© Libro N° 14105. La
Cerrillera. Adaptación
Teatral: Marqués Lledó, José Luis. Emancipación. Agosto 2 de 2025
Título Original: © La Cerrillera. Adaptación
Teatral: José Luis Marqués Lledó
Versión Original: © La Cerrillera. Adaptación Teatral: José Luis Marqués Lledó
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://paraquefuturoeducamos.blogspot.com/2011/10/guion-u-obra-teatral-para-ninos-la.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/a5/d1/52/a5d152de245d48dec0f08b52ca77dd09.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://static01.nyt.com/images/2023/03/02/well/23WELL-SELFISHNESS/23WELL-SELFISHNESS-superJumbo-v2.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Adaptación teatral:
José Luis Marqués Lledó
La Cerrillera
Adaptación
teatral:
José Luis Marqués Lledó
Del cuento de: Hans
Christian Andersen
La Cerrillera
Teatro Infantil
Teatro para niños
Guiones infantiles,
guiones para niños, guiones para alumnos de primaria
Obras teatrales
para representar o dramatizar con grupo de niños y alumnos
Adaptación teatral:
José Luis Marqués Lledó
Escena I
Sale al escenario
el narrador o narradora, parece que lee un libro o un periódico y está
entusiasmado con la lectura. Muestra un rostro lleno de felicidad. De repente,
levanta la cabeza y mostrando una cierta sorpresa, se encuentra con el público.
Le ilumina solamente un foco o cañón de luz; el resto del escenario debe
permanecer en penumbra. En esa penumbra estarán los personajes que ambientan le
primera escena, sin moverse, como paralizados.
Narrador: Hombre,
¿Están ustedes aquí? Pues me alegro mucho, Ante todo, ¡FELICES NAVIDADES!.
Venía observando, en este periódico, los anuncios navideños, y me alegro mucho
por haberles encontrado, pues nadie mejor que ustedes, para comentarlos.
Pasado mañana (Se
contarán los días que faltan) se celebra en el Mundo, primero la Nochebuena y
después la Navidad. Pero, según lo que observamos, cabría preguntarse: - ¿qué
es la Navidad?- Es la celebración del nacimiento del niño Jesús, me dirán
ustedes. Algo así como su cumpleaños. Sí claro, pero ¿y qué más? - Hombre, pues
la alegría de que Jesús ha nacido. Bueno, eso viene a ser lo mismo. En
definitiva, la gente habla del espíritu navideño en estas fechas ¡Qué bien nos
queda esa palabra! ¿Y eso qué significa? Me pregunto yo. A lo mejor ustedes
tienen la respuesta.
¿Tal vez amor, paz,
fraternidad? ¿Es eso … Pero yo sigo viendo a mi alrededor: guerras, hambre,
miseria, enfermedades, catástrofes, sufrimiento, rencores, envidias,
crímenes…¿Dónde está entonces el espíritu de la Navidad?
Y además, aunque
ese día fuéramos muy felices. ¿Ustedes creen, que en el supuesto caso de que
Jesús hubiese venido al Mundo a traernos la felicidad, se conformaría con
traérnosla, solamente para un día? ¿El veinticuatro de Diciembre? No, yo creo
que no. Algo falla aquí, y yo quiero que todos vosotros reflexionéis conmigo
sobre este asunto tan serio. ¡No!, no os preocupéis, no os voy a preguntar por
vuestras conclusiones; esas quedan para vosotros.
Mirad, en el siglo
XIX, un gran escritor de cuentos: Hans Cristian Andersen que nació en la ciudad
de Odense, en Dinamarca, un 2 de abril de 1805 , ya tuvo una visión, bastante
realista de lo que era al principio la Navidad y en lo que se había convertido
en sus días. Su profunda reflexión, le llevó a escribir un hermoso cuento que
muchos conoceréis: “La vendedora de cerillas”, también conocida posteriormente
como: La cerillera”. Pero podía haberse llamado:”El mendigo que nunca conocí” o
“Mi vecino es muy pobre” o “El país de los necesitados”, por ejemplo.
En este cuento, se
analiza en profundidad “El espíritu de la Navidad” y el “Egoísmo humano”. Así
que, mis queridos amigos, niños y niñas, padres, madres, abuelitas o abuelitos,
profesoras y profesores y cualquier persona que esté ahora mismo sentada aquí y
contemple el cuento, va a presenciar uno de las más hermosas historias que
jamás se hayan escrito, pero además, debéis saber, que este cuento, nunca se
escribió con la intención de distraernos, divertirnos o hacernos pasar un buen
rato, no, se escribió para, hacernos pensar. La conclusión que saquéis cada uno
de vosotros, será sólo vuestra. Y también será solo vuestra, la reacción que
provoque en vuestros corazones.
(Se oscurece el
escenario y desaparece el narrador. Música de fondo)
(Se enciende el
escenario de nuevo, y los personajes cobran vida. Se debe oír un villancico de
fondo. Los personajes deben ir cargados de regalos y deambular de un lado del
escenario a otro. En medio una niña con aspecto harapiento, está intentando
vender cajas de fósforos o bengalas)
Señora con niña:
¿Qué te ha dicho Papá Noel? ¡Bah! Lo que me dice todos los años. Qué si he sido
buena, que si he sacado buenas notas, Qué que me he pedido. Ya me lo sé de
memoria, no entiendo como me sigues trayendo aquí todas las Navidades,
“mamuchi”.
La Cerillera
(Tiritando de frío) ¡Señora, señorita! Cómprenme un fósforo de la suerte, para
adornar la alegría de la Navidad, por favor.
Niña: ¡Qué sucia y
harapienta vas! No sé como sales así a la calle en un día como hoy. ¡Afeas la
Navidad!
La Cerillera: Lo
siento señorita, pero es que no tengo nada mejor que ponerme. Para colmo, he
perdido las zapatillas que me dio mi papá, porque me venían muy grandes.
Señora: Lo siento
niña, ya hemos gastado mucho en regalos y no vamos a gastar más en…
¡bengalitas!
La Cerillera: Pero
si sólo cuesta un penique.
Señora: No, niña,
ya te he dicho que no, no seas pesada. (Madre e hija siguen caminando y
desaparecen del escenario)
Un caballero: Feliz
Navidad, señor, tengo unos fósforos que proporcionan la felicidad a quien los
enciende y se ven cumplidos sus deseos. ¿Quiere comprarme alguno, señor?
Un caballero: ¡Bah!
Paparruchas, nunca creas esas tonterías, niña, ni se las hagas creer a los
demás. Eso son cuentos de hadas.
La Cerillera: ¡Es
verdad, Señor, estas cerillas son diferentes; pruébelas y lo comprobará. Me las
dio mi abuela, hace tres años, poco antes de morir. Yo no las quería vender,
pero mi padre me ha obligado. Somos muy pobres.
Un caballero: Lo
siento criatura, pero yo no voy a comprar algo inservible; en la vida hay que
ir a lo práctico. Yo sólo compro lo que necesito. No vivo de ilusiones vanas.
(Agachándose y poniéndose a su altura). - ¿Sabes lo que sería muy práctico para
ti en el día de hoy, querida? Recoger tus cerillas y regresar a tu casa; allí
al menos estarás calentita.
La Cerillera: Pero
yo no puedo hacer eso, señor, mi padre me pegaría, me ha dicho que no regrese
hasta que no las venda todas y sin faltarme un solo penique, Señor.
Un caballero: En
tal caso, lo siento, pequeña, debo irme, a mí sí me espera en casa, mi familia
con una suculenta cena en la mesa. No tengo tiempo que perder. Lo siento.
(Un grupo de
mozalbetes, rodean a la cerillera, y entre empujones y risas la tiran al suelo
y le cantan esta canción)
A esta calle hemos
llegado
Todos juntos y en
tranvía,
Y nos hemos
encontrado
A esta niña sucia y
fría.
Ande, ande,
ande,...
La Cerillera: (Se
levanta como puede, pero sin llorar) - ¡Niños!, ¡niños! – Les llama -¿Me
compráis un fósforo de la felicidad? Por favor… (Corre detrás de ellos, pero,
los niños, ya no la escuchan)
Mendigo: (Se acerca
a la niña) - ¿Qué vendes?
La Cerillera: Vendo
cerillas de la felicidad, pero nadie me compra y no puedo regresar a casa hasta
que no las venda todas.
Mendigo: ¡Pobre
niña! Yo hoy he recaudado 8 chelines, no está nada mal para desafinar tanto,
con mi vieja guitarra. Pero con lo que he sacado, ya tengo suficiente: Me he
comprado un pan relleno de bonito y dos peras de agua. Me sobran aún…
(Metiéndose las manos en el bolsillo y sacando unas monedas), 6 peniques, así
que puedo comprarte 6 cerillas de la suerte. ¡Venga, aquí tienes a tu primer
cliente! Y ahora, te vas a casa con tus 6 peniques, y le dices a tu padre que
no has podido vender más o que se te ha perdido el resto y si no, que venga él.
La Cerillera:
Muchas gracias, tienes un corazón de oro, pero yo no puedo aceptar eso de ti.
Tú eres tan pobre como yo, y también lo necesitas.
Mendigo: ¡Qué va!
Eso son los ricos, que por mucho que tengan, siempre necesitan más. Si tienen
un coche, necesitan uno mejor y si ya tienen uno mejor, desean otro mucho mejor
y como no tienen límite, nunca son felices. Viven de las apariencias, pero nosotros
no, pequeña. Nosotros somos felices con vivir un día más y somos felices con lo
necesario: un plato de comida y una casa que nos cobije, ¡ese es nuestro
tesoro! Así que toma los seis peniques, que a mí me sobran, pero me tienes que
dar seis cerillas, un trato es un trato.
La Cerillera: (Con
lágrimas en los ojos, le da las gracias y le besa la mano) Adiós, feliz
navidad, siempre me acordaré de ti. Eres el alma más generosa que he encontrado
jamás. Tú eres el verdadero espíritu de la Navidad
Mendigo: Y tú
también, querida, y tú también. Por favor vete para casa, ya casi no hay nadie
por la calle y te vas a congelar. Hazme caso. Tu padre lo comprenderá.
La Cerillera:
Gracias, muchas gracias, pero voy a aguantar un poquito todavía, a ver si tengo
suerte. Me cobijaré en aquel soportal y esperaré a algún transeúnte que pase
por aquí; todavía no es tarde.
Mendigo: Bueno,
como quieras, ya no te insistiré más. Feliz Navidad, pequeña.
La Cerillera:
¡Feliz Navidad, Señor!
Narrador: (Voz en
off) La cerillera, se fue quedando sola, sola por completo, le ofrecía sus
cerillas a algunos de los pocos transeúntes que pasaban, pero ellos rechazaban
una y otra vez la oferta, hasta que ya dejó de pasar gente por la calle. Fue
entonces cuando la chiquilla, se recostó sobre el quicio de un portal, sentada
en una escalinata y se intentó cubrir con su raída toquilla para resguardarse
del intenso frío.
(Se va apagando el
escenario poco a poco, hasta quedar a oscuras. Se echan cortinas)
Como sugerencia, se
podrían representar las escenas siguientes, proyectándolas con diapositivas,
mientras la cerillera ocupa un rincón del escenario, bien con una bengala o con
una linterna de tubo.
Si no tenemos
proyector se tiene preparada una mesa con platos, un árbol navideño y un fondo
con papel continuo blanco. Cada cosa para una escena. La estufa, se puede hacer
con una caja grande pintada imitando ladrillos y dentro papel celofán rojo y
amarillo.
Escena II
(Se abren cortinas
y se enciende un foco que alumbra a la cerillera)
La Cerillera:
(Tiritando y frotándose las manos) Si pudiese abrigarme con algo. – Debo
encender un fósforo, al menos me calentará un poquito mis ateridas manos. «
¡Ritch!». ¡Qué calorcito! ¿Y qué es lo que veo? Una mesa, repleta de manjares:
pavo, cordero, pescado de varias clases y confituras, todo tipo de confituras y
pasteles; se me hace la boca agua.
El padre: Queridos,
feliz Navidad. Ya podemos comenzar. ¡Águeda, comience a servir ya la cena! Todo
tiene muy buena pinta, ¿verdad niños?
Niño: (Poniendo voz
de niño mimado) A mi no me gusta el pavo, ni el cordero, ni el pescado, ya lo
sabes. Yo sólo quiero pasteles, turrón, y polvorones.
El Padre: Ernesto,
tienes que comer de todo. No únicamente los dulces.
Niño: (Comenzando
una pataleta) No, no y no, he dicho que no quiero.
Niña: Pues yo
tampoco; todo eso engorda mucho y luego mis amigas me dicen que estoy hecha una
vaca.
Niño: (Se ríe de su
hermana, mientras ésta le echa una mirada furibunda)
Madre: ¡Cuantos
niños, en el Mundo, no tienen nada que comer y vosotros despreciáis la comida
que nos otorga nuestro Señor.
Niña: ¡Que pesada
mami! Siempre estás con eso: ¡Que si otros niños no tienen nada! ¡Que si no
comen! Pues que coman. ¡A mí que me cuentas! (Se levanta bruscamente, tirando
la silla y desoyendo, las recomendaciones de sus padres.)
El Padre: Estamos
educando muy mal a estos niños; son muy caprichosos.
La madre: Yo ya no
sé que hacer con Elizabet, tiene unos dieciséis años inaguantables.
(Se apaga la
cerilla)
La Cerillera: ¡Qué
pena me dan! No saben valorar lo que tienen! Yo sería feliz con el trozo de pan
que se le ha caído a la niña al levantarse, o con el hueso que se está comiendo
el perrito. ¡Qué rico debe estar!
Debo encender una
nueva cerilla, el frío es muy intenso. (Dicho y hecho, la niña enciende una
nueva cerilla) ¡Qué maravilla! Qué chimenea, cuantos leños ardiendo al mismo
tiempo. ¡Que calentito se debe estar ahí! - (Dentro se debe observar a la misma
familia anterior) - Voy a arrimar mis manitas a la ventana, a lo mejor me llega
algo de calor.
(Al intentar
arrimar las manitas, se le cae el fósforo y se le apaga quedándose a oscuras,
encontrándose de nuevo ante la fría e inhóspita calle.)
(Temblándole la
voz) - Tengo que encender un nuevo fósforo y ver si me puedo calentar en esa
maravillosa estufa. «¡Ritch!» (Se ilumina una nueva estancia)
¡Oh! Qué árbol de
Navidad! Es como los que aparecen en los escaparates de los grandes almacenes.
¡Cuantas luces! Todo lleno de colgantes brillantes, estrellas, figuras
navideñas y bajo él… ¡Cuántos regalos! (La misma familia)
La madre:
Comencemos a abrir los regalos, niños.
Niño: Yo primero,
que para eso he llegado antes.
Niña: ¡De eso nada,
yo primera, que soy la mayor!
Niño: ¡de eso nada,
lista! Tú siempre quieres ser la primera en todo. ¡Egoísta!
Niña; ¡Egoísta tú.
Niño mimado, que eres el mimado de la familia.
Niño: ¡Papa! ¡Mamá!
Mi hermana me está insultando.
El Padre: ¡Bueno,
ya está bien! Un día como hoy y ¿también os vais a pelear? No tenéis arreglo.
Ahora los vamos a abrir primero, tu madre y yo.
La madre: Bueno,
déjalos, querido, que ya se van a portar bien. ¡Venga Ernestito, coge tu primer
regalo.
Niña: ¡Claro! Él,
el primero como siempre. El niño, es el niño.
Niño: Y la” repipi”
de mi hermana, la segunda, ¡fastídiate!
Madre: ¡Ya está
bien! ¡A qué cerramos la habitación y aquí no coge sus regalos nadie! ¡Pues
vaya unos niños más desobedientes! (Siguen discutiendo mímicamente)
La Cerillera: No
entiendo nada: Tienen unos padres maravillosos, les dan de todo, una hermosa
casa, no les falta nada de comer, tienen unos regalos increíbles, y no son
felices, porque no lo son, de lo contrario, no se pelearían continuamente.
¡No lo entiendo!
¡De veras que no lo entiendo! - (Entre lágrimas) - Sólo el cariño de esos
padres, me harían sentirme enormemente feliz, aunque no tuviese regalos. ¡Oh!
Otra vez, se me apaga la cerilla. Cada vez duran menos. - (La cerillera se echa
a llorar)
Voz en off del
narrador: La cerillera se encontró de nuevo en la calle y como único techo, el
cielo estrellado
La Cerillera: -
(Mirando al cielo) - ¡Oh que maravilla! Una estrella fugaz. Mi abuelita me
contaba que una estrella fugaz, representa a una persona que acaba de morir en
este momento, y su alma va al encuentro del Señor. ¡Ojala fuera yo! - (La
cerillera se dio cuenta entonces, que había gastado casi toda la caja de
fósforos; tan solo le quedaba uno)
Encenderé el que
queda o me congelaré. « ¡Ritch!»., - La cerilla ardió en todo su esplendor, y
al hacerlo se iluminó una preciosa estancia blanca con las paredes cubiertas de
tules del mismo color.)
¡Qué espectáculo
tan precioso! Esto parece el Cielo, que luz más intensa, qué paz y serenidad.
Aquí me siento muy feliz. ¡Dios mío, déjame en este lugar. Aquí no se pasa
frío; ya no me quedan más cerillas para calentarme y no puedo volver a casa sin
ellas. ¡Pero qué veo! Es mi abuelita, mi abuelita querida. ¡Cuánto te he echado
de menos, abuelita! ¡Qué sola me quedé cuando me dejaste! ¿Por qué me dejaste,
abuelita?
La Abuela: Te dejé
mi querida nieta, para preparar un lugar en este sitio para las dos, querida.
Aquí ya no pasaremos más frío, ni hambre, ni soledad. Ya nada nos separará.
Estaremos juntas y felices para siempre. Aquí sólo encontrarás almas
caritativas, almas gemelas a ti, cariño, almas que no ambicionaron nunca nada
en la vida, que no envidiaron nada de nadie, que fueron felices en lo poco, que
eran ricas en generosidad con los demás, como tú querida, por eso son ángeles,
igual que tú. (La abuelita se va acercando poco a poco a la cerillera mientras
pronuncia las anteriores palabras, hasta agacharse y ponerse a la altura de la
niña)
La Cerillera: ¡Qué
buena eres abuelita. Yo sé que estás prolongando mi sueño y mi felicidad antes
de volver a la frialdad de la noche, pero yo sé muy bien, mi querida abuelita,
que, por desgracia, en cuanto se apague mi último fósforo, volveré a la realidad:
al frío, al hambre, al desprecio de los demás. (Aquí debe hacer una pausa, como
si reflexionara consigo misma) Aunque, es muy curioso, abuelita, no siento
ningún rencor hacia nadie, yo los perdono a todos, porque sus pobres corazones
están cerrados, están ciegos. No son felices con nada. Me dan mucha pena.
La abuela: No,
nietecita, ya no volverás más a ese mundo, ese mundo ya no te pertenece. Tú,
residirás para siempre junto a mí en este lugar, y serás muy feliz, ya lo
verás. Me guiarás en lo sucesivo, porque tú eres un Ángel, un Ángel muy grande.
La Cerillera: Pero,
¿y papá y mamá? Debo volver y explicarles lo que me ha ocurrido, aunque sé que
papá se va a enfadar mucho conmigo, lo sé.
La abuela: No,
cariño, tú ya no volverás allí. Ellos sabrán arreglárselas perfectamente sin
ti. Tú ya les has servido bastante, ahora que se busquen a otra. Pero si podrás
ayudarles desde aquí, haciéndoles comprender la sinrazón del egoísmo humano
La Cerillera: ¡Qué
buena eres abuelita! Pero mi fósforo está a punto de apa…
La abuela:
(Interrumpiéndola) - Mira tus manos, ¿qué ves?
La cerillera: No
tengo ningún fósforo en ellas, abuelita, y no ha desaparecido mi sueño y…Pero
qué es esto? ( Se apagan las luces del escenario o se echan cortinas) Que
maravilloso vestido blanco. ¿De donde ha salido? Esto no puede estar
ocurriendo, seguro que sigue siendo un sueño. Pero si parezco un ángel. (Se
dará un tiempo con las luces apagadas, para que la niña pueda ponerse encima un
vestido blanco)
La abuela: Eres un
ángel. Te lo has merecido, tu bondad te ha elevado a la categoría de Ángel.
Sólo los seres como tú lo son. Por eso todos están en el Cielo, en la Tierra,
no hay ninguno. Recuerda, Jesús dijo: Mi Reino no es de este Mundo, y ese Mundo
del que hablaba Jesús, era la Tierra, de la que tú vienes.
La Cerillera:
Entonces, abuelita, ¿esto es el Cielo?
La abuela: Si
querida, esto es el cielo. Aquí no hay hambre, ni dolor, ni frío, ni muerte,
Aquí sólo existe la felicidad. ¡Anda ven conmigo que yo te enseñaré todas estas
maravillas!
Narrador (Voz en
off) La abuelita cogió de la mano a la cerillera, a su nietecita querida, y se
la llevó a conocer la felicidad, después de las penurias pasadas.
Escena III
(Aparece la misma
calle concurrida de la primera escena)
Dos señoras:
Aquella niña parece dormida, se va a congelar. Vamos a despertarla para que se
vaya a su casa.
Una señoras: ¡Dios
mío, está fría como el hielo! ¡Está muerta! ¡Esta niña está muerta! ¡Socorro!
¡Socorro! Qué alguien nos ampare. Llamad a un médico.
La otra señora: No,
no es necesario, está muerta. Hay que llamar a la policía para que localice a
su familia.
(Poco a poco la
gente se va arremolinando)
Un señor: Juraría
que esta niña, era la que anoche nos vendía cerillas, y yo la aconsejé que se
fuera a su casa.
Señora con niña:
(Tapándole los ojos a su hija). Sí, esta niña estaba anoche por aquí. ¡Qué
padres más desaprensivos!
Otra señora: ¡Qué
barbaridad! Dejad a una niña sola en mitad de una noche como ésta.
Otro señor: ¡Mirad!
Pobre chiquilla, ha consumido todos sus fósforos para poderse calentar. ¡Qué
ingenuidad! Esta noche, han dicho que hemos estado a doce grados bajo cero,
¡querer calentarse con unos pocos fósforos!
Mendigo:
¡Vergüenza! ¿No les da vergüenza? Anoche, esta niña estaba junto a ustedes. Sí,
ahí mismo, donde está usted. La podían tocar con las manos y ni siquiera la
vieron. Algunos de ustedes no notaron su presencia, pero lejos de arrepentirse,
culpan a otros para descargar sus conciencias. Les vendía unos pocos fósforos,
unas cerillas, por un simple penique. ¿Qué es para usted un penique, señor? -
(El señor agacha su cabeza sin contestar) - ¿Y para usted? ¿Cuánto ha gastado
en regalos superfluos estas navidades señora?- (Nadie contesta) - Ella sólo
pedía un penique, un simple penique, y no para regalos, ni para juegos, como lo
malgastan ustedes en caprichos innecesarios, sino para poder regresar a su casa
y poder comer una sopa caliente con su familia.
(Todos guardan
silencio avergonzados y bajan la cabeza; todos menos uno)
Joven: Más culpa
tendrán sus padres. ¿No?
Mendigo: No, joven,
más culpa no, la misma. Ellos por explotar a una niña en su propio beneficio, y
todos nosotros por ignorarla y no ayudarla. ¿Han pensado cuántas personas
necesitadas como ella, pasan por nuestro lado, o nos piden una pequeña limosna
y las ignoramos? Todo esto debe caer sobre nuestras conciencias y hacernos
reflexionar. La Cerillera ya no puede vivir, pero desde el Cielo, se lo
agradecerá. Háganlo por ella.
- (A continuación
el Mendigo, se va lentamente del escenario, siendo observado por todos los
demás a quien ha dejado con la boca abierta)
(Mientras tanto,
dos enfermeros vestidos de blanco, cubren con una sábana el cuerpo yacente de
la pobre niña. Después, lo levantan entre varios y lo retiran. A la vez se va
apagando el escenario, que va quedándose con luces rojas o azules y todos los
transeúntes, vuelven a quedar paralizados en la escena)
Fin

No hay comentarios:
Publicar un comentario