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Libro N° 14114. La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales. Darwin, Charles.


© Libro N° 14114. La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales. Darwin, Charles.  Emancipación. Agosto 2 de 2025

  

Título Original: © La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales. Charles Darwin

 

Versión Original: © La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales. Charles Darwin

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.gutenberg.org/cache/epub/1227/pg1227-images.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES

Charles Darwin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales

Charles Darwin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título : La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales

Autor : Charles Darwin

Fecha de lanzamiento : 1 de marzo de 1998 [eBook #1227]
Última actualización: 29 de octubre de 2024

Idioma : Inglés

Créditos : Producido por Charles Keller y David Widger

 

LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES

Por Charles Darwin

Con ilustraciones fotográficas y de otro tipo.

Nueva York,
D. Appleton and Company,

1899.


 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

CONTENIDO DETALLADO.

SOBRE LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.

INTRODUCCIÓN.

CAPÍTULO I. — PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.

CAPÍTULO II. — PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— continúa .

CAPÍTULO III. — PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— concluyó .

CAPÍTULO IV. — MEDIOS DE EXPRESIÓN EN LOS ANIMALES.

CAPÍTULO V. — EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.

CAPÍTULO VI. — EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.

CAPÍTULO VII. — DESÁNIMO, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.

CAPÍTULO VIII. — ALEGRÍA, ÁNIMO, AMOR, TIERNOS SENTIMIENTOS, DEVOCIÓN.

CAPÍTULO IX. — REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL CARÁCTER—MAL HUMOR—DETERMINACIÓN.

CAPÍTULO X. — ODIO Y IRA.

CAPÍTULO XI. — DESDÉN—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO, ETC.

CAPÍTULO XII. — SORPRESA—ASOMBRO—MIEDO—HORROR.

CAPÍTULO XIII. — AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDEZ—MODESTIA: SONROJO.

CAPÍTULO XIV. — CONSIDERACIONES FINALES Y RESUMEN.

NOTAS AL PIE


ILUSTRACIONES

 

Músculos del rostro humano. Figura 1-2

Músculos del rostro humano. Fig. 3

Perro pequeño observando a un gato sobre una mesa. Figura 4

Perro en estado de ánimo hostil. Fig. 5

Perro con actitud humilde y cariñosa. Fig. 6

Perro en estado de ánimo hostil. Fig. 7

Perro acariciando a su amo. Fig. 8

Gato salvaje y listo para luchar. Fig. 9

Gato con actitud cariñosa. Fig. 10

Púas de la cola de un puercoespín que producen sonido. Fig. 11

Gallina ahuyentando a un perro de sus gallinas. Fig. 12

Cisne ahuyentando a un intruso. Fig. 13

Cabeza de perro gruñendo. Fig. 14

Gato aterrorizado por un perro. Fig. 15

Cynopithecus Niger, complacido al ser acariciado. Fig. 17

Chimpancé decepcionado y malhumorado. Fig. 18

Bebés gritando. Lámina I.

Oblicuidad de las cejas. Lámina II

Risa moderada y sonrisa. Lámina III

Mal carácter. Lámina IV

Ira e indignación. Lámina VI

Desprecio y desdén. Lámina V

Gestos del cuerpo. Lámina VII

Fotografía de una mujer demente. Fig. 19

Terror. Figura 20

Horror y agonía. Fig. 21

Nota : Varias de las figuras de estas siete láminas de heliotipo se han reproducido a partir de fotografías, en lugar de los negativos originales; por lo tanto, son algo indistintas. Sin embargo, son copias fieles y, para mi propósito, son muy superiores a cualquier dibujo, por muy bien ejecutado que esté.


CONTENIDO DETALLADO.

INTRODUCCIÓN

CAP. I—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.
Los tres principios fundamentales enunciados: El primer principio: Las acciones útiles se vuelven habituales en asociación con ciertos estados mentales, y se realizan independientemente de si son útiles o no en cada caso particular. La fuerza del hábito: Herencia: Movimientos habituales asociados en el hombre: Acciones reflejas: Transformación de hábitos en acciones reflejas: Movimientos habituales asociados en los animales inferiores: Observaciones finales.

CAP. II—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN. — continuación .
El principio de antítesis—Ejemplos en el perro y el gato—Origen del principio—Signos convencionales—El principio de antítesis no surge de acciones opuestas realizadas conscientemente bajo impulsos opuestos.

CAP. III—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN. — Conclusión .
El principio de la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo, independientemente de la voluntad y en parte del hábito—Cambio de color del cabello—Temblor muscular—Secreciones modificadas—Sudoración—Expresión de dolor extremo—De rabia, gran alegría y terror—Contraste entre las emociones que causan y no causan movimientos expresivos—Estados mentales excitantes y depresivos—Resumen

CAP. IV—MEDIOS DE EXPRESIÓN EN ANIMALES.
Emisión de sonidos—Sonidos vocales—Sonidos producidos de otra manera—Erección de los apéndices dérmicos, pelos, plumas, etc., bajo emociones de ira y terror—Echar las orejas hacia atrás como preparación para la pelea y como expresión de ira—Erección de las orejas y alzar la cabeza, señal de atención

CAP. V.—EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.
El perro, diversos movimientos expresivos de los gatos, los caballos, los rumiantes, los monos, su expresión de alegría y afecto, de dolor, de ira, asombro y terror.

CAP. VI.—EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.
El llanto y el llanto de los bebés—Forma de los rasgos—Edad a la que comienza el llanto—Efectos de la restricción habitual en el llanto—Sollozo—Causa de la contracción de los músculos que rodean los ojos al gritar—Causa de la secreción de lágrimas

CAP. VII.—DESANIMACIÓN, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.
Efecto general del dolor en el organismo—Oblicuidad de las cejas por sufrimiento—Sobre la causa de la oblicuidad de las cejas—Sobre la depresión de las comisuras de los labios

CAP. VIII.—ALEGRÍA, ALEGRÍA, AMOR, TERNURA, DEVOCIÓN.
La risa, principalmente expresión de alegría — Ideas absurdas — Movimientos faciales durante la risa — Naturaleza del sonido producido — Secreción de lágrimas durante la risa fuerte — Gradación de la risa fuerte a la sonrisa suave — Alegría — Expresión de amor — Ternura — Devoción

CAP. IX.—REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL TEMPERAMENTO—MAL HUMOR Y DETERMINACIÓN.
El acto de fruncir el ceño—Reflexión con esfuerzo o con la percepción de algo difícil o desagradable—Meditación abstraída—Mal humor—Morosidad—Obstinación—Mal humor y pucheros—Decisión o determinación—Cerrar firmemente la boca

CAP. X.—ODIO E IRA.
Odio—Ira, efectos en el organismo—Descubrimiento de los dientes—Ira en los enfermos mentales—Ira e indignación—Como se expresan en las diversas razas humanas—Desprecio y desafío—Descubrimiento de los caninos en un lado de la cara

CAP. XI.—DESDÉS—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO, ETC.—DESAMPARO—PACIENCIA—AFIRMACIÓN Y NEGACIÓN.
Desprecio, desdén y burla, expresados de diversas maneras—Sonrisa burlona—Gestos que expresan desprecio—Repugnancia—Culpa, engaño, orgullo, etc.—Desamparo o impotencia—Paciencia—Obstinación—Encogimiento de hombros común en la mayoría de las razas humanas—Señales de afirmación y negación

CAP. XII.—Sorpresa—Asombroso—Miedo—Horror.
Sorpresa, asombro—Aumento de las cejas—Apertura de la boca—Protrusión de los labios—Gestos que acompañan a la sorpresa—Admiración—Miedo—Terror—Erección del cabello—Contracción del músculo platisma—Dilatación de las pupilas—Horror—Conclusión.

CAP. XIII.—AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDIA—MODESTIA: SONROJO.
Naturaleza del sonrojo—Herencia—Partes del cuerpo más afectadas—Sonrojeo en las distintas razas humanas—Gestos que lo acompañan—Confusión mental—Causas del sonrojo—Autoatención, el elemento fundamental—Timidez—Vergüenza, derivada del incumplimiento de las leyes morales y las normas convencionales—Modestia—Teoría del sonrojo—Recapitulación

CAP. XIV.—OBSERVACIONES FINALES Y RESUMEN.
Los tres principios rectores que han determinado los principales movimientos de expresión—Su herencia—Sobre el papel de la voluntad y la intención en la adquisición de diversas expresiones—El reconocimiento instintivo de la expresión—La relación de nuestro tema con la unidad específica de las razas humanas—Sobre la adquisición sucesiva de diversas expresiones por los progenitores del hombre—La importancia de la expresión—Conclusión


SOBRE LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.

INTRODUCCIÓN.

Se han escrito muchas obras sobre la expresión, pero un número mayor sobre fisonomía, es decir, sobre el reconocimiento del carácter mediante el estudio de la forma permanente de los rasgos. Este último tema no me ocupa aquí. Los tratados más antiguos [1] que he consultado me han sido de poca o ninguna utilidad. Las famosas «Conferencias» [2] del pintor Le Brun, publicadas en 1667, son la obra antigua más conocida y contienen algunas observaciones acertadas. Otro ensayo algo antiguo, los «Discursos», pronunciados entre 1774 y 1782 por el conocido anatomista holandés Camper [3] , difícilmente puede considerarse que haya supuesto un avance significativo en el tema. Las siguientes obras, por el contrario, merecen la máxima consideración.

Sir Charles Bell, ilustre por sus descubrimientos en fisiología, publicó en 1806 la primera edición y la tercera de su obra «Anatomía y Filosofía de la Expresión». [4] Con justicia, se puede decir que no solo sentó las bases de la disciplina como rama de la ciencia, sino que construyó una noble estructura. Su obra es sumamente interesante en todos los sentidos; incluye descripciones gráficas de las diversas emociones y está admirablemente ilustrada. Generalmente se admite que su mérito consiste principalmente en haber demostrado la estrecha relación que existe entre los movimientos de la expresión y los de la respiración. Uno de los puntos más importantes, por insignificante que parezca a primera vista, es que los músculos que rodean los ojos se contraen involuntariamente durante los violentos esfuerzos espiratorios para proteger estos delicados órganos de la presión sanguínea. Este hecho, que ha sido investigado a fondo para mí con la mayor amabilidad por los profesores Donders de Utrecht, arroja, como veremos más adelante, un torrente de luz sobre varias de las expresiones más importantes del rostro humano. Los méritos de la obra de Sir C. Bell han sido infravalorados o completamente ignorados por varios escritores extranjeros, pero han sido plenamente admitidos por algunos, por ejemplo por M. Lemoine, [5] quien con gran justicia dice:—“Le livre de Ch. Bell devrait être médité par quiconque essaye de faire parler le visage de l'homme, par les philosophes aussi bien que par les artistas, car, sous une apparence plus légère et sous le prétexte de l'esthétique, c'est un des plus beaux monuments de la science des rapports du physique et du moral.”

A partir de las razones que se expondrán a continuación, Sir C. Bell no intentó desarrollar sus ideas hasta el límite de lo posible. No intenta explicar por qué se activan diferentes músculos ante diferentes emociones; por qué, por ejemplo, una persona que sufre de dolor o ansiedad levanta el interior de las cejas y deprime las comisuras de los labios.

En 1807, M. Moreau editó una edición de Lavater sobre Fisonomía [6], en la que incorporó varios ensayos propios, con excelentes descripciones de los movimientos de los músculos faciales, junto con numerosas observaciones valiosas. Sin embargo, arrojó muy poca luz sobre la filosofía del tema. Por ejemplo, M. Moreau, al hablar del acto de fruncir el ceño, es decir, de la contracción del músculo llamado por los escritores franceses « sucilier» ( corrigitor supercilii ), comenta con acierto: «Cette action des sourciliers est un des symptômes les plus tranchés de l'expression des affecties pénibles ou concentrées». Luego agrega que estos músculos, por su inserción y posición, están equipados “à resserrer, à concentrer les principaux traces de la face , comme il convient dans toutes ces passions vraiment opresseds ou profondes, dans ces afectos dont le sentiment semble porter l'organisation à revenir sur elle-même, à se contracter et à s'amoindrir. , comme pour offrir moins de premio y de superficie à des impresiones redoutables ou importunes.” Quien piense que observaciones de este tipo arrojan alguna luz sobre el significado o el origen de las diferentes expresiones, tiene una visión del tema muy diferente a la que yo hago.

En el pasaje anterior no hay más que un ligero avance, si es que hay alguno, en la filosofía del tema, más allá del alcanzado por el pintor Le Brun, quien, en 1667, al describir la expresión de miedo, dice: “Le sourcil qui est abaissé d'un côté et élevé de l'autre, fait voir que la partie élevée semble le vouloir joindre au cerveau pour le garantir du mal que l'âme aperçoit, et le côté qui est abaissé et qui paraît enflé,—nous fait trouver dans cet état par les esprits qui viennent du cerveau en abondance, comme polir couvrir l'âme et la défendre du mal qu'elle craint; cantó qui se retirar vers lui, ce qui l'oblige, voulant respirer, à faire un esfuerzo qui est causa que la bouche s'ouvre extrêmement, et qui, lorsqu'il passe par les organes de la voix, forme un son qui n'est point articulé; que si les muscle et les veines paraissent enflés, ce n'est que par les esprits que le cerveau envoie en ces Parties-là.” He pensado que vale la pena citar las frases anteriores, como ejemplos del sorprendente disparate que se ha escrito sobre el tema.

'La fisiología o mecanismo del rubor', del Dr. Burgess, apareció en 1839, y a esta obra me referiré con frecuencia en mi decimotercer capítulo.

En 1862, el Dr. Duchenne publicó dos ediciones, en folio y octavo, de su «Mécanisme de la Physionomie Humaine», en las que analiza mediante electricidad e ilustra con magníficas fotografías los movimientos de los músculos faciales. Me ha permitido generosamente copiar tantas fotografías como he deseado. Algunos de sus compatriotas han tratado sus obras con ligereza o las han pasado por alto. Es posible que el Dr. Duchenne haya exagerado la importancia de la contracción de los músculos individuales para la expresión; pues, debido a la íntima conexión entre ellos, como se aprecia en los dibujos anatómicos de Henle [7] —los mejores que creo que se han publicado jamás—, resulta difícil creer en su acción por separado. Sin embargo, es evidente que el Dr. Duchenne comprendió claramente esta y otras fuentes de error, y como es sabido que tuvo un éxito rotundo al dilucidar la fisiología de los músculos de la mano mediante la electricidad, es probable que, en general, tenga razón en lo que respecta a los músculos faciales. En mi opinión, el Dr. Duchenne ha hecho avanzar enormemente el tema con su tratamiento. Nadie ha estudiado con más detenimiento la contracción de cada músculo por separado y los consiguientes surcos que se producen en la piel. También ha demostrado, y este es un servicio muy importante, qué músculos están menos sujetos al control independiente de la voluntad. Se adentra muy poco en consideraciones teóricas y rara vez intenta explicar por qué ciertos músculos se contraen y otros no bajo la influencia de ciertas emociones.

Pierre Gratiolet, un distinguido anatomista francés, impartió un curso sobre la expresión en la Sorbona, y sus notas se publicaron (1865) tras su muerte, bajo el título «De la Physionomie et des Mouvements d'Expression». Se trata de una obra muy interesante, repleta de valiosas observaciones. Su teoría es bastante compleja y, en la medida en que puede expresarse en una sola frase (p. 65), es la siguiente: “Il résulte, de tous les faits que j'ai rappelés, que les sens, l'imagination et la pensée elle-même, si élevée, si abstraite qu'on la supuesto, ne peuvent s'exercer sans éveiller un sentiment corrélatif, et que ce sentiment se traduit directement, sympathiquement, simboliquement ou métaphoriquement, dans toutes les sphères des organ extérieurs, qui la racontent tous, suivant leur mode d'action propre, comme si chacun d'eux avait été directement afecto”.

Gratiolet parece pasar por alto el hábito heredado, e incluso, en cierta medida, el hábito individual; por lo tanto, me parece que no explica correctamente, o en absoluto, muchos gestos y expresiones. Como ilustración de lo que él llama movimientos simbólicos, citaré sus observaciones (pág. 37), tomadas de M. Chevreul, sobre un hombre jugando al billar. "Si une bille dévie légèrement de la dirección que le joueur frétend lui printer, ne l'avez-vous pas vu cent fois la pousser du respect, de la tête et même des épaules, comme si ces mouvements, purement simbólicos, pouvaient rectifier son trajet? Des mouvements non moins significativos se produisent quand la bille manque d'une impulsion suffisante. Et cliez les joueurs novices, ils sont quelquefois accusés au point d'éveiller le sourire sur les lèvres des spectateurs.” Estos movimientos, en mi opinión, pueden atribuirse simplemente al hábito. Cada vez que un hombre ha querido mover un objeto hacia un lado, siempre lo ha empujado hacia ese lado; cuando iba hacia delante, lo ha empujado hacia delante; y si ha querido detenerla, la ha tirado hacia atrás. Por lo tanto, cuando alguien ve que su bola va en la dirección equivocada y desea intensamente que vaya en otra dirección, no puede evitar, por un hábito arraigado, realizar inconscientemente movimientos que en otros casos le han resultado eficaces.

Como ejemplo de movimientos simpáticos, Gratiolet da (p. 212) el siguiente caso: “un jeune chien à oreilles droites, auquel son maître présente de loin quelque viande appétissante, fixe avec ardeur ses yeux sur cet objet dont il suit tous les mouvements, et colgante que les yeux respectent, les deux oreilles se portento en avant comme si cet objet pouvait être entendu.” Aquí, en lugar de hablar de simpatía entre los oídos y los ojos, me parece más sencillo creer que, así como los perros durante muchas generaciones, mientras miraban atentamente cualquier objeto, aguzaban las orejas para percibir cualquier sonido; y, a la inversa, han mirado atentamente en la dirección de un sonido que podían haber escuchado, los movimientos de estos órganos se han asociado firmemente entre sí a través de un hábito prolongado.

El Dr. Piderit publicó en 1859 un ensayo sobre la expresión, que no he visto, pero en el que, como él mismo afirma, se anticipó a Gratiolet en muchas de sus ideas. En 1867 publicó su «Sistema científico de la mímica y la fisiognómica». Es difícil resumir sus ideas en pocas frases; quizá las dos frases siguientes lo resuman todo: «Los movimientos musculares de la expresión se relacionan en parte con objetos imaginarios y en parte con impresiones sensoriales imaginarias. En esta proposición reside la clave para la comprensión de todos los movimientos musculares expresivos» (p. 25). Además, «Los movimientos expresivos se manifiestan principalmente en los numerosos y móviles músculos del rostro, en parte porque los nervios que los activan se originan en la proximidad más inmediata del órgano mental, pero también porque estos músculos sirven para sostener los órganos de los sentidos». (s. 26.) Si el Dr. Piderit hubiera estudiado la obra de Sir C. Bell, probablemente no habría dicho (s. 101) que la risa violenta provoca el ceño fruncido por participar de la naturaleza del dolor; o que en los bebés (s. 103) las lágrimas irritan los ojos y, por lo tanto, provocan la contracción de los músculos circundantes. Este volumen contiene numerosos comentarios acertados, a los que me referiré más adelante.

Se pueden encontrar breves análisis sobre la expresión en diversas obras, que no es necesario detallar aquí. Sin embargo, el Sr. Bain, en dos de sus obras, ha tratado el tema con cierta extensión. Dice: [8] «Considero la llamada expresión como parte integral del sentimiento. Creo que es una ley general de la mente que, junto con el sentimiento o la conciencia interna, existe una acción o excitación difusiva sobre los miembros del cuerpo». En otro lugar, añade: «Un número considerable de hechos pueden agruparse bajo el siguiente principio: a saber, que los estados de placer están relacionados con un aumento, y los estados de dolor con una disminución, de algunas o todas las funciones vitales». Pero la ley antes mencionada de la acción difusiva de los sentimientos parece demasiado general para arrojar mucha luz sobre expresiones específicas.

El Sr. Herbert Spencer, al tratar los Sentimientos en sus Principios de Psicología (1855), hace las siguientes observaciones: «El miedo, cuando es intenso, se expresa en gritos, en intentos de esconderse o escapar, en palpitaciones y temblores; y estas son precisamente las manifestaciones que acompañarían una experiencia real del mal temido. Las pasiones destructivas se manifiestan en una tensión muscular general, en el rechinar de dientes y la protrusión de las garras, en ojos y fosas nasales dilatados, en gruñidos; y estas son formas más débiles de las acciones que acompañan a la caza de una presa». Aquí tenemos, según creo, la verdadera teoría de un gran número de expresiones; pero el principal interés y la dificultad del tema residen en desentrañar los resultados, maravillosamente complejos. Deduzco que alguien (aunque no he podido determinar quién) planteó anteriormente una opinión muy similar, pues Sir C. Bell dice: [9] «Se ha sostenido que los llamados signos externos de la pasión son solo concomitantes a los movimientos voluntarios que la estructura hace necesarios». El Sr. Spencer también ha publicado [10] un valioso ensayo sobre la fisiología de la risa, en el que insiste en «la ley general de que la sensación, al sobrepasar cierto límite, se desahoga habitualmente en la acción corporal», y que «un desbordamiento de fuerza nerviosa, sin ninguna motivación, tomará manifiestamente primero las vías más habituales; y si estas no bastan, se desbordará luego hacia las menos habituales». Considero que esta ley es de suma importancia para esclarecer nuestro tema. [11]

Todos los autores que han escrito sobre la expresión, con la excepción del Sr. Spencer —el gran exponente del principio de la evolución— parecen haber estado firmemente convencidos de que las especies, incluido el hombre, por supuesto, llegaron a existir en su condición actual. Sir C. Bell, convencido de ello, sostiene que muchos de nuestros músculos faciales son puramente instrumentales para la expresión; o son una disposición especial para este único objetivo. [12] Pero el simple hecho de que los simios antropoides posean los mismos músculos faciales que nosotros [13] hace muy improbable que, en nuestro caso, estos músculos sirvan exclusivamente para la expresión; pues nadie, supongo, se inclinaría a admitir que los monos hayan sido dotados de músculos especiales únicamente para exhibir sus horribles muecas. De hecho, se pueden asignar con gran probabilidad usos distintos, independientemente de la expresión, a casi todos los músculos faciales.

Sir C. Bell evidentemente deseaba establecer la distinción más amplia posible entre el hombre y los animales inferiores; y, en consecuencia, afirma que «en las criaturas inferiores no hay expresión que no pueda atribuirse, más o menos claramente, a sus actos de voluntad o instintos necesarios». Sostiene además que sus rostros «parecen principalmente capaces de expresar rabia y miedo». [14] Pero el hombre mismo no puede expresar amor y humildad mediante signos externos, tan claramente como lo hace un perro cuando, con orejas caídas, labios colgantes, cuerpo flexivo y cola meneando, se encuentra con su amado amo. Estos movimientos del perro tampoco pueden explicarse por actos de voluntad o instintos necesarios, como tampoco los ojos radiantes y las mejillas sonrientes de un hombre cuando se encuentra con un viejo amigo. Si se le hubiera preguntado a Sir C. Bell sobre la expresión de afecto en el perro, sin duda habría respondido que este animal había sido creado con instintos especiales, adaptándolo para la relación con el hombre, y que cualquier otra indagación al respecto era superflua.

Aunque Gratiolet niega rotundamente [15] que ningún músculo se haya desarrollado únicamente para la expresión, parece que nunca reflexionó sobre el principio de la evolución. Aparentemente, considera cada especie como una creación independiente. Lo mismo ocurre con otros autores sobre la expresión. Por ejemplo, el Dr. Duchenne, después de hablar de los movimientos de los miembros, se refiere a aquellos que dan expresión al rostro, y comenta: [16] "Le créateur n'a donc pas eu à se préoccuper ici des besoins de la mécanique; il a pu, selon sa sagesse, ou—que l'on me pardonne cette manière de parler—par une divina fantaisie, mettre en action tel ou tel muscle, un seul ou plusieurs à la fois, lorsqu'il a voulu que les signes caracteristiques des passions, même les plus fugaces, fussent écrits passagèrement sur la face de l'homme à tout être humain la faculté instintive d'exprimer toujours ses sentments par la contracción de los mismos músculos.”

Muchos escritores consideran inexplicable todo el tema de la expresión. Así, el ilustre fisiólogo Müller afirma: [17] «La expresión completamente diferente de los rasgos en distintas pasiones muestra que, según el tipo de sentimiento suscitado, se actúan sobre grupos completamente distintos de fibras del nervio facial. Desconocemos por completo la causa de esto».

Sin duda, mientras el hombre y todos los demás animales se consideren creaciones independientes, se pone freno a nuestro deseo natural de investigar en la medida de lo posible las causas de la Expresión. Con esta doctrina, todo puede explicarse con la misma precisión; y ha demostrado ser tan perniciosa con respecto a la Expresión como con cualquier otra rama de la historia natural. En la humanidad, algunas expresiones, como el erizarse el pelo bajo la influencia del terror extremo o el descubrirse los dientes bajo la influencia de la furia, difícilmente pueden entenderse, excepto desde la creencia de que el hombre existió una vez en una condición mucho más inferior y animal. La comunidad de ciertas expresiones en especies distintas, aunque afines, como los movimientos de los mismos músculos faciales durante la risa en el hombre y en varios monos, se vuelve algo más inteligible si creemos en su descendencia de un progenitor común. Quien admita, con fundamento general, que la estructura y los hábitos de todos los animales han evolucionado gradualmente, contemplará el tema de la Expresión desde una perspectiva nueva e interesante.

El estudio de la expresión es difícil, debido a que los movimientos suelen ser extremadamente leves y fugaces. Una diferencia puede percibirse claramente, y sin embargo, puede ser imposible, al menos a mí me ha pasado, determinar en qué consiste. Cuando presenciamos una emoción profunda, nuestra empatía se excita con tanta fuerza que olvidamos o nos resulta casi imposible observarla atentamente; de este hecho he tenido muchas pruebas curiosas. Nuestra imaginación es otra fuente de error, aún más grave; pues si por la naturaleza de las circunstancias esperamos ver alguna expresión, fácilmente imaginamos su presencia. A pesar de la gran experiencia del Dr. Duchenne, durante mucho tiempo creyó, como él mismo afirma, que varios músculos se contraían bajo ciertas emociones, mientras que finalmente se convenció de que el movimiento se limitaba a un solo músculo.

Para adquirir la mejor base posible y determinar, independientemente de la opinión general, hasta qué punto los movimientos particulares de los rasgos y gestos expresan realmente ciertos estados mentales, he encontrado los siguientes métodos más útiles. En primer lugar, observar a los bebés, pues manifiestan muchas emociones, como señala Sir C. Bell, «con una fuerza extraordinaria»; mientras que, con el tiempo, algunas de nuestras expresiones «dejan de tener la fuente pura y simple de la que brotan en la infancia». [18]

En segundo lugar, se me ocurrió que los locos debían ser estudiados, ya que son propensos a las pasiones más intensas y las desatan sin control. Yo mismo no tuve oportunidad de hacerlo, así que me dirigí al Dr. Maudsley, quien me recomendó al Dr. J. Crichton Browne, encargado de un enorme manicomio cerca de Wakefield, quien, según descubrí, ya se había ocupado del tema. Este excelente observador, con inagotable amabilidad, me ha enviado abundantes notas y descripciones, con valiosas sugerencias sobre diversos puntos; y su ayuda es inestimable. También debo, a la amabilidad del Sr. Patrick Nicol, del Asilo de Lunáticos de Sussex, interesantes declaraciones sobre dos o tres puntos.

En tercer lugar, el Dr. Duchenne galvanizó, como ya hemos visto, ciertos músculos del rostro de un anciano, cuya piel era poco sensible, y así produjo diversas expresiones que fueron fotografiadas a gran escala. Afortunadamente, se me ocurrió mostrar varias de las mejores láminas, sin una sola explicación, a más de veinte personas cultas de diversas edades y ambos sexos, preguntándoles, en cada caso, qué emoción o sentimiento se suponía que agitaba al anciano; y registré sus respuestas con las palabras que usaron. Varias de las expresiones fueron reconocidas al instante por casi todos, aunque descritas en términos no exactamente iguales; y creo que estas pueden considerarse verdaderas, y las especificaré más adelante. Por otro lado, se emitieron juicios muy dispares sobre algunas de ellas. Esta exhibición fue útil de otra manera, al convencerme de la facilidad con la que podemos dejarnos engañar por nuestra imaginación. Pues cuando revisé por primera vez las fotografías del Dr. Duchenne, leyendo al mismo tiempo el texto y comprendiendo así su propósito, me impresionó la veracidad de todas, con solo unas pocas excepciones. Sin embargo, si las hubiera examinado sin explicación alguna, sin duda me habría sentido tan perplejo, en algunos casos, como lo han estado otras personas.

En cuarto lugar, esperaba obtener mucha ayuda de los grandes maestros de la pintura y la escultura, quienes son observadores tan minuciosos. Por consiguiente, he examinado fotografías y grabados de muchas obras conocidas; pero, con pocas excepciones, no he obtenido ese beneficio. La razón, sin duda, es que en las obras de arte, la belleza es el objetivo principal; y los músculos faciales fuertemente contraídos la destruyen. [19] La historia de la composición generalmente se narra con maravillosa fuerza y veracidad mediante accesorios hábilmente elegidos.

En quinto lugar, me pareció de suma importancia determinar si las mismas expresiones y gestos prevalecen, como a menudo se ha afirmado sin muchas pruebas, en todas las razas de la humanidad, especialmente en aquellas que han tenido poca relación con los europeos. Siempre que los mismos movimientos de los rasgos o del cuerpo expresen las mismas emociones en varias razas humanas distintas, podemos inferir con gran probabilidad que dichas expresiones son verdaderas, es decir, innatas o instintivas. Las expresiones o gestos convencionales, adquiridos por el individuo durante su infancia, probablemente habrían diferido en las distintas razas, al igual que sus lenguas. En consecuencia, a principios de 1867, distribuí las siguientes consultas impresas con la solicitud, que ha sido plenamente respondida, de que se confiara en las observaciones reales, y no en la memoria. Estas consultas se escribieron después de un período considerable, durante el cual mi atención se había dirigido a otras cosas, y ahora veo que podrían haberse mejorado considerablemente. A algunas de las copias posteriores, añadí, manuscritas, algunas observaciones adicionales:

(1.) ¿El asombro se expresa abriendo bien los ojos y la boca y levantando las cejas?

(2.) ¿La vergüenza produce rubor cuando el color de la piel lo permite? ¿Y, especialmente, hasta dónde llega el rubor en el cuerpo?

(3.) Cuando un hombre está indignado o desafiante, ¿frunce el ceño, mantiene erguido el cuerpo y la cabeza, cuadra los hombros y aprieta los puños?

(4) Cuando reflexiona profundamente sobre cualquier tema o trata de comprender algún enigma, ¿frunce el ceño o arruga la piel debajo de los párpados inferiores?

(5.) Cuando se está deprimido, ¿se deprimen las comisuras de los labios y se levanta la comisura interior de las cejas por ese músculo que los franceses llaman «músculo del dolor»? En este estado, la ceja se vuelve ligeramente oblicua, con una ligera hinchazón en el extremo interior; y la frente se arruga transversalmente en la parte media, pero no en toda su anchura, como cuando las cejas se levantan en señal de sorpresa.

(6.) Cuando estamos de buen humor, ¿brillan los ojos, con la piel un poco arrugada alrededor y debajo de ellos y con la boca un poco hundida en las comisuras?

(7.) Cuando un hombre se burla o gruñe a otro, ¿está levantada la comisura del labio superior sobre el canino o diente del ojo del lado que mira hacia el hombre al que se dirige?

(8) ¿Se puede reconocer una expresión tenaz u obstinada, que se manifiesta principalmente por una boca firmemente cerrada, una frente baja y un ligero ceño fruncido?

(9.) ¿Se expresa el desprecio con una ligera protrusión de los labios y levantando la nariz, y con una ligera espiración?

(10) ¿El disgusto se manifiesta con el labio inferior hacia abajo y el superior ligeramente elevado, con una espiración repentina, algo así como un vómito incipiente o como algo escupido de la boca?

(11.) ¿El miedo extremo se expresa de la misma manera general que entre los europeos?

(12.) ¿Acaso la risa llega alguna vez hasta tal extremo que haga brotar lágrimas de los ojos?

(13.) Cuando un hombre quiere demostrar que no puede impedir que se haga algo, o que no puede hacer algo por sí mismo, ¿se encoge de hombros, gira los codos hacia dentro, extiende las manos hacia afuera y abre las palmas, con las cejas levantadas?

(14) ¿Los niños, cuando están de mal humor, hacen pucheros o sacan mucho los labios?

(15.) ¿Se pueden reconocer expresiones culpables, astutas o celosas? Aunque no sé cómo se pueden definir.

(16.) ¿Se mueve la cabeza verticalmente en señal de afirmación y lateralmente en señal de negación?

Las observaciones sobre nativos que han tenido poca comunicación con europeos serían, por supuesto, las más valiosas, aunque las realizadas sobre cualquier nativo me resultarían de gran interés. Las observaciones generales sobre la expresión tienen relativamente poco valor; y la memoria es tan engañosa que ruego encarecidamente que no se confíe en ella. Una descripción precisa del rostro bajo cualquier emoción o estado de ánimo, con una descripción de las circunstancias en las que se produjo, sería muy valiosa.

A estas preguntas he recibido treinta y seis respuestas de diferentes observadores, varios de ellos misioneros o protectores de los aborígenes, a quienes agradezco profundamente el gran esfuerzo que han dedicado y la valiosa ayuda recibida. Especificaré sus nombres, etc., hacia el final de este capítulo, para no interrumpir mis observaciones. Las respuestas se refieren a varias de las razas humanas más distintas y salvajes. En muchos casos, se han registrado las circunstancias en las que se observó cada expresión, y se ha descrito la expresión misma. En tales casos, se puede depositar mucha confianza en las respuestas. Cuando las respuestas han sido simplemente sí o no, siempre las he recibido con cautela. De la información así obtenida se desprende que el mismo estado mental se expresa en todo el mundo con notable uniformidad; y este hecho es en sí mismo interesante como evidencia de la estrecha similitud en la estructura corporal y la disposición mental de todas las razas de la humanidad.

En sexto y último lugar, he estudiado con la mayor atención posible la expresión de las diversas pasiones en algunos animales comunes; y creo que esto es de suma importancia, no para determinar hasta qué punto ciertas expresiones en el ser humano son características de ciertos estados mentales, sino para ofrecer la base más sólida para generalizar sobre las causas u origen de los diversos movimientos de expresión. Al observar animales, no somos tan propensos a dejarnos sesgar por nuestra imaginación; y podemos estar seguros de que sus expresiones no son convencionales.

Por las razones antes expuestas, a saber, la naturaleza fugaz de algunas expresiones (los cambios en los rasgos suelen ser extremadamente leves); la facilidad con la que nos despertamos simpatía al observar una emoción intensa, distrayendo así nuestra atención; la imaginación que nos engaña al no saber vagamente qué esperar, aunque ciertamente pocos conocemos los cambios exactos en el rostro; y, por último, incluso nuestra larga familiaridad con el tema; debido a todas estas causas combinadas, la observación de la expresión no es nada fácil, como han descubierto pronto muchas personas a las que he pedido que observen ciertos puntos. Por lo tanto, es difícil determinar con certeza cuáles son los movimientos de los rasgos y del cuerpo que suelen caracterizar ciertos estados mentales. Sin embargo, espero que algunas dudas y dificultades se hayan despejado gracias a la observación de bebés, enfermos mentales, personas de diferentes razas humanas, obras de arte y, por último, de los músculos faciales bajo la acción del galvanismo, tal como lo efectuó el Dr. Duchenne.

Pero persiste la dificultad mucho mayor de comprender la causa u origen de las diversas expresiones y de juzgar si alguna explicación teórica es fiable. Además, juzgando lo mejor posible con la razón, sin ayuda de reglas, cuál de dos o más explicaciones es la más satisfactoria o la que resulta completamente insatisfactoria, solo veo una manera de comprobar nuestras conclusiones. Esta consiste en observar si el mismo principio por el cual una expresión puede, según parece, explicarse, es aplicable a otros casos afines; y, especialmente, si los mismos principios generales pueden aplicarse con resultados satisfactorios tanto al hombre como a los animales inferiores. Este último método, me inclino a pensar, es el más útil de todos. La dificultad de juzgar la verdad de cualquier explicación teórica y de comprobarla mediante una línea de investigación específica es el gran inconveniente del interés que el estudio parece tan adecuado para despertar.

Finalmente, respecto a mis propias observaciones, puedo afirmar que comenzaron en el año 1838; y desde entonces hasta la actualidad, he abordado el tema ocasionalmente. En esa fecha, ya me inclinaba a creer en el principio de la evolución, o en la derivación de las especies a partir de otras formas inferiores. Por consiguiente, cuando leí la gran obra de Sir C. Bell, su opinión de que el hombre había sido creado con ciertos músculos especialmente adaptados para la expresión de sus sentimientos me pareció insatisfactoria. Parecía probable que el hábito de expresar nuestros sentimientos mediante ciertos movimientos, aunque ahora innato, se hubiera adquirido gradualmente. Pero descubrir cómo se habían adquirido tales hábitos fue en gran medida desconcertante. Todo el tema debía analizarse desde una nueva perspectiva, y cada expresión exigía una explicación racional. Esta creencia me impulsó a emprender el presente trabajo, por imperfecta que fuera su ejecución.


A continuación, daré los nombres de los caballeros a quienes, como ya he dicho, les agradezco profundamente la información sobre las expresiones de diversas razas humanas, y especificaré algunas de las circunstancias en las que se realizaron las observaciones en cada caso. Gracias a la gran amabilidad y la poderosa influencia del Sr. Wilson, de Hayes Place, Kent, he recibido de Australia no menos de trece conjuntos de respuestas a mis preguntas. Esto ha sido especialmente afortunado, ya que los aborígenes australianos se encuentran entre las razas humanas más distintivas. Se observará que las observaciones se han realizado principalmente en el sur, en las zonas periféricas de la colonia de Victoria; pero se han recibido algunas respuestas excelentes del norte.

El Sr. Dyson Lacy me ha proporcionado detalladamente algunas valiosas observaciones, realizadas a varios cientos de millas en el interior de Queensland. Al Sr. R. Brough Smyth, de Melbourne, le estoy muy agradecido por las observaciones que realizó y por enviarme varias de las siguientes cartas: Del reverendo Sr. Hagenauer, de Lake Wellington, misionero en Gippsland, Victoria, con amplia experiencia con los nativos; del Sr. Samuel Wilson, terrateniente residente en Langerenong, Wimmera, Victoria; del reverendo George Taplin, superintendente del Asentamiento Industrial Indígena de Port Macleay; del Sr. Archibald G. Lang, de Coranderik, Victoria, profesor en una escuela donde se reúnen aborígenes, jóvenes y mayores, de todas partes de la colonia; y del Sr. HB Lane, de Belfast, Victoria, magistrado de policía y alcaide, cuyas observaciones, según me han asegurado, son sumamente fiables. Del Sr. Templeton Bunnett, de Echuca, cuya estación se encuentra en los límites de la colonia de Victoria, quien, por lo tanto, ha podido observar a muchos aborígenes que han tenido poca interacción con hombres blancos. Comparó sus observaciones con las de otros dos caballeros residentes de larga data en la zona. También del Sr. J. Bulmer, misionero en una zona remota de Gippsland, Victoria.

También estoy en deuda con el distinguido botánico Dr. Ferdinand Müller, de Victoria, por algunas observaciones hechas por él mismo y por enviarme otras hechas por la Sra. Green, así como por algunas de las cartas anteriores.

Respecto de los maoríes de Nueva Zelanda, el reverendo J. W. Stack ha respondido sólo a unas pocas de mis preguntas; pero las respuestas han sido notablemente completas, claras y distintas, y se han registrado las circunstancias en las que se hicieron las observaciones.

El Rajah Brooke me ha dado alguna información respecto a los Dyaks de Borneo.

En cuanto a los malayos, he tenido mucho éxito; pues el Sr. F. Geach (a quien me presentó el Sr. Wallace), durante su residencia como ingeniero de minas en el interior de Malaca, observó a muchos nativos que nunca antes habían tenido tratos con blancos. Me escribió dos largas cartas con admirables y detalladas observaciones sobre sus expresiones. Asimismo, observó a los inmigrantes chinos en el archipiélago malayo.

El conocido naturalista, Cónsul de Su Majestad, Sr. Swinhoe, también observó para mí a los chinos en su país natal e hizo averiguaciones con otras personas en quienes podía confiar.

En la India, el Sr. H. Erskine, mientras residía en el distrito de Admednugur, en la presidencia de Bombay, prestaba atención a las expresiones de los habitantes, pero le resultó muy difícil llegar a conclusiones fiables, debido a su habitual retraimiento en presencia de europeos. También obtuvo información para mí del Sr. West, juez de Canara, y consultó con algunos caballeros nativos inteligentes sobre ciertos puntos. En Calcuta, el Sr. J. Scott, conservador del Jardín Botánico, observó cuidadosamente a las diversas tribus humanas empleadas allí durante un período considerable, y nadie me ha enviado detalles tan completos y valiosos. El hábito de la observación precisa, adquirido gracias a sus estudios botánicos, ha sido aplicado a nuestro tema actual. En cuanto a Ceilán, estoy muy agradecido al reverendo S.O. Glenie por las respuestas a algunas de mis preguntas.

En cuanto a África, he tenido mala suerte con los negros, aunque el Sr. Winwood Reade me ayudó en la medida de sus posibilidades. Habría sido relativamente fácil obtener información sobre los esclavos negros en América; pero como llevan mucho tiempo relacionándose con los blancos, tales observaciones habrían sido de poca utilidad. En el sur del continente, la Sra. Barber observó a los kafires y fingos y me envió muchas respuestas precisas. El Sr. JP Mansel Weale también hizo algunas observaciones sobre los nativos y me consiguió un documento curioso: la opinión, escrita en inglés, de Christian Gaika, hermano del jefe Sandilli, sobre las expresiones de sus compatriotas. En las regiones septentrionales de África, el capitán Speedy, quien residió durante mucho tiempo con los abisinios, respondió a mis preguntas en parte de memoria y en parte basándose en observaciones realizadas sobre el hijo del rey Teodoro, quien entonces estaba bajo su mando. El profesor y la señora Asa Gray prestaron atención a algunos puntos de las expresiones de los nativos, tal como los observaron mientras ascendían por el Nilo.

En el gran continente americano, el Sr. Bridges, catequista residente con los fueguinos, respondió a algunas preguntas sobre su expresión, que le fueron dirigidas hace muchos años. En la mitad norte del continente, el Dr. Rothrock atendió las expresiones de las tribus salvajes Atnah y Espyox en el río Nasse, en el noroeste de América. El Sr. Washington Matthews, cirujano adjunto del Ejército de los Estados Unidos, también observó con especial atención (tras haber visto mis preguntas, tal como aparecen impresas en el Informe Smithsonian) algunas de las tribus más salvajes del oeste de Estados Unidos, a saber, los tetones, los grosventres, los mandanos y los assinaboines; y sus respuestas han sido de suma utilidad.

Por último, además de estas fuentes especiales de información, he recopilado algunos datos que aparecen casualmente en libros de viajes.

Como tendré que referirme a menudo, sobre todo en la última parte de este volumen, a los músculos del rostro humano, he copiado y reducido un diagrama (fig. 1) de la obra de Sir C. Bell, y otros dos, con detalles más precisos (figs. 2 y 3), del conocido «Handbuch der Systematischen Anatomie des Menschen» de Herde. Las mismas letras se refieren a los mismos músculos en las tres figuras, pero solo se dan los nombres de los más importantes, a los que tendré que aludir. Los músculos faciales se mezclan mucho y, según tengo entendido, apenas aparecen en un rostro diseccionado con tanta distinción como los que se representan aquí. Algunos autores consideran que estos músculos constan de diecinueve pares, con uno desapareado; [20] pero otros aumentan mucho el número, llegando incluso a cincuenta y cinco, según Moreau. Son, como admiten todos los que han escrito sobre el tema, muy variables en su estructura; y Moreau señala que apenas se parecen en media docena de sujetos. [21] Su función también es variable. Así, la capacidad de descubrir el canino de un lado difiere mucho entre personas. La capacidad de levantar las aletas nasales también varía notablemente , según el Dr. Piderit [22] ; y se podrían mencionar otros casos similares.

Finalmente, tengo el placer de expresar mi agradecimiento al Sr. Rejlander por la molestia que ha tomado al fotografiar para mí diversas expresiones y gestos. También estoy en deuda con el Sr. Kindermann, de Hamburgo, por el préstamo de unos excelentes negativos de bebés llorando; y con el Dr. Wallich por uno encantador de una niña sonriente. Ya he expresado mi agradecimiento al Dr. Duchenne por permitirme generosamente copiar y reducir algunas de sus fotografías de gran tamaño. Todas estas fotografías han sido impresas mediante el proceso de heliotipia, por lo que la precisión de la copia está garantizada. Estas placas están indicadas con números romanos.

También estoy en deuda con el Sr. T. W. Wood por el gran esfuerzo que ha dedicado a dibujar del natural las expresiones de diversos animales. Un distinguido artista, el Sr. Rivière, ha tenido la amabilidad de regalarme dos dibujos de perros: uno con una actitud hostil y el otro con una actitud humilde y cariñosa. El Sr. A. May también me ha proporcionado dos bocetos similares de perros. El Sr. Cooper ha trabajado con mucho cuidado al cortar los bloques. Algunas de las fotografías y dibujos, concretamente los del Sr. May y los del Sr. Wolf del Cynopithecus, fueron reproducidos primero por el Sr. Cooper en madera mediante fotografía y luego grabados: de este modo se garantiza una fidelidad casi total.

CAPÍTULO I.
PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.

Los tres principios fundamentales enunciados: El primer principio: Las acciones útiles se hacen habituales en asociación con ciertos estados de la mente, y se realizan independientemente de que sean útiles o no en cada caso particular. La fuerza del hábito. La herencia. Los movimientos habituales asociados en el hombre. Las acciones reflejas. El paso de los hábitos a acciones reflejas. Los movimientos habituales asociados en los animales inferiores. Observaciones finales.

Comenzaré presentando los tres Principios que, en mi opinión, explican la mayoría de las expresiones y gestos involuntarios del hombre y los animales inferiores, bajo la influencia de diversas emociones y sensaciones. [101] Sin embargo, llegué a estos tres Principios solo al final de mis observaciones. Se tratarán en este capítulo y en los dos siguientes de forma general. Se utilizarán aquí hechos observados tanto en el hombre como en los animales inferiores; pero estos últimos son preferibles, ya que son menos propensos a engañarnos. En los capítulos cuarto y quinto, describiré las expresiones especiales de algunos animales inferiores; y en los capítulos siguientes, las del hombre. De este modo, cada uno podrá juzgar por sí mismo hasta qué punto mis tres principios arrojan luz sobre la teoría del tema. Me parece que tantas expresiones se explican así de forma bastante satisfactoria, que probablemente todas se clasificarán en adelante bajo el mismo epígrafe o en epígrafes muy similares. No necesito presuponer que los movimientos o cambios en cualquier parte del cuerpo —como el meneo de la cola de un perro, el encogimiento de hombros de un caballo, o la dilatación de los capilares de la piel— pueden servir igualmente para la expresión. Los tres principios son los siguientes.

I. El principio de los hábitos asociados útiles . Ciertas acciones complejas son de utilidad directa o indirecta bajo ciertos estados mentales, para aliviar o satisfacer ciertas sensaciones, deseos, etc.; y siempre que se induce el mismo estado mental, por débil que sea, existe una tendencia, por la fuerza del hábito y la asociación, a que se realicen los mismos movimientos, aunque en ese caso no sean de la menor utilidad. Algunas acciones, comúnmente asociadas por hábito con ciertos estados mentales, pueden ser parcialmente reprimidas por la voluntad, y en tales casos, los músculos que están menos bajo el control independiente de la voluntad son los más propensos a actuar, causando movimientos que reconocemos como expresivos. En otros casos, la inhibición de un movimiento habitual requiere otros movimientos leves; y estos son igualmente expresivos.

II. El principio de antítesis . — Ciertos estados mentales conducen a ciertas acciones habituales, que son útiles, como en nuestro primer principio. Ahora bien, cuando se induce un estado mental directamente opuesto, existe una fuerte tendencia involuntaria a realizar movimientos de naturaleza directamente opuesta, aunque estos sean inútiles; y tales movimientos son, en algunos casos, muy expresivos.

III. El principio de las acciones debidas a la constitución del sistema nervioso, independientemente del principio de la voluntad y, hasta cierto punto, del hábito . Cuando el sensorio se excita intensamente, se genera un exceso de fuerza nerviosa, que se transmite en direcciones definidas, dependiendo de la conexión de las células nerviosas y, en parte, del hábito; o bien, el aporte de fuerza nerviosa puede, según parezca, interrumpirse. Se producen así efectos que reconocemos como expresivos. Este tercer principio, en aras de la brevedad, puede denominarse el de la acción directa del sistema nervioso.

Con respecto a nuestro primer Principio , es notorio el poder de la fuerza del hábito. Los movimientos más complejos y difíciles pueden, con el tiempo, realizarse sin el menor esfuerzo ni consciencia. No se sabe con certeza cómo el hábito es tan eficiente para facilitar movimientos complejos; pero los fisiólogos admiten [102] que el poder conductor de las fibras nerviosas aumenta con la frecuencia de su excitación. Esto se aplica a los nervios del movimiento y la sensación, así como a los relacionados con el acto de pensar. Es difícil dudar de que se produzca algún cambio físico en las células nerviosas o nervios que se utilizan habitualmente, pues de lo contrario es imposible comprender cómo se hereda la tendencia a ciertos movimientos adquiridos. Vemos que se heredan en los caballos en ciertos aires transmitidos, como el galope y la ambladura, que no les son naturales; en la postura de los pointers jóvenes y la colocación de los setters jóvenes; en la peculiar forma de volar de ciertas razas de palomas, etc. Tenemos casos análogos con la humanidad en la herencia de trucos o gestos inusuales, a los que volveremos enseguida. Para quienes admiten la evolución gradual de las especies, un ejemplo sorprendente de la perfección con la que se pueden transmitir los movimientos consensuales más difíciles lo ofrece la polilla esfinge del colibrí ( Macroglossa ); pues esta polilla, poco después de emerger del capullo, como lo demuestra la flor en sus escamas erguidas, puede verse suspendida en el aire, con su larga probóscide, similar a un pelo, desenrollada e insertada en los diminutos orificios de las flores; y nadie, creo, ha visto jamás a esta polilla aprender a realizar su difícil tarea, que requiere una puntería tan precisa.

Cuando existe una tendencia heredada o instintiva a realizar una acción, o un gusto heredado por ciertos tipos de alimentos, a menudo se requiere cierto grado de hábito en el individuo. Encontramos esto en los pasos del caballo y, en cierta medida, en la muestra de perros; aunque algunos perros jóvenes muestran una excelente muestra la primera vez que salen a pasear, a menudo asocian la actitud heredada adecuada con un olor inadecuado, e incluso con la vista. He oído afirmar que si a un ternero se le permite mamar de su madre solo una vez, es mucho más difícil criarlo posteriormente a mano. [103] Se sabe que orugas alimentadas con las hojas de un árbol mueren de hambre antes que comer las hojas de otro, aunque este les proporcionaba su alimento natural; [104] y así ocurre en muchos otros casos.

El poder de la asociación es reconocido por todos. El Sr. Bain señala que «las acciones, sensaciones y estados de ánimo, que ocurren juntos o en estrecha sucesión, tienden a crecer juntos o a cohesionarse, de tal manera que cuando cualquiera de ellos se presenta posteriormente a la mente, los demás tienden a evocarse en forma de idea». [105] Es tan importante para nuestro propósito reconocer plenamente que las acciones se asocian fácilmente con otras acciones y con diversos estados mentales, que daré numerosos ejemplos, primero relacionados con el hombre y luego con los animales inferiores. Algunos ejemplos son de naturaleza muy insignificante, pero son tan útiles para nuestro propósito como hábitos más importantes. Es sabido por todos lo difícil, o incluso imposible, que resulta, sin repetidos ensayos, mover las extremidades en ciertas direcciones opuestas que nunca se han practicado. Casos análogos ocurren con las sensaciones, como en el experimento común de rodar una canica bajo las yemas de dos dedos cruzados, cuando se siente exactamente como dos canicas. Todos nos protegemos al caer al suelo extendiendo los brazos, y como ha comentado la profesora Alison, pocos pueden resistirse a actuar así al caer voluntariamente sobre una cama blanda. Un hombre, al salir al exterior, se pone los guantes de forma totalmente inconsciente; y esto puede parecer una operación extremadamente simple, pero quien le ha enseñado a un niño a ponerse guantes sabe que no es así en absoluto.

Cuando nuestras mentes se ven muy afectadas, también lo son los movimientos de nuestros cuerpos; pero aquí entra en juego parcialmente otro principio, además del hábito, a saber, el exceso no dirigido de fuerza nerviosa. Norfolk, hablando del cardenal Wolsey, dice:

Una extraña conmoción
se agita en su cerebro; se muerde el labio y se sobresalta;
se detiene de repente, mira al suelo,
luego se lleva el dedo a la sien; en línea recta,
salta a paso rápido; luego se detiene de nuevo,
se golpea el pecho con fuerza; y de pronto, dirige su mirada hacia la luna: en las
posturas más extrañas
lo hemos visto adoptarse.

Un hombre común a menudo se rasca la cabeza cuando está perplejo; y creo que actúa así por costumbre, como si experimentara una sensación corporal ligeramente incómoda, a saber, el picor de cabeza, al que es particularmente propenso y que alivia así. Otro hombre se frota los ojos cuando está perplejo, o tose levemente cuando se siente incómodo, actuando en ambos casos como si sintiera una ligera molestia en los ojos o la tráquea. [106]

Debido al uso continuo de los ojos, estos órganos son especialmente susceptibles a la acción de la asociación bajo diversos estados mentales, aunque manifiestamente no se vea nada. Un hombre, como señala Gratiolet, que rechaza vehementemente una proposición, casi con seguridad cerrará los ojos o apartará la mirada; pero si la acepta, asentirá con la cabeza en señal de afirmación y abrirá los ojos de par en par. En este último caso, el hombre actúa como si viera claramente la cosa, y en el primero como si no la viera o no quisiera verla. He observado que, al describir una visión horrible, las personas a menudo cierran los ojos momentánea y firmemente, o niegan con la cabeza, como para no ver o para alejar algo desagradable; y me he sorprendido, al pensar en la oscuridad de un espectáculo horrible, cerrando los ojos firmemente. Al mirar de repente cualquier objeto, o al mirar a su alrededor, todos levantan las cejas, de modo que los ojos se abren rápida y ampliamente; Duchenne comenta que [107] una persona, al intentar recordar algo, a menudo levanta las cejas, como si lo viera. Un caballero hindú le hizo exactamente el mismo comentario al Sr. Erskine respecto a sus compatriotas. Observé a una joven que intentaba recordar con ahínco el nombre de un pintor, y primero miró a una esquina del techo y luego a la esquina opuesta, arqueando la ceja de ese lado; aunque, por supuesto, allí no había nada que ver.

En la mayoría de los casos anteriores, podemos comprender cómo los movimientos asociados se adquirieron por hábito; pero en algunos individuos, ciertos gestos o trucos extraños han surgido asociados a ciertos estados mentales, debido a causas completamente inexplicables, y sin duda son hereditarios. En otro lugar he mencionado un ejemplo, basado en mi propia observación, de un gesto extraordinario y complejo, asociado con sensaciones placenteras, que se transmitió de un padre a su hija, así como otros hechos análogos. [108] A lo largo de este volumen se presentará otro curioso ejemplo de un extraño movimiento heredado, asociado con el deseo de obtener un objeto.

Hay otras acciones que se realizan comúnmente en ciertas circunstancias, independientemente del hábito, y que parecen deberse a la imitación o a algún tipo de simpatía. Así, se puede ver a personas que cortan algo con tijeras moviendo sus mandíbulas simultáneamente con las hojas de las tijeras. Los niños que aprenden a escribir a menudo retuercen la lengua al mover los dedos, de forma ridícula. Cuando un cantante público se queda repentinamente un poco ronco, se puede oír a muchos de los presentes, como me ha asegurado un caballero en quien puedo confiar, carraspear; pero aquí probablemente entra en juego la costumbre, como nosotros nos carraspeamos en circunstancias similares. También me han dicho que en las competiciones de saltos, cuando el artista realiza su salto, muchos de los espectadores, generalmente hombres y niños, mueven los pies; pero aquí también probablemente entra en juego la costumbre, pues es muy dudoso que las mujeres actúen así.

Acciones reflejas — Las acciones reflejas, en el sentido estricto del término, se deben a la excitación de un nervio periférico, que transmite su influencia a ciertas células nerviosas, y estas, a su vez, excitan ciertos músculos o glándulas para que actúen; y todo esto puede ocurrir sin sensación ni consciencia por nuestra parte, aunque a menudo esté acompañado de ello. Dado que muchas acciones reflejas son muy expresivas, conviene analizar este tema con más detalle. Veremos también que algunas de ellas se convierten en acciones que surgen por hábito, y apenas se distinguen de ellas. [109] Toser y estornudar son ejemplos comunes de acciones reflejas. En los bebés, el primer acto respiratorio suele ser un estornudo, aunque requiere el movimiento coordinado de numerosos músculos. La respiración es en parte voluntaria, pero principalmente refleja, y se realiza de la manera más natural y óptima, sin la intervención de la voluntad. Un gran número de movimientos complejos son reflejos. Un buen ejemplo es el frecuentemente citado de una rana decapitada, que, por supuesto, no puede sentir ni realizar conscientemente ningún movimiento. Sin embargo, si se le aplica una gota de ácido en la parte inferior del muslo de una rana en este estado, la frotará con la parte superior del pie de esa misma pata. Si se le corta este pie, no puede actuar de esa manera. «Tras algunos esfuerzos infructuosos, por lo tanto, desiste de intentarlo, parece inquieta, como si, dice Pflüger, buscara otra manera, y finalmente utiliza el pie de la otra pata y logra frotarse el ácido. Cabe destacar que aquí no tenemos simplemente contracciones musculares, sino contracciones combinadas y armonizadas en la secuencia correcta para un propósito específico. Estas son acciones que parecen estar guiadas por la inteligencia e instigadas por la voluntad en un animal, al que se le ha extirpado el órgano reconocido de la inteligencia y la voluntad». [110]

Observamos la diferencia entre los movimientos reflejos y voluntarios en niños muy pequeños que, según me informa Sir Henry Holland, no pueden realizar ciertos actos similares a estornudar y toser, a saber, sonarse la nariz ( es decir , comprimirla y soplar con fuerza) ni carraspear. Tienen que aprender a realizar estos actos; sin embargo, cuando son un poco mayores, los realizamos casi con la misma facilidad que los actos reflejos. Sin embargo, estornudar y toser solo se pueden controlar parcialmente o en absoluto; mientras que carraspear y sonarse la nariz están completamente bajo nuestro control.

Cuando somos conscientes de la presencia de una partícula irritante en nuestras fosas nasales o tráquea —es decir, cuando se excitan las mismas neuronas sensoriales, como en el caso del estornudo y la tos—, podemos expulsarla voluntariamente impulsando el aire a través de estas vías; pero no podemos hacerlo con la misma fuerza, rapidez y precisión que mediante un acto reflejo. En este último caso, las neuronas sensoriales aparentemente excitan las neuronas motoras sin derroche de energía, comunicándose primero con los hemisferios cerebrales, sede de nuestra conciencia y voluntad. En todos los casos, parece existir un profundo antagonismo entre los mismos movimientos, dirigidos por la voluntad y por un estímulo reflejo, en la fuerza con la que se realizan y en la facilidad con la que se excitan. Como afirma Claude Bernard: «La influencia del cerebro tiende entonces a entorpecer los movimientos reflejos, a limitar su fuerza y su extensión». [111]

El deseo consciente de realizar un acto reflejo a veces detiene o interrumpe su ejecución, aunque se estimulen los nervios sensoriales adecuados. Por ejemplo, hace muchos años hice una pequeña apuesta con una docena de jóvenes a que no estornudarían si tomaban rapé, aunque todos declararon que invariablemente lo hacían; así que todos tomaron una pizca, pero por su gran deseo de éxito, ninguno estornudó, aunque se les llenaron los ojos de lágrimas, y todos, sin excepción, tuvieron que pagarme la apuesta. Sir H. Holland comenta [112] que la atención prestada al acto de tragar interfiere con los movimientos adecuados; de lo cual probablemente se deduce, al menos en parte, que a algunas personas les resulte tan difícil tragar una pastilla.

Otro ejemplo conocido de un acto reflejo es el cierre involuntario de los párpados al tocar la superficie del ojo. Un movimiento de guiño similar se produce cuando un golpe se dirige a la cara; pero se trata de un acto habitual y no estrictamente reflejo, ya que el estímulo se transmite a través de la mente y no por la excitación de un nervio periférico. Todo el cuerpo y la cabeza generalmente se ven arrastrados hacia atrás repentinamente al mismo tiempo. Estos últimos movimientos, sin embargo, pueden evitarse si el peligro no parece inminente a la imaginación; pero no basta con que la razón nos diga que no hay peligro. Puedo mencionar un hecho insignificante que ilustra este punto y que en su momento me divirtió. Acerqué mi cara a la gruesa placa de vidrio frente a una víbora bufadora en el Zoológico, con la firme determinación de no retroceder si la serpiente me atacaba; pero, en cuanto recibió el golpe, mi resolución fue en vano y salté uno o dos metros hacia atrás con asombrosa rapidez. Mi voluntad y mi razón eran impotentes ante la imaginación de un peligro que nunca había experimentado.

La violencia de un sobresalto parece depender en parte de la viveza de la imaginación y en parte del estado, habitual o temporal, del sistema nervioso. Quien preste atención al sobresalto de su caballo, cansado y descansado, percibirá la perfecta gradación que va desde una simple mirada a un objeto inesperado, con una momentánea duda sobre su peligro, hasta un salto tan rápido y violento que el animal probablemente no podría girar voluntariamente con tanta rapidez. El sistema nervioso de un caballo fresco y bien alimentado envía sus órdenes al sistema motor con tanta rapidez que no le da tiempo a considerar si el peligro es real o no. Tras un sobresalto violento, cuando está excitado y la sangre fluye libremente por su cerebro, es muy propenso a sobresaltarse de nuevo; y así ocurre, como he observado, con los bebés.

Un sobresalto ante un ruido repentino, cuando el estímulo se transmite a través del nervio auditivo, siempre va acompañado en las personas adultas de un parpadeo. [113] Observé, sin embargo, que aunque mis bebés se sobresaltaban ante sonidos repentinos, cuando tenían menos de quince días, ciertamente no siempre guiñaban los ojos, y creo que nunca lo hicieron. El sobresalto de un bebé mayor aparentemente representa un vago intento de agarrarse a algo para evitar caerse. Agité una caja de cartón cerca de los ojos de uno de mis bebés, cuando tenía 114 días, y no parpadeó en absoluto; pero cuando puse unos confites en la caja, manteniéndola en la misma posición que antes, y los soné, el niño parpadeó violentamente cada vez y se sobresaltó un poco. Era obviamente imposible que un bebé cuidadosamente vigilado hubiera aprendido por experiencia que un sonido de traqueteo cerca de sus ojos indicaba peligro. Pero tal experiencia se habrá adquirido lentamente a una edad posterior, a lo largo de una larga serie de generaciones; Y por lo que sabemos de la herencia, no hay nada improbable en la transmisión de un hábito a la descendencia a una edad anterior a aquella en que fue adquirido por primera vez por los padres.

De las observaciones anteriores parece probable que algunas acciones, que al principio se realizaban conscientemente, se hayan convertido, por hábito y asociación, en acciones reflejas, y ahora están tan firmemente fijadas y heredadas que se realizan, incluso cuando no son de la menor utilidad, [114] siempre que surjan las mismas causas que las originaron en nosotros a través de la voluntad. En tales casos, las células nerviosas sensoriales excitan las células motoras, sin comunicarse primero con aquellas células de las que dependen nuestra conciencia y voluntad. Es probable que estornudar y toser se adquirieran originalmente por el hábito de expulsar, con la mayor violencia posible, cualquier partícula irritante de las vías respiratorias. En cuanto al tiempo, ha transcurrido más que suficiente para que estos hábitos se hayan vuelto innatos o se hayan convertido en acciones reflejas; pues son comunes a la mayoría o a todos los cuadrúpedos superiores, y por lo tanto, debieron adquirirse por primera vez en una época muy remota. No puedo decir por qué el acto de carraspear no es un acto reflejo y debe ser aprendido por nuestros hijos; Pero podemos ver por qué hay que aprender a sonarse la nariz con un pañuelo.

Resulta casi increíble que los movimientos de una rana sin cabeza, cuando se limpia una gota de ácido u otro objeto del muslo, y que están tan bien coordinados para un propósito especial, no se hayan realizado al principio de forma voluntaria, para luego volverse fáciles a través de un hábito prolongado, de modo que al final se realizan de forma inconsciente o independientemente de los hemisferios cerebrales.

Así pues, parece probable que el sobresalto se adquiriera originalmente por el hábito de alejarse del peligro lo más rápido posible, siempre que alguno de nuestros sentidos nos avisara. El sobresalto, como hemos visto, va acompañado del parpadeo para proteger los ojos, los órganos más sensibles del cuerpo; y creo que siempre va acompañado de una inspiración repentina y enérgica, que es la preparación natural para cualquier esfuerzo violento. Pero cuando un hombre o un caballo se sobresalta, su corazón late con fuerza contra sus costillas, y aquí podemos decir con certeza que tenemos un órgano que nunca ha estado bajo el control de la voluntad, participando en los movimientos reflejos generales del cuerpo. Sin embargo, volveré a este punto en un capítulo posterior.

La contracción del iris, cuando la retina es estimulada por una luz brillante, es otro ejemplo de un movimiento que, al parecer, no pudo haber sido inicialmente realizado voluntariamente y luego fijado por el hábito; pues no se sabe que el iris esté bajo el control consciente de la voluntad en ningún animal. En tales casos, habrá que encontrar una explicación, completamente distinta del hábito. La radiación de fuerza nerviosa desde células nerviosas fuertemente excitadas hacia otras células conectadas, como en el caso de una luz brillante sobre la retina que provoca un estornudo, quizá nos ayude a comprender el origen de algunos actos reflejos. Una radiación de fuerza nerviosa de este tipo, si provocara un movimiento que tendiera a disminuir la irritación primaria, como en el caso de la contracción del iris que impedía que la luz incidiera excesivamente sobre la retina, podría haber sido posteriormente aprovechada y modificada para este propósito específico.

Cabe destacar, además, que los actos reflejos son, con toda probabilidad, susceptibles a ligeras variaciones, al igual que todas las estructuras corporales e instintos; y cualquier variación que fuera beneficiosa y de suficiente importancia tendería a conservarse y heredarse. Así, los actos reflejos, una vez adquiridos para un propósito, podrían modificarse posteriormente, independientemente de la voluntad o el hábito, para servir a un fin específico. Estos casos serían paralelos a los que, como tenemos motivos para creer, han ocurrido con muchos instintos; pues si bien algunos instintos se han desarrollado simplemente mediante un hábito heredado y prolongado, otros, altamente complejos, se han desarrollado mediante la conservación de variaciones de instintos preexistentes, es decir, mediante la selección natural.

He tratado con cierta extensión, aunque, como bien sé, de una manera muy imperfecta, la adquisición de acciones reflejas, porque a menudo entran en juego en conexión con movimientos expresivos de nuestras emociones, y era necesario mostrar que al menos algunas de ellas podrían haber sido adquiridas primero a través de la voluntad para satisfacer un deseo o aliviar una sensación desagradable.

Movimientos habituales asociados en los animales inferiores . — Ya he presentado, en el caso del hombre, varios ejemplos de movimientos asociados con diversos estados mentales o corporales, que ahora carecen de propósito, pero que originalmente fueron útiles y aún lo son en ciertas circunstancias. Dado que este tema es muy importante para nosotros, presentaré aquí un número considerable de hechos análogos, referidos a los animales; aunque muchos de ellos son de naturaleza muy trivial. Mi objetivo es demostrar que ciertos movimientos se realizaron originalmente con un fin definido y que, en circunstancias prácticamente idénticas, se siguen realizando pertinazmente por hábito, incluso cuando no son de la menor utilidad. Que la tendencia en la mayoría de los casos siguientes es hereditaria, podemos inferirlo de que tales acciones son realizadas de la misma manera por todos los individuos, jóvenes y viejos, de la misma especie. También veremos que son provocados por las asociaciones más diversas, a menudo tortuosas y, en ocasiones, erróneas.

Los perros, cuando quieren dormir sobre una alfombra u otra superficie dura, suelen dar vueltas y rascar el suelo con las patas delanteras de forma absurda, como si quisieran pisotear la hierba y excavar un hoyo, como sin duda hacían sus padres salvajes cuando vivían en praderas abiertas o en el bosque. Los chacales, fénecs y otros animales afines del Zoológico tratan la paja de esta manera; pero resulta bastante curioso que los cuidadores, tras varios meses de observación, nunca hayan visto a los lobos comportarse así. Un amigo observó a un perro semiidiota —y un animal en estas condiciones sería particularmente propenso a adoptar un hábito absurdo— dar trece vueltas completas sobre una alfombra antes de dormirse.

Muchos animales carnívoros, al arrastrarse hacia su presa y prepararse para abalanzarse sobre ella, bajan la cabeza y se agachan, en parte, al parecer, para ocultarse y en parte para prepararse para la embestida; y este hábito, exagerado, se ha vuelto hereditario en nuestros pointers y setters. He observado en multitud de ocasiones que, cuando dos perros desconocidos se encuentran en un camino abierto, el primero que ve al otro, aunque a una distancia de cien o doscientos metros, tras la primera mirada siempre baja la vista, generalmente se agacha un poco o incluso se tumba; es decir, adopta la postura adecuada para ocultarse y para abalanzarse o saltar, aunque el camino esté completamente despejado y la distancia sea grande. Asimismo, perros de todo tipo, al observar atentamente y acercarse lentamente a su presa, suelen mantener una de sus patas delanteras doblada durante un largo rato, lista para el siguiente paso cauteloso; y esto es eminentemente característico del pointer. Pero por costumbre, se comportan exactamente de la misma manera cuando se les llama la atención (fig. 4). He visto a un perro al pie de un muro alto, escuchando atentamente un sonido del otro lado, con una pata doblada; y en este caso, no pudo haber tenido intención de acercarse con cautela.

{Ilust. caption = para apresurarse o FIG. 4.—Perrito observando a un gato sobre una mesa. De una fotografía tomada por el Sr. Rejlander.}

Tras orinar, los perros suelen rascarse hacia atrás con las cuatro patas, incluso sobre un pavimento de piedra, como si quisieran cubrir sus excrementos con tierra, casi igual que los gatos. Los lobos y los chacales se comportan en el zoológico de la misma manera; sin embargo, según me aseguran los cuidadores, ni los lobos, ni los chacales, ni los zorros, cuando tienen la posibilidad, cubren sus excrementos, como tampoco lo hacen los perros. Sin embargo, todos estos animales entierran la comida sobrante. Por lo tanto, si comprendemos correctamente el significado del hábito felino mencionado, del cual no cabe duda, nos encontramos con un remanente sin propósito de un movimiento habitual, que fue seguido originalmente por algún remoto progenitor del género canino con un propósito definido, y que se ha mantenido durante un tiempo prodigioso.

Los perros y chacales [115] disfrutan mucho revolcándose y frotándose el cuello y el lomo en carroña. El olor les parece delicioso, aunque los perros al menos no comen carroña. El Sr. Bartlett ha observado lobos para mí y les ha dado carroña, pero nunca los ha visto revolcarse en ella. He oído comentar, y creo que es cierto, que los perros más grandes, que probablemente descienden de los lobos, no se revuelcan en carroña tan a menudo como los perros más pequeños, que probablemente descienden de los chacales. Cuando le ofrezco un trozo de galleta marrón a una terrier mía y no tiene hambre (y he oído casos similares), primero la revuelve y la atormenta, como si fuera una rata u otra presa; luego se revolca repetidamente sobre ella exactamente como si fuera un trozo de carroña, y finalmente se la come. Parecería que se le debe dar un gusto imaginario a ese bocado desagradable; Y para lograrlo, el perro actúa como siempre, como si la galleta fuera un animal vivo o oliera a carroña, aunque sabe mejor que nosotros que no es así. He visto a este mismo terrier actuar de la misma manera después de matar un pajarito o un ratón.

Los perros se rascan con un movimiento rápido de una de sus patas traseras; y cuando se les frota el lomo con un palo, el hábito es tan fuerte que no pueden evitar rascar rápidamente el aire o el suelo de forma inútil y ridícula. El terrier al que acabamos de aludir, al ser rascado con un palo, a veces muestra su deleite con otro movimiento habitual: lamer el aire como si fuera mi mano.

Los caballos se rascan mordisqueando las partes de su cuerpo que alcanzan con los dientes; pero lo más común es que un caballo le muestre a otro dónde quiere que lo rasquen, y entonces se mordisquean mutuamente. Un amigo, a quien le hablé del tema, observó que al frotar el cuello de su caballo, este sacaba la cabeza, descubría los dientes y movía las mandíbulas, exactamente como si mordisqueara el cuello de otro caballo, pues jamás se habría mordisqueado el suyo. Si a un caballo se le hacen muchas cosquillas, como cuando se le peina con una almohaza, su deseo de morder algo se vuelve tan insoportable que rechina los dientes y, aunque no es agresivo, muerde a su mozo. Al mismo tiempo, por costumbre, aprieta las orejas para protegerlas de las mordeduras, como si estuviera peleando con otro caballo.

Un caballo, ansioso por emprender un viaje, se acerca lo más posible al movimiento habitual de avance escarbando el suelo. Ahora bien, cuando los caballos en sus establos están a punto de comer y ansían su trigo, escarban el pavimento o la paja. Dos de mis caballos se comportan así cuando ven o escuchan que se les da el trigo a sus vecinos. Pero aquí tenemos lo que casi podría llamarse una expresión verdadera, ya que escarbar el suelo es universalmente reconocido como señal de entusiasmo.

Los gatos cubren sus excrementos de ambos tipos con tierra; y mi abuelo [116] vio a un gatito raspando cenizas sobre una cucharada de agua pura derramada en el hogar; de modo que en este caso se despertó falsamente una acción habitual o instintiva, no por un acto previo ni por el olor, sino por la vista. Es bien sabido que a los gatos les disgusta mojarse las patas, probablemente debido a que habitaron originalmente la región árida de Egipto; y cuando se las mojan, las sacuden con fuerza. Mi hija vertió agua en un vaso cerca de la cabeza de un gatito; y este inmediatamente sacudió las patas de la forma habitual; de modo que aquí tenemos un movimiento habitual, falsamente provocado por un sonido asociado en lugar del tacto.

Gatitos, cachorros, lechones y probablemente muchos otros animales jóvenes, empujan alternativamente con sus patas delanteras las glándulas mamarias de sus madres para estimular una secreción más abundante de leche o para que fluya. Es muy común en los gatos jóvenes, y no en absoluto raro en los gatos viejos de las razas común y persa (consideradas extintas por algunos naturalistas), cuando están cómodamente tumbados sobre un chal cálido u otra tela suave, golpearlo suave y alternativamente con las patas delanteras, con los dedos extendidos y las garras ligeramente salientes, exactamente como cuando succionan a su madre. Que se trata del mismo movimiento se demuestra claramente por el hecho de que a menudo, al mismo tiempo, toman un trozo del chal con la boca y lo chupan, generalmente cerrando los ojos y ronroneando de placer. Este curioso movimiento suele producirse solo en asociación con la sensación de una superficie cálida y suave; pero he visto a un gato viejo, cuando le gusta que le rasquen el lomo, golpear el aire con las patas de la misma manera. de modo que esta acción casi se ha convertido en la expresión de una sensación placentera.

Tras referirme al acto de succionar, debo añadir que este complejo movimiento, así como la protrusión alterna de las patas delanteras, son actos reflejos; pues se realizan al introducir un dedo humedecido con leche en la boca de un cachorro, al que se le ha extirpado la parte frontal del cerebro. [117] Recientemente se ha afirmado en Francia que la succión se produce únicamente a través del sentido del olfato, de modo que si se destruyen los nervios olfativos de un cachorro, este nunca succiona. De igual manera, la maravillosa capacidad que posee un pollo, a tan solo unas horas de nacer, para recoger pequeñas partículas de alimento, parece activarse a través del sentido del oído; pues, en el caso de los pollos nacidos por calor artificial, un buen observador descubrió que «hacer ruido con la uña contra una tabla, imitando a la gallina madre, les enseñó primero a picotear la carne». [118]

Daré solo otro ejemplo de un movimiento habitual e inútil. El pato de la costa ( Tadorna ) se alimenta de la arena que la marea deja al descubierto, y cuando descubre un gusano, empieza a palmear el suelo con las patas, como si bailara sobre el agujero; esto hace que el gusano salga a la superficie. El Sr. St. John comenta que cuando sus patos de la costa domesticados venían a pedir comida, palmeaban el suelo con impaciencia y rapidez. [119] Por lo tanto, esto casi puede considerarse una expresión de hambre. El Sr. Bartlett me informa que el flamenco y el kagu ( Rhinochetus jubatus ), cuando ansían ser alimentados, golpean el suelo con las patas de la misma extraña manera. De igual manera, los martines pescadores, cuando capturan un pez, siempre lo golpean hasta matarlo; y en los zoológicos siempre golpean la carne cruda, con la que a veces se les alimenta, antes de devorarla.

Creo que ya hemos demostrado suficientemente la veracidad de nuestro primer Principio, a saber, que cuando una sensación, deseo, aversión, etc., ha conducido durante largas generaciones a un movimiento voluntario, es casi seguro que se despertará una tendencia a realizar un movimiento similar, siempre que se experimente la misma sensación, o cualquier otra análoga o asociada, aunque sea muy débil; sin embargo, el movimiento en este caso puede no ser de la menor utilidad. Dichos movimientos habituales son a menudo, o generalmente, heredados; y difieren poco de los actos reflejos. Al tratar las expresiones especiales del hombre, se comprobará la validez de la última parte de nuestro primer Principio, tal como se expuso al comienzo de este capítulo; a saber, que cuando los movimientos, asociados por hábito a ciertos estados mentales, son parcialmente reprimidos por la voluntad, los músculos estrictamente involuntarios, así como aquellos que están menos sujetos al control independiente de la voluntad, son susceptibles de actuar; y su acción es a menudo muy expresiva. Por el contrario, cuando la voluntad se debilita temporal o permanentemente, los músculos voluntarios fallan antes que los involuntarios. Es un hecho conocido por los patólogos, como señala Sir C. Bell [120] , que «cuando la debilidad surge de una afección cerebral, la influencia es mayor en aquellos músculos que, en su estado natural, están más sujetos a la voluntad». En capítulos posteriores, consideraremos también otra proposición incluida en nuestro primer Principio: que la inhibición de un movimiento habitual a veces requiere otros movimientos leves; estos últimos sirven como medio de expresión.

CAPÍTULO II.
PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— continuación .

El principio de antítesis—Instancias en el perro y el gato—Origen del principio—Signos convencionales—El principio de antítesis no ha surgido de acciones opuestas realizadas conscientemente bajo impulsos opuestos.

Consideraremos ahora nuestro segundo principio, el de la antítesis. Ciertos estados mentales conducen, como vimos en el capítulo anterior, a ciertos movimientos habituales que fueron, o podrían seguir siendo, útiles; y descubriremos que, cuando se induce un estado mental directamente opuesto, existe una fuerte e involuntaria tendencia a realizar movimientos de naturaleza directamente opuesta, aunque estos nunca hayan sido útiles. Se darán algunos ejemplos notables de antítesis al tratar las expresiones especiales del hombre; pero como en estos casos somos particularmente propensos a confundir los gestos y expresiones convencionales o artificiales con los innatos o universales, y que son los únicos que merecen ser considerados expresiones verdaderas, en este capítulo me limitaré prácticamente a los animales inferiores.

Cuando un perro se acerca a un perro o a un hombre desconocido con una actitud salvaje u hostil, camina erguido y muy rígido; su cabeza está ligeramente levantada o apenas agachada; la cola se mantiene erguida y bastante rígida; el pelo se eriza, especialmente en el cuello y la espalda; las orejas erguidas se dirigen hacia adelante y los ojos tienen la mirada fija (véanse las figuras 5 y 7). Estas acciones, como se explicará más adelante, se derivan de la intención del perro de atacar a su enemigo y, por lo tanto, son en gran medida comprensibles. Mientras se prepara para abalanzarse con un gruñido salvaje sobre su enemigo, descubre los caninos y aprieta las orejas hacia atrás; pero estas últimas acciones no nos interesan en este caso. Supongamos ahora que el perro descubre de repente que el hombre al que se acerca no es un extraño, sino su amo; y observemos cómo su actitud cambia completa e instantáneamente. En lugar de caminar erguido, el cuerpo se hunde o incluso se agacha, y se flexiona; la cola, en lugar de mantenerse rígida y erguida, baja y la menea de un lado a otro; su pelaje se alisa al instante; las orejas se hunden y se retraen, pero no se pegan a la cabeza; y los labios cuelgan sueltos. Al retraer las orejas, los párpados se alargan y los ojos ya no parecen redondos ni fijos. Cabe añadir que, en esos momentos, el animal se encuentra en un estado de excitación por la alegría; y se genera un exceso de energía nerviosa, lo que naturalmente lleva a algún tipo de acción. Ninguno de los movimientos mencionados, tan claramente expresivos de afecto, es de la menor utilidad directa para el animal. Se explican, hasta donde puedo ver, únicamente por su completa oposición o antítesis con la actitud y los movimientos que, por causas inteligibles, asume un perro cuando intenta pelear, y que, en consecuencia, expresan ira. Solicito al lector que observe los cuatro bocetos adjuntos, que se presentan para recordar vívidamente la apariencia de un perro en estos dos estados mentales. Sin embargo, es bastante difícil representar el afecto en un perro mientras acaricia a su amo y menea la cola, ya que la esencia de la expresión reside en los continuos movimientos flexivos.

Ahora nos centraremos en el gato. Cuando este animal se ve amenazado por un perro, arquea el lomo de forma sorprendente, eriza el pelo, abre la boca y escupe. Pero no nos ocupamos aquí de esta conocida actitud, que expresa terror combinado con ira; nos ocupamos únicamente de la rabia o la ira. Esto no se ve a menudo, pero puede observarse cuando dos gatos pelean; y lo he visto claramente exhibido por un gato salvaje mientras era acosado por un niño. La actitud es casi idéntica a la de un tigre perturbado y gruñendo por su comida, que todos deben haber visto en los zoológicos. El animal adopta una posición agazapada, con el cuerpo extendido; y toda la cola, o solo la punta, se agita o se enrosca de un lado a otro. El pelo no está erizado en absoluto. Hasta ahora, la actitud y los movimientos son casi los mismos que cuando el animal se prepara para abalanzarse sobre su presa, y cuando, sin duda, se siente salvaje. Pero al prepararse para la pelea, existe la siguiente diferencia: las orejas están apretadas hacia atrás; la boca está parcialmente abierta, mostrando los dientes; las patas delanteras se golpean ocasionalmente con garras prominentes; y el animal, en ocasiones, emite un gruñido feroz. (Véanse las figuras 9 y 10). Todas, o casi todas, estas acciones se derivan naturalmente (como se explicará más adelante) de la actitud e intención del gato al atacar a su enemigo.

Observemos ahora a una gata en un estado mental totalmente opuesto, mientras siente cariño y acaricia a su amo; y observemos cuán opuesta es su actitud en todos los aspectos. Ahora se yergue con el lomo ligeramente arqueado, lo que hace que su pelo parezca áspero, pero no se eriza; su cola, en lugar de estar extendida y agitada de un lado a otro, se mantiene completamente quieta y perpendicularmente hacia arriba; sus orejas están erguidas y puntiagudas; su hocico está cerrado; y se frota contra su amo con un ronroneo en lugar de un gruñido. Observemos además cuán diferente es el comportamiento de un gato cariñoso del de un perro cuando, con el cuerpo agachado y flexible, la cola baja y meneándose, y las orejas hundidas, acaricia a su amo. Este contraste en las actitudes y movimientos de estos dos animales carnívoros, bajo el mismo estado mental complacido y afectuoso, puede explicarse, según me parece, únicamente por sus movimientos, que son completamente antítesis de los que se asumen naturalmente cuando estos animales se sienten salvajes y están preparados para luchar o para apoderarse de su presa.

En estos casos del perro y del gato, hay razones para creer que los gestos tanto de hostilidad como de afecto son innatos o heredados, pues son casi idénticamente iguales en las diferentes razas de la especie y en todos los individuos de la misma raza, tanto jóvenes como viejos.

Aquí daré otro ejemplo de antítesis en la expresión. Anteriormente tuve un perro grande que, como cualquier otro perro, disfrutaba mucho de salir a pasear. Demostraba su placer trotando con paso serio delante de mí, con pasos altos, la cabeza muy erguida, las orejas moderadamente erguidas y la cola en alto, pero no rígida. No lejos de mi casa, un sendero se bifurcaba a la derecha, conduciendo al invernadero, que solía visitar a menudo durante unos momentos para observar mis plantas experimentales. Esto siempre era una gran decepción para el perro, ya que no sabía si debía continuar mi paseo; y el cambio instantáneo y completo de expresión que se apoderaba de él en cuanto mi cuerpo se desviaba, aunque fuera lo más mínimo, hacia el sendero (y a veces lo intentaba como experimento) era ridículo. Su mirada de abatimiento era conocida por todos los miembros de la familia, y se llamaba su cara de invernadero . Esta consistía en que la cabeza se inclinaba mucho, todo el cuerpo se hundía un poco y permanecía inmóvil; Las orejas y la cola cayeron repentinamente, pero la cola no se movió en absoluto. Con la caída de las orejas y de sus grandes mejillas, la apariencia de sus ojos cambió mucho, y me imaginé que lucían menos brillantes. Su aspecto era de un abatimiento lastimero y desesperanzado; y era, como ya he dicho, risible, dado que la causa era tan insignificante. Cada detalle de su actitud contrastaba completamente con su anterior porte alegre pero digno; y no se puede explicar, según me parece, de otra manera que mediante el principio de antítesis. De no haber sido el cambio tan instantáneo, lo habría atribuido a su decaimiento, que afectaba, como en el caso del hombre, al sistema nervioso y la circulación, y en consecuencia al tono de toda su musculatura; y esta pudo haber sido en parte la causa.

Ahora consideraremos cómo surgió el principio de antítesis en la expresión. En los animales sociales, la capacidad de intercomunicación entre los miembros de una misma comunidad —y en otras especies, entre sexos opuestos, así como entre jóvenes y viejos— es de suma importancia. Esto generalmente se logra mediante la voz, pero es cierto que los gestos y las expresiones son, hasta cierto punto, mutuamente inteligibles. El hombre no solo utiliza gritos, gestos y expresiones inarticulados, sino que ha inventado el lenguaje articulado; si es que la palabra «inventado» puede aplicarse a un proceso, completado por innumerables pasos, realizado de forma semiconsciente. Cualquiera que haya observado a los monos no dudará de que comprenden perfectamente los gestos y las expresiones de los demás, y en gran medida, como afirma Rengger [201] , los del hombre. Un animal, cuando va a atacar a otro o cuando tiene miedo de otro, a menudo se muestra terrible, erizando su pelo, aumentando así el volumen aparente de su cuerpo, mostrando sus dientes, blandiendo sus cuernos o emitiendo sonidos feroces.

Dado que el poder de la intercomunicación es sin duda muy útil para muchos animales, no es improbable a priori suponer que gestos manifiestamente de naturaleza opuesta a aquellos mediante los cuales se expresan ciertos sentimientos se hayan empleado inicialmente de forma voluntaria bajo la influencia de un estado emocional opuesto. El hecho de que los gestos sean ahora innatos no constituiría una objeción válida a la creencia de que en un principio fueron intencionales; pues si se hubieran practicado durante muchas generaciones, probablemente se heredarían. Sin embargo, es más que dudoso, como veremos enseguida, que alguno de los casos que se enmarcan en nuestra antítesis se haya originado así.

Con los signos convencionales que no son innatos, como los utilizados por los sordomudos y los salvajes, el principio de oposición o antítesis se ha aplicado parcialmente. Los monjes cistercienses consideraban pecaminoso hablar, y como no podían evitar mantener cierta comunicación, inventaron un lenguaje gestual, en el que parece haberse empleado el principio de oposición. [202] El Dr. Scott, de la Institución para Sordomudos de Exeter, me escribe que «los opuestos se utilizan con frecuencia en la enseñanza a los sordomudos, quienes los perciben con gran facilidad». Sin embargo, me ha sorprendido la escasez de ejemplos inequívocos que se pueden aducir. Esto depende en parte de que todos los signos hayan tenido un origen natural común; y en parte de la costumbre de los sordomudos y de los salvajes de contraer sus signos tanto como sea posible para mayor rapidez. [203] Por lo tanto, su origen natural a menudo se vuelve dudoso o se pierde por completo; como ocurre también con el lenguaje articulado.

Además, muchos signos, que se oponen claramente entre sí, parecen haber tenido un origen significativo en ambos casos. Esto parece ser cierto con los signos que usaban los de la tierra y los mudos para representar la luz y la oscuridad, la fuerza y la debilidad, etc. En un capítulo posterior intentaré demostrar que los gestos opuestos de afirmación y negación, a saber, asentir verticalmente y sacudir la cabeza lateralmente, probablemente tuvieron un origen natural. El movimiento de la mano de derecha a izquierda, que algunos salvajes usan como negación, puede haberse inventado para imitar el movimiento de sacudir la cabeza; pero es dudoso que el movimiento opuesto de mover la mano en línea recta desde el rostro, que se usa en afirmación, haya surgido por antítesis o de alguna manera muy distinta.

Si ahora nos centramos en los gestos innatos o comunes a todos los individuos de la misma especie, y que se engloban en el presente concepto de antítesis, es extremadamente dudoso que alguno de ellos fuera inventado deliberadamente y realizado conscientemente. En la humanidad, el mejor ejemplo de un gesto que se opone directamente a otros movimientos, naturalmente asumidos bajo un estado mental opuesto, es el de encogerse de hombros. Esto expresa impotencia o una disculpa, algo que no se puede hacer o evitar. El gesto a veces se utiliza de forma consciente y voluntaria, pero es extremadamente improbable que fuera inventado deliberadamente y posteriormente fijado por el hábito; pues no solo los niños pequeños a veces se encogen de hombros bajo los estados mentales mencionados, sino que el movimiento va acompañado, como se mostrará en un capítulo posterior, de varios movimientos subordinados, de los que nadie entre mil es consciente, a menos que haya prestado atención específica al tema.

Los perros, al acercarse a un perro desconocido, pueden encontrar útil mostrar con sus movimientos que son amigables y que no desean pelear. Cuando dos perros jóvenes juegan gruñendo y mordiéndose la cara y las patas, es obvio que comprenden mutuamente sus gestos y modales. De hecho, parece haber cierto grado de conocimiento instintivo en los cachorros y gatitos de que no deben usar sus afilados dientes o garras con demasiada libertad en su juego, aunque esto a veces sucede y el resultado es un chillido; de lo contrario, a menudo se lastimarían los ojos. Cuando mi terrier me muerde la mano jugando, a menudo gruñendo al mismo tiempo, si muerde demasiado fuerte y le digo SUAVEMENTE, SUAVEMENTE, sigue mordiendo, pero me responde con algunos meneos de cola, que parecen decir "No importa, todo es diversión". Aunque los perros expresan así, y pueden desear expresar, a otros perros y al hombre, que están en un estado mental amistoso, es increíble que alguna vez hayan pensado deliberadamente en echar hacia atrás y bajar sus orejas, en lugar de mantenerlas erguidas, en bajar y menear sus colas, en lugar de mantenerlas rígidas y erguidas, etc., porque sabían que estos movimientos estaban en directa oposición a los que asumían bajo un estado mental opuesto y salvaje.

Además, cuando un gato, o mejor dicho, algún progenitor temprano de la especie, por afecto, arqueaba ligeramente el lomo, mantenía la cola perpendicularmente hacia arriba y erguía las orejas, ¿es posible creer que el animal deseara conscientemente demostrar que su estado de ánimo era exactamente el opuesto al que tenía cuando, estando listo para luchar o para abalanzarse sobre su presa, adoptaba una actitud agazapada, curvaba la cola de un lado a otro y bajaba las orejas? Menos aún puedo creer que mi perro adoptara voluntariamente su actitud abatida y su « cara de invernadero », que contrastaban tan marcadamente con su anterior actitud alegre y su porte general. No se puede suponer que supiera que yo comprendería su expresión, y que así pudiera ablandarme el corazón y hacerme renunciar a la visita al invernadero.

Por lo tanto, para el desarrollo de los movimientos que se engloban en este apartado, debe haber intervenido algún otro principio, distinto de la voluntad y la conciencia. Este principio parece ser que todo movimiento que hemos realizado voluntariamente a lo largo de nuestra vida ha requerido la acción de ciertos músculos; y cuando hemos realizado un movimiento directamente opuesto, se ha puesto en juego habitualmente un conjunto opuesto de músculos, como al girar a la derecha o a la izquierda, al alejar o atraer un objeto hacia nosotros, y al levantar o bajar un peso. Nuestras intenciones y movimientos están tan estrechamente asociados que, si deseamos con vehemencia que un objeto se mueva en cualquier dirección, difícilmente podemos evitar mover nuestro cuerpo en la misma dirección, aunque seamos perfectamente conscientes de que esto no puede tener ninguna influencia. Un buen ejemplo de este hecho ya se ha dado en la Introducción, concretamente en los grotescos movimientos de un joven y entusiasta jugador de billar mientras observa la trayectoria de su bola. Un hombre o un niño furioso, si le dice a alguien en voz alta que se vaya, generalmente mueve el brazo como si lo apartara, aunque el ofensor no esté cerca y no haya la menor necesidad de explicar con un gesto lo que quiere decir. Por otro lado, si deseamos con vehemencia que alguien se nos acerque, actuamos como si lo atrajeramos hacia nosotros; y así en innumerables otros casos.

Así como la realización de movimientos ordinarios de tipo opuesto, bajo impulsos opuestos de la voluntad, se ha vuelto habitual en nosotros y en los animales inferiores, así también cuando las acciones de un tipo se han asociado firmemente con alguna sensación o emoción, parece natural que acciones de un tipo directamente opuesto, aunque inútiles, se realicen inconscientemente por hábito y asociación, bajo la influencia de una sensación o emoción directamente opuesta. Solo con este principio puedo entender cómo se originaron los gestos y expresiones que se engloban en el presente concepto de antítesis. Si de hecho son útiles para el hombre o para cualquier otro animal, como apoyo a gritos o lenguaje inarticulados, también se emplearán voluntariamente, fortaleciendo así el hábito. Pero, sea o no útil como medio de comunicación, la tendencia a realizar movimientos opuestos bajo sensaciones o emociones opuestas se volvería, por analogía, hereditaria con la práctica prolongada; y no cabe duda de que varios movimientos expresivos debidos al principio de antítesis son hereditarios.

CAPÍTULO III.
PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— concluyó .

El principio de la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo, independientemente de la voluntad y en parte del hábito—Cambio de color del cabello—Temblor de los músculos—Secreciones modificadas—Transpiración—Expresión de dolor extremo—De rabia, gran alegría y terror—Contraste entre las emociones que causan y no causan movimientos expresivos—Estados excitantes y deprimentes de la mente—Resumen.

Llegamos ahora a nuestro tercer principio: ciertas acciones que reconocemos como expresión de ciertos estados mentales son resultado directo de la constitución del sistema nervioso y, desde un principio, han sido independientes de la voluntad y, en gran medida, del hábito. Cuando el sensorio se excita intensamente, se genera un exceso de fuerza nerviosa, que se transmite en ciertas direcciones, dependiendo de la conexión de las células nerviosas y, en lo que respecta al sistema muscular, de la naturaleza de los movimientos habituales. O bien, el aporte de fuerza nerviosa puede, según parece, interrumpirse. Claro que todo movimiento que realizamos está determinado por la constitución del sistema nervioso; pero las acciones realizadas por voluntad, por hábito o por el principio de antítesis, quedan aquí, en la medida de lo posible, excluidas. Nuestro tema actual es muy oscuro, pero, dada su importancia, debe ser tratado con cierta extensión; y siempre es aconsejable percibir con claridad nuestra ignorancia.

El caso más llamativo, aunque raro y anormal, que se puede aducir de la influencia directa del sistema nervioso, cuando se ve fuertemente afectado, en el cuerpo, es la pérdida de color del cabello, que ocasionalmente se ha observado tras un terror o una pena extremos. Se ha registrado un caso auténtico, en el caso de un hombre llevado a ejecución en la India, en el que el cambio de color fue tan rápido que era perceptible a simple vista. [301]

Otro buen ejemplo es el del temblor muscular, común en el hombre y en muchos, o la mayoría, de los animales inferiores. El temblor no es útil, a menudo muy perjudicial, y no puede haber sido adquirido inicialmente por voluntad y luego volverse habitual en asociación con ninguna emoción. Una autoridad eminente me asegura que los niños pequeños no tiemblan, sino que sufren convulsiones en circunstancias que inducirían un temblor excesivo en los adultos. El temblor se produce en diferentes individuos en grados muy diferentes y por las causas más diversas: por frío superficial, antes de ataques febriles, aunque la temperatura corporal esté entonces por encima de lo normal; en envenenamiento de la sangre, delirium tremens y otras enfermedades; por pérdida general de fuerza en la vejez; por agotamiento tras fatiga excesiva; localmente por lesiones graves, como quemaduras; y, de manera especial, por la inserción de un catéter. De todas las emociones, el miedo es notoriamente la más propensa a inducir temblor; pero también lo hacen ocasionalmente la ira intensa y la alegría. Recuerdo haber visto una vez a un niño que acababa de disparar su primera agachadiza al vuelo, y sus manos temblaban de tal alegría que no pudo recargar su arma durante un rato; y he oído hablar de un caso exactamente similar con un salvaje australiano, a quien le habían prestado una escopeta. La buena música, debido a las vagas emociones así excitadas, provoca escalofríos en algunas personas. Parece haber muy poco en común entre las diversas causas físicas y emociones mencionadas que expliquen el temblor; y Sir J. Paget, a quien debo varias de las afirmaciones anteriores, me informa que el tema es muy oscuro. Como el temblor a veces es causado por la ira, mucho antes de que se instale el agotamiento, y como a veces acompaña a una gran alegría, parecería que cualquier excitación intensa del sistema nervioso interrumpe el flujo constante de energía nerviosa a los músculos. [302]

La manera en que las secreciones del tubo digestivo y de ciertas glándulas, como el hígado, los riñones o las mamas, se ven afectadas por emociones intensas, es otro excelente ejemplo de la acción directa del sensorio sobre estos órganos, independientemente de la voluntad o de cualquier hábito útil asociado. Existe una gran diferencia entre las personas en cuanto a las partes afectadas y al grado de su afección.

El corazón, que late ininterrumpidamente día y noche de forma tan maravillosa, es extremadamente sensible a los estímulos externos. El gran fisiólogo Claude Bernard [303] ha demostrado cómo la mínima excitación de un nervio sensitivo reacciona sobre el corazón, incluso cuando un nervio se toca tan levemente que el animal experimental no puede sentir dolor. Por lo tanto, cuando la mente se excita intensamente, cabría esperar que afectara instantáneamente y directamente al corazón; y esto es universalmente reconocido y percibido. Claude Bernard también insiste repetidamente, y esto merece especial atención, en que cuando el corazón se ve afectado, reacciona sobre el cerebro; y el estado del cerebro, a su vez, reacciona sobre el corazón a través del nervio neumogástrico; de modo que, ante cualquier excitación, se producirá una gran acción y reacción mutua entre estos dos órganos, los más importantes del cuerpo.

El sistema vasomotor, que regula el diámetro de las arterias pequeñas, recibe la influencia directa del sensorio, como vemos cuando una persona se sonroja de vergüenza; pero en este último caso, la transmisión interrumpida de la fuerza nerviosa a los vasos faciales puede, creo, explicarse en parte, de forma curiosa, mediante el hábito. También podremos arrojar algo de luz, aunque muy poco, sobre la erización involuntaria del cabello bajo las emociones de terror y rabia. La secreción de lágrimas depende, sin duda, de la conexión de ciertas células nerviosas; pero aquí también podemos rastrear algunos de los pasos por los cuales el flujo de la fuerza nerviosa a través de los canales necesarios se ha vuelto habitual bajo ciertas emociones.

Una breve consideración de los signos externos de algunas de las sensaciones y emociones más fuertes servirá mejor para mostrarnos, aunque sea vagamente, en qué manera compleja se combina el principio en consideración de la acción directa del sistema nervioso excitado del cuerpo con el principio de los movimientos habitualmente asociados y útiles.

Cuando los animales sufren un dolor atroz, generalmente se retuercen con espantosas contorsiones; y aquellos que habitualmente usan la voz emiten gritos o gemidos penetrantes. Casi todos los músculos del cuerpo se ponen en acción. En el hombre, la boca puede estar muy apretada, o más comúnmente, los labios retraídos, con los dientes apretados o apretados. Se dice que en el infierno hay «crujir de dientes»; y he oído claramente el rechinar de las muelas de una vaca que sufría una inflamación intestinal aguda. La hipopótamo hembra del Zoológico, al parir, sufría mucho; caminaba sin cesar o se revolcaba de lado, abriendo y cerrando las mandíbulas y castañeteando los dientes. [304] En el hombre, los ojos miran fijamente, como en horrorizado asombro, o el ceño está fuertemente fruncido. El sudor baña el cuerpo y las gotas resbalan por la cara. La circulación y la respiración se ven muy afectadas. Por lo tanto, las fosas nasales suelen estar dilatadas y a menudo tiemblan; o se puede contener la respiración hasta que la sangre se estanca en el rostro amoratado. Si la agonía es intensa y prolongada, todos estos síntomas cambian; se produce postración total, con desmayos o convulsiones.

Un nervio sensitivo, al irritarse, transmite cierta influencia a la neurona de donde procede; y esta transmite su influencia, primero a la neurona correspondiente en el lado opuesto del cuerpo, y luego, ascendente y descendente a lo largo de la columna vertebral, a otras neurona, en mayor o menor medida, según la intensidad de la excitación; de modo que, finalmente, todo el sistema nervioso puede verse afectado. [305] Esta transmisión involuntaria de fuerza nerviosa puede o no ir acompañada de consciencia. Se desconoce por qué la irritación de una neurona genera o libera fuerza nerviosa; pero esta parece ser la conclusión a la que han llegado los fisiólogos más destacados, como Müller, Virchow, Bernard, etc. [306] Como señala el Sr. Herbert Spencer, puede aceptarse como una «verdad incuestionable que, en cualquier momento, la cantidad existente de fuerza nerviosa liberada, que de manera inescrutable produce en nosotros el estado que llamamos sensación, DEBE gastarse en alguna dirección; DEBE generar una manifestación equivalente de fuerza en algún lugar»; de modo que, cuando el sistema cerebroespinal está muy excitado y la fuerza nerviosa se libera en exceso, puede gastarse en sensaciones intensas, pensamientos activos, movimientos violentos o aumento de la actividad glandular. [307] El Sr. Spencer sostiene además que un «desbordamiento de fuerza nerviosa, sin ninguna motivación, tomará manifiestamente las vías más habituales; y, si estas no son suficientes, se desbordará a continuación hacia las menos habituales». En consecuencia, los músculos faciales y respiratorios, que son los más utilizados, serán los primeros en activarse; luego, los de las extremidades superiores, después los de las inferiores y, finalmente, los de todo el cuerpo. [308]

Una emoción puede ser muy intensa, pero tendrá poca tendencia a inducir movimientos de ningún tipo si no ha conducido comúnmente a una acción voluntaria para su alivio o gratificación; y cuando se excitan movimientos, su naturaleza está, en gran medida, determinada por aquellos que se han realizado frecuente y voluntariamente con un fin definido bajo la misma emoción. Un gran dolor impulsa a todos los animales, y los ha impulsado durante incontables generaciones, a realizar los esfuerzos más violentos y diversos para escapar de la causa del sufrimiento. Incluso cuando se lastima una extremidad u otra parte del cuerpo, a menudo observamos una tendencia a sacudirla, como para sacudirse la causa, aunque esto obviamente sea imposible. Así, se habrá establecido el hábito de ejercer la máxima fuerza sobre todos los músculos cuando se experimenta un gran sufrimiento. Dado que los músculos del pecho y los órganos vocales se utilizan habitualmente, estos serán particularmente propensos a ser afectados, y se emitirán gritos o llantos fuertes y ásperos. Pero la ventaja derivada de los gritos probablemente ha entrado en juego de manera importante. Porque las crías de la mayoría de los animales, cuando están en apuros o en peligro, llaman en voz alta a sus padres para pedir ayuda, al igual que lo hacen los miembros de la misma comunidad para pedir ayuda mutua.

Otro principio, a saber, la conciencia interna de que el poder o la capacidad del sistema nervioso es limitado, habrá fortalecido, aunque en grado subordinado, la tendencia a la acción violenta bajo sufrimiento extremo. Un hombre no puede pensar profundamente y ejercer su máxima fuerza muscular. Como observó Hipócrates hace mucho tiempo, si se sienten dos dolores al mismo tiempo, el más intenso atenúa al otro. Los mártires, en el éxtasis de su fervor religioso, a menudo, al parecer, han sido insensibles a las torturas más horrendas. Los marineros que van a ser azotados a veces se llevan un trozo de plomo a la boca para morderlo con toda su fuerza y así soportar el dolor. Las parturientas se preparan para ejercitar sus músculos al máximo para aliviar sus sufrimientos.

Así vemos que la radiación no dirigida de la fuerza nerviosa desde las células nerviosas que son afectadas primero —el hábito durante mucho tiempo de intentar escapar luchando de la causa del sufrimiento— y la conciencia de que el ejercicio muscular voluntario alivia el dolor, probablemente han concurrido para dar una tendencia a los movimientos más violentos, casi convulsivos, bajo un sufrimiento extremo; y tales movimientos, incluidos los de los órganos vocales, son universalmente reconocidos como altamente expresivos de esta condición.

Así como el simple contacto con un nervio sensible reacciona directamente sobre el corazón, el dolor intenso obviamente reaccionará de la misma manera, pero con mucha más energía. Sin embargo, incluso en este caso, no debemos pasar por alto los efectos indirectos del hábito sobre el corazón, como veremos al considerar las señales de ira.

Cuando un hombre sufre un dolor atroz, el sudor a menudo le resbala por la cara; y un veterinario me ha asegurado que ha visto con frecuencia gotas caer del vientre y deslizarse por la cara interna de los muslos de caballos y del cuerpo del ganado vacuno durante este sufrimiento. Ha observado esto sin que se haya producido ninguna resistencia que explique la sudoración. La hipopótamo hembra, antes mencionada, tenía todo el cuerpo cubierto de sudor rojo mientras daba a luz. Lo mismo ocurre con el miedo extremo; el mismo veterinario ha visto a menudo caballos sudando por esta causa, al igual que el Sr. Bartlett con el rinoceronte; y en el hombre es un síntoma bien conocido. La causa de la sudoración excesiva en estos casos es bastante desconocida; pero algunos fisiólogos creen que está relacionada con la disminución de la circulación capilar; y sabemos que el sistema vasomotor, que regula la circulación capilar, está muy influenciado por la mente. Respecto a los movimientos de ciertos músculos de la cara bajo gran sufrimiento, así como por otras emociones, estos serán mejor considerados cuando tratemos de las expresiones especiales del hombre y de los animales inferiores.

Ahora abordaremos los síntomas característicos de la rabia. Bajo esta poderosa emoción, el corazón late con mucha más fuerza [309] o puede verse muy alterado. El rostro enrojece, se amora por la dificultad para retorcer la sangre o palidece. La respiración es dificultosa, el pecho se agita y las fosas nasales dilatadas tiemblan. Todo el cuerpo tiembla a menudo. La voz se ve afectada. Los dientes se aprietan o rechinan, y el sistema muscular suele verse estimulado a una acción violenta, casi frenética. Pero los gestos de un hombre en este estado suelen diferir de los contorsionismos y forcejeos vanos de quien sufre un dolor agonizante; pues representan más o menos claramente el acto de golpear o luchar con un enemigo.

Todos estos signos de ira se deben probablemente en gran parte, y algunos parecen deberse en su totalidad, a la acción directa del sistema sensorial excitado. Pero animales de todo tipo, y sus progenitores anteriores, al ser atacados o amenazados por un enemigo, han ejercido sus máximas fuerzas para luchar y defenderse. A menos que un animal actúe así, o tenga la intención, o al menos el deseo, de atacar a su enemigo, no puede decirse con propiedad que esté enfurecido. De este modo, se habrá heredado un hábito de esfuerzo muscular asociado a la ira; y esto afectará directa o indirectamente a diversos órganos, casi de la misma manera que un gran sufrimiento físico.

Sin duda, el corazón también se verá afectado de forma directa; pero con toda probabilidad también lo será por hábito, y más aún por no estar bajo el control de la voluntad. Sabemos que cualquier gran esfuerzo que realicemos voluntariamente afecta al corazón mediante principios mecánicos y de otro tipo que no es necesario considerar aquí; y se demostró en el primer capítulo que la fuerza nerviosa fluye fácilmente por los canales de uso habitual: los nervios del movimiento voluntario o involuntario, y los de la sensación. Así, incluso un esfuerzo moderado tenderá a actuar sobre el corazón; y según el principio de asociación, del que se han dado tantos ejemplos, podemos estar casi seguros de que cualquier sensación o emoción, como un gran dolor o rabia, que habitualmente haya provocado mucha actividad muscular, influirá inmediatamente en el flujo de fuerza nerviosa al corazón, aunque en ese momento no haya ningún esfuerzo muscular.

El corazón, como he dicho, se ve afectado con mayor facilidad por las asociaciones habituales, ya que no está bajo el control de la voluntad. Un hombre moderadamente enojado, o incluso furioso, puede controlar los movimientos de su cuerpo, pero no puede evitar que su corazón lata rápidamente. Su pecho quizá experimente algunas contracciones y sus fosas nasales apenas tiemblen, pues los movimientos respiratorios son solo en parte voluntarios. De igual manera, los músculos del rostro menos obedientes a la voluntad, a veces solo delatan una emoción leve y pasajera. Las glándulas, a su vez, son completamente independientes de la voluntad, y un hombre afligido puede controlar sus rasgos, pero no siempre puede evitar que las lágrimas acudan a sus ojos. Un hombre hambriento, si se le ofrece comida tentadora, puede no mostrar su hambre con ningún gesto externo, pero no puede contener la secreción de saliva.

Bajo un arrebato de alegría o de placer intenso, existe una fuerte tendencia a realizar diversos movimientos sin propósito y a emitir diversos sonidos. Observamos esto en nuestros niños pequeños: sus risas estridentes, aplausos y saltos de alegría; en los saltos y ladridos de un perro al salir a pasear con su amo; y en el brinco de un caballo al salir a campo abierto. La alegría acelera la circulación, lo que estimula el cerebro, que a su vez reacciona en todo el cuerpo. Los movimientos sin propósito mencionados y el aumento de la actividad cardíaca pueden atribuirse principalmente a la excitación sensorial [310] y al consiguiente exceso de energía nerviosa, como insiste el Sr. Herbert Spencer. Cabe destacar que es principalmente la anticipación de un placer, y no su disfrute real, lo que lleva a movimientos corporales sin propósito y extravagantes, y a la emisión de diversos sonidos. Observamos esto en nuestros niños cuando esperan un gran placer o golosina; Y los perros, que han estado saltando al ver un plato de comida, al recibirlo no muestran su deleite con ninguna señal externa, ni siquiera meneando la cola. Ahora bien, en animales de todo tipo, la adquisición de casi todos sus placeres, con excepción del calor y el descanso, se asocia, y se ha asociado durante mucho tiempo, con movimientos activos, como la caza o la búsqueda de alimento, y el cortejo. Además, el mero ejercicio de los músculos tras un largo descanso o confinamiento es en sí mismo un placer, como nosotros mismos sentimos y como vemos en el juego de los animales jóvenes. Por lo tanto, basándose solo en este último principio, tal vez podríamos esperar que el placer intenso se manifestara, a la inversa, en los movimientos musculares.

En todos o casi todos los animales, incluso en las aves, el terror provoca temblores. La piel palidece, brota el sudor y el pelo se eriza. Las secreciones del tubo digestivo y de los riñones aumentan, y se eliminan involuntariamente debido a la relajación de los músculos del esfínter, como se sabe que ocurre en el hombre, y como he visto en el ganado, los perros, los gatos y los monos. La respiración es acelerada. El corazón late rápida, desenfrenada y violentamente; pero es dudoso que bombee la sangre con mayor eficiencia por el cuerpo, pues la superficie parece exangüe y la fuerza muscular pronto falla. En un caballo asustado, he sentido a través de la silla los latidos del corazón con tanta claridad que podría haber contado los latidos. Las facultades mentales se ven muy perturbadas. Pronto sigue la postración total, e incluso el desmayo. Se ha visto a un canario aterrorizado no solo temblar y palidecer en la base del pico, sino también desmayarse. [311] Y una vez atrapé un petirrojo en una habitación, que se desmayó tan completamente, que por un momento pensé que estaba muerto.

La mayoría de estos síntomas son probablemente el resultado directo, independientemente del hábito, de la alteración sensorial; pero es dudoso que deban explicarse completamente de esta manera. Cuando un animal se alarma, casi siempre permanece inmóvil un instante para reflexionar y determinar el origen del peligro, y a veces para evitar ser detectado. Pero pronto se produce una huida precipitada, sin el uso de fuerzas como en una lucha, y el animal continúa huyendo mientras persiste el peligro, hasta que la postración total, con problemas respiratorios y circulatorios, temblor muscular y sudoración profusa, le imposibilita seguir huyendo. Por lo tanto, no parece improbable que el principio del hábito asociado pueda explicar en parte, o al menos aumentar, algunos de los síntomas característicos de terror extremo antes mencionados.

Creo que podemos concluir que el principio del hábito asociado ha desempeñado un papel importante en la causa de los movimientos que expresan las fuertes emociones y sensaciones mencionadas, considerando, en primer lugar, otras emociones fuertes que normalmente no requieren ningún movimiento voluntario para su alivio o gratificación; y, en segundo lugar, el contraste natural entre los llamados estados excitantes y depresivos de la mente. Ninguna emoción es más fuerte que el amor maternal; pero una madre puede sentir el amor más profundo por su hijo indefenso y, sin embargo, no demostrarlo con ninguna señal externa; o solo con leves caricias, con una sonrisa amable y una mirada tierna. Pero si alguien lastima intencionalmente a su hijo, ¡observe el cambio! Cómo se levanta con aspecto amenazador, cómo le brillan los ojos y se le enrojece el rostro, cómo se agita su pecho, se le dilatan las fosas nasales y late el corazón; pues la ira, y no el amor maternal, ha llevado habitualmente a la acción. El amor entre sexos opuestos es muy diferente del amor maternal; y cuando los amantes se encuentran, sabemos que sus corazones late rápidamente, su respiración es apresurada y sus rostros están sonrojados; porque este amor no es inactivo como el de una madre por su hijo.

Un hombre puede tener la mente llena del más negro odio o sospecha, o estar corroído por la envidia o los celos, pero como estos sentimientos no conducen inmediatamente a la acción y suelen perdurar, no se manifiestan mediante ninguna señal externa, salvo que un hombre en este estado seguramente no parece alegre ni de buen humor. Si, de hecho, estos sentimientos estallan en actos manifiestos, la ira ocupa su lugar y se exhibe abiertamente. Los pintores difícilmente pueden representar la sospecha, los celos, la envidia, etc., sin la ayuda de accesorios que la delatan; y los poetas usan expresiones tan vagas y fantasiosas como «celos de ojos verdes». Spenser describe la sospecha como «repugnante, fea y sombría, bajo sus cejas, mirando aún con recelo», etc.; Shakespeare habla de la envidia «como de rostro enjuto en su repugnante caso»; y en otro lugar dice: «ninguna envidia negra habitará mi tumba»; y nuevamente como «por encima del alcance amenazante de la pálida envidia».

Las emociones y sensaciones se han clasificado a menudo como excitantes o depresivas. Cuando todos los órganos del cuerpo y la mente —los de movimiento voluntario e involuntario, de percepción, sensación, pensamiento, etc.— realizan sus funciones con mayor energía y rapidez de lo habitual, se puede decir que un hombre o un animal está excitado y, en un estado opuesto, deprimido. La ira y la alegría son, desde el principio, las emociones excitantes, y conducen naturalmente, sobre todo la primera, a movimientos enérgicos que repercuten en el corazón y este, a su vez, en el cerebro. Un médico me comentó en una ocasión, como prueba de la naturaleza excitante de la ira, que un hombre, cuando está excesivamente hastiado, a veces inventa ofensas imaginarias y se enfurece, inconscientemente, para revitalizarse; y desde que escuché esta observación, en ocasiones he reconocido su plena veracidad.

Varios otros estados mentales parecen ser al principio emocionantes, pero pronto se vuelven extremadamente deprimentes. Cuando una madre pierde repentinamente a su hijo, a veces se desespera por el dolor y debe considerarse en estado de excitación; camina descontroladamente, se tira del pelo o la ropa y se retuerce las manos. Esta última acción quizás se deba al principio de antítesis, que delata una sensación interna de impotencia y de que no se puede hacer nada. Los otros movimientos violentos y desenfrenados pueden explicarse en parte por el alivio experimentado mediante el esfuerzo muscular y en parte por el desbordamiento no dirigido de fuerza nerviosa del sensorio excitado. Pero ante la pérdida repentina de un ser querido, uno de los primeros y más comunes pensamientos que surgen es que se podría haber hecho algo más para salvar al ser querido. Un excelente observador [312] , al describir el comportamiento de una niña ante la repentina muerte de su padre, dice que «iba por la casa retorciéndose las manos como una loca, diciendo: 'Fue culpa suya'; 'Nunca debí haberlo abandonado'». «Si tan solo me hubiera quedado despierto con él», etc. Con tales ideas vívidamente presentes en la mente, surgiría, mediante el principio del hábito asociado, la mayor tendencia a la acción enérgica de algún tipo.

Tan pronto como el paciente es plenamente consciente de que no puede hacer nada, la desesperación o una profunda tristeza sustituyen el dolor frenético. Permanece inmóvil o se mece suavemente; la circulación se vuelve lánguida; casi olvida la respiración y exhala profundos suspiros. Todo esto repercute en el cerebro, y pronto se produce postración, con músculos colapsados y ojos apagados. Como el hábito ya no lo impulsa a actuar, sus amigos lo instan a realizar un esfuerzo voluntario y a no ceder a un dolor silencioso e inmóvil. El esfuerzo estimula el corazón, lo que repercute en el cerebro y ayuda a la mente a soportar su pesada carga.

El dolor, si es intenso, pronto induce depresión o postración extrema; pero al principio es un estimulante que incita a la acción, como vemos al azotar a un caballo, y como lo demuestran las horribles torturas infligidas en países extranjeros a bueyes de tiro exhaustos, para incitarlos a un nuevo esfuerzo. El miedo, además, es la más deprimente de todas las emociones; y pronto induce una postración total e indefensa, como consecuencia, o en asociación con, los intentos más violentos y prolongados de escapar del peligro, aunque tales intentos no se hayan realizado. Sin embargo, incluso el miedo extremo a menudo actúa al principio como un poderoso estimulante. Un hombre o un animal llevado por el terror a la desesperación, está dotado de una fuerza extraordinaria y es notoriamente peligroso en grado sumo.

En general, podemos concluir que el principio de la acción directa del sensorio sobre el cuerpo, debido a la constitución del sistema nervioso y, desde un principio, independiente de la voluntad, ha sido muy influyente en la determinación de muchas expresiones. Buenos ejemplos los constituyen el temblor muscular, la sudoración de la piel y las secreciones modificadas del tubo digestivo y las glándulas, bajo diversas emociones y sensaciones. Pero acciones de este tipo a menudo se combinan con otras, que se derivan de nuestro primer principio: que acciones que a menudo han sido de utilidad directa o indirecta, bajo ciertos estados mentales, para gratificar o aliviar ciertas sensaciones, deseos, etc., se siguen realizando en circunstancias análogas por mero hábito, aunque no sean de utilidad. Encontramos combinaciones de este tipo, al menos en parte, en los gestos frenéticos de la ira y en los espasmos del dolor extremo; y, quizás, en la actividad intensificada del corazón y de los órganos respiratorios. Incluso cuando estas y otras emociones o sensaciones se despiertan de forma muy débil, seguirá existiendo una tendencia a acciones similares, debido a la fuerza de un hábito arraigado; y las acciones que están menos bajo control voluntario generalmente se mantendrán durante más tiempo. Nuestro segundo principio de antítesis también ha entrado en juego ocasionalmente.

Finalmente, muchos movimientos expresivos pueden explicarse, como confío que se verá a lo largo de este volumen, mediante los tres principios que se han analizado, de modo que esperamos verlos todos explicados así en el futuro, o mediante principios muy similares. Sin embargo, a menudo es imposible decidir qué peso debe atribuirse, en cada caso particular, a uno de nuestros principios y qué peso a otro; y muchos puntos de la teoría de la expresión permanecen inexplicables.

CAPÍTULO IV.
MEDIOS DE EXPRESIÓN EN LOS ANIMALES.

La emisión de sonidos—Sonidos vocales—Sonidos producidos de otro modo—Erección de los apéndices dérmicos, pelos, plumas, etc., bajo las emociones de ira y terror—Echar las orejas hacia atrás como preparación para la pelea y como expresión de ira—Erección de las orejas y levantamiento de la cabeza, señal de atención.

En este capítulo y en el siguiente describiré, aunque solo con el detalle suficiente para ilustrar mi tema, los movimientos expresivos, en diferentes estados mentales, de algunos animales bien conocidos. Pero antes de considerarlos en su debida sucesión, evitaremos repeticiones inútiles si analizamos ciertos medios de expresión comunes a la mayoría de ellos.

La emisión de sonidos . En muchos animales, incluido el hombre, los órganos vocales son sumamente eficaces como medio de expresión. Vimos, en el capítulo anterior, que cuando el sensorio está fuertemente excitado, los músculos del cuerpo generalmente entran en acción violenta; y, como consecuencia, se emiten sonidos fuertes, por muy silencioso que esté el animal, y aunque los sonidos sean inútiles. Las liebres y los conejos, por ejemplo, creo que nunca usan sus órganos vocales excepto en momentos de sufrimiento extremo; como cuando un cazador mata a una liebre herida, o cuando un armiño atrapa a un conejo joven. El ganado vacuno y los caballos sufren un gran dolor en silencio; pero cuando este es excesivo, y especialmente cuando está acompañado de terror, emiten sonidos aterradores. A menudo he reconocido, desde lejos en las pampas, el agonizante mugido del ganado al ser atrapado por el lazo y desjarretado. Se dice que los caballos, cuando son atacados por lobos, emiten fuertes y peculiares gritos de angustia.

Las contracciones involuntarias e involuntarias de los músculos del tórax y la glotis, excitadas de la manera descrita, podrían haber dado lugar a la emisión de sonidos vocales. Pero ahora muchos animales utilizan la voz con frecuencia para diversos fines; y el hábito parece haber desempeñado un papel importante en su empleo en otras circunstancias. Los naturalistas han observado, creo que con razón, que los animales sociales, al usar habitualmente sus órganos vocales como medio de intercomunicación, los emplean en otras ocasiones con mucha mayor libertad que otros animales. Pero existen notables excepciones a esta regla, por ejemplo, en el caso del conejo. El principio de asociación, tan extendido en su poder, también ha desempeñado su papel. De ahí que la voz, tras haber sido empleada habitualmente como una ayuda útil en ciertas circunstancias, induciendo placer, dolor, rabia, etc., se utilice comúnmente cuando se excitan las mismas sensaciones o emociones, en condiciones muy diferentes o en menor grado.

Los sexos de muchos animales se llaman incesantemente durante la época reproductiva; y en no pocos casos, el macho intenta así cautivar o excitar a la hembra. Este, de hecho, parece haber sido el uso y el medio primigenio del desarrollo de la voz, como he intentado demostrar en mi obra «El origen del hombre». Así, el uso de los órganos vocales se asocia con la anticipación del placer más intenso que los animales son capaces de sentir. Los animales que viven en sociedad a menudo se llaman entre sí cuando se separan, y evidentemente sienten gran alegría al reencontrarse; como vemos en el caso de un caballo que regresa de su compañero, por quien ha estado relinchando. La madre llama incesantemente a sus crías perdidas; por ejemplo, una vaca a su ternero; y las crías de muchos animales llaman a sus madres. Cuando un rebaño de ovejas se dispersa, las ovejas balan incesantemente llamando a sus corderos, y su mutuo placer al reunirse es manifiesto. ¡Ay del hombre que se entrometa con las crías de los cuadrúpedos más grandes y feroces si oyen el grito de angustia de sus crías! La rabia lleva a la fuerza de todos los músculos, incluyendo los de la voz; y algunos animales, cuando se enfurecen, intentan aterrorizar a sus enemigos con su fuerza y aspereza, como el león rugiendo y el perro gruñendo. Deduzco que su objetivo es aterrorizar, porque el león eriza el pelo de su melena y el perro el de su lomo, y así se hacen parecer lo más grandes y terribles posible. Los machos rivales intentan superarse y desafiarse mutuamente con sus voces, lo que conduce a combates mortales. Así, el uso de la voz se asociará con la emoción de la ira, sea cual sea su origen. También hemos visto que el dolor intenso, como la rabia, provoca gritos violentos, y el esfuerzo de gritar por sí solo proporciona cierto alivio; y, por lo tanto, el uso de la voz se asociará con cualquier tipo de sufrimiento.

La causa de la gran diversidad de sonidos emitidos bajo distintas emociones y sensaciones es un tema muy oscuro. Tampoco siempre se cumple la regla de que exista una diferencia marcada. Por ejemplo, en el perro, el ladrido de ira y el de alegría no difieren mucho, aunque pueden distinguirse. Es improbable que se dé alguna explicación precisa de la causa o el origen de cada sonido en particular, bajo diferentes estados mentales. Sabemos que algunos animales, tras ser domesticados, han adquirido el hábito de emitir sonidos que no les eran naturales. [401] Así, los perros domésticos, e incluso los chacales domesticados, han aprendido a ladrar, un ruido que no es propio de ninguna especie del género, con la excepción del Canis latrans de Norteamérica, del que se dice que ladra. Algunas razas de palomas domésticas también han aprendido a arrullar de una manera nueva y bastante peculiar.

Español El carácter de la voz humana, bajo la influencia de varias emociones, ha sido discutido por el Sr. Herbert Spencer [402] en su interesante ensayo sobre Música. Claramente muestra que la voz se altera mucho bajo diferentes condiciones, en volumen y en calidad, es decir, en resonancia y timbre , en tono e intervalos. Nadie puede escuchar a un orador o predicador elocuente, o a un hombre llamando enojado a otro, o a uno expresando asombro, sin ser sorprendido por la verdad de los comentarios del Sr. Spencer. Es curioso cuán temprano en la vida la modulación de la voz se vuelve expresiva. Con uno de mis hijos, menor de dos años, percibí claramente que su gruñido de asentimiento era interpretado por una ligera modulación fuertemente enfática; y que por un gemido peculiar su negativa expresaba determinación obstinada. El Sr. Spencer muestra además que el habla emocional, en todos los aspectos anteriores está íntimamente relacionada con la música vocal, y consecuentemente con la música instrumental; e intenta explicar las cualidades características de ambos con fundamentos fisiológicos, es decir, basándose en «la ley general de que una sensación es un estímulo para la acción muscular». Se puede admitir que la voz se ve afectada por esta ley; pero la explicación me parece demasiado general y vaga como para arrojar mucha luz sobre las diversas diferencias, con excepción de la intensidad, entre el habla ordinaria y el habla emocional, o el canto.

Esta observación es válida tanto si creemos que las diversas cualidades de la voz se originaron al hablar bajo la excitación de fuertes sentimientos, y que estas cualidades se transfirieron posteriormente a la música vocal; como si creemos, como sostengo, que el hábito de emitir sonidos musicales se desarrolló inicialmente, como medio de cortejo, en los primeros progenitores del hombre, y así se asoció con las emociones más intensas de las que eran capaces, a saber, el amor ardiente, la rivalidad y el triunfo. Que los animales emitan notas musicales es familiar para todos, como podemos oír a diario en el canto de los pájaros. Es un hecho aún más notable que un simio, uno de los gibones, produzca una octava exacta de sonidos musicales, ascendiendo y descendiendo la escala en semitonos; de modo que este mono «es el único entre los mamíferos brutos que puede decirse que canta». [403] De este hecho, y de la analogía con otros animales, he llegado a inferir que los progenitores del hombre probablemente emitían tonos musicales antes de haber adquirido la capacidad de articular el habla; y que, en consecuencia, cuando la voz se utiliza bajo una emoción intensa, tiende a asumir, por el principio de asociación, un carácter musical. Podemos percibir claramente, en algunos animales inferiores, que los machos emplean sus voces para complacer a las hembras, y que ellas mismas disfrutan de sus propias expresiones vocales; pero por el momento no se puede explicar por qué se emiten determinados sonidos ni por qué estos causan placer.

Que el tono de la voz tiene alguna relación con ciertos estados de ánimo es bastante claro. Una persona que se queja suavemente de malos tratos, o que sufre ligeramente, casi siempre habla con voz aguda. Los perros, cuando están un poco impacientes, a menudo emiten un sonido agudo y agudo a través de sus narices, que de inmediato nos parece lastimero; [404] pero ¡qué difícil es saber si el sonido es esencialmente lastimero, o solo lo parece en este caso particular, a partir de haber aprendido por experiencia lo que significa! Rengger afirma [405] que los monos ( Cebus azaræ ), que tenía en Paraguay, expresaban asombro con un ruido mitad agudo, mitad gruñido; ira o impaciencia, repitiendo el sonido hu hu con una voz más profunda y gruñona; y miedo o dolor, con gritos agudos. Por otro lado, en la humanidad, los gemidos profundos y los gritos agudos y penetrantes expresan igualmente una agonía de dolor. La risa puede ser aguda o grave; De modo que, en los hombres adultos, como Haller observó hace mucho tiempo, [406] el sonido participa del carácter de las vocales (tal como se pronuncian en alemán) O y A ; mientras que en los niños y las mujeres, tiene más del carácter de E e I ; y estos últimos sonidos vocálicos tienen naturalmente, como ha demostrado Helmholtz, un tono más alto que los primeros; sin embargo, ambos tonos de risa expresan igualmente disfrute o diversión.

Al considerar el modo en que las expresiones vocales expresan la emoción, nos vemos naturalmente llevados a preguntarnos la causa de lo que se llama “expresión” en la música. Sobre este punto, el Sr. Litchfield, quien se ha dedicado durante mucho tiempo al tema de la música, ha tenido la amabilidad de hacerme las siguientes observaciones: “La cuestión de cuál es la esencia de la 'expresión' musical implica varios puntos oscuros que, hasta donde sé, son enigmas aún sin resolver. Sin embargo, hasta cierto punto, cualquier ley que se considere válida en cuanto a la expresión de las emociones mediante sonidos simples debe aplicarse al modo de expresión más desarrollado en la canción, que puede considerarse el tipo primario de toda música. Gran parte del efecto emocional de una canción depende del carácter de la acción mediante la cual se producen los sonidos. En las canciones, por ejemplo, que expresan gran vehemencia de pasión, el efecto a menudo depende principalmente de la enérgica pronunciación de uno o dos pasajes característicos que exigen un gran esfuerzo vocal; y se observará con frecuencia que una canción de este tipo no logra el efecto adecuado cuando es cantada por una voz con suficiente potencia y rango para producir los pasajes característicos sin mucho esfuerzo. Este es, sin duda, el secreto de la Pérdida de efecto que a menudo se produce al transponer una canción de una tonalidad a otra. Por lo tanto, se considera que el efecto depende no solo de los sonidos en sí, sino también, en parte, de la naturaleza de la acción que los produce. De hecho, es obvio que siempre que percibimos que la «expresión» de una canción se debe a su rapidez o lentitud de movimiento (a la suavidad de la fluidez, la intensidad de la pronunciación, etc.), estamos, de hecho, interpretando las acciones musculares que producen el sonido, de la misma manera que interpretamos la acción muscular en general. Pero esto deja sin explicar el efecto más sutil y específico que llamamos expresión musical de la canción: el deleite que produce su melodía, o incluso los sonidos individuales que la componen. Este es un efecto indefinible en el lenguaje, uno que, hasta donde sé, nadie ha podido analizar, y que la ingeniosa especulación del Sr. Herbert Spencer sobre el origen de la música deja completamente sin explicar. Porque es cierto que el efecto melódico de una serie de sonidos no depende en lo más mínimo. De su intensidad o suavidad, o de su altura absoluta . Una melodía es siempre la misma, ya sea cantada en voz alta o suave, por un niño o por un hombre; ya sea tocada con flauta o con trombón. El efecto puramente musical de cualquier sonido depende de su lugar en lo que técnicamente se denomina «escala»; un mismo sonido produce efectos completamente diferentes en el oído, según se perciba en conexión con una u otra serie de sonidos.

De esta asociación relativa de los sonidos dependen todos los efectos esencialmente característicos que se resumen en la frase "expresión musical". Pero por qué ciertas asociaciones de sonidos tienen tales o cuales efectos es un problema aún por resolver. Estos efectos deben, de alguna manera, estar relacionados con las conocidas relaciones aritméticas entre las frecuencias de vibración de los sonidos que forman una escala musical. Y es posible —aunque esto es solo una sugerencia— que la mayor o menor facilidad mecánica con la que el aparato vibratorio de la laringe humana pasa de un estado de vibración a otro haya sido una causa principal del mayor o menor placer producido por diversas secuencias de sonidos.

Pero dejando de lado estas complejas cuestiones y limitándonos a los sonidos más simples, podemos, al menos, ver algunas razones para la asociación de ciertos tipos de sonidos con ciertos estados mentales. Un grito, por ejemplo, emitido por un animal joven o por un miembro de una comunidad, como llamada de auxilio, será naturalmente fuerte, prolongado y agudo, de modo que llegue a la distancia. Pues Helmholtz ha demostrado [407] que, debido a la forma de la cavidad interna del oído humano y su consiguiente capacidad de resonancia, las notas agudas producen una impresión particularmente fuerte. Cuando los machos emiten sonidos para complacer a las hembras, emplearán naturalmente aquellos que son agradables al oído de la especie; y parece que los mismos sonidos a menudo son agradables para animales muy diferentes, debido a la similitud de sus sistemas nerviosos, como nosotros mismos percibimos en el canto de los pájaros e incluso en el trino de ciertas ranas arbóreas que nos causan placer. Por otro lado, los sonidos producidos para aterrorizar a un enemigo serían naturalmente ásperos o desagradables.

Es dudoso que el principio de antítesis haya intervenido en los sonidos, como cabría esperar. Los sonidos interrumpidos, como la risa o la risita que emiten el hombre y diversas especies de monos cuando están contentos, son totalmente diferentes de los prolongados gritos de estos animales cuando están angustiados. El profundo gruñido de satisfacción que emite un cerdo cuando está satisfecho con su comida es muy diferente de su áspero grito de dolor o terror. Pero en el perro, como se ha comentado recientemente, el ladrido de ira y el de alegría son sonidos que no se oponen en absoluto; y lo mismo ocurre en otros casos.

Existe otro punto obscuro, a saber, si los sonidos que se producen bajo diversos estados mentales determinan la forma de la boca, o si su forma no está determinada por causas independientes, y el sonido así se modifica. Cuando los bebés lloran, abren la boca ampliamente, lo cual, sin duda, es necesario para emitir un volumen completo de sonido; pero la boca entonces asume, por una causa muy distinta, una forma casi cuadrangular, dependiendo, como se explicará más adelante, del cierre firme de los párpados y la consiguiente elevación del labio superior. No estoy preparado para decir en qué medida esta forma cuadrada de la boca modifica el sonido del llanto o gemido; pero sabemos por las investigaciones de Helmholtz y otros que la forma de la cavidad bucal y de los labios determina la naturaleza y el tono de los sonidos vocálicos que se producen.

También se mostrará en un capítulo posterior que, bajo el sentimiento de desprecio o asco, existe una tendencia, por causas inteligibles, a exhalar por la boca o la nariz, lo que produce sonidos como "pooh" o "pish". Cuando alguien se sobresalta o se asombra repentinamente, existe una tendencia instantánea, también por una causa inteligible, a estar preparado para un esfuerzo prolongado, a abrir bien la boca para realizar una inspiración profunda y rápida. Al realizar la siguiente espiración completa, la boca se cierra ligeramente y los labios, por causas que se analizarán más adelante, se proyectan ligeramente; y esta forma de la boca, si la voz se ejercita, produce, según Helmholtz, el sonido de la vocal " O" . Ciertamente, un sonido profundo de un "¡Oh!" prolongado puede oírse en una multitud inmediatamente después de presenciar cualquier espectáculo asombroso. Si, junto con la sorpresa, se siente dolor, se tiende a contraer todos los músculos del cuerpo, incluyendo los del rostro, y los labios se retraen; esto quizás explique que el sonido se agrave y adquiera el carácter de ¡Ah! o ¡Ach! Como el miedo hace temblar todos los músculos del cuerpo, la voz se vuelve naturalmente trémula y, al mismo tiempo, ronca por la sequedad de la boca, debido a la inactividad de las glándulas salivales. No se puede explicar por qué la risa del hombre y la risita de los monos son sonidos que se repiten rápidamente. Al emitir estos sonidos, la boca se alarga transversalmente al retraerse las comisuras; este hecho se intentará explicar en un capítulo posterior. Pero el tema de las diferencias de los sonidos producidos en diferentes estados mentales es tan oscuro que apenas he logrado esclarecerlo; y las observaciones que he hecho tienen poca relevancia.

Todos los sonidos observados hasta ahora dependen de los órganos respiratorios; pero los sonidos producidos por medios completamente diferentes son igualmente expresivos. Los conejos patean ruidosamente el suelo como señal a sus compañeros; y si alguien sabe hacerlo correctamente, puede, en una tarde tranquila, oír a los conejos respondiéndole por todas partes. Estos animales, al igual que otros, también patean el suelo cuando se enfadan. Los puercoespines hacen sonar sus púas y vibran sus colas cuando se enfadan; y uno se comportó de esta manera al colocar una serpiente viva en su compartimento. Las púas de la cola son muy diferentes a las del cuerpo: son cortas, huecas y delgadas como las de una pluma de ganso, con sus extremos truncados transversalmente, de modo que están abiertas; se apoyan en pedúnculos largos, delgados y elásticos. Ahora bien, al sacudir la cola rápidamente, estas púas huecas chocan entre sí y producen, como oí en presencia del Sr. Bartlett, un peculiar sonido continuo. Creo que podemos entender por qué los puercoespines han sido dotados, mediante la modificación de sus púas protectoras, de este instrumento especial para producir sonido. Son animales nocturnos, y si olieran u oyeran a una presa al acecho, les resultaría muy útil en la oscuridad advertir a su enemigo de su presencia y de que estaban provistos de peligrosas púas. Así, evitarían ser atacados. Son, debo añadir, tan conscientes del poder de sus armas que, cuando se enfurecen, cargan hacia atrás con las púas erguidas, pero aún inclinadas hacia atrás.

Muchas aves, durante su cortejo, producen sonidos diversos mediante plumas especialmente adaptadas. Las cigüeñas, cuando están excitadas, emiten un fuerte ruido metálico con sus picos. Algunas serpientes producen un sonido chirriante o de traqueteo. Muchos insectos estridulan frotando partes especialmente modificadas de sus tegumentos duros. Esta estridulación generalmente sirve como un hechizo o reclamo sexual; pero también se utiliza para expresar diferentes emociones. [408] Cualquiera que haya observado a las abejas sabe que su zumbido cambia cuando están enojadas; esto sirve como advertencia de peligro de picadura. He hecho estas breves observaciones porque algunos autores han hecho tanto hincapié en la adaptación de los órganos vocales y respiratorios para la expresión, que era conveniente demostrar que los sonidos producidos de otra manera sirven igualmente para el mismo propósito.

Erección de los apéndices dérmicos . Casi ningún movimiento expresivo es tan general como la erección involuntaria de pelos, plumas y otros apéndices dérmicos; pues es común en tres de las grandes clases de vertebrados. Estos apéndices se erigen bajo la excitación de la ira o el terror; más especialmente cuando estas emociones se combinan o se suceden rápidamente. La acción sirve para hacer que el animal parezca más grande y más temible a sus enemigos o rivales, y generalmente se acompaña de diversos movimientos voluntarios adaptados al mismo propósito, y de la emisión de sonidos salvajes. El Sr. Bartlett, quien tiene una amplia experiencia con animales de todo tipo, no duda de que este sea el caso; pero es una cuestión diferente si la capacidad de erección se adquirió principalmente para este propósito específico.

Primero presentaré una cantidad considerable de datos que demuestran la generalidad de esta acción en mamíferos, aves y reptiles; reservo lo que diré sobre el hombre para un capítulo posterior. El Sr. Sutton, el inteligente cuidador del Zoológico, observó cuidadosamente para mí al chimpancé y al orangután; y afirma que cuando se asustan repentinamente, como por una tormenta, o cuando se enfadan, como al ser molestados, se les eriza el pelo. Vi a un chimpancé que se alarmó al ver a un carbonero negro, y se le erizó el pelo por todo el cuerpo; dio pequeños saltos hacia adelante como si fuera a atacar al hombre, sin intención real de hacerlo, pero con la esperanza, como comentó el cuidador, de asustarlo. El Sr. Ford [409] describe al gorila, cuando está enfurecido, con su cresta de pelo “erguida y proyectada hacia adelante, sus fosas nasales dilatadas y su labio inferior hacia abajo; al mismo tiempo emitiendo su grito característico, diseñado, al parecer, para aterrorizar a sus antagonistas”. Vi el pelo del babuino Anubis, cuando se enfureció, erizarse a lo largo de la espalda, desde el cuello hasta los lomos, pero no en la grupa ni en otras partes del cuerpo. Llevé una serpiente disecada a la casa de los monos, y el pelo de varias de las especies se erizó al instante; especialmente en sus colas, como noté particularmente en el Cereopithecus nictitans . Brehm afirma [410] que el Edipo de Midas (perteneciente a la división americana) cuando se excita eriza su melena, para, como él mismo añade, hacerse lo más aterrador posible.

En los carnívoros, la erización del pelo parece ser casi universal, a menudo acompañada de movimientos amenazantes, la exposición de los dientes y la emisión de gruñidos salvajes. En los herpestes, he visto el pelo erizado en casi todo el cuerpo, incluyendo la cola; y la cresta dorsal se erige de forma llamativa en la hiena y el proteles. El león enfurecido eriza su melena. El erizado del pelo a lo largo del cuello y el lomo del perro, y en todo el cuerpo del gato, especialmente en la cola, es familiar para todos. En el gato, aparentemente, solo ocurre bajo miedo; en el perro, bajo ira y miedo; pero no, por lo que he observado, bajo miedo extremo, como cuando un perro va a ser azotado por un guardabosques severo. Sin embargo, si el perro se resiste, como sucede a veces, se le eriza el pelo. He observado a menudo que el pelo de un perro tiende especialmente a erizarse si está medio enojado y medio asustado, como cuando contempla un objeto que apenas ve en la penumbra.

Un veterinario me aseguró que ha visto con frecuencia erizar el pelo de caballos y ganado vacuno, a los que había operado y que iba a operar de nuevo. Cuando le mostré una serpiente disecada a un pecarí, el pelo se le erizó de forma asombrosa a lo largo del lomo; y lo mismo le ocurre al jabalí cuando está furioso. Un alce que corneó a un hombre hasta la muerte en Estados Unidos, es descrito como blandiendo primero sus astas, chillando de rabia y pateando el suelo; «al final, se le vio erizar el pelo», y luego se lanzó al ataque. [411] El pelo también se eriza en las cabras y, según me dijo el Sr. Blyth, en algunos antílopes indios. Lo he visto erizarse en el peludo oso hormiguero y en el agutí, uno de los roedores. Una murciélago hembra, [412] que criaba a sus crías en confinamiento, cuando alguien miraba dentro de la jaula, “erizaba el pelaje de su espalda y mordía ferozmente a los dedos que se introducían”.

Las aves pertenecientes a todos los órdenes principales erizan sus plumas cuando están enfadadas o asustadas. Todos hemos visto dos gallos, incluso jóvenes, preparándose para pelear con el cuello erizado; estas plumas, cuando están erizadas, no sirven como defensa, pues los gallos de pelea han comprobado por experiencia que es ventajoso recortarlas. El combatiente macho ( Machetes pugnæ ) también eriza su collar de plumas durante la pelea. Cuando un perro se acerca a una gallina común con sus polluelos, esta extiende las alas, levanta la cola, eriza todas sus plumas y, con la mayor fiereza posible, se lanza contra el intruso. La cola no siempre se mantiene exactamente en la misma posición; a veces está tan erizada que las plumas centrales, como en el dibujo adjunto, casi tocan el lomo. Los cisnes, cuando se enfadan, también levantan las alas y la cola, y erizan las plumas. Abren el pico y, remando con pequeños y rápidos saltos, se lanzan hacia adelante contra cualquiera que se acerque demasiado a la orilla. Se dice que las aves tropicales [413], cuando se las molesta en sus nidos, no huyen volando, sino que simplemente "extienden las plumas y chillan". La lechuza común, cuando alguien se acerca, "al instante despliega su plumaje, extiende las alas y la cola, silba y chasquea las mandíbulas con fuerza y rapidez". [414] Lo mismo hacen otras especies de búhos. Los halcones, según me informa el Sr. Jenner Weir, también erizan sus plumas y extienden las alas y la cola en circunstancias similares. Algunas especies de loros erizan sus plumas; y he visto esta acción en el casuario, cuando se enfada al ver un oso hormiguero. Los cucos jóvenes en el nido erizan las plumas, abren la boca de par en par y se muestran lo más aterradores posible.

Título de la ilustración: FIG. 12—Gallina ahuyentando a un perro de sus gallinas. Dibujo del natural por el Sr. Wood.

Título de la ilustración: FIG. 13.—Cisne ahuyentando a un intruso. Dibujo del natural por el Sr. Wood.

También, según me ha dicho el Sr. Weir, las aves pequeñas, como varios pinzones, escribanos y currucas, cuando se enfadan, erizan todas sus plumas, o solo las del cuello; o extienden las alas y las plumas de la cola. Con el plumaje en este estado, se lanzan unas contra otras con el pico abierto y gestos amenazadores. El Sr. Weir concluye, a partir de su amplia experiencia, que la erización de las plumas se debe mucho más a la ira que al miedo. Pone como ejemplo un jilguero híbrido de temperamento irascible, que, al ser abordado demasiado por un sirviente, adquiere al instante la apariencia de una bola de plumas erizadas. Cree que las aves, cuando se asustan, por regla general, aprietan con fuerza todas sus plumas, y su consiguiente disminución de tamaño suele ser asombrosa. En cuanto se recuperan del miedo o la sorpresa, lo primero que hacen es sacudir las plumas. Los mejores ejemplos de esta contracción de las plumas y aparente encogimiento del cuerpo por miedo, observados por el Sr. Weir, se han dado en la codorniz y el periquito común. [415] El hábito es comprensible en estas aves, pues, en peligro, suelen agacharse en el suelo o sentarse inmóviles en una rama para evitar ser detectadas. Si bien en las aves la ira puede ser la causa principal y más común de la erización de las plumas, es probable que los cucos jóvenes, al ser observados en el nido, y una gallina con sus polluelos al ser abordada por un perro, sientan al menos algo de terror. El Sr. Tegetmeier me informa que, en el caso de los gallos de pelea, la erización de las plumas en la cabeza se ha reconocido desde hace tiempo como un signo de cobardía.

Los machos de algunos lagartos, cuando luchan entre sí durante el cortejo, expanden sus bolsas o volantes de la garganta y erigen sus crestas dorsales. [416] Pero el Dr. Günther no cree que puedan erigir sus espinas o escamas por separado.

Así, observamos cómo, generalmente en las dos clases superiores de vertebrados, y en algunos reptiles, los apéndices dérmicos se erigen bajo la influencia de la ira y el miedo. El movimiento se efectúa, como sabemos por el interesante descubrimiento de Kolliker, mediante la contracción de diminutos músculos involuntarios, sin estrías, [417] a menudo llamados erectores del pelo, que están unidos a las cápsulas de los pelos, plumas, etc. Mediante la contracción de estos músculos, los pelos pueden erizarse instantáneamente, como vemos en un perro, al mismo tiempo que se salen ligeramente de sus órbitas; posteriormente, se deprimen rápidamente. La gran cantidad de estos diminutos músculos en todo el cuerpo de un cuadrúpedo peludo es asombrosa. Sin embargo, la erección del pelo se ve facilitada en algunos casos, como en el de la cabeza del hombre, por los músculos voluntarios y estriados del panículo carnoso subyacente . Es por la acción de estos últimos músculos que el erizo eriza sus púas. De las investigaciones de Leydig [418] y otros se desprende también que fibras rayadas se extienden desde el panículo hasta algunos de los pelos más grandes, como las vibrisas de ciertos cuadrúpedos. Los erectores del pelo se contraen no solo por las emociones mencionadas, sino también por la aplicación de frío en la superficie. Recuerdo que mis mulas y perros, traídos de una región más baja y cálida, tras pasar una noche en la desolada Cordillera, tenían el pelo de todo el cuerpo tan erizado como si estuvieran aterrorizados. Observamos el mismo efecto en nuestra propia piel de ganso durante el resfriado previo a un ataque de fiebre. El Sr. Lister también ha descubierto [419] que el cosquilleo en una parte cercana de la piel provoca la erección y protrusión del pelo.

De estos hechos se desprende que la erección de los apéndices dérmicos es un acto reflejo, independiente de la voluntad; y esta acción debe considerarse, cuando ocurre bajo la influencia de la ira o el miedo, no como una facultad adquirida para obtener alguna ventaja, sino como un resultado incidental, al menos en gran medida, de la afectación sensorial. El resultado, en la medida en que es incidental, puede compararse con la sudoración profusa causada por una agonía de dolor o terror. Sin embargo, es notable cómo una leve excitación a menudo basta para que el pelo se erice, como cuando dos perros fingen pelear mientras juegan. También hemos observado en un gran número de animales, pertenecientes a clases muy distintas, que la erización del pelo o las plumas casi siempre va acompañada de diversos movimientos voluntarios: gestos amenazantes, abrir la boca, descubrir los dientes, desplegar las alas y la cola en las aves, y la emisión de sonidos ásperos; y el propósito de estos movimientos voluntarios es inequívoco. Por lo tanto, parece difícilmente creíble que la erección coordinada de los apéndices dérmicos, mediante los cuales el animal parece más grande y más temible a sus enemigos o rivales, sea un resultado completamente incidental e inútil de la perturbación del sensorio. Esto parece casi tan increíble como que la erección de las espinas del erizo, las púas del puercoespín o las plumas ornamentales de muchas aves durante su cortejo, sean acciones sin propósito.

Nos encontramos aquí con una gran dificultad. ¿Cómo es posible que la contracción de los erectores del pelo, sin estrías e involuntarios , se haya coordinado con la de varios músculos voluntarios para el mismo propósito específico? Si creyéramos que los erectores fueron originalmente músculos voluntarios y que posteriormente perdieron sus estrías y se volvieron involuntarios, el caso sería comparativamente sencillo. Sin embargo, desconozco que exista evidencia que respalde esta opinión; aunque la transición inversa no habría presentado gran dificultad, ya que los músculos voluntarios se encuentran sin estrías en los embriones de los animales superiores y en las larvas de algunos crustáceos. Además, en las capas más profundas de la piel de las aves adultas, la red muscular se encuentra, según Leydig [420] , en un estado de transición; las fibras solo presentan indicios de estrías transversales.

Otra explicación parece posible. Podemos admitir que originalmente los arrectores pili fueron ligeramente activados de forma directa, bajo la influencia de la rabia y el terror, por la perturbación del sistema nervioso; como sin duda ocurre con nuestra llamada piel de ganso antes de un ataque de fiebre. Los animales han sido excitados repetidamente por la rabia y el terror durante muchas generaciones; y, en consecuencia, los efectos directos del sistema nervioso alterado sobre los apéndices dérmicos casi con certeza se habrán incrementado por el hábito y por la tendencia de la fuerza nerviosa a circular fácilmente por los canales habituales. Encontraremos esta visión de la fuerza del hábito confirmada de forma contundente en un capítulo futuro, donde se demostrará que el cabello de los enfermos mentales se ve afectado de manera extraordinaria debido a sus repetidos accesos de furia y terror. Tan pronto como en los animales la capacidad de erección se fortaleció o aumentó de este modo, a menudo debieron ver erizarse los pelos o las plumas en machos rivales y enfurecidos, y así aumentar el volumen de sus cuerpos. En este caso, parece posible que desearan parecer más grandes y temibles ante sus enemigos, adoptando voluntariamente una actitud amenazante y profiriendo gritos ásperos; tales actitudes y expresiones, con el tiempo, se volvieron instintivas por hábito. De esta manera, las acciones realizadas mediante la contracción de los músculos voluntarios podrían haberse combinado con el mismo propósito especial que las efectuadas por los músculos involuntarios. Incluso es posible que los animales, cuando estaban excitados y vagamente conscientes de algún cambio en el estado de su pelaje, pudieran actuar al respecto mediante repetidos esfuerzos de su atención y voluntad; pues tenemos razones para creer que la voluntad puede influir de manera oscura en la acción de algunos músculos no rayados o involuntarios, como en el período de los movimientos peristálticos de los intestinos y en la contracción de la vejiga. Tampoco debemos pasar por alto el papel que la variación y la selección natural pueden haber desempeñado; porque los machos que lograron hacerse parecer más terribles a sus rivales o a sus otros enemigos, si no de un poder abrumador, en promedio habrán dejado más descendientes que hereden sus cualidades características, cualesquiera que sean y como sea que se hayan adquirido primero, que otros machos.

La hinchazón del cuerpo y otros medios para infundir miedo en un enemigo . Ciertos anfibios y reptiles, que carecen de espinas para erguirse o de músculos que les permitan hacerlo, se expanden al inhalar aire cuando se alarman o se enfadan. Es bien sabido que este es el caso de los sapos y las ranas. En la fábula de Esopo «El buey y la rana», a estos últimos se les hace hincharse por vanidad y envidia hasta reventar. Esta acción debió observarse en la antigüedad, ya que, según el Sr. Hensleigh Wedgwood [421] , la palabra «sapo» expresa en todas las lenguas europeas la costumbre de hincharse. Se ha observado en algunas especies exóticas del Zoológico; y el Dr. Günther cree que es común en todo el grupo. A juzgar por la analogía, el propósito principal probablemente era hacer que el cuerpo pareciera lo más grande y aterrador posible para el enemigo; pero así se obtiene otra ventaja secundaria, quizás más importante. Cuando las ranas son capturadas por las serpientes, que son sus principales enemigos, se agrandan maravillosamente, de modo que si la serpiente es de tamaño pequeño, como me informa el Dr. Günther, no puede tragarse a la rana, que así escapa a ser devorada.

Los camaleones y otros lagartos se inflan cuando se enfadan. Así, una especie que habita en Oregón, la Tapaya Douglasii , es lenta en sus movimientos y no muerde, pero tiene un aspecto feroz: «Cuando se irrita, salta de forma amenazante ante cualquier cosa que la apunten, abriendo al mismo tiempo la boca de par en par y siseando audiblemente, tras lo cual infla su cuerpo y muestra otras señales de ira». [422]

Varias especies de serpientes también se inflan cuando se irritan. La víbora bufadora ( Cloto arietans ) es notable en este aspecto; pero creo, tras observar atentamente a estos animales, que no actúan así para aumentar su volumen aparente, sino simplemente para inhalar una gran cantidad de aire y producir su sorprendentemente fuerte, áspero y prolongado silbido. Las cobras de capello, cuando se irritan, se expanden un poco y silban moderadamente; pero, al mismo tiempo, levantan la cabeza y dilatan, mediante sus alargadas costillas anteriores, la piel a cada lado del cuello formando un gran disco plano, el llamado capuchón. Con sus bocas ampliamente abiertas, adquieren entonces un aspecto imponente. El beneficio que esto supone debería ser considerable, para compensar la rapidez algo menor (aunque sigue siendo grande) con la que, cuando se dilatan, pueden atacar a sus enemigos o presas. Basándose en el mismo principio de que un trozo de madera ancho y delgado no se mueve por el aire tan rápido como un palito redondo, una serpiente inofensiva, la Trovidonotus macrophthalmus , habitante de la India, también dilata el cuello cuando se irrita; por lo que a menudo se la confunde con su compatriota, la letal cobra. [423] Este parecido quizás sirva de protección al Tropidonotus. Otra especie inocua, la Dasypeltis de Sudáfrica, se infla, distiende el cuello, silba y se lanza contra un intruso. [424] Muchas otras serpientes silban en circunstancias similares. También vibran rápidamente sus lenguas protuberantes; esto puede contribuir a aumentar su imponente apariencia.

Las serpientes poseen otros medios para producir sonidos además del silbido. Hace muchos años observé en Sudamérica que una Trigonocephalus venenosa, al ser molestada, vibraba rápidamente la punta de su cola, la cual, al golpear la hierba seca y las ramas, producía un ruido de traqueteo que se oía claramente a una distancia de dos metros. [425] La mortífera y feroz Echis carinata de la India produce «un curioso sonido prolongado, casi silbante, de una manera muy diferente, concretamente al frotar los lados de los pliegues de su cuerpo», mientras que la cabeza permanece prácticamente en la misma posición. Las escamas de los costados, y no las de otras partes del cuerpo, están fuertemente quilladas, con quillas dentadas como una sierra; y al frotarse los costados, el animal enroscado, estos rechinan entre sí. [426] Por último, tenemos el conocido caso de la serpiente de cascabel. Quien simplemente ha sacudido el cascabel de una serpiente muerta no puede formarse una idea precisa del sonido que produce el animal vivo. El profesor Shaler afirma que es indistinguible del que emite el macho de una gran cigarra (un insecto homóptero), que habita en la misma zona. [427] En el Zoológico, cuando las serpientes de cascabel y las víboras bufadoras se excitaron al mismo tiempo, me impresionó mucho la similitud del sonido que producían; y aunque el de la serpiente de cascabel es más fuerte y agudo que el silbido de la víbora bufadora, a cierta distancia apenas pude distinguirlos. Sea cual sea el propósito del sonido producido por una especie, difícilmente puedo dudar de que tenga el mismo propósito en la otra. y concluyo, a partir de los gestos amenazantes que hacen al mismo tiempo muchas serpientes, que su silbido, el traqueteo de la serpiente de cascabel y de la cola de la trigonocéfala, el raspado de las escamas del equis y la dilatación de la capucha de la cobra, todos sirven al mismo fin, es decir, hacerlas parecer terribles a sus enemigos. [428]

A primera vista, parece probable concluir que serpientes venenosas como las mencionadas, al estar ya tan bien defendidas por sus colmillos venenosos, nunca serían atacadas por ningún enemigo y, en consecuencia, no tendrían necesidad de infundir más terror. Pero esto dista mucho de ser así, pues son presa frecuente en todo el mundo por numerosos animales. Es bien sabido que en Estados Unidos se emplean cerdos para limpiar distritos infestados de serpientes de cascabel, lo cual hacen con gran eficacia. [429] En Inglaterra, el erizo ataca y devora a la víbora. En la India, según me ha dicho el Dr. Jerdon, varias especies de halcones y al menos un mamífero, el herpestes, matan cobras y otras especies venenosas; [430] y lo mismo ocurre en Sudáfrica. Por lo tanto, no es de ninguna manera improbable que cualquier sonido o señal por el cual las especies venenosas pudieran hacerse reconocer instantáneamente como peligrosas, les sería de mayor utilidad que a las especies inocuas que no serían capaces, si fueran atacadas, de infligir ningún daño real.

Habiendo dicho tanto sobre las serpientes, me siento tentado a añadir algunas observaciones sobre los medios por los cuales probablemente se desarrolló el cascabel de la serpiente de cascabel. Varios animales, incluyendo algunos lagartos, curvan o vibran sus colas cuando se excitan. Este es el caso de muchos tipos de serpientes. [431] En el Jardín Zoológico, una especie inocua, la Coronella Sayi , vibra su cola tan rápidamente que se vuelve casi invisible. El Trigonocephalus, antes mencionado, tiene el mismo hábito; y la extremidad de su cola es un poco ensanchada o termina en una cuenta. En el Lachesis, que está tan estrechamente emparentado con la serpiente de cascabel que fue ubicado por Linneo en el mismo género, la cola termina en una única punta o escama grande y lanceolada. En algunas serpientes, como señala el profesor Shaler, la piel «está más imperfectamente separada de la región alrededor de la cola que en otras partes del cuerpo». Ahora bien, si suponemos que la punta de la cola de alguna especie americana antigua era más grande y estaba cubierta por una sola escama grande, difícilmente esta podría haberse desprendido en las mudas sucesivas. En este caso, se habría conservado permanentemente, y en cada período de crecimiento, a medida que la serpiente crecía, se habría formado una nueva escama, más grande que la anterior, sobre ella, que también se habría conservado. Así se habrían sentado las bases para el desarrollo del sonajero; y este se habría usado habitualmente si la especie, como tantas otras, vibrara la cola cuando se irritaba. Es indudable que el sonajero se ha desarrollado específicamente para servir como un instrumento eficaz para producir sonido, pues incluso las vértebras incluidas en la extremidad de la cola han cambiado de forma y se han unido. Pero no hay mayor improbabilidad en que diversas estructuras, como el cascabel de la serpiente de cascabel, las escamas laterales del equis, el cuello con las costillas incluidas de la cobra y todo el cuerpo de la víbora bufadora, hayan sido modificadas para advertir y ahuyentar a sus enemigos, que en un ave, concretamente el maravilloso gavilán secretario ( Gypogeranus ), cuya estructura se haya modificado para matar serpientes con impunidad. Es muy probable, a juzgar por lo que hemos visto, que esta ave erizara sus plumas cada vez que atacara a una serpiente; y es cierto que el Herpestes, cuando se lanza con avidez a atacar a una serpiente, eriza el pelo de todo su cuerpo, especialmente el de la cola. [432] También hemos visto que algunos puercoespines, al enojarse o alarmarse al ver una serpiente, vibran rápidamente sus colas, produciendo así un sonido peculiar al chocar sus púas huecas. De modo que, en este caso, tanto los atacantes como los atacados se esfuerzan por hacerse lo más temibles posible el uno al otro; y ambos poseen para ello medios especializados que, curiosamente, son casi los mismos en algunos casos. Finalmente, podemos ver que si, por un lado, las serpientes que mejor ahuyentaban a sus enemigos eran las que mejor escapaban de ser devoradas; y si, por otro lado, sobrevivían en mayor número los individuos del enemigo atacante, los más aptos para la peligrosa tarea de matar y devorar serpientes venenosas; entonces, tanto en un caso como en el otro, las variaciones beneficiosas, suponiendo que las características en cuestión variaran, se habrían conservado comúnmente gracias a la supervivencia de los más aptos.

El retraer y presionar las orejas contra la cabeza. —Las orejas, mediante sus movimientos, son muy expresivas en muchos animales; pero en algunos, como el hombre, los simios superiores y muchos rumiantes, fallan en este aspecto. Una ligera diferencia de posición sirve para expresar de la manera más clara un estado mental distinto, como podemos observar a diario en el perro; pero aquí solo nos ocupamos de las orejas retraídas y presionadas contra la cabeza. Se muestra así una actitud salvaje, pero solo en el caso de los animales que luchan con los dientes; y el cuidado que ponen para evitar que sus antagonistas les agarren las orejas explica esta posición. En consecuencia, por hábito y asociación, siempre que se sienten ligeramente salvajes, o fingen serlo en su juego, retraen las orejas. Que esta es la verdadera explicación puede inferirse de la relación que existe en muchos animales entre su forma de luchar y la retracción de las orejas.

Todos los carnívoros luchan con sus caninos, y todos, según he observado, retraen las orejas cuando se sienten furiosos. Esto se observa continuamente en perros cuando pelean en serio, y en cachorros que pelean al jugar. El movimiento es diferente de la caída y el ligero retroceso de las orejas cuando un perro se siente complacido y es acariciado por su amo. La retracción de las orejas también se observa en gatitos que pelean entre sí al jugar, y en gatos adultos cuando se muestran realmente furiosos, como se ilustró en la figura 9 (pág. 58). Aunque sus orejas están así en gran medida protegidas, a menudo se desgarran mucho en los gatos machos viejos durante sus peleas mutuas. El mismo movimiento es muy llamativo en tigres, leopardos, etc., mientras gruñen por su comida en las casas de fieras. El lince tiene orejas notablemente largas; Y su retracción, cuando se acerca uno de estos animales en su jaula, es muy visible y expresa claramente su carácter salvaje. Incluso una foca orejera, la Otariapusilla , que tiene orejas muy pequeñas, las retrae cuando se lanza furiosa contra las piernas de su cuidador.

Cuando los caballos pelean entre sí, usan sus incisivos para morder y sus patas delanteras para golpear, mucho más que las traseras para patear hacia atrás. Esto se ha observado cuando sementales se han soltado y han peleado juntos, y también puede inferirse del tipo de heridas que se infligen. Todos reconocen la apariencia feroz que le da a un caballo el hecho de encoger las orejas hacia atrás. Este movimiento es muy diferente al de escuchar un sonido detrás. Si un caballo malhumorado en el establo tiende a patear hacia atrás, sus orejas están retraídas por costumbre, aunque no tenga intención ni fuerza para morder. Pero cuando un caballo levanta ambas patas traseras en un juego, como al entrar en campo abierto o al ser rozado con el látigo, generalmente no baja las orejas, pues no se siente feroz. Los guanacos pelean ferozmente con los dientes; y deben hacerlo con frecuencia, pues encontré las pieles de varios que cacé en la Patagonia profundamente rayadas. Lo mismo hacen los camellos. Y ambos animales, cuando están salvajes, encogen las orejas hacia atrás. Los guanacos, como he observado, cuando no pretenden morder, sino simplemente escupir su saliva ofensiva a distancia a un intruso, encogen las orejas. Incluso el hipopótamo, al amenazar con su enorme boca abierta a un compañero, encoge sus pequeñas orejas, igual que un caballo.

¡Qué contraste se presenta entre los animales mencionados y el ganado vacuno, las ovejas o las cabras, que nunca usan los dientes para pelear ni echan las orejas hacia atrás cuando se enfurecen! Aunque las ovejas y las cabras parecen animales tan tranquilos, los machos a menudo participan en furiosas peleas. Como los ciervos forman una familia estrechamente relacionada, y como yo desconocía que alguna vez pelearan con los dientes, me sorprendió mucho el relato del mayor Ross King sobre los ciervos alces en Canadá. Dice que cuando «dos machos se encuentran por casualidad, echando las orejas hacia atrás y rechinando los dientes, se lanzan el uno contra el otro con una furia espantosa». [433] Pero el Sr. Bartlett me informa que algunas especies de ciervos pelean ferozmente con los dientes, por lo que el hecho de que el alce eche las orejas hacia atrás concuerda con nuestra regla. Varias especies de canguros, que se mantienen en el Zoológico, pelean arañando con las patas delanteras y pateando con las traseras; Pero nunca se muerden, y los cuidadores nunca los han visto echar las orejas hacia atrás cuando se enfadan. Los conejos pelean principalmente a patadas y arañazos, pero también se muerden; y he conocido a uno que le arrancó la mitad de la cola a su antagonista de un mordisco. Al principio de sus peleas, echan las orejas hacia atrás, pero después, al saltar y patearse, las mantienen erguidas o las mueven mucho.

El Sr. Bartlett observó a un jabalí peleando ferozmente con su cerda; ambos tenían la boca abierta y las orejas hacia atrás. Pero esto no parece ser común en los cerdos domésticos cuando se pelean. Los jabalíes luchan entre sí golpeando hacia arriba con sus colmillos; y el Sr. Bartlett duda que luego retiren las orejas. Los elefantes, que de igual manera luchan con sus colmillos, no retraen las orejas, sino que, por el contrario, las erigen cuando se abalanzan uno contra el otro o contra un enemigo.

Los rinocerontes del Zoológico luchan con sus cuernos nasales y nunca se les ha visto intentar morderse entre sí, salvo cuando juegan; y los cuidadores están convencidos de que no echan las orejas hacia atrás, como los caballos y los perros, cuando se sienten salvajes. Por lo tanto, la siguiente afirmación de Sir S. Baker [434] es inexplicable: un rinoceronte al que abatió en el norte de África «no tenía orejas; otro de la misma especie le había arrancado las orejas cerca de la cabeza durante una pelea; y esta mutilación no es en absoluto infrecuente».

Por último, con respecto a los monos, algunas especies, que tienen orejas móviles y luchan con los dientes —por ejemplo, el Cereopithecus ruber— , las retraen cuando se irritan, igual que los perros; y entonces tienen una apariencia muy rencorosa. Otras especies, como el Inuus ecaudatus , aparentemente no actúan así. Por otro lado, otras especies —y esto es una gran anomalía en comparación con la mayoría de los demás animales— retraen las orejas, muestran los dientes y farfullan cuando les agrada que las acaricien. Observé esto en dos o tres especies de macacos y en el Cynopithecus niger . Esta expresión, debido a nuestra familiaridad con los perros, jamás sería reconocida como de alegría o placer por quienes no conocen a los monos.

Erección de las Orejas. —Este movimiento apenas requiere atención. Todos los animales que pueden mover libremente las orejas, al sobresaltarse o al observar de cerca cualquier objeto, las dirigen hacia el punto de vista para percibir cualquier sonido proveniente de él. Al mismo tiempo, generalmente levantan la cabeza, pues allí se encuentran todos sus sentidos, y algunos animales más pequeños se incorporan sobre sus patas traseras. Incluso aquellos que se acurrucan en el suelo o huyen al instante para evitar el peligro, generalmente actúan momentáneamente de esta manera para determinar el origen y la naturaleza del peligro. La cabeza levantada, con las orejas erguidas y los ojos dirigidos hacia adelante, transmite una inconfundible expresión de atención atenta a cualquier animal.

CAPÍTULO V.
EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.

El Perro, diversos movimientos expresivos de—Gatos—Caballos—Rumiantes—Monos, su expresión de alegría y afecto—De dolor—Ira—Asombro y Terror.

El Perro. —Ya he descrito (figs. 5 y 7) la apariencia de un perro que se acerca a otro con intenciones hostiles: orejas erguidas, mirada fija hacia adelante, pelo erizado en el cuello y la espalda, andar notablemente rígido y la cola erguida. Esta apariencia nos resulta tan familiar que a veces se dice que un hombre enfadado "se mantiene firme". De los puntos anteriores, solo la rigidez del andar y la cola erguida requieren mayor análisis. Sir C. Bell señala [501] que, cuando un tigre o un lobo es atacado por su dueño y se enfurece repentinamente, todos los músculos están en tensión y las extremidades en una actitud de esfuerzo forzado, listas para saltar. Esta tensión muscular y la consiguiente rigidez del andar pueden explicarse por el principio de un hábito asociado, pues la ira ha provocado continuamente forcejeos feroces y, en consecuencia, una tensión violenta de todos los músculos del cuerpo. También hay motivos para sospechar que el sistema muscular requiere una breve preparación, o cierto grado de inervación, antes de ponerse en acción con fuerza. Mis propias sensaciones me llevan a esta inferencia; pero no puedo descubrir que sea una conclusión aceptada por los fisiólogos. Sir J. Paget, sin embargo, me informa que cuando los músculos se contraen repentinamente con la mayor fuerza, sin preparación alguna, son propensos a romperse, como cuando una persona resbala inesperadamente; pero que esto rara vez ocurre cuando una acción, por violenta que sea, se realiza deliberadamente.

Respecto a la posición erguida de la cola, parece depender (aunque desconozco si esto es realmente así) de que los músculos elevadores sean más potentes que los depresores, de modo que cuando todos los músculos de la parte trasera del cuerpo están en tensión, la cola se levanta. Un perro alegre, trotando delante de su amo con pasos altos y elásticos, generalmente lleva la cola en alto, aunque no tan rígida como cuando está enfadado. Un caballo, al ser liberado por primera vez en campo abierto, puede trotar con pasos largos y elásticos, manteniendo la cabeza y la cola en alto. Incluso las vacas, cuando retozan por placer, levantan la cola de forma ridícula. Lo mismo ocurre con varios animales en los zoológicos. Sin embargo, la posición de la cola, en ciertos casos, está determinada por circunstancias especiales; así, en cuanto un caballo se lanza al galope a toda velocidad, siempre baja la cola para ofrecer la menor resistencia posible al aire.

Cuando un perro está a punto de abalanzarse sobre su antagonista, emite un gruñido feroz; las orejas se aprietan hacia atrás y el labio superior (fig. 14) se retrae para apartar los dientes, especialmente los caninos. Estos movimientos se pueden observar en perros y cachorros mientras juegan. Pero si un perro se vuelve realmente feroz al jugar, su expresión cambia de inmediato. Esto, sin embargo, se debe simplemente a que los labios y las orejas se retraen con mucha mayor energía. Si un perro solo gruñe a otro, el labio generalmente se retrae solo hacia un lado, es decir, hacia su enemigo.

Fig. 14. Cabeza de perro gruñendo. Del natural, por el Sr. Wood.

Los movimientos de un perro al demostrar afecto hacia su amo se describieron (figs. 6 y 8) en nuestro segundo capítulo. Estos consisten en bajar la cabeza y todo el cuerpo, flexionando la cola, extendiéndola y meneándola de lado a lado. Las orejas caen y se retraen ligeramente, lo que alarga los párpados y altera la apariencia general del rostro. Los labios cuelgan sueltos y el pelo permanece liso. Todos estos movimientos o gestos se explican, en mi opinión, por su completa antítesis con los que un perro salvaje adopta naturalmente en un estado mental totalmente opuesto. Cuando un hombre simplemente le habla a su perro o lo observa, vemos el último vestigio de estos movimientos en un ligero meneo de la cola, sin ningún otro movimiento del cuerpo y sin siquiera bajar las orejas. Los perros también demuestran su afecto deseando frotarse contra sus amos y ser acariciados por ellos.

Gratiolet explica los gestos de afecto anteriores de la siguiente manera: y el lector puede juzgar si la explicación parece satisfactoria. Hablando de los animales en general, incluido el perro, dice: [502] "C'est toujours la partie la plus sensible de leurs corps qui recherche les caresses ou les donne. Lorsque toute la longueur des flancs et du corps est sensable, l'animal serpente et rampe sous les caresses; et ces ondulators se propageant le long des muscle analoges des segments jusqu'aux extrémités de la colonne vertébrale, la queue se ploie et s'agite.” Además, añade, que los perros, cuando se sienten afectuosos, bajan las orejas para excluir todo sonido, ¡para que toda su atención se concentre en las caricias de su amo!

Los perros tienen otra forma sorprendente de demostrar su afecto: lamer las manos o la cara de sus amos. A veces lamen a otros perros, y en ese caso siempre son sus hocicos. También he visto perros lamer a gatos con los que eran amigos. Este hábito probablemente se originó en las hembras, que lamían cuidadosamente a sus cachorros —el objeto más preciado de su amor— para limpiarlos. También suelen darles a sus cachorros, tras una breve ausencia, algunos lametones superficiales, aparentemente por cariño. Así, el hábito se asocia con la emoción del amor, independientemente de cómo se despierte posteriormente. Ahora es tan hereditario o innato que se transmite por igual a ambos sexos. Una terrier mía tuvo hace poco a sus cachorros sacrificados, y aunque siempre fue una criatura muy cariñosa, me impresionó mucho la forma en que intentó satisfacer su instintivo amor maternal dedicándolo a mí; y su deseo de lamerme las manos se convirtió en una pasión insaciable.

El mismo principio probablemente explica por qué a los perros, cuando sienten afecto, les gusta frotarse contra sus amos y que ellos los froten o los acaricien, ya que desde la lactancia de sus cachorros, el contacto con un objeto amado se ha asociado firmemente en sus mentes con la emoción del amor.

El sentimiento de afecto de un perro hacia su amo se combina con una fuerte sensación de sumisión, similar al miedo. Por ello, los perros no solo bajan el cuerpo y se agachan un poco al acercarse a sus amos, sino que a veces se tiran al suelo con la panza hacia arriba. Este es un movimiento completamente opuesto a cualquier muestra de resistencia. Anteriormente tuve un perro grande que no temía pelear con otros perros; pero un perro pastor con aspecto de lobo en el vecindario, aunque no feroz ni tan fuerte como mi perro, ejercía una extraña influencia sobre él. Cuando se encontraban en el camino, mi perro corría a su encuentro, con la cola parcialmente metida entre las patas y el pelo alisado; y entonces se tiraba al suelo, panza hacia arriba. Con este gesto parecía decir con más claridad que con palabras: «He aquí, soy tu esclavo».

Algunos perros exhiben un estado mental placentero y excitado, asociado con el afecto, de una manera muy peculiar: sonriendo. Somerville lo observó hace mucho tiempo, y dice:

“Y con una sonrisa cortés, el perro adulador
te saluda encogido, su nariz ancha y abierta
se curva hacia arriba, y sus grandes ojos de endrino
se derriten en suaves halagos y humilde alegría”.
La caza , libro i.

El famoso galgo escocés de Sir W. Scott, Maida, tenía este hábito, y es común en los terriers. También lo he visto en un spitz y en un perro pastor. El Sr. Riviere, quien ha prestado especial atención a esta expresión, me informa que rara vez se muestra de forma perfecta, pero es bastante común en menor grado. El labio superior, al sonreír, se retrae, como al gruñir, de modo que los caninos quedan expuestos, y las orejas se retraen; pero el aspecto general del animal muestra claramente que no siente ira. Sir C. Bell [503] comenta: «Los perros, en su expresión de cariño, tienen una ligera eversión de los labios, y sonríen y olfatean entre sus cabriolas, de una manera que se asemeja a la risa». Algunas personas hablan de la sonrisa como de una sonrisa, pero si realmente lo fuera, veríamos un movimiento similar, aunque más pronunciado, de los labios y las orejas, cuando los perros emiten su ladrido de alegría. Pero no es así, aunque un ladrido de alegría suele ir seguido de una sonrisa. Por otro lado, los perros, al jugar con sus compañeros o amos, casi siempre fingen morderse; y luego retraen, aunque no con energía, los labios y las orejas. Por lo tanto, sospecho que algunos perros tienden, siempre que sienten un placer intenso combinado con afecto, a actuar por hábito y asociación con los mismos músculos, como al morderse juguetonamente, o morderse las manos de sus amos.

En el segundo capítulo describí el andar y la apariencia de un perro alegre, y la marcada antítesis que presenta el mismo animal cuando está abatido y decepcionado, con la cabeza, las orejas, el cuerpo, la cola y las patillas caídas, y la mirada apagada. Ante la expectativa de un gran placer, los perros saltan y ladran de forma extravagante y ladran de alegría. La tendencia a ladrar en este estado mental es hereditaria o se transmite en la raza: los galgos rara vez ladran, mientras que el spitz ladra tan incesantemente al salir a pasear con su amo que se convierte en una molestia.

Los perros expresan su dolor casi de la misma manera que muchos otros animales, es decir, con aullidos, contorsiones y movimientos de todo el cuerpo.

La atención se demuestra levantando la cabeza, con las orejas erguidas y la mirada fija hacia el objeto o la zona que se observa. Si se trata de un sonido y se desconoce su origen, se suele girar la cabeza oblicuamente de un lado a otro de forma muy significativa, aparentemente para determinar con mayor exactitud de dónde proviene. Sin embargo, he visto a un perro muy sorprendido por un ruido nuevo, que giraba la cabeza hacia un lado por costumbre, aunque percibía claramente su origen. Como ya se ha comentado, los perros, cuando su atención se despierta de alguna manera, mientras observan un objeto o prestan atención a un sonido, suelen levantar una pata (fig. 4) y mantenerla doblada, como para acercarse lenta y sigilosamente.

Un perro extremadamente aterrorizado se tira al suelo, aúlla y defeca; pero creo que su pelaje no se eriza a menos que sienta ira. He visto a un perro muy aterrorizado por una banda de músicos que tocaban a todo volumen fuera de la casa, con todos los músculos del cuerpo temblando, el corazón palpitando tan rápido que apenas se podían contar los latidos, y jadeando con la boca abierta, como un hombre aterrorizado. Sin embargo, este perro no se había esforzado; solo había deambulado lenta e inquietamente por la habitación, y el día era frío.

Incluso un grado muy leve de miedo se manifiesta invariablemente con la cola metida entre las patas. Este recogimiento del perro va acompañado de orejas hacia atrás; pero no están pegadas a la cabeza, como al gruñir, ni bajadas, como cuando un perro está contento o cariñoso. Cuando dos perros jóvenes se persiguen jugando, el que escapa siempre mantiene la cola metida hacia adentro. Lo mismo ocurre cuando un perro, muy animado, corre como un loco alrededor de su amo, en círculos o formando ochos. Entonces actúa como si otro perro lo persiguiera. Este curioso tipo de juego, que debe ser familiar para cualquiera que haya observado perros, tiende a activarse especialmente después de que el animal se sobresalte o se asuste un poco, como cuando su amo salta repentinamente sobre él al anochecer. En este caso, así como cuando dos perros jóvenes se persiguen jugando, parece como si el que escapa temiera que el otro lo agarrara por la cola. Pero, por lo que he podido averiguar, los perros rara vez se atrapan entre sí de esta manera. Le pregunté a un caballero que había tenido foxhounds toda su vida, y él consultó a otros cazadores experimentados si alguna vez habían visto a un perro atrapar a un zorro de esta manera; pero nunca lo habían visto. Parece que cuando un perro es perseguido, o cuando corre el peligro de ser golpeado por detrás o de que algo le caiga encima, en todos estos casos intenta retirar sus cuartos traseros lo más rápido posible, y que, por alguna conexión muscular, la cola se retrae fuertemente hacia adentro.

Un movimiento similarmente conectado entre los cuartos traseros y la cola se puede observar en la hiena. El Sr. Bartlett me informa que cuando dos de estos animales luchan juntos, son conscientes mutuamente del maravilloso poder de sus mandíbulas y son extremadamente cautelosos. Saben bien que si una de sus patas fuera agarrada, el hueso se trituraría instantáneamente; por lo tanto, se acercan de rodillas, con las piernas lo más hacia adentro posible y con todo el cuerpo encorvado, para no presentar ningún punto saliente; la cola, al mismo tiempo, está bien metida entre las patas. En esta actitud, se acercan de lado, o incluso parcialmente hacia atrás. Lo mismo ocurre con los ciervos; varias especies, cuando están salvajes y pelean, meten la cola. Cuando un caballo en el campo intenta morder los cuartos traseros de otro jugando, o cuando un niño brusco golpea a un burro por detrás, los cuartos traseros y la cola se retraen, aunque no parece que esto se haga simplemente para evitar que la cola se lastime. También hemos visto el efecto inverso de estos movimientos; pues cuando un animal trota con pasos altos y elásticos, la cola casi siempre se mantiene en alto.

Como ya he dicho, cuando un perro es perseguido y huye, mantiene las orejas hacia atrás, pero abiertas; y esto, claramente, lo hace para oír los pasos de su perseguidor. Por costumbre, las orejas suelen mantenerse en esta misma posición, con la cola recogida, cuando el peligro está claramente delante. He observado repetidamente, con una terrier mía tímida, que cuando tiene miedo de algún objeto que tiene delante, cuya naturaleza conoce perfectamente y no necesita reconocer, mantiene las orejas y la cola en esta posición durante mucho tiempo, con una expresión de incomodidad. La incomodidad, sin miedo, se expresa de forma similar: así, un día salí de casa, justo cuando esta misma perra sabía que le traerían la comida. No la llamé, pero deseaba mucho acompañarme, y al mismo tiempo deseaba mucho su cena; y allí estaba, mirando primero a un lado y luego a otro, con la cola recogida y las orejas hacia atrás, presentando una inconfundible expresión de perplejidad e incomodidad.

Casi todos los movimientos expresivos descritos, con excepción de la mueca de alegría, son innatos o instintivos, pues son comunes a todos los individuos, jóvenes y viejos, de todas las razas. La mayoría son también comunes a los progenitores aborígenes del perro, a saber, el lobo y el chacal; y algunos a otras especies del mismo grupo. Los lobos y chacales domesticados, al ser acariciados por sus amos, saltan de alegría, menean la cola, bajan las orejas, lamen las manos de su amo, se agachan e incluso se tiran al suelo boca arriba. [504] He visto a un chacal africano, del Gabón, bastante parecido a un zorro, bajar las orejas al ser acariciado. Los lobos y chacales, cuando se asustan, ciertamente encogen la cola; y se ha descrito a un chacal domesticado corriendo alrededor de su amo en círculos y figuras de ocho, como un perro, con el rabo entre las patas.

Se ha afirmado [505] que los zorros, por muy domesticados que estén, nunca muestran ninguno de los movimientos expresivos mencionados; pero esto no es del todo exacto. Hace muchos años observé en el Zoológico, y registré el hecho en su momento, que un zorro inglés muy domesticado, al ser acariciado por su cuidador, meneaba la cola, bajaba las orejas y luego se tiraba al suelo boca arriba. El zorro negro de Norteamérica también bajaba ligeramente las orejas. Pero creo que los zorros nunca lamen las manos de sus amos, y me han asegurado que, cuando se asustan, nunca encogen la cola. Si se acepta la explicación que he dado sobre la expresión de afecto en los perros, parecería que los animales que nunca han sido domesticados —como lobos, chacales e incluso zorros— han adquirido, sin embargo, por el principio de antítesis, ciertos gestos expresivos; pues no es probable que estos animales, confinados en jaulas, los hayan aprendido imitando a los perros.

Gatos . Ya he descrito las acciones de un gato (fig. 9) cuando se siente salvaje y no aterrorizado. Adopta una postura agachada y ocasionalmente saca las patas delanteras, con las garras listas para atacar. La cola está extendida, enroscada o azotada de lado a lado. El pelo no está erizado, al menos no era así en los pocos casos que observé. Las orejas están recogidas hacia atrás y se muestran los dientes. Emite gruñidos bajos y salvajes. Podemos entender por qué la actitud que adopta un gato cuando se prepara para pelear con otro gato, o cuando está muy irritado, es tan diferente a la de un perro que se acerca a otro con intenciones hostiles; pues el gato usa sus patas delanteras para atacar, lo que hace que la posición agachada sea conveniente o necesaria. También está mucho más acostumbrado que un perro a permanecer oculto y abalanzarse repentinamente sobre su presa. No se puede determinar con certeza la causa de que la cola se enrosque o azote de lado a lado. Este hábito es común a muchos otros animales, por ejemplo, al puma, cuando se prepara para saltar; [506] pero no es común a los perros ni a los zorros, como deduzco del relato del Sr. St. John sobre un zorro que acecha y atrapa una liebre. Ya hemos visto que algunas especies de lagartos y diversas serpientes, al excitarse, vibran rápidamente las puntas de la cola. Parecería como si, bajo una fuerte excitación, existiera un deseo incontrolable de movimiento, debido a la liberación de fuerza nerviosa del sensorio excitado; y que, al quedar la cola libre y su movimiento no perturba la posición general del cuerpo, esta se enrosca o se agita.

Todos los movimientos de un gato, cuando siente afecto, son completamente opuestos a los descritos. Ahora se yergue, con el lomo ligeramente arqueado, la cola perpendicularmente levantada y las orejas erguidas; y frota sus mejillas y flancos contra su amo o dueña. El deseo de frotar algo es tan fuerte en los gatos en este estado mental, que a menudo se les puede ver frotándose contra las patas de sillas o mesas, o contra los marcos de las puertas. Esta forma de expresar afecto probablemente se originó por asociación, como en el caso de los perros, con la madre amamantando y acariciando a sus crías; y quizás de las propias crías amándose y jugando juntas. Ya se ha descrito otro gesto muy diferente, expresivo de placer: la curiosa manera en que los gatos jóvenes e incluso viejos, cuando están contentos, sacan alternativamente sus patas delanteras, con los dedos separados, como si empujaran y succionaran las ubres de su madre. Este hábito es tan análogo al de frotarse contra algo, que ambos parecen derivar de acciones realizadas durante el período de lactancia. No entiendo por qué los gatos demuestran afecto frotándose mucho más que los perros, a pesar de que estos últimos disfrutan del contacto con sus amos, y por qué los gatos solo lamen ocasionalmente las manos de sus amigos, mientras que los perros siempre lo hacen. Los gatos se limpian lamiéndose el pelaje con más frecuencia que los perros. Por otro lado, sus lenguas parecen menos aptas para esta función que las de los perros, que son más largas y flexibles.

Los gatos, cuando están aterrorizados, se erigen en toda su altura y arquean el lomo de una forma tan conocida y ridícula. Escupen, silban o gruñen. El pelo de todo el cuerpo, y especialmente el de la cola, se eriza. En los casos que observé, la parte basal de la cola se mantenía erguida, con la parte terminal ladeada; pero a veces la cola (véase la fig. 15) solo se levanta ligeramente y se dobla casi desde la base hacia un lado. Las orejas están recogidas y los dientes expuestos. Cuando dos gatitos juegan juntos, uno a menudo intenta asustar al otro de esta manera. Por lo visto en capítulos anteriores, todas las expresiones mencionadas son comprensibles, excepto el arqueamiento extremo del lomo. Me inclino a creer que, al igual que muchas aves, al erizar sus plumas, extienden las alas y la cola para parecer lo más grandes posible, los gatos se erigen en toda su estatura, arquean el lomo, a menudo levantan la base de la cola y erizan el pelo con el mismo propósito. Se dice que el lince, al ser atacado, arquea el lomo, y así lo representa Brehm. Pero los cuidadores del Zoológico nunca han observado esta tendencia en los felinos más grandes, como tigres, leones, etc.; y estos tienen pocos motivos para temer a cualquier otro animal.

Los gatos usan su voz como medio de expresión, y emiten, bajo diversas emociones y deseos, al menos seis o siete sonidos diferentes. El ronroneo de satisfacción, que se produce tanto al inspirar como al espirar, es uno de los más curiosos. El puma, el guepardo y el ocelote también ronronean; pero el tigre, cuando está complacido, emite un peculiar y breve resoplido, acompañado del cierre de los párpados. [507] Se dice que el león, el jaguar y el leopardo no ronronean.

Caballos. —Los caballos, en estado salvaje, encogen las orejas, sacan la cabeza y descubren parcialmente los incisivos, listos para morder. Cuando les da la patada, generalmente, por costumbre, encogen las orejas; y sus ojos se vuelven hacia atrás de una manera peculiar. [508] Cuando están contentos, como cuando les traen la comida codiciada en el establo, levantan y encogen la cabeza, levantan las orejas y miran fijamente a su compañero, a menudo relinchando. La impaciencia se expresa pateando el suelo.

Las acciones de un caballo cuando se asusta mucho son sumamente expresivas. Un día, mi caballo se asustó mucho al ver una máquina perforadora, cubierta con una lona y tendida en campo abierto. Levantó tanto la cabeza que su cuello quedó casi perpendicular; y esto lo hacía por costumbre, pues la máquina estaba en una pendiente, y no se habría podido ver con mayor claridad al levantar la cabeza; ni siquiera si algún sonido hubiera provenido de ella, se habría podido oír con mayor nitidez. Sus ojos y oídos estaban dirigidos fijamente hacia adelante; y podía sentir a través de la silla las palpitaciones de su corazón. Con las fosas nasales dilatadas y enrojecidas, resopló violentamente y, girando sobre sí mismo, habría salido disparado a toda velocidad si no se lo hubiera impedido. La distensión de las fosas nasales no tiene como objetivo olfatear el peligro, pues cuando un caballo huele con atención cualquier objeto y no se alarma, no dilata las fosas nasales. Debido a la presencia de una válvula en la garganta, un caballo, al jadear, no respira por la boca abierta, sino por las fosas nasales; y estas, en consecuencia, han adquirido una gran capacidad de expansión. Esta expansión de las fosas nasales, así como el resoplido y las palpitaciones del corazón, son acciones que se han asociado firmemente, durante largas generaciones, con la emoción del terror; pues el terror ha llevado habitualmente al caballo al máximo esfuerzo para alejarse a toda velocidad del peligro.

Rumiantes. —El ganado vacuno y ovino se distingue por mostrar de forma tan leve sus emociones o sensaciones, salvo el dolor extremo. Un toro, enfurecido, exhibe su furia únicamente por la forma en que mantiene la cabeza agachada, con las fosas nasales dilatadas y mugiendo. También suele patear el suelo; pero este pateo parece muy diferente al de un caballo impaciente, pues cuando la tierra está suelta, levanta nubes de polvo. Creo que los toros actúan de esta manera cuando les irritan las moscas, para ahuyentarlas. Las razas más salvajes de ovejas y rebecos, al asustarse, patalean el suelo y silban por el hocico; esto sirve como señal de peligro para sus compañeros. El buey almizclero de las regiones árticas, al ser encontrado, también patea el suelo. [509] No puedo conjeturar cómo surgió este pateo, pues, según mis investigaciones, ninguno de estos animales lucha con las patas delanteras.

Algunas especies de ciervos, cuando están salvajes, muestran una expresión mucho más expresiva que el ganado vacuno, ovino o caprino, pues, como ya se ha dicho, encogen las orejas, rechinan los dientes, erizan el pelaje, chillan, patean el suelo y blanden sus cuernos. Un día, en el Zoológico, el ciervo de Formosa ( Cervus pseudaxis ) se me acercó en una actitud curiosa, con el hocico bien levantado, de modo que los cuernos le presionaban el cuello; la cabeza se mantenía bastante oblicua. Por la expresión de sus ojos, supe que estaba salvaje; se acercó lentamente, y en cuanto se acercó a los barrotes de hierro, no bajó la cabeza para golpearme, sino que la dobló bruscamente hacia adentro y golpeó los cuernos con gran fuerza contra la barandilla. El Sr. Bartlett me informa que otras especies de ciervos adoptan la misma actitud cuando se enfurecen.

Monos. —Las diversas especies y géneros de monos expresan sus sentimientos de muchas maneras diferentes; este hecho es interesante, ya que, en cierta medida, influye en la cuestión de si las llamadas razas humanas deben clasificarse como especies o variedades distintas; pues, como veremos en los siguientes capítulos, las diferentes razas humanas expresan sus emociones y sensaciones con notable uniformidad en todo el mundo. Algunas de las acciones expresivas de los monos son interesantes por otro lado, a saber, por su estrecha analogía con las del ser humano. Dado que no he tenido la oportunidad de observar ninguna especie del grupo en todas las circunstancias, mis observaciones se organizarán mejor según los diferentes estados mentales.

Placer, alegría, afecto : no es posible distinguir en los monos, al menos sin más experiencia que la mía, la expresión de placer o alegría de la de afecto. Los chimpancés jóvenes emiten una especie de ladrido cuando se alegran del regreso de alguien a quien sienten afecto. Al emitir este sonido, que los cuidadores llaman risa, los labios se extienden hacia afuera; pero lo mismo ocurre bajo diversas emociones. Sin embargo, pude percibir que cuando estaban contentos, la forma de los labios difería un poco de la que adoptaban cuando estaban enojados. Si se le hacen cosquillas a un chimpancé joven —y las axilas son particularmente sensibles a las cosquillas, como en el caso de nuestros niños—, emite una risa más pronunciada; aunque a veces la risa es silenciosa. Las comisuras de los labios se retraen, lo que a veces provoca una ligera arruga en los párpados inferiores. Pero esta arruga, tan característica de nuestra risa, se observa con mayor claridad en otros monos. Los dientes de la mandíbula superior del chimpancé no quedan expuestos al emitir su risa, en lo cual se diferencian de nosotros. Sin embargo, sus ojos brillan y se vuelven más brillantes, como afirma el Sr. W.L. Martin [510], quien ha prestado especial atención a su expresión.

Los orangutanes jóvenes, al hacerles cosquillas, también sonríen y emiten una risita; el Sr. Martin dice que sus ojos se vuelven más brillantes. En cuanto cesa la risa, se puede percibir una expresión en sus rostros que, como me comentó el Sr. Wallace, podría llamarse sonrisa. También he observado algo similar en el chimpancé. El Dr. Duchenne —y no puedo citar a una autoridad más competente— me informa que tuvo un mono muy domesticado en su casa durante un año; y cuando le daba algún manjar selecto durante las comidas, observó que las comisuras de sus labios se elevaban ligeramente; así, se podía percibir claramente en este animal una expresión de satisfacción, similar a una sonrisa incipiente y a la que a menudo se ve en el rostro de un hombre.

Español El Cebus azaræ , [511] cuando se regocija al volver a ver a una persona amada, emite un peculiar sonido de risita ( kichernden ). También expresa sensaciones agradables, retrayendo las comisuras de su boca, sin producir ningún sonido. Rengger llama a este movimiento risa, pero sería más apropiado llamarlo sonrisa. La forma de la boca es diferente cuando se expresa dolor o terror, y se emiten agudos chillidos. Otra especie de Cebus en el Jardín Zoológico ( C. hypoleucus ) cuando está complacida, emite una nota estridente reiterada y, del mismo modo, retrae las comisuras de su boca, aparentemente a través de la contracción de los mismos músculos que en nosotros. Lo mismo hace el mono de Berbería ( Inuus ecaudatus ) en un grado extraordinario; y observé en este mono que la piel de los párpados inferiores se arrugaba mucho. Al mismo tiempo, movía rápidamente su mandíbula inferior o labios de manera espasmódica, quedando los dientes expuestos; Pero el ruido producido no era más nítido que lo que a veces llamamos risa silenciosa. Dos de los cuidadores afirmaron que ese leve sonido era la risa del animal, y cuando expresé mis dudas al respecto (por entonces sin experiencia), lo obligaron a atacar, o mejor dicho, a amenazar, a un odiado mono Entellus que vivía en el mismo compartimento. Al instante, la expresión del rostro del inuus cambió por completo; abrió mucho más la boca, expuso mejor los caninos y emitió un ladrido ronco.

El babuino de Anubis ( Cynocephalus anubis ) fue primero insultado y puesto furioso, como era fácil, por su cuidador, quien luego se hizo amigo de él y le estrechó la mano. Al lograrse la reconciliación, el babuino movió rápidamente sus mandíbulas y labios, con expresión complacida. Cuando reímos con ganas, se puede observar un movimiento similar, o temblor, con mayor o menor claridad en nuestras mandíbulas; pero en el ser humano, los músculos del pecho son los más afectados, mientras que en este babuino, y en algunos otros monos, son los músculos de las mandíbulas y los labios los que se ven afectados espasmódicamente.

Ya he tenido ocasión de comentar la curiosa manera en que dos o tres especies de Alacacus y el Cynopithecus niger retraen las orejas y emiten un leve sonido de farfulleo cuando se sienten atraídos por las caricias. En el Cynopithecus (fig. 17), las comisuras de la boca se retraen simultáneamente hacia atrás y hacia arriba, dejando al descubierto los dientes. Por lo tanto, un extraño jamás reconocería esta expresión como de placer. La cresta de pelos largos de la frente está deprimida, y aparentemente toda la piel de la cabeza está retraída hacia atrás. Las cejas se levantan ligeramente, y los ojos adquieren una mirada fija. Los párpados inferiores también se arrugan ligeramente; pero esta arruga no es visible, debido a los surcos transversales permanentes en la cara.

Emociones y sensaciones dolorosas . En los monos, la expresión de un dolor leve o de cualquier emoción dolorosa, como la pena, la irritación, los celos, etc., no se distingue fácilmente de la de una ira moderada; y estos estados mentales se confunden con facilidad. Sin embargo, en algunas especies, el dolor se manifiesta mediante el llanto. Una mujer que vendió un mono a la Sociedad Zoológica, supuestamente procedente de Borneo ( Macacus maurus o M. inornatus de Gray), comentó que lloraba a menudo; y tanto el Sr. Bartlett como el cuidador, el Sr. Sutton, lo han visto repetidamente, cuando estaba afligido, o incluso cuando lo compadecían mucho, llorar tan copiosamente que las lágrimas le corrían por las mejillas. Sin embargo, hay algo extraño en este caso, ya que dos ejemplares conservados posteriormente en los Jardines, y que se cree que son de la misma especie, nunca han sido vistos llorar, aunque el cuidador y yo los observamos atentamente cuando estaban muy angustiados y gritaban a gritos. Rengger afirma [512] que los ojos del Cebus azaræ se llenan de lágrimas, pero no lo suficiente como para desbordarse, cuando se le impide conseguir un objeto muy deseado o está muy asustado. Humboldt también afirma que los ojos del Callithrix sciureus «se llenan de lágrimas al instante cuando le invade el miedo»; pero cuando este lindo monito del Zoológico fue provocado hasta el punto de gritar a gritos, esto no ocurrió. Sin embargo, no quiero poner en duda la exactitud de la afirmación de Humboldt.

El aspecto de abatimiento en los jóvenes orangutanes y chimpancés, cuando no están sanos, es tan evidente y casi tan patético como en el caso de nuestros niños. Este estado mental y físico se manifiesta en sus movimientos apáticos, semblantes decaídos, ojos apagados y complexión alterada.

Ira. —Esta emoción es exhibida a menudo por muchas clases de monos, y se expresa, como señala el Sr. Martin, [513] de muchas maneras diferentes. “Algunas especies, cuando se irritan, fruncen los labios, miran fija y ferozmente a su enemigo y dan breves sobresaltos repetidos como si estuvieran a punto de saltar hacia adelante, emitiendo al mismo tiempo sonidos guturales. Muchos muestran su ira avanzando repentinamente, dando sobresaltos bruscos, abriendo la boca y frunciendo los labios para ocultar los dientes, mientras que sus ojos se fijan atrevidamente en el enemigo, como en un desafío feroz. Algunos, y principalmente los monos de cola larga, o cernícalos, muestran los dientes y acompañan sus sonrisas maliciosas con un grito agudo, abrupto y reiterado”. El Sr. Sutton confirma la afirmación de que algunas especies descubren sus dientes cuando están furiosas, mientras que otras los ocultan con la protrusión de sus labios; y algunas especies retraen las orejas. El Cynopithecus niger , al que nos hemos referido recientemente, actúa de esta manera, deprimiendo al mismo tiempo la cresta de pelo de su frente y mostrando los dientes, de modo que los movimientos de sus rasgos cuando manifiestan ira son casi los mismos que cuando manifiestan placer, y las dos expresiones sólo las pueden distinguir aquellos que están familiarizados con el animal.

Los babuinos a menudo muestran su ira y amenazan a sus enemigos de una manera muy extraña: abriendo la boca ampliamente, como si bostezaran. El Sr. Bartlett ha visto a menudo a dos babuinos, al ser colocados por primera vez en el mismo compartimento, sentados uno frente al otro, abriendo así la boca alternativamente; y esta acción parece terminar con frecuencia en un bostezo real. El Sr. Bartlett cree que ambos animales desean demostrarse mutuamente que poseen una dentadura formidable, como sin duda es el caso. Como me costaba creer la veracidad de este gesto de bostezo, el Sr. Bartlett insultó a un viejo babuino y lo enfureció violentamente; y casi de inmediato actuó así. Algunas especies de macacos y cereopithecus [514] se comportan de la misma manera. Los babuinos también muestran su ira, como observó Brehin con los que mantuvo vivos en Abisinia, de otra manera: golpeando el suelo con una mano, «como un hombre furioso golpea la mesa con el puño». He visto este movimiento en los babuinos en los jardines zoológicos; pero a veces la acción parece más bien representar la búsqueda de una piedra u otro objeto en sus lechos de paja.

El Sr. Sutton ha observado a menudo cómo el rostro del macaco rhesus , cuando está muy enfurecido, se enrojece. Mientras me lo contaba, otro mono atacó a un rhesus , y vi su rostro enrojecerse tan claramente como el de un hombre en un ataque violento. A los pocos minutos de la batalla, el rostro de este mono recuperó su color natural. Al mismo tiempo que el rostro enrojecía, la parte posterior desnuda del cuerpo, que siempre está roja, parecía enrojecerse aún más; pero no puedo afirmar con certeza que esto fuera así. Cuando el mandril se excita de cualquier manera, se dice que las partes desnudas de la piel, de colores brillantes, se tiñen aún más intensamente.

En varias especies de babuinos, la cresta de la frente sobresale mucho sobre los ojos y está sembrada de algunos pelos largos, que representan nuestras cejas. Estos animales siempre miran a su alrededor y, para mirar hacia arriba, levantan las cejas. Así, al parecer, han adquirido el hábito de moverlas con frecuencia. Sea como sea, muchas clases de monos, especialmente los babuinos, cuando se enfadan o se excitan de cualquier manera, mueven rápida e incesantemente las cejas hacia arriba y hacia abajo, así como el vello de la frente. [515] Si bien en el caso del hombre asociamos el levantar y bajar las cejas con estados mentales definidos, el movimiento casi incesante de las cejas en los monos les da una expresión inexpresiva. Una vez observé a un hombre que tenía la costumbre de levantar las cejas continuamente sin ninguna emoción correspondiente, lo que le daba una apariencia ridícula. Así sucede con algunas personas que mantienen las comisuras de la boca un poco estiradas hacia atrás y hacia arriba, como si fueran una sonrisa incipiente, aunque en ese momento no les haga gracia ni les agrade.

Una orangután joven, celosa porque su cuidador atendía a otro mono, descubrió ligeramente sus dientes y, emitiendo un sonido irritable como un tish-shist , le dio la espalda. Tanto los orangutanes como los chimpancés, cuando se enfadaban un poco más, sacaban mucho los labios y emitían un áspero ladrido. Una chimpancé joven, en un ataque de ira, presentaba un curioso parecido a una niña en el mismo estado. Gritaba con fuerza con la boca abierta, con los labios retraídos de modo que los dientes quedaban completamente expuestos. Agitaba los brazos violentamente, a veces agarrándolos por encima de la cabeza. Se revolcaba en el suelo, a veces boca arriba, a veces boca abajo, y mordía todo lo que encontraba a su alcance. Se ha descrito [516] que un gibón joven ( Hylobates syndactylus ) en un ataque de ira se comportaba de manera casi idéntica.

Los labios de los orangutanes y chimpancés jóvenes se proyectan, a veces de forma sorprendente, en diversas circunstancias. Actúan así no solo cuando están ligeramente enojados, malhumorados o decepcionados, sino también cuando se alarman por cualquier cosa —en un caso, al ver una tortuga, [517] — y también cuando están contentos. Pero ni el grado de proyección ni la forma de la boca son exactamente iguales, como creo, en todos los casos; y los sonidos que emiten entonces son diferentes. El dibujo adjunto representa a un chimpancé enfurruñado al ofrecerle una naranja y luego quitársela. Una proyección o fruncimiento similar de los labios, aunque en un grado mucho más leve, puede observarse en niños enfurruñados.

Hace muchos años, en el Zoológico, coloqué un espejo en el suelo ante dos orangutanes jóvenes que, que se supiera, nunca antes habían visto uno. Al principio, contemplaron sus propias imágenes con la mayor sorpresa, cambiando a menudo su punto de vista. Luego se acercaron y extendieron los labios hacia la imagen, como para besarla, exactamente igual que lo habían hecho el uno hacia el otro, cuando los colocaron por primera vez, unos días antes, en la misma habitación. Después, hicieron todo tipo de muecas y se colocaron en diversas posturas frente al espejo; presionaron y frotaron la superficie; colocaron las manos a diferentes distancias detrás de él; miraron detrás; y finalmente parecieron casi asustados, se sobresaltaron un poco, se enfadaron y se negaron a mirar más.

Cuando intentamos realizar alguna pequeña acción difícil y precisa, por ejemplo, enhebrar una aguja, generalmente cerramos los labios con fuerza, supongo, para no perturbar nuestros movimientos con la respiración; y noté la misma acción en un orangután joven. El pobre animal estaba enfermo y se divertía intentando matar las moscas de los cristales con los nudillos; esto era difícil, ya que las moscas zumbaban, y en cada intento los labios se apretaban firmemente y, al mismo tiempo, sobresalían ligeramente.

Aunque los rostros, y más especialmente los gestos, de los orangutanes y chimpancés son en algunos aspectos muy expresivos, dudo que en general sean tan expresivos como los de otras especies de monos. Esto puede atribuirse en parte a la inmovilidad de sus orejas y en parte a la desnudez de sus cejas, cuyos movimientos se hacen así menos visibles. Sin embargo, cuando levantan las cejas, sus frentes se arrugan transversalmente, como en nosotros. En comparación con los humanos, sus rostros son inexpresivos, principalmente debido a que no fruncen el ceño ante ninguna emoción mental; es decir, hasta donde he podido observar, y he prestado mucha atención a este punto. El ceño fruncido, que es una de las expresiones más importantes en el hombre, se debe a la contracción de los corrugadores, mediante los cuales las cejas se bajan y se juntan, de modo que se forman surcos verticales en la frente. Se dice que tanto el orangután como el chimpancé [518] poseen este músculo, pero parece que rara vez lo ponen en acción, al menos de forma visible. Convirtí mis manos en una especie de jaula y, colocando dentro una fruta tentadora, dejé que un orangután joven y un chimpancé hicieran todo lo posible por sacarla; pero aunque se enfadaron bastante, no mostraron ni rastro de ceño fruncido. Tampoco fruncieron el ceño cuando estaban furiosos. Dos veces saqué a dos chimpancés de su habitación, bastante oscura, a la luz del sol, lo que sin duda nos habría hecho fruncir el ceño; parpadearon y guiñaron los ojos, pero solo una vez vi un ceño muy leve. En otra ocasión, le hice cosquillas en la nariz a un chimpancé con una pajita, y al arrugar la cara, aparecieron ligeros surcos verticales entre las cejas. Nunca he visto un ceño fruncido en la frente del orangután.

Al gorila, cuando se enfurece, se le describe erizando su cresta de pelo, bajando el labio inferior, dilatando las fosas nasales y profiriendo gritos aterradores. Los señores Savage y Wyman [519] afirman que el cuero cabelludo puede moverse libremente hacia adelante y hacia atrás, y que cuando el animal está excitado se contrae con fuerza; pero supongo que con esta última expresión quieren decir que el cuero cabelludo está bajado; pues también hablan del joven chimpancé, al gritar, con las cejas fuertemente contraídas. La gran capacidad de movimiento del cuero cabelludo del gorila, de muchos babuinos y otros monos, merece mención en relación con la capacidad que poseen algunos hombres, ya sea por reversión o por persistencia, de mover voluntariamente su cuero cabelludo. [520]

Asombro, Terror —A petición mía, colocaron una tortuga de agua dulce viva en el mismo compartimento del Zoológico con muchos monos; y mostraron un asombro desbordante, así como cierto miedo. Esto se manifestaba en su inmovilidad, mirando fijamente con los ojos muy abiertos, y sus cejas se movían con frecuencia de arriba a abajo. Sus rostros parecían algo alargados. De vez en cuando se levantaban sobre sus patas traseras para ver mejor. A menudo retrocedían unos metros y, girando la cabeza por encima del hombro, volvían a mirar fijamente. Fue curioso observar cuánto menos miedo le tenían a la tortuga que a una serpiente viva que previamente había colocado en su compartimento; [521] pues en pocos minutos algunos monos se atrevieron a acercarse y tocar la tortuga. Por otro lado, algunos de los babuinos más grandes estaban muy aterrorizados y sonreían como si estuvieran a punto de gritar. Cuando le mostré una muñeca disfrazada al Cynopithecus niger , este permaneció inmóvil, con la mirada fija y los ojos muy abiertos, y las orejas ligeramente adelantadas. Pero al colocar la tortuga en su compartimento, este mono también movió los labios de una forma extraña, rápida y farfullante, que, según el cuidador, pretendía complacer a la tortuga.

Nunca pude percibir con claridad que las cejas de los monos asombrados permanecieran levantadas permanentemente, aunque las movían con frecuencia. La atención, que precede al asombro, se expresa en el ser humano mediante un ligero levantamiento de las cejas; y el Dr. Duchenne me informa que cuando le daba al mono mencionado anteriormente un alimento completamente nuevo, este levantaba ligeramente las cejas, adoptando así una apariencia de atención atenta. Entonces tomaba la comida entre los dedos y, con las cejas bajas o rectas, la rascaba, la olía y la examinaba, exhibiendo así una expresión de reflexión. A veces echaba la cabeza ligeramente hacia atrás, y de nuevo, con las cejas repentinamente levantadas, volvía a examinar y finalmente probaba la comida.

Ningún mono mantuvo la boca abierta al estar asombrado. El Sr. Sutton observó para mí a un orangután joven y a un chimpancé durante un tiempo considerable; y por mucho que estuvieran asombrados, o mientras escuchaban atentamente algún sonido extraño, no mantuvieron la boca abierta. Este hecho es sorprendente, ya que en la humanidad casi ninguna expresión es más común que la de abrir la boca por completo ante la sensación de asombro. Hasta donde he podido observar, los monos respiran con mayor libertad por la nariz que los hombres; y esto podría explicar por qué no abren la boca cuando están asombrados; pues, como veremos en un capítulo posterior, el hombre aparentemente actúa de esta manera cuando se sobresalta, primero para inspirar rápidamente y luego para respirar lo más silenciosamente posible.

Muchos monos expresan terror mediante gritos estridentes, con los labios retraídos, dejando al descubierto los dientes. El pelo se les eriza, especialmente cuando sienten algo de ira. El Sr. Sutton ha visto claramente cómo el rostro del macaco rhesus palidece de miedo. Los monos también tiemblan de miedo y, a veces, defecan. Vi uno que, al ser atrapado, casi se desmaya de terror.

Se han aportado suficientes datos sobre las expresiones de diversos animales. Es imposible coincidir con Sir C. Bell cuando afirma [522] que «los rostros de los animales parecen principalmente capaces de expresar rabia y miedo»; y también cuando afirma que todas sus expresiones «pueden atribuirse, con mayor o menor claridad, a sus actos de voluntad o instintos necesarios». Quien observe a un perro preparándose para atacar a otro perro o a un hombre, y al mismo animal acariciando a su amo, o el rostro de un mono cuando es insultado y acariciado por su cuidador, se verá obligado a admitir que los movimientos de sus rasgos y sus gestos son casi tan expresivos como los del hombre. Aunque no se puede explicar algunas de las expresiones de los animales inferiores, la mayoría se explican de acuerdo con los tres principios expuestos al comienzo del primer capítulo.

CAPÍTULO VI.
EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.

Los gritos y llantos de los bebés—Formas de los rasgos—Edad en que comienza el llanto—Efectos de la restricción habitual sobre el llanto—Sollozos—Causa de la contracción de los músculos alrededor de los ojos durante los gritos—Causa de la secreción de lágrimas.

En este capítulo y en los siguientes, describiré y explicaré, en la medida de mis posibilidades, las expresiones que el hombre exhibe en diversos estados mentales. Mis observaciones se organizarán según el orden que considero más conveniente; esto generalmente conducirá a emociones y sensaciones opuestas que se suceden unas a otras.

Sufrimiento del cuerpo y la mente: llanto . —Ya he descrito con suficiente detalle, en el tercer capítulo, los signos de dolor extremo, como los gritos o gemidos, con contorsiones de todo el cuerpo y dientes apretados o rechinados. Estos signos suelen ir acompañados o seguidos de sudoración profusa, palidez, temblores, postración total o desmayo. Ningún sufrimiento es mayor que el del miedo o el horror extremos, pero aquí entra en juego una emoción distinta, que se considerará en otro lugar. El sufrimiento prolongado, especialmente el mental, se transforma en desánimo, pena, abatimiento y desesperación, y estos estados serán el tema del siguiente capítulo. Aquí me limitaré casi exclusivamente al llanto, especialmente en niños.

Los bebés, incluso cuando sufren un dolor leve, hambre moderada o malestar, emiten gritos violentos y prolongados. Mientras gritan, mantienen los ojos firmemente cerrados, de modo que la piel que los rodea se arruga y la frente se contrae. La boca está ampliamente abierta, con los labios retraídos de una manera peculiar, lo que le da una forma cuadrada; las encías o los dientes quedan más o menos expuestos. La respiración se inhala casi espasmódicamente. Es fácil observar a los bebés mientras gritan; pero he descubierto que las fotografías instantáneas son el mejor medio de observación, ya que permiten una mayor reflexión. He recopilado doce, la mayoría de ellas hechas expresamente para mí; y todas presentan las mismas características generales. Por lo tanto, he hecho reproducir seis de ellas [601] (Lámina I) mediante el proceso de heliotipia.

El cierre firme de los párpados y la consiguiente compresión del globo ocular —y este es un elemento importantísimo en diversas expresiones— sirve para proteger los ojos de una excesiva saturación de sangre, como se explicará en detalle más adelante. Con respecto al orden en que se contraen los diversos músculos para comprimir firmemente los ojos, estoy en deuda con el Dr. Langstaff, de Southampton, por algunas observaciones que he repetido desde entonces. El mejor plan para observar este orden es hacer que la persona primero levante las cejas, lo que produce arrugas transversales en la frente; y luego, muy gradualmente, contraiga todos los músculos alrededor de las cejas con la mayor fuerza posible. El lector que no esté familiarizado con la anatomía facial debería consultar la página 24 y observar los grabados en madera del 1 al 3. Los corrugadores de la ceja ( corrugator supercilii ) parecen ser los primeros músculos en contraerse; Estos músculos arrastran las cejas hacia abajo y hacia adentro, hacia la base de la nariz, provocando la aparición de surcos verticales, es decir, el ceño fruncido, entre las cejas; al mismo tiempo, provocan la desaparición de las arrugas transversales de la frente. Los músculos orbiculares se contraen casi simultáneamente con los corrugadores, produciendo arrugas alrededor de los ojos; sin embargo, parecen contraerse con mayor fuerza tan pronto como la contracción de los corrugadores les proporciona cierto soporte. Finalmente, los músculos piramidales de la nariz se contraen; estos arrastran las cejas y la piel de la frente aún más abajo, produciendo breves arrugas transversales en la base de la nariz. [602] Para abreviar, estos músculos se denominarán generalmente orbiculares, o aquellos que rodean los ojos.

Cuando estos músculos se contraen con fuerza, los que se extienden hacia el labio superior [603] también se contraen y elevan dicho labio. Esto era de esperarse por la conexión entre al menos uno de ellos, el malar , y los orbiculares. Cualquiera que contraiga gradualmente los músculos que rodean los ojos sentirá, al aumentar la fuerza, que el labio superior y las aletas de la nariz (que son parcialmente impulsadas por uno de los mismos músculos) casi siempre se levantan ligeramente. Si mantiene la boca firmemente cerrada mientras contrae los músculos que rodean los ojos y luego relaja repentinamente los labios, sentirá que la presión ocular aumenta inmediatamente. De igual manera, cuando una persona, en un día brillante y deslumbrante, desea mirar un objeto distante, pero se ve obligada a cerrar parcialmente los párpados, casi siempre se observa que el labio superior está ligeramente levantado. Las bocas de algunas personas muy miopes, que se ven obligadas habitualmente a reducir la apertura de los ojos, presentan, por esta misma razón, una expresión burlona.

La elevación del labio superior arrastra hacia arriba la carne de la parte superior de las mejillas y produce un pliegue muy marcado en cada mejilla —el surco nasolabial— que se extiende desde cerca de las alas de la nariz hasta las comisuras de la boca y por debajo de ellas. Este pliegue o surco se puede observar en todas las fotografías y es muy característico de la expresión de un niño que llora; aunque se produce un pliegue casi similar al reír o sonreír. [604]

Como el labio superior se contrae considerablemente al gritar, como se acaba de explicar, los músculos depresores de las comisuras de la boca (véase K en las xilografías 1 y 2) se contraen con fuerza para mantener la boca bien abierta y permitir la emisión de un sonido completo. La acción de estos músculos opuestos, arriba y abajo, tiende a dar a la boca un contorno oblongo, casi cuadrado, como se puede apreciar en las fotografías adjuntas. Un excelente observador [605] , al describir a un bebé llorando mientras lo alimentaban, dice: «Hizo la boca como un cuadrado y dejó que las gachas se derramaran por las cuatro comisuras». Creo, pero volveremos a este punto en un capítulo posterior, que los músculos depresores de las comisuras de la boca están menos sujetos al control voluntario que los músculos adyacentes; de modo que si un niño pequeño solo tiene una inclinación dudosa a llorar, este músculo suele ser el primero en contraerse y el último en dejar de contraerse. Cuando los niños mayores comienzan a llorar, los músculos que van hacia el labio superior suelen ser los primeros en contraerse; y esto quizás se deba a que los niños mayores no tienen una tendencia tan fuerte a gritar fuerte y, en consecuencia, a mantener la boca bien abierta, de modo que los músculos depresores antes mencionados no se ponen en acción con tanta fuerza.

Con uno de mis bebés, desde su octavo día y durante algún tiempo después, observé a menudo que la primera señal de un ataque de gritos, cuando se observaba que se desarrollaba gradualmente, era un ligero fruncimiento del ceño, debido a la contracción de los pliegues de las cejas; los capilares de la cabeza y el rostro desnudos se enrojecían con sangre. Tan pronto como comenzaba el ataque, todos los músculos alrededor de los ojos se contraían con fuerza y la boca se abría ampliamente, como se ha descrito anteriormente; de modo que en esta etapa temprana los rasgos adoptaban la misma forma que a una edad más avanzada.

El Dr. Piderit [606] hace gran hincapié en la contracción de ciertos músculos que hacen descender la nariz y estrechar las fosas nasales, característica eminente del llanto. Los depresores del ángulo de la boca , como acabamos de ver, suelen contraerse simultáneamente e indirectamente, según el Dr. Duchenne, tienden a actuar de la misma manera sobre la nariz. En los niños con resfriados fuertes, se puede observar una nariz contraída similar, lo cual se debe, al menos en parte, como me comentó el Dr. Langstaff, a su constante resoplido y a la consiguiente presión atmosférica en ambos lados. El propósito de esta contracción de las fosas nasales en los niños con resfriados fuertes, o mientras lloran, parece ser frenar el flujo descendente de mocos y lágrimas, e impedir que estos fluidos se extiendan por el labio superior.

Tras un ataque de gritos prolongado y severo, el cuero cabelludo, la cara y los ojos se enrojecen debido a que el retorno de la sangre de la cabeza se ha visto impedido por los violentos esfuerzos espiratorios; pero el enrojecimiento de los ojos estimulados se debe principalmente al abundante llanto. Los músculos de la cara, que se han contraído con fuerza, aún presentan una ligera contracción, y el labio superior aún está ligeramente levantado o evertido, [607] con las comisuras de los labios aún ligeramente hacia abajo. Yo mismo he sentido, y he observado en otras personas adultas, que cuando se reprimen las lágrimas con dificultad, como al leer un cuento patético, es casi imposible evitar que los músculos, que en los niños pequeños se activan con fuerza durante sus ataques de gritos, se contraigan o tiemblen ligeramente.

Los bebés, de pequeños, no lloran ni derraman lágrimas, como bien saben enfermeras y médicos. Esta circunstancia no se debe exclusivamente a que las glándulas lagrimales aún no sean capaces de secretar lágrimas. Observé este hecho por primera vez al rozar accidentalmente con el puño de mi abrigo el ojo abierto de uno de mis bebés, a los setenta y siete días de edad, lo que le provocó lagrimeo profuso. Aunque el niño gritó con violencia, el otro ojo permaneció seco o solo ligeramente cubierto de lágrimas. Diez días antes, durante un ataque de llanto, se produjo un derrame leve similar en ambos ojos. Las lágrimas no corrieron por los párpados ni rodaron por las mejillas de este niño, mientras gritaba con fuerza, a los 122 días de edad. Esto ocurrió por primera vez 17 días después, a los 139 días. He observado a otros niños, y el período de llanto profuso parece ser muy variable. En un caso, los ojos se llenaron ligeramente de lágrimas a los 20 días de edad; En otro caso, a los 62 días. En otros dos niños, las lágrimas no corrieron por la cara a los 84 y 110 días; pero en un tercer niño sí corrieron a los 104 días. En un caso, según me aseguraron con certeza, las lágrimas corrieron a la inusualmente temprana edad de 42 días. Parecería que las glándulas lagrimales requerían cierta práctica en el individuo antes de que se activaran fácilmente, de forma similar a como diversos movimientos y gustos consensuales heredados requieren cierto ejercicio antes de que se fijen y perfeccionen. Esto es aún más probable con un hábito como el llanto, que debe haberse adquirido desde el período en que el hombre se separó del progenitor común del género Homo y de los simios antropomorfos no llorosos.

El hecho de que no se derramen lágrimas a una edad muy temprana por dolor o cualquier emoción mental es notable, ya que, más adelante en la vida, ninguna expresión es más generalizada ni más marcada que el llanto. Una vez adquirido el hábito en un bebé, expresa de la manera más clara todo tipo de sufrimiento, tanto físico como mental, incluso acompañado de otras emociones, como miedo o rabia. Sin embargo, la naturaleza del llanto cambia a una edad muy temprana, como observé en mis propios bebés: el llanto apasionado difiere del de dolor. Una señora me informa que su hija de nueve meses, cuando se enfurece, grita fuerte, pero no llora; en cambio, llora cuando la castigan dándole la espalda a la mesa. Esta diferencia quizás se deba a que el llanto se restringe, como veremos enseguida, a una edad más avanzada, en la mayoría de las circunstancias, excepto en el dolor; y a que la influencia de dicha restricción se transmite a una etapa anterior de la vida, a aquella en que se practicó por primera vez.

En los adultos, especialmente en el sexo masculino, el llanto pronto deja de ser causado por, o expresar, dolor corporal. Esto puede explicarse por la consideración de que los hombres, tanto de razas civilizadas como bárbaras, manifiestan dolor corporal con cualquier signo externo como algo débil e inhumano. Con esta excepción, los salvajes lloran copiosamente por causas muy leves, hecho de lo cual Sir J. Lubbock [608] ha recopilado ejemplos. Un jefe neozelandés «lloró como un niño porque los marineros le estropearon su capa favorita al espolvorearla con harina». Vi en Tierra del Fuego a un nativo que había perdido recientemente a un hermano y que alternaba entre llorar con violencia histérica y reír a carcajadas ante cualquier cosa que le divirtiera. En las naciones civilizadas de Europa también hay una gran diferencia en la frecuencia del llanto. Los ingleses rara vez lloran, excepto bajo la presión del dolor más intenso; mientras que en algunas partes del continente los hombres derraman lágrimas con mucha más facilidad y libertad.

Los enfermos mentales son conocidos por dar rienda suelta a sus emociones con poca o ninguna moderación; y el Dr. J. Crichton Browne me informa que nada es más característico de la melancolía simple, incluso en el sexo masculino, que la tendencia a llorar por las ocasiones más insignificantes o sin motivo alguno. También lloran desproporcionadamente ante cualquier causa real de dolor. Es sorprendente la duración del llanto de algunos pacientes, así como la cantidad de lágrimas que derraman. Una chica melancólica lloró durante un día entero y luego le confesó al Dr. Browne que fue porque recordó que una vez se había afeitado las cejas para favorecer su crecimiento. Muchos pacientes del manicomio se sientan largo rato meciéndose hacia adelante y hacia atrás; «y si se les habla, detienen sus movimientos, fruncen los ojos, bajan las comisuras de los labios y rompen a llorar». En algunos de estos casos, el hecho de que se les hable o se les salude amablemente parece sugerir alguna idea fantasiosa y triste; Pero en otros casos, cualquier esfuerzo provoca el llanto, independientemente de cualquier idea triste. Los pacientes con manía aguda también sufren paroxismos de llanto violento o lloriqueos, en medio de sus delirios incoherentes. Sin embargo, no debemos insistir demasiado en el abundante llanto de los locos, como si se debiera a la falta de control; pues ciertas enfermedades cerebrales, como la hemiplejía, el deterioro cerebral y la decadencia senil, tienen una tendencia especial a inducir el llanto. El llanto es común en los locos, incluso después de haber alcanzado un estado de fatuidad total y haber perdido la capacidad de hablar. Las personas idiotas de nacimiento también lloran; [609] pero se dice que este no es el caso de los cretinos.

El llanto parece ser la expresión primaria y natural, como vemos en los niños, de cualquier tipo de sufrimiento, ya sea dolor físico que no llegue a la agonía extrema, o angustia mental. Pero los hechos anteriores y la experiencia común nos muestran que un esfuerzo frecuente por contener el llanto, junto con ciertos estados mentales, contribuye en gran medida a frenar el hábito. Por otro lado, parece que el llanto puede incrementarse mediante el hábito; así, el reverendo R. Taylor [610] , quien residió durante mucho tiempo en Nueva Zelanda, afirma que las mujeres pueden derramar lágrimas voluntariamente en abundancia; se reúnen con este propósito para llorar a los muertos, y se enorgullecen de llorar «de la manera más conmovedora».

Un solo esfuerzo de represión ejercido sobre las glándulas lagrimales produce poco efecto, y de hecho, a menudo parece conducir al resultado contrario. Un médico veterano y experimentado me comentó que siempre había descubierto que la única manera de calmar el llanto amargo ocasional de las mujeres que lo consultaban, y que ellas mismas deseaban desistir, era rogarles con insistencia que no lo intentaran y asegurarles que nada las aliviaría tanto como el llanto prolongado y copioso.

El llanto de los bebés consiste en espiraciones prolongadas, con inspiraciones cortas y rápidas, casi espasmódicas, seguidas, a una edad algo más avanzada, por sollozos. Según Gratiolet, [611] la glotis se afecta principalmente durante el sollozo. Este sonido se oye «en el momento en que la inspiración vence la resistencia de la glotis y el aire se precipita hacia el pecho». Pero toda la respiración es igualmente espasmódica y violenta. Al mismo tiempo, los hombros se elevan generalmente, ya que este movimiento facilita la respiración. En uno de mis bebés, a los setenta y siete días, las inspiraciones eran tan rápidas y fuertes que se asemejaban al sollozo; a los 138 días noté por primera vez un sollozo claro, que posteriormente seguía a cada acceso de llanto intenso. Los movimientos respiratorios son en parte voluntarios y en parte involuntarios, y entiendo que el sollozo se debe, al menos en parte, a que los niños, después de la primera infancia, tienen cierta capacidad para controlar sus órganos vocales y detener sus gritos. Sin embargo, al tener menos poder sobre sus músculos respiratorios, estos continúan actuando de forma involuntaria o espasmódica durante un tiempo, tras ser inducidos a una acción violenta. El sollozo parece ser peculiar de la especie humana; pues los cuidadores del Zoológico me aseguran que nunca han oído un sollozo de ningún mono; aunque los monos a menudo gritan fuerte mientras son perseguidos y atrapados, y luego jadean durante largo tiempo. Vemos así que existe una estrecha analogía entre el sollozo y el derramamiento de lágrimas; pues en los niños, el sollozo no comienza durante la primera infancia, sino que aparece de forma bastante repentina y luego sigue a cada acceso de llanto intenso, hasta que el hábito se controla con el paso de los años.

Sobre la causa de la contracción de los músculos que rodean los ojos al gritar . Hemos visto que los bebés y niños pequeños, al gritar, invariablemente cierran los ojos con fuerza debido a la contracción de los músculos circundantes, de modo que la piel se arruga por todas partes. En niños mayores, e incluso en adultos, siempre que se produce un llanto violento y desenfrenado, se puede observar una tendencia a la contracción de estos mismos músculos; aunque esto suele controlarse para no interferir con la visión.

Sir C. Bell explica [612] esta acción de la siguiente manera: “Durante cada espiración violenta, ya sea al reír a carcajadas, llorar, toser o estornudar, el globo ocular se comprime firmemente por las fibras del orbicular; esto sirve para sostener y defender el sistema vascular del interior del ojo de un impulso retrógrado que se comunica a la sangre en las venas en ese momento. Al contraer el pecho y expulsar el aire, se produce un retraso en el flujo sanguíneo en las venas del cuello y la cabeza; y en las exhalaciones más intensas, la sangre no solo distiende los vasos, sino que incluso regurgita hacia las diminutas ramificaciones. Si el ojo no se comprimiera adecuadamente en ese momento y no se ofreciera resistencia al impacto, se podrían causar daños irreparables a las delicadas texturas del interior del ojo”. Añade además: “Si separamos los párpados de un niño para examinar el ojo, mientras llora y lucha con pasión, quitando el soporte natural del sistema vascular del ojo y los medios para protegerlo contra el torrente de sangre que se produce entonces, la conjuntiva se llena de repente de sangre y los párpados se evierten”.

No solo los músculos que rodean los ojos se contraen fuertemente, como afirma Sir C. Bell y como he observado a menudo, al gritar, reír a carcajadas, toser y estornudar, sino también durante otras acciones análogas. Un hombre contrae estos músculos al sonarse la nariz con fuerza. Le pedí a uno de mis chicos que gritara lo más fuerte posible, y en cuanto empezó, contrajo firmemente los músculos orbiculares; observé esto repetidamente, y al preguntarle por qué siempre cerraba los ojos con tanta fuerza, descubrí que no era consciente de ello: había actuado instintivamente o inconscientemente.

Para que estos músculos se contraigan, no es necesario que se expulse aire del tórax; basta con que los músculos del tórax y el abdomen se contraigan con gran fuerza, mientras que el cierre de la glotis impide que escape aire. En caso de vómitos o arcadas violentos, el diafragma desciende al llenarse el tórax de aire; se mantiene en esta posición gracias al cierre de la glotis, «así como a la contracción de sus propias fibras». [613] Los músculos abdominales se contraen ahora con fuerza sobre el estómago, al igual que sus músculos propios, y así se expulsa el contenido. Durante cada intento de vomitar, «la cabeza se congestiona mucho, de modo que los rasgos se enrojecen e hinchan, y las venas de la cara y las sienes se dilatan visiblemente». Al mismo tiempo, según mi observación, los músculos que rodean los ojos se contraen con fuerza. Esto también ocurre cuando los músculos abdominales actúan hacia abajo con una fuerza inusual al expulsar el contenido del intestino.

El mayor esfuerzo de los músculos del cuerpo, si los del pecho no se activan con fuerza para expulsar o comprimir el aire dentro de los pulmones, no provoca la contracción de los músculos que rodean los ojos. He observado a mis hijos usar mucha fuerza en ejercicios gimnásticos, como al levantar repetidamente sus cuerpos suspendidos solo con los brazos y al levantar pesas pesadas del suelo, pero apenas se observó contracción en los músculos que rodean los ojos.

Dado que la contracción de estos músculos para la protección ocular durante la espiración violenta es indirectamente, como veremos más adelante, un elemento fundamental en varias de nuestras expresiones más importantes, tenía un profundo interés en determinar hasta qué punto podía fundamentarse la opinión de Sir C. Bell. El profesor Donders, de Utrecht [614], reconocido como una de las máximas autoridades europeas en visión y estructura ocular, ha tenido la amabilidad de encargarse de esta investigación por mí, con la ayuda de los numerosos e ingeniosos mecanismos de la ciencia moderna, y ha publicado los resultados [615] . Demuestra que, durante la espiración violenta, los vasos sanguíneos externos, intraoculares y retrooculares se ven afectados de dos maneras: por el aumento de la presión arterial y por la obstrucción del retorno sanguíneo a las venas. Por lo tanto, es cierto que tanto las arterias como las venas oculares se distienden en mayor o menor medida durante la espiración violenta. La evidencia detallada puede encontrarse en las valiosas memorias del profesor Donders. Observamos los efectos en las venas de la cabeza, en su prominencia, y en el color púrpura del rostro de un hombre que tose violentamente por estar medio asfixiado. Puedo mencionar, con la misma autoridad, que el ojo entero ciertamente avanza un poco durante cada espiración violenta. Esto se debe a la dilatación de los vasos retrooculares, y era de esperar debido a la íntima conexión entre el ojo y el cerebro; se sabe que el cerebro sube y baja con cada respiración, cuando se ha extirpado una porción del cráneo; y como puede observarse a lo largo de las suturas abiertas de las cabezas de los bebés. Esta también, supongo, es la razón por la que los ojos de un hombre estrangulado parecen salirse de sus órbitas.

Respecto a la protección del ojo durante los esfuerzos espiratorios violentos por la presión de los párpados, el profesor Donders concluye de sus diversas observaciones que esta acción ciertamente limita o elimina por completo la dilatación de los vasos. [616] En tales momentos, añade, no es raro ver la mano apoyada involuntariamente sobre los párpados, como para sostener y defender mejor el globo ocular.

Sin embargo, actualmente no se puede aportar mucha evidencia para demostrar que el ojo realmente sufre daño por la falta de apoyo durante la espiración violenta; pero hay alguna. Es un hecho que los esfuerzos espiratorios forzados al toser o vomitar violentamente, y especialmente al estornudar, a veces provocan rupturas de los pequeños vasos (externos) del ojo. [617] Con respecto a los vasos internos, el Dr. Gunning registró recientemente un caso de exoftalmos a consecuencia de tos ferina, que, en su opinión, dependía de la ruptura de los vasos más profundos; y se ha registrado otro caso análogo. Pero una mera sensación de incomodidad probablemente bastaría para llevar al hábito asociado de proteger el globo ocular mediante la contracción de los músculos circundantes. Incluso la expectativa o probabilidad de lesión probablemente sería suficiente, de la misma manera que un objeto que se mueve demasiado cerca del ojo induce el parpadeo involuntario. Podemos, pues, concluir con seguridad de las observaciones de Sir C. Bell, y más especialmente de las investigaciones más cuidadosas del Profesor Donders, que el cierre firme de los párpados durante los gritos de los niños es una acción llena de significado y de verdadero servicio.

Ya hemos visto que la contracción de los músculos orbiculares provoca la elevación del labio superior y, en consecuencia, si la boca se mantiene bien abierta, la contracción de las comisuras por la contracción de los músculos depresores. La formación del pliegue nasolabial en las mejillas también se deriva de la elevación del labio superior. Así, todos los principales movimientos expresivos del rostro durante el llanto aparentemente resultan de la contracción de los músculos que rodean los ojos. También descubriremos que el llanto depende de la contracción de estos mismos músculos, o al menos está relacionado con ella.

En algunos de los casos anteriores, especialmente en los de estornudos y tos, es posible que la contracción de los músculos orbiculares sirva además para proteger los ojos de una sacudida o vibración demasiado fuerte. Creo que sí, porque los perros y los gatos, al crujir huesos duros, siempre cierran los párpados, y al menos a veces al estornudar; aunque los perros no lo hacen mientras ladran fuerte. El Sr. Sutton observó cuidadosamente para mí a un orangután joven y a un chimpancé, y descubrió que ambos siempre cerraban los ojos al estornudar y toser, pero no al gritar violentamente. Le di una pequeña pizca de rapé a un mono de la división americana, concretamente a un Cebus, y cerró los párpados al estornudar; pero no en una ocasión posterior mientras emitía fuertes gritos.

Causa de la secreción de lágrimas. —Un hecho importante que debe considerarse en cualquier teoría sobre la secreción de lágrimas en la mente afectada es que, siempre que los músculos que rodean los ojos se contraen fuerte e involuntariamente para comprimir los vasos sanguíneos y así protegerlos, se secretan lágrimas, a menudo en abundancia suficiente para resbalar por las mejillas. Esto ocurre bajo las emociones más opuestas, e incluso sin emoción alguna. La única excepción, y solo parcial, a la existencia de una relación entre la contracción involuntaria y fuerte de estos músculos y la secreción de lágrimas es la de los bebés pequeños, quienes, aunque gritan violentamente con los párpados firmemente cerrados, no suelen llorar hasta los dos, tres o cuatro meses de edad. Sin embargo, sus ojos se llenan de lágrimas a una edad mucho más temprana. Parecería, como ya se mencionó, que las glándulas lagrimales no alcanzan su plena actividad funcional en una etapa muy temprana de la vida, por falta de práctica o por alguna otra causa. En los niños de una edad algo mayor, el llanto o gemido por cualquier angustia se acompaña tan regularmente del derramamiento de lágrimas, que llanto y clamor son términos sinónimos. [618]

Bajo la emoción opuesta de gran alegría o diversión, mientras la risa es moderada, apenas se produce contracción de los músculos que rodean los ojos, por lo que no se frunce el ceño; pero cuando se profieren carcajadas, con expiraciones rápidas y violentas, las lágrimas corren por el rostro. Más de una vez he observado el rostro de una persona, tras un paroxismo de risa violenta, y he podido ver que los músculos orbiculares y los que corren hacia el labio superior aún estaban parcialmente contraídos, lo que, junto con las mejillas bañadas en lágrimas, daba a la mitad superior del rostro una expresión que no se distingue de la de un niño que aún llora de dolor. El hecho de que las lágrimas corran por el rostro durante la risa violenta es común a todas las razas de la humanidad, como veremos en un capítulo posterior.

En caso de tos violenta, especialmente cuando una persona está medio ahogada, la cara se torna morada, las venas se distienden, los músculos orbiculares se contraen fuertemente y las lágrimas corren por las mejillas. Incluso después de un ataque de tos común, casi todos tienen que enjugarse los ojos. En caso de vómitos o arcadas violentas, como he experimentado y visto en otros, los músculos orbiculares se contraen fuertemente y, a veces, las lágrimas fluyen abundantemente por las mejillas. Se me ha sugerido que esto puede deberse a la inyección de sustancias irritantes en las fosas nasales, lo que provoca, por reflejo, la secreción de lágrimas. Por ello, le pedí a uno de mis informantes, un cirujano, que analizara los efectos de las arcadas cuando no se vomitaba nada del estómago; y, por una curiosa coincidencia, él mismo sufrió a la mañana siguiente un ataque de arcadas, y tres días después observó a una señora con un ataque similar; y está seguro de que en ninguno de los dos casos se expulsó ni un átomo de materia del estómago; sin embargo, los músculos orbiculares estaban fuertemente contraídos y las lágrimas se secretaban abundantemente. También puedo hablar positivamente de la contracción enérgica de estos mismos músculos alrededor de los ojos, y de la coincidente secreción libre de lágrimas, cuando los músculos abdominales actúan con una fuerza inusual en dirección descendente sobre el canal intestinal.

El bostezo comienza con una inspiración profunda, seguida de una espiración larga y enérgica; al mismo tiempo, casi todos los músculos del cuerpo se contraen con fuerza, incluyendo los que rodean los ojos. Durante este acto, a menudo se segregan lágrimas, e incluso las he visto rodar por las mejillas.

He observado con frecuencia que, cuando las personas se rascan algún punto que les pica insoportablemente, cierran los párpados con fuerza; pero no respiran profundamente primero y luego exhalan con fuerza, como creo; y nunca he notado que los ojos se llenen de lágrimas; pero no estoy dispuesto a afirmar que esto no ocurra. El cierre forzado de los párpados es, quizás, simplemente parte de esa acción general por la cual casi todos los músculos del cuerpo se ponen rígidos simultáneamente. Es muy diferente del suave cierre de los ojos que a menudo acompaña, como señala Gratiolet, [619] al oler un olor delicioso o al saborear un bocado delicioso, y que probablemente se origina en el deseo de bloquear cualquier impresión perturbadora a través de los ojos.

El profesor Donders me escribe lo siguiente: «He observado algunos casos de una afección muy curiosa: tras un ligero roce ( attouchement ), por ejemplo, con un abrigo, que no causó ni herida ni contusión, se produjeron espasmos de los músculos orbiculares, con un flujo profuso de lágrimas, que duró aproximadamente una hora. Posteriormente, a veces tras un intervalo de varias semanas, reaparecieron espasmos violentos de los mismos músculos, acompañados de secreción de lágrimas y enrojecimiento ocular primario o secundario». El Sr. Bowman me informa que ha observado ocasionalmente casos muy similares, y que, en algunos de ellos, no se observó enrojecimiento ni inflamación ocular.

Ansiaba determinar si existía en algún animal inferior una relación similar entre la contracción de los músculos orbiculares durante la espiración violenta y la secreción de lágrimas; pero son muy pocos los animales que contraen estos músculos de forma prolongada o que derraman lágrimas. El Macacus maurus , que antes lloraba tan copiosamente en el Zoológico, habría sido un buen ejemplo de observación; pero los dos monos que se encuentran allí ahora, y que se cree que pertenecen a la misma especie, no lloran. Sin embargo, el Sr. Bartlett y yo los observamos atentamente mientras gritaban con fuerza, y parecieron contraer estos músculos; sin embargo, se movían tan rápido por sus jaulas que era difícil observarlos con certeza. Ningún otro mono, que yo haya podido determinar, contrae sus músculos orbiculares mientras grita.

Se sabe que el elefante indio a veces llora. Sir E. Tennent, al describir a los elefantes que vio capturados y atados en Ceilán, dice que algunos «yacían inmóviles en el suelo, sin otro signo de sufrimiento que las lágrimas que les inundaban los ojos y fluían incesantemente». Hablando de otro elefante, dice: «Cuando fue dominado y atado, su dolor fue desgarrador; su violencia lo sumió en una postración total, y yació en el suelo, profiriendo gritos ahogados, con lágrimas corriendo por sus mejillas». [620] En el Jardín Zoológico, el cuidador de los elefantes indios afirma haber visto varias veces lágrimas rodar por el rostro de la hembra vieja, angustiada por la separación de la cría. Por lo tanto, estaba sumamente ansioso por determinar, como una extensión de la relación entre la contracción de los músculos orbiculares y el derramamiento de lágrimas en el hombre, si los elefantes, al gritar o barritar con fuerza, contraen estos músculos. A petición del Sr. Bartlett, el cuidador ordenó al elefante viejo y al joven que barritaran; y observamos repetidamente en ambos animales que, justo al comenzar el barritaje, los músculos orbiculares, especialmente los inferiores, se contraían marcadamente. En una ocasión posterior, el cuidador hizo barritar al elefante viejo mucho más fuerte, e invariablemente, tanto los músculos orbiculares superiores como los inferiores, se contraían con fuerza, y ahora en igual medida. Es un hecho singular que el elefante africano, que, sin embargo, es tan diferente de la especie india que algunos naturalistas lo clasifican en un subgénero distinto, al ser obligado a barritar fuertemente en dos ocasiones, no mostró ningún rastro de contracción de los músculos orbiculares.

De los diversos casos anteriores en el ser humano, creo que no cabe duda de que la contracción de los músculos que rodean los ojos, durante una espiración violenta o cuando el pecho expandido se comprime con fuerza, está, de alguna manera, íntimamente relacionada con la secreción de lágrimas. Esto se aplica a emociones muy diversas e independientemente de cualquier emoción. Por supuesto, esto no significa que las lágrimas no puedan secretarse sin la contracción de estos músculos; pues es notorio que a menudo se derraman abundantemente con los párpados abiertos y el ceño sin arrugar. La contracción debe ser tanto involuntaria como prolongada, como durante un acceso de asfixia, o enérgica, como durante un estornudo. El simple parpadeo involuntario de los párpados, aunque repetido con frecuencia, no provoca lágrimas. Tampoco basta la contracción voluntaria y prolongada de los diversos músculos circundantes. Como las glándulas lagrimales de los niños se excitan con facilidad, convencí a mis hijos y a varios otros de diferentes edades a contraer estos músculos repetidamente con toda su fuerza y a continuar haciéndolo mientras pudieran; pero esto apenas produjo efecto. A veces se les humedecían los ojos, pero no más de lo que, al parecer, se podía atribuir a la secreción de lágrimas ya contenidas en las glándulas.

La naturaleza de la relación entre la contracción involuntaria y enérgica de los músculos que rodean los ojos y la secreción de lágrimas no puede determinarse con certeza, pero se puede sugerir una hipótesis probable. La función principal de la secreción de lágrimas, junto con algo de moco, es lubricar la superficie del ojo; y una función secundaria, según algunos, es mantener húmedas las fosas nasales, de modo que el aire inhalado sea húmedo [621] y, asimismo, favorecer el olfato. Pero otra función, al menos igualmente importante, de las lágrimas es eliminar partículas de polvo u otros objetos diminutos que puedan entrar en los ojos. La gran importancia de esto se desprende de los casos en los que la córnea se ha vuelto opaca debido a la inflamación causada por partículas de polvo que no se eliminan, como consecuencia de la inmovilidad del ojo y el párpado [622] . La secreción de lágrimas por la irritación de cualquier cuerpo extraño en el ojo es un acto reflejo; es decir, el cuerpo irrita un nervio periférico que envía una señal a ciertas neuronas sensoriales; Estas transmiten su influencia a otras células, y estas a su vez a las glándulas lagrimales. La influencia transmitida a estas glándulas provoca, como es bien sabido, la relajación de las capas musculares de las arterias más pequeñas; esto permite que una mayor circulación sanguínea penetre en el tejido glandular e induce una secreción abundante de lágrimas. Cuando las pequeñas arterias del rostro, incluidas las de la retina, se relajan en circunstancias muy diferentes, como durante un rubor intenso, las glándulas lagrimales a veces se ven afectadas de forma similar, pues los ojos se llenan de lágrimas.

Es difícil conjeturar cuántos actos reflejos se han originado, pero, en relación con el presente caso de la afección de las glándulas lagrimales por irritación de la superficie ocular, cabe destacar que, tan pronto como alguna forma primigenia se volvió semiterrestre en sus hábitos y era propensa a que le entraran partículas de polvo en los ojos, si estas no se lavaban, causaban mucha irritación; y, según el principio de la radiación de la fuerza nerviosa a las neuronas adyacentes, las glándulas lagrimales se estimulaban a secretar. Como esto se repetía con frecuencia, y como la fuerza nerviosa circulaba con facilidad por los canales habituales, una ligera irritación bastaba para provocar una secreción abundante de lágrimas.

Tan pronto como, por este o por cualquier otro medio, se estableciera y facilitara un acto reflejo de esta naturaleza, otros estimulantes aplicados a la superficie del ojo —como un viento frío, una inflamación lenta o un golpe en los párpados— provocarían una abundante secreción de lágrimas, como sabemos que ocurre. Las glándulas también se activan mediante la irritación de las partes adyacentes. Así, cuando las fosas nasales se irritan con vapores picantes, aunque los párpados se mantengan firmemente cerrados, se secretan abundantes lágrimas; y esto también se produce tras un golpe en la nariz, por ejemplo, con un guante de boxeo. Un escozor en la cara produce, como he visto, el mismo efecto. En estos últimos casos, la secreción de lágrimas es un resultado incidental y no tiene ninguna utilidad directa. Como todas estas partes de la cara, incluidas las glándulas lagrimales, están irrigadas por ramas del mismo nervio, es decir, el quinto, es hasta cierto punto comprensible que los efectos de la excitación de cualquiera de las ramas se extiendan a las células nerviosas o raíces de las otras ramas.

Las partes internas del ojo también actúan, bajo ciertas condiciones, de forma refleja sobre las glándulas lagrimales. El Sr. Bowman me ha comunicado amablemente las siguientes afirmaciones; sin embargo, el tema es muy complejo, ya que todas las partes del ojo están íntimamente relacionadas y son muy sensibles a diversos estímulos. Una luz intensa que actúa sobre la retina, en condiciones normales, tiene muy poca tendencia a causar lagrimeo; sin embargo, en niños con enfermedades que presentan pequeñas úlceras corneales de larga data, la retina se vuelve excesivamente sensible a la luz, y la exposición incluso a la luz diurna común provoca un cierre forzado y prolongado de los párpados, y un flujo profuso de lágrimas. Cuando las personas que deberían comenzar a usar gafas convexas fuerzan habitualmente la capacidad de acomodación, que está menguando, a menudo se produce una secreción excesiva de lágrimas, y la retina tiende a volverse excesivamente sensible a la luz. En general, las afecciones mórbidas de la superficie ocular y de las estructuras ciliares implicadas en el acto acomodativo tienden a ir acompañadas de secreción excesiva de lágrimas. La rigidez del globo ocular, que no produce inflamación, sino que implica un desequilibrio entre los fluidos extraídos y los que son absorbidos por los vasos intraoculares, no suele ir acompañada de lagrimeo. Cuando el equilibrio es inverso y el ojo se vuelve demasiado blando, hay una mayor tendencia al lagrimeo. Finalmente, existen numerosos estados mórbidos y alteraciones estructurales oculares, e incluso inflamaciones graves, que pueden ir acompañadas de escasa o nula secreción de lágrimas.

También cabe destacar, como algo indirectamente relacionado con nuestro tema, que el ojo y las partes adyacentes están sujetos a una cantidad extraordinaria de reflejos y movimientos, sensaciones y acciones asociados, además de los relacionados con las glándulas lagrimales. Cuando una luz brillante incide en la retina de un solo ojo, el iris se contrae, pero el iris del otro ojo se mueve tras un intervalo de tiempo medible. El iris también se mueve al acomodarse a la visión cercana o lejana, y cuando se hace converger a ambos ojos. [623] Todos sabemos lo irresistiblemente que se bajan las cejas bajo una luz intensamente brillante. Los párpados también parpadean involuntariamente cuando se acerca un objeto a los ojos o se oye un sonido repentino. El conocido caso de una luz brillante que provoca estornudos en algunas personas es aún más curioso; pues en este caso, la fuerza nerviosa irradia desde ciertas células nerviosas conectadas con la retina a las células nerviosas sensoriales de la nariz, provocando un cosquilleo. y de éstas, a las células que controlan los diversos músculos respiratorios (incluidos los orbiculares) que expulsan el aire de una manera tan peculiar que pasa únicamente por las fosas nasales.

Volviendo a nuestro punto: ¿por qué se secretan lágrimas durante un acceso de gritos u otros esfuerzos espiratorios violentos? Así como un ligero golpe en los párpados provoca una abundante secreción de lágrimas, es al menos posible que la contracción espasmódica de los párpados, al presionar con fuerza el globo ocular, provoque de forma similar alguna secreción. Esto parece posible, aunque la contracción voluntaria de los mismos músculos no produce tal efecto. Sabemos que una persona no puede estornudar o toser voluntariamente con casi la misma fuerza que lo hace automáticamente; y lo mismo ocurre con la contracción de los músculos orbiculares: Sir C. Bell experimentó con ellos y descubrió que al cerrar los párpados repentina y enérgicamente en la oscuridad, se ven destellos de luz, como los que se producen al golpear los párpados con los dedos; «pero al estornudar, la compresión es más rápida y contundente, y los destellos son más brillantes». Es evidente que estas chispas se deben a la contracción de los párpados, ya que si se mantienen abiertos al estornudar, no se experimenta ninguna sensación de luz. En los casos peculiares referidos por el profesor Donders y el señor Bowman, hemos visto que, algunas semanas después de una lesión leve en el ojo, se producen contracciones espasmódicas de los párpados, acompañadas de un profuso flujo de lágrimas. Al bostezar, las lágrimas se deben aparentemente únicamente a la contracción espasmódica de los músculos que rodean los ojos. A pesar de estos últimos casos, parece difícilmente creíble que la presión de los párpados sobre la superficie ocular, aunque se efectúe espasmódicamente y, por lo tanto, con mucha mayor fuerza de la que se puede ejercer voluntariamente, sea suficiente para provocar, por reflejo, la secreción de lágrimas en los numerosos casos en que esto ocurre durante los violentos esfuerzos espiratorios.

Otra causa puede intervenir conjuntamente. Hemos visto que las partes internas del ojo, en ciertas circunstancias, actúan de forma refleja sobre las glándulas lagrimales. Sabemos que, durante los esfuerzos espiratorios violentos, la presión arterial en los vasos oculares aumenta y se impide el retorno de la sangre venosa. Por lo tanto, no parece improbable que la distensión de los vasos oculares, así inducida, actúe por reflejo sobre las glándulas lagrimales, aumentando así los efectos debidos a la presión espasmódica de los párpados sobre la superficie ocular.

Al considerar la verosimilitud de esta opinión, debemos tener presente que los ojos de los bebés han sido sometidos a esta doble acción durante innumerables generaciones, cada vez que han gritado; y según el principio de la fuerza nerviosa que circula fácilmente por los canales habituales, incluso una compresión moderada de los globos oculares y una distensión moderada de los vasos oculares acabarían, por hábito, actuando sobre las glándulas. Tenemos un caso análogo: los músculos orbiculares casi siempre se contraen ligeramente, incluso durante un ataque de llanto suave, cuando no puede haber distensión de los vasos ni se produce ninguna sensación incómoda en los ojos.

Además, cuando acciones o movimientos complejos se han realizado durante mucho tiempo en estricta asociación, y estos son, por cualquier causa, al principio voluntarios y después controlados habitualmente, si se dan las condiciones propicias, cualquier parte de la acción o movimiento que esté menos bajo el control de la voluntad, a menudo se realizará involuntariamente. La secreción de una glándula está notablemente libre de la influencia de la voluntad; por lo tanto, cuando con el avance de la edad del individuo o con el avance de la cultura de la raza, se restringe el hábito de gritar o chillar, y en consecuencia no hay distensión de los vasos sanguíneos del ojo, puede suceder, no obstante, que se sigan secretando lágrimas. Podemos ver, como se comentó recientemente, los músculos alrededor de los ojos de una persona que lee una historia patética, contraerse o temblar tan levemente que es casi imperceptible. En este caso no hubo gritos ni distensión de los vasos sanguíneos; sin embargo, por hábito, ciertas células nerviosas envían una pequeña cantidad de fuerza nerviosa a las células que controlan los músculos que rodean los ojos; y también envían algo a las células que controlan las glándulas lagrimales, pues los ojos a menudo se humedecen al mismo tiempo con lágrimas. Si la contracción de los músculos que rodean los ojos y la secreción de lágrimas se hubieran evitado por completo, es casi seguro que habría existido cierta tendencia a transmitir fuerza nerviosa en estas mismas direcciones; y como las glándulas lagrimales están notablemente libres del control de la voluntad, serían eminentemente propensas a actuar, delatando así, aunque no hubiera otras señales externas, los pensamientos patéticos que pasaban por la mente de la persona.

Como ilustración adicional del punto de vista aquí expuesto, puedo señalar que si, durante una etapa temprana de la vida, cuando los hábitos de todo tipo se establecen fácilmente, nuestros bebés, cuando estaban contentos, hubieran estado acostumbrados a proferir fuertes carcajadas (durante las cuales se les dilatan los ojos) con la misma frecuencia y continuidad con la que ceden a los gritos cuando están angustiados, entonces es probable que en la vida posterior hubieran derramado lágrimas con la misma profusión y regularidad en un estado mental que en el otro. Una risa suave, una sonrisa o incluso un pensamiento agradable habrían bastado para provocar una secreción moderada de lágrimas. De hecho, existe una tendencia evidente en este sentido, como se verá en un capítulo posterior, cuando tratemos los sentimientos tiernos. Entre los isleños de Sandwich, según Freycinet, [624] las lágrimas se reconocen como un signo de felicidad; pero necesitaríamos una prueba más sólida que la de un viajero de paso. Así también, si nuestros infantes, durante muchas generaciones, y cada uno de ellos durante varios años, hubieran sufrido casi diariamente ataques prolongados de ahogo, durante los cuales los vasos del ojo se distienden y las lágrimas se secretan copiosamente, entonces es probable, tal es la fuerza del hábito asociado, que durante la vida posterior el mero pensamiento de un ahogo, sin ninguna angustia mental, hubiera bastado para traer lágrimas a nuestros ojos.

Para resumir este capítulo, el llanto probablemente sea el resultado de una cadena de eventos como la siguiente. Los niños, cuando necesitan alimento o sufren cualquier tipo de sufrimiento, lloran a gritos, como las crías de la mayoría de los animales, en parte para pedir ayuda a sus padres y en parte por cualquier esfuerzo intenso que les sirva de alivio. El llanto prolongado inevitablemente provoca la congestión de los vasos sanguíneos oculares; esto habrá provocado, al principio conscientemente y finalmente de forma habitual, la contracción de los músculos que rodean los ojos para protegerlos. Al mismo tiempo, la presión espasmódica sobre la superficie ocular y la distensión de los vasos oculares, sin que necesariamente se produzca ninguna sensación consciente, habrán afectado, por acción refleja, a las glándulas lagrimales. Finalmente, por los tres principios de la fuerza nerviosa que pasa fácilmente por los canales acostumbrados —de la asociación, cuyo poder está tan ampliamente extendido— y de ciertas acciones, que están más bajo el control de la voluntad que otras— ha sucedido que el sufrimiento causa fácilmente la secreción de lágrimas, sin estar necesariamente acompañado de ninguna otra acción.

Aunque, según esta perspectiva, debemos considerar el llanto como un resultado incidental, tan inútil como la secreción de lágrimas tras un golpe fuera del ojo o un estornudo provocado por la luz brillante en la retina, esto no nos dificulta comprender cómo la secreción de lágrimas alivia el sufrimiento. Y cuanto más violento o histérico sea el llanto, mayor será el alivio, según el mismo principio que el retorcimiento de todo el cuerpo, el rechinar de dientes y los gritos penetrantes alivian la agonía del dolor.

CAPÍTULO VII.
DESÁNIMO, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.

Efecto general del dolor sobre el sistema—Oblicuidad de las cejas bajo el sufrimiento—Sobre la causa de la oblicuidad de las cejas—Sobre la depresión de las comisuras de la boca.

Tras un agudo paroxismo de dolor, y la causa persiste, caemos en un estado de desánimo; o podemos sentirnos completamente abatidos y desanimados. El dolor corporal prolongado, si no llega a ser una agonía, generalmente conduce al mismo estado mental. Si prevemos sufrir, nos angustiamos; si no tenemos esperanza de alivio, nos desesperamos.

Las personas que sufren un dolor excesivo a menudo buscan alivio mediante movimientos violentos y casi frenéticos, como se describió en un capítulo anterior; pero cuando su sufrimiento se mitiga un poco, aunque se prolonga, ya no desean actuar, sino que permanecen inmóviles y pasivos, o incluso pueden balancearse de un lado a otro. La circulación se vuelve lánguida; el rostro palidece; los músculos se flácen; los párpados se caen; la cabeza cuelga sobre el pecho contraído; los labios, las mejillas y la mandíbula inferior se hunden por su propio peso. Por lo tanto, todos los rasgos se alargan; y se dice que el rostro de quien recibe malas noticias se decae. Un grupo de nativos de Tierra del Fuego intentó explicarnos que su amigo, el capitán de un barco dedicado a la caza de focas, estaba decaído, bajándose las mejillas con ambas manos para alargar al máximo sus rostros. El Sr. Bunnet me informa que los aborígenes australianos, cuando están decaídos, tienen un aspecto decaído. Tras un sufrimiento prolongado, los ojos se vuelven opacos y carentes de expresión, y a menudo están ligeramente bañados por lágrimas. Las cejas rara vez se vuelven oblicuas, debido a que sus extremos internos están levantados. Esto produce arrugas peculiares en la frente, muy diferentes a las de un simple ceño fruncido; aunque en algunos casos solo puede estar presente un ceño fruncido. Las comisuras de los labios se dibujan hacia abajo, lo cual se reconoce tan universalmente como un signo de desánimo que es casi proverbial.

La respiración se vuelve lenta y débil, y a menudo se interrumpe con profundos suspiros. Como señala Gratiolet, cuando nuestra atención se concentra durante mucho tiempo en algún tema, olvidamos respirar y nos aliviamos con una inspiración profunda; pero los suspiros de una persona afligida, debido a su respiración lenta y circulación lánguida, son eminentemente característicos. [701] Como el dolor de una persona en este estado ocasionalmente reaparece y se intensifica hasta llegar al paroxismo, los espasmos afectan los músculos respiratorios, y la persona siente como si algo, el llamado globo histérico , le subiera a la garganta. Estos movimientos espasmódicos se asemejan claramente al sollozo infantil y son remanentes de esos espasmos más severos que ocurren cuando se dice que una persona se ahoga por un dolor excesivo. [702]

Oblicuidad de las cejas. —Solo dos puntos de la descripción anterior requieren mayor aclaración, y son muy curiosos: la elevación de los extremos internos de las cejas y la caída de las comisuras de los labios. En cuanto a las cejas, ocasionalmente se observa que adoptan una posición oblicua en personas que sufren de profundo abatimiento o ansiedad; por ejemplo, he observado este movimiento en una madre mientras hablaba de su hijo enfermo; y a veces se desencadena por causas insignificantes o momentáneas de angustia, real o fingida. Las cejas adoptan esta posición debido a la contracción de ciertos músculos (a saber, los orbiculares, corrugadores y piramidales de la nariz, que juntos tienden a bajar y contraer las cejas), que se contraen parcialmente por la acción más potente de las fascias centrales del músculo frontal. Estas últimas fascias, al contraerse, elevan únicamente los extremos internos de las cejas; y, al mismo tiempo, los corrugadores juntan las cejas, sus extremos internos se fruncen formando un pliegue o bulto. Este pliegue es un punto muy característico en la apariencia de las cejas cuando se presentan oblicuas, como se puede observar en las figuras 2 y 5, Lámina II. Las cejas están al mismo tiempo algo ásperas, debido a la proyección de los pelos. El Dr. J. Crichton Browne también ha observado con frecuencia en pacientes melancólicos que mantienen las cejas persistentemente oblicuas, "un peculiar arqueamiento agudo del párpado superior". Un indicio de esto puede observarse al comparar los párpados derecho e izquierdo del joven de la fotografía (figura 2, Lámina II); pues no podía actuar por igual en ambas cejas. Esto también se evidencia en los surcos desiguales a ambos lados de su frente. El arqueamiento agudo de los párpados depende, creo, de que solo el extremo interior de las cejas esté levantado; pues cuando toda la ceja está elevada y arqueada, el párpado superior sigue ligeramente el mismo movimiento.

Pero el resultado más evidente de la contracción opuesta de los músculos antes mencionados se manifiesta en los peculiares surcos que se forman en la frente. Estos músculos, en acción conjunta pero opuesta, pueden denominarse, para abreviar, músculos del dolor. Cuando una persona eleva las cejas mediante la contracción de todo el músculo frontal, se forman arrugas transversales a lo largo de toda la frente; pero en este caso, solo se contraen las fascias medias; en consecuencia, se forman surcos transversales solo en la parte media de la frente. La piel de las partes externas de ambas cejas se estira hacia abajo y se alisa simultáneamente mediante la contracción de las porciones externas de los músculos orbiculares. Las cejas también se unen mediante la contracción simultánea de los corrugadores [703] ; esta última acción genera surcos verticales que separan la parte exterior e inferior de la piel de la frente de la parte central y elevada. La unión de estos surcos verticales con los surcos central y transversal (véanse las figuras 2 y 3) produce una marca en la frente que se ha comparado con una herradura; sin embargo, los surcos forman, en realidad, tres lados de un cuadrángulo. Suelen ser visibles en la frente de personas adultas o casi adultas, cuando sus cejas están oblicuas; pero en los niños pequeños, debido a que su piel no se arruga con facilidad, rara vez se ven o se detectan solo rastros de ellos.

Estos peculiares surcos se representan mejor en la fig. 3, Lámina II, en la frente de una joven que posee la inusual capacidad de actuar voluntariamente sobre los músculos necesarios. Mientras la fotografiaban, estaba absorta en el intento, su expresión no reflejaba en absoluto la pena; por lo tanto, solo he mostrado la frente. La fig. 1 de la misma lámina, copiada de la obra del Dr. Duchenne, [704] representa, a escala reducida, el rostro, en su estado natural, de un joven actor competente. En la fig. 2, se le muestra simulando pena, pero las dos cejas, como se mencionó anteriormente, no se ven afectadas por igual. Que la expresión sea cierta se deduce del hecho de que, de quince personas a las que se les mostró la fotografía original, sin ninguna pista sobre lo que se pretendía mostrarles, catorce respondieron inmediatamente: «dolor desesperado», «resistencia sufriente», «melancolía», etc. La historia de la fig. La figura 5 es bastante curiosa: vi la fotografía en un escaparate y se la llevé al Sr. Rejlander para averiguar quién la había tomado, comentándole lo patética que era la expresión. Respondió: «La hice yo, y probablemente sería patética, porque el niño a los pocos minutos rompió a llorar». Luego me mostró una fotografía del mismo niño en un estado de calma, que he hecho reproducir (fig. 4). En la figura 6, se puede detectar un rastro de oblicuidad en las cejas; pero esta figura, al igual que la fig. 7, se presenta para mostrar la depresión de las comisuras de los labios, tema al que me referiré más adelante.

Pocas personas, sin práctica, pueden activar voluntariamente sus músculos del dolor; pero tras repetidos intentos, un número considerable lo consigue, mientras que otras nunca. El grado de oblicuidad de las cejas, ya sea voluntaria o inconscientemente, varía mucho entre personas. En algunas personas con músculos piramidales inusualmente fuertes, la contracción de la fascia central del músculo frontal, aunque enérgica, como lo demuestran los surcos cuadrangulares de la frente, no eleva el extremo interior de las cejas, sino que solo evita que se bajen tanto como de otro modo habrían estado. Por lo que he podido observar, los músculos del dolor se activan con mucha más frecuencia en niños y mujeres que en hombres. Rara vez se activan, al menos en adultos, por dolor físico, sino casi exclusivamente por angustia mental. Dos personas que, después de alguna práctica, lograron actuar sobre los músculos del dolor, descubrieron al mirarse en un espejo que cuando hacían oblicuas sus cejas, involuntariamente deprimían al mismo tiempo las comisuras de sus labios; y este suele ser el caso cuando la expresión se asume de forma natural.

La capacidad de movilizar libremente los músculos del dolor parece ser hereditaria, como casi todas las demás facultades humanas. Una dama perteneciente a una familia famosa por haber producido una cantidad extraordinaria de grandes actores y actrices, y que puede expresar esta expresión con singular precisión, le contó al Dr. Crichton Browne que toda su familia poseía esta capacidad en un grado notable. Se dice que la misma tendencia hereditaria se extendió, según me comenta también el Dr. Browne, al último descendiente de la familia que dio origen a la novela de Sir Walter Scott, «El Guantelete Rojo»; pero se describe al héroe contrayendo la frente en una herradura ante cualquier emoción intensa. También he visto a una joven cuya frente parecía contraerse así casi habitualmente, independientemente de cualquier emoción que sintiera en ese momento.

Los músculos del dolor no se ponen en juego con mucha frecuencia; y como la acción suele ser momentánea, escapa fácilmente a la observación. Aunque la expresión, al observarse, se reconoce universal e instantáneamente como de dolor o ansiedad, ni una sola persona entre mil que no haya estudiado el tema es capaz de decir con precisión qué cambio se observa en el rostro del paciente. De ahí probablemente que esta expresión ni siquiera se mencione, por lo que he observado, en ninguna obra de ficción, con la excepción de «Red Gauntlet» y de otra novela; y la autora de esta última, según tengo entendido, pertenece a la famosa familia de actores a la que acabamos de aludir; por lo que es posible que el tema le haya llamado especialmente la atención.

Los antiguos escultores griegos conocían la expresión, como se aprecia en las estatuas de Laocoonte y Arretino; pero, como señala Duchenne, extendieron los surcos transversales a lo largo de la frente, cometiendo así un grave error anatómico. Esto también ocurre en algunas estatuas modernas. Sin embargo, es más probable que estos observadores, maravillosamente precisos, sacrificaran intencionadamente la verdad en aras de la belleza, que que cometieran un error; pues los surcos rectangulares en la frente no habrían tenido un aspecto imponente sobre el mármol. La expresión, en su estado más desarrollado, por lo que he podido averiguar, no se representa a menudo en las pinturas de los antiguos maestros, sin duda por la misma razón; pero una señora que la conoce perfectamente me informa que en el «Descendimiento de la Cruz» de Fra Angélico, en Florencia, se muestra claramente en una de las figuras de la derecha; y podría añadir algunos ejemplos más.

El Dr. Crichton Browne, a petición mía, prestó mucha atención a esta expresión en los numerosos pacientes dementes bajo su cuidado en el Asilo West Riding; y conoce las fotografías de Duchenne sobre la actividad de los músculos del dolor. Me informa que pueden observarse constantemente en actividad enérgica en casos de melancolía, y especialmente de hipocondría; y que las líneas o surcos persistentes, debidos a su contracción habitual, son característicos de la fisonomía de los dementes pertenecientes a estas dos clases. El Dr. Browne observó cuidadosamente para mí durante un período considerable tres casos de hipocondría, en los que los músculos del dolor estaban persistentemente contraídos. En uno de ellos, una viuda, de 51 años, creía haber perdido todas sus vísceras y que todo su cuerpo estaba vacío. Tenía una expresión de gran angustia y golpeaba rítmicamente sus manos semicerradas durante horas. Los músculos del dolor estaban permanentemente contraídos y los párpados superiores arqueados. Esta condición persistió durante meses. Luego se recuperó y su rostro recuperó su expresión natural. Un segundo caso presentó casi las mismas peculiaridades, con el añadido de que las comisuras de los labios estaban deprimidas.

El Sr. Patrick Nicol también tuvo la amabilidad de observar para mí varios casos en el Manicomio de Sussex y me comunicó todos los detalles de tres de ellos; pero no es necesario mencionarlos aquí. A partir de sus observaciones en pacientes melancólicos, el Sr. Nicol concluye que los extremos interiores de las cejas están casi siempre más o menos elevados, con las arrugas de la frente más o menos marcadas. En el caso de una joven, se observó que estas arrugas se movían con ligereza y de forma constante. En algunos casos, las comisuras de los labios estaban deprimidas, pero a menudo solo en un grado leve. Casi siempre se observó cierta diferencia en la expresión de los diversos pacientes melancólicos. Los párpados generalmente están caídos; y la piel cerca de las comisuras exteriores y debajo de ellos está arrugada. El pliegue nasolabial, que se extiende desde las alas de las fosas nasales hasta las comisuras de los labios, y que es tan visible en los niños que lloran, suele estar claramente marcado en estos pacientes.

Aunque en los enfermos mentales los músculos del dolor suelen actuar con persistencia, en casos comunes a veces se activan inconscientemente por causas ridículamente insignificantes. Un caballero recompensó a una joven con un regalo absurdamente pequeño; ella fingió estar ofendida y, al reprenderlo, sus cejas se oblicuaron muchísimo, con la frente debidamente arrugada. Otra joven y un joven, ambos de muy buen humor, conversaban con entusiasmo y extraordinaria rapidez; y observé que, cada vez que la joven era golpeada y no podía pronunciar las palabras con la suficiente rapidez, sus cejas se elevaban oblicuamente y se le formaban surcos rectangulares en la frente. Así, cada vez, izaba una bandera de angustia; y lo hizo media docena de veces en pocos minutos. No hice ningún comentario al respecto, pero en una ocasión posterior le pedí que ejerciera sus músculos del dolor; otra joven presente, que podía hacerlo voluntariamente, le mostró lo que se pretendía. Lo intentó repetidamente, pero fracasó completamente; sin embargo, una causa de angustia tan leve como no poder hablar lo suficientemente rápido fue suficiente para que esos músculos se pusieran en acción una y otra vez.

La expresión de dolor, debida a la contracción de los músculos del dolor, no se limita en absoluto a los europeos, sino que parece ser común a todas las razas de la humanidad. Al menos he recibido relatos fidedignos sobre hindúes, dhangars (una de las tribus aborígenes de las montañas de la India, y por lo tanto perteneciente a una raza muy distinta de los hindúes), malayos, negros y australianos. Con respecto a estos últimos, dos observadores responden afirmativamente a mi pregunta, pero no entran en detalles. El Sr. Taplin, sin embargo, añade a mis comentarios descriptivos las palabras «esto es exacto». Con respecto a los negros, la señora que me habló del cuadro de Fra Angélico vio a un negro remolcando un bote en el Nilo, y al encontrarse con un obstáculo, observó sus músculos del dolor en fuerte acción, con la frente bien arrugada. El Sr. Geach observó a un malayo en Malaca, con las comisuras de los labios muy deprimidas, las cejas oblicuas y surcos cortos y profundos en la frente. Esta expresión duró muy poco tiempo; y el Sr. Geach comenta que «era extraña, muy parecida a la de una persona a punto de llorar por una gran pérdida».

En la India, el Sr. H. Erskine descubrió que los nativos conocían esta expresión; y el Sr. J. Scott, del Jardín Botánico de Calcuta, tuvo la amabilidad de enviarme una descripción completa de dos casos. Observó durante un tiempo, sin ser visto, a una joven dhangar de Nagpore, esposa de uno de los jardineros, amamantando a su bebé, quien estaba a punto de morir; y vio claramente las cejas levantadas en las comisuras internas, los párpados caídos, la frente arrugada en el centro, la boca ligeramente abierta, con las comisuras muy hundidas. Entonces salió de detrás de una mampara y habló con la pobre mujer, quien, sobresaltada, rompió a llorar amargamente y le suplicó que curara a su bebé. El segundo caso fue el de un hombre indostánico que, debido a la enfermedad y la pobreza, se vio obligado a vender su cabra favorita. Tras recibir el dinero, miró repetidamente el dinero que tenía en la mano y luego a la cabra, como si dudara si lo devolvería. Se acercó a la cabra, que estaba atada y lista para ser llevada, y el animal se encabritó y le lamió las manos. Sus ojos se movieron de un lado a otro; su boca estaba entrecerrada, con las comisuras muy deprimidas. Finalmente, el pobre hombre pareció decidir que debía separarse de su cabra, y entonces, como vio el Sr. Scott, las cejas se volvieron ligeramente oblicuas, con el característico fruncimiento o hinchazón en los extremos internos, pero las arrugas de la frente desaparecieron. El hombre permaneció así un minuto, luego, con un profundo suspiro, rompió a llorar, levantó las manos, bendijo a la cabra, se dio la vuelta y, sin volver a mirar, se fue.

Sobre la causa de la oblicuidad de las cejas bajo sufrimiento . Durante varios años, ninguna expresión me pareció tan desconcertante como la que aquí analizamos. ¿Por qué la pena o la ansiedad provocan la contracción únicamente de la fascia central del músculo frontal, junto con la que rodea los ojos? Parece que aquí se trata de un movimiento complejo con el único propósito de expresar pena; sin embargo, es una expresión relativamente rara y a menudo pasada por alto. Creo que la explicación no es tan difícil como parece a primera vista. El Dr. Duchenne presenta una fotografía del joven antes mencionado, quien, al mirar hacia arriba a una superficie muy iluminada, contrajo involuntariamente los músculos de la pena de forma exagerada. Había olvidado por completo esta fotografía cuando, en un día muy luminoso, con el sol a mis espaldas, me encontré, a caballo, con una muchacha cuyas cejas, al mirarme, se volvieron extremadamente oblicuas, con los surcos correspondientes en la frente. He observado el mismo movimiento en circunstancias similares en varias ocasiones posteriores. Al regresar a casa, hice que tres de mis hijos, sin darles ninguna pista sobre mi objetivo, miraran con la mayor atención posible la copa de un árbol alto que se recortaba contra un cielo extremadamente brillante. En los tres, los músculos orbicular, corrugador y piramidal se contrajeron vigorosamente, por reflejo, debido a la excitación de la retina, para proteger sus ojos de la luz intensa. Pero se esforzaron al máximo por mirar hacia arriba; y entonces se observó una curiosa lucha, con contracciones espasmódicas, entre la porción central del músculo frontal, o solo la central, y los músculos que bajan las cejas y cierran los párpados. La contracción involuntaria del piramidal provocó que la base de sus narices se arrugara transversal y profundamente. En uno de los tres niños, las cejas se elevaron y bajaron momentáneamente por la contracción alternada del músculo frontal y de los músculos que rodean los ojos, de modo que toda la frente se arrugó y alisó alternativamente. En los otros dos niños, la frente se arrugó solo en la parte media, formándose surcos rectangulares; las cejas se volvieron oblicuas, con sus extremos internos fruncidos e hinchados; en un niño, ligeramente, y en el otro, de forma muy marcada. Esta diferencia en la oblicuidad de las cejas aparentemente dependía de una diferencia en su movilidad general y en la fuerza de los músculos piramidales. En ambos casos, las cejas y la frente se vieron afectadas bajo la influencia de una luz intensa, exactamente de la misma manera, en cada detalle característico, que bajo la influencia de la pena o la ansiedad.

Duchenne afirma que el músculo piramidal de la nariz está menos sujeto al control de la voluntad que los demás músculos que rodean los ojos. Observa que el joven, que podía actuar con tanta eficacia sobre los músculos de la tristeza, así como sobre la mayoría de los demás músculos faciales, no podía contraer los piramidales. [705] Sin embargo, esta capacidad difiere sin duda entre personas. El músculo piramidal sirve para bajar la piel de la frente, entre las cejas, junto con sus extremos internos. Las fascias centrales del frontal son antagonistas de las piramidales; y para frenar especialmente la acción de estas últimas, estas fascias centrales deben contraerse. Así, en personas con músculos piramidales potentes, si bajo la influencia de una luz brillante existe un deseo inconsciente de evitar la bajada de las cejas, deben activarse las fascias centrales del músculo frontal; y su contracción, si es lo suficientemente fuerte como para dominar los piramidales, junto con la contracción de los músculos corrugador y orbicular, actuará de la manera descrita en las cejas y la frente.

Cuando los niños gritan o chillan, contraen, como sabemos, los músculos orbicular, corrugador y piramidal, principalmente para comprimir los ojos y así protegerlos de la hemorragia, y secundariamente por hábito. Por lo tanto, esperaba encontrar en los niños que, al intentar evitar un ataque de llanto o dejar de llorar, contraerían estos músculos, como si miraran hacia arriba bajo una luz brillante; y, en consecuencia, que la fascia central del músculo frontal se activaría con frecuencia. Por consiguiente, comencé a observar a los niños en esos momentos y pedí a otros, incluyendo a algunos médicos, que hicieran lo mismo. Es necesario observar con atención, ya que la peculiar acción opuesta de estos músculos no es tan evidente en los niños, debido a que sus frentes no se arrugan con facilidad como en los adultos. Pero pronto descubrí que los músculos del dolor se activaban con mucha frecuencia en estas ocasiones. Sería superfluo mencionar todos los casos observados; Y solo mencionaré algunos. Una niña de un año y medio fue objeto de burlas por parte de otros niños, y antes de romper a llorar, sus cejas se volvieron claramente oblicuas. En una niña mayor se observó la misma oblicuidad, con las puntas internas de las cejas claramente fruncidas; al mismo tiempo, las comisuras de los labios se dibujó hacia abajo. En cuanto rompió a llorar, sus rasgos cambiaron por completo y esta expresión peculiar desapareció. De nuevo, después de que un niño fuera vacunado, lo que le hizo gritar y llorar violentamente, el cirujano le dio una naranja que había traído para tal fin, lo cual le agradó mucho; al dejar de llorar, se observaron todos los movimientos característicos, incluyendo la formación de arrugas rectangulares en el centro de la frente. Por último, me encontré en el camino con una niña de tres o cuatro años que se había asustado con un perro, y cuando le pregunté qué le pasaba, dejó de lloriquear y sus cejas se oblicuaron al instante de forma extraordinaria.

Aquí, pues, y no me cabe duda, tenemos la clave del problema de por qué la fascia central del músculo frontal y los músculos que rodean los ojos se contraen en oposición bajo la influencia del dolor; ya sea que su contracción sea prolongada, como en el caso del enfermo mental melancólico, o momentánea, debido a alguna causa insignificante de angustia. Todos, de niños, hemos contraído repetidamente los músculos orbicular, corrugador y piramidal para protegernos los ojos al gritar; nuestros antepasados hicieron lo mismo durante muchas generaciones; y aunque con el paso de los años evitamos fácilmente, cuando nos sentimos angustiados, emitir gritos, no podemos, por un hábito prolongado, evitar siempre una ligera contracción de los músculos antes mencionados; ni siquiera observamos su contracción en nosotros mismos ni intentamos detenerla, si es leve. Pero los músculos piramidales parecen estar menos sujetos a la voluntad que los demás músculos afines; y si están bien desarrollados, su contracción solo puede frenarse mediante la contracción antagónica de la fascia central del músculo frontal. El resultado que necesariamente sigue, si estas fascias se contraen enérgicamente, es la elevación oblicua de las cejas, el fruncimiento de sus extremos internos y la formación de surcos rectangulares en el centro de la frente. Dado que los niños y las mujeres lloran con mucha más libertad que los hombres, y que las personas adultas de ambos sexos rara vez lloran, salvo por angustia mental, podemos entender por qué los músculos del dolor se ven en acción con mayor frecuencia, como creo que ocurre, en niños y mujeres que en hombres; y en adultos de ambos sexos solo por angustia mental. En algunos de los casos registrados anteriormente, como en el de la pobre mujer dhangar y el hombre indostánico, la acción de los músculos del dolor fue seguida rápidamente por un llanto amargo. En todos los casos de angustia, ya sean grandes o pequeños, nuestros cerebros tienden, por un largo hábito, a enviar una orden a ciertos músculos para que se contraigan, como si fuéramos bebés a punto de gritar; pero esta orden la podemos contrarrestar parcialmente mediante el maravilloso poder de la voluntad y el hábito. Aunque esto se efectúa de manera inconsciente en lo que respecta a los medios para contrarrestarlo.

Sobre la depresión de las comisuras de la boca. —Esta acción es efectuada por los depresores de los labios (ver letra K en las figs. 1 y 2). Las fibras de este músculo divergen hacia abajo, con los extremos convergentes superiores unidos alrededor de las comisuras de la boca, y al labio inferior un poco dentro de las comisuras. [706] Algunas de las fibras parecen ser antagónicas al músculo cigomático mayor, y otras a los varios músculos que discurren hacia la parte externa del labio superior. La contracción de este músculo lleva hacia abajo y hacia afuera las comisuras de la boca, incluyendo la parte externa del labio superior, e incluso en un ligero grado las alas de las fosas nasales. Cuando la boca está cerrada y este músculo actúa, la comisura o línea de unión de los dos labios forma una línea curva con la concavidad hacia abajo, [707] y los labios mismos son generalmente algo protruidos, especialmente el inferior. La boca en este estado está bien representada en las dos fotografías (Lámina II, figs. 6 y 7) del Sr. Rejlander. El niño de arriba (fig. 6) acababa de dejar de llorar tras recibir una bofetada de otro niño; se aprovechó el momento oportuno para fotografiarlo.

La expresión de desánimo, pena o abatimiento, debida a la contracción de este músculo, ha sido observada por todos los que han escrito sobre el tema. Decir que una persona está decaída es sinónimo de estar desanimada. La depresión de las comisuras se observa a menudo, como ya se ha indicado con la autoridad del Dr. Crichton Browne y el Sr. Nicol, en los enfermos mentales melancólicos, y se aprecia claramente en algunas fotografías que me envió el anterior caballero, de pacientes con una fuerte tendencia al suicidio. Se ha observado en hombres de diversas razas, como los hindúes, las tribus montañosas de la India, los malayos y, como me informa el reverendo Sr. Hagenauer, en los aborígenes australianos.

Cuando los bebés gritan, contraen con fuerza los músculos que rodean los ojos, lo que eleva el labio superior; y como deben mantener la boca bien abierta, los músculos depresores que recorren las comisuras también se activan con fuerza. Esto, generalmente, pero no invariablemente, provoca una ligera curvatura angular en el labio inferior a ambos lados, cerca de las comisuras. El resultado de esta acción sobre el labio superior e inferior es que la boca adquiere una forma cuadrada. La contracción del músculo depresor se aprecia mejor en los bebés cuando no gritan violentamente, y especialmente justo antes de que empiecen o cuando dejan de gritar. Sus caritas adquieren entonces una expresión extremadamente lastimera, como observé continuamente en mis propios bebés entre las seis semanas y los dos o tres meses de edad. A veces, cuando luchan contra un ataque de llanto, el contorno de la boca se curva de forma tan exagerada que parece una herradura; y la expresión de tristeza se convierte entonces en una caricatura ridícula.

La explicación de la contracción de este músculo, bajo la influencia del desánimo o el abatimiento, aparentemente se desprende de los mismos principios generales que en el caso de la oblicuidad de las cejas. El Dr. Duchenne me informa que, a partir de sus observaciones, prolongadas durante muchos años, concluye que este es uno de los músculos faciales menos controlados por la voluntad. Este hecho puede, de hecho, inferirse de lo que se acaba de mencionar respecto a los bebés que comienzan a llorar dubitativamente o intentan dejar de llorar; pues entonces generalmente controlan todos los demás músculos faciales con mayor eficacia que los depresores de las comisuras de los labios. Dos excelentes observadores, uno de ellos cirujano y sin ninguna teoría al respecto, observaron atentamente para mí a algunos niños mayores y mujeres que, con cierta resistencia, se acercaban gradualmente al punto de romper a llorar; y ambos observadores estaban seguros de que los depresores comenzaban a actuar antes que cualquier otro músculo. Dado que los depresores se han activado repetidamente durante la infancia a lo largo de muchas generaciones, la fuerza nerviosa tenderá a fluir, por un hábito arraigado, hacia estos músculos, así como hacia otros músculos faciales, siempre que en la vida adulta se experimente incluso una leve sensación de malestar. Sin embargo, como los depresores están menos sujetos al control de la voluntad que la mayoría de los demás músculos, cabría esperar que a menudo se contrajeran ligeramente, mientras que los demás permanecían pasivos. Es notable cómo una pequeña depresión en las comisuras de los labios confiere al rostro una expresión de desánimo o abatimiento, de modo que una contracción extremadamente leve de estos músculos sería suficiente para delatar este estado de ánimo.

Permítame mencionar aquí una observación trivial, que servirá para resumir nuestro tema. Una anciana, con expresión relajada pero absorta, estaba sentada casi frente a mí en un vagón de tren. Mientras la observaba, vi que sus depresores del ángulo de la boca se contrajeron leve pero decididamente; pero como su semblante permaneció tan sereno como siempre, reflexioné sobre la insignificancia de esta contracción y la facilidad con la que uno podía ser engañado. Apenas se me había ocurrido cuando vi que sus ojos se llenaron de lágrimas casi hasta desbordarse, y todo su rostro se desmoronó. No cabía duda de que algún recuerdo doloroso, quizás el de un hijo perdido hacía mucho tiempo, cruzaba por su mente. En cuanto su sensorio se vio afectado, ciertas células nerviosas, por costumbre, transmitieron instantáneamente una orden a todos los músculos respiratorios y a los que rodean la boca para que se prepararan para un ataque de llanto. Pero la orden fue revocada por la voluntad, o más bien por un hábito adquirido posteriormente, y todos los músculos obedecieron, excepto levemente los depresores del ángulo de la boca . Ni siquiera abrió la boca; la respiración no se aceleró; y ningún músculo se vio afectado, salvo los que bajan las comisuras de la boca.

Tan pronto como la boca de esta señora comenzó, involuntaria e inconscientemente, a adoptar la forma propia de un ataque de llanto, podemos estar casi seguros de que alguna influencia nerviosa se habría transmitido a través de los canales acostumbrados a los diversos músculos respiratorios, así como a los que rodean los ojos, y al centro vasomotor que regula el suministro de sangre a las glándulas lagrimales. De este último hecho, tenemos evidencia clara en que sus ojos se llenaron ligeramente de lágrimas; y podemos comprenderlo, ya que las glándulas lagrimales están menos sujetas al control de la voluntad que los músculos faciales. Sin duda, existía al mismo tiempo cierta tendencia en los músculos que rodean los ojos a contraerse, como para protegerlos de la hemorragia, pero esta contracción fue completamente dominada, y su frente permaneció serena. Si los músculos piramidales, corrugadores y orbiculares hubieran sido tan poco obedientes a la voluntad, como lo son en muchas personas, habrían sido ligeramente afectados. y entonces la fascia central del músculo frontal se habría contraído en antagonismo, y sus cejas se habrían vuelto oblicuas, con surcos rectangulares en la frente. Su semblante habría expresado entonces con mayor claridad un estado de abatimiento, o más bien de dolor.

A través de pasos como estos, podemos comprender cómo, tan pronto como un pensamiento melancólico atraviesa el cerebro, se produce una leve contracción de las comisuras de los labios, una ligera elevación del entrecejo, o ambos movimientos combinados, e inmediatamente después un ligero llanto. Una descarga nerviosa se transmite por diversos canales habituales y produce efecto en cualquier punto donde la voluntad no haya adquirido, mediante un largo hábito, mucha influencia. Estas acciones pueden considerarse como vestigios rudimentarios de los ataques de gritos, tan frecuentes y prolongados durante la infancia. En este caso, así como en muchos otros, los vínculos que conectan causa y efecto, al dar lugar a diversas expresiones en el rostro humano, son realmente maravillosos; y nos explican el significado de ciertos movimientos que realizamos involuntaria e inconscientemente cuando ciertas emociones transitorias atraviesan nuestra mente.

CAPÍTULO VIII.
GOZO, ÁNIMO, AMOR, TIERNOS SENTIMIENTOS, DEVOCIÓN.

La risa es principalmente expresión de alegría—Ideas ridículas—Movimientos de los rasgos durante la risa—Naturaleza del sonido producido—La secreción de lágrimas durante la risa fuerte—Gradación de la risa fuerte a la sonrisa suave—Buen humor—La expresión del amor—Sentimientos tiernos—Devoción.

La alegría, cuando es intensa, lleva a diversos movimientos sin propósito: bailar, aplaudir, zapatear, etc., y a carcajadas. La risa parece ser principalmente la expresión de mera alegría o felicidad. Lo vemos claramente en los niños que juegan, que ríen casi sin parar. En los jóvenes que han pasado la infancia, cuando están de buen humor, siempre hay mucha risa sin sentido. Homero describe la risa de los dioses como «la exuberancia de su alegría celestial tras su banquete diario». Un hombre sonríe —y la sonrisa, como veremos, se transforma en risa— al encontrarse con un viejo amigo en la calle, como ante cualquier placer insignificante, como oler un perfume dulce. [801] Laura Bridgman, debido a su ceguera y sordera, no habría adquirido ninguna expresión mediante la imitación; sin embargo, cuando recibió una carta de un amigo querido mediante gestos, «se rió y aplaudió, y el color le subió a las mejillas». En otras ocasiones se la ha visto zapatear de alegría. [802]

Los idiotas y los imbéciles también demuestran que la risa o la sonrisa expresan principalmente mera felicidad o alegría. El Dr. Crichton Browne, a quien, como en tantas otras ocasiones, le debo los resultados de su amplia experiencia, me informa que, en los idiotas, la risa es la expresión emocional más prevalente y frecuente. Muchos idiotas son taciturnos, apasionados, inquietos, se encuentran en un estado mental doloroso o son completamente impasibles, y nunca ríen. Otros ríen con frecuencia de forma completamente absurda. Así, un niño idiota, incapaz de hablar, se quejó al Dr. Browne, mediante señas, de que otro niño del manicomio le había dejado un ojo morado; y esto fue acompañado de «explosiones de risa y con el rostro cubierto de amplias sonrisas». Existe otra gran clase de idiotas que son persistentemente alegres y afables, y que constantemente ríen o sonríen. [803] Sus rostros a menudo exhiben una sonrisa estereotipada; Su alegría aumenta, y sonríen, ríen entre dientes o ríen disimuladamente cada vez que se les sirve comida, se les acaricia, se les muestran colores brillantes o escuchan música. Algunos ríen más de lo habitual al caminar o al intentar cualquier esfuerzo muscular. La alegría de la mayoría de estos idiotas no puede asociarse, como señala el Dr. Browne, con ideas concretas: simplemente sienten placer y lo expresan mediante la risa o las sonrisas. En los imbéciles de rango superior, la vanidad personal parece ser la causa más común de risa, y después de esta, el placer que surge de la aprobación de su conducta.

En los adultos, la risa se desencadena por causas considerablemente diferentes a las que se dan en la infancia; pero esta observación difícilmente se aplica a la sonrisa. En este sentido, la risa es análoga al llanto, que en los adultos se limita casi exclusivamente a la angustia mental, mientras que en los niños se desencadena por el dolor físico o cualquier sufrimiento, así como por el miedo o la ira. Se han escrito muchas discusiones curiosas sobre las causas de la risa en los adultos. El tema es extremadamente complejo. Algo incongruente o inexplicable, que despierta sorpresa y cierta sensación de superioridad en quien ríe, quien debe estar de buen humor, parece ser la causa más común. [804] Las circunstancias no deben ser de gran importancia: ningún pobre reiría ni sonreiría al enterarse de repente de que le han legado una gran fortuna. Si la mente está intensamente excitada por sensaciones placenteras, y surge cualquier pequeño evento o pensamiento inesperado, entonces, como señala el Sr. Herbert Spencer, [805] «una gran cantidad de energía nerviosa, en lugar de dedicarse a producir una cantidad equivalente de los nuevos pensamientos y emociones que nacían, se ve repentinamente frenada». «El exceso debe descargarse en otra dirección, y se produce un eflujo a través de los nervios motores hacia diversas clases de músculos, produciendo las acciones semiconvulsivas que llamamos risa». Un corresponsal hizo una observación relacionada con este punto durante el reciente asedio de París: los soldados alemanes, tras una fuerte excitación por la exposición a un peligro extremo, eran particularmente propensos a estallar en carcajadas ante la más mínima broma. De igual manera, cuando los niños pequeños apenas empiezan a llorar, un evento inesperado a veces transforma repentinamente su llanto en risa, lo que aparentemente sirve igualmente para gastar su energía nerviosa superflua.

A veces se dice que una idea ridícula estimula la imaginación; y este supuesto cosquilleo mental es curiosamente análogo al del cuerpo. Todos sabemos la risa desmesurada de los niños y cómo se convulsionan sus cuerpos cuando les hacen cosquillas. Los simios antropoides, como hemos visto, también emiten un sonido reiterado, similar a nuestra risa, cuando les hacen cosquillas, especialmente en las axilas. Toqué con un trozo de papel la planta del pie de uno de mis bebés, cuando tenía solo siete días, y de repente se apartó bruscamente y los dedos se curvaron, como en un niño mayor. Tales movimientos, así como la risa al recibir cosquillas, son manifiestamente actos reflejos; y esto también lo demuestran los diminutos músculos lisos que erizan el vello corporal, al contraerse cerca de la superficie afectada. [806] Sin embargo, la risa provocada por una idea ridícula, aunque involuntaria, no puede considerarse un acto estrictamente reflejo. En este caso, y en el de la risa al recibir cosquillas, la mente debe estar en un estado placentero; un niño pequeño, si un desconocido le hace cosquillas, gritaría de miedo. El contacto debe ser leve, y una idea o acontecimiento, para ser ridículo, no debe ser de gran importancia. Las partes del cuerpo que se cosquillean con mayor facilidad son aquellas que no se tocan comúnmente, como las axilas o los entre los dedos de los pies, o partes como la planta de los pies, que habitualmente se tocan con una superficie amplia; pero la superficie sobre la que nos sentamos ofrece una marcada excepción a esta regla. Según Gratiolet, [807] ciertos nervios son mucho más sensibles a las cosquillas que otros. Dado que un niño apenas puede hacerse cosquillas a sí mismo, o en mucha menor medida que cuando se las hace otra persona, parece que el punto preciso que debe tocarse debe ser desconocido; así, con la mente, algo inesperado —una idea nueva o incongruente que irrumpe en una línea de pensamiento habitual— parece ser un elemento importante en lo ridículo.

El sonido de la risa se produce por una inspiración profunda seguida de contracciones cortas, interrumpidas y espasmódicas del pecho, y especialmente del diafragma. [808] De ahí que oigamos hablar de «la risa que le aprieta los costados». Debido a la agitación del cuerpo, la cabeza se balancea de un lado a otro. La mandíbula inferior a menudo se mueve de arriba a abajo, como ocurre también en algunas especies de babuinos cuando están muy contentos.

Durante la risa, la boca se abre más o menos ampliamente, con las comisuras muy hacia atrás y un poco hacia arriba; el labio superior está ligeramente elevado. Esta retracción de las comisuras se aprecia mejor en la risa moderada, y especialmente en una sonrisa amplia; este último epíteto muestra cómo se ensancha la boca. En las figuras 1-3, Lámina III, se han fotografiado diferentes grados de risa y sonrisa moderadas. La figura de la niña con sombrero es del Dr. Wallich, y la expresión era genuina; las otras dos son del Sr. Rejlander. El Dr. Duchenne insiste repetidamente [809] en que, bajo la emoción de la alegría, la boca se activa exclusivamente por los grandes músculos cigomáticos, que sirven para retraer las comisuras; pero a juzgar por la forma en que los dientes superiores siempre quedan expuestos durante la risa y la sonrisa amplia, así como por mis propias sensaciones, no dudo de que algunos de los músculos que van hacia el labio superior también se activan moderadamente. Los músculos orbiculares superior e inferior de los ojos se contraen simultáneamente; y existe una estrecha conexión, como se explica en el capítulo sobre el llanto, entre los orbiculares, especialmente los inferiores, y algunos de los músculos que recorren el labio superior. Henle señala [810] al respecto que, al cerrar un ojo con fuerza, no puede evitar retraer el labio superior del mismo lado; a la inversa, si alguien coloca su dedo sobre su párpado inferior y luego descubre sus incisivos superiores tanto como sea posible, sentirá, al levantar con fuerza el labio superior, que los músculos del párpado inferior se contraen. En el dibujo de Henle, xilografía (fig. 2), se puede observar que el músculo malaris (H), que recorre el labio superior, forma parte casi integral del músculo orbicular inferior.

El Dr. Duchenne ha presentado una fotografía de gran tamaño de un anciano (reducida en la Lámina III, fig. 4), en su estado pasivo habitual, y otra del mismo hombre (fig. 5), sonriendo con naturalidad. Esta última fue reconocida al instante por todos aquellos a quienes se la mostraron como fiel a la naturaleza. También ha presentado, como ejemplo de una sonrisa artificial o falsa, otra fotografía (fig. 6) del mismo anciano, con las comisuras de los labios fuertemente retraídas por la galvanización de los grandes músculos cigomáticos. Que la expresión no es natural es evidente, pues mostré esta fotografía a veinticuatro personas, de las cuales tres no pudieron descifrar en absoluto su significado, mientras que las demás, aunque percibieron que la expresión era similar a una sonrisa, respondieron con palabras como «una broma maliciosa», «intentando reír», «risa burlona... risa medio asombrada», etc. El Dr. Duchenne atribuye la falsedad de la expresión a que los músculos orbiculares de los párpados inferiores no están lo suficientemente contraídos. Pues, con razón, pone gran énfasis en su contracción al expresar alegría. Sin duda, hay mucha verdad en esta opinión, pero no, a mi entender, toda la verdad. La contracción de los orbiculares inferiores siempre va acompañada, como hemos visto, de la elevación del labio superior. Si el labio superior, en la fig. 6, se hubiera sometido a esta ligera presión, su curvatura habría sido menos rígida, el surco nasolabial habría sido ligeramente diferente y la expresión general, en mi opinión, habría sido más natural, independientemente del efecto más visible de la contracción más fuerte de los párpados inferiores. Además, el músculo corrugador, en la fig. 6, está demasiado contraído, lo que provoca el ceño fruncido; y este músculo nunca actúa bajo la influencia de la alegría, excepto durante una risa fuerte o violenta.

Al retraer y elevar las comisuras de la boca, mediante la contracción de los grandes músculos cigomáticos y la elevación del labio superior, las mejillas se elevan. Se forman así arrugas bajo los ojos y, en las personas mayores, en sus extremos; estas son muy características de la risa o la sonrisa. A medida que una sonrisa suave se transforma en una sonrisa fuerte, o en risa, cualquiera puede sentir y ver, si presta atención a sus propias sensaciones y se mira en un espejo, que al levantarse el labio superior y contraerse los orbiculares inferiores, las arrugas de los párpados inferiores y las de debajo de los ojos se fortalecen o aumentan considerablemente. Al mismo tiempo, como he observado repetidamente, las cejas se bajan ligeramente, lo que indica que tanto los orbiculares superiores como los inferiores se contraen al menos en cierta medida, aunque esto pasa desapercibido para nuestras sensaciones. Si se compara la fotografía original del anciano, con su semblante plácido habitual (fig. 4), con aquella (fig. 5) en la que sonríe con naturalidad, se observa que las cejas de este último están ligeramente caídas. Supongo que esto se debe a que los orbiculares superiores, por un hábito arraigado, actúan en cierta medida en sintonía con los orbiculares inferiores, que se contraen al levantar el labio superior.

La tendencia de los músculos cigomáticos a contraerse bajo emociones placenteras queda demostrada por un hecho curioso, que me comunicó el Dr. Browne, con respecto a los pacientes que sufren de PARÁLISIS GENERAL DE LOS MENTIROS. [811] “En esta enfermedad hay casi invariablemente optimismo —delirios de riqueza, rango, grandeza—, alegría demencial, benevolencia y profusión, mientras que su síntoma físico más temprano es el temblor en las comisuras de los labios y en las comisuras exteriores de los ojos. Este es un hecho bien conocido. La agitación temblorosa constante de los músculos palpebrales inferiores y cigomáticos mayores es patognomónica de las primeras etapas de la parálisis general. El semblante presenta una expresión complacida y benévola. A medida que la enfermedad avanza, se ven afectados otros músculos, pero hasta que se alcanza la fatuidad completa, la expresión predominante es la de una débil benevolencia”.

Al reír y sonreír ampliamente, las mejillas y el labio superior se elevan considerablemente, la nariz parece acortada y la piel del puente se arruga finamente en líneas transversales, con otras líneas longitudinales oblicuas a los lados. Los dientes frontales superiores suelen estar expuestos. Se forma un surco nasolabial bien marcado, que se extiende desde el ala de cada fosa nasal hasta la comisura de la boca; este surco suele ser doble en las personas mayores.

Una mirada brillante y chispeante es tan característica de un estado mental complacido o divertido, como la retracción de las comisuras de la boca y el labio superior con las arrugas que esto produce. Incluso los ojos de los idiotas microcéfalos, tan degradados que nunca aprenden a hablar, se iluminan ligeramente cuando están complacidos. [812] Bajo una risa intensa, los ojos están demasiado saturados de lágrimas como para brillar; pero la humedad extraída de las glándulas durante la risa moderada o la sonrisa puede contribuir a darles brillo; aunque esto debe ser de importancia secundaria, ya que se opacan por la pena, aunque entonces suelen estar húmedos. Su brillo parece deberse principalmente a su tensión, [813] debido a la contracción de los músculos orbiculares y a la presión de las mejillas elevadas. Pero, según el Dr. Piderit, quien ha analizado este punto con más detalle que cualquier otro escritor, [814] la tensión puede atribuirse en gran medida a que los globos oculares se llenan de sangre y otros fluidos, debido a la aceleración de la circulación, como consecuencia de la excitación del placer. Observa el contraste entre la apariencia de los ojos de un paciente con agitación y una circulación acelerada, y la de un hombre con cólera, con casi todos los fluidos corporales agotados. Cualquier causa que disminuya la circulación adormece la vista. Recuerdo haber visto a un hombre completamente postrado por un esfuerzo prolongado y severo durante un día muy caluroso, y un testigo comparó sus ojos con los de un bacalao hervido.

Volviendo a los sonidos producidos durante la risa, podemos ver vagamente cómo la emisión de algún tipo de sonido se asocia naturalmente con un estado mental placentero; pues en gran parte del reino animal, los sonidos vocales o instrumentales se emplean como llamada o como amuleto por un sexo para el otro. También se emplean como medio para un encuentro alegre entre padres e hijos, y entre los miembros unidos de la misma comunidad social. Pero desconocemos por qué los sonidos que el hombre emite cuando está complacido tienen el peculiar carácter reiterado de la risa. Sin embargo, podemos ver que serían naturalmente lo más diferentes posible de los gritos o alaridos de angustia; y así como en la producción de estos últimos, las expiraciones son prolongadas y continuas, con inspiraciones cortas e interrumpidas, así también cabría esperar que con los sonidos emitidos por la alegría, las expiraciones fueran cortas e interrumpidas, con inspiraciones prolongadas; y este es el caso.

Es igualmente confuso por qué las comisuras de la boca se retraen y el labio superior se eleva durante la risa común. La boca no debe abrirse al máximo, pues cuando esto ocurre durante un paroxismo de risa excesiva, apenas se emite sonido; o cambia de tono y parece provenir de lo más profundo de la garganta. Los músculos respiratorios, e incluso los de las extremidades, se ven impulsados simultáneamente a rápidos movimientos vibratorios. La mandíbula inferior a menudo participa en este movimiento, lo que tendería a impedir que la boca se abra completamente. Pero como debe emitirse un volumen completo de sonido, el orificio de la boca debe ser grande; y quizás para lograr este fin se retraen las comisuras y se eleva el labio superior. Aunque difícilmente podemos explicar la forma de la boca durante la risa, que provoca la formación de arrugas bajo los ojos, ni el peculiar sonido reiterado de la risa, ni el temblor de las mandíbulas, podemos inferir que todos estos efectos se deben a una causa común. Porque todos ellos son característicos y expresivos de un estado mental placentero en varios tipos de monos.

Se puede seguir una serie gradual que va desde la risa violenta a la moderada, pasando por una amplia sonrisa, una sonrisa suave y la expresión de mera alegría. Durante la risa excesiva, todo el cuerpo suele inclinarse hacia atrás y se sacude, o casi convulsiona; la respiración se altera considerablemente; la cabeza y el rostro se llenan de sangre, con las venas distendidas; y los músculos orbiculares se contraen espasmódicamente para proteger los ojos. Se derraman lágrimas con profusión. Por lo tanto, como se señaló anteriormente, es casi imposible señalar alguna diferencia entre el rostro bañado en lágrimas de una persona tras un paroxismo de risa excesiva y tras un intenso llanto. [815] Probablemente se deba a la estrecha similitud de los movimientos espasmódicos causados por estas emociones tan diferentes que los pacientes histéricos alternan entre llorar y reír con violencia, y que los niños pequeños a veces pasan repentinamente de uno a otro estado. El Sr. Swinhoe me informa que ha visto con frecuencia a los chinos, cuando sufren una profunda pena, estallar en ataques de risa histérica.

Me interesaba saber si la mayoría de las razas humanas derraman lágrimas con frecuencia durante una risa excesiva, y mis corresponsales me han dicho que sí. Se observó un caso con los hindúes, quienes afirmaron que ocurría con frecuencia. Lo mismo ocurre con los chinos. Las mujeres de una tribu salvaje de malayos en la península de Malaca a veces derraman lágrimas cuando ríen con ganas, aunque esto rara vez ocurre. Con los dayaks de Borneo debe ser frecuente, al menos con las mujeres, pues el rajá C. Brooke me ha dicho que es una expresión común entre ellos decir «casi se nos saltan las lágrimas de la risa». Los aborígenes australianos expresan sus emociones con libertad, y mis corresponsales los describen saltando y aplaudiendo de alegría, y a menudo riendo a carcajadas. No menos de cuatro observadores han visto cómo sus ojos se llenaban de lágrimas en tales ocasiones; y en una ocasión, las lágrimas rodaron por sus mejillas. El Sr. Bulmer, misionero en una zona remota de Victoria, comenta que «tienen un agudo sentido del ridículo; son excelentes imitadores, y cuando uno de ellos logra imitar las peculiaridades de algún miembro ausente de la tribu, es muy común oír a todos en el campamento estallar de risa». Entre los europeos, pocas cosas provocan la risa con tanta facilidad como la imitación; y resulta curioso encontrar lo mismo en los salvajes australianos, que constituyen una de las razas más distintivas del mundo.

En el sur de África, con dos tribus de kafires, especialmente las mujeres, a menudo se les llenan los ojos de lágrimas al reír. Gaika, hermano del jefe Sandilli, responde a mi pregunta al respecto con las palabras: «Sí, es su práctica habitual». Sir Andrew Smith ha visto el rostro pintado de una mujer hotentote surcado por las lágrimas tras un ataque de risa. En el norte de África, entre los abisinios, se producen lágrimas en las mismas circunstancias. Por último, en Norteamérica, se ha observado el mismo hecho en una tribu notablemente salvaje y aislada, pero principalmente en las mujeres; en otra tribu se observó solo en una ocasión.

La risa excesiva, como ya se ha comentado, se transforma en risa moderada. En esta última, los músculos que rodean los ojos están mucho menos contraídos y el ceño fruncido es mínimo o nulo. Entre una risa suave y una sonrisa amplia apenas hay diferencia, salvo que al sonreír no se emite ningún sonido reiterado, aunque a menudo se oye una exhalación bastante fuerte o un leve ruido —un rudimento de risa— al comienzo de la sonrisa. En un rostro con una sonrisa moderada, la contracción de los músculos orbiculares superiores puede rastrearse con precisión mediante un ligero descenso de las cejas. La contracción de los músculos orbiculares inferiores y palpebrales es mucho más evidente y se manifiesta por el arrugamiento de los párpados inferiores y de la piel debajo de ellos, junto con una ligera elevación del labio superior. De la sonrisa más amplia, pasamos gradualmente a la más suave. En este último caso, los rasgos se mueven en menor medida y con mucha más lentitud, y la boca se mantiene cerrada. La curvatura del surco nasolabial también es ligeramente diferente en ambos casos. Vemos, por tanto, que no se puede trazar una línea de demarcación abrupta entre el movimiento de los rasgos durante la risa más violenta y una sonrisa muy tenue. [816]

Por lo tanto, se puede decir que la sonrisa es la primera etapa en el desarrollo de la risa. Pero se puede sugerir una perspectiva diferente y más probable: que el hábito de emitir sonidos repetidos y frecuentes, motivado por una sensación de placer, condujo primero a la retracción de las comisuras de la boca y del labio superior, y a la contracción de los músculos orbiculares; y que ahora, mediante la asociación y el hábito prolongado, estos mismos músculos se activan ligeramente cuando alguna causa despierta en nosotros una sensación que, de ser más intensa, habría provocado la risa; y el resultado es una sonrisa.

Ya sea que consideremos la risa como el desarrollo completo de una sonrisa o, como es más probable, una sonrisa suave como el último vestigio de un hábito, firmemente arraigado durante muchas generaciones, de reír siempre que estamos alegres, podemos seguir en nuestros bebés la transición gradual de una a otra. Quienes tienen a su cargo bebés pequeños saben bien que es difícil estar seguros de cuándo ciertos movimientos de sus bocas son realmente expresivos; es decir, cuándo sonríen de verdad. Por eso observé atentamente a mis propios bebés. Uno de ellos, a los cuarenta y cinco días de edad, y estando entonces en un estado de ánimo feliz, sonrió; es decir, las comisuras de los labios se retrajeron y, al mismo tiempo, sus ojos se volvieron decididamente brillantes. Observé lo mismo al día siguiente; pero al tercer día, el niño no estaba del todo bien y no había rastro de sonrisa, lo que hace probable que las sonrisas anteriores fueran reales. Ocho días después y durante la semana siguiente, fue notable cómo sus ojos se iluminaban cada vez que sonreía, y su nariz se arrugó transversalmente al mismo tiempo. Esto se acompañaba ahora de un pequeño balido, que quizá representaba una risa. A los 113 días, estos pequeños ruidos, que siempre se producían al espirar, adquirieron un carácter ligeramente diferente, y eran más entrecortados o interrumpidos, como un sollozo; y esto era sin duda una risa incipiente. En aquel momento, me pareció que el cambio de tono estaba relacionado con la mayor extensión lateral de la boca a medida que las sonrisas se ensanchaban.

En un segundo bebé, la primera sonrisa auténtica se observó aproximadamente a la misma edad, a los cuarenta y cinco días; y en un tercero, a una edad algo menor. El segundo bebé, a los sesenta y cinco días, sonrió mucho más amplia y nítidamente que el primero mencionado a la misma edad; e incluso a esta temprana edad emitía sonidos muy parecidos a la risa. En esta adquisición gradual del hábito de reír, por parte de los bebés, encontramos un caso en cierto grado análogo al del llanto. Así como la práctica es necesaria para los movimientos corporales ordinarios, como caminar, también parece serlo para reír y llorar. El arte de gritar, por otro lado, al ser útil para los bebés, se ha desarrollado con precisión desde los primeros días.

Buen humor, alegría . Un hombre de buen humor, aunque no sonría, suele mostrar cierta tendencia a retraer las comisuras de los labios. Debido a la excitación del placer, la circulación se acelera; los ojos brillan y el rostro se torna más colorado. El cerebro, estimulado por el aumento del flujo sanguíneo, influye en las facultades mentales; las ideas vivaces fluyen aún más rápidamente por la mente y los afectos se avivan. Escuché a un niño, de poco menos de cuatro años, al preguntarle qué significaba estar de buen humor, responder: «Es reír, hablar y besar». Sería difícil dar una definición más exacta y práctica. Un hombre en este estado mantiene el cuerpo erguido, la cabeza erguida y los ojos abiertos. No hay caída de los rasgos ni contracción de las cejas. Por el contrario, el músculo frontal, como observa Moreau, [817] tiende a contraerse ligeramente; Y esto alisa el ceño, borra cualquier rastro de ceño fruncido, arquea ligeramente las cejas y levanta los párpados. De ahí la frase latina exporrigere frontem —desarrugar el ceño— que significa estar alegre o contento. La expresión general de un hombre de buen humor es exactamente la opuesta a la de alguien que sufre. Según Sir C. Bell, «En todas las emociones estimulantes, las cejas, los párpados, las fosas nasales y las comisuras de los labios se levantan. En las pasiones depresivas es lo contrario». Bajo la influencia de estas últimas, el ceño se encorva, los párpados, las mejillas, la boca y toda la cabeza se inclinan; los ojos están apagados; el semblante pálido y la respiración lenta. En la alegría, el rostro se expande, en la pena se alarga. No pretendo decir si el principio de antítesis ha entrado en juego aquí para producir estas expresiones opuestas, en ayuda de las causas directas que se han especificado y que son suficientemente claras.

En todas las razas humanas, la expresión del buen ánimo parece ser la misma y se reconoce fácilmente. Mis informantes, de diversas partes del Viejo y del Nuevo Mundo, responden afirmativamente a mis preguntas sobre este punto y ofrecen algunos detalles sobre los hindúes, malayos y neozelandeses. El brillo de los ojos de los australianos ha impresionado a cuatro observadores, y se ha observado lo mismo en los hindúes, neozelandeses y los dayaks de Borneo.

Los salvajes a veces expresan su satisfacción no solo sonriendo, sino con gestos derivados del placer de comer. Así, el Sr. Wedgwood [818] cita a Petherick, quien afirma que los negros del Alto Nilo comenzaron a frotarse el vientre cuando él les mostraba el rosario; y Leichhardt dice que los australianos chasqueaban la boca al ver sus caballos y bueyes, y más especialmente sus perros canguro. Los groenlandeses, «cuando afirman algo con placer, aspiran el aire con un sonido característico» [819] , lo que podría ser una imitación del acto de tragar comida sabrosa.

La risa se suprime mediante la firme contracción de los músculos orbiculares de la boca, lo que impide que el cigomático mayor y otros músculos empujen los labios hacia atrás y hacia arriba. El labio inferior también se sujeta a veces con los dientes, lo que da una expresión pícara al rostro, como se observó en la ciega y sorda Laura Bridgman. [820] El cigomático mayor a veces tiene un recorrido variable, y he visto a una joven en la que los depresores del ángulo de la boca se activaron con fuerza para reprimir una sonrisa; pero esto no le dio en absoluto una expresión melancólica a su rostro, debido al brillo de sus ojos.

La risa se emplea con frecuencia de forma forzada para ocultar o enmascarar algún otro estado de ánimo, incluso la ira. A menudo vemos a personas reír para disimular su vergüenza o timidez. Cuando alguien frunce los labios, como para evitar sonreír, aunque no haya nada que la provoque, o nada que impida su libre complacencia, se muestra una expresión afectada, solemne o pedante; pero sobre estas expresiones híbridas no es necesario añadir nada más. En el caso de la burla, una sonrisa o risa, real o fingida, suele combinarse con la expresión propia del desprecio, y esta puede transformarse en desprecio furioso o desdén. En tales casos, el propósito de la risa o la sonrisa es mostrar a la persona ofensora que solo provoca diversión.

Amor, sentimientos tiernos, etc. —Aunque el amor, por ejemplo, el de una madre por su hijo, es uno de los más intensos de los que la mente es capaz, difícilmente se puede decir que tenga una forma de expresión propia o peculiar; y esto es comprensible, ya que no ha llevado habitualmente a ninguna línea de acción específica. Sin duda, como el afecto es una sensación placentera, generalmente provoca una suave sonrisa y un brillo en los ojos. Es común sentir un fuerte deseo de tocar a la persona amada; y el amor se expresa por este medio con mayor claridad que por cualquier otro. [821] De ahí que anhelemos abrazar a quienes amamos tiernamente. Probablemente debamos este deseo a un hábito heredado, asociado con el cuidado de nuestros hijos y las caricias mutuas de los amantes.

En los animales inferiores observamos el mismo principio de placer derivado del contacto en relación con el amor. Perros y gatos disfrutan manifiestamente de frotarse contra sus amos y de que estos los froten o acaricien. Muchas especies de monos, según me aseguran los cuidadores del Zoológico, disfrutan de las caricias y de ser acariciados entre sí y por las personas a las que sienten apego. El Sr. Bartlett me ha descrito el comportamiento de dos chimpancés, animales bastante mayores que los que se suelen importar a este país, cuando fueron reunidos por primera vez. Se sentaron uno frente al otro, tocándose con sus labios muy prominentes; y uno puso su mano sobre el hombro del otro. Luego se abrazaron mutuamente. Después se levantaron, cada uno con un brazo sobre el hombro del otro, levantaron la cabeza, abrieron la boca y gritaron de alegría. [822]

Los europeos estamos tan acostumbrados a besar como muestra de afecto que podría pensarse que es innato en la humanidad; pero no es así. Steele se equivocó al decir: «La naturaleza fue su creadora, y comenzó con el primer cortejo». Jemmy Button, el fueguino, me comentó que esta práctica era desconocida en su tierra. Es igualmente desconocida entre los neozelandeses, tahitianos, papúes, australianos, somalíes de África y esquimales. Pero es tan innata o natural que aparentemente depende del placer del contacto cercano con la persona amada; y se sustituye en diversas partes del mundo por el roce de narices, como entre los neozelandeses y los lapones, por el roce o las palmaditas en los brazos, el pecho o el estómago, o por el golpeteo de la cara con las manos o los pies de otro. Quizás la práctica de soplar, como muestra de afecto, en diversas partes del cuerpo pueda basarse en el mismo principio. [823]

Los sentimientos que se llaman tiernos son difíciles de analizar; parecen estar compuestos de afecto, alegría y, sobre todo, de compasión. Estos sentimientos son, en sí mismos, de naturaleza placentera, excepto cuando la compasión es demasiado profunda o se despierta el horror, como al enterarse de un hombre o animal torturado. Son notables, desde nuestro punto de vista actual, por su facilidad para provocar lágrimas. Muchos padres e hijos han llorado al reencontrarse tras una larga separación, sobre todo si el encuentro ha sido inesperado. Sin duda, la alegría extrema, por sí sola, tiende a actuar sobre las glándulas lagrimales; pero en ocasiones como las mencionadas, probablemente habrán pasado por sus mentes vagas ideas sobre el dolor que habrían sentido si padre e hijo nunca se hubieran conocido; y el dolor, naturalmente, conduce a la secreción de lágrimas. Así, al regreso de Ulises:

Telémaco se levantó y, llorando, se abrazó al pecho de su padre.
Allí, el dolor contenido los inundó, anhelando así.
* * * * * *
Así gemían lastimeramente, con profunda inquietud,
y en sus llantos se había desvanecido el día,
pero Telémaco finalmente encontró palabras para decir.
Traducción de la Odisea de Worsley , Libro XVI, estrofa 27.

Así que de nuevo, cuando Penélope finalmente reconoció a su marido:

“Entonces de sus párpados brotaron lágrimas rápidas
y corrió hacia él desde su lugar, y
le echó los brazos al cuello, y un cálido rocío
de besos se derramó sobre él, y así habló:”
—Libro xxiii, esc. 27.

El vívido recuerdo de nuestro antiguo hogar, o de días felices del pasado, hace que los ojos se llenen de lágrimas; pero aquí, de nuevo, surge naturalmente el pensamiento de que esos días nunca volverán. En tales casos, podemos decir que nos compadecemos de nosotros mismos en nuestro estado presente, en comparación con nuestro pasado. La compasión por las aflicciones ajenas, incluso por las aflicciones imaginarias de una heroína de una historia patética, por la que no sentimos afecto, despierta fácilmente las lágrimas. Lo mismo ocurre con la compasión por la felicidad ajena, como con la de un amante, que finalmente triunfa tras muchas dificultades en una historia bien contada.

La compasión parece constituir una emoción separada o distinta; y es especialmente propensa a excitar las glándulas lagrimales. Esto se aplica tanto si damos como si recibimos compasión. Todos habrán notado la facilidad con la que los niños rompen a llorar si les compadecemos por una pequeña herida. En el caso de los locos melancólicos, como me informa el Dr. Crichton Browne, una palabra amable a menudo los sume en un llanto desenfrenado. En cuanto expresamos nuestra compasión por el dolor de un amigo, a menudo se nos llenan los ojos de lágrimas. El sentimiento de compasión se explica comúnmente asumiendo que, cuando vemos o escuchamos el sufrimiento de otra persona, la idea del sufrimiento se evoca tan vívidamente en nuestra mente que nosotros mismos sufrimos. Pero esta explicación no es suficiente, pues no explica la íntima alianza entre compasión y afecto. Sin duda, simpatizamos mucho más profundamente con una persona amada que con una persona indiferente; y la compasión de uno nos proporciona mucho más alivio que la del otro. Sin embargo, con seguridad podemos simpatizar con aquellos por quienes no sentimos afecto.

Por qué el sufrimiento, cuando lo experimentamos nosotros mismos, provoca el llanto, se ha discutido en un capítulo anterior. Respecto a la alegría, su expresión natural y universal es la risa; y en todas las razas humanas, la risa sonora provoca la secreción de lágrimas con mayor frecuencia que cualquier otra causa, excepto la angustia. La inundación de lágrimas en los ojos, que sin duda ocurre bajo una gran alegría, aunque no hay risa, puede, en mi opinión, explicarse por hábito y asociación, siguiendo los mismos principios que la efusión de lágrimas por el dolor, aunque no haya gritos. Sin embargo, es notable que la compasión por las angustias ajenas provoque lágrimas con mayor frecuencia que nuestra propia angustia; y ciertamente es así. Muchos hombres, a quienes ningún sufrimiento propio podría arrancar una lágrima, han derramado lágrimas por el sufrimiento de un amigo querido. Es aún más notable que la compasión por la felicidad o la buena fortuna de quienes amamos tiernamente produzca el mismo resultado, mientras que una felicidad similar experimentada por nosotros mismos nos dejaría los ojos secos. Sin embargo, debemos tener presente que el hábito de restricción, mantenido durante mucho tiempo y tan poderoso para frenar el libre flujo de lágrimas por el dolor corporal, no se ha puesto en juego para impedir una efusión moderada de lágrimas en simpatía por los sufrimientos o la felicidad de los demás.

La música tiene un poder maravilloso, como he intentado demostrar en otro lugar, [824] de evocar de forma vaga e indefinida aquellas fuertes emociones que se sintieron en épocas pasadas, cuando, como es probable, nuestros primeros progenitores se cortejaban mediante tonos vocales. Y como varias de nuestras emociones más intensas —la pena, la gran alegría, el amor y la compasión— conducen a la secreción abundante de lágrimas, no es sorprendente que la música tienda a hacer que nuestros ojos se inunden de lágrimas, especialmente cuando ya estamos conmovidos por alguno de los sentimientos más tiernos. La música a menudo produce otro efecto peculiar. Sabemos que toda sensación, emoción o excitación intensa —el dolor extremo, la rabia, el terror, la alegría o la pasión amorosa— tiene una tendencia especial a hacer temblar los músculos; y el escalofrío o ligero temblor que recorre la columna vertebral y las extremidades de muchas personas cuando son afectadas poderosamente por la música, parece guardar la misma relación con el temblor del cuerpo antes mencionado, que una ligera oleada de lágrimas por el poder de la música con el llanto provocado por cualquier emoción fuerte y real.

Devoción. —Como la devoción está, en cierto grado, relacionada con el afecto, aunque consiste principalmente en reverencia, a menudo combinada con temor, cabe mencionar brevemente la expresión de este estado mental. En algunas sectas, tanto del pasado como del presente, la religión y el amor se han combinado de forma extraña; e incluso se ha sostenido, por lamentable que sea, que el beso sagrado del amor difiere muy poco del que un hombre da a una mujer, o una mujer a un hombre. [825] La devoción se expresa principalmente con el rostro dirigido hacia el cielo, con los ojos vueltos hacia arriba. Sir C. Bell señala que, al acercarse el sueño, un desmayo o la muerte, las pupilas se elevan hacia arriba y hacia adentro; y cree que «cuando estamos envueltos en sentimientos devocionales y no prestamos atención a las impresiones externas, la mirada se eleva por una acción que no se enseña ni se adquiere», y que esto se debe a la misma causa que en los casos anteriores. [826] Según el profesor Donders, es cierto que los ojos se levantan durante el sueño. En los bebés, al mamar, este movimiento de los globos oculares les da a menudo una absurda apariencia de deleite extático; y aquí se percibe claramente que se libra una lucha contra la posición que adoptan naturalmente durante el sueño. Pero la explicación de Sir C. Bell, que se basa en la suposición de que ciertos músculos están más bajo el control de la voluntad que otros, es incorrecta, según el profesor Donders. Como los ojos se levantan a menudo durante la oración, sin que la mente esté tan absorta en sus pensamientos como para acercarse a la inconsciencia del sueño, el movimiento es probablemente convencional, resultado de la creencia común de que el Cielo, la fuente del poder divino a la que oramos, se encuentra sobre nosotros.

Una humilde postura de rodillas, con las manos hacia arriba y las palmas juntas, nos parece, por un largo hábito, un gesto tan apropiado para la devoción que podría considerarse innato; pero no he encontrado ninguna evidencia al respecto en las diversas razas extraeuropeas de la humanidad. Durante el período clásico de la historia romana, no parece, como he oído de un excelente clásico, que las manos se unieran así durante la oración. El Sr. Rensleigh Wedgwood aparentemente ha dado [827] la verdadera explicación, aunque esto implica que la actitud es de sumisión servil. «Cuando el suplicante se arrodilla y levanta las manos con las palmas juntas, representa a un cautivo que demuestra la plenitud de su sumisión al ofrecer sus manos para que sean atadas por el vencedor. Es la representación pictórica del latín dare manus , para significar sumisión». Por lo tanto, no es probable que ni la elevación de los ojos ni la unión de las manos abiertas, bajo la influencia de sentimientos devocionales, sean acciones innatas o verdaderamente expresivas; Y esto difícilmente se podía esperar, pues es muy dudoso que sentimientos como los que ahora clasificaríamos como devocionales, afectaran los corazones de los hombres mientras permanecieron durante épocas pasadas en una condición incivilizada.

CAPÍTULO IX.
REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL HUMOR—MAL ESTILO—DETERMINACIÓN.

El acto de fruncir el ceño—Reflexión con esfuerzo, o con la percepción de algo difícil o desagradable—Meditación abstraída—Mal carácter—Morosidad—Obstinación—Enfurruñamiento y pucheros—Decisión o determinación—El cierre firme de la boca.

Los corrugadores, al contraerse, bajan las cejas y las juntan, produciendo surcos verticales en la frente, es decir, el ceño fruncido. Sir C. Bell, quien erróneamente creía que el corrugador era peculiar del hombre, lo clasifica como «el músculo más notable del rostro humano. Frunce las cejas con un esfuerzo enérgico que, inexplicable pero irresistiblemente, transmite la idea de mente». O, como él mismo dice en otra parte, «cuando las cejas se fruncen, la energía mental es evidente, y se mezclan el pensamiento y la emoción con la furia salvaje y brutal del simple animal». [901] Hay mucha verdad en estas observaciones, pero no toda la verdad. El Dr. Duchenne ha llamado al corrugador el músculo de la reflexión; [902] pero este nombre, sin alguna limitación, no puede considerarse del todo correcto.

Un hombre puede estar absorto en sus pensamientos más profundos y su ceño permanecerá sereno hasta que encuentre algún obstáculo en su razonamiento o sea interrumpido por alguna perturbación, y entonces una mueca se extenderá sobre él. Un hombre medio muerto de hambre puede pensar intensamente en cómo conseguir comida, pero probablemente no fruncirá el ceño a menos que encuentre alguna dificultad, ya sea en pensamiento o acción, o que la comida le produzca náuseas al obtenerla. He observado que casi todos fruncen el ceño al instante si perciben un sabor extraño o desagradable en lo que comen. Pedí a varias personas, sin explicarles mi objetivo, que escucharan atentamente un suave golpeteo, cuya naturaleza y origen todos conocían a la perfección, y nadie frunció el ceño; pero un hombre que se unió a nosotros, y que no podía concebir lo que hacíamos en profundo silencio, cuando se le pidió que escuchara, frunció el ceño considerablemente, aunque no de mal humor, y dijo que no entendía en absoluto lo que queríamos. El Dr. Piderit [903], quien ha publicado observaciones en el mismo sentido, añade que los tartamudos suelen fruncir el ceño al hablar, y que un hombre, incluso al hacer algo tan insignificante como ponerse una bota, frunce el ceño si la encuentra demasiado apretada. Algunas personas fruncen el ceño tan habitualmente que el mero esfuerzo de hablar casi siempre les hace contraer las cejas.

Los hombres de todas las razas fruncen el ceño cuando están perplejos, como deduzco de las respuestas que he recibido a mis preguntas; pero las formulé mal, confundiendo la meditación absorta con la reflexión perpleja. Sin embargo, es evidente que los australianos, malayos, hindúes y kafires de Sudáfrica fruncen el ceño cuando están desconcertados. Dobritzhoffer señala que los guaraníes de Sudamérica fruncen el ceño en ocasiones similares. [904]

De estas consideraciones, podemos concluir que fruncir el ceño no es expresión de una simple reflexión, por profunda que sea, ni de atención, por muy cercana que sea, sino de algo difícil o desagradable encontrado en un hilo de pensamiento o en la acción. Sin embargo, la reflexión profunda rara vez puede mantenerse durante mucho tiempo sin alguna dificultad, por lo que generalmente irá acompañada de fruncir el ceño. De ahí que fruncir el ceño comúnmente confiera al rostro, como señala Sir C. Bell, un aspecto de energía intelectual. Pero para que se produzca este efecto, la mirada debe estar clara y firme, o puede estar baja, como suele ocurrir en la reflexión profunda. El rostro no debe estar alterado de ninguna otra manera, como en el caso de una persona malhumorada o irritable, o de alguien que muestra los efectos de un sufrimiento prolongado, con ojos apagados y mandíbula caída, o que percibe mal sabor en la comida, o que tiene dificultad para realizar alguna acción insignificante, como enhebrar una aguja. En estos casos se puede ver a menudo un ceño fruncido, pero estará acompañado de alguna otra expresión, que impedirá por completo que el rostro tenga una apariencia de energía intelectual o de pensamiento profundo.

Podemos ahora preguntarnos cómo es que fruncir el ceño expresa la percepción de algo difícil o desagradable, ya sea en pensamiento o en acción. Así como los naturalistas consideran aconsejable rastrear el desarrollo embrionario de un órgano para comprender plenamente su estructura, con los movimientos de expresión conviene seguir el mismo plan en la medida de lo posible. La expresión más temprana y casi única que se observa durante los primeros días de la infancia, y que luego se manifiesta con frecuencia, es la que se manifiesta al gritar; y el grito es provocado, tanto al principio como durante un tiempo después, por cualquier sensación o emoción angustiosa o desagradable: hambre, dolor, ira, celos, miedo, etc. En esos momentos, los músculos que rodean los ojos se contraen fuertemente; y esto, creo, explica en gran medida el acto de fruncir el ceño durante el resto de nuestras vidas. Observé repetidamente a mis propios bebés, desde menos de una semana hasta los dos o tres meses, y descubrí que cuando un ataque de llanto aparecía gradualmente, la primera señal era la contracción de los corrugadores, que producía un ligero ceño fruncido, seguido rápidamente por la contracción de los demás músculos alrededor de los ojos. Cuando un bebé se siente incómodo o indispuesto, se pueden ver pequeños ceños fruncidos —como anoto en mis notas— que pasan incesantemente como sombras sobre su rostro; estos son generalmente, pero no siempre, seguidos tarde o temprano por un ataque de llanto. Por ejemplo, observé durante un tiempo a un bebé, de entre siete y ocho semanas, mamando leche fría, lo cual le desagradaba; y mantenía un ceño fruncido constante todo el tiempo. Esto nunca llegó a convertirse en un ataque de llanto, aunque ocasionalmente se podían observar todas las etapas de aproximación.

Dado que el hábito de fruncir el ceño ha sido adoptado por los bebés durante innumerables generaciones, al comienzo de cada ataque de llanto o grito, se ha asociado firmemente con la sensación incipiente de algo angustioso o desagradable. Por lo tanto, en circunstancias similares, es probable que continúe durante la madurez, aunque nunca llegue a convertirse en un ataque de llanto. El llanto o los gritos comienzan a reprimirse voluntariamente en una etapa temprana de la vida, mientras que fruncir el ceño rara vez se reprime a ninguna edad. Cabe destacar que, en los niños muy propensos al llanto, cualquier cosa que los desconcierte, y que haría que la mayoría de los demás simplemente fruncieran el ceño, los hace llorar con facilidad. Así, en ciertos tipos de demencia, cualquier esfuerzo mental, por mínimo que sea, que con un ceño fruncido habitual provocaría un ligero fruncimiento, los lleva a llorar de forma desenfrenada. No es más sorprendente que el hábito de fruncir el ceño ante la primera percepción de algo angustioso, aunque adquirido durante la infancia, se conserve durante el resto de nuestras vidas, que el que muchos otros hábitos asociados, adquiridos a temprana edad, se conserven permanentemente tanto en el ser humano como en los animales inferiores. Por ejemplo, los gatos adultos, cuando se sienten cálidos y cómodos, a menudo conservan el hábito de sacar alternativamente las patas delanteras con los dedos extendidos, hábito que practicaban con un propósito específico mientras mamaban de sus madres.

Otra causa distinta probablemente ha fortalecido el hábito de fruncir el ceño cuando la mente está concentrada en algún tema y encuentra alguna dificultad. La vista es el más importante de todos los sentidos, y en épocas primitivas la atención más profunda debió dirigirse incesantemente a objetos distantes para obtener presas y evitar el peligro. Recuerdo que, viajando por zonas de Sudamérica peligrosas por la presencia de indígenas, me impresionó la incesante, aunque aparentemente inconsciente, constante observación, por parte de los gauchos semisalvajes, del horizonte. Ahora bien, cuando alguien sin velo (como debió ser el caso de la humanidad en sus orígenes) se esfuerza al máximo por distinguir a plena luz del día, y especialmente si el cielo está brillante, un objeto distante, casi invariablemente frunce el ceño para evitar la entrada de demasiada luz; los párpados inferiores, las mejillas y el labio superior se levantan al mismo tiempo para reducir el tamaño del orificio ocular. He pedido deliberadamente a varias personas, jóvenes y mayores, que observaran, en las circunstancias descritas, objetos distantes, haciéndoles creer que solo quería comprobar su capacidad de visión; y todos se comportaron como se acaba de describir. Algunos, además, se taparon los ojos con las manos abiertas y planas para protegerse del exceso de luz. Gratiolet, tras hacer algunas observaciones casi en el mismo sentido, [905] dice: «Ce sont là des postures de vision difficile». Concluye que los músculos que rodean los ojos se contraen en parte para excluir el exceso de luz (lo cual me parece el fin más importante) y en parte para evitar que todos los rayos incidan en la retina, excepto los que provienen directamente del objeto examinado. El Sr. Bowman, a quien consulté sobre este punto, opina que la contracción de los músculos circundantes puede, además, «sostener en parte los movimientos consensuales de ambos ojos, al proporcionar un soporte más firme mientras los globos oculares alcanzan la visión binocular mediante sus propios músculos».

Dado que el esfuerzo de observar con atención un objeto distante bajo una luz brillante es difícil y molesto, y dado que este esfuerzo ha estado acompañado habitualmente, durante innumerables generaciones, por la contracción de las cejas, el hábito de fruncir el ceño se habrá fortalecido considerablemente; aunque originalmente se practicaba durante la infancia por una causa completamente independiente, a saber, como primer paso para proteger los ojos durante los gritos. Existe, de hecho, mucha analogía, en lo que respecta al estado mental, entre escrutar atentamente un objeto distante y seguir una línea de pensamiento oscura, o realizar algún pequeño y engorroso trabajo mecánico. La creencia de que el hábito de fruncir el ceño se mantiene cuando no hay necesidad alguna de excluir demasiada luz, se ve respaldada por los casos antes mencionados, en los que las cejas o los párpados se utilizan en ciertas circunstancias de forma inútil, por haber sido utilizados de forma similar, en circunstancias análogas, con un propósito útil. Por ejemplo, cerramos los ojos voluntariamente cuando no deseamos ver ningún objeto, y tendemos a cerrarlos cuando rechazamos una proposición, como si no pudiéramos o no quisiéramos verla; o cuando pensamos en algo horrible. Levantamos las cejas cuando deseamos ver rápidamente todo lo que nos rodea, y a menudo hacemos lo mismo cuando anhelamos recordar algo, actuando como si nos esforzáramos por verlo.

Abstracción. Meditación. —Cuando una persona está absorta en sus pensamientos, con la mente ausente, o, como a veces se dice, «cuando está absorta en un estudio oscuro», no frunce el ceño, sino que su mirada parece vacía. Los párpados inferiores suelen estar levantados y arrugados, de la misma manera que cuando una persona miope intenta distinguir un objeto distante; al mismo tiempo, los músculos orbiculares superiores están ligeramente contraídos. El arrugamiento de los párpados inferiores en estas circunstancias se ha observado en algunos salvajes, como el Sr. Dyson Lacy con los australianos de Queensland, y varias veces el Sr. Geach con los malayos del interior de Malaca. Cuál sea el significado o la causa de esta acción, no puede explicarse por el momento; pero aquí tenemos otro ejemplo de movimiento alrededor de los ojos en relación con el estado mental.

La expresión vacía de los ojos es muy peculiar y revela de inmediato que una persona está completamente absorta en sus pensamientos. El profesor Donders, con su habitual amabilidad, ha investigado este tema para mí. Ha observado a otros en esta condición y ha sido observado por el profesor Engelmann. En ese caso, los ojos no están fijos en ningún objeto y, por lo tanto, no están, como yo imaginaba, en un objeto distante. Las líneas de visión de ambos ojos a menudo divergen ligeramente; la divergencia, si la cabeza se mantiene verticalmente, con el plano de visión horizontal, alcanza un ángulo máximo de 2°. Esto se comprobó observando la doble imagen cruzada de un objeto distante. Cuando la cabeza se inclina hacia adelante, como suele ocurrir en una persona absorta en sus pensamientos, debido a la relajación general de sus músculos, si el plano de visión sigue siendo horizontal, los ojos se giran ligeramente hacia arriba, y entonces la divergencia llega a ser de hasta 3°, o 3° 5'; si los ojos se giran aún más hacia arriba, la divergencia es de entre 6° y 7°. El profesor Donders atribuye esta divergencia a la relajación casi completa de ciertos músculos de los ojos, que sería consecuencia de la total absorción de la mente. [906] La condición activa de los músculos de los ojos es la de convergencia; y el profesor Donders señala, en relación con su divergencia durante un período de completa abstracción, que cuando un ojo se vuelve ciego, casi siempre, después de un corto lapso de tiempo, se desvía hacia afuera; porque sus músculos ya no se utilizan para mover el globo ocular hacia adentro con el fin de obtener una visión binocular.

La reflexión perpleja suele ir acompañada de ciertos movimientos o gestos. En esos momentos, solemos llevarnos las manos a la frente, la boca o la barbilla; pero, por lo que he visto, no actuamos así cuando estamos absortos en la meditación y no encontramos ninguna dificultad. Plauto, describiendo en una de sus obras [907] a un hombre desconcertado, dice: «Mira, ha apoyado la barbilla en la mano». Incluso un gesto tan insignificante y aparentemente involuntario como llevarse la mano a la cara se ha observado en algunos salvajes. El Sr. J. Mansel Weale lo ha visto en los kafires de Sudáfrica; y el jefe nativo Gaika añade que los hombres entonces «a veces se arrancan la barba». El Sr. Washington Matthews, quien atendió a algunas de las tribus indígenas más salvajes del oeste de Estados Unidos, comenta que las ha visto, al concentrar sus pensamientos, llevar las manos, generalmente el pulgar y el índice, a alguna parte de la cara, comúnmente el labio superior. Podemos entender por qué se debe presionar o frotar la frente, mientras un pensamiento profundo prueba el cerebro; pero no está claro por qué se debe levantar la mano hasta la boca o la cara.

Mal humor. —Hemos visto que fruncir el ceño es la expresión natural de alguna dificultad o de una experiencia desagradable, ya sea en el pensamiento o en la acción. Quien se ve afectado de esta manera con frecuencia y facilidad, tiende a estar de mal humor, ligeramente enfadado o irritable, y comúnmente lo demuestra frunciendo el ceño. Sin embargo, una expresión de mal humor, causada por el ceño fruncido, puede contrarrestarse si la boca parece dulce, al estar habitualmente sonriendo, y los ojos son brillantes y alegres. Lo mismo ocurrirá si la mirada es clara y firme, y se percibe una reflexión seria. Fruncir el ceño, con cierta depresión de las comisuras de los labios, signo de dolor, da un aire de irritabilidad. Si un niño (véase Lámina IV, fig. 2) [908] frunce mucho el ceño mientras llora, pero no contrae con fuerza los músculos orbiculares de la manera habitual, muestra una marcada expresión de ira o incluso de rabia, acompañada de tristeza.

Si la contracción de los músculos piramidales de la nariz arrastra mucho el ceño fruncido hacia abajo, lo que produce arrugas transversales en la base de la nariz, la expresión se vuelve taciturna. Duchenne cree que la contracción de este músculo, sin fruncir el ceño, da la apariencia de una dureza extrema y agresiva. [909] Pero dudo mucho que esta sea una expresión verdadera o natural. He mostrado la fotografía de Duchenne de un joven, con este músculo fuertemente contraído mediante galvanismo, a once personas, incluyendo algunos artistas, y ninguna pudo formarse una idea de lo que se pretendía, excepto una chica, que respondió correctamente: «Sin duda, reservada». Cuando miré esta fotografía por primera vez, sabiendo lo que se pretendía, mi imaginación añadió, creo, lo necesario: un ceño fruncido; y, en consecuencia, la expresión me pareció verdadera y extremadamente taciturna.

Una boca firmemente cerrada, junto con una frente baja y fruncida, da determinación a la expresión, o puede tornarla obstinada y hosca. Más adelante se explicará cómo el cierre firme de la boca da la apariencia de determinación. Mis informantes han reconocido claramente una expresión de obstinación hosca en los nativos de seis regiones diferentes de Australia. Es muy marcada, según el Sr. Scott, en los hindúes. Se ha reconocido en los malayos, chinos, kafires y abisinios, y de forma notoria, según el Dr. Rothrock, en los indígenas salvajes de Norteamérica, y según el Sr. D. Forbes, en los aymaras de Bolivia. También la he observado en los araucanos del sur de Chile. El Sr. Dyson Lacy señala que los nativos de Australia, cuando se encuentran en este estado de ánimo, a veces cruzan los brazos sobre el pecho, una actitud que podemos observar entre nosotros. Una firme determinación, que llega hasta la obstinación, se expresa también a veces manteniendo ambos hombros levantados, gesto cuyo significado se explicará en el capítulo siguiente.

En los niños pequeños, el mal humor se manifiesta haciendo pucheros, o, como a veces se le llama, "haciendo un hocico". [910] Cuando las comisuras de la boca están muy deprimidas, el labio inferior está ligeramente evertido y protruido; esto también se llama puchero. Pero el puchero al que nos referimos aquí consiste en la protrusión de ambos labios en forma tubular, a veces hasta el extremo de la nariz, si esta es corta. El puchero suele ir acompañado de fruncir el ceño y, a veces, de la emisión de un abucheo o silbido. Esta expresión es notable, ya que es casi la única, que yo sepa, que se manifiesta con mucha más claridad durante la infancia, al menos en los europeos, que en la madurez. Sin embargo, existe cierta tendencia a la protrusión de los labios en los adultos de todas las razas bajo la influencia de una gran ira. Algunos niños hacen pucheros cuando son tímidos, y entonces difícilmente se les puede llamar malhumorados.

Según las investigaciones que he realizado en varias familias numerosas, hacer pucheros no parece ser muy común en los niños europeos; sin embargo, prevalece en todo el mundo y debe ser común y muy marcado en la mayoría de las razas salvajes, ya que ha llamado la atención de muchos observadores. Se ha observado en ocho distritos diferentes de Australia; y uno de mis informantes comenta lo mucho que los niños tienen los labios protuberantes. Dos observadores han visto hacer pucheros en los niños hindúes; tres, en los de los kafires y fingos de Sudáfrica, y en los hotentotes; y dos, en los niños de los indios salvajes de Norteamérica. También se ha observado hacer pucheros en los chinos, abisinios, malayos de Malaca, dayaks de Borneo y, a menudo, en los neozelandeses. El Sr. Mansel Weale me informa que ha visto los labios muy protuberantes, no solo en los hijos de los kafires, sino también en los adultos de ambos sexos cuando están enfurruñados. El Sr. Stack ha observado a veces lo mismo en los hombres, y muy frecuentemente en las mujeres de Nueva Zelanda. A veces, se detecta un rastro de la misma expresión incluso en los adultos europeos.

Así, vemos que la protrusión de los labios, especialmente en niños pequeños, es característica del mal humor en la mayor parte del mundo. Este movimiento aparentemente resulta de la retención, principalmente durante la juventud, de un hábito primordial, o de una recaída ocasional en él. Los orangutanes y chimpancés jóvenes protruyen los labios de forma extraordinaria, como se describió en un capítulo anterior, cuando están descontentos, algo enojados o malhumorados; también cuando están sorprendidos, un poco asustados e incluso ligeramente complacidos. Sus bocas protruyen aparentemente para emitir los diversos sonidos propios de estos estados de ánimo; y su forma, como observé en el chimpancé, difería ligeramente al emitir el grito de placer y el de ira. En cuanto estos animales se enfurecen, la forma de la boca cambia por completo y los dientes quedan al descubierto. Se dice que el orangután adulto, al ser herido, emite «un grito singular, que al principio consiste en notas agudas, que con el tiempo se profundizan en un rugido grave. Al emitir las notas agudas, extiende los labios formando un embudo, pero al emitir las graves, mantiene la boca bien abierta». [911] En el gorila, se dice que el labio inferior es capaz de una gran elongación. Si bien nuestros progenitores semihumanos proyectaban los labios cuando estaban malhumorados o un poco enojados, de la misma manera que lo hacen los simios antropoides actuales, no es anómalo, aunque sí curioso, que nuestros hijos, al verse afectados de forma similar, muestren rastros de la misma expresión, junto con cierta tendencia a emitir algún sonido. Pues no es inusual que los animales conserven, de forma más o menos perfecta, durante su juventud temprana y posteriormente pierdan caracteres que poseían originalmente sus progenitores adultos, y que aún conservan especies distintas, sus parientes cercanos.

Tampoco es un hecho anómalo que los hijos de salvajes muestren una mayor tendencia a sacar los labios cuando están de mal humor que los hijos de europeos civilizados; pues la esencia del salvajismo parece consistir en la conservación de una condición primordial, y esto a veces se aplica incluso a las peculiaridades corporales. [912] Se podría objetar a esta visión del origen del puchero que los simios antropoides también sacan los labios cuando están asombrados e incluso un poco complacidos; mientras que entre nosotros esta expresión se limita generalmente a un estado mental de mal humor. Pero veremos en un capítulo posterior que, en hombres de diversas razas, la sorpresa a veces lleva a una ligera protrusión de los labios, aunque la gran sorpresa o asombro se manifiesta más comúnmente con la boca bien abierta. Así como al sonreír o reír, retraemos las comisuras de la boca, hemos perdido la tendencia a sacar los labios cuando estamos complacidos, si es que nuestros primeros progenitores expresaban placer de esta manera.

Aquí se puede observar un pequeño gesto de los niños malhumorados: su "indiferencia". Esto tiene un significado diferente, como, creo, el de mantener ambos hombros en alto. Un niño enfadado, sentado en las rodillas de su padre o madre, levanta el hombro más cercano, lo aparta bruscamente, como si le estuvieran acariciando, y después lo empuja hacia atrás, como para alejar al ofensor. He visto a un niño, de pie a cierta distancia de alguien, expresar claramente sus sentimientos levantando un hombro, moviéndolo ligeramente hacia atrás y luego girando todo el cuerpo.

Decisión o determinación. —El cierre firme de la boca tiende a dar una expresión de determinación al rostro. Probablemente ningún hombre decidido haya tenido la boca abierta habitualmente. Por lo tanto, una mandíbula inferior pequeña y débil, que parece indicar que la boca no está cerrada de forma habitual y firme, se considera comúnmente un signo de debilidad de carácter. Cualquier esfuerzo prolongado, ya sea físico o mental, implica una determinación previa; y si se puede demostrar que la boca se cierra generalmente con firmeza antes y durante un esfuerzo muscular intenso y continuo, entonces, por el principio de asociación, la boca se cerraría casi con seguridad en cuanto se tomara una resolución firme. Varios observadores han observado que, al iniciar un esfuerzo muscular violento, un hombre invariablemente primero distiende los pulmones con aire y luego los comprime mediante la fuerte contracción de los músculos del pecho; y para lograr esto, la boca debe estar firmemente cerrada. Además, en cuanto el hombre se ve obligado a respirar, mantiene el pecho lo más distendido posible.

Se han atribuido diversas causas a esta forma de actuar. Sir C. Bell sostiene [913] que el pecho se distiende con aire y se mantiene distendido en esos momentos para dar un soporte firme a los músculos que lo sujetan. Por lo tanto, como él mismo señala, cuando dos hombres se enzarzan en una lucha a muerte, reina un silencio terrible, roto solo por una respiración entrecortada. Hay silencio porque expulsar el aire al emitir cualquier sonido sería relajar el soporte de los músculos de los brazos. Si se oye un grito, suponiendo que la lucha se desarrolla en la oscuridad, sabemos de inmediato que uno de los dos se ha rendido desesperado.

Gratiolet admite [914] que cuando un hombre tiene que esforzarse al máximo con otro, o tiene que soportar un gran peso, o mantener la misma postura forzada durante mucho tiempo, es necesario que primero inhale profundamente y luego deje de respirar; pero cree que la explicación de Sir C. Bell es errónea. Sostiene que la respiración detenida retarda la circulación sanguínea, de lo cual creo que no hay duda, y aporta una curiosa evidencia de la estructura de los animales inferiores, que demuestra, por un lado, que una circulación retardada es necesaria para el esfuerzo muscular prolongado y, por otro, que una circulación rápida es necesaria para los movimientos rápidos. Según esta perspectiva, cuando iniciamos un gran esfuerzo, cerramos la boca y dejamos de respirar para retardar la circulación sanguínea. Gratiolet resume el tema diciendo: «C'est là la vraie théorie de l'effort continu» (Esta es la verdadera teoría del esfuerzo continuo). Pero no sé hasta qué punto esta teoría es admitida por otros fisiólogos.

El Dr. Piderit explica [915] el cierre firme de la boca durante un esfuerzo muscular intenso basándose en el principio de que la influencia de la voluntad se extiende a otros músculos, además de los que se activan necesariamente al realizar cualquier esfuerzo; y es natural que los músculos respiratorios y bucales, al ser utilizados habitualmente, sean especialmente propensos a sufrir esta acción. Me parece que probablemente haya algo de cierto en esta opinión, ya que tendemos a apretar los dientes con fuerza durante un esfuerzo intenso, y esto no es necesario para evitar la espiración mientras los músculos del pecho están fuertemente contraídos.

Finalmente, cuando un hombre debe realizar una operación delicada y difícil que no requiere esfuerzo, generalmente cierra la boca y deja de respirar por un momento; pero actúa así para que los movimientos del pecho no perturben los de los brazos. Por ejemplo, al enhebrar una aguja, se puede ver a una persona apretando los labios y dejando de respirar o respirando lo más silenciosamente posible. Así ocurrió, como ya se mencionó, con un chimpancé joven y enfermo, mientras se divertía matando moscas con los nudillos, que zumbaban en los cristales de la ventana. Realizar una acción, por insignificante que sea, aunque difícil, implica cierta determinación previa.

No parece improbable que todas las causas mencionadas intervengan en diferentes grados, ya sea conjunta o separadamente, en diversas ocasiones. El resultado sería un hábito arraigado, quizás heredado, de cerrar firmemente la boca al comienzo y durante cualquier esfuerzo violento y prolongado, o cualquier operación delicada. Por el principio de asociación, también se generaría una fuerte tendencia hacia este mismo hábito, tan pronto como la mente se decidiera a una acción o línea de conducta particular, incluso antes de cualquier esfuerzo físico, o si no fuera necesario. El cierre habitual y firme de la boca demostraría así una decisión de carácter; y la decisión se transforma fácilmente en obstinación.

CAPÍTULO X.
ODIO Y IRA.

Odio—Rabia, efectos sobre el sistema—Descubrimiento de los dientes—Rabia en los locos—Ira e indignación—Tal como las expresan las distintas razas humanas—Burla y desafío—El descubrimiento del colmillo en un lado de la cara.

Si hemos sufrido o prevemos sufrir alguna injuria intencionada por parte de alguien, o si nos resulta ofensivo de alguna manera, nos desagrada; y la antipatía se transforma fácilmente en odio. Estos sentimientos, si se experimentan en grado moderado, no se expresan claramente mediante ningún movimiento corporal ni en los rasgos, salvo quizás por cierta gravedad en el comportamiento o algún mal humor. Sin embargo, pocas personas pueden reflexionar largamente sobre una persona odiada sin sentir y mostrar signos de indignación o rabia. Pero si la persona ofensora es insignificante, experimentamos simplemente desdén o desprecio. Si, por el contrario, es todopoderosa, el odio se transforma en terror, como cuando un esclavo piensa en un amo cruel, o un salvaje en una deidad maligna y sanguinaria. [1001] La mayoría de nuestras emociones están tan estrechamente ligadas a su expresión que apenas existen si el cuerpo permanece pasivo; la naturaleza de la expresión depende principalmente de la naturaleza de las acciones que se han realizado habitualmente bajo ese estado mental particular. Un hombre, por ejemplo, puede saber que su vida corre el mayor peligro y desear fervientemente salvarla; sin embargo, como dijo Luis XVI cuando estaba rodeado por una turba feroz: "¿Tengo miedo? Tómenme el pulso". Así, un hombre puede odiar intensamente a otro, pero hasta que su cuerpo se vea afectado, no puede decirse que esté furioso.

Rabia . Ya he tratado esta emoción en el tercer capítulo, al analizar la influencia directa del sensorio excitado sobre el cuerpo, en combinación con los efectos de las acciones habituales. La rabia se manifiesta de las maneras más diversas. El corazón y la circulación siempre se ven afectados; el rostro se enrojece o se amora, y las venas de la frente y el cuello se dilatan. El enrojecimiento de la piel se ha observado en los indios de Sudamérica, de piel cobriza, [1002] e incluso, según se dice, en las cicatrices blancas dejadas por antiguas heridas en los negros. [1003] Los monos también se enrojecen por la pasión. Con uno de mis bebés, de menos de cuatro meses, observé repetidamente que el primer síntoma de una pasión inminente era la avalancha de sangre en su cuero cabelludo desnudo. Por otra parte, la acción del corazón se ve a veces tan impedida por una gran rabia, que el rostro se torna pálido o lívido, [1004] y no pocos hombres con enfermedades del corazón han caído muertos bajo esta poderosa emoción.

La respiración también se ve afectada; el pecho se agita y las fosas nasales dilatadas tiemblan. [1005] Como escribe Tennyson, «fuertes alientos de ira le hincharon las fosas nasales de hada». De ahí expresiones como «exhalar venganza» y «furioso de ira». [1006]

El cerebro excitado fortalece los músculos y, al mismo tiempo, la voluntad. El cuerpo suele mantenerse erguido, listo para la acción inmediata, pero a veces se inclina hacia la persona agresora, con las extremidades más o menos rígidas. La boca generalmente se cierra con firmeza, mostrando una determinación inquebrantable, y los dientes se aprietan o rechinan. Gestos como levantar los brazos con los puños cerrados, como para golpear al agresor, son comunes. Pocos hombres, enfurecidos, que le dicen a alguien que se vaya, pueden resistirse a actuar como si quisieran golpear o empujar al hombre violentamente. El deseo de golpear, de hecho, a menudo se vuelve tan intolerablemente fuerte que objetos inanimados son golpeados o arrojados al suelo; pero los gestos con frecuencia se vuelven completamente inútiles o frenéticos. Los niños pequeños, en un ataque de ira violenta, se revuelcan en el suelo boca arriba o boca abajo, gritando, pateando, arañando o mordiendo todo lo que tienen a su alcance. Así sucede, según me dice el Sr. Scott, con los niños hindúes. y, como hemos visto, con las crías de los simios antropomorfos.

Pero el sistema muscular a menudo se ve afectado de una manera completamente distinta; pues el temblor es una consecuencia frecuente de la ira extrema. Los labios paralizados se niegan entonces a obedecer la voluntad, «y la voz se atasca en la garganta»; [1007] o se vuelve fuerte, áspera y discordante. Si se habla mucho y rápidamente, la boca echa espuma. A veces se eriza el cabello; pero volveré a este tema en otro capítulo, cuando trate las emociones combinadas de rabia y terror. En la mayoría de los casos, se observa un ceño fruncido muy marcado; esto se debe a la sensación de algo desagradable o difícil, junto con la concentración mental. Pero a veces, el ceño, en lugar de estar muy contraído y bajo, permanece liso, con los ojos brillantes bien abiertos. Los ojos siempre brillan, o pueden, como lo expresa Homero, relucir con fuego. A veces están inyectados en sangre y se dice que sobresalen de sus órbitas, resultado, sin duda, de la cabeza llena de sangre, como lo demuestra la dilatación de las venas. Según Gratiolet, «las pupilas siempre están contraídas en la rabia», y el Dr. Crichton Browne me ha dicho que este es el caso del delirio intenso de la meningitis; pero los movimientos del iris bajo la influencia de las diferentes emociones son un tema muy oscuro. [1008]

Shakespeare resume las principales características de la ira de la siguiente manera:

En paz no hay nada más propio de un hombre
que la modesta quietud y la humildad;
pero cuando el fragor de la guerra nos sople en los oídos,
imita la acción del tigre:
tensa los tendones, convoca la sangre,
dale a la mirada un aspecto terrible;
aprieta los dientes y abre bien la nariz,
aguanta la respiración y eleva todo tu espíritu
hasta su máxima altura. ¡Adelante, adelante, nobles ingleses!
Enrique V , acto iii, escena 1.

Los labios a veces se proyectan durante la ira de una manera cuyo significado desconozco, a menos que dependa de nuestra descendencia de algún animal simiesco. Se han observado casos, no solo en europeos, sino también en australianos e hindúes. Sin embargo, los labios se retraen con mucha más frecuencia, dejando al descubierto los dientes, ya sean sonrientes o apretados. Esto ha sido observado por casi todos los que han escrito sobre la expresión. [1009] La apariencia es como si los dientes estuvieran al descubierto, listos para agarrar o desgarrar a un enemigo, aunque no haya intención de actuar de esta manera. El Sr. Dyson Lacy ha visto esta expresión sonriente en los australianos durante una pelea, y también Gaika con los kafires de Sudamérica. Dickens, [1010] al hablar de un asesino atroz que acababa de ser capturado y estaba rodeado por una multitud furiosa, describe a «la gente saltando uno tras otro, gruñendo con los dientes y atacándolo como fieras». Cualquiera que haya tenido mucho contacto con niños pequeños habrá visto con qué naturalidad muerden cuando se enfadan. Parece tan instintivo en ellos como en los cocodrilos jóvenes, que chasquean sus pequeñas mandíbulas en cuanto salen del huevo.

A veces, una expresión sonriente y la protrusión de los labios parecen ir de la mano. Un observador atento afirma haber visto muchos casos de odio intenso (que difícilmente puede distinguirse de la rabia, más o menos contenida) en orientales, y en una ocasión en una anciana inglesa. En todos estos casos, «había una sonrisa, no un ceño fruncido: los labios se alargaban, las mejillas se abrían, los ojos se entrecerraban, mientras que el ceño permanecía perfectamente sereno». [1011]

Esta retracción de los labios y el descubrimiento de los dientes durante los ataques de ira, como para morder al ofensor, es tan notable, considerando la poca frecuencia con la que los hombres usan los dientes en las peleas, que pregunté al Dr. J. Crichton Browne si este hábito era común en los locos cuyas pasiones son desenfrenadas. Me informa que lo ha observado repetidamente tanto en locos como en idiotas, y me ha dado los siguientes ejemplos:

Poco antes de recibir mi carta, presenció un ataque de ira incontrolable y celos engañosos en una mujer demente. Al principio, vituperó a su marido, echando espuma por la boca. Luego se acercó a él con los labios apretados y el ceño fruncido. Luego, retrajo los labios, especialmente las comisuras del labio superior, y le mostró los dientes, asestándole un golpe brutal. Un segundo caso es el de un viejo soldado que, cuando se le exige que se ajuste a las reglas del establecimiento, cede al descontento, terminando en furia. Suele empezar preguntándole al Dr. Browne si no le da vergüenza tratarlo así. Luego maldice y blasfema, da vueltas, agita los brazos violentamente y amenaza a cualquiera que se acerque a él. Finalmente, en su punto máximo de exasperación, se abalanza sobre el Dr. Browne con un peculiar movimiento lateral, agitando el puño y amenazando con matarlo. Entonces se puede ver su labio superior levantado, especialmente en las comisuras, de modo que deja al descubierto sus enormes caninos. Sisea sus maldiciones con los dientes apretados, y toda su expresión adquiere una ferocidad extrema. Una descripción similar se aplica a otro hombre, excepto que generalmente echa espuma por la boca y escupe, bailando y saltando de forma extrañamente rápida, profiriendo sus maldiciones con una voz de falsete estridente.

El Dr. Browne también me informa del caso de un idiota epiléptico, incapaz de moverse por sí mismo, que se pasa el día entero jugando con juguetes; pero su temperamento es taciturno y se enfurece con facilidad. Cuando alguien toca sus juguetes, levanta lentamente la cabeza de su posición habitual y fija la mirada en el ofensor, con una mueca tardía pero furiosa. Si la molestia se repite, retrae sus gruesos labios y revela una prominente hilera de horribles colmillos (los grandes caninos son especialmente visibles), y luego agarra rápida y cruelmente con la mano abierta al ofensor. La rapidez de este agarre, como señala el Dr. Browne, es asombrosa en un ser normalmente tan torpe que tarda unos quince segundos, atraído por cualquier ruido, en girar la cabeza de un lado a otro. Si, estando así indignado, se le pone en las manos un pañuelo, un libro u otro artículo, se lo lleva a la boca y lo muerde. El señor Nicol me ha descrito también dos casos de pacientes locos, cuyos labios se retraen durante los paroxismos de ira.

El Dr. Maudsley, tras detallar diversos rasgos extraños, similares a los de los animales idiotas, pregunta si estos no se deben a la reaparición de instintos primitivos: «un tenue eco de un pasado lejano, que da testimonio de un parentesco que el hombre casi ha superado». Añade que, dado que todo cerebro humano pasa, en su desarrollo, por las mismas etapas que los animales vertebrados inferiores, y dado que el cerebro de un idiota se encuentra en un estado de estancamiento, podemos presumir que «manifestará sus funciones más primitivas, y no las superiores». El Dr. Maudsley cree que esta misma opinión puede extenderse al cerebro en estado degenerado de algunos pacientes dementes; y pregunta: ¿de dónde provienen «el gruñido salvaje, la disposición destructiva, el lenguaje obsceno, el aullido salvaje, los hábitos ofensivos que muestran algunos dementes? ¿Por qué un ser humano, privado de razón, se volvería tan brutal como algunos, a menos que tenga la naturaleza brutal dentro de sí?». [1012] A esta pregunta debe, como parece, responderse afirmativamente.

Ira, indignación. —Estos estados mentales difieren de la rabia solo en grado, y no hay una distinción marcada en sus signos característicos. Bajo una ira moderada, el corazón late ligeramente, el color se intensifica y los ojos se iluminan. La respiración también es algo acelerada; y como todos los músculos que intervienen en esta función actúan en conjunto, las aletas de la nariz se elevan ligeramente para permitir la entrada de aire; este es un signo muy característico de indignación. La boca suele estar comprimida y casi siempre hay un ceño fruncido. En lugar de los gestos frenéticos de la rabia extrema, un hombre indignado se coloca inconscientemente en una actitud lista para atacar o golpear a su enemigo, a quien quizás escudriñe de pies a cabeza con desafío. Mantiene la cabeza erguida, el pecho bien expandido y los pies firmemente plantados en el suelo. Mantiene los brazos en diversas posiciones, con uno o ambos codos rectos, o con los brazos rígidamente suspendidos a los costados. Entre los europeos, los puños suelen estar apretados. [1013] Las figuras 1 y 2 de la Lámina VI son representaciones bastante precisas de hombres que simulan indignación. Cualquiera, si se imagina vívidamente que ha sido insultado y exige una explicación con tono de voz airado, puede verse reflejado en un espejo, adoptando de repente e inconscientemente una actitud similar.

La rabia, la ira y la indignación se manifiestan casi de la misma manera en todo el mundo; y las siguientes descripciones pueden ser valiosas como prueba de ello y como ilustración de algunas de las observaciones anteriores. Sin embargo, existe una excepción con respecto a apretar los puños, que parece limitarse principalmente a los hombres que luchan con ellos. Con los australianos, solo uno de mis informantes ha visto los puños apretados. Todos coinciden en que el cuerpo se mantiene erguido; y todos, con dos excepciones, afirman que las cejas están muy contraídas. Algunos aluden a la boca firmemente apretada, las fosas nasales dilatadas y los ojos centelleantes. Según el reverendo Sr. Taplin, la rabia, entre los australianos, se expresa con los labios protuberantes y los ojos muy abiertos; y en el caso de las mujeres, bailando y lanzando polvo al aire. Otro observador habla de los hombres nativos, cuando están furiosos, agitando los brazos violentamente.

He recibido relatos similares, salvo en lo que respecta a apretar los puños, en relación con los malayos de la península de Malaca, los abisinios y los nativos de Sudáfrica. Lo mismo ocurre con los indios dakota de Norteamérica; y, según el Sr. Matthews, mantienen la cabeza erguida, fruncen el ceño y a menudo se alejan a grandes zancadas. El Sr. Bridges afirma que los fueguinos, cuando se enfurecen, suelen patear el suelo, caminar distraídamente, a veces lloran y palidecen. El reverendo Sr. Stack observó a un hombre y una mujer neozelandeses discutiendo y anotó lo siguiente en su cuaderno: «Ojos dilatados, el cuerpo balanceándose violentamente hacia adelante y hacia atrás, la cabeza inclinada hacia adelante, los puños apretados, ahora hacia atrás, ahora hacia la cara del otro». El señor Swinhoe dice que mi descripción concuerda con lo que ha visto de los chinos, excepto que un hombre enojado generalmente inclina su cuerpo hacia su antagonista y, señalándolo, lanza una andanada de insultos.

Por último, con respecto a los nativos de la India, el Sr. J. Scott me ha enviado una descripción completa de sus gestos y expresiones cuando se enfurecen. Dos bengalíes de casta baja discutían por un préstamo. Al principio se mantuvieron tranquilos, pero pronto se enfurecieron y se profirieron los más groseros insultos contra sus respectivos parientes y progenitores de muchas generaciones pasadas. Sus gestos eran muy diferentes a los de los europeos; pues aunque tenían el pecho expandido y los hombros rectos, sus brazos permanecían rígidamente suspendidos, con los codos hacia adentro y las manos alternativamente cerradas y cerradas. Sus hombros a menudo estaban elevados y luego bajados. Se miraban ferozmente el uno al otro bajo sus cejas fruncidas y fuertemente arrugadas, y sus labios protuberantes estaban firmemente cerrados. Se acercaban con la cabeza y el cuello estirados hacia adelante, y se empujaban, arañaban y se agarraban. Esta protrusión de la cabeza y el cuerpo parece un gesto común en los enfurecidos; Y lo he observado con mujeres inglesas degradadas mientras discutían violentamente en las calles. En tales casos, cabe suponer que ninguna de las partes espera recibir un golpe de la otra.

Un bengalí empleado en el Jardín Botánico fue acusado, en presencia del Sr. Scott, por el capataz nativo de haber robado una valiosa planta. Escuchó la acusación en silencio y con desdén; con la postura erguida, el pecho expandido, la boca cerrada, los labios salientes, la mirada fija y penetrante. Luego, desafiante, sostuvo su inocencia, con las manos en alto y apretadas, la cabeza echada hacia adelante, los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas. El Sr. Scott también observó a dos mechis, en Sikhim, discutiendo por su parte del pago. Pronto entraron en una furia furiosa, y luego sus cuerpos se volvieron menos erguidos, con la cabeza echada hacia adelante; se hacían muecas; tenían los hombros en alto; los brazos rígidamente doblados hacia adentro a la altura de los codos, y las manos espasmódicamente cerradas, pero no bien apretadas. Se acercaban y se alejaban continuamente, y a menudo levantaban los brazos como para golpear, pero sus manos estaban abiertas y no se daba ningún golpe. El señor Scott hizo observaciones similares sobre los lepchas, a quienes a menudo veía pelearse, y notó que mantenían sus brazos rígidos y casi paralelos a sus cuerpos, con las manos algo empujadas hacia atrás y parcialmente cerradas, pero no apretadas.

Burla, desafío: descubrir el canino de un lado . La expresión que deseo considerar aquí difiere poco de la ya descrita, cuando los labios están retraídos y los dientes de la sonrisa se exponen. La diferencia consiste únicamente en que el labio superior está retraído de tal manera que solo se ve el canino de un lado de la cara; la cara misma suele estar ligeramente levantada y medio apartada de la persona que ofende. Los demás signos de ira no están necesariamente presentes. Esta expresión puede observarse ocasionalmente en una persona que se burla o desafía a otra, aunque no haya ira real; como cuando alguien es acusado juguetonamente de alguna falta y responde: «Desprecio la imputación». La expresión no es común, pero la he visto exhibida con perfecta claridad por una dama que estaba siendo interrogada por otra persona. Fue descrita por Parsons en 1746, con un grabado que muestra el canino descubierto de un lado. [1014] El Sr. Rejlander, sin que yo hiciera ninguna alusión al tema, me preguntó si alguna vez había notado esta expresión, pues le había llamado mucho la atención. Me retrató (Lámina IV, fig. 1) a una dama que a veces, sin querer, muestra el colmillo de un lado, y que puede hacerlo voluntariamente con una nitidez inusual.

La expresión de una mueca medio juguetona se transforma en una de gran ferocidad cuando, junto con un ceño fruncido y una mirada feroz, se expone el colmillo. Un niño bengalí fue acusado ante el Sr. Scott de una fechoría. El delincuente no se atrevió a expresar su ira con palabras, pero esta se reflejaba claramente en su rostro, a veces con un ceño desafiante y a veces con una mueca canina. Cuando esto ocurría, la comisura del labio superior sobre el colmillo, que en este caso era grande y prominente, se elevaba en el lado de su acusador, manteniendo aún el ceño fruncido. Sir C. Bell afirma [1015] que el actor Cooke podía expresar el odio más decidido cuando, con la mirada oblicua, levantaba la parte exterior del labio superior y descubría un colmillo afilado y angular.

El descubrimiento del canino es el resultado de un doble movimiento. La comisura de la boca se retrae ligeramente y, al mismo tiempo, un músculo paralelo a la nariz y cercano a ella levanta la parte exterior del labio superior, dejando al descubierto el canino de este lado de la cara. La contracción de este músculo crea un surco distintivo en la mejilla y produce arrugas pronunciadas bajo el ojo, especialmente en la comisura interna. La acción es similar a la de un perro que gruñe; y un perro, al fingir pelea, a menudo levanta el labio de un solo lado, el que mira a su antagonista. Nuestra palabra «sneer» es, de hecho, la misma que «snarl» , que originalmente era «snar» , donde la «l» «siendo simplemente un elemento que implica continuidad de la acción». [1016]

Sospecho que vemos un rastro de esta misma expresión en lo que se llama sonrisa burlona o sardónica. Los labios se mantienen unidos o casi unidos, pero una comisura de la boca se retrae hacia la persona ridiculizada; y este retroceso de la comisura forma parte de una auténtica mueca de desprecio. Aunque algunas personas sonríen más de un lado de la cara que del otro, no es fácil entender por qué en casos de burla la sonrisa, si es real, suele limitarse a un solo lado. También he notado en estas ocasiones una ligera contracción del músculo que levanta la parte exterior del labio superior; y este movimiento, si se hubiera realizado completamente, habría descubierto el canino y habría producido una auténtica mueca de desprecio.

El Sr. Bulmer, misionero australiano en una zona remota de la Tierra de Gipps, responde a mi pregunta sobre el descubrimiento del canino en un lado: «He observado que los nativos, al gruñirse, hablan con los dientes apretados, el labio superior ladeado y una expresión general de enojo; pero miran directamente a la persona a la que se dirigen». Otros tres observadores en Australia, uno en Abisinia y otro en China responden afirmativamente a mi pregunta sobre este punto; pero como la expresión es poco común y no entran en detalles, me temo que no puedo confiar plenamente en ellos. Sin embargo, no es improbable que esta expresión animal sea más común en los salvajes que en las razas civilizadas. El Sr. Geach es un observador de plena confianza, y la ha observado en una ocasión en un malayo del interior de Malaca. El reverendo S.O. Glenie responde: «Hemos observado esta expresión en los nativos de Ceilán, pero no con frecuencia». Por último, en América del Norte, el Dr. Rothrock lo ha visto en algunos indios salvajes y, a menudo, en una tribu adyacente a los Atnahs.

Aunque a veces el labio superior se levanta solo de un lado al burlarse o desafiar a alguien, no sé si siempre ocurre así, pues el rostro suele estar medio desviado y la expresión suele ser momentánea. Que el movimiento se limite a un lado puede no ser esencial para la expresión, sino que puede depender de que los músculos propios sean incapaces de moverse excepto en un lado. Pedí a cuatro personas que intentaran actuar voluntariamente de esta manera; dos pudieron exponer el canino solo del lado izquierdo, una solo del lado derecho y la cuarta de ninguno de los dos. Sin embargo, no es en absoluto seguro que estas mismas personas, si desafiaran a alguien con seriedad, no hubieran descubierto inconscientemente su canino del lado, cualquiera que fuera, hacia el ofensor. Pues hemos visto que algunas personas no pueden oblicuar las cejas voluntariamente, pero actúan instantáneamente de esta manera cuando se ven afectadas por cualquier causa real, aunque insignificante, de angustia. La pérdida tan frecuente de la capacidad de descubrir voluntariamente el canino de un lado de la cara indica que se trata de una acción poco utilizada y casi ineficaz. Es realmente sorprendente que el hombre posea esta capacidad o muestre tendencia a usarla; pues el Sr. Sutton nunca ha observado un gruñido en nuestros aliados más cercanos, es decir, los monos del Zoológico, y está seguro de que los babuinos, aunque dotados de grandes caninos, nunca actúan así, sino que descubren todos sus dientes cuando se sienten furiosos y listos para atacar. Se desconoce si los simios antropomorfos adultos, cuyos machos tienen caninos mucho más grandes que las hembras, los descubren cuando se preparan para luchar.

La expresión aquí considerada, ya sea una mueca juguetona o un gruñido feroz, es una de las más curiosas que se dan en el hombre. Revela su ascendencia animal; pues nadie, ni siquiera al rodar por el suelo en una lucha mortal con un enemigo e intentar morderlo, intentaría usar sus caninos más que sus otros dientes. Podemos creer fácilmente, por nuestra afinidad con los simios antropomorfos, que nuestros progenitores semihumanos masculinos poseían grandes caninos, y que ahora los hombres nacen ocasionalmente con ellos de un tamaño inusualmente grande, con espacios intermedios en la mandíbula opuesta para su recepción. [1017] Podemos sospechar además, a pesar de no tener apoyo en la analogía, que nuestros progenitores semihumanos descubrieron sus caninos cuando se preparaban para la batalla, como todavía lo hacemos nosotros cuando nos sentimos feroces, o cuando simplemente nos burlamos o desafiamos a alguien, sin intención de atacar realmente con los dientes.

CAPÍTULO XI.
DESDÉN—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO, ETC.—IMPOSIBILIDAD—PACIENCIA—AFIRMACIÓN Y NEGACIÓN.

Desprecio, burla y desdén, expresados de diversas maneras—Sonrisa burlona—Gestos expresivos de desprecio—Disgusto—Culpa, engaño, orgullo, etc.—Impotencia o impotencia—Paciencia—Obstinación—Encogimiento de hombros, común en la mayoría de las razas humanas—Signos de afirmación y negación.

El desprecio y el desdén difícilmente pueden distinguirse del desprecio, salvo que implican un estado mental más iracundo. Tampoco pueden distinguirse claramente de los sentimientos analizados en el capítulo anterior bajo los términos de burla y desafío. El asco es una sensación de naturaleza bastante distinta y se refiere a algo repugnante, principalmente en relación con el sentido del gusto, tal como se percibe realmente o se imagina vívidamente; y secundariamente a cualquier cosa que cause una sensación similar, a través del olfato, el tacto e incluso la vista. Sin embargo, el desprecio extremo, o como a menudo se le llama desprecio repulsivo, apenas difiere del asco. Por lo tanto, estos diversos estados mentales están estrechamente relacionados; y cada uno de ellos puede manifestarse de muchas maneras diferentes. Algunos escritores han insistido principalmente en un modo de expresión, y otros en uno diferente. A partir de esta circunstancia, M. Lemoine ha argumentado [1101] que sus descripciones no son fiables. Pero veremos inmediatamente que es natural que los sentimientos que aquí nos ocupan se expresen de muchas maneras diferentes, puesto que diversas acciones habituales sirven igualmente, a través del principio de asociación, para su expresión.

El desprecio y el desdén, así como la burla y el desafío, pueden manifestarse con una ligera exposición del canino de un lado de la cara; este movimiento parece graduarse hasta convertirse en uno similar a una sonrisa. O la sonrisa o risa puede ser real, aunque de burla; lo que implica que el ofensor es tan insignificante que solo provoca diversión; pero la diversión es generalmente fingida. Gaika, en sus respuestas a mis preguntas, comenta que sus compatriotas, los kafires, suelen mostrar desprecio sonriendo; y el rajá Brooke hace la misma observación con respecto a los dayaks de Borneo. Como la risa es principalmente la expresión de simple alegría, creo que los niños muy pequeños nunca se ríen con burla.

El cierre parcial de los párpados, como insiste Duchenne [1102] , o el desvío de la mirada o de todo el cuerpo, son igualmente una expresión clara de desdén. Estas acciones parecen indicar que la persona despreciada no merece ser vista o resulta desagradable de contemplar. La fotografía adjunta (Lámina V, fig. 1), del Sr. Rejlander, muestra esta forma de desdén. Representa a una joven que, supuestamente, está rompiendo la fotografía de un amante despreciado.

El método más común para expresar desprecio es mediante movimientos alrededor de la nariz o la boca; pero estos últimos, cuando son muy pronunciados, indican disgusto. La nariz puede estar ligeramente levantada, lo que aparentemente se debe a la elevación del labio superior; o el movimiento puede abreviarse a una simple arruga. La nariz suele contraerse ligeramente, cerrando parcialmente el paso [1103] , y esto suele ir acompañado de un ligero bufido o espiración. Todas estas acciones son las mismas que empleamos cuando percibimos un olor desagradable y deseamos excluirlo o expulsarlo. En casos extremos, como señala el Dr. Piderit [1104] , levantamos ambos labios, o solo el labio superior, para cerrar las fosas nasales como si fuera una válvula, quedando así la nariz levantada. Así, parecemos decirle a la persona despreciada que huele mal, [1105] casi de la misma manera que, entrecerrando los párpados o apartando la mirada, le expresamos que no merece la pena mirarla. Sin embargo, no debe suponerse que tales ideas pasen por la mente cuando mostramos nuestro desprecio; sino que, al igual que siempre que percibimos un olor desagradable o vemos algo desagradable, realizamos acciones de este tipo, se han vuelto habituales o fijas, y ahora las empleamos en un estado mental similar.

Diversos gestos extraños y sutiles también indican desprecio; por ejemplo, chasquear los dedos . Esto, como señala el Sr. Taylor, [1106] «no es muy inteligible como solemos entenderlo; pero cuando observamos que el mismo gesto, realizado con mucha suavidad, como al hacer rodar un objeto diminuto entre el índice y el pulgar, o el gesto de lanzarlo con la uña del pulgar y el índice, son gestos comunes y bien comprendidos por sordomudos, que denotan cualquier cosa diminuta, insignificante, despreciable, parece como si hubiéramos exagerado y convencionalizado una acción perfectamente natural, hasta el punto de perder de vista su significado original. Estrabón menciona curiosamente este gesto». El Sr. Washington Matthews me informa que, entre los indios dakota de Norteamérica, el desprecio se manifiesta no solo con movimientos faciales, como los descritos anteriormente, sino «convencionalmente, cerrando la mano y acercándola al pecho; luego, al extenderse repentinamente el antebrazo, se abre la mano y se separan los dedos. Si la persona a cuyo cargo se hace la señal está presente, se acerca la mano y, a veces, se aparta la cabeza». Esta repentina extensión y apertura de la mano quizá indique la caída o el lanzamiento de un objeto sin valor.

El término «repugnancia», en su sentido más simple, significa algo ofensivo para el gusto. Es curioso con qué facilidad se despierta esta sensación ante cualquier aspecto, olor o naturaleza inusual de nuestra comida. En Tierra del Fuego, un nativo tocó con el dedo una carne fría en conserva que yo estaba comiendo en nuestro campamento y mostró un profundo disgusto por su blandura; mientras que yo sentí un profundo disgusto al ver mi comida tocarla un salvaje desnudo, aunque sus manos no parecían sucias. Una mancha de sopa en la barba de un hombre parece repugnante, aunque, por supuesto, la sopa en sí no tiene nada de repugnante. Supongo que esto se debe a la fuerte asociación que tenemos en la mente entre ver comida, en cualquier circunstancia, y la idea de comerla.

Como la sensación de asco surge principalmente al comer o saborear, es natural que su expresión consista principalmente en movimientos alrededor de la boca. Pero como el asco también causa molestia, generalmente va acompañado de fruncir el ceño y, a menudo, de gestos como para apartar o protegerse del objeto ofensivo. En las dos fotografías (figs. 2 y 3, Lámina V), el Sr. Rejlander ha simulado esta expresión con cierto éxito. Con respecto al rostro, el asco moderado se manifiesta de diversas maneras: abriendo la boca de par en par, como para dejar caer un bocado ofensivo; escupiendo; soplando con los labios protuberantes; o con un sonido similar al de carraspear. Estos sonidos guturales se escriben ach o ugh ; y su emisión a veces va acompañada de un escalofrío, con los brazos pegados a los costados y los hombros levantados, como cuando se experimenta horror. [1107] El asco extremo se expresa mediante movimientos alrededor de la boca idénticos a los preparativos del vómito. La boca se abre ampliamente, con el labio superior fuertemente retraído, lo que arruga las comisuras de la nariz, y con el labio inferior protruido y evertido al máximo. Este último movimiento requiere la contracción de los músculos que bajan las comisuras de la boca. [1108]

Es notable la facilidad con la que algunas personas experimentan arcadas o vómitos por la mera idea de haber ingerido algún alimento inusual, como un animal poco común; aunque dicho alimento no tenga nada que haga que el estómago lo rechace. Cuando el vómito es un acto reflejo debido a una causa real —como una comida demasiado rica, carne contaminada o un emético—, no se produce de inmediato, sino generalmente después de un tiempo considerable. Por lo tanto, para explicar que las arcadas o los vómitos se provoquen con tanta rapidez y facilidad por una mera idea, surge la sospecha de que nuestros antepasados debieron tener antiguamente la capacidad (como la de los rumiantes y otros animales) de rechazar voluntariamente los alimentos que les sentaban mal o que creían que les sentarían mal. Y ahora, aunque esta facultad se ha perdido, en lo que respecta a la voluntad, se ve inducida a la acción involuntaria, por la fuerza de un hábito previamente arraigado, siempre que la mente se rebela ante la idea de haber ingerido cualquier tipo de alimento o algo repugnante. Esta sospecha se ve reforzada por el hecho, que me asegura el Sr. Sutton, de que los monos del Zoológico a menudo vomitan estando en perfecta salud, lo que parece indicar que el acto es voluntario. Podemos ver que, al ser el hombre capaz de comunicar mediante el lenguaje a sus hijos y a otras personas el conocimiento de los tipos de alimentos que deben evitarse, tendría pocas ocasiones de usar la facultad del rechazo voluntario; por lo que esta facultad tendería a perderse por desuso.

Como el sentido del olfato está tan íntimamente ligado al del gusto, no es de extrañar que un olor excesivamente desagradable provoque arcadas o vómitos en algunas personas, con la misma facilidad con la que lo hace la idea de una comida repugnante; y que, como consecuencia adicional, un olor moderadamente ofensivo provoque los diversos y expresivos gestos de asco. La tendencia a las arcadas ante un olor fétido se ve inmediatamente reforzada de forma curiosa por cierto grado de hábito, aunque pronto se pierde por una mayor familiaridad con la causa de la ofensa y por la restricción voluntaria. Por ejemplo, quise limpiar el esqueleto de un pájaro, que no había sido suficientemente macerado, y el olor nos provocó a mi sirviente y a mí (sin mucha experiencia en tal tarea) arcadas tan violentas que nos vimos obligados a desistir. Durante los días anteriores había examinado otros esqueletos, que olían ligeramente; sin embargo, el olor no me afectó en absoluto, pero, posteriormente, durante varios días, cada vez que manipulaba estos mismos esqueletos, me provocaban arcadas.

De las respuestas recibidas de mis corresponsales, se desprende que los diversos movimientos, que ahora se han descrito como expresiones de desprecio y disgusto, prevalecen en gran parte del mundo. El Dr. Rothrock, por ejemplo, responde afirmativamente con respecto a ciertas tribus indígenas salvajes de Norteamérica. Crantz afirma que cuando un groenlandés niega algo con desprecio u horror, frunce la nariz y emite un leve sonido a través de ella. [1109] El Sr. Scott me ha enviado una gráfica descripción del rostro de un joven hindú al ver aceite de ricino, que se vio obligado a tomar ocasionalmente. El Sr. Scott también ha visto la misma expresión en los rostros de nativos de castas altas que se han acercado a algún objeto contaminante. El Sr. Bridges afirma que los fueguinos «expresan desprecio estirando los labios y silbando a través de ellos, y frunciendo la nariz». Varios de mis corresponsales han observado la tendencia a resoplar por la nariz o a emitir un sonido expresado con «uf» o «auch» .

Escupir parece ser una señal casi universal de desprecio o repugnancia; y escupir obviamente representa el rechazo a cualquier cosa ofensiva que salga de la boca. Shakespeare hace decir al duque de Norfolk: «Le escupo; lo llamo cobarde calumniador y villano». Así, de nuevo, Falstaff dice: «Dímelo, Hal: si te miento, escúpeme en la cara». Leichhardt comenta que los australianos «interrumpían sus discursos escupiendo y emitiendo un sonido como «¡pooh! ¡pooh!», aparentemente expresivo de su repugnancia». Y el capitán Burton habla de ciertos negros «que escupían con repugnancia al suelo». El capitán Speedy me informa que esto también ocurre con los abisinios. El Sr. Geach dice que, entre los malayos de Malaca, la expresión de repugnancia «responde a escupir de la boca»; y entre los fueguinos, según el Sr. Bridges, «escupirle a alguien es la mayor muestra de desprecio». [1110]

Nunca vi el asco expresado con tanta claridad como en el rostro de uno de mis bebés a los cinco meses, cuando le dieron agua fría por primera vez, y de nuevo un mes después, cuando le pusieron en la boca un trozo de cereza madura. Esto se manifestó en que los labios y toda la boca adoptaron una forma que permitía que el contenido se derramara o cayera rápidamente; la lengua también sobresalía. Estos movimientos iban acompañados de un ligero escalofrío. Era aún más cómico, ya que dudo que el niño sintiera asco de verdad; sus ojos y frente expresaban mucha sorpresa y consideración. La protrusión de la lengua al dejar caer un objeto desagradable de la boca puede explicar por qué sacarla sirve universalmente como señal de desprecio y odio. [1111]

Hemos visto que el desprecio, el desdén, el desprecio y la repugnancia se expresan de muchas maneras diferentes, mediante movimientos de los rasgos y diversos gestos; y que estos son los mismos en todo el mundo. Todos consisten en acciones que representan el rechazo o la exclusión de algún objeto real que nos disgusta o aborrecemos, pero que no nos provoca otras emociones intensas, como la rabia o el terror; y, por la fuerza del hábito y la asociación, realizamos acciones similares siempre que surge en nuestra mente una sensación análoga.

Celos, envidia, avaricia, venganza, sospecha, engaño, astucia, culpa, vanidad, vanidad, orgullo, ambición, orgullo, humildad, etc. —Es dudoso que la mayoría de los complejos estados mentales mencionados se revelen mediante una expresión fija, lo suficientemente nítida como para ser descrita o delineada. Cuando Shakespeare describe la envidia como de rostro enjuto , negro o pálido , y los celos como « el monstruo de ojos verdes »; y cuando Spenser describe la sospecha como « repugnante, fea y sombría », debieron haber sentido esta dificultad. Sin embargo, los sentimientos mencionados —al menos muchos de ellos— pueden detectarse a simple vista; por ejemplo, el orgullo; pero a menudo nos guiamos mucho más de lo que suponemos por nuestro conocimiento previo de las personas o circunstancias.

Mis corresponsales responden casi unánimemente afirmativamente a mi pregunta sobre si la expresión de culpa y engaño puede reconocerse entre las diversas razas humanas; y confío en sus respuestas, ya que generalmente niegan que los celos puedan reconocerse de esta manera. En los casos en que se dan detalles, casi siempre se hace referencia a los ojos. Se dice que el culpable evita mirar a su acusador o lo mira de reojo. Se dice que los ojos «están de reojo», «oscilan de un lado a otro», o «los párpados están bajos y parcialmente cerrados». Esta última observación la hace el Sr. Hagenauer con respecto a los australianos, y Gaika con respecto a los kafires. Los movimientos inquietos de los ojos aparentemente se deben, como se explicará cuando tratemos el rubor, a que el culpable no soporta la mirada de su acusador. Debo añadir que he observado una expresión de culpabilidad, sin rastro alguno de miedo, en algunos de mis propios hijos a una edad muy temprana. En una ocasión, la expresión era inconfundiblemente clara en un niño de dos años y siete meses, y condujo al descubrimiento de su pequeño crimen. Se manifestaba, como registro en mis notas de entonces, por un brillo antinatural en los ojos y por una actitud extraña y afectada, imposible de describir.

Creo que la astucia también se manifiesta principalmente mediante los movimientos oculares, pues estos están menos sujetos al control de la voluntad, debido a la fuerza de un hábito prolongado, que los movimientos corporales. El Sr. Herbert Spencer comenta: [1112] «Cuando se desea ver algo en un lado del campo visual sin que se suponga que se ve, la tendencia es frenar el movimiento visible de la cabeza y realizar el ajuste requerido únicamente con los ojos; que, por lo tanto, se desvían mucho hacia un lado. Por lo tanto, cuando los ojos se giran hacia un lado, mientras que la cara no lo está, obtenemos el lenguaje natural de lo que se llama astucia».

De todas las emociones complejas mencionadas, el orgullo es quizás la que se expresa con mayor claridad. Un hombre orgulloso exhibe su sentido de superioridad sobre los demás manteniendo la cabeza y el cuerpo erguidos. Es altivo ( haut ), o arrogante, y se hace parecer lo más grande posible; por lo que metafóricamente se dice que está hinchado o inflado de orgullo. Un pavo real o un pavo real pavoneándose con las plumas erizadas a veces se considera un emblema de orgullo. [1113] El hombre arrogante menosprecia a los demás y, con los párpados bajos, apenas se digna a verlos; o puede mostrar su desprecio con ligeros movimientos, como los descritos anteriormente, alrededor de las fosas nasales o los labios. De ahí que el músculo que evierte el labio inferior se haya llamado músculo superbus . En algunas fotografías de pacientes afectados por una monomanía de orgullo, enviadas por el Dr. Crichton Browne, la cabeza y el cuerpo se mantenían erguidos y la boca firmemente cerrada. Esta última acción, que expresa decisión, se desprende, supongo, de la absoluta confianza que el hombre orgulloso tiene en sí mismo. Toda expresión de orgullo se opone directamente a la de humildad; por lo tanto, no es necesario mencionar aquí este último estado mental.

Desamparo, impotencia: Encogimiento de hombros . Cuando una persona desea demostrar que no puede hacer algo o impedir que se haga algo, suele levantar ambos hombros con un movimiento rápido. Al mismo tiempo, si completa el gesto, dobla los codos hacia adentro y levanta las manos abiertas, girándolas hacia afuera, con los dedos separados. La cabeza suele estar ligeramente ladeada; las cejas se elevan, lo que provoca arrugas en la frente. La boca generalmente está abierta. Para mostrar cuán inconscientemente se influye en los rasgos, cabe mencionar que, aunque a menudo me encogía de hombros intencionadamente para observar la posición de mis brazos, no era consciente de que tenía las cejas levantadas y la boca abierta hasta que me miré en un espejo; y desde entonces he observado los mismos movimientos en los rostros de los demás. En la Lámina VI adjunta, figs. 3 y 4, el Sr. Rejlander ha realizado con éxito el gesto de encogerse de hombros.

Los ingleses son mucho menos demostrativos que los hombres de la mayoría de las demás naciones europeas, y se encogen de hombros con mucha menos frecuencia y energía que los franceses o los italianos. El gesto varía en todos los grados, desde el complejo movimiento que acabamos de describir, hasta una elevación momentánea y apenas perceptible de ambos hombros; o, como he observado en una señora sentada en un sillón, hasta el simple giro leve de las manos abiertas con los dedos separados. Nunca he visto a niños ingleses muy pequeños encogerse de hombros, pero el siguiente caso fue observado con atención por un profesor de medicina y excelente observador, y me lo comunicó. El padre de este caballero era parisino y su madre, escocesa. Su esposa es de ascendencia británica por ambos lados, y mi informante no cree que se haya encogido de hombros jamás. Sus hijos se han criado en Inglaterra, y la niñera es una inglesa de pura cepa, a quien nunca se le ha visto encogerse de hombros. Ahora bien, se observó que su hija mayor se encogía de hombros entre los dieciséis y los dieciocho meses; su madre exclamó entonces: "¡Miren cómo se encoge de hombros la pequeña francesa!". Al principio, solía actuar así, a veces echando la cabeza ligeramente hacia atrás y a un lado, pero, según se observó, no movía los codos ni las manos de la forma habitual. El hábito desapareció gradualmente, y ahora, con poco más de cuatro años, nunca se la ve actuar así. Se dice que a veces se encoge de hombros, sobre todo al discutir con alguien; pero es extremadamente improbable que su hija lo imitara a tan temprana edad; pues, como él comenta, no es posible que ella viera este gesto con frecuencia. Además, si el hábito se hubiera adquirido por imitación, no es probable que esta niña lo hubiera abandonado tan pronto de forma espontánea, ni, como veremos enseguida, un segundo hijo, aunque el padre aún vivía con su familia. Cabe añadir que esta niñita se parece a su abuelo parisino en el rostro hasta un punto casi absurdo. También presenta otro parecido muy curioso con él, concretamente, al practicar un truco singular. Cuando desea algo con impaciencia, extiende su manita y frota rápidamente el pulgar contra el índice y el corazón: este mismo truco lo realizaba con frecuencia su abuelo en las mismas circunstancias.

La segunda hija de este caballero también se encogía de hombros antes de los dieciocho meses y posteriormente abandonó el hábito. Es posible, por supuesto, que imitara a su hermana mayor; pero continuó haciéndolo después de que esta perdiera el hábito. Al principio se parecía menos a su abuelo parisino que su hermana a la misma edad, pero ahora más. Asimismo, conserva hasta la actualidad la peculiar costumbre de frotarse, cuando está impaciente, el pulgar y dos de los dedos índice.

En este último caso tenemos un buen ejemplo, como los dados en un capítulo anterior, de la herencia de un truco o gesto; porque nadie, supongo, atribuirá a la mera coincidencia un hábito tan peculiar como este, que era común al abuelo y a sus dos nietos que nunca lo habían visto.

Considerando todas las circunstancias relacionadas con el encogimiento de hombros de estos niños, es difícil dudar que hayan heredado el hábito de sus progenitores franceses, aunque solo tengan un cuarto de sangre francesa en sus venas, y aunque su abuelo no solía encogerse de hombros. No es nada inusual, aunque sí interesante, que estos niños hayan heredado un hábito durante su juventud y luego lo hayan abandonado; pues es frecuente en muchos tipos de animales que ciertas características se conserven durante un tiempo en las crías y luego se pierdan.

Como en un momento me pareció sumamente improbable que un gesto tan complejo como encogerse de hombros, junto con los movimientos que lo acompañan, fuera innato, deseaba averiguar si Laura Bridgman, ciega y sorda, quien no pudo haber aprendido el hábito por imitación, lo practicaba. Y he oído, a través del Dr. Innes, de una señora que la ha cuidado recientemente, que ella sí se encoge de hombros, dobla los codos y levanta las cejas de la misma manera que otras personas y en las mismas circunstancias. También deseaba saber si este gesto era practicado por las diversas razas humanas, especialmente por aquellas que nunca han tenido mucha interacción con los europeos. Veremos que actúan de esta manera; pero parece que el gesto a veces se limita a simplemente levantar o encoger los hombros, sin los demás movimientos.

El Sr. Scott ha visto con frecuencia este gesto en los bengalíes y dhangares (estos últimos constituyen una raza distinta) que trabajan en el Jardín Botánico de Calcuta; por ejemplo, cuando declaran que no pueden realizar algún trabajo, como levantar un peso pesado. Le ordenó a un bengalí que trepara a un árbol alto; pero el hombre, con un encogimiento de hombros y una sacudida lateral de la cabeza, dijo que no podía. El Sr. Scott, sabiendo que el hombre era perezoso, pensó que sí podía e insistió en que lo intentara. Su rostro palideció, dejó caer los brazos a los costados, abrió mucho la boca y los ojos, y, observando de nuevo el árbol, miró de reojo al Sr. Scott, se encogió de hombros, invirtió los codos, extendió las manos abiertas y, con unas breves sacudidas laterales de la cabeza, declaró su incapacidad. El Sr. H. Erskine también ha visto a los nativos de la India encogerse de hombros; pero nunca ha visto los codos tan hacia adentro como entre nosotros. y mientras se encogen de hombros, a veces ponen sus manos sin cruzar sobre sus pechos.

El Sr. Geach ha visto este gesto con frecuencia entre los salvajes malayos del interior de Malaca y los bugis (malayos auténticos, aunque hablan un idioma diferente). Supongo que es completo, ya que, en respuesta a mi pregunta sobre la descripción de los movimientos de hombros, brazos, manos y rostro, el Sr. Geach comenta: «Lo realizan con un estilo hermoso». He perdido un extracto de un viaje científico que describía con gran precisión el encogimiento de hombros de algunos nativos (micronesios) del archipiélago de las Carolinas, en el océano Pacífico. El capitán Speedy me informa que los abisinios se encogen de hombros, pero no entra en detalles. La Sra. Asa Gray vio a un dragomán árabe en Alejandría actuar exactamente como se describe en mi pregunta, cuando un anciano caballero, al que atendía, no quiso seguir la dirección que se le había indicado.

El Sr. Washington Matthews dice, refiriéndose a las tribus indígenas salvajes del oeste de Estados Unidos: «En algunas ocasiones he detectado a hombres encogiéndose de hombros ligeramente a modo de disculpa, pero no he presenciado el resto de la demostración que usted describe». Fritz Müller me informa que ha visto a los negros en Brasil encogiéndose de hombros; pero, por supuesto, es posible que hayan aprendido a hacerlo imitando a los portugueses. La Sra. Barber nunca ha visto este gesto en los kafires de Sudáfrica; y Gaika, a juzgar por su respuesta, ni siquiera entendió el significado de mi descripción. El Sr. Swinhoe también duda de los chinos; pero los ha visto, en circunstancias que a nosotros nos harían encogernos de hombros, presionar el codo derecho contra el costado, levantar las cejas, levantar la mano con la palma dirigida hacia la persona a la que se dirige y agitarla de derecha a izquierda. Por último, respecto a los australianos, cuatro de mis informantes responden con una simple negativa y uno con una simple afirmación. El Sr. Bunnett, quien ha tenido excelentes oportunidades de observación en las fronteras de la Colonia de la Victoria, también responde afirmativamente, añadiendo que el gesto se realiza de forma más discreta y menos ostentosa que en las naciones civilizadas. Esta circunstancia podría explicar por qué cuatro de mis informantes no lo notaron.

Estas afirmaciones, relativas a los europeos, los hindúes, las tribus montañesas de la India, los malayos, los micronesios, los abisinios, los árabes, los negros, los indios de América del Norte y, aparentemente, a los australianos (muchos de estos nativos apenas han tenido trato con los europeos), son suficientes para demostrar que encogerse de hombros, acompañado en algunos casos de otros movimientos adecuados, es un gesto natural de la humanidad.

Este gesto implica una acción involuntaria o inevitable de nuestra parte, o una que no podemos realizar; o una acción realizada por otra persona que no podemos evitar. Acompaña expresiones como: «No fue mi culpa»; «Me es imposible conceder este favor»; «Debe seguir su propio camino, no puedo detenerlo». Encogerse de hombros también expresa paciencia, o la ausencia de cualquier intención de resistir. Por eso, los músculos que elevan los hombros a veces se llaman, como me explicó un artista, «los músculos de la paciencia». Shylock el judío dice:

“Señor Antonio, muchas veces
en el Rialto me ha usted reprendido
por mi dinero y mis usos;
aun así lo he soportado con un encogimiento de hombros paciente.”
El mercader de Venecia , acto I, escena 3.

Sir C. Bell ha representado [1114] la figura realista de un hombre que retrocede ante un terrible peligro y está a punto de gritar de terror. Se le representa con los hombros casi hasta las orejas, lo que denota de inmediato que no piensa en resistirse.

Así como encogerse de hombros generalmente implica "No puedo hacer esto o aquello", con una ligera variación, a veces implica "No lo haré". El movimiento expresa entonces una determinación tenaz de no actuar. Olmsted describe [1115] a un indio en Texas encogiéndose de hombros con fuerza al ser informado de que un grupo de hombres eran alemanes y no estadounidenses, expresando así que no quería tener nada que ver con ellos. Se puede ver a niños malhumorados y obstinados con ambos hombros en alto; pero este movimiento no se asocia con los demás que generalmente acompañan a un verdadero encogimiento de hombros. Un excelente observador [1116], al describir a un joven decidido a no ceder al deseo de su padre, dice: "Metió las manos en los bolsillos y se llevó los hombros a las orejas, lo cual era una buena advertencia de que, con o sin razón, esta roca saldría despedida de su firme base tan pronto como Jack lo hiciera; y que cualquier protesta al respecto era completamente inútil". Tan pronto como el hijo se salió con la suya, “puso sus hombros en su posición natural”.

La resignación a veces se manifiesta colocando las manos abiertas, una sobre la otra, en la parte inferior del cuerpo. No habría considerado este pequeño gesto siquiera superficial si el Dr. W. Ogle no me hubiera comentado que lo había observado dos o tres veces en pacientes que se preparaban para operaciones con cloroformo. No mostraban gran temor, sino que parecían indicar con esta postura que habían tomado una decisión y se resignaban a lo inevitable.

Podemos ahora preguntarnos por qué los hombres en todo el mundo, cuando sienten —quieran o no manifestar este sentimiento— que no pueden o no quieren hacer algo, o que no se resistirán a algo si lo hace otro, se encogen de hombros, doblando a menudo los codos, mostrando las palmas de las manos con los dedos extendidos, ladeando ligeramente la cabeza, levantando las cejas y abriendo la boca. Estos estados mentales son simplemente pasivos o muestran una determinación de no actuar. Ninguno de los movimientos mencionados es de la menor utilidad. La explicación reside, no lo dudo, en el principio de la antítesis inconsciente. Este principio parece actuar aquí con la misma claridad que en el caso de un perro que, al sentirse salvaje, adopta la postura adecuada para atacar y parecer terrible ante su enemigo; pero en cuanto siente afecto, adopta la postura opuesta, aunque esto no le sea de utilidad directa.

Obsérvese cómo un hombre indignado, resentido y reticente a sufrir una ofensa, mantiene la cabeza erguida, endereza los hombros y expande el pecho. A menudo aprieta los puños y coloca uno o ambos brazos en la posición adecuada para atacar o defenderse, con los músculos de las extremidades rígidos. Frunce el ceño —es decir, contrae y baja las cejas— y, decidido, cierra la boca. Las acciones y la actitud de un hombre indefenso son, en todos estos aspectos, exactamente lo contrario. En la Lámina VI, podemos imaginar que una de las figuras de la izquierda acaba de decir: "¿Qué pretendes insultarme?", y que una de las figuras de la derecha responde: "De verdad que no pude evitarlo". El hombre indefenso contrae inconscientemente los músculos de la frente, antagonistas de los que provocan el ceño fruncido, levantando así las cejas; al mismo tiempo, relaja los músculos de la boca, de modo que la mandíbula inferior desciende. La antítesis es completa en cada detalle, no solo en los movimientos de los rasgos, sino también en la posición de las extremidades y en la actitud de todo el cuerpo, como puede apreciarse en la lámina adjunta. Como el hombre indefenso o que se disculpa a menudo desea mostrar su estado de ánimo, actúa entonces de manera ostentosa o demostrativa.

De acuerdo con el hecho de que cuadrar los codos y apretar los puños no son gestos comunes en hombres de todas las razas cuando se sienten indignados y se preparan para atacar a su enemigo, parece que en muchas partes del mundo se expresa una actitud de impotencia o de disculpa simplemente encogiéndose de hombros, sin doblar los codos ni abrir las manos. El hombre o el niño obstinado, o quien se resigna a una gran desgracia, no tiene en ningún caso la idea de resistir por medios activos; y expresa este estado mental simplemente manteniendo los hombros erguidos, o incluso cruzando los brazos sobre el pecho.

Signos de afirmación o aprobación, y de negación o desaprobación: asentir y negar con la cabeza . —Tenía curiosidad por determinar hasta qué punto los signos comunes que usábamos para afirmar y negar eran comunes en todo el mundo. Estos signos expresan, hasta cierto punto, nuestros sentimientos, como cuando saludamos con un asentimiento vertical y una sonrisa a nuestros hijos cuando aprobamos su conducta; y movimos la cabeza lateralmente con el ceño fruncido cuando la desaprobamos. En los bebés, el primer acto de negación consiste en rechazar la comida; y observé repetidamente en mis propios bebés que lo hacían retirando la cabeza lateralmente del pecho o de cualquier cosa que se les ofreciera en una cuchara. Al aceptar la comida y llevársela a la boca, inclinan la cabeza hacia adelante. Desde que hice estas observaciones, me han informado de que a Charma se le ocurrió la misma idea. [1117] Cabe destacar que al aceptar o tomar la comida, solo hay un movimiento hacia adelante, y un solo asentimiento implica una afirmación. Por otro lado, al rechazar la comida, especialmente si se les presiona, los niños suelen mover la cabeza varias veces de un lado a otro, como hacemos nosotros al negar. Además, en caso de rechazo, no es raro que la cabeza se incline hacia atrás o que la boca se cierre, por lo que estos movimientos también podrían servir como signos de negación. El Sr. Wedgwood comenta sobre este tema [1118] que «cuando se emite la voz con los dientes o los labios cerrados, se produce el sonido de la letra n o m . De ahí que podamos explicar el uso de la partícula ne para significar negación, y posiblemente también del griego mh en el mismo sentido».

Que estos signos sean innatos o instintivos, al menos en los anglosajones, resulta altamente probable si tenemos en cuenta que la sorda y ciega Laura Bridgman «acompaña constantemente su  con el gesto afirmativo habitual, y su no con nuestro gesto negativo de cabeza». De no haber sido por la afirmación del Sr. Lieber [1119] , habría imaginado que estos gestos los habría adquirido o aprendido, considerando su maravilloso sentido del tacto y su capacidad para apreciar los movimientos ajenos. En el caso de los idiotas microcéfalos, tan degradados que nunca aprenden a hablar, Vogt [1120] describe a uno de ellos como alguien que, al ser preguntado si deseaba más comida o bebida, inclinaba o negaba con la cabeza. Schmalz, en su notable disertación sobre la educación de los sordomudos, así como de los niños criados solo un grado por encima de la idiotez, asume que siempre pueden hacer y comprender los signos comunes de afirmación y negación. [1121]

Sin embargo, si observamos las diversas razas humanas, estos signos no se emplean tan universalmente como habría esperado; sin embargo, parecen demasiado generales para clasificarlos como completamente convencionales o artificiales. Mis informantes afirman que ambos signos son utilizados por los malayos, los nativos de Ceilán, los chinos, los negros de la costa de Guinea y, según Gaika, por los kafires de Sudáfrica, aunque con estos últimos la Sra. Barber nunca ha visto un gesto de asentimiento utilizado como negación. Con respecto a los australianos, siete observadores coinciden en que un gesto de asentimiento se da en afirmación; cinco coinciden en un gesto de asentimiento en negación, acompañado o no de alguna palabra; pero el Sr. Dyson Lacy nunca ha visto este último signo en Queensland, y el Sr. Bulmer dice que en la Tierra de Gipps se expresa una negación echando la cabeza ligeramente hacia atrás y sacando la lengua. En el extremo norte del continente, cerca del estrecho de Torres, los nativos, al decir una negativa, «no muevan la cabeza, sino que, levantando la mano derecha, la muevan girándola dos o tres veces». [1122] Se dice que los griegos y turcos modernos usan la inclinación de la cabeza como una negativa; estos últimos expresan «sí» con un movimiento similar al que hacemos nosotros al negar con la cabeza. [1123] Los abisinios, según me informa el capitán Speedy, expresan una negativa moviendo la cabeza hacia el hombro derecho, con un ligero chasquido y la boca cerrada; una afirmación se expresa echando la cabeza hacia atrás y levantando las cejas un instante. Los tagalos de Luzón, en el archipiélago filipino, según me dice el Dr. Adolf Meyer, al decir «sí», también inclinan la cabeza hacia atrás. Según el rajá Brooke, los dayaks de Borneo expresan una afirmación levantando las cejas y una negación contrayéndolas ligeramente, junto con una mirada peculiar. Con los árabes del Nilo, el profesor y la señora Asa Gray concluyeron que asentir en señal de afirmación era poco común, mientras que negar con la cabeza nunca se usaba y ni siquiera ellos lo entendían. Entre los esquimales [1124], un asentimiento significa  y un guiño no . Los neozelandeses «levantan la cabeza y la barbilla en lugar de asentir en señal de asentimiento». [1125]

Con los hindúes, el Sr. H. Erskine concluye, a partir de indagaciones realizadas a europeos experimentados y a caballeros nativos, que los signos de afirmación y negación varían: a veces se usan una inclinación de cabeza y una sacudida lateral, como hacemos nosotros; pero la negación se expresa más comúnmente con un movimiento repentino de la cabeza hacia atrás y ligeramente hacia un lado, con un chasquido de la lengua. No puedo imaginar el significado de este chasquido de la lengua, observado en varias personas. Un caballero nativo afirmó que la afirmación se manifiesta frecuentemente con un movimiento de cabeza hacia la izquierda. Le pedí al Sr. Scott que prestara especial atención a este punto y, tras repetidas observaciones, cree que los nativos no suelen usar una inclinación de cabeza vertical para afirmar, sino que primero se inclina la cabeza hacia atrás, ya sea a la izquierda o a la derecha, y luego se sacude oblicuamente hacia adelante solo una vez. Este movimiento quizás habría sido descrito por un observador menos atento como una sacudida lateral. También afirma que, en la negación, la cabeza suele mantenerse casi erguida y sacudirse varias veces.

El Sr. Bridges me informa que los fueguinos asienten con la cabeza verticalmente en señal de afirmación y la sacuden lateralmente en señal de negación. Según el Sr. Washington Matthews, los indígenas salvajes de Norteamérica aprendieron a asentir y sacudir la cabeza de los europeos y no se emplean de forma natural. Expresan la afirmación describiendo con la mano (con todos los dedos excepto el índice flexionados) una curva hacia abajo y hacia afuera, mientras que la negación se expresa moviendo la mano abierta hacia afuera, con la palma hacia adentro. Otros observadores afirman que el signo de afirmación entre estos indígenas consiste en levantar el dedo índice y luego bajarlo y señalarlo al suelo, o en agitar la mano hacia adelante desde la cara; y que el signo de negación consiste en sacudir el dedo o la mano entera de un lado a otro. [1126] Este último movimiento probablemente representa en todos los casos la sacudida lateral de la cabeza. Se dice que los italianos mueven de igual manera el dedo levantado de derecha a izquierda en señal de negación, como a veces hacemos los ingleses.

En general, encontramos una considerable diversidad en los signos de afirmación y negación entre las diferentes razas humanas. Con respecto a la negación, si admitimos que mover el dedo o la mano de un lado a otro simboliza el movimiento lateral de la cabeza; y si admitimos que el repentino movimiento de la cabeza hacia atrás representa una de las acciones que suelen realizar los niños pequeños al rechazar la comida, entonces existe mucha uniformidad en los signos de negación en todo el mundo, y podemos ver su origen. Las excepciones más notables las presentan los árabes, los esquimales, algunas tribus australianas y los dayaks. Entre estos últimos, fruncir el ceño es signo de negación, y entre nosotros, fruncir el ceño a menudo acompaña a una sacudida lateral de la cabeza.

Con respecto a asentir en señal de afirmación, las excepciones son bastante numerosas, como ocurre con algunos hindúes, turcos, abisinios, dayaks, tagalos y neozelandeses. A veces se levantan las cejas en señal de afirmación, y como una persona, al inclinar la cabeza hacia adelante y hacia abajo, mira naturalmente a la persona a la que se dirige, tenderá a levantar las cejas, y este signo podría haber surgido como una abreviatura. De igual manera, entre los neozelandeses, levantar la barbilla y la cabeza en señal de afirmación podría representar, de forma abreviada, el movimiento ascendente de la cabeza tras un asentimiento hacia adelante y hacia abajo.

CAPÍTULO XII.
SORPRESA—ASOMBRO—MIEDO—HORROR.

Sorpresa, asombro—Elevación de las cejas—Apertura de la boca—Protrusión de los labios—Gestos que acompañan a la sorpresa—Admiración—Miedo—Terror—Erección del cabello—Contracción del músculo platisma—Dilatación de las pupilas—Horror—Conclusión.

La atención, si es repentina y cercana, se transforma gradualmente en sorpresa; esta en asombro; y esta en estupefacción. Este último estado mental es muy similar al terror. La atención se manifiesta con un ligero levantamiento de las cejas; y a medida que este estado se intensifica hacia la sorpresa, se elevan mucho más, con los ojos y la boca bien abiertos. Levantar las cejas es necesario para que los ojos se abran rápida y ampliamente; y este movimiento produce arrugas transversales en la frente. El grado de apertura de los ojos y la boca se corresponde con el grado de sorpresa percibido; pero estos movimientos deben estar coordinados; pues una boca bien abierta con las cejas apenas levantadas resulta en una mueca sin sentido, como lo demostró el Dr. Duchenne en una de sus fotografías. [1201] Por otro lado, a menudo se puede ver a una persona fingir sorpresa simplemente levantando las cejas.

El Dr. Duchenne ha presentado la fotografía de un anciano con las cejas bien levantadas y arqueadas por la galvanización del músculo frontal, y con la boca abierta voluntariamente. Esta figura expresa sorpresa con mucha veracidad. Se la mostré a veinticuatro personas sin una sola explicación, y solo una no entendió en absoluto lo que se pretendía. Otra persona respondió terror, lo cual no es del todo erróneo; sin embargo, algunos de los demás añadieron a las palabras sorpresa o asombro los epítetos horrorizado, afligido, doloroso o disgustado.

Tener los ojos y la boca bien abiertos es una expresión universalmente reconocida como de sorpresa o asombro. Así, Shakespeare dice: «Vi a un herrero de pie, con la boca abierta, tragándose las noticias de un sastre» («El rey Juan», acto IV, escena II). Y también: «Casi parecían, mirándose fijamente, arrancarse las ojeras; había palabras en su mudez, lenguaje en sus gestos; parecían haber oído hablar de un mundo destruido» («Cuento de invierno», acto V, escena II).

Mis informantes responden con notable uniformidad en el mismo sentido respecto a las diversas razas humanas; los movimientos mencionados de los rasgos suelen ir acompañados de ciertos gestos y sonidos, que se describirán a continuación. Doce observadores en diferentes partes de Australia coinciden en este punto. El Sr. Winwood Reade ha observado esta expresión en los negros de la costa de Guinea. El jefe Gaika y otros responden afirmativamente a mi pregunta respecto a los kafires de Sudáfrica; y otros lo hacen enfáticamente respecto a los abisinios, ceilaneses, chinos, fueguinos, diversas tribus de Norteamérica y neozelandeses. Respecto a estos últimos, el Sr. Stack afirma que la expresión se manifiesta con mayor claridad en ciertos individuos que en otros, aunque todos se esfuerzan al máximo por disimular sus sentimientos. El rajá Brooke dice que los dayaks de Borneo abren mucho los ojos cuando se asombran, a menudo balanceando la cabeza de un lado a otro y golpeándose el pecho. El Sr. Scott me informa que los trabajadores del Jardín Botánico de Calcuta tienen la estricta orden de no fumar; pero a menudo desobedecen esta orden, y cuando son sorprendidos en el acto, primero abren los ojos y la boca de par en par. Luego, a menudo se encogen ligeramente de hombros, al percibir que son descubiertos inevitablemente, o fruncen el ceño y patalean el suelo de disgusto. Pronto se recuperan de la sorpresa, y un miedo abyecto se manifiesta mediante la relajación de todos sus músculos; sus cabezas parecen hundirse entre los hombros; sus ojos, caídos, vagan de un lado a otro; y suplican perdón.

El conocido explorador australiano, el Sr. Stuart, ha rendido [1202] un impactante relato de estupefacción y terror en un nativo que nunca antes había visto a un hombre a caballo. El Sr. Stuart se acercó sin ser visto y lo llamó desde cierta distancia. «Se giró y me vio. No sé qué imaginó que era; pero jamás vi una imagen más nítida de miedo y asombro. Permaneció inmóvil, inmóvil, con la boca abierta y los ojos fijos... Permaneció inmóvil hasta que nuestro negro estuvo a pocos metros de él, cuando, de repente, soltando sus babas, saltó a un arbusto de mulga lo más alto que pudo». No podía hablar y no respondió ni una palabra a las preguntas del negro, pero, temblando de pies a cabeza, «nos indicó con la mano que nos fuéramos».

Que las cejas se levantan por un impulso innato o instintivo se puede inferir del hecho de que Laura Bridgman invariablemente actúa así cuando se sorprende, como me aseguró la señora que la cuidó recientemente. Como la sorpresa surge de algo inesperado o desconocido, naturalmente deseamos, al sobresaltarnos, percibir la causa lo antes posible; y, en consecuencia, abrimos los ojos completamente, para ampliar el campo de visión y mover los globos oculares con facilidad en cualquier dirección. Pero esto no explica por qué las cejas se levantan tanto ni la mirada fija descontrolada de los ojos abiertos. La explicación radica, creo, en la imposibilidad de abrir los ojos con gran rapidez simplemente levantando los párpados superiores. Para lograrlo, las cejas deben levantarse enérgicamente. Cualquiera que intente abrir los ojos lo más rápido posible frente a un espejo descubrirá que actúa así; y la enérgica elevación de las cejas abre los ojos tan ampliamente que miran fijamente, dejando al descubierto el blanco alrededor del iris. Además, la elevación de las cejas es una ventaja al mirar hacia arriba; pues mientras están bajas, impiden nuestra visión en esa dirección. Sir C. Bell ofrece [1203] una curiosa prueba del papel de las cejas en la apertura de los párpados. En un hombre completamente ebrio, todos los músculos están relajados y, en consecuencia, los párpados se cierran, de la misma manera que cuando nos quedamos dormidos. Para contrarrestar esta tendencia, el borracho levanta las cejas, lo que le da una mirada perpleja y tonta, como bien se representa en uno de los dibujos de Hogarth. Habiendo adquirido el hábito de levantar las cejas para ver lo más rápido posible a nuestro alrededor, el movimiento se debía a la fuerza de la asociación cada vez que sentía asombro por cualquier causa, incluso por un sonido repentino o una idea.

En los adultos, al levantar las cejas, toda la frente se arruga considerablemente en líneas transversales; pero en los niños esto ocurre solo levemente. Las arrugas discurren en líneas concéntricas con cada ceja y confluyen parcialmente en el centro. Son muy características de la expresión de sorpresa o asombro. Cada ceja, al levantarse, se vuelve también, como señala Duchenne, [1204] más arqueada que antes.

La causa de que la boca se abra al sentir asombro es mucho más compleja; y varias causas aparentemente concurren en este movimiento. A menudo se ha supuesto [1205] que el sentido del oído se agudiza de esta manera; pero he observado a personas que escuchaban atentamente un ruido leve, cuya naturaleza y origen conocían perfectamente, y no abrían la boca. Por lo tanto, en algún momento imaginé que la boca abierta podría ayudar a distinguir la dirección de donde proviene un sonido, al proporcionar otro canal para su entrada al oído a través de la trompa de Eustaquio. Pero el Dr. W. Ogle [1206] ha tenido la amabilidad de consultar a las mejores autoridades recientes sobre las funciones de la trompa de Eustaquio, y me informa que está casi concluyentemente demostrado que permanece cerrada excepto durante la deglución; y que en personas en quienes la trompa permanece anormalmente abierta, el sentido del oído, en lo que respecta a los sonidos externos, no mejora en absoluto; al contrario, se ve afectado al hacerse más nítidos los sonidos respiratorios. Si se coloca un reloj en la boca, pero sin tocar las paredes, el tictac se oye con mucha menos claridad que cuando se sostiene en el exterior. En personas que, por una enfermedad o un resfriado, tienen la trompa de Eustaquio cerrada, ya sea de forma permanente o temporal, el sentido del oído se ve afectado; pero esto puede deberse a la acumulación de moco en la trompa y la consiguiente exclusión de aire. Por lo tanto, podemos inferir que la boca no se mantiene abierta durante la sensación de asombro para oír los sonidos con mayor claridad, a pesar de que la mayoría de las personas sordas mantienen la boca abierta.

Toda emoción repentina, incluyendo el asombro, acelera el corazón y, con él, la respiración. Ahora podemos respirar, como señala Gratiolet [1207] y, según me parece, mucho más silenciosamente por la boca abierta que por la nariz. Por lo tanto, cuando deseamos escuchar atentamente cualquier sonido, dejamos de respirar o respiramos lo más silenciosamente posible abriendo la boca, manteniendo el cuerpo inmóvil. Uno de mis hijos se despertó por la noche con un ruido en circunstancias que, naturalmente, lo llevaron a una gran cautela, y después de unos minutos notó que tenía la boca completamente abierta. Entonces se dio cuenta de que la había abierto para respirar lo más silenciosamente posible. Esta opinión se ve respaldada por el caso inverso que ocurre con los perros. Un perro, al jadear después del ejercicio o en un día caluroso, respira con fuerza; pero si se le despierta la atención de repente, al instante aguza el oído para escuchar, cierra la boca y respira silenciosamente, según le es posible, por la nariz.

Cuando la atención se concentra durante un tiempo prolongado con seriedad fija en cualquier objeto o tema, se olvidan y descuidan todos los órganos del cuerpo; [1208] y, como la energía nerviosa de cada individuo es limitada, se transmite poca a cualquier parte del sistema, excepto la que se activa en ese momento. Por lo tanto, muchos músculos tienden a relajarse y la mandíbula cae por su propio peso. Esto explica la caída de la mandíbula y la boca abierta de un hombre estupefacto por el asombro, y quizás cuando está menos afectado. He observado esta apariencia, según consta en mis notas, en niños muy pequeños cuando solo se sorprendieron moderadamente.

Existe otra causa muy efectiva que nos lleva a abrir la boca cuando nos asombramos, y más especialmente cuando nos sobresaltamos repentinamente. Podemos inspirar profunda y completamente con mucha más facilidad con la boca bien abierta que por la nariz. Ahora bien, cuando nos sobresaltamos ante cualquier sonido o visión repentina, casi todos los músculos del cuerpo se activan involuntariamente y momentáneamente para protegernos o alejarnos del peligro que solemos asociar con cualquier imprevisto. Pero siempre nos preparamos inconscientemente para cualquier gran esfuerzo, como ya se explicó, inspirando profunda y completamente, y abrimos la boca. Si no se produce ningún esfuerzo, y seguimos asombrados, dejamos de respirar un momento, o respiramos lo más silenciosamente posible, para poder oír cada sonido con claridad. O bien, si nuestra atención se concentra durante largo rato, todos nuestros músculos se relajan y la mandíbula, que al principio estaba abierta de repente, permanece caída. Así pues, varias causas concurren hacia este mismo movimiento, siempre que se siente sorpresa, asombro o estupor.

Aunque, cuando nos vemos afectados de esta manera, generalmente abrimos la boca, los labios suelen estar ligeramente protuberantes. Este hecho nos recuerda el mismo movimiento, aunque mucho más marcado, en el chimpancé y el orangután cuando se asombran. Como una espiración fuerte sigue naturalmente a la inspiración profunda que acompaña a la primera sensación de sorpresa, y como los labios suelen estar protuberantes, los diversos sonidos que se emiten comúnmente entonces pueden explicarse aparentemente. Pero a veces solo se oye una espiración fuerte; así, Laura Bridgman, cuando se asombra, redondea y protubera los labios, los abre y respira con fuerza. [1209] Uno de los sonidos más comunes es un profundo «Oh» ; y esto se seguiría naturalmente, como explicó Helmholtz, de tener la boca moderadamente abierta y los labios protuberantes. En una noche tranquila, se lanzaron algunos cohetes desde el «Beagle», en un pequeño arroyo de Tahití, para divertir a los nativos; y a medida que cada cohete era lanzado había un silencio absoluto, pero esto era invariablemente seguido por un profundo gemido Oh , resonando por toda la bahía. El Sr. Washington Matthews dice que los indios norteamericanos expresan asombro con un gemido; y los negros en la costa oeste de África, según el Sr. Winwood Reade, sacan los labios y hacen un sonido como heigh, heigh . Si la boca no está muy abierta, mientras que los labios están considerablemente sacados, se produce un ruido de soplido, silbido o silbido. El Sr. R. Brough Smith me informa que un australiano del interior fue llevado al teatro para ver a un acróbata girando rápidamente de cabeza: "quedó muy asombrado y sacó los labios, haciendo un ruido con la boca como si apagara una cerilla". Según el Sr. Bulmer, los australianos, cuando se sorprenden, emiten la exclamación korki , "y para hacer esto sacan la boca como si fueran a silbar". Los europeos solemos silbar en señal de sorpresa; así, en una novela reciente [1210] se dice: «Aquí el hombre expresó su asombro y desaprobación con un silbido prolongado». Una joven kafir, según me informa el Sr. J. Mansel Weale, «al enterarse del alto precio de un artículo, arqueó las cejas y silbó como lo haría una europea». El Sr. Wedgwood comenta que tales sonidos se escriben como «uf» y sirven como interjecciones para expresar sorpresa.

Según otros tres observadores, los australianos suelen manifestar asombro con un cloqueo. Los europeos también expresan a veces una leve sorpresa con un pequeño chasquido similar. Hemos visto que, al sobresaltarnos, la boca se abre de repente; y si la lengua se presiona contra el paladar, su retirada repentina produce un sonido similar, que podría expresar sorpresa.

En cuanto a los gestos corporales, una persona sorprendida suele levantar las manos abiertas por encima de la cabeza o doblarlas solo hasta la altura del rostro. Las palmas de las manos se dirigen hacia la persona que provoca esta sensación y los dedos estirados se separan. Este gesto está representado por el Sr. Rejlander en la Lámina VII, fig. 1. En la «Última Cena» de Leonardo da Vinci, dos de los Apóstoles tienen las manos medio levantadas, lo que expresa claramente su asombro. Un observador de confianza me contó que recientemente se había encontrado con su esposa en circunstancias sumamente inesperadas: «Se sobresaltó, abrió la boca y los ojos de par en par, y alzó ambos brazos por encima de la cabeza». Hace varios años me sorprendió ver a varios de mis hijos pequeños haciendo algo juntos con entusiasmo en el suelo; pero la distancia era demasiado grande para preguntarles qué hacían. Por lo tanto, alcé las manos abiertas con los dedos extendidos por encima de la cabeza; y tan pronto como lo hice, tomé conciencia de la acción. Esperé entonces, sin decir palabra, a ver si mis hijos habían comprendido el gesto; y al venir corriendo hacia mí, gritaron: «Vimos que se quedaron atónitos». No sé si este gesto es común a las distintas razas humanas, ya que olvidé investigar al respecto. Que sea innato o natural se puede inferir del hecho de que Laura Bridgman, al asombrarse, «extiende los brazos y gira las manos con los dedos extendidos hacia arriba» [1211]; y no es probable, considerando que la sensación de sorpresa suele ser breve, que hubiera aprendido este gesto gracias a su agudo sentido del tacto.

Huschke describe [1212] un gesto algo diferente, pero similar, que, según él, exhiben las personas cuando están asombradas. Se mantienen erguidas, con los rasgos ya descritos, pero con los brazos estirados hacia atrás, con los dedos separados. Nunca he visto este gesto; pero Huschke probablemente tenga razón, pues un amigo le preguntó a otro hombre cómo expresaría gran asombro, y él inmediatamente adoptó esta actitud.

Estos gestos se explican, creo, por el principio de antítesis. Hemos visto que un hombre indignado mantiene la cabeza erguida, cuadra los hombros, dobla los codos, a menudo aprieta el puño, frunce el ceño y cierra la boca; mientras que la actitud de un hombre indefenso es, en cada uno de estos detalles, la opuesta. Ahora bien, un hombre en un estado mental normal, sin hacer nada ni pensar en nada en particular, suele mantener los brazos suspendidos laxamente a los costados, con las manos ligeramente flexionadas y los dedos juntos. Por lo tanto, levantar los brazos repentinamente, ya sea los brazos enteros o los antebrazos, abrir las palmas de las manos y separar los dedos, o, de nuevo, estirar los brazos, extendiéndolos hacia atrás con los dedos separados, son movimientos completamente opuestos a los que se mantienen en un estado mental indiferente, y, en consecuencia, son asumidos inconscientemente por un hombre asombrado. También existe a menudo el deseo de mostrar sorpresa de forma ostentosa, y las actitudes mencionadas son idóneas para este propósito. Cabe preguntarse por qué la sorpresa, y solo algunos otros estados mentales, se manifiestan mediante movimientos opuestos. Pero este principio no se aplica en el caso de emociones como el terror, la gran alegría, el sufrimiento o la ira, que naturalmente conducen a ciertas acciones y producen ciertos efectos en el cuerpo, pues todo el organismo está así preocupado; y estas emociones ya se expresan con la mayor claridad.

Hay otro pequeño gesto, expresivo de asombro del cual no puedo ofrecer ninguna explicación; a saber, la mano que se coloca sobre la boca o en alguna parte de la cabeza. Esto se ha observado con tantas razas de hombres, que debe tener algún origen natural. Un australiano salvaje fue llevado a una gran habitación llena de papeles oficiales, lo que lo sorprendió enormemente, y gritó, cloqueo, cloqueo, cloqueo , llevándose el dorso de la mano a los labios. La Sra. Barber dice que los kafires y los fingoes expresan asombro con una mirada seria y colocando la mano derecha sobre la boca, pronunciando la palabra mawo , que significa 'maravilloso'. Se dice que los bosquimanos [1213] se llevan la mano derecha al cuello, inclinando la cabeza hacia atrás. El Sr. Winwood Reade ha observado que los negros en la costa oeste de África, cuando se sorprenden, se llevan las manos a la boca, diciendo al mismo tiempo, "Mi boca se pega a mí", es decir, a mis manos; Y ha oído que este es su gesto habitual en tales ocasiones. El capitán Speedy me informa que los abisinios se llevan la mano derecha a la frente, con la palma hacia afuera. Por último, el Sr. Washington Matthews afirma que la señal convencional de asombro de las tribus salvajes del oeste de Estados Unidos «se realiza colocando la mano semicerrada sobre la boca; al hacerlo, la cabeza suele inclinarse hacia adelante y, a veces, se emiten palabras o gemidos bajos». Catlin [1214] hace la misma observación sobre la mano que los mandans y otras tribus indígenas se tapan la boca.

Admiración . —Poco hace falta decir sobre este punto. La admiración, al parecer, consiste en la sorpresa asociada a cierto placer y una sensación de aprobación. Cuando se siente intensamente, los ojos se abren y las cejas se levantan; los ojos se iluminan, en lugar de permanecer inexpresivos, como por simple asombro; y la boca, en lugar de abrirse de par en par, se expande en una sonrisa.

Miedo, Terror. —La palabra «miedo» parece derivar de lo repentino y peligroso; [1215] y el terror, del temblor de las vías vocales y del cuerpo. Utilizo la palabra «terror» para el miedo extremo; pero algunos autores creen que debería limitarse a casos en los que la imaginación se ve más afectada. El miedo suele ir precedido de asombro, y es tan similar a él que ambos provocan la activación instantánea de los sentidos de la vista y el oído. En ambos casos, los ojos y la boca se abren de par en par y las cejas se levantan. El hombre asustado, al principio, permanece inmóvil y sin aliento como una estatua, o se agacha como si instintivamente quisiera evitar ser observado.

El corazón late rápida y violentamente, de modo que palpita o golpea contra las costillas; pero es muy dudoso que entonces funcione con mayor eficiencia de lo habitual, lo que permite un mayor flujo sanguíneo a todo el cuerpo; pues la piel palidece instantáneamente, como durante un desmayo incipiente. Sin embargo, esta palidez superficial probablemente se deba, en gran parte o exclusivamente, a la afectación del centro vasomotor, que provoca la contracción de las pequeñas arterias cutáneas. Que la piel se vea muy afectada bajo una sensación de gran miedo se evidencia en la forma maravillosa e inexplicable en que el sudor emana inmediatamente de ella. Esta exudación es aún más notable, ya que la superficie está entonces fría, de ahí el término sudor frío; mientras que las glándulas sudoríparas se activan adecuadamente cuando la superficie se calienta. El vello de la piel también se eriza y los músculos superficiales tiemblan. En relación con la actividad alterada del corazón, la respiración se acelera. Las glándulas salivales funcionan de forma imperfecta. La boca se reseca [1216] y a menudo se abre y se cierra. También he notado que, con un ligero miedo, hay una fuerte tendencia a bostezar. Uno de los síntomas más marcados es el temblor de todos los músculos del cuerpo; este suele observarse primero en los labios. Por esta causa, y por la sequedad de la boca, la voz se vuelve ronca o indistinta, o puede llegar a fallar por completo. «Obstupui, steteruntque comae, et vox faucibus haesit».

Del miedo vago hay una descripción bien conocida y grandiosa en Job: «En pensamientos de las visiones nocturnas, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, me sobrevino un temor y un temblor que estremeció todos mis huesos. Entonces un espíritu pasó ante mi rostro; se me erizó el vello. Se detuvo, pero no pude discernir su forma: una imagen estaba ante mis ojos, hubo silencio, y oí una voz que decía: ¿Será el hombre mortal más justo que Dios? ¿Será el hombre más puro que su Hacedor?» (Job 4:13)

A medida que el miedo se transforma en una agonía de terror, observamos, como bajo todas las emociones violentas, resultados diversos. El corazón late descontroladamente, o puede dejar de actuar y sobrevenir el desmayo; hay una palidez mortal; la respiración es dificultosa; las alas de las fosas nasales están tremendamente dilatadas; «hay un movimiento jadeante y convulsivo de los labios, un temblor en la mejilla hundida, una opresión y contracción de la garganta»; [1217] los globos oculares descubiertos y protuberantes están fijos en el objeto de terror; o pueden girar inquietamente de un lado a otro, huc illuc volvens oculos totumque pererrat . [1218] Se dice que las pupilas están enormemente dilatadas. Todos los músculos del cuerpo pueden volverse rígidos o pueden verse lanzados a movimientos convulsivos. Las manos se cierran y abren alternativamente, a menudo con un movimiento espasmódico. Los brazos pueden extenderse, como para evitar un peligro terrible, o pueden lanzarse violentamente por encima de la cabeza. El reverendo Sr. Hagenauer ha presenciado esta última acción en un australiano aterrorizado. En otros casos, se produce una repentina e incontrolable tendencia a la huida precipitada; tan fuerte es esta tendencia que incluso los soldados más audaces pueden ser presa del pánico repentino.

A medida que el miedo alcanza su punto máximo, se oye un espantoso grito de terror. Gruesas gotas de sudor se acumulan en la piel. Todos los músculos del cuerpo se relajan. Pronto sobreviene una postración total y la mente falla. Los intestinos se ven afectados. Los músculos del esfínter dejan de funcionar y ya no retienen el contenido corporal.

El Dr. J. Crichton Browne me ha dado un relato tan impactante del intenso miedo que experimentó una mujer demente de treinta y cinco años, que la descripción, aunque dolorosa, no debe omitirse. Cuando un ataque la asalta, grita: "¡Esto es el infierno!", "¡Hay una mujer negra!", "¡No puedo salir!", y otras exclamaciones similares. Al gritar así, sus movimientos alternan tensión y temblor. Por un instante, aprieta los puños, extiende los brazos en una posición rígida y semiflexionada; luego, de repente, dobla el cuerpo hacia adelante, se balancea rápidamente, se pasa los dedos por el pelo, se agarra el cuello e intenta arrancarse la ropa. Los músculos esternocleidomastoideos (que sirven para doblar la cabeza sobre el pecho) sobresalen prominentemente, como hinchados, y la piel frente a ellos está muy arrugada. Su cabello, corto en la nuca y liso cuando está tranquila, ahora se eriza; el de adelante se despeina con el movimiento de sus manos. Su semblante expresa una gran agonía. La piel está enrojecida en la cara y el cuello, hasta las clavículas, y las venas de la frente y el cuello se marcan como gruesas cuerdas. El labio inferior está caído y ligeramente evertido. La boca se mantiene entreabierta, con la mandíbula inferior proyectada. Las mejillas están hundidas y profundamente surcadas por líneas curvas que van desde las alas de las fosas nasales hasta las comisuras. Las fosas nasales están elevadas y dilatadas. Los ojos están muy abiertos, y bajo ellos la piel parece hinchada; las pupilas son dilatadas. La frente está arrugada transversalmente en numerosos pliegues, y en el extremo interior de las cejas está marcadamente surcada en líneas divergentes, producidas por la poderosa y persistente contracción de los corrugadores.

El señor Bell también ha descrito [1219] una agonía de terror y desesperación que presenció en un asesino mientras era llevado al lugar de ejecución en Turín. A cada lado del carro estaban sentados los sacerdotes oficiantes; y en el centro, el propio criminal. Era imposible presenciar el estado de este infeliz desgraciado sin terror; y sin embargo, como impulsado por una extraña fascinación, era igualmente imposible no contemplar un objeto tan salvaje, tan lleno de horror. Parecía tener unos treinta y cinco años; de complexión grande y musculosa; su rostro, marcado por rasgos fuertes y salvajes; semidesnudo, pálido como la muerte, agonizante de terror, con todos los miembros tensos por la angustia, las manos apretadas convulsivamente, el sudor brotando de su frente encorvada y contraída, besaba incesantemente la figura de nuestro Salvador, pintada en la bandera que colgaba ante él; pero con una agonía de locura y desesperación, de la que nada de lo que se ha exhibido en el escenario puede dar la más mínima idea.

Añadiré solo otro caso, ilustrativo de un hombre completamente postrado por el terror. Un atroz asesino de dos personas fue llevado a un hospital bajo la errónea impresión de que se había envenenado; y el Dr. W. Ogle lo vigiló atentamente a la mañana siguiente, mientras la policía lo esposaba y se lo llevaba. Su palidez era extrema y su postración tan grande que apenas podía vestirse. Su piel transpiraba; y sus párpados y cabeza estaban tan caídos que era imposible siquiera vislumbrar sus ojos. Su mandíbula inferior colgaba hacia abajo. No había contracción de ningún músculo facial, y el Dr. Ogle está casi seguro de que el cabello no estaba erizado, pues lo observó con atención, ya que se lo habían teñido para ocultarlo.

Con respecto al miedo, tal como lo manifiestan las diversas razas humanas, mis informantes coinciden en que las señales son las mismas que en los europeos. Se manifiestan de forma exagerada en los hindúes y los nativos de Ceilán. El Sr. Geach ha visto a malayos, aterrorizados, palidecer y temblar; y el Sr. Brough Smyth afirma que un australiano nativo, «muy asustado en una ocasión, mostró una tez tan cercana a lo que llamamos palidez, como bien puede concebirse en el caso de un hombre muy negro». El Sr. Dyson Lacy ha visto miedo extremo en un australiano, mediante tics nerviosos en manos, pies y labios; y por la sudoración acumulada en la piel. Muchos salvajes no reprimen las señales de miedo tanto como los europeos; y a menudo tiemblan con fuerza. En el kafir, dice Gaika, en su inglés bastante peculiar, el temblor del cuerpo «es muy común, y los ojos están muy abiertos». En los salvajes, los músculos del esfínter suelen estar relajados, tal como se puede observar en perros muy asustados, y como he visto en los monos cuando se aterrorizan al ser atrapados.

La erización del cabello . —Algunas señales de miedo merecen una consideración más profunda. Los poetas hablan continuamente del cabello erizado; Bruto le dice al fantasma de César: «Me hielas la sangre y me pones los pelos de punta». Y el cardenal Beaufort, tras el asesinato de Gloucester, exclama: «Péinale el pelo; mira, mira, se le eriza». Como no estaba seguro de si los escritores de ficción habrían aplicado al hombre lo que a menudo habían observado en los animales, le pedí información al Dr. Crichton Browne respecto a los enfermos mentales. Él afirma haber visto repetidamente cómo se les erizaba el pelo bajo la influencia de un terror repentino y extremo. Por ejemplo, a veces es necesario inyectar morfina bajo la piel a una mujer enferma de locura, que teme la operación con extrema intensidad, aunque le causa muy poco dolor; pues cree que le están introduciendo veneno en el organismo, que sus huesos se ablandarán y que su carne se convertirá en polvo. Se pone pálida como un muerto; Sus extremidades están rígidas por una especie de espasmo tetánico y su cabello está parcialmente erizado en la parte delantera de la cabeza.

El Dr. Browne señala además que el erizado del cabello, tan común en los enfermos mentales, no siempre se asocia con el terror. Quizás se observe con mayor frecuencia en maníacos crónicos, que deliran incoherentemente y tienen impulsos destructivos; pero es durante sus paroxismos de violencia cuando el erizado es más observable. El hecho de que el cabello se erice bajo la influencia tanto de la rabia como del miedo concuerda perfectamente con lo que hemos visto en animales inferiores. El Dr. Browne presenta varios casos como prueba. Así, en el caso de un hombre actualmente en el manicomio, antes de la recurrencia de cada paroxismo maníaco, «el cabello se le eriza de la frente como la crin de un poni Shetland». Me ha enviado fotografías de dos mujeres, tomadas entre sus paroxismos, y añade, respecto a una de ellas, que «el estado de su cabello es un criterio seguro y conveniente de su estado mental». He hecho copiar una de estas fotografías, y el grabado, visto a cierta distancia, ofrece una fiel representación del original, con la excepción de que el cabello parece demasiado áspero y demasiado rizado. El extraordinario estado del cabello en los locos se debe no solo a su erección, sino también a su sequedad y aspereza, consecuencia de la inactividad de las glándulas subcutáneas. El Dr. Bucknill ha dicho [1220] que un lunático «es lunático hasta la punta de los dedos»; podría haber añadido, y a menudo hasta la punta de cada cabello.

El Dr. Browne menciona, como confirmación empírica de la relación que existe en los enfermos mentales entre el estado de su cabello y su mente, que la esposa de un médico, a cargo de una señora que sufría de melancolía aguda y un fuerte temor a la muerte, tanto para ella como para su esposo e hijos, le informó verbalmente el día antes de recibir mi carta lo siguiente: «Creo que la Sra. —— mejorará pronto, pues su cabello se está alisando; y siempre he notado que nuestros pacientes mejoran cuando su cabello deja de ser áspero e indomable».

El Dr. Browne atribuye la persistente áspera condición del cabello en muchos pacientes con trastornos mentales, en parte a que sus mentes están siempre algo perturbadas y en parte a los efectos del hábito, es decir, a que el cabello se eriza con frecuencia y fuerza durante sus numerosos paroxismos recurrentes. En pacientes con erización extrema del cabello, la enfermedad suele ser permanente y mortal; pero en otros, con erización moderada, en cuanto recuperan la salud mental, el cabello recupera su suavidad.

En un capítulo anterior vimos que en los animales el pelo se eriza mediante la contracción de músculos diminutos, lisos e involuntarios que se extienden hasta cada folículo. Además de esta acción, el Sr. J. Wood ha comprobado experimentalmente, según me informa, que en el hombre, el pelo de la parte frontal de la cabeza, que se inclina hacia adelante, y el de la parte posterior, que se inclina hacia atrás, se erizan en direcciones opuestas mediante la contracción del músculo occipitofrontal o del cuero cabelludo. De modo que este músculo parece contribuir a la erección del pelo de la cabeza humana de la misma manera que el panículo carnoso, homólogo del mismo, contribuye, o desempeña un papel fundamental, en la erección de las púas dorsales de algunos animales inferiores.

Contracción del músculo platisma mioides . Este músculo se extiende a los lados del cuello, descendiendo hasta justo debajo de las clavículas y ascendiendo hasta la parte inferior de las mejillas. Una porción, llamada risorio, está representada en la xilografía (M) fig. 2. La contracción de este músculo arrastra las comisuras de la boca y la parte inferior de las mejillas hacia abajo y hacia atrás. Produce simultáneamente crestas longitudinales divergentes y prominentes a los lados del cuello en los jóvenes; y, en las personas mayores delgadas, finas arrugas transversales. A veces se dice que este músculo no está bajo el control de la voluntad; pero casi todos, si se les pide que arrastren las comisuras de la boca hacia atrás y hacia abajo con gran fuerza, lo ponen en acción. Sin embargo, he oído de un hombre que puede actuar voluntariamente sobre él solo en un lado del cuello.

Sir C. Bell [1221] y otros han afirmado que este músculo se contrae fuertemente bajo la influencia del miedo; y Duchenne insiste tanto en su importancia en la expresión de esta emoción, que lo llama el músculo del susto . [1222] Admite, sin embargo, que su contracción es bastante inexpresiva a menos que se asocie con los ojos y la boca bien abiertos. Ha presentado una fotografía (copiada y reducida en la xilografía adjunta) del mismo anciano que en ocasiones anteriores, con las cejas fuertemente levantadas, la boca abierta y el platisma contraído, todo ello mediante galvanismo. La fotografía original se mostró a veinticuatro personas, y se les preguntó por separado, sin ninguna explicación, qué expresión se pretendía: veinte respondieron al instante: «miedo intenso» u «horror»; tres, dolor, y una, malestar extremo. El Dr. Duchenne ha presentado otra fotografía del mismo anciano, con el platisma contraído, los ojos y la boca abiertos, y las cejas oblicuas, mediante galvanismo. La expresión así inducida es muy llamativa (véase Lámina VII, fig. 2); la oblicuidad de las cejas añade la apariencia de una gran angustia mental. El original se mostró a quince personas; doce respondieron terror u horror, y tres agonía o gran sufrimiento. A partir de estos casos, y del examen de las demás fotografías proporcionadas por el Dr. Duchenne, junto con sus observaciones al respecto, creo que caben pocas dudas de que la contracción del platisma contribuye considerablemente a la expresión de miedo. Sin embargo, este músculo difícilmente debería considerarse el del miedo, ya que su contracción no es, desde luego, un concomitante necesario de este estado mental.

Un hombre puede manifestar terror extremo de la forma más evidente mediante una palidez mortal, gotas de sudor en la piel y una postración total, con todos los músculos del cuerpo, incluido el platisma, completamente relajados. Aunque el Dr. Browne ha visto con frecuencia este músculo temblar y contraerse en enfermos mentales, no ha podido relacionar su acción con ningún estado emocional en ellos, a pesar de haber atendido cuidadosamente a pacientes que sufrían de gran temor. El Sr. Nicol, por otro lado, ha observado tres casos en los que este músculo parecía estar contraído de forma más o menos permanente bajo la influencia de la melancolía, asociada a un gran temor; pero en uno de estos casos, varios otros músculos del cuello y la cabeza sufrieron contracciones espasmódicas.

El Dr. W. Ogle observó para mí en uno de los hospitales de Londres a unos veinte pacientes, justo antes de que los sometieran a la acción del cloroformo para una operación. Presentaban cierta inquietud, pero no mucho terror. Solo en cuatro de los casos el platisma estaba visiblemente contraído, y no empezó a contraerse hasta que los pacientes empezaron a llorar. El músculo parecía contraerse en el momento de cada inspiración profunda, por lo que es muy dudoso que la contracción dependiera en absoluto del miedo. En un quinto caso, el paciente, que no fue cloroformizado, estaba muy aterrorizado, y su platisma se contrajo con mayor fuerza y persistencia que en los otros casos. Pero incluso en este caso hay lugar a dudas, ya que el Dr. Ogle observó que el músculo, que parecía estar inusualmente desarrollado, se contraía al levantar la cabeza de la almohada, una vez finalizada la operación.

Como me sentía muy perplejo por qué, en cualquier caso, un músculo superficial del cuello se veía tan afectado por el miedo, solicité a mis numerosos y atentos corresponsales información sobre la contracción de este músculo en otras circunstancias. Sería superfluo compartir todas las respuestas que he recibido. Estas muestran que este músculo actúa, a menudo de forma e intensidad variables, en diversas condiciones. Se contrae violentamente en la hidrofobia y, en menor medida, en el trismo; a veces, de forma marcada durante la insensibilidad por el cloroformo. El Dr. W. Ogle observó a dos pacientes varones con tal dificultad respiratoria que fue necesario abrirles la tráquea, y en ambos el platisma estaba fuertemente contraído. Uno de ellos escuchó la conversación de los cirujanos que lo rodeaban y, cuando pudo hablar, declaró que no había sentido miedo. En otros casos de extrema dificultad respiratoria, aunque no requirieron traqueotomía, observados por los Dres. Ogle y Langstaff, el platisma no estaba contraído.

El Sr. J. Wood, quien ha estudiado con tanto cuidado los músculos del cuerpo humano, como demuestran sus diversas publicaciones, ha observado con frecuencia la contracción del platisma en casos de vómitos, náuseas y asco; también en niños y adultos bajo la influencia de la ira; por ejemplo, en mujeres irlandesas que discutían y peleaban entre sí con gesticulaciones airadas. Esto posiblemente se deba a sus tonos agudos y enfurecidos; pues conozco a una señora, una excelente música, que, al cantar ciertas notas agudas, siempre contrae el platisma. Lo mismo ocurre con un joven, como he observado, al tocar ciertas notas en la flauta. El Sr. J. Wood me informa que ha descubierto que el platisma está mejor desarrollado en personas con cuellos gruesos y hombros anchos; y que en las familias que heredan estas peculiaridades, su desarrollo suele estar asociado con una gran capacidad voluntaria sobre el músculo occipitofrontal homólogo, mediante el cual se puede mover el cuero cabelludo.

Ninguno de los casos anteriores parece arrojar luz sobre la contracción del platisma por miedo; pero creo que la situación es diferente en los casos siguientes. El caballero mencionado, que solo puede actuar voluntariamente sobre este músculo en un lado del cuello, está seguro de que se contrae en ambos lados cuando se asusta. Ya se ha demostrado que este músculo a veces se contrae, quizás para abrir bien la boca, cuando la respiración se dificulta por una enfermedad, y durante las inspiraciones profundas de los ataques de llanto antes de una operación. Ahora bien, siempre que una persona se sobresalta ante cualquier visión o sonido repentino, respira hondo al instante; y así, la contracción del platisma podría haberse asociado con la sensación de miedo. Pero creo que existe una relación más eficaz. La primera sensación de miedo, o la imaginación de algo terrible, suele provocar un escalofrío. Me he sorprendido a mí mismo sintiendo un pequeño escalofrío involuntario ante un pensamiento doloroso, y he percibido claramente que mi platisma se contrajo. Lo mismo ocurre si simulo un escalofrío. He pedido a otros que actúen de esta manera; en algunos el músculo se contrajo, pero en otros no. Uno de mis hijos, al levantarse de la cama, se estremeció de frío y, al tener la mano en el cuello, sintió claramente que este músculo se contraía con fuerza. Luego se estremeció voluntariamente, como en ocasiones anteriores, pero el platisma no se vio afectado. El Sr. J. Wood también ha observado varias veces la contracción de este músculo en pacientes, al desnudarlos para examinarlos, y que no estaban asustados, sino que temblaban ligeramente de frío. Lamentablemente, no he podido determinar si, cuando todo el cuerpo tiembla, como en la fase fría de un ataque de fiebre intermitente, el platisma se contrae. Pero como ciertamente suele contraerse durante un escalofrío, y como un escalofrío o temblor suele acompañar a la primera sensación de miedo, creo que tenemos una pista sobre su acción en este último caso. [1223] Sin embargo, su contracción no es un concomitante invariable del miedo, pues probablemente nunca actúa bajo la influencia de un terror extremo y postrador.

Dilatación de las pupilas. —Gratiolet insiste repetidamente [1224] en que las pupilas se dilatan enormemente cuando se siente terror. No tengo motivos para dudar de la exactitud de esta afirmación, pero no he podido obtener pruebas que la confirmen, excepto en el único caso antes mencionado de una mujer demente que sufría de gran miedo. Cuando los escritores de ficción hablan de ojos muy dilatados, supongo que se refieren a los párpados. La afirmación de Munro de que en los loros el iris se ve afectado por las pasiones, independientemente de la cantidad de luz, parece tener relación con esta cuestión; pero el profesor Donders me informa que a menudo ha visto movimientos en las pupilas de estas aves que, según él, pueden estar relacionados con su capacidad de acomodación a la distancia, de forma casi idéntica a como nuestras pupilas se contraen cuando nuestros ojos convergen para la visión cercana. Gratiolet señala que las pupilas dilatadas parecen como si estuvieran mirando a una profunda oscuridad. Sin duda, los temores del hombre se han suscitado a menudo en la oscuridad; pero no con tanta frecuencia ni de forma tan exclusiva como para explicar el surgimiento de un hábito fijo y asociado. Parece más probable, suponiendo que la afirmación de Gratiolet sea correcta, que el cerebro se vea afectado directamente por la intensa emoción del miedo y reaccione sobre las pupilas; pero el profesor Donders me informa que se trata de un tema extremadamente complejo. Debo añadir, para aclarar el tema, que el Dr. Fyffe, del Hospital Netley, observó en dos pacientes una dilatación pupilar notable durante la fase fría de un ataque de fiebre intermitente. El profesor Donders también ha observado con frecuencia dilatación pupilar en casos de desmayos incipientes. [1225]

Horror. —El estado mental expresado por este término implica terror, y en algunos casos es casi sinónimo de él. Muchos hombres debieron sentir, antes del bendito descubrimiento del cloroformo, un gran horror ante la idea de una operación quirúrgica inminente. Quien teme, y al mismo tiempo odia, a un hombre, sentirá, como Milton usa la palabra, horror hacia él. Sentimos horror si vemos a alguien, por ejemplo, un niño, expuesto a un peligro inmediato y aplastante. Casi todos experimentaríamos la misma sensación en su máxima intensidad al presenciar a un hombre siendo torturado o a punto de serlo. En estos casos no corremos ningún peligro; pero, gracias al poder de la imaginación y la compasión, nos ponemos en el lugar del que sufre y sentimos algo parecido al miedo.

Sir C. Bell comenta [1226] que «el horror está lleno de energía; el cuerpo está en la máxima tensión, no se deja intimidar por el miedo». Por lo tanto, es probable que el horror generalmente vaya acompañado de una fuerte contracción de las cejas; pero como el miedo es uno de sus elementos, los ojos y la boca se abrirían, y las cejas se levantarían, en la medida en que la acción antagónica de los corrugadores permitiera este movimiento. Duchenne ha presentado una fotografía [1227] (fig. 21) del mismo anciano que antes, con la mirada fija, las cejas parcialmente levantadas y al mismo tiempo fuertemente contraídas, la boca abierta y el platisma en acción, todo ello realizado mediante galvanismo. Considera que la expresión así producida muestra terror extremo con dolor o tortura horribles. Un hombre torturado, mientras sus sufrimientos le permitieran sentir temor por el futuro, probablemente exhibiría horror en grado extremo. He mostrado el original de esta fotografía a veintitrés personas de ambos sexos y diversas edades; y trece respondieron inmediatamente horror, gran dolor, tortura o agonía; tres respondieron miedo extremo; de modo que dieciséis respondieron casi de acuerdo con la creencia de Duchenne. Seis, sin embargo, dijeron ira, guiados sin duda por las cejas fuertemente fruncidas y pasando por alto la peculiar apertura de la boca. Una dijo asco. En general, la evidencia indica que tenemos aquí una representación bastante buena del horror y la agonía. La fotografía antes mencionada (lám. VII, fig. 2) también muestra horror; pero en esta, las cejas oblicuas indican gran angustia mental en lugar de energía.

El horror suele ir acompañado de diversos gestos, que difieren según el individuo. A juzgar por las imágenes, todo el cuerpo suele estar girado o encogido; o los brazos se extienden violentamente como para alejar algún objeto aterrador. El gesto más frecuente, según se puede inferir de la acción de quienes intentan expresar una escena de horror vívidamente imaginada, es levantar ambos hombros, con los brazos doblados pegados a los costados o al pecho. Estos movimientos son casi idénticos a los que solemos hacer cuando sentimos mucho frío; y suelen ir acompañados de un escalofrío, así como de una espiración o inspiración profunda, según si el pecho se expande o se contrae en ese momento. Los sonidos así producidos se expresan con palabras como uh o ugh . [1228] Sin embargo, no es obvio por qué, cuando sentimos frío o expresamos una sensación de horror, apretamos los brazos doblados contra el cuerpo, levantamos los hombros y nos estremecemos.

Conclusión. —He intentado describir las diversas expresiones del miedo, en sus gradaciones, desde la simple atención hasta un sobresalto de sorpresa, pasando por el terror extremo y el horror. Algunas señales pueden explicarse por los principios del hábito, la asociación y la herencia, como abrir bien la boca y los ojos, con las cejas levantadas, para ver con la mayor rapidez posible todo lo que nos rodea y oír con claridad cualquier sonido que llegue a nuestros oídos. De esta manera, nos hemos preparado habitualmente para descubrir y afrontar cualquier peligro. Otras señales de miedo también pueden explicarse, al menos en parte, por estos mismos principios. Durante innumerables generaciones, los hombres se han esforzado por escapar de sus enemigos o del peligro huyendo precipitadamente o luchando violentamente contra ellos; y tales esfuerzos habrán acelerado el corazón, acelerado la respiración, agitado el pecho y dilatado las fosas nasales. Como estos esfuerzos se han prolongado a menudo hasta el extremo, el resultado final habrá sido postración total, palidez, sudoración, temblor de todos los músculos o su relajación total. Y ahora, siempre que la emoción del miedo se siente con fuerza, aunque no conduzca a ningún esfuerzo, los mismos resultados tienden a reaparecer, por la fuerza de la herencia y la asociación.

Sin embargo, es probable que muchos o la mayoría de los síntomas de terror mencionados, como los latidos del corazón, el temblor muscular, la transpiración fría, etc., se deban en gran parte directamente a la transmisión alterada o interrumpida de la fuerza nerviosa desde el sistema cerebroespinal a diversas partes del cuerpo, debido a la fuerte afectación mental. Podemos considerar esta causa con seguridad, independientemente del hábito y la asociación, en casos como la alteración de las secreciones del tracto intestinal y la inactividad de ciertas glándulas. Con respecto al erizado involuntario del pelo, tenemos buenas razones para creer que, en el caso de los animales, esta acción, independientemente de su origen, sirve, junto con ciertos movimientos voluntarios, para hacerlos parecer terribles a sus enemigos; y como las mismas acciones, tanto involuntarias como voluntarias, son realizadas por animales emparentados con el hombre, nos lleva a creer que el hombre ha conservado por herencia una reliquia de ellas, ahora inservible. Es ciertamente un hecho notable que los diminutos músculos sin estrías, por los cuales se erigen los pelos escasamente dispersos sobre el cuerpo casi desnudo del hombre, se hayan conservado hasta nuestros días, y que todavía se contraigan bajo las mismas emociones, a saber, el terror y la rabia, que hacen que se erice el pelo en los miembros inferiores de la Orden a la que pertenece el hombre.

CAPÍTULO XIII.
AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDEZ—MODESTIA: SONROJO.

Naturaleza del rubor—Herencia—Partes del cuerpo más afectadas—El rubor en las distintas razas humanas—Gestos que lo acompañan—Confusión mental—Causas del rubor—La autoatención, elemento fundamental—Timidez—Vergüenza, derivada del incumplimiento de las leyes morales y las reglas convencionales—Modestia—Teoría del rubor—Recapitulación.

El rubor es la expresión más peculiar y humana de todas. Los monos se enrojecen por la pasión, pero se necesitaría una cantidad abrumadora de evidencia para hacernos creer que cualquier animal podría ruborizarse. El enrojecimiento de la cara por un rubor se debe a la relajación de las capas musculares de las pequeñas arterias, mediante las cuales los capilares se llenan de sangre; y esto depende del centro vasomotor adecuado afectado. Sin duda, si al mismo tiempo hay mucha agitación mental, la circulación general se verá afectada; pero no es debido a la acción del corazón que la red de diminutos vasos que cubre la cara se llene de sangre por una sensación de vergüenza. Podemos provocar risa al hacer cosquillas en la piel, llorar o fruncir el ceño al recibir un golpe, temblar de miedo al dolor, etc.; pero no podemos provocar un rubor, como señala el Dr. Burgess, [1301] por ningún medio físico, es decir, mediante ninguna acción sobre el cuerpo. Es la mente la que debe verse afectada. El rubor no es solo involuntario; Pero el deseo de restringirlo, al conducirnos a la autoatención, en realidad aumenta la tendencia.

Los niños pequeños se sonrojan con mucha más frecuencia que los mayores, pero no durante la infancia, [1302] lo cual es notable, ya que sabemos que los bebés a temprana edad se ruborizan por la pasión. He recibido relatos auténticos de dos niñas que se sonrojaron entre los dos y los tres años; y de otra niña sensible, un año mayor, que se sonrojó al ser reprendido por una falta. Muchos niños, a una edad algo más avanzada, se sonrojan de forma muy marcada. Parece que las facultades mentales de los bebés aún no están lo suficientemente desarrolladas como para permitirles sonrojarse. De ahí, también, que los idiotas rara vez se sonrojen. El Dr. Crichton Browne observó por mí a los niños bajo su cuidado, pero nunca vio un rubor genuino, aunque sí vio sus rostros enrojecerse, aparentemente de alegría, al serles servidos alimentos, y de ira. Sin embargo, algunos, si no están completamente degradados, son capaces de sonrojarse. Un idiota microcéfalo, por ejemplo, de trece años, cuyos ojos se iluminaban un poco cuando estaba contento o divertido, ha sido descrito por el Dr. Behn, [1303] como sonrojado y girado hacia un lado cuando se desvestía para un examen médico.

Las mujeres se sonrojan mucho más que los hombres. Es raro ver a un anciano, pero no tan raro ver a una anciana sonrojarse. Los ciegos no se libran. Laura Bridgman, nacida en esta condición, además de completamente sorda, se sonroja. [ 1304] El reverendo R. H. Blair, director del Worcester College, me informa que tres niños de nacimiento ciegos, de los siete u ocho que había entonces en el manicomio, se sonrojan mucho. Los ciegos al principio no son conscientes de que los observan, y es fundamental en su educación, según me informa el Sr. Blair, inculcarles este conocimiento; y la impresión así obtenida reforzaría considerablemente la tendencia a sonrojarse, al fomentar el hábito de la autoatención.

La tendencia a sonrojarse es hereditaria. El Dr. Burgess describe el caso [1305] de una familia compuesta por padre, madre y diez hijos, todos ellos, sin excepción, propensos a sonrojarse hasta un punto muy doloroso. Los niños ya eran adultos; «y algunos fueron enviados de viaje para combatir esta sensibilidad enfermiza, pero no sirvió de nada». Incluso las peculiaridades del rubor parecen ser hereditarias. Sir James Paget, al examinar la columna vertebral de una niña, se impresionó por su singular forma de sonrojarse; primero apareció una gran mancha roja en una mejilla, y luego otras, dispersas por el rostro y el cuello. Posteriormente, le preguntó a la madre si su hija siempre se sonrojaba de esta manera peculiar; ella respondió: «Sí, se parece a mí». Sir J. Paget se dio cuenta entonces de que, al hacer esta pregunta, había provocado el rubor de la madre; y ella exhibió la misma peculiaridad que su hija.

En la mayoría de los casos, solo la cara, las orejas y el cuello se enrojecen; pero muchas personas, al ruborizarse intensamente, sienten un calor y un hormigueo en todo el cuerpo; esto indica que toda la superficie debe estar afectada de alguna manera. Se dice que el rubor a veces comienza en la frente, pero es más común en las mejillas, extendiéndose luego a las orejas y el cuello. [1306] En dos albinos examinados por el Dr. Burgess, el rubor comenzó con una pequeña mancha circunscrita en las mejillas, sobre el plexo nervioso parótido, y luego se extendió formando un círculo; entre este círculo de rubor y el rubor del cuello había una línea de demarcación evidente; aunque ambos surgieron simultáneamente. La retina, que es naturalmente roja en el albino, invariablemente aumentaba simultáneamente en enrojecimiento. [1307] Todos habrán notado con qué facilidad, después de un rubor, nuevos rubores se suceden por el rostro. El rubor viene precedido por una sensación peculiar en la piel. Según el Dr. Burgess, el enrojecimiento de la piel suele ir seguido de una ligera palidez, lo que indica que los vasos capilares se contraen tras dilatarse. En algunos casos raros, se produce palidez en lugar de enrojecimiento en condiciones que naturalmente inducirían rubor. Por ejemplo, una joven me contó que, en una fiesta grande y concurrida, se enganchó el cabello con tanta fuerza en el botón de un sirviente que pasaba, que tardó un tiempo en liberarla; por sus sensaciones, imaginó que se había sonrojado hasta el rojo vivo; pero una amiga le aseguró que se había puesto extremadamente pálida.

Deseaba saber hasta dónde se extiende el rubor en el cuerpo; y Sir J. Paget, quien por necesidad tiene frecuentes oportunidades de observación, ha tenido la amabilidad de ocuparse de este punto por mí durante dos o tres años. Ha descubierto que, en las mujeres que se ruborizan intensamente en la cara, las orejas y la nuca, el rubor no suele extenderse más abajo. Es raro verlo tan abajo como en las clavículas y los omóplatos; y él mismo nunca ha visto un solo caso en que se extendiera por debajo de la parte superior del pecho. También ha observado que el rubor a veces se desvanece hacia abajo, no de forma gradual e imperceptible, sino mediante manchas rojizas irregulares. El Dr. Langstaff también ha observado por mí a varias mujeres cuyos cuerpos no se enrojecieron en absoluto mientras sus rostros estaban enrojecidos por el rubor. En el caso de los enfermos mentales, algunos de los cuales parecen ser particularmente propensos a ruborizarse, el Dr. J. Crichton Browne ha visto varias veces que el rubor se extendía hasta las clavículas y, en dos casos, hasta los senos. Me cuenta el caso de una mujer casada, de veintisiete años, que padecía epilepsia. A la mañana siguiente de su llegada al manicomio, el Dr. Browne, junto con sus asistentes, la visitó mientras estaba en cama. En cuanto él se acercó, se ruborizó intensamente en las mejillas y las sienes; y el rubor se extendió rápidamente a las orejas. Estaba muy agitada y temblorosa. Él le desabrochó el cuello de la camisa para examinar el estado de sus pulmones; entonces, un rubor intenso se extendió por su pecho, en una línea arqueada sobre el tercio superior de cada seno, y se extendió hacia abajo entre los senos casi hasta el cartílago ensiforme del esternón. Este caso es interesante, ya que el rubor no se extendió hacia abajo hasta que se intensificó al ser atraída su atención hacia esa parte de su cuerpo. A medida que avanzaba el examen, se serenó y el rubor desapareció; pero en varias ocasiones posteriores se observó el mismo fenómeno.

Los hechos anteriores demuestran que, por regla general, en las mujeres inglesas, el rubor no se extiende más allá del cuello ni a la parte superior del pecho. Sin embargo, Sir J. Paget me informa que ha oído hablar recientemente de un caso, en el que puede confiar plenamente, de una niña pequeña, escandalizada por lo que consideraba un acto de falta de delicadeza, se sonrojó por todo el abdomen y la parte superior de las piernas. Moreau también [1308] relata, basándose en la autoridad de un célebre pintor, que el pecho, los hombros, los brazos y todo el cuerpo de una niña que, a regañadientes, consintió en servir de modelo, se enrojecieron al ser despojada de su ropa por primera vez.

Resulta bastante curioso por qué, en la mayoría de los casos, solo la cara, las orejas y el cuello se enrojecen, ya que toda la superficie del cuerpo suele experimentar hormigueo y calor. Esto parece deberse principalmente a que la cara y las zonas adyacentes de la piel han estado expuestas habitualmente al aire, la luz y las variaciones de temperatura, por lo que las pequeñas arterias no solo se han acostumbrado a dilatarse y contraerse con facilidad, sino que parecen haberse desarrollado de forma inusual en comparación con otras partes de la superficie. [1309] Probablemente se deba a esta misma causa, como han señalado M. Moreau y el Dr. Burgess, que la cara sea tan propensa a enrojecerse en diversas circunstancias, como un ataque febril, calor común, esfuerzo intenso, ira, un golpe leve, etc.; y, por otro lado, que sea propensa a palidecer por el frío y el miedo, y a decolorarse durante el embarazo. La cara también es particularmente propensa a verse afectada por afecciones cutáneas, como la viruela, la erisipela, etc. Esta opinión también se ve respaldada por el hecho de que los hombres de ciertas razas, que habitualmente andan casi desnudos, a menudo se ruborizan en los brazos y el pecho, e incluso hasta la cintura. Una mujer, muy ruborizada, informa al Dr. Crichton Browne que, cuando se siente avergonzada o agitada, se ruboriza en la cara, el cuello, las muñecas y las manos, es decir, en toda la piel expuesta. Sin embargo, cabe dudar de que la exposición habitual de la piel de la cara y el cuello, y su consiguiente capacidad de reacción ante estímulos de todo tipo, sea suficiente para explicar la mayor tendencia a ruborizarse en las mujeres inglesas de estas regiones que en otras; pues las manos están bien provistas de nervios y pequeños vasos sanguíneos, y han estado tan expuestas al aire como la cara o el cuello, y aun así rara vez se ruborizan. Pronto veremos que el hecho de que la atención se haya dirigido con mucha más frecuencia y seriedad al rostro que a cualquier otra parte del cuerpo probablemente ofrezca una explicación suficiente.

Rubor en las diversas razas humanas. —Los pequeños vasos del rostro se llenan de sangre, por la vergüenza, en casi todas las razas humanas, aunque en las razas de piel muy oscura no se percibe un cambio de color distintivo. El rubor es evidente en todas las naciones arias de Europa, y hasta cierto punto en las de la India. Pero el Sr. Erskine nunca ha notado que los cuellos de los hindúes estén decididamente afectados. En los lepchas de Sikhim, el Sr. Scott ha observado a menudo un leve rubor en las mejillas, la base de las orejas y los lados del cuello, acompañado de ojos hundidos y cabeza agachada. Esto ha ocurrido cuando los ha descubierto en una mentira o los ha acusado de ingratitud. La tez pálida y cetrina de estos hombres hace que el rubor sea mucho más notorio que en la mayoría de los demás nativos de la India. En el caso de estos últimos, la vergüenza, o en parte puede ser el miedo, se expresa, según el señor Scott, mucho más claramente con la cabeza desviada o inclinada, con los ojos vacilantes o vueltos hacia un lado, que con cualquier cambio de color en la piel.

Las razas semíticas se sonrojan con facilidad, como era de esperar, por su similitud general con los arios. Así, con los judíos, se dice en el Libro de Jeremías (cap. VI. 15): «No se avergonzaron en absoluto, ni pudieron sonrojarse». La Sra. Asa Gray vio a un árabe manejando torpemente su bote en el Nilo, y cuando sus compañeros se rieron de él, «se sonrojó hasta la nuca». Lady Duff Gordon comenta que un joven árabe se sonrojó al llegar a su presencia. [1310]

El Sr. Swinhoe ha visto a los chinos ruborizarse, pero cree que es raro; sin embargo, tienen la expresión "enrojecerse de vergüenza". El Sr. Geach me informa que tanto los chinos asentados en Malaca como los malayos nativos del interior se ruborizan. Algunas de estas personas van casi desnudas, y él prestó especial atención a la extensión del rubor hacia abajo. Omitiendo los casos en los que solo se vio ruborizarse el rostro, el Sr. Geach observó que el rostro, los brazos y el pecho de un chino de 24 años se ruborizaron de vergüenza; y en el caso de otro chino, al preguntarle por qué no había trabajado con mejor estilo, todo el cuerpo se vio afectado de forma similar. En dos malayos [1311] vio ruborizarse el rostro, el cuello, el pecho y los brazos; y en un tercer malayo (un bugis), el rubor se extendió hasta la cintura.

Los polinesios se sonrojan con facilidad. El reverendo Sr. Stack ha presenciado cientos de casos con los neozelandeses. Vale la pena mencionar el siguiente caso, relacionado con un anciano de tez inusualmente oscura y parcialmente tatuado. Tras haber alquilado su terreno a un inglés por una pequeña renta anual, sintió una fuerte pasión por comprar una calesa, algo que últimamente se había puesto de moda entre los maoríes. En consecuencia, quiso cobrarle la renta completa durante cuatro años a su inquilino y consultó con el Sr. Stack si podía hacerlo. El hombre era viejo, torpe, pobre y andrajoso, y la idea de pasearse en su carruaje para exhibirse divirtió tanto al Sr. Stack que no pudo evitar estallar en carcajadas; y entonces «el anciano se sonrojó hasta la raíz del pelo». Forster dice que «se puede distinguir fácilmente un rubor que se extiende» en las mejillas de las mujeres más hermosas de Tahití. [1312] También se ha visto a los nativos de varios otros archipiélagos del Pacífico sonrojarse.

El Sr. Washington Matthews ha visto con frecuencia ruborizarse en los rostros de las jóvenes indias pertenecientes a diversas tribus indígenas salvajes de Norteamérica. En el extremo opuesto del continente, en Tierra del Fuego, los nativos, según el Sr. Bridges, «se ruborizan mucho, pero principalmente con respecto a las mujeres; aunque ciertamente también se ruborizan por su propia apariencia». Esta última afirmación concuerda con lo que recuerdo del fueguino Jemmy Button, quien se sonrojó cuando le preguntaron sobre el cuidado que ponía en lustrar sus zapatos y en su arreglo personal. Respecto a los indios aymaras de las altas mesetas de Bolivia, el Sr. Forbes dice [1313] que, por el color de su piel, es imposible que su rubor sea tan claramente visible como en las razas blancas; Aun así, en circunstancias que nos harían sonrojar, «siempre se observa la misma expresión de modestia o confusión; e incluso en la oscuridad, se percibe un aumento de la temperatura facial, exactamente como ocurre en los europeos». En los indígenas que habitan las zonas cálidas, uniformes y húmedas de Sudamérica, la piel aparentemente no responde a la excitación mental con tanta facilidad como en los nativos del norte y sur del continente, quienes han estado expuestos durante mucho tiempo a grandes vicisitudes climáticas; pues Humboldt cita sin protestar la burla del español: «¿Cómo se puede confiar en quienes no saben sonrojarse?». [1314] Von Spix y Martius, al hablar de los aborígenes de Brasil, afirman que no se puede decir con propiedad que se sonrojen; «fue solo después de una larga relación con los blancos, y tras recibir cierta educación, que percibimos en los indígenas un cambio de color que expresaba las emociones de sus mentes». [1315] Es increíble, sin embargo, que el poder de sonrojarse pudiera haberse originado así; pero el hábito de autoatención, consecuente con su educación y nuevo curso de vida, habría aumentado mucho cualquier tendencia innata a sonrojarse.

Varios observadores fidedignos me han asegurado haber visto en los rostros de personas negras una apariencia similar al rubor, en circunstancias que nos habrían provocado a nosotros, aunque su piel fuera de un tono negro ébano. Algunos lo describen como un rubor marrón, pero la mayoría dice que la negrura se intensifica. Un mayor flujo sanguíneo en la piel parece, de alguna manera, aumentar su negrura; así, ciertas enfermedades exantemáticas hacen que las zonas afectadas en el negro se vean más negras, en lugar de, como en nuestro caso, más rojas. [1316] La piel, quizás, al estar más tensa por el llenado de los capilares, reflejaría un tono ligeramente diferente al que tenía antes. Podemos estar seguros de que los capilares del rostro del negro se llenan de sangre, bajo la emoción de la vergüenza; porque una negra albina perfectamente caracterizada, descrita por Buffon, [1317] mostraba un ligero matiz carmesí en sus mejillas cuando se exhibía desnuda. Las cicatrices de la piel permanecen blancas durante mucho tiempo en los negros, y el Dr. Burgess, quien tuvo frecuentes oportunidades de observar una cicatriz de este tipo en el rostro de una negra, observó claramente que «invariablemente se enrojecía cada vez que se le hablaba bruscamente o se la acusaba de alguna ofensa trivial». [1318] El rubor se podía ver desde la circunferencia de la cicatriz hacia el centro, pero no llegaba al centro. Los mulatos suelen ruborizarse mucho, ruborizándose uno tras otro en sus rostros. Por estos hechos, no cabe duda de que los negros se ruborizan, aunque no se observe enrojecimiento en la piel.

Gaika y la Sra. Barber me aseguran que los kafires de Sudáfrica nunca se sonrojan; pero esto podría significar que no se aprecia ningún cambio de color. Gaika añade que, en circunstancias que harían sonrojar a un europeo, sus compatriotas «parecen avergonzados de mantener la cabeza en alto».

Cuatro de mis informantes afirman que los australianos, que son casi tan negros como los negros, nunca se sonrojan. Un quinto responde con dudas, señalando que solo se aprecia un rubor muy intenso debido a la suciedad de su piel. Tres observadores afirman que sí se sonrojan; [1319] El Sr. S. Wilson añade que esto solo se nota bajo una emoción intensa y cuando la piel no está demasiado oscura por la exposición prolongada y la falta de higiene. El Sr. Lang responde: «He observado que la vergüenza casi siempre provoca un rubor, que a menudo se extiende hasta el cuello». La vergüenza también se manifiesta, como añade, «al mirar de un lado a otro». Dado que el Sr. Lang era profesor en una escuela indígena, es probable que observara principalmente a niños; y sabemos que se sonrojan más que los adultos. El Sr. G. Taplin ha visto a mestizos sonrojarse y dice que los aborígenes tienen una palabra que expresa vergüenza. El Sr. Hagenauer, quien es uno de los que nunca ha observado a los australianos sonrojarse, dice que los ha visto «mirando al suelo por vergüenza»; y el misionero Sr. Bulmer comenta que, si bien «no he podido detectar nada parecido a la vergüenza en los aborígenes adultos, he notado que los ojos de los niños, cuando se avergüenzan, presentan una mirada inquieta y llorosa, como si no supieran adónde mirar».

Los hechos ahora presentados son suficientes para demostrar que el rubor, haya o no cambio de color, es común a la mayoría, probablemente a todas, las razas humanas.

Movimientos y gestos que acompañan al rubor. —Un profundo sentimiento de vergüenza conlleva un fuerte deseo de disimulación. [1320] Apartamos todo el cuerpo, especialmente el rostro, que intentamos ocultar de alguna manera. Una persona avergonzada apenas soporta la mirada de los presentes, por lo que casi invariablemente baja la mirada o mira de reojo. Como generalmente existe al mismo tiempo un fuerte deseo de evitar la apariencia de vergüenza, se intenta en vano mirar directamente a la persona que causa este sentimiento; y el antagonismo entre estas tendencias opuestas provoca diversos movimientos inquietos en los ojos. He observado a dos señoras que, mientras se sonrojan, a lo que son muy propensas, han adquirido, al parecer, la curiosa costumbre de parpadear incesantemente con extraordinaria rapidez. Un rubor intenso a veces va acompañado de un ligero derramamiento de lágrimas; [1321] y esto, supongo, se debe a que las glándulas lagrimales participan del mayor suministro de sangre, que sabemos que fluye hacia los capilares de las partes adyacentes, incluida la retina.

Muchos escritores, antiguos y modernos, han observado los movimientos anteriores; y ya se ha demostrado que los aborígenes de diversas partes del mundo a menudo exhiben su vergüenza mirando hacia abajo o de reojo, o con movimientos inquietos de la mirada. Esdras exclama (cap. ix. 6): "¡Oh, Dios mío! Me avergüenzo y me sonrojo al levantar mi cabeza hacia ti, Dios mío". En Isaías (cap. 1. 6) encontramos las palabras: "No escondí mi rostro de la vergüenza". Séneca comenta (Epist. xi. 5) que los actores romanos inclinan la cabeza, fijan la mirada en el suelo y la mantienen baja, pero son incapaces de sonrojarse al fingir vergüenza. Según Macrobio, quien vivió en el siglo IV ('Saturnalia', B. vii. C. 11), «Los filósofos naturales afirman que la naturaleza, movida por la vergüenza, extiende la sangre ante sí como un velo, como vemos que cualquiera que se ruboriza a menudo se pone las manos delante del rostro». Shakespeare hace que Marco Aurelio ('Tito Andrónico', acto ii, esc. 5) le diga a su sobrina: «¡Ah! Ahora apartas el rostro de la vergüenza». Una señora me informa que encontró en el Hospital Lock a una niña a la que había conocido anteriormente, y que se había convertido en una miserable náufraga, y la pobre criatura, cuando se le acercó, escondió el rostro bajo las sábanas y no pudo ser persuadida de descubrirlo. A menudo vemos a niños pequeños, cuando se sienten tímidos o avergonzados, darse la vuelta y, aún de pie, esconder el rostro en el vestido de su madre; o tirarse boca abajo en su regazo.

Confusión mental . La mayoría de las personas, al sonrojarse intensamente, tienen sus facultades mentales confusas. Esto se reconoce en expresiones tan comunes como «estaba sumida en la confusión». Quienes se encuentran en este estado pierden la presencia de ánimo y emiten comentarios singularmente inapropiados. A menudo se muestran muy angustiadas, tartamudean y hacen movimientos torpes o muecas extrañas. En ciertos casos, se pueden observar contracciones involuntarias de algunos músculos faciales. Una joven que se sonroja excesivamente me contó que en esos momentos ni siquiera sabe lo que dice. Cuando se le sugirió que esto podría deberse a la angustia que le causaba saber que alguien había notado su rubor, respondió que no podía ser así, «ya que a veces se sentía igual de atontada al sonrojarse ante un pensamiento en su propia habitación».

Daré un ejemplo de la extrema perturbación mental a la que son propensos algunos hombres sensibles. Un caballero, en quien puedo confiar, me aseguró haber sido testigo presencial de la siguiente escena: se ofreció una pequeña cena en honor de un hombre extremadamente tímido, quien, al levantarse para dar las gracias, ensayó el discurso, que evidentemente se había aprendido de memoria, en absoluto silencio, sin pronunciar palabra; pero actuó como si hablara con mucho énfasis. Sus amigos, al darse cuenta de la situación, aplaudieron con entusiasmo sus imaginarios estallidos de elocuencia cada vez que sus gestos indicaban una pausa, y el hombre nunca descubrió que había permanecido en completo silencio durante todo el tiempo. Al contrario, después le comentó a mi amigo, con gran satisfacción, que creía haberlo logrado excepcionalmente bien.

Cuando una persona se siente muy avergonzada o tímida y se sonroja intensamente, su corazón late con fuerza y su respiración se altera. Esto difícilmente puede afectar la circulación sanguínea cerebral y quizás las facultades mentales. Sin embargo, a juzgar por la influencia aún más poderosa de la ira y el miedo en la circulación, parece dudoso que podamos explicar satisfactoriamente el estado de confusión mental en las personas que se sonrojan intensamente.

La verdadera explicación aparentemente reside en la estrecha conexión que existe entre la circulación capilar de la superficie de la cabeza y la cara, y la del cerebro. Al solicitar información al Dr. J. Crichton Browne, me proporcionó diversos datos sobre este tema. Cuando el nervio simpático se divide en un lado de la cabeza, los capilares de este lado se relajan y se llenan de sangre, lo que provoca enrojecimiento y aumento de la temperatura de la piel, a la vez que aumenta la temperatura dentro del cráneo del mismo lado. La inflamación de las membranas cerebrales provoca la congestión sanguínea de la cara, las orejas y los ojos. La primera etapa de un ataque epiléptico parece ser la contracción de los vasos cerebrales, y la primera manifestación externa es una palidez extrema del rostro. La erisipela de la cabeza suele provocar delirio. Incluso el alivio que se obtiene de una cefalea intensa quemando la piel con una loción fuerte depende, supongo, del mismo principio.

El Dr. Browne ha administrado con frecuencia a sus pacientes el vapor de nitrito de amilo [1322] , que tiene la singular propiedad de causar un intenso enrojecimiento facial en un lapso de treinta a sesenta segundos. Este enrojecimiento se asemeja al rubor en casi todos los detalles: comienza en varios puntos distintos del rostro y se extiende hasta abarcar toda la superficie de la cabeza, el cuello y la parte frontal del tórax; pero se ha observado que solo en un caso se extiende al abdomen. Las arterias de la retina se dilatan; los ojos brillan, y en un caso se observó una ligera efusión de lágrimas. Al principio, los pacientes se sienten agradablemente estimulados, pero a medida que el enrojecimiento aumenta, se vuelven confusos y desconcertados. Una mujer a la que se le había administrado el vapor con frecuencia afirmó que, en cuanto se acaloraba, se sentía aturdida. En las personas que apenas comienzan a ruborizarse, parece, a juzgar por el brillo de sus ojos y su comportamiento vivaz, que sus facultades mentales se ven algo estimuladas. Solo cuando el rubor es excesivo la mente se confunde. Por lo tanto, parecería que los capilares faciales se ven afectados, tanto durante la inhalación de nitrito de amilo como durante el rubor, antes de que se afecte la parte del cerebro de la que dependen las facultades mentales.

Por el contrario, cuando el cerebro se ve afectado principalmente, la circulación cutánea se ve afectada de forma secundaria. El Dr. Browne ha observado con frecuencia, según me informa, manchas rojas dispersas y moteadas en el pecho de pacientes epilépticos. En estos casos, al frotar suavemente la piel del tórax o del abdomen con un lápiz u otro objeto, o, en casos muy marcados, simplemente tocarla con el dedo, la superficie se cubre en menos de medio minuto con marcas rojas brillantes, que se extienden a cierta distancia a cada lado del punto tocado y persisten durante varios minutos. Estas son las máculas cerebrales de Trousseau; e indican, como señala el Dr. Browne, una condición muy modificada del sistema vascular cutáneo. Si, pues, existe, como no puede dudarse, una simpatía íntima entre la circulación capilar en esa parte del cerebro de la que dependen nuestros poderes mentales y en la piel de la cara, no es sorprendente que las causas morales que inducen un rubor intenso induzcan también, independientemente de su propia influencia perturbadora, mucha confusión mental.

La naturaleza de los estados mentales que inducen el rubor . Estos consisten en timidez, vergüenza y modestia; el elemento esencial en todos ellos es la autoatención. Se pueden aducir muchas razones para creer que, originalmente, la autoatención dirigida a la apariencia personal, en relación con la opinión de los demás, fue la causa; el mismo efecto se produce posteriormente, por la fuerza de la asociación, por la autoatención en relación con la conducta moral. No es el simple acto de reflexionar sobre nuestra propia apariencia, sino pensar en lo que otros piensan de nosotros, lo que provoca el rubor. En absoluta soledad, la persona más sensible sería bastante indiferente a su apariencia. Sentimos la censura o la desaprobación con mayor intensidad que la aprobación; y, en consecuencia, los comentarios despectivos o la burla, ya sea sobre nuestra apariencia o conducta, nos hacen sonrojar mucho más fácilmente que los elogios. Pero, sin duda, los elogios y la admiración son muy eficaces: una chica guapa se sonroja cuando un hombre la mira fijamente, aunque sepa perfectamente que no la está menospreciando. Muchos niños, así como personas mayores y sensibles, se sonrojan al recibir muchos elogios. Más adelante se analizará cómo es posible que la conciencia de que los demás se preocupan por nuestra apariencia haya provocado que los capilares, especialmente los del rostro, se llenen de sangre al instante.

A continuación, expondré mis razones para creer que la atención a la apariencia personal, y no a la conducta moral, ha sido el elemento fundamental en la adquisición del hábito de sonrojarse. Son insignificantes por separado, pero combinadas, en mi opinión, tienen un peso considerable. Es bien sabido que nada sonroja tanto a una persona tímida como cualquier observación, por mínima que sea, sobre su apariencia personal. Ni siquiera se puede observar la vestimenta de una mujer muy sonrojada sin que su rostro se sonroje. Basta con mirar fijamente a algunas personas para que, como señala Coleridge, se sonrojen: «Que se lo explique quien pueda». [1323]

En el caso de los dos albinos observados por el Dr. Burgess [1324], «el más mínimo intento de examinar sus peculiaridades invariablemente les hacía sonrojarse profundamente». Las mujeres son mucho más sensibles a su apariencia personal que los hombres, especialmente las mujeres mayores en comparación con ellos, y se sonrojan con mucha más frecuencia. Los jóvenes de ambos sexos son mucho más sensibles a este mismo aspecto que los ancianos, y también se sonrojan con mucha más frecuencia que estos. Los niños a una edad muy temprana no se sonrojan; ni muestran esos otros signos de timidez que generalmente acompañan al rubor; y uno de sus principales encantos es que no les importa lo que piensen los demás de ellos. A esta temprana edad, miran fijamente a un extraño con la mirada fija y sin pestañear, como a un objeto inanimado, de una manera que nosotros, los mayores, no podemos imitar.

Es evidente para todos que los jóvenes son muy sensibles a la opinión mutua sobre su apariencia; y se sonrojan mucho más en presencia del sexo opuesto que en la suya propia. [1325] Un joven, poco propenso a sonrojarse, se sonrojará intensamente ante la más mínima burla de su apariencia por parte de una chica cuyo juicio sobre cualquier tema importante ignoraría. Ninguna pareja feliz de jóvenes amantes, que valoren la admiración y el amor mutuos por encima de cualquier otra cosa en el mundo, probablemente se cortejará sin sonrojarse con frecuencia. Incluso los bárbaros de Tierra del Fuego, según el Sr. Bridges, se sonrojan «principalmente por las mujeres, pero ciertamente también por su propia apariencia».

De todas las partes del cuerpo, el rostro es el más considerado y respetado, como es natural al ser el principal foco de expresión y la fuente de la voz. Es también el principal foco de belleza y fealdad, y en todo el mundo es el más ornamentado. [1326] El rostro, por lo tanto, habrá estado sujeto durante muchas generaciones a una autoatención mucho más cercana y sincera que cualquier otra parte del cuerpo; y de acuerdo con el principio aquí expuesto, podemos entender por qué es el más propenso a sonrojarse. Aunque la exposición a cambios de temperatura, etc., probablemente ha aumentado considerablemente la capacidad de dilatación y contracción de los capilares del rostro y las partes adyacentes, esto por sí solo difícilmente explica que estas partes se sonrojen mucho más que el resto del cuerpo; pues no explica el hecho de que las manos rara vez se sonrojen. En los europeos, todo el cuerpo experimenta un ligero hormigueo cuando el rostro se sonroja intensamente; y en las razas de hombres que habitualmente van casi desnudos, el rubor se extiende a una superficie mucho mayor que en nosotros. Estos hechos son, hasta cierto punto, inteligibles, ya que la autoatención del hombre primitivo, así como de las razas existentes que todavía andan desnudas, no habrá estado tan exclusivamente confinada a sus rostros, como es el caso de las personas que ahora andan vestidas.

Hemos visto que, en todo el mundo, las personas que sienten vergüenza por alguna falta moral tienden a apartar, agachar la cabeza u ocultar el rostro, independientemente de su apariencia. El objetivo difícilmente puede ser disimular el rubor, pues el rostro se aparta u oculta en circunstancias que excluyen cualquier deseo de ocultar la vergüenza, como cuando se confiesa plenamente la culpa y se arrepiente. Sin embargo, es probable que el hombre primitivo, antes de adquirir una gran sensibilidad moral, fuera muy sensible a su apariencia, al menos en relación con el sexo opuesto, y, en consecuencia, se sintiera angustiado ante cualquier comentario despectivo sobre su aspecto; y esta es una forma de vergüenza. Y como el rostro es la parte del cuerpo más apreciada, es comprensible que quien se avergüence de su apariencia desee ocultarla. Este hábito, adquirido así, se mantendría naturalmente cuando se sintiera vergüenza por causas estrictamente morales. Y no es fácil ver de otro modo por qué en estas circunstancias debería haber un deseo de ocultar la cara más que cualquier otra parte del cuerpo.

La costumbre, tan general en todo aquel que se siente avergonzado, de apartar la mirada, bajarla o moverla inquietamente de un lado a otro, probablemente surge de cada mirada dirigida hacia los presentes, lo que le trae la convicción de que lo están mirando intensamente; y él se esfuerza, al no mirar a los presentes, y especialmente a los ojos, por escapar momentáneamente de esta dolorosa convicción.

Timidez. —Este extraño estado mental, a menudo llamado vergüenza, falsa vergüenza o mala cara , parece ser una de las causas más eficientes del rubor. De hecho, la timidez se reconoce principalmente por el enrojecimiento del rostro, la mirada desviada o baja, y los movimientos corporales torpes y nerviosos. Muchas mujeres se sonrojan por esta causa, cien, quizás mil veces, y una vez por haber hecho algo que merece ser censurado y de lo que se avergüenzan verdaderamente. La timidez parece depender de la sensibilidad a la opinión, ya sea buena o mala, de los demás, sobre todo con respecto a la apariencia externa. Los desconocidos no saben ni les importa nuestra conducta o carácter, pero pueden, y a menudo lo hacen, criticar nuestra apariencia; por lo tanto, las personas tímidas son particularmente propensas a ser tímidas y a sonrojarse en presencia de desconocidos. La percepción de algo peculiar, o incluso nuevo, en la vestimenta, o cualquier leve imperfección en la persona, y más especialmente en el rostro —puntos que suelen atraer la atención de desconocidos—, vuelve al tímido intolerablemente tímido. Por otro lado, en los casos en que se trata de la conducta y no de la apariencia personal, somos mucho más propensos a ser tímidos en presencia de conocidos, cuyo juicio valoramos en cierta medida, que en la de desconocidos. Un médico me contó que un joven, un duque adinerado, con quien había viajado como asistente médico, se sonrojó como una joven al pagarle sus honorarios; sin embargo, este joven probablemente no se habría sonrojado ni habría sido tímido si hubiera estado pagando una factura a un comerciante. Sin embargo, algunas personas son tan sensibles que el mero hecho de hablar con casi cualquier persona basta para despertar su timidez, y el resultado es un ligero rubor.

La desaprobación o el ridículo, debido a nuestra sensibilidad al respecto, provocan timidez y sonrojamiento con mucha mayor facilidad que la aprobación; aunque esta última es muy eficaz en algunas personas. Los engreídos rara vez son tímidos, pues se valoran demasiado como para esperar desprecio. Por qué un hombre orgulloso suele ser tímido, como parece ser el caso, no es tan obvio, a menos que, a pesar de su confianza en sí mismo, realmente piense mucho en la opinión ajena, aunque con desdén. Las personas excesivamente tímidas rara vez lo son en presencia de personas con quienes tienen una relación cercana y de cuya buena opinión y simpatía están completamente seguros; por ejemplo, una niña en presencia de su madre. Olvidé preguntar en mi periódico si la timidez se puede detectar en las diferentes razas humanas; pero un caballero hindú le aseguró al Sr. Erskine que es reconocible en sus compatriotas.

La timidez, como indica la derivación de la palabra en varios idiomas, [1327] está estrechamente relacionada con el miedo; sin embargo, es distinta del miedo en el sentido común. Un hombre tímido sin duda teme la atención de los extraños, pero difícilmente se puede decir que les tenga miedo; puede ser tan audaz como un héroe en la batalla y, sin embargo, no tener confianza en sí mismo por nimiedades en presencia de desconocidos. Casi todos se sienten extremadamente nerviosos al dirigirse por primera vez a una asamblea pública, y la mayoría de los hombres permanecen así durante toda su vida; pero esto parece depender de la conciencia de un gran esfuerzo inminente, con sus efectos asociados en el organismo, más que de la timidez; [1328] aunque un hombre tímido o vergonzoso sin duda sufre en tales ocasiones infinitamente más que otro. Con los niños muy pequeños es difícil distinguir entre el miedo y la timidez; pero este último sentimiento en ellos a menudo me ha parecido participar del carácter salvaje de un animal indómito. La timidez aparece a una edad muy temprana. En uno de mis hijos, cuando tenía dos años y tres meses, vi un rastro de lo que ciertamente parecía timidez, dirigida hacia mí tras una ausencia de casa de tan solo una semana. Esto no se manifestaba con un rubor, sino con la ligera desviación de su mirada durante unos minutos. He observado en otras ocasiones que la timidez, la vergüenza y la vergüenza real se manifiestan en los ojos de los niños pequeños antes de que adquieran la capacidad de sonrojarse.

Como la timidez aparentemente depende de la autoatención, podemos percibir cuánta razón tienen quienes sostienen que reprender a los niños por su timidez, en lugar de beneficiarlos, les causa mucho daño, ya que atrae aún más su atención hacia sí mismos. Se ha argumentado con acierto que «nada daña más a los jóvenes que ser vigilados constantemente en cuanto a sus sentimientos, que sus rostros sean escrutados y que el ojo inquisidor de un espectador despiadado mida su sensibilidad. Bajo la presión de tales exámenes, no pueden pensar en otra cosa que no sea que los miran, y no sienten más que vergüenza o aprensión». [1329]

Causas morales: culpa . — Respecto al rubor por causas estrictamente morales, nos encontramos con el mismo principio fundamental que antes, a saber, la consideración por la opinión ajena. No es la conciencia la que provoca el rubor, pues una persona puede lamentar sinceramente una pequeña falta cometida en soledad, o puede sentir el más profundo remordimiento por un delito no detectado, pero no se ruborizará. «Me ruborizo», dice el Dr. Burgess [1330] , «en presencia de mis acusadores». No es el sentimiento de culpa, sino la idea de que otros nos consideren o sepan culpables, lo que enrojece el rostro. Una persona puede sentirse profundamente avergonzada por haber dicho una pequeña falsedad, sin ruborizarse; pero si siquiera sospecha que lo han descubierto, se ruborizará al instante, especialmente si lo descubre alguien a quien venera.

Por otro lado, un hombre puede estar convencido de que Dios es testigo de todas sus acciones, y puede ser profundamente consciente de alguna falta y orar pidiendo perdón; pero esto no provocará, como cree una dama muy ruborizada, un rubor. La explicación de esta diferencia entre el conocimiento de Dios y el conocimiento humano de nuestras acciones reside, supongo, en que la desaprobación humana de la conducta inmoral es similar a su desprecio por nuestra apariencia personal, de modo que, al asociarse, ambas conducen a resultados similares; mientras que la desaprobación de Dios no genera tal asociación.

Muchas personas se han ruborizado intensamente al ser acusadas de algún delito, a pesar de ser completamente inocentes. Incluso la idea, como me comentó la señora antes mencionada, de que otros piensen que hemos hecho un comentario desagradable o estúpido, es suficiente para provocar un rubor, aunque sepamos en todo momento que hemos sido completamente malinterpretados. Una acción puede ser meritoria o indiferente, pero una persona sensible, si sospecha que otros la ven de otra manera, se ruborizará. Por ejemplo, una dama puede dar dinero a un mendigo sin ruborizarse, pero si hay otras personas presentes y duda de su aprobación, o sospecha que la consideran influenciada por la ostentación, se ruborizará. Lo mismo ocurrirá si se ofrece a aliviar la angustia de una dama decadente, sobre todo de una a quien conoció en mejores circunstancias, ya que entonces no sabe cómo se percibirá su conducta. Pero casos como estos se convierten en timidez.

Infracciones de etiqueta. —Las reglas de etiqueta siempre se refieren a la conducta en presencia de otros o hacia ellos. Carecen de una conexión necesaria con la moral y a menudo carecen de sentido. Sin embargo, como dependen de la costumbre fija de nuestros iguales y superiores, cuya opinión valoramos mucho, se consideran casi tan vinculantes como las leyes del honor para un caballero. En consecuencia, la infracción de las leyes de etiqueta, es decir, cualquier descortesía o torpeza , cualquier incorrección o un comentario inapropiado, aunque sea accidental, provocará el rubor más intenso del que un hombre es capaz. Incluso el recuerdo de tal acto, después de muchos años, provocará un hormigueo en todo el cuerpo. Tan fuerte es, además, el poder de la compasión que una persona sensible, como me aseguró una dama, a veces se ruboriza ante una flagrante infracción de la etiqueta por parte de un completo desconocido, aunque el acto no le afecte en absoluto.

Modestia. —Este es otro poderoso factor que provoca rubor; pero la palabra modestia abarca estados mentales muy diferentes. Implica humildad, y a menudo la juzgamos por la gran satisfacción y el rubor que experimentan las personas ante un elogio insignificante, o por su molestia ante un elogio que les parece excesivo según su propio criterio de humildad. En este caso, ruborizarse tiene el significado habitual de consideración por la opinión ajena. Pero la modestia se relaciona frecuentemente con actos de indelicadeza; y la indelicadeza es una cuestión de etiqueta, como vemos claramente en las naciones que van completamente o casi desnudas. Quien es modesto y se ruboriza fácilmente ante actos de esta naturaleza, lo hace porque infringen una etiqueta firme y sabiamente establecida. Esto se demuestra, de hecho, por la derivación de la palabra modesto de modus , una medida o estándar de comportamiento. Un rubor debido a esta forma de modestia tiende, además, a ser intenso, porque generalmente se relaciona con el sexo opuesto. Y hemos visto cómo, en todos los casos, nuestra propensión a sonrojarnos aumenta. Aplicamos el término «modesto», al parecer, a quienes tienen una opinión humilde de sí mismos y a quienes son extremadamente sensibles a una palabra o acción indecorosa, simplemente porque en ambos casos el rubor se despierta fácilmente, pues estas dos mentalidades no tienen nada más en común. La timidez también, por esta misma causa, a menudo se confunde con modestia en el sentido de humildad.

Algunas personas se sonrojan, como he observado y me han asegurado, ante cualquier recuerdo repentino y desagradable. La causa más común parece ser el recuerdo repentino de no haber hecho algo prometido a otra persona. En este caso, puede ser que el pensamiento pase casi inconscientemente por la mente: "¿Qué pensará de mí?", y entonces el rubor se asemejaría a un rubor verdadero. Pero es muy dudoso que estos rubores se deban, en la mayoría de los casos, a una alteración de la circulación capilar; pues debemos recordar que casi todas las emociones fuertes, como la ira o la alegría intensa, actúan sobre el corazón y enrojecen el rostro.

El hecho de que el rubor pueda manifestarse en absoluta soledad parece opuesto a la opinión aquí defendida, a saber, que el hábito surgió originalmente de pensar en lo que los demás piensan de nosotros. Varias damas, que se ruborizan mucho, coinciden en cuanto a la soledad; y algunas creen haberse ruborizado en la oscuridad. Por lo que el Sr. Forbes ha afirmado respecto a los aymaras, y por mis propias sensaciones, no dudo de que esta última afirmación sea correcta. Shakespeare, por lo tanto, se equivocó al hacer que Julieta, que ni siquiera estaba sola, le dijera a Romeo (acto ii. escena 2):

“Sabes que la máscara de la noche está en mi rostro;
de lo contrario, un rubor de doncella pintaría mi mejilla,
por lo que me has oído decir esta noche”.

Pero cuando el rubor surge en soledad, la causa casi siempre se relaciona con lo que piensan los demás sobre nosotros: actos cometidos en su presencia o sospechados por ellos; o también cuando reflexionamos sobre lo que otros habrían pensado de nosotros si hubieran sabido del acto. Sin embargo, uno o dos de mis informantes creen haberse ruborizado de vergüenza por actos ajenos. De ser así, debemos atribuir el resultado a la fuerza de la costumbre y la asociación inveteradas, en un estado mental muy similar al que normalmente provoca el rubor; y no debemos sorprendernos, ya que se cree que incluso la compasión hacia otra persona que comete una flagrante falta de etiqueta, como acabamos de ver, a veces causa rubor.

Finalmente, concluyo que el rubor, ya sea por timidez, por vergüenza ante un delito real, por vergüenza ante una violación de las leyes de etiqueta, por modestia ante la humildad, o por modestia ante una indelicadeza, depende en todos los casos del mismo principio; este principio es una consideración sensible a la opinión, más particularmente a la depreciación de los demás, principalmente en relación con nuestra apariencia personal, especialmente de nuestros rostros; y secundariamente, a través de la fuerza de la asociación y el hábito, en relación con la opinión de los demás sobre nuestra conducta.

Teoría del rubor . — Ahora debemos considerar por qué la idea de que otros piensen en nosotros afecta nuestra circulación capilar. Sir C. Bell insiste [1331] en que el rubor «es una forma de expresión, como se infiere del color que se extiende únicamente a la superficie del rostro, el cuello y el pecho, las partes más expuestas. No se adquiere; es algo que viene del principio». El Dr. Burgess cree que fue diseñado por el Creador para «que el alma tuviera el poder soberano de mostrar en las mejillas las diversas emociones internas de los sentimientos morales»; para servir como freno para nosotros mismos y como señal para los demás de que estábamos violando reglas que deberían considerarse sagradas. Gratiolet se limita a comentar: “O, comme il est dans l'ordre de la Nature que l'être social le plus intelligent soit aussi le plus inteligible, cette faculté de rougeur et de pâleur qui distingue l'homme, est un signe natural de sa alta perfección”.

La creencia de que el rubor fue diseñado específicamente por el Creador se opone a la teoría general de la evolución, ampliamente aceptada en la actualidad; pero no es mi deber aquí argumentar sobre la cuestión general. Quienes creen en el diseño encontrarán difícil explicar por qué la timidez es la causa más frecuente y eficiente del rubor, ya que hace sufrir a quien se ruboriza y a quien lo observa, sin serles de ninguna utilidad. También les resultará difícil explicar por qué se ruborizan los negros y otras razas de piel oscura, en quienes el cambio de color de la piel es apenas o nada visible.

Sin duda, un ligero rubor realza la belleza del rostro de una doncella; y las mujeres circasianas capaces de ruborizarse invariablemente alcanzan un precio más alto en el seraolio del sultán que las mujeres menos susceptibles. [1332] Pero quien más cree en la eficacia de la selección sexual difícilmente supondrá que el rubor se adquirió como un adorno sexual. Esta opinión también se opondría a lo que se acaba de decir sobre las razas de piel oscura que se ruborizan de forma invisible.

La hipótesis que me parece más probable, aunque a primera vista pueda parecer precipitada, es que la atención dirigida directamente a cualquier parte del cuerpo tiende a interferir con la contracción normal y tónica de las pequeñas arterias de dicha parte. En consecuencia, estos vasos se relajan en esos momentos y se llenan instantáneamente de sangre arterial. Esta tendencia se habrá visto muy reforzada si se ha prestado atención frecuente durante muchas generaciones a la misma parte, gracias a la energía nerviosa que fluye fácilmente por los canales habituales y al poder de la herencia. Siempre que creemos que otros menosprecian o incluso consideran nuestra apariencia personal, nuestra atención se dirige vívidamente a las partes externas y visibles de nuestro cuerpo; y de todas estas partes, somos más sensibles a nuestro rostro, como sin duda ha sucedido durante muchas generaciones pasadas. Por lo tanto, suponiendo por el momento que la atención atenta pueda influir en los vasos capilares, los del rostro se habrán vuelto eminentemente susceptibles. Por la fuerza de la asociación, los mismos efectos tenderán a producirse siempre que pensemos que otros consideran o censuran nuestras acciones o nuestro carácter.

Dado que esta teoría se basa en el poder de la atención mental para influir en la circulación capilar, será necesario proporcionar una cantidad considerable de detalles que inciden de forma más o menos directa en este tema. Varios observadores [1333] , quienes, gracias a su amplia experiencia y conocimiento, son eminentemente capaces de formarse un juicio sólido, están convencidos de que la atención o consciencia (este último término, según Sir H. Holland, es el más explícito), concentrada en casi cualquier parte del cuerpo, produce algún efecto físico directo sobre ella. Esto se aplica a los movimientos de los músculos involuntarios y de los músculos voluntarios cuando actúan involuntariamente, a la secreción de las glándulas, a la actividad de los sentidos y sensaciones, e incluso a la nutrición de las partes.

Se sabe que los movimientos involuntarios del corazón se ven afectados si se les presta mucha atención. Gratiolet [1334] menciona el caso de un hombre que, al observar y contarse continuamente el pulso, logró que uno de cada seis latidos se entrecortara. Por otro lado, mi padre me habló de un observador cuidadoso, que ciertamente padeció una cardiopatía y falleció a causa de ella, y que afirmó categóricamente que su pulso era habitualmente irregular hasta un grado extremo; sin embargo, para su gran decepción, se regularizaba invariablemente en cuanto mi padre entraba en la habitación. Sir H. Holland señala que «el efecto sobre la circulación de una parte, a partir de la consciencia repentinamente dirigida y fijada en ella, suele ser obvio e inmediato». El profesor Laycock, quien ha estudiado con especial atención fenómenos de esta naturaleza, insiste en que «cuando se dirige la atención a cualquier parte del cuerpo, la inervación y la circulación se excitan localmente, y se desarrolla la actividad funcional de esa parte».

Generalmente se cree que los movimientos peristálticos intestinales se ven influenciados por la atención que se les presta en períodos fijos y recurrentes; y estos movimientos dependen de la contracción de músculos no estriados e involuntarios. Se sabe que la acción anormal de los músculos voluntarios en la epilepsia, la corea y la histeria se ve influenciada por la expectativa de un ataque y por la visión de otros pacientes con afecciones similares. Lo mismo ocurre con los actos involuntarios de bostezar y reír.

Ciertas glándulas se ven muy influenciadas por el pensamiento sobre ellas o por las condiciones en las que se han excitado habitualmente. Esto es familiar para todos: el aumento del flujo salival, al pensar, por ejemplo, en una fruta intensamente ácida. En nuestro sexto capítulo se demostró que un deseo intenso y prolongado de reprimir o aumentar la acción de las glándulas lagrimales es eficaz. Se han registrado algunos casos curiosos en mujeres sobre el poder de la mente sobre las glándulas mamarias; y otros aún más notables en relación con las funciones uterinas.

Véase Gratiolet sobre este tema, De la Phys., pág. 287. El Dr. J. Crichton Browne, a partir de sus observaciones sobre enfermos mentales, está convencido de que la atención dirigida durante un período prolongado a cualquier parte u órgano puede, en última instancia, influir en su circulación capilar y nutrición. Me ha descrito algunos casos extraordinarios; uno de ellos, que no se puede relatar aquí en detalle, se refiere a una mujer casada de cincuenta años que sufría la constante y persistente ilusión de estar embarazada. Al llegar la menstruación, actuaba como si realmente hubiera dado a luz y parecía sufrir un dolor extremo, hasta el punto de que le brotaba sudor en la frente. Como resultado, reapareció un estado que se prolongó durante tres días y que había cesado durante los seis años anteriores. El Sr. Braid, en su obra «Magia, Hipnotismo», etc., 1852, pág. 95, y en sus otras obras casos análogos, así como otros hechos que muestran la gran influencia de la voluntad sobre las glándulas mamarias, incluso en un solo pecho.

Cuando dirigimos toda nuestra atención a un sentido, su agudeza aumenta; [1340] y el hábito continuo de prestar atención, como en el caso de las personas ciegas al oído y en el de los ciegos y sordos al tacto, parece mejorar permanentemente dicho sentido. También hay razones para creer, a juzgar por las capacidades de las diferentes razas humanas, que los efectos son hereditarios. En cuanto a las sensaciones comunes, es bien sabido que el dolor aumenta al prestarle atención; y Sir B. Brodie llega a creer que puede sentirse en cualquier parte del cuerpo a la que se preste mucha atención. [1341] Sir H. Holland también señala que no solo nos volvemos conscientes de la existencia de una parte sujeta a atención concentrada, sino que experimentamos en ella diversas sensaciones extrañas, como peso, calor, frío, hormigueo o picazón. [1342]

Finalmente, algunos fisiólogos sostienen que la mente puede influir en la nutrición de ciertas partes del cuerpo. Sir J. Paget ha dado un curioso ejemplo del poder, no precisamente de la mente, sino del sistema nervioso, sobre el cabello. Una mujer «que sufre ataques de lo que se conoce como cefalea nerviosa, siempre descubre a la mañana siguiente que algunas zonas de su cabello están blancas, como si estuvieran espolvoreadas con almidón. El cambio se produce en una noche, y a los pocos días, el cabello recupera gradualmente su color marrón oscuro». [1343]

Vemos así que la atención minuciosa afecta sin duda a diversas partes y órganos que no están bajo el control de la voluntad. El mecanismo por el cual se efectúa la atención —quizás el más maravilloso de todos los poderes prodigiosos de la mente— es un tema extremadamente oscuro. Según Müller [1344] , el proceso por el cual las células sensoriales del cerebro se vuelven, a través de la voluntad, susceptibles de recibir impresiones más intensas y nítidas, es estrechamente análogo a aquel por el cual las células motoras se excitan para enviar fuerza nerviosa a los músculos voluntarios. Existen muchos puntos de analogía en la acción de las células nerviosas sensoriales y motoras; por ejemplo, el hecho conocido de que la atención minuciosa a cualquier sentido causa fatiga, como el esfuerzo prolongado de cualquier músculo. [1345] Por lo tanto, cuando concentramos voluntariamente nuestra atención en cualquier parte del cuerpo, es probable que las células del cerebro que reciben impresiones o sensaciones de esa parte se activen de alguna manera desconocida. Esto puede explicar, sin que se produzca ningún cambio local en la parte a la que se dirige con ahínco nuestra atención, que allí se sientan o aumenten dolores o sensaciones extrañas.

Sin embargo, si la parte está provista de músculos, no podemos estar seguros, como me ha comentado el Sr. Michael Foster, de que no se envíe inconscientemente un ligero impulso a dichos músculos; y esto probablemente causaría una sensación oscura en la parte.

En un gran número de casos, como en el caso de las glándulas salivales y lagrimales, el tracto intestinal, etc., la capacidad de atención parece residir, ya sea principalmente o, como creen algunos fisiólogos, exclusivamente, en la afectación del sistema vasomotor, de tal manera que se permite un mayor flujo sanguíneo hacia los capilares de la zona afectada. Este aumento de la actividad capilar puede, en algunos casos, ir acompañado de un aumento simultáneo de la actividad sensorial.

La manera en que la mente afecta al sistema vasomotor puede concebirse de la siguiente manera. Cuando saboreamos una fruta ácida, se envía una impresión a través de los nervios gustativos a una parte específica del sensorio; esto transmite fuerza nerviosa al centro vasomotor, lo que, en consecuencia, permite que las capas musculares de las pequeñas arterias que permean las glándulas salivales se relajen. De esta manera, fluye más sangre hacia estas glándulas, que secretan una abundante cantidad de saliva. Ahora bien, no parece improbable que, cuando reflexionamos intensamente sobre una sensación, la misma parte del sensorio, o una parte estrechamente relacionada con ella, entre en estado de actividad, de la misma manera que cuando percibimos la sensación. De ser así, las mismas células cerebrales se excitarán, aunque quizás en menor grado, al pensar vívidamente en un sabor agrio que al percibirlo; y transmitirán, tanto en un caso como en el otro, fuerza nerviosa al centro vasomotor con los mismos resultados.

Para dar otro ejemplo, en cierto modo más apropiado. Si un hombre se encuentra frente a una hoguera, su rostro se enrojece. Esto parece deberse, según me informa el Sr. Michael Foster, en parte a la acción local del calor y en parte a un reflejo de los centros vasomotores. [1346] En este último caso, el calor afecta a los nervios faciales; estos transmiten una impresión a las células sensoriales del cerebro, que actúan sobre el centro vasomotor, y este reacciona sobre las pequeñas arterias faciales, relajándolas y permitiendo que se llenen de sangre. De nuevo, parece probable que si concentráramos nuestra atención repetidamente con gran intensidad en el recuerdo de nuestros rostros acalorados, la misma parte del sensorio que nos da la conciencia del calor real se estimularía ligeramente y, en consecuencia, tendería a transmitir cierta fuerza nerviosa a los centros vasomotores, relajando así los capilares faciales. Dado que durante incontables generaciones los hombres han prestado atención frecuente y seria a su apariencia personal, y en especial a sus rostros, cualquier tendencia incipiente en los capilares faciales a verse así se habrá visto considerablemente fortalecida con el paso del tiempo gracias a los principios antes mencionados, a saber, la energía nerviosa que circula fácilmente por los canales habituales y el hábito heredado. Por lo tanto, en mi opinión, se ofrece una explicación plausible de los principales fenómenos relacionados con el rubor.

Recapitulación. —Hombres y mujeres, y especialmente los jóvenes, siempre han valorado en gran medida su apariencia personal; así como la de los demás. El rostro ha sido el principal objeto de atención, aunque, cuando el hombre andaba desnudo, se le prestaba atención a toda la superficie de su cuerpo. Nuestra autoatención se centra casi exclusivamente en la opinión ajena, pues nadie que viva en absoluta soledad se preocuparía por su apariencia. Todos sentimos la censura con mayor intensidad que los elogios. Ahora bien, siempre que sabemos o suponemos que otros menosprecian nuestra apariencia personal, nuestra atención se dirige con fuerza hacia nosotros mismos, especialmente hacia nuestros rostros. El efecto probable de esto será, como se acaba de explicar, activar la parte del sensorio que recibe los nervios sensoriales del rostro; y esto reaccionará a través del sistema vasomotor en los capilares faciales. Por la frecuente reiteración durante innumerables generaciones, el proceso se habrá vuelto tan habitual, asociado con la creencia de que otros piensan en nosotros, que incluso la sospecha de su desprecio basta para relajar los capilares, sin que pensemos conscientemente en nuestros rostros. En algunas personas sensibles, basta con fijarse en su vestimenta para producir el mismo efecto. Asimismo, por la fuerza de la asociación y la herencia, nuestros capilares se relajan siempre que sabemos o imaginamos que alguien critica, aunque en silencio, nuestras acciones, pensamientos o carácter; y, de nuevo, cuando recibimos grandes elogios.

Con esta hipótesis, podemos comprender por qué el rostro se sonroja mucho más que cualquier otra parte del cuerpo, aunque toda la superficie se ve algo afectada, sobre todo en las razas que aún andan casi desnudas. No sorprende en absoluto que las razas de piel oscura se sonrojen, aunque no se observe ningún cambio de color en su piel. A partir del principio de la herencia, no sorprende que las personas ciegas de nacimiento se sonrojen. Podemos comprender por qué los jóvenes se ven mucho más afectados que los ancianos, y las mujeres más que los hombres; y por qué los sexos opuestos se excitan especialmente mutuamente el sonrojo. Resulta obvio por qué los comentarios personales son particularmente propensos a causar sonrojo, y por qué la más poderosa de todas las causas es la timidez; pues la timidez se relaciona con la presencia y la opinión de los demás, y los tímidos siempre son más o menos conscientes de sí mismos. Con respecto a la vergüenza real derivada de las faltas morales, podemos comprender por qué no es la culpa, sino la idea de que otros nos consideren culpables, lo que provoca el sonrojo. Un hombre que reflexiona sobre un delito cometido en soledad, y con remordimientos, no se ruboriza; sin embargo, sí lo hará ante el vívido recuerdo de una falta detectada, o de una cometida en presencia de otros; el grado de rubor está estrechamente relacionado con el sentimiento de respeto hacia quienes han detectado, presenciado o sospechado su falta. Las infracciones de las normas convencionales de conducta, si nuestros iguales o superiores insisten rígidamente en ellas, a menudo causan rubores incluso más intensos que un delito detectado, y un acto realmente criminal, si no es censurado por nuestros iguales, apenas nos ruboriza. La modestia, ya sea por humildad o por falta de delicadeza, provoca un rubor intenso, ya que ambas se relacionan con el juicio o las costumbres fijas de los demás.

Debido a la estrecha conexión que existe entre la circulación capilar de la superficie de la cabeza y la del cerebro, siempre que hay un rubor intenso, se produce cierta confusión mental, a menudo grave. Esto suele ir acompañado de movimientos torpes y, a veces, de contracciones involuntarias de ciertos músculos.

Como el rubor, según esta hipótesis, es un resultado indirecto de la atención, dirigida originalmente a nuestra apariencia personal, es decir, a la superficie del cuerpo, y más especialmente al rostro, podemos comprender el significado de los gestos que lo acompañan en todo el mundo. Estos consisten en ocultar el rostro, girarlo hacia el suelo o hacia un lado. La mirada generalmente se desvía o se muestra inquieta, pues mirar a la persona que nos causa vergüenza o timidez nos hace comprender de inmediato, de forma intolerable, la conciencia de que su mirada se dirige hacia nosotros. Por el principio del hábito asociado, se practican los mismos movimientos del rostro y los ojos, y, de hecho, es difícil evitarlos, siempre que sepamos o creamos que otros están criticando o elogiando con demasiada vehemencia nuestra conducta moral.

CAPÍTULO XIV.
CONCLUSIONES Y RESUMEN.

Los tres principios rectores que han determinado los movimientos principales de la expresión—Su herencia—Sobre el papel que la voluntad y la intención han desempeñado en la adquisición de diversas expresiones—El reconocimiento instintivo de la expresión—La relación de nuestro tema con la unidad específica de las razas humanas—Sobre la adquisición sucesiva de diversas expresiones por los progenitores del hombre—La importancia de la expresión—Conclusión.

He descrito, lo mejor que he podido, las principales acciones expresivas en el hombre y en algunos animales inferiores. También he intentado explicar el origen o desarrollo de estas acciones mediante los tres principios expuestos en el primer capítulo. El primero de estos principios es que los movimientos que sirven para satisfacer un deseo o aliviar una sensación, si se repiten con frecuencia, se vuelven tan habituales que se realizan, independientemente de si son útiles o no, siempre que se siente el mismo deseo o sensación, incluso en un grado muy leve.

Nuestro segundo principio es el de la antítesis. El hábito de realizar voluntariamente movimientos opuestos bajo impulsos opuestos se ha arraigado en nosotros con la práctica de toda la vida. Por lo tanto, si ciertas acciones se han realizado regularmente, de acuerdo con nuestro primer principio, bajo un estado mental determinado, habrá una fuerte tendencia involuntaria a realizar acciones directamente opuestas, independientemente de si estas son útiles o no, bajo la influencia de un estado mental opuesto.

Nuestro tercer principio es la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo, independientemente de la voluntad y, en gran medida, del hábito. La experiencia demuestra que la fuerza nerviosa se genera y se libera siempre que se excita el sistema cerebroespinal. La dirección que sigue esta fuerza nerviosa está necesariamente determinada por las líneas de conexión entre las células nerviosas, entre sí y con las diversas partes del cuerpo. Pero la dirección también está muy influenciada por el hábito, ya que la fuerza nerviosa fluye fácilmente por los canales habituales.

Las acciones frenéticas e insensatas de un hombre enfurecido pueden atribuirse en parte al flujo no dirigido de fuerza nerviosa y en parte a los efectos del hábito, pues estas acciones a menudo representan vagamente el acto de golpear. Así, se convierten en gestos incluidos en nuestro primer principio; como cuando un hombre indignado inconscientemente adopta una actitud adecuada para atacar a su oponente, aunque sin intención de atacar realmente. Vemos también la influencia del hábito en todas las emociones y sensaciones llamadas excitantes; pues han adquirido este carácter al haber conducido habitualmente a una acción enérgica; y la acción afecta, indirectamente, a los sistemas respiratorio y circulatorio; y este último reacciona sobre el cerebro. Siempre que percibimos estas emociones o sensaciones, aunque en ese momento no nos lleven a ningún esfuerzo, todo nuestro sistema se ve perturbado por la fuerza del hábito y la asociación. Otras emociones y sensaciones se denominan depresivas porque no suelen provocar una acción enérgica, salvo al principio, como en el caso del dolor extremo, el miedo y la pena, y finalmente han causado un agotamiento total; por consiguiente, se expresan principalmente mediante signos negativos y postración. Asimismo, existen otras emociones, como el afecto, que no suelen provocar ningún tipo de acción y, por consiguiente, no se manifiestan mediante signos externos muy marcados. El afecto, en la medida en que es una sensación placentera, provoca los signos ordinarios de placer.

Por otro lado, muchos de los efectos debidos a la excitación del sistema nervioso parecen ser completamente independientes del flujo de fuerza nerviosa por los canales que se han vuelto habituales debido a esfuerzos previos de la voluntad. Dichos efectos, que a menudo revelan el estado mental de la persona afectada, no pueden explicarse en la actualidad; por ejemplo, el cambio de color del cabello por terror o dolor extremos, el sudor frío y el temblor muscular por miedo, la alteración de las secreciones intestinales y la inactividad de ciertas glándulas.

Aunque aún quedan muchas cosas ininteligibles en nuestro tema actual, muchos movimientos y acciones expresivas pueden explicarse hasta cierto punto a través de los tres principios citados anteriormente, de modo que podemos esperar que en el futuro todos sean explicados por éstos o por principios estrechamente análogos.

Cualquier tipo de acción, si acompaña regularmente cualquier estado mental, se reconoce de inmediato como expresiva. Estas pueden consistir en movimientos de cualquier parte del cuerpo, como el meneo de la cola de un perro, el encogimiento de hombros de un hombre, la erización del cabello, la sudoración, el estado de la circulación capilar, la respiración dificultosa y el uso de instrumentos vocales u otros instrumentos sonoros. Incluso los insectos expresan ira, terror, celos y amor mediante su estridulación. En el ser humano, los órganos respiratorios son de especial importancia para la expresión, no solo de forma directa, sino, en mayor grado, de forma indirecta.

Pocos puntos son más interesantes en nuestro tema actual que la extraordinariamente compleja cadena de eventos que conducen a ciertos movimientos expresivos. Tomemos, por ejemplo, las cejas oblicuas de un hombre que sufre de dolor o ansiedad. Cuando los bebés gritan con fuerza de hambre o dolor, la circulación se ve afectada y los ojos tienden a llenarse de sangre; en consecuencia, los músculos que rodean los ojos se contraen fuertemente como protección. Esta acción, a lo largo de muchas generaciones, se ha arraigado y heredado. Pero cuando, con el paso de los años y la cultura, el hábito de gritar se reprime parcialmente, los músculos que rodean los ojos aún tienden a contraerse ante la más mínima molestia. De estos músculos, los piramidales de la nariz están menos sujetos al control de la voluntad que los demás, y su contracción solo puede ser frenada por la de las fascias centrales del músculo frontal. Estas últimas fascias levantan los extremos internos de las cejas y arrugan la frente de una manera peculiar, que reconocemos al instante como expresión de dolor o ansiedad. Movimientos leves, como los que acabamos de describir, o la apenas perceptible contracción de las comisuras de los labios, son los últimos vestigios o rudimentos de movimientos muy marcados e inteligibles. Son tan significativos para nosotros en cuanto a la expresión, como lo son los rudimentos comunes para el naturalista en la clasificación y genealogía de los seres orgánicos.

Todos admiten que las principales acciones expresivas, exhibidas por el hombre y por los animales inferiores, son ahora innatas o heredadas, es decir, no han sido aprendidas por el individuo. El aprendizaje o la imitación tienen tan poca influencia en varias de ellas que, desde los primeros días y a lo largo de la vida, escapan por completo a nuestro control; por ejemplo, la relajación de las arterias de la piel al ruborizarse y el aumento de la actividad del corazón al enfadarse. Podemos ver a niños de tan solo dos o tres años, e incluso a los ciegos de nacimiento, ruborizarse de vergüenza; y el cuero cabelludo desnudo de un bebé muy pequeño enrojecerse de ira. Los bebés gritan de dolor inmediatamente después de nacer, y todos sus rasgos adquieren entonces la misma forma que durante los años posteriores. Estos hechos por sí solos bastan para demostrar que muchas de nuestras expresiones más importantes no han sido aprendidas; pero es notable que algunas, que son ciertamente innatas, requieran práctica individual antes de que se manifiesten de forma completa y perfecta; por ejemplo, llorar y reír. La herencia de la mayoría de nuestras acciones expresivas explica que quienes nacen ciegos las muestren, como me dice el reverendo R.H. Blair, con la misma facilidad que quienes tienen vista. Así, podemos comprender también que jóvenes y ancianos de razas muy diferentes, tanto humanos como animales, expresen el mismo estado mental mediante los mismos movimientos.

Estamos tan familiarizados con el hecho de que animales jóvenes y viejos manifiestan sus sentimientos de la misma manera, que apenas percibimos lo extraordinario que resulta que un cachorro mueva la cola cuando está contento, baje las orejas y descubra los caninos cuando finge estar furioso, como un perro viejo; o que un gatito arquee su lomo y erice el pelo cuando está asustado y enfadado, como un gato viejo. Sin embargo, cuando recurrimos a gestos menos comunes en nosotros, que solemos considerar artificiales o convencionales —como encogerse de hombros, como signo de impotencia, o levantar los brazos con las manos abiertas y los dedos extendidos, como signo de asombro—, nos sorprende demasiado descubrir que son innatos. Podemos inferir que estos y otros gestos son hereditarios al ser realizados por niños muy pequeños, ciegos de nacimiento y las razas humanas más diversas. También debemos tener presente que se sabe que en ciertos individuos surgieron trucos nuevos y sumamente peculiares, asociados con ciertos estados mentales, y que luego se transmitieron a su descendencia, en algunos casos, durante más de una generación.

Ciertos otros gestos, que nos parecen tan naturales que fácilmente podríamos imaginar que son innatos, aparentemente se han aprendido como las palabras de un idioma. Este parece ser el caso de unir las manos y levantar la mirada al rezar. Lo mismo ocurre con el beso como muestra de afecto; pero este es innato, en la medida en que depende del placer que se deriva del contacto con la persona amada. La evidencia respecto a la herencia de asentir y negar con la cabeza, como signos de afirmación y negación, es dudosa; pues no son universales, pero parecen demasiado generales como para haber sido adquiridos independientemente por todos los individuos de tantas razas.

Ahora consideraremos hasta qué punto la voluntad y la consciencia han influido en el desarrollo de los diversos movimientos de expresión. Hasta donde sabemos, solo unos pocos movimientos expresivos, como los que acabamos de mencionar, son aprendidos por cada individuo; es decir, se realizaron consciente y voluntariamente durante los primeros años de vida con un objetivo definido o imitando a otros, y luego se convirtieron en habituales. La mayor parte de los movimientos de expresión, y los más importantes, son, como hemos visto, innatos o heredados; y no puede decirse que dependan de la voluntad del individuo. Sin embargo, todos los incluidos en nuestro primer principio se realizaron inicialmente voluntariamente con un objetivo definido, a saber, para escapar de un peligro, aliviar una angustia o satisfacer un deseo. Por ejemplo, es casi indudable que los animales que luchan con los dientes adquirieron el hábito de retraer las orejas cuando se sienten salvajes, debido a que sus progenitores actuaron voluntariamente de esta manera para protegerlas de ser desgarradas por sus antagonistas; pues los animales que no luchan con los dientes no expresan así un estado mental salvaje. Podemos inferir como muy probable que nosotros mismos hayamos adquirido el hábito de contraer los músculos que rodean los ojos al llorar suavemente, es decir, sin emitir ningún sonido fuerte, debido a que nuestros progenitores, especialmente durante la infancia, experimentaron, al gritar, una sensación incómoda en los globos oculares. Asimismo, algunos movimientos muy expresivos resultan del intento de contener o evitar otros movimientos expresivos; así, la oblicuidad de las cejas y el descenso de las comisuras de la boca se deben al intento de evitar un ataque de gritos o de contenerlo después de que se produzca. Aquí es evidente que primero deben haber entrado en juego la conciencia y la voluntad; no que seamos conscientes en estos o en otros casos similares de qué músculos se ponen en acción, como tampoco lo somos cuando realizamos los movimientos voluntarios más ordinarios.

Con respecto a los movimientos expresivos debidos al principio de antítesis, es evidente que la voluntad ha intervenido, aunque de forma remota e indirecta. Lo mismo ocurre con los movimientos comprendidos en nuestro tercer principio; estos, en la medida en que están influenciados por la fuerza nerviosa que circula fácilmente por los canales habituales, han sido determinados por esfuerzos anteriores y repetidos de la voluntad. Los efectos indirectamente debidos a este último factor a menudo se combinan de forma compleja, mediante la fuerza del hábito y la asociación, con los que resultan directamente de la excitación del sistema cerebroespinal. Este parece ser el caso del aumento de la actividad cardíaca bajo la influencia de cualquier emoción intensa. Cuando un animal eriza su pelaje, adopta una actitud amenazante y emite sonidos feroces para aterrorizar a un enemigo, observamos una curiosa combinación de movimientos originalmente voluntarios con otros involuntarios. Sin embargo, es posible que incluso acciones estrictamente involuntarias, como erizar el pelaje, hayan sido afectadas por el misterioso poder de la voluntad.

Algunos movimientos expresivos podrían haber surgido espontáneamente, asociados a ciertos estados mentales, como los trucos mencionados anteriormente, y posteriormente haber sido heredados. Pero no conozco ninguna prueba que haga probable esta opinión.

El poder de comunicación entre los miembros de una misma tribu mediante el lenguaje ha sido de suma importancia en el desarrollo del hombre; y la fuerza del lenguaje se ve muy favorecida por los movimientos expresivos del rostro y el cuerpo. Lo percibimos de inmediato al conversar sobre un tema importante con cualquier persona que tenga el rostro oculto. Sin embargo, no hay fundamento, hasta donde he podido descubrir, para creer que algún músculo se haya desarrollado o incluso modificado exclusivamente con fines expresivos. Los órganos vocales y otros órganos productores de sonido, mediante los cuales se producen diversos sonidos expresivos, parecen constituir una excepción parcial; pero en otro lugar he intentado demostrar que estos órganos se desarrollaron inicialmente con fines sexuales, para que un sexo pudiera atraer o cautivar al otro. Tampoco encuentro fundamentos para creer que cualquier movimiento heredado, que ahora sirve como medio de expresión, se realizara inicialmente de forma voluntaria y consciente con este propósito específico, como algunos de los gestos y el lenguaje de los dedos que utilizan los sordomudos. Por el contrario, todo movimiento de expresión, verdadero o heredado, parece haber tenido un origen natural e independiente. Pero una vez adquiridos, estos movimientos pueden emplearse voluntaria y conscientemente como medio de comunicación. Incluso los bebés, si se les presta atención, descubren a temprana edad que gritar les proporciona alivio y pronto lo practican voluntariamente. Con frecuencia vemos a una persona levantar las cejas voluntariamente para expresar sorpresa o sonreír para fingir satisfacción y aquiescencia. Un hombre a menudo desea hacer ciertos gestos llamativos o demostrativos, y levanta los brazos extendidos con los dedos bien abiertos por encima de la cabeza para mostrar asombro, o se lleva los hombros hasta las orejas para indicar que no puede o no quiere hacer algo. La tendencia a estos movimientos se verá reforzada o incrementada al realizarse de forma voluntaria y repetida; y sus efectos pueden ser hereditarios.

Quizás valga la pena considerar si los movimientos que al principio solo utilizaban uno o unos pocos individuos para expresar cierto estado mental no se han extendido a otros, y finalmente se han universalizado, mediante el poder de la imitación consciente e inconsciente. Es cierto que existe en el ser humano una fuerte tendencia a la imitación, independientemente de la voluntad consciente. Esto se manifiesta de forma extraordinaria en ciertas enfermedades cerebrales, especialmente al comienzo del reblandecimiento inflamatorio del cerebro, y se ha denominado «signo eco». Los pacientes así afectados imitan, sin comprender, cada gesto absurdo que se hace y cada palabra que se pronuncia cerca de ellos, incluso en un idioma extranjero. [1401] En el caso de los animales, el chacal y el lobo han aprendido en confinamiento a imitar el ladrido del perro. Cómo se aprendió por primera vez el ladrido del perro, que sirve para expresar diversas emociones y deseos, y que es tan notable por haber sido adquirido desde que el animal fue domesticado y por ser heredado en diferentes grados por diferentes razas, es algo que desconocemos. ¿Pero no podemos sospechar que la imitación ha tenido algo que ver con su adquisición, debido a que los perros han vivido durante mucho tiempo en estricta asociación con un animal tan locuaz como el hombre?

En el curso de las observaciones anteriores y a lo largo de este volumen, he experimentado a menudo mucha dificultad en la correcta aplicación de los términos voluntad, conciencia e intención. Acciones que al principio eran voluntarias pronto se volvieron habituales y finalmente hereditarias, pudiendo incluso realizarse en contra de la voluntad. Aunque a menudo revelan el estado mental, este resultado no fue inicialmente intencionado ni esperado. Incluso palabras como «ciertos movimientos sirven como medio de expresión» pueden ser engañosas, ya que implican que este era su propósito u objetivo principal. Sin embargo, esto parece haber ocurrido rara vez o nunca, ya que los movimientos fueron inicialmente de utilidad directa o efecto indirecto de la excitación sensorial. Un bebé puede gritar, ya sea intencional o instintivamente, para expresar que quiere comida; pero no desea ni pretende adoptar la peculiar forma que tan claramente indica sufrimiento; sin embargo, algunas de las expresiones más características del ser humano se derivan del acto de gritar, como se ha explicado.

Aunque la mayoría de nuestras acciones expresivas son innatas o instintivas, como todos admiten, es otra cuestión si tenemos la capacidad instintiva de reconocerlas. Generalmente se ha asumido que así es; sin embargo, M. Lemoine ha refutado firmemente esta suposición. [1402] Los monos aprenden pronto a distinguir no solo el tono de voz de sus amos, sino también la expresión de sus rostros, como afirma un observador atento. [1403] Los perros conocen bien la diferencia entre gestos o tonos cariñosos y amenazantes; y parecen reconocer un tono compasivo. Pero, por lo que he podido deducir, tras repetidos intentos, no comprenden ningún movimiento limitado a los rasgos, salvo una sonrisa o una risa; y esto sí parecen reconocerlo, al menos en algunos casos. Este limitado conocimiento probablemente lo han adquirido, tanto los monos como los perros, al asociar el trato duro o amable con nuestras acciones; y este conocimiento, ciertamente, no es instintivo. Sin duda, los niños aprenderían pronto los movimientos de expresión de sus mayores, igual que los animales aprenden los del hombre. Además, cuando un niño llora o ríe, sabe de forma general lo que hace y lo que siente; de modo que un pequeño ejercicio de razonamiento le indicaría qué significaba llorar o reír en otros. Pero la pregunta es: ¿nuestros niños adquieren su conocimiento de la expresión únicamente por experiencia, mediante la asociación y el razonamiento?

Como la mayoría de los movimientos de expresión debieron adquirirse gradualmente, volviéndose posteriormente instintivos, parece existir cierta probabilidad a priori de que su reconocimiento también se hubiera vuelto instintivo. Al menos, no hay mayor dificultad en creer esto que en admitir que, cuando una cuadrúpeda hembra tiene sus primeras crías, reconoce el grito de angustia de sus crías, o que en admitir que muchos animales reconocen y temen instintivamente a sus enemigos; y de ambas afirmaciones no cabe duda razonable. Sin embargo, es extremadamente difícil demostrar que nuestros hijos reconocen instintivamente cualquier expresión. Presté atención a este punto en mi primogénito, quien no habría aprendido nada relacionándose con otros niños, y estaba convencido de que entendía una sonrisa y disfrutaba viéndola, respondiéndola con otra, a una edad demasiado temprana para haber aprendido algo por experiencia. Cuando este niño tenía unos cuatro meses, hacía en su presencia muchos ruidos y muecas extrañas, e intentaba parecer salvaje; Pero los ruidos, si no eran demasiado fuertes, así como las muecas, se tomaban como buenos chistes; y en aquel momento lo atribuí a que iban precedidos o acompañados de sonrisas. A los cinco meses, parecía comprender una expresión y un tono de voz compasivos. Pocos días después de los seis meses, su niñera fingió llorar, y vi que su rostro adoptó al instante una expresión melancólica, con las comisuras de los labios muy deprimidas; este niño rara vez habría visto llorar a otro niño, y nunca a una persona adulta, y dudo que a tan temprana edad pudiera razonar al respecto. Por lo tanto, me parece que un sentimiento innato le debió indicar que el llanto fingido de su niñera expresaba dolor; y esto, por el instinto de compasión, le provocó dolor.

M. Lemoine argumenta que, si el hombre poseyera un conocimiento innato de la expresión, a autores y artistas no les habría resultado tan difícil, como es notorio, describir y representar los signos característicos de cada estado mental particular. Pero este no me parece un argumento válido. Podemos observar cómo la expresión cambia de manera inconfundible en un hombre o animal, y sin embargo ser incapaces, como sé por experiencia, de analizar la naturaleza del cambio. En las dos fotografías que Duchenne proporcionó del mismo anciano (Lámina III, figs. 5 y 6), casi todos reconocieron que una representaba una sonrisa verdadera y la otra una falsa; pero me ha resultado muy difícil determinar en qué consiste la diferencia. A menudo me ha parecido curioso que tantos matices de expresión se reconozcan instantáneamente sin ningún proceso consciente de análisis por nuestra parte. Nadie, creo, puede describir con claridad una expresión hosca o astuta; Sin embargo, muchos observadores coinciden en que estas expresiones pueden reconocerse en las diversas razas humanas. Casi todos a quienes les mostré la fotografía de Duchenne del joven con cejas oblicuas (Lámina II, fig. 2) declararon de inmediato que expresaba pena o algún sentimiento similar; sin embargo, probablemente ninguna de estas personas, ni una entre mil, podría haber dicho de antemano algo preciso sobre la oblicuidad de las cejas con sus extremos internos fruncidos, o sobre los surcos rectangulares en la frente. Lo mismo ocurre con muchas otras expresiones, de las que he tenido experiencia práctica en la dificultad que supone instruir a otros sobre qué puntos observar. Si, entonces, la gran ignorancia de los detalles no nos impide reconocer con certeza y prontitud diversas expresiones, no veo cómo esta ignorancia puede esgrimirse como argumento de que nuestro conocimiento, aunque vago y general, no es innato.

Me he esforzado por demostrar con considerable detalle que todas las expresiones principales exhibidas por el hombre son las mismas en todo el mundo. Este hecho es interesante, ya que ofrece un nuevo argumento a favor de que las diversas razas descienden de un único linaje parental, que debió haber sido casi completamente humano en estructura y, en gran medida, en mente, antes del período en que las razas divergieron. Sin duda, estructuras similares, adaptadas para el mismo propósito, a menudo han sido adquiridas independientemente mediante variación y selección natural por especies distintas; pero este punto de vista no explica la estrecha similitud entre especies distintas en una multitud de detalles sin importancia. Ahora bien, si tenemos en cuenta los numerosos puntos de estructura que no tienen relación con la expresión, en los que todas las razas humanas coinciden estrechamente, y a ellos añadimos los numerosos puntos, algunos de suma importancia y muchos de valor insignificante, de los que dependen directa o indirectamente los movimientos de expresión, me parece sumamente improbable que tanta similitud, o mejor dicho, identidad de estructura, pudiera haberse adquirido por medios independientes. Sin embargo, este debió ser el caso si las razas humanas descienden de varias especies aborígenes distintas. Es mucho más probable que las numerosas similitudes entre las diversas razas se deban a la herencia de una única forma progenitora, que ya había adquirido un carácter humano.

Es una curiosa, aunque quizás una especulación ociosa, cuán tempranamente, en la larga línea de nuestros progenitores, se adquirieron sucesivamente los diversos movimientos expresivos que ahora exhibe el hombre. Las siguientes observaciones servirán al menos para recordar algunos de los puntos principales tratados en este volumen. Podemos creer con seguridad que la risa, como signo de placer o disfrute, fue practicada por nuestros progenitores mucho antes de que merecieran ser llamados humanos; pues muchas especies de monos, cuando están complacidos, emiten un sonido reiterado, claramente análogo a nuestra risa, a menudo acompañado de movimientos vibratorios de las mandíbulas o los labios, con las comisuras de la boca hacia atrás y hacia arriba, arrugando las mejillas e incluso iluminando los ojos.

Podemos asimismo inferir que el miedo era expresado desde un período extremadamente remoto, casi de la misma manera en que lo hace ahora el hombre, es decir, mediante temblores, erización del cabello, sudor frío, palidez, ojos muy abiertos, relajación de la mayoría de los músculos y con todo el cuerpo encorvado o mantenido inmóvil.

El sufrimiento, si es grande, habrá provocado desde el principio gritos o gemidos, contorsiones corporales y rechinar de dientes. Pero nuestros progenitores no exhibieron esos movimientos faciales tan expresivos que acompañan al grito y al llanto hasta que sus órganos circulatorios y respiratorios, y los músculos que rodean los ojos, adquirieron su estructura actual. El llanto parece haberse originado por un reflejo de la contracción espasmódica de los párpados, junto quizás con la acumulación de sangre en los globos oculares durante el grito. Por lo tanto, el llanto probablemente apareció bastante tarde en nuestra línea de descendencia; y esta conclusión concuerda con el hecho de que nuestros parientes más cercanos, los simios antropomorfos, no lloran. Pero debemos ser cautelosos, ya que, como ciertos monos, no estrechamente emparentados con el hombre, lloran, este hábito podría haberse desarrollado hace mucho tiempo en una subrama del grupo del que deriva el hombre. Nuestros primeros antepasados, cuando sufrían de pena o ansiedad, no habrían fruncido el ceño ni habrían bajado las comisuras de los labios hasta que adquirieron el hábito de esforzarse por contener los gritos. La expresión, por lo tanto, de pena y ansiedad es eminentemente humana.

La ira se expresó en una etapa muy temprana mediante gestos amenazantes o frenéticos, enrojecimiento de la piel y miradas furiosas, pero no frunciendo el ceño. El hábito de fruncir el ceño parece haberse adquirido principalmente porque los corrugadores son los primeros músculos que se contraen alrededor de los ojos cuando, durante la infancia, se siente dolor, ira o angustia, lo que provoca un grito inminente; y en parte, porque el ceño sirve como protección ante una visión difícil y atenta. Es probable que esta protección no se haya vuelto habitual hasta que el hombre adoptó una postura completamente erguida, ya que los monos no fruncen el ceño ante una luz intensa. Nuestros primeros antepasados, al enfurecerse, probablemente habrían mostrado los dientes con mayor libertad que el hombre, incluso al dar rienda suelta a su ira, como ocurre con los enfermos mentales. También podemos estar casi seguros de que, cuando estaban de mal humor o decepcionados, habrían sacado los labios en mayor grado que nuestros propios hijos o incluso que los hijos de las razas salvajes actuales.

Nuestros primeros antepasados, cuando se indignaban o se enojaban moderadamente, no mantenían la cabeza erguida, el pecho abierto, los hombros rectos ni apretaban los puños hasta que adquirieron la postura y la erección propias del hombre y aprendieron a luchar con los puños o las mazas. Hasta entonces, no se habría desarrollado el gesto antitético de encogerse de hombros, como signo de impotencia o de paciencia. Por la misma razón, el asombro no se habría expresado entonces levantando los brazos con las manos abiertas y los dedos extendidos. Tampoco, a juzgar por las acciones de los monos, el asombro se habría mostrado con la boca abierta; pero sí con los ojos abiertos y las cejas arqueadas. El asco se habría manifestado en una etapa muy temprana mediante movimientos alrededor de la boca, similares a los del vómito; es decir, si la opinión que he sugerido sobre el origen de la expresión es correcta, a saber, que nuestros antepasados tenían la capacidad, y la utilizaban, de rechazar voluntaria y rápidamente cualquier alimento que les disgustara. Pero la forma más refinada de mostrar desprecio o desdén, bajando los párpados o apartando la mirada y el rostro, como si la persona despreciada no valiera la pena mirarla, probablemente no se habría adquirido hasta una época mucho más tardía.

De todas las expresiones, el rubor parece ser la más estrictamente humana; sin embargo, es común a todas o casi todas las razas humanas, independientemente de si se observa o no un cambio de color en la piel. La relajación de las pequeñas arterias superficiales, de la que depende el rubor, parece ser el resultado principal de la atención diligente a la apariencia de nuestras personas, especialmente de nuestros rostros, con la ayuda del hábito, la herencia y la fluidez de la energía nerviosa por los canales habituales; y posteriormente, por el poder de la asociación, se extendió a la autoatención dirigida a la conducta moral. Es difícil dudar de que muchos animales sean capaces de apreciar los colores e incluso las formas hermosas, como lo demuestra el esmero que los individuos de un sexo dedican a exhibir su belleza ante los del sexo opuesto. Pero no parece posible que ningún animal, hasta que sus facultades mentales se desarrollaron a un nivel igual o casi igual al del hombre, hubiera considerado detenidamente y sido sensible a su propia apariencia personal. Por lo tanto, podemos concluir que el rubor se originó en un período muy tardío en la larga línea de nuestra descendencia.

De los diversos hechos recién aludidos y presentados a lo largo de este volumen, se desprende que, si la estructura de nuestros órganos respiratorios y circulatorios hubiera diferido apenas ligeramente de su estado actual, la mayoría de nuestras expresiones habrían sido sorprendentemente distintas. Un cambio muy leve en el recorrido de las arterias y venas que llegan a la cabeza probablemente habría evitado que la sangre se acumulara en nuestros globos oculares durante una espiración violenta, pues esto ocurre en muy pocos cuadrúpedos. En este caso, no habríamos mostrado algunas de nuestras expresiones más características. Si el hombre hubiera respirado agua con la ayuda de las branquias externas (aunque la idea es difícil de concebir), en lugar de aire por la boca y la nariz, sus rasgos no habrían expresado sus sentimientos con mucha más eficacia que ahora lo hacen sus manos o extremidades. Sin embargo, la rabia y el asco se habrían reflejado en los movimientos de los labios y la boca, y los ojos se habrían vuelto más brillantes o más apagados según el estado de la circulación. Si nuestras orejas hubieran permanecido móviles, sus movimientos habrían sido altamente expresivos, como sucede con todos los animales que luchan con sus dientes; y podemos inferir que nuestros primeros progenitores luchaban así, como todavía descubrimos el colmillo de un lado cuando nos burlamos o desafiamos a alguien, y descubrimos todos nuestros dientes cuando estamos furiosos.

Los movimientos de expresión facial y corporal, sea cual sea su origen, son en sí mismos de gran importancia para nuestro bienestar. Sirven como el primer medio de comunicación entre la madre y su hijo; ella sonríe con aprobación, animando así a su hijo por el buen camino, o frunce el ceño con desaprobación. Percibimos fácilmente la compasión en los demás por su expresión; nuestros sufrimientos se mitigan así y nuestros placeres aumentan; y el sentimiento mutuo se fortalece. Los movimientos de expresión dan viveza y energía a nuestras palabras. Revelan los pensamientos e intenciones de los demás con mayor veracidad que las palabras, que pueden ser falsificadas. Cualquiera que sea la verdad que pueda contener la llamada ciencia de la fisonomía, parece depender, como señaló Haller hace mucho tiempo [1404], de que diferentes personas utilicen con frecuencia diferentes músculos faciales, según sus disposiciones; el desarrollo de estos músculos quizás se incremente así, y las líneas o surcos del rostro, debidos a su contracción habitual, se vuelvan más profundos y visibles. La libre expresión de una emoción mediante signos externos la intensifica. Por otro lado, la represión, en la medida de lo posible, de todos los signos externos suaviza nuestras emociones. [1405] Quien cede a gestos violentos aumentará su ira; quien no controla las señales de miedo experimentará miedo en mayor grado; y quien permanece pasivo cuando se siente abrumado por el dolor pierde su mejor oportunidad de recuperar la elasticidad mental. Estos resultados se derivan en parte de la íntima relación que existe entre casi todas las emociones y sus manifestaciones externas; y en parte de la influencia directa del esfuerzo en el corazón y, en consecuencia, en el cerebro. Incluso la simulación de una emoción tiende a despertarla en nuestras mentes. Shakespeare, quien, por su maravilloso conocimiento de la mente humana, debería ser un excelente juez, dice:

¿No es monstruoso que este actor,
solo en una ficción, en un sueño de pasión,
haya podido forzar su alma a su propia vanidad,
que, por su obra, todo su rostro palideció;
lágrimas en los ojos, distracción en su aspecto,
una voz quebrada, y toda su función adaptándose
con formas a su vanidad? ¡Y todo para nada!
Hamlet , acto ii, escena 2.

Hemos visto que el estudio de la teoría de la expresión confirma, hasta cierto punto, la conclusión de que el hombre deriva de alguna forma animal inferior y respalda la creencia en la unidad específica o subespecífica de las diversas razas; pero, a mi juicio, dicha confirmación era prácticamente innecesaria. También hemos visto que la expresión en sí misma, o el lenguaje de las emociones, como a veces se le ha llamado, es ciertamente importante para el bienestar de la humanidad. Comprender, en la medida de lo posible, el origen de las diversas expresiones que se observan a cada hora en los rostros de los hombres que nos rodean, por no mencionar a nuestros animales domésticos, debería sernos de gran interés. Por estas diversas razones, podemos concluir que la filosofía de nuestro tema ha merecido la atención que ya ha recibido de varios excelentes observadores, y que merece aún más atención, especialmente de cualquier fisiólogo competente.

NOTAS AL PIE:

1 ( volver )
[ J. Parsons, en su artículo en el Apéndice de las 'Philosophical Transactions' de 1746, pág. 41, da una lista de cuarenta y un autores antiguos que han escrito sobre la expresión.]

2 ( volver )
[Conferencias sobre la expresión de los diferentes caracteres de las pasiones. París, 4to, 1667. Siempre cito la republicación de las «Conferencias» en la edición de Lavater, por Moreau, que apareció en 1820, como aparece en el vol. ix, pág. 257.]

3 ( volver )
['Discursos par Pierre Camper sur le moyen de représenter les diversas pasiones', &c. 1792. 1844]

4 ( retorno )
[Siempre cito de la tercera edición, de 1844, publicada tras la muerte de Sir C. Bell, que contiene sus últimas correcciones. La primera edición, de 1806, es muy inferior en mérito y no incluye algunas de sus opiniones más importantes.]

5 ( volver )
['De la Physionomie et de la Parole', por Albert Lemoine, 1865, p. 101.]

6 ( volver )
[«El arte de conocer a los hombres», etc., por G. Lavater. La primera edición de esta obra, mencionada en el prefacio de la edición de 1820 en diez volúmenes, que contiene las observaciones de M. Moreau, se publicó en 1807; y no dudo de que sea correcto, ya que el «Notice sur Lavater» al comienzo del volumen I está fechado el 13 de abril de 1806. Sin embargo, en algunas obras bibliográficas se indica la fecha de 1805-1809, pero parece imposible que 1805 sea correcta. El Dr. Duchenne señala ('Mécanisme de la Physionomie Humaine', 8vo. edición, 1862, pág. 5, y 'Archivos Generales de Medicina', enero y febrero de 1862) que M. Moreau " compuso para su obra un artículo importante ", etc., en el año 1805; y encuentro en el volumen I de la edición de 1820 pasajes con las fechas del 12 de diciembre de 1805 y otro del 5 de enero de 1806, además del del 13 de abril de 1806, ya mencionado. Como algunos de estos pasajes fueron compuestos en 1805, el Dr. Duchenne asigna a M. Moreau prioridad sobre Sir C. Bell, cuya obra, como hemos visto, se publicó en 1806. Esta es una manera muy inusual de determinar la prioridad de las obras científicas; Pero estas cuestiones son de suma importancia en comparación con sus méritos relativos. Los pasajes citados anteriormente de M. Moreau y de Le Brun se toman, en este y en todos los demás casos, de la edición de 1820 de Lavater, tomo IV, pág. 228, y tomo IX, pág. 279.

7 ( volver )
['Handbuch der Systematischen Anatomie des Menschen.' Banda I. Dritte Abtheilung, 1858.]

8 ( volver )
[ 'Los sentidos y el intelecto', 2.ª edición, 1864, págs. 96 y 288. El prefacio de la primera edición de esta obra data de junio de 1855. Véase también la 2.ª edición de la obra del Sr. Bain sobre 'Las emociones y la voluntad'.]

9 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 121.]

10 ( volver )
[ 'Ensayos científicos, políticos y especulativos', Segunda Serie, 1863, pág. 111. Hay una discusión sobre la risa en la Primera Serie de Ensayos, discusión que me parece de muy inferior valor.]

11 ( volver )
[Desde la publicación del ensayo mencionado, el Sr. Spencer ha escrito otro sobre “Moral y sentimientos morales” en la revista Fortnightly Review, 1 de abril de 1871, pág. 426. También ha publicado sus conclusiones finales en el vol. ii de la segunda edición de los “Principios de Psicología” de 1872, pág. 539. Para evitar que se me acuse de invadir los dominios del Sr. Spencer, debo aclarar que en mi “Descendencia del Hombre” anuncié que ya había escrito parte del presente volumen: mis primeras notas manuscritas sobre el tema de la expresión datan del año 1838.]

12 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, págs. 98, 121, 131.]

13 ( regresar )
[El profesor Owen afirma expresamente (Proc. Zoolog. Soc. 1830, pág. 28) que esto es así en el caso del orangután, y especifica todos los músculos más importantes que, como es bien sabido, sirven en el ser humano para la expresión de sus sentimientos. Véase también una descripción de varios músculos faciales del chimpancé, por el profesor Macalister, en «Annals and Magazine of Natural History», vol. VII, mayo de 1871, pág. 342.]

14 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', págs. 121, 138.]

15 ( volver )
['De la Physionomie', págs. 12, 73.]

16 ( volver )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', edición 8vo. pag. 31.]

17 ( regresar )
[ 'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii. pág. 934.]

18 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 198.]

19 ( retorno )
[ Véanse las observaciones a este efecto en 'Lacooon' de Lessing, traducido por W. Ross, 1836, pág. 19.]

20 ( regresar )
[ El Sr. Partridge en Todd's 'Cyclopædia of Anatomy and Physiology', vol. ii. pág. 227.]

21 ( volver )
[ 'La Physionomie', por G. Lavater, tom. iv. 1820, p. 274. Sobre el número de músculos faciales, véase vol. iv. págs. 209-211.]

22 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 91.]

101 ( volver )
[El Sr. Herbert Spencer ('Ensayos', Segunda Serie, 1863, pág. 138) ha establecido una clara distinción entre emociones y sensaciones, siendo estas últimas “generadas en nuestro marco corpóreo”. Clasifica como Sentimientos tanto las emociones como las sensaciones.]

102 ( volver )
[Müller, «Elementos de Fisiología», trad. inglesa, vol. ii, pág. 939. Véanse también las interesantes especulaciones del Sr. H. Spencer sobre el mismo tema y sobre la génesis de los nervios, en sus «Principios de Biología», vol. ii, pág. 346; y en sus «Principios de Psicología», 2.ª edición, págs. 511-557.]

103 ( regresar )
[Hace mucho tiempo, Hipócrates y el ilustre Harvey hicieron una observación muy similar, pues ambos afirman que un animal joven olvida en pocos días el arte de mamar y no puede volver a aprenderlo sin dificultad. Ofrezco estas afirmaciones con la autoridad del Dr. Darwin, «Zoonomia», 1794, vol. ip. 140.]

104 ( retorno )
[ Véase para mis autoridades y para varios hechos análogos, 'La variación de animales y plantas bajo domesticación', 1868, vol. ii, pág. 304.]

105 ( retorno )
['Los sentidos y el intelecto', 2.ª edición, 1864, pág. 332. El profesor Huxley señala ('Lecciones elementales de fisiología', 5.ª edición, 1872, pág. 306): «Puede establecerse como regla que, si dos estados mentales se evocan juntos o en sucesión con la frecuencia y viveza debidas, la producción subsiguiente de uno de ellos bastará para evocar el otro, y esto lo deseemos o no».]

106 ( volver )
[Gratiolet ('De la Physionomie', pág. 324), en su análisis de este tema, cita numerosos ejemplos análogos. Véase la pág. 42, sobre la apertura y el cierre de los ojos. Se cita a Engel (pág. 323) sobre el cambio de ritmo de una persona, a medida que cambian sus pensamientos.]

107 ( volver )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', 1862, p. 17.]

108 ( retorno )
[ 'La variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ii. pág. 6. La herencia de los gestos habituales es tan importante para nosotros que con gusto aprovecho la autorización del Sr. F. Galton para relatar en sus propias palabras el siguiente caso notable: «El siguiente relato de un hábito que se presenta en individuos de tres generaciones consecutivas {continúa la nota al pie:} es de particular interés, ya que solo ocurre durante el sueño profundo y, por lo tanto, no puede deberse a la imitación, sino que debe ser completamente natural. Los detalles son totalmente fiables, pues los he investigado a fondo y hablo con base en pruebas abundantes e independientes. Un caballero de considerable posición social descubrió, por su esposa, que tenía la curiosa costumbre, cuando dormía profundamente boca arriba en la cama, de levantar lentamente el brazo derecho frente a la cara, hasta la frente, y luego dejarlo caer de golpe, de modo que la muñeca caía pesadamente sobre el puente de la nariz. La costumbre no ocurría todas las noches, sino ocasionalmente, y era independiente de cualquier causa comprobada. A veces se repetía incesantemente durante una hora o más. La nariz del caballero era prominente y su puente a menudo le dolía por la Golpes que recibió. En una ocasión, se le produjo una llaga molesta, que tardó en sanar debido a la recurrencia, noche tras noche, de los golpes que la causaron inicialmente. Su esposa tuvo que quitarle el botón de la muñeca del camisón, ya que le causaba fuertes rasguños, y se intentó atarle el brazo de alguna manera.

Muchos años después de su muerte, su hijo se casó con una señora que jamás había oído hablar del incidente familiar. Ella, sin embargo, observó la misma peculiaridad en su marido; pero su nariz, al no ser especialmente prominente, nunca ha sufrido los golpes. El truco no ocurre cuando está medio dormido, como por ejemplo, cuando dormita en su sillón, sino que suele comenzar en el momento en que duerme profundamente. Al igual que en el caso de su padre, es intermitente; a veces cesa durante varias noches, y a veces es casi incesante durante una parte de cada noche. Lo realiza, al igual que su padre, con la mano derecha.

Una de sus hijas, una niña, ha heredado el mismo truco. Lo realiza también con la mano derecha, pero con una ligera modificación; pues, tras levantar el brazo, no deja que la muñeca caiga sobre el puente de la nariz, sino que la palma de la mano semicerrada cae sobre la nariz y la golpea con bastante rapidez. En esta niña, el truco también es muy intermitente: no ocurre durante algunos meses, pero a veces ocurre casi incesantemente.

109 ( volver )
[El profesor Huxley señala ('Fisiología Elemental', 5.ª edición, pág. 305) que los actos reflejos propios de la médula espinal son naturales ; pero, con la ayuda del cerebro, es decir, por hábito, se pueden adquirir infinidad de actos reflejos artificiales . Virchow admite ('Sammlung wissenschaft. Vorträge', etc., “Ueber das Rückenmark”, 1871, ss. 24, 31) que algunos actos reflejos difícilmente pueden distinguirse de los instintos; y, de estos últimos, cabe añadir, algunos no pueden distinguirse de los hábitos heredados.]

110 ( regresar )
[ Dr. Maudsley, 'Cuerpo y mente', 1870, pág. 8.]

111 ( volver )
[ Véase la interesantísima discusión sobre todo el tema por Claude Bernard, 'Tissus Vivants', 1866, págs. 353-356.]

112 ( volver )
[ 'Capítulos sobre fisiología mental', 1858, pág. 85.]

113 ( retorno )
[ Müller observa ('Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 1311) que el comienzo siempre va acompañado del cierre de los párpados.]

114 ( volver )
[El Dr. Maudsley señala ('Cuerpo y Mente', pág. 10) que “los movimientos reflejos que comúnmente tienen un efecto útil pueden, en las circunstancias cambiantes de la enfermedad, causar grandes daños, llegando incluso a ser la causa de un sufrimiento violento y de una muerte muy dolorosa.”]

115 ( regresar )
[ Véase el relato del Sr. FH Salvin sobre un chacal domesticado en 'Tierra y Agua', octubre de 1869.]

116 ( volver )
[ “Dr. Darwin, 'Zoonomia', 1794, vol. ip 160. Encuentro que el hecho de que los gatos saquen sus patas cuando están contentos también se menciona (p. 151) en esta obra.]

117 ( volver )
[ Carpenter, 'Principios de fisiología comparada', 1854, pág. 690, y Müller, 'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 936.]

118 ( retorno )
[ Mowbray sobre 'Aves de corral', 6ª edición, 1830, pág. 54.]

119 ( regresar )
[ Véase el relato dado por este excelente observador en 'Wild Sports of the Highlands', 1846, pág. 142.]

120 ( regresar )
[ 'Traducciones filosóficas', 1823, pág. 182.]

201 ( volver )
['Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 55.]

202 ( regresar )
[ El Sr. Tylor da cuenta del lenguaje gestual cisterciense en su 'Historia temprana de la humanidad' (2.a edición, 1870, pág. 40), y hace algunas observaciones sobre el principio de oposición en los gestos.]

203 ( volver )
[Véase sobre este tema la interesante obra del Dr. WR Scott, 'El sordomudo', 2.ª edición, 1870, pág. 12. Dice: «Esta contracción de los gestos naturales en gestos mucho más breves de lo que requiere la expresión natural es muy común entre los sordomudos. Este gesto contraído se acorta con frecuencia hasta casi perder toda semejanza con el natural, pero para los sordomudos que lo utilizan, conserva la fuerza de la expresión original».]

301 ( retorno )
[Véanse los interesantes casos recopilados por MG Pouchet en la 'Revue des Deux Mondes', 1 de enero de 1872, pág. 79. Hace algunos años también se presentó un caso ante la Asociación Británica en Belfast.]

302 ( retorno )
[ Müller observa ('Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 934) que cuando los sentimientos son muy intensos, “todos los nervios espinales se ven afectados hasta el punto de producir una parálisis imperfecta, o la excitación de un temblor en todo el cuerpo.”]

303 ( volver )
['Leçons sur les Prop. des Tissus Vivants', 1866, págs. 457-466.]

304 ( volver )
[Sr. Bartlett, “Notas sobre el nacimiento de un hipopótamo”, Proc. Zoolog. Soc. 1871, pág. 255.]

305 ( volver )
[ Véase, sobre este tema, Claude Bernard, 'Tissus Vivants', 1866, págs. 316, 337, 358. Virchow se expresa casi exactamente en el mismo sentido en su ensayo “Ueber das Rückenmark” (Sammlung wissenschaft. Vorträge, 1871, s. 28).]

306 ( retorno )
[Müller ('Elementos de Fisiología', trad. inglesa, vol. ii, pág. 932), al hablar de los nervios, dice: «cualquier cambio repentino de condición, sea cual sea, pone en acción el principio nervioso». Véase Virchow y Bernard sobre el mismo tema en pasajes de las dos obras mencionadas en mi última nota al pie.]

307 ( volver )
[ H. Spencer, 'Ensayos científicos, políticos', etc., Segunda serie, 1863, págs. 109, 111.]

308 ( retorno )
[Sir H. Holland, al hablar ('Medical Notes and Reflexions', 1839, pág. 328) de ese curioso estado del cuerpo llamado inquietud , señala que parece deberse a “una acumulación de alguna causa de irritación que requiere acción muscular para su alivio.”]

309 ( retorno )
[ Estoy en deuda con el Sr. AH Garrod por haberme informado sobre el trabajo de M. Lorain sobre el pulso, en el que se da un esfigmograma de una mujer en estado de cólera; y esto muestra mucha diferencia en la frecuencia y otras características de los de la misma mujer en su estado normal.]

310 ( regresar )
[La poderosa e intensa alegría que excita el cerebro y cómo este reacciona sobre el cuerpo se demuestra claramente en los raros casos de intoxicación psíquica. El Dr. J. Crichton Browne ('Medical Mirror', 1865) registra el caso de un joven de temperamento fuertemente nervioso que, al enterarse por un telegrama de que le habían legado una fortuna, primero palideció, luego se llenó de júbilo y pronto se mostró de un humor exaltado, pero acalorado y muy inquieto. Luego salió a caminar con un amigo para tranquilizarse, pero regresó tambaleándose, riendo a carcajadas, pero de temperamento irritable, hablando sin parar y cantando a gritos en la vía pública. Se comprobó con certeza que no había consumido ninguna bebida espirituosa, aunque todos creían que estaba ebrio. Al cabo de un rato, vomitó y se examinó el contenido a medio digerir de su estómago, pero no se detectó olor a alcohol. Luego durmió profundamente y al despertar estaba bien, excepto que sufría de dolor de cabeza, náuseas y postración de fuerzas.]

311 ( regresar )
[ Dr. Darwin, 'Zoonomia', 1794, vol. ip 148.]

312 ( volver )
[Sra. Oliphant, en su novela de la señorita Majoribanks, pág. 362. Todo esto repercute en el cerebro, y pronto se produce postración, con músculos colapsados y ojos apagados. Como el hábito ya no impulsa al paciente a actuar, sus amigos lo instan a realizar un esfuerzo voluntario y a no ceder a un dolor silencioso e inmóvil. El esfuerzo estimula el corazón, lo que repercute en el cerebro y ayuda a la mente a soportar su pesada carga.]

401 ( retorno )
[ Véase la evidencia sobre este tema en mi 'Variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ip 27. Sobre el arrullo de las palomas, vol. i, págs. 154, 155.]

402 ( volver )
[ 'Ensayos científicos, políticos y especulativos', 1858. 'El origen y función de la música', pág. 359.]

403 ( volver )
['El Origen del Hombre', 1870, vol. ii, pág. 332. Las palabras citadas son del profesor Owen. Recientemente se ha demostrado que algunos cuadrúpedos de una escala mucho más baja que la de los monos, concretamente los roedores, son capaces de producir tonos musicales correctos: véase el relato de un Hesperomys cantor, del reverendo S. Lockwood, en el 'American Naturalist', vol. v, diciembre de 1871, pág. 761.]

404 ( volver )
[ El Sr. Tylor ('Primitive Culture', 1871, vol. ip 166), en su discusión sobre este tema, alude al lloriqueo del perro.]

405 ( volver )
['Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 46.]

406 ( volver )
[Citado por Gratiolet, 'De la Physionomie', 1865, p. 115.]

407 ( volver )
[ 'Théorie Physiologique de la Musique', París, 1868, pág. 146. Helmholtz también ha discutido completamente en esta profunda obra la relación de la forma de la cavidad de la boca con la producción de sonidos vocálicos.]

408 ( retorno )
[ He dado algunos detalles sobre este tema en mi 'Descent of Man', vol. i, págs. 352, 384.]

409 ( regresar )
[Como se cita en 'Evidencia sobre el lugar del hombre en la naturaleza' de Huxley, 1863, pág. 52.]

410 ( retorno )
[ Illust. Thierleben, 1864, B. es 130.]

411 ( retorno )
[El Honorable J. Caton, Ottawa Acad. of Nat. Sciences, mayo de 1868, págs. 36, 40. Para Capra, Ægagrus , 'Tierra y agua', 1867, pág. 37.]

412 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 20 de julio de 1867, pág. 659.]

413 ( regreso )
Phaeton rubricauda : 'Ibis', vol. III. 1861, pág. 180.]

414 ( regresar )
[ Sobre la Strix flammea , Audubon, 'Ornithological Biography', 1864, vol. ii. pág. 407. He observado otros casos en el Jardín Zoológico.]

415 ( retorno )
Melopsittacus undulatus . Véase una descripción de sus hábitos por Gould, «Handbook of Birds of Australia», 1865, vol. ii, pág. 82].

416 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, el relato que he dado ('Descent of Man', vol. ii, pág. 32) de un Anolis y un Draco.]

417 ( retorno )
[Estos músculos se describen en sus conocidas obras. Agradezco enormemente a este distinguido observador por haberme proporcionado información sobre este mismo tema en una carta.]

418 ( volver )
['Lehrbuch der Histologie des Menschen', 1857, s. 82. Debo a la amabilidad del Prof. W. Turner un extracto de esta obra.]

419 ( retorno )
[ 'Revista trimestral de ciencia microscópica', 1853, vol. ip 262.]

420 ( volver )
['Lehrbuch der Histologie', 1857, s. 82.]

421 ( regresar )
[ 'Diccionario de etimología inglesa', pág. 403.]

422 ( regresar )
[ Véase el relato de los hábitos de este animal por el Dr. Cooper, citado en 'Nature', 27 de abril de 1871, pág. 512.]

423 ( retorno )
[ Dr. Günther, 'Reptiles de la India británica', pág. 262.]

424 ( retorno )
[ Sr. J. Mansel Weale, 'Nature', 27 de abril de 1871, pág. 508.]

425 ( retorno )
[ 'Diario de investigaciones durante el viaje del “Beagle”', 1845, pág. 96. He comparado el ruido así producido con el de la serpiente de cascabel.]

426 ( retorno )
[ Véase el relato del Dr. Anderson, Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 196.]

427 ( volver )
[The 'American Naturalist', enero de 1872, pág. 32. Lamento no poder seguir al profesor Shaler en la creencia de que el cascabel se desarrolló, mediante selección natural, para producir sonidos que engañan y atraen a las aves, de modo que puedan servir de presa a la serpiente. Sin embargo, no dudo de que los sonidos puedan ocasionalmente contribuir a este fin. Pero la conclusión a la que he llegado, a saber, que el cascabel sirve de advertencia a los posibles devoradores, me parece mucho más probable, ya que conecta varios tipos de hechos. Si esta serpiente hubiera adquirido su cascabel y el hábito de hacerlo para atraer presas, no parece probable que lo hubiera usado invariablemente cuando se enfadaba o se sentía molesta. El profesor Shaler comparte casi mi opinión sobre el desarrollo del cascabel; y siempre he mantenido esta opinión desde que observé al Trigonocephalus en Sudamérica.]

428 ( retorno )
[De los relatos recopilados recientemente y publicados en el «Journal of the Linnean Society» por Airs. Barber sobre los hábitos de las serpientes de Sudáfrica; y de los relatos publicados por varios autores, como Lawson, sobre la serpiente de cascabel en Norteamérica, no parece improbable que la imponente apariencia de las serpientes y los sonidos que producen también puedan servir para conseguir presas, paralizando, o como a veces se dice, fascinando, a los animales más pequeños.]

429 ( retorno )
[Véase el relato del Dr. R. Brown, en Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 39. Dice que en cuanto un cerdo ve una serpiente, se abalanza sobre ella; y una serpiente huye inmediatamente ante la aparición de un cerdo.]

430 ( regresar )
[El Dr. Günther comenta ('Reptiles de la India Británica', pág. 340) sobre la destrucción de cobras por el icneumón o herpestes, y durante las crías por el gallo de la jungla. Es bien sabido que el pavo real también mata serpientes con avidez.]

431 ( volver )
[El profesor Cope enumera varios tipos en su «Método de Creación de Tipos Orgánicos», leído en la American Phil. Soc. el 15 de diciembre de 1871, pág. 20. El profesor Cope comparte mi punto de vista sobre el uso de los gestos y sonidos de las serpientes. Aludí brevemente a este tema en la última edición de mi «Origen de las Especies». Desde que se publicaron los pasajes del texto anterior, me complace saber que el Sr. Henderson («The American Naturalist», mayo de 1872, pág. 260) también comparte una opinión similar sobre el uso del sonajero, concretamente «para prevenir un ataque».]

432 ( retorno )
[ Sr. des Vœux, en Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 3.]

433 ( retorno )
[ 'El deportista y naturalista en Canadá', 1866, pág. 53. pág. 53.{sic}]

434 ( regresar )
[ 'Los afluentes del Nilo en Abisinia', 1867, pág. 443.]

501 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 1844, pág. 190.]

502 ( retorno )
['De la Physionomie', 1865, págs. 187, 218.]

503 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 1844, pág. 140.]

504 ( retorno )
[Gueldenstädt proporciona muchos detalles en su relato sobre el chacal en Nov. Comm. Acad. Sc. Imp. Petrop. 1775, tom. xx, pág. 449. Véase también otro excelente relato sobre las costumbres de este animal y sus juegos, en 'Tierra y Agua', octubre de 1869. El teniente Annesley, RA, también me ha comunicado algunos detalles sobre el chacal. He realizado numerosas averiguaciones sobre lobos y chacales en el Zoológico y los he observado personalmente.]

505 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 6 de noviembre de 1869.]

506 ( volver )
[ Azara, 'Quadrupèdes du Paraquay', 1801, tom. 1. pág. 136.]

507 ( retorno )
[ 'Tierra y Agua', 1867, pág. 657. Véase también Azara sobre el Puma, en la obra citada anteriormente.]

508 ( retorno )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 123. Véase también la pág. 126, sobre los caballos que no respiran por la boca, con referencia a sus fosas nasales distendidas.]

509 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 1869, pág. 152.]

510 ( volver )
[ 'Historia natural de los mamíferos', 1841, vol. 1, págs. 383, 410.]

511 ( regresar )
[ Rengger ('Sagetheire von Paraquay', 1830, s. 46) mantuvo a estos monos en confinamiento durante siete años en su país natal de Paraguay.]

512 ( retorno )
[ Rengger, ibid. s. 46. Humboldt, 'Narrativa personal', trad. inglesa, vol. iv, pág. 527.]

513 ( retorno )
[ Nat. Hist. of Mammalia, 1841, pág. 351.]

514 ( retorno )
[ Brehm, 'Thierleben', B. es 84. Sobre los babuinos que golpean el suelo, s. 61.]

515 ( retorno )
[ Brehm comenta ('Thierleben', p. 68) que las cejas del Inuus ecaudatus se mueven frecuentemente hacia arriba y hacia abajo cuando el animal está enojado.]

516 ( retorno )
[G. Bennett, 'Wanderings in New South Wales', etc., vol. ii. 1834, pág. 153. FIG. 18.-Chimpancé decepcionado y malhumorado. Dibujo del natural por el Sr. Wood.]

517 ( retorno )
[WL Martin, Historia Natural de los Animales Mamíferos, 1841, pág. 405.]

518 ( regresar )
[Prof. Owen sobre el orangután, Proc. Zool. Soc. 1830, pág. 28. Sobre el chimpancé, véase el Prof. Macalister, en Annals and Mag. of Nat. Hist. vol. vii. 1871, pág. 342, quien afirma que el corrugador superciliar es inseparable del orbicular del párpado .]

519 ( retorno )
[Boston Journal of Nat. Hist. 1845-1847, vol. vp. 423. Sobre el chimpancé, ibid. 1843-44, vol. iv. pág. 365.]

520 ( retorno )
[ Véase sobre este tema, 'Descent of Man', vol. ip 20.]

521 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', vol. 1, pág. 43.]

522 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, 1844, págs. 138, 121.]

601 ( regresar )
[Las mejores fotografías de mi colección son del Sr. Rejlander, de Victoria Street, Londres, y del Sr. Kindermann, de Hamburgo. Las figuras 1, 3, 4 y 6 son del primero; y las figuras 2 y 5, del segundo. La figura 6 muestra el llanto moderado en un niño mayor.]

602 ( retorno )
[ Henle ('Handbuch d. Syst. Anat. 1858, B. is 139) está de acuerdo con Duchenne en que éste es el efecto de la contracción del piramidal nasal .]

603 ( retorno )
[Estos consisten en el elevador del labio superior y del ala de la nariz , el elevador del labio propio , el malar y el cigomático menor . Este último músculo discurre paralelo y por encima del cigomático mayor, y se inserta en la parte externa del labio superior. Se representa en la fig. 2 (I, pág. 24), pero no en las figs. 1 y 3. El Dr. Duchenne fue el primero en demostrar ('Mécanisme de la Physionomie Humaine', Album, 1862, pág. 39) la importancia de la contracción de este músculo en la forma que adoptan los rasgos al llorar. Henle considera los músculos antes mencionados (excepto el malar ) como subdivisiones del cuadrado del labio superior .]

604 ( volver )
[Aunque el Dr. Duchenne ha estudiado con tanto cuidado la contracción de los diferentes músculos durante el llanto y los surcos que se producen en el rostro, parece haber algo incompleto en su explicación; pero no puedo precisar qué es. Ha presentado una figura (Álbum, fig. 48) en la que, al activar los músculos adecuados, se logra que una mitad del rostro sonría, mientras que la otra mitad, de igual manera, comienza a llorar. Casi todas las personas (diecinueve de veintiuna) a quienes les mostré la mitad sonriente del rostro reconocieron al instante la expresión; pero, con respecto a la otra mitad, solo seis de veintiuna la reconocieron, es decir, si aceptamos términos como «pena», «miseria» y «molestia» como correctos; mientras que quince personas se equivocaron de forma absurda; algunas dijeron que el rostro expresaba «diversión», «satisfacción», «astucia», «asco», etc.] De esto podemos inferir que hay algo incorrecto en la expresión. Sin embargo, algunas de las quince personas podrían haber sido engañadas en parte al no esperar ver a un anciano llorando y al no derramar lágrimas. En cuanto a otra figura del Dr. Duchenne (fig. 49), en la que los músculos de la mitad del rostro están galvanizados para representar a un hombre que empieza a llorar, con la ceja del mismo lado oblicua, característica de la miseria, la expresión fue reconocida por un número proporcionalmente mayor de personas. De veintitrés personas, catorce respondieron correctamente: «dolor», «angustia», «pena», «a punto de llorar», «soportar el dolor», etc. Por otro lado, nueve personas no pudieron formarse una opinión o se equivocaron por completo, respondiendo: «mirada lasciva», «alegre», «mirando una luz intensa», «mirando un objeto distante», etc.

605 ( retorno )
[ Sra. Gaskell, 'Mary Barton', nueva edición, pág. 84.]

606 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 102. Duchenne, Mécanisme de la Phys. Humane, Álbum, pág. 34.]

607 ( retorno )
[ El Dr. Duchenne hace esta observación, ibid. p. 39.]

608 ( regresar )
[ 'El origen de la civilización', 1870, pág. 355.]

609 ( volver )
[Véase, por ejemplo, el relato del Sr. Marshall sobre un idiota en Philosoph. Transact. 1864, pág. 526. Con respecto a los cretinos, véase el Dr. Piderit, «Mimik und Physiognomik», 1867, pág. 61.]

610 ( retorno )
[ 'Nueva Zelanda y sus habitantes', 1855, pág. 175.]

611 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, pág. 126.]

612 ( volver )
['La anatomía de la expresión', 1844, pág. 106. Véase también su artículo en 'Philosophical Transactions', 1822, pág. 284, ibid. 1823, pp. 166 y 289. También 'El sistema nervioso del cuerpo humano', 3.ª edición, 1836, pág. 175.]

613 ( retorno )
[ Véase el relato del Dr. Brinton sobre el acto de vomitar, en Todd's Cyclop. of Anatomy and Physiology, 1859, vol. v. Suplemento, pág. 318.]

614 ( regresar )
[Estoy profundamente agradecido al Sr. Bowman por haberme presentado al Prof. Donders y por su ayuda para persuadir a este gran fisiólogo a emprender la investigación del presente tema. Asimismo, estoy muy agradecido al Sr. Bowman por haberme proporcionado, con la mayor amabilidad, información sobre diversos puntos.]

615 ( volver )
[ Esta memoria apareció por primera vez en 'Nederlandsch Archief voor Genees en Natuurkunde', Deel 5, 1870. Ha sido traducida por el Dr. WD Moore, bajo el título de "Sobre la acción de los párpados en la determinación de la sangre a partir del esfuerzo espiratorio", en 'Archivos de Medicina', editado por el Dr. LS Beale, 1870, vol. vp 20.]

616 ( retorno )
[El profesor Donders comenta (ibid., pág. 28) que, «Tras una lesión ocular, tras operaciones y en algunas formas de inflamación interna, damos gran importancia al soporte uniforme de los párpados cerrados, y en muchos casos lo aumentamos con la aplicación de un vendaje. En ambos casos, procuramos evitar una presión espiratoria excesiva, cuya desventaja es bien conocida». El Sr. Bowman me informa que, en la fotofobia excesiva que acompaña a la oftalmía escrofulosa en niños, cuando la luz es tan dolorosa que durante semanas o meses se excluye constantemente mediante el cierre forzado de los párpados, a menudo le ha llamado la atención al abrir los párpados la palidez del ojo; no una palidez anormal, sino la ausencia del enrojecimiento que cabría esperar cuando la superficie está algo inflamada, como suele ocurrir; y tiende a atribuir esta palidez al cierre forzado de los párpados.]

617 ( retorno )
[Donders, ibid. pág. 36.]

618 ( retorno )
[El Sr. Hensleigh Wedgwood (Dict. de Etimología Inglesa, 1859, vol. ip 410) dice, “el verbo llorar proviene del anglosajón wop , cuyo significado principal es simplemente clamor.”]

619 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, pág. 217.]

620 ( volver )
['Ceylon', 3.ª edición, 1859, vol. ii, págs. 364, 376. Solicité al Sr. Thwaites, en Ceilán, más información sobre el llanto del elefante; y, en consecuencia, recibí una carta del reverendo Sr. Glenie, quien, junto con otros, tuvo la amabilidad de observarme una manada de elefantes recién capturados. Estos, al irritarse, chillaban violentamente; pero es notable que, al chillar así, nunca contrajeran los músculos que rodean los ojos. Tampoco derramaban lágrimas; y los cazadores nativos afirmaron no haber visto jamás a los elefantes llorar. Sin embargo, me parece imposible dudar de los precisos detalles de Sir E. Tennent sobre su llanto, respaldados por la afirmación del cuidador del Zoológico. Es cierto que los dos elefantes del Zoológico, al comenzar a barritar con fuerza, invariablemente contraían los músculos orbiculares. Puedo reconciliar estas afirmaciones contradictorias solo suponiendo que los elefantes recién capturados en Ceilán, por estar furiosos o asustados, desearan observar a sus perseguidores y, en consecuencia, no contrajeron sus músculos orbiculares para no obstaculizar su visión. Aquellos que Sir E. Tennent vio llorar estaban postrados y, desesperados, habían abandonado la lucha. Los elefantes que barritaban en el Zoológico al recibir la orden, por supuesto, no estaban ni alarmados ni enfurecidos.

621 ( regresar )
[ Bergeon, citado en el 'Journal of Anatomy and Physiology', noviembre de 1871, pág. 235.]

622 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, un caso presentado por Sir Charles Bell, 'Philosophical Transactions', 1823, pág. 177.]

623 ( retorno )
[ Véase, sobre estos diversos puntos, el Prof. Donders 'Sobre las anomalías de la acomodación y refracción del ojo', 1864, pág. 573.]

624 ( retorno )
[Citado por Sir J. Lubbock, 'Prehistoric Times', 1865, pág. 458.]

701 ( volver )
[Las observaciones descriptivas anteriores se basan en parte en mis propias observaciones, pero principalmente en las de Gratiolet ('De la Physionomie', págs. 53, 337; sobre los suspiros, 232), quien ha tratado con gran detalle este tema. Véase también Huschke, 'Mimices et Physiognomices, Fragmentum Physiologi-cum', 1821, pág. 21. Sobre la opacidad de los ojos, Dr. Piderit, 'Mimik und Physiognomik', 1867, s. 65.]

702 ( retorno )
[ Sobre la acción del dolor sobre los órganos de la respiración, véase más especialmente Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, 1844, pág. 151.]

703 ( volver )
[En las observaciones anteriores sobre la forma en que se hacen oblicuas las cejas, he seguido la opinión general de todos los anatomistas, cuyas obras he consultado sobre la acción de los músculos antes mencionados, o con quienes he conversado. Por lo tanto, a lo largo de esta obra adoptaré una perspectiva similar sobre la acción de los músculos corrugador superciliar, orbicular, piramidal nasal y frontal. El Dr. Duchenne, sin embargo, cree, y toda conclusión a la que llega merece seria consideración, que es el corrugador, llamado por él sourcilier, el que eleva el ángulo interno de las cejas y es antagónico a la parte superior e interna del músculo orbicular, así como al piramidal de la nariz (véase Mécanisme de la Phys. Humaine, 1862, folio, art. v., texto y figuras 19 a 29: octavo edit. 1862, p. 43 texto). Admite, sin embargo, que el corrugador junta las cejas, causando surcos verticales sobre la base de la nariz, o un ceño fruncido. Cree además que hacia los dos tercios externos de la ceja el corrugador actúa en conjunción con el músculo orbicular superior; ambos en este caso en antagonismo con el músculo frontal. A juzgar por los dibujos de Henle (xilografía, fig. 3), no logro comprender cómo el corrugador puede actuar de la manera descrita por Duchenne. Véase también, sobre este tema, las observaciones del profesor Donders en los «Archivos de Medicina», 1870, vol. VP 34. El Sr. J. Wood, reconocido por su minucioso estudio de los músculos humanos, me informa que cree correcta la explicación que he dado sobre la acción del corrugador. Pero esto no tiene importancia con respecto a la expresión causada por la oblicuidad de las cejas, ni mucho para la teoría de su origen.

704 ( retorno )
[Agradezco enormemente al Dr. Duchenne el permiso para reproducir estas dos fotografías (figs. 1 y 2) mediante el proceso de heliotipia de su obra en folio. Muchas de las observaciones anteriores sobre el surco de la piel al dibujar las cejas oblicuamente provienen de su excelente análisis sobre este tema.]

705 ( volver )
[ Mécanisme de la Phys. Humane, Álbum, pág. 15.]

706 ( volver )
[ Henle, Handbuch der Anat. des Menschen, 1858, B. is 148, figs. 68 y 69.]

707 ( volver )
[ Véase el relato de la acción de este músculo por el Dr. Duchenne, 'Mécanisme de la Physionomie Humaine, Album (1862), viii. p. 34.]

801 ( regresar )
[ Herbert Spencer, 'Ensayos científicos', etc., 1858, pág. 360.]

802 ( retorno )
[ F. Lieber sobre los sonidos vocales de L. Bridgman, 'Smithsonian Contributions', 1851, vol. ii. pág. 6.]

803 ( retorno )
[ Véase también el Sr. Marshall, en Phil. Transact. 1864, pág. 526.]

804 ( volver )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', 1865, pág. 247) presenta una extensa e interesante discusión sobre lo Ridículo. La cita anterior sobre la risa de los dioses está tomada de esta obra. Véase también Mandeville, 'La Fábula de las Abejas', vol. ii, pág. 168.]

805 ( volver )
[ 'La fisiología de la risa', Ensayos, Segunda Serie, 1863, pág. 114.]

806 ( retorno )
[ J. Lister en 'Quarterly Journal of Microscopical Science', 1853, vol. 1, pág. 266.]

807 ( volver )
['De la Physionomie', p. 186.]

808 ( regresar )
[ Sir C. Bell (Anat. of Expression, p. 147) hace algunas observaciones sobre el movimiento del diafragma durante la risa.]

809 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende vi.]

810 ( volver )
[ Handbuch der System. anat. des Menschen, 1858, B. es 144. Véase mi grabado en madera (H. fig. 2).]

811 ( retorno )
[ Véanse también las observaciones en el mismo sentido del Dr. J. Crichton Browne en 'Journal of Mental Science', abril de 1871, pág. 149.]

812 ( volver )
[ C. Vogt, 'Mémoire sur les Microcéphales', 1867, p. 21.]

813 ( regresar )
[ Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 133.]

814 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 63-67.]

815 ( retorno )
[Sir T. Reynolds señala ('Discursos', xii. p. 100): «Es curioso observar, y ciertamente cierto, que los extremos de las pasiones contrarias se expresan, con muy poca variación, mediante la misma acción». Pone como ejemplo la alegría frenética de una bacante y el dolor de una María Magdalena.]

816 ( retorno )
[ El Dr. Piderit ha llegado a la misma conclusión, ibid. s. 99.]

817 ( volver )
[ 'La Physionomie', por G. Lavater, edit. de 1820, vol. iv, pág. 224. Véase también Sir C. Bell, 'Anatomy of Expression', pág. 172, para la cita que figura a continuación.]

818 ( retorno )
[ Un 'Diccionario de etimología inglesa', 2.ª edición, 1872, Introducción, pág. xliv.]

819 ( retorno )
[ Crantz, citado por Tylor, 'Primitive Culture', 1871, Vol. i. P. 169.]

820 ( retorno )
[ F. Lieber, 'Smithsonian Contributions', 1851, vol. ii. pág. 7.]

821 ( retorno )
[El Sr. Bain señala ('Mental and Moral Science', 1868, pág. 239): “La ternura es una emoción placentera, estimulada de diversas maneras, cuyo esfuerzo es atraer a los seres humanos al abrazo mutuo.”]

822 ( retorno )
[Sir J. Lubbock, «Tiempos Prehistóricos», 2.ª edición, 1869, pág. 552, ofrece plena autoridad para estas afirmaciones. La cita de Steele está tomada de esta obra].

823 ( retorno )
[ Véase un relato completo,{sic} con referencias, por EB Tylor, 'Investigaciones sobre la historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 51.]

824 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', vol. ii. pág. 336.]

825 ( retorno )
[ El Dr. Mandsley hace un análisis de este tema en su libro 'Cuerpo y mente', 1870, pág. 85.]

826 ( volver )
[ 'La anatomía de la expresión', pág. 103, y 'Transacciones filosóficas', 1823, pág. 182.]

827 ( retorno )
[ 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 146. El Sr. Tylor ('Historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 48) da un origen más complejo a la posición de las manos durante la oración.]

901 ( volver )
['Anatomía de la Expresión', págs. 137, 139. No sorprende que los corrugadores se hayan desarrollado mucho más en el hombre que en los simios antropoides; pues los pone en acción incesante en diversas circunstancias, y se habrán fortalecido y modificado por los efectos heredados del uso. Hemos visto la importancia que desempeñan, junto con los orbiculares, para proteger los ojos de una excesiva congestión sanguínea durante las espiraciones violentas. Cuando los ojos se cierran con la mayor rapidez y fuerza posible, para evitar que se lastimen con un golpe, los corrugadores se contraen. En los salvajes u otros hombres con la cabeza descubierta, las cejas se bajan y contraen continuamente para protegerse de una luz demasiado intensa; esto se logra en parte gracias a los corrugadores. Este movimiento habría sido especialmente útil para el hombre, desde que sus primeros progenitores mantuvieron la cabeza erguida. Por último, el profesor Donders cree ('Archivos de Medicina', ed. por L. Beale, 1870, vol. vp 34), que los corrugadores entran en acción para hacer que el globo ocular avance en acomodación para la proximidad en la visión.]

902 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende iii.]

903 ( retorno )
['Mimik und Physiognomik,' s. 46.]

904 ( retorno )
[ 'Historia de los abipones', traducción inglesa, vol. ii, pág. 59, citado por Lubbock, 'Origen de la civilización', 1870, pág. 355.]

905 ( retorno )
[ 'De la Physionomie', pp. 15, 144, 146. El Sr. Herbert Spencer explica el ceño fruncido exclusivamente por el hábito de contraer las cejas como sombra para los ojos cuando hay una luz brillante: véase 'Principios de fisiología', 2.ª edición, 1872, p. 546.]

906 ( volver )
[Gratiolet comenta (De la Phys. p. 35), “Quand l'attention est fixee sur quelque image interieure, l'oeil respecte dons le vide et s'associe automatiquement a la contemplation de l'esprit”. Pero este punto de vista difícilmente merece ser llamado explicación.]

907 ( retorno )
['Miles Gloriosus', acto ii. Carolina del Sur. 2.]

908 ( retorno )
[ La fotografía original del señor Kindermann es mucho más expresiva que esta copia, ya que muestra más claramente el ceño fruncido.]

909 ( retorno )
[ 'Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende iv. higos. 16-18.]

910 ( retorno )
[ Hensleigh Wedgwood sobre 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 78.]

911 ( regreso )
[ Müller, citado por Huxley, 'El lugar del hombre en la naturaleza', 1863, pág. 38.]

912 ( retorno )
[ He dado varios ejemplos en mi 'Descent of Man', vol. i, cap. iv.]

913 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión'. pág. 190.]

914 ( volver )
['De la Physionomie', págs. 118-121.]

915 ( volver )
['Mimik und Physiognomik,' s. 79.]

1001 ( retorno )
[ Véanse algunas observaciones a este respecto del Sr. Bain, 'Las emociones y la voluntad', 2ª edición, 1865, pág. 127.]

1002 ( volver )
[ Rengger, Naturgesch. der Säugethiere von Paraguay, 1830, s. 3.]

1003 ( volver )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 96. Por otra parte, el Dr. Burgess ('Fisiología del rubor', 1839, pág. 31) habla del enrojecimiento de una cicatriz en una negra como de la naturaleza de un rubor.]

1004 ( retorno )
[ Moreau y Gratiolet han discutido el color de la cara bajo la influencia de una pasión intensa: ver la edición de 1820 de Lavater, vol. iv, págs. 282 y 300; y Gratiolet, 'De la Physionomie', pág. 345.]

1005 ( volver )
[Sir C. Bell, «Anatomía de la expresión», págs. 91, 107, ha tratado este tema a fondo. Moreau señala (en la edición de 1820 de «La Physionomie, par G. Lavater», vol. iv, pág. 237), y cita a Portal para confirmarlo, que los pacientes asmáticos adquieren fosas nasales permanentemente dilatadas debido a la contracción habitual de los músculos elevadores de las alas de la nariz. La explicación del Dr. Piderit («Mimik und Physiognomik», s. 82) sobre la distensión de las fosas nasales, es decir, para permitir la respiración libre con la boca cerrada y los dientes apretados, no parece tan correcta como la de Sir C. Bell, quien la atribuye a la simpatía ( es decir , a la coacción habitual) de todos los músculos respiratorios. Las fosas nasales de un hombre enojado pueden verse dilatadas, aunque su boca esté abierta.

1006 ( volver )
[Sr. Wedgwood, 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 76. También observa que el sonido de una respiración agitada “se representa con las sílabas puff, huff, whiff , de donde huff es un ataque de mal humor.”]

1007 ( regresar )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 95) tiene algunas observaciones excelentes sobre la expresión de la ira.]

1008 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, p. 346.]

1009 ( volver )
[Sir C. Bell, «Anatomía de la expresión», pág. 177. Gratiolet (De la Phys., pág. 369) dice: «Los dientes descubren y simbolizan simbólicamente la acción de descifrar y de morder». Si, en lugar de usar el término vago «simbólicamente» , Gratiolet hubiera dicho que la acción era un remanente de un hábito adquirido durante tiempos primitivos, cuando nuestros progenitores semihumanos luchaban juntos con los dientes, como los gorilas y los orangutanes en la actualidad, habría sido más comprensible. El Dr. Piderit («Mimik», etc., s. 82) también habla de la retracción del labio superior durante la ira. En un grabado de una de las maravillosas pinturas de Hogarth, la pasión se representa de la manera más sencilla mediante los ojos abiertos y brillantes, la frente fruncida y los dientes expuestos y sonrientes.]

1010 ( retorno )
[ 'Oliver Twist', vol. iii. pág. 245.]

1011 ( retorno )
[ 'The Spectator', 11 de julio de 1868, pág. 810.]

1012 ( regresar )
[ 'Cuerpo y mente', 1870, págs. 51-53.]

1013 ( volver )
[Le Brun, en su conocida «Conferencia sobre la expresión» («La fisionomía, por Lavater», edición de 1820, vol. LX, pág. 268), señala que la ira se expresa apretando los puños. Véase, en el mismo sentido, Huschke, «Mimices et Physiognomices, Fragmentum Physiologicum», 1824, pág. 20. También Sir C. Bell, «Anatomía de la expresión», pág. 219.]

1014 ( devolución )
[ Transact. Filósofo. Soc., Apéndice, 1746, pág. 65.]

1015 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 136. Sir C. Bell llama (pág. 131) a los músculos que descubren los caninos los músculos del gruñido.]

1016 ( regresar )
[ Hensleigh Wedgwood, 'Diccionario de etimología inglesa', 1865, vol. iii. págs. 240, 243.]

1017 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', 1871, vol. L pág. 126.]

1101 ( retorno )
['De In Physionomie et la Parole', 1865, p. 89.]

1102 ( retorno )
[ 'Physionomie Humaine', Álbum, Leyenda viii. pág. 35. Gratiolet también habla (De la Phys. 1865, pág. 52) del desvío de los ojos y del cuerpo.]

1103 ( volver )
[El Dr. W. Ogle, en un interesante artículo sobre el sentido del olfato ('Medico-Chirurgical Transactions', vol. liii, pág. 268), muestra que cuando deseamos oler con atención, en lugar de realizar una inspiración nasal profunda, aspiramos el aire mediante una sucesión de inhalaciones cortas y rápidas. Si se observan las fosas nasales durante este proceso, se verá que, lejos de dilatarse, se contraen con cada inhalación. La contracción no abarca toda la abertura anterior, sino solo la porción posterior. A continuación, explica la causa de este movimiento. Cuando, por otro lado, deseamos excluir cualquier olor, la contracción, supongo, afecta solo la parte anterior de las fosas nasales.]

1104 ( retorno )
[ 'Mimik und Physiognomik', ss. 84, 93. Gratiolet (ibid. p. 155) adopta casi la misma opinión que el Dr. Piderit respecto de la expresión de desprecio y disgusto.]

1105 ( retorno )
[El desprecio implica una forma fuerte de desprecio; y una de las raíces de la palabra «scorn» significa, según el Sr. Wedgwood (Dict. of English Etymology, vol. iii, pág. 125), inmundicia o suciedad. A quien se desprecia se le trata como si fuera suciedad.]

1106 ( regresar )
[ 'Historia temprana de la humanidad', 2ª edición, 1870, pág. 45.]

1107 ( retorno )
[ Véase, a este efecto, la Introducción del Sr. Hensleigh Wedgwood al 'Diccionario de etimología inglesa', 2ª edición, 1872, pág. xxxvii.]

1108 ( retorno )
[Duchenne cree que, en la eversión del labio inferior, las comisuras se desplazan hacia abajo por los depresores del ángulo de la boca . Henle (Handbuch d. Anat. des Menschen, 1858, B. is 151) concluye que esto se debe al músculo cuadrado de la mandíbula .]

1109 ( regresar )
[Según lo citado por Tylor, 'Primitive Culture', 1871, vol. ip 169.]

1110 ( retorno )
[ Ambas citas son de Mr. H. Wedgwood, 'Sobre el origen del lenguaje', 1866, pág. 75.]

1111 ( retorno )
[ Así lo afirma el Sr. Tylor (Early Hist. of Mankind, 2.ª edición, 1870, pág. 52); y añade: “no está claro por qué debería ser así”.]

1112 ( regresar )
[ 'Principios de psicología', 2ª edición, 1872, pág. 552.]

1113 ( regresar )
[Gratiolet (De la Phys. p. 351) hace esta observación y ofrece algunas observaciones acertadas sobre la expresión del orgullo. Véase Sir C. Bell ('Anatomía de la Expresión', p. 111) sobre la acción del músculo soberbio .]

1114 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 166.]

1115 ( regreso )
[ 'Viaje a través de Texas', pág. 352.]

1116 ( regreso )
[ Sra. Oliphant, 'Los Brownlows', vol. ii. pág. 206.]

1117 ( regresar )
[ 'Essai sur le Langage', 2ª edición, 1846. Estoy muy agradecido a la señorita Wedgwood por haberme proporcionado esta información, con un extracto de la obra.]

1118 ( regresar )
[ 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 91.]

1119 ( volver )
[ 'Sobre los sonidos vocales de L. Bridgman'; Contribuciones al Smithsonian, 1851, vol. ii. pág. 11.]

1120 ( retorno )
['Mémoire sur les Microcéphales', 1867, p. 27.]

1121 ( regresar )
[Citado por Tylor, 'Historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 38.]

1122 ( retorno )
[ Sr. JB Jukes, 'Cartas y extractos', etc. 1871, pág. 248.]

1123 ( volver )
[ F. Lieber, 'Sobre los sonidos vocales', etc. pág. 11. Tylor, ibid. pág. 53.]

1124 ( retorno )
[ Dr. King, Edinburgh Phil. Journal, 1845, pág. 313.]

1125 ( regresar )
[ Tylor, 'Historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 53.]

1126 ( retorno )
[ Lubbock, 'El origen de la civilización', 1870, pág. 277. Tylor, ibíd., pág. 38. Lieber (ibíd., pág. 11) comenta la negativa de los italianos.]

1201 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie', Álbum, 1862, p. 42.]

1202 ( regreso )
[ 'The Polyglot News Letter', Melbourne, diciembre de 1858, pág. 2.]

1203 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', pág. 106.]

1204 ( retorno )
[ Mécanisme de la Physionomie,' Álbum, p. 6.]

1205 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, el Dr. Piderit ('Mimik und Physiognomik', pág. 88), que hace un buen análisis de la expresión de sorpresa.]

1206 ( regresar )
[El Dr. Murie también me ha proporcionado información que conduce a la misma conclusión, derivada en parte de la anatomía comparada.]

1207 ( retorno )
['De la Physionomie', 1865, p. 234.]

1208 ( retorno )
[ Véase, sobre este tema, Gratiolet, ibid. p. 254.]

1209 ( retorno )
[ Lieber, 'Sobre los sonidos vocales de Laura Bridgman', Contribuciones al Smithsonian, 1851, vol. ii. pág. 7.]

1210 ( regreso )
[ 'Wenderholme', vol. ii. pág. 91.]

1211 ( retorno )
[ Lieber, 'Sobre los sonidos vocales', etc., ibid. pág. 7.]

1212 ( regresar )
[Huschke, 'Mimices et Physiognomices', 1821, pág. 18. Gratiolet (De la Phys., pág. 255) presenta la figura de un hombre en esta actitud, que, sin embargo, me parece expresar miedo combinado con asombro. Le Brun también menciona (Lavater, vol. ix, pág. 299) las manos de un hombre asombrado al ser abiertas.]

1213 ( retorno )
[ Huschke, ibid. p. 18.]

1214 ( retorno )
[ 'Indios norteamericanos', 3ª edición, 1842, vol. ip 105.]

1215 ( volver )
[H. Wedgwood, Dict. of English Etymology, vol. ii. 1862, pág. 35. Véase también Gratiolet ('De la Physionomie', pág. 135) sobre el origen de palabras como 'terror, horror, rigidus, frigidus', etc.]

1216 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', 1865, pág. 54) explica de la siguiente manera el origen de la costumbre de someter a los criminales en la India a la ordalía del bocado de arroz. Se obliga al acusado a tomar un bocado de arroz y, al cabo de un rato, a arrojarlo. Si el bocado está completamente seco, se le considera culpable, pues su mala conciencia paraliza los órganos salivales.]

1217 ( retorno )
[Sir C. Bell, Transactions of Royal Phil. Soc. 1822, pág. 308. 'Anatomía de la expresión', págs. 88 y 164-469.]

1218 ( retorno )
[ Véase Moreau sobre el giro de los ojos, en la edición de 1820 de Lavater, tomo iv, pág. 263. También, Gratiolet, De la Phys., pág. 17.]

1219 ( volver )
[ 'Observaciones sobre Italia', 1825, pág. 48, citado en 'La anatomía de la expresión', pág. 168.]

1220 ( regresar )
[Citado por el Dr. Maudsley, 'Cuerpo y mente', 1870, pág. 41.]

1221 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 168.]

1222 ( volver )
[ Mécanisme de la Phys. Humaine, Álbum, Légende xi.]

1223 ( retorno )
[ Ducheinne adopta, de hecho, este punto de vista (ibid. p. 45), ya que atribuye la contracción del platisma al temblor del miedo ( frisson de la peur ); pero en otra parte compara la acción con la que hace que el cabello de los cuadrúpedos asustados se erice; y difícilmente puede considerarse que esto sea del todo correcto.]

1224 ( retorno )
['De la Physionomie', págs. 51, 256, 346.]

1225 ( retorno )
[Como se cita en 'Gradación en el hombre' de White, pág. 57.]

1226 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 169.]

1227 ( retorno )
[ 'Mécanisme de la Physionomie', Álbum, pl. 65, págs. 44, 45.]

1228 ( volver )
[Véanse las observaciones al respecto del Sr. Wedgwood, en la introducción a su «Diccionario de Etimología Inglesa», 2.ª edición, 1872, pág. xxxvii. Mediante formas intermedias, demuestra que los sonidos aquí mencionados probablemente dieron origen a muchas palabras, como «feo», «enorme» , etc.]

1301 ( volver )
[ 'La fisiología o mecanismo del rubor', 1839, pág. 156. Tendré ocasión de citar a menudo esta obra en el presente capítulo.]

1302 ( retorno )
[ Dr. Burgess, ibid. p. 56. En la p. 33 también señala que las mujeres se sonrojan más libremente que los hombres, como se indica a continuación.]

1303 ( volver )
[Citado por Vogt, 'Mémoire sur les Microcéphales', 1867, pág. 20. El Dr. Burgess (ibid. pág. 56) duda de que los idiotas se sonrojen alguna vez.]

1304 ( retorno )
[ Lieber 'Sobre los sonidos vocales', etc.; Contribuciones al Smithsonian, 1851, vol. ii. pág. 6.]

1305 ( retorno )
[ Ibíd. pág. 182.]

1306 ( retorno )
[ Moreau, en la edición de 1820 de Lavater, vol. iv. pág. 303.]

1307 ( retorno )
[ Burgess. ibid. p. 38, sobre la palidez después del rubor, p. 177.]

1308 ( retorno )
[ Véase Lavater, edición de 1820, vol. iv, pág. 303.]

1309 ( retorno )
[ Burgess, ibid. págs. 114, 122. Moreau en Lavater, ibid. vol. iv. pág. 293.]

1310 ( regreso )
[ 'Cartas desde Egipto', 1865, pág. 66. Lady Gordon se equivoca cuando dice que los malayos y los mulatos nunca se sonrojan.]

1311 ( regreso )
[El capitán Osborn ('Quedah', pág. 199), al hablar de un malayo a quien reprochó su crueldad, dice que se alegró de ver que el hombre se sonrojó.]

1312 ( retorno )
[J.R. Forster, «Observaciones durante un viaje alrededor del mundo», 4.ª ed., 1778, pág. 229. Waitz proporciona («Introducción a la Antropología», traducción al inglés, 1863, vol. ip. 135) referencias de otras islas del Pacífico. Véase también Dampier, «Sobre el rubor de los tunquineses» (vol. ii, pág. 40); pero no he consultado esta obra. Waitz cita a Bergmann, afirmando que los calmucos no se sonrojan, pero esto puede ponerse en duda después de lo que hemos visto con respecto a los chinos. También cita a Roth, quien niega que los abisinios sean capaces de sonrojarse. Lamentablemente, el capitán Speedy, quien convivió durante tanto tiempo con los abisinios, no ha respondido a mi pregunta al respecto. Por último, debo añadir que el Rajah Brooke nunca ha observado el menor signo de rubor en los dayaks de Borneo; por el contrario, en circunstancias que a nosotros nos harían sonrojar, afirman “que sienten cómo se les arranca la sangre de la cara”.

1313 ( retorno )
[ Transact. de la Sociedad Etnológica 1870, vol. ii. pág. 16.]

1314 ( retorno )
[ Humboldt, 'Narrativa personal', trad. inglesa, vol. iii, pág. 229.]

1315 ( retorno )
[Citado por Prichard, Phys. Hist. of Mankind, 4ª edición 1851, vol. ip 271.]

1316 ( retorno )
[ Véase, sobre este tema, Burgess, ibid. p. 32. También Waitz, 'Introducción a la Antropología', edición inglesa, vol. ip. 139. Moreau ofrece un relato detallado ('Lavater', 1820, tom. iv. p. 302) del rubor de una esclava negra de Madagascar cuando su brutal amo la obligó a exhibir su pecho desnudo.]

1317 ( retorno )
[Citado por Prichard, Phys. Hist. of Mankind, 4ª edición, 1851, vol. ip 225.]

1318 ( retorno )
[Burgess, ibid. p. 31. Sobre el rubor de los mulatos, véase p. 33. He recibido relatos similares con respecto a los mulatos.]

1319 ( regresar )
[Barrington también dice que los australianos de Nueva Gales del Sur se sonrojan, como cita Waitz, ibid. p. 135.]

1320 ( regresar )
[El Sr. Wedgwood afirma (Dict. of English Etymology, vol. iii. 1865, pág. 155) que la palabra vergüenza «bien podría tener su origen en la idea de sombra u ocultación, y podría ilustrarse con el esquema bajo alemán : sombra o tiniebla». Gratiolet (De la Phys., págs. 357-362) ofrece una buena explicación de los gestos que acompañan a la vergüenza; sin embargo, algunas de sus observaciones me parecen bastante fantasiosas. Véase también Burgess (ibid., págs. 69, 134) sobre el mismo tema.]

1321 ( retorno )
[Burgess, ibíd., págs. 181, 182. Boerhaave también observó (citado por Gratiolet, ibíd., pág. 361) la tendencia a la secreción de lágrimas durante el rubor intenso. El Sr. Bulmer, como hemos visto, habla de los «ojos llorosos» de los hijos de los aborígenes australianos cuando se avergonzaban.]

1322 ( regresar )
[ Véase también las memorias del Dr. J. Crichton Browne sobre este tema en el 'West Riding Lunatic Asylum Medical Report', 1871, págs. 95-98.]

1323 ( regresar )
[ En una discusión sobre el llamado magnetismo animal en 'Table Talk', vol. i.]

1324 ( retorno )
[ Ibíd. pág. 40.]

1325 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las emociones y la voluntad', 1865, pág. 65) comenta sobre “la timidez de modales que se induce entre los sexos... por la influencia del respeto mutuo, por el temor de cada parte de no llevarse bien con la otra.”]

1326 ( retorno )
[ Véase, para evidencia sobre este tema, 'El origen del hombre', etc., vol. ii, págs. 71, 341.]

1327 ( retorno )
[H. Wedgwood, Dict. English Etymology, vol. iii. 1865, pág. 184. Lo mismo ocurre con la palabra latina verecundus .]

1328 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', pág. 64) ha analizado los sentimientos de vergüenza que se experimentan en estas ocasiones, así como el miedo escénico de los actores no acostumbrados al escenario. El Sr. Bain aparentemente atribuye estos sentimientos a simple aprensión o temor.]

1329 ( volver )
[ 'Ensayos sobre educación práctica', por Maria y RL Edgeworth, nueva edición, vol. ii. 1822, pág. 38. El Dr. Burgess (ibid., pág. 187) insiste firmemente en el mismo sentido.]

1330 ( regresar )
[ 'Ensayos sobre educación práctica', por Maria y RL Edgeworth, nueva edición, vol. ii. 1822, pág. 50.]

1331 ( volver )
[ Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 95. Burgess, citado a continuación, ibid. pág. 49. Gratiolet, De la Phys. pág. 94.]

1332 ( regreso )
[Con la autoridad de Lady Mary Wortley Montague; véase Burgess, ibid. pág. 43.]

1333 ( volver )
[En Inglaterra, creo que Sir H. Holland fue el primero en considerar la influencia de la atención mental en diversas partes del cuerpo, en sus «Medical Notes and Reflections» (Notas y reflexiones médicas), 1839, pág. 64. Este ensayo, considerablemente ampliado, fue reimpreso por Sir H. Holland en sus «Chapters on Mental Physiology» (Capítulos sobre fisiología mental), 1858, pág. 79, obra que siempre cito. Casi al mismo tiempo, y posteriormente, el profesor Laycock trató el mismo tema: véase «Edinburgh Medical and Surgical Journal», julio de 1839, págs. 17-22. También su «Treatise on the Nervous Diseases of Women» (Tratado sobre las enfermedades nerviosas de la mujer), 1840, pág. 110; y «Mind and Brain» (Mente y cerebro), vol. ii, 1860, pág. 327. Las opiniones del Dr. Carpenter sobre el mesmerismo tienen una relevancia casi similar. El gran fisiólogo Müller trató («Elementos de Fisiología», traducción inglesa, vol. ii, págs. 937, 1085) la influencia de la atención en los sentidos. Sir J. Paget analiza la influencia de la mente en la nutrición de las partes del cuerpo en sus «Conferencias sobre Patología Quirúrgica», 1853, vol. ip. 39: 1 cita de la 3.ª edición, revisada por el profesor Turner en 1870, pág. 28. Véase también Gratiolet, «De la Phys.», págs. 283-287.

1334 ( volver )
[ De la Phys. pag. 283.]

1340 ( regresar )
[El Dr. Maudsley ha hecho ('Fisiología y Patología de la Mente', 2.ª edición, 1868, pág. 105), basándose en fuentes fidedignas, algunas afirmaciones curiosas respecto a la mejora del sentido del tacto mediante la práctica y la atención. Es notable que cuando este sentido se ha agudizado en cualquier punto del cuerpo, por ejemplo, en un dedo, también mejora en el punto correspondiente del lado opuesto del cuerpo.]

1341 ( regresar )
[ The Lancet', 1838, pp. 39-40, citado por el profesor Laycock, 'Nervous Diseases of Women', 1840, p. 110.]

1342 ( volver )
[ 'Capítulos sobre fisiología mental', 1858, págs. 91-93.]

1343 ( volver )
[ 'Conferencias sobre patología quirúrgica', 3ª edición, revisada por el profesor Turner, 1870, págs. 28, 31.]

1344 ( retorno )
[ 'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 938.]

1345 ( regresar )
[El profesor Laycock ha tratado este punto de forma muy interesante. Véase su obra «Enfermedades nerviosas de la mujer», 1840, pág. 110].

1346 ( retorno )
[ Véase también el artículo del Sr. Michael Foster sobre la acción del sistema vasomotor en su interesante conferencia ante la Institución Real, tal como aparece traducida en la 'Revue des Cours Scientifiques', 25 de septiembre de 1869, pág. 683.]

1401 ( regresar )
[ Véanse los interesantes datos aportados por el Dr. Bateman sobre 'Afasia', 1870, pág. 110.]

1402 ( retorno )
['La Physionomie et la Parole', 1865, págs. 103, 118.]

1403 ( retorno )
[ Rengger, 'Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 55.]

1404 ( retorno )
[ Citado por Moreau, en su edición de Lavater, 1820, tom. iv. p. 211.]

1405 ( volver )
[Gratiolet ('De la Physionomie', 1865, p. 66) insiste en la verdad de esta conclusión.]

 

 

*** FIN DEL PROYECTO GUTENBERG EBOOK LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES ***


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