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Libro N° 14175. La Peste Parda. Guerin, Daniel.

© Libro N° 14175. La Peste Parda. Guerin, Daniel.  Emancipación. Agosto 16 de 2025

Título Original: © Daniel Guerin. LA PESTE PARDA

Versión Original: © Daniel Guerin. LA PESTE PARDA

Circulación conocimiento libre: 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda

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LA PESTE PARDA

Daniel Guerin

 

 

 

La Peste Parda

Daniel Guerin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Daniel Guerin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PESTE PARDA



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

LA PESTE PARDA

 

 

 

 

 

 

 

 

Libro 154



 

 

 

 

 

 

 

 

Daniel Guerin

 

Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

 

 

 

  

 

 

Título originalLa Peste Brune

 

De la edición en francés: François Maspero,1965

 

Traducción revisada de la primera edición en castellano: Madrid, 1977

 

Imagen de Tapa: Kuhle Wampe, (Film) Slatan Dudow, 1932



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10



 

LA PESTE PARDA

 

 

 

 

 

“¡Pero la voluntad resuelta de luchar no puede llegar demasiado tarde!

 

La absurda consigna “aguantemos” ha fracasado. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora…

 

El enemigo principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política, cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es también contra sus propios imperialistas.

 

“El enemigo principal está en casa”

 

Karl Liebknecht

 

Volante de mayo de 1915

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

https://elsudamericano.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La red mundial de los hijos de la revolución social



 

 

 

 

11



  

INDICE

 

Introducción: Cuando el fascismo nos aventajaba

 

Antes de la catástrofe (1932)

 

Después de la catástrofe (1933)

 

El maremoto

 

Juventud enloquecida

 

Domingos hitlerianos

 

Su propaganda

 

Horst Wessel y el universo

 

Muera la inteligencia

 

Los judíos te están mirando

 

¿Guerra o paz?

 

Hacia un nacional bolchevismo

 

La cruz gamada sobre los sindicatos A la conquista del proletariado La otra Alemania

Sus prisiones

 

Nueva salida

 

En la clandestinidad

 

¿Hacia la unidad de acción?

 

¿Ahora qué?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

12



 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

CUANDO EL FASCISMO NOS AVENTAJABA

 

El texto que viene a continuación y que hace las veces de introducción al conjunto de escritos reunidos en el presente volumen, fue redactado en lo primavera de 1954. La revista Les Temps Modernes, que a la sazón preparaba un número especial sobre “La izquierda”, me pidió que escribiera sobre la década fatal en la que el fascismo aventajó incesantemente a las fuerzas obreras y democráticas. Pero el artículo en cuestión, aunque llenó a estar compuesto, fue rechazado por la revista. Luego ha sido publicado dos veces en forma de folleto.Para actualizarlo me he limitado a modificar algunas líneas de la conclusión.

 

En los albores de la década 1930-1940 en la que había que enfrentarse al fascismo y vencerlo, so pena de quedar sepultados por él, la izquierda francesa ofrecía un lamentable espectáculo: el de la división, la petrificación y la impotencia. No es que estuviese tan deteriorada como hoy. Aún estaba viva, abundaban en ella los hombres que no carecían de personalidad, ni de temperamento, ni de experiencia. Reflejaba aún los rayos de un pasado glorioso. Aún no había permitido que se perdieran las tradiciones del socialismo y del comunismo clásicos; unos estaban aún impregnados de Guesde y de Jaurés y los otros iluminados por la prestigiosa epopeya de la Revolución rusa y de los primeros años de la Internacional comunista, una de las más fecundas experiencias de la historia humana.

 

Pero la izquierda francesa se había instalado, atascado, en la escisión obrera. Para ella el hábito de la lucha fratricida se había convertido en una segunda naturaleza. Sus dos ramales habían quedado completamente paralizados.

 

Por una parte estaba la veterana SFIO que aún ejercía su influencia sobre ciertos sectores de la clase obrera y que seguramente era mucho más “de izquierdas” (al menos en las palabras) que el actual partido de Guy Mollet, también está más apegada que este último a la “democracia interior”, no estaba aún corrompida por el ejercicio del poder, pero sí atrapada en la colaboración de clases, en un electoralismo miope y dilapidaba sus últimas energías en repetir las monótonas letanías de su polémica con los “escisionistas de Tours”.

 

 

1  Daniel Cuerin, Quand le fascismo nous devançait, 1955. Quand le fascisme et la guerre nous devançaient, 1960.



 

 

Por otra parte, el Partido Comunista, numéricamente mucho más débil que en la actualidad, “gauchista”, sectario, incluso aventurerista y hundido hasta el cuello en la denuncia cotidiana de los "social-traidores" y esforzándose en disimular, bajo las consignas grandi-locuentes y extremistas del “Tercer Período”, la coexistencia pacífica con el mundo capitalista que Moscú pensaba necesitar para (en teoría) “construir el socialismo” sobre una sexta parte de la superficie del planeta, (en la práctica) para consolidar el poder de una nueva burocracia.

 

Este movimiento dividido, anquilosado, negativo, con su vista estorbada por enormes anteojeras era el que. a lo largo de toda la década, iba a ser despertado de golpe por una serie ininterrumpida de acontecimientos imprevistos, sorprendido por gigantescos sucesos que no presintió ni dirigió, arrancado una y otra vez a su pasividad por fuerzas adversas más agresivas.

 

En primer lugar la sorpresa de la crisis económica mundial que estalló a finales de 1929 y que, si bien le supuso, sobre el papel, un triunfo fácil y una justificación bien acogida, aunque imprevista, de su Teoría, en realidad le cogió absolutamente desprevenido: los dirigentes del Kremlin, que habían apostado secretamente sobre la estabilización temporal del mundo capitalista, no resultaron menos sorprendidos (a pesar de sus afirmaciones en contra) que los ingenuos social-demócratas que se habían dejado atrapar en el espejismo de la “prosperidad americana”.

 

Y unos meses más tarde llegó la sorpresa de las elecciones alemanas del 14 de Septiembre de 1930 en las que los nazis obtuvieron 107 escaños en el Reichstag (en vez de los 12 que tenían hasta el momento) en medio de un enorme estrépito de taconazos y de ¡Sieg Heil!

 

Bruscamente, sin haber tenido ni siquiera el tiempo de verlo venir y de hacer como si lo exorcizara. la izquierda francesa, escolástica y prisionera de sus antiguas fórmulas, tenía ante sí el espectro casi desconocido del fascismo.

 

Sin embargo la amenazadora aparición no era del todo nueva. Hacia ya ocho años que esa afección, aún mal definida por la medicina socialista, se había apoderado de la vecina Italia y la había fulminado. Pero la izquierda no se había tomado nunca demasiado en serio el fenómeno transalpino. Había vituperado a los asesinos de Matteotti como era debido y luego había recuperado el tono jocoso. Paul Boncour había lanzado su: ¡Cesar de Carnaval! No habían querido admitir que se trataba de una enfermedad contagiosa y que las mismas causas podían provocar en otro sitio los mismos efectos. Incluso en Italia los socialistas se habían reído a carcajadas poco antes de la “Marcha sobre Roma”. En cuanto a los comunistas, se habían condenado a negar el peligro fascista afirmando que las diferentes formas de dominación burguesa eran idénticas sin importar que ostentasen la etiqueta “democrática” o la etiqueta “fascista”. Después de la derrota los vencidos italianos fueron los primeros en convencer a sus hermanos de los demás países occidentales que no tenían por qué temer un accidente similar: jamás se produciría una marcha sobre Berlín: la República de Weimar estaba a salvo de cualquier ataque. Y los buenos alemanes, en su orgullo beatífico, se dejaron convencer: socialdemócratas y comunistas proclamaron al unísono que la clase obrera alemana tenía una educación política demasiado elevada, “un aplastamiento tan brutal de la democracia” era impensable en el país de Goethe. El fascismo sólo tenía posibilidades en los países atrasados y semi-agrícolas, etc. etc.

 

La sorpresa del 14 de Septiembre de 1930 no había bastado para abrir los ojos a esos ciegos. En la víspera misma de la victoria hitleriana, a finales de 1932. los redactores de Vorwärts y los de Rote Fahne, se obstinaban en emitir presagios según los cuales el nacionalsocialismo no exhalaba ya más que el olor de un “cadáver putrefacto”. León Blum tuvo, como vemos, alguna excusa cuando en aquellos momentos pronosticaba, en un artículo excesivamente célebre, la decadencia y el fracaso final del Führer.

 

Pero las “reacciones en cadena”, como decimos hoy, siguieron sorprendiendo a nuestra izquierda a un ritmo inexorable. El 30 de Enero de 1933 se produjo la sorpresa de la toma del poder por el nacionalsocialismo a la que siguieron de cerca el incendio del Reichtag y la declaración de fuera de la ley, o fuera de combate, del movimiento obrero alemán.

 

Finalmente la izquierda francesa sintió que tenía la soga al cuello. Interceptar el camino a la epidemia fascista se convirtió para ella en una cuestión de vida o muerte. El juego que consistía en denunciar (en teoría) al régimen capitalista aplazando su destrucción para el día del juicio final y preparándose para entonces un lecho mullido, dejó de ser seguro. Había que pensar en defenderse so pena de perecer.

 

E incluso en esa hora de pánico hubo aún entre nosotros militantes obtusos a quienes el calvario de la lejana Alemania no quitó el sueño: los “macarronis” italianos se habían entregado a Mussolini porque tenían debilidad por el oropel y lo superlativo; los “boches” habían cedido ante Hitler porque añoraban el paso de la oca; pero nosotros los franceses éramos demasiado “duros” como para caer en la trampa.

 

La izquierda tenía también sus pequeños burgueses a quienes no gustaba nada que se les alarmase. Todavía oigo a la llorada Suzanne Buisson, de la Federación Socialista del Sena, cuando exclamaba: “¡Queridos amigos, a fuerza de clamar contra el peligro fascista lo vais a hacer nacer!” Unos años más tarde moriría a manos de los verdugos nazis.

 

El vertiginoso desmoronamiento de la democracia alemana y la nueva reacción en cadena que consistió, al año siguiente, en el sangriento aplastamiento del proletariado vienés y la extensión siniestra y continua de la mancha fascista, todo clamaba, todo hacia indispensable y urgente el remozamiento de los conceptos y de los métodos de lucha de la izquierda francesa. Antes de que fuese demasiado tarde tenía que librarse del estancamiento y la fosilización de su bagaje doctrinal, pero también de la división: para sobrevivir tenía que apresurarse en restablecer la unidad de la clase obrera.

 

Pero no hay nada más difícil que reunir los pedazos que hace años que han adquirido la costumbre de una existencia separada. O más bien, nada es más difícil que inducir a los dueños de los feudos electorales o sindicales a que sacrifiquen las posiciones conquistadas en aras de la unidad obrera. Porque, por lo que se refiere al proletariado propiamente dicho, su instinto de clase elemental no le engañaba y jamás había dejado de aspirar al restablecimiento de esa unión que hace la fuerza. Pero, dificultad suplementaria, el problema de la unidad tenía su solución fuera de Francia.

 

El movimiento obrero francés solamente tenía oportunidad de ser reunificado si eso agradaba a los dirigentes del Kremlin. Y, en el período que precedió a la derrota alemana y por razones tan oscuras o tan poco confesables que, en el fondo no han sido nunca aclaradas por completo, éstos habían llegado al extremo de tratar a la socialdemocracia y al fascismo de “hermanos gemelos” e incluso llegaron a obligar en cierta ocasión, a los comunistas alemanes a unir sus boletines de voto con los de los nazis. Las crueles lecciones de la derrota que la chispeante pluma de Trotsky acababa de plasmar3, ¿podrían hacerles renunciar a estas tácticas suicidas?

 

En Francia se intentaron algunas gestiones aisladas para salir de la impotencia y de la división, pero sin éxito… Desde 1931 un comité de veintidós eminencias sindicalistas pertenecientes a la minoría de la CGT y de la CGTU y, al mismo tiempo, a organizaciones autónomas, había lanzado un manifiesto en favor del restablecimiento de la unidad sindical. Su acción, coreada cada semana por el periódico Le Cri du Peuple, no había dejado de obtener respuesta. Pero finalmente fue laminado por las poderosas direcciones de las dos centrales obreras rivales: la minoría no comunista había sido simplemente expulsada de la CGTU y, viéndose suspendida en el vacío, había permitido que la recogiese la burocracia de León Jouhaux; con lamentable precipitación había franqueado el “Rubicón” del reformismo.4

 

Seguidamente, en 1933, después de la catástrofe alemana, un determinado número de militantes revolucionarios franceses, socialistas o sindicalistas de izquierdas y antiguos comunistas, se reunieron con los refugiados alemanes más representativos pertenecientes a tendencias políticas similares. Juntos intentaron extraer lecciones políticas de la derrota y “repensar” los fundamentos teóricos y las modalidades prácticas de su acción. Pero no llegaron a resultados tangibles o, cuando menos, inmediatos. La derrota estaba aún demasiado cercana y las cuestiones personales y rencores sectarios agravaban la miopía de los emigrados transrenanos.

 

 

2  Algunos creen que en esta época la URSS, movida principalmente por su desconfianza hacia las "democracias" occidentales, plantaba ya los primeros jalones que habrían de conducirle al pacto germano-soviético de 1939.

 

Cf. Problémes de la Révolution allemande, 1931; La seule voie, 1932; ¿Etmaintenant?, 1932, etc..., recopilados en Ecrits, tomo III, 1939.

 

4 Esta era la acusación lanzada contra la CGTU y, en particular, contra Pierre Monate por Trotsky.



 

No supieron decirnos claramente por qué habían sido vencidos y cómo debíamos actuar para evitar esa derrota.Y entonces, cuando las “reacciones en cadena” continuaban aventajándonos, surgió la sorpresa del 6 de Febrero de 1934. Esta vez el fascismo estaba en nuestra puerta. Se había adueñado de nuestras calles. Pretendía tomar posesión de nuestro París. Corrió la sangre. La plaza de la Concordia y los Campos Elíseos reflejaron los resplandores del incendio. En nuestras lilas la confusión y el sobrecogimiento fueron indescriptibles.

 

Los socialistas se habían desacreditado con León Blum que la misma víspera, sonreía a los políticos radicales corrompidos, a los protectores del estafador Stavinsky, a los “ladrones” que habían proporcionado el pretexto al motín fascista.

 

Los comunistas no se habían comprometido en menor grado al gritar “abajo los ladrones” junto con las bandas del coronel La Rocque y desfilando junto a ellos, codo a codo, a lo largo de toda la rué Royale (lo vi con mis propios ojos). Al darse cuenta, demasiado tarde, que habían llevado el agua al molino fascista, intentaron un arreglo acrobático al lanzar, el 9 de Febrero, a sus tropas de choque (obreros muy valientes) contra la policía parisina.

 

En este vacío, la clase obrera organizada no perdió la cabeza. Y, cuando el hábil Jouhaux, instigado, según dicen, por uno de los ministros dimisionarios del 6 de Febrero y, para canalizar por vías no violentas la protesta popular, lanzó la orden de huelga general de veinticuatro horas el doce de Febrero, los mismos trabajadores, sin la menor vacilación, con una unidad disciplinada, dijeron “no” al fascismo.

 

Pero este reflejo de la defensa no había hecho más que remediar lo peor. Si, a corto plazo, impidió a los fascistas el acceso al poder, fue en beneficio de un gobierno de “unión nacional” que no era del todo libre frente a la Croix de Feu. Se había tapado la brecha, pero el peligro seguía ahí.

 

Sin embargo la izquierda se había repuesto. Finalmente había “tomado conciencia” de toda la gravedad del peligro fascista. Y el coronel La Rocque (que resultó ser un fantoche) la ayudó, sin quererlo, a tomar conciencia de sí misma. El espantapájaros del fascismo actuó como una potente levadura del renacimiento revolucionario, al mismo tiempo que contribuía a reunir las ramas divididas de la izquierda francesa.

 

 

5  Solamente más tarde, a finales de 1935, fue cuando los refugiados alemanes nos hicieron aprovechar su experiencia de forma útil, cuando nos ayudaron a fundar la Izquierda Revolucionaria del Partido Socialista. Cf. D. Guerin, Front populaire, révolution manquée. 1963.


 

 

Algunas afortunadas iniciativas aceleraron esa recuperación, especial-mente en Saint-Denis, Jacques Doriot (el futuro renegado) agitó la bandera de la sublevación contra la dirección del PC que se obstinaba en rechazar la unidad de acción contra el SFIO (o que no la aceptaba más que “en la base”) y la dirección del PC, amenazada con quedar desbordada, obtuvo de Moscú esa carta blanca para la unidad de acción “en la cumbre”.

 

Pero en ese preciso momento, en que podía pensarse que la izquierda había salido definitivamente del atolladero, en ese momento en que era lícita cualquier esperanza6, una nueva desgracia se abatió sobre ella. Los dioses del Kremlin, pasando bruscamente de la intransigencia al oportunismo, obligaron a nuestros camaradas comunistas a solicitar la alianza con un partido burgués cuya corrupción había provocado, en gran parte, el auge fascista: el partido radical-socialista. En vez de transformar la unidad de acción “en la cumbre” en una unidad orgánica, basada en un programa mínimo intermedio de lucha contra los trusts y de transformación social, en vez de ampliar este bloque obrero hasta convertirlo en un Frente Popular que agrupase, alrededor de la clase obrera, a la mayoría de las clases medias y de los pequeños campesinos depauperados, los jefes del PC se dejaron atar de manos por el Sr. Daladier.

 

El pretexto que les hicieron invocar para justificar esta desafortunada alianza fue la preocupación de privar al fascismo de las clases medias. En 1935, las clases medias acababan de ser descubiertas (o redescubiertas) por la izquierda francesa. Hay que reconocer que el socialismo clásico las había descuidado un poco. Había anunciado, con cierta precipitación y con una satisfacción ostensible su desaparición, bautizándola con un término poco afortunado y científica-mente inexacto: “proletarización”. Pero se habían dado cuenta de que las muy taimadas se obstinaban en sobrevivir, eso sí, en un estado de creciente depauperación y de que la crisis del régimen capitalista podía fanatizarlas de repente. Habían sido ellas las que, presas de una locura colectiva, habían vestido, en los países vecinos, camisas de

 

6  Esperanzas que Trotsky manifestaba a finales de Octubre de 1934 en su artículo: “¿A dónde va Francia?”, recogido en Ecrits tomo II, 1958.



 

 

diversa coloración y andaban a la greña con los proletarios que les habían sido designados como chivos expiatorios de sus desgracias. Era, pues, urgente impedir que las clases medias escuchasen los cantos de las sirenas fascistas. ¿Cómo? Aliándose al partido radical-socialista, respondieron los augures del PC, el partido de las clases medias por excelencia. El argumento sólo tenía un defecto: evidentemente no se podía poner fin a las tribulaciones de las clases medias más que asestando un golpe decisivo al capitalismo que las arruinaba. Pero al asociarse con partidos burgueses que recibían sus consignas del todopoderoso Horace Finaly, de la Banque de París et des Pays Bas, y que, por consiguiente, no querían hacer daño al régimen capitalista y al permitir simultáneamente, para dar garantías a la clientela obrera, que esta última emprendiese una acción reivindicativa, respetando el orden social establecido, se corría el peligro de agravar más aún –en vez de mejorar– la incómoda situación de las clases medias, cada vez más atrapadas entre el gran capital y el proletariado y de arrojarlas, por desesperación, a los brazos del fascismo de donde precisamente se deseaba apartarlas.7

 

Pero para los jefes del PC el eslogan de las clases medias no era, en el fondo, más que un pretexto. La verdadera razón de su conclusión con los dirigentes radicales era muy distinta. Su inspiración estratégica venía de fuera. Stalin, repentinamente asustado por la victoria del hitlerismo que había facilitado de una forma tan extraña y tan imprudente, intentaba proteger a la URSS contra una eventual agresión alemana bailando con las potencias occidentales “la ronda de las democracias”. Necesitaba, por tanto, reconciliarse con los políticos franceses de los que se suponía que eran partidarios a la vez de una política de “firmeza” frente a la Alemania hitleriana y de la alianza franco-soviética, en este caso el partido del Sr. Daladier.

 

El Frente Popular, a pesar de las inmensas esperanzas que despertó y de las fervientes multitudes que convocó, adolecía, desde un principio, de una tara congénita, era impotente. En otro lugar he relatado detalladamente cómo, a pesar del sublime arranque proletario de Junio de 1936, rápidamente frenado por los mismos jefes de la izquierda, finalmente se vio obligado a capitular sin gloria ante el “muro de oro” y cómo la brutal represión de la huelga general del 30 de Noviembre de

 

7  Esto es lo que terminó sucediendo cuando en 1940 las clases medias, arruinadas por las insuficientes medidas económicas y financieras de los llamados gobiernos del Frente Popular, se refugiaron bajo el manto del general Petain.

 

1938, realizada por M. Daladier en persona, puso punto final al movimiento profundo de todo un pueblo. Esta severa derrota desmoralizó seriamente a la izquierda francesa. Se había preparado el lecho en donde, un poco más tarde y con la ayuda de la invasión alemana, se instalaría una variedad francesa del fascismo.

 

Pero mientras tenía lugar en nuestro país la experiencia que acabamos de mencionar, la mancha de aceite del fascismo continuaba extendiéndose a nuestro alrededor. En julio de 1936 tuvo lugar, al otro lado de los Pirineos, el imprevisto y sorprendente pronunciamiento franquista. Esta vez. al menos, la clase obrera demostró que había comprendido la lección de los países vecinos. Se defendió atacando. Tomó al asalto las ametralladoras que la apuntaban. Aventajó al fascismo haciéndose con el poder.

 

Pero los jefes de la izquierda española le impidieron explotar su victoria (la única victoria auténtica que registró, durante esta década, la izquierda internacional). El reformismo surgió, al otro lado de los Pirineos, siempre igual a sí mismo, es decir, vacilante y timorato. El anarquismo, que por primera vez había de enfrentarse con la prueba que supone una victoria sobresalió en materia de autogestión agrícola e industrial pero, pasando de un exceso de violencia infantil al oportunismo, cometió el error de dejarse atar de manos al participar en los gobiernos republicanos burgueses. En cuanto al comunismo, minoritario en un principio y que era el único que sabía a dónde quería llegar y que no estaba paralizado por ningún escrúpulo respecto a los medios, consiguió captar la revolución española, no en provecho del pueblo español, sino en beneficio de la política exterior del Kremlin. Y la URSS no deseaba ni una victoria de Franco, apoyado por las potencias del Eje, ni una auténtica revolución proletaria que le hubiera llevado a romper con el gobierno británico y la City londinense, sus padrinos en la “ronda de las democracias”.

 

Pero el juego era demasiado sutil y Stalin lo perdió al final como lo había perdido en Alemania cuando aún era posible cerrar el paso al nacionalsocialismo. Frenar la victoria del proletariado español, impedirle que adoptase audaces medidas socialistas y especialmente llevar a cabo una revolución agraria que le hubiese valido la adhesión incondicional de los campesinos, obligarle a compartir el poder con los burgueses liberales mientras se aplastaba sangrientamente a su vanguardia catalana suponía privarle de sus recursos políticos que le hubieran permitido derrotar al fascismo español con más seguridad que los recursos militares (que, por otra parte, la URSS dispensaba con cuentagotas). La izquierda francesa se sintió un poco más cercada y también era por su culpa, porque el gobierno de Blum se había negado a entregar armas a los republicanos –o se las había entregado bajo cuerda y en cantidades muy insuficientes.

 

El drama español no supuso para la izquierda francesa solamente un nuevo motivo de alarma y una nueva fuente de desmoralización. También la colocó en una temible contradicción de la que en adelante sería prisionera: al peligro fascista interior, es decir, al temor de que la mancha de aceite de la contrarrevolución no terminase por embeber nuestro propio país, se añadió el peligro fascista exterior, es decir, la eventualidad de un conflicto armado con las potencias del Eje. En cierta medida la guerra civil española prefiguraba ya la segunda guerra mundial: las armas, los aviones, los estrategas y los hombres procedentes de la URSS y de Occidente se habían enfrentado a las armas, los aviones, los estrategas y los hombres procedentes del Eje.

 

Y la izquierda francesa no podía ignorar tampoco (su minoría consciente lo percibía con claridad) que, detrás de la aparente antinomia entre las “democracias” y las “dictaduras”, se perfilaba una guerra de bandas entre dos grupos de potencias imperialistas, llamadas unas “agresivas”, porque carecían de materias primas y de salidas y les urgía realizar por la fuerza de las armas, un nuevo reparto del mundo y otras que recibían el nombre de “pacíficas” porque estaban bien provistas y decididas a oponerse a ese reparto. ¿Incitar al gobierno de Francia a entrar en guerra con Alemania porque el gobierno de esta última era fascista, no suponía para la izquierda francesa concluir una unión sagrada con los plutócratas de nuestro propio país, ayudarles a defender su botín colonial e imperial que se había visto aumentado con el tratado de Versalles, fortalecer su dominación sobre el pueblo francés y quizás preparar de esta forma el camino a una modalidad francesa del fascismo?

 

Pero el dilema tenía otra cara. Nuestra burguesía estaba dividida en dos veleidades contradictorias: por una parte la voluntad imperialista de defender sus privilegios, aunque fuese a costa de una guerra, por otra, la solidaridad de clase que ya había demostrado antaño al vencedor en 1871 y que le inspiraba la indulgencia (e incluso la simpatía) para con los regímenes “fuertes” de Italia y de Alemania y un secreto deseo de llegar con ellos a un entendimiento en contra del proletariado. Este cálculo conduciría a los Sres. Daladier y Chamberlain a Munich y luego convencería a un amplio sector de la burguesía francesa para que considerase como una bendición la derrota militar de 1940 que le permitió instaurar la dictadura de Vichy. Aplaudir a los “muniquenses”, apremiar a nuestro gobierno a que llegase a un acuerdo con Hitler, porque una guerra contra él hubiese sido imperialista ¿no significaban estas cosas para la izquierda francesa formar una unión sagrada con aquellos de nuestros burgueses que preferían hincar la rodilla ante el fascismo interior antes que inclinarse ante el proletariado?

 

La larga serie de “reacciones en cadena” que no habíamos sabido detener desde 1930 nos había conducido finalmente a no tener otra elección que la alternativa entre la guerra o el fascismo. En realidad hubimos de soportar a ambos, la guerra y el fascismo.

 

Y este dilema en el que nos debatíamos inmediatamente antes de 1939 cavó entre nosotros enormes fosos. Mientras que el peligro fascista interior había actuado sobre nosotros como un poderoso fermento de unidad y, para cortarle el paso, habíamos acabado por silenciar nuestras rencillas, el peligro fascista exterior nos dislocó. Su consecuencia directa fue una escisión en el seno de la SFIO. la izquierda revolucionaria se negaba a formar parte de la unión sagrada a la que León Blum había llevado a su partido. Y cuando, después de su exclusión, esta minoría fundó el Partido Socialista Obrero y Campesino, no tardó en disgregarse. Unos no dudaron en apuntar sus armas contra Hitler (olvidando el carácter imperialista de la futura guerra) y otros se sumieron en un pacifismo piante, no menos ciego, e imploraron la paz a cualquier precio de acuerdo con los “muniqueses” y con el futuro régimen de Vichy. Se podía contar con los dedos a los que no se inclinaron ni de un lado ni de otro.

 

Mientras que la izquierda francesa vivía las últimas horas de su agonía en medio de una impotencia total y de un desorden mental no menos grande, las sorpresas se sucedían a intervalos cada vez más breves: el Anschluss de Austria, la domesticación de Checoslovaquia, el pacto germano-soviético, la invasión de Polonia y luego, después de un periodo de coma que se prolongó hasta la primavera de 1940 y que entró en la historia con el nombre de “drôle de guerre”, la última sorpresa del desastre militar, de la invasión, del advenimiento del Mariscal. Le tocaba a Francia conocer la vergüenza del fascismo y de un fascismo que no solamente nos vino impuesto del exterior. Porque el régimen de Vichy, y esto se olvida con demasiada frecuencia en nuestros días, aglutinó a una buena parte de nuestras clases medias y no fue solamente un subproducto de la ocupación alemana.

 

Queda por investigar, tan brevemente como sea posible, el porqué de esta derrota. Nosotros, los supervivientes sin orgullo de la década 1930-1940, debemos a la juventud, que con justicia es desconfiada y severa, no la entonación del mea culpa, que no serviría de nada, sino la explicación de cómo pudimos perder las riendas de nuestro propio destino.

 

La explicación primordial hay que buscarla en las profundidades de la “infraestructura”. Todo ese barullo tuvo como causa esencial la crisis del sistema capitalista y no solamente la crisis cíclica, sino la crisis permanente, cuyos primeros síntomas se manifestaron a finales de 1929. Porque sería absurdo atribuirlo, como lo hizo Freud, a no se qué instinto biológico de destrucción y de muerte inherente a la naturaleza humana, sería falso y anticientífico hacer responsable a una voluntad demoníaca a una alienación mental, de las empresas fascistas y guerreras que desembocaron en el gran derrumbamiento de los años 1939-1940.

 

Tampoco sería exacto sostener que la guerra fue producto del fascismo. El fascismo y la guerra fueron ambos consecuencias, consecuencias diferentes, aunque imbricadas, de una sola y única causa. Tomaron raíces en la misma tierra, ambos fueron, cada cual a su modo, frutos de un monstruoso sistema que se había convertido en un obstáculo para el progreso humano, de un mecanismo económico irremediablemente frenado. Radek dijo un día que la dictadura fascista son los aros de hierro con los que la burguesía intenta consolidar el tonel desfondado del capitalismo. La misma imagen vale para la guerra.Ambas tienen por objeto prolongar artificialmente, por medios de excepción, un modo de producción y de apropiación periclitado que no podía sobrevivir por medios regulares y pacíficos: el Estado fuerte por una parte, el armamento a ultranza, por otra han sido (y son hoy todavía) los supremos expedientes a través de los cuales la burguesía se esfuerza en renovar la pitanza sin la que moriría de inanición: el beneficio.

 

8  Cf. Henri Claude, De la criséconomique a la guerre mondiale. 1945.



Y en este punto, para disipar una confusión que el fascismo ha mantenido adrede es desgraciadamente necesario precisar que el “tonel” del que habla Radek no ha sido desfondado por los hachazos del proletariado. La ola de fondo provocada por la Revolución de Octubre se había retirado desde hacía tiempo de toda Europa cuando el fascismo hizo su entrada en escena. Clara Zetkin ha destacado con razón que el fascismo no ha sido, como pretende, la “respuesta de la burguesía a un ataque del proletariado”, sino, más bien, “la expresión de la decadencia de la economía capitalista”. El tonel se ha desfondado por sí mismo.

 

El fascismo intentó justificarse presentándose como “un reflejo de defensa”. Pero el orden establecido apenas si estaba amenazado por la clase obrera cuando este descargó sobre ella su garrote. En ningún momento en Italia la ocupación de las fábricas adoptó (a pesar de su carácter revolucionario) el aspecto de una conquista revolucionaria del poder y hacía ya un siglo que había cesado cuando los magnates del gran capital italiano alzaron a Mussolini al poder. En ningún momento el proletariado alemán, dividido y desorientado por sus jefes, había puesto seriamente en peligro a la sociedad burguesa, a pesar de su indiscutible madurez revolucionaria. Cuando los hombres de negocios reunidos con el banquero Schroeder decidieron llamar a Adolfo Hitler a la cancillería del Reich.

 

No fueron los “excesos” revolucionarios ni proletarios, sino, por el contrario, las deficiencias de sus malos pastores las que contribuyeron a la victoria del fascismo. La primera derrota de la izquierda tuvo lugar en 1918 cuando los obreros alemanes no fueron capaces de aprovechar la caída del régimen imperial y la derrota militar para conquistar el poder y unirse a sus camaradas rusos. La primera derrota de la izquierda tuvo lugar al mismo tiempo que el proletariado francés, a falta de una dirección revolucionaria adecuada se mostró incapaz, al día siguiente de las hostilidades, a pesar de su mal humor rei-vindicativo, de barrer a su burguesía y prevenir así la injusta paz de Versalles, fuente de nuevas guerras y una de las causas directas del fascismo en Italia y en Alemania.

 

Otra razón de la relativa facilidad con que el fascismo pudo echar raíces fue, digámoslo una vez más, la división obrera: la lucha fratricida entre socialistas y comunistas contribuyó en gran medida a desarmar a la izquierda frente al adversario fascista.

 

Y esa división fue agravada por la subordinación del ala más dinámica del movimiento obrero a los zig-zags de la política exterior rusa.

 

Finalmente, pero no menos importante, el fascismo se aprovechó de la degeneración del poder stalinista. No cabe duda que muchos de sus artificios estaban inspirados en el modelo que le ofrecía una dictadura monolítica y totalitaria personificada por un “hombre providencial”, apoyado por una policía secreta omnipotente y girando en torno a un partido único que no tardó en perder todo contenido democrático y fue sometido a “purgas” cada vez más frecuentes. Contrariamente a lo que pretendía Malaparte9, el fascismo no pudo aprender gran cosa de la Revolución de Octubre de 1917 que no fue un “golpe de Estado”, sino un gigantesco movimiento de masas. En los antípodas, el Führer por el contrario, aprendió mucho del stalinismo.

 

En resumen, cuando comenzó la década 1930-1940, la izquierda había recibido de la década precedente una enorme deuda. A partir de 1923 la siempre lúcida Clara Zetkin observaba que el fascismo era “el castigo que se abate sobre el proletariado por no haber continuado la revolución comenzada en Rusia”. Era preciso que acabásemos con el régimen capitalista antes de que las convulsiones de su agonía no nos sumergiesen en el fascismo y en nuevas guerras.

 

Al no haber sabido cambiar el mundo en el momento preciso, la izquierda sólo podía intentar alcanzar al fascismo mediante expedientes improvisados y paliativos inadecuados, en la carrera de velocidad hacia el poder que el bólido le imponía. El inventario de esas desdichadas tentativas constituye la última parte de mi exposición, y también la más difícil. En efecto, las desafortunadas tácticas que voy a describir no fueron inspiradas a la izquierda únicamente por el afán de cortar el paso al fascismo interior. También tuvieron otros móviles (“unión sagrada” contra el enemigo exterior, subordinación a la política extranjera de la URSS, etc.). Además, las generalidades que voy a enunciar han sido extraídas de las experiencias vividas por diferentes países, haciendo abstracción de sus respectivas particularidades. Mi campo de observación abarcará tanto a Italia y a Alemania como a Francia.

 

 

 

9  Curzio Malaparte, Técnica del golpe de Estado, 1931.

 

Más de un militante de los años 30’s, dedujo del severo veredicto de Clara Zetkin, que la forma más segura de cortar el paso al fascismo era cortarle la hierba bajo los pies y hacer, según la expresión de Marceau Pivert, la “revolución primero”. Por desgracia no se puede desencadenar una revolución proletaria por encargo y a la hora fijada, ni siquiera aceptando que existan condiciones objetivas favorables, ni tampoco por la sola amenaza fascista.

 

La técnica de la revolución proletaria no es, repitámoslo, una “técnica de golpe de Estado”. Fue imposible aventajar al fascismo mediante una operación blanquista. Las “revoluciones preventivas” no lograron sus resultados (estuvo a punto de darlo) más que de vez, en Hungría, o en España, porque en ese país el pronunciamiento fascista coincidió con una auténtica situación revolucionaria: la iniciativa de Franco fue la gota de agua que hizo desbordar el vaso. La revolución estaba madura.

 

En otros sitios en Italia, en Alemania, en Francia, el movimiento obrero no pudo o no supo recurrir al arma de la revolución preventiva. En estos tres países la izquierda no pudo oponer al fascismo más que la siempre precaria defensiva. Veamos cómo lo hizo.

 

Antes de desear el poder, el fascismo comienza por desgastar y aterrorizar al proletariado con sus milicias. La izquierda se esforzó en responder mediante “la autodefensa obrera”. Pero su handicap en este terreno escogido por el adversario, era manifiesto. En Italia, en Alemania, el Estado burgués tuvo ríos de indulgencia para las bandas fascistas mientras que reprimía e incluso prohibía a los grupos de protección de la clase obrera. Y la izquierda, creyendo que era una buena táctica aferrarse a la legalidad, renunció por sí misma a servirse de estos últimos. En Francia la guerra civil no superó su fase embrionaria.

 

Sin embargo las ligas pudieron reconstruirse tranquilamente a pesar de la ley que había establecido su disolución, mientras que esa misma ley liquidaba a formaciones de extrema izquierda como la Etoile Nord-Africaine.

 

Seguidamente, el fascismo se lanzó a la conquista del elector a través de una propaganda escandalosa y cínica. La izquierda fue el estupefacto testigo de estas nuevas técnicas. Aquí una vez más estaba en desventaja. No podía –o no hubiera debido– apropiarse de estos métodos de agitación que resultaron ser tan rentables. En primer lugar porque no disponía de los inmensos recursos y de los medios publicitarios que el gran capital procuraba al fascismo, seguidamente porque adoptar la mayor parte de esos indignos procedimientos hubiera significado renegar de si misma. Y sin embargo, la izquierda cedió a la tentación del mimetismo con demasiada frecuencia. A fuerza de copiar al fascismo llegó a parecérsele. Corrió el riesgo de que las masas resultasen más sensibles a la propaganda fascista que a su facsímil antifascista. Mientras creía prevenir al fascismo imitándolo, acarreaba el agua a su molino.

 

Enumeremos algunos de estos plagios.

 

El fascismo desprecia a las masas. No duda en tomarlas por su lado débil. Las declara femeninas y se complace en “violarlas”. Para hacer esto utiliza todo tipo de engaños (símbolos, espectáculos masivos, etc.). El socialismo no desprecia a las masas. Le gustaría que fuesen mejores de lo que son, a imagen de la vanguardia del proletariado de donde procede. Debería, pues, esforzarse en elevar y no en disminuir su nivel intelectual y moral. No debería apelar a los instintos más groseros de las multitudes, a su histeria potencial, como hace el fascismo. Esto no es óbice para que en la época del Frente Popular un profesor, especialista de la “violación de las masas”, fuese muy oído en los ambientes de la SFIO. ¿No fue él quien había creído conjurar en Alemania los maleficios de la esvástica hitleriana dotando a los socialdemócratas de las simbólicas, pero impotentes, tres flechas?

 

El fascismo explota en su provecho el sentimiento religioso que los siglos de dominación del hombre por el hombre, de ignorancia y de miseria han anclado profundamente en el cerebro humano. Los socialistas no deberían apelar más que a la Razón y, en vez de explotar para sus fines la religiosidad de las masas, intentar destruir sus raíces materiales. Sin embargo, la izquierda, creyendo que así le ganaría al fascismo por la mano, quiso plagiar algunos de sus rituales, comenzando por el mito del “hombre providencial” que el Estado fascista copió al Estado staliniano y luego el antifascismo, al fascismo. Así, en 1936 se pudo ver a León Blum aparecer entre los haces cruzados de los proyectores, a socialistas extasiados que pronunciaban rítmicamente su nombre hasta el agotamiento y, en la casa de enfrente, el “hijo del pueblo” no despertaba menos entusiasmo entre sus fieles. ¿Al inculcar al pueblo francés, de tradiciones volterianas y libertarias, semejantes patrones de conducta, no se ha facilitado en cierta forma la eclosión a largo plazo del mito del Mariscal “que da su vida por Francia”?

 

El fascismo no duda en seducir a las masas mediante una demagogia “passe partout”. Promete la luna a cada estamento social sin preocuparse de acumular contradicciones en su programa. El socialismo, como respeta a las masas, no debería seguir al fascismo en ese terreno. Y además por otra razón que nos lleva de nuevo al problema de las clases medias: el socialismo no puede mezclar en un cocktail hábil el anticapitalismo regresivo de los pequeños burgueses (que querría volver a la “edad de oro” precapitalista) y el anti-capitalismo progresivo de los obreros. Debe destacar que la pequeña burguesía y el proletariado son, cada cual a su modo, oprimidos por el gran capital a fin de asociarlos en la lucha inmediata contra los monopolios. Pero debería ser intransigente sobre los artículos esenciales de su programa socialista, de no ser así renunciaría a asestar al capitalismo golpes decisivos, es decir, dejaría de preconizar una sociedad más equitativa y más habitable para todos sus miembros. Y sin embargo hemos visto en Francia, a partir de 1935 a un gran partido obrero esforzarse en disputar el elector al fascismo imitando la demagogia “passe partout” de este último, hasta el punto de que a veces sus oyentes debían hacer un esfuerzo para convencerse de que no estaban oyendo un discurso del general La Rocque.

 

De todos los instrumentos que toca el payaso fascista, del que saca los más bellos sonidos es, sin discusión, el nacionalismo. Y también es éste el que la izquierda debe guardarse más de copiar, ya que la Internacional expresa, en todas las lenguas del mundo, su ideal de fraternidad humana. Sin embargo, la izquierda, creyendo que así disputaría los “patriotas” al fascismo, introdujo repentinamente la palabra nación en su vocabulario. Ya en 1923, durante la ocupación del Ruhr, el PC alemán se había dedicado a la demagogia nacionalista llegando hasta honrar al “mártir” Schlageter. De 1930 a 1932, reincidió a más y mejor. En Francia vimos sucesivamente a los neosocialistas inscribir a la nación al frente de su credo, mientras que nuestros camaradas comunistas se desgañitaban en “amar a su país”. Pero la mayor parte de los “patriotas”, estimulados así en su histeria chovinista, pero siempre desconfiados respecto a la izquierda, estimaron que el fascismo era más idóneo para encarnar al nacionalismo. Muchos de ellos encabezados por Maurras se unieron finalmente con los partidarios del Mariscal.10

 

El fascismo, aunque en el fondo sólo se interesa en un culto, el suyo propio, se complace en hacer concesiones a la vieja religión tradicional, que necesita para perfeccionar y consolidar su conquista de las masas. El socialismo, mostrándose siempre respetuoso para con las creencias de cada cual, no debería renunciar a explicar que “la religión es el opio del pueblo”. Sin embargo también en esta ocasión la izquierda creyó que era indicado plagiar al fascismo y, poniendo una sordina a su propaganda anticlerical, “tendió una mano a los católicos”. Fórmula cuya elástica imprecisión habría de llevarle muy lejos, no solamente se volvió hacia el cristiano individual, lo que era inofensivo e incluso de buena táctica, sino que no tardó en “tender la mano” al catolicismo político. La repetición de este gesto a través de la Resistencia y más tarde el “tripartidismo” contribuyó a entregar a la jerarquía católica y luego a sus representantes parlamentarios posiciones que la izquierda laica había conquistado luchando duramente. Hasta el punto de que ilustres cristianos que son hoy día los primeros en lanzar anatemas contra el reaccionario MRP. Sin embargo, la flagrante colusión de la Iglesia con el fascismo que tuvo lugar en época de Petain debería haber inducido a la izquierda a ser más prudente.

 

El fascismo afirma ser el mejor defensor de la familia burguesa y proclama ruidosamente que hay que multiplicar la especie. Cuando ostenta el poder las practicas anticonceptivas son severamente reprimidas y la mujer queda relegada a un papel de “madre coneja”. El socialismo, ilustrado por una célebre obra de Engels, no debería acceder a este último reducto de los defensores del patriarcado. Y, no obstante, los lectores de L’Humanité quedaron altamente sorprendidos al ver que su periódico se dedicaba repentinamente “al socorro de la Familia”, condenaba el malthusianismo y preconizaba la proliferación de la raza. Un poco más de agua acarreada al molino del enemigo.

 

El fascismo cuando ha captado suficientemente a las masas populares a través de los artificios que acabamos de describir y cuando ha conseguido poner de su parte, si no a la mayoría, por lo menos a un amplio sector del cuerpo electoral, se lanza a la conquista del poder. Pero actúa de una forma sumamente peculiar. Sabe que esa conquista no es para él una cuestión de fuerza. Puede contar, efectivamente, con la aquiescencia del ala de la burguesía capitalista, la más poderosa en términos económicos y políticos.

 

 

10 Cf. Daniel Halévy, Trois epreuves, 1941, págs. 132-117 “Le Maréchal”.

 

 

Además se ha asegurado la complicidad de los jefes del ejército, de la policía y de la alta burocracia administrativa. En cuanto a los políticos que se encuentran aún a la cabeza del Estado burgués “democrático”, no ignora que. aunque estos personajes no sean sus más fervientes partidarios, tampoco le opondrán una resistencia armada: la solidaridad de clase será más fuerte que las divergencias de intereses o de métodos. Así, cuando se han satisfecho todas las condiciones psicológicas y constitucionales, se instala sin esfuerzo alguno en el Estado. Una vez, sólidamente aferrado al poder, desaloja sin dificultad a los políticos no fascistas que había encuadrado provisionalmente.

 

El socialismo no debería proceder de esta forma. Porque, lo quiera o no, es el adversario de clase del Estado burgués, incluso “democrático”. Así, tampoco puede conquistar el poder más que a través de una dura lucha, quebrantando, en cuanto haya conseguido ocupar la plaza, la encarnizada resistencia de todas las fuerzas enemigas. Si procede de otra forma puede, sin duda, “ocupar el poder”, pero sólo lo detentara en apariencia y será prisionero del aparato gubernamental burgués. El sutil León Blum había captado esta verdad elemental desde hacía mucho tiempo. Y como, por otra parte, era demasiado respetuoso del orden social establecido como para introducirse en el Estado por la fuerza, deseaba no tener que afrontar jamás la prueba del poder. ¡Alejad de mí ese cáliz! Pero en 1939 la izquierda francesa, cuando la amenaza fascista se le subió a la cabeza, creyó que había llegado el momento de recoger el fruto maduro del Estado. Y, como había conseguido una victoria electoral gracias a su coalición con los partidos burgueses, se imaginó que la ciudadela le abriría la puerta grande como ya lo había hecho con el fascismo.11 Pero desgraciadamente en París las cosas transcurrieron de forma completamente distinta que en Roma o en Berlín. El gobierno del Frente Popular fue estrangulado por el Estado burgués con el que tan ingenuamente había pretendido identificarse. Un sólo ejemplo especialmente simbólico: el 16 de Marzo de 1937 en Clichy, a pesar de la presencia de un socialista en el Ministerio del Interior, la policía y la brigada móvil dispararon, no sobre las bandas fascistas que allí se habían reunido, sino contra los obreros socialistas: hubo varios muertos y, entre los heridos, el jefe del gabinete socialista del presidente del Consejo socialista.

 

 

11 Recuerdo un editorial de Paul Kaure en Le Populaire que desarrollaba muy exactamente el falaz razonamiento que acabamos de resumir.

 

 

Mientras que en Italia y Alemania los figurantes no fascistas hablan sido rápidamente expulsados del gobierno, en Francia fueron los ministros no socialistas del Frente Popular los que permanecieron en sus puestos. Blum, después de haber permitido de mala gana que se le acercase el cáliz, no hizo nada para impedir que se alejara.

 

El desconcierto de la izquierda (o de lo que quedaba de la izquierda) alcanzó su apogeo después del triunfo de su terrible adversario. Se comportó como los médicos que, enfrentados a una enfermedad desconocida, disimulan a duras penas las lagunas de su ciencia y emiten diagnósticos contradictorios. Cuando la plaga estaba aún en sus principios el Dr. Optimista anunció que el fascismo no podía durar, que era una afección transitoria y accidental y que no tardaría en descomponerse y en licuarse e incluso que era preciso “pasar por el infierno de la dictadura fascista” (sic) para saborear las inefables alegrías de la Revolución proletaria. A medida que el mal se extendió y arraigó el Dr. Pesimista expreso, por el contrario, su temor de que el fascismo, a pesar de sus contradicciones internas fuese capaz de durar indefinidamente. Proclamándose instalado por un milenio, Hitler terminó por sugestionar a sus mismos adversarios.

 

Esta sobreestimación de los regímenes totalitarios, esta falta de confianza en la evolución dialéctica de la historia, en la irresistible marcha del mundo hacia la libertad, inclinaron a la izquierda francesa, después del desastre de 1940, tanto hacia Vichy como hacia Londres. Unos, los menos, creyeron que había que adaptarse al hecho consumado de la victoria fascista –y terminaron siendo unos traidores. Otros, los más numerosos, imaginaron de buena fe que solamente la superioridad económico militar del imperialismo de los anglosajones podría acabar con el monstruo totalitario. Así, la izquierda, a lo largo de la década trágica, no fue nunca capaz de vencer al fascismo con las armas del socialismo. En su defecto había recurrido a todos los expedientes y a todos los remedios de curandero. Había llegado incluso a plagiar al fascismo so pretexto de ganarle por la mano. Y para terminar no encontró nada mejor que abandonar su causa en manos, no solamente de un general de temperamento fascista, sino también en las de una coalición de grandes potencias cuyo verdadero objetivo era mucho menos la derrota del fascismo como la hegemonía mundial. Así, la victoria militar habida sobre las potencias del Eje no libró al mundo del peligro fascista ni del espectro de la guerra. Hoy lo vemos claramente.

 

No cabe duda de que actualmente nos equivocaríamos si nos dejásemos hipnotizar por lo que se acaba de decir. Los problemas graves y urgentes que hemos de resolver no se plantean exactamente en los mismos términos que los hemos expuesto. La victoria militar de 1945 tuvo, cuando menos, la ventaja inmediata de relegar durante algún tiempo al baúl de los recuerdos al fascismo de corte clásico, al fascismo demagógico y con botas. La burguesía se ha visto obligada a recurrir a medios de dominación menos provocativos y también más insidiosos.

 

Pero no olvidemos que el fascismo de corte clásico es solamente una de las formas que puede adoptar la contrarrevolución. Además la experiencia ha demostrado que, en los países que violentaron, los regímenes fascistas de corte clásico desembocaron, en cierta medida, en dictaduras policíaco-militares-clericales de las que los plebeyos de camisas de colores quedaban más o menos excluidos.

 

Y tampoco perdamos de vista que la crisis permanente del régimen capitalista sigue haciendo estragos, a lo sumo “paliada” por las inyecciones de dólares norteamericanos y el rearme atlántico. El Estado fuerte, con o sin las milicias fascistas, continuará proliferando – así como la guerra, esta vez nuclear– sobre el estiércol del capitalismo debilitado.

 

En Francia la sucesión imprevista de un poder personal en plena des-aceleración, cada vez más aislado del país, basado en el ejército, la policía y una alta administración fascista podría, si se presentase bruscamente, plantearnos el dilema: dictadura militar o Frente Popular. Pero es de desear que ese nuevo Frente Popular gire esta vez en torno a la clase obrera, que no se vea paralizado ni por las malas alianzas políticas ni por las ilusiones reformistas, que no esté subordinado a la política extranjera de ninguna gran potencia y que, finalmente, sepa atraer a una juventud escéptica que hoy no pertenece a nadie.



 

 

 

 

 

 

ANTES DE LA CATÁSTROFE (1932)

 

 

Esta primera parte es el relato de un viaje realizado a pie en Agosto-Septiembre de 1932 a través de Alemania, a la sazón prehitleriana. A mi regreso escribí una serie de artículos que aparecieron en otoño de ese mismo año en diversas publicaciones: la revista ilustrada Vu, el semanario Monde, que dirigía Henri Barbusse, la revista sindicalista revolucionaria La Revolution Proletarienne y la revista ilustrada comunista Regards.12

 

En esta época el editor a quien se lo propuse no consideró conveniente reunir estos testimonios que, en mi opinión, debían servir de introducción a mi reportaje sobre Alemania del año siguiente: La Peste Parda ha pasado por allí. Al releerlos con la perspectiva de estos años ya no me parece posible publicarlos tal y como están. Hay muchas repeticiones. Carecen de homogeneidad. A veces se apartan del tema central; la ascensión del nacionalsocialismo. Por este motivo lie preferido utilizarlos como materia prima al redactar, en este estilo autobiográfico, la narración de mi primer viaje. Desde ese punto de vista el texto que viene a continuación es inédito. No figuraba en las ediciones anteriores de La Peste Parda a la presente.

 

A finales de Agosto de 1932 decidí realizar un gran viaje a pie a través de Alemania con la mochila a la espalda, según los ritos germánicos. Me preparé con entusiasmo con el camarada que me acompañó. Al pie del fuerte de Romainville, nuestro vecino, el canal de Ourcq se extiende en línea recta. Para entrenarnos mejor nos pusimos el uniforme completo de los excursionistas de a pie, zamarra, pantalón corto de pana, fuertes borceguíes y gruesos calcetines de lana. Cargamos nuestras mochilas con el peso respetable que habrían de llevar a lo largo de nuestro periplo. Y, con el mapa en la mano, determinamos con exactitud en las orillas del canal una distancia de 12 km 500 m.

 

12  Daniel Guerin, “Sur les routes avec la jeunesse allemande”Vu, 7 de Diciembre de 1932, "Retour au Barbare", Ibíd, 8 de Marzo de 1933; “Images d’Allemagne” I y II; “Deux Ecoles d'AIlemagne”, I y II, Monde, Octubre-Noviembre de 1932; “Cette letre sera peut-étre la derniére" (Carta recibida de Alemania el 28 de Febrero de 1933), Ibíd., 11 de Marzo de 1933; “¿Schleicher?. ¿Hitler?... ¿o Revolution?”La Revolution proletarienne,

10 de Octubre de 1932; “A Kuhle Wampe avec les chômeurs révolutionnaires”Regards, Diciembre de 1932.

 

Con paso ágil y regular, irguiendo la cabeza, hundiendo los riñones y sacando el pecho caminamos cada día esa distancia. Llegados al punto de destino dábamos media vuelta en un estilo casi militar y rehacíamos en sentido inverso el mismo kilometraje, indiferentes al sol, a la intemperie, dispuestos a afrontarlo todo.

 

Finalmente llega el día de la salida, la tarde del 9 de Agosto de 1932. Un transportista que hace todas las noches el trayecto París-Estrasburgo tiene la amabilidad de llevarnos en su camión. El enorme vehículo salta con ruido de chatarra sobre el pavimento de Pantín13. En el remolque, entre dos rollos de linóleo de imponente diámetro, mi compañero y yo hemos acomodado nuestros cuerpos maltrechos y nuestros sacos atestados y deformes coronados por una escudilla. Al volante, en la cabina donde vamos de vez en cuando para charlar un rato, dos muchachotes de Alsacia plácidos y rubios. Basta con levantar el toldo de nuestro remolque para ver el paisaje. Pero la mayor parte del tiempo preferíamos holgazanear tumbados sobre los ásperos paquetes y dejando que fluya el río de las horas. Cuando, al caer la noche los conductores agotados, se paran al borde de la carretera, corremos a un campo vecino de donde traemos mullidas gavillas de trigo recién segado para redondear los ángulos y amortiguar los golpes.

 

En el lindero de la Selva Negra reboso de un optimismo que aún no ha sido conmocionado por las vicisitudes de las luchas sociales y que mi compañero, pequeñoburgués escéptico y despreocupado, no comparte apenas. Después de un período tan largo de inacción estéril, en un viejo país degenerado, quizás pueda entrar finalmente en el núcleo de la acción en esa Alemania joven, moderna y dinámica que no he dejado de admirar desde mi juventud. El socialismo triunfará aquí o en ninguna otra parte. Aquí se ha formado la clase obrera mejor organizada y más cultivada del mundo. Aquí las contradicciones económicas y sociales han alcanzado un punto de tensión extremo. Aquí va a sonar la hora de la explicación decisiva entre el bloque formidable de los asalariados y los mercenarios del gran capital.

 

 

13 Pantin es una localidad y comuna de Francia situada en los suburbios del noreste de París (del cual es limítrofe) en la región de Île-de-France, departamento de Sena-Saint-Denis, en el distrito de Bobigny. La comuna es limítrofe con Aubervilliers, el XIX Distrito de París, La Courneuve, Bobigny, Noisy-le-Sec, Romainville, Les Lilas y Le Pré-Saint-Gervais.

 

Y sin embargo los gérmenes de una enfermedad mortal minan ya esta carne de apariencia resplandeciente. La atmósfera es pesada, los pájaros vuelan bajo, como cuando se aproxima una tormenta. Cuanto más me adentre en el corazón del país, más me decepcionaré. En verdad, a pesar de algunas apariencias engañosas aquí y allá, todo anuncia, todo fomenta –sin que yo tenga aún plena conciencia– la victoria del fascismo hitleriano.

 

Nuestra primera etapa del otro lado del Rin se termina con un bello atardecer. Tenemos ya veinticinco kilómetros sobre nuestras piernas y nuestros hombros y, a pesar de que nos hemos entrenado para esta distancia, las correas pesan un poco. Atravesamos un pueblo que parece bonito en comparación con los nuestros, con sus casitas blancas recién pintadas y sus ventanas adornadas con geranios. Como el caballo que huele la cuadra, marchamos a paso más alegre cuando a la salida del pequeño núcleo urbano aparece el cobijo que buscábamos: el albergue de la juventud. Cada tarde, de la misma forma, nos encontraremos como en nuestra casa.

 

La sala común ya está llena: jóvenes de quince a veinte años, de pelo rubio, voces viriles y rostros voluntariosos. Una camisa de sport kaki o verde con las mangas arremangadas descubre sus antebrazos tostados por el sol. Rodillas esculturales emergen de un pantalón corto de pana o de cuero completado a menudo por unos tirantes tiroleses con su larga placa de cuero rectangular que forma como un puente entre los pectorales. Las piernas están bronceadas y sus músculos son tensos y duros. Gruesos calcetines caen sobre los fuertes zapatos de marcha. Algunos adornan sus cabezas con un pequeño casquete de tipo eclesiástico de fieltro gris recortado del fondo de un viejo sombrero, que llevan con arrogancia.

 

No tardamos en trabar conocimiento. Nuestra calidad de franceses nos vale un recibimiento fraternal.

 

– ¿Franzose? ¡No es posible! Se ven tan pocos Franzosen por aquí.

 

 Luego viene el aluvión de preguntas:

 

 ¿Tenéis vosotros también mucho paro?

 

 ¿Es cierto lo que se dice que los franceses son tan ricos, que tienen tanto oro?

 

 ¿Tenéis el servicio militar obligatorio?


 ¿Cómo nos llamáis? ¿Boches?

 

Respondemos lo mejor posible. A nuestro alrededor se ha formado el círculo, un círculo en cuyo centro me siento bien. Leo en las miradas una necesidad de comunicación directa, más allá de las fronteras artificiales, los periódicos y los discursos mentirosos, un asombro de sentirse semejantes.

 

Sobre una mesa un “libro de oro”. Todo el mundo es invitado a inscribir en él su nombre, a dejar una huella –un pensamiento o un dibujo– de su paso. En sus guardas esta vana advertencia: “Se ruega olvidar la política en el umbral de este libro”. Sin embargo, cuando lo hojeo, veo que la política surge en cada página. Atormenta a estos jóvenes hasta el punto de que no pueden abstenerse, a pesar del ambiente neutro del albergue. Una mano ha escrito: “Proletarios de todos los países, uníos”. Pero otra ha tachado la llamada con un trazo rabioso. En otro sitio son las tres flechas socialistas que traspasan una cruz gamada. Nos explican que esa pasión es más bien reciente.

 

Cuando describo, en comparación a la juventud francesa, indiferente, ignorante, adormecida por el opio de los periódicos deportivos, me responden que no hace mucho la juventud alemana se interesaba mucho más en los campeonatos y en las “vedettes” que en Hitler o en “Teddy” Thälmann. Pero el paro, la miseria y la ruidosa entrada en escena del nacional-socialismo han cambiado las cosas. En el fondo de las miradas de mis jóvenes compañeros de una tarde leo, porque tienen dieciocho años, la alegría de vivir, pero también la angustia y el hambre. Estos albergues, lujosamente pertrechados en donde los bellos fogones inútiles contrastan con los apretados cinturones, sugieren un mundo en decadencia. El contagio del fanatismo político ha llegado hasta los impúberes. Un mocoso de trece años me vocifera su amor por el Führer, una muchachita me explica gravemente el último discurso del canciller von Papen. Pocos son los no comprometidos. Todos han tomado partido.

 

La sala común se ha vaciado poco a poco. Sin embargo dos grupos se han quedado en dos extremos opuestos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En la penumbra unos pequeños colegiales, cada uno tiene un cuaderno de canciones en la mano. Bajo la dirección de su maestro entonan aires marciales en los que se habla de héroes victoriosos, de enemigos vencidos. Tres sólidos muchachotes de Westfalia, proletarios con toda seguridad, los escuchan con toda satisfacción y luego cantan el estribillo a coro. En el otro extremo de la sala otros “ajistas”, molestos por esta demostración, observan mudos, enfadados. Uno de ellos sostiene entre sus dedos crispados Rote Fahne, el diario comunista. Y como intento en vano hacerle hablar, me señala con un gesto de la cabeza el campo contrario y se encoge de hombros. Hasta la hora reglamentaria de apagar las luces los nazis y los revolucionarios permanecerán así, cara a cara, velando las armas.

 

Un joven, más locuaz y más lúcido, murmura a mi oído mientras nos dirigimos a los dormitorios:

 

 Ya lo ves, estamos enfrentados los unos a los otros. Las pasiones están al rojo vivo hasta el punto de que a veces nos enzarzamos seriamente, pero en el fondo queremos lo mismo…

 

¿De verdad?

 

– Si, lo mismo, un nuevo mundo, radicalmente diferente de este, un mundo que no destruya ya el café y el trigo mientras que millones de hombres pasan hambre, un nuevo sistema. Pero unos creen a pies juntillas que se lo dará Hitler y otros que lo hará Stalin. Entre nosotros solo existe esa diferencia…

 

Por ese motivo en el dormitorio, antes de que se apaguen las luces, cincuenta potentes gargantas entonarán una vieja canción de los vagabundos de la carretera, que el nazi canta con tanta convicción como el socialista y el comunista:

 

Cuando caminamos juntos

 

Y cantamos las antiguas canciones Cuyos ecos nos devuelven los bosques Entonces sentimos que esto tiene que pasar; ¡Con nosotros llegan los nuevos tiempos! ¡Con nosotros llegan los nuevos tiempos!


 

Unanimidad apenas perturbada por la discordia de tres gritos antagonistas proferidos juntos como unas buenas noches o un último desafío:

 

¡Heil Hitler!

 

¡Freiheit!

 

¡Rot Front!

 

Sin embargo los diletantes, los poetas los supervivientes románticos y literarios de Jugendbewegung (“movimiento de la juventud”) de antes de 1914 no han desaparecido –aún– del todo. Por ejemplo ese grupo de estudiantes que encontramos al día siguiente en la carretera, vestidos con un simple short, casi desnudos bajo un sol de plomo. Una vajilla inverosímil se acumula bajo sus bronceados espinazos. Parecen una caravana de camellos cargados de mercancías. Estos juerguistas se obstinan en preferir el naturismo a las controversias políticas. Y acompañándose por una guitarra susurran estos versos tan pacíficos de un poeta caído en el frente14:

 

Y mi corazón, mi corazón canta

 

Una canción que también sube al cielo

 

Una canción muy ligera y muy suave

 

Una canción tan delicada y tan dulce

 

Como una nubecita huyendo a través del firmamento

 

Como un copo de plumón en la brisa.

 

Pero en esta Alemania de 1932 los “ajistas” que andan por puro placer son menos numerosos que los vagabundos por necesidad. Medio millón por lo menos de jóvenes parados vagan por las carreteras. No tienen derecho a ningún socorro, las más de las veces porque al menos un miembro de su familia ha conservado su empleo. Cansados de estar mano sobre mano en su barrio triste, de ser una carga para sus padres, salen en primavera y van dando tumbos hasta el final del otoño. Algunos deambulan así desde hace varios años, sin norte, viviendo de limosnas, pernoctando en los asilos o en los establos. Van generalmente de dos en dos por las carreteras más transitadas llevando un grueso bastón o un báculo de peregrino, saqueando los árboles frutales y practicando eso que aún no ha sido bautizado como “auto-stop”. Cuando forman un grupo alguno toca un instrumento

 

14  Hermann Löhne.

 

mientras que los demás, músicos natos como todos los alemanes, cantan a coro. Son habladores y fatalistas, algunos llegan a ser cínicos y serviles: si hay que comer no hay que desagradar a nadie. Estos, cuando llegue el momento (y aún no sabemos que el día esta tan próximo) se venderán al mejor postor, explotarán con brutalidad y golpearán con todas mis fuerzas a los chivos expiatorios que les sean designados.

 

En la orilla del río en que nos bañamos hemos trabado conocimiento con dos amigos. Uno, cuando tenía trabajo, era zapatero y el otro tintorero. Hoy no tienen más vestido que una chaqueta remendada sobre su pecho desnudo; entre risas me enseñan sus zapatos desgastados en donde se orean los dedos del pie, largos y rosados. De un bolsillo desgarrado extraen con precaución un mugriento cuaderno, su “carnet de nómada” oficial. A través de innumerables paginas una sucesión de nombres de pueblos inscritos con tinta o con lápiz y avalados por sellos de caucho. Hay nombres que aparecen ya dos y tres veces y volverán a aparecer, sin duda, en las páginas que aún están en blanco. Un ciclo infernal. Solo terminará con el enrolamiento en los “camisas pardas” o el empleo en las fábricas de armamento.

 

Pero mientras tanto, el gobierno prefascista recluta ya a algunos de estos vagabundos como “voluntarios” en campos de trabajo militarizados. Morir de hambre o aislarse, esta es la alternativa para la juventud alemana de 1932.

 

Desde el puente de Kehl, en las puertas de Sajonia largo itinerario recorrido a pie y en tren; una impresión dominante: la población se ha inclinado ya del lado de los nazis. Es una epidemia que causa estragos en todas partes, tanto en los pueblos como en las ciudades.

 

En la plaza de cada pueblo un gran mástil insolente, visible desde lejos, sostiene un gran estandarte rojo, de un rojo chillón, estriado por la negra cruz gamada. Las paredes de la alcaldía o de la escuela están provistas de tablones de anuncios en donde cada día se colocan las páginas del periódico socialista. Sobre las mesas de las cervecerías, recopiladas en lujosas encuadernaciones, las revistas del Partido.

 

Entre en casa de unos campesinos para comprarles huevos y leche. Sobre los muros retratos del Führer procedentes de alguna revista ilustrada y groseramente pegados.



 

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LA PESTE PARDA

 

– ¡Nuestro salvador!, articula el padre, con una opaca certeza.

 

Despliegan ante mí la pila de pasquines hitlerianos recibidos a lo largo de la última campaña electoral. Los hay de todos los formatos y de todos los colores. El hijo me dice con una voz ruda que no admite y que ni siquiera imagina la contradicción:

 

– ¡Aquí la lista nacional-socialista ha obtenido la mayoría absoluta!

 

La madre busca febrilmente en un armario. Finalmente saca de su escondite y me presenta una caja de puros. Se lo agradezco y le digo que no soy fumador. Entonces la abre y saca de ella un fajo de billetes de banca amarillentos y, mientras su hijo me lanza una mirada dura, me dice:

 

– ¡Todo lo que teníamos! Todo lo que habíamos ahorrado durante veinte años trabajando como negros. Ya no vale nada... ni un penique, señor. Los socialdemócratas nos lo han quitado todo con su inflación.

 

En las ciudades, castigando las aceras, con botas y correajes demasiado nuevos o demasiado bien lustrados, deambulan los jóvenes “SA”. Alrededor de las casas pardas, guardadas por numerosos centinelas, un Estado dentro del Estado que es ya el embrión de un nuevo Estado, reina una intensa agitación: idas y venidas, multitud de curiosos y simpatizantes.

 

En Rothenburg, pequeña ciudad bávara que ha conservado su ambiente medieval con tanta perfección que parece de cartón piedra, tengo mi primera conversación con un miliciano nazi. Febril, hablando a gritos, con los ojos inyectados, pero con una cortesía completamente germánica, me abre su corazón como si tuviese una urgente necesidad de aligerarlo.

 

Pequeño burgués enfurecido, me explica que su profesión es chófer de taxi (y propietario de su vehículo), que perteneció durante mucho tiempo al partido socialdemócrata. Pero que salió desilusionado. Reprocha al “marxismo” haber traicionado a Alemania y haber traicionado al proletariado. Ahora es jefe de una sección de asalto y, dentro de su nuevo partido, extremista.

 

– ¿Participará Hitler en el poder?

 

– ¡No! ¡No! ¡Mil veces no!, vocifera como si esos gritos le apaciguasen. ¡Todo o nada!



 

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Daniel Guerin

 

La posada en donde nos invita a beber un jarro es la sede local del partido. Como un vendaval, dando un sonoro portazo irrumpen unos motoristas en uniforme, muchachotes sólidos, presuntuosos, con botas y cascos de cuero. Con una convicción pueril nuestro taxista y la dueña del bar nos explican que Hitler acabará con la desocupación, desterrara la miseria, instaurara el ‘nuevo sistema’, eso se repite en una pequeña localidad de Suiza, no lejos de Bayreuth. Una piscina al aire libre se abriga entre unas rocas cubiertas de abetos. A nuestro alrededor racimos de cuerpos bronceados, relajados, liberados. Pero la política prevalece, una vez más, sobre la naturaleza. Armado con una pala minúscula y completamente desnudo un chaval nos salpica arena a los ojos, pasa por encima de nosotros. Es tan hermoso, tan rubio, de un tipo germánico tan puro, que pido permiso a su padre para fotografiarle.

 

– ¡Claro que sí! Enséñeles usted a los franceses el retrato de un pequeño alemán y ruégueles que sean menos injustos hacia su país...

ese naturista se lanza a una dura diatriba contra el tratado de Versalles, contra la Francia imperialista. Tumbado bajo el ardiente sol, con los ojos cerrados y las manos detrás de la nuca, reclama el derecho al servicio militar obligatorio, no para hacer la guerra, me explica, sino para “disciplinar” a la juventud. Como intento oponerle argumentos que tienen un aroma de “marxismo”, la toma con los jefes socialdemócratas que desde hace catorce años, dice, no han trabajado para la clase obrera, sino para llenarse los bolsillos, de repente me pregunta:

 

– Bueno, veamos, dígame la verdad: ¿desearía usted para el proletariado alemán, ya que parece que le preocupa, un régimen de tipo estaliniano?

 

En un departamento de un vagón de ferrocarril he sacado de mi mochila un fajo de revistas comunistas que comienzo a hojear. Un obrero en traje de faena y andares cansados se sube y se sienta a mi lado.

 

Como noto que echa miradas furtivas a mis periódicos, se los presto. Empieza a leerlos atentamente sin decir una palabra. Pero en el otro extremo del departamento hay dos jóvenes en los que no había reparado: en sus chaquetas de corte elegante, la cruz gamada. No se han movido, pero vigilan a su presa con el rabillo del ojo.



 

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LA PESTE PARDA

 

Y cuando al llegar a su destino el obrero se levanta y saca de la pared de equipajes la bolsa que contiene su tartera, uno de ellos se pone en pie, le tiende el Voelkischer Beobachter y le ruega muy cortésmente que se lo lleve. Un segundo de vacilación, luego el hombre atemorizado se decide a tomar el periódico, saluda torpemente con la gorra y desaparece.

 

En una pequeña ciudad en donde paramos una tarde se celebra una fiesta infantil en la plaza principal. Idílico espectáculo. Los hijos y las hijas de los trabajadores, con la cabeza adornada por una corona de flores, bailan en corro y cantan a coro con voces cristalinas.

 

Susurro a mi compañero de viaje:

 

– No cabe duda de que es una fiesta obrera.

 

Este hace una mueca escéptica y no se equivoca. Al caer la noche volvemos a encontrar efectivamente a estos niños en la carretera, en ringleras, de vuelta a sus casas. Sus padres, proletarios endomingados, los conducen. Cada uno de los niños enarbola orgulloso un farolillo de colores rutilantes en el extremo de un junco, en él se destaca con grandes trazos negros la cruz gamada.

 

Pero en los centros industriales encontramos de todas formas a los “rojos”. Un domingo entramos en un pueblo grande cerca de Stuttgart calles desiertas, aburrimiento dominical, cánticos y tañido de campanas, cuando de repente la Internacional me hace dar un respingo. Mi compañero sonríe al ver mi emoción. Me quedo parado, como un perro de caza, husmeando, buscando de donde viene la canción. El sonido nos conduce a la sala trasera de una cervecería en donde chicos y chicas nos acogen calurosamente con los puños en alto y gritos de ¡Rot Front!. Son miembros de un club deportivo proletario de Stuttgart y cómo van a volver a esa ciudad después de una excursión dominical, nos invitan a ir con ellos en su camioneta. Las chicas llevan el pelo corto y sus brazos tostados podrían ser masculinos. Los chicos, en pantalón corto, muy viriles, parecen revolucionarios para un fresco histórico.

 

A lo largo del trayecto, a través de los interminables suburbios de Stuttgart entonan todo el repertorio de los cánticos rojos provocando el entusiasmo a su paso. Familias de paseo, enamorados alegres, mujeres a las puertas de sus casas, niños en las cunetas, graciosos



 

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ciclistas con el manillar cuajado de flores, todos levantan el puño con la cara ilusionada y nos gritan frenéticamente:

 

– ¡Rot Front!.

 

Me siento mejor. Recupero la confianza. He sentido dentro de mí, de una forma física, lo que considero la fuerza del proletariado alemán.

 

Pero el movimiento sindical ofrece, en la mayor parte de los casos y sobre todo en las grandes ciudades, un espectáculo mucho menos reconfortante. Por ejemplo la “Casa del Pueblo” de Dresden. Casa es decir poco. Tenemos ante nosotros un edificio colosal, obra de un arquitecto de la última hornada.

 

En primer lugar entramos en la cervecería, con profundos butacones. Bajo nuestras botas de marcha, que de pronto nos dan vergüenza, una espesa alfombra amortigua nuestros pasos. Atmósfera silenciosa y confortable de sitio caro. Un maitre d’hotel de elegante chaqueta blanca se acerca a nosotros. Al principio su actitud es obsequiosa, pero nuestro insólito atuendo en un lugar tan lujoso confiere a su voz inflexiones un poco irónicas. Nos presenta la carta, larga lista de refinados manjares de precios notoriamente inaccesibles para bolsillos obreros. En la mesa contigua tres voluminosos parroquianos juegan una formidable partida de cartas trasegando formidables jarras de cerveza y descargando formidables puñetazos.

 

Y de repente el sentido de la palabra bonzo con la que los comunistas y los nazis designan, de común acuerdo, a los dirigentes reformistas, adquiere a mis ojos toda su significación. Nuestros vecinos los jugadores de cartas son unos bonzos. Hemos caído en una guarida de bonzos. Buena gente a fin de cuentas. Cuando se enteran de que somos camaradas franceses nos invitan cordialmente a que nos unamos a sus libaciones. Con su buen color y su tez pastosa y apagada, confinados en su pequeño y confortable universo burocrático y corporativo, me dan ganas de cogerles por el cuello de la chaqueta y sacudirles. Siete u ocho millones de proletarios trabajan con el vientre casi vacío. El peligro fascista está ahí. Pero los bonzos de Dresden prefieren pasarlo bien

 

Como tienen la amabilidad de invitarnos a visitar esa “Casa del Pueblo” que ya no pertenece al pueblo, nos vemos arrastrados a unos ascensores animados de movimiento perpetuo. Se los coge al vuelo y



 

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LA PESTE PARDA

 

se salta de ellos sin que interrumpan su silencioso vaivén. De una tirada alcanzamos la cumbre, el techo-terraza en donde, sin preparación, recibimos en plena cara la imagen de una inmensa ciudad resplandeciendo al sol.

 

No nos dispensan de nada, ni las salas de reunión, grandes habitaciones claras, tapizadas de colores vivos y audaces en donde los síndicos, molestos por el ambiente, al parecer, observan un tenso silencio, ni el hotel, cuyas costosas habitaciones amuebladas en estilo Luis XV se abren en raras ocasiones a los parlamentarios social-demócratas que se encuentran en gira de propaganda.

 

Me froto los ojos. ¿Es que ya se ha hecho la Revolución? Pero no. detrás de la jactancia de este palacio hay millones de hombres sin pan y sin esperanza y otros que traman arrebatar a la clase obrera sus últimas conquistas. El viejo mundo se desintegra. Ha llegado el momento de jugárselo todo. Sin embargo el estruendo de la batalla no pasa a través de estos muros, queda amortiguado por la insonorización de este lujo.

 

La Casa del Pueblo de Dresden es el símbolo y el producto de la locura colectiva. La megalomanía de la americanización ha transformado el seso a toda Alemania. Mientras que los capitanes de la industria construían fábricas tres veces más bonitas y con una capacidad de producción tres veces mayor de la necesaria, mientras que los municipios y las administraciones públicas edificaban estaciones, oficinas de correos y albergues juveniles elefantiásicos, los bonzos sindicales, para no ser menos, dilapidaban los caudales de las cotizaciones en riquísimas mansiones. Pero, a partir de la crisis, este lujo no impide que los ingresos de los trabajadores sigan bajando y, llegado el momento de enzarzarse con las camisas pardas, emascula a los dirigentes dormidos sobre los laureles.

 

Como me atrevo a expresar, con grandes precauciones, el malestar que me invade, mi guía me explica, con una obstinación lírica:

 

– Queremos que nuestros jefes tengan bellos despachos, bien amueblados, porque son nuestros jefes... Todo trabajador está orgulloso de que la clase obrera organizada haya podido realizar semejantes maravillas. Después de haber estado en nuestra hermosa Casa del Pueblo, salen de ella con la idea de elevar su condición…



 

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Ya no me puedo contener:

 

– ¿No cree usted más bien que en adelante ya sólo tendrá una idea: convertirse a su vez en bonzo para poder vivir mejor?

 

No cabe duda de que nunca un lenguaje tan poco conformista turbó la paz de estos burócratas. Intenta en vano encontrar una respuesta.

 

– ¿Y dígame, si los “camisas pardas” invadiesen un día su Casa del Pueblo, cómo se defenderían?

 

La lengua de mi interlocutor se traba en su boca:

 

–¿Si los...? ¿Dice Ud. que sí los...?

 

Sabe de memoria cuánto han costado los aparatos telefónicos que se despliegan como un acordeón, los archivos metálicos. los sillones de despacho, tan profundos que en ellos se pierde la noción del tiempo y del espacio. Pero esto... No, en verdad, nunca había pensado en esto.

 

Por su parte los comunistas han echado ya por encima de la borda, han entregado mentalmente a Hitler todo ese aparato reformista. Un muchacho alto, delgado, de mirada inquisitiva y ortodoxa y que me mira desde lo alto de su metro noventa, me confiesa:

 

– Poco nos importa que los nazis se apoderen de ese palacio y de esos bonzos... No perderemos nada con ello. Al contrario. Nosotros los comunistas trabajaremos mucho mejor en la ilegalidad que en la legalidad.

 

Mañana unos astutos merodeadores, aprovechando el desconcierto y la indiferencia populares, se apoderarán sin esfuerzo de estas vanas riquezas. Y en este palacio pondrán a sus propios bonzos en el lugar de los bonzos derrotados.

 

Esa misma noche en Dresden los nacional-socialistas despliegan ante nuestros ojos su fuerza ascendente. Todo comenzó por la tarde con las evoluciones por encima de la ciudad de una escuadrilla de veloces y ruidosos aviones que se lanzaron en picada para dejar caer una lluvia de pequeños papeles para levantar luego el vuelo en formación de combate. Y sobre las carreteras que convergen hacia la capital sajona se celebró un desfile de nazis a pie, en bicicletas, en camiones, que venían de todos los pueblos. En las gradas del inmenso estadio deportivo una multitud espera de pie. Público popular, pequeño burgueses en su mayoría. Para empezar, un interminable desfile



 

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militar. A la débil luz de los proyectores, al son de una musiquita de una trivialidad desesperante, las secciones de asalto avanzan una a una detrás de sus banderas. Cuando la velocidad decrece, patean mecánicamente en el polvo balanceando los brazos y marcando el paso.

 

Al paso de cada estandarte diez mil brazos se levantan y saludan a la romana. Y esto se produce veinticinco veces seguidas. Después de haber dado la vuelta completa al estadio cada sección se alinea en cuadrado en el centro del terreno, alrededor de la tribuna levantada para los oradores. Ante nosotros tenemos un mar de camisas pardas en posición de firmes.

 

Finalmente aparece el jefe esperado, con la cabeza descubierta, rodeado de guardaespaldas, saludado con entusiásticos ¡Heil! Con botas y correajes, una corbata negra sobre su camisa parda, bajito, calvo, regordete, con el labio inferior prominente, Gregor Strasser tiene un aspecto más grotesco que marcial. En la vida “civil” era boticario y la panoplia con que se ha adornado no consigue camuflar su aspecto de pequeñoburgués vulgar. Pero no es tonto ni mucho menos. Tiene fama de ser el más dotado y más “gauchista” de los dirigentes nazis. Algunos dicen incluso que es el verdadero jefe del Partido. En realidad su enérgica personalidad hace sombra a Hitler que hará que lo maten más tarde, como a un perro el 30 de junio de 1934.

 

Durante dos horas, los altavoces nos transmitirán párrafos de una demagogia muy elocuente y de un poder de persuasión que no hay que subestimar:

 

– El hecho esencial del momento consiste en que el 90 % de la población alemana considera al régimen capitalista caduco y reclaman otra cosa... una economía nueva... un nuevo sistema... (Gritos generales: Si, eso es. ¡Jawohl!)

 

El inmenso coro entona, como un sólo hombre el Horst Wessel Leid, en un impulso de hipnosis colectiva.

 

Cuando llegamos a Berlín el 5 de Septiembre, con esos ligeros escalofríos de impaciencia que acompañan al descubrimiento de una gran capital, somos testigos de un cambio escénico tan brusco como inesperado.



 

 

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Se diría, en efecto, una ciudad de guarnición en la que todas las tropas estuviesen de permiso el mismo día. Contrastando con las juveniles SA, esta soldadesca está marcada por el estigma de la edad. ¡Son los “territoriales”, como decimos en Francia, esos hombres gruesos de inmensos traseros, vientres rotundos y uniformes un poco arrugados? Cuando se despojan de su gorra verde, de un verde abominable, un cráneo pulido como un canto rodado deposita su exceso de sudor en sus pañuelos a cuadros. Andan en grupos compactos ocupando toda la anchura de la acera, se hacen fotografiar al pie del gran monumento ecuestre de Guillermo I, se recogen bajo la cúpula de estilo romano que guarda al “soldado desconocido”. Las gafas de oro de Herr Doktor alternan con el monóculo del Junker. Legiones de campesinos, semisiervos aún, arrastran pesadas botas. La aristocrática altivez de unos alterna con la vulgaridad vocinglera de los otros.

 

¿De dónde ha salido esa vieja Alemania militar e imperial? Ha resucitado de la noche a la mañana por deseo del canciller von Papen. Lo que sucede es que los señores del antiguo régimen, aristócratas, generales, industriales, barones del Herrenklub (“Club de los Señores”) no experimentan una simpatía ilimitada por las bandas plebeyas de Adolfo Hitler. Alardean de contrarrestarlas con unas cohortes más correosas, curtidas en la antigua disciplina prusiana. Consentirían todo lo más en compartir el poder con ese advenedizo que comenzó su carrera como pintor de brocha gorda, pero nunca en entregárselo. Ellos tienen otros títulos para gobernar el Reich: a los plebeyos sin educación ni experiencia les cederían, en caso de necesidad, algunas carteras secundarias, pero ellos conservarían las palancas del poder.

 

Por este motivo, con ocasión de un congreso anual han reunido, a costa de mucho dinero, en la capital a 150.000 antiguos combatientes de una organización llamada Stahlhelm (“Casco de Acero”) procedentes de todos los rincones del país. Copiando al nacional-socialismo sus técnicas de propaganda, esperan burlarse de Hitler mediante un espectáculo de bombos y platillos, mediante un desfile gigantesco.

 

Cuando era de esperase un choque decisivo entre fascismo y revolución ¿qué hacen aquí esos espectros de un pasado muerto? En cualquier caso si no se trata más que de una reconstrucción histórica o de un interludio sin futuro, el director de escena ha hecho muy bien las cosas.



 

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LA PESTE PARDA

 

Puedo ver a esas momias verdes desde demasiado cerca. Sobre la plataforma de un autobús he quedado atrapado entre sus rotundidades, sus correajes y sus cruces de hierro. El “Casco de Acero” es la reacción crasa, pesada, estúpida, del pequeñoburgués miope, el lúmpen analfabeta, el revanchista resentido, irreversiblemente reaccionarios.

 

Potsdam, el Versalles del gran Federico ha recobrado la vida por un día. Las banderas con los colores imperiales ondean en todas las ventanas. Las viejas momias militares han sacudido la naftalina de sus rutilantes y arcaicos uniformes y llevan con arrogancia el casco puntiagudo –ese casco que en nuestra infancia dibujábamos temblando, como si fueran cuernos del diablo. En los grandes parques frondosos, esos soldados obesos, chabacanos y corpulentos que ofenden a la naturaleza, hieren la vista, el oído y el olfato. Bajo las glorietas, alrededor de los estanques de mármol, avanzan a paso cadencioso en grupos cerrados y se detienen repentinamente a la voz de alto en medio de un redoble de tacones entrechocados. Los palurdos con acusado acento provinciano señalan con el dedo, sonriendo socarronamente, los senos delicadamente esculpidos, de las estatuas. Otros, tumbados a pesar de la mochila que dobla grotescamente el volumen de sus espaldas, se entretienen en pescar peces en los estanques. En los alrededores del parque están las cocinas móviles, con sus chimeneas de locomotoras prehistóricas, dispuestas a llenar a todos esos obesos.

 

Ante la tumba de “la última emperatriz de Alemania” (pequeño templo antiguo recubierto de hiedra y con una verja cerrada) los hombres de verde se paran con un ruido seco:

 

– ¡Jurad aquí que volveréis a poner a Alemania a la cabeza de todos los pueblos!, recalca un gigante de mirada dura y voz sanguinaria.

 

– ¡Lo juramos!

 

Sin embargo los “Señores” serian imprudentes si cantasen victoria. Si tienen a su lado a los antiguos combatientes y a una parte de los mandos del ejército, sus puntos de apoyo entre las masas y en el parlamento son más bien débiles. Ahora intentarán consolidar sus frágiles posturas.



 

 

 

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El 12 de Septiembre de 1932 el Reichstag está convocado para una sesión que, de acuerdo con los rumores, podría ser “histórica”. No quiero perderme ese espectáculo que, sin embargo me está vedado por mi atuendo de trotamundos. Pero un amable socialdemócrata me presta un traje demasiado amplio dentro del cual floto. Y como he conseguido obtener un carnet de prensa, hago una entrada muy digna en el palacio parlamentario, en taxi y saludado por una nube de Schupos.

 

La atmósfera del hemiciclo me parece tétrica en comparación con la del Palais-Bourbon. Las individualidades no tienen apenas importancia. Sobre los bancos que poco a poco van llenándose se ven solamente volúmenes compactos y bien delimitados. Cada cual tiene su tonalidad peculiar. Sus miembros parecen todos del mismo molde.

 

En primer lugar majestuosa en sus buenos modales, está la social-democracia: se diría que son viejos profesores de provincia, desdibujados, señoras maduras un poco encopetadas. Cuesta trabajo imaginar que éste haya podido ser el partido de Bebel y de Wilhelm Liebknecht.

 

Los comunistas son más jóvenes, más dinámicos, con mujeres más desaliñadas, pero no menos dignos y atentos. Separados de todos los demás grupos, los 89 representantes de la IIIra Internacional dan la impresión o, al menos la ilusión, de ser un bloque compacto, sin fisuras.

 

Luego están los hombres del Zentrum, curas de civil, con chaqué negro y caras lampiñas y pícaras; luego los abyectos varones del partido conservador de Hugenberg y, más a la derecha aún, la masa provocativa, plebeya, turbulenta de los 230 hitlerianos15. Entre ellos muchos jóvenes, de buena facha, insolentes. Aún no se atreven a acudir a las sesiones en camisa parda. Pero en los pasillos y en los alrededores del Reichstag pululan los milicianos de altas botas.

 

 

 

 

 

15  En las elecciones al parlamento alemán [Reichstag] de 1924 el partido nazi consiguió el 3% de los votos y su representación consistió de 14 diputados. En 1928 la representación se redujo a sólo 12 escaños. El punto de inflexión se produjo en las elecciones de 1930, las primeras realizadas después del estallido de la crisis mundial. Los nazis sorprendieron al recibir el 18.3% de los sufragios, que significaban 107 diputados en el Parlamento. En julio de 1932 los nazis se convirtieron en la facción mayoritaria con 230 representantes.



 

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LA PESTE PARDA

 

En el sillón presidencial, alto sillón gótico, aparece, con una chaqueta de calle marrón y cuello blando, elegante e impertinente, una especie de muñeco grande e imberbe, de mandíbula inquietante, mitad verdugo y mitad payaso. Parece divertirse prodigiosamente. Pero cuando abre la boca su voz es tan sanguinaria como la del gigante que vimos en Potsdam; y en el fondo de sus ojos vacíos de morfinómano hay resplandores de ferocidad: Hermann Göring, que concede inmediata-mente la palabra al diputado comunista Torgler. En unas pocas palabras, violentas y hábiles, el stalinista abre el ataque contra el gobierno. Alineados detrás de una mesa, a la derecha de la tribuna, como para una masacre, los ministros no rechistan. Parecen el respetable consejo de administración de alguna sociedad anónima.

 

Göring, después de una breve suspensión de la sesión, anuncia con un tono cortante la votación de la resolución comunista. El canciller von Papen se levanta, viscoso, desagradable, muy pálido. Con un gesto apenas visible pide la palabra. Pero el terrible muñeco presidencial vuelve la cabeza para otro lado y finge no haberlo visto. Papen levanta una vez más el índice obstinado. En vano. Jamás se había visto semejante sacrilegio en un parlamento alemán. Entonces, temblando de ira contenida, el canciller saca de debajo del brazo una cartera rosa y se acerca con pasos rápidos a la mesa presidencial, tiende a Göring un papelito y luego se retira seguido, en fila india, por todos sus barones.

 

El muñeco coge el papel al vuelo, lo lanza despectivamente al otro lado de la mesa y exclama sarcástico que el voto sobre la resolución comunista continúa.

 

Porque las urnas están circulando ya. Al realizar el escrutinio se sabrá que la vieja Alemania espectral solamente ha obtenido 33 votos. El fascismo y el marxismo han formado bloque contra ella.

 

Y súbitamente un pequeño simio cojo ha saltado de su escaño de diputado. En dos zancadas llega al sillón presidencial y con volubilidad y a fuerza de gestos reprende al morfinómano. Afectado por el Dr. Goebbels, Göring proclama entonces que el gobierno ha sido derrocado y que, por tanto, el decreto de disolución del Reichstag que von Papen extrajo de su cartera rosa es nulo y carece de validez.



 

 

 

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Daniel Guerin

 

Un rumor se extiende por Berlín como un reguero de pólvora: mañana el ejército ocupará el Reichstag –un ejército profesional de 100.000 hombres bien entrenados tras siete años de servicios y con equipo moderno. ¿Irá Göring a hacer de Mirabeau?

 

¿Van a enfrentarse los dos bandos de la derecha? una hora después de la sesión, dicen: Göring se ha desinflado, se inclina ante la legalidad constitucional. El Reichstag en el que el nacionalsocialismo disponía de 230 escaños ha quedado definitivamente disuelto. Los fanfarrones hitlerianos no se han atrevido a enfrentarse al Reichswehr.

 

La vieja Alemania se ha salido con la suya por el momento. Pero desea tan poco como los nacionalsocialistas un conflicto abierto. No ha servido de nada que los partidos de la izquierda. en vez de unirse, hayan intentado, creyendo actuar de forma más inteligente, desunir a los dos bandos contrarios. Mañana el ‘Tercer Reich’ nacerá a la vez de la desunión proletaria y de un compromiso entre los antiguos y los nuevos señores. Se respira en el aire el clima del 12 de Septiembre.

 

Un domingo, en los alrededores de Berlín, nos encontramos por casualidad en la carretera con un grupo extraño. No se distinguen de los vagabundos ordinarios, claro está por sus pantalones cortos, sus pantorrillas desnudas ceñidas por una faja de lana, el enorme y heteróclito cargamento que se tambalea sobre sus hombros o las voluminosas botas. Pero tienen un aspecto entre “beatniks” y “punkis”, como diríamos hoy. Caras viciosas, turbias, de sinvergüenzas. Sobre sus cabezas, los más pintorescos tocados: bombines negros o grises, a lo Charlot. viejos sombreros femeninos con las alas levantadas estilo “amazona” y adornados con un plumero y medallas, gorras proletarias estilo marinero que ostentan, por encima de la visera, un enorme edelweiss, pañuelo o foulard de colores chillones anudado de cualquier forma alrededor del cuello, torsos medio desnudos emergiendo de un jersey a grandes rayas demasiado escotado, brazos cuajados de tatuajes fantásticos o indecentes, orejas cargadas de pendientes o de enormes anillos, pantalones cortos de piel terminados en un inmenso cinturón triangular, también de piel, ambos tachonados de cifras esotéricas, perfiles humanos e inscripciones como Wild-Frei (salvaje y libre) o Raüber (bandidos). En el puño un enorme brazalete de cuero. En pocas palabras, una insólita mezcla de virilidad y afeminación.



 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

A la cabeza un muchachote de labios sensuales y ojos pintados de negro, lleva un estandarte. Es Winnetou, el “jefe” de la banda. No es muy hablador. Pero nos dice lo suficiente como para que nos enteremos de lo esencial: tenemos ante nosotros a una Wild-clique, una banda salvaje, una pandilla de adolescentes descarriados, antisociales, una comunidad de muchachos rechazados por la comunidad.

 

De vuelta a Berlín me dirijo rápidamente a las salas de redacción de la prensa de extrema izquierda para buscar a alguien que me pueda informar sobre esas “cliques”. Me envían ante Christine Fournier, que había estado casada con el escritor liberal Rudolf Olden, colaboradora de la AIZ, el semanario ilustrado publicado por Willy Münzenberg, genial especulador y propagandista staliniasta. Ha frecuentado a esos jóvenes golfos con paciencia y gentileza. Ha conseguido ganarse, poco a poco, su confianza, hacerse admitir en sus reuniones, penetrar en sus secretos celosamente guardados. En el Neuewelt bühne del 20 de Enero de 1931 escribió un excelente estudio, fruto de sus audaces observaciones.

 

Tengo ante mí a una mujer de cerca de 45 años, de cara aún joven, seductora a pesar de sus cabellos, prematuramente encanecidos, de mirada limpia detrás de sus gafas de carey. Mi atuendo de trotamundos no parece incomodarle: ya está acostumbrada.

 

– ¿De dónde vienen esas bandas?

 

– Las “cliques” no son nada nuevo en Alemania. Nacieron del caos de la guerra y de la postguerra... A partir de 1916 o 1917 ya se podía ver en los suburbios de las grandes ciudades a tropas del mismo pelaje. Eran adolescentes cuyos padres estaban en el frente y las madres, en la fábrica. No había nadie en casa que se ocupase de ellos. La inflación de la postguerra y, desde hace dos años, el paro han multiplicado esos pandilleros. Ofrecen a una juventud desarraigada y a menudo privada de vida hogareña, la vida en común, la camaradería, el amor al peligro y a la aventura. Para escapar a la tentación del suicidio crean un mundo imaginario, un mundo basado en preceptos enteramente diferentes a los admitidos por la moral corriente, un mundo abandonado al instinto más desenfrenado, un mundo de odio contra la sociedad que los abandona.

 

–¿Cuál es el origen de su lema: wild-frei?



 

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Daniel Guerin

 

– Wild-Frei, “salvajes y libres”, rebeldes a toda autoridad: rebeldes y no revolucionarios. Los nombres que las cliques se dan a sí mismas son de por sí muy significativos: Sangre de Tártaros, de Indios, de Cosacos, Crimen Salvaje, Terror de las muchachas. Apaches Rojos, Amor Negro, Esqueletos Sangrientos, Piratas de los Bosques, Gargantas de Aguardiente. Todos han leído a Karl May, nuestro Gustave Aimard y Winnetou, el sobrenombre que más les gusta, es el nombre del ultimo de los Apaches…

 

– ¿Y su vida sexual?

 

– Cada clique tiene su refugio, en un desván, un sótano, un cobertizo y el único mueble en ese refugio clandestino es el stoszsofa, el sofá en donde se consuma el coito. Pero eso no es todo…

 

– Mi interlocutora baja la voz:

 

– …Hay ritos secretos de iniciación... Por la noche, en algún bosque desierto, a orillas de uno de los innumerables lagos que rodean la urbe berlinesa. Las pruebas son a veces terribles: peleas a navaja, inmersión en el lago completamente vestidos, acto de amor practicado por el postulante ante la “clique” en un tiempo fijado por “el jefe” y que se controla reloj en mano. Pero hay cosas aún peores…

 

En ese momento la Sra. Olden es reclamada al teléfono en la habitación de al lado y me deja solo. Aprovecho la ocasión para echar mano a un sobre repleto de fotografías a las que se ha referido, pero que sin duda, no se ha atrevido a enseñarme. Contemplo una colección de adolescentes desnudos, suspendidos por las muñecas de una rama o atados, con las manos a la espalda, en la copa de un árbol, mientras que a su alrededor los miembros de la clique, igualmente desnudos, enarbolan emblemas fálicos.

 

Cuando vuelve la Sra. Olden he tenido tiempo de volver a colocar las imágenes en el sobre.

 

– La fiesta de iniciación, concluye, degenera siempre en una borrachera, en una orgía loca. Las lecturas de estos jóvenes pueden desempeñar, sin duda, un determinado papel: imitan quizás los ritos primitivos, pero creo que más bien se trata de una vuelta espontánea a la barbarie. Después de todo, la civilización no es más que un barniz muy tenue, reciente y frágil…



 

 

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LA PESTE PARDA

 

Al dejar a Christine Fournier no puedo evitar una angustia, quien sepa alistarlos podría muy bien convertir a estos apaches de carnaval en verdaderos bandidos. Dos años más tarde, la periodista de Neue-weltbühne (que se había convertido en mi suegra) me confesaría que, después de la llegada de Hitler al poder, encontró en una calle de Berlín a un siniestro y poderoso SA, con gran sorpresa por su parte el nazi la interpeló con familiaridad e incluso con afecto: finalmente lo reconoció. Era el antiguo “jefe” de la clique cuya amistad había sabido ganarse. Era Winnetou.

 

De la Wilde-clique a Kuhle Wampe hay toda la distancia que separa a un universo de otro universo. Y, sin embargo, ambos son producto del paro y de la miseria de la época. Aquí no se trata de rebeldes, sino de revolucionarios.

 

Kuhle Wampe, a orillas del Müggelsee, es un campamento de desocupados berlineses. Acaba de inspirar al director de teatro comunista Slatan Dudow, en colaboración con Bertolt Brecht un film famoso y magnífico que ha conseguido, en este verano de 1932, una verdadera riada de espectadores. Diseminadas por las orillas del lago, bajo los pinos, las pequeñas casetas son todas parecidas: simples largueros de madera revestidos con telas de tienda, blanca o a rayas. Todas son claras, limpias y cuidadas. Sus constructores han rivalizado en ingeniosidad y coquetería. Un jardín en miniatura rodea a las más hermosas. Cuando llego una pareja de viejos desempleados, con la regadera en la mano se mantiene inmóvil, extasiada ante tres geranios aún húmedos.

 

Como empieza a llover un muchacho me invita a guarecerme en su cabaña. Me ofrece un sillón, el único sillón. Unos se sientan en taburetes de madera rústica y otros se encaraman a las literas. Varios camaradas fornidos, de mirada abierta me rodean vestidos con un sobretodo azul marino y acompañados de sus jóvenes esposas sonrientes y atentas. Me explican:

 

– Ya ves, el aire de Kuhle Wampe es mejor que el de los suburbios y son unas vacaciones que no cuestan dinero... Preferimos ir cada semana en bicicleta a Berlín para cobrar nuestro subsidio de desempleo. Y además queremos demostrar que los proletarios saben vivir una vida inteligente y libre…



 

 

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Daniel Guerin

 

Ya ha dejado de llover y vamos a la orilla a ver a jóvenes y viejos entregarse a las delicias del baño de sol mientras que los más intelectuales, tumbados en sus esterillas están sumidos en lecturas serias. Y como hago el gesto de apoyar el disparador de mi máquina fotográfica un atleta ágil y grande de cabellera rojiza se arranca con un gesto brusco su slip y se ofrece, enteramente desnudo a los ardientes rayos.

 

– “Para protestar contra la ordenanza del canciller von Papen”, exclama entre grandes carcajadas.

 

Efectivamente, la Reacción mira con malos ojos a estos campamentos de proletarios libres que han desterrado los prejuicios burgueses. Varias colonias han sido prohibidas ya y se ha promulgado una puritana ordenanza prohibiendo el nudismo.

 

Los desempleados de Kuhle Wampe no son ni forajidos ni excéntricos, sino hombres sanos y resueltos que pretenden utilizar de la mejor manera posible este período de ocio forzado. El naturismo y el nudismo no son para ellos un pretexto para el exhibicionismo ni un derivativo de las luchas sociales. Les gusta el sol que los fortalece y los vestidos de que se despojan, en un reto lanzado a los barones del Herrenklub, simbolizan para ellos los prejuicios que rechazan.

 

Los comunistas de Wedding, el barrio rojo de Berlín, son numerosos en Kuhle Wampe16 y hacen retroceder, gracias a sus pacientes explicaciones, el espíritu pequeñoburgués e individualista que amenaza siempre en mayor o menor medida a toda colonia de campistas.

 

Islote perdido en medio de una Alemania desgarrada, Kuhle Wampe no tardará en ser barrido por el maremoto hitleriano y de él sólo quedarán las imperecederas imágenes conservadas por las cinematecas.

 

Para visitar a los militantes y a los teóricos de diversas tendencias cuyas direcciones poseo, recorro Berlín de punta a punta. El ferrocarril aéreo me hace trazar por encima de la gigantesca urbe, fulgurantes diagonales o, alrededor de ella, enormes círculos concéntricos.

 

 

 

 

 

16Kuhle Wampe oder: Wem gehört die Welt? Una película de Slatan Dudow. Guión: Bertolt Brecht, Ernst Ottwald. Música: Hanns Eisler. Fotografía: Günther Krampf. Alemania, 1932. Blanco y Negro. 74 min.



 

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LA PESTE PARDA

 

Asisto así a una reunión del Partido Socialdemócrata. Viejos militantes rutinarios, obtusos, pasivos, abuelas charlatanas que me recuerdan a las silleras de nuestras iglesias o a nuestras damas de la Cruz Roja, pequeñoburgueses gordos y acartonados. Pero en el fondo de la sala relincha una juventud impaciente, intenta levantar la tapa bajo la que pretenden sofocarla. Sus portavoces consiguen sin embargo leer una requisitoria que deja traslucir su cólera. La joven generación aplaude a rabiar, la vieja, ceñuda, se calla: hay una fisura.

 

Sin embargo cuando se traía de estigmatizar a los ministros que el 20 de Julio habían sido desalojados por von Papen del gobierno de Prusia sin insinuar el más mínimo gesto de resistencia, todos los oradores entre ellos un diputado del Landtag, están de acuerdo: un socialista no se consuela nunca de haber perdido una cartera o un escaño.

 

Otra tarde me invitan a visitar un grupo de las juventudes comunistas en el rojo barrio de Wedding. Es la sala trasera de un café. Alrededor de una mesa muchachos y muchachas forman un círculo. Admiro su seriedad, su nivel cultural, su fervor militante. Un hombre jovencísimo, que quizás tenga 17 años, con galas, gesto decidido, abre gravemente la sesión. Con una volubilidad y una desenvoltura que me dejan perplejo intenta justificar (sin duda para convencerse a sí mismo) la línea del Partido. Preferiría que tuviese menos labia, porque así, su sectarismo al resultar hechizante en vez de repeler al auditorio lo tranquiliza y lo embruja. Me parece que toda esa generosidad fraterna, toda esa fe revolucionaria, se están dilapidando sin ningún objeto.

 

Excepto por un joven cuya rubia cabellera queda iluminada por un rayo de luna que entra por la ventana abierta. Tiene una voz cristalina y murmura, es el único en decirlo, esta herejía:

 

 La desgracia de nuestro tiempo es que no hay nadie en este caos para guiarnos. ¡Ah! ¡Si Lenin viviese!

 

A decir verdad no he podido encontrar en todo el viaje un solo comunista que, en plan de confianza después de un momento de conversación, se declarase verdaderamente de acuerdo con la táctica del Partido. Los más ortodoxos se repiten a sí mismos que “la línea es justa”, pero lo hacen con la angustia del creyente asaltado por la duda. En cuanto a los más valientes, apenas si pueden disimular su desasosiego. La organización, ha sido instituida espontáneamente en muchos sitios. Pero cada vez es disuelta al poco tiempo. En otras



 

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Daniel Guerin

 

partes han quedado suspendidas casi enseguida las conversaciones iniciadas.

 

Las direcciones centrales de los dos partidos obreros –a pesar de la fuerte presión de la base– han permanecido irreductiblemente opuestas a la unidad de acción: los socialdemócratas por miedo de perder la dirección de sus tropas, los comunistas por obediencia servil a las órdenes de Moscú y también por temor a dar su brazo a torcer negociando con los “socialfascistas”.

 

Y cada vez el pretexto invocado para rechazar el frente único, para rechazar, especialmente, las propuestas de una huelga general común hechas por dos veces por el Partido Comunista al Partido Socialdemócrata ha sido la cuestión candente de la “tregua de las críticas”: los comunistas se niegan a interrumpir sus ataques ideológicos contra los reformistas y estos últimos sólo aceptarían el frente único bajo la forma confortable de una “tregua de Dios” en la que ninguna expresión de opiniones divergentes rozase su excesivamente sensible epidermis.

 

Sin embargo, el Partido comunista, después de su huelga fallida del 20 de Julio, debería haber sacado una lección del fracaso. ¿Cómo conseguir, sin preparación, hacer que abandonen de repente el trabajo obreros adoctrinados en el odio contra los “social-fascistas” para protestar contra la expulsión de ministros “social-fascistas”? Pero, lo que es aún más grave, ha quedado probado que la influencia del Partido, bastante fuerte entre los parados, es casi nula sobre los trabajadores organizados: es evidente que resulta imposible una huelga general sin el concurso de los obreros reformistas. ¿Entonces qué espera el Partido, que lleva mucho tiempo alardeando de haberlo conseguido, para encontrar finalmente el camino que lleva a los millones de sindicados?

 

Será preciso el trágico desenlace de principios de 1933: la llegada de Hitler al poder, el incendio del Reichstag, la declaración de la ilegalidad del Partido Comunista para que Moscú, demasiado tarde, autorice finalmente a sus subordinados a “renunciar a los ataques a las organizaciones socialistas durante la acción común”. Pero para ese momento la peste parda ya lo habrá inundado todo.



 

 

 

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Esperando la derrota final que se acerca a grandes zancadas los desdichados trabajadores alemanes son presa del desconcierto y la confusión más extremos. Recojo afirmaciones como estas:

 

 ¿Por qué yo, obrero socialdemócrata he de considerar como principal enemigo al vecino de taller que es comunista?

 

 ¿Por qué yo, obrero comunista, he de darme de golpes, a veces mortales, con el trabajador nazi que hace cola a mi lado en la oficina de empleo?

 

Nadie sabe ya el porqué de las cosas. Así, se ve a obreros nazis tomar parte en las huelgas contra los decretos-leyes de von Papen. Y también se ve a los descarriados pasar con una facilidad desconcertante de un campo al otro: socialdemócratas que se convierten en nazis, nazis unidos por su odio común hacia la socialdemocracia y por el slogan envenenado de la “liberación nacional”. Hay socialistas y fascistas que se sienten unidos por el mito de una economía dirigida, por un sindicalismo de interés general integrado en el Estado.

 

Y sobre todo el agotamiento va haciendo su labor. Ninguna señal de relanzamiento económico. ¿Nos quedaremos sin trabajo para toda la eternidad? Los partidos políticos han prometido tanto. Se han leído tantos carteles, tantos pasquines. Ha habido tantas campañas electorales, tantos boletines echados en vano en las urnas. Y siempre es lo mismo. Y hoy peor que ayer. Las últimas libertades han sido abolidas, los periódicos obreros han sido prohibidos. En las reuniones públicas he visto con mis propios ojos a un “Schupo” insolente que interrumpía a los oradores que le desagradaban.

 

Y entre los más desorientados de los trabajadores, escucho este monólogo que bien podría ser el tañido fúnebre para la Alemania democrática: ¡Ah! ¡Si los jefes se entendieran! P

 

ero esa perspectiva es mínima y lejana... entonces, ¿por qué no voy a escuchar a esos nuevos salvadores que me prometen pan y trabajo, que se ofrecen á liberarme de las cadenas del tratado de Versalles y que me juran que ellos son también un partido obrero, revolucionario, socialista. ¡Heil Hitler!



 

 

 

 

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Sin embargo, en el otoño de 1932 el observador superficial puede creer que la marea fascista se ha detenido provisionalmente o incluso que retrocede. Los señores del “Club de los Señores”, apoyados por el presidente Hindenburg y el ejército parecen consolidar durante un momento su poder. En las elecciones del 6 de Noviembre, tramadas por von Papen para sustituir al Reichstag que ha disuelto, los nacional-socialistas pierden escaños. El imprudente León Blum se apresura a vaticinar en Le Popuiaire17:

 

“Desde ahora Hitler queda excluido del poder. Queda incluso excluido, si se me permite decirlo, de la esperanza del poder. Entre Hitler y el poder se ha levantado un muro infranqueable”.

 

Un astuto militar acaba de suceder al canciller von Papen, ayer era solamente su adjunto. El general von Schleicher ha comprendido que una simple resurrección de la vieja Alemania imperial o incluso una restauración de la monarquía no tendría oportunidades de sobrevivir. El ejército, si quiere canalizar, neutralizar o incluso anular a Hitler, debe pensar en algo nuevo. Así, el general sueña con instaurar en Alemania con el apoyo simultaneo de los sindicatos obreros y del ala izquierda del nacionalsocialismo, una especie de “bonapartismo” o fascismo larvado: capitalismo de Estado a la prusiana y corporativismo a la Mussolini.

 

Coquetea a la vez con los programas nazis y socialistas y con los bufones que puedan servirle; se apodera no sólo de ideas de ambos bandos, sino también de hombres. Coquetea con Gregor Strasser, el demagógico rival del Führer y cierra tratos con el secretario general de la CGT alemana, el equívoco Leipart, digno émulo de nuestro Jouhaux. Habla de nacionalizar los bancos y algunas grandes empresas. El aparato del Estado absorbería algunas buenas voluntades hitlerianas demasiado ansiosas que tienen prisa en demostrar finalmente la magnitud de sus talentos. Integraría al mismo tiempo a los bonzos sindicalistas y cooperativos permitiéndoles así salvar milagrosamente sus dorados feudos.

 

Pero la intriga es demasiado bizantina y demasiado tardía como para tener éxito. Schleicher sólo consiguió reunir en su contra, en todos los partidos, coaliciones de adversarios. ¿Cómo iba a permitir la “base” del movimiento sindical que Leipart se subiese al carro del general y, sobre

 

17  9 de Noviembre de 1932



 

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todo, cómo ese “bonapartismo” improvisado, de última hora conseguiría mantenerse en el poder, a pesar de que lo apoyase el ejército, contra todo un pueblo ansioso de cambios radicales?

 

A la historia grande se le incorpora entonces la pequeña, esa que Brecht, con una miopía decepcionante, parece haber tratado prioritaria-mente en su Arturo Ui.18 El viejo presidente Hindenburg, a fin de sofocar el escándalo de los sobornos que está a punto de salpicarle, destituye al canciller von Schleicher que, en su opinión, no es lo bastante complaciente y, el 30 de Enero de 1933, instigado por von Papen y su barones, instala a Hitler en el poder. Ha sucedido lo irreparable.

 

Un joven camarada comunista que había conocido en la roja Wedding me dirige a Francia el 28 de Febrero de 1933 un último mensaje: el gobierno de Hitler, dice, prepara una acción de ‘alto vuelo’ contra el Partido; después de las elecciones, que tendrán lugar el 5 de Marzo, se prohibirá al PC o se anularán los mandatos de los elegidos. Están preparando ya a la opinión para este abuso. El proletariado está demasiado debilitado como para responder.

 

Mi corresponsal añade a su carta una lúgubre postdata: acaba de recibir hace un momento la noticia del incendio del Reichstag que se declaró el día anterior por la noche. Las ediciones especiales propagan ya la versión oficial: se supone que los comunistas son los autores del incendio. ¡Me gustaría ver al idiota que ha incendiado el Reichstag creyendo actuar en el interés del proletariado! exclama mi joven corresponsal. Y continúa: el gobierno nacional-socialista no ha perdido un segundo y acaba de proclamar severas medidas contra el Partido; se han realizado ya muchas detenciones y registros; la policía auxiliar de los nazis ha sido movilizada; van a proclamar el estado de sitio; Berlín parece un campo de concentración; enseguida empezarán las ejecuciones masivas. Un terror sin nombre está a punto de apoderarse de la clase obrera y como. sin duda, va a ser suspendido el secreto de la correspondencia, mi corresponsal termina su último mensaje con estas palabras: Esta carta será probablemente la última. La noche ha caído sobre Alemania.

 

 

 

 

18            “El evitable ascenso de Arturo Ui” por Bertolt Brecht



 

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DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE (1933)

 

En Abril-Mayo de 1933, con Hitler yo instalado en el poder, emprendí un nuevo viaje a Alemania, esta vez en bicicleta en vez de a pie. Había ido a visitar a León Blum a fin de exponerle mi proyecto. Me dio carta blanca sin vacilar. Si pudo equivocarse en algunos de sus pronosticas excesivamente optimistas en otoño de 1932 después captó toda la magnitud del desastre. Mi reportaje aparecería, unas semanas más larde, en el diario de la SFIO, Le Populaire.19

 

Añado aquí al relato que viene a continuación dos detalles pintorescos que no me atreví a mencionar en mi escrito de 1933. A lo largo del recorrido me había acostumbrado a guardar en el cuadro de la bicicleta los pasquines ilegales que me confiaban los militantes clandestinos, un dia en Berlín, en una calzada para bicicletas, entro en colisión con una dama, el choque rompe el cuadro. Al ver en el horizonte el casco negro de cuero lavable de un policía, me alejo a pie llevando a hombros el vehículo comprometedor.

 

En la reunión privada de nazis a la que conseguí asistir en Leipzig hago; para no llamar la atención, el saludo a la romana al mismo tiempo que mis compañeros y con gran sonrojo grito ¡Heil Hitler! cada vez que viene a cuento. Ese repugnante mimetismo me permite cumplir hasta el final mi tarea de reportero.

 

Al volver a Francia compruebo con estupor que mi testimonio es acogido con escepticismo incluso en el partido socialista. El añorado Orestes Rosenfeld, a la sazón redactor en jefe de Le Populaire, me reveló más tarde que había recibido de sus lectores muchas cartas de protesta a veces indignadas. Decían que exageraba. Que era parcial. La izquierda francesa tenía aún mucho que aprender.20

 

 

 

 

 

 

 

 

19  Daniel Guerin, Le Populaire del 25-6 al 13-7 de 1933.

 

20 Cf. Daniel Guerin, Front populaire, revolution manqueé, 1963. pags. 36-39.



 

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Kuhle Wampe, a orillas del Müggelsee, es un campamento de desocupados berlineses. Acaba de inspirar al director de teatro comunista Slatan Dudow, en colaboración con Bertolt Brecht un film famoso y magnífico que ha conseguido, en este verano de 1932, una verdadera riada de espectadores. Diseminadas por las orillas del lago, bajo los pinos, las pequeñas casetas son todas parecidas: simples largueros de madera revestidos con telas de tienda, blanca o a rayas...



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

Prefacio a la reedición de 1945

 

Los franceses de hoy en día no necesitan, desgraciadamente, ser instruidos sobre la barbarie nazi. La marea parda que cayó sobre Alemania en 1933 pasó más tarde a nuestro país. Aún estamos lastimados.

 

El lector no encontrara, pues, en este testimonio razones para odiar más. Las tiene ya en cantidad suficiente. Las imágenes que can a desfilar ante sus ojos quizás despierten otras reflexiones. Durante cuatro años no vimos de Alemania más que la cara bestial del hitlerismo. No tiene nada de extraño que hayamos terminado por confundir a esas bestias con el pueblo alemán. El presente “documental” nos recuerda que existe otra Alemania. Aporta la prueba de que la élite de los trabajadores alemanes, lejos de haberse convertido en cómplices de Hitler, fue la primera víctima de su barbarie parda.

 

¿Vos recuerda que esa otra Alemania, después de haber intentado inútilmente atajar la riada hitleriana continuó, bajo el terror, en la clandestinidad, en los campos y en las prisiones, una lucha heroica, paralela a la que nosotros, bajo el terror, en la clandestinidad, realizamos aquí. El obrero francés Timbaud que ante el pelotón de ejecución gritó: “¡Viva el partido comunista alemán!”, era de la misma opinión.

 

Los deportados del campo de Buchenwald eran de la misma opinión cuando, al día siguiente de su liberación escribieron en un L’Humanité al multicopista: “Sabemos que hay dos Alemanias; una la de Hitler, que hay que exterminar y otra Alemania antifascista a la que habrá que ayudar”.

 

Ayudados, salvados a veces incluso de la muerte por comunistas alemanes, compañeros de cautividad, esos comunistas franceses pudieron comprobar en ese trance, lo que es la solidaridad internacional del proletariado y se negaron a confundir a ambas Alemanias a poner en el mismo cesto a nazis y antinazis, a víctimas y verdugos.

 

Aquí mismo, bajo la ocupación, a pesar de la disciplina de hierro del militarismo prusiano y del terror de las SS hubo soldados de la Wehrmacht que respondieron a la llamada que les dirigieron en su



 

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propia lengua grupos clandestinos de trabajadores franceses y de refugiados alemanes. Por haber leído o distribuido esos pasquines, franceses y alemanes, civiles y militares fueron reunidos en la misma y salvaje represión.

 

Así, a pesar de todas las consignas de “no fraternización”, lanzadas por ambas partes por los estados mayores beligerantes las manos obreras se tendieron y consiguieron unirse.

 

En la barbarie universal desencadenada la Internacional no es hoy más que una pequeña llama. Pero arde aún y esto ya es mucho, es bastante como para que el género humano no desespere sobre su porvenir.

 

Dedico estas pocas páginas a la memoria de los trabajadores alemanes que dieron su vida en la lucha contra el fascismo. En particular a la de mi camarada Arno Barr, de Leipzig, militante comunista. Arno me había ayudado a redactar La Peste Parda. Cayó en Madrid a fines de 1936. "Madrid, me escribía pocos días antes, será la tumba del fascismo". Se equivocó solamente en la fecha y en el lugar.

 

El espantoso régimen que violentó al pueblo alemán y luego a Europa, no es ya más que un mal recuerdo. Pero la lucha no ha terminado, la presión del hombre no ha acabado. Incluso en Alemania los trabajadores salen de una servidumbre para caer en otra. En otras partes (en Grecia, en los países colonizados) los aviones y los tanques “libertadores” se emplean para mantener a los pueblos bajo el yugo.

 

Así se desgarra el velo y podemos ver algo más claro. Nos damos cuenta ya, y cada día lo vemos un poco mejor, que la verdadera guerra no tiene lugar entre naciones o entre pueblos, sino entre clases.

 

Mañana los odios nacionales, ayer exacerbados, dejarán paso a la solidaridad internacional de los explotados, al odio común de los pueblos contra los explotadores. Al anacrónico grito de guerra: “A cada cual su boche” sucederá, en todos los países, el grito de nuestro siglo: “A cada cual su capitalista”. Juntos, con los trabajadores alemanes, construiremos los Estados Unidos Socialistas Soviéticos de Europa.

 

Descansa en paz, Arno.



 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

El maremoto

 

A algunos centenares de kilómetros de aquí, hay hombres como nosotros que se mueven en otro mundo, un mundo cerrado en donde no se admite nada de lo que forma nuestras costumbres de pensar, de sentir, de combatir. El año pasado presintiendo la catástrofe, quise trabar conocimiento con esa Alemania socialista y revolucionaria que hoy ha sido pisoteada y asesinada.

 

Cuando cierro los ojos veo de nuevo a esas multitudes obreras, fervientes y disciplinadas, esas Casas del Pueblo tan hermosas; demasiado hermosas; oigo esos cánticos viriles de las juventudes proletarias. Pienso en ese lento movimiento hacia la unidad de acción que, en las profundidades, se estaba apoderando de las masas…

 

La peste parda ha pasado por allí. Pero ¿cuáles son exactamente sus destrozos? ¿Qué queda de esa Alemania que hemos conocido, comprendido, amado?

 

He vuelto por allí. En bicicleta de Colonia a Hamburgo, de Hamburgo a Berlín y a Leipzig, mezclándome con los hombres de los pueblos y del campo, durmiendo, como el año pasado en esos albergues de la juventud que son en sí mismos un microcosmos de Germania; he intentado ver, escuchar, explicar.

 

Un socialista que viaje actualmente por el otro lado del Rhin, tiene la impresión de explorar, después de un terremoto, una ciudad en ruinas. Aquí estaba hace solo unos meses la sede del partido, del periódico, del sindicato; allí había una librería obrera. Enormes pabellones con la cruz gamada ondean hoy sobre esos inmuebles. Esta es una calle “roja”, sabían pelear. Ahora sólo se encuentran hombres mudos de mirada inquieta y triste, mientras que los mocosos te rompen los tímpanos con sus ¡Heil Hitler!

 

Todo lo que amábamos de la Alemania de ayer, todo lo que volveremos a ver un día en la Alemania de mañana, la marea parda lo ha recubierto, no lo ha aniquilado. Hay que llegar hasta el fondo de las casas y al fondo de los corazones para encontrar la conciencia de clase, la cálida camaradería, el sentido de la vida colectiva, la madurez y la cultura que son y que siguen siendo las virtudes alemanas. Esta llama, a pesar del encarnizamiento con que se ha pretendido extinguirla sigue ardiendo, pero en la sombra y en el silencio. Por el



 

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contrario, la otra Alemania actúa a la vista de todos, con toda su fealdad, sus malos instintos, su brutalidad y sus taconazos. ¿Cómo explicaros lo que se siente en semejante país? Es imposible, creo, amar más y odiar más.

 

Sin embargo hay que superar la repulsión e intentar comprender. Lanzar el anatema sobre los “bandidos pardos” es un juego fácil, pero la ola hitleriana es un fenómeno tan extraordinario (en el sentido estricto del término) que los epítetos vengativos no bastan para explicarlo. Ha surgido del fondo del pueblo alemán. Resultó irresistible porque era popular. Por eso barrió todo, los partidos obreros divididos no pudieron hacerle frente y la vieja Alemania reaccionaria y feudal hubo de cederle el sitio de mala gana.

 

Es verdad que la hez de la población ha encontrado asilo en el ejército pardo. Allí golpea y juega con la pistola a más y mejor. Pero detrás de ella hay una masa campesina que sufrí por el abaratamiento de sus productos o por sus bajos salarios, toda la clase media en des-composición, esos pequeñoburgueses arruinados por la inflación, por la crisis, luchando contra la competencia del gran capital, contra la proletarización que les acecha y también hay amplios sectores obreros a los que el hambre y la ociosidad han trastornado los nervios y sobre todo la juventud, sin pan, sin trabajo, sin porvenir.

 

Hay que ver con los propios ojos lo que esa Alemania ha sufrido durante estos últimos años –y cada día sufre más– no para excusarla, sino para comprenderla. Hay que conocer las colas en las oficinas de paro –acto esencial de una vida sin actos– el pedazo de pan que hace las veces de comida, los parados que vagabundean con el estómago vacío por los caminos o cantando sus penas en los patios de las casas obreras para descubrir el secreto de esta locura colectiva, patológica, desesperada.

 

Y esa inmensa masa, confusamente, con diversos matices, apela al socialismo, al que se siente predestinada y del que espera el final de su calvario. Y creen firmemente que Hitler les traerá ese socialismo que a lo largo de los últimos catorce años le han prometido los partidos proletarios sin conseguir dárselo. Campesinos del Este que esperan el reparto de las tierras, pequeños comerciantes que exigen ser protegidos contra el gran capital comercial y financiero, proletarios a quienes solamente una “Revolución” puede satisfacer, esos hombres y



 

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esas mujeres forman el mar de fondo a quien nada resiste, que continúa ciegamente su marcha.

 

¿Hasta dónde? No se puede calcular de antemano la trayectoria de ese bólido. Pero lo que se puede afirmar es que avanza siempre a la misma velocidad. Es preciso que un día todo termine en un accidente o en una terrible colisión…

 

Empujados por esa corriente los jefes, en la cumbre, se apresuran, con una rapidez inaudita, una fiebre de mala ley, a construir en unas pocas semanas para toda la eternidad. En todas las ciudades y todos los pueblos la plaza principal ha recibido ya el nombre de Adolf Hitler. Sin contar las escuelas Goebbels o las fundaciones Hermann Göring. En los discursos machacan obsesivamente que el Tercer Reich durará hasta el fin de los siglos. Los decretos suceden a los decretos, los nombramientos a los nombramientos, las leyes a las leyes.

 

En vano se busca, claro está, la menor huella de socialismo en estas improvisaciones. Pero se encuentra ya un asombroso sentido de la organización (estamos en Alemania), una indiscutible audacia y al mismo tiempo un cinismo pueril y grosero.

 

Es verdad que, bajo la presión de las masas –y para conservar su control hasta los límites de lo posible –se sabrá obligar a las clases posesoras a algunos sacrificios.

 

Pero ocho millones de parados y sus familias esperan pan; pero la sed del socialismo es profunda en el corazón alemán.

 

Y para el día, no lejano, en que las masas se den cuenta de que ha sido engañadas, piensan que tendrán tiempo de cimentar un poder tan fuerte, de poner a punto una policía secreta tan colosal que podrá resistir a todas las tempestades.

 

Nos dirigiremos en primer lugar hacia el adversario, hacia los vencedores del momento.

 

Luego hacia nuestros amigos de la otra Alemania que continúan la lucha en la ilegalidad, bajo el terror, en pequeños grupos de militantes seguros, olvidando las querellas fratricidas del pasado. Nos acogerán con esta simple frase.

 

– Seguimos siendo lo que éramos.

 

La peste parda ha pasado sin abatirlos.



 

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Juventud enloquecida

 

Para comenzar es preciso que me sigáis entre los locos. No importa que os cueste comprender, haréis como yo: dominareis vuestros nervios.

 

Cuando reúno los recuerdos y busco la fecha precisa de mí entrada en este terreno fantástico se presenta una imagen: el albergue juvenil de Essen en un domingo por la tarde, Essen la triste ciudad obrera, gris y tétrica, la ciudad de Drapp... En este refugio hubierais encontrado el año pasado tranquilos usuarios ocupados en preparar su colación nocturna.

 

Pero hoy la sala común está llena hasta el tope, no de jóvenes vagabundos, sino de chicos y chicas de Essen, hijos de proletarios. ¡Que calor hace! Olor a cerrado, olor a cuero. Porque la mayor parte de estos jóvenes trabajadores llevan botas y correajes y sobre su camisa kaki, la corbata de las “juventudes hitlerianas” forma una mancha negra. Las muchachas llevan pequeñas chaquetas pardas, muy masculinas, muy militares con una insignia de la cruz gamada en la solapa.

 

Nunca me había sentido tan molesto en un albergue de la juventud. Tengo la impresión de estar de más. ¿Van a decirme que me vaya? No, harán como si yo no estuviese. Me tratarán con un soberbio desdén: ni siquiera intentarán comprender qué es lo que puede sentir un extranjero, un hombre de otro mundo, un hombre que no da taconazos, que dice "buenos días" y no ¡Heil Hitler!

 

Hay músicos, guitarristas en este conglomerado de jóvenes en esta soldadesca adolescente. Pienso en las encantadoras canciones de marcha, tan dulces, tan "bohemias" que escuche el año pasado. Pero no hay lugar para romanticismos. Pulsan las cuerdas de su instrumento con dedos de hierro, braman hasta desgañitarse, como un solo hombre, los himnos del momento:

 

Las secciones de asalto están en marcha... La bandera de Hitler nos llama al combate...”

 

No hay ni un segundo de descanso. Me gustaría oír una broma, una palabra galante, una carcajada. Vuelven a empezar sin tomar aliento. Declinan todo su repertorio: tiemblan los cristales.



 

 

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No hay duda de que, cuando se canta así, en coro, no se siente el hambre. No se siente la tentación de buscar el "como" el "porqué" de las cosas. Deben tener razón ya que son cincuenta, codo a codo, aullando el mismo estribillo.

 

Se oye de todo, incluso las canciones “patrióticas” de la vieja Alemania. El enemigo, el Franzose, no sale bien librado, como los “Boches” en nuestras canciones patrioteras.

 

Un joven vecino, menos fanatizado que los demás, se inclina hacia mi y me dice al oído:

 

– Espero que no entiendas la letra…

 

Pero los demás son incapaces de sentir ni siquiera esta inquietud.

 

Finalmente un momento de calma. Para decir algo hago alusión a la miseria, a los ocho millones de desocupados.

 

¡Ya no!, me interrumpe un niño de unos doce años en un tono de sorpresa y de reproche.

 

Y los demás, aún a coro, precisan:

 

– Hitler ha prometido que en cuatro años ya no habrá más desempleo...

 

Respuesta mecánica, inevitable, que oiré todos los días durante semanas en boca de adolescentes, adultos y ancianos.

 

El encargado del albergue, un explotado de Krupp, con su gorra azul de proletario, contempla desde el quicio de la puerta este pavoroso espectáculo. Pero inclina la cabeza y se calla.

 

Respeto su silencio. ¡Tanto esfuerzo y tanta lucha en este Ruhr proletario para llegar a esto!

 

En Lübeck es aún peor. El albergue juvenil, que antes fue un hogar de las Juventudes Socialistas está ocupado por los camisas pardas. El encargado es un joven SA, con botas y correajes, muy cortés, por otra parte. Cuando se le pregunta algo se pone firme, da un taconazo y una respuesta breve de centinela bien adiestrado.

 

Las secciones de asalto han pasado unos días en el albergue y aún flota en el un vago aroma cuartelero. De la mañana hasta la noche las juventudes hitlerianas de la ciudad escogen el gran patio sombreado – en donde se podría soñar tan a gusto– para alinearse en filas, en



 

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columnas, realizar giros a la derecha y a la izquierda impecables. Listas, segundas listas, inspecciones de los uniformes, no se privan de nada. En los instantes de reposo, algunos jóvenes guerreros vienen a sentarse a mi lado y, en tono de camaradería, inician la conversación:

 

– ¿En tu país, en Francia, también tenéis nacionalsocialistas uniformados?

 

Mi respuesta negativa parece decepcionarles. Se les había repetido tantas veces que el fascismo se extendía como una mancha de aceite…

 

Y como aventuro alguna crítica apoya ambos codos sobre la mesa con una firme convicción:

 

– En fin, veamos, ¿no hemos librado al universo del bolchevismo?

 

Tengo la impresión de enfrentarme a un mundo absolutamente cerrado con el que no es posible establecer ningún contacto. ¿Para qué hablar? Nuestro lenguaje no sería comprendido. Estos primitivos enloquecidos se fanatizan mutuamente en circuito cerrado.

 

– Esta mañana nos han dicho por teléfono que hay treinta y ocho espías franceses en la región... me anuncian unos jóvenes “SA” en un tono que a la vez es serio y cordial.

 

Soy de un país en donde aún tenemos la molesta costumbre de discutir:

 

– ¿Cómo es posible que treinta y ocho espías estuviesen juntos? Habitualmente los espías trabajan solos…

 

– Es lo que íbamos a decirte. Están solos, pero juntos suman treinta y ocho... afirman mis jóvenes “SA” con terca convicción.

 

Como no me digno responderles uno de ellos me mira fijamente a los ojos:

 

– ¿Sabes lo que hacen con los espías en todos los países?

 

– ¿No lo dirás por mí?

 

– No... ¿Pero sabes lo que hacen?

 

– A ver, dime…

 

– ¡Los ahorcan!



 

 

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Y hace el gesto de la soga al cuello.

 

Para disipar los siniestros pensamientos de esta juventud ofrezco cigarrillos.

 

No habíamos terminado de fumar cuando un SS con un gorro negro adornado con una calavera se acerca a mí marcando el paso y se para a tres metros;

 

– La policía desea examinar sus papeles. ¿Quiere Ud. seguirme?

 

– No fallaba más…

 

Pero, según parece, desafortunadamente mis papeles están en orden y no soy uno de los “treinta y ocho”

 

Al día siguiente cuando me despido, el encargado del albergue, dando un taconazo, me anuncia aliviado y cordial:

 

– ¡Una buena noticia!... Acaban de llamar de Rostock: han detenido a los treinta y ocho espías franceses... A ver cuando le vemos otra vez por aquí... ¡Heil Hitler!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Domingos hitlerianos

 

El séptimo día de cada semana la locura colectiva se sale de curso.

 

Todo comienza a las siete de la mañana alrededor de los altavoces; himno de Horst Wessel, revolución nacional, Alemania despierta...

Saltan ya de la cama con los nervios de punta. En la pared un retrato del Führer termina de embriagarlos. Salen con las banderas rojas de la cruz gamada, tan grandes que los vecinos de los pisos inferiores tendrán que renunciar a los rayos de sol. Beben deprisa la taza de ersatz de café. ¡Qué importa si la mísera rebanada de pan negro no llena el estómago! Alemania se ha despertado, la vida es bella.

 

En el Beobachter leen el programa del día. De 8 a 9 concierto por la orquesta de la cuarenta y dos sección de asalto en la plaza de Adolf Hitler. Del campo han venido delegaciones de antiguos combatientes con sus viejos uniformes. Hay cascos de punta y guerreras de húsares de la muerte.

 

– Date prisa, Otto, apriétate el cinturón. No quiero perderme ni un minuto de ese hermoso espectáculo!

 

Las jóvenes hermanas de Otto enloquecen cuando oyen resonar en la calzada los primeros ruidos de botas.

 

– ¡Ay!, mamá, son la SA…

 

En los labios de esas jóvenes enloquecidas los ahora prestigiados “SA” y “SS”... chirrían como el zumbido de los insectos en una tarde de tormenta. Sin botas, sin olor a cuero, sin la pose de guerrero abyecto y rudo no hay forma de conquistar a esas Brunildas. En el hitlerismo hay muchos retorcidos componentes sexuales.

 

La orquesta ha tocado. Se han quedado en posición de firmes, han saludado a la romana y el director de orquesta ha respondido de la misma forma a los aplausos. Han cantado a coro por milésima vez las estrofas electrizantes. Ahora en cada barrio se reúnen las juventudes hitlerianas delante de las cervecerías que sirven permanentemente a sus organizaciones respectivas, las SS y las SA. Desde las ventanas de las casas gruesas madres emocionadas contemplan el espectáculo. Los jóvenes están ya alineados, inmóviles, con la cabeza erguida y el mentón recogido bajo las viseras de sus gorras. Llamada, inspección de uniformes. ¡Descansen!



 

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Ahora un joven jefe pronuncia con voz ronca palabras altisonantes:

 

“¡Sois soldados anónimos del ejército pardo. Seguid dispuestos a morir por Hitler, por la revolución y por la patria!”

 

Esta sección de jóvenes ha organizado una excursión al campo. Dos camionetas decoradas con hojas y con banderas están alineadas en la acera. Pero antes de pensar en las alegrías de la naturaleza hay que hacer un poco de propaganda. El barrio, que hasta hace poco era aún muy “marxista” dista mucho de estar completamente captado. Entonces salen marcando el paso, martilleando las calles y con una voz ya viril, esos adolescentes entonan una canción de marcha robada a los comunistas en la que se repite como un leitmotiv: “Izquierda...

 

Izquierda”... Si el uniforme no fuese pardo podría creerse que son aún los orgullosos “combatientes del frente rojo” que antaño eran los amos de la calle. En las ventanas, a pesar de esa siniestra cruz gamada, los estandartes son como ayer, rojo sangre.

 

Termina la exhibición, la juventud se amontona en los vehículos y hasta la tarde, en medio de un olor a sudor y a cuero, berreará incansable, saludando a la romana, embriagada.

 

A las once, anuncia el Beobachter, se celebrará sobre la explanada una gran concentración de las SA y las SS. De todas partes llegan las secciones. Las órdenes se entrecruzan. Suenan los tacones. La multitud crece minuto a minuto. Muchos pequeños burgueses y muchas mujeres. Pocos proletarios.

 

Un anciano correctamente vestido –¿profesor retirado o antiguo rentista arruinado por la inflación?– exhala su amor por el Führer al oído de su vecino:

 

– Este hombre está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre por nosotros…

 

Pronto la explanada no es más que un inmenso cuadrilátero humano, gorras pardas, gorras negras. Los hombres llevan ya una hora de pie.

 

Finalmente llegan los grandes jefes ridículamente ceñidos, con sus inmensos traseros comprimidos en pantalones estrechos. Revista. Milles de personas en posición de firmes. Luego el inevitable discurso difundido por los altavoces que exalta la revolución nacional. Palabras huecas, elocuencia barata y primitiva, pero hábilmente calculada.



 

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El orador, un von no sé qué, sin duda un antiguo oficial de Guillermo II, sabe olvidar por un momento el bello lenguaje. Y sus relinchos roncos sacuden hasta las entrañas a esta juventud amargada, a estos desocupados famélicos.

 

Ha comenzado a llover. Al poco tiempo cae un verdadero diluvio. Las camisas pardas, empapadas, adoptan un color terroso. Nadie se mueve. El discurso durará aún una hora bajo las ráfagas de agua. Un hombre cae de frió y de hambre. Los discretos enfermeros se apresuran a evacuarlo.

 

– ¡Heil! ¡Heil! ¡Heil!, braman finalmente, a modo de conclusión cinco mil pechos helados.

 

Luego, una tras otra, las secciones se ponen en movimiento. Comienza la marcha dominical de entrenamiento. Treinta kilómetros a través del campo con la música a la cabeza.

 

Ante cada una de las banderas los pequeños burgueses panzones saludan a la romana. Observo el monótono desfile, la cohorte de jovencitos famélicos. Aquí y allá, entre ellos, destaca un bigote adulto o unos cabellos grises. Son los mandos, los antiguos suboficiales del ejército imperial, hombres de fiar…

 

A la cola vienen los trabajadores en civil con la insignia en la solapa: simples miembros del partido captados por el demonio de la marcha o miembros de las “células de empresa nacional-socialistas”. Como para hacerse perdonar su pacifico atuendo, cantan mucho más alto que los demás.

 

En medio de un petardeo ensordecedor, las brigadas motociclistas se ponen a la cabeza: dos hombres por máquina que ruedan a intervalos regulares y a una velocidad endemoniada; parece que salen para alguna expedición punitiva.

 

Marschieren... marschieren... palabra mágica que embriaga hoy a toda Alemania, que se repite en cada estrofa de los himnos, en cada párrafo de los discursos, en las peroratas de todo lacayo de la pluma. Están en marcha. Marcharán siempre hacia delante hasta la noche.

 

Sin tomar aliento se atravesaran pueblos embanderados, presas de la fiebre; los críos de tres años se pondrán firmes para gritar su ¡Heil Hitler!. Se encontrarán otras tropas en marcha, porque todos los pueblos están en marcha, en todas partes, desde la ciudad a la aldea,



 

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son los mismos domingos ensordecedores. Es Hitler en persona, es Göring, es Goebbels que parecen descender de los cielos en medio de un ruido de avión para tomar la temperatura de las masas y llevarla hasta el paroxismo. Todo es pretexto para celebraciones: el aniversario de una batalla, de un héroe nacional, de la victoria de un antiguo regimiento, cada domingo se engalanan, desfilan y cada domingo vuelven a empezar la ceremonia.

 

Cuando cae la noche aún quieren más y en la humilde granja o en la gran sala de fiestas se celebra una “Velada alemana” con música y discursos... Luego la retirada con antorchas.

 

Las once. Ya no hay nada en el programa anunciado por el Beobachter. Mirad esa pareja de pequeños burgueses dignos que vuelven a sus casas. La insignia de la cruz gamada brilla ostensiblemente en su pecho. Seguramente tienen aún cuarenta de fiebre.

 

Pero un sordo trabajo se realiza ya en su subconsciente y el hombre susurra al oído de su mujer:

 

– Todas estas fiestas son muy bonitas, pero no nos dan de comer.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Su propaganda

 

¡Hermanos hacia el sol, hacia la libertad!

 

Así cantaban los socialistas y los comunistas en una vieja y pegadiza melodía popular:

 

¡Romped el yugo de los tiranos

 

Que os oprime tan cruelmente

 

Y ondead la bandera rojo sangre

 

Por encima del universo de trabajadores!

 

Con un perfecto descaro los nazis se han apropiado de esta canción como han hecho con la bandera roja, la fiesta del Primero de Mayo, los coros dialogados, la idea del plan quinquenal y otras mil cosas. La bandera rojo sangre se ha convertido simplemente en la bandera de la cruz gamada y el universo de los trabajadores, demasiado internacionalista, en el Estado de los trabajadores.

 

No hay necesidad de fatigar las meninges. Lo esencial es que las masas conserven la ilusión de cantar una canción revolucionaria.

 

Pero los latrocinios no terminan aquí. Los nazis, imitando fielmente al fascismo italiano, han robado algo mucho más importante, una palabra y un arte prestigioso: “la Propaganda”.

 

El más astuto de los jefes del nacional-socialismo, la sabandija. Goebbels, no ha dudado en dedicarle un ministerio. Es una organización científica, moderna, de la publicidad que ha dado al partido hitleriano su formidable fuerza de expansión. Los bandidos pardos quizás lleguen un día a ser hombres de Estado, pero hace ya mucho tiempo que son unos directores escénicos prodigiosos. Hay que oír a Goebbels extasiarse al ver El acorazado Potemkin mientras prohíbe, claro está, la exhibición del film de Eisenstein en el Tercer Reich.

 

Las ediciones populares del Estado jamás han publicado, en un plazo tan corto, semejante avalancha de libros. Una semana después del primero de Mayo los escaparates de las librerías estaban ya abarrotados de álbumes sobre la “Jornada del trabajo nacional”: bonita presentación y precios módicos. Un sinnúmero de obras mantiene el culto al Führer: “Cómo Adolf Hitler se convierte en el jefe”, “Hitler reina”, “El país natal de Hitler”, “Hitler como nadie le conoce aún”, “Hitler y sus combatientes”, “El triunfo de la voluntad”.



 

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Se ponen a la venta incontables monografías sobre Goebbels, Göring y Frick, redactadas a vuela pluma y de una calidad muy mediocre. Uno de los panegiristas de Goebbels no es ni más ni menos que un jefe de departamento del Ministerio de Propaganda: nadie sirve mejor la mesa que los de casa.

 

Junto a estas obras “llamativas” están los clásicos. Y ante todo, en primer lugar, los dos volúmenes de “Mi lucha”. De esta autobiografía de Hitler escrita en la cárcel en 1925 después del fallido golpe de Estado en Munich, se han vendido y se venden cada día cientos de miles de ejemplares. “La lucha por Berlín” de Goebbels, “El mito del siglo XX” de Rosenberg, “La lucha contra las altas finanzas” y “El Estado alemán” de Feder, “El Tercer Reich” de Möeller van der Bruck son las “obras de fondo" indispensables. Y para la masa hay innumerables folletos de divulgación: “El programa del Partido”, “El ABC del Nacionalsocialismo”, Cómo me hice nacional-socialista, etc.

 

Encontraréis naturalmente a todos esos “héroes” del momento en tarjetas postales y si lo que queréis es el retrato de Führer, sólo tendréis problema en la elección. Los hay en negro, en color, en todos los formatos, con o sin cristal y enmarcados en oro. Hace ya una hora que esa buena señora, rubia y corpulenta, palpa amorosamente los cuadros que le presentan y no consigue decidirse.

 

Personas que han visto cientos de veces ese rostro banal y sin expresión, ese mechón castaño, ese bigotito, esos correajes bien lustrados, se paran aún ante los escaparates y se entregan, indefensos, al hipnotismo. Se podría escribir un libro entero sobre "el arte de fabricar un jefe".

 

Sería preciso hurgar en los discursos, los artículos de Goebbels y de los demás para ver como toma forma lentamente el mito de Hitler y cómo, de mediocre y vulgar charlatán es convertido en divina majestad. Mirad también esas tiendas pardas. ¡Ah! ¡Los atractivos escaparates! Camisas y pantalones, gorras, insignias, morrales y mochilas y, sobre todo, botas, cinturones, correajes y cartucheras. Todo lo que necesita un hombre para disfrazarse de guerrero se ofrece al cliente, le induce a la tentación. Prescindirán de la comida, pero se compran, para apretárselo, el cinturón.



 

 

 

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Y si usted es absolutamente incapaz de poner un nombre a los mil uniformes que se ven diariamente, entre en uno de estos establecimientos. Aprenderá a distinguir el antiguo uniforme de la SA y de las SS del nuevo, no confundirá ya el “casco de acero” con el soldado de la Reichswehr, el policía auxiliar con el joven alistado en el “servicio de trabajo”.

 

La propaganda le persigue a uno, lancinante. Cuando hayáis apartado vuestros ojos del escaparate, seguirá captándoos. En la alcaldía del pueblo un águila negra, enorme, sostiene en sus garras cuerpos humanos fulminados. Se puede leer:

 

Aplastad al Marxismo

 

Muerte a la reacción

 

Porque con esta doble derrota

 

Resucitara nuestra nación

 

Las víctimas del águila son, naturalmente los bonzos socialistas y comunistas. Un poco más allá la escuela pública se adorna con cruces gamadas hechas con ramas y en hermosas letras góticas, el famoso verso del Guillermo Tell de Schiller:

 

Queremos ser un pueblo unido de hermanos

 

Más allá, en una exposición pública muy bien montada, os harán revivir la historia del partido nacional-socialista. Tendréis que esperar vuestro turno –tan numeroso son los visitantes y tanta es su devoción– para inclinaros sobre las venerables reliquias. Aquí, un autógrafo del ‘Führer’, su mano ha pasado por este papel... Descubríos ante esa hoja polvorienta: es la lista, de hace ya trece años, de los primeros miembros del partido en Munich. A pesar de que la tinta ha palidecido se puede descifrar aún:

 

Núm. 55: Hitler, Adolf, pintor, Lothstrasse 29, nacido el 20-4-89.

 

No creáis que os van a dejar. Si entráis a tomar un jarro a una cervecería la radio os hará asistir a una representación de guiñol: La República de Weimar. Esos ronquidos que provocan las risas son, al parecer, los diputados socialistas que se han dormido en sus escaños... Y si reclamáis otra emisión os servirán la última arenga de Hitler grabada en disco y retransmitida.



 

 

 

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Si finalmente, agobiado, pidiendo algo de espacio, queréis buscar el olvido en un cine, Alemania sangrante os iniciará en la “resurrección nacional”, 1914: arrojan flores sobre los cascos en punta... Luego la derrota: Scheidemann en el balcón proclama la república; las “bandas rojas” se adueñan de la calle. Versalles: manos que parecen garras arrancan al Reich jirones de carne. El calvario continúa. Renania: la Schwarze Schande (“vergüenza negra”, es decir, la ocupación militar por las tropas senegalesas) y la invasión del Ruhr. Luego la huelga y la crisis: los batallones pardos se ponen en marcha... Hitler sermonea con gestos de histérico. Goebbels con sus malditos ojos de hiena...

 

Finalmente la apoteosis, la noche demencial del 30 de Enero de 1933... marchas... marchas... marchas…

 

En las primeras filas, las Juventudes hitlerianas, que pueden adquirir entradas a precios reducidos aplauden estruendosamente.

 

Pero a mi lado mi vecino se ha dormido.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Horst Wessel y el universo”

 

No tenían un himno propio; y no iban a apropiarse de la Internacional. Entonces se apoderaron –una vez más– de una antigua melodía comunista viril y dulce a la vez, como tantas canciones populares alemanas.

 

No tenían héroes, como el proletariado revolucionario. A la imagen pura de Karl Liebknecht asesinado se vieron obligados a oponer un ersatz: millones de tarjetas postales difundieron la leyenda de Horst Wessel.

 

Ese joven “ario” rubio, cuyo rostro de adolescente aparece en todos los escaparates, desempeñó en su vida dos oficios, como muchos de sus compañeros de armas: proxeneta y jefe de una sección de asalto.

 

En Febrero de 1930 una pelea bastante oscura hizo que se enzarzase con un rival: quedó tendido en el suelo.

 

Esa desgracia fue, naturalmente atribuida a los comunistas, el joven “ario” fue proclamado héroe nacional y tres años más tarde, de una pincelada simbólica, la Casa Karl Liebknecht Haus, sede del Partido Comunista quedó convertida en Casa Horst Wessel.

 

Y como el matón proxeneta se había entretenido en componer, sobre una melodía comunista, una letra nueva –simple plagio de la anterior– se la convirtió en el himno oficial del Tercer Reich, la Canción de Horst Wessel.

 

Bandera desplegada, filas cerradas

 

La SA avanza con paso tranquilo y firme.

 

Los camaradas victimas del Frente Rojo y de la Reacción Marchan espiritualmente en nuestras filas.. .

 

Pero llegó el aguafiestas. El escritor revolucionario Ilya Ehrenburg21, con su renombrada inspiración, desenmascaro al joven ‘héroe’. Las precisiones que contenía su artículo en Izvestia no dejaron ninguna duda sobre cual era la clase de vida de este Rouget de l’Isle22 berlinés. El artículo fue traducido a varias lenguas.

 

21            “España, república de trabajadores de Ilya Ehrenburg,1932

22  Rouget de l’Isle compositor de “Le Chant de guerre pour l’armée du Rhin” (Canto de Guerra para el Ejército del Rin). Este himno, cantado por el batallón de los marselleses durante su marcha hacia París en julio de 1792 fue rápidamente conocido como “La Marsellesa”



 

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El asunto amenazaba con dar un giro perjudicial: no importa que se decida vivir en un compartimento hermético, algunos ecos del exterior pueden resultar extremadamente desagradables de oír. Fue preciso improvisar una contraofensiva.

 

Así se pudo leer en la paredes de Berlín un cartel que convocaba a una gran manifestación pública. “Conocidos portavoces extranjeros” hablarían sobre el tema: “Horst Wessel y el universo”.

 

Paguemos nuestros cincuenta peniques y traspasemos la quíntuple barrera de efebos rubios, uniformados y seleccionados. Tomemos sitio.

 

La gran sala del cabaret “Clou” se parece a todas las salas de fiestas del mundo. Los días corrientes se cena en pequeñas mesas escuchando jazz. Pero esta tarde la escena se ha transformado en tribuna y está guardada por jóvenes abanderados en posición de firmes. Como telón de fondo, detrás de una orquesta uniformada, un inmenso estandarte rojo con la cruz gamada. Alrededor de las pequeñas mesas apacibles burgueses consumen ya, con un gesto cansado, sus jarras de cerveza. Muchas jóvenes hitlerianas con camisa kaki. Y naturalmente cantidad de Sigfridos en camisa parda, de punta en blanco y moviéndose entre crujidos de cuero.

 

Un jefe de distrito, que no debe tener más de veinte años, abre la sesión, saluda a la romana y con una voz breve e imperativa anuncia:

 

– Si autorizamos a extranjeros a hablar en nuestras reuniones es porque podemos responder de ellos: solamente permitiremos que hablen extranjeros nacionalsocialistas... (sic).

 

Y después de este exordio tranquilizador anuncia con la mayor seriedad del mundo, que el “universo” indignado por las ‘calumnias’ lanzadas contra el joven héroe, va a rehabilitar a Horst Wessel.

 

Cuando termina las tres primeras filas de guardia de honor hacen un giro a la derecha reglamentario y, en fila india, marcando el paso, se van a una esquina de la sala en donde se disuelven. Durante la velada relevarán a los abanderados que se han quedado como estatuas al pie de la tribuna.

 

Después de un general búlgaro de paisano que, con una ronca voz de soldado, felicita a Hitler por haber salvado al mundo del bolchevismo, un hijo de la “América libre” sube al estrado saludado por grandes fogonazos de magnesio.



 

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LA PESTE PARDA

 

Pagado por el gobierno alemán para dar cada semana una charla radiofónica de propaganda a sus compatriotas, aún cree estar ante el micrófono:

 

– Alemania ha despertado guiada por un jefe extraordinario: Adolf Hitler... Horts Wessel es conocido y admirado en todo el mundo…

 

Para variar un poco el programa unos coros dialogados recitan disciplinadamente los méritos del héroe universal.

 

Luego de repente la fiebre sube, la sala se desencadena: un Italiano en camisa negra, un fascista de carne y hueso con el pecho cubierto de condecoraciones, herido doce veces durante la guerra y casi otras tantas “luchando contra el marxismo”, escala la tribuna y se inmoviliza con el brazo en alto:

 

¡Horst Wessel!

 

Y durante algunos instantes permanece en comunicación espiritual con el difunto.

 

El signore se expresa en su lengua materna. Oímos... “martire della causa sacra de la rivoluzione… libró al mundo del pericolo rosso…” Después de cada frase la traducción alemana provoca el entusiasmo.

 

Cuando termina la orquesta entona el himno Giovinezza y toda la sala, en pie, saludando a la romana, lo corea.

 

Finalmente le llega el turno a un hombrecillo canijo y tímido. Desde el principio de la velada me intrigan las idas y venidas a su alrededor. Jefes y subjefes se parten el espinazo al saludarle. No cabe duda de que confieren mucha importancia a su intervención.

 

Todo se explica cuando se cede la palabra a “Mr. Akon Sneath, antiguo estudiante de Oxford”: para rehabilitar a Horst Wessel el testimonio de un ciudadano británico no está de más.

 

– El joven, que se expresa en correcto alemán expone que está de paso por Berlín. Se le ha rogado insistentemente que tome la palabra:

 

– He aceptado... Pero no puedo deciros gran cosa del nacional-socialismo... Para nosotros es realmente muy difícil de entender... Para nosotros los ingleses es algo tan contrario a toda nuestra historia, a todas nuestras tradiciones... No, ciertamente, no puedo decir nada.



 

 

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Daniel Guerin

 

–“Por lo que se refiere a Horst Wessel, comprendemos que un hombre pueda morir por su ‘ideal’... No importa que ese hombre sea nuestro amigo o nuestro enemigo…

 

– “Señoras, señores...”

 

Un pequeño saludo, y el británico abandona la tribuna de puntillas.

 

Resulta imposible describir la consternación de la sala. Algunos “bravos” de cortesía. Un silencio espeso. El jefe de distrito en medio de un pesado ruido de botas escala precipitadamente la escena:

 

– Esperamos que a lo largo de su estancia en Alemania Mr. Akon Sneath, terminará de comprender nuestro nacional-socialismo… Por otra parte, en Inglaterra son ya muchos los que están familiarizados con él. ¡El nacional-socialismo no es ya un asunto exclusivamente alemán, sino un fenómeno internacional!

 

Claro está, pero a partir de ahora y a pesar de todo lo que se pueda decir o cantar, hay en esta sala hombres y mujeres mordidos por la duda…

 

El maítre d' hotel, intentando reafirmar su fe, me susurra:

 

Si el Universo no quiere comprendernos, siempre nos queda Italia…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

 

Muera la inteligencia

 

No les gusta la Inteligencia, la pretendida inteligencia, como dice Hitler. Y allí donde la encuentran, la persiguen, la clavan en la picota de la infamia, la arrojan a las llamas.

 

Como todo el mundo había leído eso en los periódicos. Sin llegar a creerlo. Esto puede suceder en un país lunar, pero no en la Alemania de Goethe y de Hegel…

 

Y una mañana, bruscamente, ante la puerta de una majestuosa universidad, me encuentro ante una especie de poste, apenas desbastado, hundido en la tierra. Unos estudiantes con gorras verdes y el rostro surcado de cicatrices, ríen socarronamente.

 

Clavan  en  la  madera  tapas  de  libros  groseramente  arrancadas.

 

Hermosos libros alemanes, tan cuidados, tan bien encuadernados...

 

Remarque, Sin novedad en el frente: Ernst Glaesser, Classe 1922; Feuchtwanger. El judio Süss: Emil Ludwig, Julio de 1914; Jakob Wassermann. El asunto Maurizius.

 

Ayer mismo visite una biblioteca junto a la cual nuestra Biblioteca Nacional parece pobre y vetusta: una escuela profesional del Libro como no hay otra en el mundo entero: una exposición de la librería alemana que haría soñar a los editores franceses. ¿Cómo comprender esto?

 

Ese joven estudiante, fino y cultivado que esta noche ocupa la cama contigua a la mía quizás me lo pueda explicar. Rompiendo el silencio de la noche le confío en voz baja mi zozobra:

 

– Cuando hablamos juntos de filosofía y arte sé que podemos comprendernos, que vivimos en el mismo planeta... Pero un momento después hace que le corten la cara a sablazos, clava en la picota mis libros preferidos, habla de sangrar a todos los judíos y canta canciones absurdas como un animal borracho…

 

Mi franqueza, algo ruda, no le molesta:

 

– Ya sé a qué se refiere, pero yo canto con alegría todas esas canciones absurdas.



 

 

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Daniel Guerin

 

Hay en su entonación un matiz de desprecio, algo así como el credo quia absurdum o como: “vosotros los franceses sois demasiado degenerados como para comprender…”

 

Y en la sombra. Echándose la manta sobre la cara, me susurra junto con sus deseos de que pase una buena noche.

 

–“Goebbels dice:

 

“Es verdad que la propaganda nacional-socialista es primitiva. Pero el pensamiento del pueblo es primitivo…”

 

Para cambiar nos hemos trasladado a casa de un joven jurista, un amigo, un revolucionario. No dudo ni un momento que haya permanecido fiel a sus convicciones. Sin embargo ¡qué extraño ambiente! Sobre la mesa, sobre la cama, por el suelo, obras fascistas…

 

–¿Que qué significa esto? amigo mío... Pues simplemente que estoy preparando mis exámenes de derecho.

 

Creo haber oído mal:

 

– Perfectamente... Ya sabes –o quizás no– que nuestro ministro de Justicia en Prusia es ese loco de Kerrl, el que proclama que para ser juez alemán hay que comprender la esencia íntima del nacional-socialismo... entonces esos señores van a hacerme pasar un interrogatorio de cinco horas sobre esa esencia intima. Y me estoy preparando.

 

Como estoy demasiado aturdido para responder, continúa:

 

– Si te apetece te invito a mi bautismo…

 

– ¿Tu bautismo?

 

– Claro que sí... Yo, como muchos alemanes era lo que se llama un “disidente”, es decir, un librepensador, había abandonado la Iglesia luterana. Ahora, para ser funcionario, para pasar un examen, hay que pertenecer a una confesión. Cada día millares de individuos han de bautizarse para conservar su trabajo. Los pastores no dan abasto... He de someterme a un nuevo interrogatorio, esta vez sobre las Sagradas Escrituras…

 

Su hermano menor, un escolar de pantalón corto, entra en ese momento:



 

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LA PESTE PARDA

 

– Ludwig, busca tu “Historia Sagrada”…

 

Porque ahora la enseñanza religiosa es obligatoria en las escuelas.

 

Pero aún no había visto nada.

 

En una gran plaza de Bremen, en pleno barrio obrero, no lejos de la Casa del Pueblo, la bulliciosa chiquillería forma un coro. ¿Qué es lo que pasa? Unámonos a los curiosos.

 

Jóvenes con correajes de cuero y las mangas arremangadas amontonan concienzudamente a grandes paladas y escobazos, fajos de viejos papeles, de viejos folletos. ¡Extraños barrenderos!

 

Intento examinar esos papelotes, leer algún título por encima de sus hombros. Y repentinamente, con el corazón en un puno, veo: Diario del metalúrgico. El trabajador libre. Y AlZ, la revista ilustrada comunista y el Vorwärts socialista y folletos de Engels y pasquines:

 

¡Bremen la roja,

 

desesperada

 

reclama trabajo y pan!

 

Y carteles convocando a los trabajadores socialdemócratas a grandes mítines... Años de propaganda, de miseria, de lucha.

 

Cuando la pirámide alcanza la altura deseada, una especie de verdugo talla a golpes de navaja una vara de madera, la planta en la cúspide y, saludado por las risas y los “bravos” de esos adolescentes rateros y vividores, coloca alrededor de ese eje una auténtica camisa negra de los “grupos de defensa” comunistas... Y luego prende en su pechera con la precaución satisfecha de un fetichista la insignia roja de la Acción Antifascista.

 

Una bola de papel de embalaje hará las veces de cabeza; la cubren con una humilde gorra proletaria, usada, deformé. Aun no comprendo:

 

– ¡Thälmann, Thälmann! aúllan de repente los mocosos ciegos en su alegre estupidez inconsciente.

 

Y bajo el muñeco del líder comunista desenrollan una gran banda de tela roja adornada con las tres flechas socialistas. La unidad que los hombres no han sabido realizar se verificará en las llamas.

 

Finalmente han terminado los preparativos. Para matar el tiempo un chaval echa mano al montón, saca un libro al azar y lo hojea:



 

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Daniel Guerin

 

– Karl Marx... dice entre risas a otra sabandija a su lado

 

Luego lo vuelve a arrojar con gesto de repugnancia mientras se limpia las manos.

 

Unos pocos trabajadores inmóviles, mudos, asisten a este espectáculo. Fijo mi mirada en sus pupilas: no hay lágrimas, es algo mucho más profundo, una desesperación serena... Pero enseguida sus ojos esquivan al mirada.

 

No encienden el fuego hasta el anochecer. Hay un gentío inmenso y silencioso atraído a pesar suyo por la curiosidad... Marcando el paso los pesados batallones se suceden y se instalan alrededor de la hoguera. Más pesados aún y más rústicos, los verdes “Casco de Acero”. Finalmente los estudiantes en traje de gala –chaqueta con alamares, bufanda multicolor, espada y guantes de esgrimista y pequeña gorra de clown– vienen a asegurarse de que la “doctrina maldita” perece entre las llamas.

 

Hay que oír aún un discurso difundido por los altavoces, el himno de Horst Wessel y luego, de repente, un enorme fulgor desgarra la noche. En un segundo la efigie de Thälmann, los libros y los periódicos de la clase obrera no son ya más que luciérnagas arrastradas por el viento.

 

Unos aplausos furtivos y ya, como avergonzada de sí misma, a paso vivo, la gente vuelve la espalda a este acto de fe.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

Los judíos te están mirando

 

En la Alemania de 1933 la cuestión judía es, para un extranjero el más cómodo de los temas de conversación. Por seguridad es mejor no declararse “marxista” ante un interlocutor ocasional, pero sacar a colación el problema racial ante estos “arios” es bastante menos arriesgado.

 

Con un placer maligno les pincho en el punto débil y veo que se revuelven como mariposas empaladas. Después de alguna declaración de amor al pueblo alemán:

 

– Hay que reconocer la verdad ante un pueblo querido... Entonces, permítame que le diga... un gran sabio como Einstein…

 

El joven “dolicocéfalo rubio” da un respingo; sus ojos azules se inyectan con sangre roja:

 

– ¿Einstein? ¡Un perro!

 

Cada vez que intentéis esta jugarreta obtendréis el mismo resultado.

 

Es infalible.

 

En la sala común del albergue un músico adolescente tan delicado cuando pasea sus dedos por las cuerdas de la guitarra, hace que conciba una fugitiva ilusión. Este no... Sin embargo me atrevo a pronunciar el nombre fatal: ante mí sólo queda un gozque rabioso dispuesto a morder.

 

– Pero bueno, ¿qué es lo que han hecho esos desdichados judíos?

 

– ¿Y me lo preguntas? ¿Pero no sabes que en Berlín, por ejemplo, el 70 % de los abogados eran judíos... ¿Para qué perder el tiempo en años de estudio para luego encontrarlos instalados por todas partes?

 

No intentéis sugerirle que ese elevado porcentaje de abogados judíos honra más al pueblo germánico que al pueblo semita: que si la profesión esta difícil la culpa la tiene la crisis capitalista y no Israel. Perderéis el tiempo.

 

¡Pero vuestra raza “aria” no es más que un mito!

 

Se engalla.

 

– ¿Un mito? Mírame... ¿No soy, no somos germanos de cabello rubio? Al contrario que vosotros, los franceses, nosotros somos de raza pura.



 

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Daniel Guerin

 

Y para defendernos no dudaremos en recurrir a la esterilización… El pequeño músico ha dicho esto con una gentileza terrible.

 

Pero dejemos de lado a esa bárbara juventud. Interroguemos a los “arios” adultos. Quizás encontremos gente más razonable.

 

Mientras que el peluquero pasea su navaja por mi rostro, mientras el mecánico repara mi bicicleta, mientras que el posadero llena mi jarra de espumosa cerveza, unos aguijonazos; lenta pero infalible se traba la conversación:

 

– ¿Los judíos? ¡Ay! señor, hace ya tiempo que teníamos que habernos librado de esa gentuza... Son ellos los que tienen la culpa de nuestra desgracia... Han venido a robarnos nuestro pan... Ya podéis mirar si hay un sólo judío entre los parados... ¡En primer lugar el trabajo para los alemanes!

 

¿Cómo 650.000 judíos pueden dejar sin trabajo a 65 millones de alemanes? Pero cuando los negocios van mal hay que encontrar un chivo expiatorio y, para librar de la cólera popular a los verdaderos culpables, los capitalistas, se ha cargado a Israel con todos los pecados.

 

Otro comerciante al borde de la ruina, me grita su odio hacia los grandes almacenes:

 

– Esos bazares judíos, ¿no son una vergüenza? ¿Cómo quiere usted luchar contra la competencia de esa gente? Han llegado tan lejos que ellos mismos están a dos dedos de la bancarrota…

 

Es preciso oír a esos hombres del pueblo que no son teóricos de la raza, que nunca se han puesto la camisa parda para comprender el profundo origen de su odio. Hitler no ha inventado nada, solamente ha escuchado, formulado, adivinado la válvula de escape que el anti-semitismo sería para el anticapitalismo de las masas.

 

Respondo:

 

– Sí, pero también hay muchos "arios" entre los peces gordos que os devoran…

 

– A esos hay que perseguirlos también…

 

El buen hombre aún se hace ilusiones.



 

 

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LA PESTE PARDA

 

– ¿Y también a esos sabios, esos intelectuales ilustres? Baja la cabeza, me parece que su orgullo vacila:

 

– Es verdad que ha habido algunos abusos... como en toda ‘revolución’…

 

Luego se recupera y con los ojos inyectados de cólera añade:

 

– Pero no cederemos al chantaje de la judería internacional, a su Greuelpropaganda (propaganda de atrocidades)…

 

Y la lucha continúa igual de encarnizada aunque sea más hipócrita.

 

Las cajas de la seguridad social, que para un médico alemán representan la mitad de su clientela, despiden a los médicos judíos: a los abogados que siguen ejerciendo sé les retira determinados asuntos como las liquidaciones judiciales; las administraciones públicas cancelan sus intermediarios que pertenecen a la raza maldita; las células de las empresas nacional-socialistas fomentan huelgas en las fábricas dirigidas por israelitas y exigen el despido del personal "no ario"; y el boicot a los pequeños comerciantes judíos los arrastra lentamente a la ruina…

 

Pero el verdadero carácter de esta lucha lo comprendí al abrir un libro que es una verdadera provocación al asesinato. Su título: Los judíos te están mirando. Parece un álbum del servicio antropométrico. En él un cierto número de judíos famosos son expuestos, a través de sus fotografías a la venganza pública. A modo de prefacio podemos leer:

 

“Esta galería de corruptores del pueblo prueba que ninguno de estos individuos ha sido ejecutado hasta el momento por la Revolución nacional de 1933, aunque sus crímenes claman al cielo".

 

Para quienes no hayan comprendido, el nombre de las víctimas de ayer va, como el de Rosa Luxemburgo, seguido de la mención: ejecutada y el de las víctimas de mañana va seguida de la coletilla: sin ahorcar (aún).

 

Esta lista negra comprende, naturalmente, varias categorías: en primer lugar los judíos sangrientos: que va desde Rosa Luxemburgo, Bela Kun, Trotsky hasta el profesor Gumbel, expulsado de su cátedra de Heidelberg. A continuación vienen los judíos mentirosos: Einstein, Hilferding, Stampfer, Emil Ludwig: los judíos estafadores: los famosos



 

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Daniel Guerin

 

lobos de las finanzas Barmat, Sklarz, Sklarek, etc... Luego los judíos disolventes: el profesor Magnus Hirschfeld, especialista en ciencias sexuales y Loewenstein, animador de los Amigos de la Infancia Obrera, que:

 

“enseñaba a los niños a despreciar al pueblo, a la raza y a la nación alemanas y entrenaba a los hijos de los trabajadores alemanes para traicionar al pueblo y someterse a la esclavitud de los judíos”.

 

Ahora les llega el turno a los judíos artistas entre los cuales, junto a Piscator y Reinhardt, los famosos directores de teatro, se encuentra a Charlie Chaplin. Finalmente los judíos de oro: el banquero Jacob Goldschmidt, los hermanos Tietz, directores de los grandes almacenes berlineses, cierran la galería. Y el libro termina con estas palabras: “El combate no ha terminado: ¡Heil Hitler!”.

 

Sin embargo para estar completamente en paz con mi conciencia he de evocar otra imagen: en un interior de burgueses acomodados me recibe una familia israelita.

 

Se lamenta y gime sobre ese acontecimiento increíble que la ha privado de su dulce quietud, de su existencia honorable, de sus ingresos seguros.

 

–¿Podéis darnos un consejo? ¿Hemos de ir a Francia? ¿Podemos vivir en Palestina?…

 

Detrás de estos burgueses un poco gruesos, percibo la sombra del Judío Errante que emprende el camino con el bastón en la mano.

 

Con lágrimas en los ojos la mujer me explica:

 

– ¡Si usted supiese hasta qué punto me sentía alemana! Vivíamos en América. Yo obligué a mi marido a volver aquí... ¿Qué hemos hecho para ser tratados así?

 

– ¡Ah! ¿Por qué? –añade–, después de todo, nos adaptaríamos a ese nuevo régimen, si nos dejasen tranquilos…

 

Se ha roto el hechizo. Pienso en quienes tienen hambre desde hace años, judíos o no; en quienes, judíos o no, se pudren hoy en las prisiones pardas.



 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

¿Guerra o paz?

 

El drama hitleriano va acompañado de otro drama o menos temible y que nos afecta más directamente: el de las relaciones franco-alemanas.

 

Si queréis comprender entrad en uno de esos doscientos teatros de Alemania en donde en este momento se representa Schlageter, la obra de Hanns Johst.

 

Ese Schlageter, hoy héroe nacional al igual que Horts Wessel era un pobre tipo: alistado a comienzos de la guerra en uno de esos famosos “cuerpos francos” del Este, luego espía al servicio de Polonia, reaparece en 1923 durante la invasión del Ruhr actuando ya como confidente al servicio de Francia, ya como saboteador por cuenta de Alemania. En Marzo hace saltar un puente sobre la vía férrea; el 26 de Mayo las tropas francesas de ocupación lo fusilan.

 

Pero si el hombre apenas merece compasión, su ejecución toma el carácter de símbolo: Schlageter encarna la resistencia al abuso de autoridad de Poincaré. Durante diez años el nacional-socialismo extraerá de esta sórdida historia el fermento de su prodigiosa ascensión.

 

– ¡Pertenecemos a Schlageter porque es el primer soldado del Tercer Reich! exclama un personaje de la obra.

 

Y el mismo Schlageter replica:

 

– Tenemos el derecho –el francés nos lo otorga con su ocupación– de sublevarnos y de decir: ¡Entente, fraternización internacional de los pueblos, todo eso no es más que basura!

 

¡Entonces un gobierno radicalmente nacional! ¡Al diablo el sistema de Noviembre del 18!

 

Y mientras que el “héroe” prepara su atentado toma forma la trágica oposición entre la vieja generación socialista y la nueva, fascista; el hijo de un alto funcionario socialdemócrata va a prestar ayuda a Schlageter.



 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

En vano el padre –que el autor no ha conseguido ridiculizar– habla de “exterminar con el fuego y la espada a los últimos aventureros fanáticos, incendiarios y bandidos de la guerra mundial”, en vano implora:

 

– ¡Queremos la paz! Te lo digo yo, hijo mío, yo que estuve cuatro años en el frente…

 

El público empieza a ponerse nervioso. A mí alrededor oigo sollozos contenidos.

 

El telón se levanta por última vez: un pelotón francés en uniforme azul apunta a Schlageter que está atado al poste.

 

– Alemania, exclama el condenado, una última palabra, un deseo, una orden... ¡Alemania, despierta! ¡Inflámate! ¡Arde!

 

Una crepitación atroz, luego el silencio y la noche.

 

Cuando la luz ilumina la sala se ven rostros inundados de lágrimas.

 

– ¡Y pronto los franceses nos invadirán otra vez! grita cerca de mí una mujer como una loca.

 

Cómo en nuestro país, una generación va a alcanzar la edad adulta sin haber conocido los horrores de la guerra.

 

Es preciso haber oído a estos jóvenes cuando se Ies pregunta, sin segundas intenciones: "¿Hacéis algún deporte?", cómo responden con una voz furiosa y cortante:

 

¡Kein sport! ¡Wehrsport! (¡Nada de deporte! ¡Entrenamiento militar!)

 

Hay que verlos cuando en un desfile, la Reichswehr se contonea locamente con paso de ganso, proferir exclamaciones de placer.

 

Una generación se prepara hoy abiertamente; privada del servicio obligatorio encuentra muy divertido jugar a los soldaditos; marcha, con la mochila a la espalda, por las carreteras; se despliega en orden abierto y se pega al suelo en los terrenos de ejercicios; alerta a la población de las ciudades contra los ataques aéreos, golpeando unas cacerolas viejas.

 

Sin embargo, el recuerdo de los sufrimientos de la guerra de 1914-1918 sigue vivo en la memoria del pueblo alemán.



 

 

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LA PESTE PARDA

 

 

Entrad conmigo en este cafetín de pueblo. Hombres y mujeres se han reunido alrededor del altavoz en una espera silenciosa. A las tres el Führer, desde la tribuna del Reichstag, va a hablar al universo. Pero, magia de la radio, se diría que ha venido en persona a este establecimiento para darnos una charla íntima…

 

Escuchadle vaticinar:

 

– Ninguna guerra en Europa podría crear nada mejor para reemplazar lo que existe... Si un día llegase a producirse semejante locura, supondría la ruina del orden social, un caos sin fin…

 

Observad los Ja... Ja…, las inclinaciones de cabeza de vuestros vecinos. Y el hechicero con los ojos exorbitados cosecha un éxito fácil con este argumento:

 

– Alemania estaría dispuesta a disolver todas sus organizaciones militares y a destruir las armas que le quedan, si todos los demás, sin excepción, hacen lo mismo…

 

– ¡Alemania no pide el rearme, sino que los demás se desarmen!

 

Es evidente, pensaba yo mientras escuchaba aquello, que este hombre va de mala fe; está encantado con el pretexto que tan generosamente le han proporcionado las potencias occidentales: al no desarmarse, a pesar de los acuerdos adoptados en Versalles, le han hecho y siguen haciéndole el juego.

 

Esa misma tarde una anciana, con las lágrimas en los ojos vino a verme y me dijo con toda su alma:

 

– Mi marido cayó allí, en su país... ¿Ya lo ha oído Ud.? No queremos la guerra.

 

Sí, pero tengamos cuidado, no sea que esa misma anciana se vuelva una fiera rabiosa dentro de poco.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

 

Hacia un “nacional-bolchevismo”

 

Vamos derecho a un “nacional-bolchevismo”... he oído muchas veces durante mi viaje.

 

¿Cuál es esta nueva enfermedad? La expresión, me diréis, es tan impropia como peligrosa. Impropia, porque bolchevismo y nacionalismo (al menos hasta el día en que el Partido Comunista Alemán empezó a dárselas de nacionalista) son teóricamente antinómicos. Peligrosa porque acredita la mentira de un posible maridaje entre los dos contrarios.

 

Pero por impropia que sea, expresa un estado de ánimo que prolifera entre las masas. Vayamos a una morada humilde a tomar conciencia.

 

Por ejemplo ese obrero carpintero de Moabit, en el camino había trabado conocimiento con su hijo que, parado, vagaba por el país, un “rojo” cuyos ojos brillaban cuando le hablaba de Thälmann, de Teddy. No sé por qué me había imaginado que el padre también sería comunista. Y, por un momento, su rudo lenguaje proletario, sus argumentos revolucionarios, dieron alas a mi ilusión:

 

– Mire Ud., nosotros los trabajadores hemos sido traicionados por los dos partidos obreros... Hubiera sido preciso llegar a la unidad de acción... No quisieron…

 

Luego, de repente este argumento sospechoso:

 

– Ahora tenemos que salvarnos nosotros mismos…

 

– ¿Quiénes, nosotros mismos?

 

– El pueblo alemán. Ya estamos hartos de ser humillados y tratados como esclavos. Ya basta de pagar impuestos para los tributos de guerra…

 

Yo lo cuestiono diciendo que fuera del internacionalismo revolucionario no hay salvación:

 

– Sí... sí.... La Internacional... eso es muy bonito. En otros tiempos enviamos millones de marcos-oro a los mineros ingleses en huelga...

¿Pero qué hicieron ellos por nosotros?



 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

Y después de haber llenado su pipa sigue:

 

– Nuestra Revolución la hemos de hacer solos... Mientras esperamos que la Internacional sea una realidad hay que pensar en el presente...

en primer lugar hemos de librarnos del Diktat de Versalles, liberar a nuestros camaradas oprimidos de Silesia, el Sarre, Austria, das Sudetenland, Memel y Dantzig... ¡Fundar un Estado alemán de trabajadores!

 

Así los hay miles. Mezclan sus confusas exigencias socialistas con el sentimiento fanático de una humillación nacional. Los jóvenes aún más que los adultos. Si te sientas por ejemplo, al borde la carretera con un peatón que, con la mochila a la espalda, se dirige a su “campamento de trabajo voluntario”, te molestará tanto cuando cante las virtudes de la disciplina libremente consentida, del trabajo a bajo precio, que tendrás de hacer un gran esfuerzo para no dejarlo hablando sólo.

 

– Mira, yo he sido nacional-socialista durante años... De esos que en 1928 vapulearon abundantemente a los separatistas renanos... Hoy he dejado el partido.

 

– ¿Por qué?

 

– Porque no estoy satisfecho... Ya no es un partido revolucionario, sino un pesebre. Yo lo que quiero es el verdadero socialismo... Durante catorce años el partido social demócrata ha tenido la oportunidad de construirlo. ¿Qué ha hecho? No soy comunista porque ante todo soy alemán y no quiero que me traten como a un mujik ruso. Pero respeto a los comunistas y me siento más cercano a ellos que a todos los demás…

 

Con odio me habla de los ricos, de los magnates de la industria, de los grandes terratenientes. Y con un suspiro añade:

 

– Mientras todos traicionen al socialismo yo seguiré sin partido.

 

"Nacional-bolchevismo"... ¿qué otra palabra para expresar estas aspiraciones desesperadamente ambivalentes?

 

Vayamos más al fondo. Olvidemos quiénes somos. Mezclémonos entre los camisas pardas. Intentemos comprender las ideas que se esconden detrás de sus ¡Heil Hitler!



 

 

 

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Daniel Guerin

 

Es sábado por la tarde, una sala de baile en un barrio proletario de Leipzig. Hombres y mujeres sentados en las mesas, vestidos de pequeños burgueses, como todos los trabajadores alemanes. Muchas SA y Juventudes hitlerianas, pero aquí no hay arrogancia ni envaramiento, sino abandono y sonoras carcajadas; el pueblo.

 

La orquesta en uniforme interpreta buena música clásica: Wagner, Verdi.

 

En el entreacto un orador sube a la escena y arenga a esa masa, atenta en un principio, dócil. Tema: Nuestra revolución.

 

– Nuestra revolución, Volksgenossen (connacionales), no ha hecho más que empezar. Aún no hemos alcanzado ninguno de nuestros objetivos. Se habla de gobierno nacional de despertar nacional... ¿Qué es todo esto? lo que importa es la parte socialista de nuestro programa…

 

Un “¡Ahh!” de satisfacción emana de la masa. Esto es lo que todos sentían, pero no se atrevían a decir. Las caras siguen ahora atentamente a ese hombre que habla en nombre de todos.

 

– El Reich de Guillermo II fue un Reich sin ideal. Estaba dominado por la burguesía con su repugnante materialismo, su desprecio por el proletariado... La Revolución de 1918, Volksgenossen, no ha sabido destruir al viejo sistema. Los jefes socialistas han abandonado la dictadura del proletariado por la ternera de oro. Han traicionado a la nación y han traicionado al pueblo. En cuanto al comunismo, se ha mostrado incapaz de deshacerse de ellos desde que Stalin renegó del bolchevismo leninista por el individualismo capitalista…

 

Escucho perplejo esta perorata. ¿Estoy en una reunión hitleriana? Pero la demagogia sabe lo que hace porque a mi alrededor la masa vibra.

 

– La burguesía, Volksgenossen, continuó monopolizando el patriotismo, abandonando las masas al marxismo, ese esfuerzo inútil... Nosotros comprendimos que habla que ir al proletariado, entrar en él, que conquistar Alemania era conquistar a la clase obrera. Y cuando revelamos a esos proletarios la idea de Patria, en muchas caras brillaron las lágrimas de gratitud...

 

A este lenguaje enfático de misionero le sigue ahora la diatriba y la amenaza:



 

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LA PESTE PARDA

 

– Sólo hay un enemigo al que hemos de vencer: la burguesía. Si no quiere ceder, si no quiere comprender, peor para ella.

 

Y, dejándose llevar por su elocuencia, deja escapar una confidencia:

 

– Además algún día nos agradecerá que la hayamos tratado así.

 

Pero la multitud no ha entendido. La multitud solamente cree que la Revolución ha comenzado, que el socialismo despunta ya en el horizonte y cuando ha terminado, entona airada:

 

Oh, pueblo productor, experimentas

 

Muy crudamente la miseria de los tiempos Crece incesantemente

 

El ejército de los “sin trabajo”

 

Pero tú cantas trabajador, dichoso y libre, Siempre la misma melodía “Somos los trabajadores.

 

¡El proletariado!”

 

Tú sufres todos los días

 

Por un salario de hambre

 

Pero ellos no conocen la miseria ni la pena Los Tietz, los Wertheim y los Cohn. Tú te extenúas, tu te agotas:

¿Quién se sacia con tu trabajo?

 

Son los accionistas

 

del Beneficiariado.

 

...¡Rompe ahora tus cadenas

 

Trabajador alemán!

 

No hay Moscú que pueda salvarte

 

Y tampoco los socialistas

 

¡Eres el esclavo de Todo Israel!

 

con la estrella soviética como con el fasto de los bonzos ¡Seguirás siendo el siervo Del Beneficiariado!

 

...La Internacional

 

¡Valiente socorro!

 

Pero ya brilla en el horizonte

 

la luz de la libertad alemana...



 

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Daniel Guerin

 

 

 

Nunca había oído cantar con tanta fe. En ningún otro sitio ni siquiera entre los Aissauas de Islam, había visto seres tan proyectados fuera de sí mismos. Me siento perdido en medio de esta masa, de pie, inmóvil, que moriría sin interrumpir su cántico.

 

Corre ya el rumor de que las secciones de asalto se impacientan, se amotinan. Pienso que pronto habrá que satisfacer a esta multitud –o someterla brutalmente.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

La cruz gamada sobre los sindicatos

 

Poco después del Primero de Mayo, fiesta del trabajo durante la cual el Führer celebró el “idealismo proletario que por sí solo hace posible la vida y la existencia de todos”, el régimen se apoderó de los sindicatos obreros.

 

Cuando llegué a Alemania el acontecimiento acababa de producirse. Con una curiosidad emocionada volví a ver los hermosos edificios de arquitectura audazmente moderna junto a los cuales nuestras Bolsas de Trabajo parecían unos parientes pobres. Apenas habían pasado unos pocos meses desde mi viaje del año pasado y esta inmensa organización de la que nuestros camaradas estaban tan orgullosos, había sido .devorado por el fascismo. Estandartes con la cruz gamada cuelgan hoy de las ventanas y, en la fachada, la inscripción, Casa del Pueblo ha cedido el sitio a esta otra, pintarrajeada sobre banderolas chillonas: Casa del Trabajo Alemán.

 

A sus puertas se aglomeran los trabajadores, leen en silencio los anuncios, los diarios de los vencedores. Me mezclo con ellos. Intento leer en sus miradas, pero sólo percibo una muda perplejidad.

 

¿Qué ha pasado? Un camarada que ha vivido el drama día a día, que ha visto venir la catástrofe me explica –y yo transcribo:

 

– Mira, en el fondo esta impresionante fortaleza presentaba muchas fisuras... Un coloso con los pies de barro, como decís vosotros. Mientras duró el período de coyuntura alcista, todo va bien... Con las cotizaciones de siete millones de afiliados se pudo construir, en un alarde de fuerza, estos magníficos –y excesivamente lujosos edificios. Se creyó que la prosperidad sería eterna; se pensó de buena fe que, dentro del régimen, se podría realizar esa Democracia económica, tan querida por el teórico Naphtali. Luego llegó la crisis. Varios millones de afiliados sin trabajo desertaron de las organizaciones. Hubo que distribuir entre los demás cuantiosos subsidios de paro. El arma esencial de los sindicatos, la huelga, perdió eficacia. Y luego nació el fascismo... Nuestros jefes, que no supieron adaptarse a la crisis, tampoco supieron hacer frente a Hitler. No se puede luchar contra un adversario agresivo con hermosas proclamas y bellos edificios. ¿Conoces la espléndida escuela sindical de Bernau? Un verdadero palacio.



 

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Daniel Guerin

 

– Si, la visité el año pasado, no sin cierta desazón...

 

– Pues bien, Bernau encarnaba nuestro sindicalismo con todo lo que le faltaba: quiero decir, un alma, una voluntad de lucha. A menudo nuestras organizaciones no eran más que simples bancos corporativos. El trabajador venía a cobrar lo que le correspondía como quien va a la caja de la Seguridad Social o a la oficina de paro. No había el mínimo ideal revolucionario, solo espíritu burocrático... Fíjate que no quiero despreciar la obra del pasado de los sindicatos alemanes. Ya sé de sobras todo lo que han hecho para la emancipación y la cultura de nuestro proletariado...

 

– Consiguieron organizar a las masas, lo que ya es algo.

 

– Sí, pero perdiendo su carácter de pueblo... La ADGB (la CGT alemana) había acabado por convertirse en un engranaje del Estado...

El corporativismo y el sindicalismo de colaboración condujeron rápidamente al fascismo. De las consignas de “interés general”, de “economía dirigida” a la fraseología hitleriana, sólo había un paso y no tardaron en darlo. A esto añado que los comunistas tuvieron su parte de responsabilidad con su consigna: “Desertad de los sindicatos reformistas”... Pero veamos qué pasó en estos últimos meses: so pretexto de salvar lo salvable, se inclinaron ante el vencedor, se deslizaron por una pendiente continua e insensible: el trabajador, adormecido por esta táctica, no pudo ver venir el instante decisivo...

 

Bastó con enviar un día varios jóvenes con camisa parda a las Casas del Pueblo, armados con porras y los porteros –como sucedió en Leipzig– se metieron bajo la cama. Izaron en la terraza la bandera de la cruz gamada y el magnífico palacio de la ADGB se convirtió en el cuartel general del Dr. Ley y de su pretendido “Frente de Trabajo”. “El pago de las prestaciones está garantizado", exclamó el fascismo y la maquinaria administrativa continuó funcionando como antes... Así fueron sincronizados los sindicatos, como dicen ellos.

 

Mi interlocutor me enseña uno de los innumerables folletos apresurada-mente confeccionados, en los que los nazis, al censar las cuentas de los sindicatos, se ceban contra los bonzos.

 

 

 

 

– Aquí hay un 50% de mentiras... Por desgracia éramos vulnerables a



 

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LA PESTE PARDA

 

algunos ataques. No había tanta “corrupción” como pretenden, sino una tendencia a vivir demasiado bien... en cuanto al nuevo equipo, te aseguro que no va a darnos lecciones de ascetismo.

 

Siguiendo con mi investigación fui a visitar a un militante sindical que había conocido el año pasado. Como el acceso a las Casas del Pueblo esta rigurosamente prohibido a los profanos, hay que esperar en la calle. Impotentes limusinas, muy poco proletarias, con el banderín de la cruz gamada, se detienen ante la puerta. De ellas bajan los “comisarios” camisa parda, botas, correajes, mientras que los centinelas en uniforme entrechocan los talones y se inmovilizan en posición de firmes.

 

Finalmente llega mi amigo, exhibe su pase a las SA porque no se puede salir del edificio sin autorización y me sonríe con tristeza.

 

– Bueno, ya ves a lo que hemos llegado...

 

– ¿Y puedes quedarte ahí dentro?

 

– Me despiden a partir del primero de Septiembre... Los muy bribones dicen que siempre habíamos prometido volver a las filas, que rejuvenecerán los mandos a partir de la “base”. Nos dejan seguir aquí durante estos meses para que les pongamos al corriente. ¡Pero no tiene gracia! Trabajamos en un ambiente de cuerpo de guardia. Tengo jóvenes armados en mi oficina; nos espían desde la mañana a la noche y los “comisarios” se entretienen en coleccionar fichas de delación...

 

– ¿Y de dónde salen esos famosos “comisarioS”?

 

– Hay un poco de todo... Muchos Akademiker, intelectuales, abogados, que no saben nada de los problemas del trabajo. Antiguos secretarios de los sindicatos amarillos o cristianos... Antiguos tránsfugas de nuestro bando como Winnig que antes fue secretario de la federación de la construcción... E incluso tránsfugas mucho más recientes...

Porque también teníamos entre nosotros fascistas en ciernes...

 

No puedo evitar pensar en ese Herr Doktor que visité el año pasado en la ADGB y que hoy proclama que el gobierno nacional "es el único capaz de realizar el socialismo”.

 

 

Pero ha llegado el momento de que mi interlocutor vuelva a su trabajo.



 

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Daniel Guerin

 

Suspira y cogiéndome del brazo me dice:

 

– ¿No te he contado nunca que, en otros tiempos, hace ya muchos años, fui comunista? Me expulsaron por blandura frente al “reformismo” de Leipart... Hoy por fin lo veo claro; y aunque no apruebo la nefasta táctica escisionista de los “sindicatos rojos”, también he de reconocer que yo estaba equivocado, muy equivocado...

 

Está tan emocionado que me abstengo de hurgar en la herida.

 

– ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿De qué vas a vivir? Esboza un gesto vago de hombre sin esperanzas.

–¿De qué voy a vivir? Trabajaba en la Compañía de Gas, naturalmente no me van a readmitir... No puedo abrir una tienda; una ley reciente dirigida contra nosotros prohíbe la expedición de nuevas licencias... Quedan las “grandes obras públicas”, los trabajos forzados.

 

Superado el primer estupor la masa se ha recuperado. Si hay algunos que se han dejado engatusar por la continuidad de las prestaciones, otros reaccionan, reclaman el respeto de la democracia sindical: no están en absoluto dispuestos a quedarse callados y a escuchar a pie firme los discursos del Führer; reclaman la elegibilidad de sus jefes.

 

En Leipzig, durante una reunión de la Federación central de empleados un afiliado socialista pide audazmente la palabra, expone sus quejas y recibe una estruendosa ovación. Precipitadamente se levanta la sesión.

 

En Kiel los trabajadores van a la huelga para protestar por el despido de sus delegados de empresa. En Hamburgo los jefes nazis critican en una asamblea a los “bonzos corrompidos”; ¡perfecto!, responden los asistentes, nombremos una comisión investigadora. Pero la asamblea es inmediatamente disuelta.

 

Entonces se han vuelto tímidos. Pierden la calma y se sonrojan ante las masas exigentes. Y antes que afrontarlas prefieren abstenerse de todo contacto. En una biblioteca de la Casa del Pueblo un SA entra bruscamente y lanza un formidable ¡Heil Hitler! Muchos trabajadores están leyendo. Nadie responde, nadie se mueve.

 

La cólera y la sorpresa lo paralizan por un momento, luego el muchacho sale sin pedir más explicaciones.



 

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LA PESTE PARDA

 

A la conquista del proletariado

 

Pero, sin embargo no han renunciado a engatusar a los trabajadores. Nadie lo hace mejor que el Dr. Robert Ley. Levy, dicen las malas lenguas. Y la verdad es que este denodado racista presenta el más acentuado de los tipos semitas. Tiene un pasado interesante, gran aficionado al kirsch, fue él quien en una cervecería de Colonia envió delicadamente una botella vacía sobre la cabeza de Wels, el líder socialdemócrata.

 

– Yo, afirma en sus declaraciones a los obreros, soy un pobre hijo de campesinos y se lo que es la miseria. He estado siete años en una de las mayores empresas de Alemania y conozco la explotación por el capital financiero anónimo…

 

Cuando el Sr. Ley decidió abandonar “I.G. Farben”, el famoso trust de los colorantes, recibió una indemnización de diez mil marcos-oro.

 

Y para hacerse amar por las masas, lentamente y con seguridad, el jefe del Frente del Trabajo distribuye más de cuatro millones de ejemplares de una magnífica revista: Arbeitertum. Junto a instantáneas publicitarias de Hitler y profundas máximas como: “Ha terminado la lucha de clases y los prejuicios de condición social”; “Honrad el trabajo”, despliega sus artificios de seducción:

 

– Mis queridos camaradas del pueblo, comienza esta sirena, vais a decirnos (traduzco textualmente):

 

– ¿Que más queréis? ¿No tenéis ya el poder absoluto?

 

– Es verdad, tenemos el poder, pero aún no tenemos a todo el pueblo. Tú, trabajador, aún no te tenemos al cien por cien y precisamente te queremos a ti: no descansaremos hasta que no vengas por las buenas, con conocimiento de causa, con nosotros...

 

Como al otro lado del sofá el honrado proletario sigue reticente, le pasa el brazo por la espalda:

 

– Ciertamente sabemos que, en el fondo de tu corazón sigues siendo un sindicado marxista y que leerás este número de Arbeitertum con cierto recelo... Quizás te sorprenda un cambio tan brusco. Quizás sigas estando convencido de que la ocupación de las casas sindicales y de las confederaciones fue un abuso de autoridad contra los derechos de los trabajadores. ¡Nada más falso!



 

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Daniel Guerin

 

Maternal, zalamero, explica que sólo quiso salvar a su buen amigo sindicado de las garras de los perversos bonzos, que van a simplificar los engranajes de la administración y van a economizar el dinero del pueblo. Y como el proletario intenta escapar a sus ventajas:

 

– No te pedimos que seas, desde hoy, nacional-socialista... para comprendernos bien hace falta algo más de tiempo... Pero un día reconocerás honestamente, estamos seguros, que cuando expulsamos a los bonzos era sumamente urgente hacerlo. Sabemos que nos aprobarás... Porque forzaremos tu confianza.

 

No cabe duda de que este lenguaje capcioso trastorna algunas mentes débiles. Pero el buen proletario no se deja violar así.

 

Como la seducción del Dr. Ley corre el peligro de ser inoperante, piden ayuda a Hitler en persona:

 

– El Führer, explican a los lectores de Arbeitertum, aprendió, durante los años de su lucha por el poder, a conocer la fidelidad del hombre modesto que, detrás de su carreta o inclinado sobre su torno cumple en silencio con su deber de pionero anónimo del trabajo... Durante cinco años en Viena, como obrero de la construcción y mezclador de cemento; la segunda vez, como soldado desconocido durante cuatro años en el frente, durante ¡a gran guerra, vivió con los trabajadores y luchó con ellos...

 

El nuevo Mesías se propone a sí mismo como un “honesto intermediario” entre el Capital y el Trabajo.

 

– Creo, afirma, que el destino me ha designado para este papel. Carezco de interés personal. No dependo ni del Estado, ni de la administración pública, ni de la economía, ni de la industria ni de un sindicato. Soy un hombre independiente... Mi mayor orgullo seria poder decir al final de mi vida: he conducido a los obreros alemanes al Reich alemán.

 

El 16 de Mayo del Dr. Ley “en nombre del Trabajo” firmó un armisticio con su compadre Wagener “en nombre del Capital”. Ha entrado en vigor una tregua económica de dos meses durante la cual serán mantenidas las tarifas y las huelgas quedarán rigurosamente prohibidas. Y como el “honesto intermediario” no puede estar en todas partes a un mismo tiempo, los “fideicomisarios del trabajo” le representarán en cada gran región y decidirán inapelablemente en



 

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LA PESTE PARDA

 

materia de conflictos sociales, regularán los salarios y fijarán los contratos.

 

– Conseguiremos para ti buenas tarifas en la medida en que lo permita la situación, actualmente catastrófica, de la economía alemana...

termina por confesar Arbeitertum.

 

Por si el trabajador ha comprendido mal:

 

Hitler exige obediencia...

 

Pero en las filas de los camisas pardas, cunde la impaciencia. Los manipuladores han quedado atrapados en su propio juego. Para mostrarse igual de “revolucionarios” que los comunistas crearon en los centros de trabajo “células de empresa nacional-socialistas” (NSBO), reconocieron solemnemente el derecho de huelga y repartieron verdaderos ríos de folletos demagógicos contra el gran patronato “egoísta”. Y hoy, el pueblo vencido, los buenos proletarios, quisieran ver a la “Revolución” penetrar en sus talleres.

 

Además hubo una primera época de indecisión: aún no se sabía qué iba a ser de los sindicatos y alardearon de haber convertido las "NSBO" en una nueva organización corporativa. También fueron enrolados a la fuerza en las células muchos trabajadores comunistas o socialistas. Otros se infiltraron hábilmente. Todo eso se agita hoy.

 

Los incidentes se multiplicaron. Aquí los delegados de una célula dan un puñetazo en la mesa de un patrón, reclaman el control de la empresa: más allá exigen la disminución de los grandes sueldos y la reducción del personal superior. Otros recuerdan que Goebbels había prometido anular, después de la toma del poder, los decretos de Brüning que mermaban los salarios... Pero esas resistencias se quiebran sin compasión, los “cabecillas” son despedidos de la fábrica, expulsados y sustituidos por elementos seguros. Dicen que pronto las NSBO quedarán libres de unos cien mil indeseables y recuperarán su carácter de fracción política sufrida.

 

Pero la corriente es tan fuerte que hay que arrojar lastre. Y de vez en cuando los "malos" patrones que reducen sus plantillas o no observan las tarifas, son detenidos por “sabotaje económico” y enviados veinticuatro horas a un campo de concentración. La efervescencia del taller se calma por un tiempo.

 

¡Pero qué fácil resulta turbar la conciencia de un joven sindicado nazi!



 

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Daniel Guerin

 

Escuchad, como colofón este breve diálogo:

 

– El derecho de huelga no era una invención de los políticos, sino vuestra única arma. ¿Cómo defenderás ahora tu salario?

 

Mi interlocutor comienza por mostrarse seguro de sí:

 

– El Estado nos protegerá...

 

– Sí, pero los peces gordos tienen además “buenos contactos”: siempre tendrán más influencia que tú sobre el Estado.

 

El argumento lo intranquiliza. Siento que le he cogido desprevenido, que está inquieto. Entonces se agarra desesperadamente a este clavo ardiendo:

 

– Confío en Hitler...

 

– El hombre no es eterno. ¿Qué pasará cuando Hitler ya no exista? Me mira absorto, enfrentado de repente con la nada.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

La otra Alemania

 

Quizás hayamos tardado un poco en venir a visitar a nuestros amigos, en vivir la vida de la otra Alemania. Lo que sucede es que un abismo la separa de la primera, un abismo más extenso que una frontera, más profundo que un océano. ¡Unificación del pueblo! proclama el fascismo. En realidad nunca estuvo este país dividido en dos bandos más irreconciliables.

 

Ahí está esa otra Alemania, en la carretera entre Colonia y Dusseldorf, un oscuro día de lluvia. Imaginad dos jóvenes parados uno al lado del otro, con las piernas desnudas y los zapatos gastados, con el cabello rizándose en la nuca y sobre el mentón descarnado unos grandes pelos negros.

 

– ¡Ah! ¿Eres francés?... ¡No es posible!

 

Los ojos brillan, por fin alguien con quien hablar sin temor de que sea un delator... Y cuando conocen mis opiniones extraen dichosos de algún dobladillo la insignia del Partido Comunista.

 

– Provisionalmente estamos vencidos... Durará mucho tiempo, pero no hay dudas sobre el resultado.

 

Con un movimiento de caderas han rectificado la posición de su mochila, luego con un acento de enérgica decisión, añaden:

 

– Ya lo verás, no conseguirán atraparnos con eso del trabajo obligatorio.

 

Veo cómo se alejan, pobres desechos, sobre la carretera sin fin. Unos motoristas pardos, orgullosos y provocativos, los rozan al pasar. Ellos no tienen bonitos uniformes como los vencedores del momento. Son andrajosos, pero refractarios.

 

Un poco más allá, en el Ruhr, también un oscuro día de lluvia, como para morirse de tristeza. Las chimeneas sin penachos de humo, lo oscuros altos hornos dormidos, el color gris del pavimento, de las casas, del cielo, todo produce una desoladora impresión de vacío, de desesperación. Entro en una “taberna” del pueblo para comprar un bocadillo.

 

 

Unos pocos obreros jóvenes con gorras azules conversan en voz baja.



 

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Daniel Guerin

 

Uno de ellos viene a sentarse a mi mesa. Después de ponerle al corriente sobre mi nacionalidad, le pregunto, para hablar de algo, si la desocupación sigue haciendo estragos: ¡Por desgracia!, suspira.

 

Me dice al oído:

 

– Y no tiene aspecto de mejorar con el nuevo gobierno. Eso basta, nos hemos comprendido.

Así puede un extranjero abrir muchos corazones en esta Alemania aterrorizada. En cuanto saben quién soy comienzan las confidencias. Un empleado de librería, después de dos segundos de conversación me cuenta apasionadamente sus odios y sus esperanzas. Un camarero de restaurante me anuncia, casi a bocajarro, cuando estamos solos en la sala trasera:

 

–¿Usted es francés? Yo, señor, soy comunista.

 

En un albergue de juventud en donde los jóvenes nazis acaban de describir cínicamente las virtudes de la fusta como medio de persuasión, un muchachón me lleva a parte como si quisiera consolarme:

 

– No pierdas la confianza... ¡Algún día volveremos a ver la Alemania universal, la Alemania de Goethe!

 

Pero de todas estas imágenes esta es la más pura. Quizás también la más fugitiva y la más frágil.

 

Todos los jóvenes Wandervögel (trotamundos) que se han reunido esta tarde en el dormitorio pertenecen a la otra Alemania. Todos ellos son desocupados o músicos ambulantes. De sus guitarras cuelgan fajos de cintas multicolores. Ningún correaje aprisiona su camisa libre y flotante de color azul.

 

Y después de haber verificado que las puertas y las ventanas están cerradas y que ningún oído indiscreto escucha, cantan, acompañándose con las guitarras, las viejas melodías proletarias: Hermanos, hacia el sol. La vía libre, con las antiguas letras que luego serían plagiadas y prohibidas.

 

Gentiles bohemios que sólo amáis vuestra libertad, sois ya unos extraños en vuestro propio país. Como me decís vosotros mismos:

 

– Van a cazar sin piedad a los músicos y a los mendigos. Van a



 

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LA PESTE PARDA

 

encerrarnos en sus campos de trabajo, doblegarnos con su disciplina e intentar transformarnos bajo su látigo…

 

Ya ha entrado el enemigo en el dormitorio con un horrible crujido de cuero. Enseguida habéis dejado de cantar. Ahora conversáis en voz baja. Y, en la sombra, acechando en sus literas, los guerreros pardos os espían.

 

Llamamos a una puerta amiga. Un largo silencio, luego un ruido de pasos amortiguados. Detrás de una especie de mirilla de vidrio un ojo inquieto nos observa. Si es el enemigo hay que tener tiempo de encender el gas y quemar los papeles y hojas de propaganda ilegales.

 

Nos acogen en una hermosa vivienda –que haría soñar a muchos trabajadores franceses.

 

Ese maestro que acaba de ser despedido por sus ideas socialistas, nos confía en el umbral:

 

– Sí, tenemos una bonita casa... Nos van a dar 312 francos como subsidio mensual de paro más 60 francos como ayuda de vivienda... ¡Y el alquiler es de 360 francos! Nos quedarán doce francos para los dos niños y para nosotros... Y es endiabladamente más difícil encontrar una vivienda más barata.

 

Para no sentir vacío en el estómago viven a cámara lenta: duermen hasta tarde por las mañanas, largas siestas sobre el sofa por la tarde y se demoran leyendo el periódico, el estúpido periódico vacío y mentiroso.

 

¡Pero cómo nace la alegría cuando viene un camarada extranjero que trae noticias frescas del exterior, del mundo libre! Y para él de algún escondrijo, de las profundidades del sótano salen los preciosos recuerdos: folletos socialistas o comunistas, banderas rojas, brazaletes de enfermera obrerista, material de los Amigos de la Infancia Obrera. Todo aquello por lo que se ha vivido.

 

En la casa de enfrente los nazis han instalado un altavoz gigante a fin de convertir a sus vecinos “marxistas” a golpe de discurso de Goebbels y de Horst Wessel. Pero no se desaniman por tan poca cosa: basta con ponerse un poco de algodón en los oídos.

 

 

El buen humor tampoco ha perdido sus derechos, alrededor de unas



 

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Daniel Guerin

 

rebanadas de pan untadas con margarina, el abuelo, empleado municipal cuenta, riendo, que a él y a sus compañeros les obligaron a entrar en la NSBO: cada quince días esos viejos tienen que reunirse y recitar juntos, como niños, los himnos fascistas.

 

Un crío espabilado exclama:

 

– ¿Ya sabes quién incendió el Reichstag, mamá?

 

La madre, prudente, le hace señas de que no hable tan alto y va a cerrar la ventana.

 

– ¡Los hermanos SASS!

 

Los Sass, ladrones de Bancos son célebres en Alemania, como en Francia la banda de Bonnot. Pero los “hermanos” de los que en realidad hablaba el muchacho son... las SA y las SS.

 

Son las diez de la noche. Para festejar al extranjero han invitado, alrededor del receptor de radio, a los vecinos, los amigos seguros... Repentinamente la animada conversación se calma.

 

El padre hace señas de que ha llegado el momento, mientras que, girando febrilmente el dial, el hijo busca Moscú.

 

Se puede oír el vuelo de una mosca... Finalmente la canción prohibida sale de las profundidades. Quien haya oído esto no puede desesperar. ¿Quién sabe si mañana le espera la prisión, la tortura, la muerte? Pero esta tarde, cada tarde, en lo más íntimo de innumerables hogares, los labios repiten a coro en voz muy baja:

 

– En la lucha final…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

Sus prisiones

 

En París me habían dado el nombre de un socialista, un simple militante.

 

Al llegar, me informo.

 

– ¿Se le puede ver sin comprometerle? ¿Está en libertad?

 

Una mujer audaz se ofrece a acompañarme, monta en su bicicleta. Pero cuando llamamos a la puerta de nuestro amigo adivinamos enseguida que le ha sucedido una desgracia. Los críos, abandonados, lloran en el jardín. Finalmente nos abre la madre con los ojos enrojecidos.

 

– Vinieron a buscarle ayer…

 

Junto a ella, con el rostro descompuesto, la mujer de un comunista cuyo marido también había caído entre sus garras.

 

No hay pan en el hogar. El prisionero no tiene derecho al subsidio de paro. Cuando salga libre el Estado le reclamará doce francos diarios para los gastos de detención que retendrá de sus futuros salarios.

 

Pero la valerosa madre no quiere hablar de su miseria. Piensa en el compañero quizás torturado, azotado hasta la sangre.

 

– Mire, actualmente en Alemania estamos como en la guerra. Nadie está seguro del mañana. Ud. está tranquilamente en su casa, incluso se asombra de que no le molesten y una hora más tarde vienen a buscarle. ¿Por un día? ¿Por un mes? ¿Por un año? ¿Para siempre?

 

Contiene sus lágrimas:

 

Nadie lo sabe. Si uno tiene suerte puede salir bien librado... Si cae en manos de unos sádicos, puede salir mutilado, loco o muerto.

 

La vecina que había escuchado llorando la interrumpe:

 

– Y cuando vuelven no pueden decir nada... Les hacen firmar un papel diciendo que los han tratado bien... Mire Ud., a mi marido le he preguntado día y noche y no suelta una palabra... No lo sabré jamás.

 

– O bien responden como un joven que nosotros conocemos: “Nunca más haré política, nunca más...” Eso es todo lo que pudieron averiguar.



 

 

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Daniel Guerin

 

Un camarada que ha pasado por ese infierno ha prometido reunirse conmigo y hablarme. Pero en el último momento, sintiendo el terrible peligro que pesa sobre él, sabiendo que es espiado, perseguido, me hace saber que renuncia. Pero otros, muchos otros hablan. Y en sus miradas fijas revivo el loco terror de los primeros meses.

 

En pleno Berlín una especie de torre de ladrillo rojo en la cumbre de una colina cubierta de césped: sobre el edificio ondea la bandera de la cruz gamada.

 

– Aquí, me dice un amigo, se han oído gritos, tantos gritos que para taparlos se han visto obligados a poner una orquesta. Y aún hoy debe haber camaradas ahí dentro, pero nadie sabe nada.

 

Otro, un muchacho de Wedding cuya voz tiembla al hablar:

 

– Imagínate... Un día oigo ruido en la calle, veo un grupo de gente...

 

Me acerco... Pregunto lo que pasa. Están registrando una casa de unos camaradas comunistas. Están poniendo todo patas arriba y sacudiendo a la familia... De repente veo un tipo ensangrentado que no puede aguantar más, salta la balaustrada del balcón y viene a estrellarse a mis pies con las dos piernas rotas.

 

A algunos los han dejado durante varios días en un sótano con el agua hasta el vientre; a otros les han hecho arrodillarse quinientas veces, a otros les han tallado a navaja una cruz gamada en el cráneo. Pero ahora prefieren los castigos menos visibles: como, por ejemplo, dar porrazos en las nalgas y luego hacer correr al prisionero o bien obligarle a permanecer una hora con los brazos en cruz mientras le disparan con los revólveres por debajo de las axilas.

 

– Para darte una idea de su refinamiento, me dice un amigo, escucha esta historia. En la celda de una prisión ponen a un provocador entre los comunistas. Este empieza a aserrar los barrotes de la ventana y les propone a los demás la fuga. Pero abajo, en el patio, las SA acechan con los fusiles preparados. Los compañeros desconfían y se niegan a huir. Entonces entran las SA y los golpean cruelmente por los barrotes aserrados.

 

En otro sitio en una prisión improvisada se produce una avería de electricidad.

 

– ¿Quién ha cortado la corriente?, braman los carceleros pardos.



 

 

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LA PESTE PARDA

 

Nadie es culpable, nadie responde.

 

– Bueno, entonces la suerte designará a los responsables. Un maestro se ofrece en holocausto.

– He sido yo.

 

Y le dan una paliza.

 

Alguien ha venido a verme.

 

Es un militante socialista. Ha sufrido por partida doble, por socialista y por judío. Después de su liberación se ha callado, ha intentado olvidar las atroces imágenes. Pero hoy hace un esfuerzo y con la cabeza entre las manos, lentamente, como en un sueño, me cuenta:

 

– Me hicieron subir a un estrado, como un perro amaestrado... Los prisioneros eran el público. Me hicieron decir en voz alta: “Soy X... el cerdo judío más grande de la ciudad...” Luego, durante mucho tiempo me obligaron a andar a cuatro patas por la mesa. Un joven jefe de las SA, un “hijo de papá” entró entonces en la sala con la fusta en la mano y exclamó: “¡Bueno pero si está aquí este desgraciado que hace tiempo quería matar con mis propias manos!”

 

¿Y cómo reaccionaron los prisioneros?

 

– Unos hacían como si se muriesen de risa... Pero otros tenían vergüenza y más tarde vinieron a decirme de todo corazón: “X...

estamos contigo”.

 

Se detiene con las manos crispadas, luego, dominándose, añade:

 

– Luego me hicieron bajar a un sótano en donde había una enorme estufa... Me obligaron a arrojar al fuego paquetes de periódicos obreros y libros marxistas. Como soy enclenque y además tengo ya mis años, resultaba muy duro. Papeles ardiendo caían al suelo. Entonces, amenazándome con el revólver me obligaron a sentarme sobre las llamas…

 

Se interrumpe. Las palabras se atascan en su garganta.

 

Y cuando le pregunto:

 

¿Esas SA eran adolescentes o adultos? ¿Habían bebido?



 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

– Gente muy joven... No estaban borrachos del todo... pero trastornados sin duda por las privaciones, por una adolescencia anormal. ¡Y si te contase todo!

 

Hay cosas que no se pueden transcribir: la bestia humana es capaz de mil locuras.

 

Leemos en la prensa que en Ginebra, el Dr. Ley, respondiendo a Léon Jouhaux, secretario de la CGT francesa, le propuso hacerle visitar los campos de concentración de Alemania. Cojo la pelota al vuelo. Me dirijo a la comisaría de policía, me identifico: miembro de la CGT, enviado de Le Populaire. En aras de la verdad me ofrezco a visitar un campo que designo nominalmente. Reclamo simplemente esta garantía elemental: la respuesta, afirmativa o negativa será inmediata para que no haya tiempo de "preparar" mi visita.

 

Durante tres días juegan conmigo. El comisario está ausente, luego resulta incompetente; el Ministro del Interior no aparece por ningún lado. Como último recurso tomé el tren.

 

Pero aunque sé a qué atenerme en cuanto a la sinceridad del Dr. Ley, vi, sin embargo, sin autorización a los presos.

 

En Oranienburg un largo muro gris. Luego una pesada puerta de hierro. Me subo al sillín de mi bicicleta y me agarro a los barrotes. ¡Extraño espectáculo! Seres humanos hirsutos, barbudos, vestidos con blusas grises, están ahí en el patio vigilados por unos jovenzuelos armados. Uno de ellos, sin duda un militante destacado manda, al parecer: ¡En pie! ¡A tierra! Y ellos se arrojan al barro agolados, alelados…

 

Cuando termine el ejercicio tendrán que cantar el Horst Wessel y un camarada marcará el compás. Durante horas tendrán que proferir ensordecedores ¡Heil Hitler!, escuchar las conferencias de “reeducación nacional”; confeccionar cruces gamadas. Y luego tendrán que amontonarse con el estómago vacío en cuartos demasiado pequeños. Y así hay cientos de miles en toda Alemania.

 

Ante los locales de la policía esperan unos camiones entoldados. De repente levantan el toldo. Un cargamento humano –jóvenes proletarios en mangas de camisa con sus “bicis” y sus “motos”– es absorbido por la prisión. Así detienen a millares cada día: encierran a unos, insolan a otros, ese es el sistema de gobierno.



 

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LA PESTE PARDA

 

 

 

Un “Casco de Acero” con cara de querubín defiende la puerta. El amigo que me acompaña solicita hablar con un prisionero.

 

– Sí, pero sólo un segundo... farfulla el adolescente.

 

En cuanto llama al interesado centenares de caras aparecen en las ventanas en juveniles racimos.

 

Por fin aparece el camarada; sólo tengo tiempo de decirle:

 

Vengo de Francia... ¿La comida? ¿El alojamiento? ¿La moral?

 

– Comida: detestable; alojamiento: peor aún... Moral: excelente.

 

Ya se ha ido. Desde las ventanas nos dicen adiós. Los muchachos, mudos, nos gritan su fe con la mirada. Nos hemos comprendido: ¡Freiheit! ¡Rot Front!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

 

Nueva salida

 

¿Vive aún la socialdemocracia? ¿Cómo? Antes de responder a esta cuestión se hace necesario un breve preámbulo: actualmente el movimiento obrero no se parece en nada a lo que era hace unos meses. ¿Se puede hablar de "partidos" en estas condiciones? ¿Puede darse ese nombre a los pequeños grupos de militantes que han surgido de las ruinas y viven en la ilegalidad con conexiones a menudo muy precarias?

 

Cuando digo actualmente me refiero, como es natural, a la época de mi viaje, es decir, a Mayo y principios de Junio de 1933. Mi testimonio sólo tiene el valor de una instantánea: solamente ha conseguido captar un minuto de la fugitiva realidad.

 

Al principio buscaba a tientas. Luego me favoreció el azar. Paseando por las calles de una gran ciudad veo de pronto en el escaparate de una librería –un islote perdido– un libro de Romain Rolland.

 

Entro en la tienda. Sobre las mesas folletos socialistas; en las estanterías, libros de Marx y Engels. ¡Sí!

 

Un dependiente se acerca taciturno, desconfiado. Pero cuando sabe que está hablando con un camarada francés, me dice:

 

– Si hubieras venido mañana ya no hubieras encontrado nada. Van a cerrar la librería como cerraron el periódico en el piso de arriba. Confiscarán todos los libros marxistas y los quemarán…

 

Miro una vez más esas hermosas ediciones, gloria del mundo del libro y del socialismo alemán: quisiera llevármelo todo, salvar todo aquello de la furia de los verdugos.

 

Desde atrás de las estanterías surge un viejo empleado con andares vacilantes y manos temblorosas lamentándose:

 

– Llevo ya cuarenta años de vida militante... Hace veinte que trabajo aquí... Tendríamos que habernos unido contra ellos…

 

El joven me estrecha la mano con gesto lúgubre.

 

– Intenta subir a la sede del Partido. Quizás encuentres aún a alguien.



 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

Y en efecto, en un gran despacho vacío encuentro a un secretario, solo, con los brazos caídos, aterrado:

 

– Han venido hoy por la mañana a confiscar todos los bienes del Partido. Espero que me detengan de un momento a otro... Hemos sido quebrados... Deberíamos disolver oficialmente el Partido nosotros mismos y reanudar el trabajo sobre bases enteramente nuevas, con otros hombres…

 

Sí, pero la opinión de ese militante (fue detenido al día siguiente) no prevaleció. La dirección central tergiversó las cosas durante mucho tiempo; en vez de lanzarse audazmente a la acción ilegal, intentó llegar a una componenda con el adversario. Y durante largas semanas los camaradas de la base permanecieron a la expectativa, desmoralizados, inactivos, luego indignados:

 

El voto del grupo parlamentario, el 17 de Mayo, ratificando al nuevo régimen, es el golpe de gracia, me confiesa un muchacho de rasgos enérgicos, antiguo jefe de sección en la Reichsbanner, ahora todo ha terminado entre ellos y nosotros, todo... para siempre…

 

Me dice eso con una voz quebrantada, como uno que durante mucho tiempo y a pesar de todo quiso tener confianza, esperar, aguantar:

 

– Hemos bebido el cáliz hasta las heces. ¡Si tú supieras! No olvidaré jamás esa noche del 5 al 6 de marzo en que nos fuimos en “moto” a Berlín desde todas las grandes ciudades de Alemania a suplicar que nos diesen órdenes de lucha…

 

– ¿Y qué os respondieron?

 

– ¡Calma! Y, sobre todo, que no haya derramamientos de sangre!

 

Para que en un país disciplinado y jerarquizado como es Alemania un grupo humano pueda merecer el nombre de “partido”, sería preciso, cuando menos, que los miembros pagasen sus cotizaciones, que, clandestinamente o no, se reuniesen y que recibiesen directrices de sus jefes.

 

– Ya no se paga... Ya no nos reunimos... Los jefes se quedan en sus casas, escondiendo la cabeza ante la tempestad, o están en la cárcel o escapando... me explica un posadero socialista y añade:



 

 

 

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Daniel Guerin

 

– Además casi vale más que los “antiguos” se hayan retirado de la escena: ya nadie confía en ellos... Sólo los jóvenes podrán hacer algo…

 

¿Y tú?

 

Suspira:

 

– Tengo que alimentar a dos hijos. Los nazis me han dicho: “Si quieres seguir en el albergue, entra en nuestro partido”. Les dije que no se puede cambiar así, de golpe, el corazón de un viejo socialista... Pero mi mujer lo exigió –desgraciadamente también hemos de luchar contra nuestras mujeres– y me vi obligado a ceder.

 

En Lübeck un militante me explica también su desconcierto:

 

– Te aseguro que ya no sé dónde estoy... Nuestros jefes nos han abandonado... estamos sin periódicos... sin consignas. Y para colmo de males algunos buenos camaradas, sobre todo de la Reichsbanner (organización republicana de autodefensa “Bandera del Reich”) –que hubieran podido poner en claro la situación, creyeron que lo acertado sería entrar, por centenares en “Casco de Acero”... So pretexto de activar la discordia entre reaccionarios y nazis, de procurarse armas...

Quizás tuviera razón... Pero yo creo que lo único que han conseguido es estropearlo más. Ahora ya no sabemos quiénes son los amigos y quiénes los adversarios...

 

Sobre la mesa veo, no sin asombro, un número de Volksbote el antiguo periódico socialista de la ciudad.

 

– ¿Cómo, reaparece?

 

– Sí, pero bajo control de los nazis. Y como redactor en jefe... un militante socialista conocido de Lübeck. ¡Ya ves el juego! Los trabajadores pueden seguir creyendo que leen su antiguo diario.

 

Me tiende el periódico y leo con estupor:

 

“...La mayor parte de los antiguos socialistas se mantiene en una postura expectante, sí, pero no hostil hacia el nuevo régimen. Los camaradas piensan: Si los nuevos lo hacen mejor que los antiguos algo habremos ganado. Solamente queremos que alivien nuestra miseria. Si los nazis hacen algo por los trabajadores, entonces colaboraremos con ellos, a pesar de todos los odios y rencores del pasado...



 

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LA PESTE PARDA

 

La tarea del nuevo Lübecker Volksbote es la de sellar esta alianza entre el gobierno y el pueblo...”

 

Firmado: Max Ahrenholdt, redactor jefe.

 

Ese “militante” es naturalmente un traidor.

 

– Unos dicen eso, otros que más vale que haya gente de los nuestros en nuestro antiguo periódico... ¿Pero dónde está la verdad? Ya no sabemos si podemos estrechar la mano a los hermanos de la lucha de ayer.

 

Levanta los brazos al cielo desmoralizado.

 

Como sucede a menudo en la vida, lo mejor y lo peor van juntos: de un lado de la medalla el inmenso desastre, las cobardías, las deserciones, los suicidios... Y del otro, la fidelidad inquebrantable, la juventud, la fe. Vayamos hacia los que serán dueños del futuro.

 

En Draveil, en Agosto de 1932 conocí en un campamento de hijos de obreros franco-alemanes a ese joven “colaborador” de los Amigos de la Infancia Obrera. La oficina de paro le ha suprimido todo subsidio y lo ha enviado a trabajar a bajo precio como mozo de granja en el campo: a casa de unos campesinos avaros y duros, hitlerianos hasta la histeria que desconfían de él y que le espían.

 

Lo encuentro en la cama en su humilde cubículo: se ha cortado trabajando, tiene fiebre. He abierto bruscamente la puerta y él se ha frotado los ojos para asegurarse de que no soñaba.

 

– ¡Tú!

 

Y seguidamente me explica:

 

– Aquí estoy por un año. Me dijeron: o la cárcel o el contrato. Entonces firmé... Estoy completamente solo, sin un amigo, sin un libro. Me han confiscado todos mis folletos... A mi alrededor sólo hay gente estúpida que no conocen más que el odio.

 

Me mira a los ojos:

 

– Pero sigo siendo el mismo.

 

Me habla del movimiento francés como de algo propio y cuando llega el momento de despedirse del único camarada que habrá podido ver a lo largo de estos doce meses interminables, murmura:



 

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Daniel Guerin

 

– No me quejo... Tengo dieciocho años y toda la vida por delante. Veré el triunfo del socialismo.

 

Un hombre de cabello gris, viejo militante del libre pensamiento proletario conserva, en el otoño de su existencia, la misma certidumbre:

 

– Yo, me dice, quizás no llegue a verlo. Pero vosotros…

 

Nuestra generación ha fallado. Mira, creo en la cristalización de un movimiento absolutamente nuevo, surgido de las profundidades de nuestra clase obrera... Un nuevo punto de partida…

 

Endulza su café, sonríe y mirándome con sus ojos azules de una pureza límpida, añade:

 

– ...¡Porque, en el fondo de esa masa, en esa juventud que aún no ha tenido su oportunidad, hay maravillosas reservas, hay tierras vírgenes!

 

Y ya, un poco en todas partes, en Berlín, en Leipzig, en otras ciudades, surgen grupos de jóvenes de “menos de treinta años” en ruptura absoluta con la ideología de sus antiguos jefes. Las “SAJ” (Juventudes obreras socialistas) son el buen fermento. Estos grupos reúnen poco a poco a los buenos camaradas atormentados por la necesidad de actuar, distribuyen periódicos clandestinos, intentan entrar en contacto con otros núcleos revolucionarios, sin distinción de tendencias.

 

Alrededor de una mesa, a la luz de una lámpara, una docena de rostros jóvenes. Hay muchachos que conocí el año pasado, timoratos, demasiado dóciles. Proclaman alegres que hoy están transfigurados.

 

Es cierto que entre ellos hay aún algunas vacilaciones: tienen que aprenderlo todo sobre la lucha ilegal. Algunos no se fían de los comunistas. Los hay que creen en la necesidad de dar un rodeo antes de actuar, de remontar a las fuentes teóricas del marxismo…

 

Pero todos quieren luchar y están de acuerdo en afirmarlo.

 

Hemos tenido demasiada fe en las virtudes de la democracia burguesa. El 17 de mayo nuestra ilusión quedó definitivamente frustrada. Ya no conocemos más consignas que las de Marx y Lenin.



 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

En la clandestinidad

 

– ¿Quieres ver con tus propios ojos al proletariado revolucionario?, me propone en Hamburgo un camarada.

 

Son las cinco de la tarde. Nos dirigimos hacia el puerto, tan bullicioso aún a pesar de los estragos de la crisis. Y de repente me invita a descender por una impresionante escalera.

 

– ¿Vamos a tomar un ferrocarril subterráneo?

 

– No... Simplemente vamos a visitar el túnel por debajo del Elba.

 

Al llegar ahí abajo nos resulta imposible avanzar. Una negra marea fluye de la oscura bóveda. Y de pronto se ofrece a nuestros ojos un espectáculo digno de la película Metrópolis: cinco enormes ascensores suben sin interrupción a este gentío hacia la luz. Un solo “Schupo” basta para dirigirlos hacia uno u otro de estos aparatos.

 

Ordenadamente los hombres se instalan. Una puerta automática se cierra detrás de ellos como una guillotina. Desde lejos parecen un rebaño camino del matadero.

 

– Son los compañeros de los astilleros navales que vienen del trabajo…

 

Los miro. ¡Demonios! No parecen mansos corderos precisamente. Rostros jóvenes, enérgicos. En sus solapas, en sus gorras uno busca en vano la cruz gamada. Unos mocosos en pantalón corto y correajes pidiendo para una obra “nacional”, les tiran del borde de la chaqueta. Ni uno solo desvía la cabeza. Pero una chiquilla ha conseguido deslizar en la mano de uno de ellos una banderita de papel. Sereno– con un gesto de cólera reprimida– arroja al suelo el emblema.

 

Acompañadme a las viejas calles de Hamburgo y de Altona, a las casas de madera miserables y carcomidas. Uno diría que estamos en plena edad media. Pero de pronto en la acera, grandes letras blancas recién pintadas: ¡El comunismo vive!

 

Y si penetráis en los nauseabundos callejones, bajo las oscuras bóvedas, podréis leer en todas las paredes inscripciones como: ¡Que muera Hitler! ¡Viva la Revolución!

 

En los patios de estos cuchitriles, los desocupados exánimes dejan de fumar su pipa para lanzaros una mirada huraña:



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Daniel Guerin

 

– Ni siquiera hoy en día, me explica mi Cicerón, se atreve la policía a penetrar en estos sitios. Sabe que aquí dentro sólo hay opositores...

que saben defenderse.23

 

El terror pardo –lo suponíamos– no ha matado la idea revolucionaria. ¿Pero puede afirmarse que funciona hoy en Alemania un “partido” revolucionario organizado de la base a la cúspide y centralizado? Eso es lo que he tratado de averiguar durante cinco semanas:

 

– Primero atravesamos un terrible período de depresión, me confiesa un camarada. Los jefes y muchos militantes fueron encarcelados y torturados... Los estragos de las delaciones: distribuciones de armas y de pasquines descubiertas…

 

– Y desgraciadamente, muchas deserciones…

 

El camarada suspira:

 

– Sí, todos esos elementos “radicalizados”, pero sin conciencia de clase, es Lumpenproletariado que arrastramos detrás de nosotros como una cruz: los restos de los “combatientes del frente rojo”, muchachos aficionados al uniforme, a la pelea, que sólo tenían un ideal: ser los “matones” de su pueblo.

 

Estos “matones de barrio” se pasaron al bando contrario en el momento decisivo. Para ganar puntos o para acallar sus remordimientos se han convertido en los más crueles... Han dado los nombres de los componentes de sus células y se han cebado con sus antiguos camaradas…

 

– ¿Pero cree también que en la SA hay bastantes comunistas que siguen siendo fieles?

 

– Claro está... Para algunos las secciones de asalto fueron la única escapatoria y se resignaron a alistarse para evitar la tortura y la muerte. También están aquellos a quienes los nazis, alardeando de haberlos convertido, obligaron a vestir la camisa parda: y finalmente los voluntarios que nosotros mismos hemos enviado... Estos últimos corren el peligro de que en cualquier momento les peguen un tiro, pero desde el interior están realizando un trabajo formidable.

 

 

 

23  Tiempo después, el régimen nazi hizo arrasar, por su seguridad, los viejos barrios de Hamburgo.



 

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LA PESTE PARDA

 

Otros también, me confirmarían las explicaciones de este camarada. En una palabra, el terror ha operado una selección saludable: los elementos dudosos han desertado, los tibios y los timoratos han desaparecido sólo quedan los mejores. Es preciso haber visto con los propios ojos con qué sereno valor, con qué sangre fría, con qué confianza en el porvenir estos hombres de nervios bien templados continúan la lucha.

 

En la esquina de una calle dos camaradas me dejan con una tranquila sonrisa: se diría que son jóvenes estudiantes aplicados y pacíficos. Su padre es un “Casco de Acero” o un pastor; ellos quieren dar su sangre por una Alemania proletaria:

 

– Hasta mañana…

 

Al día siguiente los esperé en vano. Han sido detenidos durante una reunión nocturna. ¿Los volveremos a ver? Pero ya hay otros que los sustituyen.

 

Poco después del terrible mazazo el movimiento renace.

 

Hay que empezar por el principio: primero hay que buscar a tientas en las tinieblas, intentar encontrar a los supervivientes de la célula, luego restablecer el contacto con otras células... ¡Contactos! Es una cuestión de vida o muerte y esa palabra está actualmente en todas las bocas.

 

En algunas ciudades o en algunos distritos bastaron unas pocas semanas para que la vida surgiese de las ruinas. En otras, por el contrario, los estragos son enormes: militantes detenidos o desaparecidos. Y hay que empezar por los primeros tanteos. En ocasiones los progresos han sido rápidos pero ha sobrevenido un brusco accidente –nuevas detenciones– que compromete durante semanas los pacientes esfuerzos.

 

Abandonados a sí mismos, privados de sus jefes o manteniendo solamente esporádicos contactos con estos, los pequeños grupos se han visto obligados a aprender a actuar por propia iniciativa, a improvisar el trabajo ilegal. Para estos proletarios de un sólido sentido común, que en otro tiempo habían estado encuadrados y mecanizados, esta fue una segunda prueba.



 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

Por ejemplo esta madre de familia con cinco niños de corta edad a su cargo. Es una de las escasas supervivientes, el elemento de contacto de su célula. Un compañero le trae cada semana un fajo de propaganda ilegal. Ella la hace llegar a algunos camaradas con los que mantiene contacto.

 

– ¿Y el resto?

 

– El resto lo distribuyo... por los buzones: escogiendo naturalmente, a aquellos que van a aprovechar mejor la lectura.

 

Mientras que me explica, con sencillez y modestia, su peligroso trabajo, el crío desde la ventana grita imprudentemente –porque lo aprendió al nacer:

 

– ¡Rot Front!

 

¡Qué ingeniosidad han de desplegar estos novicios! Las hojas multicopiadas circulan de mano en mano por los sótanos: La Verdad...

La Voz de los Trabajadores... La Unidad... etc. Los que no tienen una reproductora envían a su mujer a buscar, en la sección de juguetes de los almacenes, imprentas para niños y con los caracteres móviles de caucho componen pequeños pasquines.

 

– ¿Cómo lo hacemos?, me explica un camarada que se ha hecho un verdadero especialista en la materia. Mira, por ejemplo, imprimimos un panfleto de varias páginas con un título anodino en la portada, digamos del Ejército de Salvación. Lo distribuimos en las puertas de las fábricas e incluso en los cuarteles de la Reichswehr... Hay que abrirlo para encontrar nuestra prosa. Desde lo alto de los bares situados en el techo de los grandes almacenes lanzamos a las calles lluvias de papeles. Si se hace con destreza es imposible encontrar al culpable. En los cafés pedimos el periódico y entre dos artículos, con una “línea” que sacamos del bolsillo y un sello húmedo, inscribimos una sentencia... sensata.

 

– Saca de su cartera pequeños rectángulos de papel. Leo: Los desfiles

 

con antorchas no dan pan. Pásalo... o, si no: Primer acto de Hitler: traicionar su programa, no anular ningún decreto ley; con Papen, enviar a paseo el socialismo. Pásalo…



 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

– Pegamos esto en los escaparates, en el metro... También están las etiquetas de las cajas de cigarrillos: en el dorso imprimimos una frase y en las plazas nuestros muchachos intercambian esos atados de cigarrillos con otros muchachos. Muchos padres terminan leyéndonos...

Y ya no te hablo de los vendedores de periódicos que meten un ejemplar de Rote Fahne dentro de un Völkischer Beobachter.

 

Todos esos trucos son descubiertos enseguida, pero encontramos otros aún más deprisa. El camarada me coge del brazo y con una alegría de colegial me dice:

 

– El colmo del refinamiento es distribuir entre los SA pasquines...

 

redactados en estilo fascista. ¡Entonces nos leen! Nuestras antiguas frases marxistas ya no son eficaces pero hay mil y una manera de confundirlos desde dentro, de sembrar la cizaña entre ellos.

 

Y por si fuera poco:

 

– ¡Hace algún tiempo nuestros pasquines produjeron un efecto tan fenomenal que degeneró en una espantosa pelea, los tíos se enzarzaron entre sí y se acusaban mutuamente de haberlos redactado y distribuido!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

¿Hacia la unidad de acción?

 

Un hermoso sábado de mayo unos jóvenes berlineses, sumariamente vestidos con los brazos y las piernas tostados por el sol, salen en bicicleta en pequeños grupos separados. En sus abultadas mochilas todo el material de camping. Lugar de reunión: un pinar solitario al borde de un lago. Pero no se reúnen solamente para disfrutar de las alegrías de la natación o para tumbarse como lagartos sobre la tibia arena. Cada uno de ellos representa un distrito de las “Juventudes comunistas” de la gran ciudad. Y al abrigo de las miradas indiscretas – si la policía no viene a hacer una redada de bicis y de ciclistas– van a mantener una especie de conferencia.

 

Tanto entre los “rojos” como entre los socialistas, los jóvenes son los más activos: menos conocidos por el enemigo que sus mayores, menos localizados por los soplones han resistido mejor la tormenta. ¿Pero ha servido la catástrofe para abrirles los ojos? ¿Rechazarán como los jóvenes socialistas las consignas que les condujeron a la derrota?

 

Los hay lúcidos, claro está. Pero ese hermano y esa hermana, tan fanáticos y tan amables, me repiten con tono tranquilo, como niños que recitan el catecismo:

 

– Nuestra línea era completamente justa.. .

 

Nuestra línea era completamente justa... Ese era en abril el tema del informe de Heckert al Ejecutivo de la Internacional Comunista. Esa es aún la “cantinela” del aparato. Porque existe un aparato clandestino del Partido. Como sus contactos con Moscú son mucho mejores que con los pequeños grupos dispersos de la base, se encuentra un poco en la situación del sordo. Ordena sin percibir el eco de sus órdenes. No teme lanzar esta afirmación, cierta quizás a muy largo plazo, pero ridícula en el actual contexto, que la dictadura fascista abre el camino a la revolución proletaria. Preconiza manifestaciones públicas o armadas en las calles o en las empresas. Continúa enviando a la prensa del exterior y a la Internacional informaciones tendenciosas, exageradas: mientras que un verdadero revolucionario debe medir la exacta relación de las fuerzas.

 

¿Pero qué dicen los camaradas de la base que solos y a tientas han conseguido reconstruir sus células? ¿Qué piensan?



 

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LA PESTE PARDA

 

Evidentemente hay ciegos como éste que agradece de todo corazón al fascismo por haber dado el golpe de gracia a la socialdemocracia, o ese otro que termina por confesarme con un candor que me desarma:

 

– Prefiero cien mil veces a Hitler que a Severing (antiguo ministro socialdemócrata de Prusia).

 

Pero la mayoría ha experimentado un cambio sustancial.

 

Ese compañero de Wedding, mi amigo del año pasado, tenía entonces una fe de carbonero. Lo encuentro demacrado, pálido, con la mirada airada:

 

– ¡Nos hemos metido el dedo en el ojo! ¡Ah! ¡Pensar que hemos aceptado esto sin luchar!

 

Para este camarada la Köslinerstrasse, la famosa calle “roja” de la roja Wedding sigue siendo el baluarte del proletariado, el centro del mundo: ver ondear en ella la bandera de la cruz gamada le parte el corazón.

 

– ¡Y qué ilusiones nos hicimos con esa boleta electoral! Ahora digo: trabajador, arréglatelas como puedas; pero no vayas a mendigar órdenes a los jefes, eso ha terminado. Ya no nos volverán a engañar.

 

Es inútil que le haga observar que si la confianza en los jefes era exagerada, el exceso contrario también sería peligroso. No quiere apearse.

 

– ¡Al diablo los intelectuales! Que nos dejen hacer nuestra “faena”. En definitiva las palizas nos las dan a nosotros y a nosotros nos sangran.

 

Otro me habla de una forma aún más violenta: un artista, un viejo bolchevique. Lo homenajearon en la URSS; hoy, cuando habla, sus manos tiemblan aún de cólera y de dolor:

 

– ¡Están muy ocupados con su plan quinquenal, bien! Pero por Dios, que dejen ya de enseñarnos cómo hay que luchar... Somos nosotros, ¿entiendes?, nosotros solos quienes hemos de luchar contra Hitler: estamos en la pelea. Sabremos mucho mejor que ellos, que están a miles de kilómetros, lo que hay que hacer. Nosotros vemos las cosas tal y como son…

 

No puedo dar crédito a mis oídos. Registro en mi memoria esta diatriba cuya veracidad me resulta imposible controlar:



 

 

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Daniel Guerin

 

– ...¡Si supieras lo que ha pasado! ¡De verdad te digo que nuestros camaradas de la URSS son como para echarse a llorar! Un fugitivo comunista se refugia en un puerto del norte de Alemania, a bordo de un barco soviético. Lo expulsaron sin compasión. Hoy –si aún vive– está en manos de los bandidos pardos... Otro, un húngaro, fue expulsado de Alemania en veinticuatro horas. Suplica a la embajada rusa que le dé un visado; se lo negaron.

 

¡Y además, mientras que todo el mundo boicotea a Hitler, han renovado el tratado de Berlín! ¡En enero el 60 % de las exportaciones Alemanas se hicieron a Rusia y se disponen a pasar nuevos pedidos!

 

Otros militantes no vacilan en decir en voz alta lo que ya pensaban el año pasado sin decirlo a nadie: ¿por qué esa extraña política del "frente único"? ¿Por qué haber aceptado solamente a principios de marzo –demasiado tarde– el armisticio con los socialistas que habían rechazado en junio de 1932? ¿Y por qué esa desdichada táctica sindical que ha privado a los revolucionarios de toda influencia sobre los obreros que trabajaban? ¿Y esa consigna absurda, antimarxista de la liberación nacional que le hace el caldo gordo al fascismo?

 

Un camarada insiste sobre este último punto y lo considera esencial:

 

– Si quieres comprender el triunfo de Hitler no tienes que olvidar nunca esto: un marxista sabe que el enemigo principal está en su propio país, que, ante todo, hay que combatir primero al propio capitalismo. Pero nosotros los alemanes, comunistas incluidos, achacamos todas nuestras desgracias –hasta la misma crisis– al Diktal. Y consideramos como nuestro enemigo principal... al capitalismo extranjero.

 

Mientras que conversamos en la calle en voz baja o nos refugiamos, como conspiradores, en la sala trasera de un café, intento analizar la situación. Admiro la franqueza y el valor con que los camaradas, siempre inquietos por el deseo de corregirse, de perfeccionarse, entonan hoy el mea culpa.

 

Sí, pero, ¿experimenta el “aparato” los mismos remordimientos? Mis amigos me dan la impresión de un joven viajero que, por primera vez abandona la casa de sus padres y va a recorrer el ancho mundo. Cuando vuelve al hogar paterno se da cuenta con asombro que su familia y él, ya no hablan el mismo lenguaje.



 

 

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LA PESTE PARDA

 

Ya surgen pequeños grupos de oposición en el mismo seno del partido. Publican sus periódicos e intentan, sin vanas polémicas, hacer que prevalezcan sus ideas.

 

Un amigo que pertenece a uno de estos grupos me confía con amargura:

 

– Cuando leo el informe de Heckert o Rote Fahne impreso (porque también circula Rote Fahne a multicopista que no procede del aparato) no sabes que desastrosa impresión me producen... Siguen siendo las mismas palabras petrificadas, estereotipadas que ya no valen para la acción.

 

– Pero cuando los contactos sean mejores, ¿sabréis imponer vuestros puntos de vista al aparato? ¿Quién será el más fuerte, él o vosotros?

 

Se encogió de hombros, dubitativo:

 

–¡Ahí está el problema!

 

¿Habrá servido al menos la catástrofe para acercar el momento de la reunificación de las fuerzas obreras?

 

¿Triunfará por fin la corriente encaminada a la acción común que, a pesar de los jefes y por encima de los jefes no había dejado de progresar en ambos partidos desde el último verano?

 

Impregnados de una mentalidad sinceramente unitaria algunos comunistas multiplican los contactos con los obreros socialistas: pequeñas reuniones nocturnas, clandestinas, en el domicilio de uno o de otro en las que, sin detenerse estérilmente sobre los errores del pasado se contempla en común el futuro.

 

Entre socialistas y comunistas otros grupos continúan sus esfuerzos: militantes del “SAP” (Partido Socialista Obrero), brandlerianos (oposición comunista) finalmente bolcheviques-leninistas o “trotskistas”; sus periódicos clandestinos, inteligentemente redactados, ricos en informaciones son de los mejores. Si bien sus seguidores sólo forman un pequeño núcleo, parece que la influencia personal de Trotsky va en aumento... “El único que lo vio claro”, comienzan a decir algunos camaradas que ayer mismo le trataban aún de renegado.



 

 

 

 

 

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Daniel Guerin

 

Pero ¿no puede resultar peligroso ese desperdigamiento de buenas voluntades en una constelación de pequeñas sectas? ¿No tiene cada una de ellas tendencia a ignorar a las demás y a creer que detenta la verdad absoluta?

 

– Sin duda, pero en el fondo, me explica un ardiente unitarista, todos están de acuerdo, todos desean la unificación de las fuerzas obreras en un solo partido revolucionario para vencer al fascismo... Para llegar a este objetivo solamente hay dos caminos: unos creen que el partido comunista puede reconstruirse aún, puede convertirse en el centro de unificación del proletariado alemán. Otros, desmoralizados –no por el heroísmo de sus militantes, sino por la táctica rusa–quieren fundar un nuevo partido revolucionario.

 

– ¿Y tú pronóstico?

 

Suspira y vacila:

 

– ¡Todo depende de Moscú!

 

Ya el 11 de mayo, alrededor del féretro del camarada Eckstein, víctima de los verdugos, toda la clase obrera de Breslau, socialistas, comunistas y “SAP”, se unió. La oleada de los trabajadores era tan densa y su cólera tan violenta, que los “camisas pardas” habían desertado de las calles. En pleno cementerio resonaron los ¡Rot Front! Y desde entonces no ha cesado el desfile sobre la humilde tumba.

 

Quizás hacían falta y harán falta mártires para llegar finalmente a la unidad de acción.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA PESTE PARDA

 

¿Ahora qué?

 

Si habéis leído a Alphonse Daudet sabréis que a menudo dos hombres viven en uno solo. Cuando el pobre Tartarín no conseguía conciliar a sus contrarios dejaba dialogar libremente en su interior a Don Quijote y Sancho Panza. Algo parecido me pasa al término de este viaje. Para el revisor que, en el tren de vuelta, perfora mi billete, solamente hay un viajero, pero somos dos.

 

El Optimista: –Mi querido Pesimista, venga conmigo a fumar un cigarro en el pasillo... para que podamos exponer cada uno nuestras razones. Le veo triste, amigo mío. ¿Me creería Ud. si le digo que vuelvo mucho más alegre de ese condenado país?

 

El Pesimista: –Intente, al menos justificarse…

 

El Optimista: –Eso pretendo... En primer lugar tengo la idea de que esos señores son menos fuertes de lo que parecen. Han vencido con demasiada facilidad. Es cierto que han destruido todos los partidos. Pero queda uno del que no se habla nunca, ni allí ni en ningún lado y que sin embargo es sumamente importante: el ejército. ¿Cree Ud. que la gangrena fascista haya alcanzado hasta ese punto a ese “Estado dentro del Estado”? ¿Ha observado usted cómo sus jefes tienen mucho cuidado de mantenerle en un segundo plano, lejos de la acción? Por mi parte he podido conversar con algunos de sus jóvenes soldados y no los he encontrado tan contaminados... ¿Hasta cuándo se dejarán manejar por Hitler? ¿Y ese viejo zorro de Schleicher, no cree usted, que él espera que llegue su hora en su retiro forzado de Potsdam?

 

– Usted se encoge de hombros. Pero, dígame, ¿le inspira confianza ese inmenso partido “pesebre” con sus millones de nuevos afiliados? Es verdad que ha terminado por filtrar los candidatos, por imponerles un noviciado... Pero, ¿cuántos han aceptado e incluso enrolado desde marzo?... Es cierto que alardean de convertir, de “reeducar” a todas esas personas. Pero lo inverso también puede producirse. Esos famosos pilares del régimen, las SA y las SS son quizás pilares carcomidos. Ahí dentro hay de todo, reaccionarios, marxistas, apaches y “nacional-bolcheviques”. ¡Menuda ensalada! Es cierto que expurgan, que envían a campos de concentración; pero eso delata, me parece, su desconcierto. No olvide que el adversario se escurre, que nunca ha presentado batalla... Esa fue su debilidad y quizás sea hoy su fuerza.



 

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Daniel Guerin

 

El “marxismo” renace en el seno mismo de los “camisas pardas”. Combate con el rostro cubierto y en sus manos ésta es una base formidable. ¿Cuánto tiempo retendrán, cuánto tiempo alimentarán a esos jovenes hambrientos? Esta es una incógnita más.

 

Mire usted los grandes jefes nazis están a punto de ser desbordados. Las masas son cada vez más exigentes. Se habla de motines y el mismo Hitler se ve obligado a enfadarse, a quitarse la careta: ¡no habrá otra revolución! Si es así como piensa calmar a su tropa... Por mi parte no me asombraría que la corriente se acelerase: quizás entonces otros hombres, un Georg Strasser, por ejemplo, volviesen a emerger...

 

Y por poco que nuestros camaradas estén a la altura de las circunstancias veríamos a la gente cambiar el pardo por el rojo mucho más deprisa que lo que tardaron en trocar el rojo por el pardo.

 

Y además el fascismo está empantanado en un montón de contradicciones inextrincables: le resulta imposible llevar a cabo su programa anticapitalista... e incluso antisemita. Mirad cómo mima a los grandes almacenes e incluso a los grandes accionistas judíos. Se guarda mucho de atentar contra el gran capital industrial y comercial. ¿No es simbólico el nombramiento del sucesor de Hugenberg en el ministerio de Economía? Ese Sr. Kurt Schmitt es el hombre de las grandes compañías de seguros.

 

¿Diría usted que los pequeñoburgueses sostendrán a Hitler hasta el final? Sí, pero solamente si mata a los grandes lobos, sus competidores, si domestica a las altas finanzas... Y finalmente, si los negocios se reactivan. Son demasiadas condiciones...

 

Es evidente que existe esa famosa “colonización interna”. Se ha sustituido a Hugenberg en el Ministerio de Agricultura con un ferviente partidario de la reparcelación de las tierras. Además, por razones políticas exteriores desean reforzar la población de las provincias fronterizas... harán algo, eso es seguro. ¿Pero se atreverán a sacrificar un número suficiente de los grandes feudos como para que las masas campesinas del Este quede satisfecha? Lo dudo mucho.

 

A pesar de sus mendaces estadísticas el desempleo no ha mejorado en nada. Lo único que han hecho ha sido darles trabajo a unos quitándoselo a otros... ¿Cómo cumplirán sus promesas? ¿Cómo piensan dar trabajo, de aquí a cuatro años, a ocho millones de desocipados? ¿Cómo evitarán la inflación?



 

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LA PESTE PARDA

 

¿Rapiñando territorios al Este, a expensas de la URSS? Es la vieja idea de Alfred Rosenberg y otros “rusos blancos” que, desde el principio llevaron al nacional-socialismo a la pila bautismal. Teóricamente es muy tentador. Pero en la práctica es otro cantar. Mientras tanto las relaciones económicas con los Soviets siguen siendo excelentes…

 

El Pesimista: –Le he escuchado, amigo mío, sin interrumpirle. Pero debe haber observado Ud. que en más de una ocasión se me ha escapado una sonrisa. No es que todos sus argumentos sean absurdos. Es cierto que el Tercer Reich se enfrenta a serias dificultades. Pero, ¿cree Ud. que Italia o la URSS no han conocido en estos diez años dificultades económicas? Ambos regímenes están aún en los comienzos. No olvide que el nacional-socialismo es la síntesis, la culminación, el fruto de ambas experiencias. Hitler, que no es un imbécil, ha aprendido de Stalin y de Mussolini el arte de gobernar.

 

Y se prepara desde hace mucho tiempo. Hace ya muchos años que su partido era un verdadero Reich dentro del Reich, con sus ministros y sus servicios. ¿Ha observado Ud. con qué habilidad se instaló en el poder de finales de Enero a finales de Febrero? Nada fue dejado al azar. Nunca se ha hecho nada mejor en materia de organización, cogieron a nuestros camaradas literalmente desprevenidos. Y no olvide usted jamás que Alemania es un país esencialmente burocrático. Una vez que hayan conquistado a esa inmensa mayoría de funcionarios, de policías, de soldados serán sus dueños durante mucho tiempo. Claro que quedarán aún muchos partidarios que colocar, pero los colocarán. Y los que hayan despedido seguirán estando en sus garras: en los campos de trabajo, en las obras del Estado. Están creando una brutal policía secreta. Cuanto más dure esto, más aleatorio y peligroso será el trabajo ilegal. Deteniendo, soltando, aterrorizando, conseguirán apartar a muchos militantes de la lucha…

 

¿Decía usted que las masas quieren el “socialismo”? Pero no quieren todos el mismo socialismo: el de un pequeño burgués no es igual al de un campesino o al de un obrero. Jugarán con estas diferencias y darán a cada cual un hueso para roer. Mientras tanto, para los pequeños campesinos, Hitler se ha convertido en Napoleón... Si continúan produciéndose motines, serán despiadados. Si se viesen precisados a echar mano de sus tropas o a enderezar una situación crítica, no dudarían de cometer ninguna clase de crimen.



 

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Daniel Guerin

 

¿El marxismo,entre los camisas pardas? Pero vaya usted a ver en las calles de Altona a esos hijos de los proletarios rojos que, al salir del colegio cantan el Horst Wessel. Tomarán a los niños desde la cuna y modelarán a las nuevas generaciones.

 

¿La inflación? ¿Los mercados? Pueden librarse de esto durante algún tiempo con su autarquía, su monopolio de cambios y su moneda ficticia. Ya ha visto usted con qué desenvoltura han repudiado la mitad de su deuda exterior: Si necesitan dinero lo sacarán de las cajas de los bancos, como Mussolini. Proferir exclamaciones de desconcierto está bien para un economista liberal. Créame, aún no han agotado sus trucos. Y además ha tenido usted mucho cuidado en evitar la cuestión esencial: la reactivación de los negocios. ¿Ignora usted quizás que en norteamérica la situación se ha estabilizado? Es verdad que el capitalismo sólo puede subsistir con la apestosa lacra de la desocupación. Pero si los nazis en Alemania lograsen ocupar al menos a dos o tres millones de esos desocupados, ¡menuda ganga para Hitler!

 

Al término de esta encuesta, de este largo viaje sólo diré lo que sé con certeza.

 

He visto a la peste parda pasar por allí. He visto lo que ha hecho con un gran país civilizado. Mi testimonio está exento de todo chovinismo. No me habréis oído decir, como se ha murmurado hasta en nuestras propias filas socialistas, aquí, en Francia:

 

“¡Todo esto ha sucedido... porque son los Boches!”

 

Tampoco diré, con el líder socialdemócrata Wels, que la clase obrera alemana no ha estado a la altura de los acontecimientos... Si sus jefes la han traicionado no significa que le faltase la voluntad de luchar ni que le falte ahora.

 

He visto al fascismo con mis propios ojos. Ahora sé lo que es. Y pienso que hemos de hacer, antes de que sea demasiado tarde, nuestro examen de conciencia. Desde hace diez años no hemos prestado al fenómeno una atención suficiente. César de Carnaval, bromeaba Paul-Boncour. No, el fascismo no es un baile de disfraces. El fascismo es un sistema, una ideología, una salida. Es cierto que no resuelve nada, pero dura.



 

 

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LA PESTE PARDA

 

 

 

Es la respuesta de la burguesía a la carencia obrera, una tentativa para salir del caos, para realizar, sin comprometer demasiado los privilegios de la burguesía, una nueva ordenación de la economía, un ersatz de socialismo.

 

En Alemania he aprendido que, para vencer al fascismo, habría que oponerle un ejemplo vivo, un ideal de carne y hueso... ¡Ay! ¡Si la URSS volviese a ser la República de los Soviets y pudiese, como después de 1917, ser un polo de atracción irresistible!

 

He aprendido que si la carencia obrera se prolonga, el fascismo se generalizará en el mundo. ¿Vais a esperar aquí a que lluevan los golpes? El fascismo es esencialmente ofensivo: si le dejamos tomar ventaja, si permanecemos a la defensiva, nos aniquilará. Utiliza un lenguaje nuevo, demagógico y en apariencia “revolucionario”: si solo repetimos los viejos desgastados clichés, si no penetramos hasta el fondo de sus temibles doctrinas, si no aprendemos a responderle, padeceremos la misma suerte que los italianos y los alemanes.

 

Finalmente el fascismo es ahora, esencialmente, un movimiento de la juventud. Si no sabemos atraer a la juventud, satisfacer sus necesidades de acción y su idealismo, corremos el peligro de que se nos escape e incluso de que se vuelva contra nosotros. Si no despojamos a nuestra acción del más mínimo vestigio de nacionalismo, estaremos acarreando, sin quererlo, agua al molino de un nacional-socialismo. Quién sabe si entre nosotros esto no está sucediendo ya…

 

En Berlín, en el cementerio de Friedrichsfeld, un simple muro de ladrillo. Rodeados de los marinos y de los revolucionarios de 1919, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo duermen su sueño eterno. Dos caballos de frisa cierran la entrada del humilde recinto con un aviso: ¡Prohibida la entrada!

 

El único rincón de Alemania que aún nos pertenece. Flores marchitas. Una mujer me observa con morbosa curiosidad. A lo lejos los “camisas pardas” se ejercitan y profieren los tres gritos de ritual: ¡Heil! ¡Heil! ¡Heil!



 



 

Daniel Guerin

 

 

 

Todo se aclara. Los asesinos de Karl y de Rosa, los que incendiaron del Reichstag, a esa calaña desclasada, psicótica y criminal, recurre la burguesía agonizante para prolongar su dominación. No solamente la burguesía alemana, sino la burguesía a secas. No es una casualidad que la flor y nata de nuestros “intelectuales” franceses se extasíen hoy ante el “hombre fuerte” de más allá del Rhin.

 

Y nosotros respondemos a su triple aullido:

 

¡Proletarios de todos los países, uníos!



 



FIN

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