© Libro N° 13998. La Tarjeta
Comercial De Dick Boyle. Bret Harte,
Francis. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © La Tarjeta Comercial De Dick
Boyle. Francis Bret Harte
Versión Original: © La Tarjeta Comercial De Dick Boyle. Francis Bret Harte
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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LA TARJETA COMERCIAL DE
DICK BOYLE
Francis Bret Harte
La Tarjeta
Comercial De Dick Boyle
Francis Bret Harte
La Tarjeta
Comercial De Dick Boyle
Francis Bret Harte
(Albany, Nueva
York, 1839 – Camberley, Inglaterra, 1902)
La diligencia para Sage Wood y Dead Flat aguarda¬ba delante de la
estación. El coche correo de Pine Ba¬rrens, que enlazaba con ella, con los
pasajeros que de¬bían transbordar, traía mucho retraso. Toda la estación se
mantenía a la espera e inquieta. Incluso las bromas de Dick Boyle, viajante
comercial de Chicago y el úni¬co pasajero por el momento, que habían distraído
a los reunidos, ya no producían efecto, si bien el optimismo del chistoso
seguía intacto. Los mozos habían regresado a los establos y el jefe de la
estación y el cochero de la diligencia limitaban su conversación a impacientes
mo¬nosílabos, como si cada uno considerase al otro culpa¬ble del retraso.
Un solitario indio, embozado en la manta que le ha¬bía proporcionado un
agente del Gobierno y cubierto con un alto sombrero, desechado por algún
blanco, se acurrucaba junto a la pared de la estación con la mirada perdida en
el vacío. La estación en sí, un largo edificio de madera, con todos sus
departamentos para hombres y animales reunidos bajo un techo corrido como el de
un cobertizo, no ofrecía cosa alguna digna de atención. Y mucho menos el
paisaje: por un lado, dos millas de árida llanura, hasta los corpulentos y
espaciados pinos de la lejanía, una zona conocida por los Páramos; por otro, un
desierto casi ilimitado, moteado por algunas manchas de oscura maleza,
semejantes a residuos de apagadas hogueras.
Dick Boyle se acercó al inmóvil indio, estudiándolo como a una posible
distracción.
—No parece importarle gran cosa si hay o no escuela —dijo—, ¿no es
cierto, Lo?
El indio, que estaba en cuclillas, se puso en pie con un movimiento
ágil, igual al de un felino. Boyle tomó una punta de su manta para examinarla
con mirada crí¬tica.
—No es que el Gobierno te abrume con mercancías de primera calidad, Lo.
Calculo que el agente te cobró cuatro dólares por ésta. Nuestra compañía te la
hubiera vendido por dos treinta y siete, regalándote, además, como prima, una
caja de cuentas. Algo así.
Sacó del bolsillo una cajita que contenía un vistoso collar para
mostrársela al indio.
El salvaje, que le había escuchado con la tolerante indiferencia de
alguien a quien molestan los juegos de un animal de orden inferior, cambió
súbitamente) de ex¬presión. Una avidez infantil le encendió el lúgubre
sem¬blante y extendió la mano hacia la baratija.
—¡Quieto ahí! —advirtió Boyle, no muy decidido. Pero, de pronto, cambió
de parecer—. Bueno, quéda¬telo, y además, esto.
Sacó del bolsillo una tarjeta comercial que le metió al indio en la
cinta del sucio sombrero.
—Guárdala. Se la enseñas a tus amigos, y cuando necesitéis algo de
nuestro ramo...
La carcajada que, desde el pescante de la diligencia, le interrumpió,
era, probablemente, lo que Boyle estaba esperando, ya que se apartó del indio
para acercarse al carruaje.
—Está bien, muchacho. Ya he recompensado al no¬ble piel roja y la
estrella de nuestro imperio comercial inicia su carrera hacia el oeste. Imagino
que nuestra compañía va a hacer con, los indios el negocio del Gran Manitú, a
mitad de precio de lo que ofrecen en Wash¬ington.
En aquel momento los mozos salieron del establo a toda prisa.
—Ahí viene —dijo uno—. Mire aquel polvo que se levanta detrás de Pino
Solitario y, por el modo como corre, creo que viene volando.
—Seguro —convino el agente de Correos, encaramán¬dose en lo alto del
coche para ver mejor—. Pero que me cuelguen como a un cuatrero si trae algún
pasajero. Apuesto a que hemos esperado en balde.
Era cierto. Cuando los caballos del vehículo que se aproximaba salieron
de la nube de polvo que les envol¬vía, pudieron distinguir al solitario cochero
azuzándolos desde el pescante. Poco después, el carruaje se detuvo en un
extremo de la estación.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el agente de Co¬rreos.
—Nada de particular —respondió uno de los mo¬zos—. Que ha habido pánico
por la presencia de indios en los Páramos. Parece que estaban bailando la danza
de los espíritus o algo así, y los viajeros, asustados, han tomado otro camino.
Sólo uno ha tenido valor para venir. Y, por cierto, es una mujer.
—¿Una mujer? —repitió Boyle.
—Sí —explicó el cochero, sin apartar la vista de la muchacha, alta y
elegante que rechazaba la cortés ayuda del jefe de estación para bajar por sí
sola del coche—. Una mujer. Y es nada menos que la hija del comandante del
fuerte. Ya podéis apostar que tiene buena madera, es una rama del mismo tronco.
Y esto significa, mi jo¬ven amigo, que debe usted cederle el mejor asiento.
Miss Julie Cantire no viaja en mi coche si no se le hace ese honor.
La muchacha se dirigía ya, en línea recta y muy er¬guida, hacia la
diligencia. Tenía un andar firme y deci¬dido. Iba bien vestida, con guantes y
botitas, guarda¬polvo para el viaje y una cenicienta capa de merino, todo ello
impregnado por el inconfundible sabor de la distinción. Su nariz era aquilina v
un poco grande, lo que hacía que su linda boca resultase más pequeña; los ojos
grises, con un amarillento reflejo en sus profun¬didades; las cejas, finas y
bien dibujadas; los rizos del pelo, castaños. Estos rasgos le parecieron a
Boyle los de un delicioso cuadro, que enmarcase el velo gris plata que lucía en
el cuello y se anudaba bajo su ovalada bar¬billa. Sus sobrios tonos evocaron en
la imaginación de Boyle una sinfonía, incluso en medio del polvo que les
rodeaba. La impresión que él le producía a ella no resultaba tan clara. La
muchacha le miró por encima, pues Boyle era más bien bajo, o a través de él, ya
que, además, era poco sólido. Luego, sus ojos se detuvieron con franca
satisfacción en el cochero.
—Buenos días, mister Foster —saludó sonriendo. —Buenos días, señorita.
Ya me he enterado de que los indios sembraron el pánico en los Páramos. Y
su¬pongo que a los hombres va a caérseles la cara de ver¬güenza al recibir esta
lección de una señora.
—Me parece que no creyeron que iba a atreverme a venir. A algunos les
acompañaban sus mujeres. Ade¬más, son gente del este, que no conoce a los
indios tan bien como nosotros, mister Foster.
El cochero se sonrojó de satisfacción al sentirse in¬cluido en aquel
"nosotros".
—Sí, señorita. Creo que como vieran al viejo "Man¬ta Piojosa"
que allí tenemos —dijo, señalando al indio que se alejaba, muy digno, de la
estación, les entraría tal miedo, que hasta perderían las botas. Y eso que
lle¬va en el sombrero la tarjeta comercial de este caballero, mister Dick
Boyle, representante de la gran casa Fletcher y Compañía, de Chicago. Así que
creo que si al¬guien va a perder el cuero cabelludo van a ser los indios. Miss
Cantire escuchó la presentación y el chiste con frialdad cortés y subió
ágilmente a su asiento, mientras trasladaban a la diligencia los sacos del
correo y un considerable equipaje, que, sin duda, pertenecía a los pasajeros
fugitivos. De no encontrarse allí la hermosa viajera, el cochero hubiese
manifestado, en grosero len¬guaje, su convicción de que a su vehículo lo
tomaban por una maldita carreta de mercancías; pero, dadas las circunstancias,
se limitó a hacer una mueca, empuñó las riendas y chasqueó el látigo. El coche
partió en medio del polvo que al instante se levantó a su alrededor y quedó
convertido en una nube conforme se perdía en la distancia.
El polvo de la diligencia también envolvió por un ins¬tante al indio,
que avanzaba impávido por el camino marcado por las ruedas; pero, en seguida,
el salvaje se desvió, y alargó el paso emprendiendo el trote peculiar, lento y
acompasado, de su raza. Manteniéndolo, alcanzó al cabo de una hora una línea de
peñascos y arbustos que se veía desde el camino, a causa de los altibajos de la
llanura, aparentemente uniforme. Se deslizó entre ellos hasta desaparecer. La
nube de polvo que delataba la po¬sición de la diligencia también había
desaparecido de los confines del horizonte visible.
Los riscos por entre los cuales se fue deslizando el indio constituían
el muro protector de una hondonada que no se veía desde la llanura, si bien la
seguía va¬rias millas entre una maraña de árboles y maleza, refugio natural de
los lobos, coyotes y algunos osos, cuyas pi¬sadas, casi humanas, podían llegar
a engañar a un no¬vato. Sin embargo, estos rastros no entretuvieron al in¬dio
en su carrera, que sólo interrumpía de vez en cuando para examinar otras
pisadas más frecuentes, las huellas leves y de dedos encogidos que señalan el
paso de pies calzados con mocasines.
Conforme el indio avanzaba, la espesura se iba haciendo más tupida e
impenetrable. La oscuridad que allí reinaba se veía ahora animada por otras
formas que también se movían, formas vagamente perceptibles, tan inciertas y
difusas como el follaje iluminado por el sol que el viento agitaba y que, pese
a todo, tenían cierto aire de figuras humanas.
Al cabo de un rato, el indio se mezcló con los demás componentes del
sombrío desfile, el cual, visto de cerca, resultaba una hilera de guerreros,
unos detrás de otros, sosteniendo todos el mismo trote infatigable. Los
árbo¬les y la maleza parecían llenos de ellos, todos avanzan¬do tras el primero
en dirección paralela a la que llevaba la diligencia. De vez en cuando se
divisaba en algún claro un rostro humano pintarrajeado de colores, un pe¬nacho
de plumas, las alegres franjas de una manta, pero nada más. Y, sin embargo, a
unos centenares de pasos se extendía la llanura, sombría y silenciosa, privada
de to¬do sonido y movimiento.
Mientras, la diligencia de Sage Wood y Pine Barrens, ajena, igual que
todos los inventos humanos, a cuanto no fuese su regular funcionamiento,
abandonaba la al¬tiplanicie para iniciar el grato descenso de un cañón
sombreado por tupidos árboles que venían a unirse a la hondonada antes
descrita, por la que el siniestro des¬file avanzaba despacio, a una milla
escasa de la diligen¬cia, a un lado de sus flancos, y a sus espaldas.
Miss Cantire, que había desafiado sin siquiera pes¬tañear la polvareda
de la llanura, como corresponde a la hija de un soldado, se puso entonces de
pie para sa¬cudirse la ropa, haciendo que su linda cabeza y su her¬moso cuerpo
emergiesen de una nube plateada cual la figura de una diosa. Por lo menos así
se lo pareció a Boyle, al que habían relegado al asiento trasero, sin que le
ofendiese que ella reservara su conversación y sus atenciones al cochero y el
agente de Correos. Cuando en una ocasión él hizo un comentario trivial, lo
había recibido con tan fría cortesía que Boyle desistió de todo intento de
acercarse a ella, aunque no por eso perdiera el optimismo ni alimentase el más
mínimo rencor por el evidente regocijo con que sus dos compañeros de viaje acogían
su fracaso.
Es posible, sin embargo, que Julie tuviera ciertos prejuicios sociales,
y que pensara que un agente de co¬mercio no era para la hija de un mayor una
compañía más apropiada que un vulgar buhonero. Pero aún era más probable que la
reputación de Boyle como amigo divertido en una reunión de hombres fuese
incompati¬ble con su idea de lo varonil. Puede ocurrir, en efecto, que el que
mueve a risa a toda una asamblea sea de¬testado por las mujeres, sin contar las
demás razones evidentes por las cuales a las Julietas no les agradan los
Mercuccios.
Por alguna de estas causas Dick Boyle, confinado en el asiento trasero,
se vio obligado a distraerse a solas con las finas dotes de observación que la
naturaleza le había concedido. Al entrar en el cañón advirtió la enor¬me vuelta
que el coche debía dar antes de alcanzarlo y ya había descubierto un camino
mejor que penetraba en la hondonada, por el mismo lugar en que, sin él saberlo,
se había introducido el indio. En su imaginación había proyectado un camino
que, cruzando aquella selva, acor¬tase el trayecto en varias millas. Echando
sus cuentas, comprobó que resultaba ventajoso. Pero, en este mo¬mento, el coche
iniciaba ya la subida de la ladera opues¬ta del cañón, empinada y difícil.
Apenas había empezado a subir, cuando el vehículo se detuvo. Dick Boyle
miró hacia atrás. Julie Cantire se apeaba, tras manifestar su deseo de hacer la
subida a pie y de que el coche la esperase al final de la cuesta. Foster le
advirtió con deferencia que fuese despacio, ya que nadie tenía prisa. Boyle
contempló bastante emocio¬nado su preciosa silueta, libre ahora de la forzada
pos¬tura a que la obligaba el asiento del coche, surgiendo y desapareciendo
entre los árboles que bordeaban el ca¬mino. Le hubiera gustado acompañarla en
su paseo por el bosque, pero ni siquiera su natural optimismo le ocul¬taba la
indiferencia que ella le mostraba.
En una revuelta del camino dejaron de verla y mien¬tras el cochero y el
agente de Correos discutían acerca de si el coche iba o no por donde debía,
Boyle reanudó su silencioso estudió del paisaje. De repente profirió una leve
exclamación y saltó del carruaje. Su acción no pasó inadvertida al cochero,
quien al punto pisó el freno y tiró de las riendas.
—¿Qué ocurre ahora? —gruñó.
Boyle no le1 respondió. Retrocedió unos pasos a to¬da prisa y se puso a
explorar! el suelo atentamente.
—¿Ha perdido algo? —indagó Foster.
—He encontrado algo —corrigió Boyle, recogiendo un pequeño objeto—.
Miren esto. Que me cuelguen, como dicen ustedes, si no es la tarjeta que le di
al indio de la estación hace unas cuatro horas.
Y les mostró la tarjeta.
—Mire, hijo, si lo que quiere usted es apearse para pasear con miss
Cantire, ¿por qué no lo dice de una vez? No creerá que vamos a tragarnos ese
cuento.
—Es cierto —insistió Boyle, angustiado—. Es la misma tarjeta que le
prendí en el sombrero. Aquí está la huella de grasa, en esta esquina. ¿Cómo
diablos ha¬brá llegado aquí?
-—Será mejor que se lo pregunte a él, si es que anda por estos parajes.
—Mire, Foster, no me gusta esto, miss Cantire se halla sola y...
Una carcajada de Foster y del agente le interrum¬pieron.
—Vaya —opinó Foster—. Es una bonita excusa. No la desaproveche.
Cuéntesela a ella. Explíquele que los indios están en pie de guerra, que el
sanguinario "Manta Piojosa" ha desenterrado el hacha y que usted va a
de¬rramar hasta la última gota de su sangre para defen-derla. Eso la conmoverá,
sobre todo después de que se ha mostrado tan poco amable con usted. ¡Ande, vaya
a contárselo!
Por un momento pensó en seguir la maliciosa suge¬rencia de Foster y
revelar su descubrimiento a miss Cantire. Boyle era totalmente capaz de
inventar una di¬vertida historia sobre el asunto que fuera. A cualquier otra
muchacha la hubiese entretenido con su relato, pero a ésta no quiso imponerle
su compañía. Dudaba de si el descubrimiento que había hecho se podía tomar a
broma, y si la cosa no iba en serio, ¿para qué alar¬marla?
Por si acaso, decidió quedarse en el camino a pru¬dencial distancia de
la muchacha hasta que ésta volviese al coche. No podía encontrarse muy lejos.
Una vez de¬cidido, siguió al vehículo, deteniéndose sólo de vez en cuando para
mirar atrás.
Mientras, la diligencia continuaba el fatigoso ascen¬so, que hacía más
difícil a causa del raro nerviosismo de los caballos, en tanto que, a fuerza de
mucho traba¬jo y de muchos improperios, el conductor conseguía obligarlos a no
desviarse del camino habitual.
—Pero, ¿qué les pasará a estos pencos? —exclamó Foster, colérico,
tirando de las riendas hasta lograr que el guía volviese a la senda.
—Parece como si olieran algo raro, un oso o "mus¬tangs"
—sugirió el agente de Correos.
—¿"Mustangs"? —repitió Foster con ironía.
—Desde luego, los "mustangs" excitan a un caballo lo mismo que
los potros salvajes.
—¿Dónde están los "mustangs" de que me hablas? —indagó Foster
sin dar crédito a su acompañante.
•—No lo sé —respondió éste simplemente.
En aquel instante los caballos se asustaron a causa de algo que había en
la espesura, con tanta violencia, que el coche se desvió hacia la izquierda del
camino. Por fortuna, el terreno era bastante bueno, de modo que Foster les dejó
seguir su inclinación, seguro de que po¬dría hacerlos volver a la senda en
cuanto se lo propusiera. Tardó unos instantes en poder dominar comple¬tamente a
los asustados animales. Después, conforme se calmaba su nerviosismo y se iban
alejando de la espe¬sura, y al comprobar que el sendero por donde camina¬ban
era menos inclinado, aunque con más curvas que el camino habitual, decidió
seguirlo hasta alcanzar la cima, donde volvería al otro para esperar a sus
pasa¬jeros.
Una vez alcanzaron su meta, los dos se pusieron de pie en el pescante y,
con una inquietud que tanto uno como otro intentaban disimular, volvieron la
vista al cañón, tratando de descubrir a sus retrasados viajeros.
—Confío que miss Cantire no salga de estampida por un susto como el
nuestro —dijo con voz vacilante el agente de Correos.
—Ella no es de esa clase. Tiene demasiado temple y experiencia para
hacer una cosa así, a menos que ese vendedor le haya ido con el cuento de la
tarjeta.
Esas fueron las últimas palabras que pronunciaron aquellos hombres. Dos
disparos de rifle restallaron en los matorrales que bordeaban el camino, dos
disparos hechos con tanta precisión, que los dos hombres, mortal-mente heridos,
se desplomaron, quedando colgados unos segundos de la tabla del pescante para
caer luego sobre las grupas de los caballos. Tampoco aquí quedaron mu¬cho rato.
En breves instantes, media docena de figuras siniestras se apoderaron de ellos,
desengancharon las ca¬balgaduras y los ocultaron entre la espesura.
Otra media docena, seguida de toda una docena de sombras, se
precipitaron sobre el coche, invadiéndolo por dentro y por fuera. Otras muchas
fueron llegando hasta que todo el vehículo quedó ocupado, cubierto y oculto
bajo aquel enjambre, oscilando y moviéndose bajo su peso cual una desvalida res
atacada por una manada de lobos. Y, a pesar de todo, cuando aquella muchedumbre
estaba en el apogeo de su actividad, se dispersó de improviso, obedeciendo a
una misteriosa se¬ñal. Desapareció por completo, dejando el coche vacío,
desprovisto de cuanto le había dado vida, peso, anima¬ción y sentido, cual un
esqueleto abandonado al borde de un camino.
El viento de la tarde penetraba por las abiertas puer¬tas del vehículo y
jugaba con la carrocería como si fue¬se un despojo de varias semanas y no de
varios minutos. Los rayos horizontales del sol poniente relampagueaban en las
ventanas como si el fuego quisiese contribuir a la ruina. Pero incluso esto
desapareció pronto, reducien¬do al abandonado carruaje a un espectro, rígido e
inerte, del inmenso llano.
Una hora más tarde se oyó un retumbar de cascos de caballo y el crujir
de atalajes; un escuadrón de ca¬ballería avanzaba por la llanura hacia el
abandonado coche. Por un momento, lo rodearon igual que lo hicie¬ron las otras
sombras. También las de ahora explo¬raban los matorrales y los árboles que
bordeaban el camino. Y, enseguida, obedeciendo a una orden, par-tieron
decididas sobre el rastro de las sombras destruc¬toras.
Miss Cantire aprovechó el consejo de no apresurarse en su paseo. En la
espesura recogió flores y bayas sil¬vestres y estuvo contemplando nidos de
pájaros con sana curiosidad juvenil, e incluso aprovechó la ocasión para
arreglarse el cabello con algo que sacó de un bol¬so que llevaba colgado del
cinturón. Pasaron unos veinte minutos antes de que volviera al camino. La
diligencia había desaparecido en una revuelta de la larga y serpen¬teante
cuesta, pero a pocos pasos de ella estaba aquel hombre horrible, el viajante de
Chicago. Aunque no era vanidosa, no dudó un momento de que la estaba
espe¬rando. No había modo de librarse de él; aunque su com¬pañía iba a resultar
muy breve. Julie comenzó a andar sin disimular su prisa.
Boyle, cuya preocupación por la muchacha había ex¬perimentado un
considerable alivio al volver a verla, se puso también en marcha sin mirar
hacia atrás. Julie no esperaba esa reacción. Como él iba delante, quedó en la
ridícula postura de estarle persiguiendo. Al darse cuenta, vaciló, pero, como
entonces casi le alcanzaba, consideró preferible continuar.
— Creo que hace bien en andar de prisa, miss Can¬tire — dijo Boyle
cuando pasó— Hace un rato que no veo el
coche y supongo que nos estará esperando allá arriba.
Esto le agradó aún menos a miss Cantire. Verse obli¬gada a caminar junto
a este hombre horrible, forzando el paso en pos de la diligencia, igual que una
pareja de excursionistas que han perdido el coche, era realmen¬te excesivo. A
modo de: excusa, propuso:
— Quizá si echara usted una carrerita y les explicase que voy tan
deprisa como puedo...
— Presentarme ante Foster sin usted equivale a ju¬garme la vida —
respondió él riendo— Sólo tiene usted
que apresurarse un poco más.
Pero a la joven le molestó que le diese órdenes un viajante y comenzó a
retrasarse, frunciendo el ceño con aire amenazador.
— Permítame que le lleve las flores — dijo Boyle, dándose cuenta de que
a la muchacha le resultaba di¬fícil sostener la falda y el ramillete al mismo
tiempo. — ¡No! ¡No! — exclamó, horrorizada ante esta nue¬va muestra de
confianza— . Muchas gracias, pero no vale la pena conservarlas. Las voy a
tirar. ¡Allá van! — aña¬dió, mientras las arrojaba al camino.
Pero no había contado con el inalterable buen humor de Boyle. Aquel
galante idiota se agachó para recoger¬las y siguió en pos de ella.
Julie aceleró el paso. ¡Si al menos lograra alcanzar el coche antes que
él, para terminar con la escena! Por¬que un hombre tan ordinario, seguro que le
daría el ra¬millete al tiempo que le dedicaba algún chiste. Volvió a caminar
despacio. Se sentía cansada y no se veía el coche por ninguna parte. El
viajante, muy tranquilo, iba detrás de ella, a respetuosa distancia, igual que
el asisten¬te de uno de los oficiales de su padre. Sin embargo, esto no le
mejoró el humor. Se detuvo, y cuando él la alcan¬zó, le dijo con visible
impaciencia:
— No comprendo por qué mister Foster le envió a buscarme.
— No fue idea suya — confesó Boyle candidamente— . Es que yo me bajé a
recoger una cosa.
— ¿A recoger una cosa? — repitió ella, incrédula. — Sí, esto — le mostró
la tarjeta— . Es la tarjeta de la casa que represento. Julie sonrió con ironía.
— Es usted muy leal a su empresa. — Pues sí — reconoció Boyle de buen humor— .
A mi juicio, no vale la pena hacer las cosas a medias. En todo lo que hago,
mantengo los ojos muy abiertos.
Pese a sus prejuicios, Julie observó que la mirada de Boyle, aunque
impertinente, era la de un hombre hon¬rado. Mientras, Dick seguía hablando:
— Apenas hay cosa que me pase por alto. Por ejem¬plo, miss Cantire, ese
guardapolvo de fantasía que lleva usted no figura entre nuestros géneros ni lo
tiene nadie al oeste de Chicago. Viene de Boston o de Nueva York y está hecho
de encargo. Pero su sombrero, que por cierto le sienta a usted muy bien, es un
artículo corriente de Dunstable, que nosotros podríamos vender en Pine Barrens
a cuatro centavos y medio la pieza. Y, sin em¬bargo, me imagino que le costó
unos veinticinco en la sucursal.
Aunque sorprenda, estos fríos cálculos sobre el valor de sus prendas no
indignaron a la muchacha, como ló¬gicamente debieran haberlo hecho. Antes bien,
por al¬guna misteriosa razón femenina, le resultaron divertidos e interesantes.
Era una bonita anécdota que contarle a sus amistades como ejemplo de la idea
que de la ga¬lantería tienen los viajantes. Y también para tomarle el pelo a
aquel petulante oficialillo de West-Point que aca¬baba de incorporarse a la
guarnición. Por otra parte, los cálculos del viajante eran correctos. El mayor
Can¬tire no disponía más que de su sueldo y Julie había te¬nido que elegir su
sombrero en un almacén del Gobierno.
— ¿Acostumbra a suministrar estos datos a todas las señoras con quienes
tropieza en sus viajes? — le pre¬guntó.
— Pues, no — respondió Boyle— . En eso hay que andar con más tino. A la
mayoría iba a sentarle mal y no conviene molestar a posibles clientes. Pero
usted no es de esas.
Julie no hizo comentarios. Le constaba que no era de esas, pero no
necesitaba que aquel tipo vulgar se lo recordase. Durante un rato se adelantó a
él, pero, de pronto, oyó que la llamaba. Se volvió de mal humor. Boyle estaba
examinando atentamente las dos lindes del camino.
— O nos hemos perdido o el coche ha cambiado de rumbo. Estas no son
huellas recientes y, como todas llevan la misma dirección, creo que pertenecen
a la di¬ligencia que pasó anoche. No son las de la nuestra. Ya me extrañaba no
haber visto aún el coche.
— Entonces, ¿qué? — indagó Julie, impaciente.
— Tenemos que volver hasta encontrar el rastro.
La joven frunció las cejas y, con tono de suficiencia, propuso:
— ¿Por qué no continuamos hasta llegar arriba? Yo, desde luego, sigo.
Al advertir la expresión preocupada del rostro de Boyle y su mirada
inquieta, modificó inmediatamente el tono de la pregunta:
— ¿Por qué no seguimos por donde vamos?
— 'Porque esperan que volvamos al coche, no al final de la cuesta. Tales
son las "órdenes", y ya sabe, como hija de militar, lo que esto
significa.
Lo dijo riéndose, pero con una calma deliberada que la preocupó. Por
tanto, le siguió sin rechistar, cuando él añadió:
— Debemos retroceder para averiguar en qué sitio las huellas se apartan
del camino.
Anduvieron un rato buscando con atención el rastro del coche. Un intenso
interés y una creciente confianza en las dotes de Boyle aliviaron a la muchacha
su mal humor y la hicieron recobrar su naturalidad. Con juve¬nil afán, Julie se
adelantaba ahora, examinaba el terreno y seguía alguna pista falsa con gran
entusiasmo, hasta que, advirtiendo su error, volvía al camino alegremente. Y
fue ella la que, al cabo de diez minutos de marcha, descubrió el verdadero
rastro con un grito de triunfo.
Boyle, que había seguido sus movimientos con tanto interés como su
descubrimiento de las huellas, quedó un poco preocupado al observar los
profundos surcos que hicieron los caballos en su espantada. Julie se dio cuenta
del cambio que se produjo en su expresión y que diez minutos antes le hubiese
pasado inadvertido. Al verle vacilar, le dijo:
— Quizá sería mejor seguir esta pista.
— Desde luego, es lo más seguro — convino Boyle.
— ¿Qué cree usted que puede haber sucedido? Las huellas están muy
marcadas.
Dijo esto en un tono confidencial, tan nuevo en ella como su reciente
interés por Boyle.
— Alguno de los caballos debió resbalar y han pasado al camino viejo por
creerlo menos empinado — se apre¬suró a responder él.
Naturalmente, Boyle no creía semejante cosa, pero sabía que, de haber
ocurrido un percance serio, el coche les hubiera esperado en el camino. A
continuación añadió:
— Para nosotros, este camino también es más cómo¬do, aunque resulte algo
más largo.
Hubo una pausa. Julie dijo:
— Usted lo acepta todo con buen humor, mister Boyle.
— Es el único modo de hacer negocios. Un hombre de mi profesión debe
mantener el buen humor...
Julie se arrepintió de haberlo dicho. Sin embargo, añadió con cierta
ironía:
— Pero usted no negocia con la compañía de diligen¬cias ni tampoco
conmigo, aunque le confieso que de aho¬ra en adelante compraré mis sombreros en
su casa, a precio de subasta.
Antes de que él pudiera contestar, las detonaciones de los disparos,
aminorados por la distancia, se oyeron desde lo alto del acantilado, a cuyo pie
se encontraban.
— Ahí están — anunció Julie con impaciencia— . ¿Lo ha oído?
Boyle alzó la cabeza hacia la distante cima para que ella no pudiese
adivinar, en sus ojos, su presentimiento.
Julie añadió muy animada.
— Son los del coche. Lo hacen para guiarnos, ¿com¬prende?
— Sí — contestó él, riendo— . Y significa que hemos de darnos prisa.
Están cansados de esperar. Lo mejor será que vayamos en seguida.
— ¿Por qué no les responde con su revólver? — in¬dagó ella.
— Porque no tengo.
— ¿Que no tiene? Yo suponía que los caballeros que viajan como usted no
se separaban de él jamás. Tal vez sea incompatible con su doctrina del buen
humor.
— Seguro, miss Cantire. Ha dado usted en el clavo.
— ¡Pues, vaya! — exclamó ella, sorprendida— . Yo tengo una
"Derringer", muy pequeña, por cierto, y la llevo en el bolso. Es un
regalo del capitán Richards.
Abriendo el bolso, mostró una bonita pistola con em¬puñadura de marfil.
La expresión de agradable sorpre¬sa que asomó en el rostro de mister Boyle se
alteró en cuanto ella levantó el percutor y extendió el brazo hacia lo alto.
Rápidamente, Boyle la sujetó.
— No, por favor. Puede hacernos falta. Quiero decir que no oirían el
disparo. Es un juguete muy útil; pero, a pesar de todo, sólo resulta eficaz de
cerca.
Se guardó la pistola mientras seguían andando. Julie se dio cuenta de su
visible satisfacción cuando la sacó del bolso y su alarma cuando estuvo a punto
de des¬cargarla en vano. Julie era inteligente y sincera con aque¬llas personas
en quienes ponía su confianza. Ahora co¬menzaba a confiar en el desconocido. En
su rostro se dibujó una sonrisa.
— Me parece que tiene usted miedo de algo, mister Boyle — dijo, sin
levantar la vista del suelo— . ¿Qué es? ¿No estará usted también asustado a
causa de los indios?
Boyle no sentía falsa vergüenza. Con la misma fran¬queza qué ella, le
respondió:
— Creo que sí que lo estoy. Comprenda que no co¬nozco a los indios tan
bien como usted o como Foster.
— Bueno, pues acepte mi palabra y la de Foster de que nada hay que temer
de ellos. Por esta parte son como niños crecidos, crueles y destructores, igual
que la ma¬yoría de los niños; pero, a estas alturas, saben muy bien quiénes son
los amos, y ya han pasado los tiempos en que arrancaban cabelleras a capricho.
La única propen¬sión infantil que conservan es la del robo. Pero, con todo,
sólo roban lo que necesitan: caballos, armas y pólvora. Una diligencia puede ir
a sitios que le están vedados a un carro de armamento o a un carromato de
emigrantes. De modo que su baúl de muestras está seguro en manos de Foster.
Boyle no creyó necesario discutir. Acaso pensaba en otra cosa.
— Me parece que voy a contarle algo más — conti¬nuó la muchacha con
cierto misterio— . Secreto por se¬creto. Como usted me ha confiado lo de sus
negocios, voy a decirle uno del nuestro. Antes de partir de Pine Barrens, mi
padre ordenó que una escolta de caballería estuviese dispuesta para salir al
encuentro de la diligen¬cia si los exploradores que andaban de observación lo
creyeran necesario. Así, que, como usted ve, no está justificada mi fama de
valiente.
— Lo uno no quita lo otro — dijo Boyle, admirado— pues su padre debió de sospechar algún
peligro o, de lo contrario, no hubiera tomado tal precaución.
— ¡Ah! No era por mí — se apresuró a contestar ella.
— ¿Que no era por usted?
Julie se detuvo en seco, ruborizada y con una sonri¬sa de picardía.
— ¡Bueno! Después de lo que le he dicho, puedo tam¬bién confiarle el
resto. Me inspira usted confianza, mister Boyle — mirándole con sus ojos claros
y penetrantes, siguió—: Pues bien. Se habrá dado usted cuenta de que llevamos
cierta cantidad de equipaje perteneciente a los pasajeros que no han venido. En
realidad, esos pasaje¬ros no tenían equipaje ni pensaron jamás tomar la
di¬ligencia. ¿Comprende? Esos baúles tan pesados y de apariencia tan inofensiva
ocultan en realidad fusiles y munición que nuestro puesto envía a Fort Taylor
bajo mi custodia personal — en este punto hizo Julie una graciosa inclinación;
luego, divertida ante la sorpresa de Boyle, continuó—: Como habrá comprobado,
yo acompañé las cajas a la estación y las hice cargar en la diligencia con
mucho menos ruido y complicaciones de las que hubieran causado un coche
especial y una es¬colta.
— ¿Y estaban en este coche? — indagó Boyle, dis¬traído.
— ¿Cómo que estaban? ¡Están! — rectificó miss Can¬tire.
— En tal caso, cuanto antes se reúna con su tesoro, tanto mejor — dijo
Boyle, riendo—. Por cierto, ¿lo sa¬be Foster?
— ¡Naturalmente que no! ¿Imagina que se lo revela¬ré a alguien que no
sea un forastero en estas tierras? Lo mismo que usted, sé muy bien cuándo y a
quién puedo revelarle un secreto — agregó en tono de burla.
Pese a las preocupaciones que en aquel momento pe¬saban sobre Boyle, no
pudo por menos que quedarse profundamente sorprendido y admirado de la muchacha
que le acompañaba. La candidez con que le había descubierto su secreto le
parecía tan incompatible con su anterior postura de reserva, como su modo de
razonar y su actitud de colegiala constituían ahora un delicioso contraste con
su estatura, su aquilina nariz y su erguido porte. Como la mayoría de los
hombres bajos, Boyle tenía propensión a sobrestimar las cualidades de la talla.
Caminaron un rato en silencio. La subida era relati¬vamente fácil, pero
bastante tortuosa. Boyle se daba cuenta de que este nuevo rodeo les exigía un
tiempo considerable antes de que alcanzaran la cima. Al fin, miss Cantire
expresó su pensamiento:
— ¿Qué- les habrá hecho apartarse1 del camino? Si us¬ted no se hubiera
dado cuenta del cambio de ruta, ¿có¬mo les hubiéramos encontrado? Pero, bueno —
añadió con lógica femenina—, precisamente por eso hicieron aquellos disparos.
Boyle recordaba muy bien que los disparos habían sonado en otra
dirección. Sin embargo, prefirió no corre¬gir sus deducciones.
Aun así, dijo en tono de broma: — Puede que también Foster tuviera miedo
a los in¬dios.
— A estas alturas — respondió Julie— debiera cono¬cer mejor a los
amigos, a los indios de las Reservas del Gobierno. Sin embargo, puede haber
algo de cierto en lo que dice. Sepa usted — añadió riéndose— que, si bien mi vista no es tan penetrante
como la suya, tengo un olfato muy fino y en una o dos ocasiones me ha pa¬recido
que olía a indios, ese olor peculiar de sus cam¬pamentos, distinto de cualquier
otro, y que incluso se advierte en sus "mustangs". Solía percibirlo
cuando mon¬taba alguno de ellos. Por mucho que lo limpiaran no había modo de
quitárselo.
— Supongo que ni la intensidad ni el grado de olor le permiten saber si
los indios abrigan buenas o malas intenciones hacia usted.
Aunque este comentario correspondía a la fama de Boyle como humorista,
Julie lo acogió con una sonrisa. Por tanto, Boyle, que estaba un poco más
animado, ya que hasta entonces nada había ocurrido y sabiendo próximo el final
de la caminata, continuó bromeando hasta que, una hora más tarde, pusieron de
nuevo los pies en la llanura.
No se veía el coche, pero sus huellas frescas apare¬cían claras a lo
largo del borde del precipicio en direc¬ción a la encrucijada de la carretera,
que era el camino que debieron seguir y al cual la diligencia había vuelto
indudablemente. Boyle respiró aliviado. Ahora estaban relativamente seguros
ante un ataque por sorpresa. Diez minutos más tarde, Julie pudo divisar,
gracias a su ma¬yor estatura, el techo del carruaje que sobresalía de en¬tre
los arbustos que rodeaban la encrucijada.
— ¿Le importaría a usted tirar esas flores? — indagó ella, contemplando
los despojos que Boyle llevaba aún en la mano.
— ¿Por qué?
— Son demasiado ridiculas. Tírelas, se lo ruego.
— ¿Puedo quedarme con una? — pidió con entonación de debilidad
masculina.
— Como guste — dijo Julie con cierta frialdad.
Boyle eligió una ramita de mirto y arrojó las demás, obediente.
— ¡Dios mío! ¡Qué ridículo!
— ¿Qué es lo ridículo? — quiso saber Dick alzando sus ojos hasta los de
ella con un ligero rubor. Pero en¬tonces reparó en que la muchacha contemplaba
la le¬janía.
— ¡Vaya! Parece que la diligencia no tiene caballos.
También él miró. En un claro entre los matorrales divisó el vehículo,
completamente vacío, sin caballos y abandonado. Rápidamente buscó a su
alrededor. En uno de los lados, unos peñascos les amparaban del borde del
despeñadero. Por el otro, se extendía la llanura in¬finita.
— Siéntese y no se mueva hasta que yo regrese — apremió él; luego le
puso la pistola en la mano—. Y coja esto.
A toda prisa se dirigió hasta la diligencia. No había error. Allí estaba
el coche, abandonado, con el timón caído y las riendas cortadas, mostrando con
meridiana claridad la prisa o el miedo con que habían huido. Una pisada suave a
su espaldas le obligó a volverse. Era miss Cantire, sofocada y sin aliento. En
la mano blandía la "Derringer" amartillada. A modo de excusa,
bal-buceó:
— ¡Qué locura, venir desarmado!
Ambos contemplaron el coche, la llanura desierta y a sí mismos. Tras la
penosa ascensión, el largo rodeo, la impaciencia y la curiosidad que habían
experimenta¬do, este vehículo vacío e inútil les producía tal impre¬sión de
mofa cruel como si lo hubieran dejado a pro¬pósito para que resultara más
patente su desamparo, que les afectó íntimamente tanto a ella como a él. Y como
yo, escritor, trato de la naturaleza humana, me veo obligado a consignar que
ambos rompieron a reír, siendo ésa, momentáneamente, su única reacción.
Miss Cantire, tras secarse los ojos húmedos y ale¬gres con un pañuelito,
dijo débilmente:
— ¡Qué amables han sido dejándonos el coche! ¿Qué les habrá hecho salir
de repente?
Boyle no contestó. Examinaba el carruaje con mu¬cha atención. En aquella
hora y media, el polvo del llano había formado una gruesa capa sobre él y
ocul¬tado cualquier mancha que hubiera podido revelar la horrorosa verdad.
Incluso las débiles pisadas de los in¬dios, que calzaban mocasines, habían
quedado borradas por el galopar de la caballería. Estas fueron las primeras que
descubrió Boyle, pero las creyó hechas por los ca¬ballos de la diligencia
cuando los desengancharon.
Su compañera no cayó en el mismo error. Después de examinarlas con
cuidado, alzó su rostro radiante y animado:
— Fíjese — dijo—, nuestros hombres han estado aquí y han intervenido en
el asunto, sea lo que sea lo que haya sucedido.
— ¿Nuestros hombres? — 'repitió Boyle, sin compren¬der.
— Sí, soldados del fuerte. La escolta de que le ha¬blé. Estas huellas
son de las herraduras de reglamento en la caballería. No pertenecen al tronco
de Foster, ni a "mustangs", que jamás las usan. ¿No comprende? —
insistió impaciente—. Nuestros hombres han descon¬fiado de algo y han acudido
al galope a lo largo del acantilado. Mire — continuó, señalando las huellas de
los cascos que venían del llano—, han sospechado que los indios iban a atacar y
lo han puesto todo a buen recaudo.
— Pero si fue la escolta de la que me habló, deberían saber que usted
estaba aquí y, por tanto... — iba a aña¬dir "la han abandonado", pero
se contuvo, recordando a tiempo que eran soldados de su padre.
Adelantándose a lo que él pudiera pensar, miss Can¬tire dijo, con un
orgullo profesional que hacía honor a su nariz aquilina y a su gallarda figura:
— Saben que yo sé cuidarme y no iba a entretener¬les en el cumplimiento
de su deber. Y sabrán también, naturalmente — añadió con sonrisa desdeñosa—,
que estoy protegida por un galante forastero, avalado por mister Foster. Seguro
que ya está todo en regla — con¬cluyó, con cierta ciega confianza que a Boyle
le produ¬jo un leve sobresalto, pues hasta ahora ella no había demostrado fe
semejante en él—. Todo ocurre "según órdenes del alto mando", mister
Boyle, y volverán cuan¬do hayan cumplido su misión.
A pesar de sus palabras, el varonil sentido común de Boyle fue quizá más
certero que la fe femenina y la disciplina que heredara miss Cantire, pues
enseguida se dio cuenta de la triste realidad. Los indios habían estado allí
primero, saquearon el carruaje y se hicie¬ron dueños del botín y de los
prisioneros. La situación era desesperada, pero, en medio de todo, le quedaba
el consuelo de que la muchacha se encontraba segura. ¿Debía decirle lo que
ocurría? No, era preferible de¬jarla que conservase su tranquila fe en la
expedita sol¬vencia de los militares y en su próximo regreso.
— Me parece que tiene usted razón — dijo, animo¬so—, y demos gracias
porque en el coche vacío tiene usted un sitio donde esperar cómodamente a que
ellos vuelvan. Mientras tanto, voy a hacer un pequeño reco¬nocimiento.
— Le acompaño •— dijo ella.
Pero Boyle le hizo ver con energía que era preferible que esperase allí
la vuelta de los soldados, a lo que ella, cansada también por la larga
caminata, accedió en se¬guida. Boyle, a pesar de haberse dado cuenta de la
rea¬lidad, no creía que volviesen los asaltantes y pensaba, por tanto, que la
muchacha estaría segura.
Se dirigió a los matorrales más próximos, donde su¬ponía con razón que
los indios prepararon su embosca¬da y a donde primero se habían retirado, sin
duda, con su botín. Esperaba encontrar señales o rastros del des¬pojo que a
causa de la prisa debieron abandonar. La suerte colmó sus esperanzas. Apenas
había avanzado unos pasos por la maleza encontró un testimonio que confirmaba
sus lúgubres pensamientos: el cadáver de Foster. No lejos se encontraba el
cuerpo del agente de Correos. Tanto uno como otro habían sido arrastrados a los
matorrales desde el lugar en que cayeron, y allí estaban, arrancado el cuero
cabelludo y medio desnu¬dos. No se veían señales de lucha. Seguramente estarían
ya muertos cuando los llevaron hasta allí.
Boyle no era un hombre duro de corazón, pero tam¬poco excesivamente
blando. Su profesión le había pro¬porcionado suficientes peligros por tierra y
por mar. Con frecuencia había prestado a otros su valiosa ayu¬da, sin que su
buen humor le restase eficacia, rapidez y sentido común.
Sintió gran lástima por los dos hombres, y hubiera luchado por
salvarlos. Pero como nunca fantaseaba con la muerte, su agudo sentido de la
realidad le hizo re¬parar tan sólo en el aspecto grotesco que presentan mu¬chas
veces los que mueren violentamente. No se veían señales de agonía en las
miradas perdidas de aquellos hombres, tendidos de espaldas, con la aparente
indife¬rencia y bienestar de los borrachos, aspecto que realza¬ba su pelo
desordenado y empapado en sangre1 coagu¬lada, que había perdido ya su color
rojo.
Al pensar en la muchacha, que, sin sospechar la ver¬dad de lo sucedido,
aguardaba en el coche, arrastró los cadáveres hasta lo más espeso de los
matorrales. Al ha¬cerlo, encontró un revólver cargado y una botella de whisky
debajo de sus cuerpos y, rápidamente, los guar¬dó. Pocos pasos más allá estaban
las codiciadas cajas de armas y municiones, con las tapas arrancadas y vaciado
su contenido. Con una triste sonrisa comprobó que sus baúles de muestras habían
sufrido idéntica suerte, pero tuvo la satisfacción de ver que, mientras las
baratijas más brillantes habían despertado la infantil codicia de los indios,
éstos no habían reparado en su grueso abrigo de piel de cordero, que, sin ser
caro, iba a prestarle ahora un útil servicio, pues serviría para proteger a
miss Cantire del viento de la noche, que ya había co¬menzado a levantarse sobre
la llanura fría y adusta.
También pensó que ella necesitaría agua después de su cansado viaje y
decidió buscar un manantial. Encon¬tró al fin su recompensa en un delgado
chorro que des¬cubrió no lejos del lugar de la emboscada. Pero no te¬niendo
otro recipiente que la botella de whisky, vació su contenido para llenarla de
agua pura, un sacrificio heroico para un viajero que conocía bien los efectos
re¬paradores de una bebida estimulante.
Rehizo el camino y, cuando estaba a punto de aban¬donar la espesura, su
mirada alerta descubrió una som¬bra que se deslizaba delante de él, pegada a la
tierra, lo cual hizo correr más deprisa la sangre en sus venas.
Era la figura de un indio que reptaba sobre sus ma¬nos y rodillas hacia
el carruaje, a unas treinta yardas.
Por primera vez en aquella tarde, el inquebrantable buen humor de Boyle
fue reemplazado por una furia ciega. Pese a todo, no perdió la calma hasta el
punto de olvi¬dar que un disparo alarmaría a la muchacha, por lo que reservó la
pistola para un caso extremo.
Durante unos instantes se arrastró tan silenciosamen¬te como el salvaje
y después, de un brusco salto, cayó sobre él, golpeando la cabeza y los hombros
del adver¬sario contra las peñas antes de que éste pudiera lanzar un solo
grito. El cuchillo de escalpar que el indio suje¬taba entre los dientes saltó
cuando la mandíbula se aplastó contra las rocas.
Boyle le sujetó y oprimió la espalda del indio con la rodilla, pero el
salvaje no hizo más movimiento que una ligera contracción de las piernas. El
golpe le había roto el cuello. Boyle dio la vuelta al inerte cuerpo. La cabeza
se inclinaba hacia un lado como si se hubiera desprendido. En el mismo
instante, Boyle reconoció al indio amigo en la estación, al que diera su
tarjeta. Se levantó mareado. La reyerta había sido tan rápida, que el único
ocupante del coche no había advertido lo su¬cedido. Boyle amartilló
instintivamente el revólver, pero el hombre que yacía no volvió a moverse.
Entre los ma¬torrales que le rodeaban no se advertía la presencia de ningún
aliado del indio. Una vez más adivinó la ver¬dad. Los asaltantes habían dejado
atrás a aquel traidor y espía para que regresara a la estación y así se librara
de sospechas. El estuvo merodeando, pero, como no tenía armas de fuego, no se
atrevió a atacar a los su-pervivientes mientras permaneciesen juntos.
Boyle recobró en un momento su desbordante y ha¬bitual buen humor. Se
fue al manantial, se "limpió de indio", como con macabra expresión se
dijo a sí mismo, se sacudió el polvo de la ropa, y recogió el abrigo y la
botella para regresar al coche. Estaba oscureciendo, pero los tonos rojizos del
cielo que se advertían por el oeste brillaban sin obstáculos a través de las
ventanas. El silencio le asustó. Sin embargo, experimentó un gran alivio al
abrir la puerta y ver a miss Cantire sentada, muy erguida, en un rincón.
—Siento haber tardado tanto —dijo, a modo de dis¬culpa—, pero...
—Supongo que se habrá tomado usted el tiempo que necesitaba —le
respondió ella en tono condescendien¬te—. No se lo reprocho, ya que cualquier
cosa es pre¬ferible a quedarse encerrada en este aburrido coche durante Dios
sabe cuánto tiempo.
—Fui a buscar agua —dijo él con humildad—, y le he traído un poco.
Le entregó la botella.
—Ya veo que se ha lavado usted —comentó ella con cierta envidia—. ¡Tiene
usted un aspecto muy elegan¬te! Pero, ¿qué le pasa a su corbata?
Boyle se llevó la mano al cuello; la corbata estaba floja y en la
reyerta se le había torcido. Se sonrojó por dos motivos: la sensibilidad de un
hombre pulcro y esmerado y el temor a que ella descubriera la verdad.
—¿Y eso qué es? —indagó la muchacha, señalando el abrigo.
—Una de mis muestras, que supongo sacaron del co¬che y quedó olvidada en
el trasbordo —explicó él—. Pensé que serviría para abrigarla a usted.
Ella le miró con expresión pensativa y lo puso a un lado alegremente.
—¿No me irá usted a decir que va por ahí con cosas como ésta? —indagó
Julie en tono de broma.
—Pues sí —convino él con una sonrisa—. No deben perderse las
oportunidades de comerciar, ¿no cree?
—Pues este viaje no le ha resultado muy provechoso —observó ella—. Desde
luego, vive usted por completo entregado a sus negocios.
Tras una pausa, añadió, descontenta:
—Ya ha anochecido y no podemos seguir aquí sen¬tados en la oscuridad.
—Podríamos traer una de las lámparas del coche.
Aún siguen ahí. Pensé que si dejásemos una fuera, guia¬ría a nuestros
amigos para encontrar el camino.
Así era. Boyle estaba convencido de que tanto la au¬dacia del acto como
la certeza que tendrían los indios de la presencia de soldados en aquellos
parajes, iba a contribuir a alejarlos del lugar en vez de atraerlos.
Julie se sintió reanimada en cuanto Boyle encendió la lámpara y la
colocó dentro del coche. Con curiosidad, le observó bajo la luz. El rostro del
viajante aparecía ligeramente encendido y sus ojos brillaban con viveza. El
homicidio, cuando no lo practican manos avezadas y profesionales, tiene el
inconveniente de que altera la circulación de la sangre. Pero miss Cantire
había ad¬vertido que la botella olía a whisky, de lo cual sacó la errónea
conclusión de que el pobre hombre había es¬tado reconfortándose de las
penalidades pasadas.
—Imagino que estará usted harto de tanto retraso —comentó ella
reanudando la conversación.
—No lo crea —contestó él—. ¿Le gustaría jugar a las cartas? Llevo una
baraja en el bolsillo. Podemos utilizar el asiento del centro como mesa y
colgar la lám¬para, de la correa de la ventana.
Julie asintió sin entusiasmo desde el asiento atrasero. Boyle ocupaba el
de delante, dejando libre el de en medio para que sirviera de mesa. Como
principio hizo algunos juegos de manos con las cartas y logró desper¬tar el
interés de la muchacha con un jack que aparecía y se evaporaba como por arte de
magia. A continua¬ción jugaron algunas partidas, en las que miss Cantire hacía
trampas con tan adorable candor, que Boyle se dejó ganar mano tras mano sin
sentir la más ligera molestia. Al fin, en un par de ocasiones, pareció como si
ella se llevase las cartas a la boca para ocultar un bostezo y que los párpados
comenzaron a pesarle. Boy¬le propuso entonces que se acomodase en un rincón del
vehículo con tantos cojines como deseara, así como la despreciada chaqueta,
mientras él tomaba el fresco nocturno, vigilando y aguardando el regreso de la
patrulla. Al cabo de un rato, tuvo la satisfacción de com¬probar que la
muchacha se había dormido, con lo cual reanudó más tranquilo su ronda de
centinela.
Cuando se hallaba a cierta distancia del coche pudo oír entre la maleza
un lamento débil y lúgubre, que fue aumentando hasta romperse en un aullido
prolongado. Otra voz, a lo lejos, en la sombría llanura, respondió del mismo
modo. Boyle reconoció a los coyotes y com¬prendió al punto la repugnante causa
del alboroto: las alimañas habían olfateado los cadáveres y él se culpa¬ba por
haber dejado a su víctima tan cerca del coche.
Cuando iba a retirarla, se oyó un nuevo grito, ahora humano y crispado
de terror. La portezuela del carrua¬je se abrió y por ella salió como una
exhalación miss Cantire, con el rostro demudado, los ojos agrandados por el
pánico y su esbelta figura agitada por un con¬vulsivo temblor. Corrió hacia
Boyle, y se aferró con desesperación a las solapas de su chaqueta, como si
qui¬siera esconderse en ella. Con voz desconcertada decía:
—¿Qué es eso? Sálveme, mister Boyle.
—Son coyotes —la tranquilizó él—, pero no hay peligro alguno. Nunca le
atacarán a usted. Está muy segura en su asiento. Permítame que la acompañe otra
vez al coche.
Pero ella permaneció en el mismo sitio, como pega¬da a él, aferrándose
con desesperación a su chaqueta.
—No, por favor —rogó—. No puedo. Oí en sueños aquel horrible grito, abrí
los ojos y, de pronto, vi aquel monstruo con sus ojos amarillos y la lengua
colgando. Hasta sentí su repugnante aliento cuando se metía en¬tre las ruedas
de la diligencia. ¡Dios mío! ¿Qué es eso?
Presa nuevamente de un terror nervioso, se apretó contra él. Boyle,
rápido, firme y dominando la situación, la rodeó con el brazo. Al sentirse
protegida, ella cedió a su presión, agradecida mientras dejaba escapar un
sollozo.
—No hay nada que temer —repitió Boyle con tran¬quilidad—. Ya sé que no
resulta agradable encontrarse con los coyotes, pero no la hubieran atacado. Es
pro¬bable que ese animal que vio usted haya olfateado al¬guna carroña en la
llanura. Seguro que le asustó usted más a él que él a usted. Apóyese en mí
—invitó al ob¬servar que su paso vacilaba—. Estará más cómoda en el coche.
—¿Y no me dejará sola? —rogó Julie con terror.
—Seguro que no.
Sin soltarla, la condujo hasta el vehículo con sosiego, con gentileza,
como dueño de ella y más aún de sí mis¬mo, pese a que el hermoso cabello suelto
de la mucha¬cha le rozaba la cara y le caía sobre el hombro, a pe¬sar de que su
perfume le embriagaba y de que sentía el cuerpo esbelto y perfecto de Julie
apoyado en el suyo. La ayudó a entrar en la diligencia. Con ayuda de los
cojines y del chaquetón preparó un lecho en el asiento trasero. Después,
pacientemente se sentó en el que le correspondía. Poco a poco volvió el color
al rostro de la muchacha o, por lo menos, a la parte que su pañuelo no
ocultaba.
La voz trémula de la muchacha, amortiguada de¬trás del pañuelo, intentó
dar unas excusas:
—Estoy avergonzada, mister Boyle. No pude evi¬tarlo. Fue todo tan
repentino y tan horrible... No hu¬biera tenido miedo de tratarse de un indio
con un cu¬chillo de escalpar, en vez de aquella fiera. No sé por qué lo hice;
pero me encontraba sola y me parecía es¬tar muerta, que usted también estaba
muerto y que ve¬nían a devorarme, pues ya se sabe que lo hacen, como usted
mismo ha dicho. Quizá estuviera soñando. No sé qué va a pensar de mí. Ni yo
misma sabía que fuera tan cobarde.
Boyle protestó indignado. Tenía la seguridad de que si estuviese dormido
y no supiese de antemano que se trataba de coyotes, también él se hubiera
asustado. Miss Cantire debía intentar dormir. Estaba seguro de que lo
conseguiría, y él no iba a moverse del coche hasta que ella se despertase o
regresaran sus amigos.
La muchacha, tranquilizada, retiró el pañuelo de la boca, aquella boca
que volvía a sonreír aunque todavía temblase un poco. La reacción no se hizo
esperar: sus fatigados nervios le proporcionaron primero languidez y después
reposo. Boyle contemplaba cómo las som¬bras se iban intensificando alrededor de
sus oscuras pestañas hasta que se apoyaron en el débil rubor que el sueño
devolvía a sus mejillas. Sus finos labios se entre¬abrieron y, al fin, su
respiración adquirió el ritmo so¬segado del sueño.
Mientras ella dormía, Boyle, sentado enfrente, soña¬ba el antiguo sueño
que los hombres buenos y honestos se permiten una vez en la vida. No se movió
casi hasta que el alba con su luz de ópalo inundó la monótona llanura,
devolviendo los contornos del horizonte y la claridad. Sólo entonces despertó
Boyle de su sueño, pri¬mero con un suspiro, luego con, una risa. En aquel
ins¬tante oyó el sonido de cascos lejanos, que le hicieron abandonar el coche
en silencio. Un grupo de jinetes ve¬nía a su encuentro. Boyle les salió al paso
y, alzando una mano, los detuvo a cierta distancia del carruaje. Ellos
deshicieron el compacto grupo que formaban, con lo que se pudo revelar que eran
unos doce soldados y un elegante oficial, tan joven como un cadete.
—Si buscan a miss Cantire —dijo Boyle en tono tranquilo y objetivo—,
está a salvo en el coche, y dor¬mida. No sabe una palabra de lo ocurrido. Cree
que ustedes han vaciado la diligencia en previsión de un ataque indio. He
tenido una noche bastante agitada, a causa del cansancio y del susto que le han
dado los coyotes. He creído preferible ocultarle la verdad mien¬tras fuera
posible, por lo que les aconsejo que se la hagan saber poco a poco.
Sin palabras inútiles les refirió sus aventuras, omi¬tiendo tan sólo su
encuentro personal con el indio. Un nuevo orgullo, consecuencia tal vez de su
secreto sueño, se lo impidió.
El joven oficial le contempló con toda la deferencia que podía
demostrarle a un paisano que se mezcla en operaciones militares.
—Estoy seguro —dijo cortésmente— de que el ma¬yor Cantire le quedará muy
reconocido cuando lo sepa. Y como nos proponemos enganchar inmediatamente para
devolver el coche a la estación de Sage Wood, tendrá usted ocasión de
contárselo personalmente.
—Yo no iré con ustedes a Sage Wood —respondió Boyle sin alterarse1—. En
esta excursión ya he perdido diez horas, así como mi baúl, y creo que lo menos
que el mayor Cantire puede hacer es prestarme un caballo del Ejército para
llegar a la próxima estación a tiempo de alcanzar la otra diligencia. Lo
conseguiré si me pon¬go en camino inmediatamente.
Boyle oyó su nombre, precedido del familiar Dicky, que el sargento,
amigo suyo, le daba al oficial, seguido de las palabras "buhonero de
Chicago". Al oír éstas, una imperceptible sonrisa animó el grupo.
—Está bien, señor —decidió el oficial con una fami¬liaridad algo menos
respetuosa que su anterior actitud—. Puede usted llevarse un caballo, pues me
temo que los indios se han apoderado de sus muestras. Dele una montura,
sargento.
Los dos hombres se dirigieron a la diligencia. Boyle se detuvo un
momento junto a la ventana para mos¬trarle la figura de miss Cantire, dormida
aún apacible¬mente sobre un montón de cojines, y luego se alejó con calma. Poco
después galopaba en el caballo de uno de los soldados a través de la desolada
llanura.
Miss Cantire despertó al cabo de un rato, al oír una voz familiar, para
encontrarse con figuras que conocía. Pero las primeras palabras que le dirigió
el joven ofi¬cial, un breve relato de la persecución de los indios y la
recuperación de las armas, aunque omitiendo el asesi¬nato de Foster y del
agente de Correos, hicieron cam¬biar su alegre expresión y formar una arruga en
su lin¬da frente.
— 'Mister Boyle no me dijo una sola palabra de todo eso — exclamó
alarmada—. ¿Dónde está?
— Camino de la próxima estación, en uno de nues¬tros caballos. Quería
alcanzar la otra diligencia, sin du¬da para conseguir una nueva caja de
muestras, ya que los indios se han adornado con sus cintas y sus lazos. Dijo
que en esta excursión ya había perdido bastante tiempo — añadió riendo el
oficial—. Es un comercian¬te listo este tipo. Confío en que no la habrá
aburrido.
Miss Cantire se dio cuenta de que se le enrojecían las mejillas y se
mordió los labios.
— Me ha parecido muy amable y delicado, mister Ashford — respondió
fríamente— . Pudo haber creído que la escolta debiera haber alcanzado el coche
un po¬co antes, evitando así todo lo ocurrido; pero es dema¬siado caballero
para decirme nada de eso — añadió en tono seco, alzando ligeramente su aquilina
nariz.
Sin embargo, las últimas palabras de Boyle la habían herido en lo más
vivo. ¡Marcharse tan de prisa, sin despedirse ni preguntarle qué tal había
dormido! Cier¬tamente que había perdido tiempo, estaba cansado de su compañía y
pensaba en sus preciosas muestras mucho más que en ella. Al fin y al cabo, era
muy propio de él correr tras un pedido.
Estuvo a punto de volver a llamar al oficial para contarle cómo Boyle
había analizado su indumentaria. Pero mister Ashford parecía entonces muy
interesado, junto con sus hombres, en una roca cubierta de arbus¬tos, que se
hallaba a poca distancia del coche, lo bas¬tante cerca para que ella pudiese
oír lo que hablaban.
— Juraría que ayer no había aquí ningún indio muer¬to. Lo exploramos
todo, y con luz del día, buscando rastros. A este indio lo han matado durante
la noche. Es muy propio de Dicky Boyle haberlo hecho, tenien¬te, y también
callárselo para no asustar a miss Cantire. Boyle sabe muy bien cuándo ha de
tener la boca cerra¬da y cuándo debe abrirla.
Miss Cantire regresó a su rincón al ver que el oficial se dirigía al
coche. Súbitamente había comprendido lo que sucediera la víspera: la larga
ausencia de Boyle, su rostro encendido, su corbata torcida y su forzado buen
humor. Quedó anonadada, estupefacta, inquieta... y llena de admiración. ¡Y tal
héroe había estado sentado de¬lante de ella, guardando silencio durante toda la
noche! — ¿Dijo algo mister Boyle de un ataque de los indios la noche pasada? —
indagó Ashford—. ¿Oyó usted algo? — Sólo el aullido de los coyotes — respondió
miss Cantire—. Mister Boyle se ausentó por dos veces.
También ella era muy parca en palabras, como si deseara imitar al héroe
ausente.
— Ahí hay un indio muerto. Lo han matado... — co¬menzó a decir el
oficial.
— Por favor, mister Ashford, ni una palabra más — le interrumpió Julie—,
y marchémonos cuanto antes de este horrible sitio. Enganche los caballos, por
favor. No puedo soportarlo por más tiempo.
Los caballos ya estaban enganchados
y montados por los soldados. El vehículo se disponía a partir cuan¬do
miss Cantire gritó: — ¡ Esperen!
Al llegar Ashford a la puerta, la muchacha estaba de rodillas examinando
el piso del coche.
— ¡Vaya por Dios! He perdido una cosa. Debió caér¬seme por el camino —
exclamó sin aliento y con las mejillas encendidas— -. Deberán esperar a que
vaya a buscarla. No tardaré. Pero ya sabe que no tengo prisa. Mister Ashford
contempló absorto a miss Cantire, mientras ésta, como una colegiala, saltaba
del coche y echaba a correr por el sendero que la tarde anterior recorriera en
compañía de Boyle. No había andado mucho, cuando encontró las flores marchitas
que ella le obligara a tirar.
"Debe ser por aquí", se dijo. De pronto dio un grito de júbilo
y recogió la tarjeta que Boyle le había mos¬trado. Después echó una mirada
furtiva en derredor y, eligiendo una ramita de mirto del ramillete, la ocultó
bajo su manto y regresó a toda prisa, muy contenta, al carruaje.
— Gracias. Muy bien, ya lo he encontrado — infor¬mó a Ashford con una
sonrisa radiante.
Nada más entrar en el coche, la comitiva emprendió la marcha. Miss
Cantire, a solas en su retiro, sacó el mirto del manto y envolviéndolo
cuidadosamente con su pañuelo lo guardó en el bolso. Después cogió la tar¬jeta,
leyó una y otra vez los datos e informes que con¬tenía, examinó los bordes
manchados, los cepilló con esmero y la sostuvo unos instantes en la mano con
mi-rada distraída. Luego se la llevó a los labios, la enrolló muy despacio y,
desabrochando un corchete, la guardó en el pecho.
Mientras tanto, Dick Boyle cabalgaba hacia la leja¬na estación,
ignorando que el primer paso para que se cumpliera su disparatado sueño ya se
había dado.
FIN

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