© Libro N° 14051. Epidemia. Cook, Robin.
Emancipación. Julio 19 de 2025
Título Original: © Robin Cook. Epidemia
Versión Original: © Epidemia. Robin Cook
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Robin Cook
Epidemia
Robin Cook
PRÓLOGO
Zaire (África)
7 de septiembre de
1976
John Nordyke, de
veintiún años, estudiante de Biología de la Universidad de Yale, despertó al
amanecer en las afueras de una aldea de Bumba (Zaire). Girando en su saco de
dormir, empapado en sudor, miró por la ventana de su tienda y escuchó los
sonidos del bosque tropical mezclados con los ruidos de la aldea que
despertaba. Una brisa ligera llevaba el olor tibio y acre de los excrementos de
vaca impregnado del aroma penetrante de los fuegos para la comida. A una gran
altura, vislumbró monos saltando a través de la exuberante vegetación que
ocultaba el cielo de su vista.
Había tenido un
sueño agitado y al despertarse estaba débil y vacilante. Se sentía
considerablemente peor que al ser atacado por los escalofríos y la fiebre la
noche anterior, una hora más o menos después de la cena. Creyó que podía ser
malaria. Aunque se había prevenido tomando fosfato de cloroquina, no había
podido evitar las nubes de mosquitos que emanaban todas las noches de los
charcos podridos escondidos en medio de la jungla pantanosa.
Con paso
tambaleante llegó al poblado y preguntó por la clínica más próxima. Un
sacerdote itinerante le informó que había un hospital en una misión belga en
Yambuku, pequeña aldea a unos pocos kilómetros de allí. Enfermo y asustado,
John levantó rápidamente el campamento, guardó la tienda y el saco de dormir en
la mochila y emprendió el camino a Yambuku.
Había obtenido
licencia de la universidad por seis meses para fotografiar animales africanos,
como el gorila de montaña, en peligro de extinción. Desde niño había soñado con
emular a los famosos exploradores del siglo XIX, los primeros en abrir el
Continente Negro.
Yambuku era
escasamente más grande que la aldea que acababa de abandonar y el hospital de
la misión no le inspiró la menor confianza. Era apenas un pobre conjunto de
edificios construidos con bloques de cernada que estaban pidiendo reparación a
gritos. Los techos eran, o bien de metal corrugado en vías de herrumbrarse o
bien de paja como las chozas nativas. No parecía haber electricidad.
Después de
presentarse ante una monja envuelta en el atuendo tradicional que sólo hablaba
francés, le ordenaron esperar con una multitud de nativos en diversos estados
de inanición o enfermedad. Observando al resto de los pacientes, John se
preguntó si no habría peligro de que le contagiaran alguna enfermedad más grave
que la que tenía. Por fin lo atendió un atareado médico belga que hablaba algo
de inglés, aunque no mucho. El examen fue rápido y, tal como suponía, el
diagnóstico fue un principio de malaria. El médico le recetó una inyección de
cloroquina y le aconsejó que volviera si no se sentía mejor al cabo de uno o
dos días.
Al terminar el
examen, lo enviaron a la habitación de tratamiento a hacer cola para que le
inyectaran. Fue entonces cuando advirtió la falta de asepsia. La enfermera no
tenía agujas desechables y se limitaba a rotar tres jeringuillas. Estaba seguro
de que su corta permanencia en la solución desinfectante en que las ponía, no
bastaba para librarlas de gérmenes. Cuando le llegó el turno, pensó protestar,
pero no hablaba muy bien el francés y también sabía que necesitaba la medicina.
Durante unos
cuantos días se alegró de haberse callado porque muy pronto empezó a sentirse
mejor. Permaneció en la zona de Yambuku donde fotografió a los aborígenes
budzas, tribu de ávidos cazadores que se demostraron ansiosos por lucir su
destreza ante el extranjero rubio. Al tercer día, John se preparaba para volver
a remontar el río Zaire siguiendo los pasos de Henry Stanley cuando su salud
empezó a empeorar rápidamente. Primero sintió un terrible dolor de cabeza
seguido en rápida sucesión por escalofríos, fiebre, náuseas y diarrea. Con la
esperanza de que se le pasara, se quedó en la tienda y tembló toda la noche
soñando con su país, con sábanas limpias y un baño al final del pasillo. Tras
vomitar varias veces en la oscuridad, recogió sus cosas con gran dificultad y
se encaminó muy despacio al hospital de la misión. Al llegar al complejo,
vomitó una sangre roja y brillante y se desplomó en el suelo de la clínica.
Una hora más tarde
despertó en una habitación donde había otros dos pacientes afectados ambos por
una malaria que se resistía a la medicación.
El médico -el mismo
que lo había examinado la vez anterior- se alarmó al advertir la gravedad del
cuadro y notó además unos curiosos síntomas adicionales: una erupción extraña
en el pecho y pequeñas hemorragias superficiales en los ojos. Si bien el diagnóstico
seguía siendo malaria, el médico estaba preocupado porque no se trataba de un
caso típico.
Como precaución
adicional, prescribió una dosis de cloranfenicol por si el chico tenía fiebre
tifoidea.
16 de septiembre de
1976
El doctor Lugasa,
director general de salud para la zona de Bumba, contempló por la ventana de su
despacho el río Zaire que brillaba bajo el sol de la mañana. Hubiese preferido
que aún se llamara el Congo con todo el misterio y la emoción que el nombre
conjuraba. Luego, haciendo un esfuerzo por volverse a concentrar en su trabajo,
miró otra vez la carta que acababa de recibir del hospital de la misión de
Yambuku refiriendo la muerte de un estadounidense, John Nordyke, y de un
agricultor que visitaba la zona desde una plantación próxima al río Ébola. El
médico de la misión sostenía que las muertes habían sido causadas por una
infección desconocida que se extendía rápidamente. Dos pacientes internados
junto al estadounidense, cuatro personas de la plantación que habían cuidado al
agricultor y diez de los pacientes del ambulatorio de la clínica, presentaban
graves cuadros de la misma enfermedad.
El doctor Lugasa
sabía que le quedaban dos caminos. Primero, podía no hacer nada, lo que era,
indudablemente, la elección más aconsejable. Sólo Dios sabía qué virulentas
enfermedades endémicas podían surgir allá en la selva. La segunda alternativa
era llenar la impresionante colección de formularios oficiales que requería
informar el incidente a Kinshasa, donde alguien como él, pero más elevado en la
escala burocrática, decidiría, probablemente, no mover ni un dedo. Desde luego,
el doctor Lugasa sabía que si optaba por llenar los formularios no tendría más
remedio que viajar a Yambuku, idea que le resultaba especialmente desagradable
en esa época del año particularmente calurosa y húmeda.
Con un mínimo de
remordimiento, tiró la caria a la papelera.
23 de septiembre de
1976
Una semana más
tarde el doctor Lugasa se apoyaba nervioso en un pie y luego en otro mientras
veía aterrizar el vetusto DC-3 en el aeropuerto de Bumba. El primero en bajar
fue el doctor Bouchard, su superior en Kinshasa, a quien había llamado por
teléfono el día anterior para comunicarle que acababa de enterarse del brote
grave de una enfermedad desconocida que se había producido en la zona del
hospital de Yambuku. La epidemia estaba afectando no sólo a los pobladores de
la región sino también al personal del centro sanitario. Se había cuidado mucho
de mencionar la carta que había recibido una semana antes.
Los dos médicos se
saludaron al pie del avión y se alejaron luego en el Toyota Corolla del doctor
Lugasa. Al preguntar al recién llegado si no había más noticias de Yambuku, el
doctor Lugasa carraspeó, disgustado aún por lo que había oído esa mañana por la
radio. Al parecer, de los diecisiete miembros del personal médico, once habían
muerto ya además de ciento catorce nativos. El hospital estaba cerrado ya que
no había nadie en condiciones de mantenerlo en funcionamiento.
El doctor Bouchard
decidió que debía declararse en cuarentena toda la zona de Bumba. Rápidamente
efectuó las llamadas necesarias a Kinshasa y ordenó al renuente doctor Lugasa
que consiguiera un medio de transporte con el que dirigirse al día siguiente a Yambuku
para evaluar la situación sobre el terreno.
24 de septiembre de
1976
Al día siguiente,
cuando ambos médicos entraron en el patio desierto del hospital de la misión de
Yambuku, los recibió una quietud sobrenatural. Una rata pasó corriendo por la
balaustrada de un porche vacío y un olor pútrido les asaltó el olfato. Se cubrieron
la nariz con un pañuelo y bajaron del Land Rover sin muchas ganas, para
acercarse cautelosamente al primer edificio. Tras echar un vistazo,
descubrieron allí dos cadáveres que empezaban a descomponerse a causa del
calor. Sólo al mirar dentro de la tercera construcción, encontraron a alguien
aún con vida, una enfermera que deliraba por la fiebre. Los médicos entraron en
la sala de operaciones y se pusieron guantes, batas y mascarillas en un intento
tardío de protegerse. Temiendo aún por su propia salud, atendieron a la
enfermera y buscaron luego más miembros del personal. Entre casi treinta
muertos, encontraron otros cuatro pacientes que apenas se aferraban a la vida.
El doctor Bouchard
se comunicó por radio con Kinshasa y solicitó ayuda urgente a la Fuerza Aérea
de Zaire para evacuar a varios pacientes de la misión y llevarlos a la capital,
pero cuando se consultó al departamento de enfermedades infecciosas del hospital
universitario cómo se debía aislar a los enfermos durante el vuelo, sólo la
enfermera sobrevivía. Bouchard señaló que las técnicas de aislamiento debían
ser las mejores ya que era evidente que se trataba de un mal sumamente
contagioso y extremadamente mortífero.
31 de octubre de
1976
El virus de Yambuku
se logró aislar en los tres laboratorios internacionales de forma casi
simultánea. Se advirtió que era estructuralmente similar al virus Marburg
descubierto en 1967 en un brote fatal entre empleados de laboratorio que
manipulaban monos verdes de Uganda. El nuevo virus, considerablemente más
virulento que el Marburg, fue denominado Ébola por el río del mismo nombre que
corre al norte de Bumba, y se le consideró el microorganismo más mortífero
conocido desde la peste bubónica.
16 de noviembre de
1976
30 de septiembre de
1976
La enfermera belga
evacuada en avión murió a las tres de la madrugada a pesar de la terapia
intensiva que recibió durante seis días. No se emitió un diagnóstico, pero
después de practicársele la autopsia, se remitieron muestras de su sangre,
hígado, bilis y cerebro al Instituto de Medicina Tropical de Amberes, Bélgica;
al Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, y al
Establecimiento de Investigación Microbiológica en Porton Down, Inglaterra. En
la zona de Yambuku -había para entonces doscientos noventa y cuatro casos de la
enfermedad con una tasa de mortalidad cercana al noventa por ciento.
Dos meses después
del brote inicial, la enfermedad de Yambuku se consideró controlada con éxito,
ya que durante varias semanas no se presentaron nuevos casos en esa zona.
3 de diciembre de
1976
Se levantó la
cuarentena en la región de Bumba y se reanudaron los servicios aéreos.
Evidentemente, el virus Ébola había regresado a su fuente original. El origen
de esa fuente quedó, sin embargo, en el más absoluto misterio. Un equipo
internacional de profesionales, entre los que se encontraba el doctor Cyrill
Dubchek del Centro para el Control de Enfermedades que había desempeñado un
papel importante en la localización del virus de la fiebre Lasa, exploró toda
la zona en busca de un foco del virus Ébola dentro de los mamíferos, las aves y
los insectos. Lamentablemente, los virólogos no obtuvieron resultado alguno. Ni
siquiera una pista.
Los Ángeles,
California
14 de enero Momento
actual
El doctor Rudolph
Richter, un hombre alto y de aspecto distinguido, oftalmólogo de Alemania
Occidental y cofundador de la Clínica Richter de Los Ángeles, se arregló las
gafas para revisar las pruebas publicitarias que estaban desplegadas sobre una
mesa redonda en la sala de reuniones de la clínica. A su derecha, examinando
las pruebas con igual atención, estaba William, su hermano y socio, graduado en
administración de empresas. El material era para la campaña del trimestre
siguiente dirigida a la captación de nuevos suscriptores del sistema de pagos
adelantados del plan de salud que ofrecía la clínica. Iba dirigido a la gente
joven que, como grupo, gozaba relativamente de buena salud. William había
señalado rápidamente que era ahí donde se obtenían buenos beneficios en el
negocio de los sistemas de salud por pagos adelantados.
A Rudolph le
gustaron las pruebas. Era la primera cosa positiva que le había ocurrido ese
día. Había empezado mal, con un pequeño choque en la autopista de San Diego que
le había abollado su flamante BMW. Luego, la operación de urgencia que le había
atrasado la consulta. Después el caso
trágico del
paciente de SIDA que le había tosido en la cara cuando trataba de examinarle
las retinas. Y para colmo lo había mordido uno de los monos que se utilizaban
en su proyecto vinculado con el herpes ocular. ¡Qué día!
Repasó un anuncio
que iba a salir en la revista dominical del Times y le pareció perfecto. Le
hizo una señal de asentimiento a William y éste indicó al hombre de la agencia
de publicidad que podía continuar. La página siguiente de la presentación era
un hermoso comercial de treinta segundos para la televisión programado en el
noticiero de la noche. En él aparecían unas despreocupadas jóvenes en bikini
jugando a voleibol en una playa de Malibú con unos chicos apuestos. Aunque
exaltaba el concepto de la conservación de la salud mediante el sistema de
pagos adelantados tal como lo ofrecía una organización como la Clínica Richter,
en contraste con el sistema convencional de pago por servicio prestado, a
Rudolph le recordó un costoso anuncio de Pepsi.
Además de Rudolph y
William, había otros médicos del personal, entre ellos el doctor Navarro, jefe
de medicina. Todos eran directores de la clínica y poseían una pequeña cantidad
de acciones.. William carraspeó y preguntó luego si alguien quería hacer alguna
pregunta. Nadie respondió. Después de retirarse la gente de la agencia de
publicidad, el grupo aprobó por unanimidad el material presentado. Luego, tras
un breve intercambio de ideas acerca de la construcción de una sucursal de la
clínica para atender el aumento de suscriptores de la zona de Newport Beach, se
levantó la sesión.
El doctor Richter
regresó a su despacho y guardó con gesto satisfecho las pruebas dentro de su
cartera. Era una habitación suntuosa, teniendo en cuenta el sueldo
relativamente bajo que obtenía como médico de la clínica. Pero ese sueldo era
apenas una remuneración secundaria comparada con los dividendos que obtenía por
sus acciones. Tanto la clínica como el doctor Richter gozaban de una excelente
situación económica.
Después de hacer
varias llamadas, el doctor Richter fue a visitar a sus pacientes
postoperatorios: dos casos de desprendimiento de retina con historias clínicas
difíciles. Ambos se recuperaban bien. De regreso a su despacho pensaba en los
pocos casos quirúrgicos que tenía pese a que era el único oftalmólogo de la
clínica. Era preocupante, pero con la cantidad de oftalmólogos que había en la
ciudad, tenía suerte de contar con lo que contaba. Agradecía a su hermano que
le hubiese convencido de fundar la clínica ocho años antes.
Se cambió la bata
blanca por una chaqueta deportiva azul, tomó su cartera y se marchó de la
clínica. Eran más de las nueve de la noche y el aparcamiento de dos pisos
estaba casi vacío. De día estaba siempre lleno y William ya mencionaba la
necesidad de ampliarlo, no sólo porque hacía falta el espacio, sino por la
depreciación. Rudolph no entendía verdaderamente esos temas, ni quería
entenderlos.
Cavilando sobre los
aspectos económicos de la clínica, no reparó en los dos hombres que estaban
aguardando en la penumbra del garaje. Ni siquiera notó su presencia cuando
empezaron a andar tras él. Los dos vestían traje oscuro. El más alto tenía un
brazo que parecía paralizado en una flexión permanente. En la mano llevaba una
gruesa cartera que sostenía en alto por la inmovilidad de la articulación del
codo.
Cerca ya de su
coche, el doctor Richter oyó los pasos que se apresuraban a sus espaldas y
experimentó una incómoda sensación en la garganta. Tragó saliva, lanzó una
mirada nerviosa hacia atrás y vio a dos hombres que aparentemente se
encaminaban hacia él. Al pasar bajo una luz, pudo apreciar que iban bien
vestidos, con camisas limpias y corbatas de seda, lo que le dio cierta
tranquilidad. De todos modos, apretó el paso. Dio la vuelta por detrás de su
coche preparando las llaves, abrió la puerta, arrojó dentro la cartera y se
sentó invadido por el grato olor a cuero del tapizado. Quiso cerrar la puerta,
pero una mano se lo impidió. Levantó la mirada y se encontró con la cara serena
e inexpresiva de los dos hombres que lo habían seguido. Una leve sonrisa cruzó
el rostro del desconocido mientras el doctor Richter lo miraba interrogante.
Intentó cerrar la
puerta otra vez, pero el individuo la sujetaba fuertemente desde fuera.
–¿Me podría decir
la hora, doctor? – preguntó el hombre cortésmente.
–Desde luego
-respondió Richter, contento de que una razón tan inocua explicase la presencia
de aquel hombre.
Miró su reloj, pero
antes de que pudiese siquiera articular palabra, se vio arrancado violentamente
del coche. Intentó resistirse, pero quedó atontado en el acto por fuerte
puñetazo en la cara. Unas manos bruscas le sacaron la billetera y oyó una tela
que se desgarraba. Uno de los hombres dijo «empresario» en un tono despectivo,
mientras el otro le indicaba: «Toma la cartera» El doctor Richter sintió que le
arrancaban el reloj de la muñeca.
Todo terminó
rápidamente. Oyó pasos que se alejaban, la puerta de un coche que se cerraba y
el chirrido de las ruedas al rozar el suelo de cemento. Durante unos instantes
permaneció inmóvil, contento de estar con vida. Encontró las gafas y al
ponérselas notó que el cristal izquierdo estaba roto. Como cirujano, su
preocupación principal eran las manos. Fue lo primero que revisó aun antes de
levantarse del suelo. Luego se puso de pie y examinó el resto de su persona.
Tenía la camisa y la corbata de seda manchadas de grasa. Le faltaba un botón de
la chaqueta y en su lugar había quedado un desgarrón en forma de herradura.
Tenía los pantalones rotos desde la cintura hasta la rodilla.
–Dios mío, qué día
-dijo en voz alta pensando que en comparación con el asalto, la abolladura del
coche no era nada.
Al cabo de un
momento de vacilación, recuperó las llaves y regresó a la clínica. Allí llamó
al encargado de seguridad y se discutió si debía darse parte a la policía de
Los Ángeles. La idea de una mala publicidad para la clínica lo hizo dudar.
Además, ¿qué iba hacer la policía? Mientras cavilaba, llamó a su mujer para
avisarle de que llegaría un poco más tarde. Luego fue a mirarse la cara en el
espejo del baño. En el pómulo derecho tenía una magulladura salpicada con
suciedad del garaje. Mientras se limpiaba cuidadosamente con un desinfectante,
trató de calcular con cuánto había contribuido al bienestar de los ladrones.
Suponía que debía de llevar unos cien dólares en la billetera, además de sus
tarjetas de crédito y su matrícula médica de California. Pero lo que más le
dolía era el reloj; había sido regalo de su mujer. «Bueno, tendría que
comprarse otro», pensó, y en ese momento llamaron a la puerta.
El encargado de
seguridad se disculpó en tono servil diciendo que hasta entonces no habían
tenido nunca un problema de esa índole y que hubiese deseado encontrarse en
aquella zona. Dijo al doctor Richter que había recorrido el aparcamiento apenas
media hora antes en su ronda acostumbrada. Richter le aseguró que no debía
culparse y que lo único que deseaba era que no volviese a ocurrir un suceso
como aquél. Luego le explicó las razones por las cuales no quería dar parte a
las fuerzas del orden.
Al día siguiente,
el doctor Richter no se sentía bien, pero atribuyó los síntomas al impacto
emocional y al hecho de haber dormido sobresaltado. A las cinco y media de la
tarde, sin embargo, se sintió tan enfermo como para considerar si cancelaba la
cita con su amante, una secretaria del departamento de archivo. Al final, sí
fue a su apartamento, pero se marchó temprano porque necesitaba descansar, sólo
para pasarse la noche dando vueltas en la cama.
Al otro día estaba
realmente enfermo. Trató de no pensar en la mordedura del mono ni el paciente
con SIDA que le había tosido encima. Sabía perfectamente que el SIDA no se
transmite por un contacto tan casual. Lo que le preocupaba era la infección no
diagnosticada. A las tres y media sintió escalofríos y un dolor de cabeza con
intensidad de migraña que le obligó a cancelar las visitas de esa tarde y a
marcharse de la clínica. A esas alturas, estaba seguro de que había pescado una
gripe. Cuando llegó a su casa, su mujer lo notó tan pálido y con los ojos tan
enrojecidos que lo mandó directamente a la cama. A las ocho, la cefalea era tan
intensa que tuvo que tomar Percodán. A las nueve sufrió violentos espasmos en
el estómago y diarrea. La mujer quería llamar al doctor Navarro, pero él la
tachó de alarmista y le aseguró que pronto se iba a poner bien. Tomó un
somnífero y se durmió. Se despertó a las cuatro de la madrugada, consiguió
arrastrarse hasta el baño y tuvo un vómito de sangre. Aterrada, la esposa llamó
una ambulancia para llevarlo a la clínica. El no protestó. No tenía fuerzas
suficientes para protestar. Sabía que estaba más enfermo que nunca en su vida.
20 de enero
Marissa Blumenthal
advirtió que se distraía aunque no supo si el estímulo provenía de su propia
mente o de algún ligero cambio en el entorno. De todos modos, se le había roto
la concentración. Al levantar los ojos del libro que tenía en el regazo, se dio
cuenta de que la luz que entraba por la ventana había cambiado del blanco
pálido invernal al negro intenso. Miró su reloj. Con razón. Eran casi las
siete. Jolines -murmuró utilizando una de las expresiones que le quedaban de la
infancia.
Se puso de pie tan
rápidamente que sintió un mareo momentáneo. Hacía demasiadas horas que estaba
recostada en dos sillas bajas de vinilo en un rincón de la biblioteca del CCE,
el Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta. Tenía una cita aquella noche
y había planeado estar en casa a las seis y media para prepararse.
Tomando el grueso
volumen Virología de Fields, se dirigió al estante de reservas estirando sus
músculos acalambrados en el trayecto.
Es cierto que había
corrido esa mañana, pero sólo tres kilómetros, no los cinco de costumbre.
–¿Necesita ayuda para subir ese monstruo al estante? – bromeó la señora
Campbell, la maternal bibliotecaria, abotonándose la rebeca que no salía nunca
de sus hombros porque siempre hacía frío en
la biblioteca.
Como en todo chiste
bueno, había una cierta base de verdad en el comentario de la señora Campbell.
El texto de Virología pesaba cinco kilos, o sea una décima parte del peso de
Marissa. Sólo medía un metro cincuenta y dos, aunque cuando la gente le preguntaba,
respondía que un metro cincuenta y siete, la estatura que alcanzaba con tacones
altos. Para volver a poner el libro en su lugar, tuvo que echarlo hacia atrás y
casi arrojarlo luego con el impulso.
–La ayuda que
necesito con este libro es meterme su contenido en el cerebro.
La señora Campbell
rió con su estilo controlado. Era una mujer simpática, cálida, como casi todos
los del CCE. A Marissa, el Centro le parecía más una institución académica que
el organismo federal en que se había convertido en 1973. Había allí un ambiente
de compromiso y dedicación. Si bien las secretarias y el personal de
mantenimiento salían a las cuatro y media, los profesionales se quedaban
siempre y a menudo trabajaban hasta altas horas de la noche. La gente allí
creía en lo que hacía.
Marissa salió de la
biblioteca que, en cuanto a espacio, resultaba desesperadamente inadecuada. La
mitad de los libros y periódicos del Centro se amontonaban descuidadamente por
todas las habitaciones. En ese sentido el CCE era sin duda una agencia de salud
regulada por el gobierno federal, obligada a luchar para obtener fondos en una
atmósfera de recortes presupuestarios. Marissa advirtió que también tenía el
aspecto de una agencia federal. El vestíbulo estaba pintado de un verde
pardusco institucional, y el suelo estaba cubierto por un linóleo gris muy
desgastado hacia el centro por el uso. Junto al ascensor estaba la inevitable
foto de un sonriente Ronald Reagan. Justo bajo la foto, alguien había clavado
irreverentemente una tarjeta que decía: «Si no le gustó el presupuesto de este
año, ¡ya verá el del año próximo!»
Marissa subió la
escalera que conducía a su despacho -sí es que podía llamársele así, ya que más
bien parecía un armario para escobas-, en el piso de arriba de la biblioteca.
No tenía ventanas. Las paredes estaban pintadas de un color ceniciento y apenas
había lugar para un escritorio metálico, un archivo, una lámpara y un sillón
giratorio. Pero tenía suerte de contar con ese despacho. En el Centro la
competencia por el espacio era intensa.
Pese a todas las
dificultades, Marissa sabía que el CCE funcionaba bien. A través de los años
había prestado un estupendo servicio médico, no sólo en Estados Unidos sino
también en otros países. Nunca olvidaría cómo habían ayudado a resolver el
misterio de la Enfermedad del Legionario años atrás. Desde que la organización
había empezado en 1942 como Oficina para el Control de la Malaria con el fin de
erradicar la enfermedad del sur americano, había resuelto cientos de casos como
aquél. En 1946 pasó a ser el Centro de Enfermedades Transmisibles con
laboratorios separados para bacterias, hongos, parásitos y virus. Al año
siguiente se incorporó un laboratorio para zoonosis, enfermedades propias de
los animales que pueden transmitirse al ser humano, tales como la peste, la
rabia y el
carbunclo. En 1970 el organismo volvió a cambiar de nombre y desde entonces era
el Centro para el Control de Enfermedades.
Mientras guardaba
unas cosas en su cartera, Marissa pensó en los éxitos obtenidos por el CCE en
el pasado, sabiendo que esa historia era uno de los principales motivos por los
que había pensado en ingresar allí. Después de terminar un curso pediátrico en
Boston, presentó su solicitud en el Servicio de Inteligencia de Epidemiología y
fue aceptada por un término de dos años, durante los cuales se desempeñó en
calidad de oficial de inteligencia de epidemiología. Era como ser una especie
de detective médico. Había terminado unas tres semanas atrás, justo antes de
Navidad, el curso introductorio que supuestamente la preparaba para el nuevo
cargo. El curso versaba sobre administración de salud pública, bioestadística y
epidemiología (el estudio y control de la salud y la enfermedad en una
determinada población).
Una sonrisa irónica
se dibujó en el rostro de Marissa en el momento en que se ponía el abrigo azul
oscuro. Había terminado el curso de introducción, sí, pero tal como le había
sucedido con frecuencia durante la carrera de medicina, se sentía absolutamente
incapacitada para solucionar una urgencia real. El salto iba a ser enorme desde
el aula al campo de trabajo, cuando se le encomendara alguna misión. Saber
relacionar en teoría los casos de una enfermedad específica de una forma
coherente que revelase causa, agentes emisores y transmisores era muy diferente
a saber controlar una epidemia real que involucrase a personas reales. De
hecho, no era cuestión de pensar «si alguna vez…», sino en «cuándo».
Tomando su cartera,
apagó la luz y volvió a recorrer el pasillo hacia los ascensores. Había hecho
el curso de epidemiología con otros cuarenta y ocho compañeros entre hombres y
mujeres, la mayoría médicos como ella, aunque también había algunos microbiólogos,
varias enfermeras e incluso un dentista. ¿Estarían pasando todos por la misma
crisis de confianza en sí mismos? En medicina la gente no suele comentar esas
cosas porque va contra la propia «imagen».
Al terminar el
curso la enviaron a la División de Patógenos Especiales del Departamento de
Virología, el puesto que más le gustaba entre los que había disponibles. Logró
el nombramiento por haber obtenido el mejor promedio de su clase. Si bien no
tenía una formación sólida en virología - precisamente por eso pasaba tanto
tiempo en la biblioteca-, pidió que la asignaran a ese departamento porque la
epidemia de SIDA había lanzado la virología a la cabeza de toda la
investigación. Anteriormente, siempre había servido de asistente de
bacteriología. Ahora, sin embargo, la «acción» estaba allí y ella no quería
perdérsela.
Frente al ascensor
saludó a un grupito de personas que esperaban. Conocía a algunos, en su mayoría
gente del Departamento de Virología cuya oficina administrativa estaba en el
mismo pasillo de su despacho. Otros le resultaron desconocidos, pero igualmente
todos la saludaron. Estaba pasando por una crisis de confianza en su actitud
profesional, pero al menos se sentía bien recibida. Tuvo que hacer cola en el
vestíbulo para firmar la salida, requisito indispensable después de las cinco
de la tarde y luego se dirigió al aparcamiento. A pesar de que era invierno, el
clima no era tan riguroso como el que había tenido que soportar en Boston
durante los cuatro años anteriores, y no se molestó en abrocharse el abrigo. El
deportivo Honda Prelude de color rojo estaba como lo había dejado esa mañana:
polvoriento, sucio y descuidado. Aún tenía la matrícula de Massachussets;
cambiarla era una de las cosas que aún no había tenido tiempo de hacer.
El trayecto hasta
la casa que tenía alquilada era corto. La zona de los alrededores del Centro
estaba dominada por la Universidad de Emory, que a comienzos de la década de
los cuarenta había donado los terrenos al CCE. Rodeaban la universidad hermosos
barrios residenciales que recorrían toda la escala, desde la clase media hasta
los ostentosamente ricos. Fue en uno de los primeros, Druid Hills, donde
encontró una casa de alquiler propiedad de un matrimonio que había sido
trasladado a Mica para trabajar en un proyecto de control de natalidad.
Giró por la calle
Peachtree (A Marissa le parecía que todo en Atlanta se llamaba peachtree). Pasó
junto a su casa, un edificio de madera de dos pisos bastante bien conservado
exceptuando el terreno. El estilo arquitectónico era indeterminado a excepción de
dos columnas jónicas en el porche. Todas
las ventanas tenían
postigos falsos; cada uno con una abertura en forma de corazón recortada en el
centro. Marissa se la había descrito a sus padres con el término «mona».
En la siguiente
calle giró a la izquierda y luego otra vez a la izquierda. El terreno sobre el
que estaba construida la casa abarcaba toda la manzana, y para que Marissa
pudiese entrar en el garaje, tenía que llegar por la parte de atrás. Frente a
la casa había un camino circular, pero no conectaba con el camino de atrás y
con el garaje. Ambos caminos habían estado conectados en otros tiempos, por lo
que parecía, pero alguien había construido una pista de tenis y eso había
terminado con la conexión.
Como tenía que
salir esa noche, no encerró el coche en el garaje, sino que giró en redondo y
lo subió por la rampa marcha atrás. Mientras corría por la escalera de atrás,
oyó los ladridos de bienvenida del cocker spaniel que le había regalado una de
sus colegas pediatras.
Ella no había
pensado nunca tener un perro, pero seis meses atrás había terminado una larga
relación romántica que ella creía que iba a conducirla al matrimonio. El
hombre, Roger Shulman, residente de neurocirugía del Hospital General de
Massachussets, la había sorprendido con la noticia de que había aceptado una
beca de la Universidad de California y de que quería irse solo. Hasta ese
momento, tenían convenido que ella le acompañaría al lugar donde él tuviese que
terminar su especialización y, de hecho, ella había solicitado cargos de
pediatría en San Francisco y en Houston. Roger nunca le había mencionado
California.
Como la más pequeña
de la familia, con tres hermanos mayores y un padre frío y dominante,
neurocirujano de profesión, Marissa nunca había tenido mucha confianza en sí
misma. Tomó tan mal la ruptura con Roger que apenas lograba forzarse a dejar la
cama cada mañana para trasladarse al hospital. En medio de su depresión, su
amiga Nancy le había regalado el perro. Al principio el gesto la irritó, pero
Taffy -el cachorrito llevaba el nombre en un lazo muy grande alrededor del
cuello-pronto le ganó el corazón y, tal como Nancy había pensado, la ayudó a
pensar en otra cosa que no fuese su dolor. Ahora Marissa estaba loca con el
perro, contenta de tener «vida» en su casa, un objeto capaz de recibir y de
devolver afecto. Al llegar al CCE, su única preocupación había sido lo que iba
a hacer con Taffy cuando la enviasen a realizar trabajos de campo. El asunto la
preocupó bastante hasta que los Judson, vecinos de la derecha, se enamoraron
del perro y no sólo se ofrecieron, sino que exigieron quedarse con Taffy cuando
ella tuviese que salir de la ciudad. Fue como un regalo de Dios.
Al abrir la puerta,
tuvo que protegerse de los emocionados saltos de Taffy hasta que pudo
desconectar la alarma. Cuando los dueños le habían explicado el sistema, ella
no había prestado mucha atención. Pero ahora se alegraba de tenerlo. Aunque los
suburbios eran mucho más seguros que la ciudad, por la noche se sentía mucho
más aislada que en Boston. Hasta apreciaba el «botón de pánico» que llevaba en
el bolsillo del abrigo y que podía utilizar para activar la alarma desde la
calle si veía luces inesperadas o movimiento dentro de la casa.
Mientras revisaba
la correspondencia, dejó que Taffy gastara parte de su energía contenida dando
vueltas en amplios círculos en torno al abeto que había en el jardín delantero.
Los Judson sacaban al perro sin falta a mediodía; aun así, desde ese momento hasta
que ella regresaba al anochecer, era demasiado tiempo para que un cachorrito de
ocho meses estuviese encerrado en la cocina.
Desafortunadamente,
no tuvo más remedio que acortar su exuberante ejercicio. Eran más de las siete
y la esperaban para cenar a las ocho. Ralph Hempston, un prestigioso
oftalmólogo, la había invitado varias veces a salir y aunque ella aún no había
superado lo de Roger, lo pasaba bien con Ralph, feliz de que la llevara a
cenar, al teatro y a conciertos sin presionarla para que fuera con él a la
cama. De hecho, esa noche era la primera vez que la invitaba a su casa y él
había dejado bien claro que iba a haber un grupo grande, no sólo ellos dos.
Parecía contentarse
con que la relación creciese a su ritmo y Marissa lo agradecía, aun cuando
sospechaba que la verdadera razón podía ser los veintidós años de diferencia
entre sus edades. Ella tenía treinta y un años, él cincuenta y tres.
Curiosamente, el
otro hombre con el que salía en Atlanta era cuatro años menor que ella. Tad
Schockley, un doctor en microbiología, que trabajaba en el mismo departamento
al que la habían asignado a ella recientemente, había quedado prendado de ella
en el momento en que la espió en la
cafetería durante
su primera semana en el Centro. Era todo lo contrario de Ralph Hempston:
dolorosamente
tímido, aun cuando sólo la había invitado al cine.
Se dio una ducha
rápida, se secó y se maquilló. Corriendo contra el tiempo, repasó el armario
descartando rápidamente varias combinaciones. No era una fanática de la moda,
pero le gustaba vestir bien. Por último, se decidió por una falda de seda y un
jersey que había comprado en Navidad. Como era largo y le llegaba a la mitad
del muslo, le parecía que con él se veía más alta. Se calzó un par de zapatos
de tacón alto y se miró en el espejo de cuerpo entero.
Salvo por la
estatura, Marissa estaba relativamente conforme con su físico. Tenía facciones
pequeñas, pero delicadas, y su padre había empleado el término «exquisita» para
definirla cuándo ella le había preguntado un día, años atrás, si la consideraba
hermosa. Los ojos eran de un castaño oscuro con gruesas pestañas. El pelo
también castaño, ondulado, lo llevaba con el mismo peinado desde los dieciséis
años: largo hasta los hombros, recogido a un lado con una pinza.
A pesar de que el
trayecto hasta la casa de Ralph duraba sólo cinco minutos, el barrio cambiaba
significativamente para mejor. Las casas eran más grandes y se asentaban tras
amplios y bien cuidados campos de césped. La de Ralph se erigía en un inmenso
terreno y hasta ella se llegaba por un camino circular rodeado de azaleas y
rododendros que, según su dueño, había que admirarlos en primavera.
Era una casa de
tres pisos de estilo victoriano con una torre octogonal que dominaba la esquina
derecha del frente. Un porche grande rematado por una complicada ornamentación,
empezaba en la torre, se extendía por todo el frente de la casa y continuaba por
el lado izquierdo. Descansando en el techo del porche, sobre las puertas dobles
de la entrada principal, había un balcón circular con techo cónico que
complementaba el de la torre.
La escena se veía
festiva. Todas las ventanas de la casa brillaban de luz. Marissa dio la vuelta
a la casa siguiendo las instrucciones de Ralph. Creía que llegaba un poco
tarde, pero no había más coches.
Al pasar la casa,
echó un vistazo a la escalera de incendio que bajaba del tercer piso. La había
visto una noche cuando Ralph había tenido que pasar a recoger el aparato de
radiollamada que se había dejado en casa. Él le había explicado que el dueño
anterior tenía allí arriba las habitaciones de los criados y que el
ayuntamiento le había obligado a poner la escalera de incendio. El hierro negro
contrastaba grotescamente con la madera blanca.
Aparcó frente al
garaje cuya ornamentación hacía juego con la de la casa. Llamó a la puerta de
atrás que estaba en un ala moderna que no se veía por el frente. Nadie pareció
oírla. Miró a través de la ventana y vio mucho movimiento en la cocina. No
quiso probar si la puerta estaba abierta, así que dio la vuelta y llamó al
timbre por el frente. Ralph abrió en el acto recibiéndola con un gran abrazo.
_Gracias por venir temprano -dijo ayudándola a quitarse el abrigo.
–¿Temprano? Pensé
que era tarde. – No, no, en absoluto. Los invitados van a llegar a las ocho y
media. – Colgó el abrigo en el armario del pasillo.
A Marissa le
sorprendió verlo de esmoquin. Aunque reconoció lo bien que le sentaba, se
desconcertó.
–Espero estar
vestida adecuadamente. No me habías dicho que era una cena de etiqueta.
–Estás
impresionante, como siempre. Sólo busqué un pretexto para ponerme el esmoquin.
Ven, te enseñaré la casa.
Le siguió pensando
una vez más que Ralph parecía la quintaesencia del médico: fuerte, expresión
afectuosa, canas en los lugares más convenientes. Entraron en la sala, Ralph la
precedía. La decoración era atractiva pero algo aséptica. Una empleada de uniforme
negro estaba colocando los entremeses.
–Empezaremos aquí.
La bebida se va a servir en el bar de la sala -dijo Ralph.
Abrió unas puertas
correderas y entraron en la sala. Había un bar a la izquierda. Un joven con
chaleco rojo estaba sacando brillo a los vasos. Más allá de la sala, pasando a
través de una arcada, había un comedor formal.
Marissa notó que la
mesa estaba puesta para doce personas.
Siguió a Ralph a
través del comedor dentro del ala nueva que tenía una sala de estar y una
cocina moderna muy grande. El servicio de banquete estaba a cargo de una
empresa especializada, y tres o cuatro personas se.encargaban de los
preparativos.
Después de
asegurarse de que todo marchaba bien, Ralph condujo a Marissa otra vez a la
sala y le explicó que le había pedido que llegase temprano para que hiciese de
anfitriona. Un poco sorprendida -después de todo, sólo había salido con él
cinco o seis veces-, aceptó.
Sonó el timbre de
la puerta. Habían llegado los primeros invitados.
Lamentablemente,
Marissa nunca había tenido buena memoria para los nombres, pero recordó al
doctor Hayward y a su esposa, porque él tenía un pelo plateado que llamaba la
atención. También estaban el doctor Jackson y su esposa, que llevaba un
brillante del tamaño de una pelota de golf. Los únicos otros nombres que
Marissa recordó después, fueron los del matrimonio Sandberg,-ambos psiquiatras.
Intentando mantener
una conversación trivial, Marissa se asombraba de las pieles y las joyas.
Ésos no eran
médicos de pueblo.
Cuando casi todos
estaban en la sala con una copa en la mano, volvió a sonar el timbre. Ralph no
estaba por ahí, así que Marissa fue a abrir. Para su gran sorpresa, reconoció
al doctor Cyrill Dubchek, su jefe en la División de Patógenos Especiales del Departamento
de Virología.
–¿Qué tal, doctora
Blumenthal? – preguntó Dubchek con naturalidad, como si hubiese esperado su
presencia.
Marissa estaba
visiblemente confusa. No había esperado a nadie del CCE. Dubchek le entregó el
abrigo a la empleada mostrando un traje italiano azul oscuro. Era un hombre
atractivo, de ojos muy negros e inteligentes y piel aceitunada. Sus facciones
eran afiladas y aristocráticas. Pasándose una mano por el pelo para apartarlo
de su frente, sonrió.
–Volvemos a
encontramos. Marissa devolvió la sonrisa débilmente e hizo un gesto hacia la
sala. –El bar está allí. Dubchek asintió. – ¿Dónde está Ralph? – preguntó
echando un vistazo a la sala
llena de gente.
–Probablemente en
la cocina. Dubchek inclinó la cabeza y se alejó al sonar otra vez el timbre.
Esa vez Marissa
quedó aún más sorprendida. Ante ella estaba Tad Schockley.
–¡Marissa! –
exclamó Tad verdaderamente sorprendido. Ella se recobró y le franqueó la
entrada.
Mientras le tomaba
el abrigo, le preguntó:
–¿De qué conoces al
doctor Hempston? – Sólo de reuniones. Me sorprendió recibir su invitación por
correo. – Tad sonrió-. Pero, ¿quién soy yo para despreciar una comida gratis
con lo poco que gano?
–¿Sabías que venía
Dubchek? – preguntó Marissa, con un tono casi acusador.
Tad negó con la
cabeza. – Pero, ¿qué importancia tiene? – Miró hacia el comedor y luego hacia
la escalera central-. Bonita casa. ¡Uf!
Marissa lió a pesar
suyo. Tad, con su pelo corto y rubio y su frescura juvenil, parecía demasiado
joven para haber obtenido un doctorado. Llevaba una chaqueta de pana, una
corbata tejida y pantalones de franela tan gastados que parecían tejanos.
–¡Eh! – dijo-.
¿Cómo conoces tú al doctor Hempston?
–Es sólo un amigo
-dijo Marissa, evasiva, indicándole con un gesto que se dirigiese a la sala
para tomar una copa.
Cuando hubieron
llegado todos los invitados, Marissa pudo alejarse de la puerta. Tomó un vaso
de vino blanco en el bar y trató de mezclarse con los demás. Poco antes de que
se anunciase la cena, se encontró enfrascada en una conversación con el doctor
Sandberg, el doctor Jackson y su esposa.
–Bienvenida a
Atlanta, señorita -dijo el doctor Sandberg. –Gracias -respondió Marissa
tratando de no mirar boquiabierta el anillo de la señora Jackson. –¿Cómo fue
que vino a parar al Centro para el Control de Enfermedades? – quiso saber el
doctor
Jackson con su voz
recia.
No sólo se parecía
a Charlton Heston sino que al oírlo, uno quedaba con la impresión de que podía
representar Ben Hur.
Marissa miró
fijamente esos ojos azules mientras pensaba cómo podía contestar esa pregunta
aparentemente sincera. Por cierto que no iba a mencionar que su novio había
huido a Los Ángeles y la necesidad que tenía ella de un cambio. Ése no era el
tipo de motivación que se esperaba de los integrantes del CCE.
–Siempre me
interesó la salud pública. – Era una mentirita inocente-. Toda la vida me
fascinaron los cuentos de detectives médicos. – Sonrió. Al menos eso era
verdad-. Supongo que me habré cansado de curar secreciones nasales y de oídos.
–Se especializó en
pediatría -dijo el doctor Sandberg, pero fue una afirmación, no una pregunta.
–En el Hospital de Niños de Boston. Marissa siempre se sentía algo molesta
cuando hablaba con
psiquiatras. No
podía dejar de preguntarse si no comprenderían las motivaciones que la animaban
mejor que ella misma. Sabía que se había decidido por la medicina en parte para
poder competir con sus hermanos por el cariño del padre.
–¿No le gusta la
medicina clínica? – le preguntó el doctor Jackson-. ¿Nunca pensó en ejercer la
profesión?
–Sí, desde luego. –
¿Cómo? – continuó Jackson, sin darse cuenta de que la ponía cada vez más
nerviosa-. ¿Preferiría trabajar sola, en grupo, en una clínica?
–La cena está
servida -anunció Ralph por encima del ruido de las conversaciones.
El alivio que
sintió Marissa cuando los dos médicos se dispusieron a ir en busca de sus
mujeres fue grande.
Por un instante
había tenido la sensación de que la sometían a un interrogatorio.
Ya en el comedor
Ralph se sentó en un extremo de la mesa y a Marissa la situó en el otro. Ella
tenía a la derecha al doctor Jackson, quien felizmente se olvidó de seguir con
sus preguntas sobre la medicina clínica. A la izquierda tenía al canoso doctor
Hayward.
A medida que
transcurría la comida, se hacía cada vez más evidente que Marissa estaba
cenando con lo más selecto de la comunidad médica de Atlanta. Ésos no eran
profesionales de cualquier clase, eran los representantes más prestigiosos de
la medicina privada de la ciudad, con las únicas excepciones de Cyrill Dubchek,
Tad y ella misma.
Después de varios
vasos de vino, Marissa estaba más locuaz que de costumbre. De pronto sintió
vergüenza al advertir que todos los de la mesa la estaban escuchando relatar su
infancia en Virginia. Se propuso entonces callarse y sonreír, y felizmente la
conversación se desvió en seguida hacia la deplorable situación de la medicina
en Estados Unidos y cómo los sistemas de pagos adelantados corroían los
cimientos de la práctica privada. Al ver tantas pieles y joyas, Marissa tuvo la
sensación de que los allí presentes no sufrían demasiadas estrecheces.
–Y a ustedes, los
del Centro -preguntó el doctor Hayward mirando directamente a Cyrill-, ¿no les
han reducido el presupuesto?
Cyrill soltó una
risa cínica que le marcó profundas arrugas en las mejillas.
–Todos los años
tenemos que lidiar con la Comisión de Presupuesto de la Cámara Baja. Hemos
perdido quinientos puestos por recortes presupuestarios.
El doctor Jackson
carraspeó. – ¿Qué pasaría si se diera un brote grave de influenza como la
epidemia general de 1917-1918? Suponiendo que tuviese que actuar su
departamento, ¿cuentan con personal suficiente para semejante eventualidad?
Cyrill se encogió
de hombros. – Depende de muchos factores. Si la cepa de virus no sufre
mutaciones de sus antígenos de superficie y nosotros hacemos en seguida el
cultivo en tejido, podrían tener pronto la vacuna, aunque no sé exactamente
cuándo. ¿Tad?
–Con suerte, más o
menos en un mes. Luego el tiempo necesario para producirla en cantidades
suficientes.
–¿Se acuerdan del
fracaso de la epidemia de varicela que hubo hace unos años? – apuntó el doctor
Hayward.
–Eso no fue culpa
del CCE -se defendió Cyrill-. No había la menor duda sobre la cepa que apareció
en Fort Dix. Ahora bien: por qué no se difundió, nadie lo sabe.
Marissa sintió que
le apoyaban una mano en el hombro. Al volverse se encontró con una de las
camareras de uniforme negro.
–¿La doctora
Blumenthal? – susurró la muchacha. – Sí. – Tiene una llamada telefónica.
Marissa miró a Ralph, pero estaba conversando animadamente con la señora
Jackson. Pidió disculpas y se marchó con la joven a la cocina. Y en ese
instante tuvo miedo cuando comprendió que seguramente la llamaban del Centro.
Como esa noche le tocaba guardia, había dejado el número de Ralph y nadie más
sabía que ella estaba aquí.
–¿La doctora
Blumenthal? – preguntó la telefonista del Centro cuando Marissa alzó el
teléfono.
Le pasaron la
llamada al oficial de turno. – Enhorabuena -exclamó el oficial, de buen humor-.
Hemos recibido una solicitud de ayuda para un brote epidémico. El director de
epidemiología de California solicita nuestra colaboración por una enfermedad
aparentemente grave que ha surgido en la Clínica Richter. Para ganar tiempo, ya
le reservamos pasaje en el vuelo de la Delta que sale a la una y diez de la
madrugada. Se alojará en el Motel del Trópico. El nombre suena divino. ¡Buena
suerte!
Después de colgar,
Marissa dejó la mano sobre el teléfono unos instantes mientras recuperaba el
aliento. No se sentía preparada en absoluto. Esa pobre gente de California, tan
confiada, llamaba al CCE porque suponía que enviarían a un experto en epidemiología
y en cambio iba a ir ella, Marissa Blumenthal, con su metro cincuenta y dos de
estatura. Regresó al comedor para despedirse de los demás.
21 de enero
Cuando por fin
retiró la maleta de la cinta transportadora, y le entregaron la furgoneta
alquilada - la primera que le dieron no arrancaba- y logró localizar el Motel
del Trópico, ya empezaba a clarear.
En el momento en
que registraba sus datos en la recepción del motel no pudo dejar de pensar en
Roger. Pero no iba a llamarlo porque se lo había prometido a sí misma varias
veces durante el vuelo.
El motel era
deprimente, pero no importaba porque de todos modos no pasaría mucho tiempo
allí. Se lavó las manos y la cara, se peinó y se cambió la pinza. Al no haber
nada más que la detuviera, volvió a subir a la furgoneta y se dirigió a la
Clínica Richter. Sentía las palmas de las manos húmedas sobre el volante.
La clínica estaba
convenientemente localizada sobre una ancha autopista, transitada por muy pocos
coches a esa hora de la mañana. Marissa entró en el aparcamiento, tomó el
tiquet y encontró un lugar cerca de la puerta. Toda la construcción era
moderna, incluso el garaje, la clínica y lo que aparentemente era el sector de
admisiones, de varias plantas. Se bajó del coche, se desperezó y sacó la
cartera. Allí llevaba los apuntes de epidemiología que había tomado en el curso
introductorio - como si fueran a servirle de algo-, un bloc, lápices, un
pequeño texto sobre virología, un lápiz de labios y una cajita de chicles. Qué
ironía.
Ya en el interior,
percibió el familiar olor a desinfectante de los hospitales que logró
tranquilizarla un poco por hacerla sentirse como en su casa. Había un mostrador
de información, pero estaba vacío. A un empleado de mantenimiento que estaba
limpiando los pisos le preguntó dónde estaba el sector de ingresos, y él le
señaló una raya roja pintada en el suelo. Marissa la siguió y llegó a la sala
de urgencias. Allí había muy poco movimiento: apenas unos pacientes en la sala
de espera y dos enfermeras detrás del mostrador. Pidió hablar con el médico de
guardia y explicó quién era.
–¡Fantástico! Qué
suerte que ha llegado. El doctor Navarro estuvo esperándola toda la noche.
Permítame… Voy a llamarlo. Marissa se distrajo y se puso a juguetear con unos
sujetapapeles. Cuando levantó la mirada, notó que las dos enfermeras la
observaban. Les sonrió y ellas le devolvieron el gesto.
–¿No quiere un
café? – preguntó la más alta de las dos. – Me vendría muy bien. Además de la
ansiedad básica, estaba sintiendo los efectos de haber dormido sólo dos horas,
sobresaltada, en el vuelo desde Atlanta.
Mientras sorbía el
líquido caliente, recordó los cuentos policiales de médicos de Berion Rotieche
que publicaba The New Yorker. Ojalá a ella le tocara un caso como el que había
resuelto John Snow, el padre de la epidemiología moderna. En Londres logró contenerse
una epidemia de cólera cuando Snow logró aislar el brote por métodos deductivos
y circunscribirlo a una sola bomba de agua de la ciudad. Lo realmente
significativo de la labor de Snow fue que la realizó antes de que se difundiera
la teoría de las enfermedades producidas por gérmenes. ¿No sería fabuloso que
le tocara una situación tan inequívoca?
Se abrió la puerta
de la sala de guardia y apareció un hombre de pelo negro, muy apuesto. Parpadeó
debido a la intensa luz de la sala de urgencias, y se encaminó directamente
hacia Marissa con una sonrisita en los labios.
–Doctora
Blumenthal, no se imagina cuánto nos alegra su visita.
Se dieron la mano y
el doctor Navarro la observó un instante sorprendido por su tamaño minúsculo y
su aspecto juvenil. Por cortesía, le preguntó si había tenido buen viaje y si
tenía hambre.
–Creo que lo más
conveniente sería empezar ya con el trabajo -sugirió ella.
El doctor Navarro
estuvo de acuerdo. Cuando salían de la habitación, le aclaró que era el jefe
del departamento de medicina, dato que a Marissa no le infundió precisamente
más confianza. El doctor Navarro seguramente sabía cien veces más que ella
sobre enfermedades infecciosas.
Al llegar al salón
de reuniones el doctor le indicó que se sentara a la mesa, tomó el teléfono y
marcó un número. Mientras aguardaba a que le contestasen le explicó que el
doctor Spencer Cox, director de Epidemiología del Estado de California, estaba
ansioso por comunicarse con ella en cuanto llegase.
«Qué maravilla»,
pensó Marissa procurando sonreír. El doctor Cox recibió la llegada de Marissa
con el mismo beneplácito que Navarro. Lamentablemente había tenido que viajar a
la zona de San Francisco por un brote de hepatitis B que podría estar vinculado
con el SIDA.
–Supongo que el
doctor Navarro ya le habrá informado que el problema de la Clínica Richter sólo
ha afectado hasta ahora a siete pacientes.
–Todavía no me ha
dicho nada. – Seguramente se lo dirá en seguida, doctora. Aquí, sin embargo,
tenemos casi quinientos casos de hepatitis B, así que se imaginará por qué no
puedo regresar de inmediato.
–Por supuesto.
–Buena suene. A
propósito, doctora, ¿cuánto hace que trabaja en el Centro?
–No mucho
-reconoció Marissa. Se produjo una breve pausa. – Bueno, téngame al corriente -
expresó el doctor Cox.
Marissa le devolvió
el teléfono al doctor Navarro y éste colgó.
–Si me permite, voy
a ponerla al corriente de los acontecimientos -dijo Navarro, cambiando en el
acto por el típico tono médico monocorde mientras sacaba del bolsillo unas
fichas de cartulina-. Tenemos siete casos de una enfermedad febril desconocida,
pero obviamente grave, caracterizada por postración y compromiso
multisistémico. El primer paciente que internamos fue precisamente uno de los
cofundadores de la clínica, el propio doctor Richter. El siguiente fue una
mujer de la sección de archivo.
Navarro comenzó a
colocar las tarjetas sobre la mesa. Cada una representaba a un enfermo. Fue
poniéndolas en el orden en que se habían presentado los casos.
Marissa abrió
discretamente la cartera sin dejar que su interlocutor viera el contenido, sacó
el cuaderno de notas y un lápiz. Hizo esfuerzos por recordar -los cursos que
acababa de terminar. Allí le habían enseñado que era imprescindible analizar la
información dividiéndola en categorías comprensibles. Primero la enfermedad:
¿Era realmente nueva? ¿Realmente existía un problema? Era necesario describir
la enfermedad aunque no pudiera hacerse un diagnóstico específico. El paso
siguiente era determinar los datos particulares de las víctimas, tales como
edad, sexo, hábitos alimentarios, etc. Luego había que precisar hora, lugar y
circunstancias en que cada paciente había mostrado los primeros síntomas a fin
de determinar los denominadores comunes. Después habría que
pensar en la
transmisión del mal, lo que podía conducir al agente infeccioso. Por último,
habría que erradicar el huésped o reservorio. Aunque parecía todo muy sencillo,
Marissa sabía lo difícil que le resultaría, incluso a un médico de tanta
experiencia como Dubchek.
Se secó las manos
húmedas en la falda y volvió a tomar el lápiz. –Bueno -dijo-. Ya que no hay un
diagnóstico concreto, ¿qué posibilidades se barajaron? –Todas -respondió
Navarro. – ¿Influenza? – sugirió, esperando que no se la considerara
demasiado
simplista.
–No es probable.
Los pacientes tienen síntomas respiratorios, pero no son predominantes. Además,
los exámenes serológicos dan negativo para el virus de la influenza en los
siete casos. No sabemos qué es lo que tienen, pero descartamos la influenza.
–¿Alguna idea? –
Todos los estudios que hemos hecho dan negativo: cultivos de sangre, de orina,
de esputo, de materia fecal, incluso de líquido cefalorraquídeo. Pensamos que
podía ser paludismo y hasta iniciamos el tratamiento correspondiente pese a que
no se hallaron los parásitos en la sangre.
Intentamos también
con tetraciclina o cloranfenicol por si fuese tifus, a pesar de los cultivos
negativos. Pero, al igual que con los antipalúdicos, no hubo el menor efecto.
Los pacientes empeoran pese a todos nuestros esfuerzos.
–Deben de tener
algún diagnóstico diferencial. – Por supuesto. Realizamos varias consultas
vinculadas con enfermedades contagiosas. La opinión generalizada es que estamos
ante un problema viral. – Navarro pasó varias fichas hasta encontrar la que
buscaba-. Ah, aquí están los distintos diagnósticos: leptospirosis, fiebre
amarilla, dengue, mononucleosis o, para cubrir todas las posibilidades, alguna
otra infección enteroviral, arboviral o adenoviral. Huelga decir que los mismos
tropiezos del diagnóstico los hemos tenido en el plano terapéutico.
–¿Cuánto hace que
internaron al doctor Richter? – Hoy es el quinto día. Creo que le convendría ir
a ver a los pacientes para hacerse una mejor idea de la enfermedad.
El doctor Navarro
se puso de pie sin esperar la respuesta. Marissa casi tuvo que trotar para
caminar a su lado. Pasaron por una puerta abatible y entraron en el hospital
propiamente dicho. Pese a los nervios que la consumían, Marissa quedó
impresionada por el lujoso alfombrado y la decoración casi de hotel.
Subió al ascensor
con Navarro que la presentó a un anestesista. Marissa respondió al saludo, pero
su mente estaba en otra parle. Sabía que el hecho de ver a los pacientes en ese
momento sólo lograrla hacerla sentir indispuesta, tema que nunca se había planteado
cuando estudiaba en Atlanta. En ese momento, sin embargo, constituía un gran
problema. Pero, ¿qué podía decir?
Llegaron al puesto
de las enfermeras del cuarto piso. El doctor Navarro se tomó su tiempo para
presentarle a los del personal de noche que estaban preparándose para entrar en
el cambio de turno.
–Los siete
pacientes se encuentran en este piso -afirmó el doctor-, donde está nuestro
personal de mayor experiencia. Los dos en estado crítico se encuentran en
compartimientos separados del sector de cuidados intensivos. Los demás están en
habitaciones individuales. Aquí tiene los historiales. – Dio una palmada sobre
las fichas apiladas en un extremo del mostrador-. Supongo que querrá ver
primero la del doctor Richter -agregó, al tiempo que se la entregaba. Comenzó
observando la hoja de «signos vitales». Al quinto día de admisión se advertía
en el paciente un marcado descenso de la presión y aumento de la temperatura,
lo cual no era un buen indicio. Rápidamente miró el resto de los datos aunque
sabía que después tendría que leerlos con detenimiento. No obstante, con sólo
dar un vistazo comprobó que el trabajo realizado era excelente -incluso mejor
de lo que podría haberlo hecho ella-, y los estudios de laboratorio,
exhaustivos. Una vez más se preguntó qué hacía ella allí, erigiéndose en una
autoridad sobre la materia.
Volvió a la primera
página, a la sección titulada «Historia de la enfermedad actual», y algo saltó
a la vista en el acto. Seis semanas antes de que comenzaran los síntomas, el
doctor Richter había asistido a una convención de oftalmólogos en Nairobi (Kenya).
Siguió leyendo con
una enorme curiosidad. Una semana antes de caer enfermo, el paciente había
concurrido a un simposio sobre cirugía de párpados en San Diego. Dos días antes
del ingreso había
sido mordido por un
Cercopithecus aethiops, o lo que fuere.
–Es una clase de
mono -le explicó el doctor Navarro_. El doctor Richter siempre tiene esos
animales para sus investigaciones sobre herpes ocular.
Marissa volvió a
mirar el resultado de los análisis y notó que el recuento de glóbulos blancos
era bajo, así como también el tiempo de sedimentación y los trombocitos. Por
otros análisis se sabía también que había disfunciones del hígado y los
riñones. Hasta el electrocardiograma indicaba leves trastornos cardíacos.
La afección era
realmente grave. Marissa dejó la historia clínica sobre el mostrador. – ¿Lista?
– quiso saber Navarro. Si bien respondió que sí con la cabeza, le habría
gustado postergar la visita a los pacientes. Como no tenía delirios de
grandeza, sabía que no iba a descubrir ningún dato importante que se les
hubiera pasado a los demás y que sirviera para resolver el misterio. El hecho
de ver a los enfermos en estos momentos era puro teatro, aparte de ser algo muy
peligroso. Sin muchas ganas fue detrás del doctor Navarro.
Entraron en la
unidad de cuidados intensivos, con el conocido telón de fondo de la complicada
maquinaria electrónica. Los pacientes eran víctimas inmóviles, sujetos por una
maraña de cables y tubos plásticos. Olía a alcohol y se oía el sonido de
respiradores y monitores cardíacos. Se notaba también una febril actividad por
parte de las enfermeras.
–Hemos aislado al
doctor Richter en esta habitación contigua -dijo Navarro, deteniéndose ante una
puerta cerrada.
A la izquierda de
la puerta había una ventana, por la que Marissa vio al enfermo" dentro de
la habitación. Al igual que los demás, estaba acostado bajo un enjambre de
frascos de suero. Detrás, había un tubo de rayos catódicos con un
electrocardiograma continuo que iba dibujándose en su pantalla.
–Creo que debería
ponerse bata y mascarilla -sugirió Navarro-. Por razones obvias hemos puesto en
práctica estrictas medidas de aislamiento en todos los pacientes.
–Por supuesto
-convino Marissa tratando de no mostrarse demasiado ansiosa.
Si por ella fuera,
se habría metido en una burbuja de plástico. Se puso bata, gorro, mascarilla,
botas y hasta guantes de goma. El doctor Navarro hizo lo propio.
Sin darse cuenta de
lo que hacía, Marissa respiró ligeramente al acercarse al enfermo que, en
lenguaje vulgar, parecía a punto de «estirar la pata». Tenía un color
amarillento, los ojos hundidos, la piel lacia. Además, una magulladura en el
pómulo derecho, los labios resecos y restos de sangre seca en los dientes
delanteros.
Marissa lo observó
y no supo qué hacer, pero se sentía obligada a hacer algo porque el doctor
Navarro estudiaba cada uno de sus movimientos. Richter abrió los ojos y Marissa
advirtió en ellos unos derrames.
–No estoy nada bien
-admitió el doctor Richter. Su voz era un áspero susurro. – ¿Es cierto que
viajó a África hace un mes? Tuvo que agacharse para poder oírlo. – Hace un mes
y medio. – ¿Estuvo en contacto con algún animal? – No -logró articular
Richter-. Vi muchos pero no toqué ninguno.
–¿No atendió a
alguna persona que estuviese enferma? El doctor, Richter movió la cabeza.
Obviamente le
costaba muchísimo hablar.
Marissa se
incorporó y señaló la magulladura que tenía el paciente debajo del ojo derecho.
–¿No sabe qué es
esto? – le preguntó al doctor Navarro.
–Dos días antes de
enfermarse lo asaltaron y se golpeó la mejilla contra el suelo.
–Pobre hombre -dijo
Marissa, lamentándose de su desgracia. Y al cabo de un momento añadió-:
Ya he visto
suficiente por ahora.
Justo al lado de la
puerta había un enorme cesto recubierto con una bolsa plástica donde Marissa y
el doctor Navarro colocaron la ropa de aislamiento antes de regresar al puesto
de las enfermeras. Allí Marissa sintió la necesidad imperiosa de lavarse las
manos. ¿Sabe algo del mono que mordió al doctor Richter? – preguntó.
–Lo tenemos en
cuarentena. También le hemos hecho todos los cultivos posibles, pero al parecer
está sano.
Evidentemente
habían pensado en todo. Marissa tomó la historia clínica de Richter para
fijarse si figuraban las hemorragias conjuntivales. Estaban.
Respiró hondo y
miró a Navarro, que la observaba con aire expectante.
–Bueno, tengo mucho
trabajo que hacer con estas historias -dijo, sin especificar.
De repente recordó
una enfermedad denominada «fiebre hemorrágica viral Eran casos extremadamente
raros, pero mortales, y muchos provenían de África. En la esperanza de agregar
algo a los diagnósticos sugeridos por los médicos de la clínica, Marissa mencionó
la posibilidad.
–Ya se habló sobre
la fiebre hemorrágica viral. Justamente ésa fue una de las razones por las
cuales nos comunicamos tan rápido con el CCE.
«Eso me pasa por
emitir diagnósticos "cebra"», pensó Marissa refiriéndose al refrán
que circula entre los médicos: cuando se oyen pisadas de animal hay que pensar
en caballos, no en cebras.
Fue un inmenso
alivio para Marissa que llamaran al doctor Navarro por los altavoces.
–Lo siento
muchísimo -se disculpó él-, pero me necesitan en la sala de urgencias. ¿Hay
algo que yo pueda hacer antes de irme?
–Bueno, creo que
habría que mejorar el aislamiento de los pacientes. Si bien ya se los reunió en
un mismo sector del hospital, pienso que sería necesario trasladarlos a otro
pabellón totalmente aislado y que se extremaran las precauciones en su
atención, por lo menos hasta que tengamos alguna idea sobre el grado de
contagio del mal.
El doctor Navarro
se quedó mirándola. Por un instante ella se preguntó qué estaría pensando y
finalmente dijo:
–Tiene mucha razón.
Marissa llevó los siete historiales hasta un cuartito que había tras el puesto
de las enfermeras y los leyó todos. Fue así como se enteró de que, además del
doctor Richter, había cuatro mujeres y dos hombres que presumiblemente padecían
la misma enfermedad. Todos debían de haber tenido algún contacto directo unos
con otros o haber estado expuestos a la misma fuente de contaminación. El
método para afrontar una investigación de campo -particularmente esa que sería
la primera para ella- era reunir la mayor cantidad posible de información y
transmitirla luego a Atlanta. Después tomó el historial clínico del doctor
Richter y volvió a leerlo cuidadosamente, incluso las notas agregadas por las
enfermeras. En hojas separadas de su libreta anotó hasta el último dato que
pudiese ser importante, como por ejemplo que el paciente había vomitado sangre,
dato que por cierto no era característico de la influenza. Mientras trabajaba,
no podía dejar de pensar que Richter había estado en África, seis semanas
antes. Esa información en sí debía ser significativa, aunque era improbable que
la incubación hubiera durado un mes dada la sintomatología, a menos que se
tratara de paludismo, que al parecer no era la enfermedad en cuestión. Claro
que había otras enfermedades virales como el SIDA con períodos de incubación
más largos, pero el SIDA no era una enfermedad infecciosa aguda. Estas últimas
enfermedades tenían un período de incubación de aproximadamente una semana,
días más días menos. Marissa se tomó el trabajo de analizar toda la información
relativa a sexo, edad, estilo de vida, profesión y ambiente y de anotarlo todo
en su cuaderno de notas utilizando una página aparte para cada paciente. Además
del doctor Richter había una secretaria que trabajaba en la sección de archivo
de la clínica, dos amas de casa, un fontanero, un promotor de seguros y un
corredor de fincas. La oportunidad de un contacto común parecía remota siendo
el grupo tan heterogéneo, y sin embargo todos debían de haber estado expuestos
a la misma fuente de contagio.
La lectura de los
historiales le sirvió también para completar el cuadro clínico de la enfermedad
desconocida. Al parecer ésta se presentaba súbitamente con tremendas cefaleas,
dolores musculares y fiebre alta. Luego se experimentaba una mezcla de malestares
abdominales, vómitos, inflamación de garganta, tos y dolor de pecho. Un
estremecimiento recordó su cuerpo al pensar que había estado expuesta a
contraer el mal.
Se restregó los
ojos que le escocían por la falta de sueño. Era hora de ir a visitar a los
demás enfermos aunque no le gustara la perspectiva. Había muchos blancos en las
historias, particularmente en lo referente a las actividades de cada paciente
en los días previos a la enfermedad.
Comenzó con la
secretaria que estaba internada en la habitación contigua a la del doctor
Richter en cuidados intensivos. Antes de ver a cada uno se equipaba con un
atuendo protector completo. Todos los pacientes se hallaban en pésimas
condiciones físicas, y ninguno tenía demasiadas ganas de hablar. Aun así
Marissa formuló las necesarias preguntas cuyo principal objetivo era determinar
si cada enfermo conocía a alguno de los demás. La respuesta fue siempre no,
salvo que todos conocían al doctor Richter, ¡y además estaban suscritos al plan
de salud de la clínica! La conclusión era tan obvia que llamaba la atención que
nadie la hubiese advertido: El propio doctor Richter debía de haber contagiado
la enfermedad. Marissa le pidió a la encargada del pabellón que le consiguiera
las historias de todos los pacientes ambulatorios de la clínica.
Mientras estaba
esperando, llamó el doctor Navarro. – Lamentablemente se ha producido otro
caso. Se trata de uno dé los técnicos del laboratorio de esta misma clínica.
Está en la sala de urgencias. ¿Quiere bajar a verlo?
–¿Está aislado? –
Lo más que se puede. Estamos preparando un sector de cuarentena arriba, en el
cuarto piso, y en cuanto esté listo trasladaremos allí a todos los pacientes.
–Cuanto antes
mejor. Por el momento sería conveniente suspender todos los análisis de
laboratorio que no fuesen imprescindibles.
–De acuerdo. ¿Va a
venir a ver a este muchacho? – Bajo en seguida. Camino de la sala de urgencias,
no podía dejar de pensar que estaban al borde de una epidemia de grandes
posibilidades igualmente inquietantes: que hubiese contraído la enfermedad del
mismo modo que los demás es decir, de una fuente activa de virus letal en la
Clínica Richter, o bien -lo más probable en opinión de Marissa- que hubiese
estado expuesto al agente a consecuencia de manipular material infectado
proveniente de los otros casos.
El personal de
guardia había instalado al enfermo en una de las salitas de psiquiatría, con un
cartel en la puerta que prohibía la entrada. Marissa leyó la historia clínica.
Se trataba de un chico de veinticuatro años, llamado Alan Moyers. La
temperatura era de 39,7 grados. Después de ponerse el atuendo protector,
Marissa entró en la minúscula habitación. El paciente la observó con mirada
vidriosa.
–Tengo entendido
que no se siente muy bien. – Como si me hubiera aplastado un camión. Jamás me
sentí tan mal, ni siquiera cuando tuve la gripe el año pasado.
–¿Qué fue lo
primero que notó? – El dolor de cabeza. – Se llevó los dedos a las sienes-.
Aquí es donde me duele. Es un sufrimiento atroz. ¿No puede quitármelo con algo?
–¿Escalofríos? –
Sí, empecé a sentirlos después de comenzar la jaqueca. –¿No le ha ocurrido nada
anormal en el laboratorio esta última semana? –¿Como qué, por ejemplo? Gané un
premio en la tómbola deportiva.
–Me interesaría
algo de índole más profesional. ¿No lo mordió algún animal?
–No. Nunca trabajo
con animales. ¿Qué es lo que tengo?
–¿Conoce al doctor
Richter? – Por supuesto. Todos lo conocen. Ah, sí, me acuerdo de algo. Me
pinché con la aguja de una jeringuilla para extracciones, cosa que nunca me
había sucedido.
–¿Recuerda el
nombre del paciente que figuraba en ella?
–No. Lo único que
sé es que no tenía SIDA porque, como me preocupaba la posibilidad, me fijé
expresamente en el diagnóstico. ¿Qué tenía?
–No lo decía, pero
cuando es SIDA se pone SIDA. No es eso lo que tengo, ¿no?
–No, Alan. No tiene
SIDA. – Gracias a Dios. Por un momento me asusté mucho. Marissa fue a reunirse
con el doctor Navarro, pero se encontraba ocupado con un caso de paro cardíaco
que había llegado momentos antes en ambulancia. Le pidió entonces a la enfermera
que le avisara que pensaba quedarse en el cuarto piso. Volvió a los ascensores
y comenzó a ordenar sus ideas para llamar después al doctor Dubchek.
–Disculpe. Sintió
que le daban un golpecito en el brazo. Al volverse, se encontró con un hombre
robusto de barba y gafas de montura metálica. – ¿Es usted la doctora
Blumenthal, del Centro para el Control de Enfermedades? Sí, Ella asintió,
sorprendida de que la hubiesen reconocido. El hombre le impedía el acceso a los
ascensores.
–Soy Clarence Hems,
de Los Ángeles Times. Mi esposa trabaja en el turno de noche de la unidad de
cuidados intensivos. Me contó que usted había venido a ver al doctor Richter.
¿Qué enfermedad tiene?
–Nadie lo sabe
todavía. – ¿Es grave? – Me imagino que eso puede contestárselo su mujer tanto
como yo.
–Según ella, el
doctor está agonizando y hay otros seis casos parecidos, incluso una secretaria
de la sección de archivos. Todo parecería indicar que estamos ante un brote de
epidemia.
–No estoy segura de
que «epidemia» sea el término adecuado. Hoy hubo un caso más, pero fue el único
que se presentó en el curso de dos días. Espero que sea el último, aunque nunca
se sabe.
–Aterrador -musitó
el periodista. – En efecto. Perdone que no pueda seguir hablando con usted,
pero tengo mucha prisa.
Se deshizo del
insistente Hems, subió al ascensor siguiente y regresó al pequeño despacho
junto al puesto de las enfermeras, para llamar a Dubchek. Eran las tres menos
cuarto en Atlanta y consiguió hablar con su jefe en seguida.
–¿Qué tal va su
primer trabajo de investigación? – Es abrumador. Acto seguido y de la forma más
escueta posible, pasó a describir los siete casos, reconociendo que no se había
enterado de nada que los médicos de la clínica no supiesen ya de antemano.
–Eso no debería
preocuparla. Tenga siempre presente que el epidemiólogo estudia los datos de
una manera distinta que el clínico, de modo que la misma información puede
significar cosas diferentes. El clínico analiza cada caso en particular,
mientras que usted observa todo el panorama. Cuénteme sobre la enfermedad.
Marissa le
describió el síndrome clínico remitiéndose constantemente a sus notas. Le
pareció que a Dubchek le interesaba en particular el hecho de que dos de los
pacientes hubieran vomitado sangre, que otro tuviera diarrea sanguinolenta y
que en los tres casos se habían comprobado hemorragias conjuntivales. Cuando
Marissa dijo que Richter había asistido a una conferencia sobre oftalmología en
África, Dubchek exclamó:
–¡Por Dios! ¿Sabe
usted lo que me está describiendo? – No estoy muy segura -respondió poniendo en
práctica la vieja estratagema médica de permanecer en terreno neutral por miedo
a hacer el ridículo.
–Fiebre hemorrágica
viral. Y si proviene de África podría tratarse de la fiebre Lassa, a menos que
fuese Marburg o Ébola. ¡Santo cielo!
–Pero Richter
estuvo allí hace más de seis semanas. – Maldición -exclamó Dubchek casi
furioso-. El período más largo de incubación para esa clase de enfermedades
fulminantes es de unas dos semanas. Incluso para la cuarentena, veinte días se
considera un lapso adecuado.
–También tuvo una
mordedura de mono dos días antes de caer enfermo.
–Pero ese período
de incubación, por el contrario, sería demasiado corto. Tendría que ser de
cinco o seis días. ¿Dónde está ahora el mono?
–En cuarentena. –
Bien. Cerciórese de que no le pase nada al animal, sobre todo si muere, porque
entonces habría que practicarle los estudios para ver si portaba virus. Si en
algo tuvo que ver el mono, habría que pensar en el virus Marburg. De cualquier modo,
por lo que me cuenta, parece como si estuviéramos ante una fiebre hemorrágica
viral, y hasta que no se demuestre lo contrario, deberíamos tomarla como tal.
Desde hacía mucho tiempo nos preocupaba que ocurriera esta eventualidad ya que
no existe vacuna ni tratamiento.
–¿Y la tasa de
mortalidad? – Es alta. Dígame una cosa, ¿no tiene el doctor Richter una
erupción cutánea?
Marissa no se
acordaba. – Voy a fijarme -prometió.
–Lo primero que
quiero que haga es sacar muestras de sangre y orina para hacer cultivos virales
de los siete pacientes. Y cuando tenga los resultados, envíelos de inmediato
aquí, al Centro. Utilice el servicio de envíos pequeños de la Delta, que es el
medio más rápido. Quiero que las extracciones de sangre las efectúe usted
personalmente, y por favor, tenga mucho cuidado. También, si puede, empaquete
las muestras en hielo antes de remitirlas.
–Acabo de visitar a
un enfermo que podría ser otro caso de la misma enfermedad. Se trata de uno de
los técnicos del laboratorio.
–Inclúyalo a él
también. Al parecer esto se vuelve cada vez más grave. Controle que todos los
pacientes estén completamente aislados, que haya un estricto cerco sanitario. Y
a quien esté a cargo de la clínica adviértale que no debe realizarse ningún
trabajo de laboratorio hasta que llegue yo.
–Ya lo he dicho.
¿Viene usted mismo? – Por supuesto. Podría tratarse de una emergencia nacional,
pero vamos a tardar un poco en tener listo el laboratorio móvil. Mientras tanto
establezca la cuarentena para los contactos y trate de ponerse al habla con quienes
organizaron la convención oftalmológica en África para ver si algún otro de los
asistentes cayó enfermo. Ah, y otra cosa: no le cuente nada a la prensa. Con
toda la publicidad que se le ha dado al SIDA no creo que la opinión pública
pueda aceptar la amenaza de otra enfermedad viral mortífera. Podría cundir el
pánico. Ah, Marissa, quiero que utilice el equipo completo de protección,
incluso gafas, cuando visite a los pacientes. Podría conseguirlas en el
departamento de patología, si no hay en otro lado. Yo voy a llegar lo antes
posible.
Después de colgar,
Marissa experimentó una profunda angustia al pensar si no se habría expuesto ya
al contagio. También le preocupaba el hecho de haber hablado con Clarence Hems,
de Los Ángeles Times; pero bueno, lo hecho, hecho está. Se alegraba de que Dubchek
estuviese a punto de llegar porque, como era consciente de sus limitaciones,
sabía que ese trabajo la desbordaba.
Después de avisar
que quería comunicarse con el doctor Navarro, le pidió a una enfermera que la
ayudara a preparar el instrumental necesario para tomar las muestras de sangre.
Necesitaba frasquitos con anticoagulantes, bolsas plásticas e hipoclorito de sodio
para desinfectar la parte externa de las bolsas. También le hacían falta
frascos para orina e hisopos faringeos. Luego llamó al laboratorio de
microbiología y pidió que le enviaran recipientes especiales para el transporte
de muestras virales en hielo seco. Cuando el doctor Navarro la llamó, le
transmitió las instrucciones de Dubchek respecto al cerco sanitario y que no
debían practicarse estudios de laboratorio hasta que no llegara él con equipos
especiales. También mencionó la necesidad de reunirse para imponer la
cuarentena de todos los contactos. El doctor Navarro estuvo de acuerdo, y quedó
muy impresionado al saber que, en opinión de Dubchek, podía tratarse de un
brote de fiebre hemorrágica viral.
Siguiendo el
consejo de su superior, Marissa consiguió unas gafas en el departamento de
patología. Nunca pensó en la posibilidad de contraer una enfermedad por los
ojos, pero sabía que la superficie ocular era una membrana mucosa tan
susceptible de contraer un virus como la mucosa nasal. Cuando se hubo puesto la
indumentaria completa de protección, se dirigió a la habitación del doctor
Richter para extraerle las muestras.
Antes de comenzar
lo revisó para ver si tenía alguna erupción cutánea. No le encontró nada en los
brazos, pero sí notó una extraña mancha roja del tamaño de una moneda en su
muslo derecho. Al levantarle la bata, advirtió una tenue -pero innegable-
erupción maculopapulosa que le cubría casi todo el tronco. Le llamó mucho la
atención que Dubchek hubiera previsto esa posibilidad.
Primero extrajo la
sangre y luego llenó el frasco de orina utilizando la bolsa de la sonda.
Después de cerrar ambas herméticamente, las lavó con hipoclorito de sodio e
introdujo cada una en otra bolsa. Sólo cuando la segunda bolsa estuvo
desinfectada, permitió que se la llevaran de la habitación.
Marissa se quitó
entonces la mascarilla, la bata, los guantes y las botas, y se puso otro juego
para revisar a otro paciente, la secretaria médica cuyo nombre era Helen
Townsend. Con ella repitió el mismo procedimiento que había seguido con el
doctor Richter, y le encontró también una leve erupción en el torso, aunque no
un círculo rojo en el muslo ni en ninguna otra parte. Parecía menos enferma que
Richter, pero ni ella ni los demás pacientes estaban en condiciones de hacerle
preguntas.
Sólo Alan Moyers
logró hacer acopio de las fuerzas necesarias para plantear ciertas objeciones.
Al principio no le quiso dar permiso para que le extrajera sangre a menos que
le informara primero cuál era su diagnóstico. Estaba aterrado. Cuando Marissa
le contó la verdad, que no sabía de qué enfermedad se trataba y que
precisamente para eso necesitaba hacerle análisis de sangre, el chico
finalmente cedió.
En cuanto al mono,
Marissa no intentó siquiera tomarle muestras de sangre porque el encargado de
su cuidado no estaba ese día, y ella no tenía la menor intención de hacer sola
la tarea. El animal parecía sano pero no manso; tanto, que le arrojó a Marissa
excrementos a través del enrejado de su jaula.
Una vez que terminó
de empaquetarlo todo cerciorándose de que las tapas a rosca estuviesen
herméticamente cerradas para que el dióxido de carbono del hielo seco no
penetrara en las muestras, se dirigió personalmente al aeropuerto para enviar
las cajas a Atlanta.
De regreso en la
clínica entró primero en la biblioteca donde encontró varios textos clásicos
que dedicaban algún capítulo a las enfermedades virales. Rápidamente leyó todo
lo vinculado con la fiebre Lassa y los virus Marburg y Ébola. Entonces
comprendió la reacción que tuvo Dubchek por teléfono: se trataba de los virus
más mortíferos conocidos por el ser humano.
Al llegar al cuarto
piso se enteró de que los ocho pacientes habían sido aislados en un pabellón
separado. También supo que ya habían llegado los historiales de los pacientes
ambulatorios que había pedido. Avisó entonces al doctor Navarro que deseaba hablar
con él y se sentó luego a leer los historiales médicos.
El primero era el
de Harold Stevens, el corredor de fincas. Comenzó desde atrás y de inmediato
descubrió que la última visita registrada a un consultorio había sido el doctor
Richter. Harold Stevens padecía de glaucoma crónico y visitaba regularmente a su
oculista. El último control se lo había hecho el 15 de enero, cuatro días antes
de que lo internaran.
Con una sensación
de certeza cada vez mayor, Marissa buscó la última anotación de cada ficha y
constató que todos los pacientes habían acudido al consultorio del doctor
Richter el día 15 o el 16 de enero, salvo Helen Townsend, la secretaria de
archivo, y Alan, el técnico del laboratorio. La última anotación que figuraba
en la ficha de Helen Townsend era una consulta con un ginecólogo por un
problema de cistitis. Alan había ido a ver a un traumatólogo por una luxación
de tobillo que se le produjo en un partido de baloncesto. Salvo en esos dos
casos -el de la secretaria y el químico del laboratorio-, todo parecía indicar
que el doctor Richter era el transmisor de la enfermedad, como podía deducirse
del hecho de que hubiera atendido a cinco de ellos antes de que aparecieran en
él los síntomas.
Podía entenderse el
contagio del técnico si éste se hubiera pinchado con una aguja contaminada,
pero lo que Marissa no podía explicarse era el caso de la secretaria. Era
necesario suponer que Helen se había visto con el doctor Richter días antes de
esa semana puesto que había caído enferma sólo cuarenta y ocho horas después
que él. A lo mejor Richter había pasado mucho tiempo en la sección de archivo a
principios de semana.
Un empleado
interrumpió sus cavilaciones para avisarle que había llamado el doctor Navarro
y que le pedía se dirigiera al salón de conferencias de la clínica.
Al regresar a la
sala donde había empezado su día, Marissa se dio cuenta de cuánto había
trabajado. Estaba exhausta. El doctor Navarro cerró la puerta y le presentó a
la otra persona que se encontraba allí: William Richter, hermano del
oftalmólogo enfermo.
–Quería agradecerle
personalmente que se hubiese molestado en venir aquí -expresó William. A pesar
de su impecable traje a rayas, el rostro desencajado era un mudo testimonio de
las pocas horas que había dormido-. El doctor Navarro me informó sobre el diagnóstico
posterior, que la apoyaremos con todos nuestros recursos para contener esta
enfermedad, pero también nos preocupa el efecto adverso que esta situación
podría provocar en la clínica.
Marissa tomó las
palabras con cierto enfado puesto que había tantas vidas en peligro, pero el
propio Dubchek había dicho esencialmente lo mismo.
–Comprendo su
inquietud -respondió, recordando que ya había hablado con un periodista-. Pero
creo que habría que tomar medidas más estrictas de cuarentena.
Pasó entonces a
explicar que sería preciso dividir a los posibles contactos en dos tipos: los
primarios y secundarios. Los contactos primarios serían aquellas personas que
hubieran hablado o tocado a alguno de los ocho pacientes. Los secundarios
serían quienes hubiesen tenido contacto con algún primario.
–Dios santo
-exclamó Navarro-. Estamos hablando de miles de personas.
–Eso me temo. Nos
va a hacer falta todo el potencial humano que pueda conseguir la clínica.
También habrá que
recurrir al Departamento de Salud del Estado.
–Nosotros
suministraremos los recursos humanos -sostuvo Richter-. Preferirla que esto no
trascendiera. Pero, ¿no habría que esperar hasta tener el diagnóstico
definitivo?
–Si esperamos, tal
vez luego sea demasiado tarde. De todas maneras, siempre se puede suspender la
cuarentena si no fuese necesaria.
–Será imposible
ocultárselo a la prensa -se lamentó el señor Richter.
–A decir verdad
-opinó Marissa-, creo que la prensa puede desempeñar un papel positivo para
ayudarnos a comunicar con todos los contactos. A los contactos primarios se les
debe indicar que permanezcan lo más aislados posible durante una semana y que
se tomen la temperatura dos veces al día. Si tienen más de 38,5 de fiebre,
deben presentarse en la clínica. Los contactos secundarios pueden desarrollar
sus tareas habituales, siempre y cuando controlen su temperatura una vez al
día.
Marissa se puso en
pie y se desperezó. – Cuando llegue el doctor Dubchek quizás él agregue alguna
otra sugerencia, pero creo que ya hemos trazado el procedimiento clásico del
Centro. La ejecución queda en manos de la clínica. Mi tarea consiste en tratar de
averiguar de dónde proviene el virus.
Dejó a dos hombres
totalmente aturdidos y se retiró de la sala. Abandonó el sector de
internamiento y se dirigió a la recepción de la clínica para averiguar dónde
estaba el consultorio del doctor Richter. Le informaron que estaba en el primer
piso y hacia allí se dirigió.
Como la puerta
estaba cerrada sin llave, Marissa llamó y entró. La secretaria del doctor
estaba ante su escritorio como correspondía, pero no esperaba visitas puesto
que rápidamente apagó un cigarrillo y escondió el cenicero en un cajón.
–¿En qué puedo
servirle? Era una mujer cincuentona, de pelo canoso y con permanente. El
letrerito que llevaba en la solapa decía «señorita Cavanagh». Tenía las gafas
de leer en la punta de la nariz y sujetaba las patillas con una cadena dorada
que le colgaba del cuello.
Marissa le explicó
quién era y agregó: -Sería muy importante poder determinar cómo contrajo la
enfermedad el doctor Richter. Y para eso necesitaría reconstruir todas las
actividades que realizó durante una o dos semanas antes de que se le
manifestaran los síntomas. ¿Puede ayudarme usted? Pienso pedirle lo mismo a su
esposa.
–Sí, por supuesto.
– ¿Recuerda que le haya sucedido algo fuera de lo común? – ¿Por ejemplo? –
preguntó la mujer con rostro inexpresivo.
–¡Por ejemplo que
lo mordiera un mono o que lo atacaran en el aparcamiento! – respondió Marissa
en tono cortante.
–Esas cosas pasan.
– Sí, desde luego. ¿Nada más que le haya parecido extraño?
–No se me ocurre
nada por el momento. Ah, sí: le hicieron una abolladura a su coche.
–Muy bien; ésa es
la idea -la alentó Marissa-. Siga pensando. Y a propósito, ¿se encargó usted de
los detalles de su viaje a África?
–Sí. – ¿Y de la
convención en San Diego? – También. – Le agradecerla que me consiguiera el
número de teléfono de las organizaciones que la promovieron y una lista de
todos los pacientes que visitó el doctor durante las dos semanas previas a su
enfermedad. Y por último: ¿conoce usted a Helen Townsend?
La señorita
Cavanagh se sacó las gafas de la nariz y las dejó colgar de la cadena antes de
lanzar un suspiro de desaprobación.
–¿Helen Townsend
tiene la misma enfermedad que el doctor?
–Creemos que sí
-repuso Marissa escrutándole el rostro. Esa mujer sabía algo sobre Helen
Townsend, pero como no quería hablar se puso a juguetear con las teclas de su
máquina de escribir-. ¿Helen Townsend era paciente del doctor Richter?
La señorita
Cavanagh levantó la mirada. – No; era su amante. Yo le advertí que podía
ocasionarle problemas. Y ahí tiene: le contagió una enfermedad. Debió haberme
hecho caso.
–¿No sabe si estuvo
con ella justo antes de caer enfermo? – Sí, el día anterior. Marissa se quedó
mirándola. Helen Townsend no contagió al doctor Richter sino al revés. Ahora ya
entendía que todos los casos tenían relación con el doctor Richter y eso, desde
el punto de vista epidemiológico, era sumamente importante. Significaba que el
doctor Richter era un caso índice y que él, solamente él, había estado expuesto
al foco desconocido del virus. Entonces era mucho más necesario reconstruir las
actividades del oculista hasta en el más mínimo detalle.
Le pidió a la
señorita Cavanagh que comenzara a anotar lo que recordaba sobre las actividades
de su jefe durante las últimas dos semanas y le advirtió que después volvería,
pero si la necesitaba antes, podía llamarla a través de la telefonista.
–¿Puedo hacerle una
pregunta? – dijo tímidamente la mujer.
–Por supuesto
-respondió Marissa, con una mano ya en el picaporte.
–¿Hay posibilidades
de que yo también contraiga la enfermedad?
Marissa estaba
tratando de alejar ese pensamiento porque no quería asustarla, pero tampoco le
podía mentir. Al fin y al cabo, la secretaria debía ser considerada un contacto
primario.
–Es posible. Vamos
a pedirle que restrinja ciertas actividades durante una o dos semanas y que se
tome la temperatura dos veces al día. Sin embargo, yo personalmente creo que no
va a tener problemas ya que hasta ahora no ha evidenciado síntoma alguno.
De regreso en el
sector de internación tuvo que esforzarse para luchar contra sus propios
temores y contra el agotamiento. Tenía demasiadas cosas que hacer, por ejemplo,
releer detenidamente todas los historiales clínicos con la esperanza de poder
determinar por qué algunos pacientes del doctor habían contraído la enfermedad
y otros no. También debía comunicarse con la señora Richter.
Confiaba que, entre
la esposa y la secretaria, pudiesen reconstruir en forma casi completa las
actividades del doctor los días anteriores a su enfermedad.
Al regresar al
cuarto piso se topó con el doctor Navarro y le notó en la cara el mismo
cansancio que ella tenía.
–Empeora el estado
del doctor Richter. Sangra por todas partes; por los pinchazos de las
inyecciones, por las encías, por el tracto gastrointestinal. Está al borde del
colapso renal y la presión sanguínea es tremendamente baja. El interferón que
le administramos no le produjo el menor efecto y ya no sabemos con qué
medicamento probar.
–¿Y Helen Townsend?
– Ella también ha empeorado y ya está empezando a tener hemorragias. Navarro se
sentó pesadamente. Marissa dudó un instante pero luego tomó el teléfono. Llamó
a Atlanta deseando que Dubchek estuviese ya en camino, pero lamentablemente no
fue así y la atendió
en seguida.
–Aquí las cosas
están bastante mal. En dos pacientes se están verificando cuantiosas
hemorragias. Desde el punto de vista clínico esto se parece cada vez más a la
fiebre hemorrágica viral y nadie sabe cómo tratar a los enfermos.
–No es mucho lo que
se puede hacer. Prueben con heparinización y si no les da resultado, lo único
que queda es una terapia de apoyo. Cuando tengamos un diagnóstico seguro quizá
podamos emplear un suero hiperinmune, si es que se consigue. A propósito, ya recibimos
las muestras que tomó y Tad ya empezó a procesarlas.
–¿Cuándo viene
usted? – Muy pronto. Ya tenemos el laboratorio móvil embalado.
Marissa se despertó
sobresaltada. Felizmente no había entrado nadie en el cuartito que había tras
el puesto de las enfermeras. Eran las diez y cuarto, o sea que sólo había
dormido cinco o diez minutos.
Al ponerse de pie
se sintió mareada. Le dolía la cabeza y sentía algo de ardor en la garganta.
Rogó que esos
síntomas fuesen producto de la fatiga y no el comienzo de la fiebre hemorrágica
viral.
Esa misma noche se
habían presentado en la sala de guardia cuatro casos más con intensas cefaleas,
fiebre alta y vómitos. Uno de ellos ya comenzaba con los signos de hemorragias.
Todos eran familiares de las víctimas anteriores, lo cual sólo acentuaba la
necesidad de una estricta cuarentena. El virus ya había alcanzado la tercera
generación. Marissa preparó muestras y las envió a Atlanta por medio de una
agencia de transporte urgente.
Como se sabía al
borde de sus fuerzas, decidió regresar al motel. Justo cuando se marchaba
apareció una enfermera para avisarle que la esposa del doctor Richter quería
verla. Comprendió que sería una crueldad no atenderla, razón por la cual se
encaminó a la sala de visitas. Anna Richter, una mujer atractiva, bien vestida,
de treinta y tantos años cumplidos, hizo lo posible por relatarle las
actividades que había desarrollado su marido en las últimas dos semanas, pero
estaba terriblemente angustiada, no sólo por la enfermedad de su esposo sino
también con miedo por la salud de sus dos hijos. Marissa no quiso insistirle
para que le suministrara demasiados detalles y la señora Richter prometió
completarle al día siguiente la cronología. Marissa la acompañó hasta el coche
del doctor, un BMW. Luego buscó el suyo, se dirigió al Motel del Trópico y allí
se fue directamente a la cama.
22 de enero
Al día siguiente,
cuando llegó a la clínica, le sorprendió ver una cantidad de camiones de la
televisión frente a la entrada con sus antenas elevadas que resaltaban contra
el cielo de la mañana. Cuando trató de entrar al aparcamiento, un policía le
impidió el paso, y tuvo que enseñar la credencial del Centro para el Control de
Enfermedades.
–Cuarentena -le
dijo el agente, indicándole que debía entrar por la puerta principal donde
estaban las cámaras de la televisión.
Marissa obedeció
preguntándose qué habría pasado durante las seis horas y pico que había estado
ausente. Vio que los cables de la televisión serpenteaban por el suelo hasta el
salón de reuniones y le llamó la atención el intenso movimiento que había en el
vestíbulo principal. Al divisar al doctor Navarro le preguntó qué estaba
sucediendo.
–Sus compañeros del
CCE organizaron una conferencia de prensa -dijo. Tenía el rostro desencajado,
sin afeitar y parecía evidente que no se había acostado. Tomó un diario que
llevaba debajo del brazo y le mostró el titu- [aquí faltan dos páginas del
original]
que los síndromes
clínicos totalmente distintos son causados por microorganismos totalmente
distintos también. Bueno, hemos terminado por hoy, pero los mantendremos
informados. Gracias por haber venido a una hora tan temprana.
Se produjo un
alboroto cuando cada periodista trató de que se le respondiera otra pregunta
más. Dubchek y sus colegas no les prestaron atención, y se retiraron. Marissa
procuró abrirse paso entre el gentío pero no pudo. Fuera del salón, el policía
impedía que los periodistas entraran en la zona privada del hospital. Después
de enseñar su credencial, Marissa pudo pasar y consiguió reunirse con Dubchek
frente a los ascensores.
–¡Aquí está! –
exclamó Dubchek con expresión animada, y en tono amistoso la presentó a los
demás.
–No sabía que iban
a venir tantos -comentó ella al subir al ascensor.
–No nos quedaba
otra alternativa -expresó el doctor Uyne.
El doctor Abbot
asintió. – A pesar de lo que dijo Cyrill en la conferencia de prensa, este
brote es extraordinariamente grave. La posibilidad de que apareciera una fiebre
hemorrágica africana en el mundo desarrollado ha sido siempre nuestro temor
desde que se conoció la enfermedad.
–Si es que se
demuestra que se trata de dicha fiebre -añadió el doctor Eckenstein.
–Yo estoy
convencido -aportó el doctor Vreeland-. Y el culpable resultará el mono.
–No le extraje
muestras al mono -se apresuró a informar Marissa.
–No importa -dijo
Dubchek-. Anoche lo sacrificamos y remitimos especimenes al Centro. Las
muestras de hígado y bazo serán mucho más útiles que las de sangre.
Subieron hasta el
cuarto piso, donde dos técnicos del Centro extraían muestras para analizar en
el laboratorio móvil.
–Lamento mucho lo
del artículo de Los Ángeles Times -se disculpó Marissa cuando pudo hablar a
solas con Dubchek-. El periodista me abordó la primera vez que entré en el
hospital.
–No se preocupe,
pero eso sí: trate de que no vuelva a suceder.
Sonrió y le guiñó
un ojo. Ella no entendió bien qué quería decir el guiño, como tampoco la
sonrisa.
–¿Por qué no me
avisó en cuanto llegó? – Porque supuse que estaría exhausta. Además, no había
necesidad. Estuvimos la noche entera instalando el laboratorio, practicando la
autopsia, simplemente orientándonos. También mejoramos las condiciones de
aislamiento incorporando extractores de aire. De todos modos a usted hay que
felicitarla. Creo que tuvo un notable desempeño en todas las tareas iniciales.
– Después de una pausa continuó-: Por el momento estoy abrumado por los
detalles administrativos, pero querría que me pusiera al corriente de lo que ha
averiguado. Tal vez podríamos cenar juntos esta noche. Ya le reservé una
habitación en el hotel donde me alojo, que seguramente es mucho mejor que el
del Trópico.
–Mi motel no está
tan mal. Experimentó un leve fastidio, como si la intuición estuviese tratando
de advertirle algo.
Marissa regresó al
cuartito que había detrás del puesto de las enfermeras porque necesitaba
continuar con el papeleo. Primero llamó a las instituciones organizadoras de
los dos congresos médicos a los cuales había asistido el doctor Richter. Les
dijo que necesitaba saber si alguno de los otros concurrentes había contraído
una enfermedad viral. Después, y a pesar de la crueldad que implicaría su
próxima llamada, marcó el número de la casa de Richter para preguntar si podía
pasar a retirar el diario o agenda que le había prometido la señora Richter la
noche anterior.
La vecina que
atendió el teléfono quedó horrorizada al oír semejante solicitud, pero después
de consultar con la viuda le indicó a Marissa que podía ir dentro de media
hora.
Marissa llegó en
coche hasta la casa de hermosos jardines y tocó el timbre. La misma vecina
salió a abrirle y casi con enfado la condujo a la sala, donde unos minutos más
tarde apareció Anna Richter. Parecía haber envejecido diez años de la noche a
la mañana. Tenía el rostro demudado y el pelo, rizado con esmero el día
anterior, le caía en mechones lacios.
La vecina la ayudó
a tomar asiento y Marissa observó que la pobre señora doblaba y desdoblaba con
gesto nervioso unos papeles rayados donde al parecer había anotado las
actividades desarrolladas por su marido en las últimas semanas. Como se daba
cuenta de la enorme tensión que había soportado la mujer, Marissa no supo qué
decirle, pero Anna simplemente le pasó las hojas. – Anoche de todos modos no
pude dormir y a lo mejor esto sirve para ayudar a alguna otra familia. – Se le
llenaron los ojos de lágrimas-. Era un hombre tan bueno… buen padre… mis pobres
hijos…
Aunque no
desconocía la relación amorosa con Helen Townsend, Marissa llegó a la
conclusión de que el doctor Richter debía de haber sido un buen esposo. El
dolor de Anna parecía real y Marissa se fue apenas pudo retirarse sin faltar a
la cortesía.
Las notas que
empezó a leer antes de poner el coche en marcha eran muy completas. Si a eso se
le sumaba la propia agenda del doctor, y una entrevista posterior con la
señorita Cavanagh, probablemente se podría obtener un panorama completo sobre
las últimas semanas de Richter.
De vuelta en el
hospital, Marissa anotó en una hoja aparte cada día de enero y luego enumeró
las actividades de Richter. Algo que descubrió en seguida fue que el hombre se
había quejado a la señorita Cavanagh respecto a un paciente de SIDA, de
apellido Meterko, que padecía un trastorno en la retina no diagnosticado aún.
Ese dato había que investigarlo.
Por la tarde sonó
el teléfono en el cuartito. Sorprendida, Marissa escuchó la voz de Tad
Schockley. Lo oía con tanta nitidez que por un momento pensó que su amigo
estaba en Los Ángeles.
–No. No me he
movido de Atlanta. Necesito hablar con Dubchek y la telefonista creyó que a lo
mejor tú sabías dónde está.
–Si no está en la
sala asignada al CCE, debe de haberse vuelto al hotel. Creo que no se acostaron
en toda la noche.
–Bueno, intentaré
encontrarlo en el hotel, pero por si acaso te pido que le transmitas un
mensaje. –Por supuesto. – No es una buena noticia. Marissa se enderezó y apretó
el auricular contra el
oído.
–¿Es algo personal?
– No -dijo Tad, y soltó una risa breve-. Se trata del virus. Las muestras que
enviaste son excelentes, sobre todo las del doctor Richter. Su sangre está
cargada de virus…, más de mil millones por milímetro. Lo único que tuve que
hacer fue poner la muestra en la centrifugadora y observarla luego con el
microscopio electrónico.
–¿Pudiste
determinar lo que era? – Por supuesto -respondió Tad, emocionado-. Existen sólo
dos virus que tienen este aspecto, y me dio positivo en el análisis de Ébola
con anticuerpos que se ven por fluorescencia indirecta. El doctor Richter tiene
fiebre hemorrágica Ébola.
–Tenía -lo corrigió
Marissa, fastidiada por tal despliegue de entusiasmo por parte de Tad. –¿Acaso
murió? – Sí, anoche. – No me sorprende. Esta enfermedad tiene una tasa de
mortalidad
de más del noventa
por ciento.
–¡Dios santo!-Debe
de ser el virus más mortífero que se conoce.
–Algunos le
conceden al de la rabia ese dudoso honor, pero yo personalmente creo que es el
Ébola. Uno de los problemas con que nos enfrentamos es que no se sabe casi nada
sobre la enfermedad porque hay muy poca incidencia. A excepción de dos brotes
que hubo en [@V@a expene ca] [¿??], es totalmente desconocida. Os costará
muchísimo explicar cómo fue que apareció en Los Ángeles.
–Tal vez no tanto:
justo antes de enfermar, el doctor Richter había sido mordido por un mono
proveniente de África. El doctor Vreeland está casi convencido de que el animal
fue el transmisor.
–Probablemente
tenga razón -convino Tad-. Los monos fueron los causantes de un brote de fiebre
hemorrágica ocurrido en 1967 en la ciudad alemana de Marburg, y se le puso ese
mismo nombre al virus. Te advierto que ese virus es muy parecido al Ébola.
–Pronto, lo vamos a
saber. Ahora está todo en tus manos. Ya te hemos enviado muestras del hígado y
el bazo del mono. Te pido que las analices en seguida y me avises del
resultado.
–Con mucho gusto.
Entretanto voy a dedicarme al virus Ébola. Quiero ver si resulta fácil realizar
el cultivo y averiguar a qué cepa corresponde. Avisa a Dubchek y a los demás
que ya sabemos lo del Ébola. Aunque el dato no les sirva de mucho, al menos los
obligará a tomar estrictas precauciones. Te llamaré cuando sepa algo. Cuídate.
Marissa salió al
pasillo y fue a asomarse a la sala asignada al CCE pero no encontró a nadie.
Entró en la habitación contigua y preguntó dónde estaban todos. Le contestaron
que algunos de los médicos habían bajado a patología puesto que habían
fallecido otros dos pacientes y otros se hallaban en urgencias, recibiendo a
varios casos nuevos. El doctor Dubchek había vuelto al hotel. Marissa informó a
los técnicos del laboratorio que el virus era Ébola, y los dejó para que fueran
ellos quienes comunicaran la mala noticia a los demás.
El Beverly Hilton
era tal cual lo había descrito Dubchek, y ciertamente mucho mejor que el
decrépito Motel del Trópico, aparte de hallarse más cerca de la Clínica
Richter. Sin embargo, mientras caminaba detrás del botones hasta su habitación
del séptimo piso, seguía pensando que no había necesidad de cambiar de
alojamiento. El hombre encendió todas las luces de la habitación y se marchó,
después de darle Marissa un dólar de propina.
En el Trópico no
había llegado a deshacer la maleta, razón por la cual la mudanza le resultó
sencilla. De todos modos, no la habría hecho si Dubchek no hubiese insistido.
Él la había llamado esa tarde, varias horas después de que ella hubiera hablado
con Tad. Marissa no había querido ponerse al habla con él por miedo a
despertarlo. Apenas oyó su voz por el teléfono le contó lo que le adelantó Tad
sobre el virus Ébola, noticia que Dubchek tomó con naturalidad, casi como si lo
hubiese esperado. Luego él le dio instrucciones para llegar al hotel,
advirtiéndole que sólo tenía que recoger la llave de su habitación, puesto que
ya estaba reservada. Le dijo, además, que si no tenía
inconveniente,
cenarían a las siete y media, para lo cual debía ir a su habitación, que estaba
a corta distancia de la de ella. Dubchek prefería pedir que les subieran la
cena, pues así podían conversar del tema médico mientras comían.
Al mirar la cama de
su habitación Marissa se dio cuenta del enorme agotamiento que sentía, pero
como ya eran más de las siete, buscó la bolsa de los cosméticos y fue al baño a
peinarse y retocarse el maquillaje. Sacó luego de la cartera los papeles donde
había anotado las actividades realizadas por el doctor Richter antes de
enfermar, se dirigió a la otra habitación y llamó a la puerta.
Dubchek la atendió
sonriente y la hizo pasar. Estaba hablando por teléfono, aparentemente con Tad.
Marissa se sentó y procuró seguir la conversación. Así fue como se enteró de
que las muestras del mono habían arrojado resultados negativos en los análisis.
–¿Dice usted que
con el microscopio electrónico no detectó ni atisbos del virus? – se sorprendió
Dubchek.
Se produjo un largo
silencio mientras Tad explicaba los resultados de los diversos estudios.
Marissa miró su reloj y calculó que debían ser casi las once en Atlanta.
Evidentemente Tad estaba trabajando horas extra. Observó a Dubchek y se dio
cuenta de que ese hombre le producía una sensación extraña. Recordó lo nerviosa
que se puso aquella noche al verlo llegar a la casa de Ralph y sin embargo
ahora se sentía atraída hacia él. De vez en cuando él levantaba la mirada y
Marissa le notaba un brillo especial en los ojos oscuros. Como se había quitado
la americana y la corbata, Marissa le notó un triángulo de piel bronceada en el
cuello.
Finalmente Dubchek
cortó y fue hasta ella, sonriente. – No cabe duda de que es usted lo más
hermoso que he visto hoy. Seguro que su amigo estaría de acuerdo conmigo. Le
preocupa mucho la posibilidad de que usted corra peligro.
–Tengo los mismos
riesgos que cualquiera de los otros médicos del Centro -sostuvo ella, con un
poco de fastidio por el giro que tomaba la conversación.
En el rostro de
Dubchek se dibujó una ancha sonrisa. – Tad debe de pensar que el resto del
personal no es tan atractivo como usted.
Marissa sacó el
tema de las muestras de hígado y bazo del mono para que la charla asumiera un
tono más profesional.
–Hasta ahora están
limpias -sostuvo Dubchek-, pero sólo se las estudió con microscopía
electrónica. Tad empezó también el cultivo viral, de modo que dentro de una
semana sabremos los resultados finales.
–Mientras tanto
habría que considerar otras posibilidades.
–Supongo que sí.
Dubchek parecía distraído. Marissa se inclinó hacia delante y le entregó sus
apuntes.
–Pensé que podría
interesarle esto. El hombre tomó los papeles y les echó un vistazo. Marissa
había anotado en orden cronológico todo lo que había hecho desde que llegó a
Los Ángeles. Explicó con argumentos convincentes que el doctor Richter era el
agente difusor del Ébola ya, que había contagiado el mal a algunos de sus
pacientes. Habló luego de la relación que lo unía con Helen Townsend y de los
dos congresos médicos a los que había asistido. Los organizadores de ambos
simposios iban a remitirle una lista completa de los asistentes, junto con sus
domicilios y números telefónicos.
Durante todo el
monólogo, Dubchek realizó gestos de asentimiento para darle a entender que la
escuchaba, pero igualmente parecía estar distraído, más concentrado en la cara
que en las palabras de Marissa. Al obtener tan poca respuesta, ella fue dejando
de hablar poco a poco preguntándose si no estaría cometiendo algún grave error
profesional. Dubchek sonrió y lanzó un suspiro.
–Buen trabajo
-dijo, simplemente-. Cuesta creer que ésta es su primera labor de
investigación. – Se levantó al oír que llamaban a la puerta-. Debe de ser la
cena. Qué suerte, porque ya estaba hambriento.
La comida fue
mediocre. La carne y la verdura llegaron tibias. Marissa se preguntó por qué no
habían bajado al comedor. Supuso que él tenía intenciones de hablar de temas
profesionales, pero la
conversación se
refirió a aquella noche en la casa de Ralph y de dónde lo conocía ella, al CCE,
y si le gustaba trabajar allí. Hacia el final de la cena, Dubchek dijo:
–Quería que supiera
que soy viudo. – Lo siento muchísimo -respondió Marissa con sinceridad, aunque
no entendía el motivo que lo llevaba a darle información sobre su vida privada.
–Pensé que debería
saberlo -agregó él como si le hubiera leído los pensamientos-. Mi mujer murió
hace dos años en un accidente de coche.
Marissa hizo un
ademán de asentimiento porque tampoco supo cómo reaccionar.
–Y usted, ¿sale con
alguien, Marissa? Jugueteó con el asa de su taza de café. De ninguna manera iba
a mencionar su ruptura con Roger. – No; por el momento, no -logró articular.
¿Sabría Dubchek que había estado saliendo con Tad? No era un secreto, pero tampoco
era de dominio público, porque ninguno de los dos lo había comentado con sus
compañeros de trabajo. De repente empezó a sentirse incómoda, ya que tenía la
impresión de que se violaba la norma que se había impuesto de no mezclar su
vida privada con la profesión. Observó a. Dubchek y no pudo menos de pensar que
le resultaba interesante. Tal vez era eso lo que más la cohibía, máxime porque
no pensaba establecer con él una relación más personal. Todo esto le hizo
sentir deseos de salir disparada de allí para continuar su trabajo.
Dubchek empujó su
sillón hacia atrás y se puso de pie. – Convendría que nos pusiéramos en camino
hacia la clínica,– sugirió.
A ella le pareció
bien. Se levantó y se encaminó a una mesita en busca de sus papeles. Cuando se
levantó notó que Dubchek se le había acercado por detrás. Sin darle tiempo a
reaccionar, él la sujetó por los hombros y la obligó a volverse, gesto que la
tomó totalmente por sorpresa. Durante un brevísimo instante sus labios se
unieron. Luego ella se retiró y se le cayeron los papeles.
–Perdóneme. No
pensaba hacerlo, pero desde el día en que llegó al Centro he sentido la
tentación. Nunca me pareció bien salir con alguien de la oficina; sin embargo,
desde que murió mi esposa es la primera vez que siento interés por una mujer.
Usted no se le parece en absoluto, Jane era alta y rubia, pero demuestra el
mismo entusiasmo por su trabajo. Ella se dedicaba a la música y cuando tocaba
algo bien, ponía la misma cara apasionada que he notado en usted.
Marissa permaneció
en silencio. Sabía que su propia actitud era ruin, que Dubchek no le había
acosado en absoluto, pero como le daba vergüenza, no quiso decir nada que
rompiese la violencia.
–Marissa -le dijo
él con dulzura-, lo que le digo es que cuando regresemos a Atlanta me gustaría
salir con usted, pero si ya está comprometida con Ralph, o sencillamente no lo
desea…
Su voz fue
perdiéndose. Marissa se agachó para recoger sus apuntes. – Si vamos a volver al
hospital, ya es hora de marcharnos -manifestó en tono cortante.
Dubchek la siguió
con expresión severa hasta el ascensor. Más tarde, cuando Marissa iba en su
coche alquilado, se reprendió a sí misma. Cyrill era el hombre más atractivo
que había conocido después de Roger. ¿Qué la habría inducido a un
comportamiento tan absurdo?
27 de febrero
Casi cinco semanas
más tarde, cuando regresaba en taxi del aeropuerto, Marissa venía pensando si
sería capaz de restablecer una relación afable, profesional, con Dubchek, ahora
que ambos habían regresado a Atlanta. Él se había marchado pocos días después
de la conversación que habían mantenido en el Beverly Hilton, y las pocas veces
que se encontraron en la Clínica Richter se trataron con cierta tirantez.
Cuando el vehículo
llegó a su barrio, al ver las ventanas iluminadas y las escenas de vida
familiar en el interior de las casas, se sintió abrumada por una profunda
soledad.
Después de pagar al
chofer y de desconectar la alarma corrió a la casa de Judson a recoger a Taffy
y toda la correspondencia que se había acumulado en más de un mes. La perra
quedó arrobada al verla y los Judson estuvieron sumamente afectuosos, ya que en
vez de hacerla sentir culpable por tan larga ausencia, se mostraron
sinceramente apenados de ver partir a Taffy.
Ya en su casa,
Marissa subió la calefacción. La vida era muy distinta por el solo hecho de
tener el animalito.
Taffy no se
apartaba de su lado y exigía una atención casi constante.
Marissa abrió la
nevera para buscar algo de comida y descubrió que algunos alimentos se habían
estropeado. Volvió a cerrarla y resolvió que la limpieza la haría al día
siguiente.
Cenó higos y un
refresco, mientras revisaba la correspondencia. Aparte de una tarjeta enviada
por un hermano y de una carta de sus padres, lo demás era todo propaganda
farmacéutica.
Se sobresaltó al
oír el teléfono, pero cuando atendió tuvo el placer de escuchar la voz de Tad
que le daba la bienvenida a Atlanta.
–¿No quieres salir
a tomar algo? Puedo pasar a buscarte.
Su primera reacción
fue decirle que estaba exhausta del viaje, pero después recordó que la última
vez que habían hablado por teléfono él le contó que había terminado su proyecto
sobre el SIDA, y se había dedicado al estudio del virus Ébola. Se le fue parte
del cansancio como por arte de magia y le preguntó cómo iban las
investigaciones.
–¡Bien! El virus se
extiende como una mancha de aceite en los cultivos de tejido. La parte de
morfología del trabajo está completa y ya empecé con el análisis de proteínas.
–Me encantaría ver
lo que estás haciendo. – Con mucho gusto te enseñaría todo lo que tengo, pero
lamentablemente gran parte de la investigación se lleva a cabo en el
laboratorio de máximo riesgo.
–Lo suponía.
Marissa sabía que un virus tan mortal sólo podía manipularse en un laboratorio
donde, como lo indicaba su nombre, se conservaban los microorganismos más
peligrosos. Creía que existían unos cuatro sitios semejantes en el mundo: uno
el CCE, otro en Inglaterra, otro en Bélgica y el último en la Unión Soviética.
No estaba segura incluso si el Instituto Pasteur de Paris contaba siquiera con
instalaciones de esa clase. Por razones de seguridad, allí sólo se permitía la
entrada de unas pocas personas autorizadas, entre las cuales no estaba incluida
Marissa. Sin embargo, después de comprobar el devastador efecto del virus
Ébola, confesó a Tad cuánto ansiaba poder ver sus estudios.
–No tienes permiso
-dijo él, sorprendido por la aparente ingenuidad de su amiga. – Ya lo sé, pero,
¿qué tiene de malo que me enseñes lo que estás haciendo con el Ébola y después
salir a tomar una copa? Al fin y al cabo es tarde y nadie se va a enterar si me
llevas ahora.
Se hizo una pausa.
– Pero la entrada es restringida… Marissa tenía plena conciencia de que se
estaba aprovechando de Tad, pero también era cierto que no había peligro alguno
si iba acompañada por él. – ¿Quién se va a enterar? – lo coaccionó-. Además, Yo
formo parte del equipo.
Sí, claro -aceptó
Tad, renuente. Era obvio que dudaba. El hecho de que Marissa accediera a salir
con él sólo si la llevaba primero al laboratorio, terminó por decidirlo. Le
dijo entonces que pasaría a recogerla media hora después y que no debía
contarle nada a nadie.
Marissa aceptó
rápidamente las condiciones.
–Esto no me hace
demasiado feliz -reconoció Tad cuando iban camino del Centro para el Control de
Enfermedades.
–Tranquilízate. Por
Dios, yo también trabajo aquí, en la sección Patógenos Especiales. Fingió
sentirse algo molesta. – Pero podríamos solicitar mañana una autorización.
Marissa se
volvió para mirarlo
de frente. – ¿Te estás acobardando? Sabía que Dubchek regresaba al día
siguiente de un viaje a Washington y que podía hacer una solicitud formal, pero
no creía que se lo concediera. Dubchek se había mostrado absurdamente frío
durante las últimas semanas, por más que el motivo fuese la estupidez de ella.
¿Por qué no tuvo el valor de pedirle disculpas o de decirle incluso que le
gustaría salir con él una noche? Y así, cada día que pasaba iba en aumento la
frialdad que los separaba, sobre todo por parte de él.
Tad dejó el coche
en el aparcamiento y caminaron en silencio hacia la entrada principal. Marissa
iba cavilando acerca del orgullo masculino y cuántos trastornos solía causar.
Firmaron el
registro bajo la mirada atenta del guardia, y mostraron la credencial del
Centro como correspondía. En la columna de «Destino», Marissa escribió
«oficina». Subieron tres pisos en ascensor. Recorrieron todo el edificio,
pasaron por una puerta que daba al exterior y siguieron por
una pasarela
franqueada por una tela metálica que comunicaba el edificio principal con los
laboratorios de virología. Todos los edificios del Centro se comunicaban en
casi todos los pisos por medio de pasillos similares.
–Para el
laboratorio de máximo riesgo hay estrictas medidas de seguridad -comentó Tad en
el momento de abrir la puerta del sector virología-, porque aquí almacenamos
todos los virus patológicos conocidos por el hombre.
–¿Hasta el último
de ellos? – se asombró Marissa. – Casi te diría que sí -respondió Tad,
orgulloso. – ¿El Ébola también? – Tenemos muestras de los brotes anteriores.
También tenemos Marburg, viruelas (que ya se consideran extinguidas), polio,
fiebre amarilla, dengue, SIDA, lo que quieras.
–¡Dios mío! Una
colección de horrores. – Se la puede definir así. – ¿Cómo se conservan los
virus? – Congelados en nitrógeno líquido. – ¿Son infecciosos? – Basta con
descongelarlos. Cruzaban en ese momento por un vestíbulo después de dejar atrás
una cantidad de oficinas pequeñas y oscuras. Marissa había estado antes en ese
sector del edificio, cuando iba al despacho de Dubchek.
Tad se detuvo
frente a un congelador con entrada para personas, semejante a los que se ven en
los frigoríficos.
–Esto quizá te
resulte interesante -dijo, al tiempo que abría una pesada puerta.
Dentro había una
luz encendida. Tímidamente Marissa cruzó el umbral internándose en el frío
húmedo seguida por Tad. Experimentó una sensación de temor cuando la puerta se
cerró sola.
En el interior del
congelador había estanterías con cientos de miles de frasquitos.
–¿Qué es eso? –
Suero congelado -respondió Tad, tomando un frasco que tenía anotado un número y
una fecha-. Son -muestras extraídas de pacientes del mundo entero, de todas las
enfermedades virales conocidas y muchas que no lo son. Están aquí para ser sometidas
a estudios inmunológicos, y obviamente no son infecciosas.
Marissa se alegró
de regresar al vestíbulo. Unos quince metros más adelante del congelador el
pasillo giraba bruscamente a la derecha y toparon con una imponente puerta de
acero. Sobre el picaporte había un panel con botones semejante al sistema de
alarma que tenía Marissa en su casa. Debajo había una ranura muy parecida a las
que tienen los cajeros automáticos para introducir allí una tarjeta. Tad le
mostró una tarjeta que llevaba colgada del cuello con una correa de cuero y la
colocó en la ranura.
–La computadora
está registrando la entrada -dijo. Luego marcó su número en código en el panel
de mando: 100-60-95-. Buenas medidas -bromeó.
–Gracias -se rió
Marissa. Como el edificio de virología estaba desierto, Tad parecía más
tranquilo. Al cabo de una breve demora se oyó el clic del cerrojo que se abría,
y Tad empujó la puerta. Marissa tuvo la sensación de estar entrando en otro
mundo. En vez de estar en un vestíbulo sucio y desordenado como en el sector
externo del edificio, se encontró rodeada por tuberías, manómetros y demás
instrumentos futuristas pintados de distintos colores siguiendo un código
determinado, todo de reciente construcción. La iluminación era tenue. Tad abrió
entonces una caja donde había una serie de interruptores y los accionó. El
primero encendió las luces de la habitación donde se encontraban, de una altura
casi doble de lo normal, llena -de todo tipo de equipos. Flotaba en el aire
cierto olor fenólico que a Marissa le hizo recordar la sala de autopsias de la
facultad de medicina.
El siguiente
interruptor encendió las luces de una hilera de ventanas estilo ojo de buey
instaladas a los lados de un cilindro de tres metros de altura que sobresalía
dentro del recinto. En el extremo del cilindro había una puerta ovalada
semejante a la escotilla de un submarino.
El último
interruptor produjo un zumbido al ponerse en funcionamiento alguna máquina
eléctrica de enormes proporciones.
–Son compresores
-explicó Tad ante la mirada inquisidora de Marissa, pero no explicó más. En
cambio, realizó un amplio ademán-. Esta es la zona de control del laboratorio
de máximo riesgo. Desde aquí podemos operar todos los ventiladores y filtros,
incluso los generadores de rayos gamma.
Fíjate en la
cantidad de lucecitas verdes, indicadoras de que todo marcha como debe. ¡Al
menos eso espero!
–¿Por qué lo dices?
– preguntó Marissa atemorizada, pero al ver la sonrisa de su amigo, se dio
cuenta de que le tomaba el pelo.
Así y todo, de
repente ya no estuvo tan segura de querer continuar con el recorrido. La idea
le había parecido muy buena cuando estaba en el marco protegido de su propia
casa, pero al verse rodeada por un instrumental desconocido, sabiendo qué
clases de virus se alojaban allí, ya no estaba tan segura. Pero Tad no le dio
tiempo a cambiar de opinión. Abrió la puerta hermética tipo escotilla y le hizo
señas de que entrase. Marissa tuvo que agachar la cabeza al cruzar el umbral de
diez centímetros de alto. Tad entró después, cerró y atrancó la puerta. A
Marissa la invadió una sensación de claustrofobia, máxime cuando tuvo que
tragar saliva para destaparse los oídos debido al cambio de presión.
En el cilindro se
alineaban las ventanas redondas que Marissa había visto desde fuera. A lo largo
de ambos lados había bancos y armarios verticales. Al fondo, estanterías y otra
puerta hermética.
–¡Sorpresa! –
exclamó Tad arrojándole unas prendas de algodón-. No se permite entrar con ropa
de calle.
Al cabo de un
momento de vacilación durante el cual buscó en vano un sitio que le permitiera
un mínimo de intimidad, Marissa comenzó a desabrocharse la blusa. Por mucha que
fuera la vergüenza que sentía ante la necesidad de desvestirse delante de Tad,
él estaba más cohibido y miró hacia otro lado mientras Marissa se desnudaba.
Luego atravesaron
una segunda puerta. – A medida que nos internamos en el laboratorio, cada
habitación que pasamos tiene una presión más baja que la anterior, con lo cual
se asegura que el único movimiento de aire se dé hacia adentro del laboratorio,
no hacia fuera.
La segunda
habitación era aproximadamente del tamaño de la primera, pero no tenía ventanas
y el olor a desinfectante fenólico era allí más pronunciado. Una cantidad de
monos plásticos de color azul colgaban en percheros de pared. Tad buscó uno que
fuera más o menos de la medida de Marissa y se lo entregó. Era una especie de
traje espacial pero sin relleno ni escafandra pesada. Al igual que un atuendo
espacial, cubría el cuerpo entero, manos y pies incluidos. Se cerraba con una
cremallera que iba desde el pubis al cuello. De la espalda, como una larga
cola, salía una manguera de aire.
Tad señaló las
tuberías verdes que corrían a lo largo de la habitación a la altura del pecho,
y comentó que en todo el laboratorio había tubos de ésos. A intervalos
frecuentes, había tubos de múltiples bocas -pintados de un verde más claro-,
con adaptadores para conectar allí las mangueras de aire de los trajes. Tad
aclaró que los trajes estaban llenos de aire limpio, de presión positiva, de
modo que nunca se respiraba el aire del laboratorio propiamente dicho. Ensayó
con Marissa el método para conectar y desconectar el tubo de aire hasta
convencerse de que ella lo hacía con precisión. – Muy bien. Llegó el momento de
vestirse -dijo, mostrándole la forma en que había que ponerse la gruesa
indumentaria. El proceso era complicado, sobre todo introducir la cabeza dentro
de la capucha cerrada. Cuando Marissa miró por la mascarilla de plástico
transparente, ésta se empañó de inmediato.
Tad le indicó que
debía conectar su tubo de aire, y en el acto ella percibió el aire fresco sobre
su cuerpo, que también le desempañó el visor. Tad le subió el cierre del traje,
y con movimientos diestros se vistió con el suyo. Infló su traje, luego desconectó
el tubo de aire y, llevándolo en la mano, se encaminó a la puerta más lejana.
Marissa lo siguió caminando con dificultad.
A la derecha de la
puerta había una consola de mando. – Luces interiores del laboratorio -explicó
Tad, al tiempo que accionaba los interruptores.
La vestimenta
ahogaba la voz y además costaba entender debido al zumbido que producía la
entrada de aire. Atravesaron otra puerta hermética que Tad cerró al pasar.
La habitación
siguiente era más pequeña que las dos primeras. Allí, paredes y tuberías
estaban cubiertas por un polvillo blanco, y el suelo por una rejilla de
plástico.
Conectaron sus
tubos de aire por un instante. Luego pasaron por una última puerta que daba al
laboratorio propiamente dicho. Marissa le pisaba los talones a su amigo y
desplazaba su manguera de aire de la misma forma que él lo hacía.
Entraron en una
espaciosa habitación rectangular con un sector central de mesas de laboratorio
sobre las cuales se levantaban campanas protectoras de aspiración. Contra las
paredes se veía todo tipo de instrumental: centrífugas, incubadoras, varios
microscopios, terminales de computadoras y otros innumerables objetos que ella
no conocía. A la izquierda, había también otra puerta hermética, cerrada con
llave.
Tad la llevó
directamente hasta una incubadora y abrió las portezuelas. Los tubos con
cultivo de tejido se hallaban colocados en bandejas que giraban lentamente. Tad
sacó uno y se lo entregó.
–Aquí tienes tu
Ébola -dijo. Además de la pequeña cantidad de líquido que contenía el tubo,
éste estaba revestido por un lado con una fina película, una capa de células
vivas infectadas con el virus. Dentro de las células, el virus se esforzaba por
reproducirse. Por inocente que fuera su aspecto, Marissa sabía que el contenido
de esa probeta alcanzaba para matar a toda la población de Atlanta, tal vez
hasta la de Estados Unidos. Sintió un estremecimiento que la hizo sostener el
tubo con más fuerza.
Tad le pidió que se
lo devolviese y lo llevó hasta un microscopio. Depositó en él el espécimen,
graduó el foco y dio un paso atrás para que se acercara Marissa.
–¿Ves esos
pelotones oscuros en el citoplasma? Marissa asintió. Pese al visor del
plástico, podía distinguir los corpúsculos de inclusión que describía Tad, así
como los núcleos irregulares de las células.
–Ése es el primer
signo de infestación. Acabo de implantar estas colonias. Este virus es
increíblemente potente.
Cuando Marissa se
levantó del microscopio, Tad volvió a poner la probeta en la incubadora. Luego
empezó a explicar su compleja investigación señalando el instrumento y
aclarando con lujo de detalle los diversos experimentos. A Marissa le costaba
concentrarse. No había ido allí con deseos de oír hablar del trabajo de Tad,
pero eso no podía, decírselo.
Finalmente la
condujo por un pasillo hasta un laberinto de jaulas de animales que llegaban
casi hasta el techo. Había monos, conejos, cobayos, ratas y ratones. Marissa se
sintió observada por centenares de ojos, algunos indiferentes, otros cargados
de odio. En un sector apartado del salón, Tad extrajo una bandeja de animales
que denominó ratones suizos e iba a mostrárselos a Marissa cuando de repente se
detuvo.
–¡Caramba! –
exclamó-. A estos bichos los inoculé esta misma tarde y la mayoría ya ha
muerto. – Miró a su amiga-. Tu virus Ébola es realmente letal, como la cepa M
Zaire de 1976.
Marissa observó con
desagrado los ratones muertos. – ¿Hay alguna forma de comparar las diversas
cepas? – quiso saber.
–Por supuesto. Tad
retiró los animalitos muertos. Regresó luego al laboratorio principal y los
colocó sobre una bandeja para que se les practicara la autopsia. Luego se
volvió e intentó responder la pregunta de Marissa. A ella le costaba entenderle
cuando no le hablaba de frente porque la voz sonaba hueca por el traje de
plástico.
–Ahora que he
empezado a determinar los rasgos distintivos del Ébola, será sencillo
compararlo con las cepas anteriores. De hecho comencé con estos ratones, pero
los resultados tendrán que esperar la evaluación estadística.
Tad se detuvo
frente a la puerta hermética, con cerrojo.
–No creo que
quieras entrar aquí -dijo. Sin esperar respuesta, abrió y entró con los ratones
muertos. Al abrirse la puerta Marissa percibió cierto vaho. Quiso espiar
dentro, pero en el acto reapareció su amigo y cerró con fuerza la puerta a sus
espaldas.
–¿Sabes una cosa?
También pienso compararlos polipéptidos estructurales y el ARN de tu virus
contraponiéndolos con la cepa anterior de Ébola.
–¡Ya basta! –
exclamó ella, riendo-. Me haces sentir muy ignorante. Tengo que buscar mi viejo
texto de virología para comprender todo esto. ¿Por qué no lo dejamos ya, y nos
vamos a tomar esa copa que me prometiste?
–Con mucho gusto.
Hubo una sorpresa al salir. Cuando llegaron a la habitación del polvillo
blanco, de pronto quedaron empapados por una lluvia de desinfectante fenólico.
Mirando el desconcierto de Marissa, Tad no pudo menos de sonreír.
–Ahora ya sabes
cómo te sentirías dentro de un inodoro -dijo.
Mientras se ponían
la ropa de calle, ella le preguntó qué había en esa habitación donde había
llevado los ratones muertos.
–No es más que un
enorme congelador -respondió Tad, quitándole importancia al tema con un ademán.
En los días
siguientes Marissa se readaptó a la vida en Atlanta y pudo disfrutar de su casa
y su perra. Al día siguiente de su llegada se ocupó de las tareas difíciles,
como eliminar los alimentos estropeados en la nevera y ponerse al día en los
pagos atrasados. En el trabajo se dedicó a estudiar la fiebre hemorrágica
viral, en particular la originada por el virus Ébola. En la biblioteca del
Centro obtuvo material relacionado con los diversos brotes de Ébola: Zaire
1976, Sudán 1976, Zaire 1977 y Sudán 1979. En cada uno de estos casos, el virus
apareció misteriosamente y luego desapareció. Se realizaron intensos estudios
para determinar qué organismos le servían de receptáculo, para lo cual se
analizaron más de doscientas especies distintas de animales e insectos como
huéspedes potenciales, y todas dieron negativo. El único hallazgo positivo fue
de ciertos anticuerpos en algún conejillo de indias doméstico.
Le resultó
particularmente interesante la narración de cómo sucedió el primer brote
epidémico de Zaire. La transmisión de la enfermedad se relacionó con un centro
de salud denominado Hospital de la Misión de Yambuku. Se preguntó qué posibles
elementos similares existían en la Misión de Yambuku y la Clínica Richter, o
mejor aún, entre Yambuku y Los Ángeles. No debía de haber muchos.
Se había situado al
fondo de la biblioteca para leer el clásico texto Virología, de Fields. Estaba
repasando lo referente a cultivo de tejidos para realizar trabajos prácticos en
el laboratorio virológico. Tad se había comprometido a facilitarle algunos virus
relativamente inocuos a fin de que pudiera familiarizarse con el más moderno
instrumental de virología.
Marissa miró la
hora. Eran más de las dos, y a las tres y cuarto tenía que ir a ver a Dubchek.
El día anterior le había entregado a la secretaria una solicitud formal de
autorización para que se le permitiera acceder al laboratorio de máximo riesgo
para lo cual debió describir la investigación que deseaba practicar sobre el
grado de infecciosidad del virus Ébola. Sin embargo, no tenía demasiadas
esperanzas de que Dubchek accediera a su petición ya que, desde el regreso de
Los Ángeles no le había prestado ni la más mínima atención.
Notó que se cruzaba
una sombra sobre la página del texto y automáticamente levantó la cabeza.
–¡Bueno, bueno! ¡Todavía estás viva! – exclamó una voz conocida. _Ralph
-murmuró ella,
asustada tanto por
su inesperada presencia en la biblioteca como por el volumen de su voz.
Varias cabezas se
volvieron para observarlos. – Me habían dicho que estabas viva, pero tenía que
comprobarlo personalmente -continuó Ralph, sin prestar atención a la mirada
furibunda de la señora Campbell.
Marissa le hizo
señas de que se callara y luego lo llevó de la mano al vestíbulo, donde podían
hablar con tranquilidad. Sintió un profundo afecto por él al advertir una
sonrisa cálida en su rostro.
–Cuánto me alegro
de verte -dijo, y lo abrazó con cierto remordimiento por no haberlo llamado
desde su regreso. Mientras estaba en Los Ángeles habían hablado por teléfono
por lo menos una vez por semana.
Como si le hubiese
leído el pensamiento, él preguntó:
–¿Por qué no me
llamaste? Dubchek me dijo que habías vuelto hacía cuatro días.
–Iba a llamarte
esta noche -respondió ella, sumisa, fastidiada de que Ralph estuviese
recibiendo información sobre su persona por boca de Dubchek.
Bajaron a la
cafetería a tomar un café. A esa hora de la tarde estaba casi desierta y se
sentaron junto al ventanal que daba al patio del Centro. Ralph comentó que
salía del hospital y se dirigía a su consultorio y que había querido
encontrarla antes de la noche.
–¿Qué te parece si
vamos a cenar? – la invitó, apoyando una mano sobre la de Marissa-. Estoy
impaciente por saber los detalles de cómo vencisteis al Ébola en Los Ángeles.
–No estoy segura de
que veintiuna muertes puedan considerarse un triunfo. Y lo peor de todo es que,
desde un punto de vista epidemiológico, fracasamos porque no pudimos determinar
la procedencia del virus. Tiene que haber algún foco específico. Imagínate cómo
habría reaccionado la prensa si el CCE no hubiese podido hallar la bacteria de
los Legionarios en el sistema de aire acondicionado.
–Creo que te juzgas
con demasiada severidad. – Pero es que no tenemos idea de cuándo puede volver a
aparecer el Ébola. Lamentablemente yo tengo la sensación de que se va a
repetir. Y es tan mortal…
Tenía muy presente
sus efectos letales. – Tampoco se pudo saber de dónde provino el Ébola en
África -aclaró Ralph, tratando de levantarle el ánimo.
Le llamó la
atención que Ralph conociese ese dato y se lo dijo.
–Basta con mirar
los noticieros de la televisión para instruirse en temas médicos. – Le apretó
la mano-. Pienso que deberíais considerar la estancia en Los Ángeles como un
éxito, porque pudisteis contener una posible epidemia de enormes proporciones.
Marissa sonrió. Se
daba cuenta de que Ralph procuraba que se sintiese mejor y mentalmente se lo
agradecía.
–Sí, tienes razón.
El brote pudo haber sido mucho peor, y hubo un momento en que así lo pensamos.
Gracias a Dios, la cuarentena fue la solución. Y me alegro, porque la tasa de
mortalidad era superior al noventa y cuatro por ciento, con sólo dos casos de supervivencia.
Hasta a la Clínica Richter había que considerarla como una víctima ya que ahora
tiene tanta mala fama por el Ébola como las casas de baño de San Francisco por
el SIDA.
Marissa miró la
hora y vio que eran más de las tres. – Tengo una reunión dentro de unos minutos
-se disculpó-. Te agradezco muchísimo que hayas venido a verme. La idea de
cenar juntos esta noche me parece estupenda.
–Hasta luego -dijo
él, levantando la bandeja con las tazas vacías.
Marissa subió
corriendo la escalera hasta el tercer piso y cruzó al edificio de virología. A
la luz del día no le pareció tan atemorizante como de noche. Al encaminarse a
la oficina de Dubchek, pensó que apenas dando la vuelta se encontraba la puerta
de acero que daba acceso al laboratorio de máximo riesgo. Eran las tres y
diecisiete cuando estaba frente a la secretaria de Dubchek.
Fue una tontería
haberse apresurado. Se sentó ante la secretaria, se puso a hojear el Virology
Times -con su sección central dedicada al virus del mes- y comprendió que, por
supuesto, Dubchek la haría esperar. Volvió a fijarse en la hora: cuatro menos
veinte. Del otro lado de la puerta oía a Dubchek hablando por teléfono. Y en la
consola que tenía la secretaria sobre su escritorio podría darse cuenta cuando
se apagara la lucecita titilante y volviera a encenderse para llamar otra vez.
Eran las cuatro menos cinco cuando por fin se abrió la puerta y Dubchek le hizo
señas de que pasara.
La oficina era
pequeña y había a la vista multitud de fotocopias de artículos amontonados
sobre el escritorio, sobre el archivador o directamente en el suelo. Dubchek
estaba en mangas de camisa, con la corbata escondida entre el botón segundo y
tercero para que no le estorbara. No se disculpó ni le explicó por qué la había
hecho esperar. Más aún, en su rostro se dibujaba un atisbo de sonrisa que a
Marissa le causó desagrado.
–Espero que haya
recibido mi nota -dijo ella, procurando hablar en un tono expeditivo.
–Así es. – ¿Qué es
lo que me aconseja? – Que siga exactamente con lo que hace ahora. Continúe
trabajando con virus menos patógenos hasta que adquiera experiencia.
–¿Y cómo sabré que
he reunido suficiente experiencia?
Comprendía que
Dubchek tenía razón, pero también se preguntaba si la respuesta de él habría
sido distinta de haber estado saliendo juntos. Lo que más la mortificaba era no
ser capaz de pedir disculpas por su grosero rechazo. Dubchek era guapo, un
hombre que le resultaba mucho más inteligente que Ralph, con quien sin embargo
aceptaba salir a cenar.
–Creo que yo me voy
a dar cuenta de cuándo ha obtenido un nivel adecuado de experiencia -dijo él
interrumpiéndole los pensamientos-. O bien lo sabrá Tad Schockley.
Se sintió más
animada. Si la decisión quedaba a criterio de Tad, seguramente conseguiría
alguna vez la autorización.
–Mientras tanto
-continuó el hombre dando la vuelta al escritorio para ir a sentarse-, tengo
algo más importante que comentarle. Acabo de hablar por teléfono con varias
personas, incluso con el jefe de Epidemiología del Estado de Missouri. Se ha
presentado en Saint Louis un único caso de enfermedad viral que podría ser
Ébola. Quiero que se traslade allí en el acto, que evalúe la situación en su
aspecto clínico, envíe muestras a Tad y vuelva a informar. Aquí tiene la
reserva de pasaje aéreo.
– Le entregó un
papel con una nota: aerolínea Delta, vuelo 1083. Hora de salida: 17:34. Hora de
llegada: 18:06.
Quedó atónita. Con
el tránsito congestionado de la hora punta, tenía el tiempo justo para llegar.
Sabía que un experto en enfermedades infecciosas siempre debía tener lista una
maleta, pero ella no la tenía y además estaba el problema de Taffy.
–Vamos a tener
listo el laboratorio móvil por si es necesario -decía, Cyrill en ese momento-,
pero esperemos que no haga falta.
Le tendió la mano,
pero Marissa estaba tan preocupada con la posibilidad de enfrentarse
posiblemente con el letal virus Ébola, que no se percató. Había ido allí a
pedir permiso para utilizar el laboratorio de máximo riesgo ¡y salía con la
orden de volar en seguida rumbo a Saint Louis! Miró brevemente la hora y echó a
correr: le quedaba el tiempo justo.
3 de marzo
Sólo cuando el
avión corría por la pista recordó Marissa la invitación de Ralph. Bueno, con
suerte podría llamarlo por teléfono justo cuando él regresara a su casa. El
único consuelo que le quedaba era que, en el plano profesional, se sentía más
tranquila que al viajar a Los Ángeles. Al menos tenía cierta idea de la labor
que debería realizar. Sin embargo, como ya sabía el grado terrible de
mortalidad del Ébola -si es que se trataba de ese virus-, tenía más miedo por
su propia seguridad. Si bien no se lo había confesado a nadie, aún la
inquietaba la posibilidad de haber contraído la enfermedad en el brote
anterior. Cada día que pasaba sin experimentar síntomas sospechosos era para
ella un alivio. Pero el temor no había desaparecido del todo.
El otro tema que la
perturbaba era que hubiese aparecido tan pronto otro brote de Ébola. De
comprobarse que se trataba del mismo virus, ¿cómo había llegado a Saint Louis?
¿Era una epidemia distinta de la de Los Ángeles o una prolongación de aquélla?
Se le planteaban muchos interrogantes, ninguno de ellos alentador.
–¿Va a cenar? – le
preguntó una azafata interrumpiéndole los pensamientos.
–Sí, claro
-respondió, bajando la mesita abatible. Le convenía cenar algo aunque no
tuviese hambre, porque una vez en Saint Louis quién sabe si tendría tiempo para
comer.
Al bajar del taxi
que la condujo desde el aeropuerto de Saint Louis hasta el Community Health
Plan Hospital, comprobó con agrado que había un cómodo cobertizo para
vehículos. Llovía a cántaros, y pese al techo de cemento, tuvo que levantarse
las solapas del abrigo para no empaparse con la lluvia que arrastraba el
viento. Entró por la puerta giratoria acarreando la cartera y la maleta, puesto
que no había tenido tiempo de pasar primero por el hotel.
El edificio era
imponente incluso en una noche oscura y tormentosa. Era de estilo moderno, con
fachada de mármol italiano que representaba en la fachada, y hasta los tres
pisos de altura, una réplica del Gateway Arch. El interior era de roble claro y
alfombras de un rojo intenso. Una
desenvuelta
recepcionista le indicó cómo llegar a las oficinas administrativas, para lo
cual debía atravesar unas puertas abatibles.
–¡Doctora
Blumenthal! – exclamó un diminuto oriental levantándose de su escritorio.
Marissa dio un paso atrás cuando el hombre le tomó la maleta y le estrechó
enérgicamente la mano libre-. Soy el doctor Harold Taboso, director de esta
institución. Y éste es el doctor Peter Austin, jefe de Epidemiología del Estado
de Missouri. Estábamos esperándola.
Marissa le dio la
mano al doctor Austin, un hombre alto y delgado, de cutis rojo.
–Estamos muy
agradecidos de que haya podido venir tan rápido -expresó Taboso-. ¿Desea algo
de comer o beber?
–Comí en el avión,
gracias. Además preferiría ponerme a trabajar en seguida.
–Por supuesto, por
supuesto.
Por un momento
pareció confundido y su colega Austin aprovechó el silencio para hacerse cargo
de la situación.
–Conocemos
perfectamente lo ocurrido en Los Ángeles y por eso nos preocupa que podamos
estar aquí ante el mismo problema. Como usted sabe, hemos ingresado un caso
sospechoso esta mañana y otros dos más mientras usted venía hacia aquí.
Marissa se mordió
el labio. Tenía la esperanza de que resultara una falsa alarma, pero al haberse
presentado dos casos nuevos, no había razón que justificase su optimismo. Se
dejó caer en la silla que le alcanzó el doctor Taboso, y dijo:
–Seria conveniente
que me informaran lo que han averiguado hasta ahora.
–Me temo que no es
demasiado -se justificó Austin-, porque ha habido poco tiempo. El primer caso
ingresó alrededor de las cuatro. Hay que reconocer el mérito del doctor Taboso
por haber dado la alarma en seguida. Como el paciente fue aislado de inmediato,
esperamos haber reducido al mínimo los contactos aquí en el hospital.
Marissa miró de
soslayo al doctor Taboso y éste sonrió nervioso, aceptando el cumplido. –Eso
fue muy positivo. ¿Se practicó algún estudio de laboratorio?
–Desde luego
-respondió Taboso. – Allí podría haber algún problema. – Sí, lo sabemos. Pero
el análisis se ordenó apenas ingresó el enfermo, antes de que sospecháramos
cuál podía ser el diagnóstico. Apenas se informó a mi oficina, dimos aviso al
Centro para el Control de Enfermedades.
OceanofPDF.com
–¿Pudieron
establecer alguna vinculación con el brote de Los Ángeles? ¿Ninguno de los
pacientes provenía de allí? – No -repuso el doctor Austin-. Investigamos esa
posibilidad, pero no pudimos establecer conexión alguna.
–Bueno -dijo ella
poniéndose de pie sin demasiadas ganas-, vamos a ver a los pacientes. Supongo
que contarán con el equipo completo de ropa protectora.
–Sí, por supuesto.
Atravesaron el vestíbulo hacia los ascensores.
Cuando iban
subiendo, Marissa preguntó:
–¿Alguno de los
enfermos ha estado últimamente en África?
Los dos médicos se
miraron y Taboso respondió: -Creo que no. Marissa no se esperaba una respuesta
afirmativa. Así, todo habría sido demasiado fácil. Iba observando el indicador
de los pisos y vio que se detenían en el séptimo.
A medida que
avanzaban por el pasillo vio que la mayoría de las habitaciones no estaban
ocupadas. Gran parte de ellas no estaban ni siquiera terminadas de amueblar y
las paredes del pasillo apenas tenían la primera mano de pintura.
El doctor Taboso
advirtió la expresión del rostro femenino. –Perdone -dijo-; debí habérselo
explicado. Cuando se construyó este
sanatorio se
planificó una cantidad excesiva de camas. Por eso nunca se terminó el séptimo
piso que decidimos utilizar para esta emergencia porque es perfecto para el
aislamiento, ¿no le parece?
Llegaron al
despacho de las enfermeras, donde aparentemente no faltaba nada, salvo los
armarios. Marissa tomó el historial médico del primer paciente. Se sentó ante
un escritorio y leyó el apellido del hombre: Zabriski. En la página de signos
vitales aparecían los familiares síntomas de fiebre alta y baja presión
sanguínea. En la hoja siguiente se consignaban los datos personales del
enfermo, el doctor Carl M. Zabriski. Marissa, enarcó las cejas y le preguntó a
Taboso con gesto de incredulidad si el paciente era también médico.
–Sí. Es oculista y
trabaja en este mismo sanatorio. Se dirigió luego al doctor Austin. – ¿Sabía
usted -le preguntó- que el paciente portador del virus en Los Ángeles también
era médico? Más aún, ¡oftalmólogo! – Estaba al tanto de la coincidencia
-reconoció el doctor Austin, frunciendo el entrecejo.
–¿El doctor
Zabriski realiza investigaciones con monos?
–Que yo sepa, no
-contestó el doctor Taboso-. Al menos aquí en el hospital, seguro que no.
–Si no recuerdo
mal, en el brote de Los Ángeles no hubo otros médicos, ¿verdad?
–No; sólo el caso
original. Hubo tres técnicos químicos y una enfermera, pero ningún otro médico.
Marissa continuó
leyendo el historial y notó que no era tan completo como el que se había
confeccionado sobre el doctor Richter en la clínica de su mismo nombre. No
había mención de recientes viajes ni de contacto con animales, pero los
estudios de laboratorio eran impresionantes. Si bien aún no estaban todos los
resultados, los que había indicaban lesiones de hígado y riñón. Por
consiguiente, todo apuntaba hacia la fiebre hemorrágica Ébola. Cuando terminó
de leer el historial clínico, preparó lo necesario para
recoger y
empaquetar las muestras virales. Luego una enfermera la acompañó hasta el
sector aislado, donde se puso la mascarilla, gorro, guantes, botas y gafas.
En la habitación de
Zabriski había otras dos mujeres con similar indumentaria. Una de ellas era
enfermera y la otra, médico.
–¿Cómo está el
paciente? – preguntó Marissa acercándose a la cama.
La pregunta fue
retórica, pues el estado del enfermo saltaba a la vista. Lo primero que notó
fue la erupción en el torso. Segundo, signos de hemorragia, ya que se advertía
flujo por la sonda nasogástrica. El doctor Zabriski se hallaba consciente
aunque en grado mínimo, y no estaba en condiciones de responder preguntas.
Una breve
conversación con la doctora encargada confirmó las impresiones de Marissa. El
enfermo había empeorado durante el día, particularmente en el curso de la
última hora, puesto que comenzaba a observarse un progresivo descenso de la
presión sanguínea.
No necesitó ver
más. Clínicamente el caso de ese hombre era horriblemente parecido al del
doctor Richter. Hasta que no se demostrara lo contrario, debía suponerse que el
doctor Zabriski y los dos casos posteriores ingresados en el hospital padecían
fiebre hemorrágica Ébola.
La enfermera la
ayudó a obtener muestras de tejido nasal, de sangre y orina. Marissa procedió
tal como había hecho en Los Ángeles: guardando el material en una bolsa y luego
en otra y desinfectando la parte externa de ambas con hipoclorito de sodio.
Después de quitarse el atuendo protector, se
lavó las manos y
volvió al despacho de las enfermeras para llamar a Dubchek.
La conversación
telefónica fue corta y precisa. Ella manifestó haberse formado la impresión
clínica de que se hallaban ante otra epidemia de Ébola.
–¿Y las medidas de
aislamiento? – Eso lo han hecho muy bien. – Nosotros llegaremos cuanto antes
-expresó Dubchek-. Tal vez esta misma noche. Entretanto quiero que haga
suspender todo estudio en el laboratorio y que supervise la desinfección.
Dígales también que organicen la misma cuarentena que se puso en práctica en
Los Ángeles para los contactos.
Marissa iba a
responderle cuando se dio cuenta de que él había cortado. Lanzó entonces un
suspiro y colgó el receptor. ¡Qué maravillosa relación de trabajo tenía con su
jefe!
–Bueno -dijo
Marissa a los doctores Taboso y Austin-, manos a la obra. Rápidamente pusieron
en vigor las normas para la cuarentena y la
esterilización del
laboratorio y ellos aseguraron que esa misma noche se remitirían las muestras
al Centro de Atlanta.
Cuando se marcharon
a cumplir con sus tareas, Marissa pidió el historial de los otros dos
pacientes. Una enfermera, de nombre Pat, se los entregó y dijo:
–No sé si le habrá
avisado el doctor Taboso, pero está abajo la señora Zabriski.
–¿También
internada? – No, no. Insiste en permanecer en el hospital. Quería quedarse aquí
arriba, pero al doctor Taboso no le pareció una buena idea y le indicó que
bajara al vestíbulo de la planta baja.
Marissa dejó un
instante los historiales porque no sabía muy bien qué hacer. Resolvió ver a la
señora Zabriski puesto que tenía muy pocos datos acerca de las últimas
actividades del marido. Además, debía pasar por el laboratorio para controlar
la esterilización. Bajó entonces al primer piso. Miró los rostros de las
personas que iban en el ascensor tratando de imaginar cómo reaccionarían cuando
se enteraran de que había habido un brote de Ébola en el sanatorio. Al abrirse
las puertas en el primer piso, fue la única que se bajó allí.
Pensó que iba a
encontrarse con el personal de la noche en el laboratorio, pero le llamó la
atención comprobar que el propio director, el doctor Ailhur Rand, patólogo- se
hallaba aún en su lugar de trabajo pese a que eran más de las ocho de la noche.
Se trataba de un hombre de edad,
pedante, vestido
con un chaleco a cuadros, hasta con un reloj de oro pendiente de una cadena que
le asomaba por un bolsillo. No demostró estar impresionado de que el CCE
hubiese enviado a Marissa, y la expresión de su rostro no varió al informarle
ella que, en su opinión, había habido un brote de Ébola en el hospital.
–Tenía entendido
que eso apareció en el diagnóstico diferencial.
–El Centro solicitó
que no se practiquen más análisis de laboratorio a los pacientes en cuestión,
doctor. – Marissa se dio cuenta de que ese hombre no le iba a facilitar la
labor-. Esta misma noche traeremos un laboratorio móvil de aislamiento.
–Sugiero que eso se
lo comunique al doctor Taboso. – Ya lo he hecho. También pensamos que habría
que desinfectar este laboratorio. En el brote de Los Ángeles, tres de los casos
se originaron por el contagio proveniente del laboratorio-Yo con mucho gusto estoy
dispuesta a ayudar, si lo desea.
–Creo que somos
capaces de hacer nuestra propia limpieza -manifestó el doctor con cara de
«¿Acaso supone que nací ayer?»
–Si me necesita, no
tiene más que avisarme -sostuvo Marissa.
Luego dio media
vuelta y se fue. Había hecho todo lo posible.
Ya en la planta
baja se encaminó a un bonito salón que se comunicaba con la capilla. No sabía
cómo iba a reconocer a la señora Zabriski, pero felizmente era la única persona
que se hallaba en la habitación.
–Señora Zabriski
-dijo Marissa con voz suave, y la mujer levantó la cabeza. Tenía alrededor de
cincuenta años, y el pelo entrecano. Por los ojos enrojecidos era obvio que
había estado llorando-. Soy la doctora Blumenthal. Perdone que la moleste, pero
necesito formularle unas preguntas.
Una sombra de
terror cruzó por los ojos de la mujer. – ¿Carl ha muerto?
– No. – Pero va a
morir, ¿verdad? – Señora -dijo Marissa con deseos de eludir un tema tan
espinoso, máxime porque le parecía correcta la intuición de la mujer. Se sentó
a su lado para hablarle-. No soy uno de los profesionales que atiende a su
marido sino que estoy aquí para averiguar qué clase de enfermedad padece y cómo
la contrajo. ¿No hizo su marido algún viaje durante las últimas… -Iba a decir
tres semanas, pero al recordar el viaje del doctor Richter a África,
rectificó-, en los últimos dos meses?
–Sí. El mes pasado
fue a una convención médica en San Diego y hace una semana, más o menos, estuvo
en Boston.
Al oír «San Diego»
Marissa se enderezó en su asiento. – ¿Se refiere a un congreso sobre cirugía de
párpados realizado en San Diego?
–Creo que sí. Pero
la que debe saberlo seguro es Judith, la secretaria de Carl.
La mente de Marissa
era un torbellino. ¡Zabriski había concurrido al mismo simposio que el doctor
Richter! ¿Acaso otra coincidencia? El único problema era que dicho congreso
había tenido lugar unas seis semanas antes, aproximadamente el mismo intervalo
de tiempo transcurrido entre el viaje de Richter a África y la aparición de sus
síntomas.
–¿No sabe en qué
hotel se alojó su marido en San Diego? ¿Podría ser en el Coronado?
–Me parece que sí.
Mientras le venía a la mente el papel decisivo que había desempeñado cierto
hotel de Filadelfia durante la epidemia de la Enfermedad del Legionario, se
interesó por el viaje a Boston del doctor Zabriski. Sin embargo, la señora no
sabía con qué motivo había ido y por eso le dio el teléfono de la casa de
Judith, secretaria de su marido, ya que ella seguramente estaría al tanto de
todo.
Marissa anotó el
número y preguntó si al doctor Zabriski no lo había mordido algún mono o si no
había estado en contacto con esa clase de animales últimamente.
–No, al menos que
yo sepa. Marissa le dio las gracias y se disculpó por haberla molestado, tras
lo cual fue a llamar a Judith.
Dos veces tuvo que
explicarle a la secretaria quién era y por qué la llamaba a semejante hora.
Finalmente Judith le confirmó lo que la señora Zabriski había dicho: que el
doctor se había alojado en el Hotel Coronado de San Diego, que no lo había
mordido animal alguno y que no tenía idea de que en los últimos tiempos hubiese
tenido el menor contacto con monos. Cuando Marissa le preguntó si Zabriski
conocía a Richter, la respuesta fue que ese apellido no aparecía jamás en la
correspondencia ni figuraba en su agenda telefónica. Según Judith, el motivo
del viaje a Boston fue para colaborar con la organización de la próxima reunión
de graduados del Instituto de Ojos y Oídos de Massachussets. Le dio a Marissa
el nombre y el teléfono del colega de Zabriski en esa ciudad. En el momento de
anotarlo, Marissa se preguntó si el doctor Zabriski, sin darse cuenta, no
habría transportado el virus a la zona de Boston. Tendría que comunicar esa
posibilidad a Dubchek.
Cuando colgó,
recordó de pronto que no había llamado a Ralph desde el aeropuerto. Él contestó
con voz de dormido y Marissa le pidió disculpas por despertarlo a esa hora y
por no haber hablado con él antes de partir de Atlanta. Cuando le explicó lo
que había sucedido, Ralph le contestó que la perdonaría sólo si le prometía
llamarlo cada dos o tres días para tenerlo al corriente de la situación.
Luego regresó al
pabellón en cuarentena y continuó la lectura de los historiales clínicos. Los
últimos dos internados eran una tal Carol Montgomery y el doctor Brian Cester.
Ambos habían acusado fiebre alta, terribles cefaleas y dolores abdominales
pronunciados. Si bien los síntomas no eran del todo específicos, su intensidad
constituía suficiente motivo de alarma. No había referencia alguna a viajes ni
contacto con animales en ninguno de los dos pacientes.
Después de reunir
el material necesario para la recolección de muestras, Marissa se puso el
atuendo protector y fue a visitar a la primera paciente, una mujer un año mayor
que la propia Marissa. Sabiendo ese dato, Marissa no pudo menos de
identificarse con ella, una abogada que trabajaba en una de las empresas más
importantes de la ciudad. Si bien conservaba la lucidez y podía hablar, era
evidente que estaba gravemente enferma.
Marissa le preguntó
si había viajado últimamente, y la respuesta fue negativa. Al preguntarle si
conocía al doctor Zabriski la mujer respondió que sí puesto que era su oculista
y que había ido a consultarlo apenas cuatro días antes.
Marissa obtuvo las
muestras virales y se marchó acongojada de la habitación. No le gustaba en
absoluto hacer un diagnóstico y después no poder tratar la enfermedad. El hecho
de haber averiguado información semejante a la del primer brote del virus no
era demasiada gratificación. Esos datos, sin embargo, le trajeron a la memoria
una pregunta que también se había formulado en Los Ángeles: ¿Por qué algunos de
los pacientes del doctor Richter contrajeron el mal y otros no?
Después de ponerse
una nueva indumentaria protectora fue a ver al doctor Brian Cester. Le formuló
las mismas preguntas y obtuvo las mismas respuestas también, salvo cuando le
preguntó si Cester había sido paciente de Zabriski.
–No -respondió
cuando se le pasó un espasmo abdominal-. Jamás he ido a un oculista.
–¿No trabaja usted
con él? – De vez en cuando hago anestesias para sus pacientes, – El dolor lo
obligó a contraer el rostro. Cuando se repuso agregó-: Jugamos juntos al tenis
más un poco a menudo de lo que trabajo con él. De hecho, tuvimos un partido hace
apenas cuatro días.
Marissa extrajo las
muestras y se retiró, más confundida que nunca. Creía que para transmitir la
enfermedad hacía falta un contacto bastante estrecho -particularmente por una
membrana mucosa-, pero jugar al tenis con alguien no parecía atenerse a ese esquema.
Después de enviar
el segundo juego de muestras virales, volvió al estudio del historial del
doctor Zabriski. Volvió a leerlo hasta el más mínimo detalle y empezó a
confeccionar el mismo tipo de diario que hiciera para el doctor Richter. Agregó
los datos proporcionados por la esposa y la secretaria del enfermo, sabiendo
que tendría que volver a consultar a ambas. Pese a que ese trabajo no había
bastado para determinar el foco del virus en el brote de Los Ángeles, tenía la
esperanza de que, con el mismo método, pudiera hallar en el caso de Zabriski el
elemento común aparte del hecho de que ambos habían asistido al mismo congreso
de oftalmología en San Diego.
Eran más de las
doce cuando llegaron Dubchek, Vreeland y Layne. Marissa se alegró de verlos,
máxime porque el estado clínico de Zabriski continuaba empeorando. El médico
que lo atendía había pedido unos análisis de sangre de rutina para determinar
su grado de hidratación, y Marissa se sintió entre la espada y la pared; entre
la necesidad de tratar al paciente y por otro lado la de proteger el hospital.
Por último autorizó sólo aquellos estudios que podían llevarse a cabo en la
habitación del enfermo.
Después de un
brevísimo saludo, los médicos del Centro no prestaron la menor atención a
Marissa, mientras se esforzaban por poner en funcionamiento el laboratorio
móvil y por mejorar el aislamiento de los pacientes. El doctor Layne había
hecho llevar enormes extractores de aire, y el doctor Vreeland bajó en el acto
a las oficinas de administración para intercambiar opiniones sobre la forma de
perfeccionar la cuarentena.
Marissa volvió a
consultar los historiales clínicos pero muy pronto agotó la información que
éstos podían suministrarle. Se levantó y se encaminó al laboratorio móvil de
aislamiento. Dubchek se había quitado la americana y arremangado la camisa
mientras trabajaba con los dos químicos del Centro. Se había producido una
avería eléctrica en el aparato.
–¿Puedo ayudar en
algo? – Que yo sepa, no -le respondió Dubchek sin levantar la mirada y de
inmediato se puso a hablar con uno de los técnicos para sugerirle que cambiara
los electrodos.
–Necesito que me
dedique un minuto para informarle lo que he investigado -dijo Marissa, ansiosa
por comentar el hecho de que Zabriski había asistido a la misma convención de
oftalmología en San Diego que el doctor Richter.
–Tendrá que
esperar. Hacer funcionar este laboratorio es más importante que cualquier
teoría epidemiológica.
Regresó al despacho
de las enfermeras hecha una furia. No creía merecer el sarcasmo de Dubchek. Si
lo que se había propuesto era minimizar el aporte hecho por ella, lo había
logrado. Se sentó a meditar las alternativas que se le presentaban. Podía
quedarse en la esperanza de que él le concediera diez minutos, a su
conveniencia, o bien podía irse a dormir. Ganaron las ganas de dormir. Entonces
guardó los papeles en la cartera y regresó a la planta baja a buscar su maleta.
La telefonista la
despertó a las siete. Después de tomar una ducha y vestirse se dio cuenta de
que ya no estaba tan furiosa con Dubchek. Al fin y al cabo había que comprender
que, si resultaba imposible controlar el brote de Ébola, el responsable sería él,
no ella.
Cuando llegó al
pabellón de aislamiento, uno de los médicos del Centro le informó que Dubchek
había regresado a su hotel a las cinco de la madrugada. En cuanto a Vreeland y
Layne, no sabía dónde estaban. En el despacho de las enfermeras reinaba el
caos. Durante la noche habían sido internados cinco pacientes más con
diagnósticos de presunta fiebre hemorrágica Ébola. Marissa recibió las fichas,
pero como al colocarlas en orden advirtió que faltaba la de Zabriski, se la
pidió a una enfermera.
–El doctor Zabriski
falleció hoy a las cuatro. La noticia, no por esperada, dejó de impresionarla,
tal vez porque inconscientemente había estado esperando un milagro. Se sentó y
se cubrió la cara con las manos. Al cabo de un momento hizo esfuerzos por leer
los nuevos historiales. Iba a ser más fácil si se mantenía ocupada. Sin darse
cuenta, se tocó el cuello y notó una zona blanda. ¿Sería un ganglio linfático
hinchado?
Le agradó que la
interrumpiera el doctor Layne, director del programa de enfermedades
infecciosas del CCE. Por las oscuras ojeras, por la expresión de agotamiento y
la barba crecida resultaba obvio que apenas si había dormido en una cama.
Marissa le sonrió; le gustó su físico de
espaldas anchas y
su rostro curtido que le recordaban a un ex jugador de fútbol americano. Layne
se sentó pesadamente, al tiempo que se masajeaba las sienes.
–Me da la impresión
de que esto va a ser tan problemático como Los Ángeles -dijo-. Están a punto de
subir a otro paciente y ya hay uno más en urgencias.
–Acabo de empezar a
mirar los nuevos historiales -afirmó Marissa sintiéndose súbitamente culpable
por haberse ido la noche anterior.
–Bueno, le digo una
cosa: todos los nuevos pacientes parecen haber contraído la enfermedad en el
sanatorio, y eso es lo que más me preocupa.
–¿Son todos
pacientes del doctor Zabriski? – Ésos lo son -respondió el doctor Layne
señalando las fichas que tenía Marissa ante sí-. Todos fueron atendidos
últimamente por él. Al parecer los inoculó durante la consulta.
Los casos nuevos
son ambos pacientes del doctor Cester, que fue el anestesista en los casos
quirúrgicos de los últimos diez días.
–¿Cree usted que el
doctor Cester contrajo el mal de la misma forma que el doctor Zabriski?
Layne meneó la
cabeza. – No. Hablé extensamente con Cester y me enteré de que solía jugar al
tenis con Zabriski.
Marissa hizo un
gesto de asentimiento. – Pero -dijo-, ¿acaso bastaría con ese contacto? – Unos
tres días antes de enfermar Zabriski, Cester le pidió prestada la toalla entre
un set y otro. Creo que ahí se produjo el contagio, porque aparentemente la
transmisión de virus requiere un contacto real de secreciones del cuerpo. Creo
que Zabriski es otro foco de contagio, tal como el doctor Richter.
Marissa se sintió
estúpida. Había dejado de interrogar a Cester antes de enterarse de un dato
crucial. Esperaba no volver a cometer el mismo error.
–Ojalá supiéramos
cómo se introdujo el Ébola en el hospital en primer lugar -expresó
retóricamente el doctor Layne.
Con cara de
cansado, pero ya afeitado y bien vestido como siempre, Dubchek llegó al
despacho de las enfermeras. Marissa se sorprendió al verlo. Si realmente se
había ido a las cinco, apenas había tenido tiempo de darse una ducha y
cambiarse, y mucho menos de dormir un poco.
Antes de que
Dubchek pudiese enfrascarse en una conversación con Layne, Marissa aprovechó
para informarles a ambos que Zabriski había asistido a la misma convención
médica, en San Diego, que Richter y que se habían alojado también en el mismo
hotel.
–Fue hace demasiado
tiempo como para que tenga importancia -opinó Dubchek, dogmático-. Ese congreso
se realizó hace más de un mes y medio. –Pero parece ser el único punto de
contacto entre ambos médicos -
protestó Marissa-,
y pienso que habría que investigar más en esa dirección. –Como usted quiera.
Mientras tanto, baje a patología y cerciórese de
que se tomen todas
las precauciones cuando se haga la autopsia de Zabriski esta mañana. Y dígales
que se obtengan especimenes por congelación rápida de hígado, corazón, cerebro
y bazo para aislamiento viral.
–¿Y de riñón no? –
quiso saber Layne. – Sí, de riñón también. Marissa partió con la sensación de
ser la chica de los recados. Se
preguntó si alguna
vez recobraría el respeto de Dubchek, y al recordar cómo lo había perdido, su
estado depresivo dio paso a una oleada de indignación.
En patología -donde
reinaba una actividad febril le indicaron el camino hasta las salas de autopsia
para buscar al doctor Rand. Al recordar sus modales pedantes y engreídos, no
sintió el menor deseo de encontrarse con él. Las salas de autopsia estaban todas
revestidas de azulejos blancos y brillante acero inoxidable. El penetrante olor
a formalina le hizo saltar las lágrimas. Uno de los técnicos le informó que la
autopsia de Zabriski se efectuaría en la sala tres. – Si desea presenciarla
tiene que ponerse la ropa especial, porque es un caso sucio -le dijo.
Con el miedo que
tenía de contraer el Ébola, Marissa obedeció de buen grado. Al entrar en la
estancia vio que el doctor Rand estaba a punto de empezar. El doctor levantó la
mirada de la mesa de terroríficas herramientas donde yacía el cadáver de
Zabriski dentro de una bolsa de plástico transparente.
–¡Hola! – saludó
Marissa. ¿Por qué no mostrar un estado de ánimo jovial? Al no recibir
respuesta, procedió a transmitir las peticiones del CCE al patólogo y éste
accedió a proporcionar las muestras. Marissa sugirió luego el uso de gafas.
–Tanto en Los
Ángeles como aquí, varios casos se contagiaron a través de la membrana
conjuntiva -explicó.
El doctor Rand
protestó con un gruñido y desapareció para volver luego con un par de gafas
puestas. Sin mediar palabra, le entregó otro par a Marissa.
–Ah, y otra cosa
-agregó ella-. El Centro recomienda evitar el uso de sierras eléctricas en
casos de esta índole debido a la intensa formación de aerosol que se produce.
–Yo no pensaba
utilizar ninguna herramienta eléctrica -sostuvo el doctor Rand-. Por extraño
que le parezca, he tenido otros casos infecciosos en mi carrera.
–Entonces supongo
que no debo advertirle que tenga cuidado de no cortarse los dedos -le replicó
ella-. Un patólogo murió de fiebre hemorrágica viral precisamente por esa
causa.
–Sí, ya me acuerdo.
Fue la fiebre Lassa. ¿Nos honrará con alguna otra indicación? – No -repuso
Marissa.
El patólogo hizo un
corte en la bolsa plástica. Marissa n0 sabía qué hacer, si irse o quedarse. La
indecisión se trocó en inacción: se quedó.
Por un micrófono de
techo que funcionaba a pedal, el doctor Rand comenzó a describir las marcas
externas del cadáver. Su voz adquirió ese tono monocorde que Marissa recordaba
de sus épocas de estudiante de medicina. Sólo regresó al presente al oír que Rand
mencionaba una herida suturada en el cuero cabelludo. Eso era un dato inédito
que no había aparecido en la ficha, como tampoco el corte en el codo derecho ni
el moretón del muslo derecho.
–¿Esas magulladuras
se produjeron antes o después de la muerte? –Antes -respondió Rand sin
preocuparse por disimular el fastidio que le
causaba la
interrupción.
–¿Qué tiempo les
calcula usted? – insistió ella, sin prestar atención al tono del patólogo.
Se inclinó para
observarlas más de cerca. – Una semana aproximadamente. Dos días más o menos.
Podríamos determinarlo si hiciéramos secciones microscópicas, pero dado el
estado del paciente no me parece que sean tan importantes. Y ahora, si me lo
permite, quisiera reanudar el trabajo.
Obligada a dar un
paso atrás, Marissa reflexionó acerca de esos traumatismos. Quizá tuvieran una
explicación como por ejemplo que Zabriski se hubiera caído mientras jugaba al
tenis. Lo que le preocupaba era el hecho de que la magulladura y el corte en el
cuero cabelludo no figuraran en el historial clínico ya que a ella le habían
enseñado que todo debía constar en la ficha personal. No bien Rand hubo
concluido y ella pudo cerciorarse de la correcta obtención de las muestras de
tejido, resolvió averiguar la causa de las heridas.
Usó el teléfono de
patología para comunicarse con Judith, la secretaria de Zabriski. Lo dejó sonar
veinte veces pero no contestaron. Como no
deseaba molestar a
la esposa de Zabriski, decidió probar suerte en el consultorio que debía de
hallarse en la misma clínica. Allí se dirigió y encontró a Judith ante su
escritorio.
–Judith era una
chica de veintitantos años y aspecto frágil. Al notarle el maquillaje corrido,
Marissa se dio cuenta de que había estado llorando. Pero además de triste, la
chica parecía aterrorizada.
–La señora Zabriski
está enferma -contó en cuanto Marissa se presentó-. Hablé con ella hace un
momento. Está abajo, en la sala de urgencias, pero van a internarla. Se cree
que tiene lo mismo que tuvo el marido. Dios mío, ¿también yo me voy a
contagiar? ¿Cuáles son los síntomas?
Con cierta
dificultad Marissa la tranquilizó lo suficiente como para contarle que en el
brote de Los Ángeles, la secretaria del médico no había contraído el mal.
–De todos modos yo
me voy de aquí -dijo Judith abriendo un cajón del escritorio y sacando un
jersey que arrojó dentro de una caja de cartón. Evidentemente ya estaba
recogiendo sus cosas-. Y no soy la única. Ya son varios los miembros del
personal que anunciaron que se van también.
–Créame que la
comprendo. – Marissa se preguntó si no habría que declarar en cuarentena a todo
el sanatorio En la Clínica Richter esa medida había sido terrible de poner en
práctica en el aspecto logístico-. Vine a hacerle una pregunta.
–Desde luego
-aceptó Judith, mientras continuaba vaciando los cajones del escritorio.
–El doctor Zabriski
tenía varias magulladuras y un corte en la cabeza, corno si se hubiera caído.
¿No sabe usted qué le pasó?
–Ah, no fue nada
-respondió la joven restándole importancia al asunto con un ademán-. Lo
asaltaron la semana pasada en una galería comercial adonde había ido a comprar
el regalo de cumpleaños a su mujer. Le robaron la billetera y el Rolex de oro,
y creo que lo golpearon en la cabeza.
Así quedaba
resuelto el misterio de las lesiones. Marissa permaneció unos minutos
observando cómo Judith guardaba sus cosas en la caja, tratando de ver si tenía
alguna otra pregunta. Como no se le ocurrió ninguna, se despidió encaminándose
al pabellón de aislamiento. En muchos sentidos se sentía tan atemorizada como
Judith.
El pabellón de
aislamiento había perdido su anterior tranquilidad. Con tantos nuevos pacientes
hubo que convocar a todo el personal y las
enfermeras estaban
abrumadas de trabajo. El doctor Layne estaba sentado, realizando anotaciones en
varios historiales clínicos.
–Bienvenida al
manicomio. Tenemos cinco internados más, y entre ellos, la señora Zabriski.
–Sí, ya me enteré.
Marissa tomó asiento a su lado. Qué pena que Dubchek no la tratara como el
doctor Layne, o sea, como a un colega. –Hace un rato llamó Tad Schockley. Se
confirmó que es Ébola.
Marissa sintió un
estremecimiento en la espalda. El doctor Layne prosiguió:
–De un momento a
otro llegará el ministro de Sanidad del Estado para decretar la cuarentena.
Parece ser que numerosos integrantes del personal están abandonando sus
funciones: enfermeras, químicos, incluso algunos médicos. El doctor Taboso se
vio muy apurado para nombrar personal en este pabellón. ¿No ha visto el
periódico local?
Marissa le indicó
que no con un movimiento de cabeza. Estaba tentada de decir que ella tampoco
deseaba quedarse si con ello exponía su vida.
–El titular es:
«¡Regresa la Peste!» -El doctor Layne hizo una mueca de desagrado-. A veces los
medios informativos son muy irresponsables. Dubchek no quiere que nadie hable
con la prensa. Que todas las preguntas se las dirijan a él.
Marissa se- volvió
al oír que se abría la puerta del ascensor para pacientes. En ese momento salía
una camilla cubierta con una tienda de plástico transparente para aislamiento.
Cuando pasó a su lado reconoció a la señora Zabriski y volvió a estremecerse,
preguntándose si de verdad habría sido exagerado el titular del periódico.
10 de abril
Se llevó a la boca
otra cucharada de esa clase de postres que sólo se permitía en raras ocasiones.
Era la segunda noche en Atlanta desde su regreso y Ralph la había invitado a
cenar en un restaurante francés íntimo. Al cabo de cinco semanas de dormir poco
y tener que soportar lo que le servían en la cafetería del hospital, la comida
delicada le resultaba una verdadera exquisitez. Notó que, como no había bebido
una gota de alcohol en todo ese tiempo, el vino se le subía a la cabeza. Se
daba cuenta de que estaba demasiado locuaz, pero Ralph parecía contento de
escucharla.
Se disculpó por
hablar tanto de su trabajo y señaló como pretexto la copa de vino vacía.
–No tienes por qué
disculparte. Sería capaz de quedarme escuchándote la noche entera. Me resulta
fascinante lo que habéis podido hacer tanto en Los Ángeles como en Saint Louis.
–Pero de todos
modos yo te tenía al corriente cuando estaba fuera - protestó Marissa,
refiriéndose a las frecuentes charlas telefónicas. Durante su estancia en Saint
Louis le llamaba cada dos o tres días. Sentía que con Ralph podía poner a
prueba sus teorías, y hablar con él le servía además para disipar la
frustración por el hecho de que Dubchek se empeñara en ignorarla. Ralph se
mostró siempre comprensivo.
–Me gustaría que me
contaras algo más sobre la reacción que se produjo en la ciudad. ¿Cómo lograron
las autoridades y el personal médico del sanatorio vencer el pánico
considerando que esta vez hubo treinta y -siete casos fatales?
Marissa le tomó la
palabra y procuró describir la conmoción que hubo en el hospital de Saint
Louis. Tanto el personal como los pacientes se indignaron cuando se impuso la
cuarentena, y el doctor Taboso le confesó después, apesadumbrado, que suponía
que el hospital iba a cerrar cuando se levantara la medida. A mí todavía me
aflige la posibilidad de haber contraído la enfermedad. Cada vez que me duele
la cabeza, pienso: «Me tocó el turno» Y si bien todavía no tenemos idea de
dónde procede el virus, Dubchek opina que el foco tiene alguna relación con el
personal médico, lo cual no me hace muy feliz que digamos.
–¿Eso crees tú
también? Marissa se rió. – Por fuerza debo creerlo. Y de confirmarse esa
teoría, tú en particular correrías peligro, puesto que en ambas ocasiones el
enfermo portador fue un oculista.
–Ni me lo
menciones, porque soy bastante supersticioso.
Marissa se echó
hacia atrás para que el camarero le sirviera un segundo café. Estaba buenísimo,
pero seguramente se lamentaría de haberlo bebido cuando quisiera dormir.
Cuando el camarero
se hubo retirado con los platos del postre prosiguió:
–Sí la teoría de
Dubchek es correcta, quiere decir que ambos oculistas de alguna manera tuvieron
contacto con el misterioso foco. Hace varias semanas que este tema me tiene
intrigada, pero no encuentro la explicación. El doctor Richter estaba en
contacto con monos, más aún, una semana antes de caer enfermo, lo había mordido
uno, y se sabe que los monos tienen relación con un virus afín, denominado
Marburg. Pero el doctor Zabriski no tuvo el menor contacto con animales.
–¿No me dijiste que
había viajado a África? A mí ese dato me parece crucial porque, al fin y al
cabo, en África ese virus es endémico. Es cierto, pero los tiempos no
coinciden. El período de incubación de él habría sido de seis semanas, mientras
que en los demás casos fue de entre dos y cinco días. Además, habría que
relacionar un brote con el otro. El.doctor Zabriski no viajó a África, pero el
único punto de relación fue que ambos profesionales asistieron al mismo
congreso médico de San Diego. Y una vez más te digo -eso fue seis semanas antes
de que enfermara Zabriski. Es una locura.
Marissa hizo un
ademán como si se, diera por vencida.
–Alégrate de que
por lo menos pudieron dominar los brotes. Dicen que fue peor cuando apareció el
virus en África.
–Es cierto. En el
brote de 1976 de Zaire se supone que el portador pudo haber sido un estudiante
universitario estadounidense y hubo trescientos dieciocho enfermos, de los
cuales doscientos ochenta murieron. – Por eso te lo digo -exclamó Ralph,
contento de poder levantarle el ánimo. Dobló luego su servilleta y la dejó
sobre la mesa-. ¿No quieres que pasemos por casa a tomar una copa?
Marissa lo miró y
no pudo menos de asombrarse por lo cómoda que se sentía con él. Lo sorprendente
era que la relación se había afianzado por teléfono.
–Sí, desde luego
-aceptó con una sonrisa. Cuando salían del restaurante ella lo tomó del brazo.
Antes de subir al coche él le abrió la portezuela y Marissa pensó que no le
costaría nada acostumbrarse a ese trato.
Por el cariño con
que tocaba los instrumentos y el volante de su nuevo Mercedes 300 SDL,
resultaba obvio que a Ralph le encantaba. Marissa pudo apreciar el confortable
interior, pero los coches nunca le llamaron demasiado la atención. Tampoco
podía entender por qué la gente se compraba vehículos diesel, con el
desagradable ruido que hacían. «Son económicos», lo justificaba Ralph. Pero al
contemplar los detalles de lujo, se maravillaba de que alguien pudiese
engañarse pensando que un Mercedes caro era económico.
Durante un rato no
conversaron, lo cual la llevó a plantearse si había sido una buena idea ir a
casa de él a esas horas de la noche. Pero al mismo tiempo confiaba en Ralph y
estaba dispuesta a que la relación avanzara un poco más. Se volvió para mirarlo
en la semipenumbra. Ralph tenía un perfil recio, con una nariz importante como
la de su padre.
Cuando estuvieron
en el sofá de la sala de estar, cada uno con una copa de coñac, Marissa
mencionó algo que no había querido contarle a Dubchek debido a esa actitud de
superioridad que había asumido él en los últimos tiempos.
–En los dos casos
de los enfermos portadores del virus se da un detalle que resulta insólito.
Ambos hombres fueron asaltados pocos días antes de contraer la enfermedad -dijo
y aguardó una respuesta.
–Muy sospechoso
-concordó Ralph, guiñando un ojo-. ¿Insinúas que alguien lleva consigo el
virus, roba a la gente y transmite la enfermedad?
Marissa se rió. –
Parece una estupidez, lo reconozco, y por eso no se lo he dicho a nadie.
–Sin embargo, hay
que pensar en todo. Es el viejo estilo de la medicina, cuando nos enseñaban que
había que preguntarlo todo, incluso en qué trabajaba el bisabuelo materno en su
país de origen.
Marissa llevó la
conversación expresamente al trabajo de Ralph y a su casa, sus dos temas
preferidos. Como pasaba el tiempo y él no intentaba un acercamiento, se
preguntó si el motivo no seria el miedo a que ella se hubiese contagiado del
virus. Después, para empeorar las cosas, Ralph la invitó a dormir en el cuarto
de huéspedes.
Marissa se ofendió,
quizá tanto como si él hubiese tratado de desnudarla al entrar en la casa.
Entonces le contestó que gracias, que no quería dormir en su cuarto de
huéspedes sino en su propia casa, con la perra. Esas últimas palabras quisieron
ser una suerte de insulto que Ralph ni siquiera comprendió. Por el contrario,
siguió hablando de los planes que tenía para redecorar la planta baja de la
casa, ya que la había habitado un tiempo suficiente como para saber a ciencia
cierta qué era lo que quería.
Honestamente
Marissa no sabía qué habría hecho si Ralph hubiese intentado un contacto
físico. Para ella era un buen amigo, pero aún no le despertaba sentimientos
románticos. En ese sentido, le gustaba mucho más el físico de Dubchek.
El hecho de pensar
en Cyrill le recordó algo: -¿De dónde conoces- al doctor Dubchek, Ralph? –
preguntó.
–Lo conocí cuando
dio una conferencia a los residentes de oftalmología en el Hospital de la
Universidad. Ciertos virus raros, tales como el Ébola e incluso el SIDA, fueron
localizados en las lágrimas y en el humor acuoso.
Algunos llegan
incluso a causar uveítis anterior.
–Ah -asintió
Marissa como si entendiera, aunque en realidad no tenía la menor idea de lo que
era la uveítis anterior.
Después le pareció
que ese momento era tan bueno como cualquier otro para pedirle a Ralph que la
llevara a su casa.
En el curso de los
días siguientes se adaptó a una vida más normal, aunque cada vez que sonaba el
teléfono, lo primero que pensaba era que seguramente le avisaban sobre un nuevo
brote de Ébola. Recordó lo que había decidido con anterioridad y dejó preparada
una maleta abierta en el armario, a la que sólo le faltaba el estuche de los
cosméticos para poder salir de viaje en pocos minutos si surgía la necesidad.
En el trabajo las cosas iban mejorando. Tad la ayudó a perfeccionar sus
técnicas de laboratorio para los análisis virales y a redactar una propuesta de
investigación sobre el Ébola. Como no se le ocurría ninguna hipótesis viable en
relación con el posible foco del virus, decidió profundizar el tema de la
transmisión. Tomando como punto de partida la enorme cantidad de datos que
reunió en Los Ángeles y Saint Louis, ideó unos complicados diagramas para
ilustrar el contagio de la enfermedad de una persona a otra. También había
logrado una descripción minuciosa de todos aquellos que fueron contactos primarios
y sin embargo no contrajeron la enfermedad. Tal como sugiriera el doctor Layne,
hacía falta un contacto personal cercano, presumiblemente por medio de una
membrana mucosa aunque, a diferencia del SIDA, sólo había habido transmisión
sexual en dos casos: entre el doctor Richter y su secretaria, y entre el doctor
Zabriski y su esposa. Dado que la fiebre hemorrágica podía contagiarse entre
dos desconocidos que compartieran una toalla o ante un mínimo roce casual, el
Ébola hacía parecer el terror del SIDA como una tempestad en un vaso de agua.
Lo que Marissa
deseaba hacer era poner a prueba su teoría utilizando conejillos de indias.
Desde luego sería imprescindible utilizar el laboratorio de máximo riesgo, pero
aún no había obtenido el permiso necesario.
–¡Sorprendente! –
exclamó Tad una tarde, cuando Marissa le demostró una técnica que había
inventado para salvar cultivos virales contaminados por bacterias-. Me imagino
que ahora Dubchek no va a poder rechazar tu propuesta.
–No estés tan
seguro. – Dudaba sobre si debía contarle o no lo que le había pasado con
Dubchek en Los Ángeles, pero una vez más resolvió callarse porque no iba a
ganar nada, y quizás hasta le trajera problemas a Tad en su relación con
Cyrill.
Entraron en la
oficina de Tad y se sentaron a tomar un café.
–Cuando estuvimos
en el laboratorio de máximo riesgo me dijiste que allí se almacenaba todo tipo
de virus, incluso el Ébola.
–Tenemos
especimenes congelados de todos los brotes, y también de los últimos brotes
tuyos.
Marissa no sabía
bien qué impresión le causaba que la gente calificara las recientes epidemias
como «de ella». Sin embargo, no expresó su pensamiento sino que, en cambio,
preguntó:
–¿Hay algún otro
sitio donde se almacene el virus Ébola aparte de nuestro Centro?
Tad, pensó unos
instantes. – No estoy seguro. ¿Te refieres a Estados Unidos?
Ella asintió.
Es probable que el
ejército tenga algunas muestras en el Centro para la Guerra Biológica, de Fort
Detrick. El director trabajaba antes aquí y a él le interesaban las fiebres
hemorrágicas virales.
¿El ejército cuenta
con un laboratorio de máximo riesgo?
Tad lanzó un
silbido.
–¡Por Dios! ¡Tienen
de todo! – ¿Y dices que al director de Fort Detrick le interesan las fiebres
hemorrágicas virales?
–Fue uno de los
enviados a Zaire para combatir el primer brote de Ébola.
Marissa bebió un
sorbo de café pensando que eso era una llamativa coincidencia. En su mente
comenzaba a gestarse-una idea, pero tan desagradable que -como ya la imaginaba-
no podía considerarla siquiera una hipótesis posible.
–Un momento,
señorita -le pidió un centinela uniformado, de fuerte acento sureño. Se había
detenido frente al portón de acceso a Fort Detrick. – Aunque había intentado
durante varios días alejar la sospecha de que pudiese ser el ejército el
culpable de haber soltado el Ébola en medio de una población confiada,
finalmente decidió utilizar su día de descanso para investigar por su cuenta.
Los dos asaltos cometidos seguían llamándole poderosamente la atención.
Fue apenas un vuelo
de hora y media hasta Maryland, luego un breve trayecto en un coche alquilado.
Se valió de su experiencia en el manejo del Ébola como pretexto para poder
hablar con quienquiera que estuviese
familiarizado con
tan extraño virus y el coronel Woolbert accedió a su petición de buen grado.
El centinela
regresó hasta el coche. – La esperan en el edificio número
18. Le entregó un pase que debía ponerse en la
solapa de la chaqueta deportiva y luego la sorprendió haciéndole un saludo
militar. La barrera blanca y negra se levantó y Marissa entró en la base.
El edificio 18 era
una estructura de cemento, sin ventanas y con techo plano. Cuando Marissa se
bajó del coche, la saludó con el brazo un hombre de mediana estatura vestido de
civil. Era el coronel Kermeth Woolbert.
Le notó más aspecto
de profesor universitario que de oficial del ejército. El hombre adoptó una
actitud amistosa, y se mostró sumamente feliz con la visita de Marissa. De
entrada le dijo que era la investigadora más hermosa y diminuta que hubiese
conocido jamás, y Marissa no lo tomó a mal.
Dentro del edificio
se tenía la sensación de estar en un búnker al que se accedía por una serie de
puertas correderas de acero que se accionaban por control remoto. Encima de
cada una, había pequeñas cámaras de televisión. El laboratorio mismo, sin embargo,
parecía como cualquier otro laboratorio de un hospital moderno, hasta con la
imprescindible cafetera sobre el mechero Bunsen. La única diferencia era la
falta de ventanas.
Al cabo de un breve
recorrido durante el cual no se mencionó que hubiera un sector de máximo
riesgo, el coronel Woolbert la llevó a la cafetería, que no era más que una
habitación con varias máquinas expendedoras. La invitó a una pasta y a una
Pepsi y se sentaron ante una mesita.
Sin que ella se lo
preguntara, Woolbert le contó que se había iniciado en el Centro para el
Control de Enfermedades como oficial del SIE, el Servicio de Inteligencia en
Epidemiología, a fines de la década de los cincuenta, y se había interesado
cada vez más en la microbiología, y en los últimos tiempos en la virología. En
los años setenta volvió a la universidad a estudiar con una beca del gobierno
para obtener el doctorado.
–A mí esto me ha
gustado mucho más que tener que curar anginas y dolores de oídos.
–¡No me diga que
usted también fue pediatra! – exclamó ella.
Se rieron mucho al
enterarse de que ambos habían practicado en el Hospital de Niños de Boston.
Woolbert pasó luego a contarle cómo fue a parar a Fort Detrick. Parece ser que
siempre hubo intercambio de gente entre Detrick y el Centro de Atlanta, y el
ejército lo tentó con una oferta que
no pudo despreciar.
El laboratorio y el instrumental eran excelentes -los mejores-, pero lo más
importante era que no tenía que rebajarse para conseguir que le asignaran
fondos.
–¿No le remuerde la
conciencia el objetivo final de esta investigación? –No -respondió el coronel-,
porque el setenta y cinco por ciento de la
investigación que
practicamos es para defender a Estados Unidos de un ataque biológico, de modo
que todo mi esfuerzo se canaliza en neutralizar virus como el Ébola.
Marissa asintió:
nunca había pensado en eso. – Además -prosiguió el militar-, me dan una
libertad total de movimiento. Puedo trabajar en lo que más me plazca.
–¿A qué se dedica
en este momento? – preguntó ella inocentemente. Se produjo un silencio. Al
coronel le brillaban los ojos azules. –Supongo que no violo el secreto militar
contándoselo puesto que ya he
publicado varios
artículos vinculados con el tema. Hace tres años que vengo estudiando el virus
de la influenza.
–¿No el Ébola? El
coronel negó con la cabeza. – No. El último estudio que hice sobre el Ébola fue
hace muchos años.
–¿Nadie de aquí
está investigando el Ébola? Woolbert titubeó, pero luego dijo:
–Creo que no hay
problema en que le conteste, ya que el Pentágono mismo publicó un trabajo sobre
su política el año pasado en Estudios Estratégicos. La respuesta es no. No hay
nadie que se dedique al Ébola, ni siquiera los soviéticos, fundamentalmente porque
no existe la vacuna ni el tratamiento para ese virus. Se cree que, si se lo
dejara en libertad, el Ébola se transmitiría como un reguero de pólvora tanto
entre las tropas enemigas como en las propias.
–Pero no ha sido
así. – Lo sé -reconoció Woolbert con un suspiro-. He seguido con gran interés
los acontecimientos de los dos últimos brotes. Algún día tendremos que revisar
lo que conocemos sobre ese organismo.
–Por favor, pero
que no sea por culpa mía. – Lo último que deseaba Marissa era despertar en el
ejército el interés por el Ébola. Al mismo tiempo sintió un gran alivio al
saber que los militares no estaban jugando con tan peligroso virus-. Me
contaron que usted había formado parte del equipo internacional que fue enviado
a Yambuku en 1976.
–Casualmente por
eso soy capaz de valorar la labor de ustedes. Le digo que, cuando estuve en
África, me asusté muchísimo.
Marissa sonrió. El
coronel le caía muy bien y le inspiraba confianza. –Usted es el primero que
reconoce haberse atemorizado. Yo misma he tenido que luchar contra mi propio
miedo desde el día en que me enviaron a
Los Ángeles.
–Y con razón. El
Ébola es un bicho extraño. Si bien da la impresión de que puede anulárselo con
facilidad, es tremendamente infeccioso, ya que sólo hace falta que entren dos
organismos para que se produzca la enfermedad. Y eso es una diferencia notable
con respecto al SIDA, que exige la entrada de miles de millones de virus, y aun
así sólo existen pocas probabilidades estadísticas de que el individuo se
contagie.
–¿Y el origen del
virus? Oficialmente se ha dado a conocer que nunca se descubrió el foco en
África pero, ¿cuál es su opinión?
–Yo creo que se
trata de una enfermedad animal y que en algún momento se la aislará,
comprobándose que proviene del mono africano ecuatorial y por lo tanto es una
zoonosis, una enfermedad de los animales vertebrados que ocasionalmente se
transmite al ser humano.
–¿Entonces está de
acuerdo con la posición oficial del CCE sobre los últimos brotes?
–Por supuesto.
¿Acaso hay otra explicación? Marissa se encogió de hombros. – Tiene alguna
muestra de Ébola aquí? – No -respondió el coronel-. Pero sé dónde se la puede
encontrar. _Yo también -contestó Marissa.
Bueno, eso no era
del todo cierto. Tad le había dicho que se hallaba en el laboratorio de máximo
riesgo, pero ella no sabía exactamente en qué sitio. Aquella vez que
recorrieron en secreto el lugar, se olvidó de preguntárselo.
17 de abril
El teléfono debió
de haber sonado un buen rato hasta que por fin Marissa se volvió para
atenderlo. La telefonista del Centro en seguida le pidió disculpas por
despertarla a semejante hora. Marissa procuró incorporarse mientras la joven le
informaba que tenía en línea una llamada de Phoenix (Arizona). De inmediato
Marissa le dio autorización para que se la pasara.
Colgó y esperó que
el teléfono volviera a sonar. Entretanto aprovechó para ponerse una bata y
mirar la hora. Eran las cuatro de la madrugada, o sea las dos en Phoenix. Pocas
dudas le quedaban de que alguien había descubierto otro supuesto caso de Ébola.
El teléfono volvió
a sonar. – Habla la doctora Blumenthal. La voz de su interlocutor distaba de
ser calmada. Se presentó como el doctor Guy Weaver, director de Epidemiología
del Estado de Arizona.
–Perdóneme que la
despierte a estas horas, pero me han avisado que hay un problema muy grave en
el Hospital Medicum de Phoenix. Supongo que lo conocerá.
–Le confieso que
no.
–Pertenece a una
cadena de sanatorios privados que se han asociado con el Grupo Medicum para
ofrecer servicios de salud mediante pagos adelantados en este sector de
Arizona. Nos aterroriza la posibilidad de que el hospital haya caído presa del
Ébola.
–Espero que hayan
aislado al paciente porque en… -Doctora -la interrumpió su colega-, no es un
caso único sino ochenta y cuatro.
–¡Ochenta y cuatro!
– repitió, incrédula. – Si. Cuarenta y dos médicos, trece enfermeras
diplomadas, once practicantes de enfermería, cuatro técnicos de laboratorio,
seis empleados administrativos, seis más del personal de cocina y dos del
sector de mantenimiento.
–Todos al mismo
tiempo? – Todos esta noche -le confirmó el epidemiólogo.
A esa hora de la
madrugada no había vuelos convenientes a Phoenix, pero la aerolínea Delta
ofrecía el vuelo más directo disponible. Apenas se vistió, llamó al oficial de
guardia del CCE para avisarle que se marchaba a Phoenix, y que por favor se lo
hiciera saber a Dubchek no bien éste llegara a trabajar.
Les dejó una notita
a los Judson para pedirles que se llevaran a Taffy y le guardaran la
correspondencia, y se dirigió al aeropuerto. El hecho de que el nuevo brote
epidémico hubiese comenzado con ochenta y cuatro casos la abrumaba. Ojalá
Dubchek y sus colegas pudieran llegar esa misma tarde.
El vuelo fue
tranquilo -pese a que hubo dos escalas – y por cierto el avión no iba lleno.
Después de aterrizar se encontró con un hombre bajo y rollizo que se presentó
como Justin Gardiner, vicedirector del Hospital Medicum.
–Permítame la
maleta -dijo Gardiner, pero le temblaba tanto la mano que la maleta se le cayó
y tuvo que agacharse para alzarla. Se disculpó aduciendo estar muy nervioso.
–No me extraña -se
solidarizó Marissa-. ¿Ha habido más ingresos?
–Varios, y en el
sanatorio ha cundido el pánico. Algunos pacientes se han marchado y también
miembros del personal, hasta que las autoridades de salud pública declararon la
cuarentena. Yo pude venir a recibirla hoy sólo porque ayer tuve el día libre.
Marissa sintió que
se le resecaba la boca de miedo al pensar en lo que se podía estar metiendo. La
pediatría comenzó a parecerle entonces mucho más interesante.
El sanatorio era,
como los anteriores, un edificio muy moderno. ¿Por qué atacaría el Ébola sólo
esa clase de construcciones? Las líneas precisas, casi estériles de su
arquitectura no parecían el ambiente más apropiado para tan mortal epidemia.
Pese a la hora
temprana, la calle frente al sanatorio estaba atestada de periodistas y
furgones de la televisión. Frente a ellos se extendía una hilera de policías,
algunos de los cuales llevaban puestas mascarillas quirúrgicas. A la incipiente
luz del día, la escena parecía surrealista. El señor Gardiner aparcó detrás de
uno de los furgones de la televisión.
–Tendrá que ir
usted misma a buscar al director. Yo tengo orden de quedarme fuera para tratar
de dominar el pánico. ¡Buena suerte!
Marissa se encaminó
a la entrada principal y sacó su credencial. Se la enseñó a un policía, pero
éste tuvo que consultar con su superior para ver si podía autorizarla a pasar.
Al oír que pertenecía al Centro para el Control de Enfermedades, un grupo de periodistas
la rodeó para pedirle alguna declaración.
–Todavía no he
podido evaluar la situación en forma directa -respondió mientras los reporteros
la empujaban de un lado a otro.
Mentalmente
agradeció la presencia de la policía, que obligó a retirarse a la prensa y
luego levantó una barricada para permitirle pasar.
Lamentablemente la
situación era más caótica dentro del sanatorio. El vestíbulo estaba abarrotado
de gente y Marissa volvió a sentirse apretujada. Al parecer era la primera
persona que lograba entrar o salir del edificio en el curso de varias horas.
Algunos eran
pacientes, vestidos con pijamas y batas. Todos hacían preguntas al mismo tiempo
y exigían respuestas inmediatas.
–¡Disculpen! –
gritó alguien a la derecha de Marissa-. ¡Déjenme pasar, por favor! – Un hombre
robusto, de cejas pobladas, llegó a su lado-. ¿La doctora Blumenthal? –
preguntó.
–Sí -respondió
ella, aliviada. El hombre la tomó del brazo, sin advertir que Marissa llevaba
la cartera y la maleta. A empellones logró abrir paso para ambos y atravesar el
vestíbulo hasta una puerta, que cerró con llave una vez estuvieron dentro de un
despacho.
–Lamento muchísimo
todo este barullo. Soy Lloyd Davis, director del hospital. Como verá, hay un
poco de pánico.
Entraron en el
despacho de Davis por la puerta de al lado ya que la de delante estaba cerrada
y sujeta con el respaldo de una silla, lo cual la llevó a pensar que el pánico
no era tampoco como él decía.
–El personal la
está esperando para que le dirija la palabra -afirmó Davis tomando el equipaje
de Marissa, para colocarlo junto a su escritorio.
Respiraba con
dificultad, como si el esfuerzo de agacharse lo hubiese agotado.
–¿Y los pacientes
con síntomas de Ébola? – Por el momento tendrán que esperar -repuso Davis,
haciéndole señas para que regresara al pasillo.
–Pero lo
prioritario es el aislamiento de los enfermos. – Están bien aislados -le
garantizó el director-. De eso se ha ocupado el doctor Weaver. – Con la mano la
empujó suavemente por la espalda para obligarla a dirigirse hacia la puerta-.
Por supuesto que acataremos todo lo que usted nos sugiera, pero ahora es
preciso que hable con el personal, porque de lo contrario se producirá un
motín.
–Espero que no sea
tan terrible la situación. Una cosa era que se disgustaran los enfermos y otra
muy distinta que el personal médico se dejara dominar por la histeria.
El señor Davis
cerró la puerta de su despacho y avanzó por otro pasillo. –A muchos les aterra
la idea de que los obliguen a permanecer en el
hospital.
–¿Cuántos más
presuntos casos se han diagnosticado desde que dieron aviso al CCE?
–Dieciséis, pero ya
no entre miembros del personal. Estos últimos son todos suscriptores del Plan
Medicum.
Eso daba la pauta
de que el virus ya se hallaba en su segunda generación al haber sido diseminado
por los médicos que se contagiaron primero. Al menos ése fue el proceso que se
dio en los dos brotes anteriores. Marissa misma temblaba ante la idea de quedar
encerrada en el mismo edificio donde había tal grado de contagio, con lo cual
tenía serias dudas de poder consolar al personal. Al haber tantas personas
infectadas, se
preguntó si podrían
dominar el problema tal como lo hicieron en Los Ángeles y Saint Louis. La mera
idea de que el virus pudiera comunicarse al grueso de la población la llenaba
de espanto.
–¿No sabe si alguno
de los enfermos iniciales había sido asaltado en los últimos tiempos? –
preguntó como para distraerse, no sólo para obtener una respuesta positiva.
Davis se limitó a
mirarla de soslayo y enarcó las cejas como si la considerara loca. Al parecer,
ésa fue toda la contestación que merecía semejante pregunta. Y Marissa no pudo
menos de recordar la reacción de Ralph.
Se detuvieron
frente a una puerta cerrada. Davis sacó su llavero, abrió y así pudieron entrar
en el escenario del auditorio. No se trataba de un salón demasiado amplio, ya
que sólo tenía capacidad para unas ciento cincuenta personas. Todas las butacas
estaban ocupadas, y había además gente de pie al fondo. El murmullo de las
conversaciones se acalló cuando Marissa, se encaminó nerviosa al estrado
seguida por la mirada de todos los presentes. Un hombre alto y
extraordinariamente flaco se adelantó y le dio la mano. El señor Davis lo
presentó como el doctor Guy Weaver, el médico que había hablado con ella por
teléfono.
–Doctora Blumenthal
-dijo Weaver con una voz gruesa que no concordaba con su delgadez-, no se
imagina lo feliz que me hace verla.
Marissa experimentó
la incómoda sensación de ser una impostora. Después de dar unos golpecitos en
el micrófono para cerciorarse de que estuviese conectado, el doctor Weaver
procedió a presentarla.
Lo hizo en términos
tan elogiosos que no pudo menos de sentirse cada vez más molesta. Por sus
palabras parecía que ella y el Centro fuesen una misma cosa, y que todos los
triunfos del CCE fuesen también de ella. Luego, estirando su largo brazo, el
doctor le pasó el micrófono.
Ni en las mejores
circunstancias le había gustado hablar ante un grupo grande, mucho menos en esa
situación… No sabía qué esperaban de ella y mucho menos qué debía decir.
Aprovechó el tiempo que tardó en bajar el micrófono hasta su altura, para
pensar.
Al contemplar al
público notó que aproximadamente la mitad tenía puestas mascarillas
quirúrgicas. Además, gran parte de la concurrencia pertenecía a diversos grupos
étnicos, de diversos rasgos y colores. Había también una amplia gama de edades,
con lo cual era obvio que, al referirse al personal, el señor Davis hablaba de
cualquier persona que trabajaba en la
institución, no
sólo del equipo médico. Todos la observaban expectantes, y ella hubiese deseado
tener más confianza en su propia capacidad para modificar la situación
imperante en el sanatorio.
–Lo primero que
haremos será verificar los diagnósticos -sostuvo con voz vacilante, varias
octavas más arriba que su voz habitual. A medida que iba hablando recuperaba el
tono normal. Se presentó sin crear demasiadas expectativas, explicando el
verdadero lugar que ocupaba en el Centro para el Control de Enfermedades.
También procuró asegurar -pese a no estar ella misma muy segura- que el brote
se dominarla por medio de un estricto aislamiento de los pacientes, un cerco
sanitario total para su cuidado y medidas sensatas de cuarentena.
–Todos vamos a
enfermamos? – gritó una mujer desde el fondo, y un murmullo recorrió el salón.
Ése era
precisamente el tema que más los preocupaba.
–Yo he intervenido
en los dos últimos brotes -afirmó Marissa- y no me contagié, pese a haber
estado en contacto con los enfermos. – Por supuesto, no mencionó el miedo que
sentía-. Hemos podido determinar que es necesario un contacto personal muy
cercano para que se transmita el Ébola. Al parecer no existe la mera
propagación por el aire.
Varias de las
personas que tenían puestas mascarillas se las quitaron. Marissa miró de reojo
al doctor Weaver y vio que éste la alentaba con el signo de los pulgares
levantados.
–¿Es imprescindible
que permanezcamos dentro del hospital? – preguntó a viva voz un hombre de la
tercera fila que llevaba bata de médico.
–Por el momento, sí
-respondió Marissa diplomáticamente-. En los brotes anteriores el procedimiento
que seguimos consistió en separar los contactos en grupos primario y
secundario.
Pasó luego a
relatar con todo lujo de detalles lo que se había hecho en Los Ángeles y Saint
Louis y concluyó asegurando que ninguna de las personas aisladas en cuarentena
contrajo el mal, a menos que previamente hubiese tenido un contacto directo con
alguien enfermo.
Respondió después
varios interrogantes referidos a los síntomas iniciales y al desarrollo clínico
de la fiebre hemorrágica Ébola. Con esto, o bien el público se aterrorizó o
bien satisfizo su curiosidad, porque no hubo más preguntas.
Mientras el señor
Davis se acercaba al micrófono para hablar al personal, el doctor Weaver salió
con Marissa del auditorio. Apenas estuvieron en el pasillo, ella le dijo que
quería ir a ver a uno de los primeros enfermos antes de comunicarse con el CCE,
y Weaver se ofreció para acompañarla en persona. Cuando se dirigía allí, Weaver
le explicó que habían centralizado todos los casos en dos pisos del hospital,
que se había sacado de allí a los demás pacientes aislándose el sistema de
ventilación y que había sobradas razones para creer que habían logrado aislar
totalmente el sector. También aseguró que las personas encargadas de cada piso
habían sido expresamente adiestradas por su gente, que el trabajo de
laboratorio se había restringido a lo mínimo que podía realizarse en un pequeño
laboratorio instalado en uno de los pisos aislados, y que todo lo que usaban
los pacientes era lavado en hipoclorito de sodio antes de ser directamente
incinerado.
En cuanto a la
cuarentena, expresó que todos los colchones habían sido traídos de fuera y que
el sector de pacientes ambulatorios se había convertido en un inmenso
dormitorio, separándose a los contactos primarios y secundarios. También se
traía de fuera toda la comida y la bebida. Fue entonces cuando Marissa se
enteró de que, seis años antes, el doctor Weaver había trabajado como oficial
de Inteligencia en Epidemiología, en el Centro de Atlanta.
–Entonces, ¿por qué
me presentó corno una experta? – preguntó, recordando las exageraciones
pronunciadas por su colega.
Obviamente él sabía
mucho más que ella acerca de las medidas para implantar la cuarentena.
–Para
impresionarlos -reconoció Weaver-. La gente necesita creer en algo. Le
disgustaba que se hubiese hablado de ella faltando a la verdad, pero quedó
impresionada con la eficiencia del doctor Weaver. Antes de llegar al piso se
pusieron el atuendo protector y luego, antes de entrar en una de las
habitaciones, se pusieron una segunda protección, agregando gorros, gafas,
mascarillas, guantes y botas.
El paciente que fue
a ver era uno de los cirujanos de la clínica, un indio oriundo de Bombay.
Apenas lo miró sintió crecer dentro de ella el miedo de contraer el mal. El
hombre parecía moribundo, pese a que había caído enfermo apenas veinticuatro
horas antes. El cuadro clínico era similar a la fase terminal que
experimentaron los pacientes de Los Ángeles y Saint Louis: fiebre muy alta
acompañada por baja presión sanguínea, la típica
erupción cutánea y
signos de hemorragia en las membranas mucosas. Marissa se dio cuenta de que ese
hombre no duraría otras veinticuatro horas.
Para ganar tiempo,
le extrajo de inmediato muestras virales, y el doctor Weaver se encargó de
ordenar que se las embalaran adecuadamente para ser remitidas esa misma noche a
Tad Schockley.
Bastaba mirar la
ficha del paciente para advertir que no eran muchos los datos consignados, pero
dado que habían ingresado ochenta y cuatro pacientes en menos de seis horas, no
se podía esperar un trabajo muy detallado. No había mención alguna de viaje al
extranjero, contacto con monos ni relación con los brotes de Los Ángeles o
Saint Louis.
En cuanto se marchó
del piso, Marissa anunció que necesitaba usar el teléfono y que haría falta la
mayor cantidad posible de médicos para entrevistar a los enfermos. Si todos se
hallaban en el mismo estado que el paciente de Bombay, habría que trabajar de
prisa para obtener al menos alguna información.
Le permitieron
utilizar el teléfono del despacho del señor Davis. Ya eran más de las once en
Atlanta, y en seguida pudo comunicarse con Dubchek. Éste estaba furioso.
–¿Por qué no me
avisó apenas recibió la llamada de ayuda? No me enteré de que había salido de
viaje hasta que llegué a la oficina.
Marissa se contuvo.
En rigor, ella había advertido a las telefonistas del Centro que debían
llamarla directamente apenas recibieran alguna comunicación por un supuesto
brote de Ébola. Si Dubchek quería enterarse en seguida podría haber hecho lo
mismo, pero eso no se lo iba a decir para no alterarlo más en ese momento.
–¿Le da la
impresión de ser Ébola? – Sí -respondió, previendo la reacción de su jefe
cuando ella dejara caer la próxima bomba-. La principal diferencia radica en la
cantidad de casos: un centenar hasta ahora.
–Espero que haya
puesto en práctica las necesarias medidas para el aislamiento -fue la única
reacción de Dubchek.
Experimentó cierta
desilusión al ver que él no quedaba impresionado. –¿No le sorprende el número
de enfermos? – El Ébola es un virus
relativamente
desconocido, y le aseguro que ya nada me asombra. Mucho más me preocupa la
forma de contenerlo. ¿Qué me dice del aislamiento?
–Se ha hecho bien.
– Me alegro. El laboratorio móvil está listo y partiremos dentro de una hora.
Consiga cuanto antes las muestras virales
para enviar a Tad.
Marissa respondió
que sí, pero la línea ya se había cortado. El muy hijo de puta la había dejado
con la palabra en la boca. Ni siquiera le dio tiempo para advertirle que todo
el hospital estaba en cuarentena, que si él entraba, después no se le permitiría
salir. «Se lo merece», afirmó en voz alta, al levantarse del sillón.
El doctor Weaver
había reunido a once médicos que colaborarían para interrogar a los enfermos,
todos movidos por la misma motivación: si no les quedaba más remedio que
permanecer dentro del sanatorio, preferían ponerse a trabajar.
Marissa se sentó a
explicarles lo que pretendía: un detallado historial de la mayor cantidad
posible de pacientes de entre los primeros ochenta y cuatro. Afirmó que tanto
en Los Ángeles como en Saint Louis había habido un caso central que tuvo alguna
relación con todos los demás pacientes. Evidentemente la situación de Phoenix
era distinta. Al presentarse tantos casos simultáneos podía pensarse en una
enfermedad transmitida por medio de la comida o el agua.
–Si fuese propagada
por el agua, ¿no se habría contagiado más gente? – preguntó una doctora.
–Si se hubiese
contaminado toda el agua del hospital, sí, pero a lo mejor la de algún tanque…
-Su voz fue apagándose-. El virus de Ébola nunca se propagó por el agua ni los
alimentos -reconoció-. Todo es muy misterioso, lo cual no hace más que subrayar
la importancia de contar con historiales completos para hallar algún punto en
común entre los casos. ¿Eran todos pacientes del mismo sector del sanatorio?
¿Bebieron café de la misma cafetera, comieron la misma comida, estuvieron en
contacto con el mismo animal?
Empujó, su sillón
hacia atrás, se levantó y fue hasta una pizarra donde comenzó a anotar una
serie de preguntas que debía formulársele a cada enfermo. Los demás médicos
aportaron también sus sugerencias. Al concluir, Marissa añadió la conveniencia
de que averiguaran si alguno había asistido, tres meses antes, a un congreso
sobre cirugía de párpados en San Diego.
Antes de que el
grupo se dispersara, les recordó que debían observarse al pie de la letra todas
las técnicas de aislamiento. Luego les dio las gracias y fue a estudiar el
material reunido con anterioridad.
Tal como había
hecho en Los Ángeles, Marissa instaló su puesto de mando en un pequeño
saloncito que había detrás del despacho de las enfermeras, en uno de los pisos
aislados. Cuando los otros médicos terminaron de tomar los historiales
comenzaron a llevarle las anotaciones y ella pudo así dedicarse a la engorrosa
tarea de cotejar datos. No había nada que saltara a la vista, salvo que todos
los pacientes trabajaban en el Hospital Medicum, algo que ya se sabía.
Al mediodía habían
ingresado catorce enfermos más, con lo cual se acentuaba el temor de estar ante
una epidemia generalizada. Todos los nuevos pacientes, excepto uno, eran
suscriptores de Medicum que habían sido atendidos por uno de los primeros
cuarenta y dos médicos enfermos, antes de que éstos comenzaran a manifestar los
síntomas. El otro caso era el de un químico que había practicado los primeros
análisis antes de que se sospechara que pudiese tratarse de Ébola.
Cuando entró a
trabajar el personal de la noche, Marissa se enteró de que acababan de llegar
los demás profesionales del Centro. Fue a recibirlos con un enorme alivio y se
encontró con Dubchek, que estaba ayudando a instalar el laboratorio móvil.
–Podría haberme
avisado que habían puesto en cuarentena todo el hospital -le espetó apenas la
vio llegar. – Usted no me dio oportunidad - respondió, sin mencionar que él le
había cortado la comunicación.
Lamentablemente no
podía hacer nada por mejorar la relación, la cual parecía empeorarse a cada
instante.
–Bueno, Paul y Mark
no están muy felices. Cuando se enteraron de que los tres quedaríamos
encerrados aquí hasta que se superara el trance, dieron media vuelta y
regresaron a Atlanta.
–¿Y el doctor
Layne? – preguntó Marissa, sintiéndose culpable.
–Ya se reunió con
el doctor Weaver y las autoridades del sanatorio. Después va a ver si el
ministro de Sanidad del Estado modifica las normas de la cuarentena para
exceptuarnos a los del CCE.
–Me imagino que no
podré hablar con usted hasta que no haya puesto en funcionamiento el
laboratorio.
–Veo que al menos
tiene buena memoria -repuso Dubchek, agachándose para sacar una centrifugadora
de su cajón-. Cuando termine aquí y haya conversado con Layne sobre las
disposiciones para el aislamiento, podrá contarme lo que ha averiguado.
Mientras regresaba
a su despacho, Marissa iba meditando diversas respuestas antipáticas, pero
prefirió callarse porque sólo habría conseguido empeorar más la relación.
Después de ingerir
comida de avión en un sector de la clínica reservado para personal en contacto
directo con los presuntos enfermos de Ébola, Marissa regresó a su despacho a
reanudar la confección de las fichas. Ya tenía los historiales de casi todos los
ochenta y cuatro casos iniciales.
Encontró a Dubchek
hojeando los apuntes. Al verla, él se incorporó. –No creo que haya sido una
buena idea utilizar personal de este
sanatorio para la
obtención de datos.
Consiguió tomarla
desprevenida. – Es que eran tantos los casos -se disculpó ella- que yo no
habría podido entrevistar a todos con la necesaria rapidez. Así y todo hubo
siete personas que ya no estaban en condiciones de hablar y tres han muerto
desde entonces.
–De todas maneras
no hay razón para exponer a médicos que no se han especializado en
epidemiología. El Ministerio de Sanidad del Estado de Arizona cuenta con
personal idóneo que pudo haber sido empleado. Si alguno de estos médicos que
usted reclutó llega a contraer el mal, podría caberle responsabilidad al
Centro.
–Pero ellos… -¡Ya
basta! No he venido aquí a discutir. ¿Qué es lo que averiguó?
Marissa procuró
organizar sus ideas y dominar las emociones. Cierto era que había evaluado las
posibles consecuencias legales, pero no estaba convencida de que hubiera
problema alguno puesto que esos médicos -en cuarentena- ya eran considerados
contactos. Se sentó al escritorio y buscó en sus apuntes la página de las
conclusiones. Cuando la halló, empezó a leer con voz monocorde, sin mirar a
Dubchek.
–Uno de los
primeros pacientes es un oculista que asistió a la misma convención de San
Diego que los doctores Richter y Zabriski. Otro de los casos iniciales, un
cirujano ortopédico, participó en un safari a África hace dos meses. Otros dos
pacientes usaron monos en sus investigaciones, pero ninguno de los dos recibió
mordeduras.
Los ochenta y
cuatro casos evidenciaron los síntomas en un lapso de seis horas, lo cual daría
a entender que todos estuvieron expuestos al virus al mismo tiempo. La gravedad
de los primeros síntomas sugiere que recibieron una dosis abrumadora del agente
infeccioso. Todos trabajaban en el Hospital Medicum, aunque no en el mismo
sector, razón por la cual
suponemos que el
sistema de aire acondicionado probablemente no es la causa. Para mí todo apunta
a una contaminación producida por el agua o los alimentos, y en ese sentido el
único dato común a los ochenta y cuatro casos es que todos utilizaron la cafetería
del sanatorio. De hecho, se sabe casi con certeza que los ochenta y cuatro
almorzaron allí hace tres días.
Marissa levantó por
fin los ojos para mirar a Dubchek, y éste tenía la mirada fija en el techo.
Cuando se dio cuenta de que ella había terminado de hablar, preguntó:
–¿Ningún paciente
ha tenido contacto con los episodios de Los Ángeles y Saint Louis?
–Ninguno. Por lo
menos ninguno que hayamos podido descubrir. –¿Envió las muestras de sangre a
Tad? – Sí. Cyrill se encaminó a la
puerta. – Creo que
debería redoblar sus esfuerzos para establecer un vínculo entre este brote y
los dos anteriores. Tiene que haber alguna conexión.
–¿Podría ser la
cafetería? – Eso tendrá que investigarlo usted por su cuenta. Hasta ahora el
Ébola nunca se ha transmitido por la comida, de modo que no veo por qué haya
que pensar en la cafetería. – Abrió la puerta-. De todas maneras la
coincidencia llama la atención, y me imagino que usted se dejará guiar por su
propio instinto sin atenerse a lo que yo le recomiende. Pero eso sí: agote
todas las posibilidades de hallar una relación con los brotes de Saint Louis y
Los Ángeles.
Permaneció con la
mirada fija en la puerta ya cerrada. Luego recorrió el papel que tenía ante los
ojos y el deprimente montón de historiales clínicos.
Casi como si las
últimas palabras de Cyrill hubiesen constituido un desafío, resolvió dar una
vuelta por la cafetería, construida como un pabellón separado que daba a un
jardín. La doble puerta de acceso estaba cerrada, y en una de las hojas se
advertía un cartelito clavado con chinchetas: CLAUSURADO POR ORDEN DEL MINISTRO
DE SANIDAD PÚBLICA DEL ESTADO. Marissa tanteó el picaporte y comprobó que no
habían echado la llave.
Dentro reinaba una
limpieza inmaculada. Lo primero que vio Marissa fue el mostrador, con montones
de bandejas en un extremo y una caja registradora en el otro.
Detrás de dicho
mostrador, otra puerta doble con ventanillas redondas, que daba a la cocina.
Cuando Marissa trataba de decidir si entraba o no, se abrieron las puertas,
salió una mujer rolliza pero guapa y le advirtió que la
cafetería estaba
cerrada. Marissa se presentó y le preguntó si podía charlar con ella unos
minutos.
–Por supuesto. Con
un leve acento escandinavo, dijo que se llamaba Jana Beronson y era la
encargada. Marissa y ella se dirigieron al despacho de la mujer, un cuartucho
sin ventanas, con las paredes cubiertas de horarios y menús.
Después de
intercambiar algunas frases amables, Marissa le pidió ver el menú de tres días
atrás, que la señorita Beronson sacó del fichero y le entregó de inmediato. Se
trataba de una típica comida de cafetería: tres platos principales, dos clases
de sopas y varios postres.
–¿Esto era lo único
que se podía elegir ese día? – No. Además de los platos del día, tenemos
siempre sándwiches y ensaladas.
Como Marissa
necesitaba quedarse con el menú, la encargada fue a sacarle una fotocopia.
Marissa decidió que iría de nuevo a hablar con los pacientes, a preguntarles
qué habían comido tres días antes. También interrogaría a un grupo de control
constituido por personas que habían ingerido los mismos alimentos sin contraer
la enfermedad.
La señorita
Beronson regresó con la fotocopia. Cuando la estaba doblando, le preguntó
Marissa:
–Una de sus
empleadas se enfermó, ¿verdad? – Sí, María González. – ¿Qué es lo que hace
aquí? – Trabaja en el mostrador o en la distribución de las ensaladas.
–¿De qué se ocupó
ese día en particular? La señorita Beronson se levantó y fue a consultar un
enorme diagrama de la pared.
–De postres y
ensaladas. Marissa se preguntó si no habría que practicar estudios en toda la
cafetería en busca de anticuerpos del Ébola.
–¿Quiere recorrer
el local? – ofreció la señorita Beronson, ansiosa de prestar ayuda.
Durante los
siguientes treinta minutos le mostró las instalaciones, tanto las de la cocina
como las del comedor. Entre las primeras observó la cámara frigorífica, la
antecocina y la gran ristra de hornos y fogones. En la zona de los comedores
pasó ante el largo mostrador, curioseando en los cajones de los cubiertos y
destapando las fuentes de las ensaladas.
–¿Quiere ver la
despensa? Le dio las gracias pero no aceptó, puesto que ya era hora de
averiguar qué habían elegido los primeros enfermos de Ébola del menú que
llevaba en la cartera.
Se echó hacia atrás
en el sillón giratorio y se restregó los ojos. Eran las once de la mañana de su
segundo día en Phoenix, y apenas si había logrado dormir cuatro horas la noche
anterior. La habían instalado en uno de los consultorios de ginecología, y cada
vez que alguien pasaba por allí, la despertaba.
Oyó que se abría la
puerta a sus espaldas. Al volverse vio que entraba Dubchek sosteniendo
desplegada la primera plana de un diario local cuyo titular decía: EL CENTRO
PARA EL CONTROL DE ENFERMEDADES OPINA QUE EXISTE FUENTE OCULTA DE ÉBOLA EN
ESTADOS UNIDOS. Con sólo verle la expresión Marissa se dio cuenta de que, como
de costumbre, estaba enfadado.
–Le dije que no
debía hablar con la prensa. – No hablé. Dubchek dio un golpe al diario. – Aquí
dice que una tal doctora Blumenthal, del CCE, sostiene que hay un foco de Ébola
en este país, y que la epidemia de Phoenix se originó en agua o alimentos contaminados.
Marissa, ¡le aseguro que tendrá usted graves problemas!
Marissa tomó el
periódico y leyó rápidamente el artículo. Cierto era que se mencionaba su
nombre pero sólo indirectamente. La noticia la habían obtenido de un tal Bill
Freeman, uno de los médicos que colaboró para confeccionar las historias de los
pacientes, y así se lo hizo notar a Dubchek.
–No importa que
hable directamente con los periodistas o con un intermediario: el efecto es el
mismo. Esto parecería indicar que el Centro avala sus opiniones, lo cual no es
verdad. No hay pruebas de que el problema se relacione con los alimentos, y
tampoco tenemos el menor deseo de provocar una reacción de histeria
generalizada.
Marissa se mordió
el labio inferior. Tenía la impresión de que cada vez que él le dirigía la
palabra era para criticarla por algo. Lástima que ella no hubiese podido llevar
mejor el episodio del hotel de Los Ángeles, obrar más diplomáticamente, porque
tal vez él no estaría tan irritado. Después de todo, ¿qué esperaba? ¿Que no
hablara con nadie? El trabajo en, equipo supone siempre la comunicación.
Sofocó su enfado y
le entregó entonces un papel. – Pienso que tendría que mirar esto. – ¿Qué es? –
preguntó él con fastidio. – Es el resultado de la segunda investigación
practicada sobre los pacientes iniciales, al menos los que estaban en
condiciones de responder. Notará usted un dato a simple vista: salvo dos
personas que no lo recordaban, todos comieron flan hace cuatro días en la
cafetería del hospital. Recordará que en mi primera
indagación, el
único dato en común era el almuerzo en la cafetería. También notará que otras
veintiuna personas que almorzaron ese día en la misma cafetería, pero no
pidieron flan, no contrajeron el mal.
Dubchek dejó el
papel. – Para usted es un maravilloso ejercicio, pero se olvida de un dato
importante: el Ébola no se propaga en los alimentos.
–Lo sé. Pero no
puede desestimar que este brote comenzó con una avalancha de casos, que fueron
disminuyendo notablemente gracias al aislamiento.
Dubchek respiró
profundamente. – Mire -pronunció en tono condescendiente-, el doctor Layne
confirmó el dato que obtuvo usted: que uno de los pacientes había asistido con
Richter y Zabriski al congreso de San Diego. Precisamente en ese dato se basa
la posición oficial, que Richter trajo el virus de su hábitat endémico, en
África, y lo contagió a sus colegas de San Diego, incluso al infortunado
oculista de este sanatorio.
–Pero esa teoría
desconoce el período de incubación de la fiebre hemorrágica.
–Sé que hay
problemas -reconoció Dubchek-, pero por el momento es nuestra posición oficial.
No me molesta que siga estudiando la posibilidad de transmisión por medio de
los alimentos, pero por Dios, deje de hacer declaraciones. Recuerde que está
aquí en carácter oficial. No quiero que vaya comentando sus impresiones
personales a nadie, en particular a la prensa.
Marissa hizo un
gesto de asentimiento. – Ah, y le encargo varias cosas más. Póngase en contacto
con el Ministerio de Sanidad Pública y pídales que retengan los despojos de
algunas víctimas porque necesitamos congelar especimenes par-a enviar a
Atlanta.
Marissa volvió a
asentir. Dubchek se encaminó a la puerta, vaciló y se volvió. Con una expresión
más amable, agregó:
–Tal vez le
interese saber que Tad empezó a comparar el Ébola de Los Ángeles, el de Saint
Louis y el de Phoenix. Todo parece indicar que los tres son de la misma cepa,
lo cual avalaría la hipótesis de que en realidad se trata de un mismo brote
epidémico relacionado.
Marissa cerró los
ojos y meditó acerca de lo que debía hacer. Lamentablemente no había quedado
flan del fatídico almuerzo. Eso habría sido demasiado fácil. Resolvió entonces
extraerle sangre a todo el personal de la cocina para comprobar la existencia
de anticuerpos de Ébola. También decidió remitir muestras de ingredientes del
flan a Tad para que averiguara
si había
contaminación viral. Sin embargo presentía que, aun si el culpable fuese el
flan, no iba a obtener información alguna de los ingredientes. Se sabía que el
virus es extremadamente sensible al calor, de modo que sólo pudo haber sido
introducido en el flan después de que éste se hubiera enfriado. Pero ¿cómo?
Clavó la vista en el montón de papeles. Allí debía de estar la pista que le
faltaba. Tal vez si tuviese más experiencia seria capaz de encontrarla.
16 de mayo
Casi un mes después
Marissa estaba por fin de regreso en Atlanta, en su pequeño despacho del Centro
para el Control de Enfermedades. Finalmente se pudo contener la epidemia de
Phoenix y se les permitió partir a Dubchek, ella y los demás colegas del CCE, pero
sin que se pudiera determinar con certeza cuál había sido la causa del brote ni
si era posible impedir que se repitiera.
En la última etapa,
cuando ya se daba por dominado el brote, Marissa se sentía cada vez más ansiosa
por volver a su casa y a trabajar en el Centro. Sin embargo, ahora estaba allí
y no se sentía feliz. Con lágrimas en los ojos, producto de una mezcla de desaliento
e indignación, miraba fijamente la carta que comenzaba: «Lamentablemente debo
comunicarle…» Dubchek volvía a denegar su petición de investigar el Ébola en el
laboratorio de máximo riesgo pese a los denodados esfuerzos que había realizado
para dominar ampliamente las técnicas de estudio de virus y cultivos de
tejidos.
Esta vez se sintió
realmente desilusionada. Seguía opinando que el brote de Phoenix estaba
relacionado con el flan, y ansiaba desesperadamente sustentar su teoría
utilizando sistemas animales. Pensaba que si llegaba a comprender la
transmisión del virus podía quizá descubrir de dónde provenía en primer lugar.
Contempló los
largos folios donde se consignaba la transmisión del virus Ébola de una
generación a otra en los tres brotes de Estados Unidos. También había
confeccionado unos diagramas similares aunque menos completos en los que se
registraba la propagación del Ébola en las primeras dos epidemias de 1976.
Ambas habían ocurrido casi simultáneamente, una en Yambuku (Zaire) y la otra en
Nzara (Sudán). La información la había obtenido de datos originales guardados
en los archivos del Centro.
Algo que le llamó
particularmente la atención vinculado con los casos de África fue que nunca se
encontró el foco de la epidemia. Ni siquiera el hecho de descubrir que el virus
causante de la fiebre hemorrágica Lassa
anidaba en una
especie particular de ratón doméstico ayudó a localizar el foco del Ébola. Se
sospechó de todo tipo de criaturas -mosquitos, chinches, monos, ratas,
ratones-, pero finalmente se las descartó. En África fue un misterio tanto como
en Estados Unidos.
Arrojó el lápiz
sobre el escritorio, dominada por la frustración. No le había sorprendido la
nota de Dubchek, máxime porque manifiestamente él había hecho lo posible por
separarla del trabajo de Phoenix, enviándola de regreso a Atlanta el mismo día
que se levantó la cuarentena. Parecía decidido a sostener la teoría de que el
virus Ébola había sido traído de África por el doctor Richter, quien luego lo
contagió a sus colegas oftalmólogos en el congreso de San Diego sobre cirugía
de párpados. No obstante admitía que el largo periodo de incubación era una
anomalía.
Impulsivamente se
levantó y fue a buscar a Tad. Como él la había ayudado a redactar la solicitud,
seguramente le permitiría llorar sobre su hombro ahora que se la habían
rechazado.
Tad protestó un
poco, pero finalmente accedió a salir del laboratorio de virología antes de
tiempo para ir a almorzar.
–Tendrás que volver
a intentarlo -fueron sus palabras cuando ella le contó de entrada la mala
noticia.
Marissa sonrió. Ya
se sentía mejor. La ingenuidad de su amigo le resultaba tierna.
Cruzaron la
pasarela en dirección al edificio principal. Una ventaja de comer temprano era
que no había colas en la cafetería.
Como para aumentar
el tormento de Marissa, ese día uno de los postres era flan acaramelado. Cuando
llegaron a una mesa y depositaron el contenido de las bandejas, le preguntó a
Tad si había analizado los ingredientes del flan que ella le había enviado desde
Arizona.
–No hay Ébola -fue
la lacónica respuesta. Marissa se sentó pensando qué fácil habría sido
descubrir que el culpable era algún proveedor de alimentos del hospital. Eso
habría explicado por qué el virus aparecía siempre en ambientes médicos.
–¿Y las muestras de
sangre del personal de la cocina?
–Tampoco encontré
allí anticuerpos contra el Ébola. Pero te advierto que Dubchek vio el trabajo y
se indignó. Marissa, ¿qué pasa entre vosotros dos? ¿Ocurrió algo en Phoenix?
Estuvo tentada de
contarle toda la historia, pero una vez más decidió que así sólo conseguiría
empeorar la situación. En respuesta a su pregunta
le explicó que, sin
darse cuenta, ella había sido fuente de información de una noticia periodística
que difería de la posición oficial sostenida por el Centro.
Tad comió un bocado
de su sándwich. – Te refieres a aquella historia de que existe un foco oculto
de Ébola en Estados Unidos?
Ella asintió. – Yo
estoy segura de que el Ébola se alojaba en el flan, y que además vamos a tener
otros brotes epidémicos.
Tad se encogió de
hombros. – Mis investigaciones parecen dar la razón a Dubchek. He estado
aislando el ácido ribonucleico y las proteínas del virus de los tres brotes, y
por sorprendente que sea, son idénticos. Esto significa que todos los virus
estudiados pertenecen a la misma cepa, lo que a su vez implica que en realidad
no son tres brotes sino uno solo. Normalmente el Ébola sufre alguna mutación.
Incluso en los dos episodios de África -el de Yambuku y el de Nzara, aldeas que
quedaban a ochocientos cincuenta kilómetros una de otra-, se detectó una
pequeña diferencia entre las cepas.
–Pero, ¿qué me
dices del período de incubación? Siempre fue de entre dos y cuatro días. Sin
embargo, pasaron tres meses entre la convención de San Diego y el incidente de
Phoenix.
–De acuerdo;
reconozco que es un atolladero, pero no me parece más difícil de explicar que
la forma en que pudo haberse introducido el virus en el flan, y en tales
cantidades.
–Por eso fue que te
envié los ingredientes. – Pero Marissa, el Ébola se neutraliza hasta en una
temperatura de sesenta grados centígrados. Aunque se hubiese alojado en los
ingredientes, el proceso de cocción lo habría anulado.
–La mujer que
servía los postres contrajo la enfermedad. A lo mejor fue ella quien contaminó
el flan.
–Entonces dime
dónde pescó un virus que sólo habita en lo más recóndito de África.
–No lo sé
-reconoció-. Pero estoy segura de que ella no asistió al congreso de San Diego.
Siguieron comiendo
en silencio unos minutos, con cierto fastidio. –-Esa mujer pudo haber contraído
el virus en un solo lugar. ¿Dónde? – Aquí, en el Centro. Tad dejó el resto de
su sándwich y la
miró abriendo
desmesuradamente los ojos.
–¡Dios mío! ¿Sabes
lo que estás insinuando? – Yo no insinúo nada. Simplemente expongo un hecho. La
única reserva de Ébola que se conoce es nuestro laboratorio de máximo riesgo.
Tad movió la
cabeza, incrédulo.
–Tad -dijo Marissa
a su amigo con voz decidida-, quiero pedirte un favor. ¿Por qué no me consigues
en la Oficina de Bioseguridad la lista de personas que entraron y salieron del
laboratorio este último año? – No me atrae la idea -respondió él, recostándose
en el respaldo.
–Vamos. Con darme
una copia no haces daño a nadie. Ya se te va a ocurrir un pretexto para
justificar la petición.
–La copia no es
problema, porque incluso lo he hecho otras veces. Lo que no deseo es fomentar
tu descabellada teoría y mucho menos interponerme entre ti y la administración,
en particular Dubchek.
–Pamplinas. No vas
a interponerte entre él y yo con sólo conseguirme un papel. Además, ¿por qué
habría de enterarse ni él ni nadie?
–Es verdad -admitió
Tad a regañadientes-. A menos que tú se la enseñes a alguien.
–Bueno -dijo ella,
como si se hubiese zanjado la cuestión-. Esta noche paso por tu casa a
recogerla. ¿Te parece bien?
–Supongo que sí. Se
lo agradeció con una sonrisa. Tad era un amigo estupendo que haría casi
cualquier cosa por ella, lo cual le infundió una sensación de tranquilidad,
puesto que tenía otro favor que pedirle: pretendía entrar en el laboratorio de
máximo riesgo.
Dio un buen tirón
para colocar el freno de mano y se bajó del Honda rojo. Como la pendiente de la
calle era pronunciada, tomó la precaución de hacer girar las ruedas contra el
bordillo. Pese a que había salido muchas veces con Tad, jamás había estado en su
apartamento. Subió la escalinata del frente y no sin esfuerzo localizó el botón
correspondiente del portero electrónico. Eran casi las nueve de la noche y ya
había oscurecido por completo. Apenas vio a su amigo se dio cuenta de que ya
había conseguido lo que ella quería. Lo notó en la sonrisa con que la recibió.
Se dejó caer en un
sillón y aguardó a que el enorme gato de Tad terminara de restregarse
sensualmente contra su pierna.
En seguida su amigo
le mostró el impreso de computadora con una sonrisita de satisfacción.
–Les dije que se
estaba practicando un estudio interno sobre frecuencia de entrada y ni siquiera
enarcaron una ceja.
Marissa vio que
cada visita al laboratorio de máximo riesgo figuraba debidamente registrada con
nombre, hora de entrada y de salida. Fue recorriendo la lista con el índice
pero apenas reconoció unos pocos nombres. El que aparecía con más frecuencia
era el de Tad.
–Todos saben que
soy el único que trabaja en el Centro -comentó él soltando una risita.
–Jamás pensé que la
lista fuera tan larga -se quejó Marissa, haciendo pasar las páginas-. ¿Todas
estas personas siguen teniendo permitido el acceso?
Tad se le acercó
para pasar las páginas. – A ver, vuelve al principio. Este tipo -dijo señalando
un nombre- ya no tiene más autorización. Se llama Gastón Dubois. Pertenecía a
la Organización Mundial de la Salud y vino a la ciudad por unos pocos días. Y este
otro -señaló a Harry Longford- era un graduado de Harvard que tuvo acceso sólo
para realizar un proyecto en particular.
Reparó en que el
nombre del coronel Woolbert aparecía repetidas veces, así como también el de un
tal Heberling, quien al parecer había efectuado visitas frecuentes hasta el mes
de septiembre, en que su nombre desapareció. Marissa preguntó por él.
–Trabajaba antes
aquí, pero hace seis meses consiguió otro empleo. Ha habido muchos cambios en
el personal académico de virología últimamente debido a las fabulosas
cantidades que se asignan a la investigación del SIDA.
–¿Adónde se fue?
–No tengo la menor
idea. Creo que deseaba ir a Fort Detrick, pero nunca hizo buenas migas con
Woolbert. Heberling es inteligente, aunque no es demasiado fácil congeniar con
él. Se comentaba incluso que aspiraba al puesto que obtuvo Dubchek, pero me
alegro de que no lo haya conseguido porque me habría hecho la vida imposible.
Marissa siguió
pasando las hojas hasta enero y señaló un nombre que aparecía varias veces en
el término de quince días: Gloria French.
–¿Quién es? –
-preguntó. – Es de enfermedades parasitarias y utiliza de vez en cuando el
laboratorio para estudiar problemas virales transmitidos por artrópodos.
Marissa enrolló los
papeles. – ¿Satisfecha? – Es un poco más de lo que esperaba -reconoció-. Pero
te agradezco la atención. Ah, y hay otra cosa.
–No, no, eso sí que
no. – No te pongas nervioso. Me dijiste que el Ébola de Los Ángeles, el de
Saint Louis y el de Phoenix eran de cepas idénticas, ¿no? Me gustaría saber
cómo llegaste a esa conclusión.
–Todos los datos
están en el laboratorio… -¿Y qué? – Que no tienes autorización para entrar
allí. Tad sabía cuál seria la próxima petición. – No tengo permiso para
practicar un estudio, o sea que no puedo entrar sola, pero sería distinto si
voy contigo, máxime si no hay nadie allí. La otra vez que fuimos no hubo
problemas, ¿no es cierto?
Tad tuvo que
admitirlo. Si no había habido inconvenientes, ¿por que no hacerlo de nuevo?
Nunca le advirtieron expresamente que no podía llevar adentro a otros miembros
del personal, de modo que en caso de necesidad podría aducir ignorancia. Sabía
que Marissa lo estaba usando, pero era difícil resistirse a su simpatía.
Además, se sentía orgulloso de su trabajo y quería lucirse mostrándolo.
Seguramente ella quedaría impresionada.
–Está bien. ¿Cuándo
deseas ir? – ¿Qué te parece ahora mismo? Tad miró su reloj.
–Tanto da ir ahora
como en cualquier otro momento -admitió. –Después podríamos salir a tomar una
copa. Invito yo. Cuando fue a
buscar su cartera,
advirtió que las llaves de Tad y su tarjeta de acceso estaban en el mismo
estante, junto a la puerta.
Camino del
laboratorio en el coche de ella, Tad empezó a describir el complicado trabajo
que estaba realizando. Marissa apenas lo escuchaba, pues su interés por el
laboratorio era muy distinto.
Al igual que la vez
anterior, firmaron a la entrada del CCE y subieron luego en el ascensor como si
se dirigieran a la oficina de Marissa. Se bajaron en el piso de ella,
descendieron un tramo de escalera y cruzaron por la pasarela hasta el edificio
de virología. Antes de que Tad hubiese abierto la pesada puerta de acero,
Marissa repitió el número en código de su amigo: 100-60-95.
–¡Qué memoria! –
exclamó él, mirándola con respeto.
–Te olvidas de que
ésas son mis medidas. Tad soltó una risita burlona. Cuando él encendió las
luces de delante y los compresores, Marissa experimentó la misma intranquilidad
que la vez anterior. El laboratorio tenía algo de atemorizante; parecía formar
parte de una película de ciencia ficción. Entraron en los vestuarios y en
silencio se pusieron primero un traje de algodón y luego los de plástico,
voluminosos. Siguiendo el ejemplo de Tad, Marissa acopló su tubo de aire a la
llave múltiple.
–Ya pareces toda
una profesional -comentó él al tiempo que encendía las luces del interior.
Después le indicó
que desconectara su tubo de aire y pasara a la cámara siguiente.
Mientras lo
esperaba en la pequeña habitación donde recibirían la lluvia de desinfectante
fenólico a la salida, experimentó una incómoda claustrofobia, sensación que
disminuyó cuando entraron en el más espacioso laboratorio principal. El trabajo
práctico con virus que había realizado le vino bien puesto que pudo reconocer
gran parte del instrumental, como por ejemplo las incubadoras de cultivos
histológicos y las unidades de cromatografía.
–Por aquí -le
indicó Tad una vez ambos se hubieron acoplado a la llave múltiple adecuada.
La llevó hasta una
mesa de trabajo donde había complicados aparatos de cristal, y comenzó a
explicarle cómo hacía para separar el ácido ribonucleico y las proteínas del
Ébola.
Marissa no le
prestaba demasiada atención, porque lo que realmente quería ver era dónde
almacenaban los virus. Posó sus ojos en la puerta aislante, detrás de la cual
seguramente se guardaba el Ébola. En cuanto Tad hizo una pausa le preguntó si
le iba a enseñar dónde se lo conservaba.
Él titubeó un
momento. – Allí -contestó luego, señalando hacia la puerta. – ¿Puedo verlo? Él
se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano para que Marissa le siguiera.
Se dirigió hacia un lado de la habitación y en vez de abrir la puerta aislante
como ella esperaba, señaló un aparato que se hallaba junto a una incubadora de
cultivo histológico.
–¿Ahí se guardan
los virus? – se sorprendió ella, desilusionada al ver que no se trataba de un
recipiente más apropiado-. Parece el congelador de mis padres.
–Lo es. Lo único
que hicimos fue modificarlo para que trabajara con nitrógeno líquido como
refrigerante. – Indicó los tubos de entrada y salida-. Mantenemos la
temperatura en setenta grados bajo cero.
Alrededor del
congelador, sujetando el tirador, había una cadena con un candado de
combinación. Tad levantó el candado e hizo girar el dial.
–La persona que
puso esto tenía sentido del humor -dijo-. La combinación mágica es 6-6-6.
–No me parece muy
segura que digamos -apuntó Marissa.
Tad reaccionó
encogiéndose de hombros. – Pero, ¿quién va a entrar aquí? ¿La mujer de la
limpieza?
–Hablo en serio
-protestó ella.
–Aquí no puede
entrar nadie si no tiene una tarjeta de acceso -respondió él, retirando la
cadena.
«Sí, claro», pensó
Marissa. Tad levantó la tapa del congelador y Marissa espió su interior, casi
como esperando que algo le saltase a la cara. En medio de la bruma helada lo
que vio fueron miles y miles de frasquitos con tapa de plástico, colocados en
bandejas metálicas.
Con la mano
enguantada, Tad limpió la escarcha en el sector interno de la tapa, donde había
un diagrama para localizar los diversos virus. Buscó la bandeja correspondiente
al Ébola y empezó a revolver el congelador como quien busca pescado en la
nevera de un mercado. – Aquí tienes tu Ébola - dijo, tomando una botellita y
fingiendo que se la arrojaba.
Aterrorizada,
Marissa extendió las manos. Oyó la risa de su amigo, que sonaba distante y
hueca al provenir del interior del grueso traje. Se enfadó mucho, ya que ése no
era lugar para hacer bromas.
Sosteniendo el
frasquito con el brazo estirado, Tad le dijo a Marissa que lo tomara, pero ella
se negó con un movimiento de cabeza. Un miedo irracional la atenazaba.
–No impresiona
mucho por el aspecto -comentó Tad señalando el material congelado-, pero aquí
dentro hay aproximadamente mil millones de virus.
–Bueno, ahora que
ya lo he visto puedes guardarlo. No habló más cuando él volvió a poner el
frasquito en la bandeja metálica, cerró el congelador y colocó el candado.
Marissa paseó la vista a su alrededor. El ambiente le era extraño, aunque cada
aparato individual era relativamente conocido. – ¿Hay algo aquí que no exista
en un laboratorio cualquiera? En los laboratorios comunes no hay esclusas de
aire ni sistemas de presión negativa.
–No. Me refiero al
instrumental científico. Tad paseó la vista por la sala. Sus ojos se posaron en
las cubiertas protectoras que tenían las mesas de trabajo.
–Esas cosas son
únicas -dijo señalándolas-. Se llaman campanas filtrantes tipo 3 HEPA.
–¿Sólo se las usa
en los laboratorios de máximo riesgo?
–Efectivamente. Hay
que construirlas a medida. Marissa se acercó hasta el casquete que protegía el
lugar de trabajo de Tad. Era una especie de enorme extractor.
–¿Quién los
fabrica? – Fíjate tú misma -respondió él, rozando con los dedos la etiqueta
metálica que había a un costado y que decía: Lab Engineering, South Bend
(Indiana). Marissa preguntó si alguien habría encargado protectores similares
en los últimos tiempos. Sabía que la idea que se le había ocurrido era
insensata, pero desde que se convenció de que el episodio de Phoenix fue
causado por el flan, no pudo dejar de preguntarse si alguno de los brotes no
habría sido causado intencionadamente. 0 de lo contrario, si algún médico no
habría estado realizando investigaciones que luego se le escaparon de las
manos.
–Eh, yo creí que te
interesaba mi trabajo -exclamó súbitamente Tad.
–Por supuesto. Pero
lo que pasa es que este sitio me abruma.
Tad tuvo que pensar
un instante para recordar en qué punto de su discurso había quedado, y luego
volvió a tomar la palabra. La mente de Marissa divagaba. No debía olvidarse de
escribir luego a Lab Engineering.
–¿Qué te pareció,
Marissa? – Estoy impresionada… y con mucha sed. ¿Vamos a tomar esas copas que
dijimos?
Cuando salían, Tad
la llevó a su diminuta oficina y le mostró cómo coincidían sus estudios
finales, lo cual le daba la pauta de que todos los brotes eran, en realidad,
uno solo.
–¿Comparaste la
cepa estadounidense con las de África?
–Todavía no. –
¿Tienes los mismos mapas o diagramas para todos los brotes?
–Por supuesto. –
Tad se acercó a su fichero y abrió el cajón inferior. Estaba tan lleno que le
costó extraer varios sobres marrones-. Aquí están el de Sudán y el de Zaire.
Los dejó en el
escritorio y tomó asiento. Marissa abrió la primera carpeta. Los mapas le
parecían absolutamente iguales, pero Tad le hizo notar importantes diferencias
en casi todas las seis proteínas del Ébola. Marissa abrió luego la segunda
carpeta. Tad se inclinó hacia delante, tomó los mapas de Zaire y los puso al
lado de los que acababa de completar.
–¡No puede ser! –
exclamó. Tomó entonces otros varios mapas y los dispuso en hilera sobre el
escritorio.
–¿Qué pasa, Tad? –
Mañana voy a tener que pasarlos todos por el espectrofotómetro para
verificarlo.
–¿Verificar qué? –
Hay una homología estructural casi completa aquí. –¡No me hables con
tecnicismos! ¿Qué estás diciendo? – La cepa de
Zaire de 1976 es
exactamente la misma que la de tus tres brotes.
Se miraron uno a
otro durante unos instantes. Finalmente fue Marissa quien habló. – Eso
significa que el brote ha sido el mismo desde 1976, en el Zaire, hasta 1987, en
Phoenix.
–Imposible. – Pero
eso es lo que estás diciendo. – Sí ya sé. Debe de ser alguna rareza
estadística. – Movió la cabeza. Sus ojos celestes se posaron luego en Marissa
una vez más-. Lo único que te puedo asegurar es que me llama poderosamente la
atención.
Después de
atravesar la pasarela que conectaba el laboratorio con el edificio principal,
Marissa le pidió que esperara unos minutos en su oficina mientras ella escribía
a máquina una breve nota.
–¿Quién es tan
importante como para que tengas que escribirle esta misma noche?
–No quería dejarlo
pasar. – Marissa sacó el papel de la máquina y lo puso en un sobre-. Bueno, no
tardé tanto, ¿no?
Buscó un sello en
su cartera y escribió luego los datos del destinatario:
Lab Engineering de
South Bend (Indiana).
–¿Para qué diablos
les escribes? – Quiero que me manden información sobre las campanas filtrantes
tipo 3 HEPA.
–Pero, ¿para qué? –
quiso saber Tad, con cierta preocupación. Sabía que su amiga era impulsiva, lo
cual le hizo pensar si no habría
sido un error
llevarla al laboratorio de máximo riesgo.
–¡Vamos! – exclamó
ella, sonriente-. Si Dubchek sigue negándome autorización para usar el
laboratorio, tendré que hacerme fabricar uno propio.
Tad iba a decir
algo pero ella lo tomó del brazo y lo arrastró en dirección a los ascensores.
17 de mayo
Marissa se levantó
temprano y de buen ánimo. Era una maravillosa mañana primaveral, que quiso
aprovechar saliendo a correr con Taffy por el vecindario. Hasta la perra
parecía disfrutar del buen tiempo mientras describía círculos alrededor de su
dueña.
De vuelta a casa
Marissa se dio una ducha, vio una parte del Today Show por televisión al mismo
tiempo que se vestía, y a las ocho y media partía ya al Centro. Entró en su
oficina, dejó la cartera sobre el fichero y se
sentó. Quería saber
si se disponía de suficiente información sobre las proteínas del Ébola como
para hacer el cálculo de probabilidades estadísticas de que la cepa de Estados
Unidos fuese la misma que la de 1976 de Zaire. Si las posibilidades eran tan ínfimas
como suponía, sus sospechas tendrían entonces un fundamento científico.
Empero no avanzó
mucho. En el centro mismo de su escritorio había una comunicación interna. La
abrió y se encontró con un lacónico mensaje en el que se le ordenaba
presentarse de inmediato en el despacho de Dubchek.
Cruzó entonces al
edificio de virología. De noche la pasarela no le daba miedo, pero a la luz del
sol la tela metálica la hacía sentir enjaulada. Como aún no había llegado la
secretaria de Dubchek, llamó directamente a la puerta.
El doctor estaba
sentado, revisando la correspondencia. Cuando la vio, le dijo que cerrara la
puerta y tomara asiento. Marissa acató la orden, notando que los ojos de su
jefe no la perdían de vista. La oficina estaba tan desordenada como de
costumbre, con montones de fotocopias de artículos científicos por todos lados.
Evidentemente el desorden era típico de Dubchek, aunque en lo personal su
aspecto era siempre impecable.
–Doctora Blumenthal
-comenzó a hablar él con voz contenida-, me he enterado de que anoche estuvo en
el laboratorio de máximo riesgo.
Marissa no abrió la
boca ya que él no le preguntaba nada sino que simplemente hacía una
aseveración.
–Creí haber dejado
claro que no podía entrar allí hasta que no cuente con la necesaria
autorización. Su desconsideración me causa mucho fastidio, por no decir otra
cosa, sobre todo el hecho de haber obligado a Tad a practicar estudios no
autorizados de muestras de alimentos provenientes del Hospital Medicum.
–Trato de cumplir
con mi tarea lo mejor posible -argumentó ella.
El nerviosismo que
sentía rápidamente se iba convirtiendo en furia. Dubchek le demostraba que
nunca le iba a perdonar aquel desaire de Los Ángeles.
–Entonces tiene
usted un concepto erróneo de qué es «lo mejor posible». Además, pienso que no
comprende la enorme responsabilidad que le cabe al Centro para con el público,
y más sabiendo la histeria que hay en tomo del tema del SIDA.
–Bueno, yo creo que
está equivocado -expresó ella devolviéndole la mirada-. Tomo muy en serio
nuestra responsabilidad para con el público, y considero que se le rinde un
pobre servicio al minimizar los riesgos del Ébola. No hay razones científicas
para suponer que no habrá nuevos brotes de Ébola, y yo estoy poniendo el máximo
empeño en averiguar la fuente antes de que debamos afrontar otro brote.
–¡Doctora
Blumenthal, usted no es quien dirige el Centro!
–Ya lo sé muy bien,
doctor Dubchek. Si lo fuera, tenga por seguro que no apoyaría la versión
oficial de que fue Richter quien trajo el virus de África y luego experimentó
un insólito periodo de incubación de seis semanas. ¡Y si no fue Richter el que
lo trajo, la única otra fuente que se conoce está aquí mismo, en el Centro!
–No pienso tolerar
ese tipo de conjeturas irresponsables. –Llámelo conjetura, si quiere -dijo,
poniéndose de pie-.Yo lo llamo
hecho concreto. Ni
siquiera en Fort Detrick tienen Ébola. Solamente hay aquí, en el Centro, y se
lo guarda en un congelador con un simple candado de bicicleta. ¡Excelente
protección para el virus más letal conocido por el hombre! Y si cree que el
laboratorio de máximo riesgo es seguro, recuerde que hasta yo fui capaz de
entrar allí.
Horas más tarde,
todavía temblaba cuando entró en el Hospital de la Universidad y preguntó cómo
llegar a la cafetería. Mientras recorría los pasillos no dejaba de maravillarse
de haber podido reunir tanto coraje.
Jamás se había
enfrentado a la autoridad como lo hizo ese día. Sin embargo, se sentía muy mal
al recordar la cara que puso Dubchek cuando la echó de su oficina. Como no
sabía qué hacer y estaba segura de que su carrera en el Servicio de
Inteligencia de Epidemiología se había terminado, salió del Centro, subió a su
coche y empezó a dar vueltas sin rumbo fijo hasta -que se acordó de Ralph y
pensó pedirle consejo. Pudo localizarlo entre una operación y otra, y, quedaron
en encontrarse para almorzar. La cafetería del hospital era un recinto
agradable, con mesas de cubierta amarilla y suelo de baldosas blancas. Marissa
vio que Ralph le hacía señas desde un rincón.
Como era típico de
él, se levantó al verla llegar y le retiró la silla. Marissa sonrió, aunque le
costaba contener las lágrimas. Sus galantes modales no parecían acordes con la
ropa quirúrgica que tenía puesta.
–Gracias por
apartar tiempo para verme, Ralph. Sé lo ocupado que estás.
–No digas
tonterías. Siempre tengo tiempo para ti. Ahora cuéntame qué pasa. Te noté muy
alterada por teléfono.
–Vayamos a buscar
primero la comida. La interrupción le vino bien puesto que, al volver con las
bandejas, había podido controlar un poco sus emociones.
–Tengo problemas en
el Centro -confesó. Después le relató la forma en que se había comportado
Dubchek en Los Ángeles y el incidente del hotel-. A partir de ese momento el
trato ha sido difícil. Quizá yo no reaccioné de la mejor forma posible, pero
tampoco creo que fuera todo culpa mía. Al fin y al cabo, fue una especie de
hostigamiento sexual.
–No me parece
propio de Dubchek -opinó Ralph, frunciendo el entrecejo.
–Pero me crees,
¿verdad? – Desde luego. Sin embargo, no creo que puedas echar la culpa de todos
tus problemas a aquel lamentable episodio. Recuerda que el CCE es un organismo
estatal, aunque la gente trate de restarle importancia a ese hecho. – Hizo una pausa
para dar un bocado al sándwich-. ¿Puedo hacerte una pregunta?
–Por supuesto. –
¿Crees que soy tu amigo y que sólo pienso en tu bien? Marissa asintió, mientras
se preguntaba qué vendría a continuación.
–Entonces puedo
hablarte con franqueza. Me han llegado rumores de que ciertas personas del
Centro no están muy contentas contigo porque no te adhieres a la línea oficial.
Ya sé que no me pediste consejo, pero te lo doy igualmente. En un sistema
burocrático, hay que guardarse las opiniones personales hasta que llegue el
momento apropiado. Digamos que hay que aprender a callar. Y yo lo sé porque
durante un tiempo estuve en el ejército.
–Supongo- que te
refieres a la posición que adopté respecto del Ébola - saltó ella, a la
defensiva.
Al margen de que
Ralph tuviera razón, sus palabras la habían herido porque consideraba que, en
términos generales, su comportamiento había sido correcto.
–Ésa es sólo una
parte del problema. Sencillamente no has sabido trabajar en equipo. – ¿Quién te
lo dijo? – se indignó ella.
–Con decírtelo no
se soluciona nada. – Tampoco si yo me quedo callada. No puedo aceptar la
posición que sustenta el Centro en relación con el Ébola. Hay demasiados puntos
contradictorios e interrogantes sin resolver. Casualmente uno de ellos lo supe
anoche, durante mi visita no autorizada al laboratorio.
–¿A qué te
refieres? – Se sabe que el Ébola sufre constantes mutaciones. Sin embargo nos
enfrentamos con el hecho de que las tres cepas de Estados Unidos son idénticas,
y lo más sorprendente es que se trata de la misma cepa del brote que hubo en
Zaire, en 1976. Para mí, esta enfermedad no se está propagando naturalmente.
–Tal vez tengas
razón, pero estás en una situación política y debes obrar en consecuencia. Y
aun si se produjera otro brote, espero que no lo haya, tengo una confianza
absoluta en que el Centro será capaz de controlarlo.
–Ése es otro gran
interrogante. Las estadísticas de Phoenix no fueron alentadoras. ¿Te das cuenta
de que hubo trescientos cuarenta y siete casos mortales y sólo trece
sobrevivientes?
–Sí; vi las cifras.
Pero con ochenta y cuatro casos iniciales creo que vuestra labor fue excelente.
–No sé si te
parecería tan excelente si el brote se hubiera producido en tu sanatorio.
–Tienes razón. La
idea de que vuelva a producirse otro brote de Ébola me aterroriza. Quizá sea
por eso que quiero creer en la posición oficial. Si es correcta, tal vez el
peligro haya terminado.
–¡Caramba! –
expresó -Marissa con repentina vehemencia-. Tan preocupada estaba por mí misma
que me olvidé por completo de Tad Dubchek debe de saber que fue él quien me
llevó al laboratorio. Será mejor que vaya a ver qué le ha pasado.
–Te dejo ir con una
condición: que salgamos a cenar mañana sábado. –Qué amoroso. Desde luego; será
un placer. Se inclinó hacia delante y
le dio un beso en
la frente. Ralph era tan bueno… Ojalá le atrajera más como hombre.
Cuando regresaba en
su coche al Centro, tomó conciencia de que ya no estaba tan enfadada con
Dubchek, y que en cambio tenía miedo de perder el empleo y sentía remordimiento
por su propio proceder. Indudablemente Ralph tenía razón: no había sabido
trabajar en equipo.
Encontró a Tad en
el laboratorio de virología, trabajando en un nuevo proyecto vinculado con el
SIDA, enfermedad que seguía ocupando el lugar prioritario en el Centro. Al
verla, Tad se tapó la cara con un brazo, fingiendo adoptar una actitud de
defensa.
–¿Tan mal te fue? –
le preguntó Marissa. – Peor. – Perdóname. ¿Cómo se enteró? – Me lo preguntó. –
¿Y tú se lo contaste? – Por supuesto. No iba a mentirle. También me preguntó si
salía contigo.
–¿Y eso también se
lo dijiste? – quiso saber ella, mortificada.
–¿Por qué no? Por
lo menos se convenció de que no llevo al laboratorio a cualquier persona de la
calle.
Marissa respiró
profundamente. Tal vez era mejor que se supiera todo.
Apoyó entonces una
mano sobre el hombro de su amigo.
–Lamento muchísimo
haberle causado tantos trastornos. Y para resarcirle, te invito a cenar esta
noche. Cocino yo.
A Tad se le iluminó
el rostro. – Me parece fantástico.
A las seis de la
tarde Tad pasó a buscarla por su oficina y la siguió en su coche hasta el
supermercado. Eligió él las costillas de cordero y esperó que el carnicero se
las cortara, mientras Marissa iba a buscar patatas y verdura para la ensalada.
Guardaron luego la
bolsa en el maletero del coche de Marissa, y Tad propuso ir él a comprar vino y
que ella se adelantara para empezar a cocinar.
Llovía, y mientras
escuchaba el rítmico movimiento de los limpiaparabrisas, sintió un hálito de
esperanza como no había experimentado en todo el día. Ciertamente era mejor que
todo se supiera. El lunes a primera hora hablaría con Dubchek y le pedirla disculpas.
Seguramente podían arreglar la situación como dos adultos.. Pasó por una
panadería y compró dos pastas rellenas. Al llegar a su casa, decidió entrar por
la cocina para no tener que caminar tanto cargada con las bolsas. Todavía no se
había puesto el sol, pero ya estaba oscuro. Tuvo que buscar en el llavero la
llave que correspondía a la cerradura. Encendió la luz de la cocina con el codo
antes de depositar las dos bolsas sobre la mesa. Mientras desactivaba la
alarma, se preguntó por qué Taffy no habría acudido a recibirla. Llamó a la
perra pensando si los Judson no se la habrían llevado por alguna razón. Volvió
a llamarla, pero en la casa reinaba un silencio anormal.
Se encaminó a la
sala de estar y en el trayecto encendió la luz que había junto al sofá.
«Ta-a-a-ffy», gritó, alargando el nombre. Se dirigió a la escalera por si acaso
la perra se había encerrado sin querer en alguno de los dormitorios de arriba,
como más de una vez le había ocurrido. Fue entonces cuando la vio tendida en el
suelo cerca de la ventana, con la cabeza doblada en un ángulo extraño y
alarmante. – ¡Taffy! – clamó desesperada.
Corrió a
arrodillarse a su lado, pero antes de que pudiera tocarla, la sujetaron por
atrás y le dieron un tirón tan fuerte del cuello que la
habitación comenzó
a darle vueltas. Instintivamente levantó una mano y aferró el brazo extraño,
notando que tocaba algo de madera debajo de la tela de la manga. Ni haciendo
acopio de todas sus fuerzas logró siquiera que el desconocido aflojara la
presión sobre su cuello. Sintió que se le rasgaba el vestido y trató de
volverse para ver a su atacante, pero no lo logró.
El dispositivo para
hacer sonar el sistema de alarma estaba en el bolsillo de su chaqueta. Metió la
mano con desesperación, y justo cuando consiguió activar el botón, un fuerte
golpe en la cabeza la arrojó al suelo. Procuró ponerse de pie en el momento en
que comenzaba el atronador bramido de la alarma. Luego oyó la voz de Tad que le
gritaba al intruso. Se volvió, medio atontada, y lo vio forcejeando con un
individuo alto y fornido.
Se cubrió las
orejas para protegerse del incesante chillido de la sirena y salió gritando
afuera para llamar a los Judson. Atravesó corriendo el jardín y cruzó por entre
los arbustos que separaban ambas propiedades. Al llegar a casa de sus vecinos,
vio que el señor Judson abría la puerta. Le pidió a gritos que llamara a la
policía, pero no perdió tiempo en explicarle nada. Giró sobre sus talones Y
volvió de prisa a su casa. El sonido de la alarma resonaba entre los árboles
que bordeaban la calle. Subió de dos en dos los escalones de la entrada pero le
llamó la.atención encontrar vacía la sala de estar. Atemorizada corrió a la
cocina. La puerta del fondo estaba entornada. Alargó el brazo y desconectó la
alarma en el correspondiente tablero.
–¡Tad! – gritó de
regreso a la sala de estar, al tiempo que se fijaba en el cuarto de huéspedes.
Pero no había
rastros de su amigo. El señor Judson llegó corriendo por la puerta del frente
blandiendo un hierro. Juntos se encaminaron a la cocina y salieron por atrás.
–Mi mujer está
llamando a la policía. – Yo estaba con un amigo -le explicó Marissa, jadeante-,
y no sé dónde se ha ido.
–Ahí viene alguien
-afirmó el señor Judson, señalándolo.
Marissa vio una
silueta que se acercaba entre los pinos. Era Tad. Corrió entonces a recibirlo,
le echó los brazos al cuello y le preguntó qué había pasado.
–Lamentablemente me
derribaron de un golpe -contó él tocándose la sien-. Cuando me levanté, el tipo
estaba fuera, donde lo aguardaba un coche.
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Marissa lo llevó a
la cocina y allí le limpió la cara con una toalla húmeda. Tenía sólo una herida
superficial.
–El brazo de ese
tipo parecía duro como un garrote -dijo Tad. – Tuviste suerte de que no te
causara una herida más profunda. No debías haberlo perseguido. ¿Y si hubiese
estado armado?
–Mi intención no
era convertirme en héroe. Y lo único que le vi fue una cartera.
–¿Una cartera? ¿Qué
clase de ladrón lleva una cartera?
–Iba bien vestido;
eso hay que reconocerlo. – ¿Pudo verlo bien como para identificarlo después? –
intervino el señor Judson.
Tad se encogió de
hombros. – No demasiado. Todo fue tan rápido… A lo lejos oyeron que se acercaba
la sirena de un coche patrulla. El señor Judson miró la hora.
–Establecieron un
buen promedio. – ¡Taffy! – gritó Marissa, al recordar súbitamente a la perra.
Corrió a la sala de
estar, seguida de cerca por Tad y el señor Judson. El animal no se había
movido. Cuando Marissa se agachó para alzarlo
con cuidado, la
cabeza de Taffy cayó, floja, hacia un lado; le habían roto el cuello.
Hasta ese momento
Marissa había logrado dominar sus emociones, pero al ver a su perrita
prorrumpió en llantos histéricos. Al señor Judson le costó mucho lograr que
soltara al animal. Tad abrazó a su amiga procurando consolarla.
Llegó el vehículo
policial con sus luces encendidas, y dos agentes uniformados entraron en la
casa. Marissa no pudo dejar de reconocer que actuaron con eficacia y
sensibilidad. En seguida averiguaron que el sujeto había entrado por una
ventana de la sala y explicaron por qué en un primer momento no había sonado la
alarma: porque el intruso rompió el cristal y entró por la ventana, en lugar de
levantar la hoja movible.
Después, con un
estilo metódico, los policías recogieron toda la información pertinente sobre
el hecho. Desgraciadamente ni Marissa ni Tad pudieron dar una descripción del
agresor, salvo que tenía el brazo rígido. Cuando le preguntaron si le faltaba
algo, Marissa tuvo que confesar que todavía no lo había comprobado. Y cuando
relató el episodio de Taffy, se echó a llorar nuevamente.
Los policías le
preguntaron si quería ir a un hospital, pero ella rechazó el ofrecimiento. Los
agentes le aseguraron que volverían a comunicarse con
ella, y partieron.
El señor Judson también se retiró, no sin antes decirle que podía llamarlo en
caso de necesitar algo, y que no se preocupara por los restos de la perrita.
Además, al día siguiente él se encargaría de que le arreglaran la ventana.
De pronto Marissa y
Tad se encontraron solos, sentados a la mesa de la cocina, con los alimentos
aún dentro de sus bolsas.
–Lamento muchísimo
todo esto -expresó Marissa, restregándose el lugar de la cabeza que le dolía.
–No seas tonta.
¿Por qué no vamos a cenar fuera? – No tengo ánimos para ir a un restaurante,
pero tampoco quiero quedarme aquí. ¿Qué te parece si cocino en tu apartamento?
–¡Perfecto! Vamos.
– Aguarda un momento. Voy a cambiarme.
20 de mayo
EL lunes por la
mañana Marissa seguía dominada por el temor. No había sido un buen fin de
semana. El viernes fue el peor día de su vida, empezando por el incidente-con
Dubchek para seguir luego con el asalto y la muerte de Taffy. Después del
asalto trató de minimizar las consecuencias emocionales, pero lo único que
consiguió fue tener que pagarlo después. Preparó la cena y se quedó en casa de
Tad, pero fue una velada turbulenta, llena de lágrimas e indignación contra el
intruso que le había matado la perrita.
El sábado estaba
igualmente deprimida pese a los intentos de Tad, y luego de los Judson, por
animarla. Por la noche salió a cenar con Ralph como tenía pensado, y él le
sugirió que solicitara unos días de permiso, ofreciéndose incluso a llevarla al
Caribe, ya que seguramente unas breves vacaciones servirían para que se
enfriaran los ánimos en el Centro. Como Marissa insistió en que quería seguir
trabajando, Ralph le aconsejó dedicarse a cualquier tema menos al Ébola,
propuesta que ella tampoco aceptó. «Entonces al menos no hagas más olas.» Para
Ralph, Dubchek era fundamentalmente un buen hombre que aún estaba reponiéndose
por la pérdida de la esposa que adoraba.
Marissa debía darle
otra oportunidad. En ese punto al menos estuvieron de acuerdo.
Temiendo otra
confrontación con Dubchek, pero al mismo tiempo resuelta a pedirle disculpas,
llegó a su oficina y se encontró con otra comunicación interna sobre el
escritorio. Supuso que era de Dubchek, pero al tomar el sobre advirtió que el
remitente era el doctor Carbonara, director
del Servicio de
Inteligencia en Epidemiología y, por lo tanto, el verdadero jefe de Marissa. La
abrió con el corazón en la boca y leyó la nota en la cual se le pedía que fuera
a verlo de inmediato. Tuvo entonces un mal presentimiento.
El despacho del
doctor Carbonara estaba en el primer piso. Cuando subía por la escalera se
preguntaba si estarían a punto de despedirla. La oficina era amplia y
confortable. Una pared estaba casi cubierta con un inmenso planisferio en el
que se indicaban con alfileres rojos los lugares del mundo donde cumplían
tareas funcionarios del Servicio. El doctor Carbonara, un hombre muy amable y
paternal, de abundante pelo canoso, le hizo señas para que tomara asiento
mientras terminaba de hablar por teléfono. Cuando colgó, la obsequió con una
sonrisa simpática, con lo cual Marissa se tranquilizó un poco ya que no vio en
él la actitud del jefe que está por echar a un empleado. Luego la sorprendió
compadeciéndose de ella por el asalto sufrido y por la muerte de la perrita. A
excepción de Tad, Ralph y los Judson, ella creía que nadie más estaba enterado
del episodio.
–Quería pedirle que
se tomara unas vacaciones. Creo que un cambio de aire no le vendría mal después
de una experiencia tan desagradable.
–Le agradezco la
gentileza, pero sinceramente prefiero continuar trabajando. Eso me va a ayudar
a tener la mente ocupada, aparte de que estoy convencida de que los brotes
epidémicos no han terminado aún.
El doctor tomó una
pipa y se dispuso a encenderla. Cuando lo logró, dijo:
–Lamentablemente
existen ciertas dificultades en relación con el Ébola. A partir de hoy se la
traslada del Departamento de Virología al de Bacteriología, pero puede
conservar la misma oficina. En realidad le quedará más cerca de su nuevo empleo
que del viejo. Estoy seguro de que el nuevo cargo le resultará tan apasionante
como el anterior.
Dio intensas
chupadas a la pipa, despidiendo volutas de humo gris. Marissa quedó desolada:
el traslado era, para ella, como si la echaran. –Podría decirle cualquier
mentira -prosiguió Carbonara-, pero la verdad
es que el jefe del
Centro, el doctor Morrison, me pidió personalmente que la sacara de virología,
alejándola particularmente del problema del Ébola.
–Eso no lo creo.
¡Fue el doctor Dubchek! – No, en absoluto -expresó enfáticamente Carbonara,
para agregar a continuación-: Aunque reconozco que no se opuso a tal decisión.
Marissa dejó
escapar una risita irónica. – Sé muy bien, Marissa, que entre usted y Dubchek
ha habido un grave choque de personalidades, pero…
–Sería más exacto
hablar de hostigamiento sexual. Ese hombre se ha empeñado en obstaculizar mi
tarea desde que tuve el valor de resistirme a sus insinuaciones.
–Lamento oírle
decir eso -afirmó él con voz pausada-. Tal vez, por el bien de todos,
convendría que le contara la verdadera historia. Verá usted: el doctor Morrison
recibió una llamada del congresista Calvin Markham, integrante de la
Subcomisión de Presupuesto de la Cámara Baja para el Departamento de Sanidad
Pública. Como usted sabe, dicha subcomisión fija anualmente los fondos para el
Centro. Fue ese legislador quien pidió que se la separara del tema Ébola, no
Dubchek.
Marissa quedó
anonadada una vez más. La idea de que un congresista de Estados Unidos llamara
al director del Centro para que éste la separara de su cargo le resultaba
increíble.
–¿Markham mencionó
mi nombre expresamente? – preguntó, una vez que hubo recuperado el habla.
–Sí. Y créame que
yo también lo puse en duda. – Pero, ¿por qué? – No hubo explicación alguna.
Además, fue más una orden que una petición. Por razones políticas no nos queda
otra alternativa. Supongo que lo comprenderá.
Marissa movió la
cabeza. – El problema es casualmente que no entiendo, pero sí me hace cambiar
de parecer respecto de las vacaciones. Pienso que al fin y al cabo me
convendría tomarme unos días.
–Espléndido. Se las
concedo a partir de este momento. Después del descanso va a empezar renovada.
Tenga la seguridad de que no estamos en desacuerdo con su trabajo; por el
contrario, nos ha impresionado notablemente su desempeño. Esos brotes de Ébola
nos han aterrado muchísimo. Usted será una valiosa adquisición para el grupo
que está trabajando en bacterias intestinales y no me cabe duda de que le caerá
muy bien la jefa de dicha división, la doctora Harriet Samford.
Su mente era un
torbellino cuando regresaba a su casa. Había dado por descontado que el trabajo
le serviría de distracción para olvidar la brutal muerte de Taffy, y si bien en
algún momento consideró la posibilidad de que la despidieran, jamás se le ocurrió
siquiera que fuesen a otorgarle una licencia. Se preguntó si Ralph habría
hablado en serio cuando la había
invitado al Caribe.
Sin embargo, la idea tenía ciertas desventajas, ya que si bien él le gustaba
como amigo, no estaba segura de que le atrajera en ningún otro sentido.
La casa le pareció
desolada sin el exuberante recibimiento de la perrita. Marissa experimentó la
imperiosa necesidad de meterse en la cama y taparse la cabeza con las mantas,
pero con eso sólo conseguiría allanar el camino a la depresión que tan decididamente
quería combatir. No había aceptado del todo el pretexto que le diera el doctor
Carbonara para separarla del tema Ébola: una insinuación casual de un
parlamentario no solía producir efectos tan inmediatos. Si se ponía a indagar,
seguramente descubriría que Markham era amigo de Dubchek. Miró de soslayo la
cama con sus tentadoras almohadas y decidió no ceder ante el impulso de
evadirse. Recordaba con demasiada nitidez la última vez que reaccionó con un
estado depresivo, después de haber cortado con Roger. En vez de entregarse y
aceptar la situación -como había hecho antes-, se dijo que debía hacer algo,
aunque no sabía muy bien qué.
Cuando estaba
buscando ropa sucia para lavarla, como terapia, encontró la maleta preparada y
para ella fue como un presagio.
Impulsivamente tomó
el teléfono y llamó a la línea aérea Delta a fin de reservar un pasaje en el
siguiente vuelo a Washington.
–Hay un mostrador
de información pasando apenas la puerta -le indicó el avezado taxista señalando
la escalinata del edificio de oficinas del Congreso.
Una vez dentro,
Marissa pasó por un detector de metales mientras un guardia uniformado le
revisaba la cartera. Cuando preguntó por el despacho del congresista Markham,
le respondieron que estaba en el cuarto piso. Siguió las complicadas
instrucciones -al parecer los ascensores sólo llegaban hasta el tercer piso – y
le llamó la atención lo descuidado que estaba el edificio. Las paredes del
ascensor estaban literalmente cubiertas de pintadas.
Pese a lo tortuoso
del camino, no tuvo problema en localizar la oficina. Como la puerta estaba
entreabierta pasó sin llamar, en la esperanza de que el elemento sorpresa
jugara a su favor. Desgraciadamente el congresista no estaba.
–Volverá de Houston
dentro de tres días. ¿Quiere pedir una entrevista con él?
–Déjeme pensarlo
-respondió Marissa, sintiéndose un poco tonta por el hecho de haber viajado
desde Atlanta sin cerciorarse primero de si el hombre estaría en la ciudad, y
mucho menos dispuesto a recibirla.
–¿No desea hablar
con el señor Abrams, su secretario privado? –Bueno. A decir verdad no estaba
muy segura de cómo debía abordar a
Markham. Si
simplemente le preguntaba si había intentado separarla del grupo del Ébola para
hacerle un favor a Dubchek, obviamente lo negarla. Mientras seguía cavilando,
se le acercó un joven que se presentó como Michael Abrams.
–¿En qué puedo
servirla? – dijo, tendiéndole la mano. Debía de tener unos veinticinco años, el
pelo oscuro, casi negro- y una sonrisa amplia que para Marissa no podía ser tan
sincera como parecía al principio.
–¿No hay algún
lugar donde podamos conversar en privado? – quiso saber Marissa, puesto que
estaban de frente al escritorio de la secretaria.
–Por supuesto. La
hizo pasar al despacho del congresista, una habitación amplia, de techo alto,
con un inmenso escritorio de caoba flanqueado por la bandera estadounidense por
un do y la del Estado de Texas por el otro. En las paredes, innumerables fotos
de Markham estrechando la mano a una variedad de celebridades, incluso los
últimos presidentes.
–Soy la doctora
Blumenthal. ¿No le dice nada mi apellido? Michael negó con la cabeza. – ¿Acaso
debería sonarme? – preguntó él, en tono simpático.
–Tal vez -respondió
Marissa, dudando sobre la forma en que debía continuar.
–¿Es usted de
Houston? – Soy de Atlanta, del Centro para el Control de Enfermedades.
Lo observó
atentamente para ver si advenía en él alguna reacción especial, pero no notó
ninguna.
–Del Centro para el
Control de Enfermedades -repitió el muchacho-. ¿Viene en misión oficial?
–No. Me interesa la
relación que tiene el congresista Markham con el Centro. ¿Es uno de los temas
especiales de que se ocupa?
–Yo diría que
«especiales» no es la palabra adecuada
–fue la cauta
respuesta de Michael-. Él se ocupa de todas las áreas de la sanidad pública. De
hecho, es el congresista que más se ha interesado por los temas de salubridad.
Últimamente presentó proyectos para limitar la
inmigración de
médicos extranjeros, un proyecto para el arbitraje obligatorio en caso de
ejercicio ilegal de la profesión, otro para limitar los subsidios del estado a
los programas de medicina por el sistema de pagos adelantados…
Hizo una pausa para
recobrar el aliento. – Me deja asombrada. Es evidente que se interesa vivamente
por la medicina en nuestro país. – Ya lo creo. El padre de él era un médico
clínico que gozaba de enorme prestigio.
–Pero usted no
tiene conocimiento -continuó Marissa- de que tenga previsto ningún proyecto
específico vinculado con el Centro de Atlanta.
–Que yo sepa, no. –
Y debo suponer que usted está al tanto de todo lo que se trata aquí.
Michael le obsequió
con una sonrisa por toda respuesta.
–Bueno, muchas
gracias por atenderme. Intuitivamente se dio cuenta de que no iba a poder
sonsacarle nada más a Michael Abrams.
Al salir a la calle
volvió a sentirse abatida. Ya no tenía más la sensación de estar haciendo algo
positivo por sí misma. No sabía si le convenía permanecer tres días en
Washington aguardando la llegada de Markham, o si debía regresar a Atlanta.
Comenzó a caminar
en dirección al Capitolio. Ya se había alojado en un hotel de Georgetown;
entonces, ¿por qué no quedarse? Podía ir a museos y galerías de arte. Sin
embargo, al contemplar la imponente cúpula blanca del Capitolio, no pudo menos
de pensar por qué un hombre de la posición de Markham se preocupaba por ella,
aunque fuese amigo de Dubchek. De repente vislumbró una idea. Le hizo señas a
un taxi, subió de prisa y te dijo al chofer:
–A la Comisión
Federal de Elecciones. ¿Sabe dónde queda?
El conductor, un
negro guapo, se volvió para responderle:
–Si en esta ciudad
hay algún lugar que yo no conozca, le prometo que la llevo gratis.
Quince minutos más
tarde aparcaban frente a un edificio semimoderno, en un sector viejo del centro
de Washington. Poca atención le prestó a Marissa el guardia uniformado, salvo
para advertirle que debía firmar el libro de entrada. Como no sabía con certeza
a qué oficina tenía que ir, terminó entrando en una de la planta baja, donde
había cuatro empleadas escribiendo a máquina en sus respectivos escritorios.
Una de ellas le
preguntó en qué podía servirla. – Necesito averiguar algo respecto de los
fondos con que financió su, campaña un congresista.
Tengo entendido que
ese tipo de información está a disposición del público, ¿verdad?
–Por supuesto
-respondió la mujer, y se puso de pie-. ¿Qué es lo que le interesa, las
contribuciones o los desembolsos?
–Las
contribuciones… supongo. La mujer la miró intrigada. – ¿Cuál es el nombre del
congresista? – Calvin Markham. La empleada se encaminó a una mesa redonda donde
había libros de hojas intercambiables. Encontró el indicado y lo abrió en la M,
explicando que los números que aparecían a continuación de cada nombre
indicaban el correspondiente al rollo de microfilm. Luego acompañó a Marissa a
unas enormes estanterías repletas de rollos, buscó el que necesitaba y lo
colocó en el aparato de lectura.
¿Qué elección le
interesa? – preguntó, lista ya para oprimir las teclas respectivas.
–La última…
supongo. Todavía no sabía a ciencia cierta qué era lo que quería encontrar… Tal
vez algún vínculo entre Markham y Dubchek o el CCE.
La máquina empezó a
funcionar con un zumbido, y en la pantalla iban pasando con tanta rapidez los
documentos que parecían una sola mancha borrosa. Luego la mujer apretó un botón
y le enseñó cómo regular la velocidad.
–Si quiere alguna
copia, son cinco centavos cada una. La moneda tiene que ponerla allí. – Señaló
una ranura-. Si se presenta algún problema, no tiene más que llamar.
A Marissa le
intrigaba tanto el aparato como la información que éste le brindaba. A medida
que revisaba los nombres y domicilios de todos los contribuyentes a las arcas
para la reelección de Markham, notó que éste obtenía apoyo fiscal a nivel
nacional no sólo de su distrito de Texas. Esto no le pareció típico salvo
quizás en el caso del presidente de la Cámara o el presidente de la Comisión de
Recursos. También advirtió que gran parte de los donantes eran médicos, lo cual
no le llamaba la atención a la luz del papel desempeñado por Markham en la
aprobación de leyes relativas a la salud.
Los nombres
figuraban en orden alfabético y si bien se fijó expresamente en todos los que
empezaban con D, no encontró el de Dubchek. De todos modos había sido una idea
alocada, se dijo. ¿De dónde iba a sacar dinero Cyrill para apoyar a un poderoso
congresista? Podía tener
cierto ascendiente
sobre Markham, pero no de índole económica. Lanzó una risita. ¡Y pensar que
consideraba ingenuo a Tad!
De todas formas
sacó copia de la lista de contribuyentes para poder luego revisarla con
tranquilidad. Notó que un.médico con seis hijos había donado la cifra mayor por
él y por cada miembro de su familia. Eso sí que era apoyar a alguien. Al final
de los particulares se enumeraban las empresas patrocinadoras. Una de ellas,
llamada «Comité Médico de Acción Política», había donado más dinero que muchas
compañías petroleras de Texas. Al consultar los datos sobre la elección
anterior, Marissa se encontró con el mismo grupo. Debía de tratarse de una
organización establecida, y firme partidaria de Markham.
Después de
agradecerle la atención a la empleada, Marissa salió a la calle y buscó un
taxi. Mientras avanzaban en medio del denso tránsito de la hora punta,
aprovechó para releer la lista de contribuyentes. De pronto casi soltó los
papeles. El nombre del doctor Ralph Hempston parecía saltar de la página.
Seguramente era una coincidencia -qué pequeño era el mundo-, pero pensándolo
bien no le llamaba tanto la atención ya que uno de los defectos que siempre le
había encontrado a su amigo Ralph era precisamente su conservadurismo. Le
parecía típico de él propiciar a alguien con la mentalidad de Markham.
A las cinco y media
entraba en el simpático salón de su hotel, y al pasar por el pequeño quiosco de
revistas divisó los titulares del Washington Post. ¡VUELVE EL AZOTE DEL Ébola!
Como hierro atraído
por un imán, cruzó el salón, tomó un periódico y leyó el subtítulo: EL FLAGELO
ATERRORIZA LA CIUDAD DEL AMOR FRATERNAL.
Buscó monedas en el
fondo de la billetera para pagar el periódico y siguió leyendo mientras se
encaminaba a los ascensores. Se habían presentado tres supuestos casos de Ébola
en la Clínica Berson de Abington (Pennsylvania), en las afueras de Filadelfia. La
noticia destacaba el pánico que reinaba en la ciudad suburbana. Después de
apretar el botón de su piso, leyó las declaraciones de Dubchek en las cuales
éste aseguraba que el brote se dominaría en breve y que no había motivo de
inquietud, ya que el Centro para el Control de Enfermedades había aprendido
mucho sobre el modo de luchar contra el virus en los tres brotes previos.
Peter Carbo, uno de
los dirigentes del grupo pro Derechos de los Homosexuales, de Filadelfia,
manifestaba tener la esperanza de que Jerry
Falwell se hubiese
fijado en que ni un solo homosexual había contraído esta enfermedad nueva y
mucho más peligrosa, proveniente de la misma zona de África que el SIDA.
Ya en su habitación
buscó en el periódico las fotos de las páginas interiores. La toma de la
barrera policial en la entrada del hospital le recordó Phoenix. Terminó de leer
el artículo, dejó el periódico sobre la cómoda y se miró en el espejo. A pesar
de que estaba de vacaciones y oficialmente la habían alejado del equipo del
Ébola, sentía la necesidad de obtener información de primera mano. Su total
dedicación al fenómeno Ébola no le dejaba otra alternativa. Trataba de quedarse
pensando que Filadelfia quedaba prácticamente al lado de Washington, que hasta
podía ir en tren. Militarmente, giró sobre sus talones y comenzó a reunir sus
pertenencias.
Al salir de la
estación de Filadelfia tomó un taxi hasta Abington, y resultó un viaje mucho
más largo de lo que suponía. Felizmente tenía varios cheques de viajero en la
billetera, y el conductor se los aceptó. Frente a la Clínica Berson encontró la
TTM77 policial que había visto fotografiada en el diario. Tras de intentar
trasponerla, le preguntó a un periodista si el edificio estaba en cuarentena.
«No», le respondió, quien había estado tratando de entrevistar a algún enfermo.
La policía se encontraba allí por si acaso se establecía la cuarentena. Marissa
exhibió su credencial del CCE y en el acto se le permitió el acceso.
Había muchas
personas en el vestíbulo central, pero no reinaba el caos de aquella otra vez,
en Phoenix. La gente parecía ansiosa pero no aterrorizada. El empleado de
recepción le informó que todos los casos estaban en la unidad aislada, del
quinto piso. Cuando se dirigía al ascensor, un señor le gritó:
–Perdone, pero no
se permiten las visitas. – Marissa volvió a mostrar su credencial. Ah,
disculpe, doctora. Tome el último ascensor, que es el único que sube hasta el
quinto.
Apenas se bajó, una
enfermera le pidió que se colocara ropa de protección, aunque no le preguntó
por qué estaba allí. Marissa se alegró de poder ponerse la mascarilla, no sólo
por razones -o protección sino para mantener el anonimato.
–Perdón -dijo
sobresaltando a dos mujeres que charlaban en el despacho de las enfermeras-,
¿no están por aquí ninguno de los médicos del CCE?
–No la oímos venir;
explicó la mayor de las dos. – La gente del Centro partió hace alrededor de una
hora -respondió la otra-. Creo haber oído que bajaban a la oficina del
administrador. Pruebe allí.
–Bueno, no importa.
¿Cómo están los tres pacientes?
–Ya son siete
-contestó la primera mujer, y luego le pidió a Marissa que se identificara.
–Soy del Centro
para el Control de Enfermedades -respondió, sin dar su nombre, a propósito-. ¿Y
ustedes?
–Desgraciadamente
somos las enfermeras que estamos siempre a cargo de este sector. Solemos aislar
a los pacientes con menor resistencia a la enfermedad, pero no estamos
acostumbradas a tratar casos mortales de un mal contagioso. Por eso nos
alegramos de que hayan venido ustedes.
–Al principio uno
se asusta mucho -se condolió Marissa, al tiempo que entraba, intrépidamente, en
el despacho de las enfermeras. Por si les sirve de consuelo, les diré que yo
participé en los tres brotes anteriores y nunca tuve problema alguno. ¿Las fichas
están aquí o en las habitaciones?
–Aquí -señaló una
de las mujeres. – ¿Cómo están los pacientes? – Pésimamente. Esta respuesta no
le parecerá muy profesional, pero jamás he visto personas más enfermas. Se les
ha prestado atención especial durante las veinticuatro horas del día, pero así y
todo, empeoran.
Marissa comprendía
la frustración de la mujer. Los pacientes terminales en general deprimen al
personal que los cuida.
–¿Alguna de ustedes
sabe cuál fue el que se internó primero?
La enfermera de más
edad se acercó a Marissa, revisó las fichas y sacó una que luego le entregó.
–El primero fue el
doctor Alexi -manifestó-. Lo que me sorprende es que haya durado tanto.
En el historial
figuraban todos los síntomas habituales, pero no había mención alguna de viaje
al extranjero, de contacto con animales ni de la menor vinculación con los
brotes anteriores. Sin embargo, se consignaba que Alexi era ¡jefe de
oftalmología! ¿Acaso Dubchek tendría razón después de todo? Al no saber cuánto
tiempo podía permanecer en el pabellón, prefirió ir de inmediato a ver al
enfermo, para lo cual se colocó encima otro atuendo protector, incluso gafas
desechables.
–¿Está consciente?
– le preguntó a la enfermera especial, llamada Marie.
El doctor Alexi
estaba acostado con la boca abierta y la mirada clavada en el techo. Su piel
presentaba ese tono amarillento que Marissa asociaba con la muerte próxima.
–A ratos. Está
hablando y de pronto no responde más. La presión sanguínea le ha bajado
nuevamente.
Marissa tragó
saliva. – Doctor Alexi -pronunció Marissa, tocándole suavemente el brazo.
Cuando el hombre volvió la cabeza muy despacio para mirarla, le notó un enorme
moretón debajo del ojo derecho-. ¿Me oye, doctor?
El enfermo asintió.
– ¿Ha viajado a África últimamente? El doctor negó con la cabeza. – ¿Asistió
usted a un congreso sobre cirugía de párpados realizado hace unos meses en San
Diego?
El hombre logró
articular un «sí». A lo mejor Dubchek realmente tenía razón porque era
demasiada coincidencia: en todos los brotes, la primera víctima fue siempre un
oculista que asistió al congreso de San Diego.
–Doctor, ¿tiene
usted amigos en Los Ángeles, Saint Louis, o Phoenix?
¿Los ha visto
últimamente?
Pero antes de que
ella terminara, Alexi había vuelto a perder el conocimiento.
–Ha estado así todo
el tiempo -explicó la enfermera, situándose al otro lado de la cama para volver
a tomarle el pulso.
Marissa no sabía
qué hacer, si aguardar unos minutos y tratar de interrogarlo una vez más.
Volvió a fijarse en el moretón que tenía el hombre en la cara, y le preguntó a
la enfermera si sabía cuándo se lo había hecho.
–Su mujer me contó
que lo habían asaltado. – Luego agregó-: La presión está más baja todavía.
Meneó la cabeza
apesadumbrada, mientras guardaba el estetoscopio. –¿Lo asaltaron justo antes de
enfermar? Quería estar segura de haber
oído bien. – Sí.
Creo que el ladrón lo golpeó en la cara pese a que él no opuso resistencia.
–Marie -dijo
alguien por un intercomunicador-, ¿hay una doctora del CCE en esa habitación?
La enfermera miró a
Marissa y luego volvió a posar sus ojos en el aparato.
–Sí -respondió.
Pese al zumbido indicador de que el aparato seguía encendido, Marissa pudo oír
una voz femenina que le informaba a alguien:
«Está en la
habitación del doctor Alexi», y otra que replicaba: «¡No diga nada! Yo mismo
bajaré a hablar con ella.»
Marissa sintió que
se le aceleraba el pulso. ¡Era Dubchek! Desesperada paseó la vista por la
habitación como buscando un sitio donde esconderse. Pensó en preguntarle a la
enfermera si no había otra salida, pero sabía que iba a parecer una ridiculez,
y además ya era tarde porque ya se oían pisadas por el pasillo.
Cyrill entró
arreglándose las gafas. – ¿Usted es Marie? – preguntó. – Sí -respondió la
enfermera. Marissa quiso ir hacia la puerta pero Dubchek la agarró de un brazo.
Le pareció una vergüenza tener un enfrentamiento de esa índole delante de un
moribundo, pero también temía la reacción de Dubchek puesto que sabía cuántas
normas había violado. Al mismo tiempo la indignaba haberse visto obligada a
transgredirlas.
–¿Adónde diablos
va? – preguntó él de mala manera, sin soltarle el brazo.
–Tenga un poco de
respeto por el paciente, al menos -respondió ella, logrando por fin liberarse.
Salió de la
habitación seguida por Dubchek. Se quitó el gorro y el delantal exteriores, que
depositó en el recipiente indicado. Dubchek hizo lo propio.
–¿Se ha propuesto
expresamente despreciar toda autoridad? – se enfureció él-. ¿Acaso toma esto
como un juego?
–Prefiero no hablar
del tema. Se daba cuenta de que, por el momento, Dubchek era incapaz de entrar
en razones. Se dirigió al ascensor.
–¿Qué es eso de que
«prefiere no hablar»? – gritó él-. ¿Quién se cree que es?
Volvió a aferrarla
del brazo y le dio un tirón para obligarla a que lo mirase.
–Creo que
deberíamos esperar hasta que se le pase el enfado -atinó a decir ella con
calma.
–¿El enfado? Mire,
jovencita -explotó Dubchek-, ahora mismo voy a llamar al doctor Morrison para
exigirle que la obligue a tomarse una licencia prolongada y no unas simples
vacaciones. Y si se niega, exigiré una audiencia formal.
–Me parece perfecto
-sostuvo ella, manteniendo apenas el dominio de sí-. Hay algo extraordinario en
estos brotes de Ébola y usted se niega a
aceptarlo. A lo
mejor lo que nos hace falta es precisamente una audiencia formal. – Váyase de
aquí antes de que la haga echar.
–Será un placer.
Cuando salía del
hospital se dio cuenta de que temblaba. Odiaba las confrontaciones, y una vez
más se sentía acosada entre la furia y el cargo de conciencia. Estaba
convencida de que le faltaba muy poco para averiguar la verdadera causa de los
brotes, pero aún no podía explicar claramente sus sospechas para sentirse
satisfecha y mucho menos para persuadir a otra persona.
Trató de llegar a
alguna conclusión camino al aeropuerto, pero lo único que le venía a la mente
era la desagradable escena con Dubchek. Sabía que había corrido un riesgo al
presentarse en la Clínica Berson cuando expresamente le habían retirado el
permiso para hacerlo, razón por la cual Cyrill estaba en todo su derecho al
enfurecerse. Lástima que no pudiesen intercambiar opiniones sobre la extraña
coincidencia de que todos los enfermos portadores hubiesen sido asaltados justo
antes de contraer el mal.
Mientras aguardaba
el avión que la llevaría de regreso a Atlanta, llamó a Ralph desde un teléfono
público. Su amigo atendió en seguida y le contó que, como ella no respondía el
teléfono, se preocupó muchísimo y fue a su casa a ver qué le pasaba. Le preguntó
dónde se encontraba, y fingió enfadarse por el hecho de que se hubiese ido de
viaje sin avisarle.
–En Washington y
ahora en Filadelfia, pero ya vuelvo a Atlanta. –Fuiste a Filadelfia debido al
nuevo brote de Ébola? – Sí. Han pasado
muchas cosas desde
la última vez que hablamos. Es una larga historia, pero te adelanto que no debí
presentarme aquí, y cuando Dubchek me pilló, se puso como loco.-A lo mejor ya
me he quedado sin trabajo. ¿Sabes de alguien que necesite a una pediatra?
–No habrá ningún
problema. Puedo conseguirte un puesto aquí mismo, en el Hospital de la
Universidad. ¿En qué vuelo llegas? Pienso ir a buscarte al aeropuerto. Estoy
impaciente por que me cuentes qué pudo haber tan importante como para que te
fueras de viaje sin decírmelo.
–Gracias, pero no
hace falta que vengas a buscarme, porque dejé el Honda en el aparcamiento.
–Entonces ven a
casa en el camino de regreso. – Tal vez se me haga un poco tarde -respondió,
pensando si no lo pasaría mejor en casa de Ralph que en su propia casa vacía-.
Pienso pasar primero por el Centro porque necesito hacer algo allí mientras
Dubchek no está en la ciudad.
–No me parece tan
buena idea. ¿Qué te traes entre manos? –Créeme que no mucho. Sólo quiero echar
otra miradita rápida al
laboratorio de
máximo riesgo.
–Yo te aconsejaría
que no fueras por el CCE. La mayor parte de tus problemas proviene de aquella
vez que entraste en el laboratorio.
–Lo sé, pero voy a
hacerlo de todos modos. Este asunto del Ébola está enloqueciéndome.
–Como quieras, pero
después ven a verme. Pienso quedarme levantado hasta tarde.
–¿Ralph? – dijo
Marissa, haciendo un enorme acopio de coraje para formularle la pregunta-.
¿Conoces al congresista Markham?
Se produjo una
pausa.
–He oído hablar de
él. – ¿Nunca has contribuido con dinero para su campaña?
–Qué pregunta más
rara, sobre todo para hacerla desde larga distancia. –¿Has contribuido? – Sí,
varias veces. Concuerdo con la posición que
tiene él en
relación con diversos temas médicos.
Después de
prometerle una vez más ir a visitarlo esa noche, Marissa cortó con una
sensación de alivio. Estaba contenta de haber planteado el tema Markham y de
que Ralph le hubiese respondido con tanta sinceridad. Pero una vez que despegó
el avión, la acometió de nuevo, la inquietud. La teoría que se estaba gestando
en su mente era tan siniestra que no se atrevía siquiera a darle forma.
Pero lo más
horrible era que comenzaba a preguntarse si el asalto en su casa y la muerte de
Taffy no habría sido algo más que un simple atraco, como había supuesto.
20 de mayo por la
noche
Al salir del
aeropuerto enfiló directamente a la casa de Tad. No le había llamado antes
porque le pareció mejor darle una sorpresa, aunque eran casi las nueve.
Aparcó frente a la
casa y vio con alegría que había luces encendidas dentro.
–¡Marissa! –
exclamó Tad al abrir la puerta, con una publicación médica en la mano-. ¿Qué
haces aquí?
–Quiero ver al
hombre de la casa. Estoy realizando una encuesta sobre preferencias en dulces.
–Estás bromeando. –
Por supuesto. ¿Me invitas a pasar o vamos a quedamos aquí de pie toda la noche?
Esa nueva actitud
suya de agresividad la sorprendía hasta a ella misma. –Perdón. Pasa, por favor.
Marissa entró primero que él y advirtió que en
la repisa del
vestíbulo estaba la tarjeta para entrar al laboratorio. –Estuve llamándote el
día entero. ¿Dónde te habías ido? –Salí. Tuve un día muy interesante.
–Me contaron que ya
no estabas más en Patógenos Especiales y te habías ido de vacaciones. ¿Qué está
pasando?
–Ojalá lo supiera
-respondió, sentándose en el sofá. De pronto apareció el gato y de un salto se
instaló en su falda-. ¿Qué sabes del brote de Filadelfia? ¿Es Ébola?
–Lamentablemente sí
-dijo Tad, sentándose a su lado-. El aviso nos llegó el domingo. Esta mañana
recibí las muestras, y están cargadas de virus.
–¿Es de la misma
cepa? – Eso no lo puedo saber en seguida. – ¿Sigues pensando que todo viene de
aquel congreso de oftalmólogos de San Diego?
–No lo sé -admitió
él, algo irritado-. Soy virólogo, no epidemiólogo. –No te enfades, pero no hace
falta ser epidemiólogo para darse cuenta
de que algo muy
raro está sucediendo. ¿Tienes idea del motivo por el cual me dieron otro
destino?
–Supongo que lo
habrá solicitado Dubchek. – No. Fue un legislador del Congreso Nacional por
Texas, de apellido Markham. Él llamó directamente al doctor Morrison, y como es
presidente de la Comisión de Presupuestos que aprueba los fondos para el
Centro, Morrison tuvo que obedecerle. Pero, ¿no te parece muy extraño? Al fin y
al cabo soy apenas una empleada a sueldo del Servicio de Epidemiología.
–Sí, claro. Tad se
ponía cada vez más nervioso. Marissa estiró un brazo y le apoyó la mano en el
hombro.
–¿Qué te ocurre? –
le preguntó. – Todo esto me preocupa. Tú sabes que me gustas, Pero donde tú vas
siempre hay problemas, y yo no quiero líos. Sucede que me agrada mucho mi
trabajo.
–No deseo
comprometerle, pero necesito tu ayuda por última vez. Por eso vine a verte tan
tarde.
Tad sacudió la
cabeza. – Por favor, no me pidas que viole ninguna otra disposición.
–Necesito volver al
laboratorio… sólo por unos minutos.
–¡No! – se opuso
Tad, enérgicamente-. No puedo correr semejante riesgo. Discúlpame.
–Dubchek no está en
la ciudad. No va a haber nadie allí a esta hora. –No. No pienso llevarte.
Marissa comprendió que su postura era
inflexible. – Está
bien. Te entiendo. – ¿Sí? – dijo él, asombrado de que se hubiese dado por
vencida tan fácilmente.
–Desde luego, pero
si no puedes acompañarme al laboratorio, lo menos que puedes hacer es invitarme
a beber algo.
–Por supuesto
-aceptó él-. ¿Cerveza? ¿Vino blanco? – Cerveza, por favor. Tad fue a la cocina.
Cuando Marissa oyó que abría la nevera, se levantó y fue de puntillas hasta el
vestíbulo. Miró en dirección al estante y comprobó que había dos tarjetas de
acceso al laboratorio. A lo mejor Tad no se daría cuenta si tomaba prestada
una, se dijo en el momento en que se guardaba una en el bolsillo. Ya estaba
sentada de nuevo en el sofá cuando su amigo regresó con las bebidas.
Tad le entregó un
botellín y se guardó otro para sí. También abrió un paquete de patatas fritas.
Para halagarlo, Marissa le preguntó por su última investigación, pero era
evidente que no prestaba atención a sus respuestas.
–¿No te gusta la
cerveza? – preguntó él al ver que no la había probado. –Sí, sí -respondió
bostezando-. Lo que pasa es que estoy más cansada
que sedienta. Será
mejor que me vaya.
–Puedes quedarte a
pasar la noche si lo deseas. – Gracias -dijo ella al tiempo que se ponía de
pie-, pero tengo que volver a casa.
–Lamento no poder
llevarte al laboratorio -declaró Tad, y se agachó para darle un beso.
–Te comprendo.
Rápidamente se
dirigió hacia la puerta antes de que él pudiera abrazarla. Tad esperó hasta oír
que se cerraba la puerta de fuera antes de volver a
entrar en el
apartamento. Por una parte se alegraba de haber tenido la sensatez necesaria
como para no dejarse manejar por Marissa, pero por otra parte le daba mucha
pena haberla desilusionado.
Desde donde estaba
miraba directamente el estante donde había dejado la tarjeta de acceso y las
llaves. Pensando aún en Marissa se dio cuenta de que faltaba una de las
tarjetas. Entonces revisó con esmero todas las cosas que había sacado de los
bolsillos y registró los anaqueles de arriba y de abajo, pero la tarjeta no
apareció.
–¡Mierda! Debió
haber previsto alguna jugarreta de su parte ya que se dio por vencida tan
fácilmente. Abrió la puerta, bajó de prisa la escalinata y salió a la calle con
la esperanza de alcanzarla, pero no había nadie en las inmediaciones. No corría
ni la más mínima brisa en la noche húmeda, de modo que las hojas de los árboles
permanecían quietas, abatidas.
Tad volvió a entrar
en su casa tratando de decidir qué hacer. Miró la hora y fue hasta el teléfono.
Marissa le gustaba, pero esa vez se había pasado. Tomó entonces el teléfono y
empezó a marcar.
En el camino al
Centro, iba pensando que ojalá Dubchek no hubiese dado aviso al guarda de que
ella ya no trabajaba en virología. Pero cuando mostró su credencial, el oficial
la obsequió con una sonrisa.
–¿Otra vez
trabajando tarde? Por precaución, fue primero a su oficina por si el oficial
decidía seguirla. Encendió las luces, se sentó a su escritorio y esperó, pero
no oyó pasos por el corredor.
Había varias cartas
sobre la mesa: dos eran propaganda de casas de productos farmacéuticos, y una
tercera de Lab Engineering, de South Bend. Marissa abrió ese último sobre. Un
vendedor le agradecía la consulta que ella había hecho acerca de las campanas filtrantes
tipo 3 HEPA pero le informaba que ese tipo de instrumental se fabricaba sólo
por pedido. Si le interesaban, debía tratar primero con algún estudio de
arquitectos que se especializara en la construcción de edificios destinados al
cuidado de la salud. Terminaba respondiendo la pregunta que daba origen a la
carta: ese último año Lab Engineering había fabricado un solo equipo para
Professional Labs, una empresa situada en Grayson (Georgia).
Marissa consultó un
mapa de Estados Unidos que el anterior ocupante del despacho había dejado en la
pared y que ella nunca se molestó en sacar, pero no figuraba el pueblecito.
Registró los cajones porque creía tener un mapa de carreteras de Georgia hasta
que por fin lo encontró en el fichero. Grayson era una pequeña localidad a
pocas horas de Atlanta, en dirección este. ¿Qué demonios hacían allí con una
campana tipo 3 HEPA?
Una vez hubo
guardado el mapa en su lugar y la carta en el bolsillo de su chaqueta
deportiva, escrutó el pasillo. El silencio era total, y el ascensor continuaba
detenido en ese piso, o sea que nadie lo había usado. Por lo tanto había
llegado el momento de actuar.
Bajó un piso por la
escalera y cruzó por la pasarela al edificio de virología. Felizmente no vio
luces encendidas en ninguna oficina. Al pasar frente a la puerta de Dubchek, le
sacó la lengua en un gesto infantil que le
produjo una enorme
satisfacción. Dio vuelta a la esquina y se halló frente a la puerta de cierre
hermético. Involuntariamente contuvo el aliento al introducir la tarjeta de Tad
y marcar luego su código de acceso: 100-60-95. Se oyó entonces un chasquido mecánico
y la pesada puerta se abrió, dejando escapar el conocido olor a desinfectante
fenólico.
Sintió que se le
aceleraba el pulso. Al cruzar el umbral tuvo la sensación de estar entrando en
una casa de horrores. El cavernoso recinto de dos pisos tenuemente iluminado,
con su complicada red de tuberías y sus sombras, daba la impresión de ser una
gigantesca tela de araña.
Como le viera hacer
a Tad las dos veces anteriores, abrió una caja que había en la pared cerca de
la entrada, y conectó los interruptores con lo cual se encendieron las luces y
se activaron los compresores y el equipo de ventilación. El ruido de la maquinaria
era mucho más fuerte de lo que recordaba, y las vibraciones se percibían en el
suelo.
Por el hecho de
estar sola, ese laboratorio futurista le resultaba mucho más atemorizante;
tanto, que tuvo que sacar a relucir toda su valentía para continuar, sabiendo
además que estaba violando normas estrictas y a que ya con anterioridad la
habían llamado al orden. A cada instante temía que alguien la descubriese.
Con manos sudorosas
aferró la rueda para abrir la puerta hermética que daba a los vestuarios, pero
no logró hacerla girar. Por último usó toda su fuerza y así consiguió que se
moviera. Con un zumbido la puerta se abrió hacia fuera y después de entrar Marissa
volvió a cerrarse con un nefasto golpe seco.
Sentía que le
estallaban los oídos cuando se ponía, con esfuerzo, el atuendo protector. La
segunda puerta fue más fácil de abrir, pero cuantos menos problemas se le
presentaban, más se afligía por el riesgo que estaba corriendo.
Localizó un equipo
aislante de talla pequeña entre los más de veinte que había a su disposición,
pero le costó mucho ponérselo al no tener la ayuda de Tad. Cuando se subió el
cierre, estaba empapada en sudor.
En el panel de
mando de las luces sólo encendió las del laboratorio principal, ya que las
demás no le hacían falta. No tenía intenciones de visitar el sector de los
animales. Después, llevando en la mano él tubo del aire, atravesó la cámara de
desinfección, pasó por la última puerta hermética y entró en el sector
principal del laboratorio.
Lo primero que
debía hacer era conectarse con una manguera múltiple para inhalar aire fresco.
El zumbido del aire la reconfortó: sin él, el silencio era opresivo. Observó el
instrumental de alta tecnología y localizó el congelador. A esas alturas ya
lamentaba no haber encendido todas las luces porque las sombras creaban un
siniestro telón de fondo para los letales virus, aumentando el pánico que la
dominaba.
Separó las piernas
para acomodarse el pesado traje y se encaminó al congelador, maravillándose una
vez más de que, con tanto instrumental supermoderno, hubiesen utilizado un
electrodoméstico común. La presencia del congelador en ese laboratorio era tan
insólita como lo sería una vieja máquina de sumar en una exposición de
computadoras.
Se detuvo a escasa
distancia del congelador y contempló la puerta aislada y cerrada con llave que
había hacia la izquierda. Cuando se enteró de que allí no se almacenaban los
virus se preguntó qué habría al otro lado. Nerviosa, estiró un brazo y quitó el
cerrojo. Una nube de vapor salió del recinto al abrir la puerta para entrar.
Durante un momento tuvo la sensación de haber penetrado en una nube helada.
Luego la pesada puerta se cerró, sumiéndola en la oscuridad.
Cuando sus ojos se
acostumbraron a la penumbra, divisó algo que parecía ser un interruptor y lo
oprimió, con lo cual se encendieron las luces del techo. En la pared, un
termómetro indicaba cincuenta y un grados bajo cero.
–¡Cielo santo! –
exclamó, comprendiendo el motivo del vapor. Cuando el aire a temperatura
ambiente chocaba con semejante frío, la humedad que contenía se sublimaba en
hielo.
Se adentró más en
la habitación y casi de inmediato reparó en una imagen horripilante. Lanzó un
alarido, que resonó espantosamente dentro de su traje. Al principio creyó que
veía fantasmas, pero luego tomó conciencia de algo peor: lo que tenía ante sus
ojos era una hilera de cadáveres desnudos, congelados, visibles sólo
parcialmente en medio de la bruma. Parecían estar de pie, aunque luego comprobó
que estaban colgados, como era habitual en los cursos de anatomía, de unos
calibradores que los atravesaban por las orejas. Al aproximarse reconoció el
primer cuerpo. Creyó que iba a desmayarse cuando reconoció que se trataba del
médico de Bombay a quien había visto en Phoenix; su rostro era una máscara
agónica de dolor, congelada.
No los contó uno
por uno, pero había por lo menos media docena. A la derecha observó los
despojos de monos y ratas, congelados en posiciones igualmente grotescas. Si
bien podía entender que ese congelamiento era necesario para el estudio viral
de los especimenes, no estaba en absoluto preparada para semejante espectáculo.
Con razón Tad no había querido que entrara allí.
Salió del recinto
no sin antes apagar la luz y cerrar la puerta. Se estremeció, no sólo del asco
sino también por verdaderos escalofríos.
Escarmentada por su
curiosidad, se encaminó luego al congelador. Pese a que el grueso traje
plástico le entorpecía los movimientos, logró abrir el candado y retirarlo con
relativa facilidad. La cadena fue más difícil. Como estaba anudada, tuvo que
forcejear para hacerla pasar por el tirador. Tardó más de lo que le habría
gustado, pero finalmente pudo levantar la tapa.
Retiró la escarcha
del lado de dentro de la tapa y trató de descifrar las anotaciones en código.
Los virus estaban en orden alfabético, y después de «Ébola, Zaire 1976» decía
«97, E11-E48, F1-F12». Supuso que el primer número designarla la correspondiente
bandeja, y que las letras y números siguientes servían para colocar el virus
dentro de la bandeja. Cada una de éstas contenía por lo menos un millar de
muestras, lo cual quería decir que había cincuenta frasquitos individuales para
la cepa del Zaire 1976.
Con la mayor
precaución posible levantó la bandeja 97 y la depositó en una mesa mientras
estudiaba las ranuras, en cada una de las cuales había una botellita con tapa
negra. Localizó la cepa del Zaire 1976 y levantó el frasquito El 1. La
minúscula pelotita congelada que había dentro parecía inocua, y sin embargo
contenía millones de diminutos virus. Si se los descongelaba, bastaba con uno o
dos de ellos para provocar la muerte de un ser humano.
Guardó el frasco en
su orificio y sacó el de al lado para comprobar si la bolita parecía estar
intacta. Continuó haciendo lo mismo hasta que, al llegar al E39, ¡lo encontró
vacío!
Rápidamente revisó
el resto de las muestras: todas estaban como debían. Levantó el frasco E39 a la
luz y entrecerró los ojos a través del visor de su traje para cerciorarse de no
estar cometiendo un error. Pero no había ninguna duda: decididamente no había
nada dentro.
Si bien a algún
científico podía extraviársele una muestra, no había motivos para que una
botellita pudiera estar vacía. Esto parecía confirmar
sus temores de que
los brotes se hubieran originado en un uso indebido, accidental o deliberado,
de un frasquito del CCE lleno del virus africano.
De pronto advirtió
cierto movimiento. ¡La rueda de la puerta que daba a la cámara de desinfección
estaba girando! ¡Entraba alguien!
Se quedó
petrificada de pánico. Durante un instante sólo atinó a mirar, en actitud de
impotencia. Cuando se recuperó lo suficiente como para moverse, guardó el
frasquito en su bandeja, puso ésta en el congelador y cerró la tapa. Consideró
la posibilidad de escapar, pero no había dónde ir. Quizá pudiese esconderse.
Miró en dirección a la zona en penumbra junto a las jaulas de los animales,
pero no tenía tiempo. Oyó que se abría la puerta y vio que entraban dos
individuos que ocultaban su identidad bajo los trajes aislantes. El más pequeño
de los dos parecía conocer el laboratorio puesto que le indicaba al compañero
dónde debía acoplar su tubo de aire.
Aterrorizada,
Marissa permaneció clavada al suelo. Siempre existía la posibilidad de que se
tratara de científicos que iban a revisar algún experimento, pero esa esperanza
se diluyó al ver que ambos se dirigían directamente hacia ella. Fue entonces
cuando notó que el más bajo llevaba una Jeringa. Su compañero avanzaba
pesadamente y tenía el codo flexionado en un extraño ángulo, lo cual reavivó en
Marissa un desagradable recuerdo.
Procuró verles las
caras, pero se lo impidió el resplandor que se reflejaba en los respectivos
visores. – ¿Blumenthal? – preguntó el más bajo con voz gruesa, masculina.
Estiró el brazo y
bruscamente acercó la máscara de Marissa a la luz. Aparentemente la reconoció
puesto que le hizo un gesto afirmativo a su compañero, quien intentó bajar el
cierre del traje de Marissa.
–¡No! – gritó ella,
al comprender que esos sujetos no eran del personal de seguridad sino que
tenían pensado atacarla tal como la habían agredido en su casa. Desesperada
agarró el candado del congelador y lo arrojó. Los instantes de confusión le
sirvieron para desconectar su tubo de aire y correr hacia el sector de los
animales.
El más fornido se
lanzó a perseguirla al instante, pero cuando estaba a punto de aferrarla,
sintió el tirón de su propio tubo de respiración como un perro siente su
cadena.
Marissa avanzó lo
más velozmente posible por los oscuros pasillos que había entre las jaulas, en
medio del atemorizado chillido de monos, pollos, ratas y sólo Dios sabía qué
otros animales más. El hecho de estar encerrada
dentro de los
confines del laboratorio la desesperaba. Para distraer a sus agresores comenzó
a abrir las jaulas de los monos. Los animales que aún estaban en condiciones de
moverse huyeron de inmediato. Muy pronto, la respiración de Marissa se volvió
forzada.
Al encontrar una
llave múltiple -lo cual no fue sencillo en la oscuridad-Marissa acopló su tubo
y pudo así sentir la bocanada de aire fresco y seco. Resultaba evidente que el
más alto de los individuos no estaba familiarizado con el laboratorio, pero ni siquiera
eso iba a ser una gran ventaja para ella. Marissa se adelantó hasta poder
divisar el sector principal del recinto. Recortada contra la luz vio la silueta
del hombre que se le aproximaba. Como no podía saber si él la veía o no, se
quedó quieta ordenándole mentalmente al individuo que enfilara por otro
pasillo. Pero siguió acercándose inmutable, lo cual le erizó toda la piel.
Desconectó su tubo
de respiración con el fin de dar la vuelta -por la última hilera de jaulas; sin
embargo, el hombre no le dio tiempo y la aferró del brazo izquierdo.
Marissa lo miró
fijamente, pero lo único que distinguió fue el brillo del visor de su atacante.
Este la sujetaba con tanta fuerza que era inútil tratar de resistirse.
Felizmente Marissa distinguió detrás de su agresor, una palanca roja con la
inscripción: «Sólo para casos de emergencia».
Desesperada estiró
el brazo derecho y consiguió accionar la palanca. Al instante se activó la
alarma y una repentina lluvia de desinfectante fenólico inundó todo el
laboratorio, produciendo nubes de vapor y reduciendo la visibilidad a cero. Del
susto, el hombre le soltó el brazo. Marissa cayó al suelo y descubrió que podía
pasar por debajo, de las jaulas. Se arrastró, entonces, alejándose del
individuo, confiada en ir hacia el laboratorio principal. Se puso de pie y
avanzó a tientas. Al parecer, la lluvia de desinfectante iba a continuar hasta
que alguien pusiera de nuevo la palanca en su lugar. Cada vez le costaba más
respirar. Necesitaba aire fresco.
Algo brincó ante
sus ojos y casi la hizo lanzar un grito, pero era sólo uno de los monos,
torturado por la letal atmósfera. El animal se prendió de ella unos instantes;
luego resbaló sobre el traje de plástico y desapareció. Jadeante, Marissa fue
tocando las tuberías hasta que al encontrar una
llave múltiple,
acopló su tubo.
Pese al sonido de
la alarma percibió movimientos y gritos ahogados en el pasillo contiguo. Supuso
entonces que su agresor no podía encontrar una llave múltiple.
Dedujo que -el
segundo hombre iría en ayuda de su cómplice, razón por la cual podía
desconectar el tubo y avanzar hacia la luz. Caminó con los brazos extendidos
hacia delante, como ciega. Muy pronto notó que la iluminación era uniforme y
supuso que había llegado al sector principal. Cuando se encaminó hacia la pared
chocó con el congelador y recordó haber visto antes una llave múltiple al lado.
Conectó su tubo para inhalar varias bocanadas rápidas y luego fue tanteando
hacia la puerta. Apenas la encontró, destrabó el seguro y la abrió. Un minuto
más tarde estaba de pie en la sala de desinfección.
Como ya había
recibido la ducha de desinfectante fenólico siguió hasta la otra sala donde con
gran esfuerzo se quitó el traje plástico y corrió después a la otra habitación.
Allí volcó los armarios de la ropa protectora y los empujó contra la puerta de
presión. Sabía que con eso no impediría que ésta se abriera, pero al menos
obligaría a sus atacantes a demorarse un poco más.
De prisa volvió a
ponerse la ropa de calle, movió los controles de los disyuntores -con lo cual
hasta los vestuarios quedaron a oscuras-, y apagó el sistema de ventilación.
Una vez fuera del
laboratorio de máximo riesgo corrió a lo largo del edificio de virología, cruzó
por la pasarela y bajó de dos en dos los peldaños de la escalera hasta llegar
al vestíbulo de entrada. El guardia de seguridad estaba sentado a su escritorio,
explicándole a alguien por teléfono que se había activado una alarma biológica,
no la alarma de seguridad de una puerta.
Aunque dudaba de
que sus atacantes requirieran ayuda del personal de seguridad después de haber
intentado darle muerte, se sentía estremecida en el momento de firmar la
salida, oyó que el guardia colgaba el teléfono después de informar a su
interlocutor que ya se estaba buscando al jefe del departamento de virología.
¡Eh! – gritó el guardia, cuando Marissa se encaminaba a la puerta. El corazón
le dio un vuelco. Por un momento pensó en huir, puesto que estaba a dos metros
escasos de la puerta principal. Pero luego oyó que el guardia le gritaba-: ¡Se
olvidó de apuntar la hora!
Marissa regresó y
obedientemente llenó el casillero en blanco. Un minuto después estaba en la
calle y corría hacia su coche.
Sólo cuando estaba
a mitad de camino de la casa de Ralph pudo dejar de temblar y pensar en su
terrible descubrimiento. No podía ser por simple coincidencia que faltara una
bolita de Ébola congelado, de la misma cepa de
los brotes que se
habían presentado en el país. Alguien estaba utilizando el virus y, ya fuese
intencionadamente o por descuido, la mortal enfermedad estaba contagiando a
médicos y contaminando hospitales de zonas diversas en momentos distintos
también.
Que él contenido
del frasquito E39 fuese el misterioso foco de los brotes del Ébola de Estados
Unidos era la única explicación que se podía dar a los largos periodos de
incubación y al hecho de que, aunque el virus tendía a sufrir mutaciones, en
todos los brotes había aparecido la misma cepa. Pero lo peor de todo era que
alguien no deseaba que se divulgase tal información. Por eso era que la habían
sacado de la investigación del Ébola y por eso casi la habían matado poco
antes. Lo que más la aterraba era que solamente alguien que tuviera acceso al
laboratorio de máximo riesgo - presumiblemente algún miembro del personal del
Centro- pudo haberla encontrado allí. Se maldijo a sí misma por no haber tenido
la presencia de ánimo necesaria como para fijarse en el libro, cuando firmó la
salida, quién había firmado antes su entrada.
Había tomado por la
calle de Ralph, ansiosa como estaba por comunicarle sus temores, cuando
comprendió que no era justo inmiscuirlo a él en el problema. Ya se había
aprovechado de la amistad de Tad, y cuando al día siguiente él viera el
apellido Blumenthal en el libro, ella ya seria una paria. La única esperanza
que le quedaba era que sus dos asaltantes no informaran haberla visto en el
laboratorio puesto que entonces podría acusárselos de intento de homicidio. De
todas maneras ellos podían inventar alguna mentira factible para explicar lo
ocurrido. Seria su palabra contra la de ella, pero ya al día siguiente la
palabra de ella no tendría mucho peso en el CCE. De eso estaba convencida.
Quizás hasta comenzara a buscarla la policía de Atlanta.
Como en ese momento
recordó que llevaba aún la maleta en el portaequipajes, enfiló hacia el motel
más próximo. Apenas le asignaron una habitación, llamó a Ralph y éste atendió
al tercer timbrazo.
–Me quedé levantado
lo más que pude. ¿Por qué no viniste?
–Es una larga
historia que ahora no puedo explicarte porque estoy en graves apuros. Tal vez
hasta necesite un abogado penalista. ¿Conoces a alguno?
–Dios santo
-exclamó Ralph, despabilándose del todo-. Cuéntame lo que ha pasado.
–No quiero
involucrarle en esto. Lo único que te aseguro es que la situación se ha vuelto
decididamente grave, y que por el momento no estoy dispuesta a presentarme ante
las autoridades, por lo cual supongo que soy una fugitiva.
Soltó una risita
amarga. – ¿Por qué no vienes a mi casa? – Ralph, de verdad no quiero causarte
trastornos. Pero sí me puedes ayudar consiguiéndome un abogado.
–Desde luego. Te
ayudaré en todo lo posible. ¿Dónde estás?
–Yo voy a ponerme
en contacto contigo -respondió ella, evasiva-. Y gracias por ser mi amigo.
Cortó la
comunicación apretando el botón correspondiente y trató de reunir coraje para
llamar a Tad y disculparse antes de que se enterara por otro de que le había
robado la tarjeta de acceso al laboratorio. Respiró profundamente y marcó el
número. Al ver que no atendía, la llamada después de cinco timbrazos, desistió
y decidió no despertarlo.
Sacó del bolsillo
la carta de Lab Engineering y la alisó. Su próxima parada iba a ser en la
localidad de Grayson.
21 de mayo
A pesar del
agotamiento durmió muy mal, torturada por pesadillas en las que alguien la
perseguía por paisajes extraños. Cuando la primera luz que entraba por la
ventana la despertó, sintió alivio. Miró hacia fuera y vio que un hombre
llenaba con ejemplares la máquina automática de vender periódicos. Apenas se
fue, salió y compró el Atlanta Journal.
No había ninguna
noticia relacionada con el Centro. No obstante, en el noticiero televisivo de
la mañana se informó que había habido un problema en el Centro para el Control
de Enfermedades. Si bien no se mencionaba el laboratorio de máximo riesgo, el
locutor dijo que había sido necesario atender en el Emory University Hospital a
un técnico por inhalar desinfectante fenólico retirándose luego a su domicilio.
El informativo continuaba con una comunicación telefónica con el doctor Cyrill
Dubchek. Marissa se inclinó hacia delante y subió el volumen.
–El técnico fue el
único herido -sostuvo Cyrill con voz metálica, y Marissa se preguntó si estaría
en Filadelfia o en Atlanta-. Accidentalmente se activó un sistema de seguridad
de emergencia. Todo está bajo control, y en relación con este episodio estamos
buscando a la doctora Marissa Blumenthal.
El periodista
concluyó agregando que si alguien conocía el paradero de la doctora Blumenthal,
debía dar aviso a la policía de Atlanta. Durante diez segundos mostraron la
foto que había adjuntado ella en su solicitud de ingreso al CCE.
Apagó el televisor.
No había pensado en la posibilidad de causar graves heridas a sus atacantes, y
lo lamentaba mucho pese a que el hombre había pretendido hacerle daño. Tad
tenía razón cuando aseguraba que dondequiera que ella iba, la seguían los
problemas.
Había dicho en
broma que era una fugitiva, pero después de escuchar por televisión que se
pedían datos sobre su paradero comprendió que el chiste se había vuelto un
asunto serio. Era una persona buscada, al menos por la policía de Atlanta.
Juntó rápidamente
sus cosas para abandonar el motel. Todo el tiempo que estuvo en la oficina de
administración se sintió nerviosa porque su nombre estaba allí en letras de
molde, y el empleado podía verlo. Sin embargo, sus únicas palabras fueron:
«Tenga usted un buen día.»
Paró en un bar a
tomar un café con una pasta y se dirigió a su banco, que felizmente ese día
abría temprano. Procuró ocultar el rostro de la ventanilla para coches por si
acaso el cajero había visto el noticiero de la mañana, pero el hombre parecía
tan indiferente como de costumbre. Marissa extrajo casi todos sus ahorros, que
totalizaban 4.650 dólares.
Con el dinero en la
billetera se tranquilizó un tanto. Subió por la rampa de acceso a la ruta
interestatal 78 y conectó la radio del coche. Iba rumbo a Grayson (Georgia).
Fue un trayecto
fácil para conducir aunque un poco más largo de lo que suponía y no demasiado
atrayente. Lo único interesante era una curiosidad geológica llamada la Montaña
de Piedra, una mole redonda de granito desnudo que sobresalía de los montes
boscosos, como un lunar en la nalga de un bebé. Después de pasar el pueblo de
Snellville, dobló al nordeste en la 84 y el paisaje fue volviéndose más rural.
Por último divisó un letrero con la inscripción: BIENVENIDO A GRAYSON, que
lamentablemente tenía numerosas perforaciones, como si alguien lo hubiese usado
para practicar el tiro al blanco, reduciendo así la sinceridad del mensaje.
El pueblo era como
se lo había imaginado. A lo largo de la calle principal se alineaba un puñado
de edificaciones de ladrillo y madera. Había un cine vetusto, y el
establecimiento comercial más importante era la ferretería. En una esquina se
veía un banco con fachada de mármol, que
ostentaba un
inmenso reloj con números romanos. ¡Obviamente era el tipo de pueblo donde
hacía falta una campana filtrante tipo 3 HEPA!
Recorrió el poblado
con sus calles semidesiertas. No vio ningún edificio industrial, por lo cual
dedujo que Professional Labs se hallaba en las afueras. Tendría que preguntar a
alguien, pero ¿a quién? No tenía intención de acudir a la policía local.
Al terminar la
calle dio media vuelta y recorrió el mismo camino. Había también un almacén
general con el cartel de Oficina Postal. – ¿Professional Labs? Sí, queda por el
Camino del Puente -le informó el propietario, a quien halló mostrando piezas de
algodón a una clienta-. Dé vuelta y gire a la derecha en el cuartel de
bomberos. Después de pasar el arroyo, gire a la izquierda y lo va a encontrar
en seguida, porque es lo único que hay por ahí, salvo las vacas.
–¿A qué se dedican?
– No tengo la menor idea, ni me interesa tampoco.
Son buenos clientes
y pagan puntualmente sus facturas.
Salió del pueblo
siguiendo esas instrucciones. El hombre tenía razón en que por allí no había
nada excepto vacas. Pasando el arroyo el camino no estaba siquiera pavimentado,
lo cual le hizo preguntarse si no estaría siguiendo una pista falsa; pero luego
se internó en un pinar y por fin pudo divisar más adelante un edificio. Con un
ruido seco el Honda pisó asfalto cuando el camino se ensanchó para entrar en la
zona de aparcamiento. Había otros dos vehículos: una furgoneta blanca con la
inscripción Professional Labs, S. A. en los costados, y un Mercedes Benz color
beige.
Marissa aparcó al
lado de la furgoneta. El edificio era, en gran parte, de cristal que reflejaba
el bonito paisaje. El aroma de los pinos la envolvió cuando se encaminaba a la
entrada. Dio un tirón a la puerta pero ésta no cedió. Trató de empujarla, también
sin resultado. Dio un paso atrás para buscar un timbre: no lo había. Golpeó un
par de veces pero se dio cuenta de que no hacía suficiente ruido como para que
la oyera nadie desde adentro. Cuando se convenció de que no podría entrar por
ahí, decidió dar la vuelta por un costado. Llegó a la primera ventana, hizo
pantalla con las manos y trató de mirar hacia adentro, pero le fue imposible.
–¿Sabe usted que ha
cometido un delito? – dijo una voz hostil. Marissa bajó las manos con cara de
culpable. – Esto es propiedad
privada -manifestó
un hombre robusto, de mediana edad, vestido con un mono azul.
–Humm… Marissa
trató desesperadamente de encontrar un pretexto para justificar su presencia.
Con el pelo entrecano de corte militar y la tez colorada, el hombre parecía el
típico blanco inculto y lleno de prejuicios de los años cincuenta.
–¿No vio los
carteles? – le preguntó él, señalando el letrero que había junto al
aparcamiento.
–Bueno, sí… pero
soy doctora… -Titubeó, puesto que el hecho de serlo no le daba derecho a
introducirse ilegalmente en un terreno privado-. Como aquí tienen un
laboratorio viral -se apresuró a proseguir- quería averiguar si trabajan en el
diagnóstico viral.
–¿Por qué cree que
tenemos un laboratorio de ese tipo?
–Eso me dijeron al
menos. – Pues la han informado mal, ya que nos dedicamos a la biología
molecular. Con la preocupación que existe por el espionaje industrial debemos
tener mucho cuidado, por lo cual le aconsejo que se marche si no quiere que
llame a la policía. – No será necesario. – Lo último que deseaba era que se
diera parte a las fuerzas del orden-. No es mi intención causar trastornos,
pero me gustarla visitar su laboratorio. ¿No hay forma de conseguir un permiso?
–Categóricamente,
no. El hombre la acompañó hasta el coche. – ¿No puedo pedir una entrevista con
alguien para que me concedan una visita con un guía? – insistió al tiempo que
se sentaba al volante.
–Yo soy el patrón y
creo que lo que más le conviene es irse. Se alejó un paso para que Marissa
pudiera arrancar. Como se le
agotaron las ideas
brillantes, Marissa puso el coche en marcha. Se despidió con una sonrisa que el
individuo no le devolvió. Arrancó y se dirigió de regreso a Grayson.
El hombre esperó
hasta ver perderse el pequeño Honda entre los árboles. Fastidiado sacudió la
cabeza, dio media vuelta y se encaminó al edificio. La puerta principal se
abrió en forma automática. El interior era tan moderno como la fachada. Caminó
hacia un pasillo con suelo de cerámica y entró en un pequeño laboratorio. Al
fondo había un escritorio y en el otro extremo una puerta hermética, de acero,
como la que daba al sector de máximo riesgo en el Centro de Atlanta. Al otro
lado de la puerta, una mesa de trabajo con tres campanas filtrantes tipo 3
HEPA.
Había otro hombre
sentado al escritorio, jugueteando me dio un clip con el que confeccionaba
figuras grotescas.
–¿Por qué diablos
no me dejaste ocuparme de ella? preguntó, levantando la vista.
Hablar le produjo
un acceso de tos, que le llenó los ojos de lágrimas. Se llevó entonces un
pañuelo a la boca.
–Porque no sabemos
quién más sabía que ella estaba aquí -le respondió el individuo del mono azul-.
Ten un poco de criterio, Paul. A veces me asustas. Descolgó el teléfono y
apretó las teclas del número deseado con innecesaria fuerza.
–Oficina del doctor
Jackson -atendió una voz animada.
–Quiero hablar con
el doctor. – Lo siento pero está con un paciente. – Querida, no me interesa si
está con Dios. Póngame con él.
–¿Quién lo llama? –
preguntó la muchacha, seria. – Dígale que le habla el presidente del Comité de
Ética Médica o lo que más le guste, pero póngame con él.
–Un segundo, por
favor. – Paul -le dijo a su compañero-, acércame el café de la mesa.
Paul arrojó el clip
en la papelera y se levantó de su sillón, lo cual le requirió cierto esfuerzo
por ser un hombre voluminoso y tener el brazo izquierdo rígido en la
articulación del codo. Cuando era joven había recibido un disparo de un
policía.
–¿Quién habla? –
exigió saber el doctor Joshua Jackson en el otro extremo de la línea.
–Heberling. ¿Se
acuerda de mí? – respondió el hombre del mono azul-.
El doctor Arnold
Heberling.
Paul le entregó a
Arnold el café, regresó a su escritorio y sacó otro clip de un cajón. Se dio un
golpe en el pecho y carraspeó. – ¡Heberling! ¡Le dije que no me llamara nunca
al consultorio!
–¡Estuvo aquí esta
muchacha Blumenthal! – continuó Arnold sin hacerle caso-. Vino solita, en un
coche rojo y la sorprendí espiando por una ventana.
–¿Cómo diablos tuvo
noticias del laboratorio? – No lo sé ni me importa. Lo que le digo es que
estuvo aquí y que ahora mismo voy al pueblo a hablar con usted. Esto no puede
continuar. Hay que tomar alguna medida con ella.
–¡No! No venga
usted. Yo iré para allá. – De acuerdo, pero tiene que ser hoy. – Espéreme a eso
de las cinco -dijo Jackson, y colgó con brusquedad.
Marissa decidió
entrar a almorzar en Grayson. Tenía hambre y a lo
mejor alguien le
facilitaría algún dato sobre el laboratorio. Entró en un bar
típico, se sentó y
pidió una hamburguesa, que le sirvieron con pan tostado y una ración generosa
de cebolla.
Mientras comía
evaluaba los posibles caminos que se le abrían y que no eran muchos. No podía
regresar al Centro ni a la Clínica Berson. Averiguar qué hacía Professional
Labs con un equipo de filtración tan sofisticado seria un último recurso, pero
las posibilidades de entrar allí eran mínimas, puesto que el edificio estaba
construido como una fortaleza. Tal vez era hora de llamar a Ralph y preguntarle
si había conseguido un abogado, salvo…
Comió un trozo de
pepinillo pensando en los dos vehículos estacionados frente al laboratorio. La
furgoneta blanca llevaba la inscripción Professional Labs, S. A. Precisamente
esas siglas «S. A.» fueron lo que le interesaron.
No terminó de comer
y fue caminando hasta un edificio de oficinas que había visto al pasar. En la
puerta de vidrio esmerilado, se leía RONALD DAVIS -Abogado y Agente de la
Propiedad Inmobiliaria con letras doradas. Cuando abrió la puerta sonó una
campanilla. Entró y se encontró con un escritorio desordenado, pero ninguna
secretaria a la cual preguntarle.
De una habitación
interior apareció un hombre en camisa blanca, corbata de lazo y tirantes rojos.
Si bien no parecía tener más de treinta años, llevaba unas gafas de montura
metálica como las que solían usar nuestros abuelos.
¿En qué puedo
servirla? – preguntó, con marcado acento sureño. – ¿Es usted el abogado Davis?
– Sí. El hombre introdujo los pulgares en sus tirantes.
–Quiero hacerle un
par de preguntas sencillas sobre derecho de sociedades. ¿Cree que podrá
respondérmelas?
Tal vez.
Le hizo señas de
que pasara y tomara asiento.
La ambientación
parecía de una película de los años treinta. Había incluso un ventilador de
sobremesa que giraba lentamente agitando los papeles del escritorio. El doctor
Davis se sentó y se reclinó, entrelazando las manos detrás de la cabeza.
–¿Qué es lo que
quiere saber? – Necesito averiguar algo sobre una empresa. En el caso de una
sociedad anónima, ¿puede un particular como yo conocer los nombres de los
propietarios?
El abogado se
inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre el escritorio.
–Quizá sí, quizá no
-respondió, sonriendo. Marissa lanzó un suspiro de desagrado. Tenía la
sensación de que conversar con ese profesional iba a ser como tratar de
extraerle un diente. Sin embargo, antes de que pudiese formular de otro modo su
pregunta, Davis continuó:
–Si la empresa es
una sociedad pública seria muy difícil conocer a todos los accionistas, máxime
si gran parte de las acciones se poseen en fideicomiso otorgándose poderes a
terceras personas. Pero si se trata de una sociedad colectiva sería muy fácil.
En todo caso siempre se puede averiguar el nombre del estudio jurídico que los
patrocina si lo que desea es iniciarles juicio. ¿Es eso lo que tiene en mente?
–No. Sólo preciso
información. ¿Qué puedo hacer para enterarme si una compañía es una sociedad
colectiva o una corporación pública?
–Muy sencillo
-respondió el letrado, recostándose una vez más en su sillón-. Lo que tiene que
hacer es ir a la Legislatura de Atlanta, buscar las oficinas del secretario de
Estado y preguntar por la división Corporaciones. Le da al empleado el nombre
de la empresa y él se la buscará. Son datos que están a disposición del
público, y si la compañía está constituida legalmente en Georgia, figurará en
esos archivos.
–Muchas gracias
-dijo Marissa, vislumbrando una luz al final del túnel-. ¿Cuánto le debo?
El abogado enarcó
las cejas y escrutó el rostro de su cliente.
–Veinte dólares, a
menos que… -Con mucho gusto -expresó Marissa, al tiempo que abría la cartera
para entregarle un billete por esa cantidad.
Regresó en coche a
Atlanta. Le gustaba tener al menos una meta aunque no fuese grande la
posibilidad de averiguar datos importantes.
No sobrepasó el
límite de velocidad por temor a que la detuviera la policía. Hizo un buen
promedio, y a las cuatro estaba de regreso en la ciudad. Aparcó en un garaje y
se encaminó a la Legislatura.
Sumamente incómoda
en presencia de la policía parlamentaria, subió la escalinata sudorosa a causa
de los nervios, convencida de que alguien la habría de reconocer. – ¡Doctora
Blumenthal! – oyó que gritaban.
Durante una
fracción de segundo consideró la posibilidad de huir, pero no lo hizo. En
cambio se volvió y vio que se le acercaba una de las secretarias del Centro,
una muchacha muy simpática de poco más de veinte años.
–Alice MacCabe, de
la oficina del doctor Carbonara. ¿Se acuerda de
mí?
Claro que la
recordaba, y no tuvo más remedio que detenerse y darle conversación. Felizmente
la señorita MacCabe no se había enterado de que Marissa era una persona
«buscada».
Apenas pudo
zafarse, Marissa se despidió y entró en el edificio. Más que nunca anhelaba
obtener cualquier información disponible y marcharse. Lamentablemente una larga
cola en la división Corporaciones. Aguardó su turno cada vez con menos
paciencia, llevándose una mano a la cara en la vana ilusión de que así nadie
podría reconocerla.
–¿Qué desea? – le
preguntó un empleado canoso cuando por fin le tocó el turno.
–Quiero unos datos
sobre una empresa denominada Professional Labs. –¿Dónde está radicada? – El
señor se colocó las gafas y marcó el
nombre en una
terminal de computadora.
–En Grayson
(Georgia). – Aquí tiene. Constituida legalmente el año pasado. ¿Qué es lo que
quiere saber?
–¿Es una sociedad
colectiva o una corporación pública? – preguntó, tratando de recordar lo que le
había dicho el abogado.
–Sociedad en
comandita. – ¿Y eso qué significa? – Es una discriminación fiscal. Los socios
pueden deducir las pérdidas empresariales, si las hubiere, de sus ingresos
individuales.
–Figuran aquí los
socios? – quiso saber, disimulando su ansiedad. –Sí. Un tal Joshua Jackson,
Rodd Becker… -Espere un segundo que
tomo nota. Sacó un
lápiz y comenzó a escribir. – Veamos. Jackson, Becker… ¿ésos los tiene? – Sí. –
Sinclair Tieman, Jack Krause, Gustave Swenson, Duane Moody, Trent Goodridge y
el Comité Médico de Acción Política.
–¿Qué es eso
último? El empleado se lo repitió. – ¿Puede una organización ser un socio
comanditario?
Había visto el
nombre de esa sociedad en la lista de contribuyentes de Markham.
–Yo no soy abogado,
señorita, pero creo que sí. De lo contrario no figuraría aquí. Ah, y hay algo
más: la firma jurídica Cooper, Hodges, McQuinllin y Hanks.
–¿También son
socios? – No. Son los apoderados legales. – Entonces ese dato no lo necesito –
dijo Marissa, borrándolo-, porque no pienso demandar a la empresa.
Le dio las gracias
al empleado y regresó presurosa al aparcamiento. Una vez dentro de su coche
abrió la cartera y sacó la lista de contribuyentes de Markham. En efecto,
aparecía el nombre del Comité Médico de Acción Política (CMAP), una
organización que, por un lado, era socio comanditario de una empresa comercial,
y por el otro aportaba fondos para la reelección de un político conservador.
Con curiosidad se
fijó si alguno de los otros socios de Professional Labs figuraba en la lista de
Markham, y comprobó que estaban todos. Pero lo más llamativo era que los
socios, al igual que los partidarios de Markham, provenían de todos los puntos
del país. Por la lista de Markham pudo enterarse de los respectivos domicilios.
Puso la llave de
contacto y vaciló. Al revisar una vez más la lista notó que el CMAP figuraba en
ella como empresa patrocinadora. Por mucho que le desagradara tentar al destino
al pasar de nuevo delante de los policías, se bajó del coche, regresó a la oficina
y se puso nuevamente en la cola del mismo empleado. Cuando le llegó el turno
-le preguntó si podía informarle acerca del Comité Médico de Acción
Política..El empleado tecleó el nombre y aguardó un instante.
–No puedo
informarle nada porque no aparece aquí. – ¿Eso significa que no está
constituido legalmente? – Al menos en el Estado de Georgia. Le dio las gracias
una vez más y salió corriendo del edificio. Para ella el coche era como un
refugio. Se sentó unos minutos para decidir qué le convenía hacer. En realidad
no era mucha la información con que contaba y se estaba alejando de los brotes
de Ébola. Pero la intuición le indicaba que, en algún sentido extraño, todo lo
que había averiguado tenía relación. Y de ser así, la clave residía en ese
Comité Médico de Acción Política. Pero, ¿cómo se puede investigar un organismo
del que nunca se ha oído hablar siquiera?
Lo primero que se
le ocurrió fue dirigirse a la biblioteca de la Facultad de Medicina, ya que a
lo mejor alguno de los bibliotecarios sabía dónde buscar datos. Pero después,
al recordar que se había topado con Alice MacCabe, llegó a la conclusión de que
era muy grande el riesgo de ser reconocida. Le convenía más irse unos días de
la ciudad. Pero, ¿adónde?
Puso el coche en
marcha-cuando le llegó la inspiración: ¡la Asociación Médica Americana! Si en
AMA no sabían algo sobre una organización médica, en ningún otro lado lo
hallaría. Y en la ciudad de Chicago podría sentirse segura. Enfiló hacia el sur
con rumbo al aeropuerto, esperando que la escasa indumentaria que llevaba en la
maleta fuera suficiente.
El pesado coche de
Joshua Jackson produjo un ruido infernal sobre el puente de madera que cruzaba
el arroyo; luego giró bruscamente hacia la izquierda en medio del chirrido de
las ruedas. El pavimento se terminó y el vehículo despidió una lluvia de gravilla
a medida que avanzaba por el camino bordeado de árboles. Cada kilómetro que
recorría, la furia de Jackson iba en aumento. No quería visitar el laboratorio,
pero tampoco deseaba que lo vieran en el pueblo con Heberling. Ese hombre era
cada vez más indigno de confianza, y lo peor de todo era que se estaba
volviendo impredecible. Pese a que sólo se le pidió que creara un poco de
confusión, Heberling recurrió por poco a las armas atómicas. Contratarlo fue
una decisión terrible, pero ninguno de ellos podía ya hacer mucho al respecto.
Entró en el
aparcamiento del laboratorio y detuvo el coche junto al. Mercedes Benz. Sabía
que Heberling había adquirido semejante coche con parte de los fondos que se le
asignaran para instrumental técnico. ¡Qué despilfarro!
Se encaminó a la
puerta principal. El edificio era imponente y Jackson - quizá más que nadie-
sabía cuánto dinero había costado levantarlo. El Comité Médico de Acción
Política le había construido al doctor Arnold Heberling un monumento personal,
y él se preguntaba para qué, pues estaba comprobado que Heberling era un loco.
La puerta se abrió
automáticamente y Jackson entró. – Estoy en la sala de conferencias -gritó
Heberling. Jackson sabía a qué habitación se refería, aunque difícilmente podía
llamársela una sala de conferencias. Se detuvo un instante en la puerta para
contemplar los techos altos, la pared de cristal y la falta total de adornos.
Sobre una amplia alfombra china, se veían dos sillones estilo chippendale, uno
frente al otro. No había ningún otro mueble. En uno de los sillones estaba
Heberling.
–Espero que sea
algo importante -expresó Jackson tomando la iniciativa. Físicamente los dos
hombres no podían ser más distintos. Heberling era macizo, de rostro abotagado
y facciones toscas. Jackson era alto y delgado, de cara casi ascética. La
indumentaria sólo contribuía a resaltar la diferencia: Heberling con un mono de
trabajo y Jackson con un traje a rayas.
–Esta chica
Blumenthal estuvo aquí mismo, en los jardines -manifestó Heberling señalando
por encima del hombro para causar más efecto-. Por supuesto que no vio nada,
pero el solo hecho de que haya llegado hasta aquí me da la impresión de que
sabe algo. Hay que eliminarla.
–Ya tuvo su
oportunidad… ¡dos veces! Y en ambas ocasiones usted y sus compinches lo
arruinaron todo. Primero en casa de ella, y después anoche, en el Centro.
–Estamos dispuestos
a intentarlo de nuevo, pero usted no lo permite. –¡Desde luego! Me enteré de
que su intención era inocularla con Ébola. –¿Y por qué no? Ella ha estado
expuesta al virus, o sea que a nadie le
llamaría la
atención que se enfermara.
–No quiero un brote
de Ébola en Atlanta -gritó Jackson-. Me aterra ese riesgo porque tengo familia.
Deje usted en paz a esa mujer, que de ella nos encargaremos nosotros.
–Sí, claro -se
burló Heberling-. Eso mismo dijo cuando la hizo trasladar de Patógenos
Especiales. Lamentablemente esa mujer constituye aún una amenaza para todo el
proyecto, y yo me voy a encargar de solucionarlo.
–Usted no manda
aquí -se indignó Jackson-. Y si vamos a hablar de culpas, ninguno de nosotros
estaría en una situación tan peligrosa si usted hubiese cumplido con el plan
original de utilizar virus de influenza. ¡Nos ha tenido aterrorizados desde que
nos enteramos de que decidió usar el Ébola! por su cuenta.
–Ah, de nuevo con
esa queja. Bien que les gustó ver que se cerraba la Clínica Richter. Si lo que
pretendía el CMAP era minar la confianza del público en los sistemas de salud
por pago adelantado no les podría haber ido mejor. La única diferencia con el plan
original fue que tuve que realizar algunos estudios sobre el terreno que me van
a ahorrar años de investigación de laboratorio.
Jackson escrutó el
rostro de Heberling con odio. Ese sujeto era un psicópata. Una vez que se puso
en marcha el proyecto, no hubo forma de pararlo. Y pensar que el plan había
parecido tan sencillo cuando la comisión directiva del CMAP lo planteó.
Respiró
profundamente sabiendo que debía controlarse, no dejarse llevar por la ira.
–Lamentablemente el
Comité Médico de Acción Política no está satisfecho, sino por el contrario
espantado, por la pérdida de vidas. ¡Eso no fue nunca nuestra intención, y
usted lo sabe, doctor Heberling!
–¡No mienta! – le
respondió Heberling-. Igualmente se habrían perdido vidas con el virus de la
influenza por las cepas que habríamos tenido que emplear. ¿Hasta cuántas
víctimas habrían aceptado? ¿Cien? ¿Y qué me dice de las vidas que se pierden
cuando hacen la vista gorda frente a la cirugía
innecesaria, o
cuando permiten que médicos incompetentes retengan sus privilegios
hospitalarios?
–Nosotros no
autorizamos la cirugía innecesaria ni propiciamos la incompetencia.
Ya no aguantaba más
a ese enfermo mental. – Tampoco hacen nada por impedirlo. Nunca les creí todo
ese verso que me endilga el CMAP acerca de su preocupación al ver que la
medicina estadounidense se aleja de sus valores tradicionales. ¡Eso no me lo
trajo! Todo es para justificar los intereses económicos que los animan. De
pronto toman conciencia de que existen demasiados médicos y pocos pacientes. El
único motivo por el cual colaboré con ustedes fue porque me construyeron este
laboratorio. – Abarcó el recinto con un amplio ademán-. Querían deslucir la
imagen de los sistemas de pago por adelantado, y yo cumplí. La única diferencia
es que lo hice a mi manera y por mis propias razones.
–Pero le ordenamos
que se detuviera -gritó Jackson- apenas ocurrió el episodio de la Clínica
Richter.
–Reconozca que no
insistieron demasiado. Bien felices que estaban con los resultados. No sólo
tuvo que cerrar esa clínica, sino que por primera vez en cinco años se ha
reducido el porcentaje de nuevos suscriptores a planes de pago por adelantado
de salud en California. El Comité Médico de Acción Política sentirá un mínimo
remordimiento, pero en el fondo están todos felices. Y yo he reivindicado mi
teoría de que el Ébola es una importantísima arma biológica pese a que no se
cuenta con vacuna ni tratamiento. He demostrado que es fácil de introducir,
relativamente fácil de contener y terriblemente contagioso en poblaciones
pequeñas. Doctor Jackson, todos estamos obteniendo lo que pretendemos. Por eso
es imprescindible eliminar a esta mujer antes de que nos ocasione graves
problemas.
–Por última vez le
advierto que no queremos que se vuelva a utilizar el Ébola. ¡Es una orden!
Heberling se rió. –
Doctor Jackson, me da la impresión de que no comprende la realidad. El CMAP ya
no puede darme órdenes. ¿Se da cuenta de lo que ocurriría con la reputación de
ustedes si llegara a saberse la verdad? Y, créame que todo se sabrá, a menos
que me dejen manejar a Blumenthal a mi modo.
Durante un momento
Jackson luchó con su conciencia. Sentía deseos de agarrar a su colega por el
cuello y estrangularlo, pero reconocía que el
hombre tenía razón:
el CMAP tenía las manos atadas.
–Está bien -aceptó
a regañadientes-. Haga lo que le parezca con la doctora Blumenthal, pero no me
lo cuente, y tampoco utilice Ébola en Atlanta.
–De acuerdo. –
Heberling sonrió-. Si así se va a sentir mejor, le doy mi palabra de que
cumpliré ambas condiciones. Al fin y al cabo soy un hombre muy razonable.
–Ah, y algo más
-agregó Jackson poniéndose de pie-. No quiero que me llame al consultorio. Si
tiene necesidad de comunicarse conmigo, llámeme a casa por mi línea privada.
–Será un placer.
Como la ruta aérea
Atlanta-Chicago era de tráfico intenso, Marissa sólo tuvo que esperar media
hora el siguiente vuelo. Compró una novela de Dick Francis pero no logró
concentrarse en la lectura. Por último decidió llamar a Tad y por lo menos
intentar disculparse. Al no estar segura de hasta qué punto podía contarle sus
crecientes sospechas, resolvió dejarse llevar por la intuición. Marcó el número
del laboratorio y, tal como sospechaba, comprobó que él se había quedado a
trabajar después de la hora de cierre.
–Habla Marissa.
¿Estás enfadado conmigo? – Furioso. – Tad, discúlpame. – Me quitaste una de las
tarjetas de acceso. – Lo siento muchísimo. Cuando te vea te lo explicaré todo.
–Entraste de verdad
en el laboratorio de máximo riesgo, ¿no?
La voz de su amigo
era inusualmente dura. – Bueno, sí. – Marissa, ¿sabes que el laboratorio quedó
destrozado, que se murieron todos los animales, que hubo que atender a una
persona en la sala de guardia del hospital?
–Dos hombres
entraron en el laboratorio y me atacaron.
–No sé qué creer.
¿Por qué todo te sucede a ti? – La causa son los brotes del Ébola. Tad, ¿sabes
quién fue el herido?
–Supongo que uno de
los técnicos de otro departamento.
–¿Por qué no me lo
averiguas? También convendría que averiguaras quién más entró anoche en el
laboratorio.
–No creo que me sea
posible. Nadie va a contarme nada ahora porque saben que somos amigos. A
propósito, ¿dónde estás?
–En el aeropuerto.
– Si es verdad que te atacaron, deberías regresar y explicar las cosas en vez
de huir.
–No estoy huyendo.
Voy a la sede de AMA, en Chicago, para hacer averiguaciones acerca de una
organización llamada Comité Médico de Acción Política. ¿La has oído mencionar?
Creo que esa gente tiene algo que ver en esta cuestión.
–Marissa, yo pienso
que deberías volver al Centro, porque tus problemas son muy graves, no sé si lo
sabes.
–Claro que lo sé,
pero por el momento es más importante esto que estoy haciendo. Por favor, ¿no
puedes preguntar en la oficina de Bioseguridad quién más entró anoche en el
laboratorio de máximo riesgo?
–Marissa, no tengo
ganas de sentirme utilizado. – Tad… Dejó de hablar al notar que su amigo había
cortado la comunicación. Lentamente colgó el auricular. Sinceramente no podía
culpar a Tad.
Miró la hora; como
faltaban cinco minutos para subir al avión resolvió llamar a Ralph.
A diferencia de
Tad, Ralph habló con tono de preocupación, no de enojo.
–Por Dios, Marissa,
¿qué está pasando? Tu nombre salió en los periódicos de la noche. ¡Estás en un
grave apuro. Te busca la policía de Atlanta.
–Me lo imagino
-respondió ella sacando en conclusión que había sido una buena medida usar un
nombre falso y pagar en efectivo cuando adquirió el billete del avión-. ¿Ya me
conseguiste el nombre de un buen abogado, Ralph?
–Lo siento, pero
cuando me lo pediste, no sabía que se trataba de una emergencia.
–En eso se está
convirtiendo. Pero como voy a estar fuera de la ciudad uno o dos días, si me lo
consiguieras mañana te quedarla muy agradecida.
–¿Qué es lo que
pasa? En el periódico no daban detalles.
–Tal como te dije
anoche, no quiero comprometerte. – A mí no me molesta -insistió él-. ¿Por qué
no vienes aquí, conversamos y por la mañana te consigo un abogado?
–¿Nunca oíste
hablar de una organización denominada Comité Médico de Acción Política? –
preguntó ella, sin responder al ofrecimiento de su amigo.
–No. Marissa, ven a
mi casa, por favor. Pienso que este problema, sea cual fuere, tienes que
afrontarlo. Si huyes empeoras tu situación.
Marissa oyó que
anunciaban su vuelo. – Me voy a AMA a averiguar algo sobre la organización que
te acabo de decir. Mañana te llamaré. Ahora no tengo tiempo. – Colgó, tomó su
cartera y el libro y subió al avión.
22 de mayo
Al llegar a Chicago
decidió darse el gusto de alojarse en un buen hotel, y tuvo la suerte de
encontrar una habitación en el Palmer House. Se arriesgó a utilizar su tarjeta
de crédito y se fue directamente a la cama.
A la mañana
siguiente pidió que le subieran café y frutas frescas a la habitación. Mientras
esperaba encendió el televisor para escuchar el programa Today Show y entró al
lavabo a darse una ducha. Estaba secándose el pelo cuando oyó que el locutor
mencionaba el Ébola. Corrió al dormitorio esperando que el comentarista
brindara un panorama actualizado sobre la situación en Filadelfia pero en
cambio estaba describiendo un nuevo brote acaecido en la Clínica Rosenberg
situada en la Quinta Avenida de la ciudad de Nueva York. A un médico de nombre
Girish Melita se le había diagnosticado la enfermedad. La noticia había llegado
a oídos de la prensa y el pánico se abatía ya entre la población.
Marissa se
estremeció. El brote de Filadelfia no se había superado aún y ya aparecía otro.
Se maquilló, terminó de arreglarse el pelo y desayunó. Luego buscó la dirección
de AMA y hacia allí se dirigió.
Si un año antes le
hubiesen dicho que iba a visitar la Asociación, jamás lo habría creído. Sin
embargo ahí estaba, atravesando la puerta de entrada.
La mujer que
atendía el mostrador de informaciones le indicó cómo llegar a la oficina de
Relaciones Públicas. El director, un tal James Frank, entraba casualmente
cuando Marissa procuraba explicarle a una empleada lo que quería. De inmediato
él la invitó a su despacho.
El señor Frank le
recordaba a su asesor de secundaria, un hombre de edad indefinida, con algo de
exceso de peso. Se estaba quedando calvo, pero su rostro irradiaba una
expresión de sinceridad y simpatía. Tenía la mirada brillante y se reía mucho.
A Marissa le gustó en el acto.
–Comité Médico de
Acción Política -repitió cuando Marissa le preguntó por tal organización-.
Nunca lo oí mencionar. ¿De dónde lo ha sacado?
–De la lista de
contribuyentes de un congresista. – Qué curioso. Habría jurado que conocía a
todos los comités políticos activos. A ver qué dice mi computadora.
El señor Frank
tecleó el nombre. Se produjo una breve demora y luego la pantalla se encendió.
–¡Tiene usted
razón! – Señaló la pantalla-. Comité Médico de Acción Política. Se trata de una
sociedad privada registrada.
–¿Y eso qué quiere
decir? – Menos de lo que parece. Significa que es una organización legalmente
constituida porque cuenta con una comisión para administrar fondos para
contribuir a campañas electorales. Veamos a quién han estado apoyando.
–Un candidato se lo
puedo adelantar yo misma: Calvin Markham.
El señor Frank
asintió. – Sí; aquí aparece el nombre de Markham junto con otros varios, todos
conservadores. Al menos conocemos la tendencia política.
–De derechas
-sostuvo Marissa. – Probablemente de la extrema derecha. Casi me atrevería a
afirmar que están tratando de derrotar a los GD (los Grupos de Diagnóstico),
limitar la inmigración de médicos extranjeros, impedir que se establezcan
subsidios por salud y cosas por el estilo. Si me permite, voy a hablar con
alguien de la Comisión Federal de Elecciones.
Llamó a un amigo
suyo, y después de una breve charla, le preguntó por el Comité Médico de Acción
Política. Hizo repetidos gestos de asentimiento mientras escuchaba la
respuesta; luego corrió y regresó al lado de Marissa.
–Él tampoco sabe
mucho sobre el CMAP, pero miró los estatutos sociales y vio que se habían
constituido legalmente en Delaware.
–¿Por qué allí? –
Porque sale más barato. – ¿Qué posibilidades hay de saber algo más sobre la
organización?
–¿Como qué, por
ejemplo? ¿Dónde tienen las oficinas? ¿Quiénes la integran?
–Sí. Frank volvió a
tomar el teléfono. – A ver qué podemos averiguar en Delaware -dijo. Si bien en
el primer momento el empleado de la municipalidad de Delaware le indicó que
debía ir personalmente para solicitar la información, el señor Frank pidió hablar
con el jefe y éste accedió a su solicitud.
Frank estuvo casi
un cuarto de hora en el teléfono, escribiendo mientras escuchaba. Después de
colgar le entregó a Marissa una nómina de los miembros del directorio.
Presidente: Joshua Jackson; vicepresidente: Rodd Becker, tesorero: Sinclair
Tieman; secretario: Jack Krause; directores: Gustave Swenson, Duane Moody y
Trent Goodridge, todos ellos médicos. Marissa abrió entonces su cartera y sacó
la lista de socios de Professional Labs. ¡Los nombres eran los mismos!
Cuando salió de la
Asociación Médica le daba vueltas la cabeza. El interrogante que iba gestándose
en su mente le parecía demasiado increíble como para planteárselo siquiera:
¿Qué hacía una organización médica ultraconservadora con un laboratorio donde había
el más sofisticado instrumental, apto sólo para el estudio de virus mortíferos?
Expresamente eludió llegar a una respuesta.
Echó a andar en
dirección a su hotel, con la mente hecha un torbellino.
Otros peatones la
empujaban al pasar, pero ella ni se daba cuenta.
Tratando de rebatir
su propia teoría, fue pensando en los hechos más sobresalientes: todos los
brotes de Ébola se habían producido en clínicas privadas adheridas a sistemas
de salud por pagos adelantados, la mayoría de los pacientes portadores tenían
apellidos que sonaban a extranjeros, y siempre que hubo un caso primario, esa
persona había sido atacada inmediatamente antes de caer enferma. La única
excepción era el brote de Phoenix, que Marissa seguía atribuyendo a un
alimento.
Por el rabillo del
ojo vio un escaparate con zapatos de Charles Jourdan, su única debilidad. Al
detenerse súbitamente ante el escaparate, le sorprendió que el hombre que venía
detrás casi chocara contra ella. El señor la miró enfadado, pero ella no le dio
importancia. Mentalmente iba trazando un plan. Si sus sospechas tenían algún
asidero y los brotes anteriores no habían sido producto del azar, el paciente
portador del virus de Nueva York debía de trabajar en una clínica de sistema de
salud mediante pagos adelantados y seguramente había sido asaltado unos días
antes de contraer el mal. Por consiguiente, tenía que viajar a Nueva York.
Miró a su alrededor
para orientarse y saber dónde estaba en relación con su hotel. Apretó el paso
pero súbitamente se sintió dominada por el temor. Con razón la habían atacado
en su casa. Con razón el hombre que la persiguió por el laboratorio tenía intenciones
de asesinarla. Con razón Markham había conseguido que le dieran el traslado. Si
sus temores eran ciertos, quería decir que existía una conspiración de
gigantescas proporciones, y ella se encontraba en grave peligro.
Hasta ese momento
se había sentido segura en Chicago, pero dondequiera que miraba le parecía ver
personajes sospechosos. Estaba segura de que un hombre, que fingía mirar un
escaparate, en realidad la observaba a ella por el reflejo del cristal. Cruzó
entonces la calle esperando que la siguiera, lo que no ocurrió.
Entró en un bar y
pidió una taza de té para serenarse. Se sentó a una mesa contra la ventana y
observó la calle. El hombre que la había asustado salió de una tienda con una
bolsa, y detuvo un taxi. En definitiva, nada. Fue entonces cuando reparó en un
hombre de negocios. Lo que le llamó la atención fue la forma en que éste
sostenía su cartera, el ángulo insólito de su brazo, como si no pudiera doblar
el codo.
En el acto revivió
el episodio de su casa, la lucha desesperada por defenderse de una figura
invisible que parecía tener rígido el brazo a la altura del codo. Y después
aconteció la pesadilla del laboratorio…
Mientras lo
observaba, el individuo sacó un cigarrillo y lo encendió, todo con una sola
mano mientras la otra no se separaba de la cartera. Marissa recordó entonces el
comentario de Tad acerca de que el intruso llevaba un maletín.
Marissa se tapó el
rostro con las manos mientras rogaba estar imaginando cosas. Se restregó los
ojos unos instantes, y cuando volvió a abrirlos, el hombre había desaparecido.
Terminó el té y
preguntó cómo llegar al Palmer House. Caminó de prisa, cambiando su propia
cartera de una mano a la otra en gesto nervioso. En la primera esquina espió
por el hombro: el mismo sujeto se le acercaba.
Para cambiar
drásticamente de rumbo cruzó la calle. Por el rabillo del ojo advirtió que el
hombre continuaba hasta mitad de la acera y luego cruzaba tras ella. Cada vez
más atemorizada buscó un taxi, pero la calle estaba vacía. Se volvió entonces y
corrió hacia el tren elevado. Subió la escalera y se unió a un grupo de
personas. Quería perderse en una multitud.
Una vez en el andén
se sintió mejor porque había mucha gente. Caminó un buen trecho para alejarse
de la entrada. El corazón seguía latiéndole desordenadamente, pero al menos
podía pensar. ¿Era realmente el mismo hombre? ¿Había estado siguiéndola?
Como dando
respuesta a sus interrogantes, el individuo apareció en su campo visual. Tenía
facciones gruesas, piel áspera y una sombra oscura de barba. Los dientes eran
cuadrados y muy espaciados. Tosió y se cubrió la boca con la mano cerrada.
En ese momento el
tren entró ruidosamente en la estación; la muchedumbre se adelantó empujando
consigo a Marissa, llevándola hasta el interior del vagón. Allí perdió de vista
al sujeto.
Luchó por
permanecer cerca de la puerta para bajar en el último momento como había visto
hacerlo en las películas de espionaje, pero el
amontonamiento de
gente se lo impidió y las puertas se cerraron sin darle tiempo de acercarse.
Entonces se volvió y fue escrutando los rostros que la rodeaban, pero no vio al
hombre del codo rígido.
Al ponerse el
vehículo en movimiento tuvo que sostenerse de un pasamanos del techo. Justo en
el momento en que lo asía, volvió a ver al individuo que se sujetaba del mismo
barrote con su brazo sano. Lo tenía tan cerca que hasta podía oler la colonia
que usaba. Una tenue sonrisa se dibujó en los labios del hombre al tiempo que
soltaba el pasamanos, tosía y metía la mano en el bolsillo de su chaqueta.
Súbitamente Marissa
perdió el control, lanzó un alarido y trató por todos los medios de alejarse,
pero una vez más se lo impidió la muchedumbre. Su grito fue apagándose, y nadie
se movió ni le dirigió la palabra; sólo la miraban fijamente. Al tomar el tren
una curva pronunciada, Marissa y el sujeto debieron sostenerse nuevamente del
pasamanos para mantener el equilibrio. Sus manos se rozaron.
Marissa se soltó
como si estuviese tocando un hierro candente. Luego, para su enorme alivio,
advirtió que un policía ferroviario venía abriéndose paso hacia ella.
–¿Se encuentra
bien? – gritó el agente del orden para hacerse oír pese al ruido del tren.
–Este hombre me ha
estado siguiendo -respondió ella, señalándolo. El policía miró al hombre. – ¿Es
cierto?
El hombre negó con
la cabeza. – Nunca la había visto y no sé de qué me habla. El policía se
dirigió a Marissa mientras el tren aminoraba la marcha.
–¿Quiere presentar
una denuncia? – No, siempre y cuando él me deje en paz. El chirrido de las
ruedas y el silbido de los frenos de aire no dejaron oír nada hasta que el tren
se detuvo. Las puertas se abrieron al instante.
–No tengo ningún
inconveniente en bajar si la señorita así lo prefiere. Varias personas
descendieron. Las demás sólo miraban. El policía apoyó
su cuerpo contra la
puerta para que ésta no se cerrase e interrogó a Marissa con la mirada.
–Sí, lo prefiero
-declaró Marissa. El hombre de negocios se encogió de hombros y se marchó. Casi
de inmediato las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha una vez más.
–¿Se siente mejor
ahora? – Mucho mejor. Era un alivio que el individuo se hubiese ido, pero al
mismo tiempo tenía miedo de que el policía le
pidiera la
documentación. Le dio entonces las gracias y desvió la mirada. El agente captó
la indirecta y se retiró.
Al ver que todos
los ojos estaban fijos en ella, se sintió tremendamente avergonzada. Por, eso,
apenas el tren entró en la estación siguiente, se bajó. Llegó a la calle
dominada por un temor irracional de que el individuo hubiese encontrado la
forma de seguirla, y tomó en seguida un taxi para regresar al Palmer House.
Dentro de la
seguridad que le proporcionaba el taxi, pudo recobrar en parte el dominio de sí
misma. Sabía que corría un peligro extremo, pero no tenía idea de a qué persona
importante podía acudir. Estaba presuponiendo una conspiración cuyos límites no
era capaz de precisar. Y lo peor de todo era que carecía de pruebas, pues sólo
contaba con algunos datos circunstanciales.
Resolvió entonces
que lo más conveniente seria seguir el viaje a Nueva York. Si su sospecha
acerca del brote resultaba ser cierta, decidiría allí a quién informársela.
Entretanto esperaba que Ralph le hubiese conseguido un buen abogado para que se
encargara él de manejar todo el asunto.
Llegó al hotel y
subió directamente a su habitación. Se sentía paranoica y por eso quería irse
cuanto antes. Había sido una tontería utilizar la tarjeta de crédito, y, por lo
tanto, su nombre verdadero. Si usó un nombre falso y pagó en efectivo el billete
del avión para viajar de Atlanta a Chicago, lo mismo debió haber hecho en el
hotel.
Mientras subía en
el ascensor decidió embalar lo poco que había traído e ir directamente al
aeropuerto. Abrió la puerta y se encaminó al lavabo, dejando caer la billetera
y la cartera sobre el escritorio. Por el rabillo del ojo advirtió signos de
movimiento y se agachó automáticamente. Así y todo no pudo evitar el fuerte
golpe que la arrojó sobre la cama gemela que tenía más cerca, para ir a parar
al suelo, entre las dos. Levantó la mirada y vio que se le abalanzaba el hombre
del tren.
Trató
desesperadamente de esconderse debajo de la cama, pero el individuo la aferró
de la falda con el brazo sano y la sacó de un tirón.
Marissa rodó
lanzando fuertes patadas. Algo se cayó de la mano del hombre y produjo un ruido
metálico al chocar contra el suelo. «Una pistola», pensó Marissa, aterrada.
El sujeto se
inclinó para alzarlo y Marissa aprovechó para arrastrarse debajo de la cama más
próxima a la puerta. El hombre volvió y la buscó debajo de una cama y luego
debajo de la otra, donde ella se había refugiado.
La buscó con su
manaza, pero como no pudo agarrarla, se puso de rodillas, logró sujetarla de un
tobillo y la arrastró hacia fuera.
Por segunda vez en
el mismo día Marissa dio un alarido. Volvió a lanzar puntapiés con lo cual
consiguió que el individuo la soltara, y en un instante pudo volver a meterse
debajo de la cama.
Cansado ya del tira
y afloja, el hombre dejó el arma sobre la cama y se dispuso a atrapar a
Marissa, pero ésta salió por el otro lado, se puso de pie con cierta dificultad
y corrió hacia la puerta. Justo en el momento en que la abría, el sujeto saltó
por encima de la cama y la agarró del pelo. La obligó a volverse y la lanzó
contra la cómoda con tanta fuerza que el espejo se cayó hecho añicos.
El hombre se asomó
a echar un rápido vistazo por el pasillo; luego cerró y atrancó la puerta.
Marissa corrió al lavabo y tomó de la cama el objeto que creía era un pistola.
Casi había conseguido cerrar la puerta del lavabo cuando llegó el individuo.
Marissa apoyó la
espalda contra el lavabo e hizo fuerza para impedir que su agresor abriera más
la puerta, pero poco a poco fue imponiéndose la superioridad masculina. La
puerta se entreabrió, permitiéndole pasar adentro el brazo rígido.
Marissa reparó en
el teléfono de pared, pero no podía alcanzarlo sin sacar los pies de la puerta.
Miró entonces el arma que tenía en la mano preguntándose si lograría amedrentar
a su atacante disparando un proyectil contra la pared. Fue entonces cuando se
dio cuenta de que lo que sostenía era una pistola neumática de inoculación, de
esas que se utilizaban para vacunaciones masivas en su vieja clínica
pediátrica. La puerta se había entreabierto lo suficiente como para que el
individuo moviera el brazo con más libertad. Tanteando a ciegas, logró entonces
aferrar a Marissa de un tobillo. Cuando comprendió que no le quedaba otra
alternativa, Marissa apretó la pistola contra el antebrazo agresor y disparó.
El hombre lanzó un grito, retiró el brazo y la puerta se cerró del golpe.
Lo oyó atravesar
velozmente la habitación, abrir la puerta y salir corriendo al pasillo. Marissa
entró de nuevo en el dormitorio, y después de soltar un suspiro de alivio,
sintió un fuerte olor a desinfectante fenólico. Giró la pistola Dermojet hacia
sí con mano temblorosa y espió el cañón. Intuyó que la pistola contenía Ébola,
y que el desinfectante que olía era parte de un mecanismo para impedir el
contagio de quien la usara. En ese instante se sintió sinceramente aterrada. No
sólo había matado posiblemente
a un hombre sino
que quizás había ocasionado un nuevo brote. Procuró por todos los medios
mantener la calma, colocó la pistola con cuidado en una bolsita de plástico que
sacó de la papelera y luego tomó otra bolsita del cesto que había debajo del
escritorio, la colocó sobre la primera y la ató con un fuerte nudo. Hubo un
momento en que pensó si no debía dar aviso a la policía, pero luego llegó a la
conclusión de que ellos nada podían hacer. El hombre ya debía de estar lejos, y
si la Dermojet realmente contenía Ébola, no había manera de que encontraran a
ese sujeto discretamente si él no quería que lo encontraran.
Salió al pasillo y
vio que no había nadie. Colocó en la puerta el cartelito de «No molestar» y
bajó con todas sus cosas al sector de servicio. Al no ver a nadie del personal
de limpieza, buscó un frasco de desinfectante para limpiar el exterior de la
bolsita plástica y lavarse luego las manos. No se le ocurría qué otra medida
profiláctica podía adoptar.
Desde el vestíbulo
central, donde había suficientes personas como para hacerla sentir a salvo,
llamó al jefe de Epidemiología del Estado de Illinois y, sin darse a conocer,
le informó que la habitación 2410 del Palmer House podía estar contaminada con
Ébola. No le dio tiempo para que reaccionara con una pregunta y cortó la
comunicación.
Acto seguido llamó
a Tad. Toda esta actividad le permitía no pensar en lo que acababa de suceder.
La frialdad con que la atendió Tad se derritió cuando se dio cuenta de que su
amiga estaba al borde de la histeria.
–¿Qué es lo que
pasa ahora? Marissa, ¿estás bien? – Tengo que pedirle dos favores. Después de
todos los problemas que te ocasioné juré que no iba a molestarte de nuevo, pero
no me queda otra salida. Primero, necesito un frasquito del suero de
convalecientes del brote de Los Ángeles. ¿Podrías enviarlo por transporte
nocturno a Carol Bradford, al Hotel Plaza de Nueva York?
–¿Quién diablos es
esa mujer? – Por favor, no me hagas preguntas - respondió ella tratando de
contener las lágrimas-. A estas alturas, cuanto menos sepas, mejor.
Carol Bradford
había sido compañera de universidad, y ése era el nombre que usó en el vuelo de
Atlanta a Chicago.
–El otro favor
tiene que ver con un objeto que te envío esta misma noche. Te pido que no lo
abras sino que lo lleves y lo escondas dentro del laboratorio de máximo riesgo.
–¿Nada más? – Nada
más. ¿Me vas a ayudar, Tad? – Supongo que sí. Lo que me pides es bastante
sencillo.
–Gracias. Dentro de
unos días podré explicártelo todo.
Colgó y reservó por
teléfono una habitación en el Plaza a nombre de Carol Bradford. Luego observó
detenidamente el vestíbulo del Palmer House y le pareció que nadie le prestaba
atención. Como sabía que el hotel le enviaría la factura por medio de la tarjeta
de crédito, no se molestó en avisar que se marchaba.
La primera parada
fue en las oficinas del transporte Federal Express. Los empleados estuvieron
sumamente amables cuando les dijo que enviaba una vacuna especial que se
necesitaba al día siguiente en Atlanta. La ayudaron a embalar la bolsita
plástica en una caja irrompible e incluso le escribieron los datos del
destinatario cuando vieron cómo le temblaba la mano.
Ya en la calle
detuvo un taxi para ir al aeropuerto. Apenas estuvo sentada comenzó a tocarse
los ganglios linfáticos y a probar si sentía algún ardor de garganta. En
anteriores ocasiones había estado cerca del Ébola pero no tanto como en esta
última vez. Se estremeció ¿Y pensar que el hombre quería inocularle el virus.
Lo irónico fue que la única manera de escapar había sido contagiarlo a él.
Esperaba que ese hombre supiera que el suero convaleciente poseía un efecto
protector si se lo administraba antes de que aparecieran los síntomas. A lo
mejor era por eso que se había marchado tan de prisa.
Durante el largo
trayecto hasta el aeropuerto recobró algo de serenidad como para poder pensar
con lógica. El hecho de haber sido atacada otra vez daba más crédito a sus
sospechas. Y si se comprobaba que la pistola de vacunación contenía virus de
Ébola, tendría su primera prueba concreta.
El taxista la dejó
en la terminal de American Airlines anticipándole que esa empresa tenía vuelos
a Nueva York cada hora. Después de adquirir el billete, pasar por seguridad y
caminar el largo trecho hasta la puerta de embarque, le quedaba aún media hora
de espera. Decidió entonces llamar a Ralph. Necesitaba imperiosamente oír una
voz amiga, y además quería preguntarle por el abogado.
Durante varios
minutos tuvo que lidiar con la secretaria de Ralph, que protegía a su jefe como
si éste fuera el papa. Le imploró que al menos le hiciera saber que ella estaba
al teléfono hasta que finalmente su amigo la atendió.
–Espero que estés
de regreso en Atlanta -dijo, sin darle tiempo siquiera a saludarlo.
–Pronto. Le explicó
que se hallaba en el aeropuerto de Chicago a punto de salir para Nueva York,
pero que probablemente volvería a Atlanta al día siguiente, sobre todo si él le
había encontrado un buen abogado.
–Hice algunas
averiguaciones discretas y creo que di con el hombre más indicado. Se llama
McQuinllin y pertenece a un bufete importante en Atlanta.
–Espero que sea
inteligente, porque va a tener mucho trabajo conmigo. –Se le considera uno de
los mejores. – ¿Crees que me pedirá un
adelanto de dinero?
– Algún anticipo sí. ¿Eso va a ser un problema? – Depende de la cantidad. –
Bueno, no te preocupes. Yo te echaré una mano con mucho gusto.
–No me atrevería a
pedírtelo. – No me lo estás pidiendo sino que te lo ofrezco yo. Pero a cambio
quiero que termines ya con ese viaje de locos. ¿Por qué es tan importante Nueva
York? Espero que no sea por el nuevo brote de Ébola. No tienes que repetir la
experiencia de Filadelfia. ¿Por qué no regresas a Atlanta? Estoy muy preocupado
por ti.
–Te prometo que
volveré muy pronto. Después de cortar, Marissa dejó la mano sobre el receptor.
La tranquilizaba hablar con Ralph, un amigo que siempre se interesaba por ella.
Al igual que la
mayoría de la gente de negocios -que constituía el noventa por ciento del
pasaje- Marissa pidió una copa. Seguía hecha un manojo de nervios, pero el
vodkatonic la tranquilizó notablemente, tanto que pudo entablar una típica
conversación de viaje con un joven financiero de Chicago, de nombre Danny, que
resultó tener una hermana médica en Hawai. El muchacho charlaba con tanto
entusiasmo que Marissa por último cerró los ojos y fingió dormirse para poder
poner en orden sus pensamientos.
El interrogante que
le rondaba por la mente era: ¿Cómo supo el hombre del brazo rígido que ella
estaba en Chicago? Y suponiendo que se tratara del mismo individuo, ¿cómo se
enteró del momento en que ella iba a entrar en el laboratorio de máximo riesgo?
Para responder ambas preguntas no tuvo más remedio que pensar en Tad. Cuando
Tad descubrió que le faltaba la tarjeta de acceso seguramente dedujo que ella
la usaría esa misma noche. A lo mejor dio aviso a Dubchek para evitarse
problemas. Tad también sabía que ella se iba a Chicago, aunque no podía creer
que intencionalmente él
hubiese dado una
pista a una persona que intentaba matarla. Y por enfadada que estuviera con
Dubchek, Marissa lo respetaba como científico abnegado, y en modo alguno podía
relacionarlo con una organización de tendencia derechista, orientada al lucro,
como el Comité Médico de Acción Política.
Muy confundida
respecto de cuáles eran deducciones inteligentes y cuáles paranoicas, deseó no
haberse desprendido de la pistola Dermojet. Si Tad estaba comprometido, ella
había perdido su única prueba concreta, siempre y cuando se comprobara que
contenía virus Ébola.
Cuando el avión
aterrizaba ya en el aeropuerto de La Guardia tomó una decisión. Si el brote de
Nueva York confirmaba su teoría acerca del origen de todos los brotes de Ébola,
iría directamente a ver al abogado de Ralph para que él y la policía resolvieran
qué debía hacerse. Marissa no quería seguir trabajando más como detective y
tener que enfrentarse con hombres que no reparaban en arriesgar la vida de
poblaciones enteras.
Una vez que el
avión se detuvo y se apagó el cartelito de los cinturones, Marissa se puso de
pie y sacó su maleta del portaequipajes elevado. Danny insistió en ayudarla al
bajar por la escalera, pero cuando se separaron, Marissa juró que en el futuro
iba a tener más cuidado. Nunca más conversaría con extraños y no daría a nadie
su nombre verdadero. Más aún, resolvió no alojarse en el Plaza como Carol
Bradford sino ir a pasar la noche al Essex House, utilizando el nombre de una
vieja amiga de la escuela secundaria, Lisa Kendrick.
George Valhala
estaba de pie junto al mostrador de la agencia Avis para el alquiler de coches,
observando el gentío del sector equipajes. Sus patrones lo llamaban «el Sapo»,
pero no por una característica física sino por su inusual paciencia, que le
permitía quedarse horas enteras en un puesto de vigilancia como un sapo que
espera un insecto.
No obstante, en esa
misión no iba a usar de su especial talento. Hacía apenas un rato que había
llegado al aeropuerto, con la sola información de que la muchacha llegaría en
el vuelo de las cinco, o en el de las seis, proveniente de Chicago. El de las
cinco acababa de aterrizar, y algunos pasajeros comenzaban ya a aparecer.
El único problema
que tenía George era lo impreciso de la descripción que le suministraran: una
mujer joven, bonita, baja, de unos treinta años y pelo castaño. Por lo general
le daban una foto, pero en este caso no hubo tiempo de conseguirla.
Fue entonces cuando
la vio. No podía ser otra que ella. Medía casi treinta centímetros menos que la
multitud de viajeros con una cartera en la mano que irrumpió en la zona de
equipajes. George advirtió que no se detenía ante la cinta transportadora del equipaje
puesto que traía ya su maleta en la mano.
Se retiró entonces
del mostrador de Avis y se le acercó para mirarla de cerca. La siguió hasta la
calle, donde ella se puso en la cola de los taxis. Decididamente era bonita, y
muy menuda. George se preguntó cómo habría hecho para dejar fuera de combate a
Paul en Chicago, y la única explicación que encontró fue que se tratara de una
experta en artes marciales o algo por el estilo. De todos modos esa minúscula
mujercita le inspiraba cierto respeto y sabía que lo mismo le pasaba a Al,
porque de lo contrario no se estaría tomando semejantes molestias.
Después de
estudiarla de cerca, George cruzó la calle y subió a un taxi que lo aguardaba
frente a la parada.
El conductor se
volvió para mirarlo. – ¿La has visto? – preguntó. Era un hombre delgado, de
facciones como de pájaro, que contrastaba con la obesidad de George. – Jake,
¿tengo cara de idiota? Pon el coche en marcha. Ella está en la cola de los
taxis.
Jake obedeció.
Hacía cuatro años que George y él trabajaban para Al y se llevaban bien, salvo
cuando su amigo comenzaba a impartir órdenes, lo que felizmente no sucedía a
menudo.
–Está allí -señaló
George, en el momento en que Marissa subía a un coche-. Adelántate un- poco,
pero deja que ellos nos pasen.
–Eh, el que conduce
soy yo se quejó Jake-. Tú vigilas, yo me encargo del volante.
No obstante, puso
en marcha el vehículo y avanzó lentamente. George miró por la ventanilla de
atrás y comprobó que el coche en el
que viajaba Marissa
tenía el techo abollado. «Va a ser fácil seguirlo», se dijo. El taxi los pasó
por la derecha, y Jake se colocó detrás. Antes de entrar en la autopista de
Long Island, permitió que otro coche se interpusiera entre ambos vehículos.
No fue difícil
seguir el rastro pese a que el coche de Marissa tomó por el puente
Queensborough, sumamente transitado por ser una hora punta. Al cabo de cuarenta
minutos la vieron bajar frente al Essex House. Jake aparcó entonces quince
metros más adelante.
–Bueno, ahora ya
sabemos dónde se aloja, George. – Para estar más seguro iré a comprobarlo. En
seguida vuelvo, Jake.
23 de mayo
Marissa no durmió
bien. Después del incidente en la habitación del Palmer Hotel tal vez no
volviera nunca a sentirse cómoda en un hotel. Cada ruido del pasillo le daba
miedo de que alguien intentara entrar en su habitación por la fuerza. Y había
mucho ruido por la cantidad de gente que regresaba tarde y pedía que le
subieran algo de comer.
También se
imaginaba síntomas. No podía olvidar la sensación que le produjo tener la
pistola de vacunación en la mano, y cada vez que se despertaba le parecía que
tenía fiebre o algún otro síntoma.
A la mañana
siguiente estaba exhausta. Pidió un servicio de frutas y café, que le llegó
además con un ejemplar del New York Times. En la portada había un artículo
acerca de los brotes de Ébola. En Nueva York, el número de casos había
ascendido a once con una víctima mortal, mientras que en Filadelfia la cifra se
detuvo en treinta y seis, con diecisiete bajas. El único muerto de Nueva York
fue el caso inicial, el doctor Girish Melita.
A partir de las
diez comenzó a llamar una y otra vez al Plaza para averiguar si había llegado
un paquete a nombre de Carol Bradford. Iba a seguir llamando hasta el mediodía,
pues los transportes nocturnos generalmente garantizaban la entrega hasta esa
hora. Si el paquete llegaba, ya no tendría tanto temor de que Tad la hubiese
traicionado, y después se dirigiría a la Clínica Rosenberg. A las once le
contestaron que el paquete estaba ahí, a la espera de que el destinatario
pasara a retirarlo.
Cuando se disponía
a marcharse del hotel no sabía si debía -o no-llamarle la atención que Tad le
hubiese enviado el suero. Por supuesto que el paquete podía estar vacío, o tal
vez lo había remitido para obligarla a dejar al descubierto el sitio donde se ocultaba.
Lamentablemente no tenía forma de cerciorarse, y tanto necesitaba ese suero que
todas sus dudas le parecían, en comparación sólo académicas. No le quedaba más
remedio que correr el riesgo.
Sólo tomó la
billetera y trató de imaginar algún modo de retirar el envío que no ofreciera
peligro, pero no se le ocurrió otra idea más brillante que tener un taxi
esperando y procurar que hubiera mucha gente alrededor.
George Valhala
estaba desde temprano en el vestíbulo del Essex House. Ésa era la clase de
situaciones que le gustaban. Pudo tomar café, leer los periódicos y echarle una
mirada a unas atractivas mujerzuelas. En general
lo pasó muy bien y
ninguno de los detectives de la casa lo molestó, vestido como estaba con un
costoso traje y zapatos de cocodrilo legítimo.
Estaba pensando en
ir al baño cuando advirtió que Marissa salía del ascensor. Dejó entonces su New
York Post y se apresuró para salir antes que ella por la puerta giratoria.
Cruzó la transitada calle Cincuenta y Nueve hasta el sitio donde lo esperaba
Jake en el taxi, y se sentó en el lugar del acompañante.
Jake había avistado
a Marissa y ya había puesto el motor en marcha. –De día parece más bonita aún
-comentó, listo para realizar un giro en
U.
–¿Seguro que ésa es
Blumenthal? – preguntó el hombre que estaba en el asiento de atrás.
Su nombre era
Alphonse Hicktman, pero todo el mundo le llamaba Al. Se había criado en
Alemania Oriental y luego huyó a occidente atravesando el muro de Berlín. Tenía
un rostro engañosamente juvenil y pelo rubio que llevaba cortado al estilo
Julio César. Sus ojos celestes eran fríos como un cielo de invierno.
–Se registró con el
nombre de Lisa Kendrick, pero concuerda con la descripción que nos dieron -dijo
George-. Es ella, sin duda.
–Es muy hábil o
tiene una suerte increíble -opinó Al-. Tenemos que eliminarla sin cometer el
menor desliz. Heberling dice que esa mujer puede arruinar todo el asunto.
OceanofPDF.com
La vieron subir a
un taxi y dirigirse hacia el este. Pese al tráfico, Jake dio la vuelta y logró
situarse a dos coches de distancia del taxi de Marissa. –Señorita, dígame por
favor adónde quiere ir -pidió el conductor,
mirándola por el
espejo retrovisor.
Marissa estaba de
espaldas, mirando la entrada del Essex House. Por la puerta no había salido
nadie que pareciera querer seguirla. Entonces se volvió y le indicó al taxista
que diera la vuelta a la manzana. Seguía pensando en la forma más conveniente
de ir a retirar el Suero.
El hombre murmuró
algo por lo bajo y giró en la esquina. Marissa observó la entrada del Plaza que
daba sobre la Quinta Avenida. Había infinidad de coches, y el pequeño
aparcamiento frente al hotel estaba atestado de gente. Junto a la acera se
alineaban cabriolés a la espera de sus clientes. Había incluso varios policías
montados, con relucientes cascos negros y azules. Marissa se sintió más
animada. En medio de semejante ambientación nadie podría sorprenderla.
Cuando volvían a
circular por la calle Cincuenta y Nueve, le pidió al chofer que se detuviera en
el Plaza y la aguardara mientras iba dentro y volvía en seguida.
–Señorita… -En un
minuto vuelvo.
–Hay muchos taxis.
¿Por qué no busca otro? – Le pago cinco dólares más de lo que marque el
contador y le prometo no tardar.
Luego le obsequió
con la más simpática de sus sonrisas.
El taxista se
encogió de hombros. Al parecer, los cinco dólares y la sonrisa bastaron para
hacerle olvidar sus reservas. Se detuvo frente al Plaza y el portero del hotel
se acercó a abrir la puerta a Marissa.
Estaba muy nerviosa
y esperaba lo peor en cualquier momento. Bajó del coche, y cuando vio que su
dueño lo aparcaba unos metros más allá, entró resueltamente.
Tal como suponía,
el vestíbulo estaba muy concurrido. Sin vacilar se dirigió hasta un escaparate
donde se exhibían alhajas, y fingió mirarlas. Por el reflejo de los cristales
comprobó que nadie daba muestras de estar vigilándola. Nadie le prestaba atención.
Volvió a cruzar el
vestíbulo y se encaminó al mostrador de conserjería.
El corazón le latía
con fuerza mientras esperaba que la atendieran.
–Tiene alguna
identificación? – le preguntó el hombre cuando pidió el paquete.
Sorprendida,
respondió que no. – Entonces bastará con la llave de su habitación -acordó el
señor, con deseos de ser comedido.
–Pero es que aún no
me he registrado. El hombre sonrió. – Vaya y regístrese primero, y después le
entregaremos el paquete. Espero que me comprenda. Para nosotros es una gran
responsabilidad.
–Por supuesto
-murmuró ella, desalentada. Obviamente no había planeado las cosas como
correspondía, pero ya que no le quedaba otro remedio, fue al mostrador de
entrada.
Hasta el simple
proceso de dar sus datos le resultó complicado cuando anunció que no tenía
tarjeta de crédito, razón por la cual debió dejar una abultada suma en concepto
de depósito antes de que le entregaran la llave. Por último, ya con la llave en
la mano, consiguió que le dieran el envío.
Fue abriéndolo
-mientras caminaba. Sacó el frasquito y lo miró: parecía auténtico. Arrojó el
envoltorio en una papelera y se guardó el suero en el bolsillo. Hasta ese
momento todo iba sobre ruedas.
Al salir a la calle
vaciló unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron al resplandor del
mediodía. El taxi seguía esperándola en el mismo sitio. El portero le preguntó
si necesitaba un vehículo, y ella le respondió que no con una sonrisa.
Miró a ambos lados
de la calle Cincuenta y Nueve. Si algo había cambiado, era el tráfico, más
intenso que antes. Centenares de personas caminaban presurosas por las aceras
como si se les hubiera hecho tarde para llegar a una reunión importante.
Satisfecha, Marissa bajó la escalinata y corrió hasta el taxi.
Al llegar al coche
agarró el tirador de la puerta y miró un instante por encima del hombro, hacia
la entrada del Plaza. Nadie la seguía. Los temores que le inspiraba Tad eran
infundados.
Iba ya a subir al
coche cuando vio que la apuntaba el cañón de un arma en manos de un hombre
rubio, quien al parecer había estado tendido en el asiento de atrás. El chofer
del taxi iba a hablar pero ella no le dio tiempo, cerrando de golpe la puerta.
El arma se disparó produciendo un silbido. Era una sofisticada pistola de aire
comprimido. La ventanilla del taxi se hizo añicos, pero Marissa ya no estaba
mirando sino que huía como jamás había corrido en su vida. Por el rabillo del
ojo advirtió que el taxista se bajaba del coche y corría en diagonal,
alejándose de ella. Cuando volvió a mirar, el hombre rubio se abría paso entre
la muchedumbre, para seguirla.
La acera era una
pista de obstáculos llena de gente, equipaje, carritos, cochecitos de bebé y
perros. El hombre rubio guardó el arma en un bolsillo, pero ella ya no estaba
convencida de que el gentío fuese a servirle de protección. ¿Quién oiría
siquiera el tenue zumbido de una pistola de aire? Marissa caería al suelo y su
atacante escaparía sin que nadie se percatase de que ella acababa de recibir un
disparo.
Los peatones
protestaban a gritos cuando los embestía, pero ella siguió avanzando. La
confusión que creaba constituía un estorbo para su perseguidor, quien no
obstante iba acortando la distancia que los separaba.
Marissa atravesó
corriendo el sendero de acceso al Plaza esquivando taxis y limusinas, y llegó
al límite del jardín, con su fuente en el centro. Estaba dominada por el pánico
y no sabía adónde ir, pero sabía que algo tenia que hacer. Fue en ese momento cuando
reparó en el caballo de un policía montado. El animal estaba atado al cerco de
cadenas que bordeaba el pequeño sector de césped del parque. Mientras corría
desesperadamente hacia allí, Marissa buscó con la vista al policía. Seguramente
debía de estar cerca, pero ella tenía muy poco tiempo. Pudo oír los pasos de su
perseguidor que llegaba a la acera y no sabía para qué lado tirar. Se
encontraba en el sendero que separaba el parque del hotel.
Marissa agarró las
riendas y se agachó debajo del animal mientras éste sacudía, nervioso, la
cabeza. Miró atrás y comprobó que el sujeto estaba en la calle, dando la vuelta
alrededor de una limusina.
Recorrió el parque
con mirada angustiada. Había gran cantidad de personas -muchas de las cuales
miraban en dirección a ella-, pero ningún agente. Entonces se dio por vencida y
echó a correr por el parque. Tan cerca venía el hombre que no había forma de esconderse.
Un grupo nutrido se
hallaba sentado junto a la fuente, y todos la observaban con estudiada
indiferencia. Claro, como neoyorquinos estaban acostumbrados a cualquier
exceso, incluso a una huida producto del terror.
En el momento en
que daba la vuelta a la fuente, tenía tan cerca al hombre rubio que casi lo oía
respirar. Al volverse Marissa chocó contra la gente que entraba en el parque. A
empujones se abrió paso en medio de los peatones, que reaccionaban airados.
Cuando llegó a un
claro supuso que estaba libre, hasta que notó que se hallaba en el centro de un
círculo formado por varios centenares de personas. Tres negros de aspecto
atlético realizaban una demostración de break dance al ritmo de una insistente
melodía. Los ojos desesperados de
Marissa se posaron
en los de los jóvenes, y en ellos sólo vio furia: les había arruinado el
espectáculo.
En aquel momento el
hombre rubio entró en el círculo y casi perdió el equilibrio al detenerse en
seco. Intentó levantar la pistola pero no lo logró, puesto que, de un puntapié,
uno de los indignados bailarines lanzó el arma por los aires, hasta que cayó en
medio del público. La gente comenzó a alejarse al ver que el intruso respondía
también dando al bailarín una patada en el brazo que lo envió al suelo.
Tres de sus amigos,
que estaban observando desde un lado, dieron un salto y empujaron violentamente
al rubio desde atrás.
Marissa no esperó
sino que, por el contrario, aprovechó para confundirse entre la multitud que se
alejaba de la imprevista riña. La mayoría de la gente cruzaba la Quinta
Avenida, y eso mismo hizo ella. Ya en la calle Cincuenta y Nueve detuvo otro
taxi y le pidió que la llevara a la Clínica Rosenberg. Desde el coche pudo ver
un gentío enorme cerca de la fuente. El policía por fin había vuelto a montar
su caballo, y probablemente tendría ocupado al hombre rubio durante varias
semanas.
Una vez más espió
en dirección a la entrada del Plaza pero no advirtió signos de nada insólito.
Entonces se reclinó en el asiento y cerró los ojos. De pronto, en vez de miedo
se sentía consumida por la indignación. Estaba furiosa con todo el mundo, particularmente
con Tad. No cabía duda de que era él quien informaba sobre su paradero a los
perseguidores. Hasta el suero, que tanto le había costado conseguirlo, era
inútil. Debido a todo lo que sospechaba, de ninguna manera iba a inocularse
dicho suero. Tendría que arriesgarse y confiar en que la pistola de vacunación
tuviese un efectivo sistema para proteger a quien la utilizaba.
Pensó si no le
convenía evitar el viaje a la Clínica Rosenberg, pero consideró más importante
poder demostrar -al menos ante sí misma- que se estaba efectuando un contagio
deliberado con virus Ébola. Quería estar plenamente segura. Además, después del
último y complicado ataque, nadie estaría esperándola.
Bajó del taxi a
poca distancia de la clínica y los metros restantes los recorrió a pie. El
lugar ciertamente no era difícil de encontrar. Era un bello edificio renovado
que ocupaba casi una manzana entera, frente al cual había aparcados un furgón
de televisión y algunos vehículos policiales. En la escalinata de acceso,
varios oficiales de policía. Marissa tuvo que mostrar su credencial del CCE
para que le permitieran pasar.
En el vestíbulo
reinaba el mismo caos que había visto en los otros hospitales donde se había
desatado un brote de Ébola. A medida que avanzaba entre la multitud iba
perdiendo el ánimo. Poco a poco se le iba la furia que experimentara en el
taxi, y en su lugar volvía a sentir el viejo temor a contagiarse con el virus.
Además, ya no se sentía exultante por el solo hecho de haber escapado de su
agresor sino que comenzaba a apreciar la realidad de verse atrapada en una
peligrosa red de conspiración e intriga. Se detuvo y miró en dirección a la
salida pensando si no debería marcharse. Sin embargo, llegó a la conclusión de
que su única esperanza residía en poder estar totalmente segura. Antes de
convencer a nadie debía disipar cualquier duda que aún le quedara.
Le pareció
necesario comprobar primero la información más fácil. Para ello se dirigió a la
administración y encontró un escritorio con el cartel «Nuevos Asociados». Si
bien estaba vacío, había allí gran cantidad de material impreso. Tardó apenas
un instante en averiguar que la Clínica Rosenberg era de asistencia médica
mediante pago adelantado, tal como lo suponía.
Los otros
interrogantes que la preocupaban iban a ser más difíciles de resolver puesto
que había fallecido el paciente inicial. Regresó al vestíbulo principal y
permaneció unos momentos observando a la gente que entraba y salía hasta que
pudo deducir dónde estaba el vestuario de los médicos. Calculó exactamente el
tiempo para llegar a la puerta junto con una profesional de la clínica, que se
detuvo para hacerle una seña al empleado de recepción. La puerta del vestuario
se abrió con un dispositivo eléctrico, y Marissa entró detrás de su colega. Una
vez dentro pudo agenciarse un guardapolvo. Se lo puso y luego se lo arremangó.
En la solapa tenía una etiqueta con el nombre: Doctora Ann Elliott, que
rápidamente retiró y se guardó en un bolsillo.
Cuando volvió a
salir al vestíbulo vio al doctor Layne. Se volvió inmediatamente esperando que
en cualquier instante él diera muestras de haberla reconocido. Por fortuna,
cuando miró de nuevo comprobó que él se marchaba del sanatorio.
El hecho de verlo
la puso más nerviosa. Estaba aterrada de toparse con Dubchek como le había
sucedido en Filadelfia, pero también sabía que era imperioso averiguar más
datos sobre el paciente inicial fallecido.
Por el tablero
indicador supo que el Departamento de Patología quedaba en el tercer piso. Tomó
el ascensor que tenía más cerca. La Clínica
Rosenberg era
imponente. Tuvo que atravesar el laboratorio químico para llegar al sector de
patología. En el trayecto notó que contaban con el más moderno instrumental
automatizado.
Cruzó una puerta
doble y se encontró rodeada por secretarias que grababan en sus respectivos
dictáfonos. Allí era donde se pasaban en limpio todos los informes patológicos.
Una de las mujeres
se quitó los auriculares al verla entrar.
–¿En qué puedo
servirla? – Soy una dé las doctoras del Centro para el Control de Enfermedades.
¿No sabe si están mis compañeros por aquí?
–Creo que no
-respondió la secretaria, al tiempo que se ponía de pie-, pero puedo
preguntárselo al doctor Stewart que está en su oficina.
–Estoy aquí
-exclamó un hombre corpulento de poblada barba-. Y ya le contesto que el
personal del CCE está en el segundo piso, en el sector de aislamiento. – Bueno,
a lo mejor usted puede ayudarme -dijo Marissa, evitando a propósito
presentarse-. Yo he investigado todos los brotes de Ébola desde el comienzo,
pero lamentablemente me retrasé en llegar a Nueva York. Tengo entendido que el
primer caso, un tal doctor Melita, ya falleció. ¿Le hicieron la autopsia?
–Esta misma mañana.
– ¿Puedo hacerle algunas preguntas? – No fui yo quien practicó la autopsia. –
El doctor Stewart le habló luego a su secretaria-. Helen, ¿por qué no trata de
localizar a Curt?
Acompañó a Marissa
hasta una habitación pequeña donde había un moderno escritorio y una mesa de
formica con un extraordinario microscopio binocular Zeiss de dos tubos
oculares.
–¿Usted conocía al
doctor Melita? – Muy bien -respondió Stewart, sacudiendo la cabeza-. Era
nuestro director, y su muerte será una enorme pérdida para nosotros.
Acto seguido
procedió a describir la forma en que había contribuido el doctor Melita para la
instalación de la clínica, y la gran popularidad de que gozaba tanto entre el
personal como entre los mismos pacientes.
–¿No sabe dónde
estudió? – No estoy seguro en qué facultad de medicina cursó sus estudios…
aunque creo que fue en Bombay, pero sí sé que la residencia la hizo en Londres.
¿Por qué me lo pregunta?
–Tenía curiosidad
por saber si era un médico extranjero.
–¿Acaso eso cambia
las cosas? – quiso saber Stewart, frunciendo el entrecejo.
–Tal vez -admitió
Marissa, sin precisar-. ¿Hay un porcentaje alto de médicos extranjeros aquí?
–Por supuesto.
Todas las clínicas de sistemas de salud mediante pago adelantado comenzaron
contratando a grandes cantidades de médicos del extranjero. Los graduados
estadounidenses se inclinan por el ejercicio privado de la profesión. Pero
felizmente eso está cambiando. Hoy en día podemos contratar directamente de las
mejores residencias.
Se abrió la puerta
y entró un muchacho joven. – Éste es Curt Vandermay. Marissa no tuvo más
remedio que dar su nombre verdadero.
–La doctora
Blumenthal quiere hacerle unas preguntas relativas a la autopsia -explicó
Stewart.
Retiró su sillón
del microscopio para dejarle el lugar al doctor Vandermay, quien se sentó y
cruzó elegantemente las piernas.
–Todavía no hemos
procesado los cortes, de modo que sólo puedo darle los resultados generales. –
En realidad lo que me interesa es el examen externo. ¿Notó usted alguna
anormalidad?
–Sí, claro. Tenía
profusas lesiones hemorrágicas en la piel.
–¿Y traumatismos? –
¿Cómo lo adivinó? – repuso el doctor Vandermay, sorprendido-. Tenía la nariz
quebrada. Me había olvidado de eso.
–¿Fecha probable? –
Una semana, diez días, más o menos. – ¿En el historial no se menciona la causa?
– A decir verdad, no me fijé. Como era prioritario constatar si el hombre había
muerto de fiebre hemorrágica Ébola reconozco que no le presté demasiada atención
a la fractura nasal.
–Entiendo. El
historial clínico está aquí, ¿verdad? ¿Puedo verlo? –Desde luego. – Vandermay
se puso de pie-. ¿Por qué no baja conmigo
a la sala de
autopsias? Hice sacar varias fotos Polaroid de la nariz quebrada.
Lo digo por si
quiere examinarlas.
–Por supuesto.
Stewart se disculpó porque tenía que asistir a una reunión, y Vandermay explicó
que el cadáver había sido desinfectado y luego conservado dentro de bolsas
dobles, en recipientes especiales, para evitar la contaminación. La familia
había pedido que se enviaran los restos mortales a la India, pero la
autorización fue denegada con justa razón.
El historial no era
todo lo completo que a ella le habría gustado, pero se hacía referencia a la
nariz fracturada, que luego arregló un colega del doctor Melita, cirujano
otorrinolaringólogo. Marissa se enteró también de que el mismo doctor Melita
era otorrinolaringólogo, dato aterrador si uno se ponía a pensar en la forma
que se había difundido el virus en los brotes anteriores.
No se aclaraban las
circunstancias en que el doctor Melita se había roto la nariz.
Vandermay sugirió
comunicarse por teléfono con el médico que se la arregló. Mientras él hacía la
llamada, Marissa leyó el resto del historial, y así se enteró de que el doctor
Melita no registraba antecedentes de viajes en los últimos tiempos, de contacto
con animales ni la menor relación con los brotes anteriores de Ébola.
–Al pobre lo
asaltaron -comentó Vandermay después de colgar el teléfono-. Lo atacaron a
golpes y le robaron en la entrada de su propia casa. ¿Se da cuenta en qué mundo
vivimos?
«Si usted supiera»,
pensó Marissa, convencida ya de que los brotes de virus eran ocasionados
intencionadamente. Un intenso temor la dominó, pero se esforzó por seguir
interrogando al patólogo.
–¿No le notó usted
una lesión numular en el muslo? – No recuerdo - admitió el doctor Vandermay-.
Pero aquí están las Polaroid.
Desplegó las fotos
como si estuviera repartiendo una mano de póquer. Marissa observó la primera.
Todas mostraban en forma brutal el cuerpo
desnudo, tendido
sobre la camilla de acero inoxidable para autopsias. Pese a la profusión de
lesiones hemorrágicas, pudo detectar la misma lesión circular que le había
visto en el muslo al doctor Richter, y cuyo tamaño coincidía con la boca de una
pistola de vacunación.
–¿Puedo llevarme
alguna de estas copias? – pidió Marissa.
–sí, desde luego.
Tenemos muchas. Marissa se guardó la foto en el bolsillo. No era lo mismo que
tener la pistola Dermojet, pero al menos era algo. Le dio las gracias al doctor
y se levantó para irse.
–¿No va a decirme
cuáles son sus sospechas? – preguntó Vandermay con una leve sonrisa en el
rostro, como si supiera que algo extraño pasaba.
En ese momento
anunciaron a Vandermay por el intercomunicador que tenía una llamada por la
línea seis. Cuando la atendió, Marissa lo oyó decir:
–Qué coincidencia,
doctor Dubchek. Casualmente con ella estoy conversando en este preciso
instante…
Le bastó con oír
eso para salir corriendo hacia el ascensor. Vandermay la llamó de viva voz,
pero ella no se detuvo. Pasó con rapidez junto a las secretarias y salió
presurosa por las puertas dobles, sujetando los bolígrafos que llevaba en el
bolsillo para que no se le cayeran.
Ante los ascensores
y la escalera de incendios, optó por arriesgarse a tomar el ascensor. Si
Dubchek estaba en el segundo piso, probablemente le
hubiera parecido
que ganaba más tiempo utilizando la escalera. Apretó el botón de planta baja.
Un técnico químico aguardaba con una bandeja de muestras para analizar, y vio
que Marissa oprimía frenéticamente el botón ya encendido.
–¿Es una
emergencia? – preguntó. En ese momento se detuvo un ascensor, pero Marissa
siguió pegada al botón. Le pareció que las puertas tardaban años en cerrarse, y
creía que en cualquier momento iba a aparecer Dubchek persiguiéndola. Pero
finalmente el ascensor bajó y Marissa empezó a tranquilizarse. Lamentablemente
se detuvieron en el segundo piso, lo cual la obligó a correrse al fondo: por
una vez en la vida dio gracias por ser tan menuda. Seguramente nadie podría
verla desde fuera del ascensor.
Cuando reanudaron
el descenso, le preguntó a un pasajero dónde quedaba la cafetería. Éste le
respondió que al salir del ascensor debía girar a la derecha y seguir por el
pasillo principal.
Marissa se bajó e
hizo como se le había indicado. A poco de andar por el vestíbulo comenzó a
sentir olor a comida. A partir de allí fue siguiendo las indicaciones de su
nariz.
No se arriesgó a
salir por la puerta principal ya que Dubchek podía haber dado instrucciones a
la policía para que la detuvieran. En cambio entró velozmente en la cafetería
atestada de gente que estaba almorzando, y enfiló directamente hacia la cocina.
Allí los miembros del personal le lanzaron miradas intrigadas, pero nadie
discutió su presencia. Tal como se imaginara, existía una rampa de carga y por
allí se deslizó, esquivando un camión de lechería que en esos momentos estaba
realizando una entrega.
Al llegar a la
calle, caminó con paso ágil por la avenida Madison, y en la esquina giró para
internarse en una calle tranquila y arbolada. Había pocos peatones, lo cual le
daba la tranquilidad de que no la estaban siguiendo. Al llegar a Park Avenue
detuvo un taxi.
Para cerciorarse de
que nadie la siguiera se bajó en la tienda Bloomingdale's, cruzó por su
interior y salió a la Tercera Avenida, donde tomó otro taxi. Cuando llegó al
Essex House ya tenía la certeza de no estar en peligro, al menos por el
momento.
Frente a la puerta
de su habitación no supo qué hacer. Aunque nadie sabía que se había registrado
con nombre falso, el recuerdo de Chicago la atormentaba. Abrió entonces con
cautela y paseó la mirada por la habitación antes de entrar. Luego sujetó con
una silla la puerta abierta y lo
revisó todo
detenidamente. Miró debajo de las camas, dentro del armario, en el lavabo… Todo
estaba tal como lo había dejado. Satisfecha, cerró y atrancó la puerta con
todos los cerrojos y cadenas que había.
23 de mayo
(continuación)
Comió algo de la
generosa ración de fruta que se hizo subir a la habitación esa mañana. Como sus
sospechas parecían confirmarse, no sabía qué le convenía hacer a continuación.
Lo único que se le ocurría era ir a ver al abogado de Ralph y contarle lo que creía:
que un pequeño grupo de médicos derechistas estaban introduciendo virus Ébola
en clínicas privadas para minar la confianza del público en las clínicas de
sistema de pago adelantado. Podía presentar las escasas pruebas reunidas, y que
él se preocupara por conseguir el resto. A lo mejor hasta podía sugerirle un
sitio donde poder ocultarse mientras se resolvía la cuestión.
Dejó la manzana que
estaba comiendo y tomó el teléfono. Se sentía mucho mejor por el solo hecho de
haber tomado una decisión. Marcó el número de Ralph y tuvo la agradable
sorpresa de que en seguida lo pusieron con él.
–La telefonista
tenía órdenes concretas -explicó su amigo-. Por si no lo sabes, te aseguro que
estoy muy preocupado por ti.
–Qué amoroso
-exclamó Marissa, conmovida por la bondad de Ralph. Por un instante sintió que
se relajaba, como la niña que, después de una
caída, no llora
hasta que no aparece la madre.
–¿Vuelves hoy? –
Depende -respondió ella mordiéndose el labio-. ¿Podré hablar hoy con tu amigo
abogado?
–No. Esta mañana
llamé a su bufete y me informaron que está de viaje y regresa mañana.
–Qué lástima
-lamentó Marissa con una voz que comenzaba a flaquear. –Marissa, ¿te sientes
bien? – No es uno de mis mejores días. Lo que
pasa es que tuve
varias experiencias terribles.
–¿Qué ocurrió? –
Ahora no puedo hablar -sostuvo, sabiendo que si intentaba dar explicaciones
prorrumpiría en llanto.
–Mira, quiero que
vuelvas aquí de inmediato. No me pareció bien que fueras a Nueva York. ¿Te
topaste allí con Dubchek?
–Fue peor. – Bueno,
con eso me basta. Te subes al primer avión que te traiga aquí. Yo voy a
esperarte al aeropuerto.
La idea era
tentadora, y precisamente eso iba a contestar cuando oyó que golpeaban la
puerta y se quedó paralizada.
Los golpes se
repitieron. – Marissa, ¿estás ahí? – Un momento, que llaman a la puerta. No
cuelgues. – Apoyó el auricular en la mesita de noche y se dirigió con cautela
hacia la puerta-. ¿Quién es?
–Vengo a entregar
algo para la señorita Kendrick.
Marissa entreabrió
la puerta pero sin quitar la cadena de seguridad, y vio a un botones del hotel
que traía un enorme paquete envuelto en papel blanco. Le pidió que aguardara un
segundo y volvió al teléfono para decir a Ralph que lo llamaría apenas supiera
en qué vuelo regresaba esa noche a Atlanta.
–¿Me lo prometes? –
¡Sí! Volvió a la puerta y espió por el pasillo. El botones estaba apoyado
contra la pared de enfrente, con el paquete aún en la mano. ¿Quién podía
haberle enviado flores a la «señorita Kendrick» siendo que su amiga vivía en la
Costa Oeste?
Se dirigió entonces
al teléfono, llamó a administración y preguntó si habían llegado flores para
ella. El conserje le contestó que sí, que casualmente ya las habían subido.
Marissa se sintió
mejor, pero no lo suficiente como para retirar la cadena.
Por eso, habló una
vez más por la rendija. – Disculpe, pero ¿podría dejarme ahí el ramo? En
seguida saldré a buscarlo.
–De acuerdo,
señorita -aceptó el muchacho, colocando el paquete en el suelo.
Luego se tocó la
gorra y se retiró. Marissa sacó la cadena, alzó el canasto rápidamente y volvió
a cerrar con llave. Deshizo el paquete y se encontró con un arreglo
espectacular de pimpollos de primavera, con un pequeño sobre dirigido a Lisa
Kendrick.
Dentro del sobre
venía una tarjeta ¡a nombre de Marissa Blumenthal! El corazón le dio un vuelco
al leer:
Estimada doctora
Blumenthal. Felicitaciones por su notable actuación de esta mañana. Quedamos
todos muy impresionados. Por supuesto tendremos que visitarla nuevamente a
menos que esté dispuesta a obrar con sensatez. Obviamente sabemos dónde se
encuentra en todo momento, pero la dejaremos en paz si nos devuelve la pieza de
instrumental médico que nos pidió prestada.
El terror se
apoderó de ella. Por un momento permaneció con la mirada fija en las flores,
contemplándolas con incredulidad. Luego, en un ataque de actividad febril,
comenzó a abrir cajones y a embalar lo poco que había
traído consigo.
Pero en seguida se detuvo. Nada estaba como lo había dejado. ¡Habían entrado en
su habitación y registrado sus objetos personales! ¡Dios santo! Debía huir
cuanto antes.
Corrió al lavabo,
agarró la bolsa de los cosméticos y la guardó presurosa en la cartera. Luego
volvió a detenerse y por fin tomó plena conciencia de todo lo que implicaba la
notita de las flores. Si ellos no tenían la pistola de vacunación, entonces Tad
no estaba involucrado, y ni él ni nadie sabía que ella se había alojado en el
Essex House con nombre falso. La única forma posible de localizarla era que la
hubieran seguido desde el aeropuerto de Chicago.. Cuanto antes se fuera del
Essex House, mejor. Después de meter a toda prisa las cosas en la maleta, no
pudo cerrarla por lo desordenada que estaba. Se sentó sobre la tapa mientras
luchaba con la cerradura, y sus ojos fueron a posarse en las flores. Entonces
comprendió en el acto. Sus atacantes quedan atemorizarla para que ella los
llevara hasta la pistola de vacunación. Trató de pensar serenamente. Como sus
adversarios sabían que no tenía la Dermojet y esperaban que los condujera hasta
el sitio donde estaba, le pareció que tenía cierto margen de maniobra. Decidió
entonces no llevar la maleta. Guardó las cosas esenciales en el bolso y tomó
los papeles más importantes, para dejar también la cartera.
De lo único que
estaba segura era de que iban a seguirla.
Indudablemente
suponían que iba a huir despavorida, facilitándoles la tarea.
«Bueno -pensó-,
menuda sorpresa se van a llevar.» Volvió a mirar las espléndidas flores y
resolvió utilizar la misma técnica que sus enemigos.
Sacó la lista de
funcionarios del Comité Médico de Acción Política y constató que el secretario
residía en Nueva York. Se llamaba Jack Krause y vivía en la calle Ochenta y
Cuatro Este 426. Le pareció conveniente presentarse de sorpresa en casa del
médico. A lo mejor no todos los profesionales estaban al tanto de lo que
sucedía. Era difícil pensar que un grupo entero de médicos estuviera dispuesto
a propagar una plaga. De cualquier modo, presentándose ella en su casa
provocaría un pánico mayor que cualquier arreglo floral.
Preventivamente
decidió tomar ciertas medidas para proteger su partida. Fue al teléfono, llamó
al gerente del hotel y, con voz irritada, se quejó de que en conserjería le
habían dado el número de su habitación a un ex novio suyo, y el hombre había
estado molestándola.
–Imposible. Jamás
damos esa clase de información. – No pienso ponerme a discutir con usted, pero
lo cierto es que sucedió. Y como el
motivo por el cual
corté la relación con ese individuo fue por su carácter violento, estoy
aterrada.
–¿Qué quiere que
hagamos nosotros? – preguntó el gerente intuyendo que ella pretendía algo en
concreto.
–Lo menos que
podría hacer seria cambiarme a otra habitación. –Ahora mismo me ocupo de ello.
– Ah, y otra cosa. Este señor es rubio,
de facciones
angulosas y aspecto atlético. A lo mejor usted podría poner sobre aviso al
personal…
–Desde luego.
Alphonse Hicktman
dio una última chupada a su cigarrillo y lo arrojó al otro lado de la cerca de
granito que separa Central Park de la acera. Se volvió para mirar el taxi con
su letrero de «Fuera de Servicio» encendido, y pudo distinguir a George, que estaba
sentado tranquilamente, como de costumbre. Él nunca se ponía nervioso por tener
que esperar. Al miró al otro lado de la calle -hacia la entrada del Essex
House- y confió en que Jake estuviese adecuadamente situado en el vestíbulo
central, para que Marissa no pudiera fugarse por alguna puerta posterior.
Al había dado por
sentado que el ramo de flores la haría salir corriendo del hotel. Y ahora se
sentía perplejo. Esa mujer era sumamente inteligente o, tremendamente estúpida.
Se encaminó al taxi
y golpeó el techo con la mano, produciendo ruido como de tambores. En el acto
George se asomó por el otro lado.
–¿Nervioso, George?
– preguntó Al con una sonrisa de desagrado ya que la propia frustración le
resultaba más difícil de soportar al ver la tranquilidad con que esperaba
George.
–¡Por Dios! –
exclamó George. Los dos se acomodaron en el taxi. – ¿Qué hora es? – preguntó
Al, sacando otro cigarrillo.
Ya se había fumado
el paquete casi entero esa tarde. – Las siete y media. Al arrojó la cerilla
usada por la ventanilla. El trabajo no iba saliendo bien. A raíz de no haber
encontrado la pistola de vacunación en la habitación de la mujer, las órdenes
fueron seguirla hasta que ella la retirara de alguna parte, pero era obvio que
la doctora Blumenthal no tenía intenciones de darles el gusto, al menos por el
momento.
En ese instante un
grupo de hombres bulliciosos salieron a tropezones del Essex House agarrados
del brazo, entre fuertes risotadas, haciendo en general el papel de tontos.
Evidentemente eran de algún congreso puesto
que vestían trajes
oscuros, llevaban etiquetas con su nombre en la solapa y tenían viseras de
plástico con la inscripción Sanyo.
El portero hizo una
seña a varias limusinas que aguardaban unos metros más atrás. Una por una
fueron llegando hasta la puerta para recoger a los pasajeros.
Al le dio a George
una palmada en el hombro, señalando enloquecido el grupo más grande que iba a
salir por la puerta giratoria. Dos hombres sostenían a una mujer, con la visera
de Sanyo, que parecía demasiado ebria como para caminar.
–La mujer que
estamos persiguiendo, ¿es esa que se cuelga de esos tipos?
George miró con los
ojos entrecerrados, pero antes de que pudiese responder, la mujer desapareció
en el interior de una limosina.
–Creo que no… El
pelo era distinto, pero no estoy seguro.
–¡Maldita sea! –
exclamó Al-. Yo tampoco. – Al cabo de un instante de vacilación, se bajó del
coche-. Si sale, la sigues.
Se lanzó entonces a
cruzar la calle en medio del tráfico para buscar otro taxi.
Desde el asiento
trasero de la limusina Marissa miró en dirección a la entrada del hotel. Por el
rabillo del ojo vio que alguien bajaba de un taxi aparcado y cruzaba corriendo
la calle. Justo cuando su limusina se colocaba delante de un autobús que le bloqueaba
la visión, advirtió que el hombre subía a otro taxi, un vetusto Checker.
Marissa se volvió
hacia delante. Estaba segura de que la seguían. Tenía varias opciones, pero
como llevaba casi una manzana entera de ventaja, resolvió que lo mejor era
bajarse.
No bien el vehículo
giró en la Quinta Avenida, Marissa sobresaltó a sus compañeros gritándole al
conductor que se detuviera.
El chofer obedeció
porque supuso que Marissa se habría descompuesto, pero antes de que nadie se
diera cuenta de lo que pasaba, ella abrió la puerta, bajó de un salto e indicó
al conductor que siguiera sin ella.
Al ver que había
una librería que ese día estaba abierta hasta tarde, entró presurosa. Desde
dentro vio por el escaparate que el Checker pasaba velozmente. En el interior
del coche pudo ver una cabeza rubia. El hombre iba erguido, mirando
afanosamente hacia delante.
La casa se parecía
más a un fuerte medieval que a una vivienda neoyorquina de lujo. Las ventanas
angostas tenían rejas de hierro forjado.
La puerta principal
estaba protegida por un grueso portón de hierro que imitaba a los rastrillos de
los castillos. La cuarta planta estaba construida retirada hacia atrás para
formar una terraza almenada, al estilo de las torres medievales.
Marissa contempló
el edificio desde la acera de enfrente. Difícilmente podía considerársela una
casa hospitalaria, y por un instante pensó en la posibilidad de suspender la
visita al doctor Krause. No obstante, desde el refugio seguro de la nueva
habitación que le asignaron en el Essex, esa tarde había hecho varias llamadas.
Así fue como se enteró de que Krause era un prominente especialista en medicina
interna con consultorio en la elegante Park Avenue. No podía imaginar que él
fuese capaz de agredirla directamente. Tal vez sí a través de una organización
como el CMAP, pero no con sus propias manos.
Cruzó la calle y
subió la escalinata para tocar el timbre. Detrás del portón había una pesada
puerta de madera, en cuyo centro resaltaba como adorno el escudo de familia
tallado en relieve.
Esperó un minuto y
volvió a llamar y de inmediato se encendió una potente luz que le impidió ver
quién le abría la puerta.
–¿Sí? – dijo una
voz femenina. – Quiero ver al doctor Krause -dijo Marissa, procurando hablar en
tono autoritario.
–¿Tiene hora con
él? – No, pero dígale que vine por un asunto urgente del Comité Médico de
Acción Política. Creo que me va a atender.
La puerta se cerró.
La potente luz iluminaba casi toda la calle. Al cabo de unos minutos volvió a
abrirse la puerta.
–El doctor la
recibirá. Acto seguido se oyó el quejido del portón de hierro cuyas bisagras
necesitaban aceite.
Fue un alivio
entrar y alejarse del insoportable resplandor. La empleada, vestida de uniforme
negro, cerró el portón y luego se le acercó.
–Venga conmigo, por
favor. Cruzaron un vestíbulo con suelo de mármol, luego un breve pasillo y
llegaron a una biblioteca.
–Espere aquí, por
favor. El doctor vendrá en seguida. Marissa paseó la mirada por la habitación,
bellamente adornada con antigüedades. Tres de las paredes estaban cubiertas de
estanterías con libros.
–Disculpe que la
haya hecho esperar -dijo una voz agradable. Marissa se volvió para mirar al
dueño de la casa, un hombre de rostro
grueso y profundas
arrugas. Cuando le hizo señas de que se sentara, advirtió que tenía manos
inusualmente grandes y cuadradas, como las de los
inmigrantes
agricultores. Una vez que tomaron asiento pudo verlo mejor. Los ojos eran los
de un individuo inteligente, sensible, y le recordaban a algunos de sus
antiguos profesores de medicina interna. Costaba creer que esa persona pudiese
haberse mezclado en algo tan sucio como el Comité Médico de Acción Política.
–Perdone que lo
moleste a estas horas. – No se preocupe. Sólo estaba leyendo. ¿En qué puedo
servirla?
Marissa se inclinó
hacia delante para escrutarle el rostro.
–Soy la doctora
Marissa Blumenthal. Se produjo una mínima pausa durante la cual el doctor
Krause aguardó que ella continuara, sin cambiar de expresión. 0 era muy buen
actor o el apellido Blumenthal no le decía nada.
–Trabajo para el
Servicio de Inteligencia en Epidemiología, en el Centro para Control de
Enfermedades.
Los ojos del médico
se entrecerraron imperceptiblemente.
–Mi empleada me
dijo que había venido por un asunto del CMAP - expresó el doctor Krause, y su
voz había perdido ya cierto grado de hospitalidad.
–Así es. Tal vez
debería preguntarle si está usted al tanto de algo que esté haciendo el CMAP
que cause preocupación al Centro de Atlanta.
Esa vez fue
evidente que el hombre apretó la mandíbula. Respiró profundamente, se dispuso a
hablar y luego cambió de parecer. Marissa esperó, como si dispusiera de todo el
tiempo del mundo.
Por último, el
doctor carraspeó. – El CMAP intenta rescatar la medicina estadounidense de las
fuerzas económicas que se han propuesto destruirla. Ésa ha sido su meta desde
el primer momento.
–Una meta muy
loable. Pero, ¿cómo trata de cumplir con su objetivo? –Apoyamos toda
legislación sensata y responsable. – Se puso de pie,
presumiblemente
para escapar a la mirada penetrante de Marissa.
–El CMAP le
proporciona a sectores más conservadores la posibilidad de ejercer algo de
influencia. Y ya es hora, puesto que la profesión médica es como un tren
desbocado.
Se acercó a la
chimenea, su rostro envuelto en las sombras. –Lamentablemente todo parece
indicar que el CMAP está haciendo más
que respaldar
legislación -opinó Marissa-, y eso es lo que le preocupa al Centro.
–Creo que no
tenemos nada más que hablar. Si me disculpa…
–Yo pienso que el
CMAP es el culpable de los brotes de Ébola -afirmó Marissa impulsivamente,
levantándose-. Ustedes tienen la descabellada idea de que el hecho de propagar
una enfermedad en clínicas que funcionan por sistema de pago adelantado va a
favorecer su causa.
–¡Eso es absurdo! –
Estoy totalmente de acuerdo. Le advierto que tengo papeles en los cuales se le
relaciona a usted y demás autoridades del CMAP con Professional Labs de Grayson
(Georgia), empresa que últimamente ha adquirido instrumental adecuado para el
manejo del virus. Tengo incluso en mi poder la pistola de vacunación utilizada
para infectar a los primeros pacientes.
–Salga de aquí
-ordenó el dueño de la casa. – Con mucho gusto, pero antes permítame decirle
que pienso ir a visitar a todos los integrantes de CMAP. No puedo creer que
todos hayan aprobado un plan tan alucinante. Más aún, me cuesta imaginar que un
médico como usted, o cualquier médico, lo haya permitido.
Manteniendo una
calma que no sentía, se dirigió a la puerta. El doctor Krause no se movió de la
chimenea.
–Gracias por
recibirme. Lamento haberlo molestado, pero sinceramente espero que alguno de
los integrantes del CMAP a quienes visite, estará dispuesto a detener este
horror, quizás ofreciéndose para presentar pruebas voluntariamente ante el
fiscal. A lo mejor hasta podría ser usted mismo. Ojalá. Buenas noches, doctor
Krause.
Procuró caminar
despacio hasta el vestíbulo. ¿Y si había juzgado equivocadamente a ese hombre y
la atacaba? Felizmente en ese instante apareció la empleada, que la acompañó a
la puerta. No bien estuvo fuera del cono de luz, echó a correr.
Durante unos
instantes el doctor Krause no se movió. Tenía la sensación de que su peor
pesadilla se volvía realidad. En la planta alta guardaba una pistola. Tal vez
debería suicidarse. También podía llamar a su abogado y negociar la inmunidad a
cambio de presentarse a declarar ante el fiscal, aunque no tenía ni idea de lo
que esto realmente implicaba.
El estado de
parálisis se convirtió luego en pánico. Corrió a su escritorio, abrió la agenda
y después de buscar un número, llamó a Atlanta.
El teléfono sonó
casi diez veces antes de que lo atendieran. La voz untuosa de Joshua Jackson
preguntó quién hablaba.
–Jack Krause
-respondió el trastornado doctor-. ¿Qué diablos está pasando? Usted me juró
que, aparte de Los Ángeles, el CMAP no había tenido intervención en los otros
brotes de Ébola, que éstos se habían debido a un contacto accidental con los
pacientes iniciales. Joshua, usted me dio su palabra.
–Tranquilícese.
¡Cálmese un poco! – ¿Quién es Marissa Blumenthal? – preguntó Krause con voz
algo más serena.
–Así está mejor.
¿Por qué me lo pregunta? – Porque estuvo hace unos momentos en mi casa y me
acusó a mí y al CMAP de haber iniciado la epidemia de Ébola.
–¿Está todavía ahí?
– No. Ya se fue. Pero, ¿quién demonios es? – Una epidemióloga del Centro de
Atlanta que tuvo una racha de suerte. Pero no se preocupe, que Heberling se va
a encargar de ella.
–Este asunto se
está volviendo una pesadilla. Permítame recordarle que yo me opuse al proyecto
incluso cuando sólo se hablaba de influenza.
–¿Para qué fue a
verlo esa mujer? – Quería asustarme, y lo logró con creces. Dijo que tiene los
nombres y domicilios de todos los integrantes del CMAP, e insinuó que iba a ir
a visitar a cada uno.
–¿No dijo a quién
vería la próxima vez? – Por supuesto que no, porque no es tonta. Por el
contrario, es muy lista. Hizo lo que quiso conmigo. Si realmente va a visitar a
todos, alguno va a ceder. ¿Se acuerda de Tieman, el de San Francisco? Él se
opuso más tenazmente que yo al proyecto.
–Tranquilícese.
Comprendo que esté nervioso, déjeme recordarle que no hay pruebas para
comprometer a nadie. Además, como medida de precaución Heberling lo sacó todo
de su laboratorio, salvo lo que tiene que ver con estudios bacterianos. Yo le
advertiré que esa muchacha piensa visitar a los demás miembros, y aparte
tomaremos precauciones especiales para no dejar que establezca contacto con
Tieman. – El doctor Krause cortó. Estaba algo menos angustiado, pero cuando se
levantó y apagó la lámpara del escritorio, decidió que llamaría a su abogado
por la mañana para averiguar cuál era el procedimiento habitual par-a negociar
una confesión con el fiscal.
Cuando el taxi
atravesaba el puente Triboroug, Marissa contempló hechizada el cielo nocturno
de Manhattan. Desde lejos era una belleza, que muy pronto quedó atrás y luego
desapareció por completo cuando el vehículo se internó en el sector de
autopista que se convertía en túnel. Marissa trató de repasar la lista de
funcionarios del CMAP que había sacado de la cartera, pero le costaba leer a
medida que el coche pasaba de la iluminación de un foco al siguiente.
No había lógica
alguna que le indicara a quién debía ir a ver a continuación. Lo más fácil
sería visitar al que le quedaba más cerca, pero como también podía ser
demasiado obvio para sus perseguidores, resolvió no correr semejante peligro e
ir en cambio a entrevistar a quien tenía más lejos: el doctor Sinclair Tieman,
de San Francisco.
Se inclinó hacia
delante para anunciar al chofer que debía llevarla al aeropuerto Kennedy y no a
La Guardia. Cuando él le preguntó a qué terminal, eligió al azar la línea aérea
United. Si allí no conseguía billete en un vuelo nocturno, le quedaba la posibilidad
de intentarlo en otra empresa.
A esa hora de la
noche había poca gente en la terminal, y la atendieron rápidamente. Felizmente
había un vuelo que le convenía, con una sola escala en Chicago. Pagó el billete
en efectivo usando otro nombre falso, compró en un quiosco algo para leer y se
dirigió a la puerta de embarque. Decidió aprovechar los instantes que le
quedaban para llamar a Ralph. Tal como supuso, su amigo dijo estar enojado
porque no le había hablado antes, pero contento de saber que ella estaba en el
aeropuerto.
–Te perdono por
esta última vez, pero sólo porque ya vuelves a Atlanta. Marissa eligió con
cuidado sus palabras. – Me encantaría verle esta
noche, aunque… -No
me digas que no vienes -dijo él, fingiendo disgustarse, para disimular la
desilusión-. El señor MacQuinllin, el abogado, te recibirá mañana al mediodía.
Me habías dicho que querías consultarle lo antes posible.
–Lamentablemente va
a haber que postergar la reunión porque ha surgido algo imprevisto. Tengo que
irme por uno o dos días a San Francisco. Ahora no puedo explicártelo.
–Marissa, ¿en que
te has metido? Por lo poco que me contaste sé positivamente que deberías
volver, hablar con el abogado y si él está de acuerdo, puedes viajar después a
California.
–Ralph, sé que te
preocupas por mí y eso me hace sentir mejor, pero no te aflijas, porque todo
está bajo control. Lo que estoy haciendo ahora me va a facilitar el trato con
el señor MacQuinllin. Confía en mí.
–No puedo. No
actúas con cordura.
–Están anunciando
mi vuelo. Te llamaré de nuevo en cuanto pueda. Marissa colgó el aparato con un
suspiro. Ralph probablemente no era el
hombre más
romántico del mundo, pero no se podía negar que era sensible y cariñoso.
Al dijo a Jake que
se callara. No podía aguantar más su cháchara incesante sobre fútbol, sobre
caballos, sobre cualquier cosa. El parloteo constante era peor que el, eterno
silencio de George.
Al y Jake estaban
sentados en el taxi mientras George seguía esperando en el vestíbulo del Essex
House. Al se daba cuenta de que el asunto no marchaba bien. Había seguido a la
limusina hasta un restaurante de Soho, pero la chica que se había subido al vehículo
no bajó de él. Regresó entonces al hotel y pidió a Jake que comprobara si la
señorita Kendrick seguía registrada en él. Pese a que le informaron que sí, Al
subió y al pasar frente a la habitación de Marissa notó que la estaban
limpiando. Lo peor fue que lo vieron los hombres de seguridad del hotel, lo
acusaron de ser el novio de la mujer y le ordenaron que la dejara en paz. No se
necesitaba ser un sabio para darse cuenta de que algo andaba mal. Su intuición
profesional le indicaba que la muchacha había huido, y que los tres perdían el
tiempo vigilando el Essex House.
–¿Seguro que no
quieres apostar nada en la cuarta del hipódromo de Belmont? – preguntó Jake.
Al iba a
contestarle cuando de pronto sonó su radioavisador. Buscó dentro de la
americana para apagar el aparatito y lanzó una maldición. Sabía quién lo
llamaba.
–Aguarda aquí
-dijo, hosco. Se bajó del coche, cruzó la calle y entró en el Plaza, donde usó
uno de los teléfonos públicos para comunicarse con Heberling.
Este no trató
siquiera de disimular su desprecio. – Por Dios, esa mujer no pesa más que
cuarenta y cinco kilos. No os estoy pidiendo que seáis Rambo. ¿Para qué diablos
el CMAP os paga mil dólares por día?
–Esa mujer tuvo
suerte -se justificó Al. Trataría de ser paciente, pero sólo hasta cierto
punto. – No me trago esa explicación. ¿Acaso tienes la menor idea de dónde está
ahora?
–No estoy seguro. –
Eso quiere decir que has perdido el rastro -le espetó Heberling-. Bueno, yo te
diré dónde estuvo. Fue a ver al doctor Krause y lo dejó muerto de miedo.
Tememos que esté planeando ir a ver a otros miembros del CMAP, sobre todo al
doctor Tieman, que es el más vulnerable. De los demás colegas me preocupo yo.
Quiero que viajes con tus orangutanes a San Francisco. Veas si ella está allí,
y por lo que más quieras, no permitas que se acerque a Tieman.
24 de mayo
Comenzaba a salir
el sol cuando Al, junto a Jake y George, descendían por la pasarela en el
aeropuerto de San Francisco. Habían tomado un vuelo de American que primero se
detuvo una hora y media en Dallas, y luego se demoró en Las Vegas en una escala
que debió haber sido muy breve.
Jake llevaba en la
cartera la pistola de vacunación que habían utilizado con Melita. Al se
preguntó si él tendría tan mal aspecto como sus compañeros. Les hacía falta un
baño y afeitarse, y ya tenían los trajes sumamente arrugados.
Cuando Al más
meditaba sobre la situación, más frustrado se sentía. La chica podía estar por
lo menos en cuatro ciudades distintas. Y además la misión no era nada sencilla,
porque si la encontraban, debían conseguir que confesara dónde había escondido
la pistola Dermojet.
Dejó que sus
compañeros de encargaran de retirar el equipaje y fue a alquilar un coche, para
lo cual utilizó una de las varias tarjetas falsas de identidad que siempre
llevaba consigo. Llegó a la conclusión de que lo único que podían hacer era
vigilar la casa de Tieman. De ese modo, aun si no daban con la chica, iban a
estar seguros de que ella no podría ponerse en contacto con el doctor. Pidió
que le dieran un coche con teléfono celular y luego desplegó un mapa de la
zona. Tieman vivía en un remoto lugar llamado Sausalito. Al menos no habría
demasiado tráfico: aún no eran las siete de la mañana.
La telefonista del
Fairmont despertó a Marissa a las siete y media tal como ella lo había
solicitado. La noche anterior Marissa había tenido suerte, pues un pequeño
grupo de pasajeros había cancelado su reserva en el último momento, por lo cual
no tuvo ningún problema en conseguir habitación.
Tendida en la cama
mientras esperaba que le subieran el desayuno se puso a pensar cómo seria el
doctor Tieman. Probablemente no muy distinto de Krause: un hombre egoísta,
codicioso, que se descontroló en un intento por proteger sus intereses
económicos.
Se levantó, corrió
las cortinas y pudo apreciar el paisaje deslumbrante del puente de San
Francisco, las colinas de Marín y la isla de Alcatraz como un fuerte medieval
que asomaba al fondo. Deseó poder visitarlo en circunstancias más agradables.
Cuando terminó de
bañarse y se envolvió en la gruesa toalla blanca del hotel, ya le habían
llevado a la habitación una abundante selección de frutas y café.
Mientras pelaba un
melocotón advirtió que le habían dado un cuchillo anticuado, muy afilado y con
mango de madera. Comió y meditó si no le convendría más ir a ver a Tieman al
consultorio en vez de a su casa. Como seguramente alguien le habría avisado de su
visita a Krause, no podría contar con el factor sorpresa, razón por la cual le
parecía más aconsejable ir a abordarlo al lugar de trabajo.
En un cajón del
escritorio encontró las Páginas Amarillas, y allí buscó bajo el encabezamiento
Médicos. Junto al nombre de Tieman se consignaba que su especialidad era la
ginecología y obstetricia.
Para cerciorarse de
que el doctor estuviese en la ciudad, marcó el número de la oficina y le
informaron que el consultorio abría a las ocho y media, o sea que sólo faltaban
diez minutos.
Terminó de vestirse
y volvió a llamar. En esa ocasión la recepcionista le respondió que el doctor
llegaría a las tres porque ése era el día en que operaba en el Hospital General
de San Francisco.
Colgó. Con la
mirada perdida en la bahía, sopesó la nueva información. En cierto sentido,
abordar a Tieman en el hospital seria quizá mejor que en el consultorio
particular, máxime si al médico se le ocurría detenerla personalmente.
Se miró en el
espejo. Salvo la ropa interior, hacía dos días que estaba vestida con la misma
ropa. Tendría que pasar por una tienda a comprar alguna prenda nueva.
Colocó el cartelito
de «No molestar» al salir de la habitación. Se sentía menos nerviosa que en
Nueva York, porque estaba segura de llevarles varios cuerpos de ventaja a sus
perseguidores.
El Hospital General
de San Francisco era imponente, pero una vez dentro se parecía a cualquier otro
hospital importante, con la misma mezcla de estilo antiguo y moderno y ese aire
de desorganización característico de dichos institutos. Para Marissa fue fácil
entrar inadvertidamente en el vestuario de los médicos.
Cuando estaba
eligiendo un traje quirúrgico, se acercó a atenderla una empleada.
–Soy la doctora
Blumenthal y he venido a observar una operación del doctor Tieman.
–Ahora le asigno un
armario -dijo la joven sin vacilar, y le entregó la llave.
Se cambió, se
prendió la llave con un alfiler en la pechera del guardapolvo y se dirigió al
salón de cirugía, donde había unas veinte personas que bebían café, conversaban
o leían el periódico.
Atravesó el salón y
fue derecho al sector de operaciones. En el vestíbulo se colocó gorro y botas,
y se paró luego frente al enorme tablero de anuncios.
El nombre de Tieman
aparecía anotado en el quirófano once. El doctor ya iba por su segunda
histerectomía.
–¿Sí? – dijo la
enfermera que custodiaba la entrada a los quirófanos. Con el tono de voz daba a
entender que era ella quien mandaba. –Vengo a observar al doctor Tieman. –
Pase. Sala once -respondió la
mujer, quien ya
estaba prestando atención a otra cosa.
–Gracias. Marissa
caminó por un ancho pasillo. Los quirófanos quedaban a ambos lados, y
compartían el sector de desinfección y anestesia. Por los vidrios ovalados de
las puertas vislumbraba siluetas con batas, inclinadas sobre los pacientes.
Llegó al sector de
desinfección entre las salas once y doce, se puso la mascarilla y entró en el
quirófano once.
Había cinco
personas además de la paciente. El anestesista sentado junto a la cabeza de la
paciente, dos cirujanos de pie a cada lado de la mesa, la instrumentista
encaramada en un taburete y también una enfermera, que se encontraba sentada en
un rincón esperando órdenes cuando entró Marissa. Al verla, se levantó para ir
a preguntarle si se le ofrecía algo.
–¿Cuánto falta para
que termine la- intervención? – Tres cuartos de hora -respondió la mujer,
encogiéndose de hombros-. El doctor Tieman es rápido.
–¿Cuál es el doctor
Tieman? – preguntó Marissa, y se granjeó una mirada de asombro por parte de la
enfermera.
–El de la derecha.
¿Quién es usted? – Una colega de Atlanta. Marissa no entró en detalles. Se
encaminó a la mesa, y al mirar al obstetra comprendió la mirada de sorpresa que
le dirigiera la enfermera: el hombre era negro.
«Qué extraño»,
pensó. Había imaginado que todos los integrantes del CMAP eran personas de
mentalidad conservadora, blancas y muy probablemente con prejuicios raciales.
Durante un rato
observó la operación. Ya se había extraído el útero y los cirujanos comenzaban
a componerlo. Tieman era excelente. Sus manos accionaban con esa especial
economía de movimientos que no se puede
enseñar puesto que
se trata de un talento, un don de Dios, no de algo que se adquiere ni siquiera
con la práctica,
–Pon el coche en
marcha -ordenó Al, después de colgar el teléfono celular.
Estaban aparcados
frente a una inmensa casa de madera en una loma de las afueras de Sausalito.
Entre los eucaliptos podían ver trozos azules de la bahía.
Jake hizo girar la
llave de contacto. – ¿Adónde vamos? – preguntó. Sabía que Al se hallaba de mal
humor, y cuando estaba así había que hablar lo menos posible.
–De vuelta a la
ciudad. – ¿Qué dijeron en el consultorio de Tieman? – preguntó George desde el
asiento de atrás.
Jake quería decir a
George que se callara, pero tenía demasiado miedo para abrir la boca.
–Que el doctor
estaba operando en el Hospital General de San Francisco -respondió Al, casi con
furia-. La primera intervención era a las siete y media, y calculan que no va a
regresar al consultorio hasta las tres.
–Con razón lo
perdimos -comentó, disgustado, George-. Debe de haber salido de su casa una
hora antes de que llegáramos nosotros. Qué manera de perder el tiempo.
Deberíamos habernos ido a un hotel como te dije.
Con increíble
rapidez Al se volvió y le dio un fuerte tirón de la corbata, por lo que a
George se le desorbitaron los ojos y el rostro se le puso colorado.
–Si necesito algún
consejo lo pediré. ¿Entendido? Soltó la corbata y le dio a George un empujón
para lanzarlo de nuevo sobre el asiento. Jake se encogió como una tortuga
dentro de su chaqueta deportiva y se atrevió a lanzar un vistazo en dirección a
Al.
–¿Qué miras como un
idiota? Jake no le respondió, y después de lo que acababa de suceder, esperaba
que George hubiese aprendido la sabiduría del silencio.
Estaban ya casi en
el puente y ninguno había abierto aún la boca. – Creo que primero tendríamos
que conseguir otro coche -manifestó Al con la mayor serenidad, como si nunca
hubiese tenido un arranque de mal genio-por si acaso se nos presenta algún
problema que nos obligue a separamos, y después iremos al hospital. Cuanto
antes localicemos a Tieman, mejor.
Con mucho tiempo
por delante y la certeza de que, por haber visto al doctor Tieman después no
tendría problema en reconocerlo, Marissa se
marchó del
quirófano cuando el ayudante suturaba. Volvió a ponerse la ropa de calle para
poder partir inmediatamente después de haber hablado con el médico. Fue a la
sala de cirujanos y buscó un sillón cerca de la ventana. Varias personas le
sonrieron, pero nadie le dirigió la palabra.
Transcurrió media
hora antes de que entrara el doctor Tieman en la habitación con los mismos
movimientos pausados y gráciles que caracterizaban su técnica quirúrgica.
Marissa se acercó
hasta el lugar donde el facultativo estaba sirviéndose un café. Como tenía
puesta una bata de mangas cortas pudo apreciar la atractiva musculatura de sus
brazos oscuros, de un tono nogal brillante.
–Soy la doctora
Marissa Blumenthal -dijo, esperando alguna reacción de su colega.
Tieman tenía una
cara ancha, masculina, bigote abundante y unos ojos tristes, como si hubiese
visto de la vida más de lo necesario. Recibió a Marissa sonriendo, con una
obvia expresión de no saber en lo más mínimo quién era ella.
–¿Puedo hablarle en
privado? Tieman lanzó una mirada a su ayudante, que se acercaba en esos
momentos.
–Después te veré en
el quirófano -dijo el cirujano, y se alejó con Marissa.
La llevó a uno de
los compartimientos de dictado, separado del salón por unas puertas de vaivén.
Había una sola silla, que el doctor hizo girar para que se sentara Marissa,
mientras él se apoyaba contra el escritorio, con el café en la mano.
Consciente de que
su baja estatura la ponía en inferioridad de condiciones, insistió en que se
sentara él, ya que había estado de pie, operando, desde muy temprano.
–De acuerdo -aceptó
él con una risita-. Me siento. ¿Y bien? ¿En qué puedo servirla?
–Me llama la
atención que no reconozca mi nombre -afirmó Marissa mirando fijamente esos ojos
que aún la estudiaban con curiosidad y simpatía.
–Lo siento. –
Tieman volvió a reír, esta vez con algo de vergüenza-. Es que conozco a tanta
gente…
–¿No le advirtió el
doctor Jack Krause sobre mi persona?
–Ni siquiera estoy
seguro de conocer a un doctor de ese apellido - replicó el hombre, posando la
mirada en su café.
«La primera
mentira», pensó Marissa. Respiró hondo y le dijo exactamente lo mismo que a
Krause. Desde el momento en que mencionó el brote de Ébola de Los Ángeles, el
médico no volvió a levantar los ojos. Se notaba que estaba nervioso porque la
superficie del café temblaba ligeramente en su mano, por lo cual Marissa se
alegró de no ser la próxima paciente suya.
–No sé por qué me
dice esto -sostuvo Tieman, haciendo ademán de levantarse-. Lamentablemente
tengo que seguir trabajando.
Con una audacia que
no era propia de ella, Marissa lo tocó despacito en el pecho para obligarlo a
sentarse de nuevo.
–No he terminado
aún, y aunque usted no se dé cuenta de ello, está profundamente comprometido.
Tengo pruebas para demostrar que el Comité Médico de Acción Política está
diseminando el Ébola intencionadamente. Usted es tesorero de esa institución, y
me llena de espanto que un hombre de su reputación pueda estar vinculado con
tan sórdido asunto.
–Me sorprende
-exclamó Tieman poniéndose finalmente de pie- que tenga el atrevimiento de
lanzar acusaciones tan irresponsables.
–No gaste saliva
porque es de conocimiento público que usted integra el CMAP y además es socio
comanditario de uno de los únicos laboratorios del país equipados para tratar
el Ébola. – Espero que cuente con una buena cobertura de seguro -le advirtió el
doctor alzando la voz-. Ya recibirá noticias de mi abogado.
–Me alegro -repuso
Marissa, sin darle importancia a la amenaza-. A lo mejor él logra convencerlo
de que lo que más le conviene es colaborar con las autoridades. – Dio un paso
atrás y lo miró directamente a la cara-.
Después de haberlo
conocido no puedo creer que haya aprobado la idea de diseminar una enfermedad
mortal. Para usted será doblemente trágico perder todo lo que construyó a causa
de un error de criterio de otra persona. Piénselo, doctor Tieman. No le queda
demasiado tiempo.
Se retiró pasando
por las puertas abatibles, y el doctor se dirigió desesperadamente al teléfono.
Marissa se dio cuenta de que no le había advertido sobre su intención de ir a
ver a los demás integrantes del CMAP, pero llegó a la conclusión de que no importaba:
el hombre había quedado debidamente aterrado.
–¡Allá va la chica!
– gritó Al palmeando a Jake en el hombro.
Estaban
estacionados sobre la acera opuesta a la entrada del hospital. George esperaba
atrás, en el otro coche. Cuando Al se volvió para mirarlo, George le hizo la
seña de pulgares hacia arriba para darle a entender que él también había
avistado a Marissa.
–Hoy no se nos va a
escapar -vaticinó Al. Jake puso el coche en marcha, y cuando Marissa subió a un
taxi, comenzó a avanzar de regreso a la ciudad. Al vio que el coche de Marissa
arrancaba detrás de ellos, seguido de cerca por George. Ahora sí que las cosas
comenzaban a salir como debían.
–Si se va es porque
debe de haberse entrevistado con Tieman -opinó Jake.
–¿Y eso a quién le
importa? Ya la tenemos -agregó Al-. Todo sería más fácil si ella volviera a su
hotel.
El vehículo de
Marissa pasó al lado de ellos, seguido por el de George. Jake apretó el
acelerador y vio que, un trecho más allá, George se adelantaba a Marissa.
Seguirían pasándose unos a otros hasta que Marissa llegara a destino.
Un cuarto de hora
más tarde, el taxi se puso en una hilera de coches que aguardaban para aparcar
frente al Fairmont.
–Parece que se
cumplieron tus deseos -dijo Jake, deteniendo el coche junto a la acera opuesta,
enfrente del hotel.
–Yo me ocupo del
coche -aseguró Al-. Tú ve dentro a averiguar en qué habitación se aloja.
Jake se bajó y Al
se colocó al volante. Jake cruzó la calle esquivando el tránsito y llegó a la
puerta del hotel antes incluso de que Marissa se hubiera apeado del taxi. En el
vestíbulo tomó un periódico, lo dobló al estilo de un pasajero y se situó de manera
que pudiera ver a todos los que entraban al hotel.
Marissa se encaminó
directamente al mostrador. Rápidamente él se acercó desde atrás porque supuso
que iba a pedir la llave de su habitación, pero en cambio ella anunció que
queda utilizar la caja de seguridad.
Mientras la
recepcionista levantaba una pequeña barrera para hacerla pasar al otro lado del
mostrador, Jake se dirigió hacia el letrero que anunciaba los diversos
congresos que se llevaban a cabo. En seguida regresó Marissa cerrando el bolso,
y con gran consternación Jake vio que avanzaba hacia él.
En un momento de
desesperada confusión, Jake pensó que lo había reconocido, pero Marissa pasó a
su lado hacia una galería de tiendas.
Jake comenzó a
seguirla y se adelantó a ella en un pasillo donde se exhibían viejas fotos del
terremoto de San Francisco. Dando por sentado que se dirigía a los ascensores,
llegó allí antes que ella y se mezcló entre el gentío que esperaba.
Cuando llegó un
ascensor fue de los primeros en subir, pero antes se cercioró de que quedara
mucho espacio libre. Se situó junto a los botones de mando, levantó el
periódico simulando que lo leía y se fijó que ella apretaba el once. Al entrar
más pasajeros, Marissa tuvo que correrse al fondo. – Mientras el ascensor subía
y se detenía ocasionalmente, Jake continuaba tapándose la cara con el
periódico. Cuando se detuvieron en el piso once, se bajó primero -absorto aún
en la lectura- permitiendo que Marissa y otra persona se le adelantaran. Vio
que ella llegaba frente a la puerta 1127, y él siguió de largo. Sólo cuando oyó
que la puerta de ella se cerraba dio media vuelta y regresó a llamar otro
ascensor.
Salió a la calle y
cruzó hasta el coche de Al. – ¿Y bien? – preguntó Al, preocupado pensando que
algo podía haber salido mal.
–Habitación 1127
-anunció Jake con una sonrisa complacida. –Más vale que no te hayas equivocado
-le atajó Al, bajándose del
coche-. Espérame
aquí. No creo que vaya a tardar mucho.
Desplegó una
sonrisa tan ancha que por primera vez Jake notó que su compañero tenía los
dientes descarnados casi hasta las raíces.
Al caminó hasta el
coche de George y se agachó para hablar por la ventanilla.
–Da la vuelta y
vigila la puerta de atrás por si acaso -ordenó.
Con la sensación de
estar mejor de lo que se había sentido en todos esos días, Al cruzó la calle y
entró en el distinguido salón decorado en rojo y negro.
Se acercó al
mostrador principal y espió el casillero 1127, donde vio un segundo juego de
llaves. Lamentablemente no había mucha gente alrededor como para arriesgarse a
pedir las llaves y que se las entregaran sin hacerle preguntas. Por eso decidió
encaminarse a los ascensores.
Ya en el undécimo
piso buscó el carrito de servicio y lo encontró en la puerta de una suite, con
su habitual complemento de ropa de cama limpia y elementos de limpieza. Tomó
una toalla de mano y la dobló cuidadosamente en diagonal, creando una fuerte
cuerda. Sujetó un extremo con cada mano y entró en la suite abierta, donde
supuestamente estaba trabajando la mujer.
El vestíbulo estaba
vacío. Había una aspiradora en el centro del dormitorio y un montón de sábanas
en el suelo, pero tampoco vio a nadie. Entró entonces en el cuarto de vestir y
oyó ruido de agua que corría.
La empleada estaba
de rodillas en el suelo, frotando el interior de la bañera. A su lado había una
botella de líquido desinfectante.
Sin dudarlo un
momento, Al se colocó detrás de la mujer, y usando la toalla enroscada, la
estranguló. La infortunada lanzó unos ruidos ahogados, que el agua ayudó a
disimular. Se le puso la cara colorada y luego violeta. Cuando Al soltó los
extremos de la toalla, la mujer se desplomó en el suelo como una muñeca de
trapo.
Al le encontró las
llaves maestras en el bolsillo. Salió al pasillo, colgó el cartelito de «No
molestar en el picaporte y cerró la puerta de la suite. Luego sacó de
circulación el carrito. Y ejercitando los dedos como el pianista que está a
punto de dar un recital, se encaminó a la habitación 1127.
24 de mayo
Marissa peló la
última fruta con el cuchillo de mango de madera, dejándolo luego, junto con las
cáscaras, sobre la mesita de noche. Estaba hablando por teléfono con la
aerolínea Northwest tratando de reservar un pasaje para Minneapolis. Como
seguramente los miembros del CMAP suponían que su próxima escala sería Los
Ángeles, resolvió probar suerte en Minneapolis.
El agente por fin
le confirmó la reserva en un vuelo de la tarde. Marissa se tendió entonces en
la cama para decidir qué iba a hacer durante el tiempo que le quedaba, pero
mientras pensaba se dejó ganar por el agotamiento y se durmió.
La despertó un
chasquido metálico. Le pareció que era la puerta, pero sabía que había colocado
el cartelito de «No molestar». Luego vio que el picaporte comenzaba a girar en
silencio.
Le volvió a la
memoria el episodio del hotel de Chicago, cuando la atacó el hombre con la
pistola de vacunación. Sintió un estremecimiento de pánico pero trató de
dominarse para llamar por teléfono.
No obstante, antes
de que pudiese levantar el auricular, la puerta se abrió de golpe rompiéndose
una parte de la madera ya que con la fuerza del empujón, saltaron los tomillos
que sujetaban la cadena de seguridad. Un hombre cerró la puerta de un golpe y se
abalanzó sobre Marissa. La agarró del cuello con ambas manos y comenzó a
sacudirla como un perro enfurecido. Luego acercó el rostro pálido hacia el
suyo.
–¿Te acuerdas de
mí? – preguntó, indignado. Claro que lo recordaba. Era el rubio con corte de
pelo a lo Julio César. – Te doy diez segundos para que me entregues la Dermojet
-siseó Al, aflojando levemente la presión mortal que ejercía sobre la garganta
de Marissa-. De lo contrario, te quiebro el pescuezo.
Para recalcar su
intención le dio un violento golpe en la cabeza que le produjo un intenso
dolor.
Casi sin poder
respirar, Marissa arañaba infructuosamente las poderosas muñecas masculinas. Él
volvió a sacudirla, golpeándole la cabeza contra la pared. Marissa tuvo el
reflejo de extender las manos hacia atrás para amortiguar el impacto sobre su
cuerpo.
La lámpara se cayó
de la mesa y se deshizo. Marissa sentía que le daba vueltas la habitación,
mientras su cerebro clamaba por oxígeno.
–Esta es tu última
oportunidad -gritó Al-. ¿Qué hiciste con la Dermojet? Marissa tocó el cuchillo
de la fruta y asió el minúsculo mango. Sujetándolo firmemente, se lo clavó al
hombre en el abdomen con toda su fuerza. No tenía idea de si le había perforado
algo, pero Al dejó de hablar en la mitad de una frase, la soltó y retrocedió.
En su rostro había una expresión de asombro e incredulidad. Marissa pasó el
cuchillo a su mano derecha y siguió apuntando a Al, quien se sintió perplejo al
ver que se le manchaba la camisa de sangre.
Ella tenía la
intención de alcanzar la puerta y huir, pero él no le dio tiempo. Se precipitó
sobre ella, obligándola a refugiarse en el lavabo. Marissa tenía la sensación
de que apenas unas horas antes había pasado por la misma circunstancia en
Chicago.
Al consiguió
introducir la mano antes de que se cerrara la puerta. Marissa lo atacó a ciegas
con el cuchillo, y sintió que la punta de la hoja chocaba contra hueso. Al
lanzó un alarido y retiró la mano, dejando una huella de sangre en la madera.
La puerta se cerró entonces de un golpe, y Marissa rápidamente echó la llave.
Iba a llamar desde
el teléfono del lavabo cuando de pronto la puerta entera cayó hacia adentro del
empujón que le dio el hombre. Al la obligó a soltar el teléfono, pero con el
cuchillo que aún sostenía en la mano ella lo agredió repetidas veces en el vientre,
aunque no pudo determinar si producía efecto alguno.
El individuo la
agarró del pelo y la golpeó contra el lavabo. Cuando
trató de
acuchillarlo de nuevo, él la sujetó de la muñeca y la lanzó con tanta
fuerza contra la
pared, que no tuvo más remedio que aflojar los dedos y dejar caer el arma al
suelo.
Al se agachó para
recogerla, y en el momento en que se incorporaba, Marissa tomó el teléfono que
colgaba de su cable y con el auricular le pegó lo más fuerte que pudo. Hubo un
breve instante en que no supo quién de los dos sentiría más dolor: el esfuerzo
que había hecho para golpearlo le produjo un tremendo dolor en el hombro.
Durante un momento
Al quedó como petrificado. Luego los ojos azules se le pusieron en blanco y
comenzó a derrumbarse, en cámara lenta, dentro de la bañera, golpeándose la
cabeza contra los grifos.
Marissa lo
observaba casi esperando que se recobrara y volviese a la carga, pero el tono
del teléfono la hizo volver a la realidad. Estiró un brazo y colgó el
auricular. Echó otro vistazo a la bañera, desgarrada entre el miedo y su deber
ético como médica. El hombre tenía un corte de grandes proporciones en el
puente de la nariz, y la pechera de la camisa era una sola mancha de sangre.
Sin embargo, venció el terror: Marissa tomó el bolso y salió corriendo. Como
recordaba que en Nueva York el hombre no había estado solo, pensó que debía
irse lo antes posible del hotel.
Fue hasta la planta
baja pero no quiso salir por la entrada principal. En cambio siguió las flechas
que indicaban una salida por atrás. Permaneció apostada del lado de dentro de
la puerta hasta que vio aparecer un tranvía. Luego calculó exactamente el tiempo
como para abandonar corriendo el hotel y subir al vehículo. Se abrió paso hasta
el fondo y desde allí contempló el hotel a medida que el vehículo se ponía en
movimiento. No vio salir a nadie.
George parpadeó
porque no podía dar crédito a sus ojos. Era la chica.
Rápidamente llamó
al coche de Jake.
–La mujer acaba de
salir del hotel y subió a un tranvía -dijo.
–¿Al iba con ella?
– quiso saber Jake. – No. Iba sola, y me pareció que renqueaba un poco. – Qué
extraño. – Tú síguela -dijo George-. El tranvía acaba de arrancar. Yo entro en
el hotel a ver qué le pasa a Al.
–De acuerdo -aceptó
Jake, feliz de que fuese George quien se ocupase de Al.
Cuando éste se
enterara de que la chica había huido se iba a poner más furioso que la mierda.
Marissa se volvió
para mirar atrás y constatar si alguien la seguía desde el hotel. No salió
nadie por la puerta, pero cuando el tranvía arrancaba, vio
que un hombre
bajaba de un coche y corría hacia la entrada posterior del edificio. El momento
elegido le pareció sugestivo, pero como el hombre ni siquiera miró en dirección
a ella, lo descartó como una simple coincidencia. Siguió observando hasta que
el tranvía dobló la esquina. Entonces se tranquilizó: había conseguido su
objetivo.
Cuando menos lo
esperaba, un estridente tantán la sobresaltó. En el momento en que se dirigía a
la puerta se dio cuenta de que era sólo la campana que hacía sonar el empleado
a medida que iba cobrando los billetes.
Se bajó un hombre y
rápidamente Marissa ocupó su asiento. Temblaba, y de pronto sintió miedo de
tener manchas de sangre en la ropa. Lo último que deseaba era atraer la
atención sobre su persona.
Al tranquilizarse
un poco comenzó a tomar conciencia del dolor que sentía en la cadera
-probablemente producto del golpe contra el lavabo-, y a pensar que su cuello
debía estar poniéndose morado.
–Billete, por
favor. Sin levantar la mirada, Marissa buscó moneda suelta en el bolso. Fue
entonces cuando reparó en una mancha de sangre que tenía en el dorso de la mano
derecha. Rápidamente sostuvo el bolso de otra forma, y pagó al empleado con la
mano izquierda.
Cuando el hombre se
alejó, trató de pensar cómo habían hecho sus perseguidores para encontrarla,
pese a que ella había tenido tanto cuidado… De pronto su rostro se iluminó: la
única explicación posible era que hubiesen estado vigilando a Tieman.
Perdió entonces
gran parte de la confianza -y puso en tela de juicio la conveniencia de haber
huido del hotel. A lo mejor habría sido más atinado quedarse y enfrentarse a la
policía, pero últimamente huir era para ella algo instintivo: se sentía como
fugitiva y procedía como tal. Y pensar que se había considerado capaz de burlar
a sus perseguidores. Ralph tenía razón: nunca debió haber ido a Nueva York, y
mucho menos a San Francisco. Él había opinado que los problemas en que se había
metido eran graves antes incluso de que decidiera viajar a ambas ciudades.
Bueno, las cosas estaban peor… Hasta creía haber dado muerte a dos hombres. Ya
era demasiado. No iría a Minneapolis. En cambio, regresaría par-a informar al
abogado todo lo que sabía, más todo lo que sospechaba.
El tranvía aminoró
la marcha. Marissa miró por la ventanilla y vio que estaban en el barrio chino.
El vehículo se detuvo, y justo cuando volvía a ponerse en movimiento, Marissa
se levantó para bajarse de un salto.
Cuando corría hacia
la acera notó que el empleado sacudía la cabeza con gesto de desagrado.
Felizmente nadie bajó detrás de ella.
Respiró
profundamente y se restregó el cuello. Le alegró comprobar que en ambas aceras
había mucho movimiento, vendedores con sus típicos carritos, camiones que
hacían entrega de mercaderías, tiendas que exhibían gran parte de sus productos
directamente en la calle. Todos los carteles estaban escritos en chino. Tuvo la
sensación de que el breve trayecto en tranvía la había transportado a Oriente
como por arte de magia. Hasta los olores eran distintos, pues predominaba: la
mezcla de pescado y especias.
Al pasar frente a
un restaurante chino dudó un instante y luego entró. Una mujer con un vestido
rojo de seda, de cuello Mao y corte hasta la rodilla, apareció para anunciarle
que el local estaba cerrado aún.
–Dentro de media
hora abrimos. – ¿Puedo usar el lavabo y el teléfono, por favor? La mujer la
estudió un momento con la mirada, le vio un aspecto presentable y la acompañó
luego al fondo del salón. Abrió una puerta y se hizo a un lado.
Marissa entró y se
encontró en una habitación pequeña donde había un lavabo a un costado y un
teléfono público en el otro. En la pared de atrás, una puerta con el letrero
«Damas», y otra con «Caballeros».
Lo primero que hizo
fue usar el teléfono. Llamó al Fairmont y avisó que en la habitación 1127 había
un hombre que necesitaba una ambulancia. Cuando la telefonista le pidió que se
mantuviera un instante en línea, cortó. Después trató de decidir si le convenía
llamar a la policía y explicárselo todo. «No -se dijo-; va a ser demasiado
complicado.» Además ella había huido, razón por la cual lo más acertado sería
volver a Atlanta y ver al abogado.
Se lavó las manos y
al mirarse en el espejo comprobó, que estaba hecha un desastre. Se desenredó el
pelo y se hizo un par de trenzas para que los mechones no le cayeran sobre la
cara. Había perdido la pinza del pelo cuando el hombre rubio la tiró de él. Luego
se alisó la chaqueta y se arregló el cuello de la camisa. No podía hacer mucho
más.
Por enésima vez
Jake llamó al coche de George pero normalmente nadie atendió el teléfono, o
bien aparecía en la línea una cinta grabada indicándole que el abonado no se
hallaba en esos momentos.
No entendía lo que
pasaba. Hacía rato que Al y George debían haber regresado ya al coche. Puesto
que Jake había seguido a la chica; casi la atropella cuando ella decidió de
pronto saltar del tranvía. Luego la vio
entrar en un
restaurante llamado Peking Cuisine. Bueno, al menos no la había perdido de
vista.
Se acurrucó detrás
del volante porque justo en ese momento la chica salía del local y detenía un
taxi.
Una hora más tarde
tuvo que observar, impotente, cómo Marissa entregaba su billete y subía a un
vuelo de Delta, sin escalas, a Atlanta. Pensó en comprar él también un billete,
pero luego descartó la idea al no contar con el visto bueno de Al. Como ella pasó
la última media hora encerrada en el lavabo de mujeres, Jake tuvo tiempo de
sobra para intentar hablar por teléfono en la esperanza de que le dieran
instrucciones, pero nadie lo atendió.
Apenas el avión
comenzó a correr por la pista, Jake volvió de prisa a su coche. Encontró una
multa en el parabrisas pero no le importó lo más mínimo. Se alegraba de que por
lo menos la grúa no se hubiese llevado el vehículo. Subió y decidió volver al
Fairmont para tratar de encontrar a sus compañeros. A lo mejor se había
suspendido la operación y sus dos amigos estaban en el bar, riéndose a
carcajadas, mientras él corría por toda la ciudad.
Ya en la autopista
trató de llamar una vez más al otro teléfono móvil y fue una enorme sorpresa
que le atendiera George.
–¿Dónde diablos
estabais? ¡Estuve llamándoos toda la mañana! –Surgió un problema -explicó
George, en tono sumiso.
–Bueno, espero que
algo haya pasado. La chica está en un avión rumbo a Atlanta. Yo ya estaba
volviéndome loco. No sabía qué hacer.
–Al fue
acuchillado, supuestamente por la chica. Lo están operando en estos momentos en
el Hospital General de San Francisco. No me permiten acercarme a él.
–¡Santo cielo! –
exclamó Jake, incrédulo. No podía imaginar que una mujer tan pequeñita fuese
capaz de acuchillar a Al, y además lograr escaparse.
–Dicen que la
herida no es de consideración -continuó George-. Lo peor de todo es que al
parecer Al mató a una empleada del hotel. Como le encontraron las llaves de la
mujer en el bolsillo lo han acusado de homicidio.
–Mierda. Las cosas
iban de mal en peor. – ¿Dónde estás ahora? – En la autopista, saliendo del
aeropuerto. – Regresa allí y reserva pasajes a Atlanta para nosotros dos. Creo
que Al se merece un poco de venganza.
24 de mayo
–¿Quiere algo para
leer? – le preguntó, sonriente, la azafata.
Marissa respondió
afirmativamente con la cabeza. Necesitaba cualquier cosa para no recordar la
horrible escena del hotel.
–¿Revista o
periódico?
–Periódico. – ¿El
San Francisco Examiner o el New York Times? No estaba con ánimo para tomar
decisiones, y sin embargo respondió:
–El New York Times.
El enorme jet niveló su posición y se apagaron los carteles de los cinturones.
Marissa contempló por la ventanilla las escarpadas montañas que se extendían
hasta el desierto árido. Era un alivio haber subido al avión. En el aeropuerto
había sentido tanto miedo de que la atacara algún secuaz del rubio, o bien de
que la arrestaran, que se escondió dentro del lavabo de mujeres.
Abrió el periódico
y buscó en el índice la página donde se consignaban las noticias sobre los
brotes de Filadelfia y Nueva York.
Se informaba que
las víctimas ascendían a cincuenta y ocho en Filadelfia y cuarenta y nueve en
Nueva York, aunque en esta última ciudad se habían denunciado más casos. Esto
no le llamó la atención puesto que el caso original había sido un especialista
en garganta, nariz y oídos. También leyó que la Clínica Rosenberg se había
declarado en quiebra.
En la misma página
se publicaba una foto del doctor Ahmed Fakkry, jefe de epidemiología de la
Organización Mundial de la Salud. La nota al pie consignaba que el funcionario
se hallaba de visita en el Centro de Atlanta para investigar los brotes de
Ébola puesto que la OMS temía que muy pronto el virus cruzara el Atlántico.
«A lo mejor el
doctor Fakkry podrá ayudarme», pensó Marissa. Tal vez el abogado de Ralph
podría conseguirle una entrevista con él.
Ralph estaba
poniéndose al día con la lectura de publicaciones médicas cuando sonó el
timbre, a las nueve y media de la noche. Miró su reloj y pensó quién podía
presentarse de visita a semejantes horas. Espió por uno de los cristales que
había a ambos lados de la puerta y se encontró mirando el rostro de su amiga.
–¡Marissa! –
exclamó, sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos. En el momento en que
abría la puerta, vio que un taxi se alejaba por el
sendero de acceso.
Al ver que le
tendía los brazos, Marissa corrió a echarse en ellos y prorrumpió en sollozos.
–Creí que estabas
en California. ¿Por qué no me avisaste que venías? Te habría ido a buscar al
aeropuerto.
Marissa lo abrazaba
y lloraba a la vez. Era tan reconfortante sentirse apoyada…
–¿Qué te pasó? –
preguntó él, pero sólo obtuvo sollozos por respuesta - Al menos sentémonos
-dijo llevándola al sofá. Durante varios minutos la dejó desahogarse
palmeándole suavemente la espalda-. Todo está bien - agregó, al no saber qué
otra cosa decir. Lanzó una mirada al teléfono, deseando que sonara. Tenía que
hacer una llamada, y a ese paso ella no le iba a permitir que se levantara-.
¿No quieres algo de beber? Te sirvo un coñac para que te sientas mejor.
Marissa meneó la
cabeza. – ¿Vino? Tengo una hermosa botella de Chardonnay abierta en la nevera.
Se le iban acabando
las ideas. Marissa lo estrechaba con más fuerza, pero al mismo tiempo sollozaba
menos e iba recobrando el ritmo normal de la respiración.
Transcurrieron
cinco minutos y Ralph suspiró. – ¿Dónde está tu equipaje? Ella no le contestó,
pero sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se limpió la cara.
–Tengo pollo frío
en la cocina. Por fin Marissa se incorporó. – Tal vez dentro de un rato. Ahora
quédate un poco más conmigo. Tuve tanto miedo…
–Entonces, ¿por qué
no me llamaste desde el aeropuerto? ¿Y dónde está tu coche? ¿No lo habías
dejado allí?
–Es una larga
historia. Temía que alguien lo estuviera vigilando. No quiero que nadie se
entere de que regresé a Atlanta.
Ralph enarcó las
cejas. – ¿Eso quiere decir que deseas dormir aquí? – Si no te molesta. Disculpa
que me invite sola, pero siempre has sido tan bueno conmigo…
–¿Quieres que te
lleve en coche hasta tu casa a buscar algunas cosas? –No, gracias. No quiero
aparecer por allí por la misma razón que me dio
miedo ir a buscar
mi coche. Si fuera a algún lado esta noche, sería al Centro, para retirar un
paquete que supongo que Tad tendrá guardado para mí. Pero honestamente todo
puede quedar para mañana, incluso la visita a ese abogado penalista, que espero
sea capaz de impedir que vaya a prisión.
–¡Dios santo! Me
imagino que no hablarás en serio. ¿No te parece que ya es hora de que me
expliques lo que pasa?
Marissa le tomó la
mano. – Te prometo que te lo contaré. Deja que me tranquilice un poco. Tal vez
me haga falta tomar un bocado.
–Te sirvo pollo. –
Está bien. Yo sé dónde está la cocina. Puedo prepararme unos huevos revueltos.
–Me reúno contigo
dentro de un minuto porque tengo que hacer una llamada.
Marissa caminó
lentamente hasta la cocina. Paseó la vista a su alrededor y pensó que no valía
la pena ponerse a cocinar. No obstante sacó de la nevera los huevos y el pan
para las tostadas. Luego recordó que no le había preguntado a Ralph si él
también quería comer. Iba a preguntárselo a gritos pero se dio cuenta de que él
no le oiría.
Fue hasta el
intercomunicador y comenzó a apretar botones con la intención de averiguar cómo
funcionaba. «Hola, hola», decía mientras mantenía oprimidas distintas
combinaciones. Por casualidad dio con la secuencia acertada, y de pronto oyó la
voz de Ralph.
–Ella no está en
San Francisco -decía- sino aquí, en mi casa.
Pausa. – Jackson,
no sé lo que sucedió. Está histérica. Lo único que me dijo fue que había un
paquete para ella en el Centro. Mire, ahora no puedo hablar. Ella me está
esperando.
Pausa. – La
mantendré aquí; por eso no se preocupe. Pero venga cuanto antes.
Pausa. – No, nadie
sabe que está aquí. Estoy seguro de eso. Adiós. Marissa se aferró al fogón por
miedo a desvanecerse. Todo ese tiempo
Ralph -la única
persona en quien confiaba- había sido uno de «ellos». ¡Y Jackson! Debía de
tratarse del mismo Jackson a quien había conocido en aquella cena en casa de
Ralph. El director del CMAP, ¡y venía hacia acá! Como sabía que Ralph se
dirigía a la cocina trató de cocinar como si
nada pasara, pero
cuando intentó romper un huevo, lo deshizo con cáscara y todo dentro de la
sartén. Tenía el otro huevo en la mano cuando apareció Ralph con las copas.
–Qué buen olor
-dijo él. Dejó la copa de Marissa y le tocó ligeramente la espalda. Marissa dio
un brinco-. ¡Eh! ¡Qué tensa estás! ¿Qué puedo hacer para que te tranquilices?
Marissa no le
respondió. Pese a que ya no sentía ni el menor asomo de hambre, preparó
tostadas con mantequilla y mermelada. Contempló la costosa camisa de seda que
tenía puesta Ralph, los gruesos gemelos de oro, los mocasines de Gucci, y de
pronto todo lo suyo le pareció ridículo y
artificioso al
igual que su casa, con tan ostentoso equipamiento. Todo eso representaba el
manifiesto estilo de consumo de un médico acaudalado, que le tenía miedo a la
competencia de la nueva medicina, a los tiempos nuevos, al hecho de que su
profesión ya no fuera más un mercado dominado por el vendedor.
Obviamente Ralph
era miembro del CMAP, y por supuesto apoyaba a Markham. Y era Ralph, y no Tad,
quien había estado al tanto en todo momento de dónde se encontraba ella. Cuando
servía los huevos pensó que, aun si pudiera escapar, no tenía a quién acudir. Desde
luego no podía usar los servicios del abogado recomendado por Ralph. De hecho,
y ahora que sabía que Ralph estaba involucrado, comprendía por qué le sonaba
tanto el nombre del bufete jurídico que él le propusiera: Cooper, Hodges,
McQuinllin y Hanks figuraban como representantes del CMAP.
Se sentía
prisionera. Los hombres que la perseguían tenían poderosas conexiones y ella no
sabía hasta qué punto habían conseguido infiltrarse en el CCE. Por cierto que
la conspiración se extendía hasta el congresista que amenazaba con reducir el
presupuesto del Centro.
La cabeza le daba
vueltas. Le aterraba pensar que nadie la creyera y sabía positivamente que la
única prueba con que contaba -la pistola de vacunación- se hallaba en algún
lugar del laboratorio de máximo riesgo al cual, según sabía por su dolorosa
experiencia, sus perseguidores tenían acceso. Lo único claro era que debía
alejarse de Ralph antes de que llegara Jackson, acompañado tal vez por otros
secuaces.
En el momento en
que tomaba el tenedor tuvo una visión repentina del hombre rubio, cuando se
arrojó con ímpetu sobre la puerta del baño, en San Francisco. Dejó caer el
tenedor y una vez más pensó que iba a desmayarse.
Ralph la tomó del
codo y la ayudó a llegar a la mesa de la cocina. Le colocó un plato delante y
le rogó que comiera.
–Estabas tan bien
hace un minuto -dijo-. Vas a sentirte mejor con algo en el estómago.
Tomó el tenedor del
suelo, lo arrojó dentro del fregadero y sacó otro limpio del cajón.
Marissa escondió la
cara entre las manos. Tenía que dominarse porque estaba desperdiciando
lastimosamente un tiempo muy valioso.
–¿No tienes hambre?
– No demasiada. El olor sólo la descomponía. – Te vendría bien tomar un
tranquilizante. Tengo alguno arriba. ¿Quieres?
–Bueno. – En
seguida vuelvo. Era la oportunidad que había anhelado. En cuanto él salió de la
habitación, se levantó, tomó el teléfono pero lamentablemente no oyó el tono.
¡Ralph seguramente lo había desconectado! Imposible llamar a la policía. colgó
y buscó precipitadamente las llaves del coche de Ralph en la cocina. Nada.
Intentó después en la sala contigua. En el mueble divisorio había un pequeño
jarrón de mármol con varias llaves, pero ninguna de coche. Regresó a la cocina
y se dirigió al vestíbulo, junto a la puerta del fondo. Allí había un antiguo
pupitre de colegio y una cómoda vieja, además de una puerta que daba al lavabo.
Levantó primero la
tapa del escritorio y revisó el contenido pero sólo llaves de la casa, de
formas extrañas, y nada más. Probó entonces abriendo los diversos cajones de la
cómoda, en donde halló gran variedad de guantes, bufandas y elementos para
lluvia.
–¿Qué necesitas? –
le preguntó súbitamente Ralph apareciendo desde atrás.
Marissa se
incorporó con expresión culpable, tratando de pensar en alguna coartada. Ralph
esperaba y la miraba expectante. Tenía la mano derecha cerrada. En la izquierda
sostenía un vaso de agua. – Creí que podría encontrar algún jersey.
Ralph la estudió
intrigado. Si algo se podía decir era que en la casa hacía demasiado calor. Al
fin y al cabo estaban a un paso del verano.
–Encenderé la
calefacción en la cocina -ofreció, conduciéndola de nuevo a su silla. Luego le
tendió la mano derecha-. Toma esto -dijo, y le puso una cápsula roja y blanca
en la palma de la mano. _ ¿Es Dalmane? Pensé que ibas a darme un
tranquilizante.
–Es para
tranquilizarte y para que duermas bien esta noche.
Marissa sacudió la
cabeza y le devolvió el medicamento.
–Prefiero un
tranquilizante. – ¿Un Valium? – De acuerdo. Apenas oyó que subía por la
escalera corrió al vestíbulo de entrada. No había llaves sobre la elegante
mesita de mármol ni en su único cajón. Abrió entonces el armario y fue
tanteando los bolsillos de los abrigos. Nada.
Llegó de vuelta a
la cocina justo en el instante en que Ralph regresaba del piso de arriba.
–Aquí tienes -dijo
él, y le entregó una tableta azul. – ¿De cuántos miligramos es? – - De diez. –
¿No te parece -mucho? – Estás tan alterada que no va a afectarle como lo haría
normalmente.
Ralph le dio un
vaso de agua. Ella fingió ingerir el Valium, pero en cambio se lo guardó en el
bolsillo de la chaqueta.
–Y ahora tienes que
intentar comer. Marissa hizo el esfuerzo de probar unos bocados mientras
procuraba idear la forma de escapar antes de que llegara Jackson. La comida le
pareció espantosa, y muy pronto dejó el tenedor.
–¿Sigues sin
hambre? Respondió con un gesto negativo. – Bueno, vamos a la sala. Felizmente
podían alejarse de los olores a comida, pero no bien se sentaron Ralph insistió
para que tomara alguna bebida.
–Creo que no me
conviene después del Valium. – Un poquito no te hará nada. – ¿Seguro que no
estás intentando emborracharme? – Soltó una risita-. Tal vez debería servir yo
las copas.
–Por mí no hay
problema -respondió él, apoyando los pies sobre la mesita-. Yo quiero whisky.
Marissa fue hasta
el bar y le sirvió un generoso vaso de whisky. Después se cercioró de que él no
estuviese mirando, sacó la tableta de Valium, la partió en dos y arrojó ambas
mitades en el alcohol, pero lamentablemente no se disolvieron. Extrajo los pedazos,
los pulverizó aplastándolos con la botella y volcó luego el polvillo en la
bebida.
–¿Necesitas ayuda?
– gritó Ralph. – No -respondió ella, sirviéndose una medida ínfima de coñac en
su copa-. Ahora vengo.
Ralph recibió el
vaso y se arrellanó en el sofá. Marissa se sentó a su lado, mientras se
devanaba los sesos por encontrar la forma de averiguar dónde habría puesto las
llaves. Pensó qué diría él si se las pidiera abiertamente, pero después se dijo
que era demasiado arriesgado, porque si se daba cuenta de que lo había
descubierto, tal vez tratada de imponerse por la fuerza. De la otra forma aún
le quedaba una posibilidad de escapar, siempre y cuando encontrara las llaves.
De pronto tuvo el
horrible pensamiento de que pudiese tenerlas en el bolsillo del pantalón. Por
desagradable que le resultara se acurrucó contra él, le apoyó provocativamente
una mano sobre la cadera y pudo palpar el llavero a través de la tela liviana. ¿Cómo
demonios iba a hacer para sacárselo?
Apretó los dientes
e inclinó la cara para alentarlo a que la besara. Cuando Ralph le rodeó la
cintura, aprovechó para introducir los dedos en su bolsillo. Conteniendo la
respiración, rozó el borde de la argolla y tiró hacia fuera. Al oír que las
llaves producían algo de ruido comenzó a besarlo
apasionadamente.
Cuando pudo comprobar la excitación masculina, decidió correr el riesgo. Dios
mío, Dios mío, ayúdame por favor, imploró, al tiempo que sacaba el llavero y se
lo guardaba en su propio bolsillo.
Era obvio que Ralph
se había olvidado de que Jackson estaba a punto de llegar, o bien suponía que
la relación sexual era el mejor método para tenerla quieta. De todas formas era
hora de detenerlo.
–Querido, me da
mucha pena decírtelo, pero el sedante está empezando a hacerte efecto. Creo que
voy a tener que irme a dormir.
–Descansa aquí
mismo, en mis brazos. – Me encantaría, pero después tendrías que llevarme en
brazos.
Se incorporó y él
la acompañó, solicito, hasta el cuarto de huéspedes del piso de arriba.
–¿No quieres que me
quede contigo? – Perdóname, Ralph, pero me estoy cayendo de sueño. – Procuró
dibujar una sonrisa-. Podemos seguir después, cuando se me pase el efecto del
Valium.
Como para dar por
terminada la conversación, se tendió, vestida, en la cama.
–¿Quieres que te
preste un pijama? – No, no. No puedo mantener los ojos abiertos. – Bueno,
llámame si necesitas algo. Voy a estar abajo. Apenas Ralph cerró la puerta, se
levantó de puntillas y lo oyó bajar por la escalera. Luego fue hasta la ventana
y la abrió. El balcón era tal cual lo recordaba. Con la mayor celeridad posible
salió a la tibia noche primaveral bajo un cielo poblado de estrellas. Los
árboles eran apenas siluetas oscuras. No corría viento. A lo lejos ladró un
perro. Luego Marissa oyó un coche.
Rápidamente analizó
su posición. Estaba a unos cinco metros de altura con respecto al camino de
asfalto. No había posibilidad de saltar puesto que el balcón estaba rodeado por
una balaustrada baja, que lo separaba del techo inclinado del porche. Hacia la
izquierda, el techo del porche llegaba hasta la torre, y por el lado derecho
daba la vuelta hacia un costado de la casa.
Pasó por encima de
la balaustrada y se dirigió hacia el ángulo del edificio. El techo del porche
terminaba a unos seis metros de distancia. La escalera de incendios bajaba
desde el segundo piso, pero estaba fuera de su alcance. Giró sobre sus talones
para regresar al balcón, pero entonces vio que entraba al camino de acceso el
coche que había oído momentos antes.
Se tendió sobre el
techo de dos vertientes. Sabía que estaba a la vista de cualquiera que llegase
por el frente, si por casualidad miraba hacia arriba. Las luces del coche
iluminaban hacia la casa hasta que por fin el vehículo
se detuvo. Oyó
puertas que se abrían y varias voces, pero no en tonos excitados; al parecer
nadie la había visto tendida en el techo. Ralph salió a recibirlos; hubo más
conversaciones y después las voces se perdieron dentro de la casa.
Marissa volvió a
saltar la balaustrada para subir de nuevo al balcón. Entró en el cuarto de
huéspedes y abrió la puerta. Al salir al pasillo oyó la voz de Ralph, aunque no
pudo entender lo que decía. Lo más silenciosamente posible se encaminó hacia la
escalera del fondo.
La luz del
vestíbulo no llegaba más allá de la segunda curva del pasillo, razón por la
cual tuvo que avanzar tanteando las paredes. Pasó por varios dormitorios a
oscuras hasta que por fin divisó la luz de la cocina encendida, en la planta
baja.
Antes de bajar
titubeó unos instantes. Los ruidos de la casa la confundían. Seguía oyendo
voces y también pasos, pero lo terrible era que no podía precisar de dónde
venían. En ese momento vislumbró una mano que sujetaba el poste de abajo de la
barandilla de la escalera.
En cuestión de
instantes Marissa volvió a subir hasta el segundo piso. Uno de los peldaños
crujió bajo su pie obligándola a detenerse, con el corazón en la boca, mientras
escuchaba el inexorable ascenso del hombre. Al ver que el individuo llegaba
arriba y se dirigía hacia el frente de la casa, sólo entonces Marissa se
atrevió a respirar.
Subió el otro tramo
de escalera y cada ruido la hacía dar respingos. En lo más alto, la puerta del
departamento de servicio estaba cerrada, pero no con llave.
Lo más calladamente
que pudo cruzó la sala a oscuras y luego -el dormitorio, que supuestamente daba
a la escalera de incendios.
Después de
forcejear para levantar la hoja movible de la ventana saltó a la endeble
estructura metálica. Tuvo que hacer acopio de todo su valor porque nunca le
gustaron las alturas. Cuando llegó al primer piso oyó voces nerviosas en el
interior de la casa, y ruido de puertas que se abrían y se cerraban a golpes.
También comenzaron a encenderse luces en las habitaciones oscuras. Obviamente,
se habían percatado de su fuga.
Procuró apresurarse
después de pasar el descanso del primer piso, pero no pudo continuar porque
algo metálico le impedía el paso. Fue tanteándolo hasta que se dio cuenta de
que el último tramo de escalera estaba alzado para impedir que pudieran subir
ladrones a la casa. Desesperada trató de descubrir cómo se hacía para bajarlo
ya que no parecía haber ningún
mecanismo de
desenganche. Fue entonces cuando reparó en un enorme contrapeso que tenía a sus
espaldas.
Con cautela apoyó
el pie en el primer peldaño y se produjo un chillido metálico. Como no le
quedaba otra alternativa, apoyó todo su peso en el escalón. Se produjo un
estruendo, la escalera descendió y Marissa pudo bajarla presurosa.
Apenas sus pies
rozaron el césped, corrió agitando desesperadamente los brazos. Imposible
suponer que, desde dentro de la casa, los hombres no la hubiesen oído escapar
por la escalera de incendios, o sea que faltaba poco para que salieran a
buscarla.
Se dirigió a la
puerta del lado del garaje rogando mentalmente que no estuviera cerrada con
llave. Felizmente no lo estaba. En el momento en que entraba, oyó que se abría
la puerta del fondo de la casa. Cerró fuertemente la puerta del garaje, y
cuando pretendía adentrarse en el interior en penumbras, chocó contra el
Mercedes 300 SDI, de Ralph. Fue rozándolo con la mano hasta que logró abrirlo y
sentarse al volante. Forcejeó con la llave y por fin logró ponerlo en marcha.
Se encendieron entonces varias luces indicadoras, pero el motor no se puso en
marcha. Después recordó que Ralph le había explicado una vez que era necesario
esperar hasta que se apagara la luz naranja puesto que se trataba de un motor
diesel. Volvió atrás la llave y la adelantó luego apenas unos milímetros.
Cuando se encendió la luz naranja, esperó. Al oír que levantaban el portón del
garaje, apretó desesperadamente el botón que trababa las cuatro puertas del
coche. – Date prisa -murmuró con los dientes apretados.
Cuando la luz
naranja se apagó, hizo girar la llave y el coche arrancó al apretar ella el
acelerador. Alguien le dio fuertes golpes en la ventana. Marissa puso marcha
atrás y oprimió el pedal a fondo. El enorme auto dio un salto atrás con una
fuerza tan descomunal que la arrojó contra el volante. El vehículo salió
precipitadamente del garaje, obligando a dos hombres a saltar a un costado para
que no los atropellara.
El coche recorrió
alocadamente el camino de entrada. Al llegar delante de la casa Marissa pisó el
freno, pero fue demasiado tarde: la parte trasera del Mercedes ya se había
incrustado contra el coche de Jackson. Marissa puso la primera velocidad y
pensó que ya estaba libre, hasta que uno de los hombres, aprovechando la
momentánea detención, se lanzó sobre el capó. Marissa aceleró. Las ruedas
giraron, pero el auto no se movió porque se había quedado trabado con el otro.
Puso entonces marcha atrás, luego
adelante y fue
maniobrando como se suele hacer cuando un coche se atasca en la nieve. Se
produjo un ruido sordo y al instante logré avanzar velozmente por el sendero,
lanzando a un lado a su atacante.
–Imposible
-vaticinó Jake, saliendo de debajo del coche de Jackson-. Le destrozó el
radiador. Aun si pudiera ponerlo en marcha no podría andar porque no tiene
refrigerante.
–Maldita sea
-murmuró Jackson, bajándose-. Esa mujer parece hechizada. – Miró furioso a
Heberling-. Esto probablemente no habría ocurrido si yo hubiera venido
directamente aquí, en vez de esperar que llegaran ustedes, idiotas, del
aeropuerto.
–¿Ah sí? – le
contestó Heberling-. ¿Y qué habría hecho? ¿Hablar con ella para convencerla?
Necesitaba a Jake y George. – Pueden utilizar mi 450 SL -ofreció Ralph-, pero
sólo tiene dos asientos.
–Ella nos lleva
demasiada ventaja -opinó George-. Jamás la alcanzaríamos.
–No sé cómo lo hizo
para escaparse -se lamentó Ralph-. Yo acababa de dejarla para que se durmiera.
Por Dios, si hasta le había dado un Valium 10.
Advirtió que él
mismo se sentía algo mareado. – ¿No tiene idea de dónde puede haber ido? –
preguntó Jackson.
–No creo que vaya a
la policía -sostuvo Ralph-. Está aterrorizada, especialmente ahora. A lo mejor
intenta ir al Centro. Algo dijo sobre un paquete que tenía allí.
Jackson y Heberling
intercambiaron una mirada. A ambos se les ocurrió lo mismo: la pistola
Dermojet.
–Que vayan allá
Jake y George -ordenó Heberling-. Seguro que a su casa no va a ir, y después de
lo que le hizo a Al, los muchachos están más que ansiosos por tomarse la
revancha.
Quince minutos más
tarde Marissa, relativamente serena, empezó a preocuparse al no saber dónde se
hallaba. Había dado tantas vueltas para despistar, por si la seguían, que
perdió el sentido de la orientación. Bien podía haber estado avanzando en
círculo.
Vio las luces de
una gasolinera y hacia allí se dirigió. Al llegar bajó el cristal de la
ventanilla.
–¿Podría decirme
dónde estoy? – le preguntó al empleado, un muchacho joven, con gorro de jugador
de béisbol.
–Esto es una
estación Shell -respondió él, espiando los daños que tenía el Mercedes-. ¿Sabe
que se le rompieron las dos luces traseras?
–No me sorprende.
¿Puede indicarme cómo llegar hasta la Universidad Emory?
–Ni que hubiera
participado en una carrera de rompecoches -comentó el muchacho, sacudiendo
espantado la cabeza.
Marissa repitió la
pregunta hasta que por fin el joven le dio algunas indicaciones no muy
precisas.
Diez minutos más
tarde pasó frente al Centro. El edificio parecía desierto, pero ella todavía no
estaba segura de lo que le convenía hacer ni en quién podía confiar. Habría
preferido acudir a un buen abogado, pero no sabía dónde conseguir uno. Desde
luego, el señor McQuinllin estaba descartado.
La única persona a
quien deseaba recurrir era el doctor Fakkry, de la Organización Mundial de la
Salud, quien obviamente estaba por encima de la conspiración y se alojaba en el
Peachtree Plaza. Pero, ¿acaso le creería o se limitaría a llamar a Dubchek o a
cualquiera del Centro para entregarla de nuevo a sus perseguidores?
El miedo la impulsó
a tomar la única decisión que le parecía lógica: debía recuperar la pistola
Dermojet, la única prueba irrefutable con que contaba. Sin esa prueba nadie la
tomaría en cuenta. Todavía conservaba la tarjeta de acceso de Tad, y si Tad no tenía
nada que ver con el CMAP, podía ser que la tarjeta aún sirviera. Por supuesto,
cabía la posibilidad de que el guardia no le permitiera entrar en el edificio.
Con un rasgo de
audacia entró por el sendero de acceso y aparcó pocos metros después de la
entrada del Centro. Quería dejar el coche cerca por si acaso alguien intentaba
detenerla.
Vio que el guardia
estaba sentado a su escritorio leyendo una novela en edición de bolsillo.
Cuando el hombre la oyó entrar, levantó los ojos y la miró sin demasiado
interés.
Marissa se mordió
el labio inferior y caminó con paso decidido, tratando de disimular su miedo.
Tomó el bolígrafo y anotó su nombre en el libro de entradas. Esperó algún
comentario por parte del empleado, pero éste se limitó a observarla, impasible.
–¿Qué está leyendo?
– preguntó ella, presa de los nervios.
–Camus. No tuvo
ganas de continuar la conversación preguntándole si se trataba de La peste. Se
dirigió hacia los ascensores sintiendo que los ojos del hombre la seguían.
Apretó el botón correspondiente a su piso, se volvió para mirar al guardia y
comprobó que éste aún la observaba.
Cuando se cerraron
las puertas, el hombre tomó el teléfono y marcó un número. Cuando le
atendieron, dijo:
–Acaba de entrar la
doctora Blumenthal y está subiendo en el ascensor. –Excelente, Jerome
-respondió Dubchek con voz ronca, como si se
sintiera cansado o
descompuesto-. Ya vamos para allá. No deje entrar a nadie.
–Lo que usted diga,
doctor. Marissa se bajó del ascensor y durante unos instantes miró los
indicadores de los pisos para cerciorarse de que ninguno de los dos ascensores
se moviera. Reinaba el silencio en el edificio.
Convencida de que
no la seguían, fue hasta la escalera, bajó corriendo un tramo y salió a la
pasarela exterior. Ya dentro del edificio de virología recorrió de prisa el
vestíbulo y llegó hasta la puerta de acero. Contuvo el aliento cuando introdujo
la tarjeta de acceso de Tad y marcó su número en código.
Hubo una pausa.
Durante un instante temió que fuera a sonar la alarma, pero lo único que oyó
fue el cerrojo que se destrababa. La pesada puerta se abrió, permitiéndole
entrar.
Después de conectar
los disyuntores, hizo girar la rueda de la puerta hermética, fue a la primera
habitación y de allí pasó directamente a la segunda. Mientras forcejeaba para
colocarse el traje de plástico se preguntó dónde habría escondido Tad la pistola
Dermojet contaminada.
Dubchek condujo
como un loco, frenando en las curvas sólo cuando era estrictamente
imprescindible, cruzando semáforos en rojo. Iban dos hombres con él. En el
asiento de delante, John, acurrucado contra la puerta. Detrás, Mark no podía
evitar bambolearse de un lado a otro. Los tres tenían una expresión muy seria:
temían que fuese demasiado tarde.
–Ya hemos llegado
-exclamó George, señalando el cartel en el que podía leerse: «Centro para el
Control de Enfermedades»-. ¡Y ahí está el coche de Ralph! – añadió al ver el
Mercedes-. Puede ser que al fin tengamos suerte.
Entró en el
aparcamiento de un restaurante que había al otro lado de la carretera. Sacó
entonces su S W 356 Magnum y controló que estuviese cargada. Después abrió la
puerta y bajó del coche sosteniendo el arma contra la cadera. La luz hacía
brillar el cañón de acero inoxidable.
–¿Seguro que
quieres usar ese cañón? – le preguntó Jake-. Hace más ruido que la mierda.
–Ojalá hubiera
tenido esta arma conmigo cuando ella te llevaba sobre el capó de su coche -le
espetó George-. ¡Vamos!
Jake se encogió de
hombros y bajó del coche. Se dio una palmadita detrás de la cintura y sintió
bajo sus dedos su Beretta automática. Para él, era un arma mucho mejor.
Con el tubo de aire
en la mano, Marissa pasó la última puerta para entrar en el sector de máximo
riesgo. Conectó el tubo en la llave múltiple central y miró a su alrededor. Ya
habían ordenado y arreglado el desorden que ella ayudara a crear aquella fatídica
noche, pero el episodio le volvió a la memoria con horripilante claridad.
Temblaba de miedo, y lo único que deseaba era recuperar su paquete y salir de
allí. Pero no era tan fácil. Como en cualquier laboratorio, había infinidad de
lugares donde se podía ocultar un envoltorio de ese tamaño.
Comenzó a buscar
por la derecha, de delante hacia detrás, sacando cajones, abriendo puertas de
muebles. Cuando iba por la mitad de la habitación se detuvo. Tenía que haber
algún sistema mejor. En el sector central buscó la campana filtrante que Tad
consideraba propia. En los armarios de abajo vio frascos de reactivos, toallas
de papel, bolsas plásticas para residuos, cajas de tubos nuevos de cristal y
demás instrumental, pero ningún paquete parecido al de ella. Iba a seguir
adelante cuando miró a través de la campana de cristal, y detrás de unos
objetos de Tad vislumbró algo envuelto en una bolsa de plástico.
Conectó el
ventilador de la campana y retiró el cristal del frente. Con mucho cuidado para
no desordenar las cosas de su amigo, sacó la bolsa verde, que dentro tenía el
paquete que ella había enviado. Para estar más segura comprobó la etiqueta del
destinatario y se aseguró de que venía dirigida, a Tad, con letra de ella.
Colocó entonces el
paquete dentro de otra bolsa plástica y la cerró. Después dejó la bolsa usada
dentro de la campana y volvió a poner el cristal del frente. Ya junto a la
llave central, desconectó su tubo de aire y se dirigió hacia la puerta. Era
hora de presentarse ante el doctor Fakkry o cualquier otra autoridad que le
inspirase confianza.
De pie debajo de la
lluvia de desinfectante fenólico, Marissa procuró tener paciencia. Sabía que
había un dispositivo automático, razón por la cual debía esperar que terminara
el proceso antes de poder abrir la puerta. Una vez en la otra habitación, se quitó
no sin esfuerzo el equipo plástico,
dando fuertes
tirones cada vez que se le atascaba el cierre. Cuando por fin se lo sacó, notó
que la ropa de calle le había quedado empapada de sudor.
Dubchek frenó con
ímpetu produciendo un chirrido frente a la entrada del Centro, y los tres
hombres bajaron del coche. Jerome ya estaba abriéndoles las puertas de vidrio.
Dubchek no perdió
tiempo en preguntarle nada pues sabía con certeza que, si Marissa se hubiera
ido, el hombre se lo diría. Corrió hacia el ascensor seguido de cerca por sus
compañeros, y apretó el botón del piso del laboratorio de máximo riesgo.
Marissa empezaba a
cruzar la pasarela cuando se abrió la puerta del edificio principal e
irrumpieron tres hombres. Entonces giró sobre sus talones y corrió de regreso
hacia virología. – Deténgase, Marissa -gritó alguien.
Le pareció que era
la voz de Dubchek. Dios santo, ¿acaso también él la perseguía?
Entró, atrancó la
puerta y buscó un sitio donde esconderse. A la derecha tenía un ascensor, y a
la izquierda una escalera. No había tiempo para ponerse a cavilar.
Cuando Dubchek
logró forzar la puerta, lo único que vio fue la flecha del ascensor que
indicaba hacia abajo. Marissa ya estaba en el vestíbulo cuando los tres hombres
se lanzaron a bajar por la escalera.
Al oír que se
aproximaban, Marissa supo que no se podía permitir el lujo de caminar despacio
para que el guardia de seguridad no sospechara nada. El hombre levantó la
cabeza de su libro justo en el momento en que ella pasaba presurosa. Se puso de
pie, pero ella ya se había ido cuando él llegó a la conclusión de que Dubchek
habría querido que la detuviese por la fuerza.
Una vez fuera,
Marissa buscó las llaves del coche de Ralph para lo cual tuvo que pasar el
paquete a la mano izquierda. Oyó gritos y vio que se abrían bruscamente las
puertas del Centro. Consiguió abrir el coche, y cuando se sentaba ya al
volante, tardó unos segundos en darse cuenta de que el asiento del acompañante
estaba ocupado. También había alguien atrás, pero lo peor de todo fue ver la
enorme pistola que la apuntaba.
Intentó volver a
salir, pero tuvo la sensación de estar inmersa en un líquido espeso, viscoso.
El cuerpo no le respondía. Vio que el arma se le acercaba y no pudo reaccionar.
En la semipenumbra pudo vislumbrar una
carta y oyó que
alguien le decía «adiós». Pero el revólver se disparó con un pavoroso
estruendo, y el tiempo se detuvo.
Cuando recobró el
conocimiento estaba acostada sobre algo blando. Alguien pronunciaba su nombre.
Lentamente abrió los ojos y comprobó que la habían llevado al interior del
Centro, y estaba tendida sobre un sofá del vestíbulo.
Fogonazos rojos y
azules bañaban la habitación, dándole un aire de discoteca chillona, juvenil.
Parecía que entraba y salía tanta gente… Todo era confuso. Cerró los ojos y
pensó qué les habría sucedido a los hombres de las pistolas.
–Marissa, ¿te
encuentras bien? Levantó los párpados y vio a Dubchek inclinado sobre ella, sus
ojos oscuros casi negros del miedo.
–Marissa -repitió
él-, ¿te encuentras bien? Me tuviste muy preocupado. Cuando por fin lograste
que comprendiéramos lo que estaba pasando, temimos que ellos intentaran
matarte. Pero nunca te quedabas quieta, no nos dabas tiempo para ir a buscarte.
Era demasiado
intenso el shock como para que ella hablara.
–Dime algo, por
favor. ¿Te hicieron daño? – Pensé que tú eras uno de ellos, que participabas de
la conspiración -fue lo único que logró articular.
–Lo temía
-reconoció Dubchek-. Y bien que me lo merecía. Tanto me preocupaba por proteger
el Centro, que no tuve en cuenta tus teorías. Pero créeme que no tengo la menor
participación en todo el asunto.
Marissa le tomó una
mano. – Yo tampoco te di muchas oportunidades para que me lo explicaras. Estaba
muy ocupada transgrediendo todas las normas.
El asistente de una
ambulancia se les acercó. – ¿La señorita desea que la llevemos al hospital? –
preguntó.
–¿Quieres ir,
Marissa? – dijo Dubchek. – Bueno, aunque creo que no tengo nada.
Cuando otro
ayudante se aproximaba para transportarla a la camilla, ella comentó:
Cuando otro
ayudante se aproximaba para transportarla a la camilla, ella comentó:
–Al oír el primer
disparo pensé que me había muerto de un balazo. –No. Uno de los agentes del FBI
que yo había llamado, le disparó al
hombre que quiso
asesinarte.
Un estremecimiento
la recorrió. Dubchek caminó junto a la camilla cuando la llevaban a la
ambulancia. Marissa estiró un brazo y le tomó la mano.
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EPÍLOGO
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Estaba desembalando
las maletas al regresar de dos semanas de vacaciones que había tomado por
petición expresa del doctor Carbonara, cuando sonó el timbre de la calle.
Acababa de llegar de Virginia, donde su familia había hecho todo lo posible por
mimarla, hasta el punto de regalarle otra perrita a la que en el acto denominó
Taffy Dos.
Mientras bajaba la
escalera se preguntaba quién podría ser, ya que no había avisado a nadie la
fecha exacta de su retorno. Al abrir la puerta le sorprendió encontrarse con
Cyrill Dubchek y un desconocido. – Espero que no te moleste que hayamos
aparecido sin avisar, pero el doctor Carbonara me dijo que podías estar de
vuelta, y el doctor Fakkry, de la Organización Mundial de la Salud, deseaba
conocerle. Hoy es el último día que está con nosotros; esta noche regresa a
Ginebra.
El desconocido dio
un paso adelante e inclinó la cabeza. Luego miró fijamente a Marissa con sus
ojos muy oscuros.
–Es un gran honor
para mí -expresó Fakkry con marcado acento británico-. Quería agradecerle
personalmente su brillante trabajo de detective.
–Y sin la menor
ayuda nuestra -reconoció Dubchek.
–Me siento halagada
-confesó ella, sin saber qué más decir.
Dubchek carraspeó.
Esos nuevos rasgos de timidez de Cyrill le resultaban muy simpáticos.
Cuando no hacía lo
posible por enfurecerla, ella reconocía que resultaba muy guapo.
–Pensamos que te
gustaría saber lo que pasó en estos días. A la prensa se le informó lo menos
posible, pero hasta la policía considera que tú tienes derecho a saber toda la
verdad.
–Me encantaría que
me lo contaran. Pero pasen, por favor, y siéntense. ¿Les sirvo algo de beber?
Una vez que estuvieron acomodados, tomó la palabra el doctor Fakkry.
–Gracias a usted se
ha podido detener a casi todas las personas relacionadas con la conspiración
del Ébola. El hombre al que acuchilló en San Francisco acusó al doctor
Heberling apenas se repuso un poco.
–La policía opina
que el tipo quiso que lo mandaran a la cárcel para evitar que pudieras atacarlo
de nuevo -bromeó Dubchek.
Marissa se
estremeció al recordar el terrible episodio, cuando apuñaló al individuo en el
lavabo del hotel. Por un instante el recuerdo de los ojos de su agresor la
conmocionó. Luego recuperó el dominio de sí misma y preguntó qué suerte había
corrido Heberling.
–Se le procesará
por numerosos homicidios premeditados -respondió Dubchek-. El juez le negó la
libertad bajo fianza aduciendo que es tan peligroso para la sociedad como los
criminales nazis.
–¿Y el hombre al
que ataqué con la Dermojet? Tuvo miedo de formular la pregunta porque no quería
ser responsable de dar muerte a alguien ni de provocar un brote de Ébola. – Se
va a salvar, para que se le pueda juzgar. Se inoculó a tiempo el suero de convalecientes,
y éste resultó efectivo.
–¿Y los del Comité
Médico de Acción Política? – Varios ofrecieron presentarse a declarar, con lo
cual la investigación se está volviendo inusitadamente fácil. Casi nos hemos
convencido de que la mayoría consideraba que estaba apoyando una simple campaña
de presión. – ¿Y Tieman? Él sí que no parecía ser deshonesto como para
involucrarse en un asunto tan sucio. 0 al menos daba la impresión de que le
pesaba la conciencia.
–Su abogado está
gestionando una condena más benigna a cambio de su colaboración. En cuanto al
CMAP, el grupo está en quiebra ya que casi todos los familiares de las-victimas
les iniciaron juicio, y también demandan a los médicos en forma individual. A la
mayoría de los miembros se los procesa por criminales, de modo que pasarán un
buen tiempo entre rejas, particularmente Jackson.
–A él y al doctor
Heberling -intervino Fakkry- el pueblo los lincharía si pudiera ponerles las
manos encima.
–Supongo que
también condenarán a Ralph -conjeturó Marissa.
Todavía le costaba
aceptar que el hombre al que consideraba su protector hubiese intentado
matarla.
–Él fue uno de los
primeros en cooperar con el fiscal. Va a conseguir reducción de condena, pero
de todos modos no creo que lo suelten durante largo tiempo, Aparte de su
vinculación con el CMAP,
se lo relaciona
directamente con los ataques sobre tu persona.
–Lo sé. – Suspiró
Marissa-. O sea que todo terminó.
–Gracias a tu
persistencia -aclaró Dubchek-. Y el brote de Nueva York está totalmente
dominado. –.Qué tranquilidad. – ¿Y bien? ¿Cuándo regresas al Centro? Ya se te
ha concedido la autorización
para utilizar el
laboratorio de máximo riesgo. – Esa vez Dubchek exhibió una franca sonrisa-.
Nadie quería que tuvieras que volver a entrar subrepticiamente de noche.
Marissa se ruborizó
sin desearlo. – Todavía no lo decidí. En realidad estaba pensando en volver a
la pediatría.
–¿Y regresar a
Boston? – preguntó Dubchek, con rostro compungido.
–Sería una pérdida
lamentable -opinó el doctor Fakkry-. Usted se ha convertido ya en una heroína
internacional en el campo epidemiológico.
–Tendré que
pensarlo más. Pero aun si vuelvo a la pediatría, me quedaría en Atlanta. –
Acarició a su nueva perrita. Se produjo un silencio, tras el cual agregó-: Pero
quisiera hacer una petición.
–Si en algo podemos
ayudarla… -ofreció el doctor Fakkry.
Marissa meneó la
cabeza. – Esta vez sólo puede ayudarme Cyrill. Ya sea que vuelva o no a la
pediatría, me encantaría que él me invitara otra vez a cenar.
Consiguió tomarlo
desprevenido. Riéndose por la expresión de asombro que puso Fakkry, Dubchek se
inclinó, le pasó un brazo alrededor de los hombros y la atrajo hacia sí.
FIN
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06/08/2008
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