© Libro N° 14087. Un As Del
Ajedrez. White, E. B.
Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Un As Del Ajedrez. E. B. White
Versión Original: © Un As Del Ajedrez. E. B. White
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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E. B. White
Un As Del
Ajedrez
E. B. White
Un As Del Ajedrez
E. B. White
Cuando el hombre
entró con la máquina bajo el brazo, la mayoría de nosotros levantamos la vista
de nuestros tragos, porque nunca antes habíamos estado en presencia de una cosa
como aquélla. El hombre dejó el aparato encima de la barra, cerca de las espitas
de cerveza. Ocupaba una gran cantidad de espacio y se notaba que al cantinero
no le gustaba mucho tener aquel aparato feo y grande aparcado allí.
- Dos rye con agua
- dijo el hombre.
El camarero
continuó mezclando un Old-Fashioned que estaba preparando, pero era obvio que
el pedido le daba qué pensar.
- ¿Quiere uno
doble? - preguntó después de unos momentos.
- No - dijo el
hombre -. Dos rye con agua, por favor.
Clavó sus ojos en
el cantinero, no precisamente en forma inamistosa, pero tampoco con
cordialidad.
El trato diario de
muchos años con la clase de gente que frecuenta los bares había desarrollado en
el cantinero un carácter adaptable. Sin embargo, no se adaptó enseguida a este
individuo y no le gustó la máquina. Eso se notaba claramente. Recogió un cigarrillo
encendido que reposaba en el borde de la caja registradora, le dio una chupada
y volvió a ponerlo ensimismadamente en su lugar. Luego sirvió dos tragos de
whisky rye, llenó dos vasos de agua y empujó los cuatro vasos frente al hombre.
La gente observaba. Cuando sucede en una cantina algo un poco fuera de lo
común, su sentido es captado por los parroquianos y eso los identifica entre
sí.
El hombre no se dio
por enterado de que todas las miradas convergían sobre él. Tiró un billete de
cinco dólares sobre el mostrador; luego se bebió uno de los tragos y tomó agua.
Levantó el otro rye, separó de la máquina un aditamento pegado a ella que parecía
una aceitera y echó el whisky dentro, vertiendo el agua después.
El cantinero miraba
ceñudamente.
- No le veo la
gracia - dijo con voz imperturbable -. Y lo que es más, su compañero ocupa
mucho espacio. ¿Por qué no lo coloca en aquel banco junto a la puerta y deja
más espacio aquí?
- Hay bastante
espacio para todos - repuso el hombre.
- No me hace gracia
- dijo el cantinero -. Acabe de poner ese aparato latoso cerca de la puerta
como le dije. Nadie le pondrá un dedo.
El hombre sonrió.
- Debieran haberlo
visto esta tarde - dijo -. Estuvo magnífico. Hoy fue el tercer día del torneo.
Imagínense ¡tres días de constante bregar intelectual! ¡Y frente a los mejores
jugadores del país! En el inicio de la partida obtuvo una ventaja, luego, durante
dos horas, la aprovechó brillantemente, llevando a una esquina al rey de su
contrario. La súbita captura de un caballo, la neutralización de un alfil y
todo acabó. ¿Saben cuánto dinero ganó en total en tres días que jugó ajedrez?
- ¿Cuánto? -
preguntó el cantinero.
- Cinco mil dólares
- dijo el hombre -. Ahora quiere soltarse, quiere emborracharse un poco.
El cantinero pasó
su trapo distraídamente sobre algunas manchas húmedas.
- Llévelo a otro
lado y emborráchelo allí - dijo firmemente -. Tengo ya bastantes problemas.
El hombre meneó la
cabeza y sonrió.
- No, nos gusta
este lugar.
Señaló los vasos
vacíos.
- Por favor, repita
esto, ¿quiere?
El cantinero meneó
lentamente la cabeza. Se veía desconcertado, pero a la vez testarudo.
- Quite eso de ahí
- ordenó -. Yo no le sirvo whisky a los tipos que se dedican a inventar bromas.
- Bromistas - dijo
la máquina -. Lo que usted quiere decir es que no le sirve whisky a los
bromistas.
En la barra, a unos
cuantos pies de distancia, un parroquiano que bebía su tercer trago parecía
disponerse a participar en esta conversación que nosotros habíamos estado
escuchando con gran atención. Era un tipo algo más que cuarentón. Tenía el nudo
de la corbata corrido a un lado y desabotonado el cuello de la camisa. Casi
había terminado su tercer trago y el alcohol lo instaba a solidarizarse con los
discriminados y los sedientos.
- Si la máquina
quiere otro trago, déle otro trago - le dijo al cantinero -. Y sin refunfuñar.
El hombre de la
máquina se volvió hacia su nuevo amigo y levantó parsimoniosamente la mano
hasta la sien, brindándole un saludo de gratitud y de camaradería. Le dirigió
su próximo comentario, como ignorando deliberadamente al cantinero.
- Usted sabe lo que
es sentirse agotado mentalmente, cómo uno desea un trago.
- Desde luego -
repuso el amigo -. Es lo más natural del mundo.
Una cierta
agitación recorrió la cantina, algunos parroquianos parecían estar de parte del
cantinero, otros de parte del grupo de la máquina. Un hombre alto y tristón
parado junto a mí, alzó la voz.
- Otro Whisky-Sour,
Bill - dijo -. Y no le eches tanto jugo de limón.
- Acido pícrico -
dijo la máquina taciturnamente -. En estos lugares no usan jugo de limón
natural.
- Ni una más - dijo
el cantinero dando un manotazo en la barra -. O quita esa cosa de ahí o se
larga. Le digo que no estoy para juegos. Tengo que atender esta cantina y no le
aguanto más monerías a ese cerebro mecánico o lo que eso que usted tiene ahí sea.
El hombre desoyó el
ultimátum. Se dirigió a su amigo, cuyo vaso estaba ahora vacío.
- No es sólo que
esté agotado mentalmente después de haber estado jugando ajedrez durante tres
días seguidos - dijo amablemente -. ¿Sabe otra razón por la que quiere un
trago?
- No - dijo el
amigo -. ¿Por qué?
- Hizo trampas -
dijo el hombre.
Al oír este
comentario, la máquina emitió una risita. Uno de sus brazos se inclinó
ligeramente y una luz brilló en un dial.
El amigo frunció el
ceño. Parecía como si se sintiera herido en su amor propio; como si su lealtad
hubiese sido contrariada.
- Nadie puede hacer
trampas en el ajedrez, es imposible. En ajedrez todo es abierto y sobre el
tablero. La naturaleza del juego es tal que es imposible hacer trampas.
- Eso es también lo
que yo creía - dijo el hombre - Pero existe una manera de hacer trampa.
- Bueno, no me
causa ninguna sorpresa - interfirió el cantinero -. Desde que me fijé en ese
aparato mierdero, me di cuenta de que era un delincuente.
- Dos rye con agua
- dijo el hombre.
- No le doy más
whisky - dijo el cantinero.
Miró con roña al
cerebro mecánico. - ¿Cómo sé que no está borracho ya?
- Eso es fácil.
Pregúntele cualquier cosa.
Los parroquianos
cambiaron de posición y clavaron los ojos en el espejo. Todos estábamos
pendientes del asunto. Aguardamos. Le tocaba mover sus piezas al cantinero.
- ¿Preguntarle qué?
¿Qué cosa? - dijo el cantinero.
- Lo que se le
antoje. Escoja un par de cifras altas, pídale que las multiplique. Usted no
podría multiplicar cifras altas si estuviera borracho, ¿no es así?
La máquina se
estremeció ligeramente, como si estuviera realizando preparativos en su
interior.
- Diez mil
ochocientos sesenta y dos. Multiplicado por noventa y nueve - dijo el cantinero
con ferocidad.
Nos dimos cuenta de
que había metido los dos nueves para dificultar la operación.
La máquina
parpadeó. Uno de sus tubos chisporroteó y una manivela cambió de posición
abruptamente.
- Un millón,
setenta y cinco mil trescientos treinta y ocho - dijo la máquina.
Ni un solo vaso se
alzó a lo largo de la barra. Los parroquianos no hicieron más que mirar
apresadumbradamente al espejo; algunos de nosotros cambiábamos miradas
escrutadoras, otros lanzaban miradas de soslayo al hombre y a la máquina.
Por fin un joven
parroquiano, ducho en las matemáticas, sacó un pedazo de papel y lápiz y se
apartó del grupo.
- La multiplicación
que hizo la máquina es correcta - anunció después de algunos minutos de labor
-. No se puede decir que esté borracha.
Ahora todos miraron
con malos ojos al cantinero. A regañadientes, sirvió dos tragos más de rye y
llenó dos vasos de agua. El hombre bebió su trago y luego le dio a la máquina
el suyo. La luz de la máquina disminuyó su fulgor. Una de las pequeñas manivelas
se engurruñó.
Durante un rato, la
cantina se agitó como un barco que corta el agua en medio de un mar en calma.
Todos y cada uno de nosotros parecíamos tratar de digerir la situación con la
ayuda de la bebida. Unos cuantos vasos fueron rellenados. La mayoría de nosotros
buscaba auxilio en el espejo, el tribunal de última apelación.
El hombre del
cuello desabotonado definió la situación. Caminó con cierta rigidez y se paró
entre el hombre y la máquina. Puso un brazo alrededor del hombre y el otro
alrededor de la máquina.
- Vámonos de aquí a
un buen lugar - dijo.
La máquina emitió
ligeros fulgores. Parecía estar un poco borracha.
- Está bien - dijo
el hombre. - Eso me parece muy bien. Tengo el automóvil allá afuera.
Pagó por los tragos
y agregó una propina. Quedamente, y con un poco de incertidumbre, se encajó la
máquina bajo el brazo, luego él y su compañero de la noche enfilaron hacia la
puerta y salieron a la calle.
El cantinero los
miró fijamente y luego reasumió su ligero atareo detrás de la barra.
- ¿Así que ese tipo
tiene su automóvil allá afuera? - dijo con soma hiriente -. ¡No me hagan reír!
Un parroquiano
sentado al final de la barra, cerca de la puerta, dejó su trago, se acercó a la
ventana, apartó las cortinillas y miró hacia afuera. Observó por unos momentos.
Luego regresó a su lugar y se dirigió al cantinero:
- El chiste es
mejor de lo que usted piensa - dijo -. Se trata de un Cadillac. ¿Y cuál de los
tres tipos creen ustedes que va al conduciendo?
FIN

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