© Libro N° 14114. La Expresión
De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales. Darwin,
Charles. Emancipación. Agosto 2 de 2025
Título Original: © La Expresión De Las Emociones En
El Hombre Y Los Animales. Charles Darwin
Versión Original: © La Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales.
Charles Darwin
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LA EXPRESIÓN DE LAS
EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES
Charles Darwin
La Expresión
De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales
Charles Darwin
Título : La
Expresión De Las Emociones En El Hombre Y Los Animales
Autor : Charles
Darwin
Fecha de
lanzamiento : 1 de marzo de 1998 [eBook #1227]
Última actualización: 29 de octubre de 2024
Idioma :
Inglés
Créditos :
Producido por Charles Keller y David Widger
LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES
Por Charles Darwin
Con ilustraciones fotográficas y de otro tipo.
Nueva York,
D. Appleton and Company,
1899.
CONTENIDO
SOBRE LA
EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.
CAPÍTULO
I. — PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.
CAPÍTULO
II. — PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— continúa .
CAPÍTULO
III. — PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— concluyó .
CAPÍTULO
IV. — MEDIOS DE EXPRESIÓN EN LOS ANIMALES.
CAPÍTULO
V. — EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.
CAPÍTULO
VI. — EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.
CAPÍTULO
VII. — DESÁNIMO, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.
CAPÍTULO
VIII. — ALEGRÍA, ÁNIMO, AMOR, TIERNOS SENTIMIENTOS, DEVOCIÓN.
CAPÍTULO
IX. — REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL CARÁCTER—MAL HUMOR—DETERMINACIÓN.
CAPÍTULO
XI. — DESDÉN—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO, ETC.
CAPÍTULO
XII. — SORPRESA—ASOMBRO—MIEDO—HORROR.
CAPÍTULO
XIII. — AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDEZ—MODESTIA: SONROJO.
CAPÍTULO
XIV. — CONSIDERACIONES FINALES Y RESUMEN.
ILUSTRACIONES
Músculos
del rostro humano. Figura 1-2
Músculos
del rostro humano. Fig. 3
Perro
pequeño observando a un gato sobre una mesa. Figura 4
Perro en
estado de ánimo hostil. Fig. 5
Perro con
actitud humilde y cariñosa. Fig. 6
Perro en
estado de ánimo hostil. Fig. 7
Perro
acariciando a su amo. Fig. 8
Gato
salvaje y listo para luchar. Fig. 9
Gato con
actitud cariñosa. Fig. 10
Púas de
la cola de un puercoespín que producen sonido. Fig. 11
Gallina
ahuyentando a un perro de sus gallinas. Fig. 12
Cisne
ahuyentando a un intruso. Fig. 13
Cabeza de
perro gruñendo. Fig. 14
Gato
aterrorizado por un perro. Fig. 15
Cynopithecus
Niger, complacido al ser acariciado. Fig. 17
Chimpancé
decepcionado y malhumorado. Fig. 18
Oblicuidad
de las cejas. Lámina II
Risa
moderada y sonrisa. Lámina III
Fotografía
de una mujer demente. Fig. 19
Nota : Varias de las figuras de estas siete láminas de heliotipo se han
reproducido a partir de fotografías, en lugar de los negativos originales; por
lo tanto, son algo indistintas. Sin embargo, son copias fieles y, para mi
propósito, son muy superiores a cualquier dibujo, por muy bien ejecutado que
esté.
CONTENIDO
DETALLADO.
CAP.
I—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.
Los tres principios fundamentales enunciados: El primer principio: Las acciones
útiles se vuelven habituales en asociación con ciertos estados mentales, y se
realizan independientemente de si son útiles o no en cada caso particular. La
fuerza del hábito: Herencia: Movimientos habituales asociados en el hombre:
Acciones reflejas: Transformación de hábitos en acciones reflejas: Movimientos
habituales asociados en los animales inferiores: Observaciones finales.
CAP.
II—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN. — continuación .
El principio de antítesis—Ejemplos en el perro y el gato—Origen del
principio—Signos convencionales—El principio de antítesis no surge de acciones
opuestas realizadas conscientemente bajo impulsos opuestos.
CAP.
III—PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN. — Conclusión .
El principio de la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el
cuerpo, independientemente de la voluntad y en parte del hábito—Cambio de color
del cabello—Temblor muscular—Secreciones modificadas—Sudoración—Expresión de
dolor extremo—De rabia, gran alegría y terror—Contraste entre las emociones que
causan y no causan movimientos expresivos—Estados mentales excitantes y
depresivos—Resumen
CAP.
IV—MEDIOS DE EXPRESIÓN EN ANIMALES.
Emisión de sonidos—Sonidos vocales—Sonidos producidos de otra manera—Erección
de los apéndices dérmicos, pelos, plumas, etc., bajo emociones de ira y
terror—Echar las orejas hacia atrás como preparación para la pelea y como
expresión de ira—Erección de las orejas y alzar la cabeza, señal de atención
CAP.
V.—EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.
El perro, diversos movimientos expresivos de los gatos, los caballos, los
rumiantes, los monos, su expresión de alegría y afecto, de dolor, de ira,
asombro y terror.
CAP.
VI.—EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.
El llanto y el llanto de los bebés—Forma de los rasgos—Edad a la que comienza
el llanto—Efectos de la restricción habitual en el llanto—Sollozo—Causa de la
contracción de los músculos que rodean los ojos al gritar—Causa de la secreción
de lágrimas
CAP.
VII.—DESANIMACIÓN, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.
Efecto general del dolor en el organismo—Oblicuidad de las cejas por
sufrimiento—Sobre la causa de la oblicuidad de las cejas—Sobre la depresión de
las comisuras de los labios
CAP.
VIII.—ALEGRÍA, ALEGRÍA, AMOR, TERNURA, DEVOCIÓN.
La risa, principalmente expresión de alegría — Ideas absurdas — Movimientos
faciales durante la risa — Naturaleza del sonido producido — Secreción de
lágrimas durante la risa fuerte — Gradación de la risa fuerte a la sonrisa
suave — Alegría — Expresión de amor — Ternura — Devoción
CAP.
IX.—REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL TEMPERAMENTO—MAL HUMOR Y DETERMINACIÓN.
El acto de fruncir el ceño—Reflexión con esfuerzo o con la percepción de algo
difícil o desagradable—Meditación abstraída—Mal humor—Morosidad—Obstinación—Mal
humor y pucheros—Decisión o determinación—Cerrar firmemente la boca
CAP.
X.—ODIO E IRA.
Odio—Ira, efectos en el organismo—Descubrimiento de los dientes—Ira en los
enfermos mentales—Ira e indignación—Como se expresan en las diversas razas
humanas—Desprecio y desafío—Descubrimiento de los caninos en un lado de la cara
CAP.
XI.—DESDÉS—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO,
ETC.—DESAMPARO—PACIENCIA—AFIRMACIÓN Y NEGACIÓN.
Desprecio, desdén y burla, expresados de diversas maneras—Sonrisa
burlona—Gestos que expresan desprecio—Repugnancia—Culpa, engaño, orgullo,
etc.—Desamparo o impotencia—Paciencia—Obstinación—Encogimiento de hombros común
en la mayoría de las razas humanas—Señales de afirmación y negación
CAP.
XII.—Sorpresa—Asombroso—Miedo—Horror.
Sorpresa, asombro—Aumento de las cejas—Apertura de la boca—Protrusión de los
labios—Gestos que acompañan a la sorpresa—Admiración—Miedo—Terror—Erección del
cabello—Contracción del músculo platisma—Dilatación de las
pupilas—Horror—Conclusión.
CAP.
XIII.—AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDIA—MODESTIA: SONROJO.
Naturaleza del sonrojo—Herencia—Partes del cuerpo más afectadas—Sonrojeo en las
distintas razas humanas—Gestos que lo acompañan—Confusión mental—Causas del
sonrojo—Autoatención, el elemento fundamental—Timidez—Vergüenza, derivada del
incumplimiento de las leyes morales y las normas convencionales—Modestia—Teoría
del sonrojo—Recapitulación
CAP.
XIV.—OBSERVACIONES FINALES Y RESUMEN.
Los tres principios rectores que han determinado los principales movimientos de
expresión—Su herencia—Sobre el papel de la voluntad y la intención en la
adquisición de diversas expresiones—El reconocimiento instintivo de la
expresión—La relación de nuestro tema con la unidad específica de las razas
humanas—Sobre la adquisición sucesiva de diversas expresiones por los
progenitores del hombre—La importancia de la expresión—Conclusión
SOBRE LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.
INTRODUCCIÓN.
Se han escrito
muchas obras sobre la expresión, pero un número mayor sobre fisonomía, es
decir, sobre el reconocimiento del carácter mediante el estudio de la forma
permanente de los rasgos. Este último tema no me ocupa aquí. Los tratados más
antiguos [1] que he consultado me han sido de poca o ninguna utilidad. Las
famosas «Conferencias» [2] del pintor Le Brun, publicadas en 1667, son la obra antigua más
conocida y contienen algunas observaciones acertadas. Otro ensayo algo antiguo,
los «Discursos», pronunciados entre 1774 y 1782 por el conocido anatomista
holandés Camper [3] , difícilmente puede considerarse que haya supuesto un avance
significativo en el tema. Las siguientes obras, por el contrario, merecen la
máxima consideración.
Sir Charles Bell,
ilustre por sus descubrimientos en fisiología, publicó en 1806 la primera
edición y la tercera de su obra «Anatomía y Filosofía de la Expresión». [4] Con justicia, se puede decir que no solo sentó las bases de la
disciplina como rama de la ciencia, sino que construyó una noble estructura. Su
obra es sumamente interesante en todos los sentidos; incluye descripciones
gráficas de las diversas emociones y está admirablemente ilustrada.
Generalmente se admite que su mérito consiste principalmente en haber
demostrado la estrecha relación que existe entre los movimientos de la
expresión y los de la respiración. Uno de los puntos más importantes, por insignificante
que parezca a primera vista, es que los músculos que rodean los ojos se
contraen involuntariamente durante los violentos esfuerzos espiratorios para
proteger estos delicados órganos de la presión sanguínea. Este hecho, que ha
sido investigado a fondo para mí con la mayor amabilidad por los profesores
Donders de Utrecht, arroja, como veremos más adelante, un torrente de luz sobre
varias de las expresiones más importantes del rostro humano. Los méritos de la
obra de Sir C. Bell han sido infravalorados o completamente ignorados por
varios escritores extranjeros, pero han sido plenamente admitidos por algunos,
por ejemplo por M. Lemoine, [5] quien con gran justicia dice:—“Le livre de Ch. Bell devrait être
médité par quiconque essaye de faire parler le visage de l'homme, par les
philosophes aussi bien que par les artistas, car, sous une apparence plus
légère et sous le prétexte de l'esthétique, c'est un des plus beaux monuments
de la science des rapports du physique et du moral.”
A partir de las
razones que se expondrán a continuación, Sir C. Bell no intentó desarrollar sus
ideas hasta el límite de lo posible. No intenta explicar por qué se activan
diferentes músculos ante diferentes emociones; por qué, por ejemplo, una
persona que sufre de dolor o ansiedad levanta el interior de las cejas y
deprime las comisuras de los labios.
En 1807, M. Moreau
editó una edición de Lavater sobre Fisonomía [6], en la que incorporó varios ensayos propios, con excelentes
descripciones de los movimientos de los músculos faciales, junto con numerosas
observaciones valiosas. Sin embargo, arrojó muy poca luz sobre la filosofía del
tema. Por ejemplo, M. Moreau, al hablar del acto de fruncir el ceño, es decir,
de la contracción del músculo llamado por los escritores franceses « sucilier» ( corrigitor
supercilii ), comenta con acierto: «Cette action des sourciliers est
un des symptômes les plus tranchés de l'expression des affecties pénibles ou
concentrées». Luego agrega que estos músculos, por su inserción y posición,
están equipados “à resserrer, à concentrer les principaux traces de la face ,
comme il convient dans toutes ces passions vraiment opresseds ou profondes,
dans ces afectos dont le sentiment semble porter l'organisation à revenir sur
elle-même, à se contracter et à s'amoindrir. , comme pour
offrir moins de premio y de superficie à des impresiones redoutables ou
importunes.” Quien piense que observaciones de este tipo arrojan alguna luz
sobre el significado o el origen de las diferentes expresiones, tiene una
visión del tema muy diferente a la que yo hago.
En el pasaje
anterior no hay más que un ligero avance, si es que hay alguno, en la filosofía
del tema, más allá del alcanzado por el pintor Le Brun, quien, en 1667, al
describir la expresión de miedo, dice: “Le sourcil qui est abaissé d'un côté et
élevé de l'autre, fait voir que la partie élevée semble le vouloir joindre au
cerveau pour le garantir du mal que l'âme aperçoit, et le côté qui est abaissé
et qui paraît enflé,—nous fait trouver dans cet état par les esprits qui
viennent du cerveau en abondance, comme polir couvrir l'âme et la défendre du
mal qu'elle craint; cantó qui se retirar vers lui, ce qui l'oblige, voulant
respirer, à faire un esfuerzo qui est causa que la bouche s'ouvre extrêmement,
et qui, lorsqu'il passe par les organes de la voix, forme un son qui n'est
point articulé; que si les muscle et les veines paraissent enflés, ce n'est que
par les esprits que le cerveau envoie en ces Parties-là.” He pensado que vale
la pena citar las frases anteriores, como ejemplos del sorprendente disparate
que se ha escrito sobre el tema.
'La fisiología o
mecanismo del rubor', del Dr. Burgess, apareció en 1839, y a esta obra me
referiré con frecuencia en mi decimotercer capítulo.
En 1862, el Dr.
Duchenne publicó dos ediciones, en folio y octavo, de su «Mécanisme de la
Physionomie Humaine», en las que analiza mediante electricidad e ilustra con
magníficas fotografías los movimientos de los músculos faciales. Me ha
permitido generosamente copiar tantas fotografías como he deseado. Algunos de
sus compatriotas han tratado sus obras con ligereza o las han pasado por alto.
Es posible que el Dr. Duchenne haya exagerado la importancia de la contracción
de los músculos individuales para la expresión; pues, debido a la íntima
conexión entre ellos, como se aprecia en los dibujos anatómicos de Henle [7] —los mejores que creo que se han publicado jamás—, resulta difícil
creer en su acción por separado. Sin embargo, es evidente que el Dr. Duchenne
comprendió claramente esta y otras fuentes de error, y como es sabido que tuvo
un éxito rotundo al dilucidar la fisiología de los músculos de la mano mediante
la electricidad, es probable que, en general, tenga razón en lo que respecta a
los músculos faciales. En mi opinión, el Dr. Duchenne ha hecho avanzar
enormemente el tema con su tratamiento. Nadie ha estudiado con más detenimiento
la contracción de cada músculo por separado y los consiguientes surcos que se
producen en la piel. También ha demostrado, y este es un servicio muy
importante, qué músculos están menos sujetos al control independiente de la
voluntad. Se adentra muy poco en consideraciones teóricas y rara vez intenta
explicar por qué ciertos músculos se contraen y otros no bajo la influencia de
ciertas emociones.
Pierre Gratiolet,
un distinguido anatomista francés, impartió un curso sobre la expresión en la
Sorbona, y sus notas se publicaron (1865) tras su muerte, bajo el título «De la
Physionomie et des Mouvements d'Expression». Se trata de una obra muy interesante,
repleta de valiosas observaciones. Su teoría es bastante compleja y, en la
medida en que puede expresarse en una sola frase (p. 65), es la siguiente: “Il
résulte, de tous les faits que j'ai rappelés, que les sens, l'imagination et la
pensée elle-même, si élevée, si abstraite qu'on la supuesto, ne peuvent
s'exercer sans éveiller un sentiment corrélatif, et que ce sentiment se traduit
directement, sympathiquement, simboliquement ou métaphoriquement, dans toutes
les sphères des organ extérieurs, qui la racontent tous, suivant leur mode
d'action propre, comme si chacun d'eux avait été directement afecto”.
Gratiolet parece
pasar por alto el hábito heredado, e incluso, en cierta medida, el hábito
individual; por lo tanto, me parece que no explica correctamente, o en
absoluto, muchos gestos y expresiones. Como ilustración de lo que él llama
movimientos simbólicos, citaré sus observaciones (pág. 37), tomadas de M.
Chevreul, sobre un hombre jugando al billar. "Si une bille dévie
légèrement de la dirección que le joueur frétend lui printer, ne l'avez-vous
pas vu cent fois la pousser du respect, de la tête et même des épaules, comme
si ces mouvements, purement simbólicos, pouvaient rectifier son trajet? Des
mouvements non moins significativos se produisent quand la bille manque d'une
impulsion suffisante. Et cliez les joueurs novices, ils sont quelquefois
accusés au point d'éveiller le sourire sur les lèvres des spectateurs.” Estos
movimientos, en mi opinión, pueden atribuirse simplemente al hábito. Cada vez
que un hombre ha querido mover un objeto hacia un lado, siempre lo ha empujado
hacia ese lado; cuando iba hacia delante, lo ha empujado hacia delante; y si ha
querido detenerla, la ha tirado hacia atrás. Por lo tanto, cuando alguien ve
que su bola va en la dirección equivocada y desea intensamente que vaya en otra
dirección, no puede evitar, por un hábito arraigado, realizar inconscientemente
movimientos que en otros casos le han resultado eficaces.
Como ejemplo de
movimientos simpáticos, Gratiolet da (p. 212) el siguiente caso: “un jeune
chien à oreilles droites, auquel son maître présente de loin quelque viande
appétissante, fixe avec ardeur ses yeux sur cet objet dont il suit tous les
mouvements, et colgante que les yeux respectent, les deux oreilles se portento
en avant comme si cet objet pouvait être entendu.” Aquí, en lugar de hablar de
simpatía entre los oídos y los ojos, me parece más sencillo creer que, así como
los perros durante muchas generaciones, mientras miraban atentamente cualquier
objeto, aguzaban las orejas para percibir cualquier sonido; y, a la inversa,
han mirado atentamente en la dirección de un sonido que podían haber escuchado,
los movimientos de estos órganos se han asociado firmemente entre sí a través
de un hábito prolongado.
El Dr. Piderit
publicó en 1859 un ensayo sobre la expresión, que no he visto, pero en el que,
como él mismo afirma, se anticipó a Gratiolet en muchas de sus ideas. En 1867
publicó su «Sistema científico de la mímica y la fisiognómica». Es difícil
resumir sus ideas en pocas frases; quizá las dos frases siguientes lo resuman
todo: «Los movimientos musculares de la expresión se relacionan en parte con
objetos imaginarios y en parte con impresiones sensoriales imaginarias. En esta
proposición reside la clave para la comprensión de todos los movimientos
musculares expresivos» (p. 25). Además, «Los movimientos expresivos se
manifiestan principalmente en los numerosos y móviles músculos del rostro, en
parte porque los nervios que los activan se originan en la proximidad más
inmediata del órgano mental, pero también porque estos músculos sirven para
sostener los órganos de los sentidos». (s. 26.) Si el Dr. Piderit hubiera
estudiado la obra de Sir C. Bell, probablemente no habría dicho (s. 101) que la
risa violenta provoca el ceño fruncido por participar de la naturaleza del
dolor; o que en los bebés (s. 103) las lágrimas irritan los ojos y, por lo
tanto, provocan la contracción de los músculos circundantes. Este volumen
contiene numerosos comentarios acertados, a los que me referiré más adelante.
Se pueden encontrar
breves análisis sobre la expresión en diversas obras, que no es necesario
detallar aquí. Sin embargo, el Sr. Bain, en dos de sus obras, ha tratado el
tema con cierta extensión. Dice: [8] «Considero la llamada expresión como parte integral del
sentimiento. Creo que es una ley general de la mente que, junto con el
sentimiento o la conciencia interna, existe una acción o excitación difusiva
sobre los miembros del cuerpo». En otro lugar, añade: «Un número considerable
de hechos pueden agruparse bajo el siguiente principio: a saber, que los
estados de placer están relacionados con un aumento, y los estados de dolor con
una disminución, de algunas o todas las funciones vitales». Pero la ley antes
mencionada de la acción difusiva de los sentimientos parece demasiado general
para arrojar mucha luz sobre expresiones específicas.
El Sr. Herbert
Spencer, al tratar los Sentimientos en sus Principios de Psicología (1855),
hace las siguientes observaciones: «El miedo, cuando es intenso, se expresa en
gritos, en intentos de esconderse o escapar, en palpitaciones y temblores; y
estas son precisamente las manifestaciones que acompañarían una experiencia
real del mal temido. Las pasiones destructivas se manifiestan en una tensión
muscular general, en el rechinar de dientes y la protrusión de las garras, en
ojos y fosas nasales dilatados, en gruñidos; y estas son formas más débiles de
las acciones que acompañan a la caza de una presa». Aquí tenemos, según creo,
la verdadera teoría de un gran número de expresiones; pero el principal interés
y la dificultad del tema residen en desentrañar los resultados,
maravillosamente complejos. Deduzco que alguien (aunque no he podido determinar
quién) planteó anteriormente una opinión muy similar, pues Sir C. Bell
dice: [9] «Se ha sostenido que los llamados signos externos de la pasión son
solo concomitantes a los movimientos voluntarios que la estructura hace
necesarios». El Sr. Spencer también ha publicado [10] un valioso ensayo sobre la fisiología de la risa, en el que
insiste en «la ley general de que la sensación, al sobrepasar cierto límite, se
desahoga habitualmente en la acción corporal», y que «un desbordamiento de
fuerza nerviosa, sin ninguna motivación, tomará manifiestamente primero las
vías más habituales; y si estas no bastan, se desbordará luego hacia las menos
habituales». Considero que esta ley es de suma importancia para esclarecer
nuestro tema. [11]
Todos los autores
que han escrito sobre la expresión, con la excepción del Sr. Spencer —el gran
exponente del principio de la evolución— parecen haber estado firmemente
convencidos de que las especies, incluido el hombre, por supuesto, llegaron a
existir en su condición actual. Sir C. Bell, convencido de ello, sostiene que
muchos de nuestros músculos faciales son puramente instrumentales para la
expresión; o son una disposición especial para este único objetivo. [12] Pero el simple hecho de que los simios antropoides posean los
mismos músculos faciales que nosotros [13] hace muy improbable que, en nuestro caso, estos músculos sirvan
exclusivamente para la expresión; pues nadie, supongo, se inclinaría a admitir
que los monos hayan sido dotados de músculos especiales únicamente para exhibir
sus horribles muecas. De hecho, se pueden asignar con gran probabilidad usos
distintos, independientemente de la expresión, a casi todos los músculos
faciales.
Sir C. Bell
evidentemente deseaba establecer la distinción más amplia posible entre el
hombre y los animales inferiores; y, en consecuencia, afirma que «en las
criaturas inferiores no hay expresión que no pueda atribuirse, más o menos
claramente, a sus actos de voluntad o instintos necesarios». Sostiene además
que sus rostros «parecen principalmente capaces de expresar rabia y
miedo». [14] Pero el hombre mismo no puede expresar amor y humildad mediante
signos externos, tan claramente como lo hace un perro cuando, con orejas
caídas, labios colgantes, cuerpo flexivo y cola meneando, se encuentra con su
amado amo. Estos movimientos del perro tampoco pueden explicarse por actos de
voluntad o instintos necesarios, como tampoco los ojos radiantes y las mejillas
sonrientes de un hombre cuando se encuentra con un viejo amigo. Si se le
hubiera preguntado a Sir C. Bell sobre la expresión de afecto en el perro, sin
duda habría respondido que este animal había sido creado con instintos
especiales, adaptándolo para la relación con el hombre, y que cualquier otra
indagación al respecto era superflua.
Aunque Gratiolet
niega rotundamente [15] que ningún músculo se haya desarrollado únicamente para la
expresión, parece que nunca reflexionó sobre el principio de la evolución.
Aparentemente, considera cada especie como una creación independiente. Lo mismo
ocurre con otros autores sobre la expresión. Por ejemplo, el Dr. Duchenne,
después de hablar de los movimientos de los miembros, se refiere a aquellos que
dan expresión al rostro, y comenta: [16] "Le créateur n'a donc pas eu à se préoccuper ici des besoins
de la mécanique; il a pu, selon sa sagesse, ou—que l'on me pardonne cette
manière de parler—par une divina fantaisie, mettre en action tel ou tel muscle,
un seul ou plusieurs à la fois, lorsqu'il a voulu que les signes
caracteristiques des passions, même les plus fugaces, fussent écrits
passagèrement sur la face de l'homme à tout être humain la faculté instintive
d'exprimer toujours ses sentments par la contracción de los mismos músculos.”
Muchos escritores
consideran inexplicable todo el tema de la expresión. Así, el ilustre fisiólogo
Müller afirma: [17] «La expresión completamente diferente de los rasgos en distintas
pasiones muestra que, según el tipo de sentimiento suscitado, se actúan sobre
grupos completamente distintos de fibras del nervio facial. Desconocemos por
completo la causa de esto».
Sin duda, mientras
el hombre y todos los demás animales se consideren creaciones independientes,
se pone freno a nuestro deseo natural de investigar en la medida de lo posible
las causas de la Expresión. Con esta doctrina, todo puede explicarse con la misma
precisión; y ha demostrado ser tan perniciosa con respecto a la Expresión como
con cualquier otra rama de la historia natural. En la humanidad, algunas
expresiones, como el erizarse el pelo bajo la influencia del terror extremo o
el descubrirse los dientes bajo la influencia de la furia, difícilmente pueden
entenderse, excepto desde la creencia de que el hombre existió una vez en una
condición mucho más inferior y animal. La comunidad de ciertas expresiones en
especies distintas, aunque afines, como los movimientos de los mismos músculos
faciales durante la risa en el hombre y en varios monos, se vuelve algo más
inteligible si creemos en su descendencia de un progenitor común. Quien admita,
con fundamento general, que la estructura y los hábitos de todos los animales
han evolucionado gradualmente, contemplará el tema de la Expresión desde una
perspectiva nueva e interesante.
El estudio de la
expresión es difícil, debido a que los movimientos suelen ser extremadamente
leves y fugaces. Una diferencia puede percibirse claramente, y sin embargo,
puede ser imposible, al menos a mí me ha pasado, determinar en qué consiste.
Cuando presenciamos una emoción profunda, nuestra empatía se excita con tanta
fuerza que olvidamos o nos resulta casi imposible observarla atentamente; de
este hecho he tenido muchas pruebas curiosas. Nuestra imaginación es otra
fuente de error, aún más grave; pues si por la naturaleza de las circunstancias
esperamos ver alguna expresión, fácilmente imaginamos su presencia. A pesar de
la gran experiencia del Dr. Duchenne, durante mucho tiempo creyó, como él mismo
afirma, que varios músculos se contraían bajo ciertas emociones, mientras que
finalmente se convenció de que el movimiento se limitaba a un solo músculo.
Para adquirir la
mejor base posible y determinar, independientemente de la opinión general,
hasta qué punto los movimientos particulares de los rasgos y gestos expresan
realmente ciertos estados mentales, he encontrado los siguientes métodos más
útiles. En primer lugar, observar a los bebés, pues manifiestan muchas
emociones, como señala Sir C. Bell, «con una fuerza extraordinaria»; mientras
que, con el tiempo, algunas de nuestras expresiones «dejan de tener la fuente
pura y simple de la que brotan en la infancia». [18]
En segundo lugar,
se me ocurrió que los locos debían ser estudiados, ya que son propensos a las
pasiones más intensas y las desatan sin control. Yo mismo no tuve oportunidad
de hacerlo, así que me dirigí al Dr. Maudsley, quien me recomendó al Dr. J.
Crichton Browne, encargado de un enorme manicomio cerca de Wakefield, quien,
según descubrí, ya se había ocupado del tema. Este excelente observador, con
inagotable amabilidad, me ha enviado abundantes notas y descripciones, con
valiosas sugerencias sobre diversos puntos; y su ayuda es inestimable. También
debo, a la amabilidad del Sr. Patrick Nicol, del Asilo de Lunáticos de Sussex,
interesantes declaraciones sobre dos o tres puntos.
En tercer lugar, el
Dr. Duchenne galvanizó, como ya hemos visto, ciertos músculos del rostro de un
anciano, cuya piel era poco sensible, y así produjo diversas expresiones que
fueron fotografiadas a gran escala. Afortunadamente, se me ocurrió mostrar varias
de las mejores láminas, sin una sola explicación, a más de veinte personas
cultas de diversas edades y ambos sexos, preguntándoles, en cada caso, qué
emoción o sentimiento se suponía que agitaba al anciano; y registré sus
respuestas con las palabras que usaron. Varias de las expresiones fueron
reconocidas al instante por casi todos, aunque descritas en términos no
exactamente iguales; y creo que estas pueden considerarse verdaderas, y las
especificaré más adelante. Por otro lado, se emitieron juicios muy dispares
sobre algunas de ellas. Esta exhibición fue útil de otra manera, al convencerme
de la facilidad con la que podemos dejarnos engañar por nuestra imaginación.
Pues cuando revisé por primera vez las fotografías del Dr. Duchenne, leyendo al
mismo tiempo el texto y comprendiendo así su propósito, me impresionó la
veracidad de todas, con solo unas pocas excepciones. Sin embargo, si las
hubiera examinado sin explicación alguna, sin duda me habría sentido tan
perplejo, en algunos casos, como lo han estado otras personas.
En cuarto lugar,
esperaba obtener mucha ayuda de los grandes maestros de la pintura y la
escultura, quienes son observadores tan minuciosos. Por consiguiente, he
examinado fotografías y grabados de muchas obras conocidas; pero, con pocas
excepciones, no he obtenido ese beneficio. La razón, sin duda, es que en las
obras de arte, la belleza es el objetivo principal; y los músculos faciales
fuertemente contraídos la destruyen. [19] La historia de la composición generalmente se narra con
maravillosa fuerza y veracidad mediante accesorios hábilmente elegidos.
En quinto lugar, me
pareció de suma importancia determinar si las mismas expresiones y gestos
prevalecen, como a menudo se ha afirmado sin muchas pruebas, en todas las razas
de la humanidad, especialmente en aquellas que han tenido poca relación con los
europeos. Siempre que los mismos movimientos de los rasgos o del cuerpo
expresen las mismas emociones en varias razas humanas distintas, podemos
inferir con gran probabilidad que dichas expresiones son verdaderas, es decir,
innatas o instintivas. Las expresiones o gestos convencionales, adquiridos por
el individuo durante su infancia, probablemente habrían diferido en las
distintas razas, al igual que sus lenguas. En consecuencia, a principios de
1867, distribuí las siguientes consultas impresas con la solicitud, que ha sido
plenamente respondida, de que se confiara en las observaciones reales, y no en
la memoria. Estas consultas se escribieron después de un período considerable,
durante el cual mi atención se había dirigido a otras cosas, y ahora veo que podrían
haberse mejorado considerablemente. A algunas de las copias posteriores, añadí,
manuscritas, algunas observaciones adicionales:
(1.) ¿El asombro se
expresa abriendo bien los ojos y la boca y levantando las cejas?
(2.) ¿La vergüenza
produce rubor cuando el color de la piel lo permite? ¿Y, especialmente, hasta
dónde llega el rubor en el cuerpo?
(3.) Cuando un
hombre está indignado o desafiante, ¿frunce el ceño, mantiene erguido el cuerpo
y la cabeza, cuadra los hombros y aprieta los puños?
(4) Cuando
reflexiona profundamente sobre cualquier tema o trata de comprender algún
enigma, ¿frunce el ceño o arruga la piel debajo de los párpados inferiores?
(5.) Cuando se está
deprimido, ¿se deprimen las comisuras de los labios y se levanta la comisura
interior de las cejas por ese músculo que los franceses llaman «músculo del
dolor»? En este estado, la ceja se vuelve ligeramente oblicua, con una ligera
hinchazón en el extremo interior; y la frente se arruga transversalmente en la
parte media, pero no en toda su anchura, como cuando las cejas se levantan en
señal de sorpresa.
(6.) Cuando estamos
de buen humor, ¿brillan los ojos, con la piel un poco arrugada alrededor y
debajo de ellos y con la boca un poco hundida en las comisuras?
(7.) Cuando un
hombre se burla o gruñe a otro, ¿está levantada la comisura del labio superior
sobre el canino o diente del ojo del lado que mira hacia el hombre al que se
dirige?
(8) ¿Se puede
reconocer una expresión tenaz u obstinada, que se manifiesta principalmente por
una boca firmemente cerrada, una frente baja y un ligero ceño fruncido?
(9.) ¿Se expresa el
desprecio con una ligera protrusión de los labios y levantando la nariz, y con
una ligera espiración?
(10) ¿El disgusto
se manifiesta con el labio inferior hacia abajo y el superior ligeramente
elevado, con una espiración repentina, algo así como un vómito incipiente o
como algo escupido de la boca?
(11.) ¿El miedo
extremo se expresa de la misma manera general que entre los europeos?
(12.) ¿Acaso la
risa llega alguna vez hasta tal extremo que haga brotar lágrimas de los ojos?
(13.) Cuando un
hombre quiere demostrar que no puede impedir que se haga algo, o que no puede
hacer algo por sí mismo, ¿se encoge de hombros, gira los codos hacia dentro,
extiende las manos hacia afuera y abre las palmas, con las cejas levantadas?
(14) ¿Los niños,
cuando están de mal humor, hacen pucheros o sacan mucho los labios?
(15.) ¿Se pueden
reconocer expresiones culpables, astutas o celosas? Aunque no sé cómo se pueden
definir.
(16.) ¿Se mueve la
cabeza verticalmente en señal de afirmación y lateralmente en señal de
negación?
Las observaciones
sobre nativos que han tenido poca comunicación con europeos serían, por
supuesto, las más valiosas, aunque las realizadas sobre cualquier nativo me
resultarían de gran interés. Las observaciones generales sobre la expresión
tienen relativamente poco valor; y la memoria es tan engañosa que ruego
encarecidamente que no se confíe en ella. Una descripción precisa del rostro
bajo cualquier emoción o estado de ánimo, con una descripción de las
circunstancias en las que se produjo, sería muy valiosa.
A estas preguntas
he recibido treinta y seis respuestas de diferentes observadores, varios de
ellos misioneros o protectores de los aborígenes, a quienes agradezco
profundamente el gran esfuerzo que han dedicado y la valiosa ayuda recibida.
Especificaré sus nombres, etc., hacia el final de este capítulo, para no
interrumpir mis observaciones. Las respuestas se refieren a varias de las razas
humanas más distintas y salvajes. En muchos casos, se han registrado las
circunstancias en las que se observó cada expresión, y se ha descrito la
expresión misma. En tales casos, se puede depositar mucha confianza en las
respuestas. Cuando las respuestas han sido simplemente sí o no, siempre las he
recibido con cautela. De la información así obtenida se desprende que el mismo
estado mental se expresa en todo el mundo con notable uniformidad; y este hecho
es en sí mismo interesante como evidencia de la estrecha similitud en la
estructura corporal y la disposición mental de todas las razas de la humanidad.
En sexto y último
lugar, he estudiado con la mayor atención posible la expresión de las diversas
pasiones en algunos animales comunes; y creo que esto es de suma importancia,
no para determinar hasta qué punto ciertas expresiones en el ser humano son características
de ciertos estados mentales, sino para ofrecer la base más sólida para
generalizar sobre las causas u origen de los diversos movimientos de expresión.
Al observar animales, no somos tan propensos a dejarnos sesgar por nuestra
imaginación; y podemos estar seguros de que sus expresiones no son
convencionales.
Por las razones
antes expuestas, a saber, la naturaleza fugaz de algunas expresiones (los
cambios en los rasgos suelen ser extremadamente leves); la facilidad con la que
nos despertamos simpatía al observar una emoción intensa, distrayendo así
nuestra atención; la imaginación que nos engaña al no saber vagamente qué
esperar, aunque ciertamente pocos conocemos los cambios exactos en el rostro;
y, por último, incluso nuestra larga familiaridad con el tema; debido a todas
estas causas combinadas, la observación de la expresión no es nada fácil, como
han descubierto pronto muchas personas a las que he pedido que observen ciertos
puntos. Por lo tanto, es difícil determinar con certeza cuáles son los
movimientos de los rasgos y del cuerpo que suelen caracterizar ciertos estados
mentales. Sin embargo, espero que algunas dudas y dificultades se hayan
despejado gracias a la observación de bebés, enfermos mentales, personas de
diferentes razas humanas, obras de arte y, por último, de los músculos faciales
bajo la acción del galvanismo, tal como lo efectuó el Dr. Duchenne.
Pero persiste la
dificultad mucho mayor de comprender la causa u origen de las diversas
expresiones y de juzgar si alguna explicación teórica es fiable. Además,
juzgando lo mejor posible con la razón, sin ayuda de reglas, cuál de dos o más
explicaciones es la más satisfactoria o la que resulta completamente
insatisfactoria, solo veo una manera de comprobar nuestras conclusiones. Esta
consiste en observar si el mismo principio por el cual una expresión puede,
según parece, explicarse, es aplicable a otros casos afines; y, especialmente,
si los mismos principios generales pueden aplicarse con resultados
satisfactorios tanto al hombre como a los animales inferiores. Este último
método, me inclino a pensar, es el más útil de todos. La dificultad de juzgar
la verdad de cualquier explicación teórica y de comprobarla mediante una línea
de investigación específica es el gran inconveniente del interés que el estudio
parece tan adecuado para despertar.
Finalmente,
respecto a mis propias observaciones, puedo afirmar que comenzaron en el año
1838; y desde entonces hasta la actualidad, he abordado el tema ocasionalmente.
En esa fecha, ya me inclinaba a creer en el principio de la evolución, o en la
derivación de las especies a partir de otras formas inferiores. Por
consiguiente, cuando leí la gran obra de Sir C. Bell, su opinión de que el
hombre había sido creado con ciertos músculos especialmente adaptados para la
expresión de sus sentimientos me pareció insatisfactoria. Parecía probable que
el hábito de expresar nuestros sentimientos mediante ciertos movimientos,
aunque ahora innato, se hubiera adquirido gradualmente. Pero descubrir cómo se
habían adquirido tales hábitos fue en gran medida desconcertante. Todo el tema
debía analizarse desde una nueva perspectiva, y cada expresión exigía una
explicación racional. Esta creencia me impulsó a emprender el presente trabajo,
por imperfecta que fuera su ejecución.
A continuación,
daré los nombres de los caballeros a quienes, como ya he dicho, les agradezco
profundamente la información sobre las expresiones de diversas razas humanas, y
especificaré algunas de las circunstancias en las que se realizaron las
observaciones en cada caso. Gracias a la gran amabilidad y la poderosa
influencia del Sr. Wilson, de Hayes Place, Kent, he recibido de Australia no
menos de trece conjuntos de respuestas a mis preguntas. Esto ha sido
especialmente afortunado, ya que los aborígenes australianos se encuentran
entre las razas humanas más distintivas. Se observará que las observaciones se
han realizado principalmente en el sur, en las zonas periféricas de la colonia
de Victoria; pero se han recibido algunas respuestas excelentes del norte.
El Sr. Dyson Lacy
me ha proporcionado detalladamente algunas valiosas observaciones, realizadas a
varios cientos de millas en el interior de Queensland. Al Sr. R. Brough Smyth,
de Melbourne, le estoy muy agradecido por las observaciones que realizó y por
enviarme varias de las siguientes cartas: Del reverendo Sr. Hagenauer, de Lake
Wellington, misionero en Gippsland, Victoria, con amplia experiencia con los
nativos; del Sr. Samuel Wilson, terrateniente residente en Langerenong,
Wimmera, Victoria; del reverendo George Taplin, superintendente del
Asentamiento Industrial Indígena de Port Macleay; del Sr. Archibald G. Lang, de
Coranderik, Victoria, profesor en una escuela donde se reúnen aborígenes,
jóvenes y mayores, de todas partes de la colonia; y del Sr. HB Lane, de
Belfast, Victoria, magistrado de policía y alcaide, cuyas observaciones, según
me han asegurado, son sumamente fiables. Del Sr. Templeton Bunnett, de Echuca,
cuya estación se encuentra en los límites de la colonia de Victoria, quien, por
lo tanto, ha podido observar a muchos aborígenes que han tenido poca
interacción con hombres blancos. Comparó sus observaciones con las de otros dos
caballeros residentes de larga data en la zona. También del Sr. J. Bulmer,
misionero en una zona remota de Gippsland, Victoria.
También estoy en
deuda con el distinguido botánico Dr. Ferdinand Müller, de Victoria, por
algunas observaciones hechas por él mismo y por enviarme otras hechas por la
Sra. Green, así como por algunas de las cartas anteriores.
Respecto de los
maoríes de Nueva Zelanda, el reverendo J. W. Stack ha respondido sólo a unas
pocas de mis preguntas; pero las respuestas han sido notablemente completas,
claras y distintas, y se han registrado las circunstancias en las que se
hicieron las observaciones.
El Rajah Brooke me
ha dado alguna información respecto a los Dyaks de Borneo.
En cuanto a los
malayos, he tenido mucho éxito; pues el Sr. F. Geach (a quien me presentó el
Sr. Wallace), durante su residencia como ingeniero de minas en el interior de
Malaca, observó a muchos nativos que nunca antes habían tenido tratos con
blancos. Me escribió dos largas cartas con admirables y detalladas
observaciones sobre sus expresiones. Asimismo, observó a los inmigrantes chinos
en el archipiélago malayo.
El conocido
naturalista, Cónsul de Su Majestad, Sr. Swinhoe, también observó para mí a los
chinos en su país natal e hizo averiguaciones con otras personas en quienes
podía confiar.
En la India, el Sr.
H. Erskine, mientras residía en el distrito de Admednugur, en la presidencia de
Bombay, prestaba atención a las expresiones de los habitantes, pero le resultó
muy difícil llegar a conclusiones fiables, debido a su habitual retraimiento en
presencia de europeos. También obtuvo información para mí del Sr. West, juez de
Canara, y consultó con algunos caballeros nativos inteligentes sobre ciertos
puntos. En Calcuta, el Sr. J. Scott, conservador del Jardín Botánico, observó
cuidadosamente a las diversas tribus humanas empleadas allí durante un período
considerable, y nadie me ha enviado detalles tan completos y valiosos. El
hábito de la observación precisa, adquirido gracias a sus estudios botánicos,
ha sido aplicado a nuestro tema actual. En cuanto a Ceilán, estoy muy
agradecido al reverendo S.O. Glenie por las respuestas a algunas de mis
preguntas.
En cuanto a África,
he tenido mala suerte con los negros, aunque el Sr. Winwood Reade me ayudó en
la medida de sus posibilidades. Habría sido relativamente fácil obtener
información sobre los esclavos negros en América; pero como llevan mucho tiempo
relacionándose con los blancos, tales observaciones habrían sido de poca
utilidad. En el sur del continente, la Sra. Barber observó a los kafires y
fingos y me envió muchas respuestas precisas. El Sr. JP Mansel Weale también
hizo algunas observaciones sobre los nativos y me consiguió un documento
curioso: la opinión, escrita en inglés, de Christian Gaika, hermano del jefe
Sandilli, sobre las expresiones de sus compatriotas. En las regiones
septentrionales de África, el capitán Speedy, quien residió durante mucho
tiempo con los abisinios, respondió a mis preguntas en parte de memoria y en
parte basándose en observaciones realizadas sobre el hijo del rey Teodoro,
quien entonces estaba bajo su mando. El profesor y la señora Asa Gray prestaron
atención a algunos puntos de las expresiones de los nativos, tal como los
observaron mientras ascendían por el Nilo.
En el gran
continente americano, el Sr. Bridges, catequista residente con los fueguinos,
respondió a algunas preguntas sobre su expresión, que le fueron dirigidas hace
muchos años. En la mitad norte del continente, el Dr. Rothrock atendió las
expresiones de las tribus salvajes Atnah y Espyox en el río Nasse, en el
noroeste de América. El Sr. Washington Matthews, cirujano adjunto del Ejército
de los Estados Unidos, también observó con especial atención (tras haber visto
mis preguntas, tal como aparecen impresas en el Informe Smithsonian) algunas de
las tribus más salvajes del oeste de Estados Unidos, a saber, los tetones, los
grosventres, los mandanos y los assinaboines; y sus respuestas han sido de suma
utilidad.
Por último, además
de estas fuentes especiales de información, he recopilado algunos datos que
aparecen casualmente en libros de viajes.
Como tendré que
referirme a menudo, sobre todo en la última parte de este volumen, a los
músculos del rostro humano, he copiado y reducido un diagrama (fig. 1) de la
obra de Sir C. Bell, y otros dos, con detalles más precisos (figs. 2 y 3), del
conocido «Handbuch der Systematischen Anatomie des Menschen» de Herde. Las
mismas letras se refieren a los mismos músculos en las tres figuras, pero solo
se dan los nombres de los más importantes, a los que tendré que aludir. Los
músculos faciales se mezclan mucho y, según tengo entendido, apenas aparecen en
un rostro diseccionado con tanta distinción como los que se representan aquí.
Algunos autores consideran que estos músculos constan de diecinueve pares, con
uno desapareado; [20] pero otros aumentan mucho el número, llegando incluso a cincuenta
y cinco, según Moreau. Son, como admiten todos los que han escrito sobre el
tema, muy variables en su estructura; y Moreau señala que apenas se parecen en
media docena de sujetos. [21] Su función también es variable. Así, la capacidad de descubrir el
canino de un lado difiere mucho entre personas. La capacidad de levantar las
aletas nasales también varía notablemente , según el Dr. Piderit [22] ; y
se podrían mencionar otros casos similares.
Finalmente, tengo
el placer de expresar mi agradecimiento al Sr. Rejlander por la molestia que ha
tomado al fotografiar para mí diversas expresiones y gestos. También estoy en
deuda con el Sr. Kindermann, de Hamburgo, por el préstamo de unos excelentes negativos
de bebés llorando; y con el Dr. Wallich por uno encantador de una niña
sonriente. Ya he expresado mi agradecimiento al Dr. Duchenne por permitirme
generosamente copiar y reducir algunas de sus fotografías de gran tamaño. Todas
estas fotografías han sido impresas mediante el proceso de heliotipia, por lo
que la precisión de la copia está garantizada. Estas placas están indicadas con
números romanos.
También estoy en
deuda con el Sr. T. W. Wood por el gran esfuerzo que ha dedicado a dibujar del
natural las expresiones de diversos animales. Un distinguido artista, el Sr.
Rivière, ha tenido la amabilidad de regalarme dos dibujos de perros: uno con
una actitud hostil y el otro con una actitud humilde y cariñosa. El Sr. A. May
también me ha proporcionado dos bocetos similares de perros. El Sr. Cooper ha
trabajado con mucho cuidado al cortar los bloques. Algunas de las fotografías y
dibujos, concretamente los del Sr. May y los del Sr. Wolf del Cynopithecus,
fueron reproducidos primero por el Sr. Cooper en madera mediante fotografía y
luego grabados: de este modo se garantiza una fidelidad casi total.
CAPÍTULO I.
PRINCIPIOS GENERALES DE LA EXPRESIÓN.
Los tres principios
fundamentales enunciados: El primer principio: Las acciones útiles se hacen
habituales en asociación con ciertos estados de la mente, y se realizan
independientemente de que sean útiles o no en cada caso particular. La fuerza
del hábito. La herencia. Los movimientos habituales asociados en el hombre. Las
acciones reflejas. El paso de los hábitos a acciones reflejas. Los movimientos
habituales asociados en los animales inferiores. Observaciones finales.
Comenzaré
presentando los tres Principios que, en mi opinión, explican la mayoría de las
expresiones y gestos involuntarios del hombre y los animales inferiores, bajo
la influencia de diversas emociones y sensaciones. [101] Sin embargo, llegué a estos tres Principios solo al final de mis
observaciones. Se tratarán en este capítulo y en los dos siguientes de forma
general. Se utilizarán aquí hechos observados tanto en el hombre como en los
animales inferiores; pero estos últimos son preferibles, ya que son menos
propensos a engañarnos. En los capítulos cuarto y quinto, describiré las
expresiones especiales de algunos animales inferiores; y en los capítulos
siguientes, las del hombre. De este modo, cada uno podrá juzgar por sí mismo
hasta qué punto mis tres principios arrojan luz sobre la teoría del tema. Me
parece que tantas expresiones se explican así de forma bastante satisfactoria,
que probablemente todas se clasificarán en adelante bajo el mismo epígrafe o en
epígrafes muy similares. No necesito presuponer que los movimientos o cambios
en cualquier parte del cuerpo —como el meneo de la cola de un perro, el
encogimiento de hombros de un caballo, o la dilatación de los capilares de la
piel— pueden servir igualmente para la expresión. Los tres principios son los
siguientes.
I. El
principio de los hábitos asociados útiles . Ciertas acciones complejas
son de utilidad directa o indirecta bajo ciertos estados mentales, para aliviar
o satisfacer ciertas sensaciones, deseos, etc.; y siempre que se induce el
mismo estado mental, por débil que sea, existe una tendencia, por la fuerza del
hábito y la asociación, a que se realicen los mismos movimientos, aunque en ese
caso no sean de la menor utilidad. Algunas acciones, comúnmente asociadas por
hábito con ciertos estados mentales, pueden ser parcialmente reprimidas por la
voluntad, y en tales casos, los músculos que están menos bajo el control
independiente de la voluntad son los más propensos a actuar, causando
movimientos que reconocemos como expresivos. En otros casos, la inhibición de
un movimiento habitual requiere otros movimientos leves; y estos son igualmente
expresivos.
II. El
principio de antítesis . — Ciertos estados mentales conducen a ciertas
acciones habituales, que son útiles, como en nuestro primer principio. Ahora
bien, cuando se induce un estado mental directamente opuesto, existe una fuerte
tendencia involuntaria a realizar movimientos de naturaleza directamente
opuesta, aunque estos sean inútiles; y tales movimientos son, en algunos casos,
muy expresivos.
III. El
principio de las acciones debidas a la constitución del sistema nervioso,
independientemente del principio de la voluntad y, hasta cierto punto, del
hábito . Cuando el sensorio se excita intensamente, se genera un
exceso de fuerza nerviosa, que se transmite en direcciones definidas,
dependiendo de la conexión de las células nerviosas y, en parte, del hábito; o
bien, el aporte de fuerza nerviosa puede, según parezca, interrumpirse. Se
producen así efectos que reconocemos como expresivos. Este tercer principio, en
aras de la brevedad, puede denominarse el de la acción directa del sistema
nervioso.
Con respecto a
nuestro primer Principio , es notorio el poder de la fuerza
del hábito. Los movimientos más complejos y difíciles pueden, con el tiempo,
realizarse sin el menor esfuerzo ni consciencia. No se sabe con certeza cómo el
hábito es tan eficiente para facilitar movimientos complejos; pero los
fisiólogos admiten [102] que el poder conductor de las fibras nerviosas aumenta con la
frecuencia de su excitación. Esto se aplica a los nervios del movimiento y la
sensación, así como a los relacionados con el acto de pensar. Es difícil dudar
de que se produzca algún cambio físico en las células nerviosas o nervios que
se utilizan habitualmente, pues de lo contrario es imposible comprender cómo se
hereda la tendencia a ciertos movimientos adquiridos. Vemos que se heredan en
los caballos en ciertos aires transmitidos, como el galope y la ambladura, que
no les son naturales; en la postura de los pointers jóvenes y la colocación de
los setters jóvenes; en la peculiar forma de volar de ciertas razas de palomas,
etc. Tenemos casos análogos con la humanidad en la herencia de trucos o gestos
inusuales, a los que volveremos enseguida. Para quienes admiten la evolución
gradual de las especies, un ejemplo sorprendente de la perfección con la que se
pueden transmitir los movimientos consensuales más difíciles lo ofrece la
polilla esfinge del colibrí ( Macroglossa ); pues esta
polilla, poco después de emerger del capullo, como lo demuestra la flor en sus
escamas erguidas, puede verse suspendida en el aire, con su larga probóscide,
similar a un pelo, desenrollada e insertada en los diminutos orificios de las flores;
y nadie, creo, ha visto jamás a esta polilla aprender a realizar su difícil
tarea, que requiere una puntería tan precisa.
Cuando existe una
tendencia heredada o instintiva a realizar una acción, o un gusto heredado por
ciertos tipos de alimentos, a menudo se requiere cierto grado de hábito en el
individuo. Encontramos esto en los pasos del caballo y, en cierta medida, en la
muestra de perros; aunque algunos perros jóvenes muestran una excelente muestra
la primera vez que salen a pasear, a menudo asocian la actitud heredada
adecuada con un olor inadecuado, e incluso con la vista. He oído afirmar que si
a un ternero se le permite mamar de su madre solo una vez, es mucho más difícil
criarlo posteriormente a mano. [103] Se
sabe que orugas alimentadas con las hojas de un árbol mueren de hambre antes
que comer las hojas de otro, aunque este les proporcionaba su alimento
natural; [104] y así ocurre en muchos otros casos.
El poder de la
asociación es reconocido por todos. El Sr. Bain señala que «las acciones,
sensaciones y estados de ánimo, que ocurren juntos o en estrecha sucesión,
tienden a crecer juntos o a cohesionarse, de tal manera que cuando cualquiera
de ellos se presenta posteriormente a la mente, los demás tienden a evocarse en
forma de idea». [105] Es tan importante para nuestro propósito reconocer plenamente que
las acciones se asocian fácilmente con otras acciones y con diversos estados
mentales, que daré numerosos ejemplos, primero relacionados con el hombre y
luego con los animales inferiores. Algunos ejemplos son de naturaleza muy
insignificante, pero son tan útiles para nuestro propósito como hábitos más
importantes. Es sabido por todos lo difícil, o incluso imposible, que resulta,
sin repetidos ensayos, mover las extremidades en ciertas direcciones opuestas
que nunca se han practicado. Casos análogos ocurren con las sensaciones, como
en el experimento común de rodar una canica bajo las yemas de dos dedos
cruzados, cuando se siente exactamente como dos canicas. Todos nos protegemos
al caer al suelo extendiendo los brazos, y como ha comentado la profesora
Alison, pocos pueden resistirse a actuar así al caer voluntariamente sobre una
cama blanda. Un hombre, al salir al exterior, se pone los guantes de forma
totalmente inconsciente; y esto puede parecer una operación extremadamente
simple, pero quien le ha enseñado a un niño a ponerse guantes sabe que no es
así en absoluto.
Cuando nuestras
mentes se ven muy afectadas, también lo son los movimientos de nuestros
cuerpos; pero aquí entra en juego parcialmente otro principio, además del
hábito, a saber, el exceso no dirigido de fuerza nerviosa. Norfolk, hablando
del cardenal Wolsey, dice:
Una extraña
conmoción
se agita en su cerebro; se muerde el labio y se sobresalta;
se detiene de repente, mira al suelo,
luego se lleva el dedo a la sien; en línea recta,
salta a paso rápido; luego se detiene de nuevo,
se golpea el pecho con fuerza; y de pronto, dirige su mirada
hacia la luna: en las
posturas más extrañas
lo hemos visto adoptarse.
Un hombre común a
menudo se rasca la cabeza cuando está perplejo; y creo que actúa así por
costumbre, como si experimentara una sensación corporal ligeramente incómoda, a
saber, el picor de cabeza, al que es particularmente propenso y que alivia así.
Otro hombre se frota los ojos cuando está perplejo, o tose levemente cuando se
siente incómodo, actuando en ambos casos como si sintiera una ligera molestia
en los ojos o la tráquea. [106]
Debido al uso
continuo de los ojos, estos órganos son especialmente susceptibles a la acción
de la asociación bajo diversos estados mentales, aunque manifiestamente no se
vea nada. Un hombre, como señala Gratiolet, que rechaza vehementemente una
proposición, casi con seguridad cerrará los ojos o apartará la mirada; pero si
la acepta, asentirá con la cabeza en señal de afirmación y abrirá los ojos de
par en par. En este último caso, el hombre actúa como si viera claramente la
cosa, y en el primero como si no la viera o no quisiera verla. He observado
que, al describir una visión horrible, las personas a menudo cierran los ojos
momentánea y firmemente, o niegan con la cabeza, como para no ver o para alejar
algo desagradable; y me he sorprendido, al pensar en la oscuridad de un
espectáculo horrible, cerrando los ojos firmemente. Al mirar de repente
cualquier objeto, o al mirar a su alrededor, todos levantan las cejas, de modo
que los ojos se abren rápida y ampliamente; Duchenne comenta que [107] una persona, al intentar recordar algo, a menudo levanta las
cejas, como si lo viera. Un caballero hindú le hizo exactamente el mismo
comentario al Sr. Erskine respecto a sus compatriotas. Observé a una joven que
intentaba recordar con ahínco el nombre de un pintor, y primero miró a una
esquina del techo y luego a la esquina opuesta, arqueando la ceja de ese lado;
aunque, por supuesto, allí no había nada que ver.
En la mayoría de
los casos anteriores, podemos comprender cómo los movimientos asociados se
adquirieron por hábito; pero en algunos individuos, ciertos gestos o trucos
extraños han surgido asociados a ciertos estados mentales, debido a causas
completamente inexplicables, y sin duda son hereditarios. En otro lugar he
mencionado un ejemplo, basado en mi propia observación, de un gesto
extraordinario y complejo, asociado con sensaciones placenteras, que se
transmitió de un padre a su hija, así como otros hechos análogos. [108] A lo largo de este volumen se presentará otro curioso ejemplo de
un extraño movimiento heredado, asociado con el deseo de obtener un objeto.
Hay otras acciones
que se realizan comúnmente en ciertas circunstancias, independientemente del
hábito, y que parecen deberse a la imitación o a algún tipo de simpatía. Así,
se puede ver a personas que cortan algo con tijeras moviendo sus mandíbulas
simultáneamente con las hojas de las tijeras. Los niños que aprenden a escribir
a menudo retuercen la lengua al mover los dedos, de forma ridícula. Cuando un
cantante público se queda repentinamente un poco ronco, se puede oír a muchos
de los presentes, como me ha asegurado un caballero en quien puedo confiar,
carraspear; pero aquí probablemente entra en juego la costumbre, como nosotros
nos carraspeamos en circunstancias similares. También me han dicho que en las
competiciones de saltos, cuando el artista realiza su salto, muchos de los
espectadores, generalmente hombres y niños, mueven los pies; pero aquí también
probablemente entra en juego la costumbre, pues es muy dudoso que las mujeres
actúen así.
Acciones reflejas — Las acciones reflejas, en el sentido estricto del término, se
deben a la excitación de un nervio periférico, que transmite su influencia a
ciertas células nerviosas, y estas, a su vez, excitan ciertos músculos o
glándulas para que actúen; y todo esto puede ocurrir sin sensación ni
consciencia por nuestra parte, aunque a menudo esté acompañado de ello. Dado
que muchas acciones reflejas son muy expresivas, conviene analizar este tema
con más detalle. Veremos también que algunas de ellas se convierten en acciones
que surgen por hábito, y apenas se distinguen de ellas. [109] Toser y estornudar son ejemplos comunes de acciones reflejas. En
los bebés, el primer acto respiratorio suele ser un estornudo, aunque requiere
el movimiento coordinado de numerosos músculos. La respiración es en parte
voluntaria, pero principalmente refleja, y se realiza de la manera más natural
y óptima, sin la intervención de la voluntad. Un gran número de movimientos
complejos son reflejos. Un buen ejemplo es el frecuentemente citado de una rana
decapitada, que, por supuesto, no puede sentir ni realizar conscientemente
ningún movimiento. Sin embargo, si se le aplica una gota de ácido en la parte
inferior del muslo de una rana en este estado, la frotará con la parte superior
del pie de esa misma pata. Si se le corta este pie, no puede actuar de esa manera.
«Tras algunos esfuerzos infructuosos, por lo tanto, desiste de intentarlo,
parece inquieta, como si, dice Pflüger, buscara otra manera, y finalmente
utiliza el pie de la otra pata y logra frotarse el ácido. Cabe destacar que
aquí no tenemos simplemente contracciones musculares, sino contracciones
combinadas y armonizadas en la secuencia correcta para un propósito específico.
Estas son acciones que parecen estar guiadas por la inteligencia e instigadas
por la voluntad en un animal, al que se le ha extirpado el órgano reconocido de
la inteligencia y la voluntad». [110]
Observamos la
diferencia entre los movimientos reflejos y voluntarios en niños muy pequeños
que, según me informa Sir Henry Holland, no pueden realizar ciertos actos
similares a estornudar y toser, a saber, sonarse la nariz ( es decir ,
comprimirla y soplar con fuerza) ni carraspear. Tienen que aprender a realizar
estos actos; sin embargo, cuando son un poco mayores, los realizamos casi con
la misma facilidad que los actos reflejos. Sin embargo, estornudar y toser solo
se pueden controlar parcialmente o en absoluto; mientras que carraspear y
sonarse la nariz están completamente bajo nuestro control.
Cuando somos
conscientes de la presencia de una partícula irritante en nuestras fosas
nasales o tráquea —es decir, cuando se excitan las mismas neuronas sensoriales,
como en el caso del estornudo y la tos—, podemos expulsarla voluntariamente
impulsando el aire a través de estas vías; pero no podemos hacerlo con la misma
fuerza, rapidez y precisión que mediante un acto reflejo. En este último caso,
las neuronas sensoriales aparentemente excitan las neuronas motoras sin
derroche de energía, comunicándose primero con los hemisferios cerebrales, sede
de nuestra conciencia y voluntad. En todos los casos, parece existir un
profundo antagonismo entre los mismos movimientos, dirigidos por la voluntad y
por un estímulo reflejo, en la fuerza con la que se realizan y en la facilidad
con la que se excitan. Como afirma Claude Bernard: «La influencia del cerebro
tiende entonces a entorpecer los movimientos reflejos, a limitar su fuerza y su
extensión». [111]
El deseo consciente
de realizar un acto reflejo a veces detiene o interrumpe su ejecución, aunque
se estimulen los nervios sensoriales adecuados. Por ejemplo, hace muchos años
hice una pequeña apuesta con una docena de jóvenes a que no estornudarían si tomaban
rapé, aunque todos declararon que invariablemente lo hacían; así que todos
tomaron una pizca, pero por su gran deseo de éxito, ninguno estornudó, aunque
se les llenaron los ojos de lágrimas, y todos, sin excepción, tuvieron que
pagarme la apuesta. Sir H. Holland comenta [112] que la atención prestada al acto de tragar interfiere con los
movimientos adecuados; de lo cual probablemente se deduce, al menos en parte,
que a algunas personas les resulte tan difícil tragar una pastilla.
Otro ejemplo
conocido de un acto reflejo es el cierre involuntario de los párpados al tocar
la superficie del ojo. Un movimiento de guiño similar se produce cuando un
golpe se dirige a la cara; pero se trata de un acto habitual y no estrictamente
reflejo, ya que el estímulo se transmite a través de la mente y no por la
excitación de un nervio periférico. Todo el cuerpo y la cabeza generalmente se
ven arrastrados hacia atrás repentinamente al mismo tiempo. Estos últimos
movimientos, sin embargo, pueden evitarse si el peligro no parece inminente a
la imaginación; pero no basta con que la razón nos diga que no hay peligro.
Puedo mencionar un hecho insignificante que ilustra este punto y que en su
momento me divirtió. Acerqué mi cara a la gruesa placa de vidrio frente a una
víbora bufadora en el Zoológico, con la firme determinación de no retroceder si
la serpiente me atacaba; pero, en cuanto recibió el golpe, mi resolución fue en
vano y salté uno o dos metros hacia atrás con asombrosa rapidez. Mi voluntad y mi
razón eran impotentes ante la imaginación de un peligro que nunca había
experimentado.
La violencia de un
sobresalto parece depender en parte de la viveza de la imaginación y en parte
del estado, habitual o temporal, del sistema nervioso. Quien preste atención al
sobresalto de su caballo, cansado y descansado, percibirá la perfecta gradación
que va desde una simple mirada a un objeto inesperado, con una momentánea duda
sobre su peligro, hasta un salto tan rápido y violento que el animal
probablemente no podría girar voluntariamente con tanta rapidez. El sistema
nervioso de un caballo fresco y bien alimentado envía sus órdenes al sistema
motor con tanta rapidez que no le da tiempo a considerar si el peligro es real
o no. Tras un sobresalto violento, cuando está excitado y la sangre fluye
libremente por su cerebro, es muy propenso a sobresaltarse de nuevo; y así
ocurre, como he observado, con los bebés.
Un sobresalto ante
un ruido repentino, cuando el estímulo se transmite a través del nervio
auditivo, siempre va acompañado en las personas adultas de un parpadeo. [113] Observé, sin embargo, que aunque mis bebés se sobresaltaban ante
sonidos repentinos, cuando tenían menos de quince días, ciertamente no siempre
guiñaban los ojos, y creo que nunca lo hicieron. El sobresalto de un bebé mayor
aparentemente representa un vago intento de agarrarse a algo para evitar
caerse. Agité una caja de cartón cerca de los ojos de uno de mis bebés, cuando
tenía 114 días, y no parpadeó en absoluto; pero cuando puse unos confites en la
caja, manteniéndola en la misma posición que antes, y los soné, el niño
parpadeó violentamente cada vez y se sobresaltó un poco. Era obviamente
imposible que un bebé cuidadosamente vigilado hubiera aprendido por experiencia
que un sonido de traqueteo cerca de sus ojos indicaba peligro. Pero tal
experiencia se habrá adquirido lentamente a una edad posterior, a lo largo de
una larga serie de generaciones; Y por lo que sabemos de la herencia, no hay
nada improbable en la transmisión de un hábito a la descendencia a una edad
anterior a aquella en que fue adquirido por primera vez por los padres.
De las
observaciones anteriores parece probable que algunas acciones, que al principio
se realizaban conscientemente, se hayan convertido, por hábito y asociación, en
acciones reflejas, y ahora están tan firmemente fijadas y heredadas que se
realizan, incluso cuando no son de la menor utilidad, [114] siempre que surjan las mismas causas que las originaron en
nosotros a través de la voluntad. En tales casos, las células nerviosas
sensoriales excitan las células motoras, sin comunicarse primero con aquellas
células de las que dependen nuestra conciencia y voluntad. Es probable que
estornudar y toser se adquirieran originalmente por el hábito de expulsar, con
la mayor violencia posible, cualquier partícula irritante de las vías
respiratorias. En cuanto al tiempo, ha transcurrido más que suficiente para que
estos hábitos se hayan vuelto innatos o se hayan convertido en acciones
reflejas; pues son comunes a la mayoría o a todos los cuadrúpedos superiores, y
por lo tanto, debieron adquirirse por primera vez en una época muy remota. No
puedo decir por qué el acto de carraspear no es un acto reflejo y debe ser
aprendido por nuestros hijos; Pero podemos ver por qué hay que aprender a
sonarse la nariz con un pañuelo.
Resulta casi
increíble que los movimientos de una rana sin cabeza, cuando se limpia una gota
de ácido u otro objeto del muslo, y que están tan bien coordinados para un
propósito especial, no se hayan realizado al principio de forma voluntaria,
para luego volverse fáciles a través de un hábito prolongado, de modo que al
final se realizan de forma inconsciente o independientemente de los hemisferios
cerebrales.
Así pues, parece
probable que el sobresalto se adquiriera originalmente por el hábito de
alejarse del peligro lo más rápido posible, siempre que alguno de nuestros
sentidos nos avisara. El sobresalto, como hemos visto, va acompañado del
parpadeo para proteger los ojos, los órganos más sensibles del cuerpo; y creo
que siempre va acompañado de una inspiración repentina y enérgica, que es la
preparación natural para cualquier esfuerzo violento. Pero cuando un hombre o
un caballo se sobresalta, su corazón late con fuerza contra sus costillas, y
aquí podemos decir con certeza que tenemos un órgano que nunca ha estado bajo
el control de la voluntad, participando en los movimientos reflejos generales
del cuerpo. Sin embargo, volveré a este punto en un capítulo posterior.
La contracción del
iris, cuando la retina es estimulada por una luz brillante, es otro ejemplo de
un movimiento que, al parecer, no pudo haber sido inicialmente realizado
voluntariamente y luego fijado por el hábito; pues no se sabe que el iris esté
bajo el control consciente de la voluntad en ningún animal. En tales casos,
habrá que encontrar una explicación, completamente distinta del hábito. La
radiación de fuerza nerviosa desde células nerviosas fuertemente excitadas
hacia otras células conectadas, como en el caso de una luz brillante sobre la
retina que provoca un estornudo, quizá nos ayude a comprender el origen de
algunos actos reflejos. Una radiación de fuerza nerviosa de este tipo, si
provocara un movimiento que tendiera a disminuir la irritación primaria, como
en el caso de la contracción del iris que impedía que la luz incidiera
excesivamente sobre la retina, podría haber sido posteriormente aprovechada y
modificada para este propósito específico.
Cabe destacar,
además, que los actos reflejos son, con toda probabilidad, susceptibles a
ligeras variaciones, al igual que todas las estructuras corporales e instintos;
y cualquier variación que fuera beneficiosa y de suficiente importancia
tendería a conservarse y heredarse. Así, los actos reflejos, una vez adquiridos
para un propósito, podrían modificarse posteriormente, independientemente de la
voluntad o el hábito, para servir a un fin específico. Estos casos serían
paralelos a los que, como tenemos motivos para creer, han ocurrido con muchos
instintos; pues si bien algunos instintos se han desarrollado simplemente
mediante un hábito heredado y prolongado, otros, altamente complejos, se han
desarrollado mediante la conservación de variaciones de instintos
preexistentes, es decir, mediante la selección natural.
He tratado con
cierta extensión, aunque, como bien sé, de una manera muy imperfecta, la
adquisición de acciones reflejas, porque a menudo entran en juego en conexión
con movimientos expresivos de nuestras emociones, y era necesario mostrar que
al menos algunas de ellas podrían haber sido adquiridas primero a través de la
voluntad para satisfacer un deseo o aliviar una sensación desagradable.
Movimientos
habituales asociados en los animales inferiores . — Ya he presentado, en el caso del hombre, varios ejemplos de
movimientos asociados con diversos estados mentales o corporales, que ahora
carecen de propósito, pero que originalmente fueron útiles y aún lo son en
ciertas circunstancias. Dado que este tema es muy importante para nosotros,
presentaré aquí un número considerable de hechos análogos, referidos a los
animales; aunque muchos de ellos son de naturaleza muy trivial. Mi objetivo es
demostrar que ciertos movimientos se realizaron originalmente con un fin
definido y que, en circunstancias prácticamente idénticas, se siguen realizando
pertinazmente por hábito, incluso cuando no son de la menor utilidad. Que la
tendencia en la mayoría de los casos siguientes es hereditaria, podemos
inferirlo de que tales acciones son realizadas de la misma manera por todos los
individuos, jóvenes y viejos, de la misma especie. También veremos que son
provocados por las asociaciones más diversas, a menudo tortuosas y, en
ocasiones, erróneas.
Los perros, cuando
quieren dormir sobre una alfombra u otra superficie dura, suelen dar vueltas y
rascar el suelo con las patas delanteras de forma absurda, como si quisieran
pisotear la hierba y excavar un hoyo, como sin duda hacían sus padres salvajes cuando
vivían en praderas abiertas o en el bosque. Los chacales, fénecs y otros
animales afines del Zoológico tratan la paja de esta manera; pero resulta
bastante curioso que los cuidadores, tras varios meses de observación, nunca
hayan visto a los lobos comportarse así. Un amigo observó a un perro semiidiota
—y un animal en estas condiciones sería particularmente propenso a adoptar un
hábito absurdo— dar trece vueltas completas sobre una alfombra antes de
dormirse.
Muchos animales
carnívoros, al arrastrarse hacia su presa y prepararse para abalanzarse sobre
ella, bajan la cabeza y se agachan, en parte, al parecer, para ocultarse y en
parte para prepararse para la embestida; y este hábito, exagerado, se ha vuelto
hereditario en nuestros pointers y setters. He observado en multitud de
ocasiones que, cuando dos perros desconocidos se encuentran en un camino
abierto, el primero que ve al otro, aunque a una distancia de cien o doscientos
metros, tras la primera mirada siempre baja la vista, generalmente se agacha un
poco o incluso se tumba; es decir, adopta la postura adecuada para ocultarse y
para abalanzarse o saltar, aunque el camino esté completamente despejado y la
distancia sea grande. Asimismo, perros de todo tipo, al observar atentamente y
acercarse lentamente a su presa, suelen mantener una de sus patas delanteras
doblada durante un largo rato, lista para el siguiente paso cauteloso; y esto
es eminentemente característico del pointer. Pero por costumbre, se comportan
exactamente de la misma manera cuando se les llama la atención (fig. 4). He
visto a un perro al pie de un muro alto, escuchando atentamente un sonido del
otro lado, con una pata doblada; y en este caso, no pudo haber tenido intención
de acercarse con cautela.
{Ilust. caption =
para apresurarse o FIG. 4.—Perrito observando a un gato sobre una mesa. De una
fotografía tomada por el Sr. Rejlander.}
Tras orinar, los
perros suelen rascarse hacia atrás con las cuatro patas, incluso sobre un
pavimento de piedra, como si quisieran cubrir sus excrementos con tierra, casi
igual que los gatos. Los lobos y los chacales se comportan en el zoológico de
la misma manera; sin embargo, según me aseguran los cuidadores, ni los lobos,
ni los chacales, ni los zorros, cuando tienen la posibilidad, cubren sus
excrementos, como tampoco lo hacen los perros. Sin embargo, todos estos
animales entierran la comida sobrante. Por lo tanto, si comprendemos
correctamente el significado del hábito felino mencionado, del cual no cabe
duda, nos encontramos con un remanente sin propósito de un movimiento habitual,
que fue seguido originalmente por algún remoto progenitor del género canino con
un propósito definido, y que se ha mantenido durante un tiempo prodigioso.
Los perros y
chacales [115] disfrutan mucho revolcándose y frotándose el cuello y el lomo en
carroña. El olor les parece delicioso, aunque los perros al menos no comen
carroña. El Sr. Bartlett ha observado lobos para mí y les ha dado carroña, pero
nunca los ha visto revolcarse en ella. He oído comentar, y creo que es cierto,
que los perros más grandes, que probablemente descienden de los lobos, no se
revuelcan en carroña tan a menudo como los perros más pequeños, que
probablemente descienden de los chacales. Cuando le ofrezco un trozo de galleta
marrón a una terrier mía y no tiene hambre (y he oído casos similares), primero
la revuelve y la atormenta, como si fuera una rata u otra presa; luego se
revolca repetidamente sobre ella exactamente como si fuera un trozo de carroña,
y finalmente se la come. Parecería que se le debe dar un gusto imaginario a ese
bocado desagradable; Y para lograrlo, el perro actúa como siempre, como si la
galleta fuera un animal vivo o oliera a carroña, aunque sabe mejor que nosotros
que no es así. He visto a este mismo terrier actuar de la misma manera después
de matar un pajarito o un ratón.
Los perros se
rascan con un movimiento rápido de una de sus patas traseras; y cuando se les
frota el lomo con un palo, el hábito es tan fuerte que no pueden evitar rascar
rápidamente el aire o el suelo de forma inútil y ridícula. El terrier al que
acabamos de aludir, al ser rascado con un palo, a veces muestra su deleite con
otro movimiento habitual: lamer el aire como si fuera mi mano.
Los caballos se
rascan mordisqueando las partes de su cuerpo que alcanzan con los dientes; pero
lo más común es que un caballo le muestre a otro dónde quiere que lo rasquen, y
entonces se mordisquean mutuamente. Un amigo, a quien le hablé del tema, observó
que al frotar el cuello de su caballo, este sacaba la cabeza, descubría los
dientes y movía las mandíbulas, exactamente como si mordisqueara el cuello de
otro caballo, pues jamás se habría mordisqueado el suyo. Si a un caballo se le
hacen muchas cosquillas, como cuando se le peina con una almohaza, su deseo de
morder algo se vuelve tan insoportable que rechina los dientes y, aunque no es
agresivo, muerde a su mozo. Al mismo tiempo, por costumbre, aprieta las orejas
para protegerlas de las mordeduras, como si estuviera peleando con otro
caballo.
Un caballo, ansioso
por emprender un viaje, se acerca lo más posible al movimiento habitual de
avance escarbando el suelo. Ahora bien, cuando los caballos en sus establos
están a punto de comer y ansían su trigo, escarban el pavimento o la paja. Dos
de mis caballos se comportan así cuando ven o escuchan que se les da el trigo a
sus vecinos. Pero aquí tenemos lo que casi podría llamarse una expresión
verdadera, ya que escarbar el suelo es universalmente reconocido como señal de
entusiasmo.
Los gatos cubren
sus excrementos de ambos tipos con tierra; y mi abuelo [116] vio a un gatito raspando cenizas sobre una cucharada de agua pura
derramada en el hogar; de modo que en este caso se despertó falsamente una
acción habitual o instintiva, no por un acto previo ni por el olor, sino por la
vista. Es bien sabido que a los gatos les disgusta mojarse las patas,
probablemente debido a que habitaron originalmente la región árida de Egipto; y
cuando se las mojan, las sacuden con fuerza. Mi hija vertió agua en un vaso
cerca de la cabeza de un gatito; y este inmediatamente sacudió las patas de la
forma habitual; de modo que aquí tenemos un movimiento habitual, falsamente
provocado por un sonido asociado en lugar del tacto.
Gatitos, cachorros,
lechones y probablemente muchos otros animales jóvenes, empujan
alternativamente con sus patas delanteras las glándulas mamarias de sus madres
para estimular una secreción más abundante de leche o para que fluya. Es muy
común en los gatos jóvenes, y no en absoluto raro en los gatos viejos de las
razas común y persa (consideradas extintas por algunos naturalistas), cuando
están cómodamente tumbados sobre un chal cálido u otra tela suave, golpearlo
suave y alternativamente con las patas delanteras, con los dedos extendidos y
las garras ligeramente salientes, exactamente como cuando succionan a su madre.
Que se trata del mismo movimiento se demuestra claramente por el hecho de que a
menudo, al mismo tiempo, toman un trozo del chal con la boca y lo chupan,
generalmente cerrando los ojos y ronroneando de placer. Este curioso movimiento
suele producirse solo en asociación con la sensación de una superficie cálida y
suave; pero he visto a un gato viejo, cuando le gusta que le rasquen el lomo,
golpear el aire con las patas de la misma manera. de modo que esta acción casi
se ha convertido en la expresión de una sensación placentera.
Tras referirme al
acto de succionar, debo añadir que este complejo movimiento, así como la
protrusión alterna de las patas delanteras, son actos reflejos; pues se
realizan al introducir un dedo humedecido con leche en la boca de un cachorro,
al que se le ha extirpado la parte frontal del cerebro. [117] Recientemente se ha afirmado en Francia que la succión se produce
únicamente a través del sentido del olfato, de modo que si se destruyen los
nervios olfativos de un cachorro, este nunca succiona. De igual manera, la
maravillosa capacidad que posee un pollo, a tan solo unas horas de nacer, para
recoger pequeñas partículas de alimento, parece activarse a través del sentido
del oído; pues, en el caso de los pollos nacidos por calor artificial, un buen
observador descubrió que «hacer ruido con la uña contra una tabla, imitando a
la gallina madre, les enseñó primero a picotear la carne». [118]
Daré solo otro
ejemplo de un movimiento habitual e inútil. El pato de la costa ( Tadorna )
se alimenta de la arena que la marea deja al descubierto, y cuando descubre un
gusano, empieza a palmear el suelo con las patas, como si bailara sobre el
agujero; esto hace que el gusano salga a la superficie. El Sr. St. John comenta
que cuando sus patos de la costa domesticados venían a pedir comida, palmeaban
el suelo con impaciencia y rapidez. [119] Por lo tanto, esto casi puede considerarse una expresión de
hambre. El Sr. Bartlett me informa que el flamenco y el kagu ( Rhinochetus
jubatus ), cuando ansían ser alimentados, golpean el suelo con las
patas de la misma extraña manera. De igual manera, los martines pescadores,
cuando capturan un pez, siempre lo golpean hasta matarlo; y en los zoológicos
siempre golpean la carne cruda, con la que a veces se les alimenta, antes de
devorarla.
Creo que ya hemos
demostrado suficientemente la veracidad de nuestro primer Principio, a saber,
que cuando una sensación, deseo, aversión, etc., ha conducido durante largas
generaciones a un movimiento voluntario, es casi seguro que se despertará una
tendencia a realizar un movimiento similar, siempre que se experimente la misma
sensación, o cualquier otra análoga o asociada, aunque sea muy débil; sin
embargo, el movimiento en este caso puede no ser de la menor utilidad. Dichos
movimientos habituales son a menudo, o generalmente, heredados; y difieren poco
de los actos reflejos. Al tratar las expresiones especiales del hombre, se
comprobará la validez de la última parte de nuestro primer Principio, tal como
se expuso al comienzo de este capítulo; a saber, que cuando los movimientos,
asociados por hábito a ciertos estados mentales, son parcialmente reprimidos
por la voluntad, los músculos estrictamente involuntarios, así como aquellos
que están menos sujetos al control independiente de la voluntad, son susceptibles
de actuar; y su acción es a menudo muy expresiva. Por el contrario, cuando la
voluntad se debilita temporal o permanentemente, los músculos voluntarios
fallan antes que los involuntarios. Es un hecho conocido por los patólogos,
como señala Sir C. Bell [120] , que «cuando la debilidad surge de una afección cerebral, la
influencia es mayor en aquellos músculos que, en su estado natural, están más
sujetos a la voluntad». En capítulos posteriores, consideraremos también otra
proposición incluida en nuestro primer Principio: que la inhibición de un
movimiento habitual a veces requiere otros movimientos leves; estos últimos
sirven como medio de expresión.
CAPÍTULO II.
PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— continuación .
El principio de
antítesis—Instancias en el perro y el gato—Origen del principio—Signos
convencionales—El principio de antítesis no ha surgido de acciones opuestas
realizadas conscientemente bajo impulsos opuestos.
Consideraremos
ahora nuestro segundo principio, el de la antítesis. Ciertos estados mentales
conducen, como vimos en el capítulo anterior, a ciertos movimientos habituales
que fueron, o podrían seguir siendo, útiles; y descubriremos que, cuando se
induce un estado mental directamente opuesto, existe una fuerte e involuntaria
tendencia a realizar movimientos de naturaleza directamente opuesta, aunque
estos nunca hayan sido útiles. Se darán algunos ejemplos notables de antítesis
al tratar las expresiones especiales del hombre; pero como en estos casos somos
particularmente propensos a confundir los gestos y expresiones convencionales o
artificiales con los innatos o universales, y que son los únicos que merecen
ser considerados expresiones verdaderas, en este capítulo me limitaré
prácticamente a los animales inferiores.
Cuando un perro se
acerca a un perro o a un hombre desconocido con una actitud salvaje u hostil,
camina erguido y muy rígido; su cabeza está ligeramente levantada o apenas
agachada; la cola se mantiene erguida y bastante rígida; el pelo se eriza,
especialmente en el cuello y la espalda; las orejas erguidas se dirigen hacia
adelante y los ojos tienen la mirada fija (véanse las figuras 5 y 7). Estas
acciones, como se explicará más adelante, se derivan de la intención del perro
de atacar a su enemigo y, por lo tanto, son en gran medida comprensibles.
Mientras se prepara para abalanzarse con un gruñido salvaje sobre su enemigo,
descubre los caninos y aprieta las orejas hacia atrás; pero estas últimas
acciones no nos interesan en este caso. Supongamos ahora que el perro descubre
de repente que el hombre al que se acerca no es un extraño, sino su amo; y
observemos cómo su actitud cambia completa e instantáneamente. En lugar de
caminar erguido, el cuerpo se hunde o incluso se agacha, y se flexiona; la
cola, en lugar de mantenerse rígida y erguida, baja y la menea de un lado a
otro; su pelaje se alisa al instante; las orejas se hunden y se retraen, pero
no se pegan a la cabeza; y los labios cuelgan sueltos. Al retraer las orejas,
los párpados se alargan y los ojos ya no parecen redondos ni fijos. Cabe añadir
que, en esos momentos, el animal se encuentra en un estado de excitación por la
alegría; y se genera un exceso de energía nerviosa, lo que naturalmente lleva a
algún tipo de acción. Ninguno de los movimientos mencionados, tan claramente
expresivos de afecto, es de la menor utilidad directa para el animal. Se
explican, hasta donde puedo ver, únicamente por su completa oposición o
antítesis con la actitud y los movimientos que, por causas inteligibles, asume
un perro cuando intenta pelear, y que, en consecuencia, expresan ira. Solicito
al lector que observe los cuatro bocetos adjuntos, que se presentan para
recordar vívidamente la apariencia de un perro en estos dos estados mentales.
Sin embargo, es bastante difícil representar el afecto en un perro mientras
acaricia a su amo y menea la cola, ya que la esencia de la expresión reside en
los continuos movimientos flexivos.
Ahora nos
centraremos en el gato. Cuando este animal se ve amenazado por un perro, arquea
el lomo de forma sorprendente, eriza el pelo, abre la boca y escupe. Pero no
nos ocupamos aquí de esta conocida actitud, que expresa terror combinado con
ira; nos ocupamos únicamente de la rabia o la ira. Esto no se ve a menudo, pero
puede observarse cuando dos gatos pelean; y lo he visto claramente exhibido por
un gato salvaje mientras era acosado por un niño. La actitud es casi idéntica a
la de un tigre perturbado y gruñendo por su comida, que todos deben haber visto
en los zoológicos. El animal adopta una posición agazapada, con el cuerpo
extendido; y toda la cola, o solo la punta, se agita o se enrosca de un lado a
otro. El pelo no está erizado en absoluto. Hasta ahora, la actitud y los
movimientos son casi los mismos que cuando el animal se prepara para
abalanzarse sobre su presa, y cuando, sin duda, se siente salvaje. Pero al
prepararse para la pelea, existe la siguiente diferencia: las orejas están
apretadas hacia atrás; la boca está parcialmente abierta, mostrando los
dientes; las patas delanteras se golpean ocasionalmente con garras prominentes;
y el animal, en ocasiones, emite un gruñido feroz. (Véanse las figuras 9 y 10).
Todas, o casi todas, estas acciones se derivan naturalmente (como se explicará
más adelante) de la actitud e intención del gato al atacar a su enemigo.
Observemos ahora a
una gata en un estado mental totalmente opuesto, mientras siente cariño y
acaricia a su amo; y observemos cuán opuesta es su actitud en todos los
aspectos. Ahora se yergue con el lomo ligeramente arqueado, lo que hace que su
pelo parezca áspero, pero no se eriza; su cola, en lugar de estar extendida y
agitada de un lado a otro, se mantiene completamente quieta y
perpendicularmente hacia arriba; sus orejas están erguidas y puntiagudas; su
hocico está cerrado; y se frota contra su amo con un ronroneo en lugar de un
gruñido. Observemos además cuán diferente es el comportamiento de un gato
cariñoso del de un perro cuando, con el cuerpo agachado y flexible, la cola
baja y meneándose, y las orejas hundidas, acaricia a su amo. Este contraste en
las actitudes y movimientos de estos dos animales carnívoros, bajo el mismo
estado mental complacido y afectuoso, puede explicarse, según me parece,
únicamente por sus movimientos, que son completamente antítesis de los que se
asumen naturalmente cuando estos animales se sienten salvajes y están
preparados para luchar o para apoderarse de su presa.
En estos casos del
perro y del gato, hay razones para creer que los gestos tanto de hostilidad
como de afecto son innatos o heredados, pues son casi idénticamente iguales en
las diferentes razas de la especie y en todos los individuos de la misma raza,
tanto jóvenes como viejos.
Aquí daré otro
ejemplo de antítesis en la expresión. Anteriormente tuve un perro grande que,
como cualquier otro perro, disfrutaba mucho de salir a pasear. Demostraba su
placer trotando con paso serio delante de mí, con pasos altos, la cabeza muy
erguida, las orejas moderadamente erguidas y la cola en alto, pero no rígida.
No lejos de mi casa, un sendero se bifurcaba a la derecha, conduciendo al
invernadero, que solía visitar a menudo durante unos momentos para observar mis
plantas experimentales. Esto siempre era una gran decepción para el perro, ya
que no sabía si debía continuar mi paseo; y el cambio instantáneo y completo de
expresión que se apoderaba de él en cuanto mi cuerpo se desviaba, aunque fuera
lo más mínimo, hacia el sendero (y a veces lo intentaba como experimento) era
ridículo. Su mirada de abatimiento era conocida por todos los miembros de la
familia, y se llamaba su cara de invernadero . Esta consistía
en que la cabeza se inclinaba mucho, todo el cuerpo se hundía un poco y
permanecía inmóvil; Las orejas y la cola cayeron repentinamente, pero la cola
no se movió en absoluto. Con la caída de las orejas y de sus grandes mejillas,
la apariencia de sus ojos cambió mucho, y me imaginé que lucían menos
brillantes. Su aspecto era de un abatimiento lastimero y desesperanzado; y era,
como ya he dicho, risible, dado que la causa era tan insignificante. Cada
detalle de su actitud contrastaba completamente con su anterior porte alegre
pero digno; y no se puede explicar, según me parece, de otra manera que mediante
el principio de antítesis. De no haber sido el cambio tan instantáneo, lo
habría atribuido a su decaimiento, que afectaba, como en el caso del hombre, al
sistema nervioso y la circulación, y en consecuencia al tono de toda su
musculatura; y esta pudo haber sido en parte la causa.
Ahora
consideraremos cómo surgió el principio de antítesis en la expresión. En los
animales sociales, la capacidad de intercomunicación entre los miembros de una
misma comunidad —y en otras especies, entre sexos opuestos, así como entre
jóvenes y viejos— es de suma importancia. Esto generalmente se logra mediante
la voz, pero es cierto que los gestos y las expresiones son, hasta cierto
punto, mutuamente inteligibles. El hombre no solo utiliza gritos, gestos y
expresiones inarticulados, sino que ha inventado el lenguaje articulado; si es
que la palabra «inventado» puede aplicarse a un proceso, completado por
innumerables pasos, realizado de forma semiconsciente. Cualquiera que haya
observado a los monos no dudará de que comprenden perfectamente los gestos y
las expresiones de los demás, y en gran medida, como afirma Rengger [201] , los del hombre. Un animal, cuando va a atacar a otro o cuando
tiene miedo de otro, a menudo se muestra terrible, erizando su pelo, aumentando
así el volumen aparente de su cuerpo, mostrando sus dientes, blandiendo sus
cuernos o emitiendo sonidos feroces.
Dado que el poder
de la intercomunicación es sin duda muy útil para muchos animales, no es
improbable a priori suponer que gestos manifiestamente de
naturaleza opuesta a aquellos mediante los cuales se expresan ciertos
sentimientos se hayan empleado inicialmente de forma voluntaria bajo la
influencia de un estado emocional opuesto. El hecho de que los gestos sean
ahora innatos no constituiría una objeción válida a la creencia de que en un
principio fueron intencionales; pues si se hubieran practicado durante muchas
generaciones, probablemente se heredarían. Sin embargo, es más que dudoso, como
veremos enseguida, que alguno de los casos que se enmarcan en nuestra antítesis
se haya originado así.
Con los signos
convencionales que no son innatos, como los utilizados por los sordomudos y los
salvajes, el principio de oposición o antítesis se ha aplicado parcialmente.
Los monjes cistercienses consideraban pecaminoso hablar, y como no podían
evitar mantener cierta comunicación, inventaron un lenguaje gestual, en el que
parece haberse empleado el principio de oposición. [202] El Dr. Scott, de la Institución para Sordomudos de Exeter, me
escribe que «los opuestos se utilizan con frecuencia en la enseñanza a los
sordomudos, quienes los perciben con gran facilidad». Sin embargo, me ha
sorprendido la escasez de ejemplos inequívocos que se pueden aducir. Esto
depende en parte de que todos los signos hayan tenido un origen natural común;
y en parte de la costumbre de los sordomudos y de los salvajes de contraer sus
signos tanto como sea posible para mayor rapidez. [203] Por lo tanto, su origen natural a menudo se vuelve dudoso o se
pierde por completo; como ocurre también con el lenguaje articulado.
Además, muchos
signos, que se oponen claramente entre sí, parecen haber tenido un origen
significativo en ambos casos. Esto parece ser cierto con los signos que usaban
los de la tierra y los mudos para representar la luz y la oscuridad, la fuerza
y la debilidad, etc. En un capítulo posterior intentaré demostrar que los
gestos opuestos de afirmación y negación, a saber, asentir verticalmente y
sacudir la cabeza lateralmente, probablemente tuvieron un origen natural. El
movimiento de la mano de derecha a izquierda, que algunos salvajes usan como
negación, puede haberse inventado para imitar el movimiento de sacudir la
cabeza; pero es dudoso que el movimiento opuesto de mover la mano en línea
recta desde el rostro, que se usa en afirmación, haya surgido por antítesis o
de alguna manera muy distinta.
Si ahora nos
centramos en los gestos innatos o comunes a todos los individuos de la misma
especie, y que se engloban en el presente concepto de antítesis, es
extremadamente dudoso que alguno de ellos fuera inventado deliberadamente y
realizado conscientemente. En la humanidad, el mejor ejemplo de un gesto que se
opone directamente a otros movimientos, naturalmente asumidos bajo un estado
mental opuesto, es el de encogerse de hombros. Esto expresa impotencia o una
disculpa, algo que no se puede hacer o evitar. El gesto a veces se utiliza de
forma consciente y voluntaria, pero es extremadamente improbable que fuera
inventado deliberadamente y posteriormente fijado por el hábito; pues no solo
los niños pequeños a veces se encogen de hombros bajo los estados mentales
mencionados, sino que el movimiento va acompañado, como se mostrará en un
capítulo posterior, de varios movimientos subordinados, de los que nadie entre
mil es consciente, a menos que haya prestado atención específica al tema.
Los perros, al
acercarse a un perro desconocido, pueden encontrar útil mostrar con sus
movimientos que son amigables y que no desean pelear. Cuando dos perros jóvenes
juegan gruñendo y mordiéndose la cara y las patas, es obvio que comprenden
mutuamente sus gestos y modales. De hecho, parece haber cierto grado de
conocimiento instintivo en los cachorros y gatitos de que no deben usar sus
afilados dientes o garras con demasiada libertad en su juego, aunque esto a
veces sucede y el resultado es un chillido; de lo contrario, a menudo se
lastimarían los ojos. Cuando mi terrier me muerde la mano jugando, a menudo
gruñendo al mismo tiempo, si muerde demasiado fuerte y le digo SUAVEMENTE,
SUAVEMENTE, sigue mordiendo, pero me responde con algunos meneos de cola, que
parecen decir "No importa, todo es diversión". Aunque los perros
expresan así, y pueden desear expresar, a otros perros y al hombre, que están
en un estado mental amistoso, es increíble que alguna vez hayan pensado
deliberadamente en echar hacia atrás y bajar sus orejas, en lugar de
mantenerlas erguidas, en bajar y menear sus colas, en lugar de mantenerlas
rígidas y erguidas, etc., porque sabían que estos movimientos estaban en
directa oposición a los que asumían bajo un estado mental opuesto y salvaje.
Además, cuando un
gato, o mejor dicho, algún progenitor temprano de la especie, por afecto,
arqueaba ligeramente el lomo, mantenía la cola perpendicularmente hacia arriba
y erguía las orejas, ¿es posible creer que el animal deseara conscientemente
demostrar que su estado de ánimo era exactamente el opuesto al que tenía
cuando, estando listo para luchar o para abalanzarse sobre su presa, adoptaba
una actitud agazapada, curvaba la cola de un lado a otro y bajaba las orejas?
Menos aún puedo creer que mi perro adoptara voluntariamente su actitud abatida
y su « cara de invernadero », que contrastaban tan
marcadamente con su anterior actitud alegre y su porte general. No se puede
suponer que supiera que yo comprendería su expresión, y que así pudiera
ablandarme el corazón y hacerme renunciar a la visita al invernadero.
Por lo tanto, para
el desarrollo de los movimientos que se engloban en este apartado, debe haber
intervenido algún otro principio, distinto de la voluntad y la conciencia. Este
principio parece ser que todo movimiento que hemos realizado voluntariamente a
lo largo de nuestra vida ha requerido la acción de ciertos músculos; y cuando
hemos realizado un movimiento directamente opuesto, se ha puesto en juego
habitualmente un conjunto opuesto de músculos, como al girar a la derecha o a
la izquierda, al alejar o atraer un objeto hacia nosotros, y al levantar o
bajar un peso. Nuestras intenciones y movimientos están tan estrechamente
asociados que, si deseamos con vehemencia que un objeto se mueva en cualquier
dirección, difícilmente podemos evitar mover nuestro cuerpo en la misma
dirección, aunque seamos perfectamente conscientes de que esto no puede tener
ninguna influencia. Un buen ejemplo de este hecho ya se ha dado en la
Introducción, concretamente en los grotescos movimientos de un joven y
entusiasta jugador de billar mientras observa la trayectoria de su bola. Un
hombre o un niño furioso, si le dice a alguien en voz alta que se vaya,
generalmente mueve el brazo como si lo apartara, aunque el ofensor no esté
cerca y no haya la menor necesidad de explicar con un gesto lo que quiere
decir. Por otro lado, si deseamos con vehemencia que alguien se nos acerque,
actuamos como si lo atrajeramos hacia nosotros; y así en innumerables otros
casos.
Así como la
realización de movimientos ordinarios de tipo opuesto, bajo impulsos opuestos
de la voluntad, se ha vuelto habitual en nosotros y en los animales inferiores,
así también cuando las acciones de un tipo se han asociado firmemente con
alguna sensación o emoción, parece natural que acciones de un tipo directamente
opuesto, aunque inútiles, se realicen inconscientemente por hábito y
asociación, bajo la influencia de una sensación o emoción directamente opuesta.
Solo con este principio puedo entender cómo se originaron los gestos y
expresiones que se engloban en el presente concepto de antítesis. Si de hecho
son útiles para el hombre o para cualquier otro animal, como apoyo a gritos o
lenguaje inarticulados, también se emplearán voluntariamente, fortaleciendo así
el hábito. Pero, sea o no útil como medio de comunicación, la tendencia a
realizar movimientos opuestos bajo sensaciones o emociones opuestas se
volvería, por analogía, hereditaria con la práctica prolongada; y no cabe duda
de que varios movimientos expresivos debidos al principio de antítesis son
hereditarios.
CAPÍTULO III.
PRINCIPIOS GENERALES DE EXPRESIÓN— concluyó .
El principio de la
acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo,
independientemente de la voluntad y en parte del hábito—Cambio de color del
cabello—Temblor de los músculos—Secreciones modificadas—Transpiración—Expresión
de dolor extremo—De rabia, gran alegría y terror—Contraste entre las emociones
que causan y no causan movimientos expresivos—Estados excitantes y deprimentes
de la mente—Resumen.
Llegamos ahora a
nuestro tercer principio: ciertas acciones que reconocemos como expresión de
ciertos estados mentales son resultado directo de la constitución del sistema
nervioso y, desde un principio, han sido independientes de la voluntad y, en
gran medida, del hábito. Cuando el sensorio se excita intensamente, se genera
un exceso de fuerza nerviosa, que se transmite en ciertas direcciones,
dependiendo de la conexión de las células nerviosas y, en lo que respecta al
sistema muscular, de la naturaleza de los movimientos habituales. O bien, el
aporte de fuerza nerviosa puede, según parece, interrumpirse. Claro que todo
movimiento que realizamos está determinado por la constitución del sistema
nervioso; pero las acciones realizadas por voluntad, por hábito o por el
principio de antítesis, quedan aquí, en la medida de lo posible, excluidas.
Nuestro tema actual es muy oscuro, pero, dada su importancia, debe ser tratado
con cierta extensión; y siempre es aconsejable percibir con claridad nuestra
ignorancia.
El caso más
llamativo, aunque raro y anormal, que se puede aducir de la influencia directa
del sistema nervioso, cuando se ve fuertemente afectado, en el cuerpo, es la
pérdida de color del cabello, que ocasionalmente se ha observado tras un terror
o una pena extremos. Se ha registrado un caso auténtico, en el caso de un
hombre llevado a ejecución en la India, en el que el cambio de color fue tan
rápido que era perceptible a simple vista. [301]
Otro buen ejemplo
es el del temblor muscular, común en el hombre y en muchos, o la mayoría, de
los animales inferiores. El temblor no es útil, a menudo muy perjudicial, y no
puede haber sido adquirido inicialmente por voluntad y luego volverse habitual
en asociación con ninguna emoción. Una autoridad eminente me asegura que los
niños pequeños no tiemblan, sino que sufren convulsiones en circunstancias que
inducirían un temblor excesivo en los adultos. El temblor se produce en
diferentes individuos en grados muy diferentes y por las causas más diversas:
por frío superficial, antes de ataques febriles, aunque la temperatura corporal
esté entonces por encima de lo normal; en envenenamiento de la sangre, delirium
tremens y otras enfermedades; por pérdida general de fuerza en la vejez; por
agotamiento tras fatiga excesiva; localmente por lesiones graves, como
quemaduras; y, de manera especial, por la inserción de un catéter. De todas las
emociones, el miedo es notoriamente la más propensa a inducir temblor; pero también
lo hacen ocasionalmente la ira intensa y la alegría. Recuerdo haber visto una
vez a un niño que acababa de disparar su primera agachadiza al vuelo, y sus
manos temblaban de tal alegría que no pudo recargar su arma durante un rato; y
he oído hablar de un caso exactamente similar con un salvaje australiano, a
quien le habían prestado una escopeta. La buena música, debido a las vagas
emociones así excitadas, provoca escalofríos en algunas personas. Parece haber
muy poco en común entre las diversas causas físicas y emociones mencionadas que
expliquen el temblor; y Sir J. Paget, a quien debo varias de las afirmaciones
anteriores, me informa que el tema es muy oscuro. Como el temblor a veces es
causado por la ira, mucho antes de que se instale el agotamiento, y como a
veces acompaña a una gran alegría, parecería que cualquier excitación intensa
del sistema nervioso interrumpe el flujo constante de energía nerviosa a los
músculos. [302]
La manera en que
las secreciones del tubo digestivo y de ciertas glándulas, como el hígado, los
riñones o las mamas, se ven afectadas por emociones intensas, es otro excelente
ejemplo de la acción directa del sensorio sobre estos órganos, independientemente
de la voluntad o de cualquier hábito útil asociado. Existe una gran diferencia
entre las personas en cuanto a las partes afectadas y al grado de su afección.
El corazón, que
late ininterrumpidamente día y noche de forma tan maravillosa, es
extremadamente sensible a los estímulos externos. El gran fisiólogo Claude
Bernard [303] ha demostrado cómo la mínima excitación de un nervio sensitivo
reacciona sobre el corazón, incluso cuando un nervio se toca tan levemente que
el animal experimental no puede sentir dolor. Por lo tanto, cuando la mente se
excita intensamente, cabría esperar que afectara instantáneamente y
directamente al corazón; y esto es universalmente reconocido y percibido.
Claude Bernard también insiste repetidamente, y esto merece especial atención,
en que cuando el corazón se ve afectado, reacciona sobre el cerebro; y el
estado del cerebro, a su vez, reacciona sobre el corazón a través del nervio
neumogástrico; de modo que, ante cualquier excitación, se producirá una gran
acción y reacción mutua entre estos dos órganos, los más importantes del
cuerpo.
El sistema
vasomotor, que regula el diámetro de las arterias pequeñas, recibe la
influencia directa del sensorio, como vemos cuando una persona se sonroja de
vergüenza; pero en este último caso, la transmisión interrumpida de la fuerza
nerviosa a los vasos faciales puede, creo, explicarse en parte, de forma
curiosa, mediante el hábito. También podremos arrojar algo de luz, aunque muy
poco, sobre la erización involuntaria del cabello bajo las emociones de terror
y rabia. La secreción de lágrimas depende, sin duda, de la conexión de ciertas
células nerviosas; pero aquí también podemos rastrear algunos de los pasos por
los cuales el flujo de la fuerza nerviosa a través de los canales necesarios se
ha vuelto habitual bajo ciertas emociones.
Una breve
consideración de los signos externos de algunas de las sensaciones y emociones
más fuertes servirá mejor para mostrarnos, aunque sea vagamente, en qué manera
compleja se combina el principio en consideración de la acción directa del
sistema nervioso excitado del cuerpo con el principio de los movimientos
habitualmente asociados y útiles.
Cuando los animales
sufren un dolor atroz, generalmente se retuercen con espantosas contorsiones; y
aquellos que habitualmente usan la voz emiten gritos o gemidos penetrantes.
Casi todos los músculos del cuerpo se ponen en acción. En el hombre, la boca puede
estar muy apretada, o más comúnmente, los labios retraídos, con los dientes
apretados o apretados. Se dice que en el infierno hay «crujir de dientes»; y he
oído claramente el rechinar de las muelas de una vaca que sufría una
inflamación intestinal aguda. La hipopótamo hembra del Zoológico, al parir,
sufría mucho; caminaba sin cesar o se revolcaba de lado, abriendo y cerrando
las mandíbulas y castañeteando los dientes. [304] En el hombre, los ojos miran fijamente, como en horrorizado
asombro, o el ceño está fuertemente fruncido. El sudor baña el cuerpo y las
gotas resbalan por la cara. La circulación y la respiración se ven muy
afectadas. Por lo tanto, las fosas nasales suelen estar dilatadas y a menudo
tiemblan; o se puede contener la respiración hasta que la sangre se estanca en
el rostro amoratado. Si la agonía es intensa y prolongada, todos estos síntomas
cambian; se produce postración total, con desmayos o convulsiones.
Un nervio
sensitivo, al irritarse, transmite cierta influencia a la neurona de donde
procede; y esta transmite su influencia, primero a la neurona correspondiente
en el lado opuesto del cuerpo, y luego, ascendente y descendente a lo largo de
la columna vertebral, a otras neurona, en mayor o menor medida, según la
intensidad de la excitación; de modo que, finalmente, todo el sistema nervioso
puede verse afectado. [305] Esta transmisión involuntaria de fuerza nerviosa puede o no ir
acompañada de consciencia. Se desconoce por qué la irritación de una neurona
genera o libera fuerza nerviosa; pero esta parece ser la conclusión a la que
han llegado los fisiólogos más destacados, como Müller, Virchow, Bernard,
etc. [306] Como señala el Sr. Herbert Spencer, puede aceptarse como una
«verdad incuestionable que, en cualquier momento, la cantidad existente de
fuerza nerviosa liberada, que de manera inescrutable produce en nosotros el
estado que llamamos sensación, DEBE gastarse en alguna dirección; DEBE generar
una manifestación equivalente de fuerza en algún lugar»; de modo que, cuando el
sistema cerebroespinal está muy excitado y la fuerza nerviosa se libera en
exceso, puede gastarse en sensaciones intensas, pensamientos activos,
movimientos violentos o aumento de la actividad glandular. [307] El Sr. Spencer sostiene además que un «desbordamiento de fuerza
nerviosa, sin ninguna motivación, tomará manifiestamente las vías más
habituales; y, si estas no son suficientes, se desbordará a continuación hacia
las menos habituales». En consecuencia, los músculos faciales y respiratorios,
que son los más utilizados, serán los primeros en activarse; luego, los de las
extremidades superiores, después los de las inferiores y, finalmente, los de
todo el cuerpo. [308]
Una emoción puede
ser muy intensa, pero tendrá poca tendencia a inducir movimientos de ningún
tipo si no ha conducido comúnmente a una acción voluntaria para su alivio o
gratificación; y cuando se excitan movimientos, su naturaleza está, en gran
medida, determinada por aquellos que se han realizado frecuente y
voluntariamente con un fin definido bajo la misma emoción. Un gran dolor
impulsa a todos los animales, y los ha impulsado durante incontables
generaciones, a realizar los esfuerzos más violentos y diversos para escapar de
la causa del sufrimiento. Incluso cuando se lastima una extremidad u otra parte
del cuerpo, a menudo observamos una tendencia a sacudirla, como para sacudirse
la causa, aunque esto obviamente sea imposible. Así, se habrá establecido el
hábito de ejercer la máxima fuerza sobre todos los músculos cuando se
experimenta un gran sufrimiento. Dado que los músculos del pecho y los órganos
vocales se utilizan habitualmente, estos serán particularmente propensos a ser
afectados, y se emitirán gritos o llantos fuertes y ásperos. Pero la ventaja
derivada de los gritos probablemente ha entrado en juego de manera importante.
Porque las crías de la mayoría de los animales, cuando están en apuros o en
peligro, llaman en voz alta a sus padres para pedir ayuda, al igual que lo
hacen los miembros de la misma comunidad para pedir ayuda mutua.
Otro principio, a
saber, la conciencia interna de que el poder o la capacidad del sistema
nervioso es limitado, habrá fortalecido, aunque en grado subordinado, la
tendencia a la acción violenta bajo sufrimiento extremo. Un hombre no puede
pensar profundamente y ejercer su máxima fuerza muscular. Como observó
Hipócrates hace mucho tiempo, si se sienten dos dolores al mismo tiempo, el más
intenso atenúa al otro. Los mártires, en el éxtasis de su fervor religioso, a
menudo, al parecer, han sido insensibles a las torturas más horrendas. Los
marineros que van a ser azotados a veces se llevan un trozo de plomo a la boca
para morderlo con toda su fuerza y así soportar el dolor. Las parturientas se
preparan para ejercitar sus músculos al máximo para aliviar sus sufrimientos.
Así vemos que la
radiación no dirigida de la fuerza nerviosa desde las células nerviosas que son
afectadas primero —el hábito durante mucho tiempo de intentar escapar luchando
de la causa del sufrimiento— y la conciencia de que el ejercicio muscular voluntario
alivia el dolor, probablemente han concurrido para dar una tendencia a los
movimientos más violentos, casi convulsivos, bajo un sufrimiento extremo; y
tales movimientos, incluidos los de los órganos vocales, son universalmente
reconocidos como altamente expresivos de esta condición.
Así como el simple
contacto con un nervio sensible reacciona directamente sobre el corazón, el
dolor intenso obviamente reaccionará de la misma manera, pero con mucha más
energía. Sin embargo, incluso en este caso, no debemos pasar por alto los
efectos indirectos del hábito sobre el corazón, como veremos al considerar las
señales de ira.
Cuando un hombre
sufre un dolor atroz, el sudor a menudo le resbala por la cara; y un
veterinario me ha asegurado que ha visto con frecuencia gotas caer del vientre
y deslizarse por la cara interna de los muslos de caballos y del cuerpo del
ganado vacuno durante este sufrimiento. Ha observado esto sin que se haya
producido ninguna resistencia que explique la sudoración. La hipopótamo hembra,
antes mencionada, tenía todo el cuerpo cubierto de sudor rojo mientras daba a
luz. Lo mismo ocurre con el miedo extremo; el mismo veterinario ha visto a
menudo caballos sudando por esta causa, al igual que el Sr. Bartlett con el
rinoceronte; y en el hombre es un síntoma bien conocido. La causa de la
sudoración excesiva en estos casos es bastante desconocida; pero algunos
fisiólogos creen que está relacionada con la disminución de la circulación
capilar; y sabemos que el sistema vasomotor, que regula la circulación capilar,
está muy influenciado por la mente. Respecto a los movimientos de ciertos
músculos de la cara bajo gran sufrimiento, así como por otras emociones, estos
serán mejor considerados cuando tratemos de las expresiones especiales del
hombre y de los animales inferiores.
Ahora abordaremos
los síntomas característicos de la rabia. Bajo esta poderosa emoción, el
corazón late con mucha más fuerza [309] o puede verse muy alterado. El rostro enrojece, se amora por la
dificultad para retorcer la sangre o palidece. La respiración es dificultosa,
el pecho se agita y las fosas nasales dilatadas tiemblan. Todo el cuerpo
tiembla a menudo. La voz se ve afectada. Los dientes se aprietan o rechinan, y
el sistema muscular suele verse estimulado a una acción violenta, casi
frenética. Pero los gestos de un hombre en este estado suelen diferir de los
contorsionismos y forcejeos vanos de quien sufre un dolor agonizante; pues
representan más o menos claramente el acto de golpear o luchar con un enemigo.
Todos estos signos
de ira se deben probablemente en gran parte, y algunos parecen deberse en su
totalidad, a la acción directa del sistema sensorial excitado. Pero animales de
todo tipo, y sus progenitores anteriores, al ser atacados o amenazados por un enemigo,
han ejercido sus máximas fuerzas para luchar y defenderse. A menos que un
animal actúe así, o tenga la intención, o al menos el deseo, de atacar a su
enemigo, no puede decirse con propiedad que esté enfurecido. De este modo, se
habrá heredado un hábito de esfuerzo muscular asociado a la ira; y esto
afectará directa o indirectamente a diversos órganos, casi de la misma manera
que un gran sufrimiento físico.
Sin duda, el
corazón también se verá afectado de forma directa; pero con toda probabilidad
también lo será por hábito, y más aún por no estar bajo el control de la
voluntad. Sabemos que cualquier gran esfuerzo que realicemos voluntariamente
afecta al corazón mediante principios mecánicos y de otro tipo que no es
necesario considerar aquí; y se demostró en el primer capítulo que la fuerza
nerviosa fluye fácilmente por los canales de uso habitual: los nervios del
movimiento voluntario o involuntario, y los de la sensación. Así, incluso un
esfuerzo moderado tenderá a actuar sobre el corazón; y según el principio de
asociación, del que se han dado tantos ejemplos, podemos estar casi seguros de
que cualquier sensación o emoción, como un gran dolor o rabia, que habitualmente
haya provocado mucha actividad muscular, influirá inmediatamente en el flujo de
fuerza nerviosa al corazón, aunque en ese momento no haya ningún esfuerzo
muscular.
El corazón, como he
dicho, se ve afectado con mayor facilidad por las asociaciones habituales, ya
que no está bajo el control de la voluntad. Un hombre moderadamente enojado, o
incluso furioso, puede controlar los movimientos de su cuerpo, pero no puede evitar
que su corazón lata rápidamente. Su pecho quizá experimente algunas
contracciones y sus fosas nasales apenas tiemblen, pues los movimientos
respiratorios son solo en parte voluntarios. De igual manera, los músculos del
rostro menos obedientes a la voluntad, a veces solo delatan una emoción leve y
pasajera. Las glándulas, a su vez, son completamente independientes de la
voluntad, y un hombre afligido puede controlar sus rasgos, pero no siempre
puede evitar que las lágrimas acudan a sus ojos. Un hombre hambriento, si se le
ofrece comida tentadora, puede no mostrar su hambre con ningún gesto externo,
pero no puede contener la secreción de saliva.
Bajo un arrebato de
alegría o de placer intenso, existe una fuerte tendencia a realizar diversos
movimientos sin propósito y a emitir diversos sonidos. Observamos esto en
nuestros niños pequeños: sus risas estridentes, aplausos y saltos de alegría;
en los saltos y ladridos de un perro al salir a pasear con su amo; y en el
brinco de un caballo al salir a campo abierto. La alegría acelera la
circulación, lo que estimula el cerebro, que a su vez reacciona en todo el
cuerpo. Los movimientos sin propósito mencionados y el aumento de la actividad
cardíaca pueden atribuirse principalmente a la excitación sensorial [310] y al consiguiente exceso de energía nerviosa, como insiste el Sr.
Herbert Spencer. Cabe destacar que es principalmente la anticipación de un
placer, y no su disfrute real, lo que lleva a movimientos corporales sin
propósito y extravagantes, y a la emisión de diversos sonidos. Observamos esto
en nuestros niños cuando esperan un gran placer o golosina; Y los perros, que
han estado saltando al ver un plato de comida, al recibirlo no muestran su
deleite con ninguna señal externa, ni siquiera meneando la cola. Ahora bien, en
animales de todo tipo, la adquisición de casi todos sus placeres, con excepción
del calor y el descanso, se asocia, y se ha asociado durante mucho tiempo, con
movimientos activos, como la caza o la búsqueda de alimento, y el cortejo.
Además, el mero ejercicio de los músculos tras un largo descanso o
confinamiento es en sí mismo un placer, como nosotros mismos sentimos y como
vemos en el juego de los animales jóvenes. Por lo tanto, basándose solo en este
último principio, tal vez podríamos esperar que el placer intenso se
manifestara, a la inversa, en los movimientos musculares.
En todos o casi
todos los animales, incluso en las aves, el terror provoca temblores. La piel
palidece, brota el sudor y el pelo se eriza. Las secreciones del tubo digestivo
y de los riñones aumentan, y se eliminan involuntariamente debido a la
relajación de los músculos del esfínter, como se sabe que ocurre en el hombre,
y como he visto en el ganado, los perros, los gatos y los monos. La respiración
es acelerada. El corazón late rápida, desenfrenada y violentamente; pero es
dudoso que bombee la sangre con mayor eficiencia por el cuerpo, pues la
superficie parece exangüe y la fuerza muscular pronto falla. En un caballo
asustado, he sentido a través de la silla los latidos del corazón con tanta
claridad que podría haber contado los latidos. Las facultades mentales se ven
muy perturbadas. Pronto sigue la postración total, e incluso el desmayo. Se ha
visto a un canario aterrorizado no solo temblar y palidecer en la base del
pico, sino también desmayarse. [311] Y una vez atrapé un petirrojo en una habitación, que se desmayó
tan completamente, que por un momento pensé que estaba muerto.
La mayoría de estos
síntomas son probablemente el resultado directo, independientemente del hábito,
de la alteración sensorial; pero es dudoso que deban explicarse completamente
de esta manera. Cuando un animal se alarma, casi siempre permanece inmóvil un
instante para reflexionar y determinar el origen del peligro, y a veces para
evitar ser detectado. Pero pronto se produce una huida precipitada, sin el uso
de fuerzas como en una lucha, y el animal continúa huyendo mientras persiste el
peligro, hasta que la postración total, con problemas respiratorios y
circulatorios, temblor muscular y sudoración profusa, le imposibilita seguir
huyendo. Por lo tanto, no parece improbable que el principio del hábito
asociado pueda explicar en parte, o al menos aumentar, algunos de los síntomas
característicos de terror extremo antes mencionados.
Creo que podemos
concluir que el principio del hábito asociado ha desempeñado un papel
importante en la causa de los movimientos que expresan las fuertes emociones y
sensaciones mencionadas, considerando, en primer lugar, otras emociones fuertes
que normalmente no requieren ningún movimiento voluntario para su alivio o
gratificación; y, en segundo lugar, el contraste natural entre los llamados
estados excitantes y depresivos de la mente. Ninguna emoción es más fuerte que
el amor maternal; pero una madre puede sentir el amor más profundo por su hijo
indefenso y, sin embargo, no demostrarlo con ninguna señal externa; o solo con
leves caricias, con una sonrisa amable y una mirada tierna. Pero si alguien
lastima intencionalmente a su hijo, ¡observe el cambio! Cómo se levanta con
aspecto amenazador, cómo le brillan los ojos y se le enrojece el rostro, cómo
se agita su pecho, se le dilatan las fosas nasales y late el corazón; pues la
ira, y no el amor maternal, ha llevado habitualmente a la acción. El amor entre
sexos opuestos es muy diferente del amor maternal; y cuando los amantes se
encuentran, sabemos que sus corazones late rápidamente, su respiración es
apresurada y sus rostros están sonrojados; porque este amor no es inactivo como
el de una madre por su hijo.
Un hombre puede
tener la mente llena del más negro odio o sospecha, o estar corroído por la
envidia o los celos, pero como estos sentimientos no conducen inmediatamente a
la acción y suelen perdurar, no se manifiestan mediante ninguna señal externa,
salvo que un hombre en este estado seguramente no parece alegre ni de buen
humor. Si, de hecho, estos sentimientos estallan en actos manifiestos, la ira
ocupa su lugar y se exhibe abiertamente. Los pintores difícilmente pueden
representar la sospecha, los celos, la envidia, etc., sin la ayuda de
accesorios que la delatan; y los poetas usan expresiones tan vagas y
fantasiosas como «celos de ojos verdes». Spenser describe la sospecha como
«repugnante, fea y sombría, bajo sus cejas, mirando aún con recelo», etc.; Shakespeare
habla de la envidia «como de rostro enjuto en su repugnante caso»; y en otro
lugar dice: «ninguna envidia negra habitará mi tumba»; y nuevamente como «por
encima del alcance amenazante de la pálida envidia».
Las emociones y
sensaciones se han clasificado a menudo como excitantes o depresivas. Cuando
todos los órganos del cuerpo y la mente —los de movimiento voluntario e
involuntario, de percepción, sensación, pensamiento, etc.— realizan sus
funciones con mayor energía y rapidez de lo habitual, se puede decir que un
hombre o un animal está excitado y, en un estado opuesto, deprimido. La ira y
la alegría son, desde el principio, las emociones excitantes, y conducen
naturalmente, sobre todo la primera, a movimientos enérgicos que repercuten en
el corazón y este, a su vez, en el cerebro. Un médico me comentó en una
ocasión, como prueba de la naturaleza excitante de la ira, que un hombre,
cuando está excesivamente hastiado, a veces inventa ofensas imaginarias y se enfurece,
inconscientemente, para revitalizarse; y desde que escuché esta observación, en
ocasiones he reconocido su plena veracidad.
Varios otros
estados mentales parecen ser al principio emocionantes, pero pronto se vuelven
extremadamente deprimentes. Cuando una madre pierde repentinamente a su hijo, a
veces se desespera por el dolor y debe considerarse en estado de excitación;
camina descontroladamente, se tira del pelo o la ropa y se retuerce las manos.
Esta última acción quizás se deba al principio de antítesis, que delata una
sensación interna de impotencia y de que no se puede hacer nada. Los otros
movimientos violentos y desenfrenados pueden explicarse en parte por el alivio
experimentado mediante el esfuerzo muscular y en parte por el desbordamiento no
dirigido de fuerza nerviosa del sensorio excitado. Pero ante la pérdida
repentina de un ser querido, uno de los primeros y más comunes pensamientos que
surgen es que se podría haber hecho algo más para salvar al ser querido. Un
excelente observador [312] , al describir el comportamiento de una niña ante la repentina
muerte de su padre, dice que «iba por la casa retorciéndose las manos como una
loca, diciendo: 'Fue culpa suya'; 'Nunca debí haberlo abandonado'». «Si tan
solo me hubiera quedado despierto con él», etc. Con tales ideas vívidamente
presentes en la mente, surgiría, mediante el principio del hábito asociado, la
mayor tendencia a la acción enérgica de algún tipo.
Tan pronto como el
paciente es plenamente consciente de que no puede hacer nada, la desesperación
o una profunda tristeza sustituyen el dolor frenético. Permanece inmóvil o se
mece suavemente; la circulación se vuelve lánguida; casi olvida la respiración
y exhala profundos suspiros. Todo esto repercute en el cerebro, y pronto se
produce postración, con músculos colapsados y ojos apagados. Como el hábito ya
no lo impulsa a actuar, sus amigos lo instan a realizar un esfuerzo voluntario
y a no ceder a un dolor silencioso e inmóvil. El esfuerzo estimula el corazón,
lo que repercute en el cerebro y ayuda a la mente a soportar su pesada carga.
El dolor, si es
intenso, pronto induce depresión o postración extrema; pero al principio es un
estimulante que incita a la acción, como vemos al azotar a un caballo, y como
lo demuestran las horribles torturas infligidas en países extranjeros a bueyes
de tiro exhaustos, para incitarlos a un nuevo esfuerzo. El miedo, además, es la
más deprimente de todas las emociones; y pronto induce una postración total e
indefensa, como consecuencia, o en asociación con, los intentos más violentos y
prolongados de escapar del peligro, aunque tales intentos no se hayan
realizado. Sin embargo, incluso el miedo extremo a menudo actúa al principio
como un poderoso estimulante. Un hombre o un animal llevado por el terror a la
desesperación, está dotado de una fuerza extraordinaria y es notoriamente
peligroso en grado sumo.
En general, podemos
concluir que el principio de la acción directa del sensorio sobre el cuerpo,
debido a la constitución del sistema nervioso y, desde un principio,
independiente de la voluntad, ha sido muy influyente en la determinación de
muchas expresiones. Buenos ejemplos los constituyen el temblor muscular, la
sudoración de la piel y las secreciones modificadas del tubo digestivo y las
glándulas, bajo diversas emociones y sensaciones. Pero acciones de este tipo a
menudo se combinan con otras, que se derivan de nuestro primer principio: que
acciones que a menudo han sido de utilidad directa o indirecta, bajo ciertos
estados mentales, para gratificar o aliviar ciertas sensaciones, deseos, etc.,
se siguen realizando en circunstancias análogas por mero hábito, aunque no sean
de utilidad. Encontramos combinaciones de este tipo, al menos en parte, en los
gestos frenéticos de la ira y en los espasmos del dolor extremo; y, quizás, en
la actividad intensificada del corazón y de los órganos respiratorios. Incluso
cuando estas y otras emociones o sensaciones se despiertan de forma muy débil,
seguirá existiendo una tendencia a acciones similares, debido a la fuerza de un
hábito arraigado; y las acciones que están menos bajo control voluntario
generalmente se mantendrán durante más tiempo. Nuestro segundo principio de
antítesis también ha entrado en juego ocasionalmente.
Finalmente, muchos
movimientos expresivos pueden explicarse, como confío que se verá a lo largo de
este volumen, mediante los tres principios que se han analizado, de modo que
esperamos verlos todos explicados así en el futuro, o mediante principios muy similares.
Sin embargo, a menudo es imposible decidir qué peso debe atribuirse, en cada
caso particular, a uno de nuestros principios y qué peso a otro; y muchos
puntos de la teoría de la expresión permanecen inexplicables.
CAPÍTULO IV.
MEDIOS DE EXPRESIÓN EN LOS ANIMALES.
La emisión de
sonidos—Sonidos vocales—Sonidos producidos de otro modo—Erección de los
apéndices dérmicos, pelos, plumas, etc., bajo las emociones de ira y
terror—Echar las orejas hacia atrás como preparación para la pelea y como
expresión de ira—Erección de las orejas y levantamiento de la cabeza, señal de
atención.
En este capítulo y
en el siguiente describiré, aunque solo con el detalle suficiente para ilustrar
mi tema, los movimientos expresivos, en diferentes estados mentales, de algunos
animales bien conocidos. Pero antes de considerarlos en su debida sucesión,
evitaremos repeticiones inútiles si analizamos ciertos medios de expresión
comunes a la mayoría de ellos.
La emisión de
sonidos . En muchos animales, incluido el hombre, los
órganos vocales son sumamente eficaces como medio de expresión. Vimos, en el
capítulo anterior, que cuando el sensorio está fuertemente excitado, los
músculos del cuerpo generalmente entran en acción violenta; y, como
consecuencia, se emiten sonidos fuertes, por muy silencioso que esté el animal,
y aunque los sonidos sean inútiles. Las liebres y los conejos, por ejemplo,
creo que nunca usan sus órganos vocales excepto en momentos de sufrimiento
extremo; como cuando un cazador mata a una liebre herida, o cuando un armiño
atrapa a un conejo joven. El ganado vacuno y los caballos sufren un gran dolor
en silencio; pero cuando este es excesivo, y especialmente cuando está
acompañado de terror, emiten sonidos aterradores. A menudo he reconocido, desde
lejos en las pampas, el agonizante mugido del ganado al ser atrapado por el
lazo y desjarretado. Se dice que los caballos, cuando son atacados por lobos,
emiten fuertes y peculiares gritos de angustia.
Las contracciones
involuntarias e involuntarias de los músculos del tórax y la glotis, excitadas
de la manera descrita, podrían haber dado lugar a la emisión de sonidos
vocales. Pero ahora muchos animales utilizan la voz con frecuencia para
diversos fines; y el hábito parece haber desempeñado un papel importante en su
empleo en otras circunstancias. Los naturalistas han observado, creo que con
razón, que los animales sociales, al usar habitualmente sus órganos vocales
como medio de intercomunicación, los emplean en otras ocasiones con mucha mayor
libertad que otros animales. Pero existen notables excepciones a esta regla,
por ejemplo, en el caso del conejo. El principio de asociación, tan extendido
en su poder, también ha desempeñado su papel. De ahí que la voz, tras haber
sido empleada habitualmente como una ayuda útil en ciertas circunstancias,
induciendo placer, dolor, rabia, etc., se utilice comúnmente cuando se excitan
las mismas sensaciones o emociones, en condiciones muy diferentes o en menor
grado.
Los sexos de muchos
animales se llaman incesantemente durante la época reproductiva; y en no pocos
casos, el macho intenta así cautivar o excitar a la hembra. Este, de hecho,
parece haber sido el uso y el medio primigenio del desarrollo de la voz, como he
intentado demostrar en mi obra «El origen del hombre». Así, el uso de los
órganos vocales se asocia con la anticipación del placer más intenso que los
animales son capaces de sentir. Los animales que viven en sociedad a menudo se
llaman entre sí cuando se separan, y evidentemente sienten gran alegría al
reencontrarse; como vemos en el caso de un caballo que regresa de su compañero,
por quien ha estado relinchando. La madre llama incesantemente a sus crías
perdidas; por ejemplo, una vaca a su ternero; y las crías de muchos animales
llaman a sus madres. Cuando un rebaño de ovejas se dispersa, las ovejas balan
incesantemente llamando a sus corderos, y su mutuo placer al reunirse es
manifiesto. ¡Ay del hombre que se entrometa con las crías de los cuadrúpedos
más grandes y feroces si oyen el grito de angustia de sus crías! La rabia lleva
a la fuerza de todos los músculos, incluyendo los de la voz; y algunos
animales, cuando se enfurecen, intentan aterrorizar a sus enemigos con su
fuerza y aspereza, como el león rugiendo y el perro gruñendo. Deduzco que su
objetivo es aterrorizar, porque el león eriza el pelo de su melena y el perro
el de su lomo, y así se hacen parecer lo más grandes y terribles posible. Los
machos rivales intentan superarse y desafiarse mutuamente con sus voces, lo que
conduce a combates mortales. Así, el uso de la voz se asociará con la emoción
de la ira, sea cual sea su origen. También hemos visto que el dolor intenso,
como la rabia, provoca gritos violentos, y el esfuerzo de gritar por sí solo
proporciona cierto alivio; y, por lo tanto, el uso de la voz se asociará con
cualquier tipo de sufrimiento.
La causa de la gran
diversidad de sonidos emitidos bajo distintas emociones y sensaciones es un
tema muy oscuro. Tampoco siempre se cumple la regla de que exista una
diferencia marcada. Por ejemplo, en el perro, el ladrido de ira y el de alegría
no difieren mucho, aunque pueden distinguirse. Es improbable que se dé alguna
explicación precisa de la causa o el origen de cada sonido en particular, bajo
diferentes estados mentales. Sabemos que algunos animales, tras ser
domesticados, han adquirido el hábito de emitir sonidos que no les eran
naturales. [401] Así, los perros domésticos, e incluso los chacales domesticados,
han aprendido a ladrar, un ruido que no es propio de ninguna especie del
género, con la excepción del Canis latrans de Norteamérica,
del que se dice que ladra. Algunas razas de palomas domésticas también han
aprendido a arrullar de una manera nueva y bastante peculiar.
Español El carácter
de la voz humana, bajo la influencia de varias emociones, ha sido discutido por
el Sr. Herbert Spencer [402] en su interesante ensayo sobre Música. Claramente muestra que la
voz se altera mucho bajo diferentes condiciones, en volumen y en calidad, es
decir, en resonancia y timbre , en tono e intervalos. Nadie
puede escuchar a un orador o predicador elocuente, o a un hombre llamando
enojado a otro, o a uno expresando asombro, sin ser sorprendido por la verdad
de los comentarios del Sr. Spencer. Es curioso cuán temprano en la vida la
modulación de la voz se vuelve expresiva. Con uno de mis hijos, menor de dos
años, percibí claramente que su gruñido de asentimiento era interpretado por
una ligera modulación fuertemente enfática; y que por un gemido peculiar su
negativa expresaba determinación obstinada. El Sr. Spencer muestra además que
el habla emocional, en todos los aspectos anteriores está íntimamente
relacionada con la música vocal, y consecuentemente con la música instrumental;
e intenta explicar las cualidades características de ambos con fundamentos
fisiológicos, es decir, basándose en «la ley general de que una sensación es un
estímulo para la acción muscular». Se puede admitir que la voz se ve afectada
por esta ley; pero la explicación me parece demasiado general y vaga como para
arrojar mucha luz sobre las diversas diferencias, con excepción de la intensidad,
entre el habla ordinaria y el habla emocional, o el canto.
Esta observación es
válida tanto si creemos que las diversas cualidades de la voz se originaron al
hablar bajo la excitación de fuertes sentimientos, y que estas cualidades se
transfirieron posteriormente a la música vocal; como si creemos, como sostengo,
que el hábito de emitir sonidos musicales se desarrolló inicialmente, como
medio de cortejo, en los primeros progenitores del hombre, y así se asoció con
las emociones más intensas de las que eran capaces, a saber, el amor ardiente,
la rivalidad y el triunfo. Que los animales emitan notas musicales es familiar
para todos, como podemos oír a diario en el canto de los pájaros. Es un hecho
aún más notable que un simio, uno de los gibones, produzca una octava exacta de
sonidos musicales, ascendiendo y descendiendo la escala en semitonos; de modo
que este mono «es el único entre los mamíferos brutos que puede decirse que
canta». [403] De este hecho, y de la analogía con otros animales, he llegado a
inferir que los progenitores del hombre probablemente emitían tonos musicales
antes de haber adquirido la capacidad de articular el habla; y que, en
consecuencia, cuando la voz se utiliza bajo una emoción intensa, tiende a
asumir, por el principio de asociación, un carácter musical. Podemos percibir
claramente, en algunos animales inferiores, que los machos emplean sus voces
para complacer a las hembras, y que ellas mismas disfrutan de sus propias
expresiones vocales; pero por el momento no se puede explicar por qué se emiten
determinados sonidos ni por qué estos causan placer.
Que el tono de la
voz tiene alguna relación con ciertos estados de ánimo es bastante claro. Una
persona que se queja suavemente de malos tratos, o que sufre ligeramente, casi
siempre habla con voz aguda. Los perros, cuando están un poco impacientes, a menudo
emiten un sonido agudo y agudo a través de sus narices, que de inmediato nos
parece lastimero; [404] pero ¡qué difícil es saber si el sonido es esencialmente
lastimero, o solo lo parece en este caso particular, a partir de haber
aprendido por experiencia lo que significa! Rengger afirma [405] que los monos ( Cebus azaræ ), que tenía en
Paraguay, expresaban asombro con un ruido mitad agudo, mitad gruñido; ira o
impaciencia, repitiendo el sonido hu hu con una voz más
profunda y gruñona; y miedo o dolor, con gritos agudos. Por otro lado, en la
humanidad, los gemidos profundos y los gritos agudos y penetrantes expresan
igualmente una agonía de dolor. La risa puede ser aguda o grave; De modo que, en
los hombres adultos, como Haller observó hace mucho tiempo, [406] el sonido participa del carácter de las vocales (tal como se
pronuncian en alemán) O y A ; mientras que en
los niños y las mujeres, tiene más del carácter de E e I ;
y estos últimos sonidos vocálicos tienen naturalmente, como ha demostrado
Helmholtz, un tono más alto que los primeros; sin embargo, ambos tonos de risa
expresan igualmente disfrute o diversión.
Al considerar el
modo en que las expresiones vocales expresan la emoción, nos vemos naturalmente
llevados a preguntarnos la causa de lo que se llama “expresión” en la música.
Sobre este punto, el Sr. Litchfield, quien se ha dedicado durante mucho tiempo al
tema de la música, ha tenido la amabilidad de hacerme las siguientes
observaciones: “La cuestión de cuál es la esencia de la 'expresión' musical
implica varios puntos oscuros que, hasta donde sé, son enigmas aún sin
resolver. Sin embargo, hasta cierto punto, cualquier ley que se considere
válida en cuanto a la expresión de las emociones mediante sonidos simples debe
aplicarse al modo de expresión más desarrollado en la canción, que puede
considerarse el tipo primario de toda música. Gran parte del efecto emocional
de una canción depende del carácter de la acción mediante la cual se producen
los sonidos. En las canciones, por ejemplo, que expresan gran vehemencia de
pasión, el efecto a menudo depende principalmente de la enérgica pronunciación
de uno o dos pasajes característicos que exigen un gran esfuerzo vocal; y se
observará con frecuencia que una canción de este tipo no logra el efecto
adecuado cuando es cantada por una voz con suficiente potencia y rango para
producir los pasajes característicos sin mucho esfuerzo. Este es, sin duda, el
secreto de la Pérdida de efecto que a menudo se produce al transponer una
canción de una tonalidad a otra. Por lo tanto, se considera que el efecto
depende no solo de los sonidos en sí, sino también, en parte, de la naturaleza
de la acción que los produce. De hecho, es obvio que siempre que percibimos que
la «expresión» de una canción se debe a su rapidez o lentitud de movimiento (a
la suavidad de la fluidez, la intensidad de la pronunciación, etc.), estamos,
de hecho, interpretando las acciones musculares que producen el sonido, de la
misma manera que interpretamos la acción muscular en general. Pero esto deja
sin explicar el efecto más sutil y específico que llamamos expresión musical de
la canción: el deleite que produce su melodía, o incluso los sonidos
individuales que la componen. Este es un efecto indefinible en el lenguaje, uno
que, hasta donde sé, nadie ha podido analizar, y que la ingeniosa especulación
del Sr. Herbert Spencer sobre el origen de la música deja completamente sin
explicar. Porque es cierto que el efecto melódico de una serie
de sonidos no depende en lo más mínimo. De su intensidad o suavidad, o de su
altura absoluta . Una melodía es siempre la misma, ya sea
cantada en voz alta o suave, por un niño o por un hombre; ya sea tocada con
flauta o con trombón. El efecto puramente musical de cualquier sonido depende
de su lugar en lo que técnicamente se denomina «escala»; un mismo sonido
produce efectos completamente diferentes en el oído, según se perciba en
conexión con una u otra serie de sonidos.
De esta
asociación relativa de los sonidos dependen todos los efectos
esencialmente característicos que se resumen en la frase "expresión
musical". Pero por qué ciertas asociaciones de sonidos tienen tales o
cuales efectos es un problema aún por resolver. Estos efectos deben, de alguna
manera, estar relacionados con las conocidas relaciones aritméticas entre las
frecuencias de vibración de los sonidos que forman una escala musical. Y es
posible —aunque esto es solo una sugerencia— que la mayor o menor facilidad
mecánica con la que el aparato vibratorio de la laringe humana pasa de un
estado de vibración a otro haya sido una causa principal del mayor o menor
placer producido por diversas secuencias de sonidos.
Pero dejando de
lado estas complejas cuestiones y limitándonos a los sonidos más simples,
podemos, al menos, ver algunas razones para la asociación de ciertos tipos de
sonidos con ciertos estados mentales. Un grito, por ejemplo, emitido por un
animal joven o por un miembro de una comunidad, como llamada de auxilio, será
naturalmente fuerte, prolongado y agudo, de modo que llegue a la distancia.
Pues Helmholtz ha demostrado [407] que, debido a la forma de la cavidad interna del oído humano y su
consiguiente capacidad de resonancia, las notas agudas producen una impresión
particularmente fuerte. Cuando los machos emiten sonidos para complacer a las
hembras, emplearán naturalmente aquellos que son agradables al oído de la
especie; y parece que los mismos sonidos a menudo son agradables para animales
muy diferentes, debido a la similitud de sus sistemas nerviosos, como nosotros
mismos percibimos en el canto de los pájaros e incluso en el trino de ciertas
ranas arbóreas que nos causan placer. Por otro lado, los sonidos producidos
para aterrorizar a un enemigo serían naturalmente ásperos o desagradables.
Es dudoso que el
principio de antítesis haya intervenido en los sonidos, como cabría esperar.
Los sonidos interrumpidos, como la risa o la risita que emiten el hombre y
diversas especies de monos cuando están contentos, son totalmente diferentes de
los prolongados gritos de estos animales cuando están angustiados. El profundo
gruñido de satisfacción que emite un cerdo cuando está satisfecho con su comida
es muy diferente de su áspero grito de dolor o terror. Pero en el perro, como
se ha comentado recientemente, el ladrido de ira y el de alegría son sonidos
que no se oponen en absoluto; y lo mismo ocurre en otros casos.
Existe otro punto
obscuro, a saber, si los sonidos que se producen bajo diversos estados mentales
determinan la forma de la boca, o si su forma no está determinada por causas
independientes, y el sonido así se modifica. Cuando los bebés lloran, abren la boca
ampliamente, lo cual, sin duda, es necesario para emitir un volumen completo de
sonido; pero la boca entonces asume, por una causa muy distinta, una forma casi
cuadrangular, dependiendo, como se explicará más adelante, del cierre firme de
los párpados y la consiguiente elevación del labio superior. No estoy preparado
para decir en qué medida esta forma cuadrada de la boca modifica el sonido del
llanto o gemido; pero sabemos por las investigaciones de Helmholtz y otros que
la forma de la cavidad bucal y de los labios determina la naturaleza y el tono
de los sonidos vocálicos que se producen.
También se mostrará
en un capítulo posterior que, bajo el sentimiento de desprecio o asco, existe
una tendencia, por causas inteligibles, a exhalar por la boca o la nariz, lo
que produce sonidos como "pooh" o "pish". Cuando alguien se
sobresalta o se asombra repentinamente, existe una tendencia instantánea,
también por una causa inteligible, a estar preparado para un esfuerzo
prolongado, a abrir bien la boca para realizar una inspiración profunda y
rápida. Al realizar la siguiente espiración completa, la boca se cierra
ligeramente y los labios, por causas que se analizarán más adelante, se
proyectan ligeramente; y esta forma de la boca, si la voz se ejercita, produce,
según Helmholtz, el sonido de la vocal " O" . Ciertamente, un
sonido profundo de un "¡Oh!" prolongado puede
oírse en una multitud inmediatamente después de presenciar cualquier
espectáculo asombroso. Si, junto con la sorpresa, se siente dolor, se tiende a
contraer todos los músculos del cuerpo, incluyendo los del rostro, y los labios
se retraen; esto quizás explique que el sonido se agrave y adquiera el carácter
de ¡Ah! o ¡Ach! Como el miedo hace temblar
todos los músculos del cuerpo, la voz se vuelve naturalmente trémula y, al
mismo tiempo, ronca por la sequedad de la boca, debido a la inactividad de las
glándulas salivales. No se puede explicar por qué la risa del hombre y la
risita de los monos son sonidos que se repiten rápidamente. Al emitir estos
sonidos, la boca se alarga transversalmente al retraerse las comisuras; este
hecho se intentará explicar en un capítulo posterior. Pero el tema de las
diferencias de los sonidos producidos en diferentes estados mentales es tan
oscuro que apenas he logrado esclarecerlo; y las observaciones que he hecho
tienen poca relevancia.
Todos los sonidos
observados hasta ahora dependen de los órganos respiratorios; pero los sonidos
producidos por medios completamente diferentes son igualmente expresivos. Los
conejos patean ruidosamente el suelo como señal a sus compañeros; y si alguien sabe
hacerlo correctamente, puede, en una tarde tranquila, oír a los conejos
respondiéndole por todas partes. Estos animales, al igual que otros, también
patean el suelo cuando se enfadan. Los puercoespines hacen sonar sus púas y
vibran sus colas cuando se enfadan; y uno se comportó de esta manera al colocar
una serpiente viva en su compartimento. Las púas de la cola son muy diferentes
a las del cuerpo: son cortas, huecas y delgadas como las de una pluma de ganso,
con sus extremos truncados transversalmente, de modo que están abiertas; se
apoyan en pedúnculos largos, delgados y elásticos. Ahora bien, al sacudir la
cola rápidamente, estas púas huecas chocan entre sí y producen, como oí en
presencia del Sr. Bartlett, un peculiar sonido continuo. Creo que podemos
entender por qué los puercoespines han sido dotados, mediante la modificación
de sus púas protectoras, de este instrumento especial para producir sonido. Son
animales nocturnos, y si olieran u oyeran a una presa al acecho, les resultaría
muy útil en la oscuridad advertir a su enemigo de su presencia y de que estaban
provistos de peligrosas púas. Así, evitarían ser atacados. Son, debo añadir,
tan conscientes del poder de sus armas que, cuando se enfurecen, cargan hacia
atrás con las púas erguidas, pero aún inclinadas hacia atrás.
Muchas aves,
durante su cortejo, producen sonidos diversos mediante plumas especialmente
adaptadas. Las cigüeñas, cuando están excitadas, emiten un fuerte ruido
metálico con sus picos. Algunas serpientes producen un sonido chirriante o de
traqueteo. Muchos insectos estridulan frotando partes especialmente modificadas
de sus tegumentos duros. Esta estridulación generalmente sirve como un hechizo
o reclamo sexual; pero también se utiliza para expresar diferentes
emociones. [408] Cualquiera que haya observado a las abejas sabe que su zumbido
cambia cuando están enojadas; esto sirve como advertencia de peligro de
picadura. He hecho estas breves observaciones porque algunos autores han hecho
tanto hincapié en la adaptación de los órganos vocales y respiratorios para la
expresión, que era conveniente demostrar que los sonidos producidos de otra
manera sirven igualmente para el mismo propósito.
Erección de los
apéndices dérmicos . Casi ningún movimiento
expresivo es tan general como la erección involuntaria de pelos, plumas y otros
apéndices dérmicos; pues es común en tres de las grandes clases de vertebrados.
Estos apéndices se erigen bajo la excitación de la ira o el terror; más
especialmente cuando estas emociones se combinan o se suceden rápidamente. La
acción sirve para hacer que el animal parezca más grande y más temible a sus
enemigos o rivales, y generalmente se acompaña de diversos movimientos
voluntarios adaptados al mismo propósito, y de la emisión de sonidos salvajes.
El Sr. Bartlett, quien tiene una amplia experiencia con animales de todo tipo,
no duda de que este sea el caso; pero es una cuestión diferente si la capacidad
de erección se adquirió principalmente para este propósito específico.
Primero presentaré
una cantidad considerable de datos que demuestran la generalidad de esta acción
en mamíferos, aves y reptiles; reservo lo que diré sobre el hombre para un
capítulo posterior. El Sr. Sutton, el inteligente cuidador del Zoológico,
observó cuidadosamente para mí al chimpancé y al orangután; y afirma que cuando
se asustan repentinamente, como por una tormenta, o cuando se enfadan, como al
ser molestados, se les eriza el pelo. Vi a un chimpancé que se alarmó al ver a
un carbonero negro, y se le erizó el pelo por todo el cuerpo; dio pequeños
saltos hacia adelante como si fuera a atacar al hombre, sin intención real de
hacerlo, pero con la esperanza, como comentó el cuidador, de asustarlo. El Sr.
Ford [409] describe al gorila, cuando está enfurecido, con su cresta de
pelo “erguida y proyectada hacia adelante, sus fosas nasales dilatadas y su
labio inferior hacia abajo; al mismo tiempo emitiendo su grito característico,
diseñado, al parecer, para aterrorizar a sus antagonistas”. Vi el pelo del
babuino Anubis, cuando se enfureció, erizarse a lo largo de la espalda, desde
el cuello hasta los lomos, pero no en la grupa ni en otras partes del cuerpo.
Llevé una serpiente disecada a la casa de los monos, y el pelo de varias de las
especies se erizó al instante; especialmente en sus colas, como noté
particularmente en el Cereopithecus nictitans . Brehm
afirma [410] que el Edipo de Midas (perteneciente a la
división americana) cuando se excita eriza su melena, para, como él mismo
añade, hacerse lo más aterrador posible.
En los carnívoros,
la erización del pelo parece ser casi universal, a menudo acompañada de
movimientos amenazantes, la exposición de los dientes y la emisión de gruñidos
salvajes. En los herpestes, he visto el pelo erizado en casi todo el cuerpo,
incluyendo la cola; y la cresta dorsal se erige de forma llamativa en la hiena
y el proteles. El león enfurecido eriza su melena. El erizado del pelo a lo
largo del cuello y el lomo del perro, y en todo el cuerpo del gato,
especialmente en la cola, es familiar para todos. En el gato, aparentemente,
solo ocurre bajo miedo; en el perro, bajo ira y miedo; pero no, por lo que he
observado, bajo miedo extremo, como cuando un perro va a ser azotado por un
guardabosques severo. Sin embargo, si el perro se resiste, como sucede a veces,
se le eriza el pelo. He observado a menudo que el pelo de un perro tiende
especialmente a erizarse si está medio enojado y medio asustado, como cuando
contempla un objeto que apenas ve en la penumbra.
Un veterinario me
aseguró que ha visto con frecuencia erizar el pelo de caballos y ganado vacuno,
a los que había operado y que iba a operar de nuevo. Cuando le mostré una
serpiente disecada a un pecarí, el pelo se le erizó de forma asombrosa a lo
largo del lomo; y lo mismo le ocurre al jabalí cuando está furioso. Un alce que
corneó a un hombre hasta la muerte en Estados Unidos, es descrito como
blandiendo primero sus astas, chillando de rabia y pateando el suelo; «al
final, se le vio erizar el pelo», y luego se lanzó al ataque. [411] El pelo también se eriza en las cabras y, según me dijo el Sr.
Blyth, en algunos antílopes indios. Lo he visto erizarse en el peludo oso
hormiguero y en el agutí, uno de los roedores. Una murciélago hembra, [412] que criaba a sus crías en confinamiento, cuando alguien miraba
dentro de la jaula, “erizaba el pelaje de su espalda y mordía ferozmente a los
dedos que se introducían”.
Las aves
pertenecientes a todos los órdenes principales erizan sus plumas cuando están
enfadadas o asustadas. Todos hemos visto dos gallos, incluso jóvenes,
preparándose para pelear con el cuello erizado; estas plumas, cuando están
erizadas, no sirven como defensa, pues los gallos de pelea han comprobado por
experiencia que es ventajoso recortarlas. El combatiente macho ( Machetes
pugnæ ) también eriza su collar de plumas durante la pelea. Cuando un
perro se acerca a una gallina común con sus polluelos, esta extiende las alas,
levanta la cola, eriza todas sus plumas y, con la mayor fiereza posible, se
lanza contra el intruso. La cola no siempre se mantiene exactamente en la misma
posición; a veces está tan erizada que las plumas centrales, como en el dibujo
adjunto, casi tocan el lomo. Los cisnes, cuando se enfadan, también levantan
las alas y la cola, y erizan las plumas. Abren el pico y, remando con pequeños
y rápidos saltos, se lanzan hacia adelante contra cualquiera que se acerque
demasiado a la orilla. Se dice que las aves tropicales [413], cuando se las molesta en sus nidos, no huyen volando, sino que
simplemente "extienden las plumas y chillan". La lechuza común,
cuando alguien se acerca, "al instante despliega su plumaje, extiende las
alas y la cola, silba y chasquea las mandíbulas con fuerza y
rapidez". [414] Lo mismo hacen otras especies de búhos. Los halcones, según me
informa el Sr. Jenner Weir, también erizan sus plumas y extienden las alas y la
cola en circunstancias similares. Algunas especies de loros erizan sus plumas;
y he visto esta acción en el casuario, cuando se enfada al ver un oso
hormiguero. Los cucos jóvenes en el nido erizan las plumas, abren la boca de
par en par y se muestran lo más aterradores posible.
Título de la
ilustración: FIG. 12—Gallina ahuyentando a un perro de sus gallinas. Dibujo del
natural por el Sr. Wood.
Título de la
ilustración: FIG. 13.—Cisne ahuyentando a un intruso. Dibujo del natural por el
Sr. Wood.
También, según me
ha dicho el Sr. Weir, las aves pequeñas, como varios pinzones, escribanos y
currucas, cuando se enfadan, erizan todas sus plumas, o solo las del cuello; o
extienden las alas y las plumas de la cola. Con el plumaje en este estado, se
lanzan unas contra otras con el pico abierto y gestos amenazadores. El Sr. Weir
concluye, a partir de su amplia experiencia, que la erización de las plumas se
debe mucho más a la ira que al miedo. Pone como ejemplo un jilguero híbrido de
temperamento irascible, que, al ser abordado demasiado por un sirviente,
adquiere al instante la apariencia de una bola de plumas erizadas. Cree que las
aves, cuando se asustan, por regla general, aprietan con fuerza todas sus
plumas, y su consiguiente disminución de tamaño suele ser asombrosa. En cuanto
se recuperan del miedo o la sorpresa, lo primero que hacen es sacudir las
plumas. Los mejores ejemplos de esta contracción de las plumas y aparente
encogimiento del cuerpo por miedo, observados por el Sr. Weir, se han dado en
la codorniz y el periquito común. [415] El hábito es comprensible en estas aves, pues, en peligro, suelen
agacharse en el suelo o sentarse inmóviles en una rama para evitar ser
detectadas. Si bien en las aves la ira puede ser la causa principal y más común
de la erización de las plumas, es probable que los cucos jóvenes, al ser
observados en el nido, y una gallina con sus polluelos al ser abordada por un
perro, sientan al menos algo de terror. El Sr. Tegetmeier me informa que, en el
caso de los gallos de pelea, la erización de las plumas en la cabeza se ha
reconocido desde hace tiempo como un signo de cobardía.
Los machos de
algunos lagartos, cuando luchan entre sí durante el cortejo, expanden sus
bolsas o volantes de la garganta y erigen sus crestas dorsales. [416] Pero el Dr. Günther no cree que puedan erigir sus espinas o
escamas por separado.
Así, observamos
cómo, generalmente en las dos clases superiores de vertebrados, y en algunos
reptiles, los apéndices dérmicos se erigen bajo la influencia de la ira y el
miedo. El movimiento se efectúa, como sabemos por el interesante descubrimiento
de Kolliker, mediante la contracción de diminutos músculos involuntarios, sin
estrías, [417] a menudo llamados erectores del pelo, que están
unidos a las cápsulas de los pelos, plumas, etc. Mediante la contracción de
estos músculos, los pelos pueden erizarse instantáneamente, como vemos en un
perro, al mismo tiempo que se salen ligeramente de sus órbitas; posteriormente,
se deprimen rápidamente. La gran cantidad de estos diminutos músculos en todo
el cuerpo de un cuadrúpedo peludo es asombrosa. Sin embargo, la erección del
pelo se ve facilitada en algunos casos, como en el de la cabeza del hombre, por
los músculos voluntarios y estriados del panículo carnoso subyacente
. Es por la acción de estos últimos músculos que el erizo eriza sus púas. De
las investigaciones de Leydig [418] y otros se desprende también que fibras rayadas se extienden
desde el panículo hasta algunos de los pelos más grandes, como las vibrisas de
ciertos cuadrúpedos. Los erectores del pelo se contraen no
solo por las emociones mencionadas, sino también por la aplicación de frío en
la superficie. Recuerdo que mis mulas y perros, traídos de una región más baja
y cálida, tras pasar una noche en la desolada Cordillera, tenían el pelo de todo
el cuerpo tan erizado como si estuvieran aterrorizados. Observamos el mismo
efecto en nuestra propia piel de ganso durante el resfriado
previo a un ataque de fiebre. El Sr. Lister también ha descubierto [419] que el cosquilleo en una parte cercana de la piel provoca la
erección y protrusión del pelo.
De estos hechos se
desprende que la erección de los apéndices dérmicos es un acto reflejo,
independiente de la voluntad; y esta acción debe considerarse, cuando ocurre
bajo la influencia de la ira o el miedo, no como una facultad adquirida para
obtener alguna ventaja, sino como un resultado incidental, al menos en gran
medida, de la afectación sensorial. El resultado, en la medida en que es
incidental, puede compararse con la sudoración profusa causada por una agonía
de dolor o terror. Sin embargo, es notable cómo una leve excitación a menudo
basta para que el pelo se erice, como cuando dos perros fingen pelear mientras
juegan. También hemos observado en un gran número de animales, pertenecientes a
clases muy distintas, que la erización del pelo o las plumas casi siempre va
acompañada de diversos movimientos voluntarios: gestos amenazantes, abrir la
boca, descubrir los dientes, desplegar las alas y la cola en las aves, y la
emisión de sonidos ásperos; y el propósito de estos movimientos voluntarios es
inequívoco. Por lo tanto, parece difícilmente creíble que la erección
coordinada de los apéndices dérmicos, mediante los cuales el animal parece más
grande y más temible a sus enemigos o rivales, sea un resultado completamente
incidental e inútil de la perturbación del sensorio. Esto parece casi tan
increíble como que la erección de las espinas del erizo, las púas del
puercoespín o las plumas ornamentales de muchas aves durante su cortejo, sean
acciones sin propósito.
Nos encontramos
aquí con una gran dificultad. ¿Cómo es posible que la contracción de los erectores
del pelo, sin estrías e involuntarios , se haya coordinado con la de
varios músculos voluntarios para el mismo propósito específico? Si creyéramos
que los erectores fueron originalmente músculos voluntarios y que
posteriormente perdieron sus estrías y se volvieron involuntarios, el caso
sería comparativamente sencillo. Sin embargo, desconozco que exista evidencia
que respalde esta opinión; aunque la transición inversa no habría presentado
gran dificultad, ya que los músculos voluntarios se encuentran sin estrías en
los embriones de los animales superiores y en las larvas de algunos crustáceos.
Además, en las capas más profundas de la piel de las aves adultas, la red
muscular se encuentra, según Leydig [420] , en un estado de transición; las fibras solo presentan indicios
de estrías transversales.
Otra explicación
parece posible. Podemos admitir que originalmente los arrectores pili fueron
ligeramente activados de forma directa, bajo la influencia de la rabia y el
terror, por la perturbación del sistema nervioso; como sin duda ocurre con
nuestra llamada piel de ganso antes de un ataque de fiebre.
Los animales han sido excitados repetidamente por la rabia y el terror durante
muchas generaciones; y, en consecuencia, los efectos directos del sistema
nervioso alterado sobre los apéndices dérmicos casi con certeza se habrán
incrementado por el hábito y por la tendencia de la fuerza nerviosa a circular
fácilmente por los canales habituales. Encontraremos esta visión de la fuerza
del hábito confirmada de forma contundente en un capítulo futuro, donde se demostrará
que el cabello de los enfermos mentales se ve afectado de manera extraordinaria
debido a sus repetidos accesos de furia y terror. Tan pronto como en los
animales la capacidad de erección se fortaleció o aumentó de este modo, a
menudo debieron ver erizarse los pelos o las plumas en machos rivales y
enfurecidos, y así aumentar el volumen de sus cuerpos. En este caso, parece
posible que desearan parecer más grandes y temibles ante sus enemigos,
adoptando voluntariamente una actitud amenazante y profiriendo gritos ásperos;
tales actitudes y expresiones, con el tiempo, se volvieron instintivas por
hábito. De esta manera, las acciones realizadas mediante la contracción de los
músculos voluntarios podrían haberse combinado con el mismo propósito especial
que las efectuadas por los músculos involuntarios. Incluso es posible que los
animales, cuando estaban excitados y vagamente conscientes de algún cambio en
el estado de su pelaje, pudieran actuar al respecto mediante repetidos
esfuerzos de su atención y voluntad; pues tenemos razones para creer que la
voluntad puede influir de manera oscura en la acción de algunos músculos no
rayados o involuntarios, como en el período de los movimientos peristálticos de
los intestinos y en la contracción de la vejiga. Tampoco debemos pasar por alto
el papel que la variación y la selección natural pueden haber desempeñado;
porque los machos que lograron hacerse parecer más terribles a sus rivales o a
sus otros enemigos, si no de un poder abrumador, en promedio habrán dejado más
descendientes que hereden sus cualidades características, cualesquiera que sean
y como sea que se hayan adquirido primero, que otros machos.
La hinchazón del
cuerpo y otros medios para infundir miedo en un enemigo . Ciertos anfibios y reptiles, que carecen de espinas para
erguirse o de músculos que les permitan hacerlo, se expanden al inhalar aire
cuando se alarman o se enfadan. Es bien sabido que este es el caso de los sapos
y las ranas. En la fábula de Esopo «El buey y la rana», a estos últimos se les
hace hincharse por vanidad y envidia hasta reventar. Esta acción debió
observarse en la antigüedad, ya que, según el Sr. Hensleigh Wedgwood [421] , la palabra «sapo» expresa en todas las lenguas
europeas la costumbre de hincharse. Se ha observado en algunas especies
exóticas del Zoológico; y el Dr. Günther cree que es común en todo el grupo. A
juzgar por la analogía, el propósito principal probablemente era hacer que el
cuerpo pareciera lo más grande y aterrador posible para el enemigo; pero así se
obtiene otra ventaja secundaria, quizás más importante. Cuando las ranas son
capturadas por las serpientes, que son sus principales enemigos, se agrandan
maravillosamente, de modo que si la serpiente es de tamaño pequeño, como me
informa el Dr. Günther, no puede tragarse a la rana, que así escapa a ser
devorada.
Los camaleones y
otros lagartos se inflan cuando se enfadan. Así, una especie que habita en
Oregón, la Tapaya Douglasii , es lenta en sus movimientos y no
muerde, pero tiene un aspecto feroz: «Cuando se irrita, salta de forma
amenazante ante cualquier cosa que la apunten, abriendo al mismo tiempo la boca
de par en par y siseando audiblemente, tras lo cual infla su cuerpo y muestra
otras señales de ira». [422]
Varias especies de
serpientes también se inflan cuando se irritan. La víbora bufadora ( Cloto
arietans ) es notable en este aspecto; pero creo, tras observar
atentamente a estos animales, que no actúan así para aumentar su volumen
aparente, sino simplemente para inhalar una gran cantidad de aire y producir su
sorprendentemente fuerte, áspero y prolongado silbido. Las cobras de capello,
cuando se irritan, se expanden un poco y silban moderadamente; pero, al mismo
tiempo, levantan la cabeza y dilatan, mediante sus alargadas costillas
anteriores, la piel a cada lado del cuello formando un gran disco plano, el
llamado capuchón. Con sus bocas ampliamente abiertas, adquieren entonces un
aspecto imponente. El beneficio que esto supone debería ser considerable, para
compensar la rapidez algo menor (aunque sigue siendo grande) con la que, cuando
se dilatan, pueden atacar a sus enemigos o presas. Basándose en el mismo
principio de que un trozo de madera ancho y delgado no se mueve por el aire tan
rápido como un palito redondo, una serpiente inofensiva, la Trovidonotus
macrophthalmus , habitante de la India, también dilata el cuello
cuando se irrita; por lo que a menudo se la confunde con su compatriota, la
letal cobra. [423] Este parecido quizás sirva de protección al Tropidonotus. Otra
especie inocua, la Dasypeltis de Sudáfrica, se infla, distiende el cuello,
silba y se lanza contra un intruso. [424] Muchas otras serpientes silban en circunstancias similares.
También vibran rápidamente sus lenguas protuberantes; esto puede contribuir a
aumentar su imponente apariencia.
Las serpientes
poseen otros medios para producir sonidos además del silbido. Hace muchos años
observé en Sudamérica que una Trigonocephalus venenosa, al ser molestada,
vibraba rápidamente la punta de su cola, la cual, al golpear la hierba seca y
las ramas, producía un ruido de traqueteo que se oía claramente a una distancia
de dos metros. [425] La mortífera y feroz Echis carinata de la India
produce «un curioso sonido prolongado, casi silbante, de una manera muy
diferente, concretamente al frotar los lados de los pliegues de su cuerpo»,
mientras que la cabeza permanece prácticamente en la misma posición. Las
escamas de los costados, y no las de otras partes del cuerpo, están fuertemente
quilladas, con quillas dentadas como una sierra; y al frotarse los costados, el
animal enroscado, estos rechinan entre sí. [426] Por último, tenemos el conocido caso de la serpiente de cascabel.
Quien simplemente ha sacudido el cascabel de una serpiente muerta no puede
formarse una idea precisa del sonido que produce el animal vivo. El profesor
Shaler afirma que es indistinguible del que emite el macho de una gran cigarra
(un insecto homóptero), que habita en la misma zona. [427] En el Zoológico, cuando las serpientes de cascabel y las víboras
bufadoras se excitaron al mismo tiempo, me impresionó mucho la similitud del
sonido que producían; y aunque el de la serpiente de cascabel es más fuerte y
agudo que el silbido de la víbora bufadora, a cierta distancia apenas pude
distinguirlos. Sea cual sea el propósito del sonido producido por una especie,
difícilmente puedo dudar de que tenga el mismo propósito en la otra. y
concluyo, a partir de los gestos amenazantes que hacen al mismo tiempo muchas
serpientes, que su silbido, el traqueteo de la serpiente de cascabel y de la
cola de la trigonocéfala, el raspado de las escamas del equis y la dilatación
de la capucha de la cobra, todos sirven al mismo fin, es decir, hacerlas
parecer terribles a sus enemigos. [428]
A primera vista,
parece probable concluir que serpientes venenosas como las mencionadas, al
estar ya tan bien defendidas por sus colmillos venenosos, nunca serían atacadas
por ningún enemigo y, en consecuencia, no tendrían necesidad de infundir más
terror. Pero esto dista mucho de ser así, pues son presa frecuente en todo el
mundo por numerosos animales. Es bien sabido que en Estados Unidos se emplean
cerdos para limpiar distritos infestados de serpientes de cascabel, lo cual
hacen con gran eficacia. [429] En Inglaterra, el erizo ataca y devora a la víbora. En la India,
según me ha dicho el Dr. Jerdon, varias especies de halcones y al menos un
mamífero, el herpestes, matan cobras y otras especies venenosas; [430] y lo mismo ocurre en Sudáfrica. Por lo tanto, no es de ninguna
manera improbable que cualquier sonido o señal por el cual las especies
venenosas pudieran hacerse reconocer instantáneamente como peligrosas, les
sería de mayor utilidad que a las especies inocuas que no serían capaces, si
fueran atacadas, de infligir ningún daño real.
Habiendo dicho
tanto sobre las serpientes, me siento tentado a añadir algunas observaciones
sobre los medios por los cuales probablemente se desarrolló el cascabel de la
serpiente de cascabel. Varios animales, incluyendo algunos lagartos, curvan o
vibran sus colas cuando se excitan. Este es el caso de muchos tipos de
serpientes. [431] En el Jardín Zoológico, una especie inocua, la Coronella
Sayi , vibra su cola tan rápidamente que se vuelve casi invisible. El
Trigonocephalus, antes mencionado, tiene el mismo hábito; y la extremidad de su
cola es un poco ensanchada o termina en una cuenta. En el Lachesis, que está
tan estrechamente emparentado con la serpiente de cascabel que fue ubicado por
Linneo en el mismo género, la cola termina en una única punta o escama grande y
lanceolada. En algunas serpientes, como señala el profesor Shaler, la piel
«está más imperfectamente separada de la región alrededor de la cola que en
otras partes del cuerpo». Ahora bien, si suponemos que la punta de la cola de
alguna especie americana antigua era más grande y estaba cubierta por una sola
escama grande, difícilmente esta podría haberse desprendido en las mudas
sucesivas. En este caso, se habría conservado permanentemente, y en cada
período de crecimiento, a medida que la serpiente crecía, se habría formado una
nueva escama, más grande que la anterior, sobre ella, que también se habría
conservado. Así se habrían sentado las bases para el desarrollo del sonajero; y
este se habría usado habitualmente si la especie, como tantas otras, vibrara la
cola cuando se irritaba. Es indudable que el sonajero se ha desarrollado
específicamente para servir como un instrumento eficaz para producir sonido,
pues incluso las vértebras incluidas en la extremidad de la cola han cambiado
de forma y se han unido. Pero no hay mayor improbabilidad en que diversas
estructuras, como el cascabel de la serpiente de cascabel, las escamas
laterales del equis, el cuello con las costillas incluidas de la cobra y todo
el cuerpo de la víbora bufadora, hayan sido modificadas para advertir y
ahuyentar a sus enemigos, que en un ave, concretamente el maravilloso gavilán
secretario ( Gypogeranus ), cuya estructura se haya modificado
para matar serpientes con impunidad. Es muy probable, a juzgar por lo que hemos
visto, que esta ave erizara sus plumas cada vez que atacara a una serpiente; y
es cierto que el Herpestes, cuando se lanza con avidez a atacar a una
serpiente, eriza el pelo de todo su cuerpo, especialmente el de la cola. [432] También hemos visto que algunos puercoespines, al enojarse o
alarmarse al ver una serpiente, vibran rápidamente sus colas, produciendo así
un sonido peculiar al chocar sus púas huecas. De modo que, en este caso, tanto
los atacantes como los atacados se esfuerzan por hacerse lo más temibles
posible el uno al otro; y ambos poseen para ello medios especializados que,
curiosamente, son casi los mismos en algunos casos. Finalmente, podemos ver que
si, por un lado, las serpientes que mejor ahuyentaban a sus enemigos eran las
que mejor escapaban de ser devoradas; y si, por otro lado, sobrevivían en mayor
número los individuos del enemigo atacante, los más aptos para la peligrosa
tarea de matar y devorar serpientes venenosas; entonces, tanto en un caso como
en el otro, las variaciones beneficiosas, suponiendo que las características en
cuestión variaran, se habrían conservado comúnmente gracias a la supervivencia
de los más aptos.
El retraer y
presionar las orejas contra la cabeza. —Las orejas,
mediante sus movimientos, son muy expresivas en muchos animales; pero en
algunos, como el hombre, los simios superiores y muchos rumiantes, fallan en
este aspecto. Una ligera diferencia de posición sirve para expresar de la
manera más clara un estado mental distinto, como podemos observar a diario en
el perro; pero aquí solo nos ocupamos de las orejas retraídas y presionadas
contra la cabeza. Se muestra así una actitud salvaje, pero solo en el caso de
los animales que luchan con los dientes; y el cuidado que ponen para evitar que
sus antagonistas les agarren las orejas explica esta posición. En consecuencia,
por hábito y asociación, siempre que se sienten ligeramente salvajes, o fingen
serlo en su juego, retraen las orejas. Que esta es la verdadera explicación
puede inferirse de la relación que existe en muchos animales entre su forma de
luchar y la retracción de las orejas.
Todos los
carnívoros luchan con sus caninos, y todos, según he observado, retraen las
orejas cuando se sienten furiosos. Esto se observa continuamente en perros
cuando pelean en serio, y en cachorros que pelean al jugar. El movimiento es
diferente de la caída y el ligero retroceso de las orejas cuando un perro se
siente complacido y es acariciado por su amo. La retracción de las orejas
también se observa en gatitos que pelean entre sí al jugar, y en gatos adultos
cuando se muestran realmente furiosos, como se ilustró en la figura 9 (pág.
58). Aunque sus orejas están así en gran medida protegidas, a menudo se
desgarran mucho en los gatos machos viejos durante sus peleas mutuas. El mismo
movimiento es muy llamativo en tigres, leopardos, etc., mientras gruñen por su
comida en las casas de fieras. El lince tiene orejas notablemente largas; Y su
retracción, cuando se acerca uno de estos animales en su jaula, es muy visible
y expresa claramente su carácter salvaje. Incluso una foca orejera, la Otariapusilla ,
que tiene orejas muy pequeñas, las retrae cuando se lanza furiosa contra las
piernas de su cuidador.
Cuando los caballos
pelean entre sí, usan sus incisivos para morder y sus patas delanteras para
golpear, mucho más que las traseras para patear hacia atrás. Esto se ha
observado cuando sementales se han soltado y han peleado juntos, y también
puede inferirse del tipo de heridas que se infligen. Todos reconocen la
apariencia feroz que le da a un caballo el hecho de encoger las orejas hacia
atrás. Este movimiento es muy diferente al de escuchar un sonido detrás. Si un
caballo malhumorado en el establo tiende a patear hacia atrás, sus orejas están
retraídas por costumbre, aunque no tenga intención ni fuerza para morder. Pero
cuando un caballo levanta ambas patas traseras en un juego, como al entrar en
campo abierto o al ser rozado con el látigo, generalmente no baja las orejas,
pues no se siente feroz. Los guanacos pelean ferozmente con los dientes; y
deben hacerlo con frecuencia, pues encontré las pieles de varios que cacé en la
Patagonia profundamente rayadas. Lo mismo hacen los camellos. Y ambos animales,
cuando están salvajes, encogen las orejas hacia atrás. Los guanacos, como he
observado, cuando no pretenden morder, sino simplemente escupir su saliva
ofensiva a distancia a un intruso, encogen las orejas. Incluso el hipopótamo,
al amenazar con su enorme boca abierta a un compañero, encoge sus pequeñas
orejas, igual que un caballo.
¡Qué contraste se
presenta entre los animales mencionados y el ganado vacuno, las ovejas o las
cabras, que nunca usan los dientes para pelear ni echan las orejas hacia atrás
cuando se enfurecen! Aunque las ovejas y las cabras parecen animales tan
tranquilos, los machos a menudo participan en furiosas peleas. Como los ciervos
forman una familia estrechamente relacionada, y como yo desconocía que alguna
vez pelearan con los dientes, me sorprendió mucho el relato del mayor Ross King
sobre los ciervos alces en Canadá. Dice que cuando «dos machos se encuentran
por casualidad, echando las orejas hacia atrás y rechinando los dientes, se
lanzan el uno contra el otro con una furia espantosa». [433] Pero el Sr. Bartlett me informa que algunas especies de ciervos
pelean ferozmente con los dientes, por lo que el hecho de que el alce eche las
orejas hacia atrás concuerda con nuestra regla. Varias especies de canguros,
que se mantienen en el Zoológico, pelean arañando con las patas delanteras y
pateando con las traseras; Pero nunca se muerden, y los cuidadores nunca los
han visto echar las orejas hacia atrás cuando se enfadan. Los conejos pelean
principalmente a patadas y arañazos, pero también se muerden; y he conocido a
uno que le arrancó la mitad de la cola a su antagonista de un mordisco. Al
principio de sus peleas, echan las orejas hacia atrás, pero después, al saltar
y patearse, las mantienen erguidas o las mueven mucho.
El Sr. Bartlett
observó a un jabalí peleando ferozmente con su cerda; ambos tenían la boca
abierta y las orejas hacia atrás. Pero esto no parece ser común en los cerdos
domésticos cuando se pelean. Los jabalíes luchan entre sí golpeando hacia
arriba con sus colmillos; y el Sr. Bartlett duda que luego retiren las orejas.
Los elefantes, que de igual manera luchan con sus colmillos, no retraen las
orejas, sino que, por el contrario, las erigen cuando se abalanzan uno contra
el otro o contra un enemigo.
Los rinocerontes
del Zoológico luchan con sus cuernos nasales y nunca se les ha visto intentar
morderse entre sí, salvo cuando juegan; y los cuidadores están convencidos de
que no echan las orejas hacia atrás, como los caballos y los perros, cuando se
sienten salvajes. Por lo tanto, la siguiente afirmación de Sir S. Baker [434] es inexplicable: un rinoceronte al que abatió en el norte de
África «no tenía orejas; otro de la misma especie le había arrancado las orejas
cerca de la cabeza durante una pelea; y esta mutilación no es en absoluto
infrecuente».
Por último, con
respecto a los monos, algunas especies, que tienen orejas móviles y luchan con
los dientes —por ejemplo, el Cereopithecus ruber— , las
retraen cuando se irritan, igual que los perros; y entonces tienen una
apariencia muy rencorosa. Otras especies, como el Inuus ecaudatus ,
aparentemente no actúan así. Por otro lado, otras especies —y esto es una gran
anomalía en comparación con la mayoría de los demás animales— retraen las
orejas, muestran los dientes y farfullan cuando les agrada que las acaricien.
Observé esto en dos o tres especies de macacos y en el Cynopithecus
niger . Esta expresión, debido a nuestra familiaridad con los perros,
jamás sería reconocida como de alegría o placer por quienes no conocen a los
monos.
Erección de las
Orejas. —Este movimiento apenas requiere atención.
Todos los animales que pueden mover libremente las orejas, al sobresaltarse o
al observar de cerca cualquier objeto, las dirigen hacia el punto de vista para
percibir cualquier sonido proveniente de él. Al mismo tiempo, generalmente
levantan la cabeza, pues allí se encuentran todos sus sentidos, y algunos
animales más pequeños se incorporan sobre sus patas traseras. Incluso aquellos
que se acurrucan en el suelo o huyen al instante para evitar el peligro,
generalmente actúan momentáneamente de esta manera para determinar el origen y
la naturaleza del peligro. La cabeza levantada, con las orejas erguidas y los
ojos dirigidos hacia adelante, transmite una inconfundible expresión de
atención atenta a cualquier animal.
CAPÍTULO V.
EXPRESIONES ESPECIALES DE LOS ANIMALES.
El Perro, diversos
movimientos expresivos de—Gatos—Caballos—Rumiantes—Monos, su expresión de
alegría y afecto—De dolor—Ira—Asombro y Terror.
El Perro. —Ya he descrito (figs. 5 y 7) la apariencia de un perro que se
acerca a otro con intenciones hostiles: orejas erguidas, mirada fija hacia
adelante, pelo erizado en el cuello y la espalda, andar notablemente rígido y
la cola erguida. Esta apariencia nos resulta tan familiar que a veces se dice
que un hombre enfadado "se mantiene firme". De los puntos anteriores,
solo la rigidez del andar y la cola erguida requieren mayor análisis. Sir C.
Bell señala [501] que, cuando un tigre o un lobo es atacado por su dueño y se
enfurece repentinamente, todos los músculos están en tensión y las extremidades
en una actitud de esfuerzo forzado, listas para saltar. Esta tensión muscular y
la consiguiente rigidez del andar pueden explicarse por el principio de un
hábito asociado, pues la ira ha provocado continuamente forcejeos feroces y, en
consecuencia, una tensión violenta de todos los músculos del cuerpo. También
hay motivos para sospechar que el sistema muscular requiere una breve
preparación, o cierto grado de inervación, antes de ponerse en acción con
fuerza. Mis propias sensaciones me llevan a esta inferencia; pero no puedo
descubrir que sea una conclusión aceptada por los fisiólogos. Sir J. Paget, sin
embargo, me informa que cuando los músculos se contraen repentinamente con la
mayor fuerza, sin preparación alguna, son propensos a romperse, como cuando una
persona resbala inesperadamente; pero que esto rara vez ocurre cuando una
acción, por violenta que sea, se realiza deliberadamente.
Respecto a la
posición erguida de la cola, parece depender (aunque desconozco si esto es
realmente así) de que los músculos elevadores sean más potentes que los
depresores, de modo que cuando todos los músculos de la parte trasera del
cuerpo están en tensión, la cola se levanta. Un perro alegre, trotando delante
de su amo con pasos altos y elásticos, generalmente lleva la cola en alto,
aunque no tan rígida como cuando está enfadado. Un caballo, al ser liberado por
primera vez en campo abierto, puede trotar con pasos largos y elásticos,
manteniendo la cabeza y la cola en alto. Incluso las vacas, cuando retozan por
placer, levantan la cola de forma ridícula. Lo mismo ocurre con varios animales
en los zoológicos. Sin embargo, la posición de la cola, en ciertos casos, está
determinada por circunstancias especiales; así, en cuanto un caballo se lanza
al galope a toda velocidad, siempre baja la cola para ofrecer la menor
resistencia posible al aire.
Cuando un perro
está a punto de abalanzarse sobre su antagonista, emite un gruñido feroz; las
orejas se aprietan hacia atrás y el labio superior (fig. 14) se retrae para
apartar los dientes, especialmente los caninos. Estos movimientos se pueden
observar en perros y cachorros mientras juegan. Pero si un perro se vuelve
realmente feroz al jugar, su expresión cambia de inmediato. Esto, sin embargo,
se debe simplemente a que los labios y las orejas se retraen con mucha mayor
energía. Si un perro solo gruñe a otro, el labio generalmente se retrae solo
hacia un lado, es decir, hacia su enemigo.
Fig. 14. Cabeza de
perro gruñendo. Del natural, por el Sr. Wood.
Los movimientos de
un perro al demostrar afecto hacia su amo se describieron (figs. 6 y 8) en
nuestro segundo capítulo. Estos consisten en bajar la cabeza y todo el cuerpo,
flexionando la cola, extendiéndola y meneándola de lado a lado. Las orejas caen
y se retraen ligeramente, lo que alarga los párpados y altera la apariencia
general del rostro. Los labios cuelgan sueltos y el pelo permanece liso. Todos
estos movimientos o gestos se explican, en mi opinión, por su completa
antítesis con los que un perro salvaje adopta naturalmente en un estado mental
totalmente opuesto. Cuando un hombre simplemente le habla a su perro o lo
observa, vemos el último vestigio de estos movimientos en un ligero meneo de la
cola, sin ningún otro movimiento del cuerpo y sin siquiera bajar las orejas.
Los perros también demuestran su afecto deseando frotarse contra sus amos y ser
acariciados por ellos.
Gratiolet explica
los gestos de afecto anteriores de la siguiente manera: y el lector puede
juzgar si la explicación parece satisfactoria. Hablando de los animales en
general, incluido el perro, dice: [502] "C'est toujours la partie la plus sensible de leurs corps qui
recherche les caresses ou les donne. Lorsque toute la longueur des flancs et du
corps est sensable, l'animal serpente et rampe sous les caresses; et ces
ondulators se propageant le long des muscle analoges des segments jusqu'aux
extrémités de la colonne vertébrale, la queue se ploie et s'agite.” Además,
añade, que los perros, cuando se sienten afectuosos, bajan las orejas para
excluir todo sonido, ¡para que toda su atención se concentre en las caricias de
su amo!
Los perros tienen
otra forma sorprendente de demostrar su afecto: lamer las manos o la cara de
sus amos. A veces lamen a otros perros, y en ese caso siempre son sus hocicos.
También he visto perros lamer a gatos con los que eran amigos. Este hábito
probablemente se originó en las hembras, que lamían cuidadosamente a sus
cachorros —el objeto más preciado de su amor— para limpiarlos. También suelen
darles a sus cachorros, tras una breve ausencia, algunos lametones
superficiales, aparentemente por cariño. Así, el hábito se asocia con la
emoción del amor, independientemente de cómo se despierte posteriormente. Ahora
es tan hereditario o innato que se transmite por igual a ambos sexos. Una
terrier mía tuvo hace poco a sus cachorros sacrificados, y aunque siempre fue
una criatura muy cariñosa, me impresionó mucho la forma en que intentó
satisfacer su instintivo amor maternal dedicándolo a mí; y su deseo de lamerme
las manos se convirtió en una pasión insaciable.
El mismo principio
probablemente explica por qué a los perros, cuando sienten afecto, les gusta
frotarse contra sus amos y que ellos los froten o los acaricien, ya que desde
la lactancia de sus cachorros, el contacto con un objeto amado se ha asociado
firmemente en sus mentes con la emoción del amor.
El sentimiento de
afecto de un perro hacia su amo se combina con una fuerte sensación de
sumisión, similar al miedo. Por ello, los perros no solo bajan el cuerpo y se
agachan un poco al acercarse a sus amos, sino que a veces se tiran al suelo con
la panza hacia arriba. Este es un movimiento completamente opuesto a cualquier
muestra de resistencia. Anteriormente tuve un perro grande que no temía pelear
con otros perros; pero un perro pastor con aspecto de lobo en el vecindario,
aunque no feroz ni tan fuerte como mi perro, ejercía una extraña influencia
sobre él. Cuando se encontraban en el camino, mi perro corría a su encuentro,
con la cola parcialmente metida entre las patas y el pelo alisado; y entonces
se tiraba al suelo, panza hacia arriba. Con este gesto parecía decir con más
claridad que con palabras: «He aquí, soy tu esclavo».
Algunos perros
exhiben un estado mental placentero y excitado, asociado con el afecto, de una
manera muy peculiar: sonriendo. Somerville lo observó hace mucho tiempo, y
dice:
“Y con una sonrisa
cortés, el perro adulador
te saluda encogido, su nariz ancha y abierta
se curva hacia arriba, y sus grandes ojos de endrino
se derriten en suaves halagos y humilde alegría”.
La caza , libro i.
El famoso galgo
escocés de Sir W. Scott, Maida, tenía este hábito, y es común en los terriers.
También lo he visto en un spitz y en un perro pastor. El Sr. Riviere, quien ha
prestado especial atención a esta expresión, me informa que rara vez se muestra
de forma perfecta, pero es bastante común en menor grado. El labio superior, al
sonreír, se retrae, como al gruñir, de modo que los caninos quedan expuestos, y
las orejas se retraen; pero el aspecto general del animal muestra claramente
que no siente ira. Sir C. Bell [503] comenta: «Los perros, en su expresión de cariño, tienen una ligera
eversión de los labios, y sonríen y olfatean entre sus cabriolas, de una manera
que se asemeja a la risa». Algunas personas hablan de la sonrisa como de una
sonrisa, pero si realmente lo fuera, veríamos un movimiento similar, aunque más
pronunciado, de los labios y las orejas, cuando los perros emiten su ladrido de
alegría. Pero no es así, aunque un ladrido de alegría suele ir seguido de una
sonrisa. Por otro lado, los perros, al jugar con sus compañeros o amos, casi
siempre fingen morderse; y luego retraen, aunque no con energía, los labios y
las orejas. Por lo tanto, sospecho que algunos perros tienden, siempre que
sienten un placer intenso combinado con afecto, a actuar por hábito y asociación
con los mismos músculos, como al morderse juguetonamente, o morderse las manos
de sus amos.
En el segundo
capítulo describí el andar y la apariencia de un perro alegre, y la marcada
antítesis que presenta el mismo animal cuando está abatido y decepcionado, con
la cabeza, las orejas, el cuerpo, la cola y las patillas caídas, y la mirada
apagada. Ante la expectativa de un gran placer, los perros saltan y ladran de
forma extravagante y ladran de alegría. La tendencia a ladrar en este estado
mental es hereditaria o se transmite en la raza: los galgos rara vez ladran,
mientras que el spitz ladra tan incesantemente al salir a pasear con su amo que
se convierte en una molestia.
Los perros expresan
su dolor casi de la misma manera que muchos otros animales, es decir, con
aullidos, contorsiones y movimientos de todo el cuerpo.
La atención se
demuestra levantando la cabeza, con las orejas erguidas y la mirada fija hacia
el objeto o la zona que se observa. Si se trata de un sonido y se desconoce su
origen, se suele girar la cabeza oblicuamente de un lado a otro de forma muy
significativa, aparentemente para determinar con mayor exactitud de dónde
proviene. Sin embargo, he visto a un perro muy sorprendido por un ruido nuevo,
que giraba la cabeza hacia un lado por costumbre, aunque percibía claramente su
origen. Como ya se ha comentado, los perros, cuando su atención se despierta de
alguna manera, mientras observan un objeto o prestan atención a un sonido,
suelen levantar una pata (fig. 4) y mantenerla doblada, como para acercarse
lenta y sigilosamente.
Un perro
extremadamente aterrorizado se tira al suelo, aúlla y defeca; pero creo que su
pelaje no se eriza a menos que sienta ira. He visto a un perro muy aterrorizado
por una banda de músicos que tocaban a todo volumen fuera de la casa, con todos
los músculos del cuerpo temblando, el corazón palpitando tan rápido que apenas
se podían contar los latidos, y jadeando con la boca abierta, como un hombre
aterrorizado. Sin embargo, este perro no se había esforzado; solo había
deambulado lenta e inquietamente por la habitación, y el día era frío.
Incluso un grado
muy leve de miedo se manifiesta invariablemente con la cola metida entre las
patas. Este recogimiento del perro va acompañado de orejas hacia atrás; pero no
están pegadas a la cabeza, como al gruñir, ni bajadas, como cuando un perro
está contento o cariñoso. Cuando dos perros jóvenes se persiguen jugando, el
que escapa siempre mantiene la cola metida hacia adentro. Lo mismo ocurre
cuando un perro, muy animado, corre como un loco alrededor de su amo, en
círculos o formando ochos. Entonces actúa como si otro perro lo persiguiera.
Este curioso tipo de juego, que debe ser familiar para cualquiera que haya
observado perros, tiende a activarse especialmente después de que el animal se
sobresalte o se asuste un poco, como cuando su amo salta repentinamente sobre
él al anochecer. En este caso, así como cuando dos perros jóvenes se persiguen
jugando, parece como si el que escapa temiera que el otro lo agarrara por la
cola. Pero, por lo que he podido averiguar, los perros rara vez se atrapan
entre sí de esta manera. Le pregunté a un caballero que había tenido foxhounds
toda su vida, y él consultó a otros cazadores experimentados si alguna vez
habían visto a un perro atrapar a un zorro de esta manera; pero nunca lo habían
visto. Parece que cuando un perro es perseguido, o cuando corre el peligro de
ser golpeado por detrás o de que algo le caiga encima, en todos estos casos
intenta retirar sus cuartos traseros lo más rápido posible, y que, por alguna
conexión muscular, la cola se retrae fuertemente hacia adentro.
Un movimiento
similarmente conectado entre los cuartos traseros y la cola se puede observar
en la hiena. El Sr. Bartlett me informa que cuando dos de estos animales luchan
juntos, son conscientes mutuamente del maravilloso poder de sus mandíbulas y
son extremadamente cautelosos. Saben bien que si una de sus patas fuera
agarrada, el hueso se trituraría instantáneamente; por lo tanto, se acercan de
rodillas, con las piernas lo más hacia adentro posible y con todo el cuerpo
encorvado, para no presentar ningún punto saliente; la cola, al mismo tiempo,
está bien metida entre las patas. En esta actitud, se acercan de lado, o
incluso parcialmente hacia atrás. Lo mismo ocurre con los ciervos; varias
especies, cuando están salvajes y pelean, meten la cola. Cuando un caballo en
el campo intenta morder los cuartos traseros de otro jugando, o cuando un niño
brusco golpea a un burro por detrás, los cuartos traseros y la cola se retraen,
aunque no parece que esto se haga simplemente para evitar que la cola se
lastime. También hemos visto el efecto inverso de estos movimientos; pues
cuando un animal trota con pasos altos y elásticos, la cola casi siempre se
mantiene en alto.
Como ya he dicho,
cuando un perro es perseguido y huye, mantiene las orejas hacia atrás, pero
abiertas; y esto, claramente, lo hace para oír los pasos de su perseguidor. Por
costumbre, las orejas suelen mantenerse en esta misma posición, con la cola
recogida, cuando el peligro está claramente delante. He observado
repetidamente, con una terrier mía tímida, que cuando tiene miedo de algún
objeto que tiene delante, cuya naturaleza conoce perfectamente y no necesita
reconocer, mantiene las orejas y la cola en esta posición durante mucho tiempo,
con una expresión de incomodidad. La incomodidad, sin miedo, se expresa de
forma similar: así, un día salí de casa, justo cuando esta misma perra sabía
que le traerían la comida. No la llamé, pero deseaba mucho acompañarme, y al
mismo tiempo deseaba mucho su cena; y allí estaba, mirando primero a un lado y
luego a otro, con la cola recogida y las orejas hacia atrás, presentando una
inconfundible expresión de perplejidad e incomodidad.
Casi todos los
movimientos expresivos descritos, con excepción de la mueca de alegría, son
innatos o instintivos, pues son comunes a todos los individuos, jóvenes y
viejos, de todas las razas. La mayoría son también comunes a los progenitores
aborígenes del perro, a saber, el lobo y el chacal; y algunos a otras especies
del mismo grupo. Los lobos y chacales domesticados, al ser acariciados por sus
amos, saltan de alegría, menean la cola, bajan las orejas, lamen las manos de
su amo, se agachan e incluso se tiran al suelo boca arriba. [504] He visto a un chacal africano, del Gabón, bastante parecido a un
zorro, bajar las orejas al ser acariciado. Los lobos y chacales, cuando se
asustan, ciertamente encogen la cola; y se ha descrito a un chacal domesticado
corriendo alrededor de su amo en círculos y figuras de ocho, como un perro, con
el rabo entre las patas.
Se ha
afirmado [505] que los zorros, por muy domesticados que estén, nunca muestran
ninguno de los movimientos expresivos mencionados; pero esto no es del todo
exacto. Hace muchos años observé en el Zoológico, y registré el hecho en su
momento, que un zorro inglés muy domesticado, al ser acariciado por su
cuidador, meneaba la cola, bajaba las orejas y luego se tiraba al suelo boca
arriba. El zorro negro de Norteamérica también bajaba ligeramente las orejas.
Pero creo que los zorros nunca lamen las manos de sus amos, y me han asegurado
que, cuando se asustan, nunca encogen la cola. Si se acepta la explicación que
he dado sobre la expresión de afecto en los perros, parecería que los animales
que nunca han sido domesticados —como lobos, chacales e incluso zorros— han
adquirido, sin embargo, por el principio de antítesis, ciertos gestos
expresivos; pues no es probable que estos animales, confinados en jaulas, los
hayan aprendido imitando a los perros.
Gatos . Ya he descrito las acciones de un gato (fig. 9) cuando se siente
salvaje y no aterrorizado. Adopta una postura agachada y ocasionalmente saca
las patas delanteras, con las garras listas para atacar. La cola está
extendida, enroscada o azotada de lado a lado. El pelo no está erizado, al
menos no era así en los pocos casos que observé. Las orejas están recogidas
hacia atrás y se muestran los dientes. Emite gruñidos bajos y salvajes. Podemos
entender por qué la actitud que adopta un gato cuando se prepara para pelear
con otro gato, o cuando está muy irritado, es tan diferente a la de un perro
que se acerca a otro con intenciones hostiles; pues el gato usa sus patas
delanteras para atacar, lo que hace que la posición agachada sea conveniente o
necesaria. También está mucho más acostumbrado que un perro a permanecer oculto
y abalanzarse repentinamente sobre su presa. No se puede determinar con certeza
la causa de que la cola se enrosque o azote de lado a lado. Este hábito es
común a muchos otros animales, por ejemplo, al puma, cuando se prepara para
saltar; [506] pero no es común a los perros ni a los zorros, como deduzco del
relato del Sr. St. John sobre un zorro que acecha y atrapa una liebre. Ya hemos
visto que algunas especies de lagartos y diversas serpientes, al excitarse,
vibran rápidamente las puntas de la cola. Parecería como si, bajo una fuerte
excitación, existiera un deseo incontrolable de movimiento, debido a la
liberación de fuerza nerviosa del sensorio excitado; y que, al quedar la cola
libre y su movimiento no perturba la posición general del cuerpo, esta se
enrosca o se agita.
Todos los
movimientos de un gato, cuando siente afecto, son completamente opuestos a los
descritos. Ahora se yergue, con el lomo ligeramente arqueado, la cola
perpendicularmente levantada y las orejas erguidas; y frota sus mejillas y
flancos contra su amo o dueña. El deseo de frotar algo es tan fuerte en los
gatos en este estado mental, que a menudo se les puede ver frotándose contra
las patas de sillas o mesas, o contra los marcos de las puertas. Esta forma de
expresar afecto probablemente se originó por asociación, como en el caso de los
perros, con la madre amamantando y acariciando a sus crías; y quizás de las
propias crías amándose y jugando juntas. Ya se ha descrito otro gesto muy
diferente, expresivo de placer: la curiosa manera en que los gatos jóvenes e
incluso viejos, cuando están contentos, sacan alternativamente sus patas
delanteras, con los dedos separados, como si empujaran y succionaran las ubres
de su madre. Este hábito es tan análogo al de frotarse contra algo, que ambos
parecen derivar de acciones realizadas durante el período de lactancia. No
entiendo por qué los gatos demuestran afecto frotándose mucho más que los
perros, a pesar de que estos últimos disfrutan del contacto con sus amos, y por
qué los gatos solo lamen ocasionalmente las manos de sus amigos, mientras que
los perros siempre lo hacen. Los gatos se limpian lamiéndose el pelaje con más
frecuencia que los perros. Por otro lado, sus lenguas parecen menos aptas para
esta función que las de los perros, que son más largas y flexibles.
Los gatos, cuando
están aterrorizados, se erigen en toda su altura y arquean el lomo de una forma
tan conocida y ridícula. Escupen, silban o gruñen. El pelo de todo el cuerpo, y
especialmente el de la cola, se eriza. En los casos que observé, la parte basal
de la cola se mantenía erguida, con la parte terminal ladeada; pero a veces la
cola (véase la fig. 15) solo se levanta ligeramente y se dobla casi desde la
base hacia un lado. Las orejas están recogidas y los dientes expuestos. Cuando
dos gatitos juegan juntos, uno a menudo intenta asustar al otro de esta manera.
Por lo visto en capítulos anteriores, todas las expresiones mencionadas son
comprensibles, excepto el arqueamiento extremo del lomo. Me inclino a creer
que, al igual que muchas aves, al erizar sus plumas, extienden las alas y la
cola para parecer lo más grandes posible, los gatos se erigen en toda su
estatura, arquean el lomo, a menudo levantan la base de la cola y erizan el
pelo con el mismo propósito. Se dice que el lince, al ser atacado, arquea el
lomo, y así lo representa Brehm. Pero los cuidadores del Zoológico nunca han
observado esta tendencia en los felinos más grandes, como tigres, leones, etc.;
y estos tienen pocos motivos para temer a cualquier otro animal.
Los gatos usan su
voz como medio de expresión, y emiten, bajo diversas emociones y deseos, al
menos seis o siete sonidos diferentes. El ronroneo de satisfacción, que se
produce tanto al inspirar como al espirar, es uno de los más curiosos. El puma,
el guepardo y el ocelote también ronronean; pero el tigre, cuando está
complacido, emite un peculiar y breve resoplido, acompañado del cierre de los
párpados. [507] Se dice que el león, el jaguar y el leopardo no ronronean.
Caballos. —Los caballos, en estado salvaje, encogen las orejas, sacan la
cabeza y descubren parcialmente los incisivos, listos para morder. Cuando les
da la patada, generalmente, por costumbre, encogen las orejas; y sus ojos se
vuelven hacia atrás de una manera peculiar. [508] Cuando están contentos, como cuando les traen la comida codiciada
en el establo, levantan y encogen la cabeza, levantan las orejas y miran
fijamente a su compañero, a menudo relinchando. La impaciencia se expresa
pateando el suelo.
Las acciones de un
caballo cuando se asusta mucho son sumamente expresivas. Un día, mi caballo se
asustó mucho al ver una máquina perforadora, cubierta con una lona y tendida en
campo abierto. Levantó tanto la cabeza que su cuello quedó casi perpendicular;
y esto lo hacía por costumbre, pues la máquina estaba en una pendiente, y no se
habría podido ver con mayor claridad al levantar la cabeza; ni siquiera si
algún sonido hubiera provenido de ella, se habría podido oír con mayor nitidez.
Sus ojos y oídos estaban dirigidos fijamente hacia adelante; y podía sentir a
través de la silla las palpitaciones de su corazón. Con las fosas nasales
dilatadas y enrojecidas, resopló violentamente y, girando sobre sí mismo,
habría salido disparado a toda velocidad si no se lo hubiera impedido. La
distensión de las fosas nasales no tiene como objetivo olfatear el peligro,
pues cuando un caballo huele con atención cualquier objeto y no se alarma, no
dilata las fosas nasales. Debido a la presencia de una válvula en la garganta,
un caballo, al jadear, no respira por la boca abierta, sino por las fosas
nasales; y estas, en consecuencia, han adquirido una gran capacidad de
expansión. Esta expansión de las fosas nasales, así como el resoplido y las
palpitaciones del corazón, son acciones que se han asociado firmemente, durante
largas generaciones, con la emoción del terror; pues el terror ha llevado
habitualmente al caballo al máximo esfuerzo para alejarse a toda velocidad del
peligro.
Rumiantes. —El ganado vacuno y ovino se distingue por mostrar de forma tan
leve sus emociones o sensaciones, salvo el dolor extremo. Un toro, enfurecido,
exhibe su furia únicamente por la forma en que mantiene la cabeza agachada, con
las fosas nasales dilatadas y mugiendo. También suele patear el suelo; pero
este pateo parece muy diferente al de un caballo impaciente, pues cuando la
tierra está suelta, levanta nubes de polvo. Creo que los toros actúan de esta
manera cuando les irritan las moscas, para ahuyentarlas. Las razas más salvajes
de ovejas y rebecos, al asustarse, patalean el suelo y silban por el hocico;
esto sirve como señal de peligro para sus compañeros. El buey almizclero de las
regiones árticas, al ser encontrado, también patea el suelo. [509] No puedo conjeturar cómo surgió este pateo, pues, según mis
investigaciones, ninguno de estos animales lucha con las patas delanteras.
Algunas especies de
ciervos, cuando están salvajes, muestran una expresión mucho más expresiva que
el ganado vacuno, ovino o caprino, pues, como ya se ha dicho, encogen las
orejas, rechinan los dientes, erizan el pelaje, chillan, patean el suelo y
blanden sus cuernos. Un día, en el Zoológico, el ciervo de Formosa ( Cervus
pseudaxis ) se me acercó en una actitud curiosa, con el hocico bien
levantado, de modo que los cuernos le presionaban el cuello; la cabeza se
mantenía bastante oblicua. Por la expresión de sus ojos, supe que estaba
salvaje; se acercó lentamente, y en cuanto se acercó a los barrotes de hierro,
no bajó la cabeza para golpearme, sino que la dobló bruscamente hacia adentro y
golpeó los cuernos con gran fuerza contra la barandilla. El Sr. Bartlett me
informa que otras especies de ciervos adoptan la misma actitud cuando se
enfurecen.
Monos. —Las diversas especies y géneros de monos expresan sus
sentimientos de muchas maneras diferentes; este hecho es interesante, ya que,
en cierta medida, influye en la cuestión de si las llamadas razas humanas deben
clasificarse como especies o variedades distintas; pues, como veremos en los
siguientes capítulos, las diferentes razas humanas expresan sus emociones y
sensaciones con notable uniformidad en todo el mundo. Algunas de las acciones
expresivas de los monos son interesantes por otro lado, a saber, por su
estrecha analogía con las del ser humano. Dado que no he tenido la oportunidad
de observar ninguna especie del grupo en todas las circunstancias, mis
observaciones se organizarán mejor según los diferentes estados mentales.
Placer, alegría,
afecto : no es posible distinguir en los monos, al
menos sin más experiencia que la mía, la expresión de placer o alegría de la de
afecto. Los chimpancés jóvenes emiten una especie de ladrido cuando se alegran
del regreso de alguien a quien sienten afecto. Al emitir este sonido, que los
cuidadores llaman risa, los labios se extienden hacia afuera; pero lo mismo
ocurre bajo diversas emociones. Sin embargo, pude percibir que cuando estaban
contentos, la forma de los labios difería un poco de la que adoptaban cuando
estaban enojados. Si se le hacen cosquillas a un chimpancé joven —y las axilas
son particularmente sensibles a las cosquillas, como en el caso de nuestros
niños—, emite una risa más pronunciada; aunque a veces la risa es silenciosa.
Las comisuras de los labios se retraen, lo que a veces provoca una ligera
arruga en los párpados inferiores. Pero esta arruga, tan característica de
nuestra risa, se observa con mayor claridad en otros monos. Los dientes de la
mandíbula superior del chimpancé no quedan expuestos al emitir su risa, en lo
cual se diferencian de nosotros. Sin embargo, sus ojos brillan y se vuelven más
brillantes, como afirma el Sr. W.L. Martin [510], quien ha prestado especial atención a su expresión.
Los orangutanes
jóvenes, al hacerles cosquillas, también sonríen y emiten una risita; el Sr.
Martin dice que sus ojos se vuelven más brillantes. En cuanto cesa la risa, se
puede percibir una expresión en sus rostros que, como me comentó el Sr.
Wallace, podría llamarse sonrisa. También he observado algo similar en el
chimpancé. El Dr. Duchenne —y no puedo citar a una autoridad más competente— me
informa que tuvo un mono muy domesticado en su casa durante un año; y cuando le
daba algún manjar selecto durante las comidas, observó que las comisuras de sus
labios se elevaban ligeramente; así, se podía percibir claramente en este
animal una expresión de satisfacción, similar a una sonrisa incipiente y a la
que a menudo se ve en el rostro de un hombre.
Español El Cebus
azaræ , [511] cuando se regocija al volver a ver a una persona amada, emite un
peculiar sonido de risita ( kichernden ). También expresa
sensaciones agradables, retrayendo las comisuras de su boca, sin producir
ningún sonido. Rengger llama a este movimiento risa, pero sería más apropiado
llamarlo sonrisa. La forma de la boca es diferente cuando se expresa dolor o terror,
y se emiten agudos chillidos. Otra especie de Cebus en el
Jardín Zoológico ( C. hypoleucus ) cuando está complacida,
emite una nota estridente reiterada y, del mismo modo, retrae las comisuras de
su boca, aparentemente a través de la contracción de los mismos músculos que en
nosotros. Lo mismo hace el mono de Berbería ( Inuus ecaudatus )
en un grado extraordinario; y observé en este mono que la piel de los párpados
inferiores se arrugaba mucho. Al mismo tiempo, movía rápidamente su mandíbula
inferior o labios de manera espasmódica, quedando los dientes expuestos; Pero
el ruido producido no era más nítido que lo que a veces llamamos risa
silenciosa. Dos de los cuidadores afirmaron que ese leve sonido era la risa del
animal, y cuando expresé mis dudas al respecto (por entonces sin experiencia),
lo obligaron a atacar, o mejor dicho, a amenazar, a un odiado mono Entellus que
vivía en el mismo compartimento. Al instante, la expresión del rostro del inuus
cambió por completo; abrió mucho más la boca, expuso mejor los caninos y emitió
un ladrido ronco.
El babuino de
Anubis ( Cynocephalus anubis ) fue primero insultado y puesto
furioso, como era fácil, por su cuidador, quien luego se hizo amigo de él y le
estrechó la mano. Al lograrse la reconciliación, el babuino movió rápidamente
sus mandíbulas y labios, con expresión complacida. Cuando reímos con ganas, se
puede observar un movimiento similar, o temblor, con mayor o menor claridad en
nuestras mandíbulas; pero en el ser humano, los músculos del pecho son los más
afectados, mientras que en este babuino, y en algunos otros monos, son los
músculos de las mandíbulas y los labios los que se ven afectados
espasmódicamente.
Ya he tenido
ocasión de comentar la curiosa manera en que dos o tres especies de Alacacus y
el Cynopithecus niger retraen las orejas y emiten un leve
sonido de farfulleo cuando se sienten atraídos por las caricias. En el
Cynopithecus (fig. 17), las comisuras de la boca se retraen simultáneamente
hacia atrás y hacia arriba, dejando al descubierto los dientes. Por lo tanto,
un extraño jamás reconocería esta expresión como de placer. La cresta de pelos
largos de la frente está deprimida, y aparentemente toda la piel de la cabeza
está retraída hacia atrás. Las cejas se levantan ligeramente, y los ojos
adquieren una mirada fija. Los párpados inferiores también se arrugan
ligeramente; pero esta arruga no es visible, debido a los surcos transversales
permanentes en la cara.
Emociones y
sensaciones dolorosas . En los monos, la expresión de
un dolor leve o de cualquier emoción dolorosa, como la pena, la irritación, los
celos, etc., no se distingue fácilmente de la de una ira moderada; y estos
estados mentales se confunden con facilidad. Sin embargo, en algunas especies,
el dolor se manifiesta mediante el llanto. Una mujer que vendió un mono a la
Sociedad Zoológica, supuestamente procedente de Borneo ( Macacus maurus o M.
inornatus de Gray), comentó que lloraba a menudo; y tanto el Sr.
Bartlett como el cuidador, el Sr. Sutton, lo han visto repetidamente, cuando
estaba afligido, o incluso cuando lo compadecían mucho, llorar tan copiosamente
que las lágrimas le corrían por las mejillas. Sin embargo, hay algo extraño en
este caso, ya que dos ejemplares conservados posteriormente en los Jardines, y
que se cree que son de la misma especie, nunca han sido vistos llorar, aunque
el cuidador y yo los observamos atentamente cuando estaban muy angustiados y
gritaban a gritos. Rengger afirma [512] que los ojos del Cebus azaræ se llenan de
lágrimas, pero no lo suficiente como para desbordarse, cuando se le impide
conseguir un objeto muy deseado o está muy asustado. Humboldt también afirma
que los ojos del Callithrix sciureus «se llenan de lágrimas al
instante cuando le invade el miedo»; pero cuando este lindo monito del
Zoológico fue provocado hasta el punto de gritar a gritos, esto no ocurrió. Sin
embargo, no quiero poner en duda la exactitud de la afirmación de Humboldt.
El aspecto de
abatimiento en los jóvenes orangutanes y chimpancés, cuando no están sanos, es
tan evidente y casi tan patético como en el caso de nuestros niños. Este estado
mental y físico se manifiesta en sus movimientos apáticos, semblantes decaídos,
ojos apagados y complexión alterada.
Ira. —Esta emoción es exhibida a menudo por muchas clases de monos, y
se expresa, como señala el Sr. Martin, [513] de muchas maneras diferentes. “Algunas especies, cuando se
irritan, fruncen los labios, miran fija y ferozmente a su enemigo y dan breves
sobresaltos repetidos como si estuvieran a punto de saltar hacia adelante,
emitiendo al mismo tiempo sonidos guturales. Muchos muestran su ira avanzando
repentinamente, dando sobresaltos bruscos, abriendo la boca y frunciendo los
labios para ocultar los dientes, mientras que sus ojos se fijan atrevidamente
en el enemigo, como en un desafío feroz. Algunos, y principalmente los monos de
cola larga, o cernícalos, muestran los dientes y acompañan sus sonrisas
maliciosas con un grito agudo, abrupto y reiterado”. El Sr. Sutton confirma la
afirmación de que algunas especies descubren sus dientes cuando están furiosas,
mientras que otras los ocultan con la protrusión de sus labios; y algunas
especies retraen las orejas. El Cynopithecus niger , al que
nos hemos referido recientemente, actúa de esta manera, deprimiendo al mismo
tiempo la cresta de pelo de su frente y mostrando los dientes, de modo que los
movimientos de sus rasgos cuando manifiestan ira son casi los mismos que cuando
manifiestan placer, y las dos expresiones sólo las pueden distinguir aquellos
que están familiarizados con el animal.
Los babuinos a
menudo muestran su ira y amenazan a sus enemigos de una manera muy extraña:
abriendo la boca ampliamente, como si bostezaran. El Sr. Bartlett ha visto a
menudo a dos babuinos, al ser colocados por primera vez en el mismo
compartimento, sentados uno frente al otro, abriendo así la boca
alternativamente; y esta acción parece terminar con frecuencia en un bostezo
real. El Sr. Bartlett cree que ambos animales desean demostrarse mutuamente que
poseen una dentadura formidable, como sin duda es el caso. Como me costaba
creer la veracidad de este gesto de bostezo, el Sr. Bartlett insultó a un viejo
babuino y lo enfureció violentamente; y casi de inmediato actuó así. Algunas
especies de macacos y cereopithecus [514] se comportan de la misma manera. Los babuinos también muestran su
ira, como observó Brehin con los que mantuvo vivos en Abisinia, de otra manera:
golpeando el suelo con una mano, «como un hombre furioso golpea la mesa con el
puño». He visto este movimiento en los babuinos en los jardines zoológicos;
pero a veces la acción parece más bien representar la búsqueda de una piedra u
otro objeto en sus lechos de paja.
El Sr. Sutton ha
observado a menudo cómo el rostro del macaco rhesus , cuando
está muy enfurecido, se enrojece. Mientras me lo contaba, otro mono atacó a
un rhesus , y vi su rostro enrojecerse tan claramente como el
de un hombre en un ataque violento. A los pocos minutos de la batalla, el
rostro de este mono recuperó su color natural. Al mismo tiempo que el rostro
enrojecía, la parte posterior desnuda del cuerpo, que siempre está roja,
parecía enrojecerse aún más; pero no puedo afirmar con certeza que esto fuera
así. Cuando el mandril se excita de cualquier manera, se dice que las partes
desnudas de la piel, de colores brillantes, se tiñen aún más intensamente.
En varias especies
de babuinos, la cresta de la frente sobresale mucho sobre los ojos y está
sembrada de algunos pelos largos, que representan nuestras cejas. Estos
animales siempre miran a su alrededor y, para mirar hacia arriba, levantan las
cejas. Así, al parecer, han adquirido el hábito de moverlas con frecuencia. Sea
como sea, muchas clases de monos, especialmente los babuinos, cuando se enfadan
o se excitan de cualquier manera, mueven rápida e incesantemente las cejas
hacia arriba y hacia abajo, así como el vello de la frente. [515] Si bien en el caso del hombre asociamos el levantar y bajar las
cejas con estados mentales definidos, el movimiento casi incesante de las cejas
en los monos les da una expresión inexpresiva. Una vez observé a un hombre que
tenía la costumbre de levantar las cejas continuamente sin ninguna emoción
correspondiente, lo que le daba una apariencia ridícula. Así sucede con algunas
personas que mantienen las comisuras de la boca un poco estiradas hacia atrás y
hacia arriba, como si fueran una sonrisa incipiente, aunque en ese momento no
les haga gracia ni les agrade.
Una orangután
joven, celosa porque su cuidador atendía a otro mono, descubrió ligeramente sus
dientes y, emitiendo un sonido irritable como un tish-shist ,
le dio la espalda. Tanto los orangutanes como los chimpancés, cuando se
enfadaban un poco más, sacaban mucho los labios y emitían un áspero ladrido.
Una chimpancé joven, en un ataque de ira, presentaba un curioso parecido a una
niña en el mismo estado. Gritaba con fuerza con la boca abierta, con los labios
retraídos de modo que los dientes quedaban completamente expuestos. Agitaba los
brazos violentamente, a veces agarrándolos por encima de la cabeza. Se
revolcaba en el suelo, a veces boca arriba, a veces boca abajo, y mordía todo
lo que encontraba a su alcance. Se ha descrito [516] que
un gibón joven ( Hylobates syndactylus ) en un ataque de ira se comportaba de manera casi idéntica.
Los labios de los
orangutanes y chimpancés jóvenes se proyectan, a veces de forma sorprendente,
en diversas circunstancias. Actúan así no solo cuando están ligeramente
enojados, malhumorados o decepcionados, sino también cuando se alarman por
cualquier cosa —en un caso, al ver una tortuga, [517] — y también cuando están contentos. Pero ni el grado de proyección
ni la forma de la boca son exactamente iguales, como creo, en todos los casos;
y los sonidos que emiten entonces son diferentes. El dibujo adjunto representa
a un chimpancé enfurruñado al ofrecerle una naranja y luego quitársela. Una
proyección o fruncimiento similar de los labios, aunque en un grado mucho más
leve, puede observarse en niños enfurruñados.
Hace muchos años,
en el Zoológico, coloqué un espejo en el suelo ante dos orangutanes jóvenes
que, que se supiera, nunca antes habían visto uno. Al principio, contemplaron
sus propias imágenes con la mayor sorpresa, cambiando a menudo su punto de
vista. Luego se acercaron y extendieron los labios hacia la imagen, como para
besarla, exactamente igual que lo habían hecho el uno hacia el otro, cuando los
colocaron por primera vez, unos días antes, en la misma habitación. Después,
hicieron todo tipo de muecas y se colocaron en diversas posturas frente al
espejo; presionaron y frotaron la superficie; colocaron las manos a diferentes
distancias detrás de él; miraron detrás; y finalmente parecieron casi
asustados, se sobresaltaron un poco, se enfadaron y se negaron a mirar más.
Cuando intentamos
realizar alguna pequeña acción difícil y precisa, por ejemplo, enhebrar una
aguja, generalmente cerramos los labios con fuerza, supongo, para no perturbar
nuestros movimientos con la respiración; y noté la misma acción en un orangután
joven. El pobre animal estaba enfermo y se divertía intentando matar las moscas
de los cristales con los nudillos; esto era difícil, ya que las moscas
zumbaban, y en cada intento los labios se apretaban firmemente y, al mismo
tiempo, sobresalían ligeramente.
Aunque los rostros,
y más especialmente los gestos, de los orangutanes y chimpancés son en algunos
aspectos muy expresivos, dudo que en general sean tan expresivos como los de
otras especies de monos. Esto puede atribuirse en parte a la inmovilidad de sus
orejas y en parte a la desnudez de sus cejas, cuyos movimientos se hacen así
menos visibles. Sin embargo, cuando levantan las cejas, sus frentes se arrugan
transversalmente, como en nosotros. En comparación con los humanos, sus rostros
son inexpresivos, principalmente debido a que no fruncen el ceño ante ninguna
emoción mental; es decir, hasta donde he podido observar, y he prestado mucha
atención a este punto. El ceño fruncido, que es una de las expresiones más
importantes en el hombre, se debe a la contracción de los corrugadores,
mediante los cuales las cejas se bajan y se juntan, de modo que se forman
surcos verticales en la frente. Se dice que tanto el orangután como el
chimpancé [518] poseen este músculo, pero parece que rara vez lo ponen en acción,
al menos de forma visible. Convirtí mis manos en una especie de jaula y,
colocando dentro una fruta tentadora, dejé que un orangután joven y un
chimpancé hicieran todo lo posible por sacarla; pero aunque se enfadaron
bastante, no mostraron ni rastro de ceño fruncido. Tampoco fruncieron el ceño
cuando estaban furiosos. Dos veces saqué a dos chimpancés de su habitación,
bastante oscura, a la luz del sol, lo que sin duda nos habría hecho fruncir el
ceño; parpadearon y guiñaron los ojos, pero solo una vez vi un ceño muy leve.
En otra ocasión, le hice cosquillas en la nariz a un chimpancé con una pajita,
y al arrugar la cara, aparecieron ligeros surcos verticales entre las cejas.
Nunca he visto un ceño fruncido en la frente del orangután.
Al gorila, cuando
se enfurece, se le describe erizando su cresta de pelo, bajando el labio
inferior, dilatando las fosas nasales y profiriendo gritos aterradores. Los
señores Savage y Wyman [519] afirman que el cuero cabelludo puede moverse libremente hacia
adelante y hacia atrás, y que cuando el animal está excitado se contrae con
fuerza; pero supongo que con esta última expresión quieren decir que el cuero
cabelludo está bajado; pues también hablan del joven chimpancé, al gritar, con
las cejas fuertemente contraídas. La gran capacidad de movimiento del cuero
cabelludo del gorila, de muchos babuinos y otros monos, merece mención en
relación con la capacidad que poseen algunos hombres, ya sea por reversión o
por persistencia, de mover voluntariamente su cuero cabelludo. [520]
Asombro, Terror —A petición mía, colocaron una tortuga de agua dulce viva en el
mismo compartimento del Zoológico con muchos monos; y mostraron un asombro
desbordante, así como cierto miedo. Esto se manifestaba en su inmovilidad,
mirando fijamente con los ojos muy abiertos, y sus cejas se movían con
frecuencia de arriba a abajo. Sus rostros parecían algo alargados. De vez en
cuando se levantaban sobre sus patas traseras para ver mejor. A menudo
retrocedían unos metros y, girando la cabeza por encima del hombro, volvían a
mirar fijamente. Fue curioso observar cuánto menos miedo le tenían a la tortuga
que a una serpiente viva que previamente había colocado en su
compartimento; [521] pues en pocos minutos algunos monos se atrevieron a acercarse y
tocar la tortuga. Por otro lado, algunos de los babuinos más grandes estaban
muy aterrorizados y sonreían como si estuvieran a punto de gritar. Cuando le
mostré una muñeca disfrazada al Cynopithecus niger , este
permaneció inmóvil, con la mirada fija y los ojos muy abiertos, y las orejas
ligeramente adelantadas. Pero al colocar la tortuga en su compartimento, este
mono también movió los labios de una forma extraña, rápida y farfullante, que,
según el cuidador, pretendía complacer a la tortuga.
Nunca pude percibir
con claridad que las cejas de los monos asombrados permanecieran levantadas
permanentemente, aunque las movían con frecuencia. La atención, que precede al
asombro, se expresa en el ser humano mediante un ligero levantamiento de las cejas;
y el Dr. Duchenne me informa que cuando le daba al mono mencionado
anteriormente un alimento completamente nuevo, este levantaba ligeramente las
cejas, adoptando así una apariencia de atención atenta. Entonces tomaba la
comida entre los dedos y, con las cejas bajas o rectas, la rascaba, la olía y
la examinaba, exhibiendo así una expresión de reflexión. A veces echaba la
cabeza ligeramente hacia atrás, y de nuevo, con las cejas repentinamente
levantadas, volvía a examinar y finalmente probaba la comida.
Ningún mono mantuvo
la boca abierta al estar asombrado. El Sr. Sutton observó para mí a un
orangután joven y a un chimpancé durante un tiempo considerable; y por mucho
que estuvieran asombrados, o mientras escuchaban atentamente algún sonido
extraño, no mantuvieron la boca abierta. Este hecho es sorprendente, ya que en
la humanidad casi ninguna expresión es más común que la de abrir la boca por
completo ante la sensación de asombro. Hasta donde he podido observar, los
monos respiran con mayor libertad por la nariz que los hombres; y esto podría
explicar por qué no abren la boca cuando están asombrados; pues, como veremos
en un capítulo posterior, el hombre aparentemente actúa de esta manera cuando
se sobresalta, primero para inspirar rápidamente y luego para respirar lo más
silenciosamente posible.
Muchos monos
expresan terror mediante gritos estridentes, con los labios retraídos, dejando
al descubierto los dientes. El pelo se les eriza, especialmente cuando sienten
algo de ira. El Sr. Sutton ha visto claramente cómo el rostro del macaco
rhesus palidece de miedo. Los monos también tiemblan de miedo y, a
veces, defecan. Vi uno que, al ser atrapado, casi se desmaya de terror.
Se han aportado
suficientes datos sobre las expresiones de diversos animales. Es imposible
coincidir con Sir C. Bell cuando afirma [522] que «los rostros de los animales parecen principalmente capaces de
expresar rabia y miedo»; y también cuando afirma que todas sus expresiones
«pueden atribuirse, con mayor o menor claridad, a sus actos de voluntad o
instintos necesarios». Quien observe a un perro preparándose para atacar a otro
perro o a un hombre, y al mismo animal acariciando a su amo, o el rostro de un
mono cuando es insultado y acariciado por su cuidador, se verá obligado a
admitir que los movimientos de sus rasgos y sus gestos son casi tan expresivos
como los del hombre. Aunque no se puede explicar algunas de las expresiones de
los animales inferiores, la mayoría se explican de acuerdo con los tres
principios expuestos al comienzo del primer capítulo.
CAPÍTULO VI.
EXPRESIONES ESPECIALES DEL HOMBRE: SUFRIMIENTO Y LLANTO.
Los gritos y
llantos de los bebés—Formas de los rasgos—Edad en que comienza el
llanto—Efectos de la restricción habitual sobre el llanto—Sollozos—Causa de la
contracción de los músculos alrededor de los ojos durante los gritos—Causa de
la secreción de lágrimas.
En este capítulo y
en los siguientes, describiré y explicaré, en la medida de mis posibilidades,
las expresiones que el hombre exhibe en diversos estados mentales. Mis
observaciones se organizarán según el orden que considero más conveniente; esto
generalmente conducirá a emociones y sensaciones opuestas que se suceden unas a
otras.
Sufrimiento del
cuerpo y la mente: llanto . —Ya he descrito con
suficiente detalle, en el tercer capítulo, los signos de dolor extremo, como
los gritos o gemidos, con contorsiones de todo el cuerpo y dientes apretados o
rechinados. Estos signos suelen ir acompañados o seguidos de sudoración
profusa, palidez, temblores, postración total o desmayo. Ningún sufrimiento es
mayor que el del miedo o el horror extremos, pero aquí entra en juego una
emoción distinta, que se considerará en otro lugar. El sufrimiento prolongado,
especialmente el mental, se transforma en desánimo, pena, abatimiento y
desesperación, y estos estados serán el tema del siguiente capítulo. Aquí me
limitaré casi exclusivamente al llanto, especialmente en niños.
Los bebés, incluso
cuando sufren un dolor leve, hambre moderada o malestar, emiten gritos
violentos y prolongados. Mientras gritan, mantienen los ojos firmemente
cerrados, de modo que la piel que los rodea se arruga y la frente se contrae.
La boca está ampliamente abierta, con los labios retraídos de una manera
peculiar, lo que le da una forma cuadrada; las encías o los dientes quedan más
o menos expuestos. La respiración se inhala casi espasmódicamente. Es fácil
observar a los bebés mientras gritan; pero he descubierto que las fotografías
instantáneas son el mejor medio de observación, ya que permiten una mayor
reflexión. He recopilado doce, la mayoría de ellas hechas expresamente para mí;
y todas presentan las mismas características generales. Por lo tanto, he hecho
reproducir seis de ellas [601] (Lámina I) mediante el proceso de heliotipia.
El cierre firme de
los párpados y la consiguiente compresión del globo ocular —y este es un
elemento importantísimo en diversas expresiones— sirve para proteger los ojos
de una excesiva saturación de sangre, como se explicará en detalle más
adelante. Con respecto al orden en que se contraen los diversos músculos para
comprimir firmemente los ojos, estoy en deuda con el Dr. Langstaff, de
Southampton, por algunas observaciones que he repetido desde entonces. El mejor
plan para observar este orden es hacer que la persona primero levante las
cejas, lo que produce arrugas transversales en la frente; y luego, muy
gradualmente, contraiga todos los músculos alrededor de las cejas con la mayor
fuerza posible. El lector que no esté familiarizado con la anatomía facial
debería consultar la página 24 y observar los grabados en madera del 1 al 3.
Los corrugadores de la ceja ( corrugator supercilii ) parecen
ser los primeros músculos en contraerse; Estos músculos arrastran las cejas
hacia abajo y hacia adentro, hacia la base de la nariz, provocando la aparición
de surcos verticales, es decir, el ceño fruncido, entre las cejas; al mismo
tiempo, provocan la desaparición de las arrugas transversales de la frente. Los
músculos orbiculares se contraen casi simultáneamente con los corrugadores,
produciendo arrugas alrededor de los ojos; sin embargo, parecen contraerse con
mayor fuerza tan pronto como la contracción de los corrugadores les proporciona
cierto soporte. Finalmente, los músculos piramidales de la nariz se contraen;
estos arrastran las cejas y la piel de la frente aún más abajo, produciendo
breves arrugas transversales en la base de la nariz. [602] Para abreviar, estos músculos se denominarán generalmente
orbiculares, o aquellos que rodean los ojos.
Cuando estos
músculos se contraen con fuerza, los que se extienden hacia el labio
superior [603] también se contraen y elevan dicho labio. Esto era de esperarse
por la conexión entre al menos uno de ellos, el malar , y los
orbiculares. Cualquiera que contraiga gradualmente los músculos que rodean los
ojos sentirá, al aumentar la fuerza, que el labio superior y las aletas de la
nariz (que son parcialmente impulsadas por uno de los mismos músculos) casi
siempre se levantan ligeramente. Si mantiene la boca firmemente cerrada
mientras contrae los músculos que rodean los ojos y luego relaja repentinamente
los labios, sentirá que la presión ocular aumenta inmediatamente. De igual
manera, cuando una persona, en un día brillante y deslumbrante, desea mirar un
objeto distante, pero se ve obligada a cerrar parcialmente los párpados, casi
siempre se observa que el labio superior está ligeramente levantado. Las bocas
de algunas personas muy miopes, que se ven obligadas habitualmente a reducir la
apertura de los ojos, presentan, por esta misma razón, una expresión burlona.
La elevación del
labio superior arrastra hacia arriba la carne de la parte superior de las
mejillas y produce un pliegue muy marcado en cada mejilla —el surco nasolabial—
que se extiende desde cerca de las alas de la nariz hasta las comisuras de la
boca y por debajo de ellas. Este pliegue o surco se puede observar en todas las
fotografías y es muy característico de la expresión de un niño que llora;
aunque se produce un pliegue casi similar al reír o sonreír. [604]
Como el labio
superior se contrae considerablemente al gritar, como se acaba de explicar, los
músculos depresores de las comisuras de la boca (véase K en las xilografías 1 y
2) se contraen con fuerza para mantener la boca bien abierta y permitir la
emisión de un sonido completo. La acción de estos músculos opuestos, arriba y
abajo, tiende a dar a la boca un contorno oblongo, casi cuadrado, como se puede
apreciar en las fotografías adjuntas. Un excelente observador [605] , al describir a un bebé llorando mientras lo alimentaban, dice:
«Hizo la boca como un cuadrado y dejó que las gachas se derramaran por las
cuatro comisuras». Creo, pero volveremos a este punto en un capítulo posterior,
que los músculos depresores de las comisuras de la boca están menos sujetos al
control voluntario que los músculos adyacentes; de modo que si un niño pequeño
solo tiene una inclinación dudosa a llorar, este músculo suele ser el primero
en contraerse y el último en dejar de contraerse. Cuando los niños mayores
comienzan a llorar, los músculos que van hacia el labio superior suelen ser los
primeros en contraerse; y esto quizás se deba a que los niños mayores no tienen
una tendencia tan fuerte a gritar fuerte y, en consecuencia, a mantener la boca
bien abierta, de modo que los músculos depresores antes mencionados no se ponen
en acción con tanta fuerza.
Con uno de mis
bebés, desde su octavo día y durante algún tiempo después, observé a menudo que
la primera señal de un ataque de gritos, cuando se observaba que se
desarrollaba gradualmente, era un ligero fruncimiento del ceño, debido a la
contracción de los pliegues de las cejas; los capilares de la cabeza y el
rostro desnudos se enrojecían con sangre. Tan pronto como comenzaba el ataque,
todos los músculos alrededor de los ojos se contraían con fuerza y la boca se
abría ampliamente, como se ha descrito anteriormente; de modo que en esta etapa
temprana los rasgos adoptaban la misma forma que a una edad más avanzada.
El Dr.
Piderit [606] hace gran hincapié en la contracción de ciertos músculos que hacen
descender la nariz y estrechar las fosas nasales, característica eminente del
llanto. Los depresores del ángulo de la boca , como acabamos
de ver, suelen contraerse simultáneamente e indirectamente, según el Dr.
Duchenne, tienden a actuar de la misma manera sobre la nariz. En los niños con
resfriados fuertes, se puede observar una nariz contraída similar, lo cual se
debe, al menos en parte, como me comentó el Dr. Langstaff, a su constante resoplido
y a la consiguiente presión atmosférica en ambos lados. El propósito de esta
contracción de las fosas nasales en los niños con resfriados fuertes, o
mientras lloran, parece ser frenar el flujo descendente de mocos y lágrimas, e
impedir que estos fluidos se extiendan por el labio superior.
Tras un ataque de
gritos prolongado y severo, el cuero cabelludo, la cara y los ojos se enrojecen
debido a que el retorno de la sangre de la cabeza se ha visto impedido por los
violentos esfuerzos espiratorios; pero el enrojecimiento de los ojos estimulados
se debe principalmente al abundante llanto. Los músculos de la cara, que se han
contraído con fuerza, aún presentan una ligera contracción, y el labio superior
aún está ligeramente levantado o evertido, [607] con las comisuras de los labios aún ligeramente hacia abajo. Yo
mismo he sentido, y he observado en otras personas adultas, que cuando se
reprimen las lágrimas con dificultad, como al leer un cuento patético, es casi
imposible evitar que los músculos, que en los niños pequeños se activan con
fuerza durante sus ataques de gritos, se contraigan o tiemblen ligeramente.
Los bebés, de
pequeños, no lloran ni derraman lágrimas, como bien saben enfermeras y médicos.
Esta circunstancia no se debe exclusivamente a que las glándulas lagrimales aún
no sean capaces de secretar lágrimas. Observé este hecho por primera vez al
rozar accidentalmente con el puño de mi abrigo el ojo abierto de uno de mis
bebés, a los setenta y siete días de edad, lo que le provocó lagrimeo profuso.
Aunque el niño gritó con violencia, el otro ojo permaneció seco o solo
ligeramente cubierto de lágrimas. Diez días antes, durante un ataque de llanto,
se produjo un derrame leve similar en ambos ojos. Las lágrimas no corrieron por
los párpados ni rodaron por las mejillas de este niño, mientras gritaba con
fuerza, a los 122 días de edad. Esto ocurrió por primera vez 17 días después, a
los 139 días. He observado a otros niños, y el período de llanto profuso parece
ser muy variable. En un caso, los ojos se llenaron ligeramente de lágrimas a
los 20 días de edad; En otro caso, a los 62 días. En otros dos niños, las lágrimas
no corrieron por la cara a los 84 y 110 días; pero en un tercer niño sí
corrieron a los 104 días. En un caso, según me aseguraron con certeza, las
lágrimas corrieron a la inusualmente temprana edad de 42 días. Parecería que
las glándulas lagrimales requerían cierta práctica en el individuo antes de que
se activaran fácilmente, de forma similar a como diversos movimientos y gustos
consensuales heredados requieren cierto ejercicio antes de que se fijen y
perfeccionen. Esto es aún más probable con un hábito como el llanto, que debe
haberse adquirido desde el período en que el hombre se separó del progenitor
común del género Homo y de los simios antropomorfos no llorosos.
El hecho de que no
se derramen lágrimas a una edad muy temprana por dolor o cualquier emoción
mental es notable, ya que, más adelante en la vida, ninguna expresión es más
generalizada ni más marcada que el llanto. Una vez adquirido el hábito en un
bebé, expresa de la manera más clara todo tipo de sufrimiento, tanto físico
como mental, incluso acompañado de otras emociones, como miedo o rabia. Sin
embargo, la naturaleza del llanto cambia a una edad muy temprana, como observé
en mis propios bebés: el llanto apasionado difiere del de dolor. Una señora me
informa que su hija de nueve meses, cuando se enfurece, grita fuerte, pero no
llora; en cambio, llora cuando la castigan dándole la espalda a la mesa. Esta
diferencia quizás se deba a que el llanto se restringe, como veremos enseguida,
a una edad más avanzada, en la mayoría de las circunstancias, excepto en el
dolor; y a que la influencia de dicha restricción se transmite a una etapa
anterior de la vida, a aquella en que se practicó por primera vez.
En los adultos,
especialmente en el sexo masculino, el llanto pronto deja de ser causado por, o
expresar, dolor corporal. Esto puede explicarse por la consideración de que los
hombres, tanto de razas civilizadas como bárbaras, manifiestan dolor corporal con
cualquier signo externo como algo débil e inhumano. Con esta excepción, los
salvajes lloran copiosamente por causas muy leves, hecho de lo cual Sir J.
Lubbock [608] ha recopilado ejemplos. Un jefe neozelandés «lloró como un niño
porque los marineros le estropearon su capa favorita al espolvorearla con
harina». Vi en Tierra del Fuego a un nativo que había perdido recientemente a
un hermano y que alternaba entre llorar con violencia histérica y reír a
carcajadas ante cualquier cosa que le divirtiera. En las naciones civilizadas
de Europa también hay una gran diferencia en la frecuencia del llanto. Los
ingleses rara vez lloran, excepto bajo la presión del dolor más intenso;
mientras que en algunas partes del continente los hombres derraman lágrimas con
mucha más facilidad y libertad.
Los enfermos
mentales son conocidos por dar rienda suelta a sus emociones con poca o ninguna
moderación; y el Dr. J. Crichton Browne me informa que nada es más
característico de la melancolía simple, incluso en el sexo masculino, que la
tendencia a llorar por las ocasiones más insignificantes o sin motivo alguno.
También lloran desproporcionadamente ante cualquier causa real de dolor. Es
sorprendente la duración del llanto de algunos pacientes, así como la cantidad
de lágrimas que derraman. Una chica melancólica lloró durante un día entero y
luego le confesó al Dr. Browne que fue porque recordó que una vez se había
afeitado las cejas para favorecer su crecimiento. Muchos pacientes del
manicomio se sientan largo rato meciéndose hacia adelante y hacia atrás; «y si
se les habla, detienen sus movimientos, fruncen los ojos, bajan las comisuras
de los labios y rompen a llorar». En algunos de estos casos, el hecho de que se
les hable o se les salude amablemente parece sugerir alguna idea fantasiosa y
triste; Pero en otros casos, cualquier esfuerzo provoca el llanto,
independientemente de cualquier idea triste. Los pacientes con manía aguda
también sufren paroxismos de llanto violento o lloriqueos, en medio de sus
delirios incoherentes. Sin embargo, no debemos insistir demasiado en el
abundante llanto de los locos, como si se debiera a la falta de control; pues
ciertas enfermedades cerebrales, como la hemiplejía, el deterioro cerebral y la
decadencia senil, tienen una tendencia especial a inducir el llanto. El llanto
es común en los locos, incluso después de haber alcanzado un estado de fatuidad
total y haber perdido la capacidad de hablar. Las personas idiotas de
nacimiento también lloran; [609] pero se dice que este no es el caso de los cretinos.
El llanto parece
ser la expresión primaria y natural, como vemos en los niños, de cualquier tipo
de sufrimiento, ya sea dolor físico que no llegue a la agonía extrema, o
angustia mental. Pero los hechos anteriores y la experiencia común nos muestran
que un esfuerzo frecuente por contener el llanto, junto con ciertos estados
mentales, contribuye en gran medida a frenar el hábito. Por otro lado, parece
que el llanto puede incrementarse mediante el hábito; así, el reverendo R.
Taylor [610] , quien residió durante mucho tiempo en Nueva Zelanda, afirma que
las mujeres pueden derramar lágrimas voluntariamente en abundancia; se reúnen
con este propósito para llorar a los muertos, y se enorgullecen de llorar «de
la manera más conmovedora».
Un solo esfuerzo de
represión ejercido sobre las glándulas lagrimales produce poco efecto, y de
hecho, a menudo parece conducir al resultado contrario. Un médico veterano y
experimentado me comentó que siempre había descubierto que la única manera de
calmar el llanto amargo ocasional de las mujeres que lo consultaban, y que
ellas mismas deseaban desistir, era rogarles con insistencia que no lo
intentaran y asegurarles que nada las aliviaría tanto como el llanto prolongado
y copioso.
El llanto de los
bebés consiste en espiraciones prolongadas, con inspiraciones cortas y rápidas,
casi espasmódicas, seguidas, a una edad algo más avanzada, por sollozos. Según
Gratiolet, [611] la glotis se afecta principalmente durante el sollozo. Este sonido
se oye «en el momento en que la inspiración vence la resistencia de la glotis y
el aire se precipita hacia el pecho». Pero toda la respiración es igualmente
espasmódica y violenta. Al mismo tiempo, los hombros se elevan generalmente, ya
que este movimiento facilita la respiración. En uno de mis bebés, a los setenta
y siete días, las inspiraciones eran tan rápidas y fuertes que se asemejaban al
sollozo; a los 138 días noté por primera vez un sollozo claro, que
posteriormente seguía a cada acceso de llanto intenso. Los movimientos
respiratorios son en parte voluntarios y en parte involuntarios, y entiendo que
el sollozo se debe, al menos en parte, a que los niños, después de la primera
infancia, tienen cierta capacidad para controlar sus órganos vocales y detener
sus gritos. Sin embargo, al tener menos poder sobre sus músculos respiratorios,
estos continúan actuando de forma involuntaria o espasmódica durante un tiempo,
tras ser inducidos a una acción violenta. El sollozo parece ser peculiar de la
especie humana; pues los cuidadores del Zoológico me aseguran que nunca han
oído un sollozo de ningún mono; aunque los monos a menudo gritan fuerte
mientras son perseguidos y atrapados, y luego jadean durante largo tiempo.
Vemos así que existe una estrecha analogía entre el sollozo y el derramamiento
de lágrimas; pues en los niños, el sollozo no comienza durante la primera
infancia, sino que aparece de forma bastante repentina y luego sigue a cada acceso
de llanto intenso, hasta que el hábito se controla con el paso de los años.
Sobre la causa de
la contracción de los músculos que rodean los ojos al gritar . Hemos visto que los bebés y niños pequeños, al gritar,
invariablemente cierran los ojos con fuerza debido a la contracción de los
músculos circundantes, de modo que la piel se arruga por todas partes. En niños
mayores, e incluso en adultos, siempre que se produce un llanto violento y
desenfrenado, se puede observar una tendencia a la contracción de estos mismos
músculos; aunque esto suele controlarse para no interferir con la visión.
Sir C. Bell
explica [612] esta acción de la siguiente manera: “Durante cada espiración
violenta, ya sea al reír a carcajadas, llorar, toser o estornudar, el globo
ocular se comprime firmemente por las fibras del orbicular; esto sirve para
sostener y defender el sistema vascular del interior del ojo de un impulso
retrógrado que se comunica a la sangre en las venas en ese momento. Al contraer
el pecho y expulsar el aire, se produce un retraso en el flujo sanguíneo en las
venas del cuello y la cabeza; y en las exhalaciones más intensas, la sangre no
solo distiende los vasos, sino que incluso regurgita hacia las diminutas
ramificaciones. Si el ojo no se comprimiera adecuadamente en ese momento y no
se ofreciera resistencia al impacto, se podrían causar daños irreparables a las
delicadas texturas del interior del ojo”. Añade además: “Si separamos los
párpados de un niño para examinar el ojo, mientras llora y lucha con pasión,
quitando el soporte natural del sistema vascular del ojo y los medios para
protegerlo contra el torrente de sangre que se produce entonces, la conjuntiva
se llena de repente de sangre y los párpados se evierten”.
No solo los
músculos que rodean los ojos se contraen fuertemente, como afirma Sir C. Bell y
como he observado a menudo, al gritar, reír a carcajadas, toser y estornudar,
sino también durante otras acciones análogas. Un hombre contrae estos músculos
al sonarse la nariz con fuerza. Le pedí a uno de mis chicos que gritara lo más
fuerte posible, y en cuanto empezó, contrajo firmemente los músculos
orbiculares; observé esto repetidamente, y al preguntarle por qué siempre
cerraba los ojos con tanta fuerza, descubrí que no era consciente de ello:
había actuado instintivamente o inconscientemente.
Para que estos
músculos se contraigan, no es necesario que se expulse aire del tórax; basta
con que los músculos del tórax y el abdomen se contraigan con gran fuerza,
mientras que el cierre de la glotis impide que escape aire. En caso de vómitos
o arcadas violentos, el diafragma desciende al llenarse el tórax de aire; se
mantiene en esta posición gracias al cierre de la glotis, «así como a la
contracción de sus propias fibras». [613] Los músculos abdominales se contraen ahora con fuerza sobre el
estómago, al igual que sus músculos propios, y así se expulsa el contenido.
Durante cada intento de vomitar, «la cabeza se congestiona mucho, de modo que
los rasgos se enrojecen e hinchan, y las venas de la cara y las sienes se
dilatan visiblemente». Al mismo tiempo, según mi observación, los músculos que
rodean los ojos se contraen con fuerza. Esto también ocurre cuando los músculos
abdominales actúan hacia abajo con una fuerza inusual al expulsar el contenido
del intestino.
El mayor esfuerzo
de los músculos del cuerpo, si los del pecho no se activan con fuerza para
expulsar o comprimir el aire dentro de los pulmones, no provoca la contracción
de los músculos que rodean los ojos. He observado a mis hijos usar mucha fuerza
en ejercicios gimnásticos, como al levantar repetidamente sus cuerpos
suspendidos solo con los brazos y al levantar pesas pesadas del suelo, pero
apenas se observó contracción en los músculos que rodean los ojos.
Dado que la
contracción de estos músculos para la protección ocular durante la espiración
violenta es indirectamente, como veremos más adelante, un elemento fundamental
en varias de nuestras expresiones más importantes, tenía un profundo interés en
determinar hasta qué punto podía fundamentarse la opinión de Sir C. Bell. El
profesor Donders, de Utrecht [614], reconocido como una de las máximas autoridades europeas en visión
y estructura ocular, ha tenido la amabilidad de encargarse de esta
investigación por mí, con la ayuda de los numerosos e ingeniosos mecanismos de
la ciencia moderna, y ha publicado los resultados [615] . Demuestra que, durante la espiración violenta, los vasos
sanguíneos externos, intraoculares y retrooculares se ven afectados de dos
maneras: por el aumento de la presión arterial y por la obstrucción del retorno
sanguíneo a las venas. Por lo tanto, es cierto que tanto las arterias como las
venas oculares se distienden en mayor o menor medida durante la espiración
violenta. La evidencia detallada puede encontrarse en las valiosas memorias del
profesor Donders. Observamos los efectos en las venas de la cabeza, en su
prominencia, y en el color púrpura del rostro de un hombre que tose
violentamente por estar medio asfixiado. Puedo mencionar, con la misma
autoridad, que el ojo entero ciertamente avanza un poco durante cada espiración
violenta. Esto se debe a la dilatación de los vasos retrooculares, y era de
esperar debido a la íntima conexión entre el ojo y el cerebro; se sabe que el
cerebro sube y baja con cada respiración, cuando se ha extirpado una porción
del cráneo; y como puede observarse a lo largo de las suturas abiertas de las
cabezas de los bebés. Esta también, supongo, es la razón por la que los ojos de
un hombre estrangulado parecen salirse de sus órbitas.
Respecto a la
protección del ojo durante los esfuerzos espiratorios violentos por la presión
de los párpados, el profesor Donders concluye de sus diversas observaciones que
esta acción ciertamente limita o elimina por completo la dilatación de los
vasos. [616] En tales momentos, añade, no es raro ver la mano apoyada
involuntariamente sobre los párpados, como para sostener y defender mejor el
globo ocular.
Sin embargo,
actualmente no se puede aportar mucha evidencia para demostrar que el ojo
realmente sufre daño por la falta de apoyo durante la espiración violenta; pero
hay alguna. Es un hecho que los esfuerzos espiratorios forzados al toser o
vomitar violentamente, y especialmente al estornudar, a veces provocan rupturas
de los pequeños vasos (externos) del ojo. [617] Con respecto a los vasos internos, el Dr. Gunning registró
recientemente un caso de exoftalmos a consecuencia de tos ferina, que, en su
opinión, dependía de la ruptura de los vasos más profundos; y se ha registrado
otro caso análogo. Pero una mera sensación de incomodidad probablemente
bastaría para llevar al hábito asociado de proteger el globo ocular mediante la
contracción de los músculos circundantes. Incluso la expectativa o probabilidad
de lesión probablemente sería suficiente, de la misma manera que un objeto que
se mueve demasiado cerca del ojo induce el parpadeo involuntario. Podemos,
pues, concluir con seguridad de las observaciones de Sir C. Bell, y más
especialmente de las investigaciones más cuidadosas del Profesor Donders, que
el cierre firme de los párpados durante los gritos de los niños es una acción
llena de significado y de verdadero servicio.
Ya hemos visto que
la contracción de los músculos orbiculares provoca la elevación del labio
superior y, en consecuencia, si la boca se mantiene bien abierta, la
contracción de las comisuras por la contracción de los músculos depresores. La
formación del pliegue nasolabial en las mejillas también se deriva de la
elevación del labio superior. Así, todos los principales movimientos expresivos
del rostro durante el llanto aparentemente resultan de la contracción de los
músculos que rodean los ojos. También descubriremos que el llanto depende de la
contracción de estos mismos músculos, o al menos está relacionado con ella.
En algunos de los
casos anteriores, especialmente en los de estornudos y tos, es posible que la
contracción de los músculos orbiculares sirva además para proteger los ojos de
una sacudida o vibración demasiado fuerte. Creo que sí, porque los perros y los
gatos, al crujir huesos duros, siempre cierran los párpados, y al menos a veces
al estornudar; aunque los perros no lo hacen mientras ladran fuerte. El Sr.
Sutton observó cuidadosamente para mí a un orangután joven y a un chimpancé, y
descubrió que ambos siempre cerraban los ojos al estornudar y toser, pero no al
gritar violentamente. Le di una pequeña pizca de rapé a un mono de la división
americana, concretamente a un Cebus, y cerró los párpados al estornudar; pero
no en una ocasión posterior mientras emitía fuertes gritos.
Causa de la
secreción de lágrimas. —Un hecho importante que debe
considerarse en cualquier teoría sobre la secreción de lágrimas en la mente
afectada es que, siempre que los músculos que rodean los ojos se contraen
fuerte e involuntariamente para comprimir los vasos sanguíneos y así
protegerlos, se secretan lágrimas, a menudo en abundancia suficiente para
resbalar por las mejillas. Esto ocurre bajo las emociones más opuestas, e
incluso sin emoción alguna. La única excepción, y solo parcial, a la existencia
de una relación entre la contracción involuntaria y fuerte de estos músculos y
la secreción de lágrimas es la de los bebés pequeños, quienes, aunque gritan
violentamente con los párpados firmemente cerrados, no suelen llorar hasta los
dos, tres o cuatro meses de edad. Sin embargo, sus ojos se llenan de lágrimas a
una edad mucho más temprana. Parecería, como ya se mencionó, que las glándulas
lagrimales no alcanzan su plena actividad funcional en una etapa muy temprana
de la vida, por falta de práctica o por alguna otra causa. En los niños de una
edad algo mayor, el llanto o gemido por cualquier angustia se acompaña tan
regularmente del derramamiento de lágrimas, que llanto y clamor son términos
sinónimos. [618]
Bajo la emoción
opuesta de gran alegría o diversión, mientras la risa es moderada, apenas se
produce contracción de los músculos que rodean los ojos, por lo que no se
frunce el ceño; pero cuando se profieren carcajadas, con expiraciones rápidas y
violentas, las lágrimas corren por el rostro. Más de una vez he observado el
rostro de una persona, tras un paroxismo de risa violenta, y he podido ver que
los músculos orbiculares y los que corren hacia el labio superior aún estaban
parcialmente contraídos, lo que, junto con las mejillas bañadas en lágrimas,
daba a la mitad superior del rostro una expresión que no se distingue de la de
un niño que aún llora de dolor. El hecho de que las lágrimas corran por el
rostro durante la risa violenta es común a todas las razas de la humanidad,
como veremos en un capítulo posterior.
En caso de tos
violenta, especialmente cuando una persona está medio ahogada, la cara se torna
morada, las venas se distienden, los músculos orbiculares se contraen
fuertemente y las lágrimas corren por las mejillas. Incluso después de un
ataque de tos común, casi todos tienen que enjugarse los ojos. En caso de
vómitos o arcadas violentas, como he experimentado y visto en otros, los
músculos orbiculares se contraen fuertemente y, a veces, las lágrimas fluyen
abundantemente por las mejillas. Se me ha sugerido que esto puede deberse a la
inyección de sustancias irritantes en las fosas nasales, lo que provoca, por
reflejo, la secreción de lágrimas. Por ello, le pedí a uno de mis informantes,
un cirujano, que analizara los efectos de las arcadas cuando no se vomitaba
nada del estómago; y, por una curiosa coincidencia, él mismo sufrió a la mañana
siguiente un ataque de arcadas, y tres días después observó a una señora con un
ataque similar; y está seguro de que en ninguno de los dos casos se expulsó ni
un átomo de materia del estómago; sin embargo, los músculos orbiculares estaban
fuertemente contraídos y las lágrimas se secretaban abundantemente. También
puedo hablar positivamente de la contracción enérgica de estos mismos músculos
alrededor de los ojos, y de la coincidente secreción libre de lágrimas, cuando
los músculos abdominales actúan con una fuerza inusual en dirección descendente
sobre el canal intestinal.
El bostezo comienza
con una inspiración profunda, seguida de una espiración larga y enérgica; al
mismo tiempo, casi todos los músculos del cuerpo se contraen con fuerza,
incluyendo los que rodean los ojos. Durante este acto, a menudo se segregan
lágrimas, e incluso las he visto rodar por las mejillas.
He observado con
frecuencia que, cuando las personas se rascan algún punto que les pica
insoportablemente, cierran los párpados con fuerza; pero no respiran
profundamente primero y luego exhalan con fuerza, como creo; y nunca he notado
que los ojos se llenen de lágrimas; pero no estoy dispuesto a afirmar que esto
no ocurra. El cierre forzado de los párpados es, quizás, simplemente parte de
esa acción general por la cual casi todos los músculos del cuerpo se ponen
rígidos simultáneamente. Es muy diferente del suave cierre de los ojos que a
menudo acompaña, como señala Gratiolet, [619] al oler un olor delicioso o al saborear un bocado delicioso, y que
probablemente se origina en el deseo de bloquear cualquier impresión
perturbadora a través de los ojos.
El profesor Donders
me escribe lo siguiente: «He observado algunos casos de una afección muy
curiosa: tras un ligero roce ( attouchement ), por ejemplo,
con un abrigo, que no causó ni herida ni contusión, se produjeron espasmos de
los músculos orbiculares, con un flujo profuso de lágrimas, que duró
aproximadamente una hora. Posteriormente, a veces tras un intervalo de varias
semanas, reaparecieron espasmos violentos de los mismos músculos, acompañados
de secreción de lágrimas y enrojecimiento ocular primario o secundario». El Sr.
Bowman me informa que ha observado ocasionalmente casos muy similares, y que,
en algunos de ellos, no se observó enrojecimiento ni inflamación ocular.
Ansiaba determinar
si existía en algún animal inferior una relación similar entre la contracción
de los músculos orbiculares durante la espiración violenta y la secreción de
lágrimas; pero son muy pocos los animales que contraen estos músculos de forma
prolongada o que derraman lágrimas. El Macacus maurus , que
antes lloraba tan copiosamente en el Zoológico, habría sido un buen ejemplo de
observación; pero los dos monos que se encuentran allí ahora, y que se cree que
pertenecen a la misma especie, no lloran. Sin embargo, el Sr. Bartlett y yo los
observamos atentamente mientras gritaban con fuerza, y parecieron contraer
estos músculos; sin embargo, se movían tan rápido por sus jaulas que era
difícil observarlos con certeza. Ningún otro mono, que yo haya podido
determinar, contrae sus músculos orbiculares mientras grita.
Se sabe que el
elefante indio a veces llora. Sir E. Tennent, al describir a los elefantes que
vio capturados y atados en Ceilán, dice que algunos «yacían inmóviles en el
suelo, sin otro signo de sufrimiento que las lágrimas que les inundaban los
ojos y fluían incesantemente». Hablando de otro elefante, dice: «Cuando fue
dominado y atado, su dolor fue desgarrador; su violencia lo sumió en una
postración total, y yació en el suelo, profiriendo gritos ahogados, con
lágrimas corriendo por sus mejillas». [620] En el Jardín Zoológico, el cuidador de los elefantes indios afirma
haber visto varias veces lágrimas rodar por el rostro de la hembra vieja,
angustiada por la separación de la cría. Por lo tanto, estaba sumamente ansioso
por determinar, como una extensión de la relación entre la contracción de los
músculos orbiculares y el derramamiento de lágrimas en el hombre, si los
elefantes, al gritar o barritar con fuerza, contraen estos músculos. A petición
del Sr. Bartlett, el cuidador ordenó al elefante viejo y al joven que
barritaran; y observamos repetidamente en ambos animales que, justo al comenzar
el barritaje, los músculos orbiculares, especialmente los inferiores, se
contraían marcadamente. En una ocasión posterior, el cuidador hizo barritar al
elefante viejo mucho más fuerte, e invariablemente, tanto los músculos
orbiculares superiores como los inferiores, se contraían con fuerza, y ahora en
igual medida. Es un hecho singular que el elefante africano, que, sin embargo,
es tan diferente de la especie india que algunos naturalistas lo clasifican en
un subgénero distinto, al ser obligado a barritar fuertemente en dos ocasiones,
no mostró ningún rastro de contracción de los músculos orbiculares.
De los diversos
casos anteriores en el ser humano, creo que no cabe duda de que la contracción
de los músculos que rodean los ojos, durante una espiración violenta o cuando
el pecho expandido se comprime con fuerza, está, de alguna manera, íntimamente
relacionada con la secreción de lágrimas. Esto se aplica a emociones muy
diversas e independientemente de cualquier emoción. Por supuesto, esto no
significa que las lágrimas no puedan secretarse sin la contracción de estos
músculos; pues es notorio que a menudo se derraman abundantemente con los
párpados abiertos y el ceño sin arrugar. La contracción debe ser tanto
involuntaria como prolongada, como durante un acceso de asfixia, o enérgica,
como durante un estornudo. El simple parpadeo involuntario de los párpados,
aunque repetido con frecuencia, no provoca lágrimas. Tampoco basta la
contracción voluntaria y prolongada de los diversos músculos circundantes. Como
las glándulas lagrimales de los niños se excitan con facilidad, convencí a mis
hijos y a varios otros de diferentes edades a contraer estos músculos
repetidamente con toda su fuerza y a continuar haciéndolo mientras pudieran;
pero esto apenas produjo efecto. A veces se les humedecían los ojos, pero no
más de lo que, al parecer, se podía atribuir a la secreción de lágrimas ya
contenidas en las glándulas.
La naturaleza de la
relación entre la contracción involuntaria y enérgica de los músculos que
rodean los ojos y la secreción de lágrimas no puede determinarse con certeza,
pero se puede sugerir una hipótesis probable. La función principal de la
secreción de lágrimas, junto con algo de moco, es lubricar la superficie del
ojo; y una función secundaria, según algunos, es mantener húmedas las fosas
nasales, de modo que el aire inhalado sea húmedo [621] y, asimismo, favorecer el olfato. Pero otra función, al menos
igualmente importante, de las lágrimas es eliminar partículas de polvo u otros
objetos diminutos que puedan entrar en los ojos. La gran importancia de esto se
desprende de los casos en los que la córnea se ha vuelto opaca debido a la
inflamación causada por partículas de polvo que no se eliminan, como
consecuencia de la inmovilidad del ojo y el párpado [622] . La secreción de lágrimas por la irritación de cualquier cuerpo
extraño en el ojo es un acto reflejo; es decir, el cuerpo irrita un nervio
periférico que envía una señal a ciertas neuronas sensoriales; Estas transmiten
su influencia a otras células, y estas a su vez a las glándulas lagrimales. La
influencia transmitida a estas glándulas provoca, como es bien sabido, la
relajación de las capas musculares de las arterias más pequeñas; esto permite
que una mayor circulación sanguínea penetre en el tejido glandular e induce una
secreción abundante de lágrimas. Cuando las pequeñas arterias del rostro,
incluidas las de la retina, se relajan en circunstancias muy diferentes, como
durante un rubor intenso, las glándulas lagrimales a veces se ven afectadas de
forma similar, pues los ojos se llenan de lágrimas.
Es difícil
conjeturar cuántos actos reflejos se han originado, pero, en relación con el
presente caso de la afección de las glándulas lagrimales por irritación de la
superficie ocular, cabe destacar que, tan pronto como alguna forma primigenia
se volvió semiterrestre en sus hábitos y era propensa a que le entraran
partículas de polvo en los ojos, si estas no se lavaban, causaban mucha
irritación; y, según el principio de la radiación de la fuerza nerviosa a las
neuronas adyacentes, las glándulas lagrimales se estimulaban a secretar. Como
esto se repetía con frecuencia, y como la fuerza nerviosa circulaba con
facilidad por los canales habituales, una ligera irritación bastaba para
provocar una secreción abundante de lágrimas.
Tan pronto como,
por este o por cualquier otro medio, se estableciera y facilitara un acto
reflejo de esta naturaleza, otros estimulantes aplicados a la superficie del
ojo —como un viento frío, una inflamación lenta o un golpe en los párpados—
provocarían una abundante secreción de lágrimas, como sabemos que ocurre. Las
glándulas también se activan mediante la irritación de las partes adyacentes.
Así, cuando las fosas nasales se irritan con vapores picantes, aunque los
párpados se mantengan firmemente cerrados, se secretan abundantes lágrimas; y
esto también se produce tras un golpe en la nariz, por ejemplo, con un guante
de boxeo. Un escozor en la cara produce, como he visto, el mismo efecto. En
estos últimos casos, la secreción de lágrimas es un resultado incidental y no
tiene ninguna utilidad directa. Como todas estas partes de la cara, incluidas
las glándulas lagrimales, están irrigadas por ramas del mismo nervio, es decir,
el quinto, es hasta cierto punto comprensible que los efectos de la excitación
de cualquiera de las ramas se extiendan a las células nerviosas o raíces de las
otras ramas.
Las partes internas
del ojo también actúan, bajo ciertas condiciones, de forma refleja sobre las
glándulas lagrimales. El Sr. Bowman me ha comunicado amablemente las siguientes
afirmaciones; sin embargo, el tema es muy complejo, ya que todas las partes del
ojo están íntimamente relacionadas y son muy sensibles a diversos estímulos.
Una luz intensa que actúa sobre la retina, en condiciones normales, tiene muy
poca tendencia a causar lagrimeo; sin embargo, en niños con enfermedades que
presentan pequeñas úlceras corneales de larga data, la retina se vuelve
excesivamente sensible a la luz, y la exposición incluso a la luz diurna común
provoca un cierre forzado y prolongado de los párpados, y un flujo profuso de
lágrimas. Cuando las personas que deberían comenzar a usar gafas convexas
fuerzan habitualmente la capacidad de acomodación, que está menguando, a menudo
se produce una secreción excesiva de lágrimas, y la retina tiende a volverse
excesivamente sensible a la luz. En general, las afecciones mórbidas de la superficie
ocular y de las estructuras ciliares implicadas en el acto acomodativo tienden
a ir acompañadas de secreción excesiva de lágrimas. La rigidez del globo
ocular, que no produce inflamación, sino que implica un desequilibrio entre los
fluidos extraídos y los que son absorbidos por los vasos intraoculares, no
suele ir acompañada de lagrimeo. Cuando el equilibrio es inverso y el ojo se
vuelve demasiado blando, hay una mayor tendencia al lagrimeo. Finalmente,
existen numerosos estados mórbidos y alteraciones estructurales oculares, e
incluso inflamaciones graves, que pueden ir acompañadas de escasa o nula
secreción de lágrimas.
También cabe
destacar, como algo indirectamente relacionado con nuestro tema, que el ojo y
las partes adyacentes están sujetos a una cantidad extraordinaria de reflejos y
movimientos, sensaciones y acciones asociados, además de los relacionados con
las glándulas lagrimales. Cuando una luz brillante incide en la retina de un
solo ojo, el iris se contrae, pero el iris del otro ojo se mueve tras un
intervalo de tiempo medible. El iris también se mueve al acomodarse a la visión
cercana o lejana, y cuando se hace converger a ambos ojos. [623] Todos sabemos lo irresistiblemente que se bajan las cejas bajo una
luz intensamente brillante. Los párpados también parpadean involuntariamente
cuando se acerca un objeto a los ojos o se oye un sonido repentino. El conocido
caso de una luz brillante que provoca estornudos en algunas personas es aún más
curioso; pues en este caso, la fuerza nerviosa irradia desde ciertas células
nerviosas conectadas con la retina a las células nerviosas sensoriales de la
nariz, provocando un cosquilleo. y de éstas, a las células que controlan los
diversos músculos respiratorios (incluidos los orbiculares) que expulsan el
aire de una manera tan peculiar que pasa únicamente por las fosas nasales.
Volviendo a nuestro
punto: ¿por qué se secretan lágrimas durante un acceso de gritos u otros
esfuerzos espiratorios violentos? Así como un ligero golpe en los párpados
provoca una abundante secreción de lágrimas, es al menos posible que la
contracción espasmódica de los párpados, al presionar con fuerza el globo
ocular, provoque de forma similar alguna secreción. Esto parece posible, aunque
la contracción voluntaria de los mismos músculos no produce tal efecto. Sabemos
que una persona no puede estornudar o toser voluntariamente con casi la misma
fuerza que lo hace automáticamente; y lo mismo ocurre con la contracción de los
músculos orbiculares: Sir C. Bell experimentó con ellos y descubrió que al
cerrar los párpados repentina y enérgicamente en la oscuridad, se ven destellos
de luz, como los que se producen al golpear los párpados con los dedos; «pero
al estornudar, la compresión es más rápida y contundente, y los destellos son
más brillantes». Es evidente que estas chispas se deben a la contracción de los
párpados, ya que si se mantienen abiertos al estornudar, no se experimenta
ninguna sensación de luz. En los casos peculiares referidos por el profesor
Donders y el señor Bowman, hemos visto que, algunas semanas después de una
lesión leve en el ojo, se producen contracciones espasmódicas de los párpados,
acompañadas de un profuso flujo de lágrimas. Al bostezar, las lágrimas se deben
aparentemente únicamente a la contracción espasmódica de los músculos que
rodean los ojos. A pesar de estos últimos casos, parece difícilmente creíble
que la presión de los párpados sobre la superficie ocular, aunque se efectúe
espasmódicamente y, por lo tanto, con mucha mayor fuerza de la que se puede
ejercer voluntariamente, sea suficiente para provocar, por reflejo, la secreción
de lágrimas en los numerosos casos en que esto ocurre durante los violentos
esfuerzos espiratorios.
Otra causa puede
intervenir conjuntamente. Hemos visto que las partes internas del ojo, en
ciertas circunstancias, actúan de forma refleja sobre las glándulas lagrimales.
Sabemos que, durante los esfuerzos espiratorios violentos, la presión arterial
en los vasos oculares aumenta y se impide el retorno de la sangre venosa. Por
lo tanto, no parece improbable que la distensión de los vasos oculares, así
inducida, actúe por reflejo sobre las glándulas lagrimales, aumentando así los
efectos debidos a la presión espasmódica de los párpados sobre la superficie
ocular.
Al considerar la
verosimilitud de esta opinión, debemos tener presente que los ojos de los bebés
han sido sometidos a esta doble acción durante innumerables generaciones, cada
vez que han gritado; y según el principio de la fuerza nerviosa que circula fácilmente
por los canales habituales, incluso una compresión moderada de los globos
oculares y una distensión moderada de los vasos oculares acabarían, por hábito,
actuando sobre las glándulas. Tenemos un caso análogo: los músculos orbiculares
casi siempre se contraen ligeramente, incluso durante un ataque de llanto
suave, cuando no puede haber distensión de los vasos ni se produce ninguna
sensación incómoda en los ojos.
Además, cuando
acciones o movimientos complejos se han realizado durante mucho tiempo en
estricta asociación, y estos son, por cualquier causa, al principio voluntarios
y después controlados habitualmente, si se dan las condiciones propicias,
cualquier parte de la acción o movimiento que esté menos bajo el control de la
voluntad, a menudo se realizará involuntariamente. La secreción de una glándula
está notablemente libre de la influencia de la voluntad; por lo tanto, cuando
con el avance de la edad del individuo o con el avance de la cultura de la
raza, se restringe el hábito de gritar o chillar, y en consecuencia no hay
distensión de los vasos sanguíneos del ojo, puede suceder, no obstante, que se
sigan secretando lágrimas. Podemos ver, como se comentó recientemente, los
músculos alrededor de los ojos de una persona que lee una historia patética,
contraerse o temblar tan levemente que es casi imperceptible. En este caso no
hubo gritos ni distensión de los vasos sanguíneos; sin embargo, por hábito,
ciertas células nerviosas envían una pequeña cantidad de fuerza nerviosa a las
células que controlan los músculos que rodean los ojos; y también envían algo a
las células que controlan las glándulas lagrimales, pues los ojos a menudo se
humedecen al mismo tiempo con lágrimas. Si la contracción de los músculos que
rodean los ojos y la secreción de lágrimas se hubieran evitado por completo, es
casi seguro que habría existido cierta tendencia a transmitir fuerza nerviosa
en estas mismas direcciones; y como las glándulas lagrimales están notablemente
libres del control de la voluntad, serían eminentemente propensas a actuar,
delatando así, aunque no hubiera otras señales externas, los pensamientos
patéticos que pasaban por la mente de la persona.
Como ilustración
adicional del punto de vista aquí expuesto, puedo señalar que si, durante una
etapa temprana de la vida, cuando los hábitos de todo tipo se establecen
fácilmente, nuestros bebés, cuando estaban contentos, hubieran estado
acostumbrados a proferir fuertes carcajadas (durante las cuales se les dilatan
los ojos) con la misma frecuencia y continuidad con la que ceden a los gritos
cuando están angustiados, entonces es probable que en la vida posterior
hubieran derramado lágrimas con la misma profusión y regularidad en un estado
mental que en el otro. Una risa suave, una sonrisa o incluso un pensamiento
agradable habrían bastado para provocar una secreción moderada de lágrimas. De
hecho, existe una tendencia evidente en este sentido, como se verá en un
capítulo posterior, cuando tratemos los sentimientos tiernos. Entre los isleños
de Sandwich, según Freycinet, [624] las lágrimas se reconocen como un signo de felicidad; pero
necesitaríamos una prueba más sólida que la de un viajero de paso. Así también,
si nuestros infantes, durante muchas generaciones, y cada uno de ellos durante
varios años, hubieran sufrido casi diariamente ataques prolongados de ahogo,
durante los cuales los vasos del ojo se distienden y las lágrimas se secretan
copiosamente, entonces es probable, tal es la fuerza del hábito asociado, que
durante la vida posterior el mero pensamiento de un ahogo, sin ninguna angustia
mental, hubiera bastado para traer lágrimas a nuestros ojos.
Para resumir este
capítulo, el llanto probablemente sea el resultado de una cadena de eventos
como la siguiente. Los niños, cuando necesitan alimento o sufren cualquier tipo
de sufrimiento, lloran a gritos, como las crías de la mayoría de los animales,
en parte para pedir ayuda a sus padres y en parte por cualquier esfuerzo
intenso que les sirva de alivio. El llanto prolongado inevitablemente provoca
la congestión de los vasos sanguíneos oculares; esto habrá provocado, al
principio conscientemente y finalmente de forma habitual, la contracción de los
músculos que rodean los ojos para protegerlos. Al mismo tiempo, la presión
espasmódica sobre la superficie ocular y la distensión de los vasos oculares,
sin que necesariamente se produzca ninguna sensación consciente, habrán
afectado, por acción refleja, a las glándulas lagrimales. Finalmente, por los
tres principios de la fuerza nerviosa que pasa fácilmente por los canales
acostumbrados —de la asociación, cuyo poder está tan ampliamente extendido— y
de ciertas acciones, que están más bajo el control de la voluntad que otras— ha
sucedido que el sufrimiento causa fácilmente la secreción de lágrimas, sin
estar necesariamente acompañado de ninguna otra acción.
Aunque, según esta
perspectiva, debemos considerar el llanto como un resultado incidental, tan
inútil como la secreción de lágrimas tras un golpe fuera del ojo o un estornudo
provocado por la luz brillante en la retina, esto no nos dificulta comprender cómo
la secreción de lágrimas alivia el sufrimiento. Y cuanto más violento o
histérico sea el llanto, mayor será el alivio, según el mismo principio que el
retorcimiento de todo el cuerpo, el rechinar de dientes y los gritos
penetrantes alivian la agonía del dolor.
CAPÍTULO VII.
DESÁNIMO, ANSIEDAD, DOLOR, ABATIMIENTO, DESESPERACIÓN.
Efecto general del
dolor sobre el sistema—Oblicuidad de las cejas bajo el sufrimiento—Sobre la
causa de la oblicuidad de las cejas—Sobre la depresión de las comisuras de la
boca.
Tras un agudo
paroxismo de dolor, y la causa persiste, caemos en un estado de desánimo; o
podemos sentirnos completamente abatidos y desanimados. El dolor corporal
prolongado, si no llega a ser una agonía, generalmente conduce al mismo estado
mental. Si prevemos sufrir, nos angustiamos; si no tenemos esperanza de alivio,
nos desesperamos.
Las personas que
sufren un dolor excesivo a menudo buscan alivio mediante movimientos violentos
y casi frenéticos, como se describió en un capítulo anterior; pero cuando su
sufrimiento se mitiga un poco, aunque se prolonga, ya no desean actuar, sino
que permanecen inmóviles y pasivos, o incluso pueden balancearse de un lado a
otro. La circulación se vuelve lánguida; el rostro palidece; los músculos se
flácen; los párpados se caen; la cabeza cuelga sobre el pecho contraído; los
labios, las mejillas y la mandíbula inferior se hunden por su propio peso. Por
lo tanto, todos los rasgos se alargan; y se dice que el rostro de quien recibe
malas noticias se decae. Un grupo de nativos de Tierra del Fuego intentó
explicarnos que su amigo, el capitán de un barco dedicado a la caza de focas,
estaba decaído, bajándose las mejillas con ambas manos para alargar al máximo
sus rostros. El Sr. Bunnet me informa que los aborígenes australianos, cuando
están decaídos, tienen un aspecto decaído. Tras un sufrimiento prolongado, los
ojos se vuelven opacos y carentes de expresión, y a menudo están ligeramente
bañados por lágrimas. Las cejas rara vez se vuelven oblicuas, debido a que sus
extremos internos están levantados. Esto produce arrugas peculiares en la
frente, muy diferentes a las de un simple ceño fruncido; aunque en algunos
casos solo puede estar presente un ceño fruncido. Las comisuras de los labios
se dibujan hacia abajo, lo cual se reconoce tan universalmente como un signo de
desánimo que es casi proverbial.
La respiración se
vuelve lenta y débil, y a menudo se interrumpe con profundos suspiros. Como
señala Gratiolet, cuando nuestra atención se concentra durante mucho tiempo en
algún tema, olvidamos respirar y nos aliviamos con una inspiración profunda;
pero los suspiros de una persona afligida, debido a su respiración lenta y
circulación lánguida, son eminentemente característicos. [701] Como el dolor de una persona en este estado ocasionalmente
reaparece y se intensifica hasta llegar al paroxismo, los espasmos afectan los
músculos respiratorios, y la persona siente como si algo, el llamado globo
histérico , le subiera a la garganta. Estos movimientos espasmódicos
se asemejan claramente al sollozo infantil y son remanentes de esos espasmos
más severos que ocurren cuando se dice que una persona se ahoga por un dolor
excesivo. [702]
Oblicuidad de las
cejas. —Solo dos puntos de la descripción anterior
requieren mayor aclaración, y son muy curiosos: la elevación de los extremos
internos de las cejas y la caída de las comisuras de los labios. En cuanto a
las cejas, ocasionalmente se observa que adoptan una posición oblicua en
personas que sufren de profundo abatimiento o ansiedad; por ejemplo, he
observado este movimiento en una madre mientras hablaba de su hijo enfermo; y a
veces se desencadena por causas insignificantes o momentáneas de angustia, real
o fingida. Las cejas adoptan esta posición debido a la contracción de ciertos
músculos (a saber, los orbiculares, corrugadores y piramidales de la nariz, que
juntos tienden a bajar y contraer las cejas), que se contraen parcialmente por
la acción más potente de las fascias centrales del músculo frontal. Estas
últimas fascias, al contraerse, elevan únicamente los extremos internos de las
cejas; y, al mismo tiempo, los corrugadores juntan las cejas, sus extremos
internos se fruncen formando un pliegue o bulto. Este pliegue es un punto muy
característico en la apariencia de las cejas cuando se presentan oblicuas, como
se puede observar en las figuras 2 y 5, Lámina II. Las cejas están al mismo
tiempo algo ásperas, debido a la proyección de los pelos. El Dr. J. Crichton
Browne también ha observado con frecuencia en pacientes melancólicos que
mantienen las cejas persistentemente oblicuas, "un peculiar arqueamiento
agudo del párpado superior". Un indicio de esto puede observarse al comparar
los párpados derecho e izquierdo del joven de la fotografía (figura 2, Lámina
II); pues no podía actuar por igual en ambas cejas. Esto también se evidencia
en los surcos desiguales a ambos lados de su frente. El arqueamiento agudo de
los párpados depende, creo, de que solo el extremo interior de las cejas esté
levantado; pues cuando toda la ceja está elevada y arqueada, el párpado
superior sigue ligeramente el mismo movimiento.
Pero el resultado
más evidente de la contracción opuesta de los músculos antes mencionados se
manifiesta en los peculiares surcos que se forman en la frente. Estos músculos,
en acción conjunta pero opuesta, pueden denominarse, para abreviar, músculos
del dolor. Cuando una persona eleva las cejas mediante la contracción de todo
el músculo frontal, se forman arrugas transversales a lo largo de toda la
frente; pero en este caso, solo se contraen las fascias medias; en
consecuencia, se forman surcos transversales solo en la parte media de la
frente. La piel de las partes externas de ambas cejas se estira hacia abajo y
se alisa simultáneamente mediante la contracción de las porciones externas de
los músculos orbiculares. Las cejas también se unen mediante la contracción
simultánea de los corrugadores [703] ; esta última acción genera surcos verticales que separan la parte
exterior e inferior de la piel de la frente de la parte central y elevada. La
unión de estos surcos verticales con los surcos central y transversal (véanse
las figuras 2 y 3) produce una marca en la frente que se ha comparado con una
herradura; sin embargo, los surcos forman, en realidad, tres lados de un
cuadrángulo. Suelen ser visibles en la frente de personas adultas o casi
adultas, cuando sus cejas están oblicuas; pero en los niños pequeños, debido a
que su piel no se arruga con facilidad, rara vez se ven o se detectan solo
rastros de ellos.
Estos peculiares
surcos se representan mejor en la fig. 3, Lámina II, en la frente de una joven
que posee la inusual capacidad de actuar voluntariamente sobre los músculos
necesarios. Mientras la fotografiaban, estaba absorta en el intento, su
expresión no reflejaba en absoluto la pena; por lo tanto, solo he mostrado la
frente. La fig. 1 de la misma lámina, copiada de la obra del Dr.
Duchenne, [704] representa, a escala reducida, el rostro, en su estado natural, de
un joven actor competente. En la fig. 2, se le muestra simulando pena, pero las
dos cejas, como se mencionó anteriormente, no se ven afectadas por igual. Que
la expresión sea cierta se deduce del hecho de que, de quince personas a las
que se les mostró la fotografía original, sin ninguna pista sobre lo que se
pretendía mostrarles, catorce respondieron inmediatamente: «dolor desesperado»,
«resistencia sufriente», «melancolía», etc. La historia de la fig. La figura 5
es bastante curiosa: vi la fotografía en un escaparate y se la llevé al Sr.
Rejlander para averiguar quién la había tomado, comentándole lo patética que
era la expresión. Respondió: «La hice yo, y probablemente sería patética, porque
el niño a los pocos minutos rompió a llorar». Luego me mostró una fotografía
del mismo niño en un estado de calma, que he hecho reproducir (fig. 4). En la
figura 6, se puede detectar un rastro de oblicuidad en las cejas; pero esta
figura, al igual que la fig. 7, se presenta para mostrar la depresión de las
comisuras de los labios, tema al que me referiré más adelante.
Pocas personas, sin
práctica, pueden activar voluntariamente sus músculos del dolor; pero tras
repetidos intentos, un número considerable lo consigue, mientras que otras
nunca. El grado de oblicuidad de las cejas, ya sea voluntaria o
inconscientemente, varía mucho entre personas. En algunas personas con músculos
piramidales inusualmente fuertes, la contracción de la fascia central del
músculo frontal, aunque enérgica, como lo demuestran los surcos cuadrangulares
de la frente, no eleva el extremo interior de las cejas, sino que solo evita
que se bajen tanto como de otro modo habrían estado. Por lo que he podido
observar, los músculos del dolor se activan con mucha más frecuencia en niños y
mujeres que en hombres. Rara vez se activan, al menos en adultos, por dolor
físico, sino casi exclusivamente por angustia mental. Dos personas que, después
de alguna práctica, lograron actuar sobre los músculos del dolor, descubrieron
al mirarse en un espejo que cuando hacían oblicuas sus cejas, involuntariamente
deprimían al mismo tiempo las comisuras de sus labios; y este suele ser el caso
cuando la expresión se asume de forma natural.
La capacidad de
movilizar libremente los músculos del dolor parece ser hereditaria, como casi
todas las demás facultades humanas. Una dama perteneciente a una familia famosa
por haber producido una cantidad extraordinaria de grandes actores y actrices,
y que puede expresar esta expresión con singular precisión, le contó al Dr.
Crichton Browne que toda su familia poseía esta capacidad en un grado notable.
Se dice que la misma tendencia hereditaria se extendió, según me comenta
también el Dr. Browne, al último descendiente de la familia que dio origen a la
novela de Sir Walter Scott, «El Guantelete Rojo»; pero se describe al héroe
contrayendo la frente en una herradura ante cualquier emoción intensa. También
he visto a una joven cuya frente parecía contraerse así casi habitualmente,
independientemente de cualquier emoción que sintiera en ese momento.
Los músculos del
dolor no se ponen en juego con mucha frecuencia; y como la acción suele ser
momentánea, escapa fácilmente a la observación. Aunque la expresión, al
observarse, se reconoce universal e instantáneamente como de dolor o ansiedad,
ni una sola persona entre mil que no haya estudiado el tema es capaz de decir
con precisión qué cambio se observa en el rostro del paciente. De ahí
probablemente que esta expresión ni siquiera se mencione, por lo que he
observado, en ninguna obra de ficción, con la excepción de «Red Gauntlet» y de
otra novela; y la autora de esta última, según tengo entendido, pertenece a la
famosa familia de actores a la que acabamos de aludir; por lo que es posible
que el tema le haya llamado especialmente la atención.
Los antiguos
escultores griegos conocían la expresión, como se aprecia en las estatuas de
Laocoonte y Arretino; pero, como señala Duchenne, extendieron los surcos
transversales a lo largo de la frente, cometiendo así un grave error anatómico.
Esto también ocurre en algunas estatuas modernas. Sin embargo, es más probable
que estos observadores, maravillosamente precisos, sacrificaran
intencionadamente la verdad en aras de la belleza, que que cometieran un error;
pues los surcos rectangulares en la frente no habrían tenido un aspecto
imponente sobre el mármol. La expresión, en su estado más desarrollado, por lo
que he podido averiguar, no se representa a menudo en las pinturas de los
antiguos maestros, sin duda por la misma razón; pero una señora que la conoce
perfectamente me informa que en el «Descendimiento de la Cruz» de Fra Angélico,
en Florencia, se muestra claramente en una de las figuras de la derecha; y
podría añadir algunos ejemplos más.
El Dr. Crichton
Browne, a petición mía, prestó mucha atención a esta expresión en los numerosos
pacientes dementes bajo su cuidado en el Asilo West Riding; y conoce las
fotografías de Duchenne sobre la actividad de los músculos del dolor. Me
informa que pueden observarse constantemente en actividad enérgica en casos de
melancolía, y especialmente de hipocondría; y que las líneas o surcos
persistentes, debidos a su contracción habitual, son característicos de la
fisonomía de los dementes pertenecientes a estas dos clases. El Dr. Browne
observó cuidadosamente para mí durante un período considerable tres casos de
hipocondría, en los que los músculos del dolor estaban persistentemente
contraídos. En uno de ellos, una viuda, de 51 años, creía haber perdido todas
sus vísceras y que todo su cuerpo estaba vacío. Tenía una expresión de gran
angustia y golpeaba rítmicamente sus manos semicerradas durante horas. Los
músculos del dolor estaban permanentemente contraídos y los párpados superiores
arqueados. Esta condición persistió durante meses. Luego se recuperó y su
rostro recuperó su expresión natural. Un segundo caso presentó casi las mismas
peculiaridades, con el añadido de que las comisuras de los labios estaban
deprimidas.
El Sr. Patrick
Nicol también tuvo la amabilidad de observar para mí varios casos en el
Manicomio de Sussex y me comunicó todos los detalles de tres de ellos; pero no
es necesario mencionarlos aquí. A partir de sus observaciones en pacientes
melancólicos, el Sr. Nicol concluye que los extremos interiores de las cejas
están casi siempre más o menos elevados, con las arrugas de la frente más o
menos marcadas. En el caso de una joven, se observó que estas arrugas se movían
con ligereza y de forma constante. En algunos casos, las comisuras de los
labios estaban deprimidas, pero a menudo solo en un grado leve. Casi siempre se
observó cierta diferencia en la expresión de los diversos pacientes
melancólicos. Los párpados generalmente están caídos; y la piel cerca de las
comisuras exteriores y debajo de ellos está arrugada. El pliegue nasolabial,
que se extiende desde las alas de las fosas nasales hasta las comisuras de los
labios, y que es tan visible en los niños que lloran, suele estar claramente
marcado en estos pacientes.
Aunque en los
enfermos mentales los músculos del dolor suelen actuar con persistencia, en
casos comunes a veces se activan inconscientemente por causas ridículamente
insignificantes. Un caballero recompensó a una joven con un regalo absurdamente
pequeño; ella fingió estar ofendida y, al reprenderlo, sus cejas se oblicuaron
muchísimo, con la frente debidamente arrugada. Otra joven y un joven, ambos de
muy buen humor, conversaban con entusiasmo y extraordinaria rapidez; y observé
que, cada vez que la joven era golpeada y no podía pronunciar las palabras con
la suficiente rapidez, sus cejas se elevaban oblicuamente y se le formaban
surcos rectangulares en la frente. Así, cada vez, izaba una bandera de
angustia; y lo hizo media docena de veces en pocos minutos. No hice ningún
comentario al respecto, pero en una ocasión posterior le pedí que ejerciera sus
músculos del dolor; otra joven presente, que podía hacerlo voluntariamente, le
mostró lo que se pretendía. Lo intentó repetidamente, pero fracasó completamente;
sin embargo, una causa de angustia tan leve como no poder hablar lo
suficientemente rápido fue suficiente para que esos músculos se pusieran en
acción una y otra vez.
La expresión de
dolor, debida a la contracción de los músculos del dolor, no se limita en
absoluto a los europeos, sino que parece ser común a todas las razas de la
humanidad. Al menos he recibido relatos fidedignos sobre hindúes, dhangars (una
de las tribus aborígenes de las montañas de la India, y por lo tanto
perteneciente a una raza muy distinta de los hindúes), malayos, negros y
australianos. Con respecto a estos últimos, dos observadores responden
afirmativamente a mi pregunta, pero no entran en detalles. El Sr. Taplin, sin
embargo, añade a mis comentarios descriptivos las palabras «esto es exacto».
Con respecto a los negros, la señora que me habló del cuadro de Fra Angélico
vio a un negro remolcando un bote en el Nilo, y al encontrarse con un obstáculo,
observó sus músculos del dolor en fuerte acción, con la frente bien arrugada.
El Sr. Geach observó a un malayo en Malaca, con las comisuras de los labios muy
deprimidas, las cejas oblicuas y surcos cortos y profundos en la frente. Esta
expresión duró muy poco tiempo; y el Sr. Geach comenta que «era extraña, muy
parecida a la de una persona a punto de llorar por una gran pérdida».
En la India, el Sr.
H. Erskine descubrió que los nativos conocían esta expresión; y el Sr. J.
Scott, del Jardín Botánico de Calcuta, tuvo la amabilidad de enviarme una
descripción completa de dos casos. Observó durante un tiempo, sin ser visto, a
una joven dhangar de Nagpore, esposa de uno de los jardineros, amamantando a su
bebé, quien estaba a punto de morir; y vio claramente las cejas levantadas en
las comisuras internas, los párpados caídos, la frente arrugada en el centro,
la boca ligeramente abierta, con las comisuras muy hundidas. Entonces salió de
detrás de una mampara y habló con la pobre mujer, quien, sobresaltada, rompió a
llorar amargamente y le suplicó que curara a su bebé. El segundo caso fue el de
un hombre indostánico que, debido a la enfermedad y la pobreza, se vio obligado
a vender su cabra favorita. Tras recibir el dinero, miró repetidamente el
dinero que tenía en la mano y luego a la cabra, como si dudara si lo
devolvería. Se acercó a la cabra, que estaba atada y lista para ser llevada, y el
animal se encabritó y le lamió las manos. Sus ojos se movieron de un lado a
otro; su boca estaba entrecerrada, con las comisuras muy deprimidas.
Finalmente, el pobre hombre pareció decidir que debía separarse de su cabra, y
entonces, como vio el Sr. Scott, las cejas se volvieron ligeramente oblicuas,
con el característico fruncimiento o hinchazón en los extremos internos, pero
las arrugas de la frente desaparecieron. El hombre permaneció así un minuto,
luego, con un profundo suspiro, rompió a llorar, levantó las manos, bendijo a
la cabra, se dio la vuelta y, sin volver a mirar, se fue.
Sobre la causa de
la oblicuidad de las cejas bajo sufrimiento . Durante
varios años, ninguna expresión me pareció tan desconcertante como la que aquí
analizamos. ¿Por qué la pena o la ansiedad provocan la contracción únicamente
de la fascia central del músculo frontal, junto con la que rodea los ojos?
Parece que aquí se trata de un movimiento complejo con el único propósito de
expresar pena; sin embargo, es una expresión relativamente rara y a menudo
pasada por alto. Creo que la explicación no es tan difícil como parece a
primera vista. El Dr. Duchenne presenta una fotografía del joven antes
mencionado, quien, al mirar hacia arriba a una superficie muy iluminada,
contrajo involuntariamente los músculos de la pena de forma exagerada. Había
olvidado por completo esta fotografía cuando, en un día muy luminoso, con el
sol a mis espaldas, me encontré, a caballo, con una muchacha cuyas cejas, al
mirarme, se volvieron extremadamente oblicuas, con los surcos correspondientes
en la frente. He observado el mismo movimiento en circunstancias similares en
varias ocasiones posteriores. Al regresar a casa, hice que tres de mis hijos,
sin darles ninguna pista sobre mi objetivo, miraran con la mayor atención
posible la copa de un árbol alto que se recortaba contra un cielo extremadamente
brillante. En los tres, los músculos orbicular, corrugador y piramidal se
contrajeron vigorosamente, por reflejo, debido a la excitación de la retina,
para proteger sus ojos de la luz intensa. Pero se esforzaron al máximo por
mirar hacia arriba; y entonces se observó una curiosa lucha, con contracciones
espasmódicas, entre la porción central del músculo frontal, o solo la central,
y los músculos que bajan las cejas y cierran los párpados. La contracción
involuntaria del piramidal provocó que la base de sus narices se arrugara
transversal y profundamente. En uno de los tres niños, las cejas se elevaron y
bajaron momentáneamente por la contracción alternada del músculo frontal y de
los músculos que rodean los ojos, de modo que toda la frente se arrugó y alisó
alternativamente. En los otros dos niños, la frente se arrugó solo en la parte
media, formándose surcos rectangulares; las cejas se volvieron oblicuas, con
sus extremos internos fruncidos e hinchados; en un niño, ligeramente, y en el
otro, de forma muy marcada. Esta diferencia en la oblicuidad de las cejas
aparentemente dependía de una diferencia en su movilidad general y en la fuerza
de los músculos piramidales. En ambos casos, las cejas y la frente se vieron
afectadas bajo la influencia de una luz intensa, exactamente de la misma
manera, en cada detalle característico, que bajo la influencia de la pena o la
ansiedad.
Duchenne afirma que
el músculo piramidal de la nariz está menos sujeto al control de la voluntad
que los demás músculos que rodean los ojos. Observa que el joven, que podía
actuar con tanta eficacia sobre los músculos de la tristeza, así como sobre la
mayoría de los demás músculos faciales, no podía contraer los
piramidales. [705] Sin embargo, esta capacidad difiere sin duda entre personas. El
músculo piramidal sirve para bajar la piel de la frente, entre las cejas, junto
con sus extremos internos. Las fascias centrales del frontal son antagonistas
de las piramidales; y para frenar especialmente la acción de estas últimas,
estas fascias centrales deben contraerse. Así, en personas con músculos
piramidales potentes, si bajo la influencia de una luz brillante existe un
deseo inconsciente de evitar la bajada de las cejas, deben activarse las
fascias centrales del músculo frontal; y su contracción, si es lo
suficientemente fuerte como para dominar los piramidales, junto con la
contracción de los músculos corrugador y orbicular, actuará de la manera
descrita en las cejas y la frente.
Cuando los niños
gritan o chillan, contraen, como sabemos, los músculos orbicular, corrugador y
piramidal, principalmente para comprimir los ojos y así protegerlos de la
hemorragia, y secundariamente por hábito. Por lo tanto, esperaba encontrar en
los niños que, al intentar evitar un ataque de llanto o dejar de llorar,
contraerían estos músculos, como si miraran hacia arriba bajo una luz
brillante; y, en consecuencia, que la fascia central del músculo frontal se
activaría con frecuencia. Por consiguiente, comencé a observar a los niños en
esos momentos y pedí a otros, incluyendo a algunos médicos, que hicieran lo
mismo. Es necesario observar con atención, ya que la peculiar acción opuesta de
estos músculos no es tan evidente en los niños, debido a que sus frentes no se
arrugan con facilidad como en los adultos. Pero pronto descubrí que los
músculos del dolor se activaban con mucha frecuencia en estas ocasiones. Sería
superfluo mencionar todos los casos observados; Y solo mencionaré algunos. Una
niña de un año y medio fue objeto de burlas por parte de otros niños, y antes
de romper a llorar, sus cejas se volvieron claramente oblicuas. En una niña
mayor se observó la misma oblicuidad, con las puntas internas de las cejas
claramente fruncidas; al mismo tiempo, las comisuras de los labios se dibujó
hacia abajo. En cuanto rompió a llorar, sus rasgos cambiaron por completo y
esta expresión peculiar desapareció. De nuevo, después de que un niño fuera
vacunado, lo que le hizo gritar y llorar violentamente, el cirujano le dio una
naranja que había traído para tal fin, lo cual le agradó mucho; al dejar de
llorar, se observaron todos los movimientos característicos, incluyendo la
formación de arrugas rectangulares en el centro de la frente. Por último, me
encontré en el camino con una niña de tres o cuatro años que se había asustado
con un perro, y cuando le pregunté qué le pasaba, dejó de lloriquear y sus
cejas se oblicuaron al instante de forma extraordinaria.
Aquí, pues, y no me
cabe duda, tenemos la clave del problema de por qué la fascia central del
músculo frontal y los músculos que rodean los ojos se contraen en oposición
bajo la influencia del dolor; ya sea que su contracción sea prolongada, como en
el caso del enfermo mental melancólico, o momentánea, debido a alguna causa
insignificante de angustia. Todos, de niños, hemos contraído repetidamente los
músculos orbicular, corrugador y piramidal para protegernos los ojos al gritar;
nuestros antepasados hicieron lo mismo durante muchas generaciones; y aunque
con el paso de los años evitamos fácilmente, cuando nos sentimos angustiados,
emitir gritos, no podemos, por un hábito prolongado, evitar siempre una ligera
contracción de los músculos antes mencionados; ni siquiera observamos su
contracción en nosotros mismos ni intentamos detenerla, si es leve. Pero los
músculos piramidales parecen estar menos sujetos a la voluntad que los demás
músculos afines; y si están bien desarrollados, su contracción solo puede frenarse
mediante la contracción antagónica de la fascia central del músculo frontal. El
resultado que necesariamente sigue, si estas fascias se contraen enérgicamente,
es la elevación oblicua de las cejas, el fruncimiento de sus extremos internos
y la formación de surcos rectangulares en el centro de la frente. Dado que los
niños y las mujeres lloran con mucha más libertad que los hombres, y que las
personas adultas de ambos sexos rara vez lloran, salvo por angustia mental,
podemos entender por qué los músculos del dolor se ven en acción con mayor
frecuencia, como creo que ocurre, en niños y mujeres que en hombres; y en
adultos de ambos sexos solo por angustia mental. En algunos de los casos
registrados anteriormente, como en el de la pobre mujer dhangar y el hombre
indostánico, la acción de los músculos del dolor fue seguida rápidamente por un
llanto amargo. En todos los casos de angustia, ya sean grandes o pequeños,
nuestros cerebros tienden, por un largo hábito, a enviar una orden a ciertos
músculos para que se contraigan, como si fuéramos bebés a punto de gritar; pero
esta orden la podemos contrarrestar parcialmente mediante el maravilloso poder
de la voluntad y el hábito. Aunque esto se efectúa de manera inconsciente en lo
que respecta a los medios para contrarrestarlo.
Sobre la depresión
de las comisuras de la boca. —Esta acción
es efectuada por los depresores de los labios (ver letra K en
las figs. 1 y 2). Las fibras de este músculo divergen hacia abajo, con los
extremos convergentes superiores unidos alrededor de las comisuras de la boca,
y al labio inferior un poco dentro de las comisuras. [706] Algunas de las fibras parecen ser antagónicas al músculo
cigomático mayor, y otras a los varios músculos que discurren hacia la parte
externa del labio superior. La contracción de este músculo lleva hacia abajo y
hacia afuera las comisuras de la boca, incluyendo la parte externa del labio
superior, e incluso en un ligero grado las alas de las fosas nasales. Cuando la
boca está cerrada y este músculo actúa, la comisura o línea de unión de los dos
labios forma una línea curva con la concavidad hacia abajo, [707] y los labios mismos son generalmente algo protruidos,
especialmente el inferior. La boca en este estado está bien representada en las
dos fotografías (Lámina II, figs. 6 y 7) del Sr. Rejlander. El niño de arriba
(fig. 6) acababa de dejar de llorar tras recibir una bofetada de otro niño; se
aprovechó el momento oportuno para fotografiarlo.
La expresión de
desánimo, pena o abatimiento, debida a la contracción de este músculo, ha sido
observada por todos los que han escrito sobre el tema. Decir que una persona
está decaída es sinónimo de estar desanimada. La depresión de las comisuras se
observa a menudo, como ya se ha indicado con la autoridad del Dr. Crichton
Browne y el Sr. Nicol, en los enfermos mentales melancólicos, y se aprecia
claramente en algunas fotografías que me envió el anterior caballero, de
pacientes con una fuerte tendencia al suicidio. Se ha observado en hombres de
diversas razas, como los hindúes, las tribus montañosas de la India, los
malayos y, como me informa el reverendo Sr. Hagenauer, en los aborígenes
australianos.
Cuando los bebés
gritan, contraen con fuerza los músculos que rodean los ojos, lo que eleva el
labio superior; y como deben mantener la boca bien abierta, los músculos
depresores que recorren las comisuras también se activan con fuerza. Esto,
generalmente, pero no invariablemente, provoca una ligera curvatura angular en
el labio inferior a ambos lados, cerca de las comisuras. El resultado de esta
acción sobre el labio superior e inferior es que la boca adquiere una forma
cuadrada. La contracción del músculo depresor se aprecia mejor en los bebés
cuando no gritan violentamente, y especialmente justo antes de que empiecen o
cuando dejan de gritar. Sus caritas adquieren entonces una expresión
extremadamente lastimera, como observé continuamente en mis propios bebés entre
las seis semanas y los dos o tres meses de edad. A veces, cuando luchan contra
un ataque de llanto, el contorno de la boca se curva de forma tan exagerada que
parece una herradura; y la expresión de tristeza se convierte entonces en una
caricatura ridícula.
La explicación de
la contracción de este músculo, bajo la influencia del desánimo o el
abatimiento, aparentemente se desprende de los mismos principios generales que
en el caso de la oblicuidad de las cejas. El Dr. Duchenne me informa que, a
partir de sus observaciones, prolongadas durante muchos años, concluye que este
es uno de los músculos faciales menos controlados por la voluntad. Este hecho
puede, de hecho, inferirse de lo que se acaba de mencionar respecto a los bebés
que comienzan a llorar dubitativamente o intentan dejar de llorar; pues
entonces generalmente controlan todos los demás músculos faciales con mayor
eficacia que los depresores de las comisuras de los labios. Dos excelentes
observadores, uno de ellos cirujano y sin ninguna teoría al respecto,
observaron atentamente para mí a algunos niños mayores y mujeres que, con
cierta resistencia, se acercaban gradualmente al punto de romper a llorar; y
ambos observadores estaban seguros de que los depresores comenzaban a actuar
antes que cualquier otro músculo. Dado que los depresores se han activado
repetidamente durante la infancia a lo largo de muchas generaciones, la fuerza
nerviosa tenderá a fluir, por un hábito arraigado, hacia estos músculos, así
como hacia otros músculos faciales, siempre que en la vida adulta se
experimente incluso una leve sensación de malestar. Sin embargo, como los
depresores están menos sujetos al control de la voluntad que la mayoría de los
demás músculos, cabría esperar que a menudo se contrajeran ligeramente, mientras
que los demás permanecían pasivos. Es notable cómo una pequeña depresión en las
comisuras de los labios confiere al rostro una expresión de desánimo o
abatimiento, de modo que una contracción extremadamente leve de estos músculos
sería suficiente para delatar este estado de ánimo.
Permítame mencionar
aquí una observación trivial, que servirá para resumir nuestro tema. Una
anciana, con expresión relajada pero absorta, estaba sentada casi frente a mí
en un vagón de tren. Mientras la observaba, vi que sus depresores del
ángulo de la boca se contrajeron leve pero decididamente; pero como su
semblante permaneció tan sereno como siempre, reflexioné sobre la
insignificancia de esta contracción y la facilidad con la que uno podía ser
engañado. Apenas se me había ocurrido cuando vi que sus ojos se llenaron de
lágrimas casi hasta desbordarse, y todo su rostro se desmoronó. No cabía duda
de que algún recuerdo doloroso, quizás el de un hijo perdido hacía mucho
tiempo, cruzaba por su mente. En cuanto su sensorio se vio afectado, ciertas
células nerviosas, por costumbre, transmitieron instantáneamente una orden a
todos los músculos respiratorios y a los que rodean la boca para que se
prepararan para un ataque de llanto. Pero la orden fue revocada por la
voluntad, o más bien por un hábito adquirido posteriormente, y todos los
músculos obedecieron, excepto levemente los depresores del ángulo de la
boca . Ni siquiera abrió la boca; la respiración no se aceleró; y
ningún músculo se vio afectado, salvo los que bajan las comisuras de la boca.
Tan pronto como la
boca de esta señora comenzó, involuntaria e inconscientemente, a adoptar la
forma propia de un ataque de llanto, podemos estar casi seguros de que alguna
influencia nerviosa se habría transmitido a través de los canales acostumbrados
a los diversos músculos respiratorios, así como a los que rodean los ojos, y al
centro vasomotor que regula el suministro de sangre a las glándulas lagrimales.
De este último hecho, tenemos evidencia clara en que sus ojos se llenaron
ligeramente de lágrimas; y podemos comprenderlo, ya que las glándulas
lagrimales están menos sujetas al control de la voluntad que los músculos
faciales. Sin duda, existía al mismo tiempo cierta tendencia en los músculos
que rodean los ojos a contraerse, como para protegerlos de la hemorragia, pero
esta contracción fue completamente dominada, y su frente permaneció serena. Si
los músculos piramidales, corrugadores y orbiculares hubieran sido tan poco
obedientes a la voluntad, como lo son en muchas personas, habrían sido ligeramente
afectados. y entonces la fascia central del músculo frontal se habría contraído
en antagonismo, y sus cejas se habrían vuelto oblicuas, con surcos
rectangulares en la frente. Su semblante habría expresado entonces con mayor
claridad un estado de abatimiento, o más bien de dolor.
A través de pasos
como estos, podemos comprender cómo, tan pronto como un pensamiento melancólico
atraviesa el cerebro, se produce una leve contracción de las comisuras de los
labios, una ligera elevación del entrecejo, o ambos movimientos combinados, e inmediatamente
después un ligero llanto. Una descarga nerviosa se transmite por diversos
canales habituales y produce efecto en cualquier punto donde la voluntad no
haya adquirido, mediante un largo hábito, mucha influencia. Estas acciones
pueden considerarse como vestigios rudimentarios de los ataques de gritos, tan
frecuentes y prolongados durante la infancia. En este caso, así como en muchos
otros, los vínculos que conectan causa y efecto, al dar lugar a diversas
expresiones en el rostro humano, son realmente maravillosos; y nos explican el
significado de ciertos movimientos que realizamos involuntaria e
inconscientemente cuando ciertas emociones transitorias atraviesan nuestra
mente.
CAPÍTULO VIII.
GOZO, ÁNIMO, AMOR, TIERNOS SENTIMIENTOS, DEVOCIÓN.
La risa es
principalmente expresión de alegría—Ideas ridículas—Movimientos de los rasgos
durante la risa—Naturaleza del sonido producido—La secreción de lágrimas
durante la risa fuerte—Gradación de la risa fuerte a la sonrisa suave—Buen
humor—La expresión del amor—Sentimientos tiernos—Devoción.
La alegría, cuando
es intensa, lleva a diversos movimientos sin propósito: bailar, aplaudir,
zapatear, etc., y a carcajadas. La risa parece ser principalmente la expresión
de mera alegría o felicidad. Lo vemos claramente en los niños que juegan, que
ríen casi sin parar. En los jóvenes que han pasado la infancia, cuando están de
buen humor, siempre hay mucha risa sin sentido. Homero describe la risa de los
dioses como «la exuberancia de su alegría celestial tras su banquete diario».
Un hombre sonríe —y la sonrisa, como veremos, se transforma en risa— al
encontrarse con un viejo amigo en la calle, como ante cualquier placer
insignificante, como oler un perfume dulce. [801] Laura Bridgman, debido a su ceguera y sordera, no habría adquirido
ninguna expresión mediante la imitación; sin embargo, cuando recibió una carta
de un amigo querido mediante gestos, «se rió y aplaudió, y el color le subió a
las mejillas». En otras ocasiones se la ha visto zapatear de alegría. [802]
Los idiotas y los
imbéciles también demuestran que la risa o la sonrisa expresan principalmente
mera felicidad o alegría. El Dr. Crichton Browne, a quien, como en tantas otras
ocasiones, le debo los resultados de su amplia experiencia, me informa que, en
los idiotas, la risa es la expresión emocional más prevalente y frecuente.
Muchos idiotas son taciturnos, apasionados, inquietos, se encuentran en un
estado mental doloroso o son completamente impasibles, y nunca ríen. Otros ríen
con frecuencia de forma completamente absurda. Así, un niño idiota, incapaz de
hablar, se quejó al Dr. Browne, mediante señas, de que otro niño del manicomio
le había dejado un ojo morado; y esto fue acompañado de «explosiones de risa y
con el rostro cubierto de amplias sonrisas». Existe otra gran clase de idiotas
que son persistentemente alegres y afables, y que constantemente ríen o
sonríen. [803] Sus rostros a menudo exhiben una sonrisa estereotipada; Su alegría
aumenta, y sonríen, ríen entre dientes o ríen disimuladamente cada vez que se
les sirve comida, se les acaricia, se les muestran colores brillantes o
escuchan música. Algunos ríen más de lo habitual al caminar o al intentar
cualquier esfuerzo muscular. La alegría de la mayoría de estos idiotas no puede
asociarse, como señala el Dr. Browne, con ideas concretas: simplemente sienten
placer y lo expresan mediante la risa o las sonrisas. En los imbéciles de rango
superior, la vanidad personal parece ser la causa más común de risa, y después
de esta, el placer que surge de la aprobación de su conducta.
En los adultos, la
risa se desencadena por causas considerablemente diferentes a las que se dan en
la infancia; pero esta observación difícilmente se aplica a la sonrisa. En este
sentido, la risa es análoga al llanto, que en los adultos se limita casi exclusivamente
a la angustia mental, mientras que en los niños se desencadena por el dolor
físico o cualquier sufrimiento, así como por el miedo o la ira. Se han escrito
muchas discusiones curiosas sobre las causas de la risa en los adultos. El tema
es extremadamente complejo. Algo incongruente o inexplicable, que despierta
sorpresa y cierta sensación de superioridad en quien ríe, quien debe estar de
buen humor, parece ser la causa más común. [804] Las circunstancias no deben ser de gran importancia: ningún pobre
reiría ni sonreiría al enterarse de repente de que le han legado una gran
fortuna. Si la mente está intensamente excitada por sensaciones placenteras, y
surge cualquier pequeño evento o pensamiento inesperado, entonces, como señala
el Sr. Herbert Spencer, [805] «una gran cantidad de energía nerviosa, en lugar de dedicarse a
producir una cantidad equivalente de los nuevos pensamientos y emociones que
nacían, se ve repentinamente frenada». «El exceso debe descargarse en otra
dirección, y se produce un eflujo a través de los nervios motores hacia
diversas clases de músculos, produciendo las acciones semiconvulsivas que
llamamos risa». Un corresponsal hizo una observación relacionada con este punto
durante el reciente asedio de París: los soldados alemanes, tras una fuerte
excitación por la exposición a un peligro extremo, eran particularmente
propensos a estallar en carcajadas ante la más mínima broma. De igual manera,
cuando los niños pequeños apenas empiezan a llorar, un evento inesperado a
veces transforma repentinamente su llanto en risa, lo que aparentemente sirve
igualmente para gastar su energía nerviosa superflua.
A veces se dice que
una idea ridícula estimula la imaginación; y este supuesto cosquilleo mental es
curiosamente análogo al del cuerpo. Todos sabemos la risa desmesurada de los
niños y cómo se convulsionan sus cuerpos cuando les hacen cosquillas. Los simios
antropoides, como hemos visto, también emiten un sonido reiterado, similar a
nuestra risa, cuando les hacen cosquillas, especialmente en las axilas. Toqué
con un trozo de papel la planta del pie de uno de mis bebés, cuando tenía solo
siete días, y de repente se apartó bruscamente y los dedos se curvaron, como en
un niño mayor. Tales movimientos, así como la risa al recibir cosquillas, son
manifiestamente actos reflejos; y esto también lo demuestran los diminutos
músculos lisos que erizan el vello corporal, al contraerse cerca de la
superficie afectada. [806] Sin embargo, la risa provocada por una idea ridícula, aunque
involuntaria, no puede considerarse un acto estrictamente reflejo. En este
caso, y en el de la risa al recibir cosquillas, la mente debe estar en un
estado placentero; un niño pequeño, si un desconocido le hace cosquillas,
gritaría de miedo. El contacto debe ser leve, y una idea o acontecimiento, para
ser ridículo, no debe ser de gran importancia. Las partes del cuerpo que se
cosquillean con mayor facilidad son aquellas que no se tocan comúnmente, como
las axilas o los entre los dedos de los pies, o partes como la planta de los
pies, que habitualmente se tocan con una superficie amplia; pero la superficie
sobre la que nos sentamos ofrece una marcada excepción a esta regla. Según
Gratiolet, [807] ciertos nervios son mucho más sensibles a las cosquillas que
otros. Dado que un niño apenas puede hacerse cosquillas a sí mismo, o en mucha
menor medida que cuando se las hace otra persona, parece que el punto preciso
que debe tocarse debe ser desconocido; así, con la mente, algo inesperado —una
idea nueva o incongruente que irrumpe en una línea de pensamiento habitual—
parece ser un elemento importante en lo ridículo.
El sonido de la
risa se produce por una inspiración profunda seguida de contracciones cortas,
interrumpidas y espasmódicas del pecho, y especialmente del diafragma. [808] De ahí que oigamos hablar de «la risa que le aprieta los
costados». Debido a la agitación del cuerpo, la cabeza se balancea de un lado a
otro. La mandíbula inferior a menudo se mueve de arriba a abajo, como ocurre
también en algunas especies de babuinos cuando están muy contentos.
Durante la risa, la
boca se abre más o menos ampliamente, con las comisuras muy hacia atrás y un
poco hacia arriba; el labio superior está ligeramente elevado. Esta retracción
de las comisuras se aprecia mejor en la risa moderada, y especialmente en una sonrisa
amplia; este último epíteto muestra cómo se ensancha la boca. En las figuras
1-3, Lámina III, se han fotografiado diferentes grados de risa y sonrisa
moderadas. La figura de la niña con sombrero es del Dr. Wallich, y la expresión
era genuina; las otras dos son del Sr. Rejlander. El Dr. Duchenne insiste
repetidamente [809] en que, bajo la emoción de la alegría, la boca se activa
exclusivamente por los grandes músculos cigomáticos, que sirven para retraer
las comisuras; pero a juzgar por la forma en que los dientes superiores siempre
quedan expuestos durante la risa y la sonrisa amplia, así como por mis propias
sensaciones, no dudo de que algunos de los músculos que van hacia el labio
superior también se activan moderadamente. Los músculos orbiculares superior e
inferior de los ojos se contraen simultáneamente; y existe una estrecha
conexión, como se explica en el capítulo sobre el llanto, entre los
orbiculares, especialmente los inferiores, y algunos de los músculos que
recorren el labio superior. Henle señala [810] al respecto que, al cerrar un ojo con fuerza, no puede evitar
retraer el labio superior del mismo lado; a la inversa, si alguien coloca su
dedo sobre su párpado inferior y luego descubre sus incisivos superiores tanto
como sea posible, sentirá, al levantar con fuerza el labio superior, que los
músculos del párpado inferior se contraen. En el dibujo de Henle, xilografía
(fig. 2), se puede observar que el músculo malaris (H), que
recorre el labio superior, forma parte casi integral del músculo orbicular inferior.
El Dr. Duchenne ha
presentado una fotografía de gran tamaño de un anciano (reducida en la Lámina
III, fig. 4), en su estado pasivo habitual, y otra del mismo hombre (fig. 5),
sonriendo con naturalidad. Esta última fue reconocida al instante por todos aquellos
a quienes se la mostraron como fiel a la naturaleza. También ha presentado,
como ejemplo de una sonrisa artificial o falsa, otra fotografía (fig. 6) del
mismo anciano, con las comisuras de los labios fuertemente retraídas por la
galvanización de los grandes músculos cigomáticos. Que la expresión no es
natural es evidente, pues mostré esta fotografía a veinticuatro personas, de
las cuales tres no pudieron descifrar en absoluto su significado, mientras que
las demás, aunque percibieron que la expresión era similar a una sonrisa,
respondieron con palabras como «una broma maliciosa», «intentando reír», «risa
burlona... risa medio asombrada», etc. El Dr. Duchenne atribuye la falsedad de
la expresión a que los músculos orbiculares de los párpados inferiores no están
lo suficientemente contraídos. Pues, con razón, pone gran énfasis en su
contracción al expresar alegría. Sin duda, hay mucha verdad en esta opinión,
pero no, a mi entender, toda la verdad. La contracción de los orbiculares
inferiores siempre va acompañada, como hemos visto, de la elevación del labio
superior. Si el labio superior, en la fig. 6, se hubiera sometido a esta ligera
presión, su curvatura habría sido menos rígida, el surco nasolabial habría sido
ligeramente diferente y la expresión general, en mi opinión, habría sido más
natural, independientemente del efecto más visible de la contracción más fuerte
de los párpados inferiores. Además, el músculo corrugador, en la fig. 6, está
demasiado contraído, lo que provoca el ceño fruncido; y este músculo nunca
actúa bajo la influencia de la alegría, excepto durante una risa fuerte o
violenta.
Al retraer y elevar
las comisuras de la boca, mediante la contracción de los grandes músculos
cigomáticos y la elevación del labio superior, las mejillas se elevan. Se
forman así arrugas bajo los ojos y, en las personas mayores, en sus extremos;
estas son muy características de la risa o la sonrisa. A medida que una sonrisa
suave se transforma en una sonrisa fuerte, o en risa, cualquiera puede sentir y
ver, si presta atención a sus propias sensaciones y se mira en un espejo, que
al levantarse el labio superior y contraerse los orbiculares inferiores, las
arrugas de los párpados inferiores y las de debajo de los ojos se fortalecen o
aumentan considerablemente. Al mismo tiempo, como he observado repetidamente,
las cejas se bajan ligeramente, lo que indica que tanto los orbiculares
superiores como los inferiores se contraen al menos en cierta medida, aunque
esto pasa desapercibido para nuestras sensaciones. Si se compara la fotografía
original del anciano, con su semblante plácido habitual (fig. 4), con aquella (fig.
5) en la que sonríe con naturalidad, se observa que las cejas de este último
están ligeramente caídas. Supongo que esto se debe a que los orbiculares
superiores, por un hábito arraigado, actúan en cierta medida en sintonía con
los orbiculares inferiores, que se contraen al levantar el labio superior.
La tendencia de los
músculos cigomáticos a contraerse bajo emociones placenteras queda demostrada
por un hecho curioso, que me comunicó el Dr. Browne, con respecto a los
pacientes que sufren de PARÁLISIS GENERAL DE LOS MENTIROS. [811] “En esta enfermedad hay casi invariablemente optimismo —delirios
de riqueza, rango, grandeza—, alegría demencial, benevolencia y profusión,
mientras que su síntoma físico más temprano es el temblor en las comisuras de
los labios y en las comisuras exteriores de los ojos. Este es un hecho bien
conocido. La agitación temblorosa constante de los músculos palpebrales
inferiores y cigomáticos mayores es patognomónica de las primeras etapas de la
parálisis general. El semblante presenta una expresión complacida y benévola. A
medida que la enfermedad avanza, se ven afectados otros músculos, pero hasta
que se alcanza la fatuidad completa, la expresión predominante es la de una
débil benevolencia”.
Al reír y sonreír
ampliamente, las mejillas y el labio superior se elevan considerablemente, la
nariz parece acortada y la piel del puente se arruga finamente en líneas
transversales, con otras líneas longitudinales oblicuas a los lados. Los
dientes frontales superiores suelen estar expuestos. Se forma un surco
nasolabial bien marcado, que se extiende desde el ala de cada fosa nasal hasta
la comisura de la boca; este surco suele ser doble en las personas mayores.
Una mirada
brillante y chispeante es tan característica de un estado mental complacido o
divertido, como la retracción de las comisuras de la boca y el labio superior
con las arrugas que esto produce. Incluso los ojos de los idiotas microcéfalos,
tan degradados que nunca aprenden a hablar, se iluminan ligeramente cuando
están complacidos. [812] Bajo una risa intensa, los ojos están demasiado saturados de
lágrimas como para brillar; pero la humedad extraída de las glándulas durante
la risa moderada o la sonrisa puede contribuir a darles brillo; aunque esto
debe ser de importancia secundaria, ya que se opacan por la pena, aunque
entonces suelen estar húmedos. Su brillo parece deberse principalmente a su
tensión, [813] debido a la contracción de los músculos orbiculares y a la presión
de las mejillas elevadas. Pero, según el Dr. Piderit, quien ha analizado este
punto con más detalle que cualquier otro escritor, [814] la tensión puede atribuirse en gran medida a que los globos
oculares se llenan de sangre y otros fluidos, debido a la aceleración de la
circulación, como consecuencia de la excitación del placer. Observa el
contraste entre la apariencia de los ojos de un paciente con agitación y una
circulación acelerada, y la de un hombre con cólera, con casi todos los fluidos
corporales agotados. Cualquier causa que disminuya la circulación adormece la
vista. Recuerdo haber visto a un hombre completamente postrado por un esfuerzo
prolongado y severo durante un día muy caluroso, y un testigo comparó sus ojos
con los de un bacalao hervido.
Volviendo a los
sonidos producidos durante la risa, podemos ver vagamente cómo la emisión de
algún tipo de sonido se asocia naturalmente con un estado mental placentero;
pues en gran parte del reino animal, los sonidos vocales o instrumentales se
emplean como llamada o como amuleto por un sexo para el otro. También se
emplean como medio para un encuentro alegre entre padres e hijos, y entre los
miembros unidos de la misma comunidad social. Pero desconocemos por qué los
sonidos que el hombre emite cuando está complacido tienen el peculiar carácter
reiterado de la risa. Sin embargo, podemos ver que serían naturalmente lo más
diferentes posible de los gritos o alaridos de angustia; y así como en la
producción de estos últimos, las expiraciones son prolongadas y continuas, con
inspiraciones cortas e interrumpidas, así también cabría esperar que con los
sonidos emitidos por la alegría, las expiraciones fueran cortas e
interrumpidas, con inspiraciones prolongadas; y este es el caso.
Es igualmente
confuso por qué las comisuras de la boca se retraen y el labio superior se
eleva durante la risa común. La boca no debe abrirse al máximo, pues cuando
esto ocurre durante un paroxismo de risa excesiva, apenas se emite sonido; o
cambia de tono y parece provenir de lo más profundo de la garganta. Los
músculos respiratorios, e incluso los de las extremidades, se ven impulsados
simultáneamente a rápidos movimientos vibratorios. La mandíbula inferior a
menudo participa en este movimiento, lo que tendería a impedir que la boca se
abra completamente. Pero como debe emitirse un volumen completo de sonido, el
orificio de la boca debe ser grande; y quizás para lograr este fin se retraen
las comisuras y se eleva el labio superior. Aunque difícilmente podemos
explicar la forma de la boca durante la risa, que provoca la formación de
arrugas bajo los ojos, ni el peculiar sonido reiterado de la risa, ni el
temblor de las mandíbulas, podemos inferir que todos estos efectos se deben a
una causa común. Porque todos ellos son característicos y expresivos de un
estado mental placentero en varios tipos de monos.
Se puede seguir una
serie gradual que va desde la risa violenta a la moderada, pasando por una
amplia sonrisa, una sonrisa suave y la expresión de mera alegría. Durante la
risa excesiva, todo el cuerpo suele inclinarse hacia atrás y se sacude, o casi
convulsiona; la respiración se altera considerablemente; la cabeza y el rostro
se llenan de sangre, con las venas distendidas; y los músculos orbiculares se
contraen espasmódicamente para proteger los ojos. Se derraman lágrimas con
profusión. Por lo tanto, como se señaló anteriormente, es casi imposible
señalar alguna diferencia entre el rostro bañado en lágrimas de una persona
tras un paroxismo de risa excesiva y tras un intenso llanto. [815] Probablemente se deba a la estrecha similitud de los movimientos
espasmódicos causados por estas emociones tan diferentes que los pacientes
histéricos alternan entre llorar y reír con violencia, y que los niños pequeños
a veces pasan repentinamente de uno a otro estado. El Sr. Swinhoe me informa
que ha visto con frecuencia a los chinos, cuando sufren una profunda pena,
estallar en ataques de risa histérica.
Me interesaba saber
si la mayoría de las razas humanas derraman lágrimas con frecuencia durante una
risa excesiva, y mis corresponsales me han dicho que sí. Se observó un caso con
los hindúes, quienes afirmaron que ocurría con frecuencia. Lo mismo ocurre con
los chinos. Las mujeres de una tribu salvaje de malayos en la península de
Malaca a veces derraman lágrimas cuando ríen con ganas, aunque esto rara vez
ocurre. Con los dayaks de Borneo debe ser frecuente, al menos con las mujeres,
pues el rajá C. Brooke me ha dicho que es una expresión común entre ellos decir
«casi se nos saltan las lágrimas de la risa». Los aborígenes australianos
expresan sus emociones con libertad, y mis corresponsales los describen
saltando y aplaudiendo de alegría, y a menudo riendo a carcajadas. No menos de
cuatro observadores han visto cómo sus ojos se llenaban de lágrimas en tales
ocasiones; y en una ocasión, las lágrimas rodaron por sus mejillas. El Sr.
Bulmer, misionero en una zona remota de Victoria, comenta que «tienen un agudo
sentido del ridículo; son excelentes imitadores, y cuando uno de ellos logra
imitar las peculiaridades de algún miembro ausente de la tribu, es muy común
oír a todos en el campamento estallar de risa». Entre los europeos, pocas cosas
provocan la risa con tanta facilidad como la imitación; y resulta curioso
encontrar lo mismo en los salvajes australianos, que constituyen una de las
razas más distintivas del mundo.
En el sur de
África, con dos tribus de kafires, especialmente las mujeres, a menudo se les
llenan los ojos de lágrimas al reír. Gaika, hermano del jefe Sandilli, responde
a mi pregunta al respecto con las palabras: «Sí, es su práctica habitual». Sir
Andrew Smith ha visto el rostro pintado de una mujer hotentote surcado por las
lágrimas tras un ataque de risa. En el norte de África, entre los abisinios, se
producen lágrimas en las mismas circunstancias. Por último, en Norteamérica, se
ha observado el mismo hecho en una tribu notablemente salvaje y aislada, pero
principalmente en las mujeres; en otra tribu se observó solo en una ocasión.
La risa excesiva,
como ya se ha comentado, se transforma en risa moderada. En esta última, los
músculos que rodean los ojos están mucho menos contraídos y el ceño fruncido es
mínimo o nulo. Entre una risa suave y una sonrisa amplia apenas hay diferencia,
salvo que al sonreír no se emite ningún sonido reiterado, aunque a menudo se
oye una exhalación bastante fuerte o un leve ruido —un rudimento de risa— al
comienzo de la sonrisa. En un rostro con una sonrisa moderada, la contracción
de los músculos orbiculares superiores puede rastrearse con precisión mediante
un ligero descenso de las cejas. La contracción de los músculos orbiculares
inferiores y palpebrales es mucho más evidente y se manifiesta por el
arrugamiento de los párpados inferiores y de la piel debajo de ellos, junto con
una ligera elevación del labio superior. De la sonrisa más amplia, pasamos
gradualmente a la más suave. En este último caso, los rasgos se mueven en menor
medida y con mucha más lentitud, y la boca se mantiene cerrada. La curvatura del
surco nasolabial también es ligeramente diferente en ambos casos. Vemos, por
tanto, que no se puede trazar una línea de demarcación abrupta entre el
movimiento de los rasgos durante la risa más violenta y una sonrisa muy
tenue. [816]
Por lo tanto, se
puede decir que la sonrisa es la primera etapa en el desarrollo de la risa.
Pero se puede sugerir una perspectiva diferente y más probable: que el hábito
de emitir sonidos repetidos y frecuentes, motivado por una sensación de placer,
condujo primero a la retracción de las comisuras de la boca y del labio
superior, y a la contracción de los músculos orbiculares; y que ahora, mediante
la asociación y el hábito prolongado, estos mismos músculos se activan
ligeramente cuando alguna causa despierta en nosotros una sensación que, de ser
más intensa, habría provocado la risa; y el resultado es una sonrisa.
Ya sea que
consideremos la risa como el desarrollo completo de una sonrisa o, como es más
probable, una sonrisa suave como el último vestigio de un hábito, firmemente
arraigado durante muchas generaciones, de reír siempre que estamos alegres,
podemos seguir en nuestros bebés la transición gradual de una a otra. Quienes
tienen a su cargo bebés pequeños saben bien que es difícil estar seguros de
cuándo ciertos movimientos de sus bocas son realmente expresivos; es decir,
cuándo sonríen de verdad. Por eso observé atentamente a mis propios bebés. Uno
de ellos, a los cuarenta y cinco días de edad, y estando entonces en un estado
de ánimo feliz, sonrió; es decir, las comisuras de los labios se retrajeron y,
al mismo tiempo, sus ojos se volvieron decididamente brillantes. Observé lo
mismo al día siguiente; pero al tercer día, el niño no estaba del todo bien y
no había rastro de sonrisa, lo que hace probable que las sonrisas anteriores
fueran reales. Ocho días después y durante la semana siguiente, fue notable cómo
sus ojos se iluminaban cada vez que sonreía, y su nariz se arrugó
transversalmente al mismo tiempo. Esto se acompañaba ahora de un pequeño
balido, que quizá representaba una risa. A los 113 días, estos pequeños ruidos,
que siempre se producían al espirar, adquirieron un carácter ligeramente
diferente, y eran más entrecortados o interrumpidos, como un sollozo; y esto
era sin duda una risa incipiente. En aquel momento, me pareció que el cambio de
tono estaba relacionado con la mayor extensión lateral de la boca a medida que
las sonrisas se ensanchaban.
En un segundo bebé,
la primera sonrisa auténtica se observó aproximadamente a la misma edad, a los
cuarenta y cinco días; y en un tercero, a una edad algo menor. El segundo bebé,
a los sesenta y cinco días, sonrió mucho más amplia y nítidamente que el primero
mencionado a la misma edad; e incluso a esta temprana edad emitía sonidos muy
parecidos a la risa. En esta adquisición gradual del hábito de reír, por parte
de los bebés, encontramos un caso en cierto grado análogo al del llanto. Así
como la práctica es necesaria para los movimientos corporales ordinarios, como
caminar, también parece serlo para reír y llorar. El arte de gritar, por otro
lado, al ser útil para los bebés, se ha desarrollado con precisión desde los
primeros días.
Buen humor, alegría . Un hombre de buen humor, aunque no sonría, suele mostrar cierta
tendencia a retraer las comisuras de los labios. Debido a la excitación del
placer, la circulación se acelera; los ojos brillan y el rostro se torna más
colorado. El cerebro, estimulado por el aumento del flujo sanguíneo, influye en
las facultades mentales; las ideas vivaces fluyen aún más rápidamente por la
mente y los afectos se avivan. Escuché a un niño, de poco menos de cuatro años,
al preguntarle qué significaba estar de buen humor, responder: «Es reír, hablar
y besar». Sería difícil dar una definición más exacta y práctica. Un hombre en
este estado mantiene el cuerpo erguido, la cabeza erguida y los ojos abiertos.
No hay caída de los rasgos ni contracción de las cejas. Por el contrario, el
músculo frontal, como observa Moreau, [817] tiende a contraerse ligeramente; Y esto alisa el ceño, borra
cualquier rastro de ceño fruncido, arquea ligeramente las cejas y levanta los
párpados. De ahí la frase latina exporrigere frontem —desarrugar
el ceño— que significa estar alegre o contento. La expresión general de un
hombre de buen humor es exactamente la opuesta a la de alguien que sufre. Según
Sir C. Bell, «En todas las emociones estimulantes, las cejas, los párpados, las
fosas nasales y las comisuras de los labios se levantan. En las pasiones
depresivas es lo contrario». Bajo la influencia de estas últimas, el ceño se
encorva, los párpados, las mejillas, la boca y toda la cabeza se inclinan; los
ojos están apagados; el semblante pálido y la respiración lenta. En la alegría,
el rostro se expande, en la pena se alarga. No pretendo decir si el principio
de antítesis ha entrado en juego aquí para producir estas expresiones opuestas,
en ayuda de las causas directas que se han especificado y que son
suficientemente claras.
En todas las razas
humanas, la expresión del buen ánimo parece ser la misma y se reconoce
fácilmente. Mis informantes, de diversas partes del Viejo y del Nuevo Mundo,
responden afirmativamente a mis preguntas sobre este punto y ofrecen algunos
detalles sobre los hindúes, malayos y neozelandeses. El brillo de los ojos de
los australianos ha impresionado a cuatro observadores, y se ha observado lo
mismo en los hindúes, neozelandeses y los dayaks de Borneo.
Los salvajes a
veces expresan su satisfacción no solo sonriendo, sino con gestos derivados del
placer de comer. Así, el Sr. Wedgwood [818] cita a Petherick, quien afirma que los negros del Alto Nilo
comenzaron a frotarse el vientre cuando él les mostraba el rosario; y
Leichhardt dice que los australianos chasqueaban la boca al ver sus caballos y
bueyes, y más especialmente sus perros canguro. Los groenlandeses, «cuando
afirman algo con placer, aspiran el aire con un sonido característico» [819] , lo que podría ser una imitación del acto de tragar comida
sabrosa.
La risa se suprime
mediante la firme contracción de los músculos orbiculares de la boca, lo que
impide que el cigomático mayor y otros músculos empujen los labios hacia atrás
y hacia arriba. El labio inferior también se sujeta a veces con los dientes, lo
que da una expresión pícara al rostro, como se observó en la ciega y sorda
Laura Bridgman. [820] El cigomático mayor a veces tiene un recorrido variable, y he
visto a una joven en la que los depresores del ángulo de la boca se
activaron con fuerza para reprimir una sonrisa; pero esto no le dio en absoluto
una expresión melancólica a su rostro, debido al brillo de sus ojos.
La risa se emplea
con frecuencia de forma forzada para ocultar o enmascarar algún otro estado de
ánimo, incluso la ira. A menudo vemos a personas reír para disimular su
vergüenza o timidez. Cuando alguien frunce los labios, como para evitar
sonreír, aunque no haya nada que la provoque, o nada que impida su libre
complacencia, se muestra una expresión afectada, solemne o pedante; pero sobre
estas expresiones híbridas no es necesario añadir nada más. En el caso de la
burla, una sonrisa o risa, real o fingida, suele combinarse con la expresión
propia del desprecio, y esta puede transformarse en desprecio furioso o desdén.
En tales casos, el propósito de la risa o la sonrisa es mostrar a la persona
ofensora que solo provoca diversión.
Amor, sentimientos
tiernos, etc. —Aunque el amor, por ejemplo,
el de una madre por su hijo, es uno de los más intensos de los que la mente es
capaz, difícilmente se puede decir que tenga una forma de expresión propia o
peculiar; y esto es comprensible, ya que no ha llevado habitualmente a ninguna
línea de acción específica. Sin duda, como el afecto es una sensación
placentera, generalmente provoca una suave sonrisa y un brillo en los ojos. Es
común sentir un fuerte deseo de tocar a la persona amada; y el amor se expresa
por este medio con mayor claridad que por cualquier otro. [821] De ahí que anhelemos abrazar a quienes amamos tiernamente.
Probablemente debamos este deseo a un hábito heredado, asociado con el cuidado
de nuestros hijos y las caricias mutuas de los amantes.
En los animales
inferiores observamos el mismo principio de placer derivado del contacto en
relación con el amor. Perros y gatos disfrutan manifiestamente de frotarse
contra sus amos y de que estos los froten o acaricien. Muchas especies de
monos, según me aseguran los cuidadores del Zoológico, disfrutan de las
caricias y de ser acariciados entre sí y por las personas a las que sienten
apego. El Sr. Bartlett me ha descrito el comportamiento de dos chimpancés,
animales bastante mayores que los que se suelen importar a este país, cuando
fueron reunidos por primera vez. Se sentaron uno frente al otro, tocándose con
sus labios muy prominentes; y uno puso su mano sobre el hombro del otro. Luego
se abrazaron mutuamente. Después se levantaron, cada uno con un brazo sobre el
hombro del otro, levantaron la cabeza, abrieron la boca y gritaron de
alegría. [822]
Los europeos
estamos tan acostumbrados a besar como muestra de afecto que podría pensarse
que es innato en la humanidad; pero no es así. Steele se equivocó al decir: «La
naturaleza fue su creadora, y comenzó con el primer cortejo». Jemmy Button, el
fueguino, me comentó que esta práctica era desconocida en su tierra. Es
igualmente desconocida entre los neozelandeses, tahitianos, papúes,
australianos, somalíes de África y esquimales. Pero es tan innata o natural que
aparentemente depende del placer del contacto cercano con la persona amada; y
se sustituye en diversas partes del mundo por el roce de narices, como entre
los neozelandeses y los lapones, por el roce o las palmaditas en los brazos, el
pecho o el estómago, o por el golpeteo de la cara con las manos o los pies de
otro. Quizás la práctica de soplar, como muestra de afecto, en diversas partes
del cuerpo pueda basarse en el mismo principio. [823]
Los sentimientos
que se llaman tiernos son difíciles de analizar; parecen estar compuestos de
afecto, alegría y, sobre todo, de compasión. Estos sentimientos son, en sí
mismos, de naturaleza placentera, excepto cuando la compasión es demasiado
profunda o se despierta el horror, como al enterarse de un hombre o animal
torturado. Son notables, desde nuestro punto de vista actual, por su facilidad
para provocar lágrimas. Muchos padres e hijos han llorado al reencontrarse tras
una larga separación, sobre todo si el encuentro ha sido inesperado. Sin duda,
la alegría extrema, por sí sola, tiende a actuar sobre las glándulas
lagrimales; pero en ocasiones como las mencionadas, probablemente habrán pasado
por sus mentes vagas ideas sobre el dolor que habrían sentido si padre e hijo
nunca se hubieran conocido; y el dolor, naturalmente, conduce a la secreción de
lágrimas. Así, al regreso de Ulises:
Telémaco se levantó
y, llorando, se abrazó al pecho de su padre.
Allí, el dolor contenido los inundó, anhelando así.
* * * * * *
Así gemían lastimeramente, con profunda inquietud,
y en sus llantos se había desvanecido el día,
pero Telémaco finalmente encontró palabras para decir.
Traducción de la Odisea de Worsley , Libro XVI, estrofa 27.
Así que de nuevo,
cuando Penélope finalmente reconoció a su marido:
“Entonces de sus
párpados brotaron lágrimas rápidas
y corrió hacia él desde su lugar, y
le echó los brazos al cuello, y un cálido rocío
de besos se derramó sobre él, y así habló:”
—Libro xxiii, esc. 27.
El vívido recuerdo
de nuestro antiguo hogar, o de días felices del pasado, hace que los ojos se
llenen de lágrimas; pero aquí, de nuevo, surge naturalmente el pensamiento de
que esos días nunca volverán. En tales casos, podemos decir que nos
compadecemos de nosotros mismos en nuestro estado presente, en comparación con
nuestro pasado. La compasión por las aflicciones ajenas, incluso por las
aflicciones imaginarias de una heroína de una historia patética, por la que no
sentimos afecto, despierta fácilmente las lágrimas. Lo mismo ocurre con la
compasión por la felicidad ajena, como con la de un amante, que finalmente
triunfa tras muchas dificultades en una historia bien contada.
La compasión parece
constituir una emoción separada o distinta; y es especialmente propensa a
excitar las glándulas lagrimales. Esto se aplica tanto si damos como si
recibimos compasión. Todos habrán notado la facilidad con la que los niños
rompen a llorar si les compadecemos por una pequeña herida. En el caso de los
locos melancólicos, como me informa el Dr. Crichton Browne, una palabra amable
a menudo los sume en un llanto desenfrenado. En cuanto expresamos nuestra
compasión por el dolor de un amigo, a menudo se nos llenan los ojos de
lágrimas. El sentimiento de compasión se explica comúnmente asumiendo que,
cuando vemos o escuchamos el sufrimiento de otra persona, la idea del
sufrimiento se evoca tan vívidamente en nuestra mente que nosotros mismos sufrimos.
Pero esta explicación no es suficiente, pues no explica la íntima alianza entre
compasión y afecto. Sin duda, simpatizamos mucho más profundamente con una
persona amada que con una persona indiferente; y la compasión de uno nos
proporciona mucho más alivio que la del otro. Sin embargo, con seguridad
podemos simpatizar con aquellos por quienes no sentimos afecto.
Por qué el
sufrimiento, cuando lo experimentamos nosotros mismos, provoca el llanto, se ha
discutido en un capítulo anterior. Respecto a la alegría, su expresión natural
y universal es la risa; y en todas las razas humanas, la risa sonora provoca la
secreción de lágrimas con mayor frecuencia que cualquier otra causa, excepto la
angustia. La inundación de lágrimas en los ojos, que sin duda ocurre bajo una
gran alegría, aunque no hay risa, puede, en mi opinión, explicarse por hábito y
asociación, siguiendo los mismos principios que la efusión de lágrimas por el
dolor, aunque no haya gritos. Sin embargo, es notable que la compasión por las
angustias ajenas provoque lágrimas con mayor frecuencia que nuestra propia
angustia; y ciertamente es así. Muchos hombres, a quienes ningún sufrimiento
propio podría arrancar una lágrima, han derramado lágrimas por el sufrimiento
de un amigo querido. Es aún más notable que la compasión por la felicidad o la
buena fortuna de quienes amamos tiernamente produzca el mismo resultado,
mientras que una felicidad similar experimentada por nosotros mismos nos
dejaría los ojos secos. Sin embargo, debemos tener presente que el hábito de
restricción, mantenido durante mucho tiempo y tan poderoso para frenar el libre
flujo de lágrimas por el dolor corporal, no se ha puesto en juego para impedir
una efusión moderada de lágrimas en simpatía por los sufrimientos o la
felicidad de los demás.
La música tiene un
poder maravilloso, como he intentado demostrar en otro lugar, [824] de evocar de forma vaga e indefinida aquellas fuertes emociones
que se sintieron en épocas pasadas, cuando, como es probable, nuestros primeros
progenitores se cortejaban mediante tonos vocales. Y como varias de nuestras
emociones más intensas —la pena, la gran alegría, el amor y la compasión—
conducen a la secreción abundante de lágrimas, no es sorprendente que la música
tienda a hacer que nuestros ojos se inunden de lágrimas, especialmente cuando
ya estamos conmovidos por alguno de los sentimientos más tiernos. La música a
menudo produce otro efecto peculiar. Sabemos que toda sensación, emoción o
excitación intensa —el dolor extremo, la rabia, el terror, la alegría o la
pasión amorosa— tiene una tendencia especial a hacer temblar los músculos; y el
escalofrío o ligero temblor que recorre la columna vertebral y las extremidades
de muchas personas cuando son afectadas poderosamente por la música, parece
guardar la misma relación con el temblor del cuerpo antes mencionado, que una
ligera oleada de lágrimas por el poder de la música con el llanto provocado por
cualquier emoción fuerte y real.
Devoción. —Como la devoción está, en cierto grado, relacionada con el
afecto, aunque consiste principalmente en reverencia, a menudo combinada con
temor, cabe mencionar brevemente la expresión de este estado mental. En algunas
sectas, tanto del pasado como del presente, la religión y el amor se han
combinado de forma extraña; e incluso se ha sostenido, por lamentable que sea,
que el beso sagrado del amor difiere muy poco del que un hombre da a una mujer,
o una mujer a un hombre. [825] La devoción se expresa principalmente con el rostro dirigido hacia
el cielo, con los ojos vueltos hacia arriba. Sir C. Bell señala que, al
acercarse el sueño, un desmayo o la muerte, las pupilas se elevan hacia arriba
y hacia adentro; y cree que «cuando estamos envueltos en sentimientos
devocionales y no prestamos atención a las impresiones externas, la mirada se
eleva por una acción que no se enseña ni se adquiere», y que esto se debe a la
misma causa que en los casos anteriores. [826] Según el profesor Donders, es cierto que los ojos se levantan
durante el sueño. En los bebés, al mamar, este movimiento de los globos
oculares les da a menudo una absurda apariencia de deleite extático; y aquí se
percibe claramente que se libra una lucha contra la posición que adoptan
naturalmente durante el sueño. Pero la explicación de Sir C. Bell, que se basa
en la suposición de que ciertos músculos están más bajo el control de la
voluntad que otros, es incorrecta, según el profesor Donders. Como los ojos se
levantan a menudo durante la oración, sin que la mente esté tan absorta en sus
pensamientos como para acercarse a la inconsciencia del sueño, el movimiento es
probablemente convencional, resultado de la creencia común de que el Cielo, la
fuente del poder divino a la que oramos, se encuentra sobre nosotros.
Una humilde postura
de rodillas, con las manos hacia arriba y las palmas juntas, nos parece, por un
largo hábito, un gesto tan apropiado para la devoción que podría considerarse
innato; pero no he encontrado ninguna evidencia al respecto en las diversas razas
extraeuropeas de la humanidad. Durante el período clásico de la historia
romana, no parece, como he oído de un excelente clásico, que las manos se
unieran así durante la oración. El Sr. Rensleigh Wedgwood aparentemente ha
dado [827] la verdadera explicación, aunque esto implica que la actitud es de
sumisión servil. «Cuando el suplicante se arrodilla y levanta las manos con las
palmas juntas, representa a un cautivo que demuestra la plenitud de su sumisión
al ofrecer sus manos para que sean atadas por el vencedor. Es la representación
pictórica del latín dare manus , para significar sumisión».
Por lo tanto, no es probable que ni la elevación de los ojos ni la unión de las
manos abiertas, bajo la influencia de sentimientos devocionales, sean acciones
innatas o verdaderamente expresivas; Y esto difícilmente se podía esperar, pues
es muy dudoso que sentimientos como los que ahora clasificaríamos como
devocionales, afectaran los corazones de los hombres mientras permanecieron
durante épocas pasadas en una condición incivilizada.
CAPÍTULO IX.
REFLEXIÓN—MEDITACIÓN—MAL HUMOR—MAL ESTILO—DETERMINACIÓN.
El acto de fruncir
el ceño—Reflexión con esfuerzo, o con la percepción de algo difícil o
desagradable—Meditación abstraída—Mal
carácter—Morosidad—Obstinación—Enfurruñamiento y pucheros—Decisión o
determinación—El cierre firme de la boca.
Los corrugadores,
al contraerse, bajan las cejas y las juntan, produciendo surcos verticales en
la frente, es decir, el ceño fruncido. Sir C. Bell, quien erróneamente creía
que el corrugador era peculiar del hombre, lo clasifica como «el músculo más
notable del rostro humano. Frunce las cejas con un esfuerzo enérgico que,
inexplicable pero irresistiblemente, transmite la idea de mente». O, como él
mismo dice en otra parte, «cuando las cejas se fruncen, la energía mental es
evidente, y se mezclan el pensamiento y la emoción con la furia salvaje y
brutal del simple animal». [901] Hay mucha verdad en estas observaciones, pero no toda la verdad.
El Dr. Duchenne ha llamado al corrugador el músculo de la reflexión; [902] pero este nombre, sin alguna limitación, no puede considerarse del
todo correcto.
Un hombre puede
estar absorto en sus pensamientos más profundos y su ceño permanecerá sereno
hasta que encuentre algún obstáculo en su razonamiento o sea interrumpido por
alguna perturbación, y entonces una mueca se extenderá sobre él. Un hombre
medio muerto de hambre puede pensar intensamente en cómo conseguir comida, pero
probablemente no fruncirá el ceño a menos que encuentre alguna dificultad, ya
sea en pensamiento o acción, o que la comida le produzca náuseas al obtenerla.
He observado que casi todos fruncen el ceño al instante si perciben un sabor
extraño o desagradable en lo que comen. Pedí a varias personas, sin explicarles
mi objetivo, que escucharan atentamente un suave golpeteo, cuya naturaleza y
origen todos conocían a la perfección, y nadie frunció el ceño; pero un hombre
que se unió a nosotros, y que no podía concebir lo que hacíamos en profundo
silencio, cuando se le pidió que escuchara, frunció el ceño considerablemente,
aunque no de mal humor, y dijo que no entendía en absoluto lo que queríamos. El
Dr. Piderit [903], quien ha publicado observaciones en el mismo sentido, añade que
los tartamudos suelen fruncir el ceño al hablar, y que un hombre, incluso al
hacer algo tan insignificante como ponerse una bota, frunce el ceño si la
encuentra demasiado apretada. Algunas personas fruncen el ceño tan
habitualmente que el mero esfuerzo de hablar casi siempre les hace contraer las
cejas.
Los hombres de
todas las razas fruncen el ceño cuando están perplejos, como deduzco de las
respuestas que he recibido a mis preguntas; pero las formulé mal, confundiendo
la meditación absorta con la reflexión perpleja. Sin embargo, es evidente que
los australianos, malayos, hindúes y kafires de Sudáfrica fruncen el ceño
cuando están desconcertados. Dobritzhoffer señala que los guaraníes de
Sudamérica fruncen el ceño en ocasiones similares. [904]
De estas
consideraciones, podemos concluir que fruncir el ceño no es expresión de una
simple reflexión, por profunda que sea, ni de atención, por muy cercana que
sea, sino de algo difícil o desagradable encontrado en un hilo de pensamiento o
en la acción. Sin embargo, la reflexión profunda rara vez puede mantenerse
durante mucho tiempo sin alguna dificultad, por lo que generalmente irá
acompañada de fruncir el ceño. De ahí que fruncir el ceño comúnmente confiera
al rostro, como señala Sir C. Bell, un aspecto de energía intelectual. Pero
para que se produzca este efecto, la mirada debe estar clara y firme, o puede
estar baja, como suele ocurrir en la reflexión profunda. El rostro no debe
estar alterado de ninguna otra manera, como en el caso de una persona malhumorada
o irritable, o de alguien que muestra los efectos de un sufrimiento prolongado,
con ojos apagados y mandíbula caída, o que percibe mal sabor en la comida, o
que tiene dificultad para realizar alguna acción insignificante, como enhebrar
una aguja. En estos casos se puede ver a menudo un ceño fruncido, pero estará
acompañado de alguna otra expresión, que impedirá por completo que el rostro
tenga una apariencia de energía intelectual o de pensamiento profundo.
Podemos ahora
preguntarnos cómo es que fruncir el ceño expresa la percepción de algo difícil
o desagradable, ya sea en pensamiento o en acción. Así como los naturalistas
consideran aconsejable rastrear el desarrollo embrionario de un órgano para
comprender plenamente su estructura, con los movimientos de expresión conviene
seguir el mismo plan en la medida de lo posible. La expresión más temprana y
casi única que se observa durante los primeros días de la infancia, y que luego
se manifiesta con frecuencia, es la que se manifiesta al gritar; y el grito es
provocado, tanto al principio como durante un tiempo después, por cualquier
sensación o emoción angustiosa o desagradable: hambre, dolor, ira, celos,
miedo, etc. En esos momentos, los músculos que rodean los ojos se contraen
fuertemente; y esto, creo, explica en gran medida el acto de fruncir el ceño
durante el resto de nuestras vidas. Observé repetidamente a mis propios bebés,
desde menos de una semana hasta los dos o tres meses, y descubrí que cuando un
ataque de llanto aparecía gradualmente, la primera señal era la contracción de
los corrugadores, que producía un ligero ceño fruncido, seguido rápidamente por
la contracción de los demás músculos alrededor de los ojos. Cuando un bebé se
siente incómodo o indispuesto, se pueden ver pequeños ceños fruncidos —como
anoto en mis notas— que pasan incesantemente como sombras sobre su rostro;
estos son generalmente, pero no siempre, seguidos tarde o temprano por un
ataque de llanto. Por ejemplo, observé durante un tiempo a un bebé, de entre
siete y ocho semanas, mamando leche fría, lo cual le desagradaba; y mantenía un
ceño fruncido constante todo el tiempo. Esto nunca llegó a convertirse en un
ataque de llanto, aunque ocasionalmente se podían observar todas las etapas de
aproximación.
Dado que el hábito
de fruncir el ceño ha sido adoptado por los bebés durante innumerables
generaciones, al comienzo de cada ataque de llanto o grito, se ha asociado
firmemente con la sensación incipiente de algo angustioso o desagradable. Por
lo tanto, en circunstancias similares, es probable que continúe durante la
madurez, aunque nunca llegue a convertirse en un ataque de llanto. El llanto o
los gritos comienzan a reprimirse voluntariamente en una etapa temprana de la
vida, mientras que fruncir el ceño rara vez se reprime a ninguna edad. Cabe
destacar que, en los niños muy propensos al llanto, cualquier cosa que los
desconcierte, y que haría que la mayoría de los demás simplemente fruncieran el
ceño, los hace llorar con facilidad. Así, en ciertos tipos de demencia,
cualquier esfuerzo mental, por mínimo que sea, que con un ceño fruncido
habitual provocaría un ligero fruncimiento, los lleva a llorar de forma
desenfrenada. No es más sorprendente que el hábito de fruncir el ceño ante la
primera percepción de algo angustioso, aunque adquirido durante la infancia, se
conserve durante el resto de nuestras vidas, que el que muchos otros hábitos
asociados, adquiridos a temprana edad, se conserven permanentemente tanto en el
ser humano como en los animales inferiores. Por ejemplo, los gatos adultos,
cuando se sienten cálidos y cómodos, a menudo conservan el hábito de sacar
alternativamente las patas delanteras con los dedos extendidos, hábito que
practicaban con un propósito específico mientras mamaban de sus madres.
Otra causa distinta
probablemente ha fortalecido el hábito de fruncir el ceño cuando la mente está
concentrada en algún tema y encuentra alguna dificultad. La vista es el más
importante de todos los sentidos, y en épocas primitivas la atención más profunda
debió dirigirse incesantemente a objetos distantes para obtener presas y evitar
el peligro. Recuerdo que, viajando por zonas de Sudamérica peligrosas por la
presencia de indígenas, me impresionó la incesante, aunque aparentemente
inconsciente, constante observación, por parte de los gauchos semisalvajes, del
horizonte. Ahora bien, cuando alguien sin velo (como debió ser el caso de la
humanidad en sus orígenes) se esfuerza al máximo por distinguir a plena luz del
día, y especialmente si el cielo está brillante, un objeto distante, casi
invariablemente frunce el ceño para evitar la entrada de demasiada luz; los
párpados inferiores, las mejillas y el labio superior se levantan al mismo
tiempo para reducir el tamaño del orificio ocular. He pedido deliberadamente a
varias personas, jóvenes y mayores, que observaran, en las circunstancias
descritas, objetos distantes, haciéndoles creer que solo quería comprobar su
capacidad de visión; y todos se comportaron como se acaba de describir.
Algunos, además, se taparon los ojos con las manos abiertas y planas para
protegerse del exceso de luz. Gratiolet, tras hacer algunas observaciones casi
en el mismo sentido, [905] dice: «Ce sont là des postures de vision difficile». Concluye que
los músculos que rodean los ojos se contraen en parte para excluir el exceso de
luz (lo cual me parece el fin más importante) y en parte para evitar que todos
los rayos incidan en la retina, excepto los que provienen directamente del
objeto examinado. El Sr. Bowman, a quien consulté sobre este punto, opina que
la contracción de los músculos circundantes puede, además, «sostener en parte
los movimientos consensuales de ambos ojos, al proporcionar un soporte más
firme mientras los globos oculares alcanzan la visión binocular mediante sus
propios músculos».
Dado que el
esfuerzo de observar con atención un objeto distante bajo una luz brillante es
difícil y molesto, y dado que este esfuerzo ha estado acompañado habitualmente,
durante innumerables generaciones, por la contracción de las cejas, el hábito
de fruncir el ceño se habrá fortalecido considerablemente; aunque originalmente
se practicaba durante la infancia por una causa completamente independiente, a
saber, como primer paso para proteger los ojos durante los gritos. Existe, de
hecho, mucha analogía, en lo que respecta al estado mental, entre escrutar
atentamente un objeto distante y seguir una línea de pensamiento oscura, o
realizar algún pequeño y engorroso trabajo mecánico. La creencia de que el
hábito de fruncir el ceño se mantiene cuando no hay necesidad alguna de excluir
demasiada luz, se ve respaldada por los casos antes mencionados, en los que las
cejas o los párpados se utilizan en ciertas circunstancias de forma inútil, por
haber sido utilizados de forma similar, en circunstancias análogas, con un
propósito útil. Por ejemplo, cerramos los ojos voluntariamente cuando no
deseamos ver ningún objeto, y tendemos a cerrarlos cuando rechazamos una
proposición, como si no pudiéramos o no quisiéramos verla; o cuando pensamos en
algo horrible. Levantamos las cejas cuando deseamos ver rápidamente todo lo que
nos rodea, y a menudo hacemos lo mismo cuando anhelamos recordar algo, actuando
como si nos esforzáramos por verlo.
Abstracción.
Meditación. —Cuando una persona está
absorta en sus pensamientos, con la mente ausente, o, como a veces se dice,
«cuando está absorta en un estudio oscuro», no frunce el ceño, sino que su
mirada parece vacía. Los párpados inferiores suelen estar levantados y arrugados,
de la misma manera que cuando una persona miope intenta distinguir un objeto
distante; al mismo tiempo, los músculos orbiculares superiores están
ligeramente contraídos. El arrugamiento de los párpados inferiores en estas
circunstancias se ha observado en algunos salvajes, como el Sr. Dyson Lacy con
los australianos de Queensland, y varias veces el Sr. Geach con los malayos del
interior de Malaca. Cuál sea el significado o la causa de esta acción, no puede
explicarse por el momento; pero aquí tenemos otro ejemplo de movimiento
alrededor de los ojos en relación con el estado mental.
La expresión vacía
de los ojos es muy peculiar y revela de inmediato que una persona está
completamente absorta en sus pensamientos. El profesor Donders, con su habitual
amabilidad, ha investigado este tema para mí. Ha observado a otros en esta
condición y ha sido observado por el profesor Engelmann. En ese caso, los ojos
no están fijos en ningún objeto y, por lo tanto, no están, como yo imaginaba,
en un objeto distante. Las líneas de visión de ambos ojos a menudo divergen
ligeramente; la divergencia, si la cabeza se mantiene verticalmente, con el
plano de visión horizontal, alcanza un ángulo máximo de 2°. Esto se comprobó
observando la doble imagen cruzada de un objeto distante. Cuando la cabeza se
inclina hacia adelante, como suele ocurrir en una persona absorta en sus
pensamientos, debido a la relajación general de sus músculos, si el plano de
visión sigue siendo horizontal, los ojos se giran ligeramente hacia arriba, y
entonces la divergencia llega a ser de hasta 3°, o 3° 5'; si los ojos se giran
aún más hacia arriba, la divergencia es de entre 6° y 7°. El profesor Donders
atribuye esta divergencia a la relajación casi completa de ciertos músculos de
los ojos, que sería consecuencia de la total absorción de la mente. [906] La condición activa de los músculos de los ojos es la de
convergencia; y el profesor Donders señala, en relación con su divergencia
durante un período de completa abstracción, que cuando un ojo se vuelve ciego,
casi siempre, después de un corto lapso de tiempo, se desvía hacia afuera;
porque sus músculos ya no se utilizan para mover el globo ocular hacia adentro
con el fin de obtener una visión binocular.
La reflexión
perpleja suele ir acompañada de ciertos movimientos o gestos. En esos momentos,
solemos llevarnos las manos a la frente, la boca o la barbilla; pero, por lo
que he visto, no actuamos así cuando estamos absortos en la meditación y no
encontramos ninguna dificultad. Plauto, describiendo en una de sus obras [907] a un hombre desconcertado, dice: «Mira, ha apoyado la barbilla en
la mano». Incluso un gesto tan insignificante y aparentemente involuntario como
llevarse la mano a la cara se ha observado en algunos salvajes. El Sr. J.
Mansel Weale lo ha visto en los kafires de Sudáfrica; y el jefe nativo Gaika
añade que los hombres entonces «a veces se arrancan la barba». El Sr.
Washington Matthews, quien atendió a algunas de las tribus indígenas más
salvajes del oeste de Estados Unidos, comenta que las ha visto, al concentrar
sus pensamientos, llevar las manos, generalmente el pulgar y el índice, a
alguna parte de la cara, comúnmente el labio superior. Podemos entender por qué
se debe presionar o frotar la frente, mientras un pensamiento profundo prueba
el cerebro; pero no está claro por qué se debe levantar la mano hasta la boca o
la cara.
Mal humor. —Hemos visto que fruncir el ceño es la expresión natural de alguna
dificultad o de una experiencia desagradable, ya sea en el pensamiento o en la
acción. Quien se ve afectado de esta manera con frecuencia y facilidad, tiende
a estar de mal humor, ligeramente enfadado o irritable, y comúnmente lo
demuestra frunciendo el ceño. Sin embargo, una expresión de mal humor, causada
por el ceño fruncido, puede contrarrestarse si la boca parece dulce, al estar
habitualmente sonriendo, y los ojos son brillantes y alegres. Lo mismo ocurrirá
si la mirada es clara y firme, y se percibe una reflexión seria. Fruncir el
ceño, con cierta depresión de las comisuras de los labios, signo de dolor, da
un aire de irritabilidad. Si un niño (véase Lámina IV, fig. 2) [908] frunce mucho el ceño mientras llora, pero no contrae con fuerza
los músculos orbiculares de la manera habitual, muestra una marcada expresión
de ira o incluso de rabia, acompañada de tristeza.
Si la contracción
de los músculos piramidales de la nariz arrastra mucho el ceño fruncido hacia
abajo, lo que produce arrugas transversales en la base de la nariz, la
expresión se vuelve taciturna. Duchenne cree que la contracción de este
músculo, sin fruncir el ceño, da la apariencia de una dureza extrema y
agresiva. [909] Pero dudo mucho que esta sea una expresión verdadera o natural. He
mostrado la fotografía de Duchenne de un joven, con este músculo fuertemente
contraído mediante galvanismo, a once personas, incluyendo algunos artistas, y
ninguna pudo formarse una idea de lo que se pretendía, excepto una chica, que
respondió correctamente: «Sin duda, reservada». Cuando miré esta fotografía por
primera vez, sabiendo lo que se pretendía, mi imaginación añadió, creo, lo
necesario: un ceño fruncido; y, en consecuencia, la expresión me pareció
verdadera y extremadamente taciturna.
Una boca firmemente
cerrada, junto con una frente baja y fruncida, da determinación a la expresión,
o puede tornarla obstinada y hosca. Más adelante se explicará cómo el cierre
firme de la boca da la apariencia de determinación. Mis informantes han reconocido
claramente una expresión de obstinación hosca en los nativos de seis regiones
diferentes de Australia. Es muy marcada, según el Sr. Scott, en los hindúes. Se
ha reconocido en los malayos, chinos, kafires y abisinios, y de forma notoria,
según el Dr. Rothrock, en los indígenas salvajes de Norteamérica, y según el
Sr. D. Forbes, en los aymaras de Bolivia. También la he observado en los
araucanos del sur de Chile. El Sr. Dyson Lacy señala que los nativos de
Australia, cuando se encuentran en este estado de ánimo, a veces cruzan los
brazos sobre el pecho, una actitud que podemos observar entre nosotros. Una
firme determinación, que llega hasta la obstinación, se expresa también a veces
manteniendo ambos hombros levantados, gesto cuyo significado se explicará en el
capítulo siguiente.
En los niños
pequeños, el mal humor se manifiesta haciendo pucheros, o, como a veces se le
llama, "haciendo un hocico". [910] Cuando las comisuras de la boca están muy deprimidas, el labio
inferior está ligeramente evertido y protruido; esto también se llama puchero.
Pero el puchero al que nos referimos aquí consiste en la protrusión de ambos
labios en forma tubular, a veces hasta el extremo de la nariz, si esta es
corta. El puchero suele ir acompañado de fruncir el ceño y, a veces, de la
emisión de un abucheo o silbido. Esta expresión es notable, ya que es casi la
única, que yo sepa, que se manifiesta con mucha más claridad durante la
infancia, al menos en los europeos, que en la madurez. Sin embargo, existe
cierta tendencia a la protrusión de los labios en los adultos de todas las
razas bajo la influencia de una gran ira. Algunos niños hacen pucheros cuando
son tímidos, y entonces difícilmente se les puede llamar malhumorados.
Según las
investigaciones que he realizado en varias familias numerosas, hacer pucheros
no parece ser muy común en los niños europeos; sin embargo, prevalece en todo
el mundo y debe ser común y muy marcado en la mayoría de las razas salvajes, ya
que ha llamado la atención de muchos observadores. Se ha observado en ocho
distritos diferentes de Australia; y uno de mis informantes comenta lo mucho
que los niños tienen los labios protuberantes. Dos observadores han visto hacer
pucheros en los niños hindúes; tres, en los de los kafires y fingos de
Sudáfrica, y en los hotentotes; y dos, en los niños de los indios salvajes de
Norteamérica. También se ha observado hacer pucheros en los chinos, abisinios,
malayos de Malaca, dayaks de Borneo y, a menudo, en los neozelandeses. El Sr.
Mansel Weale me informa que ha visto los labios muy protuberantes, no solo en
los hijos de los kafires, sino también en los adultos de ambos sexos cuando
están enfurruñados. El Sr. Stack ha observado a veces lo mismo en los hombres,
y muy frecuentemente en las mujeres de Nueva Zelanda. A veces, se detecta un
rastro de la misma expresión incluso en los adultos europeos.
Así, vemos que la
protrusión de los labios, especialmente en niños pequeños, es característica
del mal humor en la mayor parte del mundo. Este movimiento aparentemente
resulta de la retención, principalmente durante la juventud, de un hábito
primordial, o de una recaída ocasional en él. Los orangutanes y chimpancés
jóvenes protruyen los labios de forma extraordinaria, como se describió en un
capítulo anterior, cuando están descontentos, algo enojados o malhumorados;
también cuando están sorprendidos, un poco asustados e incluso ligeramente
complacidos. Sus bocas protruyen aparentemente para emitir los diversos sonidos
propios de estos estados de ánimo; y su forma, como observé en el chimpancé,
difería ligeramente al emitir el grito de placer y el de ira. En cuanto estos
animales se enfurecen, la forma de la boca cambia por completo y los dientes
quedan al descubierto. Se dice que el orangután adulto, al ser herido, emite
«un grito singular, que al principio consiste en notas agudas, que con el
tiempo se profundizan en un rugido grave. Al emitir las notas agudas, extiende
los labios formando un embudo, pero al emitir las graves, mantiene la boca bien
abierta». [911] En el gorila, se dice que el labio inferior es capaz de una gran
elongación. Si bien nuestros progenitores semihumanos proyectaban los labios
cuando estaban malhumorados o un poco enojados, de la misma manera que lo hacen
los simios antropoides actuales, no es anómalo, aunque sí curioso, que nuestros
hijos, al verse afectados de forma similar, muestren rastros de la misma
expresión, junto con cierta tendencia a emitir algún sonido. Pues no es inusual
que los animales conserven, de forma más o menos perfecta, durante su juventud
temprana y posteriormente pierdan caracteres que poseían originalmente sus
progenitores adultos, y que aún conservan especies distintas, sus parientes
cercanos.
Tampoco es un hecho
anómalo que los hijos de salvajes muestren una mayor tendencia a sacar los
labios cuando están de mal humor que los hijos de europeos civilizados; pues la
esencia del salvajismo parece consistir en la conservación de una condición primordial,
y esto a veces se aplica incluso a las peculiaridades corporales. [912] Se podría objetar a esta visión del origen del puchero que los
simios antropoides también sacan los labios cuando están asombrados e incluso
un poco complacidos; mientras que entre nosotros esta expresión se limita
generalmente a un estado mental de mal humor. Pero veremos en un capítulo
posterior que, en hombres de diversas razas, la sorpresa a veces lleva a una
ligera protrusión de los labios, aunque la gran sorpresa o asombro se
manifiesta más comúnmente con la boca bien abierta. Así como al sonreír o reír,
retraemos las comisuras de la boca, hemos perdido la tendencia a sacar los
labios cuando estamos complacidos, si es que nuestros primeros progenitores
expresaban placer de esta manera.
Aquí se puede
observar un pequeño gesto de los niños malhumorados: su
"indiferencia". Esto tiene un significado diferente, como, creo, el
de mantener ambos hombros en alto. Un niño enfadado, sentado en las rodillas de
su padre o madre, levanta el hombro más cercano, lo aparta bruscamente, como si
le estuvieran acariciando, y después lo empuja hacia atrás, como para alejar al
ofensor. He visto a un niño, de pie a cierta distancia de alguien, expresar
claramente sus sentimientos levantando un hombro, moviéndolo ligeramente hacia
atrás y luego girando todo el cuerpo.
Decisión o
determinación. —El cierre firme de la boca
tiende a dar una expresión de determinación al rostro. Probablemente ningún
hombre decidido haya tenido la boca abierta habitualmente. Por lo tanto, una
mandíbula inferior pequeña y débil, que parece indicar que la boca no está
cerrada de forma habitual y firme, se considera comúnmente un signo de
debilidad de carácter. Cualquier esfuerzo prolongado, ya sea físico o mental,
implica una determinación previa; y si se puede demostrar que la boca se cierra
generalmente con firmeza antes y durante un esfuerzo muscular intenso y
continuo, entonces, por el principio de asociación, la boca se cerraría casi
con seguridad en cuanto se tomara una resolución firme. Varios observadores han
observado que, al iniciar un esfuerzo muscular violento, un hombre
invariablemente primero distiende los pulmones con aire y luego los comprime
mediante la fuerte contracción de los músculos del pecho; y para lograr esto,
la boca debe estar firmemente cerrada. Además, en cuanto el hombre se ve
obligado a respirar, mantiene el pecho lo más distendido posible.
Se han atribuido
diversas causas a esta forma de actuar. Sir C. Bell sostiene [913] que el pecho se distiende con aire y se mantiene distendido en
esos momentos para dar un soporte firme a los músculos que lo sujetan. Por lo
tanto, como él mismo señala, cuando dos hombres se enzarzan en una lucha a
muerte, reina un silencio terrible, roto solo por una respiración entrecortada.
Hay silencio porque expulsar el aire al emitir cualquier sonido sería relajar
el soporte de los músculos de los brazos. Si se oye un grito, suponiendo que la
lucha se desarrolla en la oscuridad, sabemos de inmediato que uno de los dos se
ha rendido desesperado.
Gratiolet
admite [914] que cuando un hombre tiene que esforzarse al máximo con otro, o
tiene que soportar un gran peso, o mantener la misma postura forzada durante
mucho tiempo, es necesario que primero inhale profundamente y luego deje de
respirar; pero cree que la explicación de Sir C. Bell es errónea. Sostiene que
la respiración detenida retarda la circulación sanguínea, de lo cual creo que
no hay duda, y aporta una curiosa evidencia de la estructura de los animales
inferiores, que demuestra, por un lado, que una circulación retardada es
necesaria para el esfuerzo muscular prolongado y, por otro, que una circulación
rápida es necesaria para los movimientos rápidos. Según esta perspectiva,
cuando iniciamos un gran esfuerzo, cerramos la boca y dejamos de respirar para
retardar la circulación sanguínea. Gratiolet resume el tema diciendo: «C'est là
la vraie théorie de l'effort continu» (Esta es la verdadera teoría del esfuerzo
continuo). Pero no sé hasta qué punto esta teoría es admitida por otros
fisiólogos.
El Dr. Piderit
explica [915] el cierre firme de la boca durante un esfuerzo muscular intenso
basándose en el principio de que la influencia de la voluntad se extiende a
otros músculos, además de los que se activan necesariamente al realizar
cualquier esfuerzo; y es natural que los músculos respiratorios y bucales, al
ser utilizados habitualmente, sean especialmente propensos a sufrir esta
acción. Me parece que probablemente haya algo de cierto en esta opinión, ya que
tendemos a apretar los dientes con fuerza durante un esfuerzo intenso, y esto
no es necesario para evitar la espiración mientras los músculos del pecho están
fuertemente contraídos.
Finalmente, cuando
un hombre debe realizar una operación delicada y difícil que no requiere
esfuerzo, generalmente cierra la boca y deja de respirar por un momento; pero
actúa así para que los movimientos del pecho no perturben los de los brazos.
Por ejemplo, al enhebrar una aguja, se puede ver a una persona apretando los
labios y dejando de respirar o respirando lo más silenciosamente posible. Así
ocurrió, como ya se mencionó, con un chimpancé joven y enfermo, mientras se
divertía matando moscas con los nudillos, que zumbaban en los cristales de la
ventana. Realizar una acción, por insignificante que sea, aunque difícil,
implica cierta determinación previa.
No parece
improbable que todas las causas mencionadas intervengan en diferentes grados,
ya sea conjunta o separadamente, en diversas ocasiones. El resultado sería un
hábito arraigado, quizás heredado, de cerrar firmemente la boca al comienzo y
durante cualquier esfuerzo violento y prolongado, o cualquier operación
delicada. Por el principio de asociación, también se generaría una fuerte
tendencia hacia este mismo hábito, tan pronto como la mente se decidiera a una
acción o línea de conducta particular, incluso antes de cualquier esfuerzo
físico, o si no fuera necesario. El cierre habitual y firme de la boca
demostraría así una decisión de carácter; y la decisión se transforma
fácilmente en obstinación.
CAPÍTULO X.
ODIO Y IRA.
Odio—Rabia, efectos
sobre el sistema—Descubrimiento de los dientes—Rabia en los locos—Ira e
indignación—Tal como las expresan las distintas razas humanas—Burla y
desafío—El descubrimiento del colmillo en un lado de la cara.
Si hemos sufrido o
prevemos sufrir alguna injuria intencionada por parte de alguien, o si nos
resulta ofensivo de alguna manera, nos desagrada; y la antipatía se transforma
fácilmente en odio. Estos sentimientos, si se experimentan en grado moderado,
no se expresan claramente mediante ningún movimiento corporal ni en los rasgos,
salvo quizás por cierta gravedad en el comportamiento o algún mal humor. Sin
embargo, pocas personas pueden reflexionar largamente sobre una persona odiada
sin sentir y mostrar signos de indignación o rabia. Pero si la persona ofensora
es insignificante, experimentamos simplemente desdén o desprecio. Si, por el
contrario, es todopoderosa, el odio se transforma en terror, como cuando un
esclavo piensa en un amo cruel, o un salvaje en una deidad maligna y
sanguinaria. [1001] La mayoría de nuestras emociones están tan estrechamente ligadas a
su expresión que apenas existen si el cuerpo permanece pasivo; la naturaleza de
la expresión depende principalmente de la naturaleza de las acciones que se han
realizado habitualmente bajo ese estado mental particular. Un hombre, por
ejemplo, puede saber que su vida corre el mayor peligro y desear fervientemente
salvarla; sin embargo, como dijo Luis XVI cuando estaba rodeado por una turba
feroz: "¿Tengo miedo? Tómenme el pulso". Así, un hombre puede odiar
intensamente a otro, pero hasta que su cuerpo se vea afectado, no puede decirse
que esté furioso.
Rabia . Ya he tratado esta emoción en el tercer capítulo, al analizar la
influencia directa del sensorio excitado sobre el cuerpo, en combinación con
los efectos de las acciones habituales. La rabia se manifiesta de las maneras
más diversas. El corazón y la circulación siempre se ven afectados; el rostro
se enrojece o se amora, y las venas de la frente y el cuello se dilatan. El
enrojecimiento de la piel se ha observado en los indios de Sudamérica, de piel
cobriza, [1002] e incluso, según se dice, en las cicatrices blancas dejadas por
antiguas heridas en los negros. [1003] Los monos también se enrojecen por la pasión. Con uno de mis
bebés, de menos de cuatro meses, observé repetidamente que el primer síntoma de
una pasión inminente era la avalancha de sangre en su cuero cabelludo desnudo.
Por otra parte, la acción del corazón se ve a veces tan impedida por una gran
rabia, que el rostro se torna pálido o lívido, [1004] y no pocos hombres con enfermedades del corazón han caído muertos
bajo esta poderosa emoción.
La respiración
también se ve afectada; el pecho se agita y las fosas nasales dilatadas
tiemblan. [1005] Como escribe Tennyson, «fuertes alientos de ira le hincharon las
fosas nasales de hada». De ahí expresiones como «exhalar venganza» y «furioso
de ira». [1006]
El cerebro excitado
fortalece los músculos y, al mismo tiempo, la voluntad. El cuerpo suele
mantenerse erguido, listo para la acción inmediata, pero a veces se inclina
hacia la persona agresora, con las extremidades más o menos rígidas. La boca
generalmente se cierra con firmeza, mostrando una determinación inquebrantable,
y los dientes se aprietan o rechinan. Gestos como levantar los brazos con los
puños cerrados, como para golpear al agresor, son comunes. Pocos hombres,
enfurecidos, que le dicen a alguien que se vaya, pueden resistirse a actuar
como si quisieran golpear o empujar al hombre violentamente. El deseo de
golpear, de hecho, a menudo se vuelve tan intolerablemente fuerte que objetos
inanimados son golpeados o arrojados al suelo; pero los gestos con frecuencia
se vuelven completamente inútiles o frenéticos. Los niños pequeños, en un
ataque de ira violenta, se revuelcan en el suelo boca arriba o boca abajo,
gritando, pateando, arañando o mordiendo todo lo que tienen a su alcance. Así
sucede, según me dice el Sr. Scott, con los niños hindúes. y, como hemos visto,
con las crías de los simios antropomorfos.
Pero el sistema
muscular a menudo se ve afectado de una manera completamente distinta; pues el
temblor es una consecuencia frecuente de la ira extrema. Los labios paralizados
se niegan entonces a obedecer la voluntad, «y la voz se atasca en la garganta»; [1007] o se vuelve fuerte, áspera y discordante. Si se habla mucho y
rápidamente, la boca echa espuma. A veces se eriza el cabello; pero volveré a
este tema en otro capítulo, cuando trate las emociones combinadas de rabia y
terror. En la mayoría de los casos, se observa un ceño fruncido muy marcado;
esto se debe a la sensación de algo desagradable o difícil, junto con la
concentración mental. Pero a veces, el ceño, en lugar de estar muy contraído y
bajo, permanece liso, con los ojos brillantes bien abiertos. Los ojos siempre
brillan, o pueden, como lo expresa Homero, relucir con fuego. A veces están
inyectados en sangre y se dice que sobresalen de sus órbitas, resultado, sin
duda, de la cabeza llena de sangre, como lo demuestra la dilatación de las
venas. Según Gratiolet, «las pupilas siempre están contraídas en la rabia», y
el Dr. Crichton Browne me ha dicho que este es el caso del delirio intenso de
la meningitis; pero los movimientos del iris bajo la influencia de las
diferentes emociones son un tema muy oscuro. [1008]
Shakespeare resume
las principales características de la ira de la siguiente manera:
En paz no hay nada
más propio de un hombre
que la modesta quietud y la humildad;
pero cuando el fragor de la guerra nos sople en los oídos,
imita la acción del tigre:
tensa los tendones, convoca la sangre,
dale a la mirada un aspecto terrible;
aprieta los dientes y abre bien la nariz,
aguanta la respiración y eleva todo tu espíritu
hasta su máxima altura. ¡Adelante, adelante, nobles ingleses!
Enrique V , acto iii, escena 1.
Los labios a veces
se proyectan durante la ira de una manera cuyo significado desconozco, a menos
que dependa de nuestra descendencia de algún animal simiesco. Se han observado
casos, no solo en europeos, sino también en australianos e hindúes. Sin embargo,
los labios se retraen con mucha más frecuencia, dejando al descubierto los
dientes, ya sean sonrientes o apretados. Esto ha sido observado por casi todos
los que han escrito sobre la expresión. [1009] La apariencia es como si los dientes estuvieran al descubierto,
listos para agarrar o desgarrar a un enemigo, aunque no haya intención de
actuar de esta manera. El Sr. Dyson Lacy ha visto esta expresión sonriente en
los australianos durante una pelea, y también Gaika con los kafires de
Sudamérica. Dickens, [1010] al hablar de un asesino atroz que acababa de ser capturado y
estaba rodeado por una multitud furiosa, describe a «la gente saltando uno tras
otro, gruñendo con los dientes y atacándolo como fieras». Cualquiera que haya
tenido mucho contacto con niños pequeños habrá visto con qué naturalidad
muerden cuando se enfadan. Parece tan instintivo en ellos como en los
cocodrilos jóvenes, que chasquean sus pequeñas mandíbulas en cuanto salen del
huevo.
A veces, una
expresión sonriente y la protrusión de los labios parecen ir de la mano. Un
observador atento afirma haber visto muchos casos de odio intenso (que
difícilmente puede distinguirse de la rabia, más o menos contenida) en
orientales, y en una ocasión en una anciana inglesa. En todos estos casos,
«había una sonrisa, no un ceño fruncido: los labios se alargaban, las mejillas
se abrían, los ojos se entrecerraban, mientras que el ceño permanecía
perfectamente sereno». [1011]
Esta retracción de
los labios y el descubrimiento de los dientes durante los ataques de ira, como
para morder al ofensor, es tan notable, considerando la poca frecuencia con la
que los hombres usan los dientes en las peleas, que pregunté al Dr. J. Crichton
Browne si este hábito era común en los locos cuyas pasiones son desenfrenadas.
Me informa que lo ha observado repetidamente tanto en locos como en idiotas, y
me ha dado los siguientes ejemplos:
Poco antes de
recibir mi carta, presenció un ataque de ira incontrolable y celos engañosos en
una mujer demente. Al principio, vituperó a su marido, echando espuma por la
boca. Luego se acercó a él con los labios apretados y el ceño fruncido. Luego,
retrajo los labios, especialmente las comisuras del labio superior, y le mostró
los dientes, asestándole un golpe brutal. Un segundo caso es el de un viejo
soldado que, cuando se le exige que se ajuste a las reglas del establecimiento,
cede al descontento, terminando en furia. Suele empezar preguntándole al Dr.
Browne si no le da vergüenza tratarlo así. Luego maldice y blasfema, da
vueltas, agita los brazos violentamente y amenaza a cualquiera que se acerque a
él. Finalmente, en su punto máximo de exasperación, se abalanza sobre el Dr.
Browne con un peculiar movimiento lateral, agitando el puño y amenazando con
matarlo. Entonces se puede ver su labio superior levantado, especialmente en
las comisuras, de modo que deja al descubierto sus enormes caninos. Sisea sus maldiciones
con los dientes apretados, y toda su expresión adquiere una ferocidad extrema.
Una descripción similar se aplica a otro hombre, excepto que generalmente echa
espuma por la boca y escupe, bailando y saltando de forma extrañamente rápida,
profiriendo sus maldiciones con una voz de falsete estridente.
El Dr. Browne
también me informa del caso de un idiota epiléptico, incapaz de moverse por sí
mismo, que se pasa el día entero jugando con juguetes; pero su temperamento es
taciturno y se enfurece con facilidad. Cuando alguien toca sus juguetes,
levanta lentamente la cabeza de su posición habitual y fija la mirada en el
ofensor, con una mueca tardía pero furiosa. Si la molestia se repite, retrae
sus gruesos labios y revela una prominente hilera de horribles colmillos (los
grandes caninos son especialmente visibles), y luego agarra rápida y cruelmente
con la mano abierta al ofensor. La rapidez de este agarre, como señala el Dr.
Browne, es asombrosa en un ser normalmente tan torpe que tarda unos quince
segundos, atraído por cualquier ruido, en girar la cabeza de un lado a otro.
Si, estando así indignado, se le pone en las manos un pañuelo, un libro u otro
artículo, se lo lleva a la boca y lo muerde. El señor Nicol me ha descrito
también dos casos de pacientes locos, cuyos labios se retraen durante los
paroxismos de ira.
El Dr. Maudsley,
tras detallar diversos rasgos extraños, similares a los de los animales
idiotas, pregunta si estos no se deben a la reaparición de instintos
primitivos: «un tenue eco de un pasado lejano, que da testimonio de un
parentesco que el hombre casi ha superado». Añade que, dado que todo cerebro
humano pasa, en su desarrollo, por las mismas etapas que los animales
vertebrados inferiores, y dado que el cerebro de un idiota se encuentra en un
estado de estancamiento, podemos presumir que «manifestará sus funciones más
primitivas, y no las superiores». El Dr. Maudsley cree que esta misma opinión
puede extenderse al cerebro en estado degenerado de algunos pacientes dementes;
y pregunta: ¿de dónde provienen «el gruñido salvaje, la disposición destructiva,
el lenguaje obsceno, el aullido salvaje, los hábitos ofensivos que muestran
algunos dementes? ¿Por qué un ser humano, privado de razón, se volvería tan
brutal como algunos, a menos que tenga la naturaleza brutal dentro de
sí?». [1012] A esta pregunta debe, como parece, responderse afirmativamente.
Ira, indignación. —Estos estados mentales difieren de la rabia solo en grado, y no
hay una distinción marcada en sus signos característicos. Bajo una ira
moderada, el corazón late ligeramente, el color se intensifica y los ojos se
iluminan. La respiración también es algo acelerada; y como todos los músculos
que intervienen en esta función actúan en conjunto, las aletas de la nariz se
elevan ligeramente para permitir la entrada de aire; este es un signo muy
característico de indignación. La boca suele estar comprimida y casi siempre
hay un ceño fruncido. En lugar de los gestos frenéticos de la rabia extrema, un
hombre indignado se coloca inconscientemente en una actitud lista para atacar o
golpear a su enemigo, a quien quizás escudriñe de pies a cabeza con desafío.
Mantiene la cabeza erguida, el pecho bien expandido y los pies firmemente
plantados en el suelo. Mantiene los brazos en diversas posiciones, con uno o
ambos codos rectos, o con los brazos rígidamente suspendidos a los costados.
Entre los europeos, los puños suelen estar apretados. [1013] Las figuras 1 y 2 de la Lámina VI son representaciones bastante
precisas de hombres que simulan indignación. Cualquiera, si se imagina
vívidamente que ha sido insultado y exige una explicación con tono de voz
airado, puede verse reflejado en un espejo, adoptando de repente e
inconscientemente una actitud similar.
La rabia, la ira y
la indignación se manifiestan casi de la misma manera en todo el mundo; y las
siguientes descripciones pueden ser valiosas como prueba de ello y como
ilustración de algunas de las observaciones anteriores. Sin embargo, existe una
excepción con respecto a apretar los puños, que parece limitarse principalmente
a los hombres que luchan con ellos. Con los australianos, solo uno de mis
informantes ha visto los puños apretados. Todos coinciden en que el cuerpo se
mantiene erguido; y todos, con dos excepciones, afirman que las cejas están muy
contraídas. Algunos aluden a la boca firmemente apretada, las fosas nasales
dilatadas y los ojos centelleantes. Según el reverendo Sr. Taplin, la rabia,
entre los australianos, se expresa con los labios protuberantes y los ojos muy
abiertos; y en el caso de las mujeres, bailando y lanzando polvo al aire. Otro
observador habla de los hombres nativos, cuando están furiosos, agitando los
brazos violentamente.
He recibido relatos
similares, salvo en lo que respecta a apretar los puños, en relación con los
malayos de la península de Malaca, los abisinios y los nativos de Sudáfrica. Lo
mismo ocurre con los indios dakota de Norteamérica; y, según el Sr. Matthews,
mantienen la cabeza erguida, fruncen el ceño y a menudo se alejan a grandes
zancadas. El Sr. Bridges afirma que los fueguinos, cuando se enfurecen, suelen
patear el suelo, caminar distraídamente, a veces lloran y palidecen. El
reverendo Sr. Stack observó a un hombre y una mujer neozelandeses discutiendo y
anotó lo siguiente en su cuaderno: «Ojos dilatados, el cuerpo balanceándose
violentamente hacia adelante y hacia atrás, la cabeza inclinada hacia adelante,
los puños apretados, ahora hacia atrás, ahora hacia la cara del otro». El señor
Swinhoe dice que mi descripción concuerda con lo que ha visto de los chinos,
excepto que un hombre enojado generalmente inclina su cuerpo hacia su
antagonista y, señalándolo, lanza una andanada de insultos.
Por último, con
respecto a los nativos de la India, el Sr. J. Scott me ha enviado una
descripción completa de sus gestos y expresiones cuando se enfurecen. Dos
bengalíes de casta baja discutían por un préstamo. Al principio se mantuvieron
tranquilos, pero pronto se enfurecieron y se profirieron los más groseros
insultos contra sus respectivos parientes y progenitores de muchas generaciones
pasadas. Sus gestos eran muy diferentes a los de los europeos; pues aunque
tenían el pecho expandido y los hombros rectos, sus brazos permanecían
rígidamente suspendidos, con los codos hacia adentro y las manos
alternativamente cerradas y cerradas. Sus hombros a menudo estaban elevados y
luego bajados. Se miraban ferozmente el uno al otro bajo sus cejas fruncidas y
fuertemente arrugadas, y sus labios protuberantes estaban firmemente cerrados.
Se acercaban con la cabeza y el cuello estirados hacia adelante, y se
empujaban, arañaban y se agarraban. Esta protrusión de la cabeza y el cuerpo
parece un gesto común en los enfurecidos; Y lo he observado con mujeres
inglesas degradadas mientras discutían violentamente en las calles. En tales
casos, cabe suponer que ninguna de las partes espera recibir un golpe de la
otra.
Un bengalí empleado
en el Jardín Botánico fue acusado, en presencia del Sr. Scott, por el capataz
nativo de haber robado una valiosa planta. Escuchó la acusación en silencio y
con desdén; con la postura erguida, el pecho expandido, la boca cerrada, los labios
salientes, la mirada fija y penetrante. Luego, desafiante, sostuvo su
inocencia, con las manos en alto y apretadas, la cabeza echada hacia adelante,
los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas. El Sr. Scott también observó a
dos mechis, en Sikhim, discutiendo por su parte del pago. Pronto entraron en
una furia furiosa, y luego sus cuerpos se volvieron menos erguidos, con la
cabeza echada hacia adelante; se hacían muecas; tenían los hombros en alto; los
brazos rígidamente doblados hacia adentro a la altura de los codos, y las manos
espasmódicamente cerradas, pero no bien apretadas. Se acercaban y se alejaban
continuamente, y a menudo levantaban los brazos como para golpear, pero sus
manos estaban abiertas y no se daba ningún golpe. El señor Scott hizo observaciones
similares sobre los lepchas, a quienes a menudo veía pelearse, y notó que
mantenían sus brazos rígidos y casi paralelos a sus cuerpos, con las manos algo
empujadas hacia atrás y parcialmente cerradas, pero no apretadas.
Burla, desafío:
descubrir el canino de un lado . La
expresión que deseo considerar aquí difiere poco de la ya descrita, cuando los
labios están retraídos y los dientes de la sonrisa se exponen. La diferencia
consiste únicamente en que el labio superior está retraído de tal manera que
solo se ve el canino de un lado de la cara; la cara misma suele estar
ligeramente levantada y medio apartada de la persona que ofende. Los demás
signos de ira no están necesariamente presentes. Esta expresión puede
observarse ocasionalmente en una persona que se burla o desafía a otra, aunque
no haya ira real; como cuando alguien es acusado juguetonamente de alguna falta
y responde: «Desprecio la imputación». La expresión no es común, pero la he
visto exhibida con perfecta claridad por una dama que estaba siendo interrogada
por otra persona. Fue descrita por Parsons en 1746, con un grabado que muestra
el canino descubierto de un lado. [1014] El Sr. Rejlander, sin que yo hiciera ninguna alusión al tema, me
preguntó si alguna vez había notado esta expresión, pues le había llamado mucho
la atención. Me retrató (Lámina IV, fig. 1) a una dama que a veces, sin querer,
muestra el colmillo de un lado, y que puede hacerlo voluntariamente con una
nitidez inusual.
La expresión de una
mueca medio juguetona se transforma en una de gran ferocidad cuando, junto con
un ceño fruncido y una mirada feroz, se expone el colmillo. Un niño bengalí fue
acusado ante el Sr. Scott de una fechoría. El delincuente no se atrevió a expresar
su ira con palabras, pero esta se reflejaba claramente en su rostro, a veces
con un ceño desafiante y a veces con una mueca canina. Cuando esto ocurría, la
comisura del labio superior sobre el colmillo, que en este caso era grande y
prominente, se elevaba en el lado de su acusador, manteniendo aún el ceño
fruncido. Sir C. Bell afirma [1015] que el actor Cooke podía expresar el odio más decidido cuando, con
la mirada oblicua, levantaba la parte exterior del labio superior y descubría
un colmillo afilado y angular.
El descubrimiento
del canino es el resultado de un doble movimiento. La comisura de la boca se
retrae ligeramente y, al mismo tiempo, un músculo paralelo a la nariz y cercano
a ella levanta la parte exterior del labio superior, dejando al descubierto el canino
de este lado de la cara. La contracción de este músculo crea un surco
distintivo en la mejilla y produce arrugas pronunciadas bajo el ojo,
especialmente en la comisura interna. La acción es similar a la de un perro que
gruñe; y un perro, al fingir pelea, a menudo levanta el labio de un solo lado,
el que mira a su antagonista. Nuestra palabra «sneer» es, de
hecho, la misma que «snarl» , que originalmente era «snar» ,
donde la «l» «siendo simplemente un elemento que implica
continuidad de la acción». [1016]
Sospecho que vemos
un rastro de esta misma expresión en lo que se llama sonrisa burlona o
sardónica. Los labios se mantienen unidos o casi unidos, pero una comisura de
la boca se retrae hacia la persona ridiculizada; y este retroceso de la
comisura forma parte de una auténtica mueca de desprecio. Aunque algunas
personas sonríen más de un lado de la cara que del otro, no es fácil entender
por qué en casos de burla la sonrisa, si es real, suele limitarse a un solo
lado. También he notado en estas ocasiones una ligera contracción del músculo
que levanta la parte exterior del labio superior; y este movimiento, si se
hubiera realizado completamente, habría descubierto el canino y habría
producido una auténtica mueca de desprecio.
El Sr. Bulmer,
misionero australiano en una zona remota de la Tierra de Gipps, responde a mi
pregunta sobre el descubrimiento del canino en un lado: «He observado que los
nativos, al gruñirse, hablan con los dientes apretados, el labio superior
ladeado y una expresión general de enojo; pero miran directamente a la persona
a la que se dirigen». Otros tres observadores en Australia, uno en Abisinia y
otro en China responden afirmativamente a mi pregunta sobre este punto; pero
como la expresión es poco común y no entran en detalles, me temo que no puedo
confiar plenamente en ellos. Sin embargo, no es improbable que esta expresión
animal sea más común en los salvajes que en las razas civilizadas. El Sr. Geach
es un observador de plena confianza, y la ha observado en una ocasión en un
malayo del interior de Malaca. El reverendo S.O. Glenie responde: «Hemos
observado esta expresión en los nativos de Ceilán, pero no con frecuencia». Por
último, en América del Norte, el Dr. Rothrock lo ha visto en algunos indios salvajes
y, a menudo, en una tribu adyacente a los Atnahs.
Aunque a veces el
labio superior se levanta solo de un lado al burlarse o desafiar a alguien, no
sé si siempre ocurre así, pues el rostro suele estar medio desviado y la
expresión suele ser momentánea. Que el movimiento se limite a un lado puede no
ser esencial para la expresión, sino que puede depender de que los músculos
propios sean incapaces de moverse excepto en un lado. Pedí a cuatro personas
que intentaran actuar voluntariamente de esta manera; dos pudieron exponer el
canino solo del lado izquierdo, una solo del lado derecho y la cuarta de
ninguno de los dos. Sin embargo, no es en absoluto seguro que estas mismas
personas, si desafiaran a alguien con seriedad, no hubieran descubierto
inconscientemente su canino del lado, cualquiera que fuera, hacia el ofensor.
Pues hemos visto que algunas personas no pueden oblicuar las cejas
voluntariamente, pero actúan instantáneamente de esta manera cuando se ven
afectadas por cualquier causa real, aunque insignificante, de angustia. La
pérdida tan frecuente de la capacidad de descubrir voluntariamente el canino de
un lado de la cara indica que se trata de una acción poco utilizada y casi
ineficaz. Es realmente sorprendente que el hombre posea esta capacidad o
muestre tendencia a usarla; pues el Sr. Sutton nunca ha observado un gruñido en
nuestros aliados más cercanos, es decir, los monos del Zoológico, y está seguro
de que los babuinos, aunque dotados de grandes caninos, nunca actúan así, sino
que descubren todos sus dientes cuando se sienten furiosos y listos para atacar.
Se desconoce si los simios antropomorfos adultos, cuyos machos tienen caninos
mucho más grandes que las hembras, los descubren cuando se preparan para
luchar.
La expresión aquí
considerada, ya sea una mueca juguetona o un gruñido feroz, es una de las más
curiosas que se dan en el hombre. Revela su ascendencia animal; pues nadie, ni
siquiera al rodar por el suelo en una lucha mortal con un enemigo e intentar morderlo,
intentaría usar sus caninos más que sus otros dientes. Podemos creer
fácilmente, por nuestra afinidad con los simios antropomorfos, que nuestros
progenitores semihumanos masculinos poseían grandes caninos, y que ahora los
hombres nacen ocasionalmente con ellos de un tamaño inusualmente grande, con
espacios intermedios en la mandíbula opuesta para su recepción. [1017] Podemos sospechar además, a pesar de no tener apoyo en la
analogía, que nuestros progenitores semihumanos descubrieron sus caninos cuando
se preparaban para la batalla, como todavía lo hacemos nosotros cuando nos
sentimos feroces, o cuando simplemente nos burlamos o desafiamos a alguien, sin
intención de atacar realmente con los dientes.
CAPÍTULO XI.
DESDÉN—DESCONOCIMIENTO—REPUGNACIÓN—CULPA—ORGULLO,
ETC.—IMPOSIBILIDAD—PACIENCIA—AFIRMACIÓN Y NEGACIÓN.
Desprecio, burla y
desdén, expresados de diversas maneras—Sonrisa burlona—Gestos expresivos de
desprecio—Disgusto—Culpa, engaño, orgullo, etc.—Impotencia o
impotencia—Paciencia—Obstinación—Encogimiento de hombros, común en la mayoría
de las razas humanas—Signos de afirmación y negación.
El desprecio y el
desdén difícilmente pueden distinguirse del desprecio, salvo que implican un
estado mental más iracundo. Tampoco pueden distinguirse claramente de los
sentimientos analizados en el capítulo anterior bajo los términos de burla y
desafío. El asco es una sensación de naturaleza bastante distinta y se refiere
a algo repugnante, principalmente en relación con el sentido del gusto, tal
como se percibe realmente o se imagina vívidamente; y secundariamente a
cualquier cosa que cause una sensación similar, a través del olfato, el tacto e
incluso la vista. Sin embargo, el desprecio extremo, o como a menudo se le
llama desprecio repulsivo, apenas difiere del asco. Por lo tanto, estos
diversos estados mentales están estrechamente relacionados; y cada uno de ellos
puede manifestarse de muchas maneras diferentes. Algunos escritores han
insistido principalmente en un modo de expresión, y otros en uno diferente. A
partir de esta circunstancia, M. Lemoine ha argumentado [1101] que sus descripciones no son fiables. Pero veremos inmediatamente
que es natural que los sentimientos que aquí nos ocupan se expresen de muchas
maneras diferentes, puesto que diversas acciones habituales sirven igualmente,
a través del principio de asociación, para su expresión.
El desprecio y el
desdén, así como la burla y el desafío, pueden manifestarse con una ligera
exposición del canino de un lado de la cara; este movimiento parece graduarse
hasta convertirse en uno similar a una sonrisa. O la sonrisa o risa puede ser
real, aunque de burla; lo que implica que el ofensor es tan insignificante que
solo provoca diversión; pero la diversión es generalmente fingida. Gaika, en
sus respuestas a mis preguntas, comenta que sus compatriotas, los kafires,
suelen mostrar desprecio sonriendo; y el rajá Brooke hace la misma observación
con respecto a los dayaks de Borneo. Como la risa es principalmente la
expresión de simple alegría, creo que los niños muy pequeños nunca se ríen con
burla.
El cierre parcial
de los párpados, como insiste Duchenne [1102] , o el desvío de la mirada o de todo el cuerpo, son igualmente una
expresión clara de desdén. Estas acciones parecen indicar que la persona
despreciada no merece ser vista o resulta desagradable de contemplar. La
fotografía adjunta (Lámina V, fig. 1), del Sr. Rejlander, muestra esta forma de
desdén. Representa a una joven que, supuestamente, está rompiendo la fotografía
de un amante despreciado.
El método más común
para expresar desprecio es mediante movimientos alrededor de la nariz o la
boca; pero estos últimos, cuando son muy pronunciados, indican disgusto. La
nariz puede estar ligeramente levantada, lo que aparentemente se debe a la
elevación del labio superior; o el movimiento puede abreviarse a una simple
arruga. La nariz suele contraerse ligeramente, cerrando parcialmente el
paso [1103] , y esto suele ir acompañado de un ligero bufido o espiración.
Todas estas acciones son las mismas que empleamos cuando percibimos un olor
desagradable y deseamos excluirlo o expulsarlo. En casos extremos, como señala
el Dr. Piderit [1104] , levantamos ambos labios, o solo el labio superior, para cerrar
las fosas nasales como si fuera una válvula, quedando así la nariz levantada.
Así, parecemos decirle a la persona despreciada que huele mal, [1105] casi de la misma manera que, entrecerrando los párpados o
apartando la mirada, le expresamos que no merece la pena mirarla. Sin embargo,
no debe suponerse que tales ideas pasen por la mente cuando mostramos nuestro
desprecio; sino que, al igual que siempre que percibimos un olor desagradable o
vemos algo desagradable, realizamos acciones de este tipo, se han vuelto
habituales o fijas, y ahora las empleamos en un estado mental similar.
Diversos gestos
extraños y sutiles también indican desprecio; por ejemplo, chasquear
los dedos . Esto, como señala el Sr. Taylor, [1106] «no es muy inteligible como solemos entenderlo; pero cuando
observamos que el mismo gesto, realizado con mucha suavidad, como al hacer
rodar un objeto diminuto entre el índice y el pulgar, o el gesto de lanzarlo
con la uña del pulgar y el índice, son gestos comunes y bien comprendidos por
sordomudos, que denotan cualquier cosa diminuta, insignificante, despreciable,
parece como si hubiéramos exagerado y convencionalizado una acción
perfectamente natural, hasta el punto de perder de vista su significado original.
Estrabón menciona curiosamente este gesto». El Sr. Washington Matthews me
informa que, entre los indios dakota de Norteamérica, el desprecio se
manifiesta no solo con movimientos faciales, como los descritos anteriormente,
sino «convencionalmente, cerrando la mano y acercándola al pecho; luego, al
extenderse repentinamente el antebrazo, se abre la mano y se separan los dedos.
Si la persona a cuyo cargo se hace la señal está presente, se acerca la mano y,
a veces, se aparta la cabeza». Esta repentina extensión y apertura de la mano
quizá indique la caída o el lanzamiento de un objeto sin valor.
El término
«repugnancia», en su sentido más simple, significa algo ofensivo para el gusto.
Es curioso con qué facilidad se despierta esta sensación ante cualquier
aspecto, olor o naturaleza inusual de nuestra comida. En Tierra del Fuego, un
nativo tocó con el dedo una carne fría en conserva que yo estaba comiendo en
nuestro campamento y mostró un profundo disgusto por su blandura; mientras que
yo sentí un profundo disgusto al ver mi comida tocarla un salvaje desnudo,
aunque sus manos no parecían sucias. Una mancha de sopa en la barba de un
hombre parece repugnante, aunque, por supuesto, la sopa en sí no tiene nada de
repugnante. Supongo que esto se debe a la fuerte asociación que tenemos en la
mente entre ver comida, en cualquier circunstancia, y la idea de comerla.
Como la sensación
de asco surge principalmente al comer o saborear, es natural que su expresión
consista principalmente en movimientos alrededor de la boca. Pero como el asco
también causa molestia, generalmente va acompañado de fruncir el ceño y, a menudo,
de gestos como para apartar o protegerse del objeto ofensivo. En las dos
fotografías (figs. 2 y 3, Lámina V), el Sr. Rejlander ha simulado esta
expresión con cierto éxito. Con respecto al rostro, el asco moderado se
manifiesta de diversas maneras: abriendo la boca de par en par, como para dejar
caer un bocado ofensivo; escupiendo; soplando con los labios protuberantes; o
con un sonido similar al de carraspear. Estos sonidos guturales se
escriben ach o ugh ; y su emisión a veces va
acompañada de un escalofrío, con los brazos pegados a los costados y los
hombros levantados, como cuando se experimenta horror. [1107] El asco extremo se expresa mediante movimientos alrededor de la
boca idénticos a los preparativos del vómito. La boca se abre ampliamente, con
el labio superior fuertemente retraído, lo que arruga las comisuras de la
nariz, y con el labio inferior protruido y evertido al máximo. Este último
movimiento requiere la contracción de los músculos que bajan las comisuras de
la boca. [1108]
Es notable la
facilidad con la que algunas personas experimentan arcadas o vómitos por la
mera idea de haber ingerido algún alimento inusual, como un animal poco común;
aunque dicho alimento no tenga nada que haga que el estómago lo rechace. Cuando
el vómito es un acto reflejo debido a una causa real —como una comida demasiado
rica, carne contaminada o un emético—, no se produce de inmediato, sino
generalmente después de un tiempo considerable. Por lo tanto, para explicar que
las arcadas o los vómitos se provoquen con tanta rapidez y facilidad por una
mera idea, surge la sospecha de que nuestros antepasados debieron tener
antiguamente la capacidad (como la de los rumiantes y otros animales) de
rechazar voluntariamente los alimentos que les sentaban mal o que creían que
les sentarían mal. Y ahora, aunque esta facultad se ha perdido, en lo que
respecta a la voluntad, se ve inducida a la acción involuntaria, por la fuerza
de un hábito previamente arraigado, siempre que la mente se rebela ante la idea
de haber ingerido cualquier tipo de alimento o algo repugnante. Esta sospecha
se ve reforzada por el hecho, que me asegura el Sr. Sutton, de que los monos
del Zoológico a menudo vomitan estando en perfecta salud, lo que parece indicar
que el acto es voluntario. Podemos ver que, al ser el hombre capaz de comunicar
mediante el lenguaje a sus hijos y a otras personas el conocimiento de los
tipos de alimentos que deben evitarse, tendría pocas ocasiones de usar la
facultad del rechazo voluntario; por lo que esta facultad tendería a perderse
por desuso.
Como el sentido del
olfato está tan íntimamente ligado al del gusto, no es de extrañar que un olor
excesivamente desagradable provoque arcadas o vómitos en algunas personas, con
la misma facilidad con la que lo hace la idea de una comida repugnante; y que,
como consecuencia adicional, un olor moderadamente ofensivo provoque los
diversos y expresivos gestos de asco. La tendencia a las arcadas ante un olor
fétido se ve inmediatamente reforzada de forma curiosa por cierto grado de
hábito, aunque pronto se pierde por una mayor familiaridad con la causa de la
ofensa y por la restricción voluntaria. Por ejemplo, quise limpiar el esqueleto
de un pájaro, que no había sido suficientemente macerado, y el olor nos provocó
a mi sirviente y a mí (sin mucha experiencia en tal tarea) arcadas tan
violentas que nos vimos obligados a desistir. Durante los días anteriores había
examinado otros esqueletos, que olían ligeramente; sin embargo, el olor no me
afectó en absoluto, pero, posteriormente, durante varios días, cada vez que
manipulaba estos mismos esqueletos, me provocaban arcadas.
De las respuestas
recibidas de mis corresponsales, se desprende que los diversos movimientos, que
ahora se han descrito como expresiones de desprecio y disgusto, prevalecen en
gran parte del mundo. El Dr. Rothrock, por ejemplo, responde afirmativamente con
respecto a ciertas tribus indígenas salvajes de Norteamérica. Crantz afirma que
cuando un groenlandés niega algo con desprecio u horror, frunce la nariz y
emite un leve sonido a través de ella. [1109] El Sr. Scott me ha enviado una gráfica descripción del rostro de
un joven hindú al ver aceite de ricino, que se vio obligado a tomar
ocasionalmente. El Sr. Scott también ha visto la misma expresión en los rostros
de nativos de castas altas que se han acercado a algún objeto contaminante. El
Sr. Bridges afirma que los fueguinos «expresan desprecio estirando los labios y
silbando a través de ellos, y frunciendo la nariz». Varios de mis
corresponsales han observado la tendencia a resoplar por la nariz o a emitir un
sonido expresado con «uf» o «auch» .
Escupir parece ser
una señal casi universal de desprecio o repugnancia; y escupir obviamente
representa el rechazo a cualquier cosa ofensiva que salga de la boca.
Shakespeare hace decir al duque de Norfolk: «Le escupo; lo llamo cobarde
calumniador y villano». Así, de nuevo, Falstaff dice: «Dímelo, Hal: si te
miento, escúpeme en la cara». Leichhardt comenta que los australianos
«interrumpían sus discursos escupiendo y emitiendo un sonido como «¡pooh!
¡pooh!», aparentemente expresivo de su repugnancia». Y el capitán Burton habla
de ciertos negros «que escupían con repugnancia al suelo». El capitán Speedy me
informa que esto también ocurre con los abisinios. El Sr. Geach dice que, entre
los malayos de Malaca, la expresión de repugnancia «responde a escupir de la
boca»; y entre los fueguinos, según el Sr. Bridges, «escupirle a alguien es la
mayor muestra de desprecio». [1110]
Nunca vi el asco
expresado con tanta claridad como en el rostro de uno de mis bebés a los cinco
meses, cuando le dieron agua fría por primera vez, y de nuevo un mes después,
cuando le pusieron en la boca un trozo de cereza madura. Esto se manifestó en
que los labios y toda la boca adoptaron una forma que permitía que el contenido
se derramara o cayera rápidamente; la lengua también sobresalía. Estos
movimientos iban acompañados de un ligero escalofrío. Era aún más cómico, ya
que dudo que el niño sintiera asco de verdad; sus ojos y frente expresaban
mucha sorpresa y consideración. La protrusión de la lengua al dejar caer un
objeto desagradable de la boca puede explicar por qué sacarla sirve
universalmente como señal de desprecio y odio. [1111]
Hemos visto que el
desprecio, el desdén, el desprecio y la repugnancia se expresan de muchas
maneras diferentes, mediante movimientos de los rasgos y diversos gestos; y que
estos son los mismos en todo el mundo. Todos consisten en acciones que
representan el rechazo o la exclusión de algún objeto real que nos disgusta o
aborrecemos, pero que no nos provoca otras emociones intensas, como la rabia o
el terror; y, por la fuerza del hábito y la asociación, realizamos acciones
similares siempre que surge en nuestra mente una sensación análoga.
Celos, envidia,
avaricia, venganza, sospecha, engaño, astucia, culpa, vanidad, vanidad,
orgullo, ambición, orgullo, humildad, etc. —Es dudoso
que la mayoría de los complejos estados mentales mencionados se revelen
mediante una expresión fija, lo suficientemente nítida como para ser descrita o
delineada. Cuando Shakespeare describe la envidia como de rostro enjuto , negro o pálido ,
y los celos como « el monstruo de ojos verdes »; y cuando
Spenser describe la sospecha como « repugnante, fea y sombría »,
debieron haber sentido esta dificultad. Sin embargo, los sentimientos
mencionados —al menos muchos de ellos— pueden detectarse a simple vista; por
ejemplo, el orgullo; pero a menudo nos guiamos mucho más de lo que suponemos
por nuestro conocimiento previo de las personas o circunstancias.
Mis corresponsales
responden casi unánimemente afirmativamente a mi pregunta sobre si la expresión
de culpa y engaño puede reconocerse entre las diversas razas humanas; y confío
en sus respuestas, ya que generalmente niegan que los celos puedan reconocerse
de esta manera. En los casos en que se dan detalles, casi siempre se hace
referencia a los ojos. Se dice que el culpable evita mirar a su acusador o lo
mira de reojo. Se dice que los ojos «están de reojo», «oscilan de un lado a
otro», o «los párpados están bajos y parcialmente cerrados». Esta última
observación la hace el Sr. Hagenauer con respecto a los australianos, y Gaika
con respecto a los kafires. Los movimientos inquietos de los ojos aparentemente
se deben, como se explicará cuando tratemos el rubor, a que el culpable no
soporta la mirada de su acusador. Debo añadir que he observado una expresión de
culpabilidad, sin rastro alguno de miedo, en algunos de mis propios hijos a una
edad muy temprana. En una ocasión, la expresión era inconfundiblemente clara en
un niño de dos años y siete meses, y condujo al descubrimiento de su pequeño
crimen. Se manifestaba, como registro en mis notas de entonces, por un brillo
antinatural en los ojos y por una actitud extraña y afectada, imposible de
describir.
Creo que la astucia
también se manifiesta principalmente mediante los movimientos oculares, pues
estos están menos sujetos al control de la voluntad, debido a la fuerza de un
hábito prolongado, que los movimientos corporales. El Sr. Herbert Spencer comenta: [1112] «Cuando se desea ver algo en un lado del campo visual sin que se
suponga que se ve, la tendencia es frenar el movimiento visible de la cabeza y
realizar el ajuste requerido únicamente con los ojos; que, por lo tanto, se
desvían mucho hacia un lado. Por lo tanto, cuando los ojos se giran hacia un
lado, mientras que la cara no lo está, obtenemos el lenguaje natural de lo que
se llama astucia».
De todas las
emociones complejas mencionadas, el orgullo es quizás la que se expresa con
mayor claridad. Un hombre orgulloso exhibe su sentido de superioridad sobre los
demás manteniendo la cabeza y el cuerpo erguidos. Es altivo ( haut ),
o arrogante, y se hace parecer lo más grande posible; por lo que
metafóricamente se dice que está hinchado o inflado de orgullo. Un pavo real o
un pavo real pavoneándose con las plumas erizadas a veces se considera un
emblema de orgullo. [1113] El hombre arrogante menosprecia a los demás y, con los párpados
bajos, apenas se digna a verlos; o puede mostrar su desprecio con ligeros
movimientos, como los descritos anteriormente, alrededor de las fosas nasales o
los labios. De ahí que el músculo que evierte el labio inferior se haya
llamado músculo superbus . En algunas fotografías de pacientes
afectados por una monomanía de orgullo, enviadas por el Dr. Crichton Browne, la
cabeza y el cuerpo se mantenían erguidos y la boca firmemente cerrada. Esta última
acción, que expresa decisión, se desprende, supongo, de la absoluta confianza
que el hombre orgulloso tiene en sí mismo. Toda expresión de orgullo se opone
directamente a la de humildad; por lo tanto, no es necesario mencionar aquí
este último estado mental.
Desamparo,
impotencia: Encogimiento de hombros . Cuando una
persona desea demostrar que no puede hacer algo o impedir que se haga algo,
suele levantar ambos hombros con un movimiento rápido. Al mismo tiempo, si
completa el gesto, dobla los codos hacia adentro y levanta las manos abiertas,
girándolas hacia afuera, con los dedos separados. La cabeza suele estar
ligeramente ladeada; las cejas se elevan, lo que provoca arrugas en la frente.
La boca generalmente está abierta. Para mostrar cuán inconscientemente se
influye en los rasgos, cabe mencionar que, aunque a menudo me encogía de
hombros intencionadamente para observar la posición de mis brazos, no era
consciente de que tenía las cejas levantadas y la boca abierta hasta que me
miré en un espejo; y desde entonces he observado los mismos movimientos en los
rostros de los demás. En la Lámina VI adjunta, figs. 3 y 4, el Sr. Rejlander ha
realizado con éxito el gesto de encogerse de hombros.
Los ingleses son
mucho menos demostrativos que los hombres de la mayoría de las demás naciones
europeas, y se encogen de hombros con mucha menos frecuencia y energía que los
franceses o los italianos. El gesto varía en todos los grados, desde el
complejo movimiento que acabamos de describir, hasta una elevación momentánea y
apenas perceptible de ambos hombros; o, como he observado en una señora sentada
en un sillón, hasta el simple giro leve de las manos abiertas con los dedos
separados. Nunca he visto a niños ingleses muy pequeños encogerse de hombros,
pero el siguiente caso fue observado con atención por un profesor de medicina y
excelente observador, y me lo comunicó. El padre de este caballero era parisino
y su madre, escocesa. Su esposa es de ascendencia británica por ambos lados, y
mi informante no cree que se haya encogido de hombros jamás. Sus hijos se han
criado en Inglaterra, y la niñera es una inglesa de pura cepa, a quien nunca se
le ha visto encogerse de hombros. Ahora bien, se observó que su hija mayor se
encogía de hombros entre los dieciséis y los dieciocho meses; su madre exclamó
entonces: "¡Miren cómo se encoge de hombros la pequeña francesa!". Al
principio, solía actuar así, a veces echando la cabeza ligeramente hacia atrás
y a un lado, pero, según se observó, no movía los codos ni las manos de la
forma habitual. El hábito desapareció gradualmente, y ahora, con poco más de
cuatro años, nunca se la ve actuar así. Se dice que a veces se encoge de
hombros, sobre todo al discutir con alguien; pero es extremadamente improbable
que su hija lo imitara a tan temprana edad; pues, como él comenta, no es
posible que ella viera este gesto con frecuencia. Además, si el hábito se
hubiera adquirido por imitación, no es probable que esta niña lo hubiera abandonado
tan pronto de forma espontánea, ni, como veremos enseguida, un segundo hijo,
aunque el padre aún vivía con su familia. Cabe añadir que esta niñita se parece
a su abuelo parisino en el rostro hasta un punto casi absurdo. También presenta
otro parecido muy curioso con él, concretamente, al practicar un truco
singular. Cuando desea algo con impaciencia, extiende su manita y frota
rápidamente el pulgar contra el índice y el corazón: este mismo truco lo
realizaba con frecuencia su abuelo en las mismas circunstancias.
La segunda hija de
este caballero también se encogía de hombros antes de los dieciocho meses y
posteriormente abandonó el hábito. Es posible, por supuesto, que imitara a su
hermana mayor; pero continuó haciéndolo después de que esta perdiera el hábito.
Al principio se parecía menos a su abuelo parisino que su hermana a la misma
edad, pero ahora más. Asimismo, conserva hasta la actualidad la peculiar
costumbre de frotarse, cuando está impaciente, el pulgar y dos de los dedos
índice.
En este último caso
tenemos un buen ejemplo, como los dados en un capítulo anterior, de la herencia
de un truco o gesto; porque nadie, supongo, atribuirá a la mera coincidencia un
hábito tan peculiar como este, que era común al abuelo y a sus dos nietos que
nunca lo habían visto.
Considerando todas
las circunstancias relacionadas con el encogimiento de hombros de estos niños,
es difícil dudar que hayan heredado el hábito de sus progenitores franceses,
aunque solo tengan un cuarto de sangre francesa en sus venas, y aunque su abuelo
no solía encogerse de hombros. No es nada inusual, aunque sí interesante, que
estos niños hayan heredado un hábito durante su juventud y luego lo hayan
abandonado; pues es frecuente en muchos tipos de animales que ciertas
características se conserven durante un tiempo en las crías y luego se pierdan.
Como en un momento
me pareció sumamente improbable que un gesto tan complejo como encogerse de
hombros, junto con los movimientos que lo acompañan, fuera innato, deseaba
averiguar si Laura Bridgman, ciega y sorda, quien no pudo haber aprendido el
hábito por imitación, lo practicaba. Y he oído, a través del Dr. Innes, de una
señora que la ha cuidado recientemente, que ella sí se encoge de hombros, dobla
los codos y levanta las cejas de la misma manera que otras personas y en las
mismas circunstancias. También deseaba saber si este gesto era practicado por
las diversas razas humanas, especialmente por aquellas que nunca han tenido
mucha interacción con los europeos. Veremos que actúan de esta manera; pero
parece que el gesto a veces se limita a simplemente levantar o encoger los
hombros, sin los demás movimientos.
El Sr. Scott ha
visto con frecuencia este gesto en los bengalíes y dhangares (estos últimos
constituyen una raza distinta) que trabajan en el Jardín Botánico de Calcuta;
por ejemplo, cuando declaran que no pueden realizar algún trabajo, como
levantar un peso pesado. Le ordenó a un bengalí que trepara a un árbol alto;
pero el hombre, con un encogimiento de hombros y una sacudida lateral de la
cabeza, dijo que no podía. El Sr. Scott, sabiendo que el hombre era perezoso,
pensó que sí podía e insistió en que lo intentara. Su rostro palideció, dejó
caer los brazos a los costados, abrió mucho la boca y los ojos, y, observando
de nuevo el árbol, miró de reojo al Sr. Scott, se encogió de hombros, invirtió
los codos, extendió las manos abiertas y, con unas breves sacudidas laterales
de la cabeza, declaró su incapacidad. El Sr. H. Erskine también ha visto a los
nativos de la India encogerse de hombros; pero nunca ha visto los codos tan
hacia adentro como entre nosotros. y mientras se encogen de hombros, a veces
ponen sus manos sin cruzar sobre sus pechos.
El Sr. Geach ha
visto este gesto con frecuencia entre los salvajes malayos del interior de
Malaca y los bugis (malayos auténticos, aunque hablan un idioma diferente).
Supongo que es completo, ya que, en respuesta a mi pregunta sobre la
descripción de los movimientos de hombros, brazos, manos y rostro, el Sr. Geach
comenta: «Lo realizan con un estilo hermoso». He perdido un extracto de un
viaje científico que describía con gran precisión el encogimiento de hombros de
algunos nativos (micronesios) del archipiélago de las Carolinas, en el océano
Pacífico. El capitán Speedy me informa que los abisinios se encogen de hombros,
pero no entra en detalles. La Sra. Asa Gray vio a un dragomán árabe en
Alejandría actuar exactamente como se describe en mi pregunta, cuando un
anciano caballero, al que atendía, no quiso seguir la dirección que se le había
indicado.
El Sr. Washington
Matthews dice, refiriéndose a las tribus indígenas salvajes del oeste de
Estados Unidos: «En algunas ocasiones he detectado a hombres encogiéndose de
hombros ligeramente a modo de disculpa, pero no he presenciado el resto de la
demostración que usted describe». Fritz Müller me informa que ha visto a los
negros en Brasil encogiéndose de hombros; pero, por supuesto, es posible que
hayan aprendido a hacerlo imitando a los portugueses. La Sra. Barber nunca ha
visto este gesto en los kafires de Sudáfrica; y Gaika, a juzgar por su
respuesta, ni siquiera entendió el significado de mi descripción. El Sr.
Swinhoe también duda de los chinos; pero los ha visto, en circunstancias que a
nosotros nos harían encogernos de hombros, presionar el codo derecho contra el
costado, levantar las cejas, levantar la mano con la palma dirigida hacia la
persona a la que se dirige y agitarla de derecha a izquierda. Por último,
respecto a los australianos, cuatro de mis informantes responden con una simple
negativa y uno con una simple afirmación. El Sr. Bunnett, quien ha tenido
excelentes oportunidades de observación en las fronteras de la Colonia de la
Victoria, también responde afirmativamente, añadiendo que el gesto se realiza
de forma más discreta y menos ostentosa que en las naciones civilizadas. Esta
circunstancia podría explicar por qué cuatro de mis informantes no lo notaron.
Estas afirmaciones,
relativas a los europeos, los hindúes, las tribus montañesas de la India, los
malayos, los micronesios, los abisinios, los árabes, los negros, los indios de
América del Norte y, aparentemente, a los australianos (muchos de estos nativos
apenas han tenido trato con los europeos), son suficientes para demostrar que
encogerse de hombros, acompañado en algunos casos de otros movimientos
adecuados, es un gesto natural de la humanidad.
Este gesto implica
una acción involuntaria o inevitable de nuestra parte, o una que no podemos
realizar; o una acción realizada por otra persona que no podemos evitar.
Acompaña expresiones como: «No fue mi culpa»; «Me es imposible conceder este
favor»; «Debe seguir su propio camino, no puedo detenerlo». Encogerse de
hombros también expresa paciencia, o la ausencia de cualquier intención de
resistir. Por eso, los músculos que elevan los hombros a veces se llaman, como
me explicó un artista, «los músculos de la paciencia». Shylock el judío dice:
“Señor Antonio,
muchas veces
en el Rialto me ha usted reprendido
por mi dinero y mis usos;
aun así lo he soportado con un encogimiento de hombros paciente.”
El mercader de Venecia , acto I, escena 3.
Sir C. Bell ha
representado [1114] la figura realista de un hombre que retrocede ante un terrible
peligro y está a punto de gritar de terror. Se le representa con los hombros
casi hasta las orejas, lo que denota de inmediato que no piensa en resistirse.
Así como
encogerse de hombros generalmente implica "No puedo hacer esto o
aquello", con una ligera variación, a veces implica "No lo
haré". El movimiento expresa entonces una determinación tenaz de no
actuar. Olmsted describe [1115] a un indio
en Texas encogiéndose de hombros con fuerza al ser informado de que un
grupo de hombres eran alemanes y no estadounidenses, expresando así que no
quería tener nada que ver con ellos. Se puede ver a niños malhumorados y
obstinados con ambos hombros en alto; pero este movimiento no se asocia con los
demás que generalmente acompañan a un verdadero encogimiento de hombros. Un
excelente observador [1116], al describir a un joven decidido a no ceder al deseo de su padre,
dice: "Metió las manos en los bolsillos y se llevó los hombros a las
orejas, lo cual era una buena advertencia de que, con o sin razón, esta roca
saldría despedida de su firme base tan pronto como Jack lo hiciera; y que
cualquier protesta al respecto era completamente inútil". Tan pronto como
el hijo se salió con la suya, “puso sus hombros en su posición natural”.
La resignación a
veces se manifiesta colocando las manos abiertas, una sobre la otra, en la
parte inferior del cuerpo. No habría considerado este pequeño gesto siquiera
superficial si el Dr. W. Ogle no me hubiera comentado que lo había observado
dos o tres veces en pacientes que se preparaban para operaciones con
cloroformo. No mostraban gran temor, sino que parecían indicar con esta postura
que habían tomado una decisión y se resignaban a lo inevitable.
Podemos ahora
preguntarnos por qué los hombres en todo el mundo, cuando sienten —quieran o no
manifestar este sentimiento— que no pueden o no quieren hacer algo, o que no se
resistirán a algo si lo hace otro, se encogen de hombros, doblando a menudo los
codos, mostrando las palmas de las manos con los dedos extendidos, ladeando
ligeramente la cabeza, levantando las cejas y abriendo la boca. Estos estados
mentales son simplemente pasivos o muestran una determinación de no actuar.
Ninguno de los movimientos mencionados es de la menor utilidad. La explicación
reside, no lo dudo, en el principio de la antítesis inconsciente. Este
principio parece actuar aquí con la misma claridad que en el caso de un perro
que, al sentirse salvaje, adopta la postura adecuada para atacar y parecer
terrible ante su enemigo; pero en cuanto siente afecto, adopta la postura
opuesta, aunque esto no le sea de utilidad directa.
Obsérvese cómo un
hombre indignado, resentido y reticente a sufrir una ofensa, mantiene la cabeza
erguida, endereza los hombros y expande el pecho. A menudo aprieta los puños y
coloca uno o ambos brazos en la posición adecuada para atacar o defenderse, con
los músculos de las extremidades rígidos. Frunce el ceño —es decir, contrae y
baja las cejas— y, decidido, cierra la boca. Las acciones y la actitud de un
hombre indefenso son, en todos estos aspectos, exactamente lo contrario. En la
Lámina VI, podemos imaginar que una de las figuras de la izquierda acaba de
decir: "¿Qué pretendes insultarme?", y que una de las figuras de la
derecha responde: "De verdad que no pude evitarlo". El hombre
indefenso contrae inconscientemente los músculos de la frente, antagonistas de
los que provocan el ceño fruncido, levantando así las cejas; al mismo tiempo,
relaja los músculos de la boca, de modo que la mandíbula inferior desciende. La
antítesis es completa en cada detalle, no solo en los movimientos de los
rasgos, sino también en la posición de las extremidades y en la actitud de todo
el cuerpo, como puede apreciarse en la lámina adjunta. Como el hombre indefenso
o que se disculpa a menudo desea mostrar su estado de ánimo, actúa entonces de
manera ostentosa o demostrativa.
De acuerdo con el
hecho de que cuadrar los codos y apretar los puños no son gestos comunes en
hombres de todas las razas cuando se sienten indignados y se preparan para
atacar a su enemigo, parece que en muchas partes del mundo se expresa una
actitud de impotencia o de disculpa simplemente encogiéndose de hombros, sin
doblar los codos ni abrir las manos. El hombre o el niño obstinado, o quien se
resigna a una gran desgracia, no tiene en ningún caso la idea de resistir por
medios activos; y expresa este estado mental simplemente manteniendo los
hombros erguidos, o incluso cruzando los brazos sobre el pecho.
Signos de
afirmación o aprobación, y de negación o desaprobación: asentir y negar con la
cabeza . —Tenía curiosidad por determinar hasta qué
punto los signos comunes que usábamos para afirmar y negar eran comunes en todo
el mundo. Estos signos expresan, hasta cierto punto, nuestros sentimientos,
como cuando saludamos con un asentimiento vertical y una sonrisa a nuestros
hijos cuando aprobamos su conducta; y movimos la cabeza lateralmente con el
ceño fruncido cuando la desaprobamos. En los bebés, el primer acto de negación
consiste en rechazar la comida; y observé repetidamente en mis propios bebés
que lo hacían retirando la cabeza lateralmente del pecho o de cualquier cosa
que se les ofreciera en una cuchara. Al aceptar la comida y llevársela a la
boca, inclinan la cabeza hacia adelante. Desde que hice estas observaciones, me
han informado de que a Charma se le ocurrió la misma idea. [1117] Cabe destacar que al aceptar o tomar la comida, solo hay un
movimiento hacia adelante, y un solo asentimiento implica una afirmación. Por
otro lado, al rechazar la comida, especialmente si se les presiona, los niños
suelen mover la cabeza varias veces de un lado a otro, como hacemos nosotros al
negar. Además, en caso de rechazo, no es raro que la cabeza se incline hacia
atrás o que la boca se cierre, por lo que estos movimientos también podrían
servir como signos de negación. El Sr. Wedgwood comenta sobre este tema [1118] que «cuando se emite la voz con los dientes o los labios cerrados,
se produce el sonido de la letra n o m . De
ahí que podamos explicar el uso de la partícula ne para
significar negación, y posiblemente también del griego mh en el mismo sentido».
Que estos signos
sean innatos o instintivos, al menos en los anglosajones, resulta altamente
probable si tenemos en cuenta que la sorda y ciega Laura Bridgman «acompaña
constantemente su sí con el gesto afirmativo habitual, y
su no con nuestro gesto negativo de cabeza». De no haber sido
por la afirmación del Sr. Lieber [1119] , habría imaginado que estos gestos los habría adquirido o
aprendido, considerando su maravilloso sentido del tacto y su capacidad para
apreciar los movimientos ajenos. En el caso de los idiotas microcéfalos, tan
degradados que nunca aprenden a hablar, Vogt [1120] describe a uno de ellos como alguien que, al ser preguntado si
deseaba más comida o bebida, inclinaba o negaba con la cabeza. Schmalz, en su
notable disertación sobre la educación de los sordomudos, así como de los niños
criados solo un grado por encima de la idiotez, asume que siempre pueden hacer
y comprender los signos comunes de afirmación y negación. [1121]
Sin embargo, si
observamos las diversas razas humanas, estos signos no se emplean tan
universalmente como habría esperado; sin embargo, parecen demasiado generales
para clasificarlos como completamente convencionales o artificiales. Mis
informantes afirman que ambos signos son utilizados por los malayos, los
nativos de Ceilán, los chinos, los negros de la costa de Guinea y, según Gaika,
por los kafires de Sudáfrica, aunque con estos últimos la Sra. Barber nunca ha
visto un gesto de asentimiento utilizado como negación. Con respecto a los
australianos, siete observadores coinciden en que un gesto de asentimiento se
da en afirmación; cinco coinciden en un gesto de asentimiento en negación,
acompañado o no de alguna palabra; pero el Sr. Dyson Lacy nunca ha visto este
último signo en Queensland, y el Sr. Bulmer dice que en la Tierra de Gipps se
expresa una negación echando la cabeza ligeramente hacia atrás y sacando la
lengua. En el extremo norte del continente, cerca del estrecho de Torres, los
nativos, al decir una negativa, «no muevan la cabeza, sino que, levantando la
mano derecha, la muevan girándola dos o tres veces». [1122] Se dice que los griegos y turcos modernos usan la inclinación de
la cabeza como una negativa; estos últimos expresan «sí» con
un movimiento similar al que hacemos nosotros al negar con la cabeza. [1123] Los abisinios, según me informa el capitán Speedy, expresan una
negativa moviendo la cabeza hacia el hombro derecho, con un ligero chasquido y
la boca cerrada; una afirmación se expresa echando la cabeza hacia atrás y
levantando las cejas un instante. Los tagalos de Luzón, en el archipiélago
filipino, según me dice el Dr. Adolf Meyer, al decir «sí», también inclinan la
cabeza hacia atrás. Según el rajá Brooke, los dayaks de Borneo expresan una
afirmación levantando las cejas y una negación contrayéndolas ligeramente,
junto con una mirada peculiar. Con los árabes del Nilo, el profesor y la señora
Asa Gray concluyeron que asentir en señal de afirmación era poco común,
mientras que negar con la cabeza nunca se usaba y ni siquiera ellos lo
entendían. Entre los esquimales [1124], un asentimiento significa sí y un guiño no .
Los neozelandeses «levantan la cabeza y la barbilla en lugar de asentir en
señal de asentimiento». [1125]
Con los hindúes, el
Sr. H. Erskine concluye, a partir de indagaciones realizadas a europeos
experimentados y a caballeros nativos, que los signos de afirmación y negación
varían: a veces se usan una inclinación de cabeza y una sacudida lateral, como
hacemos nosotros; pero la negación se expresa más comúnmente con un movimiento
repentino de la cabeza hacia atrás y ligeramente hacia un lado, con un
chasquido de la lengua. No puedo imaginar el significado de este chasquido de
la lengua, observado en varias personas. Un caballero nativo afirmó que la
afirmación se manifiesta frecuentemente con un movimiento de cabeza hacia la
izquierda. Le pedí al Sr. Scott que prestara especial atención a este punto y,
tras repetidas observaciones, cree que los nativos no suelen usar una
inclinación de cabeza vertical para afirmar, sino que primero se inclina la
cabeza hacia atrás, ya sea a la izquierda o a la derecha, y luego se sacude
oblicuamente hacia adelante solo una vez. Este movimiento quizás habría sido
descrito por un observador menos atento como una sacudida lateral. También
afirma que, en la negación, la cabeza suele mantenerse casi erguida y sacudirse
varias veces.
El Sr. Bridges me
informa que los fueguinos asienten con la cabeza verticalmente en señal de
afirmación y la sacuden lateralmente en señal de negación. Según el Sr.
Washington Matthews, los indígenas salvajes de Norteamérica aprendieron a
asentir y sacudir la cabeza de los europeos y no se emplean de forma natural.
Expresan la afirmación describiendo con la mano (con todos los dedos excepto el
índice flexionados) una curva hacia abajo y hacia afuera, mientras que la
negación se expresa moviendo la mano abierta hacia afuera, con la palma hacia
adentro. Otros observadores afirman que el signo de afirmación entre estos
indígenas consiste en levantar el dedo índice y luego bajarlo y señalarlo al
suelo, o en agitar la mano hacia adelante desde la cara; y que el signo de
negación consiste en sacudir el dedo o la mano entera de un lado a otro. [1126] Este último movimiento probablemente representa en todos los casos
la sacudida lateral de la cabeza. Se dice que los italianos mueven de igual
manera el dedo levantado de derecha a izquierda en señal de negación, como a
veces hacemos los ingleses.
En general,
encontramos una considerable diversidad en los signos de afirmación y negación
entre las diferentes razas humanas. Con respecto a la negación, si admitimos
que mover el dedo o la mano de un lado a otro simboliza el movimiento lateral
de la cabeza; y si admitimos que el repentino movimiento de la cabeza hacia
atrás representa una de las acciones que suelen realizar los niños pequeños al
rechazar la comida, entonces existe mucha uniformidad en los signos de negación
en todo el mundo, y podemos ver su origen. Las excepciones más notables las
presentan los árabes, los esquimales, algunas tribus australianas y los dayaks.
Entre estos últimos, fruncir el ceño es signo de negación, y entre nosotros,
fruncir el ceño a menudo acompaña a una sacudida lateral de la cabeza.
Con respecto a
asentir en señal de afirmación, las excepciones son bastante numerosas, como
ocurre con algunos hindúes, turcos, abisinios, dayaks, tagalos y neozelandeses.
A veces se levantan las cejas en señal de afirmación, y como una persona, al
inclinar la cabeza hacia adelante y hacia abajo, mira naturalmente a la persona
a la que se dirige, tenderá a levantar las cejas, y este signo podría haber
surgido como una abreviatura. De igual manera, entre los neozelandeses,
levantar la barbilla y la cabeza en señal de afirmación podría representar, de
forma abreviada, el movimiento ascendente de la cabeza tras un asentimiento
hacia adelante y hacia abajo.
CAPÍTULO XII.
SORPRESA—ASOMBRO—MIEDO—HORROR.
Sorpresa,
asombro—Elevación de las cejas—Apertura de la boca—Protrusión de los
labios—Gestos que acompañan a la sorpresa—Admiración—Miedo—Terror—Erección del
cabello—Contracción del músculo platisma—Dilatación de las
pupilas—Horror—Conclusión.
La atención, si es
repentina y cercana, se transforma gradualmente en sorpresa; esta en asombro; y
esta en estupefacción. Este último estado mental es muy similar al terror. La
atención se manifiesta con un ligero levantamiento de las cejas; y a medida que
este estado se intensifica hacia la sorpresa, se elevan mucho más, con los ojos
y la boca bien abiertos. Levantar las cejas es necesario para que los ojos se
abran rápida y ampliamente; y este movimiento produce arrugas transversales en
la frente. El grado de apertura de los ojos y la boca se corresponde con el
grado de sorpresa percibido; pero estos movimientos deben estar coordinados;
pues una boca bien abierta con las cejas apenas levantadas resulta en una mueca
sin sentido, como lo demostró el Dr. Duchenne en una de sus fotografías. [1201] Por otro lado, a menudo se puede ver a una persona fingir sorpresa
simplemente levantando las cejas.
El Dr. Duchenne ha
presentado la fotografía de un anciano con las cejas bien levantadas y
arqueadas por la galvanización del músculo frontal, y con la boca abierta
voluntariamente. Esta figura expresa sorpresa con mucha veracidad. Se la mostré
a veinticuatro personas sin una sola explicación, y solo una no entendió en
absoluto lo que se pretendía. Otra persona respondió terror, lo cual no es del
todo erróneo; sin embargo, algunos de los demás añadieron a las palabras
sorpresa o asombro los epítetos horrorizado, afligido, doloroso o disgustado.
Tener los ojos y la
boca bien abiertos es una expresión universalmente reconocida como de sorpresa
o asombro. Así, Shakespeare dice: «Vi a un herrero de pie, con la boca abierta,
tragándose las noticias de un sastre» («El rey Juan», acto IV, escena II). Y
también: «Casi parecían, mirándose fijamente, arrancarse las ojeras; había
palabras en su mudez, lenguaje en sus gestos; parecían haber oído hablar de un
mundo destruido» («Cuento de invierno», acto V, escena II).
Mis informantes
responden con notable uniformidad en el mismo sentido respecto a las diversas
razas humanas; los movimientos mencionados de los rasgos suelen ir acompañados
de ciertos gestos y sonidos, que se describirán a continuación. Doce
observadores en diferentes partes de Australia coinciden en este punto. El Sr.
Winwood Reade ha observado esta expresión en los negros de la costa de Guinea.
El jefe Gaika y otros responden afirmativamente a mi pregunta
respecto a los kafires de Sudáfrica; y otros lo hacen enfáticamente respecto a
los abisinios, ceilaneses, chinos, fueguinos, diversas tribus de Norteamérica y
neozelandeses. Respecto a estos últimos, el Sr. Stack afirma que la expresión
se manifiesta con mayor claridad en ciertos individuos que en otros, aunque
todos se esfuerzan al máximo por disimular sus sentimientos. El rajá Brooke
dice que los dayaks de Borneo abren mucho los ojos cuando se asombran, a menudo
balanceando la cabeza de un lado a otro y golpeándose el pecho. El Sr. Scott me
informa que los trabajadores del Jardín Botánico de Calcuta tienen la estricta
orden de no fumar; pero a menudo desobedecen esta orden, y cuando son
sorprendidos en el acto, primero abren los ojos y la boca de par en par. Luego,
a menudo se encogen ligeramente de hombros, al percibir que son descubiertos
inevitablemente, o fruncen el ceño y patalean el suelo de disgusto. Pronto se
recuperan de la sorpresa, y un miedo abyecto se manifiesta mediante la
relajación de todos sus músculos; sus cabezas parecen hundirse entre los
hombros; sus ojos, caídos, vagan de un lado a otro; y suplican perdón.
El conocido
explorador australiano, el Sr. Stuart, ha rendido [1202] un impactante relato de estupefacción y terror en un nativo que
nunca antes había visto a un hombre a caballo. El Sr. Stuart se acercó sin ser
visto y lo llamó desde cierta distancia. «Se giró y me vio. No sé qué imaginó
que era; pero jamás vi una imagen más nítida de miedo y asombro. Permaneció
inmóvil, inmóvil, con la boca abierta y los ojos fijos... Permaneció inmóvil
hasta que nuestro negro estuvo a pocos metros de él, cuando, de repente,
soltando sus babas, saltó a un arbusto de mulga lo más alto que pudo». No podía
hablar y no respondió ni una palabra a las preguntas del negro, pero, temblando
de pies a cabeza, «nos indicó con la mano que nos fuéramos».
Que las cejas se
levantan por un impulso innato o instintivo se puede inferir del hecho de que
Laura Bridgman invariablemente actúa así cuando se sorprende, como me aseguró
la señora que la cuidó recientemente. Como la sorpresa surge de algo inesperado
o desconocido, naturalmente deseamos, al sobresaltarnos, percibir la causa lo
antes posible; y, en consecuencia, abrimos los ojos completamente, para ampliar
el campo de visión y mover los globos oculares con facilidad en cualquier
dirección. Pero esto no explica por qué las cejas se levantan tanto ni la
mirada fija descontrolada de los ojos abiertos. La explicación radica, creo, en
la imposibilidad de abrir los ojos con gran rapidez simplemente levantando los
párpados superiores. Para lograrlo, las cejas deben levantarse enérgicamente.
Cualquiera que intente abrir los ojos lo más rápido posible frente a un espejo
descubrirá que actúa así; y la enérgica elevación de las cejas abre los ojos
tan ampliamente que miran fijamente, dejando al descubierto el blanco alrededor
del iris. Además, la elevación de las cejas es una ventaja al mirar hacia
arriba; pues mientras están bajas, impiden nuestra visión en esa dirección. Sir
C. Bell ofrece [1203] una curiosa prueba del papel de las cejas en la apertura de los
párpados. En un hombre completamente ebrio, todos los músculos están relajados
y, en consecuencia, los párpados se cierran, de la misma manera que cuando nos
quedamos dormidos. Para contrarrestar esta tendencia, el borracho levanta las
cejas, lo que le da una mirada perpleja y tonta, como bien se representa en uno
de los dibujos de Hogarth. Habiendo adquirido el hábito de levantar las cejas
para ver lo más rápido posible a nuestro alrededor, el movimiento se debía a la
fuerza de la asociación cada vez que sentía asombro por cualquier causa,
incluso por un sonido repentino o una idea.
En los adultos, al
levantar las cejas, toda la frente se arruga considerablemente en líneas
transversales; pero en los niños esto ocurre solo levemente. Las arrugas
discurren en líneas concéntricas con cada ceja y confluyen parcialmente en el
centro. Son muy características de la expresión de sorpresa o asombro. Cada
ceja, al levantarse, se vuelve también, como señala Duchenne, [1204] más arqueada que antes.
La causa de que la
boca se abra al sentir asombro es mucho más compleja; y varias causas
aparentemente concurren en este movimiento. A menudo se ha supuesto [1205] que el sentido del oído se agudiza de esta manera; pero he
observado a personas que escuchaban atentamente un ruido leve, cuya naturaleza
y origen conocían perfectamente, y no abrían la boca. Por lo tanto, en algún
momento imaginé que la boca abierta podría ayudar a distinguir la dirección de
donde proviene un sonido, al proporcionar otro canal para su entrada al oído a
través de la trompa de Eustaquio. Pero el Dr. W. Ogle [1206] ha tenido la amabilidad de consultar a las mejores autoridades
recientes sobre las funciones de la trompa de Eustaquio, y me informa que está
casi concluyentemente demostrado que permanece cerrada excepto durante la
deglución; y que en personas en quienes la trompa permanece anormalmente
abierta, el sentido del oído, en lo que respecta a los sonidos externos, no
mejora en absoluto; al contrario, se ve afectado al hacerse más nítidos los
sonidos respiratorios. Si se coloca un reloj en la boca, pero sin tocar las
paredes, el tictac se oye con mucha menos claridad que cuando se sostiene en el
exterior. En personas que, por una enfermedad o un resfriado, tienen la trompa
de Eustaquio cerrada, ya sea de forma permanente o temporal, el sentido del
oído se ve afectado; pero esto puede deberse a la acumulación de moco en la
trompa y la consiguiente exclusión de aire. Por lo tanto, podemos inferir que
la boca no se mantiene abierta durante la sensación de asombro para oír los
sonidos con mayor claridad, a pesar de que la mayoría de las personas sordas
mantienen la boca abierta.
Toda emoción
repentina, incluyendo el asombro, acelera el corazón y, con él, la respiración.
Ahora podemos respirar, como señala Gratiolet [1207] y, según me parece, mucho más silenciosamente por la boca abierta
que por la nariz. Por lo tanto, cuando deseamos escuchar atentamente cualquier
sonido, dejamos de respirar o respiramos lo más silenciosamente posible
abriendo la boca, manteniendo el cuerpo inmóvil. Uno de mis hijos se despertó
por la noche con un ruido en circunstancias que, naturalmente, lo llevaron a
una gran cautela, y después de unos minutos notó que tenía la boca
completamente abierta. Entonces se dio cuenta de que la había abierto para
respirar lo más silenciosamente posible. Esta opinión se ve respaldada por el
caso inverso que ocurre con los perros. Un perro, al jadear después del
ejercicio o en un día caluroso, respira con fuerza; pero si se le despierta la
atención de repente, al instante aguza el oído para escuchar, cierra la boca y
respira silenciosamente, según le es posible, por la nariz.
Cuando la atención
se concentra durante un tiempo prolongado con seriedad fija en cualquier objeto
o tema, se olvidan y descuidan todos los órganos del cuerpo; [1208] y, como la energía nerviosa de cada individuo es limitada, se
transmite poca a cualquier parte del sistema, excepto la que se activa en ese
momento. Por lo tanto, muchos músculos tienden a relajarse y la mandíbula cae
por su propio peso. Esto explica la caída de la mandíbula y la boca abierta de
un hombre estupefacto por el asombro, y quizás cuando está menos afectado. He
observado esta apariencia, según consta en mis notas, en niños muy pequeños
cuando solo se sorprendieron moderadamente.
Existe otra causa
muy efectiva que nos lleva a abrir la boca cuando nos asombramos, y más
especialmente cuando nos sobresaltamos repentinamente. Podemos inspirar
profunda y completamente con mucha más facilidad con la boca bien abierta que
por la nariz. Ahora bien, cuando nos sobresaltamos ante cualquier sonido o
visión repentina, casi todos los músculos del cuerpo se activan
involuntariamente y momentáneamente para protegernos o alejarnos del peligro
que solemos asociar con cualquier imprevisto. Pero siempre nos preparamos
inconscientemente para cualquier gran esfuerzo, como ya se explicó, inspirando
profunda y completamente, y abrimos la boca. Si no se produce ningún esfuerzo,
y seguimos asombrados, dejamos de respirar un momento, o respiramos lo más silenciosamente
posible, para poder oír cada sonido con claridad. O bien, si nuestra atención
se concentra durante largo rato, todos nuestros músculos se relajan y la
mandíbula, que al principio estaba abierta de repente, permanece caída. Así
pues, varias causas concurren hacia este mismo movimiento, siempre que se
siente sorpresa, asombro o estupor.
Aunque, cuando nos
vemos afectados de esta manera, generalmente abrimos la boca, los labios suelen
estar ligeramente protuberantes. Este hecho nos recuerda el mismo movimiento,
aunque mucho más marcado, en el chimpancé y el orangután cuando se asombran. Como
una espiración fuerte sigue naturalmente a la inspiración profunda que acompaña
a la primera sensación de sorpresa, y como los labios suelen estar
protuberantes, los diversos sonidos que se emiten comúnmente entonces pueden
explicarse aparentemente. Pero a veces solo se oye una espiración fuerte; así,
Laura Bridgman, cuando se asombra, redondea y protubera los labios, los abre y
respira con fuerza. [1209] Uno de los sonidos más comunes es un profundo «Oh» ;
y esto se seguiría naturalmente, como explicó Helmholtz, de tener la boca
moderadamente abierta y los labios protuberantes. En una noche tranquila, se
lanzaron algunos cohetes desde el «Beagle», en un pequeño arroyo de Tahití,
para divertir a los nativos; y a medida que cada cohete era lanzado había un
silencio absoluto, pero esto era invariablemente seguido por un profundo
gemido Oh , resonando por toda la bahía. El Sr. Washington
Matthews dice que los indios norteamericanos expresan asombro con un gemido; y
los negros en la costa oeste de África, según el Sr. Winwood Reade, sacan los
labios y hacen un sonido como heigh, heigh . Si la boca no
está muy abierta, mientras que los labios están considerablemente sacados, se
produce un ruido de soplido, silbido o silbido. El Sr. R. Brough Smith me
informa que un australiano del interior fue llevado al teatro para ver a un
acróbata girando rápidamente de cabeza: "quedó muy asombrado y sacó los
labios, haciendo un ruido con la boca como si apagara una cerilla". Según
el Sr. Bulmer, los australianos, cuando se sorprenden, emiten la
exclamación korki , "y para hacer esto sacan la boca como
si fueran a silbar". Los europeos solemos silbar en señal de sorpresa;
así, en una novela reciente [1210] se dice: «Aquí el hombre expresó su asombro y desaprobación con un
silbido prolongado». Una joven kafir, según me informa el Sr. J. Mansel Weale,
«al enterarse del alto precio de un artículo, arqueó las cejas y silbó como lo
haría una europea». El Sr. Wedgwood comenta que tales sonidos se escriben
como «uf» y sirven como interjecciones para expresar sorpresa.
Según otros tres
observadores, los australianos suelen manifestar asombro con un cloqueo. Los
europeos también expresan a veces una leve sorpresa con un pequeño chasquido
similar. Hemos visto que, al sobresaltarnos, la boca se abre de repente; y si
la lengua se presiona contra el paladar, su retirada repentina produce un
sonido similar, que podría expresar sorpresa.
En cuanto a los
gestos corporales, una persona sorprendida suele levantar las manos abiertas
por encima de la cabeza o doblarlas solo hasta la altura del rostro. Las palmas
de las manos se dirigen hacia la persona que provoca esta sensación y los dedos
estirados se separan. Este gesto está representado por el Sr. Rejlander en la
Lámina VII, fig. 1. En la «Última Cena» de Leonardo da Vinci, dos de los
Apóstoles tienen las manos medio levantadas, lo que expresa claramente su
asombro. Un observador de confianza me contó que recientemente se había
encontrado con su esposa en circunstancias sumamente inesperadas: «Se
sobresaltó, abrió la boca y los ojos de par en par, y alzó ambos brazos por
encima de la cabeza». Hace varios años me sorprendió ver a varios de mis hijos
pequeños haciendo algo juntos con entusiasmo en el suelo; pero la distancia era
demasiado grande para preguntarles qué hacían. Por lo tanto, alcé las manos
abiertas con los dedos extendidos por encima de la cabeza; y tan pronto como lo
hice, tomé conciencia de la acción. Esperé entonces, sin decir palabra, a ver
si mis hijos habían comprendido el gesto; y al venir corriendo hacia mí,
gritaron: «Vimos que se quedaron atónitos». No sé si este gesto es común a las
distintas razas humanas, ya que olvidé investigar al respecto. Que sea innato o
natural se puede inferir del hecho de que Laura Bridgman, al asombrarse,
«extiende los brazos y gira las manos con los dedos extendidos hacia
arriba» [1211]; y no es probable, considerando que la sensación de sorpresa suele
ser breve, que hubiera aprendido este gesto gracias a su agudo sentido del
tacto.
Huschke
describe [1212] un gesto algo diferente, pero similar, que, según él, exhiben las
personas cuando están asombradas. Se mantienen erguidas, con los rasgos ya
descritos, pero con los brazos estirados hacia atrás, con los dedos separados.
Nunca he visto este gesto; pero Huschke probablemente tenga razón, pues un
amigo le preguntó a otro hombre cómo expresaría gran asombro, y él
inmediatamente adoptó esta actitud.
Estos gestos se
explican, creo, por el principio de antítesis. Hemos visto que un hombre
indignado mantiene la cabeza erguida, cuadra los hombros, dobla los codos, a
menudo aprieta el puño, frunce el ceño y cierra la boca; mientras que la
actitud de un hombre indefenso es, en cada uno de estos detalles, la opuesta.
Ahora bien, un hombre en un estado mental normal, sin hacer nada ni pensar en
nada en particular, suele mantener los brazos suspendidos laxamente a los
costados, con las manos ligeramente flexionadas y los dedos juntos. Por lo
tanto, levantar los brazos repentinamente, ya sea los brazos enteros o los
antebrazos, abrir las palmas de las manos y separar los dedos, o, de nuevo,
estirar los brazos, extendiéndolos hacia atrás con los dedos separados, son
movimientos completamente opuestos a los que se mantienen en un estado mental
indiferente, y, en consecuencia, son asumidos inconscientemente por un hombre
asombrado. También existe a menudo el deseo de mostrar sorpresa de forma
ostentosa, y las actitudes mencionadas son idóneas para este propósito. Cabe
preguntarse por qué la sorpresa, y solo algunos otros estados mentales, se
manifiestan mediante movimientos opuestos. Pero este principio no se aplica en
el caso de emociones como el terror, la gran alegría, el sufrimiento o la ira,
que naturalmente conducen a ciertas acciones y producen ciertos efectos en el
cuerpo, pues todo el organismo está así preocupado; y estas emociones ya se
expresan con la mayor claridad.
Hay otro pequeño
gesto, expresivo de asombro del cual no puedo ofrecer ninguna explicación; a
saber, la mano que se coloca sobre la boca o en alguna parte de la cabeza. Esto
se ha observado con tantas razas de hombres, que debe tener algún origen
natural. Un australiano salvaje fue llevado a una gran habitación llena de
papeles oficiales, lo que lo sorprendió enormemente, y gritó, cloqueo,
cloqueo, cloqueo , llevándose el dorso de la mano a los labios. La
Sra. Barber dice que los kafires y los fingoes expresan asombro con una mirada
seria y colocando la mano derecha sobre la boca, pronunciando la palabra mawo ,
que significa 'maravilloso'. Se dice que los bosquimanos [1213] se llevan la mano derecha al cuello, inclinando la cabeza hacia
atrás. El Sr. Winwood Reade ha observado que los negros en la costa oeste de
África, cuando se sorprenden, se llevan las manos a la boca, diciendo al mismo
tiempo, "Mi boca se pega a mí", es decir, a mis manos; Y ha oído que
este es su gesto habitual en tales ocasiones. El capitán Speedy me informa que
los abisinios se llevan la mano derecha a la frente, con la palma hacia afuera.
Por último, el Sr. Washington Matthews afirma que la señal convencional de
asombro de las tribus salvajes del oeste de Estados Unidos «se realiza
colocando la mano semicerrada sobre la boca; al hacerlo, la cabeza suele
inclinarse hacia adelante y, a veces, se emiten palabras o gemidos bajos».
Catlin [1214] hace la misma observación sobre la mano que los mandans y otras
tribus indígenas se tapan la boca.
Admiración . —Poco hace falta decir sobre este punto. La admiración, al
parecer, consiste en la sorpresa asociada a cierto placer y una sensación de
aprobación. Cuando se siente intensamente, los ojos se abren y las cejas se
levantan; los ojos se iluminan, en lugar de permanecer inexpresivos, como por
simple asombro; y la boca, en lugar de abrirse de par en par, se expande en una
sonrisa.
Miedo, Terror. —La palabra «miedo» parece derivar de lo repentino y
peligroso; [1215] y el terror, del temblor de las vías vocales y del cuerpo. Utilizo
la palabra «terror» para el miedo extremo; pero algunos autores creen que
debería limitarse a casos en los que la imaginación se ve más afectada. El
miedo suele ir precedido de asombro, y es tan similar a él que ambos provocan
la activación instantánea de los sentidos de la vista y el oído. En ambos
casos, los ojos y la boca se abren de par en par y las cejas se levantan. El
hombre asustado, al principio, permanece inmóvil y sin aliento como una
estatua, o se agacha como si instintivamente quisiera evitar ser observado.
El corazón late
rápida y violentamente, de modo que palpita o golpea contra las costillas; pero
es muy dudoso que entonces funcione con mayor eficiencia de lo habitual, lo que
permite un mayor flujo sanguíneo a todo el cuerpo; pues la piel palidece instantáneamente,
como durante un desmayo incipiente. Sin embargo, esta palidez superficial
probablemente se deba, en gran parte o exclusivamente, a la afectación del
centro vasomotor, que provoca la contracción de las pequeñas arterias cutáneas.
Que la piel se vea muy afectada bajo una sensación de gran miedo se evidencia
en la forma maravillosa e inexplicable en que el sudor emana inmediatamente de
ella. Esta exudación es aún más notable, ya que la superficie está entonces
fría, de ahí el término sudor frío; mientras que las glándulas sudoríparas se
activan adecuadamente cuando la superficie se calienta. El vello de la piel
también se eriza y los músculos superficiales tiemblan. En relación con la
actividad alterada del corazón, la respiración se acelera. Las glándulas
salivales funcionan de forma imperfecta. La boca se reseca [1216] y a menudo se abre y se cierra. También he notado que, con un
ligero miedo, hay una fuerte tendencia a bostezar. Uno de los síntomas más
marcados es el temblor de todos los músculos del cuerpo; este suele observarse
primero en los labios. Por esta causa, y por la sequedad de la boca, la voz se
vuelve ronca o indistinta, o puede llegar a fallar por completo. «Obstupui,
steteruntque comae, et vox faucibus haesit».
Del miedo vago hay
una descripción bien conocida y grandiosa en Job: «En pensamientos de las
visiones nocturnas, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, me
sobrevino un temor y un temblor que estremeció todos mis huesos. Entonces un
espíritu pasó ante mi rostro; se me erizó el vello. Se detuvo, pero no pude
discernir su forma: una imagen estaba ante mis ojos, hubo silencio, y oí una
voz que decía: ¿Será el hombre mortal más justo que Dios? ¿Será el hombre más
puro que su Hacedor?» (Job 4:13)
A medida que el
miedo se transforma en una agonía de terror, observamos, como bajo todas las
emociones violentas, resultados diversos. El corazón late descontroladamente, o
puede dejar de actuar y sobrevenir el desmayo; hay una palidez mortal; la
respiración es dificultosa; las alas de las fosas nasales están tremendamente
dilatadas; «hay un movimiento jadeante y convulsivo de los labios, un temblor
en la mejilla hundida, una opresión y contracción de la garganta»; [1217] los globos oculares descubiertos y protuberantes están fijos en el
objeto de terror; o pueden girar inquietamente de un lado a otro, huc
illuc volvens oculos totumque pererrat . [1218] Se dice que las pupilas están enormemente dilatadas. Todos los
músculos del cuerpo pueden volverse rígidos o pueden verse lanzados a
movimientos convulsivos. Las manos se cierran y abren alternativamente, a
menudo con un movimiento espasmódico. Los brazos pueden extenderse, como para
evitar un peligro terrible, o pueden lanzarse violentamente por encima de la
cabeza. El reverendo Sr. Hagenauer ha presenciado esta última acción en un
australiano aterrorizado. En otros casos, se produce una repentina e incontrolable
tendencia a la huida precipitada; tan fuerte es esta tendencia que incluso los
soldados más audaces pueden ser presa del pánico repentino.
A medida que el
miedo alcanza su punto máximo, se oye un espantoso grito de terror. Gruesas
gotas de sudor se acumulan en la piel. Todos los músculos del cuerpo se
relajan. Pronto sobreviene una postración total y la mente falla. Los
intestinos se ven afectados. Los músculos del esfínter dejan de funcionar y ya
no retienen el contenido corporal.
El Dr. J. Crichton
Browne me ha dado un relato tan impactante del intenso miedo que experimentó
una mujer demente de treinta y cinco años, que la descripción, aunque dolorosa,
no debe omitirse. Cuando un ataque la asalta, grita: "¡Esto es el infierno!",
"¡Hay una mujer negra!", "¡No puedo salir!", y otras
exclamaciones similares. Al gritar así, sus movimientos alternan tensión y
temblor. Por un instante, aprieta los puños, extiende los brazos en una
posición rígida y semiflexionada; luego, de repente, dobla el cuerpo hacia
adelante, se balancea rápidamente, se pasa los dedos por el pelo, se agarra el
cuello e intenta arrancarse la ropa. Los músculos esternocleidomastoideos (que
sirven para doblar la cabeza sobre el pecho) sobresalen prominentemente, como hinchados,
y la piel frente a ellos está muy arrugada. Su cabello, corto en la nuca y liso
cuando está tranquila, ahora se eriza; el de adelante se despeina con el
movimiento de sus manos. Su semblante expresa una gran agonía. La piel está
enrojecida en la cara y el cuello, hasta las clavículas, y las venas de la
frente y el cuello se marcan como gruesas cuerdas. El labio inferior está caído
y ligeramente evertido. La boca se mantiene entreabierta, con la mandíbula
inferior proyectada. Las mejillas están hundidas y profundamente surcadas por
líneas curvas que van desde las alas de las fosas nasales hasta las comisuras.
Las fosas nasales están elevadas y dilatadas. Los ojos están muy abiertos, y
bajo ellos la piel parece hinchada; las pupilas son dilatadas. La frente está
arrugada transversalmente en numerosos pliegues, y en el extremo interior de
las cejas está marcadamente surcada en líneas divergentes, producidas por la
poderosa y persistente contracción de los corrugadores.
El señor Bell
también ha descrito [1219] una agonía de terror y desesperación que presenció en un asesino
mientras era llevado al lugar de ejecución en Turín. A cada lado del carro
estaban sentados los sacerdotes oficiantes; y en el centro, el propio criminal.
Era imposible presenciar el estado de este infeliz desgraciado sin terror; y
sin embargo, como impulsado por una extraña fascinación, era igualmente
imposible no contemplar un objeto tan salvaje, tan lleno de horror. Parecía
tener unos treinta y cinco años; de complexión grande y musculosa; su rostro,
marcado por rasgos fuertes y salvajes; semidesnudo, pálido como la muerte,
agonizante de terror, con todos los miembros tensos por la angustia, las manos
apretadas convulsivamente, el sudor brotando de su frente encorvada y
contraída, besaba incesantemente la figura de nuestro Salvador, pintada en la
bandera que colgaba ante él; pero con una agonía de locura y desesperación, de
la que nada de lo que se ha exhibido en el escenario puede dar la más mínima
idea.
Añadiré solo otro
caso, ilustrativo de un hombre completamente postrado por el terror. Un atroz
asesino de dos personas fue llevado a un hospital bajo la errónea impresión de
que se había envenenado; y el Dr. W. Ogle lo vigiló atentamente a la mañana siguiente,
mientras la policía lo esposaba y se lo llevaba. Su palidez era extrema y su
postración tan grande que apenas podía vestirse. Su piel transpiraba; y sus
párpados y cabeza estaban tan caídos que era imposible siquiera vislumbrar sus
ojos. Su mandíbula inferior colgaba hacia abajo. No había contracción de ningún
músculo facial, y el Dr. Ogle está casi seguro de que el cabello no estaba
erizado, pues lo observó con atención, ya que se lo habían teñido para
ocultarlo.
Con respecto al
miedo, tal como lo manifiestan las diversas razas humanas, mis informantes
coinciden en que las señales son las mismas que en los europeos. Se manifiestan
de forma exagerada en los hindúes y los nativos de Ceilán. El Sr. Geach ha
visto a malayos, aterrorizados, palidecer y temblar; y el Sr. Brough Smyth
afirma que un australiano nativo, «muy asustado en una ocasión, mostró una tez
tan cercana a lo que llamamos palidez, como bien puede concebirse en el caso de
un hombre muy negro». El Sr. Dyson Lacy ha visto miedo extremo en un
australiano, mediante tics nerviosos en manos, pies y labios; y por la
sudoración acumulada en la piel. Muchos salvajes no reprimen las señales de
miedo tanto como los europeos; y a menudo tiemblan con fuerza. En el kafir,
dice Gaika, en su inglés bastante peculiar, el temblor del cuerpo «es muy
común, y los ojos están muy abiertos». En los salvajes, los músculos del
esfínter suelen estar relajados, tal como se puede observar en perros muy
asustados, y como he visto en los monos cuando se aterrorizan al ser atrapados.
La erización del
cabello . —Algunas señales de miedo merecen una
consideración más profunda. Los poetas hablan continuamente del cabello
erizado; Bruto le dice al fantasma de César: «Me hielas la sangre y me pones
los pelos de punta». Y el cardenal Beaufort, tras el asesinato de Gloucester,
exclama: «Péinale el pelo; mira, mira, se le eriza». Como no estaba seguro de
si los escritores de ficción habrían aplicado al hombre lo que a menudo habían
observado en los animales, le pedí información al Dr. Crichton Browne respecto
a los enfermos mentales. Él afirma haber visto repetidamente cómo se les
erizaba el pelo bajo la influencia de un terror repentino y extremo. Por
ejemplo, a veces es necesario inyectar morfina bajo la piel a una mujer enferma
de locura, que teme la operación con extrema intensidad, aunque le causa muy
poco dolor; pues cree que le están introduciendo veneno en el organismo, que
sus huesos se ablandarán y que su carne se convertirá en polvo. Se pone pálida
como un muerto; Sus extremidades están rígidas por una especie de espasmo
tetánico y su cabello está parcialmente erizado en la parte delantera de la
cabeza.
El Dr. Browne
señala además que el erizado del cabello, tan común en los enfermos mentales,
no siempre se asocia con el terror. Quizás se observe con mayor frecuencia en
maníacos crónicos, que deliran incoherentemente y tienen impulsos destructivos;
pero es durante sus paroxismos de violencia cuando el erizado es más
observable. El hecho de que el cabello se erice bajo la influencia tanto de la
rabia como del miedo concuerda perfectamente con lo que hemos visto en animales
inferiores. El Dr. Browne presenta varios casos como prueba. Así, en el caso de
un hombre actualmente en el manicomio, antes de la recurrencia de cada
paroxismo maníaco, «el cabello se le eriza de la frente como la crin de un poni
Shetland». Me ha enviado fotografías de dos mujeres, tomadas entre sus
paroxismos, y añade, respecto a una de ellas, que «el estado de su cabello es
un criterio seguro y conveniente de su estado mental». He hecho copiar una de
estas fotografías, y el grabado, visto a cierta distancia, ofrece una fiel
representación del original, con la excepción de que el cabello parece
demasiado áspero y demasiado rizado. El extraordinario estado del cabello en
los locos se debe no solo a su erección, sino también a su sequedad y aspereza,
consecuencia de la inactividad de las glándulas subcutáneas. El Dr. Bucknill ha
dicho [1220] que un lunático «es lunático hasta la punta de los dedos»; podría
haber añadido, y a menudo hasta la punta de cada cabello.
El Dr. Browne
menciona, como confirmación empírica de la relación que existe en los enfermos
mentales entre el estado de su cabello y su mente, que la esposa de un médico,
a cargo de una señora que sufría de melancolía aguda y un fuerte temor a la
muerte, tanto para ella como para su esposo e hijos, le informó verbalmente el
día antes de recibir mi carta lo siguiente: «Creo que la Sra. —— mejorará
pronto, pues su cabello se está alisando; y siempre he notado que nuestros
pacientes mejoran cuando su cabello deja de ser áspero e indomable».
El Dr. Browne
atribuye la persistente áspera condición del cabello en muchos pacientes con
trastornos mentales, en parte a que sus mentes están siempre algo perturbadas y
en parte a los efectos del hábito, es decir, a que el cabello se eriza con
frecuencia y fuerza durante sus numerosos paroxismos recurrentes. En pacientes
con erización extrema del cabello, la enfermedad suele ser permanente y mortal;
pero en otros, con erización moderada, en cuanto recuperan la salud mental, el
cabello recupera su suavidad.
En un capítulo
anterior vimos que en los animales el pelo se eriza mediante la contracción de
músculos diminutos, lisos e involuntarios que se extienden hasta cada folículo.
Además de esta acción, el Sr. J. Wood ha comprobado experimentalmente, según me
informa, que en el hombre, el pelo de la parte frontal de la cabeza, que se
inclina hacia adelante, y el de la parte posterior, que se inclina hacia atrás,
se erizan en direcciones opuestas mediante la contracción del músculo
occipitofrontal o del cuero cabelludo. De modo que este músculo parece
contribuir a la erección del pelo de la cabeza humana de la misma manera que
el panículo carnoso, homólogo del mismo, contribuye, o
desempeña un papel fundamental, en la erección de las púas dorsales de algunos
animales inferiores.
Contracción del
músculo platisma mioides . Este músculo se extiende a
los lados del cuello, descendiendo hasta justo debajo de las clavículas y
ascendiendo hasta la parte inferior de las mejillas. Una porción, llamada
risorio, está representada en la xilografía (M) fig. 2. La contracción de este
músculo arrastra las comisuras de la boca y la parte inferior de las mejillas
hacia abajo y hacia atrás. Produce simultáneamente crestas longitudinales
divergentes y prominentes a los lados del cuello en los jóvenes; y, en las
personas mayores delgadas, finas arrugas transversales. A veces se dice que
este músculo no está bajo el control de la voluntad; pero casi todos, si se les
pide que arrastren las comisuras de la boca hacia atrás y hacia abajo con gran
fuerza, lo ponen en acción. Sin embargo, he oído de un hombre que puede actuar
voluntariamente sobre él solo en un lado del cuello.
Sir C. Bell [1221] y otros han afirmado que este músculo se contrae fuertemente bajo
la influencia del miedo; y Duchenne insiste tanto en su importancia en la
expresión de esta emoción, que lo llama el músculo del susto . [1222] Admite, sin embargo, que su contracción es bastante inexpresiva a
menos que se asocie con los ojos y la boca bien abiertos. Ha presentado una
fotografía (copiada y reducida en la xilografía adjunta) del mismo anciano que
en ocasiones anteriores, con las cejas fuertemente levantadas, la boca abierta
y el platisma contraído, todo ello mediante galvanismo. La fotografía original
se mostró a veinticuatro personas, y se les preguntó por separado, sin ninguna
explicación, qué expresión se pretendía: veinte respondieron al instante:
«miedo intenso» u «horror»; tres, dolor, y una, malestar extremo. El Dr.
Duchenne ha presentado otra fotografía del mismo anciano, con el platisma
contraído, los ojos y la boca abiertos, y las cejas oblicuas, mediante
galvanismo. La expresión así inducida es muy llamativa (véase Lámina VII, fig.
2); la oblicuidad de las cejas añade la apariencia de una gran angustia mental.
El original se mostró a quince personas; doce respondieron terror u horror, y
tres agonía o gran sufrimiento. A partir de estos casos, y del examen de las
demás fotografías proporcionadas por el Dr. Duchenne, junto con sus
observaciones al respecto, creo que caben pocas dudas de que la contracción del
platisma contribuye considerablemente a la expresión de miedo. Sin embargo,
este músculo difícilmente debería considerarse el del miedo, ya que su
contracción no es, desde luego, un concomitante necesario de este estado
mental.
Un hombre puede
manifestar terror extremo de la forma más evidente mediante una palidez mortal,
gotas de sudor en la piel y una postración total, con todos los músculos del
cuerpo, incluido el platisma, completamente relajados. Aunque el Dr. Browne ha
visto con frecuencia este músculo temblar y contraerse en enfermos mentales, no
ha podido relacionar su acción con ningún estado emocional en ellos, a pesar de
haber atendido cuidadosamente a pacientes que sufrían de gran temor. El Sr.
Nicol, por otro lado, ha observado tres casos en los que este músculo parecía
estar contraído de forma más o menos permanente bajo la influencia de la
melancolía, asociada a un gran temor; pero en uno de estos casos, varios otros
músculos del cuello y la cabeza sufrieron contracciones espasmódicas.
El Dr. W. Ogle
observó para mí en uno de los hospitales de Londres a unos veinte pacientes,
justo antes de que los sometieran a la acción del cloroformo para una
operación. Presentaban cierta inquietud, pero no mucho terror. Solo en cuatro
de los casos el platisma estaba visiblemente contraído, y no empezó a
contraerse hasta que los pacientes empezaron a llorar. El músculo parecía
contraerse en el momento de cada inspiración profunda, por lo que es muy dudoso
que la contracción dependiera en absoluto del miedo. En un quinto caso, el
paciente, que no fue cloroformizado, estaba muy aterrorizado, y su platisma se
contrajo con mayor fuerza y persistencia que en los otros casos. Pero incluso
en este caso hay lugar a dudas, ya que el Dr. Ogle observó que el músculo, que
parecía estar inusualmente desarrollado, se contraía al levantar la cabeza de
la almohada, una vez finalizada la operación.
Como me sentía muy
perplejo por qué, en cualquier caso, un músculo superficial del cuello se veía
tan afectado por el miedo, solicité a mis numerosos y atentos corresponsales
información sobre la contracción de este músculo en otras circunstancias. Sería
superfluo compartir todas las respuestas que he recibido. Estas muestran que
este músculo actúa, a menudo de forma e intensidad variables, en diversas
condiciones. Se contrae violentamente en la hidrofobia y, en menor medida, en
el trismo; a veces, de forma marcada durante la insensibilidad por el
cloroformo. El Dr. W. Ogle observó a dos pacientes varones con tal dificultad
respiratoria que fue necesario abrirles la tráquea, y en ambos el platisma
estaba fuertemente contraído. Uno de ellos escuchó la conversación de los
cirujanos que lo rodeaban y, cuando pudo hablar, declaró que no había sentido
miedo. En otros casos de extrema dificultad respiratoria, aunque no requirieron
traqueotomía, observados por los Dres. Ogle y Langstaff, el platisma no estaba
contraído.
El Sr. J. Wood,
quien ha estudiado con tanto cuidado los músculos del cuerpo humano, como
demuestran sus diversas publicaciones, ha observado con frecuencia la
contracción del platisma en casos de vómitos, náuseas y asco; también en niños
y adultos bajo la influencia de la ira; por ejemplo, en mujeres irlandesas que
discutían y peleaban entre sí con gesticulaciones airadas. Esto posiblemente se
deba a sus tonos agudos y enfurecidos; pues conozco a una señora, una excelente
música, que, al cantar ciertas notas agudas, siempre contrae el platisma. Lo
mismo ocurre con un joven, como he observado, al tocar ciertas notas en la
flauta. El Sr. J. Wood me informa que ha descubierto que el platisma está mejor
desarrollado en personas con cuellos gruesos y hombros anchos; y que en las
familias que heredan estas peculiaridades, su desarrollo suele estar asociado
con una gran capacidad voluntaria sobre el músculo occipitofrontal homólogo,
mediante el cual se puede mover el cuero cabelludo.
Ninguno de los
casos anteriores parece arrojar luz sobre la contracción del platisma por
miedo; pero creo que la situación es diferente en los casos siguientes. El
caballero mencionado, que solo puede actuar voluntariamente sobre este músculo
en un lado del cuello, está seguro de que se contrae en ambos lados cuando se
asusta. Ya se ha demostrado que este músculo a veces se contrae, quizás para
abrir bien la boca, cuando la respiración se dificulta por una enfermedad, y
durante las inspiraciones profundas de los ataques de llanto antes de una
operación. Ahora bien, siempre que una persona se sobresalta ante cualquier
visión o sonido repentino, respira hondo al instante; y así, la contracción del
platisma podría haberse asociado con la sensación de miedo. Pero creo que
existe una relación más eficaz. La primera sensación de miedo, o la imaginación
de algo terrible, suele provocar un escalofrío. Me he sorprendido a mí mismo
sintiendo un pequeño escalofrío involuntario ante un pensamiento doloroso, y he
percibido claramente que mi platisma se contrajo. Lo mismo ocurre si simulo un
escalofrío. He pedido a otros que actúen de esta manera; en algunos el músculo
se contrajo, pero en otros no. Uno de mis hijos, al levantarse de la cama, se
estremeció de frío y, al tener la mano en el cuello, sintió claramente que este
músculo se contraía con fuerza. Luego se estremeció voluntariamente, como en
ocasiones anteriores, pero el platisma no se vio afectado. El Sr. J. Wood
también ha observado varias veces la contracción de este músculo en pacientes,
al desnudarlos para examinarlos, y que no estaban asustados, sino que temblaban
ligeramente de frío. Lamentablemente, no he podido determinar si, cuando todo
el cuerpo tiembla, como en la fase fría de un ataque de fiebre intermitente, el
platisma se contrae. Pero como ciertamente suele contraerse durante un
escalofrío, y como un escalofrío o temblor suele acompañar a la primera
sensación de miedo, creo que tenemos una pista sobre su acción en este último
caso. [1223] Sin embargo, su contracción no es un concomitante invariable del
miedo, pues probablemente nunca actúa bajo la influencia de un terror extremo y
postrador.
Dilatación de las
pupilas. —Gratiolet insiste repetidamente [1224] en que las pupilas se dilatan enormemente cuando se siente terror.
No tengo motivos para dudar de la exactitud de esta afirmación, pero no he
podido obtener pruebas que la confirmen, excepto en el único caso antes
mencionado de una mujer demente que sufría de gran miedo. Cuando los escritores
de ficción hablan de ojos muy dilatados, supongo que se refieren a los
párpados. La afirmación de Munro de que en los loros el iris se ve afectado por
las pasiones, independientemente de la cantidad de luz, parece tener relación
con esta cuestión; pero el profesor Donders me informa que a menudo ha visto
movimientos en las pupilas de estas aves que, según él, pueden estar
relacionados con su capacidad de acomodación a la distancia, de forma casi
idéntica a como nuestras pupilas se contraen cuando nuestros ojos convergen
para la visión cercana. Gratiolet señala que las pupilas dilatadas parecen como
si estuvieran mirando a una profunda oscuridad. Sin duda, los temores del
hombre se han suscitado a menudo en la oscuridad; pero no con tanta frecuencia
ni de forma tan exclusiva como para explicar el surgimiento de un hábito fijo y
asociado. Parece más probable, suponiendo que la afirmación de Gratiolet sea
correcta, que el cerebro se vea afectado directamente por la intensa emoción
del miedo y reaccione sobre las pupilas; pero el profesor Donders me informa
que se trata de un tema extremadamente complejo. Debo añadir, para aclarar el
tema, que el Dr. Fyffe, del Hospital Netley, observó en dos pacientes una
dilatación pupilar notable durante la fase fría de un ataque de fiebre
intermitente. El profesor Donders también ha observado con frecuencia
dilatación pupilar en casos de desmayos incipientes. [1225]
Horror. —El estado mental expresado por este término implica terror, y en
algunos casos es casi sinónimo de él. Muchos hombres debieron sentir, antes del
bendito descubrimiento del cloroformo, un gran horror ante la idea de una
operación quirúrgica inminente. Quien teme, y al mismo tiempo odia, a un
hombre, sentirá, como Milton usa la palabra, horror hacia él. Sentimos horror
si vemos a alguien, por ejemplo, un niño, expuesto a un peligro inmediato y
aplastante. Casi todos experimentaríamos la misma sensación en su máxima
intensidad al presenciar a un hombre siendo torturado o a punto de serlo. En
estos casos no corremos ningún peligro; pero, gracias al poder de la
imaginación y la compasión, nos ponemos en el lugar del que sufre y sentimos
algo parecido al miedo.
Sir C. Bell
comenta [1226] que «el horror está lleno de energía; el cuerpo está en la máxima
tensión, no se deja intimidar por el miedo». Por lo tanto, es probable que el
horror generalmente vaya acompañado de una fuerte contracción de las cejas;
pero como el miedo es uno de sus elementos, los ojos y la boca se abrirían, y
las cejas se levantarían, en la medida en que la acción antagónica de los
corrugadores permitiera este movimiento. Duchenne ha presentado una
fotografía [1227] (fig. 21) del mismo anciano que antes, con la mirada fija, las
cejas parcialmente levantadas y al mismo tiempo fuertemente contraídas, la boca
abierta y el platisma en acción, todo ello realizado mediante galvanismo.
Considera que la expresión así producida muestra terror extremo con dolor o
tortura horribles. Un hombre torturado, mientras sus sufrimientos le
permitieran sentir temor por el futuro, probablemente exhibiría horror en grado
extremo. He mostrado el original de esta fotografía a veintitrés personas de
ambos sexos y diversas edades; y trece respondieron inmediatamente horror, gran
dolor, tortura o agonía; tres respondieron miedo extremo; de modo que dieciséis
respondieron casi de acuerdo con la creencia de Duchenne. Seis, sin embargo,
dijeron ira, guiados sin duda por las cejas fuertemente fruncidas y pasando por
alto la peculiar apertura de la boca. Una dijo asco. En general, la evidencia
indica que tenemos aquí una representación bastante buena del horror y la
agonía. La fotografía antes mencionada (lám. VII, fig. 2) también muestra
horror; pero en esta, las cejas oblicuas indican gran angustia mental en lugar
de energía.
El horror suele ir
acompañado de diversos gestos, que difieren según el individuo. A juzgar por
las imágenes, todo el cuerpo suele estar girado o encogido; o los brazos se
extienden violentamente como para alejar algún objeto aterrador. El gesto más
frecuente, según se puede inferir de la acción de quienes intentan expresar una
escena de horror vívidamente imaginada, es levantar ambos hombros, con los
brazos doblados pegados a los costados o al pecho. Estos movimientos son casi
idénticos a los que solemos hacer cuando sentimos mucho frío; y suelen ir
acompañados de un escalofrío, así como de una espiración o inspiración
profunda, según si el pecho se expande o se contrae en ese momento. Los sonidos
así producidos se expresan con palabras como uh o ugh . [1228] Sin embargo, no es obvio por qué, cuando sentimos frío o
expresamos una sensación de horror, apretamos los brazos doblados contra el
cuerpo, levantamos los hombros y nos estremecemos.
Conclusión. —He intentado describir las diversas expresiones del miedo, en sus
gradaciones, desde la simple atención hasta un sobresalto de sorpresa, pasando
por el terror extremo y el horror. Algunas señales pueden explicarse por los
principios del hábito, la asociación y la herencia, como abrir bien la boca y
los ojos, con las cejas levantadas, para ver con la mayor rapidez posible todo
lo que nos rodea y oír con claridad cualquier sonido que llegue a nuestros
oídos. De esta manera, nos hemos preparado habitualmente para descubrir y
afrontar cualquier peligro. Otras señales de miedo también pueden explicarse,
al menos en parte, por estos mismos principios. Durante innumerables
generaciones, los hombres se han esforzado por escapar de sus enemigos o del peligro
huyendo precipitadamente o luchando violentamente contra ellos; y tales
esfuerzos habrán acelerado el corazón, acelerado la respiración, agitado el
pecho y dilatado las fosas nasales. Como estos esfuerzos se han prolongado a
menudo hasta el extremo, el resultado final habrá sido postración total,
palidez, sudoración, temblor de todos los músculos o su relajación total. Y
ahora, siempre que la emoción del miedo se siente con fuerza, aunque no
conduzca a ningún esfuerzo, los mismos resultados tienden a reaparecer, por la
fuerza de la herencia y la asociación.
Sin embargo, es
probable que muchos o la mayoría de los síntomas de terror mencionados, como
los latidos del corazón, el temblor muscular, la transpiración fría, etc., se
deban en gran parte directamente a la transmisión alterada o interrumpida de la
fuerza nerviosa desde el sistema cerebroespinal a diversas partes del cuerpo,
debido a la fuerte afectación mental. Podemos considerar esta causa con
seguridad, independientemente del hábito y la asociación, en casos como la
alteración de las secreciones del tracto intestinal y la inactividad de ciertas
glándulas. Con respecto al erizado involuntario del pelo, tenemos buenas
razones para creer que, en el caso de los animales, esta acción,
independientemente de su origen, sirve, junto con ciertos movimientos voluntarios,
para hacerlos parecer terribles a sus enemigos; y como las mismas acciones,
tanto involuntarias como voluntarias, son realizadas por animales emparentados
con el hombre, nos lleva a creer que el hombre ha conservado por herencia una
reliquia de ellas, ahora inservible. Es ciertamente un hecho notable que los
diminutos músculos sin estrías, por los cuales se erigen los pelos escasamente
dispersos sobre el cuerpo casi desnudo del hombre, se hayan conservado hasta
nuestros días, y que todavía se contraigan bajo las mismas emociones, a saber,
el terror y la rabia, que hacen que se erice el pelo en los miembros inferiores
de la Orden a la que pertenece el hombre.
CAPÍTULO XIII.
AUTOATENCIÓN—VERGÜENZA—TIMIDEZ—MODESTIA: SONROJO.
Naturaleza del
rubor—Herencia—Partes del cuerpo más afectadas—El rubor en las distintas razas
humanas—Gestos que lo acompañan—Confusión mental—Causas del rubor—La
autoatención, elemento fundamental—Timidez—Vergüenza, derivada del
incumplimiento de las leyes morales y las reglas convencionales—Modestia—Teoría
del rubor—Recapitulación.
El rubor es la
expresión más peculiar y humana de todas. Los monos se enrojecen por la pasión,
pero se necesitaría una cantidad abrumadora de evidencia para hacernos creer
que cualquier animal podría ruborizarse. El enrojecimiento de la cara por un
rubor se debe a la relajación de las capas musculares de las pequeñas arterias,
mediante las cuales los capilares se llenan de sangre; y esto depende del
centro vasomotor adecuado afectado. Sin duda, si al mismo tiempo hay mucha
agitación mental, la circulación general se verá afectada; pero no es debido a
la acción del corazón que la red de diminutos vasos que cubre la cara se llene
de sangre por una sensación de vergüenza. Podemos provocar risa al hacer
cosquillas en la piel, llorar o fruncir el ceño al recibir un golpe, temblar de
miedo al dolor, etc.; pero no podemos provocar un rubor, como señala el Dr.
Burgess, [1301] por ningún medio físico, es decir, mediante ninguna acción sobre
el cuerpo. Es la mente la que debe verse afectada. El rubor no es solo
involuntario; Pero el deseo de restringirlo, al conducirnos a la autoatención,
en realidad aumenta la tendencia.
Los niños pequeños
se sonrojan con mucha más frecuencia que los mayores, pero no durante la
infancia, [1302] lo cual es notable, ya que sabemos que los bebés a temprana edad
se ruborizan por la pasión. He recibido relatos auténticos de dos niñas que se
sonrojaron entre los dos y los tres años; y de otra niña sensible, un año
mayor, que se sonrojó al ser reprendido por una falta. Muchos niños, a una edad
algo más avanzada, se sonrojan de forma muy marcada. Parece que las facultades
mentales de los bebés aún no están lo suficientemente desarrolladas como para
permitirles sonrojarse. De ahí, también, que los idiotas rara vez se sonrojen.
El Dr. Crichton Browne observó por mí a los niños bajo su cuidado, pero nunca
vio un rubor genuino, aunque sí vio sus rostros enrojecerse, aparentemente de
alegría, al serles servidos alimentos, y de ira. Sin embargo, algunos, si no
están completamente degradados, son capaces de sonrojarse. Un idiota
microcéfalo, por ejemplo, de trece años, cuyos ojos se iluminaban un poco
cuando estaba contento o divertido, ha sido descrito por el Dr. Behn, [1303] como sonrojado y girado hacia un lado cuando se desvestía para un
examen médico.
Las mujeres se
sonrojan mucho más que los hombres. Es raro ver a un anciano, pero no tan raro
ver a una anciana sonrojarse. Los ciegos no se libran. Laura Bridgman, nacida
en esta condición, además de completamente sorda, se sonroja. [ 1304] El reverendo R. H. Blair, director del Worcester College, me
informa que tres niños de nacimiento ciegos, de los siete u ocho que había
entonces en el manicomio, se sonrojan mucho. Los ciegos al principio no son
conscientes de que los observan, y es fundamental en su educación, según me
informa el Sr. Blair, inculcarles este conocimiento; y la impresión así
obtenida reforzaría considerablemente la tendencia a sonrojarse, al fomentar el
hábito de la autoatención.
La tendencia a
sonrojarse es hereditaria. El Dr. Burgess describe el caso [1305] de una familia compuesta por padre, madre y diez hijos, todos
ellos, sin excepción, propensos a sonrojarse hasta un punto muy doloroso. Los
niños ya eran adultos; «y algunos fueron enviados de viaje para combatir esta
sensibilidad enfermiza, pero no sirvió de nada». Incluso las peculiaridades del
rubor parecen ser hereditarias. Sir James Paget, al examinar la columna
vertebral de una niña, se impresionó por su singular forma de sonrojarse;
primero apareció una gran mancha roja en una mejilla, y luego otras, dispersas
por el rostro y el cuello. Posteriormente, le preguntó a la madre si su hija
siempre se sonrojaba de esta manera peculiar; ella respondió: «Sí, se parece a
mí». Sir J. Paget se dio cuenta entonces de que, al hacer esta pregunta, había
provocado el rubor de la madre; y ella exhibió la misma peculiaridad que su
hija.
En la mayoría de
los casos, solo la cara, las orejas y el cuello se enrojecen; pero muchas
personas, al ruborizarse intensamente, sienten un calor y un hormigueo en todo
el cuerpo; esto indica que toda la superficie debe estar afectada de alguna
manera. Se dice que el rubor a veces comienza en la frente, pero es más común
en las mejillas, extendiéndose luego a las orejas y el cuello. [1306] En dos albinos examinados por el Dr. Burgess, el rubor comenzó con
una pequeña mancha circunscrita en las mejillas, sobre el plexo nervioso
parótido, y luego se extendió formando un círculo; entre este círculo de rubor
y el rubor del cuello había una línea de demarcación evidente; aunque ambos
surgieron simultáneamente. La retina, que es naturalmente roja en el albino,
invariablemente aumentaba simultáneamente en enrojecimiento. [1307] Todos habrán notado con qué facilidad, después de un rubor, nuevos
rubores se suceden por el rostro. El rubor viene precedido por una sensación
peculiar en la piel. Según el Dr. Burgess, el enrojecimiento de la piel suele
ir seguido de una ligera palidez, lo que indica que los vasos capilares se
contraen tras dilatarse. En algunos casos raros, se produce palidez en lugar de
enrojecimiento en condiciones que naturalmente inducirían rubor. Por ejemplo,
una joven me contó que, en una fiesta grande y concurrida, se enganchó el
cabello con tanta fuerza en el botón de un sirviente que pasaba, que tardó un
tiempo en liberarla; por sus sensaciones, imaginó que se había sonrojado hasta
el rojo vivo; pero una amiga le aseguró que se había puesto extremadamente pálida.
Deseaba saber hasta
dónde se extiende el rubor en el cuerpo; y Sir J. Paget, quien por necesidad
tiene frecuentes oportunidades de observación, ha tenido la amabilidad de
ocuparse de este punto por mí durante dos o tres años. Ha descubierto que, en
las mujeres que se ruborizan intensamente en la cara, las orejas y la nuca, el
rubor no suele extenderse más abajo. Es raro verlo tan abajo como en las
clavículas y los omóplatos; y él mismo nunca ha visto un solo caso en que se
extendiera por debajo de la parte superior del pecho. También ha observado que
el rubor a veces se desvanece hacia abajo, no de forma gradual e imperceptible,
sino mediante manchas rojizas irregulares. El Dr. Langstaff también ha
observado por mí a varias mujeres cuyos cuerpos no se enrojecieron en absoluto
mientras sus rostros estaban enrojecidos por el rubor. En el caso de los
enfermos mentales, algunos de los cuales parecen ser particularmente propensos
a ruborizarse, el Dr. J. Crichton Browne ha visto varias veces que el rubor se
extendía hasta las clavículas y, en dos casos, hasta los senos. Me cuenta el
caso de una mujer casada, de veintisiete años, que padecía epilepsia. A la
mañana siguiente de su llegada al manicomio, el Dr. Browne, junto con sus
asistentes, la visitó mientras estaba en cama. En cuanto él se acercó, se
ruborizó intensamente en las mejillas y las sienes; y el rubor se extendió
rápidamente a las orejas. Estaba muy agitada y temblorosa. Él le desabrochó el
cuello de la camisa para examinar el estado de sus pulmones; entonces, un rubor
intenso se extendió por su pecho, en una línea arqueada sobre el tercio
superior de cada seno, y se extendió hacia abajo entre los senos casi hasta el
cartílago ensiforme del esternón. Este caso es interesante, ya que el rubor no
se extendió hacia abajo hasta que se intensificó al ser atraída su atención
hacia esa parte de su cuerpo. A medida que avanzaba el examen, se serenó y el
rubor desapareció; pero en varias ocasiones posteriores se observó el mismo
fenómeno.
Los hechos
anteriores demuestran que, por regla general, en las mujeres inglesas, el rubor
no se extiende más allá del cuello ni a la parte superior del pecho. Sin
embargo, Sir J. Paget me informa que ha oído hablar recientemente de un caso,
en el que puede confiar plenamente, de una niña pequeña, escandalizada por lo
que consideraba un acto de falta de delicadeza, se sonrojó por todo el abdomen
y la parte superior de las piernas. Moreau también [1308] relata, basándose en la autoridad de un célebre pintor, que el
pecho, los hombros, los brazos y todo el cuerpo de una niña que, a
regañadientes, consintió en servir de modelo, se enrojecieron al ser despojada
de su ropa por primera vez.
Resulta bastante
curioso por qué, en la mayoría de los casos, solo la cara, las orejas y el
cuello se enrojecen, ya que toda la superficie del cuerpo suele experimentar
hormigueo y calor. Esto parece deberse principalmente a que la cara y las zonas
adyacentes de la piel han estado expuestas habitualmente al aire, la luz y las
variaciones de temperatura, por lo que las pequeñas arterias no solo se han
acostumbrado a dilatarse y contraerse con facilidad, sino que parecen haberse
desarrollado de forma inusual en comparación con otras partes de la
superficie. [1309] Probablemente se deba a esta misma causa, como han señalado M.
Moreau y el Dr. Burgess, que la cara sea tan propensa a enrojecerse en diversas
circunstancias, como un ataque febril, calor común, esfuerzo intenso, ira, un
golpe leve, etc.; y, por otro lado, que sea propensa a palidecer por el frío y
el miedo, y a decolorarse durante el embarazo. La cara también es
particularmente propensa a verse afectada por afecciones cutáneas, como la
viruela, la erisipela, etc. Esta opinión también se ve respaldada por el hecho
de que los hombres de ciertas razas, que habitualmente andan casi desnudos, a
menudo se ruborizan en los brazos y el pecho, e incluso hasta la cintura. Una
mujer, muy ruborizada, informa al Dr. Crichton Browne que, cuando se siente
avergonzada o agitada, se ruboriza en la cara, el cuello, las muñecas y las
manos, es decir, en toda la piel expuesta. Sin embargo, cabe dudar de que la
exposición habitual de la piel de la cara y el cuello, y su consiguiente
capacidad de reacción ante estímulos de todo tipo, sea suficiente para explicar
la mayor tendencia a ruborizarse en las mujeres inglesas de estas regiones que
en otras; pues las manos están bien provistas de nervios y pequeños vasos
sanguíneos, y han estado tan expuestas al aire como la cara o el cuello, y aun
así rara vez se ruborizan. Pronto veremos que el hecho de que la atención se
haya dirigido con mucha más frecuencia y seriedad al rostro que a cualquier
otra parte del cuerpo probablemente ofrezca una explicación suficiente.
Rubor en las
diversas razas humanas. —Los pequeños vasos del rostro
se llenan de sangre, por la vergüenza, en casi todas las razas humanas, aunque
en las razas de piel muy oscura no se percibe un cambio de color distintivo. El
rubor es evidente en todas las naciones arias de Europa, y hasta cierto punto
en las de la India. Pero el Sr. Erskine nunca ha notado que los cuellos de los
hindúes estén decididamente afectados. En los lepchas de Sikhim, el Sr. Scott
ha observado a menudo un leve rubor en las mejillas, la base de las orejas y los
lados del cuello, acompañado de ojos hundidos y cabeza agachada. Esto ha
ocurrido cuando los ha descubierto en una mentira o los ha acusado de
ingratitud. La tez pálida y cetrina de estos hombres hace que el rubor sea
mucho más notorio que en la mayoría de los demás nativos de la India. En el
caso de estos últimos, la vergüenza, o en parte puede ser el miedo, se expresa,
según el señor Scott, mucho más claramente con la cabeza desviada o inclinada,
con los ojos vacilantes o vueltos hacia un lado, que con cualquier cambio de
color en la piel.
Las razas semíticas
se sonrojan con facilidad, como era de esperar, por su similitud general con
los arios. Así, con los judíos, se dice en el Libro de Jeremías (cap. VI. 15):
«No se avergonzaron en absoluto, ni pudieron sonrojarse». La Sra. Asa Gray vio
a un árabe manejando torpemente su bote en el Nilo, y cuando sus compañeros se
rieron de él, «se sonrojó hasta la nuca». Lady Duff Gordon comenta que un joven
árabe se sonrojó al llegar a su presencia. [1310]
El Sr. Swinhoe ha
visto a los chinos ruborizarse, pero cree que es raro; sin embargo, tienen la
expresión "enrojecerse de vergüenza". El Sr. Geach me informa que
tanto los chinos asentados en Malaca como los malayos nativos del interior se
ruborizan. Algunas de estas personas van casi desnudas, y él prestó especial
atención a la extensión del rubor hacia abajo. Omitiendo los casos en los que
solo se vio ruborizarse el rostro, el Sr. Geach observó que el rostro, los
brazos y el pecho de un chino de 24 años se ruborizaron de vergüenza; y en el
caso de otro chino, al preguntarle por qué no había trabajado con mejor estilo,
todo el cuerpo se vio afectado de forma similar. En dos malayos [1311] vio ruborizarse el rostro, el cuello, el pecho y los brazos; y en
un tercer malayo (un bugis), el rubor se extendió hasta la cintura.
Los polinesios se
sonrojan con facilidad. El reverendo Sr. Stack ha presenciado cientos de casos
con los neozelandeses. Vale la pena mencionar el siguiente caso, relacionado
con un anciano de tez inusualmente oscura y parcialmente tatuado. Tras haber
alquilado su terreno a un inglés por una pequeña renta anual, sintió una fuerte
pasión por comprar una calesa, algo que últimamente se había puesto de moda
entre los maoríes. En consecuencia, quiso cobrarle la renta completa durante
cuatro años a su inquilino y consultó con el Sr. Stack si podía hacerlo. El
hombre era viejo, torpe, pobre y andrajoso, y la idea de pasearse en su
carruaje para exhibirse divirtió tanto al Sr. Stack que no pudo evitar estallar
en carcajadas; y entonces «el anciano se sonrojó hasta la raíz del pelo».
Forster dice que «se puede distinguir fácilmente un rubor que se extiende» en
las mejillas de las mujeres más hermosas de Tahití. [1312] También se ha visto a los nativos de varios otros archipiélagos
del Pacífico sonrojarse.
El Sr. Washington
Matthews ha visto con frecuencia ruborizarse en los rostros de las jóvenes
indias pertenecientes a diversas tribus indígenas salvajes de Norteamérica. En
el extremo opuesto del continente, en Tierra del Fuego, los nativos, según el
Sr. Bridges, «se ruborizan mucho, pero principalmente con respecto a las
mujeres; aunque ciertamente también se ruborizan por su propia apariencia».
Esta última afirmación concuerda con lo que recuerdo del fueguino Jemmy Button,
quien se sonrojó cuando le preguntaron sobre el cuidado que ponía en lustrar
sus zapatos y en su arreglo personal. Respecto a los indios aymaras de las
altas mesetas de Bolivia, el Sr. Forbes dice [1313] que, por el color de su piel, es imposible que su rubor sea tan
claramente visible como en las razas blancas; Aun así, en circunstancias que
nos harían sonrojar, «siempre se observa la misma expresión de modestia o
confusión; e incluso en la oscuridad, se percibe un aumento de la temperatura
facial, exactamente como ocurre en los europeos». En los indígenas que habitan
las zonas cálidas, uniformes y húmedas de Sudamérica, la piel aparentemente no
responde a la excitación mental con tanta facilidad como en los nativos del
norte y sur del continente, quienes han estado expuestos durante mucho tiempo a
grandes vicisitudes climáticas; pues Humboldt cita sin protestar la burla del
español: «¿Cómo se puede confiar en quienes no saben sonrojarse?». [1314] Von Spix y Martius, al hablar de los aborígenes de Brasil, afirman
que no se puede decir con propiedad que se sonrojen; «fue solo después de una
larga relación con los blancos, y tras recibir cierta educación, que percibimos
en los indígenas un cambio de color que expresaba las emociones de sus
mentes». [1315] Es increíble, sin embargo, que el poder de sonrojarse pudiera
haberse originado así; pero el hábito de autoatención, consecuente con su
educación y nuevo curso de vida, habría aumentado mucho cualquier tendencia
innata a sonrojarse.
Varios observadores
fidedignos me han asegurado haber visto en los rostros de personas negras una
apariencia similar al rubor, en circunstancias que nos habrían provocado a
nosotros, aunque su piel fuera de un tono negro ébano. Algunos lo describen
como un rubor marrón, pero la mayoría dice que la negrura se intensifica. Un
mayor flujo sanguíneo en la piel parece, de alguna manera, aumentar su negrura;
así, ciertas enfermedades exantemáticas hacen que las zonas afectadas en el
negro se vean más negras, en lugar de, como en nuestro caso, más rojas. [1316] La piel, quizás, al estar más tensa por el llenado de los
capilares, reflejaría un tono ligeramente diferente al que tenía antes. Podemos
estar seguros de que los capilares del rostro del negro se llenan de sangre,
bajo la emoción de la vergüenza; porque una negra albina perfectamente
caracterizada, descrita por Buffon, [1317] mostraba un ligero matiz carmesí en sus mejillas cuando se exhibía
desnuda. Las cicatrices de la piel permanecen blancas durante mucho tiempo en
los negros, y el Dr. Burgess, quien tuvo frecuentes oportunidades de observar
una cicatriz de este tipo en el rostro de una negra, observó claramente que
«invariablemente se enrojecía cada vez que se le hablaba bruscamente o se la
acusaba de alguna ofensa trivial». [1318] El rubor se podía ver desde la circunferencia de la cicatriz hacia
el centro, pero no llegaba al centro. Los mulatos suelen ruborizarse mucho,
ruborizándose uno tras otro en sus rostros. Por estos hechos, no cabe duda de
que los negros se ruborizan, aunque no se observe enrojecimiento en la piel.
Gaika y la Sra.
Barber me aseguran que los kafires de Sudáfrica nunca se sonrojan; pero esto
podría significar que no se aprecia ningún cambio de color. Gaika añade que, en
circunstancias que harían sonrojar a un europeo, sus compatriotas «parecen
avergonzados de mantener la cabeza en alto».
Cuatro de mis
informantes afirman que los australianos, que son casi tan negros como los
negros, nunca se sonrojan. Un quinto responde con dudas, señalando que solo se
aprecia un rubor muy intenso debido a la suciedad de su piel. Tres observadores
afirman que sí se sonrojan; [1319] El Sr. S. Wilson añade que esto solo se nota bajo una emoción
intensa y cuando la piel no está demasiado oscura por la exposición prolongada
y la falta de higiene. El Sr. Lang responde: «He observado que la vergüenza
casi siempre provoca un rubor, que a menudo se extiende hasta el cuello». La
vergüenza también se manifiesta, como añade, «al mirar de un lado a otro». Dado
que el Sr. Lang era profesor en una escuela indígena, es probable que observara
principalmente a niños; y sabemos que se sonrojan más que los adultos. El Sr.
G. Taplin ha visto a mestizos sonrojarse y dice que los aborígenes tienen una
palabra que expresa vergüenza. El Sr. Hagenauer, quien es uno de los que nunca
ha observado a los australianos sonrojarse, dice que los ha visto «mirando al
suelo por vergüenza»; y el misionero Sr. Bulmer comenta que, si bien «no he
podido detectar nada parecido a la vergüenza en los aborígenes adultos, he
notado que los ojos de los niños, cuando se avergüenzan, presentan una mirada
inquieta y llorosa, como si no supieran adónde mirar».
Los hechos ahora
presentados son suficientes para demostrar que el rubor, haya o no cambio de
color, es común a la mayoría, probablemente a todas, las razas humanas.
Movimientos y
gestos que acompañan al rubor. —Un profundo
sentimiento de vergüenza conlleva un fuerte deseo de disimulación. [1320] Apartamos todo el cuerpo, especialmente el rostro, que intentamos
ocultar de alguna manera. Una persona avergonzada apenas soporta la mirada de
los presentes, por lo que casi invariablemente baja la mirada o mira de reojo.
Como generalmente existe al mismo tiempo un fuerte deseo de evitar la
apariencia de vergüenza, se intenta en vano mirar directamente a la persona que
causa este sentimiento; y el antagonismo entre estas tendencias opuestas
provoca diversos movimientos inquietos en los ojos. He observado a dos señoras
que, mientras se sonrojan, a lo que son muy propensas, han adquirido, al
parecer, la curiosa costumbre de parpadear incesantemente con extraordinaria
rapidez. Un rubor intenso a veces va acompañado de un ligero derramamiento de
lágrimas; [1321] y esto, supongo, se debe a que las glándulas lagrimales participan
del mayor suministro de sangre, que sabemos que fluye hacia los capilares de
las partes adyacentes, incluida la retina.
Muchos escritores,
antiguos y modernos, han observado los movimientos anteriores; y ya se ha
demostrado que los aborígenes de diversas partes del mundo a menudo exhiben su
vergüenza mirando hacia abajo o de reojo, o con movimientos inquietos de la
mirada. Esdras exclama (cap. ix. 6): "¡Oh, Dios mío! Me avergüenzo y me
sonrojo al levantar mi cabeza hacia ti, Dios mío". En Isaías (cap. 1. 6)
encontramos las palabras: "No escondí mi rostro de la vergüenza".
Séneca comenta (Epist. xi. 5) que los actores romanos inclinan la cabeza, fijan
la mirada en el suelo y la mantienen baja, pero son incapaces de sonrojarse al
fingir vergüenza. Según Macrobio, quien vivió en el siglo IV ('Saturnalia', B.
vii. C. 11), «Los filósofos naturales afirman que la naturaleza, movida por la
vergüenza, extiende la sangre ante sí como un velo, como vemos que cualquiera
que se ruboriza a menudo se pone las manos delante del rostro». Shakespeare
hace que Marco Aurelio ('Tito Andrónico', acto ii, esc. 5) le diga a su
sobrina: «¡Ah! Ahora apartas el rostro de la vergüenza». Una señora me informa
que encontró en el Hospital Lock a una niña a la que había conocido
anteriormente, y que se había convertido en una miserable náufraga, y la pobre
criatura, cuando se le acercó, escondió el rostro bajo las sábanas y no pudo
ser persuadida de descubrirlo. A menudo vemos a niños pequeños, cuando se
sienten tímidos o avergonzados, darse la vuelta y, aún de pie, esconder el
rostro en el vestido de su madre; o tirarse boca abajo en su regazo.
Confusión mental . La mayoría de las personas, al sonrojarse intensamente, tienen
sus facultades mentales confusas. Esto se reconoce en expresiones tan comunes
como «estaba sumida en la confusión». Quienes se encuentran en este estado
pierden la presencia de ánimo y emiten comentarios singularmente inapropiados.
A menudo se muestran muy angustiadas, tartamudean y hacen movimientos torpes o
muecas extrañas. En ciertos casos, se pueden observar contracciones
involuntarias de algunos músculos faciales. Una joven que se sonroja
excesivamente me contó que en esos momentos ni siquiera sabe lo que dice.
Cuando se le sugirió que esto podría deberse a la angustia que le causaba saber
que alguien había notado su rubor, respondió que no podía ser así, «ya que a
veces se sentía igual de atontada al sonrojarse ante un pensamiento en su
propia habitación».
Daré un ejemplo de
la extrema perturbación mental a la que son propensos algunos hombres
sensibles. Un caballero, en quien puedo confiar, me aseguró haber sido testigo
presencial de la siguiente escena: se ofreció una pequeña cena en honor de un
hombre extremadamente tímido, quien, al levantarse para dar las gracias, ensayó
el discurso, que evidentemente se había aprendido de memoria, en absoluto
silencio, sin pronunciar palabra; pero actuó como si hablara con mucho énfasis.
Sus amigos, al darse cuenta de la situación, aplaudieron con entusiasmo sus
imaginarios estallidos de elocuencia cada vez que sus gestos indicaban una
pausa, y el hombre nunca descubrió que había permanecido en completo silencio
durante todo el tiempo. Al contrario, después le comentó a mi amigo, con gran
satisfacción, que creía haberlo logrado excepcionalmente bien.
Cuando una persona
se siente muy avergonzada o tímida y se sonroja intensamente, su corazón late
con fuerza y su respiración se altera. Esto difícilmente puede afectar la
circulación sanguínea cerebral y quizás las facultades mentales. Sin embargo, a
juzgar por la influencia aún más poderosa de la ira y el miedo en la
circulación, parece dudoso que podamos explicar satisfactoriamente el estado de
confusión mental en las personas que se sonrojan intensamente.
La verdadera
explicación aparentemente reside en la estrecha conexión que existe entre la
circulación capilar de la superficie de la cabeza y la cara, y la del cerebro.
Al solicitar información al Dr. J. Crichton Browne, me proporcionó diversos
datos sobre este tema. Cuando el nervio simpático se divide en un lado de la
cabeza, los capilares de este lado se relajan y se llenan de sangre, lo que
provoca enrojecimiento y aumento de la temperatura de la piel, a la vez que
aumenta la temperatura dentro del cráneo del mismo lado. La inflamación de las
membranas cerebrales provoca la congestión sanguínea de la cara, las orejas y
los ojos. La primera etapa de un ataque epiléptico parece ser la contracción de
los vasos cerebrales, y la primera manifestación externa es una palidez extrema
del rostro. La erisipela de la cabeza suele provocar delirio. Incluso el alivio
que se obtiene de una cefalea intensa quemando la piel con una loción fuerte
depende, supongo, del mismo principio.
El Dr. Browne ha
administrado con frecuencia a sus pacientes el vapor de nitrito de amilo [1322] , que tiene la singular propiedad de causar un intenso
enrojecimiento facial en un lapso de treinta a sesenta segundos. Este
enrojecimiento se asemeja al rubor en casi todos los detalles: comienza en
varios puntos distintos del rostro y se extiende hasta abarcar toda la
superficie de la cabeza, el cuello y la parte frontal del tórax; pero se ha
observado que solo en un caso se extiende al abdomen. Las arterias de la retina
se dilatan; los ojos brillan, y en un caso se observó una ligera efusión de
lágrimas. Al principio, los pacientes se sienten agradablemente estimulados,
pero a medida que el enrojecimiento aumenta, se vuelven confusos y
desconcertados. Una mujer a la que se le había administrado el vapor con
frecuencia afirmó que, en cuanto se acaloraba, se sentía aturdida. En las
personas que apenas comienzan a ruborizarse, parece, a juzgar por el brillo de
sus ojos y su comportamiento vivaz, que sus facultades mentales se ven algo
estimuladas. Solo cuando el rubor es excesivo la mente se confunde. Por lo
tanto, parecería que los capilares faciales se ven afectados, tanto durante la
inhalación de nitrito de amilo como durante el rubor, antes de que se afecte la
parte del cerebro de la que dependen las facultades mentales.
Por el contrario,
cuando el cerebro se ve afectado principalmente, la circulación cutánea se ve
afectada de forma secundaria. El Dr. Browne ha observado con frecuencia, según
me informa, manchas rojas dispersas y moteadas en el pecho de pacientes epilépticos.
En estos casos, al frotar suavemente la piel del tórax o del abdomen con un
lápiz u otro objeto, o, en casos muy marcados, simplemente tocarla con el dedo,
la superficie se cubre en menos de medio minuto con marcas rojas brillantes,
que se extienden a cierta distancia a cada lado del punto tocado y persisten
durante varios minutos. Estas son las máculas cerebrales de
Trousseau; e indican, como señala el Dr. Browne, una condición muy modificada
del sistema vascular cutáneo. Si, pues, existe, como no puede dudarse, una
simpatía íntima entre la circulación capilar en esa parte del cerebro de la que
dependen nuestros poderes mentales y en la piel de la cara, no es sorprendente
que las causas morales que inducen un rubor intenso induzcan también,
independientemente de su propia influencia perturbadora, mucha confusión
mental.
La naturaleza de
los estados mentales que inducen el rubor . Estos
consisten en timidez, vergüenza y modestia; el elemento esencial en todos ellos
es la autoatención. Se pueden aducir muchas razones para creer que,
originalmente, la autoatención dirigida a la apariencia personal, en relación
con la opinión de los demás, fue la causa; el mismo efecto se produce
posteriormente, por la fuerza de la asociación, por la autoatención en relación
con la conducta moral. No es el simple acto de reflexionar sobre nuestra propia
apariencia, sino pensar en lo que otros piensan de nosotros, lo que provoca el
rubor. En absoluta soledad, la persona más sensible sería bastante indiferente
a su apariencia. Sentimos la censura o la desaprobación con mayor intensidad
que la aprobación; y, en consecuencia, los comentarios despectivos o la burla,
ya sea sobre nuestra apariencia o conducta, nos hacen sonrojar mucho más
fácilmente que los elogios. Pero, sin duda, los elogios y la admiración son muy
eficaces: una chica guapa se sonroja cuando un hombre la mira fijamente, aunque
sepa perfectamente que no la está menospreciando. Muchos niños, así como
personas mayores y sensibles, se sonrojan al recibir muchos elogios. Más
adelante se analizará cómo es posible que la conciencia de que los demás se
preocupan por nuestra apariencia haya provocado que los capilares,
especialmente los del rostro, se llenen de sangre al instante.
A continuación,
expondré mis razones para creer que la atención a la apariencia personal, y no
a la conducta moral, ha sido el elemento fundamental en la adquisición del
hábito de sonrojarse. Son insignificantes por separado, pero combinadas, en mi
opinión, tienen un peso considerable. Es bien sabido que nada sonroja tanto a
una persona tímida como cualquier observación, por mínima que sea, sobre su
apariencia personal. Ni siquiera se puede observar la vestimenta de una mujer
muy sonrojada sin que su rostro se sonroje. Basta con mirar fijamente a algunas
personas para que, como señala Coleridge, se sonrojen: «Que se lo explique
quien pueda». [1323]
En el caso de los
dos albinos observados por el Dr. Burgess [1324], «el más mínimo intento de examinar sus peculiaridades
invariablemente les hacía sonrojarse profundamente». Las mujeres son mucho más
sensibles a su apariencia personal que los hombres, especialmente las mujeres
mayores en comparación con ellos, y se sonrojan con mucha más frecuencia. Los
jóvenes de ambos sexos son mucho más sensibles a este mismo aspecto que los
ancianos, y también se sonrojan con mucha más frecuencia que estos. Los niños a
una edad muy temprana no se sonrojan; ni muestran esos otros signos de timidez
que generalmente acompañan al rubor; y uno de sus principales encantos es que
no les importa lo que piensen los demás de ellos. A esta temprana edad, miran
fijamente a un extraño con la mirada fija y sin pestañear, como a un objeto
inanimado, de una manera que nosotros, los mayores, no podemos imitar.
Es evidente para
todos que los jóvenes son muy sensibles a la opinión mutua sobre su apariencia;
y se sonrojan mucho más en presencia del sexo opuesto que en la suya
propia. [1325] Un joven, poco propenso a sonrojarse, se sonrojará intensamente
ante la más mínima burla de su apariencia por parte de una chica cuyo juicio
sobre cualquier tema importante ignoraría. Ninguna pareja feliz de jóvenes
amantes, que valoren la admiración y el amor mutuos por encima de cualquier
otra cosa en el mundo, probablemente se cortejará sin sonrojarse con
frecuencia. Incluso los bárbaros de Tierra del Fuego, según el Sr. Bridges, se
sonrojan «principalmente por las mujeres, pero ciertamente también por su
propia apariencia».
De todas las partes
del cuerpo, el rostro es el más considerado y respetado, como es natural al ser
el principal foco de expresión y la fuente de la voz. Es también el principal
foco de belleza y fealdad, y en todo el mundo es el más ornamentado. [1326] El rostro, por lo tanto, habrá estado sujeto durante muchas
generaciones a una autoatención mucho más cercana y sincera que cualquier otra
parte del cuerpo; y de acuerdo con el principio aquí expuesto, podemos entender
por qué es el más propenso a sonrojarse. Aunque la exposición a cambios de
temperatura, etc., probablemente ha aumentado considerablemente la capacidad de
dilatación y contracción de los capilares del rostro y las partes adyacentes,
esto por sí solo difícilmente explica que estas partes se sonrojen mucho más
que el resto del cuerpo; pues no explica el hecho de que las manos rara vez se
sonrojen. En los europeos, todo el cuerpo experimenta un ligero hormigueo
cuando el rostro se sonroja intensamente; y en las razas de hombres que
habitualmente van casi desnudos, el rubor se extiende a una superficie mucho
mayor que en nosotros. Estos hechos son, hasta cierto punto, inteligibles, ya
que la autoatención del hombre primitivo, así como de las razas existentes que
todavía andan desnudas, no habrá estado tan exclusivamente confinada a sus
rostros, como es el caso de las personas que ahora andan vestidas.
Hemos visto que, en
todo el mundo, las personas que sienten vergüenza por alguna falta moral
tienden a apartar, agachar la cabeza u ocultar el rostro, independientemente de
su apariencia. El objetivo difícilmente puede ser disimular el rubor, pues el
rostro se aparta u oculta en circunstancias que excluyen cualquier deseo de
ocultar la vergüenza, como cuando se confiesa plenamente la culpa y se
arrepiente. Sin embargo, es probable que el hombre primitivo, antes de adquirir
una gran sensibilidad moral, fuera muy sensible a su apariencia, al menos en
relación con el sexo opuesto, y, en consecuencia, se sintiera angustiado ante
cualquier comentario despectivo sobre su aspecto; y esta es una forma de
vergüenza. Y como el rostro es la parte del cuerpo más apreciada, es
comprensible que quien se avergüence de su apariencia desee ocultarla. Este
hábito, adquirido así, se mantendría naturalmente cuando se sintiera vergüenza
por causas estrictamente morales. Y no es fácil ver de otro modo por qué en
estas circunstancias debería haber un deseo de ocultar la cara más que
cualquier otra parte del cuerpo.
La costumbre, tan
general en todo aquel que se siente avergonzado, de apartar la mirada, bajarla
o moverla inquietamente de un lado a otro, probablemente surge de cada mirada
dirigida hacia los presentes, lo que le trae la convicción de que lo están mirando
intensamente; y él se esfuerza, al no mirar a los presentes, y especialmente a
los ojos, por escapar momentáneamente de esta dolorosa convicción.
Timidez. —Este extraño estado mental, a menudo llamado vergüenza, falsa
vergüenza o mala cara , parece ser una de las causas más
eficientes del rubor. De hecho, la timidez se reconoce principalmente por el
enrojecimiento del rostro, la mirada desviada o baja, y los movimientos
corporales torpes y nerviosos. Muchas mujeres se sonrojan por esta causa, cien,
quizás mil veces, y una vez por haber hecho algo que merece ser censurado y de
lo que se avergüenzan verdaderamente. La timidez parece depender de la sensibilidad
a la opinión, ya sea buena o mala, de los demás, sobre todo con respecto a la
apariencia externa. Los desconocidos no saben ni les importa nuestra conducta o
carácter, pero pueden, y a menudo lo hacen, criticar nuestra apariencia; por lo
tanto, las personas tímidas son particularmente propensas a ser tímidas y a
sonrojarse en presencia de desconocidos. La percepción de algo peculiar, o
incluso nuevo, en la vestimenta, o cualquier leve imperfección en la persona, y
más especialmente en el rostro —puntos que suelen atraer la atención de
desconocidos—, vuelve al tímido intolerablemente tímido. Por otro lado, en los
casos en que se trata de la conducta y no de la apariencia personal, somos
mucho más propensos a ser tímidos en presencia de conocidos, cuyo juicio
valoramos en cierta medida, que en la de desconocidos. Un médico me contó que
un joven, un duque adinerado, con quien había viajado como asistente médico, se
sonrojó como una joven al pagarle sus honorarios; sin embargo, este joven
probablemente no se habría sonrojado ni habría sido tímido si hubiera estado
pagando una factura a un comerciante. Sin embargo, algunas personas son tan
sensibles que el mero hecho de hablar con casi cualquier persona basta para
despertar su timidez, y el resultado es un ligero rubor.
La desaprobación o
el ridículo, debido a nuestra sensibilidad al respecto, provocan timidez y
sonrojamiento con mucha mayor facilidad que la aprobación; aunque esta última
es muy eficaz en algunas personas. Los engreídos rara vez son tímidos, pues se
valoran demasiado como para esperar desprecio. Por qué un hombre orgulloso
suele ser tímido, como parece ser el caso, no es tan obvio, a menos que, a
pesar de su confianza en sí mismo, realmente piense mucho en la opinión ajena,
aunque con desdén. Las personas excesivamente tímidas rara vez lo son en
presencia de personas con quienes tienen una relación cercana y de cuya buena
opinión y simpatía están completamente seguros; por ejemplo, una niña en
presencia de su madre. Olvidé preguntar en mi periódico si la timidez se puede
detectar en las diferentes razas humanas; pero un caballero hindú le aseguró al
Sr. Erskine que es reconocible en sus compatriotas.
La timidez, como
indica la derivación de la palabra en varios idiomas, [1327] está estrechamente relacionada con el miedo; sin embargo, es
distinta del miedo en el sentido común. Un hombre tímido sin duda teme la
atención de los extraños, pero difícilmente se puede decir que les tenga miedo;
puede ser tan audaz como un héroe en la batalla y, sin embargo, no tener
confianza en sí mismo por nimiedades en presencia de desconocidos. Casi todos
se sienten extremadamente nerviosos al dirigirse por primera vez a una asamblea
pública, y la mayoría de los hombres permanecen así durante toda su vida; pero
esto parece depender de la conciencia de un gran esfuerzo inminente, con sus
efectos asociados en el organismo, más que de la timidez; [1328] aunque un hombre tímido o vergonzoso sin duda sufre en tales
ocasiones infinitamente más que otro. Con los niños muy pequeños es difícil
distinguir entre el miedo y la timidez; pero este último sentimiento en ellos a
menudo me ha parecido participar del carácter salvaje de un animal indómito. La
timidez aparece a una edad muy temprana. En uno de mis hijos, cuando tenía dos
años y tres meses, vi un rastro de lo que ciertamente parecía timidez, dirigida
hacia mí tras una ausencia de casa de tan solo una semana. Esto no se
manifestaba con un rubor, sino con la ligera desviación de su mirada durante
unos minutos. He observado en otras ocasiones que la timidez, la vergüenza y la
vergüenza real se manifiestan en los ojos de los niños pequeños antes de que
adquieran la capacidad de sonrojarse.
Como la timidez
aparentemente depende de la autoatención, podemos percibir cuánta razón tienen
quienes sostienen que reprender a los niños por su timidez, en lugar de
beneficiarlos, les causa mucho daño, ya que atrae aún más su atención hacia sí
mismos. Se ha argumentado con acierto que «nada daña más a los jóvenes que ser
vigilados constantemente en cuanto a sus sentimientos, que sus rostros sean
escrutados y que el ojo inquisidor de un espectador despiadado mida su
sensibilidad. Bajo la presión de tales exámenes, no pueden pensar en otra cosa
que no sea que los miran, y no sienten más que vergüenza o aprensión». [1329]
Causas morales:
culpa . — Respecto al rubor por causas
estrictamente morales, nos encontramos con el mismo principio fundamental que
antes, a saber, la consideración por la opinión ajena. No es la conciencia la
que provoca el rubor, pues una persona puede lamentar sinceramente una pequeña
falta cometida en soledad, o puede sentir el más profundo remordimiento por un
delito no detectado, pero no se ruborizará. «Me ruborizo», dice el Dr.
Burgess [1330] , «en presencia de mis acusadores». No es el sentimiento de culpa,
sino la idea de que otros nos consideren o sepan culpables, lo que enrojece el
rostro. Una persona puede sentirse profundamente avergonzada por haber dicho
una pequeña falsedad, sin ruborizarse; pero si siquiera sospecha que lo han
descubierto, se ruborizará al instante, especialmente si lo descubre alguien a
quien venera.
Por otro lado, un
hombre puede estar convencido de que Dios es testigo de todas sus acciones, y
puede ser profundamente consciente de alguna falta y orar pidiendo perdón; pero
esto no provocará, como cree una dama muy ruborizada, un rubor. La explicación
de esta diferencia entre el conocimiento de Dios y el conocimiento humano de
nuestras acciones reside, supongo, en que la desaprobación humana de la
conducta inmoral es similar a su desprecio por nuestra apariencia personal, de
modo que, al asociarse, ambas conducen a resultados similares; mientras que la
desaprobación de Dios no genera tal asociación.
Muchas personas se
han ruborizado intensamente al ser acusadas de algún delito, a pesar de ser
completamente inocentes. Incluso la idea, como me comentó la señora antes
mencionada, de que otros piensen que hemos hecho un comentario desagradable o
estúpido, es suficiente para provocar un rubor, aunque sepamos en todo momento
que hemos sido completamente malinterpretados. Una acción puede ser meritoria o
indiferente, pero una persona sensible, si sospecha que otros la ven de otra
manera, se ruborizará. Por ejemplo, una dama puede dar dinero a un mendigo sin
ruborizarse, pero si hay otras personas presentes y duda de su aprobación, o
sospecha que la consideran influenciada por la ostentación, se ruborizará. Lo
mismo ocurrirá si se ofrece a aliviar la angustia de una dama decadente, sobre
todo de una a quien conoció en mejores circunstancias, ya que entonces no sabe
cómo se percibirá su conducta. Pero casos como estos se convierten en timidez.
Infracciones de
etiqueta. —Las reglas de etiqueta siempre
se refieren a la conducta en presencia de otros o hacia ellos. Carecen de una
conexión necesaria con la moral y a menudo carecen de sentido. Sin embargo,
como dependen de la costumbre fija de nuestros iguales y superiores, cuya
opinión valoramos mucho, se consideran casi tan vinculantes como las leyes del
honor para un caballero. En consecuencia, la infracción de las leyes de
etiqueta, es decir, cualquier descortesía o torpeza ,
cualquier incorrección o un comentario inapropiado, aunque sea accidental,
provocará el rubor más intenso del que un hombre es capaz. Incluso el recuerdo
de tal acto, después de muchos años, provocará un hormigueo en todo el cuerpo.
Tan fuerte es, además, el poder de la compasión que una persona sensible, como
me aseguró una dama, a veces se ruboriza ante una flagrante infracción de la
etiqueta por parte de un completo desconocido, aunque el acto no le afecte en
absoluto.
Modestia. —Este es otro poderoso factor que provoca rubor; pero la palabra
modestia abarca estados mentales muy diferentes. Implica humildad, y a menudo
la juzgamos por la gran satisfacción y el rubor que experimentan las personas
ante un elogio insignificante, o por su molestia ante un elogio que les parece
excesivo según su propio criterio de humildad. En este caso, ruborizarse tiene
el significado habitual de consideración por la opinión ajena. Pero la modestia
se relaciona frecuentemente con actos de indelicadeza; y la indelicadeza es una
cuestión de etiqueta, como vemos claramente en las naciones que van
completamente o casi desnudas. Quien es modesto y se ruboriza fácilmente ante
actos de esta naturaleza, lo hace porque infringen una etiqueta firme y
sabiamente establecida. Esto se demuestra, de hecho, por la derivación de la
palabra modesto de modus , una medida o
estándar de comportamiento. Un rubor debido a esta forma de modestia tiende,
además, a ser intenso, porque generalmente se relaciona con el sexo opuesto. Y
hemos visto cómo, en todos los casos, nuestra propensión a sonrojarnos aumenta.
Aplicamos el término «modesto», al parecer, a quienes tienen una opinión
humilde de sí mismos y a quienes son extremadamente sensibles a una palabra o
acción indecorosa, simplemente porque en ambos casos el rubor se despierta
fácilmente, pues estas dos mentalidades no tienen nada más en común. La timidez
también, por esta misma causa, a menudo se confunde con modestia en el sentido
de humildad.
Algunas personas se
sonrojan, como he observado y me han asegurado, ante cualquier recuerdo
repentino y desagradable. La causa más común parece ser el recuerdo repentino
de no haber hecho algo prometido a otra persona. En este caso, puede ser que el
pensamiento pase casi inconscientemente por la mente: "¿Qué pensará de
mí?", y entonces el rubor se asemejaría a un rubor verdadero. Pero es muy
dudoso que estos rubores se deban, en la mayoría de los casos, a una alteración
de la circulación capilar; pues debemos recordar que casi todas las emociones
fuertes, como la ira o la alegría intensa, actúan sobre el corazón y enrojecen
el rostro.
El hecho de que el
rubor pueda manifestarse en absoluta soledad parece opuesto a la opinión aquí
defendida, a saber, que el hábito surgió originalmente de pensar en lo que los
demás piensan de nosotros. Varias damas, que se ruborizan mucho, coinciden en cuanto
a la soledad; y algunas creen haberse ruborizado en la oscuridad. Por lo que el
Sr. Forbes ha afirmado respecto a los aymaras, y por mis propias sensaciones,
no dudo de que esta última afirmación sea correcta. Shakespeare, por lo tanto,
se equivocó al hacer que Julieta, que ni siquiera estaba sola, le dijera a
Romeo (acto ii. escena 2):
“Sabes que la
máscara de la noche está en mi rostro;
de lo contrario, un rubor de doncella pintaría mi mejilla,
por lo que me has oído decir esta noche”.
Pero cuando el
rubor surge en soledad, la causa casi siempre se relaciona con lo que piensan
los demás sobre nosotros: actos cometidos en su presencia o sospechados por
ellos; o también cuando reflexionamos sobre lo que otros habrían pensado de
nosotros si hubieran sabido del acto. Sin embargo, uno o dos de mis informantes
creen haberse ruborizado de vergüenza por actos ajenos. De ser así, debemos
atribuir el resultado a la fuerza de la costumbre y la asociación inveteradas,
en un estado mental muy similar al que normalmente provoca el rubor; y no
debemos sorprendernos, ya que se cree que incluso la compasión hacia otra
persona que comete una flagrante falta de etiqueta, como acabamos de ver, a
veces causa rubor.
Finalmente,
concluyo que el rubor, ya sea por timidez, por vergüenza ante un delito real,
por vergüenza ante una violación de las leyes de etiqueta, por modestia ante la
humildad, o por modestia ante una indelicadeza, depende en todos los casos del
mismo principio; este principio es una consideración sensible a la opinión, más
particularmente a la depreciación de los demás, principalmente en relación con
nuestra apariencia personal, especialmente de nuestros rostros; y
secundariamente, a través de la fuerza de la asociación y el hábito, en
relación con la opinión de los demás sobre nuestra conducta.
Teoría del rubor . — Ahora debemos considerar por qué la idea de que otros piensen
en nosotros afecta nuestra circulación capilar. Sir C. Bell insiste [1331] en que el rubor «es una forma de expresión, como se infiere del
color que se extiende únicamente a la superficie del rostro, el cuello y el
pecho, las partes más expuestas. No se adquiere; es algo que viene del
principio». El Dr. Burgess cree que fue diseñado por el Creador para «que el
alma tuviera el poder soberano de mostrar en las mejillas las diversas
emociones internas de los sentimientos morales»; para servir como freno para
nosotros mismos y como señal para los demás de que estábamos violando reglas
que deberían considerarse sagradas. Gratiolet se limita a comentar: “O, comme
il est dans l'ordre de la Nature que l'être social le plus intelligent soit
aussi le plus inteligible, cette faculté de rougeur et de pâleur qui distingue
l'homme, est un signe natural de sa alta perfección”.
La creencia de que
el rubor fue diseñado específicamente por el Creador se opone a la teoría
general de la evolución, ampliamente aceptada en la actualidad; pero no es mi
deber aquí argumentar sobre la cuestión general. Quienes creen en el diseño
encontrarán difícil explicar por qué la timidez es la causa más frecuente y
eficiente del rubor, ya que hace sufrir a quien se ruboriza y a quien lo
observa, sin serles de ninguna utilidad. También les resultará difícil explicar
por qué se ruborizan los negros y otras razas de piel oscura, en quienes el
cambio de color de la piel es apenas o nada visible.
Sin duda, un ligero
rubor realza la belleza del rostro de una doncella; y las mujeres circasianas
capaces de ruborizarse invariablemente alcanzan un precio más alto en el
seraolio del sultán que las mujeres menos susceptibles. [1332] Pero quien más cree en la eficacia de la selección sexual
difícilmente supondrá que el rubor se adquirió como un adorno sexual. Esta
opinión también se opondría a lo que se acaba de decir sobre las razas de piel
oscura que se ruborizan de forma invisible.
La hipótesis que me
parece más probable, aunque a primera vista pueda parecer precipitada, es que
la atención dirigida directamente a cualquier parte del cuerpo tiende a
interferir con la contracción normal y tónica de las pequeñas arterias de dicha
parte. En consecuencia, estos vasos se relajan en esos momentos y se llenan
instantáneamente de sangre arterial. Esta tendencia se habrá visto muy
reforzada si se ha prestado atención frecuente durante muchas generaciones a la
misma parte, gracias a la energía nerviosa que fluye fácilmente por los canales
habituales y al poder de la herencia. Siempre que creemos que otros
menosprecian o incluso consideran nuestra apariencia personal, nuestra atención
se dirige vívidamente a las partes externas y visibles de nuestro cuerpo; y de
todas estas partes, somos más sensibles a nuestro rostro, como sin duda ha
sucedido durante muchas generaciones pasadas. Por lo tanto, suponiendo por el
momento que la atención atenta pueda influir en los vasos capilares, los del
rostro se habrán vuelto eminentemente susceptibles. Por la fuerza de la
asociación, los mismos efectos tenderán a producirse siempre que pensemos que
otros consideran o censuran nuestras acciones o nuestro carácter.
Dado que esta
teoría se basa en el poder de la atención mental para influir en la circulación
capilar, será necesario proporcionar una cantidad considerable de detalles que
inciden de forma más o menos directa en este tema. Varios observadores [1333] , quienes, gracias a su amplia experiencia y conocimiento, son
eminentemente capaces de formarse un juicio sólido, están convencidos de que la
atención o consciencia (este último término, según Sir H. Holland, es el más
explícito), concentrada en casi cualquier parte del cuerpo, produce algún
efecto físico directo sobre ella. Esto se aplica a los movimientos de los
músculos involuntarios y de los músculos voluntarios cuando actúan
involuntariamente, a la secreción de las glándulas, a la actividad de los sentidos
y sensaciones, e incluso a la nutrición de las partes.
Se sabe que los
movimientos involuntarios del corazón se ven afectados si se les presta mucha
atención. Gratiolet [1334] menciona el caso de un hombre que, al observar y contarse
continuamente el pulso, logró que uno de cada seis latidos se entrecortara. Por
otro lado, mi padre me habló de un observador cuidadoso, que ciertamente
padeció una cardiopatía y falleció a causa de ella, y que afirmó
categóricamente que su pulso era habitualmente irregular hasta un grado
extremo; sin embargo, para su gran decepción, se regularizaba invariablemente
en cuanto mi padre entraba en la habitación. Sir H. Holland señala que «el efecto
sobre la circulación de una parte, a partir de la consciencia repentinamente
dirigida y fijada en ella, suele ser obvio e inmediato». El profesor Laycock,
quien ha estudiado con especial atención fenómenos de esta naturaleza, insiste
en que «cuando se dirige la atención a cualquier parte del cuerpo, la
inervación y la circulación se excitan localmente, y se desarrolla la actividad
funcional de esa parte».
Generalmente se
cree que los movimientos peristálticos intestinales se ven influenciados por la
atención que se les presta en períodos fijos y recurrentes; y estos movimientos
dependen de la contracción de músculos no estriados e involuntarios. Se sabe que
la acción anormal de los músculos voluntarios en la epilepsia, la corea y la
histeria se ve influenciada por la expectativa de un ataque y por la visión de
otros pacientes con afecciones similares. Lo mismo ocurre con los actos
involuntarios de bostezar y reír.
Ciertas glándulas
se ven muy influenciadas por el pensamiento sobre ellas o por las condiciones
en las que se han excitado habitualmente. Esto es familiar para todos: el
aumento del flujo salival, al pensar, por ejemplo, en una fruta intensamente
ácida. En nuestro sexto capítulo se demostró que un deseo intenso y prolongado
de reprimir o aumentar la acción de las glándulas lagrimales es eficaz. Se han
registrado algunos casos curiosos en mujeres sobre el poder de la mente sobre
las glándulas mamarias; y otros aún más notables en relación con las funciones
uterinas.
Véase Gratiolet
sobre este tema, De la Phys., pág. 287. El Dr. J. Crichton Browne, a partir de
sus observaciones sobre enfermos mentales, está convencido de que la atención
dirigida durante un período prolongado a cualquier parte u órgano puede, en
última instancia, influir en su circulación capilar y nutrición. Me ha descrito
algunos casos extraordinarios; uno de ellos, que no se puede relatar aquí en
detalle, se refiere a una mujer casada de cincuenta años que sufría la
constante y persistente ilusión de estar embarazada. Al llegar la menstruación,
actuaba como si realmente hubiera dado a luz y parecía sufrir un dolor extremo,
hasta el punto de que le brotaba sudor en la frente. Como resultado, reapareció
un estado que se prolongó durante tres días y que había cesado durante los seis
años anteriores. El Sr. Braid, en su obra «Magia, Hipnotismo», etc., 1852, pág.
95, y en sus otras obras casos análogos, así como otros hechos que muestran la
gran influencia de la voluntad sobre las glándulas mamarias, incluso en un solo
pecho.
Cuando dirigimos
toda nuestra atención a un sentido, su agudeza aumenta; [1340] y el hábito continuo de prestar atención, como en el caso de las
personas ciegas al oído y en el de los ciegos y sordos al tacto, parece mejorar
permanentemente dicho sentido. También hay razones para creer, a juzgar por las
capacidades de las diferentes razas humanas, que los efectos son hereditarios.
En cuanto a las sensaciones comunes, es bien sabido que el dolor aumenta al
prestarle atención; y Sir B. Brodie llega a creer que puede sentirse en
cualquier parte del cuerpo a la que se preste mucha atención. [1341] Sir H. Holland también señala que no solo nos volvemos conscientes
de la existencia de una parte sujeta a atención concentrada, sino que
experimentamos en ella diversas sensaciones extrañas, como peso, calor, frío,
hormigueo o picazón. [1342]
Finalmente, algunos
fisiólogos sostienen que la mente puede influir en la nutrición de ciertas
partes del cuerpo. Sir J. Paget ha dado un curioso ejemplo del poder, no
precisamente de la mente, sino del sistema nervioso, sobre el cabello. Una
mujer «que sufre ataques de lo que se conoce como cefalea nerviosa, siempre
descubre a la mañana siguiente que algunas zonas de su cabello están blancas,
como si estuvieran espolvoreadas con almidón. El cambio se produce en una
noche, y a los pocos días, el cabello recupera gradualmente su color marrón
oscuro». [1343]
Vemos así que la
atención minuciosa afecta sin duda a diversas partes y órganos que no están
bajo el control de la voluntad. El mecanismo por el cual se efectúa la atención
—quizás el más maravilloso de todos los poderes prodigiosos de la mente— es un
tema extremadamente oscuro. Según Müller [1344] , el proceso por el cual las células sensoriales del cerebro se
vuelven, a través de la voluntad, susceptibles de recibir impresiones más
intensas y nítidas, es estrechamente análogo a aquel por el cual las células
motoras se excitan para enviar fuerza nerviosa a los músculos voluntarios.
Existen muchos puntos de analogía en la acción de las células nerviosas
sensoriales y motoras; por ejemplo, el hecho conocido de que la atención
minuciosa a cualquier sentido causa fatiga, como el esfuerzo prolongado de cualquier
músculo. [1345] Por lo tanto, cuando concentramos voluntariamente nuestra atención
en cualquier parte del cuerpo, es probable que las células del cerebro que
reciben impresiones o sensaciones de esa parte se activen de alguna manera
desconocida. Esto puede explicar, sin que se produzca ningún cambio local en la
parte a la que se dirige con ahínco nuestra atención, que allí se sientan o
aumenten dolores o sensaciones extrañas.
Sin embargo, si la
parte está provista de músculos, no podemos estar seguros, como me ha comentado
el Sr. Michael Foster, de que no se envíe inconscientemente un ligero impulso a
dichos músculos; y esto probablemente causaría una sensación oscura en la parte.
En un gran número
de casos, como en el caso de las glándulas salivales y lagrimales, el tracto
intestinal, etc., la capacidad de atención parece residir, ya sea
principalmente o, como creen algunos fisiólogos, exclusivamente, en la
afectación del sistema vasomotor, de tal manera que se permite un mayor flujo
sanguíneo hacia los capilares de la zona afectada. Este aumento de la actividad
capilar puede, en algunos casos, ir acompañado de un aumento simultáneo de la
actividad sensorial.
La manera en que la
mente afecta al sistema vasomotor puede concebirse de la siguiente manera.
Cuando saboreamos una fruta ácida, se envía una impresión a través de los
nervios gustativos a una parte específica del sensorio; esto transmite fuerza
nerviosa al centro vasomotor, lo que, en consecuencia, permite que las capas
musculares de las pequeñas arterias que permean las glándulas salivales se
relajen. De esta manera, fluye más sangre hacia estas glándulas, que secretan
una abundante cantidad de saliva. Ahora bien, no parece improbable que, cuando
reflexionamos intensamente sobre una sensación, la misma parte del sensorio, o
una parte estrechamente relacionada con ella, entre en estado de actividad, de
la misma manera que cuando percibimos la sensación. De ser así, las mismas
células cerebrales se excitarán, aunque quizás en menor grado, al pensar
vívidamente en un sabor agrio que al percibirlo; y transmitirán, tanto en un
caso como en el otro, fuerza nerviosa al centro vasomotor con los mismos
resultados.
Para dar otro
ejemplo, en cierto modo más apropiado. Si un hombre se encuentra frente a una
hoguera, su rostro se enrojece. Esto parece deberse, según me informa el Sr.
Michael Foster, en parte a la acción local del calor y en parte a un reflejo de
los centros vasomotores. [1346] En este último caso, el calor afecta a los nervios faciales; estos
transmiten una impresión a las células sensoriales del cerebro, que actúan
sobre el centro vasomotor, y este reacciona sobre las pequeñas arterias
faciales, relajándolas y permitiendo que se llenen de sangre. De nuevo, parece
probable que si concentráramos nuestra atención repetidamente con gran
intensidad en el recuerdo de nuestros rostros acalorados, la misma parte del
sensorio que nos da la conciencia del calor real se estimularía ligeramente y,
en consecuencia, tendería a transmitir cierta fuerza nerviosa a los centros
vasomotores, relajando así los capilares faciales. Dado que durante incontables
generaciones los hombres han prestado atención frecuente y seria a su
apariencia personal, y en especial a sus rostros, cualquier tendencia
incipiente en los capilares faciales a verse así se habrá visto
considerablemente fortalecida con el paso del tiempo gracias a los principios
antes mencionados, a saber, la energía nerviosa que circula fácilmente por los
canales habituales y el hábito heredado. Por lo tanto, en mi opinión, se ofrece
una explicación plausible de los principales fenómenos relacionados con el
rubor.
Recapitulación. —Hombres y mujeres, y especialmente los jóvenes, siempre han
valorado en gran medida su apariencia personal; así como la de los demás. El
rostro ha sido el principal objeto de atención, aunque, cuando el hombre andaba
desnudo, se le prestaba atención a toda la superficie de su cuerpo. Nuestra
autoatención se centra casi exclusivamente en la opinión ajena, pues nadie que
viva en absoluta soledad se preocuparía por su apariencia. Todos sentimos la
censura con mayor intensidad que los elogios. Ahora bien, siempre que sabemos o
suponemos que otros menosprecian nuestra apariencia personal, nuestra atención
se dirige con fuerza hacia nosotros mismos, especialmente hacia nuestros
rostros. El efecto probable de esto será, como se acaba de explicar, activar la
parte del sensorio que recibe los nervios sensoriales del rostro; y esto
reaccionará a través del sistema vasomotor en los capilares faciales. Por la
frecuente reiteración durante innumerables generaciones, el proceso se habrá
vuelto tan habitual, asociado con la creencia de que otros piensan en nosotros,
que incluso la sospecha de su desprecio basta para relajar los capilares, sin
que pensemos conscientemente en nuestros rostros. En algunas personas
sensibles, basta con fijarse en su vestimenta para producir el mismo efecto.
Asimismo, por la fuerza de la asociación y la herencia, nuestros capilares se
relajan siempre que sabemos o imaginamos que alguien critica, aunque en
silencio, nuestras acciones, pensamientos o carácter; y, de nuevo, cuando recibimos
grandes elogios.
Con esta hipótesis,
podemos comprender por qué el rostro se sonroja mucho más que cualquier otra
parte del cuerpo, aunque toda la superficie se ve algo afectada, sobre todo en
las razas que aún andan casi desnudas. No sorprende en absoluto que las razas de
piel oscura se sonrojen, aunque no se observe ningún cambio de color en su
piel. A partir del principio de la herencia, no sorprende que las personas
ciegas de nacimiento se sonrojen. Podemos comprender por qué los jóvenes se ven
mucho más afectados que los ancianos, y las mujeres más que los hombres; y por
qué los sexos opuestos se excitan especialmente mutuamente el sonrojo. Resulta
obvio por qué los comentarios personales son particularmente propensos a causar
sonrojo, y por qué la más poderosa de todas las causas es la timidez; pues la
timidez se relaciona con la presencia y la opinión de los demás, y los tímidos
siempre son más o menos conscientes de sí mismos. Con respecto a la vergüenza
real derivada de las faltas morales, podemos comprender por qué no es la culpa,
sino la idea de que otros nos consideren culpables, lo que provoca el sonrojo.
Un hombre que reflexiona sobre un delito cometido en soledad, y con
remordimientos, no se ruboriza; sin embargo, sí lo hará ante el vívido recuerdo
de una falta detectada, o de una cometida en presencia de otros; el grado de
rubor está estrechamente relacionado con el sentimiento de respeto hacia
quienes han detectado, presenciado o sospechado su falta. Las infracciones de
las normas convencionales de conducta, si nuestros iguales o superiores
insisten rígidamente en ellas, a menudo causan rubores incluso más intensos que
un delito detectado, y un acto realmente criminal, si no es censurado por
nuestros iguales, apenas nos ruboriza. La modestia, ya sea por humildad o por
falta de delicadeza, provoca un rubor intenso, ya que ambas se relacionan con
el juicio o las costumbres fijas de los demás.
Debido a la
estrecha conexión que existe entre la circulación capilar de la superficie de
la cabeza y la del cerebro, siempre que hay un rubor intenso, se produce cierta
confusión mental, a menudo grave. Esto suele ir acompañado de movimientos
torpes y, a veces, de contracciones involuntarias de ciertos músculos.
Como el rubor,
según esta hipótesis, es un resultado indirecto de la atención, dirigida
originalmente a nuestra apariencia personal, es decir, a la superficie del
cuerpo, y más especialmente al rostro, podemos comprender el significado de los
gestos que lo acompañan en todo el mundo. Estos consisten en ocultar el rostro,
girarlo hacia el suelo o hacia un lado. La mirada generalmente se desvía o se
muestra inquieta, pues mirar a la persona que nos causa vergüenza o timidez nos
hace comprender de inmediato, de forma intolerable, la conciencia de que su
mirada se dirige hacia nosotros. Por el principio del hábito asociado, se
practican los mismos movimientos del rostro y los ojos, y, de hecho, es difícil
evitarlos, siempre que sepamos o creamos que otros están criticando o elogiando
con demasiada vehemencia nuestra conducta moral.
CAPÍTULO XIV.
CONCLUSIONES Y RESUMEN.
Los tres principios
rectores que han determinado los movimientos principales de la expresión—Su
herencia—Sobre el papel que la voluntad y la intención han desempeñado en la
adquisición de diversas expresiones—El reconocimiento instintivo de la
expresión—La relación de nuestro tema con la unidad específica de las razas
humanas—Sobre la adquisición sucesiva de diversas expresiones por los
progenitores del hombre—La importancia de la expresión—Conclusión.
He descrito, lo
mejor que he podido, las principales acciones expresivas en el hombre y en
algunos animales inferiores. También he intentado explicar el origen o
desarrollo de estas acciones mediante los tres principios expuestos en el
primer capítulo. El primero de estos principios es que los movimientos que
sirven para satisfacer un deseo o aliviar una sensación, si se repiten con
frecuencia, se vuelven tan habituales que se realizan, independientemente de si
son útiles o no, siempre que se siente el mismo deseo o sensación, incluso en
un grado muy leve.
Nuestro segundo
principio es el de la antítesis. El hábito de realizar voluntariamente
movimientos opuestos bajo impulsos opuestos se ha arraigado en nosotros con la
práctica de toda la vida. Por lo tanto, si ciertas acciones se han realizado
regularmente, de acuerdo con nuestro primer principio, bajo un estado mental
determinado, habrá una fuerte tendencia involuntaria a realizar acciones
directamente opuestas, independientemente de si estas son útiles o no, bajo la
influencia de un estado mental opuesto.
Nuestro tercer
principio es la acción directa del sistema nervioso excitado sobre el cuerpo,
independientemente de la voluntad y, en gran medida, del hábito. La experiencia
demuestra que la fuerza nerviosa se genera y se libera siempre que se excita el
sistema cerebroespinal. La dirección que sigue esta fuerza nerviosa está
necesariamente determinada por las líneas de conexión entre las células
nerviosas, entre sí y con las diversas partes del cuerpo. Pero la dirección
también está muy influenciada por el hábito, ya que la fuerza nerviosa fluye
fácilmente por los canales habituales.
Las acciones
frenéticas e insensatas de un hombre enfurecido pueden atribuirse en parte al
flujo no dirigido de fuerza nerviosa y en parte a los efectos del hábito, pues
estas acciones a menudo representan vagamente el acto de golpear. Así, se
convierten en gestos incluidos en nuestro primer principio; como cuando un
hombre indignado inconscientemente adopta una actitud adecuada para atacar a su
oponente, aunque sin intención de atacar realmente. Vemos también la influencia
del hábito en todas las emociones y sensaciones llamadas excitantes; pues han
adquirido este carácter al haber conducido habitualmente a una acción enérgica;
y la acción afecta, indirectamente, a los sistemas respiratorio y circulatorio;
y este último reacciona sobre el cerebro. Siempre que percibimos estas
emociones o sensaciones, aunque en ese momento no nos lleven a ningún esfuerzo,
todo nuestro sistema se ve perturbado por la fuerza del hábito y la asociación.
Otras emociones y sensaciones se denominan depresivas porque no suelen provocar
una acción enérgica, salvo al principio, como en el caso del dolor extremo, el
miedo y la pena, y finalmente han causado un agotamiento total; por
consiguiente, se expresan principalmente mediante signos negativos y
postración. Asimismo, existen otras emociones, como el afecto, que no suelen
provocar ningún tipo de acción y, por consiguiente, no se manifiestan mediante
signos externos muy marcados. El afecto, en la medida en que es una sensación
placentera, provoca los signos ordinarios de placer.
Por otro lado,
muchos de los efectos debidos a la excitación del sistema nervioso parecen ser
completamente independientes del flujo de fuerza nerviosa por los canales que
se han vuelto habituales debido a esfuerzos previos de la voluntad. Dichos
efectos, que a menudo revelan el estado mental de la persona afectada, no
pueden explicarse en la actualidad; por ejemplo, el cambio de color del cabello
por terror o dolor extremos, el sudor frío y el temblor muscular por miedo, la
alteración de las secreciones intestinales y la inactividad de ciertas
glándulas.
Aunque aún quedan
muchas cosas ininteligibles en nuestro tema actual, muchos movimientos y
acciones expresivas pueden explicarse hasta cierto punto a través de los tres
principios citados anteriormente, de modo que podemos esperar que en el futuro
todos sean explicados por éstos o por principios estrechamente análogos.
Cualquier tipo de
acción, si acompaña regularmente cualquier estado mental, se reconoce de
inmediato como expresiva. Estas pueden consistir en movimientos de cualquier
parte del cuerpo, como el meneo de la cola de un perro, el encogimiento de
hombros de un hombre, la erización del cabello, la sudoración, el estado de la
circulación capilar, la respiración dificultosa y el uso de instrumentos
vocales u otros instrumentos sonoros. Incluso los insectos expresan ira,
terror, celos y amor mediante su estridulación. En el ser humano, los órganos
respiratorios son de especial importancia para la expresión, no solo de forma
directa, sino, en mayor grado, de forma indirecta.
Pocos puntos son
más interesantes en nuestro tema actual que la extraordinariamente compleja
cadena de eventos que conducen a ciertos movimientos expresivos. Tomemos, por
ejemplo, las cejas oblicuas de un hombre que sufre de dolor o ansiedad. Cuando
los bebés gritan con fuerza de hambre o dolor, la circulación se ve afectada y
los ojos tienden a llenarse de sangre; en consecuencia, los músculos que rodean
los ojos se contraen fuertemente como protección. Esta acción, a lo largo de
muchas generaciones, se ha arraigado y heredado. Pero cuando, con el paso de
los años y la cultura, el hábito de gritar se reprime parcialmente, los
músculos que rodean los ojos aún tienden a contraerse ante la más mínima
molestia. De estos músculos, los piramidales de la nariz están menos sujetos al
control de la voluntad que los demás, y su contracción solo puede ser frenada
por la de las fascias centrales del músculo frontal. Estas últimas fascias
levantan los extremos internos de las cejas y arrugan la frente de una manera peculiar,
que reconocemos al instante como expresión de dolor o ansiedad. Movimientos
leves, como los que acabamos de describir, o la apenas perceptible contracción
de las comisuras de los labios, son los últimos vestigios o rudimentos de
movimientos muy marcados e inteligibles. Son tan significativos para nosotros
en cuanto a la expresión, como lo son los rudimentos comunes para el
naturalista en la clasificación y genealogía de los seres orgánicos.
Todos admiten que
las principales acciones expresivas, exhibidas por el hombre y por los animales
inferiores, son ahora innatas o heredadas, es decir, no han sido aprendidas por
el individuo. El aprendizaje o la imitación tienen tan poca influencia en varias
de ellas que, desde los primeros días y a lo largo de la vida, escapan por
completo a nuestro control; por ejemplo, la relajación de las arterias de la
piel al ruborizarse y el aumento de la actividad del corazón al enfadarse.
Podemos ver a niños de tan solo dos o tres años, e incluso a los ciegos de
nacimiento, ruborizarse de vergüenza; y el cuero cabelludo desnudo de un bebé
muy pequeño enrojecerse de ira. Los bebés gritan de dolor inmediatamente
después de nacer, y todos sus rasgos adquieren entonces la misma forma que
durante los años posteriores. Estos hechos por sí solos bastan para demostrar
que muchas de nuestras expresiones más importantes no han sido aprendidas; pero
es notable que algunas, que son ciertamente innatas, requieran práctica individual
antes de que se manifiesten de forma completa y perfecta; por ejemplo, llorar y
reír. La herencia de la mayoría de nuestras acciones expresivas explica que
quienes nacen ciegos las muestren, como me dice el reverendo R.H. Blair, con la
misma facilidad que quienes tienen vista. Así, podemos comprender también que
jóvenes y ancianos de razas muy diferentes, tanto humanos como animales,
expresen el mismo estado mental mediante los mismos movimientos.
Estamos tan
familiarizados con el hecho de que animales jóvenes y viejos manifiestan sus
sentimientos de la misma manera, que apenas percibimos lo extraordinario que
resulta que un cachorro mueva la cola cuando está contento, baje las orejas y
descubra los caninos cuando finge estar furioso, como un perro viejo; o que un
gatito arquee su lomo y erice el pelo cuando está asustado y enfadado, como un
gato viejo. Sin embargo, cuando recurrimos a gestos menos comunes en nosotros,
que solemos considerar artificiales o convencionales —como encogerse de
hombros, como signo de impotencia, o levantar los brazos con las manos abiertas
y los dedos extendidos, como signo de asombro—, nos sorprende demasiado
descubrir que son innatos. Podemos inferir que estos y otros gestos son
hereditarios al ser realizados por niños muy pequeños, ciegos de nacimiento y
las razas humanas más diversas. También debemos tener presente que se sabe que
en ciertos individuos surgieron trucos nuevos y sumamente peculiares, asociados
con ciertos estados mentales, y que luego se transmitieron a su descendencia,
en algunos casos, durante más de una generación.
Ciertos otros
gestos, que nos parecen tan naturales que fácilmente podríamos imaginar que son
innatos, aparentemente se han aprendido como las palabras de un idioma. Este
parece ser el caso de unir las manos y levantar la mirada al rezar. Lo mismo
ocurre con el beso como muestra de afecto; pero este es innato, en la medida en
que depende del placer que se deriva del contacto con la persona amada. La
evidencia respecto a la herencia de asentir y negar con la cabeza, como signos
de afirmación y negación, es dudosa; pues no son universales, pero parecen
demasiado generales como para haber sido adquiridos independientemente por
todos los individuos de tantas razas.
Ahora
consideraremos hasta qué punto la voluntad y la consciencia han influido en el
desarrollo de los diversos movimientos de expresión. Hasta donde sabemos, solo
unos pocos movimientos expresivos, como los que acabamos de mencionar, son
aprendidos por cada individuo; es decir, se realizaron consciente y
voluntariamente durante los primeros años de vida con un objetivo definido o
imitando a otros, y luego se convirtieron en habituales. La mayor parte de los
movimientos de expresión, y los más importantes, son, como hemos visto, innatos
o heredados; y no puede decirse que dependan de la voluntad del individuo. Sin
embargo, todos los incluidos en nuestro primer principio se realizaron
inicialmente voluntariamente con un objetivo definido, a saber, para escapar de
un peligro, aliviar una angustia o satisfacer un deseo. Por ejemplo, es casi
indudable que los animales que luchan con los dientes adquirieron el hábito de
retraer las orejas cuando se sienten salvajes, debido a que sus progenitores
actuaron voluntariamente de esta manera para protegerlas de ser desgarradas por
sus antagonistas; pues los animales que no luchan con los dientes no expresan
así un estado mental salvaje. Podemos inferir como muy probable que nosotros
mismos hayamos adquirido el hábito de contraer los músculos que rodean los ojos
al llorar suavemente, es decir, sin emitir ningún sonido fuerte, debido a que
nuestros progenitores, especialmente durante la infancia, experimentaron, al
gritar, una sensación incómoda en los globos oculares. Asimismo, algunos
movimientos muy expresivos resultan del intento de contener o evitar otros
movimientos expresivos; así, la oblicuidad de las cejas y el descenso de las
comisuras de la boca se deben al intento de evitar un ataque de gritos o de
contenerlo después de que se produzca. Aquí es evidente que primero deben haber
entrado en juego la conciencia y la voluntad; no que seamos conscientes en
estos o en otros casos similares de qué músculos se ponen en acción, como
tampoco lo somos cuando realizamos los movimientos voluntarios más ordinarios.
Con respecto a los
movimientos expresivos debidos al principio de antítesis, es evidente que la
voluntad ha intervenido, aunque de forma remota e indirecta. Lo mismo ocurre
con los movimientos comprendidos en nuestro tercer principio; estos, en la
medida en que están influenciados por la fuerza nerviosa que circula fácilmente
por los canales habituales, han sido determinados por esfuerzos anteriores y
repetidos de la voluntad. Los efectos indirectamente debidos a este último
factor a menudo se combinan de forma compleja, mediante la fuerza del hábito y
la asociación, con los que resultan directamente de la excitación del sistema
cerebroespinal. Este parece ser el caso del aumento de la actividad cardíaca
bajo la influencia de cualquier emoción intensa. Cuando un animal eriza su
pelaje, adopta una actitud amenazante y emite sonidos feroces para aterrorizar
a un enemigo, observamos una curiosa combinación de movimientos originalmente
voluntarios con otros involuntarios. Sin embargo, es posible que incluso acciones
estrictamente involuntarias, como erizar el pelaje, hayan sido afectadas por el
misterioso poder de la voluntad.
Algunos movimientos
expresivos podrían haber surgido espontáneamente, asociados a ciertos estados
mentales, como los trucos mencionados anteriormente, y posteriormente haber
sido heredados. Pero no conozco ninguna prueba que haga probable esta opinión.
El poder de
comunicación entre los miembros de una misma tribu mediante el lenguaje ha sido
de suma importancia en el desarrollo del hombre; y la fuerza del lenguaje se ve
muy favorecida por los movimientos expresivos del rostro y el cuerpo. Lo
percibimos de inmediato al conversar sobre un tema importante con cualquier
persona que tenga el rostro oculto. Sin embargo, no hay fundamento, hasta donde
he podido descubrir, para creer que algún músculo se haya desarrollado o
incluso modificado exclusivamente con fines expresivos. Los órganos vocales y
otros órganos productores de sonido, mediante los cuales se producen diversos
sonidos expresivos, parecen constituir una excepción parcial; pero en otro
lugar he intentado demostrar que estos órganos se desarrollaron inicialmente
con fines sexuales, para que un sexo pudiera atraer o cautivar al otro. Tampoco
encuentro fundamentos para creer que cualquier movimiento heredado, que ahora
sirve como medio de expresión, se realizara inicialmente de forma voluntaria y
consciente con este propósito específico, como algunos de los gestos y el
lenguaje de los dedos que utilizan los sordomudos. Por el contrario, todo
movimiento de expresión, verdadero o heredado, parece haber tenido un origen
natural e independiente. Pero una vez adquiridos, estos movimientos pueden
emplearse voluntaria y conscientemente como medio de comunicación. Incluso los
bebés, si se les presta atención, descubren a temprana edad que gritar les
proporciona alivio y pronto lo practican voluntariamente. Con frecuencia vemos
a una persona levantar las cejas voluntariamente para expresar sorpresa o
sonreír para fingir satisfacción y aquiescencia. Un hombre a menudo desea hacer
ciertos gestos llamativos o demostrativos, y levanta los brazos extendidos con
los dedos bien abiertos por encima de la cabeza para mostrar asombro, o se
lleva los hombros hasta las orejas para indicar que no puede o no quiere hacer
algo. La tendencia a estos movimientos se verá reforzada o incrementada al
realizarse de forma voluntaria y repetida; y sus efectos pueden ser
hereditarios.
Quizás valga la
pena considerar si los movimientos que al principio solo utilizaban uno o unos
pocos individuos para expresar cierto estado mental no se han extendido a
otros, y finalmente se han universalizado, mediante el poder de la imitación
consciente e inconsciente. Es cierto que existe en el ser humano una fuerte
tendencia a la imitación, independientemente de la voluntad consciente. Esto se
manifiesta de forma extraordinaria en ciertas enfermedades cerebrales,
especialmente al comienzo del reblandecimiento inflamatorio del cerebro, y se
ha denominado «signo eco». Los pacientes así afectados imitan, sin comprender,
cada gesto absurdo que se hace y cada palabra que se pronuncia cerca de ellos,
incluso en un idioma extranjero. [1401] En el caso de los animales, el chacal y el lobo han aprendido en
confinamiento a imitar el ladrido del perro. Cómo se aprendió por primera vez
el ladrido del perro, que sirve para expresar diversas emociones y deseos, y
que es tan notable por haber sido adquirido desde que el animal fue domesticado
y por ser heredado en diferentes grados por diferentes razas, es algo que
desconocemos. ¿Pero no podemos sospechar que la imitación ha tenido algo que
ver con su adquisición, debido a que los perros han vivido durante mucho tiempo
en estricta asociación con un animal tan locuaz como el hombre?
En el curso de las
observaciones anteriores y a lo largo de este volumen, he experimentado a
menudo mucha dificultad en la correcta aplicación de los términos voluntad,
conciencia e intención. Acciones que al principio eran voluntarias pronto se
volvieron habituales y finalmente hereditarias, pudiendo incluso realizarse en
contra de la voluntad. Aunque a menudo revelan el estado mental, este resultado
no fue inicialmente intencionado ni esperado. Incluso palabras como «ciertos
movimientos sirven como medio de expresión» pueden ser engañosas, ya que
implican que este era su propósito u objetivo principal. Sin embargo, esto
parece haber ocurrido rara vez o nunca, ya que los movimientos fueron
inicialmente de utilidad directa o efecto indirecto de la excitación sensorial.
Un bebé puede gritar, ya sea intencional o instintivamente, para expresar que
quiere comida; pero no desea ni pretende adoptar la peculiar forma que tan
claramente indica sufrimiento; sin embargo, algunas de las expresiones más
características del ser humano se derivan del acto de gritar, como se ha
explicado.
Aunque la mayoría
de nuestras acciones expresivas son innatas o instintivas, como todos admiten,
es otra cuestión si tenemos la capacidad instintiva de reconocerlas.
Generalmente se ha asumido que así es; sin embargo, M. Lemoine ha refutado
firmemente esta suposición. [1402] Los monos aprenden pronto a distinguir no solo el tono de voz de
sus amos, sino también la expresión de sus rostros, como afirma un observador
atento. [1403] Los perros conocen bien la diferencia entre gestos o tonos
cariñosos y amenazantes; y parecen reconocer un tono compasivo. Pero, por lo
que he podido deducir, tras repetidos intentos, no comprenden ningún movimiento
limitado a los rasgos, salvo una sonrisa o una risa; y esto sí parecen
reconocerlo, al menos en algunos casos. Este limitado conocimiento
probablemente lo han adquirido, tanto los monos como los perros, al asociar el
trato duro o amable con nuestras acciones; y este conocimiento, ciertamente, no
es instintivo. Sin duda, los niños aprenderían pronto los movimientos de
expresión de sus mayores, igual que los animales aprenden los del hombre.
Además, cuando un niño llora o ríe, sabe de forma general lo que hace y lo que
siente; de modo que un pequeño ejercicio de razonamiento le indicaría qué
significaba llorar o reír en otros. Pero la pregunta es: ¿nuestros niños
adquieren su conocimiento de la expresión únicamente por experiencia, mediante
la asociación y el razonamiento?
Como la mayoría de
los movimientos de expresión debieron adquirirse gradualmente, volviéndose
posteriormente instintivos, parece existir cierta probabilidad a priori de
que su reconocimiento también se hubiera vuelto instintivo. Al menos, no hay
mayor dificultad en creer esto que en admitir que, cuando una cuadrúpeda hembra
tiene sus primeras crías, reconoce el grito de angustia de sus crías, o que en
admitir que muchos animales reconocen y temen instintivamente a sus enemigos; y
de ambas afirmaciones no cabe duda razonable. Sin embargo, es extremadamente
difícil demostrar que nuestros hijos reconocen instintivamente cualquier
expresión. Presté atención a este punto en mi primogénito, quien no habría
aprendido nada relacionándose con otros niños, y estaba convencido de que
entendía una sonrisa y disfrutaba viéndola, respondiéndola con otra, a una edad
demasiado temprana para haber aprendido algo por experiencia. Cuando este niño
tenía unos cuatro meses, hacía en su presencia muchos ruidos y muecas extrañas,
e intentaba parecer salvaje; Pero los ruidos, si no eran demasiado fuertes, así
como las muecas, se tomaban como buenos chistes; y en aquel momento lo atribuí
a que iban precedidos o acompañados de sonrisas. A los cinco meses, parecía
comprender una expresión y un tono de voz compasivos. Pocos días después de los
seis meses, su niñera fingió llorar, y vi que su rostro adoptó al instante una
expresión melancólica, con las comisuras de los labios muy deprimidas; este
niño rara vez habría visto llorar a otro niño, y nunca a una persona adulta, y
dudo que a tan temprana edad pudiera razonar al respecto. Por lo tanto, me
parece que un sentimiento innato le debió indicar que el llanto fingido de su
niñera expresaba dolor; y esto, por el instinto de compasión, le provocó dolor.
M. Lemoine
argumenta que, si el hombre poseyera un conocimiento innato de la expresión, a
autores y artistas no les habría resultado tan difícil, como es notorio,
describir y representar los signos característicos de cada estado mental
particular. Pero este no me parece un argumento válido. Podemos observar cómo
la expresión cambia de manera inconfundible en un hombre o animal, y sin
embargo ser incapaces, como sé por experiencia, de analizar la naturaleza del
cambio. En las dos fotografías que Duchenne proporcionó del mismo anciano
(Lámina III, figs. 5 y 6), casi todos reconocieron que una representaba una
sonrisa verdadera y la otra una falsa; pero me ha resultado muy difícil
determinar en qué consiste la diferencia. A menudo me ha parecido curioso que tantos
matices de expresión se reconozcan instantáneamente sin ningún proceso
consciente de análisis por nuestra parte. Nadie, creo, puede describir con
claridad una expresión hosca o astuta; Sin embargo, muchos observadores
coinciden en que estas expresiones pueden reconocerse en las diversas razas
humanas. Casi todos a quienes les mostré la fotografía de Duchenne del joven
con cejas oblicuas (Lámina II, fig. 2) declararon de inmediato que expresaba
pena o algún sentimiento similar; sin embargo, probablemente ninguna de estas
personas, ni una entre mil, podría haber dicho de antemano algo preciso sobre
la oblicuidad de las cejas con sus extremos internos fruncidos, o sobre los
surcos rectangulares en la frente. Lo mismo ocurre con muchas otras
expresiones, de las que he tenido experiencia práctica en la dificultad que
supone instruir a otros sobre qué puntos observar. Si, entonces, la gran
ignorancia de los detalles no nos impide reconocer con certeza y prontitud
diversas expresiones, no veo cómo esta ignorancia puede esgrimirse como
argumento de que nuestro conocimiento, aunque vago y general, no es innato.
Me he esforzado por
demostrar con considerable detalle que todas las expresiones principales
exhibidas por el hombre son las mismas en todo el mundo. Este hecho es
interesante, ya que ofrece un nuevo argumento a favor de que las diversas razas
descienden de un único linaje parental, que debió haber sido casi completamente
humano en estructura y, en gran medida, en mente, antes del período en que las
razas divergieron. Sin duda, estructuras similares, adaptadas para el mismo
propósito, a menudo han sido adquiridas independientemente mediante variación y
selección natural por especies distintas; pero este punto de vista no explica
la estrecha similitud entre especies distintas en una multitud de detalles sin
importancia. Ahora bien, si tenemos en cuenta los numerosos puntos de
estructura que no tienen relación con la expresión, en los que todas las razas
humanas coinciden estrechamente, y a ellos añadimos los numerosos puntos,
algunos de suma importancia y muchos de valor insignificante, de los que
dependen directa o indirectamente los movimientos de expresión, me parece
sumamente improbable que tanta similitud, o mejor dicho, identidad de
estructura, pudiera haberse adquirido por medios independientes. Sin embargo,
este debió ser el caso si las razas humanas descienden de varias especies
aborígenes distintas. Es mucho más probable que las numerosas similitudes entre
las diversas razas se deban a la herencia de una única forma progenitora, que
ya había adquirido un carácter humano.
Es una curiosa,
aunque quizás una especulación ociosa, cuán tempranamente, en la larga línea de
nuestros progenitores, se adquirieron sucesivamente los diversos movimientos
expresivos que ahora exhibe el hombre. Las siguientes observaciones servirán al
menos para recordar algunos de los puntos principales tratados en este volumen.
Podemos creer con seguridad que la risa, como signo de placer o disfrute, fue
practicada por nuestros progenitores mucho antes de que merecieran ser llamados
humanos; pues muchas especies de monos, cuando están complacidos, emiten un
sonido reiterado, claramente análogo a nuestra risa, a menudo acompañado de
movimientos vibratorios de las mandíbulas o los labios, con las comisuras de la
boca hacia atrás y hacia arriba, arrugando las mejillas e incluso iluminando
los ojos.
Podemos asimismo
inferir que el miedo era expresado desde un período extremadamente remoto, casi
de la misma manera en que lo hace ahora el hombre, es decir, mediante
temblores, erización del cabello, sudor frío, palidez, ojos muy abiertos,
relajación de la mayoría de los músculos y con todo el cuerpo encorvado o
mantenido inmóvil.
El sufrimiento, si
es grande, habrá provocado desde el principio gritos o gemidos, contorsiones
corporales y rechinar de dientes. Pero nuestros progenitores no exhibieron esos
movimientos faciales tan expresivos que acompañan al grito y al llanto hasta que
sus órganos circulatorios y respiratorios, y los músculos que rodean los ojos,
adquirieron su estructura actual. El llanto parece haberse originado por un
reflejo de la contracción espasmódica de los párpados, junto quizás con la
acumulación de sangre en los globos oculares durante el grito. Por lo tanto, el
llanto probablemente apareció bastante tarde en nuestra línea de descendencia;
y esta conclusión concuerda con el hecho de que nuestros parientes más
cercanos, los simios antropomorfos, no lloran. Pero debemos ser cautelosos, ya
que, como ciertos monos, no estrechamente emparentados con el hombre, lloran,
este hábito podría haberse desarrollado hace mucho tiempo en una subrama del
grupo del que deriva el hombre. Nuestros primeros antepasados, cuando sufrían
de pena o ansiedad, no habrían fruncido el ceño ni habrían bajado las comisuras
de los labios hasta que adquirieron el hábito de esforzarse por contener los
gritos. La expresión, por lo tanto, de pena y ansiedad es eminentemente humana.
La ira se expresó
en una etapa muy temprana mediante gestos amenazantes o frenéticos,
enrojecimiento de la piel y miradas furiosas, pero no frunciendo el ceño. El
hábito de fruncir el ceño parece haberse adquirido principalmente porque los
corrugadores son los primeros músculos que se contraen alrededor de los ojos
cuando, durante la infancia, se siente dolor, ira o angustia, lo que provoca un
grito inminente; y en parte, porque el ceño sirve como protección ante una
visión difícil y atenta. Es probable que esta protección no se haya vuelto
habitual hasta que el hombre adoptó una postura completamente erguida, ya que
los monos no fruncen el ceño ante una luz intensa. Nuestros primeros
antepasados, al enfurecerse, probablemente habrían mostrado los dientes con
mayor libertad que el hombre, incluso al dar rienda suelta a su ira, como
ocurre con los enfermos mentales. También podemos estar casi seguros de que,
cuando estaban de mal humor o decepcionados, habrían sacado los labios en mayor
grado que nuestros propios hijos o incluso que los hijos de las razas salvajes
actuales.
Nuestros primeros
antepasados, cuando se indignaban o se enojaban moderadamente, no mantenían la
cabeza erguida, el pecho abierto, los hombros rectos ni apretaban los puños
hasta que adquirieron la postura y la erección propias del hombre y aprendieron
a luchar con los puños o las mazas. Hasta entonces, no se habría desarrollado
el gesto antitético de encogerse de hombros, como signo de impotencia o de
paciencia. Por la misma razón, el asombro no se habría expresado entonces
levantando los brazos con las manos abiertas y los dedos extendidos. Tampoco, a
juzgar por las acciones de los monos, el asombro se habría mostrado con la boca
abierta; pero sí con los ojos abiertos y las cejas arqueadas. El asco se habría
manifestado en una etapa muy temprana mediante movimientos alrededor de la
boca, similares a los del vómito; es decir, si la opinión que he sugerido sobre
el origen de la expresión es correcta, a saber, que nuestros antepasados tenían
la capacidad, y la utilizaban, de rechazar voluntaria y rápidamente cualquier
alimento que les disgustara. Pero la forma más refinada de mostrar desprecio o
desdén, bajando los párpados o apartando la mirada y el rostro, como si la
persona despreciada no valiera la pena mirarla, probablemente no se habría
adquirido hasta una época mucho más tardía.
De todas las
expresiones, el rubor parece ser la más estrictamente humana; sin embargo, es
común a todas o casi todas las razas humanas, independientemente de si se
observa o no un cambio de color en la piel. La relajación de las pequeñas
arterias superficiales, de la que depende el rubor, parece ser el resultado
principal de la atención diligente a la apariencia de nuestras personas,
especialmente de nuestros rostros, con la ayuda del hábito, la herencia y la
fluidez de la energía nerviosa por los canales habituales; y posteriormente,
por el poder de la asociación, se extendió a la autoatención dirigida a la
conducta moral. Es difícil dudar de que muchos animales sean capaces de
apreciar los colores e incluso las formas hermosas, como lo demuestra el esmero
que los individuos de un sexo dedican a exhibir su belleza ante los del sexo
opuesto. Pero no parece posible que ningún animal, hasta que sus facultades
mentales se desarrollaron a un nivel igual o casi igual al del hombre, hubiera
considerado detenidamente y sido sensible a su propia apariencia personal. Por
lo tanto, podemos concluir que el rubor se originó en un período muy tardío en
la larga línea de nuestra descendencia.
De los diversos
hechos recién aludidos y presentados a lo largo de este volumen, se desprende
que, si la estructura de nuestros órganos respiratorios y circulatorios hubiera
diferido apenas ligeramente de su estado actual, la mayoría de nuestras
expresiones habrían sido sorprendentemente distintas. Un cambio muy leve en el
recorrido de las arterias y venas que llegan a la cabeza probablemente habría
evitado que la sangre se acumulara en nuestros globos oculares durante una
espiración violenta, pues esto ocurre en muy pocos cuadrúpedos. En este caso,
no habríamos mostrado algunas de nuestras expresiones más características. Si
el hombre hubiera respirado agua con la ayuda de las branquias externas (aunque
la idea es difícil de concebir), en lugar de aire por la boca y la nariz, sus
rasgos no habrían expresado sus sentimientos con mucha más eficacia que ahora
lo hacen sus manos o extremidades. Sin embargo, la rabia y el asco se habrían
reflejado en los movimientos de los labios y la boca, y los ojos se habrían vuelto
más brillantes o más apagados según el estado de la circulación. Si nuestras
orejas hubieran permanecido móviles, sus movimientos habrían sido altamente
expresivos, como sucede con todos los animales que luchan con sus dientes; y
podemos inferir que nuestros primeros progenitores luchaban así, como todavía
descubrimos el colmillo de un lado cuando nos burlamos o desafiamos a alguien,
y descubrimos todos nuestros dientes cuando estamos furiosos.
Los movimientos de
expresión facial y corporal, sea cual sea su origen, son en sí mismos de gran
importancia para nuestro bienestar. Sirven como el primer medio de comunicación
entre la madre y su hijo; ella sonríe con aprobación, animando así a su hijo por
el buen camino, o frunce el ceño con desaprobación. Percibimos fácilmente la
compasión en los demás por su expresión; nuestros sufrimientos se mitigan así y
nuestros placeres aumentan; y el sentimiento mutuo se fortalece. Los
movimientos de expresión dan viveza y energía a nuestras palabras. Revelan los
pensamientos e intenciones de los demás con mayor veracidad que las palabras,
que pueden ser falsificadas. Cualquiera que sea la verdad que pueda contener la
llamada ciencia de la fisonomía, parece depender, como señaló Haller hace mucho
tiempo [1404], de que diferentes personas utilicen con frecuencia diferentes
músculos faciales, según sus disposiciones; el desarrollo de estos músculos
quizás se incremente así, y las líneas o surcos del rostro, debidos a su
contracción habitual, se vuelvan más profundos y visibles. La libre expresión
de una emoción mediante signos externos la intensifica. Por otro lado, la
represión, en la medida de lo posible, de todos los signos externos suaviza
nuestras emociones. [1405] Quien cede a gestos violentos aumentará su ira; quien no controla
las señales de miedo experimentará miedo en mayor grado; y quien permanece
pasivo cuando se siente abrumado por el dolor pierde su mejor oportunidad de
recuperar la elasticidad mental. Estos resultados se derivan en parte de la
íntima relación que existe entre casi todas las emociones y sus manifestaciones
externas; y en parte de la influencia directa del esfuerzo en el corazón y, en
consecuencia, en el cerebro. Incluso la simulación de una emoción tiende a
despertarla en nuestras mentes. Shakespeare, quien, por su maravilloso
conocimiento de la mente humana, debería ser un excelente juez, dice:
¿No es monstruoso
que este actor,
solo en una ficción, en un sueño de pasión,
haya podido forzar su alma a su propia vanidad,
que, por su obra, todo su rostro palideció;
lágrimas en los ojos, distracción en su aspecto,
una voz quebrada, y toda su función adaptándose
con formas a su vanidad? ¡Y todo para nada!
Hamlet , acto ii, escena 2.
Hemos visto que el
estudio de la teoría de la expresión confirma, hasta cierto punto, la
conclusión de que el hombre deriva de alguna forma animal inferior y respalda
la creencia en la unidad específica o subespecífica de las diversas razas;
pero, a mi juicio, dicha confirmación era prácticamente innecesaria. También
hemos visto que la expresión en sí misma, o el lenguaje de las emociones, como
a veces se le ha llamado, es ciertamente importante para el bienestar de la
humanidad. Comprender, en la medida de lo posible, el origen de las diversas
expresiones que se observan a cada hora en los rostros de los hombres que nos
rodean, por no mencionar a nuestros animales domésticos, debería sernos de gran
interés. Por estas diversas razones, podemos concluir que la filosofía de
nuestro tema ha merecido la atención que ya ha recibido de varios excelentes
observadores, y que merece aún más atención, especialmente de cualquier
fisiólogo competente.
NOTAS AL PIE:
1 ( volver )
[ J. Parsons, en su artículo en el Apéndice de las 'Philosophical Transactions'
de 1746, pág. 41, da una lista de cuarenta y un autores antiguos que han
escrito sobre la expresión.]
2 ( volver )
[Conferencias sobre la expresión de los diferentes caracteres de las pasiones.
París, 4to, 1667. Siempre cito la republicación de las «Conferencias» en la
edición de Lavater, por Moreau, que apareció en 1820, como aparece en el vol.
ix, pág. 257.]
3 ( volver )
['Discursos par Pierre Camper sur le moyen de représenter les diversas
pasiones', &c. 1792. 1844]
4 ( retorno )
[Siempre cito de la tercera edición, de 1844, publicada tras la muerte de Sir
C. Bell, que contiene sus últimas correcciones. La primera edición, de 1806, es
muy inferior en mérito y no incluye algunas de sus opiniones más importantes.]
5 ( volver )
['De la Physionomie et de la Parole', por Albert Lemoine, 1865, p. 101.]
6 ( volver )
[«El arte de conocer a los hombres», etc., por G. Lavater. La primera edición
de esta obra, mencionada en el prefacio de la edición de 1820 en diez
volúmenes, que contiene las observaciones de M. Moreau, se publicó en 1807; y
no dudo de que sea correcto, ya que el «Notice sur Lavater» al comienzo del
volumen I está fechado el 13 de abril de 1806. Sin embargo, en algunas obras
bibliográficas se indica la fecha de 1805-1809, pero parece imposible que 1805
sea correcta. El Dr. Duchenne señala ('Mécanisme de la Physionomie Humaine',
8vo. edición, 1862, pág. 5, y 'Archivos Generales de Medicina', enero y febrero
de 1862) que M. Moreau " compuso para su obra un artículo
importante ", etc., en el año 1805; y encuentro en el volumen I
de la edición de 1820 pasajes con las fechas del 12 de diciembre de 1805 y otro
del 5 de enero de 1806, además del del 13 de abril de 1806, ya mencionado. Como
algunos de estos pasajes fueron compuestos en 1805, el Dr.
Duchenne asigna a M. Moreau prioridad sobre Sir C. Bell, cuya obra, como hemos
visto, se publicó en 1806. Esta es una manera muy inusual de determinar la
prioridad de las obras científicas; Pero estas cuestiones son de suma
importancia en comparación con sus méritos relativos. Los pasajes citados
anteriormente de M. Moreau y de Le Brun se toman, en este y en todos los demás
casos, de la edición de 1820 de Lavater, tomo IV, pág. 228, y tomo IX, pág.
279.
7 ( volver )
['Handbuch der Systematischen Anatomie des Menschen.' Banda I. Dritte
Abtheilung, 1858.]
8 ( volver )
[ 'Los sentidos y el intelecto', 2.ª edición, 1864, págs. 96 y 288. El prefacio
de la primera edición de esta obra data de junio de 1855. Véase también la 2.ª
edición de la obra del Sr. Bain sobre 'Las emociones y la voluntad'.]
9 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 121.]
10 ( volver )
[ 'Ensayos científicos, políticos y especulativos', Segunda Serie, 1863, pág.
111. Hay una discusión sobre la risa en la Primera Serie de Ensayos, discusión
que me parece de muy inferior valor.]
11 ( volver )
[Desde la publicación del ensayo mencionado, el Sr. Spencer ha escrito otro
sobre “Moral y sentimientos morales” en la revista Fortnightly Review, 1 de
abril de 1871, pág. 426. También ha publicado sus conclusiones finales en el
vol. ii de la segunda edición de los “Principios de Psicología” de 1872, pág.
539. Para evitar que se me acuse de invadir los dominios del Sr. Spencer, debo
aclarar que en mi “Descendencia del Hombre” anuncié que ya había escrito parte
del presente volumen: mis primeras notas manuscritas sobre el tema de la
expresión datan del año 1838.]
12 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, págs. 98, 121, 131.]
13 ( regresar )
[El profesor Owen afirma expresamente (Proc. Zoolog. Soc. 1830, pág. 28) que
esto es así en el caso del orangután, y especifica todos los músculos más
importantes que, como es bien sabido, sirven en el ser humano para la expresión
de sus sentimientos. Véase también una descripción de varios músculos faciales
del chimpancé, por el profesor Macalister, en «Annals and Magazine of Natural
History», vol. VII, mayo de 1871, pág. 342.]
14 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', págs. 121, 138.]
15 ( volver )
['De la Physionomie', págs. 12, 73.]
16 ( volver )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', edición 8vo. pag. 31.]
17 ( regresar )
[ 'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii. pág. 934.]
18 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 198.]
19 ( retorno )
[ Véanse las observaciones a este efecto en 'Lacooon' de Lessing, traducido por
W. Ross, 1836, pág. 19.]
20 ( regresar )
[ El Sr. Partridge en Todd's 'Cyclopædia of Anatomy and Physiology', vol. ii.
pág. 227.]
21 ( volver )
[ 'La Physionomie', por G. Lavater, tom. iv. 1820, p. 274. Sobre el número de
músculos faciales, véase vol. iv. págs. 209-211.]
22 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 91.]
101 ( volver )
[El Sr. Herbert Spencer ('Ensayos', Segunda Serie, 1863, pág. 138) ha
establecido una clara distinción entre emociones y sensaciones, siendo estas
últimas “generadas en nuestro marco corpóreo”. Clasifica como Sentimientos
tanto las emociones como las sensaciones.]
102 ( volver )
[Müller, «Elementos de Fisiología», trad. inglesa, vol. ii, pág. 939. Véanse
también las interesantes especulaciones del Sr. H. Spencer sobre el mismo tema
y sobre la génesis de los nervios, en sus «Principios de Biología», vol. ii,
pág. 346; y en sus «Principios de Psicología», 2.ª edición, págs. 511-557.]
103 ( regresar )
[Hace mucho tiempo, Hipócrates y el ilustre Harvey hicieron una observación muy
similar, pues ambos afirman que un animal joven olvida en pocos días el arte de
mamar y no puede volver a aprenderlo sin dificultad. Ofrezco estas afirmaciones
con la autoridad del Dr. Darwin, «Zoonomia», 1794, vol. ip. 140.]
104 ( retorno )
[ Véase para mis autoridades y para varios hechos análogos, 'La variación de
animales y plantas bajo domesticación', 1868, vol. ii, pág. 304.]
105 ( retorno )
['Los sentidos y el intelecto', 2.ª edición, 1864, pág. 332. El profesor Huxley
señala ('Lecciones elementales de fisiología', 5.ª edición, 1872, pág. 306):
«Puede establecerse como regla que, si dos estados mentales se evocan juntos o
en sucesión con la frecuencia y viveza debidas, la producción subsiguiente de
uno de ellos bastará para evocar el otro, y esto lo deseemos o no».]
106 ( volver )
[Gratiolet ('De la Physionomie', pág. 324), en su análisis de este tema, cita
numerosos ejemplos análogos. Véase la pág. 42, sobre la apertura y el cierre de
los ojos. Se cita a Engel (pág. 323) sobre el cambio de ritmo de una persona, a
medida que cambian sus pensamientos.]
107 ( volver )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', 1862, p. 17.]
108 ( retorno )
[ 'La variación de animales y plantas bajo domesticación', vol. ii. pág. 6. La
herencia de los gestos habituales es tan importante para nosotros que con gusto
aprovecho la autorización del Sr. F. Galton para relatar en sus propias
palabras el siguiente caso notable: «El siguiente relato de un hábito que se
presenta en individuos de tres generaciones consecutivas {continúa la nota al
pie:} es de particular interés, ya que solo ocurre durante el sueño profundo y,
por lo tanto, no puede deberse a la imitación, sino que debe ser completamente
natural. Los detalles son totalmente fiables, pues los he investigado a fondo y
hablo con base en pruebas abundantes e independientes. Un caballero de
considerable posición social descubrió, por su esposa, que tenía la curiosa
costumbre, cuando dormía profundamente boca arriba en la cama, de levantar
lentamente el brazo derecho frente a la cara, hasta la frente, y luego dejarlo
caer de golpe, de modo que la muñeca caía pesadamente sobre el puente de la
nariz. La costumbre no ocurría todas las noches, sino ocasionalmente, y era
independiente de cualquier causa comprobada. A veces se repetía incesantemente
durante una hora o más. La nariz del caballero era prominente y su puente a
menudo le dolía por la Golpes que recibió. En una ocasión, se le produjo una
llaga molesta, que tardó en sanar debido a la recurrencia, noche tras noche, de
los golpes que la causaron inicialmente. Su esposa tuvo que quitarle el botón
de la muñeca del camisón, ya que le causaba fuertes rasguños, y se intentó
atarle el brazo de alguna manera.
Muchos años después
de su muerte, su hijo se casó con una señora que jamás había oído hablar del
incidente familiar. Ella, sin embargo, observó la misma peculiaridad en su
marido; pero su nariz, al no ser especialmente prominente, nunca ha sufrido los
golpes. El truco no ocurre cuando está medio dormido, como por ejemplo, cuando
dormita en su sillón, sino que suele comenzar en el momento en que duerme
profundamente. Al igual que en el caso de su padre, es intermitente; a veces
cesa durante varias noches, y a veces es casi incesante durante una parte de
cada noche. Lo realiza, al igual que su padre, con la mano derecha.
Una de sus hijas,
una niña, ha heredado el mismo truco. Lo realiza también con la mano derecha,
pero con una ligera modificación; pues, tras levantar el brazo, no deja que la
muñeca caiga sobre el puente de la nariz, sino que la palma de la mano semicerrada
cae sobre la nariz y la golpea con bastante rapidez. En esta niña, el truco
también es muy intermitente: no ocurre durante algunos meses, pero a veces
ocurre casi incesantemente.
109 ( volver )
[El profesor Huxley señala ('Fisiología Elemental', 5.ª edición, pág. 305) que
los actos reflejos propios de la médula espinal son naturales ;
pero, con la ayuda del cerebro, es decir, por hábito, se pueden adquirir
infinidad de actos reflejos artificiales . Virchow admite
('Sammlung wissenschaft. Vorträge', etc., “Ueber das Rückenmark”, 1871, ss. 24,
31) que algunos actos reflejos difícilmente pueden distinguirse de los
instintos; y, de estos últimos, cabe añadir, algunos no pueden distinguirse de
los hábitos heredados.]
110 ( regresar )
[ Dr. Maudsley, 'Cuerpo y mente', 1870, pág. 8.]
111 ( volver )
[ Véase la interesantísima discusión sobre todo el tema por Claude Bernard,
'Tissus Vivants', 1866, págs. 353-356.]
112 ( volver )
[ 'Capítulos sobre fisiología mental', 1858, pág. 85.]
113 ( retorno )
[ Müller observa ('Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág.
1311) que el comienzo siempre va acompañado del cierre de los párpados.]
114 ( volver )
[El Dr. Maudsley señala ('Cuerpo y Mente', pág. 10) que “los movimientos
reflejos que comúnmente tienen un efecto útil pueden, en las circunstancias
cambiantes de la enfermedad, causar grandes daños, llegando incluso a ser la
causa de un sufrimiento violento y de una muerte muy dolorosa.”]
115 ( regresar )
[ Véase el relato del Sr. FH Salvin sobre un chacal domesticado en 'Tierra y
Agua', octubre de 1869.]
116 ( volver )
[ “Dr. Darwin, 'Zoonomia', 1794, vol. ip 160. Encuentro que el hecho de que los
gatos saquen sus patas cuando están contentos también se menciona (p. 151) en
esta obra.]
117 ( volver )
[ Carpenter, 'Principios de fisiología comparada', 1854, pág. 690, y Müller,
'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 936.]
118 ( retorno )
[ Mowbray sobre 'Aves de corral', 6ª edición, 1830, pág. 54.]
119 ( regresar )
[ Véase el relato dado por este excelente observador en 'Wild Sports of the
Highlands', 1846, pág. 142.]
120 ( regresar )
[ 'Traducciones filosóficas', 1823, pág. 182.]
201 ( volver )
['Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 55.]
202 ( regresar )
[ El Sr. Tylor da cuenta del lenguaje gestual cisterciense en su 'Historia
temprana de la humanidad' (2.a edición, 1870, pág. 40), y hace algunas
observaciones sobre el principio de oposición en los gestos.]
203 ( volver )
[Véase sobre este tema la interesante obra del Dr. WR Scott, 'El sordomudo',
2.ª edición, 1870, pág. 12. Dice: «Esta contracción de los gestos naturales en
gestos mucho más breves de lo que requiere la expresión natural es muy común
entre los sordomudos. Este gesto contraído se acorta con frecuencia hasta casi
perder toda semejanza con el natural, pero para los sordomudos que lo utilizan,
conserva la fuerza de la expresión original».]
301 ( retorno )
[Véanse los interesantes casos recopilados por MG Pouchet en la 'Revue des Deux
Mondes', 1 de enero de 1872, pág. 79. Hace algunos años también se presentó un
caso ante la Asociación Británica en Belfast.]
302 ( retorno )
[ Müller observa ('Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág.
934) que cuando los sentimientos son muy intensos, “todos los nervios espinales
se ven afectados hasta el punto de producir una parálisis imperfecta, o la
excitación de un temblor en todo el cuerpo.”]
303 ( volver )
['Leçons sur les Prop. des Tissus Vivants', 1866, págs. 457-466.]
304 ( volver )
[Sr. Bartlett, “Notas sobre el nacimiento de un hipopótamo”, Proc. Zoolog. Soc.
1871, pág. 255.]
305 ( volver )
[ Véase, sobre este tema, Claude Bernard, 'Tissus Vivants', 1866, págs. 316,
337, 358. Virchow se expresa casi exactamente en el mismo sentido en su ensayo
“Ueber das Rückenmark” (Sammlung wissenschaft. Vorträge, 1871, s. 28).]
306 ( retorno )
[Müller ('Elementos de Fisiología', trad. inglesa, vol. ii, pág. 932), al
hablar de los nervios, dice: «cualquier cambio repentino de condición, sea cual
sea, pone en acción el principio nervioso». Véase Virchow y Bernard sobre el
mismo tema en pasajes de las dos obras mencionadas en mi última nota al pie.]
307 ( volver )
[ H. Spencer, 'Ensayos científicos, políticos', etc., Segunda serie, 1863,
págs. 109, 111.]
308 ( retorno )
[Sir H. Holland, al hablar ('Medical Notes and Reflexions', 1839, pág. 328) de
ese curioso estado del cuerpo llamado inquietud , señala que
parece deberse a “una acumulación de alguna causa de irritación que requiere
acción muscular para su alivio.”]
309 ( retorno )
[ Estoy en deuda con el Sr. AH Garrod por haberme informado sobre el trabajo de
M. Lorain sobre el pulso, en el que se da un esfigmograma de una mujer en
estado de cólera; y esto muestra mucha diferencia en la frecuencia y otras
características de los de la misma mujer en su estado normal.]
310 ( regresar )
[La poderosa e intensa alegría que excita el cerebro y cómo este reacciona
sobre el cuerpo se demuestra claramente en los raros casos de intoxicación
psíquica. El Dr. J. Crichton Browne ('Medical Mirror', 1865) registra el caso
de un joven de temperamento fuertemente nervioso que, al enterarse por un
telegrama de que le habían legado una fortuna, primero palideció, luego se
llenó de júbilo y pronto se mostró de un humor exaltado, pero acalorado y muy
inquieto. Luego salió a caminar con un amigo para tranquilizarse, pero regresó
tambaleándose, riendo a carcajadas, pero de temperamento irritable, hablando
sin parar y cantando a gritos en la vía pública. Se comprobó con certeza que no
había consumido ninguna bebida espirituosa, aunque todos creían que estaba
ebrio. Al cabo de un rato, vomitó y se examinó el contenido a medio digerir de
su estómago, pero no se detectó olor a alcohol. Luego durmió profundamente y al
despertar estaba bien, excepto que sufría de dolor de cabeza, náuseas y
postración de fuerzas.]
311 ( regresar )
[ Dr. Darwin, 'Zoonomia', 1794, vol. ip 148.]
312 ( volver )
[Sra. Oliphant, en su novela de la señorita Majoribanks, pág. 362. Todo esto
repercute en el cerebro, y pronto se produce postración, con músculos
colapsados y ojos apagados. Como el hábito ya no impulsa al paciente a actuar,
sus amigos lo instan a realizar un esfuerzo voluntario y a no ceder a un dolor
silencioso e inmóvil. El esfuerzo estimula el corazón, lo que repercute en el
cerebro y ayuda a la mente a soportar su pesada carga.]
401 ( retorno )
[ Véase la evidencia sobre este tema en mi 'Variación de animales y plantas
bajo domesticación', vol. ip 27. Sobre el arrullo de las palomas, vol. i, págs.
154, 155.]
402 ( volver )
[ 'Ensayos científicos, políticos y especulativos', 1858. 'El origen y función
de la música', pág. 359.]
403 ( volver )
['El Origen del Hombre', 1870, vol. ii, pág. 332. Las palabras citadas son del
profesor Owen. Recientemente se ha demostrado que algunos cuadrúpedos de una
escala mucho más baja que la de los monos, concretamente los roedores, son
capaces de producir tonos musicales correctos: véase el relato de un Hesperomys
cantor, del reverendo S. Lockwood, en el 'American Naturalist', vol. v,
diciembre de 1871, pág. 761.]
404 ( volver )
[ El Sr. Tylor ('Primitive Culture', 1871, vol. ip 166), en su discusión sobre
este tema, alude al lloriqueo del perro.]
405 ( volver )
['Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 46.]
406 ( volver )
[Citado por Gratiolet, 'De la Physionomie', 1865, p. 115.]
407 ( volver )
[ 'Théorie Physiologique de la Musique', París, 1868, pág. 146. Helmholtz
también ha discutido completamente en esta profunda obra la relación de la
forma de la cavidad de la boca con la producción de sonidos vocálicos.]
408 ( retorno )
[ He dado algunos detalles sobre este tema en mi 'Descent of Man', vol. i,
págs. 352, 384.]
409 ( regresar )
[Como se cita en 'Evidencia sobre el lugar del hombre en la naturaleza' de
Huxley, 1863, pág. 52.]
410 ( retorno )
[ Illust. Thierleben, 1864, B. es 130.]
411 ( retorno )
[El Honorable J. Caton, Ottawa Acad. of Nat. Sciences, mayo de 1868, págs. 36,
40. Para Capra, Ægagrus , 'Tierra y agua', 1867, pág. 37.]
412 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 20 de julio de 1867, pág. 659.]
413 ( regreso )
[ Phaeton rubricauda : 'Ibis', vol. III. 1861, pág. 180.]
414 ( regresar )
[ Sobre la Strix flammea , Audubon, 'Ornithological
Biography', 1864, vol. ii. pág. 407. He observado otros casos en el Jardín
Zoológico.]
415 ( retorno )
[ Melopsittacus undulatus . Véase una descripción de sus
hábitos por Gould, «Handbook of Birds of Australia», 1865, vol. ii, pág. 82].
416 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, el relato que he dado ('Descent of Man', vol. ii, pág.
32) de un Anolis y un Draco.]
417 ( retorno )
[Estos músculos se describen en sus conocidas obras. Agradezco enormemente a
este distinguido observador por haberme proporcionado información sobre este
mismo tema en una carta.]
418 ( volver )
['Lehrbuch der Histologie des Menschen', 1857, s. 82. Debo a la amabilidad del
Prof. W. Turner un extracto de esta obra.]
419 ( retorno )
[ 'Revista trimestral de ciencia microscópica', 1853, vol. ip 262.]
420 ( volver )
['Lehrbuch der Histologie', 1857, s. 82.]
421 ( regresar )
[ 'Diccionario de etimología inglesa', pág. 403.]
422 ( regresar )
[ Véase el relato de los hábitos de este animal por el Dr. Cooper, citado en
'Nature', 27 de abril de 1871, pág. 512.]
423 ( retorno )
[ Dr. Günther, 'Reptiles de la India británica', pág. 262.]
424 ( retorno )
[ Sr. J. Mansel Weale, 'Nature', 27 de abril de 1871, pág. 508.]
425 ( retorno )
[ 'Diario de investigaciones durante el viaje del “Beagle”', 1845, pág. 96. He
comparado el ruido así producido con el de la serpiente de cascabel.]
426 ( retorno )
[ Véase el relato del Dr. Anderson, Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 196.]
427 ( volver )
[The 'American Naturalist', enero de 1872, pág. 32. Lamento no poder seguir al
profesor Shaler en la creencia de que el cascabel se desarrolló, mediante
selección natural, para producir sonidos que engañan y atraen a las aves, de
modo que puedan servir de presa a la serpiente. Sin embargo, no dudo de que los
sonidos puedan ocasionalmente contribuir a este fin. Pero la conclusión a la
que he llegado, a saber, que el cascabel sirve de advertencia a los posibles
devoradores, me parece mucho más probable, ya que conecta varios tipos de
hechos. Si esta serpiente hubiera adquirido su cascabel y el hábito de hacerlo
para atraer presas, no parece probable que lo hubiera usado invariablemente
cuando se enfadaba o se sentía molesta. El profesor Shaler comparte casi mi
opinión sobre el desarrollo del cascabel; y siempre he mantenido esta opinión
desde que observé al Trigonocephalus en Sudamérica.]
428 ( retorno )
[De los relatos recopilados recientemente y publicados en el «Journal of the
Linnean Society» por Airs. Barber sobre los hábitos de las serpientes de
Sudáfrica; y de los relatos publicados por varios autores, como Lawson, sobre
la serpiente de cascabel en Norteamérica, no parece improbable que la imponente
apariencia de las serpientes y los sonidos que producen también puedan servir
para conseguir presas, paralizando, o como a veces se dice, fascinando, a los
animales más pequeños.]
429 ( retorno )
[Véase el relato del Dr. R. Brown, en Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 39. Dice que
en cuanto un cerdo ve una serpiente, se abalanza sobre ella; y una serpiente
huye inmediatamente ante la aparición de un cerdo.]
430 ( regresar )
[El Dr. Günther comenta ('Reptiles de la India Británica', pág. 340) sobre la
destrucción de cobras por el icneumón o herpestes, y durante las crías por el
gallo de la jungla. Es bien sabido que el pavo real también mata serpientes con
avidez.]
431 ( volver )
[El profesor Cope enumera varios tipos en su «Método de Creación de Tipos
Orgánicos», leído en la American Phil. Soc. el 15 de diciembre de 1871, pág.
20. El profesor Cope comparte mi punto de vista sobre el uso de los gestos y
sonidos de las serpientes. Aludí brevemente a este tema en la última edición de
mi «Origen de las Especies». Desde que se publicaron los pasajes del texto
anterior, me complace saber que el Sr. Henderson («The American Naturalist»,
mayo de 1872, pág. 260) también comparte una opinión similar sobre el uso del
sonajero, concretamente «para prevenir un ataque».]
432 ( retorno )
[ Sr. des Vœux, en Proc. Zool. Soc. 1871, pág. 3.]
433 ( retorno )
[ 'El deportista y naturalista en Canadá', 1866, pág. 53. pág. 53.{sic}]
434 ( regresar )
[ 'Los afluentes del Nilo en Abisinia', 1867, pág. 443.]
501 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 1844, pág. 190.]
502 ( retorno )
['De la Physionomie', 1865, págs. 187, 218.]
503 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', 1844, pág. 140.]
504 ( retorno )
[Gueldenstädt proporciona muchos detalles en su relato sobre el chacal en Nov.
Comm. Acad. Sc. Imp. Petrop. 1775, tom. xx, pág. 449. Véase también otro
excelente relato sobre las costumbres de este animal y sus juegos, en 'Tierra y
Agua', octubre de 1869. El teniente Annesley, RA, también me ha comunicado
algunos detalles sobre el chacal. He realizado numerosas averiguaciones sobre
lobos y chacales en el Zoológico y los he observado personalmente.]
505 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 6 de noviembre de 1869.]
506 ( volver )
[ Azara, 'Quadrupèdes du Paraquay', 1801, tom. 1. pág. 136.]
507 ( retorno )
[ 'Tierra y Agua', 1867, pág. 657. Véase también Azara sobre el Puma, en la
obra citada anteriormente.]
508 ( retorno )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, pág. 123. Véase también
la pág. 126, sobre los caballos que no respiran por la boca, con referencia a
sus fosas nasales distendidas.]
509 ( retorno )
[ 'Tierra y agua', 1869, pág. 152.]
510 ( volver )
[ 'Historia natural de los mamíferos', 1841, vol. 1, págs. 383, 410.]
511 ( regresar )
[ Rengger ('Sagetheire von Paraquay', 1830, s. 46) mantuvo a estos monos en
confinamiento durante siete años en su país natal de Paraguay.]
512 ( retorno )
[ Rengger, ibid. s. 46. Humboldt, 'Narrativa personal', trad. inglesa, vol. iv,
pág. 527.]
513 ( retorno )
[ Nat. Hist. of Mammalia, 1841, pág. 351.]
514 ( retorno )
[ Brehm, 'Thierleben', B. es 84. Sobre los babuinos que golpean el suelo, s.
61.]
515 ( retorno )
[ Brehm comenta ('Thierleben', p. 68) que las cejas del Inuus ecaudatus se
mueven frecuentemente hacia arriba y hacia abajo cuando el animal está
enojado.]
516 ( retorno )
[G. Bennett, 'Wanderings in New South Wales', etc., vol. ii. 1834, pág. 153.
FIG. 18.-Chimpancé decepcionado y malhumorado. Dibujo del natural por el Sr.
Wood.]
517 ( retorno )
[WL Martin, Historia Natural de los Animales Mamíferos, 1841, pág. 405.]
518 ( regresar )
[Prof. Owen sobre el orangután, Proc. Zool. Soc. 1830, pág. 28. Sobre el
chimpancé, véase el Prof. Macalister, en Annals and Mag. of Nat. Hist. vol.
vii. 1871, pág. 342, quien afirma que el corrugador superciliar es
inseparable del orbicular del párpado .]
519 ( retorno )
[Boston Journal of Nat. Hist. 1845-1847, vol. vp. 423. Sobre el chimpancé,
ibid. 1843-44, vol. iv. pág. 365.]
520 ( retorno )
[ Véase sobre este tema, 'Descent of Man', vol. ip 20.]
521 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', vol. 1, pág. 43.]
522 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, 1844, págs. 138, 121.]
601 ( regresar )
[Las mejores fotografías de mi colección son del Sr. Rejlander, de Victoria
Street, Londres, y del Sr. Kindermann, de Hamburgo. Las figuras 1, 3, 4 y 6 son
del primero; y las figuras 2 y 5, del segundo. La figura 6 muestra el llanto
moderado en un niño mayor.]
602 ( retorno )
[ Henle ('Handbuch d. Syst. Anat. 1858, B. is 139) está de acuerdo con Duchenne
en que éste es el efecto de la contracción del piramidal nasal .]
603 ( retorno )
[Estos consisten en el elevador del labio superior y del ala de la
nariz , el elevador del labio propio , el malar y
el cigomático menor . Este último músculo discurre paralelo y
por encima del cigomático mayor, y se inserta en la parte externa del labio
superior. Se representa en la fig. 2 (I, pág. 24), pero no en las figs. 1 y 3.
El Dr. Duchenne fue el primero en demostrar ('Mécanisme de la Physionomie
Humaine', Album, 1862, pág. 39) la importancia de la contracción de este
músculo en la forma que adoptan los rasgos al llorar. Henle considera los
músculos antes mencionados (excepto el malar ) como
subdivisiones del cuadrado del labio superior .]
604 ( volver )
[Aunque el Dr. Duchenne ha estudiado con tanto cuidado la contracción de los
diferentes músculos durante el llanto y los surcos que se producen en el
rostro, parece haber algo incompleto en su explicación; pero no puedo precisar
qué es. Ha presentado una figura (Álbum, fig. 48) en la que, al activar los
músculos adecuados, se logra que una mitad del rostro sonría, mientras que la
otra mitad, de igual manera, comienza a llorar. Casi todas las personas
(diecinueve de veintiuna) a quienes les mostré la mitad sonriente del rostro
reconocieron al instante la expresión; pero, con respecto a la otra mitad, solo
seis de veintiuna la reconocieron, es decir, si aceptamos términos como «pena»,
«miseria» y «molestia» como correctos; mientras que quince personas se equivocaron
de forma absurda; algunas dijeron que el rostro expresaba «diversión»,
«satisfacción», «astucia», «asco», etc.] De esto podemos inferir que hay algo
incorrecto en la expresión. Sin embargo, algunas de las quince personas podrían
haber sido engañadas en parte al no esperar ver a un anciano llorando y al no
derramar lágrimas. En cuanto a otra figura del Dr. Duchenne (fig. 49), en la
que los músculos de la mitad del rostro están galvanizados para representar a
un hombre que empieza a llorar, con la ceja del mismo lado oblicua,
característica de la miseria, la expresión fue reconocida por un número
proporcionalmente mayor de personas. De veintitrés personas, catorce
respondieron correctamente: «dolor», «angustia», «pena», «a punto de llorar»,
«soportar el dolor», etc. Por otro lado, nueve personas no pudieron formarse
una opinión o se equivocaron por completo, respondiendo: «mirada lasciva»,
«alegre», «mirando una luz intensa», «mirando un objeto distante», etc.
605 ( retorno )
[ Sra. Gaskell, 'Mary Barton', nueva edición, pág. 84.]
606 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 102. Duchenne, Mécanisme de la Phys.
Humane, Álbum, pág. 34.]
607 ( retorno )
[ El Dr. Duchenne hace esta observación, ibid. p. 39.]
608 ( regresar )
[ 'El origen de la civilización', 1870, pág. 355.]
609 ( volver )
[Véase, por ejemplo, el relato del Sr. Marshall sobre un idiota en Philosoph.
Transact. 1864, pág. 526. Con respecto a los cretinos, véase el Dr. Piderit,
«Mimik und Physiognomik», 1867, pág. 61.]
610 ( retorno )
[ 'Nueva Zelanda y sus habitantes', 1855, pág. 175.]
611 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, pág. 126.]
612 ( volver )
['La anatomía de la expresión', 1844, pág. 106. Véase también su artículo en
'Philosophical Transactions', 1822, pág. 284, ibid. 1823, pp. 166 y 289.
También 'El sistema nervioso del cuerpo humano', 3.ª edición, 1836, pág. 175.]
613 ( retorno )
[ Véase el relato del Dr. Brinton sobre el acto de vomitar, en Todd's Cyclop.
of Anatomy and Physiology, 1859, vol. v. Suplemento, pág. 318.]
614 ( regresar )
[Estoy profundamente agradecido al Sr. Bowman por haberme presentado al Prof.
Donders y por su ayuda para persuadir a este gran fisiólogo a emprender la
investigación del presente tema. Asimismo, estoy muy agradecido al Sr. Bowman
por haberme proporcionado, con la mayor amabilidad, información sobre diversos
puntos.]
615 ( volver )
[ Esta memoria apareció por primera vez en 'Nederlandsch Archief voor Genees en
Natuurkunde', Deel 5, 1870. Ha sido traducida por el Dr. WD Moore, bajo el
título de "Sobre la acción de los párpados en la determinación de la
sangre a partir del esfuerzo espiratorio", en 'Archivos de Medicina',
editado por el Dr. LS Beale, 1870, vol. vp 20.]
616 ( retorno )
[El profesor Donders comenta (ibid., pág. 28) que, «Tras una lesión ocular,
tras operaciones y en algunas formas de inflamación interna, damos gran
importancia al soporte uniforme de los párpados cerrados, y en muchos casos lo
aumentamos con la aplicación de un vendaje. En ambos casos, procuramos evitar
una presión espiratoria excesiva, cuya desventaja es bien conocida». El Sr.
Bowman me informa que, en la fotofobia excesiva que acompaña a la oftalmía
escrofulosa en niños, cuando la luz es tan dolorosa que durante semanas o meses
se excluye constantemente mediante el cierre forzado de los párpados, a menudo
le ha llamado la atención al abrir los párpados la palidez del ojo; no una
palidez anormal, sino la ausencia del enrojecimiento que cabría esperar cuando
la superficie está algo inflamada, como suele ocurrir; y tiende a atribuir esta
palidez al cierre forzado de los párpados.]
617 ( retorno )
[Donders, ibid. pág. 36.]
618 ( retorno )
[El Sr. Hensleigh Wedgwood (Dict. de Etimología Inglesa, 1859, vol. ip 410)
dice, “el verbo llorar proviene del anglosajón wop , cuyo
significado principal es simplemente clamor.”]
619 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, pág. 217.]
620 ( volver )
['Ceylon', 3.ª edición, 1859, vol. ii, págs. 364, 376. Solicité al Sr.
Thwaites, en Ceilán, más información sobre el llanto del elefante; y, en
consecuencia, recibí una carta del reverendo Sr. Glenie, quien, junto con
otros, tuvo la amabilidad de observarme una manada de elefantes recién
capturados. Estos, al irritarse, chillaban violentamente; pero es notable que,
al chillar así, nunca contrajeran los músculos que rodean los ojos. Tampoco
derramaban lágrimas; y los cazadores nativos afirmaron no haber visto jamás a
los elefantes llorar. Sin embargo, me parece imposible dudar de los precisos
detalles de Sir E. Tennent sobre su llanto, respaldados por la afirmación del
cuidador del Zoológico. Es cierto que los dos elefantes del Zoológico, al
comenzar a barritar con fuerza, invariablemente contraían los músculos
orbiculares. Puedo reconciliar estas afirmaciones contradictorias solo
suponiendo que los elefantes recién capturados en Ceilán, por estar furiosos o
asustados, desearan observar a sus perseguidores y, en consecuencia, no
contrajeron sus músculos orbiculares para no obstaculizar su visión. Aquellos
que Sir E. Tennent vio llorar estaban postrados y, desesperados, habían
abandonado la lucha. Los elefantes que barritaban en el Zoológico al recibir la
orden, por supuesto, no estaban ni alarmados ni enfurecidos.
621 ( regresar )
[ Bergeon, citado en el 'Journal of Anatomy and Physiology', noviembre de 1871,
pág. 235.]
622 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, un caso presentado por Sir Charles Bell, 'Philosophical
Transactions', 1823, pág. 177.]
623 ( retorno )
[ Véase, sobre estos diversos puntos, el Prof. Donders 'Sobre las anomalías de
la acomodación y refracción del ojo', 1864, pág. 573.]
624 ( retorno )
[Citado por Sir J. Lubbock, 'Prehistoric Times', 1865, pág. 458.]
701 ( volver )
[Las observaciones descriptivas anteriores se basan en parte en mis propias
observaciones, pero principalmente en las de Gratiolet ('De la Physionomie',
págs. 53, 337; sobre los suspiros, 232), quien ha tratado con gran detalle este
tema. Véase también Huschke, 'Mimices et Physiognomices, Fragmentum
Physiologi-cum', 1821, pág. 21. Sobre la opacidad de los ojos, Dr. Piderit,
'Mimik und Physiognomik', 1867, s. 65.]
702 ( retorno )
[ Sobre la acción del dolor sobre los órganos de la respiración, véase más
especialmente Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', 3ª edición, 1844, pág.
151.]
703 ( volver )
[En las observaciones anteriores sobre la forma en que se hacen oblicuas las
cejas, he seguido la opinión general de todos los anatomistas, cuyas obras he
consultado sobre la acción de los músculos antes mencionados, o con quienes he
conversado. Por lo tanto, a lo largo de esta obra adoptaré una perspectiva
similar sobre la acción de los músculos corrugador superciliar, orbicular,
piramidal nasal y frontal. El Dr. Duchenne, sin embargo, cree, y toda
conclusión a la que llega merece seria consideración, que es el corrugador,
llamado por él sourcilier, el que eleva el ángulo interno de las cejas y es
antagónico a la parte superior e interna del músculo orbicular, así como al
piramidal de la nariz (véase Mécanisme de la Phys. Humaine, 1862, folio, art.
v., texto y figuras 19 a 29: octavo edit. 1862, p. 43 texto). Admite, sin
embargo, que el corrugador junta las cejas, causando surcos verticales sobre la
base de la nariz, o un ceño fruncido. Cree además que hacia los dos tercios
externos de la ceja el corrugador actúa en conjunción con el músculo orbicular
superior; ambos en este caso en antagonismo con el músculo frontal. A juzgar
por los dibujos de Henle (xilografía, fig. 3), no logro comprender cómo el
corrugador puede actuar de la manera descrita por Duchenne. Véase también,
sobre este tema, las observaciones del profesor Donders en los «Archivos de
Medicina», 1870, vol. VP 34. El Sr. J. Wood, reconocido por su minucioso
estudio de los músculos humanos, me informa que cree correcta la explicación
que he dado sobre la acción del corrugador. Pero esto no tiene importancia con
respecto a la expresión causada por la oblicuidad de las cejas, ni mucho para
la teoría de su origen.
704 ( retorno )
[Agradezco enormemente al Dr. Duchenne el permiso para reproducir estas dos
fotografías (figs. 1 y 2) mediante el proceso de heliotipia de su obra en
folio. Muchas de las observaciones anteriores sobre el surco de la piel al
dibujar las cejas oblicuamente provienen de su excelente análisis sobre este
tema.]
705 ( volver )
[ Mécanisme de la Phys. Humane, Álbum, pág. 15.]
706 ( volver )
[ Henle, Handbuch der Anat. des Menschen, 1858, B. is 148, figs. 68 y 69.]
707 ( volver )
[ Véase el relato de la acción de este músculo por el Dr. Duchenne, 'Mécanisme
de la Physionomie Humaine, Album (1862), viii. p. 34.]
801 ( regresar )
[ Herbert Spencer, 'Ensayos científicos', etc., 1858, pág. 360.]
802 ( retorno )
[ F. Lieber sobre los sonidos vocales de L. Bridgman, 'Smithsonian
Contributions', 1851, vol. ii. pág. 6.]
803 ( retorno )
[ Véase también el Sr. Marshall, en Phil. Transact. 1864, pág. 526.]
804 ( volver )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', 1865, pág. 247) presenta una
extensa e interesante discusión sobre lo Ridículo. La cita anterior sobre la
risa de los dioses está tomada de esta obra. Véase también Mandeville, 'La
Fábula de las Abejas', vol. ii, pág. 168.]
805 ( volver )
[ 'La fisiología de la risa', Ensayos, Segunda Serie, 1863, pág. 114.]
806 ( retorno )
[ J. Lister en 'Quarterly Journal of Microscopical Science', 1853, vol. 1, pág.
266.]
807 ( volver )
['De la Physionomie', p. 186.]
808 ( regresar )
[ Sir C. Bell (Anat. of Expression, p. 147) hace algunas observaciones sobre el
movimiento del diafragma durante la risa.]
809 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende vi.]
810 ( volver )
[ Handbuch der System. anat. des Menschen, 1858, B. es 144. Véase mi grabado en
madera (H. fig. 2).]
811 ( retorno )
[ Véanse también las observaciones en el mismo sentido del Dr. J. Crichton
Browne en 'Journal of Mental Science', abril de 1871, pág. 149.]
812 ( volver )
[ C. Vogt, 'Mémoire sur les Microcéphales', 1867, p. 21.]
813 ( regresar )
[ Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 133.]
814 ( volver )
['Mimik und Physiognomik', 1867, s. 63-67.]
815 ( retorno )
[Sir T. Reynolds señala ('Discursos', xii. p. 100): «Es curioso observar, y
ciertamente cierto, que los extremos de las pasiones contrarias se expresan,
con muy poca variación, mediante la misma acción». Pone como ejemplo la alegría
frenética de una bacante y el dolor de una María Magdalena.]
816 ( retorno )
[ El Dr. Piderit ha llegado a la misma conclusión, ibid. s. 99.]
817 ( volver )
[ 'La Physionomie', por G. Lavater, edit. de 1820, vol. iv, pág. 224. Véase
también Sir C. Bell, 'Anatomy of Expression', pág. 172, para la cita que figura
a continuación.]
818 ( retorno )
[ Un 'Diccionario de etimología inglesa', 2.ª edición, 1872, Introducción, pág.
xliv.]
819 ( retorno )
[ Crantz, citado por Tylor, 'Primitive Culture', 1871, Vol. i. P. 169.]
820 ( retorno )
[ F. Lieber, 'Smithsonian Contributions', 1851, vol. ii. pág. 7.]
821 ( retorno )
[El Sr. Bain señala ('Mental and Moral Science', 1868, pág. 239): “La ternura
es una emoción placentera, estimulada de diversas maneras, cuyo esfuerzo es
atraer a los seres humanos al abrazo mutuo.”]
822 ( retorno )
[Sir J. Lubbock, «Tiempos Prehistóricos», 2.ª edición, 1869, pág. 552, ofrece
plena autoridad para estas afirmaciones. La cita de Steele está tomada de esta
obra].
823 ( retorno )
[ Véase un relato completo,{sic} con referencias, por EB Tylor,
'Investigaciones sobre la historia temprana de la humanidad', 2.ª edición,
1870, pág. 51.]
824 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', vol. ii. pág. 336.]
825 ( retorno )
[ El Dr. Mandsley hace un análisis de este tema en su libro 'Cuerpo y mente',
1870, pág. 85.]
826 ( volver )
[ 'La anatomía de la expresión', pág. 103, y 'Transacciones filosóficas', 1823,
pág. 182.]
827 ( retorno )
[ 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 146. El Sr. Tylor ('Historia temprana de
la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 48) da un origen más complejo a la
posición de las manos durante la oración.]
901 ( volver )
['Anatomía de la Expresión', págs. 137, 139. No sorprende que los corrugadores
se hayan desarrollado mucho más en el hombre que en los simios antropoides;
pues los pone en acción incesante en diversas circunstancias, y se habrán
fortalecido y modificado por los efectos heredados del uso. Hemos visto la
importancia que desempeñan, junto con los orbiculares, para proteger los ojos
de una excesiva congestión sanguínea durante las espiraciones violentas. Cuando
los ojos se cierran con la mayor rapidez y fuerza posible, para evitar que se
lastimen con un golpe, los corrugadores se contraen. En los salvajes u otros
hombres con la cabeza descubierta, las cejas se bajan y contraen continuamente
para protegerse de una luz demasiado intensa; esto se logra en parte gracias a
los corrugadores. Este movimiento habría sido especialmente útil para el
hombre, desde que sus primeros progenitores mantuvieron la cabeza erguida. Por
último, el profesor Donders cree ('Archivos de Medicina', ed. por L. Beale,
1870, vol. vp 34), que los corrugadores entran en acción para hacer que el
globo ocular avance en acomodación para la proximidad en la visión.]
902 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende iii.]
903 ( retorno )
['Mimik und Physiognomik,' s. 46.]
904 ( retorno )
[ 'Historia de los abipones', traducción inglesa, vol. ii, pág. 59, citado por
Lubbock, 'Origen de la civilización', 1870, pág. 355.]
905 ( retorno )
[ 'De la Physionomie', pp. 15, 144, 146. El Sr. Herbert Spencer explica el ceño
fruncido exclusivamente por el hábito de contraer las cejas como sombra para
los ojos cuando hay una luz brillante: véase 'Principios de fisiología', 2.ª
edición, 1872, p. 546.]
906 ( volver )
[Gratiolet comenta (De la Phys. p. 35), “Quand l'attention est fixee sur
quelque image interieure, l'oeil respecte dons le vide et s'associe
automatiquement a la contemplation de l'esprit”. Pero este punto de vista
difícilmente merece ser llamado explicación.]
907 ( retorno )
['Miles Gloriosus', acto ii. Carolina del Sur. 2.]
908 ( retorno )
[ La fotografía original del señor Kindermann es mucho más expresiva que esta
copia, ya que muestra más claramente el ceño fruncido.]
909 ( retorno )
[ 'Mécanisme de la Physionomie Humaine', Álbum, Légende iv. higos. 16-18.]
910 ( retorno )
[ Hensleigh Wedgwood sobre 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 78.]
911 ( regreso )
[ Müller, citado por Huxley, 'El lugar del hombre en la naturaleza', 1863, pág.
38.]
912 ( retorno )
[ He dado varios ejemplos en mi 'Descent of Man', vol. i, cap. iv.]
913 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión'. pág. 190.]
914 ( volver )
['De la Physionomie', págs. 118-121.]
915 ( volver )
['Mimik und Physiognomik,' s. 79.]
1001 ( retorno )
[ Véanse algunas observaciones a este respecto del Sr. Bain, 'Las emociones y
la voluntad', 2ª edición, 1865, pág. 127.]
1002 ( volver )
[ Rengger, Naturgesch. der Säugethiere von Paraguay, 1830, s. 3.]
1003 ( volver )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 96. Por otra parte, el Dr.
Burgess ('Fisiología del rubor', 1839, pág. 31) habla del enrojecimiento de una
cicatriz en una negra como de la naturaleza de un rubor.]
1004 ( retorno )
[ Moreau y Gratiolet han discutido el color de la cara bajo la influencia de
una pasión intensa: ver la edición de 1820 de Lavater, vol. iv, págs. 282 y
300; y Gratiolet, 'De la Physionomie', pág. 345.]
1005 ( volver )
[Sir C. Bell, «Anatomía de la expresión», págs. 91, 107, ha tratado este tema a
fondo. Moreau señala (en la edición de 1820 de «La Physionomie, par G.
Lavater», vol. iv, pág. 237), y cita a Portal para confirmarlo, que los
pacientes asmáticos adquieren fosas nasales permanentemente dilatadas debido a
la contracción habitual de los músculos elevadores de las alas de la nariz. La
explicación del Dr. Piderit («Mimik und Physiognomik», s. 82) sobre la
distensión de las fosas nasales, es decir, para permitir la respiración libre
con la boca cerrada y los dientes apretados, no parece tan correcta como la de
Sir C. Bell, quien la atribuye a la simpatía ( es decir , a la
coacción habitual) de todos los músculos respiratorios. Las fosas nasales de un
hombre enojado pueden verse dilatadas, aunque su boca esté abierta.
1006 ( volver )
[Sr. Wedgwood, 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 76. También observa que el
sonido de una respiración agitada “se representa con las sílabas puff,
huff, whiff , de donde huff es un ataque de mal
humor.”]
1007 ( regresar )
[Sir C. Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 95) tiene algunas observaciones
excelentes sobre la expresión de la ira.]
1008 ( volver )
['De la Physionomie', 1865, p. 346.]
1009 ( volver )
[Sir C. Bell, «Anatomía de la expresión», pág. 177. Gratiolet (De la Phys.,
pág. 369) dice: «Los dientes descubren y simbolizan simbólicamente la acción de
descifrar y de morder». Si, en lugar de usar el término vago «simbólicamente» ,
Gratiolet hubiera dicho que la acción era un remanente de un hábito adquirido
durante tiempos primitivos, cuando nuestros progenitores semihumanos luchaban
juntos con los dientes, como los gorilas y los orangutanes en la actualidad,
habría sido más comprensible. El Dr. Piderit («Mimik», etc., s. 82) también
habla de la retracción del labio superior durante la ira. En un grabado de una
de las maravillosas pinturas de Hogarth, la pasión se representa de la manera
más sencilla mediante los ojos abiertos y brillantes, la frente fruncida y los
dientes expuestos y sonrientes.]
1010 ( retorno )
[ 'Oliver Twist', vol. iii. pág. 245.]
1011 ( retorno )
[ 'The Spectator', 11 de julio de 1868, pág. 810.]
1012 ( regresar )
[ 'Cuerpo y mente', 1870, págs. 51-53.]
1013 ( volver )
[Le Brun, en su conocida «Conferencia sobre la expresión» («La fisionomía, por
Lavater», edición de 1820, vol. LX, pág. 268), señala que la ira se expresa
apretando los puños. Véase, en el mismo sentido, Huschke, «Mimices et
Physiognomices, Fragmentum Physiologicum», 1824, pág. 20. También Sir C. Bell,
«Anatomía de la expresión», pág. 219.]
1014 ( devolución )
[ Transact. Filósofo. Soc., Apéndice, 1746, pág. 65.]
1015 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 136. Sir C. Bell llama (pág. 131) a los
músculos que descubren los caninos los músculos del gruñido.]
1016 ( regresar )
[ Hensleigh Wedgwood, 'Diccionario de etimología inglesa', 1865, vol. iii.
págs. 240, 243.]
1017 ( retorno )
[ 'El origen del hombre', 1871, vol. L pág. 126.]
1101 ( retorno )
['De In Physionomie et la Parole', 1865, p. 89.]
1102 ( retorno )
[ 'Physionomie Humaine', Álbum, Leyenda viii. pág. 35. Gratiolet también habla
(De la Phys. 1865, pág. 52) del desvío de los ojos y del cuerpo.]
1103 ( volver )
[El Dr. W. Ogle, en un interesante artículo sobre el sentido del olfato
('Medico-Chirurgical Transactions', vol. liii, pág. 268), muestra que cuando
deseamos oler con atención, en lugar de realizar una inspiración nasal
profunda, aspiramos el aire mediante una sucesión de inhalaciones cortas y
rápidas. Si se observan las fosas nasales durante este proceso, se verá que,
lejos de dilatarse, se contraen con cada inhalación. La contracción no abarca
toda la abertura anterior, sino solo la porción posterior. A continuación,
explica la causa de este movimiento. Cuando, por otro lado, deseamos excluir
cualquier olor, la contracción, supongo, afecta solo la parte anterior de las
fosas nasales.]
1104 ( retorno )
[ 'Mimik und Physiognomik', ss. 84, 93. Gratiolet (ibid. p. 155) adopta casi la
misma opinión que el Dr. Piderit respecto de la expresión de desprecio y
disgusto.]
1105 ( retorno )
[El desprecio implica una forma fuerte de desprecio; y una de las raíces de la
palabra «scorn» significa, según el Sr. Wedgwood (Dict. of English Etymology,
vol. iii, pág. 125), inmundicia o suciedad. A quien se desprecia se le trata
como si fuera suciedad.]
1106 ( regresar )
[ 'Historia temprana de la humanidad', 2ª edición, 1870, pág. 45.]
1107 ( retorno )
[ Véase, a este efecto, la Introducción del Sr. Hensleigh Wedgwood al
'Diccionario de etimología inglesa', 2ª edición, 1872, pág. xxxvii.]
1108 ( retorno )
[Duchenne cree que, en la eversión del labio inferior, las comisuras se
desplazan hacia abajo por los depresores del ángulo de la boca .
Henle (Handbuch d. Anat. des Menschen, 1858, B. is 151) concluye que esto se
debe al músculo cuadrado de la mandíbula .]
1109 ( regresar )
[Según lo citado por Tylor, 'Primitive Culture', 1871, vol. ip 169.]
1110 ( retorno )
[ Ambas citas son de Mr. H. Wedgwood, 'Sobre el origen del lenguaje', 1866,
pág. 75.]
1111 ( retorno )
[ Así lo afirma el Sr. Tylor (Early Hist. of Mankind, 2.ª edición, 1870, pág.
52); y añade: “no está claro por qué debería ser así”.]
1112 ( regresar )
[ 'Principios de psicología', 2ª edición, 1872, pág. 552.]
1113 ( regresar )
[Gratiolet (De la Phys. p. 351) hace esta observación y ofrece algunas
observaciones acertadas sobre la expresión del orgullo. Véase Sir C. Bell
('Anatomía de la Expresión', p. 111) sobre la acción del músculo
soberbio .]
1114 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 166.]
1115 ( regreso )
[ 'Viaje a través de Texas', pág. 352.]
1116 ( regreso )
[ Sra. Oliphant, 'Los Brownlows', vol. ii. pág. 206.]
1117 ( regresar )
[ 'Essai sur le Langage', 2ª edición, 1846. Estoy muy agradecido a la señorita
Wedgwood por haberme proporcionado esta información, con un extracto de la
obra.]
1118 ( regresar )
[ 'El origen del lenguaje', 1866, pág. 91.]
1119 ( volver )
[ 'Sobre los sonidos vocales de L. Bridgman'; Contribuciones al Smithsonian,
1851, vol. ii. pág. 11.]
1120 ( retorno )
['Mémoire sur les Microcéphales', 1867, p. 27.]
1121 ( regresar )
[Citado por Tylor, 'Historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág.
38.]
1122 ( retorno )
[ Sr. JB Jukes, 'Cartas y extractos', etc. 1871, pág. 248.]
1123 ( volver )
[ F. Lieber, 'Sobre los sonidos vocales', etc. pág. 11. Tylor, ibid. pág. 53.]
1124 ( retorno )
[ Dr. King, Edinburgh Phil. Journal, 1845, pág. 313.]
1125 ( regresar )
[ Tylor, 'Historia temprana de la humanidad', 2.ª edición, 1870, pág. 53.]
1126 ( retorno )
[ Lubbock, 'El origen de la civilización', 1870, pág. 277. Tylor, ibíd., pág.
38. Lieber (ibíd., pág. 11) comenta la negativa de los italianos.]
1201 ( retorno )
['Mécanisme de la Physionomie', Álbum, 1862, p. 42.]
1202 ( regreso )
[ 'The Polyglot News Letter', Melbourne, diciembre de 1858, pág. 2.]
1203 ( regresar )
[ 'La anatomía de la expresión', pág. 106.]
1204 ( retorno )
[ Mécanisme de la Physionomie,' Álbum, p. 6.]
1205 ( retorno )
[ Véase, por ejemplo, el Dr. Piderit ('Mimik und Physiognomik', pág. 88), que
hace un buen análisis de la expresión de sorpresa.]
1206 ( regresar )
[El Dr. Murie también me ha proporcionado información que conduce a la misma
conclusión, derivada en parte de la anatomía comparada.]
1207 ( retorno )
['De la Physionomie', 1865, p. 234.]
1208 ( retorno )
[ Véase, sobre este tema, Gratiolet, ibid. p. 254.]
1209 ( retorno )
[ Lieber, 'Sobre los sonidos vocales de Laura Bridgman', Contribuciones al
Smithsonian, 1851, vol. ii. pág. 7.]
1210 ( regreso )
[ 'Wenderholme', vol. ii. pág. 91.]
1211 ( retorno )
[ Lieber, 'Sobre los sonidos vocales', etc., ibid. pág. 7.]
1212 ( regresar )
[Huschke, 'Mimices et Physiognomices', 1821, pág. 18. Gratiolet (De la Phys.,
pág. 255) presenta la figura de un hombre en esta actitud, que, sin embargo, me
parece expresar miedo combinado con asombro. Le Brun también menciona (Lavater,
vol. ix, pág. 299) las manos de un hombre asombrado al ser abiertas.]
1213 ( retorno )
[ Huschke, ibid. p. 18.]
1214 ( retorno )
[ 'Indios norteamericanos', 3ª edición, 1842, vol. ip 105.]
1215 ( volver )
[H. Wedgwood, Dict. of English Etymology, vol. ii. 1862, pág. 35. Véase también
Gratiolet ('De la Physionomie', pág. 135) sobre el origen de palabras como
'terror, horror, rigidus, frigidus', etc.]
1216 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', 1865, pág. 54) explica de la
siguiente manera el origen de la costumbre de someter a los criminales en la
India a la ordalía del bocado de arroz. Se obliga al acusado a tomar un bocado
de arroz y, al cabo de un rato, a arrojarlo. Si el bocado está completamente
seco, se le considera culpable, pues su mala conciencia paraliza los órganos
salivales.]
1217 ( retorno )
[Sir C. Bell, Transactions of Royal Phil. Soc. 1822, pág. 308. 'Anatomía de la
expresión', págs. 88 y 164-469.]
1218 ( retorno )
[ Véase Moreau sobre el giro de los ojos, en la edición de 1820 de Lavater,
tomo iv, pág. 263. También, Gratiolet, De la Phys., pág. 17.]
1219 ( volver )
[ 'Observaciones sobre Italia', 1825, pág. 48, citado en 'La anatomía de la
expresión', pág. 168.]
1220 ( regresar )
[Citado por el Dr. Maudsley, 'Cuerpo y mente', 1870, pág. 41.]
1221 ( regresar )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 168.]
1222 ( volver )
[ Mécanisme de la Phys. Humaine, Álbum, Légende xi.]
1223 ( retorno )
[ Ducheinne adopta, de hecho, este punto de vista (ibid. p. 45), ya que
atribuye la contracción del platisma al temblor del miedo ( frisson de
la peur ); pero en otra parte compara la acción con la que hace que el
cabello de los cuadrúpedos asustados se erice; y difícilmente puede
considerarse que esto sea del todo correcto.]
1224 ( retorno )
['De la Physionomie', págs. 51, 256, 346.]
1225 ( retorno )
[Como se cita en 'Gradación en el hombre' de White, pág. 57.]
1226 ( retorno )
[ 'Anatomía de la expresión', pág. 169.]
1227 ( retorno )
[ 'Mécanisme de la Physionomie', Álbum, pl. 65, págs. 44, 45.]
1228 ( volver )
[Véanse las observaciones al respecto del Sr. Wedgwood, en la introducción a su
«Diccionario de Etimología Inglesa», 2.ª edición, 1872, pág. xxxvii. Mediante
formas intermedias, demuestra que los sonidos aquí mencionados probablemente
dieron origen a muchas palabras, como «feo», «enorme» , etc.]
1301 ( volver )
[ 'La fisiología o mecanismo del rubor', 1839, pág. 156. Tendré ocasión de
citar a menudo esta obra en el presente capítulo.]
1302 ( retorno )
[ Dr. Burgess, ibid. p. 56. En la p. 33 también señala que las mujeres se
sonrojan más libremente que los hombres, como se indica a continuación.]
1303 ( volver )
[Citado por Vogt, 'Mémoire sur les Microcéphales', 1867, pág. 20. El Dr.
Burgess (ibid. pág. 56) duda de que los idiotas se sonrojen alguna vez.]
1304 ( retorno )
[ Lieber 'Sobre los sonidos vocales', etc.; Contribuciones al Smithsonian,
1851, vol. ii. pág. 6.]
1305 ( retorno )
[ Ibíd. pág. 182.]
1306 ( retorno )
[ Moreau, en la edición de 1820 de Lavater, vol. iv. pág. 303.]
1307 ( retorno )
[ Burgess. ibid. p. 38, sobre la palidez después del rubor, p. 177.]
1308 ( retorno )
[ Véase Lavater, edición de 1820, vol. iv, pág. 303.]
1309 ( retorno )
[ Burgess, ibid. págs. 114, 122. Moreau en Lavater, ibid. vol. iv. pág. 293.]
1310 ( regreso )
[ 'Cartas desde Egipto', 1865, pág. 66. Lady Gordon se equivoca cuando dice que
los malayos y los mulatos nunca se sonrojan.]
1311 ( regreso )
[El capitán Osborn ('Quedah', pág. 199), al hablar de un malayo a quien
reprochó su crueldad, dice que se alegró de ver que el hombre se sonrojó.]
1312 ( retorno )
[J.R. Forster, «Observaciones durante un viaje alrededor del mundo», 4.ª ed.,
1778, pág. 229. Waitz proporciona («Introducción a la Antropología», traducción
al inglés, 1863, vol. ip. 135) referencias de otras islas del Pacífico. Véase
también Dampier, «Sobre el rubor de los tunquineses» (vol. ii, pág. 40); pero
no he consultado esta obra. Waitz cita a Bergmann, afirmando que los calmucos
no se sonrojan, pero esto puede ponerse en duda después de lo que hemos visto
con respecto a los chinos. También cita a Roth, quien niega que los abisinios
sean capaces de sonrojarse. Lamentablemente, el capitán Speedy, quien convivió
durante tanto tiempo con los abisinios, no ha respondido a mi pregunta al
respecto. Por último, debo añadir que el Rajah Brooke nunca ha observado el
menor signo de rubor en los dayaks de Borneo; por el contrario, en
circunstancias que a nosotros nos harían sonrojar, afirman “que sienten cómo se
les arranca la sangre de la cara”.
1313 ( retorno )
[ Transact. de la Sociedad Etnológica 1870, vol. ii. pág. 16.]
1314 ( retorno )
[ Humboldt, 'Narrativa personal', trad. inglesa, vol. iii, pág. 229.]
1315 ( retorno )
[Citado por Prichard, Phys. Hist. of Mankind, 4ª edición 1851, vol. ip 271.]
1316 ( retorno )
[ Véase, sobre este tema, Burgess, ibid. p. 32. También Waitz, 'Introducción a
la Antropología', edición inglesa, vol. ip. 139. Moreau ofrece un relato
detallado ('Lavater', 1820, tom. iv. p. 302) del rubor de una esclava negra de
Madagascar cuando su brutal amo la obligó a exhibir su pecho desnudo.]
1317 ( retorno )
[Citado por Prichard, Phys. Hist. of Mankind, 4ª edición, 1851, vol. ip 225.]
1318 ( retorno )
[Burgess, ibid. p. 31. Sobre el rubor de los mulatos, véase p. 33. He recibido
relatos similares con respecto a los mulatos.]
1319 ( regresar )
[Barrington también dice que los australianos de Nueva Gales del Sur se
sonrojan, como cita Waitz, ibid. p. 135.]
1320 ( regresar )
[El Sr. Wedgwood afirma (Dict. of English Etymology, vol. iii. 1865, pág. 155)
que la palabra vergüenza «bien podría tener su origen en la idea de sombra u
ocultación, y podría ilustrarse con el esquema bajo alemán :
sombra o tiniebla». Gratiolet (De la Phys., págs. 357-362) ofrece una buena
explicación de los gestos que acompañan a la vergüenza; sin embargo, algunas de
sus observaciones me parecen bastante fantasiosas. Véase también Burgess (ibid.,
págs. 69, 134) sobre el mismo tema.]
1321 ( retorno )
[Burgess, ibíd., págs. 181, 182. Boerhaave también observó (citado por
Gratiolet, ibíd., pág. 361) la tendencia a la secreción de lágrimas durante el
rubor intenso. El Sr. Bulmer, como hemos visto, habla de los «ojos llorosos» de
los hijos de los aborígenes australianos cuando se avergonzaban.]
1322 ( regresar )
[ Véase también las memorias del Dr. J. Crichton Browne sobre este tema en el
'West Riding Lunatic Asylum Medical Report', 1871, págs. 95-98.]
1323 ( regresar )
[ En una discusión sobre el llamado magnetismo animal en 'Table Talk', vol. i.]
1324 ( retorno )
[ Ibíd. pág. 40.]
1325 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las emociones y la voluntad', 1865, pág. 65) comenta sobre “la
timidez de modales que se induce entre los sexos... por la influencia del
respeto mutuo, por el temor de cada parte de no llevarse bien con la otra.”]
1326 ( retorno )
[ Véase, para evidencia sobre este tema, 'El origen del hombre', etc., vol. ii,
págs. 71, 341.]
1327 ( retorno )
[H. Wedgwood, Dict. English Etymology, vol. iii. 1865, pág. 184. Lo mismo
ocurre con la palabra latina verecundus .]
1328 ( regresar )
[El Sr. Bain ('Las Emociones y la Voluntad', pág. 64) ha analizado los
sentimientos de vergüenza que se experimentan en estas ocasiones, así como
el miedo escénico de los actores no acostumbrados al
escenario. El Sr. Bain aparentemente atribuye estos sentimientos a simple
aprensión o temor.]
1329 ( volver )
[ 'Ensayos sobre educación práctica', por Maria y RL Edgeworth, nueva edición,
vol. ii. 1822, pág. 38. El Dr. Burgess (ibid., pág. 187) insiste firmemente en
el mismo sentido.]
1330 ( regresar )
[ 'Ensayos sobre educación práctica', por Maria y RL Edgeworth, nueva edición,
vol. ii. 1822, pág. 50.]
1331 ( volver )
[ Bell, 'Anatomía de la expresión', pág. 95. Burgess, citado a continuación,
ibid. pág. 49. Gratiolet, De la Phys. pág. 94.]
1332 ( regreso )
[Con la autoridad de Lady Mary Wortley Montague; véase Burgess, ibid. pág. 43.]
1333 ( volver )
[En Inglaterra, creo que Sir H. Holland fue el primero en considerar la
influencia de la atención mental en diversas partes del cuerpo, en sus «Medical
Notes and Reflections» (Notas y reflexiones médicas), 1839, pág. 64. Este
ensayo, considerablemente ampliado, fue reimpreso por Sir H. Holland en sus
«Chapters on Mental Physiology» (Capítulos sobre fisiología mental), 1858, pág.
79, obra que siempre cito. Casi al mismo tiempo, y posteriormente, el profesor
Laycock trató el mismo tema: véase «Edinburgh Medical and Surgical Journal»,
julio de 1839, págs. 17-22. También su «Treatise on the Nervous Diseases of
Women» (Tratado sobre las enfermedades nerviosas de la mujer), 1840, pág. 110;
y «Mind and Brain» (Mente y cerebro), vol. ii, 1860, pág. 327. Las opiniones
del Dr. Carpenter sobre el mesmerismo tienen una relevancia casi similar. El
gran fisiólogo Müller trató («Elementos de Fisiología», traducción inglesa,
vol. ii, págs. 937, 1085) la influencia de la atención en los sentidos. Sir J.
Paget analiza la influencia de la mente en la nutrición de las partes del
cuerpo en sus «Conferencias sobre Patología Quirúrgica», 1853, vol. ip. 39: 1
cita de la 3.ª edición, revisada por el profesor Turner en 1870, pág. 28. Véase
también Gratiolet, «De la Phys.», págs. 283-287.
1334 ( volver )
[ De la Phys. pag. 283.]
1340 ( regresar )
[El Dr. Maudsley ha hecho ('Fisiología y Patología de la Mente', 2.ª edición,
1868, pág. 105), basándose en fuentes fidedignas, algunas afirmaciones curiosas
respecto a la mejora del sentido del tacto mediante la práctica y la atención.
Es notable que cuando este sentido se ha agudizado en cualquier punto del
cuerpo, por ejemplo, en un dedo, también mejora en el punto correspondiente del
lado opuesto del cuerpo.]
1341 ( regresar )
[ The Lancet', 1838, pp. 39-40, citado por el profesor Laycock, 'Nervous
Diseases of Women', 1840, p. 110.]
1342 ( volver )
[ 'Capítulos sobre fisiología mental', 1858, págs. 91-93.]
1343 ( volver )
[ 'Conferencias sobre patología quirúrgica', 3ª edición, revisada por el
profesor Turner, 1870, págs. 28, 31.]
1344 ( retorno )
[ 'Elementos de fisiología', traducción inglesa, vol. ii, pág. 938.]
1345 ( regresar )
[El profesor Laycock ha tratado este punto de forma muy interesante. Véase su
obra «Enfermedades nerviosas de la mujer», 1840, pág. 110].
1346 ( retorno )
[ Véase también el artículo del Sr. Michael Foster sobre la acción del sistema
vasomotor en su interesante conferencia ante la Institución Real, tal como
aparece traducida en la 'Revue des Cours Scientifiques', 25 de septiembre de
1869, pág. 683.]
1401 ( regresar )
[ Véanse los interesantes datos aportados por el Dr. Bateman sobre 'Afasia',
1870, pág. 110.]
1402 ( retorno )
['La Physionomie et la Parole', 1865, págs. 103, 118.]
1403 ( retorno )
[ Rengger, 'Naturgeschichte der Säugethiere von Paraguay', 1830, s. 55.]
1404 ( retorno )
[ Citado por Moreau, en su edición de Lavater, 1820, tom. iv. p. 211.]
1405 ( volver )
[Gratiolet ('De la Physionomie', 1865, p. 66) insiste en la verdad de esta
conclusión.]
*** FIN DEL
PROYECTO GUTENBERG EBOOK LA EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y LOS
ANIMALES ***

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