialista. Ha sufrido por partida doble, por socialista y por judío. Después
de su liberación se ha callado, ha intentado olvidar las atroces imágenes. Pero
hoy hace un esfuerzo y con la cabeza entre las manos, lentamente, como en un
sueño, me cuenta:
– Me hicieron subir
a un estrado, como un perro amaestrado... Los prisioneros eran el público. Me
hicieron decir en voz alta: “Soy X... el cerdo judío más grande de la
ciudad...” Luego, durante mucho tiempo me obligaron a andar a cuatro patas por
la mesa. Un joven jefe de las SA, un “hijo de papá” entró entonces en la sala
con la fusta en la mano y exclamó: “¡Bueno pero si está aquí este desgraciado
que hace tiempo quería matar con mis propias manos!”
¿Y cómo
reaccionaron los prisioneros?
– Unos hacían como
si se muriesen de risa... Pero otros tenían vergüenza y más tarde vinieron a
decirme de todo corazón: “X...
estamos contigo”.
Se detiene con las
manos crispadas, luego, dominándose, añade:
– Luego me hicieron
bajar a un sótano en donde había una enorme estufa... Me obligaron a arrojar al
fuego paquetes de periódicos obreros y libros marxistas. Como soy enclenque y
además tengo ya mis años, resultaba muy duro. Papeles ardiendo caían al suelo.
Entonces, amenazándome con el revólver me obligaron a sentarme sobre las
llamas…
Se interrumpe. Las
palabras se atascan en su garganta.
Y cuando le
pregunto:
¿Esas SA eran
adolescentes o adultos? ¿Habían bebido?
115
Daniel Guerin
– Gente muy
joven... No estaban borrachos del todo... pero trastornados sin duda por las
privaciones, por una adolescencia anormal. ¡Y si te contase todo!
Hay cosas que no se
pueden transcribir: la bestia humana es capaz de mil locuras.
Leemos en la prensa
que en Ginebra, el Dr. Ley, respondiendo a Léon Jouhaux, secretario de la CGT
francesa, le propuso hacerle visitar los campos de concentración de Alemania.
Cojo la pelota al vuelo. Me dirijo a la comisaría de policía, me identifico: miembro
de la CGT, enviado de Le Populaire. En aras de la verdad me
ofrezco a visitar un campo que designo nominalmente. Reclamo simplemente esta
garantía elemental: la respuesta, afirmativa o negativa será inmediata para que
no haya tiempo de "preparar" mi visita.
Durante tres días
juegan conmigo. El comisario está ausente, luego resulta incompetente; el
Ministro del Interior no aparece por ningún lado. Como último recurso tomé el
tren.
Pero aunque sé a
qué atenerme en cuanto a la sinceridad del Dr. Ley, vi, sin embargo, sin
autorización a los presos.
En Oranienburg un
largo muro gris. Luego una pesada puerta de hierro. Me subo al sillín de mi
bicicleta y me agarro a los barrotes. ¡Extraño espectáculo! Seres humanos
hirsutos, barbudos, vestidos con blusas grises, están ahí en el patio vigilados
por unos jovenzuelos armados. Uno de ellos, sin duda un militante destacado
manda, al parecer: ¡En pie! ¡A tierra! Y ellos se arrojan al
barro agolados, alelados…
Cuando termine el
ejercicio tendrán que cantar el Horst Wessel y un camarada
marcará el compás. Durante horas tendrán que proferir ensordecedores ¡Heil
Hitler!, escuchar las conferencias de “reeducación nacional”;
confeccionar cruces gamadas. Y luego tendrán que amontonarse con el estómago
vacío en cuartos demasiado pequeños. Y así hay cientos de miles en toda
Alemania.
Ante los locales de
la policía esperan unos camiones entoldados. De repente levantan el toldo. Un
cargamento humano –jóvenes proletarios en mangas de camisa con sus “bicis” y
sus “motos”– es absorbido por la prisión. Así detienen a millares cada día: encierran
a unos, insolan a otros, ese es el sistema de gobierno.
116
LA PESTE PARDA
Un “Casco de Acero”
con cara de querubín defiende la puerta. El amigo que me acompaña solicita
hablar con un prisionero.
– Sí, pero sólo un
segundo... farfulla el adolescente.
En cuanto llama al
interesado centenares de caras aparecen en las ventanas en juveniles racimos.
Por fin aparece el
camarada; sólo tengo tiempo de decirle:
Vengo de Francia...
¿La comida? ¿El alojamiento? ¿La moral?
– Comida:
detestable; alojamiento: peor aún... Moral: excelente.
Ya se ha ido. Desde
las ventanas nos dicen adiós. Los muchachos, mudos, nos gritan su fe con la
mirada. Nos hemos comprendido: ¡Freiheit! ¡Rot Front!
117
Daniel Guerin
Nueva salida
¿Vive aún la
socialdemocracia? ¿Cómo? Antes de responder a esta cuestión se hace necesario
un breve preámbulo: actualmente el movimiento obrero no se parece en
nada a lo que era hace unos meses. ¿Se puede hablar de
"partidos" en estas condiciones? ¿Puede darse ese nombre a los
pequeños grupos de militantes que han surgido de las ruinas y viven en la
ilegalidad con conexiones a menudo muy precarias?
Cuando digo actualmente me
refiero, como es natural, a la época de mi viaje, es decir, a Mayo y principios
de Junio de 1933. Mi testimonio sólo tiene el valor de una instantánea:
solamente ha conseguido captar un minuto de la fugitiva realidad.
Al principio
buscaba a tientas. Luego me favoreció el azar. Paseando por las calles de una
gran ciudad veo de pronto en el escaparate de una librería –un islote perdido–
un libro de Romain Rolland.
Entro en la tienda.
Sobre las mesas folletos socialistas; en las estanterías, libros de Marx y
Engels. ¡Sí!
Un dependiente se
acerca taciturno, desconfiado. Pero cuando sabe que está hablando con un
camarada francés, me dice:
– Si hubieras
venido mañana ya no hubieras encontrado nada. Van a cerrar la librería como
cerraron el periódico en el piso de arriba. Confiscarán todos los libros
marxistas y los quemarán…
Miro una vez más
esas hermosas ediciones, gloria del mundo del libro y del socialismo alemán:
quisiera llevármelo todo, salvar todo aquello de la furia de los verdugos.
Desde atrás de las
estanterías surge un viejo empleado con andares vacilantes y manos temblorosas
lamentándose:
– Llevo ya cuarenta
años de vida militante... Hace veinte que trabajo aquí... Tendríamos que
habernos unido contra ellos…
El joven me
estrecha la mano con gesto lúgubre.
– Intenta subir a
la sede del Partido. Quizás encuentres aún a alguien.
118
LA PESTE PARDA
Y en efecto, en un
gran despacho vacío encuentro a un secretario, solo, con los brazos caídos,
aterrado:
– Han venido hoy
por la mañana a confiscar todos los bienes del Partido. Espero que me detengan
de un momento a otro... Hemos sido quebrados... Deberíamos disolver
oficialmente el Partido nosotros mismos y reanudar el trabajo sobre bases
enteramente nuevas, con otros hombres…
Sí, pero la opinión
de ese militante (fue detenido al día siguiente) no prevaleció. La dirección
central tergiversó las cosas durante mucho tiempo; en vez de lanzarse
audazmente a la acción ilegal, intentó llegar a una componenda con el
adversario. Y durante largas semanas los camaradas de la base permanecieron a
la expectativa, desmoralizados, inactivos, luego indignados:
El voto del grupo
parlamentario, el 17 de Mayo, ratificando al nuevo régimen, es el golpe de
gracia, me confiesa un muchacho de rasgos enérgicos, antiguo jefe de sección en
la Reichsbanner, ahora todo ha terminado entre ellos y nosotros,
todo... para siempre…
Me dice eso con una
voz quebrantada, como uno que durante mucho tiempo y a pesar de todo quiso
tener confianza, esperar, aguantar:
– Hemos bebido el
cáliz hasta las heces. ¡Si tú supieras! No olvidaré jamás esa noche del 5 al 6
de marzo en que nos fuimos en “moto” a Berlín desde todas las grandes ciudades
de Alemania a suplicar que nos diesen órdenes de lucha…
– ¿Y qué os
respondieron?
– ¡Calma! Y, sobre
todo, que no haya derramamientos de sangre!
Para que en un país
disciplinado y jerarquizado como es Alemania un grupo humano pueda merecer el
nombre de “partido”, sería preciso, cuando menos, que los miembros pagasen sus
cotizaciones, que, clandestinamente o no, se reuniesen y que recibiesen directrices
de sus jefes.
– Ya no se paga...
Ya no nos reunimos... Los jefes se quedan en sus casas, escondiendo la cabeza
ante la tempestad, o están en la cárcel o escapando... me explica un posadero
socialista y añade:
119
Daniel Guerin
– Además casi vale
más que los “antiguos” se hayan retirado de la escena: ya nadie confía en
ellos... Sólo los jóvenes podrán hacer algo…
¿Y tú?
Suspira:
– Tengo que
alimentar a dos hijos. Los nazis me han dicho: “Si quieres seguir en el
albergue, entra en nuestro partido”. Les dije que no se puede cambiar así, de
golpe, el corazón de un viejo socialista... Pero mi mujer lo exigió
–desgraciadamente también hemos de luchar contra nuestras mujeres– y me vi
obligado a ceder.
En Lübeck un
militante me explica también su desconcierto:
– Te aseguro que ya
no sé dónde estoy... Nuestros jefes nos han abandonado... estamos sin
periódicos... sin consignas. Y para colmo de males algunos buenos camaradas,
sobre todo de la Reichsbanner (organización republicana de
autodefensa “Bandera del Reich”) –que hubieran podido poner en claro la
situación, creyeron que lo acertado sería entrar, por centenares en “Casco de
Acero”... So pretexto de activar la discordia entre reaccionarios y nazis, de
procurarse armas...
Quizás tuviera
razón... Pero yo creo que lo único que han conseguido es estropearlo más. Ahora
ya no sabemos quiénes son los amigos y quiénes los adversarios...
Sobre la mesa veo,
no sin asombro, un número de Volksbote el antiguo periódico
socialista de la ciudad.
– ¿Cómo, reaparece?
– Sí, pero bajo
control de los nazis. Y como redactor en jefe... un militante socialista
conocido de Lübeck. ¡Ya ves el juego! Los trabajadores pueden seguir creyendo
que leen su antiguo diario.
Me tiende el
periódico y leo con estupor:
“...La mayor parte
de los antiguos socialistas se mantiene en una postura expectante, sí, pero no
hostil hacia el nuevo régimen. Los camaradas piensan: Si los nuevos lo hacen
mejor que los antiguos algo habremos ganado. Solamente queremos que alivien nuestra
miseria. Si los nazis hacen algo por los trabajadores, entonces colaboraremos
con ellos, a pesar de todos los odios y rencores del pasado...
120
LA PESTE PARDA
La tarea del nuevo
Lübecker Volksbote es la de sellar esta alianza entre el gobierno y el
pueblo...”
Firmado: Max
Ahrenholdt, redactor jefe.
Ese “militante” es
naturalmente un traidor.
– Unos dicen eso,
otros que más vale que haya gente de los nuestros en nuestro antiguo
periódico... ¿Pero dónde está la verdad? Ya no sabemos si podemos estrechar la
mano a los hermanos de la lucha de ayer.
Levanta los brazos
al cielo desmoralizado.
Como sucede a
menudo en la vida, lo mejor y lo peor van juntos: de un lado de la medalla el
inmenso desastre, las cobardías, las deserciones, los suicidios... Y del otro,
la fidelidad inquebrantable, la juventud, la fe. Vayamos hacia los que serán
dueños del futuro.
En Draveil, en
Agosto de 1932 conocí en un campamento de hijos de obreros franco-alemanes a
ese joven “colaborador” de los Amigos de la Infancia Obrera. La
oficina de paro le ha suprimido todo subsidio y lo ha enviado a
trabajar a bajo precio como mozo de granja en el campo: a casa de unos
campesinos avaros y duros, hitlerianos hasta la histeria que desconfían de él y
que le espían.
Lo encuentro en la
cama en su humilde cubículo: se ha cortado trabajando, tiene fiebre. He abierto
bruscamente la puerta y él se ha frotado los ojos para asegurarse de que no
soñaba.
– ¡Tú!
Y seguidamente me
explica:
– Aquí estoy por un
año. Me dijeron: o la cárcel o el contrato. Entonces firmé... Estoy
completamente solo, sin un amigo, sin un libro. Me han confiscado todos mis
folletos... A mi alrededor sólo hay gente estúpida que no conocen más que el
odio.
Me mira a los ojos:
– Pero sigo siendo
el mismo.
Me habla del
movimiento francés como de algo propio y cuando llega el momento de despedirse
del único camarada que habrá podido ver a lo largo de estos doce meses
interminables, murmura:
121
Daniel Guerin
– No me quejo...
Tengo dieciocho años y toda la vida por delante. Veré el triunfo del
socialismo.
Un hombre de
cabello gris, viejo militante del libre pensamiento proletario conserva, en el
otoño de su existencia, la misma certidumbre:
– Yo, me dice,
quizás no llegue a verlo. Pero vosotros…
Nuestra generación
ha fallado. Mira, creo en la cristalización de un movimiento absolutamente
nuevo, surgido de las profundidades de nuestra clase obrera... Un
nuevo punto de partida…
Endulza su café,
sonríe y mirándome con sus ojos azules de una pureza límpida, añade:
– ...¡Porque, en el
fondo de esa masa, en esa juventud que aún no ha tenido su oportunidad, hay
maravillosas reservas, hay tierras vírgenes!
Y ya, un poco en
todas partes, en Berlín, en Leipzig, en otras ciudades, surgen grupos de
jóvenes de “menos de treinta años” en ruptura absoluta con la ideología de sus
antiguos jefes. Las “SAJ” (Juventudes obreras socialistas) son el buen
fermento. Estos grupos reúnen poco a poco a los buenos camaradas atormentados
por la necesidad de actuar, distribuyen periódicos clandestinos, intentan
entrar en contacto con otros núcleos revolucionarios, sin distinción de
tendencias.
Alrededor de una
mesa, a la luz de una lámpara, una docena de rostros jóvenes. Hay muchachos que
conocí el año pasado, timoratos, demasiado dóciles. Proclaman alegres que hoy
están transfigurados.
Es cierto que entre
ellos hay aún algunas vacilaciones: tienen que aprenderlo todo sobre la lucha
ilegal. Algunos no se fían de los comunistas. Los hay que creen en la necesidad
de dar un rodeo antes de actuar, de remontar a las fuentes teóricas del marxismo…
Pero todos quieren
luchar y están de acuerdo en afirmarlo.
Hemos tenido
demasiada fe en las virtudes de la democracia burguesa. El 17 de mayo nuestra
ilusión quedó definitivamente frustrada. Ya no conocemos más consignas que las
de Marx y Lenin.
122
LA PESTE PARDA
En la
clandestinidad
– ¿Quieres ver con
tus propios ojos al proletariado revolucionario?, me propone en Hamburgo un
camarada.
Son las cinco de la
tarde. Nos dirigimos hacia el puerto, tan bullicioso aún a pesar de los
estragos de la crisis. Y de repente me invita a descender por una impresionante
escalera.
– ¿Vamos a tomar un
ferrocarril subterráneo?
– No... Simplemente
vamos a visitar el túnel por debajo del Elba.
Al llegar ahí abajo
nos resulta imposible avanzar. Una negra marea fluye de la oscura bóveda. Y de
pronto se ofrece a nuestros ojos un espectáculo digno de la película Metrópolis: cinco
enormes ascensores suben sin interrupción a este gentío hacia la luz. Un solo
“Schupo” basta para dirigirlos hacia uno u otro de estos aparatos.
Ordenadamente los
hombres se instalan. Una puerta automática se cierra detrás de ellos como una
guillotina. Desde lejos parecen un rebaño camino del matadero.
– Son los
compañeros de los astilleros navales que vienen del trabajo…
Los miro.
¡Demonios! No parecen mansos corderos precisamente. Rostros jóvenes, enérgicos.
En sus solapas, en sus gorras uno busca en vano la cruz gamada. Unos mocosos en
pantalón corto y correajes pidiendo para una obra “nacional”, les tiran del
borde de la chaqueta. Ni uno solo desvía la cabeza. Pero una chiquilla ha
conseguido deslizar en la mano de uno de ellos una banderita de papel. Sereno–
con un gesto de cólera reprimida– arroja al suelo el emblema.
Acompañadme a las
viejas calles de Hamburgo y de Altona, a las casas de madera miserables y
carcomidas. Uno diría que estamos en plena edad media. Pero de pronto en la
acera, grandes letras blancas recién pintadas: ¡El comunismo vive!
Y si penetráis en
los nauseabundos callejones, bajo las oscuras bóvedas, podréis leer en todas
las paredes inscripciones como: ¡Que muera Hitler! ¡Viva la Revolución!
En los patios de
estos cuchitriles, los desocupados exánimes dejan de fumar su pipa para
lanzaros una mirada huraña:
123
Daniel Guerin
– Ni siquiera hoy
en día, me explica mi Cicerón, se atreve la policía a penetrar en estos sitios.
Sabe que aquí dentro sólo hay opositores...
que saben
defenderse.23
El terror pardo –lo
suponíamos– no ha matado la idea revolucionaria. ¿Pero puede afirmarse que
funciona hoy en Alemania un “partido” revolucionario organizado de la base a la
cúspide y centralizado? Eso es lo que he tratado de averiguar durante cinco semanas:
– Primero
atravesamos un terrible período de depresión, me confiesa un camarada. Los
jefes y muchos militantes fueron encarcelados y torturados... Los estragos de
las delaciones: distribuciones de armas y de pasquines descubiertas…
– Y
desgraciadamente, muchas deserciones…
El camarada
suspira:
– Sí, todos esos
elementos “radicalizados”, pero sin conciencia de clase, es Lumpenproletariado que
arrastramos detrás de nosotros como una cruz: los restos de los “combatientes
del frente rojo”, muchachos aficionados al uniforme, a la pelea, que sólo
tenían un ideal: ser los “matones” de su pueblo.
Estos “matones de
barrio” se pasaron al bando contrario en el momento decisivo. Para ganar puntos
o para acallar sus remordimientos se han convertido en los más crueles... Han
dado los nombres de los componentes de sus células y se han cebado con sus antiguos
camaradas…
– ¿Pero cree
también que en la SA hay bastantes comunistas que siguen siendo fieles?
– Claro está...
Para algunos las secciones de asalto fueron la única escapatoria y se
resignaron a alistarse para evitar la tortura y la muerte. También están
aquellos a quienes los nazis, alardeando de haberlos convertido, obligaron a
vestir la camisa parda: y finalmente los voluntarios que nosotros mismos hemos
enviado... Estos últimos corren el peligro de que en cualquier momento les
peguen un tiro, pero desde el interior están realizando un
trabajo formidable.
23 Tiempo
después, el régimen nazi hizo arrasar, por su seguridad, los viejos barrios de
Hamburgo.
124
LA PESTE PARDA
Otros también, me
confirmarían las explicaciones de este camarada. En una palabra, el terror ha
operado una selección saludable: los elementos dudosos han desertado, los
tibios y los timoratos han desaparecido sólo quedan los mejores. Es preciso
haber visto con los propios ojos con qué sereno valor, con qué sangre fría, con
qué confianza en el porvenir estos hombres de nervios bien templados continúan
la lucha.
En la esquina de
una calle dos camaradas me dejan con una tranquila sonrisa: se diría que son
jóvenes estudiantes aplicados y pacíficos. Su padre es un “Casco de Acero” o un
pastor; ellos quieren dar su sangre por una Alemania proletaria:
– Hasta mañana…
Al día siguiente
los esperé en vano. Han sido detenidos durante una reunión nocturna. ¿Los
volveremos a ver? Pero ya hay otros que los sustituyen.
Poco después del
terrible mazazo el movimiento renace.
Hay que empezar por
el principio: primero hay que buscar a tientas en las tinieblas, intentar
encontrar a los supervivientes de la célula, luego restablecer el contacto con
otras células... ¡Contactos! Es una cuestión de vida o muerte
y esa palabra está actualmente en todas las bocas.
En algunas ciudades
o en algunos distritos bastaron unas pocas semanas para que la vida surgiese de
las ruinas. En otras, por el contrario, los estragos son enormes: militantes
detenidos o desaparecidos. Y hay que empezar por los primeros tanteos. En ocasiones
los progresos han sido rápidos pero ha sobrevenido un brusco accidente –nuevas
detenciones– que compromete durante semanas los pacientes esfuerzos.
Abandonados a sí
mismos, privados de sus jefes o manteniendo solamente esporádicos contactos con
estos, los pequeños grupos se han visto obligados a aprender a actuar por
propia iniciativa, a improvisar el trabajo ilegal. Para estos proletarios de un
sólido sentido común, que en otro tiempo habían estado encuadrados y
mecanizados, esta fue una segunda prueba.
125
Daniel Guerin
Por ejemplo esta
madre de familia con cinco niños de corta edad a su cargo. Es una de las
escasas supervivientes, el elemento de contacto de su célula. Un compañero le
trae cada semana un fajo de propaganda ilegal. Ella la hace llegar a algunos
camaradas con los que mantiene contacto.
– ¿Y el resto?
– El resto lo
distribuyo... por los buzones: escogiendo naturalmente, a aquellos que van a
aprovechar mejor la lectura.
Mientras que me
explica, con sencillez y modestia, su peligroso trabajo, el crío desde la
ventana grita imprudentemente –porque lo aprendió al nacer:
– ¡Rot Front!
¡Qué ingeniosidad
han de desplegar estos novicios! Las hojas multicopiadas circulan de mano en
mano por los sótanos: La Verdad...
La Voz de los
Trabajadores... La Unidad... etc. Los que no tienen una
reproductora envían a su mujer a buscar, en la sección de juguetes de los
almacenes, imprentas para niños y con los caracteres móviles de caucho componen
pequeños pasquines.
– ¿Cómo lo
hacemos?, me explica un camarada que se ha hecho un verdadero especialista en
la materia. Mira, por ejemplo, imprimimos un panfleto de varias páginas con un
título anodino en la portada, digamos del Ejército de Salvación. Lo
distribuimos en las puertas de las fábricas e incluso en los cuarteles de la
Reichswehr... Hay que abrirlo para encontrar nuestra prosa. Desde lo alto de
los bares situados en el techo de los grandes almacenes lanzamos a las calles
lluvias de papeles. Si se hace con destreza es imposible encontrar al culpable.
En los cafés pedimos el periódico y entre dos artículos, con una “línea” que
sacamos del bolsillo y un sello húmedo, inscribimos una sentencia... sensata.
– Saca de su
cartera pequeños rectángulos de papel. Leo: Los desfiles
con antorchas no
dan pan. Pásalo... o, si no: Primer acto de Hitler: traicionar su programa, no
anular ningún decreto ley; con Papen, enviar a paseo el socialismo. Pásalo…
126
LA PESTE PARDA
– Pegamos esto en
los escaparates, en el metro... También están las etiquetas de las cajas de
cigarrillos: en el dorso imprimimos una frase y en las plazas nuestros
muchachos intercambian esos atados de cigarrillos con otros muchachos. Muchos
padres terminan leyéndonos...
Y ya no te hablo de
los vendedores de periódicos que meten un ejemplar de Rote Fahne dentro
de un Völkischer Beobachter.
Todos esos trucos
son descubiertos enseguida, pero encontramos otros aún más deprisa. El camarada
me coge del brazo y con una alegría de colegial me dice:
– El colmo del
refinamiento es distribuir entre los SA pasquines...
redactados en
estilo fascista. ¡Entonces nos leen! Nuestras antiguas frases marxistas ya no
son eficaces pero hay mil y una manera de confundirlos desde dentro, de
sembrar la cizaña entre ellos.
Y por si fuera
poco:
– ¡Hace algún
tiempo nuestros pasquines produjeron un efecto tan fenomenal que degeneró en
una espantosa pelea, los tíos se enzarzaron entre sí y se acusaban mutuamente
de haberlos redactado y distribuido!
127
Daniel Guerin
¿Hacia la unidad de
acción?
Un hermoso sábado
de mayo unos jóvenes berlineses, sumariamente vestidos con los brazos y las
piernas tostados por el sol, salen en bicicleta en pequeños grupos separados.
En sus abultadas mochilas todo el material de camping. Lugar de reunión: un
pinar solitario al borde de un lago. Pero no se reúnen solamente para disfrutar
de las alegrías de la natación o para tumbarse como lagartos sobre la tibia
arena. Cada uno de ellos representa un distrito de las “Juventudes comunistas”
de la gran ciudad. Y al abrigo de las miradas indiscretas – si la policía no
viene a hacer una redada de bicis y de ciclistas– van a mantener una especie de
conferencia.
Tanto entre los
“rojos” como entre los socialistas, los jóvenes son los más activos: menos
conocidos por el enemigo que sus mayores, menos localizados por los soplones
han resistido mejor la tormenta. ¿Pero ha servido la catástrofe para abrirles
los ojos? ¿Rechazarán como los jóvenes socialistas las consignas que les
condujeron a la derrota?
Los hay lúcidos,
claro está. Pero ese hermano y esa hermana, tan fanáticos y tan amables, me
repiten con tono tranquilo, como niños que recitan el catecismo:
– Nuestra línea era
completamente justa.. .
Nuestra línea era
completamente justa... Ese era en abril el tema del informe de
Heckert al Ejecutivo de la Internacional Comunista. Esa es aún la “cantinela”
del aparato. Porque existe un aparato clandestino del Partido. Como sus
contactos con Moscú son mucho mejores que con los pequeños grupos dispersos de
la base, se encuentra un poco en la situación del sordo. Ordena sin percibir el
eco de sus órdenes. No teme lanzar esta afirmación, cierta quizás a muy largo
plazo, pero ridícula en el actual contexto, que la dictadura fascista abre
el camino a la revolución proletaria. Preconiza
manifestaciones públicas o armadas en las calles o en las empresas. Continúa
enviando a la prensa del exterior y a la Internacional informaciones
tendenciosas, exageradas: mientras que un verdadero revolucionario debe medir
la exacta relación de las fuerzas.
¿Pero qué dicen los
camaradas de la base que solos y a tientas han conseguido reconstruir sus
células? ¿Qué piensan?
128
LA PESTE PARDA
Evidentemente hay
ciegos como éste que agradece de todo corazón al fascismo por haber dado el
golpe de gracia a la socialdemocracia, o ese otro que termina por confesarme
con un candor que me desarma:
– Prefiero cien mil
veces a Hitler que a Severing (antiguo ministro socialdemócrata de Prusia).
Pero la mayoría ha
experimentado un cambio sustancial.
Ese compañero de
Wedding, mi amigo del año pasado, tenía entonces una fe de carbonero. Lo
encuentro demacrado, pálido, con la mirada airada:
– ¡Nos hemos metido
el dedo en el ojo! ¡Ah! ¡Pensar que hemos aceptado esto sin luchar!
Para este camarada
la Köslinerstrasse, la famosa calle “roja” de la roja Wedding sigue
siendo el baluarte del proletariado, el centro del mundo: ver ondear en ella la
bandera de la cruz gamada le parte el corazón.
– ¡Y qué ilusiones
nos hicimos con esa boleta electoral! Ahora digo: trabajador, arréglatelas como
puedas; pero no vayas a mendigar órdenes a los jefes, eso ha terminado. Ya no
nos volverán a engañar.
Es inútil que le
haga observar que si la confianza en los jefes era exagerada, el exceso
contrario también sería peligroso. No quiere apearse.
– ¡Al diablo los
intelectuales! Que nos dejen hacer nuestra “faena”. En definitiva las palizas
nos las dan a nosotros y a nosotros nos sangran.
Otro me habla de
una forma aún más violenta: un artista, un viejo bolchevique. Lo homenajearon
en la URSS; hoy, cuando habla, sus manos tiemblan aún de cólera y de dolor:
– ¡Están muy
ocupados con su plan quinquenal, bien! Pero por Dios, que dejen ya
de enseñarnos cómo hay que luchar... Somos nosotros, ¿entiendes?, nosotros
solos quienes hemos de luchar contra Hitler: estamos en la pelea. Sabremos
mucho mejor que ellos, que están a miles de kilómetros, lo que hay que hacer.
Nosotros vemos las cosas tal y como son…
No puedo dar
crédito a mis oídos. Registro en mi memoria esta diatriba cuya veracidad me
resulta imposible controlar:
129
Daniel Guerin
– ...¡Si supieras
lo que ha pasado! ¡De verdad te digo que nuestros camaradas de la URSS son como
para echarse a llorar! Un fugitivo comunista se refugia en un puerto del norte
de Alemania, a bordo de un barco soviético. Lo expulsaron sin compasión. Hoy –si
aún vive– está en manos de los bandidos pardos... Otro, un húngaro, fue
expulsado de Alemania en veinticuatro horas. Suplica a la embajada rusa que le
dé un visado; se lo negaron.
¡Y además, mientras
que todo el mundo boicotea a Hitler, han renovado el tratado de Berlín! ¡En
enero el 60 % de las exportaciones Alemanas se hicieron a Rusia y se disponen a
pasar nuevos pedidos!
Otros militantes no
vacilan en decir en voz alta lo que ya pensaban el año pasado sin decirlo a
nadie: ¿por qué esa extraña política del "frente único"? ¿Por qué
haber aceptado solamente a principios de marzo –demasiado tarde– el armisticio
con los socialistas que habían rechazado en junio de 1932? ¿Y por qué esa
desdichada táctica sindical que ha privado a los revolucionarios de toda
influencia sobre los obreros que trabajaban? ¿Y esa consigna absurda,
antimarxista de la liberación nacional que le hace el caldo
gordo al fascismo?
Un camarada insiste
sobre este último punto y lo considera esencial:
– Si quieres
comprender el triunfo de Hitler no tienes que olvidar nunca esto: un marxista
sabe que el enemigo principal está en su propio país, que, ante todo, hay que
combatir primero al propio capitalismo. Pero nosotros los alemanes, comunistas
incluidos, achacamos todas nuestras desgracias –hasta la misma crisis– al Diktal. Y
consideramos como nuestro enemigo principal... al capitalismo extranjero.
Mientras que
conversamos en la calle en voz baja o nos refugiamos, como conspiradores, en la
sala trasera de un café, intento analizar la situación. Admiro la franqueza y
el valor con que los camaradas, siempre inquietos por el deseo de corregirse,
de perfeccionarse, entonan hoy el mea culpa.
Sí, pero,
¿experimenta el “aparato” los mismos remordimientos? Mis amigos me dan la
impresión de un joven viajero que, por primera vez abandona la casa de sus
padres y va a recorrer el ancho mundo. Cuando vuelve al hogar paterno se da
cuenta con asombro que su familia y él, ya no hablan el mismo lenguaje.
130
LA PESTE PARDA
Ya surgen pequeños
grupos de oposición en el mismo seno del partido. Publican sus periódicos e
intentan, sin vanas polémicas, hacer que prevalezcan sus ideas.
Un amigo que
pertenece a uno de estos grupos me confía con amargura:
– Cuando leo el
informe de Heckert o Rote Fahne impreso (porque también
circula Rote Fahne a multicopista que no procede del aparato)
no sabes que desastrosa impresión me producen... Siguen siendo las mismas
palabras petrificadas, estereotipadas que ya no valen para la acción.
– Pero cuando los
contactos sean mejores, ¿sabréis imponer vuestros puntos de vista al aparato?
¿Quién será el más fuerte, él o vosotros?
Se encogió de
hombros, dubitativo:
–¡Ahí está el
problema!
¿Habrá servido al
menos la catástrofe para acercar el momento de la reunificación de las fuerzas
obreras?
¿Triunfará por fin
la corriente encaminada a la acción común que, a pesar de los jefes y por
encima de los jefes no había dejado de progresar en ambos partidos desde el
último verano?
Impregnados de una
mentalidad sinceramente unitaria algunos comunistas multiplican los contactos
con los obreros socialistas: pequeñas reuniones nocturnas, clandestinas, en el
domicilio de uno o de otro en las que, sin detenerse estérilmente sobre los errores
del pasado se contempla en común el futuro.
Entre socialistas y
comunistas otros grupos continúan sus esfuerzos: militantes del “SAP” (Partido
Socialista Obrero), brandlerianos (oposición comunista) finalmente
bolcheviques-leninistas o “trotskistas”; sus periódicos clandestinos,
inteligentemente redactados, ricos en informaciones son de los mejores. Si bien
sus seguidores sólo forman un pequeño núcleo, parece que la influencia personal
de Trotsky va en aumento... “El único que lo vio claro”, comienzan
a decir algunos camaradas que ayer mismo le trataban aún de renegado.
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Daniel Guerin
Pero ¿no puede
resultar peligroso ese desperdigamiento de buenas voluntades en una
constelación de pequeñas sectas? ¿No tiene cada una de ellas tendencia a
ignorar a las demás y a creer que detenta la verdad absoluta?
– Sin duda, pero en
el fondo, me explica un ardiente unitarista, todos están de acuerdo, todos
desean la unificación de las fuerzas obreras en un solo partido revolucionario
para vencer al fascismo... Para llegar a este objetivo solamente hay dos
caminos: unos creen que el partido comunista puede reconstruirse aún, puede
convertirse en el centro de unificación del proletariado alemán. Otros,
desmoralizados –no por el heroísmo de sus militantes, sino por la táctica
rusa–quieren fundar un nuevo partido revolucionario.
– ¿Y tú pronóstico?
Suspira y vacila:
– ¡Todo depende de
Moscú!
Ya el 11 de mayo,
alrededor del féretro del camarada Eckstein, víctima de los verdugos, toda la
clase obrera de Breslau, socialistas, comunistas y “SAP”, se unió. La oleada de
los trabajadores era tan densa y su cólera tan violenta, que los “camisas pardas”
habían desertado de las calles. En pleno cementerio resonaron los ¡Rot
Front! Y desde entonces no ha cesado el desfile sobre la humilde
tumba.
Quizás hacían falta
y harán falta mártires para llegar finalmente a la unidad de acción.
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LA PESTE PARDA
¿Ahora qué?
Si habéis leído a
Alphonse Daudet sabréis que a menudo dos hombres viven en uno solo. Cuando el
pobre Tartarín no conseguía conciliar a sus contrarios dejaba dialogar
libremente en su interior a Don Quijote y Sancho Panza. Algo parecido me pasa
al término de este viaje. Para el revisor que, en el tren de vuelta, perfora mi
billete, solamente hay un viajero, pero somos dos.
El Optimista: –Mi querido
Pesimista, venga conmigo a fumar un cigarro en el pasillo... para que podamos
exponer cada uno nuestras razones. Le veo triste, amigo mío. ¿Me creería Ud. si
le digo que vuelvo mucho más alegre de ese condenado país?
El Pesimista: –Intente, al
menos justificarse…
El Optimista: –Eso
pretendo... En primer lugar tengo la idea de que esos señores son menos fuertes
de lo que parecen. Han vencido con demasiada facilidad. Es cierto que han
destruido todos los partidos. Pero queda uno del que no se habla nunca, ni allí
ni en ningún lado y que sin embargo es sumamente importante: el ejército. ¿Cree
Ud. que la gangrena fascista haya alcanzado hasta ese punto a ese “Estado
dentro del Estado”? ¿Ha observado usted cómo sus jefes tienen mucho cuidado de
mantenerle en un segundo plano, lejos de la acción? Por mi parte he podido
conversar con algunos de sus jóvenes soldados y no los he encontrado tan
contaminados... ¿Hasta cuándo se dejarán manejar por Hitler? ¿Y ese viejo zorro
de Schleicher, no cree usted, que él espera que llegue su hora en su retiro
forzado de Potsdam?
– Usted se encoge
de hombros. Pero, dígame, ¿le inspira confianza ese inmenso partido “pesebre”
con sus millones de nuevos afiliados? Es verdad que ha terminado por filtrar
los candidatos, por imponerles un noviciado... Pero, ¿cuántos han aceptado e
incluso enrolado desde marzo?... Es cierto que alardean de convertir, de
“reeducar” a todas esas personas. Pero lo inverso también puede producirse.
Esos famosos pilares del régimen, las SA y las SS son quizás pilares
carcomidos. Ahí dentro hay de todo, reaccionarios, marxistas, apaches y
“nacional-bolcheviques”. ¡Menuda ensalada! Es cierto que expurgan, que envían a
campos de concentración; pero eso delata, me parece, su desconcierto. No olvide
que el adversario se escurre, que nunca ha presentado batalla... Esa fue su
debilidad y quizás sea hoy su fuerza.
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Daniel Guerin
El “marxismo”
renace en el seno mismo de los “camisas pardas”. Combate con el rostro cubierto
y en sus manos ésta es una base formidable. ¿Cuánto tiempo retendrán, cuánto
tiempo alimentarán a esos jovenes hambrientos? Esta es una incógnita más.
Mire usted los
grandes jefes nazis están a punto de ser desbordados. Las masas son cada vez
más exigentes. Se habla de motines y el mismo Hitler se ve obligado a
enfadarse, a quitarse la careta: ¡no habrá otra revolución! Si
es así como piensa calmar a su tropa... Por mi parte no me
asombraría que la corriente se acelerase: quizás entonces otros hombres, un
Georg Strasser, por ejemplo, volviesen a emerger...
Y por poco que
nuestros camaradas estén a la altura de las circunstancias veríamos a la gente
cambiar el pardo por el rojo mucho más
deprisa que lo que tardaron en trocar el rojo por el pardo.
Y además el
fascismo está empantanado en un montón de contradicciones inextrincables: le
resulta imposible llevar a cabo su programa anticapitalista... e incluso
antisemita. Mirad cómo mima a los grandes almacenes e incluso a los grandes
accionistas judíos. Se guarda mucho de atentar contra el gran capital
industrial y comercial. ¿No es simbólico el nombramiento del sucesor de
Hugenberg en el ministerio de Economía? Ese Sr. Kurt Schmitt es el hombre de
las grandes compañías de seguros.
¿Diría usted que
los pequeñoburgueses sostendrán a Hitler hasta el final? Sí, pero solamente si
mata a los grandes lobos, sus competidores, si domestica a las altas
finanzas... Y finalmente, si los negocios se reactivan. Son demasiadas
condiciones...
Es evidente que
existe esa famosa “colonización interna”. Se ha sustituido a Hugenberg en el
Ministerio de Agricultura con un ferviente partidario de la reparcelación de
las tierras. Además, por razones políticas exteriores desean reforzar la
población de las provincias fronterizas... harán algo, eso es seguro. ¿Pero se
atreverán a sacrificar un número suficiente de los grandes feudos como para que
las masas campesinas del Este quede satisfecha? Lo dudo mucho.
A pesar de sus
mendaces estadísticas el desempleo no ha mejorado en nada. Lo único que han
hecho ha sido darles trabajo a unos quitándoselo a otros... ¿Cómo cumplirán sus
promesas? ¿Cómo piensan dar trabajo, de aquí a cuatro años, a ocho millones de
desocipados? ¿Cómo evitarán la inflación?
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LA PESTE PARDA
¿Rapiñando
territorios al Este, a expensas de la URSS? Es la vieja idea de Alfred
Rosenberg y otros “rusos blancos” que, desde el principio llevaron al
nacional-socialismo a la pila bautismal. Teóricamente es muy tentador. Pero en
la práctica es otro cantar. Mientras tanto las relaciones económicas con los
Soviets siguen siendo excelentes…
El Pesimista: –Le he
escuchado, amigo mío, sin interrumpirle. Pero debe haber observado Ud. que en
más de una ocasión se me ha escapado una sonrisa. No es que todos sus
argumentos sean absurdos. Es cierto que el Tercer Reich se enfrenta a serias
dificultades. Pero, ¿cree Ud. que Italia o la URSS no han conocido en estos
diez años dificultades económicas? Ambos regímenes están aún en los comienzos.
No olvide que el nacional-socialismo es la síntesis, la culminación, el fruto
de ambas experiencias. Hitler, que no es un imbécil, ha aprendido de Stalin y
de Mussolini el arte de gobernar.
Y se prepara desde
hace mucho tiempo. Hace ya muchos años que su partido era un verdadero Reich
dentro del Reich, con sus ministros y sus servicios. ¿Ha observado Ud. con qué
habilidad se instaló en el poder de finales de Enero a finales de Febrero? Nada
fue dejado al azar. Nunca se ha hecho nada mejor en materia de organización,
cogieron a nuestros camaradas literalmente desprevenidos. Y no olvide usted
jamás que Alemania es un país esencialmente burocrático. Una vez que hayan
conquistado a esa inmensa mayoría de funcionarios, de policías, de soldados
serán sus dueños durante mucho tiempo. Claro que quedarán aún muchos
partidarios que colocar, pero los colocarán. Y los que hayan despedido seguirán
estando en sus garras: en los campos de trabajo, en las obras del Estado. Están
creando una brutal policía secreta. Cuanto más dure esto, más aleatorio y
peligroso será el trabajo ilegal. Deteniendo, soltando, aterrorizando,
conseguirán apartar a muchos militantes de la lucha…
¿Decía usted que
las masas quieren el “socialismo”? Pero no quieren todos el mismo socialismo:
el de un pequeño burgués no es igual al de un campesino o al de un obrero.
Jugarán con estas diferencias y darán a cada cual un hueso para roer. Mientras
tanto, para los pequeños campesinos, Hitler se ha convertido en Napoleón... Si
continúan produciéndose motines, serán despiadados. Si se viesen precisados a
echar mano de sus tropas o a enderezar una situación crítica, no dudarían de
cometer ninguna clase de crimen.
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Daniel Guerin
¿El marxismo,entre
los camisas pardas? Pero vaya usted a ver en las calles de Altona a esos hijos
de los proletarios rojos que, al salir del colegio cantan el Horst
Wessel. Tomarán a los niños desde la cuna y modelarán a las nuevas
generaciones.
¿La inflación? ¿Los
mercados? Pueden librarse de esto durante algún tiempo con su autarquía, su
monopolio de cambios y su moneda ficticia. Ya ha visto usted con qué
desenvoltura han repudiado la mitad de su deuda exterior: Si necesitan dinero
lo sacarán de las cajas de los bancos, como Mussolini. Proferir exclamaciones
de desconcierto está bien para un economista liberal. Créame, aún no han
agotado sus trucos. Y además ha tenido usted mucho cuidado en evitar la
cuestión esencial: la reactivación de los negocios. ¿Ignora usted quizás que en
norteamérica la situación se ha estabilizado? Es verdad que el capitalismo sólo
puede subsistir con la apestosa lacra de la desocupación. Pero si los nazis en
Alemania lograsen ocupar al menos a dos o tres millones de esos desocupados,
¡menuda ganga para Hitler!
Al término de esta
encuesta, de este largo viaje sólo diré lo que sé con certeza.
He visto a la peste
parda pasar por allí. He visto lo que ha hecho con un gran país civilizado. Mi
testimonio está exento de todo chovinismo. No me habréis oído decir, como se ha
murmurado hasta en nuestras propias filas socialistas, aquí, en Francia:
“¡Todo esto ha
sucedido... porque son los Boches!”
Tampoco diré, con
el líder socialdemócrata Wels, que la clase obrera alemana no ha estado
a la altura de los acontecimientos... Si sus jefes la han traicionado
no significa que le faltase la voluntad de luchar ni que le falte ahora.
He visto al
fascismo con mis propios ojos. Ahora sé lo que es. Y pienso que hemos de hacer,
antes de que sea demasiado tarde, nuestro examen de conciencia. Desde hace diez
años no hemos prestado al fenómeno una atención suficiente. César de
Carnaval, bromeaba Paul-Boncour. No, el fascismo no es un baile de
disfraces. El fascismo es un sistema, una ideología, una salida. Es cierto que
no resuelve nada, pero dura.
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LA PESTE PARDA
Es la respuesta de
la burguesía a la carencia obrera, una tentativa para salir del caos, para
realizar, sin comprometer demasiado los privilegios de la burguesía, una nueva
ordenación de la economía, un ersatz de socialismo.
En Alemania he
aprendido que, para vencer al fascismo, habría que oponerle un ejemplo vivo, un
ideal de carne y hueso... ¡Ay! ¡Si la URSS volviese a ser la República de los
Soviets y pudiese, como después de 1917, ser un polo de atracción irresistible!
He aprendido que si
la carencia obrera se prolonga, el fascismo se generalizará en el mundo. ¿Vais
a esperar aquí a que lluevan los golpes? El fascismo es esencialmente ofensivo:
si le dejamos tomar ventaja, si permanecemos a la defensiva, nos aniquilará.
Utiliza un lenguaje nuevo, demagógico y en apariencia “revolucionario”: si solo
repetimos los viejos desgastados clichés, si no penetramos hasta el fondo de
sus temibles doctrinas, si no aprendemos a responderle, padeceremos la misma
suerte que los italianos y los alemanes.
Finalmente el
fascismo es ahora, esencialmente, un movimiento de la juventud. Si no sabemos
atraer a la juventud, satisfacer sus necesidades de acción y su idealismo,
corremos el peligro de que se nos escape e incluso de que se vuelva contra
nosotros. Si no despojamos a nuestra acción del más mínimo vestigio de
nacionalismo, estaremos acarreando, sin quererlo, agua al molino de un nacional-socialismo. Quién
sabe si entre nosotros esto no está sucediendo ya…
En Berlín, en el
cementerio de Friedrichsfeld, un simple muro de ladrillo. Rodeados de los
marinos y de los revolucionarios de 1919, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo
duermen su sueño eterno. Dos caballos de frisa cierran la entrada del humilde
recinto con un aviso: ¡Prohibida la entrada!
El único rincón de
Alemania que aún nos pertenece. Flores marchitas. Una mujer me observa con
morbosa curiosidad. A lo lejos los “camisas pardas” se ejercitan y profieren
los tres gritos de ritual: ¡Heil! ¡Heil! ¡Heil!
Daniel Guerin
Todo se aclara. Los
asesinos de Karl y de Rosa, los que incendiaron del Reichstag, a esa calaña
desclasada, psicótica y criminal, recurre la burguesía agonizante para
prolongar su dominación. No solamente la burguesía alemana, sino la
burguesía a secas. No es una casualidad que la flor y nata de nuestros
“intelectuales” franceses se extasíen hoy ante el “hombre fuerte” de más allá
del Rhin.
Y nosotros
respondemos a su triple aullido:
¡Proletarios de
todos los países, uníos!
FIN

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