© Libro N° 14088. La Casa De La
Pesadilla. White, Edward
Lucas. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © La Casa De La Pesadilla. Edward
Lucas White
Versión Original: © La Casa De La Pesadilla. Edward Lucas White
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Edward Lucas White
La Casa De La
Pesadilla
Edward Lucas White
Edward Lucas White
La Casa De La
Pesadilla
La primera vez que
vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y
mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el
sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de
vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar
colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y
sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la
casa.
Lo que atrajo mi
vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes
árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado
por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero
color ceniza y un bajo muro de piedra.
Notoriamente, entre
el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una
piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la
región están regados.
Vi con mucha
claridad este camino y me dio una placentera expectación.
Había estado
viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi-montañosas. No
había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la
carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos.
Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta
distancia un buen lugar donde reposar.
A medida que
aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso,
los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en
una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación,
volví a ver la casa, más cerca que antes.
La piedra elevada
atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la
casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que
conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta.
Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para
adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.
Al final de la
segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar
seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del
camino.
Llegué a la cima de
la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo
los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había
una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la
derecha.
Me zambullí en la
última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi
vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la
elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces.
Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la
palanca.
A medida que
avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del
camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme
lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la
derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.
En mi
atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el
control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran
arce.
Cuando volví en mí,
estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes
de luz verde-dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento
fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación
por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he
lamentado más de una vez). Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía
mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy
sacudido, no había sufrido magulladuras serias.
Entonces vi al
muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era
robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la
altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y
no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso
labio leporino.
Intenté levantarme
y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi
máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis
dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado
al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.
Durante mi
investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él
no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar
el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:
"¿Cuán lejos
está la herrería más cercana?" "Ocho millas," respondió. Tenía
un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.
"¿Me puedes
guiar hacia allí?" inquirí.
"No hay equipo
en la casa," replicó; "ni caballo, ni vacas." "¿Qué tan
lejos está la siguiente casa?" continué.
"Seis
millas," respondió.
Miré al cielo. El
sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj:
iban a dar las
siete treinta y cinco.
"¿Puedo dormir
en tu casa esta noche?" pregunté.
"Puede venir
si usted quiere," dijo, "y puede quedarse a dormir. Casa está
descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo
harina de trigo y tocino mohoso." "Tengo suficiente comida,"
respondí, levantando una cesta. "Solo toma esta cesta, ¿lo harás?"
"Usted puede venir, si así lo desea," dijo, "pero debe acarrear
sus propias cosas." No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar
con docilidad un hecho inofensivo.
"Correcto,"
dije, levantando la otra cesta, "muéstrame el camino." El patio
frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo
los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo,
a su vez, largas y enmarañadas hierbas. Lo que alguna vez fue, aparentemente,
un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por
todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el
desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.
La casa era de
piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían
grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por
encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos. Había varias mecedoras de
tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las
ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a
cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.
"Abre la
puerta," dije al muchacho.
"Ábrala usted
mismo," replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono
que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.
Bajé mis canastas e
intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso
trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente,
raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad.
Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la
derecha.
"Usted puede
ocupar ese cuarto," dijo.
Abrí la puerta. Se
podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el
techo de pizarra y las puertas cerradas.
"Mejor trae
una lámpara," dije al chico.
"No hay
lámpara," declaró festivamente. "No hay velas. Usualmente estamos en
cama cuando oscurece." Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro
lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna
estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban
un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín
y en el porche lo abrí y extraje tres velas.
Entré a la
habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí
una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado.
Había un frío y
enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se
sentía todo húmedo.
Con un par de gotas
de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio.
No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña
mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité
el pestillo de cada ventana y abrí los postigos. Entonces pregunté al muchacho,
quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me
guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era
grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino
y una mesa también de la misma madera.
Fijé dos velas en
lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una
gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La
madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de
herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables.
Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de
mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con
sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego,
extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.
"¿Tienes
frío?" inquirí.
"Siempre tengo
frío," replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que
pensé que iba a quemarse.
Lo dejé tostándose
a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran
trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis
cestas al porche.
Di una cepillada a
la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco,
aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube
servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.
"No tengo
hambre," dijo; "ya cené." Este chico era una nueva clase de
muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre
estaban listos para una nueva ingesta.
Yo mismo había
sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco
apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda,
apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de
las mecedoras y ponerme a fumar. El muchacho me siguió en silencio, y se sentó
en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus
pies fuera, en la hierba.
"¿Qué haces
cuando tu padre está fuera?" pregunté.
"Solo
holgazanear," dijo. "Solo perder el tiempo." "¿Qué tan
lejos están de sus vecinos más cercanos?" pregunté.
"No hay
vecinos cercanos que vengan aquí," indicó. "Dicen que temen a los
fantasmas." Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que
usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba
impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera
que ellos tenían miedo de un perro enojado.
"¿Has visto
algún fantasma por aquí?" continué.
"Nunca los
vi," respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices.
"Nunca los escuché. Algunas veces los siento." "¿Tienes miedo a
ellos?" pregunté.
"Nope,"
confesó. "No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo
pesadillas?" "Raras veces," repliqué.
"Yo sí,"
dijo. "Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que
trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay
escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo.
Despierto más
asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano."
"Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez," dije.
"Sip,"
dijo. "Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata
trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero.
Desearía no haberlo
hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado.
Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.
Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente
opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me
quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra,
pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba
cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable.
Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me
quedé adormilado por un momento.
Desperté con una
sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.
"¿Viste
eso?" pregunté rápidamente.
"No vi
nada," dijo. "¿Qué fue?" "Fue como si una red para atrapar
mosquitos me hubiera rozado la cara." "No hay tal red," aseguró;
"fue un velo. Ese es uno de los fantasmas.
Alguno voló sobre
usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo
por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma." Hablaba con la
inatacable convicción del niño en "We Are Seven". No encontré
palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.
"Buenas
noches," dije.
"Buenas
noches," hizo eco de mis palabras. " Encendí un fósforo, encontré la
vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un
confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.
Tenía la sensación
de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una
pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme
cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas
delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal grunó y
resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y
me esforcé en despertar.
Entonces, la
gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me
desperté.
Estaba en absoluta
oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento
instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y
no sentí el menor pánico. Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve
una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una
inenarrable agonía de horror sin razón.
Había una Cosa en
la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino
una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo;
tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros
rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su
mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse,
lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la
cama.
La cama se
comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies,
sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho.
Estaba hambriento,
y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi
cara.
Entonces la
indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente
cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude
despojarme del mismo fácilmente.
Era cerca del
amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí
el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi
maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico.
Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había
preguntado.
Grité
"¡Hola!" un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más
esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir
gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina.
Tomé un trago de
café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en
las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las
canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.
Ya había un poco
más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había
provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo,
todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La
piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un
centinela, frente a donde me encontraba.
Me propuse hallar
un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y
estaba calentando, no muy alto en el horizonte.
Luego de caminar
bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más
que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y
cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.
Estaba casi por
abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde
los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo
su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el
picaporte, y lo consideré. El perro podía no ser tan amigable como parecía, y
su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto
otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había
perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta
impresión, un hombre salió del interior de la casa.
"¿Muerde su
perro?" pregunté.
"No,"
respondió; "no muerde, pase usted." Le conté que había tenido un
accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller
de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.
"Cierto,"
respondió. "Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?" "En frente de la
casa gris, seis millas atrás," respondí.
"¿Esa gran
casa de piedra?" interrogó.
"La
misma," asentí.
"¿Usted vino
por aquí antes?" preguntó asombrado. "No lo oí." "No,"
dije; "vine desde la otra dirección." "¿Porque," meditó,
"usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas
durante la noche?" "No," repliqué; "choqué antes de que
caiga la noche." "¡Anochecer!" exclamó. "¿Dónde diablos
pasó usted la noche, entonces?" "Dormí en la casa, frente a la cual
choqué." "¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?"
preguntó como demandando.
"Sí,"
asentí.
"¿Por
qué?" trinó excitado, "¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno
pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se
alza la gran piedra blanca." "No lo pude comprobar hasta después del
anochecer," dije.
"¡Vaya!"
exclamó. "¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió
allí?
"Dormí muy
bien," dije. "Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche."
"Bueno," comentó, "no pasaría la noche en esa esa casa, ni
siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le
ocurrió entrar?" "El muchacho me llevó," dije.
"¿Qué clase de
muchacho?" preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión
de absorto interés.
"Robusto,
pecoso, tenía labio leporino," dije.
"¿Y hablaba
como si su boca estuviera llena de puré?" inquirió.
"Sí,"
respondí; "un mal caso de paladar partido." "¡Bueno!"
exclamó. "Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera
encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!" "No vi ningún
fantasma," repliqué ya un poco irritado.
"Usted vio un
fantasma, seguro," contestó solemnemente. "Ese muchacho del labio
leporino, ha muerto hace seis meses."
FIN

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