Título Original: © Nunca Estuve Sola. Un Testimonio De La Guerra En El Salvador. Nidia Díaz
Versión Original: © Nunca Estuve Sola. Un Testimonio De La Guerra En El Salvador. Nidia Díaz
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Guillermo Molina Miranda
NUNCA ESTUVE SOLA
Un Testimonio De La Guerra
En El Salvador
Nidia Díaz
María Marta Valladares Mendoza (comandante Nidia Díaz).
Es abogada, miembro de la Comisión Política, secretaria de Relaciones
Internacionales y secretaria nacional de Memoria Histórica del Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
En 1971 se
incorporó a la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y en
1975 fue fundadora del Partido Revolucionario de los Trabajadores
Centroamericanos (PRTC). Integró la Comisión Polí-tica del PRTC centroamericano
y la del PRTC de El Salvador, en el cual se desempeñó como miembro de la
Comisión de Masas y responsable del Sector Campesino. Trabajó en el Frente de
Acción Popular Unifi-cada (FAPU) y luego en la Liga para la Liberación
(1974-1977).
Es fundadora del
FMLN (1980), fue presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Mélida Anaya Montes
(1987 -1989) y presidenta de la Secre-taría de Derechos Humanos del FMLN (1987-
1989). De 1987 a 1992 integró la Comisión Político Diplomática del FMLN y fue
firmante de los Acuerdos de Paz (1992). Desde 1994 ha sido diputada a la
Asamblea Legislativa de El Salvador y al Parlamento Centroamericano. En 1999
fue candidata a la vicepresidencia de El Salvador por el FMLN.
Nunca estuve sola
Nidia Díaz
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Nidia Díaz
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A mis compañeros
que no tuvieron la
posibilidad
que yo tuve.
A Alejandro,
pequeño mío,
estremecido por la
guerra
y complemento de mi
vida.
en la web
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latinoamericana
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interactivo catálogo de publicaciones que abarca textos
sobre la teoría
política y filosófica de la izquierda, la historia de nuestros pueblos, la
trayectoria de los movimientos sociales y la coyuntura política internacional.
Ocean Sur es un
lugar de encuentros.
Estas palabras han
surgido inspiradas
por los hombres que
luchan día a día
por la libertad,
ellos son los que
hacen el mejor legado
a la humanidad,
y me han llevado de
la mano.
Yo solo he tratado
de tejer con mis vivencias la vestidura de la historia, y con las ideas y
sensaciones que me fueron dictando sus testimonios escribí la experiencia
cotidiana que nace del vivo amor y común dolor que compartimos.
Agradezco en nombre
de mi pueblo a todos aquellos que de una u otra forma hicieron posible que este
libro-testimonio saliera a la luz.
Nidia
30 de julio de 1987
diálogos en
contexto
Diálogos
en Contexto
Presentación
Yo conocí, como
muchos otros en el mundo, a la comandante Nidia Díaz cuando en octubre de 1984
formó parte de la delegación del FMLN-FDR que dialogó en La Palma con el
Gobierno de Duarte.
Más conocida se nos
hizo después, en abril de 1985, cuando fue capturada por un asesor militar de
Estados Unidos en una opera-ción del Ejército de Duarte en zona de guerra.
Nidia se convirtió entonces en todo un personaje. Tuvo que ser «reconocida»
como su prisionera por los militares salvadoreños que, tras acumular derrotas
en sus operativos con helitransportados, necesitaban con urgencia apuntarse un
éxito. Creyeron obtenerlo proclamando la captura de una guerrillera de alto
rango en uno de esos operati-vos. Presionado, Duarte tuvo que respetarle la
vida para demos-trarle al Congreso de Estados Unidos y al mundo que su Gobierno
respetaba los derechos humanos y que por eso merecía muchos más dólares de
ayuda. Desde el momento de su captura, Nidia se declaró «prisionera de guerra»,
con todo lo que esto supone en el marco del derecho internacional. En el
momento de su captura, además, la guerra había entrado en una nueva etapa,
extendién-dose a todo el país y cambiando ambos contendientes estrategias y tácticas.
En los hilos de
araña de esta coyuntura tan especial —que el libro reconstruye— reclamar por la
vida de Nidia se convirtió en una de las banderas que alzó el movimiento de
solidaridad con el pueblo salvadoreño. Finalmente, su libertad se consiguió
en el canje de
prisioneros con que concluyó la captura de la hija de Duarte. Su liberación, su
vida conservada, fue un triunfo más del pueblo salvadoreño, que con su lucha ha
ido conquistando espacios solidarios y políticos cada vez más amplios y eficaces.
En la liberación de Nidia se expresó también el doble poder que existe en El
Salvador: el poder del proyecto popular que defiende el FMLN-FDR y el poder del
proyecto impopular de Duarte, los militares y el Gobierno norteamericano.
Este conjunto de
elementos entrelazados protegió la vida de Nidia. Esa era la Nidia que yo
conocía: la de las fotos de agencias, las declaraciones y los cables.
Casi dos años
después de estos hechos escuché su voz, por teléfono, pidiéndome que le leyera
este libro, en el que recoge su experiencia de cárcel. Lo leí de un tirón. Y
confieso que al termi-narlo, me intrigaba el personaje que, de muy hábil
manera, «se escondía» tras su propio testimonio.
Por fin nos
conocimos personalmente en unas breves y largas dos horas de conversación sobre
el libro y sobre ella misma. El enigma se me aclaró bastante.
¿Y cuál es «el
enigma»? Bastante sencillo y bastante frecuente en esta Centroamérica nuestra
en guerra. Nunca estuve sola es la narra-ción ordenada,
sobria, precisa y contenida que hace una mujer joven, militante del movimiento
popular salvadoreño, de una expe-riencia traumática. Pero apenas se nota en
estas páginas el trauma que supone acercarse a la muerte y quedar viva por la
carambola de haber sido capturada en una coyuntura especialísima. Apenas se
nota la pasión. Apenas se entrevé todo el entramado del corazón femenino de la
autora. Esa contradicción era el enigma.
Nidia es un volcán,
como los muchos que hay en su pequeñita patria. Pero durante catorce años
aprendió a comprometerse con una lucha desigual y necesaria, en la que con toda
probabilidad llegaría al final la muerte por tortura o por desaparecimiento,
en un país donde
son legión los que así han entregado la vida. Durante catorce años se preparó
consciente, y también incons-cientemente, en la práctica diaria más que en la
teoría, para que problemas y sentimientos personales pasaran a un segundo o
tercer planos y en el centro del corazón estuvieran los problemas colectivos,
los intereses de la mayoría, los sentimientos y las lágri-mas del pueblo
salvadoreño.
Nidia es un volcán,
con erupciones fácilmente adivinables. Pero habituada a contenerse y a cumplir
tareas mayores que las de su solo corazón, supo llegar a ser la «fría
prisionera» que en esta narra-ción aparece, capaz de lidiar astutamente con el
enemigo, capaz de ser dura y no llorar, capaz de enmascararse en la sobriedad y
la tác-tica precisa para salir a flote. Astucias de quien sabe que «la tarea»,
si no te matan, es sobrevivir para continuar luchando. Psicología que, con una
amplia gama de matices, desarrolla siempre, combi-nando entrenamiento e
instinto, el prisionero. Los que han estado presos alguna vez lo saben mejor
que nadie.
Además de mostrarse
ante mí como una mujer repleta de sen-sibilidad y de sueños, Nidia me contó
cómo había escrito este libro, ella que realmente reconoce no tener ninguna
madera de escritora. Lo escribió como «una tarea», haciendo uno de estos
esfuerzos de disciplina para los que se preparó en el clandestinaje urbano y en
la montaña guerrillera.
Micrófono en mano
grabó durante horas lo que habían sido esos 190 días de cárcel. Pero no tenía
ganas de hacerlo. Viva por la casualidad de haber sido hecha prisionera en una
coyuntura en donde no era conveniente matar a los capturados, Nidia que-ría olvidar
el trauma de la cárcel y el privilegio de la vida, quería espantar los
recuerdos. Pero tenía el deber de recordar, de contar a otros cómo se vive y se
sobrevive en las cárceles salvadoreñas, centros de muerte y de abusos. Debía
transmitir a su pueblo y a sus compañeros las claves de esa importante
experiencia, rica
en lecciones para
los que luchan. Debía devolver a la solidaridad internacional el testimonio de
aquella por quien tanto se interesa-ron durante meses con gestiones de todo
tipo.
Así, entre el
rechazo del deber y la obediencia al deber, tirando al suelo el micrófono
primero y la máquina de escribir después, en permanente tentación de abandonar
la tarea y en medio de una ardua fisioterapia destinada a devolverle el caminar
normal de sus pies heridos por las balas, Nidia escribió estas páginas. Dice, y
se nota, que fue un parto difícil y doloroso. Dice también que la criatura
tampoco la dejó satisfecha.
«Me dicen que en el
libro puse más mi ideología revoluciona-ria que mis emociones personales. Pero
es que en la cárcel, si no te agarrás a tus convicciones, a tu ideología, te
perdés. Uno no puede manifestar ninguna cosa personal a sus captores e interrogadores.
Tampoco yo lo quería. Y, después, eso mismo es lo que me fue saliendo al
ponerme a escribir. Yo viví minuto a minuto la cárcel así, aguantando,
resistiendo».
Los dibujos que
Nidia incluye en el libro la ayudaban a resistir. «Algunos son horrorosos, pero
a mí me servían para no pensar en mi hijo, para no pensar en la suerte de otros
compañeros muertos, para no llorar, para alejar lo que tanto me dolía, para no
desespe-rarme, y recordar lo que vivía al presente, vaya».
Nidia, que aprendió
a pasar a la clandestinidad sus emociones y a camuflar el corazón, está detrás
de estas páginas, que son un informe y un testimonio de primera mano y que
refleja cómo son y cómo se hacen los libros en tiempos de guerra. Con urgencia,
sin mucho pulimiento, a hachazos de esfuerzos, guardando los pro-blemas de
estilo en la mochila, con el claro objetivo de servir a la reconstrucción e
interpretación de la historia inmediata. Con el claro sueño de contribuir en
algo a transformar la historia de guerra en una historia de paz.
Para que la
solidaridad de los pueblos del mundo no deje solo al pueblo de El Salvador en
su lucha por la vida, Nidia nos narra que nunca estuvo sola. Por eso escribió
este libro, una pequeña y oportuna pieza de la prolongada historia de lucha del
pueblo salvadoreño.
María López Vigil
Septiembre de 1987.
con sueños se
escribe la vida Autobiografía de un revolucionario salvadoreño Salvador
Sánchez Cerén (Leonel González)
Recoge la ejemplar
trayectoria de Salvador Sánchez Cerén, «Coman dante Leonel González», quien, a
través de la memoria, describe sus pasos por las luchas sociales y la guerrilla
salvadoreña, guiado por ideales revolucionarios. Su vida es una gran fotografía
llena de detalles que muestra a lectoras y lectores cómo la razón y la pasión,
cuando caminan unidas, pueden hacer de las personas conductoras de pueblos,
líderes para una mejor humanidad.
346 páginas, ISBN
978-1-921438-16-5
retazos de mi vida
Testimonio de una
revolucionaria salvadoreña Lorena Peña
Un conmovedor
testimonio de la vida de una guerrillera y revoluciona ria salvadoreña. Este
libro no solo describe la vida de Lorena; también sintetiza el testimonio de
las mujeres revolucionarias centroamerica nas: su heroísmo, su valentía, su
entrega, su disposición al sacrificio y su indignación ante cualquier
manifestación de injusticia.
258 páginas, ISBN
978-1-921438-42-4
una guerra para
construir la paz Schafik Hándal
Breve reseña del
proceso revolucionario que estremeció El Salvador. Incluye un ensayo histórico
elaborado por Schafik Hándal sobre las causas, el desarrollo y desenlace de la
guerra revolucionaria. Contiene documentos que denuncian los incumplimientos de
los Acuerdos de Paz por parte del Gobierno y reflexiona sobre la estrategia y
la táctica de la izquierda salvadoreña en la etapa de lucha político-electoral
abierta en 1992.
151 páginas, ISBN
978-1-921235-13-6
El Salvador
Su historia y sus
luchas (1932-1985)
Amílcar Figueroa
Salazar
La elección del
primer Gobierno de izquierda en la historia de El Salvador, el 15 de marzo de
2009, vuelve a colocar al país más pequeño de América Central en el foco de la
atención mundial. Este triunfo es el resultado de la larga trayectoria
combativa del pueblo salvadoreño, a la cual se deben los espacios políticos
legales arrancados a la oligarquía.
136 páginas, ISBN
978-1-921438-64-6
Prólogo
Este libro narra el
testimonio desde el momento en que fui hecha prisionera de guerra, el 18 de
abril de 1985, hasta el momento en que fuimos liberados veintiséis presos
políticos por Lorena Guada-lupe Duarte, hija del presidente Napoleón Duarte, el
24 de octubre de 1985. Sus páginas describen el fragor del combate, pero
también el inmenso amor al prójimo, en el seno de la guerra civil que vivió en
la década de los años ochenta El Salvador, un diminuto país centroamericano de
apenas 20 000 kilómetros cuadrados, que han llamado popularmente «el Pulgarcito
de América». Su pueblo se insurreccionó sin poder vislumbrar una salida
política negociada a un conflicto que estalló como consecuencia de la
injusticia social, la violación de los derechos humanos cívicos y políticos, la
falta de libertades y de participación popular, la marginación y exclu-sión
política provocadas por sucesivas dictaduras militares que defendían los
intereses de las minorías oligárquicas salvadoreñas en detrimento del pueblo,
así como por la injerencia de Estados Unidos de Norteamérica.
Esta guerra, de
doce años de duración, produjo más de 80 000 muertos, 10 000 desaparecidos,
millares de exiliados, desplazados y refugiados de la sociedad civil. De
acuerdo con el informe de la Comisión de la Verdad, mecanismo pactado en los
acuerdos de paz para la investigación de estos hechos, el Estado, los
escua-drones de la muerte y los sectores de poder económico político y militar,
tienen hasta hoy el 85% de las responsabilidad sobre
estas atrocidades
que jamás han sido reconocidas ni por la Fuerza Armada ni por el Estado
salvadoreño. El conflicto armado finalizó con la salida política a través de la
negociación de acuerdos polí-ticos que, supervisados por las Naciones Unidas en
el año 1992, posibilitarían el fin de la dictadura militar y el inicio de la
demo-cratización nacional, así como la conquista y la vigencia plena del
respeto a los derechos humanos y la reconciliación social.
Este libro narra
190 días de prisión que viví hasta el momento en que entré a Cuba liberada.
Allí me di cuenta de que nunca estuve sola, que siempre estuvo un pueblo junto
a mí, y yo junto a él, en mis luchas, en nuestras luchas, en las batallas de
todos. Relato lo que se vive en la cárcel, cómo se trata a los presos, con el
agravante de ser prisionera política. Estar encarcelada ha sido de las
vivencias más difíciles que me han tocado enfrentar, tras caer en las garras de
un ejército dictatorial y de ser capturada por un cubano-americano, Félix
Rodríguez, agente de la CIA. Estar en manos de los cuerpos represivos de
seguridad significaba en ese momento la tortura y luego la muerte. Yo salí viva
para contarlo, ese es el sentido que otorga mi testimonio a este libro.
Lo escribí motivada
por la necesidad de transmitir a todas y todos los luchadores sociales, a todas
y todos los que batallan por los derechos humanos, a las y los que luchan por
la revolu-ción social y la democracia, a no desistir de la lucha a pesar de las
vicisitudes. Quise denunciar la injerencia norteamericana en la vida de todos
los salvadoreños y salvadoreñas como factor que prolongó el conflicto y que
cobró la vida de miles de compatriotas, destruyó la naturaleza y los recursos
naturales de este pequeño país. A Estados Unidos le costó más de 6 000 000 000
de dólares el financiamiento del Gobierno salvadoreño para el entrenamiento y
armamento de sus batallones. Al final de la guerra más de 5 000 asesores habían
pasado por El Salvador, y miles de bombas norteamericanas habían «contribuido»
a destruir nuestro suelos e
infraestructuras.
Sin embargo, al final, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional,
FMLN, logró derrotar cinco proyec-tos contrainsurgentes norteamericanos y
desarticular política-mente a la dictadura militar.
Este libro narra la
relevancia de un primer diálogo con el Gobierno democristiano de José Napoleón
Duarte, y transmite la necesidad del diálogo político como la única vía posible
para la salida negociada del conflicto; se adentra en la participación de la
mujer en la lucha armada y en la toma de decisiones; en el papel y los logros
de la solidaridad internacional; en el derecho humanita-rio que requieren los
lisiados de guerra y también en la revelación de la crudeza de las cárceles.
Asimismo en él he
pretendido explicar que los que un día nos vimos obligados a empuñar el fusil
como una forma de hacer polí-tica, cuando todos los restantes caminos estaban
cerrados, también somos humanos, personas de carne y hueso, de sufrimientos y
ale-grías, de esperanzas y nostalgias, de zozobras, de certezas: hemos nacido
en el seno de una familia, de un hogar, con madre, padre, hermanos, esposos,
hijos, que también han sido afectados por la guerra y las represalias contra
los que hemos luchado. Como mi familia tuvo que ir al exilio, cientos, miles de
familias ha sido sacrificadas por la guerra, ese ha sido el tremendo costo
social de la población: ver el dolor de la madre, presentir la desaparición
forzada del ser amado, separarse del hijo querido, ver amenaza-dos y
perseguidos a tus parientes, vivir luego de la liberación el dolor de las
persecuciones y la captura de tu familia, hasta verla obligada a la emigración…
En fin, he intentado poner al desnudo mis sentimientos y mi vida cotidiana,
semejante a veces a la de todas y todos los que hemos luchado o hemos sido
víctimas…
Personalmente,
descubrí que en ocasiones pensamos que nunca nos va a suceder algo semejante;
en un teatro de gue-rra —se piensa— nos pueden matar, pero nunca se nos ocurre
imaginar siquiera
que nos van a capturar en un frente… Entonces surgen las preguntas: ¿podré
sobreponerme a un golpe tan fuerte, a las torturas, mantener la claridad de las
convicciones?, ¿cómo aprender a sobrevivir entre cuatro paredes heladas, sin
perder la ternura de la vida? Las sensaciones de ser madre y sentirse sepa-rada
del hijo, junto a los recuerdos del hombre a quien se ama, son heridas
dolorosas, pero permiten desarrollar una ternura y solidaridad gigantescas con
el pueblo. Uno llega a amar más allá de la muerte. Estoy convencida de que la
cárcel nos vuelve más profundamente humanos.
A lo largo de estos
veinticuatro años siempre he calculado que mi experiencia, mis vivencias, son
tan pequeñas comparadas con las de tantas mujeres juntas, con las de todo un
pueblo del que aún a esta hora no conocemos su testimonio de vida, su papel heroico
y abnegado, sus hazañas y sus aportes… He interiorizado que una es producto del
ejemplo de otros y otras, que mi generación apren-dió mucho y emuló a otras, y
que las generaciones actuales siguen aprendiendo y transmitiendo, y que cada
día surgen liderazgos y luchadores sociales…
Cómo escribí este
libro
No fue fácil.
Cuando me encontraba en prisión, la Cruz Roja Internacional me regaló una
agenda y en ella anotaba símbolos, no solo porque estaba forzada a hacerlo con
la mano zurda pues un balazo me había inutilizado la derecha, sino sobre todo
para que no pudiera leerlos el enemigo: los cuerpos de seguridad y de
inteligencia. Escribía lo más relevante. Cuando pretendí sacar la agenda de la
cárcel, intentaron quitármela; para prevenirme decidí quemarla, pero logré
escamotear los jeroglíficos que había hecho durante mi cautiverio.
Después que salí de
la cárcel algunos compañeros y compañe-ras de lucha me pidieron: «escribí,
Nidia, escribí…». Los periodis-tas me preguntaban siempre lo mismo y yo repetía
la vivencia una y mil veces; entonces grabé más de catorce casetes y hablé con un
médico poeta compañero, Eliseo Orellana, conocido como Simón, para que me
ayudara en la redacción. Él lo hizo, pero al final no reflejaba exactamente lo
que yo quería transmitir. Había resultado más que todo un texto con enfoque y
lenguaje políticos, que, a su entender, era lo que correspondía a una
comandante. Ante este resultado me desanimé y me olvidé del libro por un
tiempo… En octubre de 1986, cuando me acababan de operar del brazo derecho y el
tobillo izquierdo quebrados por las balas, retomé la decisión de no hacer el
libro.
En ese tiempo
existía la posibilidad de que me lo publicara la Casa de las Américas, de eso
había conversado con el cubano Manuel Piñeiro, que falleció posteriormente,
pero aún no estaba convencida de terminarlo y presentarlo. Esa certeza de
concluirlo y lanzarlo la llegué a tener cuando me encontré con los sacerdotes
jesuitas de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas», Ignacio
Ellacuría y Martín Barró, y les conté que tenía un trabajo inconcluso. Recuerdo
que ambos —ahora mártires de esta lucha— me motivaron y dijeron: «publiquémoslo
en El Salvador». En esa época el escritor y periodista argentino-cubano Jorge
Timossi me sugirió que lo escribiera yo misma, con mis propias palabras, pues
el testimonio era eso: «el arte de narrar con sus propias palabras una
experiencia» y que él me revisaría la redacción de los capítu-los. Empecé a
ordenar el material en bruto y una amiga y compa-ñera venezolana, Lídice Navas,
junto a quien ya había transcrito los catorce casetes, me ayudó a pasar la
versión final. También me ayudaron los esposos cubanos Yolanda y Jorge, un
pintor que me apoyó y animó para reconstruir los dibujos que había hecho en la
cárcel.
Revisaba el
material, pero me cansaba. Estaba en fisioterapia intensa de mi tobillo, y
quería regresar pronto a la zona de combate en El Salvador. Vivía un momento
crítico, pues desde 1980 tenía el tobillo derecho afectado y ahora, con el otro
tobillo baleado, me iba a resultar difícil mantener el equilibrio. La
comandancia consi-deró que mejor debía quedarme en el campo internacional. Eso
me dolía, me costó asimilar esa decisión y la nueva etapa que se abría ante mis
ojos. Por ratos tiraba la máquina. Estaba casi en un retiro espiritual en un
lugar muy lindo de Cuba: Topes de Collantes. Poco a poco fui terminando la
obra. Me pidieron que concursara en el premio literario Casa de las Américas
para ver si mi libro salía premiado, pero decidí no hacerlo y lo entregué a la
UCA. El consejo editorial me pidió que lo desarrollara más, que le diera un
perfil más humano: el matiz que no pudo darle el amigo poeta y revolucionario.
Algunos de los escritores que me lo criticaron me decían que yo no era buena
para la pluma; que para otras cosas sí, pero para escribir no. Lógicamente esa
realidad me desani-maba. Un día, motivada por quién sabe qué espíritus, le hice
un par de correcciones y lo entregué nuevamente a la UCA. Por fin, después de
un largo calvario, el libro salió editado en marzo de 1988. Recuerdo que en
Nicaragua entró al salón donde yo estaba el padre Ignacio Ellacuría con un gran
paquete. Al abrirlo estaba mi rostro impreso en las portadas. Fue un gran
impacto para mí, pues habíamos convenido que saldría la cubierta con un paisaje
de los cerros de El Salvador, pero él me dijo: «Nidia, este rostro da serenidad
y esperanza». Así empezó a venderse el libro.
Ahora, veintiún
años después de su primera publicación, tiene diferentes ediciones y
reediciones: en la UCA de El Salvador lleva diecinueve; en español también se
ha publicado en México, Argen-tina, Uruguay, Chile, Ecuador y Cuba; en inglés
se ha editado dos veces y se ha distribuido en E.E. U.U., Inglaterra, Zimbabwe,
Aus-tralia, Nueva Zelanda y asimismo se ha editado en japonés.
Significado del
libro en la lucha salvadoreña
Quise transmitir a
todos y todas mis compañeros y compañeras las técnicas de resistencia ante la
tortura, y la fortaleza necesa-ria en el momento en que los yanquis nos
capturan y los oficia-les nacionales nos torturan e interrogan. Esa fuerza nos
permite mantenernos firmes en nuestras convicciones. En estas páginas he
querido dejar constancia de que pudimos resistir y derrotar al enemigo en
condiciones adversas. En una guerra los enemigos quieren hacernos creer que
cuando estamos presos nos quedamos solos, que nuestra familia nos abandona o
que ya nos abandonó; que no existe más opción y camino que delatar a los
compañe-ros de lucha… Solo con coraje podemos enfrentar estas torturas
psicológicas.
Siento que escribir
este libro valió la pena. Ahora lo reafirmo: a pesar de que han pasado ya
veinte años del hecho narrado, se sigue vendiendo, estudiando, los jóvenes lo
leen como literatura testimonial en los colegios e institutos y yo suelo ir a
conversar con ellos en diálogos abiertos. Una vez, en Alemania, fui invitada a
un congreso de literatura, y allí me encontré con el padre Ella-curía. Recuerdo
que presentamos el libro y ahí le preguntaron a él: «¿por qué publica una
universidad católica como la que usted dirige estos libros?» y él contestó:
«Porque la UCA publica la rea-lidad nacional y ese libro es la realidad
nacional». Este testimonio también se ha llevado al teatro, y han querido
llevarlo al cine, pero hasta ahora me he opuesto. En él pervive un pedazo de
nuestra vida guerrillera, un período del proceso de lucha popular que los
lectores podrán conocer, una parte de la memoria histórica de nuestro pueblo,
no solo de los que ofrendaron su vida, sino de los que nos mantenemos vivos. Él
es un modesto aporte para el desarrollo de la democratización, y todas y todos
los que hacen la historia me han llevado de la mano.
Por último, no
puede obviarse la presencia de la mujer, su par-ticipación como protagonista y
transformadora de la realidad y de la propia condición social que la ha hecho
víctima de la injusticia y la inequidad. Ahí están, como testigos, el heroísmo,
la valentía y la consecuencia de mujeres como Arlen Siu Guazapa, Virginia Peña,
Graciela Menjívar, Ruth, Adriana…
1
No tuve la
revelación de un santo ni la clarividencia de un adi-vino, ni siquiera el
presentimiento de una bruja o la imaginación de un mago. Sencillamente ese 18
de abril de 1985 era normal, natural, como cualquier otro día: de desafío, de
coraje, de poner a prueba nuestras convicciones; de enfrentar con firmeza y valentía
una realidad, esa que miles desean conocer y compartir con los hijos de
Farabundo: realidad de amor, creación y revolución. Día de la sorpresa de
morir, sobrevivir y volver a nacer. ¿Acaso se vio-laron todas las conductas y
los métodos para que así sucediera?
—¡Esas lámparas!
¡Cuidado, nos van a detectar! Hay que ser rigurosos en las medidas.
—El plan de defensa
debe ser circular… La emboscada debe ser audaz…
De esta forma
mirábamos los croquis, discutíamos los planes. Y así íbamos preparando la
readecuación, el salto de calidad en la guerra de todo el pueblo. El enemigo se
preparaba para tratar de evitar su derrota.
Un día antes, en la
celebración del cumpleaños de Miguel y Milton, presentimientos y realidades se
juntaban.
Y ese día, a eso de
la una de la tarde, en La Angostura,1 la avio-neta 0-2, la Push
and Pull, como un pájaro de mal agüero, nos ade-lantó con el trueno de un
cohete que iban a llover balas y que con las nubes negras vendría la flotilla
de helicópteros.
1 La
Angostura: caserío del cantón Cerros de San Pedro, en San Esteban Catarina,
departamento de San Vicente.
—¡Las mochilas!
—¡Helitransportados!
Adelante venían dos
helicópteros de exploración y otros diez venían del suroriente.
La escuadra de
seguridad formaba un anillo de defensa circular, las alturas estaban tomadas
por los compas, pero en ese momento no teníamos la ametralladora en el cerro.
Comenzó el combate.
Yo había cometido
serios errores: Cupertino, mi seguridad per-sonal, andaba haciéndome una tarea.
José, el radista operativo, estaba en otra choza a unos 400 metros. Hacía
veinte minutos había enviado al jefe de la unidad a hacer una exploración.
Eché mi mochila a
la espalda y, junto a las comunicaciones, nos retiramos a una mejor posición.
El terreno era totalmente des-ventajoso, pelado. Para salir a El Guayabal había
que llegar a una vaguada atravesando una ladera totalmente descubierta. No hubo
tiempo para el camuflaje y nos dividimos en dos grupos.
«¿El camino por la
derecha o por la izquierda? De la quebradita a la ladera. Y, ¿por qué lado de
esta?». El tableteo de las ametralla-doras se escuchaba a 150 metros, ahora a
200 metros. Y el ronro-neo de los helicópteros se acrecentaba. Eran las horas
de decisión, los momentos, los instantes. Pensaba que también venían fuerzas de
infantería y que no estábamos en condiciones tácticas favora-bles para un
choque. Comencé a bajar la ladera por un trecho de unos 300 metros de largo.
Intentaba llegar rápido a la vaguada, ahí juntarme con los otros compas, y
tomar una mejor posición. Creí que lo haría rápido. Dos compitas iban delante
de mí, como a setenta y cinco metros. No queríamos ir concentrados, bajábamos
en columna. La dificultad de mi pie derecho me retrasaba: tengo dos tornillos
producto de una quebradura que me hice el 22 de enero de 1980.2
2 Fecha
de la movilización de la Coordinadora Revolucionaria de Masas.
De repente, y como
debía ser lo lógico, aparecieron frente a nosotros dos helicópteros. Eran de la
exploración del desembarco, un Huey UH-1H y un Hughes
500.
—¡Al suelo!
—ordené.
Detectaron a los
compitas y a otra compa que venía a treinta metros atrás mío y que venían sin
camuflaje. Yo andaba de uni-forme verde olivo. El suelo era completamente
árido. Quería ser piedra, ser simplemente hoja o una yerbita.
Las ráfagas
comenzaron a sonar; la lluvia de luces salía de los cielos, esa lluvia que no
era de los dioses mitológicos, sino de los hombres.
Un sudor frío se
apoderó de mi cuerpo; sentía que los latidos del corazón querían hacer estallar
mi pecho al compás de los dis-paros que me rozaban y saltaban como queriendo
acertar. Me sen-tía ubicada, acorralada. Pensaba muchísimas cosas en fracciones
de segundos. Quizá ese era el día de mi caída. Pero, ¿así?, ¿de esa forma?,
¿como un gusano aplastado por el enano? ¡No, así no…! Rechazaba con violencia
que pudiera ser así. Había sobrevivido tantos años de lucha, de clandestinidad
en las ciudades, en el tra-bajo organizativo campesino, en la lucha guerrillera
y en los seis últimos enfrentamientos de este año.
La mente caminaba,
solo había que decidir: morir aplastada o morir descargando centellas de
victoria, de amor y de odio acu-mulado por siglos. «Ahora, Nidia, ahora es el
momento, ahora o nunca». Apreté fuerte. Una, dos ráfagas.
Me inundaron las
balas. Creo que ni había terminado de hacer el segundo disparo, cuando me quedó
clavado el brazo. El fusil cayó y el pie izquierdo quedó fijado. Dos heridas.
«¡Qué mierda! ¡Ya la cagué! ¿Y ahora? La espera. ¿Qué hacer?». Se fueron los helicóp-teros,
pero la «carreta»3 estaba sobre mí. ¿Cuántos rockets cayeron
3 La
carreta: forma popular con la que se conoce o se nombra a la Push and
Pull en las zonas de guerra.
alrededor? No lo
sé, muchos. Esperaba que uno cayera sobre mí. Uno de esos mató a la Juanita, la
radista, la carbonizó, cosa que supe mucho después. Incendiaron la ladera. «¡Y
este sol más impla-cable que nunca, que me quema y me quita la respiración!». Esquir-las
caían en mis piernas. Los combates se oían a 300 metros.
Los compas ni se
imaginaban mi situación. Pero yo tenía la esperanza de que se movilizarían por
este sector.
2
Nuevamente los
helicópteros sobre la ladera, sobre mí, rafa-gueando, ahora sí a modo de
aniquilarme. La Push and Pull se elevó y se perdió. La mochila
fue atravesada por numerosas balas. Una de esas llegó hasta mi espalda; otra
transitó por mi pierna izquierda. Pensé que había vivido la dicha de luchar por
mi pueblo y había dejado una semilla, que mis catorce años de lucha guerri
llera era todo el legado que dejaba a mi hijo, a mi pequeño gran hombre.
Quería, ansiaba que la pesadilla terminara, se vaciara mi sangre, se rompieran
mis nervios aferrándome a la vida que tanto amamos, ¡o a la muerte!
Todavía estaban
disparando cuando apareció el A-37. Parecía que hasta la claridad
del día era rota en mil pedazos, así como tuvo que haber sido en Vietnam. Tres
bombas como a 100 metros. ¿Y la mía? A treinta metros sin explotar,4 ¡qué
suerte! Una onda expansiva me impulsó hacia abajo, precisamente cuando tenía
los dedos de la mano izquierda sobre el fusil. Y ahora lo había dejado detrás
mío.
4 Los
compañeros desactivaron esta bomba y utilizaron su material explosivo.
Otra vez los dos
helicópteros, sin disparar, revisando, explo-rando. La pequeña hierba se quemó,
alcanzó mi brazo derecho y mi pelo, ¡no soportaba el dolor! Traté de hacerme la
muerta. El Hughes 500 bajó a cinco metros de altura. Estaba
sobre mí, manio-brando, dando vueltas, inclinándose. Creí que me iban a dar el
tiro de gracia. Me observaban, era su objetivo. Algo les llamó la aten-ción.
Por mis rasgos quizá pensaron que era «nica» o cubana.5
Yo no respondía al
dolor, me iba desfalleciendo, todo era vér-tigo, no sentía nada.
Hubo alguien que se
arriesgó. En medio de los combates, se bajó, se agachó, apagó las llamas de mi
cuerpo y me agarró como la prueba que nunca antes había podido presentar. Pensó
salir victorioso.
Entre la conciencia
y la inconsciencia, sentí al enemigo regis-trando mi cuerpo. En un primer
momento pensé que era un compa, pero al oír el helicóptero me percaté de la
terrible realidad. ¡Ese guante amarillo! Abrí los ojos y, antes de alcanzar mi
puñal, me retorció la mano.
Rubio, barbudo,
contextura atlética, anteojos polarizados Ray Ban. «¡Un
yanqui!6 ¡Puta!». A través de los anteojos me miró fija-mente con
expresión de triunfo. Puso el cañón de su pistola en mi frente. Todo daba
vueltas, el ruido era insoportable. ¡Estabas en poder de ellos, Nidia! Me
desmayé.
5
6
Esta apreciación
fue referida a otra persona por uno de los oficiales sal-vadoreños que
participó en la operación de mi captura.
En un artículo de
la revista Newsweek del 3 de noviembre de 1986 se señalaba
que, según el general Onecífero Blandón, el norteamericano era Wally Grasheim,
un mercenario. A finales de 1985, en entrevista pri-vada, y en 1986 cuando
compareció ante el Congreso norteamericano como testigo del caso
Irangate-Contra y ante periodistas, el mercenario cubano-norteamericano Félix
Rodríguez o Max Gómez aseguró haber participado en la captura de la comandante
Nidia Díaz.
Las lágrimas
rodaban por mis mejillas: observé que el copiloto maniobraba otra vez en el
aire. Querían lanzarme, pero el piloto se negó.
Lágrimas de rabia,
no de dolor, ni un quejido. Observé mi mochila con mis papeles de trabajo.
Haber elaborado una sín-tesis de experiencia acumulada. Haber cuidado y
guardado con tanta dedicación y esmero esos papeles, para que ahora estén en
manos del adversario. Todo lo había preparado para resguardar mis papeles, pues
el invierno llegaba, y no para entregarlos al señor Reagan ni a Duarte. ¡Ironía
de la vida!
El yanqui me
retorció con más fuerza el brazo izquierdo hacia atrás y el dolor que me
produjo me hizo reaccionar. Me sentí viva e impotente; deseaba no estar ahí,
esfumarme. Me resistía a acep-tar que estuviera capturada, menos aún por un
yanqui.
Ahí estaba el
símbolo de Reagan. Este era uno de los 300 aseso-res que hay en El Salvador.
Aquí, frente a mí, estaba el destructor de la humanidad, falsa soberanía de los
vendepatrias, de los títeres.
Vinieron
directamente a Centroamérica cuando lucharon con-tra Sandino y ahora, después
del triunfo nicaragüense, habían invadido tranquilamente Honduras y, desde
allí, agredían a los «nicas» y a nosotros.
¡Qué vergüenza!
Militarmente, en esta batalla me golpearon; me tenían físicamente, y a mis
papeles. No quería ver lo que venía y traté de irme al vacío.
Se dio un forcejeo
y volví a desmayarme.
3
Estaba allí. El
gringo con la pistola me apuntaba al cuello. ¿Cómo era posible? Debía haber
muerto. Era el momento de morir, debía morir, eran siglos de lucha y de
victoria, eran rostros y sangre que
pasaban por mis
ojos, era la piel melocotoneada de mi hijo que acariciaba. Mi pensamiento se
detuvo.
Volví a forcejear
para irme con el yanqui al infinito… Otro desmayo. Él siempre frente a mí. Ese
ruido insoportable que no cesaba. Me llevaron como trofeo.
Tocamos tierra.
Estaba en la base de la Fuerza Aérea. ¡No podía ser! Aquí había estado otras
veces. ¿Y si alguien me reconocía y perjudicaba a mi cuñado, a mi familia? Me
angustiaba pensar qué podía suceder. «¿Y ahora qué?». Me iban bajando, sentía
que me estaba debilitando, se aflojaba mi cuerpo, perdía el sentido. Recobré la
conciencia en una camilla, hediendo a sangre y sudor; sentía el motor del
vehículo donde me llevaban. Yo amo la vida. «¿Qué rumbo ahora? ¿El usual de los
desaparecidos? ¿El de Luis Díaz, Tony Handal,7 Saúl Villalta,8 Janeth
Samour?». ¿Ingresaría a su ámbito? Sí, ingresaba al ámbito donde ellos dieron
su ejemplo. Ahora era mi turno.
No debía tener
miedo a morir en sus manos, no lo habían tenido ni lo tendrían miles de hombres
y mujeres que habían pasado por iguales circunstancias a la mía, donde se
jugaba la his-toria de un pueblo. «Nidia, no debes volver a desmayarte; estás
en las garras de ellos. No volverás a intentar quitarte la vida; debes hacer un
esfuerzo por sobreponerte. Ahora debes asumir con valentía, como debe ser, la
lucha más grande de tu vida. Tu situa-ción es grave, pero debes vencer. ¡No te
tienen!».
Ya en el cuarto de
la enfermería me rompieron la camisa vio-lentamente. Yo ni me fijé, solo vi sus
expresiones. Me llevaron a un cuarto y ese cuarto se convirtió en un montón de
caras, de ojos.
7
8
Presidente del
Colegio de Arquitectos y de gran prestigio profesional, capturado el 11 de
noviembre de 1980 por miembros de las fuerzas armadas de El Salvador y luego
desaparecido.
Dirigente de la
Resistencia Nacional (RN), desaparecido en agosto de 1982.
—¡Soy prisionera de
guerra! Quiero que me apliquen los con-venios de Ginebra. Quiero ver a la Cruz
Roja Internacional. Ustedes saben quién soy. ¡Soy prisionera de guerra, herida
en combate! Quiero, exijo, que se me apliquen los convenios de… ¡No me pon-gan
suero, quiero morir!
—¿Quién sos, pues?
—me repiten.
—¿Qué te importa?
¡Preguntále al yanqui! ¿Por qué me capturó un yanqui y no vos? ¿No te da
vergüenza?
—Este pez parece
gordo —avisa uno de ellos por walkie-talkie a su jefe.
—¿No tenés
dignidad? ¡Un yanqui y no un salvadoreño! —Tu fusil, ¿era M-16? ¿De los que les
dieron los vietnamitas? Mi fusil no fue capturado, lo que tenían era la
munición que
cargaba en el
arnés.
—Ese te lo quitamos
en El Paraíso, como les hemos quitado todos los fusiles que les causan las
bajas a ustedes.
Llegó el médico.
Solo me miró de lejos.
—Pónganle un suero
—dijo—. Lávenle el pelo y pónganle otra ropa.
Me observó por un
momento más y se fue.
Entró el yanqui, el
que me capturó. Levantó mi pantalón; con este fui a La Palma. Se lo enseñó a
otros asesores y oficiales. Ahora tenía un remiendo grandísimo atrás. Se puso a
reír. Luego miró la bota semidescosida y remendada. Habían cogido mi reloj, aretes,
todo, hasta los «ojos de venado»9 que me regaló la comandante Susana en
Chalate.10 Se los repartieron.
Se acercó y me dijo
sonriendo:
9
10
Semillas
resistentes que se utilizan para elaborar artesanía como llave-ros, amuletos,
etc. A Susana se la había regalado una abuelita de Trini-dad, en Chalatenango,
para la buena suerte.
Chalatenango,
departamento norcentral de El Salvador, fronterizo con Honduras.
—¿Hello?
—¡Yanqui
hijueputa…! —le grito. Escupo, pero me ensalivo.
Me dio una palmada
en el hombro y se fue.
—¡Cállese! —me
grita alguien.
Uno de ellos llegó
con la cédula que estaba en mi pantalón y la foto de mi hijo:
—¿Usted es María
Marta Valladares?
—¿Usted qué piensa?
—¿Este es tu nombre
legal? ¿Cuál es tu seudónimo?
—Averígüelo.
—¿Qué andabas
haciendo ahí? ¿Es tu campamento? ¿Quién es tu jefe? ¡Respondé! ¿Sos sorda?
—¿Quién sos?
—pregunta otro.
Yo creí que ellos
sabían quién era yo, que habían llegado directo, que sabían quién o qué había
allí. Llevaron a Osmín, un niño de nueve años, y me lo mostraron. Lo reconocí.
Era el hijo de una compañera del caserío La Angostura. Lo habían herido y lo capturaron.
—¿La conocés?
—No, no la conozco.
—¿No la conocés?
—¿Y vos a él?
—No, no lo conozco.
Casi todos
salieron. Uno de ellos, un oficial, me dijo:
—Pero, ¿por qué te
has metido en esto, mamaíta? ¿Por qué? Salite, mirá cómo estás, rehacé tu vida.
—No te conviene
estar con los terengos11 —dijo otro.
Se acercó un
sargento. Creí que me había conocido en otra parte, me preguntó si quería un
sándwich y una coca-cola, y me la ofreció. Sus ojos estaban húmedos, casi
resbalaba una lágrima.
11 Terengos:
nombre que le dan los militares a los guerrilleros.
Esto para mí fue
una sorpresa. No esperaba encontrar en las entra-ñas del enemigo un gesto así.
¡Claro! A él lo recordé, fue en la casa de mi cuñado. Ellos jugaban ajedrez o
cartas.
Tomé un poco de
coca.
Me trasladaron a
otro cuarto. Dos soldados me vigilaban.
Entró un oficial.
—Yo a vos te
conozco. ¿Tú no te acordás? Estudiamos «áreas comunes»12 en la
universidad. ¿Por qué estás en esto?
—Y usted, ¿por qué
está en esto? —le pregunté.
—Me gusta la
carrera militar y se alcanza mucho. Pero, ¿y vos? —Nos hemos visto obligados a
empuñar las armas. Yo amo la
paz, la vida, pero
nos han impuesto una guerra injusta.
—Nosotros también
luchamos por la paz.
—La paz de los
cementerios, del hambre, de la injusticia.
—Te equivocás, no
queremos que triunfe el totalitarismo, que nos invadan los rusos.
—¿Acaso soy rusa
yo? A ustedes les ocultan verdad. Los engañan.
Pasaron como
treinta minutos, no quería seguir hablando, no aguantaba el dolor, no me habían
dado ni un solo calmante.
Él seguía hablando,
pero su voz me parecía cada vez más lejana…
4
Seguimos hablando:
—Mirá, nosotros
luchamos porque esto se termine. Pero ustedes no quieren dejar las armas. Vos
has sido derrotada en combate, no
12 Período
universitario introductorio a la carrera de estudio.
pueden contra
nosotros. Somos más, tenemos más medios, mayor capacidad de fuego.
Sin pensarlo mucho,
le dije:
—Y tienen más
miedo. Saben que su causa no es justa, que defienden los intereses del imperio.
Se han embadurnado de mierda y se han chupado la sangre de los mejores hijos
del pueblo.
—El pueblo nos
apoya, los Gobiernos lo reconocen. Aquí hay democracia —me argumenta.
—No, vos sabés que
eso es mentira. Duarte es un instrumento del proyecto norteamericano y ustedes
son unos títeres. Son uste-des los que tienen que abandonar la idea de un
triunfo militar sobre nosotros.
—Pero ¿no ves vos
que las cosas cambiaron, que hemos hecho reformas…?
—Mentira. Las
famosas reformas proclamadas en el 79, la famosa democracia, están ahogadas en
sangre.
Él tampoco podía
detenerse; era una confrontación entre dos personas que un día tuvieron algo en
común, pero que optaron por caminos diametralmente opuestos.
—Ustedes solo son
bla, bla, bla. Creen que solo con hablar pue-den hacer todo. Se creen la gran
mierda. Piensan que la cosa será buena solo cuando tengan el poder; pero no es
fácil tomarlo…
—Lo sabemos, pero
lo que dices no convence a nadie. La reali-dad demuestra que…
—Vos te jodés
pensando así. Yo te estoy dando una puerta para que no estés jodida, un camino
que podés seguir. Estás derrotada. Mirá, ve, toda quemada, toda hecha pedazos,
das lástima. Ya vas a ver.
Dejó de argumentar
y comenzó a interrogarme:
—¿Cuál es tu
seudónimo? ¿Cómo te dicen? ¿Marta? Lindo niño tenés, ¿quién es el papá? ¿El
hombre de la foto? ¿Es él?
—No sé, no sé nada,
ni tengo ganas de responder.
—Tenés un hijo,
¿verdad que sí?
—Sí, tengo un hijo
muy lindo, lo amo mucho —le dije.
—No, hombre, vos
sos una desamorada. Allí donde te cogieron ¿era el campamento tuyo?
De repente,
entraron apresuradamente dos oficiales con unas fotos en la mano.
—¿Conque Nidia
Díaz, ah? —dice mirándome fijamente uno de ellos—. Vaya. Vaya, ¿la Nidia Díaz?
Silencio y ojos
sobre mí. Se fueron y me dejaron con dos soldados. ¿Cómo lo averiguaron? Muy
fácil. Al revisar la mochila, encontraron papeles, cartas, cuadernos, casetes,
dirigidos a Nidia; eso los llevó a la conclusión de que podía ser yo. Luego lo
corro-boraron con las fotos del diálogo de La Palma. Entonces, ellos no
atacaron para capturarme a mí.
No había duda de
que la lucha se iba a intensificar. Segura-mente tratarían de aprovecharse de
mi situación, de mi debilidad física. Estaban discutiendo qué hacer conmigo,
cómo sacarle pro-vecho a mi captura.
No pasó mucho
tiempo. Entraron dos vestidos de civil. —¿Cómo te llamas?
—Ustedes ya saben
cómo me llamo.
—¿Dónde vive tu
familia?
—No sé. ¿Van a
empezar por ahí, buscando a mi familia? Tengo años de estar separada de ellos,
no sé dónde viven.
—¿Allí donde te
agarraron era tu campamento? ¿Quiénes más estaban? ¿Qué otros comandantes
estaban allí? ¿Qué andaban haciendo?
—Paseando. Andaba
comiendo mangos.
Se miraron y
salieron.
Entró nuevamente el
soldado. Empezó a decirme que descan-sara, que estaba muy mal; pero yo no podía
descansar, estaba muy tensa y permanecía alerta. El tiempo pasaba, ya estaba
amaneciendo. Si
cerraba los ojos, me hablaban. ¿Entonces? Claro, no me iban a dejar que
descansara realmente.
Comenzaron a pasar
horas. No podía calcular bien el tiempo. Me sacaron a otro salón y me colocaron
en otra camilla. El
salón era
grandísimo, sin muebles, entraban y salían soldados, ofi-ciales, interrogadores
vestidos de civil. Pasaban las horas. El suero se había terminado.
Entró un oficial
bajito, chele,13 vestido de camuflaje; colocó una grabadora. Con
movimientos lentos puso un casete. Una voz de mujer comenzó a oírse: «…el 5 de
febrero enterramos a Arturo Ramos en Jardines del Recuerdo. Durante mucho
tiempo, varios días, nuestro querido compañero se debatió entre la vida y la
muerte. Lo teníamos en un hospital clandestino. Su hermana, que tiene
conocimientos de enfermería, le dio todo el cuido. A este entierro asistimos
Leticia, Mario y yo…». Lo apagó.
Tierra heroica
(Cerros de San
Pedro, 14 de junio de 1985)
Diez años después
esa tierra,
ese suelo,
que me vio vivir
que me sintió
organizar
la voluntad popular
hoy ve correr
mi sangre
observa mi
13 Chele:
persona de tez blanca.
cautiverio ¡y
solo ella de
testigo!
¿Fue infortunio?
¿Fue adversidad?
¿Fue casualidad?
¿O causa del
error en el método
de trabajo
revolucionario?
Las ráfagas de
ametralladoras
arrasaban tu ladera
los rockets
descargaban
sus sustancias
explosivas
sobre tu monte
ardido
y las bombas de 500
libras
rompían el sonido
de tu
bella naturaleza.
¿Era pesadilla o
realidad?
¡Era realidad y
solo ella de testigo!
Tierra heroica
testigo de mi
valentía
o cobardía, de mi
heroísmo o
martirio, de mi
decisión errada o imprudente o acertada, de mi responsabilidad o
irresponsabilidad histórica.
¿Qué era? ¿Qué
pasó? ¿Qué soy? Es lo mismo todo a la hora de un momento tan infortunado.
No hay discusión,
ese día se conjugó todo. Todo estaba hecho y se hacía para la sorpresa y la
respuesta. ¡Para la prueba! Se violó todo: plan, normas, reglas.
Todo para recibir
el regalo de Mr. Reagan.
Tierra combativa un
yanqui pisotea tus entrañas, te mata y con sus garras
hace cautivo al
pájaro de vida ensangrentada.
El monstruo de
metal alza el vuelo con el ave agonizante que sobrevivió, que vive y volverá a
ser pájaro, organizará la voluntad popular ¡Y tú serás testigo de ello!
Continuó mirándome
y dijo:
—En estos momentos
todos nuestros aparatos de inteligencia están en función de aclarar este caso.
Vamos a destruir todo el tra-bajo metropolitano del PRTC.14 Y vos nos vas
a ayudar bastante. ¿Oíste? Este casete estaba en tu mochila y allí también traías
un vergazo15 de papeles.
—¡Ese casete no lo
andaba yo!
—Sí, lo traías, y
otro montón de cosas. Ah, y algunos están en caliche.16
—¿Qué, no son tan
inteligentes? Interprételos.
Volvió a poner el
casete y comenzó a hacer una serie de pre-guntas triviales, pero no le
respondía. En mi mente solo estaba que podía ocurrirles algo a los compañeros
que operaban en la ciudad y sería por mi culpa. Comencé a barajar posibilidades
que podían ocurrir y la forma en que ellos podían resolver la situa-ción.
Estaba desesperada y solo confiaba en la capacidad conspira-tiva de los compas.
—Colaborá, Nidia.
¿Cómo te llamás realmente? ¿Dónde vive tu familia? ¿Dónde está tu campamento?
¿Qué andabas haciendo allí?
Esa retahíla
monótona y continua de preguntas y mi pensa-miento sobre la situación de la
ciudad fueron interrumpidos por la entrada del «Caballo Perdomo», capitán
Perdomo, comandante de las Patrullas de Reconocimiento de Alcance Largo (PRAL).
—¡Salite! —dice—.
Voy a platicar.
El tipo salió.
—Mirá cómo andás;
das lástima.
Se puso de perfil,
muy prepotente, con aire de superioridad.
14 PRTC:
Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos.
15 Vergazo:
gran cantidad.
16 Caliche:
en clave, lenguaje figurado.
—Vos no te acordás
ya de mí, y es mejor. Estoy orgulloso de mis muchachos, hicieron un buen
trabajo.
—Tienen mucho que
aprender de los guerrilleros.
—¿Ah, sí? ¡No jodás!
Ni cuenta te diste, diez hombres hicieron eso. Te hicieron eso.
Y me señalaba el
brazo.
—¿Diez hombres?
—pregunto, confusa. —Sí, diez hombres aguerridos. —¿Diez hombres suyos?
—Claro, una unidad
de las PRAL. Yo soy su comandante. —Y, ¿por qué me capturó un yanqui?
Centroamérica se ha
convertido en los últimos años, según Reagan, en el reto más importante para
Estados Unidos después de Vietnam. Y en nuestro «Pulgarcito» se impulsa la
guerra con-trainsurgente más grande de los últimos años, en donde ellos están
más comprometidos.
—¿Creés que nos
vamos a quedar cruzados de brazos, mien-tras a ustedes los ayudan los rusos?
Ustedes tienen bases en Nica-ragua, viajan a cada rato a Cuba.
—Yo nunca he estado
en Cuba.
—Entonces sos
babosa,17 los otros dirigentes se andan dando la gran vida y vos aquí, que
das lástima. Yo estoy orgulloso de mis muchachos. ¿Sabés, Nidia? Ustedes
cometen muchos errores. Una noche antes les detectamos unas lámparas en la zona
donde te cogimos y en la mañana de ayer mis muchachos exploraron a profundidad
y llegaron los refuerzos aéreos. Son efectivos, están bien entrenados.
Lo que me dijo
confirmó mis presentimientos de aquella noche del cumpleaños de Milton y
Miguel.
17 Babosa:
tonta.
Esa es la ayuda
norteamericana, a pesar de que el papel del mismo «Informe Kissinger»
recomienda descartar la participación directa de las fuerzas y asesores
yanquis. Pero en la práctica, los asesores han tenido que participar en los
combates y lo seguirán haciendo en forma progresiva, pese a las contradicciones
con los oficiales salvadoreños. No les queda más remedio. Nosotros avan-zamos
sobre las capacidades de preparación del Ejército títere. Esa enorme ayuda solo
les sirve para sostenerse, para sortear la derrota.
Siguieron los
interrogadores.
—Colaborá, Nidia.
¿Dónde está Mario? De todos modos lo vamos a encontrar, vamos a destruir los
comandos «Mardoqueo Cruz». Este casete estaba en tu mochila y nos va a servir.
Oí. ¿Leti-cia? ¿Y Roberto?
Y así llegó la
tarde, pregunta tras pregunta, hasta que me car-garon en la camilla.
5
En vehículo, desde
la Fuerza Aérea, aunque iba vendada y acos-tada, sabía por qué rumbo iba. Me
conozco la ciudad de memoria, es parte mía, aunque estuviera sin comer, sin
dormir, con los ner-vios destrozados, con dolor moral sin precedentes. Me
pusieron una sábana en la cara. No pensaban matarme, por lo menos aquí.
¿Estarían pensando en que mi captura les daría alguna ganancia política? ¿Me
pasaría lo mismo que a Janeth? ¿Habría otros planes para mí? Entonces, ellos no
tendrían la posibilidad que quizá yo tendría.
Tomamos por el
Boulevard Venezuela. Quizá me llevaban a la Policía o al Estado Mayor en este
panel asfixiante cerrado y con estos que sentía que me iban observando.
«Pienso, pienso y pienso,
¿qué? Nada, en
blanco. Solo sé que tengo una misión que cumplir, sencillamente, continuar
luchando».
El vehículo entró a
la Policía Nacional. Pasos extraños. Me qui-taron la sábana. Por las
ventanillas vi ojos curiosos. Al rato entró un médico que me revisó, pero nada
hizo por mí, a pesar de mi estado. El tiro que había entrado y salido por mi
brazo derecho, destrozó el nervio radial, por lo tanto, mi mano estaba
engarrotada; mientras que mi pie izquierdo estaba quebrado y necesitaba yeso.
El 4 de mayo los
doctores Eric Goosby (profesor ayudante en Clínica Médica y de Medicina
Familiar y Comunitaria en la Escuela de Medicina de la Universidad de San
Francisco) y H. Steward Kimball (de Berkeley) me examinaron y emitieron
diag-nósticos separados.
El diagnóstico del
Dr. Goosby fue el siguiente:
Díaz es una joven
mujer de treinta y dos años de edad, herida hace quince días en el antebrazo
derecho, el hombro derecho y el pie izquierdo. Hasta ahora se queja de la
incapacidad de usar su mano derecha y de tener dolor en el pie izquierdo con
drenaje ocasional de una materia purulenta. La paciente niega tener fiebre,
escalofríos, pero sí admite tener cierto estreme-cimiento y parálisis en el
primer y segundo dedos del ante-brazo derecho. También sostiene tener dolor en
la parte frontal del pecho cuando aspira profundamente, sin que haya gripe o
hemoptisis.
Examen físico
Mujer bien
desarrollada, bien alimentada, quien se sienta con-fortablemente con una
pequeña astilladura en el «hemitórax» derecha cuando aspira.
Frente: sin seña de
batalla o traumatismo.
Cuello: flexible
sin masa.
Nodo: no
cervical-axilar-«epitrochclear»
Pulmones:
astilladura en el derecho cuando la respiración es de moderada a profunda; no
hay señales de estertor, «chon-chi» o respiración dificultosa. La parte frontal
derecha del pecho no revela fricción.
Cardiovascular: S1
normal; S2 sin presencia de S3/S4. No hay fricción. Los pulsos eran 3/4 y
simétricos en radio cubital: pedis dorsalis braquial. La tibia posterior sin
daño.
Abdomen (posición
de sentarse): suave, sin dolor en la palpitación.
Extremidad: la
escápula derecha cerca de la espina poste-rior 1 cm. GSW sin aparato, ericema o
endurecimiento. El brazo derecho con quemadura de segundo grado que se extiende
sobre el codo y baja por el brazo. El antebrazo derecho con una herida de 3 cms.
en la entrada y una herida con salida en la parte lateral del antebrazo, justo
cerca de la cabeza del radio. GSW en el muslo izquierdo hacia la parte lateral
del cuadriceps del músculo, con salida bajo la rodilla. Seis avulsiones
super-ficiales en la parte izquierda del mismo muslo. Una abrasión superficial
en la derecha.
Mano derecha: no
puede extender completamente la muñeca. No hay abducción de pulgar. No hay
extensión del pulgar. Pérdida de sensación en el espacio entre el pulgar y el
primer dedo, extendiéndose sobre el primer dedo una ligera debilidad tenar.
Buena posición del pulgar con los dedos 3-5.
Pie izquierdo:
herida dorsal con característica de entrada y salida; sin ericema o
endurecimiento. No se notó ningún drenaje.
Dato de
laboratorio: no fue posible un examen de rayos X ni de los informes médicos de
quienes han estado a cargo de ella ni una discusión sobre los mismos.
Valoración
Una mujer de
treinta y dos años de edad con múltiples heri-das de balas en su escápula
derecha, muslo izquierdo, pie
izquierdo, el brazo
y antebrazo derecho y una quemada de segundo grado en su brazo derecho. No hay
evidencia de infección por curación deficiente.
La herida de bala
en el antebrazo derecho parece haber causado daño en el nervio radial y
posiblemente en el nervio medio, tal como se describe en el examen físico.
Clara evidencia de
severa tensión y trauma psicológicos. Recomendación
Cuidado general en
las partes heridas. La herida de segundo grado no requiere de trabajo de
cirugía debido a la poca proba-bilidad de cicatrización. El nervio radial
derecho (posiblemente el nervio medio) debe ser objeto de técnicas de
microcirugía. Esto debe hacerse con una exploración abierta del antebrazo y la
muñeca para reanastomosar los terminales endurecidos. El momento oportuno para
intentar esta operación sería des-pués de que haya desaparecido la posibilidad
de infección. Dado que las heridas fueron infligidas hace dos semanas y no hay
señales actuales de infección, la exploración quirúrgica debe hacerse dentro de
los próximos diez días. Esperar más de catorce días disminuirá la posibilidad
de re-unión. Se debe dar inicio a la terapia física con la mano derecha, la
extensión de la flexión de todas partes por medio de su alcance de movilidad y
ejercicios para fortalecer la capacidad de agarre. Esto involucra a la muñeca y
a ciertas juntas (MCP / PIP / DIP) de la mano derecha.
El diagnóstico del
Dr. H. Steward Kimball dice lo siguiente:
Examen
Una mujer bien
desarrollada, aparentando más edad que la establecida de treinta y dos años.
Cuando entré, al principio, se veía triste y deprimida, aunque cuando se volteó
para la pre-sentación sonrió placenteramente.
Muy rara vez usó su
mano y brazo derechos, el cual mante-nía en su rodilla, con los dedos índice y
medio doblados. Podía extender los dedos, pero no flexibilizar la mano derecha
en la muñeca. Cuando la extensión de los dedos índice y medio se hace pasivamente,
llora de dolor. No puede oponer el pulgar a los dedos índice y medio. Los
músculos entre el pulgar y el índice están perdidos.
El brazo derecho
muestra una herida redonda cicatrizante en la parte dorsal lateral, cerca del
codo, y una herida más pequeña en la parte media de la palma más distante a la
pri-mera herida descrita.
Hay quemaduras de
segundo grado en la parte dorsal de la parte alta del antebrazo y en la parte
lateral del brazo derecho.
Hay una herida
redonda de 1 cm. en la parte dorsal del hombro derecho, encima de la espina de
la escápula, cerca de la mitad del extremo del hombro, en la base del cuello.
Hay heridas
cicatrizantes en el pie izquierdo; mayores en la parte media, en el maléolo
interno, y ligeramente más distante del extremo del maléolo, y una herida más
pequeña en la parte lateral del pie izquierdo cerca del nivel del área
tarsiana.
Todas las heridas
están limpias y cicatrizando satisfac toriamente.
Impresión
Heridas de bala de
(l) antebrazo derecho con parálisis en el nervio radial; (2) hombro derecho;
(3) área del cuadriceps izquierdo; (4) área tarsiana izquierda.
Recomendaciones
Exploración y
reconstrucción del nervio radial dentro de las tres semanas a partir de la
fecha del informe.
Pasaron las horas.
Anocheció y nuevamente el vehículo en mar-cha. Me llevaron a sacar radiografías
a la Policlínica Salvadoreña. Una religiosa me las tomó. A su alrededor, los
detectives la obser-vaban. Luego me regresaron a la Policía, a la celda 20. Allí
pasé toda la noche en interrogatorio. Pese a mi debilidad, no dejé que un
quejido delatara mi dolor.
Se oyeron
trompetas, la diana. «Seguro que estoy en un cuartel. Ruidos…Ya es de mañana,
pero en esa celda no se sabe, no entra la luz del sol y las lámparas del
pasillo siempre están encendidas».
Me sacaron en
colchoneta y me taparon la cara con una toa-lla y nuevamente al vehículo. Me
llevaron a un hospitalito civil en la colonia «Flor Blanca» y me inscribieron
como Rosa María Vásquez. Allí me pusieron suero, curaciones básicas. Los
médicos estaban conmocionados por mi lastimoso estado. Por sus expre-siones
advertí que mi brazo en carne viva los había impresionado, y estaban molestos
ante el gran número de detectives que me cus-todiaban e interferían con la
atención médica.
—Ella necesita ocho
días de hospitalización como mínimo —dijo uno de los médicos.
Un oficial salió
con walkie-talkie en la mano. Momentos después regresó.
Desconcertando a los médicos, dijo:
—Ni ocho horas va a
estar.
El trayecto de
regreso a la Policía me pareció interminable y cada instante se volvía más
angustioso para mí. Ya en la celda 20, un enfermero militar me abrió la válvula
del suero; comencé a sudar y me puse helada. Los interrogadores notaron que me
iba desfalleciendo, se alarmaron y me quitaron el suero.
—¡No seás estúpido!
¿No ves vos que la queremos viva? Pasaron las horas. Había seis interrogadores
alrededor, como
velando a un
muerto.
—¿Allí era tu
campamento, Nidia?
—No.
—¿Cuántos andaban
con vos?
—Era una unidad
pequeña. Murieron combatiendo. ¡Soy pri-sionera de guerra! Quiero ver a la Cruz
Roja Internacional.
—No seás pendeja.
Tus compañeros te abandonaron, te dejaron herida, eras una molestia. ¿No querés
entenderlo? Esa es la ver-dad. Nosotros les interceptamos la comunicación y así
era el plan. A nosotros nos informó el infiltrado que les tenemos que ya era el
momento de ir por vos.
—¡Mentira! Y si así
fuera, no me importa, ¿me oyen? ¡No me importa!
—¿Cuáles son los
planes del FMLN?18 —Construir una sociedad justa.
—Te estamos
preguntando para el próximo período, para los próximos días. ¿Cuáles son los
planes?
—Vamos a
derrotarlos, a derrotar todas sus modalidades tácti-cas. Una a una hasta que se
les acaben.
—Ustedes son los
que están derrotados, ¿qué, no entendés?
6
Tiempo prolongado,
sueño vencido. Sin poder cerrar los ojos. Ellos esperando que me cansara, que
me quejara. Realmente estaba a punto de hacerlo. «Luis, Janeth, ¿cómo hicieron
ustedes? ¿qué es esto?»
Después del
combate, ¿una guerra de palabras? No, aquí estaba en juego la razón de mi
lucha.
—¿Cómo te sentís?
—¿Cómo quieren que
me sienta? ¡Bien!
—Queremos avisar a
alguien. ¿Dónde vive tu familia?
18 Frente
Farabundo Martí para la Liberación Nacional.
—Vayan a los
frentes, allí está mi familia.
—¿Qué hace Camilo?
Quizá ya comenzaba
la tarde cuando entraron varios hombres. A uno de ellos lo llamaban
«Chiquitón». Era alto, bastante alto y matón. Me puso la venda y me levantó.
Abrieron una puerta de hierro, la celda 21, donde había cubículos. Allí hacían
los interrogatorios.
—Bueno, Nidia,
vamos a comenzar a trabajar como se debe. Silencio, no hablaban. Estaba
sentada, vendada y, por debajo
de la venda, pude
observar como nueve pares de zapatos. Esta-ban parados en media luna. «¿Qué
hacer? La lucha va a comenzar de nuevo. Es el momento de probar. Son las
pruebas de fuego, es la circunstancia más grande que se le puede presentar a un
ser humano».
«¿Cuál es la
superioridad de ellos en semejante situación? Nin-guna, Nidia, ninguna. No te
tienen, tú tienes a tu pueblo, tu lucha es justa y tus principios son
superiores. La historia está a tu favor.» Con agresividad tomé la iniciativa y
les grité:
—Bueno señores,
¿qué esperan? Aquí está mi brazo o si quie-ren, el otro.
Extendí mi brazo
derecho, el quemado.
—Y aquí está mi
lengua. Pueden comenzar. ¡Yo no les voy a decir ni mierda!
—Te equivocás, no
te preocupés, no te va a pasar nada, no te vamos a torturar. Ya vas a ver que
aquí no pasa nada.
—Yo ya sé qué es
aquí. ¡Yo ya sé quiénes son ustedes! Son los puritos escuadrones de la muerte,
disfrazados de ley. ¡Ustedes son los Hijos de Caín!19 Van a
interrogarme, van a torturarme. Conozco esta sala y las otras, pueden…
19 «Hijo
de Caín»: así se le llama al grupo de inteligencia de la Policía
Nacional, a cuya
cabeza está un oficial de ese nombre. Son responsables de las torturas más
bestiales que sufrieron los detenidos.
—¡No! Eso es pura
invención tuya.
—Por aquí han
pasado centenares de compañeros, de compa-triotas que ustedes han asesinado,
torturado, queriendo arrancar-les información. Aquí está el calor y la sangre
de ellos: ellos están conmigo…
—¡Cállate! No te va
a pasar nada aquí. Tenés que comprender
que hay que
colaborar con nosotros; nosotros somos democráti-
cos, gente de paz.
—¡Mentira!
—Es mejor que te
calmés y no hablés tanta mierda.
—¡Primero me muero!
¿Me oyen? ¡Me muero!
No era que yo
estuviera histérica, lo que también era posible por mi situación y condiciones.
«¡Cuántos años preparándome para este momento! Para morir en sus manos, para
ser tortu-rada, desaparecida, cuando se ha trabajado en el frente urbano, en la
clandestinidad, en la conspiración, en sus entrañas, y te has movido y
desenvuelto entre ellos para resistir y vencer, para cumplir con tu deber, para
morir con honor. Y ahora estoy aquí y conozco mis reservas morales». Tenía la
convicción de que no me podían doblegar. Y si las heridas y la quemada no
contaban en ese momento para mí, tampoco contaría otra tortura. Mi pena era
moral y mi atención estaba en lo que me decían, en el momento que vivía. Tal
vez ya habían tomado la decisión de no matarme; pero aunque lo fueran a hacer,
yo iba a decirles quiénes eran ellos. Yo ya no tenía que ocultar quién era yo.
Ellos lo sabían. Estábamos frente a frente, sin tapujos, cada uno defendiendo
sus intereses. Yo debía revertir el golpe militar.
En algún momento
durante esos primeros días me sucedió algo sorprendente. Uno de ellos, o
alguien que pudo entrar, aun-que no fuera precisamente del grupo de los
interrogadores, cosa que dudo, me bajó violentamente la venda:
—Mírame, mírame,
nunca te olvidés de mí. ¡Ustedes van a triunfar! ¡Ustedes van a triunfar! Nunca
te olvidés de mí.
Esto me aturdió.
«¿Cómo es posible? ¿Qué es lo que tratan de hacer? Sea cual fuera el motivo de
sus palabras, para mí fue opor-tuno ese reconocimiento».
Yo misma me volví a
subir la venda. La luz, después de tanto tiempo con la venda puesta, me
molestaba. Pasó un buen rato en silencio. Daba la impresión de que habían
salido todos. No podía sostenerme muy bien en la silla. En la mañana me alzaron
en bra-zos y me llevaron a la celda 20. Me quitaron la venda e inmedia-tamente
entró un tipo con una capucha negra sobre su cabeza. Comenzó a tomarme fotos de
frente, de perfil. Entonces, iban a hacerme una ficha.
Volvieron a ponerme
la venda y me llevaron nuevamente a la celda 21.
Comenzó el
interrogatorio;
—¿Dónde está el
resto de los papeles? ¿Dónde, dónde, dónde está Roberto? ¿Y los otros
campamentos? ¿En qué lugares tienen trabajo? ¿Dónde, adónde, dónde se van a
reunir? ¿Dónde? ¿Adónde?
Y así pasaron las
horas, la noche, la trompeta, la diana. «Y yo me pregunto, ¿dónde?, ¿dónde
tienen a todos los desapareci-dos? ¿Dónde estará Alejandrito, mi hijo? ¿Qué
estará haciendo mi pequeño gran hombre? Nació hace cuatro años el 2 de junio.
¿Habrán tratado de matarlo? ¿Lo tendrán aquí? ¡Pobre! Nacer y vivir en tiempos
de guerra, ¿qué sentirá? ¿Y si lo torturan frente a mí? Un frío me estremece.
Sería monstruoso».
—¿Estás dormida?
¡Despertá! Aquí estamos trabajando, no durmiendo.
—Ustedes están
trabajando, no yo.
Mis pensamientos me
habían transportado a aquellas lomas y valles de mi Cuscatlán, al cerro
Guazapa. «¡Cuántas veces lo recorrí en columna para ir al puesto de mando!… El
Salitre, El Roblar,
caminatas
principalmente de noche de más de cinco horas, a oscuras. El enemigo podía
detectarnos desde sus puestos milita-res de El Roblar y El Caballito, desde
allí en lo alto. Caminatas agotadoras, confortadas con los altos que de vez en
cuando podía-mos hacer al pasar un río. Agua fría de invierno como la de Las
Pacayas. Muchas frutas en El Salitre. ¡Qué no comíamos antes de salir:
guayabas, mangos, naranjas, zapotes…! ¡Ah!, pero yo pre-fería el zapote. En el
camino tendría oportunidad de arrancar y comer nances, aceitunas blancas y
moradas, muy dulces, jocotes, naranjas, y de vez en cuando una caña de azúcar.
»Subíamos y
bajábamos lomas, un zacatal20 y otro zacatal. Las ranas croaban tan fuerte
que creo que me ayudaban a permane-cer despierta. Caminábamos siempre alerta y
en silencio. Cuando podía arrancar flores de las muchas que había en la zona,
las insertaba en mi mochila: campanillas blancas y moradas, de palo blanco.
Siento su fragancia. Noches de cocuyos. El perfume de las flores nos anunciaba
la cercanía de un caserío. Palo Grande, El Roble, Llano Rancho… Hoy no son más
que ruinas desoladas… Y allí siempre están los compas».
7
«Y pensar que junto
a mí ahora están estos, militares sin decoro de un Ejército fratricida. Los
costos de esta guerra impuesta los paga nuestra población. Ella pone los
muertos, el Gobierno de Reagan pone las armas».
—Mirá, Nidia, con
todos estos documentos que hemos encon-trado, ¿cuántos años creés que va a
retroceder la revolución?
20 Zacatal:
pajonal, pastizal.
—Eso quisieran
ustedes. Pero no, la revolución no va a retroce-der ninguno, porque el FMLN es
la expresión de la madurez que ya tiene nuestro pueblo. A estas horas, ya todos
los aspectos ope-rativos que podían correr riesgos estarán cambiados.
—No, no tienen
capacidad, mamaíta —me dice el interrogador. —¿Ustedes creen que nosotros no
prevemos que algún día pueda caer algún cuadro de dirección? Mucha gente se ha
dado
cuenta de mi
captura. Y ellos saben que yo andaba papeles. —Pero vos no te hagás ilusiones.
El FMLN te va a responsabi-
lizar de todo lo
que les estamos haciendo. Están cayendo campa-mentos, dirigentes. Los estamos
localizando y acabando, gracias a tu información —termina diciendo irónicamente
el interrogador.
—Aunque golpeen a
muchos, como usted dice, siempre que-dará al menos uno que le dé continuidad a
nuestra lucha. Esto ya es irreversible.
—Vos no vas a salir
de aquí. Aquí te vas a podrir, mamaíta. Ya vas a ver, solo fijáte: ¿cuánta
gente tienen ustedes?, vamos a ver, ¿cuánta gente tiene el PRTC? Hablá, ¿qué?,
¿no estás escuchando? ¿Vas a decir que no sabés eso?
—Por principio…
—Ustedes no tienen
principios; no creen ni en Dios, comunis-tas, asesinos.
—Ustedes imponen la
muerte por y en nombre de Dios, matando por tortura en nombre de Dios. Para eso
lo usan. Y me venís hablando de Dios.
—¡Nosotros no
matamos a nadie!
—¿Ah, no? Son tan
injustos con nuestra gente humilde, desar mada, que quieren darle el descanso
eterno. Cuando ustedes detienen a los campesinos o son sacados de sus casas, a
ellos hasta se les olvida el nombre del susto.
—Seguí, seguí —dice
uno.
—Y, por si fuera
poco, además de pedirles la cédula y la viali-dad, han llegado hasta a
pedirles la Magnífica21 y si no la andan, es un «comunista
ateo» y se merece un balazo en la boca, que no dudan en dárselo.
—¿No te digo que
ustedes son todos iguales? Solo son bla, bla, bla. Se la llevan de ilustrados,
salvadores de la humanidad, de angelitos y lo que son… ¿de veras, creés que son
ángeles?
—Ni ángeles ni
pendejos.
—Sos una malcriada.
¿Qué es «naranja dulce»?
—No sé.
—¿Qué es el
«borde»? ¿De dónde les vienen las armas?
—De Estados Unidos.
Primero Reagan se las envía a ustedes. Después…
—Nosotros las
usamos para capturarlos, como te ha pasado a vos —me interrumpe uno de ellos.
—No, primero Reagan
se las envía a ustedes; luego ustedes las usan en el genocidio y, después,
nosotros se las arrebatamos. Es un círculo con el que debemos terminar.
—¡Ah, sí! ¿Y cómo?
—Resolviendo el
conflicto entre salvadoreños.
—Pero para eso
ustedes tienen que deponer las armas. —Tienen miedo. ¿Por qué no terminamos el
conflicto a través
de una salida
política con el diálogo, que nos lleve a darle una solución global a la crisis
nacional?
—¡Estás loca!
—¿Está loco tu
presidente? ¿El Gobierno? ¿Vides Casanova? —digo con sarcasmo.
—Pues esos podrán
decir cualquier mierda pero en este país no se va a negociar con los
terroristas.
21 Estampita
religiosa con oración a la Magnífica Trinidad utilizada bajo la creencia de que
tiene poderes protectores y curativos. Las madres acostumbran a dársela a sus
hijos cuando estos salen.
—Con esta no se
puede hablar —dice otro interrogador.
Creo que era de
mañana. Habían pasado ya siete días sin dormir, con este malestar que ya era
parte de mí; ya no me era extraño. Me iba resbalando en la silla. El balazo de
la espalda me producía dolor y la quemada, pura carne viva, aunque ellos la
tapaban con vendajes y le aplicaban merthiolate. Mi brazo y el pie estaban
superinflamados, como si fueran llantas llenas de aire.
—¿Qué te pasa? ¿Te
duele? —pregunta uno de ellos.
—No, no me pasa
nada anormal a mi situación.
Silencio. Pero
estaban ahí, sentía su respiración. «¿Cuántos serán? Quizá seis u ocho».
—Quiero orinar.
—Llévenla.
Y como en ocasiones
anteriores, me levantaron en brazos y luego en silla, como en carroza. No me
podía sostener debido a las fracturas. Me regresaron a la silla de
interrogatorio.
—Deberías
colaborar, mamaíta. Estás perdida. Tenés que con-vencerte de que no tenés otra
salida. Nadie más se va a interesar por vos, nadie más que nosotros.
Reinaba el
silencio. Me puse la mano sobre la frente. Suspiré.
Que nada me
desaliente,
que nada me
desespere,
que un guerrillero
es un toro
en medio de una
tormenta.
Me hirieron,
me mataron,
me capturaron
y hasta la muerte
me dieron.
Pero nunca me
doblegaron…
—Cántala otra vez,
cántala. ¿Verdad que ya no aguantás, no resistís?
—Traigan una
colchoneta —dice otro.
Me tiraron a la
colchoneta, se acurrucaron y siguieron interro gándome.
Esto parecía lo que
a uno le cuentan de pequeña sobre el limbo o el infierno de la Divina
Comedia. «Bajo esa venda, yo sé cómo son; no es necesario verlos».
—Comé.
—No quiero.
—No te conviene
estar en huelga de hambre. Estás débil. El mal te lo hacés vos. Hemos sabido
que el FMLN te va a ajusticiar. Ya no creen en vos. Solo nosotros te podemos
ayudar.
—¡Mentira! Y si así
fuera, le doy el derecho al FMLN de equivocarse.
—Convéncete. De
ahora en adelante, nosotros somos tu mamá, tu papá, tu marido, tu hijo.
Nosotros somos tu mundo, convén-cete. No tenés salida, si no colaborás con
nosotros te vas a podrir aquí, pero nosotros te podemos ayudar.
—¡Semejantes
reaccionarios! Yo me puedo podrir aquí o en El Playón, o en el río Lempa o en
cualquier carretera donde me vayan a tirar. Con Nidia o sin ella, las cosas van
a avanzar porque esto es irreversible.
—Y a vos, ¿quién te
va a sustituir? El PRTC va a retroceder como dos años como mínimo, te lo
aseguramos, y también el FMLN, por los papeles que te encontramos. Gracias a
vos está cayendo todo, gracias a vos.
Querían llevarme a
tener un sentimiento de culpa, a que fla-queara, a que confiara en ellos.
—¿Y si vos
aparecieras muerta, envuelta con la bandera del FMLN? ¿Cómo creés que lo
tomaría la opinión pública? ¿Vos no pensás que la gente creería que fue el
FMLN? Después de todo, no es la primera vez que se matan entre ustedes.
—Ustedes creen que
pueden seguir engañando a la gente.
Hagan lo que
quieran conmigo, no le tengo miedo a la muerte.
Pasó el tiempo.
Seguían preguntado. De repente dijeron:
—Te vamos a sacar.
Ha venido la prensa a verte.
—No, voy a ir con
ustedes. Lo que ustedes quieren es un video para manipular después. ¡Antes
muerta!
—¡No jodás! Tenés
que ir, es la prensa. ¿No ves que la Radio Venceremos está diciendo que vengan
a verte?
—¿Cómo piensan que
les voy a creer? ¡Es mentira! Ustedes lo que quieren es un video, pero antes
muerta.
—Levántenla.
Empecé a forcejear,
pero ellos levantaron la colchoneta. Iba gritando que no quería ir. Me llevaron
a la celda 20, me tiraron sobre otra colchoneta. Eran como diez interrogadores,
un médico y detectives. Me quitaron la venda. Me empecé a golpear la cabeza
contra la pared. Se alarmaron y dijeron que estaba loca.
8
«Se oyen pasos. Ahí
viene». Yo me volteé boca abajo, sentí luces sobre mí, no quería dar la cara.
«Seguro que me están tomando un video». Volví la cara y aparecieron muchas
cámaras sobre mí.
«Sí, es verdad: la
prensa está aquí, puedo reconocer periodis-tas que estaban en lo del diálogo.
Pero, ¿cómo es posible que los hayan dejado entrar? Tengo que decirles lo que
me pasa». Pero en ese momento los sacaron. «He perdido diez minutos y la oportu-nidad
de denunciar». Entró otro grupo de periodistas. Me senté y comencé a hablar:
—Soy prisionera de
guerra. Fui herida en combate el 18 de abril. El enemigo bombardeó la población
civil. Fui capturada por un norteamericano. Estoy en la fase de interrogatorio.
Me
encontraron
papeles, papeles importantes, después los van a utili-zar. Creo en la salida
política al conflicto: el FMLN lucha por ella.
Los oficiales los
sacaron. Estaban indignados. En su propia cara los había denunciado.
Inmediatamente
después llegaron cuatro delegados de la Cruz Roja Internacional: Martín Fulher,
jefe de la delegación en El Sal-vador, a quien conocía pues estuvo en La Palma;
Kurt Seller, dele-gado para la Policía Nacional; el doctor Muheim y el responsable
de prensa, Roland Bigler. Me saludaron cordialmente y pregunta-ron cómo estaba,
cómo me sentía. Me dijeron que ya estaba reco-nocida. Los miraba y no lo creía.
Una sensación balsámica recorrió mi interior.
El médico me revisó
y me dijo que no me afligiera, que ya nada me podía pasar, que ahora era solo
cuestión de esperar y de con-trol médico, que ellos estarían pendientes de
esto. Les dije:
—No soporto el
cansancio y el dolor, necesito descansar por lo menos un par de horas. ¿Es que
no comprenden? ¿Qué día es hoy?
—Es miércoles 24 de
abril y son las siete de la noche. Hemos luchado por verte y solo lo pudimos
lograr hasta ahora. El Comité de Prensa de las Fuerzas Armadas anunció que te
habían cap-turado hasta el 22 de abril. El FMLN insistió desde el primer momento22 con
nosotros y la Iglesia. Pero solo pudimos saber de ti al comenzar la semana. No
podemos hacer nada más que verte y decir que todo va a salir bien y que te
mantengas tranquila.
22 El
19 de abril el FMLN informó sobre mi captura al arzobispo, a la Cruz Roja
Internacional y a Gobiernos de otros países para que hicieran ges-tiones ante
el presidente Duarte. El FMLN hizo públicas las primeras denuncias por Radio
Venceremos. El 21 de abril la comandancia gene-ral del FMLN publicó un
comunicado y, por otra parte, ejerció presio-nes directa e indirectamente
advirtiendo al Alto Mando de las Fuerzas Armadas y a Duarte sobre lo que
pudiera suceder a las comandantes Janeth Samour, Nidia Díaz y Miguel
Castellanos.
Me puse la mano
izquierda sobre la cara. Estaba a punto de llo-rar. «No estoy desaparecida,
siempre me preparé para serlo, para ser torturada, para morir en sus manos,
como han muerto tan-tos, como están muriendo Janeth, Aguiñada.23 No estoy
preparada para esto, para morir así, con esta guerra psicológica, estos nue-vos
métodos de ablandamiento, de descaro, de cinismo. ¿Cómo es posible que me
traten así? Recuerdo cuando estudié los libros Secuestro y capucha,
y Las cárceles clandestinas, pero ahora más que nunca
recuerdo el de Mario Benedetti Pedro y el capitán. Me dejó grandes
lecciones.
»Esto era más
peligroso porque lo desconocía. Igual que la captura: jamás me imaginé y nunca
preví ser capturada en un frente de guerra, así, herida. Siempre me preparé
para morir combatiendo, para ser capturada en el frente urbano o quizá en la
entrada o salida del frente o en un aeropuerto. Pero no en el monte. Les decía
a los compas que si yo caía herida y no podían evacuarme, mejor me dejaran
morir. Jamás pensé en la posibilidad de caer de esta manera. Y ¿ahora? Es tan
violento todo, la captura y el interrogatorio. Todo esto me es tan ajeno y, sin
embargo, siem-pre formó parte de mí, quizá desde que supe de la desaparición o
la muerte de un compañero».
—¿No pueden exigir
ustedes que se apliquen los convenios de Ginebra en mi caso, los protocolos
adicionales, el derecho huma-nitario internacional?
—Cómo no, Nidia.
Por eso estamos aquí. Pero tenemos un límite y ellos no están para más cosas.
Tienes que pasar nueve días más. Son quince días los que debes pasar en
investigación.
—En interrogatorio,
querrá decir, sin dormir, con…
23 Mario
Aguiñada: combatiente de las Fuerzas Armadas de Liberación, del Partido
Comunista, capturado en combate el 15 de abril de 1985 en Cerros de San Pedro,
departamento de San Vicente, y luego desaparecido.
—Es que la ley lo
dice, el decreto 50.
—No creo en nada de
eso. Ya no hablemos de eso. Quiero decir-les que me alegra verlos, que solo su
presencia significa mucho para mí, aunque no puedan hacer más.
—¿Podemos avisar a
tu familia?
—¡No! Si ella, mi
madre, los busca, díganle que estoy bien. Díganle a mi pueblo, al FMLN, que
estoy bien, en mis cabales, que jamás me doblarán, que los quiero y enfrento
este momento, por muy difícil que sea.
«Estoy temblando,
tengo frío. Ellos lo notan y se miran». Sus rostros tenían la expresión de
lástima, sentimiento del dolor humano.
«Otra vez la venda.
¡Qué fastidio! Sentada, ahora en un pupi-tre. El ardor de la quemada es
insoportable. ¿Acaso se me ha infectado? No, quizá es el dolor natural y
permanente que tengo y que he llegado a no sentir por estar tensa y concentrada
en el interrogatorio».
—¿Estás dormida?
¡Despertá! —me gritan, dando un golpe en la mesa.
—¡No, no estoy
dormida!
—Solo babosadas
dijiste con la prensa, puras mentiras. —¡Yo no les pedí ver a nadie!
—Y el hombre de la
foto, ¿es tu marido?
—¡No jodás! El
marido es un sargento —dice otro, y todos se ponen a reír.
—¿Qué grado tenía
tu compañero? Es el de la foto, ¿verdad? Oí, qué romántico: «Amor lindo, aunque
no estemos juntos físi-camente, y quizá no volvamos a vernos, no te olvidaré;
te llevaré siempre, mi amor, como un bello recuerdo, como una bella reali-dad que
viví».
—¡Qué lindo, qué
bello! —se burlan—. ¿Dónde está este hom-bre? —me preguntan.
9
«La tristeza
empieza a dibujar fantasmas en mis ojos. Miro mi celda y cuento los ladrillos,
así como cuento ahora los días de este cautiverio. Fumo. No debo fumar. Como
fondo, en la penumbra de la noche, oigo los interrogatorios de la celda
contigua. No es precisamente el susurro del amado.
»A veces la suerte
llega inesperadamente, pues ahora me sumerjo en el sueño y este se convierte en
mi hijo. ¿Cuántas veces le canté? Todas las noches que lo tuve conmigo».
Duerme, duerme, mi
niño
que tu mamá está en
el campo
trabajando
trabajando sí,
trabajando no.
Te va a traer…
Tuve el privilegio
de tenerlo casi dos años conmigo. Siempre ha sido mi amigo. Me acompañaba en
mis tareas, por supuesto que él no entendía nada, aunque algunas veces me
parecía que sí. Una vez yo estaba en cama con paludismo y tenía que entrar al
frente al día siguiente, él se acercó, me acarició y me dijo:
—¡Mami! ¡Mami! Hay
un montón de soldados muertos por el puente Cuscatlán.
Había oído la
noticia y llegaba a dármela.
Un día nos paró un
retén de soldados. Me quitaron la licencia y él comenzó a gritar:
—¡No se lleven a mi
mami, no se lleven a mi mami!
Él se refería a la
foto de la licencia.
Recuerdo aquel
mediodía en el parque, cuando jugamos y montamos a los caballos, decía que la
yegua era yo y él el potro.
Me reí mucho de lo
que decía. O cuando le enseñé a perder el miedo al agua del mar o la piscina.
«Quisiera dejar de
pensar…»
Quiero dormir
cansada
para no pensar en
ti
quiero dormir
profundamente,
soñando,
vivir soñando.
La canción me ayudó
solo un instante. Pero una nostalgia dulce y triste se apoderó de mí. «Mis
seres queridos. ¿Qué es de ellos en todo este tiempo? Me ilusiona y apena
pensar en el hombre que es el padre de mi hijo y que tanto he amado. ¿Es algo
real? ¿En qué lugar de esta Centroamérica estará? ¿Vivirá aún? ¿Y su cuerpo? No
lo sé. La guerra nos unió y la guerra nos separó físicamente. Nos enseñamos y
exigimos recíprocamente, aprendimos y avanzamos juntos. Se requiere madurez y
conciencia para no desfallecer en este largo camino».
Aquella mañana
cuando nos despedimos, su mirada estaba húmeda y era más profunda. Su voz fue
grave al decirme:
—¡Cuídate! También
te necesitamos el pequeño y yo.
—¿Creés que habrá
un nuevo reencuentro? —le pregunté, temiendo no verlo más.
—No lo sé, pero
mientras no llegue ese momento, quiero que te cuidés y que vivás la vida en
toda su dimensión.
Se alejó sin
quererse marchar. Ni cuarenta y ocho horas juntos habíamos podido estar en esa
oportunidad. Cerré fuertemente los ojos mientras algo se rompía dentro de mí. A
través del vidrio de la ventanilla del bus, con el rostro triste y mirándome
fijamente, me decía adiós con su mano derecha. No he podido olvidar ese
instante, ni su negra cabellera ni el brillo de sus ojos.
Cada vez que se
veía con Alejandrito, este lo abrazaba y recos-taba su carita en el hombro, sin
hablar. Él me decía:
—Me abraza como
presintiendo que se quedará sin mí y sin ti. La última vez que mi madre lo vio
con el niño, en febrero de 1984, afrontaba problemas de seguridad. «A veces
siento esa soledad y vacío que se presenta cuando un ser querido desapa-rece o
ha caído». Lo amé sin fronteras en lo profundo de mi raíz y, aunque quizá nunca
lo volveré a ver, lo amaré en el fruto de mi vientre. Con él mis sentimientos
se desbordaron, se rompieron las cadenas. Antes de unirnos, durante dos años
fuimos compañeros de trabajo político. Aunque me agradaba, no me imaginaba que
podría convertirse en mi compañero. El enamoramiento jugue-teaba, se movía en
silencio. Hasta que un día rosas rosadas y caricias pusieron al descubierto que
nos necesitábamos, que nos
queríamos.
Empezamos a construir nuestro núcleo familiar. Cuando tuvimos oportunidad de
compartir un hogar nos
repartíamos el
quehacer doméstico y el cuido del niño. A pesar de las condiciones de
clandestinidad, vivíamos momentos de intensa ternura. Los problemas o
discusiones los enfrentábamos con la madurez suficiente para allanar las
posibles y naturales fisuras que se abrían. Supimos comprendernos. ¿Cómo podría
olvidarlo? Perdurará en mí hasta la última batalla.
Hay muchos compas
con virtudes, cualidades y atractivos. Algunos de ellos me han gustado. Los
revolucionarios de por sí tenemos un gran afecto por todos, por nuestro pueblo,
por nues-tros compañeros. Vemos crecer y desarrollar las cualidades de cada uno
en este único camino; pero no es posible enamorarse de todos, darles nuestro
afecto como mujer. ¿Cuántos compas están solos? ¿Cuántos hemos tenido el
privilegio de amar y ser ama-dos, y de seguir amando? ¿Cuántos hemos sufrido
desencantos y reveses en el amor? Las concepciones de la vida, nuestra
mentali-dad, tienden a eliminar mezquindades y egoísmos. Aun cuando
se termine un
noviazgo o una relación y ello nos duela, general-mente no queda rencor o
trauma, sino que se aprende a asimi-lar con la suficiente madurez. La condición
de revolucionario nos ayuda a entender por qué no funciona una pareja o por qué
no puede desarrollarse. La comunidad de intereses hace más fuertes los lazos
afectivos y de camaradería. Son otros los problemas que están en primer plano.
«Pienso cosas.
¿Irreales o reales? En aquel maravilloso encuen-tro, en el reencuentro, en la
dolorosa separación o en aquella rela-ción estable, en la que fue y no pudo ser
o en la que es y no puede ser». Las relaciones familiares entre nosotros están
sujetas a las circunstancias, a las situaciones concretas en que se desarrolla
la lucha, mucho más en un estado de guerra como la nuestra: se desintegran los
hogares, se separan los seres queridos para cum-plir con el deber o porque el
enemigo te dejó sin ellos. En algunas parejas, el trabajo coincide por un
tiempo en un mismo lugar. Pese a todo, buscamos la forma de consolidar las
relaciones familia-res. Se lucha también con la certeza de llegar con alguien
hasta la victoria, por crear o reconstruir tu núcleo familiar. Nuestra moral
busca hacer feliz al ser humano de manera duradera, aunque en mi caso quizá ya
no sea con el padre de mi hijo, pero sí con un revolucionario que avance
conmigo en este camino.
«Es mi alma la que
se desnuda ante mí y me dice que soy humana, plenamente mujer, natural,
integral, realista. Con ansieda-des. Vivo esta soledad acompañada, por ratos
añorando la caricia del amado. Pareciera extraño, me siento tranquila. No me
ator-mentan las cosas del amor. He sido feliz y basta, aunque me esté costando
mucho no tenerlo, aunque ya no sean el calor de nuestros cuerpos y la mirada de
esplendor los mejores signos de alegría. Siempre andará en mí, no importa el
tiempo, el lugar y la circuns-tancia, pues la huella es tan profunda y
necesaria como la sangre que transita por la vida».
10
Nuevamente el
silencio. «Siento la respiración de ellos. Recuerdo el interrogatorio de unos
días atrás cuando vinieron y me dijeron con certeza que yo era María Marta
Valladares y todas esas otras cosas que les dijo el Mario Zetino».24 ¿Cómo
empezó?
—¿Conocés a Mario
Zetino?
—No.
—¿Cómo no lo vas a
conocer? Él dice que vos participaste en el FUERSA25 en 1974 y 1975, que
te incorporaste al PRTC en 1976, que fuiste de la «Liga para la Liberación»,
que trabajaste entre los estudiantes y campesinos.
—Ese hombre miente,
no lo conozco.
—Nidia, él dice que
te conoce. ¿Recuerdas a «Pablo Renán»? El Mario Zetino, ¿no lo conocés? ¿En qué
año saliste de bachiller? ¿En qué colegio estudiaste, o en qué instituto? De
plano que estudiaste en la universidad. ¿Psicología? ¿Hasta qué año llegaste?
—¡No sé!
—No sé, no sé.
¿Cómo no vas a saber de tu vida? Es ilógico que no quieras responder cosas tan
elementales. ¿Quién te reclutó? ¿Qué tareas cumpliste al principio? ¿Por qué te
incorporaste a la subversión? ¿Qué te hizo dejar tu vida cómoda, María Marta
Valla-dares? ¿Cuántos años hace que te incorporaste a la subversión?
—No sé, no sé nada
y no voy a hablar nada.
Hubo un largo
silencio y les dije:
—Bueno, desde que
era una adolescente fui tomando concien-cia de la injusticia, de la
explotación; pero me limitaba a enseñar a
24 Perteneció
al PRTC y en 1980 renegó de su militancia. Posteriormente fue capturado por el
enemigo y entregó información.
25 Frente
Universitario Estudiantil Revolucionario Salvadoreño «Salvador Allende».
leer y escribir a
analfabetos. Me indignaba la situación de miseria del campesinado, pero no
tenía los instrumentos para acabar con todo esto…
—Hasta que te
volviste terrorista —me interrumpe uno.
—No, no. A los
trece años no comprendía políticamente nada. Luego, cuando tenía diecisiete
años, con el estudio universitario, poco a poco, fui comprendiendo el porqué de
la explotación y comencé por mí misma a buscar las herramientas para acabar con
la injusticia.
—¿Así que fue en la
universidad donde te hiciste terrorista? —No, no me hice nunca terrorista. Lo
que pasó es que con el
estudio de la
realidad más objetivamente, encontré la verdadera explicación de lo que había
visto y vivido.
—¿Usabas el manual
de alfabetización? ¿Este? —Me muestran un manual.
—No, con las
religiosas me inventaba un método que no tenía nada que ver con esto.
—Las buenas lenguas
dicen que estudiaste en «La Divina Pro-videncia», que ahí te lavaron el
cerebro. ¿Y luego?
—¡Nada! No pasó
nada. Ustedes dicen que ya tienen mi historia, que ese Mario Zetino se las
contó, ¿por qué me preguntan más?
No cabía duda,
ellos sabían sobre mí.
—Señora, ¿usted
cree que somos tontos? Somos gente que ha estudiado y se ha preparado para
investigaciones. Por eso necesi-tamos que nos cuente cómo comenzó su historia.
—Yo estudié en «La
Divina Providencia». Ahí salí de bachiller y luego entré, en 1970, a la
universidad. Estudié dos años áreas comunes y después Psicología. En 1979 me
casé con un peque ñoburgués y luego me divorcié porque no dio el salto a la
revolu-ción. Esa es mi historia. Así de simple.
Para ocultar la
verdadera participación del padre de mi hijo en la lucha, les mentí; él no era
un pequeñoburgués.
—Queremos saber
sobre tu participación en la lucha sub versiva.
—Ustedes saben
quién soy, dónde estaba. ¿Quieren constatarlo? De mi boca jamás saldrá nada. Me
vieron en La Palma, me hirie-ron en un frente de lucha, me capturaron allí.
¿Qué más quieren de mí?
—¿Qué
responsabilidades tenías? ¿Qué hacías? Queremos todo, todo. ¿Entendés?
Silencio. «Ya no
quiero ni saber que están allí. ¿Cuántas horas duró ese interrogatorio?
¿Cuántas está durando este? Cada jor-nada ininterrumpidamente es de ocho horas.
Son tres jornadas por día. Entran de dos en dos o de a cuatro, a manera de
relevo. A veces son seis y el capitán siempre está allí. ¿Acaso no duerme?».
—¡No te durmás!
Estamos trabajando.
El trato y la
técnica variaban. Estaban atreviéndose a contem-plar la posibilidad de
ablandarme, de doblegarme. La tortura psi-cológica es lo principal que estaban
utilizando conmigo, aunque también me aplicaron medidas para causarme más daños
físicos. Ya estaba mal y cada vez me sentía peor.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo querés que
esté?
—Vos debés estar
bien, te hemos tratado bien. Te tratamos mejor que a nadie. Te estamos tratando
mejor que a todos los que han estado alguna vez aquí. Te estamos tratando como
a una reina.
—Soy prisionera de
guerra.
—Sin embargo, te
has puesto difícil. Los demás han colaborado y vos no querés ayudar. Por
ejemplo, la Guadalupe Martínez hasta se llegó a enamorar de un guardia. ¿No
sabés que tuvo un hijo de un guardia? Después se puso a escribir paja en su
libro.
Ingenuamente acepté
la provocación y grité:
—¡Ustedes saben que
mienten, canallas!
—Y vos seguro que
también vas a escribir mierdas. No te querrás llevar de héroe. Fíjate: vos
decís que ni a Cuba has ido, mientras que los otros dirigentes andan dándose la
gran vida por todo el mundo. Mirá a Ungo,26 mirá a Zamora,27 felices
en buenos hoteles, haciendo viajes a Moscú, a La Habana y vos aquí. ¿Te vas a
sacrificar por ellos? ¡No jodás! Ellos no van a poder hacer nada para sacarte
de aquí. Para salir de aquí, solo vos misma te podés ayudar. Depende lo
inteligente que seás.
La sangre se me
subió a la cabeza de un solo golpe, la adrena-lina se me alteró. Pensé que si a
mí se atrevían a decirme todo eso, qué no les dirían a los compitas.
—¿Así que si yo me
convierto en traidora, soy inteligente? —Mira, Mayo, el de la comisión política
de las FPL,28 aquí
se hizo responsable
de haber dirigido la masacre de Quebrada Seca.29 Ustedes son despiadados
con nosotros. Imagínate toda esa matanza.
—¡Eso es falso!
Ustedes tienen débil la moral y necesitan esti-mularse, darse ánimos y entonces
falsean la verdad. La verdad de la Quebrada Seca es que su tropa se venía
entregando y huía en desbandada.
—Y ustedes los
mataron —me interrumpió uno de ellos. —No. Ustedes, para enseñarles que no se
debían rendir, masa-
craron y
descuartizaron a sus propios soldados caídos en combate. ¡No los respetaron!
Ustedes les dicen que si se rinden, nosotros los vamos a matar. Pero a todos
los que hemos hecho prisioneros,
26 Dr.
Guillermo Ungo: secretario general del Movimiento Nacional Revo-lucionario
(MNR) y presidente del Frente Democrático Revolucionario (FDR).
27 Lic.
Rubén Zamora: secretario general del Movimiento Popular Social-cristiano (MPSC)
y vicepresidente del FDR.
28 Fuerzas
Populares de Liberación.
29 Puente
en el kilómetro 82 de la carretera Panamericana.
soldados y
oficiales, los hemos liberado, los hemos entregado a la Cruz Roja
Internacional. ¡Qué diferente a lo que ustedes hacen! Ahí está el caso de
Janeth Samour. A los únicos que no hemos entre-gado es a los que
voluntariamente se han quedado con nosotros.
Y así transcurrían
las horas, preguntando por un montón de nombres de militantes o dirigentes del
FMLN, que si los conocía, que qué hacían, que dónde estaban. Desacreditaban a
los dirigen-tes pretendiendo manipular mi manera de pensar. Trataban de destruir
el ejemplo de los compañeros, tanto de los caídos como de los que habían estado
presos anteriormente y que habían logrado salir porque el FMLN había realizado
acciones heroicas para liberarlos. Querían manchar su ejemplo. Conocíamos a
estos compañeros, su temple, su valor y su consecuencia revolucionaria. Jamás
podrán empañar sus imágenes. Los respetamos y se han ganado su papel y su
responsabilidad. A Ana Guadalupe Martí-nez, a Mayo, a Marcos, a Galia, a
Facundo.30 Las organizaciones revolucionarias no iban a sacar de la cárcel
a los traidores.
Todo eso que se
dice es pura propaganda, lo mismo que se dice de la Quebrada Seca y otros
hechos vandálicos que nos atribuyen. Tienen que infundir terror, inseguridad,
dudas. La guerra psico-lógica estaba dirigida a alterar lo emocional de las
personas, no lo racional. Trataba de generar un reflejo de rechazo, basado en
la calumnia y en la tergiversación de la verdad. En el caso de los sol-dados,
para tratar de impedir que se rindieran en los combates. En el caso de los
presos, para que dudaran de la perspectiva de victo-ria y de la consecuencia de
otros y llegaran a traicionar, y en el caso de la población civil, para
intentar restarle apoyo al FMLN-FDR.
—¡Pum! —un
interrogador rompe repentinamente mi priva cidad.
30 Facundo
Guardado: miembro de la dirección de las FPL, participó en los diálogos de La
Palma y Ayagualo y recibió a los presos liberados el 24 de octubre de 1985.
Cada vez que lo
hacían, se me crispaban los nervios, pero no lo dejaba entrever. Uno de ellos
conectó una sierra y la pasó a mi alre-dedor, muy cerca. Una vez, dos veces,
tres veces. Estaban tratando de infundirme miedo, de desequilibrarme, de romper
mis nervios.
11
Quizá era el
mediodía del 25 cuando me llevaron a la celda, me quitaron la venda y me
tiraron sobre la colchoneta. Miles de pen-samientos vinieron a mi mente; la
claridad me molestaba. «¿Por qué me han traído?» La respuesta fue un apretón de
manos:
—Soy el Mayor
Avilés, del COPREFA.31 —¡Váyase! No quiero nada con ustedes. —Vengo de
Teleprensa, vengo a entrevistarla. —¡Váyase!
Me coloqué una
toalla sobre mi cara y me volteé hacia la pared.
—¡Sos una gran
malcriada!
Dio la vuelta y se
fue.
Solo hasta este día
me dejaron descansar cuatro horas, pero sin dormir. No cabía duda de que estaba
débil. Casi no comía, y ahora hacía más de veinticuatro horas que no probaba
bocado. No podía ordenar mis ideas. Tenía fatiga, rabia y pena. Era una mezcla
de sentimientos.
Con fe lo posible
soñar,
combatir sin temor,
soportar el dolor,
amar la belleza sin
par,
31 Comité
de Prensa de las Fuerzas Armadas.
y dispuesto al
infierno afrontar,
si lo indica el
deber.
Yo sé bien que si
logro ser fiel
a mi ideal estaré
siempre
en paz de mi vida
al final
si hubo quienes
soportaron
hasta el final
por ser siempre
fieles a su ideal.
—Oíla cómo canta.
¡Cállate!
—¡Déjala! —dice
otro.
Sentada. Cada vez
me iba sintiendo peor. Pero no quería mos trarlo.
—¿Qué trabajo
tienen en Berlín? ¿En Las Salineras? ¿Cómo están estructurados los comandos
«Mardoqueo Cruz»? ¿Por qué los comandos la traen contra la Policía? ¿Quién les
pasa la infor-mación a los comandos? ¿Dónde está Roberto Roca?32 ¿Cuándo
se reúne la comandancia central?
Sabían que no iba a
responderles, que les diría que no sabía, ¿por qué insistían?
Conversé con uno de
nuestros muertos: «La verdad es que no saben, esperan que te quebrés en
cualquier momento o que te murás, enloquezcás, que barajustés, que salgás
gritando. Esperan que te desmoronés de alguna forma. Son ellos los que se vuel
ven locos, y cuando no pueden fortalecer su moral, cuando no te ven débil,
cuando ven tu ejemplo, no pueden más y te matan, te les morís en las torturas o
te lanzan a las carreteras o a El Playón33
32 Secretario
general del PRTC y miembro de la comandancia general.
33 Lugar
árido en la costa del Pacífico, en el departamento de Usulután, donde con
frecuencia las fuerzas gubernamentales abandonan cadáve-res de capturados.
y al
Lempa.34 Se imaginan el horror pintado en los rostros humil-des cuando los
cuerpos son descubiertos. Pero todo eso solo se convierte en ejemplo de
fortaleza, de consecuencia, de un mensaje nuestro. El que les hemos dado. Saben
que antes de traicionarlos, nos morimos».
—Y ¿a vos te pasó
eso?
—Sí, claro.
—Esta mujer está
loca. ¡Nidia! No te durmás —interrumpen mi diálogo imaginario.
—Estoy despierta.
—¡Estás soñando!
Aquí no has venido a dormir. Pero mirá, te vamos a dejar dormir si colaborás.
—¡No!
La trompeta, la
diana, el trote. Amaneció nuevamente. Los ruidos. Arrastraban sillas en la
segunda planta de la sección de interrogatorios. Mucho tiempo después supe que
ahí tenían tam-bién a Felipe Fiallos.35 Y en la tercera planta tenían al
ya traidor Miguel Castellanos. Ya lo habían doblegado y yo ni siquiera me lo
imaginaba.
Solo esos ruidos me
indicaban cuándo comenzaba el día o cuando comenzaba la noche. Aquí había
perdido la noción del tiempo. Con esta venda no sabía si era de día o de noche.
No sabía ni en qué día estaba. «Quizá hoy sea ya el 26 de abril. Si es así, se
lo dedico al cumpleaños de mi hermano Rafael y al del coman-dante Camilo
Turcios,36 y me da satisfacción de que tengan la oportunidad de vivir».
34 El
río más grande e importante de El Salvador, corre de norte a sur.
35 Felipe
Fiallos: miembro de dirección de las FPL, capturado en abril de 1985 y liberado
posteriormente en el canje de Inés Duarte.
36 Camilo
Turcios: comandante del PRTC y miembro de su comisión política.
Mi hermano nació
sano, pero en un descuido, cuando tenía año y medio, sufrió una caída y se
lesionó gravemente la región temporal izquierda. Por ello fue víctima de
retraso mental y se le desarrolló un cuadro de psicosis esquizofrénica. A los
once años tuvo su primer ingreso al hospital psiquiátrico. Durante los
prime-ros años no tuvimos el dinero necesario para darle el tratamiento que
requería; pero poco a poco, con los esfuerzos de mi madre, se le fue dando una
asistencia adecuada. Los diferentes tratamien-tos, las drogas, electroshocks,
lo aliviaban temporalmente. Pese a su retraso estudió hasta cuarto grado. En
edad, él me llevaba un año; por eso quizá hicimos y celebramos juntos muchas
cosas. Nos quisimos mucho. Decía que yo era la hermana a quien más quería,
porque aun en la lucha, dentro de mis posibilidades, lo atendía y estaba
siempre pendiente de él. Para mí él era casi como un hijo. Además de los
problemas que se vivían en el hogar, hubo otros que agravaron su situación. En
1973 le practicaron una lobotomía y disminuyó su agresividad. En el período pre
y postoperatorio fui como su enfermera. Así ha pasado su vida:37 períodos
ingre-sado en el psiquiátrico, períodos en la casa.
Hermano,
querido hermano.
Tú y tus treinta y
cuatro años
tú y tu niñez
tú y tu
adolescencia
juventud y tu
madurez
sumido en la locura
del tiempo
atrapado en la
psicosis
enredado en la
esquizofrenia.
37 Mi
hermano murió de un síncope cardiaco el 1ro. de octubre de 1986, mientras se
encontraba lejos de mi madre.
Tú, tan puro y
dulce
tan agresivo y
callado.
Niño hombre.
Mi madre junto a ti
treinta y cuatro
años.
Hoy lejos de ti
y junto a ti tu
padre,
nuestro padre
luego de diecisiete
años.
Hubiera querido que
mi hermano no tuviera ese problema men-tal. Quisiera que fuera un gran
combatiente, como Camilo, o sim-plemente un ser normal. Pero la realidad era
otra. A los dos los quiero muchísimo.
Pararon el
interrogatorio. Me agarraron los dedos y me los llenaron de líquido. Luego me
obligaron a poner las huellas en varios papeles; me resistí y uno de ellos me
levantó la venda un poquito para que viera. Eran unas tarjetas para fichar las
huellas digitales.
Numerosas preguntas
iban surgiendo. Ya no lo soportaba. El interrogatorio estaba demasiado intenso:
—¿Quiénes son los
que dirigen el trabajo metropolitano? —¿Cómo es la estructura del FMLN?
—pregunta otro—. ¿Cuán-
tos combatientes
tienen ustedes? ¿Quién te va a sustituir, Nidia? ¿De dónde viene el dinero del
FMLN? ¿Qué es CIAS, DAD-PAZ? ¿Qué es Z-O, Z-3, Z-5? ¿Cuándo hay reunión de
AMES? ¿Cuál es la estructura del PRTC? ¿Quién es el responsable logístico?
¿Verdad que es José Juan? ¿Qué es «tenaza», «martillo», «barra»?
Una pregunta tras
otra, sucesivas, a la par, precipitadamente o con pausas, repetitivas. Me
llevaron en la silla, atravesé pasillos, puertas.
—¡Tomá! ¡Mirá cómo
estás de greñuda, peinate!
—¡No me interesa!
¿Para qué?
12
En el casino de la
oficialidad me quitaron la venda. Estaba frente a las cámaras. Era la prensa
nacional. Mi estado y la sorpresa no me dejaron concentrarme bien:
…Fui capturada… en
una operación tipo comando realizada por tropas de la Fuerza Aérea, jefeadas
por un asesor nortea mericano, quien me capturó… Caí herida con un balazo en
el omóplato, uno en el brazo, uno en el tobillo y, junto a varias esquirlas,
otro en la pierna, así como una quemada en el brazo. Soy prisionera de guerra.
El interrogatorio ha sido duro, noches de desvelo, días y noches sin dormir. No
han respetado mis condiciones de salud provocadas por las heridas y la tensión.
A pesar de las recomendaciones médicas de reposo, los interro-gatorios no
cesan. El día de mi captura estaba de verde olivo, con mi sombrero y mi equipo
militar, así como me vieron en La Palma. Hoy estoy aquí con mis heridas, vendas
y este camisón. Pero me ven siempre con la cara levantada al sol. Yo puedo
quedarme aquí, a saber con cuántos años de cárcel o me fusi-larán. Tengo
catorce años de luchar por mi pueblo, así que me pueden matar, no tengo miedo a
morir. Me pueden mandar a matar, a fusilar; pero esta historia, la de los
pueblos, la escriben los pueblos con sangre y fuego. Me pueden cortar la
lengua, despellejar; pero traicionar a mi pueblo, ¡jamás! Hoy comienzo una
nueva etapa de mi vida, pero como revolucionaria, allí donde esté y como esté
nadie cambiará mis ideales, porque los ideales se traen en la sangre y,
mientras existan las causas que originaron nuestra lucha, existirán causas para
alcanzar la liberación…
Todos los
periodistas tomaban nota. Sus rostros estaban tensos. Estaban temerosos. El
COPREFA, desde que anunció mi captura,
les prometió que yo
daría declaraciones, pero ahora yo decía otras cosas:
…Ellos no quieren
que haya revolución, ellos quieren que haya guerra, que llegue la paz… pero la
paz de los cementerios y de las cárceles clandestinas, del hambre, de la
injusticia. Estoy convencida de que para que haya paz, hay que luchar. Hoy es
tiempo de luchar por lo que algún día lograremos. Como dijera una vez el
comandante Facundo Guardado «una paz con jus-ticia; pero la paz no se implora,
se conquista». El FMLN-FDR somos gente sensata, no somos militaristas y lo
hemos demos-trado en La Palma. Sin nuestros equipos militares nos sentamos a
platicar de frente, tal como nos lo pidió la comandancia gene-ral del FMLN. Y
si me lo volvieran a pedir para tratar asuntos que pongan fin al conflicto, lo
continuaría. Sigo creyendo en una solución política al conflicto, no en una
solución militar como pretende el Gobierno y los de la administración Reagan.
Por eso propusimos el 21 de abril como fecha para dialogar en Morazán; de igual
forma propusimos sentarnos a la mesa en la primera ronda de diálogo y ahora soy
prisionera de guerra, y la guerra continúa, porque nuestros ideales siguen.
Exista o no exista Nidia Díaz el pueblo va a triunfar. La lucha conti-nuará,
porque las causas que la originaron allí están, aún per-sisten: miseria,
hambre, explotación, irrespeto a los derechos humanos. Pero creo que la salida
política es una salida sensata y patriótica. La prolongación de la guerra no
nos interesa, pero tampoco estamos dispuestos a deponer las armas sin solución
global y real…38
«¡Al fin! He
comenzado a denunciar y decir ante la prensa gran parte de las cosas que
quería. ¡Qué desahogo!».
38 Estas
declaraciones aparecieron en el boletín de una organización de mujeres de El
Salvador.
Los oficiales
suspendieron el encuentro, retiraron a todos los periodistas. Quizá eran unos
treinta. Al salir, sus miradas aún me buscaban, queriéndome consolar. Hubo un
momento en que interrumpí mi declaración y les dije que realmente me sentía
mal. «¿Y ese periodista a quien se le salieron las lágrimas, quién sería?».
Esa misma noche el
pueblo escuchaba algunos de mis argu-mentos por una que otra emisora o veía mi
imagen por la televi-sión o en los periódicos. Mi madre, al ver mi foto, donde
yo estaba sentada con la mirada hacia arriba, con una tristeza muy honda, y sobre
todo al leer los comentarios de los periódicos, que decían que yo parecía estar
loca, se enfermó y la hospitalizaron. ¡Pobre! No sabía que yo estaba más cuerda
que nunca.
«Otra vez la venda.
Me pica la cabeza, me comienza a subir y a bajar la picazón. ¡Son piojos! ¡No
puede ser! Sí, Nidia, ellos quizá te los han puesto para hacerte la vida más
imposible o se te han pasado con las vendas o el peine. Es lo mismo, vienen de ellos».
Por la mañanita me
llevaron a la celda 20. Fue una noche terri-ble. Casi me pegaron, ojalá lo
hubieran hecho. Los hubiera escu-pido. Por momentos me provocaron a hacerlo.
«¡Como se enojó ese interrogador cuando le dije que era un ignorante, que no
sabía ni cómo había nacido! Es que es tan difícil discutir con ellos. ¿Es que
no lograrán entender nunca el porqué de nuestra lucha?
»Dicen que de tanto
se me ha tupido la mente. Realmente me dan lástima: en su mayoría son de origen
humilde y se han ven-dido por dinero. Ahora se han comprometido tanto que ya no
pue-den dar marcha atrás. Han asesinado, torturado, han aplicado un genocidio
abierto, saben que el rigor de la justicia popular caerá sobre ellos. Su miedo
los hace actuar cada vez con más saña, con más veneno».
El detective y el
interrogador estaban ahí, frente a la colcho-neta, observándome. Llegaron dos
mujeres de la Comisión de
Derechos Humanos
Gubernamental. Prometieron traerme ropa, «aunque sea de ellas». Se mostraron
amables y consternadas.
Hoy me bañaron dos
enfermeras y me pusieron la ropa que me habían traído. El baño me relajó y comí
un poco. Llegó nueva-mente la Cruz Roja Internacional (CICR). Les di
indicaciones de cómo controlar a mi madre y decirle que estoy bien.
Nuevamente las
preguntas del interrogador, esta vez más difí-cil, pues el baño y la colchoneta
me llevaron a cerrar los ojos, a querer dormir. Pero ellos, como siempre, no me
lo permitieron.
13
«Ya no hablo, no
tengo ganas; pero ellos preguntan una serie de cosas simples: “que si me gusta
la música, qué tipo de comida…” y cosas por el estilo.»
Esta era la tercera
fase del interrogatorio, donde se produjo una intensa discusión en torno a los
problemas sociales. Parecía que pretendían conocer algo más de mi personalidad.
Fue increíble.
Hablamos de todo, de estructuras socioeconómi-cas, de alcoholismo, de
mendicidad, de prostitución. Parecía que su objetivo era agotarme, no dejarme
dormir.
Siempre con los
interrogadores a la par. La discusión parecía de locos, algo incomprensible en
esta situación. Yo les decía que cuando triunfáramos, íbamos a dar pasos para
acabar con la pros-titución, que las mujeres ya no se iban a ver obligadas a
vender su cuerpo. Uno de los tipos me respondió:
—¡Ah, no! Si no
existieran las putas, no podríamos resolver algunos problemas; a cada rato
dejaríamos preñadas a las mucha-chas que no quieren acostarse con uno sin tener
un compromiso. Y eso es un buen negocio. Yo era dueño de una casa de citas, por
cada puta pagaban cuarenta colones y yo me quedaba con un
porcentaje. Ya no
me gusta ese negocio y por eso me he metido en el de taxis, saco mejor
ganancia. No me mirés así. Aquí todos tie-nen negocios. ¿Qué creés? Las
necesidades crecen y hay que ase-gurar el futuro, mamaíta. A eso hemos llegado
ahora.
—Por eso estamos
como estamos. ¡Usted me repugna! —le digo. Sentía hastío, asco de todo lo que
me rodeaba. Tener que soportarlos, sin poder obligarlos a que se fueran. «¡Que
un rayo los parta!». Estaban pretendiendo agotarme al máximo, seguían hablando,
parecía que era conmigo. Yo no quería escuchar. «Pienso
en los compas, en
la lucha, en mi hijo, en todo».
Mis pensamientos se
detuvieron en aquella mañana en el norte de San Miguel. Después de haber
desayunado junto a los compas, me encontraba en mi choza respondiendo unos
mensa-jes y oyendo noticias. El estampido de un cañón me sobresaltó. Sin soltar
la taza de café que recién había comenzado a tomar, salí apresuradamente para
tratar de ubicar de dónde y hacia dónde venía el cañoneo. No había logrado
ubicar aún de dónde dispa-raban, cuando el silbido de un proyectil me hizo
tirarme al suelo instintivamente, y derramé el café. Pude llegar hasta la
trinchera. Luego oí más lejano el cañoneo. A los pocos instantes me comuni-can
por radio que un proyectil de 105 milímetros había dañado la
champa39 donde teníamos las medicinas.
Quise saber cómo
estaba todo, conocer más de cerca; les dije que trataría de llegar. Caminé
treinta minutos. Ya los compas habían separado la medicina dañada, como un 20%.
El proyec-til había caído en la parte trasera, fuera de la champa. En otra
champa había unos cinco compas en hamacas, dos de ellos con paludismo, un
lisiado y dos heridos.
—Están calientes
los hijos de puta, va —les dije—. Es por la emboscada y las trece bajas que les
hicimos hace unas diez horas
39 Champa:
choza.
en la carretera
Panamericana, a la altura de Estanzuelas. Creo que las piezas de artillería
están en «La Cancha».
Permanecí allí como
una hora. Algunos de ellos me contaron anécdotas de sus vidas. Cuando ya me
despedía, uno de ellos, creo que se llamaba Raúl, me dijo:
—Comandante, ¿por
qué no nos consigue unas cuerdas de gui-tarra? Fíjese que anoche se nos reventó
una y hemos compuesto una canción…
—Viera qué linda,
es que está enamorado —lo interrumpe el compa lisiado.
A los pocos días
los volví a ver en una fiesta. Mi memoria aún retiene sus rostros sonrientes.
«La mente es un remolino».
Siento una mano
alrededor de mi garganta; lentamente iba tocando, apretaba, no me inmuté.
Volvió a apretar. Contuve la res-piración como esperando más. Me soltó. Reinaba
el silencio. Pude sentir su respiración.
—¡Estabas dormida!
—grita el interrogador, al momento que golpea la mesa.
—¡No me grite! —le
grito yo también.
—¿Ah, sí? Pues aquí
mandamos nosotros y nos vas a aguantar, ¿oíste?
—Dio resultado lo
que dije —dice uno de ellos—. Aquí te han mandado más papeles, Nidia. Son
tuyos.
Oí que revisaba y
dijo con jactancia; dirigiéndose a mí:
—¡Somos efectivos!
¿No lo creés vos ahora?
Trataban de
confundirme, de hacerme sentir culpable, de ablandarme. Era ridículo que
pensaran que yo tuviera esa canti-dad de papeles. Todo era un recurso para
presionarme.
14
Me llevaron al
casino. Nuevamente estaba ante las cámaras. Unos señores se identificaron como
periodistas de una agencia de prensa europea. Dijeron que por la mañana habían
estado con Miguel Castellanos.
—¿Con Miguel?
—Sí, con Miguel.
¿Lo conocés?
—No, no lo conozco.
—Ni yo tampoco
—dice un periodista.
¿Cómo se
encontraron estos periodistas con Miguel, hasta ese momento, para mí, un
compañero de lucha? Me quedé con la incógnita. Me hicieron alrededor de siete
preguntas. Eran dirigi-das y progobiernistas. Las respondí todas con mucha
seguridad y desenvoltura. No les di espacio para la maniobra.
—¿Por qué se dan
las deserciones en el FMLN? —me pregunta uno de ellos.
Lo miré fijamente y
le dije:
—Todo es show propagandístico
para confundir al pueblo, la opinión pública; es parte de la guerra
psicológica.
—Comandante Nidia,
¿por qué el FMLN no respeta los derechos humanos?
—Pues si cumplir
con los convenios de Ginebra y sus protoco-los adicionales para usted es no
respetar los derechos humanos, estamos viendo el mundo al revés. El FMLN en
muchas oportuni-dades ha demostrado respetar a los prisioneros de guerra que
han sido apresados en combate, de frente. Los hemos entregado a la Iglesia como
muestra de humanización del conflicto. Hemos dado atención médica oportuna, de
acuerdo con nuestras posibilidades, a los heridos.
Luego me preguntó:
—¿Cómo te tratan?
—Como le conviene
al régimen.
—¿Te tratan bien o
mal?
—Ya le dije, que
como le conviene al régimen.
Tenía poca
experiencia en entrevistas. En la cárcel las entre-vistas me parecieron
tendenciosas y progobiernistas, al menos algunas. Las preguntas de algunos
periodistas, que en ocasio-nes llegaban a acosarme, no eran imparciales y me
obligaban a entablar una discusión. ¿Por qué las acepté en estas condiciones de
cautiverio? Solo había un motivo para hacerlo: contribuir a que las opiniones
reales y objetivas llegaran a los pueblos. Temía que hicieran tergiversaciones
o que usaran mis declaraciones para otros fines. Siempre era un riesgo. También
era un aprendizaje que a cualquiera podía costarle caro.
Recuerdo que en
1983, en el norte de San Miguel, me hicieron mi primera entrevista. Fue un
reportero extranjero y yo era clan-destina. Él no tenía mayores datos sobre mí
y era progresista. Yo siempre calzaba los partes de guerra del frente urbano
con nom-bres de hombres; no quería que se detectara que uno de sus prin-cipales
jefes era una mujer.
Me habían hecho
otro tipo de entrevistas en La Palma, para lo del diálogo del 15 de octubre de
1984. Respondimos pregun-tas en la conferencia de prensa que dimos después del
encuentro y luego, siempre en ese marco, bilateralmente, di algunas
entre-vistas. Ese día los periodistas atravesaron muchas dificultades para
llegar desde La Palma a Miramundo, a diez kilómetros de La Palma. Llegaron
empapados por la lluvia, tiritando de frío y ago-tados por el esfuerzo.
Tuvieron que calentar sus cuerpos alrededor de una fogata. Algunos periodistas
intentaron desesperadamente introducir micrófonos y cámaras en la iglesia de La
Palma. Aquí en la cárcel di dos declaraciones, pero los periodistas no me
pre-guntaron nada.
«Y ahora esta
entrevista y quizá haya más.40 No sé qué pensará el FMLN y la comandancia
general, nuestra comandancia. No sé si voy a contribuir o a perjudicar. Nunca
es como estar fuera y pre-pararse para la entrevista, tener una visión global y
actualizada de lo que está sucediendo. Bueno, al menos eso pienso yo. Después
de lo de La Palma, ahora, debo asumir públicamente lo que venga. A mí que nunca
me gustó ni busqué ser mencionada, ahora tengo gran publicidad y el deber de
difundir la verdad sobre nuestra lucha. Siempre quedo con una insatisfacción
profunda al concluir las entrevistas, pienso que pudo ser mejor».
Estaba en la celda,
sin venda, y frente a mí había dos detec-tives. La celda estaba húmeda, pero
podía sentir el calor del sol de mediodía. Mi celda estaba pegada a la de donde
hacían los interrogatorios. En el resto de las celdas, que estaban a
continua-ción de esta, ¿quiénes estarían? Todo era tan silencioso que creía que
estaba a la sombra de los compas.
—¿Cómo te sentís?
—pregunta un detective.
—Tranquila.
—Aquí hay que poner
de su parte para que todo salga bien.
—Aquí me comporto
como debo para que todo salga bien.
Podía verles la
cara. Era gente joven, vestida de civil, a la moda. Al verlos en la calle nadie
hubiera podido creer que eran parte de esto. Antes los detectives se
distinguían a la legua, rápido; ahora los han entrenado y los preparan para ser
más efectivos. «Yo los reconocería por su mirada, por su sudor, por su
respiración, por su tacto, por su voz. ¿Cuántos he visto ya? ¿Cuántos tendré
que
40 En
la cárcel di seis entrevistas: dos entrevistas a la CBS, una a Venevi-sión
(canal de televisión de Venezuela), una a la agencia llamada Central Latina de
Prensa, otra a la Pranss (europea) y una a la Agencia de Noti-cias de
Guatemala.
seguir viendo?
Muchos, de todos los portes: altos y bajos, blancos y morenos, delgados y
gordos, vestidos de civil y de uniforme».
El tema me hizo
pensar en los compas, me los imagino. ¿Por qué se organizan? Creo que hay
muchas razones.
15
Con la cabeza
agachada y la picazón de los piojos, en la oscuridad blanca que la venda abría
ante mis ojos, sentía que los minutos eran siglos interminables.
—Nidia, te vamos a
invitar a ver televisión. Mirá qué bien te tratamos, que hasta te vamos a
distraer —dice un oficial.
Me quitaron la
venda y ante mí apareció un televisor. Se infor-maba sobre la integración de la
Asamblea Legislativa. Luego apareció Miguel Castellanos, rodeado de periodistas
y el vicemi-nistro de Información, Gerardo Chevallier. Lo presentaron como el guerrillero
arrepentido. Se había entregado. Se iba a integrar al proceso «democrático»
porque en el país ya había cambios, por-que la guerrilla ya no tenía razón de
ser.
«Pero, ¿cómo es
posible? ¿descomposición política, pérdida de perspectivas? ¡Traición!». Al
momento de su captura, el 11 de abril de 1985, en Olocuilta, departamento de La
Paz, Napoleón Romero, que era su nombre real, ya mostraba debilidades:
comodismo, mezquindad, egoísmo, falta de espíritu fraterno. Manifestacio-nes de
individualismo se habían acentuado en él: no se adaptaba a la vida colectiva y
había comenzado a anteponer su seguridad personal a la lucha frontal y ofensiva
contra el enemigo. Se apre-ciaba en su conducta un afán por alcanzar
notoriedad. Ya se mos-traba distante, frío, en la relación con los compas. Su
vida era una apariencia. Sus últimas apreciaciones políticas reflejaban una
pér-dida de confianza en la victoria de nuestro pueblo. Ya las Fuerzas
Populares de
Liberación (FPL) lo habían notado y comenzaban a tomar las medidas pertinentes
para ayudarle a superar sus limita-ciones y deficiencias políticas.
—¿Qué te pareció?
—¡Qué es una
mierda! ¡Tráiganme limón!
—¿Para qué?
—Voy a vomitar.
Ustedes son unos canallas.
—¿Así que es una
mierda? Él es un hombre inteligente. Vale mucho más que vos. Ese sí piensa con
la cabeza, es racional, es lógico y buen político.
—¡No, ese es una
mierda!
—¿No lo querés ver?
Lo vamos a traer —me dicen con tono sarcástico.
—¡No, no lo
soportaría! Y si lo traen, le voy a decir a la Cruz Roja que me han torturado
de la peor forma.
—Pues, te lo vamos
a traer.
—Si lo traen, lo
voy a matar y no quiero que ustedes tengan otro motivo para continuar con la
maniobra en mi contra.
Pensaba que si me
lo ponían enfrente, yo le daría una patada en los testículos, buscaría la forma
para sentar un precedente en ese cubículo.
—Nidia, ¿estás
loca? Es un hombre inteligente, entendé, tiene más coco. Vos sos tonta.
—¡Mentira! Él es un
arribista. Su ansia de poder y el resenti-miento lo han llevado a vivir a
cualquier precio. Era mejor morir con dignidad que vivir como él vive y vivirá
para siempre. Sí, va a vivir, pero no con honor y gloria, sino asqueado, como
el cobarde, como el gusano, peor que ustedes.
Ellos no me
llevarían a Miguel, no les convenía: tenían miedo de que se les quebrara, de
que su obra se les desmoronara.
«La cara de Luis
Díaz se me viene encima; la mano de Janeth, tan blanca y menuda, me toca. La
mirada y el valor de todos los
seres queridos
desaparecidos están ahí, junto a mí, en este cubículo. Ahora los esbirros no
existen, solo los compas y esta pesadilla. Miguel, ¿no te importó la sangre y
valentía de quien te organizó? ¿No te importó la firmeza y la piel torturada de
quien te amó, ni el sacrificio abnegado de quien te hizo nacer? A Luis sí le
impor-taron los que junto a ti forjamos y construimos los cimientos de la
organización y la lucha, los que a lo largo de esta guerra hemos derramado
sangre.
»¿Y la sangre
derramada y el dolor de miles de trabajadores? Los que desde siglos atrás, y
siempre que hay explotación, fue-ron, son y serán oprimidos. ¿No te dolió su
dolor? Te derrotaste sin ganar o por lo menos pelear la última batalla y salir
victorioso dignamente. ¿Pretendes destruir lo irreversible, lo indestructible?
¿No confiaste en la capacidad inmensa y creadora de nuestro pue-blo? ¿No te
importó nacer, amar y luchar? Debiste morir cuando debías, si amabas la vida
digna… Tu traición fue una puñalada al corazón, a tu pueblo, a la revolución.
Pero a pesar de gente como vos, nuestro pueblo avanza y crea su propio destino.
¡A pesar de ti!».
—¡Nidia! ¿Estás
despierta?
—¡Sí! Estoy
despierta.
—¿No ves que Miguel
es de la comisión política de las FPL? Ha sido jefe de la metro,41 tiene
muchos años más de trayectoria que vos, y vos, según Mario Zetino, desde 1977
estás incorporada, sos del PRTC. Él vale más que vos.
—¡No importa el
tiempo ni el cargo! O de qué organización es, si es mujer u hombre, o la edad
que se tenga. Solo es este momento, el que nos estamos jugando. Es la dignidad.
41 Metro:
ciudad capital.
«¿No te importó
Clara Elizabeth,42 Gloria Palacios, Sonia,43 Ana
María,44 Felipe, Juan Chacón,45 Polín?46 A mí sí me importa-ron,
importan en este momento, en el que estamos los dos en las garras enemigas, en
las pruebas de fuego de los juegos verdade-ros. A Luis, a Margarita
Peña,47 a Felipe Ramos, a Iveth Castro48 y a muchos más, nos han
importado ellos, todos, estos, nosotros y los que vienen, y por eso vivo y
viviremos siempre. Viviremos en la memoria de esta historia popular, en la
sangre y valentía, en el sonido de las campanas libertartas. Viviremos, pero
dignamente».
—¡Nidia! —grita
uno, en el momento en que se repetía un golpe fuerte sobre la mesa.
—¿Qué quiere?
—Miguel es
inteligente. Fíjate: él ha reconocido el fracaso del FMLN, ha reconocido que ya
no tienen perspectivas en la guerra, ha reconocido que estamos en el camino de
la democracia, y vos, aferrada a las ideas del totalitarismo, aferrada a las
ideas del comunismo. ¡No te toqués la venda! ¿Querés mirarnos?
—¡No, no los quiero
ver!
«El rostro de
Miguel me golpea la cara. Es vértigo lo que siento. Perdiste el hilo conductor
de la historia, detuviste el motor
42 Fundadora
de las FPL, miembro de la dirección, muerta en combate en Santa Tecla el 11 de
octubre de 1976.
43 Claudina
Calderón: dirigente estudiantil, miembro de las FPL, desapa-recida en 1983.
44 Mélida
Anaya Montes, segunda responsable de las FPL, asesinada el 11 de abril de 1983.
Fue destacada dirigente de masas.
45 Dirigente
de las FPL, miembro de la dirección del FDR, asesinado el 27 de noviembre de
1980.
46 Dirigente
campesino de la Unión de Trabajadores Salvadoreños y del Bloque Popular
Revolucionario, asesinado.
47 Miembro
de la Dirección de las FPL, hermana del comandante Felipe Peña Mendoza.
48 Gladis
Meardi, cuadro del PRTC, capturada en una parada de buses y desaparecida en
1981.
del proceso, se
nubló tu visión, todo fue oscuro y tu olfato solo percibió la mierda. Paraste
el tiempo y rompiste el espacio en el vacío. Para ti, el movimiento se volvió
estático y vino tu traición… delataste. ¿Es que no comprendiste que el tiempo
está a nuestro favor? ¿Y ahora?»
—¡Despertá! —otro
grito de uno de ellos.
—¡Qué mierda! Y
ahora él es un perro al servicio de Reagan. Se le enrolla a Duarte como un
reptil, a él, que ha causado más daño a la patria, el más traidor. ¡Él es una
mierda, igual que ustedes! —¡Señora! —se espanta uno—. Usted no está en sus
cabales.
Incluso, después,
hasta el doctor Bottari me dijo sobre Miguel: «Ese no llega ni a revoltoso…»,
con el desprecio que usa un ene-migo cuando ve a su adversario débil. Él no
conoció ni conoce el abecé de la fuente de la vida, la fortaleza y confianza en
el futuro, la fuerza de luchar por lo que se cree verdaderamente, la firmeza de
las convicciones cuando llega el momento de la prueba, cuando la muerte nos va
a sorprender y nos avisa que llega. Aprieto mi frente con la mano izquierda.
Quiero dejar de pensar…
¡Gracias a la vida
que me ha dado
tanto,
me ha dado la dicha
y me ha dado el
llanto,
con ellos distingo
dichas de
quebrantos,
los dos manantiales
que forman mi
canto,
y el canto de
ustedes
que es mi propio
canto!
—¡Calláte! Estamos
trabajando, no en fiesta.
—¡Shsss…! A callar
gallinas, al corral —les respondo airada.
16
«¿Cuántas horas han
pasado? No lo sé. Ellos han estado pre-guntando por todos los nombres posibles.
¿Dónde está Salvador Guerra? ¿Conocés Chalatenango, Morazán, el norte de San
Miguel, Usulután, Guazapa? ¿Conocés a Joaquín Villalobos?49 ¿Lucio? Zamora,
¿dónde está? ¿Mario González? ¿Fernando Gallardo? ¿Roberto Roca? ¿Schafik
Hándal?50 ¿Facundo, Fermán?51 Tantos nombres y sus rostros y ejemplos
en mi mente».
Creo que hoy es 30
de abril, cumpleaños de mi padre. Pobre viejo mío, siempre deseé que fuera
mejor. A los siete años me rebelé contra él, después de una paliza que le dio a
mi madre. La hizo sufrir mucho. La pobre trabajaba en el día como secretaria y
en la noche cosía en su taller de costura, pues el sueldo no alcan-zaba. Mi
padre se lo bebía y jugaba. Mi madre lo dejó hace dieci-séis años. Fue toda una
proeza y mi conquista.
Pero esa situación
vivida en mi hogar me hizo madurar con mucho más rapidez, me hizo no creer en
lo ideal, no tener apego a lo material, pues mi padre, por venir de una familia
acomo-dada, terrateniente, por haberse educado en un colegio privado y en Estados
Unidos, tenía un modo de vida pequeñoburgués. Le gustaban la apariencia y los
símbolos de riqueza. Adquiría muchas cosas, pero constantemente se las quitaban
por no pagar o las empeñaba. Le dieron en propiedad una casita modesta, pero no
la quiso porque a él le gustaban las casas grandes. Siempre
49 Joaquín
Villalobos: secretario general del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP),
comandante del FMLN y miembro de la comandancia general.
50 Schafik
Hándal: secretario general del Partido Comunista Salvadoreño, comandante del
FMLN y miembro de la comandancia general.
51 Fermán
Cienfuegos: secretario general de la Resistencia Nacional (RN), comandante del
FMLN y miembro de la comandancia general.
terminaban
echándonos porque no pagábamos. Vivimos como en quince casas en distintas
colonias y barrios.
Por el trabajo de
mi madre me dieron una beca en un colegio católico del cual salí bachiller.
Estudiaba mucho para conservar la beca. Esos tiempos fueron difíciles. Mi madre
empeñó hasta los vestidos y andaba con zapatos descosidos. No conocimos eso que
llaman felicidad del hogar. Llegué a comprender, tanto social como
emocionalmente, la conducta de mi padre. Lo visitaba cuando podía. Desde hace
años no lo hago.
Conozco a sus otros
hijos y cuando he podido hacer algo por él y por ellos lo he hecho. No me pesa
hacerlo, nunca le di la espalda, sobre todo porque fueron esas condiciones en
que se desarrolla-ron mi niñez y adolescencia las que también contribuyeron a
que yo tomara una posición, tomara conciencia de cuál debía ser mi papel en la
sociedad. Desde pequeña, según recuerdan los fami-liares que me rodearon,
repartía mis juguetes y mi comida entre los niños que no tenían, y no me
gustaban los vestidos vaporosos. Mi madre, quien por ser bibliotecaria organizó
varias bibliotecas, entre ellas una infantil, me motivó a la lectura. Leía
sobre todo cuentos y relatos, me atraían los de Julio Verne. Estas lecturas me
fueron creando una mente de fantasía que contrastaba con la dura realidad del
hogar. En esas bibliotecas me mezclaba con toda clase de niños y jóvenes,
principalmente con los provenientes de secto-res populares.
Me estaba quejando
o algo así e inesperadamente se acercó una enfermera y me dio agua:
—Tómate esta
pastilla. Es un calmante.
Mis dedos la tocan
y no es común. Me levanto un poco la venda y ahí está, reconozco: es color
celeste y pequeña, es una diazepán.
—¡No! ¡No la
quiero! ¡Llévesela!
Era de esperarse.
Sus intenciones eran provocarme más sueño, pero sin dejarme dormir.
17
«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
¿Dónde serán esos disparos? ¿A quién o a qué le estarán disparando? Parece que
es un polígono o algo así. Pero, ¿a esta hora de la noche? Quizá siempre lo
hacen y no me he per-catado antes. También puede ser parte de la guerra
psicológica. Tengo un sabor amargo en la boca, la siento pastosa, ¡hedionda! No
me he lavado los dientes desde hace días, pero aguanto. Uno se prepara para
sobrevivir incluso sin esos hábitos».
Arriba los pobres
del mundo
de pie los esclavos
sin pan
y gritemos todos
unidos
¡Viva la
Internacional!
El día que el
triunfo alcancemos
ni esclavos ni amos
habrá,
la tierra será el
paraíso
bello de la
humanidad…
Así repetía
mentalmente esas estrofas este 1ro. de mayo en este quinto frente de guerra
«Pedro Pablo Castillo».52 El Comité Pro-Primero de Mayo había convocado a
una gran manifestación. Este comité estaba integrado por la Coordinadora de
Solidaridad con los Trabajadores (CST), la cual aglutina a trabajadores del
Estado, obreros y sectores populares. También se había ido a la huelga el
sindicato de la Administración Nacional de Acueductos y Alcan-tarillados
(ANDA).
—¡Nidia! ¡Despertá!
No te durmás —dicen.
Noté que ya habían
relevado el turno. Venían otros. No reconocí las voces. Tenían acento
extranjero, pero no era norteamericano
52 Así
llamamos a la cárcel.
como el de la otra
noche que discutió bastante con mis interro-gadores. No han querido que los
asesores norteamericanos me interroguen directamente, pero sí dirigen a los que
me interrogan. Esta voz era latina: eran venezolanos, y la otra me era familiar,
más familiar. Parecía la voz de Vides Casanova, el ministro de Defensa.
—Nidia, no venimos
a interrogarte; venimos a discutir, a plati-car con vos —dice el oficial
salvadoreño.
—Somos asesores del
Gobierno —dice el venezolano— somos del equipo y no interrogadores.
¡Qué descaro!,
pensé y les dije:
—Si van a discutir
conmigo, que sea de otra forma. ¿Por qué no me quitan la venda para vemos de
frente, como en La Palma? ¿Qué quieren discutir?
—No te podemos
quitar la venda, tú estás presa. Queremos hablar sobre el diálogo. Creemos que
ustedes no son sinceros sobre este punto. Antes quiero decirte que han caído
varios campamen-tos de ustedes: «Nueva Estrella», «Mala Cara», «Siempre viva».
—No creo nada de lo
que dicen. Creen que me pueden desmo ralizar.
—Pues vas a tener
que creernos. Hubo combates fuertes donde murieron Jorge Rivera, Modesto
Aguilar, Ovidio. Mirá, Camilo Turcios ya murió y a vos te sustituyó Miguel
Mendoza. También murieron Ana y Mario en Guazapa y ha habido unas cuantas
capturas. El FMLN ya no tiene perspectivas contra noso-tros, están derrotados.
Tu partido está acabado, desarticulado, y todos te echan a vos la
responsabilidad, te consideran traidora, te desconocen.
—Nidia, el Gobierno
tendría buena voluntad para sacarte a curar a otro país, Suiza, Finlandia o
Australia —dice un asesor— y luego regresarte.
—No, no acepto. Yo
solo iría a otra parte si la comandancia general del FMLN lo ordena; de lo
contrario, no me muevo.
—No te pongás así,
ni te pongás tan alegre porque no lo van a permitir. El presidente puede tener
buenas intenciones, pero las fuerzas armadas se oponen, de ahí no pasa —me
dicen en tono burlón.
La Fuerza Armada
salvadoreña no quiere reconocer el derecho que tienen los lisiados de guerra o
los heridos en combate a recibir la atención médica adecuada y a ser evacuados
para recibir tra-tamiento médico, pues su prepotencia los lleva a desconocer los
tratados internacionales sobre este tema. No los quieren reconocer porque
piensan que estarían reconociendo que en el conflicto sal-vadoreño hay dos
fuerzas y dos poderes; o sea, desde el punto de vista político, no lo admiten.
Desde el punto de vista militar, pre-tenden complicar nuestra movilidad en el
terreno y bajar la moral a nuestras fuerzas.
—Mirá, Miguel
Castellanos quiere verte —dice el oficial.
—¡No, entiendan que
no quiero! —les grito.
—¿Le tenés miedo?
—No, no le tengo
miedo; además, si ustedes quisieran, ya lo hubieran traído. Yo soy su
prisionera, no tienen por qué consultarme.
—Bueno, decinos, si
la propuesta del diálogo es real ¿cuál es la propuesta? ¿Cuál es la propuesta
de paz? ¿Cuáles han sido las ventajas para el FMLN y el FDR en los diálogos?
Las preguntas
venían serenas, bien formuladas; se distinguía bien que no eran interrogadores
de profesión.
—¿Cómo consideras o
consideran ustedes que fue la posición y el desempeño de cada miembro de la
delegación que fue al diá-logo de La Palma? —pregunta el oficial—. ¿Cuál fue la
conducta de Vides Casanova, por ejemplo?
Seguro que los
interrogadores informaron que yo les había dicho que Vides Casanova y Duarte en
el primer diálogo estaban por la tregua. Lo hice para agudizar las
contradicciones entre ellos.
—Casi no habló.
Dijo que ya Duarte lo había dicho todo —les contesté muy serena.
—¿Cómo consideran
la integración de los dos ejércitos? ¿Por qué quieren disolver los cuerpos de
seguridad?
—Pensamos, como ya
lo conocen, que debe existir un solo ejér-cito a partir de una solución
negociada. El Gobierno de amplia participación que se instale, donde estén
representados todos los sectores nacionales, integrará un solo Ejército con los
oficiales y soldados más honestos, junto a las fuerzas revolucionarias.
—¿Tienen listas de
los curriculums de todos los miembros de la Fuerza Armada? —pregunta otro.
—Ah, pues sí. A los
que hayan cometido abuso de poder como Bustillo, Ochoa, Staben, Vargas y otros,
se les juzgará. Desde ya se les está juzgando. A cada uno de ustedes lo tenemos
fichado, estu-diado, conocemos su trayectoria. Pero además disolveremos los
planes y la estructura de los cuerpos represivos actuales y cons-truiremos los
que velarán por el orden social.53
—¿Creés que Joaquín
Villalobos se dejará mandar por Vides Casanova?
—No se trata de
quién va a mandar a quién. Además, la prác-tica ha demostrado que el comandante
Villalobos es más capaz que Vides para dirigir y ejecutar la guerra.
53 Este
era uno de nuestros planteamientos en 1984-1985, que en 1986 quedó más
claramente definido: al instalarse un Gobierno de amplia participación con
todos los sectores que apoyen una solución política entre salvadoreños, se
acordará un cese al fuego. Este Gobierno de tran-sición iniciará un proceso de
democratización y llamará a elecciones libres, limpias y representativas. El
Gobierno que surja tomará las medi-das para la integración de un solo ejército.
—¡Cómo te ponés a
creer! —grita—. Sus grados no se comparan con los nuestros. Ustedes no llegan
ni a sargentos.
—¿Qué es el
Gobierno de amplia participación? ¿Cuál es su programa y cuáles son sus
reformas inmediatas? Mirá, Nidia, ustedes no tienen un programa de Gobierno
objetivo: nosotros hemos estudiado ya sus documentos, pero queremos que vos nos
des las explicaciones.
—Así y aquí no voy
a hablar. Hablaré cuando haya otro diá-logo, de cara y sin venda, pero así no
quiero.
—¿Por qué se dan
los ajusticiamientos entre ustedes? ¿Cuál es el objetivo de tener infiltrados
en la Fuerza Armada? ¿Tienen muchos? ¿Por qué continúan en la lucha si el
Gobierno ya cambió, ya se respetan los derechos humanos? El ejemplo eres tú
—dice un asesor.
Ignoraba sus
preguntas y, en cambio, les cuestionaba su trai-ción a la proclama de la Fuerza
Armada de 1979, sobre cómo habían sido bloqueadas y estancadas las reformas que
se preten-dieron impulsar, que nosotros habíamos participado en la primera
junta y que nos habíamos visto obligados a renunciar a los cargos, pues se fue
derechizando y comprometiendo cada vez más con Estados Unidos.
Reiteré
categóricamente que no estábamos por el alargamiento de la guerra, que no
queríamos más costos de vidas humanas, más destrucción de los pocos recursos
naturales; no queríamos más quiebras de empresas, más pérdida de la soberanía
nacio-nal al grado de una eventual invasión de tropas norteamerica-nas. Pero la
administración Reagan no quería una salida política, incrementaba la guerra y
nos obligaba a dar una salida militar. En El Salvador hay una crisis
socioeconómica y política que genera desplazados, desempleo, mendicidad.
Polemizamos sobre las con-tradicciones entre ellos mismos, entre el Ejército y
los norteameri-canos que dirigían la guerra.
Ellos señalaban el
papel de las capas medias e intercalaban preguntas sobre cuál era el nivel de
unidad en el FMLN y cómo está la alianza con el FDR, cuál era la estrategia
político-militar del FMLN. Insistían mucho en que la democracia reinaba en El
Salvador.
Pasaron muchas
horas, me ardían los labios; creo que se me habían rajado. Considero que esta
fue la discusión sobre los prin-cipios y la defensa de nuestros objetivos más
dura que he dado. Volví a recalcar todo lo que hasta entonces habíamos
publicado abiertamente sobre nuestros objetivos y nuestra lucha.
—Y si vos
aparecieras muerta, con la bandera del FMLN, ¿cómo creés que lo tomaría la
opinión pública? ¿Vos no pensás que la opinión pública y la solidaridad
internacional creerían que fue el FMLN?
—¿Esa es la forma
como han pensado matarme? No, la opinión pública no lo creería.
—¿Qué opinión
tienes de la Iglesia? ¿Cómo se relacionan con ella? —pregunta un asesor.
—No tenemos más
relación que la que se da con nuestro pue-blo. Nuestra gente es cristiana. Con
la jerarquía de la Iglesia nos relacionamos por un intermediario. Ustedes
mismos lo han visto en La Palma y en Ayagualo, a monseñor Rivera y Damas. Como
representante de la Iglesia, le entregamos los prisioneros que les hacemos a
ustedes.
19
Ya eran como las
cinco y media de la mañana cuando terminó el interrogatorio. Estaba extenuada.
Ellos habían tratado de conven-cerme, de persuadirme, de doblarme.
Recosté suavemente
la cabeza sobre el pupitre, no aguantaba los labios, los huesos, la espalda, el
tobillo, el brazo, los piojos. Aquello era insoportable. Solo veía la oscuridad
blanca. Mis pesta-ñas topaban con la venda, pero sabía que ahí estaban los detectives.
Agarré la toalla que me habían dado y la puse en el suelo, me levanté la venda
y la arreglé. Con dificultad me levanté del pupitre y me arrastré al suelo.
Estos detectives no me lo prohibieron. Así descansé. Pero a cada rato me
decían: «¡no te durmás, Nidia!, ya van a venir los señores y tenés que estar
despierta y sentada».
Con esta era la
tercera vez que dejaban que me tirara en el suelo. Al menos media hora. Era el
momento del relevo del turno de los interrogadores. Me parecía que se retiraban
un poco antes de cumplir las ocho horas o salían a tomar algo. Se agotaban más que
yo. Algunas veces me paraba y apoyaba mi pierna afectada sobre el pupitre; fue
así como me encontró aquel oficial interroga-dor que me dijo:
—¡Bajate la venda!
Yo me la bajé y lo
observé. Reconocía su voz. Él me interrogaba por lo menos una vez al día. Lo
miré extrañada.
—Mirá vos cómo
estás, y a Miguel rápido lo ablandamos. No nos costó nada.
—Lo torturaron —le
digo.
—No, no lo
torturamos; solo fue bla, bla, bla.
Me observaba. Se le
humedecieron los ojos. «Extraña psicolo-gía humana. ¿Y las otras veces, cuando
me gritaba? ¿No le daría lástima también? Jamás lo olvidaré». Cuando salí de la
fase de interrogatorio y fui retenida en la celda lo veía a cada rato, en
traje de campaña o de civil, en la revisión de la guardia o sacando presos de
los interrogatorios. Me puse la venda, pues oí ruidos y voces que se
aproximaban al cubículo.
Al mediodía me
sacaron y me llevaron al Casino donde había unos periodistas. Ese día me había
visto la Cruz Roja y me habían
dado ropa limpia
mandada por mi madre. Dijeron que los perio-distas eran de la Central Latina de
Prensa. Por sus preguntas eran progobiernistas y pensé que trataban de
aprovechar una oportuni-dad para presentarme al pueblo en una entrevista.
Buscaban que me equivocara, que dijera algo que los beneficiara, aunque fuese
una vocal. Por medio de la prensa pretendían presentarme, si les era posible,
hasta como una traidora. Sus preguntas eran distintas a las de la otra vez,
pero perseguían lo mismo:
—¿Cómo ven la
humanización del conflicto? ¿Por qué después de que capturan a los soldados los
asesinan? ¿Por qué tienen pri-sioneros de guerra y por qué hay deserciones en
sus filas? ¿En qué grado perjudican al FMLN los documentos que le han hallado?
¿Disminuirá el PRTC por su captura?
¿Cómo se atrevían a
provocarme, cómo venían a hacerme las mismas preguntas que los interrogadores?
—¿Qué opinión
tienes de Miguel Castellanos?
—Es un traidor
—respondo tajante.
—¿Cuáles son las
cosas que más la han dañado de todo lo que le ha pasado?
—El que me hayan
capturado mis papeles de trabajo, que tanto he cuidado, y la traición de Miguel
Castellanos.
Esta frase, con mi
imagen, fue muy repetida por el COPREFA en la televisión.
Nuevamente me
preguntan:
—¿Cómo la tratan,
bien o mal?
—No trate de que le
conteste bien o mal: me tratan como les da la gana, como les conviene.
Por la tarde me
llevaron a la celda 20, vendada y sentada. Lle-garon nuevamente los asesores
venezolanos y uno de ellos dijo:
—Esta celda está
muy oscura, colóquenle un foco.
Comenzaron a
hacernos acusaciones sobre hechos delictivos.
Yo les argumenté
enérgicamente que eso era parte de la guerra
psicológica. Di el
punto de vista del FMLN sobre la humanización del conflicto.
—¿A ti te tratan
bien? Las cosas aquí ya cambiaron. —Mejor díganme dónde está Janeth Samour —les
respondo. —¿Por qué eres comandante? —me pregunta uno—. ¿Por qué
te eligieron para
ir al primer diálogo? ¿Por qué no asististe al segundo? ¿Con qué criterios
definen a los cuadros políticos?
La misma pregunta
de todos en la agenda del día. Esa tarde habían venido con las fotos del
diálogo.
—¿Reconocés a este?
—No, no lo conozco.
—Tienes que
conocerlo. Asistió al primer diálogo también.
—Pues no, no lo
conozco.
—Pues tienes que
conocerlo. ¿Y a este otro? —casi grita.
Los asesores se
fueron y se quedaron los interrogadores comu-nes, asediándome con preguntas
categóricas. Ansiaba que termi-nara esa noche. Sabía que la cuarta y última
fase del interrogatorio llegaba a su fin o por lo menos solo faltaban
veinticuatro horas.
—Quiero orinar.
Uno de ellos salió
y trajo una bacinica. Se cansaron de lle-varme cargada a la letrina. Ahora
tenían que botarme los meados. Seguro que les daba rabia hacerlo, pero no
tenían otra salida.
Por la mañana pasó
el médico de la Policía. Llegaba frecuente-mente a ver si me mantenía. Varias
veces le dijo a los interrogado-res que me dejaran descansar, pero ellos no
quisieron. Su objetivo era agotarme al máximo para doblarme. Esa mañana mis
labios estaban totalmente reventados, no aguantaba la sed, el dolor era
insoportable. Ha sido una de las noches más tensas y agotadoras. No me dejaban
contradecirles, solo eran preguntas persistentes.
—¿Qué fuiste a
hacer a México? ¿Verdad que fuiste allí en 1982? En el pasaporte lo dice.
¿Cuándo se reúne el Comité Central del PRTC y dónde?
Me enseñaron como
seis tarjetas de migración con nombres de pila iguales a los míos y me
preguntaban que cuál era el mío. Estaban confundidos. Casualidades de la vida,
pensaba yo, por-que ninguno era el mío.
La vida, la
fortaleza y la confianza en el futuro la fe inquebrantable en lo que se cree y
en lo que se conquistará
¿de dónde vienen?
De las convicciones
firmes
y de la firmeza en
esas convicciones.
Cuando llega el
momento más difícil, cuando la muerte nos va a sorprender ¡y nos avisa!
Y hay que
enfrentarla
con todo el amor y
coraje enraizado que hace estremecer, temblar y doblar al enemigo
en su propia
madriguera.
P.N. mayo/85
20
Estaban en lo mejor
del interrogatorio. Era media mañana, cuando entró un subteniente de ojos
claros con un papel.
—¡Firme aquí!
—¿Qué es eso?
—El acta
extrajudicial.
—¿Usted quiere que
yo firme algo, vendada, sin leerlo? —Ya es tiempo, ya tiene que firmar —y lee
el acta.
Me indigné.
—¡No la firmo!
—Es que no se trata
de que esté de acuerdo o no, es que tiene que firmarla.
—No, no me pueden
obligar. ¿Cómo se atreven a decir que me preguntaron que si yo quería un
abogado y que yo no acepté? Tra-tan de involucrar a la Iglesia en el apoyo al
FMLN y quieren que yo firme eso. Y toda esa historia sobre mí es falsa, es de
ustedes y está basada en lo de Mario Zetino.
El subteniente me
miró con los ojos destellando chispas, pero se dio la vuelta. Continuaron el
interrogatorio, pero lo suspen-dieron al entrar el subteniente con otro oficial
con otra acta en la mano. Me la leyó.
—¿Y con esta, está
o no de acuerdo?
—Ya les dije que no
firmaré ningún acta o papel.
—Tiene que firmar
esto. Si no, se le va a complicar todo.
—No importa, no
firmaré nada.
Salió furioso. De
nuevo las preguntas. Los sentía desespera-dos, preguntaban muchas cosas
violentamente. Ahora solo estaba un interrogador. Lo llamaron y ya no regresó.
Al rato me llevaron
a la celda a donde llegó el CICR. Conversé lo de rutina, sobre cómo estaba y el
trato que me daban. Me regre-saron al cubículo para interrogarme. Luego
volvieron a sacarme. Llegó la Comisión de Derechos Humanos Gubernamental y, al
igual que el CICR, preguntaron por mi estado.
Ya era casi
mediodía cuando entró el subteniente, otro oficial, un secretario y dos
detectives. Llevaron una mesa, una máquina de escribir, un pupitre y una silla.
Levantaron el acta frente a mí y luego me preguntaron:
—Y ahora, ¿no va a
firmar? Estos señores son testigos de su conducta y de todas las
investigaciones que hemos hecho.
Me senté sobre la
colchoneta, los miré y les respondí:
—Ya les dije que no
voy a firmar; no creo en este show. ¿Cómo puede decir que estos son
testigos civiles si son de ustedes mis-mos? Además, por principio, no voy a
firmar ningún acta, ni aun-que solo diga mi nombre.
Todos se miraron y
salieron pero antes de irse, el subteniente me amenazó:
—¡Ya vas a ver!
A los compañeros
que traen a los interrogatorios y que recono-cen que los tienen capturados, los
obligan a firmar el acta extra-judicial, así la sección de inteligencia de los
cuerpos represivos consigue una prueba que presenta a los tribunales, comenzando
por el juez primero de Instrucción Militar. Esa acta la sacan en los periódicos
con fotos, también por la televisión y la radio. Esa es la prueba que, según
ellos, tienen para legalizar las capturas arbi-trarias. A los reos los obligan
a firmar con venda, no les permiten leerla. Pero hay compatriotas, como Felipe
Fiallos, que se negaron a firmarla al igual que lo hice yo.
Mis pensamientos
fueron interrumpidos por la presencia de muchos policías, entre ellos el
«Chiquitón», quien me levantó. Todos estaban armados.
—¡Recoja todo lo
que tenga!
Luego me llevaron a
un vehículo. Tras los vidrios, vi parte de la estructura del edificio de la
Policía Nacional, y unas lágrimas rodaron por mi rostro. Pensé que me llevaban
a la cárcel de muje-res de Ilopango. Me sentí feliz porque iba a estar con las compa-ñeras,
aunque fuera por unos instantes, pues creí que esa noche sería la de mi muerte.
Pensé que ellos me irían a sacar ese mismo día, en una acción tipo escuadrón.
Lo podía percibir en todo lo que veía, en su actitud, en su mirar. Iba a morir,
pero no habían logrado su propósito. Después de todo, el FMLN y yo habíamos
vencido. Pero el vehículo no arrancó nunca.
—¡Bájenla! —dice el
subteniente.
«¿Qué pasó? Seguro
que es una contraorden. Es la orden supe-rior del Alto Mando, que ha decidido
retenerme en el cuartel y aplicarme el aislamiento».
21
Con los ojos fijos
en los resortes del marco de arriba de la litera, muy abiertos, dejé
transcurrir las horas. «¿Me sacarán a interrogar otra vez? Huelo mi sudor. Ya
tengo otros siete días de no bañarme. No puedo resistir la picazón. Ahora los
piojos que se deslizaban eran muchísimos, corrían de aquí para allá en mi
cabeza. Estos bichos sí están muy a gusto, y ¿qué hacer si no puedo mover mi
mano derecha? Quisiera expulgarme, pero no puedo tener agili-dad con la
izquierda. Observo las sombras de la madrugada y la tristeza del ambiente».
Más tarde, entró un
celdero con el desayuno.
—¿Va a comer?
—No.
—¿Cómo está, cómo
se siente?
—¿Que cómo me
siento? ¿Cómo quiere que me sienta?
En aquellos
momentos, la furia que sentía no me dejaba per-cibir, me impedía diferenciar a
los interrogadores de los detecti-ves, celderos, administradores, enfermeros, y
médicos. Todos me parecían iguales.
Empecé a revisar lo
que había sido todo el interrogatorio, lo que dije, lo que contesté, lo que me
preguntaron. Si hubiera podido contestar mejor, si no les hubiera ni abierto la
boca. «¿Daría alguna pista? No, no creo. Sobreviví. Vencí».
Era 4 de mayo.
Entró el coronel Melara Vaquero, juez primero de Instrucción Militar. Me
informó que estaba bajo su responsa-bilidad y que, por orden del ministro de
Justicia, Julio Samayoa, quedaría en la Policía Nacional en calidad de
depósito. Dijo que esa medida obedecía a que la cárcel de Ilopango no era un
lugar seguro y que iban a buscar otro.
—¿Por qué no es un
lugar seguro? —le pregunto—. El régimen debe garantizar mi seguridad aquí o en
cualquier parte. Yo ya
cumplí más de los
quince días de interrogatorio y debo pasar a Ilopango, a la cárcel de mujeres.
—Estimada Nidia, es
que el régimen no puede garantizar su seguridad allá. En el país hay grupos de
derecha e izquierda que no controla —dice el coronel.
Un temor se apoderó
de mí: eran los interrogadores, la S-2, la inteligencia del Estado Mayor, el
Alto Mando, los escuadrones, cualquiera de ellos podía haber planificado
sacarme de allá y ase-sinarme, tal como me lo hicieron ver en el
interrogatorio. ¿Sería por eso que el régimen no podía garantizar mi seguridad
ahí o en cualquier otro lugar?
—No estoy de
acuerdo en quedarme. Tienen que garantizar mis derechos donde sea. Se han
comprometido con los organis-mos humanitarios.
—No se trata de que
esté o no de acuerdo. El hecho es que usted se quedará aquí. Yo cumplo con mi
papel de informarle, de trasmitirle las indicaciones. Por favor, firme que está
enterada de la notificación.
—Entonces voy a
firmar que estoy enterada de que voy a estar en calidad de depósito en la
Policía Nacional, que ya salí de la fase de interrogatorio y que la
inteligencia no puede molestarme.
En ese momento no
alcancé a comprender la maniobra, ni que, como era lógico, esto traería
confusión en algunos sectores. Todo el mundo estaba temeroso de mi traslado, y
decían que no se garantizaría mi vida en la cárcel de Ilopango. Era parte de la
guerra psicológica, de las presiones.
La humedad me
llegaba hasta los huesos. La humedad de la madrugada se metía por toda la
celda, por todos sus rincones.
Nunca había visto
una humedad tan grande. Había dos venta-nas, una a cada lado, la puerta y otra
ventanita sobre ella. Todas estaban con barrotes. Eran rejas, treinta y dos
barrotes. En el fondo de la celda estaba el cuartito de la letrina y del
lavamanos.
Necesitaba
recuperarme, dormir. Pero el sueño no llegaba, no quería regresar. ¿Acaso me lo
mataron? No, tenía que regre-sar, tenía que envolverme. No soportaba los
interrogatorios ahí pegado, en la celda 21. Necesitaba dormir y no oírlos.
Todos los detenidos
eran torturados física y psicológicamente. Algunos perdían la razón. Cuando te
secuestraban en la ciudad o el monte, no te decían para dónde ibas, no se
identificaban. Depen-diendo de la situación y de su valoración, te remitían a
los cuer-pos represivos para interrogarte, como mínimo quince días. Así lo
establecía el Decreto 50, emitido en el marco del permanente estado de sitio,
que mes a mes prorrogaban desde 1980, contradi-ciendo paradójicamente su misma
constitución que establece solo tres días de interrogatorio. Interrogatorios
prolongados, vendados y sin dormir.
Algunas veces te
sentaban, pero la mayoría de las veces esta-bas parado hasta caerte. Recuerdo
que en 1983 la comandante Galia se cayó dos veces, la golpearon como a todos. A
ella primero la retuvieron en una cárcel clandestina, pero decidieron enviarla a
la Policía Nacional. El método que ha imperado en El Salvador ha sido el
desaparecimiento.
Se perdía la noción
del tiempo; los días y las horas eran iguales. Los interrogadores eran
agresivos, altaneros. Te gritaban. Daban golpes sobre sillas, puertas, mesas.
Golpeaban tu cuerpo, la elec-tricidad te recorría y la asfixiante capucha te
estrangulaba. La nueva política tendía a institucionalizar al terror, a
legalizarlo. En los interrogatorios legalizados aplican cuarenta tipos de
tortura. Para sacar verdades o corroborar suposiciones utilizaban mentiras o
semiverdades buscando que el detenido cayera en sus trampas. El objetivo era
quebrarte la moral, para que te sintieras solo, cul-pable. Te decían que te
perdonaban a vos y a tu familia, o que te reducirían la pena. El precio era la
traición.
«Sigo mirando al
detective que se ha recostado en el umbral de la puerta. Pienso en el oficial
de la lágrima, en lo que dijo de Miguel Castellanos, que lo ablandaron a puro
“güirigüiri”. ¿Cómo fue posible? Me va a costar asimilar este golpe».
Había silencio en
el ambiente, no oía interrogatorios. Pero tenía su eco dentro de mi cabeza.
«Volvían a sonar las palabras de aquella persona: “Mirame, nunca te olvidés de
mí. Ustedes van a triunfar. Nunca te olvidés de mí”. Absurdo. ¿Qué pensé en ese
momento? Creí que era una trampa, y las palabras de aquel teniente, después de
que yo había estado cantando en el interroga-torio: “Nidia, usted es única en
su especie”. Todo eso tiene ahora otro significado. Como no les pegó lo del
“güirigüiri” conmigo, me van a seguir jodiendo de una u otra forma».
22
«Está amaneciendo
en mi patria. Seguro que los vendedores de periódicos ya andan en las calles,
difundiendo lo que no es de ellos, los pensamientos, las ideas de otros. La
diana se anuncia con el toque de la trompeta. “Quier… dos… tres”. El trote de
los policías. Apenas se dibuja la claridad de la mañana que penetra por las
hendiduras del muro. Aunque no la siento, la veo y la toco. Estoy viva».
«Pienso que se ha
tenido que luchar por décadas contra las dictaduras militares de Martínez,
Aguirre, de Lemus, Sánchez Hernández, Molina, Romero y que ahora luchamos
contra la dic-tadura de Duarte. La diferencia es que los norteamericanos han
sido más astutos y han legalizado el terror. En menos de seis años hay más de
60 000 compatriotas no combatientes asesinados, más de 6 000 desaparecidos,
como 6 000 presos políticos acumula-dos, y en la actualidad se encuentran en
las cárceles legales más
de 500 presos
políticos y cada día se incrementa el número. Aun-que el 85% son trabajadores,
no combatientes, son víctimas de la represión indiscriminada.
»Son más de cinco
años de grandes esfuerzos, de sacrificio con-tinuo. El FMLN ha ido adquiriendo
un poder ya inobjetable que se manifiesta en una dualidad de poderes en el
terreno político-mi-litar, poblacional, territorial, diplomático y social. Hay
un poder caduco, retrógrado, que muere cada día, y hay otro naciente,
pro-gresista, que se desarrolla cotidianamente. De ahí que el FMLN-FDR goce de
un reconocimiento y legitimidad real por parte del pueblo y de Gobiernos que
nos ven como una fuerza represen-tativa, con un proyecto político serio, capaz
de sacar a nuestra patria de la grave crisis en que se encuentra. Esto permitió
que los resultados de las diversas gestiones que se hicieron a todos los
niveles, presionaran al régimen de Duarte para que reconociera mi detención».
Duarte necesitaba
presentar una prueba ante los congresistas norteamericanos, ante los Gobiernos
del mundo, de que en el país se comenzaban a respetar los derechos humanos, y
yo era una pieza valiosa para mostrar. También estaba la presión de los comi-tés
de solidaridad y de personalidades en Estados Unidos, en su congreso. Estos
comités pedían que se condicionara la ayuda a la mejoría de los derechos
humanos. Los propagandistas de Duarte necesitaban minimizar su creciente
desprestigio internacional. El poder presentarme capturada y herida era una
gran victoria para el Alto Mando, victoria que se revirtió desde el momento en
que sobreviví con mi dignidad intacta.
En El Salvador se
han constituido organizaciones que luchan por el respeto a los derechos humanos
individuales y colectivos, por las libertades políticas y sociales: la Comisión
de Derechos Humanos no Gubernamental, los Comités de Madres y Familia-res de
Presos Políticos y Desaparecidos, y el Comité de Presos
Políticos de El
Salvador. Todas ellas han logrado muchas conquis-tas humanitarias.
Existen organismos
humanitarios neutrales: la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado, el Socorro
Jurídico Cristiano, la Cruz Roja Internacional. El Gobierno se ha visto
presionado internacionalmente por diversos organismos como la Federación
Internacional de los Derechos del Hombre, Amnistía Interna cional, Americas
Watch, el Tribunal Internacional de La Haya. En noviembre de 1984, se celebró
un congreso sobre derechos huma-nos en el cual participaron 113 instituciones
humanitarias con más de 300 delegados, quienes condenaron el régimen de Duarte.
«La lucha popular
me permitió vivir. Fue la presión nacional e internacional de ayer, de hoy y de
mañana. Pero fundamental-mente el pueblo. Yo no le debo nada al régimen,
absolutamente nada. No es regalo del Gobierno de Duarte el que yo esté viva. No
es regalo del yanqui. Es producto de esta historia popular.
»Me había comenzado
a relacionar con un mundo desconocido para mí. Eran situaciones nuevas, sobre
las cuales nunca leí en ningún libro. En cambio ahora, tenía que vivirlas».
Desde Estados
Unidos y Francia vino a verme gente que ni me imaginé. Una tarde, cuando me
llevaron a la sala de registro, apa-recieron Karen Parker, doctora en derecho
humanitario, el doctor Kimball y el doctor Gossi, de la Universidad de San
Francisco, California, de la Facultad de Medicina; el padre José María Moyet,
presidente del Comité Ecuménico de San Francisco y del episco-pado de
California, todos norteamericanos; y la francesa Fabien Eleanor, de la
Federación Internacional del Derecho del Hombre.
Todos me dieron
ánimos y dijeron que habían llegado a conocer mis condiciones de salud y que
iban a operarme dentro de quince días. Me regalaron una libreta, lápices,
plumones, los libros de los convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales.
No lo podía
creer. Me sentí
contenta. Estaba experimentando personalmente la solidaridad de los pueblos.
—Buenos días, Nidia
—dijo el celdero, al tiempo que me pone el desayuno.
—No quiero comer.
—A usted le tenemos
un miedo terrible por la forma como nos mira. Como si fuéramos sus enemigos. No
somos todos iguales, aquí trabajamos por necesidad.
Lo miré con los
ojos muy abiertos, y también miré al detective que, como siempre, me observaba.
«Sí, realmente no todos cum-plen las mismas funciones, pero todos son parte de
esto».
—Ustedes son mis
enemigos y yo soy prisionera de guerra. Era un muchacho como de veintidós años.
Me miró y se aga-
chó. Guardó
silencio y luego saltó, diciéndome:
—Algún día va a
comprender que no somos todos iguales. —¡Oiga! —le digo—. No todos hacen lo
mismo, pero todos con-
tribuyen a lo
mismo.
Después, ya más
serena, los observé y reflexioné. Sabía, como lo sabía el FMLN, que no todos
hacían lo mismo y que dentro de esa maraña de hilos, además de una división del
trabajo, rangos y niveles diferentes, existían, de acuerdo a su origen y
situación social, a su posición política y a algunos rasgos de su
persona-lidad, motivaciones diferentes para estar en las filas enemigas. Aunque
en su inmensa mayoría al aceptar los objetivos de las instituciones armadas se
hacían cómplices y partícipes, salvo aque-llos que tenían una misión que
cumplir para nosotros. La misma situación se daba entre los soldados.
En mi caso, había
una línea de conducta trazada para los detec-tives, los celderos y el personal
administrativo. Querían mejorar su imagen como institución. Yo ya había
observado gestos de simpatía en algunos de ellos, buscaban un mayor
acercamiento y
hacían cosas para
que yo no los rechazara, pretendiendo asegurar su futuro.
23
«No sé qué me pasa.
Apenas si pude dormir un par de horas. Tuve que tomar agua con azúcar. No puedo
conciliar el sueño. Después de dieciséis días sin que me permitieran dormir, he
quedado en este estado, y después he pasado otros seis días sin poder dormir ni
un minuto; solo hoy logré conciliar el sueño este par de horas violentamente
interrumpidas por ese interrogatorio de al lado».
—¿Con quién
andabas? ¡Contestá! —gritaba el interrogador, al tiempo que se oían golpes.
—¿Qué, no oís,
estúpido? Parate, ¡parate! A ver si aguantás.
No sé qué hora era.
Debía de ser de madrugada.
Ayer cerraron la
celda con candado. El detective estaba apos-tado fuera. Fue un buen día: tuve
la grata sorpresa de ver a la licenciada María Julia Hernández, representante
de Tutela Legal. Vino a verme a los seis días de capturada y solo me dijo:
«vengo del arzobispado, suerte». Yo no le contesté, solo me quedé sor-prendida.
Era la primera vez que me sacaban del interrogatorio al casino de los
oficiales.
Después del período
de interrogatorios pudimos hablar más. Me explicó mi situación jurídica y me
dijo que Tutela Legal iba a ponerme un abogado que estuviera pendiente de los
trámites jurídicos. Todos los presos políticos en las cárceles de Ilopango y Mariona
son visitados casi semanalmente por ese organismo y, en mi caso, ellos tendrían
que llegar una vez por semana al cuartel de la Policía Nacional.
Amaneció. La diana
y los trotes lo confirmaron. Era 10 de mayo. Al mediodía me trajeron buena
alimentación, como la de
los oficiales. No
había querido comer los días anteriores. Se veía buena la comida, quizá porque
era el Día de las Madres. Me la comí. Mi madre estaría recibiendo mi carta:
Qué dolor has de
sentir al ver a tu hija en situación tan difícil. Tus sentimientos de madre se
desgarran. Madre, no te preocu-pes, tu hija vive por el bien de todos. Me
hirieron, me mataron en vida, físicamente ahí estaba, pero jamás me doblaron,
jamás me ganaron mi moral. La batalla la gané yo y la seguiré ganando, aunque
mi corazón ya no palpite, hasta la victoria final.
Este 10 de mayo no
vayas a llorar por ti ni por mí, recuerda que todos los días eres madre; que
antes, hoy y después, serás madre.
Vendrán tiempos
mejores, de satisfacciones, de triunfos, pero antes habrá tiempos difíciles.
Quizá para ese entonces ya no estemos.
Madre: estoy
orgullosa de ser tu hija. Me enseñaste el valor humano, la solidaridad y la
humildad, el amor al trabajo. No temas al que te quiera dañar, sé lista y con
tu moral alta, ten dignidad y muere con ellas. Esa es una gran herencia que nos
dejarás.
Madre: cuántas
cosas hubiera querido compartir junto a ti; pero mi vida, mi pensamiento, me lo
ganó el pueblo desde que nací, desde siempre, y tú eres parte de él. Tus
desvelos, tus ora-ciones, todo lo llevo siempre. Como tú lo haces, lo hacen
todas las madres del mundo.
Tú siempre quieres
lo mejor para mí, el bien mío. ¿Qué es mi bien? Mi bien es el que algún día
haya justicia social real en este país.
Te quiero,
Marta,
P.N., 9 de mayo /
85
Recuerdo aquel otro
día: ese 16 de mayo vino a verme con mi tío Manuel. Los trajo la Cruz Roja
Internacional. ¡Cuánto tiempo de no verlos! A pesar de que estaba bien
arreglada, su sufrimiento era obvio. Sus ojos se habían empequeñecido, su
rostro estaba demacrado. Tenía que ser fuerte. Ambas lo éramos. El abrazo fue
asfixiante.
—Yo que me
sacrifiqué tanto por ti, que he dado todo por tu bienestar, mirá ahora: herida,
prisionera. Qué no daría por verte mejor.
—Sí, yo la
comprendo. Usted como madre me ha dado todo. Usted ha hecho todo y debe
sentirse tranquila. Usted me enseñó muchas cosas de la vida. Yo también hice lo
que debía y hago lo que debo. Yo también me siento tranquila.
La miré y
reencontré a la amiga. Ella fue siempre mi amiga, sentía en mí un gran apoyo.
Siempre respetaba mis criterios sobre cualquier tópico de la vida, consultaba
conmigo para tomar deci-siones, aun las de carácter doméstico. Sabía que mi
madre había estado grave y con gran ansiedad por mi situación. Por eso permití
que viniera a verme. Ahora compartíamos el dolor, mirándonos con la esperanza
infinita de algún día estar en mejores circuns-tancias. Mi madre me acariciaba
las heridas y el cabello. Tenía una valentía terrible. Un llanto interior,
infinitamente doloroso, y los ojos ligeramente húmedos, nos hacían callar. La
guerra nos ense-ñaba a madurar y nosotras habíamos madurado demasiado.
Ahí estaban los
delegados de la Cruz Roja Internacional, pero sobre todo los detectives,
delante de ellos no quería evidenciar mi sufrimiento.
Cuántas veces, de
pequeña, después de un berrinche, preparé mis maletas y le decía que me iba. O
cuando en semana santa me iba con las religiosas al campo o a impartir retiros
de cristianismo y ella confiaba en mí. Y luego, cuando supo que yo iba mal en
los estudios
universitarios y andaba en la lucha política, se enojó mucho.
Discutimos
violentamente y me echó de la casa. Del disgusto se enfermó a tal grado que
llegó el médico. Ese día yo tenía que marcharme a trabajar en el campo. Mis
hermanas amenazaron con matarme si ella moría. El médico me dijo que le pidiera
perdón a mi madre por el daño que le causaba y que rectificara. Le res-pondí
que él no sabía lo que nos pasaba. Sentí que algo se desgarró dentro de mí,
tenía que decidir entre pedir perdón por luchar, y sobreponerme y avanzar. Opté
por esto último y me fui a vivir a casa de mi hermana mayor.
Esas discusiones se
repetirían en otras ocasiones, hasta que mi madre logró entender y aceptar que
yo no cambiaría mis ideas. Ella soñaba con que yo sería médico y me casaría con
un hombre que me diera bienestar, una estabilidad social. No sé cuándo pre-sintió
mi participación en la guerrilla, si lo descubrió y se hizo la desentendida o
qué. Pero ya no discutíamos, comenzó a manifes-tar actitudes y posiciones
patrióticas. De todas maneras yo siem-pre encubría bien lo que hacía, al grado
que ella pensaba que yo estaba en México, sacando postgrado de la licenciatura
de Psicolo-gía, junto a mi esposo.
Mi madre vivía
pendiente de mí, de mi presentación, de mi salud, aunque no estuviera cerca.
Parecía que nunca había termi-nado su obra protectora. A veces su forma de ser
me exasperaba, se contradecía con mi forma de ser. Sin embargo, yo admiraba su
calidad humana. Era extremadamente optimista y paciente. Cuando me veía
preocupada, me observaba:
—¿Qué te pasa? —me
decía suavemente—. ¿Te puedo ayudar? No te preocupés, todo va a salir bien. Ve
las cosas serenamente y con un espíritu positivo.
Pocas veces iba a
los entierros, pero una vez fui con ella a uno.
Ambas observábamos
cómo dejaban caer la tierra sobre al ataúd.
Yo la miraba y
ella, de vez en cuando, se volteaba a verme. Se me salieron unas lágrimas.
—¿Por qué llorás?
—me preguntó en voz baja—. No creo que sintieras mucho por doña Emma.
—No, no lloro por
ella, sino por usted. Me da miedo perderla y no estar a su lado.
Siempre ha sido un
apoyo moral para mí.
Mi tío quería que
rezáramos una oración. Había traído la Biblia. Él era pastor de una iglesia
bautista, en una colonia de la pequeña burguesía. Comenzó a rezar. Me
observaba, sus ojos estaban húmedos.
Mi tío se enteró
primero por el nombre y luego por las fotos que ya había visto en los informes
publicados sobre lo del diálogo. Dice que esta vez todos se fueron de espaldas,
que cómo era posi-ble si nunca habían notado nada «anormal».
«¿Qué representan
mis parientes, mis seres queridos? Es gente que trabaja mucho, pero no son
directamente explotados. Es gente que ha llenado mi vida afectiva durante
muchos años». Con algu-nos familiares de mi madre me llevaba mejor que con los
de mi padre. Tradicionalmente, el 2 de noviembre, día de los difuntos, los
llevaba a comprar flores y al cementerio a enflorar las tumbas de mis abuelos,
y en cada cumpleaños, tenía algún gesto de felici-tación hacia ellos, aunque
fuera una llamada telefónica.
Mi tío, en cierta
forma, se portó como un padre y ahora, nueva-mente, se hacía presente en la
hora difícil. Me contó que de la Poli-cía Nacional los invitaron a dar un
recital en el recinto del cuartel. Ellos eran declamadores conocidos. La
invitación la hizo el jefe de la Policía política, mientras yo estaba en los
interrogatorios. ¿Coin-cidencias? ¿Querían que supiera que ya tenían
localizados a mis parientes para quizá presionarme?
A mi tío también lo
reprimieron, pues cuando mi madre se fue él quedó encargado de enviarme ropa
limpia y golosinas, y
de estar pendiente
de mi estado de salud. Los envíos se canaliza-ban cada ocho días a través del
CICR. Empezaron las amenazas y le colocaron un artefacto explosivo en un
recipiente de basura delante de su casa. Se fue a Suecia en septiembre con mi
tía María Elena y mi hermana mayor y sus tres hijos.
—Sabés, hija,
cuando apareciste en la televisión, en La Palma, el niño te reconoció y gritó:
«¡veeé, ahí está mi mamá!» Nosotros le respondimos que no eras tú, pero él
insistió en que sí y agarró el teléfono; quería llamar los helicópteros para
que lo llevaran y así buscarte, porque él quería estar con su mamita.
24
«Mañana cumplo un
mes de haber sido capturada. «Siento que la vida se me escapa. No he nacido
para esto, tengo que luchar de cualquier forma. Aprenderé a luchar desde esta
celda. Esta será mi trinchera. Pero ¿yo sola? Sí, no importa. Mi vida es luchar
por la libertad. Si no lucho por ella, muero de pena. Mucho más sabiendo que la
lucha afuera está ardiendo.
»Estoy muy triste.
No puedo demostrar mi combatividad. Los presos políticos están en huelga de
hambre; el COPPES dirige esta lucha. Sé también que, pese a las presiones, nada
se ha logrado sobre el esclarecimiento del paradero de Janeth Samour, a quien el
enemigo niega tener. A pesar de mi estado de debilidad, he tomado la decisión
de no comer de seis de la tarde a doce del mediodía, es decir, que haré un
ayuno parcial. Voy a solidari-zarme de esta forma con los compas que están en
huelga y por el esclarecimiento del caso de Janeth».
En la Policía se
armó alboroto porque me negué a comer. Habían mejorado notablemente mi
alimentación, que no era la del resto de los detenidos. Ese día envié una carta
a los jefes de la
Policía en la cual
les planteaba que la mejoría en mi alimentación era una excepción para remozar
su imagen.
Cuartel de Policía
Nacional, 18 de mayo de 1985
Srs. jefes
Policía Nacional
1) El
mejoramiento de mi alimentación va acompañado de otras medidas restrictivas
como es el no tener acceso al aire libre o al sol ni siquiera por cinco minutos
al día.
2) Consciente
de la necesidad que tengo de recuperarme lo más pronto posible, y de que no
puedo dejar de comer para solidarizarme con las compañeras presas políticas en
la lucha por sus justas demandas (ya llevan veintitrés días de huelga de hambre)
ante el ministro de Justicia y la Asamblea Legislativa. Ambas instancias no las
han querido escuchar.
3) Consciente
de mi condición, de mi situación concreta y responsable de mis actos, he
resuelto:
a) Que a partir del
18 de mayo realizaré «ayuno parcial»: no comer de 6 p.m. a 12 p.m. en
solidaridad con las presas políti-cas, hasta que termine la huelga de hambre
que ellas realizan.
Mi vida es luchar
por la libertad, si no lucho por ella, muero de pena.
Cdte. Nidia Díaz
Conmigo no ganarían
nada de espacio. Si aceptaba esa alimenta-ción especial era porque necesitaba
recuperarme para acelerar mi curación y estar en buenas condiciones. Solo así
podría continuar luchando. Mientras tanto me estaban privando de mis derechos,
como por ejemplo no tener ni siquiera un minuto de sol.
Por la noche pasó
Revelo y me dijo:
—Nidia, es mejor
que se solidarice con usted misma y con su hijo. Usted está muy débil y tiene
que reponerse. No puede dejar de comer, le caerá mal.
—No importa, creo
que estoy fuerte y necesito poca comida. Debería irme a huelga completa. De
cualquier forma, ustedes lo ocultarán.
Días después, para
mi sorpresa, abrieron la celda y me dijeron:
—Nidia, vas a
salir.
A esta altura, ya
tenía el yeso en el pie y aún usaba una férula en el brazo derecho. La muleta
la usaba con el brazo izquierdo.
—¿Voy a salir?
—Te vamos a ayudar
—dice el detective que ha llegado con dos más.
—¿A dónde voy?
—A tomar el sol
—dice irónicamente uno.
—¿A tomar el sol?
—Sí, claro. Lo
conseguiste —dice.
El sol era bueno.
No era el mismo de aquel 18 de abril, radiante y agotador. El cielo tenía un
azul intenso. Nunca había apreciado así la belleza del sol y del cielo, pero el
espacio estaba nublado por el edificio del cuartel. Tiene dos plantas y en los balcones
había muchos agentes, policías. Se llenaron las terrazas. Todos estaban
observándome. Me indigné, pero seguí con la cara levantada, aso-leándome. En
esos diez minutos me vino la vida, era como si los rayos solares penetraran en
lo más hondo de mi ser; las células los absorbían, se alimentaban.
25
No podía caminar,
me costaba con el yeso, necesitaba correr. El yeso me lo habían puesto hacía
poco. No soportaba estar así. El Dr. Bottari me dijo que estaba saliendo en un
video por la televi-sión. Lo mismo me dijeron el detective, el carcelero y los
enferme-ros. «¿Qué persigue el régimen? ¿Qué es lo que está pasando? Yo
no he hablado nada
que sea contraproducente a la lucha. Lo peor es que dicen que también salen
Castellanos y otros dos».
Vino a interrogarme
el teniente Serpas.54 Me contó que esta-ban pasando cortos por la
televisión donde aparezco diciendo que me han encontrado documentos y que me
dolió la traición de Miguel Castellanos. «¡Ah, eso es! Piensan botar la moral
de un pueblo. También me entero de que se comenta que la Fuerza Armada no
permitió que me operaran y que corro el peligro de que se complique la
situación del brazo. Todos están práctica-mente alarmados».
Oí por radio que el
Comité de Prensa de las Fuerzas Armadas (COPREFA) hablaba de que me habían
encontrado gran cantidad de papeles. Ya era oportuno para ellos hablar sobre
eso. Había pasado más de un mes. Por eso estaban pasando el corto por la
televisión, para ganar credibilidad. Todo lo iban a manipular a su antojo.
Calumniosamente me atribuyeron otros documentos ori-ginados en la CIA, los
traidores les dieron algunos documentos o quizá los encontraron en algún
refugio. La cantidad de papeles que me atribuyeron era exagerada.
Duarte habló por la
prensa de los papeles que me habían encon-trado, además de atribuirme la
dirección de una huelga. Había pasado casi un mes y hasta ahora sacaban los
documentos. Pensé que este asunto no debía de ser nada favorable al régimen,
por más esfuerzos que hiciera. El gran atraso en su publicidad, la can-tidad
increíble de documentos que decían que tenía en la mochila, y la evidente
manipulación de su contenido, no eran factores que apoyaran su credibilidad
ante los medios de comunicación. Indiscutiblemente fue oportuno haber asumido
ante el público que me habían capturado documentos, pues el FMLN y el pueblo
54 Teniente
Roberto Rodrigo Serpas: jefe de la Policía política de la Policía Nacional.
lo entendieron como
un mensaje. Sin embargo, la manipulación del régimen era demasiado. Solo la
posibilidad de causar daño al FMLN me daba vueltas y vueltas a la cabeza.
El mes de mayo fue
el más difícil, ya era casi 31. Mi situación no era nada fácil: el régimen
manipulando la información, mi familia bajo el terror de las amenazas
constantes y los atentados, yo saliendo en videos sin saber realmente qué decía
en ellos, y además estaba entre cuatro paredes frente a un muro.
Todos los días
soportaba la visita de Bottari. Este llegaba a constatar si estaba resistiendo
la presión y los interrogatorios per-manentes en la celda vecina. También veía
a los otros detenidos pasar vendados. Sentía la mirada vigilante, al acecho,
del detec-tive las veinticuatro horas del día. Pero jamás oirían de mi boca una
queja, que estaba a punto de enloquecer, que necesitaba un tranquilizante. «Voy
a dar la lucha aunque sea con papel». Hice una carta a Revelo para exigir una
conferencia de prensa. Tenía derecho a defenderme, a dejar constancia histórica
de la tergiver-sación. Tenía derecho a denunciar al mundo que mi familia estaba
siendo perseguida.
Cuartel Policía
Nacional, 27 de mayo de 1985
Coronel Revelo
(Director P.N.):
Le saludo,
solicitándole me permita dar una conferencia de prensa nacional e
internacional, aquí, en el cuartel de la Policía Nacional.
Me siento sumamente
indignada, ya que los motivos esen-ciales para esta conferencia son:
1) Para
aclarar las tergiversaciones y mal uso que se están haciendo sobre los
documentos que me fueron decomisados al momento que fui hecha prisionera. Este
juego propagandís-tico, concretamente, lo está haciendo el Alto Mando de FAES y
la embajada norteamericana. Cínica y descaradamente, Blan-dón me atribuye
documentos que quizá en otro momento y
lugar encontró, o
que perversamente han elaborado ellos con las informaciones que el traidor de
Miguel Castellanos debe de estarles dando. Ejemplos de esos documentos son los
que se refieren a contradicciones entre FDR-FMLN, los que hablan de contradicciones
entre FSLN y FMLN, los que comprometen al Gobierno nicaragüense o de los
compromisos de FMLN de ir a combatir a Nicaragua si se diera una invasión de
E.E. U.U. ahí, los documentos que comprometen a Andes 21 de Junio en los que se
habla que desde 1970 el FMLN se prepara y adiestra en el extranjero (en países
comunistas).
2) Estos
documentos no estaban en mi mochila y puede comprobarse porque no están
perforados de balas.
Oportunismo y
cinismo más grande, el que hace el Alto
Mando con un
prisionero de guerra como yo; complicidad y concesión, la que hace el Gobierno
democristiano; gran farsa y show que monta la embajada de los E.E. U.U. y
COPREFA en su guerra psicológica contra el pueblo.
3) Para
denunciar al Alto Mando de la FAES, concretamente a Blandón y al Estado Mayor,
concretamente al Departamento S-2 de Inteligencia pues son ellos los que me han
investigado, de las amenazas y atentados de que está siendo víctima mi familia.
A ellos los responsabilizo desde ya de cualquier cosa que le suceda a mi madre,
a mi hijo o a cualquier familiar, pues los acuso de no haber depurado aún a la
FAES de aquellos ele-mentos que de una u otra forma en mayor o menor magnitud
están avalando y vinculados a los llamados «Escuadrones de la muerte». También
le informo que ya llevo once días de «ayuno parcial» en solidaridad con las
presas políticas que están en huelga de hambre en la lucha por sus justas
demandas, así como en protesta ante el Gobierno porque no esclarece el
para-dero de la Cdte. Janeth Samour y la compañera Maximina.
Gracias por haber
llamado a Tutela Legal, el 26 de mayo, cuando se lo solicité.
Sin más por el
momento. Mi vida es luchar por la libertad, si no lucho por ella, muero… de
pena.
Cdte. Nidia Díaz
Tres días después,
al no recibir respuesta de Revelo, le volví a escribir otra carta, haciéndolo
cómplice de todo lo que me estaba pasando.
Policía Nacional,
30 de mayo de 1985
Coronel Revelo:
Anoche Ud. pasó por
«mi celda», yo le pregunté si Ud. había recibido mi carta (fechada 27 de mayo),
Ud. me dijo que sí…
Por el hecho que yo
le escribo a Ud. pensará que soy «inge-nua política» o «que no entiendo de
política», etc., pero sepa que lo hago para dejar constancia histórica de que
quiero defen-derme del abuso e irrespeto de los que como política (aunque esté
prisionera) estoy siendo víctima de Uds. Sí, de Uds., por-que Ud., coronel,
indiscutiblemente es parte de la FAES y tiene que estar de acuerdo con el Alto
Mando y Estado Mayor, y por supuesto, con la política de Duarte.
Pero quiero decirle
que no descansaré hasta que un día yo pueda aclarar todo. Más tarde o más
temprano se sabrá todo. Ud. sabe que todo cambia y que yo sea como sea, aunque
sea muerta tendré una oportunidad…
Pocos días después
pasó Revelo y me dijo que no podía permi-tirme la conferencia de prensa que
había pedido.
Los organismos
humanitarios me informaron que a mi madre la continuaban persiguiendo y que
buscaban a mi pequeño.
La tristeza me
dominó cuando entró el delegado del CICR y me dijo:
—¿Por qué llorás?
Me limpié las
lágrimas rápidamente.
—Necesito hablar
con los periodistas, tengo que dar una con-ferencia de prensa. Necesito
denunciar al mundo que mi familia está siendo perseguida, que es totalmente
falso que yo cargara semejante cantidad de documentos. ¿Y por qué no dicen que
ese día bombardearon a la población civil?
—Bueno, hay muchos
periodistas que quieren hablar contigo, pero el Alto Mando no los deja. Por
todos los medios han inten-tado venir y es imposible.
—Claro —le digo—,
cuando les conviene me los traen.
Nuevamente la
madrugada me alcanzó queriendo escapar. «¿Cuánto tiempo voy a estar así? Todo
el que sea necesario, Nidia. Ellos han decidido retenerme aquí, precisamente en
la celda que está pegada al salón de interrogatorios para presionarme y
ven-garse. Yo no puedo soportarlo. Uno se prepara para resistir y sufrir. Pero
nosotros somos gente que pelea por sus derechos hasta el último instante. No en
vano hay tanta sangre derramada, no en vano está el COPPES en huelga de hambre
y yo estoy luchando solidariamente con ellos. Ya no debía seguir aquí. Debo
luchar por salir de aquí».
En esos días
cantaba bastante, casi todo el tiempo, cantaba para mí misma y para los
detenidos. Yo no canto bien, pero lo hacía. Descargaba mis emociones.
Pueblo mío dame tu
alegría
te juro que no me
vencerán,
pueblo mío dame tu
valor,
te juro que yo he
de retornar.
Ya mis amigos se
fueron casi todos otros vendrán después de vos lo siento porque amaba
su dulce compañía,
qué será, qué será
de mi vida
yo no sé lo que
será,
si hice mucho, si
hice poco
ya mañana se sabrá,
ya mañana se verá.
Y será lo que será.
Era necesario que
sobreviviera entre las cuatro paredes. Miré alre-dedor. Ahí estaba una mesa,
una silla y un pupitre. Tenía lápices, plumones y pronto me vendrían acuarelas,
papel y algunos libros que me había canalizado la solidaridad y que el régimen permitía.
Arreglé todo como un pequeño escritorio, recorté unas láminas de paisajes y
figuras de una revista y las pegué en la pared.
Tenía una radio ya.
En realidad, me llevaron dos, pero una la envié al COPPES. Costó que me dieran
todo esto. Pero lo peleé con el apoyo de la Cruz Roja y Tutela Legal. Eran
derechos que el COPPES había conquistado para los presos políticos. Era
increíble, pero el grado de combatividad del pueblo, su madurez y nivel de
organización se demostraban hasta en la cárcel.
Pasaron unos
oficiales y me dijeron:
—Pero qué bien
estás aquí. No te podés quejar de nada.
—Solo me hacen
falta las plantas —les digo.
—¿Querés plantas?
—Pues sí, le pedí a
la Comisión de Derechos Humanos una maceta y no la dejaron pasar.
—Mañana te
enviaremos una —dice Revelo.
Me gusta la
naturaleza y, aunque se tratara de una simple hoja, era el símbolo de toda
ella. En el cuartel de la Policía no había visto ni una sola planta. Todo era
cemento: paredes y suelo. Por eso pedí una planta.
26
A la mañana
siguiente, muy temprano, entraron con una gran maceta. Posteriormente, en forma
cínica, un oficial me dijo que la maceta me estaba esperando, pues era un
embutido que habían encontrado con armas en Santa Ana. Era una gran maceta
rec-tangular en la cual solo había una planta con una hoja. Era lo más irónico
que podían haber hecho. Una planta casi marchita. La rechacé, pero no me
hicieron caso y la dejaron.
Pasaron las horas
demasiado rápidamente. Había organizado mi sobrevivencia para mantenerme
ocupada casi todo el día y para que todo lo que hiciera fuera mentalmente sano.
A las cinco de la mañana entraban a hacer la limpieza. El CICR había pedido que
por mi estado de salud se garantizara la higiene. Mi familia me había enviado
desinfectante. A esa hora me levantaba, hacía cuarenta y cinco minutos de
gimnasia, la que podía hacer, pues el yeso del pie y el brazo no me permitían
mucho movimiento. Oía las noticias, bajito. Me bañaba y me cambiaba. Con la
mano izquierda lavaba mi ropa interior. Me costaba bañarme, ya que tenía que
ponerme una bolsa plástica en la pierna y otra en el brazo. Todos los días me
lavaba el pelo, pues aún no había ter-minado de erradicar los piojos. Ellos
decían no creerme, pero una enfermera prometió echarme Gamesán.55 Salía a
tomar el sol. Regresaba y me ponía a leer o a escribir. Esto último era muy
difícil, pues casi no podía sostener el lápiz en forma voluntaria. Comencé a dibujar,
en fin, me entretenía. Pero sobre todo, logré, entre las rejas, y por seña,
comunicarme con los detenidos sin que el detective se percatara de ello.
Tanto los ruidos de
los interrogatorios, como el abrir y cerrar violento del portón de la celda 21
y el ruido insoportable de la
55 Gamesán:
veneno contra los piojos.
maquinaria de
construcción que funcionaba desde las 7:30 a las 3:30 ó 4:00 de la tarde, se me
hacían más asimilables cuando estaba ocupada haciendo lo mío, me abstraía.
Por la noche,
nuevamente el retrato de la bailarina pegado en la pared, alentándome a
caminar, recordándome que yo dancé, que me gustaba y debía volver a hacerlo. A
su lado estaba una mujer a caballo en el campo, atravesando llanuras,
indicándome el camino que había de emprender nuevamente.
Mi primera visita
al campo con objetivos políticos fue en 1974. Llegué en verano a una zona de
Suchitoto. Tuve que caminar sola como seis kilómetros, y a medida que avanzaba
me sentía más segura de mí misma. Llegué al punto del contacto en un cruce del
camino, allí me esperaban dos compas que me llevaron a una casa de bahareque,
de cuyas vigas colgaba una hamaca. Estas casas se me hicieron muy familiares.
Recuerdo que en esta primera oca-sión le pregunté a Manuel:56
—¿Por qué quieres
organizarte?
Entonces me contó
que cuando él trabajaba de mozo de una hacienda, en la que su mujer y sus seis
hijos también vivían y tra-bajaban, había un par de perros grandes. Uno de
ellos tenía un colmillo de oro. Este compañero no tenía dientes y eso le
indig-naba. A él le tocaba darle de comer carne a los perros. El patrón se
enojaba cada vez que encontraba a la familia de Manuel comiendo carne robada.
Todo esto me lo contaba al tiempo que se reía, mos-trándome su boca desdentada.
Cada vez que yo
llegaba a un nuevo lugar, hacía la misma pregunta.
Pensaba que
llegaría un momento en que no tendríamos que andar en buses, que la
comunicación sería a través de corredores,
56 Trabajador
del campo, quien se organizó por esa fecha y cayó comba-tiendo en 1980.
así como hemos
llegado a hacerlo. En 1976 me movilizaba y tra-bajaba con distintos sectores
con mucha facilidad, incluso apro-vechando la noche. Entonces dormía en medio
de los cañales. Así anduve lomas y valles que mis pies aspiran volver a
caminar.
¿Qué pensarían mis
compañeros de mí, de mi actitud? Me torturaba permanentemente pensando que
podía haber fallado en algo, pensado en otros errores adicionales a los que
cometí el día de mi captura. Solo eso era suficiente para torturarme, para
hacerme esa misma pregunta varias veces. ¿Qué pensarían? Me horrorizaba la
posibilidad de que pudieran pensar que era una traidora o algo así. No podía ni
siquiera imaginar que, a estas alturas, yo era inspiración de camaradas que
sufrían por mi situa-ción, que hasta me hacían poemas o canciones.
Ayer te vi por la
televisión, Nidia, con tu brazo y tu pierna revestida de yeso,
el enemigo dijo que
te tiene prisionera, alguien a mi lado dijo:
«esa chamaca es una
leona». Nosotros sabemos que tu corazón no ha sido aprisionado, que no hay
yeso, capucha,
shock eléctrico
que puedan
someterlo, y allí,
frente a las
cámaras
y en la sala de
tortura
fuiste bandera y
esperanza,
bastión firme,
combatiente silenciosa.
Te burlaste con
tanta sencillez
de su estrategia de
muerte
y desvergüenza.
También recuerdo
aquellos versos que me envió un compatriota revolucionario:
Herida por balas
asesinas
quisieron usarla
para seguir su
juego maquiavélico, la encerraron en el santuario de la muerte
y tras usar sus
viles
y sutiles torturas
no pudieron su puño
bajar…
mas su amor hizo
estremecer
y hacer temblar al
tirano
dentro de su
madriguera…
O aquellas frases
en aquel libro que me envió una mujer anónima, donde decía que ella era una de
las tantas y miles de mujeres que querían y luchaban por la paz y que también
trataban de seguir mi ejemplo y valentía, y me decía que siguiera adelante y que
me esperaban.
Una vez un miembro
de la Comisión de Derechos Humanos Gubernamental, sorpresivamente, al
despedirse, me dio un beso en los labios sin que yo pudiera reaccionar. Me le
quedé viendo atónita y volvió a hacerlo. Me dijo:
—Compañera,
disculpe, necesitaba hacerlo en nombre del pue-blo. No vaya a decirlo.
¿Qué era yo en ese
momento? ¿Cómo me veían? No sé, pero yo no quería ser algo especial.
Simplemente pretendía cumplir con mi deber. Sin embargo, me desconcertaba ante
todas las expre-siones y proyecciones de la gente. Días atrás, en los momentos
difíciles, había recibido unas letras que decían que todos estaban
enterados de mi
situación, que me tenían mucho cariño, que fuera fuerte, que tuviéramos
confianza mutua y seguridad recíproca… Entre los detenidos de la celda 16 hay
unos evangélicos a quie-nes les puse «los cantores». Todo el día se la pasaban
cantando salmos. Eran campesinos de oriente. No les habían podido com-probar
nada. Fueron arbitrariamente detenidos por el Destaca-mento Militar Número 4,
en Morazán. Los golpearon salvajemente durante ocho días, ahora llevaban quince
días en interrogatorios. Los acusaban, como siempre, de colaborar con el FMLN.
Ellos se
la pasaban
cantándome el «Salmo de las cien ovejas»:
…Cristo, tú que la
viste sufrir, ayúdala, no la dejes que desfallezca.
Decían que me la
dedicaban.
27
Por indicación de
los médicos de la Cruz Roja, ese día por la tarde vinieron los del Hospital
Militar a hacerme el electromiograma para determinar el nivel de la lesión
causada por el balazo en el brazo derecho. Hacer el examen supuso un largo
trámite. Me lo hicieron después de conseguir la aprobación del Alto Mando.
Aunque el examen debía hacerse en el Hospital Militar, me lo practicaron en la
sala de registro. Hubo dificultades por las fre-cuentes interferencias
eléctricas y radiales de la cárcel. «El aparato tiene agujas y cables
eléctricos. Todo indica que el examen será doloroso: por lo menos así lo espero
yo y el montón de gente que está esperando ver el espectáculo. Allí están los
interrogadores, los detectives. Cada vez que me aplican un impulso eléctrico,
obser-
van. Pero mi
orgullo es mayor que el dolor y no doy muestras de ello». Uno de ellos, al ver
que no me quejé, me dijo:
—Vos si tenés
huevos, Nidia.
Prácticamente yo
estaba ausente del espectáculo. Pensaba en las noticias que había escuchado
recientemente. En la madru-gada de uno de esos días, distintas fuerzas
allanaron el local de la Comisión de Derechos Humanos no Gubernamental. Robaron
documentación secreta y papeles. Robaron dinero. Ese día tam-bién se había
desarrollado otra manifestación de los trabajadores de ANDA. Estaban en huelga
y hasta ese momento habían despe-dido a cincuenta trabajadores. También
concluía el XIX Congreso de la Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños
ANDES «21 de Junio». Habían venido delegaciones de Estados Unidos a
acompañarlos. No cabía duda, la lucha avanzaba. Nuevamente la sensación de
dolor de las agujas.
Una noche, cuando
me encontraba leyendo en la celda, pasaron dos oficiales, algo raros, con
uniformes de camuflaje. Me observa-ron. El detective se les acercó. Ellos
preguntaron:
—¿Esa es Nidia?
—Sí —le responde—.
Ella es.
Me miraron serios y
se fueron.
Inmediatamente
después llegó el oficial de guardia y preguntó por los otros dos que ya habían
bajado.
—¿Qué se hicieron?
Aquí está prohibido pasar. No vuelvas a permitir que la vean.
Sentí un
escalofrío. Pensé que así como andaban esos tipos, cualquier día podían venir a
darme tres balazos. Ahora se habían fijado. Otros habían pasado anteriormente.
Y seguirían pasando.
Desde hacía días
venía experimentando una sensación de triunfo. La lucha del pueblo aumentaba.
Después de casi tres años de inactividad, la lucha popular se reiniciaba,
precisamente algu-nos meses antes de que Duarte asumiera la presidencia. Desde
entonces no había
cesado la actividad; por el contrario, había un incremento sustancial. Las
nuevas movilizaciones populares se explicaban por el mayor empobrecimiento de
las mayorías traba-jadoras. Este empobrecimiento se agudizó durante el régimen
de Duarte. Desde el inicio de su gestión hasta hoy había habido 137 conflictos,
entre huelgas y paros. Los comentarios decían que en este 1ro. de mayo más de
40 000 salvadoreños se volcaron a las calles en repudio a la política
antipopular, convirtiéndolas en tri-bunas de denuncia.
La creatividad del
pueblo siempre ha estado presente. La junta militar demócrata-cristiana
arremetió ferozmente en los años de 1980 y 1981 contra las organizaciones de
los trabajadores hasta dejarlas prácticamente acéfalas. Pero habían resurgido
con nue-vos bríos y con una nueva generación de dirigentes populares que crecía
y se reproducía.
Era de noche cuando
sacaron de interrogatorio a unos diez detenidos. Yo estaba junto a los
barrotes. Uno de ellos, después que le quitaron la venda, se volteó a verme y
sonreía complacido. No recordaba haberlo visto antes. Pero me cayó bien. Le
sonreí. Luego supe que eran dirigentes sindicales. A cada rato los metían y
saca-ban de los interrogatorios. Cuando ellos iban, al pasar frente a mi celda
o al saber yo que estaban en interrogatorios, les cantaba:
El pueblo
salvadoreño
tiene el cielo por
sombrero.
Tan alta es su
dignidad
en la búsqueda del
tiempo
en que florezca la
tierra
por los que han ido
cayendo,
en que venga la
alegría
a lavar el
sufrimiento.
Dale, salvadoreño,
dale
que no hay pájaro
pequeño, dale, que detenga ya su vuelo, dale, cuando comienza a volar.
Entre estos
sindicalistas se encontraba el secretario general y el secretario de conflictos
del Sindicato del Seguro Social, quienes fueron capturados durante un salvaje
desembarco de helitrans-portados en la madrugada de los primeros días de junio
en el Hospital Central del Seguro Social. Los trabajadores estaban en huelga
pidiendo aumento de salarios.
El operativo fue
dirigido por Reinaldo López Nuila, viceminis-tro de Seguridad Pública. Usaron
fuerzas combinadas de la Policía de Hacienda —las tropas que desembarcaron,
vestidas de negro y con máscaras— y de la Policía Nacional, la cual ya había
infiltrado detectives. Pero tal fue su nerviosismo que, a pesar de haber
ama-rrado y puesto boca abajo a todos los huelguistas en segundos, los de la
Policía de Hacienda asesinaron, confundiéndolos con com-pas, a cuatro
detectives de la Policía Nacional. Luego se llevaron presos a los dirigentes.
Sin embargo, los trabajadores, en abierto desafío, continuaron firmes en la
huelga hasta lograr la libertad de sus dirigentes. Lo mismo sucedió meses
después con la actitud de los trabajadores del Sindicato del Banco de Crédito
Popular al ser capturado su secretario general.
Ni las capturas, ni
los desaparecimientos, asesinatos de sindi-calistas, ni los allanamientos a sus
locales, ni los asaltos milita-res por parte del Ejército de Duarte, han
logrado amedrentar la voluntad popular. Han sido inútiles el artículo 29 de la
constitu-ción política que trata de impedir la movilización de los
trabaja-dores, y el decreto 296 que coarta el derecho a la huelga de los
empleados públicos.
Uno de los
sindicalistas que pasó frente a mí se parecía a mi hermano Rafael. Solo que
aquel estaba cuerdo.
Estuve organizando
trabajadores en la década del setenta, y lo hacía todavía en el ochenta. Cada
vez que recuerdo esta etapa, canto esos hermosos versos que compuso la
comandante Susana:
Que viva la clase
obrera
comandante de los
pobres
y viva el
campesinado
su más fiel y firme
aliado…
¡Ah!, si tú
comprendieras este dolor de la separación.
Este dolor que nace
y me hace vivir… Sobrevivir.
¡Ah!, si tú con tus
pequeños años,
a tu corta edad,
pudieras ver este dolor estremecerías al mundo, romperías el universo
de lo desconocido.
Mi niño fue
prematuro, lo tuve cinco semanas antes de la fecha esperada. El trabajo era muy
intenso y las responsabilidades se acrecentaban. Estábamos en el período de
resistir, consolidarnos y avanzar. En ese momento estaba en el frente urbano,
en condicio-nes de clandestinidad, con identidad falsa. Por unos
sobreesfuer-zos y caminatas largas casi lo aborto.
Recuerdo la
sensación indescriptible que sentí al parir y ver al pequeño. Una intensa y
desconocida ternura nació desde lo más hondo. Sentí que había cumplido con otro
deber, pero un deber distinto: había sido capaz de dar otra vida, había dejado
ya la semilla. Lo vi exactamente parecido a su padre. Durante dos días
me coloqué una
almohada sobre el estómago, pues me era extraño estar sin él en el vientre y
tenía mucho frío.
Querido, mi
relindo,
no me olvidés
nunca.
Porque yo estoy en
lo que llaman el infierno o la gloria.
Porque soy mortal
y me hicieron
inmortal.
Sobreviví, estoy
viva,
nunca me olvidés.
No sé cuándo te
vea, quizá pronto, tal vez no.
Uno no sabe las
sorpresas de la vida.
Ahora aquí estoy,
cumpliendo con mi
deber.
La primera vez que
me separé de él, cuando tenía seis meses, aún lo amamantaba. Era de madrugada.
Mi madre me echó la bendi-ción y me dijo:
—Vete sin
preocupación, hija. Yo tengo ahora un amor mucho más inmenso, es doble. Este
niño es fruto de tu vientre y tú eres fruto del mío. ¡Cómo no voy a protegerlo!
Las dos llorábamos.
Al salir, sentí que algo se desgarraba den-tro de mí. Cada vez que me separaba
de él, me angustiaba el reen-cuentro, pues creía que no me reconocería y que me
rechazaría. El primer reencuentro fue a los dos meses y se inhibió. Después ya
no. Al pobre lo operaron a los dos meses de nacido de dos her-nias. A los
cuatro meses le enyesaron una piernita, pues traía un problema congénito en un
pie. Creo que me preocupaba en exceso por él, yo diría que lo superprotegía.
Cuando estaba con él revi-saba su cuerpo minuciosamente.
Alejandrito,
recuerda
que tenemos que
jugar,
que platicar,
derramar nuestra
ternura. Espérame con los brazos abiertos en la gloria o en la inmortalidad de
la historia de este pueblo.
28
«Hoy se irán mi
madre, mi hijo, mi hermana menor y su hijita. Este 19 de junio, de hecho, se
van exiliados de su patria. ¿Qué les espera en Suecia, a miles de kilómetros?
Seguro que el proceso de integración a esa sociedad les costará».
Mi angustia creció
y mi desesperación fue desbordante cuando supe que la S-2 comenzó a amenazar a
mi madre y se atrevió a ametrallarle la casa, pasándole las balas a diez
centímetros de su cabeza, y a seguirla; hombres encapuchados llegaron a
buscarla dos noches; los teléfonos no paraban y el enemigo preguntaba a cada
rato por mi hijo, mi pequeño, e intentaba secuestrarlo; a mi madre le decían
que solo le quedaban horas de vida, que le pon-drían una bomba, que se fuera
del país porque la iban a matar. También así pretendían hacerme sentir
culpable.
Las amenazas
comenzaron a partir del momento en que mi madre, junto a la Cruz Roja
Internacional, después del período de los interrogatorios, vino a verme a la
cárcel. Un teniente tuvo el descaro de decirme varias veces que a mi madre la
perseguían y la amenazaban los guerrilleros, quienes por mi traición se
venga-rían con mi familia.
Mi madre, al verse
amenazada, recurrió al arzobispado y al Comité Internacional de Migrantes. Se
hicieron gestiones con el
Gobierno sueco, el
cual ofrecía refugio a las víctimas de la guerra. En Suecia hay alrededor de 1
000 refugiados. Así también los hay en Australia, Canadá, Honduras, Costa Rica,
Nicaragua y México.
Una noche, en su
desesperación, mi madre hasta le escribió una carta a Napoleón Duarte en donde
denunciaba su persecu-ción. Duarte le respondió que haría las averiguaciones,
pero lo que hizo fue encubrir estos actos.
En El Salvador, los
familiares de los guerrilleros son también víctimas, principalmente cuando se
trata de un dirigente. Asesi-nan o desaparecen a los seres queridos para hacer
presión y para dar lecciones. Cuando no lo pueden golpear a uno, golpean a los
indefensos. Cuando uno está preso, lo presionan capturando a los familiares.
Buscan hacerte chantaje y quebrarte la voluntad. Ponen grabaciones con voces de
los familiares; si tienen un hijo pequeño, el llanto de un niño. A Graciela le
capturaron al papá y la desnu-daron frente a él; a Ana Guadalupe le asesinaron
a un hermano; al padre del comandante Joaquín Villalobos, le pusieron una bomba
en el local de trabajo y lo capturaron. En otros casos fue para ven-garse. Esto
fue lo que sucedió también en mi caso. Tengo doce familiares refugiados,
quienes fueron víctimas de la represión.57 Ellos no tenían nada que ver
con el FMLN. Su delito simplemente fue el ser familiares míos y no dejar de
enviarme ropa limpia cada ocho días a través de los organismos humanitarios.
«Las lágrimas son
incontenibles, boca abajo en la colchoneta. Recuerdo a mi pequeño. Nació en el
año de la ofensiva. Su rostro es dulce, y tiene la piel amelocotonada. En sus
ojos hay tristeza y tiene una sensibilidad exquisita. Recuerdo que con su padre
decidimos tenerlo después de reflexionar mucho. No me fue fácil
57 Mi
cuñado fue secuestrado y torturado por la Policía de Hacienda durante
diecisiete días. Debido a presiones, el Gobierno de El Salvador lo entregó al
de Suecia.
decidir tener a mi
hijo en la guerra, más con las responsabilidades que una tiene. Una desea tener
un hijo, varios, que nazcan y se desarrollen en la lucha. Verlos crecer en el
proceso. Casi nunca se gozan, pero sabés que están ahí, que viven y que son semillas
que fructificarán y se desarrollarán en el ejemplo de sus padres. No es fácil
saber que quizá lo dejarás huérfano, que te separarás de él o de ellos por
tiempo indefinido; o que quizá te lo destrocen frente a ti o te lo
desaparezcan. Casi siempre, cuando los capturan en los operativos que realiza
la Fuerza Armada en las zonas de control o de expansión, los llevan a centros
correccionales donde los ubican junto a niños con problemas de conducta. Allí
llevaron a Osmín, hasta que lo rescataron unas monjas.
»Sabes que tu hijo
es parte del pueblo y que, aunque te le hagan daño y te causen un dolor sin
precedentes, no delatarás ni entregarás a nadie. Por eso no es fácil, pues una
quiere verlos cre-cer, gozarlos, y en tiempos de guerra generalmente no es
posible hacerlo. Cada vez o cada minuto que los tienes junto a ti, lo vives
intensamente, saber que tienes que darles los valores que posees, que él o
ellos deben ser mejores que una, que en su pequeña mano está el porvenir
alumbrando las sombras.
Pequeño hijo mío
pequeño gran hombre
no sé cuándo te
volveré a ver, pero te veré y volveré a derramar todo mi amor y dulzura
hacia ti, volveré a
ser tu amiga.
»Osmín estaba ahí;
también la Chabelita y otros seis. Él no es muy grande, apenas tiene los ocho
años de miles de niños. Sangraba su espalda. Su valentía me admiró y me enseñó…
Él no jugaba como quizá tú lo estabas haciendo, hijo, como yo quiero que lo
hagan a esa edad
los niños de mi patria… Hijo, por eso lucho. ¿Lo comprendés?».
Estaba segura de
que lo volvería a ver. No podía ni siquiera imaginar cuándo ni en qué
circunstancias.
29
Me encontraba
dibujando un paisaje, de esos que mis pies han caminado, cuando un grupo de
norteamericanos y oficiales se situó frente a la celda. La abrieron y entraron
cinco. Eran congre-sistas. Me explicaron que el pueblo norteamericano estaba
inte-resado en mi salud y deseaban saber cómo me encontraba. Les respondí que
estaba luchando para ser trasladada a la Cárcel de Mujeres, que en el cuartel
me retenían arbitraria e injustamente, que no era ahí donde, según las leyes,
debía estar. Les expliqué las causas por las cuales pedía mi traslado, y los
atentados y la perse-cución de que había sido víctima mi familia. Parecía que
no escu-chaban lo que les decía. Era otro el motivo de su visita:
—¿Qué opina usted
sobre la masacre58 de la Zona Rosa?59 —preguntaron.
—El hecho es
producto de la injerencia norteamericana. Su participación directa en la guerra
los expone a perecer. Están cada vez más metidos y sin embargo no quieren ser
afectados. Eso no es posible. A mí me capturó un norteamericano. Duarte no lo
ha podido negar. Ahora ya están en los teatros de guerra, quizá pronto nos
invadan con tropa.
58 Así
llamaron los sectores de poder a la operación político-militar reali-zada en
San Salvador el 19 de junio.
59 Zona
Rosa: lugar de la capital donde se concentran locales de recreación de la
burguesía.
—Nidia, ¿qué
relación hay entre su captura y el caso de la Zona Rosa? ¿El PRTC hizo la
masacre porque fue norteamericano el que la capturó?
—Lo mío es una
ínfima expresión de la injerencia. Desde hace seis años vienen involucrándose
en nuestros problemas, por eso el conflicto no ha podido resolverse. Son sus
bombas las que nos agreden. Entrenan a batallones que aplican el terrorismo.
Las líneas tácticas son diseñadas por el Pentágono y los asesores, en una
estrategia de terror.
—¿Aquello fue un
acto de desesperación?
—No sé quiénes son
ustedes ni lo que persiguen, pero sí les voy a decir que en El Salvador
deambulan decenas de asesores, expertos torturadores, agentes de la CIA y
funcionarios norteame-ricanos. Son gente vinculada con las desapariciones,
torturas, cap-turas, interrogatorios. Manejan y controlan la inteligencia.
—Ahí solo murió
gente inocente.
Los miré y les
respondí:
—No es ningún acto
contra el pueblo. La línea del FMLN es contra el imperialismo. Estamos cansados
de estar peleando con-tra soldados reclutados a la fuerza, mientras los
oficiales y los norteamericanos se pasean por las calles y gozan. De aquí en
ade-lante, seguro que vamos a empezar por los responsables.
—¿Cómo ve ahora su
situación ante el pueblo norteamericano? Antes, usted tenía simpatías. Con esta
masacre, usted las pierde.
—Estoy segura de
que el pueblo norteamericano comprenderá. En este caso, si bien fue un comando
del PRTC, este actuó con la línea de la comandancia general y no es un acto de
terrorismo. Fue una acción de legítima defensa contra quienes promueven y alientan
la agresión contra Nicaragua y El Salvador, contra quie-nes sostienen a la
«contra» y al Gobierno de Duarte.
—Ustedes se
equivocaron, había gente inocente.
—Yo desconozco
detalles; pero nosotros, por norma, no actuamos si no tenemos información
precisa, la necesaria y básica para golpear, y esos, seguro que eran asesores
yanquis y agentes de la CIA.
Se miraron y se
despidieron de prisa. «¿Acaso fue esto un interrogatorio? No lo sé, no
parecían policías, además dijeron que eran del Congreso, al menos así lo dijo
el traductor». Revelo andaba con otros oficiales de traje civil.
La noche que los
comandos «Mardoqueo Cruz» se atribuye-ron la operación político-militar «Yanqui
agresor, en El Salvador otro Vietnam te espera», que consistió en un ataque de
aniquila-miento a asesores militares norteamericanos y a agentes de los organismos
de inteligencia que se encontraban en un restaurante de la Zona Rosa, fue una
noche terrible. Me tembló todo el cuerpo, mis palpitaciones se acrecentaron y
casi me fumé una cajetilla de cigarros. Pensé que me volverían a sacar otra
vez a interrogato-rio o me enviarían a la Cárcel de Mujeres y que en el camino
me secuestrarían. Miles de especulaciones se me venían a la cabeza. Ya habían
pasado dos días y nadie se había atribuido la acción. Había pensado muchas
cosas.
La acción fue
exitosa. Fue un período de acciones que marca-ron un salto de calidad en cuanto
a la presencia político militar del FMLN en los principales centros urbanos.
Esta acción era el resul-tado de los esfuerzos y de las experiencias de
nuestros comandos en San Salvador.
El operativo tenía
como fundamento el amplio apoyo de los diferentes sectores de la población, sin
el cual no hubiese sido posible realizar esta y otras acciones.
La situación
militar de la zona no era fácil. El Estado Mayor de la Fuerza Armada y la
escuela militar estaban a 250 metros. El cuartel de la Policía Nacional
conocido como batallón San Benito estaba a 150 metros. La embajada de Brasil
estaba justamente
enfrente del
objetivo, a unos diez metros. En el vecindario vivían Vides Casanova, el
ministro de defensa; el embajador norteame-ricano; el oligarca Regalado Mathies
y Jorge Bustamante, director del seguro social. En todas ellas había elementos
de los cuerpos de seguridad permanentemente.
Según la radio, los
compas también habían ametrallado la sede del Estado Mayor de la Fuerza Armada
y la residencia del director del seguro social, quien mantenía una actitud
intransigente con los trabajadores de esa institución, quienes estaban en
huelga. En esta acción participaron equipos de investigación, localización y
revisión. Se organizó el apoyo de militantes, colaboradores y sim-patizantes.
Todos ellos estuvieron coordinados por un sistema de comunicación debidamente
compartimentada y bajo la conduc-ción directa de la jefatura militar.
En la acción
participaron tres comandos: uno de choque y ani-quilamiento, uno de seguridad
inmediata y otro de seguridad mediata. Todos ellos debidamente armados.
Los compañeros
llegaron a la Zona Rosa, reconocieron el res-taurante, a los asesores
norteamericanos y a los agentes de la CIA. Al disparar, elementos vestidos de
civil que se encontraban en la zona respondieron, y se produjo un intercambio
de disparos.
Los comandos tenían
un margen máximo de cuatro minutos para realizar la acción y retirarse. Antes
de establecerse el cerco militar y de desplegarse los efectivos de la Fuerza
Armada, los comandos estaban fuera de peligro. En esta acción cayó heroica-mente
Julio Martínez.
Ese día, 19 de
junio, en la Policía Nacional se hizo todo un alboroto, se oían noticieros y
estaban coléricos. Yo estaba suma-mente feliz, pero no podía gritarlo a los
cuatro vientos para que lo oyeran todos los compatriotas que estaban detenidos
y en interrogatorios.
Vinieron varios
oficiales, entre ellos Revelo, López Dávila y
Serpas:
—Buenas noches,
Nidia —dice Revelo, llevando como siempre su mano hasta la frente.
Un sudor se apoderó
de mí; absorbí todo el humo, lo miré seria y con la cabeza erguida:
—Buenas noches —le
digo.
Silencio, todos me
miraron. Me observaron. Tenía que aprove-char la oportunidad y hablar yo
primero.
—¿Qué ha pasado con
mi traslado a Ilopango? He apelado y escrito y no hay respuesta.
—Su caso está en
manos del Juez de Instancia Militar. La licen-ciada María Julia llamó y dijo
que vendría la próxima semana con una jurista. Además, Monseñor Rivera vendrá a
verla. Si usted quiere ver al ingeniero, él viene.
—¿El ingeniero?
¿Qué ingeniero?
—Sí, el ingeniero
Duarte. Me ha dicho que si usted quiere, él viene a verla.
Realmente me
parecía mentira, pero no se lo dije. Traté de ignorar la pregunta, pero él
insistió y entonces le dije:
—Así no; detrás de
las rejas, nunca.
Con voz muy serena,
mirando a los ojos a López Dávila, le dije a Revelo:
—Quiero decirle que
hace dos días vino un interrogador a mos-trarme unas fotos de una mujer. Ni
siquiera la conozco. Esa es una forma de interrogatorio y se lo voy a decir a
la Cruz Roja Interna-cional y a Tutela Legal. No quiero que eso se repita. Yo
ya pasé el periodo de interrogatorios. Eso es un abuso.
Revelo miró a López
Dávila, luego me miró y me dijo:
—Despreocúpese,
Nidia, ya no van a venir a perturbarla.
No dormí en toda la
noche, fumé demasiado. El cigarro no ha sido costumbre o vicio en mí, mucho
menos algo obsesivo. Ni
siquiera en el
interrogatorio acepté cigarros, a pesar de que me ofrecían a cada rato.
Amaneció. Las noticias decían que había terminado un operativo sobre Morazán.
«¡Morazán heroico! Si pudiera oír por lo menos un minuto la Radio Venceremos o
la Farabundo Martí; pero aquí no se capta por la interferencia y ade-más el
detective que está siempre frente a mi celda lo impediría. ¡Morazán! Conocí
Morazán, sus entrañas, su profundidad, sus combatientes, sus jefes, sus
combates, y nuevamente ahí reencon-tré a mis amigos de siempre».
En la noche me
sentí intranquila, desesperada. Pensaba en todo, en la guerra, en las
justificaciones políticas del adversario para la agresión. Pensé en los compas,
en los combatientes. «Siento que los he decepcionado. Quizá ellos esperaban
mejores cosas de mí. ¿Cómo estarán los de los interrogatorios? Esos que me paso
escuchando, los permanentes y prolongados… ¿verdad que esta es la estructura de
tu organización?… ¿Reconocés a esta?… ¿Y a este?… ¿Y a este?… No, no los
conozco… O no había respuesta.
»Soy prisionera de
guerra, esa es mi situación. ¿Cuál es la mejor conducta que debo adoptar? Solo
hago lo que pienso que debo hacer, pero estoy insatisfecha. Añoro todo lo que
mis pies caminaron. Centroamérica, tierras, montes, ciudades. Mis seres queridos.
Los reencuentros y los desencuentros».
Detrás de estas
treinta y dos rejas y frente a un muro
tengo nostalgia
dulce y triste del pasado.
Lo amo fuertemente
y no lo lloro.
30
«Desde hace una
semana tengo una tristeza muy honda. No sé qué es lo que me pasa, es como un
presentimiento, es como si algo hubiese sucedido». No me lo explicaba, pero esa
mañana, al salir a tomar el sol, el teniente Serpas se acercó y me dijo con
tono burlón:
—¡Puta, mamaíta!
Tenés una gran memoria.
—¿Por qué dice eso?
—En el informe que
vos sacaste de aquí para tu partido, clasifi-cabas uno por uno los papeles que
andabas en la mochila e infor-mabas de todas las fases que tuviste en el
interrogatorio.
Sentí que la vida
se me escapaba. Me estremecí de pies a cabeza. Me entró un temor, pero lo miré
serenamente:
—¿Cuál informe? ¡Yo
no he sacado ni mierda!
Pero al decir esto
yo me preguntaba atropelladamente: ¿cómo fue posible que lo supieran? ¿Sería
que habían capturado al cola-borador con el papel? ¿Por qué hasta ahora, si ya
habían pasado dos meses? Me preguntaba a mí misma: ¿en dónde y cómo cayó ese papel?
—¡No jodás,
mamaíta! Si vos has escrito un informe de cua-renta y dos páginas, veintiuna
hojas revés y derecho, hojas raya-das con tu puño y letra; y ahí decís que
nosotros somos unos inexpertos y que tuviste una gran victoria sobre nosotros.
—¡Miente! ¡Yo no he
escrito nada! —le contesto firmemente. —¿Y lo que andaba la Arlen Siu en la
mochila? Sentí un nudo en la garganta.
—¿Cuál Arlen Siu?
—logré decirle.
—La Arlen Siu… la
comandante que cayó en el norte de San Miguel. ¿Vas a decir que no la conocés?
Y allí cayeron un montón de terroristas. La Tercera Brigada acabó con ustedes.
Ahora comprendía
por qué desde hacía una semana habían redoblado la vigilancia y un detective
cuidaba a otro. Habían cambiado al personal de la Comisión de Derechos Humanos
Gubernamental. A la Cruz Roja le pedían que el delegado solo fuera a verme ante
ellos y habían capturado a un miembro de Tutela Legal. Me habían suspendido el
derecho a estar informada, a comprar el periódico.
—Mirá, mamaíta, yo
a vos te hubiera doblado, pero me diste lástima. ¡Puta! Dabas lástima como
estabas. Con vos perdimos mucho tiempo; te chineábamos, te sacábamos a cada
rato para que te viera la prensa, el médico, y a mí me diste lástima y por eso
no te doblé. No es que seamos inexpertos.
Me estaba
provocando, pero me sonreí y le dije:
—Pues sí, es una
lástima para ustedes contar con gente como usted, que no cumplen con su deber.
Su deber era doblarme, ablandarme y ver si me quebraba. Pero yo le pregunto:
¿le parece poco haberme interrogado sin dejarme dormir ni de noche, ni un
instante, tratando de vencerme, sin darme pastillas para el dolor?
—No, mamaíta, no
jodás. A vos no te hemos interrogado dieci-séis días. ¿No ves que te anduvimos
de arriba para abajo, te saca-mos radiografía, te veía la Cruz Roja? Lo que
pasa es que me diste lástima; ¿no ves que yo te llegaba a ver y no te podía ni
siquiera interrogar?
—Su voz me es
familiar, usted me interrogaba —le digo—. Lo que pasa es que usted no puede
concebir su derrota, no puede aceptar que existan personas con principios y que
mueren en su trinchera.
—No, hombre. No hay
nadie que resista cuando se le aplica verdaderamente la presión; con vos no lo
hice. Mirá, yo doblé a Miguel Castellanos, y todo lo que he estudiado en Chile,
Uruguay y Venezuela lo tengo fresco y lo aplico creadoramente en El Salva-dor.
No hay quien resista, lo que pasa es que me diste lástima.
—Usted me está
provocando, quiere que le diga que vayamos otra vez al interrogatorio. Si tanto
dice que me pudo doblar y no lo hizo, perdió su oportunidad.
Por poco le escupo
la cara. Este infeliz siempre se me acer-caba a la celda cuando tomaba el sol,
tratando de aparentar ser el bueno de la película. Pero era nada menos que el
jefe de la Policía política. Al principio trataba de ocultar lo que era y se hacía
pasar como miembro del personal administrativo. Decía que me había conocido
desde chiquita y, con tono burlón, siempre me decía que yo era su
«cipota».60 Fue uno de los pocos oficiales que se atrevió a no respetarme
y a continuar interrogándome, ahora solapada-mente. Ni el mismo mayor López
Dávila, jefe de inteligencia, se atrevía a interrogarme de esa forma.
No lo soporté. Di
media vuelta y subí precipitadamente. Toda-vía, con tono irónico, me dijo:
—¡No te enojés!
Cada vez que lo
recordaba, sentía gran rabia y no dejaba de pen-sar en Arlen. Ella había
muerto. A la mañana siguiente, Radio YSU anunció la caída en combate de la
comandante Arlen Siu Guazapa.
Del dolor terrible
(5 de julio de 1985)
Detrás de estas 32
rejas
y frente a un muro
tengo nostalgia
dulce y triste
del pasado.
¡Lo amo fuertemente
y no lloro!
60 Cipota:
niña.
Tengo añoranza
y fe en el futuro
no lo busco y
lo encuentro.
Tengo dolor
terrible
y alegría natural
del presente
lo lloro y le
canto.
Tengo la rebeldía y
resistencia de los
siglos,
los llevo
en mi pueblo y
su lucha, que es
la nuestra.
Todo es tan humano
nada me es ajeno.
Todo es un ayer, un
hoy y
un mañana.
«Camarada, amiga,
hermana del alma, la muerte te sorprendió en junio. Las lágrimas brotan. Miro
el recorte que tengo de la mujer a caballo. Hoy te pareces a ella. Ahora
entiendo mi tristeza y pesar de estos días. Era por ti y no lo sabía. El brillo
de tus ojos será luciérnaga en la oscuridad y tu melodiosa voz, el ruiseñor de
nuestro amanecer.
»Te conocí en 1973,
al iniciar las clases de psicología y después tuvimos que encontrarnos muchas
veces. ¿Y ahora? Tu solidez moral está en la construcción del partido
unificado. Hace cua-tro meses dejé de verte. Te habíamos nombrado responsable
del
trabajo
político-militar en oriente. ¿Cómo es posible que ya no estés físicamente con
nosotros? Siempre estabas cantando y ale-gre. Tu ánimo vivía en cada masa
organizada y tu calor fraterno y solidario era el abrigo en el invierno. Tenías
muchas iniciativas. Tu rocío caerá en las tardes combativas y tu frágil figura
estará en la vanguardia de las columnas guerrilleras. Tu coraje y valentía
están en el fusil de cada combatiente. Tus grandes cualidades humanas te
llevaban a comprender los problemas arduamente en sus orga-nizaciones de base.
Formaste las organizaciones de los pioneros y de las mujeres en los distintos
frentes. Te gustaban tanto los niños y, por fin, ahora ibas a ser madre; en tu
vientre abrigaba ya el fruto, un nuevo pionero. Tu amor maternal está en cada
pionero liberado. Tu sangre es el abono para la tierra liberada y tu alegría
será mi triste compañía. Arlen, Celia, ¡hasta la victoria siempre!».
Tenía una obsesión
con los seres queridos que ya no estaban físicamente con nosotros. La caída de
Arlen Siu Guazapa me había hecho sentir más la necesidad de ser mejor, de usar
por ella sus botas en esos valles y alinear de mejor forma su fusil. Era una mujer
de temple. Trabajó en todos los frentes de guerra, incluida la cárcel, donde
mostró una admirable conducta. Ahora sé que murió el 26 de junio, seis días
después de cumplirse el segundo aniversario de la caída en combate de Mardoqueo
Cruz. ¡Qué coincidencia! Ellos fueron compañeros de vida y ahora se
acom-pañaban en el ejemplo.
Con Mardoqueo,
compañero de extracción obrera, trabajé en la organización de los comandos
urbanos en 1982 y 1983. Ahora los comandos llevaban su nombre y lo
reivindicaban en cada combate.
«Ya no debo seguir
pensando en ellos, estoy torturándome». Me levanté y comencé a hacer
ejercicios. Me gustan. Ese día hice casi hora y media.
31
Hablando sin
mostrarme los ojos, como casi siempre lo hacía, Julio César, el famoso doctor
Bottari, me dijo:
—Nidia, voy a
escribir un libro basado en la vida de un joven que proviene del campesinado.
Por medio de un tío puede llegar a estudiar, luego se incorpora a la guerrilla
y después de diez años de luchar, se arrepiente. Ese joven participa en todos
los frentes de guerra y es de la dirección del FMLN. Necesito que usted me
ayude contándome cómo se vive en el frente, qué hacen. Imagí-nese, yo no sé ni
cómo se hace un «tatu»,61 y eso sería bonito expli-carlo en el libro.
61 Tatú:
refugio.
—Usted debería
consultar en los archivos de inteligencia, así sabrá lo que ahí hay sobre lo
que me pregunta. Yo no le puedo ayudar.
—Lo que pasa,
Nidia, es que yo no tengo acceso a esos archi-vos. Mi vida es solo la profesión
médica. Tengo treinta años de trabajar aquí. Soy el jefe del personal médico y
de enfermería: mi ocupación no tiene nada que ver con las investigaciones, por
eso quiero que alguien como usted, que ha vivido directamente la guerra, me lo
cuente. ¿Cómo se vive? ¿Cómo se hacen las cosas? ¿Cómo se sienten en las
montañas?
Muchas veces me
había pedido que le diera información para ese libro. Seguro que iba a reflejar
el caso aislado de Miguel Caste-llanos. Me hablaba como si yo no supiera quién
era él, todo lo que había hecho y hacía.
—¿Usted trabaja
aquí solamente? —le pregunto.
—No, yo soy un
hombre luchador. Trabajo de jefe de neurolo-gía en el Seguro Social, en el
Hospital Psiquiátrico, en el Centro de Rehabilitación y, además, tengo una
clínica particular en el edifi-cio Duke. También escribo. Tengo varios
libros: Sexología sacerdotal y Memorias de un niño.
Se los voy a regalar. Ahora pienso escribir sobre el guerrillero que se cansa
de luchar.
Lo miré fijamente.
Este tipo era tan cínico que no se atrevía a mostrarme los ojos. A veces me
había dicho que en el pasado fue progresista, que anduvo en las luchas
estudiantiles, que conoció a muchos de los revolucionarios y se había atrevido
a preguntarme por su paradero actual. A veces quería gritarle, como el primer
día, cuando lo volví a ver, que no lo soportaba y que era un asesino.
Lo conocí en 1973,
cuando estudiaba psicología. Cuando reabrieron la universidad, después de la
ocupación militar del régimen de Molina, colocaron en las diversas facultades a
personal administrativo reaccionario y a «orejas».62 A Bottari lo pusieron
62 Orejas:
confidentes, colaboradores secretos de la Policía y de los cuerpos represivos.
en la cátedra de
psicofisiología. Para nosotros era un policía y luchamos por quitarlo.
Triunfamos con la participación activa del estudiantado. Yo pertenecía a la
directiva de la Asociación de Estudiantes de Psicología. Bottari no me
recordaba o se hacía el desentendido. A quien tenía bien presente era a Miguel
Castella-nos y lo odiaba. Por eso me dijo: «ese Miguel, ni a revoltoso llega:
yo lo decía siempre…»
El día que entró
muy suelto a la celda, si mal no recuerdo, fue el 6 de mayo. Se presentó ante
mí como mi médico, diciendo que para cualquier cosa contara primero con él. Me
preguntó si me sentía mal de los nervios. Me dijo que confiara en él, que era
psi-quiatra, que él me podía ayudar, que para eso estaba.
Una vez me dijo que
la guerrilla lo tenía en lista, porque un sobreviviente que había sido
salvajemente torturado y encontrado en un desagüe, lo había acusado a él. Pero
me dijo que eso no era así, que había una confusión, que él jamás había
torturado a nadie, que él solo atendía los casos de los enfermos.
Bottari fue acusado
por el FMLN de ser responsable de las tor-turas más bestiales con sueros y
electros. Era el responsable de las locuras de decenas de compatriotas y de
desaparecidos. En las cárceles clandestinas y en los cuerpos represivos ha
jugado un papel muy activo como torturador.
Conmigo trató de
aparecer como bueno, como inocente. Me dijo que tenía un alto concepto de mí,
porque uno debía morir siempre en su trinchera, que se extrañaba de que el FMLN
me hubiera dado la espalda, que por qué no me habían canjeado al igual que otros
compañeros, que lo más seguro era que quizá ya no confiaban. Otras veces me
decía que quizá el FMLN iba a dar un golpe un día de estos por mí. Pero casi
siempre me decía que el FMLN me había abandonado y que no se lo explicaba, que
el día que saliera que sería mejor que me fuera a curar a Francia.
Al principio no
quería decir que era coronel. Yo lo sabía desde antes. Un día el enfermero se
le cuadró y otro, él le dijo a un detec-tive que le abriera mi celda. El
detective no la abrió rápido y él se enojó y le gritó: ¿no sabe que yo soy
coronel?
—Mire —le digo—,
cuando yo estaba en el interrogatorio le dije a los de la inteligencia que por
tres motivos no iba a hablar: primero, por cuestiones de principio; segundo,
porque nuestro trabajo está compartimentado y se sabe lo necesario, y tercero,
porque no sé.
Bottari me miró y
no dijo nada. Desde ese momento, no volvió a pedirme que le ayudara en el libro
con mi información. Pero en otra ocasión pidió que lo recomendara con Tutela
Legal o con cualquier otro organismo que tuviera fotos donde se demostraran los
daños que el Ejército causaba al pueblo, que él solo tenía foto-grafías que
venían de los diarios nacionales en donde aparecía el FMLN-FDR violando los
derechos humanos.
Tenía una
personalidad psicópata y había entrado en una cri-sis política. Él siempre
estuvo vinculado al poder, desde partidos pro-oligárquicos. Pero ahora estaba
en el poder el Partido Demó-crata Cristiano, el cual tenía contradicciones con
otros sectores de poder y aun entre los mismos oligarcas había contradicciones.
El partido ARENA se acababa de dividir. Bottari me decía que ya no se sentía
bien en la política nacional, que no se sentía ubicado, pues trabajaba para
alguien con quien no estaba de acuerdo, que no compartía la política de Duarte,
que no soportaba a los nortea mericanos y que en ese punto sí estaba de
acuerdo conmigo.
—Cuando se sienta
mal, avíseme. ¿Se siente nerviosa? —No, todo está bien.
No llegué a pedirle
un tranquilizante, aun en los momentos más difíciles, ni siquiera cuando no
podía dormir, ni en aquellos momentos de mayo en que creí volverme loca. Jamás
Bottari me vio triste o deprimida.
Nunca nadie me odió
con la sutileza de Bottari. Sus ojos cla-ros, cuando me miraban, destellaban
rabia. Una vez me dijo que en rueda de amigos, gente de mucho dinero le había
preguntado sobre mi conducta y que él había dicho que yo era de los que morían en
su trinchera.
Debido a la presión
del CICR y «Ayuda Médica para El Sal-vador», Bottari se vio obligado, aunque
siempre de forma lenta, a tramitar con el Alto Mando lo relacionado con mi
yeso, con el diagnóstico del médico forense, con el electromiograma, con la
concreción del lugar para la operación del brazo y de la mano. Él aparentaba
ser muy atento y tener interés real por mí, pero solo trataba de resaltar su
imagen.
Realmente era
insoportable. Recuerdo que cuando vinieron por primera vez a intentar operarme,
el 22 de mayo, aparentó inte-resarse para que se posibilitara la operación. En
realidad, fue uno de los que más obstáculos puso. Al día siguiente, Karen
Parker y los doctores Lemus y Sánchez se regresaron sin haber realizado la
operación de microcirugía que solo fue posible efectuar después de cuatro meses
de lucha y presión de la solidaridad. A tal grado llegó la presión, que cuando
Duarte fue al Congreso de Estados Unidos, en junio de 1985, algunos
congresistas le preguntaron que por qué no facilitaba la operación y tuvo que
comprometerse. Pero, como siempre, no cumplió.
Sabiendo que
Bottari era psiquiatra, algunas veces llegué a reprocharle su falta de interés
después de contarle que con mucha frecuencia, en las noches, oía gritos de
compañeros detenidos que parecían volverse locos o ya lo estaban, o que
sacudían las rejas, algunas veces llamando personas, incluso a mí. Esto último,
yo no sabía si era real o producto de mi ansiedad e impotencia por querer
ayudar a los compañeros.
Una noche sacaron
de interrogatorio a un hombre alto, del-gado, bien parecido, y luego lo
metieron en la celda 17. Me dio
tanta pena verlo y
después oírlo cuando gritaba entre los barrotes, de cara al muro: «¡Silvana!
¡Silvana! ¡No toquen a Silvana! ¡Silva-naaaa! ¡No golpeen a la Silvana!»
En otra ocasión
escuché a uno de los detenidos zarandear los barrotes de su celda y gritar:
«¡Que no llore el niño, que no llore el niño!»
Después del
asesinato de Doroteo Gómez Arias, el Comité Internacional de la Cruz Roja envió
a todas las cárceles a un dele-gado psiquiatra, especialista en la
investigación de torturas psico-lógicas y presiones afectivas. Le manifesté no
solo lo que yo había presenciado y escuchado sobre esto, sino que también le
denun-cié que para denigrar y presionar psicológicamente a los presos
políticos, en el transcurso de los quince días de interrogatorios, les
introducían en las celdas a homosexuales, algunos vestidos de mujer. Uno de
esos casos sucedió en agosto. Se interesó mucho y tomó nota para plantearlo en
otros organismos. En cambio, de Bottari solo recibí por respuesta su
indiferencia y su complicidad.
32
—El ingeniero dice
que si usted quiere verlo, él viene; que usted solo le mande a decir —me dice
la doctora de Callejas, viceminis-tra de Justicia.
«¡Qué cinismo!»,
pensé.
—Dígale que si yo
vuelvo a hablar con él, será en otras circuns-tancias, no en las que me
encuentro. Ahora no tenemos nada de qué hablar.
Al arzobispo,
Monseñor Rivera, le había escrito una carta des-cribiéndole brevemente cuáles
eran mis condiciones. En esas con-diciones no estaba dispuesta a hablar con
Duarte.
Policía Nacional,
25 de junio de 1985
Monseñor
Arturo R. y Damas,
Arzobispo S.
Salvador:
Atentamente lo
saludo, esperando que al recibir la presente se encuentre desarrollando con
éxito su labor pastoral, así como que con fe, esperanza y dinamismo esté
superando los proble-mas, que como es natural, se presentan diariamente en el
país.
Monseñor, el motivo
de la presente es para solicitarle ges-tione mi traslado de la Policía Nacional
al Centro Penal de Ilopango (cárcel de mujeres). Esta gestión la hago
voluntaria-mente, por dos motivos fundamentalmente:
1) Por
aquí en PN estoy aislada, encerrada con candado veintitrés horas al día, pues
me sacan una hora diaria, con un detective permanente frente a mi celda.
2) Que
aquí no recibo visitas de familiares y conocidos (aun-que desde que estoy en
calidad de depósito, me permiten visi-tas) debido al temor que estos sienten
después de las amenazas y atentados de que ha sido víctima mi familia,
concretamente mi madre. Mi relación afectiva depende directamente de
orga-nismos humanitarios como es CICR y Tutela Legal.
Esperando me ayude
gestionando mi traslado. Atentamente.
M. Valladares
de Lemus
La visita de la
doctora Callejas me la habían anunciado el coronel Revelo y mi madre, quien me
lo había mandado a decir. Pese a ser una demócrata-cristiana, me dio cierta
alegría verla. Así a ella también le pude entregar una carta en la cual exigía
mi traslado a Ilopango.
Cuartel Policía
Nacional, 25 de junio de 1985 Dra. Dina Castro v. de Callejas Viceministra de
justicia de El Salvador:
Atentamente le
saludo. El motivo de la presente es para solici-tarle que me ayude a gestionar
mi traslado de la Policía Nacio-nal al Centro Penal de Ilopango (cárcel de
mujeres). Pido ese centro porque es ahí donde me corresponde ir, dada mi
condi-ción de política.
Como Ud. conocerá,
desde el 4 de mayo estoy en la P.N., en calidad de «depósito», a solicitud —en
aquel momento— del coronel Melara Vaquero, Juez 1º de Instrucción militar.
En mi estadía aquí,
se me ha tratado como le ha conve-nido a la política del actual Gobierno. De
acuerdo al momento y circunstancia (fase de interrogatorio y ya en calidad de
«depósito»)…
La doctora Callejas
me dijo claramente que era difícil que me tras-ladaran a Ilopango y que, en
todo caso, quien decidiría a qué cen-tro penal iría, sería el juez, el cual aún
no había sido nombrado.
Me pidió que
entendiera que el Gobierno no podía enviarme a Ilopango porque no garantizaba
mi seguridad. Tal vez me tras-ladarían a Santa Ana, al centro penal de la
Segunda Brigada de Infantería, donde me darían una celda amplia, tipo
apartamento. Me dijo que para llegar a verme tuvo que decirle al «ingeniero», a
modo de pedirle permiso —ya que ella, por lo que eso impli-caba, no podía venir
a verme sin autorización—, que su presen-cia allí obedecía a un gesto de
humanidad y consideración hacia mi madre, pues fue su amiga personal, que pese
a que yo había estado cerca de ella cuando fui su maestra de floristería, no me
había reconocido en el diálogo de La Palma.
Ella fue una de las
pocas amistades con las que mi madre pudo hablar y que al menos le dijeron «lo
siento por usted». Hubo hasta
familiares míos muy
cercanos quienes antes de ayudar pusieron como condición que debía renunciar a
la lucha. Le dijeron a mi madre que yo era una vergüenza para ellos.
«Duarte. Mi madre.
Amistades. Me da vueltas la cabeza. Cierro los ojos. Quiero relajarme».
Mi madre fue
correligionaria de la democracia cristiana. Llegó hasta a prestar su vivienda
para reuniones y era muy amiga de doña Melita, la madre de Duarte. Y mi hermana
menor había estudiado varios años con la hija de Rolando, hermano de Duarte, y
frecuentaba mucho a esta familia. Dentro de este marco de rela-ciones asistí,
en mayo de 1983, a una cena en ocasión del matrimo-nio de Silvia Duarte, la
amiga de mi hermana. Era una cena muy íntima. Allí estuve sentada por primera
vez frente a Duarte.
Cuando me vio en La
Palma, tal vez me reconoció; pero, apa-rentemente, no se inmutó. Aunque después
supe que, cuando los periodistas norteamericanos le preguntaron que cómo había
estado el ambiente, él les dijo que bien, pero que la única que lo había preocupado
por la forma en que lo miraba era yo. También creo que así se sintió Rey
Prendes, pues en algunas ocasiones mi familia se había relacionado con él.
Esta proximidad
familiar tal vez indujo a mi madre a escribirle a Duarte. ¡Pobre de mi madre!
Al menos dejó constancia histórica de que lo intentó. Ella le planteaba, entre
otras cosas, que yo no era terrorista, que sentimientos nobles me habían
llevado a com-batir las injusticias; le pedía que permitiese que Gobiernos que
se habían ofrecido a atenderme médicamente, lo hicieran. Para mi madre, la
respuesta de Duarte fue dura, tan dura como sus expre-siones cuando hablaba de
mí. Como era de esperarse, me llamaba «terrorista».
San Salvador, 4 de
junio de 1985
Señora doña Mina de
Valladares,
Presente.
Estimada Señora de
Valladares:
He recibido su
carta en la que como madre, me expresa sus sentimientos con respecto a su hija
María Marta Valladares, quien en las organizaciones de alzados en armas, fue
nom-brada «comandante Nidia Díaz».
Su preocupación
sobre la salud de su hija la he tomado en cuenta y he ordenado me presenten el
informe médico para conocer la situación y poder tomar las providencias del
caso.
Hace algunos días
tuve conocimiento de que personas sin escrúpulos se han dedicado a llamar por
teléfono, amenazar y hasta disparar contra su casa; en vista de ello, he pedido
a la Policía Nacional que establezca una vigilancia y le ofrezca la debida protección.
Con relación al
status de su hija, creo que debe comprender que fue capturada en combate y con
arma en la mano, lo que hace muy difícil sustraerla de la condición de alzada
en armas, que ella misma confiesa.
Agradezco todos sus
conceptos referentes a mis esfuerzos por el diálogo y el proceso hacia la
democracia, que espero sir-van para que personas como su hija, que un día
tomaron las armas para subvertir el orden social por razones ideológicas,
comprendan que el camino de la violencia solo incrementa la muerte, el odio y
más violencia, pero que el camino democrá-tico puede ser un instrumento genuino
de la paz social.
Espero que pueda
llevarle amor al corazón de su hija, para que reemplace todo el odio que la ha
llevado a dirigir tanta destrucción de vidas, servicios y bienes.
Que Dios la
ilumine,
José Napoleón
Duarte
¡Qué cosas las de
la vida! Meses después, el FMLN capturó a Inés Duarte y, para liberarla, pidió
la libertad de presos políticos, entre los cuales estaba yo. Ella es un par de
años mayor que yo. Ambas somos madres. Sin embargo, en mi caso, nadie recordó que
yo lo era. En su caso, la maternidad era uno de los principa-les argumentos
esgrimidos. Ella era miembro muy activo de la democracia cristiana, trabajaba
en la propaganda. Es más, llegó a dirigir campañas de propaganda en el proceso
electoral y tenía una radioemisora a su cargo. Formaba, pues, parte del aparato
de guerra psicológica. Sin embargo, se pretendía negar toda su vinculación
política y se la colocaba al margen de sus responsabi-lidades. En cambio, a mí
se me acusaba de todo, desde terrorista hasta delincuente.
Cada vez que Duarte
comentaba algo sobre mí, me molestaba. Lo que decían otros me molestaba menos,
quizá por todo lo ante-rior. O quizá por que en 1972, aunque ya estaba en la
guerrilla, fui a cuidar una junta receptora de votos de la UNO. Lo necesitaba para
mi fachada. Duarte era el candidato presidencial y Ungo, el segundo. O quizá
porque me había relacionado en 1971 con gente de la democracia cristiana,
cuando yo trabajaba con el equipo de Acción Comunitaria de la Alcaldía
Municipal.
Una mañana, no
recuerdo qué día de 1985, Duarte dio un desa-yuno y una conferencia de prensa.
Allí planteó que yo estaba dirigiendo la huelga de ANDA. La gente no se
explicaba por qué me relacionaba con esa huelga. Su obsesión conmigo era tal,
que se imaginaba que yo era capaz de hacerlo aun desde la cárcel, poniendo en
duda el sistema de seguridad interna.
Al finalizar el
diálogo en La Palma, vi a Duarte sentado en las gradas interiores de la
iglesia. Las manos sostenían su cara. Yo hablaba con Rodolfo Rey Prendes.
Llovía.
—Ustedes están
acostumbrados a andar bajo la lluvia.
—No, nunca nos
acostumbraremos —le dije—. La lluvia es parte de nuestra realidad. Pero algunas
veces cargamos tendidos plásticos y, cuando podemos, nos resguardamos. Somos
seres humanos.
Estábamos junto a
una ventana, con rejas por donde surgían como flores las manos de gente del
pueblo, ansioso por saludar a la delegación del FMLN.
Duarte nos
observaba. ¿Se preguntaría qué hablábamos Fito Rey Prendes y yo? Tenía una
expresión entre pensativa, escruta-dora de nuestra conversación, y extraviada.
En la mesa de
diálogo, después de muchos años, frente a frente, habían estado Duarte y Rubén
Zamora, representante de aquel grupo de jóvenes de la Democracia Cristiana que,
consecuentes con su dignidad y su pueblo, abandonaron el partido cuando este
insistió en continuar formando parte de la junta militar demó-crata-cristiana
en 1980. Luego formaron el Movimiento Popular Social Cristiano (MPSC) y, junto
al Movimiento Nacional Revolu-cionario (MNR) y otras fuerzas, el 18 de abril de
ese año, constitu-yeron el Frente Democrático Revolucionario (FDR).
Desde las gradas
también observaba a Ungo. «Tal vez recuerde los tiempos de 1971 y 1972, cuando
el PDC, el MNR y la Unión Democrática Nacionalista (UDN), formaron la Unión
Nacional Opositora (UNO). ¡En qué posición política tan diferente se
encon-traban ahora! ¡Todo lo que ha pasado durante estos años! ¡Cómo cambió
Duarte de posición desde aquel programa de la UNO que buscaba la democracia e
independencia del país, la reducción de la miseria y de las condiciones de
atraso y de explotación!»
Basándose en la
carrera política de Duarte, los diferentes Gobiernos norteamericanos
pretendieron utilizar su imagen de «demócrata honesto», víctima de fraudes y
represión. Entre 1972 y 1980 estuvo exiliado. En esos años sufrió una
metamorfosis polí-
tica. En 1980 sus
escrúpulos se habían esfumado. Cerró los ojos.
Sordo y ciego, dio
la espalda al pueblo.
En ese año, después
del golpe de la junta, Duarte regresó al país. Se comprometió con el sector
militar más reaccionario. Y lo hizo para formar parte de la junta militar,
consciente de que la alianza de la democracia cristiana con ellos significaría
una cober-tura para intensificar las matanzas. Un sector de la democracia
cristiana, al constatar que lejos de reducirse la represión se come-tían
crímenes más abominables aún, propuso retirarse de la junta militar; pero
Duarte se comprometió más. De nada sirvieron los avisos ni las advertencias.
Continuó arrastrando a su partido a un mayor compromiso con los explotadores de
su pueblo y a una par-ticipación cómplice cada vez mayor con el genocidio.
Duarte estaba
sentado en las gradas. Tal vez pensaba que jamás depondríamos las armas del
pueblo, que fue una estupidez hacernos la propuesta de amnistía, que de nada le
valía insistir, que estaba equivocado al identificar la paz con nuestro
desarme. Tal vez pensaba que su Gobierno había sido un rosario de
incum-plimientos y frustraciones. Por eso el FMLN-FDR era la mayor amenaza a
sus planes, porque somos la fuerza capaz de realizar las profundas reformas
necesarias. Sabía que pese a su populismo obsesivo, no había podido resolver ni
un problema y, al contrario, los había agravado. Su recuerdo de aquellos nueve
años de lucha, de alianza con la UNO, no lograba subsanar la pesadilla.
Terminé de
conversar con Rey Prendes y seguí observando a Duarte que aún permanecía en las
gradas. «¿Cuánta fuerza moral necesitará para adoptar una posición valiente y
patriótica en la cual, incluso, llegue a jugarse la vida? Tendría que
desobedecer a Reagan y buscar una solución entre los salvadoreños. Allí,
solitario en las gradas de la iglesia, todo esto parece demasiado para él.
«Pero ahora es
comandante de las Fuerzas Armadas. Y aquí está, al lado de Vides Casanova, en
medio de los asesinos, aca-tando sus instrucciones, prestándose a alargar la
guerra».
33
Al finalizar el
diálogo en La Palma, estando todavía en la iglesia,
Vides Casanova se
nos acercó:
—¿Ustedes tienen
hijos?
¿Creerá que somos
anormales?, pensé. Estuve a punto de res-ponderle «sí, y viera cómo duele estar
lejos de ellos». Solo le dije:
—Sí, todos tenemos
hijos.
Él dijo que también
tenía y empezó a hablar de ellos. Me pre-guntó de dónde era yo. Al responderle
que era de San Salvador, se extrañó.
Aquí en la cárcel
he aprendido a relacionarme más con los militares. Los campos están muy bien
delimitados: yo, su prisio-nera de guerra; ellos, mis carceleros. Bandos
contrarios. Estoy for-zada a estarles viendo la cara diariamente. En estas
condiciones, no tengo otra alternativa. Y yo, para ellos, ¿sería simplemente su
victoria, su prisionera o un problema?
La Fuerza Armada en
El Salvador, desde la llegada al poder del general Maximiliano Hernández
Martínez en 1932, ha sido el sostén de los sectores agroexportadores del país,
de los sectores de poder, principalmente los oligárquicos. Ahora es la columna
vertebral de la intervención norteamericana. A pesar de esto, no ha sido una
institución armada monolítica. Dentro de ella se observan diferentes matices:
un sector más pro-oligárquico, otro más dependiente de Estados Unidos, y
algunos constituciona-listas que han sido reducidos y aislados. Los dos
primeros —la inmensa mayoría—, están de acuerdo con la ayuda de Estados
Unidos. Saben que
sin ella perecerían más rápidamente. La casta militar busca su bienestar y
superación a partir de la corrupción. Algunos sectores de la empresa privada
han llegado a acusarlos de incapaces para contener la guerra, pues esta se ha
convertido para ellos en una fuente de enriquecimiento.
Durante estos años
de guerra se ha dado un proceso de des-composición en el Ejército que va desde
la corrupción, las accio-nes vandálicas hasta las deserciones. Se han dado
cambios en los mandos y también insubordinaciones, no solo de soldados sino
también de oficiales, como el caso del pro-oligárquico Sigifrido
Ochoa,63 quien pidió la renuncia de Duarte. Bustillo64 la ha pedido
también. El Pentágono logró la supremacía en la conducción del Ejército. Su
concepción contrainsurgente predominó en el pen-samiento de los oficiales de
campo, en la reorganización de su estructura y adiestramiento. El
desplazamiento del coronel Gar-cía65 se enmarcó en este proceso,
reemplazándolo por Vides Casa-nova, más servil a Estados Unidos.
Durante un tiempo
creí que los militares o sus dictaduras eran los más criminales. Ahora, después
de ver a Duarte en el poder, tengo otra óptica. Las diferencias, en definitiva,
entre los regíme-nes anteriores y el suyo son únicamente el discurso político y
el carácter civil del Gobierno. Las dictaduras militares tradicionales eran más
cínicas, más francas. Duarte y la democracia cristiana, como dictadura de nuevo
tipo, tienen en la demagogia, en la retó-rica y en el engaño, los ejes de su
política; pero no es ni menos opresiva ni menos criminal que las otras.
63 Coronel
Sigifrido Ochoa: comandante del Destacamento Militar No. 2.
64 General
Juan Rafael Bustillo: jefe de la Fuerza Aérea.
65 Coronel
Guillermo García: ministro de la Defensa durante la junta mili-tar
demócrata-cristiana hasta 1983.
Mi primera relación
con los militares se dio dentro del ambiente social en el cual me desenvolvía.
Mi cuñado, el esposo de mi hermana mayor, trabajaba en la Fuerza Aérea
Salvadoreña, lo cual me posibilitaba visitar las instalaciones militares, no
obs-tante que mi actividad política ya era clandestina. Dos huéspedes de mi
madre tenían relaciones conyugales con militares. Además, ella, por sus últimos
trabajos tuvo que relacionarse con algunos. A esto se agregó que un primo
hermano estudió en la escuela mili-tar «Gerardo Barrios» y se integró a las
estructuras de las fuerzas operacionales. Algunas veces lo fui a dejar en mi
vehículo a la escuela militar. Esto me permitió establecer relaciones
diferentes con jóvenes militares.
Ellos nunca
sospecharon de mí, ni siquiera en aquella cena del 30 de diciembre de 1983,
cuando se celebró el cumpleaños de mi cuñado. Durante la cena los oficiales
recibieron la noticia del ata-que del FMLN al cuartel de El Paraíso. Se fueron
consternados, mientras yo sonreía e irradiaba felicidad. En algunas ocasiones,
cuando ellos hablaban conmigo, comentaban muchos aspectos de la guerra, por
ejemplo, sus posiciones. Yo solo escuchaba, aunque quería rebatirles sus
argumentos. Me limitaba, algunas veces, a mostrar indiferencia o apatía. Otras
veces hablábamos sobre lo que para ellos significaba la institución armada y
muy discreta-mente asimilaba algunas informaciones.
Aprendí a
despreciar el despotismo de los militares a través del coronel Mario Velásquez,
conocido como «El diablo». El cuñado de mi tía abuela. Frecuentemente lo oí a
él mismo contar sobre los castigos que mandaba dar a los soldados y sobre las
atrocidades que cometió contra el pueblo hondureño durante la guerra de 1969
entre Honduras y El Salvador. Otras veces oí hablar de él sobre lo mismo.
Estamos convencidos
de que hay militares que no quieren ver la nación entregada a los
norteamericanos. Son pocos, pero
existen. En la
ofensiva de 1981, en occidente se levantó el cuartel y algunos oficiales, como
Mena Sandoval, se unieron a la guerrilla. Por otro lado estaban el
levantamiento constitucionalista ante el fraude electoral de 1972 y también el
golpe de Estado progresista contra el general Romero en 1979.
Comprendemos que
miles de soldados son engañados, que han sido reclutados a la fuerza a través
del servicio militar obligatorio. A ellos se dirigió Monseñor Romero: «…Les
suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!».
En la cárcel me
relacionaba necesariamente con ellos. Salían a verme cada vez que tomaba el sol
y los que no podían hacerlo directamente, me observaban.
Un día se me acercó
un teniente:
—Nidia, ¿usted
cuánto tiempo cree que va a estar aquí? —De acuerdo a sus leyes, unos treinta
años —le dije. —No es para tanto.
—¡Ah, pues! Tal vez
unos quince.
—Tal vez unos dos o
cinco años —me dice—. ¿Sabe que ARENA quiere que le hagan juicio militar?
—También eso pueden
hacer, fusilarme.
El teniente Serpas
llegó burlón:
—¿Por qué tomás
miel? ¿Por qué comés ajos? —Es para alargar la vida —le respondo. Otros también
llegaban:
—Nidia, vos aquí
estás vergona. Tenés radio, tenés acceso al periódico, te compran golosinas, te
viene a ver la Cruz Roja, te traen cigarros, tu familia te manda cosas.
Me contaban que
entre la oficialidad, sobre todo entre los de mayor jerarquía, se hacían bromas
y se decían: «a ver quién se deja agarrar por el FMLN, para que lo cambien por
la Nidia».
Durante el
interrogatorio, el capitán que lo dirigía llegó a decir que él tenía balazos
dados por el FMLN y que no quería volver a
tener otros. Cuando
se enojaba, me decía que mejor hubiese sido que me hubieran matado.
34
La sombra de los
barrotes se reflejaba en la pared. Dentro de unos momentos comenzaría el 28 de
julio. Aun aquí el tiempo pasaba. Desde ayer me dijeron que me permitirían los
periódicos, pero nada. No me permitían que los mandara a comprar. Me habían suspendido
el derecho a estar informada. La suspensión fue inex-plicablemente muy
intempestiva. Me había costado mucho tener ese derecho, por tanto, decidí
continuar exigiéndolo.
A pesar de la
debilidad con que me había dejado un fuerte res-friado, el 27 de julio estuve
en ayunas en solidaridad con el padre Miguel d’Escoto, quien ya llevaba varios
días en huelga de ham-bre. Así me sumé al mundial solidario.
Di vueltas, no me
podía dormir. La colchoneta era muy estre-cha. Realmente me sorprendió la
visita de Monseñor Gregorio Rosa Chávez, pues para empezar no le esperaba, sino
a Monseñor Rivera y Damas, y mucho menos tan de noche.
Estaba haciendo
ejercicios cuando lo vi parado junto a mi celda. Parece que aquí a todos les
sorprendió, hasta al mismo Revelo. Casi nunca me había relacionado con él; lo
había conocido en 1971. Era hermano de unos compañeros que conocí en un
movimiento cristiano y, si mal no recuerdo, asistí a su ordenación sacerdotal
en San José de la Montaña.
No le tenía
confianza por sus posiciones y actitudes políticas. A pesar de la hora y de la
sorpresa, no me extrañó su presencia aquí, pues era para dar respuesta o
verificar el contenido de una carta que le había escrito recientemente a
Monseñor Rivera y Damas. En ella le planteaba la injusta, arbitraria e ilegal
medida del Alto
Mando de retenerme
en los recintos de la Policía, en una celda pegada a los salones de
interrogatorios, y otras violaciones a mis derechos y condición.
Carta dirigida el 9
de julio de 1985 a:
Monseñor Arturo
Rivera y Damas
Dr. Julio Samayoa
(ministro de Justicia)
Jorge Serrano (juez
de Primera Instancia Militar)
Cnel. Revelo (jefe
Policía Nacional)
[…]y a la Comisión
de Derechos Humanos, que los locales de los Cuerpos de Seguridad no reúnen las
condiciones para rete-ner indefinidamente, en prisión, a un reo político, que
para este tipo de reo hay centros penales en donde hay áreas especiales para concentrarlos,
como es el caso de Ilopango y Mariona.
En la Policía
Nacional estoy en un lugar adverso, que daña mi aspecto psicológico, mi
integridad moral y mi dignidad revolucionaria, no solo por lo que ya he
mencionado anterior-mente (aislamiento y no visitas), sino también por las
siguien-tes causas:
1) La
celda en donde guardo prisión, precisamente está pegada al local de cubículos
en donde se hacen interro gatorios.
2) Para
mí, independientemente de mi voluntad, es una tortura psicológica ver pasar
constantemente —de ida y vuelta a interrogatorios (por el pasillo que está
frente a mi celda)— a reos con vendas, así también, escuchar interrogatorios con
todo y sus mecanismos de presión psicológica como alzar la voz altaneramente,
golpes sorpresivos sobre la mesa, puesta y arrastrar sillas (todo lo que yo
viví en mi interrogatorio). Los reos son mi pueblo y me duele verlos sufrir.
3) Se me ha
informado que cuando interrogan a reos, en los cuerpos de seguridad, les dicen
que yo digo que los conozco o que en los papeles que me decomisaron están
aspectos que los vinculan o comprometen al FMLN. Estando yo en un cuerpo
de seguridad,
semejante calumnia puede llegar a tener crédito entre alguna gente.
4) Estar
en la P.N. ha dado lugar a que se cometan abusos como es el de venir,
ocasionalmente, a interrogarme en forma solapada, exceso de esto fue cuando
vino un detective a mos-trarme cuatro fotos de una mujer y preguntarme varias
veces si la conocía.
5) Porque
las condiciones en que me encuentro en la celda, contrastan, en algún grado,
con el resto de celdas en las que se encuentran detenidos temporalmente
distintos reos. Yo no tengo la posibilidad de dar explicaciones a cada uno de
ellos de mi situación y condición.
6) Muchas
veces, cuando salgo a tomar el sol y aire libre, soy todo un «espectáculo», a
varias gentes les llamo la aten-ción, pues salen a verme como algo anormal. Eso
es lógico por mi condición y situación.
7) Porque
aquí se me ha quitado el derecho que tengo de no ser privada de la compra y
lectura de periódico.
Por todo lo
anterior y como una muestra de repudio a este tipo de irrespetos y
arbitrariedades, a partir de hoy rechazaré la alimentación especial que aquí me
dan, solo aceptaré la comida común, la que comen todos los reos.
Estando con 83 días
de prisión, solo me resta, nuevamente, solicitarle gestione me trasladen al
Centro Penal de Ilopango.
Sin más por el
momento,
M. Valladares
M. de Lemus
Después de
exponerle mis demandas y de responder a sus pre-guntas sobre las condiciones en
que me encontraba, la conver-sación terminó. Rosa Chávez se despidió con la
frialdad que lo caracteriza. Cuando salió, le esperaban Revelo, Serpas, López
Dávila y otros oficiales. Alcancé a oír lo que les dijo.
—Deben sacarla de
ahí, trasladarla a otro lugar, o deben sus-pender los interrogatorios que hacen
al lado.
—Vamos a ver qué
hacemos, la cambiaremos de celda. La situa-ción de ella es realmente delicada
—dicen los oficiales.
La silueta alta y
delgada de Rosa Chávez, como una sombra en la penumbra, se perdió en el
pasillo. Los detenidos estaban pegados a los barrotes. Los rostros que vi
reflejaban inquietud, sus manos hacían señas preguntando qué pasaba y qué era
lo que había ido a hacer monseñor. Yo les hice señas de que la visita no tenía
impor-tancia, que nada había cambiado, que todo seguía igual.
Uno aprende a
olfatear, a conocer, y efectivamente, no me cam-biaron de celda. Aunque
disminuyeron los interrogatorios de al lado, jamás dejaron de hacerlos.
Me fui quedando
dormida en medio de un interrogatorio. Pensé en Rosa Chávez. La última vez que
lo vi fue en el primer diálogo con el Gobierno, el 15 de octubre, en La Palma.
Recuerdo que cuando
entramos a la iglesia, los delegados de la parte gubernamental estaban sentados
de espaldas al pueblo, alre-dedor de la mesa de sesiones que se encontraba al
centro. Todos se pusieron de pie y empezaron a saludar a Monseñor Rivera y a
nuestra delegación encabezada por el doctor Ungo y el coman-dante Fermán
Cienfuegos.
Nos sentamos frente
a la delegación gubernamental, en direc-ción al pueblo. Aunque no éramos
visibles debido a que la puerta estaba cerrada, nuestro pueblo sabía que allí
estaban los poderes existentes en El Salvador y que nuestros frentes eran los
genuinos representantes de sus intereses.
Al comenzar, Rivera
y Damas dijo unas oraciones y se per-signó; todos los presentes lo acompañaron.
La presencia del arzo-bispo como intermediario en el diálogo, revestía de
autoridad a la Iglesia. A través de él la Iglesia asumía el compromiso político
que el momento
demandaba para contribuir a la solución del conflicto.
Rosa Chávez, al ver
que nadie tomaba el café ni el pan, se acercó a cada uno de nosotros y nos dijo
al oído:
—Coman, no teman;
estos alimentos han sido preparados en el arzobispado.
Recuerdo además que
la delegación del Gobierno bebió jugo de tomate con hielo. Parecía que,
siguiendo sus costumbres, se esta-ban quitando la «goma»66 del día
anterior.
Estaban nerviosos,
nos miraban inexpresivos, aparentemente sin oír. Los habíamos obligado a
sentarse a dialogar con noso-tros, independientemente de sus necesidades de
maniobra. Era el comienzo de un proceso largo, complejo y difícil.
En un extremo de la
mesa, frente a Rivera y Damas, estaba Rosa Chávez con una máquina de escribir,
haciendo de secretario. A su lado estaban Monseñor Cabrera, obispo de la
diócesis de Santiago de María, y el delegado de la nunciatura apostólica. Desde
afuera llegaban la alegría, las canciones y las consignas. Se sentía la
ansie-dad de un pueblo que tumultuosamente trataba de penetrar al recinto donde
se realizaba el diálogo. Querían saber qué pasaba. Calculamos que había
alrededor de cincuenta mil personas.
A pesar de la
represión, el pueblo fue a La Palma. Hubo que pasar varios retenes, pero aun
así se fundieron con nosotros y las vivas al FDR-FMLN, a nosotros fueron prueba
elocuente de apoyo. En cuanto se anunció que se produciría el encuentro, la
gente organizada profundizó su accionar y los medios de comunicación del país
se vieron presionados por solicitudes para publicar pro-nunciamientos de apoyo
al diálogo, y a favor de una paz duradera y estable. También expresaban un
rotundo rechazo a la interven-ción norteamericana.
66 Goma:
malestar que queda después de haber ingerido bebidas alcohóli-cas en cantidad.
El agua alcanzó mis
papeles. El vaso fue derramado por las manos torpes de Adolfo Rey Prendes,
ministro de Cultura y Comunicaciones. Indudablemente estaba nervioso, al igual
que Duarte, quien había metido la mano más de cinco veces en la bolsa de sus
papeles sin encontrar los documentos que buscaba. Estaba exponiendo su oferta
de paz: la rendición. El documento ya lo tenía reproducido. Más aún, ya estaba
siendo leído pública-mente por Radio Nacional sin que nosotros lo conociésemos,
vio-lando así el funcionamiento elemental de la reunión.
Abraham Rodríguez,
primer designado a la presidencia, quien junto a Vides Casanova y Fortín
Magaña, también formaba parte de la delegación del Gobierno —a la cual Duarte
llamaba el «equipo de acompañantes del presidente»—, a cada rato mostraba su
mirada burlona tras los espejuelos e insistía en que tenía curio-sidad por
escuchar más a los comandantes de la montaña que a los civiles.
Durante los días y
noches, mientras cruzábamos montañas, ríos y llanos, caminábamos con la certeza
y confianza de que esta misión sería exitosa para nuestro pueblo y los frentes.
La dispersión de
los ecos y de las sombras penetran las cel-das, como el frío húmedo de la
madrugada, como los gritos del silencio. Se comprimieron mis neuronas, la
sangre me hervía, apreté los ojos hasta la ceguedad. Al lado estaba ocurriendo
otro interrogatorio.
¡Ya estoy harta!
¡Siento su dolor!
Basta recordarme
esos días,
para verlos vivir
mi dolor,
que es el suyo;
tras esas vendas
puedo ver las
huellas de la tristeza,
sus ojos llorosos,
el signo
de la dignidad,
ahí vienen, unos
tras otros,
otros tras otros,
en columna
palpitan en mi
corazón
todos sus odios y
rabias,
sus sufrimientos y
cansancios,
su esperanza.
¿Son valientes o
cobardes?
¿Domadores o
vencidos?
¿Se sienten
acorralados?
¡Oh tiempo
interminable,
oh interrogatorios!
¡Oh, sueño vencido semanas y quincenas! Es un ir y venir
jugando a la
gallina ciega;
ya jugué, sigo
jugando.
Muchas veces me
pregunté por qué dialogábamos con el Gobierno, por qué continuábamos luchando
por dialogar con un enemigo como este.
35
«¿Qué te pasa,
Nidia? Dialogamos porque tenemos vocación de paz, porque creemos en una
solución política al conflicto. Incluso hemos presentado, una tras otra, varias
iniciativas de diálogo».
El año pasado, en
noviembre de 1984, en Ayagualo, presen-tamos una propuesta de solución política
global para negociarla en tres fases. Pero todas nuestras iniciativas han sido
bloqueadas y obstaculizadas sistemáticamente. No están dispuestos a ceder
nada y han centrado
sus esperanzas en derrotarnos militarmente. En estos años el FMLN ha derrotado
una a una las diferentes fases y planes de intervención, y los voceros del
Gobierno, en distintas oportunidades, han reconocido que sin el apoyo militar
nortea mericano, ya hubiesen sido derrotados. Se lo demostramos en el diálogo
de La Palma. Les dijimos que el Ejército había venido per-diendo su identidad
nacional, convirtiéndose en un instrumento de Estados Unidos. Bien recuerdo la
cara de Vides Casanova, de Duarte y de Monseñor Rivera y Damas cuando, en dos
ocasiones, se lo hicimos ver. Abraham Rodríguez llegó a reconocer que sí, que
era verdad que los yanquis les daban hasta un millón y medio de dólares diarios
para hacer la guerra.
Por diversos medios
han tratado de confundir a la opinión pública nacional e internacional,
haciendo creer que no queremos continuar con el diálogo. Pero nosotros seguimos
luchando para que se dé un tercer encuentro sin precondiciones. Lo habíamos
propuesto para abril de este año, pero ya pasaron muchos meses y el Gobierno no
ha respondido.
Recuerdo que en La
Palma hubo un momento, cuando plantea-mos la necesidad de hacer partícipes a
todos los sectores demo-cráticos en el diálogo a través de un foro, en que
Duarte se mostró nervioso y se levantó a consultar con Abraham Rodríguez. Lo
mismo hizo cuando se habló de la posibilidad de una tregua, se mostró
intranquilo, al igual que Vides Casanova. Nos pidieron que conceptos como
«foro» o «tregua» ni los mencionáramos, pues ellos iban a tener problemas. No
tenían intenciones serias para concretar algo. Así terminó el diálogo. Se
acordó crear una comisión mixta que le diera seguimiento e hiciera propuestas
para la concreción de mecanismos para la paz y la humanización del conflicto,
pero esta comisión no llegó a reunirse nunca. En Aya-gualo, en noviembre de
1984, se acordaron sus normas de funcio-namiento y se la denominó comisión
especial.
Cuando nos
despedimos, ellos hasta nos llegaron a decir:
—Adiós,
comandantes, que les vaya bien.
Rosa Chávez nos
había dicho que al terminar daríamos una conferencia de prensa. Nosotros
creíamos que iba a ser privada, pero nuestra sorpresa fue grande cuando
abrieron el portón prin-cipal y nos vimos frente a la multitud. Ungo y Fermán
dijeron unas emocionadas palabras. Quizá en otras condiciones hubiése-mos
podido aprovechar al máximo el tiempo que nos tocaba, pero la emoción y los
nervios nos inundaban. Además, los organismos humanitarios presionaban para
salir de allí cuanto antes. Había que haber vivido ese momento para comprender
su trascendencia. El pueblo coreó y aplaudió a nuestra delegación. Teníamos la
cer-teza de que la paz la enarbolaba él, que él era el único depositario de esa
voluntad y nosotros solo éramos sus representantes.
En lo particular,
nunca había estado frente a tanto pueblo. El tipo de actividad que yo
desarrollaba no me lo había permitido. En aquellos momentos, con mi verdadera
naturaleza, me enfren-taba a él. Era un reencuentro y tenía la certeza de que,
aun en el caso de que Duarte no aceptara continuar dialogando con noso-tros,
todas las fuerzas patrióticas democráticas sabían el camino a seguir para
conquistar un Gobierno diferente, en el cual sus inte-reses estuvieran
representados.
Nuevamente los
gritos del interrogador me sobresaltaron. Me acongojé otra vez. El nudo en mi
garganta estaba a punto de estallar.
Tengo odio,
desprecio
enemigo prepotente
tus voces altaneras
tus burlas y
presiones afectivas
tus ruidos y golpes
sorpresivos
tu capucha un golpe
eléctrico.
Mientras más
sencillos son,
más los tratan de
aplastar
tiembla su pulso al
firmar
la sentencia que le
inventaste.
Dos noches y otras
más,
esos gritos en las
celdas oscuras y estrechas unos se vuelven hasta locos
se pierde la razón
y el equilibrio se rompe se desperdicia la capacidad y la nobleza humana.
Probablemente eran
las cuatro de la madrugada. Los rayos de la lámpara del pasillo penetraban y
observaba el dibujo de la mujer a caballo. Añoraba regresar al monte, cambiar
de frente de guerra, aspirar por todos mis poros el aire puro. Vivir
plenamente.
¿Y el diálogo?
Duarte lo había roto indefinidamente, mientras hacía concesiones de todo tipo a
los sectores poderosos y prometía no negociar con nosotros. Así quedó al
descubierto su verdadera imagen de demagogo. De aquel «gran estadista» que
habló ante la ONU en 1984, no iba quedando nada.
36
Jugando a la
gallina ciega
(14 de mayo de
1985)
¡Ya estoy harta!
Siento su dolor
hasta recordarme
esos días
para verlos vivir
mi dolor que es el suyo.
Tras esas vendas
puedo ver sus ojos llorosos, sus rostros tienen la huella de la tristeza y el
signo de la dignidad.
Ahí vienen, unos
tras uno,
otros tras otro, en
columna.
Palpitan en mi
corazón todos sus odios y rabia, sus sufrimientos y cansancios, su esperanza…
¿Son valientes o
cobardes?
¿Domadores o
vencidos?
¿Se sienten
acorralados?
¡Oh tiempo
interminable!
¡Oh
interrogatorios! ¡Oh sueño!
¡Semanas y
quincenas!
Es un ir y venir,
un venir e ir
jugando a la
gallina ciega;
ya jugué, sigo
jugando…
Tengo odio,
desprecio,
enemigo prepotente.
Tus voces altaneras
tus burlas y
presiones afectivas, tus ruidos y golpes sorpresivos, tu capucha y toque
eléctrico, tus palos y colgadura… ¡La sangre! ¡Tu sadismo!
Entre más sencillos
son
más los tratan de
aplastar
tiembla su pulso al
firmar la sentencia que le inventaste.
Dos noches y otras
más
esos gritos en las
celdas oscuras y estrechas unos se vuelven hasta locos, se pierde la razón, el
equilibrio, se rompe,
se desperdicia la
capacidad
y nobleza humana.
Todos ustedes, son
parte del juego:
interrogadores,
detectives, oficiales,
clase, agentes,
carceleros, administradores,
doctores,
enfermeros,
y hasta los
constructores…
Todos sostienen
este infierno,
que no es el de
DANTE,
unos más
peligrosos, otros indiferentes, pero, todos juegan, la víctima es mi pueblo.
¡Oh paciencia
vietnamita!
¡Oh ejemplo Pedro
Pablo Castillo!
¡Oh consecuencia
revolucionaria!
Aprendo a
sobrevivir, en las garras enemigas y oigo las voces de un pueblo que cantan
mejor que yo.
Tiempo de amor, de
vencer de morir y nacer.
Tiempo de lucha.
5to. frente de
guerra
Pese al ruido de la
maquinaria de la construcción, de martillos que golpeaban, los cuales también
golpeaban mis sentidos, me sentía como si hubiera silencio. En esos días me
habían aislado más. En la celda contigua ya no colocaban a nadie. Antes, a las
mujeres detenidas las ubicaban al lado, en la celda 19; pero desde que
des-cubrieron que les daba comida y ropa y que me comunicaba con ellas, las
encerraron en las estrechas celdas de la parte inferior. Ahora solo abrían la
celda cuando llegaban los delegados de la Cruz Roja, pues allí llevaban a los
detenidos a hablar con ellos.
Hoy, a la hora de
tomar el sol, llegó Serpas nuevamente. Siem-pre me provocaba a discutir.
Sutilmente trataba de bajarme la moral. Me comentó que traerme a la Policía
Nacional había sido una medida política y no técnica. Me dijo que muchos
oficiales estaban enojados porque no me habían matado. En este momento, por
fin, se quitó la máscara y me dijo que lo más indicado hubiera sido que me
pegaran un tiro.
En otra ocasión,
como siempre a la hora de tomar el sol, llegó demasiado amable, tratando de
caer bien. ¡Era grotesco!
—Mirá, cipota, a
partir de hoy ya no pasarán vendados frente a tu celda, ni se harán
interrogatorios ahí pegado.
—Eso lo hacen
porque vino Gregorio Rosa Chávez —le dije.
—A propósito, ¿a
qué venía Gregorio Rosa? —preguntó.
—A confesarme.
—¿A confesarte?
—Sí —le respondí
tajante.
—¿Qué opinas de la
Iglesia?
—Bueno es una
institución neutral. Ellos trabajan desde el punto de vista humanitario.
Nosotros la respetamos y creemos que ustedes tienen que respetarla.
—¿Es neutral?
—preguntó como dudando.
—Sí, claro.
—Mirá, yo creo que
si vos llegás a salir algún día de aquí, no debés volver a la metro; te conocen
demasiado y tus característi-cas físicas son inconfundibles.
—No se preocupe —le
dije—, la comandancia del FMLN sabrá ubicarme y si decide que en la metro, pues
en la metro.
—Yo te recomendaría
que te fueras al exterior.
Serpas siguió
hablando. Me dijo que cuando quisiera fuera a ver la televisión, pues tenían
unos videos muy buenos; que había uno interesante que se llamaba Katy,
la oruga, donde se veían rela-ciones sexuales. Continuó hablando
morbosidades. Lo observé y me fui. Regresé a mi celda.
Al pasar frente a
las otras celdas comencé a sonreír. Con estos detenidos no podía mostrar mi
indignación; siempre les daba ánimo. A veces no estaba de humor para nadie,
excepto para ellos. El detective que iba a la par mía, observaba el cambio de
reac-ción. Me dolía que los otros reos no pudieran bajar a tomar el sol. Cuando
estuvieran en Mariona o en Ilopango iban a tener acceso al sol todos los días,
durante muchas horas. Sonreí porque pude verlos, porque me saludaron y porque
pronto se irían de allí.
—¿Qué tal? ¿Cómo
estás? —preguntan ellos.
—Buen día. Estoy
bien. En Mariona podrán tomar el sol. Es una conquista del COPPES —les digo.
Nuevamente en mi
celda, comencé a tararear Guantanamera hasta que la canción
fue cobrando fuerza en mí…
Guantanamera,
guajira
guantanamera,
guantanamera
guajira
guantanamera.
la la larala larala
la la lala laral…
Le cambié un poco
la letra, solo quería cantar.
Escuché nuevamente
noticias: los mercenarios contras hirieron a dieciocho madres, mataron a ocho
de ellas y a un combatiente en Matagalpa, y empezaron a agredir a Estelí. La
contra, que opera desde Honduras, es una tropa élite del Ejército de Estados
Unidos. Está derrotada estratégicamente. El Ejército Popular Sandinista cada
vez más le iba reduciendo su capacidad. El Grupo de Contadora estaba reunido en
Panamá. Los presidentes de Uruguay y Colombia buscaban formar un frente de
apoyo a Contadora. Todos apoyaban una salida negociada en Centroamérica para
obstaculizar la agresión de Estados Unidos. ¡Tantas cosas! Pero llevar todo
este recuento me ayudaba a vencer el aislamiento físico. «¡Ah! ¡Qué día! Todas
estas cosas son para comentarlas, aunque sea conmigo misma».
Por la noche releí
lo que había escrito sobre Janeth Samour.67 «¡Cuántas veces he pensado en
ella! Durante el interrogatorio, antes, después, mientras me llevaban en la
camilla, todo este tiempo en la celda. No me había dado cuenta de cuánto la
quería.
67 Janeth
fue capturada por la Guardia Nacional el 30 de diciembre de 1984 junto con
Maximina Reyes. Posteriormente ambas fueron torturadas y desaparecidas.
Conocía a muchos
compas del FMLN, pero a veces no me daba cuenta de la profundidad de sus
sentimientos. Ahora, en la cárcel, ¿qué representa Janeth para mí?… A los
desaparecidos. A los que no tuvieron la posibilidad que yo tuve».
Cuando iba en la
camilla, en el helicóptero, creí que iba a ser desaparecida; pero no.
¡Circunstancias de la vida! Muchas cosas me hacían recordarla en forma
dolorosa: cuando comía, pensaba que ella tenía hambre; cuando me arropaba en
las noches hela-das, sentía que ella tenía frío, pensaba que no tenía ni una
simple sábana. Al moverme, me dolían las heridas, la quemadura; pero pensaba
que ella estaba torturada, quizá con algún hueso roto. Yo me río mucho. Cuando
me reía con los reos o con las visitas de los organismos humanitarios, pensaba
que ella debía haber llorado mucho, al igual que yo, en silencio. Yo estaba
reconocida, pero ella quizá se sentía muy sola. Lloraba. Quizá nunca la sacaron
a tomar el sol. Sufrí en estas garras. Sin embargo, la sentía, la presentía
siempre con una moral alta.
La recordaba en el
período de la organización campesina y de las movilizaciones. Cuando la conocí
en 1974, su pelo caía suelto, largo, rubio. Después la reencontré en la
estructuración de las redes clandestinas urbanas. ¡Cuántas veces salimos a
platicar, a compartir y celebrar el éxito de las operaciones militares!
¡Cuán-tas veces discutimos la política y los planes del trabajo urbano!
Recordaba el primer contacto: me comunicaron que mi contacto se encontraba en
una cafetería. Otro compañero me lo presentaría. Entramos y de una mesa se
levantó una mujer muy distinguida y fina que exclamó:
—¡Mujer, qué
alegría verte! —abrazándome fuertemente.
Al principio no la
reconocí. Su aspecto estaba muy cambiado. Ahora, su presencia estaba conmigo.
Circunstancialmente no
estamos en las
mismas condiciones; a mí no me desaparecieron, como era la práctica constante.
Sin embargo, yo era víctima de la
represión
institucionalizada. No estaba en una cárcel clandestina, pero sí en poder del
terror legalizado. «¡Cómo pretenden aterro-rizarme! ¡Cómo pretenden aterrorizar
a todos los trabajadores! ¡Janeth! Tu situación me indigna, no han sido
respetados tus dere-chos. En mi caso, tratan de manipular a su antojo mi
condición. Parte de mí daría por los derechos de Janeth; daría una parte de mí
misma por su libertad. Pienso que la camarada no está sola. El pueblo y su
vanguardia están con ella y conmigo, solidarios hasta la victoria. Quizá yo
nunca voy a salir de aquí, pero a veces también pienso que saldré. Tengo una
posibilidad, pero, ¿y ella? Siempre iríamos hasta el final».
Hice un dibujo
pensando en ella: estaba delgada, pelo rubio, con esposas en las manos,
vendada, con esposas en los pies, sus manos alzadas hacia las rejas y tras las
rejas, un sol. Nunca había estado en una cárcel clandestina, pero me la
imaginé.
«Es inevitable, me
torturo yo misma pensando. Quizá te tie-nen desnuda. Me voy quedando dormida en
medio del dolor y del sueño. ¡Buenas noches, Janeth! ¡Buenas noches, Luis!»
37
«Hace exactamente
diez años, en 1975, salimos a las calles más de cincuenta mil estudiantes y
trabajadores. Luchábamos, como ahora, contra las medidas represivas del
Gobierno». En aquel entonces habían violado la autonomía al allanar los
recintos del Centro Universitario de Occidente, donde los estudiantes se
pre-paraban para realizar un desfile bufo con ocasión de las fiestas de Santa
Ana.
El entusiasmo de la
juventud era grande. Cuando existe la necesidad de denunciar un régimen como el
del coronel Molina, cualquier medio y momento es oportuno. Los desfiles bufos
son
formas de expresión
crítica contra el Gobierno, contra las distintas manifestaciones del abuso de
poder y de la corrupción.
El régimen había
anunciado que si salíamos a las calles, nos atuviéramos a las consecuencias.
Pero la indignación era tal que, pese a las amenazas, nos volcamos a las calles
en abierto desafío. Era el momento de luchar por nuestros derechos. Nos
habíamos organizado en tres bloques.
La primera Brigada
de Infantería de la Guardia Nacional había montado todo un operativo. Al
avanzar, las tanquetas comenza-ron a chocar contra el primer bloque de
estudiantes de secundaria, aplastando a muchos de ellos. El pánico era grande.
Era un pueblo desarmado que se enfrentaba a grandes medios sofisticados.
¿Cuántas veces se
repetirían estas masacres? En 1974, los levan-tamientos campesinos de La
Cayetana, San Francisco, Tres Calles y Chinamequita fueron reprimidos
salvajemente. Se había ini-ciado un proceso institucional de fascistización. El
28 de febrero de 1977, el pueblo se tomó la Plaza Libertad; grandes sectores
esta-ban en huelga y se preparaba un paro general. El pueblo luchaba para que
se respetara su voluntad, pues había llevado al triunfo electoral a los
candidatos de la Unión Nacional Opositora (UNO). Pero el régimen impuso, con el
fraude más descarado de la histo-ria, al militar Humberto Romero. La bayoneta y
la sangre lo impu-sieron, decretando inmediatamente un estado de sitio que duró
hasta octubre de 1979. El estado de sitio se volvió a implantar en 1980 y
duraba hasta la fecha. Esa matanza no fue tan fácil. La res-puesta de los
sectores más avanzados del pueblo se hizo sentir. Con mínimas preparación y
condiciones, hubo combates popula-res durante todo el día en San Salvador.
A estas agresiones
represivas siguieron otras en 1979 y 1980, años en los cuales se inició el
genocidio abierto contra el pueblo. El pueblo fue masacrado abiertamente el 22
de enero de 1980 y durante el entierro de Monseñor Romero en marzo del mismo
año. Después siguió
la carnicería de El Mozote, en diciembre de 1981, la cual dejó mil muertos, ya
en un marco de generalización de la guerra, cuando el genocidio era el eje
central de la represión. A partir de 1980, la democracia cristiana, aquella con
la cual las fuerzas democráticas y progresistas se habían aliado en la UNO, por
la que nuestro pueblo había luchado para que combatiera la represión, era la
que ahora lo reprimía con Duarte a la cabeza. Hubo otras matanzas en los años
subsiguientes: Sumpul, Cala-bozo, Copapayo y tantas otras, y las que
seguramente vendrán mientras no alcancemos nuestra liberación.
He visto correr
tanta sangre a mi lado. Me ha chispeado mucha sangre de muchos seres queridos
caídos a la par mía. Con todos ellos y por ellos estamos haciendo esta
historia.
El 30 de julio de
1975, el bloque en el cual iba quedó atrapado en el puente del Seguro Social.
Los efectivos comenzaron a lanzar gases lacrimógenos y a ametrallar. Volví a
sentir la misma impre-sión que en las jornadas de ANDES en 1971. Las balas
saltaban por todos lados. A la par mía cayó un dirigente estudiantil, Carlos
Fonseca, estudiante de sociología. La Asociación de Estudiantes de Sociología
recogió su nombre. Era todo un tumulto. Muchos morían. Otros quedaban heridos
por las balas y las navajas que portaban los escuadrones de la muerte
infiltrados entre nosotros. Algunos logramos salir del cerco. Con otros
compañeros, me reple-gué a un estacionamiento. Entre ellos andaba Salvador
Guerra, quien ahora es comandante del FMLN.
Los que aún estamos
vivos, recordamos este hecho histórico y las jornadas posteriores. El 1ro. de
agosto, después de la misa por los dieciséis compañeros muertos y los
veinticuatro desapareci-dos, como una medida de protesta y de presión para que
se lle-vara ante la justicia a los responsables del hecho, todos los sectores
populares, representados en un comité coordinador, ocupamos
por primera vez la
catedral. Tuvimos que recurrir a esta medida porque nuestras voces desde el
templo podrían ser escuchadas.
Éramos un grupo
como de sesenta personas entre sacerdotes, maestros, campesinos, estudiantes,
obreros. A mí me tocó formar parte del organismo de dirección interno. Algunos
de estos com-pañeros también se integraron al FMLN.
En medio de esta
jornada de lucha, conocí a Ruth. En aquel momento no éramos muy amigas. Era la
etapa de la dispersión político-ideológica y organizativa. Estábamos entrando
en la etapa de constitución de las organizaciones revolucionarias de masas.
Pasamos cinco años, de 1975 a 1980, luchando por la hegemonía, por ver quién se
convertía en vanguardia.
Prácticamente ya
estaban conformadas las cinco tendencias que posteriormente, en el ochenta,
formarían el FMLN. Ya se había dado la división entre el Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) y la Resistencia Nacional (RN). Esta última
estaba adoptando su propia fisonomía. El Partido Revolucionario de los
Trabajadores Centroamericanos (PRTC) se configuraba como organización,
impulsado por uno de los núcleos que inicialmente constituyeron al ERP en
1970-1971.
A Ruth la volví a
encontrar en 1984 en Chalatenango. Estábamos mucho más maduras. Estábamos en
una situación cualitativamente superior a la de aquellos años. En 1985 la vi
nuevamente; pasó tres días en mi campamento. Ruth era miembro de la dirección
central de las FPL. Habíamos tenido una serie de intercambios bilaterales que
fortalecieron la unificación del pensamiento estratégico y la metodología a
aplicar en las diversas escuelas político-militares.
Ruth era una mujer
sencilla. La caída de su hermana Euge-nia, lejos de desmoralizarla, la había
comprometido mucho más. La admiraba como revolucionaria, como amiga y como
mujer. Al igual que todos, estaba separada de sus tres pequeños hijos y de su
compañero, a quienes tenía muchos meses de no ver. Pero a
pesar de estas
condiciones, su núcleo familiar se consolidaba. Era muy segura de sí misma, con
una alegría contagiosa y de gran facilidad de expresión. Recuerdo que después
de regresar del diá-logo de La Palma, fui a dar una charla a una escuela de
formación político-ideológica y ella me dijo, muy quedito:
—Te felicito por
haber ido al diálogo; has representado a las mujeres. Vos fuiste no solo en
nombre de nuestra vanguardia, sino que evidenciaste el nivel de participación
de todas nosotras, nos representaste. Gracias.
Y me dio un beso.
Sus palabras me estremecieron. Una a veces no se da cuenta del significado de
las cosas que hace.
Ella era dos años
menor que yo, de mi estatura, esbelta, blanca, ojos color almendra que
combinaban con su tez y de mejillas son-rosadas. Era muy bonita. Siempre lo
pensé. Sus capacidades y cua-lidades la hacían más bella.
Los días que
pasamos en la catedral fueron tensos y posibilita-ron saltos de calidad en la
lucha del pueblo. Afuera se mantenían miles y miles de personas concentradas.
Siempre había compas informando. Desde adentro, denunciábamos la represión y
anun-ciábamos los pasos que se iban dando.
El Ejército estaba
alrededor, pero no se atrevía a reprimir, aun-que amenazaba. Por primera vez la
tradicional imagen del Divino Salvador del Mundo, que se conserva en la
catedral, no salió en la procesión. Usaron otra imagen parecida. En la catedral
no se tuvieron los actos de culto tradicionales. Eran días de fiestas
patronales. Días de asueto y de fiestas, había juegos y desfiles de carrozas.
Pero ese año hubo duelo y lucha.
Miles de mujeres
vestidas de negro se manifestaron por las calles de San Salvador, exigiendo la
renuncia de los militares responsables. Arturo Armando Molina, por segunda vez,
era repudiado por el pueblo.
Esta coyuntura hizo
posible la coordinación de todas las orga-nizaciones del movimiento popular en
el Comité de Organizacio-nes Populares (COP) «30 de julio». Recuerdo que una
noche nos reunimos en el sótano de la catedral con la secretaria general de ANDES
«21 de Junio», Mélida Anaya Montes. Llegó a informar-nos sobre el desarrollo de
la situación. Fue la segunda vez que la vi; la primera vez fue en 1971 en la
marcha magisterial. El lugar era muy estrecho y nos sentamos en el suelo, con
una vela en el centro, pues no teníamos luz.
El 6 de agosto en
la noche, después de llegar a un acuerdo con el régimen de Molina, gracias a la
mediación de la Iglesia, desocupamos la catedral. El arzobispo en ese momento
era Mon-señor Chávez y González. El equipo de dirección interna, en otro local,
junto con los representantes de todos los sectores popu-lares, evaluó los
hechos y las medidas a impulsar en las nuevas condiciones.
El «COP 30 de
julio» fue muriendo poco a poco, pues la misma situación de dispersión y de
lucha por la hegemonía de las organi-zaciones revolucionarias, lo fue minando.
Pero aquel momento fue muy importante; había mesas de trabajo de cada sector
nacional y de las diferentes fuerzas, cada una con su estrategia y su táctica.
En el marco de esta
lucha fue donde surgió el Bloque Popular Revolucionario (BPR), y la división
del Frente de Acción Popular Unificada (FAPU) se agudizó.
38
El 30 de julio de
1985, la situación era otra: había ya un elevado nivel de unidad en la
vanguardia; la fuerza y el poder del FMLN y del FDR eran indiscutibles y la
guerra se había generalizado en el país.
Las manifestaciones
estudiantiles seguían. Esta vez era para conmemorar el 30 de julio de 1975.
Habían pasado diez años desde entonces. Junto a los universitarios iban los
comités de Madres de Presos Políticos y Desaparecidos. Todos los años se
colocan ofren-das florales en el muro del Seguro Social, donde hay una placa
conmemorativa, y se realizan mítines. Ese año los universitarios repudiaron la
difamación de que estaba siendo objeto la univer-sidad, pues como en otras
oportunidades, se la acusaba de estar vinculada al FMLN y de ser un «nido de
terroristas». Se le estaba negando un aumento en el presupuesto universitario.
Los estu-diantes fueron con un pliego de peticiones a la Asamblea Legisla-tiva,
pero no los recibieron.
El Gobierno había
entregado los recintos universitarios a sus autoridades hacía poco tiempo. Las
fuerzas que la allanaron y ocuparon, destruyeron y robaron todos sus bienes.
Pese a ello, sus actividades no se paralizaron. La universidad se fue al exilio
y, en condiciones difíciles sobrevivió. La ocupación militar de la univer-sidad
y la época del exilio provocaron el surgimiento de muchas universidades
privadas, en las cuales se comercializa la educación y se empobrece la
capacidad científica y técnica. Su objetivo no es la calificación, sino la
cantidad de técnicos y la ganancia, negando así a miles de jóvenes el derecho
al estudio.
El ascenso de la
lucha se hacía sentir por doquier. Desde mi encierro se sabía que afuera la
historia ardía. Había un paro nacio-nal de los maestros, pidiendo aumento de
salarios. El Comité de Solidaridad de los Trabajadores había presentado al
Ministerio de Trabajo peticiones para resolver el conflicto de ANDA.
La historia no solo
ardía en mi patria. En La Habana había comenzado la Conferencia Internacional
sobre la Deuda Externa. América Latina buscaba un nuevo orden económico y
nuevas con-diciones de intercambio. En esta reunión hablarían el doctor Ungo y
el comandante Fermán Cienfuegos.
En las noches
anteriores me había costado conciliar el sueño; no podía dormirme. «Este mes ha
sido muy importante en la vida política, este mes que se acababa mañana. Me
pregunto si pasaré otro julio en una cárcel. ¿En dónde estaré en el Séptimo
Aniversa-rio de la Revolución Sandinista o en dónde conmemoraré la caída de
Manuel Federico Castillo, un compatriota que cayó bajo la bandera del Frente
Sandinista? Farabundo Martí y Sandino, una misma sangre, un solo destino;
Manuel Federico allí está, fundido en una sola acción, un solo pensamiento, una
sola voluntad cen-troamericanista de combatir hasta vencer».
La última vez que
lo vi fue en el Segundo Congreso del PRTC, en 1979, en Honduras. Él influyó en
mi desarrollo político, sobre todo en las luchas populares de 1975 y 1976. Es
más, la influencia fue recíproca. Teníamos muchas coincidencias políticas y muchas
afinidades.
Conté de nuevo los
barrotes. «Jurídicamente, de aquí no voy a salir nunca. El juez Serrano es un
miembro del aparato judicial y jamás tomará la responsabilidad de llevarme a
Ilopango, enfren-tándose así con el Alto Mando de la Fuerza Armada. Cuando
viene a verme, dice que me va a enviar a Ilopango, que no me corresponde un
juicio militar. Pero hoy, por ejemplo, vino el abo-gado de Tutela Legal a
decirme que el juez ya no está tan seguro de trasladarme a la cárcel de mujeres
porque hay mucha oposición y que no les ha gustado que no haya declarado.
Bueno, creo que de aquí no saldré si no es con mi lucha, con la lucha del
FMLN».
Había recordado
demasiadas cosas ese día. Era medianoche. Hacía frío; había llovido y la
humedad de la celda lo hacía más intenso. Estaba entrando al último día de
julio y, como todos los días, tenía tiempo para pensar en lo que sucedió en una
fecha igual a esta. Cuatro años atrás la CIA había asesinado al patriota
panameño Omar Torrijos. Pensaba en lo que significó para todas las fuerzas
progresistas antiintervencionistas del mundo y de su
propio pueblo. Para
nuestros frentes fue la pérdida de un amigo, de un colaborador que apoyó
nuestra lucha antiimperialista. Fue un líder que mantuvo una posición
consecuente con los intereses de su nación frente al imperialismo
norteamericano. Para la CIA y la Administración Reagan, la cual acababa de
asumir el poder, Torrijos era un estorbo. Por eso lo asesinaron. Por eso
seguirán asesinando. Pensaba en la evaluación mensual del FMLN. El informe
militar decía que se habían causado 425 bajas al Ejército gubernamental.
39
Estaba acostada en
el suelo, boca arriba, exhausta por el baile del domingo. Todos los domingos,
desde que tengo la radio, a las dos de la tarde sintonizo radio Mundo y jazz y rock.
Bailaba descalza para que no me oyera el detective. Ya podía bailar, pues el
yeso del pie me lo habían quitado a fines de junio. Mi cuerpo vibraba al compás
del ritmo, no me importaba si era jazz, si se trataba de son, vals, danza o de
música folklórica. Era algo inevitable.
También bailaba en
los frentes. Me gustaba mucho bailar El torito pinto y
el Guayabo revolucionario tocados por la «Banda Tepeuani»,
o con «Los Torogoces de Morazán». A veces aparecían músicos improvisados,
armaban sus baterías con latas, y sus cha-rangas con lámparas, peines y
monedas. «Hoy bailé con pruden-cia: el brazo derecho está recién operado y
tengo un yeso que me abarca desde el antebrazo hasta los dedos inclusive. Así
estaré por varias semanas.
»Pienso en quién o
quiénes son los actores de la historia de cada día. Hoy, hace diez años le tocó
a Felipe Peña y a Gloria Pala-cios. Y ayer, hace cinco años, fue Luis Díaz. ¿Y
este día? ¿Y más adelante? No sé quiénes serán. Serán otros compañeros los que
dejarán la huella imborrable de su ejemplo».
Felipe fue fundador
de las FPL y amigo personal. Gloria, tam-bién era amiga y compañera mía de
estudios de Psicología. Caye-ron combatiendo en el frente urbano, cuando fue
cercada la casa de seguridad donde vivían en el barrio de Santa Anita. Durante
horas combatieron con resolución y heroísmo. Ni el despliegue de cientos de
efectivos militares pudo definir a su favor los resultados. Felipe cayó
combatiendo hasta el último momento, y la «Chinita Úrsula», como llamábamos a
Gloria, mal herida, alzó en los hombros a su compa y saltó el muro del
traspatio, donde en estado incons-ciente fue apresada y violada, y además le
cercenaron los senos.
No pude asistir al
entierro porque estaba trabajando en el campo, pero mi madre sí fue a la vela,
pues tenía lazos de amis-tad con los padres de Felipe. En 1972, Felipe
frecuentaba mi casa y, apoyándose en «Úrsula», reforzó mi proceso de captación
hacia las FPL. Pero cuando me planteó formalmente mi incorporación a las FPL me
creó una situación difícil porque ya estaba participando en otra organización.
Los estudiantes reivindicaron el nombre de Felipe llamando así a la Asociación
de Estudiantes de Economía. Nuestras fuerzas militares, por su parte,
denominaron a una agru-pación de batallones «Comandante Felipe Peña Mendoza».
Seguía oyendo la
música y quería seguir bailando, pero el detective había comenzado a caminar
por el pasillo. Un día me sorprendió bailando de espaldas a la reja, en medio
de la celda. Cuando terminó la pieza, me aplaudió. «¡Qué cólera! Son momentos
que quiero disfrutar, me pertenecen. Con ellos no los comparto; en estas
condiciones son solo míos, aunque quizá los comparta intuitivamente con los
otros detenidos».
Con la mirada
serena que lo caracterizaba, su frente ancha y su ceño fruncido, de porte
leniniano, recuerdo a Luis. Aquella tarde de diciembre de 1973 cuando lo
conocí, ambos formába-mos parte de una célula. Realizamos muchas misiones.
Aunque le llevaba un par de años, nos entendíamos muy bien, había entre
nosotros bastante
afinidad. Formamos parte de la dirección de nuestra organización. Se destacó
por su creatividad y claridad política, con visión de estratega, organizador y
propagandista de las masas. Llegó a ser secretario general del «Movimiento de
Libe-ración Popular» (MLP) en 1979 y miembro de la dirección de la Coordinadora
Revolucionaria de Masas hasta el momento de su desaparición, el 15 de agosto de
1980.
¡Solidaridad!
A Filomena, Cmdte.
Janeth Samour
(Julio, 1985)
Cuando como
me da tu hambre
cuando me tapo
me da tu frío
cuando me quejo
de mis heridas y
quemada,
me duele tu piel
torturada
y tus huesos rotos.
Cuando me río
me da tu llanto,
cuando veo el sol
observo la
oscuridad
donde estás…
sufro tu
sufrimiento.
Te presiento
torturada
y con la moral
alta,
te recuerdo en la
historia
de la organización
campesina,
te pienso en la
estructuración
de las redes
clandestinas urbanas.
Tu presencia
aquí, conmigo,
en las garras
enemigas,
circunstancialmente
no
estamos de la misma
forma.
¡No me
desaparecieron! Y soy
víctima de la
demagogia institucionalizada.
¡No estoy en cárcel
clandestina!
Y estoy en poder
del terror legalizado.
Tu situación me
indigna;
mi situación me
rebela;
parte de mí daría
por tus derechos, parte de nosotros damos por tu libertad.
Camarada, no estás
sola,
el pueblo y su
vanguardia
están contigo y
conmigo.
Tú y yo
solidariamente.
¡¡Hasta la victoria
siempre!!
En la coordinadora,
Luis fue sustituido por Humberto Mendoza, otro destacado dirigente, miembro del
Frente Democrático Revo-lucionario (FDR), quien posteriormente, el 27 de
noviembre de ese mismo año, fue asesinado. A Humberto lo conocí en 1970 y no
fue hasta abril de 1976 cuando nos encontramos en un organismo de dirección.
A ambos, a Luis y a
Humberto, los tuve muy presentes. Parti-cipamos juntos en las primeras acciones
militares. Allí nos vimos, aunque no nos hablábamos para no romper la
compartimentaliza-ción. Después nos seguimos viendo en otras misiones.
En honor a Luis, un
batallón de fuerzas del FMLN lleva su nombre, y una de las escuelas militares
lleva el nombre de Hum-berto Mendoza.
A la madre de Luis,
todos le tenemos un gran cariño. De cua-tro hijos, ha entregado a tres por la
libertad del pueblo. Adán
Díaz cayó en
combate en 1971; Mauricio desapareció en 1980. En algunos momentos ha estado al
borde de la locura, pero tiene una gran capacidad de recuperación y recupera el
equilibrio. Y conti-núa integrada al trabajo, nos da ánimos con sus gestos y
palabras. ¡Cuántas madrecitas como ella! Nuevamente la música. «Ahora no quiero
seguir pensando. Quiero dormirme, quiero relajarme sobre este piso helado».
40
«En mi celda tengo
una mariposa de papel. Mi delirio son las natu-rales y esta lo parece. Los
compas me ayudaban a cazarlas. Ellas se sentían como yo me siento ahora:
prisioneras. Luego morían. Las guardaba en mis libros. Ahora las entiendo».
Realmente, lo que me gustaba era verlas libres. Son las reinas del jardín.
Primero son gusanos poco agradables a la vista y luego de la metamorfosis, se
convierten en reinas: son hermosas. Me gustan especialmente las pequeñitas. En
el norte de San Miguel, durante el invierno, en agosto, se agrupan en forma de
flor y, cuando uno pasa a su lado, se abren y te envuelven. Es como entrar a
otra dimensión.
Cuando me bañaba en
los ríos, esos que desde la cárcel recor-daba con una belleza impresionante por
muy pequeños o senci-llos que fueran, ellas se bañaban conmigo. En Chalatenango
una mariposa me impresionó muchísimo: sus alas eran lila azulado, con contornos
negros y dos puntos rojos, y al alzarlas, en ese movimiento ondular que adoptan
al volar, en el reverso, sobre un fondo negro, como hechas con un lápiz blanco,
se dibujaban rami-ficaciones diferentes en caprichosos dibujos como mapas o
cami-nos o ríos. Había otra de colores atigrados. Un compa, al oír mi
exclamación de admiración, la persiguió y hasta se llegó a doblar
un pie en el
intento. Una vez me llevaron cuatro. Yo misma, en una ocasión, casi me voy por
un barranco tratando de cazarlas.
Durante muchos días
me visitó un insecto que nosotros llama-mos Esperanza. No supe de dónde venía,
no lo concebía dentro de la celda. Por días se va y por días viene. El pueblo
cree que estos insectos auguran buenos presagios.
Me puse el vestido
blanco que me enviaron las presas. Con fre-cuencia me enviaban saludos. Yo les
escribía. Fueron las prime-ras con quienes me comuniqué. Todas ellas lucharon
para que me trasladaran a Ilopango. Rosa Elena Romero, conocida como Gra-ciela
Menjívar, era miembro de la directiva. Siempre me enviaba saludos y me daba
ánimos. Me mandaba pan del que le hacía lle-gar su madre. «¡Qué forma tan suya
de ser hermana!» Los compas de Mariona me hicieron un cincho, pero como no me
lo permitían, no me lo mandaron.
En 1975, Graciela
se destacó mucho en la lucha estudiantil. Estudiaba Medicina. Llegó a ser de la
directiva de la Asociación de Estudiantes. En aquel tiempo era de la «Liga para
la Liberación». Dejé de verla durante muchos años. Pero entre 1981 y 1983 traba-jamos
juntas. Cuando el régimen de Duarte la capturó en marzo de 1985, ya formaba
parte de la dirección. Se comportó ejemplar-mente. Yo la consideraba una mujer
terriblemente humana, orgu-llo intachable de la hembra, que bajo su mirada
gitana mostraba la dignidad revolucionaria. Para otros, sus gestos parecían
altivos. Tenía una extraordinaria capacidad para el trabajo organizativo. Era
una hormiguita con una personalidad muy compacta.
Era 13 de
septiembre, cumpleaños de mi sobrino Germán Armando. Durante sus dos primeros
años de vida, le dediqué mucho tiempo y amor. Ya era todo un hombrecito.
Estudiaba en la Universidad Centroamericana (UCA). Él y mi hermana se vieron
obligados a irse. El régimen comenzó a amenazarlos y perseguirlos.
El detective abrió
la puerta.
—Tenés visita.
Bajá.
—¿Visita yo? —le
digo—. ¿Quién podrá ser? —Yo no sé. A mí me han dicho que te baje.
Entré a la oficina
de Serpas. Allí estaban un hombre y una mujer. El señor se presentó:
—Soy Pastor
Ridruejo, relator sobre los derechos humanos ante las Naciones Unidas. Ella es
mi secretaria. Quiero que diga cómo la tratan aquí, porque debo dar un informe
ante la ONU.
Me quedé
sorprendida. Realmente no esperaba una gente así y solo contaba con menos de
quince minutos para exponer mi situa-ción. No sabía ni por dónde comenzar.
—Usted sabe que fui
capturada por un asesor norteamericano. Desde ese momento yo misma reivindiqué
mi estatuto de pri-sionera de guerra y el mismo Duarte reconoció que fui
«captu-rada en combate», que mi rango era de comandante y que había participado
en las batallas. Fui herida y pasé dieciséis días en interrogatorios, durante
los cuales no se me dio la atención que necesitaba. Se me privó del sueño
durante esos días y los calman-tes y curaciones no eran suficientes. La Cruz
Roja y la Iglesia, así como varios Gobiernos, intervinieron para que se me
diera trata-miento y, después de cuatro meses, se consiguió que el régimen
autorizara la operación de mi brazo. Por otra parte, mi situación actual es
arbitraria, injusta e ilegal y soy la única prisionera en 1985 que mantienen en
condiciones de aislamiento, pues me retie-nen en este cuartel y no me envían a
Ilopango, donde tengo todo el derecho de ir, según el marco judicial de ellos.
Las presiones afectivas y, si se quiere, las torturas psicológicas han continuado,
pues me tienen pegada a la celda donde hacen los interrogato-rios, los cuales
escucho a cualquier hora del día. Además veo a los detenidos que van y vienen
de los violentos interrogatorios. A mi familia la persiguieron, ametrallaron su
casa, la amenazaron
constantemente,
incluso de muerte, al grado de que se vieron obli-gados, como miles de
compatriotas, a abandonar el país. Quiero decirle que aquí estaba capturado
Doroteo Gómez Arias y que el régimen lo asesinó.
—Nidia, los
testimonios tienen que ser directos, tienen que ser dados por la persona que
los sufre y yo, de este caso, ya tengo información de varias fuentes
humanitarias.
—Aquí también
estuvo el comandante Hugo.
Me interrumpe y me
dice:
—Con él estuve hoy
en la cárcel de Mariona. Él me ha contado su experiencia.
—Mire, el régimen
de Duarte hizo una excepción conmigo: me respetó la vida, reconoció mi captura
y no pudo desaparecerme, gracias a la reacción de todos los organismos a nivel
nacional e internacional ante las desapariciones de la comandante Janeth Samour
y la compañera Maximina. Supuestamente todos esta-mos protegidos por los
convenios de Ginebra, pero sobre ellas ni siquiera ha reconocido que las tienen
capturadas, ni ha dicho qué les hicieron.
Serpas volvió
impaciente y dijo que el tiempo se había acabado.
41
Di la vuelta. Salí
pensando que podía haber dicho más, que no dije todo lo que debía haber dicho.
Cuando veía a esta clase de perso-nas, quería denunciar la situación de los
presos políticos. Así me pasó en agosto, cuando vino la doctora Jemera Rone, de
Ameri-cas Watch, y Maggy Popking, del Instituto de Derechos Humanos de la
Universidad Centroamericana (UCA). Me convencí de que debía preparar un escrito
para estas ocasiones, ordenando mejor mis ideas para hacer un planteamiento más
sistematizado.
Ante Tutela Legal y
el juez fui más ordenada. La sola existen-cia de más de 500 presos políticos
reconocidos por la dictadura duartista era suficiente para demostrar que este
Gobierno violaba sistemáticamente las libertades políticas. Hasta la misma Iglesia
decía que «hay muchos presos, principalmente por razones polí-ticas, que no
deberían estar en la cárcel». No solo se los torturaba física y
psicológicamente en el momento de la captura y después de ella, sino que en
este año se incrementaron los malos tratos hasta llegar a la violencia contra
ellos en los centros penales, como el caso de las compas que resultaron heridas
en Ilopango.
El Gobierno había
rechazado la justa demanda de una amnis-tía general. En diciembre de 1984, en
el marco del Congreso de los Derechos Humanos, los comités de familiares
presentaron a la Asamblea Legislativa una propuesta de Ley de Amnistía. Durante
todo el año de 1985, estuvieron pidiendo la aprobación de sus pro-puestas. Pero
los diputados ni siquiera habían querido recibirlas. También los presos
políticos urgieron una respuesta positiva: para presionar se pusieron en huelga
de hambre. Todos estos esfuer-zos fueron infructuosos. Pero ante la Asamblea
General de la ONU, Duarte prometió la amnistía. Las medidas adoptadas por el
Gobierno este año para mejorar la administración de justicia han sido meramente
cosméticas. Mientras miraba el techo de la celda me preguntaba cuántos presos
habría en este momento, aquí, con-migo, quizá seres queridos, amigos míos.
Ya me sentía
preparada para ver desfilar ante mí hasta al propio Roberto, mi responsable
político. Al principio no era así. Cuando vi a Doroteo fue terrible. Después vi
al comandante Hugo y a Octavio. Ese 20 de agosto, cuando los vi, estaba muy
triste. Había pasado 125 días tras los barrotes y se conmemoraba el ter-cer
aniversario de la masacre de Calabozo.
El batallón
Atlacatl asesinó a más de 200 mujeres, niños y ancianos. «¡Qué impotente me
sentí! ¡Tanta sangre!» Todavía, hace
poco, a las orillas
del río, recogimos un escapulario, seguramente de una de las abuelitas. El 15
de diciembre de 1984, este batallón asaltó uno de nuestros hospitales de
campaña en un lugar que se llamaba El Salitre, allá por el Tortuguero, en San
Vicente. Se lle-varon medicinas y catorce caballos. Afortunadamente los
compa-ñeros, diecisiete heridos, con intrepidez y audacia, junto con otros
combatientes lograron romper el cerco que el batallón les había ten-dido y no
tuvieron ninguna baja. Solo capturaron población civil.
Había una mula, la
«Sonia», que llevaba el equipo del hospi-tal. Era muy hermosa. Había sido del
terrateniente Juan Wright, pero le había sido requisada hacía algún tiempo. Los
del batallón encostalaron a unas personas y así, amarradas, se las pusieron entre
las patas a la «Sonia». Le ponían los sacos, con la gente aden-tro, para que la
mula los pateara. Pero ella no lo hacía. La «Sonia» era mejor que ellos.
42
Estaba entretenida
con estos pensamientos cuando vi pasar a Octavio, miembro del Partido
Comunista. Lo traían del interroga-torio. En esta oportunidad no me vio. Pero
mi sorpresa fue mucho más grande cuando vi pasar al comandante Hugo, segundo
res-ponsable del Partido Comunista. Entró a la celda 19. Inmediata-mente le
pedí al celdero que le llevara unas galletas y que le dijera que yo se las
mandaba.
Cuando salió rumbo
a los cubículos de interrogatorios, yo estaba pegada a los barrotes y él se me
acercó. Me estrechó las manos. Sus ojos chispearon de alegría. Su delgadez y
cansancio eran extremos. Me dijo:
—¡Qué gusto me da
verte! Hemos estado pendientes de ti, compañera.
Se me hizo un nudo
en la garganta y una sonrisa logró aflorar a mi rostro.
—¿Cuándo te
agarraron? —le pregunto.
—El 9 de agosto.
Su mano aún
apretaba fuertemente la mía, ante la mirada de los detectives y de los
celderos.
—Te vas a ir de
aquí. Hay que «hacerle huevo» —le digo. —Le estamos «haciendo huevo»,
compañera. Ya los vencimos. Se despidió siempre sonriéndome, no queriéndose ir.
Le
colocaron la venda
y lo introdujeron al salón de interrogatorios. Momentos antes habían vuelto a
meter a Octavio. Sabía que a par-tir de ese momento mi angustia iba a crecer.
Supuestamente le quedaban aún varios días de interrogatorio. Hugo tenía una pasta
irrompible. Lo conocí en 1982, en la ciudad. Luego dejé de verlo. Aprendí a
conocerlo en nuestras frecuentes reuniones de trabajo. Es un hombre
políticamente muy capaz y sencillo. Lo admiro. Ocho días después volví a verlo.
Pero ahora lo llevaban para que la Cruz Roja lo viera. Cuando regresó de la
entrevista, lo llamé. Se acercó a mi celda:
—¿Cuándo te vas a
ir a Mariona? —le pregunto.
—No quieren
enviarme.
—¿Sabés que el 9 de
agosto aquí asesinaron a Doroteo Gómez Arias?
—No sabía —me dice,
con gran consternación.
El detective gritó:
—¡Apuráte!
Dio la vuelta y le
colocaron la venda. Fue la última vez que lo vi, hasta el día de nuestra
liberación, el 25 de octubre, cuando nos volvimos a abrazar. Supe que a los
tres días se lo llevaron a Mariona, y que el enemigo pretendió chantajearlo y
doblarle su moral. Se atrevieron a llevarle al traidor de Miguel Castellanos
para que lo persuadiera.
A Octavio lo
llevaron a la celda el 29 de agosto y lo trasladaron a Mariona el 2 de
septiembre. Lo conocí en Morazán. Durante los cuatro días que lo mantuvieron en
la celda, nos comunicábamos por señas.
Nuevamente sentía
mi mente enredada. Sentía una serie de hilos que tenían principio, pero no
final. Ese por la mañana, cuando salí a tomar el sol, escuché en las plantas
altas, donde hay salones de interrogatorios, una gran discusión entre los
detecti-ves. Desde que decían haber capturado a supuestos miembros del PRTC que
participaron en la acción de la Zona Rosa, había un gran alboroto. Un día antes
habían salido por radio y televisión tres supuestos miembros de los comandos
«Mardoqueo Cruz», haciéndose responsables de la acción. La otra noche pasó
Revelo por mi celda. Siempre pasaba en días especiales para ver mis
reac-ciones, para observarme.
Sacaron retratos
hablados de los supuestos jefes de los coman-dos. Decían que les había dado
resultado ofrecer cien mil dólares de recompensa a quienes dieran información
sobre ellos.
Agosto se
terminaba. En ese mes causamos 672 bajas. Esto me alegró muchísimo. La guerra
avanzaba. Al día siguiente sería septiembre.
Septiembre es el
mes que más me gusta, no sé por qué, pero desde pequeña ha sido así. Quizá
porque es un mes en donde se va gestando un cambio, caen las últimas lluvias,
comienza a variar la temperatura. Son días lindos, días de azul intenso y días
nubla-dos; días de sol, que yo ya había pensado no verlos más. Sus rayos
tendrían que traspasar los muros y penetrar enérgicos para ali-viar la humedad
de la celda. Otra vez tenía catarro; amanecí con fiebre. Todos los meses me
daba catarro. Me preocupaba la caída del pelo, aunque afortunadamente tengo
bastante. El médico me explicó que era el stress.
43
La última vez que
vi con vida a Doroteo Gómez Arias fue el 8 de agosto. Me dio una gran alegría
porque cuatro días antes me saludó cuando lo sacaban del cubículo de
interrogatorios. No sabía que estaba aquí y me quedé asombrada. No pude
responder a su saludo. Me impresionó mucho y el detective nos observaba.
Doloroso y triste reencuentro. Iba con la boca ensangrentada, reventada. «Te
secuestraron, te golpearon, te rompieron la boca, te mataron. Tan diferente a
cuando te vi la última vez, pero siempre con la sonrisa ancha». Lo llevaba el
celdero, quizá a la enfermería. Como a la media hora, lo volvieron a subir a
interrogatorio.
Nos comunicamos por
señas, haciendo la «V» de la victoria, y me expresó que le habían puesto la
capucha. Le mandé unas galletitas y un durazno. No me imaginaba, en ese
momento, lo que el enemigo le tenía reservado. Y creo que él tampoco. Como a la
media noche, escuché que abrían la celda 17. Lo sacaron. Me quedé intranquila,
sin poder conciliar el sueño. Pensé que era por la tensión, pues me iban a
operar. A esta operación el Gobierno le hizo una gran propaganda, tratando de
hacer creer a la opi-nión pública nacional e internacional que respetaban los
derechos humanos. El mío era un caso aislado, una acción de conveniencia
política para el régimen, una isla entre los cientos de desaparecidos y
asesinados en las cárceles clandestinas y en las institucionales. Pero, sobre
todo, era una victoria de la solidaridad.
Estaba intranquila.
Me encontraba en un estado entre dor-mida y despierta, cuando tuve una
sensación grotesca en el cue-llo, me faltaba la respiración. Lo relacioné con
el recuerdo de mi interrogatorio.
—¿Vas a hablar o
no?
Me puse a fumar. En
esos días ya había aprendido otra vez a fumar. En el humo se recorren angustias
y soledades. Angustias
que absorbe un
cigarro. Algo que hacer mientras llegaba la mañana. La noche llegaba
inexorable. Debía dormir, pero no tenía sueño. No dejaba de pensar en el
compatriota que ayer lloraba, le daban y le daban golpes. Oía gritos en algunas
de las celdas. ¿Sería que alguien quería salir? ¿Huir? ¿Escapar de todo esto?
¡Lo de siempre!
Al día siguiente,
casi al mediodía, aparecieron el doctor Bottari, el doctor Muheim y Kurt Zeller
del CICR; la doctora Sandra Brin, Cristlne Courtright y los doctores Sánchez,
de Aid Medical for El Salvador. Vino también un representante de
Amnistía Internacio-nal, Mike Farrel. Me dijeron que mucha gente me enviaba
saludos, tanto de Estados Unidos como de otros países. ¡Qué alegría!
El teniente
Esquivel vino con ellos. ¡Qué casualidad! Cuando vinieron por primera vez el 22
de mayo, y no les permitieron mi operación, también este teniente estaba acá.
¡Cómo pasaba el tiempo!
—Nidia, hoy por la
noche la vamos a operar.
Por la tarde, Kurt
Zeller trajo muchas cosas que mandó mi fami-lia. Como a eso de las seis y media
de la tarde, me introdujeron a un vehículo panel, acompañada con cuatro
detectives. Delante iba otro. Atrás nos seguía un vehículo con vidrios
polarizados. Otro igual más adelante. Iban además dos radio-patrullas. El
teniente Serpas iba en el mismo vehículo conmigo. ¡Todo un operativo! La
clínica estaba por la Basílica del Sagrado Corazón. Se tomaron toda la
periferia. La clínica misma estaba llena de policías. Esta-ban el mayor López
Dávila y el doctor coronel Julio César Bottari. Ya había llegado el doctor
Alejandro Sánchez. En el quirófano se encontraban el teniente Esquivel y el
doctor Muheim, como obser-vador. Procedieron a operarme.
En medio de la
operación se fueron las luces, pero no hubo mayores problemas. «¡Qué
coincidencia! Ojalá sea el sabotaje de los compas». Se terminó. Toda la
intervención duró como tres horas. Añoraba volver a escribir y utilizar las
armas.
No soportaba ni
anestesia local ni el torniquete. Después del parto nunca tuve un dolor físico
igual. Se me salieron las lágri-mas, pero como estaba ante el adversario, no
debía llorar.
Que nada me
desaliente
que nada me
desespere,
que un guerrillero
es un toro
en medio de una
tormenta.
Todos se
extrañaron. Le cantaba a mi gorrión, como en el interro gatorio.
Gracias a la vida
que me ha dado
tanto…
Cuando regresamos a
la Policía, había un gran escándalo. Algo había pasado. Había muchos presos.
Ahora cada celda tenía como quince o veinte detenidos nuevos. Varios oficiales
se acercaron a verme. Cuando se retiraron, alguien me dijo:
—Hoy hubo un
ahorcado aquí.
—¿Cómo? ¿Y cómo es?
—Alto… barbudo…
—¿Quién es?
Realmente no me lo
imaginaba, pero al día siguiente, el 10 de agosto, por la mañana, escuché la
noticia: «El doctor Doroteo Gómez Arias ha sido encontrado ahorcado, en una
celda de la Policía Nacional». O sea, el que decían que se había ahorcado era
él. «¡No puede ser! ¡Mientras me estaban operando asesinaban a Doroteo!».
Pasó Revelo y me
dijo:
—¿Cómo está, Nidia?
—¿Cómo puedo estar?
¡Imagínese!, si ustedes han asesinado a Doroteo Gómez Arias.
—No, ¿cómo va a
creer? Él solo se ahorcó.
López Dávila
ratificó:
—Sí, él solo se
ahorcó.
—Doroteo quería
mucho a su hijo —dice Serpas.
¡Malditos! —pensé.
Se lo trajeron.
—Yo fui compañero
de estudios de él —dijo Revelo.
—No me parece que
él pensara en suicidarse. Yo lo vi en su sano juicio y sé de qué pasta estaba
hecho —les reto.
—¿Usted lo conocía?
—Sí, yo lo conocía,
ustedes lo han asesinado.
—¡No!
Pregunté a los
carceleros, pero todos repetían el mismo estribi-llo: «él se ahorcó», «él solo
se ahorcó». Todos decían lo mismo.
«Jerónimo,
¿recuerdas Chalatenango? No, ya no lo recordarás. En la reunión de propaganda,
compartiendo la difusión de las ideas revolucionarias… y en columna hacia La
Palma, al diálogo. Usabas un gran sombrero… La mirada serena y el calor del
abrazo cuando nos despedimos en octubre de 1984 en Guazapa… Tan sencillo, poeta
de gran contextura revolucionaria, tu abnegación de abogado al servicio de los
trabajadores. La tez dorada resaltaba tu campesina figura, llevando siempre esa
risa que contagiaba. Es imposible dormir, no puedo más. ¡Lloro! El detective
ahora está justamente en la ventana. ¿Por qué no se hace a un lado como lo
hacen desde que incrementaron mi aislamiento? Tengo que llorar, no asimilo tu
muerte. Suave, sollozando… Es incontrolable».
Los presos me
preguntaban qué me pasaba. Entraron los detectives, la enfermera: —¡Toma esta
diazepán! —¡Déjeme!
«Doroteo, no
perdonaré a quienes provocaron tu muerte, a los que te asesinaron, a los que
llevaron a otros a la locura. A los que masturbaron la mente de los sembradores
de Otomil.68 ¿Cómo per-donar a los que destrozaron con el terror la
tranquilidad y sereni-dad humana, al que planificó y ejecutó la capucha para
ti? ¿Cómo, si encarcelan, desaparecen, masacran? ¿Y a los que interrumpieron
tu sueño sudoroso, a los que te gritaron que te engusanarías aquí, a los que
dejaron sin marido, sin madre o hijo? ¿Cómo perdonar, si absorbí por todos los
poros el terror, constante, velozmente?».
68 Otomil:
dios del maíz.
Esa tarde no me
dejé entrevistar por Gerardo Chevallier, secretario de información de la
presidencia. Quería tenderme un puente para hacer creer a la opinión pública
que Duarte res-petaba los convenios de Ginebra y aplicaba la humanización del
conflicto.
El mismo día, los
doctores de Ayuda Médica dieron una confe-rencia de prensa en donde expusieron
la intransigencia de Duarte al no permitir mi operación cuando fue necesaria,
desde el primer momento de mi captura.
Dos días después,
la agencia de prensa NBC se presentó para pedirme que me dirigiera al pueblo
norteamericano a propósito de mi intervención quirúrgica y de la muerte de
Doroteo Gómez Arias. Acepté y aproveché para denunciar el asesinato de Doroteo.
Imágenes de esta entrevista las utilizó el COPREFA para informar sobre mi
operación. Los periodistas de la NBC habían venido por primera vez en julio
para hacerme una larga entrevista. No sabía cómo la había recibido el pueblo
norteamericano ni qué había pensado de ella.
44
El arzobispado me
envió un diccionario Larousse precioso. El representante de
Tutela Legal me lo trajo. Me dijo desconocer por qué el resto de mi familia se
había ido a Suecia. Una carta de mi hermana me lo explicó: el régimen había
continuado persi guiéndolos.
Habían pasado 146
días. Era 10 de septiembre, cuando un detective me comentó:
—Nidia, hoy sí te
vas.
—¿Para dónde?
—¡Libre!
—¿Cómo vas a creer?
—Sí, han
secuestrado a la hija de Duarte, a la Inés Duarte, por vos.
«¿Por mí? Puras
especulaciones». Encendí la radio y ahí estaba la sensacional noticia de la
captura, realizada por un comando. Esa tarde ajusticiaron a la custodia de la
hija del presidente y a ella, la funcionaria demócrata-cristiana Inés Duarte,
gerente de radio Libertad —propiedad de la familia Duarte y financiada con
fondos tomados de la ayuda norteamericana—, había sido captu-rada. Era una de
las operaciones más exitosas en el frente urbano en los últimos tiempos.
Luego supe que el
plan inicialmente debió de haber sido eje-cutado el 8 de septiembre. El
dispositivo se montó y no funcionó: Inés no se presentó en el momento esperado.
Se repitió la opera-ción el día 9. Esto era complejo, teniendo en cuenta que se
trataba de la capital de un país en guerra, de una capital que disponía de
cerca de veinticinco mil efectivos para su defensa y protección.
La Universidad
«Nueva San Salvador» estaba ubicada en un triángulo de fuerzas enemigas, el
Estado Mayor del Ejército se encuentra a una distancia aproximada de 1 200
metros, y el Hospital Militar a unos 800 a 1 000 metros. En las cercanías está
también el Instituto de Pensiones de la Fuerza Armada. A unos cincuenta metros
un centro bancario custodiado por efectivos. La 49 Avenida también es una
arteria transitada, con mucho patru-llaje móvil. El plan debía enfrentar este
dispositivo.
El comando se había
preparado para superar el sistema de seguridad que protegía a Inés Duarte. A
veces la custodiaban cua-tro hombres de seguridad, quienes se trasladaban en
dos o tres vehículos. Entonces el montaje y desmontaje y vuelta a montar de un
operativo, implicaba un gran esfuerzo conspirativo y organiza-tivo que requería
de mucha capacidad y serenidad en los cuadros. El comando «Pedro Pablo
Castillo» dispuso de quince días entre
el momento en que
recibió la orden y la ejecución de la operación. Esto exigía un máximo de
esfuerzo en cuanto a tiempo. El obje-tivo era rescatar compañeros que se sabía
estaban amenazados de muerte y cuya posibilidad de salvación descansaba en
ejercer una fuerte presión sobre el Gobierno y sobre los mandos milita-res.
Además, tenía que ser una operación exitosa, que garantizara alcanzar los
objetivos planteados.
Los mandos
encargados de la operación hicieron las inspeccio-nes correspondientes,
visitaron los lugares, valoraron las variantes y tomaron la decisión operativa
que consideraron más acertada. El objetivo se cumplía ciento por ciento. Había
seguridad de que Inés no sufriría heridas. ¡Qué distinto al trato que le dieron
a Janeth! Al mismo tiempo, quedaron reducidos al mínimo los riesgos para la
unidad que iba a participar en la operación.
El día de la
operación, el 10 de septiembre, Inés Duarte se pre-sentó con dos efectivos de
seguridad, en dos vehículos: en uno se transportaba ella y en el otro, su
seguridad. Pero hubo un impre-visto al presentarse un vehículo desconocido: el
auto de su madre. Esto generó un poco de confusión en la operación. Sin
embargo, todo estaba organizado de tal manera que el incidente fue salvado y se
pudo proceder. Su seguridad fue neutralizada y se capturó a Inés Guadalupe.
Otro imprevisto fue que se encontraba acompa-ñada por Cecilia, una amiga, quien
permaneció con ella durante su retención en manos del FMLN. Los responsables
del operativo decidieron retenerla también porque existía la posibilidad de que
se tratara de una colaboradora vinculada a otros elementos de carácter
político. Esta sospecha se descalificó posteriormente.
Entre el momento
inicial de la operación y el retiro, trans currieron un minuto y fracciones.
El plan buscaba ante todo rapidez y precisión. Solo esto permitiría superar el
dispositivo enemigo.
En el momento de la
operación la situación era complicada. A unos 200 metros del sitio de la acción
se encontraba un convoy del
Ejército, integrado
por varios camiones cargados de soldados. Se ignoraba el motivo de esta
presencia no prevista. De todos modos al oírse los disparos se retiraron del
lugar. El resto de los efecti-vos de la zona no llegó a reaccionar. En el
momento de la ope-ración intervino un coronel que, según supimos
posteriormente, era estudiante de la universidad. Era un coronel vinculado con
el robo de vehículos, razón por la cual había sido sacado de la Fuerza Armada.
Su presencia circunstancial en el área le valió su reincor-poración a la
institución armada. Lo único que hizo fue disparar, pero cuando el comando le
respondió, abandonó el sector. Des-pués se acercó a auxiliar a la custodia de
Inés.
Hecha la captura,
la hija de Duarte fue trasladada al frente de guerra. La comandancia general
había asignado a varios com-pas para custodiarla y protegerla. De esta forma
quedó fuera del alcance del enemigo a los dieciséis minutos de realizada la
acción. Cerraron la capital, incluyendo un desembarco de tropas
heli-transportadas, para impedir inútilmente que Inés fuera sacada de la
ciudad.
En esos días yo
había dejado ya de salir a tomar el sol. Lo hacía como una medida de repudio a
la intransigencia del Alto Mando de no enviarme a la cárcel de mujeres. Estaba
harta de estar aquí. Tenía que irme a como diera lugar. Quise hacer huelga de
hambre. Era mi último recurso. Lo haría en coordinación con el COPPES. No
quería que mi lucha quedara silenciada. Estaba decidida a hacer huelga de
hambre si, tal como me había dicho el juez, me enviaban al Centro Penal de
Occidente.
Los días pasaban
mientras el personal de la Policía seguía especulando con mi caso. Me decían
que ahora sí me iría, que esa acción era por mi liberación y que iba a ser
canjeada. A esa altura, el frente no se había atribuido la operación. Duarte
mostraba su interés personal por resolver el caso. Todos los sectores burgueses
se solidarizaron con él y con su dolor de padre, pero al mismo tiempo sostenían
que no debía ceder ante los insurgentes.
Cuando el comando
«Pedro Pablo Castillo» del FMLN reivin-dicó el hecho, tuve más claridad sobre
la situación. Pero no fue sino hasta octubre cuando empecé a creer que las
demandas de conceder la libertad a treinta y cuatro compañeros presos, algu-nos
de los cuales figuraban como desaparecidos desde hacía cinco años, y entre los
cuales estaba yo, podían ser reales. Pos-teriormente se incluyó la petición de
la liberación de veintinueve dirigentes sindicales y de asociaciones gremiales,
capturados ile-galmente en los meses de julio y agosto de 1985. Por otro lado,
en aquel momento aún teníamos a veintitrés alcaldes y funcionarios municipales
detenidos por prestarse a la implementación del plan de contrainsurgencia. El
FMLN ofrecía la posibilidad de liberarlos si se permitía la evacuación de
noventa y seis lisiados de guerra.
Transcurrían los
días y hasta los detenidos hablaban de que sería liberada. En el fondo, no
quería hacerme ilusiones, conside-raba que el régimen no accedería a nuestras
demandas. Pregun-taba a los organismos humanitarios si sabían algo y todos me
decían que no. No es que yo no confiara en que algún día saldría libre para
incorporarme al frente de lucha que se me asignara, pero sabía que había otros
dirigentes capturados, como el coman-dante Hugo. Además, las negociaciones
podían fracasar, pues el Gobierno estaba en un momento crítico por las
contradicciones entre los sectores de poder, y esta acción las agudizaba.
Las negociaciones
entre el FMLN y Duarte comenzaron a tomar cuerpo un mes después. Le habíamos
hecho llegar varios comunicados, planteándole nuestras exigencias para
concretizar el canje. El Alto Mando y la embajada norteamericana no querían
ceder. Los sectores oligárquicos y burgueses se oponían. Lo tenían entre la
espada y la pared.
Muchísimas
comunicaciones fueron interceptadas por la prensa nacional y extranjera. Aun
antes de hacerse públicas ofi-cialmente nuestras demandas, Duarte y el comando
guerrillero
intercambiaron
mensajes a través de las ruidosas ondas radiales de las comunicaciones
militares. La radio y la prensa permanen-temente hacían comentarios y centraban
el canje en mí. Eso hacía que, con mucha frecuencia, mi nombre sonara no solo
en el ámbito nacional, sino también en el internacional. Con esto crecía el
odio del enemigo.
45
Cantaba al presente
con nostalgia del pasado, con la alegría del avance cotidiano, con la certeza
de nuestra victoria. Estaba eufó-rica. La operación realizada esta madrugada
del 10 de octubre por nuestras fuerzas era la mejor manera de rendir homenaje a
los cinco años de fundación del FMLN. Pese a toda la propaganda y la guerra
psicológica desplegada por el Gobierno para hacer creer a la opinión pública
que ya nosotros estábamos desorganizados y desarticulados, esta acción venía a
evidenciar que la capacidad ofensiva y la iniciativa de cuándo, dónde y cómo
actuábamos, estaba en nuestras manos, continuaba en nuestras manos. Ella
expresaba nuestro desarrollo y se daba en un momento en que nuestra actividad
político-militar era cada día más grande.
La cooperación de
las fuerzas de todos los frentes y el accionar guerrillero generalizado que
diariamente sangraba a las fuerzas móviles del Ejército, reflejaban sin lugar a
dudas la capacidad que teníamos de golpear posiciones estratégicas.
A cinco años de
lucha, la unidad se había fortalecido, si bien era cierto que aún estábamos en
la etapa frentista. Los últimos acuerdos de la comandancia eran de gran
importancia estratégica, tal como lo dijo el comentarista de la radio YSKL: nos
adentramos en una nueva etapa de desarrollo del movimiento revolucionario y
vamos hacia la construcción del partido unificado, uno de nues-tros grandes
sueños.
El ataque al CEMFA
(Centro de Entrenamiento Militar de la Fuerza Armada), una guarnición ubicada
en una zona de reta-guardia enemiga, a tres kilómetros del puerto de La Unión,
demostraba que el apoyo de nuestro pueblo seguía siendo la base que sustentaba
nuestros éxitos. Esta acción irrumpió en medio de las negociaciones sobre la
liberación de Inés Duarte.
El CEMFA es una
pieza vital del Ejército. Fue creado en 1984, cuando cerraron el Centro
Regional de Entrenamiento Militar (CREM), ubicado en Puerto Castilla, Honduras.
Ahí se entrenaban los batallones élites como el Atonal, el Arce, bajo la
dirección y supervisión de los asesores norteamericanos. En el CEMFA, según
dicen, se encontraban más de 1 800 soldados que incluían tropas del Arce,
Jiboa, Primera Brigada y otros. El grupo de diez asesores norteamericanos, así
como el coronel Cerna Flores, no estaban en el cuartel durante el ataque.
Tuvieron suerte, pues el objetivo prin-cipal era su aniquilamiento o captura.
La operación fue
dirigida por los comandantes Jorge Meléndez (Jonás)69 y Mario Alberto
Mijango. Los resultados de la operación fueron 272 bajas, entre ellos decenas
de cadetes del grupo de ins-tructores; barracas destruidas total o
parcialmente; recuperación de equipo militar con insignias del Ejército de
Estados Unidos.
«Lástima que no
estuvieron los asesores, pues nuestro plan estaba dirigido a derrotar a los
yanquis. No estamos esperando el envío masivo de sus tropas para comenzar a
combatirlos. Tal como lo demostró la acción de la Zona Rosa, hemos decidido
lle-var nuestro fuego a cualquier parte y en cualquier circunstancia donde se
encuentren. En ningún lugar de la patria debe haber sitio seguro para los que
pisotean nuestra soberanía. No habrá sitio seguro para mi captor».
69 Jorge
Meléndez (Jonás) es miembro de la dirección del Ejército Revolu-cionario del
Pueblo (ERP).
La voz del
detective me interrumpió:
—¡Ustedes son unos
asesinos! Agarraron dormidos a todos los soldados. Este es un acto de cobardía
y desesperación.
—¿Cómo va a ser
cobardía? Esta es una guerra y ustedes son un ejército que actúa de día y de
noche, bajo la lluvia y el sol, con-tra nosotros, pero principalmente contra la
población indefensa. Eso sí es un acto de cobardía. Pero te voy a decir que
nosotros no estamos porque se siga sangrando a los soldados; son víctimas de la
política intervencionista. Tampoco quisiéramos que estuvieran aquí esos
asesores y tener que combatirlos. Nosotros creemos que también ellos, o por lo
menos algunos, son solo instrumentos de la política de Reagan.
—Vos decís que
quieren terminar todo esto. ¿Cómo? ¿Matando? —¡No! No estamos por la
prolongación de la guerra. Y hoy tenemos hasta la alta probabilidad de que se
llegue a dar una intervención de tropas extranjeras. Todos los salvadoreños,
hasta vos, cada vez van tomando conciencia de lo que significa esta
situación. Ahorita
los soldados se están dando cuenta de ello.
—Ustedes, con estas
acciones, lo están provocando.
—No, no lo estamos
provocando. Todos saben que hemos hecho varios intentos de búsqueda de una
solución política. Nues-tra voluntad no va a ser quebrada con el chantaje de la
interven-ción norteamericana. No pueden seguir pisoteando nuestra patria.
Claro, tampoco vemos cerradas las posibilidades de un triunfo militar sobre
ustedes. Estamos demostrando tener capacidad para ello. Te repito, no deseamos
una intervención, pero nos prepara-mos para derrotarla si se produce.
El detective no
dijo nada más. Dio la vuelta y se colocó al final del pasillo con los brazos
cruzados, en una aparente tranquilidad, con la cabeza agachada, como si tuviera
un remolino dentro de la mente. «¡Pobre!», pensé.
La acción tuvo
lugar cuando se desarrollaba en todo el territo-rio nacional una operación
conjunta del FMLN contra el sistema eléctrico, cuando se producían ataques a
diferentes posiciones militares en diversas poblaciones, había un exitoso
séptimo día de paro nacional al transporte por tiempo indefinido, y cuando el
FMLN causaba centenares de bajas dentro de la línea de desgaste.
Por otro lado,
Duarte se encontraba en una situación difícil tras la captura de su hija. Se
habían agudizado las contradicciones entre el Ejército y él, ya que los jefes
de la primera línea de fuego no querían negociar, mucho menos ahora que se les
había dado semejante golpe.
Oía muchas radios.
Parecía que todos estaban pendientes aquí. Había pasado una gran cantidad de
helicópteros. Había una sen-sación de derrota. Quisiera verles la cara a Serpas
y a Revelo, pero recientemente no se habían acercado a mi celda.
Su prepotencia era
tal que, cuando estaban más débiles, para defenderse venían a tratar de
confundirme, a tratar de desmora-lizarme. Pero después de lo que había pasado
ni siquiera se atre-vían a pasar por aquí.
46
En estos días vino
a entrevistarme un tal Adolfo Vásquez Becker, de la Agencia de Noticias de
Guatemala. Por él me enteré de que realmente había una lista de treinta y
cuatro prisioneros. Vino a sondear aspectos de mi personalidad y de mi
participación. Antes habían venido unos italianos de una comisión
gubernamental; acompañados por Serpas, salieron de una celda. Me tomaron fotos
detrás de las rejas y me preguntaron qué opinión tenía sobre el caso de Inés
Duarte.
—Es un hecho que se
da dentro de una guerra. Nuestro pueblo lleva ya miles de desaparecidos y
capturados. ¿Por qué les extraña? Eso es lo que diariamente se da en este país.
Ahora se conmueven porque nosotros aplicamos la justicia. Por ser la hija del
presidente todo el mundo se escandaliza, pero todos los otros seres humanos que
el régimen desaparece, ¿quién se interesa por ellos?
—¿Usted sabe quién
tiene a Inés Duarte? —me preguntaron. —¿Cómo voy a saberlo? ¿No ven que estoy
presa e incomu-
nicada? Ustedes que
están libres son los que deben tener más información.
Dieron media vuelta
y se marcharon.
En centenares de
hogares renacía la esperanza de reencon-trarse con los seres queridos que el
Gobierno había tomado como prisioneros políticos. Las movilizaciones de los
familiares de desa parecidos, asesinados y presos políticos crecían.
Prácticamente, todos los sectores populares y humanitarios habían comprendido
que era el momento oportuno para exigir la libertad de los presos políticos, el
esclarecimiento de los desaparecidos y el castigo a los responsables de tantos
crímenes. Las cuñas por la radio y en la prensa, los pronunciamientos y
consignas se incrementaban.
La operación «Basta
al terror, las torturas y desapariciones en las cárceles de la dictadura
duartista», precisamente estaba enfrentando la violación sistemática de los
derechos humanos individuales y colectivos en El Salvador. Con Duarte la
represión se había incrementado un 400%.
Muchos organismos
internacionales han documentado las tor-turas, los asesinatos y los
desaparecimientos practicados por la Fuerza Armada de El Salvador. No se
respetaban los elementales derechos humanos ni los convenios de Ginebra. La
acción reali-zada por el FMLN tenía a su favor la solvencia y la capacidad
polí-tica y militar de hacer sentir que a sus combatientes y luchadores, que a
su pueblo, debían respetársele sus derechos.
«Muchas gestiones
hemos realizado desde 1981 para lograr la humanización del conflicto. Solo
hemos encontrado frases vacías en el Gobierno de Duarte y más dependencia. Por
ello el FMLN se ha visto obligado a usar la presión para hacer un canje de
prisioneros».
47
Mis reflexiones
fueron interrumpidas por los gritos de la interro-gadora. Habían dicho que no
iban a hacer más interrogatorios en la celda de al lado. Eso fue hacía dos
meses, pero siempre con-tinuaron con los interrogatorios, aunque con menos
frecuencia. Esta vez era una mujer la interrogadora. ¡Qué bárbara! No la
soportaba.
—¡Ve, hija de puta!
¿Por qué no venís a interrogarme a mí y los dejás en paz a ellos? A gente
indefensa le gritás y la golpeás. Vení conmigo —le grito exaltada.
—¡Cálmese, Nidia!
—me dice el detective.
—No me calmo, es
que esa mujer mucho jode. ¿Por qué no me interroga a mí?
La interrogadora se
calló y yo me fui a acostar.
Pero en la
madrugada continuó su labor. Habían traído a mucha gente. Había mucha tensión
alrededor. Debía haber más o menos ochenta detenidos en interrogatorios.
El noticiero de la
mañana, como de costumbre, comentó el caso de Inés Duarte. Al principio, la
opinión internacional condenó la acción y distintos Gobiernos y organismos
humanitarios se soli-darizaron con Duarte. Pero a la medida que la acción se
justificó al hacerse evidente la violación a los derechos humanos y el
irres-peto a las normas internacionales, el panorama varió desde el punto de
vista humano. El mundo se conmovía no solo por Inés
Duarte, sino por
miles de compatriotas víctimas de la dictadura duartista.
—Nidia, ¿por qué no
querés salir al sol? —preguntó el detective.
—Ya dije que no voy
a salir más al sol hasta que me saquen de aquí y me lleven a Ilopango.
La noche llegó.
Escuché un ruido, como si demolieran muchas cosas. Arrastraban sillas, golpes
en seco. ¿Otro interrogatorio? No, no hubo interrogatorio esa noche. Era el eco
del mal. Regresaban los mismos giros de la mente. Recordé la última entrevista.
Me preocupaba lo que pudieran hacer con ella. «Son capaces de poner la
grabación a los detenidos. Vásquez Becker vino a escarbar a fondo en mi
personalidad. ¿Para qué la querrá el enemigo? ¿Qué persigue el Alto Mando con
esa entrevista? ¿Por qué me la dejé hacer? ¡Qué ingenua política eres, Nidia!
¡Mierda!».
—Mire, yo vengo a
preguntarle cosas humanas, pues voy a escribir sobre la participación de la
mujer en la lucha. ¿Cuándo se incorporó a la guerra? ¿Cómo fue que se
incorporó?
¡Qué cólera! Bueno
no se las contesté como él quería. Me pre-guntó sobre mi vida afectiva, sobre
mis emociones, sobre mi hijo. ¿Qué sentí al coger la primera arma, al disparar
por primera vez? ¿Cómo me sentía en los combates? Sobre el PRTC y su origen. ¿Cuál
ha sido la gran batalla para mí? Mis mejores amigos, que si soy marxista, que
le cuente anécdotas de mi vida. Desde que lo vi aparecer con Serpas supe que él
era otro interrogador. Cuando se fue, pensé que ese material iría directo al
Alto Mando. Pero que les iba a servir muy poco o casi nada, pues además del
tiempo que llevo aquí, desinformé bastante sobre mi vida. «Ahora pienso que
aunque sea así, pueden confundir a los detenidos haciéndo-les creer que hablé
en el interrogatorio, es decir, que pueden tener argumentos para poner las
grabaciones y decir: ¡Miren, oigan a la Nidia, habló, no sean tontos!»
48
Por un comentario
transmitido por la YSU supe que en Estados Unidos estaban pasando un video
donde aparecíamos cuatro comandantes: Miguel Castellanos, Inglés, Grande y yo.
Decían que los tres primeros habían colaborado, pero que yo me había negado.
«Me alegra que digan eso de mí; así me alegré cuando en junio, después de la
acción de la Zona Rosa estuvieron sacando en los periódicos y en la televisión
mi retrato, junto al de Ungo, Zamora y Facundo. Entonces decían que la
“organización del terror” quedaba al descubierto, vinculando el movimiento
popu-lar con la guerrilla. Para mí era un orgullo que me trataran así. Igual me
sentía cuando sacaban fotos en los periódicos y se con-trastaba mi conducta con
la de aquellos que colaboraban con el enemigo. O cuando los oligarcas pedían
que se me hiciera juicio militar. Para mí es importante que ellos no me
quieran. Realmente nunca pensé que mi condición de revolucionaria, de
guerrillera, se manejaría de esta forma».
Cuando me organicé,
siempre creí que iba a ser clandestina y que jamás se publicaría mi nombre. Las
cosas han cambiado. En aquel entonces iba a cumplir dieciocho años. Después de
mis luchas estudiantiles y de haber participado en organizaciones cristianas,
di el salto hacia la organización guerrillera. Durante un tiempo fui aspirante
a militante,70 pero en 1972, después del cierre de la universidad, me
convertí en militante plena de la guerrilla. Bien recuerdo ese octubre, cuando
por fin Paquito Montes me habló de mi incorporación total. Simbólicamente me
hizo entrega de mi arma a manera de juramentación. Por eso, octubre para mí es
importante, es el mes de las decisiones en mi vida.
70 Período
de iniciación en una organización política.
Cuando entré en
1970 a la universidad, inmediatamente me destaqué como representante
estudiantil. Participé en el Movi-miento Estudiantil Político (MEP). Seguí
enseñando a leer y escri-bir en las zonas marginales como en años anteriores,
pero ahora con otra metodología y contenido y bajo la dependencia de Acción
Comunitaria de la Alcaldía Municipal. Por mis actividades me fui destacando y
con algunos compañeros integramos un grupo para estudiar filosofía. En este
grupo estaba Miguel Castellanos. Nos atendía Clara Elizabeth Ramírez.
Antes de cambiar de
carrera —porque abandoné Medicina y me pasé a Psicología—, y de formar la
Asociación de Estudiantes de Psicología, participaba de una concepción más
radical de la lucha. Por eso, junto con otros compas, impulsamos formas de
lucha radi-cal como las tomas de los edificios de las facultades de Medicina y
de Humanidades. Promovimos huelgas combativas. Esto fue con-tribuyendo a mi
fogueo y a solidificar mi conciencia política. Me cambié de carrera después del
cierre del año 1972, pues estudiar Medicina limitaba bastante mi tiempo, y
porque además, estaba trabajando. Los compromisos políticos eran cada vez
mayores. Quería ser psiquiatra y por eso estudié Medicina. Pensaba que con la
Psicología podía compensar un poco mis aspiraciones sociales.
Me había
especializado en trabajos manuales de floristería. Hacía arreglos florales y
decoraba altares de iglesias, salones de recepción, banquetes y otras cosas.
Todos los arreglos eran natu-rales, pero también logré hacer arreglos
artificiales, usando desde migajón de pan hasta hojas de maíz. Este trabajo me
ayudó a sobrevivir. Pude establecer un fondo financiero para nuestro tra-bajo
político, con la ventaja de que no me quitaba mucho tiempo. Mi especialización
llegó a tal punto que fui maestra de decoración y tuve varias floristerías.
Cuando más trabajo tenía era durante fin de año, porque había que hacer muchos
arreglos navideños.
Esta actividad me
permitió relacionarme con muchas perso-nas de variados sectores sociales. Las
relaciones que tenía gra-cias al trabajo de mi madre también se expandieron.
Ella tenía un negocio para montar recepciones, lo cual comprendía
decoracio-nes, cristalería, comidas, etc. Había diferentes alternativas: lujo,
mediana y económica. La diversidad de clientes era amplia, desde gente que
trabajaba en organismos estatales y militares, en empre-sas, con diferentes
cargos y ocupaciones, hasta amas de casa. Ade-más, mi madre pertenecía a
diversas organizaciones femeninas que luchaban dentro del marco legal. La que
más se destacaba era la Liga Femenina, la cual logró el derecho al voto de la
mujer. Todo este tipo de relaciones me permitía el acceso a diversos lugares y
también me ponía en situación difícil, pues varias veces me vie-ron en lugares
no acordes con mi condición, relacionándome con personas que nada tenían que
ver, aparentemente, con ella. Pero el ingenio y los criterios de conspiración
me permitían enfren-tar favorablemente las dificultades. Aunque algunas
temporadas vivía fuera de mi casa o frecuentaba un lugar de la alta burguesía y
luego otro popular, siempre adecuaba mi vestimenta y mi apa-riencia a las
condiciones. O combinaba el trabajo de la ciudad con el del monte. Nunca se me
presentó una situación que pusiera en serios aprietos mi trabajo.
Prácticamente pude
vivir y desenvolverme con facilidad, aun-que sin bajar la guardia. Los momentos
más difíciles se dieron cuando capturaron a compañeros que podían saber algo de
mí. Por eso cuando se me encomendó la misión de asistir al primer diálogo con
el Gobierno me alegré, pero no fue fácil asimilarlo. Me paseaba de un extremo a
otro de la choza, pensando que hasta ese momento mi actividad política había
sido desconocida en el medio social legal en el cual me había desenvuelto y que
a partir de esta misión no podría regresar fácilmente a él.
En 1971 y 1972,
casi todas mis tareas consistieron en fortalecer mi disciplina. Hice pruebas de
cómo comportarme en el medio
conspirativo tales
como el chequeo y el contrachequeo, prácticas de tiro, reconocimiento de zonas,
así como discusiones, princi-palmente sobre la obra revolucionaria de Lenin y
el Che. En esta época, me dieron mi primer arma. Cuando la vi, quizá la observé
demasiado, tanto que mi responsable me dijo:
—No la mirés así. A
mí tampoco me gusta. Es una necesidad. —Sí, no hay otra alternativa —le
respondí, mientras tomaba el
arma.
Luego, las tareas
adquirieron envergadura. En el aspecto mili-tar, algunas acciones de
recuperación de armas cortas. En el área política, pasar a máquina esténciles
del periódico Por la causa pro-letaria y captar colaboradores.
En 1973 participé
en actividades más complejas.
En mi desarrollo
ideológico-político, cuando me incorporé a la guerrilla, también jugaron un
papel muy importante mis amista-des. La mayoría eran revolucionarias o personas
con las que tenía algunas afinidades. Mi amistad con Virginia Peña, quien
después fue la comandante «Susana», fue muy determinante. Coincidía-mos en
muchas cosas. Ella era tres meses mayor que yo, nació un 8 de agosto. Había
entrado un año antes a la universidad. Nos conocíamos desde pequeñas, aunque
pasamos años sin vemos. Esta amistad que creció y se desarrolló en los primeros
cinco años del 70, perduró para siempre. Susana era una mujer de exquisita
sensibilidad. Ella se expresó también en el arte. Tocaba la guita-rra
folklórica y clásica y cantaba al estilo de la Mercedes Sosa y Violeta Parra.
Tenía una voz de contralto muy educada. Fue fun-dadora de uno de los primeros
grupos musicales de protesta, el «Majucutá». A mí me hizo una canción. Muchas
de las que a veces canto, fueron compuestas por ella:
Pelea, hombre,
pelea,
porque la vida te
espera
puede que en la
mañana
el sol esté en tu
ventana…
Con ella estudié
marxismo y otros temas. Tenía una gran capaci-dad de análisis. Discutimos de
todo. Algunas veces ella dormía en mi casa; sin embargo, nunca me dijo que
estaba organizada, ni yo tampoco. Pero ambas sabíamos que estábamos en la
guerrilla. En 1975 dejé de verla. Pese a que éramos las mejores amigas, se
antepuso el interés político y el costo fue la separación. Estábamos en el
período de mayor lucha ideológica y política, de mayor dis-persión
organizativa. En ese momento, ella ya engrosaba las filas de las Fuerzas
Populares de Liberación y yo las del Partido Revo-lucionario de los
Trabajadores Centroamericanos. Fue impactante la despedida. Fuimos a almorzar a
un Mc Donald’s. Conversamos durante más de cuatro horas; ella, como
de costumbre, llevaba la guitarra: estuvimos cantando, y al final nos dijimos:
«Bueno, lo siento, no podemos seguir viéndonos. Eres mi gran amiga y mi
hermana, pero discrepamos políticamente y por ahora no es posi-ble seguir
viéndonos. Hasta siempre. Venceremos».
No la volví a ver
hasta mayo de 1984 en Chalatenango. Habían pasado más de diez años. La unidad
estaba avanzando. Eso permi-tió la revitalización de nuestra amistad. En 1981
supe que su orga-nización la había designado responsable del frente de Guazapa.
En 1975 participé
en la fundación del PRTC y desde entonces he venido asumiendo tareas de
dirección. En enero de 1983 se rea-lizó el Tercer Congreso del Partido, en
donde fui reelegida al orga-nismo de dirección. En este caso, al Comité Central
y a la comisión política. Dado mi trabajo político-militar me dieron
formalmente el grado de comandante.
Todo esto se dice
fácil. Pero ser un guerrillero no lo es. No importa el nivel o cargo que se
tenga, las situaciones se afrontan con la misma actitud. Se tiene conciencia de
que se puede dar más
de lo que en un
momento dado se da. Para mí la lucha ha sido la realización de mi vida. Esta no
tiene sentido fuera de ella. Toda mi personalidad, mis aspiraciones
individuales y mis pensamientos fundamentales están estrechamente vinculados a
ella. He tratado de combinar también otros aspectos de mi vida. Una mujer es un
ser integral. En mi interior siempre ha habido una permanente revolución; la
misma cárcel produjo en mí una revolución.
Cuando tuve que ir
al combate o cuando tuve que enfrentar situaciones complicadas y tan comunes a
la vez para quienes estamos en la lucha, el propio instinto animal de la
conservación surgía y, aunque he tenido que enfrentar a muerte al enemigo, el
amor era siempre el objetivo. Son infinitos los momentos de ten-sión y de
emociones indescriptibles, de sentir intensamente cada latido y oír los
suspiros como la primera vez que disparé.
La mayoría de las
cartas que escribí en la cárcel las terminé así: «Mi vida es luchar por la
libertad; si no lucho por ella, muero de pena».
49
Tocaron la diana.
Trotaron sobre mi cabeza. A media mañana vino Bottari a decirme molesto:
—Hoy sí se va,
Nidia. Ya me esperaba que esto sucediera. Yo no podía creer que sus compañeros
la dejaran a un lado.
—Yo no me voy. Si
ha sido el FMLN, hay otra gente más impor-tante capturada.
—No, pero usted se
va a ir. Toda la gente lo dice.
—Pues, que lo
digan.
—Me he enterado de
que se oponen a su traslado a Ilopango. —Claro, es la debilidad del Alto Mando
que lo lleva a actuar
así.
Me sonreí del
comentario de la radio sobre Schultz, quien había dicho que el FMLN era
inmoral. El Consejo Permanente de la OEA pidió la libertad de Inés. «¿Cómo
pueden estos hablar de moralidad o no? No tienen solvencia».
Llamé al detective
para decirle:
—¿Querés que te
cante el himno del FMLN?
—Sí —dice con mucho
machismo.
Lo miré a los ojos,
me puse firme y le ordené:
—Hay que ponerse
firmes.
El FMLN
vanguardia de un
pueblo que lucha será el que nos guiará
a la victoria final
Hermanos unidos
para combatir
avancemos a la
revolución…
Los reos se
levantaron y salieron a las rejas a escucharme. Él me miró a los ojos, de
frente, como desafiándome. Canté todo el himno.
«Acostada, observo
nuevamente mis cuadros. Los tengo ahora pegados muy cerca de la cama, para
verlos y gozarlos solo yo. He vuelto a pegarlos. Ahí está la mariposa, está la
bailarina, la mujer con sombrero a caballo, que hoy me recuerda más que nunca a
Arlen Siu Guazapa. Está Jessy Jackson rompiendo unas cadenas. Él es un símbolo
de rebeldía. Los niños cantando en coro, recor-daban a mi hijo. Tengo un cuadro
con unos paisajes en forma de laberintos: presentan la dialéctica. Una
movilización española de protesta quemando la bandera de Estados Unidos. Los
pájaros y el mar. La belleza de la naturaleza plasmada en los cuadros, en las
fotografías». Una voz rompió mi ensimismamiento.
—Nidia, ¿tenés
limón?
A veces tenía
limones, ajos y miel. Cuando tenía les daba a los otros detenidos. Como me
pedían «dulcitas» casi todas las tardes buscaba la forma de mandar a comprar
bolsas de dulces, pan, azúcar, cigarros, y los compartía con todos. Les
prestaba o rega-laba ropa. Se acostumbraron a esto, aunque por breve tiempo. Yo
les quería dar más, pero eran demasiados; compartía un poquito con cada uno.
Ellos lo entendían. Una vez uno se equivocó y me dijo que yo tenía el
privilegio de mandar a comprar y de tener dinero. Me indigné y le dije que era
un derecho conquistado por el COPPES y que si él era remitido a Mariona, lo iba
a entender por-que allí había una tienda, y que el dinero y las demás cosas me
las enviaba mi familia.
Un martes en la
tarde, mientras conversaba como de costum-bre con el abogado que me había
puesto Tutela Legal, el doctor Roberto Girón, se comenzaron a escuchar unos
gritos y golpes en la sala de interrogatorios. Al abogado se le pararon los
pelos, tenía los ojos desorbitados.
—¡Esto es horrible!
—exclama.
—Bueno, imagínese,
pero ¿qué vamos a hacer? El Ministerio de Defensa tiene mi caso y son
intransigentes. Puedo resistir todo el tiempo que sea necesario aquí. Pero lo
que están haciendo con-migo es arbitrario e injusto. Por eso reclamo y no salgo
al sol. No crea que me estoy muriendo. Es doloroso ver esto de cerca.
—Es que es
horrible, Nidia —insistió.
50
La reflexión tocaba
en la noche. Antes, en el monte, venía a cual-quier hora. No sabía exactamente
qué es lo que estaba pasando afuera. «Debo prepararme, no para salir, sino para
pasar más tiempo en esta cárcel, incluso por tiempo indefinido. No debo abrigar
esperanzas que puedan golpearme después. No sé cuánto tiempo más voy a estar
aquí. No debo ni siquiera pensar en la posibilidad de una liberación, porque si
falla la negociación se convertirá en una tortura. Tengo que prepararme para
peores con-diciones, para cualquier contingencia, para mi próximo paso, la
huelga de hambre. Llevo ya 182 días prisionera». El día anterior se reunieron
Monseñor Rivera y Damas y el padre Ignacio Ellacuría en el cantón Aguacayo,
jurisdicción de Suchitoto, con los coman-dantes del FMLN Facundo, Lucio,
Rogelio, Eduardo y Armijo. Monseñor entregó una contrapropuesta de Duarte. El
FMLN, hasta el último momento, insistió en el canje simultáneo de Inés Duarte
por los reos políticos, y los alcaldes retenidos por la salida de los combatientes
guerrilleros lisiados al exterior.
Duarte se empeñaba
en que dejáramos libre a su hija y retrasar la salida de los combatientes
lisiados para una fecha próxima. El Alto Mando, la embajada norteamericana e
incluso el general Gal-vin, jefe del Comando Sur de Panamá, se oponían
tercamente a la salida de los lisiados.
Esa noche me puse a
cantar en las rejas. Se acercó un detective que me preguntó:
—Nidia, ¿qué vas a
hacer cuando me encontrés en la calle?
—¿Por qué?
—Porque vos te vas
a ir de aquí pronto.
—¿Te alegrás o te
entristecés?
—Nidia, realmente
no nos gusta verla aquí. Está bueno que te vayás. Usted no merece esto. ¿Qué
vamos a hacer?
Había que oírlo
para creerlo. Había que estar ahí para presen-ciar la escena. De repente, entró
Bottari.
—Yo creí que ya no
la iba a encontrar. Ya pronto se va a ir.
Usted es la primera
que se va a ir.
Más tarde pasó un
subsargento: —Nidia, aquí está el libro que me prestó. Y me devolvió Cien
años de soledad. —Aprendí mucho.
Me entregó un
papelito y se fue. Al abrirlo no podía creer lo que veía:
Marta o Nidia, hay
algo que de ti no olvidaré. Algo que me ha impresionado, pues te di a conocer
mis miserias, pobrezas, odios, disgustos, lamentos; pues tú no quieres
escucharme.
Por último, tu
fuerza está en tu corazón, no en tu pensa miento.
Últimamente habían
estado pasando muchos agentes y detectives. Venían muy rápido. La mayoría me
miraba con odio, otros solo venían a observarme de lejos, porque no los dejaban
permanecer ni pasar por aquí. Sabían que me iba y como no salía al sol, ya no me
podían ver en el patio. Me sentí muy rara, muy extraña. El papelito me
desconcertó. El personal administrativo también pasaba por aquí. Los de la
enfermería venían a cada rato. Todos creían que ya no me iban a encontrar, que
cualquier día me les iba. Creo que tenían sentimientos encontrados, a algunos
les daba
lástima, otros
lamentaban verme viva.
Un detenido me
quería regalar una gorra militar. Me explicó que se la habían regalado los reos
comunes. Pero le dije que no podía aceptarla, pues el equipo militar solo lo
podía usar si había sido recuperado por nuestras fuerzas o bajo otras
circunstancias; que los militares de aquí también me habían ofrecido, pero lo
había rechazado.
El 18 de octubre
por la tarde vinieron el juez de Primera Ins-tancia, Jorge Serrano, y el
fiscal. Con ellos vino el abogado de Tutela Legal. Estaban asustados por la
última carta que les había enviado. El texto de la carta era el siguiente:
Policía Nacional,
24 de septiembre de 1985
Dr. Jorge Serrano
Juez de Primera
Instancia Militar
En los días 24 de
julio y 11 de agosto del presente año, Ud. me informó verbalmente y en
presencia del Dr. Roberto Girón, que ya había autorizado mi traslado (pues la
ley así lo indicaba) y que en ese momento se encontraba coordinándolo con el
Ministerio de Defensa. Han pasado sesenta ytres días y hasta ahora no se
concretiza nada al respecto.
El 4 de mayo, el
juez primero de Instrucción Militar, Cnel. Melara Vaquero, me mostró por
escrito la notificación refe-rente a que mientras se me trasladaba al Penal yo
quedaría en la Policía Nacional en calidad de depósito. Considero que Ud. debe
notificarme por escrito su autorización de trasladarme a Ilopango, esto es
importante para tener constancia históri-co-jurídica de tal decisión. Así
también es importante se me notifiquen los argumentos o trabas que se presentan
por otras personas para no permitir que mi traslado se dé.
En repudio a esa
arbitrariedad me veo obligada, nueva-mente, a tomar medidas: ya anteriormente
rechacé la «comida especial» que se me daba, ahora rechazaré la hora de sol que
diariamente y con justo derecho se me da.
Sin más por el
momento,
M. Valladares M. de
Lemus
—Nidia, hoy
llegaron cuatro juristas norteamericanos, están inte-resados en su caso, y en
su traslado al penal de Ilopango. Estoy haciendo lo humanamente posible. Su
caso ha sido discutido con
el Estado Mayor.
Les he enseñado su carta, pero su situación ha sido discutida junto con la de
los otros casos que van a salir en unas horas.
—Lo que yo le pedí
en mi carta es que usted dejara constancia histórico-jurídica de que hizo
gestiones o aprobó mi traslado a Ilo-pango y que otros se opusieron.
—Nidia, usted no
irá a tomar represalias contra mí, pero yo no puedo escribir eso. Imagínese, me
costaría el empleo u otra cosa peor.
—Usted tiene miedo.
Actúan así, por eso no creo en ustedes, ni en sus leyes, ni mucho menos en su
constitución política. El sis-tema judicial está viciado. Por mí no se
preocupe, que yo agotaré hasta el último recurso para conseguir mi traslado. Lo
que debe-rían hacer es ver cómo viabilizan los juicios o los sobreseimientos a
los más de 600 presos políticos.
—Mire, Nidia, yo me
he reunido con el ministro de Defensa, con López Nuila, con Samayoa, con
Guerrero, para ver su caso. Hasta he hablado por teléfono con el ingeniero
Duarte. No sé por qué razones, pero no admiten su traslado a Ilopango. Nidia,
tenga paciencia, eso piden ellos, pues ya va a salir de aquí. ¿No ve que en
otro lado puede ser blanco de la derecha?
—¿Tiene miedo? Yo
no tengo miedo. No es por eso que no me envían ahí, sino por medidas políticas.
Estaba
aterrorizado. Siempre se ponía así. En el mes de julio, cuando me vino a pedir
la declaración, acompañado del fiscal mili-tar, los secretarios y los abogados
de Tutela Legal, estaba nervioso.
—Hoy es el día en
que tiene que declarar. Yo aquí tengo el acta extrajudicial.
—Me niego a
declarar. Un prisionero de guerra no declara. Si ustedes tienen problemas, voy
a firmar una nota en donde los absuelvo de toda responsabilidad. Tome nota. Voy
a dictarle.
51
Dejo constancia de
por qué no quiero declarar ni firmar. En primer lugar, estoy consciente del
papel que cada uno de uste-des juega y por qué están aquí. No firmé el acta
extrajudicial porque no creo en sus trámites jurídicos, en sus leyes, y porque
no estoy de acuerdo con lo que está planteado ahí. No declaré ante el juez
militar porque no creo en la actual constitución política ni en los códigos
militares y penales, ni en sus decre-tos ni en sus leyes. Lo excluyo de toda
responsabilidad por no declarar yo, ya que ustedes no me han dicho
absolutamente nada ni en pro ni en contra.
La leyeron y la
firmé. Todos estaban en silencio, ellos estaban de pie. El doctor Serrano,
pequeño de estatura, se balanceaba y me observaba.
—No se extrañen. Lo
que pasa es normal. No firmo ni declaro porque no voy a aceptar sus argumentos
ni sus acusaciones, sus manipulaciones, tergiversaciones y calumnias. La verdad
de mi vida, del origen y desarrollo de mi trayectoria revolucionaria, de mi
participación en la lucha, se sabrá, pero a su debido tiempo, y mi pueblo lo
sabrá apreciar en su magnitud. Sobran los testi-gos de nuestra vida, pero por
el momento son seres anónimos que se mueven en ciudades, en los frentes de
guerra, que guardan prisión en las cárceles o los que con su sangre bañaron
nuestra historia. Sin mentiras ni inventos, se sabrá. Pero no ahora, no en
estas circunstancias. La dará a conocer quien debe: mi pueblo y su vanguardia.
Hoy su «justicia»
me puede juzgar. ¿Me juzgarán los que vio-lan los derechos humanos, sociales y
políticos, los que pisotean la soberanía? Sí, señores: quieren juzgarme los
cómplices de vender a nuestro país. A mí, ¿pretenden juzgarme los injustos?
Pues no, a mí la justicia de mi pueblo ya me absolvió y soy libre. Ustedes
pueden proceder cuando lo crean necesario.
Y ahora, tres meses
después, tenían la misma expresión de susto:
—Nidia, tenemos
cantidad de casos pendientes de resolver. En mi escritorio tengo dos tramos,
uno que es de reos milita-res y otros de reos políticos. Son cientos, y solo
puedo resolver de uno a cinco casos mensuales, para que los juzguen o les den
sobreseimiento.
—¿Cuáles son los
reos militares? —le pregunto intrigada. —Los militares que se insubordinan o
cometen faltas. Hay
gran cantidad de
ellos en las cárceles.
Hablamos casi dos
horas. Esta clase de funcionarios está maniatado y atrapado en una maquinaria
que le impide actuar de acuerdo con el papel asignado teóricamente por sus
propias leyes.
En las
negociaciones sobre la hija del presidente, el Ejército no se benefició
directamente, tal como ocurrió a finales del año pasado, cuando a cambio de
permitir la evacuación de sesenta lisiados y heridos, obtuvo el retorno a sus
filas de ocho oficiales, incluyendo al mayor Medina Garay, prisioneros de
guerra del FMLN. Los beneficios directos de este canje, de carácter personal,
eran para Duarte. El presidente tuvo que hacer concesiones eco-nómicas y
políticas. Se comprometió con los militares a conseguir más ayuda de Estados
Unidos.
Antes de la acción
del FMLN, el presidente y el PDC tenían muy poco poder real. Ahora, a medida
que pasaban los días, tenían menos. Estados Unidos tenía una posición
contradictoria, por un lado, se oponía a negociar, pero por otro lado, debía
resca-tar la imagen de Duarte. Este se comprometió entonces a impulsar la línea
de contrainsurgencia con más ahínco.
Para nosotros, los
resultados políticos y humanos eran bene-ficiosos. La lucha por la libertad de
los presos políticos y por el saneamiento de la justicia salía fortalecida. Las
madres de nues-tros hermanos desaparecidos estarían menos solas, pues el mundo
entero se había unido a ellas para denunciar un régimen
que usaba falsos
ropajes. La lucha por los derechos individuales y sociales había quedado
vigorizada y la represión contra el movi-miento sindical y de masas puesta en
evidencia.
Pensé en las
angustias de mi madre. Ahora una esperanza se abría ante sus ojos.
52
Entre dormida y
despierta me daba vuelta y vuelta, pero no me dormía. Me levanté y empecé a
ordenar los libros y la ropa. Me puse a caminar en la celda. No estaba segura
de que saldría. Todo el mundo decía que tal vez, otros lo aseguraban. La radio
hablaba de negociaciones exitosas en Panamá.
Como a las once de
la noche comencé a oír un interrogatorio violento, golpes, gritos altaneros,
burlas, quejidos. No lo soporté y comencé a sacudir la reja; grité fuera de
control:
—¡Cállense,
cállense! ¿Quién es el que manda aquí, Revelo o ustedes? ¡Revelo ha dicho a la
Iglesia que se ha prohibido hacer interrogatorio ahí! ¡Cállense!
Continué sacudiendo
las rejas y gritando que violaban los derechos humanos y que cómo golpeaban a
la gente indefensa. Me respondieron:
—No somos nosotros,
Nidia, aquí no se está torturando. Son los reos que están haciendo bulla.
Empezaron a mover
sillas y a golpear puertas. El detective me decía que no gritara, que no me
alterara. Yo le respondí que le corría horchata por las venas, pero que a mí me
corría sangre. Los detenidos de las otras celdas también comenzaron a sacudir
las rejas y preguntaban a gritos que qué me estaban haciendo, que el Gobierno
de Duarte violaba los derechos humanos.
Estamos dominados
por los cerdos disfrazados con armas y garrotes para poder asustar. Izquier…
dos… tres… cuatro
No son cerditos
simples, hasta saben pensar…
Los detenidos
continuaban gritando:
—¡Demagogos!…
¡Hijos de puta!
…y así nos dan
estudio,
les gusta vernos
jugar.
Izquier…dos…
no son cerditos
simples…
Los interrogadores
golpearon la puerta. De adentro se les oyó, en respuesta a mi canto:
Allá Cerros de San
Pedro
la mujer de un
sargento cayó…
Luego reinó el
silencio, pero a los quince minutos comenzó nue-vamente el interrogatorio. Esta
vez más violento. Me taponeé los oídos con algodones y así transcurrieron las
horas, hasta que me puse el vestido blanco que me regalaron las compas de
COPPES.
Más tarde, le
escribí a Revelo una carta, denunciando los interro-gatorios de la celda
vecina.
Policía Nacional,
21 de octubre de 1985 Coronel Rodolfo Antonio Revelo Director general Policía
Nacional
Le saludo. De
acuerdo a lo que pareció una decisión de Uds. de ya no hacer interrogatorios
pegado a la celda No. 20 (donde yo guardo prisión), me basaré para informarle
que durante agosto, septiembre y lo que va de octubre, si bien es cierto ya
no escucho todos
los días interrogatorios, he escuchado alre-dedor de 12 interrogatorios (fuera
de los que se dan estando yo ya dormida). A medianoche de ayer (casi hoy en la
madrugada) se dio el último, yo me enojé y les grité que «eso» estaba prohi-bido,
etc.; pero ellos como si nada continuaron su interrogato-rio con todo lo que
ello implica.
Por otro lado, le
pido me envíe el libro La muerte de Artemio Cruz.
Sin más por el
momento,
Nidia Díaz
Peter, quien
escribía artículos en Estados Unidos sobre la activi-dad de la Cruz Roja, llegó
a tomarme casi un rollo de fotos detrás de las rejas. Llegó acompañado del
delegado del CICR. Lo volví a ver en la residencia del embajador de Panamá el
día que me liberaron.
Aparecieron por
segunda vez unos de migración. La noche ante-rior habían venido a tomarme
datos. Ahora traían mi pasaporte para que lo firmara, pasaporte que no me
dieron nunca.
Mientras me bañaba
recordé que hacía un año le dimos un gran golpe al corazón del enemigo al
bajarnos al coronel Mon-terrosa. Se desarrollaba un operativo en oriente, en
Morazán, el «Torola». El comandante del operativo era el jefe de las fuerzas de
oriente, el coronel Domingo Monterrosa, primer táctico de la contrainsurgencia
en El Salvador y responsable de las masacres de El Mozote, Sumpul, Calabozo, y
Aguacayo, cuando dirigía el batallón Atlacatl. Convocó a la prensa nacional y
extranjera para anunciar que había destruido Radio Venceremos. Después de dar
declaraciones en Joateca, se trasladó en un helicóptero con otros jefes, Herson
Calito y el mayor José Armando Azmitia. Cuando el helicóptero alzó vuelo, fue
alcanzado por el fuego de nuestras uni-
dades antiaéreas y
se vino en picada. Así, nuestro pueblo vengó a sus muertos.
A media mañana
llegó el delegado de la Cruz Roja Internacio-nal y me informó que al día
siguiente se iban a concretar las nego-ciaciones de Panamá, iba a ser puesta en
libertad. Me presentó un documento para que lo firmara, aceptando ser entregada
por ellos en territorio salvadoreño. Lo leí detenidamente y firmé sin vacilar
ni un instante. Le pedí que me trajeran botas y dos mochilas, una para los
libros y otros materiales de trabajo que logré acumular, y la otra para la ropa
que tenía.
53
La emoción me
recorría todo el cuerpo. Empecé a preparar las cosas. Iba para el frente, no me
importaba cuál, iba a volver a ver a los compañeros, los montes, las flores,
los ríos, las mariposas. Ese cielo azul o nublado que me fascinaba, sobre todo
con sus lunas y estrellas, ese lucero que yo llamaba José Alejandro. Tenía un
nudo tremendo en la garganta, de alegría, de triunfo, de lejanía. Tal vez no
volvería a ver en mucho tiempo a José Alejandro, a mi niño, pues mis heridas no
me iban a permitir salir otra vez al exterior tan fácilmente.
«¿Cuándo lo volveré
a ver? Ya tengo dos años y dos meses de no verlo. Pero, ¿cuánta gente no vuelve
a ver a sus hijos? ¿Cuán-tos niños huérfanos han dejado los asesinos? ¿Cuántas
láminas de tiempo se han deslizado en esas vidas inocentes dejando cicatrices
imborrables?»
Me reuniría con los
camaradas. Recordé los versos que escribí:
Camaradas del monte
y la ciudad los extraño como a mi piel y mis alas
ustedes me dieron
esta fortaleza y moral, que no me dobla nadie.
Ustedes con los que
compartí la mariposa y la flor,
el río y la montaña
el libro y el fusil
la calle y el
sindicato
el pájaro y la
iguana.
Pero, sobre todo,
su cariño para todos, para mí.
Su solidaridad
uno, cinco,
cuarenta y tres, ciento quince,
doscientos uno,
trescientos quince, cuatrocientos
cincuenta
cinco… No sé,
son muchos los
intérpretes de esta historia cautiva,
los que desfilan
con sus rostros tristes, compartiendo conmigo nuestro dolor los barrotes, la
humedad
cuántas veces hemos
visto tras el muro el mundo que forjamos,
deseando romper las
cadenas, añorando ser mejores partícipes del presente junto a ustedes.
Presintiendo el futuro no lejano entre cuatro paredes silenciosas, aquí están
ustedes, compartiendo yo con ustedes ustedes conmigo, la belleza natural,
el canto, la
victoria,
la bondadosa y
solidaria mano
del pueblo,
estrechando el
recuerdo
apretando el fusil,
llorando la reja,
y a veces soñando
besar al amado y amamantar al hijo.
Iba a volver a ver
a los compañeros. Revisé los objetos, viendo qué podía regalarle a tanto
detenido. Todos me pedían un recuerdo. Hasta los celderos y los detectives
querían que les dejara algo. A los presos les había regalado toallas, calcetas,
camisetas y lápi-ces. Siempre que podía les daba vestidos a las mujeres y hasta
las prendas más íntimas, pues a las pobres les venía la menstruación del susto.
Entonces me las ingeniaba para hacerles llegar las toa-llas sanitarias, pues se
las negaban para humillarlas.
Mis pensamientos
fueron interrumpidos violentamente por gritos. Eran los interrogadores, los de
siempre, estaban jodiendo. El interrogatorio se iba haciendo más violento.
Durante toda la noche y durante toda la madrugada oí voces. La proximidad de mi
liberación tampoco me dejaba cerrar los ojos. Pensé en todo y en lo que dejaba
tras estos barrotes y este muro, en los desapareci-dos que se perpetuaron en el
eco y de quienes nunca supimos su paradero.
54
Oí la diana y los
trotes. Era la última vez que los oiría. Observé detenidamente la celda: conté,
como lo había hecho miles de veces, los ladrillos, los treinta y dos barrotes.
Ahí estaba mi firma, se quedaba en el silencio como tantas otras. El agua fría
recorrió mi
cuerpo,
deleitándome. Observé cada gota. De ahora en adelante ya no caerían sobre mi
piel gotas prisioneras.
—Buenos días,
Nidia. Hoy se va —dice Revelo.
Me sorprendió, pues
era muy temprano y hacía más de un mes que no se asomaba. Acostumbraba pasar
una o dos veces por semana, saludando y preguntando cómo me trataban y cómo
estaba, pero desde que capturamos a Inés Duarte no había vuelto. Ahí estaba,
muy impecable con su uniforme.
—¿Ya arregló sus
cosas?
—Sí, ya están
arregladas.
—Bueno, tiene que
estar lista. ¡Ah!, no le he devuelto el libro que me prestó.
Era La
muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes. Había pen-sado pedírselo. Es
más, se lo había mandado a pedir en una nota, pero lo pensé mejor, el libro le
daría una lección sobre valores humanos, o al menos lo haría reflexionar:
—Quédese con él,
enséñeselo a los otros oficiales.
Toda la gente
estaba ajolotada.71 Los detectives querían estar en el turno en el cual me
marcharía. Hasta Bottari había llegado a despedirse un día antes. Yo estaba
nerviosa. Traté de calmarme un poco.
No cabía duda, la
tensión era grande. Entraron las dos enfer-meras, más humanas conmigo. Estaban
llorando. ¿Cómo era posible?
—Se va, Nidia. Nos
alegramos por su felicidad.
Apareció Kurt con
dos valijas.
—Pero no les pedí
valijas, yo pedí un par de mochilas. ¿Cómo voy a ir con estas valijas al monte?
¿Y las botas?
—Las cosas han
cambiado. Usted ya no va para el monte, va para afuera.
71 Ajolotada:
inquieta, nerviosa, apurada, intranquila, con mucho trabajo.
—¿Para afuera?
Y de nuevo la
violencia se apoderó de mi mente. Me había preparado una noche antes para irme
al frente. ¿Y ahora? Ahora resultaba que iba al extranjero.
—¿Y para dónde voy?
—¡No sabemos!
—Entonces tengo que
dejar todos los libros y las otras cosas para el COPPES. Espere un momento, voy
a arreglar todo lo que voy a entregarle. Solo me llevaré esta otra mudada.
—Ya tenemos que ir
abajo —dice Kurt.
Afuera de la celda
estaban un fotógrafo y dos oficiales. Estaba López Dávila. Iban caminando a la
par mía.
—¡Adiós, Nidia!
¡Adiós, Nidia! —me gritan los detenidos quie-nes se habían volcado a las rejas
para despedirme.
Yo les iba dando la
mano a uno por uno. Alguna lágrima rodó de sus ojos. Estaba a punto de llorar,
pero me contuve.
—Seguimos con
ustedes. No los olvidaremos ¡Hasta siempre! —les digo.
Mientras bajaba, el
tipo tomaba fotos a cada paso que daba. Los celderos, los constructores, los
administradores, hasta los reos comunes, hicieron una valla despidiéndome:
—¡Adiós, Nidia!
—Llevás una gran
sonrisa, de oreja a oreja —dice López Dávila.
—Sí, estoy feliz.
Imagínese lo que es esto.
Nos dirijimos a la
oficina de Serpas. Allí, en medio de muchas cámaras, había otra gente, personal
diplomático de Panamá, México, España; María Julia, del arzobispado; Kurt
Zeller. Pero, en medio de todos, brillaban los ojos de Graciela. Me abrazó.
«¡Qué reencuentro! ¡Qué forma tan suya de ser mi hermana! ¡Cuántos años sin
verla! Si supiera cómo me ha ayudado el ejemplo que me dio su conducta en la
cárcel».
López Dávila leyó
el acta de liberación. «¿Por qué no la leyó Revelo o Serpas?» Tenía que ser el
jefe de inteligencia. Firmé el acta a las 9:30 de la mañana. Fue un momento
grandísimo en mi vida.
55
Al salir al
pasillo, formando media luna, estaban los oficiales, esperando a los
diplomáticos para despedirse. Fue inevitable, les di la mano a todos ellos.
Cuando Revelo estrechó mi mano, no pudo evitar sus emociones y me dio un
abrazo, diciendo: «le deseo suerte». Bruscamente, Graciela me dijo:
—¿Por qué permites
que te abrace ese? —Déjalo, a mí no me quita nada —le respondí.
Para asombro de
todos, en el parqueo, con la voz combativa que la caracteriza, la Graciela
comenzó a gritar:
—¡Viva la
comandancia general!
—¡Que viva!
—respondo yo.
—¡Viva la
liberación de la comandante Nidia Díaz!
—¡Que viva!
Las sorpresas no
habían terminado: tuve que subirme a un camión blindado, parecido a los de las
instituciones bancarias. Recorrí todo el recinto con mi vista, toda la parte
exterior del cuartel de la Policía Nacional. Ahí quedaba mi pesadilla.
El vehículo salió
de la Policía Nacional. Nuevamente vi las calles de San Salvador. «¡Qué
experiencia! Soy un pájaro que tuvo dormidas sus alas. Rosa Elena va a la par
mía, sus ojos rasgados destellan alegría. Hablamos sobre mil cosas, nos
enseñábamos cosas». María Julia y el representante panameño, Didio Sosa, nos
observaban. La situación era estremecedora.
El vehículo
recorrió las calles de Mejicanos, lodosas y pedre-gosas. Nos dirijimos a la
cárcel de Mariona. Allí debíamos
concentrarnos los
veintidós presos políticos liberados para ser entregados al cuerpo diplomático,
a la Cruz Roja Internacional, la Iglesia y al rector de la Universidad
Centroamericana (UCA), Ignacio Ellacuría. Afuera había cientos de periodistas.
Era día de visita, por tanto, los familiares de los presos estaban ahí también,
pero no los dejaban entrar. Me llevaron a un cuarto donde había periodistas de
la radio y la televisión gubernamentales.
Todos los
compañeros que íbamos a ser liberados entramos de dos en dos. Nos abrazamos.
Lágrimas y saludos. Nunca pensé que nos quisiéramos tanto. A algunos de ellos
nunca los había visto, pero los conocía. Me regalaron un cincho —el mismo que
no me habían podido entregar antes—, una pulsera y un anillo que me habían
hecho en la cárcel.
Julio Samayoa,
ministro de Justicia, y Rodolfo Castillo Clara-mount, vicepresidente de la
república, me pidieron firmar, pues era libre. Solo faltaba mi firma. En ese
momento, el comandante Hugo, utilizando los aparatos de comunicación del CICR
avisó al frente que todos estábamos listos y en libertad. Los compas se
concentraron en el parqueo. Allí los esperaba un camión con las siglas de la
Cruz Roja. Con ellos se irían los diplomáticos, los representantes de la
Iglesia y los otros delegados. En la entrega e intercambio de prisioneros
participaron más de quince países y organizaciones internacionales.
Antes de salir de
la oficina se acercó un joven con una foto en la cual aparecía él junto a un
directivo del COPPES, debajo de una bandera del FMLN. Me pidió que le pusiera
una dedicatoria y que se la firmara. Pensé que sería algún compa, pero resulta
que era de la jefatura del penal. Me molestó, pero ya era tarde. No lo volví a
ver, se escabulló. Quizá buscaba tener asegurado su futuro.
No sé en qué
momento me dieron un micrófono y empecé a hablar: —Pueblo salvadoreño: gracias
por tu confianza y tu lucha. Estoy feliz por esta victoria. Estoy triste porque
quedan aún
compañeros cuyo
paradero está sin esclarecer. Recuerden que hay desaparecidos, y muertos de la
población civil. Los asesinos andan impunes. Quedan más de 600 presos
políticos. Hay que continuar la lucha para que toda esta gente sea liberada…
También a la
funcionaria demócrata-cristiana Inés Duarte, los compas en el monte le dieron
un micrófono:
—…Los del FMLN
combaten con convicción y alta moral. Ahora he vivido con ellos, he visto cómo
viven, la unidad en ellos, su solidaridad, y he hablado con ellos… Puedo decir
que sentí mucho miedo y los muchachos que nos dieron seguridad, nos metieron en
una trinchera y es una impresión muy dolorosa… Después de haber vivido con el
FMLN, tengo otra visión de la lucha y del ambiente en que se desenvuelve.
Cuando me percaté,
Didio Sosa había salido y estaba tomando fotos a los compañeros liberados que
subían al camión. Aunque a mí no se me había permitido acompañarlos, salí
corriendo y grité:
—¡Que viva la
comandancia general! ¡Que viva nuestra libera-ción! ¡Unidos para combatir…
hasta la victoria final!
Ellos me
respondieron:
—¡Revolución o
muerte, venceremos!
El vehículo había
comenzado a marchar. Iban solos, sin custodia. Los compas no aceptaron la
maniobra de que atrás fuera un camión de la Primera Brigada. Podía haber un
acto de provocación.
En ese instante, en
Tenancingo, Inés Duarte era entregada en buenas condiciones físicas a Monseñor
Rivera. Luego fue trasla-dada a Santa Cruz Michapa y de ahí salió en
helicóptero al Estado Mayor de la Fuerza Armada.
Por nuestros
compañeros esperaban en Tenancingo el coman-dante Facundo Guardado y el
comandante Lucio, el CICR, Monse-ñor Rivera y Damas, los embajadores de
Francia, Panamá y otros. Simultáneamente se entregaron en doce lugares del
territorio, los
veintitrés
alcaldes, a cambio de la evacuación de 101 lisiados de guerra. Así concluyó la
operación «Basta al terror…».
Subimos al carro de
la embajada de Panamá. Didio se despidió de todos. Alrededor estaban el padre
Ellacuría, Samayoa, Casti-llo Claramount y otros. Yo les di la mano y recibí
apretones, con exclamaciones de «¡Suerte, Nidia! ¡Cuídese! Que le vaya bien».
56
Pasé todo el día en
la residencia del embajador de Panamá, junto a William y Marcelino, presos
liberados, quienes también viajarían al exterior por motivos de salud.
Almorzamos bien, con muchas alegrías y muchos comentarios. Salimos de la
embajada en la noche. Afuera había una serie de reflectores que nos acompañaron
hasta llegar al aeropuerto de Comalapa. Ibamos haciendo señales con la «V» de
la victoria. Parquearon casi al lado del avión. Muchí-simos periodistas me
seguían, no me dejaban subir las escalinatas. Preguntaban y preguntaban. No
podía responder, pues según los acuerdos de Panamá, no se hablaría con la
prensa. Sin embargo, respondí a algunas preguntas:
—Comandante Nidia,
¿qué va a hacer ahora?
—Continuar luchando
como hasta ahora y quizá mejor —respondo.
—¿Va a regresar de
nuevo?
—Si la comandancia
general lo ordena, regreso.
—¿Cuándo va a
regresar?
—¡Pronto!
Y así, una tras
otra. Ansiosos, me agarraban del brazo. ¿Cómo se siente? ¿Qué piensa del
régimen? ¿Cómo ha quedado Duarte?
En el avión había
muchos periodistas de Panamá. Las pregun-tas comenzaron de nuevo, se activaron
grabadoras y se disparaban
cámaras. Estaba
aturdida y nerviosa. Tenía que ser cuidadosa. Lo intenté, pues no tenía ninguna
orientación oficial de la coman-dancia general para hacer comentarios. Todos
querían ser foto-grafiados conmigo, hasta el camarero. La situación era
totalmente nueva. Algo desconocido y que me aturdía. Solo el viajar con los
compañeros lisiados de guerra, me dio una gran satisfacción. Venían de todos
lados. Su traslado se hizo con dificultades por su estado delicado. El Ejército
pretendió bloquear la salida de dos grupos, uno que venía de Chalatenango y
otro que venía de Usulután. Así violaron el pacto de Panamá, que establecía no
rea-lizar operaciones militares mientras se estuviera efectuando el complicado
canje. El Ejército puso emboscadas, nuestras fuerzas de exploración tuvieron
que entablar combate, y les causaron tres bajas. Para la Fuerza Armada era un
duro golpe. El hecho se con-cretizó y tuvo que acatarlo.
Los compas iban
llegando poco a poco. Venían fatigados. Unos habían llegado caminando por malas
carreteras, subiendo y bajando lomas y atravesando ríos crecidos y valles
desiertos durante dos días. Habían caminado sin descansar. Algunos casos eran
graves. La mayoría no conocía lo que es un avión y jamás estuvo frente al
enemigo sin armas o indefenso. Todos llevaban la sonrisa de la victoria y la
mirada serena. Los observé desde el asiento delantero. «Desfilan los ángeles
mutilados». Ya en vuelo me dieron un micrófono:
—Compañeros,
bienvenidos. Hoy es un gran día de victoria político-militar. La operación
«Basta al terror, a los desaparecidos, a los torturados y a los asesinados en
las cárceles clandestinas», realizada por el FMLN, ha salido victoriosa. Vamos
liberados y a curarnos…
Aplaudieron y
corearon consignas. Pasamos el vuelo cantando y gritando.
Aterrizamos en el
aeropuerto de Panamá. Bajamos del avión cantando el himno del FMLN. Las luces
de las cámaras, las pre-guntas, las declaraciones… no tengo idea de cuántas
fueron. Estaba asediada cuando apareció el compañero Mario Aguiñada Carranza,
quien me abrazó, me dio la bienvenida y en nombre del FMLN me anunció:
—Hay que alistarse,
pues hay que abordar el otro avión.
—¿Para dónde? —le
pregunto.
—Van para Cuba.
57
Así de simple y de
sencillo me lo dijo. Sentí que una descarga eléc-trica recorrió mi cuerpo.
—¿Para Cuba? —le
pregunto.
No podía creerlo.
Nunca antes había estado en Cuba. Cuán-tos intentos hicimos para ir y siempre
había otra tarea que hacer. Ir a Cuba era una de mis grandes aspiraciones, la
de todo revo-lucionario. Me presentaron a un compañero cubano, mulato y alto.
Me miró con gran ternura. Abordamos el avión. Los médi-cos y enfermeras cubanos
iban atendiendo los casos más graves. La mirada de Jorge Palencia, miembro de
la representación del FMLN en Cuba, la llevaba clavada, lo mismo la del compa
cubano. Mi mirada los abarcó a los dos, pero sin pensar en ellos. Iba en otro
mundo.
Era otro momento
trascendental de mi vida. Miles de hechos se agolpaban en mi mente. Solo estaba
viviendo, asimilando todo lo que sucedía, incontenible. Tan intempestivo todo.
Tan abrupta mi captura; tan súbita e impensada mi liberación. Todo lo que había
sucedido era ya una pesadilla. Todo lo que estaba ocurriendo y lo que quizá iba
a ocurrir, un sueño. Como un premio. Cerraba los ojos y entraba en éxtasis.
Casualidad y
causalidad se interrelacionaban. No podía haber muerto sin dar la última
batalla. No debía morir como un gusano. «¿Y luego? No hay opción, estaba
neutralizada y solo quedaba la muerte. Junto a los desaparecidos y caídos. El
desaparecimiento como el único destino. La vida se aferraba con todo el amor,
el pensamiento, la acción, la lucha, la responsabilidad y la decisión. ¿Y
luego? La sobrevivencia. Ciento noventa, ciento noventa lar-gos días. Lucha
contra el aislamiento, contra la presión, días de avance, de volverme más
sensible. De compartir la sonrisa con los
otros reos, de
cuidar hasta los gestos. Controlar la expresión de la cara era un deber. No
mostrar debilidad.
»Estaba en las
nubes. Hacia la construcción del socialismo. Atrás quedó la burla, y las garras
ensangrentadas. Ese 18 de abril, un segundo, un instante, un suspiro y todo
hubiera sido el triunfo de la nada y no esta felicidad de volar hacia la
victoria. El camino de una bala, desviada o dirigida, y sería historia y
pre-sente, memoria de un pueblo. “Compañera Nidia Díaz, ¡Presente!” O quizá
unos meses atrás y hubiera caído en el ámbito de los ecos. Mi madre, los
familiares, los camaradas, buscando, tocando de puerta en puerta preguntando
por mí: “Ella era así”».
58
«Ahora aquí estás
libre, lista para seguir luchando, ya no desde el quinto frente de guerra, sino
desde donde sea necesario. Cierro los ojos, los aprieto, mis palpitaciones se
acrecientan. Pienso que he vivido un siglo de experiencias, que la fantasía y la
realidad, que el pasado y el presente se han fundido, que solo cerré los ojos
en el frente y acabo de despertar. Que no pasó nada, que no hubo cárcel, que no
hubo momento difícil, que siempre estuve aquí o ahí. Que lo único que hice fue
transportarme de un atardecer del 18 de abril a este amanecer del 25 de
octubre. ¿Y si no creyera en el presente? ¿Y si no hubiera tenido la confianza
en el futuro? ¿Y si no hubiera comprendido ese legado histórico de miles de
com-patriotas? ¿Y si mis reservas morales no hubieran sido firmes? ¿Y si
hubiera sido débil un instante? Estaría experimentando la vergüenza personal,
el desprecio de un pueblo, de mis camara-das. Estaría en otras circunstancias.
Pero no, nosotros no somos de esa pasta. Los Miguel Castellanos son una triste
excepción. Mi
comportamiento fue
el habitual en un revolucionario. El suyo, la antítesis».
Mis pensamientos
fueron interrumpidos por la voz agradable del cubano:
—Llegamos, Nidia.
Baje.
La puerta del avión
se abrió y entró el frío del amanecer. —¿Yo?
—Sí, bajá vos
primero. Nidia.
—No, yo quiero ir
con los compas. ¿Y ellos?
—Ellos van después.
Estaba trabada en
el avión. «¿Qué vendrá?» Me decidí:
—Bueno, voy a
bajar.
Cientos de
personas, muchas cámaras, aplausos, más aplau-sos, gritos, consignas. Solo
quien ha vivido un momento así puede comprender lo que se siente. Es volver a
nacer.
—¡El pueblo unido,
jamás será vencido! ¡El pueblo… unido, jamás será vencido! ¡El pueblo… unido,
jamás será vencido!
—¡Revolución o
muerte, venceremos!
Ahí estaba
Venancio, el viejo Venancio. Estaban VIadimir y Sil-via, representantes del
pueblo cubano. Levanté la mano con la «V» de la victoria y la sonrisa ancha.
Eran los brazos y el reencuentro. Estaba entre mis camaradas.
Comenzaron a bajar
los demás.
En este momento me
di cuenta de que no estaba sola, pero tam-bién de algo más importante todavía:
nunca estuve sola.
Epílogo
Luego de salir
liberada el 24 de octubre de 1985, y al no poder regresar al frente de guerra
por las lesiones de los dos tobillos, me incorporé en 1987 al trabajo
internacional, y participé en la Comisión Política Diplomática del FDR-FMLN.
Fui presidenta de la Unión de Mujeres «Mélida Anaya Montes», miembro de la
FEDIM y presidenta de la Secretaría de Promoción y Protección de los Derechos
Humanos del FMLN.
Integré en 1989 la
Comisión Negociadora del FMLN y, después de dos años de intensas negociaciones,
firmamos la paz el 16 de enero de 1992. Yo fui firmante de ella...
Cuando entré a El
Salvador el 31 de enero me conmovió hacerlo por la misma puerta por donde había
salido el día 24 de octubre de 1985, cuando fui liberada. Regresaba victoriosa
a la patria: ese sentimiento fue inigualable para mí. Me quedé trabajando en la
COPAZ (Comisión Nacional para la Paz), como alterna de Schafik Hándal a tiempo
completo, particularmente en la Comisión de Transferencia de Tierras. Con estas
misiones comencé un proceso de participación política, asimilando las nuevas
condiciones que habíamos conquistado con nuestra lucha y en una transición
com-pleja. Luego me incorporé a todas las áreas de la democratización y
participé en la creación de la Asociación Salvadoreña para la Paz y la
Democracia (ASPAD), que llegué a presidir. Esta asocia-ción tenía íntima
relación con la construcción de la democracia y la participación ciudadana, así
como con el fortalecimiento de
las instituciones
derivadas de los acuerdos de paz. Posteriormente se convirtió en FUNDASPAD, de
la cual ahora soy vicepresidenta honorífica. En mayo de 1992 el FMLN se declaró
partido político, del que fui fundadora, y en septiembre de 1992 creó sus documen-tos
políticos (objetivos, principios, carácter y estatutos). En este proceso
habíamos recogido miles y miles de firmas más de las que requería el Tribunal
Supremo Electoral (TSE), pero la dere-cha —que apostaba por convertirnos en una
izquierda enana— ponía muchos obstáculos. Hubo elecciones internas en el FMLN y
yo quedé como miembro de la Comisión Política. Perfeccionamos más el partido.
El 14 de diciembre el TSE nos inscribió, y el 15 de diciembre autodestruimos
nuestras armas frente a ONUSAL, y desmontamos el último contingente de nuestro
Ejército Nacional para la Democracia (END). En septiembre de 1993 nos
preparamos para participar, por primera vez, en las elecciones nacionales de
marzo de 1994 y fui postulada como candidata a diputada por el departamento de
San Vicente en la Asamblea Legislativa. Resulté electa en el período 1994-1997.
Presidí la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Parlamento. En las
elecciones internas del partido me eligieron para integrar el Consejo Nacional
con hol-gura de votos: obtuve el primer lugar tanto en 1994 como en 1995. En
esta última fecha fui electa coordinadora general adjunta del FMLN, cargo que
ejercí hasta 1997. Nuevamente, en las elecciones de diputados y alcaldes en
marzo de 1997, fui reelecta diputada para el período 1997-2000. En 1999
participé como candidata a la vicepresidencia de la república de El Salvador
por la Coalición «Por el cambio» integrada por el FMLN y por la USC. Fui
diputada al Parlamento Centroamericano en el período 2000-2006, y reelecta en
el período 2011-2016, funciones que ejerzo actualmente.
¿Qué pasó en mi
vida?
Desde mi captura en
1985 mi hijo José Alejandro vivió en Suecia, en el exilio. Yo lo veía
ocasionalmente. Al salir de prisión comencé a buscar a su padre, Erick Raidsfor
Lemus Reyes, conocido como Julio López, hasta que en 1987 llegué a concluir que
había sido desaparecido desde marzo de 1984. En 1988 se lo dije a mi hijo y eso
lo golpeó mucho. Me dijo: «…es como si estuviera muerto». Cuando José Alejandro
regresó a el Salvador en 1994, dos años después de la firma de los acuerdos de
paz, ya casi cumplía los catorce años. Entonces comenzó a desarrollarse un
proceso lógico de adaptación sociocultural y convivencia en nuestro hogar.
Estu-dió y se graduó de la carrera universitaria de licenciatura en Artes
Escénicas en el Instituto Superior de Arte (ISA), en La Habana.
Actualmente mi
madre, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinos, los nietos de mi hermana, y mis
tíos viven al sur de Sue-cia, en la región de Escania. Hacia el norte viven
también mi papá y su nuevo núcleo familiar, donde tengo otros hermanos. Todos
ellos fueron reprimidos por la dictadura, tuvieron que ir al exilio. Ahora
podrían regresar a El Salvador, pero ya trazaron sus pro-pios planes de vida.
Al inicio me sentía algo culpable por el exilio que ellos afrontaron, por la
cárcel y desaparición de mi cuñado durante diecisiete días…; luego he visto que
el exilio se ha conver-tido también en nuevas oportunidades, aunque nunca es lo
mismo que vivir en su patria original.
En relación con mi
seguridad, he sufrido dos atentados: uno durante la campaña electoral de
febrero de 1994, y el otro el 19 de mayo de ese mismo año, cuando ya era
diputada al Parlamento. En el año 2002 se juzgó a los autores materiales, pero
aún no se ha procedido a investigar a los autores intelectuales, a los que
con-trataron a los sicarios, que son los más peligrosos criminales y que son
los mismos que asesinaron al compañero Francisco Véliz
el 25 de octubre de
1993; los mismos que mataron en junio de 1995 a Ramón García Prieto, esos que
sobreviven por el sistema de impunidad imperante en el país.
Por mi parte,
durante ocho años estudié y saqué la licenciatura en Ciencias Jurídicas en la
Universidad Francisco Gavidia, entre julio del 2000 y el 2008.
A pesar de haber
protagonizado la negociación de los acuerdos de paz, de haber estado en ese
contexto dos veces en la sede de la ONU en Nueva York, y luego, de haber sido
invitada por la ONU y UNICEF en el 2001 para hablar sobre niñez y conflicto
armado ante las delegaciones gubernamentales del mundo, siempre me han
restringido la movilidad al perímetro alrededor del edificio de la ONU. Todavía
hoy Estados Unidos me sigue negando la visa.
Durante este tiempo
me he encontrado con muchos personajes descritos en el libro a quienes no llamé
por sus nombres verda-deros. Precisamente ahora estoy en el proceso de
escritura de mi segundo libro Sanando las heridas, donde
describo los encuentros y desencuentros con los que han sido nuestros enemigos,
luego con-vertidos en adversarios políticos, y a veces, algunos de ellos, han
llegado a ser nuestros aliados. La idea de este nuevo texto es, esen-cialmente,
que para que llegue la conciliación a nivel político en El Salvador se deben
cumplir los acuerdos de paz y particularmente lograr la paz social. Todavía no
se han cumplido las recomenda-ciones de la Comisión de la Verdad, el mecanismo
que pactamos en la paz para investigar las violaciones a los derechos humanos
que durante el conflicto cobraron miles de vidas y provocaron otros tantos
desaparecidos. Con este informe llegaríamos al escla-recimiento de la verdad
histórica de crímenes como el cometido contra Monseñor Romero, los jesuitas
asesinados, etc. y serviría de freno a la impunidad que se ha profundizado a lo
largo de estos años.
He sido diputada a
la Asamblea Legislativa durante dos perío-dos consecutivos (1994-1997) y
(1997-2000). Por motivos regla-mentarios no podíamos postularnos en más de dos
períodos consecutivos a un mismo cargo, así que en el 2000 fui electa al
PARLACEN, donde he ejercido el cargo dos etapas: (2001-2006) y (2006-2011).
Actualmente soy vicepresidenta a la Junta Directiva por el Estado de El
Salvador. En marzo de 1999 me postulé en las elecciones presidenciales de mi
país como candidata a la vicepre-sidencia por el FMLN en coalición con la Unión
Social Cristiana. En esa campaña se fundó el movimiento «Nidia Díaz
Vicepresi-denta», que tres años después se convirtió en la Fundación para el
Desarrollo de la Mujer y la Sociedad «Nidia Díaz» (FUNDE-MUSA), partiendo de un
programa que coloca en su centro de atención a la mujer y su familia.
Continúo trabajando
en las relaciones internacionales del FMLN, y en la recuperación de la memoria
histórica, en la defensa de los derechos de la mujer y el logro de la equidad
de género. Participo en varios espacios de organizaciones de mujeres ade-más de
FUNDEMUSA, como la Asociación de Parlamentarias y Exparlamentarias de El
Salvador (SPARLEXSAL), en el Meca-nismo de Mujeres de la Conferencia Permanente
de Partidos Polí-ticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL) y en el Consejo
de Igualdad y Equidad de El Salvador. En estos momentos también formo parte de
la Asociación Americana de Juristas, capítulo El Salvador.
He aprendido que
los cargos públicos no son más que misiones que el partido le encomienda a una
en pos de un plan más grande, más global. Ser funcionario para el FMLN
significa ser un servi-dor público de la ciudadanía, a la cual nos debemos y
trabajamos porque prevalezca el Estado de derecho y por crear las condicio-nes
de traspasar el poder real al pueblo.
Proyecciones para
el futuro:
el FMLN, una
izquierda en ascenso
Desde que el FMLN
participó por primera vez en elecciones nacionales en 1994, se ha caracterizado
por ser una izquierda en ascenso, no solo por el desarrollo cuantitativo, sino,
y sobre todo, por el desarrollo cualitativo que le permitió superar la desventaja
electoral, el empate político y llegar a convertirse en la primera fuerza
política de El Salvador hasta asumir ahora el Gobierno central. Venimos de
recorrer «[…] caminos libertarios por donde transitara la paz y la justicia del
pueblo salvadoreño […]». Hemos gobernado por cuatro períodos consecutivos la
alcaldía de la capital, San Salvador; y hemos llegado de quince alcaldías que
ganamos en el año 1994 a noventa y seis ganadas en el 2009; de veintiún
diputados que ganamos en el año 1994 a treinta y cinco que ganamos en el 2009.
De las cuatro elecciones presidenciales en las que hemos participado, en la
primera del año 1994 se creó el escenario para dos vueltas; en la segunda, en
1999, donde yo me postulé para vicepresidenta, tuvimos muchas desventajas de
estrategias tanto internas como externas; en las del año 2004, el miedo y el
fraude se impusieron sobre la verdad y la legitimidad, e impidieron que Schafik
Hándal se convirtiera en el presidente de El Salvador. En las elecciones de
marzo de 1997 ganamos cin-cuenta y cuatro municipios con el 50% de la población
bajo nues-tra jurisdicción: desde ese entonces los lugares más poblados del
país están siendo gobernados por el FMLN, con aproximadamente el 60% de la
población bajo nuestra jurisdicción y el 75% de la acti-vidad productiva.
Nuestros retos son grandes: construir buenos Gobiernos y obras que beneficien a
las mayorías, aprovechar las condiciones para conquistar la democracia
participativa y transfe-rir el poder real al pueblo…
En el año 2003 el
FMLN devino la primera fuerza político-elec-toral del Parlamento, lo que junto
a las alcaldías nos convierte en la primera fuerza política nacional. El FMLN
ha sido una izquierda en ascenso que se ha fortalecido; independientemente de que
en 1999, como ya lo expresé, tuviéramos una relativa desacumula-ción en la
elección presidencial, en las elecciones del 2004 incre-mentamos grandemente
nuestra votación a favor. Esas elecciones altamente polarizadas disolvieron
todos los partidos pequeños a los que posteriormente la Corte Suprema de
Justicia les dio el salvataje.
En el 2006 el FMLN
ganó nuevamente treinta y un diputados y cincuenta y nueve alcaldías. Pasamos
dos años prácticamente empatados políticamente, pues ARENA bajó 500 000 votos
en relación con los que obtuvieron en la presidencial del 2004. Desde finales del
primer trimestre del 2008, se empezó a romper el empate: el FMLN y su candidato
Mauricio Funes se fueron delante de ARENA, hasta corroborar que la voluntad
popular, venciendo el miedo y el fraude, le dio el triunfo al FMLN.
Este 18 de enero
del 2009 el FMLN se convirtió en la primera fuerza política del país, ganamos
las legislativas con treinta y cinco diputados, y a pesar de que perdimos la
posición de la alcal-día de San Salvador, principalmente por la movilización
del voto externo al municipio, en su conjunto el FMLN obtuvo una gran victoria
al ganar las noventa y seis alcaldías. El 15 de marzo de este mismo año en las
elecciones presidenciales logramos derrotar a ARENA, que por más de veinte años
había gobernado El Salva-dor. Ese día por la noche, en la fiesta popular del
triunfo, vi cómo desde ese público que vitoreaba con alegría al son de la
música y los cohetes, se erguían orgullosos nuestros muertos y desapa-recidos:
ahí estaban junto a nosotros héroes y heroínas, nuestros mártires y víctimas,
celebrando. Ahí vi y sentí al papá de mi hijo, a Schafik, a Monseñor Romero, a
Virginia, Arlen, Mardoqueo…
y tantos miles… Ahí
estaban celebrando y recordando que aún queda mucho que hacer… Por primera vez
en nuestra historia la izquierda gobierna con un mecanismo de unidad nacional
que refleja las alianzas establecidas durante la campaña con base en el programa
de Gobierno que fue ampliamente consultado. Solo un Gobierno así puede salvar
el rumbo que establecimos en el pacto de paz, en Chapultepec y que ha sido
obstruido y bloqueado durante estos años por la derecha y sus conservadurismo y
salva-jismo. Solo un Gobierno así puede construir una verdadera socie-dad
democrática, sin exclusión social, con participación ciudadana y equidad de
género.
Los retos y
desafíos son grandes, y el cambio de correlación en el 2012 en el Parlamento es
fundamental para poder legislar más acorde con el programa de Gobierno. Obtener
más y mejo-res municipios es la base para la construcción del poder real de la
población, para construir el desarrollo y rescatar la historia y la cultura de
nuestros pueblos.
En el 2014
nuevamente tendremos otra elección presidencial, donde el Gobierno y el FMLN,
sobre la base de un buen trabajo, ha de ser elegible como la única alternativa
de cambio en pos de la felicidad y bienestar de las salvadoreñas y
salvadoreños.
El FMLN cuenta con
un programa, plataformas, una agenda, y lucha por construir una verdadera
unidad nacional. Nuestras alianzas con los diversos sectores debe servir para
los cambios alternativos, para superar los grandes problemas económicos,
ambientalistas, sociales, culturales, la falta de una política cri-minal
preventiva que luche contra la corrupción y la impuni-dad. La lucha por la
verdad se vuelve esencial para esclarecer los delitos de lesa humanidad que se
cometieron contra el pueblo antes, durante y después de la guerra, y que tienen
una cortina de humo con la Ley de Amnistía. Seguir luchando por construir un
verdadero sistema electoral y de justicia con reglas claras es
nuestro objetivo.
El futuro es muy prometedor para la izquierda salvadoreña, para el FMLN que,
presentando soluciones oportunas a favor de la generación de riquezas y su
distribución, contribuirá a lograr la tan anhelada justicia social y el
desarrollo integral de todos y todas los salvadoreños de todas las edades y
sectores.
Este 1ro. de junio
el pueblo tuvo una cita con la historia al ser partícipe directo y protagonista
de la transmisión del mando pre-sidencial a Mauricio Funes y Salvador Sánchez
Cerén, presidente y vicepresidente respectivamente. Esta cita era para iniciar
el camino de las transformaciones y los cambios a los que aspira el pueblo
salvadoreño. Sabemos que no ha sido fácil, pues se ha dado en el marco de la
gran crisis global que impacta nuestras socie-dades, pero que podremos
enfrentar y salir adelante. Con este Gobierno iniciamos la ruta para que nunca
más se vuelva a repe-tir en El Salvador un Estado de injusticia, de miseria, de
represión y de intervención en cualquiera de sus modalidades.
Breve glosario de
nombres y organizaciones
Alejandro: José
Alejandro Lemus, hijo de Nidia Díaz
ANDA:
Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados.
Arlen Siu:
Comandante Celia Margarita Alfaro, murió en combate.
Armando Crespín
Estrada: Mi cuñado, desaparecido el 15 de Agosto de 1980.
CICR: Comité
Internacional de la Cruz Roja.
Comandante Hugo:
Américo Araujo, segundo al mando del PCS.
COPPES: Comité de
Presos Políticos de El Salvador.
Duarte: Ingeniero
José Napoleón Duarte, presidente de El Salvador entre 1984 y 1989.
ERP-PRS: Ejército
Revolucionario del Pueblo-Partido de la Revolución Salvadoreña.
Felipe Fiallos: Dr.
Eduardo Espinoza, conocido como Felipe Dubon, de las FPL.
FMLN: Frente
Farabundo Martí para la Liberación Nacional.
FPL: Fuerzas
Populares de Liberación —FPL— Farabundo Martí.
Janeth: Janeth
Samour, conocida como comandante Filomena. Des-aparecida en diciembre de 1984.
José Juan: Miguel
Ángel Alvarado, conocido como Comandante José Juan Obregón (PRTC).
Luis: Luis Díaz
miembro de la Dirección Nacional del PRTC y del MLP.
Breve glosario de
nombres y
organizaciones 237
Marcos: Eugenio
Chicas, comandante Marcos Jiménez, de RN. Captu-rado y liberado por canje
humanitario.
Miguel: Oscar
Miranda, conocido como comandante Miguel Men-doza (PRTC).
Milton: Medardo
González, conocido como comandante Milton Mén-dez (FPL).
Mina: Mina de
Valladares, madre de Nidia Díaz.
PCS: Partido
Comunista Salvadoreño.
PDC: Partido
Demócrata Cristiano.
Pedro Pablo
Castillo: Prócer de la independencia.
PRTC: Partido
Revolucionario de Los Trabajadores Centroamericanos.
Regan: Ronald
Reagan, presidente de EE.UU. en 1980-1984 y 1984-1988.
Revelo: Antonio
Revelo, coronel y doctor, director de la Policía Nacional.
RN: Resistencia
Nacional.
Roca: Francisco
Jovel, conocido como Comandante Roberto Roca (PRTC).
Tío Meme: Manuel de
Jesús Mendoza.
Ungo: Guillermo
Ungo, dirigente de MNR, y presidente del FDR.
Vides Casanova:
Ministro de Defensa del Gobierno de José Napoleón Duarte.
Zamora: Rubén
Zamora, dirigente del MPSC y vicepresidente del FDR.
FIN

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