© Libro N° 14074. EL CAPITAL. Marx, Karl.
Resumido Y Acompañado De Un Estudio Sobre El Socialismo Científico. Pierre
Deville, Gabriel. Emancipación. Julio 19
de 2025
Título Original: © EL CAPITAL. Karl Marx. Resumido Y
Acompañado De Un Estudio Sobre El Socialismo Científico. Gabriel Pierre Deville
Versión Original: © EL CAPITAL. Karl Marx. Resumido Y Acompañado De Un Estudio
Sobre El Socialismo Científico. Gabriel Pierre Deville
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Resumido Y Acompañado De Un Estudio Sobre El
Socialismo Científico
Autor: Karl Marx
Gabriel Pierre Deville
EL CAPITAL:
Resumido Y
Acompañado De Un Estudio Sobre El Socialismo Científico
Gabriel Pierre Deville
Autor: Karl
Marx
Title: El
Capital: Resumido Y Acompañado De Un Estudio Sobre El Socialismo Científico
Autor : Karl
Marx
Gabriel Pierre
Deville
Fecha de
lanzamiento : 27 de abril de 2022 [eBook n.° 67939]
Última actualización: 18 de octubre de 2024
Idioma: español
Publicación
original: España: Ricardo Fé, 1887
Credits: Ramón
Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by
Biblioteca Digital de Castilla y León.)
Nota de
transcripción
·
Los errores de imprenta han sido corregidos.
·
La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las
normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
·
Las páginas en blanco han sido eliminadas.
pág. ii
EL CAPITAL
págs. iii
Carlos
Marx
EL
CAPITAL
RESUMIDO Y
ACOMPAÑADO DE UN
ESTUDIO SOBRE EL
SOCIALISMO CIENTÍFICO
POR
GABRIEL
DEVILLE
PRIMERA EDICIÓN
MADRID
CONSEJO ESTIMADO POR RICARDO FÉ
Calle de Cedaceros,
núm. 11
—
1887
NOTA PRELIMINAR
Al dar a la estampa
una versión española de El Capital,
de Carlos Marx, compendiado y precedido de un estudio sobre el Socialismo
científico, por Gabriel Deville, creemos prestar un señalado servicio, no solo
a los que busquen en la obra del ilustre comunista alemán nuevas y bien
templadas armas para combatir en pro de esa transformación social a que aspira
y por la que pelea la clase trabajadora de ambos mundos, sino además a todos
los que sinceramente se consagran al estudio de los problemas sociales, no contentándose
con esos juicios a priori que subrayan diariamente la
increíble ignorancia y la más increíble ligereza de los escritores a sueldo de
la burguesía.
Poco o nada
podremos añadir al luminoso prefacio en que Deville expone a grandes rasgos la
doctrina de Marx; pero séanos permitido insistir sobre un punto de la mayor
importancia: en esta exposición rápida de la teoría marxista, lo mismo que en
el compendio o resumen de El Capital y
en sus apreciaciones acerca de la evolución económica que estamos presenciando
y de la influencia que esta evoluciónpág. tú ejerce en el movimiento
revolucionario que arrastra a los proletarios de todos los países, Deville se
ha ajustado con probidad y fidelidad absolutas al pensamiento dominante en la
obra que trata de dar a conocer, llevando sus honrados escrúpulos hasta el
extremo de no permitir que se imprimiera ni una página de su libro sin que Marx
y, después de su muerte, Engels, revisasen tanto el Compendio, como
el Prefacio y el Estudio sobre el Socialismo
científico.
Con lo cual quedan
desvanecidas de antemano las dudas que sobre este punto pudieran ocurrir.
pág. vii
PREFACIO
Solo por el
estudio, por la observación de la naturaleza de las cosas y de los seres, es
como el hombre, consciente de sus efectos, puede hacerse dueño cada día más de
su propio movimiento.
Antes de coordinar
ideas y de conocer sus diversas relaciones, el hombre ha ejercido una acción;
esto es cierto, ya se considere la infancia del individuo o la de la especie.
Pero solo a partir del momento en que esta queda subordinada al pensamiento que
reflexiona, es cuando la acción deja de ser incoherente para adquirir una
eficacia rápida y real. Sucede con la acción revolucionaria lo que con
cualquiera otro género de acción: que debe tener por guía la ciencia, si no ha
de esterilizarse en pueriles esfuerzos.
El sostener, sea la
que quiera la materia de que se trate, que la ciencia es inútil o que el
estudio ha perdido su razón de ser, no es más que un torpe pretexto para
dispensarse de estudiar o para excusar una obstinada ignorancia.
El estudio de la
vida social no modificará ciertamente por sí solo la forma social, ni tampoco
proporcionará, con todos sus detalles, los planos, sección y elevación de unapág. viii nueva
sociedad; pero sí nos descubrirá los elementos constitutivos de la sociedad
presente, sus combinaciones íntimas y, juntamente con sus tendencias, la ley
que preside a su evolución. Este conocimiento permitirá no «abolir por decretos
las fases del desarrollo natural de la sociedad moderna, sino abreviar el
periodo de la gestación y dulcificar los dolores de su alumbramiento».
Al llevar a cabo el
estudio de la sociedad, Carlos Marx no ha tenido la pretensión de ser el
creador de una ciencia desconocida hasta él. Al contrario, y así lo prueban las
numerosas notas de su obra, se ha apoyado en los estudios de los economistas
que le han precedido, y ha tenido sumo cuidado de recordar, en cada cita, el
primero que la había formulado. Pero ninguno más que él ha contribuido a
extraer de su análisis la verdadera significación de los fenómenos sociales;
ninguno, por consecuencia, ha hecho tanto por la emancipación obrera, por la
emancipación humana.
No hay duda que
otros antes que él habían sentido las injusticias sociales y se habían
indignado ante estas injusticias; muchos son los que, soñando con poner remedio
a tantas iniquidades, han escrito admirables proyectos de reformas. Movidos por
una loable generosidad, teniendo casi siempre una percepción muy clara de los
padecimientos de las masas, criticaban, con tanta justicia como elocuencia, el
orden social existente. Mas como no tenían una noción precisa de sus causas y
de su transformación venidera, creaban sociedades modelos cuyo carácter
quimérico procuraban atenuar con alguna que otra intuición exacta. Si la
felicidad universal era su móvil, la realidad no era su guía.
En sus proyectos de
renovación social no tenían en cuenta los hechos, pretendiendo guiarse por las
solas luces de la razón; como si la razón, que no es otra cosa que la
coordinación y la generalización de las ideas sugeridas por la experiencia,págs. ix pudiese ser
por sí misma origen de conocimientos exteriores y superiores a las
modificaciones cerebrales de las impresiones externas.
En una palabra,
eran metafísicos, como lo son hoy los anarquistas. En vez de raciocinar tomando
la realidad por punto de partida, atribuyen todos ellos la realidad a las
ficciones nacidas de su ideal particular de justicia absoluta.
Pareciéndoles,
desde el punto de vista especulativo, que el más agradable de todos los
sistemas sociales sería aquel en que floreciera la difusión sin límites de las
voluntades individuales, siendo ellas mismas su única ley, los anarquistas
hablan de realizarla, sin cuidarse de averiguar si las necesidades económicas
permitirían establecerla. No echan de ver el carácter retrógrado del
individualismo llevado hasta el último extremo, de la autonomía ilimitada, que
es el fondo del anarquismo.
En los diferentes
órdenes de hechos, la evolución se opera invariablemente pasando de una forma
incoherente a otra forma cada vez más coherente, de un estado difuso a otro
concentrado; y a medida que aumenta la concentración de las partes, aumenta
también su dependencia recíproca, es decir, que cuanto mayor es su cohesión,
menos pueden las unas extender su actividad sin ayuda de las otras. Esta es una
verdad general, que los anarquistas no sospechan siquiera: pobres gentes que
tienen la pretensión de ver más lejos que todos los demás, sin comprender que
andan hacia atrás como los cangrejos.
Todas estas
concepciones extravagantes, aunque más o menos bien intencionadas, las ha
sustituido Marx antes que nadie con el estudio de los fenómenos sociales,
basándolo en la única concepción real: en la concepción materialista. No ha
preconizado un sistema más o menos perfecto desde el punto de vista subjetivo,
no; ha examinado escrupulosamentepág. x los hechos, agrupado los
resultados de sus investigaciones y sacado de ellos la consecuencia, que ha
sido la explicación científica de la marcha histórica de la Humanidad, y en
particular del periodo capitalista que atravesamos.
La Historia, ha
afirmado Marx, no es sino una historia de la guerra de clases. La división de
la sociedad en clases, que aparece con la vida social del hombre, descansa en
relaciones económicas, mantenidas por la fuerza, y según las cuales unos llegan
a descargarse sobre otros de la necesidad natural del trabajo.
Los intereses
materiales han sido siempre la causa de la lucha incesante de las clases
privilegiadas, ora entre ellas mismas, ora entre las clases inferiores, a
expensas de las cuales viven. Las condiciones de la vida material son las que
dominan al hombre; y estas condiciones, y por consecuencia el modo de
producción, son las que han determinado y determinarán las costumbres y las
instituciones sociales, económicas, políticas, jurídicas, etc.
Tan luego como una
parte de la sociedad ha monopolizado los medios de producción, la otra parte,
en la que recae el peso del trabajo, se ve obligada a añadir al tiempo de
trabajo exigido por su propia manutención una demasía, por la que no recibe
equivalente alguno, y está destinada a sostener y a enriquecer a los poseedores
de los medios de producción. Como monopolizador de trabajo no pagado, el cual,
por medio de la supervalía creciente de que es origen, acumula más cada vez en
manos de la clase propietaria los instrumentos de dominio, el régimen
capitalista sobrepuja en poderío a todos los sistemas anteriores de trabajos
forzosos.
Solo que hoy día
las condiciones económicas que este régimen engendra, atajadas en su evolución
natural por el régimen mismo, tienden fatalmente a romper el molde capitalistapág. xi que no puede
ya contenerlas; y estos principios destructores son los elementos de la nueva
sociedad.
La misión histórica
de la clase actualmente explotada, del Proletariado, a quien organiza y
disciplina el mecanismo mismo de la producción capitalista, es acabar la obra
de destrucción ya comenzada por el desarrollo de los antagonismos sociales. Es
preciso, ante todo, que el Proletariado arranque revolucionariamente a sus
adversarios de clase, con el poder político, la fuerza consagrada por ellos a
conservar intactos sus monopolios económicos.
Una vez dueño del
poder político, aquel podrá, procediendo a la socialización de los medios de
producción mediante la expropiación de los usurpadores del trabajo ajeno,
suprimir la contradicción hoy existente entre la producción colectiva y la
apropiación privada capitalista y realizar la universalización del trabajo y la
abolición de clases.
Tal es el bosquejo
de la teoría irrefutablemente enseñada por Marx, y cuya solidez bien probada
puede todo el mundo apreciar estudiando atentamente su obra.
No siendo el
pensamiento sino el reflejo intelectual del movimiento real de las cosas, no se
aparta un momento de la base material, del fenómeno exterior; no separa al
hombre de las condiciones de su existencia. Marx ha observado, ha compulsado, y
la profundidad sola de su análisis ha completado su concepción positiva del
orden actual con el conocimiento de la disolución fatal de este orden.
Yo he tratado de
poner al alcance de todos, resumiéndola, esta obra magistral, desgraciadamente
poco conocida hasta hoy en Francia o desfigurada. Y estando el público francés,
como ha dicho Marx, «siempre deseoso de sacar consecuencias, ávido de conocer la
relación de los principios generales con las cuestiones inmediatas que le
apasionan», he creídopágs. xi útil poner antes de mi resumen un Estudio sobre el Socialismo
científico.
En cuanto al
resumen, emprendido a consecuencia de la cortés invitación y de las benévolas
excitaciones de Carlos Marx, ha sido hecho con arreglo a la edición francesa,
última revisada por el autor y la más completa, pues la muerte le impidió
preparar la tercera edición alemana, qué él quería publicar, y que dará a luz
dentro de poco su infatigable amigo, su digno colaborador, a quien él había
encargado de publicar sus obras, Federico Engels.
Respetando en el
mayor grado posible el carácter original de la obra, no he empleado sino los
términos más usuales, esperando ganar de este modo en facilidad de comprensión
lo que perdía en variedad de estilo. Es claro, sin embargo, que este resumen no
podrá leerse fácilmente teniendo la imaginación preocupada con otra cosa; será
necesario prestar un poco más de atención que para leer una novela, pero que la
atención sola sea necesaria para percibir bien las ideas y su encadenamiento,
tal es lo que yo me propongo.
Una vez vencida la
aridez del principio, aridez que no pueden evitar los preliminares de ninguna
ciencia, se encontrará el lector recompensado con el placer de ver disiparse
gradualmente la confusa oscuridad que oculta aún a los ojos de las masas las
relaciones sociales, de la que ha sido tanto más difícil sacarlas cuanto que la
libre y científica investigación en esta materia, la crítica de la vieja
propiedad «subleva contra ella y lleva al campo de batalla las pasiones más
vivas, las más mezquinas y las más abominables del humano corazón, todos los
furores del interés privado».
Gabriel Deville.
París, 10 agosto
1883.
pág. xiii
ESTUDIO
SOBRE EL
SOCIALISMO
CIENTÍFICO
I
COLECTIVISMO O
COMUNISMO
Hace seis años, la
clase obrera, no repuesta aún de la espantosa sangría de 1871, había abandonado
la tradición revolucionaria y no fiaba su emancipación sino en la
generalización de las Asociaciones cooperativas. Las palabras partido
obrero y colectivismo, hoy ya antiguas en nuestro lenguaje
político, eran entonces punto menos que desconocidas; las ideas que representan
solo contaban en Francia con un reducido número de partidarios, sin posibilidad
de acción común.
El periódico L’Égalité,
fundado a fines de 1877 por iniciativa de Julio Guesde y dirigido por él, es el
único que ha dado impulso al movimiento socialista revolucionario actual. Este
es un hecho que no lograrán borrar las personalidades envidiosas interesadas en
desvirtuarlo, las cuales cuidan, en sus pretendidas historias, de ocultar las
fechas que no dejan lugar a duda en esta cuestión.
En aquel tiempo era
conveniente distinguir el comunismo científico, surgido de la docta crítica de
Marx, del antiguo comunismo utópico y sentimental francés. La misma
denominación para dos teorías diferentes habría favorecido una confusión de
ideas que erapág. xiv muy importante evitar; por eso empleamos entonces exclusivamente
la palabra colectivismo.
Ahora escribimos
colectivismo o comunismo indiferentemente. Desde el punto de vista de su
origen, estos dos términos son exactamente iguales; desde el punto de vista
usual, tienen los mismos inconvenientes. Si ha habido un comunismo del que
debíamos diferenciarnos, hay también formas de colectivismo, por ejemplo, las
diversas falsificaciones belgas, que rechazamos. Lo importante es conocer, no
el título que cada uno tome, sino lo que esconde bajo ese título.
II
LA TRANSFORMACIÓN
SOCIAL Y SUS ELEMENTOS
Después de una
aventura galante que, según parece, ocurrió algunos días después de la creación
del mundo, el hombre fue condenado por Dios a ganar el pan con el sudor de su
frente. Hoy que Dios está en vísperas de morir sin posteridad, sin haber podido
nunca asegurar la ejecución de su mandamiento, el Socialismo se propone
constreñir a la observación de la sentencia divina a los que, desde hace mucho
tiempo, ganan el pan, y más que el pan, con el sudor de la frente de otros.
¿Puede esto conseguirse? Sí, por la socialización de los medios de producción,
a que tiende nuestro sistema económico.
Allí donde el
trabajo proporciona escasamente lo que es indispensable para la vida de todos;
allí donde, por consecuencia, aquel absorbe casi todo el tiempo de cada uno, la
división de la sociedad en clases más o menos subdivididas es fatal. Una
minoría consigue, por la violencia y el fraude, eximirse del trabajo
directamente productivo, para dedicarse a la dirección de los negocios es
decir, a la explotación de la mayoría, consagrada al trabajo. Gracias a la
costumbre, a la tradición, esta mayoría llega a soportar sin resistencia una
organización que considera al fin como natural, hasta el día en que esta
organización, no respondiendo ya a las necesidades de la sociedad, se ve
sustituida por una combinaciónpág. xv más en armonía con la nueva
manera de ser de la producción material.
La esclavitud y la
servidumbre han existido en conformidad con la índole de la producción y han
desaparecido cuando el grado de desarrollo de esta ha hecho más útil el trabajo
del hombre libre que el del esclavo o el del siervo; la justicia y la fraternidad
no han intervenido para nada en esta desaparición.
Cualquiera que sea
el valor subjetivo de la moral, del progreso y otros grandes principios de
relumbrón, esta bella fraseología no influye para nada en las fluctuaciones de
las sociedades humanas; por sí misma es impotente para efectuar el menor
cambio. Las evoluciones sociales las determinan otras consideraciones menos
sentimentales. Sus causas se encuentran en la estructura económica, en el modo
de producción y de cambio, que preside a la distribución de las riquezas y, por
consiguiente, a la formación de las clases y a su jerarquía. Cuando esas
evoluciones se efectúan, no es porque obedezcan a un ideal elevado de justicia,
sino porque se ajustan al orden económico del momento.
No obstante, estos
movimientos sociales jamás se efectúan pacíficamente; los nuevos elementos
tienen que obrar violentamente contra el estado de cosas que los ha elaborado,
y que deben destruir para poder continuar su evolución, al modo que el polluelo
tiene que romper la cáscara en cuyo interior acaba de formarse.
Si el advenimiento
de la burguesía ha traído la destrucción de los privilegios nobiliarios y la
abolición del régimen corporativo, es porque el trabajo libre era necesario a
la producción capitalista; la necesidad de instituir la libertad del trabajo ha
acarreado la emancipación del trabajador de la dependencia feudal y de la
jerarquía corporativa. Además, la burguesía necesitaba monopolizar las fuentes
de riqueza, aboliendo las añejas prerrogativas de los nobles, ha entrado en
posesión de la tierra, que detentaban estos, y del poder, que también
monopolizaban.
El trabajador
libre, pudiendo de derecho disponer de su persona, se ha visto obligado de
hecho a disponer de ella para vivir, no teniendo otra cosa que vender. Desde
entonces ha sido condenado al papel de asalariado durante toda su vida.
pág. xviEl derrumbamiento
del orden feudal no se ha señalado por la supresión de las clases, sino por la
sustitución de un nuevo yugo en lugar del antiguo, por el establecimiento de
condiciones que reducen la lucha a los dos campos opuestos que poco a poco
absorben toda la sociedad: la burguesía capitalista y el Proletariado.
En suma, lo que ha
sido organizado hasta ahora de diferentes maneras, conformes exclusivamente con
la diversa situación económica de los medios y de las épocas, es la
satisfacción de las necesidades de una parte de la colectividad mediante el
trabajo de la otra parte. Unos consumen superfluamente lo que los otros
producen obligados por la necesidad, recibiendo para sí apenas lo necesario.
El sistema del
salario, sustituyéndose a las demás formas de trabajos forzosos, ha relevado al
capitalista de la manutención de los productores. Que se le obligase o no a
trabajar, el esclavo tenía asegurada su pitanza cotidiana; el asalariado no
puede comprar la suya sino a condición de que el capitalista necesite su
trabajo; y la inseguridad de esto para el verdadero productor es tal, que la
caridad pública se encarga de alimentar a aquellos a quienes incumbe, según la
presente organización social, la tarea de alimentar a la sociedad, y que por
esa organización misma se ven frecuentemente en la imposibilidad de cumplir su
misión.
El Socialismo lucha
por la desaparición del salario. Ciertamente, nuestra teoría es adecuada a la
idea de justicia, como la engendran en nuestro estado económico los intereses
humanos que hay que satisfacer igualmente; pero no porque sea justa es por lo que
tratamos de ponerla en práctica, pues sabemos, en efecto, que las más generosas
reivindicaciones formuladas por la razón pura no pueden suplir los resultados
de la experiencia.
Para que una teoría
sea aplicable, por legítima que parezca, es preciso que su fundamento se
encuentre en los hechos antes que en el cerebro. Así, los primeros socialistas
teóricos no pudieron sacar al Socialismo del dominio de la utopía, en una época
en que aún no existían las condiciones económicas que permiten, que imponen su
realización. No bastando la experiencia por ellos adquirida a dar una base
material a sus intuiciones, a pesar de su genio,pág. xvii de sus
aspiraciones filantrópicas, de sus justas recriminaciones, de los agudos
sufrimientos a que querían poner remedio, no podían hacer el Socialismo
practicable. Si lo es en la actualidad, es porque la solución comunista,
adecuada a la manera de ser de las fuerzas productivas, no es otra cosa que el
término natural de la fase social por que atravesamos.
Apoyada en la
insuficiencia de la producción, la división en clases no tiene ya razón de ser.
La industria mecánica ha desarrollado prodigiosamente la potencia productiva
del hombre, disminuyendo así el tiempo de trabajo necesario para la
satisfacción de las necesidades generales. Por primera vez se presenta la
posibilidad de procurar a cada uno, mediante un corto tiempo de trabajo,
grandes facilidades de existencia material, que irán aumentándose. La
esclavitud de unos ha sido la condición del bienestar de otros; con las
máquinas, esclavos de hierro, el bienestar de todos es posible.
Quien dice
maquinismo, quien dice vapor, dice necesariamente concentración económica, y el
colectivismo no es más que el complemento de esta concentración, que procede,
no de nuestra imaginación, sino del estado de las cosas.
Es verdad que desde
el punto de vista agrícola, la concentración está poco adelantada en nuestro
país; que nuestro suelo está dividido, y nuestro régimen de pequeños
propietarios labradores impide la división del trabajo, el maquinismo, la
explotación metódica; pero este régimen contiene los elementos de una
disolución más próxima de lo que se cree.
El labrador no
puede contentarse con producir solo para su uso personal; a fin de comprar lo
poco que necesita, de pagar los impuestos y los intereses de sus deudas, tiene
que producir para cambiar, es decir, entrar en competencia con los demás
productores. Dada esta situación, que la concentración se efectúe en cualquiera
parte y los pequeños propietarios sentirán sus efectos.
Ahora bien; la
competencia americana, todavía en sus comienzos, trae a nuestros mercados
productos a más bajo precio que los de nuestros agricultores. Para luchar
contra los productos americanos es preciso disminuir rápidamente los gastos de
producciónpág. xviii y recurrir a la maquinaria, incompatible con la pequeña propiedad
y con el cultivo en corta escala. Sin embargo, si no se modifican los métodos
de producción, la lucha será bien pronto imposible; nuestros propietarios se
hallan reducidos a buscar los mejores medios de salvarse de la ruina.
Notaremos de paso
que esta pequeña propiedad rural, tan ensalzada y tan poco remuneradora, es una
de las principales causas, por la esterilidad premeditada de gentes que no
quieren que su pequeño patrimonio se desmorone, del estancamiento de la
población en Francia; en los departamentos en que la tierra está más dividida,
en que los pequeños propietarios son más numerosos, es donde hay menos
nacimientos.
La pequeña
propiedad rural está condenada a desaparecer; pero su fin irremediable será
tanto menos ruinoso para los interesados directamente y para la nación, cuanto
más pronto se prevea lo que no puede evitarse.
Desde el punto de
vista comercial, la concentración ha comenzado y está en buen camino; las
ventajas que de ella resultan en el concepto de la variedad y de la baratura,
aseguran al comercio en grande escala una rápida extensión.
Desde el punto de
vista industrial, que afecta especialmente a la clase obrera, la concentración
está en gran parte realizada. La propiedad industrial reviste cada vez más la
forma societaria y anónima. Toda idea de volver a la forma individual primitiva
es quimérica, dado el desarrollo de la producción.
Desde el punto de
vista financiero, la concentración está hecha, y el crédito es el motor más
poderoso de la centralización económica; la alta banca es la que rige la
producción y el cambio, atrayendo el dinero de los pequeños capitalistas y
aglomerando los capitales, que maneja como soberana; ella es quien preside a la
política interior y exterior, a los diversos movimientos de la sociedad
moderna.
Desde todos los
puntos de vista, la gran apropiación colectiva sucede progresivamente a la
pequeña apropiación privada. Los puentes, los canales, que antes eran propiedad
individual, son hoy casi sin excepción propiedad nacional o colectiva.
Propiedadpág. xix nacional son asimismo los correos y telégrafos; nacionalizados
están en parte los ferrocarriles.
No porque esto sea
un argumento que prueba que la evolución económica tiende en todos sentidos a
la centralización de las fuerzas productivas, ha de deducirse, a imitación de
los partidarios del socialismo o del comunismo de Estado, que esta centralización
tiende a la forma especial de centralización representada por el servicio
público.
El fenómeno
importante, incontestable, es que la centralización económica se efectúa; ahora
bien, que esta se efectúe en manos de las individualidades de la clase
dominante o entre las del Estado, al mando de esta clase, para el resultado
final es indiferente: en sí misma, la absorción por el Estado de las empresas
particulares no haría dar un paso a la solución de la cuestión social.
No es necesario
reflexionar mucho tiempo para cerciorarse de que la mayor parte de los ramos de
producción, si bien tienden a centralizarse, de ningún modo tienden a
constituirse en servicios públicos. Desde el instante en que esta forma
especial de centralización no resulta de la naturaleza de las cosas, se hace
preciso examinar si deberíamos favorecerla cuando llegara el caso.
El Estado no es,
como dice cierto burgués que ha entrado en el Partido Socialista, como el
gusano en la fruta, para contentar sus miserables apetitos desorganizándolo,
«el conjunto de los servicios públicos ya constituidos,» es decir, una cosa que
no tiene necesidad sino de correcciones y adiciones.
No se trata de
perfeccionar, sino de suprimir el Estado, que no es más que la organización de
la clase explotadora para garantizar su explotación y mantener en la sumisión a
sus explotados. Luego es mal sistema para destruir una cosa comenzar por
fortificarla. Y se aumentaría la fuerza de resistencia del Estado favoreciendo
su monopolio de los medios de producción, es decir, de dominio. ¿No vemos a los
obreros de las industrias del Estado sometidos, comparativamente con los demás,
a un yugo más difícil de sacudir?
Mientras que, de
esta suerte, sería perjudicial a los obreros, la transformación en servicios
públicos, por las compras a que daríap. xx lugar, sería una nueva fuente
de especulaciones financieras y beneficiaría a los capitalistas.
Por otra parte,
esta transformación no facilitaría en nada la obra del Socialismo. No será más
difícil apoderarse del Banco de Francia o de los ferrocarriles que de los
correos y telégrafos; la toma de posesión de los grandes organismos de
producción pertenecientes a las Sociedades capitalistas, será tan cómoda como
si perteneciesen al Estado.
La centralización
económica se verifica: tal es el hecho. En todas partes la pequeña propiedad de
uno solo va cediendo el puesto a la gran propiedad de varios. La comunidad de
las cosas y de los hombres es cada vez más general.
¿Acaso no es una
aplicación diaria del régimen comunista la organización del trabajo en los
talleres importantes y en las fábricas?
Al mismo tiempo que
la aglomeración de productores regularmente organizados ha coincidido con la
comunidad de las cosas, las capacidades directrices y administrativas que
reclama toda producción en grande escala, se han constituido fuera de la
minoría privilegiada. A medida que el instrumento de trabajo alcanzaba las
proporciones gigantescas que hoy tiene, escapaba a la intervención y al impulso
de su poseedor, que gradualmente iba dejando en manos de gerentes o empleados
la vigilancia y la administración de aquel.
Antes, el éxito de
su pequeña industria dependía de la actividad del patrono, de su inteligencia,
de su economía; éxito que estaba íntimamente ligado con la persona del dueño,
quien desempeñaba de este modo una función social.
Hoy, destronado el
patronato individual por la forma societaria, el poseedor del capital no se
ocupa más que de percibir, o, más bien, de comerse sus ganancias, sin necesidad
de conocimientos especiales. ¿Qué papel desempeña el accionista, el propietario
actual? Que sea idiota o derrochador, que muera o que se arruine, ¿qué importa
para la prosperidad de la empresa de la cual monopoliza, en forma de acciones,
una parte más o menos considerable de propiedad?
p. xxiLos que hoy
desempeñan las antiguas funciones del propietario, donde la forma colectiva de
la propiedad ha sucedido a la individual, son asalariados; ingenieros o
administradores más o menos retribuidos, pero al fin asalariados.
Independientemente del feudalismo capitalista se ha formado el personal
inteligente, dotado de la aptitud necesaria para poner en actividad las fuerzas
productivas. Por consecuencia, la supresión de los accionistas, es decir, del
propietario convertido en rueda inútil, no ocasionaría el menor desorden en la
producción.
Como el capitalista
no interviene en el acto de la producción más que para apropiarse el beneficio
obtenido, solo ve en aquella la ganancia que ha de percibir, y por eso la
empresa no tiene para él más que un fin, un objeto: la realización del mayor
beneficio posible.
Para conseguir
esto, en primer lugar extenúa, agota al productor y después altera el producto.
Los productos no tienen de tales más que la apariencia; en todo y en todas
partes la falsificación es la regla establecida. Poco importa que economías
sórdidas produzcan la degeneración de la raza por la caquexia del productor; el
envenenamiento del consumidor por la adulteración de los alimentos; la muerte o
la mutilación por accidentes en las vías férreas, etc.: lo principal es llenar
la caja. El reinado grosero de la burguesía ha hecho descaradamente de todo
cuestión de dinero, artículo de comercio, y de este una estafa legalizada.
Por otra parte,
como mientras más se vende más se gana, cada empresa o sociedad piensa en
monopolizar todas las ventas para sí propia, y a este efecto produce tanto como
puede; y se ve obligada a producir sin cesar por el interés que hay en no dejar
descansar un momento los costosos instrumentos de producción. De este modo el
mercado se atesta; las mercancías se amontonan, abundantes e invendibles;
estallan crisis, que se renuevan periódicamente, y entonces los obreros dejan
de trabajar y mueren de hambre porque se les ha obligado a producir demasiados
artículos de consumo.
De todo esto se
desprende que las exigencias de la producción entrañan una aplicación cada día
más amplia de la división delp. xxii trabajo y del maquinismo; el
producto es cada vez menos obra individual; el instrumento de trabajo, colosal,
necesita para ponerse en movimiento una colectividad de obreros; el propietario
no solo pierde toda función útil, sino que es perjudicial, siendo, por
consecuencia, necesaria su eliminación; las fuerzas productivas caminan
fatalmente a la destrucción de los obstáculos que impiden su evolución normal,
y que provienen del modo de apropiación.
Lo mismo que
sucedió con la revolución del pasado siglo, la preparación preliminar de toda
transformación social se efectúa a favor del colectivismo; los elementos
materiales e intelectuales de la renovación que perseguimos, engendrados por el
medio actual, están suficientemente desarrollados.
Los progresos de la
industria mecánica permiten reducir considerablemente el tiempo de trabajo
indispensable para la producción, aumentando esta en proporciones enormes; el
modo de apropiación concluye por ajustarse al modo de producción; mas como este
es colectivo, la apropiación estrictamente individual va sin cesar
disminuyendo; la organización del trabajo correspondiente a este estado de
cosas ha eliminado la casta propietaria, independientemente de la cual se
reclutan las capacidades directrices; la posesión por la burguesía ha traído
como consecuencia el más funesto derroche de productores, de medios de
producción y de productos.
Tales son los
hechos ya determinados por la fuerza de los sucesos, hechos que conducen a una
organización económica en que la producción, socialmente reglamentada, lo
estará en vista de las necesidades de una sociedad que solo considerará los
productos con relación a su utilidad respectiva; en que al gobierno desordenado
de los hombres reemplazará la administración consciente de las cosas sometidas
al poder del hombre, en vez de pesar tiránicamente sobre él; en que, al mismo
tiempo que el propietario privado, habrá desaparecido el sistema de trabajar
para otros, o sea el salario.
Esta supresión de
la propiedad individual y, por tanto, del salario y de toda clase de males que
aquella entraña, no es una fatalidad que la justicia prescribe, sino que la
evolución del organismo productor la impone imperiosamente. «El Socialismo —ha
escritop. xxiii Engels— no es más que el reflejo en el pensamiento del conflicto
que existe en los hechos entre las fuerzas productivas y la forma de
producción.»
Como teoría
científicamente deducida, nuestro colectivismo o comunismo se apoya en la
observación, comprueba las tendencias y concluye afirmando que los medios de
producción, una vez efectuada su evolución actual, sean socializados. Decimos
socializados y no comunalizados, como algunos querrían, porque los
inconvenientes de la propiedad individual reaparecerían en la propiedad comunal
o municipal, y también en la corporativa, principalmente a causa de las
particiones desiguales que serían su resultado, de la productividad diferente
de los medios de producción, etc. Que la lucha se empeñe entre municipios y
municipios, corporaciones y corporaciones, o patronos y patronos, siempre habrá
desigualdad entre trabajadores que proporcionan una misma cantidad de trabajo y
concurrencia ruinosa; esto sería, aunque bajo otra forma, la continuación de la
sociedad presente.
Ateniéndose a los
hechos, el Socialismo científico no puede precisar experimentalmente sino el
modo de apropiación hacia el que caminan las fuerzas productivas, el cual rige
el modo de repartición de los productos. Es evidente que una vez socializados
los medios de producción, es decir, cuando estos hayan revestido como
apropiación la forma comunista que ya tienen como acción, seguirá como
consecuencia una distribución comunista de los productos. Solo que no se
operará con arreglo a la antigua fórmula tan querida de los anarquistas y
posibilistas, y que establece que «dando cada uno lo que permitan sus fuerzas,
recibirá con arreglo a sus necesidades».
Pero ¿quién mediría
las fuerzas de cada uno? Bien fuese el mismo individuo o cualquiera otro,
siempre se tocaría en lo arbitrario. Por lo demás, no es nuestra tendencia
exigir del hombre el máximum de esfuerzos que es capaz de producir; por el
contrario, tratamos de disminuir el esfuerzo humano, de abreviar todo lo
posible el tiempo de trabajo a fin de aumentar el consagrado a las
distracciones físicas e intelectuales y al placer.
¿Quién sería capaz
de medir las necesidades de cada uno? Sip. xxiv el organismo productor es tal
que los productos están en cantidad suficiente para que cada uno pueda consumir
a su antojo sin limitar el consumo de los demás, ¿por qué no dicen aquellos,
dar a cada uno según su voluntad y no según sus necesidades? Si los productos
son insuficientes para satisfacer por completo todas las necesidades de todos,
¿cómo proclamar el derecho de cada uno a consumir proporcionalmente para
atender a las necesidades por él mismo apreciadas? No puede negarse que, en
esta última hipótesis, se impondría una limitación del consumo individual,
basada en las condiciones de existencia material realizadas; y ¿qué limitación
concordaría mejor con el nuevo modo económico, que aquella cuya medida fuese,
no la productividad individual, que favorecería a los individuos dotados de
ventajas naturales, en detrimento de los menos bien dotados, sino el tiempo de
trabajo que, igual para todos, garantizaría a todos los trabajadores una posibilidad
de consumo igual?
III
EL PARTIDO OBRERO Y
LA GUERRA DE CLASES
Si el régimen del
salario toca ya a su fin, si el periodo de su duración está destinado a ser
mucho más corto que los de la esclavitud y la servidumbre, es porque las
condiciones exteriores que hacen inevitable su eliminación, se han producido
más rápidamente. No sorprende este hecho cuando se reflexiona que las
combinaciones sociales de la época burguesa, perturbadas a cada instante por
modificaciones fundamentales de las fuerzas productivas, distan mucho de tener
el carácter eminentemente conservador de los modos de producción que nos han
precedido, y son, por consecuencia, más aptos que estos últimos para crear
rápidamente una situación revolucionaria.
Un proletariado,
conjunto de desdichados sin voluntad de independencia, sin conciencia de la
posibilidad de emanciparse, sería incapaz de aprovecharse de esta situación;
para obviar este inconveniente se ha formado el Partido Obrero.
p. xxvEn efecto, para una
clase que no deberá su manumisión sino a su propio esfuerzo, el primer paso
para conseguirla es su formación en partido conscientemente hostil a sus
opresores. Organización, independientemente de todos los partidos burgueses,
cualquiera que sea la enseña de estos, de todos los condenados al salario, de
todos los que ven su actividad subordinada en su ejercicio a un capital
monopolizado por la minoría burguesa; organización de la fuerza interesada en
acabar con la sociedad capitalista; separación de clases en todos los terrenos
y guerra de clases para llegar a su supresión: tal es la razón de ser del
Partido Obrero.
Es necesario que
los que emprenden una guerra de clase tengan un mismo grito de combate, una
bandera idéntica que simbolice la unión en pro de la idea común; es preciso que
tengan además un programa de clase, compendio de reivindicaciones que, siendo
colectivas, estén al abrigo de los caprichos individuales. La amplitud que se
dejara a cada agrupación de redactar su programa, engendraría programas
contradictorios y sería origen de divisiones, dando lugar a todas las intrigas,
a todas las bajas especulaciones personales. Fundándose en estas razones, los
Congresos obreros nacionales del Havre y de Roanne han dado al Partido su
programa único de combate.
El Partido Obrero,
constituido y armado, no tiende solo a reclutar sus defensores entre los
proletarios de las ciudades; si estos son «la fuerza motriz histórica de la
sociedad», no por eso excluye a los del campo y a los pequeños burgueses;
trata, por el contrario, de hacerles comprender su posición de clase inferior,
cuyos intereses son diametralmente opuestos a los de la burguesía capitalista,
a los intereses de la clase que vive de la explotación del trabajo ajeno.
Ahora bien; es
innegable que el mismo antagonismo que existe entre el proletariado de las
ciudades y la burguesía, existe también entre esta y los campesinos, pequeños
propietarios, pequeños tenderos y artesanos o trabajadores independientes. Este
antagonismo, que en el primer caso proviene del monopolio ya efectuado de los
medios de producción, surge en el segundo de la amenaza de un próximo
acaparamiento.
p. xxviLos comerciantes al
por menor y los artesanos que trabajan por su cuenta se consumen en vanos
esfuerzos en su lucha con los grandes almacenes y las grandes fábricas, contra
las cuales la competencia es cada día más difícil, lo mismo que la de nuestros
agricultores contra los productos extranjeros; tratan aquellos, por tanto, de
compensar, mediante la depreciación de la mano de obra, las cargas que sobre
ellos pesan. Aunque les animasen las mejores intenciones en favor de sus
colaboradores asalariados, la necesidad de vivir los obliga a explotar su
trabajo; nuestra organización económica no permite, en efecto, dejar de ser
explotador sin convertirse inmediatamente en explotado, aniquilando así la
buena voluntad individual.
Aquellos cuya
expropiación es inminente deben hacer, pues, causa común con los que ya han
sido expropiados. En pleno régimen capitalista, esta expropiación inevitable
los dejaría sin recursos, mientras que en el régimen comunista continuarán
disponiendo libremente de sus medios de trabajo. Si los proletarios combaten
para obtener la libre disposición de estos medios, los pequeños burgueses
tienen que combatir para conservarla. De parte de los primeros, esta es una
guerra ofensiva; de parte de los segundos debe ser una guerra defensiva, pero
siempre contra el mismo adversario, que ha encerrado a unos en el infierno del
proletariado y que poco a poco arroja en él a los otros.
Nosotros predicamos
esta guerra franca y consciente de clases, conforme a las enseñanzas
suministradas por el estudio del modo de evolución de la humanidad.
La lucha por la
existencia aparece en la sociedad humana bajo la forma de guerra de clases
entre sí y guerra de individuos entre ellos mismos en el seno de la clase
dominante, guerras suscitadas por los intereses materiales. La guerra de las
clases creadas por las relaciones económicas de las diversas épocas, es la que
domina todo el movimiento histórico y explica las diferentes fases de la
civilización. Guerra de clases, y nada más, era lo que se escondía bajo el
sentimentalismo hueco, las fórmulas pomposas, las majestuosas apariencias y los
inmortales principios de los constituyentes y de los convencionales. Así, pues,
nosotros, al predicarla,pág. xxvii lejos de desconocer la historia, somos fieles a sus lecciones.
Se ha tratado de
legitimar científicamente la existencia de las clases y de justificar las
desigualdades sociales, basándose en la teoría de Darwin, en la selección
natural que resulta de la concurrencia vital, del combate por la vida.
El cómo esta manera
de ser de la materia que se llama la vida ha pasado de la humilde célula a las
formas complicadas de los organismos superiores; a qué causa mecánica debe
atribuirse la transformación gradual de los organismos y su desarrollo
progresivo, esto es lo que ha investigado el ilustre naturalista; la teoría
darwinista es la indicación de un procedimiento de constitución de las
especies. Pero al lado de la selección natural, y más eficaces o más generales
que ella, pueden existir otras causas de la producción de las especies, algunas
de cuyas causas se empiezan ya a vislumbrar, pudiendo haber otras que aún no se
hayan descubierto.
En todo caso, lejos
de ser un manantial constante de progreso, la competencia vital es,
particularmente cuando se ejerce entre los hombres, causa de extenuación.
Lo que es preciso
que haya entre los hombres es la acción común, la solidaridad en la lucha
contra el resto de la naturaleza, debiendo ser esta tanto más fecunda cuanto
que todos los esfuerzos se concentren en este punto, no desperdiciándose una
parte de actividad en una lucha intestina.
Admitiendo que la
lucha entre organismos semejantes se impone a los animales distintos del
hombre, se encuentra la razón de esta lucha en el hecho de que, consumiendo el
animal sin producir, la parte consumida por los unos puede reducir la
posibilidad de consumo de los otros; mientras que el hombre, capaz de producir
y produciendo más de lo que consume, puede vivir y desarrollarse sin limitar
por esto el consumo de sus semejantes.
Por otra parte, el
trabajo humano es tanto más productivo, cuanto que está basado en una
combinación más amplia de trabajadores que funcionan juntos con un mismo
objeto; la utilidad de semejante modo de ejecución del trabajo tiende a excluir
la lucha y la división entre los hombres.
pág. xxviiiAdemás, la lucha
entre los hombres civilizados, la guerra, implica, no la supresión, sino la
permanencia de los más débiles; pues los más robustos, los más fuertes, son
arrebatados por el servicio militar.
La selección
sexual, favorable entre los animales a los más bellos, a los más vigorosos o a
los más inteligentes, produce en el hombre un efecto contrario: hombres y
mujeres son generalmente atraídos solo por la riqueza, yendo esta unida con
frecuencia a la inferioridad intelectual y física.
Finalmente, si es
cierto que el progreso nace a veces de la lucha por la existencia, es porque al
oponer los seres en lucha sus cualidades intrínsecas, la victoria pertenece
incontestablemente al que es superior. Los que en las sociedades humanas
combaten por la vida, se hallan en condiciones de desigualdad extrañas a su
naturaleza, pues unos reciben la instrucción de que los demás están privados, y
se aprovechan de los capitales de que estos se hallan desprovistos. Desde este
momento, el resultado de la lucha no indica cuál sea realmente el mejor, sino
el que está socialmente mejor armado.
Y no solo, dentro
de nuestra civilización, el hombre, reducido a sus fuerzas orgánicas casi
incultas, el hombre sin armas tiene en la vida por adversario al hombre
completamente armado, que ha tenido medios de desarrollarse y los tiene de
obrar, sino que ni aun le es permitido a este paria usar de las solas fuerzas
de que dispone, sus fuerzas naturales, más que en los límites estrechos en que
le encierra una legislación destinada únicamente a proteger a los fuertes
contra los débiles. No contenta con no armar a sus adversarios y colocarlos en
condiciones de desigualdad artificial, la ley burguesa los agarrota y los
arroja así maniatados en el combate de la vida.
Desde hace tiempo
la lucha ha perdido su carácter individual al pasar de las sociedades animales
a las sociedades humanas. Los animales luchan con sus armas naturales
incorporadas a su organismo, mientras que el hombre lucha con armas
artificialmente unidas a su ser; y sucede precisamente que los poseedores de
estas armas no son, sino excepcionalmente, creadores de ellas. A consecuencia
de esta particularidad, la lucha toma en las sociedadespág. xxix humanas el
carácter de lucha de clases, lucha que, lejos de consolidarla, la evolución
humana trata de eliminar con la contradicción que le sirve de base.
Para ofrecer un
derivativo a las pasiones populares amenazadoras, los Napoleón III, los
Bismarck y los Alejandro de Rusia, han imaginado sustituir con las guerras de
razas las luchas nacionales interiores. Estos pasatiempos, que pueden tener
para sus autores una utilidad momentánea, serán en lo sucesivo impotentes para
resucitar el patriotismo, para dar el extranjero como alimento a los odios
intestinos desviados de su objeto.
El capital no tiene
patria, va adonde encuentra buenas colocaciones. Si la explotación burguesa se
ha convertido necesariamente, por el hecho del desarrollo económico, en
explotación internacional; si no conoce razas ni fronteras, ejerciéndose
indiferentemente donde quiera que hay que robar, al mismo tiempo que la
intervención gubernamental se declara en su favor, enfrente del cosmopolitismo
financiero, de la Internacional amarilla, el internacionalismo obrero se
levanta, correspondiendo al verdadero antagonismo de los intereses que están en
juego.
Hoy las fuerzas
económicas, al encontrarse, acentúan, sin distinción de fronteras, la
separación de la sociedad en dos clases, obligando a los unos, que son la
mayoría, cada día más numerosa, a vender su facultad de trabajo para vivir, y
permitiendo a los otros, la minoría, cada vez más reducida, que la compre para
enriquecerse. En efecto, lo que obliga a la clase obrera a vender su facultad
de trabajo, es que le falta la posibilidad directa de ponerla en actividad, es
decir, los medios de trabajo. Mientras más veces la vende, más enriquece a los
capitalistas y, por consiguiente, les proporciona más medios de monopolizar los
instrumentos de trabajo que, faltándole a ella siempre, perpetúan su vasallaje.
La clase media,
guiada por sus instintos conservadores, pero poco perspicaces, se interponía
entre la clase capitalista y el proletariado, en beneficio de la primera; mas
ya tiende a desaparecer, porque la centralización económica aumenta a expensas
suyas por la absorción constante de los medios de producción pertenecientesp. xxx a los
pequeños detentadores, que se hallan en la imposibilidad de sostener la
competencia con los grandes capitales.
IV
LA SUPRESIÓN DE
CLASES Y EL MODO DE REALIZARLA
La distinción de
clases que existe y la lucha que de ella se origina, no desaparecerán más que
con la supresión de las desigualdades artificiales y mediante el reconocimiento
de la igualdad social de todos ante los medios de desarrollo y de acción de las
facultades musculares y cerebrales.
La igualdad ante
los medios de acción será la consecuencia de la socialización de las fuerzas
productivas que prepara, como ya hemos visto, la centralización económica
actual.
La igualdad ante
los medios de desarrollo resultará de la admisión de todos —no diré, empleando
la fórmula usada, la cual, no pudiendo tomarse al pie de la letra, es mala— a
la instrucción integral, sino a la instrucción científica y tecnológica,
general y profesional.
Lo que es necesario
procurar a todos, y reclama el sistema moderno de producción, es una
instrucción que, por medio de nociones universales, permita a los individuos
emprenderlo todo, conocer las relaciones generales que provienen de los
resultados empíricos de las ciencias particulares, haciéndoles, no obstante,
adquirir conocimientos especiales en armonía con sus aptitudes e inclinaciones,
en una palabra, una instrucción que adapte al trabajador a las múltiples
exigencias del trabajo.
Solo con esta
igualdad ante los medios de desarrollo y de acción, cuya garantía social,
asegurada a todo ser humano sin distinción de sexo, está conforme con las
varias necesidades de la producción moderna, podrá efectuarse la emancipación
de la mujer, así como la del hombre.
La mujer es hoy
casi exclusivamente un animal de lujo o unap. xxxi bestia de carga. Mantenida por
el hombre cuando no trabaja, está aún obligada a serlo aun cuando se mate
trabajando.
En cantidad y
calidad iguales, el trabajo de la mujer está menos retribuido que el del
hombre. Pero esté o no bajo la dependencia patronal, no escapa a la dependencia
masculina, y de todos modos se ve obligada a buscar en su sexo, transformado de
una manera más o menos aparente en mercancía, un suplemento a sus recursos,
insuficientes.
Si durante mucho
tiempo ha permanecido por su misma naturaleza colocada en una situación
inferior, a la hora presente existen ya las condiciones que le abren los
diversos géneros de actividad. El desarrollo de la industria mecánica ha
ensanchado la esfera estrecha en que la mujer estaba confinada; la ha libertado
de las antiguas funciones domésticas y, al suprimir el esfuerzo muscular, la ha
hecho apta para las faenas industriales. Así, pues, arrancada al hogar
doméstico y arrojada en la fábrica, puesta al nivel del hombre ante la
producción, solo le falta emanciparse como obrera, para igualarse socialmente
con aquel y para ser dueña de sí misma.
No siendo su
inferioridad legal otra cosa que el reflejo de la servidumbre económica
particular de que es víctima, su igualdad civil y política no se podrá buscar
eficazmente si no se logra la emancipación económica, a la cual, lo mismo para
ella que para el hombre, se halla subordinada la desaparición de todas las
servidumbres.
Porque el
socialismo habla de igualdad, y sin cuidarse de examinar qué se entiende por
esta, se le acusa de soñar con una nivelación tan quimérica como universal y de
tender a una medianía uniforme.
De lo que precede
resulta que el socialismo quiere la igualdad ante los medios de desarrollo y de
acción, es decir, la igualdad del punto de partida. Mas esta igualdad no
implica, en ningún caso, ni la igualdad de movimientos, ni la igualdad en el
punto de llegada. Al asegurar a todos los organismos humanos una parte igual de
las posibilidades de educación y de ejercicio, lejos de realizar la
uniformidad, el socialismo hará brotar y acentuará lasp. xxxii desigualdades
naturales, musculares o cerebrales. Aun cuando fuera posible, el socialismo
científico se guardaría muy bien de borrar esas diferencias, pues no ignora que
semejante heterogeneidad es una de las condiciones esenciales del
perfeccionamiento de la especie.
Mientras no se
establezca la igualdad social ante los medios de desarrollo y de acción, la
cual se deduce de las tendencias íntimas de la producción moderna, el proclamar
el derecho del hombre a ser libre equivaldría a conceder generosamente a un
paralítico el permiso de andar. Solo mediante esta igualdad, llegará a ser un
hecho la libertad, que es el juego de todos los organismos humanos según su
voluntad consciente.
El socialismo
quiere la libertad completa del hombre, sin que esto se interprete
torcidamente, pues no hay palabra más elástica que la de libertad; es un
pabellón que cubre todo género de mercancías.
Los campeones del
más radical de los liberalismos, so pretexto de libertad de cultos, tolerarían
bajo cualquier régimen las prácticas religiosas, es decir, el peligro seguro
del estupro intelectual de los niños, poniéndolos así, gracias a su deformado
cerebro, en la imposibilidad moral de ejercer conscientemente su facultad de
iniciativa.
Otros hay que
defienden una libertad especial del padre de familia, la que no suele ser otra
cosa que un atentado legitimado contra el niño, que no puede llegar a ser por
este motivo lo que su naturaleza le exige.
En nombre de la
libertad del trabajo, se otorga al capitalista la libertad de explotar a su
antojo al trabajador, y a este la obligación de someterse.
Esas libertades,
tan pródigamente concedidas a algunos, tienen el mismo fundamento que tendría
la libertad del guardagujas de manejar las agujas y hacer los cambios de vía a
medida de su capricho.
La libertad es para
cada uno, no el derecho, que nada significa, sino el poder moral y material de
satisfacer sus necesidades naturales o adquiridas. Derivada de la igualdad ante
los medios dep. xxxiii desarrollo y de aplicación de las facultades orgánicas, o en otros
términos, de la universalización de la instrucción y de la socialización de las
fuerzas productivas, la libertad implica la acción común, la solidaridad.
El hombre aislado
no reconocería otros límites a su acción que los de su propia fuerza, y su
acción se vería, desde luego, singularmente limitada. Por esta razón, y a
impulsos del interés personal, la acción común reemplaza cada día en mayor
escala a la acción puramente personal. El hombre es para el hombre un auxiliar
necesario; la comunidad de acción, que tiende por medio de funciones
diferentes, pero respectivamente indispensables, a la realización de un fin
común, el bienestar, debe completarse evidentemente con la comunidad de
ventajas.
La solidaridad, que
ha sido sucesivamente familiar, comunal, nacional, tiende a ser internacional.
Desde este momento, la facultad que posee el hombre de obrar solo, de ser en
absoluto independiente de la acción de los demás, en una palabra, la autonomía
tan obstinadamente glorificada, si no fuera irrealizable, merced a la evolución
económica que domina todas las relaciones humanas, sería un retroceso, una
disminución de fuerza, es decir, de libertad, para el individuo, en lugar de
ser un acrecentamiento.
Siendo la libertad
tanto mayor cuanto menos subordinada está en su ejercicio a circunstancias
extrañas a la voluntad, y siendo tanto más fáciles de vencer los obstáculos
contra los que tropieza la voluntad cuanto menos diseminadas se hallen las
fuerzas que los combaten, la centralización, merced a la cual se puede
conseguir el máximum de resultados con el mínimum de esfuerzos, se impone como
garantía de expansión para la libertad individual.
Por otra parte, la
actividad corporal e intelectual solo fuera del taller podrá revestir el
carácter de libertad, que es su atractivo. En efecto, una organización mecánica
no permite el desarrollo espontáneo de las facultades humanas; el hombre no es
en tal caso sino un engranaje del maquinismo, reducido a adaptarse a los
movimientos automáticos del conjunto. Cuanto más se perfeccione y universalice
la máquina, menos trabajo tendrá que ejecutar el hombre; pero menos también el
trabajo, tomado en conjunto, será resultado de la libre iniciativa humana,
convirtiéndose en tarea enojosap. xxxiv para un gran número de
trabajadores. Con la corta duración del trabajo, la diversidad sana en el
aburrimiento inevitable será lo que pueda realizarse fácilmente.
Habrá, pues, dirán
algunos, obligación de trabajar.
La libertad será en
materia de trabajo todo cuanto esta pueda ser en cualquier otra materia, es
decir, el ejercicio de la actividad humana no embargado socialmente y limitado
solo por las fatalidades orgánicas exteriores. Supongamos que se permitiera a todo
el mundo ir desnudo; las gentes, dada la temperatura de nuestros inviernos,
continuarían vistiéndose, no obligadas por voluntad ajena, sino por una
necesidad inherente a su organismo. Es libre el hombre cuya voluntad no se
halla determinada sino por móviles nacidos de sí propio, los cuales puede
acomodar a su antojo a las condiciones necesarias de su vida: era, pues, libre
el hombre cuya voluntad de trabajar provenga solo, así como su voluntad de
comer, de las necesidades personales que tenga que satisfacer, y solo trabaje
en lo que le convenga, sabiendo que trabaja exclusivamente para sí propio y
teniendo conciencia de que trabaja por su sola voluntad.
No será
probablemente por distraerse por lo que se trabajará, dada la manera de ser del
trabajo, aunque este se mejorará cuanto sea posible; el único móvil para ello
será el interés, que es el punto de partida real de todos los actos del hombre
y el que rige todas las relaciones del individuo con el medio ambiente.
Asimismo, excitando
el interés, se conseguirá la ejecución de las labores particularmente
peligrosas o repugnantes, gracias a una elevación en el precio de la hora de
trabajo. Por ejemplo, se establecerá que cuatro horas dedicadas a una de estas
especialidades ingratas equivalen a seis o siete de trabajo simple. Por lo
demás, no habrá en esto determinación arbitraria; la diferencia que exista,
para una misma ganancia, entre el tiempo empleado en obras ordinarias y el
empleado en obras o labores penosas, variará según la oferta y la demanda de
estas últimas obras. No se condenará a una categoría de trabajadores a
ejecutarlas exclusivamente. En esta materia nadie tendrá obligación directa
emanada de una ley especial, ni obligación indirecta a consecuencia de la
imposibilidad de no poder subsistir haciendo otra cosa. Los que ejecuten dichasp. xxxv obras serán
absolutamente libres de dedicarse a otra ocupación. De ninguna manera se
especulará como hoy con su miseria, sino con el deseo natural en algunos, ya de
una ganancia mayor en un mismo tiempo de trabajo, o bien de un descanso más
prolongado por la misma ganancia. Sentemos además que el espíritu de abnegación
innato en el hombre lo mismo que en el perro, por ejemplo, podrá entonces
ejercitarse, y se ejercitará tanto más cuanto el entusiasmo y la emulación, no
practicados hoy por los que saben que trabajan para otros, llegarán al fin a su
apogeo.
Una vez en estas
condiciones, y no trabajando ya el hombre obligado por una fuerza extraña a su
organismo, el trabajo, según la ingeniosa expresión de uno de los más eruditos
pensadores socialistas, Pablo Lafargue, será para todos tan solo «el condimento
de los placeres de la pereza». Va en posesión de su individualidad, anidada por
la tarea mecánica, que los progresos de la maquinaria abreviarán y aligerarán
cada vez más, podrá el hombre, terminado su trabajo, disfrutar ampliamente los
goces físicos resultantes del completo ejercicio de sus órganos, así como de
los placeres intelectuales que procura el cultivo de la ciencia y del arte. El
placer, objeto final de todo organismo viviente, se realizará entonces para
cada uno con arreglo a su naturaleza.
Pero esta libertad
se encuentra subordinada a la socialización de los medios de producción; la
colectividad no podrá disfrutar de ellos mientras no posea los medios
económicos de aprovecharlos. Ahora bien, ¿los detentadores privilegiados de
estos medios, condición sine qua non de la libertad, los
abandonarán desde el instante en que ellos a su vez sean libres de no
abandonarlos?
Hallándose unida a
la posibilidad de tener cada cual a su disposición el instrumento y la materia
de trabajo, la libertad no surgirá sino de una presión ejercida sobre sus
propietarios actuales, sobre los que son demasiado libres mientras que la
mayoría trabajadora no lo es nada.
Nosotros somos
revolucionarios porque sabemos por la experiencia de toda la historia que las
clases dominantes solo se suicidan —si acaso se suicidan— cuando echan de ver
que se las va a matar, sabiendo también que, lógica y cronológicamente, la
noche del 4 de agosto viene después de las jornadas del 14 de julio.
p. xxxviSomos partidarios
de recurrir a la fuerza para alcanzar la libertad, del mismo modo que en
ciertos casos patológicos hay que recurrir a la camisa de fuerza para conseguir
la curación; una vez esta conseguida y recuperada completamente la salud, se
goza de libertad completa en los movimientos, pero mientras dura la enfermedad
se prohíbe mover aquella parte del cuerpo cuyos movimientos comprometerían la
salud en general. Si es ser autoritario el negar la libertad, durante el
periodo de tratamiento que exija la modificación del orden social, a aquellos
cuya acción podría poner en peligro nuestra reorganización, nosotros somos
autoritarios. Queremos proceder autoritariamente contra la clase enemiga, y
queremos suprimir las libertades capitalistas, que impiden la expansión de las
libertades obreras.
Expliquemos esto, a
fin de que los jesuitas rojos o tricolores no deformen nuestro pensamiento: la
autoridad que nosotros proclamamos útil no es en modo alguno la autoridad
cesárea de las individualidades, cualesquiera que estas sean, sobre la masa,
sino al contrario, proclamamos la autoridad de la masa sobre las
individualidades que ella emplea, la acción directa de los interesados, la
autoridad del Proletariado y no sobre el Proletariado. Esta autoridad
resultante del conjunto de los interesados en ser libres no será opresiva para
ellos, a menos de admitir la opresión de las gentes por ellas mismas. La
dictadura de clase deberá reinar hasta el día en que la libertad, posible para
todos, pueda, sin inconvenientes para nadie, ser ejercida por todos.
El recurso a la
fuerza, a la revolución, por la clase que, si ha de ser libre, necesita
conquistar los medios de serlo, no será otra cosa que la fuerza empleada a su
vez por los explotados contra los explotadores.
La minoría
poseedora ha colocado sus monopolios bajo la protección de una fuerza capaz de
refrenar las tentativas de rebelión de la mayoría desheredada; en la existencia
de clases antagónicas se halla la razón de ser de los ejércitos permanentes,
que representan la permanencia de la fuerza necesaria para la defensa de la
clase privilegiada —en Bélgica, por ejemplo, existe un ejército permanente, por
más que las Potencias europeas hayan establecido su neutralidad—, los cuales no
desaparecerán sino con su causa.
p. xxxviiSi el ejército
permanente es, en toda su brutalidad, la organización de la fuerza, a la que no
vacilan jamás en dirigirse los apoderados de la clase propietaria en peligro,
la legalidad es tan solo la fuerza sistemática coordinada en sentencias. Entre
el empleo de la fuerza bruta y el de la fuerza metódica no media más que una
simple cuestión de forma, el resultado es el mismo. Que a uno le golpeen
bárbaramente o con todas las reglas del pugilato, no por eso quedará menos
maltratado. La ley no es otra cosa que la consagración de la fuerza encargada
de mantener intactos los privilegios de la clase poseedora y gobernante; y solo
oponiendo victoriosamente la fuerza a la fuerza, y, por consecuencia,
destruyendo violentamente esa forma de la fuerza que es la legalidad, puede
llegar a su emancipación una clase inferior.
Si nuestro fin, la
socialización de las fuerzas productivas, es una necesidad económica, nuestro
auxiliar, la fuerza, es una necesidad histórica.
Todos los progresos
humanos, todas las transformaciones sociales y políticas de nuestra especie han
sido obra de la fuerza. Examinando la historia moderna de nuestro país se ve
que la abolición de la monarquía de derecho divino y del orden feudal se deben
a la revolución de 1789; que la desaparición de una religión del Estado resultó
de la revolución de 1830; que el establecimiento del sufragio universal se debe
a la revolución de 1848, y la proclamación de la República a la revolución de
1870.
También ha habido
un derecho, más aún, un deber de insurrección inscrito en el evangelio burgués,
en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. De este derecho,
del que ella hacía un deber para la masa a su servicio, la burguesía ha usado
ampliamente, y se ha emancipado por medio de la insurrección, y merced a la
insurrección ha llegado gradualmente a la omnipotencia. Desde el momento que ha
alcanzado su máximum de dominación, este derecho, este deber no existe ya, y la
burguesía condena, ahora que se emplea en contra suya, esta misma fuerza que
ella ha utilizado en provecho propio: el derecho a la insurrección debe
abolirse puesto que ella no lo necesita. Por esta razón trata de convencer al
Proletariado de la ineficacia del método revolucionario. ¿Qué le ofrece en
cambio?
p. xxxviii
V
INEFICACIA DE TODOS
LOS MEDIOS PACÍFICOS
El argumento
favorito de nuestros reformistas platónicos consiste en asegurar que es preciso
ante todo modificar las ideas y los sentimientos de la nación. «Instruir al
pueblo —exclaman—: esta es la clave de la cuestión social; en los ánimos es
donde debe efectuarse la revolución.»
La instrucción es
incapaz de atenuar en lo más mínimo la explotación de la clase trabajadora. Por
grandes que fuesen los progresos de su educación, la mayoría no poseedora,
obligada a vender, para poder subsistir, su fuerza muscular o cerebral, no por
eso dejaría de estar bajo la dependencia de la minoría poseedora. La
universalización de la instrucción sin la universalización de la propiedad no
cambiaría en nada la situación material en que se encuentra hoy el asalariado,
pues no porque fuese más instruido tendría medios de trabajo en proporción
mayor, ni dejaría de ser siempre desposeído.
Si nos vemos
obligados a declarar que la instrucción no aliviaría ni aun levemente la suerte
del Proletariado, no por eso hacemos caso omiso de ella. Reconocemos en alto
grado su utilidad puesto que, difundida por la masa, ejercerá provechosa
influencia desde el punto de vista revolucionario. Cuanto más instruida esté la
masa, más pronto se dará cuenta de su posición de explotada, y menos dispuesta
se encontrará a sufrir en silencio; todo asalariado instruido se halla próximo
a sublevarse. Pero si la educación de la clase obrera puede impelerla a emplear
la fuerza para apresurar la solución necesaria, es incapaz de suplir a esta.
En cuanto a la idea
de modificar directamente el estado mental de la nación considerada en
conjunto, es una utopía. Determinando el medio económico, juntamente con las
condiciones de existencia, las ideas del hombre, para cambiar estas en todos
sería preciso comenzar modificando los fenómenos exteriores de que aquellas no
son más que la representación cerebral. La única transformaciónp. xxxix que hay que
proponerse es la transformación del régimen de la propiedad, cualquiera que sea
el punto de vista desde que se considere la cuestión, religioso, moral,
político o económico.
Desde el punto de
vista religioso, hay simplemente proyección de fenómenos naturales fuera y por
encima del mundo real. Subyugado por fuerzas exteriores, los hombres han
encarnado personajes místicos en estas fuerzas. Hoy día las fuerzas naturales,
dominadas casi por el hombre, que cada vez se da cuenta más exacta de sus
efectos y las refiere a sus verdaderas causas, no dan ya motivo a
personificación, a divinización.
Solo las fuerzas
sociales, juntamente con las de la Naturaleza, pesan sobre la existencia del
hombre, dominándola cada día de una manera más preponderante. Para buscar hoy
el origen de las ideas religiosas, hay que remontarse al origen no explicado de
los dolores sufridos y a su apariencia inevitable metamorfoseada en institución
sobrenatural. Mientras la masa sea juguete del modo de producción, las miserias
que el régimen capitalista engendra y aquella sufre, conservarán a sus ojos un
carácter sobrehumano, y, por tanto, persistirá ese terror de lo desconocido que
la abruma, es decir, el sentimiento religioso.
La religión no es
otra cosa que el reflejo de las fuerzas sociales en la mente, las últimas
fuerzas externas cuya manera de ser hace creer al hombre que dimanan de una
fuerza superior. La emancipación del pensamiento está, pues, unida a la
emancipación del trabajo, de la vida práctica. El déspota terrestre, el
capitalista, arrastrará en su caída al fantasma celeste; rigiendo el hombre la
producción en lugar de ser regido por ella; encontrando al fin el bienestar
sobre la tierra; teniendo noción clara y precisa de su situación en el universo
en general y en la sociedad en particular, desaparecerá universalmente la
necesidad de ese género de esperanzas y consuelos, que son consecuencia de la
tiranía hoy misteriosa para las masas, así como la creencia en un ser supremo,
dispensador soberano de los goces y de los sufrimientos.
Nuestros fogosos
anticatólicos, ridículos aficionados a bautismos civiles y otros ritos, que
imaginan desprender la sociedad civil de toda ligadura mística y mistificadora
porque comen carnep. xl el viernes santo, hacen del librepensamiento la condición primera
de la regeneración social; y no ven, o no quieren ver, que las religiones no
son organismos independientes del medio económico en que se agitan. Los grupos
librepensadores, así como las logias masónicas, son excelentes planteles de
candidatos, trampolines que el uso ha demostrado ser útiles para saltar en las
asambleas electivas, y nada más. No pedirán ni siquiera la supresión del
presupuesto de cultos, pues como servicio público o un instrumento de
dominación, que viene a ser lo mismo, la religión es un resorte utilísimo para
todo gobierno de clase.
Desde el punto de
vista moral, y sin tratar de actos reprensibles o criminales, los cuales,
cuando no son productos orgánicos de un género particular de la competencia de
las casas de salud, provienen de las condiciones sociales nacidas de un orden
económico basado en la persecución desenfrenada de los medios de goce sin el
esfuerzo correspondiente, consideremos la tacha que la opinión pública arroja
sobre la maternidad fuera del matrimonio y sobre el nacimiento ilegítimo. ¿De
qué proviene esta tacha?
Las costumbres son
las relaciones que los intereses en contacto establecen entre los hombres.
Hasta hoy solo se han presenciado intereses antagónicos, habiéndose sacrificado
siempre unos por la prosperidad de otros. Es evidente desde luego que los
intereses de los más fuertes han determinado solos el sistema de relaciones
entre los hombres e impuesto las apreciaciones relativas a lo que había de
considerarse como el bien y a lo que debía ser considerado como el mal. Las
costumbres preponderantes de una época son las costumbres de la clase
dominante, y la moral vulgar es siempre la que se conforma con sus intereses.
Si no se
menospreciase a las jóvenes que tienen un hijo, y si se tratase al hijo natural
como hijo legítimo, la libertad de las relaciones sexuales se extendería en
detrimento del matrimonio. Y precisamente el matrimonio es el que imprime a la
clase poseedora su carácter hereditario y desarrolla sus instintos
conservadores.
Así que, según la
moral vigente, la honradez para la mujer no casada estriba en la continencia, y
cuando «sucumbe», ¡con quépág. xli dureza los libertinos le
arrojan al rostro el insulto, mofándose de lo que llaman su deshonra! Pocos son
los que no siguen la corriente general. Aun entre los escritores que han
tratado, pero sin fruto, de idealizarlo, el hecho de entregarse la mujer al que
ama y la desea, sin que haya sido previamente firmado, publicado y legalizado,
es un acto de los más trágicos.
La utilidad del
matrimonio, que es una escritura de propiedad, un contrato mercantil, antes de
ser la unión de dos personas, resulta de la estructura económica de una
sociedad basada en la apropiación individual. Al ofrecer garantías para los
hijos legítimos y al asegurarles los capitales paternos, el matrimonio perpetúa
la dominación de la casta detentadora de las fuerzas productivas. Y notaremos
de paso que, a pesar del divorcio, las consideraciones pecuniarias que presiden
a la conclusión del matrimonio y representan el papel más importante mientras
dura, mantendrán en pie, salvo raras excepciones, su indisolubilidad. Las
susceptibilidades morales cederán ante los intereses materiales y se procurará
evitar toda irregularidad en la conducta de ambos a fin de no deshacer un buen
negocio.
Transformado el
modo de propiedad, y solo después de esta transformación, perderá el matrimonio
su razón de ser, y entonces, sin temor del menosprecio, mujeres y hombres
podrán escuchar libremente la voz de su naturaleza, satisfacer sus necesidades
amorosas y ejercitar todos los órganos cuyo funcionamiento regular exige la
higiene.
Realizada en favor
de todos la igualdad de los medios de acción y de desarrollo, y convirtiendo en
carga social la manutención de los niños, así como su instrucción, y libres ya
de la diferencia de nacimiento, no habrá lugar para la prostitución ni para el
matrimonio, que en su conjunto, no es más que la prostitución ante el alcalde.
En efecto, la
prostitución consiste en la subordinación de las relaciones sexuales a
consideraciones económicas; y de cualquier modo que se la considere, la mujer
es hoy la manceba del hombre. Las que no pueden hallar un marido encargado de
subvenir a todos los gastos, se alquilan temporalmente para vivir; casadas o
no, en general viven del hombre y para el hombre. Las más virtuosaspág. xlii protestas en
nada cambiarán esta costumbre, la cual se practicará hasta que la mujer sea
emancipada desde el punto de vista económico. No estando entonces dominadas las
relaciones sexuales por móviles extraños a su fin natural, serán relaciones
esencialmente privadas, y se basarán en lo único que las hace dignas, en el
amor, en el deseo mutuo, y serán tan duraderas o tan mudables como el deseo que
las provoque.
Desde el punto de
vista político, la burguesía halaga a los obreros diciéndoles que si desean
reformas son dueños de imponerlas, pues poseen el sufragio universal, que obra
en las condiciones que ella se ha servido indicar, y en el momento escogido
también por ella. Serían, pues, muy descontentadizos si no aceptasen este arma
de papel, con la cual no pueden hacer daño alguno a sus adversarios.
La minoría
detentadora de los medios de producción es dueña absoluta de la existencia de
una mayoría que no puede satisfacer sus más urgentes necesidades orgánicas sino
con auxilio del salario. Para obtener este salario indispensable tiene que
doblegarse a la voluntad de los únicos que pueden proporcionárselo, los cuales
disponen a su antojo de la vida y de la libertad de todos.
La soberanía sin la
propiedad es no tan solo inútil, sino el más pérfido de los lazos. Antes del
establecimiento del sufragio universal, el censo servía de barrera entre
poseedores y desposeídos; exentos estos últimos del gobierno y de la propiedad,
su organización en clase distinta —que hubiera amenazado las prerrogativas
capitalistas el día en que hubiesen tenido conciencia clara de la inferioridad
sistemática en que se los mantenía— resultaba del ostracismo legal a que
estaban condenados.
De resultas de
haber otorgado a todos el derecho de participación intermitente en los negocios
públicos, sobrevino una confusión funesta. Los explotados, a quienes hasta
entonces se había considerado tan solo como asalariados, soldados y
contribuyentes, fueron víctimas de una ilusión, de que se aprovechó la casta
gobernante: soberanos nominalmente, se creyeron los dueños. Con arreglo cada
cual a su educación, a sus preocupaciones o a su temperamento, se alistaron en
los diferentes partidos burgueses, engrosaronpág. xliii las filas de
sus enemigos de clase, y dejaron que tal o cual fracción de la burguesía, con
auxilio suyo, se impusiera a las demás.
El obrero no es ya
obrero exclusivamente. Creyendo votar por correligionarios políticos, entrega
el poder a hombres cuyos intereses económicos se oponen abiertamente a los
suyos; en efecto, no puede haber comunidad de intereses entre el que puede
explotar a su voluntad y el que se ve obligado a aceptar las condiciones de
explotación que se le impongan.
Los que se hallaban
bajo la dependencia económica de la clase burguesa se han convertido, merced al
sufragio universal, en factores de su propia dominación política. Los
gobernantes burgueses, cualquiera que sea el color de su bandera, están todos
de acuerdo en oponerse a aquello que signifique algún atentado contra su
propiedad y disminuya sus monopolios de casta. Por esto, si la forma
gubernamental ha avanzado un paso con el establecimiento de la República,
último término de la evolución puramente política, la organización social,
causa inevitable de la miseria, no ha variado ni variará en tanto no se
modifique la forma de propiedad.
El sufragio
universal encubre, en beneficio de la burguesía, la verdadera lucha que debe
emprenderse. Se entretiene al pueblo con las insulseces políticas, tratando de
interesarle en la modificación de tal o cual rueda de la máquina gubernamental;
mas, en realidad, ¿qué importa una modificación, si el objeto de la máquina es
siempre el mismo, y lo será mientras haya privilegios económicos que proteger,
ni qué importa tampoco a los que ella triturará mientras exista, un cambio de
forma en el modo de triturarlos?
El pretender
conseguir por medio del sufragio universal una reforma social, y el querer
llegar por ese expediente a la destrucción de la tiranía del taller, de la más
inicua de las monarquías, de la monarquía patronal, es formarse una idea
singularmente falsa del poder del tal sufragio. Los hechos son innegables:
examínense los dos países en que el sufragio universal se halla establecido
desde hace más tiempo y favorecido su ejercicio por una amplitud de libertad de
que todavía no gozamos en Francia.
Cuando Suiza quiso
librarse de la invasión clerical, cuando losp. xliv Estados Unidos quisieron
suprimir la esclavitud, no pudieron conseguirse estas dos reformas en ninguno
de los dos países en que existía el derecho electoral, sino empleando la
fuerza; la guerra del Sonderbund y la guerra separatista son prueba elocuente
de ello.
No obstante, como
en todo y para todo hay que adaptarse a las condiciones del medio en que se ha
de vivir, desde el instante que el sufragio universal existe, es preciso
atenerse a él, ajustarse a la situación creada por su establecimiento y tratar
de utilizarse lo mejor que se pueda de un estado de cosas que no se ha
provocado, pero que no se puede menos de acatar.
El sistema
abstencionista no conduciría a nada. Las abstenciones aumentan debido a que, no
votando nadie por el simple deseo de ejercer el acto de soberanía que consiste
en echar un papel en una urna, se echa de ver cada día más la esterilidad del
sufragio universal como instrumento de reformas. Pero si la acción electoral es
estéril, la abstención no lo es menos. Las abstenciones no interrumpen en modo
alguno la máquina electoral, y, aunque no se tenga participación alguna en la
fabricación de diputados, estos no dejan de ser elegidos y tiene uno que
someterse a las leyes confeccionadas por ellos. Negándose a tomar parte en las
elecciones no se pone ningún obstáculo a la política burguesa.
Debe aprovecharse
el sufragio universal, puesto que existe; mas no debe exigírsele lo que no
puede conceder. El sufragio debe servir para reparar el mal causado por la
fusión política del Proletariado y de la burguesía, y para formar,
independientemente de todos los partidos burgueses, el ejército de la
revolución social.
A lo que hay que
aspirar especialmente, no es a la entrada de algunos socialistas en el
Parlamento, ni tampoco a una acción parlamentaria cualquiera: lo que debe
buscarse es el reunir a la clase obrera, diseminada en los diversos partidos
republicanos burgueses, y el separarla de aquellos cuyos intereses económicos
son opuestos a los suyos. Como medio de agrupar el Proletariado para la lucha,
el sufragio universal puede contribuir a acentuar la división entre las clases
confundidas políticamente por él, pero esto es todo lo que puede realizar.
El medio de
apresurar, con auxilio del sufragio universal, esta formación del ejército
obrero, es la candidatura de clase, quep. xlv continúa en política la lucha
de clases que rige nuestro estado social, acentuando en el terreno electoral el
antagonismo existente entre aquellos que, cualesquiera que sean sus opiniones
políticas, detentan los medios de producción, y los que no poseyendo más que su
fuerza de trabajo, tienen que adaptarse para vivir a las exigencias de los
primeros.
Pero no deben
confundirse la candidatura de clase y la candidatura obrera. Como esta última
no es otra cosa que la candidatura de un obrero de ideas más o menos radicales,
lejos de tener para la burguesía una significación hostil, será poco a poco
alabada y sostenida por ella; este es un nuevo lazo tendido a la sencillez de
un Proletariado que comienza a desconfiar de los políticos de profesión, a
comprender que ha sido burlado por ellos, y que, si legalmente ha sido
proclamado soberano, en realidad ha seguido siendo esclavo.
Se tratará de
conservar la confianza del Proletariado, que disminuye, proponiendo a sus
sufragios uno de los suyos. Con la candidatura obrera se tratará de impedir que
la guerra entre obreros y burgueses suceda a las inocentes escaramuzas entre
republicanos de diversos matices. Bien sea un burgués o un obrero alistado bajo
cualquier bandera de la burguesía el que salga elegido, el resultado será el
mismo. La candidatura obrera, cuando no es otra cosa que la candidatura de un
obrero, es una farsa; es necesario que la candidatura de clase lleve a la
esfera política la guerra de clases que llena las páginas de la historia, y
para efectuar esto debe elegirse el candidato en virtud de los servicios que
puede prestar y no del estado que ejerza.
En efecto: si así
como el enfermo tiene una noción más precisa de su dolor que el médico que le
asiste, el obrero tiene más que nadie una idea exacta de las privaciones que
sufre; así también, al tratarse del remedio conveniente, los obreros,
considerados únicamente como obreros, no son más aptos para indicar la solución
de la cuestión social que los enfermos para descubrir el tratamiento que
conviene. Cuando su competencia en esta materia existe, proviene de estudios
especiales y no de su posición de obreros.
Después de lo que
antecede, ¿es necesario añadir que no emprendemosp. xlvi campaña alguna para obtener en
la actualidad los derechos políticos de la mujer, y que, desde luego, la
quimera de la candidatura femenina no nos cuenta en el número de sus
partidarios, por más que en los grupos del Partido Obrero la mujer sea considerada
como enteramente igual al hombre?
Convencidos de que
el derecho de sufragio es impotente para conseguir la emancipación humana, no
cometeremos la falta de perder un tiempo precioso en perseguir un fin que, aun
suponiendo que se alcanzase, sería incapaz de mejorar la situación de la mujer.
Esto sería para ella y para aquellos cuyos esfuerzos hubiesen sido estériles,
un engaño más que tendrían que añadir a los ya causados por el sufragio
universal; solo que esta vez la responsabilidad caería por completo sobre los
que se hubieran dejado llevar de un sentimentalismo demasiado irreflexivo. La
emancipación femenina está subordinada a la transformación económica, y
únicamente trabajando en pro de esta se hará algo en realidad por la primera;
el obrar de otro modo es hacerse cómplice, a sabiendas o inconscientemente, de
extravíos perjudiciales a los intereses que se aparenta defender.
Desde el punto de
vista económico se ha hablado de asociación. Pero la asociación obrera es
quimérica para todo lo que es grande industria, puesto que esta absorbe cada
vez más la mayoría de los obreros, dada la forma gigantesca que reviste el
instrumento de trabajo y lo crecido de los anticipos necesarios para la
creación de una empresa.
¿Qué significaría
el ahorro obrero, aun suponiendo que fuese practicable, comparado con la
indispensable acumulación de los capitales? Además de que, si por un hecho
excepcional pudiera extenderse el ahorro, sería un nuevo engaño. Quien dice
ahorro generalizado, dice disminución de consumo, es decir, disminución en la
demanda de productos; y por ende, disminución de la producción y aumento de los
paros forzosos, en perjuicio de los que no pueden vivir sino a condición de
estar ocupados.
Respecto a la
intervención del Estado, el conceder créditos a las Asociaciones obreras
permitiría hacer a la burguesía una guerra con éxito y tendería, por
consiguiente, a mermar sus beneficios; mas como es la burguesía quien dirige el
Estado, ella tendráp. xlvii buen cuidado, digan lo que quieran algunos hábiles que aspiran a
hacerse populares reclamando con estruendo lo que saben no puede obtenerse, de
no proporcionar al Proletariado la posibilidad de arruinarla en un plazo más o
menos remoto.
En cuanto a la
pequeña industria, en la que el instrumento de trabajo, de poco valor, hace más
asequible la posibilidad de la asociación, semejantes asociaciones tropiezan en
la práctica con obstáculos difíciles, si no imposibles, de vencer.
Impidiendo el
modesto capital a los talleres cooperativos el acometer empresas importantes, y
no permitiéndoles tampoco dar fiado a los clientes, los coloca, respecto de los
patronos, en la posición desfavorable del pequeño productor frente al productor
en grande escala, con otra desventaja sobre los dueños de pequeños talleres, a
quienes nada impide, cuando escasea el trabajo, despedir todo o parte del
personal asalariado, pues no les preocupa en lo más mínimo el saber cómo
vivirán sus obreros cuando no trabajan, ocupándose solo en disminuir sus
gastos; mientras que el taller cooperativo, no pudiendo despedir a los
asociados, los cuales aunque no trabajen tienen necesidad de subsistir, se
vería obligado a gastar sus fondos o contraería deudas. Los periodos de
prosperidad, lejos de aprovechar al obrero, habrían de consagrarse a enjugar el
déficit producido en la caja durante la paralización de los negocios; el obrero
trabajaría, lo mismo que antes, para el capitalista, que entonces se llamaría
acreedor en vez de llamarse patrón, y se consideraría dichoso si no se
consumaba su ruina.
La mayor parte de
las veces, estas asociaciones cooperativas solo tienden a la emancipación de
unos cuantos, y, cuando por acaso prosperan, se convierten en patronatos
colectivos que se aprovechan del trabajo de simples asalariados y reparten los
beneficios entre varios accionistas, sin acordarse de los antiguos compañeros
de miseria más que para explotarlos.
Cuando se
reflexiona que, en una industria privilegiada como la tipografía, muchos miles
de obreros se hallan imposibilitados de intentar su emancipación, por
incompleta que sea, mediante la asociación obrera, es preciso convenir en que
este ejemplo, panacea favorita de los reformadores charlatanes, solo prueba una
cosa:p. xlviii la impotencia de la sociedad cooperativa y la imposibilidad de
generalizarla.
Otro de los
remedios más cacareados consiste en la participación en los beneficios; y se
explica el interés con que se aconseja este modo particular de retribución,
pues está ya hoy demostrado que únicamente beneficia a los capitalistas,
quienes, gracias a este sistema, recogen por un lado más de lo que aparentan
prodigar por otro.
La participación en
los beneficios, haciendo creer al obrero que trabaja para sí y que logrará
mayor producto cuanto más trabaje, sujeta el obrero al taller, suprime las
huelgas, asegura la disminución de los gastos generales por la economía de las
primeras materias y obliga al obrero a producir la mayor cantidad posible de
trabajo, precipitando así, por el exceso de producción que de esto resulta, el
advenimiento de los paros y de las crisis periódicas. La participación en los
beneficios no es, pues, sino un medio de aumentar el grado de explotación.
Hay que añadir que
la esfera en que es aplicable, es decir, útil a los patronos, es limitada.
Donde los movimientos del obrero tienen que adaptarse forzosamente a los
movimientos no interrumpidos de la máquina, donde el empleo de la materia
primera puede calcularse exactamente, donde la vigilancia es fácil, la
participación, siendo improductiva para el capitalista, no es ni será nunca
aplicable.
Hay quien habla de
transformar la suerte de la clase obrera por un perfeccionamiento de nuestro
absurdo sistema de impuestos y sobre todo por la abolición de los derechos de
consumo.
Nuestro sistema
fiscal grava extraordinariamente los artículos de primera necesidad; la
modificación de este sistema mejoraría inmediatamente la posición del obrero,
pero solo sería una mejora pasajera. El salario tiende a regirse por el precio
de las subsistencias indispensables al trabajador, y, suponiendo que
disminuyese su precio por la rebaja de los arbitrios, el salario concluiría al
fin por bajar. Cuanto más barata es la vida, menor es el salario, y la
situación real sería la misma que antes de esta reforma improbable. En
definitiva, una rebaja en el precio de sus subsistencias no aprovecharía más al
asalariado que la disminución en el precio de la paja al animal que la come.p. xlix Por otra
parte, el experimento se ha hecho ya. En Bélgica se suprimieron los consumos en
1860; el obrero belga paga anualmente una cantidad media de impuestos mucho
menor que el obrero parisiense; ¿está por eso menos explotado? ¿en qué es
preferible su existencia a la de nuestros proletarios? La sujeción obrera es
independiente del sistema de contribuciones.
Respecto al
librecambio y a la protección, panaceas ensalzadas por algunos, son simplemente
disputas entre capitalistas, que no interesan en lo más mínimo a la clase
obrera. Unos, necesitando proteger su campo de explotación nacional amenazado
por la competencia extranjera, reclaman gravámenes sobre los productos
extranjeros; otros, necesitando el libre acceso del mercado universal para
poder ensanchar su explotación, aspiran a la libertad del cambio. Todos piensan
únicamente en el mantenimiento provechoso de una potencia que nace
exclusivamente del modo de apropiación, y que da origen a los desórdenes
económicos y a las miserias proletarias.
Sería una candidez
el tratar de persuadir a los capitalistas a que renuncien al orden de cosas de
que se disfrutan. Una mejora ruinosa para ellos, y efectuada, sin embargo, por
ellos mismos, en la suerte del trabajador, es tan inverosímil como la intervención
del Espíritu Santo. No acertaré nunca a figurármelos en el interesante papel de
empobrecidos por persuasión. ¿Se cree, no obstante, que esa problemática acción
voluntaria será sustituida por la acción legislativa? Pero, ¿cómo esperar de
los hombres de la burguesía, como diputados, lo que no se puede esperar de
ellos como patronos, lo que rehúsan individualmente cuando sus obreros
solicitan un ligero aumento de salario o una rebaja del tiempo de trabajo?
Para modificar al
hombre y sus instituciones es necesario modificar primero el medio económico
que los produce. Una transformación social como la abolición de la esclavitud
en los Estados Unidos y la abolición del régimen del salario actualmente entre
nosotros, si bien conforme con las condiciones económicas del momento, no se
efectúa sin una perturbación violenta. El orden de cosas antiguo, matriz del
organismo superior llamado a sucederle, no sufre sin resistencia la aparición
de los elementos nuevosp. l que él mismo ha engendrado: todo alumbramiento va acompañado de
efusión de sangre.
Y no por hablar en
nombre del derecho se evitaría el recurrir a la fuerza. Pasaron los tiempos en
que los hebreos, haciendo resonar sus trompetas, derribaban las murallas de
Jericó; las frases más retumbantes sobre el derecho y la justicia no
arrancarían ni una piedra de la fortaleza capitalista. Si desde el punto de
vista subjetivo es cierto que la fuerza no puede constituir derecho, en
realidad sucede lo contrario: la fuerza constituye el derecho en el sentido de
que todo derecho no sancionado por la fuerza está confinado en el dominio
especulativo.
VI
NUESTRA REVOLUCIÓN
La experiencia de
la historia nos demuestra que una clase no abdica; una casta propietaria no se
desposee espontáneamente. Poner el interés general sobre el interés particular,
cuando entre sí son antagónicos, es un acto de generosidad que solo pueden efectuar
aisladamente ciertos individuos. Es más: con la competencia que rige la
producción, un patrono no puede pagar a sus obreros un salario mayor que sus
competidores, sin correr el riesgo de arruinarse y exponerse así a no poderles
pagar ni poco ni mucho; pero este es un sacrificio de que no es capaz una clase
considerada como clase. El gran revolucionario Augusto Blanqui, en Francia, y
Marx, en Alemania, son los primeros que han afirmado que no había avenencia
posible y que la transformación social se llevará a cabo, no con la burguesía o
por la burguesía, sino contra la burguesía. Arrinconada en sus últimas
trincheras, lo más que hará será conceder algunas reformas, a fin de acallar
reivindicaciones alarmantes. Ciertamente, los socialistas no verían con disgusto
que la burguesía entrase en ese camino.
Por ejemplo,
acogerían con entusiasmo la limitación de las horas de trabajo. Las horas
extenuantes empleadas en enriquecer ap. li los capitalistas, podrían
utilizarse entonces en beneficio de la acción política y de la propaganda
socialista, a las que es físicamente refractario el obrero que pasa doce o
quince horas en los presidios industriales. La desdicha perenne, la gran miseria,
el padecimiento constante, lejos de excitar los ánimos y reanimar los
espíritus, deprimen las inteligencias y abaten el valor, engendran la
postración y no la fogosidad.
Conceder reformas
equivale a proporcionarnos armas, a hacernos más fuertes contra nuestros
adversarios, quienes se debilitan a medida que nosotros nos fortalecemos. El
apetito se abre comiendo. Cuanto más se obtiene, más se exige; así, las
reformas efectuadas, en vez de contener el movimiento revolucionario, excitarán
a la lucha, suministrando al propio tiempo esas reformas los hombres más aptos
para luchar. Los socialistas sacarán, pues, ventaja de todas las reformas. Solo
que estas reformas, conquistas de detalle, no evitarán de ningún modo el
combate final, puesto que, por muchas que sean las cesiones de privilegios que
haga la burguesía bajo la presión de los acontecimientos, esta clase querrá
siempre conservar algunos.
Deplorable o no, la
fuerza es el único medio de proceder a la renovación económica de la sociedad.
Aunque los intereses que representa el Partido Obrero son los de la mayoría,
solo milita en él la minoría consciente del Proletariado, y, sin embargo, llama
en su auxilio a la fuerza. ¡Qué ceguera! dirán algunos. Al criticarle sobre
este punto, no se tiene en cuenta que la mayor parte de las revoluciones son
obra de minorías, cuya voluntad tenaz y decidida ha sido secundada por la
apatía de mayorías menos enérgicas. ¿Estaríamos en plena República, si para
establecerla se hubiese esperado la adhesión de la mayoría del país a la idea
republicana?
El número es una
fuerza, pero no constituye exclusivamente la fuerza; puede ser tan solo uno de
los elementos de ella y tener igual valor que el grado de desarrollo, la
energía, la organización, las armas de que se dispone.
Por lo demás, el
número no basta para economizar el empleo de la fuerza. El tercer estado estaba
en 1789 en mayoría en la nación y en los Estados generales; a pesar de esta
posición, hubiera sucumbido sin el 14 de julio: «aquella escaramuza —declaraba
elp. lii 29 de junio de 1880 en la tribuna del Senado un historiador
burgués, M. Henri Martin— salvó el porvenir de Francia.»
En materia de
revolución, nosotros no predicamos el arte por el arte, como esos espantajos a
lo Félix Pyat, revolucionarios de ópera bufa, que tutean al pueblo, hablándole
siempre de la pólvora y tomando las de Villadiego en casos de apuro. La
revolución no es nuestro fin, es solamente el medio que nos imponen las
circunstancias para conseguirlo.
Lo que nos
proponemos no es la instauración, por medio de un acto de violencia, de una
forma social cuyo plan tengamos en la mente; sino la sustitución del orden
capitalista por el orden cuyos elementos, como antes se ha visto, se
desarrollan cada día más en el seno mismo del actual orden de cosas. Esta
transformación se halla subordinada al advenimiento previo al poder político.
La clase obrera debe apoderarse por la fuerza del gobierno, que será en sus
manos el instrumento con que se llevará a cabo la expropiación económica de la
burguesía y la apropiación colectiva de los medios de producción.
Lo primero que debe
hacerse es arrojar a la burguesía del gobierno, así como esta arrojó de él a la
nobleza. En efecto, el Estado no es otra cosa que el aparato gubernamental que
permite mantener bajo el dominio de los poseedores a la clase desposeída, y si
la burguesía consolida este instrumento de dominación, es para servirse de él
de una manera legal o ilegal el día que se viera en peligro. Es necesario,
pues, quitarle en primer lugar toda posibilidad de resistencia.
Así es como la
lógica enseña a proceder, y así es como procedió el tercer estado. Lo primero
que hizo fue apoderarse del gobierno, y después atacó la propiedad. Y la
revolución burguesa ha sido tan duradera que los representantes de la sociedad
aristocrática fueron impotentes en 1815, aun con el auxilio del extranjero,
para resucitar el antiguo orden de cosas, lo cual, entre paréntesis, demuestra
la eficacia de este método revolucionario. La Carta borbónica se vio obligada a
consagrar la irrevocabilidad de las adquisiciones hechas por los detentadores
de los bienes nacionales; la cuestión de propiedad, base del edificio social,
tal como había sido reglamentada, quedó a salvo.
p. liiiComo una revolución
social no es un fenómeno espontáneo ni local, no podemos declararnos
partidarios de los movimientos parciales debidos a la iniciativa de
individualidades, de grupos ni aun de ciudades, pues semejantes movimientos
merman las filas de los revolucionarios sin compensación ninguna. La Commune,
cuyo aniversario celebramos como el de una de las etapas de la evolución
socialista, no triunfó por haber cometido la falta gravísima de limitar su
acción a París. La emancipación de París va unida a la emancipación de la
Francia obrera; casi todos los parisienses que se batieron en 1871 lo hicieron
por las ideas burguesas de federalismo y de comunalismo, cuando habría sido
menester sublevar, o a lo menos tratar de sublevar, toda la masa obrera del
país, interesándola directamente en la lucha.
La tarea de los
revolucionarios no consiste en determinar el momento de esta revolución, que
surgirá fatalmente de las complicaciones económicas y políticas de que Europa
será pronto teatro. Una vez demostrada la tendencia de los fenómenos
económicos, una vez analizados y conocidos los elementos materiales de la
transformación que se prepara, los revolucionarios no tendrán que hacer sino
organizar los elementos intelectuales, reclutar el ejército capaz de hacer
redundar en provecho suyo los sucesos que se elaboran, y tener la fuerza obrera
dispuesta para las luchas que provocará necesariamente el desenfreno de los
antagonismos sociales.
Los revolucionarios
no han de escoger sus armas como tampoco el día de la revolución. En este
punto, solo tendrán que preocuparse de una cosa, de la eficacia de sus armas,
sin inquietarse de su naturaleza. No hay duda que, a fin de asegurar las
probabilidades de victoria, deberán ser aquellas superiores a las de sus
adversarios, y, por consecuencia, habrán de utilizar todos los recursos que la
ciencia pone a disposición de los que tienen alguna cosa que destruir.
En resumen, el
Proletariado debe recurrir a la fuerza para conquistar el poder político, cuya
posesión es indispensable para llevar su emancipación. A la fuerza burguesa, a
la legalidad burguesa, sistematización de la fuerza puesta continuamente al
servicio de los privilegios económicos de la burguesía, es necesario oponer la
fuerza obrera, la cual, una vez dueña del poder político, creará a sup. liv vez una
legalidad nueva, y procederá legalmente a la expropiación económica de los
mismos a quienes habrá derribado violentamente del poder. Este modo de acción
está prescrito por los hechos: los que emplean la fuerza no pueden ser vencidos
sino por la fuerza.
En cuanto a la
transformación económica, que ha de efectuarse legalmente, son igualmente los
hechos los que formarán los elementos directores de las modificaciones
sucesivas que habrán de llevarse a cabo.
El fin del
socialismo es proporcionar a cada uno los medios de poner en actividad sus
facultades desarrolladas, mientras que hoy la acción de la mayoría se halla
subordinada a un capital de que carece, y nosotros sabemos que este fin no
puede conseguirse sino por la socialización de las fuerzas productivas.
Donde los medios de
trabajo se encuentren en manos de quien los pone en movimiento, aunque afecten
la forma de apropiación individual, el Partido Obrero dejará libre la acción de
los acontecimientos, que eliminan de día en día esta forma de apropiación. Por
ejemplo, en el caso del labrador que cultiva por sí mismo el pedazo de tierra
que posee, del pequeño industrial que maneja él mismo el modesto instrumento de
trabajo que le pertenece, hay esfuerzo personal, no existe explotación. Lejos
de ser explotadores, son también a su vez explotados, y víctimas de los
intermediarios financieros y comerciales a quienes necesitan recurrir
forzosamente. No hay en tal caso lugar a confiscación; lo único que les
arrebatará su pequeña propiedad serán las necesidades de la producción, a que
tarde o temprano tendrán que someterse.
No obstante,
mientras que los hechos hayan efectuado esta expropiación inevitable y hayan
obligado al labrador a ser, en vez de propietario nominal de un trozo de tierra
gravado con hipotecas, y que solo le procuraba una vida dulce y penosa,
copropietario del suelo nacional con remuneración equivalente al tiempo que
trabaje, el Partido Obrero le interesará en el orden comunista.
Tan pronto como
haya alcanzado el poder, el Proletariado anunciará a los labradores la
anulación de todas sus deudas no hipotecarias, la supresión del impuesto
territorial en particular, la facultad de pagar en especie todos sus censos y
la confiscaciónp. lv a beneficio de la colectividad de las deudas hipotecarias,
reducidas a un 50 por 100, poniendo además gratuitamente a su disposición
pastos, semillas y máquinas agrícolas.
El labrador
propietario individual de la tierra que él mismo cultiva, hallaría así
beneficioso para él el nuevo régimen, hasta el día en que la necesidad
resultante de la competencia de las grandes propiedades actuales socializadas,
o las ventajas reales que viera dimanar de la explotación social del suelo, le
hiciesen renunciar a la propiedad exclusiva de su pedazo de tierra.
La modificación
económica del orden social es inmediatamente posible en todo lo que sea grande
industria y comercio al por mayor, doquiera se haya efectuado la concentración
de los capitales.
Tocante a lo que se
encuentre en poder del Estado, no surgirá la menor dificultad. Habrá que añadir
a la toma de posesión de los servicios públicos, la supresión de esa espantosa
deuda por cuyos intereses paga Francia anualmente 1.200 millones, es decir, 32
francos por cabeza, 160 francos, término medio, por familia de cinco personas.
Respecto a lo que
se halle constituido bajo la forma societaria, tampoco ocurrirá dificultad de
ningún género; lo único que habrá que hacer será anular los títulos, acciones u
obligaciones, reduciendo todos esos papeles pintados a su valor al peso. Una vez
realizada, la apropiación colectiva de los capitales revestirá así, en lugar de
la forma societaria que solo beneficia a algunos y a casi todos perjudica, la
forma social en beneficio de todos.
Esto será pura y
simplemente una recuperación. Pero la idea de expropiación sin ninguna
indemnización hace poner el grito en el cielo a los defensores de la burguesía.
¿De dónde ha salido
esa propiedad, que aún no cuenta un siglo de existencia? De una expropiación
parecida a la que tanto les repugna. La nobleza y el clero han sido expropiados
sin ninguna indemnización, así como sus bienes, y, lo que es más grave, una parte
de los bienes comunales han sido transformados en dominios privados. La venta
de estos bienes, pura y simplemente confiscados, de los cuales, a pesar de
solemnes promesas, los proletarios no han percibido ni un átomo, solo fue,
según uno de losp. lvi hombres que más concienzudamente han estudiado el periodo
revolucionario, Jorge Avenel, «una especie de orgía territorial, en la que
todos los capitalistas hicieron su agosto».
¿No se ha visto, en
nuestros días, que los talleres de tejidos mecánicos han expropiado de su
instrumento de trabajo a los dueños de los telares de mano? ¿Se les ha
indemnizado acaso por aquellos telares, que han tenido que quemar? Los
ferrocarriles, en que cada nueva línea hace inútil un servicio de diligencias,
¿indemnizan acaso a los empresarios de ellas? Ahora bien: el interés público es
el que exige igualmente la expropiación de la burguesía, del mismo modo, sin
indemnización de ningún género.
En oposición a lo
que ha hecho el tercer estado, practicando aquello de «quítate tú para ponerme
yo», la expropiación socialista será una expropiación en beneficio de todos.
Habiendo ingresado todos los capitales en la colectividad, el capitalista habrá
desaparecido como capitalista; como hombre, los medios de producción
socializados estarán a disposición de su actividad en iguales condiciones que
para todos, y, lo mismo que todos, percibirá la retribución correspondiente al
tiempo que trabaje. Si es viejo o está impedido, la colectividad atenderá a su
subsistencia, como atenderá también ampliamente a la de todos los viejos y
enfermos.
En definitiva, la
evolución del medio económico tiende fatalmente a hacer desaparecer la
apropiación estrictamente individual. Tal es el hecho contra el cual nada
pueden nuestras preferencias personales. Pero si la centralización de las
fuerzas económicas, que es cada día más completa, tiene por término necesario
la apropiación colectiva, solo en el momento en que, a consecuencia de la
acción revolucionaria de la clase productora y no propietaria, haya aquella
entrado en su periodo socialista, esta evolución inevitable no se duplicará,
como en régimen capitalista, con la miseria de los trabajadores y la ruina de
los propietarios expropiados.
p. 1
DESARROLLO
DE
LA PRODUCCIÓN CAPITALISTA
SECCIÓN
PRIMERA
Mercancía
y moneda.
CAPÍTULO PRIMERO
LA
MERCANCÍA
I. Valor de
uso y valor de cambio. — Valor, su sustancia. — Magnitud del valor, tiempo de
trabajo socialmente necesario. — II. Doble aspecto del trabajo. — Doble
carácter social del trabajo privado. — Reducción de toda clase de trabajo a
cierta cantidad de trabajo simple. — III. El valor, realidad social, solo
aparece en el cambio. — Forma del valor. — IV. Apariencia material del
carácter social del trabajo.
La mercancía, es
decir, el objeto que en vez de ser consumido por el que lo produce, está
destinado al cambio, a la venta, es la forma elemental de la riqueza de las
sociedades en que impera el régimen de producción capitalista. El punto de
partida de nuestro estudio debe ser, de consiguiente, el análisis de la
mercancía.
I. Valor
de uso y valor de cambio.
Consideremos dos
objetos, por ejemplo, una mesa y una cantidad de trigo. En virtud de sus
cualidades particulares, cada uno de estos objetos sirve para satisfacerp. 2 necesidades
distintas; ambos son, pues, útiles al hombre que hace uso de ellos.
Para convertirse en
mercancía un objeto debe ser ante todo una cosa útil, una cosa que ayude a
satisfacer necesidades humanas de esta o de la otra especie. La utilidad de una
cosa, utilidad que depende de sus cualidades naturales y aparece en su uso o consumo,
hace de ella un valor de uso.
Destinado por el
que lo confecciona a satisfacer las necesidades o las conveniencias de otros
individuos, un objeto es entregado por el productor a aquella persona a quien
es útil, a quien quiere usarlo, en cambio de otro objeto, y por este acto se
convierte en mercancía. La proporción variable en que unas mercancías de
especie diferente se cambian entre sí, constituye su valor de cambio.
Valor, su sustancia.
Consideremos la
relación de cambio de dos mercancías: 75 kilogramos de trigo, por ejemplo,
igualan a 100 kilogramos de hierro. ¿Qué quiere decir esto? Que en esos dos
objetos diferentes, trigo y hierro, hay algo común.
Este algo no puede
ser una propiedad natural de las mercancías: pues no se tienen en cuenta sus
cualidades naturales sino en cuanto estas cualidades les dan una utilidad que
las constituye en valores de uso. En su cambio, y esto es lo que caracteriza la
relación de cambio, no se atiende a su utilidad respectiva, y solo se considera
si se encuentran respectivamente en cantidad suficiente. Como valores de uso,
las mercancías son ante todo de cualidad distinta; como valores de cambio, solo
pueden ser diferentes en cantidad.
Prescindiendo de
las propiedades naturales, del valorp. 3 de uso de las mercancías, solo
queda a estas una cualidad: la de ser productos del trabajo.
En este concepto,
puesto que en una mesa, una casa, un saco de trigo, etc., debemos hacer caso
omiso de la utilidad respectiva de estos objetos, de su forma útil particular,
no tenemos para qué preocuparnos del trabajo productivo especial del ebanista,
del albañil, del labrador, etc., que les han dado aquella forma particular.
Descartando así en estos trabajos su fisonomía propia, solo nos resta su
carácter común: desde cuyo momento todos ellos quedan reducidos a un gasto de
fuerza humana de trabajo, es decir, a un desgaste del organismo del hombre, sin
consideración a la forma particular en que se ha gastado esta fuerza.
Resultantes de un
gasto de fuerza humana en general, muestras del mismo trabajo indistinto, las
mercancías manifiestan únicamente que en su producción se ha gastado una fuerza
de trabajo; o de otro modo, que en ellas se ha acumulado trabajo. Las mercancías
son valores en tanto que son materialización de este trabajo,
sin examinar su forma. Lo que de común se observa en la relación de cambio o en
el valor de cambio de las mercancías, es su valor.
Magnitud del valor,
tiempo de trabajo socialmente necesario.
La sustancia del
valor es el trabajo; la medida de la cantidad de valor es la cantidad de
trabajo, que a su vez se mide por la duración, por el tiempo de trabajo.
El tiempo de
trabajo que determina el valor de un producto es el tiempo socialmente
necesario para su producción, es decir, el tiempo necesario no en un caso
particular, sino por término medio, este es, el tiempo que requierep. 4 todo trabajo
ejecutado con el grado medio de habilidad y de intensidad y en las condiciones
ordinarias con relación al medio social convenido.
La magnitud del
valor de una mercancía no padecería alteración, si el tiempo necesario para su
producción continuara siendo el mismo; pero este varía cada vez que se modifica
la productividad del trabajo, es decir, con cada modificación que se introduce en
la actividad de los procedimientos o de las condiciones exteriores, mediante
las cuales se manifiesta la fuerza de trabajo; la productividad del trabajo
depende, pues, entre otras cosas de la habilidad media de los trabajadores, de
la extensión y eficacia de los medios de producir y de circunstancias puramente
naturales: la misma cantidad de trabajo está representada, por ejemplo, por
ocho fanegas de trigo, si la estación ha sido favorable, y por cuatro en el
caso contrario.
Por regla general,
si la productividad del trabajo aumenta, disminuyendo el tiempo necesario para
la producción de un artículo, el valor de este disminuye, y a la inversa, si la
productividad disminuye el valor aumenta. Pero cualesquiera que sean las variaciones
de su productividad, el mismo trabajo, funcionando durante igual tiempo, crea
siempre el mismo valor, solo que suministra en un tiempo determinado una
cantidad mayor o menor de valores de uso u objetos útiles, según aumente o
disminuya su productividad.
Aun cuando, merced
a un aumento de productividad, se produzcan en el mismo tiempo dos vestidos en
vez de uno, cada vestido continuará teniendo la misma utilidad que tenía antes
de duplicarse la producción; pero con los dos vestidos se pueden vestir dos hombres
en lugar de uno; por lo tanto, hay aumento de riqueza material. Nop. 5 obstante, el
valor del conjunto de objetos útiles sigue siendo el mismo: dos vestidos hechos
en un tiempo igual al empleado anteriormente en hacer uno, no valen más de lo
que antes valía un solo vestido.
Una modificación en
la productividad que haga más fecundo el trabajo, aumenta la cantidad de
artículos que este trabajo proporciona, y por consiguiente, la riqueza
material; poro no modifica el valor de esta cantidad así materialmente
aumentada, si continúa siendo igual el tiempo total de trabajo empleado en su
fabricación.
Sabemos ya que la
sustancia del valor es el trabajo. Sabemos también que su medida es la duración
del trabajo.
Una cosa puede ser
valor de uso sin ser un valor: basta para esto que sea útil al hombre, sin que
provenga de su trabajo. Así sucede con el aire, las praderas naturales, una
tierra virgen, etc. Un valor de uso solo tiene valor cuando hay acumulada en él
cierta suma de trabajo humano. Por ejemplo, el agua que corre en un río, aunque
útil para muchas necesidades del hombre, no tiene, sin embargo, valor alguno;
pero si por medio de cántaros o tubos se transporta el agua a un quinto piso,
adquiere inmediatamente valor, porque para hacerla llegar hasta aquel punto se
ha gastado cierta cantidad de fuerza humana.
Una cosa puede ser
útil y producto del trabajo sin ser mercancía. Todo aquel que con su producto
satisface sus propias necesidades, solo crea un valor de uso por su cuenta
personal. Para producir mercancías hay que producir valores de uso, con el fin
de entregarlos al consumo general por medio del cambio.
Por último, ningún
objeto puede ser valor si no esp. 6 útil; si un objeto es inútil,
como se ha gastado inútilmente el trabajo que contiene, no crea valor.
II. Doble
aspecto del trabajo.
El trabajo del
ebanista, el del albañil, del labrador, etcétera, crean valor por su condición
común de trabajo humano; pero no forman una mesa, una casa, cierta cantidad de
trigo, etc., en una palabra, diferentes valores de uso, sino porque poseen
cualidades diferentes.
Toda clase de
trabajo supone, por una parte, gasto físico de fuerza humana, siendo bajo este
concepto de igual naturaleza y formando el valor de las mercancías. Por otra
parte, todo trabajo implica un gasto de la fuerza humana bajo una u otra forma
productiva determinada por un fin particular, y en este concepto de trabajo
útil diferente, produce valores de uso o cosas útiles.
Doble carácter
social del trabajo privado.
Al conjunto de
objetos útiles de toda especie exigidos por la variedad de las necesidades
humanas, corresponde un conjunto de obras o trabajos igualmente variados. Para
satisfacer las diversas necesidades del hombre, el trabajo se presenta, pues,
bajo formas útiles distintas, de lo cual resulta una multitud de industrias
innumerables.
Aunque ejecutadas
independientemente unas de otras, según la voluntad y designio particular de
sus productores, sin relación aparente, las diversas especialidades de trabajos
útiles se manifiestan como partes, que se completan entre sí, del trabajo general
destinado a satisfacer la suma de necesidades sociales. Los oficios
individuales,p. 7 cada uno de los cuales corresponde cuando más a un orden de
necesidades, y cuya variedad indispensable no resulta de ningún convenio
previo, forman en su totalidad como los eslabones del sistema social de la
división del trabajo, que se adaptan a la diversidad infinita de las
necesidades.
De esta manera,
trabajando los hombres unos para otros, sus obras privadas revisten, por esta
sola razón, un carácter social; pero estas obras, tienen también un carácter
social por su semejanza en concepto de trabajo humano en general, no
apareciendo esta semejanza más que en el cambio, es decir, en una relación
social que los coloca frente a frente bajo una base de equivalencia, no
obstante su diferencia natural.
Reducción de toda
clase de trabajo a cierta cantidad de trabajo simple.
Las diversas
transformaciones de la materia natural y su adaptación a las distintas
necesidades humanas, que constituyen toda la tarea del hombre, son más o menos
penosas de efectuar, y, por consecuencia, los diferentes géneros de trabajo de
donde resultan son más o menos complicados.
Pero cuando
hablamos del trabajo humano bajo el punto de vista del valor, consideramos tan
solo el trabajo simple, es decir, el gasto de la simple fuerza que todo hombre,
sin educación especial, posee en su organismo. Es cierto que el trabajo simple
medio varía según los países y las épocas, pero siempre se halla determinado en
una sociedad dada, es decir, en cada sociedad. El trabajo superior no es otra
cosa que trabajo simple multiplicado, pudiendo siempre ser reducido a una
cantidad mayor dep. 8 trabajo simple: un día o jornada de trabajo superior o complicado
puede equivaler, por ejemplo, a dos días o jornadas de trabajo simple.
La experiencia
enseña que esta reducción de todo trabajo a determinada cantidad de una sola
especie de trabajo, se hace diariamente en todas partes. Las
mercancías más diversas hallan su expresión uniforme en moneda, es decir,
en una masa determinada de oro o de plata. Y por este solo hecho, los
diferentes géneros de trabajo, cuyo producto son las mercancías, por
complicados que sean, se van a reducir en una proporción dada, al producto de
un trabajo único, el que suministra el oro o la plata. Cada género de trabajo
representa solamente una cantidad de este último.
III. El
valor, realidad social, solo aparece en el cambio.
Las mercancías son
tales mercancías por ser a la vez objetos de utilidad y porta-valor. De
consiguiente, solo pueden entrar en la circulación si se presentan bajo una
doble forma: su forma natural y su forma de valor.
Considerada
aisladamente una mercancía, como objeto de valor, no puede ser apreciada. En
vano diremos, en efecto, que la mercancía es trabajo humano materializado; la
reduciremos a la abstracción valor sin que la más leve partícula de materia
constituya este valor, y en uno y otro caso solo tendrá una forma palpable su
forma natural de objeto útil.
Si recordamos que
la realidad de las mercancías, en concepto de valores, consiste en que son la
expresión varia de la misma unidad social, del trabajo humano, aparece evidente
que esta realidad, puramente social, solo puede manifestarse en las transacciones
sociales; el carácterp. 9 de valor se manifiesta en las relaciones de las mercancías unas
con otras y solo en estas relaciones. Los productos del trabajo revelan en el
cambio, como valores, una existencia social bajo idéntica forma, distinta de su
existencia material, y bajo formas diversas, como objetos de utilidad. Una
mercancía expresa su valor por el hecho de poder cambiarse por otra; en una
palabra, por el hecho de presentarse como valor de cambio, y solo de este modo.
Si el valor se
manifiesta en la relación de cambio, el cambio no engendra el valor, antes al
contrario, el valor de la mercancía es el que rige sus relaciones de cambio y
determina sus relaciones con las demás. Esto se comprenderá con una
comparación.
Un pilón de azúcar
es pesado, pero su sola apariencia no lo indica y menos aún cuál sea su peso.
Consideremos diferentes pedazos de hierro de peso conocido. La forma material
del hierro, como la del azúcar, no es, por sí misma, una indicación de la pesantez;
los pedazos de hierro, puestos en relación con el pilón de azúcar, nos darán a
conocer el peso de este. Así, pues, la magnitud de su peso, que no aparecía,
considerado el pilón de azúcar aisladamente, se manifiesta cuando se pone en
relación con el hierro; pero la relación de peso entre el hierro y el azúcar no
es la causa de la existencia del peso del azúcar, antes al contrario este peso
determina la relación.
La relación del
hierro con el azúcar es posible, porque estos dos objetos tan diferentes por su
uso, tienen una propiedad común, la pesantez, y en esta relación el hierro solo
se considera como un cuerpo que representa peso; no se tienen en cuenta sus demás
propiedades y sirve únicamente como medida de peso. De igual modo, al expresar
un valor cualquiera, por ejemplo, veinte metrosp. 10 de tela valen un vestido, la
segunda mercancía no representa más que valor; la utilidad particular del
vestido no se tiene en cuenta en este caso, y solo sirve como medida de valor
de la tela. Empero aquí concluye la semejanza. En la expresión de peso del
pilón de azúcar, el hierro representa una cualidad común a ambos cuerpos, pero
es una cualidad natural, su pesantez; en la expresión de valor de la tela con
el vestido, este representa seguramente una cualidad común a ambos objetos,
pero ya no es una cualidad natural, sino una cualidad de origen exclusivamente
social, cual es su valor.
La mercancía, que
tiene un doble aspecto, objeto de utilidad y valor, no aparece, pues, tal como
es, sino cuando se deja de considerarla aisladamente, cuando por su relación
con otra mercancía, por la posibilidad de ser cambiada, adquiere su valor una
forma apreciable, la forma de valor de cambio, distinta de su forma natural.
Forma del valor.
En el concepto de
valores, todas las mercancías son expresiones de la misma unidad, trabajo
humano, reemplazables mutuamente. Una mercancía puede, por consecuencia,
cambiarse por otra mercancía. En realidad hay imposibilidad de cambio inmediato
entre las mercancías. Una sola mercancía reviste la forma susceptible de cambio
inmediato con todas las demás: sabido es que las mercancías poseen una forma
especial de valor, la forma moneda.
Esta forma moneda
tiene su fundamento en la simple forma de la relación de cambio, que es: 20
metros de tela valen un vestido, o 75 kilogramos de trigo valen 100 kilogramos
de hierro, etc.
p. 11Primeramente,
cualquier mercancía se cambia, con arreglo a esta fórmula, por otra mercancía
diferente de cualquiera clase que sea. Esto es lo que ocurre en los cambios
aislados, en que una sola mercancía expresa accidentalmente su valor en otra
mercancía también sola.
En segundo lugar,
una misma mercancía se cambia, no ya al azar con otra, sino regularmente con
otras varias: 20 metros de tela, por ejemplo, valen alternativamente un
vestido, 75 kilogramos de trigo, 100 kilogramos de hierro, etc.; en cuyo caso
una mercancía expresa su valor en una serie de mercancías, mientras que en el
caso anterior lo expresaba en una sola.
Hasta ahora no hay
más que una mercancía que exprese su valor primeramente en otra mercancía y
después en varias. Cada mercancía tiene que buscar su forma o sus formas de
valor, no existiendo una forma de valor común a todas las mercancías.
En la fórmula que
precede vemos que 20 metros de tela valen un vestido, o 75 kilogramos de trigo,
o 100 kilogramos de hierro, o..., etc. No cambiando la mercancía cuyo valor se
quiere expresar, y que es la tela, varían las que expresan su valor, siendo ora
un vestido, ora el trigo, o bien el hierro, etc. La misma mercancía, la tela,
puede tener tantas representaciones de su valor cuantas son las mercancías
diferentes. Y como, por el contrario, quisiéramos que una sola representación
reflejase el valor de todas las mercancías, invirtamos nuestro ejemplo de este
modo: un vestido vale 20 metros de tela, 75 kilogramos de trigo valen 20 metros
de tela, 100 kilogramos de hierro valen 20 metros de tela, etc., etc. Esta
fórmula, que es la precedente invertida, la cual era a su vez el desarrollo de
la forma simple de la relación de cambio, nos da, por último, una expresión
uniforme de valor para el conjuntopág. 12 de las mercancías. Todas tienen
ya una medida común de valor, la tela, que, siendo susceptible de cambio inmediato
con ellas, es para todas la forma de existencia de su valor.
Desde el punto de
vista del valor, las mercancías son cosas puramente sociales y su forma valor
debe, por lo tanto, revestir una forma de validez social. Y la forma valor no
ha adquirido consistencia sino desde el momento en que se ha unido a un género
especial de mercancías, a un objeto único universalmente aceptado. Este objeto
único, forma oficial de los valores podía ser, en principio, una mercancía
cualquiera; pero la mercancía especial, con cuya forma natural se ha confundido
poco a poco el valor, es el oro. Sustituyamos, en nuestra última fórmula, la
tela con el oro, y obtendremos la forma moneda del valor; todas las mercancías
son reducidas a cierta cantidad de oro.
Antes de conquistar
históricamente este monopolio social de forma del valor, el oro era una
mercancía como cualquier otra, y solo porque representaba de antemano el papel
de mercancía al lado de las demás, funciona hoy como moneda frente a las otras
mercancías. Como toda mercancía, el oro se presentó primero accidentalmente en
cambios aislados. Poco a poco funcionó, en una esfera más o menos limitada,
como medida general del valor. En la actualidad, los cambios de productos se
verifican exclusivamente por su mediación.
La forma moneda del
valor aparece hoy como su forma natural. Al decir que el trigo, un vestido, un
par de botas, se refieren a la tela como a la medida de valor, como a la
encarnación general del trabajo humano, salta inmediatamente a la vista lo
extraño de tal proposición; pero cuando los productores de estas mercancías, en
vez de referirlaspág. 13 a la tela, las refieren al oro o a la plata, lo cual en el fondo
es lo mismo, la proposición deja de sorprenderles. No parece que una mercancía
se haya convertido en moneda, porque las demás mercancías expresen en ella su
valor, sino por el contrario, parece que las mercancías expresan en ella su
valor, porque es moneda.
IV. Apariencia
material del carácter social del trabajo.
Esta forma moneda o
dinero, contribuye, pues, a dar una idea falsa de las relaciones de los
productores, cuyas relaciones ponen los productos en presencia unos de otros
para cambiarlos comparando sus valores, es decir, comparando el trabajo de
diferente género que cada cual contiene en concepto de trabajo humano
semejante, y prestando así a este trabajo y a sus productos un aspecto social
distinto de su aspecto natural.
Y los productos del
trabajo que en sí mismos son cosas sencillas y fáciles de comprender, se tornan
complicados, llenos de sutilezas y enigmáticos, en cuanto se les considera como
objetos de valor prescindiendo de su naturaleza física, en una palabra, desde
que se convierten en mercancías.
El valor de cambio,
que verdaderamente no es otra cosa que la manera social de contar el trabajo
invertido en la fabricación de un objeto, y que, por consecuencia, solo tiene
una realidad social, ha llegado a ser tan familiar para todo el mundo que parece
ser como la forma moneda para el oro y la plata, una propiedad íntima de los
objetos.
Habiendo aparecido
en el periodo histórico en que domina el sistema mercantil de producción, este
carácter de valor ha tomado el aspecto de un elemento materialpág. 14 de las cosas,
inseparable de ellas y eterno; mientras que existen sistemas de producción en
que la forma social de los productos del trabajo se confunde con su forma
natural, en lugar de ser distinta de ella, en que los productos se presentan
como objetos de utilidad bajo diversos conceptos y no como mercancías que se
cambian recíprocamente.
Esta apariencia
material que se da a un fenómeno puramente social, esta ilusión de que las
cosas tienen una propiedad natural mediante la cual se cambian en proporciones
determinadas, convierte, a los ojos de los productores, su propio movimiento
social, sus relaciones personales para el cambio de sus productos, en
movimiento de las cosas mismas, movimiento que los arrastra, sin que puedan
dirigirlo, ni mucho menos. La producción y sus relaciones, creación humana,
rigen al hombre en lugar de estar subordinadas a él.
Un hecho análogo se
observa en la nebulosa región del mundo religioso. En esta región los productos
del cerebro humano se convierten en dioses, toman el aspecto de seres
independientes, dotados de cuerpos propios, que se comunican entre sí y con los
hombres. Lo mismo ocurre con los productos manuales en el mundo mercantil.
p. 15
CAPÍTULO II
DE
LOS CAMBIOS
Relaciones de los
poseedores de las mercancías; condiciones de estas relaciones. — La relación de
cambio entraña necesariamente la forma moneda. — La forma moneda va unida a los
metales preciosos.
Relaciones de los
poseedores de las mercancías; condiciones de estas relaciones.
No pudiendo las
mercancías ir por sí solas al mercado ni cambiarse ellas mismas entre sí, sus
poseedores, para ponerlas en contacto, tienen que ponerse a su vez en mutuas
relaciones. De suerte que cada uno se apropia la mercancía ajena abandonándole
la propia, por medio de un acto voluntario común. Así, pues, para que la
enajenación sea recíproca, los poseedores deben reconocerse tácitamente como
propietarios privados de las cosas enajenadas. Esta relación jurídica, cuya
forma es el contrato, no es otra cosa que la relación de las voluntades en que
se refleja la relación económica. Las personas solo existen en tal caso a
título de representantes de la mercancía que poseen.
Para el dueño de
una mercancía que quiere cambiarla por otra, esta mercancía no es un valor de
uso, un objeto de utilidad; si le fuera útil no procuraría deshacerse de ella.
La única utilidad que el mercader cambista encuentra en su mercancía es que
puede ser útil a otros, yp. 16 que, por consecuencia, es un instrumento de cambio y un
porta-valor. Desde este punto aspira a enajenarla por otras mercancías, cuyo
valor de uso pueda satisfacer sus necesidades personales.
Todas las
mercancías son lo contrario de valores de uso o valores negativos para los que
las poseen, y valores de uso positivos para los que carecen de ellas, siendo,
pues, necesario que varíen de dueño, cuya variación constituye precisamente su
cambio. Pero el cambio no las relaciona unas con otras, sino en el concepto de
valores; solo después del cambio vienen a ser valores de uso para el nuevo
poseedor que las ha adquirido atendiendo a su utilidad. Es necesario, por lo
tanto, que las mercancías se manifiesten como valores antes de que puedan
realizarse como valores de uso.
Es necesario además
que su valor de uso esté demostrado antes de que las mercancías puedan
realizarse como valores; porque solo se realizan como valores a condición de
que se demuestre que el trabajo invertido en producirlas, lo haya sido en una
forma útil a otros; y esta condición solo se prueba cuando hay alguien que
quiere adquirirlas atendiendo a su utilidad, en una palabra, la utilidad de las
mercancías solo se demuestra por su cambio.
En resumen, solo
cuando son útiles pueden las mercancías presentarse como valores; si bien deben
haberse presentado como valores antes de manifestar su utilidad. ¿Cómo quedarán
satisfechas estas condiciones contradictorias para los poseedores de las mercancías?
p. 17La relación de
cambio origina la forma moneda.
En esta situación
las mercancías solo pueden manifestar su carácter de valor y la cantidad de
este si se colocan sobre una base de igualdad con una cantidad determinada de
una cosa útil, cuyo valor esté ya demostrado. Dos mercancías manifiestan su
valor por su comparación con una tercera mercancía, cuya utilidad, ya
reconocida, da cuerpo al valor de las otras dos. Esta tercera mercancía se
convierte en moneda, según hemos visto en el capítulo precedente. La relación de
cambio es la que origina necesariamente la forma moneda.
El desarrollo
histórico de la producción y del cambio ha impreso, cada vez más, a los
productos del trabajo el carácter de mercancías, de productos para otros; una
parte cada vez mayor de objetos útiles se ha producido intencionadamente para
el cambio, es decir, que hasta en su producción los objetos no son
considerados, bajo el punto de vista de su utilidad, sino como valores. A fin
de efectuar el cambio, era necesario poder comparar su valor respectivo, y no
pudiendo hacerse esta comparación sino mediante otra mercancía, la necesidad
del comercio ha dado así origen a una forma palpable que permite comparar los
objetos bajo el punto de vista del valor.
Esta forma palpable
que se adhiere, al principio, ora a una, ora a otra mercancía, acaba por
adherirse exclusivamente, a una especie particular de mercancía. De común
acuerdo, una mercancía especial que se separa de las otras, sirve para exponer
sus valores recíprocos. La forma natural de esta mercancía queda establecida
socialmente como la forma de existencia del valor, y funciona como moneda,
convirtiéndose en dinero.
p. 18La forma moneda se
adhiere a los metales preciosos.
La casualidad
decide primeramente sobre qué género de mercancías ha de fijarse la forma
moneda; pero esta forma no tarda en adherirse a las mercancías que por sus
propiedades naturales son más aptas para esta función social, es decir, a los
metales preciosos. En efecto, todas las muestras de estos metales son idénticas
en el concepto de las cualidades, y solo unas materias semejantes podían tener
forma propia para manifestar el valor, para servir de imágenes palpables del
trabajo humano. Además, como las mercancías, en concepto de valores, solo
difieren por su cantidad, la mercancía moneda debe ser susceptible de
diferencias cuantitativas, a fin de adaptarse a las variaciones de cantidad.
El valor de uso del
oro y de la plata convertidos en mercancía moneda es doble: además de su
utilidad como mercancías, pues sirven de materia primera para fabricar muchos
artículos, tienen una utilidad particular por su función como moneda.
La relación social
de cambio, que transforma al oro y la plata en moneda, no les da su valor, que
ya tenían antes de ser moneda, solo les da esta forma especial de valor. El
hecho de saber que el oro tiene esta forma especial de valor, la forma moneda,
que lo hace susceptible de cambio inmediato con todas las demás mercancías,
implica el que se sepa cuánto valen, por ejemplo, veinte pesetas de oro. Como
toda mercancía, el oro no puede expresar su propia cantidad de valor sino en
otras mercancías, y basta leer en sentido inverso una tarifa de precios
corrientes, para encontrar la cantidad de valor del oro expresada en todas las
mercancías imaginables.
p. 19
CAPÍTULO III
LA MONEDA O LA
CIRCULACIÓN DE LAS MERCANCÍAS
I. Medida de
los valores. — La forma precio. — II. Circulación de las mercancías. —
Curso de la moneda. — El numerario o las especies y el papel moneda. —
III. Reservas de oro y de plata o tesoros. — El dinero como medio de
pago. — La moneda universal.
I. Medida
de los valores.
Supongamos, para
mayor claridad, que el oro es la mercancía moneda. Realmente, en los países
como Francia en que dos mercancías, el oro y la plata, desempeñan legalmente la
función de medida del valor, solo una de ellas se mantiene en su puesto.
La primera función
del oro consiste en suministrar al conjunto de las mercancías la materia en que
expresan sus valores, como productos de cualidad igual, comparables, por lo
tanto, en el concepto de cantidad. Desempeña, pues, el papel de medida universal
de los valores.
Pero no es el oro
convertido en moneda lo que hace a las mercancías conmensurables; al contrario,
porque son conmensurables, siendo de igual cualidad en concepto de valores y
fuerza de trabajo materializada, pueden hallar todas juntas su magnitud de valor
en una mercancía convertida en medida común. Esta medida de los valores
mediante la moneda, no es más que la forma que debep. 20 revestir
necesariamente su medida efectiva, que será siempre el tiempo de trabajo.
La forma precio.
La expresión en oro
de la magnitud de valor de una mercancía es su forma moneda o su precio.
El precio de las
mercancías no es cosa aparente por sí misma. El poseedor se ve obligado a
ponerles unas etiquetas para anunciar su precio, para representar su igualdad
con el oro. No hay comerciante que no sepa perfectamente que no necesita ni un
grano de oro efectivo para estimar en oro el valor de millones de mercancías.
Aun cuando en su función de medida de los valores solo se emplea la moneda como
moneda imaginaria, no por esto la determinación de los precios deja de depender
completamente de la materia de la moneda. Si esta materia fuese cobre en vez de
oro, los valores estarían representados por cantidades de cobre diferentes de
las cantidades de oro, en otros términos, por precios diferentes.
Como cantidades
diversas de una misma cosa, del oro, las mercancías se comparan y se miden
entre sí, y de aquí la necesidad de referirlas a una cantidad de oro que se
fija como término de comparación, como unidad de medida. Debiendo tener esta
cantidad de oro una autenticidad social, es determinada por la ley. Dividida en
partes iguales, esta cantidad fija de metal se convierte en el tipo de los
precios.
Por consecuencia,
el oro desempeña aquí una segunda función. Sabemos que, como medida de los
valores, sirve para transformar los valores de las mercancías en supuestas
cantidades de oro, en precios; ahora, como tipo dep. 21 los precios,
mide estas diversas cantidades de oro por una cantidad fija y las refiere a un
peso fijo de oro. Los precios, o las cantidades de oro en que se transforman
imaginariamente las mercancías, se expresan desde este momento con los nombres monetarios
de este peso fijo, unidad de medida y de sus subdivisiones, por ejemplo, en
pesetas.
Los precios
indican, pues, dos cosas al mismo tiempo: la magnitud del valor de las
mercancías y la parte del peso de oro convertido en unidad de medida, por la
cual, son cambiables inmediatamente.
Si el precio, como
índice de la magnitud del valor de la mercancía, es la indicación de su
relación de cambio con la moneda, no se ha de deducir que la indicación de su
relación de cambio con la moneda se confunde necesariamente con la indicación
de su magnitud de valor.
En efecto, la
magnitud de valor expresa la relación íntima que existe entre una mercancía y
el tiempo de trabajo social necesario para producirla. Desde que el valor se
convierte en precio, esta relación aparece como la relación de cambio de la
mercancía con la moneda. Pero la relación de cambio puede expresar, ora el
valor mismo de la mercancía o bien lo más o lo menos que su cambio produce
accidentalmente en circunstancias dadas.
Supongamos que un
saco de trigo se produce en el mismo tiempo de trabajo que 13 gramos de oro, y
que el nombre monetario de estos 13 gramos de oro sea el de dos escudos; la
expresión moneda del valor del saco de trigo, o su precio, será dos escudos.
Aunque las
condiciones de la producción no varíen, siendo necesario el mismo tiempo de
trabajo si se presentan circunstancias que permiten estimar el saco de trigo en
tres escudos u obligan a bajarlo a un escudo, en talp. 22 caso tres
escudos y un escudo son expresiones que aumentan o disminuyen el valor del
trigo, y sin embargo, son sus precios, porque expresan la relación de cambio
del trigo y de la moneda.
Es, pues, posible
que exista una diferencia cuantitativa entre el precio de una mercancía y su
magnitud de valor, cuya posibilidad proviene del doble papel que representa la
misma forma precio.
En el precio, es
decir, en el nombre monetario de las mercancías, su equivalencia con el oro no
es todavía un hecho consumado. Para producir prácticamente el efecto de un
valor de cambio, la mercancía debe dejar de ser oro simplemente imaginado y
convertirse en oro real y positivo para darla un precio, basta con declararla
igual a una cantidad de oro puramente imaginaria; pero hay que reemplazarla con
oro efectivo para que preste a su poseedor el servicio de procurarle, por medio
del cambio, las cosas que necesita.
La forma precio
manifiesta simplemente que las mercancías son enajenables y en qué condiciones
su poseedor quiere enajenarlas. Los precios son como miradas amorosas que las
mercancías lanzan al dinero; para que el dinero se deje atraer por las
mercancías es preciso que su valor útil esté reconocido. No hablamos de los
errores más o menos intencionados que se cometen al fijar los precios, cuyos
errores son bien pronto corregidos en el mercado por la tarifa de los
concurrentes.
II. Circulación
de las mercancías.
El cambio
transporta las mercancías de manos en que son valores de uso negativos a manos
en que sirven de valores de uso. Llegadas al punto en que sirven de objetosp. 23 de utilidad,
las mercancías desaparecen de la esfera de los cambios y caen en el dominio del
consumo, lo cual, solo se verifica después de una serie de cambios de forma.
Consideremos en el
mercado un cambista cualquiera, un tejedor. Cambia su mercancía, 20 metros de
tela, por ejemplo, por 2 escudos de oro; después de lo cual cambia estos dos
escudos por un vestido. Al operar así el tejedor, enajena la tela, que para él
no es más que porta-valor, por el oro, y el oro, figura del valor de la tela,
por otras mercancías, el vestido, que va a ser para él valor de uso. De cuya
operación resulta que el tejedor se ha proporcionado, en lugar de su primera
mercancía, otra mercancía de valor igual, pero de utilidad diferente;
proporcionándose, de esta manera, medios de subsistencia y de producción.
En último
resultado, el tejedor no hace más que sustituir una mercancía por otra, o
cambiar productos. Pero este cambio se efectúa dando lugar a dos
transformaciones opuestas y complementarias: transformación de la mercancía en
dinero y nueva transformación del dinero en mercancía, cuyas transformaciones
representan, bajo el punto de vista del poseedor de la mercancía, dos actos:
venta, o cambio de la mercancía por dinero, y compra o cambio del dinero por la
mercancía. El conjunto de los dos actos contenidos en la operación (tela -
dinero - vestido) o lo que es lo mismo (mercancía - dinero - mercancía) se
resume así: vender para comprar.
El mismo acto que
es venta para el tejedor es compra para el que da 2 escudos por su tela; y
estos 2 escudos eran ya el producto de una venta en manos del comprador de la
tela. Porque, aparte del cambio del oro en su fuente de producción, es decir,
en el punto donde sep. 24 cambia como producto inmediato del trabajo por otro producto de
igual valor, el oro representa, en manos de cada productor cambista, un precio
de mercancía realizado.
Supongamos que el
comprador de la tela ha obtenido estos 2 escudos de la transformación de un
saco de trigo en dinero, y veremos en tal caso, que la tela, que, como cosa
vendida, es el principio del movimiento de cambio (tela - dinero - vestido),
como cosa comprada es el término de otro movimiento de cambio (trigo - dinero -
tela).
Por otra parte, el
acto que es compra para el tejedor, es venta para el sastre, que a su vez
convierte los 2 escudos procedentes de la venta de su vestido en otra
mercancía, en una pipa de vino, por ejemplo. El término del movimiento (tela -
dinero - vestido) es de este modo el principio de otro movimiento (vestido -
dinero - vino).
La primera
transformación de una mercancía, la tela, es, pues, la última de otra, el
trigo. La última transformación de la misma mercancía, la tela, es la primera
de otra, el vestido, y así sucesivamente. El conjunto de estos movimientos que
se encadenan constituye la circulación de las mercancías.
Como la circulación
de las mercancías conduce, según acabamos de ver en cada uno de sus movimientos
particulares, a un cambio de productos, esta circulación de las mercancías se
distingue esencialmente de su cambio inmediato. No hay duda que nuestro tejedor
ha cambiado en definitiva su mercancía, es decir, la tela, por otra que es el
vestido; pero este hecho solo es verdadero desde su punto de vista. El vendedor
del vestido, ante el cual se presentó el tejedor con el oro, representación del
valor de su tela, no creía probablemente que cambiaba su vestido por tela. La
mercancía del sastre ha reemplazado la mercancíap. 25 del tejedor, pero tejedor y
sastre, en las condiciones generales de la circulación de las mercancías, no
cambian sus productos recíprocamente, no ven más que la moneda, y las monedas
no pueden decir por qué artículo las han trocado.
La circulación no
acaba tampoco, como el cambio inmediato, en el cambio de dueño de los
productos. El dinero no desaparece. En el movimiento (tela - dinero - vestido),
la tela, vendida a quien quiere usarla, sale de la circulación, reemplazándola
el dinero; el vestido sale después, reemplazándolo también el dinero, y así
sucesivamente. Cuando la mercancía de un cambista, que en este caso es el
sastre, reemplaza la de otro, el tejedor, el dinero pasa siempre a un tercero,
el vendedor de vino.
La compra es el
complemento forzoso de la venta; pero no es forzoso que estas dos operaciones
complementarias se sucedan inmediatamente; puede separarlas un periodo de
tiempo más o menos largo. Si la separación de las dos operaciones se prolonga
demasiado, su unión íntima se demuestra por la crisis que surge.
Curso de la moneda.
Desde el momento
que el vendedor completa la venta por la compra, el dinero sale de sus manos.
En nuestro ejemplo, la moneda pasa de manos del tejedor a las del sastre y de
las de este a las del mercader de vino, realizando sucesivamente el precio de
su mercancía. El movimiento que la circulación de las mercancías imprime a la
moneda, la aleja, por lo tanto, de su punto de partida, para trasmitirla sin
interrupción de mano en mano: esto es lo que se llama curso de la
moneda.p. 26 Trátase ahora de saber la cantidad de moneda que el movimiento de
circulación puede absorber.
En un país se
realizan diariamente ventas más o menos numerosas de mercancías diversas. El
valor de las mercancías vendidas se hallaba expresado antes de su venta, por su
precio, es decir, por una cantidad de oro imaginado. La moneda realiza el
precio de estas mercancías, trasmitiéndolas del vendedor al comprador; en otros
términos, representa realmente las cantidades de oro ya expresadas
imaginariamente en el total de los precios. La cantidad de dinero exigida por
la circulación de todas las mercancías que existen en el mercado, se halla
determinada, por lo tanto, por el total de sus precios. Siempre que varíe este
total, variará en la misma proporción la masa de moneda circulante.
Ciertas variaciones
de esta masa dependen, en último resultado, de la moneda, del oro mismo.
Antes de que el oro
funcione como medida del valor, su propio valor se halla determinado, y si
funciona como tal, se debe a qué es un producto del trabajo, es decir, un valor
variable. En este concepto, cada vez que su valor sufra alteración, se alterará
evidentemente la estimación del valor de las mercancías, hecha con arreglo al
suyo.
Si el valor del oro
aumenta, si, por ejemplo, se duplica, un escudo valdrá lo que antes valían dos
escudos, y las mercancías que valían dos escudos, valdrán, por consecuencia,
uno. Si disminuye, por ejemplo, en la mitad, dos escudos valdrán lo que antes uno
y las mercancías que valían dos escudos valdrán cuatro. Hay que admitir,
naturalmente, en ambos casos que el valor particular de las mercancías, es
decir, que el tiempo necesario para su producción, sigue siendo el mismo.
Así, pues, los
precios, estimación del valor de las mercancíasp. 27 en oro, varían con el valor de
este; y como no hay alteración en el valor de las mercancías, los precios bajan
si aumenta el valor del oro y suben si disminuye.
Hallándose
determinada la cantidad de moneda corriente por el total de precios que deben
realizarse, toda variación en estos precios produce una alteración en la
cantidad de moneda circulante; cuya variación puede depender, según hemos
visto, de la misma moneda, en su cualidad, no de instrumento de la circulación,
sino de medida del valor. Dicho esto, suponemos que el valor del oro se haya
establecido, como lo está efectivamente, en el momento de fijar los precios.
Consideremos cierto
número de ventas sin relación entre sí, por ejemplo, las ventas aisladas de un
saco de trigo, de veinte metros de tela, de un vestido y de una pipa de vino.
Siendo el precio de cada artículo dos escudos, para realizar el precio de los
cuatro, habría que poner ocho escudos en circulación. Por el contrario, si
estas mismas mercancías forman la serie de transformaciones expuestas en el
párrafo precedente: un saco de trigo — dos escudos — un vestido — dos escudos —
veinte metros de tela — dos escudos — un barril de vino — dos escudos, los
mismos dos escudos que se detienen en la mano del mercader de vino ponen en
circulación las cuatro mercancías, realizando su precio sucesivamente; en cuyo
caso, la velocidad del curso de la moneda suple a su cantidad.
El cambio de lugar,
cuatro veces repetido, de los dos escudos resulta de las transformaciones
completas (su venta seguida de compra) y en relación unas con otras, del trigo,
de la tela y del vestido, que terminan con la primera transformación de la pipa
de vino. Los movimientos complementarios entre sí, que forman esta serie, se
verificanp. 28 sucesivamente; necesitan más o menos tiempo para realizarse y la
velocidad del curso de la moneda que, según acabamos de ver influye en su
cantidad, se mide por el número de mutaciones de las mismas monedas en un
tiempo dado. Supongamos que la circulación de nuestras cuatro mercancías dure
un día; la masa de moneda corriente, dos escudos, multiplicada por el número de
mutaciones de las mismas monedas, es decir, por cuatro, es igual al total del
precio de las mercancías, o sean ocho escudos.
La circulación en
un país comprende, durante un tiempo dado, las ventas o compras aisladas, es
decir, las transformaciones parciales en que la moneda solo cambia de lugar una
vez, y las series de transformaciones más o menos extensas, en que las mismas monedas
experimentan traslaciones más o menos numerosas. Cada una de las monedas que
componen la suma total de dinero en circulación, funciona, pues, con actividad
diferente, pero el conjunto de las monedas semejantes realiza, durante un
tiempo determinado, un total de precios; por consecuencia, se establece una
velocidad media en el curso de la moneda. Conocida esta velocidad media, queda
determinada la masa de oro que puede funcionar como instrumento de la
circulación, puesto que esta masa multiplicada por el número medio de sus
mutaciones debe ser igual al total de precios que hay que realizar.
La velocidad del
curso de la moneda solo indica la velocidad de las transformaciones de las
mercancías, la mayor o menor rapidez con que desaparecen de la circulación y su
reemplazo por nuevas mercancías.
En el curso rápido
de la moneda aparece la unión de la venta y de la compra como dos actos
alternativamente realizados por los mismos cambistas. Por el contrario, la
lentitud del curso de la moneda pone de manifiesto lap. 29 separación de
estas dos operaciones, y la interrupción de los cambios de forma de las
mercancías. Es muy común la tendencia a explicar esta interrupción por la
cantidad insuficiente de moneda circulante, siendo así que (y esto resulta de
lo que precede) la cantidad de los medios de circulación, en un periodo dado de
tiempo, se halla determinada por el precio total de las mercancías circulantes
y por la velocidad media de sus transformaciones, en dinero, por medio de la
venta, y en otras mercancías por medio de la compra.
El numerario o las
especies y el papel-moneda.
El numerario tiene
su origen en la función que desempeña la moneda como instrumento de
circulación. El peso de oro adoptado como unidad de medida y sus subdivisiones
deben presentarse ante las mercancías en el mercado bajo la forma de numerario
o de especies acuñadas. De la misma manera que el establecimiento de la unidad
de medida, la acuñación es de la incumbencia del Estado. El oro y la plata
revisten así, en concepto de numerario, una forma oficial, un uniforme
nacional, que abandonan en el mercado del mundo.
Las monedas de oro
o de plata se desgastan más o menos en su circulación y pierden, por
consecuencia, mayor o menor cantidad de peso. Especies de igual nombre, que
vienen a ser, de este modo, de valor desigual por carecer del mismo peso, se
consideran iguales en la circulación. Aun cuando pierden parte de su peso,
conservan su valor nominal. La circulación tiende, pues, a transformar el
numerario en un emblema de su peso metálico oficial.
La función
numeraria del oro, desprendida así de sup. 30 valor metálico por el roce
mismo de su circulación, puede ser desempeñada por cosas relativamente sin
valor, tales como unos pedazos de papel. Y desde este momento, como la moneda,
en concepto de numerario o instrumento de circulación, queda reducida a ser el
signo de sí propia, puede reemplazársela en esta función con simples signos.
Solo es necesario que el signo de la moneda, el papel moneda, sea, como ella,
socialmente valedero; cuyo carácter lo adquiere por la acción del Estado.
Además, ocupando el lugar de la moneda, el papel moneda debe ser proporcionado,
en su emisión, a la cantidad de moneda que represente y que realmente debería
circular. En el caso en que excediera de esta proporción legítima, los hechos
la reducirían al tipo indicado. Si la masa de papel moneda llegara a ser el
doble de la proporción debida, un billete de 100 pesetas, por ejemplo, no
representaría más que 50 pesetas. No se trata aquí más que del papel moneda
puesto en circulación por el Estado y con curso forzoso.
III. Reservas
de oro y de plata o tesoros.
Al desarrollarse la
circulación de las mercancías se desarrollan también la necesidad y el deseo de
adquirir y de conservar lo que, en el régimen de producción mercantil,
constituye el nervio de todas las cosas: el dinero.
Todo productor debe
hacer provisión de dinero. En efecto, las necesidades del productor se renuevan
sin cesar y le imponen constantemente la compra de mercancías ajenas, mientras
que la producción y la venta de las suyas exigen más o menos tiempo y dependen
de mil eventualidades. Para poder comprar sin vender, es preciso antes haber
vendido sin comprar. Las mercancíasp. 31 no se venden desde luego para
comprar inmediatamente otras, sino para reemplazarlas con dinero que se
conserva, y se va empleando según las necesidades. La moneda, detenida
intencionadamente en su circulación, se petrifica, por decirlo así,
convirtiéndose en tesoro, y el vendedor se transforma en acumulador de dinero.
Fórmanse de este modo, en todos los puntos que se hallan en relaciones de
negocios, reservas de dinero en las proporciones más diversas.
Ya hemos visto que
la cantidad de moneda corriente se halla determinada por el total de los
precios de las mercancías circulantes y por la velocidad de su circulación.
Esta cantidad aumenta, pues, al mismo tiempo que la circulación de las
mercancías y disminuye con ella. En su consecuencia, unas veces debe entrar en
circulación una masa mayor de moneda, y otras debe salir de la circulación una
parte. Esta condición se cumple por medio de las reservas de dinero que entran
o salen de la circulación, esto es, por la forma tesoro.
El dinero como
medio de pago.
En la forma de
circulación de las mercancías examinada hasta aquí, los cambistas se presentan
unos con la mercancía y otros con el dinero. Sin embargo, a medida que se
desenvuelve la circulación, se desarrollan también varias circunstancias que
tienden a establecer un intervalo, más o menos largo, entre la venta de la
mercancía y la realización de su precio.
Algunas especies de
mercancías, exigen para su producción más tiempo que otras, las épocas de
producción no son las mismas para todas, etc. Puede ocurrir, pues, que uno de
los cambistas esté dispuesto a vender en tantop. 32 que el otro no tiene aún medios
de comprar. Cuando las mismas transacciones se renuevan constantemente entre
las mismas personas, las condiciones de venta y compra de las mercancías, se
regulan según las condiciones de su producción. El uno venderá una mercancía
presente, el otro comprará sin pagar inmediatamente en calidad de representante
de dinero por venir. El vendedor se hace acreedor y el comprador deudor; el
dinero adquiere una nueva función, se hace medio de pago.
La aparición
simultánea en una venta de la mercancía y del dinero deja de existir. Desde
este momento, el dinero funciona principalmente como medida de valor en el
señalamiento del precio de la mercancía vendida. Establecido mediante contrato,
este precio indica la obligación del comprador, es decir, la suma de dinero de
que es deudor a plazo fijo.
Funciona además
como medio de compra imaginaria. Aunque solo existe en la promesa del comprador
le transfiere, sin embargo, la mercancía.
Al finalizar el
plazo solamente entra como medio de pago en la circulación, es decir, que pasa
de manos del comprador a las del vendedor.
Medio de
circulación, el dinero se convertía en tesoro porque el movimiento de
circulación se había detenido en su primera mitad, no siguiendo a la venta la
compra. Medio de pago, solo entra en circulación cuando la mercancía ha salido
ya de ella. El vendedor transformaba la mercancía en dinero para satisfacer sus
necesidades por medio de la compra de objetos útiles; el acumulador de dinero
para conservarle bajo su forma de permutabilidad inmediata con toda clase de
mercancías, es decir, bajo su forma dinero; el comprador deudor para poder
pagar. Si no efectúa esta transformación, si no paga alp. 33 vencimiento
tiene lugar una venta forzosa de su hacienda. El cambio de la mercancía en
dinero constituye, pues, una necesidad social que se impone al productor
cambista, independientemente de sus necesidades y caprichos personales.
Los pagos a
efectuar pueden compensarse, cuando en vez de efectuarse de hecho se saldan
recíprocamente anulándose. Teniendo esto en cuenta, se organizan instituciones
a fin de realizar estas compensaciones que disminuyen la masa de numerario
empleado. Además, circula en un tiempo determinado, un día por ejemplo, cierta
cantidad de dinero destinada a pagar las obligaciones que vencen este día y que
representan mercancías mucho tiempo ha fuera de la circulación. En estas
condiciones, la cantidad de moneda que circula en cierto periodo, dada la
velocidad de los medios de circulación y de los medios de pago, es igual al
total de los precios de las mercancías a realizar, añadiendo a esto el total de
los pagos que cumplen en este periodo y descontando, por ejemplo, el total de
los pagos que se compensan.
La moneda de
crédito (letras, pagarés, etc.), tiene su origen inmediato en la función del
dinero como medio de pago. Los certificados que acreditan las deudas contraídas
por las mercancías compradas, circulan también a su vez para transferir a otros
los créditos que representan. A medida que se extiende el sistema de crédito,
la moneda, como medio de pago, reviste formas de existencia especiales, merced
a las cuales se regulan las grandes operaciones comerciales, en tanto que las
especies de oro y plata quedan reducidas principalmente al comercio al por
menor.
Establécense en
cada país ciertos términos generales, ciertas épocas determinadas en que los
pagos se hacen enp. 34 grande escala; y la función del dinero como medio de pago exige la
acumulación de las sumas necesarias para las fechas de los vencimientos.
La moneda
universal.
Al salir de la
circulación interior de un país, el metal moneda abandona las formas locales
que había revestido para recobrar su forma primitiva de barra o lingote.
En el recinto
nacional de la circulación una sola mercancía es la que puede servir de medida
de valor; en el mercado universal reina una doble medida de valor: el oro y la
plata.
p. 35
SECCIÓN
SEGUNDA
Transformación
del dinero en capital.
CAPÍTULO IV
FÓRMULA
GENERAL DEL CAPITAL
Circulación simple
de las mercancías y circulación del dinero como capital. — La plusvalía.
Circulación simple
de las mercancías y circulación del dinero como capital.
La circulación de
las mercancías es el punto de partida del capital; solo aparece este cuando la
producción mercantil y el comercio alcanzaron cierto grado de desarrollo. La
historia moderna del capital data de la creación del comercio y del mercado de
ambos mundos en el siglo XVI.
Hemos visto que la
forma inmediata de la circulación de las mercancías es (20 metros de tela — 2
escudos — un vestido) o (mercancía — dinero — mercancía), transformación de la
mercancía en dinero y nueva transformación del dinero en mercancía, o sea vender
para comprar.
Pero al lado de
esta forma, encontramos otra enteramente distinta (dinero — mercancía —
dinero), transformación del dinero en mercancía y nueva transformación de la
mercancía en dinero, o sea comprar para vender. Todop. 36 dinero que
realiza este movimiento se convierte en capital.
Conviene observar
que este movimiento, comprar para vender, no se diferencia de la forma
ordinaria de la circulación de las mercancías sino para aquel que imprime este
movimiento al dinero, para el capitalista. En realidad se compone de dos actos
de la circulación ordinaria, compra y venta, separados de los que regularmente
los preceden y les siguen, y se considera que constituyen una operación
completa. El primer acto, la compra, es una venta para aquel a quien el
capitalista compra; el segundo, la venta, es una compra para aquel a quien el
capitalista vende; solo existe aquí el encadenamiento ordinario de los actos
comunes de la circulación. Comprar para vender, como operación completa,
distinta de la circulación ordinaria, solo existe bajo el punto de vista del
capitalista.
En cada uno de
estos dos movimientos (mercancía — dinero — mercancía) y (dinero — mercancía —
dinero) se presentan uno enfrente de otro dos elementos materiales idénticos,
mercancía y dinero. Pero en tanto que el primer movimiento, la circulación
simple de las mercancías, principia por la venta y acaba por la compra, el
segundo, o sea la circulación del dinero como capital, empieza por la compra y
termina por la venta.
En la primera
forma, el dinero se convierte al fin en mercancía destinada a servir de valor
de uso, de cosa útil. Arrastrado por el hecho de la compra, el dinero se aleja
de su punto de partida, y es gastado definitivamente. En la segunda, el
comprador pone su dinero en circulación para recobrarlo en último término como
vendedor. Este dinero, que vuelve a su punto de partida, fue sencillamente
anticipado, cuando al principio se le puso en circulación.
p. 37La plusvalía.
La satisfacción de
una necesidad, un valor de uso, tal es el objeto determinante del primer
movimiento, que termina en un cambio de productos de igual cantidad como
valores, si bien son de cualidad diferente como valores de uso, por ejemplo,
tela y vestido. Puede suceder que la tela sea vendida en más de su valor o el
vestido comprado en menos, pudiendo salir perjudicado uno de los cambistas,
pero esta desigualdad posible de los valores cambiados es, en tal caso, solo un
accidente; el carácter regular de esta forma de circulación es la igualdad de
valor de ambos extremos, es decir, de las dos mercancías.
El segundo
movimiento termina de la misma manera que empieza, por el dinero; su objeto
determinante es, por consecuencia, el valor de cambio. Los dos extremos, las
dos sumas de dinero, idénticas en cuanto a su calidad y utilidad, solo se
diferencian entre sí por su cantidad: cambiar 100 escudos, por ejemplo, por 100
escudos sería una operación de todo punto inútil; de consiguiente, el
movimiento (dinero — mercancía — dinero) solo puede tener razón de ser en la
diferencia cuantitativa de ambas sumas de dinero. Finalmente, sale de la
circulación más dinero del que entró; la forma completa de este movimiento es,
por ejemplo (100 escudos — 2.000 libras de algodón — 110 escudos); concluye en
el cambio de una suma de dinero, 100 escudos, por una suma mayor, 110 escudos.
A este excedente, a este acrecentamiento de 10 escudos, es a lo que
llamamos plusvalía, es decir, sobrevalor o aumento de valor. Por lo
tanto, no solamente se conserva en la circulación el valor anticipado, sino que
se hace mayor, y esto es lo que lo convierte en capital.
p. 38El movimiento que
consiste en vender para comprar, que tiende a la apropiación de cosas aptas
para satisfacer determinadas necesidades, encuentra fuera de la circulación un
límite en el consumo de las cosas compradas, en la satisfacción de las
necesidades.
Por el contrario,
el movimiento de comprar para vender, que tiende al aumento de valor, no tiene
límites, porque si se estanca el valor, que solo aumenta por su renovación
continua, no se acrecentará.
El último término
del movimiento (dinero — mercancía — dinero), 110 escudos en nuestro ejemplo,
es el primero de un nuevo movimiento de igual género, cuyo último término es
mayor que aquel y así sucesivamente.
Como representante
de este movimiento, el poseedor del dinero se convierte en capitalista. El
movimiento continuo de la ganancia constantemente renovado por el lanzamiento
continuo del dinero en la circulación, la plusvalía creada por el valor, tal es
su único objeto. No se preocupa para nada del valor de uso, de la utilidad;
para él, mercancías y dinero solo funcionan como formas diferentes del valor
que, cambiando incesantemente de forma, cambia también de magnitud y parece
haber adquirido la propiedad de procrear. Bajo la forma de dinero, el valor
principia, termina y vuelve a empezar su procedimiento de adquisición de
plusvalía. Bajo la forma de mercancía aparece como instrumento para hacer
dinero. La fórmula general del capital, tal como se manifiesta en la
circulación, es: comprar para vender más caro.
p. 39
CAPÍTULO V
CONTRADICCIONES DE
LA FÓRMULA GENERAL DEL CAPITAL
La circulación de
las mercancías tiene por base el cambio de valores equivalentes. — Aun
admitiendo el cambio de valores desiguales, la circulación de las mercancías no
crea plusvalía.
La circulación de
las mercancías tiene por base el cambio de valores equivalentes.
Vamos a examinar
ahora si, por su naturaleza, la circulación de las mercancías permite el
aumento de los valores que entran en ella, es decir, la formación de una
plusvalía.
Consideremos el
cambio de dos mercancías, cambio en que el dinero solo interviene de un modo
imaginario, como expresión en moneda de las mercancías; es evidente que los dos
cambistas pueden salir gananciosos; ambos se deshacen de productos que no son
para ellos de ninguna utilidad y adquieren otros que necesitan. Un individuo
que posee mucho trigo y carece de vino, cambia con otro que tiene mucho vino y
carece de trigo, un valor de 500 pesetas en trigo por 500 pesetas en vino. Bajo
el punto de vista del valor de uso, de la utilidad, hay beneficio para ambos,
siendo, en este concepto, el cambio una transacción en que ganan ambas partes.
Pero bajo el punto de vista del valor de cambio, el trueque de 500 pesetas en
trigo por 500 pesetas en vino no representap. 40 aumento de riqueza para ninguno
de los cambistas, pues cada uno de ellos poseía antes del cambio un valor igual
al que el cambio le ha procurado.
Intervenga ahora
realmente el dinero, sirva este de intermediario como instrumento de
circulación entre estas mercancías o sepárense los actos de venta y compra del
trigo y del vino, es indudable que esto no modificará en nada la cuestión.
Descartando las
circunstancias accidentales que no dependen de las leyes mismas de la
circulación, solo hay en esta, aparte del reemplazo de un producto útil por
otro, un simple cambio de forma de la mercancía, en nuestro ejemplo, trigo en
vez de vino. El mismo valor queda siempre en poder del mismo cambista, solo que
retiene este valor sucesivamente bajo la forma de su propio producto puesto en
venta, trigo por ejemplo, bajo la forma dinero, precio realizado de producto,
500 pesetas en nuestro caso; finalmente, bajo la forma del producto ajeno
comprado por esta misma suma, vino por ejemplo. Estos cambios de forma no
entrañan cambio de la cantidad de valor, como no lo hay tampoco en cambiar un
billete de 100 pesetas por 20 duros; y de la circulación que respecto al valor
de las mercancías solo es un cambio de forma, no puede resultar regularmente
más que un cambio de valores equivalentes.
De consiguiente, si
con relación al valor de uso, el cambio beneficia a los dos cambistas, este
cambio no puede ser, en su forma más pura, respecto al valor de cambio, un
origen de beneficios para ninguno de ellos. Por lo tanto, la formación de
plusvalía no puede provenir, en manera alguna, de la circulación en sí misma.
p. 41Aun admitiendo el
cambio de valores desiguales, la circulación de las mercancías no crea
plusvalía o aumento de valor.
No obstante, como
en la realidad estamos obligados a admitir la formación de la plusvalía, y en
la práctica las cosas ocurren pocas veces con pureza, supongamos, a fin de
explicar esta formación, que el cambio tenga lugar entre valores desiguales.
De todos modos, en
el mercado solo hay cambistas frente a cambistas. El motivo material del
cambio, que consiste en que los cambistas carecen del objeto que necesitan y
poseen el objeto necesario a otro, los pone en una situación de dependencia
recíproca.
Decir que la
plusvalía resulta para los productores de que venden sus mercancías en más de
lo que valen, equivale a decir que los cambistas tienen, como vendedores, el
privilegio de vender demasiado caro. El vendedor ha producido por sí mismo la
mercancía o representa el producto de ella; pero el comprador ha producido
también o representa al que ha producido la mercancía convertida en el dinero
con que compra. Por ambas partes hay productores; la única diferencia consiste
en que el uno compra y el otro vende. Que el poseedor de mercancías, bajo el
nombre de productor o de vendedor, venda las mercancías en más de lo que valen,
y que, bajo el nombre de consumidor o de comprador, las compre demasiado caras,
gana por un concepto lo que pierde por otro y el resultado no se altera.
Lo mismo resultaría
si se supusiera, no ya en el vendedor el privilegio de vender muy caro, sino en
el comprador el de pagar las mercancías en menos de lo que valen; pues habiendo
sido vendedor antes que comprador yp. 42 volviéndolo a ser después,
perdería como vendedor el beneficio realizado como comprador.
Hemos considerado a
vendedores y compradores en general, sin tener en cuenta sus caracteres
individuales. Supongamos que el cambista Pedro, que es muy ladino, consigue
engañar a los cambistas Pablo y Santiago. Pedro vende a Pablo una cantidad de
vino que vale 400 pesetas por 500, y con esta cantidad compra a Santiago trigo,
que vale 600; Pedro realiza un beneficio, por lo tanto, de 200 pesetas.
Antes del cambio,
teníamos 400 pesetas de vino en manos de Pedro, 500 en dinero en las de Pablo y
600 en trigo en las de Santiago; valor total 1.500 pesetas. Después del cambio
tenemos 600 pesetas de trigo en poder de Pedro, el ladino, 400 pesetas de vino
en poder de Pablo, y 500 pesetas en dinero en poder de Santiago: valor total
1.500 pesetas. El valor circulante no ha aumentado ni un céntimo, solo ha
cambiado su distribución entre Pedro, Pablo y Santiago. Es igual que si Pedro
hubiera robado 200 pesetas. Una modificación en la distribución de los valores
circulantes no aumenta su cantidad.
Dese a esto las
vueltas que se quiera, las cosas no varían. ¿Se cambian valores equivalentes?
no se produce plusvalía; tampoco se produce si se cambian valores desiguales.
La circulación o el cambio de las mercancías no crea ningún valor. No pudiendo
aumentar la cantidad de los valores lanzados a la circulación, debe ocurrir
fuera de ella algo que haga posible la formación de una plusvalía. Pero, ¿es
posible esa formación fuera de aquella?
Parece imposible
que fuera de la circulación, el productor cambista pueda comunicar a su
producto la propiedad de engendrar una plusvalía; porque fuera de ella se
encuentra solo con la mercancía que contiene ciertap. 43 cantidad de
su trabajo, la cual determina el valor del producto; puede hacer que aumente el
valor de su producto, añadiéndole, merced a un nuevo trabajo, nuevo valor, pero
no conseguirá que este valor aumente por su propia virtud, sin nuevo trabajo.
Llegamos, pues, a
la siguiente conclusión: el poseedor de dinero debe comprar primero mercancías
en su justo valor, venderlas luego en lo que valen, y no obstante recoger al
fin un valor mayor que el que adelantó. Esta transformación del dinero en
capital debe ocurrir en el campo de la circulación y al mismo tiempo no ha de
ocurrir en él. Tales son las condiciones del problema.
p. 44
CAPÍTULO VI
COMPRA Y VENTA DE
LA FUERZA DE TRABAJO
El origen de la
plusvalía es la fuerza de trabajo. — Valor de la fuerza de trabajo.
El origen de la
plusvalía es la fuerza de trabajo.
El aumento de valor
que convierte al dinero en capital no puede provenir del dinero. Si es cierto
que sirve de medio de compra o de medio de pago, no hace otra cosa que realizar
los precios de las mercancías que compra o que paga. Si queda tal cual es, evidentemente
no aumenta. Preciso es, por lo tanto, que la mudanza de valor provenga de la
mercancía comprada y vendida después más cara.
Esta mudanza no
puede efectuarse ni en la compra ni en la reventa; en efecto, en estos dos
actos solo hay, en nuestra hipótesis, un cambio de valores equivalentes. No
queda, pues, más que una suposición posible; que la mudanza provenga del uso de
la mercancía después de su compra y antes de su reventa. Pero se trata de una
alteración en el valor cambiable. Para obtener un aumento de valor cambiable
por el uso de una mercancía sería necesario que el capitalista tuviese la buena
suerte de descubrir en la circulación una mercancía que poseyera la especial
virtud de ser, por su empleo, fuente de valorp. 45 cambiable, de tal modo que el
hecho de usarla, de consumirla, equivaliera a crear valor.
Y el capitalista
encuentra efectivamente en el mercado una mercancía dotada de esta virtud
especial. La mercancía en cuestión tiene por nombre potencia o fuerza de
trabajo. Bajo esta denominación hay que comprender el conjunto de las
facultades musculares o intelectuales que existen en el cuerpo de un hombre, y
que debe poner en actividad para producir cosas útiles.
El cambio indica
que los cambistas se consideran recíprocamente propietarios de las mercancías
cambiadas, obrando libremente y con iguales derechos. La fuerza de trabajo solo
puede, pues, ser vendida por su propio dueño; este debe gozar jurídicamente de los
mismos derechos que el dueño del dinero con quien trata; debe ser dueño de
disponer de su persona y vender su fuerza de trabajo siempre por un tiempo
determinado, de tal suerte que, transcurrido este tiempo, recobre la plena
posesión de ella. Si la vendiese de una vez para siempre, se haría esclavo y de
mercader se convertiría en mercancía.
Por otra parte,
para que el dueño del dinero encuentre fuerza de trabajo que comprar, es
preciso que el poseedor de esta fuerza, desprovisto de medios de subsistencia y
de producción, tales como materias primeras, herramientas, etc., que le
permitan satisfacer sus necesidades, vendiendo las mercancías, producto de su
trabajo, esté obligado a vender su fuerza de trabajo como mercancía, por no
tener otra mercancía que vender, ni de qué vivir fuera de esto.
Claro es que la
naturaleza no produce por un lado poseedores de dinero o de mercancías, y por
otro individuos que solo posean su fuerza de trabajo. Esta relación, sin
fundamento natural, no es tampoco una relación socialp. 46 común a todos
los periodos de la historia. Y lo que caracteriza a la época capitalista es que
el detentador de los medios de subsistencia y de producción encuentra en el
mercado al trabajador, cuya fuerza de trabajo reviste la forma de mercancía, y
el trabajo, por consecuencia, la forma de trabajo asalariado.
Valor de la fuerza
de trabajo.
La fuerza de
trabajo, como toda mercancía, posee un valor determinado, como en todas ellas,
por el tiempo de trabajo necesario para su producción.
Siendo la fuerza de
trabajo una facultad del individuo viviente, es preciso que este se conserve
para que aquella subsista. El individuo necesita para su sustento o para su
conservación de cierta cantidad de medios de subsistencia. La fuerza de trabajo
tiene, pues, exactamente el valor de los medios de subsistencia necesarios al
que la pone en acción, para que pueda comenzar al día siguiente en iguales
condiciones de vigor y de salud.
Las necesidades
naturales, como son, alimentos, vestidos, habitación, calefacción, etc.,
difieren, según los climas y según otras particularidades físicas de un país.
Por otra parte, así el número de las llamadas necesidades naturales como el
modo de satisfacerlas, dependen en gran parte del grado de civilización
alcanzado. Mas para un país y una época determinados, la medida de los medios
necesarios de subsistencia está igualmente determinada.
Los dueños de la
fuerza de trabajo son mortales; a fin de que se la encuentre siempre en el
mercado, como lo reclama la transformación continua del dinero en capital, es
necesario que se perpetúen, que reproduzcan en cantidadp. 47 igual por lo
menos, la cantidad de fuerza de trabajo que el desgaste y la muerte sustraen.
La suma de los medios de subsistencia necesarios pava la producción de la
fuerza de trabajo comprenden, pues, los medios de subsistencia de los
sustitutos, es decir, de los hijos de los trabajadores.
Además, para
modificar la naturaleza humana de suerte que adquiera habilidad y rapidez en un
género determinado de trabajo, es decir, para hacer de ella una fuerza de
trabajo desarrollada en un sentido especial, es necesaria cierta educación, que
más o menos extensa, ocasiona un gasto mayor o menor de mercancías diversas:
siendo la fuerza de trabajo igual a la suma de mercancías necesarias para su
producción, cuando esta suma aumenta, como ocurre en el caso actual, su valor
aumenta también.
El precio de la
fuerza de trabajo alcanza su mínimum cuando se reduce al valor de los medios de
subsistencia que no podrían disminuirse sin exponer la vida misma del
trabajador; en este caso el trabajador no hace más que vegetar. Ahora bien,
como el valor de la fuerza de trabajo está basado en las condiciones de una
existencia normal, su precio es, entonces, inferior a su valor.
Una vez hecho el
contrato entre comprador y vendedor, resulta de la naturaleza especial de la
fuerza de trabajo que su valor de uso no ha pasado en realidad a manos del
comprador. Si su valor, puesto que ha exigido el gasto de cierta cantidad de
trabajo social, se hallaba determinado antes de que entrase en la circulación,
su valor de uso, que consiste en su ejercicio, solo se manifiesta después. La
enajenación de la fuerza de trabajo y su servicio como valor útil, en otros
términos, su venta y su empleo, no tienen lugar al mismo tiempo. Ahora bien,p. 48 casi siempre
que se trata de mercancías de este género, cuyo valor de uso enajenado por la
venta no es en realidad trasmitido simultáneamente al comprador, el vendedor no
recibe el dinero sino en un plazo más o menos lejano, cuando su mercancía ha servido
ya de cosa útil al comprador. En todos los países en que reina la producción
capitalista no se paga la fuerza de trabajo hasta que ha funcionado durante
cierto tiempo, fijado en el contrato, al fin de cada semana por ejemplo. En
todas partes, deja, pues, el trabajador que el capitalista consuma su fuerza de
trabajo antes de obtener el precio de ella; en una palabra, le fía o presta
bajo todos conceptos. Como este préstamo, que no es un beneficio vano para el
capitalista, no modifica la naturaleza misma del cambio, supondremos
provisionalmente, para evitar inútiles complicaciones, que el dueño de la
fuerza de trabajo recibe el precio estipulado desde el momento en que la vende.
El valor de uso
entregado por el trabajador al comprador a cambio de dinero, solo se muestra en
su empleo, en el consumo de la fuerza de trabajo vendida. Este consumo, que es
a la vez producción de mercancías y de plusvalía, se hace, de igual modo que el
consumo de toda mercancía, fuera del mercado, fuera del dominio de la
circulación; por consecuencia, hemos de salir de este dominio y penetrar en el
de la producción, para conocer el secreto de la fabricación de plusvalía.
p. 49
SECCIÓN
TERCERA
Producción de la
supervalía absoluta.
CAPÍTULO VII
PRODUCCIÓN DE
VALORES DE USO Y PRODUCCIÓN DE LA SUPERVALÍA
I. El trabajo
en general y sus elementos. — El trabajo ejecutado por cuenta del capitalista.
— II. Análisis del valor del producto. — Diferencia entro el valor de la
fuerza de trabajo y el valor que puede crear. — El problema de la transformación
del dinero en capital está resuelto.
I. El
trabajo en general y sus elementos.
El uso o el empleo
de la fuerza de trabajo es el trabajo. El comprador de la fuerza de trabajo la
consume haciendo trabajar al que la vende. Para que el trabajador produzca
mercancías, su trabajo debe ser útil, esto es, realizarse en valores de uso.
Luego el capitalista hace producir a su obrero un valor de uso particular, un
artículo útil determinado. La intervención del capitalista no puede modificar
en lo más mínimo la naturaleza misma del trabajo, por cuya razón vamos a
examinar ante todo el movimiento del trabajo útil en general.
Los elementos
simples de todo trabajo son: 1.º, la actividad personal del hombre o trabajo
propiamente dicho; 2.º, el objeto en que se ejerce el trabajo; 3.º, el medio
por el cual se ejerce.
p. 501.º La
actividad personal del hombre es un gasto de las fuerzas de que está dotado su
cuerpo. El resultado de esta actividad existe, antes del gasto de fuerza, en el
cerebro del hombre, no siendo otra cosa que el propósito a cuya realización el
hombre aplica a sabiendas su voluntad. La obra exige, mientras dura, además del
esfuerzo de los órganos en acción, una atención sostenida que solo puede
resultar de un esfuerzo constante de la voluntad, y lo exige tanto más cuanto
menor atractivo ofrece el trabajo, por su objeto y su modo de ejecución.
2.º La tierra
es el objeto universal de trabajo que existe independientemente del hombre.
Todas las cosas cuyo trabajo se limita a romper la unión inmediata con la
tierra, por ejemplo, la madera cortada en la selva virgen, el mineral extraído
de su vena, son objeto de trabajo por la gracia de la Naturaleza. El objeto en
que se ha ejercido ya un trabajo, como el mineral lavado, se llama primera
materia. Toda primera materia es objeto de trabajo; pero todo objeto de trabajo
no es primera materia: solo llega a serlo después de haber sufrido una
modificación cualquiera efectuada por el trabajo.
3.º El medio
de trabajo es una cosa o un conjunto de cosas que el hombre pone entre sí y el
objeto de su trabajo para ayudar a su acción. El hombre convierte cosas
exteriores en órganos de su propia actividad, órganos que añade a los suyos. La
tierra es el almacén primitivo de sus medios de trabajo. Ella le suministra,
por ejemplo, la piedra de que se vale para frotar, cortar, lanzar, comprimir,
etc. Tan luego como el trabajo alcanza algún desarrollo, por pequeño que sea,
no puede prescindir de medios ya trabajados. Lo que distingue una época
económica de otra, lo que muestra el desenvolvimiento del trabajador, no es
tanto lo que se fabrica como la manerap. 51 de fabricar, como los medios de
trabajo con cuyo auxilio se fabrica. Además de las cosas que sirven de
instrumentos, de auxiliares de la acción del hombre, los medios de trabajo
comprenden, en una acepción más lata, todas las condiciones materiales que, sin
entrar directamente en las operaciones ejecutadas, son sin embargo
indispensables o cuya falta haría defectuoso el trabajo, como son los
obradores, talleres, canales, caminos, etc.
De consiguiente, en
la acción de trabajo, la actividad del hombre efectúa, con ayuda de los medios
de trabajo, una modificación voluntaria de su objeto. Esta acción tiene su fin
en el producto terminado, es decir, en un valor de uso, en una materia que ha
experimentado un cambio de forma que la ha adaptado a las necesidades humanas.
El trabajo se ha materializado al combinarse con el objeto de trabajo. Lo que
era movimiento en el trabajador aparece ahora en el producto como una propiedad
en reposo. El obrero ha tejido y el producto es una tela. Si se considera el
conjunto de este movimiento con relación a su resultado, al producto, que es
entonces medio y objeto de trabajo, se presentan ambos como medios de
producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo.
Fuera de la
industria extractiva, explotación de minas, caza, pesca, etc., en que la
Naturaleza sola suministra el objeto de trabajo, en los demás ramos de la
industria entran primeras materias, es decir, objetos en que se ha efectuado ya
un trabajo. El producto de un trabajo llega a ser así el medio de producción de
otro.
La primera materia
puede constituir la sustancia principal de un producto o solo entrar en él bajo
la forma de materia auxiliar. En tal caso esta queda consumida por el medio de
trabajo, como la hulla por la máquina dep. 52 vapor o el heno por el caballo
de tiro, o bien se une a la primera materia para modificarla en algún concepto,
como el color a la lana, o, finalmente, favorece la realización del trabajo,
como las materias usadas en el alumbrado y calefacción del taller.
Poseyendo todo
objeto propiedades diversas y prestándose por ellas a más de una aplicación, el
mismo producto es apto para formar la primera materia de diferentes
operaciones. Así, los granos sirven de primera materia al molinero, al
destilador, al ganadero, etc., y como semilla sirven de primera materia en su
propia producción.
En la misma
producción el mismo producto puede servir de medio de trabajo y de materia
primera; en la cría de ganado, por ejemplo, el animal, materia trabajada,
funciona también como medio de trabajo para la preparación del estiércol.
Existiendo ya un
producto bajo forma que le hace adecuado para el consumo, puede llegar a ser a
su vez primera materia de otro producto. La uva es la primera materia del vino.
Hay también productos que solo sirven para primeras materias, en cuyo caso se dice
que el producto no ha recibido más que una semielaboración: el algodón, entre
otros.
Se ve que el
carácter de producto, de materia primera o de medio de trabajo, depende, cuando
se trata de un valor de uso u objeto útil, del lugar que ocupa en el acto del
trabajo, y al cambiar de lugar cambia de carácter.
Entrando todo valor
de uso en operaciones nuevas como medio de producción, pierde, pues, su
carácter de producto y únicamente funciona en calidad de colaborador del
trabajo en actividad, para la producción de nuevos productos.
p. 53El trabajo gasta
sus elementos materiales, objeto de trabajo y medio de trabajo, siendo, por
consecuencia, un acto de consumo. Este consumo productivo se distingue del
consumo individual en que el último consume los productos como medios de
satisfacción del individuo, mientras que el primero los consume como medios de
ejercicio del trabajo. El producto del consumo individual es el consumidor
mismo; el resultado del consumo productivo es un producto distinto del
consumidor.
El movimiento del
trabajo útil, tal como acabamos de analizarlo desde el punto de vista general,
es decir, la actividad que tiene por objeto la producción de valores de uso, la
adaptación de los medios exteriores a nuestras necesidades, es una exigencia física
de la vida humana, común a todas las formas sociales; su estudio en general no
puede, por lo tanto, indicarnos con arreglo a qué condiciones sociales
especiales se realiza en un caso dado.
El trabajo
ejecutado por cuenta del capitalista.
El capitalista en
agraz compra en el mercado, escogiéndolo de buena calidad y pagándolo en su
justo precio, todo lo necesario para la realización del trabajo, medios de
producción y fuerza de trabajo.
La naturaleza
general del trabajo, que acabamos de exponer, no se modifica evidentemente por
la intervención del capitalista. Como consumo de fuerza de trabajo para el
capitalista, el movimiento del trabajo presenta dos particularidades.
En primer lugar, el
obrero trabaja bajo la inspección del capitalista a quien pertenece su trabajo.
El capitalista vigila cuidadosamente para que los medios de producción se
empleen con arreglo al fin que desea, para que la tareap. 54 se haga
concienzudamente y para que el instrumento de trabajo solo sufra el daño
inseparable de su empleo.
En segundo lugar,
el producto es propiedad, no del productor inmediato, que es el trabajador,
sino del capitalista. Este paga el valor cotidiano, por ejemplo, de la fuerza
de trabajo; el uso de esta fuerza de trabajo le pertenece, por lo tanto,
durante un día, como el de un caballo que se alquila diariamente. En efecto, el
uso de la mercancía pertenece al comprador, y al dar su trabajo el poseedor de
la fuerza de trabajo, el obrero, solo da en realidad el valor de uso que ha
vendido; desde su entrada en el taller, la utilidad de su fuerza de trabajo
pertenece al capitalista. Al comprar este la fuerza de trabajo ha añadido el
trabajo, como elemento activo del producto, a los elementos pasivos, a los
medios de producción que poseía. Es una operación de cosas que ha comprado, que
le pertenecen. Por lo tanto, el producto resultante le pertenece con igual
título que el producto de la fermentación en su bodega.
II. Análisis
del valor del producto.
El producto,
propiedad del capitalista, es un valor de uso, como tela, botas, etc. Pero, de
ordinario, el capitalista no fabrica por amor a la tela. En la producción
mercantil el valor de uso, el objeto útil, solo sirve de porta-valor; para el
capitalista, lo principal es producir un objeto útil que tenga un valor
cambiable, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Quiere además el
capitalista que el valor de esta mercancía supere al valor de las mercancías
empleadas en producirla, es decir, al valor de los medios de producción y de la
fuerza de trabajo en cuya compra invirtió su dinero. Quiere producir,p. 55 no solo una
cosa útil, sino un valor, y no solamente un valor, sino también una supervalía.
Así como la
mercancía es a la vez valor de uso y valor de cambio, del mismo modo su
producción debe ser a la vez formación de valor de uso y de valor. Examinemos
ahora la producción desde el punto de vista del valor.
Sabemos que el
valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo que
contiene, por el tiempo socialmente necesario para su producción. Necesitamos,
pues, calcular el trabajo contenido en el producto que nuestro capitalista ha
hecho fabricar, 5 kilogramos de hilados, por ejemplo.
Para producir esta
cantidad de hilados se necesita una primera materia; pongamos 5 kilogramos de
algodón, comprados en el mercado en su valor, que es, por ejemplo, 13 pesetas;
admitamos que el desgaste de los instrumentos empleados, brocas, etc., asciende
a 3 pesetas. Si una masa de oro de 16 pesetas, que es el total de los guarismos
anteriores, es el producto de 24 horas de trabajo, se deduce que, siendo la
jornada de trabajo de 12 horas, hay ya dos jornadas contenidas en los hilados.
Sabemos ya cuál es
el valor que el algodón y el desgaste de las brocas dan a los hilados: es igual
a 16 pesetas. Falta averiguar el valor que el trabajo del hilandero añade al
producto.
En esto es
indiferente el género especial de trabajo o su cualidad; lo que importa es su
cantidad: no se trata, como cuando se considera el valor de uso, de las
necesidades particulares que la actividad del trabajador tiene por objeto
satisfacer, sino únicamente del tiempo durante el cual ha gastado su fuerza en
esfuerzos útiles. No hay que olvidar, por otra parte, que el tiempo necesario
enp. 56 las condiciones ordinarias de la producción es el único que se
cuenta para la formación del valor.
Desde este último
punto de vista, la primera materia se impregna de cierta cantidad de trabajo,
considerado únicamente como gasto de fuerza humana en general. Verdad es que
esta absorción de trabajo convierte la primera materia en hilados, gastándose
la fuerza del obrero en la forma particular de trabajo que se llama hilar; pero
el producto en hilados solo sirve por el momento para indicar la cantidad de
trabajo absorbido por el algodón. Por ejemplo, 5 kilogramos de hilados
indicarán seis horas de trabajo, si para hilar 833 gramos se necesita una hora.
Ciertas cantidades de productos, determinadas por la experiencia, representan
el gasto de la fuerza de trabajo durante una hora, dos, un día.
Al realizarse la
venta de la fuerza de trabajo, supongamos que se ha sobreentendido que su valor
diario era de 4 pesetas, suma equivalente a seis horas de trabajo, y, por
consiguiente, que era preciso trabajar seis horas para producir lo necesario al
sustento cotidiano del obrero. Pero nuestro hilandero ha transformado en seis
horas, en media jornada de trabajo, los 5 kilogramos de algodón en 5 kilogramos
de hilados. Habiéndose fijado este mismo tiempo de trabajo en una cantidad de
oro de 4 pesetas, ha añadido al algodón un valor de 4 pesetas.
Hagamos ahora la
cuenta del valor total del producto. Los 5 kilogramos de hilados contienen dos
jornadas y media de trabajo; algodón y brocas representan dos jornadas y la
operación de hilar media jornada. La misma cantidad de trabajo existe en una
masa de oro de 20 pesetas. El precio de 20 pesetas expresa, pues, el valor
exacto de 5 kilogramos de hilados; el precio 4 pesetas el de un kilogramo.
p. 57En toda
demostración los guarismos son arbitrarios, pero la demostración es la misma,
cualesquiera que sean los guarismos y el género de producto que se ha tenido en
cuenta.
El valor del
producto es igual al valor del capital adelantado. Este capital no ha
procreado, no ha engendrado supervalía, y el dinero no se ha convertido, por
consecuencia, en capital. El precio de 5 kilogramos de hilados es de 20
pesetas, y 20 pesetas se han gastado en el mercado en la compra de los
elementos constitutivos del producto: 13 pesetas para 5 kilogramos de algodón,
3 pesetas por desgaste de las brocas durante seis horas, y 4 pesetas por la
fuerza de trabajo.
Diferencia entre el
valor de la fuerza de trabajo y el valor que puede crear.
Examinemos esta
cuestión más de cerca. La fuerza de trabajo importa 4 pesetas, porque esto es
lo que cuestan las subsistencias necesarias para el sustento diario de esta
fuerza. El dueño de ella, el obrero, produce un valor equivalente en media
jornada de trabajo, lo cual no significa que no pueda trabajar una jornada
entera ni producir más. El valor que la fuerza de trabajo posee y el que puede
crear difieren, pues, en magnitud. En su venta, la fuerza de trabajo realiza su
valor determinado por sus gastos de sostén cotidiano; en su uso puede producir
en un día más valor del que ha costado. Al comprar la fuerza de trabajo, el
capitalista ha tenido precisamente en cuenta esa diferencia de valor.
Por lo demás, nada
hay en todo esto que no se acomode a las leyes del cambio de las mercancías. En
efecto, el obrero, vendedor de la fuerza de trabajo, como el vendedorp. 58 de toda
mercancía, obtiene el valor cambiable y cede el valor de uso: no puede obtener
el primero sin entregar el segundo. El valor de uso de la fuerza de trabajo, es
decir, el trabajo, no pertenece al que lo vende, así como no pertenece al
tendero el empleo del aceite que ha vendido. El dueño del dinero ha pagado el
valor diario de la fuerza de trabajo, cuyo uso le pertenece por todo un día,
durante una jornada entera. El hecho de que el sustento diario de esta fuerza
solo cuesta media jornada de trabajo, pudiendo, sin embargo, trabajar la
jornada entera, esto es, que el valor creado por su uso en el espacio de un día
es mayor que su propio valor diario, constituye una buena suerte para el
comprador, pero que no lesiona en nada el derecho del vendedor.
Desde este momento,
el obrero encuentra en el taller los medios de producción necesarios, no para
medio día, sino para un día de trabajo, para doce horas. Puesto que 5
kilogramos de algodón, al absorber seis horas de trabajo, se convertían en 5
kilogramos de hilados, 10 kilogramos de algodón, absorbiendo 12 horas de
trabajo, se convertirán en 10 kilogramos de hilados. Estos diez kilogramos
contienen entonces cinco jornadas o días de trabajo; cuatro estaban contenidos
en el algodón y las brocas consumidas y uno ha sido absorbido por el algodón
durante la hilanza. Pero si una masa de oro de 16 pesetas es el producto de 24
horas de trabajo, la expresión monetaria de cinco días de trabajo de 12 horas,
será 40 pesetas.
Este es, pues, el
precio de los 10 kilogramos de hilados. El kilogramo cuesta lo mismo que antes,
4 pesetas, pero el valor total de las mercancías empleadas en la operación es
de 36 pesetas: 26 pesetas por 10 kilogramos de algodón, 6 pesetas por el desperfecto
de las brocas durantep. 59 12 horas, y 4 pesetas por la jornada de trabajo.
Las 36 pesetas
anticipadas se han convertido en 40 pesetas, habiendo engendrado una supervalía
de 4 pesetas. La jugada está hecha, el dinero se ha transformado en capital.
El problema de la
transformación del dinero en capital está resuelto.
El problema, tal
como lo habíamos planteado al final del capítulo
quinto, está resuelto en todos sus términos.
El capitalista
compra en el mercado cada mercancía en su justo valor (algodón, brocas, fuerza
de trabajo), y luego hace lo que todo comprador: consume su valor de uso.
Siendo el consumo de la fuerza de trabajo al mismo tiempo producción de
mercancías, suministra un producto de 10 kilogramos de hilados, que valen 40
pesetas. El capitalista que había salido del mercado después de hacer sus
compras, vuelve entonces a él como vendedor. Vende los hilados a 4 pesetas el
kilogramo, ni un céntimo más de su valor, y, sin embargo, retira de la
circulación 4 pesetas más de lo que había puesto. Esta transformación de su
dinero en capital se efectúa y no se efectúa en el dominio de la circulación,
la cual sirve de intermediaria. La fuerza de trabajo se vende en el mercado
para ser explotada fuera del mercado, en el dominio de la producción, donde es
origen de supervalía.
La producción de
supervalía no es, pues, otra cosa que la producción de valor prolongada más
allá de cierto límite. Si la acción del trabajo dura solo hasta el momento en
que el valor de la fuerza de trabajo pagada por el capital es reemplazada por
un valor equivalente, hay simple producción de valor. Cuando pasa de este
límite, hay producción de supervalía.
p. 60
CAPÍTULO VIII
CAPITAL CONSTANTE Y
CAPITAL VARIABLE
Propiedad del
trabajo de conservar valor creando valor. — Valor simplemente conservado y
valor reproducido y aumentado.
Propiedad del
trabajo de conservar valor creando valor.
Los diversos
elementos que contribuyen a la ejecución del trabajo tienen una parte diferente
en la formación del valor de los productos.
El obrero añade un
valor nuevo al objeto del trabajo por la adición de nuevas dosis de trabajo,
cualquiera que sea el género de utilidad de este. Por otra parte, hallamos en
el valor del producto el valor de los medios de producción consumidos, por
ejemplo, el valor del algodón y de las brocas en el de los hilados. El valor de
los medios de producción se conserva, pues, y se trasmite al producto por medio
del trabajo. Pero ¿de qué modo?
El obrero no
trabaja una vez para añadir nuevo valor al algodón y otra vez para conservar el
antiguo, o lo que es lo mismo, para trasmitir a los hilados el valor de las
brocas que desgasta y del algodón que elabora. Por la simple adición de valor
conserva el antiguo. Mas como el hecho de añadir valor nuevo al objeto de
trabajo y conservar el valor antiguo en el producto, son dos resultados
enteramente distintos que el obrero obtiene en el mismo espacio de tiempo, este
doble efecto no puede resultarp. 61 indudablemente sino del doble
carácter de su trabajo. Este debe en el mismo momento crear valor en virtud de
una propiedad y conservar o trasmitir valor en virtud de otra.
El hilador añade
valor hilando, el tejedor tejiendo, el forjador forjando, etc., y esta forma de
hilanza, de tejido, etc., en otros términos, la forma productiva especial en
que se emplea el trabajo, es causa de que los medios de producción, tales como
algodón y brocas, hilo y telar, hierro y yunque, den origen a un nuevo
producto. Ahora bien, ya hemos visto que el tiempo de trabajo necesario para
crear los medios de producción consumidos entra en cuenta en el producto nuevo;
por consecuencia, el trabajador conserva el valor de los medios de producción
consumidos y lo trasmite al producto como parte constitutiva de su valor por la
forma útil especial del trabajo añadido.
Si el trabajo
productivo especial del obrero no fuese la hilanza, por ejemplo, no haría
hilados y no trasmitiría a su producto los valores de las brocas y del algodón
empleado en la hilanza. Pero si nuestro hilador cambia de oficio por un día de
trabajo, y se hace, por ejemplo, carpintero, añadirá como antes un valor a las
materias. Añade, pues, este valor por su trabajo, no considerado como trabajo
de hilador o de carpintero, sino como trabajo en general, como gasto de fuerza
humana; y añade cierta cantidad de valor, no porque su trabajo tenga tal o cual
forma útil particular, sino porque ha durado cierto tiempo. Así, una cantidad
nueva de trabajo añade nuevo valor, y por la calidad del trabajo añadido los
antiguos valores de los medios de producción se conservan en el producto.
Este doble efecto
del mismo trabajo aparece claramentepág. 62 en una multitud de
circunstancias. Supongamos que una invención cualquiera permite al obrero hilar
en seis horas tanto algodón como antes en dieciocho. Como actividad productiva,
la potencia de su trabajo ha triplicado y su producto es tres veces mayor: 15
kilogramos en lugar de 5. La cantidad de valor añadida por las seis horas de
hilanza al algodón sigue siendo la misma; solamente que esta cantidad recaía
antes sobre 5 kilogramos y ahora recae sobre 15, siendo, por lo tanto, tres
veces menor. Por otra parte, siendo ahora empleados 15 kilogramos de algodón en
lugar de 5, el producto de seis horas de trabajo contiene un valor seis veces
mayor de algodón. Así, en seis horas de hilanza, un valor tres veces mayor de
materia primera se conserva y trasmite al producto, aunque el valor añadido a
esta misma materia sea tres veces más pequeño. Esto muestra que la propiedad en
cuya virtud el trabajo conserva el valor, es esencialmente distinta de la propiedad
por la que crea el valor durante la misma operación.
El medio de
producción solo trasmite al producto el valor que él pierde, perdiendo su
utilidad primitiva; pero en este concepto, los elementos materiales del trabajo
se comportan de diferente modo.
Las materias
primeras y materias auxiliares pierden su aspecto al servir para la ejecución
de un trabajo. Distinta cosa ocurre con los instrumentos propiamente dichos,
que duran más o menos tiempo y funcionan en mayor o menor número de
operaciones. Se sabe por experiencia la duración media de un instrumento de
trabajo, y se puede, por consiguiente, calcular su desgaste cotidiano y lo que
cada día trasmite de su propio valor al producto; pero el instrumento de
trabajo, por ejemplo, una máquina, aunque trasmite diariamente una parte depág. 63 su valor a su
producto diario, funciona todos los días entera durante la ejecución del
trabajo.
Por consiguiente,
aun cuando un elemento de trabajo entre todo entero en la producción de un
objeto de utilidad, de un valor de uso, no entra más que en parte en la
formación del valor. Al contrario, un medio de producción puede entrar entero
en la formación del valor, y solo en parte en la producción de un valor de uso.
Supongamos que en la hilanza de 115 kilogramos de algodón haya 15 de desecho.
Si esta pérdida del 15 por 100 es inevitable por término medio en la
fabricación, el valor de los 15 kilogramos de algodón que no se transforman en
hilados entra todo también en el valor de los hilados, como el de los 100
kilogramos que forman parto de su sustancia. Desde el momento que esta pérdida
es una condición de la producción, el algodón perdido trasmite a los hilados su
valor.
No trasmitiendo los
medios de producción al nuevo producto más que el valor que pierden bajo su
antigua forma, solo pueden añadirle valor si ellos mismos lo poseen. Su valor
se halla determinado, no por el trabajo en que entran como medios de
producción, sino por el trabajo de donde se derivan como productos.
Valor simplemente
conservado y valor reproducido y aumentado.
La fuerza de
trabajo en actividad, el trabajo viviente, tiene, pues, la propiedad de
conservar el valor añadiendo valor. Si esta propiedad no cuesta nada al
trabajador, produce mucho al capitalista, que le debe la conservación del valor
actual de su capital. Lo echa de ver perfectamente en el momento de las crisis,
de las interrupcionespág. 64 de trabajo, en que tiene que soportar los gastos de deterioro de
los medios de producción de que se compone su capital: primeras materias,
instrumentos, etc., que permanecen inactivos.
Decíamos que el
valor de los medios de producción se conserva y no se reproduce, porque los
objetos en los cuales existe en un principio no desaparecen sino para revestir
nueva forma útil, y el valor persiste bajo los cambios de forma. Lo producido
es un nuevo objeto de utilidad en que continúa apareciendo el valor antiguo.
En tanto que el
trabajo conserva y trasmite al producto el valor de los medios de producción,
crea a cada instante un valor nuevo. Supongamos que la producción cesara cuando
el trabajador ha creado de este modo el equivalente del valor diario de su
propia fuerza, cuando ha añadido al producto, por medio de un trabajo de seis
horas, un valor de 4 pesetas. Este valor reemplaza el dinero que el capitalista
anticipa para la compra de la fuerza de trabajo y que el obrero invierte en
seguida en subsistencias. Pero este valor, al contrario de lo que hemos sentado
respecto del valor de los medios de producción, ha sido producido en realidad;
si un valor reemplaza a otro, es merced a una nueva creación.
Sabemos ya, sin
embargo, que la duración del trabajo traspasa el límite en que el equivalente
del valor de la fuerza de trabajo se hallaría reproducido y añadido al objeto
trabajado. En lugar de seis horas que suponemos bastarían para esto, la
operación dura doce horas o más. La fuerza de trabajo en movimiento no
reproduce solo su propio valor, sino que produce también valor de más. Esta
supervalía forma el excedente del valor del producto sobre el de sus elementos
constitutivos: los medios de producción y la fuerza de trabajo.p. 65 Así, pues, en
una producción, la parte del capital que se transforma en medios de producción,
es decir, en primeras materias, materias auxiliares o instrumentos de trabajo,
no cambia en el acto de la producción la magnitud de su valor. Por esto la denominamos
parte constante del capital o simplemente capital constante.
Al contrario, la
parte del capital transformada en fuerza de trabajo, cambia el valor en una
nueva producción y por el hecho mismo de esta producción. Reproduce primero su
propio valor y además produce un excedente, una supervalía mayor o menor. Esta
parte del capital, de magnitud alterable, la denominamos parte variable del
capital o simplemente capital variable.
p. 66
CAPÍTULO IX
TIPO
DE LA SUPERVALÍA
I. Trabajo
necesario y sobretrabajo. — Grado de explotación de la fuerza de trabajo. —
II. Los elementos del valor del producto expresados en partes de este
producto y en fracciones de la jornada de trabajo. — III. La «última
hora». — IV. El producto neto.
Vemos, pues, por
una parte, el capital constante que suministra a la fuerza de trabajo los
medios de materializarse; medios cuyo valor, reapareciendo solamente, es igual
antes y después del acto de producción; por otra, el capital variable, que
antes de la producción equivale al precio de compra de la fuerza de trabajo, y
después es igual a este valor, reproducido con un aumento mayor o menor.
Resultando la supervalía del aumento que experimenta el capital variable, es
evidente que la relación de la supervalía con el capital variable determina la
proporción en que tiene lugar este aumento. Consideremos las cifras del
capítulo séptimo. Siendo 4 pesetas la parte de capital empleado en la compra de la
fuerza de trabajo de un hombre durante una jornada o día de trabajo, en una
palabra, siendo el capital variable y la supervalía 4 pesetas, esta última
cifra expresa la magnitud absoluta de la supervalía producida por un trabajador
en un día de trabajo; la magnitud proporcional, es decir, la magnitud comparada
con la del capital variable antes del aumento de valor, está expresada por la
relación de 4 a 4, esto es, dep. 67 un 100 por 100. A esta magnitud
proporcional es a lo que llamamos tipo de la supervalía. No se debe confundir
el tipo de la supervalía, que es la relación de esta con la parte variable del
capital adelantado y que solo expresa directamente el grado de explotación del
trabajo, con el tipo del beneficio, que es la relación de la supervalía con el
total del capital adelantado.
I. Trabajo
necesario y sobretrabajo.
Hemos visto que,
durante una parte de la jornada, el obrero solo produce el valor diario de su
fuerza de trabajo, esto es, el valor de las subsistencias necesarias para su
sostenimiento. Como hay una división del trabajo social organizada por sí misma
en el medio en que trabaja, el obrero produce su subsistencia, no directamente,
sino bajo la forma de una mercancía particular, hilados, por ejemplo, cuyo
valor es igual al de sus medios de subsistencia, o al del dinero con que los
compra.
En esta parte de la
jornada, mayor o menor según el valor medio de su subsistencia diaria, el
obrero, trabajando o no trabajando para un capitalista, no hace más que
reemplazar un valor por otro; en realidad, la producción de valor durante este
tiempo es una simple reproducción. Llamamos tiempo de trabajo necesario a
la parte de la jornada en que se verifica esta reproducción, y trabajo
necesario al trabajo gastado en este tiempo: necesario para el
trabajador, que, sea cualquiera la forma social de su trabajo, gana la vida en
ese tiempo, y necesario para el mundo capitalista, cuya base es la existencia
del trabajador.
La parte de la
jornada de trabajo que traspasa los límites del trabajo necesario, no forma
ningún valor para elp. 68 obrero, forma la supervalía para el capitalista; llamamos tiempo
extra a esa parte de la jornada, y sobretrabajo al
trabajo gastado en ella. Si el valor en general es una simple materialización
de tiempo de trabajo, la supervalía es una simple materialización de tiempo de
trabajo extra, es sobretrabajo realizado. Las diferentes formas económicas que
la sociedad ha revestido, por ejemplo, la esclavitud y el salariado, solo se
distinguen por la forma de imponer y de usurpar este sobretrabajo al productor
inmediato.
Grado de
explotación de la fuerza de trabajo.
Por una parte, el
valor del capital variable es igual al valor de la fuerza de trabajo que
compra, y el valor de esta fuerza determina la parte necesaria de la jornada de
trabajo; por otra, la supervalía es determinada por la duración de la parte
extra de esta misma jornada, por el sobretrabajo. Luego el tipo de la
supervalía, expresado por la relación de aquella con el capital variable, lo
está también por la relación, igual a la anterior, del sobretrabajo con el
trabajo necesario.
El tipo de la
supervalía es, por consecuencia, la expresión exacta del grado de explotación
de la fuerza de trabajo por el capital, o del trabajador por el capitalista;
pero no se debe confundir el grado de explotación con la magnitud absoluta de
esta. Supongamos que el trabajo necesario es igual a cinco horas y que el
sobretrabajo es también igual a cinco horas; el grado de explotación expresado
por la relación de 5 a 5, es de 100 por 100, y la magnitud absoluta de la
explotación es de cinco horas. Si, por el contrario, el trabajo necesario y el
sobretrabajo son cada uno de seis horas, el grado de explotación expresadopág. 69 por la
relación de 6 a 6 no varía, sigue siendo de 100 por 100, en tanto que la
magnitud absoluta de la explotación, que antes era de cinco horas, crece en una
hora, es decir, en un 20 por 100.
Para calcular el
tipo de la supervalía consideramos el valor del producto sin tener en cuenta el
valor del capital constante, que ya existía y que no hace más que reaparecer;
el valor que queda entonces es el único valor realmente creado durante la producción
de la mercancía. Conocida la supervalía, es preciso restarla de este valor para
encontrar el capital variable; conociendo el capital variable, habrá que restar
este para encontrar la supervalía. Conocidos ambos, solo hay que calcular la
relación de la supervalía con el capital variable, es decir, dividir la
supervalía por el capital variable, y multiplicando por 100 el cociente que
resulte, se tiene el tanto por ciento del tipo de la supervalía.
II. Los
elementos del valor del producto expresados en partes de este producto y en
fracciones de la jornada de trabajo.
Volvamos al ejemplo que en el
capítulo séptimo nos sirvió para mostrar cómo el capitalista convierte su dinero en
capital. El trabajo necesario del hilandero ascendía a seis horas, lo mismo que
su sobretrabajo; por consiguiente, el obrero trabaja media jornada para sí y
media para el capitalista; el grado de explotación es de 100 por 100.
El producto de la
jornada es 10 kilogramos de hilados, que valen 40 pesetas; los ocho décimos de
este valor, 32 pesetas, están formados por el valor de los medios de producción
consumidos: 26 pesetas por la compra del algodónpág. 70 y 6 pesetas por el desperfecto
de las brocas. Por lo tanto, estas 32 pesetas representan el valor que no hace
más que reaparecer; es decir, que los ocho décimos del valor de los hilados
consisten en capital constante. Los dos décimos que restan son el nuevo valor
de 8 pesetas creado durante la hilanza y por la hilanza. Una mitad de este
valor reemplaza el valor diario de la fuerza de trabajo, que ha sido
adelantado, es decir, el capital variable de 4 pesetas; la otra mitad
constituye la supervalía de 4 pesetas. El valor de 40 pesetas en hilados es
igual a 32 pesetas de capital constante, más 4 pesetas de capital variable, y,
por último, más 4 pesetas de supervalía.
Puesto que el valor
total de 40 pesetas está representado por 10 kilogramos de hilados, los
diferentes elementos de este valor, que acabamos de indicar, pueden
representarse en partes del mismo producto.
Si existe un valor
de 40 pesetas en 10 kilogramos de hilados, los ocho décimos de este valor o su
parte constante de 32 pesetas, existían en ocho décimos del producto o en 8
kilogramos de hilados. Estos 8 kilogramos representan, pues, el valor del
algodón comprado y el desperfecto de las brocas; en total, 32 pesetas, lo cual
corresponde a 6 kilogramos y medio de hilados, que representan las 26 pesetas
de algodón, y kilogramo y medio, que representa las 6 pesetas del desperfecto
de las brocas.
En 6 kilogramos y
medio de hilados solo se encuentran realmente 6 kilogramos y medio de algodón,
que valen 16 pesetas y 90 céntimos, pero los 10 kilogramos cuestan 26 pesetas;
la diferencia de 9 pesetas y 10 céntimos equivale al algodón contenido en los otros
3 kilogramos y medio de hilados. Pero los 6 kilogramos y medio de hilados
representan todo el algodón contenido en el productopág. 71 total de 10
kilogramos de hilados; en efecto, a 4 pesetas kilogramo, valen 20 pesetas, como
los 10 kilogramos de algodón; en cambio, no representan nada más. Puede
considerarse que no contienen una partícula del valor de los instrumentos de
trabajo utilizados, ni del nuevo valor creado por la hilanza. De igual modo,
kilogramo y medio de hilados valen 6 pesetas, como las brocas gastadas en doce
horas de hilanza; en este caso, kilogramo y medio representa el valor de los
instrumentos de trabajo utilizados mientras dura la producción de 10 kilogramos
de hilados; pero no representa más que esto, y no contiene ni una partícula del
valor nuevo creado por la hilanza.
En resumen, ocho
décimos del producto u 8 kilogramos de hilados se considera que no contienen
nada del valor nuevo creado por el trabajo del hilandero. Y, de hecho, cuando
el capitalista los vende en 32 pesetas y recobra con esta suma lo que ha
gastado en medios de producción, aparece evidente que 8 kilogramos de hilados
son brocas y algodón bajo otra forma. Por otra parte, los dos décimos
restantes, o sean los 2 kilogramos de hilados, representan, por consecuencia,
el valor que queda, el valor nuevo de 8 pesetas creado en las doce horas de
trabajo. El trabajo del hilandero, materializado en el producto de 10
kilogramos de hilados, se concentra ahora en 2 kilogramos, en dos décimos del
producto, de los cuales un décimo, esto es, un kilogramo, representa el valor
de la fuerza de trabajo empleada, es decir, las 4 pesetas del capital variable
adelantado, y el otro décimo las 4 pesetas de supervalía.
Puesto que doce
horas de trabajo crean un valor de 8 pesetas, ascendiendo el valor de los
hilados a 40 pesetas, representa sesenta horas de trabajo. Esto es porque,
además de las doce horas de hilanza, en las 40 pesetas estápág. 72 comprendido
el tiempo de trabajo que contenían los medios de producción consumidos: cuatro
jornadas de doce horas o sean cuarenta y ocho horas de trabajo, que precedieron
a la operación de la hilanza y se realizaron en un valor de 32 pesetas.
Se puede, pues,
descomponer el resultado de la producción, el producto, en una cantidad que
representa únicamente el trabajo contenido en los medios de producción, o parte
constante del capital; en otra cantidad que solo representa el trabajo
necesario añadido durante la producción, o parte variable del capital, y, por
último, en una cantidad que representa el sobretrabajo añadido o supervalía.
El producto total
fabricado en un tiempo determinado, por ejemplo, en una jornada, descompuesto
de esta suerte en partes que representan los diversos elementos de su valor,
puede también representarse en fracciones de la jornada de trabajo.
El hilandero
produce en doce horas 10 kilogramos de hilados; por consiguiente, en una hora y
doce minutos produce 1 kilogramo, y en siete horas cuarenta y cinco minutos 6
kilogramos y medio de hilados, es decir, una parte del producto que vale por sí
sola todo el algodón empleado en la jornada. De igual suerte, la parte
producida en la hora y cuarenta y cinco minutos siguientes es igual a kilogramo
y medio de hilados, y representa, por lo tanto, el valor de las brocas
utilizadas durante las doce horas de trabajo. De la misma manera, el hilandero
produce en la hora y los doce minutos que siguen 1 kilogramo de hilados, que
representa un valor igual a todo el valor que ha creado en las seis horas de
trabajo necesario. Finalmente, en los últimos setenta y dos minutos produce
otro kilogramo de hilados, cuyo valor es igual ap. 73 la supervalía producida en sus
seis horas de sobretrabajo.
Nótese bien que lo
que produce en estos setenta y dos minutos es un kilogramo de hilados, cuyo
valor entero es igual a la supervalía que la jornada de trabajo rinde al
capitalista; pero el valor entero de este kilogramo se compone, además del
valor que resulta del trabajo del hilandero, del valor del trabajo anterior,
que produjo el algodón y las brocas consumidas para su fabricación.
III. La
«última hora».
De la
representación de los diversos elementos del valor del producto en partes
proporcionales de la jornada de trabajo, y de que la supervalía esté
representada por el valor del producto de los setenta y dos últimos minutos, no
hay que deducir, como algunos economistas que en nombre de la ciencia intentan
oponerse a toda reducción de la jornada de trabajo, que el obrero en su jornada
de doce horas consagra al fabricante para la producción de la supervalía tan
solo los últimos setenta y dos minutos, la «última hora», como ellos dicen.
La supervalía es
igual, en efecto, no al valor de la fuerza de trabajo gastado durante los
últimos setenta y dos minutos, sino al valor del producto para el cual se ha
realizado el gasto de la fuerza de trabajo en ese tiempo, es decir, que es
igual al valor de los medios de producción (algodón y brocas) consumidos en
setenta y dos minutos, más el nuevo valor que a ellos añade, durante el mismo
tiempo, el trabajo del hilandero al consumirlos.
Y, de creer a estos
economistas, si se disminuyese en setenta y dos minutos el tiempo de trabajo,
siendo igual el salario, no habría supervalía, y la ganancia del infeliz
capitalista sería nula. Su razonamiento es, en suma, elp. 74 siguiente:
siendo un kilogramo de hilados el producto de setenta y dos minutos de hilanza,
si se reduce la jornada del hilandero setenta y dos minutos, el capitalista
tendrá un kilogramo de hilados menos, y valiendo 4 pesetas el kilogramo, tendrá
4 pesetas menos; y como su supervalía, es decir, su ganancia, era de 4 pesetas,
desde el momento en que gana 4 pesetas menos, no gana nada. Examinemos el
asunto más detenidamente.
Para un kilogramo
de hilados hace falta un kilogramo de algodón, más las brocas que se desgastan
funcionando. Costando los 10 kilogramos de algodón 26 pesetas, un kilogramo
cuesta 2 pesetas y 60 céntimos; ascendiendo a 6 pesetas el desperfecto de las
brocas para la hilanza de 10 kilogramos, representa 60 céntimos por kilogramo.
Un kilogramo menos que se produzca equivale a un gasto menos de 2 pesetas 60
céntimos, más 60 céntimos; total, 3 pesetas 20 céntimos. Si bien es cierto que
el capitalista gana 4 pesetas menos, gasta también 3 pesetas 20 céntimos menos;
por una disminución de setenta y dos minutos en doce horas de trabajo solo
pierde, pues, 80 céntimos. Si solo pierde 80 céntimos de lo que antes ganaba,
su supervalía o beneficio líquido, que era de 4 pesetas, es ahora de 4 pesetas
menos 80 céntimos, o sean 3 pesetas 20 céntimos, y el sobretrabajo dura cuatro
horas cuarenta y ocho minutos en lugar de seis horas, es decir, que el tipo de
la supervalía es de 80 por 100, lo cual es aún muy agradable.
Decir, en nuestro
ejemplo, que el hilandero, cuya jornada es de doce horas, produce en los
últimos setenta y dos minutos el beneficio líquido del capitalista, quiere
decir, en puridad, que su producto de setenta y dos minutos, un kilogramo de
hilados, representa, tomado en conjunto, tanto tiempo de trabajo como la parte
de lapág. 75 jornada consagrada a la fabricación de la supervalía. En efecto,
acabamos de ver que los medios de producción consumidos para producir 10
kilogramos de hilados contenían antes de la hilanza cuarenta y ocho horas de
trabajo; los medios de producción consumidos para un kilogramo contienen, pues,
el décimo de este tiempo, es decir, cuatro horas y cuarenta y ocho minutos de
trabajo anterior, que, añadidas a los setenta y dos minutos de hilanza, dan,
para un kilogramo de hilados, un total de seis horas, igual al tiempo de
sobretrabajo diario del hilandero.
IV. El
producto líquido.
Llamamos producto
líquido a la parte del producto que representa la supervalía. Así como el tipo
de esta se determina por su relación, no con el capital total, sino con la
parte variable del capital, así el total del producto líquido se determina por
su relación, no con el producto entero, sino con la parte que representa el
trabajo necesario. La magnitud relativa del producto líquido es la que mide el
grado de elevación de la riqueza.
El total del
trabajo necesario y del sobretrabajo, es decir, la suma del tiempo durante el
cual el obrero produce el equivalente de su fuerza de trabajo y la supervalía,
forma la magnitud absoluta de su tiempo de trabajo, esto es, la jornada de
trabajo.
pág. 76
CAPÍTULO X
LA JORNADA DE
TRABAJO
I. Límites de
la jornada de trabajo. — II. El capital hambriento de sobretrabajo. —
III. La explotación del trabajador libre, en la forma y en el fondo.
— Trabajo de día y trabajo de noche. — IV. Reglamentación de la jornada de
trabajo. — V. Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.
I. Límites
de la jornada de trabajo.
Hemos partido del
supuesto que la fuerza de trabajo es comprada y vendida en su valor. Este
valor, como el de toda mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo
necesario para su producción. Habiendo comprado el capitalista la fuerza de
trabajo en su valor diario, ha adquirido en consecuencia el derecho de hacer
trabajar al obrero durante todo un día. Pero ¿qué es un día de trabajo?
La jornada de
trabajo varía entre límites que imponen la sociedad por una parte y por otra la
Naturaleza. Hay un mínimum, que es la parte de la jornada en la que el obrero
debe trabajar necesariamente para su propia conservación, en una palabra, es el
tiempo de trabajo necesario, hasta el cual no consiente descender nuestra
organización social, basada en el sistema de producción capitalista; en efecto,
descansando este sistema de producción en la formación de supervalía, exige
cierta cantidadpág. 77 de trabajo además del trabajo necesario; en otros términos, cierta
cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que los límites físicos de la
fuerza de trabajo, que el tiempo forzosamente consagrado cada día por el
trabajador a dormir, a comer, etc., que la Naturaleza, en una palabra, no
permite traspasar.
Estos límites son
por sí mismos muy elásticos. De todos modos, un día de trabajo es menor que un
día natural. ¿En cuánto? Una de sus partes está bien determinada por el tiempo
de trabajo necesario; pero su magnitud total varía con arreglo a la magnitud del
sobretrabajo.
Todo comprador
procura sacar del empleo de la mercancía comprada el mayor partido posible, y
en este sentido obra el capitalista comprador de la fuerza de trabajo; tiene un
móvil único, acrecentar su capital, crear supervalía, absorber todo el
sobretrabajo posible.
Por su parte, el
trabajador tiende, con razón, a no gastar su fuerza de trabajo sino en los
límites compatibles con su duración natural y su desarrollo regular. No
quisiera gastar cada día más que la fuerza que puede rehacer, merced a su
salario.
El capitalista
sostiene su derecho como comprador cuando procura prolongar todo lo posible la
jornada de trabajo. El obrero sostiene su derecho como vendedor cuando quiere
reducir la jornada de trabajo, de suerte que solo transforme en trabajo la
cantidad de fuerza cuyo gasto no perjudique a su cuerpo. Hay, pues, derecho
contra derecho, ambos igualmente basados en la ley que regula el cambio de las
mercancías. ¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He aquí por
qué la reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de la
producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y la clase
obrera.
pág. 78II. El
capital hambriento de sobretrabajo.
El capitalista no
ha inventado el sobretrabajo. Doquiera una parte de la sociedad posee el
monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, está obligado
a añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio sostenimiento, un exceso
destinado a suministrar la subsistencia del que posee los medios de producción.
Importa poco que este propietario sea dueño de esclavos, señor feudal o
capitalista.
Sin embargo,
mientras la forma económica de una sociedad es tal que en ella se considera más
bien la utilidad de una cosa que la cantidad de oro o plata por que puede
cambiarse, en otros términos, el valor de uso más bien que el valor de cambio,
el sobretrabajo encuentra un límite en la satisfacción de necesidades
determinadas. Por el contrario, cuando domina el valor de cambio, llega a ser
ley hacer trabajar todo lo posible.
Cuando pueblos cuya
producción se opera aún por medio de las formas inferiores de esclavitud y
servidumbre son arrastrados a un mercado internacional donde domina el sistema
de producción capitalista, y cuando por este hecho llega a ser su interés
principal la venta de sus productos en el extranjero, desde este momento los
horrores del sobretrabajo, fruto de la civilización, vienen a añadirse a la
barbarie de la esclavitud y de la servidumbre. Mientras que en los Estados del
Sur de la Unión americana la producción tendía principalmente a la satisfacción
de las necesidades inmediatas, el trabajo de los negros presentó un carácter
moderado; pero a medida que la exportación del algodón llegó a constituir el
interés principal de estos Estados, el negro fue extenuado por el trabajo, y el
consumo de su vida en siete años de trabajop. 79 entró como parte de un sistema
fríamente calculado. No se trataba ya, como antes, de obtener de él cierta masa
de productos útiles; tratábase ante todo de la producción de supervalía. Lo
mismo ha ocurrido con el siervo en los Principados danubianos.
¿Qué es una jornada
de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en que el capital tiene el derecho
de consumir la fuerza de trabajo cuyo valor compra por un día? ¿Hasta qué punto
puede prolongarse la jornada más del trabajo necesario para la reproducción de
esta fuerza? A todas estas preguntas responde el capital: la jornada de trabajo
comprende veinticuatro horas completas, deduciendo las horas de descanso sin
las cuales la fuerza de trabajo estaría en la imposibilidad absoluta de volver
a la labor.
No queda, pues,
tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre ejercicio del cuerpo y del
espíritu. El capital monopoliza el tiempo que exigen el desarrollo y
sostenimiento del cuerpo en cabal salud, escatima el tiempo de las comidas y
reduce el tiempo de sueño al mínimum de pesado entorpecimiento sin el cual el
extenuado organismo no podría funcionar. No es, pues, el sostenimiento regular
de la fuerza de trabajo el que sirve de regla para la limitación de la jornada
de trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido al obrero está regulado
por el mayor gasto posible por día de su fuerza.
III. Explotación
del trabajador libre, en la forma y en el fondo.
Suponiendo que la
jornada de trabajo esté compuesta de seis horas de trabajo necesario y seis
horas de sobretrabajo, el trabajador libre suministra al capitalista treinta y
seis horas de sobretrabajo en los seis días de la semana.pág. 80 Es lo mismo
que si trabajase tres días para sí y tres días gratis para el capitalista. Pero
esto no salta a la vista; el sobretrabajo y el trabajo necesario se confunden
entre sí. Distinta cosa ocurre con la servidumbre corporal. En esta forma de servidumbre
el sobretrabajo es independiente del trabajo necesario; el labriego ejecuta
esto último en su campo propio y aquel en la tierra señorial; de este modo
distingue claramente el trabajo que ejecuta para su propio sostenimiento y el
que realiza para el señor.
La explotación del
trabajador libre es menos visible, tiene una forma más hipócrita. Pero, en
realidad, la diferencia de forma en nada altera el fondo sino es para
empeorarlo. Tres días de sobretrabajo por semana son siempre tres días de
trabajo que nada producen al mismo trabajador, sea cualquiera el nombre que
tengan, servidumbre corporal o beneficio.
Hemos dicho que lo
que únicamente interesa al capital es el máximum de esfuerzos que, en
definitiva, puede arrancar a la fuerza de trabajo en una jornada. Procura
conseguir su objeto sin inquietarse por lo que pueda durar la vida de la fuerza
de trabajo; así ocasiona la debilitación y la muerte prematura, privándola, por
la prolongación impuesta de la jornada, de sus condiciones regulares de
actividad y de desarrollo, así en lo físico como en lo moral.
Parece, sin
embargo, que el interés mismo del capital debería impulsarle a economizar una
fuerza que le es indispensable. Pero la experiencia enseña al capitalista que,
por regla general, hay exceso de población, es decir, exceso con relación a la
necesidad del momento del capital, aunque esta masa abundante esté formada de
generaciones humanas mal desarrolladas, entecas y en disposición de
extinguirse.
pág. 81La experiencia
demuestra también al observador inteligente con qué rapidez la producción
capitalista, que, históricamente hablando, es de fecha reciente, ataca en la
misma raíz la sustancia y la fuerza del pueblo; manifiesta cómo el
aniquilamiento de la población industrial se hace más lento por la absorción
constante de elementos nuevos tomados a los campos, y cómo los mismos
trabajadores de los campos empiezan a decaer.
Pero el capital se
preocupa tanto de la extenuación de la raza como de la dislocación de la
tierra. En todo periodo de especulación, cada cual sabe que un día ocurrirá la
explosión, pero cada uno espera no ser arrollado por ella después de haber
obtenido, sin embargo, el beneficio ansiado. ¡Después de mí, el diluvio! Tal es
el lema de todo capitalista.
Trabajo de día y
trabajo de noche.
El capital solo
piensa, pues, en la formación de supervalía, sin preocuparse de la salud ni de
la vida del trabajador. Verdad es que, considerando las cosas en su conjunto,
esto no depende tampoco de la mala o buena voluntad del capitalista como
individuo. La concurrencia anula las voluntades individuales y somete a los
capitalistas a las leyes imperiosas de la producción capitalista.
Estando inactivos
los medios de producción, son causa de pérdida para el capitalista, porque
durante el tiempo que no absorben trabajo representan un adelanto inútil de
capital, además de exigir con frecuencia un gasto suplementario cada vez que se
vuelve a empezar la obra. Siendo físicamente imposible para las fuerzas de
trabajo trabajar cada día veinticuatro horas, los capitalistas han vencido la
dificultad; había en esto una cuestión de gananciapág. 82 para ellos e
imaginaron emplear alternativamente fuerzas de trabajo por el día y por la
noche, lo cual puede efectuarse de diferentes maneras: una parte del personal
del taller hace, por ejemplo, durante una semana el servicio de día y durante
la siguiente semana el servicio de noche.
El sistema de
trabajo de noche aprovecha tanto más al capitalista cuanto que se presta a una
escandalosa explotación del trabajador; tiene además una influencia perniciosa
sobre la salud, pero el capitalista realiza un beneficio y esto es lo único
importante para él.
IV. Reglamentación
de la jornada de trabajo.
De todas suertes,
el capitalista abusa sin tasa del trabajador en tanto que la sociedad no se lo
impide. El establecimiento de una jornada soportable de trabajo es el resultado
de una larga lucha entre capitalista y trabajador. La historia de esta lucha presenta,
sin embargo, dos tendencias opuestas.
En tanto que la
legislación moderna acorta la jornada de trabajo, la antigua legislación
procuraba prolongarla; se quería obtener del trabajador, con el auxilio de los
Poderes públicos, una cantidad de trabajo que la sola fuerza de las condiciones
económicas no permitía imponerlo todavía. En efecto, se necesitarían siglos
para que el trabajador libre, a consecuencia del desarrollo de la
producción capitalista, se prestase voluntariamente, es decir, se viera
obligado socialmente a vender todo su tiempo de vida activa, su capacidad de
trabajo, por el precio de sus habituales medios de subsistencia, su derecho de
primogenitura por un plato de lentejas. Es, pues, natural que la prolongación
de la jornada de trabajo,p. 83 impuesta con la ayuda del Estado desde mediados del siglo XIV hasta el siglo XVIII, corresponda poco más o menos a la
disminución del tiempo de trabajo que el Estado decreta e impone acá y allá, en
la segunda mitad del siglo XIX.
Si en Estados como
Inglaterra las leyes moderan, por una limitación oficial de la jornada de
trabajo, el encarnizamiento del capital por absorber trabajo, es porque, sin
hablar del movimiento cada vez más amenazador de las clases obreras, esta
limitación ha sido dictada por la necesidad. La misma concupiscencia ciega que
agota el suelo, atacaba en su raíz la fuerza vital de la nación y ocasionaba su
aniquilamiento, como acabamos de demostrar.
V. Lucha
por la limitación de la jornada de trabajo.
El objeto especial,
el fin real de la producción capitalista es la producción de supervalía o la
sustracción de trabajo extra; téngase presente que solo el trabajador
independiente puede, en calidad de poseedor de la mercancía, contratar con el
capitalista; pero el trabajador aislado, el trabajador como vendedor libre de
su fuerza de trabajo, debe someterse sin resistencia posible cuando la
producción capitalista alcanza cierto grado.
Preciso es confesar
que nuestro trabajador sale del dominio de la producción de distinto modo que
entró en ella. Se había presentado en el mercado como poseedor de la mercancía
«fuerza de trabajo» enfrente de poseedores de otras mercancías, mercader frente
a mercader. El contrato mediante el cual vendía su fuerza de trabajo, parecía
resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres, la del vendedor y la del
comprador.p. 84 Una vez concluido el negocio, se descubre que él no era libre, que
el tiempo por el cual puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el
cual está obligado a venderla y que, en realidad, el vampiro que le chupa no le
deja mientras quede una gota de sangre que extraer; para defenderse contra esta
explotación es necesario que los obreros, por un esfuerzo colectivo, por una
presión de clase, obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellos y
sus hijos por «contrato libre» hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa
«declaración de los derechos del hombre» es reemplazada de este modo por una
modesta ley que indica cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y
cuándo empieza el tiempo que le pertenece.
pág. 85
CAPÍTULO XI
TIPO Y MASA DE LA
SUPERVALÍA
Compensación del
número de obreros por una prolongación de la jornada de trabajo. — Necesidad de
cierto mínimum de dinero para la transformación del dinero en capital.
Compensación del
número de obreros por una prolongación de la jornada de trabajo.
Supongamos que el
valor diario de una fuerza de trabajo es, por término medio, de 4 pesetas y que
se necesitan seis horas por día para reproducirlo. Para comprar esta fuerza, el
capitalista tiene que adelantar 4 pesetas. ¿Qué supervalía le producirán estas
4 pesetas? Esto depende de la relación del trabajo destinado a la producción de
supervalía, del sobretrabajo, con respecto al trabajo destinado a la
reproducción del salario, al trabajo necesario. En una palabra, esto depende
del tipo de la supervalía. Si esto tipo es de 100 por 100, la supervalía
ascenderá a 4 pesetas, que representan seis horas de sobretrabajo; si su tipo
es de 50 por 100, será de 2 pesetas, que representan tres horas de
sobretrabajo. El tipo de la supervalía determina, pues, la masa de supervalía
producida individualmente por un obrero, dado el valor de su fuerza.
El capital variable
es la expresión monetaria del valor de todas las fuerzas de trabajo que el
capitalista empleapág. 86 a la vez. Si 4 pesetas, precio de una fuerza de trabajo, producen
una supervalía diaria de 2 pesetas, el precio de 100 fuerzas de trabajo,
capital variable de 400 pesetas, producirá una supervalía de 200 pesetas, cifra
igual al resultado de multiplicar el capital variable 400, por 50/100, que
indica el tipo de la supervalía. La masa de la supervalía producida por un
capital variable es, pues, igual al valor de este capital multiplicado por el
tipo de la supervalía.
Supongamos que el
tipo de la supervalía disminuya en la mitad y sea de 25 por 100 en vez de ser
de 50 por 100; que, por otra parte, el capital variable sea doble, es decir, de
800 pesetas en lugar de 400: la supervalía será igual a 800 multiplicado por 25/100,
o sea 200 pesetas otra vez. Por consecuencia, la masa de la supervalía no varía
cuando disminuye el tipo de la supervalía aumentando el capital variable, o,
por el contrario, cuando este disminuye y aumenta aquel en la misma proporción.
Una disminución del
capital variable puede ser compensada, por lo tanto, por una elevación
proporcional del tipo de la supervalía, o, siendo así que el capital variable
depende del número de obreros empleados, una disminución en el número de estos
puede ser compensada por una prolongación proporcional de su jornada de
trabajo. Hasta cierto punto, la cantidad de trabajo explotable por el capital
llega a ser así independiente del número de obreros.
Esta compensación
encuentra, sin embargo, un límite infranqueable; la jornada de trabajo tiene,
en efecto, límites físicos: por mucho que se prolongue es siempre menor que el
día natural de veinticuatro horas. Con cien obreros pagados a 4 pesetas y que trabajen
doce horas, seis de las cuales son de trabajo necesario, el tipo de lapág. 87 supervalía
será de 100 por 100 y el capitalista tendrá una supervalía diaria de 400
pesetas; si toma un número de obreros tres veces menor, su supervalía no será
nunca la misma porque no les podrá imponer un número de horas de sobretrabajo
tres veces mayor; porque dieciocho horas de sobretrabajo añadidas a seis horas
de trabajo necesario harían el día de trabajo tan largo como el día natural, lo
que no permitiría el tiempo de reposo indispensable cada día. Una reducción en
el número de obreros empleados no puede, pues, ser compensada por la
prolongación de la jornada de trabajo, por un aumento en el grado de la
explotación, sino dentro de los límites físicos de esta jornada y, por
consecuencia, del sobretrabajo que encierra.
Necesidad de cierto
mínimum de dinero para la transformación del dinero en capital.
Como el valor es
trabajo realizado, es evidente que la masa de valor que un capitalista hace
producir depende exclusivamente de la cantidad de trabajo que pone en
movimiento; según lo que acabamos de ver, puede poner en movimiento una
cantidad mayor o menor con el mismo número de obreros, según sea su jornada más
o menos larga. Pero dados el valor de la fuerza de trabajo y el tipo de la
supervalía, en otros términos, la división de la jornada en trabajo necesario y
sobretrabajo, la masa total de valor, comprendida la supervalía, que realiza un
capitalista está exclusivamente determinada por el número de obreros que
emplea, y este mismo número depende de la magnitud del capital variable que
adelanta, de la suma que consagra a la compra de fuerzas de trabajo.
pág. 88La masa de
supervalía producida es entonces proporcional a la magnitud del capital
variable; en cuanto al capital constante, no tiene aquí ninguna acción; en
efecto, sea grande o pequeño el valor de los medios de producción, permanece
sin la menor influencia sobre la masa de valor producido, que es el valor nuevo
añadido por el trabajo al valor conservado de los medios de producción.
De lo expuesto
resulta que toda suma no puede ser transformada en capital. Esta transformación
exige que el aspirante a capitalista maneje cierto mínimum de dinero. Como no
solo quiere vivir del trabajo de otro, sino que quiere además enriquecerse por
este trabajo, es necesario que pueda tener tal número de obreros que su tiempo
de sobretrabajo provea a su sostén y a su enriquecimiento.
Seguramente él
puede también poner manos a la obra, pero entonces no es más que un
intermediario entre capitalista y obrero, un pequeño patrón. En cierto grado de
desarrollo es necesario que el capitalista pueda emplear todo su tiempo en la
apropiación y en la vigilancia del trabajo ajeno y en la venta de los productos
de este trabajo; es preciso, pues, que explote suficientes obreros para
dispensarse de tomar parte en la producción.
Este mínimum de
dinero que hay que adelantar, varía según los diversos grados del desarrollo de
la producción. Dado el grado de desarrollo, varía en las diferentes industrias
según sus condiciones técnicas particulares.
En la producción,
considerada desde el punto de vista de la utilidad del producto, los medios de
producción desempeñan respecto del obrero el papel de simples materialesp. 89 de su
actividad productora. Si se la considera desde el punto de vista de la
supervalía, los medios de producción se convierten inmediatamente en medios de
absorción del trabajo de otro.
No es ya el
trabajador quien los emplea, ellos son, al contrario, los que emplean al
trabajador. En lugar de ser consumidos por él como elementos materiales de su
actividad productora, le consumen ellos como elemento indispensable para su
propia vida, y la vida del capital consiste en su movimiento como valor
perpetuamente en vías de multiplicación.
Para poner en
acción la actividad de otro, para explotar la fuerza de trabajo y extraerle el
trabajo extra, el sistema capitalista supera en energía, en eficacia y en
ilimitada potencia a todos los sistemas anteriores de producción fundados
directamente en las diferentes formas de trabajos forzados.
p. 90
SECCIÓN
CUARTA
Producción de la
supervalía relativa.
CAPÍTULO XII
SUPERVALÍA
RELATIVA
Disminución del
tiempo de trabajo necesario. — Aumento de la productividad del trabajo y de la
supervalía.
Disminución del
tiempo de trabajo necesario.
Hemos considerado
hasta aquí la parte de la jornada de trabajo durante la cual el obrero
reemplaza el valor que el capitalista le paga, como una duración fija, lo que
en realidad es en condiciones de producción invariables. Pasando de esta
duración fija, de este tiempo necesario, el trabajo podía prolongarse más o
menos horas, y según la magnitud de esta prolongación, variaban el tipo de la
supervalía y la duración total de la jornada. Así, el tiempo de trabajo
necesario era fijo y la jornada entera de trabajo variable.
Supongamos ahora
una jornada entera de trabajo de límite determinado, por ejemplo, una jornada
de doce horas. El sobretrabajo y el trabajo necesario, considerados en
conjunto, no exceden de doce horas; en estas condiciones ¿cómo aumentar el
sobretrabajo, la producción de supervalía? Solo hay un medio: acortar el tiempop. 91 de trabajo
necesario y aumentar en igual proporción la parte de las doce horas consagrada
al sobretrabajo; de este modo, una parte del tiempo que empleaba el obrero, en
realidad para sí mismo, se convertirá en tiempo de trabajo para el capitalista.
El límite de la jornada no variará, solo cambiará su división en trabajo
necesario y sobretrabajo.
Por otra parte, la
duración del sobretrabajo está necesariamente marcada desde que se dan los
límites de la jornada entera y el valor diario de la fuerza de trabajo. Si este
valor es de 4 pesetas, cantidad de oro que contiene seis horas de trabajo, el
obrero debe trabajar seis horas para reemplazar el valor de su fuerza, pagada
cotidianamente por el capitalista, o para producir un equivalente de las
subsistencias que exige su sustento diario. El valor de estas subsistencias
determina el valor diario de su fuerza, y este valor determina la duración
cotidiana de su trabajo necesario.
El tiempo de
trabajo necesario podría ser y es en la práctica reducido por una disminución
del salario, que llega a ser inferior al valor de la fuerza de trabajo. Pero
aquí admitimos que la fuerza de trabajo se compra y se vende en su justo valor;
en este caso, el tiempo consagrado a reproducir dicho valor solo puede
disminuir cuando este valor disminuye. Pero este valor depende del valor de la
masa de subsistencias que necesita para su sustento; es necesario, pues, que el
valor de esta masa disminuya, que se produzca, por ejemplo, en cinco horas la
cantidad de subsistencias que antes se producía en seis; y esta producción de
igual masa de subsistencias en un tiempo más reducido, solo puede resultar de
un aumento de la fuerza productiva del trabajo, aumento que no ocurre sin una
modificación en los instrumentos o en el método delp. 92 trabajo, o en
ambos a la vez. Es necesaria una revolución en las condiciones de la
producción.
El aumento de la
productividad del trabajo y de la supervalía.
Por aumento de la
fuerza productiva o de la productividad del trabajo entendemos, en general, un
cambio en sus procedimientos que abrevie el tiempo actualmente necesario por
término medio para la producción de una mercancía, de tal suerte, que una
cantidad menor de trabajo adquiera la facultad de producir más objetos útiles.
Al examinar la
supervalía proveniente de la duración prolongada del trabajo, considerábamos
determinado el modo de producción; tratándose de producir supervalía por la
transformación del trabajo necesario en sobretrabajo, lejos de no tocar a los
procedimientos habituales del trabajo, el capital tiene que cambiar sus
condiciones técnicas y sociales, esto es, transformar el modo de producción.
Solo de esta suerte podrá aumentar la productividad del trabajo, disminuir de
este modo el valor de la fuerza de trabajo y aminorar por lo mismo el tiempo
empleado en reproducirla.
Denominamos supervalía
absoluta a la supervalía producida por la simple prolongación de la
jornada de trabajo, y supervalía relativa a la supervalía que
proviene, al contrario, de la disminución del tiempo de trabajo necesario y del
cambio, que es su consecuencia, en la duración relativa de las dos partes de
que se compone la jornada: trabajo necesario y sobretrabajo.
Para que produzca
un descenso en el valor de la fuerza de trabajo, el aumento de productividad
debe tener lugarpág. 93 en los ramos de industria cuyos productos determinan el valor de
esta fuerza, es decir, en los que suministran las mercancías necesarias para el
sustento del obrero o los medios de producción de estas mercancías. Pero la
baratura de uno de estos artículos solo rebaja el valor de la fuerza de trabajo
en la proporción según la cual entra en su reproducción. En los ramos de
industria que no suministran ni los medios de subsistencia ni sus elementos
materiales, un aumento de productividad en nada modifica el valor de la fuerza
de trabajo.
Hemos visto en
el capítulo primero que el valor
de las mercancías y, por lo tanto, de la fuerza de trabajo, puesto que el valor
de esta lo determina el de aquellas, disminuye cuando aumenta la productividad
del trabajo de que proviene. Por el contrario, como el aumento de la productividad
del trabajo hace que sea mayor el tiempo consagrado a la fabricación de
supervalía, la supervalía relativa crece cuando aumenta la productividad del
trabajo.
De este modo, al
rebajar el precio de las mercancías, el desarrollo de la fuerza productiva del
trabajo hace que baje el precio del trabajador; este desarrollo, en el régimen
capitalista, tiene por resultado aminorar la parte de la jornada en que el obrero
trabaja para sí mismo y prolongar, en consecuencia, aquella en que trabaja
gratis para el capitalista; los mismos procedimientos que rebajan el precio de
las mercancías elevan la supervalía que producen. La economía de trabajo que
realiza un desarrollo de este género, no tiende jamás a abreviar la jornada de
trabajo, como pretenden hacer creer algunos economistas; el que por un aumento
de productividad llegue el obrero a producir en una hora diez veces más de lo
que producía, no impide que se continúe haciéndole trabajar por lo menos tanto
como antes.
pág. 94
CAPÍTULO XIII
COOPERACIÓN
Fuerza colectiva
del trabajo. — Resultados y condiciones del trabajo colectivo. — El mando en la
industria pertenece al capital. — La fuerza colectiva del trabajo aparece como
una fuerza propia del capital.
Fuerza colectiva
del trabajo.
La producción
capitalista comienza de hecho a establecerse cuando un solo dueño explota
muchos asalariados a la vez; un número considerable de obreros que funcionan al
mismo tiempo, bajo la dirección del mismo capital, en el mismo lugar para
producir el mismo género de mercancías, he aquí el punto de partida histórico
de la producción capitalista.
Las leyes de la
producción del valor solo se realizan de una manera completa para el que
explota una colectividad de obreros. En efecto, el trabajo, considerado como
creador de valor, es trabajo de calidad media, es decir, la manifestación de
una fuerza media. En cada ramo de industria el obrero aislado se diferencia más
o menos del obrero medio; aunque emplee más o menos tiempo que el término medio
para una misma operación, recibe el valor medio de la fuerza de trabajo, lo que
es causa de que su patrón obtenga de su trabajo más o menos que el tipo general
de la supervalía. Estas diferencias individuales en el grado de habilidad se
compensan y desaparecen cuando se trata de un número grande depág. 95 obreros. La
jornada de un número considerable de obreros explotados al mismo tiempo,
constituye una jornada de trabajo social, es decir, medio.
Aunque los
procedimientos de ejecución del trabajo no experimenten variaciones, el empleo
de un personal numeroso ocasiona una revolución en las condiciones materiales
del trabajo. Un taller en que estén instalados veinte tejedores con veinte
telares debe ser mayor que el de un patrón que solo ocupa a dos tejedores; pero
la construcción de diez talleres para veinte tejedores que trabajan por grupos
de dos, cuesta más que la de uno solo que sirva para veinte a la vez.
El valor de los
medios de producción comunes y concentrados es menor que el valor de los medios
diseminados que reemplazan; además, este valor se reparte entre una masa
relativamente mayor de productos. La porción de valor que trasmiten a las
mercancías disminuye, por consecuencia; el efecto es el mismo que si se las
hubiese hecho más baratas; la economía en su empleo proviene de su consumo en
común.
Cuando muchos
trabajadores funcionan juntos para un objeto común, en el mismo acto de
producción o en actos de producción diferentes, pero relacionados entre sí,
cuando hay conjunto de fuerzas, el trabajo toma la forma cooperativa.
Así como la fuerza
de ataque de un escuadrón de caballería difiere profundamente del total de las
fuerzas puestas aisladamente en juego por cada uno de los jinetes, así el total
de las fuerzas de los obreros aislados difiere de la fuerza que se desenvuelve
desde el momento en que funcionan en conjunto en una misma operación. Se trata,
pues, de crear, merced a la cooperación, una nueva fuerza que solo funciona
como fuerza cooperativa.
pág. 96Resultados y
condiciones del trabajo colectivo.
Además de la nueva
potencia que resulta de la reunión de numerosas fuerzas en una fuerza común, el
solo contacto social produce una excitación que eleva la capacidad individual
de ejecución.
La cooperación de
trabajadores, repartiendo las diversas operaciones que ocasiona la confección
de un producto entre diferentes manos, permite ejecutarlas al mismo tiempo y
abreviar el tiempo necesario para su confección; permite también suplir la
corta duración del tiempo disponible en ciertas circunstancias, por la gran
cantidad de trabajo que ejecuta en poco tiempo una colectividad de obreros;
permite, además, las grandes empresas, imposibles sin ella, limitando el
espacio en que el trabajo se opera, en virtud de la concentración de los medios
de producción y de los trabajadores, y disminuyendo por esta causa los gastos.
Comparada con un
número igual de jornadas aisladas, la jornada de trabajo colectivo produce más
objetos útiles y disminuye así el tiempo necesario para obtener el efecto que
se busca; en resumen, el trabajo colectivo da resultados que no podría
suministrar nunca el trabajo individual. Esta fuerza productiva especial de la
jornada colectiva es una fuerza de trabajo social o común. Obrando
simultáneamente con otros para un fin común y según plan concertado, el
trabajador traspasa los límites de su individualidad y desarrolla su potencia
como especie.
La reunión de
hombres es la condición misma de su acción común, de su cooperación. Para que
un capitalista pueda emplear al mismo tiempo cierto número de asalariados,p. 97 es necesario
que compre a la vez sus fuerzas de trabajo. El valor total de estas fuerzas, o
cierta suma de salarios por día, semana, etc., debe estar reunida en la caja
del capitalista antes que los obreros estén reunidos en el acto de la producción.
El número de los cooperantes o la importancia de la cooperación depende, por
consecuencia, ante todo de la magnitud del capital que puede ser adelantado
para la compra de fuerzas de trabajo, es decir, de la relación en que un solo
capitalista dispone de los medios de subsistencia de numerosos obreros.
Por otro lado, el
incremento de la parte variable del capital necesita el de su parte constante;
con la cooperación, el valor y la cantidad de los medios de producción,
materias primeras e instrumentos de trabajo, aumentan considerablemente. Cuanto
más se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo, mayor es la cantidad de
primeras materias que se invierten en un tiempo determinado. La concentración
de los medios de producción en manos de capitalistas es, pues, la condición
material de toda cooperación entre asalariados.
Hemos visto en
el capítulo
decimoprimero que el poseedor de dinero necesitaba tener un mínimum de este que
lo permitiese explotar bastantes obreros para descargarse en ellos de todo
trabajo manual. Sin esta condición, el pequeño patrón no hubiese podido ser
sustituido por el capitalista, y la producción no hubiera podido revestir la
forma de producción capitalista. El mínimum de magnitud del capital que debe
encontrarse en manos de los particulares, se presenta ahora como la
concentración de riqueza necesaria para la transformación de los trabajos
aislados en trabajo colectivo.
p. 98El mando en la
industria pertenece al capital.
En los comienzos
del capital, su mando sobre el trabajo tiene un carácter casi accidental. El
obrero trabaja bajo las órdenes del capital en el sentido de que le ha vendido
su fuerza por carecer de los medios materiales para trabajar por su propia
cuenta. Pero desde el momento en que hay cooperación entre obreros asalariados,
el mando del capital se manifiesta como una condición indispensable de la
ejecución del trabajo. Todo trabajo social o común reclama una dirección que
armonice las actividades individuales. Un músico que ejecuta un solo se dirige
a sí propio, pero una orquesta necesita un director. Esta función directriz de
vigilancia llega a ser la función del capital cuando el trabajo que le está
subordinado se hace cooperativo, y, como función capitalista, adquiere
caracteres especiales.
El aguijón poderoso
de la producción capitalista es la necesidad de hacer valer el capital; su fin
determinante es la mayor fabricación posible de supervalía, o, lo que es lo
mismo, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo. A medida que aumenta
el número de obreros explotados en conjunto, mayor es su fuerza de resistencia
contra el capitalista y es preciso ejercer una presión más enérgica para domar
toda resistencia. En manos del capitalista la dirección no es solo la función
especial que nace de la naturaleza del trabajo cooperativo o social, es además,
y sobre todo, la función de explotar el trabajo social, función que tiene por
base el antagonismo inevitable entre el explotador y la fuerza que explota. La
forma de esta dirección llega a ser indefectiblemente despótica. Las formas
particulares de este despotismo sep. 99 desenvuelven a medida que se
desarrolla la cooperación.
El capitalista
empieza por dispensarse del trabajo manual. Después, cuando aumenta su capital
y con este la fuerza colectiva que explota, abandona su función de vigilancia
inmediata de los obreros y de los grupos obreros y la confía a una especie
particular de asalariados. Cuando llega a encontrarse a la cabeza de un
ejército industrial, necesita oficiales superiores (directores, gerentes) y
oficiales inferiores (vigilantes, inspectores, contramaestres) que, durante el
trabajo, mandan en nombre del capital. El trabajo de la vigilancia se convierte
en función exclusiva de estos asalariados especiales.
El mando en la
industria pertenece al capital, como en los tiempos feudales pertenecían a la
propiedad territorial la dirección de la guerra y la administración de la
justicia. Augusto Comte y la escuela positivista han intentado demostrar la
eterna necesidad de los señores del capital; hubieran podido igualmente y con
las mismas razones demostrar la de los señores feudales.
La fuerza colectiva
del trabajo aparece como una fuerza propia del capital.
El obrero es
propietario de su fuerza de trabajo mientras discute el precio de venta con el
capitalista, y solo puede vender lo que posee, su fuerza individual. Así es
como el capitalista contrata con uno o con cien obreros independientes unos de
otros y que podría emplear sin hacerlos cooperar. El capitalista paga por
separado a cada uno de los cien obreros su fuerza de trabajo, pero no paga la
fuerza combinada de los ciento.
Como personas
independientes, los obreros son individuos aislados que entran en relación con
el mismo capital,pág. 100 pero no unos con otros. El vínculo entre sus funciones
individuales, su unidad como cuerpo productor, se encuentra fuera de ellos, en
el capital que los reúne. Su cooperación solo empieza en el acto del trabajo,
pero entonces han dejado ya los obreros de pertenecerse. Desde que figuran en
el trabajo no son más que una forma particular de existencia del capital. La
fuerza productora que los asalariados desarrollan al funcionar como trabajador
colectivo es, por consecuencia, fuerza productora del capital. La fuerza social
de trabajo parece ser una fuerza de que por naturaleza está dotado el capital,
fuerza productora que le pertenece como propia, porque esta fuerza social del
trabajo nada cuesta al capital, y además porque el asalariado la desarrolla,
después que su trabajo pertenece al capital.
Si la potencia
colectiva del trabajo desarrollada por la cooperación aparece como fuerza
productora del capital, la cooperación aparece como forma particular de la
producción capitalista; en manos del capital, esta socialización del trabajo
aumenta las fuerzas productoras solo para explotarlas con más provecho.
pág. 101
CAPÍTULO XIV
DIVISIÓN DEL
TRABAJO Y MANUFACTURA
I. Doble
origen de la manufactura. — II. El trabajador fraccionario y su
utensilio. — III. Las dos formas fundamentales de la manufactura. —
Mecanismo general de la manufactura. — Acción de la manufactura sobre el
trabajo. — IV. División del trabajo en la manufactura y en la sociedad. —
V. Carácter capitalista de la manufactura.
I. Doble
origen de la manufactura.
El tipo de
cooperación que tiene por base la división del trabajo reviste en la
manufactura su forma clásica, y domina durante el periodo manufacturero
propiamente dicho, que dura aproximadamente desde mediados del siglo XVI hasta el último tercio
del XVIII.
Por una parte, un
solo taller puede reunir bajo las órdenes del mismo capitalista artesanos de
oficios diferentes, por cuyas manos debe pasar un producto para quedar
enteramente concluido. Un coche fue primero el producto de los trabajos de gran
número de artesanos independientes unos de otros, tales como carreteros,
guarnicioneros, torneros, pintores, cerrajeros, vidrieros, etc. La manufactura
carrocera los ha reunido a todos en un mismo local donde trabajan a la par;
como se hacen muchos carruajes a la vez, cada obrero tiene siempre su tarea
particular que realizar. Pero bien pronto se introduce una modificación
esencial. El cerrajero, el carpintero, etc., que solo se han ocupado en la
fabricación de coches, pierdenpág. 102 poco a poco la costumbre y con
ella la capacidad de ejercer su oficio en toda su extensión; limitado desde
este momento a una especialidad de su oficio, su habilidad adquiere la forma
más propia para este ejercicio circunscrito.
Por otra parte,
gran número de obreros, cada uno de los cuales fabrica el mismo objeto, pueden
ser ocupados al mismo tiempo por el mismo capitalista en el mismo taller; esta
es la cooperación en su forma más sencilla. Cada obrero hace la mercancía
entera ejecutando sucesivamente las diversas operaciones necesarias. En virtud
de circunstancias exteriores, un día, en vez de hacer que cada uno de los
obreros ejecute las diferentes operaciones, se confía cada una de estas
especialmente a uno entre aquellos, y todas en conjunto resultan entonces
ejecutadas al mismo tiempo por los cooperadores, ejecutando solo una cada uno
de ellos en lugar de hacerlas todas sucesivamente cada obrero. Realizada esta
división accidentalmente la vez primera, se repite, muestra sus ventajas y
concluye por ser una división sistemática del trabajo. De producto individual
de un obrero independiente que ejecuta una porción de operaciones diversas, la
mercancía se convierte en el producto social de una reunión de obreros, cada
uno de los cuales efectúa constantemente la misma operación de detalle.
El origen de la
manufactura, su procedencia del oficio, presenta, pues, un doble aspecto. Por
un lado, tiene por punto de partida la combinación de oficios diversos e
independientes, la cual se simplifica hasta reducirlos a la categoría de
operaciones parciales y complementarias en la producción de la misma mercancía.
Por otro lado, se apodera de la cooperación de artesanos del mismo género,
descompone su oficio en sus diferentes operaciones, laspág. 103 aísla y las
hace independientes, de tal suerte que cada una de ellas llega a ser la función
exclusiva de un trabajador que, confeccionando solo una parte de un producto,
no es más que un trabajador fraccionario. Así, pues, ora combina oficios
distintos cuyo producto es la obra, ora desarrolla la división del trabajo en
un oficio. Cualquiera que sea su punto de partida, su forma definitiva es la
misma: un organismo de producción cuyos miembros son hombres.
Para apreciar bien
la división del trabajo en la manufactura, es esencial no perder de vista los
dos puntos siguientes: 1.º, la ejecución de las operaciones no deja de depender
de la fuerza, de la habilidad, de la rapidez del obrero en el manejo de su utensilio;
por eso cada obrero queda adscrito a una función de detalle, a una función
fraccionaria por toda su vida; 2.º, la división manufacturera del trabajo es
una cooperación de género particular; sin embargo, sus ventajas dependen
principalmente, no de esta forma particular, sino de la naturaleza general de
la cooperación.
II. El
trabajador fraccionario y su utensilio.
El obrero
fraccionario convierte su cuerpo entero en órgano maquinal de una sola
operación simple, ejecutada por él durante su vida, de suerte que llega a
efectuarla con más rapidez que el artesano que ejecuta toda una serie de
operaciones. Comparada con el oficio independiente, la manufactura, compuesta
de trabajadores fraccionarios, suministra, pues, más productos en menos tiempo;
en otros términos, aumenta la fuerza productiva del trabajo.
El artesano que
tiene que efectuar operaciones diferentesp. 104 debe cambiar bien de lugar o
bien de instrumentos. El paso de una operación a otra ocasiona interrupciones
en el trabajo, intervalos improductivos, los cuales desaparecen, dejando más
tiempo a la producción a medida que, en virtud de la división del trabajo,
disminuye para cada trabajador el número de cambios de operaciones. Por otra
parte, este trabajo continuo y uniforme concluye por fatigar el organismo, que
encuentra alivio y solaz en la actividad variada.
Cuando las partes
del trabajo dividido llegan a ser funciones exclusivas, su método se
perfecciona. Cuando se repite constantemente un acto simple y se concentra en
él la atención, se llega a alcanzar por la experiencia el efecto útil deseado
con el menor gasto posible de fuerza; y como siempre diversas generaciones de
obreros viven y trabajan al mismo tiempo en los mismos talleres, los
procedimientos técnicos adquiridos, las llamadas tretas del oficio, se acumulan
y se transmiten, aumentándose así la potencia productora del trabajo.
La productividad
del trabajo no depende solo de la habilidad del obrero, sino también de la
perfección de sus instrumentos. Una misma herramienta puede servir para
operaciones distintas; a medida que estas operaciones se separan, el utensilio
abandona su forma única y se subdivide cada vez más en variedades diferentes,
cada una de las cuales posee una forma propia para un solo uso, pero la más
adecuada para este uso. El periodo manufacturero simplifica, perfecciona y
multiplica los instrumentos de trabajo, acomodándolos a las funciones separadas
y exclusivas de los obreros fraccionarios.
El trabajador
fraccionario y su utensilio; tales son los elementos simples de la manufactura
cuyo mecanismo general vamos a examinar.
p. 105III. Las
dos formas fundamentales de la manufactura.
La manufactura
presenta dos formas fundamentales que, no obstante su mezcla accidental,
constituyen dos especies esencialmente distintas, que desempeñan papeles muy
diferentes al ocurrir la transformación que después tiene lugar de la
manufactura en grande industria. Este doble carácter depende de la naturaleza
del producto, que debe su forma definitiva a un simple ajuste mecánico de
productos parciales independientes o a una serie de transformaciones ligadas
unas a otras.
La primera especie
suministra productos cuya forma definitiva es una simple reunión de productos
parciales que hasta pueden ser ejecutados como oficios distintos; un producto
tipo de esta especie es el reloj. El reloj constituye el producto social de un inmenso
número de trabajadores, tales como los que hacen resortes, esferas, agujas,
cajas, tornillos, los doradores, etc. Las subdivisiones abundan. Hay, por
ejemplo, los fabricantes de ruedas (ruedas de latón y ruedas de acero
separadamente), los que trabajan los muelles, ejes, escape, volante, el pulidor
de las ruedas y el de los tornillos, el pintor de las cifras, el grabador, el
pulidor de la caja, etcétera, y, por último, el ajustador que reúne estos
elementos separados y entrega el reloj completamente concluido. Pero estos
elementos tan diversos hacen enteramente accidental la reunión en un mismo
taller de los obreros que los preparan: los obreros domiciliarios que ejecutan
en sus casas estos trabajos de detalle, pero por cuenta de un capitalista, se
hacen, en efecto, una terrible concurrencia en provecho del capitalista, que
economiza además los gastos del taller; así, la explotación manufacturerap. 106 solo da
beneficios en circunstancias excepcionales.
La segunda especie
de manufactura, su forma perfecta, suministra productos que recorren toda una
serie de desarrollos graduales; en la manufactura de alfileres, por ejemplo, el
alambre de latón pasa por las manos de un centenar de obreros próximamente, cada
uno de los cuales efectúa operaciones distintas. Combinando oficios que eran
antes independientes, una manufactura de este género disminuye el tiempo entre
las diversas operaciones, y la ganancia en fuerza productiva que resulta de
esta economía de tiempo depende del carácter cooperativo de la manufactura.
Mecanismo general
de la manufactura.
Antes de llegar a
su forma definitiva, el objeto de trabajo, el latón, por ejemplo, en la
manufactura de alfileres, recorre una serie de operaciones que, dado el
conjunto de los productos en obra, se operan todas simultáneamente; se ve
ejecutar a la vez el corte del alambre, la preparación de las cabezas, la
afiladura de las puntas, etc.; el producto aparece así en el mismo momento en
todos sus grados de transformación.
Como el producto
parcial de cada trabajador fraccionario es solo un grado particular de
desarrollo de la obra completa, el resultado del trabajo de uno es el punto de
partida del trabajo de otro. El tiempo de trabajo necesario para obtener en
cada operación parcial el efecto útil apetecido, se establece
experimentalmente, y el mecanismo total de la manufactura funciona con la
condición de que en un tiempo dado debe obtenerse un resultado determinado. De
esta manera, los trabajos diversos y complementariosp. 107 pueden
marchar paralelamente y sin interrupción. Esta dependencia inmediata en que se
encuentran recíprocamente trabajos y trabajadores obliga a cada uno a emplear
solo el tiempo necesario en su función y aumenta por lo mismo el rendimiento
del trabajo.
Operaciones
diferentes exigen, sin embargo, tiempos desiguales y suministran, por lo tanto,
en tiempos iguales cantidades desiguales de productos parciales. Así, pues,
para conseguir que el mismo obrero ejecute todos los días una sola operación
sin pérdida de tiempo, es necesario emplear para operaciones diferentes diverso
número de obreros: cuatro fundidores, por ejemplo, para dos rompedores y un
raspador en una manufactura de caracteres de imprenta; en una hora el fundidor
funde solo 2.000 caracteres, en tanto que el rompedor desprende 4.000 y el
raspador raspa 8.000 en el mismo espacio de tiempo.
Una vez determinado
por la experiencia, para una cifra dada de producción, el número proporcional
más conveniente de obreros en cada grupo especial, únicamente puede aumentarse
esta cifra aumentando cada grupo especial proporcionalmente a su número de trabajadores.
El grupo especial
puede componerse no solo de obreros que realizan la misma tarea, sino de
trabajadores cada uno de los cuales tiene su función particular en la
confección de un producto parcial. El grupo constituye entonces un trabajador
colectivo perfectamente organizado. Los obreros que le componen forman otros
tantos órganos diferentes de una fuerza colectiva, que funciona merced a la
cooperación inmediata de todos. Faltando uno de ellos se paraliza el grupo de
que forma parte.
Finalmente, de la
misma manera que la manufactura proviene en parte de una combinación de oficios
diferentes,p. 108 puede también desarrollarse combinando diferentes manufacturas. De
este modo, en las fábricas de vidrio importantes se fabrican los crisoles de
arcilla que se necesitan. La manufactura del medio de producción se une a la
manufactura del producto, y la manufactura del producto a manufacturas en las
que este entra como primera materia. En este caso, las manufacturas combinadas
forman secciones de la manufactura total, aunque constituyen actos
independientes de producción, cada uno de los cuales tiene su división distinta
del trabajo. A pesar de sus ventajas, la manufactura combinada no adquiere
verdadera unidad sino después de la transformación de la industria
manufacturera en industria mecánica.
Con la manufactura
se ha desarrollado también en algunos puntos el uso de las máquinas, sobre todo
para ciertos trabajos preliminares sencillos que solo pueden ejecutarse en
grande y con un gasto considerable de fuerza, tales como la partidura del
mineral en los establecimientos metalúrgicos. Pero, en general, en el periodo
manufacturero las máquinas desempeñan un papel secundario.
Acción de la
manufactura sobre el trabajo.
El trabajador
colectivo formado por la combinación de gran número de obreros fraccionarios
constituye el mecanismo propio del periodo manufacturero.
Las diversas
operaciones que el productor individual de una mercancía ejecuta sucesivamente
y que se confunden en el conjunto de su trabajo, exigen cualidades de diferente
índole. En una necesita emplear más habilidad, en otra más fuerza, en una
tercera más atención, etcétera, y el mismo individuo no posee todas estas
facultades en grado igual. Una vez separadas y hechas independientes las
distintas operaciones, los obreros son clasificadospág. 109 según las
facultades que dominan en cada uno de ellos. De esta suerte, el trabajador
colectivo posee todas las facultades productivas requeridas, que no es posible
encontrar reunidas en el trabajador individual, y las gasta lo más económica y
útilmente posible, empleando a las individualidades que componen solo en
funciones adecuadas a sus cualidades. Considerado como miembro del trabajador
colectivo, el trabajador fraccionario llega a ser tanto más perfecto cuanto más
incompleto es.
El hábito de una
función única le convierte en órgano infalible y maquinal de esta función, al
mismo tiempo que el conjunto del mecanismo le obliga a obrar con la regularidad
de una pieza de máquina.
Siendo las
funciones del trabajador colectivo más o menos simples, más o menos elevadas,
sus órganos, es decir, las fuerzas individuales de trabajo, deben ser también
más o menos simples, más o menos desarrolladas; poseen, por consecuencia,
valores distintos. De esta suerte, para responder a la jerarquía de las
funciones, la manufactura crea una jerarquía de fuerzas de trabajo, a la cual
corresponde una gradación de salarios.
Todo acto de
producción exige ciertos trabajos de que cualquiera es capaz; esos trabajos son
separados de las operaciones principales que los necesitan y convertidos en
funciones exclusivas. La manufactura produce, pues, en cada oficio que entra en
su dominio una categoría de simples peones o braceros. Si bien desarrolla la
especialidad aislada hasta el punto de hacer de ella una habilidad excesiva a
expensas de la potencia del trabajo integral, empieza también por hacer una
especialidad de la falta de todo desarrollo. Al lado de la gradación jerárquica
se constituye una división simple de los trabajadores en hábiles e inhábiles.
pág. 110Para estos últimos
son nulos los gastos de aprendizaje; para los primeros son menores que los que
supone el oficio aprendido en su conjunto; en ambos casos la fuerza de trabajo
pierde de su valor. La pérdida relativa de valor de la fuerza de trabajo, que
depende de la disminución o desaparición de los gastos de aprendizaje, ocasiona
un aumento de supervalía; en efecto, todo lo que aminora el tiempo necesario
para la producción de la fuerza de trabajo acrecienta por este mismo hecho el
dominio del sobretrabajo.
IV. División
del trabajo en la manufactura y en la sociedad.
Examinemos ahora la
relación entre la división manufacturera del trabajo y su división social,
distribución de los individuos entre las diversas profesiones, la cual forma la
base general de toda producción mercantil.
Si nos limitamos a
considerar el trabajo en sí, se puede designar la separación de la producción
social en sus grandes ramas, industria, agricultura, etc., con el nombre de
división del trabajo en general; la separación de estos grandes géneros de
producción en especies y variedades bajo el de división del trabajo en
particular; y, por último, la división en el taller con el nombre de trabajo en
detalle.
De la misma manera
que la división del trabajo en la manufactura supone como base material cierto
número de obreros ocupados a la vez, así también la división del trabajo en la
sociedad supone una población bastante numerosa y bastante compacta que corresponde
a la aglomeración de los obreros en el taller.
La división
manufacturera del trabajo no se arraiga sino allí donde su división social ha
llegado ya a ciertopág. 111 grado de desarrollo, y como resultado desarrolla y multiplica esta
última, subdividiendo una profesión con arreglo a la variedad de sus
operaciones y organizando estas diferentes operaciones en oficios distintos.
A pesar de las
semejanzas y relaciones que existen entre la división del trabajo en la
sociedad y la división del trabajo en el taller, existe entre ellas una
diferencia esencial.
La semejanza
resulta patente allí donde diversas ramas de industria están unidas por lazo
íntimo. El ganadero, por ejemplo, produce pieles; el curtidor las convierte en
cuero; el zapatero con el cuero hace zapatos. En esta división social del
trabajo, como en la división manufacturera, cada uno suministra un producto
gradual, y el último producto es la obra colectiva de trabajos especiales.
Pero ¿qué es lo que
constituye la relación entre los trabajos independientes del ganadero, del
curtidor y del zapatero? El ser mercancías sus productos respectivos. Y, por el
contrario, ¿cuál es el carácter propio de la división manufacturera del trabajo?
El no producir mercancías los trabajadores, siendo solo mercancías su producto
colectivo. La división manufacturera del trabajo supone una concentración de
medios de producción en manos del capitalista; la división social del trabajo
supone la dispersión de los medios de producción entre gran número de
productores comerciantes, independientes unos de otros. Mientras que en la
manufactura la proporción indicada por la experiencia determina el número de
obreros afectos a cada función particular, el acaso y lo arbitrario imperan de
la manera más desarreglada en la distribución de los productores y de sus
medios de producción entre las diversas ramas del trabajo social.p. 112 Los
diferentes ramos de la producción se ensanchan o reducen según las oscilaciones
de los precios del mercado, pero tienden, sin embargo, a buscar el equilibrio
por la presión de las catástrofes. Pero esta tendencia a equilibrarse no es más
que una reacción contra la destrucción continua de este equilibrio.
La división
manufacturera del trabajo supone la autoridad absoluta del capitalista sobre
hombres transformados en simples miembros de un mecanismo que le pertenece. La
división social del trabajo pone frente a frente a productores que no conocen
más autoridad que la de la concurrencia ni otra fuerza que la presión que sobre
ellos ejercen sus intereses recíprocos. ¡Y esa conciencia burguesa, que
preconiza la división manufacturera del trabajo, es decir, la condenación
perpetua del trabajador a una operación de detalle y su subordinación absoluta
al capitalista, levanta el grito y se indigna cuando se habla de intervención,
de reglamentación, de organización regular de la producción! Denuncia toda
tentativa de este género como un ataque contra los derechos de la propiedad y
de la libertad. «¿Queréis, pues, convertir la sociedad en una fábrica?»
vociferan entonces esos partidarios entusiastas del sistema de fábrica. A lo
que parece, el sistema de las fábricas solo es bueno para los proletarios. La
anarquía en la división social y el despotismo en la división manufacturera del
trabajo caracterizan la sociedad burguesa.
En tanto que la
división social del trabajo, con o sin cambio de mercancías, pertenece a las
formas económicas de las sociedades más diversas, la división manufacturera es
una creación especial del sistema de producción capitalista.
p. 113V. Carácter
capitalista de la manufactura.
Con la manufactura
y la división del trabajo, el número mínimo de obreros que un capitalista debe
emplear le es impuesto por la división del trabajo establecido; para obtener
las ventajas de una división mayor necesita aumentar su personal, y hemos visto
que el aumento debe recaer al mismo tiempo, según proporciones determinadas,
sobre todos los grupos del taller. Este acrecentamiento de la parte del capital
consagrada a la compra de fuerzas de trabajo, de la parte variable, necesita
naturalmente el de la parte constante, anticipos en medios de producción y,
sobre todo, en primeras materias. La manufactura aumenta, por lo tanto, el
mínimum de dinero indispensable al capitalista.
La manufactura
revoluciona totalmente el sistema de trabajo individual y ataca en su raíz a la
fuerza de trabajo. Estropea al trabajador, hace de él algo monstruoso activando
el desarrollo artificial de su destreza de detalle, en perjuicio de su desarrollo
general. El individuo queda convertido en resorte automático de una operación
exclusiva. Si adquiere destreza en detrimento de su inteligencia, los
conocimientos, el desarrollo intelectual, que desaparecen en él, se concentran
en otros como un poder que le domina, poder alistado al servicio del capital.
En el principio, el
obrero vende al capital su fuerza de trabajo solo porque le faltan los medios
materiales de producción. Desde el momento que en lugar de poseer todo un
oficio, de saber ejecutar las diversas operaciones que concurren a la
producción de una obra, tiene el obrero necesidad de la cooperación de mayor o
menor número de compañeros para que la única función de detalle quep. 114 es capaz de
realizar sea eficaz; cuando, en una palabra, es solo un accesorio que aislado
no tiene utilidad, no puede obtener servicio formal de su fuerza de trabajo si
no la vende. Para poder funcionar necesita un medio social que solo existe en
el taller del capitalista.
La cooperación
fundada en la división del trabajo, es decir, en la manufactura, es en sus
principios una operación espontánea o inconsciente. En cuanto adquiere alguna
consistencia y base suficientemente amplia, llega a ser la forma reconocida y
metódica de la producción capitalista.
La división del
trabajo, que se desenvuelve experimentalmente, es tan solo un método particular
de aumentar el rendimiento del capital a expensas del trabajador. Aumentando
las fuerzas productivas del trabajo crea circunstancias nuevas que aseguran la
dominación del capital sobre el trabajo. Se presenta, pues, como un progreso
histórico, periodo necesario en la formación económica de la sociedad y como
medio civilizado y refinado de explotar.
En tanto que la
manufactura es la forma dominante del sistema de producción capitalista, la
realización de las tendencias dominadoras del capital encuentra, sin embargo,
obstáculos. La habilidad en el oficio queda siendo, a pesar de todo, la base de
la manufactura; los obreros hábiles son los más numerosos y no se puede
prescindir de ellos; tienen, por consiguiente, cierta fuerza de resistencia; el
capital tiene que luchar constantemente contra su insubordinación.
p. 115
CAPÍTULO XV
MAQUINISMO Y GRANDE
INDUSTRIA
I. Desarrollo
del maquinismo. — Desarrollo de la grande industria. — II. Valor
transmitido por la máquina al producto. — III. Trabajo de las mujeres y
de los niños. — Prolongación de la jornada de trabajo. — El trabajo más
intensificado. — IV. La fábrica. — V. Lucha entre el trabajador y
la máquina. — VI. La teoría de la compensación. — VII. Los obreros
alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos por ella. — VIII.
Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la división del trabajo.
— Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio. — Paso
de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande industria. —
IX. Contradicción entre la naturaleza de la grande industria y su forma
capitalista. — La fábrica y la instrucción. — La fábrica y la familia. —
Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica. — X. Grande
industria y agricultura.
I. Desarrollo
del maquinismo.
Como todo
desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el empleo capitalista de las
máquinas solo tiende a disminuir el precio de las mercancías y, por
consecuencia, a aminorar la parte de la jornada en que el obrero trabaja para
sí mismo, a fin de prolongar la otra parte en que trabaja para el capitalista;
es, como la manufactura, un método particular para fabricar supervalía
relativa.
La fuerza de
trabajo en la manufactura y el instrumento de trabajo en la producción mecánica
son los puntos de partida de la revolución industrial. Por lo tanto,p. 116 es necesario
estudiar de qué modo el instrumento de trabajo se ha convertido de utensilio en
máquina, precisando así la diferencia que existe entre la máquina y el
instrumento manual.
Todo mecanismo
desarrollado se compone de tres partes esencialmente distintas: motor,
transmisión y máquina de operación.
El motor da el
impulso a todo el mecanismo. Engendra su propia fuerza de movimiento, como la
máquina de vapor, o recibe el impulso de una fuerza natural exterior, como la
rueda hidráulica lo recibe de un salto de agua y el aspa de un molino de viento
de las corrientes de aire.
La transmisión
compuesta de volantes, correas, poleas, etcétera, lo distribuye, lo cambia de
forma si es necesario y lo transmite a la máquina de operación, a la
máquina-utensilio. El motor y la transmisión existen solo, en efecto, para
comunicar a la máquina-utensilio el movimiento que la hace actuar sobre el
objeto de trabajo y cambiar su forma.
Examinando la
máquina-utensilio, encontramos en grande, aunque bajo formas modificadas, los
aparatos e instrumentos que emplea el artesano o el obrero manufacturero; pero
de instrumentos manuales del hombre se han convertido en instrumentos mecánicos
de una máquina. La máquina-utensilio es, pues, un mecanismo que, recibiendo el
movimiento conveniente, ejecuta con sus instrumentos las mismas operaciones que
el trabajador ejecutaba antes con instrumentos semejantes.
Desde que el
instrumento, fuera ya de la mano del hombre, es manejado por un mecanismo, la
máquina-utensilio reemplaza a la simple herramienta y realiza una revolución
aun cuando el hombre continúe impulsándolapág. 117 sirviendo de
motor. Porque el número de utensilios que el hombre puede manejar al mismo
tiempo está limitado por el número de sus propios órganos: si el hombre solo
posee dos manos para tener agujas, la máquina de hacer medias, movida por un
hombre, hace puntos con muchos millares de agujas; el número de utensilios o
herramientas que una sola máquina pone en actividad a la vez, se ha emancipado,
por lo tanto, del límite orgánico que no podía traspasar el utensilio manual.
Hay instrumentos
que muestran claramente el doble papel del obrero como simple motor y como
ejecutor de la mano de obra propiamente dicha. Elijamos como ejemplo el torno:
el pie obra sobre el pedal como motor mientras las manos hilan trabajando con
el huso. De esta última parte del instrumento, órgano de la operación manual,
se apodera en primer término la revolución industrial, dejando al hombre, a la
vez que la nueva tarea de vigilar la máquina, el papel puramente mecánico de
motor.
La máquina, punto
de partida de la revolución industrial, reemplaza, pues, al operario que maneja
una herramienta, con un mecanismo que trabaja a la vez con muchos utensilios
semejantes y que recibe el impulso de una fuerza única, sea cualquiera la forma
de esta fuerza. Esta máquina-utensilio no es, sin embargo, más que el elemento
simple de la producción mecánica.
Al llegar a cierto
punto, solo es posible aumentar las dimensiones de la máquina de operación y el
número de sus utensilios cuando se dispone de una fuerza impulsiva superior a
la del hombre, sin contar con que el hombre es un agente muy imperfecto cuando
se trata de producir un movimiento continuo y uniforme. De este modo, al ser
sustituido el utensilio por una máquina movida porpág. 118 el hombre, se
hizo necesario en seguida reemplazar al hombre en el papel de motor por otras
fuerzas naturales.
Recurriose al
caballo, al viento y al agua; pero tan solo en la máquina de vapor de Watt se
encontró un motor capaz de engendrar por sí mismo su propia fuerza motriz
consumiendo agua y carbón, y cuyo ilimitado grado de potencia es regulado
perfectamente por el hombre. Además, no siendo condición precisa que este motor
funcione en los lugares especiales donde se encuentra la fuerza motriz natural,
como ocurre con el agua, puede transportarse e instalarse allí donde se reclame
su acción.
Una vez emancipado
el motor de los límites de la fuerza humana, la máquina-utensilio, que inauguró
la revolución industrial, desciende a la categoría de simple órgano del
mecanismo de operación. Un solo motor puede poner en movimiento muchas
máquinas-utensilio. El conjunto del mecanismo productivo presenta entonces dos
formas distintas: o la cooperación de muchas máquinas semejantes, como en el
tejido, por ejemplo, o una combinación de máquinas diferentes, como ocurre en
la filatura.
En el primer caso,
el producto es fabricado por completo por la misma máquina-utensilio, que
ejecuta todas las operaciones; y la forma propia del taller fundado en el
empleo de las máquinas, la fábrica, se presenta en primer término como una
aglomeración de máquinas-utensilio de la misma especie, que funcionan a la vez
en el mismo local. Así, una fábrica de tejidos está formada por la reunión de
muchos telares mecánicos. Pero existe aquí una verdadera unidad técnica en
cuanto estas numerosas máquinas-utensilio reciben uniformemente su impulso de
un motor común. Así como numerosos utensilios forman los órganos de una
máquina-utensilio,pág. 119 así también numerosas máquinas-utensilio forman otros tantos
órganos semejantes de un mismo mecanismo motor.
En el segundo caso,
cuando el objeto de trabajo tiene que recorrer una serie de transformaciones
graduales, el sistema de maquinismo realiza estas transformaciones merced a
máquinas diferentes, aunque combinadas unas con otras. La cooperación por
división del trabajo, que caracteriza a la manufactura, surge aquí también como
combinación de máquinas de operación fraccionarias. Sin embargo, se manifiesta
inmediatamente una diferencia esencial: la división manufacturera del trabajo
debe tener en cuenta los límites de las fuerzas humanas y solo puede
establecerse con arreglo a la posibilidad manual de las diversas operaciones
parciales; la producción mecánica, al contrario, emancipada de los límites de
las fuerzas humanas, funda la división en muchas operaciones de un acto de
producción, en el análisis de los principios constitutivos y de los estados
sucesivos de este acto, mientras que la cuestión de ejecución se resuelve por
medio de la mecánica, etc. Así como en la manufactura la cooperación inmediata
de los obreros encargados de operaciones parciales exige un número proporcional
y determinado de obreros en cada grupo, así también, en la combinación de
máquinas diferentes, la ocupación continua de unas máquinas parciales por
otras, suministrando cada una a la que la sigue el objeto de su trabajo, crea
una relación determinada entre su número, su dimensión, su velocidad y el
número de obreros que se debe emplear en cada categoría.
Sea cualquiera su
forma, el sistema de máquinas-utensilio que marchan solas bajo el impulso
recibido por transmisión de un motor central que engendra su propia fuerza
motriz, es la expresión más desarrollada del maquinismop. 120 productivo.
La máquina aislada ha sido sustituida por un monstruo mecánico cuyos
gigantescos miembros llenan edificios enteros.
Desarrollo de la
gran industria.
La división
manufacturera del trabajo dio origen al taller de construcción donde se
fabricaban los instrumentos de trabajo y los aparatos mecánicos ya empleados en
algunas manufacturas. Este taller, con sus obreros hábiles mecánicos, permitió
aplicar los grandes inventos, y en él se construyeron las máquinas. A medida
que se multiplicaron los inventos y los pedidos de máquinas, su construcción se
dividió en ramos variados e independientes, desarrollándose en cada uno de
ellos la división del trabajo. La manufactura constituye, pues, históricamente
la base técnica de la gran industria.
Las máquinas
suministradas por la manufactura hacen que esta sea reemplazada por la gran
industria. Pero al extenderse, la gran industria modifica la construcción de
las máquinas, que es su base técnica, y la subordina a su nuevo principio, el
empleo de las máquinas.
Así como la
máquina-utensilio es mezquina mientras el hombre la mueve y de la misma manera
que el sistema mecánico progresa lentamente en tanto que las fuerzas motoras
tradicionales, animal, viento y aun agua, no son reemplazadas por el vapor, así
también la gran industria marcha con lentitud mientras que la máquina debe su
existencia a la fuerza y a la habilidad humanas y depende de la fuerza
muscular, del golpe de vista y de la destreza manual del obrero.
No es esto todo. La
transformación del sistema de producción en un ramo de la industria, entraña
una transformaciónp. 121 en otro. Los medios de comunicación y de transporte, insuficientes
para el aumento de producción, tuvieron que adaptarse a las exigencias de la
gran industria (caminos de hierro, paquebotes transatlánticos). Las enormes
masas de hierro que por efecto de esto fue preciso preparar necesitaron
monstruosas máquinas, cuya creación era imposible para el trabajo
manufacturero.
La grande industria
se vio, pues, en la necesidad de dirigirse a su medio característico de
producción, a la misma máquina, para producir otras máquinas; de este modo se
creó una base técnica en armonía con su principio.
Teníase ya en la
máquina de vapor un motor susceptible de cualquier grado de potencia; pero para
conseguir fabricar máquinas con máquinas hacía falta producir mecánicamente las
formas perfectas geométricas tales como el círculo, el cono, la esfera, que exigen
ciertas partes de las máquinas. Este problema quedó resuelto a principios de
este siglo con la invención del chariot en el torno, que poco
después pudo moverse por sí solo; este accesorio del torno permite producir las
formas geométricas que se deseen con un grado de exactitud, facilidad y rapidez
que la experiencia acumulada no consigue nunca dar a la mano del obrero más
hábil.
Pudiendo desde este
momento extenderse libremente, la gran industria hace del carácter cooperativo
del trabajo una necesidad técnica impuesta por la naturaleza misma de su medio;
crea un organismo de producción que el obrero encuentra en el taller como condición
material ya dispuesta de su trabajo. El capital se presenta ante él bajo una
forma nueva y mucho más temible, la de un monstruoso autómata, a cuyo lado la
fuerza del obrero individual es casi nula.
p. 122II. Valor
transmitido por la máquina al producto.
Hemos visto que las
fuerzas productivas que resultan de la cooperación y de la división del trabajo
no cuestan nada al capital. Estas son las fuerzas naturales del trabajo social.
Tampoco cuestan nada las fuerzas físicas apropiadas para la producción, tales
como el agua, el vapor, etc.; pero para utilizarlas hacen falta ciertos
aparatos preparados por el hombre: para explotar la fuerza motriz del agua hace
falta una rueda hidráulica, para explotar la elasticidad del vapor es necesaria
una máquina.
Si bien es desde
luego evidente que la industria mecánica acrecienta de un modo maravilloso la
productividad del trabajo, surge la duda de si el empleo de las máquinas
economiza más trabajo del que cuestan su construcción y entretenimiento.
Como cualquiera
otro elemento del capital constante, que es la parte adelantada en medios de
producción, la máquina no produce valor y únicamente transmite el suyo al
artículo que fabrica. Pero la máquina, ese medio de trabajo de la gran
industria, es muy costosa comparada con los medios de trabajo del oficio y de
la manufactura.
Aunque la máquina
es utilizada siempre por completo para la creación de un producto, es decir,
como elemento de producción, es consumida solamente por fracciones para la
formación del valor, esto es, como elemento de valor. En efecto, una vez creado
el producto, la máquina subsiste aún; ha servido toda ella para crearlo, pero
no desaparece en esa creación, sino que continúa en disposición de volver a
empezar para un nuevo producto. Nunca da más valor del que su desgaste la hace
perder por término medio. Existe, pues, una gran diferencia entre elp. 123 valor de la
máquina y el valor que transmite a su producto, entre la máquina elemento de
valor y la máquina elemento de producción. Como una máquina funciona durante
prolongados periodos de trabajo y su desgaste y consumo diarios se reparten
entre inmensas cantidades de productos, cada uno de sus productos solo absorbe
una pequeñísima porción de su valor y absorbe tanto menos cuanto más productiva
es la máquina.
Dada la proporción
en que la máquina se gasta y transmite valor al producto, la magnitud del valor
transmitido depende del valor primitivo de la máquina. Cuanto menos trabajo
contiene, menor es su valor y menor es el que añade al producto.
Es evidente que hay
un simple cambio de lugar de trabajo; si en la producción de una máquina se ha
gastado tanto tiempo de trabajo como economiza su uso, no disminuye la cantidad
total de trabajo que exige la producción de una mercancía y, por lo tanto, no
baja el valor de esta. Pero el que la compra de una máquina cueste tanto como
la compra de las fuerzas de trabajo que reemplaza, no impide que disminuya el
valor transmitido al producto, pues en este caso la máquina reemplaza más
tiempo de trabajo del que representa ella misma. En efecto, el precio de la
máquina expresa su valor, esto es, equivale a todo el tiempo de trabajo
contenido en ella, sea cualquiera la división que de este tiempo se haga en
trabajo necesario y sobretrabajo, en tanto que el mismo precio pagado a los
obreros a quienes reemplaza no equivale a todo el tiempo de trabajo que
suministran, y solamente es igual a una parte de este tiempo, a su tiempo de
trabajo necesario.
Considerado
exclusivamente como medio de hacer el producto más barato, el empleo de las
máquinas encuentrap. 124 un límite: es necesario que el tiempo de trabajo gastado en su
producción sea menor que el tiempo de trabajo suprimido por su uso.
El capitalista
encuentra para el empleo de las máquinas un límite todavía más reducido. Lo que
paga no es trabajo, sino fuerza de trabajo, y aun el salario real del
trabajador es muchas veces inferior al valor de su fuerza. Así, el capitalista
se guía en sus cálculos por la diferencia que hay entre el precio de las
máquinas y el de las fuerzas de trabajo que estas pueden inutilizar. Esta
diferencia es la que determina el precio de costo y le decide a emplear o no la
máquina; en efecto, desde su punto de vista, la ganancia proviene de la
disminución del trabajo que paga y no del trabajo que emplea.
III. Trabajo
de las mujeres y de los niños.
Haciendo inútil el
trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de poca fuerza física,
pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen.
Cuando el capital se apoderó de la máquina, su grito fue: ¡trabajo de mujeres,
trabajo de niños! La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del
hombre, se convirtió en seguida en medio de aumentar el número de asalariados.
Doblegó bajo la vara del capital a todos los miembros de la familia sin
distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del
capital usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo
libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.
El valor de la
fuerza de trabajo estaba determinado por los gastos de sostenimiento del obrero
y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado y distribuyendo asípág. 125 entre muchas
fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede suceder que las
cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende al presente le
produzcan más que antes la sola fuerza de su jefe, pero también son cuatro
jornadas de trabajo en lugar de una; ahora, es preciso que en vez de una sean
cuatro las personas que suministran al capital no solamente trabajo, sino
también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es cómo la máquina, al
aumentar la materia humana explotable, eleva a la vez el grado de explotación.
El empleo
capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato cuya primera
condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas
libres, ambos comerciantes, poseedor el uno de dinero o de medios de producción
y el otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el momento que
el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza
de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y
se convierte en mercader de esclavos.
Por la anexión al
personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina
consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en
la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con
la máquina y el elemento más manejable y más dócil de las mujeres y de los
niños le ayudan en su obra de avasallamiento.
Prolongación de la
jornada de trabajo.
La máquina crea
condiciones nuevas que permiten al capital soltar el freno a su tendencia
constante de prolongarp. 126 la jornada de trabajo y motivos nuevos que aumentan aún su sed de
trabajo ajeno.
Cuanto más largo es
el periodo durante el cual funciona la máquina, mayor es la masa de productos
entre la cual se distribuye el valor que aquella transmite, y menor es la parte
que corresponde a cada mercancía. Empero, el periodo de vida activa de la máquina
está evidentemente determinado por la duración de la jornada de trabajo
multiplicada por el número de jornadas durante las cuales presta servicio.
El desgaste
material de las máquinas se presenta bajo un doble aspecto. Por una parte se
desgastan por su empleo y por otra por su inacción, como una espada se toma de
orín en la vaina. Tan solo por el uso se gastan útilmente, mientras que se
desgastan en balde por la falta de uso, y por esto se procura aminorar el
tiempo de inacción; si es posible, se la hace trabajar de día y de noche.
La máquina se halla
además sujeta a lo que se podría llamar su desgaste moral. Aunque se encuentre
en muy buen estado pierde de su valor por la construcción de máquinas
perfeccionadas que vienen a hacerle concurrencia. El peligro de su desgaste
moral es tanto menor cuanto más corto es su periodo de desgaste físico, y es
evidente que una máquina se desgasta tanto más pronto cuanto más larga es la
jornada de trabajo.
La prolongación de
la jornada permite acrecentar la producción sin aumentar la parte de capital
representada por los edificios y las máquinas; por consecuencia, aumenta la
supervalía y disminuyen los gastos necesarios para obtenerla. Por otra parte,
el desarrollo de la producción mecánica obliga a anticipar una parte cada vez
mayor de capital en medios de trabajo, en máquinas, etc.,p. 127 y cada
interrupción del tiempo de trabajo hace inútil, mientras dura, ese capital cada
vez más considerable. La menor interrupción posible, una prolongación creciente
de la jornada de trabajo es, pues, lo que desea el capitalista.
Hemos visto en
el capítulo undécimo que la suma
de supervalía está determinada por la magnitud del capital variable o, en otros
términos, por el número de obreros empleados a la vez y por el tipo de la
supervalía. Pero si la industria mecánica disminuye el tiempo de trabajo
necesario para la reproducción del trabajo pagado y aumenta así el tipo de la
supervalía, solo obtiene este resultado sustituyendo los obreros por máquinas,
es decir, disminuyendo el número de obreros ocupados por un capital
determinado; transforma en máquinas, en capital constante que no produce supervalía,
una parte del capital que, gastada anteriormente en fuerzas de trabajo, la
producía. El empleo de las máquinas con el objeto de aumentar la supervalía
encierra, pues, una contradicción: por la disminución del tiempo de trabajo
necesario aumenta el tipo de la supervalía; por la disminución del número de
obreros para un capital dado, disminuye la suma de la supervalía. Esta
contradicción conduce instintivamente al capitalista a prolongar la jornada de
trabajo todo lo posible, a fin de compensar la disminución del número
proporcional de los obreros explotados con el aumento de su sobretrabajo, con
el grado de su explotación.
La máquina en manos
del capital crea, por consecuencia, motivos nuevos y poderosos para prolongar
desmesuradamente la jornada de trabajo. Alistando bajo las órdenes del capital
elementos de la clase obrera, mujeres y niños, antes respetados, y dejando disponibles
los obrerosp. 128 reemplazados por la máquina, produce una población obrera
superabundante que se ve obligada a dejarse dictar la ley. De ahí el fenómeno
económico de que la máquina, medio el más eficaz de aminorar el tiempo de
trabajo, se convierta, merced a un giro extraño, en el medio más infalible de
transformar la vida entera del trabajador y de su familia en tiempo consagrado
a dar valor al capital.
El trabajo más
intensificado.
La prolongación
exagerada del trabajo cotidiano que lleva consigo la máquina en manos
capitalistas y el menoscabo de la clase obrera, que es su consecuencia, acaban
por producir una reacción de la sociedad, la cual, sintiéndose amenazada hasta
en las raíces de su existencia, decreta límites legales a la jornada. Desde que
la rebelión cada vez mayor de la clase obrera obligó al Estado a imponer una
jornada normal, el capital procuró ganar por un aumento de la cantidad de
trabajo gastada en el mismo tiempo lo que se le prohibía obtener por una
multiplicación progresiva de las horas de trabajo.
Con la reducción
legal de la jornada, el obrero se vio precisado a gastar, mediante un esfuerzo
superior de su fuerza, más actividad en el mismo tiempo. Desde este momento se
empieza a valuar la magnitud del trabajo de una manera doble, según su duración
y según su grado de intensidad. ¿Cómo se obtiene en el mismo tiempo un gasto
mayor de fuerza vital? ¿Cómo se hace más intenso el trabajo?
Este resultado de
la reducción de la jornada dimana de una ley evidente, según la cual la
capacidad de acción de toda fuerza animal es tanto mayor cuanto más cortopág. 129 es el tiempo
durante el cual obra. En ciertos límites se gana en eficacia lo que se pierde
en duración.
En el momento que
la legislación aminora la jornada de trabajo, la máquina se convierte en las
manos del capitalista en medio sistemático de arrancar en cada instante más
labor. Pero para que el maquinismo ejerza esta presión superior sobre sus
servidores humanos, es necesario perfeccionarle continuamente; cada
perfeccionamiento del sistema mecánico se convierte en nuevo medio de
explotación, a la vez que la reducción de la jornada obliga al capitalista a
sacar de los medios de producción, tirantes hasta el extremo, el mayor efecto
posible, si bien economizando gastos.
IV. La
fábrica.
Acabamos de
estudiar el fundamento de la fábrica, el maquinismo, y la reacción inmediata de
la industria mecánica sobre el trabajador; examinemos ahora la fábrica.
La fábrica moderna
puede ser representada como un enorme autómata compuesto de numerosos órganos
mecánicos e intelectuales —máquinas y obreros— que obran de concierto y sin
interrupción para producir un mismo objeto, estando subordinados todos estos
órganos a una potencia motriz que se mueve por sí misma.
La habilidad en el
manejo de la herramienta pasa del obrero a la máquina; así, la gradación
jerárquica de obreros dedicados a una especialidad, que caracteriza la división
manufacturera del trabajo, es sustituida en la fábrica por la tendencia a hacer
iguales los trabajos encomendados a los obreros auxiliares del maquinismo.
La distinción
fundamental que se establece es la de trabajadores en las máquinas-utensilio
(comprendiendopág. 130 entre ellos a algunos obreros encargados de calentar la caldera de
vapor) y peones, casi todos salidos apenas de la infancia, subordinados a los
primeros. Al lado de estas categorías principales colócase un personal,
insignificante por su número, de ingenieros, mecánicos, etc., que vigilan el
mecanismo general y atienden a las reparaciones necesarias.
Todo niño aprende
con gran facilidad a adaptar sus movimientos al movimiento continuo y uniforme
del instrumento mecánico. Y teniendo en cuenta la facilidad y rapidez con que
se aprende a trabajar en la máquina, queda suprimida la necesidad de convertir,
como en la manufactura, cada género de trabajo en ocupación exclusiva. Si bien
deben ser distribuidos los obreros entre las diversas máquinas, no es ya
indispensable reducir a cada uno a la misma tarea. Como el movimiento de
conjunto de la fábrica depende de la máquina y no del obrero, la variación
continua del personal no produciría ninguna interrupción en la marcha del
trabajo.
Aunque desde el
punto de vista técnico el sistema mecánico da fin, por consecuencia, al antiguo
sistema de división del trabajo, esta se mantiene, sin embargo, en la fábrica,
primeramente como tradición legada por la manufactura, y además porque el capital
se apodera de ella para conservarla y reproducirla de una manera aun más
repulsiva, como medio sistemático de explotación. La especialidad que consistía
en manejar durante toda la vida una herramienta propia de una operación
parcial, se convierte en la especialidad de servir durante toda la vida a una
máquina fraccionaria. Se abusa del mecanismo para transformar al obrero desde
su más tierna infancia en parte de una máquina, la cual a su vez forma parte de
otra; sujeto así a una operación simple, sin aprenderpág. 131 ningún
oficio, no sirve para nada si se le separa de esta operación, ya por ser
despedido, ya por un nuevo descubrimiento; desde este momento queda consumada
su dependencia absoluta de la fábrica, y, por lo tanto, del capital.
En la manufactura y
en el oficio, el obrero se sirve de su utensilio; en la fábrica sirve a la
máquina. En la manufactura, el movimiento del instrumento de trabajo parte de
él; en la fábrica no hace más que seguir este movimiento. El medio de trabajo,
transformado en autómata, se levanta ante el obrero, durante el curso del
trabajo, en forma de capital, de trabajo muerto que domina y absorbe su fuerza
viva.
Al mismo tiempo que
el trabajo mecánico sobreexcita hasta el último grado el sistema nervioso,
impide el ejercicio variado de los músculos y dificulta toda actividad libre
del cuerpo y del espíritu. La facilidad misma del trabajo llega a ser un
tormento en el sentido de que la máquina no libra al obrero del trabajo, pero
quita a este todo interés. La grande industria acaba de realizar la separación
que ya hemos indicado entre el trabajo manual y las potencias intelectuales de
la producción, transformadas por ella en poderes del capital sobre el trabajo;
hace de la ciencia una fuerza productiva independiente del trabajo, unida al
sistema mecánico y que, como este, es propiedad del amo.
Todas las fuerzas
de que dispone el capital aseguran el dominio de este amo, a los ojos del cual
su monopolio sobre las máquinas se confunde con la existencia de las máquinas.
La subordinación
del obrero a la regularidad invariable del maquinismo en movimiento, crea una
disciplina de cuartel perfectamente organizada en el régimen de fábrica.pág. 132 En ella cesa
de hecho y de derecho toda libertad. El obrero come, bebe y duerme con arreglo
a un mandato. La despótica campana le obliga a interrumpir su descanso o sus
comidas.
El fabricante es
legislador absoluto; consigna en fórmulas a su antojo, en su reglamento de
fábrica, su autoridad tiránica sobre su obreros. A los trabajadores que se
quejan de la arbitrariedad extravagante del capitalista se les contesta: puesto
que habéis aceptado voluntariamente ese contrato, debéis someteros a él. El
látigo del mayoral de esclavos es sustituido por la libreta de castigos del
contramaestre. Todos estos castigos quedan reducidos a multas y retenciones del
salario, de suerte que el capitalista saca más provecho aún de la violación que
del cumplimiento de sus leyes.
Y no hablemos de
las condiciones materiales en que por cuestión de economía se realiza el
trabajo de fábrica: elevación de la temperatura, atmósfera viciada y cargada
del polvo de las primeras materias, insuficiencia de aire, ruido ensordecedor
de las máquinas, sin contar los peligros que se corren entre un mecanismo
terrible que os rodea por todas partes y que suministra periódicamente su
contingente de mutilaciones y de asesinatos industriales.
V. Lucha
entre trabajador y máquina.
La lucha entre el
capitalista y el asalariado data de los orígenes mismos del capital industrial
y se recrudece durante el periodo manufacturero; pero el trabajador no ataca al
medio de trabajo hasta que se introduce la máquina. Se revuelve contra esa forma
particular del instrumento que se le presenta como su enemigo terrible.
Es necesario tiempo
y experiencia antes de que losp. 133 obreros, habiendo aprendido a
distinguir entre la máquina y su empleo capitalista, dirijan sus ataques, no
contra el medio material de producción, sino contra su modo social de
explotación.
Sucede que, bajo la
forma de máquina, el medio de trabajo se convierte en seguida en enemigo del
trabajador, y este antagonismo se manifiesta sobre todo cuando máquinas
nuevamente introducidas vienen a hacer la guerra a los procedimientos
ordinarios del oficio y de la manufactura.
El sistema de la
producción capitalista se funda, por regla general, en que el trabajador vende
su fuerza como mercancía. La división del trabajo reduce esta fuerza a ser tan
solo apta para manejar una herramienta de detalle; en el momento que esta herramienta
es manejada por la máquina, el obrero pierde su utilidad, de la misma manera
que una moneda desmonetizada no tiene curso. Cuando esa parte de la clase
obrera que la máquina hace así inútil para las necesidades momentáneas de la
explotación, no sucumbe, o vegeta en una miseria que la mantiene en reserva
siempre a disposición del capital, o invade otras profesiones, en las cuales
rebaja el valor de la fuerza de trabajo.
El antagonismo de
la máquina y del obrero aparece con efectos semejantes en la gran industria
misma cuando hay perfeccionamiento del maquinismo. El objeto constante de estos
perfeccionamientos es disminuir el trabajo manual para el mismo capital, que
además de que exige el empleo de menos obreros, sustituye cada vez más a los
hábiles con los menos diestros, a los adultos con los niños, a los hombres con
las mujeres; pero todos estos cambios ocasionan variaciones sensibles para el
trabajador en el tipo del salario.p. 134 Y la máquina no obra tan solo
como un concurrente cuya fuerza superior está siempre a punto de hacer inútil
el asalariado. El capital la emplea como potencia enemiga del obrero.
Constituye el arma de guerra más eficaz para reprimir las huelgas, esas
rebeliones periódicas del trabajo contra el despotismo del capital. En efecto,
para vencer la resistencia de sus obreros en huelga, el capital ha sido
conducido a algunas de las más importantes aplicaciones mecánicas, invenciones
nuevas o perfeccionamientos del maquinismo existente.
VI. Teoría
de la compensación.
Algunos economistas
burgueses sostienen que al hacer inútiles en un trabajo a obreros que estaban
empleados en él, es decir, al despedirlos y al privarlos de su salario, la
máquina deja disponible por este mismo hecho un capital destinado a emplearlos
de nuevo en otra ocupación cualquiera; por consiguiente, dicen, hay
compensación. A privar de víveres al obrero llaman estos señores dejar víveres
disponibles para el obrero como nuevo medio de emplearlo en otra industria.
Como se ve, todo depende de la manera de expresarse.
La verdad es que
los obreros que la máquina hace inútiles son arrojados del taller en el mercado
del trabajo, donde van a aumentar las fuerzas ya disponibles para la
explotación capitalista. Rechazados de un género de industria, pueden
seguramente buscar ocupación en otra; pero si la encuentran, si pueden de nuevo
tener medios de consumir los víveres que por su privación de salario habían
quedado disponibles, es decir, que no les estaba permitido comprar, es merced a
un nuevo capital que se presenta en el mercado del trabajo y no merced al
capitalp. 135 que ya funciona, el cual se ha transformado en máquinas. Y las
probabilidades de encontrar ocupación son muy pequeñas, porque, fuera de su
antigua ocupación, estos hombres deteriorados por la división del trabajo
sirven para poco y solo son admitidos en empleos inferiores mal pagados y que
por su misma sencillez son solicitados por muchos.
La máquina es
inocente de las miserias a que da lugar; no es culpa suya si, en nuestro medio
social, separa al obrero de sus medios de subsistencia. En todas partes donde
se introduce hace el producto más barato y más abundante. Tanto después como
antes de su introducción, la sociedad posee siempre por lo menos la misma
cantidad de víveres para los trabajadores que tienen que cambiar de empleo,
prescindiendo de la inmensa porción de su producto anual despilfarrada por los
ociosos.
Si la máquina se
convierte en instrumento para esclavizar al hombre; si, medio infalible para
aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga; si, varita mágica para aumentar la
riqueza del productor, lo empobrece, es por estar en manos capitalistas. Estas
contradicciones y estos antagonismos inseparables del empleo de las máquinas en
el medio burgués, provienen, no de la máquina, sino de su explotación
capitalista.
Aunque suprime un
número mayor o menor de obreros en los oficios y manufacturas donde se
introduce, la máquina puede ocasionar, sin embargo, un aumento de empleos en
otros ramos de producción.
Siendo mayor con
las máquinas la cantidad de artículos fabricados, hacen falta más materias
primeras, y, por consiguiente, es preciso que las industrias que suministran
estas materias primeras aumenten la cantidad de sus productos. Verdad es que
este aumento puede resultarpág. 136 de la elevación de la
intensidad o de la duración del trabajo, y no exclusivamente de la del número
de obreros.
Las máquinas dan
origen a una especie de obreros consagrados exclusivamente a su construcción, y
cuanto mayor es el número de máquinas, más numerosa es esta clase de obreros. A
medida que las máquinas hacen así aumentar la masa de primeras materias, de instrumentos
de trabajo, etc., las industrias que gastan estas primeras materias, etc., se
dividen cada vez más en ramas diferentes y la división social del trabajo se
desarrolla más poderosamente que bajo la acción de la manufactura propiamente
dicha.
El sistema mecánico
aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en la clase capitalista,
acompañada, como va siempre, de una disminución relativa de los trabajadores
empleados en la producción de las mercancías de primera necesidad, da origen,
con las nuevas necesidades de lujo, a nuevos medios de satisfacerlas: la
producción de lujo aumenta; y aumenta con ella, en una proporción cada vez
mayor, la clase sirviente, compuesta de lacayos, cocheros, cocineras, niñeras,
etc.
El aumento de los
medios de trabajo y de subsistencia impulsa el desarrollo de las empresas de
comunicación y de transporte; aparecen nuevas industrias y abren nuevas salidas
al trabajo.
Pero todos estos
aumentos de empleos no tienen nada de común con la llamada teoría de
compensación.
VII. Los
obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos por ella.
Todo progreso del
maquinismo disminuye el número de obreros necesarios y separa de la fábrica,
por el momento,pág. 137 a una parte del personal. Pero cuando la explotación mecánica se
introduce o se perfecciona en un ramo de la industria, los beneficios
extraordinarios que no tarda en procurar a los que hacen la primera aplicación
de ella, ocasionan muy pronto un periodo de actividad febril. Estos beneficios
atraen al capital, que busca colocaciones privilegiadas; el nuevo procedimiento
se generaliza; el establecimiento de nuevas fábricas y el engrandecimiento de
las antiguas que de ello resulta hacen que aumente entonces el número total de
obreros ocupados. El aumento de las fábricas, o, en otros términos, una
modificación cuantitativa en la industria mecánica, atrae, pues, a los obreros,
en tanto que el perfeccionamiento de la maquinaria, o, de otro modo, un cambio
cualitativo, los separa.
Pero la elevación
de la producción, consecuencia del mayor número de fábricas, va seguida de una
superabundancia de productos en el mercado que a su vez produce un decaimiento,
una paralización de la producción. La vida de la industria se convierte así en
series de periodos de actividad media, de prosperidad, de exceso de producción
y de inacción. Los obreros son alternativamente atraídos y rechazados, llevados
de aquí para allá, y este movimiento va acompañado de cambios continuos en la
edad, el sexo y la habilidad de los obreros empleados; la incertidumbre, las
alzas y las bajas a que la explotación mecánica somete al trabajador, acaban
por ser su estado normal.
VIII. Supresión
de la cooperación fundada en el oficio y en la división del trabajo.
La explotación
mecánica suprime la cooperación basada en el oficio: por ejemplo, la máquina
segadora reemplazapág. 138 la cooperación de determinado número de segadores; suprime
igualmente la manufactura basada en la división del trabajo manual,
suministrando un ejemplo de ello la máquina de fabricar alfileres: una mujer
basta para vigilar cuatro de estas máquinas, que producen mucho más que antes
un número considerable de hombres por medio de la división del trabajo.
Cuando una
máquina-utensilio sustituye a la cooperación o a la manufactura, puede a su vez
llegar a ser la base de un nuevo oficio; empero esta organización del oficio de
un artesano sobre la base de la máquina solo sirve de transición al régimen de
la fábrica, que aparece ordinariamente desde el momento en que el agua o el
vapor reemplazan a los músculos humanos como fuerza motriz. La pequeña
industria puede, sin embargo, funcionar momentáneamente con un motor mecánico,
alquilando el vapor o sirviéndose de pequeñas máquinas motrices particulares,
como las máquinas de gas.
Reacción de la
fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio.
A medida que se
desarrolla la grande industria se ve transformarse el carácter de todos los
ramos de la industria. Al introducirse en las antiguas manufacturas para una u
otra operación, el maquinismo desconcierta su organización, debida a una
división consagrada del trabajo, y trastorna por completo la composición de su
personal obrero, fundando en lo sucesivo la división del trabajo en el empleo
de las mujeres, de los niños, de los obreros poco hábiles, en una palabra, en
el empleo del trabajo barato.
El maquinismo obra
también de igual modo sobre lap. 139 llamada industria domiciliaria;
practíquese en la habitación misma del obrero o en pequeños talleres, solo es
en lo sucesivo una dependencia de la fábrica, de la manufactura o del almacén
de mercancías. La confección de los artículos de vestir, por ejemplo, es en
gran parte ejecutada por esos trabajadores llamados domiciliarios, no como
antes para consumidores individuales, sino para fabricantes, dueños de
almacenes, etc., que les suministran los elementos de trabajo encargándoles
obra. Así, pues, además de los obreros de fábrica, los obreros manufactureros y
los artesanos a quienes concentra en grandes masas en vastos talleres, el
capital posee un ejército industrial disperso en las grandes ciudades y en los
campos.
La explotación de
los trabajadores baratos se practica con más cinismo en la manufactura moderna
que en la fabrica propiamente dicha, porque la sustitución de la fuerza
muscular por máquinas, aplicada en esta última, falta en gran parte en la
manufactura; esta explotación es aún más escandalosa en la industria
domiciliaria que en la manufactura, porque el poder de resistencia de los
trabajadores es menor por efecto de su dispersión; porque entre el empresario y
el obrero se ingiere toda una cáfila de intermediarios, de parásitos voraces;
porque el obrero es demasiado pobre para procurarse las condiciones de espacio,
de aire, de luz, etc., más necesarias para su trabajo, y, por último, porque en
ellos llega a su máximum la concurrencia entre trabajadores.
Estos antiguos
sistemas de producción, modificados, desfigurados bajo la influencia de la gran
industria, reproducen y aun exageran sus enormidades hasta el día en que se ven
obligados a desaparecer.
p. 140Paso de la
manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande industria.
La disminución del
precio de la fuerza de trabajo solo por el empleo abusivo de mujeres y niños,
por la brutal privación de las condiciones normales de vida y de actividad, por
el exceso de trabajo y el abuso del trabajo de noche, encuentra, por último, obstáculos
físicos que los límites de las fuerzas humanas no permiten franquear. En ellos
se detienen también, por consiguiente, la reducción del precio de las
mercancías, obtenida por estos procedimientos, y la explotación capitalista
fundada sobre ellos. Si bien es cierto que son necesarios algunos años para
llegar a este punto, entonces es llegada la hora de la transformación del
trabajo domiciliario y de la manufactura en fábrica.
La marcha de esta
revolución industrial es más rápida por la regularización legal de la jornada,
por la exclusión de los niños menores de cierta edad, etc., todo lo cual obliga
al capitalista manufacturero a multiplicar el número de sus máquinas y a sustituir
los músculos con el vapor como fuerza motora. En cuanto al trabajo
domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la explotación
ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está condenada a morir
desde el momento en que la jornada esté limitada y restringido el trabajo de
los niños.
pág. 141IX. Contradicción
entre la naturaleza de la gran industria y su forma capitalista.
Mientras que el
oficio y la manufactura son la base de la producción social, la subordinación
del trabajador a una profesión exclusiva y el obstáculo que opone al desarrollo
de sus aptitudes varias, se pueden considerar como necesidades de la
producción. Los diferentes ramos industriales forman otras tantas profesiones
cerradas para todo aquel que se halle impuesto en los secretos y la rutina del
oficio.
La ciencia
modernísima de la tecnología, creada por la gran industria, enseña hoy esos
secretos, describe los diversos procedimientos industriales, los analiza,
reduce su práctica a algunas formas fundamentales del movimiento mecánico y
averigua los perfeccionamientos de que son susceptibles esos procedimientos. La
industria moderna no considera y no trata nunca como definitivo el modo actual
de un procedimiento.
En tanto que el
mantenimiento de su modo consagrado de producción era la primera condición de
existencia de todas las antiguas clases industriales, la burguesía, al
modificar constantemente los instrumentos de trabajo, modifica por esta misma
razón, de una manera continua, las relaciones de la producción y todas las
relaciones sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la
producción material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la
de todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.
Si la naturaleza
misma de la gran industria necesita el cambio continuo en el trabajo, la
transformación frecuentepág. 142 de las funciones y la movilidad del trabajador, por otra parte, en
su forma capitalista, reproduce la antigua división del trabajo todavía más
odiosamente; si el obrero estaba encadenado durante su vida a una operación de
detalle, hace de él el accesorio de una máquina parcial. Sabemos que esta
contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de la gran industria y
los caracteres sociales que reviste bajo el régimen capitalista, acaba por
destruir todas las garantías de vida del trabajador, siempre amenazado, según
hemos visto en el apartado cuarto del
presente capítulo, de verse privado, a la vez que del medio de trabajo, de los medios de
subsistencia y de quedar inútil por la supresión de su función particular; este
antagonismo da origen, como hemos visto también en el apartado quinto, a la
monstruosidad de un ejército industrial de reserva que por la miseria está a
disposición de la demanda capitalista; conduce a las sangrías periódicas de la
clase obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de trabajo, a los
estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso industrial una
calamidad pública para la clase obrera.
La fábrica y la
instrucción.
A pesar de los
obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo el régimen
capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria ocasiona imponen la
necesidad de reconocer el trabajo variado y, por consiguiente, el mayor
desarrollo posible de las diversas aptitudes del trabajador como una ley de la
producción moderna, siendo necesario a toda costa que las circunstancias se
adapten al ejercicio normal de esta ley: es esta una cuestión depág. 143 importancia
vital. En efecto, la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de
muerte, a reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función
productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer frente a las
exigencias más diversas del trabajo y que en funciones alternativas no hace más
que dar libre curso a sus diferentes capacidades naturales o adquiridas.
La burguesía, que
al crear para sus hijos las escuelas especiales obedecía tan solo a las
tendencias íntimas de la producción moderna, ha concedido únicamente a los
proletarios una sombra de enseñanza profesional. Pero si la legislación se ha
visto en la necesidad de combinar la instrucción elemental, siquiera sea
mezquina, con el trabajo industrial, la inevitable conquista del Poder político
por la clase obrera introducirá en las escuelas públicas la enseñanza de la
tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir el trabajo manual
productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para todos los jóvenes de
uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los ejercicios militares para los
varones; este es el único método para formar seres humanos completos.
Evidentemente, el
desarrollo de los elementos nuevos, que llegará por último a suprimir la
antigua división del trabajo en la cual cada obrero está consagrado a una
operación parcial, se halla en flagrante contradicción con el sistema
industrial capitalista y con el medio económico en que coloca al obrero, pero
el único camino por el que un sistema de producción y la organización social
correspondiente marchan a su ruina y renovación, es el desenvolvimiento
histórico de sus contradicciones y antagonismos.
¡Zapatero, a tus
zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez durante el periodo del
oficio y de la manufactura,p. 144 pasa a ser una locura el día en
que el relojero Watt inventa la máquina de vapor, el barbero Arkwright el telar
continuo y el platero Fulton el barco de vapor.
La fábrica y la
familia.
Ante la vergonzosa
explotación del trabajo de los niños, los legisladores se han visto en la
necesidad de intervenir poniendo coto no solamente a los derechos señoriales
del capital, sino también a la autoridad de los padres; aunque afecto al
capital, viendo la torpe crueldad de estos, el legislador ha tenido precisión
de preservar a las generaciones venideras de una decadencia prematura; los
representantes de las clases que dominan han tenido necesidad de dictar medidas
contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo que pueda
caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de esas
medidas?
No es el abuso de
la autoridad paterna el que ha creado la explotación de la niñez, antes al
contrario, la explotación capitalista es la que ha hecho que esa autoridad
degenere en abuso; la intervención de la ley es la confesión oficial de que la
grande industria ha hecho una fatalidad económica de la explotación de mujeres
y niños por el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha destruido la
familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la gran industria ha
convertido la autoridad paterna en dependencia del mecanismo social, destinada
a hacer suministrar directa o indirectamente niños al capitalista por el
proletario, que bajo pena de muerte tiene que desempeñar su papel de
abastecedor y de mercader de esclavos. Así, pues, la legislación solo atiende a
impedir los excesos de este sistema de esclavitud.p. 145 Por terrible
y desagradable que parezca en el medio actual la disolución de los antiguos
lazos de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que
concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la
producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva base
económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior de familia y de
relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar como absoluta y
definitiva la actual constitución de la familia como sus constituciones
oriental, griega y romana. La misma composición del trabajador colectivo por
individuos de los dos sexos y de todas edades, fuente de corrupción y de
esclavitud bajo la dominación capitalista, contiene los gérmenes de una próxima
evolución social. En la Historia, como en la Naturaleza, la putrefacción es el
laboratorio de la vida.
Consecuencias
revolucionarias de la legislación de fábrica.
Si bien imponen a
cada establecimiento industrial, considerado aisladamente, la uniformidad y la
regularidad, las leyes sobre la limitación de la jornada de trabajo, que han
llegado a ser indispensables para proteger física y moralmente a la clase
obrera, multiplican la anarquía y las crisis de la producción social por el
enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico; exageran la intensidad del
trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y la máquina; apresuran la
transformación del trabajo aislado en trabajo organizado en grande y la
concentración de capitales.
Al destruir la
pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el último refugio de una
masa de trabajadores, a quienes priva de sus medios de subsistencia, yp. 146 que quedan
por este motivo a disposición del capital para el día en que a este le convenga
admitirlos a trabajar; suprime, por lo tanto, la válvula de seguridad de todo
el mecanismo social. Generaliza al mismo tiempo la lucha directa entablada contra
la dominación del capital, y desarrolla, a la vez que los elementos de
formación de una nueva sociedad, las fuerzas destructoras de la antigua.
X. Gran
industria y agricultura.
Si el empleo de las
máquinas en la agricultura se halla en gran parte exento de los inconvenientes
y peligros físicos a que expone al obrero de fábrica, su tendencia a suprimir,
a quitar de su puesto al trabajador, se realiza en ella con mayor fuerza.
La gran industria
obra en el dominio de la agricultura más revolucionariamente que en ningún otro
punto, porque hace que desaparezca el labrador, baluarte de la sociedad
antigua, y le sustituye con el asalariado. Las necesidades de transformación
social y la lucha de clases quedan así reducidas en los campos al mismo nivel
que en las ciudades.
En la agricultura
como en la manufactura, la transformación capitalista de la producción parece
ser tan solo el suplicio del trabajador, el medio de trabajo un medio de
subyugar, de explotar y empobrecer al trabajador, y la combinación social del
trabajo la opresión combinada de su independencia individual. Pero la
disgregación de los trabajadores agrícolas en vastos espacios quebranta su
fuerza de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros
de las ciudades.
En la agricultura
moderna, de igual modo que en la industria de las ciudades, el aumento de
productividad yp. 147 el rendimiento superior del trabajo se obtienen a costa de la
destrucción de la fuerza de trabajo. Además, cada progreso de la agricultura
capitalista es un adelanto, no solamente en el arte de explotar al trabajador,
sino también en el de agotar el suelo; cada progreso en el arte de hacerlo más
fértil por un tiempo dado, un adelanto en la ruina de sus principios de
fertilidad.
La producción
capitalista solo desarrolla el sistema de producción social agotando a la vez
las dos fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador.
p. 148
SECCIÓN
QUINTA
Nuevas
consideraciones acerca de la producción de la supervalía.
CAPÍTULO XVI
SUPERVALÍA ABSOLUTA
Y SUPERVALÍA RELATIVA
Lo que caracteriza
al trabajo productivo. — La productividad del trabajo y la supervalía.
Lo que caracteriza
al trabajo productivo.
Hemos visto en
el capítulo séptimo que si se
considera el acto de trabajo desde el punto de vista de su resultado, que es el
producto, medio y objeto de trabajo se presentan al mismo tiempo como medios de
producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo. Al adaptar un objeto exterior
a sus necesidades, el hombre crea un producto, hace un trabajo productivo; mas,
durante esta operación, el trabajo manual y el trabajo intelectual están unidos
por lazos indisolubles, del mismo modo que el brazo y la cabeza no obran el uno
sin la otra.
Sin embargo, desde
que el producto individual se ha transformado en producto social, en producto
de un trabajador colectivo cuyos diferentes miembros toman parte en variadas
operaciones para la confección del producto,p. 149 si esta determinación del
trabajo productivo, derivada de la naturaleza misma de la producción material,
es verdadera en lo que se refiere al trabajador colectivo considerado como una
sola persona, no es aplicable a cada uno de sus miembros individualmente.
Para efectuar un
trabajo productivo no es necesario que se ejecute un trabajo manual, basta con
ser un órgano del trabajador colectivo o desempeñar una función cualquiera de
él. Pero no es esto lo que caracteriza de una manera especial al trabajo
productivo en el sistema capitalista.
En este, el objeto
de la producción es la supervalía, y no se reputa como trabajo productivo sino
el del trabajador que produce supervalía al capitalista o cuyo trabajo fecunda
el capital. Por ejemplo, un profesor en una escuela es un trabajador productivo,
no porque forma útilmente el ánimo de sus alumnos, sino porque haciendo esto
produce dinero a su patrono. El que este haya colocado su capital en una
fábrica de lecciones, como hubiera podido colocarlo en una fábrica de
embutidos, importa poco para la cuestión de negocio; es preciso ante todo que
el capital produzca.
Para en adelante,
la idea de trabajo productivo no indica ya simplemente una relación entre
actividad y resultado útil, sino ante todo una relación social que convierte al
trabajo en instrumento inmediato para hacer producir valor al capital. También
la Economía política clásica ha sostenido siempre que lo que caracterizaba al
trabajo productivo era el crear supervalía.
p. 150La productividad
del trabajo y la supervalía.
La producción de la
supervalía absoluta consiste, según hemos visto en el capítulo duodécimo, en la
prolongación de la jornada de trabajo más allá del tiempo necesario al obrero
para producir un equivalente de su subsistencia, y en la asignación de este
trabajo al capitalista. A fin de aumentar ese sobretrabajo, se acorta el tiempo
de trabajo necesario, haciendo producir el equivalente del salario en menos
tiempo, y la supervalía así realizada es la supervalía relativa.
La producción de la
supervalía absoluta solo afecta a la duración del trabajo, mas la producción de
la supervalía relativa transforma completamente sus procedimientos técnicos y
sus combinaciones sociales. La supervalía se desarrolla, pues, juntamente con
el sistema de producción capitalista propiamente dicho. Una vez establecido y
generalizado este, la diferencia entre supervalía relativa y supervalía
absoluta se echa de ver cuando se trata de elevar el tipo de la supervalía.
Si se supone pagada
la fuerza de trabajo en su justo valor, dados los límites de la jornada de
trabajo, el tipo de la supervalía no puede elevarse sino aumentando la
intensidad o la productividad del trabajo. Por el contrario, permaneciendo las
mismas la intensidad y la productividad del trabajo, el tipo de la supervalía
no puede elevarse sino merced a una prolongación de la jornada.
No obstante,
cualquiera que sea la duración de la jornada, el trabajo no creará supervalía
si no posee el mínimum de productividad que pone al obrero en condiciones de
producir, tan solo en una parte de la jornada, el equivalente de su propia
subsistencia.
p. 151Supongamos que el
trabajo necesario para el sustento del productor y de su familia absorbe todo
su tiempo disponible: ¿cómo encontraría medio de trabajar gratuitamente para
otro? Sin un cierto grado de productividad del trabajo, no hay tiempo
disponible; sin este exceso de tiempo, no hay sobretrabajo, y, por
consiguiente, no hay supervalía, ni producto neto, pero tampoco hay
capitalistas, ni esclavistas, ni señores feudales; en una palabra, no hay clase
propietaria.
Se ha tratado de
explicar este grado de productividad necesaria, como una cualidad natural del
trabajo; pero esta sería una productividad precoz con que la Naturaleza hubiera
dotado al hombre al colocarlo en el mundo.
Por el contrario,
las facultades del hombre primitivo no se forman sino lentamente, bajo la
presión de sus necesidades físicas. Cuando, merced a rudos esfuerzos, los
hombres consiguen elevarse sobre su primer estado animal, y cuando ya, por
consiguiente, su trabajo está en cierto modo socializado, entonces, y solamente
entonces, se producen condiciones tales que el sobretrabajo de uno puede llegar
a ser origen de vida para otro que se descarga sobre él del peso del trabajo,
lo cual jamás se efectúa sin el auxilio de la fuerza, que somete el uno al
otro. La productividad del trabajo es el resultado de un largo desenvolvimiento
histórico.
Excepción hecha del
modo social de producción, la productividad del trabajo depende de las
condiciones naturales en que se efectúa el trabajo. Todas estas condiciones
pueden referirse al hombre mismo, a su raza, o a la Naturaleza que le rodea.
Las condiciones naturales exteriores se descomponen, desde el punto de vista
económico, en dos grandes clases: riqueza natural en medios de subsistencia, es
decir, fertilidad del suelo,p. 152 pesca abundante, etc., y
riqueza natural en medios de trabajo, tales como saltos de agua, ríos
navegables, maderas, metales, carbón, etc. En los orígenes de la civilización,
la primera de las dos clases la simboliza; en una sociedad más adelantada, la
civilización está representada por la segunda.
La ventaja de las
circunstancias naturales proporciona, si se quiere, la posibilidad, pero nunca
la realidad del sobretrabajo, ni, por consiguiente, del producto neto o de la
supervalía. Según sea el clima más o menos dulce, el suelo más o menos fértil, etc.,
el número de las primeras necesidades (alimento, vestido) y los esfuerzos que
su satisfacción exige, serán mayores o menores; de suerte que, en
circunstancias por otra parte semejantes, el tiempo de trabajo necesario
variará de un país a otro; pero el sobretrabajo no puede comenzar sino allí
donde acaba el trabajo necesario. Las influencias físicas que determinan la
extensión relativa de este último imponen, pues, un límite natural al
sobretrabajo; este límite natural retrocede a medida que la industria adelanta
y, al paso que ella, los medios de producción.
En nuestra
sociedad, en la que el trabajador solo obtiene el permiso de trabajar para
atender a su subsistencia a condición de producir supervalía, se cree
generalmente que es una cualidad del trabajo humano el crear supervalía.
Fijémonos, por ejemplo, en el habitante de las islas orientales del
archipiélago asiático donde la palmera sagú crece en los bosques. Del interior
de cada árbol se sacan, por término medio, de trescientas a cuatrocientas
libras de harina comestible. Allí se va al bosque y se extrae el pan como entre
nosotros se va a cortar la leña. Supongamos que un habitante de esas islas
emplee una jornada de trabajo a fin de procurarse lo necesario parap. 153 la
satisfacción de sus necesidades durante una semana; se ve, pues, que la
Naturaleza lo ha otorgado un favor, es decir, mucho descanso, y solo obligado
por la fuerza emplearía ese tiempo de ocio en trabajar para otro, en
sobretrabajo.
Si la producción
capitalista se introdujese en su isla, el buen insular debería trabajar tal vez
seis días por semana para poder consagrar a su subsistencia el producto de una
jornada de trabajo. La concesión de la Naturaleza no explicaría por qué trabajaba
ahora seis días por semana en lugar de uno que antes bastaba para su
subsistencia, en otros términos, por qué creaba supervalía. Únicamente
explicaría por qué el sobretrabajo puede ser de cinco días y el trabajo
necesario de uno solamente. En resumen, la productividad explica el grado
alcanzado por la supervalía, pero nunca es causa de ella; la causa de la
supervalía es siempre el sobretrabajo, cualquiera que sea el modo de
arrancarlo.
p. 154
CAPÍTULO XVII
VARIACIONES EN LA
RELACIÓN DE INTENSIDAD ENTRE LA SUPERVALÍA Y EL VALOR DE LA FUERZA DE TRABAJO
I. La
duración y la intensidad del trabajo no cambian, su productividad cambia. —
II. La duración y la productividad del trabajo no cambian, su intensidad
cambia. — III. La intensidad y la productividad del trabajo no cambian, su
duración cambia. — IV. Cambios simultáneos en la duración, en la
intensidad y en la productividad del trabajo.
Hemos visto que la
relación de intensidad entre la supervalía y el precio de la fuerza de trabajo
está determinada: 1.º, por la duración del trabajo o su grado de extensión;
2.º, por su grado de intensidad, según el cual diferentes cantidades de trabajo
son consumidas en el mismo tiempo; 3.º, por su grado de productividad, según el
cual la misma cantidad de trabajo produce en el mismo tiempo diferentes
cantidades de productos. Evidentemente, esto dará lugar a variadas
combinaciones según que uno de estos tres elementos cambie de intensidad y los
otros dos no cambien, o que dos, o los tres, cambien al mismo tiempo. Además,
uno de ellos puede aumentar cuando otro disminuye, o sencillamente aumentar o
disminuir más que este. Examinemos las combinaciones principales.
p. 155I. La
duración y la intensidad del trabajo no cambian,
su productividad cambia.
Admitidas estas
condiciones, obtenemos las tres leyes siguientes:
1.ª La
jornada de trabajo de una duración dada produce siempre el mismo valor,
cualesquiera que sean los cambios efectuados en la productividad del trabajo.
Si una hora de
trabajo de intensidad ordinaria produce un valor de 50 céntimos, una jornada de
doce horas no producirá más que un valor de 6 pesetas. Suponemos que el valor
del dinero es siempre invariable. Si la productividad del trabajo aumenta o
disminuye, la misma jornada suministrará simplemente más o menos productos, y
el valor de 6 pesetas se distribuirá así entre más o menos mercancías.
2.ª La
supervalía y el valor de la fuerza de trabajo cambian en sentido opuesto una
respecto de otra. La supervalía aumenta al tiempo que la productividad del
trabajo o disminuye en la misma medida que ella, es decir, cambia en el mismo
sentido; mientras que el valor de la fuerza de trabajo cambia en sentido
contrario: aumenta cuando la productividad disminuye, y recíprocamente.
La jornada de doce
horas produce siempre el mismo valor, 6 pesetas, por ejemplo, cuya supervalía
forma una parte de ese valor y otra el equivalente de la fuerza de trabajo;
pongamos 3 pesetas por cada una. Es evidente que, no pudiendo exceder de 6
pesetas las dos partes reunidas, la supervalía no puede alcanzar un precio de 4
pesetas sin que la fuerza de trabajo quede reducida a 2 pesetas, y viceversa.
Si un aumento de
productividad permite proporcionarp. 156 en cuatro horas la misma masa
de subsistencias que antes exigía seis horas, estando determinado el valor de
la fuerza obrera por el valor de dichas subsistencias, disminuye de 3 pesetas a
2; pero ese mismo valor se eleva de 3 pesetas a 4, si una disminución de
productividad exige ocho horas de trabajo donde antes solo se necesitaban seis.
Puesto que la supervalía aumenta cuando el valor de la fuerza de trabajo
disminuye, y recíprocamente, dedúcese que el aumento de productividad, al
disminuir el valor de la fuerza de trabajo, debe aumentar la supervalía, y que
la disminución de productividad, al aumentar el valor de la fuerza de trabajo,
debe disminuir la supervalía; se sabe que los únicos cambios de productividad
que actúan sobre el valor de la fuerza obrera son los concernientes a las
industrias cuyos productos entran en el consumo ordinario del trabajador.
De este cambio en
sentido contrario no debe deducirse que no hay cambio más que en la misma
proporción. En efecto, si, suponiendo siempre que una jornada produce un valor
de 6 pesetas, el valor de la fuerza de trabajo es de 4 pesetas, la supervalía
será de 2 pesetas; si, a consecuencia de un aumento de productividad, el valor
de la fuerza de trabajo desciende a 3 pesetas, la supervalía se eleva en
seguida a 3 pesetas; esta misma diferencia de una peseta disminuye el valor de
la fuerza de trabajo, que era de 4 pesetas, en una cuarta parte o un 25 por
100, y aumenta la supervalía, que era de 2 pesetas, en una mitad o un 50 por
100.
3.ª El
aumento o la disminución de la supervalía es siempre el efecto y jamás la causa
de la disminución o del aumento correspondiente del valor de la fuerza de
trabajo.
Supongamos que el
valor de 6 pesetas de una jornadapág. 157 de trabajo de
doce horas se divide en 4 pesetas, valor de la fuerza de trabajo, y en una
supervalía de 2 pesetas, o, en otros términos, que hay ocho horas de trabajo
necesario y cuatro de sobretrabajo. Si la productividad del trabajo se duplica,
entonces el obrero solo necesitará la mitad del tiempo que hasta aquí había
necesitado para producir el equivalente de su subsistencia cotidiana. Su
trabajo necesario descenderá de ocho horas a cuatro, y, por consiguiente, su
sobretrabajo se elevará de cuatro horas a ocho, así como el valor de su fuerza
de trabajo descenderá de 4 pesetas a 2, y esta rebaja elevará la supervalía de
2 pesetas a 4. Luego el cambio de la productividad del trabajo es el que principalmente
hace aumentar o disminuir el valor de la fuerza de trabajo, mientras que el
movimiento ascendente o descendente de esta, produce por su parte un movimiento
de la supervalía en sentido contrario.
No obstante, esa
reducción del precio de la fuerza de trabajo a su valor, determinada por el de
las subsistencias necesarias para el sustento del obrero, puede tropezar, según
el grado de resistencia de este y la presión del capital, con obstáculos que no
le permitan realizarse sino incompletamente. La fuerza de trabajo puede pagarse
a más de su valor, aunque su precio no varíe o disminuya, si el trabajo excede
de su nuevo valor, si, en el ejemplo precedente, sigue siendo superior a 2
pesetas después de haberse duplicado la productividad del trabajo.
Algunos economistas
han sostenido que la supervalía puede elevarse, sin que disminuya la fuerza de
trabajo, reduciendo los impuestos que paga el capitalista. Una disminución de
impuestos no afecta absolutamente nada a la cantidad de sobretrabajo, y, por consiguiente,
de supervalía, que el capitalista arranca al obrero. Únicamentepág. 158 cambia la
proporción según la cual el capitalista embolsa la supervalía o tiene que
repartirla con otros. No altera, pues, la relación que existe entre la
supervalía y el valor de la fuerza de trabajo.
II. La
duración y la productividad del trabajo no cambian, su intensidad cambia.
Si su productividad
aumenta, el trabajo rinde en el mismo tiempo más productos, pero no más valor.
Si su intensidad aumenta, rinde en el mismo tiempo, no solamente más productos,
sino también más valor, puesto que, en este caso, el aumento de productos proviene
de un aumento de trabajo. Dadas su duración y su productividad, el trabajo
crea, pues, tanto más valor cuanto más excede su grado de intensidad de la
intensidad media social.
Como el valor
producido durante una jornada de doce horas, por ejemplo, deja así de estar
encerrado en límites fijos, se deduce que supervalía y valor de la fuerza de
trabajo pueden cambiar en el mismo sentido, marchando paralelamente, en
proporción igual o desigual. Si la misma jornada, merced a un aumento de la
intensidad del trabajo, produce 8 pesetas en lugar de 6, es evidente que la
parte del obrero y la del capitalista pueden elevarse a un tiempo de 3 pesetas
a 4.
Semejante elevación
en el precio de la fuerza de trabajo no significa que se ha pagado por ella más
de su valor, porque el aumento de la intensidad del trabajo se refleja en el
valor de la fuerza obrera, pues apresura el desgaste de esta. A pesar de este
alza, el precio puede ser inferior al valor. Sucede esto cuando la elevación
del precio no basta para compensar el aumento de desgaste de la fuerza de
trabajo.
pág. 159III. La
intensidad y la productividad del trabajo no cambian, su duración cambia.
Bajo el aspecto del
cambio de duración, el trabajo puede reducirse o prolongarse. En las
condiciones mencionadas obtenemos las leyes siguientes:
1.ª El valor
realizado en una jornada de trabajo aumenta o disminuye al mismo tiempo que su
duración.
2.ª Todo
cambio en la relación de cantidad entre la supervalía y el valor de la fuerza
de trabajo, proviene de un cambio de la cantidad del sobretrabajo y, por
consiguiente, de la supervalía.
3.ª El valor
absoluto de la fuerza de trabajo no puede cambiar sino mediante la acción que
ejerce sobre su desgaste la prolongación del sobretrabajo; todo cambio de este
valor absoluto es, pues, el efecto y jamás la causa de un cambio en la cantidad
de la supervalía.
Supongamos que la
jornada de trabajo compuesta de doce horas, seis de trabajo necesario y seis de
sobretrabajo, produce un valor de 50 céntimos por hora, o sea 6 pesetas, del
cual percibe la mitad el obrero y la otra mitad el capitalista.
Empecemos
reduciendo a diez horas la jornada de trabajo, que antes era de doce. Al
reducirse, no produce más que un valor de 5 pesetas. Siendo el trabajo
necesario de seis horas, el sobretrabajo queda reducido de seis horas a cuatro,
y la supervalía desciende de 3 pesetas a 2. Aun siguiendo invariable, el valor
de la fuerza de trabajo gana en cantidad, relativamente a la supervalía,
gracias a la disminución de esta, que es, en efecto, como 3 es a 2, de 150 por
100, en vez de ser como 3 es a 3, o de 100 por 100. El capitalista no podría
desquitarse sino pagandopág. 160 por la fuerza de trabajo menos de su valor. En el fondo de las
elucubraciones ordinarias contra la reducción de la jornada de trabajo, se
advierte la suposición de que las cosas se hallan en las condiciones aquí
admitidas, es decir, que se suponen inalterables la productividad y la
intensidad del trabajo, cuyo aumento, en suma, sigue siempre a la reducción de
la jornada.
Si se prolonga la
jornada de doce horas a catorce, estas dos horas se añaden al sobretrabajo y la
supervalía se eleva de 3 pesetas a 4. Por más que el valor nominal de la fuerza
de trabajo sea el mismo, pierde en cantidad, relativamente a la supervalía, a
causa del aumento de esta; en efecto, la supervalía es como 3 es a 4, de 75 por
100, en vez de ser como 3 es a 3, de 100 por 100.
El valor de la
fuerza de trabajo puede disminuir con una jornada de trabajo prolongada, aunque
su precio no cambie o se eleve, si este precio no compensa el gran gasto en
fuerza vital que el trabajo prolongado impone al obrero.
IV. Cambios
simultáneos en la duración, en la intensidad y en la productividad del trabajo.
No nos detendremos
a examinar todas las combinaciones posibles, fáciles en suma de resolver por lo
que antecede; solo nos detendremos en un caso de interés especial: en el
aumento de la intensidad y de la productividad del trabajo junto con la
disminución de su duración.
El aumento de la
productividad del trabajo y de su intensidad multiplica la masa de las
mercancías obtenidas en un tiempo dado, y, por tanto, acorta la parte de la
jornada en que el obrero no hace más que producir un equivalente de su
subsistencia. Esta parte necesaria, perop. 161 susceptible de disminución, de
la jornada de trabajo forma el límite absoluto de esta, al cual es imposible
descender bajo el régimen capitalista. Suprimido este régimen, el sobretrabajo
desaparecería y la jornada entera tendría por límite el tiempo de trabajo
necesario. Sin embargo, no hay que olvidar que una parte del sobretrabajo
actual, la parte consagrada a la formación de un fondo de reserva y de
acumulación, se contaría entonces como trabajo necesario, mientras que la extensión
actual de este trabajo está limitada solamente por los gastos de manutención de
una clase de asalariados destinada a producir la riqueza de sus dueños.
Cuanto mayor sea la
fuerza productiva del trabajo, menor puede ser su duración, y cuanto más corta
sea su duración, más puede aumentar su intensidad. Desde el punto de vista
social, se aumenta también la productividad del trabajo suprimiendo todo gasto
inútil, ya en medios de producción, ya en fuerza vital. Cierto que el régimen
capitalista impone la economía de los medios de producción a cada
establecimiento tomado aisladamente; pero, a más de hacer del insensato
derroche de la fuerza obrera un medio de economía para el explotador, necesita
también, por su sistema de competencia anárquica, el despilfarro más
desenfrenado del trabajo productivo y de los medios sociales de producción,
fuera de las muchas funciones parásitas que engendra y que el mismo capitalista
hace más o menos indispensables.
Determinadas la
intensidad y la productividad del trabajo, el tiempo que la sociedad debe
consagrar a la producción material es tanto más corto, y el tiempo disponible
para el libre desarrollo de los individuos tanto más largo, cuanto más
equitativamente está distribuido el trabajo entre todos los miembros de la
sociedad y cuantop. 162 menos una clase se descarga sobre otra de esta necesidad impuesta
por la Naturaleza. En este sentido, la disminución de la jornada encuentra su
último límite en la generalización del trabajo manual: trabajando todos,
corresponderá a cada uno el menor tiempo de trabajo posible.
La sociedad
capitalista compra el descanso, la holganza de una sola clase mediante la
transformación de la vida entera de las masas en tiempo de trabajo.
p. 163
CAPÍTULO XVIII
EXPRESIONES DEL
TIPO DE LA SUPERVALÍA
Fórmulas diversas
que explican este tipo. — La supervalía proviene del trabajo no pagado.
Fórmulas diversas
que explican este tipo.
Hemos visto en
el capítulo noveno que el tipo
de la supervalía es igual a la relación de la supervalía con el capital
variable, o a la relación de la supervalía con el valor de la fuerza de
trabajo, o bien a la relación del sobretrabajo con el trabajo necesario. El
tipo de la supervalía se expresa, finalmente, por la relación del trabajo no
pagado con el trabajo pagado.
La supervalía
proviene del trabajo no pagado.
Lo que el
capitalista paga no es el trabajo, el producto, sino la fuerza de trabajo, la
facultad de producir. Al comprar esta fuerza por un día, una semana, etc., el
capitalista obtiene en cambio el derecho de explotarla durante un día, una
semana, etc. El tiempo de explotación se divide en dos periodos. Durante uno,
la actividad de su fuerza produce solo un equivalente de su precio; durante el
otro es gratuito y produce, por consecuencia, al capitalista un valor por el
cual no paga equivalente alguno, que no le cuesta nada. En este caso, el
sobretrabajo dep. 164 donde saca la supervalía puede denominarse trabajo no pagado.
Vese ahora cuán
poco hay que fiar de la opinión de personas interesadas en ocultar la verdad,
las cuales se esfuerzan en dar a este cambio de la parte variable del capital
por el uso de la fuerza de trabajo, que conduce a la apropiación del producto
por el no productor, la falsa apariencia de una relación de asociación, en la
cual el obrero y el capitalista comparten el producto, en atención a la
cantidad de elementos suministrados por cada uno.
El capital no es
tan solo, como dice Adam Smith, la facultad de disponer del trabajo de otro,
sino que es principalmente la facultad de disponer de un trabajo no
pagado. Toda supervalía, cualquiera que sea su forma particular, beneficio,
réditos, rentas, etc., es, en sustancia, la materialización de un trabajo no
pagado. Todo el secreto del poder que tiene el capital de procrear estriba en
el hecho de que dispone de cierta cantidad de trabajo de otro, que no paga.
p. 165
SECCIÓN
SEXTA
El
salario.
CAPÍTULO XIX
TRANSFORMACIÓN DEL
VALOR O DEL PRECIO DE LA FUERZA DE TRABAJO EN SALARIO
El salario es el
precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo. — La forma salario oculta
la relación verdadera entre capital y trabajo.
El salario es el
precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo.
Si se examina solo
superficialmente la sociedad burguesa, parece que en ella el salario del
trabajador es la retribución del trabajo, es decir, que se paga cierta cantidad
de dinero por otra cantidad determinada de trabajo. El trabajo está, pues,
considerado como una mercancía cuyos precios corrientes oscilan, aumentando o
disminuyendo su valor.
Pero ¿qué cosa es
el valor? El valor representa el trabajo social gastado en la producción de una
mercancía. Y ¿cómo medir la cantidad de valor de una mercancía? Por la cantidad
de trabajo que contiene. ¿Cómo se determinará, por ejemplo, el valor de un trabajo
de doce horas? Por las doce horas de trabajo que contiene, lo cual
evidentemente carece de sentido.
Para ser llevado y
vendido en el mercado a título de mercancía, el trabajo debería, en todo caso,
existir dep. 166 antemano. Pero si el trabajador pudiese prestarle una existencia
material, separada e independiente de su persona, vendería entonces mercancía y
no trabajo.
Quien en el mercado
se presenta directamente al capitalista, no es el trabajo, sino el trabajador.
Lo que este vende es su propio individuo, su fuerza de trabajo. Desde el
instante que empieza a poner en actividad su fuerza, es decir, desde que
empieza a trabajar, desde que su trabajo existe, este trabajo ha dejado ya de
pertenecerle y no puede ser vendido por él. El trabajo es la sustancia y la
medida de los valores, pero él por sí mismo no tiene valor alguno. La expresión
«valor del trabajo» es una expresión inexacta, que tiene origen en las formas
aparentes de las relaciones de producción.
Una vez admitido
este error, la Economía política clásica se preguntó cómo se había determinado
el precio del trabajo. Desde luego reconoció que, lo mismo respecto al trabajo
que a cualquiera otra mercancía, la relación entre la oferta y la demanda no significa
otra cosa sino las oscilaciones del precio de mercado sobre o bajo cierto tipo.
En cuanto la oferta y la demanda se equilibran, cesan las variaciones de precio
que habían ocasionado, pero también cesa en aquel punto el efecto de la oferta
y de la demanda. En su estado de equilibrio, el precio del trabajo no depende
ya de su acción; ¿de qué depende, pues? Este precio no puede ser, lo mismo para
el trabajo que para toda otra mercancía, más que su valor expresado en dinero;
este valor lo determinó la Economía política por el valor de las subsistencias
necesarias para el sostenimiento y reproducción del trabajador. No cabe duda
que de este modo sustituyó el objeto aparente de sus investigaciones, el valor
del trabajo, por el valor de la fuerza de trabajo, fuerza que solo existe en la
persona del trabajadorp. 167 y se diferencia de su función, el trabajo, como una máquina se
diferencia de sus operaciones. Pero la Economía política clásica no paró
mientes en la confusión introducida.
La forma salario
oculta la relación verdadera entre capital y trabajo.
En efecto, según
todas las apariencias, lo que el capitalista paga es el valor de la utilidad
que el obrero le produce, el valor del trabajo. Además, el trabajador no
percibe su salario hasta después de haber entregado su trabajo. Ahora bien,
como medio de pago, el dinero no hace más que realizar tardíamente el valor o
el precio del artículo producido, o sea, en el caso precedente, el valor o el
precio del trabajo ejecutado. La sola experiencia de la vida práctica no hace
resaltar la doble utilidad del trabajo: la propiedad de satisfacer una
necesidad, propiedad que tiene de común con todas las mercancías, y la de crear
valor, propiedad que le distingue de todas las mercancías y le impide, por ser
elemento que crea valor, tenerlo por sí propio.
Examinemos una
jornada de doce horas que produce un valor de 6 pesetas, y del que la mitad
equivale al valor cotidiano de la fuerza de trabajo. Confundiendo el valor de
la fuerza con el valor de su función, con el trabajo que ejecuta, se obtiene
esta fórmula: el trabajo de doce horas tiene un valor de 3 pesetas, llegándose
así al resultado absurdo de que un trabajo que crea un valor de 6 pesetas, no
vale más que 3. Pero esto no es visible en la sociedad capitalista. El valor de
3 pesetas, para cuya producción solo son necesarias seis horas de trabajo, se
presenta en ella como el valor de la jornada entera de trabajo.p. 168 Al recibir un
salario cotidiano de 3 pesetas, parece que el obrero recibe el valor íntegro de
su trabajo, sucediendo esto precisamente porque el excedente del valor de su
producto sobre el de su salario afecta la forma de una supervalía de 3 pesetas
creada por el capital y no por el trabajo.
La forma salario, o
pago directo del trabajo, hace desaparecer, pues, todo vestigio de la división
de la jornada en trabajo necesario y sobretrabajo, en trabajo pagado y en
trabajo no pagado, de suerte que se considera pagado todo el trabajo del obrero
libre. El trabajo que el siervo ejecuta para sí propio y el que está obligado a
ejecutar para su señor, son perfectamente diferentes uno de otro, y tienen
lugar en sitios diversos. En el sistema esclavista, aun la parte de la jornada
en que el esclavo reemplaza el valor de sus subsistencias y en la cual trabaja
realmente para sí propio, no parece sino que trabaja para su propietario; todo
su trabajo reviste la apariencia de trabajo no pagado. Sucede lo contrario con
el trabajo asalariado: aun el sobretrabajo o trabajo no pagado afecta la
apariencia de trabajo pagado. En la esclavitud, la relación de propiedad oculta
el trabajo del esclavo para sí mismo; en el salariado, la relación monetaria
encubre el trabajo gratuito que el asalariado produce para su capitalista.
Compréndese ahora
la inmensa importancia que tiene en la práctica este cambio de forma, el cual
hace aparecer la retribución de la fuerza de trabajo como salario del trabajo,
el precio de la fuerza como precio de su función. La forma aparente hace invisible
la relación efectiva entre capital y trabajo; de esa forma aparente dimanan
todas las nociones jurídicas del asalariado y del capitalista, todas las
mistificaciones de la producción capitalista, todas las ilusiones liberales y
todas las glorificaciones justificativas de la Economía política vulgar.
p. 169
CAPÍTULO XX
EL SALARIO A JORNAL
El precio del
trabajo. — Paros parciales y reducción general de la jornada de trabajo. — El
bajo precio del trabajo y la prolongación de la jornada.
El salario reviste
a su vez formas muy variadas; examinaremos sus dos formas fundamentales: el
salario a jornal y el salario a destajo.
El precio del
trabajo.
La venta de la
fuerza de trabajo tiene siempre lugar, como hemos visto, por un periodo de
tiempo determinado. El valor diario, semanal, etc., de la fuerza de trabajo se
presenta, pues, bajo la forma aparente de salario a jornal, es decir, por días,
por semanas, etc.
En el salario a
jornal hay que hacer distinción entre el importe total del salario diario,
semanal, etc., y el precio del trabajo. En efecto, es evidente que, según la
extensión de la jornada, el mismo salario cotidiano, semanal, etc., puede
representar precios de trabajo muy diversos. El precio medio del trabajo se
obtiene dividiendo el valor medio diario de la fuerza de trabajo por el número
medio de horas de la jornada de trabajo. Si el valor diario es, por ejemplo, de
3 pesetas y la jornada de trabajo de doce horas, el precio de una hora es igual
a 3 pesetasp. 170 divididas por 12, o sean 25 céntimos. El precio de la hora así
averiguado, es la medida del precio del trabajo.
El salario puede
quedar invariable y el precio del trabajo puede aumentar o disminuir. Si, por
ejemplo, la jornada es de diez horas y el salario el mismo, de 3 pesetas, la
hora de trabajo se paga a 30 céntimos; si la jornada es de quince horas, ya
solo se paga la hora a 20 céntimos. Por el contrario, el salario puede elevarse
aunque el precio del trabajo no varíe o disminuya. Si la jornada media es de
diez horas y el valor cotidiano de la fuerza de trabajo es de 3 pesetas, el
precio de la hora es de 30 céntimos; si, a consecuencia de un aumento de obra,
el obrero trabaja doce horas en lugar de diez, entonces, sin cambiar el precio
del trabajo, el salario cotidiano se elevará a 3,60 pesetas; hay que advertir
que, en este último caso, a pesar de la elevación del salario, la fuerza de
trabajo se paga a menos de su valor, pues esta elevación no compensa el mayor
desgaste de la fuerza resultante del aumento de trabajo.
En general, dada la
duración del trabajo diario o semanal, el salario cotidiano o semanal dependerá
del precio del trabajo; dado el precio del trabajo, el salario por día o por
semana dependerá de la duración del trabajo diario o semanal.
Paros parciales y
reducción general de la jornada de trabajo.
Ya hemos dicho que
el precio de una hora de trabajo, medida del salario a jornal, se obtiene
dividiendo el valor diario de la fuerza de trabajo por el número de horas de la
jornada ordinaria. Pero si el patrono no da ocupación al obrero con regularidad
durante ese número de horas, este percibe tan solo una parte de su salario
regular. Hep. 171 aquí, pues, el origen de los males que resultan para el obrero de
una ocupación insuficiente, de un paro parcial.
Si el tiempo que ha
servido de base para el cálculo del salario a jornal es de doce horas, por
ejemplo, y el obrero no está ocupado más que seis u ocho, su salario por horas,
que multiplicado por doce equivale al valor de sus subsistencias necesarias, desciende
de este valor indispensable desde que, a consecuencia de una reducción de
ocupación, no se halla multiplicado sino por seis o por ocho, es decir, por un
número inferior a doce.
Como es lógico, no
debe confundirse el efecto de esta insuficiencia de ocupación con su
disminución, que resultaría de una rebaja general de la jornada de trabajo. En
el primer caso, el precio ordinario del trabajo se calcula suponiendo que la
jornada regular es de doce horas, y si el obrero trabaja menos, supongamos ocho
horas, no percibe lo suficiente; mientras que, en el segundo caso, el precio
ordinario del trabajo se calcularía estableciendo que la jornada regular fuese,
por ejemplo, de ocho horas, y, por consecuencia, el precio de la hora sería más
elevado. Podría suceder que aun entonces el obrero no percibiese su salario
regular; pero esto solo sucedería si estaba ocupado menos de ocho horas,
mientras que en el primer caso ocurre no estando ocupado doce horas.
El precio inferior
del trabajo y la prolongación de la jornada.
En ciertos ramos de
la industria en que domina el salario a jornal, es costumbre contar como
regular una jornada de cierto número de horas, diez, por ejemplo. Después
comienza el trabajo suplementario, el cual, tomando como tipo la hora de
trabajo, está algo más remunerado. A causa de la inferioridad del precio del
trabajo durante elp. 172 tiempo reglamentario, el obrero se ve obligado, para obtener un
salario suficiente, a trabajar durante el tiempo suplementario que está menos
mal pagado. Esto conduce, en provecho del capitalista, a una prolongación de la
jornada de trabajo. La limitación legal de la jornada de trabajo pone fin a
esta canallada.
Hemos visto más
arriba que, dado el precio del trabajo, el salario cotidiano o semanal depende
de la duración del trabajo suministrado. De esto resulta que, mientras más
inferior sea el precio del trabajo, más larga debe ser la jornada para que el
obrero alcance un salario suficiente. Si el precio de la hora de trabajo es de
15 céntimos, el obrero debe trabajar quince horas para obtener un salario
cotidiano de 2,25 pesetas; si el precio de la hora de trabajo es de 25
céntimos, una jornada de doce horas le basta para obtener un salario cotidiano
de 3 pesetas. El precio inferior del trabajo, pues, hace forzosa la
prolongación del tiempo de trabajo.
Pero si la
prolongación de la jornada es el efecto natural del precio inferior del
trabajo, puede ser también causa de una baja en el precio del trabajo, y, por
consiguiente, en el salario cotidiano o semanal. Si, gracias a la prolongación
de la jornada, un hombre ejecuta la tarea de dos, la oferta de trabajo aumenta,
por más que no haya variado el número de obreros que hay en el mercado. La
competencia así creada entre los obreros, permite al capitalista reducir el
precio del trabajo, reducción que, como ya hemos visto, permite a su vez que
prolongue aún más la jornada. Por consiguiente, el capitalista saca doble
provecho de la disminución del precio corriente del trabajo y de su duración
extraordinaria.
No obstante, esta
facultad de disponer de una cantidad considerable de trabajo no pagado, no
tarda en convertirsep. 173 en medio de competencia entre los mismos capitalistas; para atraer
el mayor número de compradores, rebajan el precio de venta de las mercancías,
que les salen a menos coste; este precio concluye por fijarse en una cantidad
excesivamente pequeña, la cual, a contar desde ese momento, forma la base
normal de un salario miserable para los obreros de aquellos industriales.
p. 174
CAPÍTULO XXI
EL SALARIO A
DESTAJO
Esta forma del
salario no altera en nada su naturaleza. — Particularidades que hacen de este
forma del salario la más conveniente para la producción capitalista.
Esta forma del
salario no altera en nada su naturaleza.
El salario a
destajo parece a primera vista demostrar que se paga al obrero, no el valor de
su fuerza, sino el del trabajo ya realizado en el producto, y que el precio de
este trabajo está determinado por la capacidad de ejecución del productor. En
realidad, solo es una transformación del salario a jornal.
Supongamos que la
jornada ordinaria de trabajo es de doce horas, seis de trabajo necesario y seis
de sobretrabajo, seis pagadas y seis no pagadas, y que el valor producido es de
6 pesetas. El producto de una hora de trabajo será, por consiguiente, de 50 céntimos.
La experiencia ha establecido que un obrero, trabajando con el grado medio de
intensidad y de habilidad, y empleando, por tanto, solo el tiempo de trabajo
socialmente necesario para la producción de un artículo, entregue en doce horas
doce de estos productos o fracciones de producto. Estas doce porciones,
deducidos los medios de producción que contienen, valen 6 pesetas, y cada una
de ellas vale 50 céntimos. El obrero recibe por cada fracción 25 céntimos,p. 175 y gana así 3
pesetas en doce horas, mientras que las mercancías, producto de doce horas de
trabajo, valen 6 pesetas, deducidos los medios de producción consumidos.
Así como en el
sistema del salario a jornal es indiferente decir que el obrero trabaja seis
horas para sí y seis para el capitalista, o la mitad de cada hora para él y la
otra mitad para el patrono, asimismo en este caso puede decirse
indiferentemente que cada fracción de producto está mitad pagada y mitad no
pagada, o que el precio de seis fracciones de producto no es más que un
equivalente de la fuerza de trabajo, mientras que la supervalía está contenida
en las otras seis suministradas gratuitamente por el obrero. En el salario a
jornal, el trabajo se mide por su duración inmediata; en el salario a destajo,
por la cantidad de productos suministrados en un espacio de tiempo determinado;
pero, en ambos casos, el valor de una jornada de trabajo está determinado por
el valor diario de la fuerza de trabajo. El salario a destajo no es, pues, sino
una forma modificada del salario a jornal.
Si la productividad
del trabajo aumenta, si la cantidad de productos realizable en cierto tiempo se
duplica, por ejemplo, el salario a destajo bajará en la misma proporción,
disminuirá una mitad, de suerte que el salario cotidiano no variará
absolutamente. De una manera o de otra, lo que el capitalista paga no es el
trabajo, sino la fuerza de trabajo. Tal forma de retribución puede ser más
favorable que tal otra para el desarrollo de la producción capitalista, pero
ninguna modifica la naturaleza del salario.
p. 176Particularidades
que hacen de esta forma del salario la más conveniente para la producción
capitalista.
Dentro de esta
forma de salario, la obra debe ser de una calidad media para que la fracción de
producto se pague al precio estipulado. Bajo este concepto, el salario a
destajo es un manantial inagotable de pretextos para retener parte del salario
del obrero y para privarle de lo que le pertenece.
Al mismo tiempo
suministra al capitalista una medida exacta de la intensidad del trabajo. No se
paga más tiempo de trabajo que el que contiene una masa de productos
determinada de antemano y establecida experimentalmente. Si el obrero no posee
la capacidad media de ejecución, si no puede suministrar en su jornada el
mínimum fijado, se le despide.
Aseguradas así la
calidad y la intensidad del trabajo, por la forma misma del salario, se hace
innecesaria una gran parte del trabajo de vigilancia. En esto se funda, no solo
el trabajo moderno a domicilio, sino todo un sistema de opresión y de explotación
jerárquicamente constituido. Este sistema reviste dos formas fundamentales.
Por una parte, el
salario a destajo facilita la intervención de parásitos entre el capitalista y
el trabajador, o sea la contrata. La ganancia de los contratistas proviene
exclusivamente de la diferencia que existe entre el precio del trabajo que paga
el capitalista y la porción de este precio que ellos asignan al obrero. Por
otra parte, el salario a destajo permite al capitalista ajustar en un tanto
cada fracción de producto con un obrero principal, jefe de grupo o tanda, etc.,
el cual se encarga, por el preciop. 177 estipulado, de buscar el
personal necesario y de pagarlo. La explotación de los trabajadores por el
capital se complica en este caso con una explotación del trabajador por el
trabajador.
Con el salario a
destajo, el interés personal impele al obrero a redoblar sus fuerzas todo lo
posible, lo cual facilita al capitalista la elevación de la intensidad
ordinaria del trabajo; el obrero está igualmente interesado en prolongar la
jornada de trabajo, pues es el único modo de aumentar su salario cotidiano o
semanal. De aquí se origina una reacción semejante a la de que hemos hablado
al final del capítulo
anterior.
El salario a jornal
supone, con raras excepciones, la igualdad de remuneración para los obreros
encargados de una misma tarea. El salario a destajo, en el cual el precio del
tiempo de trabajo se mide por una cantidad determinada de producto, varía
naturalmente según lo que la cantidad de producto suministrada en un tiempo
dado exceda del mínimum establecido. La diferencia de habilidad, de fuerza, de
energía, de perseverancia entre los trabajadores individuales, ocasionan en
esta forma de salario grandes diferencias en sus ganancias respectivas.
Por lo demás, esto
no altera lo más mínimo la relación general existente entre el capital y el
salario del trabajador. En primer lugar, esas diferencias individuales se
nivelan en el conjunto del taller. En segundo lugar, la proporción entre el
salario y la supervalía no está modificada en este segundo sistema de salario,
pues al salario individual de cada obrero corresponde la masa de supervalía
suministrada por él. El salario a destajo tiende por esto mismo a desarrollar,
por una parte, el espíritu de independencia y de autonomía en los trabajadores,
y, por otra, la competencia que se hacen entre ellos. Síguesep. 178 de aquí una
elevación de los salarios individuales sobre su nivel general, acompañada de un
descenso de este mismo nivel.
Por último, el
salario a destajo permite al patrono aplicar el sistema ya indicado de no
ocupar regularmente al obrero durante la jornada o durante la semana.
Todo esto demuestra
que el salario a destajo es la forma de salario más conveniente al sistema de
producción capitalista.
p. 179
CAPÍTULO XXII
DIFERENCIA EN EL
TIPO DE LOS SALARIOS NACIONALES
Cómo pueden
compararse los diferentes tipos nacionales del salario. — Modificaciones de la
ley del valor en su aplicación internacional. — Salario aparente y salario
real.
Cómo pueden
compararse los diferentes tipos nacionales del salario.
Para comparar el
tipo del salario entre diferentes naciones, es preciso ante todo tener en
cuenta las circunstancias de que depende en cada una de ellas el valor de la
fuerza de trabajo, tales como la cantidad de las necesidades ordinarias, el
precio de las subsistencias, el número medio de individuos de las familias
obreras, los gastos de educación del trabajador, el papel que desempeña el
trabajo de las mujeres y de los niños, y, en fin, la productividad, la duración
y la intensidad del trabajo.
Conociendo la
duración cotidiana del trabajo y el salario de la jornada en cada país, se
hallará para cada uno el precio de la hora de trabajo en los mismos ramos de
industria; en cuyo caso podrán compararse los tipos nacionales del salario a
jornal. Después será necesario reducir el salario a jornal a salario a destajo,
único que indica los diferentes grados de intensidad y de productividad del
trabajo.
p. 180Modificaciones de
la ley del valor en su aplicación internacional.
Existe en cada país
cierta intensidad ordinaria, en defecto de la cual un producto consume más
tiempo de trabajo del socialmente necesario; pero, cualquiera que sea el tiempo
que haya consumido, en el mercado nacional solo se encuentra el valor correspondiente
al tiempo socialmente necesario para su producción. El valor no se regula más
que por la duración de este tiempo, y semejante regla solo se modifica cuando
el trabajo alcanza un grado de intensidad superior a la intensidad ordinaria
nacional.
No ocurre lo propio
en el mercado universal, donde se encuentran los productos de los diversos
países. La intensidad ordinaria del trabajo nacional no es la misma en todos
ellos. Mayor aquí, menor allá, sus diversos grados nacionales forman una escala
que tiene por medida el grado de intensidad media internacional que su
comparación proporciona. En comparación con el trabajo nacional más intenso, el
trabajo nacional menos intenso crea, en el mismo tiempo, menos valor, que se
traduce en menos dinero.
Otra modificación
más profunda de la ley del valor en su aplicación al mercado universal consiste
en que el trabajo nacional más productivo se considera en ese mercado como
trabajo más intenso, es decir, como trabajo que produce, no solo mayor cantidad
de productos, sino mayor cantidad de valor, siempre que la nación más
productiva no se vea obligada por la competencia a rebajar el precio de venta
de sus mercancías al nivel de su valor real.
Si la producción
capitalista está más desarrollada enpág. 181 un país, el
trabajo nacional alcanza en él, por consecuencia, una productividad y una
intensidad ordinarias más acentuadas que la productividad y la intensidad
medias internacionales, y la cantidad de valor producida en el mismo tiempo es
allí más elevada y se expresa por una cantidad mayor de dinero, el cual vale
relativamente menos en ese país que en otro en que la producción capitalista
está menos desarrollada.
Salario aparente y
salario real.
Resulta de este
último hecho que el salario nominal, la expresión de la fuerza de trabajo en
dinero, será, por término medio, más elevado en el primer país que en el
segundo, lo cual no quiere decir que suceda lo mismo precisamente con el
salario real, es decir, con la cantidad de subsistencias puestas a disposición
del trabajador.
Aparte de esta
diferencia en el valor del dinero con relación a las mercancías, se verá con
frecuencia que, si el salario cotidiano, semanal, etc., es más elevado en una
nación, el precio proporcional del trabajo, es decir, su precio comparado con
la supervalía o con el valor del producto, es en ella menos elevado.
Mientras que el
precio aparente del trabajo es por lo general más bajo en los países pobres,
donde ordinariamente los artículos alimenticios están más baratos, el precio
real, o sea el que cuesta al capitalista una cantidad dada de trabajo
ejecutado, el precio real es en ellos, en casi todos los casos, más elevado que
en los países ricos.
pág. 182
SECCIÓN
SÉPTIMA
Acumulación
del capital.
INTRODUCCIÓN
Circulación del
capital. — Del estudio del mecanismo fundamental de la acumulación.
Circulación del
capital.
La transformación
de una cantidad de dinero en medios de producción y en fuerza de trabajo, que
es la primera manifestación del movimiento del valor destinado a funcionar como
capital, tiene lugar en el mercado, dentro del dominio de la circulación.
El acto de
producción, segunda manifestación del movimiento, termina en cuanto los medios
de producción se transforman en mercancías cuyo valor es mayor que el de los
elementos que han contribuido a formarlos, es decir, contiene una supervalía a
más del dinero adelantado.
Entonces es cuando
las mercancías deben ser puestas en circulación. Es necesario venderlas,
realizar su valor en dinero, para después transformar de nuevo este dinero en
capital, y así sucesivamente.
Este movimiento,
pues, es el que constituye la circulación del capital.
pág. 183Del estudio del
mecanismo fundamental de la acumulación.
La condición
primera de la acumulación es la de que el capitalista haya logrado vender sus
mercancías y volver a transformar en capital la mayor parte del dinero así
obtenido; es necesario que el capital haya circulado con regularidad, y vamos a
suponer que así ha sido, en efecto.
El capitalista que
produce la supervalía, es decir, que arranca directamente al obrero trabajo no
pagado, se la apropia el primero, pero no es él solo quien la disfruta. La
supervalía se divide en diversas partes que perciben diferentes categorías de
personas bajo variadas formas, tales como beneficio industrial, interés,
ganancia comercial, renta agrícola, etc. Pero esta participación no cambia la
naturaleza de la supervalía ni las condiciones por las cuales se convierte en
origen de la acumulación. Cualquiera que sea la parte de supervalía que el
capitalista empresario retenga para sí, él es siempre el primero que se la
apropia por completo y el único que la transforma en capital; podemos, pues,
considerar al capitalista como representante de todos los que se reparten el
botín.
El movimiento
intermediario de la circulación y la división de la supervalía en varias partes
revisten formas diversas, que complican y oscurecen el acto fundamental de la
acumulación. Así, pues, y a fin de simplificar su análisis, es necesario dejar
a un lado todo lo que oculta el juego íntimo de su mecanismo y estudiar la
acumulación desde el punto de vista de la producción.
pág. 184
CAPÍTULO XXIII
REPRODUCCIÓN
SIMPLE
La parte del
capital adelantada en salarios es solo una parte del trabajo efectuado por el
trabajador. — Todo capital adelantado se transforma más o menos pronto en
capital acumulado. — Consumo productivo y consumo individual del trabajador. —
La simple reproducción mantiene al trabajador en la situación de asalariado.
La producción,
cualquiera que sea su forma social, debe ser continua. Una sociedad no puede
dejar de producir, como tampoco de consumir. Para seguir produciendo, está
obligada a transformar continuamente una parte de sus productos en medios de
producción, en elementos de nuevos productos. Para mantener su riqueza a la
misma altura, en iguales circunstancias, necesita sustituir los medios de
trabajo, las materias primeras, las materias auxiliares, en una palabra, los
medios de producción consumidos, por ejemplo, durante un año, por idéntica
cantidad anual de artículos de la misma especie, o, dicho de otra manera, es
necesario que haya reproducción de la riqueza. Si la producción afecta la forma
capitalista, igual forma afectará la reproducción. Desde el punto de vista de
la primera, el acto de trabajo sirve entonces de auxiliar para crear
supervalía; desde el punto de vista de la segunda, sirve de medio para
reproducir o perpetuar como capital, es decir, como valor que produce valor, la
parte metálica adelantada.pág. 185 Como aumento periódico del
valor adelantado, la supervalía adquiere la forma de una renta procedente
del capital. Si el capitalista consume esta renta y la gasta en la misma medida
que se va produciendo, solo habrá simple reproducción, dadas las mismas
circunstancias; en otros términos, el capital continuará funcionando sin
acrecentar. No obstante, las mismas operaciones repetidas por un capital en la
misma escala, le prestan ciertos caracteres que vamos a examinar.
La parte del
capital adelantada en salarios es solo una parte del trabajo efectuado por
el trabajador.
Examinemos, en
primer lugar, la parte del capital adelantada en salarios, o sea el capital
variable.
Antes de comenzar a
producir, el capitalista compra una cantidad de fuerzas de trabajo por un
tiempo determinado, pero no la paga hasta después que el obrero ha trabajado y
añadido al producto el valor de su propia fuerza y una supervalía. Además de
esta supervalía, que constituye el caudal de consumo del capitalista, el obrero
ha producido, pues, ese caudal con su propia paga, que es el capital variable,
antes de percibirlo bajo forma de salario. Una parte del trabajo ejecutado por
él la semana precedente o el mes anterior, sirve para pagar su trabajo de hoy o
del mes próximo. Esta parte de su producto, que vuelve al trabajador convertida
en salario, se le paga, cierto, en dinero; pero el dinero solo es el
porta-valor de las mercancías, y no afecta en nada al hecho de que el salario
percibido por el obrero bajo la forma de adelanto del capitalista no es otra
cosa sino una parte de su propio trabajo ya realizado.
Sin embargo, antes
de tomar nuevo impulso, este movimientopág. 186 de producción
ha debido tener un principio y durar cierto tiempo, durante el cual el obrero,
no habiendo aún producido, no podía ser pagado con su propio producto, como
tampoco mantenerse del aire. ¿No se deberá, pues, suponer que la primera vez que
la clase capitalista se presenta en el mercado para comprar la fuerza de
trabajo, tiene ya acumulado, bien por sus propios esfuerzos o por sus ahorros,
capitales que le permitan adelantar las subsistencias del obrero en forma de
moneda? Aceptaremos provisionalmente esta solución, cuyo fundamento
examinaremos en el capítulo sobre la
acumulación primitiva.
Todo capital
adelantado se transforma más o menos pronto en capital acumulado.
Aunque así sea, la
reproducción continua cambia muy pronto el carácter primitivo del conjunto del
capital adelantado, compuesto de parte variable y parte constante.
Si un capital de
25.000 pesetas produce anualmente una supervalía de 5.000 pesetas, que consume
el capitalista, es evidente que después de haberse repetido cinco veces este
movimiento, la suma de la supervalía consumida será igual a 5.000 pesetas
multiplicadas por 5, o sean 25.000 pesetas, es decir, el valor total del
capital adelantado.
Si, por ejemplo,
solo se consumiese la mitad de la supervalía anual, el mismo resultado se
obtendría a los diez años en vez de ser a los cinco, pues multiplicando la
mitad de la supervalía, que son 2.500 pesetas, por 10, se tiene la misma
cantidad de 25.000 pesetas. En términos generales, dividiendo el capital
adelantado por la cantidad de supervalía consumida anualmente, se hallap. 187 el número de
años al cabo de los cuales el capital primitivo ha sido consumido enteramente
por el capitalista, y, por consiguiente, ha desaparecido.
Según esto, después
de cierto tiempo, el valor-capital que pertenecía al capitalista se hace igual
a la suma de supervalía que este ha adquirido gratuitamente durante ese mismo
tiempo; la suma de valor que ha adelantado iguala a la que ha consumido.
Es cierto que tiene
siempre entre manos un capital cuya cantidad no ha variado. Pero cuando un
hombre consume su hacienda por las deudas que contrae, el valor de ella solo
representa el importe de sus deudas; del mismo modo, cuando el capitalista ha
consumido el equivalente del capital que había adelantado, el valor de este
capital no representa más que la suma de supervalía monopolizada por él.
Por consecuencia,
la reproducción simple basta para transformar más o menos pronto todo capital
adelantado en capital acumulado o en supervalía capitalizada. Aunque a su
entrada en el dominio de la producción fuera adquirido por el trabajo personal
del empresario, al cabo de cierto tiempo se convertiría en valor adquirido sin
equivalente, sería la materialización del trabajo no pagado de otro.
Consumo productivo
y consumo individual del trabajador.
El trabajador hace
un consumo doble. En el acto de producción consume, por su trabajo, medios de
producción, con objeto de transformarlos en productos de un valor superior al
del capital adelantado; este es su consumo productivo, que
significa al mismo tiempo consumo de su fuerza por el capitalista a quien
pertenece. Pero elp. 188 dinero desembolsado para la compra de esta fuerza es empleado por
el trabajador en medios de subsistencia, y esto es lo que constituye su consumo
individual.
El consumo
productivo y el consumo individual del trabajador son, pues, perfectamente
distintos. En el primero, el obrero actúa como fuerza que pone en actividad al
capital y pertenece al capitalista; en el segundo, se pertenece a sí propio y
ejecuta funciones vitales independientemente del acto de producción. El
resultado del primero es la vida del capital, el resultado del segundo es la
vida del obrero mismo.
Al transformar en
fuerza de trabajo una parte de su capital, el capitalista asegura la
conservación y la reducción a valor de su capital entero. Haciendo esto, mata
de una pedrada dos pájaros: saca beneficio de lo que recibe del obrero, y
además de lo que le paga.
El capital que
sirve para pagar la fuerza de trabajo, lo cambia la clase obrera por las
subsistencias cuyo consumo fortalece los músculos, los nervios, el cerebro de
los trabajadores existentes, y forma nuevos trabajadores. Dentro de los límites
de lo estrictamente necesario, el consumo individual de la clase obrera no es
más que la transformación de las subsistencias, la cual le permite que venda su
fuerza de trabajo en nueva fuerza de trabajo, en nueva materia explotable por
el capital. Por contribuir a la producción y reproducción del instrumento más
indispensable al capitalista, que es el trabajador, el consumo individual de
este es, pues, un elemento de la reproducción del capital.
Cierto es que el
trabajador efectúa su consumo individual para su propia satisfacción y no para
la del capitalista. Pero las bestias de carga también quieren comer; ¿acaso por
esto su alimentación no contribuye a dar utilidadp. 189 al propietario? El resultado es
que el capitalista no necesita cuidar del consumo individual de los obreros;
esto lo deja a merced de los instintos de conservación y de reproducción del
trabajador libre; su único interés en esta materia es el de limitarlo a lo
estrictamente necesario.
Por esto, el
cortesano rastrero del capital, el economista vulgar, solo considera como
productiva la parte del consumo individual que necesita hacer la clase obrera
para perpetuarse y acrecentarse, y sin ella el capital no hallaría fuerza de
trabajo que consumir, o no encontraría la suficiente. Todo cuanto el trabajador
puede gastar, aparte de su alimentación, en esparcimiento, sea físico o
intelectual, es un consumo improductivo que se le echa en cara como si fuese un
crimen.
El consumo
individual del trabajador puede considerarse, con razón, como improductivo,
pero solo en cuanto a él, pues el consumo no reproduce sino al individuo
necesitado; en desquite, es productivo para el capitalista y para el Estado,
pues da origen a la fuerza creadora de toda riqueza.
La simple
reproducción mantiene al trabajador en la situación de asalariado.
Desde el punto de
vista social, la clase obrera es, por consiguiente, como cualquier otro
instrumento de trabajo, una dependencia del capital, cuyo movimiento de
producción exige en ciertos límites el consumo individual de los trabajadores.
Este consumo individual que los sustenta y los reproduce, destruye al mismo
tiempo las subsistencias que se habían procurado vendiéndose, y los obliga a
reaparecer constantemente en el mercado.p. 190 Hemos visto en el capítulo sexto que no bastan
la producción y la circulación de las mercancías para acrecentar el capital.
Era necesario todavía que el hombre de dinero encontrase en el mercado a otros
hombres libres, pero obligados a vender voluntariamente su fuerza de trabajo, no
teniendo otra cosa que vender. La separación entre producto y productor, entre
una categoría de personas dotadas de todas las cosas necesarias al trabajo para
realizarse y otra categoría de individuos cuyo único patrimonio se reduce a su
fuerza de trabajo, tal era el punto de partida de la producción capitalista.
Pero lo que fue
punto de partida se convirtió bien pronto, gracias a la simple reproducción, en
resultado constantemente renovado. Por una parte, el movimiento de producción
no cesa de transformar la riqueza material en capital y en medios de gozar para
el capitalista; por otra, el obrero es después lo mismo exactamente que antes
era: origen personal de riqueza, privada de sus propios medios de realización.
La repetición periódica del movimiento de producción capitalista transforma
continuamente el producto del asalariado en valor que absorbe la fuerza
creadora de este, en medios de producción que dominan al productor, en medios
de subsistencias que sirven para avasallar al obrero.
El sistema de
producción capitalista reproduce, pues, por sí mismo la separación entre el
trabajador y las condiciones del trabajo. Por esto solamente, reproduce y
perpetúa las condiciones que obligan al obrero a venderse para vivir y permiten
al capitalista comprarlo para enriquecerse. No es el acaso quien los coloca
frente a frente en el mercado como vendedor y comprador, es el hecho mismo del
sistema de producción el que arroja siempre al obrero en el mercado como
vendedor de su fuerza dep. 191 trabajo y el que transforma su producto en medio de compra para el
capitalista.
En realidad, el
trabajador pertenece a la clase capitalista, a la clase que dispone de los
medios de vida, antes de venderse a un capitalista individual. Su esclavitud
económica se oculta bajo la renovación continua de este acto de venta, por el
engaño del libre contrato, por el cambio de dueños individuales y por las
oscilaciones de los precios que el trabajo alcanza en el mercado.
Considerado el
movimiento de producción capitalista en su continuidad, o como reproducción, no
produce solamente mercancías y supervalía, sino que reproduce y perpetúa su
base: el trabajador en la condición de asalariado.
p. 192
CAPÍTULO XXIV
TRANSFORMACIÓN DE
LA SUPERVALÍA EN CAPITAL
I.
Reproducción en mayor escala. — Cuanto más acumula el capitalista más puede
acumular. — La apropiación capitalista no es más que la aplicación de las leyes
de la producción mercantil. — II. Ideas falsas acerca de la acumulación.
— III. División de la supervalía en capital y en renta. — Teoría de la
abstinencia. — IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la
acumulación. — Grado de explotación de la fuerza obrera. — Productividad del
trabajo. — Diferencia creciente entre el capital empleado y el capital
consumido. — Cantidad del capital adelantado. — V. El fondo del trabajo.
I. Reproducción
en mayor escala.
Hemos visto en los
capítulos precedentes cómo la supervalía nace del capital; ahora vamos a ver
cómo el capital nace de la supervalía.
Si, en vez de ser
consumida, la supervalía se adelanta y se emplea como capital, se forma uno
nuevo que se añade al primitivo. Consideremos desde luego esta operación en lo
que toca al capitalista individual.
Un industrial
hilador, por ejemplo, adelanta 250.000 pesetas; las cuatro quintas partes, o
sean 200.000 pesetas, en algodón, máquinas, etc., y la restante en salarios.
Con esto produce anualmente 75.000 kilogramos de hilados de un valor de 4
pesetas cada kilogramo, o sea un total de 300.000 pesetas. La supervalía, que
es desde luego de 50.000 pesetas, está contenida en el producto neto de
12.500 kilogramos, que es la sexta parte del productop. 193 bruto, pues vendidos a 4
pesetas el kilogramo producen una suma igual de 50.000 pesetas, y esta cantidad
vale siempre 50.000 pesetas. Su carácter de supervalía indica cómo han llegado
a manos del capitalista, pero no altera absolutamente su carácter de valor o de
dinero.
Para capitalizar la
nueva suma de 50.000 pesetas, el industrial no hace más que adelantar las
cuatro quintas partes de ella para la compra de algodón y demás materiales
necesarios, y la parte restante para adquirir hilanderos suplementarios.
Después de hecho esto, el nuevo capital de 50.000 pesetas funciona en la
filatura y produce a su vez una supervalía de 10.000 pesetas.
En sus comienzos,
el capital ha sido adelantado en forma de dinero; la supervalía, al contrario,
existe desde luego como valor de cierta cantidad de producto bruto. Si la venta
de este último, su cambio por dinero, vuelve al capital a su forma primitiva,
la forma dinero, también transforma el modo de ser primitivo de la supervalía,
que es la forma mercancía. Pero después de la venta del producto bruto,
valor-capital y supervalía son igualmente sumas de dinero, y su transformación
en capital, que tiene lugar en seguida, se efectúa de idéntica manera para
ambas cantidades. El capitalista adelanta, pues, las dos sumas para comprar las
mercancías con cuyo auxilio vuelve a empezar de nuevo, y ahora en mayor escala,
la fabricación de su producto.
Sin embargo, para
poder comprar los elementos constitutivos de aquella fabricación, es necesario
que los encuentre en el mercado. La producción anual debe suministrar, por
consecuencia, no solamente todos los artículos necesarios para reemplazar los
elementos materiales del capital gastado durante el año, sino también una
cantidad de dichos artículos mayor que la consumida, asíp. 194 como fuerzas
de trabajo suplementarias, a fin de que pueda funcionar el nuevo valor-capital,
que ya es mayor que el primitivo.
El mecanismo de la
producción capitalista suministra esta demasía de fuerza de trabajo,
reproduciendo a la clase obrera como clase asalariada cuyo salario usual
asegura, no solo el sustento, sino aun la multiplicación. Únicamente se
necesita para esto que una parte del sobretrabajo anual se haya empleado en
crear medios de producción y de subsistencia además de los necesarios para la
reposición del capital adelantado, no habiendo que hacer entonces más que
añadir las nuevas fuerzas de trabajo suministradas cada año en edades diversas
por la clase obrera, al exceso de medios de producción que contiene la
producción anual.
La acumulación
resulta, por consecuencia, de la reproducción del capital en proporción
creciente.
Cuanto más acumula
el capitalista, más puede acumular.
El capital
primitivo se ha formado, en el ejemplo anterior, por el adelanto de 250.000
pesetas. ¿De dónde ha sacado estas riquezas el capitalista? De su propio
trabajo o del de sus antepasados, responden a coro las eminencias de la
Economía política; y su suposición parece que, en efecto, es la única conforme
con las leyes de la producción mercantil.
No sucede lo mismo
con el nuevo capital de 50.000 pesetas. Su procedencia nos es perfectamente
conocida: dimana de la supervalía capitalizada. Desde su origen, no contiene la
partícula más mínima de valor que no provenga del trabajo no pagado de otro. Los
medios de producción a los cuales se añade la fuerza obrera suplementaria,p. 195 así como las
subsistencias que la mantienen, son partes del producto neto del tributo
arrancado anualmente a la clase obrera por la clase capitalista. El hecho de
que esta última, mediante cierta cantidad de dicho tributo, compre a la clase
obrera una demasía de fuerza, aun en su justo valor, se asemeja a la
magnanimidad de un conquistador que se halla dispuesto a pagar generosamente
las mercancías de los vencidos con el dinero que les ha arrancado. Merced a su
sobretrabajo de un año, la clase obrera crea el nuevo capital que permitirá el
año próximo crear trabajo de más; esto es lo que se llama crear capital por
medio del capital.
La acumulación de
50.000 pesetas por el primer capital supone que la suma de 250.000 pesetas,
adelantada como capital primitivo, proviene del propio caudal de su poseedor,
de su «trabajo primitivo». Pero la acumulación de 10.000 pesetas por el segundo
capital supone la acumulación precedente del capital de 50.000 pesetas, que es
la supervalía capitalizada del capital primitivo. Síguese de esto, que cuanto
más acumula el capitalista, adquiere más medios de acumular. En otros términos,
cuanto más trabajo no pagado de otro se haya apropiado anteriormente, más aún
puede monopolizar en la actualidad.
La apropiación
capitalista no es más que la aplicación de las leyes de la producción
mercantil.
Este modo de
enriquecerse resulta, es necesario comprenderlo bien, no de la violación, sino,
al contrario, de la aplicación de las leyes que rigen la producción mercantil.
Para convencerse de ello, basta echar una ojeada sobre las operaciones
sucesivas que tienden a la acumulación.
Hemos visto que la
transformación positiva de unap. 196 suma de valor en capital se
hace conforme a las leyes del cambio. Uno de los dos que cambian vende su
fuerza de trabajo, que compra el otro. El primero recibe el valor de su
mercancía, y el uso de esta, que es el trabajo, pertenece al segundo, quien
transforma entonces los medios de producción, que le pertenecen, con el auxilio
de un trabajo que le pertenece también, en un nuevo producto que es suyo con
perfecto derecho.
El valor de este
producto contiene desde luego el de los medios de producción consumidos; pero
el trabajo no emplearía útilmente estos medios si su valor no pasase al
producto. Dicho valor encierra, además, el equivalente de la fuerza de trabajo
y una supervalía. Este resultado es debido a que la fuerza obrera vendida por
un tiempo determinado, un día, una semana, etc., posee más valor del que su uso
produce en el mismo tiempo. Pero al obtener el valor de cambio de su fuerza, el
trabajador ha enajenado el valor de uso de ella, como sucede en toda compra y
venta de mercancías.
Por más que el uso
de este artículo particular, el trabajo, sea suministrar trabajo, y, por
consiguiente, producir valor, eso no altera en nada la dicha ley general de la
producción mercantil. Si, pues, la suma de valor adelantada en salarios se
vuelve a encontrar en el producto con una demasía, esta no proviene de un
engaño cometido con el vendedor, quien recibe el equivalente de su mercancía,
sino del consumo que de esta hace el comprador. La ley de los cambios no exige
la igualdad sino por relación del valor cambiable de los artículos enajenados
mutuamente, pero supone una diferencia entre sus valores de uso, y no tiene
nada que ver con su consumo, que solo comienza después de haberse llevado a
cabo la venta.
p. 197La transformación
primitiva del dinero en capital se efectúa, pues, conforme a las leyes
económicas de la producción de mercancías y al derecho de propiedad que de
ellos se origina. ¿En qué se modifica este hecho porque el capitalista
transforme en seguida la supervalía en capital? Acabamos de decir que esta
supervalía es propiedad suya; y los nuevos obreros que la supervalía recluta,
funcionando a su vez como capital, no tienen que ver nada con que ella haya
sido producida anteriormente por obreros. Todo lo que estos nuevos obreros
pueden exigir es que el capitalista les pague también a ellos su fuerza de
trabajo.
Las cosas no se
presentarían así si se examinasen las relaciones que hay entre el capitalista y
los obreros, no ya separadamente, sino en su encadenamiento, y si se tuviesen
en cuenta la clase capitalista y la clase obrera. Mas como la producción
mercantil no pone frente a frente sino vendedores y compradores independientes
unos de otros, para juzgar esta producción según sus propias leyes es preciso
considerar cada transacción aisladamente, y no en su unión con la que le
precede o con la que le sigue. Además, como las compras y ventas se hacen
siempre de individuo a individuo, no deben buscarse en ellas las relaciones
entre una y otra clase.
Asimismo, cada uno
de los esfuerzos en función del capital le presta nuevo impulso; y conforme al
derecho de la producción mercantil, en régimen capitalista la riqueza puede ser
cada día más monopolizada, merced a la apropiación sucesiva del trabajo no pagado
de otro. ¡Qué ilusión es, pues, la de ciertas escuelas socialistas que
pretenden quebrantar el régimen del capital aplicándole las leyes de la
producción mercantil!
p. 198II. Ideas
falsas acerca de la acumulación.
Las mercancías que
el capitalista compra como medios de goce, no le sirven evidentemente como
medios de producción y de multiplicación de su valor; el trabajo que paga con
el mismo fin, tampoco es trabajo productivo. De este modo derrocha la
supervalía a título de ganancia, en vez de hacerla fructificar como capital.
También la Economía
política burguesa ha predicado, como el primero de los deberes cívicos, la
acumulación, es decir, el empleo de una gran parte de la ganancia en el
reclutamiento de trabajadores productivos, que producen más de lo que reciben.
Ha combatido además
la creencia popular que confunde la acumulación capitalista con el hacinamiento
de tesoros, como si el guardar el dinero bajo llave no fuese el método más
seguro para no capitalizarlo. No debe, pues, confundirse la acumulación capitalista,
que es un acto de producción, con el aumento de los bienes que figuran en el
fondo de consumo de los ricos y que se gastan lentamente, ni tampoco con la
formación de reservas o provisiones, hecho común a todos los sistemas de
producción.
La Economía
política clásica ha sostenido con perfecta razón que el rasgo más
característico de la acumulación es que las gentes que viven del producto neto
deben ser trabajadores productivos y no improductivos. Pero se equivoca cuando
de aquí saca la conclusión de que la parte del producto neto que se transforma
en capital, es consumida por la clase obrera.
Dedúcese de esta
manera de ver, que toda la supervalía transformada en capital se adelanta
únicamente enpág. 199 salarios. La supervalía se divide, al contrario, lo mismo que el
valor-capital de donde procede, en precio de compra de medios de producción y
de fuerza de trabajo. Para poder transformarse en fuerza de trabajo
suplementaria, el producto líquido ha de contener un exceso de subsistencias de
primera necesidad; pero, para que esta fuerza suplementaria pueda ser
explotada, debe contener, además, nuevos medios de producción que no entran en
el consumo personal de los trabajadores ni tampoco en el de los capitalistas.
III. División
de la supervalía en capital y en renta.
Una parte de la
supervalía la gasta el capitalista como ganancia, y la otra la acumula como
capital. Siendo las mismas todas las demás circunstancias, la proporción según
la cual se hace esta división, determinará la cantidad de la acumulación. El
propietario de la supervalía, el capitalista, es quien la divide, según su
voluntad. De la parte del tributo arrancado por él, y que él mismo acumula, se
dice que la ahorra, porque no la consume, es decir, porque cumple su papel de
capitalista, que es el de enriquecerse.
El capitalista no
tiene ningún valor histórico, ningún derecho histórico a la vida, ninguna razón
de ser social, en tanto no funciona como capital personificado. Solo bajo esta
condición, la necesidad momentánea de su propia existencia es una consecuencia
de la necesidad pasajera del sistema de producción capitalista. El fin
determinante de su actividad no es, pues, ni el valor de uso ni el goce, sino
el valor de cambio y su continuo acrecentamiento. Agente fanático de la
acumulación, obliga incesantemente a los hombres a producir para producir,pág. 200 impulsándolos
así instintivamente a desarrollar las potencias productoras y las condiciones
materiales que por sí solas pueden formar la base de una sociedad nueva y
superior.
El desarrollo de la
producción capitalista exige un acrecentamiento continuo del capital invertido
en una empresa, y la competencia obliga a cada capitalista individual a obrar
de grado o por fuerza conforme a las leyes de la producción capitalista. La competencia
no le permite conservar su capital sin aumentarlo, y no puede continuar
aumentándolo sino mediante una acumulación cada vez más considerable. Su
voluntad y su conciencia no expresan más que las necesidades del capital que
representa; en su consumo personal no ve sino una especie de robo, o de
préstamo al menos, hecho a la acumulación.
Pero, a medida que
se desarrolla el régimen de producción capitalista, y con él la acumulación y
la riqueza, el capitalista deja de ser simple personificación del capital.
Mientras que el capitalista chapado a la antigua omite todo gasto individual
que no es indispensable, no viendo en él más que una usurpación hecha a la
riqueza, el capitalista a la moderna es capaz de ver en la capitalización de la
supervalía un obstáculo para sus necesidades insaciables de goces.
En los comienzos de
la producción capitalista —y este hecho se renueva en la vida privada de todo
industrial principiante—, la avaricia y el afán de enriquecerse le dominan
exclusivamente. Pero el progreso de la producción no solamente crea todo un
nuevo mundo de goces, sino que abre, con la especulación y el crédito, mil
fuentes de súbito enriquecimiento. Llegado a cierto grado el desarrollo, impone
aun al infeliz capitalista una prodigalidadpág. 201 puramente
convencional, muestra a la vez de riqueza y de crédito. El lujo llega a ser una
necesidad del oficio y entra en los gastos de representación del capital.
No es esto todo. El
capitalista no se enriquece, como el labrador o el artesano independiente, en
proporción a su trabajo particular y a su sobriedad personal, sino
proporcionalmente al trabajo gratuito de otro que absorbe, y a la privación de
todos los placeres de la vida que inflige a sus obreros. Su prodigalidad se
acrecienta a medida que acumula, sin que su acumulación esté necesariamente
restringida por su gasto. De todas maneras, hay en él lucha entre la tendencia
a la acumulación y la tendencia al placer.
Teoría de la
abstinencia.
Ahorrar, ahorrar
constantemente, es decir, volver a transformar sin descanso en capital la mayor
parte posible de la supervalía o del producto líquido, acumular para acumular,
producir para producir, tal es el lema de la Economía política al proclamar la
misión histórica del periodo burgués; si el proletario no es más que una
máquina que produce supervalía, el capitalista es también una máquina que
capitaliza esta supervalía.
Pero después de
1830, en la época en que se propagaban las doctrinas socialistas, el
fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo en Inglaterra, mientras
el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon el somatén de alarma, y en
Inglaterra el proletariado del campo paseaba la tea incendiaria, fue cuando la
Economía política reveló al mundo una doctrina maravillosa para salvar la
sociedad amenazada.
Dicha doctrina
transformó instantáneamente las condicionespág. 202 del
movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de
«abstinencia» del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se abstiene
de trabajar para él. El capitalista «se impone», escribe M. G. de Molinari,
«una privación al prestar sus instrumentos de producción al trabajador»; dicho
de otro modo, se impone una privación cuando hace valer los medios de
producción como capital añadiendo a ellos la fuerza obrera, en vez de comerse
los piensos, los animales de tiro, el algodón, las máquinas de vapor, etc.
En resumen, todo el
mundo se compadeció de las mortificaciones del capitalista. No es solamente la
acumulación, no, «la simple conservación de un capital exige un esfuerzo
constante para resistir a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil).
Sería preciso, en verdad, haber renunciado a todo sentimiento humanitario para
no buscar el modo de librar al capitalista de sus tentaciones y de su martirio,
librándole de su capital.
IV. Circunstancias
que influyen en la extensión de la acumulación.
Determinada la
proporción según la cual la supervalía se divide en capital y en beneficio, la
cantidad del capital acumulado depende evidentemente de la cantidad de la
supervalía. Supongamos, por ejemplo, que la proporción es de 80 por 100 lo
capitalizado y de 20 por 100 lo consumido, entonces el capital acumulado se
eleva a 2.400 pesetas o a 1.200, según la supervalía sea de 3.000 o de 1.500
pesetas. Así, todas las circunstancias que determinan la cantidad de la
supervalía, contribuyen a determinar la extensión de la acumulación.
Recapitulémoslas desde este último punto de vista solamente.
pág. 203Grado de
explotación de la fuerza obrera.
Se sabe que el tipo
de la supervalía depende, en primer lugar, del grado de explotación de la
fuerza obrera. Al tratar de la producción de la supervalía, hemos supuesto
siempre que el obrero recibe el justo valor de su fuerza. Los cercenamientos
hechos a este valor juegan, no obstante, en la práctica un papel muy
importante. En cierto modo, este procedimiento transforma el fondo de consumo
necesario para el sustento del trabajador en fondo de acumulación del
capitalista. La tendencia del capital es también reducir los salarios todo lo
posible, y eliminar del consumo obrero lo que él llama lo superfluo. El capital
ha sido auxiliado en esta tarea por la competencia cosmopolita que el
desarrollo de la producción capitalista ha hecho nacer entre todos los
trabajadores del globo. Hoy día se trata nada menos que de hacer descender, en
una época más o menos próxima, el nivel europeo de los salarios al nivel chino.
Además, una
explotación más intensa de la fuerza de trabajo permite aumentar la cantidad de
trabajo sin aumentar la maquinaria, es decir, el conjunto de medios de trabajo,
máquinas, aparatos, instrumentos, edificios, construcciones, etc. Un
establecimiento que emplea, por ejemplo, cien hombres trabajando ocho horas por
día, recibirá diariamente ochocientas horas de trabajo. Si, para aumentar este
total en una mitad más, el capitalista admitiese cincuenta nuevos obreros,
necesitaría hacer un adelanto no solamente en salarios, sino también en
maquinaria. Pero, si hace trabajar a sus cien obreros doce horas diarias en
lugar de ocho, obtiene el mismo resultado, y la antigua maquinaria es
suficiente. En adelante,p. 204 esa maquinaria va a funcionar en mayor escala, se desgastará más
pronto y habrá que reponerla antes, y esto será todo. Obtenido de esa manera un
excedente de trabajo por un esfuerzo más considerable exigido a la fuerza
obrera, aumenta la supervalía o el producto líquido, fundamento de la
acumulación, sin que haya necesidad de un aumento previo y proporcional a la
parte del capital adelantado en maquinaria.
Un simple excedente
de trabajo, sacado del mismo número de obreros, basta en la industria
extractora, la de las minas, por ejemplo, para aumentar el valor y la masa del
producto que suministra gratuitamente la Naturaleza, y, por consecuencia, el
fondo de acumulación. En la agricultura, en que la sola acción mecánica del
trabajo sobre el suelo aumenta maravillosamente su fertilidad, un excedente de
trabajo idéntico produce mayor efecto; como en la industria extractora, la
acción directa del hombre sobre la Naturaleza favorece la acumulación. Además,
como la industria extractora y la agricultura suministran materias a la
industria manufacturera, el acrecentamiento de productos que el excedente de
trabajo procura en las dos primeras, sin aumento de adelantos, redunda en
provecho de la última. Merced únicamente a la fuerza obrera y a la tierra,
fuentes primitivas de la riqueza, el capital aumenta, pues, sus elementos de
acumulación.
Productividad del
trabajo.
Otro elemento
importante de la acumulación es el grado de productividad del trabajo social.
Estando determinada
la supervalía, la abundancia del producto líquido, del cual ella es el valor,
corresponde ap. 205 la productividad del trabajo puesto en función. Así, pues, a
medida que el trabajo desarrolla sus facultades productivas, aumentando la
eficacia y la cantidad de los medios de producción, rebajando su precio, el de
las subsistencias y el de las materias primeras y auxiliares, el producto
líquido encierra más medios de gozar y de acumular. De este modo, la parte de
la supervalía que se capitaliza puede aumentar a expensas de la otra que
constituye la renta, sin que el consumo del capitalista disminuya por eso, pues
en lo sucesivo un valor más pequeño se realiza en una cantidad mayor de objetos
útiles.
Diferencia
creciente entre el capital empleado y el capital consumido.
La propiedad
natural del trabajo, al crear nuevos valores, es de conservar los antiguos,
pues el trabajo transmite al producto el valor de los medios de producción
consumidos. A medida, pues, que sus medios de producción aumentan en actividad,
en masa y en valor, es decir, a medida que se hace más productivo y favorece
más la acumulación, el capital conserva y perpetúa un valor-capital siempre
creciente.
La parte del
capital que se adelanta en forma de maquinaria, funciona siempre por completo
en la producción, mientras que, no desgastándose sino poco a poco, solo
transmite su valor por fracciones a las mercancías que ayuda a confeccionar
sucesivamente. Su aumento produce una diferencia de cantidad cada vez más
considerable, entre la totalidad del capital empleado y la parte de este
consumido de una sola vez. Compárese, por ejemplo, el valor de los
ferrocarriles europeos diariamente explotados, con la cantidad de valor que
pierden por sup. 206 uso cotidiano. Luego estos medios creados por el hombre prestan
servicios gratuitos, en proporción de los efectos útiles que contribuyen a
producir sin aumento de gastos. Estos servicios gratuitos del trabajo de otro
periodo, puestos en actividad por el trabajo de hoy, se acumulan merced al
desarrollo de las fuerzas productivas y a la acumulación que le acompaña.
El concurso cada
vez más potente que, en forma de maquinaria, el trabajo pasado lleva al trabajo
vivo, se atribuye por los economistas, no al obrero que ha ejecutado la obra,
sino al capitalista que se la ha apropiado. Desde su punto de vista, el instrumento
de trabajo y el carácter de capital que reviste en el medio social actual no
pueden separarse jamás, así como, en la mente del plantador de la Georgia, el
trabajador mismo tampoco podía separarse de su carácter de esclavo.
Cantidad del
capital adelantado.
Dado el grado de
explotación de la fuerza obrera, la cantidad de la supervalía se determina por
el número de obreros explotados a la vez, y este número corresponde, aunque en
proporciones variables, a la cantidad del capital adelantado. Luego, cuanto más
se acrecienta el capital mediante acumulaciones sucesivas, más se acrecienta también
el valor que ha de dividirse en fondo de consumo y en fondo de nueva
acumulación.
V. El
fondo del trabajo.
Los capitalistas,
sus hijos y sus gobiernos derrochan cada año una parte considerable del
producto líquido anual; además, guardan en su fondo de consumo unap. 207 porción de
objetos que se gastan lentamente y son aptos para un empleo reproductivo, y
hacen estériles, al adaptarlas a su servicio personal, una multitud de fuerzas
obreras. La cantidad de riqueza que se capitaliza no es, pues, nunca tan grande
como podría ser. La relación de cantidad con el total de la riqueza social
varía con todo cambio en la división de la supervalía en renta personal y en
nuevo capital. Así, lejos de ser una parte determinada de adelanto y una parte
fija de la riqueza social, el capital social solo es una porción variable de
esta.
Sin embargo,
ciertos economistas se hallan propensos a no ver, en el capital social, más que
una parte determinada de adelanto de la riqueza social, y aplican esta teoría a
lo que ellos llaman «fondo del salario» o «fondo del trabajo». Según ellos,
este es una porción particular de la riqueza social, el valor de una cantidad
dada de subsistencias, cuya naturaleza fija a cada momento los límites fatales
que la clase trabajadora trata inútilmente de franquear. De creer esto, estando
así determinada la suma que debe distribuirse entre los asalariados, se sigue
que si la parte que toca a cada uno es demasiado pequeña, ocurre esto porque su
número es demasiado grande, y que, finalmente, su miseria es un hecho, no del
orden social, sino del orden natural.
En primer lugar,
los límites que el sistema capitalista impone al consumo del productor, no son
«naturales» sino dentro del medio adecuado a este sistema, así como el látigo
no funciona como aguijón «natural» del trabajo más que en el sistema
esclavista. En efecto, es propio de la naturaleza de la producción capitalista
el limitar la parte del productor a lo que es indispensable para el sustento de
su fuerza obrera, y el atribuir la demasía de su producto al capitalista. Lo
que sería menester demostrarp. 208 ante todo es que, a pesar de su
origen completamente reciente, el sistema capitalista de la producción social
es, no obstante, su sistema irrevocable y «natural».
Pero, aun con la
manera de ser del sistema capitalista, es falso que el «fondo del salario» esté
determinado de antemano por la suma de la riqueza social o del capital social.
Puesto que este es solamente una porción variable de la riqueza social, el fondo
del salario, que no es más que una parte de este capital, no sería una parte
fija y determinada de antemano de la riqueza social.
p. 209
CAPÍTULO XXV
LEY GENERAL DE LA
ACUMULACIÓN CAPITALISTA
I. La
composición del capital. — Circunstancias en que la acumulación del capital
puede provocar un alza de los salarios. — La magnitud del capital no depende
del número de la población obrera. — II. La parte variable del capital
disminuye relativamente a su parte constante. — Concentración y centralización.
— III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabajo efectiva. — La
ley de población adecuada a la época capitalista. — Formación de un ejército
industrial de reserva. — Lo que determina el tipo general de los salarios. — La
ley de la oferta y la demanda es un engaño. — IV. Formas diversas
del exceso relativo de población. — El pauperismo es la consecuencia fatal del
sistema capitalista.
I. La
composición del capital.
Vamos ahora a
tratar de la influencia que el acrecentamiento del capital ejerce en la suerte
de la clase obrera. El elemento más importante para la solución de este
problema es la composición del capital y los cambios que esta experimenta con
el progreso de la acumulación.
La composición del
capital puede ser considerada desde un doble punto de vista. Con relación al
valor, se halla determinada por la proporción según la cual el capital se
divide en parte constante (el valor de los medios de producción) y en parte
variable (el valor de la fuerza obrera). Con relación a su materia, tal como
aparece en el acto de producción, todo capital consiste en medios de producción
y en fuerza obrera activa, y su composición está determinada por la proporción
que existe entre la masa de los medios de producción empleados y la cantidad de
trabajo necesario para hacerlos funcionar.
p. 210La primera
composición del capital es la composición-valor; la segunda
la composición técnica. Y, a fin de expresar el lazo íntimo
existente entre ambas, llamaremos composición orgánica del
capital a su composición-valor siempre que esta dependa de su composición
técnica, y que, por consiguiente, los cambios ocurridos en la cantidad de
medios de producción y de fuerza obrera influyan en su valor. Cuando hablamos
en general de la composición del capital, se trata siempre de su composición
orgánica.
Los numerosos
capitales colocados en un mismo ramo de producción y que funcionan en manos de
una multitud de capitalistas independientes unos de otros, difieren más o menos
en su composición, pero el término medio de sus composiciones particulares
constituye la composición del capital social consagrado a este ramo de
producción. La composición media del capital varía mucho de uno a otro ramo de
producción, pero el término medio de todas estas composiciones medias
constituye la composición del capital social empleado en un país, siendo de
esta última de la que se trata en las investigaciones siguientes.
Circunstancias en
que la acumulación del capital puede provocar un alza de los salarios.
Cierta cantidad de
la supervalía capitalizada debe ser adelantada en salarios. Luego, suponiendo
que la composición del capital sea la misma, la demanda de trabajo marchará a
compás de la acumulación, y la parte variable del capital aumentará al menos en
la misma proporción que su masa total.
En este supuesto,
el progreso constante de la acumulaciónp. 211 debe provocar tarde o temprano
una elevación gradual de los salarios. Porque, proporcionando cada año
ocupación a un número de asalariados mayor que el del año precedente, las
necesidades de esta acumulación, la cual va siempre en aumento, acabarán por
sobrepujar la oferta ordinaria de trabajo, y, por de contado, se elevará el
tipo de los salarios.
No obstante, las
circunstancias más o menos favorables en medio de las cuales la clase obrera se
reproduce y se multiplica, no alteran en lo más mínimo el carácter fundamental
de la reproducción capitalista. Así como la reproducción simple vuelve a traer
constantemente la misma relación social, capitalismo y salariado, así también
la acumulación no hace más que reproducir, con más capitalistas o capitalistas
más poderosos por un lado, más asalariados por otro. La reproducción del
capital encierra la de su gran instrumento de crear valor: la fuerza de
trabajo. Acumulación del capital es, pues, al mismo tiempo, aumento del
proletariado, de los asalariados que transforman su fuerza obrera en fuerza
vital del capital y se convierten así, de grado o por fuerza, en siervos de su
propio producto, que es propiedad del capitalista.
En la situación que
suponemos, y que es la más favorable posible para los obreros, su estado de
dependencia reviste, pues, las formas más soportables. En vez de ganar en
intensidad, la explotación y la dominación capitalistas ganan simplemente en
extensión a medida que aumenta el capital y, con él, el número de sus vasallos.
Entonces toca a estos una parte mayor del producto líquido siempre creciente,
de suerte que se hallan en disposición de ensanchar el círculo de sus goces, de
alimentarse mejor, de vestirse, de proveerse de muebles, etc., yp. 212 de formar
pequeñas reservas pecuniarias. Pero, si un trato mejor para con el esclavo, una
alimentación más abundante, vestidos más decentes, y un poco más de dinero por
añadidura, no pueden romper las cadenas de la esclavitud, sucede lo mismo con las
del salariado.
En efecto, no hay
que olvidar que la ley absoluta del sistema de producción capitalista es
fabricar supervalía. Lo que se propone el comprador de la fuerza obrera es
enriquecerse haciendo valer su capital, produciendo mercancías que contienen
más trabajo del que paga por ellas, y con cuya venta realiza, por lo tanto, una
porción de valor que no le ha costado nada. Sean cuales fueren las condiciones
de la venta de la fuerza obrera, la naturaleza del salario es poner siempre en
movimiento cierta cantidad de trabajo gratuito. El aumento del salario no
indica, pues, sino una disminución relativa del trabajo gratuito que el obrero
debe proporcionar siempre; pero esta disminución no llegará nunca a ser tal que
ponga en peligro el sistema capitalista.
Hemos admitido que
el tipo de los salarios haya podido elevarse merced a un aumento del capital
superior al del trabajo ofrecido. Solo queda entonces esta alternativa: o los
salarios continúan subiendo, y siendo motivado este movimiento por los
progresos de la acumulación, es evidente que la disminución del trabajo
gratuito de los obreros no impide al capital extender su dominación, o bien el
alza continua de los salarios comienza a perjudicar a la acumulación, y esta
llega a disminuir; pero esta disminución nunca hace desaparecer la causa
primera del alza, que no es otra sino el exceso del capital comparado con la
oferta del trabajo; inmediatamente el tipo del salario vuelve a descender a un
nivel en armonía con las necesidades del movimiento del capital, nivel quepág. 213 puede ser
superior, igual o inferior al que era en el momento de efectuarse el alza de
los salarios.
Así, el mecanismo
de la producción capitalista vence por sí solo el obstáculo que puede llegar a
crear, aun dado caso de que no varíe la composición del capital. Pero el alza
de los salarios es un poderoso acicate que impele al perfeccionamiento de la maquinaria,
y, por tanto, al cambio en la composición del capital que trae por consecuencia
la baja de los salarios.
La magnitud del
capital no depende del número de la población obrera.
Hay que conocer a
fondo la relación que existe entre los movimientos del capital en vías de
acumulación y las oscilaciones del tipo de los salarios que a aquellos se
refieren.
Ora es un exceso de
capital procedente de una acumulación más rápida, la cual hace que el trabajo
ofrecido sea relativamente insuficiente, y tiende, por consecuencia, a elevar
su precio; ora un aminoramiento de la acumulación, el cual da por resultado que
el trabajo ofrecido sea relativamente superabundante, y rebaja su precio. El
movimiento de aumento y de disminución del capital en vías de acumulación
produce, pues, alternativamente la insuficiencia y la superabundancia relativas
del trabajo ofrecido; pero ni una baja efectiva del número de la población
obrera hace que el capital abunde en el primer caso, ni un aumento efectivo de
dicho número hace al capital insuficiente en el segundo.
La relación entre
la acumulación del capital y el tipo del salario no es más que la relación
entre el trabajo gratuito, transformado en capital, y el suplemento de trabajopág. 214 pagado que
exige este capital suplementario para ser puesto en actividad. No es
precisamente una relación entre dos términos independientes uno de otro, a
saber, por un lado la suma del capital, y, por otro, el número de la población
obrera, sino, en último término, una relación entre el trabajo gratuito y el
trabajo pagado de la misma población obrera.
Si la cantidad de
trabajo gratuito que la clase obrera suministra y que la clase capitalista
acumula, aumenta tan rápidamente que su transformación en nuevo capital
necesita un suplemento extraordinario de trabajo pagado, en una palabra, si el
aumento de capital produce una demanda más considerable de trabajo, el salario
sube y, siendo las mismas las demás circunstancias, el trabajo gratuito
disminuye proporcionalmente. Pero desde el momento en que, a consecuencia de
esta disminución del sobretrabajo, hay aminoramiento de la acumulación,
sobreviene una reacción, la parte de la renta que se capitaliza es menor, la
demanda de trabajo disminuye y el salario baja.
El precio del
trabajo no puede jamás elevarse sino en unos límites que dejen intactas las
bases del sistema capitalista y aseguren la reproducción del capital en una
escala mayor. ¿Cómo podría suceder otra cosa donde el trabajador existe
únicamente para aumentar la riqueza ajena creada por él? Así como, en el mundo
religioso, el hombre se halla dominado por la obra de su mente, de igual manera
lo es, en el mundo capitalista, por la obra de sus manos.
pág. 215II. La
parte variable del capital disminuye relativamente a su parte constante.
No dependiendo el
alza de los salarios sino del progreso continuo de la acumulación y de su grado
de actividad, nos es indispensable esclarecer las condiciones en que tiene
lugar este progreso.
«La misma causa
—dice Adam Smith— que hace que se eleven los salarios del trabajo, el aumento
del capital, tiende a aumentar las fuerzas productivas del trabajo, y a poner a
una cantidad menor de trabajo en estado de producir mayor cantidad de obra.»
¿Cómo se obtiene
este resultado? Mediante una serie de cambios en la manera de producir, que
ponen a una cantidad dada de fuerza obrera en condiciones de manejar una masa
cada vez mayor de medios de producción. En este aumento, por relación a la
fuerza obrera empleada, los medios de producción desempeñan un doble papel. Los
unos, tales como máquinas, edificios, hornos, aumentan en número, extensión y
eficacia para hacer al trabajo más productivo; mientras que los otros, materias
primeras y auxiliares, aumentan porque el trabajo, al hacerse más productivo,
consume mayor cantidad de ellas en un tiempo determinado.
En el progreso de
la acumulación no hay solamente aumento cuantitativo de los diversos elementos
del capital; el desarrollo de las potencias productivas, que este progreso
trae, se manifiesta aún por cambios cualitativos en la composición técnica del
capital: la masa de los medios de producción, maquinaria y materiales, aumenta
cada vez más en comparación con la cantidad de fuerza obrera necesaria para
hacerlos funcionar.
pág. 216Estos cambios en la
composición técnica del capital obran sobre su composición-valor y traen
consigo un aumento siempre creciente de su parte constante a expensas de su
parte variable; de suerte que si, por ejemplo, en una época atrasada de la
acumulación se transforma el 50 por 100 del valor-capital en medios productivos
y otro 50 por 100 en trabajo, en una época más adelantada se empleará el 80 por
100 del valor-capital en medios de producción y solo el 20 por 100 en trabajo.
Pero este aumento
de valor de los medios de producción no indica sino lejanamente el aumento
mucho más rápido y más considerable de su masa; la razón de ello es que ese
mismo progreso de las potencias del trabajo, que se manifiesta por el aumento
de la maquinaria y de los materiales puestos en actividad con auxilio de una
cantidad menor de trabajo, hace disminuir el valor de la mayor parte de los
productos, y principalmente el de los que funcionan como medios de producción;
su valor no se eleva, pues, tanto como su masa.
Por otra parte, hay
que notar que el progreso de la acumulación, al disminuir el capital variable
relativamente al capital constante, no impide su aumento efectivo. Supongamos
que un valor-capital de 6.000 pesetas, se divide primero por mitad en parte constante
y en parte variable, y que más tarde, habiendo llegado, a consecuencia de la
acumulación a la cantidad de 18.000 pesetas, la parte variable de esta cantidad
no es más que la quinta, y a pesar de su disminución relativa de la mitad a la
quinta parte, dicha parte variable se ha elevado de 3.000 a 3.600 pesetas.
La cooperación, la
división manufacturera del trabajo, la fabricación mecánica, etc., en suma, los
métodos apropiados para desarrollar las fuerzas del trabajo colectivo,pág. 217 no pueden
introducirse sino allí donde la producción tiene ya lugar en grande escala, y,
a medida que esta se extiende, aquellas fuerzas se desarrollan más y más. La
escala de las operaciones depende, teniendo por base el régimen del salario, en
primer lugar, de la suma de los capitales acumulados entre las manos de los
empresarios privados. Así es como cierta acumulación previa, cuyo origen
examinaremos después, llega a ser el punto de partida del sistema de producción
capitalista. Pero todos los métodos que emplea este sistema de producción para
hacer más productivo el trabajo, son otros tantos métodos para aumentar la
supervalía o el producto líquido, para alimentar la fuente de la acumulación.
Si, pues, la acumulación debe haber alcanzado cierto grado de extensión para
que pueda establecerse el modo de producción capitalista, este acelera de
rechazo la acumulación, cuyo nuevo progreso, al permitir un nuevo
acrecentamiento de las empresas, extiende de nuevo la producción capitalista.
Este desarrollo recíproco ocasiona en la composición técnica del capital las
variaciones que van disminuyendo cada vez más su parte variable, pagando la
fuerza de trabajo con relación a la parte constante que representa el valor de
los medios de producción empleados.
Concentración y
centralización.
Cada uno de los
capitales individuales de que se compone el capital social, representa desde
luego cierta concentración, en manos de un capitalista, de medios
de producción y de medios de subsistencia del trabajo, y, a medida que la
acumulación se produce, esta concentración se extiende. Al aumentar los
elementos reproductivos depág. 218 la riqueza, la acumulación
opera, pues, al mismo tiempo, su concentración cada vez mayor en manos de
empresarios privados.
Todos esos
capitales individuales que componen el capital social llevan a cabo juntamente
su movimiento de acumulación, es decir, de reproducción en una escala cada vez
mayor. Cada capital se enriquece con los elementos suplementarios que resultan
de esta reproducción, conserva así, al aumentarse, su existencia distinta y
limita el círculo de acción de los demás. Luego el movimiento de concentración,
no solo se esparce en tantos puntos como la acumulación, sino que la división
del capital social en una multitud de capitales independientes unos de otros,
se mantiene precisamente porque todo capital individual funciona como centro de
concentración.
El aumento de los
capitales individuales acrecienta otro tanto el capital social. Pero la
acumulación del capital social resulta, no solo del acrecentamiento sucesivo de
los capitales individuales, sino aun del aumento de su número, por la
transformación, por ejemplo, en capitales de valores improductivos. Además,
capitales enormes lentamente acumulados se dividen, en un momento dado, en
muchos capitales diferentes, como sucede con ocasión del reparto de una
herencia en las familias capitalistas. La concentración desaparece con la
formación de nuevos capitales y con la división de los antiguos.
El movimiento de la
acumulación social presenta, pues, por un lado, una concentración cada vez
mayor de los elementos reproductivos de la riqueza entre manos de empresarios
privados, y, por otro, la diseminación y la multiplicación de los centros de
acumulación y de concentración.
En cierto punto del
progreso económico, esta divisiónpág. 219 del capital
social en multitud de capitales individuales se ve contrariada por el
movimiento opuesto, gracias al cual, atrayéndose mutuamente, se reúnen
diferentes centros de acumulación y de concentración. Cierto número de
capitales se funden entonces en un número menor, en una palabra, hay concentración propiamente
dicha. Examinemos rápidamente esta atracción del capital por el capital.
La guerra de la
competencia se hace bajando cada cual los precios todo lo que puede. La
baratura de los productos depende, siendo iguales las demás circunstancias, de
la productividad del trabajo, y esta de la escala de las empresas. Los grandes
capitales derrotan a los pequeños. Hemos visto ya, en los capítulos undécimo y decimotercero, que cuanto más se
desarrolla el sistema de producción capitalista, más aumenta el mínimum de los
adelantos necesarios para explotar una industria en sus condiciones regulares.
Los pequeños capitales se dirigen, pues, hacia los ramos de la producción de
los que la grande industria no se ha apoderado aún, o de que solo se ha
apoderado de una manera imperfecta. La competencia es en este terreno
violentísima, y termina siempre con la ruina de un buen número de pequeños
capitalistas, cuyos capitales perecen en parte, y pasan, también en parte, a
manos del vencedor.
El desarrollo de la
producción capitalista da origen a una potencia completamente nueva, el
crédito, que, en sus comienzos, se introduce cautelosamente cual modesto
auxiliar de la acumulación, se convierte en seguida en una nueva y terrible
arma de la guerra de la competencia, y se transforma, por último, en un inmenso
aparato social destinado a centralizar los capitales.
A medida que la
acumulación y la producción capitalistaspág. 220 se extienden,
la competencia y el crédito, los más poderosos agentes de la centralización, se
desarrollan también. Por eso en nuestra época la tendencia a la centralización
es más poderosa que en ninguna otra época histórica. Lo que principalmente diferencia
la centralización de la concentración, que no es otra cosa que la consecuencia
de la reproducción en mayor escala, es que la centralización no depende de un
aumento efectivo del capital social; los capitales individuales de que este es
la reunión, la materia que se centraliza, pueden ser más o menos considerables,
pues eso depende de los progresos de la acumulación, pero la centralización no
admite más que un cambio de distribución de los capitales existentes, una sola
modificación en el número de los capitales individuales que componen el capital
social.
En un ramo de
producción particular, la centralización no habría llegado a su último límite
sino en el momento en que todos los capitales individuales que estuviesen en
ella empeñados, no formasen más que un solo capital individual. En una sociedad
dada, tampoco llegaría a su último límite sino cuando el capital nacional
entero no formase más que un solo capital y se hallase en manos de un solo
capitalista o de una sola compañía de capitalistas.
La centralización
no hace sino ayudar a la obra de acumulación, poniendo a los industriales en
situación de ensanchar el círculo de sus operaciones. Que este resultado se
deba a la acumulación o a la centralización, que esta se efectúe por el
violento sistema de la anexión, derrotando unos capitales a otros y
enriqueciéndose con sus elementos desunidos, o que la fusión de una multitud de
capitales se verifique por el procedimiento más suave de las sociedades por
acciones, etc., elpág. 221 efecto económico de esta transformación no dejará de ser el mismo.
La extensión del círculo de las empresas será constantemente el punto de
partida de una organización más vasta del trabajo colectivo, de un desarrollo
más amplio de sus resortes materiales, o en otros términos, de la
transformación cada vez mayor de movimientos de producción parciales y
rutinarios en movimientos de producción socialmente combinados y ordenados
científicamente.
Pero es evidente
que la acumulación, el acrecentamiento gradual del capital merced a su
reproducción en una escala creciente, no es más que un procedimiento lento,
comparado con la centralización, la cual, en primer lugar, cambia únicamente la
disposición cuantitativa de las partes componentes del capital. El mundo
carecería aún del sistema de los ferrocarriles, por ejemplo, si hubiese tenido
que aguardar el momento en que los capitales individuales hubieran
suficientemente acrecentado por la acumulación para hallarse en estado de tomar
a su cargo empresa de tamaña importancia, que la centralización del capital,
merced al auxilio de las sociedades por acciones, ha efectuado, por decirlo
así, en un abrir y cerrar de ojos.
Los grandes
capitales creados por la centralización se reproducen como los demás, pero más
rápidamente, y se convierten a su vez en poderosos agentes de la acumulación
social. Al aumentar y hacer más rápidos los efectos de la acumulación, la
centralización extiende y precipita las variaciones en la composición técnica
del capital, variaciones que aumentan su parte constante a expensas de su parte
variable, o bien ocasionan en la demanda de trabajo una disminución
relativamente a la cantidad del capital.
p. 222III. Demanda
de trabajo relativa y demanda de trabaja efectiva.
La demanda de
trabajo efectiva que ocasiona un capital, no depende de la cantidad absoluta de
este capital, sino de la cantidad absoluta de su parte variable, única que se
cambia por la fuerza obrera. La demanda de trabajo relativa que ocasiona un
capital, es decir, la proporción entre la cantidad de este capital y la suma de
trabajo que absorbe, está determinada por la cantidad proporcional de su parte
variable relativamente a su cantidad total. Acabamos de ver que la acumulación
que acrecienta el capital social, reduce al mismo tiempo la cantidad relativa
de su parte variable y disminuye así la demanda de trabajo relativa. ¿Cuál es
ahora la influencia de este movimiento en la suerte de la clase obrera? Es
evidente que, para resolver este problema, es preciso examinar desde luego de
qué modo una disminución en la demanda de trabajo relativa ejerce su acción
sobre la demanda de trabajo efectiva.
Supongamos un
capital de 1.200 pesetas; la cantidad relativa de la parte variable es de la
mitad del capital entero. No variando este y bajando aquella de la mitad a la
tercera parte, la cantidad efectiva de esta parte no es más que de 400 pesetas
en lugar de ser de 600: mientras no varía la cantidad de un capital, toda
disminución en la cantidad relativa de su parte variable es al mismo tiempo una
disminución de la cantidad efectiva de aquel.
Tripliquemos el
capital de 1.200 pesetas, que se convertirá en 3.600 pesetas; la cantidad
relativa de la parte variable disminuye en esta misma proporción; es decir, es
dividida por 3, y baja entonces de la mitad a la sexta parte;p. 223 su cantidad
efectiva será de 600 pesetas, como en su principio, pues 600 es la sexta parte
de 3.600 y la mitad de 1.200: variando la cantidad total del capital, el fondo
de los salarios, no obstante una disminución de su cantidad relativa, conserva
la misma cantidad efectiva, si esta disminución tiene lugar en la misma
proporción que el aumento del capital entero.
Si el capital de
1.200 pesetas se duplica, será de 2.400 pesetas; si la cantidad relativa de la
parte variable disminuye en mayor proporción que ha aumentado el capital, y
baja, por ejemplo, como en el caso anterior, de la mitad a la sexta parte, su
cantidad efectiva no será más que de 400 pesetas: si la disminución de la
cantidad relativa de la parte variable tiene lugar en mayor proporción que el
aumento del capital adelantado, el fondo de salario sufre una disminución
efectiva, a pesar del aumento del capital.
El mismo capital de
1.200 pesetas, triplicado de nuevo, es igual a 3.600 pesetas; la cantidad
relativa de la parte variable disminuye, pero en menor proporción que ha
aumentado el capital; dividida por 2, mientras que el capital ha sido
multiplicado por 3, baja de la mitad a la cuarta parte; su cantidad efectiva
asciende a 900 pesetas: si la disminución de la cantidad relativa de la parte
variable tiene lugar en una proporción menor que el aumento del capital entero,
el fondo del salario experimenta un aumento efectivo, a pesar de la disminución
de su cantidad relativa.
Estos son, a la
vez, los periodos sucesivos por que atraviesan las masas del capital social
distribuidas entre los diferentes ramos de producción, y las condiciones
diversas que presentan al mismo tiempo diferentes ramos de producción.
p. 224Tenemos los
ejemplos de fábricas en que un mismo número de obreros basta para poner en
actividad una cantidad creciente de medios de producción; el aumento del
capital procedente del acrecentamiento de su parte constante hace que en este
caso disminuya otro tanto la cantidad relativa de la fuerza obrera explotada,
sin variar su cantidad efectiva. Hay también ejemplos de disminución efectiva
del número de obreros ocupados en ciertos ramos de industria y de su aumento
simultáneo en otros ramos, aunque en todos haya habido aumento del capital
invertido.
En el capítulo
decimoquinto hemos indicado las causas que, no obstante las tendencias
contrarias, hace que las filas de los asalariados vayan engrosando con los
progresos de la acumulación. Recordaremos aquí, pues, lo que hace relación a
nuestro asunto.
El mismo desarrollo
del maquinismo que ocasiona una disminución no solo relativa, sino
frecuentemente efectiva, del número de obreros empleados en ciertos ramos de
industria, permite a estos suministrar una masa mayor de productos a bajo
precio; dichas industrias impulsan de esta manera el desarrollo de otras
industrias, el de aquellas a quienes proporcionan medios de producción, o bien
el de aquellas de donde sacan sus primeras materias, instrumentos, etc.,
formando así otros tantos mercados nuevos para el trabajo.
Además, hay
momentos en que los trastornos técnicos se dejan sentir menos, en que la
acumulación se presenta más bien como un movimiento de extensión sobre la
última base técnica establecida. Entonces empieza de nuevo a operar más o menos
la ley según la cual la demanda de trabajo aumenta en la misma proporción que
el capital. Pero, al mismo tiempo que el número de obrerosp. 225 atraídos por
el capital llega a su máximum, los productos vienen a ser tan abundantes, que
al menor obstáculo que se oponga a su circulación, el mecanismo social parece
como que se detiene, y el trabajo se interrumpe, disminuye. La necesidad que
obliga al capitalista a economizarlo, engendra perfeccionamientos técnicos que
reducen, por consecuencia, el número de los obreros necesarios. La duración de
los momentos en que la acumulación favorece más la demanda de trabajo, es cada
día menor.
Así, desde que la
industria mecánica ha alcanzado la supremacía, el progreso de la acumulación
redobla la energía de las fuerzas que tienden a disminuir la demanda de trabajo
relativa, y debilita las fuerzas que tienden a aumentar la demanda de trabajo efectiva.
El capital variable, y por consecuencia la demanda de trabajo, aumenta con el
capital social de que forma parte, pero aumenta en proporción decreciente.
La ley de población
adecuada a la época capitalista.
Hallándose regida
la demanda de trabajo, no solamente por la cantidad de capital variable puesto
ya en actividad, sino también por el término medio de su aumento continuo (capítulo XXIV), la oferta de
trabajo sigue siendo normal mientras sigue este movimiento. Pero cuando el
capital variable llega a un término medio de aumento inferior, la misma oferta
de trabajo, que hasta entonces era normal, se hace superabundante, de suerte
que una parte más o menos considerable de la clase asalariada, habiendo dejado
de ser necesaria para poner en actividad el capital, es entonces superflua,
supernumeraria. Como semejante hecho se repite con el progreso dep. 226 la
acumulación, esta arrastra en pos de sí un sobrante de población que va
continuamente en aumento.
El progreso de la
acumulación y el movimiento, que la acompaña, de disminución proporcional del
capital variable y de disminución correspondiente en la demanda de trabajo
relativa, los cuales, como acabamos de ver, dan por resultado el aumento
efectivo del capital variable y de la demanda de trabajo en una proporción
decreciente, tienen, finalmente, por complemento, la creación de un sobrante de
población relativo. Llamámosle «relativo» porque proviene, no de un aumento
real de la población obrera, sino de la situación del capital social, que le
permite prescindir de una parte más o menos considerable de sus obreros. Como
este sobrante de población no existe más que con relación a las necesidades
momentáneas de la explotación capitalista, puede aumentar o disminuir
repentinamente según los movimientos de expansión y de contracción de la
producción.
Al producir la
acumulación del capital, y a medida que lo consigue, la clase asalariada
produce, pues, los instrumentos de su anulación o de su transformación en
sobrante de población relativo. Tal es la ley de población que
distingue a la época capitalista y corresponde a su sistema de producción
particular. Cada uno de los sistemas históricos de la producción social tiene
su ley de población adecuada, ley que solo a él se aplica, que pasa con él, y
no tiene, por consecuencia, más que un valor histórico.
pág. 227Formación de un
ejército industrial de reserva.
Si la acumulación,
el progreso de la riqueza sobre la base capitalista, crea necesariamente un
sobrante de población obrera, este se convierte, a su vez, en el auxiliar más
poderoso de la acumulación, en una condición de existencia de la producción
capitalista, en su estado de completo desarrollo. Este sobrante de población
forma un ejército de reserva industrial que pertenece al capitalista de una
manera tan absoluta como si lo hubiese educado y disciplinado a expensas suyas:
ejército que provee a sus necesidades variables de trabajo la materia humana
siempre explotable y siempre disponible, independientemente del aumento natural
de la población.
La presencia de
esta reserva industrial, su entrada de nuevo, parcial o general, en el servicio
activo, y su reconstitución con arreglo a un plan más vasto, todo esto se
encuentra en el fondo de la vida accidentada que atraviesa la industria
moderna, con la repetición casi regular cada diez años, fuera de las demás
sacudidas irregulares, del mismo periodo compuesto de actividad ordinaria, de
producción excesiva, de crisis y de inacción.
Esta marcha
singular de la industria no se encuentra en ninguna de las épocas anteriores de
la humanidad. Solo de la época en que el progreso mecánico, habiendo echado
raíces bastantes profundas, ejerció una influencia preponderante sobre toda la
producción nacional; en que, gracias a él, el comercio exterior comenzó a
sobreponerse al comercio interior; en que el mercado universal se anexionó
sucesivamente vastos territorios en América, en Asia y en Australia; en que,
finalmente, las nacionespág. 228 rivales se hicieron bastante numerosas, de esa época solamente
datan los periodos florecientes que van a parar siempre a una crisis general,
fin de un periodo y punto de partida de otro. Hasta el presente, la duración de
estos periodos es de diez u once años, pero no hay razón alguna para que este
número sea inmutable. Al contrario, debe deducirse de las leyes de la
producción capitalista, tales como acabamos de desarrollarlas, que ese número
variará y que los periodos irán acortándose.
El progreso
industrial que sigue la marcha de la acumulación, al mismo tiempo que reduce
cada vez más el número de obreros necesarios para poner en actividad una masa
siempre creciente de medios de producción, aumenta la cantidad de trabajo que
el obrero individual debe proporcionar. A medida que el progreso desarrolla las
potencias productivas del trabajo y hace, por consecuencia, que se saquen más
productos de menos trabajo, el sistema capitalista desarrolla también los
medios de sacar más trabajo del asalariado, ya prolongando su jornada o bien
haciendo más intenso su trabajo, o de aumentar en apariencia el número de los
trabajadores empleados, reemplazando una fuerza superior y más cara con muchas
fuerzas inferiores y muy baratas, es decir, el hombre con la mujer, el adulto
con el niño, un obrero americano con tres chinos. He ahí diferentes métodos
para disminuir la demanda de trabajo y hacer superabundante su oferta, en una
palabra, para fabricar supernumerarios.
El exceso de
trabajo impuesto a la parte de la clase asalariada que se halla en servicio
activo, a los ocupados, engruesa las filas de los desocupados, de la reserva, y
la competencia de estos últimos, que buscan naturalmente colocación, contra los
primeros, ejerce sobre estos unapág. 229 presión que
los obliga a soportar más dócilmente los mandatos del capital.
Lo que determina el
tipo general de los salarios.
La proporción
diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y
ejército de reserva, el aumento o la disminución del sobrante de población
relativo correspondiente al flujo y reflujo del periodo industrial, es lo que
determina exclusivamente las variaciones en el tipo general de los salarios.
En vez de basar la
oferta del trabajo en el aumento y la disminución alternativos del capital que
funciona, es decir, en las necesidades momentáneas de la clase capitalista, el
evangelio economista burgués hace depender el movimiento del capital de un movimiento
en el número efectivo de la población obrera. Según su doctrina, la acumulación
produce un alza de salarios, que poco a poco hace que se aumente el número de
los obreros, hasta el punto que estos obstruyen de tal manera el mercado, que
el capital no basta ya para ocuparlos a todos a un tiempo. Entonces el salario
baja. Este descenso es mortal para la población obrera, impidiéndole al menos
aumentarse, de tal modo que, a causa del corto número de obreros, el capital
torna a ser superabundante, la demanda de trabajo comienza otra vez a ser mayor
que la oferta, los salarios vuelven a subir y así sucesivamente.
¡Y un movimiento de
esta naturaleza sería posible con el sistema de producción capitalista! Pero
antes de que el alza de los salarios hubiese provocado el menor aumento
efectivo en la cifra absoluta de la población realmente apta para trabajar, se
hubiera dejado transcurrir veinte veces el tiempo necesario para comenzar la
campañapág. 230 industrial, empeñar la lucha y conseguir la victoria. Por rápida
que sea la reproducción humana, necesita, en todo caso, el intervalo de una
generación para reemplazar a los trabajadores adultos. Ahora bien, el beneficio
de los fabricantes depende principalmente de la posibilidad de explotar el
momento favorable de una demanda abundante; es necesario que puedan
inmediatamente, según el capricho del mercado, activar sus operaciones; es
preciso, pues, que hallen en él en seguida brazos disponibles; no pueden
aguardar a que su demanda de brazos produzca, mediante un alza de los salarios,
un movimiento de población que les proporcione los brazos que necesitan. La
expansión de la producción, en un momento dado, no es posible sino con un
ejército de reserva a las órdenes del capital, con un sobrante de trabajadores
aparte del aumento natural de la población.
Los economistas
confunden las leyes que rigen el tipo general del salario y expresan relaciones
entre el capital y la fuerza obrera consideradas ambas en conjunto, con las
leyes que en particular distribuyen la población entre los diversos ramos de
industria.
Hay circunstancias
especiales que favorecen la acumulación ya en este o en aquel ramo. En cuanto
los beneficios exceden del tipo medio en uno de ellos, acuden a él nuevos
capitales, la demanda de trabajo se deja sentir, se hace más necesaria y eleva
los salarios. El alza atrae una gran parte de la clase asalariada al ramo de
industria privilegiado hasta que, por el hecho de esta afluencia continua, el
salario vuelve a descender a su nivel ordinario o más bajo todavía. Desde este
momento, no solo cesa la invasión de aquel ramo por los obreros, sino que da
lugar a su emigración hacia otros ramos de industria. La acumulación del
capital produce un alzap. 231 en los salarios; este alza, un aumento de obreros; este aumento,
una baja en los salarios, y esta, por último, una disminución de obreros. Pero
los economistas no tienen razón al proclamar como ley general del salario lo
que no es más que una oscilación local del mercado del trabajo, producida por
el movimiento de distribución de los trabajadores entre los diversos ramos de
producción.
La ley de la oferta
y la demanda es un engaño.
Una vez convertido
en eje sobre el cual gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, el
sobrante relativo de población no le permite funcionar sino dentro de unos
límites que no se opongan al espíritu de dominación y de explotación del
capital.
A este propósito,
recordemos una teoría que ya hemos mencionado en el capítulo XV. Cuando una
máquina deja sin ocupación a obreros hasta entonces ocupados, los utopistas de
la economía política pretenden demostrar que esta operación deja disponible al
mismo tiempo un capital destinado a emplearlos de nuevo en algún otro ramo de
industria. Hemos demostrado que no sucede nada de eso; ninguna parte del
antiguo capital queda disponible para los obreros despedidos, al contrario, son
ellos los que quedan a disposición de nuevos capitales si los hay. Y ahora
puede apreciarse cuán poco fundamento tiene la supuesta «teoría de
compensación».
Los obreros
destituidos por la máquina y que quedan disponibles, se hallan a disposición de
todo nuevo capital a punto de entrar en juego. Que este capital los ocupe a
ellos o a otros, el efecto que produce sobre la demanda general de trabajo será
siempre nulo, si este capital puede retirar del mercado tantos brazos como a élp. 232 han arrojado
las máquinas. Si retira menos, el número de los desocupados aumentará al fin y
al cabo; por último, si retira más, la demanda general de trabajo se aumentará
solo con la diferencia entre los brazos que atraiga y los que la máquina haya
rechazado. El aumento que, por efecto de nuevos capitales en vías de
colocación, habría tenido la demanda general de brazos, se encuentra, pues, en
todo caso anulada hasta la ocupación de los brazos arrojados por las máquinas
al mercado.
Tal es el efecto
general de todos los métodos que contribuyen a formar trabajadores
supernumerarios. Gracias a ellos, la oferta y la demanda de trabajo dejan de
ser movimientos procedentes de dos polos opuestos, el del capital y el de la
fuerza obrera. El capital influye en ambos polos simultáneamente. Si su
acumulación aumenta la demanda de brazos, sabemos que aumenta también su oferta
al fabricar supernumerarios. En estas condiciones, la ley de la oferta y de la
demanda de trabajo completa el despotismo capitalista.
Así, cuando los
trabajadores comienzan a notar que su función de instrumentos que hacen valer
el capital es cada vez más insegura a medida que su trabajo y la riqueza de sus
dueños aumentan; tan luego como echan de ver que la violencia mortífera de la
competencia que entre ellos se hacen, depende enteramente de la presión
ejercida por los supernumerarios; tan luego como, a fin de aminorar el efecto
funesto de esta ley «natural» de la acumulación capitalista, se unen para
organizar la inteligencia y la acción común entre los ocupados y los
desocupados, se ve inmediatamente al capital y a su defensor titular el
economista burgués, clamar contra semejante sacrilegio y contra tal violación
de la ley «eterna» de la oferta y de la demanda.
p. 233IV. Formas
diversas del sobrante relativo de población.
Por más que el
sobrante relativo de población presenta matices que varían hasta lo infinito,
distínguense en él, sin embargo, algunas grandes categorías, algunas
diferencias de forma muy marcadas: la forma flotante, la forma oculta y la
forma permanente.
Los centros de la
industria moderna, talleres mecánicos, manufacturas, fundiciones, minas, etc.,
no cesan de atraer y de rechazar alternativamente a los trabajadores; pero, en
general, concluyen por atraer más que rechazan, de suerte que el número de obreros
explotados va aumentando en ellos, aunque disminuye proporcionalmente en la
escala de la producción. El sobrante de población existe allí en estado
flotante.
Las fábricas, la
mayor parte de las grandes manufacturas, solo emplean a los obreros varones
hasta la edad de su madurez. Pasado este término, conservan únicamente una
escasa minoría y despiden casi siempre a los restantes. Este elemento del
sobrante de población aumenta a medida que se extiende la grande industria; el
capital necesita una proporción mayor de mujeres, de niños y de jóvenes, que de
hombres adultos. Por otra parte, es tal la explotación de la fuerza obrera por
el capital, que el trabajador se encuentra aniquilado a la mitad de su carrera.
Al llegar a la edad madura, debe dejar su puesto a una fuerza más joven y
descender un peldaño de la escala social, y dichoso él si no se ve relegado
definitivamente entre los supernumerarios. Además, el término medio más corto
de la vida se halla entre los obreros de la grande industria. Dadas estas
condiciones, las filas de esta fracción del proletariado solo pueden engrosarp. 234 cambiando
frecuentemente de elementos individuales. Es necesario, pues, que las
generaciones se renueven frecuentemente, cuya necesidad social queda satisfecha
por medio de matrimonios precoces y gracias a la prima que la explotación de
los niños asegura a su producción.
En seguida que la
producción capitalista se apodera de la agricultura e introduce en ella el
empleo de las máquinas, la demanda de trabajo disminuye efectivamente a medida
que el capital se acumula en ese ramo; una parte de la población agrícola se
halla siempre a punto de transformarse en población urbana y manufacturera.
Para que la población de los campos se dirija, como lo hace, a las ciudades, es
preciso que, en los campos mismos, haya un sobrante de población oculto, cuya
extensión no se echa de ver sino en el momento en que la emigración de los
campos a las ciudades tiene lugar en grande escala. Por consiguiente, el obrero
agrícola se halla reducido al mínimum de salario y tiene ya un pie en el fango
del pauperismo.
Por otra parte, a
pesar de este sobrante relativo de población, los campos quedan al mismo tiempo
insuficientemente poblados. Esto se deja sentir no solo de una manera local en
los puntos donde se opera un rápido tránsito de hombres hacia las ciudades, minas,
ferrocarriles, etc., sino generalmente en la primavera, en verano y en otoño,
épocas en que la agricultura tiene necesidad de un suplemento de brazos. Aunque
hay demasiados obreros para las necesidades ordinarias, hay escasez de ellos
para las necesidades excepcionales y temporales de la agricultura.
La tercera
categoría del sobrante relativo de población, la permanente, pertenece al
ejército industrial activo, pero, al mismo tiempo, la extremada irregularidad
de susp. 235 ocupaciones hace de él un depósito inagotable de fuerzas
disponibles. Acostumbrado a la miseria crónica, a condiciones de existencia
completamente inseguras y vergonzosamente inferiores al nivel ordinario de la
clase obrera, se convierte en extensa base de ramos especiales de explotación
en los cuales el tiempo de trabajo llega a su máximum y el tipo del salario a
su mínimum. El llamado trabajo a domicilio nos ofrece un ejemplo espantoso de
esta categoría. Esta capa social, que se recluta sin cesar entre los
supernumerarios de la grande industria y de la agricultura, se reproduce en escala
creciente. Si las defunciones son en ella numerosas, el número de los
nacimientos es, en cambio, muy elevado. Semejante fenómeno trae a la memoria la
reproducción extraordinaria de ciertas especies animales débiles y
constantemente perseguidas. «La pobreza —dice Adam Smith— parece favorable a la
generación».
Finalmente, el
último residuo del sobrante relativo de población habita el infierno del
pauperismo. Sin contar los vagabundos, los criminales, las prostitutas, los
mendigos, y todo ese mundo que llaman «clases peligrosas», esta capa social se
compone de tres categorías.
La primera
comprende los obreros aptos para trabajar; su masa, que engrosa a cada crisis,
disminuye cuando los negocios recobran su actividad. La segunda comprende los
niños de los pobres socorridos y los huérfanos. Estos son otros tantos
candidatos de la reserva industrial, los cuales, en las épocas de mayor
prosperidad, entran en masa en el servicio activo. La tercera categoría
comprende los más miserables; en primer lugar los obreros y obreras a quienes
el desarrollo social ha, por decirlo así, desmonetizado, al suprimir la obra de
detalle que, por la división del trabajo, era su único recurso; despuésp. 236 los que, por
desgracia, han pasado de la edad productiva del asalariado, y por último, las
víctimas directas de la industria, enfermos, mutilados, viudas, etc., cuyo
número se eleva con el de las máquinas peligrosas, las minas, las manufacturas
químicas, etc.
El pauperismo es la
consecuencia fatal del sistema capitalista.
El pauperismo es el
cuartel de inválidos del ejército del trabajo. Su producción está comprendida
en la del sobrante relativo de población, su necesidad en la necesidad de este,
y forma con él una condición de existencia de la riqueza capitalista.
Las mismas causas
que desarrollan con la potencia productiva del trabajo la acumulación del
capital, creando la facilidad de disponer de la fuerza obrera, hacen que
aumente la reserva industrial con los resortes materiales de la riqueza. Pero
cuanto más aumenta la reserva, comparativamente al ejército del trabajo, más
aumenta también el pauperismo oficial. He ahí la ley general, absoluta, de la
acumulación capitalista. La acción de esta ley, como la de cualquiera otra,
está naturalmente sujeta a las modificaciones de circunstancias particulares.
El análisis de la
supervalía relativa (sección cuarta) nos ha conducido
al siguiente resultado: que en el sistema capitalista, en que los medios de
producción no están al servicio del trabajador, sino el trabajador al servicio
de los medios de producción, todos los métodos para multiplicar los recursos y
la potencia del trabajo colectivo se practican a expensas del trabajador
individual; todos los medios de desarrollar la producción se transforman en
medios de dominar y explotar al productor; hacen de élp. 237 un hombre
truncado, parcelario, o el accesorio de una máquina; le oponen, como otros
tantos poderes enemigos, las potencias científicas de la producción; sustituyen
el trabajo atractivo por el trabajo forzado; hacen cada vez más penosas las
condiciones en que se efectúa el trabajo, y someten al obrero durante su
servicio a un despotismo tan mezquino como ilimitado; transforman su vida
entera en tiempo de trabajo y encierran a su mujer y a sus hijos en los
presidios capitalistas.
Pero todos los
métodos que ayudan a la producción de la supervalía, favorecen igualmente la
acumulación, y toda extensión de esta necesita a su vez de aquellos. De lo cual
resulta que, cualquiera que sea el tipo de los salarios, alto o bajo, la
condición del trabajador debe empeorar a medida que el capital se acumula; de
tal suerte, que acumulación de riqueza por un lado, significa acumulación igual
de pobreza, de sufrimiento, de ignorancia, de embrutecimiento, de degradación
física y moral, de esclavitud por otro, o sea del lado de la clase que produce
el capital mismo.
p. 238
SECCIÓN
OCTAVA
La
acumulación primitiva.
CAPÍTULO XXVI
EL SECRETO DE LA
ACUMULACIÓN PRIMITIVA
I. Separación
del productor y de los medios de producción. — Explicación del movimiento
histórico que ha reemplazado el régimen feudal con el régimen capitalista. —
II. Después de haber estado sometido a la explotación por la fuerza
bruta, el trabajador acaba por someterse a ella voluntariamente. —
III. Establecimiento del mercado interior para el capital
industrial.
I. Separación
del productor y de los medios de producción.
Ya hemos visto cómo
el dinero se convierte en capital, el capital en origen de supervalía, y la
supervalía en origen de un nuevo capital. Pero la acumulación capitalista
supone la presencia de la supervalía, y esta el modo de producción capitalista,
el cual, a su vez, depende de la acumulación ya operada, en mano de productores
mercantiles, de capitales bastante considerables. Todo este movimiento, por
consecuencia, parece que gira en un círculo vicioso del que no podría salirse
sin admitir una acumulación primitiva, que sirva de punto de partida a la
producción capitalista, en vez de proceder de ella. ¿Cuál es el origen de esta
acumulación primitiva?
Según la historia
real y verdadera, la conquista, la servidumbre,pág. 239 el robo a
mano armada, el reinado de la fuerza bruta son los que han triunfado siempre.
En los manuales de Economía política, es, por el contrario, el idilio el que
siempre ha florecido; jamás ha habido otros medios de enriquecerse sino el
trabajo y el derecho. En realidad, los métodos de la acumulación primitiva son
todo lo que se quiera, excepto materia de idilio. El escamoteo de los bienes de
las iglesias y hospitales, la enajenación fraudulenta de los dominios del
Estado, el robo de las tierras comunales, la transformación terrorista de la
propiedad feudal en propiedad moderna privada, tales son los orígenes idílicos
de la acumulación primitiva.
Si, en la relación
entre capitalista y asalariado, el primero desempeña el papel de dueño y el
segundo el de servidor, es merced a un contrato por el cual no solo se pone el
asalariado al servicio, y por lo tanto bajo la dependencia del capitalista,
sino que hasta ha renunciado a todo derecho de propiedad sobre su propio
producto.
¿Por qué hace el
asalariado semejante convenio? Porque no posee más que su fuerza personal, el
trabajo en estado de potencia, mientras que todas las condiciones exteriores
requeridas para dar cuerpo a esta potencia, la materia y los instrumentos
necesarios para el ejercicio útil del trabajo, la facultad de disponer de las
subsistencias indispensables para la vida, se encuentran en el lado opuesto.
La base del sistema
capitalista es la separación radical del productor y los medios de producción.
Para que este sistema se establezca, es necesario, pues, que, en parte al
menos, los medios de producción hayan sido arrancados ya a los productores que
los empleaban en realizar su propia potencia de trabajo, y que estos medios,
hayanpág. 240 sido ya detentados por productores mercantiles, quienes los
emplean en especular con el trabajo ajeno. El movimiento histórico que da por
resultado el divorcio entre el trabajo y sus condiciones, los medios de
producción, tal es el significado de la acumulación primitiva.
Explicación del
movimiento histórico que ha reemplazado el régimen feudal con el régimen
capitalista.
El orden económico
capitalista ha salido del seno del orden económico feudal. La disolución del
uno ha disgregado los elementos constitutivos del otro.
Para que el
trabajador, el productor inmediato, pudiese disponer de su propia persona,
necesitaba ante todo no estar sujeto a una tierra o a otra persona; tampoco
podía llegar a ser vendedor libre de trabajo, llevando su mercancía, la fuerza
de trabajo, donde quiera que esta encontrase un mercado, sin haberse sustraído
al régimen de los gremios con sus patronatos, sus jurados, sus leyes de
aprendizaje, etc. El movimiento histórico que transforma a los productores en
asalariados, se presenta, pues, como su emancipación de la servidumbre y del
régimen de los gremios. Por otra parte, si estos emancipados se venden a sí
propios es porque se ven obligados a ello para vivir, porque han sido
despojados de todos los medios de producción y de todas las garantías de
existencia ofrecidas por el antiguo orden de cosas. La historia de su
expropiación no tiene réplica, pues se halla escrita en la historia de la
humanidad con letras indelebles de sangre y fuego.
Tocante a los
capitalistas empresarios, estos nuevos potentados no solo tenían que destituir
a los maestros depág. 241 oficios, sino también a los detentadores feudales de las fuentes
de la riqueza. Su advenimiento se presenta, desde este punto de vista, como el
resultado de una lucha victoriosa contra el poder señorial con sus irritantes
privilegios, y contra el régimen de los gremios por las trabas que oponía al
libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el
hombre. El progreso ha consistido en variar la forma de la explotación: la
explotación feudal se ha convertido en explotación capitalista.
II. Después
de haber sido sometido a la explotación por la fuerza bruta, el trabajador
acaba por someterse a ella voluntariamente.
No basta que, por
una parte, se presenten las condiciones materiales del trabajo en forma de
capital, y, por otra, hombres que nada tienen que vender si no es su fuerza de
trabajo. No basta tampoco que se les obligue por la fuerza a venderse
voluntariamente.
La burguesía
naciente —y este es un momento esencial de la acumulación primitiva— no podía
prescindir de la intervención constante del Estado para prolongar la jornada de
trabajo (capítulo X), para
«reglamentar» el salario, es decir, para conservar al trabajador en el grado de
dependencia requerido, abrumándole bajo el yugo del salariado mediante leyes de
un terrorismo grotesco, leyes que iban dirigidas en el occidente de Europa, a
fines del siglo XV y
durante el XVI, contra el
proletariado sin casa ni hogar, contra los padres de la clase obrera de hoy,
castigados por haber sido reducidos al estado de vagabundos y de pobres, la
mayor parte de las veces de resultas de expropiación violenta.
pág. 242No olvidemos que la
burguesía, desde el principio de la Revolución francesa, se atrevió a despojar
a la clase obrera del derecho de asociación que esta acababa apenas de
conquistar. Por una ley de 14 de junio de 1791, se consignó que todo acuerdo
tomado por los trabajadores para la defensa de sus intereses comunes fuese
declarado «atentatorio a la libertad y a la Declaración de los derechos del
hombre», y castigado con multa y privación de los derechos de ciudadano.
Con el progreso de
la producción capitalista, se forma una clase cada vez más numerosa de
trabajadores que, gracias a la educación, a las costumbres transmitidas, se
conforman con las exigencias del actual régimen económico de un modo tan
instintivo como se conforma con las variaciones atmosféricas. En cuanto este
modo de producción adquiere cierto desarrollo, su mecanismo destruye toda
resistencia; la presencia constante de un sobrante relativo de población
mantiene la ley de la oferta y de la demanda de trabajo, y por consecuencia el
salario, dentro de los límites adecuados a las necesidades del capital; la
presión sorda de las relaciones económicas remata el despotismo del capital
sobre el trabajador. A veces se recurre todavía a la violencia, al empleo de la
fuerza bruta, pero solo como excepción. En el curso ordinario de las cosas, el
trabajador puede quedar abandonado a la acción de las «leyes naturales» de la
sociedad, es decir, a la dependencia del capital, engendrada, defendida y
perpetuada por el propio mecanismo de la producción.
pág. 243III. Establecimiento
del mercado interior para el capital industrial.
La continua
expropiación de los labradores, fomentada por las leyes salvajes contra los
vagabundos, introdujo violentamente en la industria de las ciudades masas
enormes de proletarios, y contribuyó a destruir la antigua industria doméstica.
Es necesario que nos detengamos un instante a examinar este elemento de la
acumulación primitiva.
Antiguamente, la
misma familia campesina elaboraba en primer lugar, y luego consumía
directamente, a lo menos en gran parte, los víveres y las materias primeras,
producto de su trabajo. De simples valores de uso que eran, al convertirse en
mercancías, estas materias primeras se vendían a las manufacturas, y los
objetos que, gracias a ella, eran elaborados en el campo, se transformaban en
artículos de manufactura, a los que el campo servía de mercado. Desde entonces
desapareció la industria doméstica de los labriegos. Esta desaparición es la
única que puede dar al mercado interior de un país la extensión y la
constitución que exigen las necesidades de la producción capitalista.
No obstante, el
periodo manufacturero propiamente dicho no consigue hacer radical esta
revolución. Si, en efecto, destruye, en ciertos ramos y en determinados puntos,
la industria doméstica, también le da vida en otros. Ese periodo contribuye a
la formación de una clase de labradores en pequeño, para quienes el cultivo de
la tierra es una operación secundaria, y el trabajo industrial, cuyo producto
venden a las manufacturas directamente o por mediación del comerciante, la
ocupaciónp. 244 principal. La grande industria es la que separa definitivamente la
agricultura de la industria doméstica de los campos, arrancando sus raíces, que
son el hilado y el tejido a mano.
De esta separación
fatal datan el desarrollo necesario de los poderes colectivos del trabajo y la
transformación de la producción dividida, rutinaria, en producción combinada,
científica. La industria mecánica, acabando esta separación, es la primera que
entrega al capital todo el mercado interior de un país.
p. 245
CAPÍTULO XXVII
ORIGEN DEL
CAPITALISTA INDUSTRIAL
La acumulación
primitiva se ha efectuado por la fuerza. — Régimen colonial, deudas públicas,
sistema proteccionista.
La acumulación
primitiva se ha efectuado por la fuerza.
No es dudoso que
muchos jefes de gremios, artesanos independientes, y aun obreros asalariados,
se hayan hecho desde luego capitalistas en pequeño y que, poco a poco, merced a
una explotación siempre creciente de trabajo asalariado seguida de una acumulación
correspondiente, hayan por fin salido de su concha transformados en
capitalistas de la cabeza hasta los pies.
Sin embargo, esta
transformación lenta del capital no respondía en manera alguna a las
necesidades comerciales del nuevo mercado universal, creado por los grandes
descubrimientos del siglo XV.
Pero la Edad Media
había legado dos especies de capital que prosperan bajo los más diversos
regímenes de economía social, y que, antes de la época moderna, ocupan por sí
solos la categoría de capital. Tales son el capital usurario y
el capital comercial. Ahora bien, la constitución feudal de los
campos y la organización corporativa de las ciudades, barreras que impedían al
capital-dinero, formado por el doble camino de la usura y del comercio,
transformarse en capital industrial, concluyeron por desaparecer.
El descubrimiento
de las minas de oro y plata de América, la sepultura en ellas de sus habitantes
reducidos a la esclavitud o al exterminio, los amagos de conquistap. 246 y de saqueo
en las Indias orientales, la transformación de África en territorio de caza
para la captura de negros, tales fueron los procedimientos suaves de
acumulación primitiva con que se señaló en su aurora la era capitalista.
Inmediatamente después estalla la guerra mercantil, que llega a tener el mundo
entero por teatro. Empezando por la rebelión de Holanda contra España, adquiere
proporciones gigantescas en la cruzada de Inglaterra contra la Revolución
francesa, y se prolonga hasta nuestros días en expediciones de piratas como las
famosas guerras de opio contra China.
Algunos de los
diferentes métodos de acumulación primitiva, como régimen colonial, deudas
públicas, hacienda moderna, sistema proteccionista, etc., descansan en el
empleo de la fuerza; pero todos, sin excepción, explotan el poder del Estado,
la fuerza concentrada y organizada de la sociedad, a fin de precipitar
violentamente el paso del orden económico feudal al orden económico
capitalista, y abreviar los periodos de transición. En efecto, la fuerza es la
partera de toda sociedad en vías de alumbramiento; la fuerza es un agente
económico.
Régimen colonial,
deudas públicas, sistema proteccionista.
El régimen colonial
dio un gran impulso a la navegación y al comercio, y produjo las sociedades
mercantiles, a las que los gobiernos concedieron monopolios y privilegios,
medios poderosos para efectuar la concentración de los capitales. Dicho régimen
proporcionaba mercados a las nacientes manufacturas, cuya facilidad de
acumulación se duplicó merced al monopolio del mercado en las colonias. Los
tesoros directamente usurpados, fuera de Europa, por el trabajo forzoso de los
indígenas reducidosp. 247 a la esclavitud por el robo y el asesinato, volvían a la madre
patria para funcionar allí como capitales. En nuestros días, la superioridad
industrial indica la superioridad comercial; pero, en la época manufacturera
propiamente dicha, la superioridad comercial es la que da la superioridad
industrial. De aquí proviene el importante papel que desempeñó en aquella época
el régimen colonial.
El sistema de las
deudas públicas, cuya aplicación iniciaron en la Edad Media Venecia y Génova,
invadió definitivamente a Europa durante la época manufacturera. La deuda
pública, o, en otros términos, la enajenación del Estado, ya sea este
despótico, constitucional o republicano, es la que da carácter a la era
capitalista. La única parte de la llamada riqueza nacional que entra
efectivamente en la posesión colectiva de los pueblos modernos, es su deuda
pública.
La deuda pública
obra como uno de los agentes más enérgicos de la acumulación primitiva. Con
facilidad mágica dota al dinero improductivo de la virtud procreadora,
transformándolo así en capital, y sin que por esto se halle expuesto a sufrir
los riesgos inseparables de su empleo industrial y aun de la usura privada.
A decir verdad, los
que prestan al Estado no dan nada, pues su capital, transformado en efectos
públicos de fácil circulación, continúa funcionando entre sus manos como si
fuese numerario. Mas, dejando a un lado la clase de rentistas ociosos así
creada y la fortuna improvisada de los hacendistas intermediarios entre el
gobierno y la nación, la deuda pública ha dado impulso a las sociedades por
acciones, al comercio de toda clase de papeles negociables, a las operaciones
dudosas, al agiotaje, en suma, a los juegos de Bolsa y a la soberanía moderna
de la banca.
p. 248Desde su creación,
los grandes bancos engalanados de títulos nacionales, no son más que
asociaciones de especuladores privados que se establecen al lado de los
gobiernos y que, merced a los privilegios que estos les conceden, llegan a
prestarle aun el dinero del público.
Como la deuda
pública está basada sobre la renta pública, la cual tiene que satisfacer los
intereses anuales de aquella, el sistema moderno de las contribuciones era la
consecuencia obligada de los empréstitos nacionales. Los empréstitos, que
permiten a los gobiernos atender a los gastos extraordinarios sin que los
contribuyentes se resientan de ellos inmediatamente, producen al cabo una
elevación en las contribuciones; por otra parte, el recargo de impuestos,
causado por la acumulación de las deudas sucesivamente contraídas, obliga a los
gobiernos, en caso de nuevos gastos extraordinarios, a recurrir a nuevos
empréstitos. El sistema fiscal moderno, que descansa ante todo sobre la
contribución de los artículos de primera necesidad, y produce, por consecuencia,
la elevación de su precio, se ve arrastrado por su propio mecanismo a hacerse
cada vez más pesado e insoportable. El recargo excesivo de las cuotas es el
principio, no un incidente de dicho sistema, el cual ejerce una acción
expropiadora sobre el labrador, el artesano y demás elementos de la clase
media.
La gran parte que
toca a la deuda pública y al sistema fiscal correspondiente en la
capitalización de la riqueza y en la expropiación de las masas, ha llevado a
multitud de escritores a ver en este hecho la causa primordial de la miseria de
los pueblos modernos.
El sistema
proteccionista, con ayuda de los derechos protectores, de las primas de
exportación, de los monopolios de venta en el interior, etc., fue un medio
artificialp. 249 de crear fabricantes, de expropiar trabajadores independientes, de
transformar en capital los instrumentos y condiciones materiales del trabajo,
de abreviar a viva fuerza el paso del antiguo sistema de producción al sistema
moderno. El procedimiento de fabricación de fabricantes se simplificó aún en
ciertos países donde Colbert había formado escuela: la fuente misteriosa de
donde el capital primitivo llegaba directamente a los especuladores, en forma
de adelanto y aun de donativo, fue a menudo el tesoro público.
Régimen colonial,
deudas públicas, dilapidaciones fiscales, protección industrial, guerras
comerciales, etc., adquirieron un desarrollo gigantesco durante la primera
juventud de la grande industria.
En resumen, así es
como el trabajador se ha divorciado de las condiciones del trabajo, y como
estas se han transformado en capital y la masa del pueblo en asalariados. El
capital viene al mundo sudando sangre y cieno por todos sus poros.
p. 250
CAPÍTULO XXVIII
TENDENCIA HISTÓRICA
DE LA ACUMULACIÓN CAPITALISTA
Supresión, por la
propiedad capitalista, de la propiedad privada basada en el trabajo personal. —
La transformación de la propiedad capitalista en propiedad social.
Supresión, por la
propiedad capitalista, de la propiedad privada basada en el trabajo personal.
Por lo ya expuesto,
se advierte que lo que hay en el fondo de la acumulación primitiva, y en el de
su formación histórica, es la expropiación del productor inmediato, la
desaparición de la propiedad fundada en el trabajo personal de su poseedor.
La propiedad
privada, como oposición a la propiedad colectiva, solo existe allí donde los
instrumentos y demás condiciones exteriores del trabajo pertenecen a
particulares; pero, según que sean estos trabajadores o no trabajadores, la
propiedad privada cambia de aspecto.
La propiedad
privada del trabajador que posee los medios para poner en ejercicio su
actividad productiva, acompaña a la pequeña industria agrícola o manufacturera,
que es la escuela donde se adquieren la habilidad manual, la destreza ingeniosa
y la libre individualidad del trabajador. Es cierto que este modo de producción
se encuentra en medio de la esclavitud, de la servidumbre y otros estados de
dependencia; pero no prospera, ni despliega toda su energía, ni reviste su
forma completa y clásicap. 251 sino donde el trabajador es propietario libre de las condiciones
de trabajo que él mismo pone en ejercicio, el labrador del suelo que cultiva y
el artesano de la herramienta que maneja, como el artista lo es de su
instrumento de trabajo.
Semejante régimen
industrial de pequeños productores independientes, que trabajan por cuenta
propia, supone la división de la tierra y el fraccionamiento de los demás
medios de producción. Como excluye la concentración de estos medios, excluye
también la cooperación en gran escala, la división del trabajo en el taller y
en el campo, el maquinismo, el dominio inteligente del hombre sobre la
naturaleza, el libre desarrollo de las potencias sociales del trabajo y el
concierto y la unidad en el fin, en los medios y en los esfuerzos de la
actividad colectiva; siendo solo compatible con un estado restringido y
mezquino de la producción y de la sociedad. El perpetuar semejante régimen, si
fuera posible, equivaldría —como dice Pecqueur perfectamente— a «decretar la
medianía en todo».
Mas en cuanto llega
a cierto grado, él mismo comienza a engendrar los agentes materiales de su
disolución. A partir de este momento, las fuerzas y pasiones que comprime,
empiezan a agitarse en el seno de la sociedad. Está condenado a ser, y será, en
efecto, aniquilado. Su movimiento de eliminación, que consiste en transformar
los medios de producción individuales y dispersos en medios de producción
socialmente concentrados, y en convertir la diminuta propiedad de la mayor
parte en propiedad colosal de unos cuantos, por medio de la dolorosa y terrible
expropiación del pueblo trabajador, he ahí cuáles son los orígenes del capital,
que entrañan toda una serie de procedimientos violentos, de los que solo hemos
mencionadop. 252 los más notables al investigar los métodos de acumulación
primitiva.
La expropiación de
los productores inmediatos se lleva a cabo con un cinismo implacable,
aguijoneado por los móviles más infames, por las pasiones más sórdidas y más
aborrecibles en medio de su pequeñez. La propiedad privada, basada en el
trabajo personal, esa propiedad que adhiere, por decirlo así, al trabajador
aislado y autónomo a las condiciones exteriores del trabajo, ha sido suplantada
por la propiedad privada capitalista, fundada en la explotación del trabajo
ajeno, en el régimen del salario.
La transformación
de la propiedad capitalista en propiedad social.
Desde que este
movimiento de transformación ha descompuesto de arriba abajo la vieja sociedad;
desde que los productores se han convertido en proletarios, y sus medios de
trabajo en capital; desde que el régimen capitalista se sostiene por la sola
fuerza económica de las cosas, la socialización futura del trabajo, así como la
transformación progresiva de la tierra y de los demás medios de producción en
instrumentos socialmente explotados, comunes, en una palabra, la eliminación
futura de las propiedades privadas, va a revestir una nueva forma. No es al
trabajador independiente a quien hay que expropiar ahora, sino al capitalista,
al jefe de un ejército o de una escuadra de asalariados.
Esta expropiación
tiene lugar por la acción de las leyes de la misma producción capitalista, las
cuales tienden a la concentración de los capitales. Al mismo tiempo que la
centralización —que es la expropiación de la mayoría de los capitalistas por la
minoría— se desarrollan, cadap. 253 vez en mayor escala, la
aplicación de la ciencia a la industria, la explotación de la tierra con método
y en conjunto la transformación de la herramienta en instrumentos poderosos,
solo por el uso común, y por consecuencia la economía de los medios de
producción y las relaciones de todos los pueblos en el mercado universal; de
donde procede el carácter internacional que lleva impreso el régimen
capitalista.
A medida que
disminuye el número de los potentados del capital que usurpan y monopolizan
todos los beneficios de este periodo de evolución social, aumentan la miseria,
la opresión, la esclavitud, la degradación, la explotación, pero también
aumenta la resistencia de la clase obrera, cada vez más numerosa y mejor
disciplinada, unida y organizada por el propio mecanismo de la producción
capitalista. El monopolio del capital ha llegado a ser un obstáculo para el
sistema actual de producción, que ha crecido y prosperado con él y gracias a
él. La socialización del trabajo y la centralización de sus resortes materiales
han llegado a un punto en que no pueden ya contenerse en la envoltura
capitalista. Esta envoltura está próxima a romperse: la hora postrera de la
propiedad capitalista ha sonado ya; a su vez, los expropiadores van a ser
expropiados.
La apropiación
capitalista, conforme al modo de producción capitalista también, constituye la
primera negación de la propiedad privada resultante del trabajo independiente e
individual. Pero la producción capitalista misma engendra su propia negación
con la fatalidad que preside a las evoluciones de la naturaleza. Esa producción
tiende a restablecer, no la propiedad privada del trabajador, sino la propiedad
del mismo fundada en los progresos realizados por el periodo capitalista, en la
cooperaciónp. 254 y posesión común de todos los medios de producción, incluida la
tierra. Lo que la burguesía capitalista produce, ante todo, a medida que la
gran industria se desarrolla, son sus propios sepultureros; la eliminación de
aquella y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables.
Naturalmente, para
transformar la propiedad privada y fraccionada, objeto del trabajo individual,
en propiedad capitalista, se ha necesitado tiempo, esfuerzos y penas, que no
serán precisos para transformar en propiedad social la propiedad capitalista, la
cual descansa ya de hecho en un sistema de producción colectivo.
En el primer caso,
se trataba de la expropiación de la masa por algunos usurpadores; en el
segundo, trátase de la expropiación de unos cuantos usurpadores por la masa.
p. 255
CAPÍTULO XXIX
TEORÍA MODERNA DE
LA COLONIZACIÓN
La necesidad de las
condiciones que hemos reconocido como indispensables a la explotación
capitalista, aparece claramente en las colonias. — Confesiones de la Economía
política.
La necesidad de las
condiciones que hemos reconocido como indispensables a la explotación
capitalista, aparece claramente en las colonias.
La Economía
política burguesa no se detiene a examinar si tal o cual hecho es cierto, sino
si es beneficioso o nocivo al capital. Por tanto, trata de mantener una
confusión sumamente cómoda entre dos géneros de propiedad privada completamente
distintos: entre la propiedad privada basada en el trabajo personal y la
propiedad capitalista basada en el trabajo ajeno, y olvida intencionadamente
que esta última no crece sino sobre la tumba de la primera.
En nuestros países,
en la Europa occidental, la acumulación primitiva, es decir, la expropiación de
los trabajadores, se halla en parte terminada, bien porque el régimen
capitalista se ha apoderado de toda la producción nacional, o bien porque, allí
donde las condiciones económicas están menos adelantadas, obra, por lo menos
indirectamente, sobre las formas sociales que persisten a su lado, pero que
caen poco a poco juntamente con el modo de producción atrasado que representan.
En las colonias, o donde quiera que se encuentre un suelo virgenpág. 256 colonizado
por emigrantes libres, ocurre todo lo contrario.
El modo de
producción y de apropiación capitalista tropieza allí con la propiedad fruto
del trabajo personal, con el productor que, disponiendo de las condiciones
exteriores del trabajo, consigue enriquecerse en vez de enriquecer al
capitalista. La pugna entre estos dos modos de apropiación, que la Economía
política niega entre nosotros, se demuestra allí con los hechos, con la lucha.
Cuando se trata de
las colonias, el economista entra en el terreno de las confesiones y asegura
que, o hay que renunciar al desarrollo de las potencias colectivas del trabajo,
a la cooperación, a la división manufacturera, al empleo en gran escala de las
máquinas, etc., o buscar algún expediente para lograr que los trabajadores,
privados de los medios de trabajo, se vean obligados a venderse, por supuesto
en las condiciones de dependencia indispensables; en una palabra, que hay que
hallar un medio de fabricar asalariados.
El economista
descubre entonces que el capital no es una cosa, sino una relación social entre
las personas, relación que se establece por mediación de las cosas. Un negro es
un negro; solo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Esta
máquina, por ejemplo, no es más que una máquina de hilar algodón, y solo en
ciertas condiciones se convierte en capital. Fuera de estas condiciones, no es
más capital que el oro por sí mismo es moneda; el capital es una relación
social de producción.
Descubre además el
economista que la posesión de dinero, subsistencias, máquinas y otros medios de
producción, no hace de un hombre un capitalista, si no dispone del complemento,
que es el asalariado, es decir, de otropág. 257 hombre que se
ve obligado a venderse voluntariamente: los medios de producción y de
subsistencia no se transforman en capital mientras no se utilicen como medios
de explotar y dominar el trabajo.
El carácter
esencial de toda colonia libre es el de que cada colono puede apropiarse una
parte de la tierra que le sirve de medio de producción individual, sin que esto
impida que hagan otro tanto los colonos que lleguen después que él. Allí donde
todos los hombres son libres y donde cada cual puede adquirir un trozo de
terreno, es difícil encontrar un trabajador, y si se encuentra, es a precio muy
subido. Cuando el trabajador puede acumular para sí mismo, y puede hacerlo
mientras es propietario de sus medios de producción, la acumulación y la
apropiación capitalistas son imposibles, pues les falta la clase asalariada, de
la cual no pueden prescindir.
La perfección
suprema de la producción capitalista consiste, no solamente en que reproduce
sin cesar al asalariado como tal asalariado, sino en que crea asalariados
supernumerarios, merced a los cuales mantiene la ley de la oferta y de la
demanda del trabajo en el cauce conveniente, hace que las oscilaciones del
mercado tengan lugar dentro de los límites más favorables a la explotación, que
la sumisión tan indispensable del trabajador al capitalista esté garantizada, y
por último, perpetúa la relación de dependencia absoluta que, en Europa, el
economista farsante disfraza, engalanándola enfáticamente con el nombre de
libre contrato entre dos mercaderes igualmente independientes, o sea uno que
vende la mercancía capital y otro la mercancía trabajo. En las colonias se
desvanece el dulce error economista. Desde el momento en que un asalariado
llega a ser artesano o labrador independiente, la oferta de trabajo no es ni
regularpág. 258 ni suficiente. Esta continua transformación de asalariados en
productores libres, que trabajan por su cuenta propia y no por la del capital,
que se enriquecen en vez de enriquecer a los señores capitalistas, influye, en
efecto, de una manera funesta sobre el estado del mercado del trabajo, y por
consecuencia, sobre el tipo del salario.
Confesiones de la
Economía política.
En estas
circunstancias, el grado de explotación no solo baja de una manera ruinosa,
sino que el asalariado pierde además, juntamente con la dependencia real, todo
sentimiento de docilidad respecto del capitalista. Así, el economista Merivale
declara que «esta dependencia debe crearse en las colonias por medios
artificiales».
Por otro lado, M.
de Molinari, librecambista rabioso, dice: «En las colonias donde la esclavitud
ha sido abolida sin que el trabajo forzoso haya sido reemplazado con una
cantidad equivalente de trabajo libre, se ha operado la inversa del
hecho que se realiza diariamente entre nosotros. Se ha visto a los simples
trabajadores explotar a su vez a los empresarios industriales, y exigir de
ellos salarios que no estaban en proporción con la parte legítima que les
correspondía en el producto.»
¡Cómo! ¿Y la ley
sagrada de la oferta y la demanda? Si el empresario cercena en Europa al obrero
su parte legítima, ¿por qué este, en las colonias, favoreciéndole las
circunstancias, en vez de perjudicarle, no ha de cercenar también la parte del
empresario? Vamos, préstese un poco de ayuda gubernamental a esa pobre ley de
la oferta y la demanda, que algunos se permiten hacer funcionar libremente.
El secreto que la
economía política del antiguo mundopág. 259 ha
descubierto en el nuevo, secreto inocentemente descubierto por sus
elucubraciones sobre las colonias, es que el sistema de producción y de
acumulación capitalista, y por consiguiente la propiedad privada capitalista,
supone el aniquilamiento de la propiedad privada basada en el trabajo personal,
y que su base es la expropiación del trabajador, pues no puede disponerse de
los asalariados indispensables, sometidos y disciplinados, sino cuando estos no
pueden trabajar para sí mismos, cuando no poseen los medios de producción.
pág. 260
pág. 261
ÍNDICE
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Páginas. |
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|
Estudio sobre el
socialismo científico. |
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|
Desarrollo de la
producción capitalista. |
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Sección primera. — Mercancía y moneda. |
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CAPÍTULO |
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pág. 262Sección segunda. — Transformación del dinero en capital. |
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CAPÍTULO |
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|
Sección tercera. — Producción de la supervalía absoluta. |
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CAPÍTULO |
VII.—Producción
de valores de uso y producción de la supervalía. |
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|
Sección cuarta. — Producción de la supervalía relativa. |
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|
CAPÍTULO |
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|
Sección quinta. — Nuevas consideraciones acerca de la producción
de la supervalía. |
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|
CAPÍTULO |
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|
pág. 263Sección sexta. — El salario. |
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|
CAPÍTULO |
XIX.—Transformación
del valor o del precio de la fuerza de trabajo en salario. |
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|
Sección séptima. — Acumulación del capital. |
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|
CAPÍTULO |
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|
Sección octava. — La acumulación primitiva. |
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CAPÍTULO |
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*** END OF THE
PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CAPITAL: RESUMIDO Y ACOMPAÑADO DE UN ESTUDIO SOBRE
EL SOCIALISMO CIENTÍFICO ***

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