/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14115. El Libro De Cuentos De La Ciencia. Fabre, Jean-Henri.


© Libro N° 14115. El Libro De Cuentos De La Ciencia. Fabre, Jean-Henri.  Emancipación. Agosto 2 de 2025

  

Título Original: © El Libro De Cuentos De La Ciencia. Jean-Henri Fabre

 

Versión Original: © El Libro De Cuentos De La Ciencia. Jean-Henri Fabre

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.gutenberg.org/cache/epub/56795/pg56795-images.html

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen de dominio publico



© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA


       















EL LIBRO DE CUENTOS DE LA CIENCIA

Jean-Henri Fabre

 


























El Libro De Cuentos De La Ciencia

Jean-Henri Fabre

















Título: El Libro De Cuentos De La Ciencia

Autor: Jean-Henri Fabre

Traductora : Florence Constable Bicknell

Fecha de lanzamiento: 20 de marzo de 2018 [eBook n.° 56795]

Idioma: Inglés

Créditos: Producido por Chris Curnow, Barry Abrahamsen y el

equipo de corrección de pruebas distribuidas en línea en http://www.pgdp.net (este

archivo se produjo a partir de imágenes proporcionadas generosamente

por The Internet Archive)


 

La imagen de portada fue creada por el transcriptor y se coloca en el dominio público.

________________________________________

EL

LIBRO DE CUENTOS DE LA CIENCIA

________________________________________

EL

CUENTO DE CIENCIAS

POR

JEAN-HENRI FABRE

“Autor de La vida social en el mundo de los insectos ”, etc.

TRADUCIDO DEL SIGLO XIX

EDICIÓN EN FRANCES DE

FLORENCIA CONSTABLE BICKNELL

 

NUEVA YORK

LA COMPAÑÍA DEL SIGLO

1917

________________________________________

Derechos de autor, 1917, por

La compañía del siglo

––––––––

Publicado en agosto de 1917

________________________________________

CONTENIDO

CAPÍTULO PÁGINA

I Los seis 3


II El cuento de hadas y la historia real 7


III El edificio de la ciudad 11


IV Las vacas 16


V El redil 20


VI El derviche astuto 25


VII La Familia Numerosa 30


VIII El viejo peral 37


IX La edad de los árboles 40


incógnita La duración de la vida animal 45


XI La tetera 49


XII Los metales 52


XIII Recubrimiento de metal 55


XIV Oro y hierro 59


XV El vellón 64


XVI Lino y cáñamo 67


XVII Algodón 71


XVIII Papel 77


XIX Biblia 80


XX Impresión 84


XXI mariposas 88


XXII Los grandes comedores 93


XXIII Seda 99


XXIV La metamorfosis 104


XXV Arañas 108


XXVI El puente de Epeira 112


XXVII La telaraña 116


XXVIII La persecución 120


XXIX Insectos venenosos 126


XXX Veneno 132


XXXI La víbora y el escorpión 136


XXXII La ortiga 140


XXXIII Orugas procesionarias 144


XXXIV La tormenta 150


XXXV Electricidad 155


XXXVI El experimento con el gato 160


XXXVII El experimento con el papel 163


XXXVIII Franklin y De Romas 165


XXXIX El trueno y el pararrayos 172


SG Efectos del Rayo 179


XLI Nubes 181


XLII La velocidad del sonido 187


XLIII El experimento con la botella de agua fría 192


XLIV Lluvia 197


XLV Volcanes 201


XLVI Catania 205


XLVII La historia de Plinio 210


XLVIII La olla hirviente 216


XLIX La locomotora 221


Yo La observación de Emilio 227


LI Un viaje al fin del mundo 232


LII La Tierra 238


LIII La atmósfera 244


LIV El sol 250


LV Día y noche 257


LVI El año y sus estaciones 264


LVII Bayas de belladona 271


LVIII Plantas venenosas 275


LIX La flor 284


LX Fruta 290


LXI Polen 295


LXII El abejorro 301


LXIII Hongos 307


LXIV En el bosque 313


LXV El agárico de naranja 317


LXVI Terremotos 322


LXVII ¿Los mataremos a ambos? 329


LXVIII El termómetro 334


LXIX El horno subterráneo 337


LXX Conchas 344


LXXI El caracol espiral 349


LXXII Nácar y Perlas 353


LXXIII El mar 358


LXXIV Algas marinas saladas Waves 363


LXXV Agua corriente 369


LXXVI El enjambre 373


LXXVII Cera 378


LXXVIII Las células 382


LXXIX Miel 389


LXXX La abeja reina 395


________________________________________
















PREFACIO DEL TRADUCTOR

Sobre el creciente éxito y la creciente popularidad de la serie de ciencias elementales, escrita principalmente en la soledad de Sérignan por el talentoso naturalista francés, quien estaba destinado a otorgar a esa oscura aldea una distinción apenas inferior al renombre que disfrutaba Maillane desde la época de Mistral, es innecesario, a estas alturas, decir más que unas palabras. La extraordinaria viveza y animación de su estilo justificaron ampliamente su temprana creencia en la posibilidad de hacer que las verdades de la ciencia fueran más fascinantes para los jóvenes lectores, y para todos los lectores, que las invenciones de la ficción. Como ha dicho el Dr. Legros en su biografía.[1] De Fabre: “Estaba convencido de que, incluso en la primera infancia, tanto los niños como las niñas podían aprender y amar muchas materias que hasta entonces nunca se les habían propuesto; y en particular, la Historia Natural, que para él era un libro que todo el mundo podía leer, pero que los métodos universitarios habían reducido a un estudio tedioso e inútil en el que la letra ‘mataba la vida’”.

1 .  “Fabre, poeta de la ciencia”. Por el Dr. CV Legros. Nueva York: The Century Co.

Tanto los jóvenes de corazón como los puros de corazón, de cualquier edad, se sentirán atraídos por este narrador incomparable, este reverente revelador de los asombrosos secretos de la naturaleza, este «Homero de los insectos». La identidad del «Tío Paul», que en este libro y otros de la serie interpreta el papel del narrador, no es difícil de adivinar; y los jóvenes que se reúnen a su alrededor para escuchar sus auténticas historias desde el bosque y el campo, desde el arroyo y la cima de la colina, desde el océano lejano y el estanque del molino cercano, son, sin duda, los propios hijos del autor, en cuya compañía se deleitaba y cuya educación impartía con sabia solicitud.

En su afán desinteresado por ver las verdades de las ciencias naturales al alcance de la comprensión y el disfrute de todos, Fabre habría sido el primero en desear una amplia circulación de sus propios libros en muchos países y en muchos idiomas; y así, aunque ahora es demasiado tarde para obtener su autorización para estas traducciones, no se puede considerar un agravio a su memoria hacer lo que esté a nuestro alcance para difundir el conocimiento que él ha impartido con tanta sabiduría e ingenio, con tanta perspicacia e ingenio, a los de su propio país y lengua.

Resta añadir que en las páginas siguientes la forma de diálogo algo rígida del original ha dado paso a un estilo narrativo más atractivo y flexible, con la menor violencia posible al texto del autor.

________________________________________




EL

CUENTO DE CIENCIAS

Sursum corda

________________________________________

EL

CUENTO DE CIENCIAS

Sursum corda

CAPÍTULO I

 

LOS SEIS

Una tarde, al anochecer, estaban reunidos en grupo, los seis. El tío Paul leía un libro grande. Siempre lee para descansar de sus labores, pues después del trabajo nada refresca tanto como la comunión con un libro que nos enseña lo mejor que otros han hecho, dicho y pensado. Tiene en su habitación, bien ordenados en estantes de pino, libros de todo tipo. Los hay grandes y pequeños, con y sin ilustraciones, encuadernados y sin encuadernar, e incluso con bordes dorados. Cuando se encierra en su habitación, hace falta algo muy serio para distraerlo de la lectura. Y por eso dicen que el tío Paul conoce un montón de historias. Investiga, observa por sí mismo. Cuando pasea por su jardín, de vez en cuando se le ve detenerse ante la colmena, alrededor de la cual zumban las abejas, o bajo el saúco, del que caen suavemente las florecillas, como copos de nieve; A veces se agacha para ver mejor un pequeño insecto que se arrastra, o una brizna de hierba que apenas asoma. ¿Qué ve? ¿Qué observa? ¿Quién sabe? Dicen, sin embargo, que una santa alegría invade su rostro radiante, como si acabara de encontrarse cara a cara con algún secreto de las maravillas de Dios. Nos alegra escuchar las historias que cuenta en esos momentos; nos sentimos mejor y, además, aprendemos muchas cosas que algún día podrían sernos muy útiles.

El tío Paul es un hombre excelente, temeroso de Dios, servicial con todos y muy bueno. El pueblo lo tiene en gran estima, tanto que lo llaman Maître Paul, por su erudición, al servicio de todos.

Para ayudarlo en sus labores del campo —pues debo decirles que el tío Paul sabe manejar un arado tan bien como un libro, y cultiva su pequeña finca con éxito— tiene a Jacques, el anciano esposo de la vieja Ambroisine. La madre Ambroisine cuida de la casa, Jacques cuida de los animales y los campos. Son más que dos sirvientes; son dos amigos en quienes el tío Paul tiene plena confianza. Vieron nacer a Paul y llevan mucho, mucho tiempo en la casa. ¡Cuántas veces Jacques ha hecho silbatos con la corteza de un sauce para consolar al pequeño Paul cuando estaba triste! ¡Cuántas veces Ambroisine, para animarlo a ir a la escuela sin llorar, le ha puesto un huevo duro recién puesto en la cesta de la merienda! Así que Paul siente una gran veneración por los dos viejos sirvientes de su padre. Su casa es su casa. ¡Deberían ver también cuánto aman Jacques y la madre Ambroisine a su amo! Por él, si fuera necesario, se dejarían alojar.

El tío Paul no tiene familia, está solo; sin embargo, nunca es más feliz que cuando está con niños, niños que charlan, que preguntan esto y aquello, con la adorable ingenuidad de una mente despierta. Ha convencido a su hermano para que deje que sus hijos pasen una parte del año con su tío. Son tres: Emile, Jules y Claire.

Claire es la mayor. Cuando le lleguen las primeras cerezas, tendrá doce años. La pequeña Claire es trabajadora, obediente, dulce, un poco tímida, pero no en absoluto vanidosa. Teje medias, dobla pañuelos, estudia sus lecciones, sin pensar en qué vestido se pondrá el domingo. Cuando su tío, o Madre Ambroisine, que es casi una madre para ella, le dice que haga algo, lo hace al instante, incluso con placer, feliz de poder prestar un pequeño servicio. Es una cualidad muy buena.

Jules es dos años menor. Es un cuerpo delgado, vivaz, todo fuego y llamas. Cuando está preocupado por algo, no duerme. Tiene un apetito insaciable por el conocimiento. Todo le interesa y se apodera de él. Una hormiga que arrastra una pajita, un gorrión que pia en el tejado, son suficientes para captar su atención. Entonces se vuelve hacia su tío con sus interminables preguntas: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? Su tío tiene una gran fe en esta curiosidad, que, bien guiada, puede dar buenos resultados. Pero hay algo en Jules que a su tío no le gusta. Siendo honestos, debemos reconocer que Jules tiene un pequeño defecto que se convertiría en uno grave si no se le cuida: tiene mal carácter. Si alguien se opone, llora, se enfada, pone los ojos como platos y tira su gorra con rencor. Pero es como el agua hirviendo: una nimiedad lo calma. El tío Paul espera poder convencerlo con suaves reprimendas, pues Jules tiene buen corazón.

Emile, el menor de los tres, es un completo alocado; su edad se lo permite. Si alguien acaba con la cara manchada de bayas, un chichón en la frente o una espina en el dedo, seguro que es él. Tanto como Jules y Claire disfrutan de un libro nuevo, a él le gusta visitar su caja de juguetes. ¿Y qué juguetes no tiene? Ahora es una peonza que zumba fuerte, luego soldaditos de plomo azules y rojos, un Arca de Noé con todo tipo de animales, una trompeta que su tío le ha prohibido tocar porque hace demasiado ruido, luego... Pero él es el único que sabe qué hay en esa famosa caja. Digamos de una vez, antes de que lo olvidemos, que Emile ya le está haciendo preguntas a su tío. Su atención está despertando. Empieza a comprender que en este mundo una buena peonza no lo es todo. Si un día de estos olvidara su caja de juguetes para un cuento, nadie se sorprendería.

________________________________________

CAPÍTULO II

 

EL CUENTO DE HADAS Y LA HISTORIA REAL

Los seis estaban reunidos. El tío Paul leía un libro grande, Jacques trenzaba una cesta de mimbre, la madre Ambroisine tocaba su rueca, Claire marcaba lino con hilo rojo, Emile y Jules jugaban con el Arca de Noé. Y cuando alinearon al caballo tras el camello, al perro tras el caballo, luego a la oveja, el burro, el buey, el león, el elefante, el oso, la gacela y muchos otros, cuando los tuvieron a todos dispuestos en una larga procesión que los conducía al arca, Emile y Jules, cansados de jugar, le dijeron a la madre Ambroisine: «Cuéntanos un cuento, madre Ambroisine, uno que nos divierta».

Y con la sencillez de la vejez, Madre Ambroisina, mientras hacía girar su huso, dijo lo siguiente:

Había una vez un saltamontes que fue a la feria con una hormiga. El río estaba completamente congelado. Entonces el saltamontes dio un salto y aterrizó al otro lado del hielo, pero la hormiga no pudo hacerlo; y le dijo al saltamontes: «Cógeme sobre tus hombros; peso muy poco». Pero el saltamontes respondió: «Haz lo mismo que yo; da un salto y salta». La hormiga dio un salto, pero resbaló y se rompió una pata.

“Hielo, hielo, los fuertes deberían ser amables; pero tú eres malvado al haberle roto la pata a la hormiga, pobre pata.

“Entonces el hielo dijo: “El sol es más fuerte que yo y me derrite”.

“Sol, sol, los fuertes deberían ser amables; pero tú eres malvado, al derretir el hielo; y tú, hielo, al haber roto la pata de la hormiga, pobre pata.

“Entonces el sol dijo: “Las nubes son más fuertes que yo; me ocultan”.

“Nubes, nubes, los fuertes deberían ser amables; pero tú eres malvado, al ocultar el sol; tú, sol, al derretir el hielo; y tú, hielo, al haber roto la pata de la hormiga, pobre pata.

“Entonces las nubes dijeron: “El viento es más fuerte que nosotros y nos ahuyenta”.

“Viento, viento, el fuerte debería ser amable; pero tú eres malvado, al ahuyentar las nubes; tú, nubes, al ocultar el sol; tú, sol, al derretir el hielo; y tú, hielo, al haber roto la pata de la hormiga, pobre pata.

“Entonces el viento dijo: “Los muros son más fuertes que yo; me detienen”.

“Muros, muros, los fuertes deberían ser amables; pero tú eres malvado, al detener el viento; tú, viento, al ahuyentar las nubes; tú, nubes, al ocultar el sol; tú, sol, al derretir el hielo; y tú, hielo, al haber roto la pata de la hormiga, pobre pata.

“Entonces las paredes dijeron: “La rata es más fuerte que nosotros; nos hace agujeros”.

“Rata, rata, la fuerte—”

—Pero es lo mismo una y otra vez, Madre Ambroisine —exclamó Jules con impaciencia.

—No exactamente, hija mía. Después de la rata viene el gato que se come a la rata, luego la escoba que hiere al gato, luego el fuego que quema la escoba, luego el agua que apaga el fuego, luego el buey que calma su sed con el agua, luego la mosca que pica al buey, luego la golondrina que atrapa a la mosca, luego la trampa que atrapa a la golondrina, luego...

“¿Y esto dura mucho tiempo?” preguntó Emile.

—Mientras quieras —respondió Madre Ambroisina—, porque por fuerte que sea una, siempre hay otras más fuertes todavía.

—En serio, Madre Ambroisine —dijo Emilio—, esa historia me cansa.

Entonces escuchen esto: Érase una vez un leñador y su esposa, y eran muy pobres. Tenían siete hijos, el menor tan pequeñito que un zueco le servía de cama.

—Conozco esa historia —intervino Emile—. Los siete niños se van a perder en el bosque. Pulgarcito les marca el camino, primero con piedritas blancas, luego con migas de pan. Los pájaros se comen las migas. Los niños se pierden. Pulgarcito, desde lo alto de un árbol, ve una luz a lo lejos. Corren hacia ella: ¡ra-ra-ra! ¡Es la morada de un ogro!

—No hay nada de cierto en eso —declaró Jules—, ni en El Gato con Botas, ni en Cenicienta, ni en Barba Azul. Son cuentos de hadas, no historias reales. Por mi parte, quiero historias que lo sean de verdad.

Ante esas palabras, «historias reales», el tío Paul levantó la cabeza y cerró su gran libro. Se presentaba una excelente oportunidad para desviar la conversación hacia temas más útiles e interesantes que los viejos cuentos de Madre Ambroisine.

“Apruebo que busques historias verdaderas”, dijo. “Encontrarás en ellas a la vez lo maravilloso, que tanto te agrada a tu edad, y también lo útil, que incluso a tu edad debes ocuparte, preparándote para la vida después de la muerte. Créeme, una historia verdadera es mucho más interesante que un cuento en el que los ogros huelen sangre fresca y las hadas convierten calabazas en carruajes y lagartos en lacayos. ¿Y podría ser de otra manera? Comparada con la verdad, la ficción no es más que una nimiedad; pues la primera es obra de Dios, la segunda, el sueño del hombre. Madre Ambroisina no podría interesarte con la hormiga que se rompió la pata al intentar cruzar el hielo. ¿Tendré más suerte? ¿Quién quiere escuchar una historia verdadera de hormigas de verdad?”

 

Hormiga blanca

—¡Yo! ¡Yo! —gritaron Emile, Jules y Claire al unísono.

________________________________________

CAPÍTULO III

 

LA EDIFICACIÓN DE LA CIUDAD

“Son nobles trabajadores”, comenzó el tío Paul, “Muchas veces, cuando el sol de la mañana comienza a calentar, he tenido placer en observar la actividad que reina alrededor de sus pequeños montículos de tierra, cada uno con su cima perforada por un agujero para la salida y la entrada.

Algunos salen del fondo de este agujero. Otros los siguen, y aún más, y siguen. Llevan entre los dientes un pequeño grano de tierra, un peso enorme para ellos. Al llegar a la cima del montículo, dejan caer su carga, que rueda por la ladera, y enseguida vuelven a bajar a su pozo. No juegan por el camino ni se detienen con sus compañeros a descansar un rato. ¡Ay, no! ¡El trabajo es urgente y tienen tanto que hacer! Cada uno llega, serio, con su grano de tierra, lo deposita y baja en busca de otro. ¿En qué están tan ocupados?

Están construyendo una ciudad subterránea, con calles, plazas, dormitorios, almacenes; están excavando una vivienda para ellos y su familia. A una profundidad donde la lluvia no puede penetrar, excavan la tierra y la horadan con galerías, que se prolongan en largas calles comunicantes, subdivididas en otras cortas, cruzándose aquí y allá, a veces ascendiendo, a veces descendiendo, y desembocando en grandes salas. Estas inmensas obras se ejecutan grano a grano, a fuerza de mandíbulas. Si alguien pudiera ver ese negro ejército de mineros trabajando bajo tierra, se llenaría de asombro.

Están allí por miles, arañando, mordiendo, dibujando, tirando, en la más profunda oscuridad. ¡Cuánta paciencia! ¡Cuánto esfuerzo! Y cuando el grano de arena por fin cede, ¡cómo se alejan, con la cabeza bien alta y orgullosas, llevándolo triunfalmente! He visto hormigas, cuyas cabezas se tambaleaban bajo la tremenda carga, agotarse al intentar llegar a la cima del montículo. Al empujar a sus compañeras, parecían decir: "¡Miren cómo trabajo!". Y nadie podría culparlas, pues el orgullo del trabajo es un orgullo noble. Poco a poco, a la puerta de la ciudad, es decir, al borde del agujero, se va apilando este pequeño montículo de tierra, formado por material excavado de la ciudad que se está construyendo. Cuanto más grande es el montículo, más grande es la vivienda subterránea, es evidente.

Excavar estas galerías en el suelo no es todo; también deben prevenir derrumbes, fortificar los puntos débiles, apuntalar las bóvedas con pilares y hacer tabiques. A estos mineros los secundan los carpinteros. Los primeros sacan la tierra del hormiguero, los segundos traen los materiales de construcción. ¿Qué son estos materiales? Son piezas de madera, vigas y viguetas pequeñas, adecuadas para el edificio. Un poco de paja es una viga sólida para un techo, el tallo de una hoja seca puede convertirse en una columna resistente. Los carpinteros exploran los bosques vecinos, es decir, las matas de hierba, para elegir sus piezas.

¡Bien! Mira esta cubierta de grano de avena. Es muy delgada, seca y sólida. Servirá como excelente tablón para el tabique que están construyendo abajo. Pero es pesada, enormemente pesada. La hormiga que ha hecho el descubrimiento retrocede y se pone rígida sobre sus seis patas. Sin éxito: la pesada masa no se mueve. Lo intenta de nuevo, todo su pequeño cuerpo temblando de energía. La cáscara de avena apenas se mueve un poquito. La hormiga reconoce su impotencia. Se va. ¿Abandonará el trozo? ¡Oh! No. Cuando uno es hormiga, tiene la perseverancia que exige el éxito. Aquí está regresando con dos ayudantes. Una agarra la avena por delante, las otras se enganchan a los lados, ¡y mira! Rueda, avanza; llegará. Hay pasos difíciles, pero las hormigas que encuentran en el camino les darán un hombro.

Lo han logrado, no sin dificultades. La avena está a la entrada de la ciudad subterránea. Ahora las cosas se complican; la pieza se tuerce; apoyada contra el borde del agujero, no puede entrar. Los ayudantes se apresuran. Diez, veinte unen sus esfuerzos sin éxito. Dos o tres de ellos, quizás ingenieros, se separan de la banda y buscan la causa de esta resistencia insuperable. La dificultad se resuelve pronto: deben colocar la pieza con la punta hacia abajo. La avena se retira un poco, de modo que un extremo sobresale del agujero. Una hormiga agarra este extremo mientras las demás levantan el extremo que está en el suelo, y la pieza, dando una voltereta, cae en el pozo, pero es sujetada prudentemente por los carpinteros agarrados a los lados. ¿Quizás piensen, hijos míos, que los mineros que suben con su grano de tierra se detendrán por curiosidad ante este prodigio mecánico? En absoluto, no tienen tiempo. Pasan con sus cargas de material excavado, sin mirar a los carpinteros. Trabajo. En su ardor, incluso se atreven a deslizarse bajo las vigas móviles, a riesgo de quedar lisiados. ¡Que tengan cuidado! Eso es asunto suyo.

Uno debe comer cuando trabaja tanto. Nada abre tanto el apetito como el ejercicio intenso. Las hormigas lecheras recorren las filas; acaban de ordeñar las vacas y ahora distribuyen la leche a los trabajadores.

En ese momento, Emile se echó a reír. "¿Pero no es así de verdad?", le dijo a su tío. "¡Lecheras, hormigas, vacas, leche! Es un cuento de hadas como el de Mamá Ambroisina".

Emile no fue el único sorprendido por las peculiares expresiones del tío Paul. Madre Ambroisine ya no giraba su huso, Jacques no trenzaba sus mimbres, Jules y Claire lo miraban con los ojos muy abiertos. Todos lo tomaron a broma.

—No, queridos —dijo el tío Paul—. No bromeo; no. No he cambiado la verdad por un cuento de hadas. Es cierto que hay hormigas lecheras y vacas. Pero como eso requiere una explicación, pospondremos la continuación del cuento hasta mañana.

Emile llevó a Jules a un rincón y le dijo en confianza: «Las historias reales del tío son muy divertidas, mucho más que los cuentos de la madre Ambroisine. Por escuchar el resto de esas maravillosas vacas, dejaría mi Arca de Noé con gusto».

________________________________________

CAPÍTULO IV

 

LAS VACAS

Al día siguiente, Emile, apenas medio despierto, empezó a pensar en las vacas de las hormigas. «Debemos rogarle al tío», le dijo a Jules, «que nos cuente el resto de su historia esta mañana».

Dicho y hecho: fueron a buscar a su tío.

—¡Ajá! —exclamó al oír su petición—. Les interesan las vacas de las hormigas. Haré algo más que hablarles de ellas: se las mostraré. Primero, llamen a Claire.

Claire llegó apresuradamente. Su tío los llevó bajo el saúco del jardín, y esto fue lo que vieron:

El arbusto está blanco de flores. Abejas, moscas, escarabajos, mariposas, vuelan de una flor a otra con un murmullo soñoliento. Sobre el tronco del saúco, entre las crestas de la corteza, se arrastran multitud de hormigas, unas ascendiendo, otras descendiendo. Las que ascienden son las más ansiosas. A veces detienen a las demás en el camino y parecen consultarles sobre lo que sucede arriba. Al ser informadas, emprenden el ascenso de nuevo con aún más ardor, prueba de que la noticia es buena. Las que descienden avanzan pausadamente, a pasos cortos. De buena gana se detienen a descansar o a dar consejos a quienes las consultan. Es fácil adivinar la causa de la diferencia de entusiasmo entre las que ascienden y las que descienden. Las hormigas que descienden tienen el estómago hinchado, pesado, deformado, tan llenos están; las que ascienden tienen el estómago delgado, plegado, gritando de hambre. Es imposible confundirlas: las hormigas que descienden regresan de un festín y, bien alimentadas, regresan a casa con la lentitud que exige una panza pesada; Las hormigas ascendentes corren al mismo festín y ponen en el asalto del arbusto el afán de un estómago vacío.

—¿Qué encuentran en el saúco para llenarse el estómago? —preguntó Jules—. Aquí hay algunos que apenas pueden arrastrarse. ¡Ay, los glotones!

—¡Glotones! No —lo corrigió el tío Paul—; porque tienen un buen motivo para atiborrarse. Arriba, en la rama mayor, hay una inmensa cantidad de vacas. Las hormigas que descienden acaban de ordeñarlas, y es en su panza donde llevan la leche para el alimento común del hormiguero. Veamos las vacas y cómo las ordeñan. No esperes, te lo advierto, rebaños como el nuestro. Una sola hoja les sirve de pasto.

El tío Paul bajó la punta de una rama hasta la altura de los niños, y todos la observaron atentamente. Innumerables piojos negros y aterciopelados, inmóviles y tan juntos que se tocaban, cubrían el envés de las hojas y la madera aún tierna. Con una ventosa más delicada que un cabello hundida en la corteza, se llenaban apaciblemente de la savia del saúco sin cambiar de posición. Al final de su lomo, tenían dos pelos cortos y huecos, dos tubos de los que, si se observa con atención, se puede ver escapar de vez en cuando una gotita de líquido azucarado. Estos piojos negros se llaman piojos de las plantas. Son las vacas de las hormigas. Los dos tubos son las ubres, y el licor que gotea de su extremidad es la leche. En medio de la manada, incluso en la manada, cuando el ganado está demasiado cerca, las hambrientas hormigas van y vienen de un piojo a otro, esperando la deliciosa gotita. Quien la ve corre, bebe, la disfruta y parece decir al levantar la cabecita: ¡Ay, qué bueno, ay, qué bueno! Entonces sigue su camino buscando otro bocado de leche. Pero los piojos de las plantas son tacaños con la leche; no siempre están dispuestos a dejarla correr por sus conductos. Entonces la hormiga, como una lechera lista para ordeñar a su vaca, prodiga las caricias más entrañables al piojo de las plantas. Con sus antenas, es decir, con sus pequeños y delicados cuernos flexibles, le da suaves palmaditas en el estómago y le hace cosquillas en los conductos mamarios. La hormiga casi siempre lo consigue. ¡Lo que no puede lograr la dulzura! El piojo de las plantas se deja conquistar; aparece una gota que es lamida de inmediato. ¡Ay, qué bueno, qué bueno! Como la pancita no está llena, la hormiga va a otros piojos de las plantas intentando las mismas caricias.

 

Piojo de las plantas

El tío Paul soltó la rama, que volvió a su posición natural. Lecheras, ganado y pastos se extendieron de inmediato en la copa del saúco.

—¡Es maravilloso, tío! —exclamó Claire.

Maravilloso, querida hija. El saúco no es el único arbusto que alimenta rebaños de leche para las hormigas. Los piojos de las plantas se encuentran en muchas otras formas de vegetación. Los del rosal y la col son verdes; los del saúco, el frijol, la amapola, la ortiga, el sauce y el álamo, negros; los del roble y el cardo, de color bronce; los de la adelfa y el nogal, amarillos. Todos tienen los dos tubos de los que rezuma el licor azucarado; todos compiten entre sí por deleitarse con las hormigas.

Claire y su tío entraron. Emile y Jules, fascinados por lo que acababan de ver, comenzaron a buscar piojos en otras plantas. En menos de una hora encontraron cuatro tipos diferentes, todos recibiendo visitas no desinteresadas de las hormigas.

________________________________________

CAPÍTULO V

 

EL REDIL

Por la noche, el tío Paul reanudó la historia de las hormigas. A esa hora, Jacques solía recorrer los establos para ver si los bueyes comían su forraje y si los corderos, bien alimentados, dormían plácidamente junto a sus madres. Con el pretexto de terminar su cesta de mimbre, Jacques se quedó donde estaba. La verdadera razón era que las vacas de las hormigas estaban en su mente. El tío Paul relató con detalle lo que habían visto por la mañana en el saúco: cómo los pulgones dejaban que las gotas azucaradas rezumaran de sus tubos, cómo las hormigas bebían ese delicioso líquido y sabían cómo, si era necesario, obtenerlo mediante caricias.

—Lo que nos dice, Maestro —dijo Jacques—, me llena de alegría. Veo una vez más cómo Dios cuida de sus criaturas, Él que da el pulgón a la hormiga como da la vaca al hombre.

—Sí, mi querido Jacques —respondió el tío Paul—, estas cosas se hacen para acrecentar nuestra fe en la Providencia, a cuyo ojo omnisciente nada escapa. Para una persona reflexiva, el escarabajo que bebe del fondo de una flor, el penacho de musgo que recibe la gota de lluvia sobre la teja en llamas, dan testimonio de la bondad divina.

Volviendo a mi historia. Si nuestras vacas vagaran libremente por el campo, si nos viéramos obligados a hacer viajes problemáticos para ordeñarlas en pastos lejanos, sin saber si las encontraríamos o no, sería un trabajo duro para nosotros, y a menudo imposible. ¿Cómo nos las arreglamos entonces? Las mantenemos cerca, en cercados y establos. Esto también lo hacen a veces las hormigas con las pulgas. Para evitar viajes tediosos, a veces inútiles, ubican sus rebaños en un parque. Sin embargo, no todos tienen esta admirable previsión. Además, si la tuvieran, sería imposible construir un parque lo suficientemente grande para tal innumerable ganado y sus pastos. ¿Cómo, por ejemplo, podrían cercar con muros el sauce que vimos esta mañana con su población de pulgas negras? Es necesario contar con condiciones que no excedan las fuerzas disponibles. Con una mata de hierba cuya base esté cubierta de algunas pulgas, el parque es viable.

Las hormigas que han encontrado una pequeña manada planean construir un redil, un chalet de verano, donde las pulgas puedan encerrarse, protegidas de los rayos del sol. Ellas también se quedarán en el chalet un tiempo para tener a las vacas a su alcance y ordeñarlas con tranquilidad. Para ello, empiezan por remover un poco de tierra de la base del penacho para descubrir la parte superior de la raíz. Esta parte expuesta forma una especie de armazón natural sobre el que se asienta el edificio. Ahora, los granos de tierra húmeda se apilan uno a uno y se les da forma de una gran bóveda, que descansa sobre el armazón de las raíces y rodea el tallo por encima del punto ocupado por las pulgas. Se hacen aberturas para el redil. El chalet está terminado. Sus ocupantes disfrutan de frescor y tranquilidad, con un suministro seguro de provisiones. ¿Qué más se necesita para la felicidad? Las vacas están allí, muy tranquilas, en su caballete, es decir, fijadas por sus ventosas a la corteza. Sin Al salir de casa las hormigas pueden beber hasta saciarse esa dulce leche de los tubos.

Digamos, entonces, que el redil de barro es un edificio de poca importancia, construido con poco gasto y a toda prisa. Podría derribarse con un fuerte viento. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo a un refugio tan provisional? ¿Acaso el pastor de alta montaña cuida más su cabaña de ramas de pino, que debe servirle durante uno o dos meses?

Se dice que las hormigas no se conforman con encerrar pequeños grupos de pulgones que encuentran al pie de una mata de hierba, sino que también traen al redil a los pulgones que encuentran a distancia. Así, forman un rebaño para sí mismas cuando no encuentran uno ya formado. Esta señal de gran previsión no me sorprendería; pero no me atrevo a certificarlo, ya que nunca he tenido la oportunidad de comprobarlo. Lo que he visto con mis propios ojos es el redil de los pulgones. Si Jules busca con atención, encontrará algunos este verano, cuando los días sean más cálidos, al pie de varias plantas en maceta.

—Puedes estar seguro, tío —dijo Jules—. Las buscaré. Quiero ver esos extraños refugios de hormigas. Aún no nos has dicho por qué las hormigas se atiborran tanto cuando tienen la suerte de encontrar una manada de pulgones. Dijiste que los que descendían del saúco, con sus grandes estómagos, iban a distribuir la comida en el hormiguero.

Una hormiga recolectora no deja de darse un festín si se presenta la ocasión; y es justo. Antes de trabajar para los demás, ¿no debería uno cuidar de sus propias fuerzas? Pero en cuanto se ha alimentado, piensa en los demás hambrientos. Entre los hombres, hijo mío, no siempre sucede así. Hay quienes, bien alimentados, creen que todos los demás ya han cenado. Se les llama egoístas. ¡Dios no permita que lleves ese triste nombre, del que la hormiga, insignificante criatura, se avergonzaría! En cuanto está saciada, la hormiga se acuerda de los hambrientos y, en consecuencia, llena el único recipiente que tiene para llevar alimento líquido a casa; es decir, su panza.

Ahora mírala regresar, con el estómago hinchado. ¡Oh! ¡Cómo se ha llenado para que otros coman! Mineros, carpinteros y todos los obreros ocupados en la construcción de la ciudad la esperan para reanudar su trabajo con entusiasmo, pues las apremiantes ocupaciones no les permiten ir a buscar a los piojos. Se encuentra con un carpintero, quien por un instante deja caer su paja. Las dos hormigas se encuentran boca a boca, como para besarse. La hormiga lechera vomita un poquito del contenido de su panza, y la otra bebe la gota con avidez. ¡Delicioso! ¡Oh! ¡Ahora con qué valentía trabajará! El carpintero regresa a su paja, la lechera continúa su ruta de reparto. Otra hambrienta se encuentra. Otro beso, otra gota vomitada y pasada de boca en boca. Y así con todas las hormigas que se presentan, hasta que la panza se vacía. La hormiga lechera entonces parte a llenar su lata de nuevo.

Ahora, imagínense que, para alimentar a picotazos a una multitud de obreras que no pueden ir a buscar comida, una sola hormiga lechera no basta; debe haber muchísimas. Y luego, bajo tierra, en los cálidos dormitorios, hay otra población de hormigas hambrientas. Son las hormigas jóvenes, la familia, la esperanza de la ciudad. Debo decirles que las hormigas, al igual que otros insectos, nacen de un huevo, como los pájaros.

«Un día», interrumpió Emilio, «levanté una piedra y vi un montón de pequeños granos blancos que las hormigas se apresuraron a llevarse bajo tierra».

“Esos granos blancos eran huevos”, dijo el tío Paul, “que las hormigas habían sacado del fondo de su madriguera para exponerlos bajo la piedra al calor del sol y facilitar su eclosión. Se apresuraron a bajar de nuevo, cuando la piedra se levantó, para ponerlos en un lugar seguro, protegidos del peligro.

Al salir del huevo, la hormiga no tiene la forma que conoces. Es un pequeño gusano blanco, sin patas y completamente inerte, incapaz incluso de moverse. En un hormiguero hay miles de esos pequeños gusanos. Sin parar ni descansar, las hormigas van de una a otra, repartiendo un picotazo, de modo que empiezan a crecer y se transforman en hormigas en un día. Te dejo que pienses cuánto deben trabajar y cuántos piojos de las plantas deben ordeñar, solo para alimentar a los pequeños que llenan los dormitorios.

________________________________________

CAPÍTULO VI

 

EL ASTUTO DERVICHE

“Hay hormigueros por todas partes, grandes o pequeños”, observó Jules. “Incluso en el jardín podría haber contado una docena. En algunos, las hormigas son tan numerosas que ennegrecen el camino al salir. Se necesitan muchísimos piojos para alimentar a toda esa pequeña colonia.”

 

Tablero de ajedrez con piezas en posición

“Aunque sean numerosos”, le aseguró su tío, “nunca les faltarán vacas, pues los piojos son aún más numerosos. Son tantos que a menudo amenazan seriamente nuestras cosechas. El miserable piojo nos declara la guerra. Para entenderlo, escuchen esta historia:

Había una vez un rey de la India muy aburrido. Para entretenerlo, un derviche inventó el ajedrez. No conoces este juego. Pues bien, sobre un tablero parecido a un damero, dos adversarios se alinean, en formación de batalla, uno blanco, el otro negro, con piezas de diferentes valores: peones, caballos, alfiles, torres, reina y rey. Comienza la acción. Los peones, simples soldados de infantería, están destinados, como siempre, a recibir la primera gloria en el campo de batalla. El rey, protegido por su grandeza y lejos de la refriega, observa su exterminio. Ahora la caballería carga, asestando espadas a diestro y siniestro; incluso los alfiles luchan con furia, y los castillos ambulantes van de un lado a otro, protegiendo los flancos del ejército. La victoria está decidida. De las negras, la reina está prisionera; el rey ha perdido sus torres; un caballo y un alfil realizan proezas para conseguir su huida. Sucumben. El rey está en jaque mate. La partida está perdida.

“Este ingenioso juego, imagen de la guerra, agradó mucho al aburrido rey, y preguntó al derviche qué recompensa deseaba por su invención.

«Luz de los fieles», respondió el inventor, «un pobre derviche se satisface fácilmente. Me darás un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta, y así duplicarás la cantidad de granos, hasta la última casilla, que es la sesenta y cuatro. Con eso me conformaré. Mis palomas azules tendrán suficiente grano para varios días».

«Este hombre es un necio», se dijo el rey; «podría haber tenido grandes riquezas y me pide unos puñados de trigo». Luego, volviéndose hacia su ministro: «Cuenta diez bolsas de mil cequíes para este hombre y que le den un saco de trigo. Tendrá cien veces más grano del que me pide».

“—Comandante de los fieles —respondió el derviche—, guarda las bolsas de lentejuelas, inútiles para mis palomas azules, y dame el trigo que deseo.

—Muy bien. En lugar de un saco, tendrás cien.

“No es suficiente, Sol de Justicia.

“Tendrás mil.”

«No basta, Terror de los infieles. Las casillas de mi tablero no tendrían la cantidad justa.»

Mientras tanto, los cortesanos murmuraban entre sí, asombrados por las singulares pretensiones del derviche, quien, en el contenido de mil sacos, no encontraría su grano de trigo duplicado sesenta y cuatro veces. Desesperado, el rey convocó a los eruditos a una reunión para calcular los granos de trigo exigidos. El derviche sonrió maliciosamente entre sus barbas y se apartó modestamente mientras esperaba el final del cálculo.

Y he aquí que, bajo la pluma de los calculadores, la figura se hacía cada vez más grande. Terminada la obra, el jefe se alzó.

«Sublime Comandante», dijo, «la aritmética ha decidido. Para satisfacer la demanda del derviche, no hay suficiente trigo en sus graneros. No hay suficiente en la ciudad, ni en el reino, ni en todo el mundo. Para la cantidad de grano demandada, toda la tierra, mar y continentes juntos, estarían cubiertos con un lecho continuo hasta la profundidad de un dedo».

El rey, furioso, se mordió el bigote y, incapaz de contarle sus granos de trigo, nombró primer visir al inventor del ajedrez. Eso era lo que quería el astuto derviche.

—Al igual que el rey, habría caído en la trampa del derviche —dijo Jules—. Habría pensado que duplicar un grano sesenta y cuatro veces solo daría unos puñados de trigo.

—De ahora en adelante —respondió el tío Paul—, sabrás que un número, incluso muy pequeño, al multiplicarlo varias veces por la misma cifra, es como una bola de nieve que crece al rodar y pronto se convierte en una bola enorme que todos nuestros esfuerzos no pueden mover.

—Tu derviche era muy astuto —comentó Emile—. Se contentaba modestamente con un grano de trigo para sus palomas azules, con la condición de que duplicaran el número en cada casilla. Aparentemente, no pidió casi nada; en realidad, pidió más de lo que el rey poseía. ¿Qué es un derviche, tío?

“En las religiones de Oriente llaman con ese nombre a quienes renuncian al mundo para entregarse a la oración y a la contemplación.”

Dices que el rey lo nombró primer visir. ¿Es un cargo importante?

Primer visir significa primer ministro. El derviche se convirtió entonces en el mayor dignatario del Estado, después del rey.

Ya no me sorprende que rechazara las diez bolsas de mil lentejuelas. Esperaba algo mejor. Sin embargo, las diez bolsas serían una buena suma.

Un cequí es una pieza de oro que vale unos doce francos. A ese precio, el rey ofreció al derviche ciento veinte mil francos, además de los sacos de trigo.

“Y el derviche prefirió el grano sesenta y cuatro veces el doble.”

“En comparación lo que le ofrecieron no fue nada”.

“¿Y los piojos de las plantas?” preguntó Jules.

“La historia del derviche nos lleva directamente a eso”, le aseguró su tío.

________________________________________

CAPÍTULO VII

 

UNA FAMILIA NUMEROSA

“Supongamos que un pulgón de las plantas”, continuó el tío Paul, “acaba de instalarse en el brote tierno de un rosal. Está solo, completamente solo. Unos días después, lo rodean jóvenes pulgones: son sus hijos. ¿Cuántos hay? ¿Diez, veinte, cien? Digamos diez. ¿Es suficiente para asegurar la preservación de la especie? No se rían de mi pregunta. Sé bien que si los pulgones desaparecieran de los rosales, el orden de las cosas no cambiaría sensiblemente.”

«Las hormigas serían las más dignas de lástima», dijo Emile.

“La Tierra redonda continuaría girando igual, incluso cuando el último pulgón muriera en su hoja; pero no es, en verdad, una pregunta ociosa preguntar si diez pulgones bastan para preservar la raza; porque la ciencia no tiene un objetivo más alto que la búsqueda de medios providenciales para mantener todo en una justa medida de prosperidad.

Bueno, diez pulgones provenientes de uno serían demasiados si no tuviéramos que considerar los agentes destructivos. Uno reemplaza a otro, la población permanece igual; diez reemplazan a uno, y en poco tiempo el número crece más allá de todo límite posible. Piensen en el grano de trigo del derviche duplicado sesenta y cuatro veces, de modo que se convierte en un semillero de trigo del grosor de un dedo sobre toda la tierra. ¡Qué sería si se hubiera multiplicado por diez en lugar de duplicarse! De igual manera, después de unos años, los descendientes de un primer pulgón, continuamente multiplicado por diez, se encontrarían en circunstancias difíciles en este mundo. Pero existe la gran segadora, la muerte, que pone un obstáculo invencible a la superpoblación, contrarresta la vida en su fecundidad desmedida y, en asociación con ella, mantiene todas las cosas en una eterna juventud. En un rosal aparentemente más pacífico, la muerte acecha a cada minuto. Pero los pequeños, los humildes y los débiles son el pasto habitual, el pan de cada día, de los grandes comedores. Hasta qué punto ¡A tantos peligros no está expuesto el pulgón, tan diminuto, tan débil y sin defensa! Apenas un pajarillo, apenas salido del cascarón, descubre con sus penetrantes ojos un lugar infestado de pulgones, se traga cientos, como simple aperitivo. Y si un gusano, mucho más voraz, un gusano horrible creado expresamente para devorarte vivo, se une a la causa, ¡ah!, mis pobres pulgones, que Dios, el buen Dios de las pequeñas criaturas, te proteja; porque tu raza está en peligro.

Este devorador es de un verde delicado con una franja blanca en el lomo. Se estrecha por delante y se hincha por detrás. Al doblarse, adquiere la forma de una lágrima. Lo llaman el león de las hormigas por los estragos que causa en la estúpida manada. Se establece entre ellas. Con su boca puntiaguda, agarra a una, la más grande, la más regordeta; la chupa y tira la piel, que es demasiado dura para ella. Baja la cabeza puntiaguda de nuevo, agarra un segundo pulgón, lo levanta de la hoja y lo chupa. Luego otro y otro, un vigésimo, un centésimo. La estúpida manada, cuyas filas se están reduciendo, ni siquiera parece percibir lo que está sucediendo. El pulgón atrapado patea entre los colmillos del león; los demás, como si nada ocurriera, siguen comiendo tranquilamente. ¡Se necesitaría mucho más que eso para quitarles el apetito! Comen mientras esperan ser devorados. El león ha tenido suficiente. Él Se agacha entre la manada para digerir a sus anchas. Pero la digestión termina pronto y el voraz gusano ya tiene la vista puesta en aquellos que pronto devorará. Tras dos semanas de festín continuo, tras haber ramoneado, por así decirlo, manadas enteras de pulgones, el gusano se transforma en una elegante libélula con ojos brillantes como el oro, conocida como hemerobius .

 

Mariquita

( a ) larva ( b ) pupa ( c ) primera articulación de la larva

¿Eso es todo? ¡Ay, no! Aquí está la mariquita, la mariquita de Dios. Es redonda y roja, con manchas negras. Es muy simpática; tiene un aire inocente. ¿Quién la tomaría también por una devoradora, llenándose el estómago de pulgones? Mírala de cerca en el rosal y la verás en su festín feroz. Es muy bonita y de aspecto inocente; pero es una glotona, no se puede negar, tan aficionada a los pulgones.

¿Eso es todo? ¡Oh, no! Esos pobres pulgones son el maná, la dieta habitual de toda clase de depredadores. Los pájaros jóvenes los comen, los hemerobios los comen, las mariquitas los comen, los glotones de todo tipo los comen; y aun así, siempre hay pulgones. ¡Ah! Ahí es donde, en la lucha entre la fecundidad que repara y la áspera batalla de la vida que destruye, los débiles sobresalen oponiendo legiones y legiones a las posibilidades de aniquilación. En vano los devoradores vienen de todos lados y se abalanzan sobre su presa; los devorados sobreviven sacrificando un millón para preservar a uno. Cuanto más débiles son, más fructíferos son.

El arenque, el bacalao y la sardina se entregan como pasto a los devoradores del mar, la tierra y el cielo. Cuando emprenden largos viajes para pastar en lugares propicios, su exterminio es inminente. Los hambrientos del mar rodean el banco de peces; los hambrientos del cielo planean sobre su ruta; los de la tierra los esperan en la orilla. El hombre se apresura a intervenir con fuerza en la matanza y a tomar su parte del alimento marino. Equipa flotas, acude a la pesca con ejércitos navales en los que están representadas todas las naciones; seca al sol, sala, ahuma, empaca. Pero no hay una disminución perceptible en la provisión; para él, los débiles son infinitos en número. ¡Un bacalao pone nueve millones de huevos! ¿Dónde están los devoradores que verán el fin de semejante familia?

—¡Nueve millones de huevos! —exclamó Emile—. ¿Son muchos?

“Solo contarlos, uno por uno, tomaría casi un año de trabajo de diez horas cada día”.

“Quien los contó tuvo mucha paciencia”, comentó Emile.

—No se cuentan —respondió el tío Paul—; se pesan, lo cual se hace rápidamente, y del peso se deduce el número.

Como el bacalao en el mar, los pulgones de las plantas están expuestos en sus rosales y alisos a numerosas posibilidades de destrucción. Les he dicho que son el pan de cada día de multitud de comedores. Así que, para aumentar sus legiones, cuentan con medios rápidos que no se encuentran en otros insectos. En lugar de poner huevos, de desarrollo muy lento, producen pulgones vivos, que todos, absolutamente todos, en dos semanas han alcanzado su crecimiento y comienzan a producir otra generación. Esto se repite durante toda la temporada, es decir, al menos la mitad del año, de modo que el número de generaciones que se suceden durante este período no puede ser inferior a una docena. Supongamos que un pulgón produce diez, lo cual es ciertamente inferior al número real. Cada uno de estos diez pulgones nacidos del primero produce diez más, sumando cien en total; cada uno de estos cien produce diez, en total mil; cada uno de los mil produce diez, en total diez mil; y así sucesivamente, multiplicando siempre por diez, once veces. Aquí está el mismo cálculo que el El grano de trigo de un derviche, que creció con asombrosa rapidez al multiplicarlo por dos. Para la familia de los pulgones, el crecimiento es mucho más rápido, pues la multiplicación se hace por diez. Es cierto que el cálculo se detiene en el duodécimo en lugar de continuar hasta el sexagésimo cuarto. No importa, el resultado te dejaría atónito; equivale a cien mil millones. Contar las huevas de bacalao, una por una, llevaría casi un año; ¡contar los descendientes de un pulgón durante seis meses llevaría diez mil años! ¿Dónde están los devoradores que verían el fin del miserable piojo? Adivina cuánto espacio cubrirían estos pulgones, tan apiñados como están en la rama del saúco.

—Quizás un lugar tan grande como nuestro jardín —sugirió Claire.

Más aún; el jardín tiene cien metros de largo y lo mismo de ancho. Bueno, la familia de ese único pulgón cubriría una superficie diez veces mayor; es decir, diez hectáreas. ¿Qué opinas? ¿No es necesario que los pajarillos, las mariquitas y la libélula de ojos dorados se esfuercen por exterminar al pulgón, que, si no se le pone trabas, en pocos años invadiría el mundo?

A pesar de los hambrientos que los devoran, los pulgones alarman seriamente a la humanidad. Se han visto pulgones alados volando en nubes tan densas que oscurecen la luz del día. Sus legiones negras iban de un cantón a otro, se posaban sobre los árboles frutales y los devastaban. ¡Ah! Cuando Dios quiere probarnos, los elementos no siempre se desatan. Envía contra nosotros, en nuestro orgullo, a la más insignificante de las criaturas. El invisible cortacésped, el débil pulgón, llega, y el hombre se llena de temor; porque las cosas buenas de la tierra están en grave peligro.

“El hombre, tan poderoso, nada puede hacer contra estas pequeñas criaturas, invencibles en su multitud.”

El tío Paul terminó la historia de las hormigas y sus vacas. Desde entonces, Emile, Jules y Claire han hablado varias veces de las prodigiosas familias de la pulga y el bacalao, pero se perdieron en los millones y miles de millones. Su tío tenía razón: sus historias les interesaban mucho más que los cuentos de Madre Ambroisine.

________________________________________

CAPÍTULO VIII

 

EL VIEJO PERAL

El tío Paul acababa de talar un peral en el jardín. El árbol era viejo, con el tronco destrozado por las lombrices, y llevaba varios años sin dar fruto. Iba a ser reemplazado por otro. Los niños encontraron a su tío Paul sentado en el tronco del peral. Miraba algo con atención. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco», dijo, golpeando con el dedo el corte transversal del árbol talado. ¿Qué contaba?

—Ven rápido —gritó—. Ven; el peral te espera para contarte su historia. Parece tener cosas curiosas que contarte.

Los niños estallaron en risas.

«¿Y qué nos quiere decir el viejo peral?», preguntó Julio.

Mira el corte que hice con el hacha con mucho cuidado. ¿No ves unos anillos en la madera? Anillos que empiezan alrededor del tuétano y se hacen cada vez más grandes hasta llegar a la corteza.

“Los veo”, respondió Julio; “son anillos encajados uno dentro de otro”.

“Se parece un poco a los círculos que aparecen justo después de tirar una piedra al agua”, comentó Claire.

“Yo también los veo si miro de cerca”, añadió Emile.

—Debo decirle —continuó el tío Paul— que esos círculos se llaman capas anuales. ¿Por qué anuales, por favor? Porque se forma una cada año; solo una, entiéndame, ni más ni menos. Los eruditos que dedican su vida al estudio de las plantas, y que se llaman botánicos, nos dicen que no cabe duda alguna al respecto. Desde que el arbolito brota de la semilla hasta que el viejo muere, cada año se forma un anillo, una capa de madera. Entendido esto, contemos las capas de nuestro peral.

El tío Paul tomó un alfiler para guiar su conteo; Emile, Jules y Claire observaban atentamente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Contaron así hasta cuarenta y cinco, desde el tuétano hasta la corteza.

—El tronco tiene cuarenta y cinco capas de madera —anunció el tío Paul—. ¿Quién sabe qué significa eso? ¿Cuántos años tiene el peral?

—No es muy difícil —respondió Jules—, después de lo que nos acabas de contar. Como suena una vez al año, y hemos contado cuarenta y cinco, el peral debe tener cuarenta y cinco años.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué te dije? —exclamó el tío Paul triunfante—. ¿No ha hablado el peral? Ha empezado su historia diciéndonos su edad. En verdad, el árbol tiene cuarenta y cinco años.

—¡Qué cosa tan singular! —exclamó Jules—. Se puede saber la edad de un árbol como si se viera nacer. Se cuentan las capas de madera; tantas capas, tantos años. Hay que estar contigo, tío, para aprender esas cosas. Y los demás árboles, el roble, el haya, el castaño, ¿hacen lo mismo?

Absolutamente igual. En nuestro país, cada árbol cuenta un año por cada capa. Cuenta sus capas y tendrás su edad.

—¡Ay! ¡Cuánto lo siento! No lo sabía el otro día —intervino Emile—, cuando talaron el haya grande que estorbaba al borde del camino. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué árbol tan bonito! Cubría todo un campo con sus ramas. Debía de ser muy viejo.

—No mucho —dijo el tío Paul—. Conté sus capas; tenía ciento setenta.

—¡Ciento setenta, tío Paul! ¿De verdad?

“Honestamente y en serio, mi pequeño amigo, ciento setenta.”

—Entonces el haya tenía ciento setenta años —dijo Jules—. ¿Es posible? ¡Un árbol que llega a ser tan viejo! Y sin duda habría vivido muchos años más si el peón no la hubiera talado para ensanchar la carretera.

—Para nosotros, ciento setenta años sería sin duda una edad muy avanzada —asintió su tío—; nadie vive tanto. Para un árbol es muy poco. Sentémonos a la sombra. Tengo más que contarte sobre la edad de los árboles.

________________________________________

CAPÍTULO IX

 

LA EDAD DE LOS ÁRBOLES

Solían hablar de un castaño de Sancerre cuyo tronco medía más de cuatro metros de diámetro. Según la estimación más moderada, debía de tener trescientos o cuatrocientos años. No se quejen de la edad de este castaño. Mi historia apenas comienza, y pueden estar seguros de que, como narrador que despierta la curiosidad de su público, reservo lo más antiguo para el final.

Se conocen castaños mucho más grandes; por ejemplo, el de Neuve-Celle, a orillas del lago de Ginebra, y el de Esaü, en las cercanías de Montélimar. El primero tiene trece metros de circunferencia en la base del tronco. Desde el año 1408 albergó una ermita; la historia está documentada. Desde entonces han pasado cuatro siglos y medio, aumentando su edad, y ha sido alcanzado por rayos en diferentes momentos. No importa, todavía se mantiene vigoroso y lleno de hojas. El segundo es una ruina majestuosa. Sus altas ramas están despojadas; su tronco, de once metros de circunferencia, está surcado de profundas grietas, las arrugas de la vejez. Calcular la edad de estos dos gigantes es casi imposible. Quizás se le pueda calcular en mil años, y aún así los dos viejos árboles dan fruto; no morirán.

¡Mil años! Si mi tío no lo hubiera dicho, no lo creería. Esto de Jules.

—¡Shh! Debes escuchar hasta el final sin decir nada —le advirtió su tío.

El árbol más grande del mundo es un castaño en las laderas del Etna, en Sicilia. Mira el mapa: verás allá abajo, en el extremo de Italia, frente a la punta de ese hermoso país con forma de bota, una gran isla con tres puntas. Eso es Sicilia. En esa isla hay una célebre montaña que expulsa materia incandescente; un volcán, en resumen. Se llama Etna. Volviendo a nuestro castaño, debo decirte que lo llaman «el castaño de los cien caballos», porque Juana, reina de Aragón, visitó el volcán un día y, sorprendida por una tormenta, se refugió bajo él con su escolta de cien jinetes. Bajo su bosque de hojas, jinetes y caballos encontraron refugio. Para rodear al gigante, treinta personas extendiendo los brazos y uniendo las manos no serían suficientes. El tronco tiene más de cincuenta metros de circunferencia. A juzgar por su tamaño, es menos un tronco de árbol que una fortaleza, una torre. Una abertura lo suficientemente grande como para permitir el paso de dos carruajes de frente atraviesa la base del castaño y da acceso. En la cavidad del tronco, preparada para quienes van a recoger castañas, pues el viejo coloso aún conserva savia joven y rara vez deja de dar fruto. Es imposible estimar la edad de este gigante por su tamaño, pues se sospecha que un tronco tan grande proviene de varias castañas, originalmente distintas, pero tan próximas entre sí que se han fusionado en una sola.

Neustadt, en Württemberg, tiene un tilo cuyas ramas, agobiadas por el paso de los años, se sostienen sobre cien pilares de mampostería. Las ramas cubren en conjunto un espacio de 130 metros de circunferencia. En 1229, este árbol ya era viejo, pues los escritores de la época lo llamaban «el gran tilo». Su edad probable actual es de setecientos u ochocientos años.

 

Roble blanco

A principios de este siglo, había en Francia un árbol más antiguo que el veterano de Neustadt. En 1804, en el castillo de Chaillé, en Deux-Sèvres, se podía ver un tilo de 15 metros de diámetro. Tenía seis ramas principales apuntaladas por numerosos pilares. Si aún existe, no debe tener menos de once siglos.

El cementerio de Allouville, en Normandía, está a la sombra de uno de los robles más antiguos de Francia. El polvo de los muertos, en el que ha hundido sus raíces, parece haberle dado un vigor excepcional. Su tronco mide diez metros de circunferencia en la base. Una cámara de ermitaño, coronada por un pequeño campanario, se alza en medio de sus enormes ramas. La base del tronco, parcialmente hueca, está acondicionada como capilla dedicada a Nuestra Señora de la Paz. Los personajes más ilustres han considerado un honor ir a rezar a este rústico santuario y meditar un momento a la sombra del viejo árbol que ha visto tantas tumbas abrirse y cerrarse. Por su tamaño, consideran que este roble tiene unos novecientos años. La bellota que lo produjo debió germinar, pues, alrededor del año mil. Hoy, el viejo roble sostiene sus monstruosas ramas sin esfuerzo. Glorificado por los hombres y asolado por los rayos, sigue apaciblemente el curso de los siglos, quizás con un futuro igual a su pasado por delante.

Se conocen robles mucho más antiguos. En 1824, un leñador de las Ardenas taló un roble gigantesco en cuyo tronco se encontraron jarrones de sacrificio y monedas antiguas. El viejo roble tenía quince o dieciséis siglos de existencia.

Después del roble de Allouville, les hablaré de otros compañeros de los muertos; pues es sobre todo en estos campos de reposo, donde la santidad del lugar los protege de las agresiones del hombre, donde los árboles alcanzan una edad tan avanzada. Dos tejos del cementerio de Haie-de-Routot, departamento de Eure, merecen especial atención. En 1832, sombrearon con su follaje todo el campo de los muertos y una parte de la iglesia, sin sufrir daños graves, cuando un vendaval extremadamente violento arrojó parte de sus ramas al suelo. A pesar de esta mutilación, estos dos tejos siguen siendo majestuosos árboles viejos. Sus troncos, completamente huecos, miden cada uno nueve metros de circunferencia. Su edad se estima en mil cuatrocientos años.

Eso, sin embargo, no supera la mitad de la edad que han alcanzado otros árboles de la misma especie. Un tejo en un cementerio escocés medía veintinueve metros de circunferencia. Su edad probable era de dos mil quinientos años. Otro tejo, también en un cementerio del mismo país, era, en 1660, tan prodigioso que todo el país hablaba de él. Calcularon entonces su edad en dos mil ochocientos veinticuatro años. Si aún sigue en pie, este patriarca de los árboles europeos soporta el peso de más de treinta siglos.

—Basta por ahora. Ahora te toca hablar.

—Prefiero callarme, tío Paul —dijo Jules—. Me has trastornado con tus árboles que no mueren.

—Estoy pensando en el viejo tejo del cementerio escocés. ¿Dijiste tres mil años? —preguntó Claire.

Tres mil años, querida hija; y podríamos remontarnos aún más atrás si te hablara de ciertos árboles en países extranjeros. Se sabe que algunos son casi tan viejos como el mundo.

________________________________________

CAPÍTULO X

 

LA DURACIÓN DE LA VIDA ANIMAL

Jules y Claire no pudieron superar el asombro que les causó la historia de su tío sobre los viejos árboles para quienes los siglos son menos que los años para nosotros. Emile, con su habitual inquietud, desvió la conversación hacia otro tema:

—Y los animales, tío —preguntó—, ¿cuánto viven?

“Los animales domésticos”, fue la respuesta, “rara vez alcanzan la edad que la naturaleza les concede. Les escatimamos el alimento, los fatigamos demasiado y no les damos un refugio adecuado. Y luego les quitamos la leche, el vellón, el cuero, la carne, en realidad, todo. ¿Cómo puedes envejecer cuando el carnicero te espera en la puerta del establo con su cuchillo? Es inútil hablar de estas pobres víctimas de nuestra necesidad: para darnos una larga vida, no viven su tiempo. Suponiendo que un animal esté bien tratado, que no sufra hambre ni frío, que viva en paz sin fatiga excesiva, sin temor al descuartizador ni al carnicero; en estas buenas condiciones, ¿cuántos años vivirá?

Empecemos con el buey. Espero que sea robusto. ¡Qué pecho y qué hombros! Y luego esa frente grande y cuadrada, con sus vigorosos cuernos alrededor de los cuales se ciñe la correa del yugo; esos ojos que brillan con la serena majestuosidad de la fuerza. Si la vejez es lo que les corresponde a los fuertes, el buey debería vivir siglos.

—Yo también lo creo —asintió Jules.

¡Qué equivocados, queridos hijos! El buey, tan grande, fuerte y macizo, está viejo, muy viejo, de veinte o treinta años. Lo que para nosotros sería una juventud radiante, para él es una vejez decrépita.

Pasemos al caballo. Verán, no tomo mis ejemplos de los débiles; escojo a los más vigorosos. Pues bien, el caballo, al igual que su modesto compañero, el asno, apenas llega a los treinta o treinta y cinco años.

—¡Qué equivocado estaba! —exclamó Jules—. Creía que el caballo y el buey eran lo suficientemente fuertes como para vivir al menos un siglo. ¡Son tan grandes que ocupan tanto espacio!

No sé, mi pequeño amigo, si me entiendes, pero quiero informarte que ocupar mucho espacio en este mundo no es la manera de vivir en paz ni de disfrutar de una larga vida. Hay personas que ocupan mucho espacio, no en cuerpo —no son más grandes que nosotros—, sino en sus pretensiones y sus ambiciosas maniobras. ¿Viven en paz? ¿Se preparan para una vejez venerable? Es muy dudoso. Seamos pequeños; es decir, contentémonos con lo poco que Dios nos ha dado; cuidémonos de las tentaciones de la envidia, de los necios consejos del orgullo; llenémonos de actividad, de trabajo, y no de ambición. Solo así se nos permite esperar largos días.

Volvamos sin demora a nuestros animales. Nuestros otros animales domésticos viven aún menos. Un perro, a los veinte o veinticinco años, ya no puede arrastrarse; un cerdo es un veterano tambaleante a los veinte; a los quince, como máximo, un gato ya no persigue ratones; se despide de las alegrías del tejado y se retira a algún rincón de un granero a morir en paz; la cabra y la oveja, a los diez o quince años, rozan la vejez extrema; el conejo está al final de su madeja a los ocho o diez; y la miserable rata, si vive cuatro años, es considerada entre los de su especie como un prodigio de longevidad.

¿Quieres que te hable de aves? Muy bien. La paloma puede vivir de seis a diez años; la pintada, la gallina y el pavo, doce. Un ganso vive más; es cierto que, por su condición de ganso, no se preocupa. El ganso llega a vivir veinticinco años, e incluso mucho más.

Pero aquí hay algo mejor. El jilguero, el gorrión, pájaros despreocupados, siempre cantando, siempre retozando, felices como un rayo de sol en el follaje y un grano de cáñamo, viven tanto como el ganso glotón, y más que el pavo tonto. Estos pajarillos tan felices viven de veinte a veinticinco años, la edad de un buey. Como les dije, ocupar mucho espacio en este mundo no es la manera de prepararse para una larga vida.

En cuanto al hombre, si lleva una vida normal, a menudo vive hasta los ochenta o noventa años. A veces llega a los cien o incluso más. Pero si alcanza solo la edad ordinaria, la edad promedio, como dicen, que ronda los cuarenta, entonces debe considerarse una criatura privilegiada en cuanto a longevidad; los hechos anteriores lo demuestran. Y además, para el hombre, queridos hijos, la longevidad no se mide exactamente por el número de años. Vive más quien más trabaja. Cuando Dios nos llama a Él, llevemos con nosotros la sincera estima de los demás y la conciencia de haber cumplido con nuestro deber hasta el final; y, sea cual sea nuestra edad, habremos vivido lo suficiente.

________________________________________

CAPÍTULO XI

 

LA HERVIDORA

Ese día, Madre Ambroisine estaba muy cansada. Había bajado de los estantes teteras, cacerolas, lámparas, candelabros, cazuelas, sartenes y tapas. Tras frotarlos con arena fina y ceniza, y lavarlos bien, los había puesto al sol para secarlos por completo. Todos brillaban como un espejo. Las teteras, en particular, eran magníficas con sus reflejos rosados; se diría que en su interior brillaban lenguas de fuego. Los candelabros eran de un amarillo deslumbrante. Emile y Jules estaban absortos en la admiración.

—Me gustaría saber de qué están hechas las teteras, ¡qué relucientes son! —comentó Emile—. Son muy feas por fuera, negras, manchadas de hollín; pero por dentro, ¡qué bonitas son!

“Debes preguntarle al tío”, respondió su hermano.

—Sí —asintió Emilio.

Dicho y hecho, fueron en busca de su tío. No hubo que suplicarle; se alegraba cada vez que tenía la oportunidad de enseñarles algo.

“Las teteras están hechas de cobre”, comenzó.

“¿Y el cobre?” preguntó Jules.

El cobre no se fabrica. En algunos países, se encuentra ya elaborado, mezclado con piedra. Es una de las sustancias que el hombre no puede fabricar. Usamos estas sustancias tal como Dios las ha depositado en el seno de la tierra para fines de la industria humana; pero ni todo nuestro conocimiento ni toda nuestra habilidad podrían producirlas.

En el seno de las montañas donde se encuentra el cobre, excavan galerías que se adentran profundamente en la tierra. Allí, los mineros, con lámparas para iluminarlas, atacan la roca con fuertes golpes de pico, mientras otros sacan los bloques desprendidos. Estos bloques de piedra donde se encuentra el cobre se llaman mena. En hornos construidos para tal fin, calientan la mena a una temperatura muy alta. El calor de nuestra estufa, al rojo vivo, no es nada en comparación. El cobre se funde, se deshace y se separa del resto. Luego, con martillos de enorme peso, impulsados por una rueda accionada por agua, golpean la masa de cobre que, poco a poco, se adelgaza y se ahueca en una gran palangana.

El calderero continúa el trabajo. Toma la palangana informe y, con pequeños martillazos, la moldea sobre el yunque para darle una forma regular.

“Por eso los caldereros se pasan el día golpeando con sus martillos”, comentó Jules. “A menudo me preguntaba, al pasar por sus talleres, por qué hacían tanto ruido, golpeando siempre, sin parar. Estaban adelgazando el cobre; dándole forma para hacer cacerolas y marmitas”.

Aquí Emile preguntó: «Cuando una tetera está vieja, tiene agujeros y no se puede usar, ¿qué hacen con ella? Oí a la Madre Ambroisina hablar de vender una tetera desgastada».

—Está fundido y con ese cobre se hace otra tetera nueva —respondió el tío Paul.

“¿Entonces el cobre no se desgasta?”

“Se desgasta demasiado, amigo mío: una parte se pierde al frotarla con arena para que brille; otra parte se pierde también por la acción continua del fuego; pero lo que queda sigue siendo bueno.”

La Madre Ambroisina también habló de rehacer una lámpara a la que le faltaba una pata. ¿De qué están hechas las lámparas?

“Son de estaño, otra sustancia que encontramos ya elaborada en el seno de la tierra, sin capacidad de producirla nosotros mismos.”

________________________________________

CAPÍTULO XII

 

METALES

“El cobre y el estaño se llaman metales”, continuó el tío Paul. “Son sustancias pesadas y brillantes que resisten los golpes del martillo sin romperse. Se aplanan, pero no se rompen. Hay otras sustancias que poseen el peso considerable del cobre y el estaño, además de su brillo y resistencia a los golpes. Todas estas sustancias se llaman metales”.

«Entonces el plomo, que es tan pesado, ¿también es un metal?», preguntó Emilio.

“¿Y también hierro, plata y oro?”, preguntó su hermano.

Sí, estas sustancias y otras más son metales. Todas tienen un brillo peculiar llamado lustre metálico, pero el color varía. El cobre es rojo; el oro, amarillo; la plata, el hierro, el plomo, el estaño, blancos, con un tono muy ligeramente diferente entre sí.

—Los candelabros que Madre Ambroisina seca al sol —dijo Emile— son de un amarillo magnífico y tan brillantes que deslumbran. ¿Son de oro?

No, querida hija; tu tío no posee tales riquezas. Son de latón. Para variar los colores y otras propiedades de los metales, en lugar de usarlos siempre por separado, suelen mezclar dos o tres, o incluso más. Los funden juntos, y el conjunto constituye una especie de metal nuevo, diferente de los que entran en su composición. Así, al fundir cobre y un tipo de metal blanco llamado zinc, el mismo del que están hechas las regaderas de jardín, obtienen latón, que no tiene el rojo del cobre ni el blanco del zinc, sino el amarillo del oro. El material de los candelabros está, pues, hecho de cobre y zinc juntos; en una palabra, es latón, y no oro, a pesar de su lustre y color amarillo. El oro es amarillo y reluce; pero todo lo que es amarillo y reluce no es oro. En la última feria del pueblo vendieron magníficos anillos cuyo brillo te engañó. En oro, habrían costado una buena suma. El comerciante los vendió por un sou. Eran de latón.

“¿Cómo pueden distinguir el oro del latón, si el color y el brillo son casi iguales?”, preguntó Jules.

Principalmente por el peso. El oro es mucho más pesado que el latón; de hecho, es el metal más pesado y de uso frecuente. Después viene el plomo, luego la plata, el cobre, el hierro, el estaño y, finalmente, el zinc, el más ligero de todos.

—Nos dijiste que para fundir el cobre —intervino Emile—, necesitaban un fuego tan intenso que el calor de una estufa al rojo vivo no sería nada en comparación. No todos los metales resisten así, pues recuerdo muy bien la lamentable muerte de los primeros soldados de plomo que me diste. El invierno pasado, los alineé en la estufa tibia. Justo cuando no estaba mirando, la tropa se tambaleó, se desplomó y corrió en pequeños chorros de plomo fundido. Solo tuve tiempo de salvar a media docena de granaderos, y les faltaban los pies.

—Y cuando la Madre Ambroisina, sin pensarlo dos veces, puso la lámpara en la estufa —añadió Jules—, ¡oh!, pronto se acabó: desapareció un dedo de estaño.

“El estaño y el plomo se funden con mucha facilidad”, explicó el tío Paul. “El calor de nuestro hogar es suficiente para hacerlos funcionar. El zinc también se funde sin mayor dificultad; pero la plata, luego el cobre, luego el oro y finalmente el hierro, requieren fuegos de una intensidad desconocida en nuestras casas. El hierro, sobre todo, tiene una resistencia excesiva, muy valiosa para nosotros.

Palas, tenazas, parrillas, estufas, son de hierro. Sin embargo, estos diversos objetos, siempre en contacto con el fuego, no se funden; ni siquiera se ablandan. Para ablandar el hierro y moldearlo fácilmente en el yunque a martillazos, el herrero necesita todo el calor de su forja. En vano soplaría y echaría carbón; jamás lograría fundirlo. El hierro, sin embargo, se puede fundir, pero hay que usar el calor más intenso que la habilidad humana pueda producir.

________________________________________

CAPÍTULO XIII

 

REVESTIMIENTO DE METALES

Por la mañana, pasaban unos caldereros errantes. La Madre Ambroisine les había vendido la vieja tetera. Además de la venta, debían restaurar la lámpara, cuya base se había derretido en la estufa, y rechapar dos cacerolas. Así que los herreros encendieron un fuego al aire libre, colocaron sus fuelles en el suelo y, con una gran cuchara redonda de hierro, fundieron la vieja lámpara, añadiendo un poco de estaño para reemplazar lo perdido. El metal fundido se vertió en un molde, del cual salió en forma de lámpara. Esta lámpara, todavía bastante grande, se fijó en un torno que un niño puso en marcha; y mientras giraba, el maestro la tocó con el borde de una herramienta de acero. El estaño así cepillado cayó en finas virutas, enrolladas como papel de rizo. La lámpara se estaba perfeccionando visiblemente; tomó el pulido y la forma adecuados.

Después se dedicaron a galvanizar las cacerolas de cobre. Las limpiaron a fondo por dentro con arena, las pusieron al fuego y, cuando estaban muy calientes, repasaron toda su superficie con una esponja de estopa y un poco de estaño fundido. Dondequiera que la esponja rozaba, el estaño se pegaba al cobre. En pocos instantes, el interior de la cacerola, antes rojo, ahora era de un blanco brillante.

Emile y Jules, mientras comían su pequeño almuerzo de manzanas y pan, observaban este curioso trabajo en silencio. Se prometieron preguntarle a su tío el motivo de blanquear con estaño el interior de las cacerolas de cobre. Por la noche, pues, hablaron del estañado y el chapado.

“El hierro muy limpio y pulido es muy brillante”, explicó su tío. “La hoja de un cuchillo nuevo, las tijeras de Claire, cuidadosamente guardadas en su estuche, son ejemplos. Pero, si se expone al aire húmedo, el hierro se deslustra rápidamente y se cubre con una costra terrosa y roja llamada…”

“Óxido”, interrumpió Claire.

“Sí, se llama óxido”.

“Los grandes clavos que sujetan los alambres de hierro por donde trepan las campanillas del muro del jardín están cubiertos de esa costra roja”, comentó Jules; y Emile añadió:

“El viejo cuchillo que encontré en el suelo también está cubierto de eso”.

Esos clavos grandes y el cuchillo viejo están cubiertos de óxido porque han permanecido mucho tiempo expuestos al aire y a la humedad. El aire húmedo corroe el hierro; se fusiona con el metal y lo vuelve irreconocible. Cuando se oxida, el hierro pierde las propiedades que lo hacen tan útil; es una especie de tierra roja o amarilla, en la que, sin mirar con atención, sería imposible sospechar la presencia de un metal.

—Puedo creerlo —dijo Jules—. Por mi parte, jamás habría confundido el óxido con el hierro, con el que se había mezclado el aire y la humedad.

Muchos otros metales se oxidan como el hierro; es decir, se convierten en materia terrosa al entrar en contacto con el aire húmedo. El color del óxido varía según el metal. El óxido del hierro es amarillo o rojo, el del cobre es verde, el del plomo y el zinc es blanco.

“Entonces el óxido verde de los centavos viejos es óxido de cobre”, dijo Jules.

“¿La materia blanca que cubre la boquilla de la bomba debe ser óxido de plomo?” preguntó Claire.

Exactamente. El principal problema del óxido es que afea los metales: pierden su brillo y pulimento; pero causa aún más daño. Hay óxidos inofensivos que podrían mezclarse con nuestra comida sin peligro, como el óxido de hierro. Por el contrario, los óxidos de cobre y plomo son venenos mortales. Si, por casualidad, estos óxidos llegaran a nuestros alimentos, podríamos morir, o al menos sufriríamos crueles sufrimientos. Hablaremos solo del cobre, ya que el plomo, debido a su rápida fusión, no puede ser quemado y no se usa para utensilios de cocina. El óxido de cobre, digo, es un veneno mortal; y aun así, preparan la comida en recipientes de cobre. Pregúntenle a Madre Ambroisina.

“Muy cierto”, dijo ella, “pero siempre tengo mis cacerolas vigiladas: las mantengo muy limpias y de vez en cuando las cambio de barniz”.

—No entiendo —intervino Jules—, cómo el trabajo que hizo el hojalatero esta mañana pudo evitar que el óxido del cobre se convirtiera en veneno.

“El trabajo del herrero no hará que el óxido del cobre deje de ser venenoso”, respondió el tío Paul, “pero evitará que se forme óxido. De los metales comunes, el estaño es el que menos se oxida. Expuesto al aire durante mucho tiempo, apenas se deslustra. Y el óxido, que se forma en pequeñas cantidades, es inocuo, como el óxido del hierro. Para evitar que el cobre se cubra de manchas verdes venenosas, para protegerlo de la oxidación, debe evitarse el contacto con el aire húmedo y también con ciertas sustancias alimenticias como el vinagre, el aceite y la grasa, sustancias que provocan la rápida formación de óxido. Por esta razón, la cacerola de cobre se recubre con estaño en su interior. Bajo la fina capa de estaño que la cubre, el cobre no puede oxidarse, porque ya no está en contacto con el aire. El estaño permanece; pero este metal se transforma con dificultad y, además, su óxido, si se forma, es inofensivo. Así que recubren el cobre, es decir, lo cubren con una fina capa de estaño, para evitar su oxidación y, así, la formación del peligroso veneno que… Podría, algún día u otro, mezclarse con nuestra comida.

También estañan el hierro, no para evitar la formación de veneno, pues el óxido de este metal es inofensivo, sino simplemente para evitar que se altere y se cubra de feas manchas rojas. Este hierro estañado se llama hojalata. Tapas, cafeteras, graseras, ralladores, faroles e innumerables cosas más son de hojalata; es decir, finas láminas de hierro recubiertas por ambas caras con una capa de estaño.

________________________________________

CAPÍTULO XIV

 

ORO Y HIERRO

Algunos metales nunca se oxidan; uno de ellos es el oro. Las antiguas piezas de oro halladas en la tierra tras siglos brillan como el día en que fueron acuñadas. Ninguna escoria ni óxido cubre su efigie ni su inscripción. El tiempo, el fuego, la humedad y el aire no pueden dañar este admirable metal. Por lo tanto, el oro, debido a su brillo inmutable y su rareza, es el material por excelencia para adornos y monedas.

Además, el oro es el primer metal que el hombre conoció, mucho antes que el hierro, el plomo, el estaño y otros. La razón por la que el hombre se fijó en el oro, siglos antes que el hierro, es fácil de entender. El oro nunca se oxida; el hierro se oxida con tal facilidad que en poco tiempo, si no tenemos cuidado, se convierte en tierra roja. Acabo de decirles que objetos de oro, por antiguos que sean, nos han llegado intactos, incluso después de haber estado en la tierra más húmeda. En cuanto a los objetos de hierro, ninguno nos ha llegado sin estar irreconocible. Corroídos por el óxido, se han convertido en una corteza terrosa informe. Ahora le preguntaré a Jules si el mineral de hierro que se extrae de las entrañas de la tierra puede ser hierro auténtico, puro, como el que usamos.

—No me parece, tío; porque si el hierro en un momento dado es puro, con el tiempo se oxidará y se transformará en materia terrosa, como la hoja de un cuchillo enterrado en la tierra.

“Mi hermano parece razonar correctamente; estoy de acuerdo con él”, dijo Claire.

“¿Y el oro?” le preguntó el tío Paul.

—Con el oro es diferente —respondió ella—. Como ese metal nunca se oxida, no se altera con el tiempo, el aire ni la humedad, debe ser puro.

Exactamente. En las rocas donde se disemina en pequeñas cantidades, el oro brilla tanto como en los joyeros. Los pendientes de Claire no tienen más brillo que las partículas que la naturaleza deposita en la roca. Por el contrario, ¡qué aspecto tan lamentable adquiere el hierro cuando se encuentra! Es una costra terrosa, una piedra rojiza, en la que solo tras una larga investigación se puede sospechar la presencia de un metal; es, de hecho, óxido, mezclado en mayor o menor medida con otras sustancias. Y, además, no basta con percibir que esta piedra oxidada contiene un metal; aún hay que encontrar la manera de descomponer el mineral y devolver el hierro a su estado metálico. ¡Cuántos esfuerzos fueron necesarios para alcanzar este resultado, uno de los más difíciles de conseguir! ¡Cuántos intentos infructuosos, cuántas pruebas dolorosas! El hierro, pues, fue el último en sernos útil, mucho después del oro y otros metales, como el cobre y la plata, que a veces, pero no siempre, se encuentran puros. Ese metal, el más útil de todos, fue el último; pero con él se logró un inmenso avance en la industria humana. En el momento en que el hombre poseyó el hierro, se encontró dueño de la tierra.

A la cabeza de las sustancias resistentes al impacto, se encuentra el hierro; y es precisamente su enorme resistencia a la ruptura lo que hace a este metal tan preciado para nosotros. Un yunque de oro, cobre, mármol o piedra jamás resistiría los golpes del martillo de un herrero como uno de hierro. El martillo mismo, ¿de qué otra sustancia sino de hierro podría estar hecho? Si fuera de cobre, plata u oro, se aplanaría, se aplastaría y se volvería inútil en poco tiempo; pues estos metales carecen de dureza. Si fuera de piedra, se rompería al primer golpe, aunque fuese bastante fuerte. Para estos instrumentos, nada puede sustituir al hierro. Tampoco puede hacerlo para las hachas, las sierras, los cuchillos, el cincel del albañil, el pico del cantero, la reja del arado y una serie de otros instrumentos que cortan, desbastan, perforan, cepillan, liman, dan o reciben golpes violentos. Solo el hierro tiene la dureza que puede cortar la mayoría de las demás sustancias y la resistencia que resiste los golpes. En este sentido, el hierro es, de todas las sustancias minerales, el presente más hermoso que... La Providencia ha dado al hombre... Es, por excelencia, el material para las herramientas, indispensable en todo arte e industria.

 

Hacha de la Edad de Piedra

«Claire y yo leímos un día», dijo Jules, «que cuando los españoles descubrieron América, los salvajes de ese nuevo país tenían hachas de oro, que intercambiaron con mucho gusto por hachas de hierro. Me reí de su inocencia, que les hizo pagar un precio tan alto por una pieza de metal tan común. Creo que ahora entiendo que el intercambio les benefició».

Sí, sin duda para su beneficio; pues con un hacha de hierro podían talar árboles para construir sus canoas y sus chozas; podían defenderse mejor de los animales salvajes y atacar a la presa en sus cacerías. Esta pieza de hierro les aseguraba alimento, una embarcación robusta, una vivienda cálida, un arma formidable. En comparación, un hacha de oro era solo un juguete inútil.

«Si el hierro llegó al último, ¿qué hacían los hombres antes de conocerlo?», preguntó Jules.

Fabricaban sus armas y herramientas de cobre; pues, como el oro, este metal a veces se encuentra en estado puro, de modo que puede utilizarse tal como nos lo proporciona la naturaleza. Pero una herramienta de cobre, al tener poca dureza, es mucho menos valiosa que una de hierro. Así, en aquellos lejanos días de las hachas de cobre, el hombre era, en efecto, una criatura miserable.

Lo era aún más antes de conocer el cobre. Cortaba un pedernal en punta, o lo partía, y lo sujetaba al extremo de un palo; y esa era su única arma.

Con esta piedra debía conseguir alimento, ropa, una choza y defenderse de las fieras. Su ropa era una piel que llevaba sobre la espalda; su vivienda, una choza hecha de ramas retorcidas y barro; su alimento, un trozo de carne, producto de la caza. Los animales domésticos eran desconocidos, la tierra estaba sin cultivar y carecía de cualquier actividad.

“¿Y dónde fue eso?” preguntó Claire.

En todas partes, querida hija; aquí, incluso en los lugares donde hoy se encuentran nuestras ciudades más florecientes. ¡Oh! ¡Qué desamparado estaba el hombre antes de alcanzar, con la ayuda del hierro, el bienestar del que hoy gozamos! ¡Qué desamparado estaba el hombre y qué gran regalo le hizo la Providencia al darle este metal!

Justo cuando el tío Paul terminó, Jacques llamó discretamente a la puerta; Jules corrió a abrir. Intercambiaron algunas palabras en voz baja. Se trataba de un asunto importante para el día siguiente.

________________________________________

CAPÍTULO XV

 

EL VELLÓN

Como se había acordado el día anterior, Jacques se preparó para la función. Para impedir que los pacientes se movieran, tuvieron que tumbarlos, con los pies atados, entre las dos tablas inclinadas de un potro. Cuchillos de acero brillaban en el suelo. En cuanto a ellos, víctimas inocentes de las necesidades del hombre, ya estaban atados y tumbados de lado. Con dulce resignación esperaban su triste destino. ¿Iban a ser sacrificados? Oh, no: iban a ser esquilados. Jacques tomó una oveja por las patas, la colocó entre las dos tablas del potro y, con unas tijeras grandes, comenzó, ¡cra, cra, cra !, a cortar la lana. Poco a poco, el vellón cayó entero. Cuando la oveja fue despojada, corrió libremente hacia un lado, avergonzada y con frío. Acababa de entregar su manto para vestir al hombre. Jacques puso otra en el potro y las tijeras comenzaron a moverse.

—Dime, Jacques —dijo Jules—, ¿no pasan mucho frío las ovejas cuando les cortan la lana? Mira cómo tiembla la que acabas de esquilar.

No importa: he elegido un buen día. El sol calienta. Mañana ya no necesitarán lana. Y además, ¿no deberían las ovejas pasar un poco de frío para que podamos entrar en calor?

¿Nos calentamos? ¿Cómo?

 

rueca

Me asombras. ¿No lo sabes, tú que lees tantos libros? Pues con esta lana te harán medias y prendas de punto para este invierno; incluso te harán tela, tela fina para vestir.

—¡Peuh! —exclamó Emile—. Esta lana está demasiado sucia y fea para hacer medias, prendas de punto y telas.

—Está sucio ahora —coincidió Jacques—, pero lo lavaremos en el río, y cuando esté bien blanco, la madre Ambroisine lo hilará en su rueca y hará hilo con él. Este hilo tejido con agujas se convertirá en medias que uno se alegrará de tener en los pies cuando tenga que correr en la nieve.

“Nunca he visto ovejas rojas, verdes o azules; y, sin embargo, hay lanas rojas, verdes, azules y de otros colores”, dijo Emilio.

“La lana blanca que nos da la oveja la tiñen, la ponen en agua hirviendo con drogas y colorantes, y de esa agua sale con un color que permanece.”

“¿Y la tela?”

Y la tela se hace con hilos de lana, como los de las medias; pero para tejer estos hilos, cruzarlos regularmente y convertirlos en tela, se necesitan máquinas complejas, telares que no se pueden conseguir en casa. Estos solo se encuentran en grandes fábricas dedicadas a la fabricación de artículos de lana.

“Entonces, estos pantalones que llevo son de las ovejas; este chaleco; mi corbata, y también las medias. ¿Vivo con el botín de las ovejas?” Esto de Jules.

Sí, para protegernos del frío, usamos la lana de oveja. El pobre animal nos proporciona su vellón para vestirnos, su leche y carne para alimentarnos, su piel para nuestros guantes. Vivimos de la vida de nuestros animales domésticos. El buey nos da su fuerza, carne y piel; la vaca, además, nos da leche. El burro, la mula y el caballo trabajan para nosotros. En cuanto mueren, nos dejan su piel, con la que fabricamos cuero para nuestros zapatos. La gallina nos da huevos, el perro pone su inteligencia a nuestro servicio. Y, sin embargo, hay gente que, sin motivo alguno, maltrata a estos animales, sin los cuales seríamos tan pobres; ¡que los dejan pasar hambre y los golpean sin piedad! Nunca imites a esos desalmados; sería un insulto a Dios, que nos ha dado el burro, el buey, la oveja y otros animales. Cuando pienso que estas valiosas criaturas nos lo dan todo, hasta la vida misma, compartiría con ellas mi último mendrugo.

Y las tijeras mientras tanto continuaban su cra-cra-cra ; y el vellón caía.

________________________________________

CAPÍTULO XVI

 

LINO Y CÁÑAMO

Mientras escuchaba lo que Jacques decía sobre la lana, Emile examinó atentamente su pañuelo. Le dio vueltas y vueltas, lo palpó y luego lo hojeó. Jacques previó la pregunta que Emile se disponía a hacerle y dijo:

Los pañuelos y los lienzos no son de lana. Se producen de ciertas plantas: algodón, cáñamo, lino, y no de oveja; porque, verá, yo mismo no sé mucho de esas cosas. He oído hablar de la planta del algodón, pero nunca la he visto. Y, además, me temo que hablar con usted me hará cortar la piel de la oveja.

Por la tarde, a petición de Jules, repasamos la historia de los materiales con que nos vestimos y el tío Paul explicó su naturaleza.

La superficie del cáñamo y el lino se compone de hilos largos, muy finos, flexibles y tenaces, con los que fabricamos nuestras telas. Nos vestimos con el botín de las ovejas y nos refinamos con la corteza de la planta. Las telas de lujo, como la batista, el tul, la gasa, el encaje de punto y el encaje de Malinas, se elaboran con lino; las más resistentes, incluso la arpillera burda, son de cáñamo. La planta del algodón nos proporciona las telas de algodón.

El lino es una planta esbelta con pequeñas y delicadas flores azules, que se siembra y cosecha anualmente. Se cultiva ampliamente en el norte de Francia, Bélgica y Holanda. Es la primera planta utilizada por el hombre para la confección de tejidos. Las momias de Egipto, la antigua tierra de Moisés y los patriarcas, momias que han permanecido enterradas durante más de cuatro mil años, están envueltas en fajas de lino.

 

Lino

—¿Momias, dijiste? —interrumpió Jules—. No sé qué son.

Te lo diré, querida hija. El respeto por los muertos se encuentra en todas las personas y en todas las épocas. El hombre considera sagrado lo que fue la sede de un alma hecha a imagen de Dios; honra a los muertos, pero los honores que se les rinden difieren según el tiempo, el lugar y las costumbres. Enterramos a los muertos y colocamos sobre el lugar de entierro una lápida con una inscripción, o al menos una humilde cruz, emblema divino de la vida eterna. Los antiguos los quemaban en una pira funeraria; recogían piadosamente los huesos blanqueados por el fuego y los encerraban en jarrones invaluables. En Egipto, para preservar los preciados restos para la familia, embalsamaban a los muertos; es decir, los impregnaban con aromas y los envolvían en lino para evitar la descomposición. Estos piadosos deberes se realizaban con tanta delicadeza que, después de siglos y siglos, encontramos intactos en sus baúles de madera perfumada, pero secos y ennegrecidos por los años, contemporáneos de los antiguos reyes de Egipto, o los faraones. Estos son los llamados momias.

El cáñamo se ha cultivado en toda Europa durante siglos. Es una planta anual de olor fuerte y nauseabundo, con pequeñas flores verdes y opacas, cuyo tallo, del grosor de una pluma de ave, alcanza unos dos metros de altura. Se cultiva, al igual que el lino, tanto por su corteza como por su grano, llamado semilla de cáñamo.

“Ese es el grano, creo”, dijo Emilio, “que le damos al jilguero, que lo parte con el pico al romper la cáscara para sacar el pequeño grano”.

“Sí, las semillas de cáñamo son el festín de los pajaritos.

La corteza del cáñamo no tiene la finura del lino. Las fibras de esta última planta son tan finas que veinticinco gramos de estopa hilada en la rueca producen un hilo de casi una legua de largo. La tela de araña por sí sola puede rivalizar en delicadeza con ciertas telas de lino.

Cuando el cáñamo y el lino alcanzan la madurez, se cosechan y las semillas se separan mediante trilla. La siguiente operación, el enriado, se lleva a cabo para que los filamentos de la corteza, o fibras, como se les llama, se separen fácilmente de la madera. Estas fibras se adhieren al tallo mediante una sustancia gomosa muy resistente que impide su separación hasta que la pudrición la destruye. A veces se realiza este enriado extendiendo las plantas en los campos durante un par de semanas y volteándolas de vez en cuando, hasta que la estopa se desprende de la parte leñosa o del tallo del cáñamo.

Pero la forma más rápida es atar el lino y el cáñamo en manojos y mantenerlos sumergidos en un estanque. Pronto se produce una podredumbre que desprende olores insoportables; la corteza se descompone y la fibra, dotada de una resistencia excepcional, se libera.

Luego se secan los haces; después, los trituran entre las mandíbulas de un instrumento llamado freno, para desmenuzar los tallos y separar la estopa. Finalmente, para eliminar todos los residuos leñosos de la estopa y dividirla en hebras finas, la pasan entre las púas de hierro de una especie de peine grande llamado peine de heckle. En este estado, la fibra se hila a mano o a máquina. El hilo obtenido está listo para tejer.

En un telar, colocan en orden, uno junto al otro, numerosos hilos que componen lo que llaman la urdimbre. Por turnos, impulsados por un pedal que el operador pisa con el pie, una mitad de estos hilos desciende mientras la otra mitad asciende. Al mismo tiempo, el operador pasa un hilo transversal en una lanzadera a través de las dos mitades de la urdimbre, de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda. De este entrecruzamiento surge el tejido. Y está terminado; el manto de la planta ha cambiado de dueño; la corteza del cáñamo se ha convertido en tela, la del lino en un encaje principesco que vale cientos de francos por pieza.

________________________________________

CAPÍTULO XVII

 

ALGODÓN

El algodón, el material más importante para nuestros tejidos, proviene de una planta semitropical llamada algodonero. Es una hierba o incluso un arbusto de uno a dos metros de altura, y sus grandes flores amarillas dan paso a un abundante fruto de cápsulas, cada una del tamaño de un huevo, llenas de una pelusa sedosa, a veces de un blanco brillante, a veces de un tono amarillento pálido, según el tipo de algodón. En el centro de esta pelusa se encuentran las semillas.

 

Planta de algodón

( a ) Cápsula de algodón

“Me parece haber visto bandadas de esa especie caer en copos en primavera desde lo alto de los álamos y los sauces”, dijo Claire.

La comparación es muy acertada. Los sauces y los álamos tienen como fruto unas cápsulas diminutas, largas y puntiagudas, tres o cuatro veces más grandes que la cabeza de un alfiler. En mayo, estas cápsulas maduran. Se abren y liberan una finísima pelusa blanca, en cuyo centro se encuentran las semillas. Si el aire está en calma, esta pelusa se amontona al pie del árbol formando un lecho de algodón, blanco como la nieve; pero al menor soplo de viento, los copos recorren largas distancias, arrastrando consigo las semillas, que encuentran así lugares desocupados donde germinar y convertirse en árboles. Muchas otras semillas están provistas de suaves plumas, plumas sedosas, que las mantienen en el aire durante mucho tiempo y les permiten realizar largos viajes para propagarse. Por ejemplo, ¿quién no conoce las semillas de cardo y diente de león, esas hermosas semillas con plumas sedosas que nos encanta soplar?

“¿Puede el rebaño de cápsulas de álamo tener el mismo uso que el algodón?”, preguntó Jules.

De ninguna manera. Hay muy poco y sería muy difícil de recolectar. Además, es tan corto que quizá no se pueda hilar. Pero si nosotros mismos no podemos aprovecharlo, otros lo encuentran muy útil. Esta bandada es el algodón de los pajarillos; muchos lo recogen para forrar sus nidos. El jilguero, entre otros, es uno de los más listos entre los listos. Su casa de algodón es una obra maestra de elegancia y solidez. En la bifurcación de varias ramitas, con la bandada algodonosa del sauce y el álamo, con trocitos de lana que las espinas de los setos arrancan de las ovejas al pasar, con las plumosas garcetas de las semillas de cardo, hace para sus crías un colchón en forma de copa, tan suave, cálido y acolchado que ningún principito en pañales tuvo jamás uno igual.

Para construir sus nidos, las aves encuentran materiales a mano; solo tienen que ponerse a trabajar. Cuando llega la primavera, el jilguero no tiene que preocuparse por los materiales para su nido; está seguro de que los mimbres, los cardos y los setos junto al camino le proporcionarán en abundancia todo lo que necesita. Y así debe ser, pues un ave no tiene la inteligencia para preparar con mucha antelación, mediante un trabajo minucioso y sabio, lo que necesitará. El hombre, cuya noble prerrogativa es adquirirlo todo mediante el trabajo y la reflexión, se procura algodón de países lejanos; un pájaro encuentra su algodón en los álamos de su arboleda.

 

Recogiendo algodón a mano

Al madurar, las cápsulas de algodón se abren de par en par y su copo se despliega en suaves copos que se recogen a mano, cápsula a cápsula. El copo, bien secado al sol sobre pantallas, se bate con mayales o, mejor aún, se somete a la acción de ciertas máquinas. Así se libera de todas las semillas y cáscaras. Sin ninguna otra preparación, el algodón nos llega en grandes fardos para ser convertido en telas en nuestras fábricas. Los países que más lo suministran son India, Egipto, Brasil y, sobre todo, Estados Unidos de Norteamérica.

En un solo año, las manufacturas europeas procesan casi ochocientos millones de kilogramos de algodón. Este enorme peso no es excesivo, pues el mundo entero se viste con el preciado algodón, convertido en estampado, percal y calicó. Así, la actividad humana no tiene mayor campo que el comercio del algodón. ¡Cuántos obreros, cuántas operaciones delicadas, qué largos viajes, todo por una simple pieza de estampado que cuesta unos pocos céntimos! Supongamos que se recoge un puñado de algodón a dos o tres mil leguas de aquí. Este algodón cruza el océano, da la cuarta parte de la vuelta al mundo y llega a Francia o Inglaterra para ser manufacturado. Luego se hila, se teje, se adorna con diseños coloridos y, convertido en estampado, cruza los mares de nuevo, para ir quizás al otro extremo del mundo y servir de tocado a algún negro de pelo lanudo. ¡Cuánta multiplicidad de intereses se ponen en juego! Era necesario sembrar la planta; luego, durante buena mitad del año, cultivarla. Con un puñado de algodón, entonces, se debe proveer para... Remuneración de quienes han cultivado y cosechado. Luego vienen el comerciante que compra y el marinero que transporta. A cada uno le corresponde una parte del puñado de rebaños. Luego siguen el hilandero, el tejedor, el tintorero, a quienes el algodón debe indemnizar por su trabajo. Aún falta mucho para terminar. Ahora vienen otros comerciantes que compran las telas, otros marineros que las llevan a todas partes del mundo, y finalmente los comerciantes que las venden al por menor. ¿Cómo puede el puñado de rebaños pagar a todos estos interesados sin adquirir un precio exorbitante?

Para lograr esta maravilla intervienen dos poderes industriales: el trabajo a gran escala y la ayuda de la maquinaria. Han visto cómo Ambroisine hila lana en la rueca. La lana cardada se divide primero en largos mechones. Uno de estos mechones se aplica a un gancho que gira rápidamente. El gancho agarra la lana y, al girar, retuerce las fibras en un solo hilo, que se alarga poco a poco gracias al mechón que sujetan y regulan los dedos. Cuando el hilo alcanza cierta longitud, la Madre Ambroisine lo enrolla en el huso mediante un movimiento adecuado de la rueca; luego continúa retorciendo la lana.

Estrictamente hablando, el algodón podría hilarse de la misma manera; pero, por muy hábil que sea la Madre Ambroisina, las telas hechas con el hilo de su rueca costarían un precio exorbitante debido al tiempo empleado. ¿Qué se debe hacer, entonces? Se construye una máquina para hilar el algodón. En habitaciones más grandes que la mayor iglesia se colocan, por cientos de miles, las máquinas perfectamente ajustadas, apropiadas para hilar, con ganchos, husos y bobinas. Y todas giran al mismo tiempo con una precisión y rapidez que desafían la observación. El trabajo continúa con un ruido tan fuerte que ensordece. El algodón es agarrado por miles y miles de ganchos; los hilos interminables van y vienen de una bobina a otra, y se enrollan en los husos. En pocas horas, una montaña de algodón se convierte en hilo, cuya longitud daría varias vueltas a la tierra. ¿Cuánto han gastado en un trabajo que habría agotado las fuerzas de un ejército de hilanderos tan hábiles como la Madre Ambroisina? Unas cuantas paladas de carbón para calentar... Agua, cuyo vapor pone en marcha la máquina que todo lo pone en marcha. El tejido, la estampación de los diseños de colores; en resumen, las diversas operaciones que sufre el algodón para convertirse en tela se ejecutan con medios igual de rápidos y económicos. Y es así como el plantador, el corredor, el marinero, el hilandero, el tejedor, el tintorero y el comerciante pueden tener su parte del puñado de algodón convertido en una pieza de percal y vendido por cuatro céntimos.

________________________________________

CAPÍTULO XVIII

 

DOCUMENTO

MADRE AMBROISINE llamó a Claire. Una amiga acababa de visitarla para aprender sobre una puntada de bordado que le preocupaba. Sin embargo, a petición de Jules y Emile, el tío Paul continuó. Sabía que a Jules le encantaría contarle la conversación a su hermana.

El lino, el cáñamo y el algodón, especialmente este último, tienen otro uso de gran importancia. Primero nos visten; luego, cuando están demasiado desgastados para seguir usándolos, sirven para hacer papel.

“¡Papel!” exclamó Emile.

Papel, papel de verdad, ese en el que escribimos, con el que hacemos libros. Las hermosas hojas blancas de sus cuadernos, las hojas de un libro, incluso las más costosas, con bordes dorados y adornadas con magníficas imágenes, nos llegan de miserables harapos.

Se recogen jirones despreciables: algunos se recogen de la suciedad de la calle, otros son indescriptiblemente sucios. Se clasifican, estos para papel fino, aquellos para papel grueso. Se lavan a fondo, pues lo necesitan. Ahora las máquinas los toman en sus manos. Tijeras los cortan, garras de acero los desgarran, ruedas los hacen pulpa y los reducen a tiras. Las muelas los toman y los muelen aún más, luego los trituran en agua y los convierten en una especie de sopa. La pulpa es gris, hay que blanquearla. Entonces se recurre a potentes drogas, que atacan todo lo que tocan y en un instante lo vuelven blanco como la nieve. Contempla la masa pulposa completamente purificada. Otras máquinas la extienden en finas capas sobre tamices. El agua gotea y la sopa de trapos se transforma en fieltro. Cilindros prensan este fieltro, otros lo secan, otros lo pulen. El papel está terminado.

Antes de convertirse en papel, el primer material eran trapos o telas demasiado andrajosas para usar. ¡Cuántos usos no ha tenido esta tela, y a cuántos tratamientos enérgicos no ha sido sometida antes de ser desechada! Lavado con cenizas corrosivas, contacto con jabón acre, machacamiento con un escarabajo, exposición al sol, al aire y a la lluvia. ¿Qué es entonces este material que, a pesar de su delicadeza, resiste las brutalidades del lavado, el jabón, el sol y el aire; que permanece intacto en el seno de la podredumbre; que desafía las máquinas y los fármacos de la fabricación de papel, y siempre sale de estas pruebas más flexible y más blanco, para convertirse finalmente en una hoja de papel, un hermoso papel satinado, el confidente de nuestros pensamientos? Ya saben, mis queridos amigos, que este admirable material, fuente de tanto progreso intelectual, nos llega del algodón y de la corteza del cáñamo y el lino.




—Seguro que voy a sorprender a Claire —dijo Jules— cuando le diga que su hermoso libro de oraciones con broche de plata está hecho con trapos horribles, quizá con pañuelos harapientos tirados a la basura o con jirones recogidos del barro de la calle.

A Claire le interesará aprender la naturaleza del papel; pero estoy segura de que el origen humilde de su libro de oraciones no disminuirá su valor en su mente. La habilidad obra maravillas al transformar trapos despreciables en un libro, depósito de nobles pensamientos. Dios, querida hija, obra incomparablemente más en el milagro de la vegetación. La inmundicia del estercolero, al enterrarse en la tierra, se transforma en las cosas más placenteras del mundo; pues se convierte en la rosa, el lirio y otras flores. En cuanto a nosotros, seamos como el libro de Claire y las flores del buen Dios: procuremos tener un valor real en nosotros mismos y nunca nos sonrojemos de nuestra humilde extracción. Solo hay una verdadera grandeza, solo una verdadera nobleza: la grandeza y la nobleza del alma. Si las poseemos, el mérito es aún mayor por nuestro humilde origen.

________________________________________

CAPÍTULO XIX

 

EL LIBRO

“Ahora que sé de qué está hecho el papel”, dijo Jules, “me gustaría saber cómo hacen los libros”.

«Podría escuchar todo el día sin cansarme», afirmó Emile. «Por una historia, dejaría mi camiseta y mis soldados».

Para hacer un libro, hijos míos, hay un doble trabajo: primero el de quien lo piensa y lo escribe, luego el de quien lo imprime. Pensar un libro y escribirlo bajo el solo dictado de la mente es una tarea difícil y seria. El trabajo intelectual agota nuestras fuerzas mucho más rápido que el trabajo manual, pues debemos poner en él lo mejor de nosotros mismos, nuestra alma. Les digo esto para que vean la gratitud que deben a quienes, preocupados por su futuro, piensan y escriben para enseñarles a pensar por sí mismos y liberarlos de las miserias de la ignorancia.

“Estoy completamente convencido”, respondió Jules, “de las dificultades que hay que superar para escribir un libro solo con la mente; pues cuando quiero escribir una carta de media página para desearte un Feliz Año Nuevo, me detengo en la primera palabra. ¡Qué difícil es encontrar la primera palabra! Me pesa la cabeza, tengo la cara roja y no veo bien. Lo haré mejor cuando conozca bien la gramática.”

Lo siento, querida hija, pero debo desengañarte. La gramática no enseña a escribir. Nos enseña a hacer concordar un verbo con su sujeto, un adjetivo con un sustantivo, y cosas por el estilo. Es muy útil, lo admito, porque nada es más desagradable que violar las reglas del lenguaje; pero eso no imparte el don de la escritura. Hay personas con la memoria atiborrada de reglas gramaticales que, como tú, se quedan paralizadas ante la primera palabra.

El lenguaje es, en cierto modo, la vestimenta del pensamiento. No podemos vestir lo que no existe; no podemos hablar ni escribir lo que no encontramos en nuestra mente. El pensamiento dicta y la pluma escribe. Cuando la mente está llena de ideas, y el uso, más aún que la gramática, nos ha enseñado las reglas del lenguaje, tenemos todo lo necesario para escribir cosas excelentes y correctas. Pero, de nuevo, si faltan ideas, si no hay nada en la cabeza, ¿qué se puede escribir? ¿Cómo se adquieren estas ideas? Mediante el estudio, la lectura y la conversación con personas más instruidas que nosotros.

“Entonces, al escuchar todas esas cosas hermosas que nos cuentas, sin duda estoy aprendiendo a escribir”, dijo Jules.

—Pues claro, mi pequeño amigo. ¿No es cierto, por ejemplo, que si hace unos días te hubieran propuesto escribir solo dos líneas sobre el origen del papel, no habrías podido hacerlo? ¿Qué te faltaba? Ideas, no gramática, aunque aún sabes muy poco de eso.

Es cierto, ignoraba por completo de qué se origina el papel. Hoy sé que el algodón es una fibra que se encuentra en las cápsulas de un arbusto llamado algodonero: sé que con esta fibra se hace hilo; luego, del hilo, tela; sé que cuando la tela se desgasta con el uso, las máquinas la reducen a pulpa, y que esta pulpa, estirada en capas muy finas y prensada, finalmente se convierte en una hoja de papel. Conozco bien estas cosas, y aun así me resultaría muy difícil escribirlas.

“Estás equivocado, pues lo único que tienes que hacer es poner por escrito exactamente lo que acabas de decirme”.

“¿Escribes entonces igual que hablas?” preguntó el muchacho incrédulo.

“Sí, siempre que se corrija el habla, si es necesario, mediante la reflexión, ya que escribir da tiempo para ello, mientras que hablar no.”

En ese caso, pronto tendré mis cinco líneas escritas. Debería escribir: «El algodón es una fibra que se encuentra en las cápsulas de un arbusto llamado algodonero. Con esta fibra se hace hilo; y con este hilo, tela. Cuando la tela se desgasta, las máquinas la desgarran en trocitos y las muelas la muelen con agua para convertirla en pulpa. Esta pulpa se estira en finas capas que se prensan y secan. Entonces es papel». ¡Listo! ¿Es cierto, tío?

—Tan bien como se podría desear de alguien de tu edad —le aseguró su tío.

“Pero eso no se puede poner en un libro”.

¿Y por qué no? Te prometo que algún día eso aparecerá en un libro. Me han dicho que nuestras charlas podrían ser útiles para muchos otros niños pequeños con tantas ganas de aprender como tú, y me propongo recopilarlas con toda su sencillez y hacer un libro con ellas.

¿Un libro donde pueda leer tranquilamente las historias que nos cuentas? ¡Ay, qué contenta estoy, tío, y cuánto te quiero! ¿No pondrás mis preguntas ignorantes en ese libro?

Los pondré todos. Ya no sabes casi nada, querida niña, pero deseas aprender con fervor. Es una cualidad excelente y muy apropiada.

“¿Estás seguro al menos de que los niños que lean este libro no se reirán de mí?”

"Estoy seguro."

“Decidles entonces que los amo mucho y los abrazo a todos”.

«Dígales que les deseo una peonza tan buena y unos soldaditos de plomo tan finos como los que me regaló», intervino Emilio.

—Ten cuidado, Emile —le advirtió su hermano—. El tío podría meter a tus soldaditos de plomo en el libro.

“Estarán allí, están allí”.

________________________________________

CAPÍTULO XX

 

IMPRESIÓN

“DESPUÉS de escribir un libro, el autor envía su obra, su manuscrito, al impresor, quien debe reproducirlo en letras impresas y en tantos ejemplares como se desee.

Imagínense palitos metálicos finos y cortos, en cuyo extremo está tallada en relieve una letra del alfabeto. Uno de estos palitos tiene una a , otro una b , otro una c , etc. Hay otros que tienen punto, coma y punto y coma; de hecho, hay tantos tipos distintos de estas pequeñas piezas metálicas como letras y signos ortográficos en nuestro lenguaje escrito. Además, cada letra y cada signo se representan muchísimas veces. Observemos también que todos estos caracteres están tallados al revés; pronto entenderán la razón.

Un cajista tiene ante sí un conjunto de cajas, cada una de las cuales está ocupada por una sola letra del alfabeto o por un signo ortográfico. Las a se encuentran en un compartimento, las b en otro, las c en otro, y así sucesivamente. Además, las letras no están ordenadas alfabéticamente. Para simplificar el trabajo, colocan en los compartimentos más cercanos las letras más frecuentes, como la e , la r , la i y la a; y en los compartimentos más alejados las letras menos utilizadas, como la x y la y.

 

Una prensa manual antigua

El cajista tiene ante sí un manuscrito y, a su izquierda, una pequeña regla de hierro con brida llamada compás. Mientras lee, su mano derecha, guiada por la costumbre, busca en el estuche la letra deseada y la coloca en el compás, en posición vertical y en fila con las demás. Separa las palabras con una varilla metálica similar a la de las letras, pero cuyo extremo permanece hundido y sin ninguna talla. Terminada la primera línea, el cajista comienza otra colocando una nueva fila de pequeñas piezas metálicas junto a la fila ya terminada. Finalmente, cuando el compás está lleno, el artesano coloca cuidadosamente el contenido en un marco de hierro, que evita que la delicada combinación se deshaga; y continúa así hasta que el marco está completamente lleno y tenemos lo que se llama la plancha de impresión. Esta placa se compone de una multitud de pequeñas varillas metálicas, simplemente colocadas una al lado de la otra. Hay tantas como letras, signos ortográficos y espacios que separan las palabras. La disposición de estos numerosos trozos de metal es una obra maestra que un movimiento en falso podría... Ruina. Se mantiene firme en su estructura de hierro mediante cuñas, de modo que todo parece estar hecho de un solo bloque de metal. La plataforma está entonces lista para la impresión.

Se pasa un rodillo impregnado con una tinta espesa de aceite y negro de humo sobre la plancha. Las letras y los signos ortográficos, que solo sobresalen en relieve, se cubren de tinta; el resto no la absorbe porque su superficie es más baja. Se coloca una hoja de papel sobre la plancha entintada; se cubre con un tampón para protegerla y luego se presiona con fuerza. La tinta de los caracteres se deposita sobre el papel, y la hoja se imprime por una cara. Para imprimir la otra, se repite la operación con una segunda plancha. Las letras metálicas, como ya he dicho, se tallan al revés, como aparecen las letras de un libro al mirarlas en un espejo. La huella de tinta que dejan en el papel las reproduce invertidas y, por consiguiente, correctamente.

A la primera hoja le sigue inmediatamente una segunda. Con el rodillo se entinta de nuevo la plancha, se aplica una hoja de papel, se ejerce presión, y listo. Luego viene una tercera hoja, una centésima, una milésima, indefinidamente. Solo se necesita cada vez entintar la plancha, cubrirla con papel y luego prensar. Todo esto se hace con tal rapidez que en poco tiempo tenemos una gran pila de hojas impresas, cada una de las cuales tomaría un día entero escribir a mano.

Antes de la invención de este maravilloso arte, que nos permite reproducir las obras de la mente con gran rapidez y en la mayor cantidad posible, estábamos limitados a copias hechas a mano. Estos libros manuscritos requerían años de trabajo, por lo que eran muy escasos y caros. Se necesitaban grandes fortunas para adquirir una biblioteca de varios volúmenes. Hoy en día, los libros se encuentran por todas partes, difundiendo con profusión, incluso entre las clases más bajas, el pan sagrado de la inteligencia. La imprenta se conoce desde hace cuatrocientos años: su invención se debe a Gutenberg.

“Ese es un nombre que nunca olvidaré”, dijo Jules.

Merece, sobre todo, ser recordado, pues con el libro impreso, Gutenberg hizo imposibles para siempre los tiempos de ignorancia por los que el hombre ha pasado miserablemente. Nuestros tesoros intelectuales, recursos para el futuro, son mejores que grabados en piedra o metal; están inscritos en hojas de papel, en copias tan numerosas que no podrían ser destruidas en su totalidad.

________________________________________

CAPÍTULO XXI

 

MARIPOSAS

¡Oh, qué hermosas! ¡Oh, Dios mío, qué hermosas son! Hay algunas cuyas alas están barradas de rojo sobre un fondo granate; algunas de un azul brillante con círculos negros; otras son de color amarillo azufre con manchas naranjas; y otras son blancas con flecos de color dorado. Tienen en la frente dos finos cuernos, dos antenas, a veces con flecos como una aigrette, a veces recortadas como un penacho de plumas. Bajo la cabeza tienen una probóscide, una ventosa tan fina como un cabello y retorcida en espiral. Cuando se acercan a una flor, desenrollan la probóscide y la hunden hasta el fondo de la corola para beber una gota de licor meloso. ¡Oh, qué hermosas son! ¡Oh, Dios mío, qué hermosas son! Pero si uno logra tocarlas, sus alas se deslustran y dejan entre los dedos un polvo fino como el de los metales preciosos.

Ahora su tío les dijo a los niños los nombres de las mariposas que volaban sobre las flores del jardín. «Esta», dijo, «cuyas alas son blancas con un borde negro y tres manchas negras, se llama mariposa de la col. Esta más grande, cuyas alas amarillas con barras negras terminan en una larga cola, en cuya base se encuentran un gran ojo color óxido y manchas azules, se llama cola de golondrina. Esta pequeña, azul cielo por encima, gris plateado por debajo, salpicada de ojos negros en círculos blancos, con una línea de manchas rojizas bordeando las alas, se llama Argos».

Y así continuó el tío Paul, nombrando las mariposas que el sol brillante había atraído hacia las flores.

—El Argus debería ser difícil de atrapar —observó Emile—. Lo ve todo; sus alas están cubiertas de ojos.

 


Mariposa de la col hembra macho

Las bonitas manchas redondas que muchas mariposas tienen en las alas no son realmente ojos, aunque se les llame así; son adornos, nada más. Los ojos de verdad, ojos para ver, están en la cabeza. La mariposa Argus tiene dos, ni más ni menos que las demás mariposas.

—Claire me dice —dijo Jules— que las mariposas vienen de las orugas. ¿Es cierto, tío?

Sí, hija mía. Toda mariposa, antes de convertirse en la graciosa criatura que vuela de flor en flor con sus magníficas alas, es una fea oruga que se arrastra con esfuerzo. Así, la mariposa de la col, que acabo de mostrarte, es primero una oruga verde que se posa en las coles y roe las hojas. Jacques te contará cuánto se esfuerza por proteger su huerto de coles del voraz insecto; pues, verás, las orugas tienen un apetito terrible. Pronto entenderás la razón.

La mayoría de los insectos se comportan como orugas. Al salir del huevo, tienen una forma provisional que luego deben reemplazar por otra. Nacen, por así decirlo, dos veces: primero imperfectos, torpes, voraces y feos; luego perfectos, ágiles, sobrios y, a menudo, de una riqueza y elegancia admirables. En su primera forma, el insecto es un gusano conocido con el nombre general de larva .

¿Recuerdas al león de los piojos, la larva que se come los piojos del rosal y, durante semanas, sin poder saciarse, continúa día y noche su ferocidad? Pues bien, esta larva es una larva que se transformará en una pequeña mosca de alas de encaje, la hemerobius , cuyas alas son de gasa y ojos dorados. Antes de convertirse en la bonita mariquita roja con manchas negras, este bonito insecto, que, a pesar de su aire inocente, cruje los piojos, es un gusano muy feo, una larva de color pizarra, cubierta de puntitos, y muy aficionada a los piojos. La escarabajo de junio, la tonta escarabajo de junio, que, si se le sujeta la pata con un hilo, despliega torpemente las alas, hace todos los preparativos y se pone en marcha al son de «¡Vuela, vuela, vuela!». Es al principio un gusano blanco, una larva regordeta, gorda como el tocino, que vive bajo tierra, ataca las raíces de las plantas y destruye nuestras cosechas. El gran ciervo volante, cuya cabeza está armada con amenazantes mandíbulas con forma de cuerno de ciervo, es al principio un gusano grande que vive en viejos troncos de árboles. Lo mismo ocurre con el capricornio, tan peculiar por sus largas antenas. Y el gusano que encontramos en nuestras cerezas maduras, que nos resulta tan repugnante, ¿en qué se convierte? En una hermosa mosca, con las alas adornadas con cuatro bandas de terciopelo negro. Y así sucesivamente con otros.



 

Oruga del manzano de joroba roja

( a ) polilla; ( b ) oruga de tamaño natural

Bueno, este estado inicial del insecto, este gusano, su primera forma de juventud, se llama larva. El maravilloso cambio que transforma la larva en un insecto perfecto se llama metamorfosis. Las orugas son larvas. Mediante la metamorfosis se convierten en esas hermosas mariposas cuyas alas, decoradas con los más ricos colores, nos llenan de admiración. La oruga Argus, ahora tan hermosa con sus alas azul celeste, fue primero una pobre oruga peluda; la espléndida cola de golondrina comenzó siendo una oruga verde con rayas negras y manchas rojas en los costados. De estas despreciables alimañas, la metamorfosis ha creado esas encantadoras criaturas con las que solo las flores pueden rivalizar en elegancia.

Todos conocen el cuento de Cenicienta. Las hermanas se fueron al baile, muy orgullosas, muy elegantes. Cenicienta, con el corazón rebosante, vigilaba la tetera. Llega la madrina. «Vayan», dice, «al jardín y traigan una calabaza». Y he aquí que la calabaza, vaciada, se transforma, bajo la varita de la madrina, en un carruaje dorado. «Cenicienta», repitió, «abre la ratonera». Seis ratones salen corriendo de ella, y apenas tocados por la varita mágica, se transforman en seis hermosos caballos grises moteados. Una rata barbuda se transforma en un gran cochero con un imponente bigote. Seis lagartijas que dormían detrás de la regadera se transforman en lacayos verdes y engalanados, que inmediatamente saltan detrás del carruaje. Finalmente, la ropa raída de la pobre niña se transforma en ropa de oro y plata salpicada de piedras preciosas. Cenicienta se dirige al baile, con zapatillas de cristal. Al parecer, ustedes saben el resto mejor que yo.

Estas poderosas madrinas, para quienes es un juego convertir ratones en caballos, lagartos en lacayos, ropas feas en suntuosas, estas graciosas hadas que os asombran con sus fabulosos prodigios, ¿qué son, queridos hijos, en comparación con la realidad? ¡La gran hada del buen Dios, que, de un gusano sucio, objeto de repugnancia, sabe crear una criatura de belleza deslumbrante! Toca con su varita divina una miserable oruga peluda, un gusano abyecto que babea en madera podrida, y el milagro se cumple: la repugnante larva se ha convertido en un escarabajo dorado, una mariposa cuyas alas azules habrían eclipsado el fino atuendo de Cenicienta.

________________________________________

CAPÍTULO XXII

 

LOS GRANDES COMEDORES

Los insectos se propagan mediante huevos, que ponen con admirable previsión, donde las crías encontrarán alimento con seguridad. La pequeña criatura que nace del huevo es una larva, un gusano débil que, la mayoría de las veces, tiene que valerse por sí misma, procurarse a su propio riesgo alimento y refugio, lo más difícil del mundo. En estos dolorosos comienzos, no puede esperar ayuda alguna de su madre, fallecida tiempo antes; pues en la vida de los insectos, los padres generalmente mueren antes de la eclosión de los huevos que dan lugar a las crías. Sin demora, la pequeña larva se pone manos a la obra. Come. Es su único y serio trabajo, del que depende su futuro. Come no solo para conservar sus fuerzas día tras día, sino sobre todo para adquirir la gordura necesaria para su futura metamorfosis. Debo decirles —y esto quizá les sorprenda— que un insecto deja de crecer después de alcanzar su forma final perfecta. También se sabe que hay insectos —entre otros, la mariposa y el gusano de seda— que no se alimentan en absoluto.

Un gato es al principio una criatura diminuta de nariz rosada, tan pequeña que podría descansar en el hueco de la mano. En uno o dos meses se convierte en un lindo gatito que se divierte con cualquier cosa, y con su ágil pata azota el papel que se le lanza. Un año más, y se convierte en un gato macho que vigila pacientemente a los ratones o se enfrenta a sus rivales en el tejado. Pero, ya sea una criatura diminuta que apenas puede abrir sus ojitos azules, un lindo gatito juguetón o un gato grande y pendenciero, siempre tiene la forma de un gato.

Con los insectos ocurre lo contrario. La mariposa cola de golondrina, bajo su forma de mariposa, no es primero pequeña, luego mediana, luego grande. Cuando por primera vez abre las alas y emprende el vuelo, es tan grande como siempre lo será. Cuando emerge de la tierra, donde vivía como larva, cuando aparece por primera vez a la luz del día, la escarabajo de junio es tal como la conoces. Hay gatos pequeños, pero no hay pequeñas colas de golondrina ni pequeñas escarabajos de junio. Tras la metamorfosis, un insecto es lo que será hasta el final.

—Pero he visto pequeños escarabajos de junio volando alrededor de los sauces por la tarde —objetó Jules.

Esos pequeños escarabajos de junio son de otra especie. Siempre serán los mismos. Nunca crecerán y se convertirán en escarabajos de junio comunes, como tampoco un gato se convertiría en un tigre, al que tanto se parece.

La larva crece sola. Al principio, muy pequeña al salir del huevo, poco a poco adquiere un tamaño acorde con el futuro insecto. Reúne los materiales que utilizará la metamorfosis: materiales para las alas, antenas, patas y todo aquello que la larva no tiene, pero que el insecto debe tener. ¿De qué fabricará el gran gusano verde que vive en la madera muerta, y que algún día se convertirá en ciervo volante, las enormes mandíbulas ramificadas y la robusta cubierta córnea del insecto perfecto? ¿De qué fabricará la larva las largas antenas del capricornio? ¿De qué fabricará la oruga las grandes alas de la cola de golondrina? De lo que la oruga, la larva y el gusano acumulan ahora, con un frugal acaparamiento de materia vital.

Si el pequeño gato de nariz rosada naciera sin orejas, patas, cola, pelo ni bigotes, si fuera simplemente una bolita de carne, y algún día tuviera que adquirir de golpe, mientras dormía, orejas, patas, cola, pelo, bigotes y muchas otras cosas, ¿no sería cierto que esta obra de la vida requeriría materiales previamente reunidos y almacenados en los tejidos grasos del animal? Nada se puede hacer de la nada; el pelo más pequeño del bigote del gato crece a expensas de la sustancia del animal, sustancia que adquiere al comer.

 

Polilla de la cabra

La larva se encuentra precisamente en este caso: no tiene nada, o casi nada, que los insectos perfectos deben tener. Por lo tanto, debe acumular, en vista de los cambios futuros, materiales para el cambio; debe comer por dos: primero para sí misma, y luego para el insecto que surgirá de su sustancia, transformado y, en cierto sentido, reestructurado. Así, las larvas están dotadas de un apetito incomparable. Como he dicho, comer es su única ocupación. Comen día y noche, a menudo sin parar, sin respirar. ¡Perder un bocado, qué imprudencia! La futura mariposa quizás tendría una escama menos en sus alas. Así que comen glotonamente, desarrollan un estómago, se vuelven grandes, gordas, regordetas. Es el deber de las larvas.

Algunos atacan las plantas; ramonean las hojas, mastican las flores, muerden la pulpa de la fruta. Otros tienen un estómago lo suficientemente fuerte como para digerir la madera; excavan galerías en los troncos de los árboles, liman, rallan y pulverizan el roble más duro, así como el tierno sauce. Otros, en cambio, prefieren la materia animal descompuesta; rondan cadáveres infectados, llenando sus estómagos de podredumbre. Otros buscan excrementos y se alimentan de inmundicia. Todos son carroñeros en quienes se ha desarrollado la alta misión de limpiar la tierra de su contaminación. Te enfermarías con solo pensar en estos gusanos que pululan en el pus; sin embargo, uno de los servicios más importantes, un servicio providencial, lo prestan estos repugnantes comedores que eliminan la infección y devuelven sus elementos constituyentes a la vida. Como para compensar sus sucias necesidades, una de estas larvas se convertirá más tarde en una magnífica mosca, rivalizando con el bronce pulido en su brillo; otra, un escarabajo perfumado con almizcle, con su rico pelaje. compitiendo con el oro y las piedras preciosas en esplendor.

 

Filoxera

Pero estas larvas dedicadas a la labor de saneamiento general no pueden hacernos olvidar a otros comedores, de los que somos víctimas. Las larvas de la chinche de junio, por sí solas, a veces se multiplican tan rápidamente en el suelo que inmensas extensiones quedan desprovistas de vegetación, que es roída de raíz. Los arbustos del silvicultor, las cosechas del agricultor, las plantas del jardinero, justo cuando todo parece próspero, en una hermosa mañana, cuelgan marchitas, muertas. El gusano ha pasado por allí, y todo está perdido. El fuego no pudo haber causado estragos más espantosos. Un miserable piojo amarillo, apenas visible, vive bajo tierra, donde ataca las raíces de la vid. Se llama filoxera . Su calamitosa raza amenaza con destruir todos nuestros viñedos. Algunas larvas, lo suficientemente pequeñas como para alojarse en un grano de trigo, devastan el trigo en nuestros graneros y solo dejan el salvado. Otras ramonean la alfalfa de modo que la segadora no encuentra nada. Otras, durante años, roen El corazón de la madera del roble, álamo, pino y otros árboles grandes. Otros, que se transforman en esas pequeñas mariposas blancas que vuelan alrededor de la lámpara al anochecer y que llaman polillas, devoran nuestras telas poco a poco y terminan reduciéndolas a jirones. Otros atacan los revestimientos de madera y los muebles viejos, reduciéndolos a polvo. Otros... Pero no terminaría si les contara todo. Esta pequeña criatura a la que a menudo desdeñamos prestar la más mínima atención, esta pequeña raza de insectos, es tan poderosa debido al vigoroso apetito de sus larvas, que el hombre debería tenerla en cuenta seriamente. Si cierta larva logra multiplicarse desmesuradamente, provincias enteras se ven amenazadas con el trágico destino de la hambruna. ¡Y nos quedamos en la más absoluta ignorancia sobre estos devoradores! ¿Cómo pueden defenderse si desconocen al enemigo? ¡Ah, si tan solo pudiera controlar estas cosas! En cuanto a ustedes, mis queridos hijos, mientras esperamos que nuestras conversaciones se reanuden con más detalles sobre estos... Devastadores, recordad esto: las larvas de los insectos son los grandes devoradores de este mundo, los demoledores providenciales que terminan la obra de la muerte y preparan así para la obra de la vida, ya que todo, o casi todo, pasa por su estómago.

________________________________________



CAPÍTULO XXIII

 

SEDA

Tarde o temprano, según su especie, llega el día en que la larva se siente lo suficientemente fuerte como para afrontar los peligros de la metamorfosis. Ha cumplido valientemente con su deber, pues alimentarse es tarea de un gusano; ha comido por dos: ella y el insecto adulto. Ahora conviene renunciar a los festines, retirarse del mundo y prepararse un refugio tranquilo para el sueño mortal durante el cual tendrá lugar su segundo nacimiento. Se emplean mil métodos para preparar este alojamiento.

Algunas larvas simplemente se entierran en la tierra, otras excavan nichos redondos con bordes pulidos. Algunas se construyen una caja con hojas secas; otras saben pegar una bola hueca con granos de arena, madera podrida o marga. Las que viven en los troncos de los árboles obstruyen con tapones de serrín ambos extremos de las galerías que han excavado; las que viven en el trigo roen toda la parte harinosa del grano, dejando escrupulosamente intacta la parte exterior, o salvado, que les sirve de cuna. Otras, con menos precaución, se refugian en alguna grieta de la corteza o de una pared, y se sujetan allí con una cuerda que rodea su cuerpo. A estas pertenecen las orugas de la mariposa de la col y la cola de golondrina. Pero especialmente en la fabricación de la celda de seda llamada capullo es donde se demuestra la mayor habilidad de las larvas.

 

Huevos de gusano de seda

, gusano, capullo y mariposa.

Una oruga de color blanco ceniciento, del tamaño de un dedo meñique, se cría en grandes cantidades para su capullo, con el que se fabrican tejidos de seda. Se llama gusano de seda. En habitaciones muy limpias se colocan mallas de junco, sobre las que se colocan hojas de morera, y las orugas jóvenes nacen de huevos que eclosionan en la casa. La morera es un árbol grande cultivado específicamente para alimentar a estas orugas; no tiene ningún valor excepto sus hojas, el único alimento de los gusanos de seda. Se dedican grandes extensiones a su cultivo, tan valiosa es la obra del gusano. Las orugas comen la ración de hojas que se renueva con frecuencia en las mallas, y de vez en cuando cambian de piel según su ritmo de crecimiento. Su apetito es tal que el chasquido de sus mandíbulas es como el ruido de un chaparrón cayendo durante la calma sobre el follaje de los árboles. Es cierto que la habitación contiene miles y miles de gusanos. La oruga alcanza su crecimiento en cuatro o cinco semanas. Luego se colocan las mallas con ramitas de Brezo, al que trepan los gusanos cuando llega el momento de tejer sus capullos. Se instalan uno a uno entre las ramitas y atan aquí y allá multitud de hilos finísimos, formando una especie de red que los mantiene suspendidos y les sirve de andamiaje para la gran obra del capullo.

El hilo de seda sale del labio inferior, a través de un orificio llamado hilera. En el cuerpo de la oruga, la seda es un líquido muy espeso y pegajoso, parecido a la goma. Al pasar por la abertura del labio, este líquido se transforma en un hilo que se adhiere a los hilos anteriores y se endurece inmediatamente. La seda no está completamente contenida en la hoja de morera que come el gusano, como tampoco lo está la leche en la hierba que pasta la vaca. La oruga la fabrica con los ingredientes de su alimento, al igual que la vaca fabrica leche con los componentes de su forraje. Sin la ayuda de la oruga, el hombre jamás podría extraer de las hojas de morera la materia prima para sus tejidos más costosos. Nuestras telas de seda más hermosas nacen del gusano que las convierte en hilo.

Volvamos a la oruga suspendida en medio de su red. Ahora trabaja en el capullo. Su cabeza está en continuo movimiento. Avanza, se retira, asciende, desciende, se mueve a derecha e izquierda, mientras deja escapar de su labio un hilo diminuto que se enrolla libremente alrededor del animal, se adhiere al hilo ya colocado y termina formando una envoltura continua del tamaño de un huevo de paloma. La estructura sedosa es al principio lo suficientemente transparente como para permitir ver a la oruga trabajando; pero a medida que se engrosa, lo que pasa dentro pronto se oculta a la vista. Lo que sigue se puede adivinar fácilmente. Durante tres o cuatro días, la oruga continúa engrosando las paredes del capullo hasta agotar su reserva de seda líquida. Aquí está por fin, retirada del mundo, aislada, tranquila, lista para la transfiguración que pronto tendrá lugar. Toda su vida, su larga vida de un mes, ha trabajado anticipando la metamorfosis; se ha atiborrado de hojas de morera, Se ha extenuado para fabricar la seda de su capullo, pero así se convertirá en mariposa. ¡Qué momento tan solemne para la oruga!

¡Ah!, hijos míos, casi había olvidado la participación del hombre en todo esto. Apenas termina la obra del capullo, cuando corre hacia la rama de brezo, los agarra con violencia y los vende al fabricante. Este, sin demora, los mete en un horno y los somete a la acción del vapor ardiente para matar a la futura mariposa, cuya tierna carne comienza a formarse. Si se demorara, la mariposa perforaría el capullo, que, al no poder desenrollarse por sus hilos rotos, perdería su valor. Tomada esta precaución, el resto se hace con calma. Los capullos se desenrollan en fábricas llamadas hilanderías. Se colocan en una olla con agua hirviendo para disolver la goma que une las sucesivas vueltas. Una obrera, armada con una pequeña escoba de brezo, los remueve en el agua para encontrar y agarrar el extremo del hilo, que coloca en un carrete giratorio. Bajo la acción de la máquina, el hilo de seda se desenrolla mientras el capullo salta en el agua caliente como... una bola de lana cuando se tira del hilo.

En el centro del capullo raído se encuentra la crisálida, quemada y muerta por el fuego. Posteriormente, la seda se somete a diversas operaciones que le otorgan mayor flexibilidad y brillo; pasa a las tinas del tintorero, donde adquiere el color deseado; finalmente, se teje y se convierte en tela.

________________________________________

CAPÍTULO XXIV

 

LA METAMORFOSIS

Una vez encerrada en su capullo, la oruga se marchita y se arruga, como si muriera. Primero, la piel del lomo se agrieta; luego, mediante repetidas convulsiones que la arrastran de un lado a otro, el gusano se arranca la piel con gran dificultad. Con la piel se desprende todo: la carcasa del cráneo, las mandíbulas, los ojos, las patas, el estómago y lo demás. Es un desgarro general. La cubierta irregular del cuerpo viejo finalmente queda relegada a un rincón del capullo.

¿Qué encuentran entonces en las células de seda? ¿Otra oruga, una mariposa? Ninguna de las dos. Encuentran un cuerpo almendrado, redondeado en un extremo y puntiagudo en el otro, de aspecto correoso, llamado crisálida. Es un estado intermedio entre la oruga y la mariposa. Se pueden ver ciertas proyecciones que ya indican la forma del futuro insecto: en el extremo más grande se distinguen las antenas y las alas, firmemente plegadas transversalmente sobre la crisálida.

Las larvas de la escarabajo de junio, Capricornio, Ciervo Volante y otros escarabajos pasan por un estado similar, pero con formas más acentuadas. Las diferentes partes de la cabeza, alas y patas delicadamente plegadas a los lados son fácilmente reconocibles. Pero todo está inmóvil, blando, blanco o incluso transparente como el cristal. Este insecto, en silueta, se llama ninfa. El nombre de crisálida, usado para las mariposas, y el de ninfa para los demás insectos, significan lo mismo bajo apariencias ligeramente diferentes. Tanto la crisálida como la ninfa son insectos en proceso de formación: insectos envueltos en pañales, bajo los cuales se completa la misteriosa operación que cambiará su estructura original de arriba abajo.

En un par de semanas, si la temperatura es favorable, la crisálida del gusano de seda se abre como una fruta madura, y de su cascarón reventado escapa la mariposa, toda deshilachada, húmeda, apenas capaz de sostenerse sobre sus patas temblorosas. Necesita aire libre para fortalecerse, extender y secar sus alas. Debe salir del capullo. ¿Pero cómo? ¡La oruga ha hecho el capullo tan sólido y la mariposa tan débil! ¿Morirá en su prisión, la pobrecita? ¡No valdría la pena pasar por tanto para asfixiarse miserablemente en la celda cerrada, justo cuando ha alcanzado el fin!

“¿No podría rasgar el capullo con sus dientes?” preguntó Emilio.

Pero, mi inocente hijo, no tiene ninguno, ni nada parecido. Solo tiene una probóscide, incapaz del más mínimo esfuerzo.

“¿Con sus garras entonces?” sugirió Jules.

Sí, si tuviera suficiente. El problema es que no tiene.

“Pero debe poder salir”, insistió Jules.

Sin duda saldrá. ¿Acaso no tiene toda criatura recursos en los momentos difíciles de la vida? Para romper el huevo que la aprisiona, el pollito tiene en la punta del pico una punta dura hecha a propósito; ¿y la mariposa no tendrá nada para abrir su capullo? ¡Oh, sí! Pero nunca adivinarías la singular herramienta que usará. Usará sus ojos...

“¿Sus ojos?” interrumpió Claire con asombro.

Sí. Los ojos de los insectos están cubiertos por una capa de cuerno transparente, duro y facetado. Se necesita una lupa para distinguir estas facetas, tan finas; pero, a pesar de su finura, tienen espinas afiladas que, en caso de necesidad, pueden usarse como rallador. La mariposa empieza entonces humedeciendo con una gota de saliva la punta del capullo que desea atacar, y luego, aplicando un ojo al punto así suavizado, se retuerce, golpea, araña, lima. Uno a uno, los hilos de seda sucumben al raspado. El agujero está hecho, la mariposa sale. ¿Qué opinas? ¿Acaso los animales no tienen a veces inteligencia suficiente para cuatro? ¿A quién de nosotros se le habría ocurrido forzar los muros de la prisión golpeándolos con el ojo?

“¿La mariposa debe haber estudiado mucho tiempo para pensar en ese ingenioso método?”, preguntó Emile.

La mariposa no estudia, no reflexiona; sabe de inmediato qué hacer y cómo hacerlo bien, sea lo que sea que le concierna. Otro ha reflexionado por ella.

"¿OMS?"

¡Dios mismo! Dios, el gran sabio. La mariposa gusano de seda no es bonita. Es blanquecina, panzuda y pesada. No vuela de flor en flor como las demás, pues no se nutre. En cuanto sale del capullo, se pone a poner huevos; luego muere. Los huevos de gusano de seda se llaman comúnmente semilla, un término muy acertado, pues el huevo es la semilla del animal, así como la semilla es el huevo de la planta. Huevo y semilla se corresponden. No ahogan todos los capullos en el vapor para enrollarlos después; mantienen afuera un cierto número para obtener mariposas y, en consecuencia, huevos o semillas. Estas son las semillas que, al año siguiente, producen la nueva cría de gusanos.

Todos los insectos que se metamorfosean pasan por los cuatro estados que acabo de mencionar: huevo, larva, crisálida o ninfa, insecto perfecto. El insecto perfecto pone sus huevos, y la serie de transformaciones comienza de nuevo.

________________________________________

CAPÍTULO XXV

 

ARAÑAS

Una mañana, Madre Ambroisina picaba hierbas y manzanas cocidas para una camada de pollitos que habían nacido hacía poco. Una gran araña gris, dejándose deslizar por su hilo, descendió del techo hasta los hombros de la buena mujer. Al ver a la criatura de largas patas aterciopeladas, Madre Ambroisina no pudo reprimir un grito de miedo y, sacudiendo el hombro, hizo caer al insecto y lo aplastó bajo su pie. «La araña de la mañana simboliza el luto», se dijo a sí misma. En ese instante entraron el tío Paul y Claire.

 

Araña

—No, señor, no está bien —dijo Madre Ambroisina— que nosotros, pobres mortales, tengamos tantos problemas inútiles. Nos han incubado doce pollitos, brillantes como el oro; y justo cuando les estaba preparando algo de comer, una araña malvada me cayó en el hombro.

Y Madre Ambroisina señaló con el dedo el insecto aplastado cuyas patas aún temblaban.

—No veo que esos pollitos tengan nada que temer de la araña —comentó el tío Paul.

¡Oh! Nada, señor: la horrible criatura ha muerto. Pero ya conoce el proverbio: «Araña por la mañana, luto; araña por la noche, alegría». Todo el mundo sabe que ver una araña por la mañana es señal de mala suerte. Nuestros pollitos están en peligro; los gatos les van a arañar. Ya verá, señor, ya verá.

Lágrimas de emoción brotaron de los ojos de Madre Ambroisine.

—Pon a los pollitos en un lugar seguro, vigila a los gatos, y yo me encargaré del resto. El proverbio de la araña es solo un prejuicio tonto —dijo el tío Paul.

La Madre Ambroisine no pronunció ni una palabra más. Sabía que el señor Paul encontraba una razón para todo, y en ocasiones era capaz de pronunciar un panegírico sobre la araña. Claire, que previó este panegírico, aventuró una pregunta.

Lo sé: a tus ojos, todos los animales, por horribles que sean, tienen excelentes excusas para defenderse: todos merecen consideración; todos desempeñan un papel ordenado por la Providencia; todos son interesantes de observar y estudiar. Eres el defensor de las criaturas de Dios; abogarías por el sapo. Pero permite que tu sobrina vea ahí solo un impulso de tu bondadoso corazón, y no la verdad. ¿Qué podrías decir en alabanza de la araña, horrible bestia, que es venenosa y desfigura el techo con sus telarañas?

¿Qué más puedo decir? Mucho, mi querida niña, mucho. Mientras tanto, alimenta a tus pollitos y ten cuidado con los gatos si quieres demostrar que el proverbio de la araña es falso.

Por la noche, Madre Ambroisine, con sus grandes gafas redondas sobre la nariz, tejía medias. Sobre sus rodillas, el gato dormía y mezclaba su ronroneo con el tictac de las agujas. Los niños esperaban el cuento de la araña. Su tío empezó.

“¿Quién de ustedes tres me puede decir qué hacen las arañas con sus telarañas, esas finas telarañas que se extienden en los rincones del granero o entre dos arbustos del jardín?”

Emilio habló primero. «Es su nido, tío, su casa, su escondite».

—¡Escondite! —exclamó Jules—. Sí, creo que es más que eso. Un día oí, entre las ramas de las lilas, un ruidito agudo: ¡je! Una mosca azul estaba enredada en una telaraña e intentaba escapar. Era la mosca la que hacía el ruido con su aleteo. Una araña salió corriendo del fondo del embudo de seda, atrapó a la mosca y se la llevó a su agujero, sin duda para comérsela. Desde entonces he creído que las telarañas eran redes de caza.

—Así es —dijo su tío—. Todas las arañas se alimentan de presas vivas; luchan constantemente contra moscas, jejenes y otros insectos. Si temes a los mosquitos, esos insufribles bichitos que nos pican por la noche hasta que nos traen sangre, debes bendecir a la araña, pues hace todo lo posible por librarnos de ellos. Para atrapar presas, se necesita una red. Ahora bien, la red para atrapar moscas en vuelo es una tela tejida con seda, que la propia araña produce.

En el cuerpo del insecto, la materia sedosa es, como en las orugas, un líquido pegajoso parecido al pegamento o la goma. En cuanto entra en contacto con el aire, esta materia se solidifica, se endurece y se convierte en un hilo insensible al agua. Cuando la araña quiere hilar, el líquido de seda fluye de cuatro pezones, llamados hileras, situados al final del estómago. Estos pezones están perforados en sus extremos por varios agujeros, como el aspersor de una regadera. Se calcula aproximadamente que el número de estos agujeros para todos los pezones es de mil. Cada uno deja fluir un diminuto chorro de líquido, que se endurece y se convierte en hilo; y de mil hilos unidos en uno solo resulta el hilo final empleado por la araña. Para designar algo muy fino, no hay mejor término de comparación que el hilo de la araña. Es tan delicado, de hecho, que apenas se puede ver. Nuestros hilos de seda, los de texturas más finas, son cables en comparación, cables de dos, tres, cuatro hebras, mientras que esta, en su inigualable tenuidad, contiene mil. ¡Cuántos hilos de araña se necesitan para hacer una hebra del grosor de un cabello! Casi diez. ¡Y cuántos hilos elementales, como los que salen de los distintos agujeros de la hilera! Diez mil. ¡A qué grado de tenuidad puede reducirse entonces esta materia sedosa que se extiende en hilos de los cuales se necesitan diez mil para igualar el tamaño de un cabello! ¡Qué maravilla, hijos míos, y solo atrapar una mosca que servirá de cena a la araña!

________________________________________

CAPÍTULO XXVI

 

EL PUENTE DE EPEIRA

Aquí, el tío Paul sorprendió a Claire mirándolo pensativo. Era evidente que se estaba produciendo un cambio en su mente: la araña ya no era una criatura repulsiva, indigna de nuestra consideración. El tío Paul continuó:

Con sus patas, armadas de pequeñas garras afiladas como peines, la araña extrae el hilo de sus hileras según lo necesita. Si desea descender, como la que esta mañana bajó del techo al hombro de Madre Ambroisine, pega el extremo del hilo al punto de partida y se deja caer perpendicularmente. El hilo se extrae de las hileras por el peso de la araña, y esta, suavemente suspendida, desciende a la profundidad que desee, tan lentamente como le plazca. Para ascender de nuevo, trepa por el hilo doblándolo gradualmente hasta formar una madeja entre sus patas. Para un segundo descenso, la araña solo tiene que dejar que su madeja de seda se desenrolle poco a poco.

Para tejer su tela, cada tipo de araña tiene su propio método, según la presa que vaya a cazar, los lugares que frecuenta y sus inclinaciones, gustos e instintos particulares. Les diré simplemente algunas palabras sobre las epeiræ, grandes arañas magníficamente moteadas de amarillo, negro y blanco plateado. Cazan presas mayores: damiselas verdes o azules que frecuentan los cursos de agua, mariposas y moscas grandes. Extienden su tela verticalmente entre dos árboles e incluso de una orilla a otra de un arroyo. Examinemos este último caso.

Una epeira ha encontrado un buen lugar para cazar: las libélulas, o damiselas azules y verdes, van y vienen de un manojo de juncos a otro, a veces subiendo, a veces bajando por el río. A lo largo de su curso también hay mariposas y tábanos, o moscas grandes que chupan la sangre del ganado. El sitio es bueno. ¡Ahora, a trabajar! La epeira trepa a la copa de un sauce a la orilla del agua. Allí madura su plan, uno audaz, cuya ejecución parece imposible. Un puente colgante, un cable que sirve de soporte para la futura tela, debe extenderse de una orilla a la otra. Y observen, niños, que la araña no puede cruzar el arroyo nadando; moriría ahogada si se aventurara al agua. Debe extender su cable, su puente, desde lo alto de su rama sin moverse de lugar. Nunca un ingeniero se ha encontrado en tales dificultades. ¿Qué hará la pequeña criatura? ¡Pensemos juntos, niños! Espero sus ideas.

¿Construir un puente de un lado a otro, sin cruzar el agua ni moverse de su sitio? Si la araña puede hacerlo, es más lista que yo. Así habló Julio.

—Yo también —intervino su hermano.

—Si no lo supiera ya —dijo Claire—, ya que nos acabas de decir que la araña lo logra, diría que su puente es imposible.

La madre Ambroisine no dijo nada, pero por el tictac de sus agujas, todos pudieron ver que estaba muy interesada en el puente de la araña.

“Los animales a menudo tienen más inteligencia que nosotros”, continuó el tío Paul; La epeira nos lo demostrará. Con sus patas traseras extrae un hilo de sus hileras. El hilo se alarga y se alarga; flota desde lo alto de la rama. La araña estira cada vez más; finalmente, se detiene. ¿Es el hilo lo suficientemente largo? ¿Es demasiado corto? Eso es lo que hay que cuidar. Si es demasiado largo, estaría desperdiciando el preciado líquido sedoso; si es demasiado corto, no cumpliría las condiciones dadas. Echa un vistazo a la distancia a recorrer, una mirada precisa, puedes estar seguro. El hilo resulta demasiado corto. La araña lo alarga estirando un poco más. Ahora todo va bien: el hilo tiene la longitud deseada y el trabajo está hecho. La epeira espera en lo alto de su rama: el resto se hará sin ayuda. De vez en cuando, sujeta el hilo con sus patas para ver si se resiste. ¡Ah! Se resiste; ¡el puente está arreglado! ¡La araña cruza el arroyo en su puente colgante! ¿Qué ha sucedido, entonces? Esto: El hilo flota. Desde lo alto del sauce. Una ráfaga de aire lanzó el extremo libre del hilo hacia las ramas de la orilla opuesta. Este extremo se enredó allí; he aquí el misterio. La epeira solo tiene que atraer el hilo hacia sí, estirarlo bien y hacer con él un puente colgante.

—¡Qué sencillo! —exclamó Jules—. Y sin embargo, a ninguno de nosotros se nos habría ocurrido.

Sí, amigo mío, es muy sencillo, pero a la vez muy ingenioso. Así sucede con todo trabajo: la simplicidad en los medios empleados es señal de excelencia. Simplificar es tener conocimiento; complicar es ser ignorante. La epeira, en su tipo de construcción, es la ciencia perfeccionada.

—¿De dónde saca esa ciencia, tío? —preguntó Claire—. Los animales no tienen razón. Entonces, ¿quién le enseña a la epeira a construir sus puentes colgantes?

Nadie, mi querido hijo; nace con este conocimiento. Lo tiene por instinto, la inspiración infalible del Padre de todas las cosas, que crea en la más pequeña de sus criaturas, para su preservación, formas de actuar ante las cuales nuestra razón a menudo se confunde. Cuando la epeira, desde lo alto del sauce, se dispone a tejer su tela, ¿qué la inspira con el audaz proyecto del puente? ¿Qué le da paciencia para esperar a que el extremo flotante del hilo se enrede en las ramas de la otra orilla? ¿Qué le asegura el éxito de una labor que realiza quizás por primera vez y que nunca ha visto realizada? Es la Razón universal que vela por la creación y toma entre los hombres el nombre tres veces sagrado de Providencia.

El tío Paul había ganado su caso: a los ojos de todos, incluso de Madre Ambroisine, las arañas ya no eran criaturas temibles.

________________________________________




CAPÍTULO XXVII

 

LA TELA DE ARAÑA

Al día siguiente, todos los pollitos nacieron y estaban bien. La gallina los llevó al patio y, escarbando la tierra y cloqueando, desenterró pequeñas semillas que los pequeños tomaron del pico de su madre. Al menor peligro inminente, la gallina llamó a la nidada, y todos corrieron a acurrucarse bajo sus alas extendidas. Los más atrevidos no tardaron en asomar la cabeza, sus lindas cabecitas amarillas enmarcadas por las plumas negras de su madre. Pasada la alarma, la gallina volvió a cloquear y a rascar, y los pequeños volvieron a trotar a su alrededor. Completamente tranquila, Madre Ambroisine renunció para siempre a su proverbio de la araña. Por la noche, el tío Paul continuó la historia de la epeira.

Dado que debe servir de soporte a la red de seda, el primer hilo que se extiende de una orilla a la otra debe ser de una firmeza excepcional. La epeira comienza, por lo tanto, fijando bien ambos extremos; luego, yendo y viniendo del hilo de un extremo a otro, siempre hilando, duplica y triplica las hebras y las une formando un cable común. Es necesario un segundo cable similar, colocado debajo del primero en una dirección casi paralela. Es entre los dos que se debe hilar la tela.

Para ello, desde uno de los extremos del cable ya construido, la epeira se deja caer perpendicularmente, colgando del hilo que escapa de sus hileras. Alcanza una rama inferior, sujeta firmemente el hilo a ella y asciende hasta el puente de comunicación mediante el hilo vertical que utilizó para descender. La araña llega entonces a la otra orilla, todavía hilando, pero sin pegar esta nueva hebra de seda al cable. Al llegar al otro lado, se desliza sobre una rama convenientemente colocada y allí sujeta el extremo del hilo que ha hilado en su camino de una orilla a la otra. Esta segunda pieza principal del armazón se convierte en un cable mediante la adición de nuevos hilos. Finalmente, los dos cables paralelos se fijan en cada extremo mediante diversos hilos que parten de él en todas direcciones y se unen a las ramas. Otros hilos salen de este punto y de aquel, de un cable a otro, dejando entre ellos, en el centro de la construcción, un gran espacio abierto, casi circular, destinado a la red.

Hasta ahora, la epeira solo ha construido la estructura de su edificio, una estructura tosca pero sólida; ahora comienza el trabajo de precisión. La red debe ser tejida. A través del espacio circular abierto que dejan entre sí los diversos hilos de la estructura, se extiende un primer hilo. La epeira se sitúa justo en el centro de este hilo, punto central de la tela que se va a construir. Desde este centro, numerosos hilos deben partir a distancias iguales entre sí y sujetarse a la circunferencia por el otro extremo. Se llaman líneas radiales. En consecuencia, la epeira pega un hilo al centro y, ascendiendo por el hilo transversal ya estirado, fija el extremo de la línea a la circunferencia. Hecho esto, regresa al centro por la línea que acaba de estirar; allí pega un segundo hilo e inmediatamente recupera la circunferencia, donde sujeta el extremo de la segunda línea a poca distancia de la primera. Yendo así alternativamente del centro a la circunferencia y de la circunferencia al centro por medio del último hilo recién estirado, La araña llena el espacio circular con líneas radiales tan regularmente espaciadas que se podría decir que fueron trazadas con regla y compás por una mano experta.

Una vez terminadas las líneas radiales, la araña aún realiza el trabajo más delicado. Cada una de estas líneas debe estar unida con un hilo que, comenzando en la circunferencia, gira y forma una espiral alrededor del centro, donde termina. La epeira parte de la parte superior de la tela y, desenrollando el hilo, lo extiende de una línea radial a otra, manteniéndose siempre a la misma distancia del hilo exterior. Al girar así, siempre a la misma distancia del hilo anterior, la araña termina en el centro de las líneas radiales. La red queda entonces terminada.

Ahora debe prepararse una pequeña emboscada desde la cual la epeira pueda observar su tela, un refugio donde refugiarse del frescor nocturno y del calor diurno. En un pequeño manojo de hojas juntas, la araña construye su guarida de seda, una especie de embudo de textura densa. Ese es su lugar habitual. Si el clima es favorable y la caza es abundante, sobre todo por la mañana y por la tarde, la epeira abandona su guarida y se coloca, inmóvil, en el centro de la tela, para observar con más atención los acontecimientos y correr hacia la presa con la suficiente rapidez para evitar su escape. La araña está en su puesto, en medio de la red, con sus ocho patas extendidas. No se mueve, finge estar muerta. Ningún cazador vigilante tendría tanta paciencia. Imitemos su ejemplo y esperemos la llegada de la presa.

Los niños estaban decepcionados: en el momento en que la historia se volvía más interesante, el tío Paul interrumpió su narración.

—La epeira me ha interesado mucho, tío —dijo Jules—. El puente sobre el arroyo, la telaraña con sus líneas radiales regulares, y el hilo que gira y se retuerce, acercándose cada vez más al centro, el espacio para emboscadas y descanso... todo eso es asombroso en una criatura que hace estas cosas maravillosas sin tener que aprender. Atrapar la presa debería ser aún más curioso.

Muy curioso, la verdad. Por eso, en lugar de contarles la cacería, prefiero mostrársela. Ayer, al cruzar el campo, vi una epeira tejiendo su tela entre dos árboles en el arroyuelo donde se pescan estos cangrejos de río tan buenos. Madruguemos y vayamos a ver la cacería.

________________________________________

CAPÍTULO XXVIII

 

LA CAZA

 

Mosca damisela

El tío Paul había dicho: «Levantémonos temprano». No hubo que llamar a nadie. Se duerme poco cuando se va a ver una cacería de epeira. Alrededor de las siete, con el sol radiante, estaban en la orilla del arroyo. La telaraña estaba terminada. Algunas gotas de rocío colgaban de los hilos brillando como perlas. Por lo tanto, la araña aún no estaba en el centro de la red; sin duda esperaba, antes de bajar de su habitación, a que el sol disipara la humedad matutina. El grupo se sentó en la hierba a desayunar, al pie mismo del aliso al que estaban atados los cables de la red. Las damiselas azules volaban de un manojo de juncos a otro y se perseguían juguetonamente. ¡Cuidado, atolondrados, que no sabréis cómo evitar la telaraña pasando por encima y por debajo! ¡Ah! Ha sucedido; peor para la víctima. Cuando uno juega tontamente con sus compañeros, al menos debe mirar por dónde va. Una libélula queda atrapada en las mallas de la telaraña. Con un ala libre, lucha por escapar. Sacude la telaraña, pero los cables resisten a pesar de la sacudida. Los hilos que comunican con la sala de descanso advierten a la epeira, con su agitación, de los acontecimientos importantes que ocurren en la red. La araña desciende apresuradamente, pero no llega a tiempo. Con un aleteo desesperado, la libélula se libera y escapa, abriendo un gran agujero en la telaraña.

¡Qué bien se escapó! —exclamó Jules—. Un poco más y la pobre se la habría comido viva. ¿Viste, Emile, qué rápido salió corriendo la araña de su escondite al sentir que la tela se movía? La caza empieza mal; la presa se escapa y la red se rompe.

—Sí, pero la araña lo va a arreglar —le aseguró su tío.

Y, de hecho, en cuanto se recuperó de su desventura, la epeira renovó los hilos rotos con delicada destreza. Terminado el zurcido, el daño apenas se notaba. La araña ocupa ahora su lugar en el centro de la red: al parecer, ha llegado el momento oportuno para la persecución, y conviene que se abalance sobre la presa lo antes posible para evitar otros contratiempos. Extiende sus dos patas en círculo para captar el más mínimo movimiento que pueda surgir en cualquier punto de la tela, y espera, completamente inmóvil.

Las libélulas continúan su evolución. Ninguna es capturada: la reciente alarma las ha vuelto cautelosas; vuelan alrededor de la red para pasar más allá. ¡Ay! ¡Ay! ¿Qué es eso que viene tan aturdido y se golpea la cabeza contra la red? Es un pequeño abejorro, aterciopelado y negro, con el vientre rojo. Está atrapado. La epeira corre. Pero la cautiva es vigorosa y formidable; quizás tenga un aguijón. La araña desconfía de ella. Extrae un hilo de su hilandero y lo pasa rápidamente sobre la abeja. Un segundo hilo de seda, un tercero, un cuarto, pronto aplacan los desesperados esfuerzos de la cautiva. Aquí está la abeja estrangulada, pero aún llena de vida y amenazante. Agarrarla en ese estado sería una gran imprudencia: la vida de la epeira estaría en juego. ¿Qué hay que hacer para no dejar nada que temer de esta peligrosa presa? La araña posee, plegados bajo la cabeza, dos colmillos afilados, que dejan escapar una pequeña gota de veneno por un agujero en sus extremidades. Esa es su arma de caza. La epeira se acerca con cautela, abre los colmillos, pica a la abeja y se aparta de inmediato. En un abrir y cerrar de ojos, todo termina. El veneno actúa al instante: la abeja tiembla, sus patas se agarrotan, muere. La araña la lleva a su cámara de seda para succionarla con tranquilidad. Cuando solo queda la piel, la araña arroja los restos de la abeja lejos de su hogar, para no manchar su tela con un cadáver que podría asustar a otras presas.

—Lo hicieron tan rápido —se quejó Jules— que no vi los colmillos venenosos de la araña. Si esperáramos un poco más, quizá viniera otro abejorro y entonces lo vería mejor.

—No hace falta esperar —respondió el tío Paul—. Si procedemos con habilidad, podremos hacer que la araña reanude sus maniobras de caza. Todos observen atentamente.

El tío Paul buscó un momento entre las flores del campo y atrapó una mosca grande; luego, sujetándola por un ala, la acercó a la telaraña. El insecto, revoloteando, se enredó en los hilos. La telaraña se sacudió, la araña dejó a su abeja y corrió, encantada con la afortunada casualidad que le trajo de vuelta a su presa tan rápidamente. Las mismas maniobras comenzaron de nuevo. Primero estranguló a la mosca; la epeira abrió sus afilados colmillos, la pica levemente, y todo terminó. La víctima tiembla, se despereza y deja de moverse.

—¡Ah! ¡Esta vez lo vi! —dijo Jules, finalmente satisfecho.

—Claire, ¿te fijaste en lo finos que son los colmillos de la araña? —preguntó Emile—. Estoy seguro de que en tu estuche de agujas no tienes agujas tan finas.

Me atrevo a decir que no. En cuanto a mí, lo que más me sorprende no es la finura de los colmillos de la araña, sino la rapidez con la que muere la víctima. Me parece que una mosca tan grande como esta no debería morir tan rápido ni siquiera por las picaduras más toscas de nuestras agujas.

“Muy cierto”, asintió su tío. “Un insecto atravesado por un alfiler vive mucho tiempo; pero si solo se le pincha con la punta fina de los colmillos de la araña, muere casi al instante. Pero entonces, la araña se encarga de envenenar su arma. Sus colmillos son venenosos; están perforados por un diminuto canal por el que la araña deja fluir a voluntad una gotita apenas visible de líquido llamado veneno, que la criatura produce como hace con la seda. El veneno se guarda en una fina bolsa situada en el interior de los colmillos. Cuando la araña pincha a su presa, hace pasar un poco de este líquido a la herida, y eso basta para causarle una muerte rápida al insecto herido. La víctima muere, no por el pinchazo en sí, sino por los terribles estragos causados por el veneno descargado en la herida”.

Aquí, el tío Paul, para que sus oyentes vieran mejor los colmillos venenosos, tomó la epeira con la punta de los dedos. Claire lanzó un grito de miedo, pero su tío la calmó enseguida.

“No te preocupes, querida niña: el veneno que mata a una mosca no tendrá efecto sobre la dura piel del tío Paul”.

Y con ayuda de un alfiler abrió los colmillos de la criatura para mostrárselos con detalle a los niños, quienes quedaron bastante tranquilos.

“No deben asustarse demasiado”, continuó, “por la muerte rápida de la mosca y del abejorro, y por eso consideren a las arañas como criaturas temibles. Los colmillos de la mayoría tendrían gran dificultad para perforar nuestra piel. Observadores valientes se han dejado picar por diversas arañas de nuestro país. La picadura nunca ha tenido consecuencias graves; nada más que un enrojecimiento menos doloroso que el de un mosquito. Al mismo tiempo, las personas con piel delicada deberían tener cuidado con las especies grandes, aunque solo sea para evitarse un dolor pasajero. Sin alarmarse demasiado, evitamos la picadura de la avispa, que es muy dolorosa; evitemos los colmillos de la araña de la misma manera, sin lanzar gritos fuertes al ver una de estas criaturas. Reanudaremos el tema de los insectos venenosos. Pero es tarde; vámonos.”

________________________________________

CAPÍTULO XXIX

 

INSECTOS VENENOSOS

Has oído que ciertas criaturas emiten veneno, es decir, disparan a distancia a la cara y las manos de quienes se acercan un líquido capaz de causarles la muerte, o al menos cegarlos o herirlos de alguna otra manera. La semana pasada, Jules encontró en las hojas de las vides de patata una gran oruga armada con un cuerno curvo.

—Lo sé, lo sé —intervino Jules—. Es la oruga, me dijiste, la que se convierte en una magnífica mariposa llamada Átropos, la esfinge. Esta mariposa, tan grande como mi mano, tiene en el dorso una mancha blanca que asusta a mucha gente, pues se parece vagamente a una calavera. Y además, sus ojos brillan en la oscuridad. Añadiste que era una criatura inofensiva a la que no sería razonable temerle.

“Jacques, que estaba desherbando las patatas”, continuó el tío Paul, “le arrancó la oruga esfinge de las manos a Jules y se apresuró a aplastarla con su gran zapato de madera. «Lo que estás haciendo es muy peligroso», dijo el buen Jacques. «¡Manipular criaturas venenosas, nada menos! ¿Ves ese veneno verde? No te acerques demasiado; esa criatura tonta no está muerta del todo; aún podría envenenarte». El buen hombre tomó las entrañas verdes de la oruga aplastada como veneno. Esas entrañas no contenían nada peligroso; estaban verdes porque estaban hinchadas con el jugo de las hojas que la pobre criatura acababa de comer.

Muchas personas opinan lo mismo que Jacques: le temen a una oruga y al verdor de sus entrañas. Creen que ciertas criaturas envenenan todo lo que tocan y expulsan veneno. Bueno, queridos hijos, tengan esto presente, pues es algo muy importante que nos libera de miedos insensatos y nos pone en guardia contra el peligro real: ningún animal, absolutamente ninguno, dispara veneno y puede dañarnos a distancia. Para convencerse de esto, basta con saber qué es realmente el veneno. Diversas criaturas, grandes o pequeñas, están dotadas de un arma envenenada que les sirve como defensa o para atacar a sus presas. La abeja es nuestra criatura venenosa más conocida.

—¡Cómo! —exclamó Emilio—. ¿Es venenosa la abeja que nos hace la miel?

—Sí, la abeja; la abeja sin la cual no podríamos tener esos pasteles de miel que Mamá Ambroisine reparte cuando te portas bien. ¿No piensas entonces en las picaduras que te hicieron llorar tanto?

Emile se sonrojó: su tío acababa de revivir recuerdos desagradables. Por pura indiferencia, un día intentó ver qué hacían las abejas. Dicen que incluso metió un palo por la puertecita de la colmena. Las abejas se indignaron con esta indiscreción. Tres o cuatro picaron al pobre niño en las mejillas y las manos. Gritó lastimeramente y se sintió perdido. A su tío le costó mucho consolarlo. Unas compresas de agua fría finalmente calmaron sus punzantes dolores.

 

Avispa solitaria y nido

—La abeja es venenosa —repitió el tío Paul—. Émile podría decírtelo.

—¿Y la avispa también? —preguntó Jules—. Una me picó una vez cuando intenté espantarla de un racimo de uvas. No dije nada, pero aun así no me sentí muy cómodo. ¡Pensar que una cosa tan pequeña puede hacer tanto daño! Parecía como si me ardieran las manos.

Ciertamente, la avispa es venenosa; más que la abeja, en el sentido de que su picadura causa mayor dolor. Los abejorros también lo son, al igual que los avispones, esas grandes avispas rojizas, de una pulgada de largo, que a veces vienen a roer las peras del huerto. Deben tener especial cuidado con los avispones, mis pequeños amigos. Una sola picadura de ellos les causaría horas de terrible dolor.

 

Avispón americano

Todos estos insectos poseen, para su defensa, un arma envenenada, construida de la misma manera. Se llama aguijón. Es una hoja pequeña, dura y muy puntiaguda, una especie de daga más fina que la aguja más fina. El aguijón se coloca al final del estómago de la criatura. Cuando está en reposo, no se ve; está oculto en una vaina que se introduce en su estómago. Para defenderse, el insecto lo saca de su vaina y hunde la punta en el dedo imprudente que encuentra a su alcance.

Ahora bien, no es precisamente la herida del aguijón la que causa el dolor punzante que conoces. Esta herida es tan leve, tan diminuta, que no la vemos. Apenas la sentiríamos si se hiciera con una aguja o una espina tan fina como el aguijón. Pero el aguijón se comunica con una bolsa de veneno alojada en el cuerpo de la criatura y, mediante un canal excavado, lleva al fondo de la herida una pequeña gota del formidable líquido. El aguijón entonces se retrae. En cuanto al veneno, permanece en la herida y es eso, solo eso, lo que causa esos dolores punzantes que Emile podría, si fuera necesario, describirnos.

Ante este segundo ataque del tío Paul, quien insistió en este incidente para culparlo por su descuido con las abejas, Emile se sonó la nariz, aunque no le hacía falta. Era una forma de disimular su confusión. Su tío no pareció notarlo y continuó:

Los estudiosos que han estudiado esta curiosa cuestión nos cuentan el siguiente experimento para aclarar que es realmente el líquido venenoso introducido en la herida, y no la herida en sí, lo que causa el dolor. Cuando uno se pincha con una aguja muy fina, el dolor es muy leve y desaparece pronto. Estoy segura de que Claire no se asusta mucho cuando se pincha el dedo mientras cose.

—¡Ay, no! —dijo ella—. Eso se acaba pronto, aunque salga sangre.

Bueno, el pinchazo de una aguja, insignificante en sí mismo, puede causar dolores agudos si la pequeña herida se envenena con el veneno de abeja o avispa. Los eruditos de los que les hablo sumergen la punta de la aguja en la bolsa de veneno de la abeja, y con esta punta, así mojada con el líquido venenoso, se infligen una ligera picadura. El dolor es ahora agudo y prolongado, más intenso que si el propio insecto hubiera picado al experimentador. Este aumento del dolor se debe a que la aguja, comparativamente grande, introduce en la herida más veneno que el fino aguijón de la abeja. Espero que ahora lo entiendan: es la introducción del veneno en la herida lo que causa todo el problema.

—Está claro —dijo Jules—. Pero dime, tío, ¿por qué estos estudiantes se divierten pinchándose con agujas mojadas en veneno de abeja? Es una diversión rara hacerse daño sin motivo alguno.

¿Para nada, señor Harum-scarum? ¿Acaso no le parece nada lo que acabo de decirle? Si lo sé, ¿no me lo habrán enseñado otros? ¿Quiénes son esos otros? Son los valientes investigadores que aprenden de todo, observan y estudian todo para aliviar nuestro sufrimiento. Cuando se pinchan voluntariamente con veneno, se proponen estudiar en sí mismos, bajo su propio riesgo, la acción del veneno, para enseñarnos a combatir sus efectos, a veces tan formidables. Si nos pica una víbora o un escorpión, nuestra vida corre peligro. Ah, entonces es importante saber exactamente cómo actúa el veneno y qué hay que hacer para detener sus estragos; es entonces cuando se aprecian las investigaciones de los eruditos, investigaciones que Jules considera simplemente un extraño entretenimiento. La ciencia, mi pequeño amigo, tiene sagrados entusiasmos que no se acobardan ante ninguna prueba que pueda ampliar el ámbito de nuestro conocimiento y disminuir el sufrimiento humano.

Jules, confundido por su desafortunado comentario, bajó la cabeza y no dijo ni una palabra. El tío Paul estuvo a punto de enfadarse, pero pronto se tranquilizó y continuó con el relato de las criaturas venenosas.

________________________________________

CAPÍTULO XXX

 

VENENO

Todas las criaturas venenosas actúan de la misma manera que la abeja, la avispa y el avispón. Con un arma especial —aguja, colmillo, aguijón, lanceta— colocada a veces en una parte del cuerpo, a veces en otra, según la especie, hacen una pequeña herida en la que se instila una gota de veneno. El arma no tiene otro efecto que abrir una vía para el líquido venenoso, y esto es lo que causa la lesión. Para que el veneno actúe sobre nosotros, debe entrar en contacto con nuestra sangre a través de una herida que le abre el paso. Pero no tiene ningún efecto sobre nuestra piel, a menos que ya exista un corte, un simple rasguño, que le permita penetrar en la carne y mezclarse con la sangre. El veneno más terrible puede manipularse sin peligro si la piel no está rota. Además, puede aplicarse en los labios, en la lengua, incluso tragarse sin ningún mal resultado. Aplicado en los labios, el veneno del avispón no produce más efecto que el agua clara; pero si hay el más mínimo rasguño, el dolor... Es atroz. El veneno de la víbora es igualmente inofensivo siempre que no se mezcle con la sangre. Experimentadores valientes lo han probado, lo han ingerido y, sin embargo, no han sufrido peores consecuencias.

¿Es cierto, tío? ¿Alguien ha tenido el valor de tragarse el veneno de una víbora? ¡Ah! No debí haber sido tan valiente. Esto de Claire.

 

Cabeza de cobre

“Es una suerte, hija mía, que otros hayan sido así con nosotras; y debemos estarles muy agradecidos, pues al hacerlo nos han enseñado, como verás, el medio más rápido y uno de los más eficaces que podemos emplear en caso de accidente”.

“El veneno de esta víbora, que no tiene efecto en la mano, los labios ni la lengua, ¿es muy temible si se mezcla con la sangre?”

Es terrible, mi joven dama, y justo iba a contárselo. Supongamos que algún imprudente perturba al formidable reptil que duerme al sol. De repente, la criatura se desenrolla en círculos, uno sobre otro, se desenrolla con la rapidez de un resorte y, con las fauces abiertas, te golpea en la mano. Lo hace en un abrir y cerrar de ojos. Con la misma rapidez, la víbora repliega su espiral y se repliega, sin dejar de amenazarte con la cabeza en el centro del anillo. No esperas un segundo ataque, huyes; pero, ¡ay!, el daño ya está hecho. En la mano herida se ven dos pequeños puntos rojos, casi insignificantes, meros pinchazos de aguja. No es muy alarmante; tranquilízate si ignoras lo que con tanto ahínco deseo enseñarte. ¡Inocencia engañosa! Observa cómo las manchas rojas se rodean de un anillo lívido. Con dolores sordos, la mano se hincha, y la hinchazón se extiende gradualmente hasta... brazo. Pronto aparecen sudores fríos y náuseas; la respiración se vuelve dolorosa, la vista se ve afectada, la mente se entorpece, aparece una coloración amarillenta general, acompañada de convulsiones. Si no se recibe ayuda a tiempo, podría sobrevenir la muerte.

—Nos pones los pelos de punta, tío —dijo Jules, estremeciéndose—. ¿Qué haríamos los pobres si nos ocurriera semejante desgracia lejos de ti, lejos de casa? Dicen que hay víboras en la maleza de las colinas vecinas.

¡Que Dios los guarde de tal desgracia, mis pobres hijos! Pero, si les sucede, deben vendar firmemente el dedo, la mano o el brazo por encima de la parte herida para evitar que el veneno se disperse en la sangre; deben hacer sangrar la herida presionando alrededor de ella; deben succionarla con fuerza para extraer el líquido venenoso. Les dije que el veneno no afecta la piel. Por lo tanto, succionarlo es inofensivo si la boca no tiene rasguños. Pueden ver que si, mediante una fuerte succión y una presión que haga fluir la sangre, logran extraer todo el veneno de la herida, la herida en sí misma ya no tiene importancia. Para mayor seguridad, la herida debe cauterizarse lo antes posible con un líquido corrosivo, agua fuerte o amoníaco, o incluso con un hierro al rojo vivo. El efecto de la cauterización es destruir la sustancia venenosa. Es doloroso, lo reconozco, pero uno debe someterse para evitar un mal peor. La cauterización es tarea del médico. La inicial Precauciones como la atadura para evitar la difusión del veneno, la presión para que la sangre envenenada fluya y la succión fuerte para extraer el líquido venenoso nos conciernen personalmente, y todo esto debe hacerse de inmediato. Cuanto más se posponga, más se agravará el mal. Cuando estas precauciones se toman a tiempo, rara vez la mordedura de la víbora tiene consecuencias perjudiciales.

—Me tranquilizas, tío. Esas precauciones no son difíciles de tomar, si uno no pierde la serenidad.

Por lo tanto, es importante que todos adquiramos el hábito de usar la razón en tiempos de peligro y no nos dejemos vencer por miedos descontrolados. El hombre dueño de sí mismo es medio dueño del peligro.

________________________________________

CAPÍTULO XXXI

 

LA VÍBORA Y EL ESCORPIÓN

—Acabas de decir —intervino Emile—, la mordedura de la víbora, no el aguijón . Pues las serpientes muerden, no pican. Yo creía que era justo al revés. Siempre he oído que pican. El jueves pasado, el cojo Louis, que no le teme a nada, atrapó una serpiente en un agujero de la vieja muralla. Iba con dos compañeros. Ataron a la criatura al cuello con un junco. Yo pasaba y me llamaron. La serpiente sacaba de la boca algo negro, puntiagudo y flexible, que iba y venía rápidamente. Pensé que era el aguijón y le tenía mucho miedo. Louis se rió. Dijo que lo que yo tomaba por aguijón era la lengua de la serpiente; y para demostrármelo, acercó la mano.

 

Cabeza de serpiente mostrando lengua bífida

“Louis tenía razón”, respondió el tío Paul. “Todas las serpientes lanzan un filamento negro, bifurcado y muy flexible entre sus labios con gran rapidez. Para muchos propósitos, es el arma o dardo del reptil; pero en realidad, este filamento no es más que la lengua, una lengua completamente inofensiva, que la criatura usa para atrapar insectos y expresar, a su manera peculiar, las pasiones que la agitan, lanzándola rápidamente entre los labios. Todas las serpientes, sin excepción, tienen una; pero en nuestros países, solo la víbora posee este terrible aparato venenoso.

Este aparato se compone, en primer lugar, de dos ganchos o dientes, largos y puntiagudos, colocados en la mandíbula superior. A voluntad de la criatura, se yerguen para atacar o se acuestan en un surco de la encía, manteniéndose allí tan inofensivos como un estilete en su vaina. De esta manera, el reptil no corre peligro de herirse. Estos colmillos son huecos y perforados hacia la punta por una pequeña abertura a través de la cual se inyecta el veneno en la herida. Finalmente, en la base de cada colmillo hay una pequeña bolsa llena de líquido venenoso. Es un humor de aspecto inocente, inodoro e insípido; casi se diría que es agua. Cuando la víbora ataca con sus colmillos, la bolsa venenosa introduce una gota de su contenido en el canal del diente, y el terrible líquido se infunde en la herida.

La víbora prefiere las colinas cálidas y rocosas; se mantiene bajo piedras y matorrales. Es de color marrón o rojizo. En el dorso presenta una sombría banda en zigzag y a cada lado una hilera de manchas. Su vientre es gris pizarra. Su cabeza es ligeramente triangular, más grande que el cuello, obtusa y como si estuviera cortada por delante. La víbora es tímida y temerosa; ataca al hombre solo en defensa propia. Sus movimientos son bruscos, irregulares y lentos.

Las demás serpientes de nuestros países, conocidas generalmente como serpientes, no tienen los colmillos venenosos de la víbora. Por lo tanto, su mordedura carece de importancia, y la repugnancia que nos inspiran es realmente infundada.

Después de la víbora, no hay criatura venenosa más temible en Francia que el escorpión. Es muy feo y camina sobre dos patas. Por delante tiene dos pinzas como las del cangrejo de río, y por detrás una cola nudosa y enroscada que termina en un aguijón. Las pinzas son inofensivas, a pesar de su aspecto amenazador; es el aguijón con el que está armada la punta de la cola lo que es venenoso. El escorpión lo utiliza para defenderse y para matar a los insectos de los que se alimenta. En los departamentos del sur de Francia se encuentran dos tipos diferentes de escorpiones. Uno, de color negro verdoso, frecuenta lugares oscuros y frescos e incluso se establece en las casas. Abandona su refugio solo por la noche. Se le puede ver entonces corriendo por las paredes húmedas y agrietadas, buscando cochinillas y arañas, sus presas habituales. El otro, mucho más grande, es de color amarillo pálido. Se esconde bajo piedras cálidas y arenosas. El aguijón del escorpión negro... No causa lesiones graves; la del amarillo puede ser mortal. Cuando una de estas criaturas se irrita, se puede ver una pequeña gota de líquido formando una perla en la punta del aguijón, lista para atacar. Es la gota de veneno que el escorpión inyecta en la herida.

 

Escorpión visto desde arriba

Hay muchas otras cosas importantes que podría contarles sobre las criaturas venenosas de países extranjeros, sobre diversas serpientes cuya mordedura causa una muerte espantosa; pero oigo a Madre Ambroisina llamándonos a cenar. Repasemos rápidamente lo que acabo de decirles. Ninguna criatura, por fea que sea, dispara veneno ni puede hacernos daño a distancia. Todas las especies venenosas actúan de la misma manera: con un arma especial se hace una pequeña herida; y en esta herida se introduce una gota de veneno. La herida, en sí misma, no es nada; es el líquido inyectado lo que la hace dolorosa y, a veces, mortal. El arma venenosa le sirve a la criatura para cazar y defenderse. Se coloca en una parte del cuerpo que varía según la especie. Las arañas tienen un doble colmillo plegado a la entrada de la boca; las abejas, avispas, avispones y abejorros tienen un aguijón al final del estómago y se mantiene invisible en su vaina cuando están en reposo; la víbora y todas las serpientes venenosas tienen dos largos dientes ahuecados en la parte superior. mandíbula; el escorpión lleva un aguijón en la punta de la cola”.

—Lamento mucho —dijo Jules— que Jacques no haya oído tu relato sobre las criaturas venenosas; habría entendido que las entrañas verdes de las orugas no son veneno. Le contaré todo esto; y si encuentro otra hermosa oruga esfinge, no la aplastaré.

________________________________________

CAPÍTULO XXXII

 

LA ORTIGA

Después de cenar, mientras su tío leía bajo el castaño, los niños se dispersaron por el jardín. Claire se ocupó de sus esquejes, Jules regó sus jarrones, y Emile... ¡Ay, qué le iba a pasar sino otra desgracia! Una gran mariposa volaba sobre la maleza que crecía al pie del muro. ¡Oh, qué magnífica mariposa! Por arriba, sus alas son rojas, con flecos negros, con grandes ojos azules; por abajo, marrones con líneas onduladas. Se posa. Bien. Emile se hace pequeño, se acerca sigilosamente de puntillas, extiende la mano y, de repente, la mariposa desaparece. Pero fíjense en lo que sigue. Emile retira la mano rápidamente; le escuece, está roja. El dolor aumenta y se vuelve tan intenso que el pobre niño corre hacia su tío, con los ojos hinchados por las lágrimas.

—¡Me ha picado una criatura venenosa! —grita—. ¡Mira mi mano, tío! ¡Me duele! ¡Ay, cómo me duele! ¡Me ha mordido una víbora!

Al oír esa palabra, «víbora», el tío Paul se sobresaltó. Se levantó y miró la mano herida. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Imposible, mi amiguito; no hay ninguna víbora en el jardín. ¿Qué tontería has estado cometiendo? ¿Dónde te has metido?

Corrí tras una mariposa, y al extender la mano para atraparla entre la maleza al pie del muro, algo me picó. ¡Mira!

—No es nada, mi pobre Emilio; ve y mete tu mano en el agua fresca de la fuente y el dolor desaparecerá.

 

Ortiga

Un cuarto de hora más tarde hablaban del accidente de Emile, ya bastante recuperado de su desventura.

«Ahora que el dolor ha desaparecido, ¿no quiere Emile saber qué le picó?», preguntó su tío.

“Debería saberlo, para que no me pillen otra vez.”

Bueno, es una planta llamada ortiga. Sus hojas, tallos y ramitas están cubiertas de multitud de cerdas rígidas, huecas y llenas de un líquido venenoso. Cuando una de estas cerdas penetra la piel, la punta se rompe, el pequeño frasco de veneno se abre y derrama su contenido en la herida. Esto produce un dolor punzante, pero no peligroso. Verán, las cerdas de la ortiga actúan como armas de criaturas venenosas. Siempre es una punta hueca la que hace una pequeña herida en la piel y deja pasar una gota de líquido, la causa de todos los males. La ortiga es, por lo tanto, una planta venenosa.

También le diré a Emile que la hermosa mariposa que, sin pensarlo, metió la mano en el penacho de ortigas se llama Vanessa Io. Su oruga es de un negro aterciopelado con manchas blancas. También está erizada de espinas. No forma un capullo. Su crisálida, adornada con bandas que brillan como el oro, está suspendida en el aire por la punta de su cola. La oruga vive de la ortiga, de la que se alimenta de las hojas, a pesar de sus cerdas venenosas.

—Al ramonear la planta venenosa, ¿cómo logra la oruga no envenenarse? —preguntó Claire.

Querida hija, confundes veneno con venenoso . Venenosa se dice de una sustancia que, introducida en la sangre por cualquier tipo de herida, causa una lesión similar al veneno de la víbora. Venenosa se dice de una sustancia que, ingerida o introducida en el estómago, puede causar la muerte. Las drogas mortales son venenosas: matan si se ingieren o se beben. El líquido que fluye de los colmillos de la víbora y de la picadura del escorpión es venenoso: mata al mezclarse con la sangre; pero no es venenoso, pues se puede ingerir con impunidad. Lo mismo ocurre con el veneno de la ortiga. Así, la madre Ambroisine da ortigas picadas a las aves de corral, y la oruga de la Vanessa se alimenta sin peligro de la planta que, hace un rato, hizo llorar de dolor a Emile. De plantas venenosas, en nuestro país solo tenemos ortigas; pero tenemos muchas plantas venenosas que, al ingerirse, causan enfermedades e incluso la muerte. Sin duda, debo hablarte de ellas. algún día, para enseñaros a evitarlos.

Las cerdas de la ortiga me recuerdan a los pelos de la oruga. Muchas orugas tienen la piel completamente desnuda. Por lo tanto, son completamente inofensivas. Se pueden manipular sin peligro, por grandes que sean, incluso las que tienen un cuerno al final del lomo. No son más temibles que el gusano de seda. Otras tienen el cuerpo cubierto de pelos, a veces muy afilados y con púas, que pueden alojarse en la piel, dejar sus puntas allí y producir así picores intensos o incluso hinchazones dolorosas. Es justo, entonces, desconfiar de las orugas aterciopeladas, sobre todo de las que viven en grupos en robles y pinos, en grandes nidos de seda, y se llaman orugas procesionarias. Pero aquí tenemos una palabra que merece otra historia.

________________________________________

CAPÍTULO XXXIII

 

ORUGAS PROCESIONARIAS

Con frecuencia vemos, en los extremos de las ramas de pino, voluminosas bolsas de seda blanca entremezcladas con hojas. Estas bolsas son, generalmente, abultadas en la parte superior y estrechas en la inferior, con forma de pera. A veces son tan grandes como la cabeza de una persona. Son nidos donde conviven una especie de orugas muy aterciopeladas con pelos rojos. Una familia de orugas, provenientes de los huevos puestos por una mariposa, construye un refugio de seda en común. Todas participan en el trabajo, todas hilan y tejen en beneficio común. El interior del nido está dividido por finos tabiques de seda en varios compartimentos. En el extremo más ancho, a veces en otro lugar, se ve una amplia abertura en forma de embudo; es la gran puerta para entrar y salir. Otras puertas, más pequeñas, se distribuyen aquí y allá. Las orugas pasan el invierno en su nido, bien resguardadas del mal tiempo. En verano se refugian allí por la noche y durante el intenso calor.

En cuanto amanece, salen a extenderse sobre el pino y a comer las hojas. Tras saciarse, regresan a su morada de seda, resguardadas del calor del sol. Ahora bien, cuando están de campaña, ya sea en el árbol que alberga el nido o en el suelo, pasando de un pino a otro, estas orugas marchan de una manera singular, lo que les ha dado el nombre de procesionarias, porque, de hecho, desfilan en procesión, una tras otra, y en el más elegante orden.

Uno, el primero en llegar —pues entre ellos hay perfecta igualdad— emprende el camino y sirve de cabeza a la expedición. Un segundo le sigue, sin espacio entre ellos; un tercero sigue al segundo de la misma manera; y siempre así, tantas como orugas haya en el nido. La procesión, de varios cientos de ejemplares, ya está en marcha. Desfila en una sola fila, a veces recta, a veces sinuosa, pero siempre continua, pues cada oruga que sigue toca con su cabeza el extremo posterior de la oruga precedente. La procesión describe en el suelo una larga y agradable guirnalda, que ondula a derecha e izquierda con incesante variación. Cuando varios nidos están cerca y sus procesiones se encuentran, el espectáculo alcanza su máximo interés. Entonces las diferentes guirnaldas vivientes se cruzan, se enredan y desenredan, se anudan y desanudan, formando las figuras más caprichosas. El encuentro no conduce a la confusión. Todas las orugas de la misma fila marchan con un paso uniforme y casi serio; Nadie se apresura a adelantarse a los demás, nadie se queda atrás, nadie se equivoca en la procesión. Cada uno mantiene su fila y regula escrupulosamente su marcha según la del que le precede. El líder de la fila dirige las evoluciones. Cuando gira a la derecha, todas las orugas de la misma línea, una tras otra, giran a la derecha; cuando gira a la izquierda, todas, una tras otra, giran a la izquierda. Si se detiene, toda la procesión se detiene, pero no simultáneamente; la segunda oruga primero, luego la tercera, la cuarta, la quinta, y así sucesivamente hasta la última. Se las llamaría tropas bien entrenadas que, al desfilar en orden, se detienen a la orden y cierran filas.

La expedición, un simple paseo o un viaje en busca de provisiones, ha terminado. Se han alejado mucho de su nido. Es hora de volver a casa. ¿Cómo podrán encontrarlo, a través de la hierba y la maleza, y superando todos los obstáculos del camino que acaban de recorrer? ¿Se dejarán guiar por la vista, aunque esté obstruida por cada pequeño mechón de hierba; por el olfato, que los olores de todo tipo pueden perjudicar? No, no; las orugas procesionarias tienen como guía para viajar algo mejor que la vista o el olfato. Tienen instinto, que las inspira con recursos infalibles. Sin importar lo que hacen, recurren a medios que parecen dictados por la razón. Sin duda, no razonan, pero obedecen al impulso secreto de la Razón eterna, en quien y por quien todos vivimos.

Ahora bien, esto es lo que hacen las orugas procesionarias para no extraviarse tras una larga expedición. Pavimentamos nuestros caminos con piedra triturada; las orugas son más lujosas en sus caminos: extienden sobre su camino una alfombra de seda, caminan sobre nada más que seda. Hilan continuamente durante el viaje y pegan su seda a lo largo del camino. De hecho, se puede ver a cada oruga de la procesión bajando y levantando la cabeza alternativamente. En el primer movimiento, la hilera, situada en el labio inferior, pega el hilo al camino que sigue la procesión; en el segundo, la hilera deja correr el hilo mientras la oruga da varios pasos. Luego, la cabeza baja y se levanta de nuevo, y se coloca un segundo trozo de hilo. Cada oruga que sigue camina sobre los hilos dejados por las anteriores y añade su propio hilo a la seda, de modo que todo el camino recorrido queda alfombrado con una cinta de seda. Es siguiendo a esta cinta conductora que las procesionarias obtienen regresar a su casa sin perder jamás el rumbo, por tortuoso que sea el camino.

Si se desea obstaculizar la procesión, basta con pasar el dedo sobre la vía para cortar la ruta de la seda. La procesión se detiene ante el corte con todo tipo de temor y desconfianza. ¡Que sigan! ¡Que no sigan! Las cabezas suben y bajan en busca ansiosa de los hilos conductores. Por fin, una oruga más audaz que las demás, o quizás más impaciente, cruza el mal lugar y extiende su hilo de un extremo a otro del corte. Una segunda, sin dudarlo, pasa sobre el hilo dejado por la primera y, al pasar, añade su propio hilo al puente. Las demás, a su vez, hacen lo mismo. Pronto se repara el camino roto y el desfiladero de la procesión continúa.

La oruga procesionaria del roble marcha de otra manera. Está cubierta de pelos blancos, retraídos y muy largos. Un nido contiene de setecientos a ochocientos individuos. Cuando se decide una expedición, una oruga abandona el nido y se detiene a cierta distancia para dar tiempo a las demás a organizarse en fila y formar un batallón. Esta primera oruga debe iniciar la marcha. Tras ella, las demás se colocan, no una tras otra, como las procesionarias del pino, sino en filas de dos, tres, cuatro y más. La tropa, completa, comienza a moverse obedeciendo las evoluciones de su líder de fila, que siempre marcha solo a la cabeza de la legión, mientras que las demás orugas avanzan varias en fila, formando sus filas en perfecto orden. Las primeras filas del cuerpo de ejército siempre se disponen en cuña, debido al aumento gradual del número de orugas que la componen; las restantes se expanden más o menos en diferentes lugares. A veces hay filas de... De quince a veinte orugas marchan al paso, como soldados bien entrenados, de modo que la cabeza de una nunca sobrepasa la de la otra. Por supuesto, la tropa tapiza su camino con seda mientras marcha, para encontrar el camino de regreso a su nido.

Las procesionarias, especialmente las del roble, se retiran a sus nidos para mudar su piel, y estos nidos finalmente se llenan de un fino polvo de pelos rotos. Al tocarlos, el polvo de los pelos se pega a las manos y la cara, y causa una inflamación que dura varios días si la piel es delicada. Basta con pararse al pie de un roble donde se han establecido las procesionarias para recibir el irritante polvo que arrastra el viento y sentir una picazón punzante.

—¡Qué lástima que las procesionarias tengan esos pelos detestables! —exclamó Jules—. Si no hubieran...

Si no lo hubieran hecho, a Jules le habría encantado ver la procesión de orugas. No importa; después de todo, el peligro no es tan grande. Y además, si uno tuviera que rascarse un poco, no sería grave. Además, nos centraremos en la procesionaria del pino, menos temible que la del roble. En la hora más cálida del día iremos a buscar un nido de orugas en el pinar; pero Jules y yo iremos solos. Haría demasiado calor para Emile y Claire.

________________________________________

CAPÍTULO XXXIV

 

LA TORMENTA

Y,de hecho, hacía mucho calor cuando el tío Paul y Jules partieron. Con un sol abrasador, seguro que encontraban las orugas en su saco de seda, donde siempre se refugian para protegerse de una luz demasiado deslumbrante; antes o después, los nidos podían estar vacíos y el viaje, infructuoso.

Con el corazón lleno de las ingenuas alegrías propias de su edad, la mente absorta en las orugas y sus procesiones, Jules caminaba a buen ritmo, olvidando el calor y la fatiga. Se había desatado la corbata y se había echado la blusa sobre los hombros. Una vara de acebo, cortada por su tío del seto, le servía de tercera pierna.

Mientras tanto, los grillos cantaban más fuerte de lo habitual; las ranas croaban en los estanques; las moscas se volvían molestas e insistentes; a veces, una ráfaga de aire soplaba de repente por el camino y levantaba una columna de polvo. Jules no notaba estas señales, pero su tío sí, y de vez en cuando miraba al cielo. Masas de niebla rojiza en el sur parecían preocuparle. «Quizás llueva», dijo; «tenemos que darnos prisa».

Alrededor de las tres estaban en el pinar. El tío Paul cortó una rama que contenía un magnífico nido. Había acertado: todas las orugas habían regresado a su alojamiento, quizá previendo el mal tiempo. Luego se sentaron a la sombra de un grupo de pinos para descansar un poco antes de regresar. Naturalmente, hablaron de orugas.

“Las procesionarias, me dijiste”, dijo Jules, “abandonan sus nidos para dispersarse por los pinos y comerse las hojas. De hecho, hay muchísimas ramas casi reducidas a palos de madera seca. Mira ese pino que te señalo; está medio deshojado, como si le hubiera pasado fuego. Me gusta cómo se desplazan las procesionarias, pero no puedo evitar compadecerme de esos hermosos árboles que se marchitan bajo los dientes de la miserable oruga”.

“Si el dueño de estos pinos comprendiera mejor sus intereses”, respondió el tío Paul, “en invierno, cuando las orugas están reunidas en sus sacos de seda, recogería los nidos y los quemaría para destruir la detestable especie que roe los brotes jóvenes, ramonea los brotes y detiene el desarrollo del árbol. El daño es mucho mayor en nuestros huertos. Varias orugas viven en grupos en nuestros frutales y tejen nidos de la misma manera que las procesionarias. Cuando llega el verano, estas hambrientas alimañas se dispersan por todos los árboles, destruyendo hojas, brotes y retoños. En pocas horas, el huerto queda esquilado y la cosecha, destruida en su brote. Por lo tanto, es necesario vigilar cuidadosamente los nidos de orugas, retirarlos del árbol antes de la primavera y quemarlos para que no se escape nada; el futuro de la cosecha depende de ello. Es una suerte que varias especies de criaturas, especialmente pájaros pequeños, acudan en nuestra ayuda en esta guerra a muerte entre el hombre y la oruga; De lo contrario, el gusano, más fuerte que el hombre por su infinitud, devastaría nuestras cosechas. Pero hablaremos de los pajaritos en otra ocasión; el mal tiempo amenaza, debemos irnos.

Observa cómo la neblina rojiza del sur, cada vez más densa y oscura, se ha convertido en una gran nube negra que invade visiblemente la parte aún despejada del cielo. El viento la precede, doblando las copas de los pinos como un campo de trigo. Del suelo se eleva ese olor a polvo que la tierra seca desprende al comienzo de una tormenta.

—No debemos pensar en partir ahora —advirtió el tío Paul—. Se acerca la tormenta; caerá sobre nosotros en unos minutos. Apresurémonos a buscar refugio.

La lluvia se forma a lo lejos como una cortina tenue que se extiende por el cielo. La lámina de agua avanza velozmente; superaría al caballo de carreras más veloz. Ya viene, ya ha llegado. Violentos relámpagos la surcan, el trueno ruge en sus profundidades.

Con un trueno más fuerte que los demás, Jules se sobresalta. «Quedémonos aquí, tío», dice el niño asustado; «quedémonos bajo este pino grande y frondoso. Aquí no llueve a cubierto».

«No, hijo mío», responde su tío, que percibe que están en pleno corazón de la tormenta; «alejémonos de este árbol peligroso».

Y, tomando a Jules de la mano, lo conduce apresuradamente a través del granizo y la lluvia. Más allá del bosque, el tío Paul sabe de una excavación en la roca. Llegan allí justo cuando la tormenta estalla con toda su fuerza.

Llevaban allí un cuarto de hora, en silencio ante el solemne espectáculo de la tempestad, cuando un destello de fuego, de un brillo deslumbrante, rasgó la nube oscura en zigzag y golpeó un pino con una detonación espantosa que no tuvo reverberación ni eco, pero fue tan violenta que cualquiera habría dicho que el cielo se estaba derrumbando. El terrible espectáculo terminó en un abrir y cerrar de ojos. Presa del terror, Jules se había dejado caer de rodillas, con las manos juntas. Lloraba y rezaba. La serenidad de su tío permanecía intacta.

—Ánimo, pobrecita —dijo el tío Paul en cuanto pasó el primer susto—. Abracémonos y demos gracias a Dios por habernos protegido. Acabamos de escapar de un gran peligro; un rayo cayó sobre el pino bajo el que íbamos a refugiarnos.

—¡Ay, qué susto me di, tío! —exclamó el niño—. Creí que me moriría. Cuando insististe en irte a toda prisa a pesar de la lluvia, ¿sabías que el rayo caería sobre ese árbol?

No, querida, no sabía nada al respecto, ni nadie podía saberlo; solo ciertas razones me hacían temer la proximidad del gran pino, y la prudencia me dictaba buscar un refugio menos peligroso. Si cedí a mis miedos, si escuché la voz de la prudencia, demos gracias a Dios, que me dio presencia de ánimo en ese momento.

—Me dirás qué te hizo evitar el peligroso refugio del árbol, ¿verdad?

Con mucho gusto; pero cuando estemos todos juntos, para que cada uno se beneficie. Nadie debe ignorar el peligro que corre al refugiarse bajo un árbol durante una tormenta.

Mientras tanto, la nube de lluvia, con sus relámpagos y truenos, se había alejado en la distancia. A un lado, el sol se ponía radiante; al otro, tras la tormenta, el arcoíris proyectaba su inmenso y brillante arco de todos los colores. El tío Paul y Jules emprendieron su camino, sin olvidar el famoso nido de orugas que podría haberles costado tan caro.

________________________________________

CAPÍTULO XXXV

 

ELECTRICIDAD

JULES les contó extensamente lo sucedido ese día a sus hermanos. En la parte del rayo, Claire tembló como una hoja. «Me habría muerto de miedo», dijo, «si hubiera visto el rayo caer sobre el pino». Tras la emoción más profunda, llegó la curiosidad, y todos acordaron rogarle a su tío que les diera una charla sobre el trueno. Así, al día siguiente, Jules, Emile y Claire se reunieron con su tío Paul para escucharlo contarles todo. Jules abordó el tema.

Ahora que ya no tengo miedo, ¿podrías decirnos, tío, por qué no deberíamos refugiarnos bajo los árboles durante una tormenta? Estoy seguro de que a Emile le gustaría saberlo.

“Antes que nada me gustaría saber qué es el trueno”, dijo Emilio.

—Yo también —dijo Claire—. Cuando sepamos un poco qué es el trueno, será mucho más fácil comprender el peligro que representan los árboles.

—Muy bien —comentó su tío con aprobación—. Primero veamos si alguno de ustedes sabe algo sobre los truenos.

“Cuando era muy pequeño”, comentó Emile, “creía que se producía rodando una gran bola de hierro, hecha de metal resonante, sobre la bóveda celeste. Si la bóveda se rompía en algún punto, la bola caía al suelo y caía el trueno. Pero ahora no lo creo. Soy demasiado grande”.

¡Demasiado grande! ¡Un pequeñín no tan alto como el primer botón de mi chaleco! Di más bien que tu pequeño razonamiento está despertando y que la simple explicación de la bola de hierro ya no la satisface.

Entonces Claire habló: «Tampoco me conformo con las explicaciones que me daba hace un tiempo. Para mí, el trueno era una carreta cargada de hierro viejo. Rodaba sobre una bóveda sonora. A veces, una chispa saltaba de debajo de las ruedas, igual que la del casco de un caballo al chocar con una piedra: ese era el rayo. La bóveda era resbaladiza y estaba bordeada de precipicios. Si la carreta volcara, la carga de hierro viejo caería al suelo, aplastando gente, árboles y casas. Ayer me reí de mi explicación, pero ahora no he avanzado más: sigo sin saber nada sobre los truenos».

Tus dos truenos, que varían según tu imaginación infantil, se basan en la misma idea: la de una bóveda sonora. Pues bien, recuerda de una vez por todas que la bóveda azul del cielo es solo una apariencia debida al aire que nos envuelve, y que, debido a la densidad de la envoltura, tiene un hermoso color azul. A nuestro alrededor no hay bóveda, solo una espesa capa de aire; y más allá de ella no hay nada en una vasta distancia hasta llegar a la región de las estrellas.

—Renunciaremos a la bóveda azul —dijo Jules—. Emile, Claire y yo estamos convencidos de que no hay ninguna. Por favor, continúen.

¿Continúen? Aquí es donde empieza la dificultad. ¿Saben, hijos míos, que sus preguntas a veces son muy embarazosas? Pronto dicen «Continúen»; y, llenos de una fe ilimitada en el conocimiento de su tío Paul, esperan una respuesta que, están seguros, satisfará su curiosidad. Sin embargo, deben comprender que hay innumerables cosas que escapan a su inteligencia, y antes de poder comprenderlas deben alcanzar una razón más madura. Con la edad y el estudio, muchas cosas que ahora les resultan oscuras se aclararán. En este número está la causa del trueno. Estoy muy dispuesto a contarles algo al respecto; pero si no entienden todo lo que digo, deben culpar a su propia curiosidad prematura. Es un tema difícil para ustedes, muy difícil.

“Sólo cuéntanoslo”, insistió Jules; “te escucharemos atentamente”.

Así sea. El aire no es visible, no se puede percibir; si siempre estuviera en reposo, quizá no sospecharías de su existencia. Pero cuando un viento impetuoso dobla los altos álamos y dispersa las hojas en remolinos, cuando arranca árboles y se lleva los tejados de los edificios, ¿quién puede dudar de la existencia del aire? Pues el viento es solo aire que fluye irresistiblemente de un lugar a otro. El aire, tan sutil, tan invisible, tan apacible en reposo, es en verdad una sustancia material, incluso brutal cuando se mueve violentamente. Es decir, una sustancia puede existir, aunque a veces nada delate su presencia. No la vemos ni la tocamos, no la percibimos, y sin embargo está ahí, a nuestro alrededor; estamos rodeados por ella, vivimos en medio de ella.

Bueno, hay algo aún más oculto que el aire, más invisible, más difícil de detectar. Está en todas partes, absolutamente en todas partes, incluso en nosotros; pero se mantiene tan silencioso que hasta ahora nunca has oído hablar de él.

Emile, Claire y Jules intercambiaron miradas cargadas de significado, intentando adivinar qué podría ser aquello que se encontraba en cualquier lugar y que aún desconocían. Estaban a cien leguas de adivinar lo que su tío quería decir.

Podrían buscar en vano solos todo el día, todo el año, quizás toda la vida; no lo encontrarían. Lo que les digo, como comprenderán, está singularmente bien escondido; los eruditos tuvieron que realizar investigaciones muy sutiles para aprender algo al respecto. Aprovechemos los medios que nos han enseñado para sacarlo a la luz.

El tío Paul tomó de su escritorio una barra de lacre y la frotó rápidamente sobre su manga de tela; luego la puso cerca de un pequeño trozo de papel. Los niños estaban todos mirando. ¡Miren!, el papel se levanta y se pega al lacre. El experimento se repite varias veces. Cada vez, el papel se levanta solo, se despega y se adhiere a la barra.

El trozo de lacre, que antes no atraía el papel, ahora sí. Al frotar la tela, se ha desarrollado algo invisible, pues la varilla no ha cambiado de aspecto; y esta cosa invisible es, sin embargo, muy real, ya que puede levantar el papel, atraerlo hacia la cera y mantenerlo pegado. Esto se llama electricidad. Se puede producir fácilmente frotando sobre la tela un trozo de vidrio o una varilla de azufre, resina o lacre. Todas estas sustancias, al frotarse, adquieren la propiedad de atraer objetos muy ligeros, como pequeños trozos de paja, papelitos o partículas de polvo. Esta noche, el gato nos enseñará más sobre esto, si le parece bien.

________________________________________

CAPÍTULO XXXVI

 

EL EXPERIMENTO CON EL GATO

El viento soplaba frío y seco. La tormenta del día anterior lo había provocado. El tío Paul aprovechó este pretexto para encender la estufa de la cocina a pesar de los comentarios de la madre Ambroisine, quien protestó por lo inoportuno de hacer fuego.

—¡Enciende la estufa en verano! —dijo ella—. ¿Se ha visto algo así? Nadie más que nuestro amo tendría semejante idea. Nos asaremos.

El tío Paul la dejó hablar; él tenía su propia idea. Se sentaron a la mesa. Después de cenar, el gran gato, que nunca hacía demasiado calor, se acomodó en una silla junto a la estufa y pronto, de espaldas a la plancha caliente, empezó a ronronear de felicidad. Todo marchaba según lo esperado; los proyectos del tío Paul iban viento en popa. Hubo alguna queja sobre el calor, pero él no les prestó atención.

¡Ah! ¿Creen que es para ustedes que se enciende la estufa? —les dijo a los niños—. No se engañen, amiguitos: es para el gato, solo para el gato. ¡Qué frío hace, pobrecito! ¡Miren qué feliz está en su silla!

Emile estuvo a punto de reírse de las amables atenciones de su tío hacia el gato, pero Claire, que sospechaba que sus intenciones eran serias, le dio un codazo. Las sospechas de Claire estaban bien fundadas. Al terminar de cenar, retomaron el tema de los truenos. El tío Paul comenzó:

Esta mañana prometí mostrarte, con la ayuda del gato, algunas cosas muy curiosas. Ha llegado el momento de cumplir mi palabra, siempre que el Gato esté de acuerdo.

Tomó al gato, cuyo pelo ardía, y lo puso sobre sus rodillas. Los niños se acercaron.

“Jules, apaga la lámpara; debemos estar a oscuras”.

Apagada la lámpara, el tío Paul pasó y volvió a pasar la mano por el lomo del gato. ¡Oh! ¡Oh! ¡Maravilloso! El pelo del animal ondea con brillantes cuentas; pequeños destellos de luz blanca aparecen, crepitan y desaparecen al frotar la mano; cualquiera diría que chispas de fuegos artificiales brotaban del pelaje. Todos contemplaron maravillados el esplendor del gato.

—¡Eso es el broche de oro! ¡Aquí está nuestro gato haciendo fuego! —gritó Madre Ambroisina.

—¿Ese fuego arde, tío? —preguntó Jules—. El gato no llora, y lo acaricias sin miedo.

—Esas chispas no son fuego —respondió el tío Paul—. Todos recuerdan la barra de lacre que, al frotarla sobre un paño, atrae pequeños trozos de paja y papel. Les dije que la electricidad, generada por la fricción, es lo que hace que el papel se adhiera a la cera. Pues bien, al frotar el lomo del gato con la mano produzco electricidad, pero en mayor abundancia, tanto que se hace visible donde antes era invisible y estalla en chispas.

—Si no arde, déjame intentarlo —suplicó Jules.

Jules pasó la mano por el pelaje del gato. Las cuentas brillantes y sus crujidos volvieron a sonar con más fuerza. Emile y Claire hicieron lo mismo. La Madre Ambroisine tenía miedo. La digna mujer quizá vio alguna brujería en los destellos de su gato. Entonces lo soltaron. Además, el experimento empezaba a ser molesto, y si el tío Paul no hubiera sujetado al animal, quizá habría empezado a arañar.

________________________________________

CAPÍTULO XXXVII

 

EL EXPERIMENTO CON PAPEL

“Como el gato amenaza con enfadarse, recurriremos a otra forma de producir electricidad.

Se dobla longitudinalmente una buena hoja de papel común; luego se toma la tira doble por cada extremo. A continuación, se calienta justo al punto de quemarse sobre una estufa o frente a una llama viva. Cuanto mayor sea el calor, más electricidad se desarrollará. Finalmente, sujetando la tira solo por los extremos, se frota rápidamente, en cuanto esté caliente, sobre un trozo de tela de lana previamente calentado y estirado sobre la rodilla. Se puede frotar sobre los pantalones si son de lana. La fricción debe ser rápida y a lo largo del papel. Tras un breve roce, se levanta rápidamente la banda con una mano, con mucho cuidado de que el papel no toque nada; si lo hiciera, la electricidad se disiparía. Entonces, sin demora, se acercan los nudillos de la mano libre, o mejor aún, la punta de una llave, cerca del centro de la tira de papel; y se verá una chispa brillante salir disparada del papel a la llave con un ligero crujido. Para obtener otra chispa, se debe repetir la misma operación, ya que al acercar el dedo o la llave... La hoja de papel pierde toda su electricidad.

En lugar de producir una chispa, se puede sostener la lámina electrificada plana sobre pequeños trozos de papel, paja o plumas. Estos cuerpos ligeros se atraen y repelen alternativamente; van y vienen rápidamente de la tira electrificada al objeto que les sirve de soporte, y de este a la tira.

Dando ejemplo al precepto, el tío Paul tomó una hoja de papel, la dobló en una tira para darle más resistencia, la calentó, se la frotó en la rodilla y, finalmente, hizo saltar una chispa al acercarse a la articulación de su dedo. Los niños se maravillaron al ver el relámpago que brotó del papel con un crujido. Las cuentas del gato eran más numerosas, pero menos fuertes y brillantes.

Dicen que a la Madre Ambroisine le costó mucho esa noche que Jules se acostara; pues, una vez dominado el proceso, no se cansaba de calentar y frotar. La intervención de su tío fue necesaria para poner fin a los experimentos eléctricos.

________________________________________

CAPITULO XXXVIII

 

FRANKLIN Y DE ROMAS

Al día siguiente, Claire y sus dos hermanos solo podían hablar de los experimentos de la noche anterior. Fueron su tema de conversación durante toda la mañana. Las cuentas de fuego del gato y los destellos del periódico los habían impresionado profundamente; así que su tío, para aprovechar este despertar de su atención, reanudó cuanto antes su instructiva charla.

Seguro que los tres se preguntan por qué, antes de hablarles del trueno, froté lacre, una tira de papel y el lomo del gato. Ya lo sabrán, pero antes escuchen una pequeña historia.

Hace más de un siglo, un magistrado de la pequeña ciudad de Nérac, llamado de Romas, ideó el experimento más trascendental jamás registrado en los anales de la ciencia. Un día, se le vio salir al campo en medio de una tormenta, con una enorme cometa de papel y un ovillo de cordel. Más de doscientas personas, muy interesadas, lo acompañaban. ¿Qué demonios iba a hacer aquel célebre magistrado? Olvidando sus graves funciones, ¿se proponía alguna diversión indigna de él? ¿Acaso era para presenciar un pueril vuelo de cometas que estos curiosos acudían en masa desde todos los puntos de la ciudad? No, no; de Romas estaba a punto de realizar el proyecto más audaz que el genio humano haya concebido jamás; su audaz propósito era evocar el rayo desde lo más profundo de las nubes y hacer descender el fuego del cielo.

La cometa que debía atraer el rayo de entre las nubes de tormenta y ponerlo a la vista del intrépido experimentador no se diferenciaba de las que ya conoce; solo que la cuerda de cáñamo tenía un hilo de cobre en toda su longitud. Habiendo arreciado el viento, el artefacto de papel fue lanzado al aire y alcanzó una altura de unos doscientos metros. Al extremo inferior de la cuerda se ató una cuerda de seda, y esta cuerda se sujetó bajo la entrada de una casa para protegerlo de la lluvia. Un pequeño cilindro de hojalata se colgó de la cuerda de cáñamo en un punto, en contacto con el hilo metálico que la atravesaba. Finalmente, a De Romas se le proporcionó un cilindro similar que tenía en un extremo un largo tubo de vidrio como mango. Con este instrumento o este excitador, sostenido en su mano por el mango de vidrio, debía hacer que el fuego saliera disparado de las nubes, conducido por el hilo de cobre de la cometa hasta el cilindro metálico en el extremo de este hilo. La cuerda de seda y el mango de vidrio servían para impedir el paso del rayo. En el suelo o en el brazo del excitador; pues estas sustancias tienen la propiedad de no dejar pasar la electricidad a menos que sea demasiado intensa. Los metales, por el contrario, la dejan circular libremente.

Tal era la sencilla disposición del aparato inventado por de Romas para verificar su audaz previsión. ¿Qué se puede esperar de este juguete infantil lanzado al aire para encontrarse con el trueno? ¿No les parece absurdo suponer que semejante juguete pueda dirigir el rayo y dominarlo? Sin embargo, el magistrado de Nérac, tras sabias meditaciones sobre la naturaleza del trueno, debe haber adquirido la certeza del éxito para atreverse así, ante cientos de testigos, a emprender este intento, cuyo fracaso lo cubriría de confusión. El resultado de este terrible conflicto entre el pensamiento y el trueno es indudable: el pensamiento, como siempre, bien dirigido, triunfará.

Mira, ahora las nubes, precursoras de la tormenta, se acercan a la cometa. De Romas mueve el excitador hacia el cilindro de hojalata suspendido en el extremo de la cuerda, y de repente se produce un destello de luz. Se produce por una chispa cegadora que se precipita sobre el excitador, crepita, emite un relámpago y desaparece al instante.

“Eso es precisamente lo que obtuvimos ayer por la tarde”, observó Jules, “cuando pusimos la punta de una llave cerca de la tira de papel calentado y frotado; es lo que nos mostró el lomo del gato cuando lo acariciamos con la mano”.

“Lo mismo”, respondió su tío. Truenos, gotas de fuego del gato, chispas del papel: todo se debe a la electricidad. Pero volvamos a De Romas. Vemos que hay electricidad, el rayo en miniatura, en la cuerda de la cometa. Es inofensiva, sin embargo, debido a su débil cantidad; por eso De Romas no duda en extraerla con el dedo. Cada vez que acerca el dedo al cilindro, extrae una chispa como la que recibe el excitador. Envalentonados por su ejemplo, los espectadores se acercan y evocan la explosión eléctrica. Se apiñan alrededor del maravilloso cilindro que ahora contiene el fuego del cielo, invocado por el genio humano; cada uno desea invocar el rayo, y cada uno desea ver brillar entre sus dedos la sustancia fulminante que desciende de las nubes. Así juegan con el trueno durante media hora impunemente, cuando de repente una chispa violenta alcanza a De Romas y casi lo derriba. Ha llegado la hora del peligro. La tormenta se acerca, cada vez más fuerte; densas nubes se ciernen sobre la cometa.

De Romas hace acopio de toda su firmeza; rápidamente hace retroceder a la multitud y se queda solo junto a su aparato, en medio del círculo de espectadores, que empiezan a asustarse. Entonces, con la ayuda del excitador, saca del cilindro metálico primero fuertes chispas, capaces de derribar a alguien por la violencia de la conmoción, luego cintas de fuego que se lanzan en líneas serpenteantes y estallan con estrépito. Estas cintas pronto miden dos o tres metros de largo. Cualquiera alcanzado por una de ellas perecería sin duda. De Romas, temiendo de momento a momento algún accidente fatal, amplía el círculo de curiosos y detiene la peligrosa provocación del fuego eléctrico. Pero, desafiando la muerte inminente, continúa sus peligrosas observaciones a corta distancia, con la misma serenidad que si estuviera enfrascado en el experimento más inofensivo. A su alrededor se oye un rugido como el estallido continuo de una forja; un olor a quemado flota en el aire; la cuerda de la cometa está cubierta de Una envoltura luminosa forma una cinta de fuego que une el cielo con la tierra. Tres largas pajitas, tiradas al azar en el suelo, se levantan, saltan, se lanzan hacia la cuerda, caen, vuelven a levantarse y, durante unos minutos, entretienen a los espectadores con sus desordenadas evoluciones.

“Anoche”, comentó Claire, “las plumas y los trocitos de papel saltaron de la misma manera entre la hoja electrificada y la mesa”.

—Es natural —dijo Jules—, ya que el tío acaba de decirnos que la hoja de papel frotada absorbe la esencia misma del trueno, aunque en muy poca cantidad.

Me alegra ver que comprendes la gran similitud entre el trueno y la electricidad que producimos al frotar ciertos cuerpos. De Romas realizó su peligroso experimento a propósito para demostrar esa semejanza. Dije peligroso experimento; verás, de hecho, el peligro que corrió el audaz experimentador. Tres pajitas, te dije, saltaban de la cuerda al suelo, y del suelo a la cuerda, cuando de repente todos palidecieron de miedo: se produjo una violenta explosión y cayó un rayo, abriendo un gran agujero en el suelo y levantando una nube de polvo.

—¡Dios mío! —jadeó Claire—. ¿Mataron a De Romas?

No, de Romas estaba a salvo y radiante de alegría: sus previsiones se cumplieron con un éxito que rozaba lo prodigioso: se demostró que un rayo puede ser traído desde las nubes al alcance del observador; había demostrado que la electricidad es la causa del trueno. Eso, hijos míos, no fue un resultado trivial, solo para satisfacer nuestra curiosidad: una vez aclarada la naturaleza del trueno, fue posible protegerse de sus estragos, como les contaré en la historia del pararrayos.

“De Romas, que realizó estos importantes experimentos arriesgando su vida, debe haber sido colmado de honores y riquezas por sus contemporáneos”, dijo Claire.

—¡Ay!, querida hija —respondió su tío—, las cosas no suelen suceder así. La verdad rara vez encuentra un lugar libre donde plantarse; tiene que luchar contra el prejuicio y la ignorancia. La batalla a veces es tan dolorosa que los hombres de voluntad fuerte sucumben a la tarea. De Romas, deseando repetir su experimento en Burdeos, fue apedreado por la multitud, que lo vio como un hombre peligroso que evocaba truenos con su brujería. Se vio obligado a huir a toda prisa, abandonando su aparato.

Poco antes de De Romas, en los Estados Unidos de Norteamérica, Franklin realizó investigaciones similares sobre la naturaleza del trueno. Benjamin Franklin era hijo de un pobre fabricante de jabón. Encontró en casa apenas los medios necesarios para aprender a leer, escribir y contar; y, sin embargo, gracias a su erudición, se convirtió en uno de los hombres más notables de su tiempo. Un día tormentoso de 1752, se dirigió al campo cerca de Filadelfia, acompañado de su hijo, quien llevaba una cometa de seda atada por las cuatro esquinas a dos pequeñas varillas de vidrio. Una cola metálica remataba el aparato. La cometa fue lanzada hacia una nube de tormenta. Al principio, nada confirmó las previsiones del erudito estadounidense: la cuerda no dio señales de electricidad. Llovió. La cuerda mojada permitió que la electricidad circulara con mayor libertad; y Franklin, sin pensar en el peligro que corría, y extasiado por haberle robado así su secreto al trueno, provocó con el dedo una lluvia de chispas lo suficientemente potente como para prender fuego a aguardiente de vino.

________________________________________

CAPÍTULO XXXIX

 

EL TRUENO Y EL PARARRAYOS

Gracias a sus ingeniosas investigaciones, Franklin, de Romas y muchos otros nos han revelado la naturaleza del rayo; nos han enseñado, en particular, que cuando es pequeño, salta al dedo en chispas brillantes y crepitantes, sin peligro para el experimentador, y que todos los cuerpos que lo contienen atraen a las sustancias ligeras vecinas, tal como la cuerda de la cometa atraía la paja en el experimento de de Romas, y tal como el lacre y el papel frotado atraen el plumón de las plumas. En resumen, nos enseñaron que la electricidad es la causa del trueno.

Ahora bien, existen dos tipos distintos de electricidad, presentes en cantidades iguales en todos los cuerpos. Mientras están unidos, nada delata su presencia; es como si no existieran. Pero, una vez separados, se buscan mutuamente a través de todos los obstáculos, se atraen y se precipitan uno hacia el otro con una explosión y un destello de luz. Entonces todo queda en completo reposo hasta que estos dos principios eléctricos se separan de nuevo. Las dos electricidades, por lo tanto, se complementan y se neutralizan mutuamente; es decir, forman algo invisible, inofensivo, inerte, que se encuentra en todas partes y se llama electricidad neutra. Electrificar un cuerpo es descomponer su electricidad neutra, desunir los dos principios que, al mezclarse, permanecen inertes, pero, separados, manifiestan sus maravillosas propiedades y su violenta tendencia a la recombinación. La fricción es una forma de efectuar la separación de los dos principios eléctricos, pero está lejos de ser la única. Todo cambio radical en la naturaleza más íntima de un cuerpo también provoca una manifestación de las dos electricidades. Así, las nubes, que son agua convertida en vapor por la luz solar... El calor se encuentra a menudo electrificado.

Cuando dos nubes con diferente electrificación se aproximan, inmediatamente sus electricidades opuestas se unen para recombinarse, y con un fuerte estallido se produce una llamarada que proyecta una luz brillante y repentina. Esta luz es un relámpago; esta llamarada es un rayo; el ruido de la explosión es un trueno. Finalmente, la chispa eléctrica puede proyectarse desde una nube electrificada de una manera a un punto en el suelo electrificado de otra.

Generalmente, se reconoce un rayo solo por la repentina iluminación que produce y el estruendo de su explosión. Para ver el rayo en sí, hay que superar un miedo infundado y observar atentamente las nubes, el centro de la tormenta. De momento a momento se puede ver un rayo de luz deslumbrante, simple o ramificado, y de forma sinuosa muy irregular. Un horno incandescente, los metales al rojo vivo, no tienen su brillo; solo el sol ofrece una comparación digna del esplendor soberano del rayo.

—Vi el rayo —intervino Jules— cuando cayó sobre el gran pino el día de la tormenta. Por un instante me cegó su brillo, como si hubiera mirado al sol de frente.

—La próxima tormenta —dijo Emile—, miraré al cielo para ver la franja de fuego, pero con la condición de que mi tío esté allí. No me atrevería solo; es terrible.

—Yo también —añadió Claire— haré todo lo posible para superar mi miedo, si mi tío está ahí.

“Estaré allí, hijos míos”, les prometió su tío, “si mi presencia los tranquiliza, pues es una visión imponente, la de un cielo tormentoso incendiado por los relámpagos y lleno del estruendo de los truenos. Y, sin embargo, cuando del seno de las nubes llega el destello deslumbrante del rayo y toda la región resuena con el estruendo de la explosión, un miedo insensato los domina; la admiración ya no tiene cabida en sus mentes, y sus ojos aterrorizados se cierran ante la magnificencia de los fenómenos eléctricos de la atmósfera, proclamando con tanta elocuencia la majestuosidad de las obras de Dios. De su corazón, henchido de miedo, no surge ningún arrebato de gratitud, pues no saben que en este momento, entre los relámpagos, el estruendo de la lluvia, los truenos y los vientos desatados, se está realizando un gran acto providencial. El trueno, de hecho, es mucho más causa de vida que de muerte. A pesar de los terribles pero raros accidentes que Causa, obedeciendo así los inescrutables decretos de Dios, uno de los medios más poderosos que emplea la Providencia para purificar la atmósfera, para limpiar el aire que respiramos de las exhalaciones mortíferas generadas por la descomposición. Quemamos antorchas de paja y papel en nuestras habitaciones para purificar el aire; con sus inmensas llamas, el rayo produce un efecto análogo en la atmósfera circundante. Cada uno de esos relámpagos que nos sobresaltan es una promesa de salubridad general; cada uno de esos truenos que nos paralizan de miedo es una señal de la gran obra de purificación que opera a favor de la vida. ¿Y quién no sabe con qué deleite, después de una tormenta, el pecho se llena de aire puro, cuando la atmósfera, purificada por el fuego del rayo, da nueva vida a todo lo que la respira? Cuidémonos, pues, del terror insensato cuando truena, pero elevemos nuestros pensamientos a Dios, de quien el trueno y el relámpago han recibido su misión salutífera.

El rayo, como todo en este mundo, contribuye al bienestar general; pero, como todo lo demás, puede, al cumplir los propósitos ocultos de una Providencia omnisciente, causar aquí y allá algún extraño accidente que nos haga olvidar el inmenso servicio que nos presta. Recordemos siempre que nada sucede sin el permiso de nuestro Padre celestial. Un temor reverente a Dios debe excluir cualquier otro temor. Examinemos, pues, con calma el peligro al que nos expone un rayo. Recordemos sobre todo que un rayo cae preferentemente en los puntos más prominentes del terreno, pues es allí donde la electricidad opuesta, atraída por la de la nube de tormenta, se encuentra en mayor abundancia, lista para unirse con aquello que la atrae.

“Las dos electricidades que buscan reunirse hacen todo lo posible por encontrarse”, dijo Claire, para fijar los hechos en su mente. “La de la tierra, en su esfuerzo por alcanzar la nube, alcanza la copa de un árbol alto; la de la nube, de lado, es impulsada hacia abajo, hacia el árbol. Entonces llega el momento en que las dos electricidades, aún atrayéndose mutuamente, pero sin un camino abierto para su pacífica reunión, se precipitan juntas con un estruendo. Entonces, el rayo de fuego no puede evitar alcanzar el árbol. ¡Eso es todo, tío!”

Querida hija, no podría haberlo expresado mejor. Por eso, de hecho, los edificios altos, torres, campanarios y árboles altos son los puntos más expuestos al fuego del cielo. En campo abierto, sería muy imprudente, durante una tormenta, refugiarse de la lluvia bajo un árbol, especialmente uno alto y aislado. Si el rayo cae cerca, será preferible que caiga sobre ese árbol, que forma un punto alto donde se acumula la electricidad del suelo, para acercarse lo más posible a la nube que lo atrae. Los tristes y deplorables casos anuales de personas alcanzadas por un rayo se limitan, en su mayoría, a los imprudentes que buscan refugio de la lluvia bajo un árbol alto.

—Si no hubieras sabido estas cosas, tío —comentó Jules—, nos habrían matado el día de la tormenta, cuando quise meterme debajo del pino alto.

Es muy dudoso que el rayo, al destruir el árbol, nos hubiera salvado. Es una osadía impía exponerse al peligro sin motivo y luego encomendar a la Providencia la tarea de sacarnos de nuestra peligrosa situación. El Cielo ayudará a quien se ayude a sí mismo. Nos ayudamos huyendo del árbol peligroso y llegamos a casa sanos y salvos. Pero ayudarse a sí mismo eficazmente requiere conocimiento; así que, para que esto les quede bien grabado, recalco una vez más el peligro que, en tiempos de tormenta, acecha en altas torres, campanarios, edificios imponentes y, sobre todo, en árboles altos y aislados. En cuanto a otras precauciones que se recomiendan comúnmente, como no correr para no causar una circulación violenta del aire y cerrar puertas y ventanas para evitar corrientes de aire, no sirven de nada: la dirección que toma el rayo no se ve afectada en absoluto por las corrientes de aire. Los trenes, que circulan a gran velocidad y desplazan el aire con tanta violencia, no son más expuestos a rayos que los objetos en reposo. La experiencia cotidiana lo demuestra.

«Cuando truena», dijo Emilio, «la madre Ambroisina se apresura a cerrar todas las puertas y ventanas».

La Madre Ambroisina es como tantas otras que creen estar a salvo en cuanto dejan de ver el peligro. Se encierran para no oír los truenos ni ver los relámpagos; pero eso no disminuye en absoluto el peligro.

“¡Entonces no hay que tomar ninguna precaución!” preguntó Jules.

“En las circunstancias habituales, ninguna, a menos que sea esta precaución: tener buen corazón y confiar en la voluntad de Dios.

Para proteger los edificios altos, más amenazados que otros, utilizamos un pararrayos, un invento maravilloso gracias al genio de Franklin. El pararrayos se compone de una varilla de hierro larga, resistente y puntiaguda, fijada a la parte superior del edificio. De su base parte otra varilla, también de hierro, que recorre los techos y las paredes, donde se fija con grapas, y se hunde en la tierra húmeda o, mejor aún, en un pozo profundo. Si cae un rayo, impacta en el pararrayos, que es el objeto más cercano a la nube y el más adecuado para la corriente eléctrica debido a su naturaleza metálica. Además, su forma puntiaguda influye mucho en su eficacia. El rayo que impacta en el pararrayos metálico lo sigue y se disipa en las profundidades de la tierra sin causar daño alguno.

________________________________________

CAPÍTULO XL

 

EFECTOS DEL RAYO

Un rayo derriba, quiebra y desgarra cuerpos que impiden la libre circulación de la electricidad. Rompe rocas y proyecta sus fragmentos a grandes distancias; destecha nuestras viviendas; parte los troncos de los árboles y divide la madera en pequeños jirones; derriba muros o incluso los arranca de sus cimientos. Al penetrar en el suelo, derrite la arena a su paso y forma tubos de vidrio irregulares. Enrojece, funde y vaporiza sustancias metálicas que permiten el paso de la corriente eléctrica, como cadenas de metal, el alambre de hierro de las campanas, el dorado de los marcos. En resumen, prefiere los objetos de metal. Hay casos de personas que resultaron ilesas mientras el rayo consumía diversos objetos metálicos que llevaban o llevaban, como encajes de oro, botones de metal y monedas. Prende fuego a montones de materia combustible, como fardos de paja y montones de forraje seco.

Una débil chispa eléctrica, como las que te enseñé a obtener del papel, apenas nos causa una impresión perceptible. Como mucho, sentimos un pequeño pinchazo en el punto de contacto. Pero con la ayuda de los poderosos aparatos de que dispone la ciencia, la descarga eléctrica se vuelve dolorosa y puede ser peligrosa, o incluso mortal. Cuando uno es alcanzado por una chispa bastante fuerte, siente, sobre todo en las articulaciones, una descarga repentina que le hace temblar y sentir debilidad en las rodillas. Con una chispa aún más fuerte, todo el cuerpo sufre una sacudida repentina tan violenta que las articulaciones parecen cercenadas y uno queda derribado por el golpe. La ciencia posee aparatos tan potentes que podrían matar a un buey con la descarga eléctrica.

El rayo, una chispa incomparablemente más fuerte que la de nuestras máquinas eléctricas, inflige a hombres y animales una descarga extremadamente violenta; los derriba, los hiere e incluso los mata instantáneamente. A veces, una persona así alcanzada presenta quemaduras más o menos profundas; otras veces, no se observa la más mínima herida. Por lo tanto, la muerte no suele deberse a las heridas infligidas por el rayo, sino a la repentina y violenta descarga que recibe el cuerpo. A veces, la muerte es solo aparente: la descarga eléctrica simplemente suspende las funciones vitales primarias: la circulación y la respiración. Este estado, que de prolongarse resultaría en la muerte, se puede combatir brindando a la persona alcanzada los mismos cuidados que a los ahogados; es decir, intentando reanimar mediante la fricción el movimiento respiratorio del pecho. En otras ocasiones, la descarga eléctrica paraliza en mayor o menor medida alguna parte del cuerpo, o quizás solo produce un trastorno pasajero que desaparece por sí solo.

________________________________________

CAPÍTULO XLI

 

NUBES

Para terminar su charla sobre los rayos, a la mañana siguiente el tío Paul les habló de las nubes. La ocasión, además, era muy propicia. En una parte del cielo se amontonaban grandes nubes blancas como montañas de algodón. La vista se deleitaba con los suaves contornos de aquella tela celestial.

“¿Recuerdas”, empezó, “todas esas nieblas que en las húmedas mañanas de otoño e invierno cubren la tierra con un velo de humo gris, ocultan el sol y nos impiden ver unos pasos delante de nosotros?”

“Mirando al aire, se podía ver algo así como polvo fino de agua flotando”, dijo Claire; y Jules agregó:

Jugábamos al escondite con Emile entre esa especie de humo húmedo. No podíamos vernos a pocos pasos de distancia.

—Bueno —continuó el tío Paul—, las nubes y la niebla son lo mismo; solo que la niebla se extiende a nuestro alrededor y se muestra tal como es: gris, húmeda y fría; mientras que las nubes se mantienen más o menos por encima de nosotros y adquieren, con la distancia, una apariencia suntuosa. Las hay de una blancura deslumbrante, como las que ven allá; otras de color rojo, o doradas, o como fuego; otras del color de la ceniza, y otras negras. El color también cambia de un momento a otro. Al atardecer verán una nube que empieza siendo blanca, luego se vuelve escarlata, luego brilla como un montón de brasas, o como un lago de oro fundido, y finalmente se opaca y se vuelve gris o negra, según los rayos del sol la incidan cada vez menos. Todo esto depende de la iluminación solar. En realidad, las nubes, por espléndidas que parezcan, están formadas por un vapor húmedo como el de la niebla. Podemos comprobarlo acercándonos.

—¿La gente puede entonces ascender hasta las nubes, tío? —preguntó Emile.

—Claro. Solo se necesitan unas piernas lo suficientemente fuertes como para subir a la cima de una montaña. A menudo, entonces, las nubes están bajo los pies.

“¿Y has visto nubes debajo de ti?”

"A veces."

“Debe ser una vista muy hermosa”.

Tan hermoso que no hay palabras para expresarlo. Pero no es precisamente un placer si las nubes se elevan y te envuelven. Puedes sentirte muy incómodo solo por la oscuridad de la niebla. Te pierdes; te confundes, sin sospechar ningún peligro en los lugares más peligrosos, con el riesgo de caer en algún abismo; pierdes de vista a los guías, quienes solo conocen el camino y podrían salvarte de un paso en falso. No, no todo es color de rosa entre las nubes. Quizás algún día lo aprendas, a tu costa. Mientras tanto, trasladémonos con la imaginación a la cima de una montaña cubierta de nubes. Si las circunstancias son favorables, esto es lo que veremos:

Sobre nuestras cabezas, el cielo, perfectamente despejado, no presenta una apariencia inusual; el sol brilla allí con todo su esplendor. Allá abajo, a nuestros pies, casi en la llanura, se extienden nubes blancas. El viento las arrastra y las impulsa hacia la cima. Allí están, rodando y ascendiendo por la ladera de la montaña. Uno pensaría que son inmensos rebaños de algodón empujados por la ladera por una mano invisible. De vez en cuando, un rayo de sol penetra en sus profundidades y les da el brillo del oro y el fuego. Las hermosas nubes tras las que desaparece el sol al ponerse no son más ricas. ¡Qué brillantes tonos, qué suave flexibilidad! Suben más y más alto. Ahora se enrollan como una brillante banda blanca alrededor de la cima de la montaña y nos ocultan la vista de la llanura. Solo el punto donde nos encontramos se proyecta por encima de la cortina de nubes, como un islote sobre el mar. Por fin, este punto es invadido, estamos en el seno de las nubes. Cálidos tonos, suaves contornos, impresionantes vistas: todo ha desaparecido. Ahora es solo un Niebla oscura que se satura de humedad y nos deprime. ¡Ah, si un soplo de viento se apresurara a barrer estas nubes desagradables!

Eso, mis pequeños amigos, es lo que uno no deja de desear cuando está entre las nubes, que, tan hermosas a la distancia, no son más que una neblina sombría de cerca. El espectáculo de las nubes debería verse desde lejos. Cuando, movidos por la curiosidad, deseamos examinar ciertas apariencias demasiado de cerca, a veces las encontramos engañosas; pero también descubrimos que, bajo un brillo secundario, que sirve para adornar la tierra, ocultan realidades de primera importancia. Las maravillas de las nubes son solo una apariencia, una ilusión de luz; pero bajo esta ilusión se esconden los depósitos de lluvia, fuente de la fecundidad de la tierra. Dios, por quien se han ordenado los más mínimos detalles de la creación, quiso que las sustancias más comunes, pero también las más necesarias, sirvieran de adorno a la tierra a pesar de su aspecto realmente humilde; y las reviste de un prestigio que depende de la distancia desde la que las contemplemos. El vapor gris de las nubes nos da la lluvia. Esa es su principal utilidad. El sol lo ilumina, y eso basta para transformarlo en Un tapiz celestial en el que la mirada asombrada descubre el esplendor del púrpura, el oro y el fuego. Esa es su función ornamental.

 

Cirro

La altura que mantienen las nubes es muy variable y, por lo general, menor de lo que se podría suponer. Hay nubes que se arrastran perezosamente por el suelo; son las nieblas. Hay otras que se aferran a las laderas de montañas moderadamente altas, y otras que coronan las cumbres. La región donde se encuentran comúnmente se encuentra a una altitud que varía entre los 500 y los 1500 metros. En algunos casos bastante raros, se elevan hasta casi cuatro leguas. Más allá de eso, reina una serenidad eterna; las nubes nunca ascienden allí, los truenos nunca retumban, y la nieve, el granizo y la lluvia nunca se forman.

Esas nubes se llaman cirros y a veces parecen ligeros rebaños de lana rizada, a veces como filamentos desplegadizos de una blancura deslumbrante, que contrastan marcadamente con el azul profundo del cielo. Son las nubes más altas. A menudo miden una legua de altura. Cuando los cirros son pequeños, redondeados y están agrupados en grandes cantidades, como el lomo de un rebaño de ovejas, se dice que el cielo así cubierto está moteado. Suele ser señal de que el tiempo va a cambiar.

 

Cúmulo

El nombre "cúmulo" se da a esas grandes nubes blancas de contornos redondeados que se amontonan durante el calor del verano como inmensas montañas de algodón. Su aparición presagia una tormenta.

—Entonces, las nubes que vemos allá junto a las montañas —preguntó Jules—, ¿son cúmulos? Parecen montones de algodón. ¿Nos traerán una tormenta?

—No lo creo. El viento los lleva en otra dirección. La tormenta siempre ocurre cerca de ellos. ¡Allí! ¡Oigan eso!

Una luz repentina acababa de brillar entre los grupos de cúmulos. Tras una larga espera, el trueno les llegó, pero muy atenuado por la distancia. Las preguntas brotaron rápidamente de los labios de Jules y Emile: "¿Por qué llueve allá y no aquí? ¿Por qué el trueno viene después del relámpago? ¿Por qué…?"

“Vamos a hablar de todo eso”, dijo el tío Paul; “pero primero aprendamos las otras formas de nubes. El término «estratos» se aplica a las nubes dispuestas en bandas irregulares, dispuestas en niveles en el horizonte al amanecer o al atardecer. Son nubes que, al desvanecerse la luz del día, especialmente en otoño, adquieren los tonos brillantes de los metales fundidos y las llamas. Los estratos rojos de la mañana son seguidos por la lluvia o el viento.

 

Estrato

Finalmente, llamamos 'nimbo' a una masa de nubes oscuras de un gris uniforme, tan apiñadas que es imposible distinguirlas. Estas nubes generalmente se disuelven en lluvia. Vistas a la distancia, a menudo parecen franjas anchas que se extienden en línea recta desde el cielo hasta la tierra. Son estelas de lluvia.

“Ahora Emilio puede hacer sus preguntas”.

________________________________________

CAPÍTULO XLII

 

LA VELOCIDAD DEL SONIDO

“Bajo esa gran nube blanca que llaman cúmulo”, dijo Emile, “hay en este preciso instante una tormenta. Acabamos de ver los relámpagos y oír los truenos. Aquí, en cambio, el cielo es azul. Así que no llueve en todas partes al mismo tiempo. Cuando llueve en un país, hace buen tiempo en otros. Y, sin embargo, cuando llueve aquí, todo el cielo está cubierto de nubes”.

“Solo necesitas taparte los ojos con la mano para ocultar el cielo”, explicó su tío. “Una nube mucho más lejana, pero también mucho más grande, produce el mismo efecto: vela lo que nos rodea y lo vuelve todo nublado. Pero eso es solo en apariencia; más allá de la región cubierta por la nube, el cielo puede estar sereno y el clima magnífico. Bajo el cúmulo donde ahora ruge el trueno, llueve, puedes estar seguro, y el cielo se ve negro. Para la gente de esa región, el entorno solo presenta una apariencia lluviosa, porque están envueltos en nubes; si fueran a otro lugar, más allá de las nubes, encontrarían el cielo tan sereno como lo tenemos aquí”.

“Con un caballo veloz podrían, entonces”, sugirió Emile, “salir de debajo de las nubes, dejar la lluvia y entrar en un buen tiempo; así como también podrían dejar el sol y entrar en la lluvia bajo las nubes”.

A veces eso sería posible, pero la mayoría de las veces no, porque las nubes pueden cubrir grandes extensiones. Además, viajan, van de un país a otro, con tal velocidad que ni el mejor jinete podría seguirlas en su recorrido. Todos han visto la sombra de las nubes correr sobre el suelo cuando sopla el viento. Colinas, valles, llanuras, cursos de agua, todo se cruza en un instante. La sombra de una nube pasa sobre ti en el momento en que llegas a la cima de una colina. Antes de que hayas dado tres pasos para descender al valle, la sombra, a pasos gigantes, asciende por las laderas opuestas. ¿Quién podría jactarse de poder seguir la nube y mantenerse a su sombra?

Si a veces llueve sobre grandes extensiones de terreno, nunca es general, absolutamente. Si lloviera de una vez sobre toda una provincia, ¿qué es eso comparado con la tierra? Un terrón comparado con un gran campo. Perseguidas por el viento, las nubes corren de un lado a otro por los vastos espacios de la atmósfera. Viajan, y en su camino proyectan una sombra o precipitan la lluvia. Por donde pasan, llueve; en cualquier otro lugar, no. En un mismo lugar puede haber lluvia y buen tiempo, según se esté por encima o por debajo de las nubes. Ya sabes que en la cima de una montaña las nubes a veces están por debajo. La llanura bajo las nubes puede recibir un fuerte chaparrón, mientras que en la cima el sol brilla sin una sola gota de lluvia.

—Todo eso se entiende fácilmente —dijo Jules—. Ahora me toca a mí, tío, hacerte una pregunta. De la nube de tormenta que vemos desde aquí, primero salió un relámpago; luego, tras un rato, se oyó el trueno. ¿Por qué el sonido y el relámpago no se juntan?

Dos cosas nos hablan del rayo: la luz y el ruido. La luz es el destello del relámpago, el ruido es el trueno. De igual manera, en el disparo de armas de fuego existe la luz producida por la ignición de la pólvora y el ruido resultante. En el lugar de la explosión, la luz y el ruido coinciden; pero para las personas a distancia, la luz, que viaja a una velocidad incomparablemente mayor, llega antes que el sonido, que se mueve más lentamente. Si observas el disparo de un arma a una distancia considerable, primero ves el destello y el humo de la explosión, y no oyes el estallido hasta un tiempo después; cuanto más lejana es la explosión, más largo es el tiempo. La luz recorre una distancia inmensa en un tiempo extremadamente corto. El destello de la explosión, por lo tanto, llega al ojo en el instante mismo de su ocurrencia. Si el sonido no llega hasta después, es porque viaja mucho más despacio y, para cubrir una distancia considerable, requiere un tiempo considerable, que se puede medir fácilmente.

Supongamos que transcurren diez segundos entre el destello de la descarga de un cañón y la llegada del sonido. Se mide la distancia entre el lugar donde se produjo la explosión y el lugar donde se escuchó. Resulta ser de 3400 metros. Por lo tanto, el sonido recorre el aire, en un solo segundo, una distancia de 340 metros. Es una buena velocidad, comparable a la de una bala de cañón, pero nada, después de todo, en comparación con la inconcebible velocidad de la luz.

La desigual rapidez con la que se propagan el sonido y la luz explica el siguiente hecho. Desde lejos se ve a un leñador cortando leña, o a un albañil cortando piedra. Vemos el hacha golpear la madera, el mazo golpear la piedra, y un tiempo después oímos el sonido.

 

Campanas sonando

—Un domingo antes de misa —intervino Jules—, observaba desde lejos el tañido de la campana. Vi la lengüeta golpear y el sonido no llegó hasta más tarde. Ahora entiendo la razón.

“Si cuentas el número de segundos entre la aparición del destello y el instante en que empieza a oírse el trueno, puedes saber a qué distancia estás de la nube de tormenta”.

—¡Un segundo es muy largo! —preguntó Emile.

Tiene aproximadamente la duración de un latido del pulso. Solo tenemos que contar uno, dos, tres, cuatro, etc., sin prisa, pero no demasiado despacio, para tener aproximadamente la cantidad de segundos. Anota el instante en que el destello ilumina el cúmulo tormentoso y cuenta lentamente hasta que oigas el trueno.

Con ojo atento y oído atento, todos comenzaron la observación. Finalmente, se vio un destello. Contaron, el tío marcando el compás. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... A las doce llegó el trueno, pero tan débil que apenas pudieron oírlo.

—El trueno tardó doce segundos en llegar hasta nosotros —dijo el tío Paul—. ¿De qué distancia viene si el sonido viaja a 340 metros por segundo?

“Debes multiplicar 340 por doce”, respondió Claire.

“Bueno, señorita, hágalo”.

Claire hizo el cálculo. El resultado fue 4080 metros.

“El relámpago cayó a 4.080 metros de distancia; estamos a más de una legua de la nube de tormenta”, dijo su tío.

—¡Qué fácil! —exclamó Emile—. Cuentas uno, dos, tres, cuatro, y sin moverte sabes a qué distancia acaba de caer el rayo.

Cuanto más tiempo transcurre entre el destello y el ruido, más lejos está la nube. Cuando el estallido llega al mismo tiempo que el destello, la explosión está muy cerca. Jules lo sabe bien desde el día de la tormenta en el pinar.

“He oído que ya no hay peligro después de ver el rayo”, dijo Claire.

Un rayo es tan rápido como la luz. Por lo tanto, una explosión eléctrica se detiene en cuanto aparece el destello, y entonces pasa todo peligro; pues el trueno, por muy fuerte que sea, no puede hacer daño.

________________________________________

CAPÍTULO XLIII

 

EL EXPERIMENTO CON LA BOTELLA DE AGUA FRÍA

El tío Paul había dicho con razón la noche anterior que las nubes no son más que niebla que flota en el aire en lugar de extenderse sobre la tierra; pero no había explicado de qué está compuesta la niebla ni cómo se forma. Así que al día siguiente continuó su charla sobre las nubes.

Cuando Madre Ambroisina tiende la ropa que acaba de lavar, ¿para qué lo hace? Para secarla, para quitarle el agua con la que está saturada. Bueno, ¿qué pasa con esta agua, por favor?

—Desaparece, lo sé —respondió Jules—, pero me resultaría muy difícil saber qué pasa con él.

Esta agua se disipa en el aire, donde se disuelve y se vuelve tan invisible como el aire mismo. Al mojar un montón de arena seca, el agua lo impregna por completo y desaparece. Es cierto que la arena adquiere entonces una apariencia diferente: antes estaba seca, después está húmeda. La arena absorbe el agua que entra en contacto con ella. El aire hace lo mismo: absorbe la humedad del lino y se humedece; y la absorbe tan completamente que todo —aire y agua— permanece tan invisible como si no contuviera ninguna sustancia extraña. Vapor es el nombre que se da al agua así invisible, o de alguna manera aérea, es decir, parecida al aire; y la reducción del agua a este nuevo estado se llama evaporación. La humedad del lino que queremos secar se evapora; el agua se disipa en el aire y se convierte así en vapor invisible, que se extiende en todas direcciones a voluntad del viento. Cuanto más caliente está, más rápida y abundante es la evaporación. ¿No has notado que un pañuelo mojado se seca muy rápido bajo un sol abrasador? ¿Y pierde su humedad muy lentamente si el clima está nublado y frío?”

“Mamá Ambroisine siempre está muy contenta cuando tiene un buen día para lavar la ropa”, comentó Claire.

Recuerden también lo que sucede después de regar el jardín. Cuando, al final de un día muy caluroso, tenemos que dar de beber a esas pobres plantas que se mueren de sed, sucede algo así: La bomba funciona a toda potencia; todos se apresuran con sus regaderas; uno va aquí, otro allá, llevando agua a las plantas que sufren, a los semilleros y a las flores en macetas. Pronto el jardín ha bebido copiosamente. ¡Qué fresco está entonces, cómo las plantas, marchitas por el calor, recuperan su vigor y se enderezan de nuevo, tan felices como siempre! Casi podrías creer que las oyes susurrándose y diciéndose lo contentas que estaban de ser regadas. ¡Ojalá pudiera seguir así! Pero, ¡bah! al día siguiente la tierra está seca otra vez y todo tiene que volver a empezar. ¿Qué ha sido del agua de la noche anterior? Se ha evaporado, se ha disuelto en el aire; y ahora quizás viaja lejos, a gran altura, hasta que, convertida en un retazo de nube, vuelve a caer en forma de lluvia. Cuando Jules se cansa de usar la bomba para regar las flores, ¿ha pensado alguna vez que el agua extraída del pozo y esparcida sobre la tierra, tarde o temprano se disipa en las inmensidades del aire para desempeñar su modesto papel en la formación de las nubes?

“Al regar mi jardín”, respondió Jules, “no creía que estuviera regando el aire más que cualquier otra cosa. Pero ahora lo veo: el aire es el gran bebedor. Del contenido de una regadera, las plantas toman quizás un puñado; el aire se bebe el resto. Y por eso tenemos que hacerlo todo de nuevo todos los días”.

“¿Y si expusieras un plato de agua al sol, qué pasaría finalmente con él?”

—Te lo voy a decir —se apresuró a responder Emile—. Poco a poco, el agua se convertiría en vapor invisible y no quedaría nada más que el plato.

Lo que ocurre a expensas de un plato de agua y de la humedad del suelo o del lino húmedo, ocurre también, a gran escala, en toda la superficie terrestre. El aire está en contacto con la tierra húmeda, con innumerables extensiones de agua, lagos, pantanos, arroyos, ríos, riachuelos, sobre todo con el mar, el inmenso mar, que presenta tres veces más superficie que la tierra firme. El gran bebedor, como lo llama Julio, el aire, debe, por lo tanto, beber hasta saciarse y en todas partes, y siempre contener humedad, a veces más, a veces menos, según el calor.

El aire que nos rodea ahora, ese aire invisible en el que el ojo no distingue nada, contiene sin embargo agua que puede hacerse visible. El método es muy sencillo: basta con enfriar un poco el aire. Al apretar una esponja húmeda con la mano, se hace que rezume agua. El frío actúa sobre el aire húmedo de forma muy similar a la presión de la mano sobre la esponja: hace que la humedad se destile en forma de diminutas gotas. Si Claire va al surtidor y llena una botella con agua muy fría, le mostraré este curioso experimento.

Claire fue a la cocina y regresó con una botella llena de agua lo más fría posible. Su tío la cogió, la limpió bien con el pañuelo para que no quedara rastro de humedad y la puso en un plato igualmente limpio.

Ahora la botella, al principio perfectamente transparente, se cubre de una especie de niebla que empaña su transparencia: entonces aparecen pequeñas gotas que resbalan por sus paredes y caen en el plato. Al cabo de un cuarto de hora, se había acumulado suficiente agua en el plato como para llenar un dedal.

“Las gotas de agua que ahora corren por el exterior de la botella”, explicó el tío Paul, “no provienen, es evidente, del interior, pues el vidrio no puede ser perforado por el agua. Provienen del aire circundante, que se enfría al tocar la botella y deja que su humedad se destile. Si la botella estuviera más fría, si estuviera llena de hielo, el depósito de gotas de líquido sería más abundante”.

“La botella me recuerda a algo parecido”, dijo Claire. “Cuando llenas un vaso perfectamente limpio con agua muy fría, el exterior se empaña inmediatamente y parece mal lavado”.

“Eso nuevamente es el aire circundante depositando su humedad en el lado frío del vidrio”.

“¿Es abundante esa humedad invisible contenida en el aire?”, preguntó Jules.

El vapor invisible del aire es siempre algo tan sutil, tan disperso, que se necesitarían enormes volúmenes para producir una pequeña cantidad de agua. Durante el calor del verano, cuando el aire contiene más vapor, se necesitan 60.000 litros de aire húmedo para producir un litro de agua.

“Eso es muy poco”, comentó Jules.

—Es mucho si se piensa en el inmenso volumen de la atmósfera —respondió su tío, y luego añadió:

El experimento de la botella nos enseña dos cosas: primero, siempre hay vapor invisible en el aire; segundo, este vapor se hace visible y, al enfriarse, se transforma en niebla, y luego en gotas de agua. Este retorno del vapor invisible a vapor visible o niebla, y luego al estado de agua, se llama condensación. El calor reduce el agua a vapor invisible, y el frío condensa este vapor, es decir, lo devuelve al estado líquido o, al menos, al estado de vapor visible o niebla. Hablaremos del resto esta noche.

________________________________________

CAPÍTULO XLIV

 

LLUVIA

Las explicaciones de esta mañana dan cuenta de la formación de nubes. Se produce una evaporación continua en la superficie de la tierra húmeda, así como en la de las diferentes láminas de agua: lagos, estanques, pantanos, arroyos y, sobre todo, el mar. Los vapores formados se elevan en el aire y permanecen invisibles mientras el calor sea suficiente. Pero como el calor disminuye a medida que aumenta la altura, llega un momento en que los vapores ya no pueden mantenerse completamente disueltos y se condensan en una masa de vapor visible, formando una niebla o nube.

Cuando, tras un frío intenso en las capas superiores de la atmósfera, la niebla alcanza cierto grado de condensación, se forman pequeñas gotas de agua que caen en forma de lluvia. Al principio muy pequeñas, aumentan de volumen al unirse con otras gotas similares. Su tamaño al llegar a nosotros es proporcional a la altura desde la que caen, pero nunca excede los límites adecuados para el papel que se le asigna a la lluvia. Si son demasiado grandes, las gotas caerían con fuerza sobre las plantas que deben regar, dejándolas muertas en el suelo. ¿Y qué sucedería si la condensación del vapor, en lugar de producirse gradualmente, fuera repentina? Ya no descenderían gotas de lluvia del cielo, sino densas columnas de agua que, al caer, desramarían los árboles, aplastarían las cosechas y derrumbarían los techos de nuestras casas. Pero, lejos de adoptar esta forma devastadora, la lluvia cae en gotas como si pasara por un tamiz colocado a propósito en su camino para dividirla y atenuar el impacto. En raras ocasiones, es cierto, la lluvia nos alcanza bajo condiciones tan extrañas. Un disfraz que aterroriza al ignorante. ¿Quién no se asustaría cuando llueve sangre o azufre?

—¿Qué dices, tío? —interrumpió Emile—. ¿Llueve sangre o azufre? Por mi parte, tendría un miedo terrible.

“Yo también”, dijo Claire.

“¿Es eso cierto?” preguntó Jules a su vez.

Cierto. Sabes bien que solo te cuento historias verdaderas. Hay lluvias de sangre y azufre, al menos en apariencia. Está comprobado que se han visto chaparrones cuyas gotas, dejadas en las paredes, los caminos, las hojas de los árboles y la ropa de los transeúntes, son manchas rojas como la sangre. En otras ocasiones, con la lluvia, ha caído del cielo un fino polvo de un hermoso amarillo, parecido al azufre. ¿De verdad llovió sangre, azufre? No. Esta supuesta lluvia de sangre o azufre, que causa alarmas absurdas, es lluvia común y corriente, teñida con diversos tipos de polvo que el viento levanta del suelo. En primavera, cuando en las regiones montañosas florecen inmensos bosques de abetos, cada soplo de viento arrastra nubes de un fino polvo amarillo contenido en las florecillas del abeto. Se puede ver un polvo similar en todas las flores, especialmente en el lirio.

“Es ese polvo que te mancha la nariz de amarillo cuando hueles un lirio demasiado cerca”, declaró Jules.

Exactamente. Se llama polen. Pues bien, al caer a distancia, a veces solo, a veces acompañado de lluvia, el polen recogido de los bosques por una ráfaga de viento provoca la llamada lluvia de azufre.

—Tu lluvia de sangre o azufre no da nada de miedo —comentó Claire.

Claro que no; y sin embargo, poblaciones enteras tienen el corazón paralizado de miedo ante la inofensiva caída de un remolino de polen o polvo rojo. Se creen azotados por plagas, precursoras del fin del mundo. La ignorancia es algo lamentable, queridos hijos, y el conocimiento es algo valioso, aunque solo sirviera para librarnos de terrores estúpidos.

—En el futuro —dijo Julio con firmeza—, puede llover azufre o sangre; si alguien tiene miedo, no seré yo.

También pueden caer del cielo, con o sin lluvia, diversas sustancias minerales, como arena, por ejemplo, tiza en polvo o polvo de los caminos. Incluso se mencionan lluvias de pequeños animales, orugas, insectos y sapos muy jóvenes. La maravilla de estas lluvias desaparece si se considera que una violenta ráfaga de viento puede arrastrar consigo todas las sustancias ligeras que encuentra a su paso y transportarlas a largas distancias antes de volver a caer.

En otras ocasiones, una lluvia de insectos se debe a algo más que al transporte eólico. Algunas especies de saltamontes, por ejemplo, se reúnen en inmensos enjambres para ir a otra región cuando les faltan los nutrientes. La banda emigrante vuela, como si respondiera a una señal, y atraviesa el aire en forma de una gran nube que intercepta la luz del día. La migración continúa durante días, tan numerosa es la multitud. Entonces, el enjambre voraz se posa, como una tormenta viviente, sobre la vegetación de alguna provincia lejana. En pocas horas, la hierba, las hojas de los árboles, el grano, las praderas... todo es ramoneado. El suelo, como devastado por el fuego, no tiene ni una brizna de hierba. A veces, los argelinos mueren de hambre. El saltamontes ha devorado sus cosechas.

Los volcanes causan lluvias de cenizas. Se denomina ceniza volcánica al polvo calcinado que los volcanes lanzan a gran altura al entrar en erupción. Estas sustancias en polvo forman enormes nubes que, durante el día, producen una oscuridad similar a la de las noches más oscuras, y que, al caer a mayor o menor distancia, asfixian a animales y plantas bajo sus lluvias de polvo.

________________________________________

CAPÍTULO XLV

 

VOLCANES

—Aún no es tarde, tío —dijo Julio—. Deberías contarnos sobre esas terribles montañas, esos volcanes de donde salen las lluvias de ceniza.

Al oír la palabra «volcán», Emile, que ya dormía, se frotó los ojos y se concentró por completo. Él también quería escuchar la gran historia. Como de costumbre, su tío cedió a sus súplicas.

Un volcán es una montaña que expulsa humo, polvo calcinado, piedras al rojo vivo y materia fundida llamada lava. La cima está excavada en una gran cavidad con forma de embudo, a veces de varias leguas de circunferencia. Esto es lo que llamamos cráter. El fondo del cráter se comunica con un tortuoso conducto o chimenea, demasiado profundo para calcularlo. Los principales volcanes de Europa son: el Vesubio, cerca de Nápoles; el Etna en Sicilia; y el Hecla en Islandia. La mayor parte del tiempo, un volcán está en reposo o expulsando una simple columna de humo; pero de vez en cuando, con intervalos que pueden ser muy largos, la montaña retumba, tiembla y vomita torrentes de sustancias ígneas. Entonces se dice que está en erupción. Para darles una idea general de los fenómenos más notables que acompañan a una erupción volcánica, elegiré el Vesubio, el más conocido de los volcanes europeos.

Una erupción suele anunciarse con antelación mediante una columna de humo que llena el orificio del cráter y se eleva verticalmente, cuando el aire está en calma, hasta alcanzar casi una milla de altura. A esta altura, se extiende formando una especie de manto que intercepta los rayos del sol. Algunos días antes de la erupción, la columna de humo desciende sobre el volcán, cubriéndolo con una gran nube negra. Entonces, la tierra comienza a temblar alrededor del Vesubio; se oyen detonaciones retumbantes bajo tierra, cada vez más fuertes a cada momento, que pronto superan en intensidad a los truenos más violentos. Uno pensaría oír los cañonazos de una numerosa artillería detonando incesantemente en las laderas de la montaña.

De repente, una ráfaga de fuego brota del cráter hasta alcanzar una altura de 2000 o 3000 metros. La nube que flota sobre el volcán se ilumina con el rojo fuego; el cielo parece enardecerse. Millones de chispas se lanzan como relámpagos hacia la cima de la ráfaga llameante, describen grandes arcos, dejando a su paso estelas deslumbrantes, y caen en una lluvia de fuego sobre las laderas del volcán. Estas chispas, tan pequeñas desde la distancia, son masas incandescentes de piedra, a veces de varios metros de tamaño, y con un impulso suficiente para aplastar los edificios más sólidos en su caída. ¿Qué máquina artesanal podría lanzar tales masas de roca a tales alturas? Lo que todos nuestros esfuerzos unidos no pudieron hacer ni una sola vez, el volcán lo hace una y otra vez, como si estuviera jugando. Durante semanas y meses enteros, estos bloques rojos son arrojados por el Vesubio, en cantidades como las chispas de un espectáculo de fuegos artificiales.

—Es terrible y hermoso a la vez —dijo Jules—. ¡Ay! ¡Cómo me gustaría ver una erupción, pero a lo lejos, claro!

“¿Y la gente que está en la montaña?” preguntó Emilio.

“Tenían cuidado de no subir a la montaña en ese momento; podrían perder la vida, asfixiados por el humo o aplastados por la lluvia de piedras al rojo vivo.

Mientras tanto, desde las profundidades de la montaña, a través de la chimenea volcánica, asciende un flujo de sustancia mineral fundida, o lava, que se vierte en el cráter y forma un lago de fuego tan deslumbrante como el sol. Los espectadores que, desde la llanura, siguen con ansiedad el progreso de la erupción, son advertidos de la llegada de la inundación de lava por la brillante iluminación que proyecta sobre las columnas de humo que flotan en la atmósfera superior. Pero el cráter está lleno; entonces, el suelo tiembla repentinamente, se abre con un estruendo de trueno, y a través de las grietas, así como sobre los bordes del cráter, la lava fluye en corrientes. La corriente ardiente, formada por una materia deslumbrante y pastosa similar al metal fundido, avanza lentamente; el frente de la corriente de lava se asemeja a una muralla móvil en llamas. Uno puede huir ante ella, pero todo lo inmóvil se pierde. Los árboles arden un instante al contacto con la lava y se hunden, reducidos a carbón; las paredes más gruesas se calcinan y se derrumban; Las rocas más duras están vitrificadas, fundidas.

El flujo de lava termina, tarde o temprano. Entonces, los vapores subterráneos, liberados de la enorme presión de la masa fluida, escapan con más violencia que nunca, arrastrando consigo remolinos de polvo fino que flota en siniestras nubes y se hunde en la llanura vecina, o incluso es transportado por los vientos a cientos de leguas de distancia. Finalmente, la terrible montaña se calma y la paz se restablece por tiempo indefinido.

Si hay pueblos cerca de los volcanes, ¿no podrían alcanzarlos esas corrientes de fuego? ¿No podrían esas nubes de ceniza enterrarlos? —preguntó Jules.

Desafortunadamente, todo eso es posible y ya ha sucedido. Te lo contaré mañana, porque ya es hora de acostarse.

________________________________________

CAPÍTULO XLVI

 

CATANIA

—AYER —continuó el tío Paul—, Jules me preguntó si las corrientes de lava podían llegar a los pueblos cercanos a los volcanes. La siguiente historia responderá a su pregunta. Se trata de una erupción del Etna.

“¿El Etna es ese volcán de Sicilia donde está el gran castaño de cien caballos?”, preguntó Claire.

Sí. Debo decirles que hace doscientos años se produjo en Sicilia una de las erupciones más terribles registradas. Durante la noche, tras una furiosa tormenta, la tierra comenzó a temblar con tanta violencia que muchas casas se derrumbaron. Los árboles se mecieron como juncos sacudidos por el viento; la gente, que huía distraída hacia el campo para evitar ser aplastada por las ruinas de sus edificios, perdió pie en el suelo tembloroso, tropezó y cayó. En ese momento, el Etna estalló en una fisura de cuatro leguas de largo, y a lo largo de esta fisura se alzaron varias bocas volcánicas, vomitando, entre el estruendo de espantosas detonaciones, nubes de humo negro y arena calcinada. Pronto, siete de estas bocas se unieron en un abismo que durante cuatro meses no cesó de tronar, brillar y arrojar cenizas y lava. El cráter del Etna, al principio en reposo absoluto, como si sus hornos no tuvieran relación con las nuevas bocas volcánicas, despertó pocos días después y alcanzó una altura prodigiosa. Una columna de llamas y humo; entonces, toda la montaña se estremeció, y todas las crestas que dominaban su cráter se desplomaron en las profundidades del volcán. Al día siguiente, cuatro montañeros se atrevieron a subir a la cima del Etna. Encontraron el cráter muy agrandado por el derrumbe del día anterior: su orificio, que antes medía una legua, ahora medía dos.

Mientras tanto, torrentes de lava brotaban de todas las grietas de la montaña y descendían sobre la llanura, destruyendo casas, bosques y cultivos. A unas leguas del volcán, en la costa, se encuentra Catania, una gran ciudad rodeada entonces por fuertes murallas. El fuego líquido ya había devorado varias aldeas, cuando la corriente llegó a las murallas de Catania y se extendió por el país. Allí, como para mostrar su fuerza a los aterrorizados cataneses, arrancó una colina y la transportó cierta distancia; levantó en una sola masa un campo plantado de viñas y lo dejó flotar un tiempo, hasta que el verdor se redujo a carbón y desapareció. Finalmente, la corriente ardiente alcanzó un valle ancho y profundo. Los cataneses se creyeron salvados: sin duda, el volcán agotaría su fuerza para cuando cubriera la vasta cuenca en la que la lava acababa de penetrar. ¡Pero qué error de juicio! En el breve espacio de seis horas, el valle se llenó, y la lava, desbordándose, avanzó directamente hacia la ciudad en un arroyo de media legua de ancho y diez metros de alto. Habría sido un desastre total en Catania si, por pura fortuna, otra corriente, cuya dirección se cruzó con la primera, no hubiera llegado y chocado contra la fiera inundación, desviándola de su curso. La corriente, así desviada, bordeó las murallas de la ciudad a tiro de pistola y giró hacia el mar.

—Tenía mucho miedo por esos pobres cataneses —intervino Emilio—, cuando hablabas de ese muro de fuego, alto como una casa, que se dirigía directamente hacia la ciudad.

“Aún no ha terminado todo”, continuó su tío. “El arroyo, te dije, se dirigía hacia el mar. Se desató, entonces, una formidable batalla entre el agua y el fuego. La lava presentó un frente perpendicular de 1500 metros de extensión y una docena de metros de altura. Al contacto de esa pared ardiente, que seguía hundiéndose cada vez más en las olas, enormes masas de vapor se elevaron con horribles silbidos, oscurecieron el cielo con sus densas nubes y cayeron como una lluvia salada sobre toda la región. En pocos días, la lava había hecho retroceder los límites de la orilla trescientos metros.

A pesar de ello, Catania seguía amenazada. El arroyo, con nuevos afluentes, crecía día a día y se acercaba a la ciudad. Desde lo alto de las murallas, los habitantes seguían aterrorizados el implacable avance del azote. La lava finalmente llegó a las murallas. La inundación ardiente ascendía lenta pero incesantemente; hora tras hora se comprobaba que subía un poco más. Tocó la parte superior de las murallas, tras lo cual, cediendo a la presión, estas se derrumbaron a lo largo de cuarenta metros, y la corriente de fuego penetró en la ciudad.

—¡Dios mío! —exclamó Claire—. ¿Esa pobre gente está perdida?

No, no la gente, pues la lava fluye muy lentamente debido a su naturaleza pegajosa, y uno puede ser advertido a tiempo; era la propia ciudad la que corría el mayor riesgo. Los barrios invadidos por la lava eran los más altos; desde allí, la corriente podía extenderse por todas partes. Así, Catania parecía destinada a la destrucción total, cuando fue salvada por la valentía de algunos hombres que intentaron combatir el volcán. Se les ocurrió construir muros de piedra que, colocados a través del curso de la corriente que se aproximaba, cambiarían su dirección. Este recurso tuvo un éxito parcial, pero el siguiente fue el más eficaz. Las corrientes de lava se envuelven en una especie de vaina sólida, se entierran en un canal formado por bloques coagulados y soldados. Bajo esta cubierta, la materia fundida conserva su fluidez y continúa su curso devastador. Pensaron, entonces, que rompiendo estos diques naturales en un lugar bien elegido, abrirían a la lava una nueva ruta a través del campo y así la desviarían de la ciudad. Seguidos por un centenar de hombres alerta y vigorosos, atacaron el arroyo, no lejos Desde el volcán, a golpes de barras de hierro. El calor era tan intenso que cada trabajador solo pudo dar dos o tres golpes seguidos, tras lo cual se retiraba para recuperar el aliento. Sin embargo, lograron abrir una brecha en la sólida vaina, cuando, como habían previsto, la lava fluyó por ella. Catania se salvó, no sin grandes pérdidas, pues la inundación de lava ya había consumido, dentro de las murallas de la ciudad, trescientas casas, algunos palacios e iglesias. Fuera de Catania, esta erupción, tan tristemente célebre, cubrió de cinco a seis leguas cuadradas con un lecho de lava de trece metros de espesor en algunos puntos, y destruyó las viviendas de veintisiete mil personas.

«Sin aquellos valientes que no dudaron, a riesgo de ser quemados vivos, en ir a abrir un nuevo paso para la corriente de fuego, Catania se habría perdido sin duda», comentó Julio.

Catania habría sido arrasada, sin duda. Hoy, sus ruinas calcinadas quedarían sepultadas bajo un lecho de lava fría, y no quedaría nada más que el nombre de la gran ciudad desaparecida. Tres o cuatro hombres valientes reaniman el coraje de la aterrorizada población; esperan que el cielo los ayude en su devoción y, dispuestos a sacrificar sus vidas, evitan el terrible desastre. ¡Ah! Que Dios te conceda la gracia, querida hija, de imitarlos en tiempos de peligro; porque, verás, si el hombre es grande por su inteligencia, lo es aún más por su corazón. En mi vejez, cuando oiga hablar de ti, me alegrará más el bien que hayas hecho que el conocimiento que hayas adquirido. El conocimiento, mi pequeño amigo, es solo un medio mejor para ayudar a los demás. Recuérdalo bien, y cuando seas hombre, compórtate ante el peligro como lo hicieron los de Catania. Te lo pido a cambio de mi amor y mis historias.

Jules se secó furtivamente una lágrima. Su tío percibió que había sembrado su palabra en buena tierra.

________________________________________

CAPÍTULO XLVII

 

LA HISTORIA DE PLINIO

Para enseñarles lo que pueden hacer las cenizas que levanta un volcán, les contaré una historia muy antigua, tal como nos la transmitió un célebre escritor de aquellos tiempos. Este escritor se llama Plinio. Escribió en latín, la gran lengua de aquellos tiempos.

Corría el año 79 de nuestra era. Los contemporáneos de nuestro Salvador aún vivían. El Vesubio era entonces una montaña apacible. No terminaba, como hoy, en un cono humeante, sino en una meseta ligeramente cóncava, los restos de un antiguo cráter rellenado donde crecían hierbas ralas y vides silvestres. Cultivos muy fértiles cubrían sus laderas; dos ciudades populosas, Herculano y Pompeya, se extendían en su base.

El viejo volcán, que parecía eternamente extinguido, y cuyas últimas erupciones se remontaban a tiempos inmemoriales, despertó repentinamente y comenzó a humear. El 23 de agosto, alrededor de la una de la tarde, se avistó una nube extraordinaria, a veces blanca, a veces negra, suspendida sobre el Vesubio. Impulsada violentamente por alguna fuerza subterránea, primero se elevó verticalmente en forma de tronco de árbol; luego, tras alcanzar gran altura, se hundió por su propio peso y se extendió sobre una amplia zona.

Había entonces en Messina, un puerto marítimo no lejos del Vesubio, un tío del autor que nos ha transmitido estas cosas. Se llamaba Plinio, como su sobrino. Comandaba la flota romana estacionada en este puerto. Era un hombre de gran coraje, que jamás se retiraba ante ningún peligro si podía adquirir nuevos conocimientos o prestar ayuda a otros. Sorprendido por la singular nube que se cernía sobre el Vesubio, Plinio partió inmediatamente con su flota para socorrer a las ciudades costeras amenazadas y observar la terrible nube desde un punto más cercano. La gente al pie del Vesubio huía a toda prisa, despavorida. Se dirigió al lado donde todos huían y donde el peligro parecía mayor.

—¡Genial! —exclamó Julio—. El coraje te llega cuando estás con quienes no tienen miedo. Admiro a Plinio por correr al volcán para descubrir el peligro. Me hubiera gustado estar allí.

¡Ay! Pobrecita mía, no te habría parecido un paseo. Brasas ardientes mezcladas con piedras calcinadas caían sobre las naves; el mar, furioso, se levantaba de su lecho; la orilla, cubierta de escombros de la montaña, se volvía inaccesible. No quedaba más remedio que retirarse. La flota llegó a tierra en Estabia, donde el peligro, aún lejano, pero cada vez más cercano, ya había causado consternación. Mientras tanto, desde varios puntos del Vesubio brotaron grandes llamas, cuyo aterrador resplandor se hacía aún más aterrador por la oscuridad causada por la nube de brasas. Para tranquilizar a sus compañeros, Plinio les dijo que estas llamas provenían de unas aldeas abandonadas, incendiadas.

«Se lo dijo para darles valor», conjeturó Jules, «pero él mismo sabía muy bien la verdad del asunto».

Lo sabía bien, sabía que el peligro era grande; sin embargo, vencido por la fatiga, cayó en un sueño profundo. Mientras dormía, la nube llegó a Estabia. Poco a poco, el patio que conducía a su apartamento se llenó de cenizas, de modo que en poco tiempo no habría podido salir. Lo despertaron para evitar que lo enterraran vivo y para deliberar sobre qué hacer. Las casas, sacudidas por continuos temblores, parecían arrancadas de sus cimientos; se balanceaban de un lado a otro. Muchas cayeron. Se decidió hacerse a la mar de nuevo. Caía una lluvia de piedras, pequeñas, es cierto, y calcinadas por el fuego. Para protegerse, los hombres se cubrieron la cabeza con almohadas y, atravesando la más terrible oscuridad, apenas aliviados por la luz de las antorchas que llevaban, se dirigieron hacia la orilla. Allí, Plinio se sentó en el suelo un momento a descansar, cuando violentas llamas, acompañadas de un fuerte olor a azufre, hicieron huir a todos. Se levantó y entonces, al instante Cayó muerto. Las emanaciones, las cenizas y el humo del volcán lo habían asfixiado.

¡Pobre Plinio! ¡Morir asfixiado por la horrible montaña, y él tan valiente! —se lamentó Julio.

Mientras el tío agonizaba en Estabia, el sobrino, que se quedó en Mesina con su madre, fue testigo de lo que nos relata. «La noche después de la partida de mi tío», nos cuenta, «la tierra empezó a temblar violentamente. Mi madre, alarmada, se apresuró a despertarme. Me encontró levantándome para ir a despertarla. Como la casa amenazaba con derrumbarse, nos sentamos en el patio, no lejos del mar. Con la despreocupación propia de la juventud —yo tenía dieciocho años entonces—, empecé a leer. Un amigo de mi tío se acercó. Al vernos a mi madre y a mí sentados, y a mí con un libro en la mano, nos reprochó nuestra confianza y nos instó a velar por nuestra seguridad. Aunque eran las siete de la mañana, apenas podíamos ver, pues el aire estaba tan oscuro. A veces, los edificios se sacudían tanto que su caída era inminente en cualquier momento. Seguimos el ejemplo de los demás y abandonamos el pueblo. Nos detuvimos a cierta distancia, en el campo. Los carros... Los barcos que fueron arrastrados se mecían continuamente con el temblor de la tierra. Incluso con las ruedas bloqueadas con piedras, apenas podían mantenerse en su lugar. El mar retrocedió sobre sí mismo: impulsado desde la orilla por las sacudidas del terremoto, se retiró de la playa y dejó una multitud de peces secos en la arena. Una horrible nube negra vino hacia nosotros. En sus flancos había serpenteantes líneas de fuego como inmensos relámpagos. Pronto la nube descendió, cubriendo la tierra y el mar. Entonces mi madre me suplicó que huyera con toda la velocidad de mi juventud y que no me expusiera a una muerte inminente adaptando mi paso al suyo, agobiada como estaba por los años. Moriría contenta si supiera que estoy a salvo.

—¿Y Plinio abandonó a su anciana madre para poder irse más rápido? —preguntó Julio.

No, hija mía, él hizo lo que todos ustedes habrían hecho. Se quedó, sosteniéndola y animándola, decidido a salvarse con ella o morir con ella.

—¡Bien! —exclamó Jules—. El sobrino era digno de su tío. ¿Y luego qué pasó?

Entonces fue espantoso. Empezaron a caer cenizas; descendió una oscuridad tan intensa que no se veía nada. Hubo confusión general, clamores y gemidos. Aterrorizada, la gente huyó al azar, derribando y pisoteando a quienes se interponían en su camino. La mayoría estaba convencida de que esa noche era la última, la noche eterna que se tragaría el mundo. Las madres buscaban a tientas a sus hijos, perdidos entre la multitud o quizás aplastados bajo los pies de los fugitivos; los llamaban con gritos lastimeros para que los abrazaran una vez más y luego murieran. Plinio y su anciana madre se habían sentado apartados de la multitud. De vez en cuando se veían obligados a levantarse y sacudirse las cenizas que pronto los habrían sepultado. Finalmente, la nube se dispersó y reapareció la luz del día. La tierra estaba irreconocible; todo había desaparecido bajo un espeso manto de polvo calcinado.

“¿Y las casas estaban enterradas bajo las cenizas?”, preguntó Emilio.

Al pie de la montaña, el polvo que levantaba el volcán era más profundo que la altura de las casas más altas, y pueblos enteros habían desaparecido bajo el enorme manto de cenizas. Entre ellos estaban Herculano y Pompeya. El volcán los enterró vivos.

“¿Con los habitantes?” preguntó Jules.

Con un número reducido, pues la mayoría, como Plinio y su madre, tuvieron tiempo de huir a Mesina. Hoy, tras dieciocho siglos sepultados, Herculano y Pompeya son exhumadas por el pico del minero, tal como lo fueron al ser alcanzadas por la nube de cenizas volcánicas. Viñedos las cubren donde aún no han sido desbrozadas.

«¡Esos viñedos son los tejados de las casas!», dijo Emilio.

Más alto que los tejados de las casas. El viajero que visita los barrios aún no descubiertos, pero accesibles mediante pozos excavados para tal fin, desciende a gran profundidad.

________________________________________

CAPÍTULO XLVIII

 

LA OLLA HIRVIENDO

Mientras su tío terminaba de hablar, llegó el cartero con una carta. Un amigo le aconsejó al tío Paul que fuera a la ciudad por un asunto urgente, y él quería aprovechar la ocasión para que sus sobrinos se divirtieran con un pequeño viaje. Hizo que Jules y Emile se pusieran sus trajes de domingo y se dispusieron a esperar el tren en la estación vecina. En la estación, el tío Paul se acercó a una reja tras la cual había un hombre muy ocupado, y a través de una ventanilla le entregó dinero. A cambio, el hombre ocupado le dio tres cartones. El tío Paul se los entregó a un hombre que custodiaba la entrada de una habitación. El hombre los miró y los dejó entrar.

Allí están, en lo que llaman la sala de espera. Emile y Jules abren los ojos de par en par y no dicen nada. Pronto oyen el silbido del vapor. Llega el tren. A la cabeza va la locomotora, que aminora la marcha para detenerse un instante. Por la ventana de la sala de espera, Jules ve pasar a la gente. Algo le preocupa: intenta comprender cómo se mueve la pesada máquina, qué hace girar sus ruedas, que parecen impulsadas por una barra de hierro.

Suben al vagón, el vapor silba, el tren arranca y parten. Al cabo de un momento, cuando ya habían alcanzado la velocidad máxima: «Tío Paul», dijo Emile, «¡mira cómo corren, bailan y dan vueltas los árboles!». Su tío le hizo señas para que guardara silencio. Tenía dos razones: primero, Emile acababa de hacer una tontería y, segundo, su tío no quiso darse cuenta de la autotraición del aturdido en público.

Además, el tío Paul no es muy comunicativo cuando viaja; prefiere mantener una reserva discreta y guardar silencio. Hay personas a las que nunca has visto, y que quizás nunca vuelvas a ver, que enseguida se familiarizan con sus compañeros de viaje. En lugar de callarse, hablan solos. Al tío Paul no le gustan esas personas; las considera débiles de mente.

Al anochecer, los tres viajeros habían regresado, muy satisfechos con su viaje. El tío Paul había concluido favorablemente sus asuntos en la ciudad. Emile y Jules regresaron con una idea cada uno. Tras deleitarse con la excelente cena que la madre Ambroisine había preparado a propósito para cerrar las vacaciones con un pequeño capricho, Jules fue el primero en compartir su idea con su tío.

“De todo lo que vi hoy”, comenzó, “lo que más me impresionó fue la locomotora que va delante del tren, la que arrastra la larga hilera de vagones. ¿Cómo la hacen moverse? La observé bien, pero no pude averiguarlo. Parece que se mueve sola, como una gran bestia al galope.”

—No se mueve solo —respondió su tío—; es el vapor el que lo pone en movimiento. Aprendamos, pues, primero qué es el vapor y cuál es su poder.

Cuando se pone agua al fuego, primero se calienta, luego empieza a hervir, desprendiendo vapor que se disipa en el aire. Si la ebullición continúa un tiempo, termina sin que quede nada en la olla; toda el agua ha desaparecido.

—Eso fue lo que le pasó a la madre Ambroisine anteayer —intervino Emile—. Estaba cociendo unas patatas y, como no había mirado la olla durante un rato, las encontró sin una gota de agua, medio quemadas. Tuvo que empezar de cero. La madre Ambroisine no estaba contenta.

—Con el calor —continuó el tío Paul—, el agua se vuelve invisible, intangible, tan sutil como el aire. Eso es lo que se llama vapor.

“Nos dijiste que la humedad del aire, causante de la niebla y las nubes, también es vapor”. Esto de Claire.

Sí, eso es vapor, pero vapor formado únicamente por el calor del sol. Ahora bien, debes saber que cuanto más intenso es el calor, más abundante es el vapor. Si pones una olla llena de agua al fuego, el calor abrasador de la rejilla libera una cantidad de vapor incomparablemente mayor que la que podría producir un sol de verano. Mientras escape libremente de la olla, el vapor así formado no tiene nada de especial; así que tu atención nunca se ha visto atraída por los vapores de una olla hirviendo. Pero si la olla está tapada, bien tapada, para no dejar la más mínima abertura, entonces el vapor, que tiende a expandirse hasta alcanzar un volumen enorme, se esfuerza por salir de su prisión; empuja y arremete en todas direcciones para eliminar los obstáculos que se oponen a su expansión. Por muy sólida que sea, la olla termina por estallar bajo el empuje indomable del vapor aprisionado. Eso es lo que voy a mostrarte con una botellita, y no con una olla, que no cerraría bien y cuya tapa podría ser fácilmente arrancada por el vapor. Y además, “Aunque tuviera una olla adecuada, tendría cuidado de no usarla, porque podría volar la casa por los aires y matarnos a todos”.

El tío Paul tomó un frasco de vidrio, le echó un dedo de agua, lo tapó herméticamente con un corcho y luego lo ató con un alambre. El frasco así preparado se colocó sobre las cenizas, frente al fuego. Luego, tomó a Emile, Jules y Claire y los llevó rápidamente al jardín para que vieran de lejos qué ocurriría, sin temor a que la explosión los lastimara. Esperaron unos minutos, y ¡ bum! Subieron corriendo y encontraron el frasco roto en mil pedazos, esparcidos por todas partes con extrema violencia.

La causa de la explosión y el estallido de la botella fue el vapor, que, al no tener escapatoria, se acumuló y ejerció contra las paredes de su prisión una presión cada vez mayor a medida que subía la temperatura. Llegó entonces un momento en que el frasco ya no pudo resistir la presión del vapor y estalló en pedazos. Llaman fuerza elástica a la presión ejercida por el vapor sobre el interior de las ollas que lo mantienen prisionero. A mayor calor, mayor presión. Con suficiente calor, puede adquirir una fuerza irresistible, capaz de reventar no solo una botella de vidrio, sino también las ollas más gruesas y sólidas de hierro, bronce o cualquier otro material muy resistente. ¿Es necesario decir que en esas condiciones la explosión es aterradora? Los fragmentos del frasco salen despedidos con una violencia comparable a la de una bala de cañón o una bomba al estallar. Todo lo que se interpone en el camino se rompe o se derrumba. La pólvora no produce resultados más asombrosos. Lo que acabo de mostrarles con el frasco de vidrio tampoco está exento de peligro. Pueden quedar ciegos con este peligroso experimento, que conviene observar con la debida precaución. Precauciones, pero que sería imprudente que repitieras. Les prohíbo a todos, entiéndanlo, calentar agua en un frasco cerrado; es un juego que podría costarles la vista. Si me desobedecen en este punto, adiós a los cuentos; no los entretendré más.

—No tengas miedo, tío —se apresuró a intervenir Jules—. Tendremos cuidado de no repetir el experimento; es demasiado peligroso.

Ahora ya saben qué impulsa a la locomotora y a muchas otras máquinas. En una caldera potente, herméticamente cerrada, se forma vapor por la acción de un horno caliente. Este vapor, de enorme potencia, se esfuerza al máximo por escapar. Presiona sobre una pieza colocada a tal efecto, a la que persigue. De ahí se produce un movimiento que lo pone todo en marcha, como verán en el caso de la locomotora. Para concluir, recordemos que en toda máquina de vapor lo esencial, el generador de la fuerza, es una caldera, un recipiente cerrado que hierve.

________________________________________

CAPÍTULO XLIX

 

LA LOCOMOTORA

El tío Pablo mostró a sus sobrinos la siguiente imagen y se la explicó.

 

Una locomotora antigua

Esta imagen representa una locomotora. La caldera donde se genera el vapor, en resumen, el crisol, constituye la mayor parte de ella. Es el gran cilindro que va de un extremo a otro, sostenido por seis ruedas. Está construido con placas de hierro macizo, perfectamente unidas mediante grandes remaches. Delante, la caldera termina en una chimenea; detrás, en un horno, cuya puerta se representa abierta. Un hombre, llamado fogonero, se ocupa constantemente de llenar el horno con carbón vegetal, que vierte a paladas; pues debe mantener un fuego muy caliente para calentar el volumen de agua contenido en la caldera y obtener suficiente vapor. Con una barra de hierro, atiza el fuego, lo prepara y lo hace arder rápidamente. Eso no es todo: se realizan hábiles preparativos para aprovechar el calor y calentar el agua rápidamente. Del extremo del horno parten numerosos tubos de cobre que atraviesan el agua de un extremo a otro de la caldera y terminan en la chimenea. Verán algunos en B, donde la imagen... Supone retirar una parte de la carcasa para mostrar el interior. La llama del horno circula por estos tubos, rodeados de agua. De esta manera, el fuego circula por el centro del agua, obteniendo así vapor rápidamente.

 

Una locomotora moderna

Ahora observe la parte delantera de la locomotora. En A se ve un cilindro corto, herméticamente cerrado, pero representado en la imagen con una parte del exterior retirada para mostrar su interior. Hay dos de estos cilindros, uno a la derecha y el otro a la izquierda de la locomotora. Dentro del cilindro hay un tapón de hierro llamado pistón. El vapor de la caldera entra en el cilindro alternativamente por delante y por detrás del pistón. Cuando el vapor entra por delante, lo que está detrás escapa libremente al aire por un orificio que se abre automáticamente en el momento oportuno. Este vapor que escapa deja de presionar el pistón, ya que encuentra su prisión abierta y puede salir. No intentamos forzar las puertas cuando otras salidas están abiertas. Así actúa el vapor: en el instante en que puede escapar libremente, deja de empujar. El vapor que entra, por el contrario, se encuentra aprisionado. Empuja el pistón, por lo tanto, con toda su fuerza y lo impulsa hacia el otro extremo del cilindro. Pero entonces los papeles cambian inmediatamente. El vapor que hasta ahora ha sido “al empujar, se escapa al aire y deja de actuar, mientras que por el otro lado un chorro de vapor entra desde la caldera y comienza a empujar en dirección contraria”.

—Déjame repetirlo —dijo Jules—, para ver si lo he entendido bien. El vapor sale de la caldera, donde se forma incesantemente. Entra en el cilindro, por delante y por detrás del pistón, por turnos. Cuando llega al frente, el vapor de atrás escapa al aire y ya no empuja; cuando llega a la parte trasera, el vapor de adelante escapa. El pistón, empujado primero en un sentido y luego en el otro, alternativamente, debe avanzar y retroceder, ir y venir, dentro del cilindro. ¿Y entonces?

El pistón tiene la forma de una varilla de hierro macizo que entra en el cilindro a través de un orificio perforado en el centro de uno de los extremos, con el tamaño justo para permitir el paso de la varilla sin dejar escapar el vapor. Esta varilla está unida a otra pieza de hierro llamada manivela, y esta, finalmente, está unida a la rueda contigua. En la imagen se aprecian claramente todos estos elementos. El pistón, al avanzar y retroceder alternativamente en el cilindro, empuja la manivela hacia adelante y hacia atrás, y esta hace girar la rueda principal. Al otro lado de la locomotora, ocurre lo mismo mediante un segundo cilindro. Entonces, las dos ruedas principales giran simultáneamente y la locomotora avanza.

"No es tan difícil como pensaba", comentó Jules. "El vapor empuja el pistón, el pistón empuja la manivela, la manivela empuja la rueda, y el motor se mueve".

Tras actuar sobre el pistón, el vapor entra en la misma chimenea por la que sale el humo. Así, se puede ver que esta chimenea a veces expulsa bocanadas blancas, a veces negras. Estas últimas son humo que sale del horno a través de los tubos que atraviesan el agua; las demás provienen del vapor que sale de los cilindros tras cada carrera del pistón. Estas bocanadas blancas, al precipitarse violentamente del cilindro a la chimenea tras actuar sobre el pistón, producen el ruido del motor al moverse.

—Ya lo sé: ¡puf! ¡puf! ¡puf! —exclamó Emile.

La locomotora lleva consigo un suministro de carbón para alimentar el fuego y un suministro de agua para renovar el contenido de la caldera tan rápido como lo requiera la evaporación. Estos suministros se transportan en el ténder; es decir, en el vehículo que va inmediatamente detrás de la locomotora. En el ténder van el fogonero, que atiende el horno, y el maquinista, que controla el paso del vapor a los cilindros.

“¿El hombre de la foto es el ingeniero?” preguntó Emile.

Él es el maquinista. Mantiene la mano sobre el acelerador, lo que permite que el vapor de la caldera entre en los cilindros en mayor o menor cantidad, según la velocidad deseada. Con un movimiento del acelerador, se corta el vapor de los cilindros y la locomotora se detiene; con otro movimiento, se admite el vapor y la locomotora avanza, lenta o rápidamente, a voluntad.

La potencia de una locomotora es sin duda considerable; sin embargo, si es capaz de arrastrar a gran velocidad un largo tren de vagones, todos ellos muy cargados, esto se debe, sobre todo, a la preparación de la vía por la que circula. Unas robustas barras de hierro, llamadas rieles, están fijadas sólidamente a la vía, a lo largo de toda su longitud, en dos líneas paralelas, sobre las que todas las ruedas del tren ruedan sin salirse nunca. Una ligera brida con la que están provistas las ruedas evita que el tren se descarrile.

Al no tener la vía férrea los inconvenientes de otras, es decir, los surcos, las piedras y los desniveles que impiden el avance de los carruajes y causan un gran desperdicio de energía, se aprovecha toda la tracción de la locomotora, con resultados admirables. Una locomotora de pasajeros arrastra un tren de hasta 150.000 kilogramos a una velocidad de doce leguas por hora. Una locomotora de mercancías arrastra un peso total de 650.000 kilogramos a unas siete leguas por hora. Se necesitarían más de 1.300 caballos para reemplazar la primera locomotora y más de 2.000 para reemplazar la segunda, si se emplearan para transportar cargas similares a la misma velocidad y a las mismas distancias con la ayuda de vagones sobre raíles. ¡Cuántos caballos se necesitarían con vagones que circulan por carreteras comunes, con todos los desniveles que causan una pérdida de energía tan grande!

Y ahora, mis queridos amigos, piensen en las miles de locomotoras que circulan a diario por todo el mundo, acortando distancias, por así decirlo, y uniendo a las naciones más distantes; piensen en la enorme cantidad de máquinas de todo tipo, impulsadas por vapor, que trabajan incesantemente para el hombre; piensen en cómo el motor que mueve un buque de guerra a veces representa la fuerza combinada de 42.000 caballos; piensen en todo esto y vean el inconcebible desarrollo de poder que el genio humano ha logrado con unas pocas paladas de carbón ardiendo bajo una olla de agua.

"¿Quién inventó el vapor?", preguntó Jules. "Me gustaría recordar su nombre".

El uso del vapor como fuerza mecánica fue propuesto hace casi doscientos años por una de las glorias de Francia, el desafortunado Denis Papin, quien, tras dar la primera idea de la máquina de vapor, fuente de riquezas incalculables, languideció en un país extranjero, asolado por la pobreza y la desolación. Para hacer realidad su fructífera idea, que consistía en centuplicar la fuerza motriz del hombre, apenas pudo encontrar una mísera media corona.



CAPÍTULO L

 

OBSERVACIÓN DE EMILE

Le llegó el turno a EMILE de contar lo que había visto.

“Cuando me hiciste señas para que guardara silencio”, dijo, “me pareció que los árboles caminaban. Los que estaban a lo largo de la vía férrea iban muy rápido; más lejos, los grandes álamos, alineados en largas hileras, se movían con las cabezas como despidiéndose de nosotros. Los campos daban la vuelta, las casas desaparecían. Pero al mirar más de cerca, pronto vi que nos movíamos y todo lo demás permanecía inmóvil. ¡Qué extraño! Se ve correr algo que en realidad no se mueve en absoluto.”

“Cuando estamos cómodamente sentados en el vagón”, respondió su tío, “sin ningún esfuerzo por nuestra parte para avanzar, ¿cómo podemos juzgar nuestro movimiento sino por la posición que ocupamos en relación con los objetos que nos rodean? Nos damos cuenta de nuestro camino por el cambio continuo de los objetos a la vista, y no por ninguna sensación de fatiga, ya que no movemos las piernas. Pero los objetos y las personas más cercanos a nosotros y siempre ante nuestros ojos, nuestros compañeros de viaje y el mobiliario del vagón, permanecen para nosotros en la misma posición. El vecino de la izquierda siempre está a la izquierda, el de delante siempre está delante. Esta aparente inmovilidad de todo en el vagón nos hace perder la conciencia de nuestro propio movimiento; entonces nos creemos inmóviles y creemos ver objetos exteriores volando en dirección opuesta, que siempre cambian a medida que los miramos. Si el tren se detiene, inmediatamente los árboles y las casas dejan de moverse, porque ya no tenemos un punto de vista cambiante. Un simple carruaje tirado por caballos, un bote arrastrado por la corriente, se prestan a esta misma curiosa ilusión. Cada vez que nosotros mismos nos movemos suavemente… A lo largo del camino, tendemos, más o menos, a perder la conciencia de este movimiento, y los objetos circundantes, en realidad inmóviles, nos parecen moverse en una dirección contraria”.

—Sin poder explicármelo bien —respondió Emile—, veo que es así. Nos movemos y creemos ver cómo se mueven las demás cosas. Cuanto más rápido vamos, más rápido parecen ir las demás cosas.

“No sospecháis, amiguitos míos, que la ingenua observación de Emilio nos conduce directamente a una de las verdades que la ciencia ha tenido más dificultades en aceptar, no por su dificultad, sino a causa de una ilusión que siempre ha engañado a la mayoría de las personas.

Si los hombres pasaran toda su vida en un ferrocarril, sin bajarse jamás del vagón, detenerse ni cambiar de velocidad, creerían firmemente que los árboles y las casas se mueven. Salvo por una profunda reflexión, de la que no todos son capaces, ¿cómo podría ser de otro modo, ya que nadie habría visto el testimonio de sus ojos contradicho por la experiencia? De los que están convencidos, uno más perspicaz que los demás se levanta y dice esto: «Imagináis que las montañas y las casas se mueven mientras vosotros permanecéis en reposo. Pues bien, es justo lo contrario: nosotros nos movemos y las montañas, las casas y los árboles se quedan quietos». ¿Creen que muchos estarían de acuerdo con él? ¡Pues sí! Se reirían de él, pues cada uno ve, con sus propios ojos, montañas corriendo, casas viajando. Les digo, hijos míos, se reirían de él.

—Pero, tío… —empezó Claire.

No hay peros . Ya está hecho. Han hecho algo peor que reírse; se han puesto rojos de ira. Habrías sido la primera en reír, mi niña.

“¿Debería reírme de alguien que afirma que es el coche el que se mueve y no las casas y las montañas?”

“Sí, porque un error que nos acompaña a todos durante la vida y que todos compartimos, no se elimina tan fácilmente de la mente”.

“¡Es imposible!”

“Es tan posible que tú mismo, a cada paso, hagas que la montaña se mueva y el carro que nos lleva se detenga.”

"No comprendo."

Haces que la Tierra, el vehículo que nos transporta por el espacio celestial, se detenga; y le das movimiento al Sol, la estrella gigante que hace que nuestra Tierra parezca insignificante en comparación. Al menos, dices que el Sol sale, sigue su curso, se pone y reanuda su curso al día siguiente. La enorme estrella se mueve, la humilde Tierra observa tranquila su movimiento.

«Ciertamente nos parece que el sol sale por un lado del cielo y se pone por el otro, para iluminarnos durante el día. La luna hace lo mismo, y también las estrellas, para iluminarnos por la noche».

Escuchen esto. He leído, no sé dónde, sobre un excéntrico cuya terquedad no le permitía aceptar métodos sencillos. Para lograr el resultado más simple, usaba medios cuya extravagancia hacía reír a todos. Un día, con ganas de asar una alondra, ¿qué creen que se le ocurrió? Les daré diez, cien intentos. Pero, ¡bah!, nunca lo adivinarían. ¡Imagínense! Construyó una máquina compleja, con muchos engranajes, cuerdas, poleas y contrapesos; y al arrancarla, se producía una variedad de movimientos, de vaivén, de arriba abajo. El ruido de los resortes y el chirrido de las ruedas al chocar entre sí era suficiente para dejar a cualquiera sordo. La casa tembló con la caída de los contrapesos.

—¿Pero para qué servía la máquina? —preguntó Claire—. ¿Era para hacer girar la alondra frente al fuego?

No, claro; eso habría sido demasiado simple. Era encender el fuego delante de la alondra. Las teas encendidas, el hogar y la chimenea, arrastrados pesadamente por la enorme máquina, giraban alrededor de la alondra.

“¡Bueno, eso supera todo!” exclamó Jules.

Se ríen, niños, de esta idea tan rara; y sin embargo, como ese hombre excéntrico, hacen que las teas, el hogar y toda la casa giren alrededor de un pajarito en el asador. La tierra es el pajarito; la casa es el cielo, con sus enormes e innumerables estrellas.

“El Sol no es muy grande; como mucho, tan grande como una piedra de afilar”, dijo Jules. “Las estrellas son solo chispas. ¡Pero la Tierra es tan grande y pesada!”

¿Qué acabas de decir? ¿El sol tan grande como una piedra de afilar? ¿Las estrellas solo pequeñas chispas? ¡Ah, si supieras! Empecemos por la Tierra.

________________________________________

CAPÍTULO LI

 

UN VIAJE AL FIN DEL MUNDO

Un niño pequeño, de la edad de Jules y, como él, deseoso de aprender, se preparaba una mañana para un viaje. Nunca un navegante, al prepararse para un viaje por mares lejanos, había mostrado tanto celo. No se olvidaron de las provisiones, la primera necesidad en las expediciones largas. El desayuno se duplicó. ¡Había en la cesta seis nueces, un sándwich de pan con mantequilla y dos manzanas! ¿Adónde no se puede ir con todo eso? La familia no fue informada: podrían haber disuadido al audaz viajero de su proyecto explicándole los peligros de la expedición. Por miedo a ablandarse ante las lágrimas de su madre, guardó silencio. Cesta en mano, sin despedirse de nadie, se marchó. Pronto llegó al campo. Le daba igual a la izquierda o a la derecha; todos los caminos lo llevaban adonde él quería ir.

¿Adónde quiere ir?, preguntó Emile.

Hacia el fin del mundo. Toma el camino de la derecha, bordeado por un seto de espinos donde crujen y brillan escarabajos de un verde dorado. Pero los hermosos insectos no lo detienen ni un instante, ni tampoco los pequeños peces de vientre rojo que juegan en el arroyo. ¡El día es tan corto y el viaje tan largo! Sigue caminando en línea recta, acortando a veces la distancia atravesando campos. Al cabo de una hora, el sándwich, principal alimento de las provisiones, se ha consumido, aunque su consumo está regulado por la sabia economía de un viajero prudente. Un cuarto de hora después, una manzana y tres nueces se han acabado. El apetito llega pronto a quienes se cansan. Llega tan rápido que en un recodo del camino, a la sombra de un gran sauce, sacan de la cesta la segunda manzana y las tres nueces restantes. Las provisiones se han agotado, y (cosa no menos grave) las piernas se niegan a caminar. Imaginen la situación. El viaje ha durado dos horas, y el fin propuesto no está más cerca, ni un poquito. El niño desanduvo el camino. sus pasos, persuadido de que con mejores piernas y más provisiones tendría éxito otra vez en su proyecto”.

“¿Qué era este proyecto?” preguntó Jules.

Te lo dije: el niño audaz anhelaba llegar al fin del mundo. Según sus ideas, el cielo era una bóveda azul que descendía cada vez más hasta tocar el borde de la tierra, de modo que, si alguna vez llegaba allí, tendría que caminar encorvado para no golpearse la cabeza contra el firmamento. Empezó con la idea de que pronto podría tocar el cielo con la mano; pero la bóveda azul, alejándose a medida que avanzaba, siempre estaba a la misma distancia. La fatiga y la falta de provisiones le hicieron renunciar a continuar su viaje.

«Si hubiera conocido a ese niño», dijo Emile, «lo habría disuadido de su expedición. Es imposible, por muy lejos que uno vaya, tocar el cielo con la mano, ni siquiera con la ayuda de la escalera más alta».

«Si no recuerdo mal, Emilio no siempre fue de esa opinión», dijo su tío.

Es cierto, tío. Al igual que el niño del que me hablas, creía que el cielo era una gran cubierta azul que se posaba sobre la tierra. Caminando bien, se llegaba al borde de la cubierta y al fin del mundo. Pensaba también que el sol salía tras estas montañas y se ponía tras las del otro lado, donde había un pozo profundo en el que se hundía el sol y permanecía oculto durante la noche. Un día me llevaste a las montañas donde parecen descansar los bordes de la cubierta azul. Estaba muy lejos, lo recuerdo; me prestaste tu bastón, que me ayudaba a caminar. No vi ningún pozo en el que se hundiera el sol; todo parecía igual que aquí. El borde del cielo seguía pareciendo descansar sobre la tierra, solo que mucho más lejos. Y me dijiste que, yendo hasta el final de lo que veíamos, y luego más y más lejos aún, encontraríamos la misma apariencia en todas partes, sin ver jamás el final de una bóveda que en realidad no existe.

En ningún lugar, como ustedes tres saben, el cielo descansa sobre la tierra; en ningún lugar hay peligro de golpearse la cabeza contra el firmamento; en todas partes la bóveda azul tiene la misma apariencia que aquí. Saben también que, al avanzar constantemente, se encuentran llanuras, montañas, valles, cursos de agua, mares; pero en ningún lugar hay barreras que marquen los límites del mundo.

Imaginen una gran bola suspendida en el aire por un hilo, y sobre ella un mosquito. Si este mosquito se propusiera recorrer toda la superficie, ¿no sería cierto que podría ir y venir sobre la bola, por encima, por debajo, por los lados, sin encontrar jamás un obstáculo, sin ver jamás una barrera que le impidiera el paso? ¿No es igualmente cierto que si siempre siguiera la misma dirección, el mosquito terminaría dando la vuelta a la bola y regresaría a su punto de partida? Así sucede con nosotros en la superficie de la tierra, aunque somos mucho más insignificantes comparados con el globo que nos sostiene que el mosquito más diminuto comparado con la bola más grande que puedan imaginar. Sin encontrar jamás una barrera, sin tocar jamás la cúpula del cielo, vamos y venimos en mil direcciones diferentes, realizamos los viajes más lejanos, incluso damos la vuelta a la tierra y regresamos a nuestro punto de partida. La tierra, entonces, es redonda; es una inmensa bola que flota sin apoyo en el espacio celeste. En cuanto a... “La bóveda azul que se arquea sobre nosotros es una mera apariencia causada por el color azul del aire que envuelve la tierra por todos lados”.

La bola en la que viaja tu mosquito imaginario está suspendida de un hilo. ¿De qué cadena cuelga la enorme bola de la tierra? —preguntó Jules.

La Tierra no está suspendida del firmamento por ninguna cadena celestial, ni reposa sobre ningún soporte, como un globo terráqueo sobre su pedestal. Según una leyenda india, el globo terrestre se sostiene sobre cuatro columnas de bronce.

“¿Y sobre qué descansan, a su vez, las cuatro columnas?”

“Descansan sobre cuatro elefantes blancos”.

“¿Y los elefantes blancos?”

“Descansan sobre cuatro tortugas monstruosas”.

“¿Y las tortugas?”

“Bueno, nadan en un océano de leche”.

“¿Y el océano de leche?”

La leyenda no dice nada al respecto, y es justo guardar silencio. Habría sido mejor no imaginar todos estos diversos soportes, apoyados unos sobre otros, para sostener la tierra. Supongamos un pedestal para la tierra, luego un segundo para sostener el primero, luego un tercero, un cuarto, un milésimo, si se prefiere; solo se pospone la pregunta sin responderla, ya que finalmente, tras haber erigido todos los soportes imaginables, uno debe preguntarse sobre qué se apoyará el último. Quizás pienses en la bóveda celeste, que bien podría sostener la tierra; pero recuerda que esta bóveda no tiene realidad, que no es más que una apariencia causada por el aire. Además, miles de viajeros han recorrido la tierra en todas direcciones, y en ninguna parte han visto una cadena colgante ni un pedestal de ningún tipo. En todas partes solo ven lo que se ve aquí. La tierra está aislada en el espacio; flota en el vacío sin ningún soporte, al igual que la luna y el sol.

«Pero entonces, ¿por qué no cae?», insistió Jules.

Caer, mi amiguito, es precipitarse hacia la tierra como una piedra al ser levantada en la mano y luego abandonada. ¿Cómo puede una gran bola precipitarse hacia la tierra, si es la tierra entera? ¿Es posible que algo se precipite hacia sí mismo?

"No."

¡Pues bien! Además, imagina esto. Todo es igual alrededor del globo terrestre; propiamente hablando, no hay arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda. Invocamos la dirección hacia el espacio adyacente, o hacia el cielo; pero recuerda que también hay cielo al otro lado de la tierra, que allí es exactamente igual que aquí, y que esto es cierto en todas las partes de la superficie terrestre. Si te pareciera tan simple que la tierra no se precipita hacia el cielo que está sobre nosotros, ¿por qué esperarías que se precipitara hacia el cielo opuesto? Caer hacia el cielo opuesto sería ascender, como la alondra se eleva aquí, cuando de un solo ala emprende el vuelo y se eleva sobre nosotros.

________________________________________

CAPÍTULO LII

 

LA TIERRA

La Tierra es redonda, como lo demuestran los siguientes hechos. Cuando, para llegar a la ciudad a la que se dirige, un viajero cruza una llanura donde nada interfiere con su vista, desde cierta distancia se ven primero los puntos más altos de la ciudad: las cimas de las torres y los campanarios. Desde una distancia menor, las agujas de los campanarios se hacen completamente visibles, luego los tejados de los edificios; de modo que la vista abarca una gran cantidad de objetos, comenzando por los más altos y terminando por los más bajos, a medida que disminuye la distancia. La curvatura del terreno es la causa.

 

El tío Paul tomó un lápiz y trazó en un papel la imagen que veis aquí; luego continuó:

Para un observador en A, la torre es completamente invisible porque la curvatura del terreno oculta la vista. Para el observador en B, la mitad superior de la torre es visible, pero la mitad inferior permanece oculta. Finalmente, cuando el observador está en C, puede ver la torre completa. No sería así si la Tierra fuera plana. Desde cualquier distancia, la torre completa sería visible. De lejos, sin duda, se vería con menos claridad que de cerca, debido a la distancia; pero podría verse más o menos bien de arriba a abajo.

Aquí hay otro dibujo del tío Paul, que representa a dos espectadores, A y B, quienes, situados a distancias muy diferentes, ven la torre de arriba abajo sobre una superficie plana. Continuó su charla.

 

En tierra firme es raro encontrar una superficie que, en extensión y regularidad, se adapte a la observación que acabo de mencionar. Casi siempre, colinas, crestas o pantallas de vegetación obstruyen la vista e impiden apreciar la gradual aparición, desde la cima hasta la base, de la torre o campanario al que uno se acerca. En el mar, ningún obstáculo impide la vista, salvo la convexidad de las aguas, que siguen la curvatura general de la Tierra. Por lo tanto, es allí especialmente donde resulta fácil estudiar los fenómenos producidos por la forma redondeada de la Tierra.

Cuando un barco procedente de alta mar se acerca a la costa, los primeros puntos visibles para quienes están a bordo son los más altos, como las crestas de las montañas. Más tarde, aparecen las cimas de las torres; aún más tarde, el borde mismo de la orilla. De la misma manera, un observador que presencia desde la orilla la llegada de un buque comienza percibiendo los remates de los mástiles, luego las gavias, luego las velas inmediatamente inferiores y, finalmente, el casco. Si el buque se alejara de la costa, el observador lo vería desaparecer gradualmente y aparentemente sumergirse bajo el agua, todo en orden inverso; es decir, primero se ocultaría el casco, luego las velas bajas, luego las altas y, finalmente, el remate del palo mayor, que sería el último en desaparecer. Cuatro trazos de lápiz lo entenderán.

 

“¿Qué tan grande es la Tierra?” fue la siguiente pregunta de Jules.

La Tierra tiene cuarenta millones de metros de circunferencia, o 10.000 leguas, pues una legua mide cuatro kilómetros. Para rodear una mesa redonda, nos tomamos de la mano, tres, cuatro o cinco de nosotros. Para rodear de la misma manera el vasto seno de la tierra, se necesitaría una cadena de personas aproximadamente igual a la población de Francia. Un viajero capaz de caminar día tras día a un ritmo de diez leguas, algo que nadie podría hacer, tardaría tres años en rodear el globo, suponiendo que fuera solo tierra y nada de mar. Pero, ¿dónde están los tendones que podrían resistir tres años de tan continua fatiga, cuando una caminata de diez leguas generalmente agota nuestras fuerzas y nos impide volver a empezar a la mañana siguiente?

La caminata más larga que he hecho fue al pinar, donde fuimos a buscar el nido de las procesionarias el día de la tormenta. ¿Cuántas leguas recorrimos?

“Unas cuatro, dos para ir y dos para volver.”

¡Solo cuatro leguas! Aun así, estaba agotado. Al final, apenas podía dar un paso adelante. Me llevaría, pues, de siete a ocho años dar la vuelta al mundo, caminando cada día hasta donde me permitieran mis fuerzas.

“Tu cálculo es correcto.”

“¿La Tierra es entonces una bola muy grande?”

Sí, amigo mío, muy grande. Otro ejemplo te ayudará a comprenderlo. Representemos el globo terrestre con una esfera de mayor diámetro que la altura de un hombre, con una esfera de dos metros de diámetro; luego, en la proporción correcta, representemos en relieve sobre su superficie algunas de las principales montañas. La montaña más alta del mundo es Gaurisankar, parte de la cordillera del Himalaya, en Asia central. Sus picos se elevan a una altura de 8840 metros. Rara vez las nubes son lo suficientemente altas como para coronar su cima, y su base cubre la extensión de un imperio. ¡Ay! ¡En qué se convierte el hombre, materialmente, frente a tan prodigioso coloso! Bueno, levantemos al gigante en nuestra gran esfera que representa la Tierra; ¿sabes qué se necesitará para representarlo? ¡Un diminuto grano de arena que se perdería entre tus dedos, un grano de arena que sobresaldría en relieve solo un milímetro y tercio! La gigantesca montaña que nos abrumó con su inmensidad no es nada comparada con la Tierra. La montaña más alta de Europa, el Mont Blanc, cuya La altura es de 4.810 metros, estaría representada por un grano de arena la mitad del tamaño del otro”.

«Cuando nos hablaste de la redondez de la Tierra», intervino Claire, «pensé en las enormes montañas y los profundos valles, y me pregunté cómo, con todas estas grandes irregularidades, la Tierra podía ser redonda. Ahora veo que estas irregularidades son insignificantes comparadas con la inmensidad de la esfera terrestre».

Una naranja es redonda a pesar de las arrugas de su piel. Lo mismo ocurre con la tierra: es redonda a pesar de las irregularidades de su superficie; es una enorme bola salpicada de granos de polvo y arena proporcionales a su tamaño, y estos son montañas.

—¡Qué pelota más grande! —exclamó Emile.

Medir la circunferencia de la Tierra no es tarea fácil, pueden estar seguros; y sin embargo, han hecho más que eso: han pesado la inmensa esfera como si fuera posible ponerla en una balanza con kilogramos como contrapeso. La ciencia, queridos hijos, tiene recursos que demuestran en toda su grandeza el poder de la mente humana. La inmensa esfera ha sido pesada. Cómo se hizo es algo que hoy no se les puede explicar. No se usó balanza, sino que se logró mediante el poder del pensamiento con el que Dios nos ha dotado para resolver, para su gloria, el sublime enigma del universo; mediante la fuerza de la razón, para la cual la carga de la Tierra no es demasiado pesada. Esta carga se expresa con el número 6 seguido de veintiún ceros, o con 6 sextillones de kilogramos.

“Ese número no significa nada para mí; es demasiado grande”, declaró Jules.

Ese es el problema con los grandes números. Evitaremos la dificultad. Supongamos que la tierra se coloca sobre un carro y se arrastra sobre una superficie como la de nuestras carreteras. Para tal carga, ¿cuál debería ser la yunta? Pongamos delante un millón de caballos; y delante de esa fila un segundo millón; luego una tercera fila, también de un millón; una centésima, finalmente una milésima. Tendremos así una yunta de mil millones de caballos, más de los que se podrían alimentar en todos los pastos del mundo. Y ahora, ¡a arrancar! ¡A dar rienda suelta! Nada se movería, hijos míos; la fuerza sería insuficiente. Para poner en marcha la colosal masa, se necesitarían los esfuerzos conjuntos de cien millones de yuntas.

"No lo entiendo mejor", dijo Jules.

—Yo tampoco, es tan enorme —asintió su tío.

“Sí, enorme, tío.”

“Para que la mente se pierda en ello”, dijo Claire.

—Eso es lo que quería hacerte reconocer —concluyó el tío Paul.

________________________________________



CAPÍTULO LIII

 

LA ATMÓSFERA

Si pasas la mano rápidamente por la cara, sientes un soplo en tus mejillas. Este soplo es aire. En reposo no nos impresiona; puesto en movimiento por la mano, revela su presencia con una ligera sacudida que produce una sensación de frescura. Pero la sacudida del aire no siempre es, como esta, una simple caricia. Puede volverse muy brutal. Un viento violento, que a veces arranca árboles y derriba edificios, sigue siendo aire en movimiento, aire que fluye de un país a otro como una corriente de agua. El aire es invisible, porque es transparente y casi incoloro. Pero si forma una capa muy gruesa a través de la cual se puede mirar, su tenue coloración se hace perceptible. Vista en pequeñas cantidades, el agua parece igualmente incolora; vista en una capa profunda, como en el mar, en un lago o en un río, es azul o verde. Lo mismo ocurre con el aire: en capas delgadas parece desprovista de color; en una capa de varias leguas de espesor, es azul. Un paisaje lejano nos parece azulado, porque el espeso lecho de El aire que interviene le imparte su propio color.

Ahora bien, el aire forma alrededor de la Tierra una envoltura de quince leguas de espesor. Es el mar aéreo o atmósfera, en el que flotan las nubes. Su suave tono azul determina el color del cielo. De hecho, es la atmósfera la que produce la apariencia de una bóveda celeste.

“¿Sabéis, hijos míos, para qué sirve este mar aéreo en cuyo fondo vivimos como los peces en el agua?”

“No muy bien”, respondió Jules.

Sin este océano de aire, la vida sería imposible, tanto vegetal como animal. Escuchen. Las principales necesidades imperiosas a las que estamos sujetos son las de comer, beber y dormir. Mientras el hambre sea solo su diminuto apetito, ese sabroso condimento de las viandas más groseras; mientras la sed sea solo esa sequedad naciente de la boca que da tanto encanto a un vaso de agua fría; mientras la somnolencia no sea más que esa suave lasitud que nos hace desear el descanso nocturno, mientras sea la atracción del placer, más que la áspera punzada del dolor, lo que urge la satisfacción de estas necesidades primordiales. Pero si su satisfacción se demora demasiado, se imponen como amos inexorables y dominan mediante la tortura. ¿Quién puede pensar sin terror en las agonías del hambre y la sed? ¡Hambre! ¡Ah! No saben lo que es, hijos míos, ¡y Dios los libre de conocerla! ¡Hambre! Si pudieran tener alguna idea de sus torturas, se les oprimiría el corazón al pensar en los infelices. que lo experimentan. ¡Ah! Queridos hijos míos, ayuden siempre a los que tienen hambre; ayúdenlos, y den, den; nunca harán una obra más noble en este mundo. Dar a los pobres es prestarle al Señor.

Claire se tapó los ojos con la mano para ocultar una lágrima de emoción. Observó un destello en el rostro de su tío que le habló desde lo más profundo de su corazón. Tras una breve pausa, el tío Paul continuó:

Existe, sin embargo, una necesidad ante la cual el hambre y la sed, por violentas que sean, enmudecen; una necesidad que siempre resurge y nunca se satisface, que se hace sentir continuamente, despiertos o dormidos, de día o de noche, a cada hora, a cada momento. Es la necesidad de aire. El aire es tan necesario para la vida que no nos ha sido dado para regular su uso, como lo hacemos con la comida y la bebida, para protegernos de las fatales consecuencias que el más mínimo olvido causaría. Es, por así decirlo, sin consciencia ni voluntad por nuestra parte que el aire entra en nuestro cuerpo para cumplir su maravilloso papel. Vivimos del aire más que de cualquier otra cosa; la alimentación ordinaria viene en segundo lugar. La necesidad de alimento solo se siente a intervalos bastante largos; la necesidad de aire se siente sin cesar, siempre imperiosa, siempre inexorable.

—Y sin embargo, tío —dijo Jules—, nunca había pensado en alimentarme con aire. Es la primera vez que oigo que el aire es tan necesario para nosotros.

“No has pensado en ello, porque todo eso se hace por ti; pero intenta por un momento evitar que el aire entre en tu cuerpo: cierra las vías de acceso, la nariz y la boca, ¡y verás!”

Jules hizo lo que le dijo su tío: cerró la boca y se tapó la nariz con los dedos. Al cabo de un momento, con la cara roja e hinchada, el niño se vio obligado a poner fin a su experimento.

—Es imposible seguir así, tío; te asfixia y te hace sentir como si fueras a morir si sigue así un poco más.

Bueno, espero que estés convencido de la necesidad del aire para vivir. Todos los animales, desde el ácaro más diminuto, apenas visible, hasta los gigantes de la creación, están en la misma condición que tú: del aire, en primer lugar, depende su vida. Incluso los que viven en el agua, como los peces y otros, no son la excepción a esta regla. Solo pueden vivir en agua, donde el aire se infiltra y se disuelve. Cuando seas mayor, verás un experimento sorprendente que demuestra lo indispensable que es la presencia del aire para la vida. Se coloca un pájaro bajo una cúpula de cristal, bien cerrada por todos lados; luego, con una especie de bomba, se extrae el aire. Al ser extraído del interior de la jaula de cristal, el pájaro se tambalea, se debate un instante con una angustia horrible de ver, y cae muerto.

“Debe hacer falta mucho aire”, comentó Emile, “para satisfacer las necesidades de todas las personas y animales del mundo. ¡Hay tantos!”

Sí, en efecto; se necesita una gran cantidad. Un hombre necesita casi 6000 litros de aire por hora. Pero la atmósfera es tan vasta que hay aire de sobra para todos. Intentaré explicárselo.

El aire es una de las sustancias más sutiles; un litro pesa solo un gramo y tres decigramos. Eso es muy poco: el mismo volumen de agua pesa 1000 gramos; es decir, 769 veces más. Sin embargo, la atmósfera es tan extensa que el peso de todo el aire que la compone supera cualquier imaginación. Si fuera posible poner todo el aire de la atmósfera en uno de los platillos de una inmensa balanza, ¿cuánto peso crees que sería necesario poner en el otro platillo para que igualara al aire? No temas exagerar; puedes acumular miles y miles de kilogramos; si el aire es muy ligero, el mar aéreo es inmenso.

“Aumentemos unos cuantos millones de kilos”, sugirió Claire.

—Eso es una nimiedad —respondió su tío.

“Multipliquémoslo por diez, por cien.”

No basta, la bandeja no se elevaría. Pero déjame darte la respuesta, pues en este cálculo los términos numéricos te fallarían. Para el gran peso que supongo, los contrapesos más pesados serían insignificantes. Hay que inventar otros nuevos. Imagina, entonces, un cubo de cobre, de un kilómetro de dimensión; este cubo metálico, de un cuarto de legua de arista, será nuestra unidad de peso. Representa nueve mil millones de kilogramos. Pues bien, para equilibrar el peso de la atmósfera, ¡sería necesario poner en la otra bandeja 585.000 de estos cubos!

—¡¿Es posible?! —exclamó Claire.

¡Te lo dije! La imaginación intenta en vano imaginar la imponente masa de la capa de aire que el Creador enrolló como una bufanda alrededor de la Tierra. ¿Sabes ahora qué relación guarda con el globo terrestre, este océano de aire cuyo peso representa medio millón de cubos de cobre, un cuarto de legua en cada dirección? Apenas lo que la imperceptible pelusa aterciopelada de un melocotón es con el melocotón mismo. ¿Qué somos, entonces, materialmente, nosotros, pobres seres de un día, que nos movemos en el fondo de este mar atmosférico? ¡Pero qué grandes somos a través del pensamiento, que se burla de pesar la atmósfera y la tierra misma! En vano el universo material nos abruma con su inmensidad; la mente es superior a ella, porque solo ella se conoce a sí misma, y solo ella, por un sublime privilegio, tiene conocimiento de su divino autor.

________________________________________

CAPÍTULO LIV

 

EL SOL

Temprano por la mañana, el tío Paul y sus sobrinos subieron la colina vecina para ver el amanecer. Todavía estaba bastante oscuro. Las únicas personas que encontraron al pasar por el pueblo fueron la lechera, camino al pueblo con su mantequilla y leche, y el herrero martillando el hierro al rojo vivo en su yunque, mientras el resplandor de la forja iluminaba la oscuridad del camino.

 

El sol

Al abrigo de un grupo de enebros, Paul y los tres niños aguardan el gran espectáculo que han venido a contemplar en la cima de la colina. Al este, el cielo se aclara, las estrellas palidecen y se apagan una a una. Copos de nubes rosadas flotan en un brillante rayo de luz del que surge gradualmente una suave iluminación. Alcanza el cenit, y el azul del día reaparece con toda su delicada transparencia. Esta fresca luz matutina, esta media luz que precede a la salida del sol, es la aurora o el crepúsculo matutino. Mientras tanto, una alondra, alegría de los campos, alza el vuelo hacia las nubes más altas, como un cohete, y es la primera en saludar al amanecer. Sube y sube, siempre cantando, como si quisiera adelantarse al sol; y con sus cantos entusiastas celebra en los altos cielos la gloria del portador del día. Escuchen: hay un soplo de viento en el follaje, que se agita y susurra; Los pajarillos se despiertan y pian; el buey, ya llevado al trabajo en el campo, se detiene como si pensara, levanta sus grandes ojos llenos de dulzura y muge; todo se anima y, en su propio lenguaje, da gracias al Dueño de todas las cosas, que con su mano poderosa nos devuelve el sol.

Y aquí está: un brillante hilo de luz irrumpe, y las cimas de las montañas se iluminan de repente. Es el borde del sol que comienza a salir. La tierra tiembla ante la radiante aparición. El disco brillante sigue elevándose: allí está casi entero, ahora completamente, como una muela de hierro al rojo vivo. La niebla de la mañana modera su resplandor y permite mirarlo a la cara; pero pronto nadie pudo soportar su deslumbrante esplendor. Mientras tanto, sus rayos inundan la llanura; un suave calor sucede a la intensa frescura de la noche; las nieblas se elevan desde las profundidades de los valles y se disipan; el rocío, acumulado en las hojas, se calienta y se evapora; por todas partes se reanuda la vida, de la animación suspendida durante la noche. Y durante todo el día, siguiendo su curso de este a oeste, el sol avanza, inundando la tierra de luz y calor, madurando la cosecha amarilla, dando perfume a las flores, sabor a la fruta, vida a cada criatura.

Entonces el tío Paul, a la sombra de los enebros, comenzó su charla.

¿Qué es el sol? ¿Es grande? ¿Está muy lejos? Eso, hijos míos, es lo que ahora quisiera enseñarles.

Para medir la distancia de un punto a otro, solo conocen un método: extender, tantas veces como sea posible, la unidad de longitud, el metro, de un extremo al otro de la distancia a medir. Pero la ciencia tiene métodos adaptados para medir distancias que uno no puede recorrer en persona; nos dice qué hacer para hallar la altura de una torre o una montaña, sin ir a la cima, sin siquiera acercarse a la base. Son métodos del mismo tipo que los que se emplean para calcular la distancia que nos separa del Sol. El resultado de los cálculos del astrónomo es que estamos a 38 millones de leguas del Sol de 4000 metros cada una. Esta distancia equivale a 3800 veces la circunferencia de la Tierra. Les dije que, para dar la vuelta al globo terrestre, un hombre, un buen caminante, capaz de caminar diez leguas al día, tardaría unos tres años. Necesitaría, entonces, casi doce mil años para ir de la Tierra al Sol, suponiendo que el viaje fuera... Es posible. La vida humana más larga es incomparablemente corta para que una sola persona pueda realizar un viaje tan largo; y cien generaciones de cien años cada una, sucediéndose en el viaje y uniendo sus esfuerzos, ni siquiera serían suficientes.

—Y una locomotora —preguntó Jules—, ¿cuánto tiempo tardaría en recorrer esa distancia?

“¿Recuerdas lo rápido que va?”

Lo vi yo mismo el día que hicimos el viaje contigo. Si uno mira hacia afuera, el camino parece retroceder tan rápido que te asusta y te marea.

La locomotora que nos arrastraba iba a unas diez leguas por hora. Supongamos una locomotora que nunca se detiene y que va aún más rápido, o quince leguas por hora. A esa velocidad, la locomotora iría de un extremo a otro de Francia en menos de un día; y, sin embargo, para cubrir la distancia de la Tierra al Sol, tardaría más de tres siglos. Para un viaje así, la locomotora más rápida jamás construida por la mano del hombre es apenas más que un lento caracol con la ambición de dar la vuelta al mundo.

«¡Y yo que creía, hace poco —dijo Emilio—, que subiendo al tejado y con la ayuda de una caña larga podría tocar el sol!»

“Para quien confía en las apariencias, el sol no es más que un disco deslumbrante, a lo sumo tan grande como una piedra de moler.”

—Eso dije ayer —observó Jules—. Pero, como está tan lejos, bien podría ser tan grande como una piedra de molino.

En primer lugar, el Sol no es plano como una muela; tiene, como la Tierra, la forma de una bola. Además, es mucho más grande que una muela, o incluso que una rueda de molino.

Los objetos nos parecen pequeños en proporción a su distancia, hasta que finalmente se vuelven invisibles. Una montaña alta vista desde lejos parece solo una colina de tamaño moderado; la cruz que corona un campanario, vista desde abajo, parece diminuta a pesar de sus enormes dimensiones. Lo mismo ocurre con el sol: parece tan pequeño solo porque está muy lejos; y como la distancia es prodigiosa, su tamaño debe ser excesivo; de lo contrario, en lugar de parecernos una piedra de afilar deslumbrante, dejaría de ser visible.

El globo terrestre te pareció enorme; y, a pesar de mis comparaciones, estoy seguro de que tu imaginación no ha podido representar las cosas con precisión. ¿Qué ocurrirá con el Sol, que es un millón cuatrocientas mil veces más grande que la Tierra? Si suponemos que el Sol es hueco como una caja esférica, para llenarlo se necesitarían un millón cuatrocientas mil bolas del tamaño de la Tierra.

Intentemos otra comparación. Para llenar la medida de capacidad llamada litro, se necesitan unos 10.000 granos de trigo. Se necesitarían, entonces, 100.000 para llenar 10 litros o un decalitro, y 1.400.000 para llenar 14 decalitros. Supongamos que en una pila hay 14 decalitros de trigo, y junto a ella un solo grano de trigo. Para los respectivos tamaños, este grano aislado representa la Tierra; la pila de 14 decalitros representa el Sol.

¡Qué equivocados estábamos! —exclamó Claire—. Este pequeño disco brillante, al que, por temor a exagerar, habríamos dudado en asignarle las dimensiones de una rueda de molino, es un globo tan grande que, comparado con su gigantesco tamaño, la Tierra no es nada.

—¡Oh, Dios del cielo! —exclamó Julio.

Sí, amigo mío, bien puedes decir: «Dios del cielo», pues la mente se confunde al pensar en esta masa inconcebible. Di: ¡Dios del cielo! ¡Qué grande eres, Tú que de la nada creaste el sol y la tierra, y los sostienes a ambos bajo la sombra de tu mano!

Aún no he terminado, queridos hijos. Un día, hablándoles de relámpagos y truenos, les dije que la luz se mueve con una rapidez desmesurada. De hecho, para llegar hasta nosotros desde el sol, para cubrir la distancia que una locomotora a su máxima velocidad tardaría trescientos años, un rayo de luz solo necesita medio cuarto de hora, o unos ocho minutos. Ahora escuchen esto. La astronomía nos enseña que cada estrella, por pequeña que parezca desde aquí, es en sí misma un sol comparable en tamaño al nuestro; nos dice que estos soles, de los cuales a simple vista solo podemos percibir una pequeña parte, son tan numerosos que es imposible contarlos; nos dice que su distancia es tan grande que, para llegar hasta nosotros desde la estrella más cercana, la luz, que viaja tan rápido, como acabo de decirles, tarda casi cuatro años; para llegar hasta nosotros desde otras que no son, ni mucho menos, las más distantes, tarda siglos enteros. Después de eso, si pueden, calculen la distancia que nos separa de esos soles lejanos; piensen también en su número y tamaño. Pero no, no lo intentes: el intelecto se ve abrumado por estas inmensidades en las que se revela toda la majestuosidad de la obra de Dios. No lo intentes, sería en vano; pero deja que brote de tu corazón una explosión de admiración incontenible, y bendice a Dios, cuyo infinito poder ha esparcido soles por las regiones ilimitadas del espacio celestial.

________________________________________

CAPÍTULO LV

 

DÍA Y NOCHE

“Me parece”, dijo Claire, “que hemos perdido de vista el hogar que gira con sus tizones encendidos alrededor de la alondra”.

Al contrario, estamos más cerca que nunca. Si el Sol, que está a treinta y ocho millones de leguas de nosotros, diera una vuelta a la Tierra cada día, ¿saben cuánto tendría que recorrer en un minuto? Más de 100.000 leguas. Pero esta velocidad incomprensible no es nada. Las estrellas, como acabo de decirles, son otros tantos soles, comparables al nuestro en volumen y brillo; solo que están mucho más lejos, y eso es lo que las hace parecer tan pequeñas. La más cercana está unas treinta mil veces más lejos que el Sol. En consecuencia, para dar la vuelta a la Tierra en veinticuatro horas, como parece hacerlo, tendría que moverse a una velocidad de treinta mil veces 100.000 leguas por minuto. ¿Y qué sucedería con otras estrellas cien veces, mil veces, un millón de veces más lejanas, estrellas que, a pesar de su distancia, tendrían que completar su viaje alrededor de la Tierra siempre en exactamente veinticuatro horas? Y recuerden, además, el prodigioso tamaño de El sol. Quieres que él, el gigante, el coloso, al lado del cual la Tierra es solo un trozo de arcilla, gire a una velocidad imposible en el espacio infinito para dar luz y calor a nuestro planeta; quieres que miles y miles de otros soles, igual de grandes e inmensamente más lejanos —en una palabra, las estrellas— realicen también, con velocidades crecientes según la distancia, un viaje diario alrededor de este humilde globo terrestre. ¡No! ¡No! Tal disposición es contraria a la razón; permitirlo es querer que las teas, el hogar, toda la casa, giren como un pajarillo en un asador.

—Entonces es la Tierra la que gira, y nosotros giramos con ella —intervino Claire de nuevo—. Como consecuencia de este movimiento, el Sol y las estrellas nos parecen moverse en dirección opuesta, como los árboles y las casas cuando vamos en tren. Dado que el Sol parece dar la vuelta a la Tierra de este a oeste en veinticuatro horas, es una prueba de que la Tierra gira sobre su eje de oeste a este en veinticuatro horas.

La Tierra gira frente al Sol de manera que sus diferentes partes se presentan sucesivamente a los rayos de este cuerpo; hace piruetas sobre su eje como una peonza. Además, mientras gira así en veinticuatro horas, da una vuelta alrededor del Sol en el intervalo de un año. Al jugar con una peonza, se encuentra un buen ejemplo de dos movimientos análogos ejecutados simultáneamente. Cuando la peonza gira sobre su punta, sin moverse del mismo lugar —en resumen, cuando duerme—, solo tiene el movimiento de rotación. Pero al lanzarla de cierta manera, usted sabe mejor que yo que da vueltas en el suelo mientras gira sobre su punta. En ese caso, representa, en pequeña medida, el doble movimiento de la Tierra. Su rotación sobre su punta representa el movimiento giratorio de la Tierra sobre su eje; su trayectoria sobre el suelo representa la revolución de la Tierra alrededor del Sol.

Puedes familiarizarte de otra manera con el doble movimiento del globo terráqueo, de la siguiente manera: coloca en el centro de una habitación una mesa redonda y sobre ella una vela encendida que represente al sol. Luego, gira alrededor de la mesa, haciendo piruetas sobre las puntas de los pies. Cada pirueta corresponde a una vuelta de la Tierra sobre su eje, y tu recorrido alrededor de la mesa corresponde a su recorrido alrededor del sol. Observa que, al girar sobre las puntas de los pies, presentas sucesivamente a los rayos de la vela el frente, un lado, la parte posterior y el otro lado de tu cabeza, que en nuestro experimento podría representar el globo terráqueo; de modo que cada una de sus partes está, a su vez, a la luz o a la sombra. La Tierra hace lo mismo: al girar, presenta una tras otra sus diferentes regiones a los rayos del sol. Es de día para la región que ve el sol, de noche para la región opuesta. Esa es la causa, muy simple, del día y la noche. En veinticuatro horas, la Tierra realiza una rotación sobre su eje. De estas veinticuatro horas se compone la duración del día y la noche.

“Entiendo muy bien la causa de la alternancia del día y la noche”, dijo Jules. “Es de día para la mitad de la tierra que ve el sol, de noche para la otra mitad. Pero a medida que el globo gira, cada país se coloca sucesivamente frente al sol, mientras que otros pasan a la mitad oscura. La alondra que enciende el hogar presenta, de la misma manera, cada uno de sus lados, uno por uno, al calor de la llama.”

«Casi podría decirse», comentó Emile, «que es de día para la mitad de la alondra junto al fuego y de noche para la otra mitad».

“Hay una dificultad que aún me desconcierta”, continuó Jules. “Si la Tierra da una vuelta completa cada veinticuatro horas, en la mitad de ese tiempo deberíamos dar media vuelta con el globo que nos lleva y encontrarnos cabeza abajo. En este momento tenemos la cabeza arriba y los pies abajo; doce horas después será justo lo contrario: la cabeza abajo y los pies arriba. Estamos de pie, estaremos cabeza abajo. En esa posición incómoda, ¿por qué no nos sentimos incómodos? ¿Por qué no nos derribamos? Para no caer, me parece, deberíamos vernos obligados a aferrarnos al suelo con desesperación”.

—Tu observación es correcta —respondió el tío Paul—, pero solo hasta cierto punto. Sí, es cierto que dentro de doce horas estaremos en una posición inversa; nuestras cabezas estarán orientadas hacia el punto del espacio hacia el que ahora están girados nuestros pies. Pero a pesar de esta inversión, no habrá peligro de caída, ni la más mínima molestia; pues nuestras cabezas siempre estarán arriba, es decir, hacia el cielo, ya que el cielo rodea el globo terrestre por todas partes; nuestros pies siempre estarán abajo, es decir, apoyados en el suelo. Entiende bien, de una vez por todas, que caer es precipitarse hacia el suelo, y no hacia el espacio circundante. Así que, a pesar de todas las evoluciones de nuestro globo, como siempre estamos en la tierra, con los pies en el suelo y la cabeza hacia el cielo, siempre estaremos en posición vertical, sin ninguna sensación desagradable, sin peligro de caída.

“¿El globo terrestre gira muy rápido?” preguntó Emile.

Gira sobre su eje una vez cada veinticuatro horas. Por lo tanto, cualquier punto en su región media, la región que realiza el viaje más largo, recorre en el mismo tiempo cuarenta millones de metros, es decir, un viaje igual a la vuelta de la Tierra, o 462 metros por segundo. Eso equivale aproximadamente a la velocidad de una bala de cañón al salir de la boca del cañón, o unas treinta veces la velocidad de la locomotora más rápida. Montañas, llanuras, mares, aparentemente fijos en sus lugares por tiempo y eternidad, se persiguen perpetuamente en círculo, a la formidable velocidad de más de una décima de legua por segundo.

“Y sin embargo, todo nos parece estático”.

Sin el traqueteo del vagón, ¿no pensaríamos que nos quedamos quietos cuando el tren nos lleva a una velocidad tan aterradora? Pues bien, el rápido movimiento de la Tierra es, al mismo tiempo, tan suave que es imposible percibirlo excepto por el aparente movimiento de las estrellas.

“Al elevarnos a cierta altura en un globo”, dijo Jules, “deberíamos ver la Tierra girar bajo nuestros pies. Mares y sus islas, continentes con sus imperios, bosques y montañas, deberían, uno tras otro, aparecer ante los ojos del observador, quien en veinticuatro horas ve el giro de toda la Tierra. ¡Qué magnífico espectáculo debe ser! ¡Qué viaje, tan maravilloso y con tan poca fatiga! Cuando la rotación nos trae de vuelta a nuestro país, descendemos y lo logramos. En veinticuatro horas, sin cambiar de lugar, hemos visto el mundo entero.”

Sí, estoy de acuerdo contigo, sería una forma admirable de ver los países. A este lugar donde nos encontramos vendrán otros pueblos, traídos por la rotación; mares, regiones lejanas, montañas nevadas ocuparán nuestro lugar; y mañana a la misma hora estaremos aquí de nuevo. Donde ahora hablamos, a la sombra de los enebros, pasará primero el mar, el sombrío Atlántico, que reemplazará nuestra conversación con la grandiosa voz de sus olas. En menos de una hora, el océano estará aquí. Algún gran buque de guerra, con su triple hilera de cañones, flotará quizás, con todas las velas desplegadas, sobre el lugar que ocupamos. El mar ha pasado. Ahora tenemos Norteamérica, los grandes lagos canadienses y las interminables praderas donde los indios de piel roja cazan búfalos. El mar comienza de nuevo, mucho más grande que el Atlántico; tarda casi siete horas en pasar. ¿Qué línea de islas es esta donde los pescadores envueltos en pieles secan arenques? Son las Islas Koorile, al sur de Kamchatka. Pasan rápido; apenas tenemos tiempo de echarles un vistazo. Ahora les toca el turno a los de cara amarilla: los mongoles y los chinos, de ojos rasgados. ¡Oh! ¡Qué cosas tan curiosas podríamos ver aquí! Pero la esfera no deja de girar, y China ya está a lo lejos. A continuación, las mesetas arenosas de Asia Central y las montañas más altas que las nubes. Aquí están los pastos de los tártaros, con sus rebaños de yeguas relinchando; aquí están las llanuras herbosas del Caspio con los cosacos de nariz chata; luego el sur de Rusia, Austria, Alemania, Suiza y, finalmente, Francia. Bajemos rápido, pongámonos de pie; la tierra ha terminado su rotación.

No piensen ni por un instante, mis queridos amigos, que este vertiginoso espectáculo de la Tierra pasando con la rapidez de una bala de cañón sería visible solo para ojos espirituales. Al elevarnos en un globo, como dijo Jules, al principio parece como si viéramos la Tierra girando y tierras y mares pasando bajo nuestros pies. Nada de eso ocurre, pues la atmósfera gira con el globo terrestre y arrastra el globo en la rotación general, en lugar de dejarlo en reposo, como sería necesario si el observador tuviera sucesivamente ante sus ojos las diferentes regiones de la Tierra.

________________________________________

CAPÍTULO LVI

 

EL AÑO Y SUS ESTACIONES

“Nos dijiste”, dijo Claire, “que al mismo tiempo que la Tierra gira sobre su eje, viaja alrededor del Sol”.

Sí. Ese viaje dura trescientos sesenta y cinco días; da trescientas sesenta y cinco piruetas sobre su eje para dar una vuelta alrededor del sol. El tiempo empleado en este viaje equivale a un año.

“La Tierra tarda un día de veinticuatro horas en girar sobre su eje; un año en dar una vuelta alrededor del Sol”, dijo Julio.

Eso es. Imagínate girando alrededor de una mesa circular cuyo centro está ocupado por una lámpara que representa el sol, mientras tú representas la tierra. Cada vuelta alrededor de la mesa equivale a un año. Para representar las cosas con exactitud, debes dar trescientas sesenta y cinco vueltas sobre los talones mientras das una vuelta alrededor de la mesa.

“Es como si la tierra bailara alrededor del sol”, sugirió Emile.

La comparación no está tan bien elegida como podría, pero es exacta. Demuestra que, a pesar del vértigo propio de su edad, Emile lo ha entendido perfectamente. Un año se divide en doce meses: enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. La desigual duración de los meses a veces resulta confusa. Algunos tienen 31 días, otros 30; febrero tiene 28 o 29, según el año.

—Por mi parte —dijo Claire—, me resultaría difícil distinguir si mayo, septiembre y otros meses tienen 30 o 31 días. ¿Cómo se puede recordar qué meses tienen 31 días y cuáles 30?

Un calendario natural, grabado en nuestras manos, nos enseña de forma muy sencilla. Cierre el puño de la mano izquierda. A la altura de los nudillos, los cuatro dedos, excepto el pulgar, forman una protuberancia, separada por una concavidad de la siguiente protuberancia. Coloque el dedo índice de la mano derecha uno por uno sobre estas protuberancias y concavidades, comenzando por el meñique, y al mismo tiempo nombre los meses del año en orden: enero, febrero, marzo, etc. Cuando se acabe la serie de los cuatro dedos, regrese al punto de partida y continúe nombrando los doce meses en las protuberancias y concavidades. Pues bien, todos los meses correspondientes a las protuberancias tienen 31 días; todos los correspondientes a las concavidades, 30. Debe exceptuar febrero, que corresponde a la primera concavidad. Este tiene 28 o 29 días, según el año.

—Déjame intentarlo —propuso Claire—. Veamos cuántos días tiene mayo: enero, ¡bum!; febrero, ¡hueco!; marzo, ¡bum!; abril, ¡hueco!; mayo, ¡bum! Mayo tiene 31 días.

“Es así de fácil”, dijo su tío.

—Ahora me toca —intervino Jules—. Probemos con septiembre: enero, ¡bum!; febrero, ¡hueco!; marzo, ¡bum!; abril, ¡hueco!; mayo, ¡bum!; junio, ¡hueco!; julio, ¡bum! ¿Y ahora? Ya no me queda más remedio.

—Ahora empieza de nuevo y continúa nombrando los meses —le indicó el tío Paul.

“¿Sigues en el mismo punto donde empezaste?”

"Sí."

Bien. Agosto, ¡bum! Hay dos bumps consecutivos. Entonces, hay dos meses juntos, julio y agosto, que tienen 31 días.

"Sí."

Empezaré de nuevo. Agosto, golpe; septiembre, hueco. Septiembre tiene 30 días.

“¿Por qué febrero a veces tiene 28 y a veces 29 días?”, preguntó Claire.

Debo decirles que la Tierra no tarda exactamente 365 días en dar una vuelta completa alrededor del Sol. Tarda casi seis horas más. Para compensar estas seis horas que se descartaron inicialmente para tener un número redondo de días en el año, se computan cada cuatro años, y el día adicional que forman en total se suma a febrero, que entonces dura 29 días en lugar de 28.

“Entonces, durante tres años consecutivos, febrero tiene 28 días, y el cuarto año tiene 29”.

Exactamente. Recuerda también que los años en que febrero tiene 29 días se llaman bisiestos.

“¿Y las estaciones?” preguntó Jules.

“Por razones que aún serían demasiado difíciles de entender para ti, el viaje anual de la Tierra alrededor del Sol causa las estaciones y la duración desigual de los días y las noches.

Hay cuatro estaciones, de tres meses cada una: primavera, verano, otoño e invierno. La primavera va del 20 de marzo al 21 de junio aproximadamente; el verano, del 21 de junio al 22 de septiembre; el otoño, del 22 de septiembre al 21 de diciembre; y el invierno, del 21 de diciembre al 20 de marzo.

El 20 de marzo y el 22 de septiembre, el sol es visible 12 horas e invisible 12 horas, de un extremo a otro de la Tierra. El 21 de junio es para nosotros la época de los días más largos y las noches más cortas; el sol es visible dieciséis horas e invisible ocho. Más al norte, la duración del día aumenta y la de la noche disminuye. Hay países donde el sol, más madrugador que aquí, sale a las dos de la mañana y se pone a las diez de la noche; y otros donde la hora de su salida y la de su puesta son tan próximas que el sol apenas se ha ocultado bajo el borde aparente del cielo cuando reaparece. Finalmente, en el mismo polo de la Tierra, es decir, en el punto que permanece estacionario, como el extremo del eje de una rueda, mientras todo lo demás gira, se puede presenciar el maravilloso espectáculo de un sol que no se pone, que gira alrededor del espectador durante seis meses enteros, igualmente visible a medianoche y mediodía. En esos países ya no hay noche.

El 21 de diciembre tenemos una situación exactamente opuesta a la observada en junio. En nuestro país, el sol sale a las ocho de la mañana; a las cuatro de la tarde ya se ha puesto. Eso supone ocho horas de día por dieciséis de noche. Más al norte, ahora hay noches de dieciocho, veinte y veintidós horas, y días correspondientes de seis, cuatro y dos horas. Cerca del polo, el sol ni siquiera se asoma, y ya no hay luz de día; durante seis meses hay la misma oscuridad al mediodía que a medianoche.

“¿Y vive gente en ese país del polo, donde el año se compone de un día que dura seis meses y una noche de seis meses?”, preguntó Julio.

“No, hasta este momento[2] El hombre no ha podido alcanzar el Polo debido al terrible frío que allí reina; pero hay países habitados, más o menos cerca del Polo. Con la llegada del invierno, el vino, la cerveza y otras bebidas se convierten en bloques de hielo en sus barriles; un vaso de agua lanzado al aire cae en copos de nieve; la humedad del aliento se convierte en agujas de escarcha en la nariz; el mar mismo se congela a gran profundidad, aumentando así la aparente extensión de la tierra firme, a la que se asemeja, con sus campos de nieve y montañas de hielo. Durante meses enteros, el sol no se asoma, y no hay diferencia entre el día y la noche, o mejor dicho, es una larga noche, igual al mediodía que a la medianoche. Sin embargo, cuando hace buen tiempo, la oscuridad no es completa; la luz de la luna y las estrellas, aumentada por la blancura de la nieve, produce una especie de semiluz diurna suficiente para ver. Bajo esta tenue luz, en trineos tirados desordenadamente por tiros de perros, los habitantes de estas oscuras regiones cazan la escasa caza que encuentran. La pesca les proporciona alimento en abundancia. El pescado seco, almacenado, medio descompuesto, y la grasa de ballena rancia son su alimento habitual. Para alimentar sus hogares, dependen, de nuevo, de la pesca, que les proporciona espinas y rodajas de grasa. Aquí, en resumen, la madera es desconocida; ningún árbol, por resistente que sea, puede resistir los rigores del invierno. Sauces y abedules, reducidos a insignificantes matorrales, se aventuran hasta los extremos meridionales de Laponia, donde cesa el cultivo de cebada, la planta más resistente de las cultivadas. Más allá de este punto, cesa toda vegetación leñosa; y durante el verano solo se encuentran ocasionales matas de hierba y musgo, madurando apresuradamente sus semillas en las oquedades resguardadas de las rocas. Más adelante, el verano es demasiado corto para que la nieve y el hielo se derritan por completo; “El suelo nunca está desnudo y toda vegetación es imposible”.

2 .  Esto fue escrito antes de los logros de Peary y Amundsen en la exploración polar .

 

Una parte de la superficie de la luna

—¡Ay, esos países tristes! —exclamó Emile—. Una pregunta más, tío. ¿Va la Tierra deprisa al dar la vuelta al Sol?

Tarda un año en completar el recorrido; pero como gira a una enorme distancia del sol, una distancia de 38 millones de leguas, debe recorrer este amplio círculo a una velocidad inconcebible. Esta velocidad es de 27.000 leguas por hora. En ese mismo tiempo, la locomotora más rápida recorre unas 15 leguas. Comparen y juzguen.

—¡¿Cómo?! —exclamó Julio—. ¿La inmensa bola, cuyo terrible peso jamás hemos podido comprender, viaja por el cielo con tanta rapidez?

Sí, amigo mío; a una velocidad de veintisiete mil leguas por hora, la esfera terrestre rueda por el espacio, sin eje, sin apoyo, siempre en la línea ideal que le ha sido dada como pista. ¿Quién la hizo moverse tan rápido que solo pensarlo te marea? Inclinemos la cabeza, hijos míos; es el poder de Dios.

________________________________________


CAPÍTULO LVII

 

BAYAS DE BELLADONA

Malas noticias circulaban de casa en casa en el pueblo. Esto es lo que decían:

Ese día le pusieron al pequeño Luis sus primeros pantalones. Tenían bolsillos y botones brillantes. Con su nuevo traje, Luis estaba un poco torpe, pero muy contento. Admiraba los botones que brillaban al sol; no dejaba de dar vueltas a sus bolsillos para ver si había espacio suficiente para todos sus juguetes. Lo que más le hacía feliz era un reloj de hojalata, que siempre marcaba la misma hora. Su hermano, José, dos años mayor, también estaba muy contento. Ahora que Luis vestía como él, nada le impedía llevarlo al bosque, donde había nidos de pájaros y fresas. Tenían en común un cordero más blanco que la nieve, con una bonita campanilla en el cuello. Los dos hermanos debían llevarlo al prado. Llevaron el almuerzo en una cesta. Besaron a su madre, quien les aconsejó que no se alejaran mucho. «Cuida de tu hermano», le dijo a José; «tómalo de la mano y vuelve pronto». Empezaron. José llevaba la cesta, Luis guiaba al cordero. Desde la puerta, su madre los vio alejarse, feliz con su alegría. De vez en cuando los niños se giraban para sonreírle y luego desaparecían en la curva del camino.

Llegan al prado. El cordero retoza en la hierba; Joseph y Louis corren tras mariposas en medio de un grupo de árboles altos.

—¡Oh, qué cerezas tan bonitas! —exclamó Luis de repente—. ¡Miren qué grandes y negras son! ¡Cerezas, cerezas! Vamos a darnos un festín. ¡Vamos a recoger algunas para comer!

Había, de hecho, algunas bayas grandes de un tono violeta oscuro en las plantas bajas.

—¡Qué pequeños son estos cerezos! —respondió José—. Nunca he visto unos iguales. No tendremos que trepar al árbol para buscarlos, y no se te romperán los pantalones nuevos.

Luis cogió una baya y se la metió en la boca. Era insípida y dulzona.

—Estas cerezas no están maduras —dice el pequeño Luis escupiéndolas.

—Toma este —responde José, dándole uno que se sentía muy suave—. Está maduro.

Luis lo prueba y lo escupe.

“No, no son nada buenos”, repite el niño.

"¿No están buenos, no están buenos?", dice José; "ya verás". Come uno, luego otro, luego otro más, luego un cuarto, luego un quinto. Al sexto se ve obligado a parar. Decididamente no estaban buenos.

Es cierto, no están muy maduras. Pero cojamos algunas de todas formas. Las dejaremos madurar en la cesta.

Recogieron un par de estas moras y luego echaron a correr tras las mariposas. Olvidaron las cerezas.

Una hora después, Simón, que regresaba del molino con su burro, encontró a dos niños pequeños sentados al pie del seto, llorando a gritos y abrazados. A sus pies yacía un cordero balando lastimeramente. El menor le decía al otro: «José, levántate; nos vamos a casa». El mayor intentó levantarse, pero sus piernas, presas de un temblor convulsivo, no lo sostuvieron. «José, José, háblame», dijo el pobrecito; «háblame». Y José, castañeteando los dientes, miró a su hermano con ojos tan grandes que lo asustaron. «Hay una manzana más en la cesta; ¿la quieres? Te la doy entera», continuó el pequeño, con las mejillas bañadas en lágrimas. Y el mayor tembló y luego se quedó rígido, a sobresaltos, y miró fijamente con los ojos cada vez más abiertos.

Fue entonces cuando Simón pasó. Puso a los dos niños en el burro, tomó la cesta y, seguido del cordero, se apresuró a llegar al pueblo.

Cuando la infeliz madre vio a José, su querido José, tan bien hacía unas horas, tan contento de llevar a su hermano a pasear, y ahora inconsciente, moribundo, fue una escena que le derritió el corazón. "¡Dios mío, Dios mío!", exclamó, enloquecida de dolor, "¡Llévame y deja a mi hijo! ¡Ay, mi José! ¡Ay, mi pobre José!". Y, cubriéndolo de besos, prorrumpió en gritos de desesperación.

Llamaron al médico; la cesta donde aún había algunas moras negras confundidas con cerezas le explicó la causa del triste suceso. "¡Belladona, Dios mío!", exclamó en voz baja. "¡Ay! Es demasiado tarde". Con el corazón roto, pidió una poción, en cuya eficacia no podía confiar, pues el veneno había hecho un progreso irreparable. Y, de hecho, una hora después, mientras la madre, de rodillas a los pies de la cama, rezaba y lloraba, una pequeña mano se extendió desde debajo de las sábanas y se colocó fría en la suya. Fue la última despedida: José había muerto.

Al día siguiente enterraron al pobrecito. Todo el pueblo asistió al funeral. Emile y Jules regresaron del cementerio tan tristes que durante varios días no pensaron en preguntarle a su tío la causa de tan lamentable accidente.

Desde entonces, en la casa de luto, el pequeño Luis deja de jugar de vez en cuando y se pone a llorar, a pesar de su hermoso reloj de hojalata. Le han dicho que José se ha ido lejos y que algún día volverá. «Mamá», dice a veces, «¿cuándo volverá José? Estoy cansado de jugar solo». Su madre lo besa y, cubriéndose la cara con la punta del delantal, derrama lágrimas ardientes. «¿Ya no quieres a José? ¿Y por eso lloras cuando hablo de él?», pregunta el pobrecito inocente. Y su madre, abrumada, intenta en vano reprimir los sollozos.

________________________________________

CAPÍTULO LVIII

 

PLANTAS VENENOSAS

La muerte del pobre Joseph había sembrado la consternación en el pueblo. Si los niños salían de casa y se iban al campo, la ansiedad era constante hasta su regreso. Podrían encontrar plantas venenosas que los tentarían con sus flores o bayas y los envenenarían. Muchos decían, con razón, que la mejor manera de prevenir estos terribles accidentes era conocer las plantas peligrosas y enseñar a los niños a tener cuidado con ellas. Fueron a buscar al Maestro Paul, cuyo gran conocimiento era apreciado por todos, y le pidieron que les enseñara las plantas venenosas del vecindario. Así que el domingo por la noche hubo una gran reunión en casa del tío Paul. Además de sus dos sobrinos y su sobrina, Jacques y la Madre Ambroisine, estaban Simón, que se había topado con los dos desafortunados niños al volver del molino; Jean el molinero; André el labrador; Philippe el viñador; Antoine; Mathieu; y muchos otros. El día anterior, el tío Paul había dado un paseo por el campo para recoger las plantas de las que iba a hablar. Un gran ramo de las principales plantas venenosas, algunas en flor, otras con bayas, estaban en una jarra de agua sobre la mesa.

“Hay gente, amigos míos”, comenzó, “que cierra los ojos para no ver el peligro y se cree segura porque lo ignora voluntariamente. Hay otros que se informan sobre lo que puede ser una amenaza, convencidos de que una persona advertida vale por dos desprevenidas. Ustedes pertenecen a esta última clase, y los felicito. Innumerables males nos acechan; intentemos disminuir su número con nuestra vigilancia, en lugar de entregarnos a la pereza y la despreocupación. Ahora que una terrible desgracia ha alcanzado a una de nuestras familias, ¿quién no comprende la extrema importancia de saberlo todo para evitar estas terribles plagas que se cobran víctimas cada año? Si este conocimiento fuera más amplio, el pobrecito cuya pérdida ahora lamentamos seguiría siendo el consuelo de su madre. ¡Ay, niño desdichado!

 

Belladona

El tío Paul, a quien los truenos jamás hacían fruncir el ceño, tenía lágrimas en los ojos y la voz le temblaba. El buen Simón, que había visto a los dos niños abrazados bajo el seto, se conmovió más que los demás al recordarlo. Se bajó la ancha ala del sombrero para ocultar las gruesas lágrimas que rodaban por sus ásperas mejillas bronceadas por el sol. Tras unos instantes de silencio, el tío Paul continuó:

La muerte del desafortunado niño fue causada por la belladona. Es una hierba bastante grande con flores rojizas en forma de campana. Las bayas son redondas, de color negro violáceo, parecidas a las cerezas. Las hojas son ovaladas y puntiagudas en el extremo. Toda la planta tiene un olor nauseabundo y una apariencia sombría, como para anunciar el veneno que esconde. Las bayas son particularmente peligrosas porque pueden tentar a los niños por su parecido con las cerezas y su sabor dulzón. La dilatación de la pupila y la mirada fija y apagada son características del envenenamiento por belladona.

Pablo tomó del ramo que estaba en la jarra una ramita de belladona y la hizo pasar entre los presentes para que cada uno pudiese examinar la planta de cerca.

-¿Cómo dices que se llama eso? -preguntó Jean.

"Belladona."

Belladona; qué bien. Conozco esa hierba. La he encontrado a menudo cerca del molino, en lugares sombreados. ¿Quién iba a creer que esas bonitas cerezas contenían un veneno tan espantoso?

Aquí André preguntó: “¿Qué significa la palabra belladona?”

Es una palabra italiana que significa dama elegante. Antiguamente, al parecer, las damas usaban el jugo de esta planta para mantener la tez blanca.

Esa es una propiedad que no nos concierne a nuestra piel morena. Lo que nos concierne es esta maldita baya que podría tentar a nuestros hijos.

“¿No corren peligro nuestros rebaños cuando esta hierba crece en los pastos?” preguntó Antoine.

“Es muy raro que los animales toquen plantas venenosas; evitan ramonear aquello que podría dañarlos, advertidos por el olor y, sobre todo, por el instinto.

Esta otra planta de hojas grandes, cuyas flores, rojas por fuera y con manchas blancas y moradas por dentro, se disponen en un racimo largo y magnífico, casi tan alto como un hombre, se llama digitalis. Las flores tienen la forma de campanillas largas y panzudas, o más bien de dedos de guante; por eso recibe diferentes nombres, todos en referencia a esta peculiaridad.

 

Dedalera

—Si no me equivoco —dijo Jean—, es lo que llamamos dedalera. Es común en los linderos de los bosques.

La llamamos dedalera por su parecido con el pulgar de un guante. Por la misma razón, también se le conoce como guantes de Notre Dame, guantes de la Virgen y dediles. El nombre digitalis, tomado del latín, también se refiere a la flor con forma de dedo.

—Es una lástima que esa hermosa planta sea venenosa —comentó Simón—. Sería un placer verla en nuestros jardines.

Se cultiva, de hecho, como planta ornamental, pero en jardines con una vigilancia más estricta que la nuestra. En cuanto a nosotros, amigos míos, que apenas tenemos tiempo para cuidar las flores, haremos bien en no poner la digital al alcance de los niños introduciéndola en nuestros jardines. Toda la planta es venenosa. Tiene la singular propiedad de ralentizar los latidos del corazón y finalmente detenerlos. No hace falta decir que cuando el corazón deja de latir, todo se acaba.

 

Cicuta

La cicuta es aún más peligrosa. Sus hojas finamente divididas se parecen a las del perifollo y el perejil. Este parecido ha ocasionado a menudo errores fatales, tanto más fácil cuanto que esta formidable planta crece en los setos de los cercados e incluso en nuestros jardines. Sin embargo, una característica bastante sencilla nos permite distinguir la hierba venenosa de las dos plantas que se le parecen: su olor. Frota ese mechón de cicuta en tus manos, Simon, y huele.

—¡Ay! —dijo Simón—, eso huele fatal; el perejil y el perifollo no tienen ese olor tan asqueroso. En mi opinión, cuando uno está avisado, no hay error posible.

Sí, cuando se le advierte; pero quienes no lo reciben no hacen caso del olor y confunden la cicuta con perejil o perifollo. Es para estar advertidos que me escuchan esta noche.

—Nos hace un gran favor, Maître Paul —dijo Jean—, al ponernos en guardia contra estas plantas peligrosas. Todos en casa deberían saber lo que nos acaba de enseñar, para no cosechar una ensalada de cicuta en lugar de perifollo.

 

Aro

Hay dos tipos de cicuta. Una, llamada cicuta grande, se encuentra en lugares húmedos y sin cultivar. Es muy parecida al perifollo. Sus tallos están marcados con manchas negras o rojizas. La otra, llamada cicuta pequeña, se parece al perejil. Crece en campos cultivados, setos y jardines. Ambas tienen un olor nauseabundo.

Aquí tenemos una planta venenosa muy fácil de reconocer. Se trata del aro, o, como se le llama comúnmente, pata de ternero. El aro es común en los setos. Sus hojas son muy anchas y tienen forma de gran punta de lanza. La flor tiene forma de oreja de burro. Es una gran trompeta amarillenta, de cuya base emerge una vara carnosa que podría confundirse con un dedo de mantequilla. A esta extraña flor le sucede un racimo de bayas tan grandes como guisantes y de un espléndido color rojo. Toda la planta tiene un insoportable sabor a quemado.

—Déjeme contarle, señor Paul —intervino Mathieu—, lo que le pasó un día a mi pequeño Lucien. Al volver de la escuela, vio en el seto esas grandes flores de las que habla, como orejas de burro; la vara carnosa del centro le pareció algo bueno para comer. Acaba de compararla con un dedo de mantequilla. El insensato se quedó prendado de su aspecto. Mordió el engañoso dedo de mantequilla. ¡Qué había hecho! En un instante, su lengua empezó a arder como si hubiera mordido un carbón al rojo vivo. Lo vi volver a casa escupiendo y haciendo muecas. No lo volverán a atrapar, puede estar seguro. Por suerte, no se había tragado el trozo. A la mañana siguiente estaba bien.

Un sabor a quemado similar se encuentra en el jugo blanco lechoso que emana de la euforbia al cortarla. Las euforbias son plantas de aspecto modesto, muy comunes en todas partes. Sus flores, pequeñas y amarillentas, crecen en una cabezuela, cuyas ramas uniformes irradian en la parte superior del tallo. Estas plantas se reconocen fácilmente por su jugo blanco, su leche, que emana en abundancia de los tallos cortados. Este jugo es peligroso, incluso en la piel, si está tierna; su sabor acre y quemante es su característica suficiente.

 

Acónitos

Los acónitos, al igual que la digital, son plantas preciosas que, por su belleza, se han introducido en jardines, a pesar de la intensidad de su veneno. Se encuentran en zonas montañosas. Sus flores son azules o amarillas, con forma de casco, y crecen en un elegante racimo terminal de gran belleza. Sus hojas, de un verde brillante, se extienden en ramilletes radiantes. Los acónitos son muy venenosos. La intensidad de su veneno les ha dado el nombre de acónito y matalobos. La historia cuenta que antiguamente se remojaban puntas de flecha y de lanza en el jugo de los acónitos para envenenar las heridas de guerra y hacerlas mortales.

En nuestros jardines se cultiva a veces un arbusto con hojas grandes y brillantes que no se caen en invierno y cuyas bayas negras y ovaladas son tan grandes como bellotas. Se trata del laurel cerezo. Todas sus partes, hojas, flores y bayas, desprenden un aroma a almendras amargas y huesos de melocotón. Las hojas del laurel cerezo se utilizan a veces para perfumar cremas y productos lácteos. Deben usarse con mucha prudencia, ya que el laurel cerezo es extremadamente venenoso. Incluso se dice que basta con permanecer un tiempo a su sombra para sentirse indispuesto por sus exhalaciones de olor a almendras amargas.

En otoño, en los campos húmedos, se ve en abundancia una flor grande y hermosa, de color rosa o lila, que brota sola del suelo, sin tallo ni hojas. Es el cólquico, también llamado azafrán de prado, o veillotte , también veilleuse , porque florece en vísperas de la estación fría. Si excavas un poco, descubrirás que esta flor nace de un bulbo bastante grande, cubierto de una piel marrón. El cólquico es venenoso, por lo que las vacas nunca lo tocan. Su bulbo es aún más venenoso.

Pero ya hemos hablado bastante de plantas dañinas por hoy. Temería nublarles la memoria si entrara en más detalles. El próximo domingo los espero de nuevo, amigos, y les hablaré de hongos.

________________________________________

CAPÍTULO LIX

 

LA FLOR

Sí, habían escuchado con mucha atención el día anterior cuando el tío Paul les contó todo sobre las plantas venenosas. ¿Quién no escucharía una charla sobre flores? Sin embargo, Jules y Claire se habrían alegrado de saber más. ¿Cómo se hacen las flores que su tío les enseñó ayer? ¿Qué hay en su interior? ¿De qué sirven a la planta? Bajo el gran saúco del jardín, su tío les habló así:

Comencemos con las flores de la digital, de las que hablé ayer. Aquí hay una. Tiene, como ven, casi la forma de un dedo enguantado, o mejor, de un capuchón largo y puntiagudo. Emile podría ponérsela en el meñique; habría espacio de sobra. Es de color rojo violáceo. En su interior, tiene manchas rojo oscuro rodeadas de blanco. El dedo enguantado rojo surge del centro de un círculo de cinco hojitas. Estas hojitas también forman parte de la flor. Juntas forman lo que se llama cáliz. El resto, la parte roja, se llama corola. Recuerden estas palabras, que son nuevas para ustedes.

“La corola es la parte coloreada de la flor; el cáliz es el círculo de pequeñas hojas en la base de la corola”, repitió Jules.

La mayoría de las flores tienen dos envolturas como estas, una dentro de la otra. El exterior, o cáliz, casi siempre es verde; el interior, o corola, está adornado con esos magníficos matices que nos deleitan en tantas flores.

 

Malva

En la malva que ven aquí, el cáliz consta de cinco hojitas verdes y la corola de cinco grandes trozos de color lila. Cada uno de estos trozos se llama pétalo. Los pétalos, en conjunto, forman la corola.

“La corola de la digital tiene un solo trozo o pétalo; la de la malva tiene cinco”, comentó Claire.

Al principio parece así, pero al examinarlas detenidamente, descubrirás que ambas tienen cinco. Debo decirte que en muchas flores los pétalos se unen en cuanto empiezan a formarse en el capullo, y al unirse forman una corola que parece de una sola pieza. Pero muy a menudo, los pétalos unidos se separan un poco en el borde de la flor, y mediante hendiduras más o menos profundas se puede ver cuántos están unidos.

Observa esta flor de tabaco. La corola forma un embudo panzudo, aparentemente compuesto de una sola pieza. Pero el borde de la flor está cortado en cinco partes similares, que son los extremos de otros tantos pétalos. La flor de tabaco, entonces, tiene cinco pétalos, al igual que la malva; solo que estos cinco pétalos, en lugar de estar separados en toda su longitud, están unidos formando una especie de embudo.

 

Tabaco

“Las corolas con pétalos separados se llaman corolas polipétalas”.

“Como el de la malva”, sugirió Claire.

“Y el de la pera, la almendra y la fresa”, añadió Jules.

“Jules olvida algunas muy bonitas: el pensamiento y la violeta”, dijo Emile.

“Las corolas con pétalos todos unidos se llaman corolas monopétalas”, continuó el tío Paul.

“Por ejemplo, la digital y el tabaco”, explicó Jules.

“Y las campanillas, no las olvidéis, esas preciosas campanillas blancas que trepan por los setos”, añadió Emile.

“Los cinco pétalos unidos entre sí se distinguen con la misma facilidad en esta flor que tenemos aquí, llamada boca de dragón”.

“¿Por qué se llama boca de dragón?” preguntó Emile.

“Porque cuando se le aprieta por ambos lados abre la boca como un animal.”

El tío Paul hizo bostezar a la flor; bajo la presión de sus dedos, abrió y cerró la boca como si mordiera. Emile la observaba con asombro.

En esta boca hay dos labios, uno superior y otro inferior. Pues bien, el labio superior está dividido en dos por una profunda hendidura, signo de dos pétalos, y el inferior está dividido en tres, lo que indica tres pétalos. La corola de la boca de dragón, aunque aparentemente es de una sola pieza, en realidad está compuesta por cinco pétalos unidos.

 

Boca de dragón

“Hay, entonces”, dijo Claire, “cinco pétalos en la malva, la pera, la almendra, la digital, el tabaco y la boca de dragón, con esta diferencia: que los cinco pétalos están separados en la malva, la pera y la almendra, y soldados entre sí en la digital, la boca de dragón y el tabaco”.

“Cinco pétalos, separados o unidos”, continuó el tío Paul, “se encuentran en muchas otras flores.

Volvamos al cáliz. Las pequeñas hojas verdes que lo componen se llaman sépalos. Hay cinco en las diferentes flores que acabamos de examinar: cinco en la malva, cinco en el tabaco, cinco en la digital y cinco en la boca de dragón. Al igual que los pétalos, las partes del cáliz, o sépalos, a veces permanecen separadas, a veces se unen, pero generalmente dejan unas marcas que indican su número.

El cáliz con partes distintas se llama cáliz polisépalo. El de la digital y el de la boca de dragón pertenecen a esta clase.

El cáliz con sépalos unidos se conoce como cáliz monosépalo. Es el caso de la flor del tabaco. Por las cinco hendiduras en su borde, se puede ver fácilmente que está formado por cinco piezas unidas.

“El número cinco aparece una y otra vez”, observó Claire.

Una flor, hija mía, es sin duda una maravilla de belleza, pero sobre todo es una obra maestra de sabia construcción. Todo en ella está calculado según reglas fijas, todo ordenado por número y medida. Una de las agrupaciones más frecuentes es en grupos de cinco. Por eso hemos encontrado cinco pétalos y cinco sépalos en todas las flores examinadas esta mañana.

Otra agrupación frecuente es la de tres en tres. Se encuentra en flores bulbosas: el tulipán, el lirio, el lirio de los valles, etc. Estas flores no tienen cubierta verde ni cáliz; solo tienen una corola compuesta de seis pétalos, tres en un círculo interior y tres en uno exterior.

El cáliz y la corola son la vestidura de la flor, una doble vestidura que posee tanto la sustancia que la protege de las inclemencias del tiempo como la fina textura que cautiva la vista. El cáliz, la vestidura exterior, es de forma sencilla, colorido modesto, estructura firme, apto para resistir el mal tiempo. Debe proteger a la flor aún no abierta, resguardarla del sol, del frío y de la humedad. Examine el capullo de una rosa o de una malva; observe con qué minuciosa precisión se unen los cinco sépalos del cáliz para cubrir el resto. Ni la más mínima gota de agua podría penetrar en el interior, tan cuidadosamente se unen sus bordes. Hay flores que cierran el cáliz cada noche como protección contra el frío.

La corola, o prenda interior, une la elegancia de la forma y la riqueza del tono con la delicadeza de la textura. Es para la flor lo que el vestido de novia es para nosotros. Esto es lo que cautiva especialmente nuestra mirada, de modo que solemos considerarla la parte más esencial de la flor, cuando en realidad es solo un simple accesorio ornamental.

De las dos prendas, el cáliz es el más necesario. Muchas flores, de gusto severo, saben prescindir de la parte agradable, la corola; pero se cuidan mucho de no renunciar a lo útil, el cáliz, que, en su forma más simple, se reduce a una hojita diminuta como una escama. Las flores sin corola pasan desapercibidas, y las plantas que las producen nos parecen sin flores. Es un error: todos los árboles y plantas florecen.

“¿Incluso el sauce, el roble, el álamo, el pino, el haya, el trigo y tantos otros cuyas flores nunca he visto?”, preguntó Julio.

Incluso el sauce, el roble y todas las demás. Sus flores son extremadamente numerosas, pero, como son muy pequeñas y carecen de corola, escapan a la vista distraída. No hay excepción: cada planta tiene su flor.

________________________________________

CAPÍTULO LX

 

FRUTO

Sería conocer muy poco a una persona solo darse cuenta de que lleva una prenda de cierto material, un abrigo de tal o cual tela. No se conoce mejor una flor cuando se sabe que está revestida de un cáliz y una corola. ¿Qué hay bajo esta cubierta?

 

Una rama floreciente de la alhelí

Examinemos juntos esta alhelí. Tiene un cáliz de cuatro sépalos y una corola de cuatro pétalos amarillos. Retiro estos ocho fragmentos. Lo que queda ahora es la parte esencial; es decir, aquello sin lo cual la flor no podría cumplir su función y sería completamente inútil. Examinemos con detenimiento esta parte restante. Verán que vale la pena el esfuerzo.

Primero, hay seis pequeñas varillas blancas, cada una coronada por una bolsa llena de polvo amarillo. Estas seis piezas se llaman estambres. Se encuentran en todas las flores en mayor o menor número. El alhelí tiene seis: cuatro más largos dispuestos en pares y dos más cortos.

La doble bolsa que remata el estambre se llama antera. El polvo que contiene la antera se conoce como polen. Es amarillo en el alhelí, el lirio y la mayoría de las plantas; gris ceniza en la amapola.

—Ya nos has contado —intervino Julio— cómo las nubes de polen, levantadas por el viento en los bosques, son la causa de las supuestas lluvias de azufre que tanto asustan a la gente.

Retiro los seis estambres. Queda un cuerpo central, hinchado en la base, estrecho en la parte superior y coronado por una especie de cabeza húmeda y pegajosa. En su totalidad, este cuerpo central se llama pistilo; la protuberancia en la base se llama ovario, y la cabeza pegajosa que lo remata es estigma.

“¡Qué nombres tan grandes para cosas tan pequeñas!” exclamó Jules.

Pocas cosas, sí; pero de una importancia sin igual. Estas pequeñas cosas, mi querido amigo, nos dan el pan de cada día; sin la obra milagrosa de estas pequeñas cosas, moriríamos de hambre.

“Me encargaré de recordar sus nombres entonces.”

—Yo también —intervino Emilio—, pero debes repasarlos otra vez, son muy difíciles de aprender.

El tío Paul empezó de nuevo. Jules y Emile repitieron tras él: estambre, antera y polen; pistilo, estigma y ovario.

Con una navaja, divido la flor en dos. El ovario partido nos muestra lo que hay dentro.

“Veo pequeñas semillas en filas regulares en dos compartimentos”, observó Jules.

“¿Sabes qué son esas semillas apenas visibles?”

"Aún no."

Son las futuras semillas de la planta. El ovario, entonces, es la parte de la planta donde se forman las semillas. En cierto momento, la flor se marchita; los pétalos se marchitan y caen; el cáliz hace lo mismo, o permanece para cumplir su función de protector un tiempo más; los estambres secos se desprenden; solo queda el ovario, que crece, madura y finalmente se convierte en el fruto.

“Toda fruta —la pera, la manzana, el albaricoque, el melocotón, la nuez, la cereza, el melón, la fresa, la almendra, la castaña— comenzó siendo una pequeña hinchazón del pistilo; todas estas excelentes cosas que la planta nos proporciona como alimento fueron primero ovarios.”

“¿Una pera comenzó siendo el ovario de una flor de peral?”

Sí, hija mía; las peras, las manzanas, las cerezas, los albaricoques, comienzan siendo los ovarios de sus respectivas flores. Te mostraré un albaricoque en flor.

El tío Paul cogió una flor de albaricoque, la abrió con su cortaplumas y mostró a los niños lo que se muestra en la imagen.

En el corazón de la flor se ve el pistilo rodeado de numerosos estambres. La cabeza que lo remata en la parte superior es el estigma; la protuberancia en la parte inferior es el ovario o futuro albaricoque.

—Esa cosita verde sería un albaricoque, lleno de jugo dulce, que tanto me gusta —preguntó Emilio.

Esa cosita verde se habría convertido en un albaricoque como esos que tanto le gustan a Emile. ¿Te gustaría ver el ovario que nos da el pan?

—¡Oh, sí! Todas estas cosas son muy curiosas —respondió Jules.

“Mejor que eso, muy importante.”

Claire le dio una aguja a su tío a petición suya; luego, con la delicada paciencia necesaria para esta operación, aisló una de las numerosas flores que forman la espiga de trigo. La delicada florecilla mostraba claramente, en la punta de la aguja, las diferentes partes que la componen.




 

Trigo

La bendita planta que nos da el pan no tiene tiempo para pensar en su aseo. Tiene cosas tan importantes que atender: ¡debe alimentar al mundo! ¡Así que vean qué ropa tan discreta lleva! Dos pobres escamas le sirven de cáliz y corola. Pueden reconocer fácilmente tres estambres colgantes con sus dobles saquitos por anteras. El cuerpo principal de la flor es el ovario panzudo, que, al madurar, será un grano de trigo. Está coronado por el estigma, formado como una doble pluma de exquisita delicadeza. ¡Saludadla, hijos míos: contemplad la modesta florecilla que nos da vida a todos!

________________________________________

CAPÍTULO LXI

 

POLEN

En pocos días, incluso en pocas horas, una flor se marchita. Pistilos, estambres y cáliz se marchitan y mueren. Solo una cosa sobrevive: el ovario, que se convertirá en fruto.

Ahora bien, para sobrevivir a las demás partes de la flor y permanecer en su tallo cuando todo lo demás se seca y cae, el ovario, en el momento de mayor vigor de la floración, recibe un suplemento de fuerza, casi diría una nueva vida. La magnificencia de la corola, sus suntuosos colores, sus perfumes, sirven para celebrar el momento solemne en que esta nueva vitalidad llega al ovario. Concluido este gran acto, la flor ha alcanzado su plenitud.

 

Granos de polen

Pues bien, es el polen, el polvo amarillo de los estambres, el que proporciona este aumento de energía sin el cual las semillas nacientes perecerían en el ovario, marchito. Cae de los estambres al estigma, siempre recubierto de una sustancia pegajosa que lo retiene; y desde el estigma, ejerce su misteriosa acción en las profundidades del ovario. Rebosantes de vida, las semillas nacientes se desarrollan rápidamente, mientras el ovario se hincha para darles el espacio necesario. El resultado final de este incomprensible trabajo es el fruto, con su contenido de semillas listas para germinar y producir nuevas plantas. No me pregunten más sobre estas maravillas que incluso el observador más agudo deja de ver con claridad. Solo Dios, el más sabio de los seres, sabe cómo un grano de polen puede dar a luz algo que antes no existía y puede hacer que el ovario sienta la agitación del principio vital.

“Os diré ahora cómo sabemos que la caída del polen sobre el estigma es indispensable para el desarrollo del ovario en fruto.

La mayoría de las flores tienen estambres y pistilos. Todas las que acabamos de ver pertenecen a esa clase. Pero hay plantas que tienen algunas flores con estambres y otras con pistilos. A veces, las flores con solo estambres y las que solo tienen pistilos se encuentran en la misma planta; a veces, se encuentran en plantas separadas.

Si no temiera sobrecargar tu memoria, te diría que las plantas que tienen flores solo con estambres y flores solo con pistilos en la misma planta se llaman plantas monoáceas. Esta expresión significa "que viven en una misma casa". En una palabra, las flores con estambres y las que tienen pistilos conviven en la misma casa, ya que se encuentran en la misma planta. La calabaza, el pepino y el melón son plantas monoáceas.

Las hortalizas cuyas flores con estambres y pistilos se encuentran en plantas diferentes se denominan dioicas; es decir, plantas con doble casa. Esto significa que el ovario y el polen no se encuentran en la misma planta. La langosta, el dátil y el cáñamo son dioicas.

 

Rama floreciente del árbol de langosta

El algarrobo es un árbol del extremo sur de Francia. Su fruto crece en vainas similares a las del guisante, pero marrones, muy largas y carnosas. Este fruto, además de semillas, tiene una pulpa azucarada. Supongamos que, si el clima lo permite, se nos ocurre cultivar semillas de algarrobo en nuestro jardín. ¿Qué algarrobo debemos plantar? Evidentemente, el árbol con pistilos, porque solo él posee los ovarios que dan fruto. Pero eso no es suficiente. Plantado solo, el algarrobo con pistilos podrá florecer abundantemente cada año, sin producir jamás fruto; pues sus flores caerían sin dejar un solo ovario en las ramas. ¿Qué falta? La acción del polen. Cerca del algarrobo con pistilos, plantemos uno con estambres. Ahora la fructificación procede como deseamos. El viento y los insectos transportan el polen de los estambres a los estigmas; los ovarios, inertes, cobran vida, y con el tiempo el algarrobo... Las vainas crecen y maduran perfectamente. Con polen, fruto; sin polen, no hay fruto. ¿Estás convencido, Jules?

—Sin duda, tío; solo que, por desgracia, no conocemos la langosta. Preferiría una planta de nuestra región.

 

Palmera datilera

“Les contaré uno que les permitirá comprobar lo que les he dicho; pero antes permítanme mencionar un segundo ejemplo.

El dátil, al igual que la langosta, es dioico. Los árabes lo cultivan por su fruto: los dátiles, su principal alimento.

“Los dátiles son esos frutos largos de sabor muy dulce que se conservan secos en cajas”, dijo Jules. “Un turco vendía algunos en la última feria. El fruto es largo y está partido por un lado, de un extremo al otro.”

Eso es. En la tierra de las dátiles, una tierra arenosa y abrasada por el sol, escasean los rincones de tierra fértil y regada. Estos lugares se llaman oasis. Es necesario aprovecharlos al máximo. Por eso, los árabes plantan solo dátiles con pistilos, los únicos que producen dátiles. Pero cuando florecen, recorren largas distancias en busca de ramos de flores con estambres en dátiles silvestres, para sacudir el polvo de los árboles que han plantado. Sin esta precaución, no hay cosecha.

—El tío nos contará tantas cosas —intervino Emile— que tendré tanto respeto por el polen como por el ovario. Sin él, no habría probado los dátiles del turco que fumaba una pipa tan larga; sin él, ni albaricoques ni cerezas.

En el jardín hay una larga parra de calabazas que pronto florecerá. Te la daré para el siguiente experimento.

La calabaza es monocea; las flores con estambres y las flores con pistilos habitan la misma casa, la misma planta. Antes de florecer por completo, se distinguen fácilmente entre sí. Las flores con pistilos tienen bajo la corola una protuberancia casi tan grande como una nuez. Esta protuberancia es el ovario, la futura calabaza. Las flores con estambres no tienen esta protuberancia.

Corta todas las flores con estambres antes de que estén completamente abiertas y deja las que tengan pistilos. Para mayor seguridad, envuelve cada una de ellas en una gasa antes de que florezcan por completo. La gasa debe ser lo suficientemente grande como para que la flor se abra. ¿Sabes qué pasará? Al no recibir el polen, ya que se cortan las flores con estambres, y como además la gasa impide la entrada de insectos en los jardines vecinos, las flores pistiladas se marchitarán después de un tiempo, y la planta no producirá calabazas.

¿Te gustaría, por el contrario, que tales flores, a tu elección, dieran calabazas a pesar de estar envueltas en gasa y de que las flores estaminadas no las encierran? Con la punta del dedo, toma un poco de polen de una de las flores que has cortado y aplica el polvo amarillo sobre el estigma de una flor pistilada. Luego, vuelve a colocar la gasa. ¡Basta! La calabaza crecerá.

“¿Nos dejarás intentar ese delicioso experimento?” preguntó Jules.

“Lo haré, te entrego la calabaza.”

—Tengo una gasa —se ofreció Claire.

“Y también un cordel para atarlo”, añadió Emile.

—Ven conmigo —gritó Jules.

Y, alegres como alondras, los tres niños corrieron al jardín para preparar todo para el experimento.

________________________________________

CAPÍTULO LXII

 

EL ABEJORRO

Las flores con polen fueron cortadas, y las que tenían ovarios fueron envueltas en una bolsa de gasa aparte. Todas las mañanas iban a observar la floración. Con el polen de las flores cortadas, pulverizaban los estigmas de cuatro o cinco flores pistiladas. Y sucedió tal como su tío había dicho. Los ovarios cuyos estigmas habían recibido el polen se convirtieron en calabazas, mientras que los demás se secaron sin hincharse. Ahora bien, durante estos experimentos, que eran a la vez un estudio serio y una divertida diversión, el tío Paul continuó su relato de la flor.

El polen llega al estigma de diversas maneras. A veces, los estambres, que son más largos, lo dejan caer por su propio peso sobre el pistilo, que es más corto. A veces, el viento, al agitar la flor, deposita el polvo de los estambres sobre el estigma, o incluso lo transporta largas distancias para beneficio de otros ovarios.

Hay flores cuyos estambres se comportan de tal manera que cumplen su misión. Se inclinan alternativamente y aplican sus anteras al estigma, depositando allí polen; luego se elevan lentamente para ceder el paso. Podrían considerarse como un círculo de cortesanos depositando sus ofrendas a los pies de un gran rey. Al terminar estos saludos, la función de los estambres concluye. La flor se marchita, pero el ovario comienza a madurar sus semillas.

 

Plantas dioicas (masculinas y femeninas)

de Vallisneria Spiralis

La vallisneria es una planta que vive bajo el agua. Es muy común en el Canal Sur. Sus hojas se asemejan a estrechas cintas verdes. Es dioica, es decir, tiene flores con estambres y pistilos en plantas diferentes. Las flores pistiladas nacen en tallos largos y muy rizados. Las flores con estambres tienen tallos muy cortos. Bajo el agua, donde la corriente arrastraría el polen e impediría que se fijara a los estigmas, la acción de los estambres sobre el pistilo no puede tener lugar. Por lo tanto, la vallisneria, fijada por sus raíces en el lodo, se ve obligada a enviar sus flores a la superficie del agua para que florezcan al aire libre. Es fácil para las flores pistiladas: desenrollan el rizo que las sostiene y suben a la superficie. Pero ¿qué harán las flores estaminadas, fijadas como están al fondo con sus tallos cortos?

—No puedo comprometerme a decirlo —respondió Julio.

Pues bien, por su propia fuerza, sin ayuda externa, estas flores se desprenden de sus tallos, rompen sus amarras y suben a la superficie para reunirse con las flores pistiladas. Entonces abren sus pequeñas corolas blancas y liberan su polen al viento y a los insectos, que lo depositan en los estigmas. Después mueren y la corriente las arrastra, mientras que las flores, vivificadas por el polen, se enroscan de nuevo y descienden de nuevo bajo el agua, para madurar allí sus ovarios con tranquilidad.

“Es maravilloso, tío; uno diría que esas florecitas saben lo que hacen”.

No saben lo que hacen; obedecen mecánicamente las leyes de la Providencia, que se burla de las dificultades y sabe obrar milagros en una simple brizna de hierba. ¿Les gustaría otro ejemplo impactante de esta sabiduría infinita que todo lo prevé, todo lo organiza? Volvamos a la boca de dragón.

Los insectos son los auxiliares de la flor. Moscas, avispas, abejas, abejorros, escarabajos, mariposas, todos compiten entre sí para ayudar llevando el polen de los estambres a los estigmas. Se sumergen en la flor, atraídos por una gota melosa preparada expresamente en el fondo de la corola. En su esfuerzo por obtenerla, sacuden los estambres y se embadurnan de polen, que llevan de una flor a otra. ¿Quién no ha visto abejorros saliendo del seno de las flores cubiertos de polen? Sus vientres peludos, espolvoreados de polen, solo tienen que tocar un estigma al pasar para infundirle vida. Cuando en primavera ven en un peral en flor un enjambre de moscas, abejas y mariposas, corriendo, zumbando y revoloteando, es un triple festín, amigos míos: un festín para el insecto que se esconde en las profundidades de las flores; un festín para el árbol cuyos ovarios son vivificado por toda esta alegre gente; y un festín para el hombre, a quien se le promete una cosecha abundante. El insecto es el mejor distribuidor de polen. Todas las flores que visita reciben su ración de polvo vivificante.

“¿Es para evitar que los insectos que vienen de los jardines vecinos traigan polen por lo que habéis cubierto las flores de calabaza con bolsas de gasa?” preguntó Emile.

Sí, hija mía. Sin esta precaución, el experimento de la calabaza no tendría éxito; pues los insectos vienen de lejos, quizá muy lejos, y depositan en nuestras flores el polen recogido de otras calabazas. Y se necesita muy poco; unos pocos granos bastan para dar vida a un ovario.

Para atraer al insecto que necesita, cada flor tiene en el fondo de su corola una gota de licor dulce llamado néctar. Con este licor las abejas elaboran su miel. Para extraerlo de corolas con forma de embudo profundo, las mariposas tienen una larga trompeta, enrollada en espiral cuando están en reposo, pero que desenrollan y sumergen en la flor como un taladro cuando desean obtener la deliciosa bebida. El insecto no ve esta gota de néctar; sin embargo, sabe que está ahí y la encuentra sin dudarlo. Pero en algunas flores se presenta una grave dificultad: estas flores están completamente cerradas. ¿Cómo se puede alcanzar el tesoro, cómo encontrar la entrada que conduce al néctar? Pues bien, estas flores cerradas tienen un letrero, una marca que dice claramente: «Entren aquí».

—¡No nos harás creer eso! —gritó Claire.

No voy a hacerte creer nada, querida niña; te lo voy a mostrar. Mira esta flor de boca de dragón. Está bien cerrada, sus dos labios cerrados no dejan paso. Su color es un rojo violáceo uniforme; pero ahí, justo en medio del labio inferior, hay una gran mancha de un amarillo brillante. Esta mancha, tan apropiada para llamar la atención, es la marca, el letrero del que te hablé. Por su brillo dice: Aquí está la cerradura.

 

Abejorro

Presiona con el meñique el punto. Verás. La flor bosteza al instante, la cerradura secreta funciona. ¿Y crees que el abejorro no sabe estas cosas? Obsérvalo en el jardín y verás cómo puede leer las señales de las flores. Cuando visita una boca de dragón, siempre se posa en el punto amarillo y en ningún otro lugar. La puerta se abre, entra. Se retuerce en la corola y se cubre de polen, con el que embadurna el estigma. Tras beber la gota, se dirige a otras flores, forzando la apertura de las cuales conoce a la perfección el secreto.

Todas las flores cerradas tienen, como la boca de dragón, un punto visible, una mancha de color brillante, una señal que muestra al insecto la entrada a la corola y le dice: «Aquí está». Finalmente, los insectos, cuyo oficio es visitar las flores y hacer que el polen caiga de los estambres al estigma, poseen un conocimiento maravilloso del significado de este punto. Es en él donde usan su fuerza para abrir la flor.

Recapitulemos. Los insectos son necesarios para que las flores lleven polen a los estigmas. Una gota de néctar, destilado a propósito para esto, los atrae al fondo de la corola; una mancha brillante les muestra el camino a seguir. O soy un triple idiota o tenemos aquí una admirable cadena de hechos. Más adelante, hijos míos, encontrarán a demasiada gente diciendo: Este mundo es producto del azar, ninguna inteligencia lo gobierna, ninguna Providencia lo guía. A esas personas, amigos míos, muéstrenles la mancha amarilla de la boca de dragón. Si, menos perspicaces que el corpulento abejorro, no lo entienden, compadézcanlos: tienen el cerebro enfermo.

________________________________________

CAPÍTULO LXIII

 

SETAS

Mientras hablaban de insectos y flores, el tiempo pasó volando hasta que llegó el domingo en que el tío Paul iba a hablar de las setas. La reunión fue más numerosa que la primera vez. La historia de las plantas venenosas se había repetido en el pueblo. Algunos, en la rutina, satisfechos con su estúpida ignorancia, habían dicho: "¿Para qué sirve?". "¡Para qué!", respondieron los demás; "enseña a tener cuidado con las plantas venenosas, para no morir miserablemente como el pobre José". Pero los que estaban en la rutina habían meneado la cabeza con aire satisfecho. Nada es tan autosuficiente como la locura. Así que solo los oyentes dispuestos acudían a ver al tío Paul.

“De todas las plantas venenosas, amigos míos”, comenzó, “los hongos son los más formidables; y, sin embargo, algunos proporcionan un alimento delicioso capaz de tentar al más sobrio”.

“Por mi parte”, observó Simón, “reconozco que no hay nada igual a un plato de champiñones”.

Nadie te acusará de glotonería, pues, como acabo de decir, los hongos pueden tentar incluso al más sobrio. No quiero desaconsejar su consumo. Sé muy bien lo valiosos que son en el país; simplemente propongo ponerte en guardia contra los venenosos.

“¿Nos vas a enseñar a distinguir el bien del mal?” preguntó Mathieu.

“No; eso es imposible para nosotros.”

¿Qué imposible? Todo el mundo sabe que se pueden comer sin miedo los hongos que crecen al pie de tal o cual árbol.

Antes de responder a esa observación, me dirigiré a todos ustedes y les preguntaré: ¿Confían en mi palabra? ¿Creen que dedicar la vida a estudiar estas cosas es más instructivo que lo que oyen quienes no se interesan en ellas?

“Puede hablar, señor Paul: todos tenemos plena confianza en su saber”, respondió Simón en nombre de la compañía.

Bien, pues, lo repito con toda convicción: es imposible para nosotros, que no somos especialistas, distinguir un hongo comestible de uno venenoso, pues nadie tiene una marca que diga: Esto es comestible y esto no. Ni la naturaleza del suelo, ni los árboles al pie de los cuales crecen, ni su forma, color, sabor ni olor, pueden enseñarnos nada ni permitirnos distinguir a simple vista lo inofensivo de lo venenoso. Admito que una persona que hubiera pasado largos años estudiando hongos con la minuciosidad de un científico lograría distinguir con bastante precisión lo venenoso de lo inofensivo, tal como se adquiere conocimiento de cualquier otra planta; pero ¿podemos nosotros emprender tales estudios? ¿Tenemos tiempo? Apenas conocemos una docena de malas hierbas, ¿y aun así nos atreveríamos a juzgar las propiedades de los hongos, tan numerosos en especies y tan parecidos entre sí?

 

Hongos

Me apresuro a añadir que, en cada localidad, el uso real ha enseñado desde hace mucho tiempo a la gente algunas variedades que pueden comer sin peligro. Es bueno atenerse a esta costumbre, que nos permite aprovechar la experiencia ajena, siempre que, entiéndase, nos familiaricemos con las variedades utilizadas. Pero eso no basta para protegernos de todo peligro. ¡Es tan fácil equivocarse! Y luego, vayan a otro lugar y encontrarán otros hongos que, aunque aparentemente pertenecen a la misma familia que los que han conocido como comestibles, serán peligrosos. Mi regla de conducta es, como ven, absoluta: deben tener cuidado con todos los hongos; en este caso es necesaria una gran prudencia.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo Simón—, en que nos resulta imposible distinguir a simple vista las especies comestibles de las venenosas; pero hay maneras de resolver la cuestión.

“Cuéntanos cómo.”

En otoño cortamos los champiñones en rodajas y los secamos al sol. Son un alimento excelente para el invierno. Los champiñones venenosos se pudren sin secarse. Los buenos se conservan.

Incorrecto. Todos los hongos, buenos o malos, se conservan o se echan a perder según su estado más o menos avanzado y según el clima en el momento de su preparación. Esta característica no tiene ningún valor.

“Los gusanos atacan a los hongos buenos”, interrumpió Antoine; “no atacan a los malos, porque los envenenan”.

Esa característica no es mejor que la otra. Los gusanos atacan a todos los hongos viejos, tanto malos como buenos; pues lo que para nosotros sería la muerte, para ellos es inofensivo. Su estómago está diseñado para ingerir veneno con impunidad. Ciertos insectos comen acónito, digitalis, belladona; se alimentan de lo que nos mataría.

“Dicen”, comentó Jean, “que una pieza de plata puesta en la olla cuando se cocinan los hongos se vuelve negra si son venenosas y permanece blanca si son buenos”.

El dicho es una tontería, y ponerlo en práctica es una locura. La plata no cambia de color más con los hongos malos que con los buenos.

—Entonces no queda más remedio que dejar las setas. Sería muy duro para mí —dijo Simon.

No, no; te prometo, al contrario, que podrás usarlos más de lo que lo has hecho. Lo único que hay que hacer es proceder con prudencia.

Lo venenoso de los hongos no es la pulpa, sino el jugo que la impregna. Si se elimina ese jugo, las propiedades nocivas desaparecerán al instante. Esto se logra cortando y cocinando los hongos, ya sean secos o frescos, en agua hirviendo con un puñado de sal. Luego se escurren en un colador y se lavan dos o tres veces con agua fría. Hecho esto, se preparan al gusto.

“Si, por el contrario, los hongos se preparan sin haber sido previamente cocidos en agua hirviendo, nos exponemos al peligro de un jugo venenoso.

“La cocción en agua hirviendo a la que se le ha añadido sal es tan eficaz que, para resolver este grave problema, algunas personas han tenido el coraje de comer durante meses enteros los hongos más venenosos, preparados, sin embargo, de la manera que acabo de decirles.”

“¿Y qué pasó con ellos?” preguntó Simón.

 

Hongo venenoso

Nada en absoluto. Es cierto que estas personas prepararon sus hongos venenosos con el máximo cuidado.

Había una razón para ello. ¿Crees que se podrían usar todos los hongos sin distinción?

Estrictamente hablando, sí. Pero eso sería ir demasiado lejos, demasiado lejos. Existiría el temor de una preparación incompleta, de una cocción insuficiente. Solo afirmo que deben someter hongos de buena reputación en el vecindario a la cocción preliminar en agua hirviendo. Si, por casualidad, se incluyeran algunos venenosos, el veneno se eliminaría de esta manera y no ocurriría ningún accidente; apuesto a que sí.

Lo que nos acaba de enseñar, Maître Paul, nos será de gran utilidad, puede estar seguro. ¿Acaso tenemos la certeza de que no hay nada venenoso en lo que recolectamos?

Antes de despedirse, Simón se acercó a Madre Ambroisine y le contó con ella detalles más generales de la cocina. ¡Qué amantes de las setas le tienen, ese hombre tan respetable!

________________________________________

CAPÍTULO LXIV

 

EN EL BOSQUE

La historia de los hongos, reducida a una regla de cocina que nos salvará de graves peligros, fue suficiente para Simon, Mathieu, Jean y los demás, quienes no tuvieron tiempo para aprender más; pero Emile, Jules y Claire no se conformaron: deseaban ampliar sus conocimientos sobre estas extrañas verduras. Así que su tío los llevó un día a un hayedo cerca del pueblo.

Los árboles, centenarios y con sus ramas uniéndose a gran altura, formaban un arco de follaje a través del cual, aquí y allá, brillaba un rayo de sol. Sus troncos lisos, de corteza blanca, daban la impresión de enormes columnas que sostenían el peso de un inmenso edificio lleno de sombra y silencio. En las altas cumbres, los cuervos graznaban mientras se alisaban las plumas. De vez en cuando, un pájaro carpintero verde de cabeza roja, sorprendido por su trabajo, que consiste en picotear la madera agusanada para hacer salir los insectos de los que se alimenta, lanzaba un grito de alarma y salía volando como un dardo. En medio del musgo que cubría el suelo, había aquí y allá numerosos hongos. Algunos eran redondos, lisos y blancos. Jules no podía admirarlos lo suficiente; los comparó en su imaginación con huevos puestos en un hueco musgoso por alguna gallina errante. Otros eran de un rojo brillante, otros de un color leonado brillante, y otros de un amarillo brillante. Algunos, recién salidos de la tierra, estaban envueltos en una especie de bolsa que se rasgaba a medida que el hongo crecía; otros, más avanzados, se extendían como un paraguas abierto. Finalmente, muchos ya habían empezado a descomponerse. En su fétida podredumbre bullían innumerables larvas, que más tarde se convertirían en insectos. Tras recoger varias de las principales especies, el grupo se sentó al pie de un haya, sobre la suave alfombra de musgo, y el tío Paul habló así:

Un hongo es la flor de una planta subterránea llamada micelio por los eruditos . Esta planta subterránea está compuesta de filamentos blancos, delgados y frágiles, que se asemejan en su totalidad a una gran telaraña. Si se arranca un hongo con cuidado, se verán en la base de su tallo, en la tierra adherida, numerosos filamentos blancos del micelio. Imaginemos un rosal plantado de tal manera que solo queden rosas en la superficie. El arbusto enterrado representará el micelio subterráneo; las rosas, al aire, representarán las flores del micelio, es decir, los hongos.

—Un rosal —objetó Jules— tiene ramas gruesas y cubiertas de hojas; el hongo, por lo que veo, no tiene nada parecido. Es una especie de moho que se ramifica en la tierra formando venas blancas.

Esas venas blancas, tan delicadas que apenas se pueden tocar sin romperlas, forman la planta subterránea, sin hojas ni raíces. Se extienden poco a poco en la tierra hasta una distancia considerable del punto de partida. Luego, en un momento favorable, producen pequeñas protuberancias que crecen bajo tierra, se convierten en hongos y rompen su lecho de tierra para expandirse en el aire. Esta estructura nos explica por qué los hongos crecen en grupos. Cada grupo, con el micelio que lo produce, constituye una sola planta.

“He visto grupos de hongos en un círculo perfecto”, comentó Claire.

“Si el terreno es de carácter uniforme y nada impide la propagación del vegetal subterráneo en una dirección en lugar de en otra, el micelio se extiende igualmente por todos lados y produce así grupos circulares de hongos, que la gente del campo a veces llama círculos de brujas”.

“¿Por qué círculos de brujas?” preguntó Jules.

“Los ignorantes y supersticiosos creen ver un efecto de brujería en esta curiosa disposición circular, cuando en realidad no es más que el resultado natural del desarrollo uniformemente igualitario de la planta subterránea”.

“¿Entonces no hay brujas?” dijo Emile.

—No, querida. Hay bribones que abusan de la credulidad ajena; hay ingenuos dispuestos a escucharlos; pero nadie tiene poderes sobrenaturales.

—Dado que un hongo es la flor de una planta subterránea, del micelio, como lo llamáis, ¿no debe tener estambres, pistilos, ovarios? —preguntó Jules.

Un hongo es, a su manera, la flor de una especie de vegetal, pero su estructura no tiene nada en común con la de las flores comunes. Es una estructura especial, muy compleja, muy curiosa, que pasaré por alto en silencio para no sobrecargar su memoria.

La función principal de una flor, como saben, es producir semillas. Pues bien, el hongo también produce semillas, pero tan pequeñas y diferentes de las demás, que tienen un nombre especial: esporas. Las esporas son la semilla del hongo, al igual que las bellotas son la semilla del roble. Esto merece una explicación más detallada.

 

Hongos

Los hongos más conocidos se componen de una especie de cúpula sostenida por un pedúnculo. Esta cúpula se llama sombrero. La parte inferior del sombrero adopta diversas formas, de las cuales las principales son las siguientes: a veces está compuesta por láminas que irradian desde el centro hasta el borde; a veces está perforada por una infinidad de pequeños agujeros, que son los orificios de otros tantos tubos unidos en una masa común; a veces está cubierta de finas puntas como las de la lengua de un gato.

Los hongos que tienen la parte inferior del sombrero formada por láminas radiales se llaman agáricos; los que tienen pequeños agujeros, boleti; los que están cubiertos de pequeñas puntas, hydnei. Los agáricos y los boleti son los más comunes.

Allí el tío Paul tomó, uno por uno, los hongos que habían recolectado y mostró a sus sobrinos las láminas de los agáricos, los agujeros de los boletus y las puntas de los hydnei.

________________________________________

CAPÍTULO LXV

 

EL AGÁRICO DE NARANJA

Las semillas o esporas de los hongos se forman en estas láminas, estas puntas, y en las paredes de los tubos, cuyos orificios son estos agujeros. Le recomiendo a Jules el siguiente experimento. Tomaremos algunos hongos cuyos sombreros aún no estén completamente extendidos. Los colocaremos esta tarde sobre una hoja de papel blanco. Durante la noche, la floración habrá terminado y las semillas maduras caerán de las láminas de los agáricos y de los tubos de los boletus. Mañana por la mañana encontraremos sobre el papel un polvo impalpable, rojo, rosa o marrón, según el tipo de hongo.

 

Microscopio binocular

Este polvo no es más que una masa de semillas, de esporas, tan finas que no se pueden ver por separado sin un microscopio, tan numerosas que no se pueden contar. Hay millones y millones de ellas.

—Un microscopio —interrumpió Emile—. ¿Es ese el instrumento con el que a veces miras cosas tan pequeñas que a simple vista apenas se ven?

Sí. Un microscopio amplía los objetos que se ven a través de él y nos los muestra con todos los detalles de su estructura, aunque su pequeño tamaño los ocultaría a simple vista.

“¿Nos mostrarás a través del microscopio las esporas de los hongos cuando las haya recogido en una hoja de papel?”, preguntó Jules.

Te las mostraré. Una sola espora basta, en condiciones favorables de calor y humedad, para germinar y desarrollarse en filamentos blancos o micelio, del que brotarán, en el momento oportuno, numerosos hongos. ¿Cuántos hongos se producirían si todas las esporas que caen a miríadas de las láminas de un solo agárico germinaran? Aquí tenemos de nuevo la historia del bacalao, del piojo, de todas esas criaturas frágiles, en resumen, que se reproducen en cantidades tan inmensas.

—Entonces, para tener hongos, tantos como queramos, ¿solo hay que sembrar las esporas? —inquirió Jules de nuevo.

 

Esporas

En eso te equivocas, querida hija. Hasta ahora, el cultivo de hongos ha sido imposible, porque desconocemos, o incluso superamos, los cuidados que requieren sus delicadas semillas. Solo se cultiva un hongo comestible, e incluso para cultivarlo no utilizamos las esporas, sino el micelio.

Lo llaman hongo de lecho caliente. Es un agárico, de color blanco satinado por encima y rosa pálido por debajo. En las antiguas canteras de piedra cerca de París, hacen lechos de estiércol de caballo y tierra ligera. En estos lechos colocan trozos de micelio, conocidos por los horticultores como micelio de hongo. Este micelio se ramifica, desarrolla numerosos filamentos, y de estos finalmente brotan los hongos.

“¡Qué rico comer!”



 

Trigo

La bendita planta que nos da el pan no tiene tiempo para pensar en su aseo. Tiene cosas tan importantes que atender: ¡debe alimentar al mundo! ¡Así que vean qué ropa tan discreta lleva! Dos pobres escamas le sirven de cáliz y corola. Pueden reconocer fácilmente tres estambres colgantes con sus dobles saquitos por anteras. El cuerpo principal de la flor es el ovario panzudo, que, al madurar, será un grano de trigo. Está coronado por el estigma, formado como una doble pluma de exquisita delicadeza. ¡Saludadla, hijos míos: contemplad la modesta florecilla que nos da vida a todos!

________________________________________

CAPÍTULO LXI

 

POLEN

En pocos días, incluso en pocas horas, una flor se marchita. Pistilos, estambres y cáliz se marchitan y mueren. Solo una cosa sobrevive: el ovario, que se convertirá en fruto.

Ahora bien, para sobrevivir a las demás partes de la flor y permanecer en su tallo cuando todo lo demás se seca y cae, el ovario, en el momento de mayor vigor de la floración, recibe un suplemento de fuerza, casi diría una nueva vida. La magnificencia de la corola, sus suntuosos colores, sus perfumes, sirven para celebrar el momento solemne en que esta nueva vitalidad llega al ovario. Concluido este gran acto, la flor ha alcanzado su plenitud.

 

Granos de polen

Pues bien, es el polen, el polvo amarillo de los estambres, el que proporciona este aumento de energía sin el cual las semillas nacientes perecerían en el ovario, marchito. Cae de los estambres al estigma, siempre recubierto de una sustancia pegajosa que lo retiene; y desde el estigma, ejerce su misteriosa acción en las profundidades del ovario. Rebosantes de vida, las semillas nacientes se desarrollan rápidamente, mientras el ovario se hincha para darles el espacio necesario. El resultado final de este incomprensible trabajo es el fruto, con su contenido de semillas listas para germinar y producir nuevas plantas. No me pregunten más sobre estas maravillas que incluso el observador más agudo deja de ver con claridad. Solo Dios, el más sabio de los seres, sabe cómo un grano de polen puede dar a luz algo que antes no existía y puede hacer que el ovario sienta la agitación del principio vital.

“Os diré ahora cómo sabemos que la caída del polen sobre el estigma es indispensable para el desarrollo del ovario en fruto.

La mayoría de las flores tienen estambres y pistilos. Todas las que acabamos de ver pertenecen a esa clase. Pero hay plantas que tienen algunas flores con estambres y otras con pistilos. A veces, las flores con solo estambres y las que solo tienen pistilos se encuentran en la misma planta; a veces, se encuentran en plantas separadas.

Si no temiera sobrecargar tu memoria, te diría que las plantas que tienen flores solo con estambres y flores solo con pistilos en la misma planta se llaman plantas monoáceas. Esta expresión significa "que viven en una misma casa". En una palabra, las flores con estambres y las que tienen pistilos conviven en la misma casa, ya que se encuentran en la misma planta. La calabaza, el pepino y el melón son plantas monoáceas.

Las hortalizas cuyas flores con estambres y pistilos se encuentran en plantas diferentes se denominan dioicas; es decir, plantas con doble casa. Esto significa que el ovario y el polen no se encuentran en la misma planta. La langosta, el dátil y el cáñamo son dioicas.

 

Rama floreciente del árbol de langosta

El algarrobo es un árbol del extremo sur de Francia. Su fruto crece en vainas similares a las del guisante, pero marrones, muy largas y carnosas. Este fruto, además de semillas, tiene una pulpa azucarada. Supongamos que, si el clima lo permite, se nos ocurre cultivar semillas de algarrobo en nuestro jardín. ¿Qué algarrobo debemos plantar? Evidentemente, el árbol con pistilos, porque solo él posee los ovarios que dan fruto. Pero eso no es suficiente. Plantado solo, el algarrobo con pistilos podrá florecer abundantemente cada año, sin producir jamás fruto; pues sus flores caerían sin dejar un solo ovario en las ramas. ¿Qué falta? La acción del polen. Cerca del algarrobo con pistilos, plantemos uno con estambres. Ahora la fructificación procede como deseamos. El viento y los insectos transportan el polen de los estambres a los estigmas; los ovarios, inertes, cobran vida, y con el tiempo el algarrobo... Las vainas crecen y maduran perfectamente. Con polen, fruto; sin polen, no hay fruto. ¿Estás convencido, Jules?

—Sin duda, tío; solo que, por desgracia, no conocemos la langosta. Preferiría una planta de nuestra región.

 

Palmera datilera

“Les contaré uno que les permitirá comprobar lo que les he dicho; pero antes permítanme mencionar un segundo ejemplo.

El dátil, al igual que la langosta, es dioico. Los árabes lo cultivan por su fruto: los dátiles, su principal alimento.

“Los dátiles son esos frutos largos de sabor muy dulce que se conservan secos en cajas”, dijo Jules. “Un turco vendía algunos en la última feria. El fruto es largo y está partido por un lado, de un extremo al otro.”

Eso es. En la tierra de las dátiles, una tierra arenosa y abrasada por el sol, escasean los rincones de tierra fértil y regada. Estos lugares se llaman oasis. Es necesario aprovecharlos al máximo. Por eso, los árabes plantan solo dátiles con pistilos, los únicos que producen dátiles. Pero cuando florecen, recorren largas distancias en busca de ramos de flores con estambres en dátiles silvestres, para sacudir el polvo de los árboles que han plantado. Sin esta precaución, no hay cosecha.

—El tío nos contará tantas cosas —intervino Emile— que tendré tanto respeto por el polen como por el ovario. Sin él, no habría probado los dátiles del turco que fumaba una pipa tan larga; sin él, ni albaricoques ni cerezas.

En el jardín hay una larga parra de calabazas que pronto florecerá. Te la daré para el siguiente experimento.

La calabaza es monocea; las flores con estambres y las flores con pistilos habitan la misma casa, la misma planta. Antes de florecer por completo, se distinguen fácilmente entre sí. Las flores con pistilos tienen bajo la corola una protuberancia casi tan grande como una nuez. Esta protuberancia es el ovario, la futura calabaza. Las flores con estambres no tienen esta protuberancia.

Corta todas las flores con estambres antes de que estén completamente abiertas y deja las que tengan pistilos. Para mayor seguridad, envuelve cada una de ellas en una gasa antes de que florezcan por completo. La gasa debe ser lo suficientemente grande como para que la flor se abra. ¿Sabes qué pasará? Al no recibir el polen, ya que se cortan las flores con estambres, y como además la gasa impide la entrada de insectos en los jardines vecinos, las flores pistiladas se marchitarán después de un tiempo, y la planta no producirá calabazas.

¿Te gustaría, por el contrario, que tales flores, a tu elección, dieran calabazas a pesar de estar envueltas en gasa y de que las flores estaminadas no las encierran? Con la punta del dedo, toma un poco de polen de una de las flores que has cortado y aplica el polvo amarillo sobre el estigma de una flor pistilada. Luego, vuelve a colocar la gasa. ¡Basta! La calabaza crecerá.

“¿Nos dejarás intentar ese delicioso experimento?” preguntó Jules.

“Lo haré, te entrego la calabaza.”

—Tengo una gasa —se ofreció Claire.

“Y también un cordel para atarlo”, añadió Emile.

—Ven conmigo —gritó Jules.

Y, alegres como alondras, los tres niños corrieron al jardín para preparar todo para el experimento.

________________________________________

CAPÍTULO LXII

 

EL ABEJORRO

Las flores con polen fueron cortadas, y las que tenían ovarios fueron envueltas en una bolsa de gasa aparte. Todas las mañanas iban a observar la floración. Con el polen de las flores cortadas, pulverizaban los estigmas de cuatro o cinco flores pistiladas. Y sucedió tal como su tío había dicho. Los ovarios cuyos estigmas habían recibido el polen se convirtieron en calabazas, mientras que los demás se secaron sin hincharse. Ahora bien, durante estos experimentos, que eran a la vez un estudio serio y una divertida diversión, el tío Paul continuó su relato de la flor.

El polen llega al estigma de diversas maneras. A veces, los estambres, que son más largos, lo dejan caer por su propio peso sobre el pistilo, que es más corto. A veces, el viento, al agitar la flor, deposita el polvo de los estambres sobre el estigma, o incluso lo transporta largas distancias para beneficio de otros ovarios.

Hay flores cuyos estambres se comportan de tal manera que cumplen su misión. Se inclinan alternativamente y aplican sus anteras al estigma, depositando allí polen; luego se elevan lentamente para ceder el paso. Podrían considerarse como un círculo de cortesanos depositando sus ofrendas a los pies de un gran rey. Al terminar estos saludos, la función de los estambres concluye. La flor se marchita, pero el ovario comienza a madurar sus semillas.

 

Plantas dioicas (masculinas y femeninas)

de Vallisneria Spiralis

La vallisneria es una planta que vive bajo el agua. Es muy común en el Canal Sur. Sus hojas se asemejan a estrechas cintas verdes. Es dioica, es decir, tiene flores con estambres y pistilos en plantas diferentes. Las flores pistiladas nacen en tallos largos y muy rizados. Las flores con estambres tienen tallos muy cortos. Bajo el agua, donde la corriente arrastraría el polen e impediría que se fijara a los estigmas, la acción de los estambres sobre el pistilo no puede tener lugar. Por lo tanto, la vallisneria, fijada por sus raíces en el lodo, se ve obligada a enviar sus flores a la superficie del agua para que florezcan al aire libre. Es fácil para las flores pistiladas: desenrollan el rizo que las sostiene y suben a la superficie. Pero ¿qué harán las flores estaminadas, fijadas como están al fondo con sus tallos cortos?

—No puedo comprometerme a decirlo —respondió Julio.

Pues bien, por su propia fuerza, sin ayuda externa, estas flores se desprenden de sus tallos, rompen sus amarras y suben a la superficie para reunirse con las flores pistiladas. Entonces abren sus pequeñas corolas blancas y liberan su polen al viento y a los insectos, que lo depositan en los estigmas. Después mueren y la corriente las arrastra, mientras que las flores, vivificadas por el polen, se enroscan de nuevo y descienden de nuevo bajo el agua, para madurar allí sus ovarios con tranquilidad.

“Es maravilloso, tío; uno diría que esas florecitas saben lo que hacen”.

No saben lo que hacen; obedecen mecánicamente las leyes de la Providencia, que se burla de las dificultades y sabe obrar milagros en una simple brizna de hierba. ¿Les gustaría otro ejemplo impactante de esta sabiduría infinita que todo lo prevé, todo lo organiza? Volvamos a la boca de dragón.

Los insectos son los auxiliares de la flor. Moscas, avispas, abejas, abejorros, escarabajos, mariposas, todos compiten entre sí para ayudar llevando el polen de los estambres a los estigmas. Se sumergen en la flor, atraídos por una gota melosa preparada expresamente en el fondo de la corola. En su esfuerzo por obtenerla, sacuden los estambres y se embadurnan de polen, que llevan de una flor a otra. ¿Quién no ha visto abejorros saliendo del seno de las flores cubiertos de polen? Sus vientres peludos, espolvoreados de polen, solo tienen que tocar un estigma al pasar para infundirle vida. Cuando en primavera ven en un peral en flor un enjambre de moscas, abejas y mariposas, corriendo, zumbando y revoloteando, es un triple festín, amigos míos: un festín para el insecto que se esconde en las profundidades de las flores; un festín para el árbol cuyos ovarios son vivificado por toda esta alegre gente; y un festín para el hombre, a quien se le promete una cosecha abundante. El insecto es el mejor distribuidor de polen. Todas las flores que visita reciben su ración de polvo vivificante.

“¿Es para evitar que los insectos que vienen de los jardines vecinos traigan polen por lo que habéis cubierto las flores de calabaza con bolsas de gasa?” preguntó Emile.

Sí, hija mía. Sin esta precaución, el experimento de la calabaza no tendría éxito; pues los insectos vienen de lejos, quizá muy lejos, y depositan en nuestras flores el polen recogido de otras calabazas. Y se necesita muy poco; unos pocos granos bastan para dar vida a un ovario.

Para atraer al insecto que necesita, cada flor tiene en el fondo de su corola una gota de licor dulce llamado néctar. Con este licor las abejas elaboran su miel. Para extraerlo de corolas con forma de embudo profundo, las mariposas tienen una larga trompeta, enrollada en espiral cuando están en reposo, pero que desenrollan y sumergen en la flor como un taladro cuando desean obtener la deliciosa bebida. El insecto no ve esta gota de néctar; sin embargo, sabe que está ahí y la encuentra sin dudarlo. Pero en algunas flores se presenta una grave dificultad: estas flores están completamente cerradas. ¿Cómo se puede alcanzar el tesoro, cómo encontrar la entrada que conduce al néctar? Pues bien, estas flores cerradas tienen un letrero, una marca que dice claramente: «Entren aquí».

—¡No nos harás creer eso! —gritó Claire.

No voy a hacerte creer nada, querida niña; te lo voy a mostrar. Mira esta flor de boca de dragón. Está bien cerrada, sus dos labios cerrados no dejan paso. Su color es un rojo violáceo uniforme; pero ahí, justo en medio del labio inferior, hay una gran mancha de un amarillo brillante. Esta mancha, tan apropiada para llamar la atención, es la marca, el letrero del que te hablé. Por su brillo dice: Aquí está la cerradura.

 

Abejorro

Presiona con el meñique el punto. Verás. La flor bosteza al instante, la cerradura secreta funciona. ¿Y crees que el abejorro no sabe estas cosas? Obsérvalo en el jardín y verás cómo puede leer las señales de las flores. Cuando visita una boca de dragón, siempre se posa en el punto amarillo y en ningún otro lugar. La puerta se abre, entra. Se retuerce en la corola y se cubre de polen, con el que embadurna el estigma. Tras beber la gota, se dirige a otras flores, forzando la apertura de las cuales conoce a la perfección el secreto.

Todas las flores cerradas tienen, como la boca de dragón, un punto visible, una mancha de color brillante, una señal que muestra al insecto la entrada a la corola y le dice: «Aquí está». Finalmente, los insectos, cuyo oficio es visitar las flores y hacer que el polen caiga de los estambres al estigma, poseen un conocimiento maravilloso del significado de este punto. Es en él donde usan su fuerza para abrir la flor.

Recapitulemos. Los insectos son necesarios para que las flores lleven polen a los estigmas. Una gota de néctar, destilado a propósito para esto, los atrae al fondo de la corola; una mancha brillante les muestra el camino a seguir. O soy un triple idiota o tenemos aquí una admirable cadena de hechos. Más adelante, hijos míos, encontrarán a demasiada gente diciendo: Este mundo es producto del azar, ninguna inteligencia lo gobierna, ninguna Providencia lo guía. A esas personas, amigos míos, muéstrenles la mancha amarilla de la boca de dragón. Si, menos perspicaces que el corpulento abejorro, no lo entienden, compadézcanlos: tienen el cerebro enfermo.

________________________________________

CAPÍTULO LXIII

 

SETAS

Mientras hablaban de insectos y flores, el tiempo pasó volando hasta que llegó el domingo en que el tío Paul iba a hablar de las setas. La reunión fue más numerosa que la primera vez. La historia de las plantas venenosas se había repetido en el pueblo. Algunos, en la rutina, satisfechos con su estúpida ignorancia, habían dicho: "¿Para qué sirve?". "¡Para qué!", respondieron los demás; "enseña a tener cuidado con las plantas venenosas, para no morir miserablemente como el pobre José". Pero los que estaban en la rutina habían meneado la cabeza con aire satisfecho. Nada es tan autosuficiente como la locura. Así que solo los oyentes dispuestos acudían a ver al tío Paul.

“De todas las plantas venenosas, amigos míos”, comenzó, “los hongos son los más formidables; y, sin embargo, algunos proporcionan un alimento delicioso capaz de tentar al más sobrio”.

“Por mi parte”, observó Simón, “reconozco que no hay nada igual a un plato de champiñones”.

Nadie te acusará de glotonería, pues, como acabo de decir, los hongos pueden tentar incluso al más sobrio. No quiero desaconsejar su consumo. Sé muy bien lo valiosos que son en el país; simplemente propongo ponerte en guardia contra los venenosos.

“¿Nos vas a enseñar a distinguir el bien del mal?” preguntó Mathieu.

“No; eso es imposible para nosotros.”

¿Qué imposible? Todo el mundo sabe que se pueden comer sin miedo los hongos que crecen al pie de tal o cual árbol.

Antes de responder a esa observación, me dirigiré a todos ustedes y les preguntaré: ¿Confían en mi palabra? ¿Creen que dedicar la vida a estudiar estas cosas es más instructivo que lo que oyen quienes no se interesan en ellas?

“Puede hablar, señor Paul: todos tenemos plena confianza en su saber”, respondió Simón en nombre de la compañía.

Bien, pues, lo repito con toda convicción: es imposible para nosotros, que no somos especialistas, distinguir un hongo comestible de uno venenoso, pues nadie tiene una marca que diga: Esto es comestible y esto no. Ni la naturaleza del suelo, ni los árboles al pie de los cuales crecen, ni su forma, color, sabor ni olor, pueden enseñarnos nada ni permitirnos distinguir a simple vista lo inofensivo de lo venenoso. Admito que una persona que hubiera pasado largos años estudiando hongos con la minuciosidad de un científico lograría distinguir con bastante precisión lo venenoso de lo inofensivo, tal como se adquiere conocimiento de cualquier otra planta; pero ¿podemos nosotros emprender tales estudios? ¿Tenemos tiempo? Apenas conocemos una docena de malas hierbas, ¿y aun así nos atreveríamos a juzgar las propiedades de los hongos, tan numerosos en especies y tan parecidos entre sí?

 

Hongos

Me apresuro a añadir que, en cada localidad, el uso real ha enseñado desde hace mucho tiempo a la gente algunas variedades que pueden comer sin peligro. Es bueno atenerse a esta costumbre, que nos permite aprovechar la experiencia ajena, siempre que, entiéndase, nos familiaricemos con las variedades utilizadas. Pero eso no basta para protegernos de todo peligro. ¡Es tan fácil equivocarse! Y luego, vayan a otro lugar y encontrarán otros hongos que, aunque aparentemente pertenecen a la misma familia que los que han conocido como comestibles, serán peligrosos. Mi regla de conducta es, como ven, absoluta: deben tener cuidado con todos los hongos; en este caso es necesaria una gran prudencia.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo Simón—, en que nos resulta imposible distinguir a simple vista las especies comestibles de las venenosas; pero hay maneras de resolver la cuestión.

“Cuéntanos cómo.”

En otoño cortamos los champiñones en rodajas y los secamos al sol. Son un alimento excelente para el invierno. Los champiñones venenosos se pudren sin secarse. Los buenos se conservan.

Incorrecto. Todos los hongos, buenos o malos, se conservan o se echan a perder según su estado más o menos avanzado y según el clima en el momento de su preparación. Esta característica no tiene ningún valor.

“Los gusanos atacan a los hongos buenos”, interrumpió Antoine; “no atacan a los malos, porque los envenenan”.

Esa característica no es mejor que la otra. Los gusanos atacan a todos los hongos viejos, tanto malos como buenos; pues lo que para nosotros sería la muerte, para ellos es inofensivo. Su estómago está diseñado para ingerir veneno con impunidad. Ciertos insectos comen acónito, digitalis, belladona; se alimentan de lo que nos mataría.

“Dicen”, comentó Jean, “que una pieza de plata puesta en la olla cuando se cocinan los hongos se vuelve negra si son venenosas y permanece blanca si son buenos”.

El dicho es una tontería, y ponerlo en práctica es una locura. La plata no cambia de color más con los hongos malos que con los buenos.

—Entonces no queda más remedio que dejar las setas. Sería muy duro para mí —dijo Simon.

No, no; te prometo, al contrario, que podrás usarlos más de lo que lo has hecho. Lo único que hay que hacer es proceder con prudencia.

Lo venenoso de los hongos no es la pulpa, sino el jugo que la impregna. Si se elimina ese jugo, las propiedades nocivas desaparecerán al instante. Esto se logra cortando y cocinando los hongos, ya sean secos o frescos, en agua hirviendo con un puñado de sal. Luego se escurren en un colador y se lavan dos o tres veces con agua fría. Hecho esto, se preparan al gusto.

“Si, por el contrario, los hongos se preparan sin haber sido previamente cocidos en agua hirviendo, nos exponemos al peligro de un jugo venenoso.

“La cocción en agua hirviendo a la que se le ha añadido sal es tan eficaz que, para resolver este grave problema, algunas personas han tenido el coraje de comer durante meses enteros los hongos más venenosos, preparados, sin embargo, de la manera que acabo de decirles.”

“¿Y qué pasó con ellos?” preguntó Simón.

 

Hongo venenoso

Nada en absoluto. Es cierto que estas personas prepararon sus hongos venenosos con el máximo cuidado.

Había una razón para ello. ¿Crees que se podrían usar todos los hongos sin distinción?

Estrictamente hablando, sí. Pero eso sería ir demasiado lejos, demasiado lejos. Existiría el temor de una preparación incompleta, de una cocción insuficiente. Solo afirmo que deben someter hongos de buena reputación en el vecindario a la cocción preliminar en agua hirviendo. Si, por casualidad, se incluyeran algunos venenosos, el veneno se eliminaría de esta manera y no ocurriría ningún accidente; apuesto a que sí.

Lo que nos acaba de enseñar, Maître Paul, nos será de gran utilidad, puede estar seguro. ¿Acaso tenemos la certeza de que no hay nada venenoso en lo que recolectamos?

Antes de despedirse, Simón se acercó a Madre Ambroisine y le contó con ella detalles más generales de la cocina. ¡Qué amantes de las setas le tienen, ese hombre tan respetable!

________________________________________

CAPÍTULO LXIV

 

EN EL BOSQUE

La historia de los hongos, reducida a una regla de cocina que nos salvará de graves peligros, fue suficiente para Simon, Mathieu, Jean y los demás, quienes no tuvieron tiempo para aprender más; pero Emile, Jules y Claire no se conformaron: deseaban ampliar sus conocimientos sobre estas extrañas verduras. Así que su tío los llevó un día a un hayedo cerca del pueblo.

Los árboles, centenarios y con sus ramas uniéndose a gran altura, formaban un arco de follaje a través del cual, aquí y allá, brillaba un rayo de sol. Sus troncos lisos, de corteza blanca, daban la impresión de enormes columnas que sostenían el peso de un inmenso edificio lleno de sombra y silencio. En las altas cumbres, los cuervos graznaban mientras se alisaban las plumas. De vez en cuando, un pájaro carpintero verde de cabeza roja, sorprendido por su trabajo, que consiste en picotear la madera agusanada para hacer salir los insectos de los que se alimenta, lanzaba un grito de alarma y salía volando como un dardo. En medio del musgo que cubría el suelo, había aquí y allá numerosos hongos. Algunos eran redondos, lisos y blancos. Jules no podía admirarlos lo suficiente; los comparó en su imaginación con huevos puestos en un hueco musgoso por alguna gallina errante. Otros eran de un rojo brillante, otros de un color leonado brillante, y otros de un amarillo brillante. Algunos, recién salidos de la tierra, estaban envueltos en una especie de bolsa que se rasgaba a medida que el hongo crecía; otros, más avanzados, se extendían como un paraguas abierto. Finalmente, muchos ya habían empezado a descomponerse. En su fétida podredumbre bullían innumerables larvas, que más tarde se convertirían en insectos. Tras recoger varias de las principales especies, el grupo se sentó al pie de un haya, sobre la suave alfombra de musgo, y el tío Paul habló así:

Un hongo es la flor de una planta subterránea llamada micelio por los eruditos . Esta planta subterránea está compuesta de filamentos blancos, delgados y frágiles, que se asemejan en su totalidad a una gran telaraña. Si se arranca un hongo con cuidado, se verán en la base de su tallo, en la tierra adherida, numerosos filamentos blancos del micelio. Imaginemos un rosal plantado de tal manera que solo queden rosas en la superficie. El arbusto enterrado representará el micelio subterráneo; las rosas, al aire, representarán las flores del micelio, es decir, los hongos.

—Un rosal —objetó Jules— tiene ramas gruesas y cubiertas de hojas; el hongo, por lo que veo, no tiene nada parecido. Es una especie de moho que se ramifica en la tierra formando venas blancas.

Esas venas blancas, tan delicadas que apenas se pueden tocar sin romperlas, forman la planta subterránea, sin hojas ni raíces. Se extienden poco a poco en la tierra hasta una distancia considerable del punto de partida. Luego, en un momento favorable, producen pequeñas protuberancias que crecen bajo tierra, se convierten en hongos y rompen su lecho de tierra para expandirse en el aire. Esta estructura nos explica por qué los hongos crecen en grupos. Cada grupo, con el micelio que lo produce, constituye una sola planta.

“He visto grupos de hongos en un círculo perfecto”, comentó Claire.

“Si el terreno es de carácter uniforme y nada impide la propagación del vegetal subterráneo en una dirección en lugar de en otra, el micelio se extiende igualmente por todos lados y produce así grupos circulares de hongos, que la gente del campo a veces llama círculos de brujas”.

“¿Por qué círculos de brujas?” preguntó Jules.

“Los ignorantes y supersticiosos creen ver un efecto de brujería en esta curiosa disposición circular, cuando en realidad no es más que el resultado natural del desarrollo uniformemente igualitario de la planta subterránea”.

“¿Entonces no hay brujas?” dijo Emile.

—No, querida. Hay bribones que abusan de la credulidad ajena; hay ingenuos dispuestos a escucharlos; pero nadie tiene poderes sobrenaturales.

—Dado que un hongo es la flor de una planta subterránea, del micelio, como lo llamáis, ¿no debe tener estambres, pistilos, ovarios? —preguntó Jules.

Un hongo es, a su manera, la flor de una especie de vegetal, pero su estructura no tiene nada en común con la de las flores comunes. Es una estructura especial, muy compleja, muy curiosa, que pasaré por alto en silencio para no sobrecargar su memoria.

La función principal de una flor, como saben, es producir semillas. Pues bien, el hongo también produce semillas, pero tan pequeñas y diferentes de las demás, que tienen un nombre especial: esporas. Las esporas son la semilla del hongo, al igual que las bellotas son la semilla del roble. Esto merece una explicación más detallada.

 

Hongos

Los hongos más conocidos se componen de una especie de cúpula sostenida por un pedúnculo. Esta cúpula se llama sombrero. La parte inferior del sombrero adopta diversas formas, de las cuales las principales son las siguientes: a veces está compuesta por láminas que irradian desde el centro hasta el borde; a veces está perforada por una infinidad de pequeños agujeros, que son los orificios de otros tantos tubos unidos en una masa común; a veces está cubierta de finas puntas como las de la lengua de un gato.

Los hongos que tienen la parte inferior del sombrero formada por láminas radiales se llaman agáricos; los que tienen pequeños agujeros, boleti; los que están cubiertos de pequeñas puntas, hydnei. Los agáricos y los boleti son los más comunes.

Allí el tío Paul tomó, uno por uno, los hongos que habían recolectado y mostró a sus sobrinos las láminas de los agáricos, los agujeros de los boletus y las puntas de los hydnei.

________________________________________

CAPÍTULO LXV

 

EL AGÁRICO DE NARANJA

Las semillas o esporas de los hongos se forman en estas láminas, estas puntas, y en las paredes de los tubos, cuyos orificios son estos agujeros. Le recomiendo a Jules el siguiente experimento. Tomaremos algunos hongos cuyos sombreros aún no estén completamente extendidos. Los colocaremos esta tarde sobre una hoja de papel blanco. Durante la noche, la floración habrá terminado y las semillas maduras caerán de las láminas de los agáricos y de los tubos de los boletus. Mañana por la mañana encontraremos sobre el papel un polvo impalpable, rojo, rosa o marrón, según el tipo de hongo.

 

Microscopio binocular

Este polvo no es más que una masa de semillas, de esporas, tan finas que no se pueden ver por separado sin un microscopio, tan numerosas que no se pueden contar. Hay millones y millones de ellas.

—Un microscopio —interrumpió Emile—. ¿Es ese el instrumento con el que a veces miras cosas tan pequeñas que a simple vista apenas se ven?

Sí. Un microscopio amplía los objetos que se ven a través de él y nos los muestra con todos los detalles de su estructura, aunque su pequeño tamaño los ocultaría a simple vista.

“¿Nos mostrarás a través del microscopio las esporas de los hongos cuando las haya recogido en una hoja de papel?”, preguntó Jules.

Te las mostraré. Una sola espora basta, en condiciones favorables de calor y humedad, para germinar y desarrollarse en filamentos blancos o micelio, del que brotarán, en el momento oportuno, numerosos hongos. ¿Cuántos hongos se producirían si todas las esporas que caen a miríadas de las láminas de un solo agárico germinaran? Aquí tenemos de nuevo la historia del bacalao, del piojo, de todas esas criaturas frágiles, en resumen, que se reproducen en cantidades tan inmensas.

—Entonces, para tener hongos, tantos como queramos, ¿solo hay que sembrar las esporas? —inquirió Jules de nuevo.

 

Esporas

En eso te equivocas, querida hija. Hasta ahora, el cultivo de hongos ha sido imposible, porque desconocemos, o incluso superamos, los cuidados que requieren sus delicadas semillas. Solo se cultiva un hongo comestible, e incluso para cultivarlo no utilizamos las esporas, sino el micelio.

Lo llaman hongo de lecho caliente. Es un agárico, de color blanco satinado por encima y rosa pálido por debajo. En las antiguas canteras de piedra cerca de París, hacen lechos de estiércol de caballo y tierra ligera. En estos lechos colocan trozos de micelio, conocidos por los horticultores como micelio de hongo. Este micelio se ramifica, desarrolla numerosos filamentos, y de estos finalmente brotan los hongos.

“¡Qué rico comer!”

Excelente. Entre los hongos que recogimos están los que les voy a presentar.

Primero, miren esto. Es un agárico. La superficie superior del sombrero es de un hermoso color rojo anaranjado; las láminas inferiores son amarillas. El pedúnculo emerge del fondo de una especie de bolsa blanca con bordes rasgados. Esta bolsa, llamada volva , envolvía inicialmente todo el hongo. Al crecer y emerger a la superficie, el sombrero lo rompió. Dicen que esta especie es la mejor de todas, la más apreciada. Se llama agárico naranja.

Este otro agárico, también de color rojo anaranjado, y con una volva en la base del tallo, se llama falso agárico naranja. ¿No crees, sin embargo, que es del mismo tipo?

“Por mi parte, no veo mucha diferencia”, respondió Claire.

«Yo tampoco», dijo Emilio.

—Veo una diferencia —declaró Jules—, pero es muy leve. El segundo agárico tiene láminas blancas, mientras que el primero las tiene amarillas.

Jules tiene una vista aguda. Añadiré que en el falso agárico naranja, la superficie superior del sombrero está sembrada con jirones de piel blanca, restos de la volva desgarrada. El otro no tiene estos jirones, o tiene muy pocos.

Si uno no prestara atención a estas pequeñas diferencias, cometería un error fatal. El primer hongo es un manjar delicioso; el segundo, o falso agárico naranja, es un veneno mortal.

—Ya no me sorprende —dijo Jules— que le digas a Simon que nos es imposible, sin un largo estudio, distinguir los hongos buenos de los malos. Aquí hay dos hongos casi tan parecidos como dos gotas de agua: uno mata, el otro es excelente.

No pasa un año sin que se produzcan lamentables casos de envenenamiento, debido a la confusión de ambos tipos. Recuerda cuidadosamente sus características para no exponerte algún día a un terrible error.

—Tendré mucho cuidado de no olvidarlos —prometió Jules—. Ambos agáricos naranjas son de color rojo anaranjado y tienen una volva o bolsa blanca. El agárico naranja comestible tiene láminas amarillas; el venenoso, láminas blancas.

“Además”, añadió Emile, “el agárico naranja venenoso tiene numerosos trozos de piel blanca en el sombrero”.

Mira este otro que recogí del tronco de un árbol. Es un boleto grande, de color rojo oscuro. No tiene tallo. Se adhiere a los troncos viejos por un lado. Se llama boleto yesquero, porque su pulpa, cortada en rodajas finas, secada al sol y flexibilizada a martillazos, sirve para hacer yesca.

“No soñé que la yesca saliera de un hongo”, dijo Jules.

La trufa es el hongo comestible más importante. Crece bajo tierra, como el micelio que la produce. Su olor delata su presencia. Un animal de olfato muy agudo, el cerdo, es conducido al bosque. Atraído por el olor del hongo subterráneo, el cerdo hojea con el hocico los lugares donde se esconden las trufas. Luego, lo ahuyentan, pero para consolarlo le lanzan una castaña; y finalmente, desentierran el preciado hongo. En su forma, la trufa no se parece en nada a los hongos comunes. Tiene un cuerpo voluminoso y redondo, arrugado, y carne negra jaspeada de blanco.

________________________________________

CAPÍTULO LXVI

 

TERREMOTOS

Temprano por la mañana, todos los vecinos hablaban, de puerta en puerta, del mismo tema. Parecía que se habían salvado por los pelos durante la noche. Jacques dijo que alrededor de las dos lo habían despertado los mugidos de su ganado, repetidos dos o tres veces. Incluso el propio Azor, el buen Azor, tan tranquilo en su establo cuando no había nada grave que lo molestara, había mugido lastimeramente. Jacques se había levantado y encendido su linterna, pero no había podido descubrir la causa del problema con los animales.

La Madre Ambroisina, que dormía con un ojo abierto, contó una historia más larga. Había oído el ruido de los platos sobre el aparador de la cocina; algunos platos incluso se habían caído al suelo y se habían roto. La Madre Ambroisina pensaba que quizá era alguna fechoría del gato, cuando le pareció que unos brazos fuertes agarraron la cama y la sacudieron dos veces de pies a cabeza y de pies a cabeza. Todo terminó en un abrir y cerrar de ojos. La digna mujer estaba tan asustada que, cubriéndose la cabeza con las mantas, encomendó su alma a Dios.

Mathieu y su hijo estaban fuera en ese momento: regresaban a casa de la feria y hacían el viaje de noche. Hacía buen tiempo, sin viento y con una luna brillante. Charlaban de sus asuntos cuando oyeron un ruido sordo y profundo, proveniente del subsuelo. Parecía el rugido de la gran presa del molino. En ese instante, se tambalearon como si el suelo cediera bajo sus pies. Luego nada más. La luna seguía brillando, la noche era tranquila y serena. Terminó tan pronto que Mathieu y su hijo se preguntaron si no lo habían soñado.

Estos fueron algunos de los incidentes más graves relatados. Mientras tanto, corría de boca en boca, provocando a algunos sonrisas incrédulas y a otros reflexiones serias, la terrible palabra «terremoto».

Por la tarde, el tío Paul estaba rodeado de sus oyentes, ansiosos de recibir alguna explicación sobre la gran noticia del día.

—¿Es cierto, tío —preguntó Jules— que la tierra a veces tiembla?

Nada es más cierto, querida hija. A veces aquí, a veces en otro lugar, se produce un repentino movimiento de tierra. En nuestros privilegiados países, estamos lejos de tener una idea exacta de estas terribles agitaciones de la tierra. Si de vez en cuando se siente un ligero temblor, se habla de él durante días como una curiosidad; luego se olvida. Muchos cuentan hoy los sucesos de la noche anterior sin darles mucha importancia, sin saber que la fuerza que nos revela un ligero movimiento de la tierra puede, con su brutal poder, provocar desastres espantosos. Jacques te ha contado el mugido del ganado y el grito de Azor. Madre Ambroisine te ha descrito su susto cuando su cama se sacudió dos veces. En todo eso no hay nada realmente aterrador; pero los terremotos no siempre son inofensivos. ¡Ay, no! ¡Y que Dios nos libre de sufrir jamás esa triste experiencia!

—¿Es un terremoto, entonces, muy grave? —preguntó Jules de nuevo—. Por mi parte, pensé que solo significaba unos cuantos platos rotos y algunos muebles desprendidos.

—Me parece —dijo Claire— que si el movimiento fuera lo suficientemente fuerte, las casas se derrumbarían. Pero el tío nos va a contar que hubo un terremoto violento.

Los terremotos suelen ir precedidos de ruidos subterráneos, un sordo estruendo que crece, amaina y vuelve a crecer, como si una tormenta estallara en las profundidades de la tierra. Ante este estruendo, lleno de misterios amenazantes, todas las criaturas se quedan quietas, enmudecidas de miedo, y todos palidecen. Avisados por el instinto, los animales quedan paralizados por el estupor. De repente, la tierra se estremece, se hincha, vuelve a hundirse, se arremolina, se agrieta y revela un abismo enorme.

—¡Dios mío! —exclamó Claire—. ¿Y qué será de la gente?

Ya verán qué les sucede en estas terribles catástrofes. De todos los terremotos que se sintieron en Europa, el más terrible fue el que asoló Lisboa en 1775, el Día de Todos los Santos. Ningún peligro parecía amenazar a la ciudad festiva, cuando de repente, desde el subsuelo, estalló un estruendo como un trueno continuo. Entonces, el suelo, sacudido violentamente varias veces, se elevó, se hundió, y en un instante la populosa capital de Portugal no era más que un montón de ruinas y cadáveres. Los que aún quedaban, buscando refugio del derrumbe de las ruinas, se habían retirado a un gran muelle a la orilla del mar. De repente, el muelle fue tragado por las aguas, arrastrando consigo a la multitud, los barcos y las embarcaciones allí amarradas. Ni una sola víctima, ni un solo naufragio volvió a la superficie. Un abismo se había abierto, engullendo las aguas, el muelle, los barcos, la gente, y, al cerrarse de nuevo, los retuvo para siempre. En seis minutos, sesenta mil personas perecieron.

Mientras esto ocurría en Lisboa y las altas montañas de Portugal se estremecían en sus bases, varias ciudades de África —Marruecos, Fez, Mequinez— fueron arrasadas. Una aldea de diez mil almas fue absorbida, con toda su población, por un abismo que se abrió y cerró repentinamente.

—Nunca, tío, he oído cosas tan terribles —declaró Julio.

—Y me reí —dijo Emile— cuando Madre Ambroisine nos contó su susto. No era para reírse. Si Dios hubiera querido, nuestro pueblo podría haber desaparecido anoche con todos nosotros, como aquel de África.

“Escuchen esto también”, continuó el tío Paul. “En febrero de 1783, en el sur de Italia, comenzaron convulsiones que duraron cuatro años. Solo durante el primer año se contabilizaron novecientas cuarenta y nueve. La superficie del suelo se arrugaba con olas en movimiento como la superficie de un mar tempestuoso, y en este suelo inestable la gente sentía náuseas como si estuviera en la cubierta de un barco. El mareo reinaba en tierra. A cada ondulación, las nubes, realmente inmóviles, parecían moverse bruscamente, tal como lo hacen en el mar cuando estamos en un barco sacudido por los vientos. Los árboles se inclinaban ante la ola terrestre y barrían la tierra con sus copas.

En dos minutos, la primera sacudida arrasó la mayor parte de pueblos, aldeas y pequeños municipios del sur de Italia, así como de Sicilia. Toda la superficie del país quedó sumida en la confusión. En varios lugares, el suelo se cubrió de fisuras, que a gran escala se asemejaban a las grietas de un cristal roto. Grandes extensiones de tierra, con sus campos de cultivo, viviendas, viñas y olivos, se deslizaron por las laderas de las montañas y recorrieron distancias considerables para finalmente asentarse en otros lugares. Aquí, las colinas se partieron en dos; allí, fueron arrancadas de su lugar y transportadas a otra parte. En otros lugares, no había nada que sostuviera el suelo, y este quedó sumergido en profundos abismos, llevándose consigo viviendas, árboles y animales, que nunca más se volvieron a ver; en otros lugares, se abrieron profundos embudos llenos de arena movediza, formando vastas cavidades que pronto se convirtieron en lagos por la irrupción de aguas subterráneas. Se estima que de repente se formaron más de doscientos lagos, estanques y pantanos.

En ciertos lugares, el suelo, ablandado por las aguas desviadas de sus cauces o traídas del interior por las grietas, se convertía en torrentes de lodo que cubrían las llanuras o llenaban los valles. Las copas de los árboles y los tejados de las granjas en ruinas eran lo único que se veía sobre este mar de lodo.

A intervalos, repentinos terremotos sacudían el suelo a gran profundidad. Las sacudidas eran tan violentas que el pavimento de las calles se desprendía de sus lechos y saltaba por los aires. La mampostería de los pozos volaba de una sola pieza, como una pequeña torre que se alzaba desde la tierra. Cuando el suelo se elevaba y se abría, casas, personas y animales eran instantáneamente tragados; luego, al hundirse de nuevo, la grieta se cerraba de nuevo y, sin dejar rastro, todo desapareció, aplastado entre las dos paredes del abismo al unirse. Tiempo después, cuando, tras el desastre, se realizaron excavaciones para recuperar objetos valiosos perdidos, los obreros observaron que los edificios enterrados y todo lo que contenían formaban una masa compacta, tan violenta había sido la presión de esta especie de prensa formada por los dos bordes de la grieta cerrada.

“Se estima que el número de personas que perecieron en estas terribles circunstancias fue de ochenta mil.

“La mayoría de estas víctimas fueron enterradas vivas bajo las ruinas de sus casas; otras fueron consumidas por los incendios que surgieron en estas ruinas después de cada choque; otras, huyendo a través del país, fueron tragadas por los abismos que se abrieron bajo sus pies.

La visión de tales calamidades debería haber despertado compasión en los corazones de los bárbaros. Y, sin embargo, ¿quién lo creería?, salvo unos pocos actos de heroísmo, la conducta del pueblo fue de lo más infame. Los campesinos calabreses corrieron a las ciudades, no para prestar ayuda, sino para saquear. Sin preocuparse por el peligro, recorrieron las calles en medio de muros en llamas y nubes de polvo, pateando y robando a las víctimas incluso antes de que les abandonara el aliento.

—¡Miserables criaturas! —exclamó Jules—. ¡Malditos sinvergüenzas! ¡Ay, si hubiera estado allí!

Si hubieras estado allí, ¿qué habrías hecho, pobrecita? Había muchos allí con tan buen corazón y mejores puños que los tuyos, pero no pudieron hacer nada.

“¿Son muy malvados esos calabreses?”, preguntó Emilio.

Donde no se ha introducido la educación, surgen naturalezas brutales que, en tiempos difíciles, surgen sin que nadie sepa de dónde, y aterrorizan al mundo con sus atrocidades. Otra historia les enseñará más sobre los campesinos calabreses.

________________________________________

CAPÍTULO LXVII

 

¿LOS MATAREMOS A AMBOS?

El tío Paul subió a su habitación y regresó con un libro.

Lo que voy a leerles es de un artillero a caballo, más experto en el arte de la pluma que en el del cañón. A principios de este siglo, un ejército francés ocupó Calabria. Nuestro artillero pertenecía a él. Aquí tienen una carta que le escribió a su primo:

Un día viajaba por Calabria. Es un país de gente malvada que no quiere a nadie y siente un rencor especial hacia los franceses. Sería demasiado largo explicarles por qué; basta con que nos odien mortalmente y que uno esté seguro de pasar un mal rato si cae en sus manos.

Mi compañero era un joven. En estas montañas, los caminos son precipicios; nuestros caballos apenas podían subirlos. Mi camarada iba delante. Un sendero que le parecía más corto y practicable nos desvió. Fue culpa mía. ¿Debí confiar en un hombre de veinte años? Mientras duró el día intentamos abrirnos paso por el bosque; pero cuanto más lo intentábamos, más desconcertados nos sentíamos, y ya estaba completamente oscuro cuando llegamos a una casa tenuemente iluminada. Entramos, no sin sospechas, pero ¿qué podíamos hacer?

Allí encontramos a un carbonero y a toda su familia sentados a la mesa, a la que nos invitaron de inmediato. Mi joven no necesitó que nadie lo insistiera. Nos sentamos, comiendo y bebiendo, o al menos él, pues me ocupé de examinar el lugar y los rostros de nuestros anfitriones. Parecían carboneros, pero la casa bien podría haber sido confundida con un arsenal. Estaba llena de armas de fuego, pistolas, sables, cuchillos y alfanjes. Todo esto me disgustó, y vi claramente que yo, por mi parte, también disgustaba a nuestros anfitriones.

Mi camarada, por el contrario, se hizo uno más de la familia; se rió, bromeó con ellos y, con una imprudencia que debí haber previsto, les dijo desde el principio de dónde veníamos, adónde íbamos y quiénes éramos. ¡Francéses, imagínense! Entre nuestros enemigos más mortales, solos, perdidos, lejos de toda ayuda humana; y luego, para agravar nuestra probable ruina, se hizo el rico, prometiéndoles lo que quisieran como pago y por el alquiler de guías al día siguiente. Finalmente, habló de su maleta, rogándoles que la cuidaran mucho y que la pusieran a la cabecera de su cama; dijo que no quería otra almohada. ¡Ah! ¡Joven, joven, qué lástima tu inmadurez! ¡Primo, habrías creído que llevábamos los diamantes de la corona!

—Ese joven fue sin duda muy imprudente —comentó Jules—. ¿No pudo callarse, estando en manos de gente malvada?

El silencio es muy difícil para los jóvenes aturdidos y despreocupados. Continúo:

Terminada la cena, nos dejaron. Nuestros anfitriones durmieron abajo, nosotros en la habitación de arriba donde habíamos cenado. Un desván de siete u ocho pies de altura, al que se accedía por una escalera, era la cama que nos esperaba: una especie de nido al que se accedía arrastrándose bajo vigas cargadas con provisiones para un año. Mi camarada subió solo y pronto se quedó dormido, con la cabeza sobre la preciosa maleta; decidí observar, así que encendí una buena fogata y me senté junto a ella.

“La noche casi había pasado, bastante tranquila, y comencé a sentirme tranquilo, cuando, justo cuando me parecía que debía ser casi de día, oí a nuestro anfitrión y a su esposa discutiendo justo debajo de mí, y, acercando el oído a la chimenea que comunicaba con la de abajo, distinguí perfectamente esta propuesta del esposo: “Bueno, ahora veamos; ¿los matamos a ambos?” A lo que la mujer respondió: “Sí”. Y no oí nada más.

¿Qué puedo decir? Me quedé sin aliento, con el cuerpo frío como el mármol. ¡Dios mío! ¡Cuando lo pienso! ¡Nosotros dos casi desarmados contra esos doce o quince con tantas armas! ¡Y mi camarada muerto de sueño y fatiga! No me atreví a llamarlo; no pude escapar solo. La ventana no estaba lejos del suelo, pero debajo dos perros grandes aullaban como lobos.

“¡Pobre artillero!” exclamó Emile.

—¡Y su camarada durmiendo como un tonto! —añadió Claire.

Al cabo de un cuarto de hora, que me pareció largo, oí a alguien en la escalera, y por las rendijas de la puerta vi al padre, con una lámpara en una mano y uno de sus grandes cuchillos en la otra. Subía, seguido de su esposa. Me coloqué detrás de la puerta cuando la abrió; dejó la lámpara, y su esposa vino a recogerla; luego entró descalzo. Desde afuera, ella le dijo en voz baja, protegiendo la lámpara con la mano: "¡Con cuidado, con cuidado!". Al llegar a la escalera, subió, con el cuchillo entre los dientes, y, llegando a la altura de la cama donde yacía este pobre joven, con la garganta descubierta, con una mano agarró su cuchillo, y con la otra... ¡Ah, primo!

—¡Basta, tío! ¡Esta historia me asusta! —exclamó Claire.

Espera... Y con la otra mano agarró un jamón que colgaba del techo, cortó una loncha y se fue por donde había venido. La puerta se cerró, la lámpara desapareció y me quedé solo con mis reflexiones.

“¿Y luego?” preguntó Jules.

Y luego, nada más. «En cuanto amaneció», continuó el artillero, «toda la familia vino y nos despertó con mucho ruido, tal como les habíamos pedido. Trajeron comida y nos sirvieron un desayuno buenísimo, se lo aseguro. Dos capones formaban parte del mismo, y nuestra anfitriona nos dijo que debíamos comer uno y llevarnos el otro. Al verlos, comprendí el significado de esas terribles palabras: ¿Los matamos a ambos? ».

—El hombre y la mujer discutían si debían matar a ambos capones o solo a uno para el desayuno, preguntó Emile.

“Eso y nada más”, respondió su tío.

“De todos modos, el artillero tuvo un mal cuarto de hora por su error”.

“Esos carboneros no eran tan malas personas como pensé al principio”, dijo Jules.

Ese es el punto que quería plantear. Calabria, como todos los países, tiene su gente buena y su gente mala.

________________________________________

CAPÍTULO LXVIII

 

EL TERMÓMETRO

“La historia del artillero”, comentó Jules, “terminó muy diferente de lo que uno esperaba al principio. Justo cuando uno cree que los dos viajeros están perdidos, resulta que no se trata de nada más grave que asar dos aves. Un escalofrío de miedo te invade cuando el hombre sube la escalera con el machete entre los dientes; al minuto siguiente, te ríes. Es una historia muy divertida, pero nos ha desviado de los terremotos. Aún no nos has dicho la causa de estos terribles movimientos del terreno”.

—Si te interesa —respondió su tío—, hablemos un poco. Primero te diré que cuanto más se desciende en la tierra, más caliente se vuelve. Las excavaciones realizadas por el hombre para obtener diversos minerales nos brindan información valiosa al respecto. Cuanto más profundo se desciende, más caliente está. Por cada treinta metros de profundidad, la temperatura aumenta un grado.

“No sé muy bien qué es un título”, dijo Jules.

«Y no sé nada sobre eso», confesó Emile.

Empecemos por eso; si no, te sería imposible entenderlo. En mi habitación has visto, sobre una pequeña tabla de madera, una varilla de vidrio atravesada por un canal finísimo que termina en un pequeño bulbo. En el bulbo hay un líquido rojo que sube o baja por el canal del tubo según la temperatura. Eso se llama termómetro. En agua helada, el líquido rojo baja hasta un punto en el tubo llamado cero; en agua hirviendo, sube hasta un punto marcado con 100. La distancia entre estos dos puntos se divide en cien partes iguales llamadas grados.[3]

“¿Por qué títulos?” preguntó Emile.

Con esto se quiere decir que estas divisiones guardan cierta semejanza con los grados o escalones de una escalera de mano. El líquido rojo sube o baja de división en división, tal como subimos o bajamos una escalera paso a paso. Si se calienta, el líquido rojo se mueve y sube poco a poco los escalones; si se enfría, baja. Así, el calor puede estimarse según el escalón o grado donde se detiene el líquido.

“Es helado cuando el líquido baja a cero; el calor es el del agua hirviendo cuando sube a la división 100. Los escalones o grados intermedios indican, evidentemente, otros estados de calor, mayores cuanto más alto es el grado en la escala.

El grado de calor de cualquier cuerpo, indicado por el termómetro, se llama temperatura. Así, decimos que la temperatura del agua helada es cero, y la del agua hirviendo, cien grados.

3 .  Se trata del termómetro centígrado que se describe aquí .

—Una mañana —dijo Emile—, cuando me mandaste a buscar algo a tu habitación, puse la mano sobre la perilla del termómetro. El líquido rojo empezó a subir poco a poco.

“Fue el calor de tu mano lo que lo hizo subir”.

“Quería ver hasta dónde llegaría el líquido, pero no tuve paciencia para esperar hasta el final”.

Te lo diré. Al final, el termómetro habría marcado como máximo 38 grados, que es la temperatura del cuerpo humano.

“¿Y en los días muy calurosos del verano qué grados marca el termómetro?” preguntó Jules.

“En nuestra región el calor máximo del verano oscila entre los 25 y los 35 grados”.

“¿Y en los países más calurosos del mundo?”, preguntó Claire.

En los países más cálidos, como Senegal, por ejemplo, la temperatura alcanza los 45 y 50 grados. Hace el doble de calor que en nuestro verano.

________________________________________

CAPÍTULO LXIX

 

EL HORNO SUBTERRÁNEO

Volvamos a nuestro tema. En el fondo de las minas, les dije, prevalece una temperatura alta que se mantiene durante todo el año. Siempre hay el mismo calor, tanto en invierno como en verano. La excavación más profunda que los mineros han hecho jamás está en Bohemia. Hoy en día es inaccesible. Los desprendimientos de tierra la han rellenado parcialmente. A 1151 metros de profundidad, el termómetro marcaba un calor perpetuo de cuarenta grados, casi la temperatura de las regiones más cálidas del mundo. Y eso, fíjense, tanto en invierno como en verano. Cuando la montañosa Bohemia estaba cubierta de hielo y nieve, solo hacía falta bajar al fondo de la mina para pasar de los rigores del invierno al calor insoportable del verano senegalés. Se temblaba de frío en la entrada y se ahogaba de calor en el fondo.

Las mismas condiciones, sin excepción, prevalecen en todas partes. Cuanto más se desciende en la tierra, más alta es la temperatura. En las minas profundas, el calor es tal que incluso el trabajador más despistado se sorprende y se pregunta si no estará cerca de un inmenso horno.

“¿El interior de la tierra es entonces realmente una estufa?” preguntó Jules.

Mucho más que una estufa, como verán. El nombre de pozo artesiano se da a un agujero cilíndrico que, mediante fuertes barras de hierro, encajadas en los extremos, se excava en el suelo hasta alcanzar un depósito de agua subterránea, alimentado por las infiltraciones de arroyos o lagos cercanos. El agua que emerge de las profundidades del suelo como resultado de dicha perforación alcanza la superficie a una temperatura igual a la de esas profundidades; y así aprendemos sobre la distribución del calor en las entrañas de la tierra. Uno de los pozos más notables es el de Grenelle, en París. Tiene 547 metros de profundidad y el agua que contiene está constantemente a 28 grados, una temperatura casi tan alta como la de los días más calurosos del verano. El agua del pozo artesiano de Mondorf, en la frontera entre Francia y Luxemburgo, proviene de una profundidad mucho mayor, 700 metros. Su temperatura es de 35 grados. Los pozos artesianos, de los cuales hay un número considerable en la actualidad, ilustran el mismo principio que minas: por cada treinta metros de profundidad el calor aumenta un grado”.

“¿Entonces, cavando pozos lo suficientemente profundos, finalmente llegaríamos a obtener agua hirviendo?”

Ciertamente. La dificultad radica en alcanzar la profundidad deseada. Para alcanzar la temperatura del agua hirviendo, sería necesario perforar aproximadamente tres cuartos de legua, lo cual es imposible. Sin embargo, se conocen varios manantiales naturales que, al provenir de la tierra, poseen una temperatura elevada, llegando a veces al punto de ebullición. Se llaman fuentes termales, que significa aguas calientes. Predomina, pues, a la profundidad de la que provienen, un calor suficiente para hacerlas tibias, o incluso hirviendo. Las fuentes termales más notables de Francia son las de Chaudes-Aigues y Vic, en Cantal. Son casi hirvientes.

“¿Estos manantiales forman arroyos diferentes a otros?”

“Arroyos humeantes, en los que puedes sumergir un huevo un momento y sacarlo cocido.”

—Entonces no hay pececillos ni cangrejos —dijo Emilio.

—Claro que no, querida. Entiendes que si los hubiera, estarían cocinados hasta los huesos.

“Eso es cierto.”

Los pequeños arroyos de agua hirviendo de Auvernia no son nada comparados con los de Islandia, esa gran isla situada en el extremo norte de Europa y cubierta de nieve la mayor parte del año. Posee numerosos manantiales que expulsan agua caliente, llamados en ese país géiseres. El más potente, o el Gran Géiser, brota de una gran cuenca situada en la cima de una colina, formada por las lisas incrustaciones blancas depositadas por la espuma del agua. El interior de esta cuenca tiene forma de embudo y termina en tortuosos conductos que penetran a profundidades desconocidas.

Cada erupción de este volcán de agua hirviente se anuncia con un temblor de tierra y ruidos sordos como detonaciones lejanas de artillería subterránea. A cada instante, las detonaciones se intensifican; la tierra tiembla y, desde el fondo del cráter, el agua sube en un torrente impetuoso y llena la cuenca, donde, por unos instantes, tenemos lo que parece una caldera calentada por un horno invisible. En medio de un remolino de vapor, el agua asciende en una inundación hirviente. De repente, el géiser despliega toda su fuerza: se produce una fuerte explosión, y una columna de agua de seis metros de diámetro se eleva hasta una altura de sesenta metros, y vuelve a caer en lluvias humeantes tras haberse expandido en forma de una inmensa gavilla coronada de vapor blanco. Este formidable estallido dura solo unos instantes. Pronto, la gavilla líquida se hunde; el agua de la cuenca se retira, para ser absorbida por las profundidades del cráter, y es reemplazada por una columna de vapor, furiosa y Un rugido que se eleva con estruendosas reverberaciones y, con su fuerza indomable, lanza al aire enormes masas de roca que han caído en el cráter o las fragmenta en diminutos pedazos. Todo el vecindario queda envuelto en estos densos remolinos de vapor. Finalmente, se restablece la calma y la furia del géiser se calma, pero solo para estallar de nuevo más tarde y repetir el mismo programa.

 

Géiser gigante, Parque Nacional de Yellowstone

—Eso debe ser terrible y hermoso a la vez —comentó Emile—. Sin duda miras esta fuente furiosa desde lejos, para no ser golpeado en la espalda por las lluvias hirvientes.

—Lo que acabas de contarnos, tío —dijo Jules— demuestra claramente que hay un gran calor bajo tierra.

Al admitir, como justifican todas estas observaciones, que la temperatura subterránea aumenta con la profundidad un grado por cada treinta metros, se estima que a tres kilómetros o tres cuartos de legua de profundidad, la temperatura debe ser la del agua hirviendo, es decir, 100 grados. A cinco leguas de profundidad, el calor es el del hierro al rojo vivo; a doce leguas es suficiente para fundir todas las sustancias conocidas. A mayor profundidad, la temperatura, aparentemente, es aún más alta. En consecuencia, debemos imaginar que la Tierra está formada por un globo de materia licuada por el fuego y envuelto por una delgada corteza de material sólido que se sustenta sobre ese océano central de minerales fundidos.

—Dices —dijo Claire—, una fina capa de material sólido; y sin embargo, según los cálculos que acabas de mencionar, el espesor del material sólido debe ser de unas doce leguas. Debajo estaría la materia fundida. Me parece que doce leguas es un buen espesor, y no tenemos nada que temer del fuego subterráneo.

Doce leguas son muy pocas en relación con las dimensiones de la Tierra. La distancia desde la superficie terrestre hasta su centro es de 1600 leguas. De esta distancia, unas doce leguas corresponden al espesor de la corteza sólida, y el resto al globo fundido. En una esfera de dos metros de diámetro, la corteza sólida terrestre se representaría con un espesor de medio dedo. Hagamos una comparación más sencilla: representemos la Tierra con un huevo. Pues bien, la cáscara del huevo es la corteza sólida del globo; su contenido líquido es la masa central en fusión.

—¡Y solo nos separa del inmenso horno subterráneo esa delgada capa! —exclamó Jules—. Eso no es nada tranquilizador.

Estoy de acuerdo, no deja de emocionarnos escuchar por primera vez lo que la ciencia nos dice sobre estos detalles íntimos de la estructura terrestre; no podemos pensar sin temor en esos abismos ardientes que arrastran sus olas de minerales fundidos a pocas leguas bajo nuestros pies. ¿Cómo puede una cubierta, relativamente tan ligera, resistir las fluctuaciones de la masa líquida central? Esta frágil corteza, esta cáscara del globo, ¿no se derretirá algún día, se desintegrará, se desmoronará o, al menos, se moverá? Lo poco que se mueve hace temblar los continentes y el suelo se agrieta en abismos aterradores.

—¡Ah! —intervino Claire—. Esa es la causa de los terremotos. El líquido que está dentro se agita y la cáscara se mueve.

“Me parece”, comentó Jules, “que esta concha, comparativamente tan delgada, debería temblar más a menudo”.

Quizás no pase un solo día sin que la corteza terrestre experimente algún choque, a veces en un punto, a veces en otro, bajo el lecho de los mares, así como bajo los continentes. Sin embargo, los terremotos desastrosos son muy poco frecuentes gracias a la intervención de los volcanes.

Los orificios volcánicos son, de hecho, verdaderas válvulas de seguridad que comunican el interior del globo con el exterior. Al ofrecer respiraderos permanentes a los vapores subterráneos que tienden a liberarse al volcar la tierra, hacen que los terremotos sean menos frecuentes y menos catastróficos. En los países volcánicos, cada vez que el suelo se sacude por fuertes sacudidas, el terremoto cesa en el momento en que el volcán comienza a expulsar sus humos y lava.

«Recuerdo bien», dijo Jules, «tu relato de la erupción del Etna y el desastre de Catania. Al principio solo veía en los volcanes montañas terribles que devastaban a su alrededor; ahora empiezo a comprender su gran utilidad, su necesidad. Sin sus respiraderos, la tierra rara vez estaría en calma».

________________________________________

CAPÍTULO LXX

 

CONCHAS

En la habitación del tío Paul había un cajón lleno de conchas de todo tipo. Uno de sus amigos las había coleccionado en sus viajes. Se podían pasar horas agradables observándolas. Sus hermosos colores, sus formas agradables, aunque a veces extrañas, desviaban la vista. Algunas estaban retorcidas como una escalera de caracol, otras se ensanchaban en grandes cuernos, y otras se abrían y cerraban como una tabaquera. Algunas estaban ornamentadas con nervaduras radiales, pliegues nudosos o placas superpuestas como las pizarras de un tejado; algunas estaban erizadas de puntas, espinas o escamas dentadas. Había algunas lisas como huevos, a veces blancas, a veces con manchas rojas; otras, cerca de la abertura rosada, tenían largas puntas que parecían dedos muy extendidos. Provenían de todas partes del mundo. Estas venían de la tierra de los negros, aquellas del Mar Rojo, otras de China, India, Japón. En verdad, se podrían pasar muchas horas agradables examinándolos uno por uno, especialmente si el tío Paul te hablara de ellos.

Un día, el tío Paul les dio a sus sobrinos este placer: les desplegó las riquezas de su cajón. Jules y Claire las miraron con asombro; Emile no se cansaba de llevarse las grandes conchas a la oreja y escuchar el continuo ju-ju-ju que escapaba de sus profundidades y parecía repetir el murmullo del mar.

 

Cassis

Este, con la abertura roja y con forma de encaje, viene de la India. Se llama casco. Algunos son tan grandes que dos de ellos serían lo máximo que Emilio podría cargar. En algunas islas son tan abundantes que se usan en lugar de piedras y se queman en hornos para hacer cal.

—No las quemaría —dijo Jules— si encontrara conchas tan bonitas. Mira qué roja está la abertura, qué bonitos pliegues tienen los bordes.

—Y qué murmullo tan fuerte —añadió Emile—. ¿Es cierto, tío, que es el ruido del mar con el eco de la concha?

 

Molusco espinoso

No niego que se parezca un poco al murmullo de las olas que se oye a lo lejos; pero no piensen que la concha guarda en sus pliegues un eco del ruido de las olas. Es simplemente el efecto del aire entrando y saliendo por la tortuosa cavidad.

Esta otra pertenece a Francia. Es común en las costas del Mediterráneo y pertenece al género cassis .

“Hace hoo-hoo , como el casco”, comentó Emile.

“Todos aquellos que son bastante grandes y tienen una cavidad en espiral hacen lo mismo.

Aquí hay otro que, como el anterior, se encuentra en el Mediterráneo. Se trata del molusco espinoso. La criatura que lo habita produce un brillo violeta, del cual los antiguos derivaron, para sus costosos tejidos, un magnífico color llamado púrpura.

 

Paludinidos

“¿Cómo se hacen las conchas?” preguntó Claire.

“Las conchas son las moradas de criaturas llamadas moluscos, al igual que la concha del caracol espiral es la casa del pequeño animal córneo que se come tus plantas jóvenes con flores”.

—Entonces la casa del caracol es una concha, igual a las hermosas que nos has mostrado —observó Jules.

Sí, hija mía. Es en el mar donde encontramos, en mayor número, las conchas más grandes y hermosas. Se llaman conchas marinas. Entre ellas se encuentran la concha de casco, la casídula y el molusco espinoso. Pero las aguas dulces, es decir, arroyos, ríos, estanques y lagos, también las tienen. La zanja más pequeña de nuestro país tiene conchas de buena forma, pero de color sombrío, terroso. Se llaman conchas de agua dulce.

"He visto algunos en el agua que parecen caracoles grandes, puntiagudos y espirales", dijo Jules. "Tienen una especie de tapa para cerrar la abertura".

“Son Paludinidæ.”

—Recuerdo otra concha de zanja —dijo Claire—. Es redonda, plana y tan grande como una moneda de diez o incluso veinte céntimos.

 

Planorbinas

Esa es una de las Planorbinas. Finalmente, hay conchas que siempre se encuentran en la tierra y por eso se llaman conchas terrestres. Un ejemplo es el caracol espiral.

«He visto caracoles muy bonitos», comentó Jules, «casi tan bonitos como las conchas de este cajón. En el bosque se ven amarillos con varias bandas negras enrolladas a su alrededor en orden regular».

«El animal que llamamos caracol espiral, ¿no es una babosa que encuentra una concha vacía y vive en ella?», preguntó Emile.

No, amigo mío; una babosa siempre sigue siendo babosa sin convertirse en caracol; es decir, nunca tiene concha. El caracol, en cambio, nace con una concha diminuta que crece poco a poco a medida que él crece. Las conchas vacías que encuentras en el campo han tenido a sus habitantes, que ahora están muertos y convertidos en polvo; solo quedan sus casas.

“Una babosa y un caracol sin caparazón son muy parecidos.”

Ambos son moluscos. Hay moluscos que no forman conchas, como la babosa; otros que sí las forman, como los caracoles, los paludínidos y los casidícidos.

“¿Y de qué hace el caracol su casa?”

“De su propia sustancia, mi pequeño amigo; suda los materiales para su casa”.

"No entiendo."

¿No te haces los dientes, tan blancos, brillantes y alineados? De vez en cuando, uno nuevo sale sin que te des cuenta. Se hace solo. Estos hermosos dientes son de piedra muy dura. ¿De dónde viene esa piedra? De tu propia sustancia, está claro. Nuestras encías sudan piedra que se transforma en dientes. Así se construye la casa del caracol. La pequeña criatura suda la piedra que se transforma en una elegante concha.

Pero para colocar piedras una sobre otra y construir casas con ellas se necesitan albañiles. La casa del caracol se construye sin albañiles.

Cuando digo que se hace por sí sola, no quiero decir que la piedra tenga la capacidad de transformarse en una cáscara. Nunca se ve cómo los escombros se amontonan sin ayuda para formar una pared. Dios, el Padre de todas las cosas, quiso que la piedra se acondicionara en un palacio de nácar para servir de morada al pobre animal, hermano de la babosa, y se cumple según su voluntad. De igual manera, le dijo a la piedra que creciera hasta convertirse en hermosos dientes desde lo profundo de las encías rosadas de niños y niñas, y se cumple como él quiso.

“Empiezo a sentirme bastante amigable con el caracol, el animal voraz que se come nuestras flores”, dijo Jules.

No quiero que te hagas amiga de él. Hagámosle la guerra, ya que devasta nuestros jardines; es nuestro derecho; pero no desdeñemos aprender de él, pues tiene muchas cosas hermosas que enseñarnos. Hoy te hablaré de sus ojos y su nariz.

________________________________________

CAPÍTULO LXXI

 

EL CARACOL ESPIRAL

“Cuando el caracol se arrastra, lleva en alto, como sabéis, cuatro cuernos”.

“Cuernos que salen y entran a voluntad”, añadió Jules.

—Cuernos que el animal gira en todas direcciones —dijo Emile—, cuando pones la concha sobre las brasas. Entonces el caracol canta be-be-be-eou-eou .

Deja ya de jugar cruelmente, hija mía. El caracol no canta; se queja, a su manera, de las torturas ardientes. Su baba, coagulada por el calor, primero se hincha y luego se encoge, y el aire que escapa en pequeñas bocanadas produce ese gemido agonizante.

“En una de las fábulas de La Fontaine, donde hay tantas cosas buenas sobre los animales, nos dice que el león, herido por un animal con cuernos,

“Se dice que fue directamente desterrado de su reino,

Toda clase de bestias con cuernos.

Carneros, toros, cabras, ciervos y unicornios.

Todos esos brutos huyeron rápidamente.

Una liebre, percibiendo la sombra de sus orejas,

Apenas pude evitar creer

Que algún vil espía por cuernos los tomaría,

Y les hago alimento para la acusación.

Adiós, dijo él, mi vecino grillo;

Tomo mi billete extranjero.

Mis oídos, ¿debería quedarme aquí?

Se convertirán en cuernos, me temo;

¿Y eran más bajos que los de un pájaro?

Temo el efecto de las palabras.

¡Esos cuernos!, respondió el grillo; ¿por qué?

Dios les hizo las orejas; ¿quién puede negarlo?

Sí, dijo el cobarde, todavía les harán cuernos,

¡Y cuernos, quizás, de unicornios!

En vano protestaré.[4]

4 .  La traducción es la de Elizur Wright, Jr., publicada por James Miller, Nueva York, 1879.

Esta liebre evidentemente exageró. Sus orejas siguieron siendo orejas, para todos los observadores. No sabemos si el caracol se exilió en estas circunstancias; el hombre es casi unánime al considerar cuernos lo que el caracol lleva en la frente. «¡A eso le llamas cuernos!», habría exclamado el grillo, más avispado que el hombre; «¡Me tienes por tonto!».

“¿Entonces no son cuernos?” preguntó Jules.

—No, querida. Son a la vez manos, ojos, nariz y un bastón para ciegos. Se llaman tentáculos. Hay dos pares de longitud desigual. El par superior es el más largo y llamativo.

Justo al final de cada largo tentáculo se ve un pequeño punto negro. Es un ojo tan completo como el del caballo y el buey, a pesar de sus diminutas dimensiones. No tienes ni idea de lo que se necesita para hacer un ojo. Es tan complicado que no intentaré explicártelo. Y, sin embargo, todo se encuentra en ese pequeño punto negro apenas visible. Y eso no es todo: junto al ojo hay una nariz, es decir, un órgano especialmente sensible a los olores. El caracol ve y huele con las puntas de sus largos tentáculos.

“He observado que si acercas cualquier cosa a los largos cuernos del caracol, el animal los atrae hacia sí”.

 

Elefante

Esta combinación de nariz y ojo puede retroceder, avanzar, ir al encuentro de un objeto y captar olores de todas partes. Para encontrar una nariz similar, hay que ir de un caracol a un elefante, cuya trompa es una nariz excepcionalmente larga. ¡Pero cuánto superior es la del caracol a la del elefante! Sensible a los olores y a la luz, ojo y nariz a la vez, puede retraerse en sí misma como el dedo de un guante, desaparecer al reingresar en el cuerpo del animal o emerger de debajo de la piel y extenderse como un telescopio.

«A menudo he visto cómo el caracol retrae sus cuernos», observó Emile. «Los dobla hacia adentro y parecen hundirse bajo la piel. Cuando algo lo molesta, el animal esconde la nariz y los ojos en su bolsillo».

Precisamente. Para protegernos de una luz demasiado fuerte o de un olor desagradable, cerramos las pupilas y nos tapamos la nariz. El caracol, si la luz le molesta o algún olor le desagrada, se cubre los ojos y la nariz con su funda; los guarda en su bolsillo, como dice Emilio.

“Es una forma ingeniosa”, comentó Claire.

—Dijiste también —interrumpió Jules— que los cuernos le servían como bastón a un ciego.

El animal es ciego cuando ha retraído sus tentáculos superiores, parcial o totalmente; entonces solo le quedan los dos inferiores, que exploran los objetos mediante el tacto mejor que el bastón de un ciego, pues son muy sensibles. Los dos tentáculos superiores, además de sus funciones de ojo y nariz, también cumplen la función de bastón de un ciego, o, mejor aún, la de un dedo que toca y reconoce objetos. Verás, pequeño Emile, no se sabe todo sobre un caracol cuando se conoce su gemido en el fuego.

Ya veo. ¿Quién de nosotros habría sospechado que esos cuernos son ojos, nariz, bastón de ciego, dedos, todo a la vez?

________________________________________

CAPÍTULO LXXII

 

NÁCAR Y PERLAS

—Algunas de las conchas que nos acabas de enseñar —dijo Jules— brillan por dentro como el mango de esa bonita navaja que me compraste el día de la feria, ¿sabes?, esa navaja de cuatro hojas con mango de nácar.

Eso es bastante claro. El nácar, esa hermosa sustancia que brilla con todos los colores del arcoíris, proviene de ciertas conchas. Usamos para delicada ornamentación lo que antaño fue la morada de un animal glacial, pariente cercano de la ostra. En verdad, esta morada es un auténtico palacio de riqueza. Brilla con todos los matices imaginables, como si el arcoíris hubiera depositado allí sus colores.

Esta es la concha que produce el nácar más hermoso. Se llama meleagrina margaritifera. Por fuera es arrugada y de color verde negruzco; por dentro es más lisa que el mármol pulido, de un color más intenso que el arcoíris. Allí se encuentran todos los matices, brillantes, pero suaves y cambiantes, según el punto de vista.

¡Esa magnífica concha es la casa de un animal miserable y viscoso! En los cuentos de hadas, ni siquiera las hadas tienen nada que la iguale. ¡Oh, qué hermosa, qué hermosa es!

Cada uno tiene su parte en este mundo. El animal viscoso tiene para él un espléndido palacio de nácar.

“¿Dónde vive la meleagrina?”

“En los mares que bañan las costas de Arabia”.

 

Meleagrina (avicula) margaritifera

«¿Está muy lejos Arabia?», preguntó Emilio.

—Muy lejos, querida. ¿Por qué lo preguntas?

“Porque me gustaría recoger muchas de estas hermosas conchas”.

Ni se te ocurra. Está demasiado lejos, y además, no todos los que quieren las recogen. Para conseguirlas, los hombres tienen que sumergirse en el fondo del mar, y algunos nunca vuelven a la superficie.

“¿Y hay gente que se atreve a sumergirse en el fondo del mar sólo para conseguir conchas?” preguntó Claire.

Muchísimo. Además, el negocio es tan rentable que no seríamos bien recibidos por los primeros en llegar si se nos ocurriera ir a pescar con ellos.

“¿Entonces esas conchas son muy preciosas?”

Juzgarás por ti mismo. Primero, la capa interna de la concha, cortada en láminas y tablillas, es el nácar que usamos para la ornamentación fina. El mango de la navaja de Jules está cubierto con una lámina de nácar que formaba parte del interior de una concha de perla. Pero eso es lo mínimo que produce la preciosa concha. También hay perlas.

Pero las perlas no son muy caras. Con unos pocos céntimos compré una caja entera para bordarte un bolso.

Hagamos una distinción: hay perlas y perlas. Las perlas que mencionas son pequeños trozos de vidrio coloreado perforados. Su precio es muy moderado. Las perlas de la meleagrina son glóbulos del nácar más rico y fino. Si son inusualmente grandes, alcanzan el fabuloso precio del diamante, hasta cientos de miles y millones de francos.

“No conozco esas perlas.”

 

Concha de ostra

Que Dios te libre de conocerlas, pues al interesarse por las perlas a veces se pierde el sentido común y el honor. Sin embargo, es bueno saber cómo se producen.

Entre las dos partes de la concha vive un animal parecido a la ostra. Es una masa viscosa en la que sería difícil reconocer a un animal. Sin embargo, digiere, respira y es sensible al dolor, tan sensible que una partícula de polvo, una simple insignificancia, le hace la existencia dolorosa. ¿Qué hace el animal cuando siente el cosquilleo de alguna sustancia extraña? Empieza a sudar nácar alrededor de la zona que le pica. Este nácar se amontona en una pequeña bola lisa, y ahí tienes una perla hecha por el animal enfermo y viscoso. Si es de un tamaño considerable, costará una buena bolsa de coronas, y quien la lleve al cuello estará muy orgullosa de ella.

Pero antes de llegar al cuello, hay que pescarlo. Los pescadores están en una barca. Descienden al mar, uno tras otro, con la ayuda de una cuerda a la que está atada una gran piedra que los arrastra rápidamente hasta el fondo. El hombre a punto de bucear agarra la cuerda lastrada con la mano derecha y los dedos del pie derecho; con la mano izquierda se tapa las fosas nasales; a su pie izquierdo se le sujeta una red con forma de bolsa. La piedra es arrojada al mar. El hombre se hunde como plomo. Rápidamente llena la red de conchas y luego tira de la cuerda para dar la señal de ascenso. Los que están en la barca lo sacan. Medio asfixiado, el buceador llega a la superficie con su pesca. Los esfuerzos que ha hecho para suspender la respiración son tan dolorosos que a veces la sangre le brota a borbotones de la boca y la nariz. A veces, el buceador sale a la superficie con una pierna amputada; a veces nunca sale. Un tiburón se lo ha tragado.

 

Tiburón

“Algunas de esas perlas que brillan en los escaparates de las joyerías cuestan mucho más que una fina bolsa de coronas: pueden haber costado la vida de un hombre.”

«Si Arabia estuviera al final del pueblo, no iría a pescar perlas», declaró Emilio.

Para abrir las conchas, se exponen al sol hasta que los animales mueren. Luego, los hombres hurgan en el montón, que huele fatal, y sacan las perlas. No hay nada más que hacer que perforarlas con un agujero.

“Un día”, dijo Jules, “cuando estaban limpiando el canal grande del molino encontré unas conchas que brillaban por dentro como nácar”.

En nuestros arroyos y acequias encontramos conchas divididas en dos partes de un negro verdoso. Se llaman mejillones de agua dulce. Su interior es de nácar. Algunos, muy grandes y que viven preferentemente en arroyos de montaña, incluso producen perlas. Pero estas perlas distan mucho del brillo y, por consiguiente, del precio de las de la meleagrina.

________________________________________

CAPÍTULO LXXIII

 

EL MAR

“¿Todas esas hermosas conchas que tienes en el cajón vienen del mar?”, preguntó Emile.

“Vienen del mar.”

“¿Es muy grande el mar?”

Tan grande que, en ciertas zonas, los barcos tardan meses enteros en ir de costa a costa. Además, son buques rápidos, sobre todo los de vapor. Van casi tan rápido como una locomotora.

“¿Y qué se puede ver en el mar?”

Arriba, el cielo como aquí; alrededor, una gran extensión azul y circular, y más allá, nada. Uno viaja leguas y leguas, y sin embargo, siempre está en medio de ese círculo azul de aguas, como si no hubiera avanzado. La forma redondeada de la tierra, y en consecuencia de los mares que la cubren en su mayor parte, es la causa de esta apariencia. La vista solo puede abarcar una pequeña extensión del mar, una extensión delimitada por una línea circular sobre la que parece descansar la cúpula del cielo; y como el círculo de las aguas se renueva constantemente manteniendo la misma apariencia a medida que uno avanza, parece como si uno permaneciera inmóvil en el centro del círculo, donde el azul del cielo se funde con el azul del mar. Sin embargo, a fuerza de este continuo avance, uno finalmente percibe una pequeña humareda gris en la línea que delimita la vista. Es tierra que empieza a asomar. Medio día más de viaje, y la pequeña humareda gris se habrá convertido en rocas en la costa o altas montañas en el interior.

“El mar es más grande que la tierra, dice la geografía”, comentó Jules.

“Si dividimos la superficie del globo terrestre en cuatro partes iguales, la tierra ocupará aproximadamente una de estas partes, y el mar, en conjunto, las otras tres.”

“¿Qué hay bajo el mar?”

Bajo el mar hay suelo, igual que bajo las aguas de un lago o un arroyo. El suelo submarino es irregular, al igual que la tierra firme. En ciertas partes está excavado en profundos abismos que apenas se pueden sondear; en otras, está surcado por cadenas montañosas, cuyos puntos más altos sobresalen del nivel del agua y forman islas; en otras, se extiende en vastas llanuras o se alza en mesetas. Si fuera seco, no se diferenciaría de los continentes.

“¿Entonces la profundidad no es la misma en todas partes?”

De ninguna manera. Para medir la profundidad del agua, se arroja al mar una plomada atada a un extremo de una cuerda muy larga; la longitud de la cuerda que desenrolla la plomada al caer indica la profundidad del agua.

La mayor profundidad del Mediterráneo parece estar entre África y Grecia. En estas zonas, para tocar fondo, el plomo desenrolla 4000 o 5000 metros de línea. Esta profundidad equivale a la altura del Mont Blanc, la montaña más alta de Europa.

“Si el Mont Blanc se colocara en este hueco”, comentó Claire, “su cima apenas alcanzaría la superficie del agua”.

Hay lugares más profundos que eso. En el Atlántico, al sur de las orillas de Terranova, uno de los mejores lugares para la pesca del bacalao, el nivel del agua marca unos 8000 metros. Las montañas más altas del mundo, en Asia Central, alcanzan los 8840 metros.

“Esas montañas surgirían de la superficie del agua en el lugar del que hablaste y formarían islas de 850 metros de altura”.

Finalmente, en los mares que rodean el Polo Sur hay lugares donde el plomo indica 14.000 o 15.000 metros de profundidad, o casi 4 leguas. En ningún lugar de la tierra firme se alcanzan tales altitudes.

Entre estos temibles abismos y la orilla, donde el agua no supera el grosor de un dedo, se encuentran todos los grados intermedios, que a veces varían gradualmente, a veces repentinamente, según la configuración del terreno. En una orilla, el mar aumenta de profundidad con una rapidez aterradora. Esa orilla es, pues, la cima de un acantilado cuya base está bañada por el mar. En otra, aumenta poco a poco, y hay que recorrer una gran distancia para alcanzar una profundidad de unos pocos metros. Allí, el lecho oceánico es una llanura, con una pendiente casi imperceptible, en continuación de la llanura terrestre.

La profundidad media del océano parece ser de seis a siete kilómetros; es decir, si todas las irregularidades submarinas desaparecieran y dieran paso a un lecho nivelado, como el fondo de una cuenca hecha por el hombre, los mares, aunque conservasen en la superficie su extensión actual, tendrían una capa uniforme de agua de entre 6.000 y 7.000 metros de profundidad.

—Me desconcierta bastante tantos kilómetros —se quejó Emile—. No importa; empiezo a comprender que hay mucha agua en el mar.

Mucho más de lo que jamás podrías imaginar. Conoces el Ródano, el río más caudaloso de Francia; lo has visto en sus crecidas, cuando sus aguas turbias forman una lámina de una orilla a otra hasta perderse de vista. Se calcula que en estas condiciones vierte al mar unos cinco millones de litros de agua por segundo. Pues bien, si siempre conservara esa majestuosidad, este caudaloso río no podría, en veinte años, llenar ni la milésima parte de la cuenca oceánica. ¿Te hace eso comprender mejor la inmensidad del mar?

Me da vértigo solo de pensarlo. ¿De qué color son las aguas del mar? ¿Son amarillas y turbias como el Ródano?

Nunca, excepto en las desembocaduras de los ríos. Vista en pequeña cantidad, el agua parece incolora; vista en gran masa, parece de su color natural, azul verdoso. El mar, entonces, es azul con un matiz verdoso, más oscuro en alta mar, más claro cerca de las costas. Pero esta coloración cambia mucho según la claridad del cielo. Bajo un sol radiante, el mar en calma es ahora azul pálido, ahora índigo oscuro; bajo un cielo tormentoso se vuelve verde botella y casi negro.

 

“Las aguas del gran abismo”

________________________________________

CAPÍTULO LXXIV

 

OLAS SAL ALGAS

—¿De dónde vienen las olas? —preguntó Jules—. Dicen que el mar es terrible cuando está embravecido.

Sí, mi querido Jules, terrible. Nunca olvidaré esas grandes crestas móviles, coronadas de espuma, que zarandean un barco pesado como una cáscara de nuez, lo llevan un instante sobre sus monstruosos lomos y luego lo dejan hundirse en el valle líquido que se interpone. ¡Ay! ¡Qué pequeño y débil se siente uno sobre esas cuatro tablas, subiendo y hundiéndose al antojo de las olas! Si la cáscara de nuez hace agua bajo los furiosos golpes de las olas, ¡que Dios se apiade de nosotros! El barco destrozado desaparecería en profundidades insondables.

—¿En el abismo del que nos hablaste? —preguntó Claire.

En esos abismos de los que nadie regresa. La barca destrozada sería tragada por el mar, y no quedaría de ti más que un recuerdo, si quedara gente en la tierra que te amara.

“Por eso el mar debería estar siempre en calma”, dijo Julio.

Sería una lástima, hija mía, que el mar estuviera siempre en reposo. Esta calma sería incompatible con la salubridad de los mares, que deben ser agitados violentamente para mantenerlos libres de contaminación y disolver el aire necesario para su población animal y vegetal. Para el océano de aguas, como para la atmósfera o el océano de aire, se necesita una agitación saludable: tempestades que remuevan, renueven y vivifiquen las aguas.

El viento altera la superficie del océano. Si sopla en ráfagas, crea olas que saltan con crestas espumosas y rompen unas contra otras. Si es fuerte y continuo, persigue las aguas en largas marejadas, en olas o mareas que avanzan desde el mar abierto en líneas paralelas, se suceden con majestuosa uniformidad y, una tras otra, se precipitan con estruendo hacia la orilla. Estos movimientos, por tumultuosos que sean, solo afectan la superficie del mar; a treinta metros de profundidad, el agua está tranquila, incluso en las tormentas más violentas.

En nuestros mares, la altura de las olas más grandes no supera los dos o tres metros; pero en algunas zonas del Mar del Sur, con condiciones meteorológicas excepcionales, las olas alcanzan los diez o doce metros. Son verdaderas cadenas de colinas móviles con amplios y profundos valles entre ellas. Azotadas por el viento, sus cimas levantan nubes de espuma y se arremolinan en un volumen formidable con una fuerza suficiente para destrozar los buques más grandes bajo su peso.

La fuerza de las olas roza lo prodigioso. Allí, donde la orilla, elevándose verticalmente desde el agua, se presenta plenamente a los embates del mar, el impacto es tan violento que la tierra tiembla bajo los pies. Los diques más sólidos son demolidos y arrastrados; enormes bloques son arrancados, arrastrados por el suelo, a veces arrojados sobre los embarcaderos, donde ruedan como simples guijarros.

Es a la acción continua de las olas a la que se deben los acantilados, es decir, los escarpes verticales que en algunos lugares sirven de orilla al mar. Estos escarpes se ven en las costas del Canal de la Mancha, tanto en Francia como en Inglaterra. El océano los socava incesantemente, haciendo que se desprendan fragmentos que tritura en guijarros, y se adentra mucho más tierra adentro. La historia ha conservado el recuerdo de torres, viviendas e incluso pueblos que tuvieron que ser abandonados poco a poco debido a deslizamientos de tierra similares, y que hoy han desaparecido por completo bajo las olas.

«Las aguas del mar, así agitadas, no se vuelven pútridas», comentó Jules.

El movimiento de las olas por sí solo no bastaría para asegurar la incorruptibilidad del agua de mar. Aquí entra en juego otra causa de salubridad. Las aguas del mar contienen en disolución numerosas sustancias que le dan un sabor extremadamente desagradable, pero impiden su corrupción.

—Entonces, ¿no puedes beber agua de mar? —preguntó Emilio.

“No, ni siquiera si te apremiara la mayor sed.”

“¿Y qué sabor tiene el agua del mar?”

Un sabor a la vez amargo y salado, desagradable al paladar y que provoca náuseas. Ese sabor proviene de las sustancias disueltas. La más abundante es la sal común, la que usamos para sazonar la comida.

—La sal —objetó Jules— no tiene ningún sabor desagradable, aunque no se pueda beber un vaso de agua salada.

Sin duda; pero en las aguas del mar se acompaña de muchas otras sustancias disueltas cuyo sabor es muy desagradable. El grado de salinidad varía según el mar. Un litro de agua en el Mediterráneo contiene 44 gramos de sustancias salinas; un litro de agua en el Atlántico contiene solo 32.

Se ha intentado estimar, aproximadamente, la cantidad total de sal que contiene el océano. Si este se secara y todos sus componentes salinos se quedaran en el fondo, bastarían para cubrir toda la superficie terrestre con una capa uniforme de diez metros de espesor.

—¡Ay, cuánta sal! —exclamó Emile—. Nunca la veríamos acabar, por mucho que le pusiéramos sal a la comida. ¿Entonces la sal viene del mar?

Ciertamente. Se selecciona un tramo bajo y llano de costa, se excavan cuencas, poco profundas pero de considerable extensión; estas se llaman marismas. Luego, el agua de mar se introduce en estas cuencas. Cuando se llenan, se cierra la comunicación con el mar. El trabajo en las marismas se realiza en verano. El calor del sol hace que el agua se evapore poco a poco, y la sal permanece en una costra cristalina que se retira con rastrillos. La sal acumulada se amontona en un gran montón para que drene.

“Si pusiéramos un plato de agua salada al sol, ¿estaríamos haciendo en pequeña medida lo que se hace en las marismas?”, preguntó Jules.

“Exactamente: el agua desaparecería evaporada por el sol y la sal permanecería en el plato”.

“Sé que hay muchísimos peces en el mar”, dijo Claire, “pequeños, grandes y monstruosos. La sardina, el bacalao, la anchoa, el atún y muchísimos más nos llegan del mar. También hay moluscos, como los llamas, animales que se cubren con una concha; luego cangrejos enormes con pinzas más grandes que el puño de un hombre; y un montón de otras criaturas que no conozco. ¿De qué viven?”

Primero, se devoran mucho unos a otros. El más débil se convierte en presa de uno más fuerte, que a su vez encuentra a su amo y se convierte en su alimento. Pero es evidente que si los habitantes del mar no tuvieran otro recurso que devorarse unos a otros, tarde o temprano les faltaría el alimento y perecerían.

 

Alga

Por lo tanto, en materia de nutrición, el orden en el mar es similar al de la tierra. Las plantas proporcionan materia alimenticia. Algunas especies se alimentan de la planta, otras devoran a quienes la consumen; de modo que, directa o indirectamente, la vegetación las nutre a todas.

—Entiendo —dijo Jules—. Una oveja pasta en la hierba, un lobo se la come, y entonces es la hierba la que alimenta al lobo. ¿Hay, entonces, plantas en el mar?

En gran abundancia. Nuestras praderas no son más herbáceas que el fondo del mar. Solo que las plantas marinas difieren mucho de las terrestres. Nunca tienen flores, nada que se parezca a hojas, nunca raíces. Se adhieren a las rocas por una sustancia pegajosa en su base, sin poder nutrirse de ellas. Se alimentan de agua, no de tierra. Algunas parecen correas pegajosas, cintas dobladas, largas melenas; otras adoptan la forma de pequeños capullos con penachos, suaves nudos, penachos ondulados; otras están cortadas en tiras, enrolladas en espiral o tienen forma de hilos gruesos y viscosos. Algunas son de color verde oliva o rosa pálido; otras son de color amarillo miel o rojo brillante. Estas extrañas plantas se llaman algas marinas.

________________________________________

CAPÍTULO LXXV

 

AGUAS CORRIENTES

«Me han dicho», dijo Emilio, «que el Ródano desemboca sus aguas en el mar».

—El Ródano desemboca en el mar —respondió su tío—. Vierte en él cada segundo cinco millones de litros de agua.

“Al recibir tanta agua continuamente, ¿no termina el mar por desbordarse, como una palangana, cuando está demasiado llena?”

Estás en un apuro, querida hija. El Ródano no es el único río que desemboca en el mar. Solo en Francia están el Garona, el Loira, el Sena y muchos otros menos importantes. Y eso es solo una pequeña parte de los ríos que desembocan en el mar. Todos los ríos del mundo desembocan en él, absolutamente todos. El Amazonas, en Sudamérica, tiene 1400 leguas de largo y diez de ancho en su desembocadura. ¡Qué inmensa cantidad de agua debe de proporcionar!

Imaginen que todos los arroyos del mundo, pequeños y grandes, los más diminutos, no menos que los enormes ríos, fluyen incesantemente hacia el mar. Ya conocen el pequeño arroyo con los cangrejos. En ciertos lugares, Emile puede saltarlo; casi nunca el agua le llega a las rodillas. Pues bien, el arroyo desemboca en el mar exactamente como el Amazonas; cada segundo vierte en él sus pocos litros de agua; eso es todo lo que puede hacer. Pero no se atreve, pequeño arroyo, a emprender el viaje solo e ir a buscar el mar, el inmenso mar, por sí solo. Encuentra compañía en el camino, une su hilo de agua clara con arroyos más fuertes que se convierten en ríos al unir sus fuerzas; el río marítimo recibe afluentes, y el mar, al recibir el río, bebe el pequeño arroyo.

“Todas las aguas corrientes”, dijo Jules, “arroyos, torrentes, riachuelos, ríos, desembocan en el mar sin cesar, y esto ocurre en todo el mundo, de modo que cada segundo el mar recibe cantidades incalculables de agua. Así que vuelvo a la pregunta de Emile: ¿Cómo es que, recibiendo continuamente tanta agua, el mar no se desborda?”

“Si un depósito, cuando está lleno, recibe de un manantial la misma cantidad que deja salir por alguna abertura, ¿puede este depósito desbordarse, incluso aunque entre agua constantemente?”

“Por supuesto que no: pierde tanto como recibe, debe mantener siempre el mismo nivel.”

Lo mismo ocurre con el mar. Pierde tanto como gana, y por lo tanto, su nivel siempre permanece igual. Arroyos, torrentes, riachuelos, ríos, todos desembocan en el mar; pero arroyos, torrentes, arroyos y ríos también provienen del mar. Llevan de vuelta al inmenso embalse lo que le sacaron, y ni una gota más.

—Si el arroyo de los cangrejos viene del mar —intervino Emilio—, como dices, su agua debería ser salada; pero sé muy bien que no lo es en absoluto.

Ciertamente no es sal; pero el arroyo no sale del mar como el agua de una zanja sale de un embalse. Al provenir del mar, antes de convertirse en lo que es, el arroyo primero ha pasado por el aire como nubes.

“¿Como nubes?”

Como nubes, mi amiguito. Recordemos algo que te dije hace un rato.

El calor del sol provoca la evaporación del agua; la reduce a algo invisible, a vapor que se disipa en el aire. Los mares presentan una superficie tres veces mayor que la tierra firme. Sobre estas inmensidades se produce constantemente una enorme evaporación, elevando al aire una parte de las aguas del mar. El vapor así formado se convierte en nubes; las nubes se dispersan en todas direcciones, dejando caer nieve y lluvia; esta lluvia y la nieve derretida penetran en el suelo, se filtran y dan origen a manantiales, que gradualmente, por su unión, se convierten en arroyos, riachuelos y ríos.

—Entiendo por qué el agua de los arroyos no es salada —dijo Jules—, aunque proviene del mar. Cuando se pone agua salada en un plato al sol, solo se evapora el agua; la sal permanece. El vapor que sube del mar no es salado, porque la sal no se lo lleva al formarse. Así que los arroyos alimentados por la nieve y la lluvia que caen de las nubes no pueden ser salados.

—Lo que acabas de contarnos es muy notable, tío —observó Claire—. Todos los cursos de agua, ríos, arroyos, torrentes y riachuelos vienen del mar y regresan a él.

Provienen del mar, un reservorio inagotable que cubre con sus aguas una superficie tres veces mayor que la de todos los continentes juntos; del mar, cuyos abismos descienden en algunos lugares hasta una profundidad de 14 kilómetros, y reciben incesantemente el tributo de todos los cursos de agua del mundo, sin ser jamás exigidos más allá de su capacidad. La enorme superficie del mar proporciona al aire vapor que se transforma en nubes; posteriormente, estas nubes se disuelven en lluvia y, impulsadas por el viento, se extienden como inmensas regaderas sobre la tierra, fertilizándola. A su vez, la lluvia y la nieve, precipitadas por las nubes, dan origen a los ríos que llevan sus aguas al mar. De esta manera se produce una corriente continua que, partiendo del mar, regresa a él, tras haber recorrido la atmósfera en forma de nubes, regado la tierra como lluvia y atravesado continentes como ríos.

El mar es el depósito común de las aguas. Ríos, manantiales, fuentes, cada pequeño arroyo, todo proviene de él y todo regresa a él. El agua de una gota de rocío, el agua que circula en la savia de las plantas, el agua que forma gotas de sudor en nuestras frentes, todo proviene del mar y regresa a él. Por pequeña que sea la gota, no temas que se pierda. Si la arena árida la absorbe, el sol sabrá cómo extraerla de nuevo y enviarla a unirse al vapor de la atmósfera y, tarde o temprano, a la cuenca oceánica. Nada se pierde, nada escapa a la mirada de Dios, quien ha medido los océanos en el hueco de su mano y conoce el número de sus gotas de agua.

________________________________________

CAPÍTULO LXXVI

 

EL ENJAMBRE

El tío Paul seguía hablando cuando oyeron un ruido persistente en el jardín: ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom! como si un herrero hubiera colocado su yunque bajo el gran saúco. Corrieron a ver qué era. Jacques golpeaba gravemente con una llave la regadera: ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom! La madre Ambroisine golpeaba afanosamente una cacerola de cobre con una piedra pequeña: ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom!

¿Acaso nuestros dos buenos sirvientes han perdido la cabeza, entregándose, con el aire más serio del mundo, a esta charla? Sin interrumpir su singular ocupación, intercambian unas palabras. «Van hacia el grosellero», dice Jacques. «Parece que se van», responde Madre Ambroisine; y el ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom! se reanuda.

En ese momento aparecen el tío Paul, sus sobrinos y su sobrina. Una sola mirada basta para explicarle todo al tío Paul. Sobre el jardín se alza una especie de humo rojo, que a veces sube y a veces baja, a veces se dispersa y a veces se concentra en una masa compacta. Un monótono aleteo surge de en medio del humo rojo. Jacques y la madre Ambroisine, sin dejar de golpear la pantalla, siguen la nube. El tío Paul observa, muy preocupado. Emile, Jules y Claire se miran, sorprendidos por lo que está sucediendo.

La nubecita desciende, se acerca al grosellero, como Jacques había previsto, lo rodea, lo examina, elige una rama. Y ahora ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom! ¡pom! más fuerte que nunca. En la rama elegida se forma una masa redonda, que aumenta visiblemente mientras la nube, cada vez menos compacta, gira. Jacques y Madre Ambroisine dejan de golpear. Pronto cuelga de la rama del grosellero un gran racimo, del que parten los últimos restos de la nube viva para regresar un instante después. Todo ha terminado; ahora uno puede acercarse.

Emile, que sospecha que son abejas, quisiera volver a la casa. Su antiguo incidente con la colmena le ha dejado vívidos recuerdos. Para tranquilizarlo, su tío lo toma de la mano. Emile se acerca valientemente al grosellero. ¿Qué riesgo puede correr con su tío? Jules y Claire también se acercan; vale la pena.

Ahora, en el grosellero cuelga un grupo de abejas, todas juntas. Algunas rezagadas llegan de aquí y de allá, eligen un buen sitio y se aferran a las anteriores. La rama se dobla bajo la carga, pues hay varios miles sobre ella. Las primeras en llegar, sin duda las más robustas, ya que tendrán que soportar todo el peso, se han agarrado a la rama con las garras de sus patas delanteras; otras se han aferrado a las patas traseras de las primeras abejas, y a su vez han servido de puntos de suspensión para una tercera fila; luego, gradualmente, a una cuarta, quinta, sexta y aún más, disminuyendo mientras tanto en número, hasta que finalmente todas están aferradas allí con sus manos, por así decirlo. Los niños se quedan maravillados ante el grupo de abejas, cuyo rojo vello y brillantes alas brillan al sol; pero prudentemente se mantienen a distancia.

“¿No corremos el riesgo de que nos piquen si nos acercamos tanto?”, preguntó Jules.

En su estado actual, las abejas rara vez usan su aguijón. Si cometieras la tontería de atormentarlas, no respondería por su conducta; pero déjalas en paz y podrás observarlas tranquilamente, sin temor. ¡Ahora tienen otras preocupaciones que pensar en picar a niños curiosos!

¿Y qué más da? Se ven muy tranquilos; uno diría que están todos dormidos.

“Las graves preocupaciones de un pueblo que no tiene patria y pretende crear una para sí mismo.”

“¿Las abejas tienen un país entonces?”

“Tienen una colmena, que para ellos es lo mismo”.

“¿Entonces están buscando una colmena para vivir?”

“Están buscando una colmena”.

“¿Y de dónde salen estas abejas sin hogar?”

“Vienen de la vieja colmena del jardín”.

“Podrían haberse quedado allí, en lugar de salir a buscar fortuna”.

No pudieron. La población de la colmena aumentó y no había espacio suficiente para todos. Así que los más aventureros, bajo la guía de una reina, se expatriaron para fundar una colonia en otro lugar. La tropa emigrante se llama enjambre.

—La reina que lidera el enjambre, ¿debe estar allí, en el grupo común?

—Sí que lo es. Fue ella quien, al posarse en el grosellero, determinó el alto de toda la compañía.

Estas palabras, país, reina, emigrantes, colonia, habían impresionado la imaginación de los niños; se asombraron al escuchar los términos de la política humana aplicados a las abejas. Las preguntas se sucedían una tras otra, pero el tío Paul hizo oídos sordos.

Espera a que el enjambre se reúna en la colmena y te contaré con detalle la espléndida historia de las abejas. Por ahora solo responderé a la pregunta de Claire sobre por qué Jacques y la Madre Ambroisine golpearon la regadera y la cacerola.

Si el enjambre se hubiera ido al campo, lo habríamos perdido. Fue necesario inducirlo a posarse en un árbol del jardín y allí formar un grupo. Siempre se ha creído que este resultado se podía lograr haciendo ruido. Así se imita el sonido del trueno y, como se dice, las abejas, temerosas de los peligros de una tormenta inminente, buscan refugio rápidamente. No creo que las abejas sean tan tontas como para temer una tormenta por este golpeteo en una olla vieja. Se posan donde les place, cuando les place, y no lejos de la vieja colmena, siempre que el lugar les convenga.

Jacques, con una sierra en una mano y un martillo en la otra, llamó al tío Paul. Con unas tablas nuevas, iba a construir una casa para el enjambre. Al anochecer, la colmena estaba lista. En el fondo había tres pequeños agujeros para que las abejas entraran y salieran, y dentro unas estacas para sujetar los futuros panales. Se había colocado una gran losa contra la pared para que la colmena se apoyara. Al anochecer, fueron al grosellero. Metieron el grupo de abejas en la colmena y, con unas pocas sacudidas, lo desprendieron de la rama. Finalmente, la colmena se colocó sobre su soporte.

A la mañana siguiente, Jules observó qué hacían las abejas. La casa les había sentado bien. Se las veía salir, una a una, por las puertecitas de la colmena, frotándose un momento al sol sobre las losas y luego volando hacia las flores del jardín. Estaban trabajando. Se había fundado la colonia. En un gran consejo, habían decidido los asuntos durante la noche.

________________________________________

CAPÍTULO LXXVII

 

CERA

No hizo falta recordarle al tío Paul su promesa. Aprovechó el primer momento libre para contarles a los niños la historia de las abejas.

Una colmena bien poblada contiene de veinte a treinta mil abejas. Esa es aproximadamente la población de nuestros pueblos secundarios. En un pueblo no todos pueden dedicarse al mismo oficio. Los panaderos hacen pan, los albañiles casas, los carpinteros muebles, los sastres ropa; en resumen, hay artesanos para cada oficio. De igual manera, en la economía social de la colmena, existen varias divisiones: la de las madres, la de los padres y la de los trabajadores.

Para empezar, solo hay una abeja en cada colmena. Esta abeja, madre de toda la población, se llama reina. Se distingue de las obreras por su gran tamaño y la ausencia de herramientas de trabajo. Su función es poner huevos. Tiene hasta mil doscientos a la vez en su cuerpo, y otros se forman tan rápido como se ponen los primeros. ¡Qué formidable tarea la de la reina! Pero, además, ¡qué respetuosas atenciones, qué tierno cuidado muestran las demás abejas hacia su madre común! Alimentan a la noble madre a bocados; le dan de lo mejor, pues no tiene tiempo para recolectar para sí misma y, a decir verdad, no sabría cómo hacerlo si lo tuviera. Poner y poner es su única función.

 

Zumbido

El trabajo del padre recae en seiscientos u ochocientos zánganos ociosos. Son más grandes que las obreras y más pequeños que la reina. Sus grandes ojos saltones se unen en la coronilla. Carecen de aguijón. Solo la reina y las obreras tienen derecho a portar el estilete envenenado. A los zánganos se les priva de esta arma. Uno se pregunta: ¿para qué sirven? Un día forman un séquito de honor para la reina, a quien le encanta volar por los aires; luego apenas se sabe nada de ellos. Perecen miserablemente al descubierto o, si regresan a la colmena, son recibidos con frialdad por las obreras, que los miran con crueldad por agotar las provisiones sin añadir nada más. Al principio les propinan fuertes golpes para demostrarles que los ociosos no son bienvenidos en una sociedad trabajadora; y si no lo entienden, se toma una decisión. Una buena mañana los matan a todos. Barren los cuerpos fuera de la colmena, y ahí se acabó.

 

Obrero

Ahora vienen las obreras, unas veinte o treinta mil abejas por reina. Estas se llaman abejas obreras. Son las que se ven en el jardín volando de flor en flor, recogiendo la cosecha. Otras obreras, un poco mayores y, por consiguiente, más experimentadas, permanecen en la colmena para ocuparse de las tareas domésticas y distribuir alimento a las crías nacidas de los huevos puestos por la reina. Se distinguen, pues, dos grupos de obreras: las abejas de cera, más jóvenes, que producen cera y recogen los ingredientes para la miel; las nodrizas, mayores, que se quedan en casa para criar a la familia. Estos dos tipos de obreras no se excluyen mutuamente. Cuando son jóvenes, llenas de ardor y aventureras, las abejas ejercen el oficio de cereras. Van a los campos en busca de víveres, visitan las flores o, a veces, se ven obligadas a imponerse y desenvainar su aguijón para ahuyentar a algún agresor malintencionado; sudan cera para construir el almacén y las pequeñas habitaciones donde se encuentra la cría de las crías. Se mantiene. Al envejecer, gana experiencia, pero pierde su ardor inicial. Entonces se queda en casa, se convierte en nodriza y se ocupa de la delicada tarea de criar a las crías.

Este preámbulo del tío Paul, que definía las tres clases industriales de las abejas, pareció interesar mucho a los niños, quienes se sorprendieron al descubrir que los insectos tienen leyes sociales tan maravillosamente elaboradas. A la primera oportunidad, Jules empezó a interrogar a su tío. El niño impaciente quería saberlo todo de una vez.

Dices que las abejas hacen cera. Creía que la encontraban ya hecha en las flores.

No lo encuentran ya hecho. Lo hacen, lo sudan, esa es la palabra, como la ostra suda la piedra de su concha, como la meleagrina suda la sustancia de su nácar y sus perlas.

Si observas detenidamente el estómago de una abeja, verás que está compuesto de varias piezas o anillos encajados entre sí. El estómago de todos los insectos tiene, además, la misma formación. Esta disposición de varias partes encajadas longitudinalmente se encuentra en los cuernos o antenas, así como en las patas, de todos los insectos sin excepción. Es precisamente a esta división en piezas separadas encajadas longitudinalmente a lo que alude la palabra insecto, cuyo significado es « cortado en pedazos» . ¿Acaso el cuerpo de un insecto no está compuesto, de hecho, de una serie de piezas colocadas una tras otra?

Volvamos al estómago de la abeja. En el pliegue que separa un anillo del otro se encuentra, debajo, en el centro del estómago, el mecanismo productor de cera. Allí, poco a poco, la materia cerosa rezuma, igual que en nosotros el sudor rezuma a través de la piel. Esta materia se acumula en una fina capa que el insecto desprende frotando el estómago con sus patas. Hay ocho de estos productores de cera. Cuando uno está inactivo, otro trabaja; de modo que la abeja siempre tiene una capa de cera a su disposición.

“¿Y qué hace la abeja con su cera?”

“Construye celdas, es decir almacenes, donde se conserva la miel, y pequeños cuartos donde se crían las abejas jóvenes en forma de larvas.”

«Construye su casa, entonces», añadió Émile, «con las capas de cera que saca de los pliegues de su estómago. Y ahí, como ven, la abeja demuestra una mente muy original e inventiva. Es como si, para construir una casa, nos frotáramos los costados para sacar de ellos los bloques de piedra tallada que necesitábamos».

—El caracol —concluyó el tío Paul— ya nos ha acostumbrado a estas ideas originales sobre los animales. Suda la piedra para conseguir su caparazón.

________________________________________

CAPÍTULO LXXVIII

 

LAS CELDAS

Para almacenar la miel y alojar a las larvas, las abejas construyen con cera pequeñas cámaras llamadas celdillas, abiertas por un extremo y cerradas por el otro. Tienen seis lados y están dispuestos con perfecta regularidad. En términos geométricos, cada una se llamaría prisma hexagonal o prisma de seis facetas.

No se sorprendan de esta introducción de términos propios de la bella y rigurosa ciencia de la forma; en resumen, de la geometría. Las abejas son geómetras de una destreza consumada. Sus construcciones han requerido el ejercicio de la inteligencia más elevada. Se necesitó todo el poder de la razón humana para seguir, paso a paso, la ciencia de los insectos. Volveré pronto a este delicado tema, aunque muy difícil, pero intentaré hacérselo comprensible.

Las celdas se colocan horizontalmente, dorso con dorso y extremo con extremo, en pares, uniendo los extremos cerrados. Además, se disponen una al lado de la otra en mayor o menor número, y se tocan entre sí por sus caras planas, cada una de las cuales sirve de tabique para dos celdas contiguas. Las dos capas de celdas, dorso con dorso en sus extremos cerrados, constituyen lo que se denomina un panal o panal de abejas. En un lado de este panal se encuentran todas las entradas a las celdas de la capa correspondiente; en el otro lado se abren las celdas de la segunda capa. Finalmente, el panal de abejas se suspende verticalmente en la colmena, con la mitad de sus aberturas a la derecha y la otra mitad a la izquierda. Se adhiere por su borde superior al techo de la colmena o a las barras que lo cruzan en su interior.

Un panal no basta cuando la población es numerosa; se construyen otros como el primero. Los diversos panales, dispuestos paralelos entre sí, dejan espacios libres intermedios. Estos son las calles, las plazas públicas, las vías públicas, en las que las aberturas de las dos capas de celdas pertenecientes a panales vecinos dan, como las puertas de nuestras casas se abren a la derecha y a la izquierda de una calle. Allí circulan las abejas, yendo de una puerta a otra para depositar su miel en las celdas utilizadas como almacenes, o para distribuir alimento a las larvas jóvenes alojadas una a una en otras celdas. En estos mismos lugares públicos se reúnen cuando es necesario, celebran consultas y deliberan sobre los asuntos de la comunidad. Allí, por ejemplo, entre las nodrizas que van de puerta en puerta para ver si las larvas necesitan alimento, y las abejas de cera frotándose con vehemencia para extraer la cera y comenzar a construir, se trama el exterminio de los zánganos; allí, cuando el nacimiento de una nueva reina amenaza la colmena con una guerra civil, el proyecto de La emigración madura. Allí... Pero no nos anticipemos. Regresemos a las celdas.

—Tengo muchas ganas de saber toda la extraña historia de las abejas —interrumpió Jules.

¡Paciencia! Primero veamos cómo se construyen las celdas. La abeja, que siente que ya tiene los materiales para hacer cera, se frota y extrae una lámina de cera de los pliegues de sus anillos. Con la pequeña capa de cera entre sus dientes, es decir, entre sus dos mandíbulas, se abre paso entre la presión de sus compañeras. «Déjame pasar», parece decir; «mira, tengo algo con qué trabajar». La multitud se abre paso. La abeja ocupa su lugar en medio del patio de trabajo. Amasa la cera entre sus mandíbulas, la tritura, la aplana hasta formar una cinta, la vuelve a triturar y la amasa de nuevo hasta formar una masa compacta. Al mismo tiempo, se impregna con una especie de saliva que le da flexibilidad. Cuando el material está en su punto justo, la abeja lo aplica poco a poco. Para cortar el sobrante, las mandíbulas sirven de tijeras; las antenas, en continuo movimiento, le sirven de sonda y compás; palpan la pared de cera para juzgar su grosor; se sumergen en la cavidad para determinar su profundidad. ¡Qué toque exquisito el de este par de compases vivientes, para culminar con éxito una construcción tan delicada y regular! Además, si el trabajador es novato, las abejas maestras están ahí para observarlo con ojo experto, para detectar el más mínimo fallo de inmediato y apresurarse a remediarlo. El trabajador torpe se aparta modestamente y observa para aprender. El truco aprendido, se pone a trabajar de nuevo. Con miles de abejas de cera trabajando juntas, un panal de dos o tres decímetros de ancho suele ser una jornada de trabajo.

“Nos dijiste”, dijo Claire, “que las células son especialmente notables por su disposición geométrica”.

Estoy llegando a ese magnífico tema, pero lo trataré brevemente, te lo advierto. Estás lejos de poder seguir aún, en toda su belleza superior, la arquitectura de las abejas. Sí, mi querido Jules, para comprender bien la casa de cera de un pobre insecto, se requieren conocimientos que muy pocas personas poseen. ¡Ah, puedes estudiar muchísimo antes de poder comprender plenamente esta maravilla! Por ahora, esto es lo que te diré.

Las celdas sirven, algunas como almacenes para la miel, otras como nidos para las crías. Están hechas de cera, un material que las abejas no pueden obtener en cantidades indefinidas. Deben esperar a que el estómago sude una pequeña capa, y esta se forma muy lentamente, a expensas de la propia sustancia del insecto. La abeja construye con los materiales de su propio cuerpo; al sudar, se empobrece a sí misma para construir las celdas. De ahí se puede deducir lo valiosa que es la cera para las abejas y con qué estricta economía deben usarla.

Y, sin embargo, la innumerable familia debe alojarse, los almacenes de miel deben multiplicarse para satisfacer las necesidades de la comunidad. Además, es necesario que estos almacenes y viveros ocupen el mínimo espacio posible, para no sobrecargar la colmena y permitir la libre circulación de los veinte o treinta mil habitantes de la ciudad. En resumen, uno de los problemas más difíciles se presenta a las abejas: deben construir el mayor número posible de celdas en el menor espacio y con la menor cantidad de cera posible. Bueno, amigo Jules, ¿crees que podrías resolver el problema de las abejas?

—¡Ay, tío! No entiendo bien cómo se dice.

Para economizar cera, se sugiere desde el principio una forma muy sencilla: hacer las paredes de las celdas muy delgadas. Puedes estar seguro de que las abejas cumplen con este requisito elemental. Hacen las paredes de cera apenas tan gruesas como una hoja de papel. Pero eso no basta: es necesario, sobre todo, considerar la forma y buscar la más económica. Probémoslo. ¿Qué forma daremos a las celdas para satisfacer las condiciones de ahorro de espacio y cera?

En primer lugar, supongamos que son redondas. Tracemos en el papel círculos del mismo tamaño y que se toquen. Entre tres de estos círculos contiguos siempre habrá un espacio libre. La forma redonda no servirá, entonces, para las celdas, ya que siempre habrá espacio desperdiciado o intervalos vacíos.

Hagámoslos cuadrados. Trazaremos cuadrados iguales en el papel. Si lo hacemos correctamente, podemos colocar los cuadrados uno al lado del otro sin dejar espacios vacíos entre ellos. Observen el suelo de marquetería de esta habitación, compuesto por pequeños ladrillos rojos cuadrados. Estos ladrillos no dejan espacios intermedios; se tocan por todos lados. La forma cuadrada, por lo tanto, cumple la primera condición: aprovechar todo el espacio.

Pero aquí surge otra dificultad. Las celdas diseñadas según el modelo cuadrado no albergarían suficiente miel para la cantidad de cera utilizada en su construcción. Para aumentar su capacidad, es necesario aumentar al máximo el número de sus facetas. No intentaré demostrarles esta hermosa verdad; está más allá de su comprensión. La geometría lo afirma; considerémoslo un hecho.

Partiendo de ahí, la elección se hace rápidamente. Entre todas las figuras regulares que se pueden colocar una al lado de la otra sin dejar espacio libre, se debe elegir la que tenga más lados, ya que es la que contendrá más miel con la misma cantidad de cera.

La geometría enseña que las únicas figuras regulares que pueden organizarse sin desperdiciar espacio son: la figura de tres lados, o triángulo; la de cuatro lados, o cuadrado; y la de seis lados, o hexágono. Eso es todo: ninguna otra figura regular se toca en todo su perímetro para no dejar espacios vacíos entre ellas.

Así pues, en la forma hexagonal, o con seis lados, las celdas ocupan, en conjunto, el mínimo espacio, utilizan menos cera y almacenan más miel. Las abejas, conociendo estas cosas mejor que nadie, construyen celdas hexagonales, nunca de ningún otro tipo.

—Entonces las abejas tienen razón —comentó Claire—, como la nuestra; ¿incluso superior, si pueden resolver tales problemas?

Si las abejas construyeran sus celdas según un plan premeditado, meditado y calculado, sería alarmante, querida hija: los animales rivalizarían con el hombre. Las abejas son profundas geómetras porque trabajan, inconscientemente, bajo la inspiración del sublime Geómetra. Dejemos esta charla, que me temo que no has comprendido del todo; pero, en cualquier caso, te he abierto los ojos a una de las mayores maravillas de este mundo.

________________________________________

CAPÍTULO LXXIX

 

MIEL

La abeja es diligente: al amanecer está trabajando, lejos de la colmena, visitando las flores una a una. Ya saben qué es lo que atrae a los insectos en las flores: les he hablado del néctar, ese dulce licor que rezuma del fondo de la corola para seducir a las pequeñas criaturas aladas y hacerlas sacudir las anteras en el estigma. Este néctar es lo que la abeja desea. Es su gran festín, el gran festín también de las pequeñas y de la reina madre; es el ingrediente principal de la miel. ¿Cómo llevar a casa un líquido para que otros lo disfruten? La abeja no posee jarra, tarro, olla ni nada parecido. Me equivoco: como la hormiga que lleva la leche de los piojos a las obreras, está provista de una lata natural, estómago, panza o buche.

La abeja entra en una flor, hunde en el fondo de la corola un tronco largo y flexible, una especie de lengua que lame el dulce licor. Gota a gota, extraída de esta y aquella flor, el buche se llena. Al mismo tiempo, la abeja roe algunos granos de polen. Además, se propone llevar una buena cantidad a la colmena. Para ello, dispone de utensilios especiales: primero, la pelusa de su cuerpo, luego, los cepillos y las cestas que le proporcionan sus patas. La pelusa y los cepillos se utilizan para la cosecha; las cestas, para el transporte.

Primero, la abeja rueda con deleite entre los estambres para cubrirse de polen. Luego, recorre su cuerpo aterciopelado con las extremidades de sus patas traseras, donde encuentra una pieza cuadrada erizada en su interior con pelos cortos y ásperos que le sirven de cepillo. Los granos de polen esparcidos sobre el plumón del insecto se reúnen así en una pequeña bolita, que las patas intermedias agarran para colocarla en una u otra cesta. Llaman así a un hueco bordeado de pelos en la parte exterior de las patas traseras, un poco por encima de los cepillos. Allí es donde las bolitas de polen se amontonan tan rápido como los cepillos las recogen sobre el plumón polvoriento. La carga no cae, porque está sujeta por los pelos que bordean la cesta; también está pegada al fondo. La reina y los zánganos no tienen estos utensilios de trabajo. Los utensilios son inútiles para quienes no trabajan.

“Las pequeñas masas amarillas que se ven en las patas traseras de las abejas que visitan las flores son montones de polen contenido en las cestas”, preguntó Jules.

Exactamente. La abeja ha absorbido tanto dulce de las corolas, ha rozado sus costados cubiertos de polen tantas veces, que finalmente el buche está lleno y las cestas rebosan. Es hora de volver a la colmena, hora de un vuelo cargado de tanto tesoro.

Aprovechemos el tiempo del viaje de regreso para informarnos sobre el origen de la miel. La abeja lleva consigo un licor azucarado en su buche, dos bolas de polen en sus cestas; pero todo eso aún no es miel. La abeja prepara miel de verdad con los ingredientes que acabamos de verla recolectar; la cuece, la deja hervir a fuego lento en su buche. Su pequeño estómago es mejor que una olla de verdad para transportarla: es un admirable alambique, en el que el líquido absorbido y los granos de polen mordisqueados se procesan mediante la digestión y se convierten en una deliciosa mermelada, que es miel. Concluida esta hábil cocción, el contenido del buche es miel.

La abeja llega a la colmena. Si por fortuna encuentra a la reina madre, el trabajador le rinde homenaje y le ofrece, de boca en boca, un sorbo de miel, la primera de su cosecha. Luego busca una celda vacía, mete la cabeza en el almacén, saca la lengua y escupe el contenido de su estómago; y ahí está la verdadera miel que la abeja ha vomitado.

“¿Ya lo vomitaron todo?” preguntó Emile.

No todas. El contenido del buche suele dividirse en tres partes: una para las nodrizas que permanecen en la colmena para las labores domésticas; otra para las crías que aún están en el nido; y una tercera, guardada por la abeja que ha preparado la miel. ¿Acaso no necesita alimento para funcionar bien?

“¿Entonces las abejas se alimentan de miel?”

Sin duda. Quizás imaginaste que las abejas hacían miel expresamente para el hombre. Desengáñate: las abejas hacen miel para sí mismas, no para nosotros. Nosotros saqueamos sus riquezas.

“¿Qué pasa con las bolitas de polen?” preguntó Jules.

El polen participa en la elaboración de la miel y sirve de alimento a las abejas. La abeja obrera, al regresar de la cosecha, introduce sus patas traseras en una celda donde no hay larva ni miel, y con la punta de las patas centrales desprende las bolitas y las empuja hasta el fondo. Al repetir sus viajes, llena tanto la celda donde se desata la miel como la que almacena el polen. Las nodrizas utilizan estas provisiones cuando van de celda en celda, distribuyendo pequeñas porciones a las pequeñas; de ahí también obtienen su propio alimento; de hecho, toda la población encuentra allí sus recursos cuando llega el mal tiempo.

Las flores no duran todo el año y, además, hay días de descanso, días lluviosos, en los que las abejas no pueden salir. Por lo tanto, es necesario tener polen y miel de reserva, y un buen suministro. Así, cuando abundan las flores y la cosecha supera las necesidades inmediatas, las obreras recolectan miel y polen incansablemente y los almacenan en celdas, que cierran, en cuanto se llenan, con una tapa de cera.

Estos son suministros de reserva, salvaguardas para el futuro en caso de escasez. La cubierta de cera se respeta religiosamente; sería un crimen de Estado tocarla prematuramente. En tiempos de necesidad, se quitan los sellos y cada uno extrae del panal abierto, pero con moderación y sobriedad. Al agotarse el panal, rompen los sellos de otro.

“¿Cómo se alimentan las abejas jóvenes?” fue la siguiente pregunta de Jules.

Cuando las abejas de cera preparan en número suficiente las celdas destinadas a servir de nidos, la reina madre va de una en otra, arrastrando con gran esfuerzo su vientre fructífero. Las nodrizas forman un cortejo respetuoso. Se pone un solo huevo en cada celda. En pocos días —de tres a seis—, de este huevo nace una larva, un pequeño gusano blanco, sin patas, doblado como una coma. Entonces comienza la delicada labor de las nodrizas.

Deben distribuir alimento a los pequeños gusanos a diario, varias veces al día, no con miel ni polen en su estado natural, sino con una preparación de mayor concentración, como la que necesitan inicialmente los estómagos delicados. Al principio es una pasta líquida, casi insípida; luego, algo más dulce; y finalmente, miel pura, alimento en su máxima potencia. ¿Le damos un trozo de carne a un bebé que llora? No, primero leche y luego papilla. Las abejas hacen lo mismo: tienen miel, alimento fuerte, para los fuertes; y alimento más débil, papilla insípida, para los débiles. ¿Cómo preparan estos alimentos más o menos sustanciosos? Sería difícil decirlo. Quizás mezclan polen y miel en diferentes proporciones.

En seis días, las larvas, llamadas panales de cría , alcanzan su desarrollo. Luego, al igual que las larvas de otros insectos, se retiran del mundo para experimentar la metamorfosis. Para proteger su carne sufriente en el momento crítico de su transfiguración, cada larva recubre el interior de su celda con seda, y las abejas obreras la cierran con una cubierta de cera. En el estuche forrado de seda, se retira la piel y se completa la transición al estado de ninfa. Doce días después, la ninfa despierta del sueño profundo del segundo nacimiento; se sacude, rasga sus estrechos pañales y emerge como una abeja. La cubierta de cera es roída tanto por el insecto encerrado como por las abejas obreras, que prestan ayuda a la resucitada; y la colmena cuenta con una ciudadana más. La abeja recién nacida se asea un poco, seca sus alas, pule su cuerpo y se pone a trabajar. Conoce su oficio sin haber tenido que aprenderlo. “abeja de cera en su juventud, nodriza en su vejez”.

________________________________________

CAPÍTULO LXXX

 

LA ABEJA REINA

Los huevos destinados a dar a luz a las reinas se depositan en celdas especiales, mucho más espaciosas y sólidas que aquellas donde eclosionan las abejas obreras. Su forma es, en general, la de un dedal. Se fijan al borde de los panales y se denominan celdas reales.

“Cuando pone en una celda grande o pequeña”, preguntó Jules, “¿sabe la reina si el huevo es de una reina o de una abeja obrera?”

 

Abeja reina

Ella no lo sabe, no necesita saberlo. No hay diferencia entre los huevos de reina y los huevos de abeja obrera. Su tratamiento es el único que decide el destino del huevo. Tratada de cierta manera, la larva joven se convierte en reina, de quien depende la futura prosperidad de la colmena; tratada de otra manera, se convierte en una de las trabajadoras y se le provee de cepillos y cestas. Las abejas hacen sus reinas a voluntad; el primer huevo puesto bastaría para desempeñar dignamente las funciones reales, si se tratara con ese fin. ¿Y qué no logra el tratamiento ni la educación con nosotros en nuestra juventud? No nos convierte en reyes ni campesinos, sino en personas honestas, lo cual es mejor; y en sinvergüenzas, lo cual es peor.

No hace falta decir que los métodos pedagógicos de las abejas no son los mismos que los nuestros. El hombre, con su mente y su materia, si no más, dirige su atención sobre todo a los generosos impulsos del corazón, a las nobles aspiraciones del alma. En las abejas, la educación es puramente animal y se rige por los dictados del estómago. El tipo de alimento define a la reina o a la abeja obrera. Para las larvas que deben desempeñar las funciones de la realeza, las nodrizas preparan una papilla especial, un plato real cuyo secreto solo ellas conocen. Quien la come se consagra reina.

Este alimento fortalecedor produce un desarrollo mayor de lo habitual; por eso, como les dije, las larvas destinadas a la realeza se alojan en celdas espaciosas. Para estas nobles cunas, la cera se usa con prodigalidad. Se acabaron las formas hexagonales y parsimoniosas, los tabiques delgados; un dedal grande y suntuosamente grueso. La economía es silenciosa cuando se trata de reinas.

“¿Es entonces sin que la reina lo sepa que las abejas crean otras reinas?”

Sí, amigo mío. La reina es excesivamente celosa; no soporta en la colmena a ninguna abeja cuya presencia pueda menoscabar en lo más mínimo sus prerrogativas reales. ¡Ay de los pretendientes que se interpongan en su camino! "¡Ah! ¡Vienen a suplantarme, a robarme el amor de mis súbditos!". ¡Ah, esto! ¡Ah, aquello! Sería horrible, hijos míos. Lean la historia de la humanidad y verán los desastres que las cabezas coronadas, acorraladas, pueden infligir a las naciones. Pero las abejas obreras son de carácter firme; saben que nada perdura en este mundo, ni siquiera las reinas. Tratan a la soberana reinante con el mayor respeto, sin perder de vista el futuro, que exige otras reinas. Deben tenerlas para perpetuar la raza; las tendrán, las tengan o no. Para ello, la papilla real se sirve a las larvas en las grandes celdas.

Ahora, en primavera, cuando las abejas obreras y los zánganos ya han eclosionado, se oye un fuerte crujido en las celdas reales. Son las reinas jóvenes intentando salir de sus prisiones de cera. Las nodrizas y las abejas de cera están allí, montando guardia en un denso batallón. Mantienen a las reinas jóvenes en sus celdas a la fuerza; para evitar que salgan, refuerzan los cerramientos de cera y remiendan las tapas rotas. «No es momento de que se muestren», parecen decir; «¡Hay peligro!». Y con mucho respeto recurren a la violencia. Impacientes, las reinas jóvenes reanudan su crujido.

La reina madre los ha oído. Se apresura, furiosa. Pisotea con furia las celdas reales, hace volar pedazos de las cubiertas de cera y, sacando a rastras a las pretendientes de sus celdas, las despedaza sin piedad. Varias sucumben a sus golpes; pero el pueblo la rodea, la rodea con fuerza, y poco a poco la aleja del escenario de la carnicería. El futuro está a salvo: aún quedan algunas reinas.

Mientras tanto, la ira se enciende y estalla la guerra civil. Algunos se inclinan por la vieja reina, otros por las jóvenes. En este conflicto de opiniones, el desorden y el tumulto dan paso a la actividad pacífica. La colmena se llena de zumbidos amenazadores, los almacenes, repletos, son entregados al saqueo. Hay una orgía de banquetes sin pensar en el mañana. Se intercambian puñaladas. La reina decide un golpe maestro: abandona el país ingrato, el país que fundó y que ahora levanta rivales contra ella. "¡Que me sigan los que me aman!". Y he aquí cómo sale orgullosa de la colmena, para no volver a entrar jamás. Sus partidarios huyen con ella. La tropa emigrante forma un enjambre que parte a fundar una nueva colonia en otro lugar.

Para restablecer el orden, las abejas obreras que estaban ausentes durante el tumulto se unen a las abejas que quedaron en la colmena. Dos reinas jóvenes establecen sus derechos. ¿Cuál de ellas reinará? Un duelo a muerte lo decidirá. Salen de sus celdas. Apenas se ven, se enzarzan en una batalla, erguidas, agarran con sus mandíbulas una antena de la otra y se colocan cabeza con cabeza, pecho con pecho. En esta posición, cada una solo tendría que doblar un poco el extremo de su estómago para clavar su aguijón envenenado en el cuerpo de su rival. Pero eso sería una muerte doble, y su instinto les prohíbe un modo de ataque en el que ambas perecerían. Se separan y se retiran. Pero la gente reunida a su alrededor les impide escapar: una de ellas debe sucumbir. Las dos reinas regresan al ataque. La más hábil, en un momento en que la otra está desprevenida, salta sobre el lomo de su rival, la agarra por la unión del ala con el cuerpo, y La pica en el costado. La víctima estira las patas y muere. Todo ha terminado. Se restablece la unidad real y la colmena reanuda su orden y trabajo habituales.

“Las abejas son muy traviesas al obligar a las reinas a matarse entre sí hasta que solo queda una”, comentó Emile.

Es necesario, mi pequeño amigo; su instinto lo exige. De lo contrario, la guerra civil rugiría sin cesar en la colmena. Pero esta imperiosa necesidad no les hace olvidar ni por un instante el respeto debido a la dignidad real. ¿Qué les impide deshacerse de las reinas superfluas, así como se deshacen de los zánganos con tanta rudeza? Pero se cuidan mucho de no hacerlo. ¿Quién de ellos se atrevería a desenvainar la espada contra sus soberanos, incluso cuando son una seria molestia? Como no pueden salvar vidas, salvan el honor dejando que los pretendientes se enfrenten entre sí.

Siempre existe la posibilidad de que la reina, en un momento en que reina sola y suprema, fallezca accidentalmente o muera de vejez. Las abejas se apiñan respetuosamente alrededor de la difunta; la rozan con ternura, le ofrecen miel como para reanimarla; la dan vuelta, la palpan con cariño y la tratan con todo el cariño que le brindaron en vida. Tardan varios días en comprender, por fin, que está muerta, completamente muerta, y que todas sus atenciones son inútiles. Entonces se desata el luto general. Todas las noches, durante dos o tres días, se oye en la colmena un zumbido lúgubre, una especie de canto fúnebre.

Terminado el duelo, piensan en reemplazar a la reina. Se elige una larva joven de entre las celdas comunes. Nació para ser una abeja de cera, pero las circunstancias le conferirán realeza. Las abejas obreras comienzan destruyendo las celdas adyacentes a la ocupada por la larva sagrada, la reina que será por consenso. La crianza de la realeza requiere más espacio. Una vez asegurado, la celda restante se agranda y se le da forma de dedal, según lo dispuesto por el alto destino de la cría que contiene. Durante varios días, la larva se alimenta con pasta real, esa papilla azucarada que produce reinas, y el milagro se cumple. ¡La reina ha muerto, larga vida a la reina!

“La historia de las abejas es la mejor que nos has contado”, declaró Jules.

—Yo también lo creo —asintió su tío—. Por eso lo guardé para el final.

—¿Qué? ¿El último? —exclamó Jules.

“¿No nos vas a contar más historias?” preguntó Claire.

“¿Nunca, nunca?”, preguntó Emile.

“Todos los que deseen, mis queridos hijos, pero más tarde. El grano está maduro, y la cosecha me ocupará el tiempo. Abracémonos y terminemos por ahora.”

Como el tío Paul, ocupado con sus tareas en la cosecha, ya no cuenta cuentos por las noches, Emile ha vuelto a su Arca de Noé. ¡Encontró la cierva y el elefante mohosos! Desde el cuento de las hormigas, el niño había suspendido sus visitas.

FINAL

________________________________________

 

Notas del transcriptor:

o Se corrigió la puntuación faltante u oculta.

o Las comillas desequilibradas se dejaron como lo pretendía el autor.

o Los errores tipográficos fueron corregidos silenciosamente.

o La ortografía y la división de palabras inconsistentes se hicieron consistentes solo cuando se encontró una forma predominante en este libro.



*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DEL PROYECTO GUTENBERG EL LIBRO DE CUENTOS DE LA CIENCIA ***







































No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com