© Libro N° 13997. La Doctrina
Secreta. Síntesis De La Ciencia, La Religión Y La Filosofía. Volumen II. Blavatski, H. P. Emancipación. Junio 28 de 2025
Título Original: © La Doctrina Secreta. Síntesis De
La Ciencia, La Religión Y La Filosofía. Volumen II. H. P. Blavatski
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Filosofía. Volumen II. H. P. Blavatski
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Síntesis De La Ciencia, La Religión Y La
Filosofía
Volumen II
H. P. Blavatski
La Doctrina
Secreta
Síntesis De
La Ciencia, La Religión Y La Filosofía
Volumen II
H. P. Blavatski
LA DOCTRINA SECRETA
Síntesis de la ciencia,
la religión y la filosofía
VOLUMEN II
H. P. BLAVATSKY
COSMOGÉNESIS
(Partes
II y III)
SIMBOLISMO ARCAICO
UNIVERSAL
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T. E.
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Edición Inglesa
SATYÁT NÁSTI PARO DHARMAH
“NO HAY RELIGIÓN MÁS ELEVADA QUE LA VERDAD”
ÍNDICE TEMÁTICO
VOLUMEN II
COSMOGÉNESIS
(Partes II y III)
SIMBOLISMO ARCAICO UNIVERSAL
PARTE II
LA EVOLUCIÓN DEL SIMBOLISMO
SECCIÓN I – SIMBOLISMO E IDEOGRAFÍA
Las mitologías y las Tradiciones contienen verdades
históricas – Hay una diferencia entre Emblema y Símbolo – El
primero es una serie de Pinturas Gráficas explicadas alegóricamente – La
Historia Esotérica se halla oculta bajo Símbolos – La Potencia Mágica del
Sonido – El lenguaje del Misterio, ahora llamado Simbolismo.
SECCIÓN II – EL LENGUAJE DEL MISTERIO Y
SUS CLAVES
Los Sabios han usado una vez la clave del Lenguaje
Universal Antiguo – Anales Antiguos escritos en Lenguaje Universal – Los
Rituales y Dogmas Egipcios conservan las Principales Enseñanzas de la DOCTRINA
SECRETA – Los Sabios descubren el Sistema Geométrico y Numérico de las Medidas
de la Gran Pirámide – La Cuadratura del Círculo – La Verdad debe prevalecer al
fin – Moisés y el Arca de Juncos copiado de Sargón – Los Números Ocultos son
Piedras Angulares de las Cosmogonías Esotéricas – La identidad de los Símbolos
Antiguos – La Creación de varios Adanes – Las Razas “Satánicas”.
SECCIÓN III – LA SUBSTANCIA PRIMORDIAL Y
EL PENSAMIENTO DIVINO
Los Metafísicos occidentales quedan lejos de la
Verdad – El Pensamiento Divino no puede ser definido, excepto por las
innumerables Manifestaciones de la Substancia Cósmica – La Ideación Cósmica es
inexistente durante el Pralaya Universal – Todo el Universo es una Ilusión -
¿Qué es la Substancia Primordial? – El AEther es el Fuego Universal – La
Cosmogénesis de Manas – Los siete Prakritis – Los Dioses
del Génesis
– Del Triple Uno emanó todo el Kosmos – El “Fuego Viviente” – El Éter de la
Ciencia – Todo el Kosmos ha surgido del Pensamiento Divino – La Ciencia Oculta
aún conserva la Clave de todos los Problemas del Mundo.
SECCIÓN IV – CHAOS: THEOS: COSMOS
El Espacio, el Recipiente y el Cuerpo del Universo
en sus Siete Principios – El Caos se convirtió en el Alma del Mundo – El Primer
Triángulo – El Nacimiento de la Mente – El Inefable Nombre – Los Cuatro
Elementos Primarios – Cosmolatría.
SECCIÓN V – SOBRE LA DEIDAD OCULTA, SUS
SÍMBOLOS Y SIGNOS
Prajâpatis y Patriarcas – El Macroprosopus y el
Microprosopus – Las Siete Letras Secretas de que está compuesto el Nombre de
Dios – El Alma Universal era considerada como la Mente del Creador
Demiurgo – Significado de los Animales y Plantas Sagrados – Símbolos de los
Poderes Activos – Los Siete y
Diez Constructores
- ¿Hubo una Revelación Universal Primordial? – El Cisne como un Símbolo del
Espíritu – Simbología Antigua.
SECCIÓN VI – EL HUEVO DEL MUNDO
El Huevo es el Símbolo del Universo y sus Cuerpos
Esféricos – El Huevo y el Arca – Diez, el Número sagrado del Universo –
Simbolismo de las Deidades Lunares y Solares – Los Cuatro Animales Sagrados son
los Símbolos de los Cuatro Principios Inferiores en el Hombre – Las Serpientes
de Fuego . El Globo Alado – El Huevo da Nacimiento a los Cuatro Elementos –
Todos los Dioses Egipcios eran Duales – La Cosmogonía Escandinava – Los Cuatro
Ríos del Edén están
simbolizados por el Cubo.
SECCIÓN VII – LOS DÍAS Y NOCHES DE
BRAHMÂ
El Presente Kalpa es el Varâha (Bohar) – Los
Avatares indican Ciclos Mayores y Menores – Tres Pralayas Principales – Una
Clave Kabalística – Catorce
Manus en
el Término de un Mahâ Yuga – La llegada de la Noche Cósmica – El Satya Yuga es
siempre el Primero de las Cuatro Edades y Kali el Último – La Vuelta de Moru y
Devâpi.
SECCIÓN VIII – EL LOTO COMO SÍMBOLO
UNIVERSAL
El Loto es el Símbolo de la Creación y Generación –
La Ideación Divina pasa de lo Abstracto a lo Concreto – El Dios Creador es
Pensamiento hecho Visible – Antropomorfismo Hebreo – El Significado Esotérico
del Pecado y la Caída en el Génesis – El Significado Sagrado
de la Letra “M”.
SECCIÓN IX – LA LUNA; DEUS LUNUS, PHOEBE
Personificación de la Luna – Dioses Solares y
Lunares, Razas y Dinastías – La Clave Fisiológica del Símbolo de la Luna – El
Número Doble, Masculino y Femenino – Una Alegoría del Zohar – La Complejidad
del Símbolo Lunar, su Clave Fisiológica – El Aspecto Dual de la Luna – Ritos
del Culto Lunar basados en
el Conocimiento
de la Fisiología – El Sol y la Luna, como Deidades Masculinas-Femeninas
fructifican la Tierra – La Inmaculada Virgen-Madre y Diosas Paganas – El Culto
de la Luna es tan Antiguo como el Mundo – La Luna, el símbolo aceptado de todas
las Diosas Vírgenes-Madres.
SECCIÓN X – EL CULTO DEL ÁRBOL, DE LA
SERPIENTE Y DEL COCODRILO
El Fruto del Árbol del Conocimiento – Serpientes y
Dragones eran Nombres
que daban
a los Sabios los Adeptos Iniciados de los Tiempos Antiguos – La Serpiente,
Símbolo de Iniciación – Los Ocultistas conocen los Significados Primitivos del
Cielo - Las Serpientes y Dragones de Siete Cabezas de la Antigüedad simbolizan
los Siete Principios en la Naturaleza y en el Hombre – El Cocodrilo es el
Dragón Egipcio – El Significado de los Siete Fuegos, las Siete Vocales,
etcétera, representados por las Siete Cabezas de la Serpiente de la Eternidad.
SECCIÓN XI – DEMON EST DEUS INVERSUS
El Bien y el Mal, ¿pueden existir dos Absolutos
Eternos? – Cómo “Satán” fue antropomorfizado – No hay Vida sin Muerte – El Bien
y el Mal son las Dos Caras de la Una y Misma Cosa – El Mal denota la Polaridad
de la Materia y del Espíritu – La “Caída” es el Deseo de conocer – El
Significado de la Rebelión y Caída de los Ángeles – Adeptos de la Mano Derecha
y de la Mano Izquierda – La Guerra de los Dioses – Los Dos Aspectos de Vishnu –
Las Fuerzas Creadoras son Entidades Vivientes y Conscientes – La Pirámide Negra
y la Pirámide Blanca.
SECCIÓN XII – LA TEOGONÍA DE LOS DIOSES
CREADORES
La Jerarquía de las Fuerzas – El Artífice del
Universo no es el Dios más Elevado - El Punto es la Unidad de la cual parte el
Sistema Numérico Entero – Las Creaciones en la Cosmogonía Hindú – El Logos es
el Verbum – Sinónimos del Logos –Poderes Femeninos en la
Naturaleza – El Misterio del Sonido – La Luz, el Sonido y el número son los
Tres Factores de la Creación – La Doctrina Pitagórica de los Números – La Madre
de los Dioses – La Antigüedad de las Pirámides – Ángeles, Arcángeles,
Principados, Virtudes, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines - Los
Dioses Cósmicos – Grados de Manifestación – El Nombre Impronunciable – La
Cosmogonía de Confucio – Los Siete y Catorce Ciclos de Existencia – Los
Símbolos del Misterio de las Tinieblas – El Yo Supremo es el Único que es
Divino y es Dios.
SECCIÓN XIII – LAS SIETE CREACIONES
Las Siete Creaciones de los Purânas – La Ogfdoada –
El Primer Hombre “Pensador” y los Sonidos de Una, Tres y Siete Vocales – Las
Creaciones Primarias y Secundarias – Mahat es la Mente Divina en Operación
Activa – Muchas Versiones de la Verdad Única – Los Dhyân Chohans son el
Agregado Colectivo de la Mente Primordial – Las Siete Creaciones: (1)
Mahat-tattva, la Primordial Evolución en sí; (2) Principios Rudimentarios o
Tanmâtras; (3) Ahamkâra, o el Concepto del “Yo”; (4) Las Series de Cuatro
Reinos Rudimentarios o Elementales, Bases de los Sentidos; (5) Creación de los
Animales Mudos; (6) Prototipos de la Primera Raza (humana); (7) El Hombre –
Quiénes son los Kumâras – Los Ascetas Vírgenes que se negaron a crear al Hombre
Material – La importancia del Número Siete.
SECCIÓN XIV – LOS CUATRO ELEMENTOS
Los Elementos son la Vestidura Visible de los
Dioses Cósmicos – Elementos Corporales y Espirituales en las Fuerzas de la
Naturaleza – Los Atlantes comprendían el Fenómeno de los Cuatro Elementos – San
Pablo creía en los Dioses Cósmicos – Jehová, Dios de los Elementos – Astarté y
la Virgen María – Cada Elemento es Dual en su Naturaleza – Las Fuerzas Físicas,
vehículos de los Elementos.
SECCIÓN XV – SOBRE KWAN-SHI-YIN Y
KWAN-YIN
El Alfa y la Omega de la Naturaleza Manifestada –
Los Mantras originan un Efecto Mágico – Kwan-shi-yin es una Forma del Séptimo
Principio Universal, o místicamente, el Logos – Kwan-yin es el Principio
Femenino en la Naturaleza.
Parte III - Addenda
SOBRE CIENCIA OCULTA Y MODERNA
SECCIÓN I –
RAZONES PARA ESTA ADDENDA
No puede haber conflicto
entre la Ciencia Oculta y Exacta cuando las Conclusiones de la última son
basadas sobre el Hecho Irrefutable – Las Fuerzas son Inteligentes y son Devas y
Genios – El Sol es Materia y el Sol es Espíritu – El Sol es el Dador de Vida
del Mundo Físico; el Sol Espiritual Oculto es el Dador de Vida y Luz en los
Reinos Espirituales y Psíquicos.
SECCIÓN II –
LOS FÍSICOS MODERNOS ESTÁN JUGANDO A LA GALLINA CIEGA
La Ciencia tiene que
aprender qué son en realidad la Materia, el Átomo, el Éter y la Fuerza - ¿Es la
Luz un Cuerpo o no? – Hipótesis contradictorias – Conceptos sobre la
Constitución del Éter – Los Ocultistas dicen que el Autor de la Naturaleza es
la Naturaleza misma.
SECCIÓN III -
¿ES LA GRAVITACIÓN UNA LEY?
Conceptos científicos
sobre la Gravedad – Opiniones de Pitágoras y Platón sobre los Regentes
Planetarios – Fohat, la Inteligencia animadora, es el Fluido Universal Eléctico
y Vital – Las Fuerzas en la Naturaleza son Individualidades Inteligentes –
Teoría de Newton sobre el Vacío Universal – Movimiento Perpetuo – Magnetismo
Cósmico – Ideas de Kepler sobre Fuerzas Cósmicas – La Causa de la Rotación.
SECCIÓN IV –
LAS TEORÍAS CEINTÍFICAS DE LA ROTACIÓN
Hipótesis acerca del
Origen de la Rotación, de los Planetas y Cometas – Paradojas de la Ciencia –
Las Fuerzas son Realidades.
SECCIÓN V –
LOS DISFRACES DE LA CIENCIA
¿Física o Metafísica?
Doctrina Oculta y
Principio en Spiller – Definiciones Científicas de la Fuerza – Fuerza y
Substancia en el Ocultismo - ¿Qué es la Fuerza? – Los Ocultistas llaman a la
Causa de la Luz, del Calor, del Sonido, de la Cohesión del Magnetismo, etc.,
una Substancia – Los Siete Rayos Místicos del Sol – Causas y sus Efectos - ¿Qué
es un Átomo? – Los Cuarenta y Nueve Fuegos Originales personificados; su
relación con las Facultades Psíquicas Humanas y Potencias Químicas y Físicas –
El “Principio Indiscreto” del Sistema Filosófico Vishishtâdvaita.
SECCIÓN VI –
ATAQUE DE UN HOMBRE DE CIENCIA A LA TEORÍA CIENTÍFICA DE LA FUERZA
Varios hombres de ciencia
ingleses casi enseñan Doctrinas Ocultas – El Espíritu y
el Alma del Cosmos.
SECCIÓN VII –
VIDA, FUERZA O GRAVEDAD
La Atracción por sí sola
no es suficiente para explicar el Movimiento Planetario – Los fluidos o
Emanaciones del Sol imprimen todo movimiento y despiertan toda Vida en el
Sistema Solar – El Sol es el Depósito de Fuerza Vital - ¿Panteísmo o
Monoteísmo? - Los Siete Sentidos Físicos – El Árbol de la Vida - ¿Qué es el
“Éter Nervioso”? – Una verdadera Escala Septenaria.
SECCIÓN VIII –
LA TEORÍA SOLAR
Breve análisis de los
elementos compuestos y simples de la ciencia en oposición a Las doctrinas
ocultas. Hasta qué punto esta teoría, según se acepta generalmente, es
científica.
El Sol es el Corazón del
Sistema Solar – Los Elementos que ahora conocemos no son los Elementos Primordiales –
La Química se aproxima más que otras Ciencias al Reino de lo Oculto en la
Naturaleza – Los descubrimientos del Profesor Crookes justifican las Enseñanzas
Ocultas – Términos Químicos y el Génesis de los Dioses - El Poder que dirige al
Átomo – El Significado del Caduceo de Mercurio – El Estado Laya y
el Punto Cero – El Ocultismo afirma que la Materia es Eterna convirtiéndose en
Atómica sólo periódicamente – Las “Atomicidades” dominantes – Las Mentes
Inteligentes y Regentes de Mónadas y Átomos.
SECCIÓN IX –
LA FUERZA FUTURA
Sus posibilidades e
imposibilidades.
La Causa y
Efectos de la Electricidad Cósmica – El Sonido es un Poder Oculto –
Keely, un Ocultista Inconsciente – El Significado Oculto de un Centro Laya – La
Humanidad se halla relacionada psíquicamente con los Grupos de Dhyân Chohans -
Por qué no pudo Keely llevar sus Descubrimientos hasta su fin lógico – No se
permitirá que la Fuerza Etérica sirva para fines mercantiles – “Vril” es una
Fuerza Real – Los prematuros descubrimientos de Keely.
SECCIÓN X –
SOBRE LOS ELEMENTOS Y LOS ÁTOMOS
Cuando se emplea el
Término Elemento en sentido metafísico, significa el Hombre Divino Incipiente –
Átomos-Almas son Diferenciaciones de lo Uno – La Alegoría de la “Tierra
Prometida” – La Mónada según las Enseñanzas de losAntiguos Iniciados - El
Peregrino Eterno – Buddhas de los Tres Mundos – Dhyâni Buddhas y los Siete
Hijos de la Luz – Personalidad e Individualidad – Mónadas Angélicas, Mónadas
Humanas y Estrellas Padre – El lugar de Urano y Neptuno – El Origen Planetario
de la Mónada fue enseñado por los Gnósticos – La Caída Cíclica de los Dioses –
La Naturaleza de Jehovah.
SECCIÓN XI –
EL PENSAMIENTO ANTIGUO VESTIDO A LA MODERNA
La Química y la Ciencia
Ocutla – Roger Bacon tenía la Clave de la verdadera significación de la Magia y
la Alquimia – El Átomo es inseparable del Espíritu – La Trinidad en Unidad – La
Génesis de los Elementos – Purânas versus la Sociedad Real.
SECCIÓN XII –
EVIDENCIA CIENTÍFICA Y ESOTÉRICA DE LA TEORÍA NEBULAR MODERNA Y OBJECIONES A LA
MISMA
La Teoría Nebular es
errónea – El Sol y los Planetas son Hermanos Couterinos – El Deber del
Ocultista se refiere al Alma y Espíritu del Espacio Cósmico –
La necesidad de estudiar todo el Sistema Cosmogénico Esotérico – Las Fuerzas
son Aspectos de la Vida Una Universal- Las opiniones de un Maestro acerca de
las Teorías Científicas - ¿Qué es la Nebulosa? – La Teoría Nebular y la DOCTRINA
SECRETA – Nuestro Universo visible es el Sthûla Shariradel Séptuple Kosmos -
¿Qué es Materia Primitiva? - La Selección Natural y la Doctrina Oriental de
Evolución.
SECCIÓN XIII
–LAS FUERZAS: ¿MODOS DE MOVIMIENTO O INTELIGENCIAS?
Los Efectos de la Materia
Primitiva sentidos a través de Inteligencias denominadas Dhyân Chohans – Estas
Inteligencias deben ser admitidas por la Ciencia – La Mente Universal es la Luz
Divina (Fohat) que emana del Logos – Los Fenómenos Terrestres son Aspectos de
la Naturaleza Dual de los Dhyân Chohans Cósmicos – La Ley de Analogía es la
Primera Clave para el Problema del Mundo – Diferentes clases de Humanidades –
Distintos Sentidos en otros Mundos – Todo tiene su Período de Vida: la Tierra,
la Humanidad, el Sol, la Luna, los Planetas, las Razas, etcétera.
SECCIÓN XIV –
DIOSES, MÓNADAS Y ÁTOMOS
El Cosmos está lleno de
Existencias Invisibles e Inteligentes – Sólo los Iniciados más elevados y
Adeptos son capaces de asimilarse el Pleno Conocimiento de los Misterios de la
Naturaleza – El que domina los Misterios de nuestra propia Tierra habrá dominado
Todos los demás – El Punto Matemático – El Universo Absolutamente Ideal y
el Kosmos Invisible pero Manifestado – La mónada es el Ápice del Triángulo
Equilátero Manifestado, el “Padre” – El Espacio es el Mundo Real –
Los Diez Puntos Pitagóricos – El Triángulo Ideal – La Mónada y la Duada – Almas
Atómicas y su Peregrinación Individual – El Descenso y Ascenso de la Mónada
Individualizada – La Química del futuro – La Ciencia Esotérica abarca todo el
Plan de Evolución desde el Espíritu a la Materia – El Nóumeno del Oxígeno,
Hidrógeno, y Nitrógeno – Las Teorías de Leibnitz – Naturaleza de la Mónada –
Los “Dioses” son las Radiaciones de la Naturaleza Primordial – Los
Átomos son el Movimiento que mantiene en perpetua marcha las Ruedas de la Vida.
SECCIÓN XV –
EVOLUCIÓN CÍCLICA Y KARMA
Karma es la Ley Una que
gobierna el Mundo del Ser – Los Ocultistas tienen el mismo respeto a la Vida
Animal Externa del Hombre que a su Naturaleza Espiritual Interna – La
Influencia Esotérica de los Ciclos Kármicos sobre la Ética Universal – Nadie
puede escapar a su Destino Dominante – Karma, la Ley de Compensación – Los
Grandes Cambios Geológicos no son más que Instrumentos para alcanzar ciertos
fines actuando periódicamente – Los Grandes Ciclos y Ciclos Menores –
Karma-Némesis – Profecías Antiguas y Modernas – La Astrología, una Ciencia.
SECCIÓN XVI –
EL ZODÍACO Y SU ANTIGÜEDAD
El Zodíaco en la Biblia –
La Antigüedad del Zodíaco – Mesías, Avatares y los Signos del Zodíaco – Dioses
Caldeo-Judíos y Ciclos – La Antigüedad del Zodíaco de los Hindúes – Conclusión
Científica – El principio del Kali Yuga – Los Métodos Astronómicos Hindúes y su
vindicación.
SECCIÓN XVII –
RESUMEN DE LA SITUACIÓN
¿Qué es Éter, Materia,
Energía? – Cuán poco se conoce del Universo Material
– Las
Enseñanzas Esotéricas eran idénticas en Egipto y en la India – Más allá de los
límites del Sistema Solar hay otros Soles y el Misterioso Sol Central – Fohat
es en el Ocultismo la
Clave que abre y descifra los Símbolos y Alegorías de todas las Mitologías –
Fohat bajo muchos Nombres – La Leyenda y la Historia.
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PARTE II
LA
EVOLUCIÓN DEL SIMBOLISMO
SECCIÓN I
SIMBOLISMO E IDEOGRAFÍA
¿No
es siempre un símbolo para quien sabe
distinguir,
una revelación más o menos clara, o
confusa,
de lo semejante a Dios?... Al través de
todas
las cosas... brilla débilmente algo de la
Idea
Divina. Más aún: la enseña más elevada que
han
encontrado jamás los hombres y que han
abrazado,
la cruz misma, no posee significación
alguna,
salvo una accidental y extrínseca.
CARLYLE, Sartor
Resarius
El
estudio del significado oculto en cada una de las leyendas religiosas y
profanas de cualquiera nación, ya sea grande o pequeña, y especialmente en las
tradiciones del Oriente, ha ocupado la mayor parte de la vida de la que estas
líneas escribe. Ella es de los que poseen la convicción de que ninguna fábula
mitológica, ningún suceso tradicional de las leyendas de un pueblo, ha sido en
tiempo alguno pura ficción, sino que cada una de semejantes narraciones
encierra algo de verdaderamente histórico. En esto difiere la autora de
aquellos mitólogos, por grande que sea su reputación, que no ven en cada mito
más que la confirmación de la tendencia supersticiosa de los antiguos, y que
creen que todas las mitologías han tenido su origen en los mitos
solares y se basan en los mismos. A semejantes pensadores
superficiales les ha puesto admirablemente en el lugar que les corresponde el
poeta y egiptólogo Mr. Gerald Massey, en una conferencia sobre “Luniolatría,
Antigua y Moderna”. Su crítica acerada es digna de reproducirse en esta parte
de nuestra obra, por ser eco fiel de nuestros propios sentimientos, tan
abiertamente expresados desde 1875, cuando escribimos “Isis sin Velo”.
Durante
los últimos treinta años, el profesor Max Müller ha estado enseñando en sus
libros y discursos, en el Times, Saturday Review y en varias
revistas, desde la tribuna de la Royal Institution, en el púlpito de la Abadía
de Westminster, y en su cátedra de Oxford, que la mitología es una enfermedad
del lenguaje, y que el antiguo simbolismo era resultado de algo parecido a una aberración
mental primitiva.
“Sabemos
-dice Renouf, repitiendo a Max Müller, en sus conferencias de Hibbert- que la
mitología es la enfermedad que brota durante un estado
peculiar de la cultura humana”. Tal es la trivial explicación de los no
evolucionistas, y semejantes explicaciones son todavía aceptadas por el público
inglés, que piensa por cerebros de otros. El profesor Max Müller, Cox,
Gubernatis y otros tratadistas de mitos solares, nos han descrito al primitivo
inventor de mitos como una especie de metafísico indo germanizado, proyectando
su propia sombra sobre una niebla mental, y hablando ingeniosamente del humo, o
por lo menos de las nubes; convirtiendo el cielo sobre su cabeza en
la cúpula del país de los sueños, pintarrajeada con las imágenes de pesadillas
aborígenes. Conciben al hombre primitivo a su semejanza, y le contemplan como
irresistiblemente inclinado a la propia mixtificación, o como dice Fontenelle,
“sujeto a contemplar cosas que no existen”. Ellos han presentado bajo un
aspecto falso al hombre primitivo o arcaico, como inducido desde un principio y
de un modo estúpido, por una imaginación activa y falta de dirección, a creer
toda suerte de falsedades, que eran inmediata y constantemente contradichas por
su propia experiencia diaria; como un necio fantástico en medio de aquellas
feas realidades con que le agobiaba la experiencia, a manera de los iceberg
aplastantes que dejan sus huellas en las rocas sumergidas en el mar. Quédame
por decir, y algún día se reconocerá como cierto, que estos maestros, aceptados
como tales, no se han aproximado más a los principios de la mitología y del
lenguaje, que el poeta Willie de Burns a Pegaso. He aquí mi contestación: Es
sólo un sueño del metafísico teórico, creer que la mitología fuese una
enfermedad del lenguaje o de cualquier otra cosa que no sea su propio cerebro.
El origen y el significado de la mitología ha sido totalmente equivocado por
estos traficantes en mitos solares. La Mitología era un modo primitivo de objetivar el
pensamiento primitivo. Estaba fundada en hechos naturales, y todavía puede
comprobarse en los fenómenos. Nada hay de insano ni de irracional en ella,
cuando se la considera a la luz de la evolución, y cuando se comprende por
completo su manera de expresarse por el lenguaje de los signos. La locura
consiste en tomarla por historia humana o por revelación Divina (1). La
Mitología es el depósito de la ciencia más antigua del hombre, y lo que
principalmente nos interesa, es lo siguiente: cuando sea de nuevo interpretada
correctamente, está destinada a ocasionar la muerte de aquellas falsas
teologías a que sin saberlo ha dado origen (2).
En
la fraseología moderna se dice algunas veces que una afirmación es mítica en
proporción de su falsedad; pero la antigua mitología no era un sistema o modo
de falsificación en ese sentido. Sus fábulas eran medios de comunicar hechos;
no eran ni falsificaciones ni ficciones... Por ejemplo, cuando los egipcios
representaban a la luna como un gato, no eran tan ignorantes que
supusiesen que la luna era un gato; ni veían en su extraviada fantasía parecido
alguno de la luna con un gato; ni tampoco era el mito-gato mera
expansión de metáfora verbal, ni tenían ellos intención de crear embrollos
y enigmas... Habían observado simplemente que el gato veía en la oscuridad, y
que sus ojos aumentaban y se hacían más luminosos por la noche. La Luna era
durante la noche el vidente en los cielos, y el gato era su equivalente en la
tierra; y así el gato doméstico fue adoptado como un signo natural y
representativo, como una pintura viviente del orbe lunar... Y de esto provino
que el Sol, que en el mundo de abajo veía durante la noche, pudo también ser
llamado el gato, como sucedió, porque también vela en las
tinieblas. El nombre del gato es mau en egipcio, que significa
vidente, de mau, ver. Un tratadista de mitología asegura que los
egipcios “imaginaban un gran gato tras del sol, el cual era la pupila del ojo
del gato”. Pero esta suposición es por completo moderna. es la mercancía de Max
Müller en el mercado. La Luna, como gato, era el ojo del
sol, porque reflejaba la luz solar, y porque el ojo refleja la
imagen en su espejo. En la forma de la diosa Pashtr, el gato vigila por el sol,
sujetando y destrozando con su garra la cabeza de la serpiente de las
tinieblas, llamada su eterna enemiga.
Ésta
es una exposición muy correcta de los mitos lunares bajo su aspecto
astronómico. Sin embargo, la Selenografía es la menos esotérica de las
divisiones de la simbología lunar. Para dominar la Selenognosis -si se nos
permite la invención de la palabra- es necesario llegar a conocer a fondo algo
más que su significado astronómico. La Luna está íntimamente relacionada con la
Tierra, como se ha mostrado en las Estancias; y está más directamente
relacionada con todos los misterios de nuestro Globo, que el mismo
Venus-Lucifer, hermano oculto y alter ego de la Tierra (3).
Las
infatigables investigaciones de los mitólogos occidentales, especialmente de
los alemanes, durante el último siglo y en el presente, han hecho ver a las
personas libres de prejuicios, y, por supuesto, a los ocultistas, que sin el
auxilio de la simbología (con sus siete divisiones, por completo desconocidas
de los modernos), ninguna escritura sagrada antigua puede ser comprendida
correctamente. La simbología debe ser estudiada en cada uno de sus aspectos,
pues cada nación tiene su método peculiar de expresión; en una palabra, ningún
papiro egipcio, ninguna olla india, ningún ladrillo asirio ni ningún manuscrito
hebreo, debe leerse y aceptarse literalmente.
Esto
lo saben los eruditos. Las sabias conferencias de Mr. Gerald Massey, bastan por
sí solas para convencer a cualquier cristiano de recto criterio, que el aceptar
la letra muerta de la Biblia, equivale a caer en un error más grosero y
supersticioso que cualquiera de los que hasta el presente ha elaborado el
cerebro de los salvajes insulares del mar del Sur. Pero el punto en que el
orientalista -ya sea arianista o egiptólogo- que más ame la verdad, y que con
más ahínco la busque, parece que continúa ciego, es el hecho de que cada uno de
los símbolos en los papiros u ollas, es un diamante de muchas facetas, cada una
de las cuales, no sólo encierra varias interpretaciones, sino que se relaciona
igualmente con varias ciencias. De esto es un ejemplo la interpretación que se
acaba de citar de la luna simbolizada por el gato, ejemplo de imagen
sidéreo-terrestre; pues la luna encierra muchos otros significados además de
éste, en otras naciones.
Según
ha sido demostrado por un sabio masón y teósofo, Mr. Kenneth Mackenzie, en
su Royal Masonic Cyclopedia , hay una gran diferencia entre
el emblema y el símbolo. El primero “comprende una
serie mayor de pensamientos que el último, el cual, puede decirse más bien que
encierra una sola idea especial”. De aquí que los símbolos -lunares o solares,
por ejemplo- de varios países, comprendiendo cada uno una idea o series de
ideas especiales, forman colectivamente un emblema esotérico. El último es “una
pintura o signo concreto visible, que representa principios o una serie de
principios, comprensibles para aquellos que han recibido ciertas
instrucciones (Iniciados)”. Diciéndolo aún más claro, un emblema es
generalmente una serie de pinturas gráficas, consideradas y
explicadas alegóricamente, y que desarrollan una idea en vistas panorámicas,
presentadas unas después de otras. De este modo los Purânas son
emblemas escritos. Igualmente lo son el Antiguo o Mosaico y Nuevo o
cristiano Testamentos, o la Biblia, y todas las demás Escrituras
exotéricas. La misma citada autoridad dice:
Todas
las sociedades esotéricas han hecho uso de los emblemas y los símbolos, como
sucede con la Sociedad Pitagórica, la de los eleusinos, la de los Hermanos
Herméticos de Egipto, la de los Rosacruces y la de los Francmasones. Muchos de
estos emblemas no son de conveniente divulgación, y una diferencia muy
pequeña puede hacer que el emblema o símbolo difiera grandemente de su
significado. Los sigilla mágicos, fundados en ciertos principios de los
números, participan de su carácter; y aun cuando parecen monstruosos y
ridículos a los ojos del ignorante, demuestran todo un cuerpo de doctrina a los
que han aprendido a reconocerlos.
Las
sociedades antes mencionadas, son todas comparativamente modernas; pues ninguna
de ellas se remonta más allá de la Edad Media. ¡Cuánto más conveniente no es,
pues, que los estudiantes de las escuelas arcaicas más antiguas se abstengan de
divulgar secretos de una importancia mucho más capital para la humanidad (por
ser peligrosos en manos de ignorantes), que los llamados “secretos masónicos”,
que se han convertido actualmente, como dicen los franceses, en los de
Polichinela! Pero esta restricción puede tan sólo aplicarse al significado
psicológico, o más bien al psicofisiológico y cósmico del símbolo y emblema, y
aun así, sólo parcialmente. Un Adepto debe negarse a participar las condiciones
y modos que conducen a una correlación de elementos (ya sean psíquicos o
físicos), que pueden producir resultados perniciosos lo mismo que benéficos;
pero siempre está pronto a comunicar al estudiante serio, el secreto del
antiguo pensamiento en todo lo que se refiere a la historia que se halla oculta
bajo símbolos mitológicos, suministrando así un horizonte mayor a la vista
retrospectiva del pasado, que contenga datos útiles relacionados con el origen
del hombre, la evolución de las Razas y la geognosia; y, sin embargo, esta es
la queja del día, no sólo entre los teósofos, sino también entre los pocos
profanos que se interesan en el asunto: ¿Por qué -dicen- no revelan los Adeptos
lo que saben? A esto se les podría contestar: ¿Cómo han de hacerlo, toda vez
que de antemano sabemos que ningún hombre científico aceptaría, ni siquiera
como hipótesis, y mucho menos, por tanto, como teoría o axioma, los hechos que
le comunicasen? ¿Habéis llegado vosotros siquiera a aceptar o creer en el abecé
de la Filosofía Oculta que contiene el Teosophist, el Buddhismo
Esotérico, y otras obras y revistas? ¿No ha sido, hasta lo poco que se ha
dado, ridiculizado y escarnecido, y confrontado con la “teoría animal” y con la
del “mono” de Huxley y de Haeckel por un lado, y con la costilla de Adán y la
manzana por otro? A pesar de estas perspectivas tan poco envidiables, se da en
la obra presente una multitud de hechos; y el origen del hombre, la evolución
del Globo y de las Razas, humanas y animales, se tratan ahora con toda la
extensión que la escritora puede hacerlo.
Las
pruebas que se han presentado en corroboración de las antiguas enseñanzas, se
hallan esparcidas en todas las escrituras de las civilizaciones de la
Antigüedad. Los Purânas, el Zend Avesta y los
antiguos clásicos, están llenos de ellas; pero nadie se ha tomado la molestia
de recopilar estos hechos y confrontarlos entre sí. La causa de ello es que
todos estos hechos fueron registrados simbólicamente; y que los más expertos,
las inteligencias más penetrantes entre nuestros arianistas y egiptólogos, han
sido oscurecidas por conceptos preconcebidos, y aún con más frecuencia, por los
puntos de vista parciales del significado secreto. Sin embargo, hasta una
parábola es un símbolo hablado; según piensan algunos, no es más que una
ficción o fábula; mientras que nosotros decimos que es una representación
alegórica de realidades, de la vida, de sucesos y de hechos. Y así como de una
parábola se deduce siempre una moral, siendo esta moral una verdad y un hecho
real de la vida humana, del mismo modo se deducía un hecho histórico verdadero
(por aquellos que estaban versados en las ciencias hieráticas), de ciertos
emblemas y símbolos registrados en los antiguos archivos de los templos. La
historia religiosa y esotérica de todas las naciones se encontraba embebida en
los símbolos; nunca fue literalmente expresada en muchas palabras. Todos los
pensamientos y emociones, toda la instrucción y conocimientos revelados y
adquiridos de las primeras Razas, tenían su expresión pictórica en la alegoría
y en la parábola. ¿Por qué? Porque las palabras habladas tienen una
potencia no sólo desconocida, sino que no se sospecha siquiera, ni se cree
naturalmente por los “sabios” modernos. Porque el sonido y el ritmo
están estrechamente relacionados a los cuatro Elementos de los antiguos; y
porque tal o cual vibración en el aire, es seguro que despierta los Poderes
correspondientes, y la unión con los mismos produce resultados buenos o malos,
según el caso. Nunca se permitió a ningún estudiante recitar narraciones de
hechos históricos, religiosos, ni reales, con palabras que claramente los
determinasen, para evitar que los Poderes relacionados con tales sucesos
pudiesen ser atraídos nuevamente. Tales acontecimientos se narraban tan sólo
durante la Iniciación, y todos los estudiantes tenían que registrarlos en los
símbolos correspondientes, sacados de su propia mente y examinados después por
su Maestro, antes de ser definitivamente aceptados. Así, paulatinamente, fue
creado el Alfabeto Chino, del mismo modo que poco antes de éste habían sido
determinados los símbolos hieráticos en el antiguo Egipto. En la lengua china,
cuyos caracteres pueden leerse en cualquier otra lengua, y el cual, como acaba
de decirse, es poco menos antiguo que el alfabeto egipcio de Thoth, todas las
palabras tienen su símbolo correspondiente, en forma pictórica. Esta lengua
posee muchos miles de tales símbolos, letras o logogramas, cada uno de los
cuales significa toda una palabra; pues letras propiamente, o un alfabeto, como
lo entendemos, no existen en el idioma chino, como tampoco existían en el
egipcio, hasta una época mucho más cercana.
De
este modo, un japonés que no sepa una palabra de chino, al encontrarse con uno
de esta nación que nunca haya oído la lengua del primero, se puede comunicar
con él por escrito, y se comprenderán perfectamente, puesto que su escritura es
simbólica.
La
explicación de los principales símbolos y emblemas, es lo que ahora se intenta;
pues el Libro III, que trata de Antropogénesis, sería excesivamente difícil de
comprender sin un conocimiento preparatorio, al menos de los símbolos
metafísicos.
Por
otro lado, no sería justo entrar en la lectura esotérica del simbolismo, sin
tributar el debido homenaje a quien ha hecho un grandísimo servicio en este
siglo, descubriendo la clave principal de la antigua simbología hebrea,
entretejida de modo acentuado con la metrología, una de las claves de lo que
fue en otro tiempo Lenguaje del Misterio universal. Me refiero a Mr. Ralston
Skinner, de Cincinnati, autor de The Key to the Hebrew-Egyptian Mystery
in the Source of Measures (Clave del Misterio Hebreo-Egipcio en el
Origen de las Medidas), a quien por este concepto damos las gracias. Místico y
kabalista por naturaleza, trabajó durante muchos años en este sentido, y sus
esfuerzos fueron verdaderamente coronados de gran éxito. Según él mismo dice:
El
que esto escribe está completamente seguro de que hubo un antiguo lenguaje que
se ha perdido para los tiempos modernos hasta la época presente, pero cuyos
vestigios, sin embargo, existen en abundancia... El autor descubrió que esta
razón geométrica (la razón integral numérica del diámetro a la circunferencia
del círculo) era el origen, muy antiguo y probablemente divino..., de las
medidas lineales... Parece casi probado que el mismo sistema de geometría, de
números, de razón y de medidas, era conocido y usado en el continente de la
América del Norte, aun antes que lo conocieran los descendientes semitas...
La
particularidad de este lenguaje era que podía estar contenido dentro de otro,
de un modo oculto, y que no podía ser percibido sino con la ayuda de ciertas
instrucciones especiales; letras y signos silábicos poseían al mismo tiempo,
los poderes o significado de los números, de las figuras geométricas, las
pinturas, o la ideografía y símbolos, cuyo objeto dibujado era expresamente
auxiliado por parábolas en forma de narraciones o porciones de narraciones; y a
la vez podían ser expuestas separada, independientemente y de varios modos, por
medio de pinturas, en trabajos en piedra o en construcciones de
tierra.
Para
esclarecer una ambigüedad referente al término lenguaje, diré: primero, que
esta palabra significa la expresión hablada de las ideas; y segundo, que puede
significar la expresión de las ideas en otra forma. Este antiguo lenguaje está
de tal modo compuesto en el texto hebreo que, por medio de los caracteres
escritos, al ser pronunciados forman el lenguaje primeramente definido, puede
comunicarse, intencionalmente, una serie de ideas muy distintas de las que se
expresan por la lectura de los signos fonéticos. Este segundo idioma manifiesta
veladamente series de ideas, copias en la imaginación de cosas sensibles, que
pueden ser dibujadas, y de cosas que pueden clasificarse como reales sin ser
sensibles; como, por ejemplo, el número 9 puede ser tomado como una realidad
aun cuando no tiene existencia sensible; asimismo una revolución, puede tomarse
como dando lugar, o produciendo una idea real, a pesar de que semejante
revolución no tiene substancia. Este lenguaje de ideas puede consistir en
símbolos que se hallen concretados en términos y signos arbitrarios, que tengan
un campo muy limitado de conceptos sin importancia, o puede ser una lectura de
la Naturaleza, en alguna de sus manifestaciones, de un valor casi
inconmensurable, para la civilización humana. Una imagen de algo natural, puede
dar origen a ideas de asuntos coordinados que radien en varias y hasta en
opuestas direcciones, como los rayos de una rueda, dando lugar a realidades
naturales que pertenezcan a un género de ideas muy distinto de la tendencia
aparente de la lectura primera, por la que se principió. Una noción puede
originar la noción relacionada; pero al tener esto efecto, todas las ideas
resultantes, por muy incongruentes que en apariencia sean, tienen que brotar del
símbolo original y estar armónicamente relacionadas unas a otras. Así pues, con
una idea dibujada, lo suficientemente radical, puede llegarse a idear el cosmos
mismo hasta en sus detalles de construcción. Semejante lenguaje común no se
emplea ya; pero el que esto escribe se pregunta si en alguna época muy remota
no era esta lengua, o una semejante, de uso universal en el mundo, y poseída, a
medida que se moldeaba más y más en sus formas de arcano, por sólo una clase o
casta selecta de la humanidad. Quiero decir con esto, que el lenguaje popular o
nativo comenzó, aun en su origen, a ser usado como vehículo de este modo
especial de comunicar las ideas. Sobre este punto los testimonios son de mucha
fuerza; y verdaderamente, parece como si en la historia de la raza humana
hubiese tenido lugar, por causas que no podemos averiguar, por lo menos en el
presente, la desaparición o pérdida de un lenguaje primitivo perfecto, y de un
sistema perfecto de ciencia. ¿Deberemos decir perfecto porque era de origen y
de importancia divino? (4).
“Origen
divino” no quiere significar aquí una revelación de un Dios antropomórfico, en
una montaña en medio de truenos y relámpagos; sino, según lo entendemos, un
lenguaje y un sistema de ciencias comunicados a la primera humanidad por una
humanidad más avanzada, tan elevada, que fuese divina a los
ojos de aquella humanidad infantil; en una palabra, por una “humanidad” de
otras esferas: Esta idea no contiene nada de sobrenatural, y el aceptarla o
rechazarla, depende del grado de presunción y arrogancia, de la persona a quien
se le exponga. Porque, si los profesores de la Ciencia moderna confesasen tan
sólo que, aun cuando nada saben del destino del hombre desencarnado -o más
bien, no quieren aceptar nada-, sin embargo este futuro puede estar preñado de
sorpresas y de revelaciones inesperadas para ellos (cuando sus Egos se vean
libres de sus cuerpos), entonces el escepticismo materialista tendría mucha
menos fortuna que la que tiene. ¿Quién de ellos sabe, o puede decir, lo que
sucederá cuando el Ciclo de Vida de este Globo toque a su fin, y
hasta nuestra madre Tierra caiga en su último sueño? ¿Quién osará
afirmar que los Egos divinos de nuestra humanidad -al menos
los elegidos de entre las multitudes que pasan a otras esferas- no se
convertirán a su vez en los instructores “divinos” de una nueva humanidad, por
ellos generada, en un nuevo Globo, llamado a la vida y a la actividad por los
“principios” desencarnados de nuestra Tierra? Todo esto puede haber sido la
experiencia del Pasado, y estos extraños anales yacen embebidos en el “Lenguaje
del Misterio” de las edades prehistóricas; el lenguaje ahora llamado
SIMBOLISMO.
SECCIÓN II
EL LENGUAJE
DEL MISTERIO Y SUS CLAVES
Descubrimientos
recientes hechos por grandes matemáticos y kabalistas, prueban de este modo,
fuera hasta de sombra de duda, que todas las teologías, desde la más antigua
hasta la última, han surgido, no sólo de un origen común de creencias
abstractas, sino de un lenguaje esotérico universal o del Misterio. Estos
sabios poseen la clave del lenguaje universal antiguo, y la han usado con
éxito, aunque sólo una vez, para abrir la puerta herméticamente
cerrada que conduce al Vestíbulo de los Misterios. El gran sistema arcaico
conocido desde las edades prehistóricas como la Ciencia Sagrada de la
Sabiduría, que está contenido y puede encontrarse en todas las religiones
antiguas así como en las modernas, tenía, y tiene aún, su lenguaje universal
-sospechado por el masón Ragón- la lengua de los Hierofantes, que tiene siete
“dialectos”, por decirlo así, cada uno de los cuales se refiere y está
particularmente apropiado a uno de los siete misterios de la Naturaleza. Cada
uno de ellos tenía su simbolismo propio. La Naturaleza podía ser leída de este
modo en su plenitud, o considerada bajo uno de sus aspectos especiales.
La
prueba de esto reside, hasta el presente, en la gran dificultad que los
orientalistas en general, y especialmente los indianistas y egiptólogos,
experimentan en la interpretación de los escritos alegóricos de los arios y de
los anales hieráticos de Egipto. Esto sucede porque nunca quieren tener
presente que todos los anales antiguos estaban escritos en una lengua que era
universal y conocida igualmente por todas las naciones en los días de la
antigüedad, pero que ahora sólo es inteligible para unos pocos. Así como los
números arábigos son claros para cualquier hombre, sea cual fuere su
nacionalidad; o así como la palabra inglesa and, que se convierte
en et para los franceses, en und para los
alemanes, en y para los españoles, y así sucesivamente, puede
empero expresarse en todas las naciones civilizadas con el signo &,
igualmente todas las palabras de esta Lengua del Misterio significaban la misma
cosa para todos los hombres. Ha habido hombres notables que han tratado de
restablecer un lenguaje filosófico y universal semejante:
Delgarme, Wilkins, Leibnitz; pero Demaimieux, en su Pasigraphie, es
el único que ha probado su posibilidad. El esquema de Valentín, llamado la
“Kábala Griega”, basado en la combinación de letras griegas, puede servir de
modelo.
Los
muchos aspectos del Lenguaje del Misterio han conducido a la adopción de dogmas
y ritos variadísimos, en el exoterismo de los rituales de las Iglesias. Ellos
son, también, los que están en el origen de la mayor parte de los dogmas de la
Iglesia Cristiana; como por ejemplo, los siete Sacramentos, la Trinidad, la
Resurrección, los siete Pecados Capitales y las siete Virtudes. Sin embargo,
habiendo estado siempre las Siete Claves de la Lengua del Misterio bajo la
custodia de los más elevados Hierofantes iniciados de la antigüedad, sólo el
uso parcial de alguna de las siete pasó, por traición de algunos de los
primeros Padres de la Iglesia -ex Iniciados de los Templos- a manos de la nueva
secta de los nazarenos. Algunos de los primeros Papas fueron Iniciados; pero
los últimos fragmentos de su saber han caído ahora en poder de los Jesuitas,
que los han convertido en un sistema de hechicería.
Se
afirma que la India -no con sus actuales límites, sino
incluyendo los antiguos- es el único país en el mundo que cuenta todavía, entre
sus hijos, Adeptos que poseen el conocimiento de todos los siete
subsistemas, y la clave del sistema completo. Desde la caída de
Menfis, Egipto principió a perder todas estas claves, una a una, y la Caldea
sólo conservaba tres en los días de Beroso. En cuanto a los hebreos, no
demuestran en todos sus escritos más que un conocimiento completo de los
sistemas astronómico, geométrico y numérico de simbolizar todas las funciones
humanas y especialmente las fisiológicas. Nunca han poseído las claves
superiores.
Mr.
Gaston Maspero, el gran egiptólogo francés y sucesor de Mariette Bey, dice:
Cada
vez que oigo hablar de la religión de Egipto, me siento impulsado a preguntar
a qué religión egipcia se refieren. ¿Es a la religión de la
Cuarta Dinastía, o a la religión del período de los Ptolomeos? ¿Es a la
religión del vulgo, o a la de los sabios? ¿A aquella que se enseñaba en las
escuelas de Heliópolis o a aquella otra que se hallaba en las mentes y
en los conceptos de la clase sacerdotal de Tebas? Porque entre la
primera tumba de Menfis, que lleva la inscripción de un rey de la tercera
dinastía, y las últimas piedras grabadas en Esneh, bajo César-Filipo, el Árabe,
hay un intervalo de cinco mil años por lo menos. Dejando a un lado la invasión
de los Pastores, la dominación etíope y la de los Asirios; la conquista persa,
la colonización de los griegos y las mil revoluciones de su vida política, el
Egipto pasó, durante estos cinco mil años, por muchas vicisitudes morales e
intelectuales. El cap. XVII del Libro de los Muertos, que parece
contener la exposición del sistema del mundo, según era comprendido en
Heliópolis durante la época de las primeras dinastías, sólo nos es conocido por
unas cuantas copias de la undécima y duodécima dinastía. Cada uno de los
versículos que lo componen era ya interpretado de tres o cuatro maneras
distintas; tan diferentes, que según ésta o aquella escuela, el Demiurgo se
convertía en el fuego del sol, Ra-shu o en el agua primordial.
Quince siglos más tarde, el número de las interpretaciones había aumentado
considerablemente. El tiempo, en su transcurso, había modificado las ideas
sobre el Universo y las fuerzas que lo rigen. Durante los dieciocho siglos escasos
que existe el Cristianismo, la mayoría de sus dogmas se han elaborado,
desarrollado y cambiado; ¿cuántas veces, pues, no habrá podido alterar sus
dogmas el clero egipcio, durante los cincuenta siglos que separan a Teodosio de
los Reyes Constructores de las Pirámides? (1)
Creemos
que en este punto ha ido el eminente egiptólogo demasiado lejos. Los dogmas
exotéricos pueden haber sido a menudo alterados, pero nunca los esotéricos. No
ha tenido presente la sagrada inmutabilidad de las verdades primitivas, sólo
reveladas en los misterios de la Iniciación. Los sacerdotes egipcios habían
olvidado mucho, pero no alteraron nada. La pérdida de gran parte de las
enseñanzas primitivas fue debida a las muertes repentinas de grandes
Hierofantes, que fallecieron antes de haber tenido tiempo de revelar todo a
sus sucesores, y principalmente a causa de la falta de herederos dignos del
conocimiento. Sin embargo, han conservado en sus rituales y dogmas las
principales enseñanzas de la Doctrina Secreta.
Así,
en el capítulo d el Libro de los Muertos, mencionado por Maspero,
se encuentra: 1º A Osiris diciendo que es Tum (la fuerza creadora de la
Naturaleza que da forma a todos los seres, espíritus y hombres, generado por sí
mismo, y por sí mismo existente), salido de Nun, el río celestial, llamado la
Madre-Paterna de los Dioses, la deidad primordial, que es el Caos o el Océano,
impregnado por el Espíritu invisible; 2º Él encontró a Shu, la fuerza solar, en
la Escalera de la Ciudad de los Ocho (los dos cuadrados del Bien y del Mal), y
aniquiló los principios malos de Nun (el Caos), los Hijos de la Rebelión; 3º Él
es el Fuego y el Agua, esto es, Nun, el Padre Primordial, y creó a los Dioses
de sus miembros - catorce dioses (dos veces siete), siete oscuros y siete
luminosos (los siete Espíritus de la Presencia de los cristianos y los Siete
Espíritus malos); 4º Él es la Ley de la Existencia y del Ser, el Bennu o Fénix,
el Ave de la Resurrección en la Eternidad, en quien la Noche sigue al Día y el
Día a la Noche - alusión a los ciclos periódicos de resurrección cósmica y de
reencarnación humana; ¿pues qué otra cosa puede significar? “El Viajero que
cruza por millones de años, es el nombre de uno; y las Grandes Verdes (Aguas
Primordiales o Caos), es el nombre del otro”: uno produciendo
millones de años en sucesión, y el otro absorbiéndolos, para devolverlos; 5º Él
habla de los Siete Luminosos que siguen a su señor, Osiris, que confiere la
justicia, en Amenti.
Todo
esto se ha demostrado ahora que ha sido la fuente y el origen de los dogmas
cristianos. Lo que los judíos tenían en Egipto, por Moisés y otros Iniciados,
se tornó bastante confuso y desfigurado en épocas posteriores; pero lo que la
Iglesia tomó de ambos, está todavía peor interpretado.
Sin
embargo, su sistema se ha probado actualmente que es idéntico en esta parte
especial de la simbología -principalmente la clave de los misterios de la
astronomía relacionados con los de la generación y concepción- a aquellas ideas
de las antiguas religiones cuya teología ha desarrollado el elemento fálico. El
sistema judío de medidas sagradas, aplicado a los símbolos religiosos, es el
mismo, en lo que se refiere a las combinaciones geométricas y numéricas que los
de Grecia, Caldea y Egipto; puesto que fue adoptado por los israelitas durante
los siglos de su esclavitud y cautiverio en aquellas dos últimas naciones (2).
¿Cuál era este sistema? El autor de The Source of Measures tiene
la íntima convicción de que “los Libros Mosaicos tenían por objeto, por medio
de un lenguaje artificial, el establecer un sistema geométrico y numérico de
ciencia exacta, que debía servir como origen de las medidas”. Piazzi Smyth cree
lo mismo. Algunos eruditos deducen que este sistema y estas medidas sn
idénticos a los usados en la construcción de la gran Pirámide; pero esto es tan
solo en parte. “El fundamento de esas medidas era la razón de Parker”, dice Mr.
Ralston Skinner en The Source of Measures.
El
autor de esta obra tan extraordinaria lo ha encontrado, dice, en el uso de la
razón integral del diámetro a la circunferencia de círculo, descubierto por
John A. Parker, de Nueva York. Esta razón es de 6561 para el diámetro, y 20612
para la circunferencia. Dice, además, que esta razón geométrica fue el origen
antiquísimo y probablemente divino de lo que ahora se ha convertido, por uso
exotérico y aplicación práctica, en las medidas lineales británicas, “cuya
unidad fundamental, esto es, la pulgada, era igualmente la base de
uno de los codos reales egipcios y del pie romano”.
Descubrió
también que había una forma modificada de la razón, a saber, 113 a 355; y que
mientras la última razón señalaba por medio de su origen a la integral
exacta pi, ó 6561 a 20612, servía también como base para cálculos
astronómicos. El autor descubrió que un sistema de ciencia exacta,
geométrica, numérica y astronómica, fundada en estas relaciones, y que se ha
visto usado para la construcción de la gran pirámide egipcia, era en parte el
contenido de este lenguaje que se halla contenido y oculto en
la letra del texto hebreo de la Biblia. La pulgada y la regla
de dos pies, 24 pulgadas, interpretada para el uso de los elementos del
círculo, y las relaciones mencionadas, se vio que estaban en la base o
fundamento de este sistema natural de ciencia egipcio, y hebreo; mientras que,
por otra parte, parece evidente que el sistema mismo era considerado como de
origen y revelación divinos.
Pero
veamos lo que dicen los adversarios de las medidas de la pirámide del profesor
Piazzi Smyth.
Mr.
Petrie parece negarlas y echar por tierra los cálculos de Piazzi Smyth en sus
relaciones bíblicas. Otro tanto ha estado haciendo Mr. Proctor, el campeón
“coincidentalista”, durante muchos años, en todas las cuestiones de ciencias y
artes antiguas. Al hablar de “la multitud de relaciones independientes de la
Pirámide, que se han manifestado al tratar los piramidalistas de relacionar la
Pirámide con el sistema solar”, dice:
Estas
coincidencias (las que “existirían aunque no existiese la Pirámide”) son mucho
más curiosas que cualquier coincidencia entre la Pirámide y los números
astronómicos; las primeras son tan exactas y notables como reales; las
segundas, que son sólo imaginarias (?), han sido establecidas
únicamente por el procedimiento que los chicos de escuela llaman “hinchar el
perro”; y ahora las nuevas medidas tomadas harán que se rehaga el trabajo todo
de nuevo (3).
A
esto contesta con razón Mr. C. Staniland Wake:
Tienen
que haber sido, sin embargo, más que meras coincidencias, si los
constructores de la pirámide poseían el conocimiento astronómico desplegado en
su perfecta orientación y en sus otras características astronómicas admitidas
(4).
Los poseían seguramente; y en este “conocimiento”
estaba basado el programa de los Misterios y de la serie de Iniciaciones: de
aquí la construcción de la Pirámide, registro perdurable y símbolo
indestructible de estos Misterios e Iniciaciones en la Tierra, como lo son en
el Cielo los cursos de las estrellas. El ciclo de la Iniciación era una
reproducción en miniatura de aquella gran serie de cambios cósmicos
a que los astrónomos han dado el nombre del año tropical o sideral. Lo mismo
que a la conclusión del ciclo del año sideral (25.868 años), vuelven los
cuerpos celestes a las mismas posiciones relativas que ocupaban al principio;
así, al finalizar el ciclo de la Iniciación, el hombre interno recobra el
estado prístino de pureza y conocimiento divinos, de donde partió al emprender
su ciclo de encarnación terrestre.
Moisés,
Iniciado en la Mistagogía egipcia, basó los misterios
religiosos de la nueva nación que creó, sobre la misma fórmula abstracta
derivada de este ciclo sideral, que simbolizó bajo la forma y medidas del
tabernáculo, que se supone construyó en el desierto. Sobre estos datos, construyeron
los últimos Grandes Sacerdotes judíos la alegoría del Templo de
Salomón - edificio que no ha tenido nunca existencia real, como tampoco el rey
Salomón, que es simplemente un mito solar, como el de Hiram Abif de los
masones, según Ragón tiene bien demostrado. Así pues, si las medidas de este
templo alegórico, símbolo del ciclo de la Iniciación, coinciden con las de la
Gran Pirámide, es debido al hecho de que las primeras se derivaron de las
últimas, por medio del Tabernáculo de Moisés.
Que nuestro autor ha descubierto de un modo
innegable una y hasta dos de las
claves se demuestra plenamente en la obra citada. No se necesita más
que leerla para sentir una convicción creciente de que el significado oculto de
las alegorías y parábolas de ambos Testamentos, se halla ahora de
manifiesto. Pero que él debe este descubrimiento mucho más a su propio genio
que a Parker y a Piazzi Smyth, es igualmente cierto. Pues, como se ha mostrado,
no es tan seguro que las medidas de la Gran Pirámide, tomadas y adoptadas por
los piramidistas bíblicos, estén fuera de toda duda. Una prueba de ello es la
obra llamada The Pyramids and Temples of Gizeh (Las Pirámides
y Templos de Gizeh), por Mr. F. Petrie, además de otras obras escritas muy
recientemente para contradecir los mencionados cálculos que sus autores llaman
“tendenciosos”. Colegimos que casi todas las medidas de Piazzi Smyth difieren
de las hechas posteriormente con más cuidado por Mr. Petrie, quien termina la
Introducción de su obra con el siguiente período:
Respecto de los resultados de toda investigación,
muchos de los teóricos estarán de acuerdo con un americano que era creyente
entusiasta en las teorías de la Pirámide cuando vino a Gizeh. Tuve allí el
gusto de disfrutar de su compañía durante un par de días, y la última vez que
comimos juntos, me dijo en tono triste: “Tengo la misma impresión que si
hubiera asistido a un funeral. Como quiera que sea, haced que las antiguas
teorías tengan un entierro decente, pero teniendo cuidado de no enterrar vivas,
en nuestra prisa, a las solamente heridas”.
Respecto
del cálculo, en general, del difunto J. A. Parker, y especialmente acerca de su
tercera proposición, hemos consultado a algunos eminentes matemáticos, quienes
en resumen han dicho que:
El
argumento de Mr. Parker se basa en consideraciones sentimentales más bien que
en consideraciones matemáticas, y lógicamente carece de fuerza.
La
Proposición III, a saber que:
El
círculo es la base o principio natural de toda área, siendo artificial y
arbitrario el haber hecho esto con el cuadrado, en la ciencia matemática
es
un ejemplo de proposición arbitraria, y no se puede tener confianza en ella en
el razonamiento matemático. La misma observación es aún más aplicable a la
Proposición VII, que declara que:
Puesto
que el círculo es la forma primitiva en la Naturaleza, y por ello la base del
área; y puesto que el círculo es medido por el cuadrado e igual al mismo sólo
en razón de la mitad de su circunferencia por el radio, por lo tanto, la
circunferencia y el radio, y no el cuadrado del diámetro, son los únicos
elementos naturales y legítimos del área, por los cuales todas las formas
regulares se hacen iguales al cuadrado, e iguales al círculo.
La
Proposición IX es un ejemplo notable de falso razonamiento, aun cuando es en el
que se basa principalmente la cuadratura de Mr. Parker. Afirma que:
El
círculo y el triángulo equilátero son opuestos uno al otro en todos los
elementos de su construcción, y de aquí que el diámetro de un círculo, que es
igual al diámetro fraccionario de un cuadrado, esté en razón duplicada e
inversa al diámetro de un triángulo equilátero, cuya área sea uno, etc.,
etcétera.
Admitiendo,
en gracia del argumento, que se pueda decir que un triángulo tenga un radio en
el sentido que le damos al radio de un círculo -pues lo que Parker llama el
radio de un triángulo es el radio de un círculo inscrito en el triángulo, y por
lo tanto, de ningún modo el radio del triángulo- y admitiendo por un momento
las otras proposiciones matemáticas e imaginarias, unidas en sus premisas, ¿por
qué hemos de deducir que si el triángulo y el círculo son opuestos en todos los
elementos de construcción, el diámetro de cualquier círculo definido ha de
estar en la razón duplicada e inversa del diámetro de un triángulo dado
equivalente? ¿Qué relación necesaria hay entre las premisas y la deducción? El
razonamiento es de una clase desconocida en geometría, y no sería aceptado por
verdaderos matemáticos.
Que
el sistema arcaico esotérico haya o no originado la pulgada inglesa, es de poca
importancia, sin embargo, para el metafísico estricto y verdadero. No es
incorrecta la interpretación esotérica de la Biblia de Mr. Ralston Skinner,
sólo porque las medidas de la Pirámide pueda verse que no concuerdan con las
del Templo de Salomón, con las del Arca de Noé, etc., o porque la Cuadratura
del Círculo de Mr. Parker sea rechazada por los matemáticos. Pues la
interpretación de Mr. Skinner depende principalmente de los métodos
kabalísticos y del valor rabínico de las letras hebreas. Sin embargo, es de
mucha importancia comprobar si las medidas usadas en la evolución de la
religión simbólica aria en la construcción de sus templos, en las
cifras que se dan en los Purânas, especialmente en su cronología,
sus símbolos astronómicos, la duración de los ciclos y otros cómputos, eran o
no las mismas empleadas en las medidas y signos bíblicos. Pues esto probará
que, a menos que los judíos tomasen su codo y medidas sagradas de los egipcios
(Moisés siendo iniciado por sus Sacerdotes), tuvieron que adquirir estas
nociones en la India. En todo caso, las transmitieron a los primeros
cristianos. De aquí que los ocultistas y kabalistas son los verdaderos
herederos del conocimiento o Sabiduría Secreta que se encuentra en la Biblia;
pues ellos únicamente comprenden su verdadero significado, mientras que los
judíos y cristianos profanos están atenidos a la corteza y a la letra muerta de
la misma. Se ha demostrado ahora por el autor de The Source of Measure,
que este sistema de medidas fue el que condujo a la invención de los nombres de
Dios, Elohim y Jehovah, y a su adaptaciòn al falicismo; y que Jehovah es una
copia, no muy lisonjera, de Osiris. Pero tanto este autor como Mr. Piazzi Smyth
parecen estar bajo la impresión de que a) la prioridad del sistema
pertenece a los israelitas, siendo la lengua hebrea el lenguaje divino, y b)
que este lenguaje universal pertenece a la revelación directa.
La
última hipótesis es tan sólo correcta en el sentido mostrado en el último
párrafo de la Sección precedente; salvo que no estamos todavía de acuerdo,
respecto de la naturaleza y carácter del divino “Revelador”. La primera
hipótesis respecto de la prioridad dependerá, por supuesto, para el profano,
de a) el testimonio interno y externo de la revelación, y b)
de las ideas preconcebidas de cada cual. Esto, en todo caso, no puede impedir
que el kabalista deísta, o el ocultista panteísta, crean cada cual a su modo;
sin que el uno convenza al otro. Los datos que la historia suministra, son muy
pobres y demasiado poco satisfactorios para que ninguno de ellos pueda probar
el escéptico cuál tiene razón.
Por otro lado, las pruebas que la tradición
proporciona, son rechazadas tan constantemente, que no da lugar a esperar que
se resuelva la cuestión en la época presente. Mientras tanto, la ciencia
materialista continuará riéndose tanto de los kabalistas como de los
ocultistas; pero una vez descartada la enojosa cuestión de la prioridad, la
ciencia, en las ramas de la filología y de la religión comparada, se verá
últimamente precisada a pronunciarse, y obligada a admitir la aserción común.
Uno
a uno van siendo los asertos admitidos, a medida que los hombres científicos,
uno después de otro, se ven obligados a reconocer los hechos que de la Doctrina
Secreta se han dado, aun cuando raramente reconocen que se les han anticipado.
Así ocurrió en los días en que gozaba de más autoridad la opinión de Mr. Piazzi
Smyth respecto de la pirámide de Gizeh, siendo su teoría que el sarcófago de
pórfido de la Cámara del Rey, que era “la unidad de la medida de
las dos naciones más ilustradas de la tierra, Inglaterra y América”, no fue más
que un “arcón de trigo”. Esto lo negamos rotundamente en Isis sin Velo,
que precisamente se acababa de publicar. Entonces la prensa de Nueva York se
levantó en armas (los periódicos el Sun y principalmente
el World) contra nuestra presunción de corregir o demostrar errores
a semejante estrella del saber. En esta obra habíamos dicho que Herodoto, al
tratar de aquella pirámide:
... pudo haber añadido que exteriormente
simbolizaba el principio creador de la Naturaleza, y también
arrojaba luz sobre los principios de la geometría, matemáticas,
astrología y astronomía. Interiormente, era un templo majestuoso, en cuyos
sombríos retiros tenían lugar los Misterios, y cuyos muros habían presenciado a
menudo las escenas de la iniciación de miembros de la familia real. El
sarcófago de pórfido que el profesor Piazzi Smyth, astrónomo Real de Escocia,
degrada convirtiéndolo en arcón de trigo, era la fuente bautismal al
salir de la cual el neófito “nacía de nuevo” y se convertía en adepto (5).
Entonces
se rieron de nuestra afirmación. Fuimos acusados de haber tomado nuestras ideas
del “iluso” Shaw, escritor inglés que había sostenido que el sarcófago había
sido usado para celebrar los Misterios de Osiris, aunque no conocíamos la
existencia de este autor. Y ahora, seis o siete años después (1882), he aquí lo
que Mr. Staniland Wake escribe:
La
llamada Cámara del Rey, de la que dice un entusiasta piramidista: “Las paredes
pulimentadas, los hermosos materiales, las grandes proporciones y el lugar
preferente, hablan con elocuencia de futuras glorias”; si no era la “cámara de
perfecciones” de la tumba de Cheops, era, probablemente, el lugar en
donde el que se iniciaba era admitido después de haber pasado por el estrecho y
empinado pasaje y por la gran galería, con su modesta terminación, que
gradualmente le preparaban para la etapa final de los Sagrados Misterios (6).
Si Mr. Staniland Wake hubiese sido un teósofo,
hubiera podido añadir que el pasaje empinado y estrecho que conducía a la
Cámara del Rey tenía una “puerta estrecha” en verdad; la misma “entrada
angosta” que “conduce a la vida” o nuevo renacimiento espiritual a que alude
Jesús en Mateo (7); y que era esta entrada en el Templo de la
Iniciación, a la que se refería el escritor que registró las palabras que se
suponen pronunciadas por un Iniciado.
De este modo, las más grandes inteligencias
científicas, en lugar de encogerse de hombros ante lo que suponen
“fárrago de ficciones absurdas y supersticiones”, como se llama generalmente a
la literatura brahmánica, tratarán de aprender el lenguaje universal simbólico,
con sus claves numéricas y geométricas. Pero aun en esto fracasarán si
participan de la creencia de que el sistema kabalístico judío contiene la clave
de todo el misterio; pues no es así. Ni tampoco lo
posee enteramente en la actualidad ninguna Escritura; pues ni aun los Vedas son
completos. Cada religión antigua no es más que un capítulo o dos del volumen de
los misterios arcaicos primitivos; sólo el Ocultismo oriental puede
vanagloriarse de estar en posesión de todo el secreto, con sus siete claves.
En esta obra se establecerán comparaciones y se explicarán tanto como sea
posible, dejando el resto a la intuición personal del estudiante. Al decir que
el Ocultismo oriental posee el secreto, no se quiere significar que la que
escribe pretenda tener conocimiento “completo”, ni siquiera aproximado, porque
sería absurdo. Lo que sé, lo digo; lo que no puedo explicar, tiene el
estudiante que encontrarlo por sí mismo.
Pero aun suponiendo que todo el ciclo del Lenguaje
universal del Misterio sea dominado durante siglos, basta con lo que ha sido ya
descubierto en la Biblia por algunos sabios, para que pueda
demostrarse matemáticamente lo que se afirma. Como el judaísmo se sirvió de dos
claves de las siete, y han sido descubiertas ahora estas dos claves, ya no se
trata de especulaciones e hipótesis individuales, y mucho menos de
“coincidencias”, sino de una interpretación correcta de los textos de la Biblia,
del mismo modo que cualquiera que sepa aritmética, lee y comprueba una suma. De
hecho, todo lo que hemos dicho en Isis sin Velo se encuentra
ahora corroborado en Egyptian Mystery or The Source of Measures, con
tales interpretaciones de la Biblia por medio de las claves
numéricas y geométricas.
Unos
cuantos años más y este sistema destruirá la interpretación de la letra muerta
de la Biblia del mismo modo que la de todas las demás
creencias exotéricas, presentando los dogmas al desnudo, en su significado
verdadero. Y entonces este significado innegable, por más completo que sea,
quitará el velo del Misterio del Ser, y además cambiará por completo los
sistemas modernos científicos de la Antropología, Etnología y especialmente de
la Cronología. El elemento de Falicismo encontrado en todos los nombres de Dios
y en las narraciones del Antiguo Testamento, y en parte en el Nuevo,
podrá también con el tiempo hacer variar mucho las opiniones materialistas
modernas, en Biología y Fisiología.
Tales aspectos de la Naturaleza y del hombre
(despojados de su repulsiva crudeza moderna), por la autoridad de los cuerpos
celestes y de sus misterios, quitarán el velo que cubre las evoluciones de la
mente humana, y mostrarán cuán natural era semejante curso del pensamiento. Los
llamados símbolos fálicos se han hecho repulsivos sólo a causa del elemento
animal y material introducido en ellos. En un principio estos símbolos eran
sólo naturales; pues tuvieron su origen en las razas arcaicas, que procedían,
según su conocimiento personal, de antepasados andróginos; y eran las primeras
manifestaciones que presenciaron de los fenómenos de la separación de los sexos
y del subsiguiente misterio de crear a su vez. Si las razas posteriores los han
degradado, especialmente “el pueblo escogido”, esto no afecta al origen de los
símbolos. La reducida tribu semítica -una de las más pequeñas ramificaciones de
los cruzamientos de la cuarta y quinta subraza, las llamadas mogola-turania e
indo-europea, después de la sumersión del gran Continente- sólo podía aceptar
su simbología en el espíritu que se le daba por las naciones de donde procedía.
Puede ser que, en las primeras épocas mosaicas, no fuese la simbología tan
grosera como se hizo después bajo el manejo de Esdras, que reformó todo
el Pentateuco. Pues el mito, por ejemplo, de la hija del Faraón (la
mujer), el Nilo (el Gran Abismo y el Agua) y el niño encontrado flotando en la
barquilla de juncos, no había sido compuesto primitivamente para Moisés, ni por
él; sino que se ha descubierto su mayor antigüedad en los fragmentos de los
ladrillos babilónicos, en la leyenda del rey Sargón, que vivió mucho antes que
Moisés.
Mr. George Smith, en su Assyrian
Antiquities (8), dice: “En el palacio de Sennacherib, en Kuyunjik,
encontré otro fragmento de la curiosa historia de Sargón... publicada en mi
traducción en las Transactions of the Society of Biblical Archeology” (9).
La capital de Sargón, el Moisés Babilónico, “era la gran ciudad de Agade,
llamada Accad por los semíticos, mencionada en el Génesis (10)
como la capital de Nimrod... Accad está situada cerca de la ciudad de Sippara
en el Éufrates y al norte de Babilonia” (11). Otra “coincidencia” extraña se
encuentra en el hecho de que el nombre de la vecina ciudad de Sippara es el
mismo que el de la mujer de Moisés, Zipporah (12). Por supuesto que la leyenda
es una hábil adición hecha por Esdras, quien no debía ignorar el
original. Esta curiosa fábula se encuentra en fragmentos de tablillas de
Kuyunjik, como sigue:
1.
Sargina, el rey poderoso, el rey de Accad, soy yo.
2.
Mi madre era una princesa, a mi padre no le conocí; un hermano de mi padre
gobernaba en la comarca.
3.
En la ciudad de Azupiran, situada en la proximidad del río Éufrates.
4.
Mi madre, la princesa, me concibió; con sufrimientos me dio a luz.
5.
Me colocó en un arca de juncos; con betún cerró mi salida.
6.
Me lanzó al río, el cual no me ahogó.
7.
El río me llevó a Akki, el conductor acuático, me llevó.
8.
Akki, el conductor acuático, con ternura entrañable, me recogió (13).
Y
ahora comparemos la narración de la Biblia en el Éxodo:
Y cuando ella (la madre de Moisés) no pudo
ocultarlo por más tiempo, tomó un arca de juncos y la untó de barro y pez, puso
al niño en ella y lo echó a flotar por la orilla del río (14).
Mr.
G. Smith continúa luego diciendo:
Este
suceso se cree que tuvo lugar cosa de 1600 años antes de Cristo, más bien antes
de la supuesta época de Moisés; y como sabemos que la fama de Sargón llegó a
Egipto, es muy probable que esta narración estuviese relacionada con el suceso
relatado en el Éxodo II; pues toda acción, una vez ejecutada, tiene
tendencia a repetirse.
Pero
ahora que el profesor Sayce ha tenido el valor de hacer retroceder las fechas
de los reyes caldeos y asirios en 2000 años más, Sargón debió
preceder a Moisés lo menos en 2000 años. La confesión es muy significativa,
pero a las cantidades les faltan uno o dos ceros.
Ahora
bien; ¿cuál es la deducción lógica? Seguramente aquella que nos da derecho para
decir que la fábula que cuenta Esdras de Moisés la había aprendido en
Babilonia, y que aplicó la alegoría que se refería a Sargón, al legislador
judío. En una palabra, que el Éxodo no fue escrito nunca por
Moisés, sino reconstruido por Esdras con antiguos materiales. Y siendo así,
¿por qué no ha podido este hombre versado en el último culto fálico caldeo
añadir otros símbolos y mitos, mucho más groseros en su elemento fálico? Se nos
dice que la creencia primitiva de los israelitas era muy diferente
de la que fue desarrollada, siglos más tarde, por los talmudistas, y antes que
estos, por David y Ezequías.
Todo
esto, a pesar del elemento exotérico, tal como ahora se encuentra en los
dos Testamentos, es lo suficiente para clasificar a la Biblia entre
las obras esotéricas, y relacionar su sistema secreto con el simbolismo indo,
caldeo y egipcio. Todos los símbolos y números bíblicos, sugeridos por
observaciones astronómicas, pues la Astronomía y la Teología están
estrechamente relacionadas, se encuentran en los sistemas indos, tanto
exotéricos como esotéricos. Estos números y sus símbolos, los signos del
Zodíaco, los planetas, sus aspectos y nodos -este último término habiendo
pasado ahora a nuestra botánica moderna- son conocidos en la Astronomía como
sextiles, cuartiles, etc., y han sido usado durante siglos y evos por las
naciones arcaicas; y, en cierto sentido, tienen el mismo significado que los
numerales hebreos. Las primeras formas de la Geometría elemental debieron,
seguramente, ser sugeridas por la observación de los cuerpos celestes y sus
agrupaciones. De aquí que los símbolos más arcaicos en el Esoterismo oriental
sean un círculo, un punto, un triángulo, un cuadrado, un pentágono, un hexágono
y otras figuras planas con varios lados y ángulos. Esto nos muestra que el
conocimiento y el uso de la simbología geométrica son tan antiguos como el
mundo.
Partiendo
de esta base, es fácil comprender cómo la misma Naturaleza pudo haber enseñado
a la humanidad primitiva, aun sin la ayuda de sus divinos instructores, los
primeros principios de un lenguaje de símbolos, numérico y geométrico (15). De
aquí que encontremos números y figuras usados como expresión y anales del
pensamiento en todas las Escrituras simbólicas arcaicas. Son siempre las mismas
con sólo ciertas variaciones, resultantes de las primeras figuras. Así fue como
la evolución y correlación de los misterios del Kosmos, de su crecimiento y
desarrollo -espiritual y físico, abstracto y concreto- fueron
primeramente registrados en cambios de forma geométrica. Cada
Cosmogonía ha principiado con un círculo, un punto, un triángulo y un cuadrado
hasta el número 9, todo luego sintetizado por la primera línea y un
círculo, la Década pitagórica mística, la suma de todo, que abarcaba y
expresaba los misterios de todo el Kosmos; misterios registrados de un modo
cien veces más completo en el sistema indo que en otro, para aquel que pueda
comprender su lenguaje místico. Los números 3 y 4 en su suma de 7, así como
también 5, 6, 9 y 10, son las piedras angulares de las Cosmogonías Ocultas.
Esta Década y sus mil combinaciones se encuentran en todas partes del mundo.
Pueden ser reconocidas en las cavernas y en los templos abiertos en la roca del
Indostán y del Asia Central; en las pirámides y monolitos de Egipto y América;
en las catacumbas de Ozimandyas; en los baluartes de las fortalezas coronadas
de nieve del Cáucaso; en las ruinas de Palenque; en la Isla de Pascua; en todas
partes doquier el hombre antiguo ha sentado su planta. El 3 y 4, el triángulo y
el cuadrado, o los signos universales masculino y femenino, que muestran el
primer aspecto de la deidad que se desarrolla, se hallan para siempre
estampados en la Cruz del Sur en los Cielos, lo mismo que en la Cruz Ansata
egipcia, como lo ha expresado muy bien el autor de The Source of
Measures:
El
Cubo desdoblado es al desplegarse una cruz de la Tau, o forma egipcia, o de la
forma de la cruz cristiana... Un círculo unido a la primera, da la Cruz
Ansata... los números 3 y 4 que se cuentan en la cruz, muestran una forma del
candelabro (hebreo) de oro (en el Sanctasantórum) y los 3 + 4 = 7 y 6 + 1 = 7,
días en el círculo de la semana, como las siete luces del sol.
Igualmente, así como la semana de siete luces dio origen al mes y
al año, así es también el indicador del tiempo del
nacimiento... La forma de la cruz se muestra, pues, por el uso
relacionado de la fórmula 113:355, y el símbolo se completa fijando un
hombre en la cruz (16). Esta clase de medida fue hecha para concordar
con la idea del origen de la vida humana, y de aquí la forma
fálica.
Las
Estancias muestran la cruz y estos números como representando un papel muy
importante en la Cosmogonía arcaica. Por otro lado, nos aprovecharemos de los
testimonios recogidos por el mismo autor, en la sección que acertadamente llama
“Vestigios Primordiales de estos Símbolos”, para mostrar la identidad de los
símbolos y su significado esotérico en todo el mundo.
Desde
el punto de vista general tomado de la naturaleza de la forma de los números...
es un asunto interesantísimo de investigación, el cuándo y dónde fueron
primeramente conocidos su existencia y su uso. ¿Ha sido cuestión de revelación
en lo que conocemos como época histórica, ciclo excesivamente moderno,
comparado con la edad de la raza humana? Parece, efectivamente, que la fecha de
su posesión por el hombre, está mucho más lejana en el pasado respecto de los
antiguos egipcios, que estos respecto de nosotros.
Las
islas de Pascua, en el “medio del Pacífico”, presentan la
apariencia de ser picos, restos de las montañas de un continente
sumergido, por existir en estos picos multitud de estatuas ciclópeas,
vestigios de la civilización de un pueblo numeroso e inteligente, que por
necesidad debió de haber ocupado un área muy extensa. En la espalda de estas
imágenes, se ve la “cruz ansata” y la misma modificada de
conformidad con los contornos del cuerpo humano. La descripción completa con la
representación del territorio y sus abundantes estatuas, así como también
copias de las imágenes, se encuentran en el número de enero de 1870 del London
Builder...
En
el Naturalist, que se publica en Salem, Massachusetts, en uno
de los primeros números (sobre el 36), se encuentra una descripción de algunas
figuras, esculpidas en las rocas de las crestas de las montañas de la América
del Sur, mucho más antiguas, según se asegura, que las razas hoy existentes. Lo
extraño de estos trazos consiste en que exhiben los contornos de un hombre
extendido sobre una cruz (17), por medio de una serie de dibujos de los cuales
resulta que de la forma de un hombre se desprende la de una
cruz, pero hecho de tal modo, que la cruz puede ser tomada por el hombre, o el
hombre por la cruz.
Es
sabido que la tradición ha conservado entre los aztecas una relación muy
perfecta del diluvio... El barón Humboldt dice que debemos buscar
el país de Aztalán, el país original de los aztecas, por lo menos tan alto como
el paralelo 42 de latitud Norte, desde donde, viajando, llegaron por fin al
valle de Méjico. En este valle, los montículos de tierra del lejano Norte se
convierten en la elegante pirámide de piedra de oras estructuras, cuyos restos
se están encontrando ahora. La relación entre los restos aztecas y los
egipcios, es bien conocida... Atwater está convencido de que conocían la
Astronomía, por el examen de cientos de aquéllas. Humboldt da, acerca de una de
las construcciones piramidales más perfectas de los aztecas, la descripción siguiente:
“La
forma de esta pirámide (de Papantla), que tiene siete pisos,
es más puntiaguda que la de ningún otro monumento de esta clase descubierto
hasta el presente; pero su altura no es extraordinaria, pues sólo es de 57
pies, y su base de 25 por lado. Sin embargo, es notable en un sentido: está
construida toda ella de piedras talladas de un tamaño extraordinario y de
preciosa forma. Tres escalera conducen a la cima, cuyos
escalones están adornados con esculturas jeroglíficas y pequeños nichos,
presentados con gran simetría. El número de estos nichos parece hacer alusión a
los 318 signos simples y compuestos de los días de su calendario
civil”.
318 es el valor Gnóstico de Cristo, y el número
famoso de los disciplinados o circuncidados servidores de Abraham. Cuando se
considera que 318 es un valor abstracto y universal, que expresa el
valor del diámetro tomando la circunferencia como unidad, se
hace manifiesto su uso en la composición del calendario civil.
Idénticos
signos, números esotéricos y símbolos se encuentran en Egipto, el Perú, Méjico,
la Isla de Pascua, India, Caldea y Asia Central -hombres crucificados, y
símbolos de la evolución de las razas procedentes de Dioses-, y sin embargo, he
aquí a la ciencia repudiando la idea de una raza humana que no sea hecha
a nuestra imagen; a la Teología defendiendo sus 6.000 años
desde la creación; a la Antropología enseñando nuestra descendencia del mono, y
al clero derivándola de Adán, 4.004 años antes de Cristo!!
¿Debemos
nosotros (por temor a incurrir en la pena de ser llamados necios,
supersticiosos y hasta mentirosos) abstenernos de presentar
pruebas, tan buenas como cualesquiera otras, sólo porque no haya aún
alboreado el día en que se darán todas las Siete Claves a la Ciencia, o más
bien a los hombres de saber que investigan el ramo de la simbología? ¿Debemos,
frente a los abrumadores descubrimientos de la Geología y la Antropología
respecto a la antigüedad del hombre, circunscribirnos a los 6.000 años y a la
“creación especial”, o a aceptar con sumisa admiración nuestra genealogía y
descendencia del mono, a fin de evitar la penalidad que comúnmente recae sobre
todos los que se apartan de las trilladas sendas, tanto de la Teología como del
Materialismo? No así, mientras se sepa que los anales secretos guardan las
Siete Claves mencionadas sobre el misterio de la génesis del hombre. Por
deficientes, materialistas y erróneas que sean las teorías científicas, están
mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. Éstas se
hallan en las agonías de la muerte, para todos los que no sean
incondicionalmente santurrones y fanáticos. Algunos de sus defensores podría
decirse que han perdido la razón. Pues, ¿qué puede uno pensar cuando, frente a
los absurdos de la letra muerta de la Biblia, son estos, sin
embargo, sostenidos públicamente y con tanta fiereza como siempre; y cuando se
ve a sus teólogos afirmar que aun cuando “las escrituras se abstienen
cuidadosamente (?) de contribuir de un modo directo al conocimiento científico,
ellos no han tropezado nunca con ninguna declaración que no pueda
sostener la luz de la Ciencia Progresiva” (!!!) (18).
De
aquí que no tengamos otra alternativa que o aceptar ciegamente las deducciones
de la Ciencia, o romper con ella, y hacerle frente sin temor, declarando lo que
la Doctrina Secreta nos enseña, y estando por completo dispuestos a sufrir las
consecuencias.
Pero veamos si la Ciencia, con sus especulaciones
materialistas, y hasta la Teología en el estertor de su agonía, y en su lucha
suprema para reconciliar los 6.000 años desde Adán con las Geological
Evidences of the Antiquity of Man (Evidencias Geológicas de la
Antigüedad del Hombre), de Sir Charles Lyell, no nos ayudan inconscientemente
ellas mismas. La Etnología, según confesión de algunos de sus más instruidos
entusiastas, encuentra ya imposible explicar las variedades de la raza humana,
a menos de no aceptar la hipótesis de la creación de varios Adanes.
Hablan de “un Adán blanco y de otro negro; de un
Adán rojo y de otro amarillo” (19). Si fuesen
indos que enumerasen los renacimientos de Vâmadeva en el Linga Purâna,
poco más podrían decir. Pues, hablando de los repetidos nacimientos de Shiva,
dice aquella Escritura, que en un Kalpa era blanco, en otro negro y
en otro de color rojo, después de lo cual el Kumâra se convierte en
“cuatro jóvenes de tez amarilla”. Esta extraña coincidencia,
como diría Mr. Proctor, habla en favor de la intuición científica; pues
Shiva-Kumâra representa, alegóricamente, a las Razas humanas durante la génesis
del hombre. Y también condujo a otro fenómeno de intuición, esta vez en las
filas teológicas. El autor desconocido del Primeval Man (El
Hombre Primitivo), en un desesperado esfuerzo para escudar la Revelación
divina, de los inexorables y elocuentes descubrimientos de la Geología y
Antropología, al hacer la observación de que “sería una desgracia que los
defensores de la Biblia se viesen reducidos a la alternativa
de abandonar la inspiración de la Escritura, o de negar las conclusiones de los
geólogos”, encuentra una transacción. Aún más, dedica un voluminoso libro a
probar el hecho de que “Adán no fue el primer hombre (20)
creado en la tierra”. Las exhumadas reliquias del hombre preadámico, “en lugar
de debilitar su fe en la Escritura, añaden más pruebas a la veracidad de la
misma” (21). ¿Cómo es esto? De la manera más sencilla del mundo; pues el autor
aduce que, en adelante, “nosotros” (el clero) “podemos dejar a los
hombres científicos proseguir sus estudios, sin intentar refrenarlos con el
temor de la herejía”. A la verdad, ¡esto debe de ser un consuelo para los Sres.
Huxley, Tyndall y Sir C. Lyell!
La
narración de la Biblia no principia con la creación, como
comúnmente se supone, sino con la formación de Adán y Eva, millones
de años después de haber sido creado nuestro planeta. Su historia
anterior, en lo que concierne a la Escritura, no se ha escrito aún... Pudo
haber habido no una, sino veinte razas diferentes en la tierra antes del tiempo
de Adán, lo mismo que puede haber veinte razas distintas de hombres en otros
mundos (22).
¿Quiénes
o qué eran esas razas, puesto que el autor persiste en sostener que Adán
es el primer hombre de nuestra raza? ¡Eran la raza y las razas
Satánicas! “Satán nunca (estuvo) en el cielo, (siendo) los ángeles y los
hombres una especie”. La raza preadámica de “Ángeles fue la que pecó”. Satán
fue “el primer Príncipe de este mundo”, leemos. Habiendo muerto a consecuencia
de su rebelión, permaneció en la tierra como Espíritu desencarnado,
y tentó a Adán y a Eva.
Las
primeras edades de la raza satánica, y especialmente durante la vida
del mismo Satán (!!!), pueden haber constituido
un período de civilización patriarcal y de relativo reposo (época de los
Tubal-Caínes y de los Jubales, cuando tanto la Ciencia como las artes
intentaron arraigarse en aquel suelo maldito)... ¡Qué asunto para un poema
épico!... Hay incidentes inevitables que debieron haber ocurrido. Vemos ante
nosotros... al alegre amante primitivo galanteando a su ruborosa novia en una
noche húmeda de rocío, bajo los robles daneses, que entonces crecían en donde
ahora ningún roble crece.... al anciano patriarca primitivo... a la prole
primitiva inocente saltando alegremente a su lado... ¡Mil cuadros semejantes se
despliegan a nuestra vista! (23).
La
mirada retrospectiva hacia esta “ruborizada novia” satánica, en los días de la
inocencia de Satán, no pierde nada de su poesía al ganar en originalidad. Todo
lo contrario. La novia cristiana moderna -que no se ruboriza a menudo en
nuestros días delante de sus alegres amantes del día- pudiera hasta aprender
una lección moral de esta hija de Satán, creada en la exuberante fantasía de su
primer biógrafo humano. Estos cuadros -y para apreciarlos en todo su valor es
necesario examinarlos en el libro que los describe- se han imaginado
todos con el objeto de reconciliar la infalibilidad de la Escritura revelada
con la Antiquity of Man (Antigüedad del Hombre) de Sir. C.
Lyell, y otras obras científicas que la perjudican. Pero esto no impide que
exista una verdad y un hecho en el fundamento de estas extravagancias, que el
autor no ha querido nunca firmar ni con su nombre ni con otro alguno. Pues sus
razas preadámicas (no satánicas, sino simplemente atlantes, y antes que estos
los hermafroditas) se encuentran mencionadas en la Biblia, cuando
se lee esotéricamente, así como se encuentran en la Doctrina Secreta. Las Siete
Claves descubren los misterios, pasados y futuros, de las siete grandes Razas
Raíces, y de los siete Kalpas. Aunque la génesis del hombre y hasta la geología
esotérica serán seguramente rechazadas por la Ciencia (tanto como las razas
satánicas y preadámicas), sin embargo, si, no teniendo otro camino para salir
de apuros, los hombres científicos se ven en el caso de escoger entre las dos
versiones, tenemos la seguridad, a pesar de la Escritura, y una vez que el
Lenguaje del Misterio se halle casi dominado, de que optarán por las enseñanzas
arcaicas.
SECCIÓN III
LA
SUBSTANCIA PRIMORDIAL Y EL PENSAMIENTO DIVINO
Como
parecería irracional que conocemos ya todas
las
causas existentes, debe concedérsenos permiso
para
suponer, si fuese necesario, la existencia de un
agente
completamente nuevo.
Suponiendo
que la hipótesis ondulatoria explique
todos
los hechos, lo cual no es todavía perfectamen-
te
seguro, nos hallaremos en el caso de resolver si
la
existencia del éter ondulatorio queda así probada.
No
podemos asegurar de un modo positivo que nin-
guna
otra suposición pueda
explicar los hechos. Se
admite
que la hipótesis corpuscular de Newton que-
dó
destruida por la de la ondulación, y al presente no
existe
rival. Sin embargo, sería mucho de desear
que
para todas las hipótesis semejantes se encontra-
se
alguna confirmaión colateral, alguna evidencia
aliunde del supuesto
Éter. Algunas hipótesis consis-
ten
en la suposición de la estructura diminuta de los
cuerpos
y sus operaciones. Dada la naturaleza del
caso,
estas presunciones no pueden ser nunca pro-
badas
por medios directos. Su único mérito consis-
te
en su adaptación para explicar los fenómenos.
Son ficciones
representativas.
Logic,
por ALEJANDRO BAINLL. D., parte II,
página
133.
El
Éter, ese Proteo hipotético (una de las “ficciones representativas” de la
ciencia moderna, que, sin embargo, ha sido aceptada hace tanto tiempo), es uno
de los “principios” inferiores de lo que llamamos la Substancia Primordial
(Âkâsha en sánscrito), uno de los sueños de los antiguos, que se ha convertido
ahora en el sueño de la ciencia moderna. Es la mayor, así como la más atrevida,
de las especulaciones que sobreviven de los antiguos filósofos. Para los
ocultistas, empero, tanto el Éter como la Substancia Primordial son realidades.
Para decirlo claro, el Éter es la Luz Astral, y la Substancia Primordial es el
Âkâsha, el Upâdhi del Pensamiento Divino.
En
el lenguaje moderno, este último estaría mejor llamado Ideación Cósmica,
espíritu; y el primero, Substancia Cósmica, Materia. Estos (el Alfa y la Omega
del Ser) no son sino las dos facetas de la Existencia
Absoluta. A ésta jamás se dirigieron ni la llamaron por ningún nombre en la
antigüedad, excepto alegóricamente. En la raza aria más antigua, la inda, el
culto de las clases intelectuales nunca consistió, como ente los griegos, en una
adoración a la forma y al arte maravilloso, que llevó a los últimos al
antropomorfismo. Pero mientras el filósofo griego adoraba la forma, y sólo el
sabio indo “percibía la verdadera relación entre la hermosura terrestre y la
verdad eterna”, las gentes incultas de todas las naciones nunca han comprendido
ninguna de las dos cosas.
Ni
aun ahora las comprenden. La evolución de la idea de Dios va a la par que la
propia evolución intelectual del hombre. Tan verdad es esto, que el
ideal más noble a que el espíritu religioso de una época pueda remontarse,
parecerá una caricatura grosera a la mente filosófica de una época posterior.
Los mismos filósofos tenían que ser iniciados en los misterios
perceptivos, antes de que pudieran asir la idea correcta de los antiguos
con relación a este asunto, el más metafísico de todos. De otro modo -fuera de
semejante Iniciación- para cada pensador habrá un “hasta aquí llegarás, pero no
más allá”, limitado por su capacidad intelectual, de un modo tan claro e
infalible, como lo está el progreso de cualquier nación o raza, en su ciclo,
por la ley de Karma. Fuera de la Iniciación, los ideales del pensamiento
religioso contemporáneo tendrán siempre las alas cortadas, sin poder remontar
su vuelo; pues tanto los pensadores idealistas como los realistas, y hasta los
librepensadores, no son sino la demostración y producto natural de su época y
de todo lo que los rodea. Sus ideales son tan sólo el necesario resultado de
sus temperamentos, y la expresión de aquella fase del progreso intelectual que
ha alcanzado una nación, en su colectividad. De aquí, como ya se ha observado,
que los más altos vuelos de los metafísicos occidentales modernos hayan quedado
muy lejos de la verdad. Muchas de las especulaciones agnósticas corrientes
sobre la existencia de la “Primera Causa” no son casi más que un materialismo velado;
pues sólo es diferente la terminología. Hasta un pensador tan grande como Mr.
Herbert Spencer, habla a veces de lo “Incognoscible” en términos que demuestran
la influencia letal del pensamiento materialista, el cual, como el mortal
Sirocco, ha secado y esterilizado toda corriente de especulación ontológica.
Por ejemplo, cuando llama a la “Primera Causa” (lo
“Incognoscible”) un “poder que se manifiesta por medio del
fenómeno”, y “una energía infinita y eterna”, está bien claro
que sólo ha concebido el aspecto físico del Misterio del Ser,
o sea tan sólo las Energías de la Substancia Cósmica. El aspecto coeterno de la
Realidad Una, la Ideación Cósmica, está en absoluto fuera de consideración; y
en cuanto a su Nóumeno, parece no existir en la mente del gran pensador,. Sin
duda alguna, este modo de tratar el problema sólo bajo un aspecto es debido, en
gran parte, a la práctica perniciosa del Occidente de subordinar la
Conciencia a la Materia, o considerarla como un “producto derivado” del
movimiento molecular.
Desde
las primeras edades de la Cuarta Raza (cuando sólo al Espíritu se rendía culto,
y cuando el Misterio estaba de manifiesto) hasta los últimos días gloriosos del
arte griego, en la aurora del Cristianismo, sólo los helenos se habían atrevido
a levantar públicamente un altar al “Dios Desconocido”. Sea lo que fuese lo que
San Pablo pueda haber abrigado en su mente profunda, cuando declaró a los
atenienses que este “Desconocido” a quien adoraban ignorantemente era el
verdadero Dios anunciado por él, aquella Deidad no era “Jehovah”,
ni era tampoco “el hacedor del mundo y de todas las cosas”. Pues no se trata
del “Dios de Israel”, sino de lo “Desconocido” de los Panteístas antiguos y
modernos, que “no mora en los templos construidos con las manos.
El pensamiento Divino no puede ser definido, ni su
significación explicarse, excepto por las innumerables manifestaciones de la
Substancia Cósmica, en la que el primero es sentido espiritualmente
por los que pueden. Decir esto, después de haberlo definido como la Deidad
Desconocida, abstracta, impersonal, asexual, que tiene que colocarse en la raíz
de todas las Cosmogonías y su evolución subsiguiente, equivale a no decir absolutamente
nada. Es lo mismo que intentar resolver una ecuación trascendental de
condición, teniendo a mano, para deducir el verdadero valor de sus términos,
sólo cierto número de cantidades desconocidas. Su lugar se
encuentra en las primitivas cartas simbólicas antiguas, en las cuales, como ya
se ha mostrado, está representado por una oscuridad sin límites, en cuyo fondo
aparece el primer punto central en blanco -simbolizando de este modo el
Espíritu Materia coevo y coeterno, haciendo su aparición en el mundo fenomenal,
antes de su primera diferenciación. Cuando “el Uno se convierte en Dos”, puede
entonces nombrársele como Espíritu Materia. Al “Espíritu” pueden referirse
todas las manifestaciones de la conciencia, reflejada o directa, y de la
“intención inconsciente” -adoptando una expresión moderna usada en la
llamada filosofía occidental-, como se evidencia en el Principio
Vital, y en la sumisión de la Naturaleza al orden majestuoso de la Ley
inmutable. “La Materia” debe ser considerada como lo objetivo en su más pura
abstracción, la base existente por sí misma, cuyas manvantáricas
diferenciaciones septenarias constituyen la realidad objetiva, base de los
fenómenos de cada fase de la existencia consciente. Durante el período del
Pralaya Universal, la Ideación Cósmica es inexistente; y los distintos estados
diferenciales de la Substancia Cósmica se resuelven nuevamente en el estado
primitivo de objetividad abstracta potencial.
El
impulso manvantárico principia con el redespertar de la Ideación Cósmica, la
Mente Universal, simultánea y paralelamente con la primitiva emersión de la
Substancia Cósmica -siendo esta última el vehículo manvantárico de la primera-
de su estado praláyico indiferenciado. Entonces, la Sabiduría Absoluta se
refleja en su Ideación; la cual, por un proceso trascendental, superior e
incomprensible a la conciencia humana, se convierte en Energía Cósmica:
Fohat. Vibrando en el seno de la Substancia inerte, Fohat la impulsa
a la actividad y guía sus primarias diferenciaciones en todos los Siete planos
de la Conciencia Cósmica. De este modo, hay Siete Protilos (como ahora se les
llama, mientras que la antigüedad aria los llamaba los Siete Prakritis o
Naturalezas), que diversamente sirven como base relativamente homogénea,
que en el curso de la creciente heterogeneidad, en la evolución del Universo,
se diferencian en los fenómenos maravillosamente complejos que se presentan en
los planos de percepción. El término “relativamente” se ha empleado de
propósito, porque resultando la existencia misma de semejante proceso de las
segregaciones primarias de la Substancia Cósmica indiferenciada, dentro de sus
bases septenarias de evolución, nos obliga a considerar el Protilo de cada
plano sólo como una fase intermedia que asume la Substancia en
su paso desde lo abstracto a la completa objetividad. El término Protilo se
debe a Mr. Crookes, el químico eminente que ha dado este nombre a la premateria,
si puede llamarse así a las substancias primordiales y puramente homogéneas,
sospechadas, ya que no realmente encontradas por la Ciencia en la última
composición del átomo. Pero la segregación incipiente de la materia primordial
en átomos y moléculas sólo principia después de la evolución de nuestros Siete
Protilos. El último de estos es el que Mr. Crookes se ocupa en buscar, por
haber percibido recientemente la posibilidad de su existencia en nuestro plano.
Se
dice que la Ideación Cósmica es no existente durante los períodos praláyicos,
por la sencilla razón de que no hay nadie ni nada que perciba sus efectos. No
puede haber manifestación de conciencia, de semiconciencia ni siquiera
“intención inconsciente”, excepto por medio del vehículo de la Materia; esto
es, en este nuestro plan, en donde la conciencia humana, en su estado
normal, no puede remontarse más allá de lo que se conoce como metafísica
trascendental; pues sólo por medio de una agregación o construcción molecular
surge el Espíritu como corriente de subjetividad individual o subconsciente. Y
como la Materia que existe fuera de la percepción en una mera abstracción, los
dos aspectos de lo Absoluto (Substancia Cósmica e Ideación Cósmica) son
mutuamente interdependientes. Hablando con estricta exactitud, para evitar
confusiones e interpretaciones erróneas, la palabra “Materia” debería ser
aplicada al agregado de objetos de posible percepción, y la palabra
“Substancia” a los Nóumenos; pues dado que los fenómenos de nuestro plano
son la creación del Ego que percibe -las modificaciones de su propia
subjetividad-, todos los “estados de materia que representan el agregado de los
objetos percibidos” no pueden tener para los hijos de nuestro plano sino una
existencia relativa y puramente fenomenal. Como dirían los modernos idealistas,
la cooperación del Sujeto y del Objeto, resulta en el objeto de sensación o
fenómeno.
Pero
esto no conduce necesariamente a la conclusión de que suceda lo mismo en todos
los demás planos; de que la cooperación de ambos en los estados de su
diferenciación septenaria, resulte en un agregado septenario de fenómenos, que
son igualmente no existentes per se, aunque sean realidades
concretas para las Entidades de cuya experiencia forman parte; del mismo modo
que las rocas y ríos a nuestro alrededor, son reales desde el punto de vista
del físico, aunque son ilusiones de los sentidos, sin realidad desde el del
metafísico. Sería un error decir y hasta concebir semejante cosa. Desde el
punto de la metafísica más elevada, todo el Universo, incluso los Dioses, es
una Ilusión (Mâyâ). Pero la ilusión de aquel que es en sí mismo una ilusión difiere
en cada plano de conciencia; y no tenemos más derecho a dogmatizar sobre la
posible naturaleza de las facultades perceptivas de un Ego que se halla, por
ejemplo, en el sexto plano, que el que tenemos para identificar nuestras
percepciones con las de una hormiga en su modo de conciencia,
o para convertirlas en modelo para la misma. La Ideación Cósmica, enfocada en
su principio, o Upâdhi (Base), resulta como conciencia del Ego individual. Su
manifestación varía según el grado de Upâdhi. Por ejemplo, por medio de lo
conocido como Manas, surge como conciencia mental; y por medio de la
construcción más finamente diferenciada de Buddhi, sexto estado de materia
(teniendo como base la experiencia de Manas), como una corriente de Intuición
Espiritual.
El
Objeto puro aparte de la conciencia nos es desconocido mientras vivimos en el
plano de nuestro Mundo de tres dimensiones; pues sólo conocemos los estados
mentales que excita en el Ego que percibe. Y en tanto que dure el contraste del
Sujeto y el Objeto, esto es, mientras que no disfrutemos más que de nuestros
cinco sentidos, y no sepamos el modo de divorciar nuestro Ego, que es todo
percepción, de la esclavitud de estos sentidos, será imposible al Yo personal romper
la barrera que le separa del conocimiento “ de las cosas en sí mismas”, o sea
de la Substancia.
Aquel
Ego, progresando en un arco de subjetividad ascendente, tiene que agotar las
experiencias de todos los planos. Pero hasta que la Unidad se sumerja en el
Todo, ya sea en este o en cualquier otro plano, y que tanto el Sujeto como el
Objeto se desvanezcan en la negación absoluta del Estado Nirvánico -negación
repetimos, sólo desde nuestro plano-, no se llega a escalar aquel
pináculo de Omnisciencia, el Conocimiento de las Cosas en sí mismas, y a
aproximarse a la solución del enigma aun más importante, ante el cual, hasta el
más elevado Dhyân Chohan, tiene que humillarse en el silencio y la ignorancia
-el Inexplicable misterio de lo que los vedantinos llaman Parabrahman.
Por
lo tanto, siendo tal el caso, todos los que han tratado de dar un nombre al
Principio Incognoscible, no han hecho más que degradarlo. Hasta el hablar de la
Ideación Cósmica -salvo en su aspecto fenomenal- es lo mismo que
tratar de embotellar el Caos primordial, o poner una etiqueta a la Eternidad.
¿Qué
es, pues, la “Substancia Primordial”, ese objeto misterioso del que ha hablado
siempre la Alquimia y que se ha convertido en tema de la especulación
filosófica de todas las edades? ¿Qué puede ser, finalmente, aun en su
prediferenciación fenomenal? Aun aquélla es el Todo de
la Naturaleza manifestada, y nada para nuestros sentidos. Se
la menciona bajo diferentes nombres en todas las cosmogonías; todas las
filosofías se refieren a ella, y está demostrado ser, hasta el presente, el
Proteo siempre incomprensible en la Naturaleza. Lo tocamos y no lo sentimos; lo
miramos y no lo vemos; lo respiramos y no lo percibimos; lo oímos y lo olemos
sin el menor conocimiento de su existencia; pues está en cada molécula de lo
que en nuestra ilusión e ignorancia consideramos como Materia en cualquiera de
sus estados, o en lo que concebimos como una sensación, un pensamiento, una
emoción. En una palabra; es el Upâdhi o vehículo de todos los fenómenos
posibles, ya sean físicos, mentales o psíquicos En las primeras frases
del Génesis, lo mismo que en la Cosmogonía caldea; en los Purânas de
la India y en el Libro de los Muertos de Egipto; en todas
partes él abre el ciclo de la manifestación. Es llamado el “Caos” y la Faz de
las Aguas incubadas por el Espíritu, procedente de lo desconocido, bajo
cualquier nombre que se le dé a ese Espíritu.
Los
autores de las sagradas Escrituras de la India profundizan más el origen de las
cosas evolucionadas que Thales o Job, pues dicen:
“De
Esto, de este mismo Yo, fue producido el Éter” -dice el Veda (2).
Es,
pues, evidente, que es este Éter (nacido del cuarto grado de
una emanación de la “Inteligencia asociada con la Ignorancia”)
el principio elevado, la Entidad deifica a que rendían culto
los griegos y latinos, bajo el nombre de “Pater, Omnipotens AEther”, y “Magnus
AEther”, en sus agregados colectivos. La gradación septenaria y las
innumerables subdivisiones y diferencias hechas por los antiguos
entre los poderes del Éter colectivamente (desde su borde externo de
efectos, con el cual nuestra Ciencia está tan familiarizada, hasta la
“Substancia Imponderable”, que se admitió como “Éter del Espacio”, y
que ahora está a punto de ser rechazada), han constituido siempre un
mortificante enigma para todos los ramos del conocimiento.
De
la Inteligencia (llamada Mahat en los Purânas) asociada con la
Ignorania (Ishvara como deidad personal), acompañada de su
poder proyectivo, en el cual la cualidad de la torpeza (tamas,
insensibilidad) predomina, procede del Éter - del éter, el aire; del aire, el
calor; del calor, el agua, y del agua, la tierra, con todo lo que hay en ella.
Los mitólogos y
simbologistas de nuestra época, confundios por esta incomprensible
glorificación por un lado y degradación por otro, de la misma Entidad deificada
y en los mismos sistemas religiosos, caen a menudo en las equivocaciones más
ridículas. La Iglesia, firme como una roca en cada uno y en todos sus primeros
errores de interpretación, ha hecho del Éter la morada de sus legiones
satánicas. Toda la jerarquía de los Ángeles “Caídos” está allí; los
Cosmocratores, los “Portadores del Mundo”, según Bossuet; Mundi Tenentes, los
“Mantendedores del Mundo”, como los llama Tertuliano; Mundi Domini,
“Dominaciones del Mundo”, o más bien Dominadores; los Curbati o “Encorvados”,
etc., ¡convirtiendo de este modo a las estrellas y a los orbes celestiales en
Demonios!
De
este modo ha interpretado la Iglesia el versículo: “Pues no luchamos contra la
carne y la sangre, sino contra los principados, contra los poderes, contra los
directores de las tinieblas de este mundo” (3). Más adelante menciona San Pablo
las malicias espirituales (“wickedness” en los textos ingleses) diseminadas en
el Aire -Spiritualia neuitiae coelestibus-; dando los textos
latinos varios nombres a estas “malicias”, los “Elementales” inocentes. Pero
esta vez tiene razón la Iglesia, aunque se equivoca al llamarlos
demonios. La Luz Astral o Éter inferior está lleno de
entidades conscientes, semiconscientes e inconscientes; sólo que la Iglesia
tiene menos poder sobre ellos, que sobre los microbios
invisibles o que sobre los mosquitos.
La
diferencia establecida entre los siete estados del Éter - que es uno de los
Siete Principios Cósmicos, mientras que el AEther de los antiguos es el Fuego
Universal- puede verse en los mandamientos de Zoroastro y de Pselo,
respectivamente. El primero dijo: “Consultadlo tan sólo cuando esté sin forma o
figura” -absque forma et figura -, lo que significa sin llamas o
ascuas. “Cuando tenga una forma, no le hagáis caso”- enseña Pselo-
“pero cuando no tiene forma, obedecedle, pues entonces es fuego sagrado,
y todo lo que os revele será verdad” (4). Esto prueba que el Éter, que es en sí
un aspecto del Âkâsha, tiene a su vez varios aspectos o “principios”.
Todas
las naciones antiguas deificaban al AEther en su aspecto y potencia
imponderables. Virgilio llama a Júpiter Pater Ominipotens AEther, y
“el gran AEther” (5). Los indos también lo han colocado entre sus deidades,
bajo el nombre de Âkâsha, la síntesis del Éter. Y el autor del sistema
homoemeriano de filosofía, Anaxágoras de Clasomene, creía firmemente que los
prototipos espirituales de todas las cosas, lo mismo que sus elementos, se
encontraban en el AEther sin límites, donde eran generados, de donde
evolucionaban y adonde volvían: una enseñanza oculta.
Es,
pues, claro que del AEther, en su aspecto sintético más elevado, una vez
antropomorfizado, surgió la primera idea de una deidad personal creadora. Entre
los filósofos indos, los Elementos son tâmasa, esto es, “no
iluminados por la inteligencia, a la cual obscurecen”.
Tenemos
que agotar el asunto del significado místico del Caos Primordial y del
Principio Raíz, y mostrar cómo se hallaban relacionados en las filosofías
antiguas con el Âkâsha (traducido erróneamente por Éter), y también con Mâyâ,
la Ilusión, de la cual Ishvara es el aspecto masculino. Más adelante hablaremos
del Principio Inteligente, o más bien de las propiedades inmateriales e
invisibles, en los elementos materiales y visibles, que “brotaron
del Caos Primordial”.
Porque,
“¿qué es el Caos primordial, sino el AEther?” -se pregunta en Isis sin
Velo. No el éter moderno; no el que se reconoce ahora como tal, sino el
AEther con todas sus propiedades misteriosas y ocultas, conteniendo en sí los
gérmenes de la creación universal. El AEther Superior o Âkâsha es la Virgen
Celestial, Madre de todas las formas y seres existentes, de cuyo seno, tan
pronto como fue “incubado” por el Espíritu Divino, brotaron a la existencia la
Materia y la Vida, la Fuerza y la Acción, AEther es el Aditi de los indos y es
el Âkâsha. La electricidad, el magnetismo, el calor, la luz y la acción química
son tan poco comprendidos aún hoy, que nuevos hechos vienen constantemente a
ensanchar el horizonte de nuestro conocimiento. ¿Quién sabe dónde termina el
poder de este gigante proteo, el AEther, o cuál es su origen misterioso?
¿Quién, decimos, puede negar el espíritu que obra en él, y despliega de su seno
todas las formas visibles?
Sería
fácil tarea demostrar que las leyendas cosmogónicas de todo el mundo están
basadas en el conocimiento por los antiguos de aquellas ciencias que se han
aliado en nuestra época para apoyar la doctrina de la evolución; y que una
investigación más profunda haría ver que estos antiguos conocían mucho mejor
que nosotros hoy el hecho de la evolución misma, tanto en su aspecto físico
como en el espiritual.
Entre
los antiguos filósofos, la evolución era un teorema universal, una doctrina que
abarcaba el todo, y un principio establecido; mientras que nuestros
modernos evolucionistas sólo pueden exponernos meras teorías especulativas; con
teoremas particulares, si no completamente negativos.
Es inútil que los representantes de nuestra moderna sabiduría cierren el debate
y pretendan que es un asunto terminado, sólo porque la oscura fraseología de la
relación mosaica... contradiga las explicaciones definidas de la “Ciencia
Exacta” (6).
Si
nos dirigimos al “Libro de las Leyes de Manu”, encontramos el prototipo de
todas estas ideas. Perdidas en gran parte en su forma original para el mundo de
Occidente, desfiguradas por las interpolaciones y adiciones posteriores, han
conservado, sin embargo, lo bastante de su antiguo espíritu para demostrar su
carácter.
“El
Señor existente por Sí Mismo, desvaneciendo las tinieblas (Vishnu, Nârâyana,
etc.), se hizo manifiesto, y deseando producir seres de su Esencia, creó, al
principio, sólo el agua. En ella sembró semilla. Ésta se convirtió en un Huevo
de Oro”.
¿De
dónde proviene este Señor existente por Sí Mismo? Es llamado Esto, y se habla
de él como siendo “Tinieblas imperceptibles, sin cualidades definidas,
indescubrible, incognoscible, como totalmente dormido”. Habiendo morado en
aquel Huevo durante todo un Año Divino, el principio “a quien el mundo llama
Brahmâ, hace estallar este Huevo en dos, y de la porción superior forma el
cielo, de la inferior la tierra, y del centro el firmamento y “el lugar
perpetuo de las aguas” (7).
Pero,
inmediatamente después de estos versículos, hay algo más importante para
nosotros, porque corrobora por completo nuestras enseñanzas esotéricas. En los
versículos 14 a 36 se da la evolución en el orden descrito en la
Filosofía Esotérica. Esto no puede contradecirse fácilmente. Hasta Medhâtithi,
el hijo de Virasvâmin y autor del Comentario el Manubhâsya, cuya
época, según los orientalistas occidentales, es de 1.000 (D. de C.), nos ayuda
con sus observaciones a la aclaración de la verdad. No quiso decir más, porque
sabía lo que tenía que ser reservado de los profanos, o bien estaba realmente
confundido. Sin embargo, lo que dice muestra claramente el principio septenario
en el hombre y en la Naturaleza.
Principiemos con el capítulo 1 de las Ordenanzas o
“Leyes”, después que el Señor existente por Sí Mismo, el Logos Inmanifestado de
las “Tinieblas” Desconocidas, se manifiesta en el Huevo de Oro. De este “Huevo”
de Brahmâ.
11.
“Aquello que es la Causa indistinta (indiferenciada), eterna, que es y
no es, de Ello salió aquel principio masculino llamado en el mundo Brahmâ”.
Aquí
encontramos, como en todos los sistemas filosóficos genuinos, el mismo “Huevo”,
el Círculo o Cero, la Infinidad sin límites, mencionada como Ello (8), y
Brahmâ, la primera Unidad sola, mencionada como el Dios “Masculino”, esto es,
el Principio fructificador. Es ello o
10 (diez), la Década. Solamente en el plano de lo Septenario, o nuestro Mundo,
es llamado Brahmâ. En el de la Década Unificada, en el reino de la Realidad,
este Brahmâ masculino es una ilusión.
14.
“Del Yo Supremo (Âtmanah) él creó la Mente, que es y no es;
y de la Mente, el Ego-ísmo (la Conciencia-Propia), a) el
dueño; b) el Señor”.
a)
La mente es Manas. Medhâtithi, el comentador, observa justamente sobre este
punto, que es lo contrario de esto, y demuestra desde luego la interpolación y
el arreglo, pues Manas es el que brota de Ahamkâra o Conciencia Propia
(Universal), lo mismo que Manas en el microcosmo emana de Mahat, o Mahâ-Buddhi
(Buddhi en el hombre). Porque Manas es dual. Como Celebrooke ha mostrado y
traducido, “la Mente, sirviendo a la vez para el sentido y para la
acción, es un órgano por afinidad, que está en estrecha unión con el resto”
(9). “El resto” significa aquí que Manas, nuestro Quinto Principio (quinto,
porque el cuerpo fue llamado el primero, lo cual es lo contrario
del verdadero orden filosófico) , está en afinidad tanto con Âtmâ-Buddhi como
con los cuatro Principios inferiores. De aquí nuestra enseñanza, a saber: que
Manas sigue a Âtmâ-Buddhi al Devachan; y que el Manas inferior, esto es, las
escorias o residuos inferiores de Manas, permanecen con el Kâma Rûpa en el
Limbus o Kâma Loka, la mansión de las “cáscaras”.
b)
Medhâtithi traduce esto como “la conciencia una del Yo” o Ego, y no como el
“dueño”, como hacen los orientalistas. También de este modo traducen la sloka
siguiente:
16.
“Habiendo él hecho también las partes sutiles de aquellos seis (el gran Yo y
los cinco órganos de los sentidos), de brillantez inconmensurable, para entrar
en los elementos del Yo (âtmamâtrâsu), creó todos los seres”.
Mientras
que, según Medhâtithi, debió leerse mâtrâbhih, en lugar de “âtmamâtrâsu”,
y de este modo hubiera dicho:
“Después
de haber compenetrado las partes sutiles de aquellos seis, de brillantes
inconmensurable, por los elementos del yo, creó todos los seres”.
Esta
última interpretación debe de ser la correcta, puesto que Él, el Yo, es lo que
llamamos Âtmâ, y constituye así el séptimo principio, la síntesis de los
“seis”. Tal es también la opinión del editor del Mânava Dharma Shâstra,
quien parece haber penetrado de un modo intuitivo mucho más profundamente en el
espíritu de la filosofía, que el traductor, el difunto
doctor Burnell; pues vacila poco entre el texto de Kullûka Bhatta y
el comentario de Medhâtithi. Rechaza los tanmâtra, o elementos sutiles,
y el âtmamâtra de Kullûka Bhatta, y dice, aplicando los
principios al Yo Cósmico:
“Los
seis parecen más bien ser el Manas, más los cinco principios del
éter, el aire, el fuego, el agua y la tierra. Habiendo unido cinco porciones de
estas seis con el elemento espiritual (el séptimo), él creo (así)
todas las cosas existentes... Âtmamâtra es, por lo tanto, el
átomo espiritual, opuesto a sus propios elementos elementales, no reflexivos”.
Del
siguiente modo corrige la traducción del versículo 17:
“Como
los elementos sutiles de las formas corporales de este Uno dependen de estos
seis, el sabio llama a su forma Sharîra”.
Y
añade que “elementos” significan aquí porciones o partes (o principios), cuya
interpretación está confirmada por el versículo 19, que dice:
“Este
(Universo) no eterno nace, pues, del Eterno, por medio de los elementos sutiles
de las formas de aquellos siete gloriosísimos principios (Purusha)”.
Comentando
esta enmienda de Medhâtithi, el editor hace la observación de que
“probablemente significan los cinco elementos, más la mente (Manas), y
la conciencia propia (Ahamkâra) (10); “los elementos sutiles”
(significando) como antes “delicadas porciones de forma” (o principios)”. Así
lo demuestra el versículo 20, cuando dice de estos cinco elementos o “delicadas
porciones de forma” (Rûpa más Manas y Conciencia Propia), que ellos constituyen
los “Siete Purusha” o Principios, llamados en los Purânas los
“Siete Prâkritis”.
Además,
estos “cinco elementos” o “cinco porciones” se mencionan en el versículo 27
como “las llamadas porciones atómicas destructibles”, siendo, por lo tanto,
“distintas de los átomos del Nyâya”.
Este
Brahmâ creador que surge del Huevo del mundo o Huevo de Oro une en sí mismo
ambos principios: femenino y masculino. Es, en una palabra, como todos los
Protologos creadores. De Brahmâ, sin embargo, no se podría decir como de
Dionisio, “
“
un Jehovah lunar, Baco verdaderamente, con David bailando desnudo ante su símbolo en
el arca; pues ningunas Dionisias licenciosas han sido establecidas nunca en
nombre y honor suyo. Todo el tal culto fálico era exotérico, y los grandes
símbolos universales fueron desnaturalizados en todo el mundo, lo mismo que los
de Krishna lo son ahora por los Vallabâchâras de Bombay, los partidarios del
Dios “niño”. Pero ¿son estos dioses populares la verdadera Deidad?
¿Son ellos la cúspide y la síntesis de la creación séptuple,
incluso el hombre? ¡Imposible! Cada uno y todos, tanto paganos como cristianos,
son uno de los peldaños de la escala septenaria de la Conciencia Divina.
Ain-Soph se dice también que se manifiesta por medio de las Siete
Letras del nombre de Jehovah, a quien, habiendo usurpado el lugar de
lo Ilimitado Desconocido, le dieron sus devotos sus Siete Ángeles de la
Presencia -sus Siete Principios. Pero, verdaderamente, se les menciona en casi
todas las escuelas. En la filosofía Sânkhya pura, Mahat, Ahamkâra y los cinco
Tanmâtras, son llamados los siete Prakritis, o Naturalezas, y se cuentan desde
Mahâ-Buddhi, o Mahat, hasta la Tierra (11).
Sin
embargo, por desfigurada que haya sido por Esdras, para propósitos rabínicos,
la versión original elohística; por repulsivo que sea a veces hasta el
significado esotérico en los pergaminos hebreos -que lo es
mucho más que pueda serlo su velo o vestidura externa-, una vez eliminadas las
porciones que versan sobre Jehovah, los Libros Mosaicos están llenos de
conocimientos puramente ocultos de inestimable valor, especialmente los
primeros seis capítulos.
Leídos
con la ayuda de la Kabalah, se encuentra un templo sin rival de
verdades ocultas, un pozo de bellezas profundamente escondidas, bajo formas
cuya estructura visible, a pesar de su aparente simetría, no puede
resistir la crítica de la fría razón ni revelar su edad, pues pertenece a todas
las edades. Hay más sabiduría en los Purânas y en la Biblia, oculta
bajo sus fábulas exotéricas, que en toda la ciencia y hechos exotéricos
de la literatura del mundo; y más verdadera Ciencia Oculta, que en el
conocimiento exacto de todas las academias. O, hablando de un modo más claro y
acentuado: hay tanta sabiduría esotérica en algunas partes de los Purânas y
del Pentateuco exotéricos, como de tontería y de imaginación
infantil intencionada, cuando se leen bajo el solo aspecto de la letra muerta y
de las interpretaciones asesinas de las grandes religiones dogmáticas, y
especialmente de sus sectas.
Que
lea cualquiera los primeros versículos del Génesis y que
reflexione sobre ellos. Allí “Dios” ordena a otro “Dios”, quien
obedece su orden. Así se lee hasta en la misma cuidada traducción
protestante inglesa de la edición autorizada por el rey Jaime I.
En
el “principio” (la lengua hebrea no tiene palabra para expresar la idea de la
Eternidad) (12), “Dios” hizo los Cielos y la Tierra; y esta última “estaba
vacía y sin forma”, mientras que el primero no es de hecho tal Cielo, sino lo
“Profundo”, el Caos, con las tinieblas sobre su faz (13).
“Y
el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las Aguas” o Gran Océano del
Espacio Infinito. Y este Espíritu es Nârâyana o Vishnu.
“Y
Dios dijo: hágase el firmamento...” y “Dios”, el segundo, obedeció e “hizo el
firmamento”. “Y Dios dijo: hágase la luz”, y “hubo la luz”. Ahora bien; la
última no significa luz en modo alguno, sino el Adam Kadmon andrógino como en
la Kabalah, o Sephira (la Luz Espiritual), pues los dos son uno; o
los Ángeles secundarios, según el Libro de los Números caldeo,
siendo los primeros los Elohim, que son el agregado de aquel Dios “formador”.
¿Pues a quién se dirige aquella orden? ¿Y quién es el que ordena? Lo que ordena
es la Ley Eterna, y el que obedece los Elohim, la cantidad conocida operando
en x y con x, o el coeficiente de la
cantidad desconocida, las Fuerzas de la Fuerza Una. Todo esto es Ocultismo, y
se encuentra en las Estancias arcaicas. No tiene importancia alguna el que
llamemos a estas “Fuerzas” los Dhyân Chohans, o los Auphanim como lo hace Ezequiel.
“La
Luz una Universal, que es Tinieblas para el hombre, es por siempre existente”
-dice el Libro de los Números caldeo-. De ella procede
periódicamente la Energía, la cual se refleja en lo Profundo o Caos, depósito
de los Mundos futuros, y que una vez despierta, agita y fructifica las Fuerzas
latentes, que son sus siempre eternas y presentes potencialidades. Entonces
despiertan de nuevo los Brahmâs y los Buddhas -las Fuerzas coeternas- y un
nuevo Universo surge a la existencia.
En
el Sepher Yetzirab, el Libro Kabalístico de la Creación, el autor
ha repetido evidentemente las palabras de Manu. En él se representa a la
Substancia Divina como siendo lo único existente desde la eternidad absoluta y
sin límites, y como habiendo emitido de sí misma el Espíritu (14). “Uno es el
Espíritu del Dios vivo; ¡bendito sea Su nombre que por siempre vive! Voz,
Espíritu y Verbo, esto es el Espíritu Santo” (15). Y ésta es la Trinidad
abstracta kabalista, antropomorfizada por los Padres cristianos con tan poco
escrúpulo. De este Triple Uno emanó todo el Kosmos. Primero, del Uno emanó el
número Dos o Aire (el Padre), el Elemento creador; y luego el número Tres, Agua
(la Madre), procedió del Aire; el Éter o Fuego completa el Cuatro Místico, el
Arbo-al (16). “Cuando lo Escondido de lo Oculto quiso revelarse, hizo primero
un Punto (el Punto Primordial o el Primer Sephira, Aire o Espíritu Santo)
figurado en una Forma sagrada (los Diez Sephiroth o el Hombre Celeste), y lo
cubrió con una Vestidura rica y espléndida: que es el Mundo” (17).
“Hizo
el Viento Su mensajero, al Fuego flamígero Su servidor” (18), dice el Yetzirab,
mostrando el carácter cósmico de estos últimos Elementos euhemerizados
(humanizados) (19), y que el Espíritu compenetra todos los átomos en el Kosmos.
Pablo
llama a los Seres Cósmicos invisibles los “Elementos”. Pero actualmente los
Elementos han sido degradados y limitados a los átomos, de los cuales nada se
sabe hasta ahora, y que son tan sólo “hijos de la necesidad”, como lo es
también el Éter. Según decimos en Isis sin Velo:
Los
pobres Elementos primordiales han sido desterrados hace mucho tiempo, y
nuestros ambiciosos físicos rivalizan en quién será el primero en añadir una
substancia simple más a la nidada volátil de las setenta y tantas.
Mientras
tanto, existe una furiosa guerra en la química moderna sobre la cuestión de
términos. Se nos niega el derecho de llamar a estas substancias “elementos
químicos”; pues según Platón, no son ellas los “principios primordiales de las
esencias por sí mismas existentes, de las cuales se formó el Universo”.
Semejantes ideas, asociadas con la palabra “elemento”, eran bastante buenas
para la antigua filosofía griega, pero la ciencia moderna las rechaza; pues,
como dice el profesor Crookes, “son términos desgraciados”, y la ciencia
experimental “no quiere nada con ninguna clase de esencias, excepto con
aquellas que pueden verse, olerse o gustarse. Las demás las deja a los
metafísicos...” ¡Debemos sentirnos agradecidos hasta por esto!
Esta
“Substancia Primordial” es llamada por algunos el Caos. Platón y los
pitagóricos la denominaban el Alma del Mundo, después de haber sido impregnada
por el Espíritu de aquello que incuba las Aguas Primitivas o Caos. Reflejándose
en él -dicen los kabalistas-, el Principio incubador “creó” la fantasmagoría de
un Universo visible manifestado. El Caos antes, y el Éter después de esa
“reflexión”, es siempre la deidad que compenetra todo el Espacio y todas las
cosas. Es el Espíritu invisible a imponderable de las cosas, y el fluido
invisible aunque bien tangible, que radia de los dedos del magnetizador
saludable; pues es la Electricidad Vital, la Vida misma. El Marqués de Mirville
le daba, irrisoriamente, el nombre de “Todopoderoso nebuloso” y los teurgistas
y ocultistas lo denominaban hasta el presente “Fuego Vivo”; y no hay un indo,
entre los que practican cierta clase de meditación al amanecer, que no conozca
sus efectos. Es el “Espíritu de Luz” y Magnes. Como lo expresó con verdad un
adversario nuestro, Magus y Magnes son dos ramas que salen del mismo tronco, y
que producen las mismas resultantes. Y en esta denominación de “Fuego Vivo”
podemos descubrir también el significado de la confusa sentencia del Zend
Avesta, que dice que hay “un Fuego que da el conocimiento del futuro, la
ciencia y el lenguaje amable”; esto es, desarrolla una elocuencia
extraordinaria en la sibila, en el sensitivo y hasta en algunos oradores.
Escribiendo sobre este asunto, en Isis sin Velo dijimos que
era:
El
Caos de los antiguos, el Fuego Sagrado de Zoroastro, o el Atash-Behram de los
parsis; el fuego de Hermes, el fuego de Elmes de los antiguos alemanes; el
Relámpago de Cibeles; la Antorcha encendida de Apolo; la Llama en el altar de
Pan; el Fuego inextinguible del templo de la Acrópolis y del de Vesta; la Llama
de fuego del yelmo de Plutón; las Chispas brillantes en los tocados de los
Dióscuros, en la cabeza de la Gorgona, en el yelmo de Palasy en el báculo de
Mercurio; el Ptah-Ra egipcio; el Zeus Cataibates griego (el descendiente) de
Pausanias; las Lenguas de Fuego de Pentecostés; la Zarza ardiente de Moisés; el
Pilar de Fuego del Éxodo y la Lámpara encendida de Abraham; el
Fuego Eterno del “abismo sin fondo”; los vapores del oráculo de Delfos; la Luz
Sideral de los rosacruces; el Âkâsha de los Adeptos indos; la Luz Astral de
Eliphas Lévi; el Aura Nerviosa y el Fluido de los magnetizadores; el Od de
Reichenbach; el Psychod y Fuerza Ecténica de Thury; la “Fuerza Psíquica” de
Sergeant Cox, y el magnetismo atmosférico de algunos naturalistas; el
galvanismo, y por último, la electricidad; todos estos no son sino nombres
distintos para diferentes manifestaciones o efectos de la misma Causa
misteriosa que todos lo compenetra, al Archaeus griego.
Ahora
añadimos: es todo esto y mucho más. Este “Fuego se menciona en todos los Libros
Sagrados indos, así como también en las obras kabalísticas. El Zohar lo
explica como el “Fuego Blanco Oculto, en el Risha Havurah”, la Cabeza Blanca,
cuya Voluntad hace emanar el fluido ígneo en 370 corrientes en todas
direcciones del Universo. Es idéntico a la “Serpiente que corre con 370
saltos”, del Siphra Dzenioutha, la cual, cuando el “Hombre
Perfecto”, el Metraton, es elevado, esto es, cuando el Hombre Divino habita
en el hombre animal, se convierte en tres Espíritus, o
Âtmâ-Buddhi-Manas, en nuestra fraseología teosófica.
Por
tanto, el Espíritu o Ideación Cósmica, y la Substancia Cósmica -uno de cuyos
principios es el Éter- son uno, e incluyen a los Elementos en el
sentido que les atribuye San Pablo. Estos Elementos son la Síntesis velada que
representa a los Dhyân Chohans, Devas, Sephiroth, Amshaspends, Arcángeles,
etc., etc. El Éter de la Ciencia -el Ilus de Beroso o el Protilo de la Química-
constituye, por decirlo así, el material relativamente tosco, del cual los
Constructores mencionados, siguiendo el plan trazado eternamente para ellos en
el Pensamiento Divino, forman los Sistemas en el Kosmos. Son “mitos”, se nos
dice. No más mito que el Éter y los Átomos, contestamos nosotros. Estos últimos
son necesidades absolutas de la Ciencia Física, y los Constructores son una
absoluta necesidad de la Metafísica. “Nunca los habéis visto”, es la objeción
que se nos echa en cara. Y preguntamos a los materialistas: ¿Habéis visto jamás
al Éter o a vuestros Átomos, o tan siquiera a vuestra Fuerza? Además, uno de
los más grandes evolucionistas occidentales de nuestros días, el
co-”descubridor” con Darwin, míster A. R. Wallace, al discutir lo inadecuado de
la Selección Natural para explicar por sí sola la forma física del Hombre,
admite la acción directiva de “inteligencias superiores”, como “parte necesaria de
las grandes leyes que rigen al Universo material” (20).
Estas
“inteligencias superiores” son los Dhyân Chohans de los ocultistas.
Verdaderamente,
hay pocos mitos en cualquiera de los sistemas religiosos dignos de tal nombre
que no tengan un fundamento histórico, así como científico. Los “mitos” -dice
con justicia Pococke- “se prueba ahora que son fábulas, en la precisa
proporción en que dejamos de entenderlos; eran verdades en
la proporción en que eran antes entendidos”.
La
idea prevaleciente más definida que se encuentra en todas las antiguas
enseñanzas, con referencia a la Evolución Cósmica, y a la primera “creación” de
nuestro Globo con todos sus productos orgánicos e inorgánicos -palabra
extraña para usarla un ocultista- es que todo el Kosmos ha surgido del
Pensamiento Divino. Este Pensamiento impregna la Materia, que es coeterna con
la Realidad Única; y todo lo que vive y alienta se desenvuelve de las
emanaciones del Uno Inmutable, Prabrahman-Mûlaprakriti, la Raíz Una Eterna. El
primero de estos, en su aspecto del Punto Central vuelto hacia dentro, por
decirlo así, en regiones por completo inaccesibles a la inteligencia humana, es
la Abstracción Absoluta; mientras que en su aspecto de Mûlaprakriti, la Eterna
Raíz del todo da a los menos una idea confusa del Misterio del Ser.
Por
lo tanto, se enseñaba en los templos internos que este Universo visible de
Espíritu y Materia no es sino la Imagen concreta de la Abstracción ideal; él
fue construido sobre el modelo de la primera Idea Divina. De este modo, nuestro
Universo ha existido desde la Eternidad en estado latente. El Alma que anima
este Universo puramente espiritual, es el Sol Central, la deidad misma más
elevada. No fue el Uno quien construyó la forma concreta de la idea, sino el
Primer Engendrado; y, como fue construido en la figura geométrica del
dodecaedro (21), el Primer Engendrado “tuvo a bien emplear 12.000 años en su
creación” Este número está expresado en la cosmogonía tyrrhenia (22), que
muestra al hombre creado en el sexto milenium. Esto concuerda con la teoría
egipcia de los 6.000 “años” (23), y con el cómputo hebreo. Pero ésta es su
forma exotérica. El cómputo secreto explica que los “12.000 y los 6.000 años”
son Años de Brahmâ, un día de Brahmâ, siendo igual a 4.320.000.000 de años.
Sanchoniathon (24), en su Cosmogonía, declara que cuando el Viento
(Espíritu) se enamoró de sus propios principios (el Caos), tuvo lugar una unión
íntima, cuya conexión fue llamada Photos (........ ) y de ésta surgió la
semilla de todo. Y el Caos no conoció su propia producción, pues era insensible;
pero de su abrazo con el Viento fue generado Môt, o el Ilus (limo) (25). De
éste procedieron los Esporos de la creación y la generación del Universo (26).
Zeus-Zên
(AEther), y Chthonia (la Tierra Caótica) y Metis (el Agua), sus esposas; Osiris
-que también representa al AEther, la primera emanación de la Deidad Suprema,
Amun, origen primitivo de la Luz- e Isis-Latona, la Diosa Tierra y el Agua otra
vez; Mithras (27), el Dios nacido de la roca, símbolo del Fuego del Mundo
masculino, o la Luz Primordial personificada; y Mithra, la Diosa del Fuego, su
madre y su mujer a la vez -el elemento puro del Fueo, el principio activo o
masculino, considerado como luz y calor en conjunción con la Tierra y el agua,
o la materia, el elemento femenino o pasivo de la generación Cósmica-; Mithras,
que es el hijo de Bordj, la montaña del mundo persa (28), de la cual fue él
exhalado como un rayo radiante de luz. Brahmâ, el Dios del fuego y su prolífica
consorte; y el Agni indo, la deidad refulgente, de cuyo cuerpo brotan mil
corrientes de gloria y siete lenguas de fuego, y en cuyo honor
ciertos brahmanes conservan hasta el presente un fuego perpetuo; Shiva,
personificado por Meru, la montaña del mundo de los indos, el terrorífico Dios
del Fuego, que dice la leyenda, ha descendido del cielo, como el Jehová judío,
“en un pilar de fuego”; y una docena más de deidades arcaicas de doble sexo;
todas proclaman claramente su significado oculto. ¿Y qué podrían significar
estos mitos dobles, sino el principio psíquico químico de la creación
primordial; la Primera Evolución en su triple manifestación de Espíritu, Fuerza
y Materia; la correlación divina en su punto de partida,
alegorizada por el matrimonio del Fuego y del Agua, productos del Espíritu
electrizador (la unión del principio activo masculino con el elemento pasivo
femenino), que se convierten en los padres de su hijo telúrico, la Materia
Cósmica, la Materia Prima, cuya Alma es el AEther, y cuya sombra es la Luz
Austral? (29).
Pero
los fragmentos de los sistemas cosmogónicos que han llegado hasta nosotros son
ahora rechazados como fábulas absurdas. Sin embargo, la Ciencia Oculta, que ha
sobrevivido hasta de la Gran Inundación que sumergió a los gigantes
antediluvianos, y con ellos hasta su memoria misma (salvo los anales reservados
en la Doctrina Secreta, la Biblia y otras Escrituras), aun
conserva la Clave de todos los problemas del mundo.
Apliquemos
esta Clave a los raros fragmentos de Cosmogonías por largo tiempo olvidadas, y
por medio de sus esparcidas parcelas, tratemos de restablecer la que una vez
fue Cosmogonía Universal de la Doctrina Secreta. La Clave sirve para todas.
Nadie puede estudiar seriamente las antiguas filosofías sin percibir que la
semejanza sorprendente de conceptos entre todas, muy a menudo en su forma
exotérica e invariablemente en su espíritu oculto, es el resultado, no de la
mera coincidencia, sino de un designio marcado; y que durante la juventud de la
humanidad hubo un solo lenguaje, un conocimiento y una religión universales,
cuando no había iglesias, ni credos, ni sectas, sino cuando cada hombre era un
sacerdote para sí mismo. Y si se demuestra que ya en aquellas edades, ocultas a
nuestra vista por el crecimiento exuberante de la tradición, el pensamiento
religioso humano se desarrollaba en simpatía uniforme en todas las partes del
globo; entonces se hará evidente que, sea cual fuese la latitud en que haya
nacido, ya sea en el frío Norte, o en el ardiente Mediodía, en Oriente o en
Occidente, ese pensamiento fue inspirado por las mismas revelaciones, y el
hombre fue criado bajo la sombra protectora del mismo Árbol del
Conocimiento.
SECCIÓN IV
CHAOS:
THEOS: KOSMOS
Estos
tres son el contenido del Espacio, o como lo ha definido un sabio kabalista:
“El Espacio, el que todo lo contiene sin ser contenido, es la primitiva
corporalidad de la Unidad simple... la extensión sin límites” (1). Pero,
pregunta él de nuevo: “¿Extensión sin límites, de qué?”; y da la contestación
correcta: “El Desconocido Contenedor de Todo, la Causa Primera
Desconocida”. Ésta es una definición y una contestación que no puede ser
más exacta, más esotérica y más verdadera, bajo todos los aspectos de la
Enseñanza Oculta.
El Espacio,
que los sabios modernos, en su ignorancia y en su tendencia iconoclasta a
destruir toda idea filosófica antigua, han proclamado ser “una idea abstracta”
y un “vacío”, es, en realidad, el Contenedor y el Cuerpo del Universo con sus
Siete Principios. Es un Cuerpo de extensión ilimitada, cuyos Principios, según
la fraseología ocultista -cada uno de los cuales es a su vez un septenario-,
sólo manifiestan en nuestro mundo fenomenal la estructura más densa de
sus subdivisiones. “Nadie ha visto jamás los Elementos en su
plenitud”, enseña la Doctrina. Tenemos que buscar nuestra Sabiduría en las
expresiones originales y sinónimos de los pueblos primitivos. Hasta el último
de entre ellos, el judío, muestra en sus enseñanzas kabalísticas la misma idea
cuando habla de la Serpiente de siete cabezas del Espacio, llamado el “Gran
Mar”.
Al
principio los Alhim crearon los Cielos y la Tierra; los Seis (Sephiroth)...
Ellos crearon Seis, y en estos están basadas todas las cosas. Y estos (Seis)
dependen de las siete formas del cráneo, hasta la Dignidad de
todas las Dignidades (2).
Ahora
bien; Viento, Aire y Espíritu han sido siempre sinónimos en todas las naciones.
Pneuma (Espíritu) y Anemos (Viento) entre los griegos, Spiritus y Ventus entre
los latinos, eran términos convertibles hasta cuando no estaban asociados con
la idea original del Aliento de Vida. En las “Fuerzas” de la Ciencia no vemos
sino el efecto material del efecto espiritual de
uno u otro de los cuatro Elementos primordiales, que nos transmitió la Cuarta
Raza, del mismo modo que nosotros transmitiremos el AEther, o más bien la
subdivisión densa del mismo, en su plenitud, a la Sexta Raza Raíz.
El
Caos era llamado sin sentido por los antiguos, porque representaba y contenía
en sí mismo -Caos y Espacio siendo sinónimos- todos los Elementos en su estado
rudimentario, indiferenciado. Hacían del AEther el quinto Elemento, la síntesis
de los otros cuatro, pues el AEther de los filósofos griegos no es sus Residuos
(el Éter), que ciertamente conocían mejor que la Ciencia hoy día, los cuales
Residuos se supone acertadamente que actúan como agente de muchas Fuerzas que
se manifiestan en la Tierra. Su AEther era el Âkâsha de los indos, mientras que
el Éter aceptado por la física no es sino una de sus subdivisiones, en nuestro
plano: la Luz Astral de los kabalistas, con todos sus efectos, tanto buenos
como malos.
Considerándose
como divina a la Esencia del AEther, o el Espacio Invisible, a causa de
suponérsele el velo de la Deidad, se la creía el Medio entre esta vida y la
otra. Los antiguos creían que cuando las Inteligencias directoras activas, los
Dioses, se retiraban de cualquier parte del AEther en nuestro espacio,
o de los cuatro reinos que dirigen, entonces aquella región especial quedaba en
la posesión del mal, llamado así a causa de la ausencia del bien en
ella.
La
existencia del Espíritu en el Mediador común, el Éter, es negada por el
materialismo; mientras que la teología hace de él un Dios personal. Los
kabalistas sostienen que ambos se equivocan, y dicen que en el Éter, los
elementos sólo representan a la materia, las fuerzas cósmicas ciegas de la
Naturaleza; y que el Espíritu representa a la inteligencia que las dirige. Las
doctrinas cosmogónicas arias, herméticas, órficas y pitagóricas, lo mismo que
las de Sanchoniathon y de Beroso, están todas basadas en una fórmula
irrefutable, a saber: que el AEther y el Caos, o en lenguaje platónico, la
Mente y la Materia, fueron dos principios primitivos y eternos del Universo,
independientes por completo de todo lo demás. El primero fue el principio
intelectual que todo lo vivifica; y el Caos, un principio fluídico informe, sin
“ forma ni sentido”; y de la unión de los dos surgió a la existencia el
Universo, o más bien el Mundo Universal, la primera Deidad andrógina,
convirtiéndose la Materia Caótica en su cuerpo, y el Éter en su Alma. Según la
fraseología de un Fragmento de Hermeias: “El Caos, obteniendo el sentido de
esta unión con el Espíritu, resplandeció de placer, y de este modo fue
producido el Protogonos, la Luz (el Primogénito)” (3). Esta es la Trinidad
universal, basada en los conceptos metafísicos de los antiguos, quienes,
razonando por analogía, hicieron del hombre, que es un compuesto de
Inteligencia y Materia, el Microcosmo del Macrocosmo, o Gran Universo (4).
“La
Naturaleza aborrece el Vacío”, decían los peripatéticos, quienes, aunque
materialistas a su modo, comprendían quizás por qué Demócrito, con su
instructor Leucipo, enseñaban que los primeros principios de todas las cosas
contenidas en el Universo eran átomos y un Vacío. El último significa
sencillamente la Fuerza o Deidad latente, la cual, antes de su
primera manifestación -cuando se convirtió en Voluntad, comunicando el primer
impulso a estos Átomos- era la gran Nada, Ain-Soph, o No-Cosa; y por lo tanto,
en todos sentidos, un Vacío o Caos.
Este
Caos, sin embargo, según Platón y los pitagóricos, se convirtió en el “Alma del
Mundo”. Según la enseñanza inda, la Deidad, en forma del AEther o Âkâsha,
compenetra todas las cosas. Por lo tanto, los teurgistas la llamaban el “Fuego
Viviente”, el “Espíritu de la Luz” y algunas veces “Magnes”. Según Platón, la
Deidad más elevada misma fue la que construyó el Universo en la forma
geométrica del dodecaedro; y su “Primogénito” nació del Caos y de la Luz
Primordial, el Sol Central. Este “Primogénito”, sin embargo, era solamente el
agregado de la Hueste de los Constructores, las primeras Fuerzas Constructoras,
a quienes se llama en las antiguas Cosmogonías los Antepasados, nacidos de lo
Profundo, o Caos, y el Primer Punto. Es el llamado Tetragrammaton, a la cabeza
de los Siete Sephiroth inferiores. Esta era también la creencia de los caldeos.
Filón, el judío, hablando con ligereza de los primeros instructores de sus
antepasados, escribe lo siguiente:
Estos
caldeos opinaban que el Kosmos, entre las cosas que existen (?),
es un solo Punto, bien siendo él mismo Dios (Theos), o teniendo a Dios en él,
comprendiendo el Alma de todas las cosas (5).
Chaos,
Theos, Kosmos, no son sino los tres símbolos de sus síntesis: el Espacio. No
se puede esperar resolver jamás el misterio de esta Tetraktis, ateniéndose a la
letra muerta, ni aun de las antiguas filosofías, como ahora existen. Porque aun
en éstas, Chaos, Theos, Kosmos y Espacio están identificados de toda Eternidad
como Espacio Uno Desconocido, del cual nunca se conocerá quizás la última
palabra antes de nuestra Séptima Ronda. Sin embargo, las alegorías y símbolos
metafísicos sobre el cubo primitivo y perfecto son notables
hasta en los Purânas exotéricos.
En
estos, Brahmâ es también Theos, que se desenvuelve del Caos o Gran “Mar”, las
Aguas sobre las cuales el Espíritu o Espacio -el Espíritu moviéndose sobre la
faz del Kosmos futuro e ilimitado- está silenciosamente revoloteando en la
primera hora del redespertar. Es también Vishnu durmiendo sobre Ananta-Shesha,
la gran Serpiente de la Eternidad, de la cual la teología occidental, ignorante
de la Kabalah, única clave que descubre los secretos de la Biblia,
ha hecho el Diablo. Es el primer Triángulo o la Tríada pitagórica, el “Dios de
los tres Aspectos”, antes de transformarse, por medio de la
cuadratura perfecta del círculo Infinito, en el Brahmâ de “cuatro caras”. “De
aquel que es, y sin embargo no es, del No Ser, la Causa Eterna, ha nacido el
Ser, Purusha” -dice Manu el legislador.
En
la mitología egipcia, a Knep, el Dios Eterno no revelado, se le
representa por una serpiente, emblema de la Eternidad, cercando una vasija de
agua, con su cabeza suspendida sobre las aguas, a las cuales incuba con su
aliento. En este caso la serpiente es el Agathodaimón, el Buen Espíritu: en su
aspecto opuesto es el Kakodaimón, el Mal Espíritu. En los Eddas escandinavos,
el rocío de miel, fruto de los dioses y de las abejas creadoras Iggdrasill, cae
durante las horas de la noche, cuando la atmósfera está impregnada de humedad;
y en las mitologías del Norte tipifica, como principio pasivo de la creación,
la formación del Universo de las Aguas. Este rocío es la Luz Astral en una de
sus combinaciones, y posee propiedades creadoras, así como destructoras. En la
leyenda caldea de Beroso, Oannes o Dagon, el hombre pez, al instruir a las
gentes, les muestra el mundo en su infancia, creado del Agua, y a todos los
seres teniendo origen en esta Materia Prima. Moisés enseña que sólo la Tierra y
el Agua pueden producir un Alma Viviente; y en las Escrituras leemos que las
hierbas no pudieron crecer hasta que el Eterno hizo llover sobre
la Tierra. En el Popol Vuh mexicano, el hombre es creado
del barro o arcilla (terre glaise), cogida debajo del
agua. Brahmâ crea el gran Muni, o primer hombre, sentado en su loto; pero sólo
después de haber llamado a la existencia a los espíritus, quienes de este modo
gozaron de la vida antes que los mortales; y lo creó del Agua, del Aire y de la
Tierra. Los alquimistas sostienen que la Tierra primordial o preadámica, cuando
estaba reducida a su primera substancia, era en su segundo período
de transformación, semejante a Agua clara, siendo el primero, propiamente, el
Alkahest. Esta substancia primordial se dice que contiene en sí misma la
esencia de todo lo que contribuye a formar al hombre; no sólo tiene todos los
elementos de su ser físico, sino hasta el mismo “aliento de vida” en estado
latente y pronto a ser despertado. Esto lo deriva de la “incubación” del
“Espíritu de Dios” sobre la faz de las Aguas: el Caos. Realmente esta
substancia es el Caos mismo. De ésta era de la que Paracelso pretendía que
podía hacer su Homúnculo; he aquí por qué Tales, el gran filósofo natural,
sostenía que el Agua era el principio de todas las cosas en la
Naturaleza...(6). Job dice que las cosas muertas se forman
debajo de las aguas, y de los habitantes que existen en ellas (7). En el texto
original, en lugar de “cosas muertas”, está escrito los Rephaim muertos,
los Gigantes u hombres poderosos primitivos, de quienes la Evolución podrá
algún día derivar nuestra raza presente (8).
“Cuando
la creación se hallaba en estado primordial” -dice la Mythologie des Indous,
de Polier- “el Universo rudimentario, sumergido en Agua, reposaba en el seno de
Vishnu, Brahmâ, el Arquitecto del Mundo, surgido de este Caos y Tinieblas,
flotaba (se movía) sobre las aguas, manteniéndose sobre una hoja de loto, sin
poder distinguir más que agua y tinieblas”. Viendo un estado de cosas tan
aciago, Brahmâ, lleno de consternación, habla consigo mismo así: “¿Quién soy
yo? ¿De dónde vengo?” Entonces oye una voz (9): “Dirige tus pensamientos a
Bhagavat”. Brahmâ levantándose de su posición natatoria, se sienta sobre la
hoja del loto en actitud de contemplación, y reflexiona sobre el Eterno, quien
satisfecho con esta prueba de piedad, dispersa la obscuridad primitiva y abre
su entendimiento. “Después de esto, Brahmâ sale del Huevo Universal (el Caos
Infinito) como Luz, pues su entendimiento está ahora abierto, y se pone a
trabajar. Él se mueve sobre las Aguas eternas, con el Espíritu de Dios en él; y
en su capacidad de Agitador de las aguas, él es Vishnu o Nârâyana”.
Esto,
por supuesto, es exotérico; pero, sin embargo, en su idea principal es lo más
idéntico posible a la cosmogonía egipcia, que muestra en sus primeras
sentencias a Athtor (10) o la Madre Noche, la cual representa a la Obscuridad
Ilimitada, como Elemento Primitivo que cubría al Abismo Infinito, animada por
el Agua y por el espíritu Universal del Eterno, morando sólo en el Caos. De un
modo semejante, principia la historia de la creación en las Escrituras judías,
con el espíritu de Dios y su Emanación creadora: otra Deidad (11).
El Zohar enseña
que los elementos primordiales -la trinidad de Fuego, Aire y Agua-, los Cuatro
Puntos Cardinales y todas las Fuerzas de la Naturaleza, son los que forman
colectivamente la Voz de la Voluntad, Memrab, o el Verbo, el Logos del TODO
Absoluto Silencioso. “El Punto indivisible, ilimitado y desconocido”, se
extiende sobre el espacio y forma de este modo un Velo, El Mûlaprakriti o
Parabrahman, que oculta a este Punto Absoluto.
En
las cosmogonías de todas las naciones, los Arquitectos sintetizados por el
Demiurgo (en la Biblia, los Elohim o Alhim) son los que forman el
Kosmos del Caos, y son el Theos colectivo andrógino, Espíritu y Materia. “Por
medio de una serie (yom) de fundamentos (hasoth), los Alhim
trajeron a la existencia el cielo y la tierra” (12). En el Génesis lo
primero es Alhim, luego Jahva-Alhim, y finalmente, Jehovah, después de la
separación de los sexos en el cap. IV. Es de notar que en ninguna parte, excepto
en ésta, o más bien la última, de las Cosmogonías de nuestra Quinta
Raza, se usa el inefable e impronunciable NOMBRE (13) -símbolo de la Deidad
Desconocida, que sólo se empleaba en los MISTERIOS- en relación con la
“Creación” del Universo. Los Agitadores, los Corredores, los Theos (de ....,
correr) son los que hacen la obra de formación; son los mensajeros de la Ley
Manvantárica, que ahora se han convertido, dentro del Cristianismo,
sencillamente en los “Mensajeros” (Malachim). Éste parece ser el caso también
en el Hinduismo o primitivo Brâhamanismo. Pues en el Rig Veda no
es Brahmâ quien crea, sino los Prajâpatis, los “Señores del Ser” que son
también los Rishis; la palabra Rishi, según el profesor Mahadeo Kunte, está
relacionada con la palabra mover, conducir, que se les aplica en su carácter
terrestre cuando, como Patriarcas, conducen a sus huestes en los Siete Ríos.
Además,
la misma palabra “Dios” en singular, que abarca a todos los dioses, o Theoi,
vino a las naciones civilizadas “superiores” de un origen extraño, tan completa
y eminentemente fálico como el Lingham de la India, del que se habla allí de un
modo tan sincero como abierto. El intento de derivar la palabra Dios del
sinónimo anglosajón Good (Bueno), es una idea que se ha
abandonado; pues en ninguna otra lengua, desde el Khoda persa
hasta el Deus latino, se ha encontrado ejemplo de que un
nombre de Dios sea derivado del atributo de Bondad (Goodness).
A las razas latinas les viene del Dyaus ario (el Día); a las
eslavas del Baco Griego (Bagh-bog), y a las razas sajonas, directamente
del Yod, o Jod hebreo. Este último es ... la
letra numeral 10, lo femenino y lo masculino, y Yod es
el gancho fálico. De aquí el Godh sajón,
el Gott alemán y el God inglés. Este término
simbólico puede decirse que representa al creador de la Humanidad física en el
plano terrestre; pero seguramente no tuvo nada que ver con la
Formación o “Creación” del Espíritu, de los Dioses o del Kosmos.
Chaos-Theos-Kosmos,
la Triple Deidad, es todo en todo. Por lo tanto, se dice que es
masculino y femenino, bueno y malo, positivo y negativo; toda la serie de
cualidades opuestas. Cuando se halla en estado latente, en Pralaya, no es
cognoscible, y se convierte en la Incognoscible Deidad. Sólo puede ser conocida
en sus funciones activas; por tanto como Materia-Fuerza y Espíritu viviente,
correlaciones y manifestación, o expresión, en el plano visible, de la Unidad
última por siempre desconocida.
A
su vez, esta Triple Unidad es la productora de los Cuatro elementos Primitivos
(14), que son conocidos, en nuestra Naturaleza terrestre visible, por los siete
(hasta ahora los cinco) Elementos, cada uno divisible en cuarenta y nueve
-siete veces siete- subelementos, de los cuales la química conoce unos setenta.
Todos los Elementos Cósmicos, tales como el Fuego, el Aire, el Agua y la
Tierra, participan de las cualidades y defectos de sus Primarios, y son, en su
naturaleza, Bien y Mal, Fuerza o Espíritu, y Materia, etc.; y, por lo tanto,
cada uno de ellos es a la vez Vida y Muerte, Salud y Enfermedad, Acción y
Reacción. Están constantemente formando Materia bajo el impulso incesante del
Elemento Uno, el Incognoscible, representado en el mundo de los fenómenos por
el AEther. Ellos son los “Dioses inmortales que dan nacimiento y vida a todo”.
En The
Philosophical Writings of Solomon ben Yehudab Ibn Gebirol, tratando de la
estructura del Universo, se dice:
R.
Yehudad principió, está escrito: “Elohim dijo: Hágase un firmamento en medio de
las aguas”. ¡Venid, ved! Cuando el Santo... creó al Mundo, creó 7 cielos.
Arriba. Creó 7 tierras Abajo, 7 mares, 7 días, 7 ríos, 7 semanas, 7 años, 7
tiempos, y 7.000 años que el Mundo ha sido. El Santo está en el séptimo de
todo (15).
Esto,
además de demostrar una extraña identidad con la cosmogonía de los Purânas (16),
corrobora, respecto al número siete, todas nuestras enseñanzas, tales como se
dieron brevemente en el Esoteric Buddhism.
Los
indos tienen una serie interminable de alegorías para expresar esta idea. En el
Caos Primordial, antes que se desarrollase en los Sapta Samudra o Siete Océanos
-emblema de las Siete Gunas o Cualidades condicionadas, compuesta de Trigunas
(Sattva, Rajas y Tamas)-, están latentes Amrita, o la Inmortalidad, y Visha o
el Veneno, la Muerte, el Mal. Esto se encuentra en el alegórico mazar del
Océano por los Dioses. Amrita está fuera de toda Guna, pues es incondicionado
per se; pero una vez caído en la creación fenomenal, se mezcló
con el Mal, el Caos, con el Theos latente en él, antes que el Kosmos fuera
evolucionado. De aquí que veamos a Vishnu, personificación de la Ley eterna,
llamando periódicamente al Kosmos a la actividad, o, en fraseología alegórica,
produciendo por medio del mazar del Océano Primitivo o el Caos sin límites, la
Amrita de la Eternidad, reservada tan sólo para los Dioses y Devas; teniendo
que emplear en la labor a los Nâgas y Asuras, o los demonios del Indoísmo
exotérico. Toda la alegoría es altamente filosófica, y la encontramos repetida
en todos los sistemas antiguos de Filosofía. Así lo vemos en Platón, quien
habiendo abrazado por completo las ideas que Pitágoras había traído de la
India, las compiló y publicó en una forma más inteligible que los numerales
misteriosos originales del Sabio griego. Así, según Platón, el Kosmos es el
“Hijo”, teniendo por Padre y Madre, respectivamente, al Pensa miento
Divino y la Materia (17).
“Los
egipcios”, dice Dunlap, “distinguen entre un Horus viejo y otro joven; el
primero es el hermano de Osiris, y el segundo el hijo de
Osiris e Isis” (18). El primero es la Idea del Mundo permaneciendo en la Mente
del demiurgo, “nacida en las Tinieblas antes de la Creación del Mundo”. El
segundo es esta Idea surgiendo del Logos, revistiéndose de materia, y tomando
existencia real (19).
Los Oráculos
Caldeos hablan del “Dios del Mundo, eterno, sin límites, joven y
viejo, de forma sinuosa” (20). Esta “forma sinuosa” es una figura para expresar
la moción vibratoria de la Luz Astral, la cual conocían perfectamente los
antiguos sacerdotes, bien que el nombre “Luz Astral” fuese inventado por los
martinistas.
La
ciencia moderna señala con el dedo del desprecio las supersticiones de la
Cosmolatría. La Ciencia, sin embargo, antes de reírse, debiera, siguiendo el
consejo de un sabio francés, “reformar por completo su propio sistema de
educación cosmo-neumatológica” - Satis eloquentiae sapientiae parum! A
la Cosmolatría, lo mismo que al panteísmo, en su última expresión, se la puede
definir con las mismas palabras con que el Purâna describe a
Vishnu:
Es
únicamente la causa ideal de las potencias que
han de crearse en la obra de la creación; y de él proceden las potencias que
han de ser creadas, después que se han convertido en la causa real. Fuera
de esta causa ideal, no hay ninguna otra a la que el mundo pueda ser
referido... Por medio de la potencia de esta causa, todas las cosas
creadas llegan a manifestarse por su propia naturaleza (21).
SECCIÓN V
SOBRE LA
DEIDAD OCULTA, SUS SÍMBOLOS Y SIGNOS
Para
tratar del Logos o Deidad Creadora, el “Verbo hecho Carne” de todas las
religiones, hay que remontarse hasta su último origen y esencia. En la India es
un Proteo con 1.008 nombres y aspectos divinos en cada una de sus
transformaciones personales, desde Brahmâ-Purusha, a través de los Siete Rishis
Divinos y Diez Prajâpatis (también Rishis) Semidivinos, hasta los Avataras
divinos-humanos. El mismo difícil problema del “Uno en los Muchos” y de la
Multitud en Uno, se encuentra en otros Panteones; en el egipcio, en el griego y
en el caldeo-judaico, habiendo este último aumentado la confusión por la
presentación de sus Dioses como euhemerizaciones, en forma de Patriarcas. Y
estos Patriarcas son aceptados actualmente por los que rechazan a Rómulo como
un mito, y son representados como Entidades históricas vivientes. Verbum satis
sapienti! En
el Zohar, Ain-Soph es también el Uno, la Unidad Infinita. Esto era conocido de
los muy pocos Padres instruidos de la Iglesia, que sabían que Jehovah no era
más que una Potencia de tercer orden y no un Dios “superior”. Pero Ireneo, a la
vez que se quejaba amargamente de los gnósticos y decía: “Nuestros herejes
sostienen... que el Propatôr sólo es conocido por el Hijo Único concebido (1)
(que es Brahmâ), esto es, por la mente (Nous)”, nunca mencionó que los judíos
hiciesen lo mismo en sus libros verdaderamente secretos. Valentino, “el doctor
más profundamente versado en la Gnosis”, sostenía que había un Aiôn perfecto
que existió antes que Bythos (el primer Padre de la insondable Naturaleza, que
es el Segundo Logos) llamado Propatôr. Este Aiôn es el que surge como un rayo
de Ain-Soph, el cual no crea; y el que crea, o más bien por
medio del cual todo es creado o evoluciona, es el Aiôn. Pues, según
enseñaban los basilidianos, “había un Dios Supremo, Abrasax, por quien fue
creada la Mente” (Mahat en sánscrito, Nous en griego). “De la Mente procedió el
Verbo, el Logos; del Verbo la Providencia (más bien la Luz Divina); luego de
ésta, la Virtud y la Sabiduría en los Principados, Poderes, Ángeles, etc.”. Por
estos ángeles fueron creados los 365 AEones. “Entre los más inferiores, a la
verdad, y entre los que hicieron este mundo, él (Basilides) coloca el último de
todos al Dios de los judíos, y niega que sea Dios (y muy acertadamente),
afirmando que es uno de los Ángeles”.
Aquí
encontramos, pues, el mismo sistema que en los Purânas, en donde el
Incomprensible destila una semilla que se convierte en el Huevo de Oro, del
cual fue producido Brahmâ. Brahmâ produce a Mahat, etc. La verdadera Filosofía
Esotérica, sin embargo, no habla ni de “creación “ ni de “evolución”, en el
sentido que lo hacen las religiones exotéricas. Todos estos Poderes
personificados no son evoluciones unos de otros, sino otros tantos aspectos de
la manifestación una y única del Todo Absoluto.
El
mismo sistema que el de las Emanaciones gnósticas prevalece en los aspectos
Sephiróthicos de Ain-Soph; y como estos aspectos están en el Espacio y el
Tiempo, se mantiene cierto orden en sus sucesivas apariencias. Por lo tanto, es
imposible dejar de notar los grandes cambios que el Zohar ha
sufrido bajo el manejo de generaciones de místicos cristianos. Pues, hasta en
la metafísica del Talmud, “la Faz inferior”, el semblante Menor o
Microprosopus, no podía ser colocado nunca en el mismo plano de ideales
abstractos que el Semblante Mayor o Superior, el Macroprosopus. Este último es
en la Kabalah caldea una pura abstracción, El Verbo, o Logos,
o Dabar en hebreo; Verbo que, aunque se convierte de hecho en un número plural
o en Verbos, D (a) B (a) R (i) M, cuando se refleja o toma el aspecto de una
Hueste de Ángeles o Sephiroth -el “Número”- es, sin embargo, Uno colectivamente
y cero, “No-cosa” en
el plano ideal. No tiene forma, ni existencia, “ni parecido alguno con ninguna
otra cosa” (2). Y hasta Filón llama al Creador, el Logos que está
inmediatamente después de Dios, el “Segundo Dios”, cuando habla del “Segundo
Dios, que es su SABIDURÍA (la del Dios más Elevado)” (3). La Deidad no es Dios.
Es No-cosa y Tinieblas. No tiene nombre, y por tanto, es llamada Ain-Soph, la
palabra “Ayin significando nada” (4). El “Dios Más elevado”, el Logos no
manifestado, es su Hijo.
Los
sistemas gnósticos que han llegado a nosotros, mutilados como están por los
Padres de la Iglesia, no son otra cosa que meros cascarones adulterados, de las
especulaciones originales. Ni además han estado éstas a disposición del público
o del lector en ningún tiempo; pues si su significado oculto o esotérico
hubiese sido revelado, hubiera dejado de ser una enseñanza esotérica, y esto no
podía ser. Marcos, el jefe de los marcosianos, que floreció a mediados del
segundo siglo, y que enseñaba que la Deidad tenía que ser considerada bajo el
símbolo de cuatro sílabas, dio más de las verdades esotéricas
que ningún otro gnóstico. Pero ni aun él fue nunca bien comprendido. Pues sólo
en la superficie o letra muerta de su Revelación es donde
aparece que Dios es un Cuaternario, a saber: “El Inefable, el Silencio el Padre
y la Verdad”; lo cual, en realidad, es completamente erróneo, y sólo divulga un
enigma esotérico más. Esta enseñanza de Marcos fue la de los primeros kabalistas
y la nuestra. Pues él hace de la Deidad el Número 30, en cuatro sílabas, lo que
traducido esotéricamente, significa una Tríada o Triángulo y un Cuaternario o
un Cuadrado, siete en total, lo cual, en el plano inferior, constituía las
siete Letras divinas o secretas de que está compuesto el nombre de Dios. Esto
necesita demostración. En su Revelación, al hablar de los misterios
divinos expresados por medio de letras y números, Marcos refiere cómo la
“Tétrada Suprema descendió” a él “de la región que no puede ser vista ni
nombrada, en forma femenina, porque el mundo no
hubiera podido sufrir su aparición bajo la figura masculina”, y le
reveló “la generación del Universo, que no se había
dicho antes ni a los Dioses ni a los hombres”.
La
primera frase contiene ya un doble significado. ¿Por qué había de sufrirse más
fácilmente o ser más atendida por el mundo una figura femenina que una
masculina? Esto parece una necedad; pero es muy sencillo y claro para el que
conoce el Lenguaje del Misterio. La filosofía Esotérica o Sabiduría Secreta
estaba simbolizada por una figura femenina, mientras que una masculina era el
símbolo del Misterio sin velo. De aquí que, no estando el mundo preparado para
recibirlo, no podía soportarlo, y la Revelación de Marcos tenía que ser dada
alegóricamente. Así es que escribe:
Cuando
en un principio su Padre (sc. de la Tetrada)... el Inconcebible, el
Sin Existencia y Sin Sexo (el Ain-Soph kabalístico) deseó que Su
Inefable (el Primer Logos o AEon) naciese, y que Su Invisible se revistiese de
forma, su boca se abrió y pronunció la Palabra semejante a Él mismo. Esta
Palabra (Logos) permaneciendo cerca, le demostró lo que era, manifestándose en
la forma del Uno Invisible. Ahora bien; la pronunciación del Nombre (Inefable)
(por medio de la Palabra) tuvo lugar en esta forma. Él (el Supremo Logos)
pronunció la primera Palabra de su Nombre... que era una combinación (sílaba)
de cuatro elementos (letras). Luego fue añadida la segunda
combinación, también de cuatro elementos. Después la tercera,
compuesta de diez elementos, y seguida de ésta fue pronunciada
la cuarta, que contiene doce elementos. Así pues, la
pronunciación de todo el nombre consiste en treinta elementos
y en cuatro combinaciones. Cada elemento tiene sus letras
propias, su carácter y pronunciación, agrupación y semejanza peculiares; pero
ninguno de ellos percibe la forma de aquello de que es el elemento, ni
comprende la pronunciación de su vecino; pero el sonido que cada uno produce,
pronuncia todo (lo que puede) lo que piensa que es bueno llamar al todo... Y estos
sonidos son los que manifiestan en la forma al AEon Sin Existencia e
Ingenerable, y éstas son las formas que se llaman los Ángeles, que
perpetuamente contemplan la Faz del Padre (5) (el Logos, el “Segundo Dios”, que
permanece próximo a Dios el “Inconcebible”, según Filón) (6).
Esto
es tan claro como podía serlo el antiguo secreto esotérico. Es tan
kabalístico, pero menos velado que el Zohar, en el cual los nombres
místicos o atributos son también de cuatro sílabas, teniendo palabras de doce,
de cuarenta y dos y hasta de setenta y dos sílabas! La Tétrada muestra a Marcos
la Verdad en la forma de una mujer desnuda, y deletrea todos los miembros de la
figura llamando a la cabeza A , al cuello B ,
a los hombros y manos I’ y X, etc. En esto se reconoce fácilmente a
Sephira; siendo la cabeza o Corona, Kether, numerada 1; el cerebro o Chochmah,
2; el Corazón o Inteligencia, Binah, 3; y los otros siete Sephiroth
representando los miembros del cuerpo. El Árbol Sephirothal es el Universo, y
Adam Kadmon lo personifica en Occidente, así como Brahmâ lo representa en la
India.
En
todo ello, los Diez Sephiroth están representados como divididos en los Tres
superiores o la Tríada espiritual, y el Septenario inferior. Al verdadero
significado esotérico del número sagrado Siete, aunque hábilmente velado en
el Zohar, le hace, sin embargo, traición el doble modo de escribir
el término, “en el Principio” o Berasheeth, y Be-raishath,
siendo este último la “Sabiduría Elevada o Superior”. Como se ha demostrado por
S. L. MacGregor Mathers (7) e Issac Myer (8), quienes se hallan sostenidos por
las opiniones antiguas más autorizadas, estas palabras tienen un significado
doble y secreto. Braisheeth barah Elohim significa que
los seis, sobre los cuales está el séptimo Sephira,
pertenecen a la clase material inferior, o como dice el autor: “Siete... son
aplicados a la creación Inferior, y Tres al Hombre Espiritual, el Prototipo
Celeste o Primer Adán”.
Cuando
los teósofos y ocultistas dicen que Dios no es ningún Ser, porque es Nada,
No-cosa, son más reverentes y más religiosamente respetuosos con la Deidad que
los que llaman a Dios Él, y lo convierten de este
modo en un Varón gigantesco.
El
que estudie la Kabalah encontrará pronto la misma idea en el
pensamiento último de sus autores, los primeros y grandes Iniciados hebreos que
obtuvieron esta Sabiduría Secreta en Babilonia, de los Hierofantes caldeos, así
como Moisés obtuvo la suya en Egipto. El sistema del Zohar no
puede ser juzgado por sus traducciones posteriores en latín y otras lenguas,
porque todas sus ideas fueron suavizadas y arregladas a la conveniencia y
sistema particular de sus manipuladores cristianos; pues sus ideas originales
son idénticas a las de todos los demás sistemas religiosos. Las diferentes
cosmogonías muestran que el Alma Universal era considerada por todas las
naciones arcaicas, como la Mente del Creador Demiurgo; y que era llamada la
Madre, Sophía, o la Sabiduría femenina, por los gnósticos; era Sephira para los
judíos y Saraswati o Vâch para los indos; siendo también el Espíritu Santo un
Principio femenino.
De
aquí que el Kurios o Logos, nacido de ella, fuese para los griegos el Dios, la
Mente (Nous). “Ahora bien; Koros (Kurios)... significa la naturaleza pura y sin
mezcla de la Inteligencia-Sabiduría” -dice Platón en Cratylus (9);
y Kurios es Mercurio (Mercurius, Mar-Kurios), la Sabiduría Divina, y “Mercurio
es Sol” (el Sol) (10), de quien Toth-Hermes recibió esta Sabuiduría Divina.
Así, mientras los Logos de todos los países y religiones son correlativos, en
sus aspectos sexuales, con el Alma femenina del Mundo o el Gran Abismo, la
Deidad de la cual estos Dos en Uno derivan su ser, está siempre oculta y es
llamada el Uno Oculto, relacionado sólo indirectamente con la Creación” (11);
pues no puede actuar sino por medio de la Fuerza Dual que emana de la Esencia
Eterna. Hasta AEsculapius, llamado el “Salvador de todo”, es idéntico, según
los antiguos clásicos, el Ptah egipcio, la Inteligencia Creativa o Sabiduría
Divina, y a Apolo, Baal, Adonis y Hércules (12); y Ptah es, en uno de sus
aspectos, el Anima Mundi Univeral de Platón, el Espíritu Divino de los
egipcios, el “Espíritu Santo” de los primeros cristianos y gnósticos, y el
Âkâsha de los indos, y, hasta en su aspecto inferior, la Luz Astral. Pues Ptah
era originalmente el Dios de los Muertos, aquel en cuyo seno eran estos
recibidos; de aquí el Limbo de los cristianos griegos, o la Luz Astral. Mucho
más tarde es cuando Ptah fue clasificado entre los Dioses del Sol; pues su
nombre significa “aquel que abre”, y se le muestra como el primero que quita el
velo del rostro de la momia, para llamar el alma a la vida
en su seno. A Kneph, el Eterno No Revelado, se le representa por la
serpiente emblema de la eternidad, cercando una vasija de agua, con su cabeza
suspendida sobre las “Aguas” a las que incuba con su aliento: otra forma de la
misma idea de las “Tinieblas”, con su Rayo moviéndose en las Aguas, etc. Como
Logos-Alma, esta permutación es llamada Ptah; como
Logos-Creador, se convierte en Imhotep, su Hijo, “el Dios de rostro hermoso”.
En sus caracteres primitivos, estos dos fueron la primera Dualidad Cósmica:
Nut, el Espacio o “Firmamento”, y Num, las “Aguas Primordiales”, la Unidad
Andrógina, sobre la cual estaba el Aliento Oculto de Kneph. Y a todos ellos les
eran consagrados los animales y plantas acuáticas, el ibis, el cisne, el ganso,
el cocodrilo y el loto.
Volviendo
a la Deidad kabalística, esta Unidad Oculta es, pues, Ain-Soph (...........),
Sin Fin, Ilimitado, no Existente (...), en tanto que el Absoluto esté dentro de
Oulom (13), el Tiempo Ilimitado y sin fin; como tal, Ain Soph no puede ser el
Creador ni siquiera el modelador del Universo, ni tampoco Aur (La Lux). Por lo
tanto, Ain-Soph es también las tinieblas. Lo infinito inmutable y lo Ilimitado
absoluto, no puede querer, pensar, ni actuar. Para hacer esto, tiene que
convertirse en Finito, y lo verifica por medio de su Rayo, penetrando en el
Huevo del Mundo o Espacio Infinito, y emanando de él como Dios Finito. Pero
esto queda para el Rayo latente en el Uno. Cuando llega el período, la Voluntad
Absoluta dilata naturalmente la Fuerza dentro de sí, de conformidad con la Ley,
de la cual es la Esencia interna y última. Los hebreos no adoptaron el Huevo
como símbolo, pero lo substituyeron con los “Cielos Duplicados”; pues traducida
correctamente la sentencia, “Dios hizo los cielos y la tierra” diría: “Dentro y
fuera de su propia esencia, creó Dios a los dos cielos, como una Matriz (el
Huevo del Mundo)”. Los Cristianos eligieron, sin embargo, como símbolo de su
Espíritu Santo, a la paloma, el ave, no el huevo.
Cualquiera
que llegue a conocer el Hud, la Mercabah y el Lagash (discurso secreto o
encantamiento), aprenderá el secreto de los secretos”. Lahgash es casi idéntico
en su significado a Vâch, el poder oculto de los Mantras.
Cuando
llega el período de actividad, Sephira, el Poder activo, llamado el Punto
Primordial y la Corona, Kether, surge de dentro de la Esencia Eterna de
Ain-Soph. Sólo por medio de ella, podía la “Sabiduría Ilimitada” dar una Forma
Concreta al Pensamiento Abstracto. Dos lados del Triángulo Superior, el lado
derecho y la base, que simbolizan la Esencia Inefable y su cuerpo manifestado
el Universo, están compuestos de líneas no interrumpidas; el tercero, el lado
izquierdo, está tildado. Por medio de este último emerge Sephira. Extendiéndose
en todas direcciones, circuye finalmente todo el Triángulo. En esta emanación
se forma la triple Tríada. Del Rocío invisible que cae de la Uni-tríada, la
“Cabeza” -dejando así tan sólo 7 Sephiroth-, Sephira crea las
Aguas Primordiales, o en otras palabras, el Caos toma forma. Es el primer paso
hacia la solidificación del Espíritu, el cual, por medio de diferentes
modificaciones, produce la Tierra. “Son necesarias Agua y Tierra para hacer un
Alma Viviente”, dice Moisés. Se requiere la imagen de un ave acuática para
relacionarla con el Agua, el elemento femenino de la procreación, con el huevo
y el ave que lo fecunda.
Cuando
Sephira surge como un poder activo de dentro de la Deidad Latente, es femenino;
cuando asume el cargo de Creador, se convierte en masculino; de aquí que sea
andrógina. Es el “Padre y Madre Aditi” de la Cosmogonía inda y de la Doctrina
Secreta. Si los pergaminos hebreos más antiguos hubiesen sido preservados, los
que hoy rinden culto a Jehovah, verían que los símbolos del “Dios Creador” eran
muchos y groseros. La rana en la luna, símbolo de su carácter generativo, era
el más frecuente. Todas las aves y animales, llamados ahora en la Biblia
“inmundos”, han sido símbolos de la Deidad en los tiempos antiguos. Siendo
demasiado sagrados, se les puso esta máscara de inmundos para que no fuesen
destruidos. La serpiente de bronce no es nada más poética que el ganso o el
cisne, si es que los símbolos deben aceptarse a la letra. Según las palabras
del Zohar:
El
Punto Indivisible, que no tiene límites y que no puede ser comprendido a causa
de su pureza y brillantez, se extendió desde afuera, produciendo un
resplandor que le servía de Velo; sin embargo, (a este último) tampoco se
le podía mirar a causa de su Luz inconmensurable. También se
extendía desde afuera, y esta expansión constituía su Vestidura. De este
modo, por medio de una palpitación (movimiento) constante, el
mundo fue finalmente originado (14).
La
Substancia Espiritual lanzada por la Luz Infinita es la Primera Sephira o
Shekinah. Sephira contiene, exotéricamente, todos los otros nueve
Sephiroth en ella; esotéricamente, sólo contiene dos, Chokmah
o Sabiduría, “potencia masculina activa, cuyo nombre divino es Jah
(...)” y Binah o Inteligencia, potencia femenina pasiva, representada por el
nombre divino de Jehovah (...), cuyas dos potencias forman con Sephira la
tercera, la Trinidad judía o la Corona, Kether. Estos dos Sephiroth, llamados
Abba, Padre, y Amona, Madre, son la Dualidad o el Logos de doble sexo, del cual
salieron los otros siete Sephiroth. De igual modo, la primera Tríada judía,
Sephira, Chokmah y Binah, es la Trimûrti inda (15). Aunque velados hasta en
el Zohar, y más todavía en el Panteón exotérico de la India, todos
los particulares relacionados con uno, se encuentran en el otro. Los Prajâpati
son los Sephiroth. Siendo diez en Brahmâ, quedan reducidos a siete cuando la
Trimûrti, o la Tríada kabalística, se separan del resto. Los siete
Constructores o “Creadores” se convierten en los siete Prajâpati, o los siete
Rishis, en el mismo orden en que los Sephiroth se convierten en los Creadores,
luego en los Patriarcas, etc. En ambos Sistemas Secretos, la Esencia Una
Universal es incomprensible e inactiva en su Absolutividad, y sólo de un modo
indirecto puede ser relacionada con la Construcción del Universo. En ambos, el
Principio primitivo Masculino-Femenino, o Andrógino, y sus diez y sus siete
Emanaciones -Brahmâ-Virâj y Aditi-Vâch de una parte, y los Elohim.-Jehovah o
Adam-Adami (Adam Kadmon) y Sephira-Eva de la otra, con sus Prajâpati y
Sephiroth- representan en su totalidad, en primer término, al Hombre Arquetipo,
el Protologos; y sólo en su aspecto secundario se convierten en poderes
cósmicos, y en cuerpos astronómicos o siderales. Si Aditi es la madre de los
Dioses, Deva-Mâtri, Eva es la madre de todo lo que vive; ambas son el Shakti o
Poder Generador, en su aspecto femenino, del Hombre Celeste, y los dos son
creadores compuestos. Un Guptâ Vidyâ Sûtra, dice:
En
el principio, un Rayo, saliendo de Paramârthika (la Existencia Verdadera, una y
única), se hizo manifiesto en Vyâvahârika (Existencia Convencional), que fue
usada como un Vâhana para descender a la Madre Universal, y hacerla dilatar
(henchirse).
Y
en el Zohar se declara:
La
Unidad Infinita, informe y sin semejanza, después que fue creada la Forma del
Hombre Celeste, usó de ella. La Luz Desconocida (16) (Tinieblas) usó la Forma
Celeste (... ..., Adam Oilah) como un Carro (... Mercaba) para descender por su
medio, y deseó ser llamado por esta Forma, que es el nombre sagrado de Jehovah.
Y
como dice también el Zohar:
En
el principio, la Voluntad del rey fue anterior a toda otra existencia... Ella
(la Voluntad) dibujó las formas de todas las cosas que habían estado ocultas,
pero que ahora se presentaban a la vista. Y salió de la cabeza de Ain-Soph,
como un secreto sellado, una chispa nebulosa de materia, sin contornos ni
forma... La Vida es atraída de abajo, y de arriba se renueva la fuente; el mar
siempre está lleno y extiende sus aguas por todas partes.
De
este modo la Deidad es comparada a un mar sin orillas, al Agua, que es “la
fuente de la vida” (17). “El séptimo palacio, la fuente de la vida, es el
primero en el orden desde arriba” (18). De aquí el principio kabalístico puesto
en los labios del kabalístico Salomón, quien dice en los Proverbios:
“La Sabiduría ha edificado su casa: ha tallado sus siete pilares”
(19).
¿De
dónde proviene, pues, toda esta identidad de ideas, si no hubo una
Revelación Universal primordial? Los pocos puntos señalados son como unas
cuantas pajas en un montón de heno, en comparación de lo que se descubrirá en
la continuación de esta obra. Si nos volvemos a la más obscura de todas las
cosmogonías, la china, hasta en ella encontraremos la misma idea. Tsitsai, el
Existente por Sí Mismo, es Tinieblas Desconocidas, la Raíz del Wuliang-sheu; la
Edad Ilimitada; Amitâbha y Tien, el Cielo, vienen después. El “Gran Extremo”,
de Confucio, da la misma idea, a pesar de sus “inconsistencias”. Estas últimas
son causa de gran diversión para los misioneros, quienes se ríen de todas las
religiones “paganas”, desprecian y odian las de sus hermanos cristianos de
otras denominaciones, y sin embargo, todos aceptan, al pie de la letra,
su propio Génesis.
Si
consideramos la Cosmogonía caldea, encontramos en ella a Anu, la Deidad Oculta,
el Uno, cuyo nombre, además, muestra su origen sánscrito, pues Anu significa
Átomo en sánscrito, y Anîyâmsam-aniyasâm (el más pequeño de los pequeños) es un
nombre de Parabrahman en la filosofía vedantina, en la cual Parabrahman está
descrito como más pequeño que el átomo más diminuto, y mayor que la más grande
esfera o universo: Anagrânîyas y Mahatoruvat. En los primeros versículos
del Génesis accadiano, como se ha encontrado en los textos
cuneiformes de los ladrillos babilónicos o Lateres Coctiles, y según ha sido
traducido por George Smith, vemos a Anu, la Deidad Pasiva o Ain-Soph; Bel el
Creador, el Espíritu de Dios o Sephira, moviéndose sobre la Faz de las Aguas, y
por tanto, el Agua misma; y a Hea, el Alma Universal o la Sabiduría de los Tres
combinados.
Los
primeros ocho versículos se expresan de este modo:
1.
Cuando arriba no se habían elevado los cielos;
2.
y abajo en la tierra no había crecido planta alguna;
3.
el abismo no había traspasado sus límites.
4.
El Caos (o Agua) Tiamat (el Mar), era la madre productora de todos ellos.
(Ésta
es el Aditi y Sephira Cósmicos).
5.
Estas aguas fueron al principio ordenadas; pero
6.
ni un árbol había crecido, ni una flor se había abierto.
7.
Cuando los Dioses no habían surgido, ninguno de ellos;
8.
ninguna planta había crecido, y el orden no existía (20).
Éste
era el período caótico o antegenésico, el doble Cisne, y el Cisne Negro que se
vuelve blanco, cuando se crea la Luz (21).
El
símbolo elegido para el majestuoso ideal del Universal Principio parecerá poco
a propósito para responder a su carácter sagrado. Un ganso, y aun un cisne,
puede parecer sin duda fuera de lugar, para representar la grandeza del
espíritu. Sin embargo, ha debido tener algún profundo y oculto significado,
puesto que figura no sólo en todas las cosmogonías y religiones del mundo, sino
que hasta fue elegido por los cristianos de la Edad Media, los cruzados, como
Vehículo del Espíritu Santo, que se supuso conducía el ejército a Palestina,
para arrancar la tumba del Salvador de las manos de los sarracenos. Si hemos de
dar crédito a la declaración del profesor Draper en su Intelectual Development
of Europe, los cruzados conducidos por Pedro el Ermitaño eran precedidos, a
la cabeza del ejército, por el Espíritu Santo bajo la forma de un ánsar blanco
en compañía de una cabra. Seb, el Dios del Tiempo egipcio, lleva un ganso sobre
la cabeza: Júpiter toma la forma de un cisne, y lo mismo Brahmâ; y el fundamento
de todo esto es aquel misterio de los misterios, el Huevo del Mundo. Hay que
aprender la razón de un símbolo antes de despreciarlo. El elemento doble de
Aire y Agua, es el del ibis, el del cisne, el del ganso y el del pelícano, el
del cocodrilo y el de la rana, el de las flores del loto y el de los lirios de
agua, etc.; y el resultado es la elección de los símbolos más impropios, tanto
por los místicos modernos como por los antiguos. Pan, el gran Dios de la
Naturaleza, era generalmente representado en compañía de aves acuáticas,
especialmente de gansos, y lo mismo sucedía con otros Dioses. Si más tarde, con
la degeneración gradual de la religión, los Dioses a quienes se consagraban
gansos se convirtieron en deidades priápeas, no es una razón para que las aves
acuáticas fuesen inviolables para Pan y otras deidades fálicas, como lo han
querido interpretar algunos burlones hasta de la antigüedad (22), sino que el
poder abstracto y divino de la Naturaleza Procreadora se había antropomorfizado
groseramente. Ni tampoco muestra el cisne de Leda “hechos priápeos y los goces
de ella con los mismos”, como lo expresa castamente Mr. Hargrave Jennings; pues
este mito no es sino otra versión de la misma idea filosófica de la Cosmogonía.
Los cisnes se hallan con frecuencia asociados con Apolo, por ser los emblemas
del Agua y del Fuego, y también de la Luz del Sol, antes de la separación de
los Elementos.
Nuestros
modernos simbologistas podrían aprovecharse de algunas observaciones hechas por
una escritora muy conocida, Mrs. Lydia María Child, que dice:
Desde
tiempo inmemorial se ha rendido culto en el Indostán a un emblema como tipo de
la creación, u origen de la vida... Shiva, o el Mahâdeva, no sólo es el
reproductor de las formas humanas, sino también el principio fructificador, el
poder generador que compenetra al Universo. El emblema maternal es igualmente
un distintivo religioso. Esta reverencia a la producción de la vida introdujo
en el Culto de Osiris los emblemas sexuales. ¿Es de extrañar que considerasen
reverentemente el gran misterio del nacimiento humano? ¿Eran ellos impuros por
considerarlo de tal modo, o lo somos nosotros por no
considerarlo así? Pero ningún hombre pensador y puro podría
juzgarlos de tal modo... Hemos andado mucho, e impuros han sido los senderos,
desde que aquellos antiguos anacoretas hablaron por primera vez de Dios en
las solemnes profundidades de sus primitivos santuarios. No nos sonriamos de su
modo de buscar la causa incomprensible e infinita por medio de todos los
misterios de la Naturaleza, pues al hacerlo así arrojaríamos la sombra de
nuestra grosería sobre su patriarcal sencillez (23).
SECCIÓN VI
EL HUVO DEL
MUNDO
¿De
dónde procede este símbolo universal? El Huevo fue añadido como signo sagrado a
la Cosmogonía de todos los pueblos de la tierra, y fue reverenciado tanto por
su forma como por su misterio interno. Desde los primeros conceptos mentales
del hombre, se reconocía que era lo que representaba más propiamente el origen
y el secreto del Ser. El desarrollo gradual del germen imperceptible encerrado
en la cáscara; el trabajo interno, sin ninguna intervención o fuerza externa
notoria, que de una nada latente producía un algo activo,
sin necesitar para ello más que del calor; y el que, habiéndose desenvuelto
gradualmente una criatura viva concreta, rompía su cáscara apareciendo a los
sentidos externos de todos, como un ser por sí mismo generado y por sí mismo
creado; todo esto tiene que haber sido desde el principio un milagro
permanente.
La
Enseñanza Secreta explica la razón de esta reverencia por el simbolismo de las
razas prehistóricas. En el principio, la “Causa Primera” no tenía nombre. Más
tarde la fantasía de los pensadores la figuró como un ave, siempre invisible y
misteriosa, que hizo un Huevo en el Caos, cuyo Huevo se convirtió en el
Universo. De aquí que Brahmâ fuese llamado Kâlahansa, “el Cisne en (el Espacio
y en) el Tiempo”. Convirtiéndose Brahmâ en el “Cisne de la Eternidad”, pone al
principio de cada Mahâmanvantara un Huevo de Oro, que simboliza el gran
Círculo, ... ...., que a su vez es el símbolo del Universo y sus
cuerpos esféricos.
La
segunda razón, para haber sido elegido el Huevo como representación simbólica
del Universo, y de nuestra Tierra, fue su forma. Era un Círculo y una Esfera; y
la figura oviforme de nuestro Globo debió de haber sido conocida desde el
principio de la simbología, puesto que fue adoptado el Huevo tan
universalmente. La primera manifestación del Kosmos en forma de un huevo era la
creencia más difundida de la antigüedad. Como muestra Bryant (1), era un
símbolo adoptado entre los griegos, los sirios, los persas y los egipcios. En
el Ritual egipcio, Seb, el Dios del Tiempo y de la Tierra, se
dice que puso un Huevo, o el Universo, “un Huevo concebido a la hora del Gran
Uno de la Fuerza Doble” (2).
Ra
es representado, lo mismo que Brahmâ, en gestación en el Huevo del Universo. El
Difunto “resplandece en el Huevo del País de los Misterios” (3). Pues éste es
“el Huevo al que se le da Vida entre los Dioses” (4). “Es el Huevo de la gran
Gallina clueca, el Huevo de Seb, que sale de él como un halcón” (5).
Entre
los griegos, el Huevo Órfico está descrito por Aristófanes, y era una parte de
los misterios dionisíacos, y otros, durante los cuales era consagrado el Huevo
del Mundo y explicaba su significación; Porfirio lo muestra como una
representación de la palabra
“... ... ... ...”. Faber y Bryant han tratado
de demostrar que el Huevo simbolizaba el Arca de Noé, creencia extravagante, a
menos que sea aceptada como puramente alegórica y simbólica. Puede haber sido
símbolo del Arca, como sinónimo de la Luna, el Argha que lleva la semilla
universal de vida; pero seguramente no ha tenido nada que ver con el Arca de
la Biblia. Sea como fuere, la creencia de que el Universo
existía en el principio en la forma de un Huevo, era general. Y como dice
Wilson:
En
todos los Purânas se hace una relación semejante de la primera
agregación de los Elementos en forma de un Huevo, con el epíteto usual de Haima
o Hiranya “áureo”, como ocurre en Manu, 1, 9 (6).
Hiranya,
sin embargo, significa “resplandeciente”, “brillante”, más bien que “áureo”,
como está probado por el gran erudito indo, el difunto Swâmi Dayanand
Sarasvati, en sus polémicas, inéditas, con el profesor Max Müller. Como se dice
en el Vishnu Purâna:
La
Inteligencia (Mahat)... los elementos (inmanifestados) groseros inclusive,
formaron un Huevo... y el mismo Señor del Universo habitó en él, con el
carácter de Brahmâ. En este Huevo, o Brâhman, estaban los continentes, los
mares y las montañas, los planetas y las divisiones de los planetas, los
dioses, los demonios y la humanidad (7).
Tanto
en Grecia como en la India, el primer Ser masculino visible, que reunía en sí
mismo la naturaleza de los dos sexos, habitó en el Huevo y salió de él. Este
“Primogénito del Mundo” es, según algunos griegos, Dionysus, el Dios que salió
del Huevo del Mundo, y del que derivan los Mortales y los Inmortales. El Dios
Ra, en el Libro de los Muertos, es representado radiante en su
Huevo (el Sol), y emprende su marcha tan pronto como el Dios Shu (la Energía
Solar), le despierta y le da impulso (8). “Él está en el Huevo Solar, el Huevo
al que se le da Vida entre los Dioses” (9). El Dios Solar exclama: “Yo soy el
Alma Creadora del Abismo Celestial. Nadie ve mi Nido, nadie puede romper mi
Huevo; ¡yo soy el Señor !” (10).
En
vista de esta forma circular, el “...” saliendo del ... o Huevo, o el macho de
la hembra en el andrógino, es extraño ver a un erudito decir, fundándose en que
los manuscritos indos de mayor antigüedad no muestran rastro de ello, que los
antiguos arios ignoraban la notación decimal. El 10, siendo el número sagrado
del Universo, era secreto y esotérico, tanto como unidad que como cero, el
Círculo. Además, el profesor Max Müller dice que “las dos palabras, cipher y cero (11),
que no son sino una, bastan a probar que nuestros números fueron tomados de los
árabes” (12). Cipher es el cifrón árabe, y significa “vacío”,
traducción del sánscrito sunyan, “nada” -dice el citado profesor
(13). Los árabes tomaron sus números del Indostán, y nunca pretendieron su
descubrimiento. En cuanto a los pitagóricos, basta mirar los antiguos
manuscritos del tratado de Boecio, De Arithmetica, compuesto en el
siglo VI, para ver entre los números pitagóricos el “1” y el “0”, como la
primera y última cifra (14). Y Porfirio, que cita del Moderatus pitagórico
(15), dice que los números de Pitágoras eran “símbolos jeroglíficos, por cuyo
medio explicaba las ideas concernientes a la naturaleza de las cosas”, o el
origen del Universo.
Ahora
bien; si, por una parte, los manuscritos más antiguos de la India no muestran
hasta el presente rastro alguno de notación decimal, y Max Müller afirma muy
claramente que hasta ahora sólo ha encontrado nueve letras, iniciales de los
numerales sánscritos; por otra parte, tenemos anales tan antiguos como
aquéllos, que facilitan las pruebas necesarias. Nos referimos a los sepulcros y
a las imágenes sagradas de los templos más antiguos del lejano Oriente.
Pitágoras derivó su conocimiento de la India; y vemos al profesor Max Müller
corroborando esta declaración, por lo menos hasta el punto de admitir que los
neopitagóricos fueron los primeros en enseñar el “cálculo” entre los griegos y
los romanos; que “en Alejandría o en Siria conocieron las cifras indas, y las
adaptaron al Ábaco pitagórico”. Esta admisión cautelosa, implica que el mismo
Pitágoras sólo conocía nueve cifras. Así pues, podríamos
contestar con razón que, aun cuando no tengamos pruebas exotéricas de que la
notación decimal era conocida por Pitágoras que vivió en el mismo fin de las
edades arcaicas (16), sin embargo, tenemos trestimonios suficientes para
demostrar que el completo de los números, tal como lo da Boecio, era conocido
de Pitágoras aun antes de fundarse Alejandría (17). Este testimonio lo
encontramos en Aristóteles, que dice que “algunos filósofos sostienen que las
ideas y los números son de la misma naturaleza, y que en total suman diez”
(18). Esto creemos que basta para demostrar que la notación decimal les era
conocida, por lo menos, cuatro siglos antes de Cristo; pues Aristóteles no
parece tratar el asunto como una innovación de los neopitagóricos.
Pero
nosotros sabemos algo más que esto; sabemos que el sistema
decimal debe de haber sido usado por la humanidad de las primeras edades
arcaicas puesto que toda la parte astronómica y geométrica de la lengua
sacerdotal secreta estaba basada en el número 10, o la combinación de los
principios masculino y femenino; y que la llamada “Pirámide de Cheops” está
construida sobre medidas de esta notación decimal, o más bien sobre los dígitos
y sus combinaciones con el cero. Sobre esto, sin embargo, se ha
dicho bastante en Isis sin Velo, y es inútil repetirlo.
El
simbolismo de las Deidades lunares y solares está mezclado de un modo tan
laberíntico, que es casi imposible separar unos de otros signos, tales como el
Huevo, el Loto y los Animales “Sagrados”. El Ibis, por ejemplo, era muy
venerado en Egipto. Estaba consagrado a Isis, que a menudo es representada con
la cabeza de este pájaro, y también estaba consagrado a Mercurio o Thoth, que
se dice tomó su forma cuando escapó de Tifón. Había dos clases de Ibis en
Egipto -dice Herodoto (19)-; uno enteramente negro, y el otro negro
y blanco. Del primero se decía que luchaba con las serpientes aladas, que
venían de la Arabia en la primavera e infestaban el país, y las exterminaba; el
otro estaba consagrado a la Luna, porque este planeta es blanco y brillante en
su lado externo, y obscuro y negro en el lado que jamás muestra a la Tierra.
Además, el Ibis mata las serpientes de tierra, y hace un terrible destrozo en
los Huevos de los cocodrilos, salvando así a Egipto de tener el Nilo más que
infestado por esos horribles saurios. Se dice que este pájaro ejecuta esto a la
luz de la Luna, siendo así ayudado por Isis, cuyo símbolo sideral es la Luna.
Pero la verdad esotérica más correcta que yace bajos estos mitos populares, es
que Hermes, como lo demuestra Abenephius (20), cuidaba de los egipcios bajo la
forma de aquel pájaro, y les enseñaba las artes y ciencias ocultas. Esto quiere
decir sencillamente que el ibis religioso tenía, y tiene,
propiedades “mágicas” en común con muchas otras aves, sobre todo el albatros y
el cisne blanco simbólico, el Cisne de la Eternidad o Tiempo, el Kâlahansa.
Si
hubiera sido verdaderamente de otro modo, ¿por qué tenían todos aquellos
antiguos, que no eran más necios que nosotros, semejante temor supersticioso a
matar ciertas aves? En Egipto, el que mataba un Ibis, o el Halcón Dorado,
símbolo del Sol y de Osiris, corría peligro de muerte y con mucho trabajo
escapaba de la misma. La veneración de algunas naciones por las aves era tal,
que Zoroastro, en sus preceptos, prohíbe su muerte como un crimen horrible. En
nuestra época nos reímos de toda clase de adivinación. Sin embargo, muchas
generaciones han creído en la adivinación por medio de las aves y hasta en la
Zoomancía, que, según Suidas, fue comunicada por Orfeo, que enseñaba el modo,
bajo ciertas condiciones, de percibir en la yema y clara de un huevo lo que el
pájaro que hubiese salido de él hubiera visto a su alrededor durante su corta
vida. Este arte oculto, que hace 3.000 años exigía el más profundo saber y los
cálculos matemáticos más abstrusos, ha caído ahora en el abismo de la
degradación; y hoy son los cocineros viejos y los que dicen la buenaventura
quienes predicen el destino a las jóvenes sirvientas que buscan marido en la
clara de un huevo puesto en un vaso.
Sin
embargo, hasta los cristianos tienen aún hoy sus aves sagradas; por ejemplo, la
Paloma, símbolo del Espíritu Santo. Tampoco han olvidado los animales sagrados;
y su zoolatría evangélica, con su Toro, Águila, León y Ángel (en realidad el
Querubín o Serafín, la Serpiente de fuego alada), es tan pagana como la de los
egipcios o la de los caldeos. estos cuatro animales son, realmente, los
símbolos de los cuatro elementos, y de los cuatro principios inferiores en
el hombre. Sin embargo, corresponden física o materialmente a las cuatro
constelaciones que forman, por decirlo así, el séquito o cortejo del
Dios Solar, y que, durante el solsticio de invierno, ocupan los cuatro puntos
cardinales del círculo zodiacal. Estos cuatro “animales” se ven en muchos de
los Nuevos Testamentos católico-romanos en que se
hallan los “retratos” de los Evangelistas. Son los animales del Mercabah de
Ezequiel. Como lo declara con verdad Ragón:
Los
antiguos Hierofantes han combinado tan hábilmente los dogmas y símbolos de sus
filosfías religiosas, que sólo pueden ser explicados por completo por la
combinación y el conocimiento de todas las claves.
Sólo
pueden ser interpretados aproximadamente, aun cuando se llegase a
descubrir tres de los siete sistemas, a saber: el antropológico, el psíquico y
el astronómico. Las dos principales interpretaciones, la más elevada y la más
inferior, la espiritual y la fisiológica, fueron conservadas en el mayor
secreto, hasta que la última cayó en poder de los profanos. Esto, en cuanto a
los Hierofantes prehistóricos, entre quienes lo que se ha convertido ahora en
lo pura, o impuramente, fálico, era una ciencia tan profunda y tan misteriosa
como la Biología y Fisiología lo son ahora. Era propiedad suya exclusiva, el
fruto de sus estudios y descubrimientos. Las otras dos eran las que trataban de
los Dioses Creadores o Teogonía, y del hombre creador; esto es, de los
Misterios ideales y prácticos. Estas interpretaciones fueron tan hábilmente
veladas y combinadas, que han sido muchos los que, si bien han llegado a
descubrir un significado, han fracasado en la comprensión de otros, no pudiendo
nunca descifrarlos lo bastante para cometer indiscreciones peligrosas. Las más
elevadas, la primera y la cuarta -la Teogonía en relación con la Antropología-
eran casi imposibles de sondear. De esto tenemos pruebas en la “Sagrada
Escritura” judía.
La
serpiente se convirtió en símbolo de la Sabiduría y emblema de los Logos, o los
Nacidos por Sí Mismos, por ser ovípara. En el templo de Philae, en el Alto
Egipto, se preparaba un huevo, artificialmente, con arcilla mezclada con varios
inciensos. Era luego empollado por medio de un procedimiento particular, y se
producía una cerasta, o víbora con cuernos. Lo mismo se hacía en los templos
indos, en la antigüedad, respecto de la cobra. El Dios Creador emerge del Huevo
que sale de la boca de Kneph, como una Serpiente alada; pues la Serpiente es el
símbolo de Toda Sabiduría. Entre los hebreos, la misma Deidad se simboliza por
las “Serpientes de Fuego” o Voladoras de Moisés en el desierto; y entre los
místicos alejandrinos se convierte en el Orphio-Christos, el Logos de los
gnósticos. Los protestantes tratan de demostrar que la alegoría de la Serpiente
de Bronce y de las Serpientes de Fuego se refiere directamente al misterio del
Cristo y de la Crucifixión, mientras que, en verdad, tiene mucha más relación
con el misterio de la generación, cuando no está asociada al Huevo
con el Germen Central o Círculo con su Punto central. Los teólogos
protestantes nos hubieran querido hacer creer en su interpretación, ¡sólo porque
la Serpiente de Bronce estaba izada en un palo! Pero esto se refería más bien
al Huevo egipcio mantenido en alto apoyado por la Tau sagrada; puesto que el
Huevo y la Serpiente son inseparables en el culto y simbología antiguos en
Egipto, y que tanto la Serpiente de Bronce como la de Fuego eran Seraphs, los
ardientes Mensajeros “Ígneos” o los Dioses Serpientes, los Nâgas de la India.
Sin el Huevo era un símbolo puramente fálico, pero asociado a aquél, se refería
a la creación cósmica. La Serpiente de Bronce no tenía un significado tan santo
como los protestantes quieren atribuirle; ni era
realmente glorificada con preferencia a las Serpientes de Fuego,
para cuya mordedura era sólo un remedio natural; siendo el
significado simbólico de la palabra “Bronce” el principio femenino, y el
“Fuego” u “Oro” el principio masculino.
Se
dice en el Libro de los Números que los judíos se quejaban del
Desierto en donde no había agua (21), después de lo cual, “el
Señor envió serpientes de fuego” para que los mordiesen; y luego,
para favorecer a Moisés, le dio como remedio la Serpiente de Bronce sobre un
palo para que la mirasen; y entonces, “cualquiera que contemplaba la serpiente
de bronce... vivía” (?). Después de esto, el “Señor” reunió a la
gente en el pozo de Beer, les dio agua, y el pueblo de Israel, agradecido,
entonó esta canción: “Surge ¡oh! pozo”. Cuando el lector cristiano, después de
estudiar el simbolismo, llegue a conocer el significado interno de estos tres
símbolos, el Agua, el Bronce y la Serpiente, y algunos más, en el
sentido que les da la Santa Biblia, no le gustará relacionar el nombre
sagrado de su Salvador con el incidente de la Serpiente de Bronce. Los Serafim
(...) o Serpientes de Fuego Aladas están sin duda alguna relacionados con la
idea, y son inseparables de la “Serpiente de la Eternidad, Dios”, como lo
explica el Apocalypse de Kenealy; pero la palabra Querube
significaba también Serpiente en un sentido, aunque su significación directa es
diferente, pues los Querubines y los Grifos Alados de los persas (...), los
guardianes de la Montaña de Oro, son una misma cosa; y el nombre compuesto de
los primeros, muestra su carácter, puesto que está formado de kr (...)
un círculo, y aub u ob (...)
serpiente, y por tanto, significa una “serpiente en un círculo” Y esto
establece el carácter fálico de la Serpiente de Bronce, y justifica que
Ezequías la rompiese (22). Verbum satis sapienti!
En el Libro de los Muertos, como se ha
mostrado (23), se menciona a menudo el Huevo. Ra, el Poderoso, permanece en su
Huevo, durante la lucha entre los “Hijos de la Rebelión” y Shu, la Energía
Solar y el Dragón de las Tinieblas. El Difunto resplandece en su Huevo cuando
cruza el País del Misterio. Él es el Huevo de Seb. El Huevo era el símbolo de
la Vida en la Inmortalidad y en la Eternidad; y también el signo de
la matriz generadora; mientras que la Tau, que estaba asociada con él, era sólo
el símbolo de la vida y del nacimiento en la generación. El Huevo
del Mundo estaba colocado en Khum, el Agua del Espacio o el Principio
femenino abstracto; convirtiéndose Khum, con la “caída” de la
humanidad en la generación y falicismo, en Ammon, el Dios Creador. Cuando Ptah,
el “Dios Flamígero”, lleva el Huevo del Mundo en la mano, entonces el
simbolismo viene a ser por completo terrestre y concreto en su significación.
En conjunción con el Halcón, símbolo de Osiris-Sol, el símbolo es doble, y se
refiere a ambas Vidas: la mortal y la inmortal. Los grabados de un papiro en el
(Edipus Egyptiacus (24) de Kircher muestran un huevo flotando sobre
la momia. Éste es el símbolo de la esperanza y la promesa de un Segundo
Nacimiento para el Muerto Osirificado; su Alma, después de la debida
purificación en el Amenti, tendrá su gestación en este Huevo de la
Inmortalidad, para renacer de él en una nueva vida sobre la tierra. Pues este
Huevo, en la Doctrina Esotérica, es el Devachán, la mansión de la Dicha; el
Escarabajo Alado siendo también otro símbolo de lo mismo. El Globo Alado no es
sino una forma del Huevo, y tiene el mismo significado que el Escarabajo, el
Khopiru -de la raíz khopru, venir a ser, renacer-, el cual se
relaciona con el renacimiento del hombre y con su regeneración espiritual.
En
la Theogony de Mochus vemos al AEther primero, y luego al
Aire, los dos principios de los cuales Ulom, la Deidad (...) Inteligible, el
Universo visible de la Materia, nació del Huevo del Mundo (25).
En los Orphic
Hymns, Eros-Phanes se despliega del Huevo Divino, al que impregnan los
Vientos AEthéreos, siendo el Viento el “Espíritu de Dios”, o más bien el
“Espíritu de la Obscuridad Desconocida” -la Idea Divina de Platón-, que se dice
se mueve en el AEther (26). En el Katha-Upanishad indo,
Purusha, el Espíritu Divino, ya está presente ante la Materia Original; “de
cuya unión surge la Gran Alma del Mundo”. Mahâ-Âtmâ, Brahmâ, el Espíritu de
Vida (27), etc.; todos estos últimos nombres son idénticos al Anima Mundi o
“Alma Universal”, la Luz Astral de los kabalistas y ocultistas, o el “Huevo de
las Tinieblas”. Además de ésta, hay muchas preciosas alegorías sobre el asunto,
esparcidas en los Libros sagrados de los brahmanes. En uno de ellos, el creador
femenino es primeramente un germen, luego una gota de rocío celeste, una perla
y después un Huevo. En tales casos, demasiado numerosos para citarlos
separadamente, el Huevo da nacimiento a los cuatro elementos dentro del quinto,
el AEther, y está cubierto con siete envolturas que más adelante se convierten
en los siete mundos superiores y siete inferiores. Rompiéndose en dos, la
cáscara se convierte en el Cielo y los contenidos en la Tierra, formando la
clara las Aguas Terrestres. Por otra parte, también Vishnu sale del Huevo con
un Loto en la mano, Vinatâ, hija de Daksha, y esposa de Kashyapa, “el nacido de
sí mismo, que surgió del Tiempo”, uno de los siete “Creadores” de nuestro
Mundo, produjo un Huevo, del que nació Garuda, el Vehículo de Vishnu; la última
alegoría teniendo relación con nuestra Tierra, pues Garuda es el Gran Ciclo.
El
Huevo estaba consagrado a Isis; por lo cual los sacerdotes de Egipto nunca
comían huevos.
A
Isis casi siempre se la representa teniendo un Loto en una mano, y un Círculo y
una Cruz (cruz ansata) en la otra.
Diodoro
de Sicilia declara que Osiris nació de un Huevo, lo mismo que Brahmâ. Del Huevo
de Leda nacieron Apolo y Latona, y también Castor y Pólux, los Gemelos
resplandecientes. Y aun cuando los buddhistas no atribuyen a su fundador el
mismo origen, sin embargo, lo mismo que los antiguos egipcios y los modernos
brahmanes, tampoco comen huevos, para no destruir el germen de vida latente en
ellos, y no cometer pecado. Los chinos creen que su Primer Hombre nació de un
Huevo que Tien dejó caer del Cielo a la Tierra en las Aguas (28). Este
huevo-símbolo es todavía considerado por algunos como representando la idea del
origen de la vida, lo cual es una verdad científica, aunque el ovum humano
sea invisible a la simple vista. De aquí el respeto que vemos le demuestran,
desde la más remota antigüedad, los griegos, los fenicios, los romanos, los
japoneses y los siameses, las tribus de América, tanto del Norte como del Sur;
y hasta los salvajes de las islas más remotas.
Entre
los egipcios, el Dios Oculto era Ammon o Mon, el “Oculto”, el Espíritu Supremo.
Todos sus Dioses eran dobles (la Realidad científica para el
santuario; su doble, la Entidad fabulosa y mística, para las masas). Por
ejemplo, como se ha observado en la Sección “Chaos, Theos, Kosmos”, Horus el
Mayor era la Idea del Mundo permaneciendo en la Mente del Demiurgo, “nacido en las
Tinieblas antes de la Creación del Mundo”; el Segundo Horus era la misma Idea
saliendo del Logos, revistiéndose de materia y entrando en la existencia
positiva (29). Horus el “Mayor”, o Haroiri, es un aspecto antiguo del Dios
Solar, contemporáneo de Ra y Shu; a Haroiri se le toma con frecuencia
equivocadamente por Hor (Horsusi), Hijo de Osiris y de Isis. Los egipcios representan
a menudo al Sol naciente bajo la forma de Hor, el Mayor, levantándose de un
Loto completamente desarrollado, el Universo, y el disco solar se ve siempre en
la cabeza del halcón de aquel Dios. Haroiri es Khnum. Lo mismo sucede con Khnum
y Ammon, ambos representados con cabezas de morueco, y a menudo confundidos el
uno con el otro, aunque sus funciones son diferentes. Khnum es el “modelador de
hombres”, formando a los hombres y a las cosas, del Huevo del Mundo, con una
rueda de alfarero; Ammon Ra, El Generador, es el Aspecto secundario de la
Deidad Oculta. Khnum era adorado en Elefanta y Philae (30), y Ammon en Tebas.
Pero Emepht, el Principio Uno Supremo Planetario, es el que hace surgir el
Huevo de su boca, y es, por lo tanto, Bramhâ. La Sombra de la Deidad Kósmica y
Universal, de aquello que cobija y compenetra al Huevo con su Espíritu
vivificador, hasta que madura el germen contenido en él, era el Dios del
Misterio, cuyo nombre era impronunciable. Sin embargo, Ptah es “el que abre” la
Vida y la Muerte (31), el que procede del Huevo del mundo para comenzar su obra
doble (32).
Según
los griegos, la forma espectral de los Chemis (Chemi, el antiguo Egipto), que
flota sobre las Ondas Etéreas de la Esfera Empírea, fue llamada a la existencia
por Horus-Apolo, el Sol Dios, que hizo que se desenvolviese del Huevo del
Mundo.
El Brahmânda
Purâna contiene por completo el misterio sobre el Huevo Áureo de
Brahmâ; y por esto es por lo que, quizás, es inaccesible a los orientalistas,
quienes dicen que este Purâna, como el Skanda, “ya no
puede obtenerse en un cuerpo colectivo”, sino “que está representado por una
variedad de Khandas y Mâhâtmyas que pretenden derivarse de él”. Al Brahmânda
Purâna se le describe como “el que ha declarado en 12.200 versos la
magnificencia del Huevo de Brahmâ, y el que contiene una relación de los Kalpas
futuros, como revelación de Brahmâ” (33). Así es, en efecto, y quizá sea mucho
más.
En
la Cosmogonía escandinava, considerada por el profesor Max Müller como “muy
anterior a los Vedas”, en el problema de Wöluspa, el Canto de la
Profetisa, se descubre de nuevo el Huevo del Mundo en el Germen-fantasma del
Universo, que está representado como recogido en el Cinnungagap, la Copa de la
Ilusión, Mâyâ, el Abismo Ilimitado y Vacío. En esta Matriz del Mundo, antes
región de oscuridad y de desolación, Nefelheim, el Lugar de la Niebla (el nebular,
como ahora lo llaman), en la Luz Astral, cayó un Rayo de Luz
Fría que hizo rebosar la copa, y se heló en ella. Entonces, el
Invisible sopló Aguas (Caos), llamadas las Corrientes de Eliwagar, destilándose
en gotas vivificantes, cayeron y crearon la Tierra y el Gigante Ymir, que sólo
tenía la “semejanza del hombre” (el Hombre Celeste), y la Vaca, Audumla (la
“Madre”, Luz Astral o Alma Cósmica), de cuya ubre fluyeron cuatro torrentes
de leche; los cuatro puntos cardinales, los cuatro manantiales de los cuatro
ríos del Edén, etc.; cuyos “cuatro” están simbolizados por el Cubo en todos sus
diferentes significados místicos.
Los
cristianos (especialmente las Iglesias griega y latina) han adoptado por
completo el símbolo, y ven en él una conmemoración de la vida eterna, de la
salvación y de la resurrección. Esto se ve y está corroborado por la costumbre
tradicional de cambiar los “Huevos de Pascua”. Desde el anguinum, el “Huevo”
del Druida Pagano, cuyo solo nombre hacía temblar de miedo a Roma, hasta el
Huevo rojo de Pascua del campesino eslavo, ha pasado un ciclo. Y, sin embargo,
ya sea en la Europa civilizada o entre los salvajes abyectos de la América
Central, encontramos el mismo pensamiento arcaico primitivo, si nos tomamos el
trabajo de buscarlo, y si a consecuencia del orgullo de nuestra imaginada
superioridad intelectual y física, no desfiguramos la idea original del
símbolo.
SECCIÓN VII
LOS DÍAS Y
NOCHES DE BRAHMÂ
Éste
es el nombre que se ha dado a los Períodos llamados Manvantara (Manu-antara o
entre Manus) y Pralaya, o Disolución; el uno se refiere a los Períodos activos
del Universo; el otro, a sus tiempos de Reposo relativos y completos, ya
ocurran al final de un Día, o de una Edad, o Vida, de Brahmâ. Estos Períodos,
que se siguen los unos a los otros en sucesión, se llaman también Kalpas
Pequeños y Kalpas Grandes, el Kalpa Menor y el Mahâ Kalpa; aunque, propiamente
hablando, el Mahâ Kalpa no es nunca un Día, sino toda una Vida o
Edad de Brahmâ; pues como se dice en Brahma Vaivarta: “Los
Cronólogos computan un Kalpa por la Vida de Brahmâ. Los Kalpas Menores, como
Samvarta y los demáas, son numerosos”. A decir verdad, son infinitos, pues
nunca han tenido principio; o, en otras palabras, nunca ha habido un primer Kalpa,
ni nunca habrá un último, en la Eternidad.
Un
Parârdha, o la mitad de la existencia de Brahmâ, en la ordinaria aceptación de
esta medida del tiempo, ha expirado ya en el presente Mahâ Kalpa; el anterior
Kalpa fue el Padma o el del Loto de Oro; el presente es el Varâha (1), la
Encarnación, o Avatâra, del “Verraco”.
Una
cosa debe ser tenida especialmente en cuenta por el hombre docto que estudie la
religión inda en los Purânas. Nunca debe tomar literalmente, ni en
un solo sentido, las declaraciones que allí encuentre; y principalmente las que
se refieren a los Manvantaras o Kalpas, tienen que comprenderse en sus
distintas referencias. Pues estas Edades, por ejemplo, se refieren, en el mismo
lenguaje, tanto a los períodos grandes como a los pequeños, a Mahâ Kalpas y
Ciclos Menores. El Matsya, o Pez Avatâra, tuvo lugar antes del Varâha o Verraco
Avatâra, por lo cual las alegorías deben referirse tanto al Padma Manvantara
como al presente, y también a los Cielos Menores que han tenido lugar desde la
reaparición de nuestra Cadena de Mundos y la Tierra. Y como el Matsya Avatâra
de Vishnu y el Diluvio de Vaivasvata están correctamente relacionados con un
suceso que tuvo lugar en nuestra Tierra durante esta Ronda, es evidente que,
aunque puede relacionarse con sucesos precósmicos -precósmicos en el sentido de
nuestro Cosmos o Sistema Solar-, se refiere, en cuanto a nosotros, a un período
geológico remoto. Ni aun la Filosofía Esotérica puede pretender conocer,
excepto por deducciones de analogía, lo que tuvo lugar antes de la reaparición
de nuestro Sistema Solar, y antes del último Mahâ Pralaya. Pero enseña
claramente que, después del primer disturbio geológico del eje de la Tierra,
que terminó con la sumersión en el fondo de los mares de todo el Segundo
Continente con sus razas primitivas -de cuyos sucesivos Continentes o “Tierras”
fue la Atlántida, el cuarto-, tuvo lugar otro disturbio ocasionado por la
vuelta del eje a su anterior grado de inclinación de un modo tan rápido como lo
había cambiado: cuando la Tierra fue verdaderamente de nuevo sacada de
las aguas (abajo lo mismo que arriba, y viceversa). En aquellos
días existían “Dioses” en la Tierra; Dioses y no hombres como los conocemos
ahora, dice la tradición. Como se mostrará en el vol. III, el cómputo de los
períodos en el Hinduismo exotérico se refiere tanto a los grandes sucesos
cósmicos como a los sucesos y cataclismos terrestres pequeños; y lo mismo puede
demostrarse con respecto a los nombres. Por ejemplo, el nombre Yudishthira (el
primer rey de los sacae o shakas, que principió la Era del Kali Yuga, que debe
durar 432.000 años, “rey que existió verdaderamente 3.102 años antes de J. C.”)
se aplica también al gran Diluvio, cuando la primera sumersión de la Atlántida.
Es el “Yudishthira (2) nacido en la montaña de las cien crestas, en la
extremidad del mundo, más allá de la cual nadie puede ir”, e
“inmediatamente después del diluvio” (3). No conocemos ningún “Diluvio” 3.102
años antes de J. C.; ni aun el de Noé, que según la cronología
judeo-cristiana tuvo lugar 2.349 antes de J. C.
Esto
se relaciona con una división esotérica del tiempo y un misterio explicado en
otra parte, y que, por tanto, puede dejarse a un lado por ahora. Baste decir
sobre ese punto que todos los esfuerzos de imaginación de los Wilfords,
Bentleys y otros Edipos de la Cronología Inda esotérica han fracasado
lamentablemente. Ningún cómputo, ya sea de los Manvantaras o de las Cuatro
Edades, ha sido descifrado todavía por nuestros muy sabios orientalistas,
quienes, por lo tanto, han cortado el Nudo Gordiano proclamando que
todo es “una invención del cerebro brahmánico”. Sea, pues, así, y
que descansen en paz esos grandes sabios. Esta “invención” se da al
final de los Comentarios de la Estancia II de la Antropogénesis, en el vol.
III, con adiciones esotéricas.
Veamos,
sin embargo, lo que eran las tres clases de Pralayas, y cuál es la
creencia popular respecto de los mismos. Por esta vez se halla
de acuerdo con el Esoterismo.
Sobre
el Pralaya, antes del cual transcurren catorce Manvantaras, presididos por
otros tantos Manus, y a cuya conclusión ocurre la Disolución Incidental, o de
Brahmâ, se dice en el Vishnu Purâna en condensadas paráfrasis:
Al
final de mil Períodos de Cuatro Edades, que completan un día de Brahmâ, la
tierra está casi exhausta. El Eterno (Avyaya) Vishnu asume entonces el carácter
de Rudra, el Destructor (Shiva), y vuelve a reunir todas sus criaturas en sí
mismo. Entra en los Siete Rayos del Sol, y absorbe todas las Aguas del Globo;
hace evaporar la humedad, secando de este modo a toda la Tierra. Los océanos y
los ríos, los torrentes y los arroyos, todos se vaporizan. Alimentados así con
abundante humedad, los Siete Rayos Solares se convierten en Siete Soles, por
dilatación, y finalmente prenden fuego al Mundo. Hari, el destructor de todas
las cosas, que es la Llama del Tiempo, Kâlâgni, consume por último a la Tierra.
Entonces Rudra, convirtiéndose en Junârdana, exhala nubes y lluvia (4).
Hay
muchas clases de Pralaya, pero en los antiguos libros indos se mencionan
especialmente tres períodos principales. El primero, como lo muestra Wilson, se
llama Naimittika (5), “Ocasional” o “Incidental”, causado por los intervalos
entre los Días de Brahmâ; es la destrucción de las criaturas, de todo lo que
vive y tiene forma, pero no de la substancia, que permanece en statu
quo hasta la nueva Aurora que sigue a aquella Noche. El segundo es
llamado Prâkritika y tiene lugar al fin de la edad o Vida de Brahmâ, cuando
todo lo que existe se resuelve en el Elemento Primario, para ser modelado de
nuevo al final de aquella larga Noche. El tercero, Âtyantika, no concierne a
los Mundos ni al Universo, sino sólo a cierta clase de individualidades. Es, pues,
el Pralaya Individual o Nirvâna, una vez alcanzado el cual, ya no hay más
existencia futura posible, ningún renacimiento, hasta después del Mahâ Pralaya.
Como esta última Noche dura 311.040.000.000.000 años, con la posibilidad de
casi doblarlos como en el caso del afortunado Jîvanmukta que alcanza el Nirvâna
en los principios de un Manvantara, es bastante larga para ser considerada
como eterna, ya que no sin fin. El Bhâgavata Purâna (6)
habla de una cuarta clase de Pralaya, el Nitya, o disolución Constante, y lo
explica como el cambio incesante que tiene lugar imperceptiblemente en todas
las cosas de este Universo, desde el globo hasta el átomo. Es el crecimiento y
la decadencia - la vida y la muerte.
Cuando
el Mahâ Pralaya llega, los habitantes de Svar-loka, la Esfera Superior,
perturbados por la conflagración, buscan refugio “con los Pitris, sus
Progenitores, los Manus, los Siete Rishis, los diferentes órdenes de Espíritus
Celestiales y los Dioses, en Mahar-loka”. Cuando este último es alcanzado,
todos los seres mencionados emigran a su vez de Mahar-loka a Jana-loka, “en
sus formas sutiles destinadas a volver a tomar cuerpo en estados semejantes a
sus anteriores, cuando se renueve el mundo al principio del Kalpa siguiente”
(7).
Nubes
gigantescas y de ruidosos truenos llenan todo el Espacio (Nabhastala).
Descargando torrentes de agua, estas nubes apagan los fuegos tremendos... y
entonces llueve sin interrupción durante cien Años (divinos) y se inunda el
Mundo entero (el Sistema Solar). Estas lluvias cayendo en gotas tan grandes
como dados, cubren la Tierra, llenan la Región Media (Bhuva-loka), e inundan el
Cielo. El Mundo se encuentra entonces envuelto en la oscuridad; todas las cosas
animadas o inanimadas, habiendo perecido, las nubes continúan vertiendo sus
Aguas... y la noche de Brahmâ reina suprema sobre la escena de desolación (8).
Esto
es lo que llamamos en la Doctrina Esotérica un Pralaya Solar. Cuando las Aguas
alcanzan la región de los Siete Rishis, y el Mundo, nuestro Sistema Solar, es
un Océano, se detienen. El Hálito de Vishnu se convierte en Viento tempestuoso,
que sopla durante otros cien años Divinos, hasta que todas las nubes son
dispersadas. El viento es entonces reabsorbido: y Aquello
De
que todas las cosas son hechas, el Señor por quien todas las cosas existen,
Aquel que es inconcebible, sin principio, que es el principio del Universo,
reposa durmiendo en Shesha (la Serpiente del Infinito) en medio del Oéano. El
Creador (<?> Âdikrit) Hari, duerme sobre el Océano (del espacio) en la
forma de Brahmâ -glorificado por Sanaka (9) y los Santos (Siddhas) de
Jana-loka, y contemplado por los santos habitantes de Brahma.-loka, deseosos de
la liberación final-, envuelto en místico ensueño, personificación celestial de
sus propias ilusiones... Esto es la Disolución (<?> Pratisanchara)
denominada Incidental, porque Hari es su causa Incidental (Ideal) (10). Cuando
el Espíritu Universal despierta, el Mundo revive; cuando cierra sus ojos, todas
las cosas caen en el hecho del místico dormitar. Así como mil Grandes Edades
constituyen un día de Brahmâ (en el original es Padmayoni, lo mismo que
Abjayoni “nacido del Loto” no Brahmâ), así del mismo modo consiste su Noche en
igual período... Despertando al fin de su Noche, el No Nacido... crea de nuevo
el Universo (11).
Este
es el Pralaya “Incidental”; ¿cuál es la Disolución Elemental (Prâkrítica)?
Parâshara la describe a Maitreya del modo siguiente:
Cuando
todos los Mundos y Pâtâlas (Infiernos) son desecados...(12), el proceso de la
Disolución Elemental principia. Entonces, primeramente, las Aguas absorben la
propiedad de la Tierra (que es el rudimento del Olfato), y la Tierra privada de
esta propiedad principia a destruirse... y se convierte en una con el Agua...
Cuando el Universo es compenetrado de este modo por las olas del acuoso
Elemento, el Elemento del Fuego consume su sabor rudimentario y las Aguas
mismas son destruidas... y se convierten en uno con el Fuego; y el Universo,
por lo tanto, se llena con la Llama (etérea) que... gradualmente se extiende
sobre todo el Mundo. Mientras que el Espacio es (una) Llama... el Elemento del
Viento se apodera de la propiedad rudimentaria o forma, que es la Causa de la
Luz, y ésta, habiendo sido retirada (pralîna), todo se convierte en la
naturaleza del Aire. Habiendo sido destruido el rudimento de la forma, y
hallándose el Fuego (<?> Vibhâvasu) privado de su rudimento, el Aire
extingue al Fuego y se extiende... sobre el Espacio que es privado de Luz
cuando el Fuego se sumerge en el Aire. El Aire, entonces, acompañado del
Sonido, que es la fuente del Éter, se extiende por todas partes en las diez
regiones... hasta que el Éter se apodera del Contacto (<?> Sparsha,
Cohesión-Tacto?) su propiedad rudimentaria, por medio de cuya pérdida es
destruido el Aire, y el Éter (<?> Kha) permanece sin modificación;
privado de Forma, Gusto, Tacto (Sparsha) y Olfato, existe (in) corpóreo
(mûrttimat) y vasto, y compenetra todo el Espacio. El Éter (Âkâsha), cuya
propiedad característica y rudimento es el Sonido (la “Palabra”), existe solo,
ocupando todo el vacío del Espacio (o más bien ocupando todo el contenido del
Espacio). Entonces el Origen (Nóumeno?) de los Elementos (Bhûtâdi) devora al
Sonido (los Demiurgos colectivos, y las huestes de Dhyân Chohans) y todos los
elementos (existentes (13) son de una vez sumergidos en su Elemento original.
Este Elemento Primario es la Conciencia combinada con la Propiedad de las Tinieblas
(Tâmasa, más bien Tinieblas Espirituales) y, él mismo, es absorbido
(desintegrado) por Mahat (Inteligencia Universal), cuya propiedad
característica es la armonía (Buddhi), y la Tierra y Mahat son los límites
interiores y exteriores del Universo. De esta manera como (en el Principio)
fueron contadas las siete formas de la Naturaleza (Prakriti) desde Mahat a la
Tierra, así... estas siete vuelven a entrar sucesivamente una
en otra (14).
El
Huevo de Brahmâ (Sarva-mandala) se disuelve en las Aguas que le rodean, con sus
siete zonas (dvipas), siete océanos, siete regiones, y sus montañas. La
investidura del Agua es bebida por el Fuego; el (el estrato del Fuego es
absorbido por (el del) Aire; el Aire se mezcla con el Éter (Âkâsha); el
Elemento Primario (Bhûtâdi, el origen, o más bien la causa del
Elemento Primario) devora al Éter, y es (él mismo) destruido por el Intelecto
(Mahat, la Gran Mente, la Mente Universal), el cual, juntamente con todos
estos, es arrebatada por la Naturaleza (Prakriti) y desaparece. Este Prakriti
es esencialmente el mismo, ya sea desunido o compacto, sólo que lo que es
desunido se pierde o absorbe finalmente en lo compacto. El espíritu (Pums)
también, que es uno, puro, eterno, imperecedero, que todo lo compenetra, es una
parte de aquel Espíritu Supremo que es todas las cosas. Este Espíritu
(Sarvesha) que es otro que el Espíritu (encarnado), y en el cual no hay
atributos de nombre, ni de especie, ni de nada por el estilo (nâman y jâti o
rûpa, por tanto, cuerpo más bien que especie)... (permanece) como la (sola)
Existencia (Sattà). La Naturaleza (Prakriti) y el Espíritu (Purusha) ambos se
resuelven (finalmente) en el Espíritu Supremo (15).
Éste
es el Pralaya final (16) -la Muerte del Kosmos-; después del cual, su Espíritu
reposa en el Nirvâna, o en Aquello para lo que no hay ni Día
ni Noche. Todos los demás Pralayas son periódicos y siguen a los manvantaras en
sucesión regular, como la noche sigue al día de cada ser humano, animal o
planta. El Ciclo de la Creación de las Vidas del Kosmos se agota; pues la
energía de la “Palabra” Manifestada tiene su crecimiento, su culminación y
descenso, como todas las cosas temporales, por grande que sea su duración. La
Fuerza Creadora es eterna como nóumeno; como manifestación fenomenal, tiene en
sus aspectos un principio, y debe, por tanto, tener un fin. Durante este
intervalo, tiene sus Períodos de Actividad y sus Períodos de Reposo. Y estos
son los Días y las Noches de Brahmâ. Pero Brahman, el Nóumeno, jamás reposa;
pues no cambia nunca, sino que siempre es, aun cuando no pueda
decirse que está en alguna parte.
Los
kabalistas judíos sintieron lo necesario de esta inmutabilidad de
una Deidad eterna e infinita, y aplicaron, por tanto, el mismo pensamiento al
Dios antropomórfico. La idea es poética y muy apropiada en su aplicación. En
el Zohar leemos lo siguiente:
Cuando
Moisés ayunaba en el Monte Sinaí, en compañía de la Deidad, que estaba oculta a
su vista por una nube, sintió un gran temor, y repentinamente pregunto:
“¿Señor, en dónde estás?... ¿duermes, ¡oh! Señor?...” Y el Espíritu le
contestó: “Yo no duermo jamás: si me durmiera sólo un momento antes de
mi hora, toda la creación caería al instante en la disolución”.
“Antes
de mi hora” es muy significativo. Ello muestra al Dios de Moisés como siendo
sólo un sustitutivo temporal, lo mismo que Brahmâ, masculino, es un sustitutivo
y un aspecto de AQUELLO que es inmutable, y que, por lo tanto, no puede tomar
parte en los Días y Noches, ni tener ninguna clase de ingerencia en la reacción
y disolución.
Mientras
los ocultistas orientales tienen siete modos de interpretación, los judíos sólo
tienen cuatro; a saber: el místico verdadero, el alegórico, el moral y el
literal o Pashut. Este último es la clave de las Iglesias exotéricas, y no
merece la discusión. Hay algunas sentencias que, leídas por la clave mística o
primera, muestran la identidad de los fundamentos de construcción en todas las
Escrituras. Hállanse en el excelente libro de Isaac Myer sobre las obras
kabalísticas, las que parece haber estudiado bien. Cito verbatim:
“B’raisheeth
barah elohim ath hashama’ yem v’ath haa retz”, esto es, “En el principio
(los) Dios (es), creó los cielos y la tierra” (cuyo significado es); los seis
(Sephiroth de Construcción) (17), sobre los cuales está B’raisheeth, pertenecen
todos a Abajo. Creó seis (y) en estos están (existen) todas las Cosas. Y
aquéllos dependen de las siete formas del Cráneo, hasta la Dignidad
de todas las Dignidades. Y la segunda “Tierra” no entra en el cálculo, por lo
tanto se ha dicho: “Y de ella (aquella Tierra) que sufrió la maldición,
salió...” “Ella (la Tierra) no tenía forma y estaba vacía; y la oscuridad
estaba sobre la faz del Abismo, y el Espíritu de Elohim... respiraba (me’racha’
pheth, esto es, amparando, cobijando, moviéndose...) sobre las aguas”.
Trece dependen de trece (formas) de la más elevada dignidad. 6.000 años penden
(tienen referencias a) en las seis primeras palabras. El séptimo (millar, el
milenio) sobre ella (la Tierra maldita) es el que es fuerte por sí mismo. Y fue
desolada por completo durante doce horas (un... día...). En la decimatercia,
ella (la Deidad) los restablecerá... y todas las cosas se renovarán como antes;
y todos aquellos seis continuarán” (18).
Los
“Sephiroth de Construcción” son los seis Dhyân Chohans, o Manus, o Prajâpatis,
sintetizados por el séptimo “B’raisheeth”, la Primera Emanación, o Logos, y
que, por tanto, son llamados los Constructores del Universo Inferior o Físico,
todos pertenecientes a Abajo. Estos seis ........... cuya esencia es del Séptimo,
son los Upâdhi, la Base o Piedra Fundamental sobre la que está construido el
Universo Objetivo, los nóumenos de todas las cosas. Por tanto, son también al
mismo tiempo, las Fuerzas de la Naturaleza; los Siete Ángeles de la Presencia;
el Sexto y Séptimo Principio en el Hombre; las Esferas
espiritu-písíquico-físicas de la Cadena Septenaria, las Razas Raíces,
etc. Todas ellas “dependen de las Siete Formas del Cráneo”, hasta la
más Elevada. La “Segunda “Tierra” no entra en el cálculo”,
porque no es Tierra alguna, sino el Caos o Abismo del Espacio en el
que reposaba el Universo Paradigmático, o Modelo, en la Ideación de la
Superalma, cobijándola. El término “Maldición” induce aquí a error, pues
significa sencillamente Determinación o Destino o aquella fatalidad que
la lanzó al estado objetivo. Esto se halla demostrado por estar
descrita aquella “Tierra”, bajo la “Maldición”, como “sin forma y vacía”, en
cuyas profundidades abismales el “Hálito” de los Elohim o Logos colectivos
producían, o por decirlo así fotografiaban, la primera Ideación Divina de
las cosas que debían ser. Este proceso se repite después de cada
Pralaya, antes de los principios de un nuevo Manvantara, o Período de
Existencia senciente individual. “Trece dependen de Trece Formas”, se refiere a
los trece Períodos personificados por los trece Manus, con Svâyambhuva, el
decimocuarto -13 en lugar de 14 siendo un velo más- los catorce
Manus que reinan en el término de un Mahâ Yuga, un día de Brahmâ. Estos
trece-catorce del Universo objetivo dependen de las trece-catorce Formas
paradigmáticas ideales. El significado de los “seis mil Años” que “penden en
las seis primeras Palabras”, tiene que buscarse también en la Sabiduría Inda.
Se refieren a los seis (siete) “Reyes de Edom” primordiales, que simbolizan a
los Mundos, o Esferas de nuestra Cadena, durante la Primera Ronda, así como
también a los hombres primordiales de esta Ronda. Son la Primera Raza-Raíz
preadámica septenaria, o los que existieron antes de la Tercera Raza separada.
Como eran espectros sin razón, pues aún no habían comido del fruto del Árbol
del Conocimiento, no podían ver el Parzuphin, o la “Faz no podía ver la Faz”;
esto es, los hombres primitivos eran “inconscientes”. “Por lo tanto, los
(siete) Reyes primordiales murieron”; esto es fueron destruidos (19). Ahora
bien: ¿quiénes son estos Reyes? Son los “Siete Rishis, ciertas divinidades
(secundarias), Indra (Shakra), Manu y los Reyes sus Hijos (quienes) son
creados y perecen en un período”, como nos dicen el Vishnu Purâna (20).
Pues el séptimo “millar” que no es el milenio de la Cristiandad exotérica, sino
el de las Antropogénesis, representa, según el Vishnu Purâna, tanto
el “Séptimo período de la creación”, el del hombre físico, como el Séptimo
Principio, tanto macrocósmico como microcósmico, y también el Pralaya después
del Séptimo Período, la noche de Brahmâ que tiene la misma duración que el día.
“Fue por completo desolada durante doce horas”. En la Decimatercia (dos veces
seis y la síntesis) es cuando todo será restablecido, y los “seis continuarán”.
Así
el autor de la Qabbalah observa con mucha verdad que:
Mucho
antes de su tiempo (el de Ibn Gebirol)... muchos siglos antes de la Era
Cristiana, había en el Asia Central una “religión de la Sabiduría”, de la cual
subsistieron después fragmentos entre los sabios de los egipcios arcaicos,
entre los antiguos chinos, indos, etc.... (Y que) la Qabbalah en
su origen proviene, lo más seguramente, de fuentes arias, del Asia Central,
Persia, India y Mesopotamia; pues de Ur y Haran vinieron Abraham y
muchos otros a Palestina (21).
Ésta
era también la firme convicción de C. W. King, el autor de The Gnostics
and Their Remains.
Vâmadeva
Modelyar describe de un modo muy poético la aproximación de la Noche. Aun
cuando ya se ha descrito en Isis sin Velo, es digna de que la
repitamos aquí:
Óyense
ruidos extraños procediendo de todas partes... Estos son los precursores de la
Noche de Brahmâ; el crepúsculo asoma en el horizonte, y el Sol se
oculta detrás del trigésimo grado de Makara (el décimo signo del Zodíaco) y no
volverá a alcanzar más el signo de la Mina (el signo del Zodíaco Piscis, o el
Pez). Los Gurus de las Pagodas nombrados para observar el Râshichakram (el
Zodíaco), pueden ya romper su círculo y sus instrumentos, pues en adelante son
inútiles.
Gradualmente
palidece la luz, el calor disminuye, los lugares inhabitados se multiplican en
la tierra, el aire se rarifica más y más; las fuentes se secan, los grandes
ríos ven sus ondas exhaustas, el Océano muestra su fondo arenoso, y las plantas
mueren. Los hombres y los animales disminuyen diariamente de tamaño. La vida y
el movimiento pierden su fuerza; los planetas apenas pueden gravitar en el
espacio; uno por uno se extinguen, como una lámpara que la mano del Chokra
(servidor) ha descuidado de llenar. Sûrya (el sol) fluctúa y se apaga, la
materia entra en la Disolución (Pralaya) y Brahmâ se sumerge de nuevo en Dyaus,
el Dios no revelado, y, habiendo cumplido su tarea, se duerme. Otro día ha
pasado, se presenta la noche y continúa hasta la Aurora futura.
Y
ahora vuelven a entrar de nuevo los gérmenes de todo lo que existe en el Huevo
áureo de su Pensamiento, como nos dice el divino Manu. Durante Su reposo
apacible, los seres animados, dotados con los principios de acción, cesan sus
funciones, y todo sentimiento (Manas) dormita. Cuando todos son absorbidos en
el Alma Suprema, esta Alma de todos los seres duerme en completo reposo, hasta
el nuevo Día en que vuelve a tomar su forma, y se despierta una vez más de su
primitiva oscuridad (22).
Así
como el Satya Yuga es siempre el primero en la serie de las Cuatro Edades o
Yugas, del mismo modo el Kali es siempre el último. El Kali Yuga reina ahora
supremo en la India, y parece que coincide con el de la Edad de Occidente. De
todos modos, es curioso ver cuán profético fue en casi todas las cosas el
escritor del Vishnu Purâna, en la predicción a Maitreya de alguna
de las sombrías influencias y pecados de este Kali Yuga. Pues después de decir
que los “bárbaros” serían dueños de las orillas del Indus, de Chandrabhâgâ y
Kâshmîra, añade:
Habrá
monarcas contemporáneos reinando sobre la tierra, reyes de ruin espíritu, genio
violento y hasta aficionados a la mentira y a la perversidad. Harán dar muerte
a las mujeres, a los niños y a las vacas; arrebatarán la propiedad de sus
súbditos (o según otra traducción, se dirigirán a las esposas de otros);
tendrán poder limitado... sus vidas serán cortas, sus deseos insaciables...
Gentes de varios países, mezclándose con ellos, seguirán su ejemplo; y los
bárbaros siendo poderosos (en la India) bajo la protección de los príncipes,
mientras las tribus puras son descuidadas, el pueblo perecerá (o como lo
refiere el Comentador: “Los Mlechchhas estarán en el centro y los Arios en el
extremo”) (23). La riqueza y la piedad disminuirán de día en día, hasta que el
mundo se depravará por completo... Tan sólo la propiedad conferirá el rango; la
riqueza será la única fuente de devoción; la pasión será el único lazo de unión
entre los sexos; la falsedad será el único medio de éxito en los litigios; y las
mujeres serán objeto de satisfacción puramente sensual... Los tipos
externos serán la única distinción de los varios órdenes de la vida; la
falta de honradez (anyâya) los medios (universales) de subsistencia; la
debilidad, causa de la dependencia; la amenaza y la presunción substituirán a
la sabiduría; la liberalidad será devoción; si un hombre es rico, tendrá
reputación de puro; el asentimiento mutuo será el matrimonio; ricas vestiduras
serán dignidad... Aquel que sea más fuerte reinará... el pueblo, no pudiendo
soportar las pesadas cargas (Khrabhâra, el peso de los impuestos), se refugiará
en los valles... De este modo, en la Edad Kali, la decadencia continuará
constantemente, hasta que la raza humana se aproxime a su extinción (pralaya).
Cuando... el fin de la Edad Kali esté próximo, descenderá sobre la Tierra una
parte de aquel Ser divino que existe, de su propia naturaleza espiritual (Kalki
Avatâra)... dotado con las ocho facultades supremas... Él restablecerá la
justicia sobre la tierra; y las mentes de los que vivan al fin del Kali Yuga se
despertarán y serán tan diáfanas como el cristal. Los hombres así
transformados... serán como las semillas de seres humanos, y
producirán una raza que seguirá las leyes de la Edad Krita (o Edad de Pureza).
Como se ha dicho: “Cuando el Sol y la Luna y (la Constelación Lunar) Tishya, y
el planeta Júpiter estén en una mansión, la Edad Krita (o Satya) volverá...
(24).
Dos
personas, Devâpi, de la raza de Kuru, y Maru (Moru), de la familia de
Ikashvâku... continúan viviendo durante las Cuatro Edades, y residen en...
Kapâla (25). Volverán aquí al principio de la Edad Krita (26)... Maru (Moru)
(27) el hijo de Shîghra, vive todavía por el poder de la devoción (Yoga)... y
será el restaurador de la raza Kshattriya de la Dinastía Solar (28).
Haya
o no razón respecto a la última profecía, las “dichas” del Kali Yuga están bien
descritas, y se adaptan admirablemente hasta con lo que vemos y oímos en Europa
y otras tierras civilizadas y cristianas, en la aurora del siglo XIX
de nuestra gran “Era de Ilustración”.
SECCIÓN VIII
EL LOTO
COMO SÍMBOLO UNIVERSAL
No
hay símbolo alguno antiguo que no tenga un significado profundo y filosófico,
cuya importancia y significación aumentan con su antigüedad. Tal es el Loto. Es
la flor consagrada a la Naturaleza y a sus Dioses, y representa al Universo en
lo abstracto y en lo concreto, siendo el emblema de los poderes productivos,
tanto de la Naturaleza Espiritual como de la Física. Fue tenido por sagrado
desde la más remota antigüedad por los indos arios, por los egipcios y,
después de ellos, por los buddhistas. Era reverenciado en China y en
el Japón, y fue adoptado como emblema cristiano por las Iglesias griega y
latina, que lo han reemplazado con el nenúfar (o la azucena).
En
la religión cristiana, en todos los cuadros de la Anunciación, el Arcángel
Gabriel se aparece a la Virgen María con un vástago de nenúfares (o de
azucenas) en la mano. Este vástago, como emblema del fuego y del agua, o la
idea de la creación y la generación, simboliza precisamente la misma
idea que el Loto en la mano del Bodhisattva que anuncia a Mahâ-Mayâ,
madre de Gautama, el nacimiento del Buddha, el Salvador del mundo. De este modo
también eran representados constantemente por los egipcios Osiris y Horus,
asociados con la flor del Loto, siendo ambos Dioses del Sol o Dioses del Fuego;
justamente lo mismo que el Espíritu Santo es aún simbolizado por “lenguas de
fuego”, en los Hechos.
Ello
tenía, y tiene todavía, su significado místico, que es idéntico en todas las
naciones de la tierra. Vea el lector Dissertations Relating to Asia, de Sir William
Jones. Entre los
indos, el Loto es emblema del poder productor de la Naturaleza, por medio de la
agencia del Fuego y del Agua, o Espíritu y Materia. “¡Oh, Tú Eterno! ¡Veo a
Brahmâ, el Creador, entronizado en ti sobre el Loto!” -dice un versículo
del Bhagavad Gitâ-. Y Sir William Jones muestra, como ya se anotó
en las Estancias, que las semillas del Loto contienen, aun antes de germinar,
hojas perfectamente formadas, la figura en miniatura de lo que será algún día,
como plantas perfectas. El Loto es, en la India, el símbolo de la tierra
prolífica, y lo que es más, del Monte Meru. Los cuatro Ángeles o Genios de los
cuatro cuadrantes del Cielo, los Mahârâjahs de las Estancias, permanecen cada
uno sobre un Loto. El Loto es el símbolo doble del Hermafrodita Divino y del
Humano, siendo por decirlo así, de doble sexo.
Entre
los indos, el Espíritu del Fuego o Calor -que excita, fructifica y desarrolla
en forma concreta, de su prototipo ideal, todo lo que nace del Agua, o Tierra
Primordial- desarrolló a Brahmâ. La flor del Loto, representado como brotando
del ombligo de Vishnu (el Dios que reposa en las Aguas del Espacio sobre la
Serpiente del Infinito), es el símbolo más gráfico que se ha hecho nunca. Es el
Universo desenvolviéndose del Sol Central, el Punto, el Germen siempre oculto.
Lakshmî, que es el aspecto femenino de Vishnu, y es llamada también Padma, el
Loto, se muestra igualmente en el Râmâyana flotando sobre una
flor de Loto, en la “Creación” y durante “el mazar del Océano” del Espacio,
como también surgiendo del “Mar de Leche”, de igual modo que Venus Afrodita de
la Espuma del Océano.
...Entonces,
sentada sobre un loto
La
brillante Diosa de la Belleza, la Shrî sin par, se alzó
En
lo alto de las olas...
como canta un
orientalista y poeta inglés, Sir Monier Williams.
La
idea fundamental de este símbolo es muy hermosa, y demuestra, además, un origen
idéntico en todos los sistemas religiosos. Ya sea como Loto, como nenúfar (o
como azucena), significa una y la misma idea filosófica, a saber: la Emanación
de lo Objetivo de lo Subjetivo, la Ideación Divina pasando de la forma
abstracta a la concreta o visible. Pues, así que la Oscuridad, o más bien lo
que es “Tinieblas” por la ignorancia, ha desaparecido en su propio reino de
Eterna Luz, dejando tras sí tan sólo su Ideación Divina Manifestada, ábrese el
entendimiento de los Logos Creadores, y ven en el Mundo Ideal, hasta entonces
oculto en el Pensamiento Divino, las formas arquetipos de todo, y proceden a
copiar y construir o dar forma, sobre estos modelos, a figuras efímeras y
trascendentes.
En
este punto de la Acción, el Demiurgo no es todavía el Arquitecto. Nacido en el
crepúsculo de la Acción, tiene aún que percibir el Plan para hacer efectivas
las Formas Ideales, que permanecen sumidas en el Seno de la Ideación Eterna;
precisamente lo mismo que las futuras hojas del Loto, pétalos inmaculados, se
hallan ocultas en la semilla de esta planta.
En
la Filosofía Esotérica, el Demiurgo o Logos, considerado como el Creador, es
sencillamente un término abstracto, una idea, como la palabra “ejército”. Del
mismo modo que este último es un término que abarca todo lo referente a una
corporación de fuerzas activas o de unidades operadoras (los soldados), así es
el Demiurgo el compuesto cualitativo de una multitud de Creadores o
Constructores. Burnouf, el gran orientalista, cogió perfectamente la idea
cuando dijo que Brahmâ no crea la Tierra ni tampoco el resto
del Universo.
Habiéndose
él desenvuelto del Alma del Mundo, y una vez separado de la Causa Primera,
emana toda la Naturaleza de sí mismo y se evapora con ella. No permanece sobre
ella, sino mezclado con ella; Brahmâ y el Universo forman un Ser, cada una de
cuyas partículas es en su esencia Brahmâ mismo, que procedió de sí mismo.
En
un capítulo del Libro de los Muertos, llamado “Transformación en el
Loto”, el Dios, que está representado como surgiendo de esta flor, exclama:
Yo
soy el Loto puro que emerge de Los Luminosos... Yo llevo los mensajes de Horus.
Yo soy el Loto puro que viene de los Campos del Sol (1).
La
idea del Loto puede encontrarse hasta en el primer capítulo elohístico
del Génesis, como se manifiesta en Isis Unveiled. Ésta
es la idea que debemos considerar para el origen y explicación del versículo de
la Cosmogonía Judaica, que dice así: “Y Dios dijo: que la tierra produzca... el
árbol frutal que dé el fruto según su naturaleza, cuya semilla está en él
mismo” (2). En todas las religiones primitivas, el Dios Creador es el “Hijo del
Padre”, esto es, su Pensamiento hecho visible; y antes de la Era cristiana,
desde la Trimûrti de los indos hasta los tres títulos kabalísticos de las
escrituras, según las explican los judíos, el título Trino de Dios en cada
nación, estaba por completo definido y substanciado, en sus alegorías.
Tal
es el significado cósmico e ideal de este gran símbolo en los pueblos
orientales. Pero cuando fue aplicado al culto práctico y esotérico, que tenía
también su simbología esotérica, el Loto se convirtió, con el tiempo, en el
portador y contenedor de una idea más terrestre. Ninguna religión dogmática se
ha librado de tener en sí el elemento sexual; y hasta el presente, él mancha la
hermosura moral de la idea raíz de la simbología. Lo que sigue está tomado de
los mismos manuscritos kabalísticos que hemos ya citado en varias ocasiones:
Un
significado semejante tenía el Loto que crecía en las aguas del Nilo. Su modo
de crecer peculiar, lo hacía muy adecuado como símbolo de las actividades
generadoras. La flor del Loto, que es la portadora de la semilla para la
reproducción como resultado de su madurez, está relacionada, por su adherencia,
semejante a la de la placenta, con la madre tierra o matriz de Isis, por medio
de su tallo largo parecido a un cordón, el umbilical, pasando a través del agua
de la matriz, que es el río Nilo. Nada hay más claro que este símbolo; para
hacerlo perfecto en su significado, presentan algunas veces a un niño como
sentado en la flor o como saliendo de la misma (3). Así Osiris e Isis, los
hijos de Cronos, o el tiempo sin fin, en el desarrollo de sus fuerzas
naturales, se convierten en esta figura en los padres del hombre bajo el nombre
de Horus.
No
podemos insistir bastante sobre el uso de esta función generativa como base de
un lenguaje simbólico y de un arte de hablar científico. El pensar sobre la
idea nos conduce inmediatamente a reflexionar sobre el asunto de la causa
creadora. Se ha observado que la Naturaleza en sus obras ha formado un
maravilloso mecanismo vivo gobernado por un alma viviente que se ha unido a
ella; cuya vida de desarrollo e historia, respecto de donde viene, su presente
y a donde va, sobrepuja todos los esfuerzos del entendimiento humano (4).
El
recién nacido es un milagro constante, un testimonio de que dentro del taller
de la matriz ha intervenido un poder inteligente creador, para unir un alma
viviente a un mecanismo físico. La asombrosa maravilla del hecho da un carácter
de santidad sagrada a todo lo que se relaciona con los órganos de la
reproducción, como la morada y lugar de la intervención constructora evidente
de la deidad.
Ésta
es una exposición correcta de las ideas fundamentales antiguas, de los
conceptos puramente panteísticos, impersonales y reverentes,
de los filósofos arcaicos de las edades prehistóricas. No sucede, sin embargo,
lo mismo cuando se aplican a la humanidad pecadora, a las ideas groseras unidas
a la personalidad. Por tanto, ningún filósofo panteísta dejaría de
encontrar peligrosas las observaciones que siguen a lo anterior (y que
representan el antropomorfismo de la simbología judaica), para la santidad de
la verdadera religión, siendo propias tan sólo de nuestra edad materialista,
que es el producto directo y el resultado de aquel carácter antropomórfico.
Pues ésta es la nota fundamental de todo espíritu y esencia del Antiguo
Testamento, como lo declaran los manuscritos al tratar del simbolismo del
lenguaje de artificio de la Biblia:
Por
lo tanto, el lugar de la matriz debe mirarse como el Sitio Más Santo, el
Sanctasantórum, y el Templo verdadero del Dios Vivo (5). Para el hombre, la
posesión de la mujer ha sido siempre considerada como una parte esencial de sí
mismo; hacer uno de dos, y guardarla celosamente como sagrada. Hasta la parte
de la casa u hogar consagrada a morada de la esposa, se llamaba penetralia,
lo secreto o sagrado; y de aquí la metáfora del Sanctasantórum, de las
construcciones sagradas, derivadas de la idea de lo sagrado de los órganos de
la generación. Esta parte de la casa, llevada su descripción al extremo (6) por
la metáfora, se describe en los Libros Sagrados como el “entre muslos de la
casa”, y algunas veces la idea se manifiesta en la construcción, en el gran
portalón interior de las iglesias, sostenido a ambos lados por pilares.
Ningún
pensamiento semejante “llevado al extremo”, existió jamás entre los antiguos
arios primitivos. Esto está probado por el hecho de que, en el período védico,
sus mujeres no eran puestas aparte de los hombres en penetralia, o
Zenanas. Esta reclusión principió cuando los mahometanos -herederos directos
del simbolismo hebreo, después del clero cristiano- conquistaron el país, y
gradual y forzosamente introdujeron su modo de ser y costumbres entre los
indos. La mujer, antes y después de los Vedas, era tan libre como
el hombre; y ningún pensamiento impuro terrestre se mezcló nunca con el
simbolismo religioso de los primeros arios. La idea y aplicación son puramente
semíticas. Esto está corroborado por el autor de la mencionada revelación
kabalística, profundamente erudita, cuando concluye los pasajes arriba citados,
añadiendo:
Si
a estos órganos, como símbolos de agentes creadores cósmicos, puede atribuirse
la idea del origen de las medidas así como la de los períodos de tiempo,
entonces, verdaderamente, en las construcciones de los Templos como Moradas de
la Deidad, o de Jehovah, aquella parte designada como el Sanctasantórum, o
Sitio Más Santo, debería tomar su nombre de la reconocida santidad de los
órganos generadores, considerados como símbolo de las medidas, tanto como de la
causa creadora. Entre los antiguos sabios no había ni nombre, ni idea,
ni símbolo de una Causa Primera.
Seguramente
que no. Es preferible no concederle nunca un pensamiento ni nombrarla jamás,
como hicieron los antiguos panteístas, antes que degradar la santidad de este
Ideal de Ideales, rebajando sus símbolos a tales formas antropomórficas. En
este punto se nota nuevamente el abismo inmenso entre el pensamiento religioso
ario y el semítico, los dos polos opuestos, la Sinceridad y la Ocultación.
Entre los brahmanes, que nunca han investido las funciones procreadoras
naturales de la humanidad con un elemento de “pecado original”, es un deber
religioso tener un hijo. Un brahman, en los tiempos antiguos, después
de haber cumplido su misión de creador humano, se retiraba a los bosques y
pasaba el resto de sus días entregado a la meditación religiosa. Había cumplido
su deber para con la Naturaleza, como hombre mortal y como su cooperador, y en
adelante dedicaba todos sus pensamientos a la parte espiritual e inmortal de sí
mismo, considerando lo terrestre como mera ilusión, como un sueño pasajero -lo
que es, verdaderamente. Con el semita no pasaba lo mismo. Inventó una tentación
de la carne en un jardín del Edén, y presentó a su Dios -esotéricamente, el
Tentador y el Regidor de la Naturaleza - maldiciendo para siempre un
acto que estaba dentro del programa lógico de esta Naturaleza (7). Todo esto
exotéricamente, lo mismo que en la vestimenta y en la letra
muerta del Génesis y demás. Al mismo tiempo, esotéricamente,
consideraba el supuesto pecado y caída como
un acto tan sagrado, que escogió al órgano perpetrador del pecado original como
el símbolo más a propósito y más sagrado para representar a ese Dios, ¡a quien
se muestra condenando sus funciones como una desobediencia y un pecado perpetuo!
¿Quién
podrá jamás sondear las profundidades paradójicas de la imaginación semítica?
¡Y este elemento paradójico, menos su significado más interno, ha pasado ahora
por completo a la teología y dogma cristianos!
Que
los primeros Padres de la Iglesia conocieran el significado esotérico del Testamento hebreo,
o que sólo unos pocos de entre ellos tuviesen conocimiento del mismo, mientras
los demás siguieron ignorantes del secreto, es asunto que la posteridad
decidirá. Una cosa es, en todo caso, cierta. Como el Esoterismo del Nuevo
Testamento concuerda perfectamente con el de los Libros hebreos
mosaicos; y puesto que, al mismo tiempo, cierto número de símbolos puramente
egipcios y dogmas paganos en general -como, por ejemplo, la Trinidad- han sido
copiados, e incorporados, a los sinópticos y a San Juan, es evidente que la
identidad de estos símbolos era conocida por los escritores del Nuevo
Testamento, quienquiera que haya sido. También debieron conocer la
prioridad del esoterismo egipcio, puesto que han adoptado algunos símbolos que
son tipos de conceptos y creencias puramente egipcios, en su significado
externo e interno, y que no se encuentran en el Canon judío. Una de éstas es el
nenúfar (o azucena) en las manos del Arcángel en las primeras representaciones
de su aparición a la Virgen María; cuyas imágenes simbólicas se conservan hasta
el día en la iconografía de las Iglesias griega y romana. Así pues, el Agua, el
Fuego y la Cruz, así como la Paloma, el Cordero y otros animales sagrados, con
todas sus combinaciones, dan esotéricamente un significado idéntico, y deben
haber sido adoptados como una mejora sobre el judaísmo puro y simple.
El
Loto y el Agua son de los símbolos más antiguos y puramente arios en su origen,
aun cuando fueron luego propiedad común, al subdividirse la Quinta Raza. Un
ejemplo de ello es que las letras, lo mismo que los números, eran todos
místicos, tanto en combinación como separados. La más sagrada de todas es la
letra M. Es a la vez femenina y masculina, o sea andrógina, y está hecha para
simbolizar el agua en su origen, el Gran Mar. Es una letra mística en todos los
idiomas, orientales y occidentales, y es un signo que representa las ondas del
agua, de este modo ...... Tanto en el esoterismo ario como en el semítico esta
letra ha simbolizado siempre las aguas. En sánscrito, por ejemplo, Makara, el
décimo signo del Zodíaco, significa un cocodrilo, o más bien un monstruo
acuático, asociado siempre con el agua. La letra Ma es equivalente y
corresponde con el número 5, que se compone de un Binario, símbolo de los dos
sexos separados, y del Ternario, símbolo de la Tercera Vida, la progenie del
Binario. Esto, además, es a menudo simbolizado por un Pentágono, que es un
signo sagrado, un Monograma divino. Maitreya es el nombre secreto del Quinto
Buddha y del Kalkî Avatâra de los brahmanes, el último Mesías que vendrá en la
culminación del Gran Ciclo. Es también la letra inicial del Metis griego o
Sabiduría Divina; de Mimra el Verbo, o Logos; y de Mithras, el Mihr, el
Misterio de la Mónada. Todos estos nacen del y en el gran Abismo, y son hijos
de Mâyâ, la “Madre”; Mut en Egipto; en Grecia Minerva, la Sabiduría Divina, de
María o Miriam o Myrtha, etc., la Madre del Logos Cristiano; y de Mâyâ la Madre
de Buddha. Mâdhava y Mâdhavî son los títulos de los Dioses y Diosas más
importantes del Panteón indo. Por último, Mandala es, en sánscrito, un
“Círculo” o un Orbe, y también las diez divisiones del Rig Veda.
Los nombres más sagrados, en la India principian generalmente con esta letras,
desde Mahat, el primer Intelecto manifestado, y Mandara, la gran montaña usado
por los Dioses para mazar el Océano, hasta Mandâkimî, el Gangâ celeste o Ganges
Manu, etcétera.
¿Será
esto llamado una coincidencia? Muy extraña es entonces, por cierto, cuando
vemos que hasta el mismo Moisés fue encontrado en el Agua del Nilo, con la
consonante simbólica en su nombre. Y la hija de Faraón “lo llamó Moisés, y
dijo: Porque lo saqué del Agua” (8). Además de esto, el nombre sagrado hebreo
de Dios, aplicado a esta letra M, es Meborach, el “Santo” o el “Bendito”, y el
nombre del Agua del Diluvio es Mbul. El recuerdo de las “Tres Marías” en la
Crucifixión, y su relación con Mare, el Mar, o el Agua, puede terminar esta
serie de ejemplos. Ésta es la razón por qué en el Judaísmo y en el
Cristianismo, el Mesías está siempre relacionado con el Agua, el Bautismo, y
también con los Peces, el signo del Zodíaco llamado Miham en sánscrito, y hasta
con el Matsya (Pez) Avatâra, y el Loto, símbolo de la matriz o el nenúfar, que
tiene el mismo significado.
En
las reliquias del antiguo Egipto, mientras mayor es la antigüedad de los
símbolos y emblemas votivos de los objetos desenterrados, más a menudo se
encuentran las flores de Loto y el agua en relación con los Dioses Solares. El
Dios Khnum, el Poder Húmedo, o el Agua, como lo enseñaba Tales, siendo el
principio de todas las cosas, se sienta en un trono encerrado en un Loto. El
Dios Bes se halla sobre un Loto, pronto a devorar a su progenie. Thot, el Dios
del Misterio y de la Sabiduría, el Escriba sagrado del Amenti, llevando el
disco solar como tocado, está con una cabeza de toro -el toro sagrado de Mendes
es una forma de Thot- y un cuerpo humano, sentado en un Loto completamente
abierto. Finalmente, la Diosa Hiquit, bajo la figura de una rana, reposa sobre
el Loto, mostrando así su relación con el agua. Y de la forma nada poética de
este símbolo-rana, indudablemente el signo de la más antigua de las Deidades
egipcias, es de donde los egiptólogos han tratado en vano de descubrir el
misterio y las funciones de la Diosa. Su adopción en la Iglesia por los
primeros cristianos demuestra que lo conocían mejor que nuestros modernos
orientalistas. La “Diosa rana o sapo” era una de las principales Deidades
cósmicas relacionadas con la Creación, por razón de la naturaleza anfibia de
este animal, y sobre todo a causa de su resurrección aparente, después de
largas edades de vida solitaria, encerrado en paredes antiguas, en rocas, etc.
No sólo había ella tomado parte, juntamente con Khnum, en la organización del
Mundo, sino que también estaba relacionado con el dogma de la
resurrección (9). Debe de haber habido algún significado muy profundo
y sagrado asignado a este símbolo, puesto que, a pesar del riesgo de ser
acusados de zoolatría bajo una forma repugnante, los primeros cristianos
egipcios lo adoptaron en sus Iglesias. Una rana o un sapo encerrado en una flor
de Loto, o simplemente sin el último emblema, fue la forma elegida para
las lámparas de las Iglesias, en que estaban grabadas las palabras
“.........” -Yo soy la resurrección” (10). Estas Diosas-ranas se encuentran
también en todas las momias.
SECCIÓN IX
LA LUNA;
DEUS LUNUS, PHCEBE
Este
símbolo arcaico es el más poético de todos los símbolos, así como también el
más filosófico. Los antiguos griegos lo hicieron notorio, y los poetas modernos
lo han usado hasta la saciedad. La Reina de la Noche, cabalgando en la majestad
de su luz sin par en el Cielo, dejando a todo, hasta a Héspero, en la sombra, y
extendiendo su plateado manto sobre el Mundo Sideral desde Milton y
Shakespeare, hasta el último de los versificadores. Pero la refulgente lámpara
de la noche, con su séquito de estrellas innumerables, ha hablado tan sólo a la
imaginación del profano. Hasta últimamente, la Religión y la Ciencia no han
intervenido en este hermoso mito. Sin embargo, la fría y casta Luna, aquella
que según las palabras de Shelley:
...hace
hermoso todo aquello sobre lo que sonríe,
Aquel
santuario vagabundo de llama suave y helada
Que
siempre se transforma, mas es siempre la misma,
Y
no calienta, pero ilumina...
está en relaciones más
estrechas con la Tierra que ningún otro globo sideral. El Sol es la Fuente de
Vida de todo el Sistema Planetario; la Luna es el Dador de Vida a nuestro
Globo; y las primeras razas lo comprendían y sabían, aun en su infancia. Ella es
la Reina y es el Rey. Era el Rey Soma antes de transformarse en Febo y en la
casta Diana. Es, en modo preeminente, la Deidad de los cristianos por conducto
de los judíos mosaicos y kabalísticos; y aun cuando el mundo civilizado haya
permanecido por largas edades ignorante del hecho, es en realidad así, desde
que murió el último Padre de la Iglesia iniciado, llevando consigo a la tumba
los secretos de los Templos paganos. Para Padres tales como Orígenes y Clemente
de Alejandría, la Luna era símbolo viviente de Jehovah; el Dador de la Vida y
el Dador de la Muerte, el que dispone de la Existencia (en nuestro Mundo).
Pues si Artemisa fue la Luna en el Cielo, y para los griegos, Diana en la
Tierra, que presidía sobre el nacimiento y vida del niño; entre los egipcios
fue Hekat (Hécate) en el Infierno, la Diosa de la Muerte, que mandaba sobre la
magia y los encantamientos. Más aún: lo mismo que la Luna, cuyos fenómenos son
triples, Diana-Hécate-Luna, es el tres en uno. Pues
es Diva triformis, tergemina, triceps, tres cabezas en un
cuello (1), como Brahmâ-Vishnu-Shiva. Por tanto, es el prototipo de nuestra
Trinidad, la cual no ha sido siempre completamente masculina. El número siete,
tan notorio en la Biblia y tan sagrado en el séptimo día o
Sábado, vino a los judíos de la antigüedad, derivándose su origen del cuádruple
número 7 contenido en los 28 días del mes lunar, cada uno de cuyos septenarios
está representado por un cuarto de Luna.
Vale
la pena presentar en esta obra una relación a vista de pájaro del origen y
desarrollo del mito y culto lunar, en la antigüedad histórica de nuestro lado
del globo. Su origen primitivo no puede la Ciencia exacta averiguarlo,
puesto que rechaza la tradición; a la vez que su historia arcaica es un libro
cerrado para la Teología, que, bajo la dirección de los Papas astutos, ha
impreso un estigma sobre todo fragmento de literatura que no lleve
el imprimatur de la Iglesia de Roma. Poca importancia tiene en
este particular que sea la filosofía religiosa egipcia o la inda aria, la más
antigua -la Doctrina Secreta dice que es la última-, toda vez que los “cultos”
Lunar y Solar son los más antiguos del mundo. Ambos han sobrevivido y
prevalecen hasta el presente en toda la tierra; para algunos, abiertamente;
para otros de un modo secreto, como por ejemplo, en la simbología cristiana. El
gato, símbolo lunar, estaba consagrado a Isis, que en cierto sentido era la
Luna, lo mismo que Osiris era el Sol, como se ve frecuentemente en la parte
superior del Sistro que tiene la Diosa en la mano. Aquel animal era muy
venerado en la ciudad de Bubaste, que vestía luto a la muerte de los gatos
sagrados; pues a Isis, lo mismo que a la Luna, se le rendía culto especial en
aquella ciudad de los misterios. Del simbolismo astronómico que con él se
relaciona, ya se ha hablado en la Sección I, y nadie lo ha descrito mejor que
Mr. Gerald Massey en sus Lectures y en The Natural
Genesis. Se dice que los ojos del gato parecen seguir las fases lunares en
su desarrollo y decrecimiento, y que sus órbitas brillan como dos estrellas en
la oscuridad de la noche. De aquí se origina la alegoría mitológica que muestra
a Diana ocultándose en la Luna, bajo la forma de gato, cuando trataba de
escapar, en compañía de otras Deidades, a la persecución de Tifón, según se
refiere en la Metamorfosis de Ovidio. En Egipto, la Luna era a
la vez el “Ojo de Horus” y el “Ojo de Osiris”, el Sol.
Lo
mismo sucedía con el Cinocéfalo. El mono de cabeza de perro era un signo que
simnbolizaba, por turno, el Sol y la Luna, aun cuando el Cinocéfalo es, en
realidad, un símbolo hermético más que religioso. Éste es el
jeroglífico del planeta Mercurio, y del Mercurio de los filósofos alquimistas,
quienes decían que:
Mercurio
tiene que estar siempre cerca de Isis, como su ministro;
pues sin Mercurio, ni Isis ni Osiris pueden llevar a cabo cosa alguna en la
Gran Obra.
El
Cinocéfalo, siempre que está representado con el caduceo, con el creciente o
con el loto, es un signo del Mercurio “filosófico”; pero cuando se le ve con
una caña, o con un rollo de pergamino, representa a Hermes, el secretario y
consejero de Isis, lo mismo que Hanumâna ejercía igual cargo acerca de Râma.
Aun
cuando los verdaderos adoradores del Sol, los parsis, son pocos, sin embargo,
no sólo está la m ayor parte de la mitología e historia inda basada en aquellos
dos cultos y entrelazada con ellos, sino que hasta en la religión cristiana
pasa lo mismo. Desde su origen hasta nuestros días, ellos han matizado las
teologías de las Iglesias Católica Romana y Protestante. Ciertamente, la
diferencia entre las creencias indo aria y la aria europea es muy pequeña, si
sólo se tienen en cuenta las ideas fundamentales de ambas. Los indos se
enorgullecen de llamarse Sûryavanshas y Chandravanshas, de las Dinastías Solar y Lunar.
Los cristianos pretenden considerar esto como idolatría, y sin embargo, su
religión está por completo basada en el culto Solar y Lunar. Inútil es que los
protestantes clamen contra los católicos romanos por su “Mariolatría”, basada
en el antiguo culto de las Diosas lunares, puesto que ellos mismos adoran a
Jehovah, que es sobre todo un Dios lunar; y cuando ambas Iglesias
han aceptado en sus teologías el Cristo Solar y la
Trinidad Lunar.
Lo
que se conoce del culto lunar caldeo, del Dios Babilónico, Sin, llamado Deus
Lunus por los griegos, es muy poco; y este poco se presta a extraviar al
estudiante profano que no puede asir el significado esotérico de los símbolos.
Entre los filósofos y escritores profanos antiguos era popularmente conocido
-pues los que estaban iniciados habían jurado guardar silencio- que los caldeos
rendían culto a la Luna bajo sus diferentes nombres femeninos y masculinos,
habiendo hecho lo mismo los judíos, que vinieron después de ellos.
En
los manuscritos no publicados del Lenguaje artificial de que ya se ha hecho
mención, que dan una clave sobre la formación de la antigua lengua simbólica,
se da una razón para este doble culto. Está escrito por un docto, místico
profundamente versado en el particular, que lo describe en la forma
comprensible de una hipótesis. Ésta, sin embargo, se convierte necesariamente
en un hecho probado de la historia de la evolución religiosa del pensamiento
humano, para cualquiera que haya vislumbrado algo del secreto de la antigua
simbología. Dice así:
Una
de las primeras ocupaciones de los hombres, relacionadas con las de verdadera
necesidad, debería ser la observación de los períodos de tiempo (2) marcados en
la bóveda celeste, al surgir y levantarse sobre la llanura del horizonte o
sobre la superficie del agua tranquila. Estos vendrían a determinarse como los
del día y de la noche, las fases de la Luna, sus revoluciones estelares o
sinódicas, los períodos del año solar con la vuelta de las estaciones, y con la
aplicación a tales períodos de la medida natural del día o de la noche, o sea
del día dividido en luz y sombra. También se descubriría que había un día solar
más largo y otro más corto y dos días solares de igual duración el día que la
noche, dentro del período del año solar; pudiéndose señalar con la mayor
precisión sus puntos dentro del año en los estrellados grupos de los cielos, o
en las constelaciones sujetas a ese movimiento retrógrado, que con el tiempo
necesitaría una corrección por intercalación, como sucedió en la descripción del
Diluvio, en donde se hizo una corrección de 150 días en un período de 600 años,
durante el cual había aumentado la confusión de las señales... Esto llegaría
naturalmente a suceder con todas las razas en todos los tiempos; y semejante
conocimiento debe creerse que ha sido inherente en la especie humana, antes de
lo que llamamos el período histórico y durante el mismo.
Sobre
esta base, busca el autor alguna función física natural, poseída en común por
la especie humana, y relacionada con las manifestaciones periódicas, de tal
modo, que “la relación entre las dos clases de fenómenos... se llegue a
determinar en el uso popular”. Esta función la encuentra en:
(a) El
fenómeno fisiológico, cada mes lunar de 28 días, o 4 semanas de 7 días, de
manera que tuviesen lugar 13 ocurrencias del período en 364 días, que es el año
semanal del Sol de 52 semanas de 7 días. (b) La gestación del feto está marcada
por un período de 126 días o 18 semanas de 7 días. (c) El período llamado “el
período de viabilidad”, es de 200 días o 30 semanas de 7 días. (d) El período
del parto se cumple en 280 días, o 40 semanas de 7 días, o 10 meses lunares de
28 días, o 9 meses del calendario de 31 días, contando sobre el arco real de
los cielos la medida del período del paso desde la oscuridad de la matriz a la
luz y gloria de la existencia consciente, ese misterio y milagro constante e
inescrutable... De este modo, los períodos de tiempo observados, que
marcan los trabajos de la obra del nacimiento, vendrían a ser
naturalmente una base para cálculos astronómicos... Casi podemos asegurar...
que ésta era la manera de contar en todas las naciones, ya sea de modo independiente
o por medición e indirectamente, por la enseñanza. Éste era el método entre los
hebreos, pues hasta hoy calculan el calendario por medio de los 354 y 355 del
año lunar, y poseemos una prueba especial de que era el mismo método de los
antiguos egipcios; cuya prueba es la siguiente:
La
idea fundamental que estaba en la raíz de la filosofía religiosa de los
hebreos, era que Dios contenía todas las cosas en sí mismo (3), y que el hombre
era su imagen; el hombre incluyendo a la mujer... El lugar del hombre y de la
mujer entre los hebreos era ocupado entre los egipcios por el toro y la vaca,
consagrados a Osiris e Isis (4), que estaban representados respectivamente por
un hombre con cabeza de toro, y por una mujer con cabeza de vaca, a cuyos
símbolos rendían culto. Osiris era de un modo notorio el Sol y el río Nilo, el
año tropical de 365 días, cuyo número es el valor de la palabra Neilos y el
toro, así como también era el principio del fuego y de la fuerza productora de
la vida; mientras que Isis era la Luna, el lecho del río Nilo, o la Madre
Tierra, para cuyas energías parturientas era el agua una necesidad; el año
lunar, de 354-364 días, era el determinante del tiempo de los períodos de
gestación, así como la vaca designada por, o con, la creciente luna nueva...
Pero
el uso de la vaca de los egipcios, en lugar de la mujer de los hebreos, no
determinaba una diferencia radical de significación, sino una concurrencia en
la enseñanza que tenía por objeto tan sólo la substitución de un símbolo de
importancia común, que era el siguiente: el período de preñez en la vaca y en
la mujer, se creía ser el mismo, o sea 280 días ó 10 meses lunares de 4
semanas. Y en este período consistía el valor esencial de este símbolo animal,
cuyo signo era el de la luna creciente...(5). Estos períodos parturientos y
naturales, se ha visto que son objeto de simbolismos en todo el mundo. Así eran
usados por los indos, y se ha visto que fueron claramente expuestos por los
antiguos americanos en las planchas de Richardson y de Gest, en la Cruz de
Palenque y en otras partes, hallándose de un modo manifiesto en la base de la
construcción de las formas del calendario de los Mayas del Yucatán, en las de
los indos, en las de los asirios y en las de los antiguos babilonios, lo mismo
que en las de los egipcios y antiguos hebreos. Los símbolos naturales... eran
siempre el falo o el falo y el yoni... lo masculino y femenino. En
efecto, las palabras traducidas por los términos generales varón y hembra, en
el versículo 27 del primer capítulo del Génesis, son... sacr y n’cabvah, o,
literalmente, falo y yoni (6). La representación de los emblemas fálicos, por
sí sola, únicamente indicaría los miembros genitales del cuerpo humano,
mientras que si se tienen en cuenta sus funciones y el desarrollo de las
semillas que aquéllos producen, se llegaría a la determinación de un método de
medidas de tiempo lunar, y, por medio de éstas, se tendrían las de tiempo
solar.
Ésta
es la clave fisiológica o antropológica del símbolo de la Luna. La clave que
descubre el misterio de la Teogonía o evolución de los Dioses manvantáricos es
más complicada y no tiene nada de fálico. En ella todo es místico y divino.
Pero los judíos, aparte de haber relacionado a Jehovah directamente con la
Luna, como Dios generador, han preferido ignorar las Jerarquías superiores, y
han convertido en sus Patriarcas a algunas constelaciones zodiacales y a Dioses
planetarios, euhemerizando de este modo la idea puramente teosófica y
rebajándola al nivel de la humanidad pecadora. El manuscrito de que se ha
extractado lo anterior, explica de un modo muy evidente a qué Jerarquía de
Dioses pertenecía Jehovah, y quién era este Dios judío; pues demuestra en claro
lenguaje lo que la Escritura ha sostenido siempre, a saber: que el Dios con que
los cristianos han cargado no era más que el símbolo lunar de la facultad
reproductiva o generadora de la Naturaleza. Han ignorado siempre hasta el Dios
secreto hebreo de los kabalistas, Ain-Soph, un concepto tan elevado como el de
Parabrahman en las ideas primitivas místicas de los kabalistas. Pero no es
la Kabalah de Rosenroth la que pueda dar nunca las enseñanzas
originales verdaderas de Simeón Ben Yochaï, que eran tan metafísicas y
filosóficas como cualesquiera. ¿Y cuántos son los estudiantes de la Kabalah que
sepan algo de aquéllas excepto por medio de sus desnaturalizadas traducciones
latinas? Echemos una mirada a la idea que indujo a los antiguos judíos a adoptar
un sustituto del Siempre Incognoscible, y que extravió a los cristianos
haciéndoles tomar el substituto por la realidad:
Si
a estos órganos (falo y yoni), considerados como símbolos de agencias creadoras
cósmicas, se les puede atribuir la idea de... períodos de tiempo, entonces,
verdaderamente, en la construcción de los templos, como Moradas de la Deidad, o
de Jehovah, aquella parte designada como Sanctasantórum, o el Lugar Más Santo,
debería tomar su título de la reconocida santidad de los órganos generadores
considerados como símbolos de medidas lo mismo que de la causa creadora.
Entre
los Sabios antiguos no existía un nombre, ni una idea, ni un símbolo de una
Causa Primera (7). Entre los hebreos, el concepto directo de tal se apoyaba en
un término negativo de comprensión, esto es, Ain-Soph o el Sin Límites. Pero el
símbolo de su primera manifestación comprensible era el
concepto de un círculo con su línea diametral, para representar a la vez una
idea geométrica, fálica y astronómica...; pues el uno nace del 0, o círculo,
sin el cual no podría existir; y del 1, o unidad primordial, surgen los 9
dígitos, y, geométricamente, todas las formas planas. Así en la Kabalah este
círculo, con su línea diametral, es la figura de los 10 Sephiroth, o
emanaciones, que componen el Adam Kadmon, u Hombre Arquetipo, el origen creador
de todas las cosas... Esta idea de relacionar la figura del círculo y su línea
diametral, esto es, el número 10, con la significación de los órganos
reproductivos, y con el Lugar Más Sagrado... fue llevada a cabo, como
construcción, en la Cámara del Rey, o Sanctasantórum de la gran Pirámide, en el
Tabernáculo de Moisés, y en el Sanctasantórum del Templo de Salomón... Es la
figura de una matriz doble, pues en hebreo la letra He (...)
es, al mismo tiempo, el número 5 y el símbolo de la matriz; y dos veces 5 son
10, o el número fálico.
Esta
“matriz doble” muestra también la dualidad de la idea llevada desde lo superior
o espiritual, hasta lo inferior o terrestre; y limitada a este último por los
judíos. Entre estos, sin embargo, el número siete ha adquirido el lugar más
preeminente en su religión exotérica, culto de formas externas y de rituales
sin sentido; como por ejemplo, su Sábado, el séptimo día consagrado a su
Deidad, la Luna, símbolo del Jehovah generador. Pues, para otras naciones, el
número siete era símbolo de la evolución teogónica, de los Cielos, de los
Planos Cósmicos, y de las Siete Fuerzas y Poderes Ocultos del Kosmos, como un
Todo Ilimitado, cuyo Triángulo superior era inalcanzable para el entendimiento
finito del hombre. Por tanto, mientras otras naciones se ocupaban, en su
forzosa limitación del Kosmos en el Espacio y el Tiempo, sólo del plano
septenario manifestado, los judíos reconcentraron este número únicamente en la
Luna, y basaron sobre ésta todos sus cálculos sagrados. Por eso vemos que el
pensador autor del manuscrito citado observa lo siguiente respecto de la
metrología de los judíos:
Si
se multiplica 20.612 por 4/3 el producto dará una base para la
determinación de la revolución media de la Luna; y si este producto es
multiplicado de nuevo por 4/3 el resultado proporcionará una base para
encontrar el período exacto del año solar medio, esta fórmula... siendo de
grandísima utilidad para hallar los períodos astronómicos del tiempo.
Este
número doble -macho y hembra- está también simbolizado por algunos ídolos muy
conocidos; por ejemplo:
Ardhanârï-Îshvara,
la Isis de los indos, Eridanus o Ardan, o el Jordán hebreo o fuente de
descendimiento. La presentan sobre una hoja de loto flotando en el agua.
Pero la significación es, que es andrógina o hermafrodita, que es el falo y el
yoni combinados, el número 10, la letra hebrea Yod (...)
el contenido de Jehovah. Ella, o más bien ella-él, da los minutos
del mismo círculo de 360 grados.
“Jehovah”,
en el mejor de sus aspectos, es Binah, “la Madre mediadora Superior, el Gran
Mar o Espíritu Santo”, y por tanto, es más bien un sinónimo de María, la Madre
de Jesús, que de su Padre; siendo esta “Madre, la Mare latina”, el Mar,
significa también aquí Venus, la Stella del Mare o “Estrella del Mar”.
Los
antecesores de los misteriosos accadianos -los Chandravanshas o Indovanshas,
los Reyes Lunares que la tradición muestra reinando en Prayâga (Allahabad)
edades antes de nuestra Era- habían venido de la India y llevado consigo el
culto de sus antepasados (de Soma y de su hijo Budha), que después fue el mismo
de los caldeos. Sin embargo, semejante culto, aparte de la Astrolatría y
Heliolatría populares, no era en modo alguno idolatría. En todo
caso, no lo era más que el simbolismo católico romano moderno, que relaciona a
la Virgen María, la Magna Mater de los sirios y griegos, con la Luna.
Los
católicos romanos más piadosos se sienten en extremo orgullosos de este culto,
y lo confiesan clamorosamente. En un Mémoire a la Academia
francesa, dice el Marqués de Mirville lo siguiente:
Es
natural que, como profecía inconsciente, Ammon-Ra sea el esposo de su madre,
puesto que la Magna Mater de los cristianos es precisamente la esposa
de aquel hijo que ella concibe... Nosotros (los cristianos) podemos
comprender ahora por qué Neïth lanza resplandor sobre el Sol, mientras
permanece siendo la Luna, puesto que la Virgen, que es la Reina de los
Cielos, como lo era Neïth, viste al Cristo-Sol, como lo hace Neïth,
y es vestida por él; “Tu vestis solem et te sol vestit” (como
cantan los católicos romanos durante sus ceremonias).
Nosotros
(los cristianos) comprendemos también cómo es que la famosa inscripción en Saïs
declaraba que “ninguno ha levantado nunca mi velo (peplum)”, considerando que
esta frase, traducida literalmente, es el resumen de lo que se canta en
la Iglesia en el Día de la Inmaculada Concepción (8).
¡Seguramente
nada puede haber más sincero que esto! Ello justifica por completo lo que ha
dicho Mr. Gerald Massey en su conferencia sobre el “Culto de la Luna, Antiguo y
Moderno”:
El
hombre en la Luna (Osiris-Sut, Jehovah-Satán, Cristo-Judas y otros Gemelos
Lunares), es acusado a menudo de mala conducta. En los fenómenos lunares, la
Luna era una, como la Luna de doble sexo, y de carácter
triple, como madre, hijo y varón adulto. ¡De este modo el hijo de la Luna fue
el consorte de su propia madre! No se podía evitar, si es que había
de haber alguna reproducción. ¡Se vio obligado a ser su propio padre! Estos
parentescos fueron repudiados por la sociología posterior, y el hombre
primitivo de la Luna fue suprimido. Sin embargo, en su última y más
incomprensiva fase, se ha convertido en la doctrina fundamental de la
superstición más grosera que se ha visto en el mundo, pues estos fenómenos
lunares y sus parentescos humanos, inclusive el incestuoso, son las bases
mismas de la Trinidad en la Unidad de los cristianos. Por causa de la
ignorancia del simbolismo, la representación sencilla del tiempo primitivo se
ha convertido en el misterio religioso más profundo del moderno culto lunar. La
Iglesia Romana, sin avergonzarse ni poco ni mucho de lo que demuestra, pinta a
la Virgen María adornada con el sol y teniendo a los pies la Luna con cuernos,
y con el niño lunar en los brazos, como hijo y consorte de la madre Luna! La
madre, el hijo, y el varón adulto, son fundamentales.
De
este modo puede probarse que nuestra Cristología es mitología momificada, y
enseñanza legendaria, que de un modo engañoso se nos ha impuesto en el Antiguo y Nuevo Testamento,
como revelación divina pronunciada por la voz misma de Dios (9).
Hay
en el Zohar una preciosa alegoría que revela perfectamente el
carácter verdadero de Jehovah o YHVH en el concepto primitivo de los kabalistas
hebreos. Puede verse en la Filosofía de la Kabalah de Ibn
Gebirol, traducida por Isaac Myer:
En
la introducción escrita por R. ‘Hiz’qee-yah, que es muy antigua y forma parte
de nuestra edición Brody del Zohar (I, 5b y sig.), hay una
relación de un viaje hecho por R. El’azar, hijo de R. Shim-on b. Yo’haï, y R.
Abbah... Encontraron a un hombre que llevaba una carga pesada... Hablaron con
él... y las explicaciones que el hombre de la carga hizo del Thorah, eran tan
maravillosas, que le preguntaron su nombre; y el hombre contestó: “No me
preguntéis quién soy; pero continuemos con la explicación de la (Ley) Thorah”.
Y ellos le preguntaron: “¿Quién te ha obligado a caminar de ese modo, llevando
una carga tan pesada?” A lo cual contestó: “La letra (...) (Yod, que es = 10 y
es la letra simbólica de Kether y la esencia y germen del Santo Nombre (....
YHVH) hizo la guerra, etc...” Ellos le dijeron: “Si nos quieres
decir el nombre de tu padre, besaremos el polvo de tus pies”. Él contestó:
“...Mi padre tenía su morada en el Gran Mar, y era allí un pez (lo
mismo que Vishnu y Dagón u Oannes) que (primeramente) destruyó el Gran Mar... y
era grande y poderoso y “Anciano de Días”, hasta que se tragó a todos los demás
peces del (Gran) Mar...” R. El’azar escuchó sus palabras, y le dijo: “Tú eres
el Hijo de la Santa Llama, eres el Hijo de Rab’Ham-nun-ah Sabah (el
antiguo) (paz en aramaico o caldeo es nun), tú
eres el Hijo de la luz del Thorah (Dharma), etc.” (10).
Luego
explica el autor que el Sephira femenino, Binah, es llamado el Gran Mar por los
kabalistas; por lo tanto, Binah, cuyos nombres divinos son Jehovah, Yan y
Elohim, es sencillamente el Tiamat caldeo, el Poder Femenino, el Thalatth de
Beroso que preside sobre el Caos, y que la teología cristiana descubrió más
tarde que era la Serpiente y el Diablo. Ella-Él (Yav-hovah) es el Hé celeste, y
Eva. Este Yah-hovah o Jehovah es, pues, idéntico a nuestro Caos -Padre, Madre,
Hijo- en el plano material, y en el Mundo puramente físico; Deus y Demon a la
vez; el Sol y la Luna, el Bien y el Mal, Dios y Demonio.
El
magnetismo Lunar genera vida, la conserva y la destruye, tanto psíquica como
físicamente. Y si se la considera astronómicamente, la Luna es uno de los siete
planetas del Mundo Antiguo; en la Teogonía es uno de los Regentes de la misma,
lo mismo entre los cristianos hoy día, que entre los Paganos; los primeros la
mencionan con el nombre de uno de sus Arcángeles, y los últimos con el de uno
de sus Dioses.
Por
lo tanto, la significación del “cuento de hadas”, traducido por Chwolsohn de la
versión árabe de un antiguo manuscrito caldeo, de Qûtâmy instruido por el ídolo de
la Luna, se comprende fácilmente. Seldenus nos dice el secreto, y lo mismo hace
Maimónides en su Guide to the Perplexed (11). Los adoradores
de los Teraphim, u Oráculos judíos, “grababan imágenes, y pretendían que la luz
de las principales estrellas (planetas) las compenetraban totalmente, y las
Virtudes angélicas ( o los Regentes de las estrellas y planetas) hablaban con
ellos por su medio, enseñándoles artes y muchas cosas de la mayor utilidad”. Y
Seldenus explica que los Teraphim fueron construidos y compuestos con arreglo a
la posición de ciertos planetas, que los griegos llamaban ... y de acuerdo con
las figuras que se hallaban en el firmamento, llamadas ... o los Dioses
Tutelares. Aquellos que señalaban a los ... eran llamados ..., o adivinadores
por medio de la ... (12).
Estas
sentencias del Nabathean Agriculture son, sin embargo, las que
han asustado a los hombres de ciencia y les han hecho proclamar que la obra es
“o bien apócrifa o un cuento de hadas, indigno de la atención de un académico”.
Al mismo tiempo, como ya se ha mostrado, los católicos romanos y los
protestantes celosos la hicieron pedazos metafóricamente; los primeros, porque
“describía el culto de los demonios”, y los últimos, porque era “impía”. Todos
se equivocan, nuevamente. No es un cuento de hadas, y en lo que se refiere a
los piadosos sacerdotes, puede mostrárseles el mismos culto en sus escrituras,
por más desfigurado que se halle en la traducción. El culto Solar y el Lunar,
así como también el culto de las Estrellas y de los Elementos, figuran y pueden
encontrarse en la Teología Cristiana. Ellos son defendidos por los papistas, y
si los protestantes los niegan en redondo, es por su cuenta y riesgo. Pueden
citarse dos ejemplos.
Amiano
Marcelino enseña que las antiguas adivinaciones se llevaban a cabo con la ayuda
de los Espíritus de los Elementos (Spiritus Elementorum) y en griego ...
(13).
Pero
ahora se ha visto que los Planetas, los Elementos y el Zodíaco no sólo
figuraban en el Heliópolis por las doce piedras llamadas “Misterios de los
Elementos” (Elementorum Arcana), sino también en el Templo de
Salomón; y, como varios escritores lo han señalado, en algunas iglesias
italianas antiguas, y hasta en Notre Dame de París, en donde pueden
verse actualmente.
Ningún
símbolo, ni aun el del Sol, fue más complejo en sus múltiples significados que
el símbolo lunar. El sexo, por supuesto, era doble. Para unos era varón, como
por ejemplo, el “Rey Soma” indo y el Sin caldeo; para otras naciones era
hembra, las hermosas Diosas Diana-Luna, Ilithyia, Lucina. Entre los tauri se
sacrificaban víctimas humanas a Artemisa, una forma de la Diosa lunar; los
cretenses la llamaban Dictynna, y los medos y los persas Ïtis, como muestra la
inscripción de Coloe: ... ... Pero ahora nos referimos principalmente a la más
casta y pura de las Diosas vírgenes, Luna-Artemisa, a quien Pamfos fue el
primero en darle el sobrenombre de ..., y de quien Hipólito escribió ... ...
... (14). Esta Artemisa-Lochia, la Diosa que presidía a la concepción y
nacimiento de las criaturas, en sus funciones y como triple Hécate, la Deidad
órfica, el predecesor del Dios de los rabinos y de los kabalistas
precristianos, y su tipo lunar. La Diosa ... era el símbolo personificado de
los diferentes y sucesivos aspectos presentados por la Luna en cada una de sus
tres fases; y esta interpretación era ya la de los estoicos (15), mientras que
los órficos explicaban el epíteto ... por los tres reinos de la Naturaleza
sobre los que ella reinaba. Hécate-Luna, celosa, ávida de sangre, vengativa y
exigente, es el digno duplicado del “Dios celoso” de los profetas judíos.
Todo
el enigma del culto Solar y Lunar, tal como se señala ahora en las Iglesias,
depende, a la verdad, de este antiguo misterio universal de los fenómenos
lunares. Las fuerzas correlativas de la “Reina de la Noche”, que permanecen
latentes para la Ciencia Moderna, pero que están en completa actividad para el
conocimiento de los adeptos orientales, explican bien las mil y una imágenes
bajo las cuales ha sido representada la Luna por los antiguos. También ello
muestra cuánto más versados estaban los antiguos en los Misterios selenitas que
nuestros modernos astrónomos. Todo el Panteón de las Diosas y Dioses lunares,
Nephtys o Neïth, Proserpina, Melitta, Cibeles, Isis, Astarté, Venus y Hécate de
un lado, y Apolo, Dionisio, Adonis, Baco, Osiris, Atys, Thammuz, etc. de otro,
todos muestran en sus nombres y títulos -de “Hijos” y “Esposos” de sus
“Madres”- su identidad con la Trinidad cristiana. En todos los sistemas
religiosos se hacía a los Dioses fundir en una sus funciones de Padre, Hijo y
Esposo; y las Diosas se fundían igualmente como Esposas, Madres y hermanas del
Dios masculino; sintetizando los primeros los atributos humanos en el “Sol, el
Dador de la Vida”, y fundiendo las últimas todos sus títulos en la gran
síntesis conocida como Maia, Maya, María, etc., un nombre genérico Maia ha
llegado a significar “madre” para los griegos, por derivación obligada de la
raíz ma (nodriza), y hasta dio su nombre al mes de Mayo, que
estaba consagrado a todas estas Diosas antes de serlo a María (16). Su origen primitivo,
sin embargo, era Mâyâ, Durgâ, traducido por los orientalistas “inaccesible”,
pero significando en verdad lo “inalcanzable”, en el sentido de ilusión y sin
realidad, como siendo el origen y causa de los hechizos, la personificación de
la ilusión.
En
los ritos religiosos, la Luna servía para un doble objeto. Era personificada
como una Diosa femenina para fines exotéricos, o como un Dios varón en las
alegorías y símbolos; y en la Filosofía Oculta nuestro satélite era considerado
como una Potencia sin sexo que debía ser bien estudiada, porque había que
temerla. Entre los Iniciados arios, caldeos, griegos y romanos, Soma, Sin,
Artemisa, Soteita (el Apolo hermafrodita cuyo atributo es la lira, y la barbada
Diana del arco y flecha), Deus Lunus, y especialmente Osiris-Lunus y Thot-Lunus
(17), eran potencias ocultas en la Luna. Pero ya sea varón o hembra, Thot o
Minerva, Soma o Astoreth, la Luna es el Misterio de los Misterios ocultos, y
más un símbolo del mal que del bien. Sus siete fases, en la división original
esotérica, están divididas en tres fenómenos astronómicos y cuatro fases
puramente psíquicas. La Luna no ha sido siempre reverenciada, según se
demuestra en los Misterios, en donde la muerte del Dios-Luna -las tres fases de
desvanecimiento gradual y final desaparición- estaba alegorizada por la Luna en
representación del Genio del Mal, que, por el momento, triunfa sobre el Dios
productor de la Luz y de la Vida, el Sol; y era necesaria toda la habilidad y
sabiduría de los antiguos Hierofantes en Magia para convertir en triunfo esta
derrota.
En
el culto más antiguo de todos, en el de la Tercera Raza de nuestra Ronda, los
Hermafroditas, la Luna macho se hizo sagrada cuando, después
de la llamada Caída, los sexos se separaron. Deus-Lunus se convirtió entonces
en Andrógino, macho y hembra por turno, hasta que finalmente sirvió para
fines de brujería, como poder Dual para la Cuarta Raza-Raíz, los atlantes.
En la Quinta, nuestra propia Raza, el culto Lunar-solar dividió a las naciones
en dos distintos campos antagónicos, y produjo los sucesos
descritos, aenes más tarde, en la guerra Mahâbhâratan, la lucha
entre los Sûryavanshas y los Indovanshas que los europeos consideran fabulosa,
y que es histórica para los indos y ocultistas. El culto a los principios macho
y hembra se originó en el aspecto doble de la Luna, y terminó en los cultos
distintos del Sol y de la Luna. Entre las razas semíticas, el Sol fue durante
mucho tiempo femenino y la Luna masculina, procediendo esta última noción de
las tradiciones atlantes. A la Luna la llamaron “el Señor del Sol”,
Bel-Shemesh, antes del culto Shemesh. La ignorancia de las razones iniciales de
semejante distinción condujo a las naciones al culto antropomórfico de los
ídolos. Durante aquel período que no se encuentra en los libros Mosaicos, a
saber, desde el destierro del Edén hasta el Diluvio alegórico, los judíos y los
demás semitas adoraron a Dayanisi ..., el “Soberano de los Hombres”, el “Juez”,
o el Sol. Aun cuando el Canon judío y el Cristianismo han convertido al Sol en
el “Señor Dios” y en “Jehovah” en la Biblia, sin embargo la
misma Biblia está llena de huellas indiscretas de la Deidad
andrógina que era Jehovah, el Sol, y Astoreth, la Luna en su aspecto femenino,
y libre enteramente del presente elemento metafórico que se le ha dado. Dios es
un “fuego que consume”, aparece en el fuego y está
circundado por él. No fue sólo en visión como Ezequiel vio a
los judíos “adorando al Sol” (18). El Baal de los israelitas -el Shemesh de los
moabitas y el Moloch de los amonitas- era el mismo “Sol-Jehovah”, y es hasta
hoy el “Rey de la Hueste del Cielo”, el Sol, así como Astoreth era la “Reina
del Cielo”, o la Luna. El “Sol de Justicia” sólo ahora se ha
convertido en una expresión metafórica. Pero la religión de todas
las naciones antiguas se basaba primitivamente en las manifestaciones ocultas
de una Fuerza o Principio puramente abstracto, llamado actualmente “Dios”. El
establecimiento mismo de tales cultos muestra en sus detalles y ritos que los
filósofos que desarrollan semejantes sistemas de la Naturaleza, subjetiva y
objetiva, poseían un conocimiento profundo, y conocían muchos hechos de
naturaleza científica. Porque los ritos del culto Lunar, además de ser
puramente ocultos, estaban basados, como se acaba de mostrar, en el
conocimiento de la Fisiología --ciencia completamente moderna entre nosotros-,
de la Psicología, las Matemáticas Sagradas, la Geometría y la Metrología en su
verdadera aplicación a símbolos y figuras, que no son sino signos en donde se
han registrado los hechos naturales y científicos observados.
Como hemos dicho, el magnetismo lunar genera la vida, la preserva y la
destruye; y Soma encarna el triple poder de la Trimûrti, aun cuando no sea
reconocida para el profano hasta el presente.
La
alegoría que presenta a Soma, la Luna, como producida por la acción del mazar
del Océano de Vida (Espacio) por los Dioses en otro Manvántara, esto es, en el
día pregenésico de nuestro Sistema Planetario, y el mito que representa a “los
Rishis ordeñando a la Tierra cuyo ternero era Soma, la Luna”, tienen un
significado profundamente cosmográfico; pues ni es nuestra Tierra
la ordeñada, ni la Luna que conocemos el ternero (19). Si nuestros hombres de
ciencia hubieran sabido de los misterios de la Naturaleza tanto como sabían los
antiguos arios, seguramente no hubieran imaginado nunca que la Luna fue
proyectada desde la Tierra. Repito nuevamente que para poder comprender el
lenguaje simbólico de los antiguos hay que tener presente y tomar en consideración
las más antiguas permutaciones de la Teogonía: al Sol convirtiéndose en su
propio Padre, y a la Madre generada por el Hijo. De otro modo, la mitología
parecería siempre a los orientalistas simplemente “la enfermedad que aparece en
cierto estado peculiar de la cultura humana!”, como ha dicho gravemente Renouf.
Los
antiguos enseñaban la autogeneración, por decirlo así, de los Dioses: la
Esencia Divina Una, inmanifestada, concibiendo perpetuamente un
Segundo-Yo manifestado, cuyo Segundo-Yo, andrógino en su
naturaleza, da a luz, de modo inmaculado, a todo lo macrocósmico y
microcósmico de este Universo. Esto ha sido mostrado algunas páginas antes, en
el Círculo y el Diámetro, o el Diez (10) Sagrado.
Pero
nuestros orientalistas, a pesar de su gran deseo de descubrir un Elemento
homogéneo en la Naturaleza, no lo verán. Paralizados en sus
investigaciones por tal ignorancia, los arianistas y los egiptólogos se
extravían constantemente en sus especulaciones. Así es como de Rougé no puede
comprender, en el texto que traduce, el significado de cuando Ammon-Ra dice al
Rey Amenofes que se supone sea Memmon: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado”.
Y encontrando lo mismo en muchos textos y bajo diferentes formas, este
orientalista, muy cristiano, se ve, por último, obligado a decir:
Para
que esta idea haya podido entrar en la mente de los hierográmatas, tiene que
haber habido en su religión una doctrrina más o menos definida, que
indique como un hecho posible, una encarnación divina e inmaculada bajo una
forma humana.
Precisamente.
Pero ¿por qué ha de atribuirse la explicación a una profecía imposible, cuando
todo el secreto queda aclarado por la última religión copiando a la primera?
Esta
doctrina era universal; no fue en la mente de ningún hierográmata donde se
desarrolló; pues los Avatâras indos son una prueba de lo contrario. De Rougé,
después de “comprender más claramente” (20) lo que significaba el “Padre
Divino” y el “Hijo” entre los egipcios, no puede, sin embargo, percibir todavía
cuáles eran las funciones que se atribuían al Principio femenino en
aquella generación primordial. No lo encuentra en la Diosa Neïth, de Saïs. Sin
embargo, cita la sentencia del Jefe a Cambises, cuando introdujo a este Rey en
el templo saïtico: “Hago conocer a V. M. la dignidad de Saïs, que es la mansión
de Neïth, el gran productor (femenino), generador del Sol, que
es el primer nacido y que no es engendrado, sino sólo dado a luz” -y
por lo tanto, fruto de una Madre Inmaculada.
¡Cuánto
más grandioso, filosófico y poético -para cualquiera que lo pueda comprender y
apreciar- es el verdadero concepto de los antiguos paganos sobre la Virgen
Inmaculada, comparado con el concepto papal moderno! En el primero, la Madre
Naturaleza siempre joven, el origen de sus prototipos, el Sol y la Luna, genera
y da a luz a su Hijo “nacido de la mente”, el Universo. El Sol y la
Luna, como deidades masculino-femeninas, fructifican la Tierra, la Madre
microcósmica, y esta última concibe y da a luz, a su vez. En cambio,
según los cristianos, el “Primer nacido” (primogenitus) es,
en verdad, generado, esto es, engendrado (genitus, non factus), y
positivamente concebido y dado a luz: “Virgo pariet” -explica
la Iglesia latina-. De este modo arrastra a la tierra esta Iglesia el noble
ideal espiritual de la Virgen María, y haciéndola “de barro terreno”, degrada
el ideal que representa, rebajándola a la Diosa antropomórfica más inferior del
populacho.
Ciertamente,
Neïth, Isis, Diana, etc., sea el que quiera el nombre por el que fuese
designada, era “una Diosa demiurga, visible e invisible a la vez, que tenía su
lugar en el Cielo, y que ayudaba en la generación de las especies”
-la Luna, en una palabra-. Sus aspectos y poderes ocultos son innumerables, y,
en uno de ellos, la Luna era para los egipcios Hathor, otro aspecto de Isis
(21); y a ambas Diosas se las representa amamantando a Horus. Véase en el Salón
Egipcio del Museo Británico a Hathor adorada por el Faraón Thotmes, que está de
pie entre ella y el Señor de los Cielos. El monolito fue traído de Karnac. La
misma Diosa tiene la leyenda siguiente, inscrita en su trono: “La
Divina Madre y Señora, o Reina del Cielo”; y también la “Estrella de la
Mañana”, y la “Luz del Mar” -Stella Matutina y Lux
Maris. Todas las Diosas Lunares tenían un aspecto doble: uno divino,
el otro infernal. Todas eran las Vírgenes Madres de un Hijo nacido
de modo inmaculado, el Sol. Raoul Rochette muestra a la Diosa Luna
de los atenienses, Palas, o Cibeles, Minerva, o también Diana, invocada en sus
fiestas como ... ..., “la Madre única de Dios”, teniendo a su hijo-niño en su
regazo, sentada sobre un león y rodeada de doce personajes; en quienes los
ocultistas reconocen a los doce grandes Dioses, y el piadoso orientalista
cristiano a los Apóstoles, o más bien a la profecía griega pagana de los
mismos.
Ambos
tienen razón, pues la Diosa Inmaculada de la Iglesia latina es una copia fiel
de la Diosa pagana más antigua; el número de los apóstoles es el de las doce
Tribus, y éstas son la personificación de los doce grandes Dioses, y de los
doce signos del Zodíaco. Casi todos los detalles del dogma cristiano están
tomados de los paganos. Semele, la Esposa de Júpiter y Madre de Baco, el Sol,
según Nonno es también “llevada” o se la hace ascender al Cielo
después de su muerte, en donde preside, entre Marte y Venus, bajo el nombre de
“Reina del Mundo” o del Universo, ...; “a cuyo nombre”, lo mismo que a los
nombres de Hathor, Hécate y otras Diosas infernales, “todos los demonios
tiemblan” (22).
“...
... ...”. Según cuenta De Mirville, esta inscripción griega de un pequeño
templo, reproducida en una piedra que Berger encontró, y copiada por
Montfaucon, nos informa del hecho estupendo de que la Magna Mater del mundo
antiguo fue un “plagio” descarado de la Inmaculada Virgen María de la Iglesia
Católica, perpetrado por el Demonio. Ya sea así, o viceversa, no tiene
importancia. Lo que interesa observar es la perfecta identidad entre la copia
arcaica y el original moderno.
Si
el espacio de que disponemos nos lo permitiera, podríamos mostrar la
inconcebible frialdad e indiferencia que han tenido algunos partidarios de la
Iglesia Católica Romana al ser puestos frente a frente de las revelaciones del
pasado. A la observación de Maury de que “la Virgen tomó posesión de todos los
Santuarios de Ceres y Venus, y de que los ritos paganos, proclamados y
practicados en honor de aquellas Diosas, fueron en gran parte transferidos a la
Madre de Cristo” (23), el abogado de Roma contesta que tal es el caso, y que
era justo y natural que así fuese.
Como
el dogma, la liturgia y los ritos profesados por la Iglesia Apostólica Romana
en 1862 se encuentran grabados en monumentos, inscritos en papiros y
rollos apenas posteriores al Diluvio, es imposible negar la
existencia de un primero y prehistórico Cataclismo (Romano),
del cual es el nuestro una continuación fiel... (Pero mientras el
primero era el colmo, el “summum de la desvergüenza de los demonios
y de la nigromancia goética” ...el segundo es divino). Si en
nuestra Revelación (cristiana ) (el Apocalipsis),
María, revestida con el Sol, y teniendo a la Luna bajo sus pies, no tiene ya
nada en común con la humilde servidora (servante) del
Nazareno (sic), es porque se ha convertido ahora en el mayor de los
poderes teológicos y cosmológicos de nuestro Universo (24).
Precisamente,
puesto que Píndaro canta así sobre su asunción: “Se sienta a la derecha de
su Padre (Júpiter)... y es más poderosa que todos los demás (Ángeles o) Dioses”
(25) - himno que igualmente se ha aplicado a la Virgen. También San
Bernardo, citado por Cornelio a Lapide, se dirige a la Virgen María de este
modo: “El Sol-Cristo vive en ti, y tú vives en él” (26).
También
este santo hombre, nada sofístico, admite que la Virgen es la Luna. Siendo la
Lucina de la Iglesia, le aplican en el parto el verso de Virgilio, “Casta
fave Lucina, tuus jam regnat Apollo”. Y añade aquel santo inocente: “Lo
mismo que la Luna, la Virgen es la Reina del Cielo” (27).
Esto
termina la cuestión. Según los escritores tales como De Mirville, mientras más
semejanza existe entre los conceptos paganos y los dogmas cristianos, más
divina aparece la religión cristiana, y más se ve que es la única
verdaderamente inspirada, especialmente en su forma católico-romana. Los
descreídos hombres de ciencia y académicos, que creen ver en la Iglesia latina
precisamente todo lo contrario de la inspiración divina, y que no quieren
admitir los maliciosos plagios anticipados de Satanás, son seriamente llamados
a capítulo. Pero “no creen en nada y rechazan hasta el Nabathean
Agriculture como una novela y una porción de absurdos supersticiosos”,
gime el memorialista. - “Según su opinión pervertida, “el ídolo de la Luna” de
“Qû-tâmy y la estatua de la Madona son una misma cosa”. Hace veinticinco años
que un noble Marqués escribió seis enormes volúmenes, o como él los llama,
“Memorias para la Academia Francesa”, con el solo objeto de probar que el
Catolicismo Romano es una creencia inspirada y revelada. Como prueba de ello,
cita hechos innumerables, tendiendo todos a mostrar que todo el mundo antiguo
había estado, desde el Diluvio, con la ayuda del Demonio, plagiando
sistemáticamente los ritos, ceremonias y dogmas de la futura Santa Iglesia, que
debía nacer siglos más tarde. ¿Qué hubiese dicho este fiel hijo de Roma si
hubiera oído a su correligionario M. Renouf, el distinguido egiptólogo del
Museo Británico, declarar en una de sus sabias conferencias que ni “los hebreos
ni los griegos tomaron ninguna de sus ideas de Egipto?”
¿Pero
quizás quiso decir M. Renouf que los egipcios, los griegos y los arios fueron
los que tomaron sus ideas de la Iglesia latina? Y si es así, ¿por qué, en
nombre de la lógica, rechazan los papistas los nuevos datos que los ocultistas
pueden proporcionarles sobre el culto de la Luna, puesto que todo tiende a
mostrar que el culto de la Iglesia Católica Romana es tan antiguo como el mundo
- del Sabeísmo y de la Astrolatría?
La
causa de la Astrolatría de los primitivos cristianos y más tarde de la católica
romana, o el culto simbólico del Sol y de la Luna, culto idéntico al de los
gnósticos, aunque menos filosófico y puro que el “culto del Sol” de los
mazdeístas, es una consecuencia natural de su nacimiento y origen. La adopción
por la Iglesia latina de símbolos como el Agua, el Fuego, el Sol, la Luna y las
Estrellas, y muchos otros, es sencillamente la continuación por los primitivos
cristianos del antiguo culto de las naciones paganas. Por ejemplo, Odín obtuvo
su sabiduría, su poder y sus conocimientos sentándose a los pies de Mimir, el
tres veces sabio Jotun, que pasó su vida en la fuente de la Sabiduría
primordial, cuyas cristalinas Aguas aumentaban diariamente su conocimiento.
“Mimir obtuvo el conocimiento superior, de la fuente, porque el Mundo había
nacido del Agua; de aquí que la Sabiduría primordial se encontrase en aquel
misterioso elemento”. El ojo que Odín tenía que comprometer para adquirir aquel
conocimiento, puede ser “el Sol que ilumina y penetra todas las cosas; su otro
ojo siendo la Luna, cuya reflexión mira desde el mar, y que por último, cuando
se pone, se hunde en el Océano” (28). Pero es algo más que esto. Loki, el Dios
del Fuego, se dice se ocultó en el Agua, como también en la Luna, la dadora de
luz, cuya reflexión encontró en aquélla. Esta creencia de que el Fuego
encuentra refugio en el Agua no se limitaba a los antiguos escandinavos.
Participaban de ella todas las naciones, y fue por último adoptada por los
primitivos cristianos que simbolizaron el Espíritu Santo bajo la figura del
Fuego, “lenguas hendidas como de Fuego” -el hálito del Padre-Sol. Este Fuego
desciende también dentro del Agua o el Mar- Mare, María. La Paloma era, entre
algunas naciones, el símbolo del Alma; estaba consagrada a Venus, la Diosa
nacida de la espuma del mar, y más tarde se convirtió en el símbolo del Ánima
Mundi cristiano, o Espíritu Santo.
Uno
de los capítulos más ocultos del Libro de los Muertos es el
titulado “La transformación en el Dios que da Luz al Sendero de Tinieblas”, en
donde la “Mujer-Luz de la Sombra” sirve a Thot en su retiro en la Luna.
Thot-Hermes se dice que se ocultó allí, porque es el representante de la
Sabiduría Secreta. Él es el Logos manifestado de su lado luminoso; y la Deidad
oculta o “Sabiduría Obscura”, cuando supone que se retira al otro hemisferio.
Hablando de su poder, la Luna se llama repetidamente a sí misma: “La Luz que
brilla en la Obscuridad”, la “Mujer-Luz”. De aquí que se convirtiese en el
símbolo aceptado de todas las Diosas Vírgenes-Madres. Del mismo modo que los
perversos “malos” Espíritus hicieron la guerra a la Luna en los tiempos
antiguos, asimismo se supone que la hacen ahora, sin poder, sin embargo,
triunfar de la actual Reina del Cielo, María, la Luna. De ahí que también
estaba la Luna íntimamente relacionada, en todas las teogonías paganas, con el
Dragón, su eterno enemigo. La Virgen, o Madona, está representada sobre el
Satán mítico así simbolizado, que yace vencido e impotente bajo sus pies. Esto
es así porque la cabeza y la cola del Dragón, que en la astronomía oriental
representan, hasta hoy, los nodos ascendente y descendente de la Luna, estaban
simbolizados en la antigua Grecia por dos serpientes. Hércules las mata en el
día de su nacimiento, y lo mismo hace el niño en los brazos de su Madre-Virgen.
Como observa atinadamente Mr. Gerald Massey respecto de estas relaciones:
Todos
estos símbolos representaron sus propios hechos desde un principio y no
presuponían otros de un orden completamente distinto. La iconografía (y también
los dogmas) había sobrevivido en Roma desde un período remoto antes del
cristianismo. No hubo ni falsedad ni interpolación de tipos; no hubo
más que una continuidad de imágenes con un significado desnaturalizado.
SECCIÓN X
EL CULTO
DEL ÁRBOL, DE LA SERPIENTE
Y DEL
COCODRILO
Objeto
de horror o de adoración, los hombres tienen
a
la serpiente un odio implacable, o se postran ante
su
genio. La Mentira la llama, la Prudencia la recla-
ma,
la Envidia la lleva en su corazón, y la Elocuen-
cia
en su caduceo. En el Infierno arma el látigo de
las
Furias; en el Cielo la Eternidad hace de ella su
símbolo.
DE
CHATEAUBRIAND
Los
ofitas aseguraban que había varias clases de Genios, desde Dios al hombre; que
su relativa superioridad se determinaba por el grado de Luz que a cada uno se
concedía; y sostenían que debía darse siempre gracias a la Serpiente, por el
señalado servicio que había hecho a la humanidad. Porque ella enseñó a Adán que
si comía del fruto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal, elevaría
inmensamente su Ser, por el conocimiento y la sabiduría que así adquiriría. Tal
era la razón exotérica que se daba.
Es
fácil ver de dónde proviene la idea primitiva del carácter doble (semejante al
de Jano) de la Serpiente - el bien y el mal. Este símbolo es uno de los más
antiguos, porque el reptil precedió al ave y el ave al mamífero. De aquí
proviene la creencia, o más bien la superstición, de las tribus salvajes, que
se imaginan que las almas de sus antecesores viven bajo esta forma; y la
general asociación de la Serpiente con el Árbol. Las leyendas sobre los varios
significados que representa, son innumerables; pero, como en su mayor parte son
alegóricas, han pasado ahora a la clase de fábulas basadas en la ignorancia y
en la superstición. Por ejemplo, cuando Filostrato cuenta que los indígenas de
la India y de Arabia se alimentaban del corazón y del hígado de las Serpientes
para aprender el lenguaje de todos los animales, a causa de tener la Serpiente
fama de tener esta facultad, seguramente que nunca pensó que sus palabras se
tomasen literalmente (1). Según veremos más de una vez a medida que avancemos, la
Serpiente y el Dragón eran nombres que se daban a los Sabios, los Adeptos
Iniciados de los tiempos antiguos. Sus conocimientos y sabiduría eran lo que
devoraban o se asimilaban sus partidarios, y de aquí la alegoría. Cuando se
dice en la fábula que el Sigurd escandinavo asó el corazón de Fafnir, el
Dragón, a quien había matado, convirtiéndose así en el más sabio de los
hombres, el significado es el mismo. Sigurd se había hecho sabio en misterios y
encantos mágicos; había recibido la “Palabra” de un Iniciado llamado Fafnir, o
de un hechicero, después de lo cual éste murió, como sucede a muchos, después
que “pasan la palabra”. Epifanio revela un secreto de los gnósticos al tratar
de exponer sus “herejías”. Los gnósticos ofitas, dice, tenían una razón para
honrar a la Serpiente: era ésta que enseñó los Misterios a los hombres
primitivos (2). Ciertamente; pero no tenían en la imaginación a Adán y
Eva en el Jardín, cuando enseñaban este dogma, sino simplemente lo que se ha
expuesto. Los Nâgas de los Adeptos indos y tibetanos eran Nâgas humanos
(Serpientes), no reptiles. Además, la Serpiente ha sido siempre el símbolo de
la renovación, consecutiva o en serie, de la Inmortalidad y el Tiempo.
Las
numerosas y en extremo interesantes declaraciones, interpretaciones y hechos
sobre el culto de la Serpiente que da Mr. Gerald Massey en su Natural
Genesis son muy ingeniosas y científicamente correctas; pero están muy
lejos de abarcar todos los significados que dicho culto
encubre. Sólo divulgan los misterios astronómicos y fisiológicos, con la
adición de algunos fenómenos cósmicos. En el plano inferior de la materia, la
Serpiente era, a no dudarlo, el “gran emblema del Misterio de los Misterios”, y
muy probablemente fue “adoptado como símbolo de la pubertad femenina, a causa
de su cambio de piel, o camisa, y de su propia renovación”. Esto era, sin
embargo, sólo con respecto a los misterios que se refieren a la vida terrestre animal;
pues como símbolo del “revestirse de nuevo y renacer en los
misterios (universales)”, su “fase final” (3) (o diremos más bien sus fases
incipiente y culminante) no era de este plano. Estas fases fueron generales en
el reino puro de la Luz Ideal, y después de haber terminado el círculo de todo
el ciclo de adaptaciones y simbolismos, los Misterios volvieron al punto de
donde habían partido, a la esencia de la causalidad inmaterial. Pertenecían
ellos a la Gnosis más elevada. Y, seguramente, este símbolo no hubiera podido
obtener su nombre y fama ¡tan sólo a causa de su intromisión en las funciones
fisiológicas y especialmente en las femeninas!
Como
símbolo, la Serpiente tenía tantos aspectos y significados ocultos como el
mismo Árbol; el “Árbol de la Vida”, con el cual estaba relacionada de un modo
emblemático y casi indisoluble. Ya se considere como símbolo metafísico o
físico, el Árbol y la Serpiente, unidos o separados, nunca han sido en la
antigüedad tan degradados como lo son ahora, en esta nuestra edad en que se
destruyen los ídolos, no en pro de la verdad, sino para glorificar más la
materia grosera.
Las
revelaciones e interpretaciones de Rivers of Life del General
Forlong hubieran asombrado a los adoradores del Árbol y de la Serpiente en los
días de la sabiduría arcaica, caldea y egipcia; y hasta los primitivos shaivas
se hubieran sobrecogido de horror ante las teorías y suposiciones del autor de
dicha obra. “La idea de Payne Knight y de Inman, de que la Cruz o Tau es
simplemente copia de los órganos masculinos en forma de tríada, es radicalmente
falsa”, escribe Mr. G. Massey, quien prueba lo que dice. Pero ésta es una
afirmación que puede aplicarse con la misma razón a casi todas las
interpretaciones modernas de los antiguos símbolos. The Natural Genesis,
obra monumental de investigación y pensamiento, la más completa de todas las
que sobre el asunto se han publicado, abarcando un campo más amplio, y
explicando mucho más que todos los simbologistas que hasta el presente han
escrito, no va, sin embargo, más allá del aspecto “psicoteístico” del
pensamiento antiguo. No estaban Payne Knight e Inman del todo equivocados;
excepto cuando dejan de percibir por completo que sus interpretaciones del
Árbol de la Vida, como la Cruz y el Falo, se ajustaban al símbolo sólo en el
último y más inferior de los grados de desarrollo evolucionario de la idea del
Dador de Vida. Era la última y la más grosera transformación física
de la Naturaleza, en el animal, en el insecto, en el pájaro y hasta en la
planta; pues el magnetismo creador dual, en la forma de atracción de los
opuestos, o polarización sexual, actúa en la constitución del reptil y del
pájaro lo mismo que en la del hombre. Además, los simbologistas y orientalistas
modernos, desde el primero al último, al ignorar los verdaderos Misterios
revelados por el Ocultismo, sólo no pueden ver, necesariamente, este último
aspecto. Si se les dijese que este modo de procreación que todo el mundo de los
seres tiene ahora en común en la Tierra, no es sino una fase pasajera, un medio
físico de proporcionar las condiciones y producir los fenómenos de la vida, y
que cambiará a la par de ésta y desaparecerá con la próxima Raza Raíz, se
reirían de semejante idea supersticiosa y anticientífica. Pero los más sabios
ocultistas aseguran esto porque lo saben. El universo de
los seres vivos, de todos aquellos que procrean sus especies, es el testimonio
viviente de los diferentes modos de procreación en la evolución de las especies
y razas animales y humanas; y el naturalista debiera sentir intuitivamente esta
verdad aun cuando no pueda todavía demostrarla. ¿Cómo podría hacerlo, a la
verdad, dado el modo de pensar moderno? Los jalones de la historia arcaica del
Pasado son pocos y raros; y aquellos que los hombres de ciencia encuentran, son
tomados equivocadamente por postes indicadores de nuestra pequeña Era. Hasta la
llamada “historia universal” (?) no abarca sino un reducidísimo campo en el
espacio casi ilimitado de las regiones inexplotadas de nuestra última Quinta
Raza Raíz. De aquí que cada nuevo poste indicador, cada símbolo que del remoto
pasado se descubre, sea añadido al antiguo conjunto de datos para ser
interpretado por la misma línea de conceptos preexistentes, y sin referencia
alguna al ciclo especial de pensamiento a que pueda pertenecer aquel
determinado símbolo. ¡Cómo podrá la Verdad salir a luz, si no se cambia nunca
este método!
Así
pues, al principio de su unida existencia como símbolo del Ser Inmortal, el
Árbol y la Serpiente eran, verdaderamente, imágenes divinas. El Árbol estaba invertido,
y sus raíces nacían en el Cielo surgiendo de la Raíz sin Raíz del Ser-Todo. Su
tronco creció y se desarrolló; al cruzar los planos del Plerôma, proyectó
transversalmente sus ramas exuberantes, primero en el plano de la materia
apenas diferenciada, y luego hacia abajo, hasta que tocaron el plano terrestre.
Por esto se dice en el Bhagavad-Gitâ que el Árbol de la Vida y
de la Existencia, Ashvattha, cuya destrucción es lo único que conduce a la
inmortalidad, crece con sus raíces arriba y sus ramas abajo (4). Las raíces
representan el Supremo Ser o Causa Primera, el Logos; pero hay que ir más allá
de estas raíces para unirse uno mismo con Krishna, que, dice
Arjuna, es “más grande que Brahmâ, y la Causa Primera... lo indestructible, lo
que es, lo que no es y lo que está más allá de ellos” (5). Sus ramas
principales son el Hiranyagarbha (Brahmâ o Brahman, en sus manifestaciones más
elevadas, dice Shrîdhara Svâmin y Madhusûdana), los más elevados Dhyân Chohans
o Devas. Los Vedas son sus hojas. Sólo aquél que va más
allá de las raíces no volverá más; esto es, no reencarnará durante
esta Edad de Brahmâ.
Sólo
cuando sus ramas puras tocaron el lodo terrestre del Jardín del Edén, de
nuestra Raza Adámica, se manchó este Árbol con el contacto y perdió su prístina
pureza; y la Serpiente de la Eternidad, el Logos Nacido del Cielo, se degradó
finalmente. En los tiempos antiguos, en los días de las Dinastías Divinas en la
Tierra, este reptil, ahora temido, era considerado como el primer rayo de luz
que salió del abismo del Divino Misterio. Variadas fueron las formas que se le
dieron, y numerosos los símbolos naturales que se le asignaron, a medida que
cruzó los eones del Tiempo; pues desde el Tiempo Infinito mismo (Kâla), cayó
dentro del espacio y del tiempo desenvueltos por la especulación humana. Estas
formas eran cósmicas y astronómicas, deístas y panteístas, abstractas y
concretas. Se convirtieron por turno en el Dragón Polar y en la Cruz, el Alfa
Draconis de la Pirámide, y el Dragón indo-buddhista, que siempre amenaza, pero
que nunca se traga al Sol durante sus eclipses. Hasta entonces, el Árbol permaneció
siempre verde, pues era regado por las Aguas de la Vida; el Gran Dragón
permaneció siempre divino, mientras se mantuvo dentro de los límites de los
campos siderales. Pero el árbol creció, y sus ramas inferiores tocaron por fin
las Regiones Infernales, nuestra Tierra. Entonces la Gran Serpiente Nidhögg
-aquella que devora los cadáveres de los pecadores en la “Región de la
Desdicha” (la vida humana), en el momento en que se hunden en el Hwergelmir, el
rugiente hervidero (de pasiones humanas)- empezó a roer el Árbol del Mundo. Los
gusanos de la materialidad cubrieron las raíces, antes saludables y poderosas,
y ahora están ascendiendo más y más alto a lo largo del tronco; mientras que la
Culebra Midgard, enroscada en el fondo de los Mares, rodea la Tierra y, con su
aliento venenoso, la hace impotente para defenderse.
Los
Dragones y Serpientes de la antigüedad tienen todos siete cabezas, una cabeza
por cada Raza, y “cada cabeza, con siete cabellos en ella”, según dice la
alegoría. Siempre así, desde Ananta, la Serpiente de la Eternidad, que lleva a
Vishnu por todo el Manvántara; desde el Shesha original, primordial, cuyas
siete cabezas se convierten en “mil cabezas” en la fantasía puránica, hasta la
Serpiente accadiana de siete cabezas. Esto simboliza los Siete Principios en
toda la Naturaleza y en el hombre; siendo el séptimo la cabeza más elevada o la
del medio. Filón no habla del Sábado judío mosaico en su Creación del
Mundo, cuando dice que el mundo fue completado “con arreglo a la naturaleza
perfecta del número 6”. Pues:
Cuando
aquella Razón (Nous) que es Santa de acuerdo con el número 7, ha entrado en el
alma (más bien en el cuerpo vivo), el número se halla por ello
prisionero, así como todas las cosas mortales que este número forma.
Y
también:
El
número 7 es el día festivo de toda la tierra, el día del nacimiento del
mundo. No sé si alguien podrá celebrar como es debido el número 7 (6).
El
autor del Natural Genesis cree que:
El
septenario de estrellas que se ve en la Osa Mayor (la Saptarshis) y el dragón
de siete cabezas proporcionan un origen visible del siete simbólico del tiempo
en el firmamento. La Diosa de las siete estrellas, como Kep era la madre del
tiempo; de donde Kepti y Sebti para los dos tiempos y el número. Así pues, ésta
es la estrella del Siete por nombre. Sevekh (Kronous), el hijo de la diosa,
tiene el nombre del siete o séptimo. también lo tiene Sefekh Abu, que construye
su casa en lo alto, como la Sabiduría (Sophía) construyó la suya con siete
pilares... Los tipos primitivos de Cronos eran siete, y por esto el principio
del tiempo en el cielo está basado en el número y en el nombre del siete, a
causa de los indicadores estelares. Las siete estrellas al dar la vuelta anual
continuaban señalando, como si dijéramos con el dedo de la mano derecha, y
describiendo un círculo en el cielo superior y en el inferior (7). El número 7
sugirió, naturalmente, la idea de una medida por siete, que condujo a lo que pudiera
llamarse división en setenas, y a marcar y hacer el mapa del
círculo en siete divisiones correspondientes, que se asignaron a las siete
grandes constelaciones; y de este modo fue formada la heptánoma celestial de
Egipto en el cielo.
Cuando
la heptánoma estelar se separó y dividió en cuatro cuartos, fue multiplicada
por cuatro, y los veintiocho signos ocuparon el lugar de las siete
constelaciones primordiales; siendo el zodíaco lunar de veintiocho signos, el
resultado que se obtuvo al contar veintiocho días a la Luna, o un mes lunar
(8). En el arreglo chino, los cuatro sietes se asignan a cuatro Genios que
presiden sobre los cuatro puntos cardinales (9), o más bien las siete
constelaciones del Norte constituyen el Guerrero Negro; las siete del Oriente
(otoño chino) forman el Tigre Blanco; las siete del Sur son el Pájaro Bermejo;
y las siete occidentales (llamadas vernales) son el Dragón Azulado. Cada uno de
estos cuatro espíritus preside sobre su heptánoma durante una semana lunar. El
generador de la primera heptánoma (Tifón, el de las siete estrellas) tomó
entonces un carácter lunar... En esta fase vemos que la diosa Sefekh, cuyo
nombre significa el número 7, es el Verbo femenino, a logos, en
lugar de la madre del tiempo, que era el Verbo primitivo como
diosa de las Siete Estrellas (10).
El
autor muestra que la Diosa de la Osa Mayor y Madre del Tiempo era en Egipto
desde los tiempos primitivos el “Verbo Viviente, y que Sevekh-Kronus, cuyo
símbolo era el Cocodrilo-Dragón, la forma preplanetaria de Saturno, fue llamado
su hijo y consorte; era él su Verbo Logos” (11).
Lo
anterior está bien claro, pero no fue tan sólo el conocimiento de la astronomía
el que condujo a los antiguos al procedimiento de dividir en setenas.
La causa primitiva es mucho más profunda y será explicada oportunamente.
Las
anteriores citas no son digresiones. Se han expuesto para mostrar: a) la razón
por la cual un Iniciado completo era llamado Dragón, Serpiente, Nâga; y b) que
nuestra división septenaria era usada por los sacerdotes de las dinastías
primitivas de Egipto, por la misma razón y con la misma base que nosotros.
Esto, sin embargo, necesita mayor aclaración. Como se ha dicho ya, lo que Mr.
Gerald Massey llama los cuatro Genios de los cuatro puntos cardinales, y los
chinos el Guerrero Negro, el Tigre Blanco, el Pájaro Bermejo y el Dragón
Azulado, se llaman en los Libros Sagrados los “Cuatro Dragones Ocultos de la
Sabiduría” y los “Nâgas Celestiales”. Ahora bien: el Dragón-Logos, de siete
cabezas o septenario, se muestra que en el transcurso del tiempo ha estallado,
por decirlo así, en cuatro partes heptánomas de veintiocho
porciones. Cada semana tiene un carácter oculto distinto en el mes lunar; cada
día de los veintiocho tiene sus características especiales; pues cada una de
las doce constelaciones, ya sea separadamente o en combinación con otros
signos, tiene una influencia oculta para el bien o para el mal. Esto representa
la suma de los conocimientos que los hombres pueden adquirir en la tierra; sin
embargo, pocos son los que la adquieren, y todavía menos son los sabios que
llegan a la raíz del conocimiento simbolizado por el gran Dragón-Raíz, el Logos
Espiritual de estos signos visibles. Pero aquellos que la alcanzan reciben el
nombre de Dragones, y son los “Arhats de las Cuatro Verdades o de las Veintiocho
facultades” o atributos, y siempre han sido llamados así.
Los
neoplatónicos alejandrinos aseguran que para convertirse en un Caldeo o Mago
verdadero hay que dominar la ciencia o conocimiento de los períodos de los
siete Rectores del Mundo, en quienes reside toda la sabiduría. Y a Jámblico se
le atribuye otra versión que, sin embargo, no altera el significado, pues dice:
Los
asirios no sólo conservaron los anales de las siete y veinte miríadas de años,
como Hiparco dice que hicieron, sino que igualmente lo verificaron de todo el
apocatástasis y períodos de los Siete Gobernadores del Mundo (12).
Las
leyendas de todas las naciones y tribus, ya sean civilizadas o salvajes, hablan
de la creencia, en un tiempo universal, de la gran sabiduría y astucia de las
Serpientes. Son “encantadoras”. Hipnotizan al pájaro con sus ojos, y hasta el
hombre mismo no puede, a menudo, dominar su influencia fascinadora; por lo
tanto, el símbolo es de los más apropiados.
El
Cocodrilo es el Dragón egipcio. Era el símbolo doble del Cielo y la Tierra, del
Sol y la Luna, y fue consagrado a Osiris y a Isis a causa de su naturaleza
anfibia. Según Eusebio, los egipcios representaban al Sol como un piloto en su
barco; éste conducido por un cocodrilo para “mostrar el movimiento del Sol en
el (Espacio) (13) Húmedo”. El Cocodrilo era, además, el símbolo del Bajo Egipto
mismo, y éste era la más pantanosa de las dos regiones. Los alquimistas
pretenden otra interpretación. Dicen ellos que el símbolo del Sol en el Barco
sobre el Éter del Espacio significa que la Materia Hermética es el principio, o
base, del Oro, y también el Sol filosófico; el Agua, en la que nada
el cocodrilo, es aquella Agua, o Materia, hecha líquida; y el Barco, por
último, representa la Nave de la Naturaleza, en que el sol, o el principio
sulfúrico ígneo, hace de piloto, porque el Sol es el que dirige la obra por su
acción sobre la Humedad o el Mercurio. Lo anterior se dirige sólo a los
alquimistas.
La
Serpiente se convirtió en el tipo y símbolo del mal y del Demonio sólo durante
la Edad Media. Los cristianos primitivos, así como los gnósticos ofitas, tenían
su Logos dual: la Buena y la Mala Serpiente, el Agathodaemon y el Kakodaemon.
Esto está demostrado en los escritos de Marcos, de Valentín y de muchos otros,
y especialmente en Pistis-Sophia, que es, en verdad, un documento
de los primeros siglos del Cristianismo. En el sarcófago de mármol de una
tumba, descubierta en 1852 cerca de la Porta Pía, se ve la escena de la
adoración de los Magos, “o bien”, observa el difunto C. W. King en The
Gnostics and their Remains, “el prototipo de aquella escena”, el
“Nacimiento del Nuevo Sol”. El suelo de mosaico exhibía un curioso dibujo que
podía representar, bien a Isis dando de mamar al niño Harpócrates, o a la
Madona criando al infante Jesús. En los sarcófagos pequeños que rodeaban al
mayor, se encontraron muchas planchas de plomo enrolladas como si fueran
pergamino, de las cuales pueden ser descifradas todavía once. El contenido de
éstas debiera considerarse como una prueba decisiva sobre una cuestión muy
enojosa, pues muestran que, o bien los cristianos primitivos, hasta el siglo
VI, eran bona fide paganos, o que el Cristianismo dogmático
fue una completa copia, que pasó toda entera a la Iglesia Cristiana: Sol,
Árbol, Serpiente, Cocodrilo y todo.
En
el primero se ve a Anubis... teniendo en la mano un rollo; a sus pies están dos
bustos de mujer; debajo de todo hay dos serpientes entrelazadas sobre... un
cadáver fajado como una momia. En el segundo rollo... está Anubis, con una cruz
en la mano, el “Signo de la Vida”. Bajo sus pies yace el cadáver envuelto por
los numerosos anillos de una enorme serpiente, el Agathodaemon, guardián de los
difuntos... En el tercer rollo... el mismo Anubis lleva en sus brazos un objeto
oblongo... que sostiene de tal modo que convierte los contornos de la figura en
una cruz latina completa... A los pies del Dios hay un romboide, el “Huevo del
Mundo” egipcio, hacia el cual se arrastra una serpiente enroscada en un
círculo... Bajo los... bustos... está la letra ... repetida siete veces
en una línea, haciendo recordar los “Nombres”... También es muy notable la
línea de caracteres, aparentemente palmiranios, que se ven en las piernas del
primer Anubis. En cuanto a la figura de la serpiente, suponiendo
que estos talismanes no provengan de la creencia Isíaca, sino de la Ofita más
nueva, puede muy bien representar aquella “Serpiente verdadera y perfecta” que
“conduce las almas de todos los que confían en ella fuera del Egipto del
cuerpo, y a través del Mar Rojo de la Muerte a la Tierra de Promisión,
salvándolos en el camino de la Serpiente del desierto, esto es, de los
Soberanos de las Estrellas” (14).
Y
esta “Serpiente verdadera y perfecta” es el Dios de siete letras que ahora se
cree que es Jehovah, y Jesús uno con él. En el “Primer Misterio”,
en Pistis Sophia, obra anterior al Apocalipsis de
San Juan, y evidentemente de la misma escuela, se envía al candidato para la
Iniciación a este Dios de Siete vocales. “La (Serpiente) de los Siete Truenos
pronuncia las siete sílabas”, pero “sella aquellas cosas que los Siete truenos
pronuncian, y no las escribe” -dice el Apocalipsis-. “¿Buscáis
estos misterios?” -pregunta Jesús en Pistis Sophia. “No hay
ningún misterio mejor que ellas (las siete vocales), pues conducirán vuestras
almas a la Luz de las Luces”-, o sea a la verdadera Sabiduría. “Nada es, por lo
tanto, más excelente que los misterios que buscáis, excepto tan sólo el
misterio de las Siete Vocales y sus cuarenta y nueve Poderes,
y los números de los mismos”.
En
la India era esto el misterio de los Siete Fuegos y sus
cuarenta y nueve Fuegos o aspectos, o “los números de los mismos”.
Entre
los “buddhistas” esotéricos de la India, en Egipto, en Caldea, etc., y entre
los Iniciados de todos los países, las Siete Vocales están representadas por
los signos Svastika sobre las coronas de las siete cabezas de la serpiente de
la Eternidad. Son las Siete Zonas de la ascensión post mortem de
los escritos herméticos, en cada una de las cuales el “Mortal deja una de sus
Almas, o Principios; hasta que, llegado al plano sobre todas las Zonas,
permanece allí como gran Serpiente Sin Forma de la Sabiduría Absoluta, o la
Deidad misma. La Serpiente de siete cabezas tiene más de un significado en las
enseñanzas arcanas. Es el Dragón de siete cabezas, cada una de las cuales es
una estrella de la Osa Menor; pero era también, de un modo preeminente, la
Serpiente de la Obscuridad, inconcebible e incomprensible, cuyas Siete cabezas
eran los Siete Logos, los reflejos de la Luz una primeramente manifestada, el
Logos Universal.
SECCIÓN XI
DEMON EST DEUS INVERSUS
Esta
frase simbólica, en sus múltiples formas, es ciertamente muy peligrosa e
iconoclasta frente a todas las últimas religiones dualistas, o más bien
teologías, y especialmente a la luz del cristianismo. Sin embargo, no sería
justo ni exacto decir que el Cristianismo es el que ha concebido y dado luz a
Satán. Como “Adversario”, como Poder opuesto requerido por el equilibrio y la
armonía de las cosas en el Universo, así como es necesaria la sombra para hacer
resaltar la Luz, la Noche para poner más de relieve al Día, y así como el Frío
hace apreciar más la bondad del calor, así ha existido siempre Satán. La
Homogeneidad es una e indivisible. Pero si el Uno y Absoluto homogéneo no es
una mera figura del lenguaje; y si lo Heterogéneo, en su aspecto dual, es su
producción, su sombra o reflejo bifurcado, entonces aquella Homogeneidad divina
tiene que contener en sí misma tanto la esencia de lo bueno como de lo malo. Si
“Dios” es Absoluto, Infinito y Raíz Universal de todas las cosas en la
Naturaleza y en su Universo, ¿de dónde viene el Mal o el Demonio, sino de la
misma Matriz áurea del Absoluto? Así pues, o tenemos que aceptar la emanación
del bien y del mal, de Agathodaemon y de Kakodaemon, como ramas del mismo
tronco del Árbol de la Existencia, o tenemos que resignarnos al absurdo de
creer en dos Absolutos eternos.
Teniendo
que buscar el origen de la idea en los mismos principios de la mente humana, es
de justicia entretanto conceder lo suyo hasta al Diablo proverbial. La
antigüedad no conocía ningún “Dios del mal” aislado, completa y absolutamente
malo. El pensamiento pagano representaba al bien y al mal como hermanos
gemelos, nacidos de la misma madre, la Naturaleza; tan pronto como aquel
pensamiento se perdió, haciéndose arcaico, la Sabiduría se convirtió en
Filosofía. En el principio, los símbolos del bien y del mal eran meras
abstracciones, Luz y Tinieblas; más tarde, sus tipos fueron elegidos
entre los fenómenos cósmicos más naturales y siempre repetidos periódicamente,
el Día y la Noche, o el Sol y la Luna. Luego fueron representados por las
Huestes de las Deidades del Sol y de la Luna, y el Dragón de las Tinieblas fue
el contraste del Dragón de la Luz. La Hueste de Satán es Hija de Dios, lo mismo
que la Hueste de B’ne Alhim, los Hijos de Dios que fueron a “presentarse ante
el Señor”, su Padre (1). “Los Hijos de Dios” se convirtieron en “Ángeles
caídos” sólo cuando comprendieron que las hijas de los hombres “eran hermosas”
(2). En la filosofía inda, los Suras estaban clasificados entre los dioses más
primitivos y resplandecientes, y se convirtieron en Asuras sólo cuando fueron
destronados por la fantasía brahmánica. Satán no tomó nunca la forma
antropomórfica, individualizada, hasta que se completó la creación por el
hombre, de “un Dios personal viviente”; y entonces sólo como una
cosa de principal necesidad. Era necesaria una pantalla, un testaferro para
explicar la crueldad, los errores y la injusticia demasiado evidentes,
perpetrados por aquél a quien se atribuía la perfección, la misericordia y la
bondad absolutas. Éste fue el primer efecto kármico de abandonar un Panteísmo
filosófico y lógico, para construir, como apoyo para el hombre perezoso, “un
Padre misericordioso en el Cielo”, cuyas acciones diarias y de cada momento,
como Natura Naturans, la “Madre hermosa, pero fría como el mármol”, desmienten
la suposición. Ésta condujo al concepto de los gemelos primitivos Osiris-Tifón,
Ormazd-Ahriman, y por último Caín-Abel y el tutti quanti de
los opuestos.
Habiendo
empezado “Dios”, el Creador, por ser sinónimo de Naturaleza, terminó por ser
convertido en su autor. Pascal resuelve muy artificiosamente la dificultad,
diciendo:
La
Naturaleza tiene perfecciones para mostrar que es la imagen de Dios; y defectos
para indicar que es tan sólo su imagen.
Mientras
más se profundiza en la obscuridad de las edades prehistóricas, más filosófica
aparece la figura prototípica del último Satán. El primer “Adversario”, en
forma individual humana, que se encuentra en la antigua literatura puránica, es
uno de sus más grandes Rishis y Yoguis - Nârada, llamado “el Productor de las
contiendas”.
Él
es un Brahmaputra, un hijo de Brahmâ, el masculino. Pero más adelante nos
ocuparemos de él. Quien sea en realidad el gran “Impostor”, se puede poner en
claro, investigando el asunto, con los ojos abiertos y la
mente libre de prejuicios, en todas las Cosmogonías y Escrituras antiguas.
Es
al Demiurgo antropomorfizado, al Creador de Cielos y Tierra, separado de la
Hueste colectiva de sus Creadores Compañeros, a quien, por decirlo así,
representa y sintetiza. Ahora es el Dios de las Teologías. “El
deseo es padre del pensamiento”. Ocurrió una vez que un símbolo filosófico
abandonó a la perversa imaginación humana; después tomó la forma de un Dios
diabólico, engañador, astuto y celoso.
Como
los Dragones y otros Ángeles Caídos se describen en otras partes de esta obra,
bastarán ahora unas cuantas palabras sobre el tan maltratado Satán. El
estudiante debe tener presente que en todo el mundo, excepto en las naciones
cristianas, el Diablo no es hasta hoy más que el aspecto opuesto, en la
naturaleza dual del llamado Creador. Esto es natural. No puede pretenderse que
Dios sea la síntesis de todo el Universo; que sea Omnipresente, Omnisciente e
Infinito, y divorciarlo luego del Mal. Como hay mucho más Mal que Bien en el
mundo, se deduce lógicamente que o bien Dios tiene que abarcar el Mal y ser
causa directa del mismo, o de lo contrario abandonar toda pretensión a la
Absolutividad. Los antiguos comprendían esto tan bien, que sus filósofos, a
quienes siguen ahora los kabalistas, definían el Mal como el “revestimiento” de
Dios, o el Bien; y Demon est Deus inversus es un adagio muy
antiguo. Verdaderamente, el Mal no es sino una fuerza ciega competidora en la
Naturaleza; es la reacción, la oposición y el contraste -el mal para unos, el
bien para otros-. No hay malum in se, sino sólo la Sombra de la
Luz, sin la cual ésta no podría tener existencia, ni aun para nuestra
percepción. Si el Mal desapareciese, el Bien también desaparecería con él de la
Tierra. El “Antiguo Dragón” era Espíritu puro antes de convertirse en Materia;
era pasivo antes de ser activo. En la Magia
sirio-caldea, tanto Ophis como Ophiomorphos, se juntan en el Zodíaco en el
signo Andrógino Virgo Scorpio. Antes de su caída en la tierra, la Serpiente era
Ophis-Christos; y después de su caída, se convirtió en Ophiomorphos-Chrestos.
En todas partes las especulaciones de los kabalistas tratan al Mal como
una Fuerza que es contraria, pero al mismo tiempo esencial
para el Bien, dándole la vitalidad y existencia que, de otro modo, no podría
tener. No habría Vida posible (en el sentido mayávico) sin
la Muerte; ninguna regeneración ni reconstrucción sin destrucción.
Las plantas perecerían bajo una luz solar eterna, y lo mismo le sucedería al
hombre, que se convertiría en un autómata sin el ejercicio de su libre
albedrío, y sin su aspiración hacia la luz, que perdería su ser y su valor para
él si no hubiese otra cosa. El Bien es infinito y eterno tan sólo en lo
eternamente oculto para nosotros, y por esto nos lo imaginamos eterno. En los
planos manifestados, uno equilibra al otro. Pocos son los deístas creyentes en
un Dios Personal que no hagan de Satán la sombra de Dios, o que, confundiendo a
ambos, no crean tener derecho para rogar a su ídolo, pidiéndole su ayuda y
protección para la ejecución e inmunidad de sus actos malos y crueles. “No nos
hagas caer en la tentación”, es la oración que dirigen a “nuestro Padre en el
Cielo”, y no al Diablo, millones de corazones cristianos. Esto lo hacen
repitiendo las mismas palabras que ponen en la boca de su Salvador, y sin
embargo no se les ocurre pensar en el hecho de que su significado lo contradice
por completo Santiago, “el hermano del Señor”.
Que
no diga hombre alguno cuando siente la tentación, estoy tentado por Dios; pues
Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta él a hombre alguno (3).
¿Por
qué, pues, decir que el Diablo es quien nos tienta, cuando la Iglesia nos
enseña, bajo la autoridad de Cristo, que es Dios quien lo hace?
Abrid cualquier libro piadoso en donde se defina la palabra “tentación” en su
sentido teológico, y encontraréis en seguida dos definiciones:
(1ª)
Aquellas aflicciones y penas con las cuales prueba Dios a los suyos.
(2ª) Aquellos medios e incitaciones empleadas por el Demonio para engañar y
alucinar a la Humanidad (4).
Las
enseñanzas de Cristo y de Santiago se contradicen al ser aceptadas
literalmente; ¿y qué dogma puede reconciliar las dos si se rechaza el
significado oculto?
¡Entre
las alternativas seducciones, sabio será el filósofo que pueda decidir dónde
Dios desaparece para ser reemplazado por el Diablo! Por lo tanto, cuando leemos
que “el Demonio es un mentiroso y el padre de la mentira”, que es la
mentira encarnada, y se nos dice al mismo tiempo que Satán, el Demonio, era
un Hijo de Dios y el más hermoso de sus Arcángeles, antes que creer que el
Padre y el Hijo son una Mentira gigantesca, personificada y eterna, preferimos
dirigirnos a la filosofía pagana y a la panteísta, para informarnos.
Desde
el momento que poseemos la clave del Génesis, la kábala
científica y simbólica nos revela el secreto. La Gran Serpiente del Jardín del
Edén y el “Señor Dios” son idénticos; y lo mismo sucede con Jehovah y Caín (ese
Caín que es mencionado en la Teología como “asesino”, y el que “mintió” a Dios).
Jehovah tienta al Rey de Israel para que recuente a su pueblo, y Satán lo
tienta para que haga lo mismo en otro sitio. Jehovah se convierte en Serpiente
de Fuego, para morder a aquellos de quienes no está contento; y Jehovah anima a
la Serpiente de Bronce, que los cura.
Estas
breves declaraciones aparentemente contradictorias del Antiguo
Testamento -contradictorias porque los dos Poderes están separados, en
lugar de ser considerados como dos fases de una sola y misma cosa- son los ecos
adulterados por el exoterismo y la teología, hasta el punto de quedar
desconocidos, de los dogmas universales y filosóficos de la Naturaleza, que tan
bien comprendían los Sabios primitivos. Los mismos fundamentos encontramos en
varias personificaciones de los Purânas, sólo que son mucho más
amplias y filosóficamente significativas.
Así,
Pulastya, un “Hijo de Dios”, de la primera progenie, es representado como el
progenitor de los Demonios, los Râkshasas, los tentadores y devoradores de los
hombres. Pishâchâ, un demonio hembra, es hijo de Daksha,
también “Hijo de Dios”, y un Dios, madre de todos los Pischâchas
(5). Los Demonios, llamados así en los Purânas, son unos Diablos
extraordinarios cuando se los juzga desde el punto de vista europeo y ortodoxo;
pues a todos ellos, los Dânavas, los Daityas, los Pishâchas y los Râkshasas, se
los presenta como en extremo piadoso, siguiendo los preceptos de los Vedas,
y algunos siendo hasta grandes Yoguis. Pero se oponen al clero y al ritualismo,
a los sacrificios y a las formas, lo mismo que lo hacen hasta el presente los
Yoguis principales en la India, sin que por ello sean menos respetados aun
cuando les es permitido no seguir ninguna casta ni ritual; y de aquí que todos
aquellos Gigantes y Titanes puránicos, sean llamados Diablos. Los
misioneros siempre alertas para demostrar, si pueden, que las tradiciones indas
no son más que un reflejo de la Biblia judía, han compuesto
toda una novela sobre la pretendida identidad de Pulastya con Caín, y de los
Râkshasas con los Cainitas, los “Malditos”, la Causa del Diluvio “Noético”
(véase la obra del Abate Gorresio, quien “etimologiza” el nombre de Pulastya
como significando el “rechazado”, de donde Caín, si os parece bien). Pulastya
mora en Kedara -dice-, lo que significa “sitio ahondado”, una
“mina”; ¡y a Caín se le muestra, en la tradición y en la Biblia,
como el primer trabajador en metales y, por tanto, un minero!
A
la vez que es muy probable que los Gibborim, o Gigantes de la Biblia,
sean los Râkshasas de los indos, es seguro que unos y otros son los atlantes, y
pertenecen a las razas sumergidas. Sea como fuese, ningún Satán sería más
constante en maltratar a su enemigo, ni más rencoroso en su odio, que los
teólogos cristianos lo son cuando lo maldicen como causante de todos los males.
Comparad su modo de vituperar y sus opiniones sobre el demonio, con los puntos
de vista filosóficos de los Sabios puránicos y su mansedumbre, semejante a la
del Cristo. Cuando Parâshara, cuyo padre fue devorado por un Râkshasa, se
preparaba a destruir, por artes mágicas, a toda la raza, su abuelo Vasishtha,
después de mostrar al irritado Sabio, por propia confesión, que existen el Mal
y el Karma, pero no “malos Espíritus”, dice las siguientes significativas
palabras:
Calma
tu resentimiento: los Râkshasas no son culpables; la muerte de tu padre fue
obra del Destino (Karma). La ira es la pasión de los necios; y no
sienta bien a ningún sabio. ¿Quién es el que mata? -puede
preguntarse-. Cada hombre recoge las consecuencias de sus
propios actos. La cólera, hijo mío, es la destrucción de todo lo que el
hombre obtiene... e impide alcanzar... la emancipación. Los... sabios evitan la
cólera: no te dejes, hijo mío, influir por ella. No permitas sean consumidos
esos inofensivos espíritus de la oscuridad; que tu sacrificio
cese. La misericordia es el poder de los justos (6).
De
modo que todos los tales “sacrificios” u oraciones a Dios, pidiendo ayuda, no
son otra cosa que actos de Magia Negra. Lo que Parâshara pedía, era
la destrucción de los Espíritus de la Obscuridad, por venganza personal. Se le
llama pagano, y como tal ha sido condenado por los cristianos, al Infierno
Eterno. Sin embargo, en este respecto, ¿son por ventura mejores las plegarias
de los reyes y generales, que ruegan antes de cada batalla por la destrucción
de sus enemigos? Semejante oración es en todo los casos Magia Negra de la peor
especia, oculta como el demonio “Mr. Hyde” bajo la santidad del “Dr. Jekyll”.
En
la naturaleza humana, el mal denota sólo la polaridad de la Materia y el
Espíritu, la “lucha por la vida” entre los dos principios manifestados en el
Espacio y en el Tiempo, cuyos principios son uno per se, puesto que
tienen sus raíces en lo Absoluto. En el Cosmos, tiene que ser reservado el
equilibrio. Las operaciones de los dos opuestos producen armonía, como las
fuerzas centrípeta y centrífuga, que, siendo mutuamente interdependientes, son
necesarias la una a la otra, “a fin de que ambas puedan existir”. Si una se
detuviese, la acción de la otra se convertiría inmediatamente en destructora de
sí misma.
Puesto
que la personificación llamada Satán ha sido analizada ampliamente desde su
triple aspecto, en el Antiguo Testamento, en la Teología Cristiana
y en la manera de pensar de los antiguos gentiles, los que quieran saber más
sobre el asunto deben dirigirse a Isis sin Velo (7) y a la
segunda parte del volumen IV de esta obra. El asunto se esboza ahora aquí, y
existen muy buenas razones para tratar de dar más explicaciones. Antes de que
podamos acercarnos a la evolución del Hombre Físico y Divino, tenemos primero
que dominar la idea de la Evolución Cíclica, y conocer las filosofías y
creencias de las cuatro Razas que precedieron a la nuestra, y saber qué ideas
eran las de aquellos Titanes y Gigantes (Gigantes, en verdad, tanto mental como
físicamente). Toda la antigüedad se hallaba impregnada con esa filosofía que
enseña la involución del Espíritu en la Materia, el descenso progresivo
cíclico; o la evolución activa, consciente de sí. Los gnósticos alejandrinos
han divulgado bastante los secretos de la Iniciación, y sus anales están llenos
de la “caída de los AEones”, en su doble calidad de Seres Angélicos y de
Períodos; siendo los unos la evolución natural de los otros. Por otro lado, las
tradiciones orientales en ambos lados del “Agua Negra”, los Océanos que separan
los dos Orientes, están igualmente llenas de alegorías sobre la caída del
Plerôma, o la de los Dioses y Devas. Todas ellas alegorizan y explican la
Caída, como el deseo de aprender y de adquirir conocimiento: el deseo
de saber. Ésta es la consecuencia natural de la evolución mental, lo
Espiritual llegando a transmutarse en lo Material o Físico. La misma ley de
descenso en la materialidad y de reascenso a la espiritualidad se afirmó
durante la Era cristiana, habiéndose detenido la reacción precisamente ahora,
en nuestra Subraza especial.
Lo
que fue una alegoría, de triple interpretación, en Pymander, hace
quizás diez mil años, destinada a registrar un hecho astronómico, antropológico
y hasta químico, a saber, la alegoría de los Siete Rectores abriéndose paso a
través de los Siete Círculos de Fuego, quedó empequeñecida en una
interpretación material y antropomórfica: la Rebelión y Caída de los Ángeles.
La multivocal narración, profundamente filosófica bajo su forma poética, del
“Casamiento del Cielo con la Tierra”. El amor de la Naturaleza por
la Forma Divina, y el Hombre Celeste embelesado con su propia hermosura
reflejada en la Naturaleza; esto es, el Espíritu atraído hacia la Materia, se
ha convertido ahora, bajo la manipulación teológica, en los Siete Rectores
desobedeciendo a Jehovah; engendrando la propia admiración el orgullo satánico,
seguido de su Caída, pues Jehovah no permitía ningún culto que no le fuera
dedicado. En una palabra, los hermosos Ángeles Planetarios, los AEones cíclicos
gloriosos de los antiguos, se han sintetizado en su forma más ortodoxa en
Samael, el Jefe de los Demonios en el Talmud, “esa Gran
Serpiente con Doce Alas, que arrastra consigo, en su caída, al Sistema Solar o
los Titanes”. Pero Schemal (alter ego y tipo sabeo de Samael)
esotérica y filosóficamente significa el “Año” en su mal aspecto astrológico,
con sus doce meses o “Alas” de males inevitables, en la Naturaleza. En la
Teogonía Esotérica, tanto Schemal como Samael representaban una divinidad
particular (8). Para los kabalistas son el “Espíritu de la Tierra”, el Dios
Personal que la gobierna, y por tanto son defacto idénticos a Jehovah. Los
mismos talmudistas admiten que Samael es un nombre divino de uno de los siete
Elohim. Los kabalistas, además, muestran a los dos, Schemal y Samael, como forma
simbólica de Saturno, Cronos; los “Doce Alas” significando los doce meses, y el
símbolo en su colectividad representando un ciclo de raza. Jehovah
y Saturno son también idénticos en sus símbolos.
Esto
conduce, a su vez, a una deducción muy curiosa de un dogma católico romano.
Muchos renombrados escritores pertenecientes a la Iglesia Latina admiten una
diferencia: que debe distinguirse entre los Titanes Uranos, los Gigantes
antediluvianos, que eran también Titanes, y aquellos Gigantes posdiluvianos que
los católicos romanos persisten en suponer descendientes del Ham mítico. Más
claro: hay que hacer una diferencia entre las Fuerzas opuestas cósmicas primordiales,
guiadas por la Ley Cíclica, los Gigantes atlantes humanos, y los grandes
Adeptos posdiluvianos, ya sean de la mano Derecha o de la Izquierda. Al mismo
tiempo muestran que Miguel, “el generalísimo de la Hueste
Celestial combatiente, el Guardia de Corps de Jehovah”, es también,
a lo que parece, según Mirville, un Titán, pero con el adjetivo de “divino”
añadido al sobrenombre. Así, aquellos “Uranidas” que en todas partes se llaman
“Titanes Divinos” -y que habiéndose rebelado contra Cronos, o Saturno, se
muestra también, por tanto, que son los enemigos de Samael, que es igualmente
uno de los Elohim y sinónimo de Jehovah en su colectividad- son idénticos a
Miguel y su Hueste. En una palabra, los papeles están cambiados; todos los
combatientes están confundidos, y ningún estudiante puede distinguir con
claridad quién es quién. Las explicaciones esotéricas pueden, sin embargo,
poner algún orden en esta confusión, en que Jehovah se convierte en Saturno, y
Miguel y su ejército en Satán y los Ángeles Rebeldes, debido a los esfuerzos
indiscretos, de los demasiado fanáticos creyentes, para ver un Diablo en cada
Dios pagano. El verdadero significado es mucho más filosófico; y la leyenda de
la primera “Caída” de los Ángeles toma un matiz científico cuando se comprende
debidamente.
Cronos
significa la Duración ilimitada, y por tanto, inmutable, sin principio ni fin,
más allá de la división del tiempo y más allá del espacio. Esos Ángeles, Genios
o Devas, que nacieron para actuar dentro del espacio y del tiempo,
esto es, para abrirse paso a través de los Siete Círculos de
los planos superespirituales, a las regiones superterrestres, fenomenales o
circunscritas, se dice alegóricamente que se rebelaron contra
Cronos y combatieron al León, que era entonces el Dios viviente y más elevado.
Cuando Cronos, a su vez, es representado mutilando a Urano, su padre, el
significado de la alegoría es muy sencillo. El Tiempo Absoluto se ha convertido
en finito y condicionado; una porción es substraída al todo, mostrando así que
Saturno, el Padre de los Dioses, ha sido transformado de Duración Eterna en
período limitado. Cronos con su guadaña echa abajo hasta los ciclos más largos,
que para nosotros son como sin fin, pero que, después de todo, son limitados en
la Eternidad; y con la misma guadaña destruye a los rebeldes más poderosos.
¡Sí; ni uno solo escapará a la guadaña del tiempo! Ya roguéis a Dios o a los
Dioses, o ya os moféis de aquél o de estos, esa guadaña no vacilará una
millonésima parte de segundo en su curso ascendente o descendente.
Los
Titanes de la Teogonía de Hesíodo fueron copiados en Grecia de
los Suras y Asuras de la India. Estos Titanes hesiódicos, los Uranidas, que en
un tiempo se contaban sólo como seis, se ha descubierto recientemente, en un
antiguo fragmento que hace referencia al mito griego, que son siete,
llamándose el séptimo Phoreg. Así pues, la identidad con los Siete Rectores se
demuestra plenamente. El origen de la Guerra en los Cielos y de la Caída tiene,
en nuestra opinión, que buscarse inevitablemente en la India, y en un tiempo
quizás mucho más remoto que el que los relatos puránicos dicen sobre el
particular. Pues el Târakâmaya fue de una época posterior; y en casi todas las
cosmogonías se da cuenta de tres Guerras distintas.
La
primera Guerra tuvo lugar en la noche de los tiempos, entre los Dioses y los
(A)-suras, y duró un Año Divino (9). En esta ocasión las Deidades fueron
derrotadas por los Daityas, bajo el mando de Hrâda. Pero después, debido a un
artificio de Vishnu, a quien acudieron en demanda de auxilio los Dioses
vencidos, estos últimos derrotaron a los Asuras. En el Vishnu Purâna no se ve
intervalo entre ambas guerras. Sin embargo, según la Doctrina Secreta, tiene
lugar una Guerra antes de la construcción del Sistema Solar; otra, en la
Tierra, cuando la “creación” del hombre; y una tercera Guerra tuvo lugar al
final de la Cuarta Raza, entre sus Adeptos y los de la Quinta Raza, esto es,
entre los Iniciados de la “Isla Sagrada” y los Brujos de los atlantes. Nos
fijaremos en la primera guerra, según la refiere Parâshara, y trataremos de
separar los dos relatos, que se hallan mezclados con intención.
Se
dice allí que como los Daityas y Asuras cumplían los deberes de sus órdenes
(Varnas) respectivas, y seguían el sendero prescrito por la Sagrada escritura,
practicando además penitencias religiosas -rara ocupación para Demonios si
eran idénticos a nuestros Diablos, como se pretende-, los Dioses no
podían destruirlos. Las oraciones dirigidas por los Dioses y Vishnu son
curiosas; pues muestran las ideas implicadas en una Deidad antropomórfica.
Habiendo huido, después de su derrota, “a las costas del Norte del Océano de
Leche (Océano Atlántico)” (10), los vencidos Dioses dirigieron muchas súplicas
“al primero de los Seres, el divino Vishnu”, y entre otras la siguiente:
Gloria
a ti, que eres uno con los Santos, cuya naturaleza perfecta es siempre
bendecida, y atraviesa sin obstáculo todos los elementos permeables. Gloria a
ti, que eres uno con la Raza-Serpiente, de doble lengua, impetuoso,
cruel, insaciable de goces y colmado de riquezas... Gloria a ti... ¡oh
Señor! que no tienes ni color ni extensión, ni tamaño (ghana),
ni ninguna cualidad decible, y cuya esencia (rûpa), la más pura
entre las puras, es sólo apreciable por los santos Paramarshis (los más grandes
Sabios o Rishis). A ti nos humillamos en la naturaleza de Brahmâ, increado, sin
decadencia (avyaya); que estás en nuestros cuerpos, y en todos
los demás cuerpos, y en todas las criaturas vivientes, y fuera de quien
nada existe. Glorificamos a ese Vâsudeva, el señor (de todo) que no tiene
mancha, la semilla de todas las cosas, exento de disolución, no nacido, eterno;
siendo, en esencia, Paramapadâtmavat (más allá de la condición del Espíritu), y
en substancia (rûpa), todo este (Universo) (11).
Se
cita lo anterior como ejemplo del vasto campo que presentan los Purânas para
la crítica contraria y errónea de todo fanático europeo, que forma su opinión
sobre una religión que no sea la propia, por sólo la apariencia externa.
Cualquier hombre acostumbrado a someter lo que lee a un detenido análisis, verá
desde luego lo incongruente de dirigirse a lo aceptado como “Incognoscible”, al
Absoluto sin forma y sin atributos, tal como los vedantinos definen a Brahman,
como siendo “uno con la Raza-Serpiente, de doble lengua, cruel e insaciable”,
asociando así lo abstracto con lo concreto, y poniendo adjetivos a lo que está
libre de toda limitación y es incondicionado. Hasta el profesor Wilson, que
después de haber vivido en la India rodeado de brahmanes y pandits tantos años,
debía de haber sabido mejor a qué atenerse - hasta este mismo erudito no perdió
ocasión para criticar en este particular a las Escrituras indas. He aquí cómo
se expresa:
¡Los Purânas enseñan
siempre doctrinas incompatibles! Según este pasaje (12), el Ser Supremo no es
sólo la causa inerte de la creación, sino que ejerce también las funciones de
una providencia activa. El Comendador cita un texto del Veda en
apoyo de esta opinión: “El Alma Universal, penetrando en los hombres, gobierna
su conducta”. Las incongruencias, sin embargo, son tan frecuentes en los Vedas como
en los Purânas.
Menos
frecuentes, en estricta verdad, que en la Biblia Mosaica. Pero
son grandes los prejuicios que abrigan los orientalistas, especialmente los
doctos “reverendos”. El Alma Universal no es la Causa inerte
de la Creación o (Para)Brahman, sino simplemente lo que nosotros llamamos el
Sexto Principio del Kosmos Intelectual, en el plano
manifestado del ser. Es Mahat o Mahâbuddhi, la Gran Alma, el Vehículo del
Espíritu, la primera reflexión primordial de la CAUSA sin forma, y aquello que
está aún más allá del Espíritu. Esto, por lo que respecta a la
intempestiva burla del profesor Wilson sobre los Purânas. En cuanto
al ruego, aparentemente incongruente a Vishnu, de los Dioses derrotados, si los
orientalistas quisiesen tomarse el trabajo, encontrarían la explicación en el
texto del Vishnu Purâna. La filosofía enseña que hay un Vishnu como
Brahmâ, y un Vishnu en sus dos aspectos. Pero sólo hay un Brahman,
“esencialmente Prakriti y Espíritu”.
Esta
ignorancia está expresada de un modo verdadero y hermoso en la alabanza de los
Yogins a Brahmâ, “el sostenedor de la tierra”, cuando dicen:
Aquellos
que no han practicado la devoción conciben de una manera errónea la naturaleza
del mundo. Los ignorantes, que no perciben que este Universo es de la
Naturaleza de la Sabiduría, y lo juzgan sólo como un objeto de percepción,
están perdidos en el Océano de la ignorancia espiritual. Pero aquellos que
conocen la verdadera Sabiduría, y cuyas mentes son puras, contemplan todo este
mundo como uno con el Conocimiento Divino, como uno contigo, ¡oh
Dios! Sé favorable, ¡oh Espíritu universal! (13).
Por
lo tanto, no es Vishnu “la causa inerte de la creación”, que ejerce “las
funciones de una Providencia Activa”; sino el Alma Universal, la
que Eliphas Lévi llama, en su aspecto material, Luz Astral. Y esta Alma, en su
aspecto doble de Espíritu y Materia, es el verdadero Dios antropomórfico de los
deístas; pues este Dios es una personificación de ese Agente
Creador Universal, a la vez puro e impuro, debido a su condición manifestada y
a su diferenciación en este mundo Mâyâvico: Dios y el Diablo,
verdaderamente. Pero el profesor Wilson no llegó a ver cómo Vishnu, bajo este
aspecto, se parece estrechamente al Señor Dios de Israel, “especialmente en su
conducta de engañador, tentador y astuto”.
En
el Vishnu Purâna, está esto del modo más claro posible; pues se
dice allí que:
A
la conclusión de sus oraciones (stotra), los Dioses vieron a la Deidad
Soberana Hari (Vishnu), armado con la concha, el disco y la maza, cabalgando
sobre Garuda.
Ahora
bien; Garuda es el Ciclo Manvantárico, como se hará ver oportunamente. Vishnu,
por lo tanto, es la Deidad en el Espacio y el Tiempo; el Dios
peculiar de los Vaishnavas. Tales Dioses son llamados de tribu o de
raza; esto es, uno de los varios Dhyânis, Dioses o Elohim, uno de los
cuales era generalmente elegido por algún motivo especial, por una nación o por
una tribu, y así se convertía gradualmente en “un Dios sobre todos los
Dioses” (14), “el Dios más elevado”, como Jehovah, Osiris, Bel o cualquier otro
de los Siete Regentes.
“El
árbol se conoce por su fruto”; la naturaleza de un Dios por sus acciones.
Tenemos que juzgar estas acciones por la letra muerta de las narraciones, o
aceptarlas alegóricamente. Si comparamos a los dos -a Vishnu como defensor y
campeón de los derrotados Dioses; y a Jehovah, defensor y campeón del “pueblo
escogido”, llamado así sin duda por antífrasis, puesto que fueron los judíos
los que eligieron a este Dios “celoso”-, encontraremos que ambos usan del
engaño y la astucia. Hacen esto basados en el principio de que “el fin
justifica los medios”, a fin de poder vencer a sus respectivos adversarios y
enemigos -los Demonios-. Así, mientras que, según los kabalistas, Jehovah asume
la forma de la Serpiente tentadora en el Jardín del Edén, envía a Satán con la
misión especial de tentar a Job, consume y cansa a Faraón con Saraï, la mujer
de Abraham, y “endurece” el corazón de otro Faraón contra Moisés, a fin de que
no faltase oportunidad para lanzar las “más grandes plagas sobre sus víctimas”;
Vishnu aparece en su Purâna echando mano de una estratagema no
menos indigna de un Dios respetable.
Los
Dioses derrotados se dirigen a Vishnu del modo siguiente:
Ten
compasión de nosotros, ¡oh Señor! y protégenos, pues a ti venimos a pedirte
socorro contra los Daityas (Demonios). Ellos se han apoderado de los tres
mundos y se han apropiado las ofrendas que constituyen nuestra parte, teniendo
cuidado de no quebrantar los preceptos del Veda. Aun cuando nosotros,
lo mismo que ellos, somos parte de ti mismo... (15) metidos (como están)...
en los senderos prescritos por la santa escritura... es imposible para nosotros
destruirlos. ¡Tú, cuya sabiduría es inmensurable (Ameyâtman), dinos alguna
treta con la cual podamos llegar a exterminar a los enemigos de los
Dioses!
Cuando
el poderoso Vishnu oyó este ruego, emitió de su cuerpo una forma ilusoria (Mâyâmoha,
el “engañador por medio de la ilusión”) que dio a los Dioses diciéndoles: “Este
Mâyâmoha seducirá por completo a los Daityas, de modo que,
apartándose de la Senda de los Vedas, puedan ser destruidos... Id y
no temáis. Que esta visión engañadora os preceda. Ella os hará este día un gran
servicio, ¡oh Dioses!”.
Después
de esto, el gran Engaño (Mâyâmoha) marchó (a la Tierra) y vio a los Daityas
ocupados en penitencias ascéticas y aproximándose a ellos, bajo la figura de un
Digambara (mendicante desnudo) con la cabeza afeitada... les habló así, con
suave acento: “Señores de la raza Daitya, ¿por qué practicáis esas
penitencias?”, etcétera
(16).
Finalmente,
los Daityas fueron seducidos por las astutas frases del Mâyâmoha, lo mismo que
Eva lo fue con los consejos de la Serpiente. Se hicieron apóstatas de los Vedas.
El Dr. Muir traduce el pasaje de este modo:
El
gran Engañador, empleando la ilusión, sedujo luego a otros Daityas por medio de
diversas clases de herejía. En muy poco tiempo, estos Asuras (Daityas)
inducidos al error por el Engañador (que era Vishnu), abandonaron todo
el sistema fundado sobre los mandamientos del triple Veda. Algunos
difamaron a los Vedas; otros al ceremonial del sacrificio; y otros
a los brahmanes. Ésta (exclamaron) es una doctrina que no sufre la discusión;
la matanza (de los animales en los sacrificios) no puede producir méritos
religiosos. (El decir que) las oblaciones de manteca consumida por el fuego
producen recompensas futuras, es cosa de niños... Si es un hecho que a un
animal muerto en el sacrificio se le exalta a los cielos, ¿por qué no mata el
devoto a su propio padre?... Las frases infantiles, grandes Asuras, no bajan
del firmamento; sólo los asertos fundados en el razonamiento es lo que yo
acepto y lo que aceptan las personas (inteligentes) como vosotros. De esta
manera y de diferentes modos fueron perturbados los Daityas por el gran
Engañador (la Razón)... Cuando los Daityas penetraron en la senda del
error, las Deidades reunieron todas sus energías y se aproximaron para dar la
batalla. Luego siguió un combate entre los Dioses y los Asuras; y estos
últimos, que habían abandonado el buen camino, fueron destrozados por los
primeros. En otro tiempo se hallaban defendidos con la armadura de la justicia
que llevaban; pero cuando destruyeron a ésta, perecieron (17).
Sea
lo que fuese lo que se piense de los indos, ningún enemigo suyo puede
considerarlos como necios. Un pueblo cuyos santos y sabios han dejado al mundo
las filosofías más grandes y sublimes deben de haber conocido la diferencia
entre lo justo y lo injusto. Hasta el salvaje puede distinguir lo blanco de lo
negro, lo bueno de lo malo, y la sinceridad y la veracidad, del engaño y de la
falsedad. Los que han narrado este suceso en la biografía de su Dios deben de
haber visto que en este caso era Dios el Archiengañador; y que los Daityas, que
“nunca violaron los preceptos de los Vedas”, eran los que tenían el
lado luminoso en aquel caso, y eran los verdaderos “Dioses”. De aquí que debe
de haber habido y exista un significado secreto oculto bajo
esta alegoría. En ninguna clase de la sociedad, en ninguna nación, son
considerados el engaño y la astucia como virtudes divinas -excepto
quizás en las clases clericales de los teólogos y del Jesuitismo moderno.
El Vishnu
Purâna (18), como todas las demás obras de esta clase, pasó más tarde
a manos de los brahmanes de los templos, y los antiguos manuscritos han sido,
indudablemente, adulterados por los sectarios. Pero hubo un tiempo en que
los Purânas eran obras esotéricas, y lo son todavía para los
Iniciados que pueden leerlas con la clave que poseen.
Que
los brahmanes Iniciados den alguna vez a conocer todo el significado de estas
alegorías es un asunto que no concierne a la escritora. El objeto que se
propone es demostrar que, honrando a los Poderes Creadores en
sus múltiples formas, ningún filósofo hubiera podido aceptar, ni ha aceptado
nunca, lo externo de la alegoría como su verdadero espíritu, excepto, quizás,
algunos filósofos pertenecientes a las razas cristianas “superiores y
civilizadas” de nuestra época. Pues, como se ha mostrado, Jehovah no es en lo
mínimo superior a Vishnu en punto de ética. Por esto los ocultistas, y hasta
algunos kabalistas, ya consideren o no a estas Fuerzas creadoras como Entidades
vivientes y conscientes -y no vemos por qué no han de ser aceptadas
como tales-, no confundirán nunca la Causa con el Efecto, ni aceptarán el
Espíritu de la Tierra por Parabrahman, o Ain Soph. De todos modos, ellos
conocen bien la verdadera naturaleza de lo que los griegos llaman Padre AEther,
Júpiter-Titán, etc. Saben que el Alma de la Luz Astral es divina, y que su
cuerpo -las ondas de Luz en los planos inferiores- es infernal. Esta Luz está
simbolizada en el Zohar por la “Cabeza-Mágica”, la Doble Cara
sobre la Doble Pirámide; la Pirámide negra levantándose frente a un campo
blanco puro, con una Cabeza y Cara blancas dentro de su Triángulo negro;
la Pirámide Blanca, invertida -reflejo de la primera en las obscuras Aguas-,
mostrando la reflexión negra de la cara Blanca.
Ésta es la Luz Astral, o Demon est Deus
inversus.
SECCIÓN XII
LA TEOGONÍA DE LOS DIOSES CREADORES
Para
comprender perfectamente la idea que forma la base de toda Cosmología antigua
es necesario el estudio y análisis comparativo de todas las grandes religiones
de la antigüedad; pues sólo con este método puede ponerse en claro la idea
fundamental. La ciencia exacta, si pudiera remontarse a tal altura, al indagar
las operaciones de la Naturaleza en sus fuentes últimas originales, llamaría a
esta idea la Jerarquía de las Fuerzas. El concepto original, trascendental y
filosófico era uno. Pero como los sistemas principiaron a reflejar más y más
las idiosincrasias de las naciones, en el transcurso de los siglos, y como
estas últimas, después de separarse, se establecieron en distintos grupos,
evolucionando cada uno de ellos con arreglo a su tendencia nacional o de tribu,
velóse gradualmente la idea fundamental con la exuberancia de la fantasía
humana. Mientras que las Fuerzas, o mejor dicho, los Poderes inteligentes de la
Naturaleza, eran objeto, en algunos países, de honores divinos que difícilmente
les correspondían, en otros -como ahora en Europa y en las demás naciones civilizadas-,
la sola idea de que tales Fuerzas estén dotadas de inteligencia parece absurda
y es declarada anticientífica. Así es que nos sentimos satisfechos
ante declaraciones como las que se encuentran en la introducción de Asgard
and the Gods; “Cuentos y tradiciones de nuestros Antepasados
Septentrionales”, editado por W. S. W. Anson, que dice:
Si
bien en el Asia Central o a orillas del Indo, en el país de las Pirámides, en
las penínsulas griega e italiana, y hasta en el Norte, donde los celtas,
teutones y eslavos vivieron errantes, los conceptos religiosos del pueblo
asumieron distintas formas, sin embargo, su origen común puede
todavía notarse. Señalamos esta relación entre las historias de los Dioses y el
pensamiento profundo encerrado en ellas, y su importancia, para que vea el
lector que no es un mundo mágico de fantasía divagadora el que
se le presenta, sino que... la Vida y la Naturaleza formaban
la base de la existencia y de la acción de esas divinidades (1).
Y
aunque para cualquier ocultista o estudiante de Esoterismo oriental sea
imposible admitir la extraña idea de que “los conceptos religiosos de las
naciones más célebres de la antigüedad están relacionados con los albores de la
civilización entre las razas germánicas” (2), se alegra, sin embargo, de ver
expresadas verdades como la siguiente: “Estos cuentos de hadas no son historias
sin sentido, escritas para regocijar al ocioso; ellas encierran la profunda
religión de nuestros antepasados” (3).
Así
es. No tan sólo su Religión, sino su Historia igualmente. Porque un mito, ...
en griego, significa tradición oral, transmitida de boca en boca de una
generación a otra; y hasta en la etimología moderna, el término envuelve la
idea de alguna afirmación fabulosa que contiene una verdad
importante; la historia de algún personaje extraordinario cuya biografía se ha
exagerado, por efecto de la veneración de las generaciones sucesivas, con la
fecunda imaginación popular; pero que no es del todo una fábula.
Como nuestros antepasados los arios primitivos, creemos firmemente en la
personalidad e inteligencia de más de una Fuerza productora de fenómenos en la
Naturaleza.
Con
el transcurso del tiempo, la doctrina arcaica se fue velando; y las naciones
perdieron más o menos de vista el Principio Superior y Único de todas las
cosas, y empezaron a transferir los atributos abstractos de la Causa sin Causa,
a los efectos, causados, que se convirtieron a su vez en causativos, en los
Poderes creadores del Universo; las grandes naciones, por temor a profanar la
Idea; las más pequeñas, sea porque no pudieron asirla, o porque carecían del
poder de concepto filosófico necesario para conservarla en toda su pureza
inmaculada. Pero todas ellas, excepción hecha de las de los últimos arios,
convertidos hoy en europeos y cristianos, muestran aquella veneración en sus
cosmogonías. Como lo expresa Tomás Taylor (4), el más intuitivo de todos los
traductores de los fragmentos griegos, ninguna nación ha concebido jamás
al Principio Único como creador inmediato del Universo visible;
porque ningún hombre en su sano juicio creería que el arquitecto que proyectó
el edificio que admira, lo haya construido con sus propias manos. Según
testimonio de Damascius, en su obra Sobre los Primeros Principios (II...
II...’ A...), se referían a aquél llamándolo la “Obscuridad Desconocida”. Los
babilonios guardaron silencio respecto a este principio: “A ese Dios” -dice
Porfirio en su Sobre la Abstinencia (II.. ... ... ...)- “que
está sobre todas las cosas no se le debe dirigir lenguaje externo, ni tan
siquiera interno...”. Hesíodo principia su Teogonía con las
palabras: “De todas las cosas, el Caos fue la primera producida” (5), dando así
a entender que su causa o Productor se debe pasar bajo reverente silencio.
Homero en sus poemas no se remonta más allá de la Noche, y presenta a Zeus
reverenciándola. Según todos los teólogos antiguos, y las doctrinas de
Pitágoras y Platón, Zeus, o el Artífice inmediato del Universo, no es
el Dios más elevado; como Sir Christopher Wren, en su aspecto físico
humano, no es la Mente que en él produjo sus grandes obras de arte. Así es que
no sólo Homero guarda silencio respecto al Principio Primero, sino también
respecto a aquellos dos Principios inmediatamente posteriores al Primero, el
AEther y el Caos de Orfeo y Hesíodo, y el Límite e Infinidad de Pitágoras y
Platón (6). De este Principio Superior, dice Proclo que es... “la Unidad de
Unidades, más allá del primer Adyta, más inefable que todo Silencio, y más
oculto que toda Esencia... secreto entre los Dioses inteligibles” (7). Algo más
podría añadirse a lo que escribió Tomás Taylor en 1797, a saber: que los
“judíos no parecen haberse remontado más allá... del Artífice inmediato del
Universo”, pues “Moisés” presenta una obscuridad sobre la faz del abismo, sin
insinuar siquiera que hubiese causa alguna de su existencia” (8). Nunca han
degradado los judíos en su Biblia -obra puramente esotérica,
simbólica- a su deidad metafórica, tan profundamente como los cristianos lo han
hecho al admitir a Jehovah por su Dios viviente y además personal.
Ese
Principio Primero o mejor dicho Único era llamado el “Círculo del Cielo”,
simbolizado por el hierograma de un Punto dentro de un Círculo o Triángulo
Equilátero, representando el Punto al Logos. Así, en el Rig Veda,
donde ni siquiera se nombra a Brahmâ, comienza la Cosmogonía con el
Hiranyagarbha, el “Huevo Áureo” y Prajâpati (el último sobre Brahmâ), de quien
emanan todas las Jerarquías de “Creadores”. La Mónada o Punto, es el origen y
la Unidad de que parte el sistema numérico entero. Este Punto es la Causa
Primera, pero AQUELLO de que emana, o más bien de lo cual es la expresión o
Logos, se deja en silencio. A su vez, el símbolo universal, el Punto
dentro del Círculo, no era aún el Arquitecto, sino la Causa de aquel
Arquitecto; y el último estaba precisamente en la misma relación con aquélla,
como el Punto con respecto a la Circunferencia del Círculo, que, según Hermes
Trismegisto, no puede definirse. Muestra Porfirio que la Mónada y la Dúada de
Pitágoras son idénticas al Infinito y Finito de Platón en Philebus o
lo que Platón llama ... y .... Sólo la última, la Madre, es la substancial;
siendo la primera la “Causa de toda Unidad y medida de todas las cosas” (9);
mostrándose así que la Dúada, Mûlaprakriti, el Velo de Parabrahman, es la Madre
del Logos y, al mismo tiempo, su Hija -esto es, el objeto de su percepción-, el
productor producido y la causa secundaria del mismo. Según Pitágoras, la Mónada
vuelve al Silencio y a la Obscuridad en cuanto ha desplegado la Tríada, de la
que emanan los 7 números restantes, de los 10 que son base del Universo
Manifestado.
En
la Cosmogonía Escandinava se expone lo mismo:
Al
principio había un gran Abismo (Caos); ni el Día ni la Noche existían; el
Abismo era Ginnungagap, la vorágine siempre abierta, sin principio ni fin. El
Todo-Padre, el Increado, el No Visto, moraba en las profundidades del “Abismo”
(Espacio) y quiso y lo que quiso vino a la existencia (10).
Lo
mismo que en la cosmogonía inda, la evolución del Universo está dividida en dos
partes, que son las llamadas en la India las creaciones Prâkrita y Pâdma. Antes
de que los cálidos rayos emanados de la Mansión del Resplandor despierten la
vida en las Grandes Aguas del Espacio, aparecen los Elementos de la primera
creación, y de ello es formado el Gigante Ymir, u Orgelmir (que significa al
pie de la letra barro hirviente), la Materia Primordial diferenciada del Caos.
Viene después la Vaca Audumla, la Nutridora (11), de la que nació Buri, el
Productor, cuyo hijo Bör (Born, o el nacido), con Bestla, la hija de
los Gigantes del Hielo (hijos de Ymir), tuvo tres hijos: Odín, Willi y We, o
sea el Espíritu, la Voluntad y la Santidad. Esto era cuando aún reinaba la
Obscuridad a través del espacio; cuando los Ases, los Poderes Creadores o Dhyân
Chohans, aún no se habían desplegado, y cuando el Yggdrasil, el Árbol del
Universo, del Tiempo y de la Vida, no había crecido todavía, y no existía aún
ningún Walhalla o Recinto de los Héroes. Las leyendas escandinavas acerca de la
Creación de nuestra Tierra y del Mundo principian con el Tiempo y la Vida
humana. Todo lo que la precede, es para aquéllas la Obscuridad, en
la que el Todo-Padre, la Causa de todo, habita. Según observa el editor
de Asgard and the Gods, aunque esas leyes encierran la idea de
aquel Todo-Padre, causa original de todo, “apenas si se le menciona en los
poemas”, no porque, como él piensa, “no fuese capaz la idea de elevarse a
conceptos claros acerca de lo Eterno” antes de la predicación del Evangelio,
sino a causa de su carácter profundamente esotérico. Por consiguiente, todos
los Dioses Creadores o Deidades Personales principian en el
período secundario de la Evolución Cósmica. Zeus nace en y de Cronos
-el Tiempo. De igual modo es Brahmâ el producto de emanación de Kâla, “la
Eternidad y el Tiempo”, siendo Kâla uno de los nombres de Vishnu. De aquí que
veamos a Odín como Padre de los Dioses y de los Ases, así como
Brahmâ es el Padre de los Dioses y de los Asuras; y he ahí también
el carácter andrógino de todos los principales Dioses Creadores, desde la
segunda mónada de los griegos hasta el Sephira Adam Kadmon, el Brahmâ o
Prajâpati-Vâch de los Vedas, y el andrógino de Platón, que no es
sino otra versión del símbolo indo.
La
mejor definición metafísica de la Teogonía primitiva, en el espíritu de los
vedantinos, puede hallarse en las “Notas sobre el Bhagavad-Gitâ”,
por T. Subba Row. Parabrahman, lo desconocido y lo Incognoscible, como
manifiesta el conferenciante a sus oyentes:
No
es el Ego, no es el No Yo, ni tampoco es la conciencia... no es Âtmâ
siquiera... pero aunque no es en sí un objeto de conocimiento, es, sin embargo,
capaz de sostener y dar lugar a toda cosa y a toda clase de existencia, que se
convierta en un objeto de conocimiento... (Es) la esencia una, de la cual nace
a la existencia un centro de energía... (al que él llama el Logos) (12).
Este
Logos es el Shabba Brahman de los Indos, al que ni siquiera llama Ishvara (el
“Señor” Dios), por temor a la confusión que en el espíritu de las gentes
pudiese crear ese término. Es el Avalokiteshvara de los buddhistas, el Verbum
de los cristianos en su sentido esotérico verdadero, no en la alteración
teológica.
En
el primer Jnâta o el Ego en el Kosmos, y todos los demás
Egos... son tan sólo su reflejo y manifestación... Existe en condición latente
en el seno de Parabrahman durante el Pralaya... (Durante el Manvántara) posee
una conciencia y una individualidad propias... (Es un centro de energía, pero)...
semejantes centros de energía son casi innumerables en el seno de Parabrahman.
No debe suponerse que (ni siquiera) este Logos sea (el Creador, o que no sea)
más que un solo centro de energía... El número de estos es casi infinito...
(Éste) es el primer Ego que aparece en el Kosmos, y es el fin de toda
evolución. (Es el Ego abstracto)... Ésta es la primera manifestación (o
aspecto) de Parabrahman... Cuando entra en la existencia como ser consciente...
se le aparece Parabrahman, desde su punto de vista objetivo, como Mûlaprakriti.
Tened esto muy presente... porque aquí está el origen de toda la dificultad,
respecto a Purusha y Prakriti, con que tropiezan los varios escritores sobre
filosofía vedantina... Este Mûlaprakriti es material para él (el Logos), de
igual modo que cualquier objeto material lo es para nosotros. Este Mûlaprakriti
no es Parabrahman, como los atributos de una columna no son la columna misma;
Parabrahman es una realidad incondicionada y absoluta, y Mûlaprakriti una
especie de velo echado sobre ella. Parabrahman no puede ser visto
tal cual es en sí mismo. Es visto por el Logos con un velo que lo encubre, y
ese velo es la poderosa extensión de la Materia Cósmica... Después de haber
aparecido Parabrahman como el Ego por una parte y como Mûlaprakriti por otra,
obra como energía única por medio del Logos (13).
Y
el orador, por medio de un hermoso ejemplo, explica lo que entiende por esa
acción de Algo que es Nada, siendo el TODO. Compara el Logos con el
Sol, del que irradian la luz y el calor, pero cuya energía, luz y calor existen
en un estado desconocido en el Espacio y se difunden en él sólo como luz y
calor visibles, no siendo el Sol más que su agente. Ésta es la
primera hipóstasis triádica. El cuaternario está formado por la luz
vivificante vertida por el Logos.
Los
kabalistas hebreos presentaban la idea en una forma que esotéricamente es
idéntica a la vedantina. Enseñaban que Ain-Soph, aunque es la Causa sin Causa
de todo, no puede ser comprendido, localizado, ni nombrado. Por esto, su
nombre, Ain - Soph, es un término de negación, “lo Inescrutable, lo
Incognoscible y lo Innominable”. Por consiguiente, lo representaron por medio
de un Círculo Ilimitado, una Esfera, de la cual la inteligencia humana, en su
mayor alcance, sólo podría percibir la bóveda. Alguien que ha descifrado por
completo gran parte del sistema kabalístico, en uno de sus significados, en su
esoterismo numérico y geométrico, escribe:
Cerrad
los ojos, y con vuestra conciencia de percepción esforzaos en pensar
exteriormente hasta los límites extremos en todas direcciones. Veréis que
líneas o rayos iguales de percepción se extienden de la misma manera en todas
las direcciones, de tal modo, que vuestro supremo esfuerzo para percibir
terminará en la bóveda de una esfera. La limitación de esta esfera
será, por fuerza, un Círculo máximo, y los rayos directos del pensamiento en
cualquiera y en todas direcciones deben ser líneas
rectas, radios del círculo. Éste debe ser, humanamente hablando, el concepto
extremo que abarque el Ain-Soph manifiesto, el cual se formula como
una figura geométrica, es decir, un círculo, con sus elementos de
circunferencia, curva, y diámetro, línea recta, dividido en radios. Por lo
tanto, una forma geométrica es el primer medio cognoscible de relación entre el
Ain Soph y la inteligencia del hombre (14).
Este
Círculo Máximo, que el Esoterismo Oriental reduce al Punto en el Círculo
Ilimitado, es el Avalokiteshvara, el Logos o Verbum, del que habla T. Subba
Row. Mas este Círculo o Dios manifestado es tan desconocido para nosotros,
excepto por medio de su universo manifestado, como lo es el UNO,
aunque es más fácil, o mejor dicho, está más al alcance para nuestros conceptos
más elevados. Este Logos que yace dormido en el seno de Parabrahman durante el
Pralaya, del mismo modo que nuestro “Ego está latente (en nosotros) durante el
Sushupti” o sueño; que no puede conocer a Parabrahman más que como Mûlaprakriti
-siendo este último un velo cósmico que es la “potente expansión de
la Materia Cósmica”-; es, por consiguiente, sólo un órgano en la creación
Cósmica, por medio del cual irradian la Energía y Sabiduría de Parabrahman, desconocido
para el Logos, como lo es para nosotros. Además, como el Logos es tan
desconocido para nosotros como lo es en realidad Parabrahman para el Logos,
tanto el Esoterismo Oriental como la Kábala, a fin de poner al Logos al alcance
de nuestros conceptos, han resuelto la síntesis abstracta en imágenes
concretas; esto es, en los reflejos o aspectos múltiples de aquel Logos, o
Avalokiteshvara, Brahmâ, Ormazd, Osiris, Adam Kadmon, o cualquier otro nombre
por el estilo que se le quiera asignar; cuyos aspectos o emanaciones
manvantáricas son los Dhyân Chohans, los Elhim, los Devas, los Amshaspends,
etc. Los metafísicos explican la raíz y el germen de estos últimos, según T.
Subba Row, como la primera manifestación de Parabrahman, “la trinidad más
elevada que somos capaces de comprender”, que es Mûlaprakriti, el Velo, el
Logos, y la Energía Consciente del último, o su Poder y Luz, llamado en
el Bhagavad Gitâ Daiviprakriti o “Materia, Fuerza y el Ego, o
raíz única del Yo, del cual todas las demás clases de yo son tan sólo una
manifestación o un reflejo”. Por lo tanto, únicamente a la Luz de esta
Conciencia, de la percepción mental y física, es como puede el Ocultismo práctico hacer
visible al Logos por medio de figuras geométricas, las que, estudiadas con
atención, no sólo ofrecerán una explicación científica de la existencia
verdadera, objetiva (15), de los “Siete hijos de la Sophia Divina, que es esta
luz del Logos; sino que demostrarán también, por medio de otras claves no
descubiertas aún, que, con respecto a la Humanidad, esos “Siete Hijos” y sus
innumerables emanaciones, centros de energía personificada, son una necesidad
absoluta. Suprímanse, y el Misterio del Ser y de la Humanidad jamás
será descifrado, ni hecho accesible siquiera.
Por medio de esta Luz son creadas todas las cosas.
Esta Raíz del Yo mental es también la raíz del Yo físico,
porque esta Luz es la permutación, en nuestro mundo manifestado, de
Mûlaprakriti, llamado Aditi en los Vedas. En su tercer aspecto se
convierte en Vâch (16) la Hija y la Madre del Logos, de igual modo que Isis es
la Hija y la Madre de Osiris, que es Horus, y Moot la Hija, Esposa y Madre de
Ammon, en el mito lunar egipcio. En la Kabalah, Sephira es igual a
Shekinah, y es, otra síntesis, la Esposa, Hija y Madre del “hombre Celeste”,
Adam Kadmon, y hasta es idéntica al mismo, como Vâch es idéntico a Brahmâ, y es
llamado el Logos femenino. En el Rig Veda, Vâch es el “Lenguaje
Místico”, por cuyo medio el Conocimiento Oculto y la Sabiduría son comunicados
al hombre, y así dícese que Vâch “penetró en los Rishis”. Ella es “generada por
los dioses”; es la Vâch Divina, la “Reina de los Dioses”, y está unida a los
Prajâpatis en su obra de creación, como Sephira lo está a los Sephiroth. Es
llamada, además, la “Madre de los Vedas”, “puesto que por sus poderes
(como Lenguaje Místico) Brahmâ los reveló, y debido también al
poder de ella, produjo el Universo”, es decir, por medio del Lenguaje, y
palabras, sintetizadas por la “Palabra” y los números (17).
Pero
cuando se habla de Vâch como hija de Daksha, “el Dios que vive en todos los
Kalpas”, se demuestra su carácter Mayávico; desaparece durante el Pralaya,
absorbida en el Rayo Único, que todo lo devora.
Pero
existen dos aspectos distintos en el Esoterismo universal, oriental y
occidental, en todas esas personificaciones del Poder femenino en la
Naturaleza, o la Naturaleza noumenal y la fenomenal.
Uno es su aspecto puramente metafísico, según lo describe el ilustrado orador
en sus “Notas sobre el Bhagavad Gitâ”; el otro es terrestre y
físico, y al mismo tiempo divino, desde el punto de vista del concepto práctico
humano y del Ocultismo. Son todos ellos símbolos y personificaciones del Caos,
el “Gran Mar” o las Aguas Primordiales del espacio, el Velo impenetrable entre
lo INCOGNOSCIBLE y el Logos de la Creación. “Poniéndose por medio de su mente
en relación con Vâch, Brahmâ (el Logos) creó las aguas Primordiales”. El Katha
Upanishad se expone aun más claramente.
Prajâpati
era este Universo. Vâch era su inferior. Unióse a ella... ella
produjo esos seres, y volvió a fundirse en Prajâpati.
Esto
relaciona a Vâch y a Sephira con la Diosa Kwan-Yin, “la Madre Misericordiosa”,
la Voz Divina del Alma, hasta en el Buddhismo exotérico mismo; y con el aspecto
femenino de Kwan-Shai-Yin, el Logos, el Verbo de la Creación, y al mismo tiempo
con la Voz que es audible al Iniciado, según el Buddhismo Esotérico, Bath Kol,
la Filia Vocis, la Hija de la voz Divina de los hebreos, que responde desde el
Propiciatorio en el Velo del Templo, es un resultado.
Y
aquí podemos señalar incidentalmente una de las muchas calumnias lanzadas por
los “piadosos y buenos” misioneros, en la India, contra la religión del país.
La alegoría, en el Shatapatha Brâhmana, según la cual Brahmâ, como
Padre de los Hombres, llevó a cabo la obra de procreación mediante contacto
incestuoso con su propia hija Vâch, llamada también Sandhyâ, Crepúsculo, y
Shatarûpâ, de cien formas, es constantemente echada en cara a los brahmanes,
como condenación de su “detestable y falsa religión”. Aparte del hecho,
oportunamente olvidado por los europeos, de que el Patriarca Lot resulta
culpable del mismo crimen bajo la forma humana, mientras Brahmâ, o
más bien Prajâpati, cometió el incesto bajo la forma de un gamo con su hija,
que tenía la de una cierva (robit), la lectura esotérica del tercer
capítulo del Génesis muestra lo mismo. Existe además,
seguramente, un significado cósmico, y no fisiológico, unido a la alegoría
inda, puesto que Vâch es una permutación de Aditi y Mûlaprakriti, o el Caos, y
Brahmâ una permutación de Nârâyana, el Espíritu de Dios penetrando en la
Naturaleza y fecundizándola; por lo tanto, el concepto nada tiene de fálico.
Como
ya se ha dicho, Aditi-Vâch es el Logos femenino, o Verbo, la Palabra; y en
la Kabalah, Sephira es lo mismo. Estos Logos femeninos son todos
ellos, en su aspecto noumenal, correlaciones de la Luz, del Sonido
y del AEther, mostrando lo bien informados que estaban los antiguos, tanto en
Ciencia física, según lo conocen hoy los modernos, como respecto al origen de
aquella Ciencia en las esferas espirituales y astrales.
Nuestros
antiguos escritores decían que Vâch es de cuatro clases. Éstas son llamadas
Parâ, Pashyantî, Madhyamâ, Vaikharî. Esta declaración se encuentra en el Rig
Veda mismo, y en varios de los Upanishads, Vaikhari Vâch
es lo que espresamos nosotros.
El
Sonido, el Lenguaje, es lo que se hace comprensible y objetivo
a uno de nuestros sentidos físicos, y puede ser traído bajo las leyes de la
percepción. Por lo tanto:
Toda
clase de Vaikharî Vâch existe en Madhyamâ... Pashyantî, y últimamente en su
forma Parâ... La razón por la cual ese Pravana (18) es llamado Vâch consiste en
que estos cuatro principios del gran Kosmos corresponden a estas cuatro formas
del Vâch... El Kosmos entero, en su forma objetiva, es Vaikharî Vâch; la Luz
del Logos es la forma Madhyamâ, y el Logos mismo la forma Pashyantî; mientras
que Parabrahman es el aspecto Parâ (más allá del Nóumeno de todos los Nóumenos)
de aquella Vâch (19).
Así
pues, Vâch, Shekinah, o la “Música de las Esferas” de Pitágoras, son una cosa,
si tomamos como muestra los ejemplos que se encuentran en las tres filosofías
religiosas más (aparentemente) distintas en el mundo: la india, la griega y la
caldeo-hebrea. Esas personificaciones y alegorías pueden mirarse bajo cuatro aspectos
principales y tres secundarios, o siete en
total, como en el Esoterismo. La forma Parâ es la Luz y el Sonido, siempre
subjetivos y latentes, que existen eternamente en el seno de INCOGNOSCIBLE;
cuando se la considera como la ideación del Logos, o su Luz latente, es llamada
Pashayantî; y cuando viene a ser aquella Luz expresada, es
Madhyamâ.
Ahora
bien; la definición que nos da la Kabalah es la que sigue:
Hay
tres clases de Luz, y aquella (la cuarta) que compenetra a las demás: 1ª La
clara y penetrante, la Luz objetiva; 2ª La luz reflejada;
y 3ª La Luz abstracta.
Los
Diez Sephiroth, los Tres y los Siete, son llamados en la Kabalah las
Diez Palabras, DBRIM (Debarim), los números y las Emanaciones de la Luz
Celeste, que es a la vez Adam Kadmon y Sephira, Prajâpati-Vâch o Brahmâ. La
Luz, el Sonido y el Número son los tres factores de la creación en la Kabalah.
Parabrahman sólo puede ser conocido por medio del punto luminoso, el Logos, que
no conoce a Parabrahman, sino sólo a Mûlaprakriti. De igual modo Adam Kadmon
sólo conoció a Shekinah, aunque era el Vehículo de Ain - Soph. Y, como Adam
Kadmon, es, en la interpretación esotérica, el total de Número Diez, los
Sephiroth, siendo él mismo una Trinidad o los tres atributos de la Deidad
Incognoscible en Uno (20). “Cuando el Hombre Celeste (o Logos) asumió al principio
la forma de la Corona (21) (Kether), y se identificó con Sephira, hizo emanar
de aquélla (la Corona) Siete luces espléndidas”, que formaban Diez en su
totalidad; del mismo modo Brahmâ-Prajâpati, cuando se separó de Vâch, siendo,
sin embargo, idéntico a ella, hizo aparecer de la Corona a los siete Rishis,
los siete Manus o Prajâpati; en la versión esotérica, siempre 3 y 7, que
también forman 10. Sólo cuando se dividen en 3 y 7, en la esfera manifestada,
forma ... , el andrógino, y ... , o la figura X manifestada y diferenciada.
Esto
ayudará al estudiante a comprender por qué consideraba Pitágoras a la Deidad,
el Logos, como el Centro de Unidad y el Manantial de la Armonía. Decimos que
esta Deidad era el Logos, no la Mónada que mora en la Soledad y el Silencio,
porque Pitágoras enseñó que, siendo la Unidad indivisible, no es número alguno.
Y también es ésta la razón de que se exigiera al candidato, que aspiraba a la
admisión en su escuela, el estudio previo como preparación preliminar de las
ciencias de la Aritmética, la Astronomía, la Geometría y la Música,
consideradas como las cuatro divisiones de la matemáticas (22). Esto explica
igualmente por qué afirmaban los pitagóricos que la doctrina de los Números, la
más importante en el Esoterismo, había sido revelada al hombre por las Deidades
Celestes; que el Sonido, o la Armonía, había hecho surgir al Mundo del Caos,
siendo construido según los principios de la proporción musical; que los siete
planetas que rigen el destino de los mortales tienen un movimiento armonioso, y,
como dice Censorino:
Intervalos
correspondientes a los diastemas musicales, dando varios sonidos tan
perfectamente consonantes, que producen la más suave melodía, inaudible para
nosotros, sólo a causa de la magnitud del sonido, que nuestro oído es incapaz
de percibir.
En
la Teogonía Pitagórica, numerábanse, y expresábanse numéricamente, las
Jerarquías de las Huestes Celestes y Dioses. Pitágoras había estudiado en la
India la Ciencia Esotérica; y así vemos que sus discípulos dicen:
La
Mónada (la manifestada) es el principio de todas las cosas. De la Mónada y la
Dúada indeterminada (Caos), los Números; de los Números, los Puntos; de los
Puntos, las Líneas; de las Líneas, las Superficies; de las Superficies, los
Sólidos; de estos, los Cuerpos Sólidos, cuyos elementos son cuatro: el Fuego,
el Agua, el Aire, la Tierra; en todos los cuales, transformados
(correlacionados) y totalmente cambiados, consiste el Mundo (23).
Y
si esto no resuelve el misterio por completo, puede levantar al menos una punta
del velo de aquellas maravillosas alegorías que encubren a Vâch, la más
misteriosa de todas las Diosas brahmánicas, llamada “la Vaca melodiosa que
produce alimento y Agua” -la Tierra con todos sus poderes místicos; y también
la “que nos proporciona el alimento y sustento”, la Tierra física. Isis es
igualmente la Naturaleza mística y también la Tierra; y sus cuernos de vaca la
identifican con Vâch, que después de haber sido reconocida como Parâ en su
forma superior, se convierte, en el extremo inferior o material de la creación,
en Vaikharî. Por consiguiente, es la Naturaleza mística,
aunque física, con todas sus formas y propiedades mágicas.
Como
diosa del Lenguaje y del Sonido, y como permutación de Aditi, ella es el Caos,
en cierto sentido. De todos modos, es la “Madre de los Dioses”; y de Brahmâ,
Îshvara o el Logos, y de Vâch, así como de Adam Kadmon y de Sephira, ha de
partir la verdadera teogonía manifestada. Más allá, todo es
Obscuridad y especulación abstracta. Con los Dhyân Chohans o dioses, los
Videntes, los Profetas los Adeptos en general, se hallan en terreno
firme. Sea como Aditi o como la Sophia Divina de los gnósticos griegos, ella es
la madre de los Siete Hijos, los Ángeles de la Faz, del Profundo, o el gran Ser
Verde Único del Libro de los Muertos. Dice el Libro de
Dzyan, o sea el Conocimiento Verdadero, obtenido por medio de la
meditación:
La
Gran Madre se extiende con el ... , y el ... , y el ... el segundo ... y el ...
(24), en su seno pronta a producirlos, los valientes Hijos de los ... ... ...
(o 4.320.000, el Ciclo), cuyos dos Antecesores son el ... (círculo)
y el ... (punto).
Al
principio de cada ciclo de 4.320.000, los Siete, o los Ocho Grandes Dioses
según algunas naciones, descendieron para establecer el nuevo orden de cosas y
dar impulso al nuevo ciclo. Aquel octavo Dios era el Círculo
unificador, o Logos, separado y hecho distinto de su Hueste en el dogma
exotérico, así como las tres hipótesis divinas de los antiguos
griegos son consideradas ahora en las Iglesias como tres personas distintas.
Según se expresa un Comentario:
Los
Poderosos, cada vez que penetran dentro de nuestro velo mayávico (atmósfera),
ejecutan sus grandes obras y dejan tras de sí monumentos imperecederos para
conmemorar su visita (25).
Así
nos enseñan que las grandes pirámides fueron edificadas bajo su inspección
directa, “cuando Dhruva (la entonces Estrella polar) se hallaba en su
culminación inferior, y las Krittikâs (Pléyades) la contemplaban de lo alto (se
encontraban en el mismo meridiano, pero encima) para vigilar la obra de los
Gigantes”. Así pues, como las primeras pirámides fueron construidas al
principio de un Año Sideral, bajo Dhruva (Alpha Polaris), esto debe de haber
acaecido hace 31.000 años (31.105). Bunsen tenía razón cuando admitía para
Egipto una antigüedad superior a 21.000 años; pero esta concesión difícilmente
satisface a la verdad y a los hechos en esta cuestión.
Según dice Mr. Gerald Massey:
Las historias referidas por los sacerdotes egipcios
y otros, acerca del cómputo del tiempo en Egipto, empiezan ahora a parecer
menos falsas, en opinión de todos los que han escapado a la esclavitud bíblica.
Se han encontrado últimamente en Sakkarah inscripciones que mencionan dos
ciclos sotiacos... registrados en aquella época, hace ahora unos 6.000 años.
Así es que cuando Herodoto estuvo en Egipto, los egipcios habían observado
-como es sabido ahora-, por lo menos, cinco diferentes ciclos sotiacos de 1.461
años.
Los
sacerdotes manifestaron al investigador griego que ellos computaban el tiempo
desde una época tan remota, que el Sol había salido dos veces donde entonces se
ponía, y se había puesto dos veces donde salía entonces. Esto... sólo puede
comprenderse como una verdad en la Naturaleza, por efecto de dos ciclos de
precesión, o un período de 51.736 años (26).
Mor
Isaac (27) indica que los antiguos sirios definían su Mundo de los
“Regentes” y “Dioses Activos”, del mismo modo que los caldeos. El mundo
inferior era el Sublunar -el nuestro-, vigilado por los Ángeles del
orden primero o inferior; el inmediato en rango era Mercurio, regido por
los Arcángeles; luego seguía Venus, cuyos Dioses eran los Principados;
el cuarto era el del Sol, el dominio y región de los Dioses más elevados y
poderosos de nuestro sistema, los Dioses solares de todas las naciones; el
quinto era Marte, gobernado por las Virtudes; el sexto, el de Bel o
Júpiter, regido por las Dominaciones; el séptimo, el Mundo de
Saturno, por los Tronos. Estos son los Mundos de la Forma. Sobre
estos vienen los Cuatro superiores, formando de nuevo siete, puesto que los
Tres más elevados “no son mencionables ni pronunciables”. El
octavo, compuesto de 1.122 estrellas, es el dominio de los Querubines;
el noveno, perteneciente a las estrellas errantes e
innumerables, a causa de su distancia, tiene a los Serafines; en
cuanto al décimo, dice Kircher, citando a Mor Isaac, que está compuesto de
“estrellas invisibles que, según dijeron, podrían tomarse por nubes, efecto de
la masa tan compacta que forman en la zona que llamamos Vía Straminis, la Vía
Láctea”; y se apresura a explicar que “éstas son las estrellas de Lucifer
sumidas con él en su terrible naufragio”. Lo que viene después y más allá de
los diez Mundos (nuestro Cuaternario), o el mundo Arûpa, no podían decirlo los
sirios. “Sólo sabían que allí es donde principia el vasto e incomprensible
Océano del Infinito, la mansión de la Verdadera Divinidad, sin límite ni fin”.
Champollion
muestra la misma creencia entre los egipcios. Habiendo hablado Hermes del
Padre-Madre e Hijo, cuyo Espíritu -colectivamente el Fiat Divino- da forma al
Universo, dice: “Siete Agentes (Medios) fueron también formados para contener a
los Mundos Materiales (o manifestados), dentro de sus Círculos respectivos, y
la acción de esos Agentes fue llamada Destino”. Luego enumera siete, diez y
doce órdenes, cuya explicación detallada aquí exigiría demasiado tiempo.
Como
el Rig Vidhâna, de igual modo que el Brahmânda Purâna y
todas las obras de esta índole, bien describen la eficacia mágica de los Mantras Rig-Védicos
o los kalpas futuros, son según declaración del doctor Weber y otros,
compilaciones modernas “pertenecientes probablemente sólo a la época de
los Purânas”, es inútil señalar al lector sus explicaciones
místicas; y tanto vale inspirarnos meramente en los libros arcaicos, por
completo desconocidos de los orientalistas. Esas obras explican lo que tanto
intriga a los estudiantes, a saber: que los Saptarshis, los “Hijos nacidos de
la Mente” de Brahmâ, son citados en la Shatapatha Brâhmana bajo
una serie de nombres; bajo otra en el Mahâbhârata; y que el Vâyu
Purâna cuenta hasta nueve Rishis en vez de siete,
agregando a la lista los nombres de Bhrigu y de Daksha. Mas lo mismo sucede en
toda Escritura exotérica. La Doctrina Secreta presenta una larga genealogía de
Rishis, pero los separa en muchas clases. Así como los Dioses de los egipcios
estaban divididos en siete y hasta en doce Clases, también lo están los Rishis
indos en su Jerarquías. Los tres primeros Grupos son: el Divino, el Cósmico y
el Sublunar. Después vienen los Dioses Solares de nuestro Sietema, los
Planetarios, los Submundanos y los puramente Humanos - los Héroes, y los
Mânushi.
Por
ahora sin embargo, sólo nos ocupamos de los Dioses Precósmicos Divinos, los
Prajâpatis o los Siete Constructores. Este Grupo encuéntrase infaliblemente en
todas las Cosmogonías. Efecto de la pérdida de los documentos arcaicos
egipcios, pues según M. Máspero, “los materiales y datos históricos que se
poseen para el estudio de la historia de la evolución religiosa en Egipto no
son completos ni muchas veces inteligibles”, y hay que apelar para ver
corroboradas las declaraciones de la Doctrina Secreta, parcial e
indirectamente, a los antiguos himnos e inscripciones sepulcrales. Una de éstas
muestra que Osiris, como Brahmâ-Prajâpati, Adam Kadmon, Ormazd y tantos otros
Logos, era el jefe y la síntesis del Grupo de “Creadores” o Constructores. Antes
de que se convirtiese Osiris en el “Uno” y más elevado de
Egipto, se le rendía culto en Abydos como Jefe o Guía de la Hueste Celestial de
los Constructores pertenecientes al más elevado de los tres órdenes. El himno
grabado en la estela votiva de una tumba de Abydos (tercer registro) se dirige
a Osiris en estos términos:
Yo
te saludo, Osiris, hijo mayor de Seb; tú el más grande sobre los seis Dioses
nacidos de la Diosa Nu (el Agua primordial); tú el gran favorito de tu padre
Ra; Padre de Padres, Rey de la duración, Amo en la eternidad... que, en cuanto
salieron estos del seno de tu Madre, reuniste todas las Coronas y ceñiste el
Uraeus (serpiente o naja) (28) en tu cabeza; Dios multiforme, cuyo
nombre es desconocido, y que tiene muchos nombres en ciudades y provincias.
Saliendo
Osiris del Agua Primordial, coronado con el Uraeus, que es el emblema
serpentino del Fuego Cósmico, y siendo el séptimo sobre los
seis Dioses Primarios nacidos de la Madre Paterna, Nu y Nut, el Cielo, ¡quién
puede ser él, sino el primer Prajâpati, el primer Sephira, el primer
Amshaspend, Ormazd! Es indudable que este último Dios solar y cósmico ocupaba,
al principio de la evolución religiosa, la misma posición que el Arcángel,
“cuyo nombre era secreto”. Este Arcángel era Miguel, el representante sobre la
tierra del Dios Oculto judío, en una palabra, es su “Faz” la
que, decían, precedía a los judíos cual “Columna de Fuego”. Burnouf dice: “Los
siete Amshaspends, que seguramente son nuestros Arcángeles, también designan
las personificaciones de las Virtudes Divinas” (29). Y esos Arcángeles, por lo
tanto, son también ciertamente los Saptarshis de los indos, aunque es casi
imposible clasificar a cada uno de ellos con su prototipo y paralelo pagano,
puesto que, como sucede respecto a Osiris, todos tienen “muchos nombres en las
ciudades y provincias”. Sin embargo, algunos de los más importantes se
describirán en su orden.
Un
punto queda, pues, demostrado de manera indudable. Cuanto más se estudian sus
Jerarquías y se descubre su identidad, más pruebas se adquieren de que no
existe entre los Dioses personales pasados y presentes que nos
son conocidos desde los albores de la historia, uno solo que no pertenezca al
tercer período de la manifestación cósmica. Encontramos en todas las religiones
a la Deidad Oculta formando la base fundamental; luego el Rayo de la misma que
cae en la Materia Cósmica primordial, la primera manifestación;
después el producto andrógino, la Fuerza dual abstracta Macho y Hembra
personificada, el segundo período; ésta sepárase, finalmente,
en el tercero, en Siete Fuerzas, llamadas los Poderes Creadores por
todas las antiguas religiones, y las Virtudes de Dios por los cristianos. Las
últimas explicaciones y calificaciones metafísicas abstractas no han impedido a
las Iglesias romana y griega rendir culto a esas “Virtudes” bajo las
personificaciones y nombres distintos de los siete Arcángeles. En el Libro
de Druschim (30), en el Talmud, se hace una
distinción entre esos grupos, que es la explicación kabalística correcta. Dice
así:
Hay
tres Grupos (u órdenes) de Sephiroth: 1º Los Sephiroth llamados los “Atributos
Divinos” (abstractos); 2º Los Sephiroth físicos o siderales (personales); un
grupo de siete, el otro de diez; 3º Los Sephiroth
metafísicos, o perífrasis de Jehovah, que son los tres primeros Sephiroth
(Kether, Chochman y Binah), siendo los siete restantes los siete Espíritus
(personales) de la Presencia (también de los planetas).
La
misma división tiene que aplicarse a la primaria, secundaria y terciaria
evolución de Dioses en cada teogonía, si se desea traducir esotéricamente el
significado. No debemos confundir las personificaciones puramente metafísicas
de los atributos abstractos de la Deidad, con su reflejo: los
Dioses Siderales. Este reflejo, sin embargo, es en realidad la expresión
objetiva de la abstracción; Entidades vivientes y los modelos
formados según aquel Prototipo divino. Además, los tres Sephiroth metafísicos,
o la “perífrasis de Jehovah”, no son Jehovah; este último
mismo, con los títulos adicionales de Adonai, Elohim, Sabbaoth y los numerosos
nombres que se le prodigan, es quien es la perífrasis del Shaddai (...), el
Omnipotente. El nombre, por cierto, es una circunlocución, una figura demasiado
exagerada de retórica judía, y siempre ha sido denunciada por los ocultistas.
Para los kabalistas judíos, y hasta para los alquimistas cristianos y
rosacruces, Jehovah era un biombo conveniente, unificado por
el repliegue de sus muchos tableros, y adoptado como substituto; el nombre de
un Sephira individual, siendo tan bueno como otro cualquiera, para aquellos que
estaban en el secreto. El Tetragrammaton, el Inefable, la “Suma Total” sideral,
no fue inventado con otro propósito que el de extraviar al profano, y
simbolizar la vida y la generación (31). El nombre secreto verdadero y que no
puede pronunciarse -la “Palabra que no es palabra”- debe
buscarse en los siete nombres de las Siete primerras Emanaciones, o los “Hijos
del Fuego”, en las Escrituras secretas de todas las grandes
naciones, y hasta en el Zohar, la doctrina kabalística de la más
pequeña de todas ellas, la judía. Esa palabra, compuesta de siete letras en
todas las lenguas, se encuentra envuelta en los restos arquitectónicos de todos
los grandes edificios sagrados del mundo; desde los restos ciclópeos en la Isla
de Pascua -parte de un continente sumergido en los mares, hace más bien cerca
de 4.000.000 de años (32) que de 20.000- hasta las primeras pirámides egipcias.
Más
adelante trataremos más a fondo este asunto y ofreceremos datos prácticos para
probar las afirmaciones hechas en el texto.
Por
ahora, basta indicar, con unos cuantos ejemplos, la verdad de lo que ha sido
afirmado al principio de esta obra, o sea que ninguna Cosmogonía en todo el
mundo, con la excepción única de la cristiana, ha atribuido jamás a la Causa
Más Elevada y Única, al Principio Universal Deífico, la creación inmediata de
nuestra Tierra, del hombre o de algo relacionado con estos. Lo mismo se aplica
esta afirmación a la Kabalah hebrea o caldea que al Génesis,
si este último hubiese sido alguna vez por completo comprendido, y, lo que es
aún más importante, correctamente traducido (33). En todas partes, o bien
existe un Logos -una “Luz que brilla en la Obscuridad”, verdaderamente-, o el
Arquitecto de los Mundos, está esotéricamente en número plural. La Iglesia
latina, como siempre paradójica, al aplicar sólo a Jehovah el epíteto de
Creador, adopta una letanía completa de nombres para las Fuerzas activas de
este último, nombres que revelan el secreto. Pues si dichas Fuerzas
nada tenían que ver con la llamada “Creación”, ¿por qué darles los nombres
de Elohim (Alhim), palabra plural, Obreros y Energías Divinas
(...), piedras celestiales incandescentes (lapides igniti coelorum); y
en particular, Sostenes del Mundo (K...), Gobernadores o Regentes del Mundo
(Rectores Mundi), Ruedas del Mundo (Rotae), Auphanim, Llamas y Poderes, Hijos
de Dios (B’ne Alhim), Consejeros Vigilantes, etc.?
Se
ha supuesto a menudo, y como siempre injustamente, que China, país casi tan
antiguo como la India, no tenía Cosmogonía. Según dicen, era desconocida para
Confucio, y se lamentan de que los buddhistas extendieron su Cosmogonía sin
introducir en ella un Dios Personal (34). El Yi King, “la esencia
misma del pensamiento antiguo y la obra combinada de los más venerados sabios”,
no llega a exponer una Cosmogonía definida. Sin embargo, existe una, y muy
clara. Sólo que como Confucio no admitía una vida futura (35), y los buddhistas
chinos rechazan la idea de Un Creador, aceptando una Causa
única y sus innumerables efectos, han sido mal comprendidos por los creyentes
en un Dios Personal. El “Gran Extremo”, como principio “de los cambios”
(transmigraciones), es la más corta (y quizás la más sugestiva de todas las
Cosmogonías) para quienes, como los confucionistas, aman la virtud por sí
misma, y se esfuerzan en hacer el bien desinteresadamente, sin aspirar
perpetuamente a la recompensa y provecho. El “Gran Extremo” de Confucio produce
“Dos Figuras”. Estas dos producen a su vez “las Cuatro Imágenes”; y éstas, a su
turno, los “Ocho Símbolos”. Laméntase alguien de que aun cuando los
confucionistas ven en ellos el “cielo, la tierra y el hombre en miniatura”, se
puede ver todo cuanto se quiera. Sin duda alguna, y así sucede respecto de
muchos símbolos, especialmente en los de las religiones más recientes. Mas los
que saben algo acerca de los números ocultos, ven en estas “Figuras” el
símbolo, aunque tosco, de una Evolución progresiva armoniosa del Kosmos y de
sus Seres, tanto Celestiales como Terrestres. Y cualquiera que haya estudiado
la evolución numérica en la cosmogonía primitiva de Pitágoras -contemporáneo de
Confucio- jamás dejará de hallar en su Tríada, Tetractis y Década, surgiendo de
la Mónada Única y solitaria, la misma idea. Confucio es objeto de burla por
parte de su biógrafo cristiano, por “hablar de adivinación”, antes y después de
este pasaje, y le representan diciendo:
Los
ocho símbolos determinan buena y mala suerte y conducen a grandes acciones. No
hay imágenes imitables mayores que el cielo y la tierra. No hay cambios mayores
que las cuatro estaciones (significando el Norte, Sur, Este y Oeste, etc.). No
hay imágenes suspendidas más brillantes que el sol y la luna. En la preparación
de cosas para uso, ninguna existe mayor que el sabio. Para determinar la buena
y mala suerte, nada hay más grande que las pajas adivinatorias y la
tortuga (36).
Así
pues, se ríen con desprecio de las “pajas adivinatorias” y de la “tortuga”, del
“conjunto simbólico de líneas” y del gran sabio que las observa, cuando se
convierten en una y dos, y dos se convierten en cuatro, y cuatro se convierten
en ocho, y la otra serie de “tres y seis”, sólo porque sus luminosos símbolos
no son comprendidos.
Del
mismo modo, sin duda alguna, el autor y sus colegas ridiculizarán las Estancias
dadas en nuestro texto, porque representan precisamente la misma idea.
El antiguo mapa arcaico de Cosmogonía está lleno de líneas al estilo de
Confucio, de círculos concéntricos y puntos. Sin embargo, todos estos
representan los conceptos más abstractos y filosóficos de la Cosmogonía de
nuestro Universo. De todos modos, esto responderá mejor, quizá, a las
necesidades y objetos científicos de nuestra época, que los ensayos
cosmogónicos de San Agustín y del Venerable Beda, aunque estos fueron
publicados más de mil años después de los de Confucio.
Confucio,
uno de los más grandes sabios del mundo antiguo, creía en la antigua magia y la
practicaba él mismo, “si consideramos como verdaderas las afirmaciones de Kià-yü”,
y “la ensalzaba hasta las nubes en el Yi-kin”, según su reverendo
crítico nos dice. Sin embargo, aun en su época, es decir, 600 años antes de J.
C., Confucio y su escuela enseñaban la esfericidad de la tierra y hasta el
sistema heliocéntrico; mientras que, próximamente tres veces 600 años después del
filósofo chino, los Papas de Roma amenazaban y hasta quemaban “herejes” por
afirmar lo mismo. Ríense de él porque habla de la “Tortuga Sagrada”. Ninguna
persona despreocupada puede hallar gran diferencia entre una Tortuga y un
Cordero, como aspirantes a lo sagrado, puesto que ambos son símbolos y nada
más. El Buey, el Águila (37), el León y a veces la Paloma son los “animales
sagrados” de la Biblia de Occidente; los tres primeros se ven
agrupados en derredor de los Evangelistas; y el cuarto, asociada con estos una
faz humana, es un Seraph, es decir, una “serpiente de fuego”, el Agathodaemon
gnóstico probablemente.
La
elección es curiosa, y muestra cuán paradójicos fueron los primeros cristianos
en sus selecciones. Pues, ¿por qué eligieron esos símbolos del paganismo
egipcio, cuando el águila nunca se menciona en el Nuevo Testamento,
excepto una vez, al referirse Jesús a ella como comedora de carroña (38),
y en el Antiguo Testamento se la llama impura;
cuando es comparado el León con Satán, rugiendo ambos y buscando hombres a
quienes devorar; y los bueyes son echados del Templo? Por otra parte, la
Serpiente, presentada como ejemplo de sabiduría, es considerada ahora como el
símbolo del Diablo. Bien puede decirse, en verdad, que la perla esotérica de la
religión de Cristo, degradada en la teología cristiana, ha elegido una concha extraña
e impropia en que nacer y desarrollarse.
Como
se ha explicado, los Animales Sagrados y las Llamas o Chispas, dentro del Santo
Cuatro, se refieren a los Prototipos de todo cuanto se encuentra en el Universo
en el Pensamiento Divino, en la Raíz, que es el Cubo Perfecto, o el fundamento
del Kosmos, colectiva e individualmente. Todos ellos tienen una relación oculta
con las Formas Cósmicas primordiales, y con las primeras concreciones, obra y
evolución del Kosmos.
En
las primeras cosmogonías exotéricas indas, no es siquiera el Demiurgo quien
crea. Pues en uno de los Purânas se dice:
El
gran Arquitecto del Mundo imprime el primer impulso al movimiento rotatorio de
nuestro sistema planetario, pasando por turno por cada planeta y cuerpo.
Esta
acción es la que “hace girar a cada esfera sobre sí misma, y todas ellas en
derredor del Sol. Después de esta acción, “los Brahmândica”, los Pitris Solares
y Lunares, los Dhyân Chohans, “son quienes se encargan de sus esferas
respectivas (tierras y planetas) hasta el fin del Kalpa”. Los Creadores son los
Rishis, que en su mayoría son considerados como autores de los Mantras, o
Himnos, del Rig Veda. Algunas veces son siete, otras
veces diez, cuando se convierten en Prajâpati, el Señor de los
Seres; luego vuelven a convertirse en los siete y en los catorce Manus,
como representantes de los siete y catorce Ciclos de Existencia o Días de
Brahmâ, respondiendo de este modo a los siete AEones, cuando, al fin del primer
período de la Evolución, se transforman en los siete Rishis estelares, los
Saptarshis; mientras que sus Dobles humanos aparecen en esta
tierra como Héroes, Reyes y Sabios.
Habiendo
dado de este modo la Doctrina Esotérica del Oriente la nota fundamental que,
como puede verse, es bajo su forma de alegoría, tan científica como filosófica
y poética, todos los pueblos han seguido su dirección. Antes de ocuparnos de
verdades esotéricas, hemos de desentrañar la idea fundamental que yace en el
fondo de las religiones exotéricas, si queremos evitar que sean rechazadas las
primeras. Además, todos los símbolos, en todas las religiones
nacionales, pueden leerse esotéricamente; siendo una prueba de haber sido
correctamente comprendidos, la concordancia extraordinaria de todos ellos, al
ser traducidos en sus números y formas geométricas correspondientes, por mucho
que los signos y símbolos puedan variar exteriormente entre sí.
Porque en su origen todos aquellos símbolos son idénticos. Considerad, por
ejemplo, las primeras frases en diferentes Cosmogonías; en todos los casos
siempre se trata de un Círculo, un Huevo o
una Cabeza. Siempre está asociada la Obscuridad con ese primer símbolo,
y lo rodea, como se ha mostrado en los sistemas indo, egipcio, caldeo, hebreo y
hasta escandinavo. De ahí los cuervos negros, las palomas negras, aguas negras
y aun llamas negras; la séptima lengua de Agni, el Dios-Fuego, siendo llamado
Kâli, el “Negro”, porque era una llama negra vacilante. Dos palomas “negras”
huyeron de Egipto, y estableciéndose en las encinas de Dodona, dieron sus
nombres a los Dioses griegos. Noé suelta un cuervo “negro” después del Diluvio,
que es el símbolo del Pralaya Cósmico, después del cual empezó la verdadera
creación o evolución de nuestra tierra y de la humanidad. Los cuervos “negros”
de Odín revolotearon en derredor de la Diosa Saga, y “le hablaron en voz baja
del pasado y del futuro”. Ahora bien; ¿cuál es el verdadero significado de
todas estas aves negras? Es que todas ellas están relacionadas con la primitiva
Sabiduría, que mana de la Fuente precósmica de Todo, simbolizada por la Cabeza,
el Círculo o el Huevo; y todas tienen un significado idéntico y se refieren al Hombre
primordial Arquetipo, Adam Kadmon, el origen creador de todas las cosas, que
está compuesto de la Hueste de los Poderes Cósmicos, los Dhyân Chohans
Creadores, más allá de los cuales todo es Tinieblas.
Analicemos
la sabiduría de la Kabalah, aunque velada y falseada como lo está
hoy día, para explicar en su lenguaje numérico un significado aproximado, al
menos respecto a la palabra “cuervo”. Éste es su valor numérico, según se
encuentra en el Origen de las Medidas:
El
término Cuervo sólo es empleado una vez, y tomado como Eth-h’
orebv ... = 678, ó 113 x 6; mientras que la Paloma es mencionada
cinco veces. su valor es 71, y 71 x 5 = 355. Seis diámetros, o el Cuervo,
cruzándose, dividirían la circunferencia del círculo, de 355, en 12 partes o
compartimientos; y 355 subdividido por cada unidad por 6, sería igual a 213-0,
o la Cabeza (“principio”) del primer versículo del Génesis. Éste,
dividido o subdividido del mismo modo por 2, o el 355 por 12, daría 213-2, o la
palabra B’râsh, ... o la primera palabra del Génesis, con su
prefijo prepositivo, significando, astronómicamente, la misma forma general
concretada que aquí se ha determinado.
Ahora bien; el sentido secreto del primer versículo
del Génesis, siendo: “En Râsh (B’râsh) o Cabeza, se desarrollaron
los Dioses, los Cielos y la Tierra”, fácil es comprender el significado
esotérico del Cuervo, desde el momento en que semejante significado de la
Inundación, o Diluvio de Noé, está comprobado. Cualesquiera que puedan ser los otros
muchos significados de esta alegoría emblemática, el principal es
el de un nuevo Ciclo y una nueva Ronda, nuestra Cuarta Ronda (39).
El Cuervo o el Eth-h’ orebv, admite el mismo valor numérico que la Cabeza, y no
volvió al Arca, mientras que la paloma volvió, llevando la rama de olivo;
cuando Noé, el nuevo hombre de la nueva Raza (cuyo prototipo es Vaivasvata
Manu), se preparaba a abandonar el Arca, la Matriz o Argha de la Naturaleza
terrestre, es el símbolo del hombre puramente espiritual, sin sexo y andrógino
de las tres primeras Razas, que desaparecieron de la tierra para siempre.
Numéricamente, Jehovah, Adam, Noé, son uno en la Kabalah. A lo
sumo, pues, es la Deidad descendiendo sobre el Ararat, y más tarde sobre el
Sinaí, para encarnarse en el hombre, su imagen, por medio del
procedimiento natural, la matriz de la madre, cuyos símbolos son el Arca, el
Monte (Sinaí), etcétera, en el Génesis. La alegoría judía es
astronómica y fisiológica, más bien que antropomórfica.
Y
aquí es donde radica el abismo entre los sistemas ario y semítico, aunque
fundados ambos en la misma base. Según lo ha demostrado un expositor de
la Kabalah:
La
idea fundamental en que está cimentada la filosofía de los hebreos era la de
que Dios contenía todas las cosas en sí mismo, y que el hombre era su
imagen; el hombre, incluyendo a la mujer (como Andróginos; y que) la
geometría (y los números y medidas aplicables a la astronomía) están contenidos
en los términos hombre y mujer; y la incongruencia
aparente de semejante modo desaparecía, mostrando la relación del hombre y de
la mujer con un sistema particular de números, medidas y geometría, por los
períodos parturientos, que proporcionaban el lazo de unión entre los términos
usados y los hechos mostrados, y perfeccionaban el modo empleado (40).
Se
arguye que, siendo la causa primera absolutamente incognoscible, “el símbolo de
su primera manifestación comprensible era el concepto de un
círculo con su línea de diámetro, de modo que a la vez presentase la idea de la
geometría, del falicismo y de la astronomía”; y esto se aplicó finalmente a la
“significación, sencillamente, de los órganos generadores humanos”. De aquí que
el ciclo entero de acontecimientos, desde Adán y los Patriarcas hasta Noé, se
haya aplicado a objetos fálicos y astronómicos, los unos rigiendo a los otros,
como, por ejemplo, los períodos lunares. De aquí también que el Génesis de
los hebreos principie después de su salida del Arca, al fin del diluvio, esto
es, en la Cuarta Raza. Con el pueblo ario es distinto.
Jamás
ha rebajado el Esoterismo Oriental a la Deidad Única Infinita, la que contiene
todas las cosas, hasta semejantes usos; y esto queda demostrado por la ausencia
de Brahmâ en el Rig-Veda, y por las modestas posiciones que en él
ocupan Rudra y Vishnu, que siglos después se convirtieron en los poderosos y
grandes Dioses, los “Infinitos” de los credos exotéricos. Pero ni siquiera
ellos, a pesar de ser “Creadores” los tres, son los “Creadores” y “antecesores
directos de los hombres”. Vemos allí que estos antecesores ocupan un puesto aun
inferior en la escala, y son llamados los Prajâpatis, los Pitris, nuestros
Antepasados Lunares, etc., pero jamás el Dios Único Infinito. La Filosofía
Esotérica presenta sólo al hombre físico como creado a imagen de
la Deidad; la cual Deidad, sin embargo, no es más que los “Dioses Menores”.
El Yo Supremo, el Ego verdadero, es el único que es divino y es Dios.
SECCIÓN XIII
LAS SIETE CREACIONES
No
existía día ni noche, ni cielo ni tierra, ni
oscuridad
ni luz, ni ninguna otra cosa excepto
sólo
Una, incomprensible para la inteligencia,
o
Aquello, que es Brahma y Pums (Espíritu) y
Pradhâna
(Materia (grosera)) (1).
VISHNU
PURÂNA (I. ii.)
En
el Vishnu Purâna, dice Parâshara a Maitreya, su discípulo:
Os
he explicado así, excelente Muni, seis creaciones... la creación de los seres
Arvâksrota fue la séptima, y fue la del hombre (2).
Luego
prosigue hablando de dos creaciones adicionales muy misteriosas, interpretadas
de varios modos por los comentadores.
Orígenes,
comentando acerca de los libros escritos por Celso, su adversario gnóstico
-libros que fueron todos destruidos por los prudentes Padres de la Iglesia-,
contesta evidentemente a las objeciones de su contradictor, y revela su sistema
al mismo tiempo. Éste era claramente septenario. Pero la teogonía
de Celso, la génesis de las estrellas o planetas y el del sonido y el color,
tuvieron una contestación satírica y nada más. Celso, como se ve, “deseando
hacer gala de su saber”, habla de una escala de la creación con siete puertas,
y por cima de aquélla la octava, siempre cerrada. Los misterios del Mithras
persa son explicados, y “además se agregan razones musicales”. Y a éstas se
esfuerza también “en añadir una segunda explicación también relacionada con
consideraciones musicales” (3) - es decir, con las siete notas de la escala,
los Siete Espíritus de las Estrellas, etc.
Valentín
se extiende sobre el poder de los grandes Siete, que fueron llamados a producir
este universo después que Ar(r)hetos, o el Inefable, cuyo nombre está compuesto
de siete letras, hubo representado la primera Hebdómada. Este nombre
(Ar(r)hetos) indica la naturaleza Septenaria del Uno, el Logos. “La diosa Rhea”
-dice Proclo- “es una Mónada, Dúada y Héptada”, comprendiendo en sí misma a
todos los Titanidae, “que son siete” (4). Las
siete Creaciones se encuentran casi en todos los Purânas. Todas son
precedidas por lo que Wilson traduce - el “Principio Continuo”, el Espíritu
Absoluto independiente de toda relación con los objetos de los sentidos.
Ellas
son: 1º Mahat-tattva, el Alma Universal, la Inteligencia Infinita o Mente
Divina; 2º Tanmâtras, Bhûta o Bhûtasarga, la Creación Elemental, la primera
diferenciación de la Substancia Continua Universal; 3º Indriya o Aindriyaka, la
Evolución Orgánica. “Estas tres fueron las Creaciones Prâkrita, los desarrollos
de la naturaleza continua, precedidos por el Principio Continuo; 4º Mukhya,
“la Creación Fundamental (de las cosas perceptibles) fue la de cuerpos
inanimados” (5); 5º Tairyagyonya o Tiryaksrotas, fue la de los animales; 6º
Ûrdhvasrotas, o la de las divinidades (?) (6); 7º Arvâksrotas fue la del hombre
(7).
Tal
es el orden presentado en los textos exotéricos. Según la doctrina esotérica,
hay siete “Creaciones” Primarias y siete Secundarias, siendo las primeras las
Fuerzas que evolucionan por sí mismas procedentes de la FUERZA
una sin causa; y mostrando las últimas el Universo manifestado
emanado de los Elementos divinos ya diferenciados.
Tanto
esotérica como exotéricamente, todas las Creaciones arriba enumeradas
representan los siete períodos de la Evolución, sea después de una Edad o de un
“Día” de Brahmâ. Ésta es por excelencia la doctrina de la
Filosofía Oculta, la cual, sin embargo, jamás emplea el término “Creación”, ni
siquiera el de evolución, respecto a la “Creación “ Primaria; pero llama a
todas esas Fuerzas los “aspectos de la Fuerza sin causa”. En
la Biblia, los siete períodos son empequeñecidos en los seis Días
de la Creación y el séptimo Día de Descanso, y los occidentales se atienen a la
letra. En la filosofía inda, cuando el Creador activo ha producido al Mundo de
los Dioses, los Gérmenes de todos los Elementos
indiferenciados, y los Rudimentos de los Sentidos futuros -en una palabra, el
Mundo del Nóumeno-, el Universo permanece inalterado durante un día de Brahmâ,
un período de 4.320.000.000 de años. Éste es el séptimo Período
pasivo o el “Sabbath” de la Filosofía Oriental, que sucede a los seis períodos
de evolución activa. En la Satapatha Brâhmana, Brahma (neutro), la
Causa Absoluta de todas las causas, irradia a los Dioses.
Habiendo irradiado a los Dioses por medio de su naturaleza, inherente, la obra
se interrumpe. En el Primer Libro de Manu se dice:
A
la expiración de cada noche (Pralaya), Brahma, habiendo dormido,
despiértase, y por la energía sola del movimiento hace
emanar de sí mismo al Espíritu (o mente), que en su esencia
es, y sin embargo, no es.
En
el Sepher Yetzirab, el “Libro de la Creación” kabalístico, el autor
evidentemente repitió el eco de las palabras de Manu. La Substancia Divina está
representada en él, como habiendo existido sola desde la eternidad, ilimitada y
absoluta, y como habiendo emitido al Espíritu de sí misma.
¡Uno
es el Espíritu del Dios vivo, bendito sea su Nombre, que vive eternamente! Voz,
Espíritu y Palabra: éste es el Espíritu Santo (8).
Y
ésta es la Trinidad kabalística abstracta, con tan poco respeto
antropomorfizada por los Padres. De este Uno triple emanó el Kosmos entero.
Primero del Uno emanó el número dos o Aire, el elemento creador; y luego el
número tres, Agua, procedió del Aire; el Éter o Fuego completa el Cuatro
místico, el Arba-il. En la doctrina oriental, el Fuego es el primer Elemento -
el Éter, sintetizando al todo, puesto que los contiene a todos ellos.
En
el Vishnu Purâna se dan los siete períodos completos; y se
muestra la Evolución progresiva del “Alma-Espíritu”, y de las siete Formas de
la Materia, o Principios. Es imposible enumerarlos en esta obra. Se invita al
lector a considerar con atención uno de los Purânas.
R.
Yehudah principió, está escrito: “Elohim dijo: que haya un firmamento en medio
de las aguas”. ¡Ven, contempla! En el tiempo en que el Santo... creó al mundo,
Él (ellos) creó 7 cielos Arriba. Creó 7 tierras Abajo, 7 mares, 7 días, 7 ríos,
7 semanas, 7 años, 7 veces y 7.000 años que el mundo ha existido... el séptimo
de todos (los milenarios)... Así, hay 7 tierras Abajo; todas están habitadas
excepto aquellas que están arriba, y aquellas que están abajo. Y... entre cada
tierra extiéndese un cielo (firmamento) entre una y otra... y existen en ellas (en
esas tierras) seres que aparecen distintos unos de otros... Mas si presentáis
alguna objeción a esto, y decís que todos los hijos del mundo vinieron de Adam,
no es así... Y las tierras inferiores, ¿de dónde vienen? Pertenecen a
la cadena de la tierra, y de los Cielos arriba (9).
Ireneo
también atestigua -y bien a pesar suyo- que los gnósticos enseñaban el mismo
sistema, velando muy cuidadosamente el verdadero significado esotérico. Ese
“velo”, sin embargo, es idéntico al del Vishnu Purâna y otros.
Así escribe Ireneo respecto a los marcosianos:
Sostienen
que antes que todo fueron producidos los cuatro elementos, el fuego, el agua,
la tierra y el aire, según la imagen de la primera Tétrada arriba; y que si
agregamos sus operaciones, o sea el calor, el frío, la humedad y la sequía,
preséntase una semejanza exacta con la Ogdoada (10).
Sólo
que esa “semejanza” y la Ogdoada misma son un velo exactamente como en las
siete creaciones del Vishnu Purâna, a las que se añaden dos más,
entre las cuales la octava, llamada Anugraha, “posee a la vez las cualidades de
bondad y tinieblas”, idea ésta más bien sâmkhiana que puránica. Pues también
dice Ireneo que:
Ellos
(los gnósticos) tenían una octava creación semejante, que era buena y mala,
divina y humana. Afirman que el hombre fue formado el octavo día. A
veces declaran que fue hecho el sexto día, y otras el octavo; a no
ser que acaso entiendan que su parte terrestre fue formada el sexto día, y su
parte carnal (?) el octavo; haciendo una distinción entre estas dos (11).
La “distinción” existía, pero no como la presenta
Ireneo. Los gnósticos tenían una Hebdómada superior e inferior en el Ciclo; y
una tercera Hebdómada terrestre, en el plano de la materia. Iaô, el Dios
Misterio y el Regente de la Luna, según está presentado en la Carta de
Orígenes, era el principal de esos “Siete Cielos” superiores (12), por lo tanto
idéntico al jefe de los Pitris Lunares, siendo ese nombre el que ellos dan a
los Dhyân Chohans Lunares. “Afirman -escribe el mismo Ireneo- que esos siete
cielos son inteligentes, y hablan de ellos considerándolos como
ángeles”; y añade que por este motivo ellos llamaban a Iaô Hebdomas,
mientras que su madre era llamada Ogdoas; pues, según explica, “conservaba el
número de la Ogdoada primogénita y primaria del Pleroma” (13).
Esta
“Ogdoada primogénita” era en Teogonía el Segundo Logos, el Manifestado,
porque había nacido del Primer Logos Séptuple; por consiguiente, es
la octava en este plano manifestado; y en Astrolatría era el Sol, Mârttânda, el
octavo Hijo de Aditi, a quien ella rechaza mientras conserva a sus Siete
Hijos, los planetas. Pues los antiguos jamás consideraron al Sol
como un planeta, sino como una Estrella central y fija. Ésta, pues,
es la segunda Hebdómada nacida del Uno de Siete rayos, Agni, el Sol y muchos
más; pero no los siete planetas, que son Hermanos de Sûrya, no
sus Hijos. Entre los gnósticos, esos Dioses Astrales eran los Hijos
de Ildabaoth (14) (de ilda, niño, y baoth, huevo), el
Hijo de Sophía Achamôt, la hija de Sophía o Sabiduría, cuya región es el
Pleroma. Ildabaoth produce de sí mismo esos seis Espíritus estelares: Jove (Iaô)
(Jeovah), Sabaôth, Adonai (Adoneus), Eloi (Eloaeus), Osraios (Oreus), Astaphaios (Astaphaeus)
(15), y ellos son la Hebdómada segunda, o inferior. En cuanto a la tercera,
está compuesta de los siete hombres primordiales, las sombras de los Dioses
Lunares, proyectadas por la primera Hebdómada. En esto, como se ve, no se
apartaron mucho los gnósticos de la Doctrina Esotérica, sólo que la velaban. En
cuanto a los cargos hechos por Ireneo, que evidentemente ignoraba las
verdaderas doctrinas de los “Herejes”, respecto a la creación del hombre
el sexto día, y a la creación del mismo el octavo,
estos se refieren a los misterios del hombre interno. Este
punto sólo resultará inteligible para el lector después que haya leído los
volúmenes III y IV, y comprendido bien la Antropogénesis de la Doctrina
Esotérica.
Ildabaoth es una copia de Manu, quien se alaba como
sigue:
¡Oh
tú, el mejor de los hombres dos veces nacidos! Sabe que yo (Manu) soy aquél, el
creador de todo este mundo, a quien ese masculino Virâj... espontáneamente
produjo (16).
Él crea primeramente los diez Señores del Ser, los
Prajâpatis, que, como nos dice el versículo 36, “producen otros siete Manus”.
También se vanagloria Ildabaoth del mismo modo: “Soy Padre y Dios, y nadie está
por encima de mí”, exclama. Por esta razón le humilla su Madre, diciendo con
frialdad: “No mientas, Ildabaoth, porque el Padre de todo, el Primer Hombre
(Anthreopos), es superior a ti, y así es Anthropos, el hijo de Anthropos” (17).
Ésta es una buena prueba de que había tres Logos -además de los Siete nacidos
del Primero-, siendo uno de ellos el Logos Solar. Por otra parte, ¿quién era
ese Anthropos tan superior a Ildabaoth? Sólo los anales gnósticos pueden
resolver este enigma. En Pistis-Sophia el nombre de cuatro
vocales ieou va acompañado generalmente del epíteto “el Primitivo, o Primer
Hombre”. Esto muestra nuevamente que la Gnôsis sólo era un eco de nuestra
Doctrina Arcaica. Los nombres que corresponden a Parabrahman, a Brahmâ y a Manu,
el primer Hombre pensador, están compuestos de sonidos de una, tres
o siete vocales. Marcos, cuya filosofía era seguramente más pitagórica que otra
cosa, habla de una revelación que tuvo acerca de los siete Cielos, cada uno de
los cuales producía el sonido de una vocal, al pronunciar ellos los siete nombres
de las siete jerarquías Angélicas.
Cuando
el Espíritu ha impregnado hasta el átomo más diminuto de los Siete Principios
del Kosmos, entonces principia la Segunda Creación, después
del período de reposo más arriba mencionado.
“Los Creadores (Elohim) bosquejan durante la segunda “Hora”
la forma del hombre”, dice el rabino Simeón en el Nuchthemeron of the
Hebrews. “Hay doce horas en el día”, dice la Mishna, “y
durante éstas es cuando tiene lugar la creación”. Las “doce horas del día” son
también la copia empequeñecida de la Sabiduría primitiva, un eco débil, aunque
fiel, de la misma. Son como los 12.000 Años Divinos de los Dioses, un velo
cíclico. Cada Día de Brahmâ 14 Manus, a quienes los kabalistas hebreos,
siguiendo en esto, sin embargo, el ejemplo de los caldeos, han disfrazado en 12
“Horas” (18). El Nuchthemeron de Apolonio de Tiana es lo
mismo. “El Dodecaedro yace oculto en el Cubo perfecto”, dicen los kabalistas.
El sentido místico de esto es que las doce grandes transformaciones del
Espíritu en la Materia -los 12.000 Años Divinos- tienen lugar durante las
cuatro grandes Edades, o primer Mahâyuga. Principiando con lo metafísico y
sobrehumano, termina en las naturalezas físicas y puramente humanas del Kosmos
y del Hombre. Si la Ciencia Occidental no lo consigue, en cambio la Filosofía
Oriental puede dar el número de los años humanos que se suceden en la línea de
las evoluciones espirituales y físicas de lo visible e invisible.
La
Creación Primaria es llamada la Creación de la Luz (Espíritu); y la Secundaria,
la de las Tinieblas (Materia) (19). Ambas encuéntranse en el Génesis (20).
La primera es la emanación de los Dioses (Elohim) nacidos por sí mismos; la
segunda la de la naturaleza física.
He
aquí por qué está escrito en el Zohar:
Oh,
compañeros, compañeros, el hombre, como emanación, era a la vez hombre y mujer;
tanto del lado del Padre como del de la Madre. Y esto es el sentido de las
palabras: Y Elohim dijo: “¡Hágase la Luz! y la Luz fue...” Y éste es el “Hombre
doble”.
La Luz de nuestro plano es, sin embargo, obscuridad
en las esferas superiores.
“El
hombre y la mujer... del lado del PADRE” (Espíritu) se refiere a la Creación
Primaria; y del lado de la MADRE (Materia), a la Secundaria. El Hombre doble es
Adam Kadmon, el prototipo abstracto masculino y femenino, y el Elohim
diferenciado. El Hombre procede del Dhyân Chohan, y es un “Ángel Caído”, un
Dios en el destierro, como se mostrará.
Esas
creaciones se describieron en la India como sigue (21):
I. La
Primera Creación: Creación Mahat-tattva, llamada así porque fue la
primordial evolución en sí de lo que tenía que convertirse en Mahat, la “Mente
Divina, consciente e inteligente”; esotéricamente, el “Espíritu del Alma
Universal”.
El
más digno de los ascetas por medio de su poder (el poder de aquella causa),
toda causa producida se presenta por su propia
naturaleza.
Y por otra parte:
Dado
que las potencias de todos los seres se comprenden solamente por
medio del conocimiento de Aquello (Brahma) que se halla fuera del raciocinio,
la creación, y lo semejante, tales potencias se pueden referir a Brahmâ.
AQUELLO
precede, por tanto, a la manifestación. “El primero fue Mahat”, dice el Linga
Purâna; porque el Uno (Aquello) no es primero ni último,
sino todo. Exotéricamente, sin embargo, esta manifestación es la obra del
“Uno Supremo” (más bien un efecto natural de una Causa
Eterna); o como dice el Comentador, puede haber sido concebido como
significando que Brahmâ fue luego creado (?), identificándole
con Mahat, la inteligencia activa, o la voluntad en acción de lo Supremo. La
Filosofía Esotérica lo interpreta como la “Ley que actúa”.
De
la clara comprensión de esta doctrina en los Brâhmanas y Purânas pende,
creemos, la manzana de la discordia entre las tres sectas vedantinas: la
Advaita, Dvaita y la Vishishthadvaita. La primera arguye lógicamente que no
teniendo Parabrahman relación, como TODO absoluto, con el Mundo manifestado,
pues lo Infinito no tiene conexión con lo Finito, no puede ni querer ni crear;
que, por lo tanto, Brahmâ, Mahat, Îshvara, o cualquier nombre bajo el cual
pueda ser conocido el Poder Creador, los Dioses Creadores y todos,
son simplemente un aspecto ilusorio de Parabrahman en el concepto de los que
conciben; mientras que las otras sectas identifican a la causa Impersonal con
el Creador o Îshvara.
Mahat
o Mahâ-Buddhi es, sin embargo, según los Vaishnavas, la Mente Divina, en
operación activa, o como dice Anaxágoras, “una Mente directora y
regularizadora, que fue la causa de todas las cosas”, ... . ... ... ... ...
Wilson
vio en seguida la sugestiva relación existente entre Mahat y la Mât fenicia, o
Mut, que para los egipcios era hembra, la Diosa Mut, la Madre, “que, como
Mahat”, dice él, “fue el primer producto de la mezcla (?) del Espíritu y la
Materia, y el primer rudimento de la Creación”. “Ex connexione autem
ejus Spiritus prodidit Môt... Hinc ... seminium omnis creaturoe et omnium rerum
creatio”, dice Brucker (22), prestándole un color aún más materialista y
antropomórfico.
Sin
embargo, en la superficie misma de los textos antiguos sánscritos que tratan de
la Creación primordial, descúbrese, a través de cada sentencia exotérica, el
sentido esotérico de la doctrina.
El Alma Suprema, la Substancia del Mundo que todo
lo penetra (Sarvaga), habiendo entrado (sido atraída) en la Materia
(Prakriti) y el Espíritu (Purusha), agitó los principios mentales y los
inmutables el período de Creación (Manvántara) habiendo llegado.
El
Nous de los griegos, que es la Mente (espiritual o divina) o Mens, Mahat, actúa
sobre la Materia del mismo modo; “entra en ella” y la “agita”:
Spiritus
intus alit, totamque infusa per artus
Mens
agitat molem, et magno se corpore miscet.
En la
Cosmogonía Fenicia también “mezclándose el Espíritu con sus propios principios,
da lugar a la creación” (23); la Tríada Órfica ofrece una doctrina idéntica;
pues allí Phanes, o Eros, el Caos, conteniendo la Materia Cósmica confusa indiferenciada,
y Cronos, el Tiempo, son los tres principios cooperadores, emanando del Punto
Oculto e Incognoscible, que producen la obra de “Creación”. Y ellos son los
indos Purusha (Phanes), Pradhâna (Caos) y Kâla (Cronos). Al buen profesor
Wilson no le gusta la idea, como tampoco habría de agradar a sacerdote
cristiano alguno, por liberal que fuese. Observa que: “la mezcla (del
Espíritu supremo o Alma, con sus propios principios) no es mecánica; es
una influencia o efecto ejercido sobre agentes intermediarios que
produce efectos”. La frase del Vishnu Purâna: “así como el aroma
afecta a la mente sólo a causa de su proximidad, y no por alguna
operación inmediata sobre la mente misma, de igual modo el Ser Supremo
influyó en los elementos de la creación”, la amplía el reverendo y erudito
sanscritista correctamente de este modo: “así como los perfumes no deleitan a
la mente por contacto real, sino por la impresión que causan sobre el sentido
del olfato, que la comunica a la mente”; añadiendo, “la entrada del Supremo...
en el Espíritu, así como en la Materia, es menos inteligible que
el aspecto considerado de esto en otra parte, de la infusión del
Espíritu, identificado con el Supremo, en Prakriti o la Materia sola”. Y él da
la preferencia a este versículo del Pâdma Purâna: “El que es
llamado el macho (espíritu) de Prakriti... ese mismo Vishnu divino entró en
Prakriti”. Este aspecto está ciertamente más conforme con el carácter plástico
de ciertos versículos de la Biblia que se refieren a los
Patriarcas, como Lot y aun Adam (24), y otros de naturaleza todavía más
antropomórfica. Mas esto es, precisamente, lo que condujo la Humanidad al Falicismo;
estando la religión Cristiana llena del mismo, desde el primer capítulo
del Génesis hasta el Apocalipsis.
Enseña
la Doctrina Esotérica que los Dhyân Chohans son el agregado colectivo de la
Inteligencia Divina o Mente Primordial; y que los primeros Manus, las siete
Inteligencias Espirituales “nacidas de la mente”, son idénticos a los primeros.
Así es que el Kwan-Shi-Yin, el “Dragón Áureo en que están los Siete”, de
la Estancia III, es el Logos Primordial o Brahmâ, el Primer Poder Creador
manifestado; y las Energías Dhyánicas son los Manus, o Manu Svâyambhuva colectivamente.
Además, la relación directa entre los Manus y Mahat es fácil de ver. Manu viene
de la raíz man, pensar; y el pensamiento procede de la mente. Es,
en Cosmogonía, el Período Prenebular.
II. La
Segunda Creación: Bhûta, fue la de los Principios Rudimentales o Tanmâtras;
de ahí que se la llame la Creación Elemental o Bhûtasarga. Es el período del
primer soplo de diferenciación de los elementos Precósmicos, o la Materia.
Bhûtadi significa el “origen de los Elementos”, y precede a Bhûtasarga, “la
Creación”, o diferenciación, de esos Elementos en el Âkâsha Primordial, el Caos
o Vacuidad (25). En el Vishnu Purâna se dice que continúa por
el triple aspecto de Ahamkâra, al que pertenece, siendo traducida esta palabra
por Egoísmo, pero significando más bien ese término intraducible del “concepto
de sí” (I-amness), lo que nace primeramente de Mahat o la Mente Divina; el
primer bosquejo nebuloso de la personalidad, pues el Ahamkâra “puro”
conviértese en “apasionado” y finalmente en “rudimentario” o inicial; él es “el
origen de todo ser, tanto consciente como inconsciente”, si bien la
escuela esotérica rechaza la idea de que haya algo que sea inconsciente, salvo
en nuestro plano de ilusión e ignorancia. En este período de la Segunda
Creación, aparece la Segunda Jerarquía de los Manus, los Dhyân Chohans o Devas,
que son el origen de la Forma (Rûpa), los Chitrashikhandinas, “los de Brillante
Corona” o Rikshas; esos Rishis que se han convertido en las Almas animadoras de
las Siete Estrellas (de la Osa Mayor) (26). Esta Creación se refiere, en
lenguaje astronómico y cósmico, al período de la Niebla de Fuego, el primer
grado de la Vida Cósmica, después de su estado caótico (27), cuando los Átomos
salen de Laya.
III. La
Tercera Creación: La Tercera Creación o creación Indriya, fue la forma
modificada de Ahamkâra, el concepto del “YO” (de Aham, “YO”), llamada la
Creación Orgánica o Creación de los Sentidos, Aindriyaka. “Estas tres fueron la
Creación Prâkrita, los desarrollos (discretos) de la naturaleza continua
precedidos por el principio continuo”. “Precedidos por” debiera reemplazarse
aquí con “principiando por Buddhi”; pues el último no es una cantidad discreta
ni continua, sino que participa de la naturaleza de ambas, en el hombre como en
el Kosmos. Unidad o Mónada humana en el plano de la ilusión, una vez libre de
las tres formas de Ahamkâra y libertado de su Manas terrestre, Buddhi, en
verdad, se convierte en una cantidad continua, tanto en duración como en
extensión, porque es eterno e inmortal. Anteriormente se declara que la Tercera
Creación, “abundando en la cualidad de bondad”, llámase Ûrdhvasrotas; y una o
dos páginas más adelante háblase de la Creación Ûrdhvasrotas como de la “sexta
creación... o la de las divinidades”. Esto muestra claramente que tanto los
Manvántaras anteriores como los posteriores han sido confundidos
intencionalmente, a fin de impedir que el profano percibiese la verdad. A esto
llaman los orientalistas “incongruencia y contradicciones”. “Las tres
creaciones que principian con la Inteligencia son elementales; pero las seis
creaciones que proceden de las series de las que el Intelecto es la primera,
son la obra de Brahmâ (28). Aquí “creaciones” significan en todas partes períodos
de evolución. Mahat, el “Intelecto” o Mente, que corresponde con Manas,
hallándose el primero en el plano cósmico y el último en el humano, también se
encuentra aquí por bajo de Buddhi o Inteligencia supradivina. Por consiguiente,
cuando leemos en Linga Purâna que “la primera Creación fue la
de Mahat, siendo el Intelecto el primero en la manifestación”, debemos aplicar
esa creación (especificada) a la primera evolución de nuestro Sistema y hasta a
nuestra Tierra, no discutiéndose en los Purânas ninguna de las
precedentes, sino haciéndose tan sólo alusión accidentalmente a las mismas.
Esta
Creación de los primeros Inmortales, o Devasarga, es la última de la serie, y
tiene un significado universal; refiérese, especialmente, a la evolución en
general, y específicamente a nuestro Manvántara, que principia con la misma una
y otra vez, mostrando así que se refiere a varios Kalpas distintos. Pues se
dice que: “al final del pasado (Pâdma) Kalpa, el divino Brahmâ despertó de su
noche de sueño, y contempló el Universo vacío”. Luego nos representan a Brahmâ,
pasando de nuevo por las “Siete Creaciones”, en el período secundario de
evolución, repitiendo las tres primeras en el plano objetivo.
IV. La
Cuarta Creación: La Mukhya o Primaria, porque empieza la serie de cuatro.
Ni el término cuerpos “inanimados” ni el de cosas “inmóviles”, según traduce
Wilson, dan una idea correcta de las palabras sánscritas empleadas. No es
solamente la Filosofía Esotérica la que rechaza la idea de que haya átomos
“inorgánicos”, pues también lo hace el Hinduismo ortodoxo. Además, Wilson mismo
dice: “Todos los sistemas indos consideran a los cuerpos vegetales como dotados
de vida” (29). Charâchara, o el sinónimo sthâvara y jangama, está, por lo
tanto, inexactamente interpretado como “seres animados e inanimados”,
“sencientes e inconscientes”, o “seres conscientes e inconscientes”, etcétera.
“Móviles y fijos” sería mejor, “puesto que se atribuye alma a los árboles”. La
Mukhya es la “creación”, o más bien evolución orgánica, del reino vegetal. En
este Período Secundario, los tres grados de los reinos elementales o
rudimentarios son desarrollados en este Mundo, correspondiendo, inversamente en
orden, a las tres Creaciones Prakríticas, durante el Período Primario de
la actividad de Brahmâ. Así como en aquel Período, según las
palabras del Vishnu Purâna, “la primera creación fue la de Mahat o
el Intelecto... La segunda fue la de los Principios Rudimentarios
(Tanmâtras)... La tercera... la creación de los sentidos (Aindriyaka)”; así en
éste, el orden de las Fuerzas Elementales es como sigue: 1º, los Centros de
Fuerzas nacientes, intelectuales y físicos; 2º, los Principios
Rudimentarios, la fuerza nervio, por decirlo así; y 3º, la
Percepción naciente del conocimiento interior, que es el Mahat de los reinos
inferiores, y está especialmente desarrollada en el tercer orden de
Elementales; a estos sucede el reino objetivo de los minerales, en donde esa
“percepción” es latente por completo, para desarrollarse de nuevo sólo en las
plantas. La Creación Mukhya es, pues, el punto medio entre los tres reinos
inferiores y los tres superiores, que representa los siete reinos esotéricos
del Kosmos y de la Tierra.
V. La
Quinta Creación: La Creación (30) Tiryaksrotas o Tairyagyonya, la de los
“animales (sagrados)”, que corresponde en la Tierra sólo a la creación de los
animales mudos, Lo que se entiende por “animales” en la Creación primaria es el
germen del despertar de la conciencia o de la “percepción del conocimiento
interior”, lo que vagamente se observa en algunas plantas sensitivas sobre la
Tierra, y más marcadamente en la Mónera protística (31). En nuestro Globo,
durante la Primera Ronda, la “creación” animal precede a la del hombre,
mientras que los animales mamíferos se desarrollan del hombre en nuestra Cuarta
Ronda en el plano físico. En la Primera Ronda, los átomos animales son
arrastrados hacia una cohesión de forma humana física; mientras que en la
Cuarta ocurre lo contrario, de acuerdo con las condiciones magnéticas
desarrolladas durante la vida. Y esto es la “Metempsicosis” (32). Este quinto
Grado de Evolución, llamado exotéricamente “Creación”, puede considerarse,
tanto en el Período Primario como en el Secundario, en el uno como lo
espiritual y cósmico, y en el otro como lo material y terrestre. Es la
archibiosis, u origen de la vida; “origen” tan sólo, por supuesto, en cuanto se
refiere a la manifestación de la vida en todos los siete
planos. En este período de la evolución es cuando el movimiento absolutamente
eterno y universal, o vibración, lo que se llama “Gran Hálito” en lenguaje
esotérico, se diferencia en el Átomo primordial, primero manifestado. A medida
que las ciencias químicas y físicas progresa, este axioma oculto encuentra cada
vez más su corroboración en el mundo del saber; la hipótesis científica, según
la cual los elementos más simples de la materia son idénticos en su naturaleza,
y sólo difieren unos de otros a consecuencia de las varias distribuciones de
los átomos en la molécula o partícula de substancia, o a causa de los modos de
su vibración atómica, gana cada día más terreno.
Así,
del mismo modo que la diferenciación del germen primordial de la vida tiene que
preceder a la evolución del Dhyân Chohan del tercer Grupo o
Jerarquía del Ser en la Creación Primaria, antes de que esos Dioses puedan
revestirse en su primera forma etérea (rûpa), así también la creación animal
tiene por la misma razón que preceder al “hombre divino” sobre
la Tierra. Y he aquí por lo que vemos en los Purânas que “la
quinta, la Creación Tairyagyonya, fue la de los animales”.
VI. La
Sexta Creación: La Creación Ûrdhvasrotas o la de las Divinidades. Mas esas
Divinidades son simplemente los Prototipos de la Primera Raza, los Padres de su
progenie de “huesos blandos”, “nacida de la mente”. Estos son los que se
convirtieron en los Evolucionadores de los “Nacidos del Sudor”, expresión que
se explica en los volúmenes V y VI.
Los
“Seres Creados” -explica el Vishnu Purâna-, “aun cuando son
destruidos (en sus formas individuales) en los períodos de disolución, siendo
afectados, sin embargo, por los actos buenos o malos de existencia
anteriores, jamás quedan exentos de sus consecuencias. Y cuando Brahmâ
produce de nuevo el mundo, son la progenie de su voluntad”.
“Concentrando
su mente en sí mismo (Voluntario-Yoga), Brahmâ crea los cuatro Órdenes
de Seres denominados Dioses, Demonios, Progenitores y Hombres”; Progenitores
significa aquí los Prototipos y Evolucionadores de la primera Raza Raíz de
hombres. Los Progenitores son los Pitris, y son de Siete Clases.
En la mitología exotérica se dice que han nacido
del “costado de Brahmâ”, como Eva de la costilla de Adán.
Finalmente,
la “Creación Sexta” es seguida, y la “Creación “ en general se termina por:
VII. La
Séptima Creación: La evolución de los Seres Arvâksrotas, “que fue... la del
hombre”.
La
“Octava Creación” mencionada no es Creación alguna; es un “velo”, pues se
refiere a un proceso puramente mental, al conocimiento de la “Novena Creación”,
la cual, a su vez, es un efecto que se manifiesta en la Secundaria, de lo que
fue una “Creación” en la Creación Primaria (33) (Prâkrita). La Octava, pues,
llamada Anugraha, la Creación Pratyayasarga o Intelectual de los Sânkhyas (34),
es “la creación, de la cual tenemos una noción (en su aspecto
esotérico), o a la cual prestamos consentimiento intelectual (Anugraha), en
oposición a la creación orgánica”. Es la percepción correcta de
nuestras relaciones con toda la serie de “Dioses”, y especialmente de aquellas
que tenemos con los Kumâras, la llamada “Novena Creación”, que es en realidad
un aspecto, o reflejo, de la Sexta en nuestro Manvántara (el Vaivasvata).
“Existe una novena (creación), la Creación Kumâra, que es a la
vez primaria y secundaria”, dice el Vishnu Purâna, el más antiguo
de semejantes textos (35). Según explica un texto Esotérico:
Los
Kumâras son los Dhyânis, inmediatamente derivados del Principio Supremo, que
reaparecen en el período de Vaivasvata Manu, para el progreso de la humanidad
(36).
El
traductor del Vishnu Purâna lo corrobora, observando que “esos
sabios... viven tanto tiempo como Brahmâ; y sólo son creados por él en el Primer Kalpa,
aunque su generación es presentada muy comúnmente, pero no pertinentemente, en
el Vârâha (Secundario) o Pâdma Kalpa”. Así los Kumâras son,
exotéricamente, “la creación de Rudra o Nilalohita (una forma de Shiva) por
Brahmâ... y de ciertos otros hijos nacidos de la mente de Brahmâ”. Pero, en la
doctrina esotérica, son los progenitores del verdadero Yo espiritual en el
hombre físico, los Prajâpatis superiores, mientras que los Pitris o Prajâpatis
inferiores no son más que los Padres del modelo, o tipo de su forma física,
hecho “a su imagen”. Cuatro (y a veces cinco) son
mencionados libremente en los textos esotéricos, siendo secretos tres de los
Kumâras.
“Los
cuatro Kumâras (son) los Hijos nacidos de la mente de Brahmâ. Algunos
especifican siete” (37). Todos esos siete Vaisdhâtra, nombre
patronímico de los Kumâras, “los Hijos del Hacedor”, son mencionados y
descritos en el Sânkhya Kârikâ de Îshvara Krishna con el
Comentario de Gaudapâdâchârya (Paraguru de Shankarâchârya) unido al mismo.
Discute la naturaleza de los Kumâras, aunque se abstiene de mencionar por
su nombre a todos los siete Kumâras; pero los llama, en cambio, “los
siete hijos de Brahmâ”, lo que son, pues son creados por Brahmâ en Rudra. La
lista de nombres que nos da es la siguiente: Sanaka, Sanandan, Sanâtana,
Kapila, Ribhu y Panchashikha. Pero todos estos son también alias.
Los
cuatro exotéricos son Sanatkumâra, Sananda, Sanaka y Sanâtana; y los tres
esotéricos Sana, Kapila y Sanatsujâta. Reclamamos de nuevo una atención
especial a esta clase de Dhyân Chohans, porque aquí yace el misterio de la
generación y herencia a que se hace alusión en el Comentario sobre la Estancia
VII, al tratar de las Cuatro Órdenes de Seres Angélicos. El volumen III explica
su situación en la Jerarquía Divina. Veamos, mientras tanto, lo que acerca de
ellos dicen los textos exotéricos.
Dicen
poco; y para aquél que no acierta a leer entre líneas, nada. “Tenemos que
recurrir aquí para la dilucidación de este término a otros Purânas”,
observa Wilson, que ni por un momento sospecha que se halla en presencia de los
“Ángeles de las Tinieblas”, el “gran enemigo” mítico de su Iglesia. Así pues,
se esfuerza sólo en “dilucidar” que “aquellas (Divinidades) negándose a
crear progenie (y rebelándose de este modo contra Brahmâ),
permanecieron, como el nombre del primero (Sanatkumâra) implica, siempre niños,
Kumâras; es decir, siempre puros e inocentes, por lo que llámase a su creación
la Kaumâra”. Los Purânas, sin embargo, pueden quizás darnos un poco
más de luz. “Siendo eternamente como cuando nació, es llamado aquí joven, y por
consiguiente, es bien conocido su nombre como Sanatkumâra” (38). En los Shaiva
Purânas, siempre se describe a los Kumâras como Yogins. El Kurma
Purâna, después de enumerarlos, dice: “Aquellos cinco ¡oh Brahmanes! que
lograron la completa exención de la pasión, eran Yogins”. Son cinco,
porque dos de los Kumâras sucumben.
Tan
poco fieles son algunas traducciones de los orientalistas, que en la traducción
francesa del Harivamsha se lee: “Los siete Prajâpati, Rudra,
Skanda (su hijo) y Sanatkumâra procedieron a crear seres”. Mientras que, según
muestra Wilson, el original dice: “Esos siete... crearon progenie; y así lo
hizo Rudra, pero Skanda y Sanatkumâra, refrenando su poder, se
abstuvieron (de crear)”. “Los cuatro órdenes de seres” son
considerados algunas veces como refiriéndose a Ambhâmsi, que interpreta Wilson
como “Aguas literalmente”, y cree que es un “término místico”. Sin duda alguna,
así es; pero evidentemente no acertó a comprender el significado esotérico
verdadero. Las “Aguas” y el “Agua” representan el símbolo de Âkâsha, el “Océano
Primordial del Espacio” sobre el que Nârâyana, el Espíritu nacido en sí mismo,
se mueve, reclinándose en la que es su progenie (39). “El Agua
es el cuerpo de Nara; así hemos oído explicar el nombre del Agua. Como Brahmâ
descansa sobre el Agua, por eso es apellidado Nârâyana” (40). “El puro,
Purusha, creó las Aguas puras”. El Agua es al mismo tiempo el Tercer Principio
en el Kosmos material, y el tercero en el reino de lo espiritual: el Espíritu del
Fuego, la Llama, el Âkâsha, el Éter, el Agua, el Aire, la Tierra, son los
principios cósmicos siderales, psíquicos, espirituales y místicos, preeminentemente
ocultos, en cada plano del ser. “Dioses, Demonios, Pitris y Hombres” son
los cuatro órdenes de seres a quienes se aplica el término Ambhâmsi, porque
todos son el producto de las Aguas (místicamente), del Océano
Akâshico, y del Tercer principio en la Naturaleza. En
los Vedas es un sinónimo de Dioses. Los Pitris y los Hombres
en la Tierra son las transformaciones o renacimientos de Dioses y Demonios
(Espíritus) de un plano superior. El agua es, en otro sentido, el principio
femenino. Venus Afrodita es el mar personificado y la Madre del Dios del Amor,
la Generadora de todos los Dioses, de igual modo que la Virgen María cristiana
es Mare, el Mar, la Madre del Dios occidental del Amor, de la Compasión y la
Caridad. Si el estudiante de Filosofía Esotérica piensa profundamente sobre el
asunto, verá seguramente cuán significativo es el término Ambhâmsi en sus
múltiples relaciones con la Virgen del Cielo, con la Virgen Celestial de los alquimistas,
y hasta con las “Aguas de la Gracia” de los bautistas modernos.
Entre
todas las siete grandes divisiones de Dhyân Chohans o Devas, no existe ninguna
con la que se halle tan relacionada la humanidad como con los Kumâras.
Imprudentes son los teólogos cristianos que los han rebajado a la categoría de
Ángeles Caídos, y que ahora los llaman Satán y Demonios; pues entre
esos moradores celestes que se “niegan a crear”, hay que señalar uno de los
sitios más prominentes al Arcángel Miguel, el Santo patrón más grande de los
Iglesias occidentales y orientales, bajo su nombre doble de San Miguel y su
copia supuesta sobre la tierra, San Jorge venciendo al Dragón.
Los
Kumâras, los hijos nacidos de la Mente de Brahmâ-Rudra, o Shiva, en lenguaje
místico el rugiente y terrorífico destructor de las pasiones humanas y
de los sentidos físicos, que siempre marchan hacia el desarrollo de
las percepciones espirituales superiores y hacia el crecimiento del
hombre interno eterno, son la progenie de Shiva, el Mahâyogi,
el gran patrón de todos los yoguis y místicos de la India.
Shiva-Rudra
es el Destructor, así como Vishnu es el Conservador; y ambos son los
Regeneradores, tanto de la Naturaleza espiritual como de la física. Para vivir
como planta, debe morir la semilla. Para vivir como una
entidad consciente en la Eternidad, las pasiones y sentidos del hombre deben
morir antes que su cuerpo. Que “vivir es morir y morir es vivir” se ha
comprendido muy poco en Occidente. Shiva, el Destructor, es el Creador y
Salvador del Hombre Espiritual, así como el buen jardinero de la Naturaleza.
Escarda las plantas humanas y cósmicas, y mata las pasiones del hombre físico
para llamar a la vida las percepciones del hombre espiritual.
Los
Kumâras mismos, siendo pues los “ascetas vírgenes”, se niegan a crear al
ser material Hombre. Bien puede sospecharse que se relacionan
directamente con el Arcángel cristiano Miguel, el “combatiente virgen” del
Dragón Apophis, cuyas víctimas son todas las Almas demasiado vagamente unidas a
su Espíritu inmortal, el Ángel que, como lo indican los gnósticos, se negó
a crear, exactamente como lo hicieron los Kumâras. ¿Acaso no preside ese
Ángel patrón de los judíos, sobre Saturno (Shiva o Rudra), y el Sabbath, el día
de Saturno? ¿No le representan como de la misma esencia que su Padre (Saturno),
y no es llamado el Hijo del Tiempo, Cronos o Kâla, una forma de Brahmâ (Vishnu
y Shiva)? ¿Y acaso no es idéntico el Anciano tiempo de los griegos con su
guadaña y reloj de arena, al Anciano de los Días de los Kabalistas, siendo este
último “Anciano” el mismo Anciano de los Días indo, Brahmâ, en su forma trina,
cuyo nombre también es Sanat, el Anciano? Cada Kumâra lleva el prefijo de Sanat
y Sana. Y Shanaishchara es Saturno, el planeta Shani, el Rey Saturno, cuyo
secretario entre los egipcios era Thot-Hermes, el primero. De este modo
hállanse identificados tanto con el planeta como con el Dios (Shiva), los que a
su vez se nos muestran ser los prototipos de Saturno, que es igual a Bel, Baal,
Shiva y Jehovah Sabbaoth, el Ángel de la Faz de quien Mikael es ... “quien (es)
como Dios”. Él es el patrón y Ángel Custodio de los judíos, como nos dice
Daniel; y antes de que fuesen degradados los Kumâras, por aquellos que
ignoraban su nombre mismo, a Demonios y Ángeles Caídos, los ofitas griegos, los
ocultamente inclinados predecesores y precursores de la Iglesia Católica
Romana, después de su escisión y separación de la Iglesia griega primitiva, ya
habían identificado a Miguel con su Ophiomorphos, el espíritu rebelde y
opuesto. Esto no significa otra cosa que el aspecto inverso, simbólicamente, de
Ophis, la Sabiduría Divina o Christos. En el Talmud, Miguel es el
“Príncipe del Agua” y el Jefe de los Siete Espíritus, por la misma razón que
uno de sus muchos prototipos Sanatsujâta, el jefe de los Kumâras, es llamado
Ambhâmsi, las “Aguas”, según el comentario sobre el Vishnu Purâna. ¿Por
qué? Porque las Aguas es otro nombre del gran Profundo, las Aguas Primordiales
del Espacio, o el Caos, y también significa la Madre, Ambâ,
significando Aditi y Âkâsha, la Virgen-Madre Celestial del Universo visible.
Además, las “Aguas del Diluvio “ también son llamadas el
“Gran Dragón “ u Ophis, Ophiomorphos.
En
el volumen III se tratará de los Rudras en su carácter septenario de “Espíritus
del Fuego”, en el “Simbolismo” relacionado con las estancias. Allí
también consideraremos la Cruz ( 3 + 4) bajo sus formas primitivas y
posteriores, y emplearemos, como medio de comparación, los números pitagóricos
a la par de la metrología hebrea. De este modo resultará evidente la
importancia inmensa del número siete, como número fundamental de la
Naturaleza. Lo examinaremos desde el punto de vista de los Vedas y
de las Escrituras caldeas; como existió en Egipto miles de años antes de
Jesucristo, y según se halla tratado en los anales gnósticos; mostraremos que
su importancia como número fundamental ha sido reconocida en la ciencia física;
y trataremos de probar que la importancia prestada al número siete a
través de toda la antigüedad no fue debida a fantásticas imaginaciones de
sacerdotes incultos, sino a un conocimiento profundo de la Ley Natural.
SECCIÓN XIV
LOS CUATRO ELEMENTOS
Metafísica
y esotéricamente, sólo existe Un Elemento en la Naturaleza, y
en la raíz de él está la Deidad. Los llamados siete Elementos,
de los cuales cinco ya han manifestado y afirmado su
existencia, son la vestidura, el velo de esa Deidad, de cuya esencia viene
directamente el Hombre, bien se le considere física, psíquica, mental o
espiritualmente. En tiempos no muy lejanos, sólo se hablaba generalmente de
cuatro Elementos, mientras que en filosofía sólo se admiten cinco. Pues el
cuerpo del Éter no está completamente manifestado aún, y su nóumeno es todavía
el “Padre AEther Omnipotente”, la síntesis del resto. Pero ¿qué son los
Elementos, cuyos cuerpos compuestos contienen, según han descubierto ahora la
Química y la Física, subelementos innumerables que ya no pueden ser abarcados
por los sesenta o setenta que se habían calculado? Sigamos su evolución, al
menos desde su principio histórico.
Los
cuatro Elementos fueron plenamente caracterizados por Platón, cuando dijo que
era aquello “que compone y descompone los cuerpos
compuestos”. Por lo tanto, jamás fue la Cosmolatría, aun bajo su peor
aspecto, el fetichismo que adora o rinde culto a la forma y materia pasiva
externa de cualquier objeto, sino que siempre contemplaba en ellos al Nóumeno.
El Fuego, el Aire, el Agua, la Tierra, eran tan sólo la vestidura visible, los
símbolos de las Almas o Espíritus animadores invisibles; los Dioses Cósmicos, a
quienes el hombre ignorante rendía culto, y el sabio sencillo, pero respetuoso,
reconocimiento. A su vez, las subdivisiones fenomenales de los Elementos
noumenales eran animadas por los llamados Elementales, los “Espíritus de la
Naturaleza”, de grados inferiores.
En
la Teogonía de Môchus vemos primero al Éter, y después al Aire; los dos
principios de los cuales nace Ulom, el Dios Inteligible (...), el Universo
visible de la Materia (1).
En
los himnos órficos, el Erôs-Phanes se desenvuelve del Huevo Espiritual, que los
Vientos AEthéreos impregnan, siendo el Viento el “Espíritu de Dios”, del que se
dice que se mueve en el AEther, “que incuba al Caos”, la Idea Divina. En
el Katha Upanishad indo, Purusha, el Espíritu Divino, hállase
ya ante la Materia Original, y de la unión de ambos surge la Gran Alma del
Mundo, “Mahâ-Âtmâ, Brahman, el Espíritu de Vida” (2); siendo también idénticas
estas últimas denominaciones al Alma Universal o Ánima Mundi; constituyendo la
Luz Astral de los Teurgistas y Kabalistas, su división última e inferior.
Los
Elementos (...) de Platón y Aristóteles eran, pues, los principios incorpóreos
asignados a las cuatro grandes divisiones de nuestro Mundo cósmico, y con
justicia define Creuzer esas creencias primitivas como “una especie de
magismo, un paganismo psíquico, y una deificación
de potencias; una espiritualización que colocaba a
los creyentes en estrecha comunidad con esas potencias” (3). Tan estrecha, por
cierto, que las Jerarquías de esas Potencias, o Fuerzas, han sido clasificadas
en una escala graduada de siete, desde lo ponderable hasta lo imponderable. Son
septenarias, no como un medio artificial para facilitar su comprensión, sino en
su verdadera gradación cósmica, desde su composición química o
física hasta la puramente espiritual. Dioses para las masas ignorantes; Dioses
independientes y supremos; Demonios para los fanáticos, quienes, por
intelectuales que sean, son incapaces de comprender el espíritu de la sentencia
filosófica, in pluribus unum. Para el filósofo Hermético, son
Fuerzas relativamente “ciegas” o “inteligentes”, según con
cuál de sus principios trata. Miles de años transcurrieron antes de verse
degradadas al fin, en nuestro culto siglo, a simples elementos químicos.
De
todos modos, los buenos cristianos, y especialmente los protestantes bíblicos,
debieran tributar a los Cuatro Elementos mayor veneración, si es que quieren
conservar alguna por Moisés. Pues la Biblia pone de
manifiesto, en cada página del Pentateuco, la consideración y
significado místico, en que ellos (los Cuatro Elementos) eran tenidos por el
Legislador Hebreo. El pabellón que contenía al Sanctasantórum era un Símbolo
Cósmico, consagrado, en uno de sus significados, a los Elementos, a los cuatro
puntos cardinales, y al Éter. Josefo lo describe como de color blanco, el color
del Éter. Y esto también explica por qué en los templos egipcios y hebreos,
según Clemente de Alejandría (4), una cortina gigantesca, sostenida por cinco
columnas, separaba al Sanctasantórum -representado ahora por el altar en las
iglesias Cristianas-, en que sólo a los sacerdotes les era permitido penetrar,
de la parte accesible a los profanos. Por sus cuatro colores,
esa cortina simbolizaba los cuatro Elementos principales, y con las cinco
columnas significaba el conocimiento de lo divino que el hombre es capaz de
adquirir mediante los cinco sentidos, con ayuda de los cuatro Elementos.
En Ancients
Fragments, de Cory, uno de los “Oráculos caldeos” expresa ideas acerca de
los elementos y el Éter, en lenguaje que se asemeja de modo extraño al
del The Unseen Universe, escrito por dos sabios
eminentes de nuestra época. Él afirma que del Éter han venido todas las cosas,
y que al mismo volverán todas; que las imágenes de todas las cosas quedan
impresas en él de una manera indeleble; y que es el depósito de los gérmenes, o
de los restos de todas las formas visibles, y hasta de las ideas. Esto parece
corroborar de sorprendente modo nuestra afirmación de que, cualesquiera sean
los descubrimientos que puedan hacerse en nuestros días, siempre se encontrará
que nuestros “sencillos antepasados” se han anticipado a nosotros en muchos
miles de años.
¿De
dónde vinieron los Cuatro Elementos y los Malachim de los hebreos? Por un
teológico juego de manos de los rabinos y los Padres de la Iglesia posteriores,
han sido fundidos en Jehovah; pero su origen es idéntico al de los Dioses
Cósmicos de todas las demás naciones. Sus símbolos, ya hayan nacido estos a
orillas del Oxus, en las ardientes arenas del Alto Egipto, o bien en los
extraños y salvajes bosques glaciales que cubren las faldas y cumbres de las
sagradas montañas nevadas de la Tesalia, o por fin en las pampas de América;
sus símbolos, repetimos, cuando se remontan a su origen, son siempre uno y el
mismo. Ya fuese egipcio o pelásgico, ario o semítico, el Genius Loci, el Dios
local, abarcaba en su unidad a toda la Naturaleza; pero no especialmente a los
cuatro elementos, como tampoco a una de sus creaciones, como los árboles, ríos,
montañas o estrellas. El Genius Loci, pensamiento muy posterior de las últimas
subrazas de la Quinta Raza Raíz, cuando el significado primitivo y grandioso húbose
perdido casi por completo, fue siempre el representante, en sus acumulados
títulos, de todos sus colegas. Era el Dios del Fuego, simbolizado por el trueno
como Jove o Agni; el Dios del Agua, simbolizado por el toro fluvial, o
cualquier río o fuente sagrados, como Varuna, Neptuno, etc.; el Dios del Aire,
que se manifiesta en el huracán y la tempestad, como Vayu e Indra; y
el Dios o Espíritu de la Tierra, que aparecía en los terremotos, como Plutón,
Yama y tantos otros.
Estos
eran los Dioses Cósmicos, sintetizándose siempre todos en uno, como sucede en
toda cosmogonía o mitología. Así, los griegos tenían a su Júpiter Dodóneo, que
incluía en sí mismo a los cuatro Elementos y los cuatro puntos cardinales, y al
que reconocía, por consiguiente, en la Roma antigua, bajo el título panteístico
de Júpiter Mundus; el que ahora, en la Roma moderna, se ha convertido en el
Deus Mundus, el Dios del Mundo, al que representan en la teología última, en
virtud de la decisión arbitraria de sus ministros especiales, absorbiendo a
todos los demás.
Como
Dioses del Fuego, del Aire y del Agua, eran Dioses Celestes; como
Dioses de la Región Inferior, eran Deidades Infernales; este último
adjetivo, aplicándose simplemente a la Tierra. Eran ellos
“Espíritus de la Tierra” bajo sus respectivos nombres de Yama, Plutón, Osiris,
el “Señor del Reino Inerior”, etc., y su carácter telúrico lo demuestra
suficientemente. La mansión peor después de la muerte que los antiguos
conocían, era el Kâma Loka, el Limbo sobre esta Tierra (5). Si se nos arguye
que el Júpiter Dodóneo era identificado con Dis, o el Plutón romano con el
Dionysus Chthonius, el Subterráneo, y con Aidoneus, el Rey del Mundo
Subterráneo, donde, según Creuzer (6), se pronunciaban los oráculos, entonces
tendrán los ocultistas el placer de probar que, tanto Aidoneus como Dionisio
son las bases de Adonai, o Iurbo-Adonai, según llaman a Jehovah en el Codex
Nazaroeus. “No debes rendir culto al Sol, que es llamado Adonai, cuyo
nombre es también Kadush y El-El” (7), y también “Señor Baco”. El Baal-Adonis
de los Sôds, o Misterios de los judíos prebabilónicos, se convirtió en el
Adonai por la Massorah, el Jehovah posterior con vocales. Por lo tanto, los
católicos romanos tienen razón. Todos esos Júpiter pertenecen a la misma
familia; pero Jehovah tiene que ser incluido en ella para que resulte completa.
El Júpiter Aërius o Pan, el Júpiter-Ammon y el Júpiter-Bel-Moloch, son todos
correlaciones de Iurbo Adonai, y con él forman uno solo, porque todos ellos son
una Naturaleza Cósmica. Esa Naturaleza y ese Poder que crea el símbolo
específico terrestre, y el edificio físico y material de aquél, demuestran que
la Energía se manifiesta por su medio como extrínseca.
Pues
la religión primitiva era algo más y mejor que una simple preocupación sobre
los fenómenos físicos, como observó Schelling; y principios más elevados que
los que nosotros, saduceos modernos, conocemos, “estaban ocultos bajo el
transparente velo de divinidades puramente naturales, como el trueno, los
vientos y la lluvia”. Los antiguos conocían y podían distinguir los
Elementos corporales de los espirituales, en las
Fuerzas de la Naturaleza.
El
cuádruple Júpiter, lo mismo que el Brahmâ de cuatro caras, el Dios aéreo, el
fulgurante, el terrestre y el marino, el dueño y señor de los cuatro Elementos,
puede indicarse como representante de los grandes Dioses Cósmicos de cada
nación. Aunque encomendó el poder sobre el fuego a Hephaestus-Vulcano, sobre el
mar a Poseidón-Neptuno, y sobre la Tierra a Plutón-Aidoneus, el Jove Aéreo
siguió siendo todo esto; pues, desde el principio, el AEther tenía predominio
sobre todos los Elementos, y era la síntesis de ellos.
La
tradición habla de una gruta, vasto subterráneo en los desiertos del
Asia Central, en que penetra la luz a través de cuatro
aberturas al parecer naturales, o grietas que cruzan los cuatro puntos
cardinales. Desde el mediodía hasta una hora antes de la puesta del sol, la luz
pasa por ellas, de cuatro colores distintos, que según se dice son el rojo, el
azul, el naranja-dorado y el blanco, efecto de condiciones especiales de
vegetación y suelo, bien sea naturales o artificialmente preparadas. La luz
converge en el centro en derredor de un pilar de mármol blanco, con un globo
sobre el mismo, que representa a nuestra tierra. Llámase la “Gruta de
Zaratushtra”.
La
Cuarta Raza, los Atlantes, incluían en sus artes y ciencias la manifestación
fenomenal de los Cuatro Elementos, que asumió así un carácter científico, y que
atribuían con razón a la intervención inteligente de los Dioses Cósmicos. La
Magia de los sacerdotes antiguos consistía, en aquellos tiempos, en
dirigirse a sus Dioses en el propio lenguaje de estos.
El
lenguaje de los hombres de la Tierra no puede alcanzar a los Señores. A cada
uno debe hablársele en el lenguaje de su Elemento respectivo.
Así
dice el Libro de las Reglas, en una sentencia que, como se verá,
encierra un sentido profundo, añadiendo la siguiente explicación de la
naturaleza de ese lenguaje del elemento:
Está
compuesto de SONIDOS, no de palabras; de sonidos, números y
figuras. El que sepa combinar los tres, atraerá la respuesta del Poder director
(el Dios-Regente del Elemento específico requerido).
Así
pues, ese “lenguaje” es el de los encantos o mantras,
como los llaman en la India, siendo el sonido el agente mágico más
potente y eficaz, y la primera de las claves que abren la puerta de
comunicación entre los Mortales e Inmortales. El que cree en las
palabras y enseñanzas de San Pablo, no tiene el derecho a escoger de entre
ellas sólo aquellas sentencias que ha decidido aceptar, excluyendo las demás; y
San Pablo enseña del modo más innegable la existencia de Dioses Cósmicos y su
presencia entre nosotros. El Paganismo predicaba una evolución doble y
simultánea, una “creación” spiritualem ac mundanum, según la llama
la Iglesia Romana, edades antes del advenimiento de esa Iglesia. Poco ha
cambiado la fraseología exotérica con respecto a las Jerarquías Divinas desde
los días más gloriosos del Paganismo, o la “Idolatría”. Sólo han cambiado los
nombres, unidos a pretensiones que se han convertido ahora en falsos pretextos.
Porque cuando Platón, por ejemplo, pone en boca del Principio Superior (el
Padre AEther o Júpiter) las palabras, “los Dioses de los Dioses de quienes soy
el hacedor, así como soy el padre de todas sus obras”, conocía el
espíritu de esta sentencia tan completamente, se nos figura, como San Pablo
cuando dice: “Pues aunque haya algunos que son llamados Dioses, ya en el Cielo
ya en la Tierra, y así se cuentan muchos Dioses y muchos Señores...” (8). Ambos
conocían el sentido y el significado de lo que manifestaban en términos tan
reservados.
No
pueden los protestantes atacarnos por interpretar el versículo de los Corintos como
lo hacemos; pues, si la traducción de la Biblia inglesa
resulta ambigua, no sucede así en los textos originales, y la Iglesia Católica
Romana acepta las palabras del Apóstol en su verdadero sentido. Véase, como
prueba de ello, lo que dice San Dionisio, el Areopagita, que fue “directamente
inspirado por el Apóstol”, y “que escribió bajo su dictado”, como nos
asegura el Marqués de Mirville, cuyas obras son aprobadas por Roma, y que
comentando aquel versículo especial, dice: “Y aunque hay (de hecho) los
llamados Dioses, porque parece que realmente hay varios Dioses, con
todo, y a pesar de ello, el Dios Principio y el Dios Superior
no deja de ser esencialmente uno e indivisible” (9). Así
hablaron también los antiguos Iniciados, sabiendo que el culto de los Dioses
menores jamás podría afectar el “Dios Principio” (10).
Sir
W. Grove, F. R. S., hablando de la correlación de fuerzas, dice:
Cuando
los antiguos eran testigos de un fenómeno natural que se apartaba de las
analogías ordinarias y que ninguna acción mecánica de ellos conocida podría
explicar lo atribuían a un alma, a un poder espiritual o sobrenatural... El
aire y los gases también fueron considerados espirituales en un principio, pero
posteriormente fueron investidos de un carácter más material; y las mismas
palabras ..., espíritu, etc., se emplearon para significar el alma o un gas; la
palabra misma gas, de geist, un fantasma o espíritu, nos ofrece un
ejemplo de la transmutación gradual de un concepto espiritual, en concepto
físico (11).
El
gran hombre de ciencia considera, en el prefacio a la sexta edición de su obra,
que sólo en estos (fenómenos) debe entender la Ciencia exacta, la cual no tiene
para qué mezclarse con las causas.
Causa
y efecto son, por consiguiente, en su relación abstracta con esas fuerzas,
simples palabras de conveniencia. desconocemos totalmente el poder
generador último de cada una y de todas ellas, y probablemente siempre
seguiremos lo mismo; sólo podemos comprobar la norma de su acción; debemos
atribuir humildemente su origen a una influencia omnipresente, y contentarnos
con estudiar sus efectos y hacernos cargo, por el experimento, de sus
relaciones mutuas (12).
Una
vez aceptada esta actitud, y virtualmente admitido el sistema en las palabras
arriba citadas, principalmente la espiritualidad del “poder
generador último”, sería ilógico en extremo negarse a reconocer esta cualidad
(que es inherente en los elementos materiales, o más bien en sus
compuestos), como presente en el fuego, en el aire, en el agua o en la tierra.
Tan bien conocían los Antiguos esos poderes, que a la par que ocultaban su
verdadera naturaleza bajo alegorías diversas, en beneficio, o detrimento, del
populacho ignorante, nunca se apartaban del múltiple objeto propuesto cuando
los confundían de intento. Resolvieron echar un espeso velo sobre el núcleo de
verdad oculta por el símbolo; mas siempre se esforzaron en conservar éste como dato para
las futuras generaciones, bastante transparente para permitir a sus sabios
discernir la verdad tras la forma fabulosa del mito o de la alegoría. Esos
antiguos sabios son acusados de superstición y credulidad;
¡y esto por las mismas naciones, que aun cuando instruidas en todas las artes y
ciencias modernas, cultas y sabias en su generación, admiten hasta hoy día al
antropomórfico “Jehovah” de los judíos, como su único Dios vivo e infinito!
¿Qué
eran algunas de esas pretendidas “supersticiones”? Hesíodo, por ejemplo, creía
que “los vientos eran los hijos del Gigante Typhoeus”, que eran encadenados y
desencadenados a voluntad por Eolo; y los griegos politeístas lo aceptaban con
Hesíodo. ¿Y por qué no, cuando los judíos monoteístas tenían las mismas
creencias, con otros nombres para sus dramatis personae, y cuando
los cristianos creen actualmente lo mismo? Los Eolo, Bóreas, etc., hesiódicos,
eran llamados Kedem, Tzephum, Derum y Ruach Hayum, por el “pueblo elegido” de
Israel. ¿Cuál es, pues, la diferencia fundamental? Mientras se enseñaba a los
helenos que Eolo ataba y desataba los vientos, los judíos creían con el mismo
fervor que su Señor Dios, “con ‘humo’ saliendo de sus narices, y fuego
de su boca... cabalgaba sobre un querubín y volaba; y se lo veía en alas del
viento” (13). Las expresiones de las dos naciones, o bien son ambas
figuras de lenguaje, o supersticiones. Pensamos que no son lo uno
ni lo otro; sino que nacieron sólo de un sentimiento profundo de unidad con la
Naturaleza, y de una percepción de lo misterioso e inteligente tras de cada
fenómeno natural, que los modernos ya no poseen. Ni tampoco era “superstición”
por parte de los paganos griegos, escuchar al oráculo de Delfos, cuando, al
acercarse la escuadra de Jerjes, les aconsejó aquel oráculo que “sacrificasen a
los vientos”, si lo mismo debe considerarse como culto divino al
tratarse de los israelitas, quienes con tanta frecuencia sacrificaban al viento
y también al fuego en particular. ¿Acaso no dicen ellos que su “Dios es fuego
abrasador” (14) que aparecía generalmente como fuego y
“circundado por el fuego”? ¿Y no buscó Elías al “Señor” en el “gran viento y en
el temblor de la tierra”? ¿No repiten los cristianos lo mismo a imitación de
aquéllos? ¿No sacrifican, además, en la actualidad, al mismo “Dios del Viento y
del Agua”? Lo hacen; porque actualmente existen oraciones especiales para la
lluvia, el tiempo seco, los vientos favorables y la calma de las tempestades en
los mares, en los devocionarios de las tres Iglesias cristianas; y los varios
centenares de sectas pertenecientes a la religión protestante ofrecen aquéllas
a su Dios en toda amenaza de calamidad. El que permanezcan tales oraciones sin
respuesta por parte de Jehovah, como probablemente sucedía con Júpiter Pluvius,
no altera el hecho de que esas oraciones se dirigen al Poder o Poderes que se
supone rigen a los Elementos, o de que esos poderes son idénticos en el
Paganismo y el Cristianismo; o ¿es que hemos de creer que semejantes oraciones
son una grosera idolatría y una “superstición” absurda sólo cuando
las dirija un pagano a su “ídolo”, y que la misma superstición se transforma
repentinamente en “laudable piedad” y “religión” cuando cambia el nombre del
destinatario celeste? Pero el árbol se conoce por su fruto. Y
no siendo mejor el fruto del árbol cristiano que el del árbol del paganismo,
¿por qué habría de imponer el primero mayor respeto que el último?
Así
es que cuando el Caballero Drach, judío renegado, y el Marqués De Mirville,
fanático católico Romano, perteneciente a la aristocracia francesa, nos dicen
que “relámpago” en hebreo es un sinónimo de “ira”, y que siempre es manejado
por el Espíritu “maligno”; que Júpiter Fulgur o Fulgurante también es llamado
Elicio por los cristianos, y declarado ser el “alma del relámpago”, su Demonio
(15); hemos de aplicar la misma explicación y definiciones al “Señor Dios de
Israel”, bajo las mismas circunstancias, o renunciar a nuestro derecho de
atacar a los Dioses y creencias de las otras naciones.
Como
las anteriores afirmaciones parten de dos católicos romanos ardientes e
ilustrados, son, cuando menos, peligrosas, en presencia de
la Biblia y sus profetas. Verdaderamente, si Júpiter, “el
demonio principal de los griegos paganos”, lanzaba sus rayos y relámpagos
mortíferos sobre los que excitaban su cólera, así también lo hacía el Señor
Dios de Abraham y Jacob. Pues he aquí lo que leemos:
Tronó
el Señor desde el cielo. Al Altísimo hizo resonar su voz. Arrojó flechas
(rayos), y los dispersó (a los ejércitos de Saúl); y los derrotó (16).
Echan
en cara a los atenienses el haber sacrificado a Bóreas; y este “Demonio” es
acusado de haber sumergido y destruido 400 buques de la escuadra persa contra
las rocas del Monte Pelion, y de haberse enfurecido de tal modo, que todos los
magos de Jerjes difícilmente lograron contenerle, ofreciendo contrasacrificios
a Thetis (17). Afortunadamente, no se encuentra ejemplo alguno auténtico, en
los anales de las guerras cristianas, que refiera una catástrofe semejante
sucediendo a una escuadra cristiana, debido a las “oraciones” de otra nación
cristiana, su enemiga. Pero no es por culpa suya, porque cada cual reza tan
fervorosamente a Jehovah pidiéndole la destrucción de la otra, como lo hacían
los atenienses a Bóreas. Ambos recurrían a una evidente funcionilla de magia
negra, con amore. No pudiendo fácilmente atribuirse semejante
abstención de la intervención divina a falta de oraciones dirigidas a un
Dios común. Todopoderoso para la destrucción mutua, ¿dónde, pues,
hemos de trazar la línea divisoria entre paganos y cristianos? ¿Y quién puede
dudar de que la protestante Inglaterra en masa se regocijaría y ofrecería
gracias al Señor si durante alguna guerra futura 400 buques de la flota enemiga
naufragasen debido a tales oraciones? ¿Cuál es, pues -preguntamos nuevamente-,
la diferencia entre un Júpiter, un Bóreas y un Jehovah? Ninguna, salvo la
siguiente: El crimen de un próximo pariente nuestro, por ejemplo, de nuestro
padre, siempre encuentra excusa y a veces encomio, mientras que el crimen cometido
por el pariente de nuestro vecino siempre es castigado a satisfacción con la
horca. Sin embargo, el crimen es el mismo.
En
este punto, las “bendiciones del Cristianismo” no parecen haber hecho progresar
de un modo apreciable la moral de los paganos convertidos.
Lo
que antecede no es una defensa de los Dioses paganos, ni un ataque a la Deidad
cristiana, ni tampoco significa creencia en alguna de las dos. La escritora es
completamente imparcial, y rechaza el testimonio en favor de uno y de otro, no
rogando, ni creyendo, ni temiendo a ningún Dios “personal” y antropomórfico
semejante. Sencillamente establece un paralelo, como exhibición muy curiosa del
fanatismo ilógico y ciego del teólogo civilizado. Porque, hasta ahora, no se ve
una gran diferencia entre las dos creencias, y no existe ninguna en sus
respectivos efectos sobre la moralidad, o la naturaleza espiritual.
La “luz de Cristo” resplandece ahora sobre los mismos repugnantes aspectos del
hombre animal, que lo hacía la “luz de Lucifer” en la antigüedad. El misionero
Lavoisier dice en el Journal des Colonies:
¡Aquellos
desgraciados paganos consideran en su superstición hasta a los elementos mismos
como algo dotado de inteligencia!... Aun tienen fe en su ídolo Vâyu, el Dios o
más bien el Demonio del Viento y del Aire... creen firmemente en la eficacia de
sus oraciones y en los poderes de sus brahmanes sobre los vientos y
tempestades.
En
contestación a esto, podemos citar de Lucas: “Y él (Jesús) se levantó y amenazó
al viento y a la tormenta, que cesaron luego, y siguióse la calma” (18).
Y he aquí otra cita de un Libro de Oraciones: “¡Oh Virgen del Mar, bendita
Madre y Señora de las aguas, calma tus olas!” Esta oración de los marineros
napolitanos y provenzales está textualmente copiada de la de los marineros
fenicios a su Diosa-Virgen Astarté. La conclusión lógica e inevitable que
resulta de los paralelos que presentamos, y de lo que revela el misionero, es
que, no siendo “ineficaces” las órdenes de
los brahmanes a sus Dioses-Elementos, el poder de los brahmanes se encuentra
colocado de este modo al mismo nivel que el de Jesús. Además, el poder de
Astarté en nada cedía al de la “Virgen del Mar” de los marineros cristianos. No
basta dar a un perro un nombre malo y ahorcarlo después; es preciso demostrar
que el perro ha cometido una falta. Bóreas y Astarté podrán, en la imaginación
teológica, ser “Diablos”; mas como acabamos de observar, por su fruto hemos de
juzgar al árbol. Y desde el momento en que se demuestra que los cristianos son
tan inmorales y perversos como pudieron serlo los paganos, ¿qué provecho ha
sacado la Humanidad de su cambio de Dioses e Ídolos?
Lo
que Dios y los Santos cristianos pueden hacer justificadamente, conviértese,
tratándose de simples mortales, en un crimen, si lo consiguen. La brujería y
los encantos son considerados ahora como fábulas; sin embargo, desde las
instituciones de Justiniano hasta las leyes de Inglaterra y América contra la
brujería -anticuadas, pero no abolidas hoy día-, tales encantos, aun cuando
sólo se sospechase su existencia, eran castigados como crímenes. ¿Por qué
castigar una quimera? Y no obstante leemos que Constantino el Emperador
sentenció a muerte al filósofo Sopatro por “desencadenar los vientos” e impedir
de este modo que barcos cargados de granos llegasen a tiempo para poner término
al hambre. Pausanias es objeto de burla cuando afirma que vio con sus propios
ojos a “hombres que, por medio de simples oraciones y encantamientos”,
contuvieron una violenta tempestad de granizo. Esto no impide a los escritores
cristianos modernos aconsejar la oración durante la tempestad y el peligro, y
creer en su eficacia. Hoppo y Stadlein, dos magos y brujos, fueron sentenciados
a muerte apenas hace un siglo, por “hechizar fruta” y trasladar por arte mágico
una cosecha de un campo a otro, si hemos de creer a Sprenger, el célebre
escritor que lo testifica: “Qui fruges excantassent segetem pellicentes
incantando”.
Concluyamos
recordando al lector que, sin la menor sombra de superstición, puede uno creer
en la naturaleza dual de todo ob jeto sobre la Tierra, en la Naturaleza
espiritual y material, visible e invisible; y que la Ciencia lo prueba
virtualmente, al mismo tiempo que niega su propia demostración. Pues, si como
Sir William Grove dice, la electricidad que manejamos es tan sólo el resultado de
la materia común afectada por algo invisible, el “poder generador último”
de toda Fuerza, la “influencia única omnipresente”, es natural entonces que
creamos como los antiguos, a saber: que cada Elemento es dual en
su naturaleza. “El Fuego Etéreo es la Emanación del Kabir mismo; el Aéreo es
tan sólo la unión (correlación) del primero con el Fuego Terrestre, y su
dirección y aplicación sobre nuestro plano terrestre pertenece a un Kabir de
menor dignidad”, quizás a un Elemental, como lo llamaría un ocultista; y lo
mismo puede decirse de todo Elemento Cósmico.
Nadie
negará que el ser humano posee varias fuerzas, magnética, simpática,
antipática, nerviosa, dinámica, oculta, mecánica, mental; en una palabra, toda
clase de fuerzas; y que las fuerzas físicas son todas biológicas en su esencia,
puesto que se entremezclan y se funden con frecuencia con aquellas fuerzas que
hemos llamado intelectuales y morales, siendo las primeras los vehículos, por
decirlo así, los upâdhis, de las segundas. Nadie que no niegue el alma en el
hombre dudará en decir que la presencia y mezcla de aquéllas son la esencia
misma de nuestro ser; que ellas constituyen, de hecho, el Ego en el
hombre. Esas potencias tienen sus fenómenos fisiológicos, físicos, mecánicos,
así como nerviosos, extáticos, clariauditivos y clarividentes, que son
considerados y reconocidos ahora como perfectamente naturales, aun por la
Ciencia misma. ¿Por qué habría de ser el hombre la única excepción en la
Naturaleza, y por qué no pueden tener hasta los mismos Elementos sus Vehículos,
sus Vâhanas, en lo que llamamos las fuerzas Físicas? Y sobre todo, ¿por qué ha
de llamarse “superstición” a tales creencias, así como a las religiones del
pasado?
SECCIÓN XV
SOBRE KWAN-SHI-YIN Y KWAN-YIN
Lo
mismo que Avalokiteshvara, Kwan-Shi-Yin ha pasado por varias transformaciones;
pero es un error decir de él que es una invención moderna de los buddhistas del
Norte, pues ha sido conocido bajo otro nombre, desde los tiempos más remotos.
enseña la Doctrina Secreta que: “Aquél que es el primero en aparecer en la
Renovación, será el último en venir antes de la Reabsorción” (Pralaya). Así
los Logos de todas las naciones, desde el Vishvakarman Védico de los Misterios,
hasta el Salvador de las naciones civilizadas presentes, son el “Verbo” que
existía en el “Principio”, o el nuevo despertar de los Poderes vivificadores de
la Naturaleza, con el ABSOLUTO ÚNICO. Nacido del Fuego y del Agua,
antes de que estos se convirtiesen en Elementos distintos, Él fue el “Hacedor”,
el formador o modelador de todas las cosas. “Sin él nada hecho existía de lo
que fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”, y
finalmente puede llamarse lo que él siempre ha sido: el Alpha y la Omega de la
Naturaleza Manifestada. “El gran Dragón de la Sabiduría ha nacido del Fuego y
del Agua, y en el Fuego y el Agua todo será reabsorbido con él” (1). Aunque se
dice de este Bodhisattva que “Asume cualquier forma a su antojo” desde el
principio de un Manvántara hasta su terminación, aunque su aniversario
particular o día conmemorativo se celebra según Kin-kwang-ming-King o
“Sûtra Luminoso de la Luz Dorada”, durante el segundo mes en el día decimonono,
y el de Maitreya Buddha durante el primer día del primer mes, no obstante,
ambos son uno solo. En la Séptima Raza, él aparecerá como Maitreya Buddha, el
último de los Avatâras y Buddhas. Esta creencia y expectación son universales
en todo el Oriente. Sólo que durante el Kali Yuga, nuestra época actual de
Obscuridad terriblemente materialista, la Edad Negra, no es cuando puede
aparecer un nuevo Salvador de la Humanidad. Sólo en los escritos místicos de
algunos seudoocultistas franceses, el Kali Yuga es “l’Age d’Or” (!) (2).
Por
esto, el ritual en el culto exotérico de esta Deidad fue fundado en la magia.
Los Mantras se han sacado de todos los libros especiales, mantenidos secretos
por los sacerdotes, y se dice que cada uno de ellos origina un efecto mágico;
pues el que los recita o lee produce, con sólo cantarlos, causas secretas que
se traducen en efectos inmediatos. Kwan-Shi-Yin es Avalokiteshvara, y ambos son
formas del Séptimo principio universal; mientras que en su carácter metafísico
más elevado, esta Deidad es la agregación sintética de todos los Espíritus
Planetarios, los Dhyân Chohans. Él es el “Manifestado por Sí Mismo”; en una
palabra, el “Hijo del Padre”. Coronado con siete dragones, aparece sobre su
estatua la inscripción Pu-tsi-k’iun-ling, “el Salvador universal de todos los
seres vivos”.
El
nombre dado en el volumen arcaico de las Estancias es, desde luego, enteramente
distinto; pero Kwan-Yin es un equivalente perfecto. Es un templo de P’u-to, la
isla sagrada de los buddhistas en China, está representado Kwan-Shi-Yin
flotando sobre un ave acuática negra (Kâlahamsa), y vertiendo sobre las cabezas
de los mortales el elixir de vida, que al fluir se transforma en uno de los
principales Dhyâni-Buddhas, el Regente de una estrella llamada la “Estrella de
Salvación”. En su tercera transformación, Kwan-Yin es el Espíritu vivificador o
Genio del Agua. Créese en China que el Dalai-Lama es una encarnación de
Kwan-Shi-Yin, que en su tercera aparición terrestre fue un Bodhisattva;
mientras que el Teshu-Lama es una encarnación de Amitâbha, Buddha o Gautama.
Podrá
observarse de paso que, indudablemente, es necesario que un
escritor tenga la imaginación enferma para descubrir en todas partes el culto
fálico, como lo hacen McClatchey y Hargrave Jennings. El primero descubre “los
antiguos dioses fálicos, representados bajo dos símbolos evidentes, el Kheen o
Yang, que es el membrum virile, y el Kw-an o Yin, el pudendum
muliebre” (3). Semejante versión resulta tanto más extraña cuanto que
Kwan-Shi-Yin (Avalokiteshvara) y Kwan-Yin, además de ser ahora las Deidades
protectoras de los ascetas buddhistas, los Yoguis del Tibet, son los Dioses de
la castidad, y en su significado esotérico, ni aun siquiera son lo que se
supone en la versión del Buddhism de Mr. Rhys Davids: “El
nombre Avalokiteshvara... significa “el Señor que desde las alturas mira abajo”
(4). Ni tampoco es Kwan-Shi-Yin el “Espíritu de los Buddhas presentes en la
Iglesia”, sino que interpretado literalmente, significa “el Señor que es visto”;
y en cierto sentido, “el Yo Divino percibido por el Yo” (el yo humano); esto
es, el Âtman o Séptimo Principio, sumergido en lo Universal, percibido por
Buddhi, u objeto de percepción de Buddhi, el Sexto Principio o Alma Divina en
el hombre. En un sentido aún más elevado, Avalokiteshvara-Kwan-Shi-Yin, a que nos
hemos referido como Séptimo Principio Universal, es el Logos percibido por el
Buddhi o Alma Universal, como el agregado sintético de los Dhyâni-Buddhas; y no
es el “Espíritu de Buddha presente en la Iglesia”, sino el Espíritu Universal
Omnipresente manifestado en el templo del Kosmos o Naturaleza. Esta etimología
orientalística de Kwan y de Yin corre pareja con la de Yoginîni, que, según nos
dice Mr. Hargrave Jennings, es una palabra sánscrita, “pronunciada Jogi o Zogee
(!) en los dialectos... equivalente a Sena, y exactamente igual a Duti o
Dutica”, es decir, una prostituta sagrada del templo, a la que se rinde culto
como Yoni o Shakti (5). “Los libros de moral (en la India) prescriben a una
mujer fiel evitar la sociedad de las Yogini, o hembras que han sido adoradas
como Shakti” (6). Después de esto, nada debe sorprendernos. Y, por esta razón,
apenas sonreímos al ver otro descabellado absurdo acerca de “Budh”,
interpretado como un nombre “que no sólo significa el sol como fuente de la
generación, sino también el órgano masculino” (7). Dice Max Müller al tratar de
las “Falsas Analogías”, que el sinólogo más célebre de su época, Abel
Rémusat... sostiene que las tres sílabas I, Hi, Wei (en el capítulo XIV
del Tao-te-king) se referían a Je-ho-vah” (8); y además que el
Padre Amyot “estaba seguro de que las tres personas de la Trinidad podían ser
reconocidas” en la misma obra. Y si esto dice Abel Rémusat, ¿por qué no ha de
decir otro tanto Hargrave Jennings? Cualquier sabio versado en el asunto
reconocerá lo absurdo de ver en Budh (el “iluminado” y el “despierto”) un
“símbolo fálico”.
Kwan-Shi-Yin
es, pues, místicamente, el “Hijo idéntico a su Padre” o el Logos, el Verbo. En
la Estancia III, es llamado el “Dragón de la Sabiduría”, porque los Logos de
todos los sistemas religiosos antiguos están relacionados con las serpientes y
simbolizados por ellas. En el antiguo Egipto, el Dios Nahbkun, “el que une los
dobles”, era representado como una serpiente sobre piernas humanas, bien con
brazos o sin ellos. Era la Luz Astral, reuniendo, por medio de su potencia dual
fisiológica y espiritual, la Mónada Humano-Divina a su Mónada puramente Divina,
el Prototipo en el “Cielo” o la Naturaleza. era el emblema de la resurrección
en ésta; de Cristo para los ofitas; y de Jehovah en forma de la serpiente de
bronce, que curaba a los que la miraban. También para los templarios, era la
serpiente un emblema de Cristo, como se ve por el grado templario en la
Masonería. El símbolo de Knuph (también Khum), o el Alma del Mundo, dice
Champollion, “está representado entre otras formas bajo la de una enorme
serpiente sobre piernas humanas; siendo este reptil el emblema del Buen Genio,
y el verdadero Agathodaemon, es algunas veces barbudo” (9). Este animal sagrado
es idéntico, pues, a las serpientes de los ofitas, y está representado en un
gran número de piedras grabadas, llamadas joyas gnósticas o basilídeas. Aparece
con varias cabezas humanas y animales, pero esas piedras siempre llevan
inscripto el nombre de ... (Chnoubis). Este símbolo es idéntico a otro que,
según Jámblico y Champollion, era llamado el “Primero de los Dioses Celestes”,
el Dios Hermes, o Mercurio, para los griegos, a cuyo Dios atribuye Hermes
Trimegisto la invención de la Magia y la primera iniciación de los hombres en
la misma; y Mercurio es Budh, la Sabiduría, la Iluminación o “Nuevo Despertar”
en la Ciencia divina.
Para
terminar, Kwan-Shi-Yin y Kwan-Yin son los dos aspectos, masculino y femenino,
del mismo principio en el Kosmos, en la Naturaleza y el Hombre, de la Sabiduría
e Inteligencia Divinas. Son el Christos-Sophía de los gnósticos místicos, el
Logos y su Shakti. En su afán de que la expresión de algunos misterios no fuese
jamás comprendida enteramente por el profano, los antiguos, sabiendo que nada
podía conservarse en la memoria humana sin algún símbolo externo, han elegido
las imágenes, que con frecuencia nos parecen ridículas, de los Kwan-Yins, para
recordar al hombre su origen y naturaleza interna. Sin embargo, las Vírgenes o
Madonas con miriñaque, y los Cristos con guantes blancos de cabritilla, deben
parecer al hombre imparcial mucho más absurdos que los Kwan-Shi-Yin y Kwan-Yin
vestidos de dragones. Lo subjetivo difícilmente puede expresarse por lo
objetivo. Por lo tanto, puesto que la fórmula simbólica intenta caracterizar
aquello que está sobre el razonamiento científico, y con frecuencia trasciende
con mucho a nuestros intelectos, es necesario ir más allá de este intelecto en
una forma u otra, o de lo contrario se borrará de la memoria humana.
PARTE III
ADDENDA
SOBRE CIENCIA OCULTA Y MODERNA
El
conocimiento de este bajo mundo,
Dime,
amigo, qué es, ¿falso o verdadero?
¿Qué
mortal se cuida de distinguir lo falso?
¿Qué
mortal conoció jamás lo verdadero?
SECCIÓN I
RAZONES
PARA ESTA ADDENDA
Muchas
de las doctinas contenidas en las siete Estancias y comentarios anteriores han
sido estudiadas y críticamente examinadas por algunos teósofos occidentales,
que han encontrado deficientes ciertas enseñanzas ocultistas, desde el punto de
vista general del conocimiento científico moderno. Parecíales tropezar con
dificultades insuperables para su aceptación, y necesitar un nuevo examen en
vista de la crítica científica. Algunos amigos casi han llegado a lamentar la
necesidad de poner tan a menudo en tela de juicio las afirmaciones de la
ciencia moderna. Les parecía -y en esto me limito a repetir sus argumentos- que
“chocar con las enseñanzas de sus representantes más eminentes era
exponerse a un fracaso prematuro, a los ojos del mundo occidental”.
Es
conveniente, por tanto, definir de una vez para siempre la actitud que la
escritora, en desacuerdo con sus amigos respecto a este punto, quiere mantener.
Mientras que la Ciencia permanezca lo que, según las palabras del Profesor
Huxley, ella es, a saber, “el sentido común organizado”; mientras sus
deducciones estén sacadas de premisas exactas, y fundadas sus generalizaciones
en una base puramente inductiva, todo teósofo y ocultista acogerá con respeto,
y con la admiración debida, su tributo al dominio de la ley cosmológica. No
puede haber conflicto posible entre las enseñanzas de la Ciencia Oculta y las
de la llamada Ciencia exacta, cuando las conclusiones de la última descansen
sobre el cimiento del hecho irrefutable. Sólo cuando sus más ardientes
defensores, traspasando los límites de los fenómenos observados, a fin de
penetrar en los arcanos del Ser, intentan arrebatar al Espíritu la formación
del Kosmos y sus Fuerzas vivas, y atribuirlo todo a la Materia
ciega, es cuando los ocultistas reclaman el derecho a discutir y examinar sus
teorías. La Ciencia no puede, por efecto de la naturaleza misma de las cosas,
descubrir el misterio del Universo que nos rodea. La Ciencia puede, es cierto,
coleccionar, clasificar y generalizar sobre fenómenos; pero arguyendo el
ocultista con principios metafísicos admitidos, declara que el explorador
atrevido, deseoso de sondear los más recónditos secretos de la Naturaleza, debe
traspasar los estrechos límites de los sentidos y transportar su conciencia a
la región de los Nóumenos y a la esfera de las Causas Primeras. Para efectuar
esto, tiene que desarrollar facultades que, salvo en unos cuantos casos raros y
excepcionales, se hallan por completo dormidas en la constitución de los
vástagos de nuestra actual Quinta Raza Raíz, en Europa y América. De otro modo
no es posible que pueda reunir los hechos que le son necesarios para
fundamentar sus especulaciones. ¿No es esto evidente, según los principios de
la Lógica Inductiva y también de la Metafísica?
Por
otra parte, haga cuanto pueda la escritora, nunca será capaz de satisfacer a la
vez a la Verdad y a la Ciencia. Ofrecer al lector una versión sistemática y no
interrumpida de las Estancias Arcaicas, es imposible. Hay que omitir 45
versículos o slokas que se encuentran entre la 7ª ya publicada la
51ª, que forma el asunto de los Vol. III y IV, aunque las últimas aparezcan
como partiendo de la 1ª en adelante, para mayor facilidad de lectura y
referencia. Sólo la aparición del hombre sobre la tierra ocupa un número igual
de Estancias, que describen minuciosamente su primera evolución desde los Dhyân
Chohans humanos, el estado del Globo en aquel tiempo, etc., etc. Un gran número
de nombres referentes a substancias químicas y otros compuestos, que ahora ya
no se combinan entre sí, y son, por consiguiente, desconocidos por los últimos
descendientes de nuestra Quinta Raza, ocupan un espacio considerable. Como son
simplemente intraducibles, y de todos modos resultarían inexplicables, se han
omitido, juntamente con aquellos que no pueden darse al público. Sin embargo,
aun lo poco que ofrecemos, irritará a todo partidario y defensor de la ciencia
materialista dogmática que llegue a leerlo.
En
vista de la crítica en perspectiva, nos proponemos, antes de proseguir con las
Estancias restantes, defender las ya publicadas. Que no se hallan en perfecto
acuerdo o armonía con la ciencia moderna, todos lo sabemos. Pero aunque
hubiesen concordado con las teorías del conocimiento moderno tanto como un
discurso de Sir William Thomson, hubieran sido rechazadas igualmente; pues
ellas enseñan la creencia en Poderes y Entidades Espirituales conscientes, en
Fuerzas terrestres semiinteligentes, y altamente intelectualese, de otros
planos (1); y en seres que viven en derredor de nosotros, en esferas
imperceptibles aun para el telescopio y el microscopio. De ahí la necesidad de
examinar las creencias de la ciencia materialista, de comparar sus opiniones
acerca de los “Elementos” con las de los antiguos, y de analizar las Fuerzas
físicas según el concepto moderno de las mismas, antes de que los ocultistas
puedan reconocer que están en el error. Tocaremos la constitución del Sol y de
los planetas, y las características ocultas de los llamados Devas y Genios, que
la Ciencia denomina actualmente Fuerzas o “modos de movimiento”, y veremos si
la creencia esotérica es defendible o no. A pesar de los esfuerzos hechos en
sentido contrario, un espíritu libre de prejuicios descubrirá que bajo el
“agente, material o inmaterial”, de Newton (2), el agente que produce
la gravedad, y en su Dios personal activo, existe precisamente
tanto de los Devas y Genios metafísicos como en el Ángel Rector de Kepler que
guía a cada planeta, y como en las species inmateriata por las
que los cuerpos celestes eran llevados en su curso, según aquel astrónomo.
En
los volúmenes III y IV tendremos que afrontar abiertamente peligrosos asuntos.
Debemos hacer frente sin temor a la Ciencia, y declarar a la faz del saber
materialista, del Idealismo, del Hylo-Idealismo, del Positivismo y de la
Psicología moderna que todo lo niega, que el verdadero ocultista cree en los
“Señores de Luz”; que cree en un Sol que, lejos de ser meramente una “lámpara
del día” moviéndose de acuerdo con la ley física, y lejos de ser tan sólo uno
de aquellos Soles que, según Richter, “son heliantos de una luz superior”, es,
como millones de otros Soles, la morada o el Vehículo de un Dios y de una
hueste de Dioses.
En
esta discusión, por supuesto, tocará a los ocultistas la peor parte. Se les
considerará bajo el aspecto prima facie de la cuestión, como
unos ignorantes, y se les aplicará más de uno de esos epítetos que comúnmente
se dan a los que el público, que juzga superficialmente e ignora las grandes
verdades fundamentales de la Naturaleza, acusa de creer en supersticiones
medievales. Sea así. Sometiéndose de antemano a toda crítica a fin de continuar
su obra, sólo reclaman el privilegio de demostrar que los físicos están tan
discordes entre sí en sus especulaciones, como éstas lo están con las
enseñanzas del Ocultismo.
El
Sol es Materia y el Sol es Espíritu. Nuestros antepasados, los “paganos”, como
sus sucesores modernos, los parsis, eran y son bastante sabios en su generación
para ver en él el símbolo de la Divinidad, y al mismo tiempo sentir
internamente, oculto por el símbolo físico, al Dios radiante de la Luz
Espiritual y terrestre. Semejante creencia sólo puede ser considerada como una
superstición por el materialismo extremo que niega la Deidad, el Espíritu y el
Alma, y no admite inteligencia fuera de la mente del hombre. Mas si una
superstición falsa exagerada engendrada por el “Eclesiasticismo”, como lo llama
Laurence Oliphant, “vuelve al hombre tonto”, demasiado escepticismo le
convierte en loco. Preferimos ser acusados de insensatez por creer demasiado, a
serlo de la locura que lo niega todo, como lo hacen el Materialismo y el
Hylo-Idealismo. Por consiguiente, los ocultistas están completamente preparados
a recibir lo que les espera por parte del materialismo, y a sufrir la crítica
desfavorable de que será objeto la autora de esta obra, no por haberla escrito,
sino por creer en lo que contiene.
Así
pues, desde ahora, debemos anticipar y presentar los descubrimientos, hipótesis
y objeciones inevitables que harán valer los críticos científicos. También ha
de mostrarse hasta qué punto las Doctrinas Ocultistas se separan de la ciencia
actual, y si las teorías antiguas o las modernas son lógica y filosóficamente
correctas. La unidad y las relaciones mutuas de todas las partes del Kosmos
eran conocidas de los antiguos antes de que se hiciesen evidentes a los
astrónomos y filósofos modernos. Y aunque las partes externas y visibles del
Universo, y sus mutuas relaciones, no puedan explicarse en la ciencia física
por otros términos que los empleados por los partidarios de la teoría mecánica
del Universo, no se sigue de aquí que el materialista, que niega la existencia
del Alma del Kosmos (perteneciente a la Filosofía Metafísica) tenga derecho a
invadir ese dominio metafísico. Que la ciencia física esté tratando, y
actualmente lo haga, de usurparlo, es sólo una prueba más de que “la fuerza es
el derecho”; pero no justifica la intrusión.
Otra
buena razón para esta Addenda es la siguiente: Puesto que sólo una parte
determinada de las Enseñanzas Secretas pueden publicarse en la época
actual, jamás serían las doctrinas comprendidas ni aun por los mismos teósofos,
si se diesen sin explicaciones o comentarios. Por lo tanto, deben ser
contrastadas con las especulaciones de la ciencia moderna. Los
axiomas arcaicos han de colocarse en parangón con las hipótesis modernas, y la
comparación de su mérito respectivo debe dejarse al sagaz lector.
Sobre
la cuestión de los “Siete Gobernadores” -como Hermes llama a los “Siete
Constructores” a los Espíritus que dirigen las operaciones de la Naturaleza,
cuyos átomos animados son las sombras en su propio mundo, de sus Primarios en
los Reinos Astrales-, esta obra tendrá, por supuesto, en contra suya a todos
los materialistas, así como a los hombres de ciencia. Pero esta oposición sólo
puede ser, a lo sumo, temporal. Las gentes en un principio se han reído de todo
lo que está fuera de lo usual, y han rehuido de toda idea impopular, para luego
concluir por aceptarla. El materialismo y el escepticismo son males que han de
seguir en el mundo hasta que el hombre no abandone su forma grosera actual,
para revestir la que tenía durante la Primera y Segunda Raza de esta Ronda. A
menos que el escepticismo y nuestra ignorancia natural presente sean
equilibrados por la Intuición y una Espiritualidad natural, todo ser abrumado
por tales sentimientos sólo verá en sí mismo un conjunto de carne, huesos y músculos,
con una guardilla vacía al interior que sirve para almacenar sus sensaciones y
sentimientos. Sir Humphrey Davy era un gran erudito, tan profundamente versado
en física como cualquier teórico de nuestra época, aunque detestaba el
materialismo. Él dice:
Oía
con repugnancia, en las salas de disección, la concepción del fisiólogo acerca
de la secreción gradual de la materia, y cómo llega a verse dotada de
irritabilidad, que se convierte en sensibilidad, adquiriendo los órganos que
fueran necesarios, por sus propias fuerzas inherentes, y naciendo al fin a la
existencia intelectual.
No
obstante, no son los fisiólogos quienes merecen mayores censuras por hablar de
aquello que sólo pueden ver con sus sentidos físicos, y estimar por la
evidencia de estos. Consideramos mucho más ilógicos a los astrónomos y físicos,
en sus opiniones materialistas, que a los mismos fisiólogos, y esto se ha de
demostrar. La...
.........................................................................Luz
Etérea,
la primera de las cosas, quintaesencia pura,
de Milton, se ha
convertido para los materialistas en
.............................................Principal
animador, la luz,
De
todos los seres materiales, el primero y el mejor (3).
Para
los ocultistas ella es a la vez Espíritu y Materia. Tras el “modo de
movimiento”, considerado ahora como “propiedad de la materia” y nada más,
perciben ellos el Nóumeno radiante. Es el “Espíritu de la Luz”, el primogénito
del Elemento Eterno puro, cuya energía o emanación está reunida en el Sol, el
gran Dador de Vida del Mundo Físico, así como el Sol Espiritual oculto es el
Dador de Luz y de Vida de los Reinos Espiritual y Psíquico. Bacon fue uno de
los primeros en dar la nota del materialismo, no sólo por su método inductivo
-renovado del mal digerido de Aristóteles-, sino por el espíritu general de sus
escritos. Él invierte el orden de la Evolución mental cuando dice:
La
primera creación de Dios fue la luz de los sentidos; la última fue la luz de la
razón; y su obra del Sabbath por siempre desde entonces es la iluminación del
Espíritu (4).
Es
precisamente lo contrario. La luz del Espíritu es el eterno Sabbath del místico
u ocultista, y él concede poca atención a la de los meros sentidos. La
sentencia alegórica Fiat Lux significa, esotéricamente
interpretada, “Sean los <Hijos de la Luz>”, o el Nóumeno de todos los
fenómenos. Así pues, los católicos romanos interpretan correctamente el pasaje
al decir que se refiere a los Ángeles, pero erróneamente en el sentido de que
sean los poderes creados por un Dios antropomórfico, al que personifican en el
Jehovah del trueno y castigo perpetuos.
Esos
seres son los “Hijos de la Luz”, porque emanan y se engendran en aquel Océano
infinito de Luz del cual uno de los polos es el Espíritu puro
perdido en lo absoluto del No-Ser, y el otro polo es la Materia en
que él se condensa, “cristalizando”, a medida que desciende en la
manifestación, en un tipo cada vez más grosero. La Materia, por consiguiente,
aunque en cierto sentido no es otra cosa que los sedimentos ilusorios de esa
Luz cuyos Rayos son las Fuerzas Creadoras, encierra, sin embargo, en sí la
presencia completa de su Alma, de aquel Principio que nadie -ni siquiera los
“Hijos de la Luz” surgidos de su OSCURIDAD ABSOLUTA- conocerá jamás. La idea
está expresada por Milton, tan hermosa como acertadamente, al saludar a la Luz
santa que es el
...Primogénito
de la estirpe del Cielo,
O
el rayo coeterno del Eterno;
Puesto
que Dios es Luz,
Y
sólo en la Luz inaccesible
Vive
desde la Eternidad, vive por tanto en ti,
Espléndida
emanación de brillante esencia increada (5).
SECCIÓN II
LOS FÍSICOS MODERNOS ESTÁN JUGANDO
A LA GALLINA CIEGA
Y
ahora dirige el Ocultismo a la Ciencia la pregunta siguiente: ¿Es la luz un
cuerpo, o no? Sea cual fuese la respuesta, dispuesto está el primero a
demostrar que hasta la fecha, los físicos más eminentes no poseen verdadero
conocimiento respecto a este asunto. Para saber lo que es la luz, y si es una
substancia real o bien una mera ondulación del “medio etéreo”, la Ciencia tiene
que aprender primero lo que en realidad son la Materia, el Átomo, el Éter y la
Fuerza. Ahora bien; la verdad es que nada sabe acerca de ninguna de estas
cosas, y que admite su ignorancia. Ni siquiera ha convenido en lo que ha de
creer; pues hay docenas de hipótesis acerca del mismo asunto, hijas todas de
sabios eminentes, antagónicas entre sí y que a menudo se contradicen a sí
mismas. Así es que sus doctas especulaciones pueden, con un esfuerzo de buena
voluntad, aceptarse como “hipótesis en vigor” en una acepción secundaria, como
lo declara Stallo. Mas siendo radicalmente incompatibles unas con otras, deben
concluir al fin por destruirse mutuamente. Según declara el autor de Concepts
of Modern Physics:
No
debe olvidarse que los diversos ramos de la ciencia son simplemente divisiones
arbitrarias de la ciencia en conjunto. En esos diversos ramos, el mismo objeto
físico puede considerarse bajo diferentes aspectos. Puede el físico estudiar
sus relaciones moleculares, mientras el químico determina su constitución
atómica. Pero cuando ambos se ocupan del mismo elemento o agente, no puede
tener éste una serie de propiedades en física, y otra serie en contradicción
con aquéllas en química. Si el físico y el químico a la vez presuponen la
existencia de átomos últimos absolutamente invariables en volumen y peso, no
puede el átomo ser un cubo o un esferoide aplastado para objetos físicos, y una
esfera para fines químicos. Un grupo de átomos constantes no puede ser un
agregado de masas continuas absolutamente inertes e impenetrables en un crisol
o retorta, y un sistema de meros centros de fuerzas como parte de un imán o de
una batería Clamond. El éter universal no puede ser blando y móvil para agradar
al químico, y rígido y elástico para satisfacer al físico; no puede ser
continuo por orden de Sir William Thomson, y discontinuo por virtud de las
ideas de Cauchy o de Fresnel (1).
De
igual modo puede citarse al eminente físico G. A. Hirn, que dice lo mismo en el
volumen 43 de las Mémoires de l’Académie Royale de Belgique, que
traducimos del francés, como sigue:
Cuando
se ve la seguridad con que hoy se afirman doctrinas que atribuyen la
colectividad, la universalidad de los fenómenos tan sólo a los movimientos del
átomo, se tiene derecho a esperar ver la misma unanimidad en las cualidades
asignadas a ese ser único, fundamento de todo cuanto existe. Ahora bien; desde
el primer examen de los sistemas particulares propuestos, se tropieza con la
más extraña decepción; se da uno cuenta de que el átomo del químico, el del
físico, el del metafísico y el del matemático... ¡nada tienen absolutamente de
común, fuera del nombre! El resultado inevitable es la subdivisión existente en
nuestras ciencias, cada una de las cuales construye en su estrecha casilla un
átomo que satisface las exigencias de los fenómenos que estudia, sin
preocuparse en lo mínimo de las exigencias propias de los fenómenos de la
casilla vecina. El metafísico repudia los principios de la atracción y
repulsión, que considera como sueños, el matemático, que analiza las leyes de
la elasticidad y las de la propagación de la luz, los acepta implícitamente,
sin nombrarlos siquiera... El químico no puede explicar la agrupación de los
átomos, en sus moléculas con frecuencia complicadas, sin atribuirles cualidades
específicas distintivas; para el físico y para el metafísico,
partidarios de las doctrinas modernas, el átomo es, por el contrario, siempre y
en todas partes el mismo. ¿Qué digo? Ni siquiera existe conformidad en
una misma ciencia en cuanto a las propiedades del átomo. Cada cual fabrica el
átomo que conviene a su fantasía, para explicar algún fenómeno que le preocupa
particularmente (2).
Lo
que antecede es la imagen fotográfica exacta de la ciencia y física
modernas. El “requisito previo de esa labor incesante de la <imaginación
científica>”, que tan a menudo se encuentra en los elocuentes discursos del
profesor Tyndall, es por cierto vívido, como lo muestra Stallo; y respecto a la
variedad contradictoria, deja muy atrás a todas las “fantasías” del Ocultismo.
Sea como fuese, si según se confiesa las teorías físicas son “meros artificios
explicatorios, didácticos”, y si según las palabras de un crítico de Stallo,
“el átomo mismo es sólo un sistema gráfico simbólico” (3); en este caso,
difícilmente podrá considerarse que el Ocultismo va demasiado lejos al colocar
frente a esos “artificios” y “sistemas simbólicos” de la ciencia moderna, los
símbolos y artificios de las enseñanzas arcaicas.
“AN LUMEN SIT CORPUS, NEC-NON?”
“¿Es la Luz un Cuerpo, o no?”
Se
nos dice formalmente que la luz no es un cuerpo. Las ciencias físicas aseguran
que la luz es una fuerza, una vibración, la ondulación del Éter. Es propiedad o
cualidad de la materia, o hasta una afección de la misma, ¡jamás un
cuerpo!
Así
es. De este descubrimiento, el conocimiento, sea cual fuese su valor, de que la
luz o el calórico no es un movimiento de partículas materiales, la
Ciencia es deudora principalmente, si no por completo, a Sir William Grove. Él
fue el primero en mostrar, en una conferencia en el Instituto de Londres en
1842, que “el calor y la luz (4) pueden considerarse como afecciones de la
materia misma, y no de un fluido distinto etéreo, “imponderable” (ahora estado
de la materia), que la penetra (5). Sin embargo, quizás para algunos físicos
-como para Oersted, hmbre de ciencia muy eminente- la Fuerza y las Fuerzas
fueran tácitamente “el Espíritu (y por lo tanto Espíritus) en la Naturaleza”.
Lo que varios sabios algo místicos enseñaron era que la luz, el calor, el
magnetismo la electricidad y la gravedad, etc., no eran las Causas finales
de los fenómenos visibles, incluyendo el movimiento planetario, sino los efectos secundarios de
otras Causas, de que la Ciencia de nuestros días se cuida muy poco, pero en
las que cree el Ocultismo; pues los ocultistas han exhibido pruebas de la
validez de sus títulos en todas las épocas. Y ¿en qué época no ha habido
ocultistas y Adeptos?
Sir
Isaac Newton sostenía la teoría corpuscular pitagórica, y también se inclinaba
a admitir sus consecuencias; lo cual hizo una vez esperar al Conde de Maistre
que Newton conduciría últimamente la Ciencia al reconocimiento del hecho de que
las fuerzas y los Cuerpos Celestes eran impulsados y guiados por
Inteligencias (6). Pero de Maistre no contaba con la huéspeda. Las
ideas y pensamientos más íntimos de Newton fueron desnaturalizados, y de su
profunda ciencia matemática sólo se ha tenido en cuenta la corteza física.
Según
un idealista ateo, el Dr. Lewins:
Cuando
en 1687, Sir Isaac... mostró que sobre la masa y el átomo actuaba... la
actividad innata... dispuso de un modo efectivo del Espíritu, Ánima o
Divinidad, como de cosas que sobran.
Si
el pobre Sir Isaac hubiese previsto a qué uso sus sucesores y discípulos
aplicaban su “gravedad”, aquel hombre piadoso y religioso de seguro se hubiera
comido tranquilamente su manzana, y jamás hubiese dicho una palabra acerca de
las ideas mecánicas relacionadas con su caída.
Demuestran
los hombres de ciencia un gran desdén por la metafísica en general, y
especialmente por la metafísica ontológica. Mas siempre que los ocultistas son
bastante audaces para alzar su despreciada voz, vemos que la ciencia física
materialista se rellena con la Metafísica (7), que sus más fundamentales
principios, aunque inseparablemente ligados al trascendentalismo, son, no
obstante, torturados y a menudo ignorados en el laberinto de las teorías e
hipótesis contradictorias, con el fin de presentar a la Ciencia Moderna como
divorciada de semejantes “sueños”. Una buena confirmación de este cargo se
encuentra en el hecho de que la Ciencia se ve absolutamente obligada a aceptar
el “hipotético” Éter, y a tratar de explicarlo en el terreno materialista de
las leyes átomo-mecánicas. Esta tentativa ha conducido directamente a las más
fatales discrepancias e inconsecuencias radicales entre la supuesta naturaleza
del Éter y su comportamiento físico. Una segunda prueba hállase en las
múltiples afirmaciones contradictorias referentes al Átomo, el objeto más
metafísico de la creación.
Ahora
bien; ¿qué sabe la ciencia moderna de la Física acerca del Éter, el primer
concepto del cual pertenece innegablemente a los filósofos antiguos, habiéndolo
tomado los griegos de los arios, y encontrándose el origen del Éter moderno en
el Âkâsha desfigurado? Esta desfiguración se pretende que es una modificación y
refinamiento de la idea de Lucrecio. Examinemos, pues, el concepto moderno,
sacado de varios volúmenes científicos que encierran las concesiones de los
físicos mismos.
Como
lo muestra Stallo, la existencia del Éter se acepta en astronomía física, en la
física común y en química.
Ese
éter era considerado al principio por los astrónomos como un fluido de tenuidad
y movilidad extremas, que no ofrecía resistencia sensible a los movimientos de
los cuerpos celestes, y la cuestión de su continuidad o discontinuidad no se
discutía seriamente. Su principal función en la astronomía moderna ha sido la
de servir de base a las teorías hidrodinámicas de la gravitación. En física
apareció este fluido por algún tiempo representando varios papeles en relación
con los “imponderables” (tan cruelmente ejecutados por Sir William Grove),
llegando algunos físicos hasta el punto de identificarlo con uno o varios de
aquéllos (8).
Después
señala Stallo el cambio causado por las teorías kinéticas; y cómo, desde la
fecha de la teoría dinámica del calor, el Éter fue elegido en óptica como base
de las ondulaciones luminosas. Luego, a fin de explicar la dispersión y
polarización de la luz, tuvieron los físicos que recurrir de nuevo a su
“imaginación científica”, y en lo sucesivo dotaron al Éter de: a) Una
estructura atómica o molecular; b) Una elasticidad enorme, “de modo que su
resistencia a la deformación excediera con mucho a la de los cuerpos elásticos
más rígidos”. Esto hizo necesaria la teoría de la discontinuidad
esencial de la Materia, y por consiguiente, del Éter. Después de haber
aceptado esta discontinuidad para poder explicar la dispersión y polarización,
descubriéronse imposibilidades teóricas relativas a tal dispersión. La
“imaginación científica” de Cauchy vio en los Átomos “puntos materiales sin
extensión” y propuso, para obviar los más formidables obstáculos de la teoría
ondulatoria (principalmente algunos teoremas mecánicos bien conocidos con que
se tropezaba), admitir que el medio etéreo de propagación, en vez de ser
continuo, consistiese en partículas separadas por distancias sensibles. Fresnel
prestó el mismo servicio a los fenómenos de polarización. E. B. Hunt echa por
tierra las teorías de ambos (9). Hay ahora hombres de ciencia que las proclaman
“materialmente ilusorias”, mientras otros -los mecánico-atomistas- se agarran a
ellas con desesperada tenacidad. La suposición de una constitución
atómica o molecular del Éter queda destruida, además,
por la termodinámica, pues Clerk Maxwell mostró que semejante medio sería
simplemente un gas (10). Quedó probado de este modo que la
hipótesis de los “intervalos finitos” no sirve como suplemento a la teoría
ondulatoria. Además, los eclipses no revelan ninguna variación de color como la
supuesta por Cauchy, en la presunción de que los rayos cromáticos se propagan
con diversas velocidades. La Astronomía ha revelado más de un fenómeno en
completo desacuerdo con esta doctrina.
Así
pues, mientras en un ramo de la física se admite la constitución
atómico-molecular del Éter, con el fin de poder explicar una serie especial de
fenómenos, encuéntrase en otro que semejante constitución destruye por completo
un número de hechos bien comprobados; y de este modo hallan justificación los
cargos dirigidos por Hirn. La Química consideró
Imposible
conceder la elasticidad enorme del éter sin privarle de aquellas propiedades de
que dependía, principalmente su utilidad en la construcción de las teorías
químicas.
Esto
concluyó con una transformación final del Éter.
Las
exigencias de la teoría atómico-mecánica han conducido a matemáticos y físicos
distinguidos a intentar substituir los átomos tradicionales de materia por
modos peculiares de movimiento vortiginoso en un medio material universal,
homogéneo, incomprensible y continuo (Éter) (11).
La
presente escritora -que no pretende poseer una educación científica muy grande,
sino un conocimiento mediano de las teorías modernas, y uno mejor de las
ciencias ocultas- coge sus armas contra los detractores de la Doctrina
Esotérica en el arsenal mismo de la Ciencia Moderna. Las contradicciones
manifiestas, las hipótesis que se destruyen mutuamente de sabios que gozan de
fama universal, sus disputas, sus acusaciones y denuncias mutuas, demuestran
claramente que las teorías ocultas, bien se acepten o no, tienen tanto derecho
a ser examinadas y estudiadas como cualquiera de las llamadas hipótesis
científicas y académicas. Así pues, que los discípulos de la Sociedad Real
admitan al Éter como un fluido continuo o discontinuo importa
poco, y es indiferente para el presente objeto. Pero ello pone de manifiesto un
hecho cierto: la creencia oficial nada sabe hasta la fecha sobre la
constitución del Éter. Llámele la Ciencia materia, si le place; pero ni
como Âkâsha, ni como el AEther sagrado de los griegos, puede encontrarse en
ninguno de los estados de la Materia conocidos por la física moderna. Es
Materia en un plano completamente distinto de percepción y de ser, y no puede
ser analizado por aparato científico alguno, ni apreciado o concebido siquiera
por la “imaginación científica”, a menos que sus poseedores estudien las
ciencias ocultas. Lo que sigue prueba esta afirmación.
Está
claramente demostrado por Stallo, respecto de los intrincados problemas de la
física moderna, como también lo fue por De Quatrefages y varios otros acerca de
los problemas de Antropología, Biología, etcétera, que, en sus esfuerzos por
defender sus hipótesis y sistemas individuales, la mayor parte de los eminentes
y sabios materialistas proclaman muy a menudo crasos errores. Tomemos el caso
siguiente: La mayoría de ellos rechaza la actio in distans -uno
de los principios fundamentales en la cuestión del AEther o Âkâsha en el
Ocultismo-, mientras que, según justamente observa Stallo, no existe acción
física “que, examinada atentamente, no se resuelva en actio in distans”,
y él lo prueba.
Ahora
bien; los argumentos metafísicos son, según el profesor Lodge (12), “llamadas
inconscientes a la experiencia”. Y agrega él que si tal experiencia no
es concebible, entonces no existe. Según sus propias palabras:
Si
una inteligencia o grupo de inteligencias altamente desarrolladas encuentra
absolutamente inconcebible una doctrina acerca de alguna materia
comparativamente sencilla y fundamental, es una prueba... de que ese estado de
cosas inconcebible no existe.
Y
en consecuencia, hacia el fin de su trabajo, indica el profesor que la
explicación de la cohesión, así como de la gravedad, “ha de buscarse en la
teoría del átomo-vórtice de Sir William Thomson”.
Es
inútil detenernos aquí para preguntar si también será esta teoría del
átomo-vórtice la que nos ha de sacar de apuro respecto al primer germen de vida
que dejara caer sobre la tierra un meteoro o cometa de paso (hipótesis de Sir
William Thomson). Pero podríamos recordar al profesor Lodge la juiciosa crítica
sobre su conferencia en los Concepts of Modern Physics, de Stallo.
Señalando la declaración arriba hecha por el profesor, pregunta el autor:
¿Es
que... los elementos de la teoría del átomo-vórtice son hechos familiares o
siquiera de experiencia posible? Porque, si no lo son, esa teoría está
claramente sujeta a la misma crítica que pasa por invalidar la suposición de la
“actio in distans” (13).
Y
luego el hábil crítico muestra claramente lo que no es, ni puede ser jamás el
Éter, a pesar de todas las afirmaciones científicas en sentido contrario. Y de
este modo abre de par en par las puertas de entrada, si bien inconscientemente
quizás, a nuestras enseñanzas ocultas. Pues, como él dice:
El
medio en que nacen los movimiento-vórtice es, según la propia y expresa
declaración del profesor Lodge (Nature, vol. XXVII, pág. 305), “un
cuerpo perfectamente homogéneo, incomprensible, continuo, incapaz de ser
resuelto en simples elementos o átomos; es, de hecho, continuo, no molecular”.
Y después de esta declaración, el profesor Lodge añade: “No existe otro
cuerpo del que podamos decir esto, y por lo tanto las propiedades del éter
deben ser algo diferentes de las de la materia ordinaria”. Resulta, pues,
que la teoría entera del átomo-vórtice, que nos ofrecen en substitución de la
“teoría metafísica” de la actio in distans, descansa sobre la
hipótesis de la existencia de un medio material, que es completamente
desconocido a la experiencia, y que tiene propiedades algún tanto
diferentes (14) de las de la materia ordinaria. De aquí que esta
teoría, en lugar de convertir, como se pretende, un hecho extraño a la
experiencia, en un hecho familiar, convierte, por el contrario, un hecho
perfectamente familiar en un hecho que no tan sólo no lo es, sino que es por
completo desconocido, no observado y no observable. Además el pretendido
movimiento vortiginoso del, o mejor dicho, en el supuesto medio etéreo,
es... imposible, porque “el movimiento es un fluido perfectamente
homogéneo, incomprensible, y por consiguiente, continuo, no es movimiento
sensible”... Es por lo tanto evidente... que adondequiera que nos lleve la
teoría del átomo-vórtice, no nos conduce seguramente a parte alguna en la
región de la física o en el dominio del verae causae (15). Y
puedo añadir que como el medio hipotético indiferenciado (16) e indiferenciable
es evidentemente una resurrección involuntaria del antiguo concepto ontológico
del ser puro, la teoría en discusión tiene todos los atributos de
un incomprensible fantasma metafísico (17).
Un
“fantasma” en efecto, que sólo el Ocultismo puede hacer comprensible. De
semejante metafísica científica al Ocultismo apenas hay un paso. Los físicos
que opinan que la constitución atómica de la Materia es compatible con su
penetrabilidad no necesitan apartarse mucho de su camino para poder darse
cuenta de los mayores fenómenos del Ocultismo, tan ridiculizado ahora por los
sabios físicos y los materialistas. Los “puntos materiales sin extensión” de
Cauchy son las mónadas de Leibnitz, y son al mismo tiempo los materiales con
que los “Dioses” y otros Poderes invisibles se revisten en cuerpos. La
desintegración y la reintegración de partículas “materiales” sin extensión,
como factor principal en las manifestaciones de fenómenos, debieran presentarse
muy fácilmente como una clara posibilidad, al menos a aquellas pocas
inteligencias científicas que aceptan las opiniones de M. Cauchy. Pues,
disponiendo de esa propiedad de la Materia que llaman impenetrabilidad, con
sólo considerar a los Átomos como “puntos materiales ejerciendo uno sobre otro
atracciones y repulsiones que varían con las distancias que los separan”,
explica el teórico francés que:
De
esto se sigue que si el autor de la Naturaleza quisiese modificar tan sólo las
leyes según las cuales los átomos se atraen o repelen unos a otros, veríamos en
el acto a los cuerpos más duros penetrándose entre sí, a las más diminutas
partículas de materia ocupando espacios inmensos, o las masas más grandes
reduciéndose a los volúmenes más pequeños, al Universo entero concentrándose,
por decirlo así, en un solo punto (18).
Y
ese “punto”, invisible en nuestro plano de percepción y materia, es
enteramente visible para el ojo del Adepto que puede seguirlo y verlo presente
en otros planos. Para los ocultistas, que dicen que el autor de la
Naturaleza es la Naturaleza misma, algo indistinto e inseparable de
la Deidad, resulta que los que están versados en las leyes ocultas de la
Naturaleza, y saben cómo cambiar y provocar nuevas condiciones en el Éter,
pueden, no modificar las leyes, sino operar y hacer lo mismo,
en armonía con esas leyes inmutables.
SECCIÓN III
¿
ES LA GRAVITACIÓN UNA LEY?
La
teoría corpuscular ha sido desechada sin ceremonia alguna; pero la gravitación
-el principio de que todos los cuerpos se atraen unos a otros con una fuerza en
proporción directa de sus masas, e inversa del cuadrado de las distancias que
los separan- sobrevive hoy día y reina, como siempre suprema, en las supuestas
ondas etéreas del espacio. Como hipótesis, ha sido amenazada de muerte por su
insuficiencia para abarcar todos los hechos que se le presentaban; como ley
física, es el Rey de los antiguos “Imponderables”, antes todopoderosos. “¡Es
poco menos que una blasfemia... un insulto a la respetada memoria de Newton el
ponerla en duda!” -exclama un crítico americano de Isis sin Velo-.
Está bien; pero ¿qué es al fin y al cabo ese Dios invisible e intangible en
quien debiéramos creer con fe ciega? Los Astrónomos que ven en la gravitación
una cómoda solución de muchas cosas, y una fuerza universal que les permite
calcular movimientos planetarios, se preocupan poco de la Causa de la
Atracción. Llaman ellos a la Gravedad una ley, una causa en sí misma. Nosotros
llamamos efectos a las fuerzas que obran bajo ese nombre, y además efectos muy
secundarios. Algún día se verá que la hipótesis científica, a pesar de todo, no
satisface; y tendrá entonces la misma suerte que la teoría corpuscular de la
luz, y quedará condenada a descansar durante muchos eones científicos en los
archivos de todas las especulaciones en desuso. ¿Acaso no manifestó el mismo
Newton serias dudas acerca de la naturaleza de la Fuerza y la corporeidad de
los “Agentes”, según eran llamados entonces? Lo mismo sucedió a Cuvier, otra
lumbrera científica que brilla en las tinieblas de la investigación. En
la Révolution du Globe previene a sus lectores sobre la
naturaleza dudosa de las llamadas Fuerzas, diciendo que “no es muy seguro que
esos agentes no sean, después de todo, Poderes Espirituales (des agents
spirituels)”. Al empezar Sir Isaac Newton su Principia, tuvo el
mayor cuidado de grabar en su escuela la idea de que no empleaba la palabra
“atracción”, respecto a la acción mutua de los cuerpos, en un sentido físico.
Dijo que para él era un concepto puramente matemático, que no envolvía
consideración alguna de causas físicas, reales y primarias. En un pasaje de
sus Principia (1), nos dice, con toda claridad, que
físicamente consideradas, las atracciones son más bien impulsos. En la Sección
XI (introducción) expresa la opinión de que “existe algún espíritu sutil por
cuya fuerza y acción son determinados todos los movimientos de la materia” (2);
y en su Third Letter a Bentley, dice:
Es
inconcebible que la materia bruta inanimada pueda, sin la mediación de algo
distinto que no es material, obrar sobre otra materia y afectarla
sin contacto mutuo, como debe hacerlo si la gravitación, en el sentido de
Epicuro, es esencial e inherente en ella... Que la gravedad sea innata,
inherente y esencial a la materia, de manera que un cuerpo pueda obrar sobre
otro a distancia, a través de un vacío, sin la mediación de otra cosa distinta
por la cual pueden influirse mutuamente, es para mí un absurdo tan grande, que
no creo que haya pensador alguno competente en materias filosóficas que pueda
jamás caer en él. La gravedad debe ser originada por un agente que actúa
constantemente según ciertas leyes; pero que ese agente sea material o
inmaterial lo he dejado a la consideración de mis lectores.
Con
esto, hasta los contemporáneos mismos de Newton se asustaron, ante la vuelta
aparente de las Causas Ocultas en el dominio de la Física. Leibnitz llamaba a
su principio de atracción “un poder incorpóreo e inexplicable”. La suposición
de una facultad atractiva y de un perfecto vacío fue tachada de “repulsiva” por
Bernouilli, no encontrando el principio de la actio in distans mayor
favor entonces que hoy. Por otra parte, Euler pensó que la acción de la
gravedad era debida a un Espíritu o a algún medio sutil. Y
también Newton, si no lo aceptaba, conocía el Éter de los Antiguos. Consideraba
el espacio intermedio entre los cuerpos siderales como un vacío. Creía, por
consiguiente, como nosotros, en el “Espíritu sutil” y en los Espíritus
dirigiendo la llamada atracción. Las palabras del gran hombre arriba citadas
han producido escasos resultados. El “absurdo” se ha convertido ahora en un
dogma en el caso del materialismo puro, que repite: “No hay Materia sin Fuerza,
no hay Fuerza sin Materia; Materia y Fuerza son inseparables, eternas e
indestructibles (cierto); no puede haber Fuerza independiente, puesto
que toda Fuerza es una propiedad inherente y necesaria de la Materia (falso);
por consiguiente, no existe Poder Creador inmaterial alguno”. ¡Oh, pobre Sir
Isaac!
Si,
dejando aparte todos los demás hombres de ciencia eminentes que están de
acuerdo con la opinión de Euler y Leibnitz, reclaman los ocultistas como
autoridades y defensores suyos sólo a Sir Isaac Newton y a Cuvier, en el
sentido antes citado, poco tienen que temer de la ciencia moderna, y pueden
proclamar claramente y con altivez sus creencias. Mas las vacilaciones y las
dudas de dichas autoridades, y también de otras muchas que podríamos nombrar,
no impidieron en lo mínimo a la especulación científica la ausencia de espíritu
en el terreno de la materia bruta exactamente como antes. Primero era la
materia y un fluido imponderable distinto de ella; luego vino el fluido
imponderable tan criticado por Grove; después el Éter, que al principio fue
discontinuo y luego se convirtió en continuo; después del cual aparecieron las
Fuerzas “mecánicas”. Éstas han tomado carta de naturaleza en el presente como
“modos de movimiento”, y el Éter se ha hecho más misterioso y problemático que
nunca. Más de un hombre de ciencia se opone a tales opiniones groseramente
materialistas. Pero desde los días de Platón, que repetidamente recomienda a
sus lectores no confundir los Elementos incorpóreos con sus
Principios, los Elementos trascendentales o espirituales; desde aquellos días
de los grandes alquimistas, que, como Paracelso, hacían una gran diferencia
entre un fenómeno y su causa o Nóumeno; hasta Grove, que, aun cuando “no ve
razón alguna para privar a la materia universalmente difundida de las funciones
comunes a toda materia”, emplea no obstante el término Fuerzas donde sus
críticos, “que no prestan a la palabra idea alguna de acción específica”, dicen
Fuerza; desde aquellos días hasta el presente, nada ha sido capaz de contener
el desbordamiento del materialismo brutal. La gravitación es la causa única, el
Dios activo, y la Materia es su profeta, decían los hombres de ciencia hace
unos pocos años solamente.
Desde
entonces han cambiado de opinión varias veces. Pero ¿acaso comprenden los
sabios mejor hoy día que en aquel tiempo el pensamiento más íntimo de Newton,
que era uno de los hombres de tendencias más espirituales y religiosas de su
época? Seguramente hay que ponerlo en duda. Se atribuye a Newton el haber dado
el golpe de muerte a los Vórtices Elementales de Descartes -la idea de
Anaxágoras resucitada, sea dicho de paso-, aunque en verdad, los últimos
“átomos vortiginosos” modernos de Sir William Thomson no difieren mucho de los
primeros. Sin embargo, cuando su discípulo Forbes escribió en el Prefacio de la
obra principal de su maestro una frase que declaraba que la “atracción era la
causa del sistema”, Newton fue el primero en protestar solemnemente. Lo que en
la mente del gran matemático asumía la imagen vaga, pero firmemente arraigada,
de Dios, como Nóumeno de todo (3), era llamado más filosóficamente por los
filósofos y ocultistas antiguos y modernos: “Dioses”, o los Poderes creadores formativos.
Pueden los modos de expresión haber sido diferentes, y las ideas más o menos
filosóficamente enunciadas por toda la antigüedad sagrada y profana; pero el
pensamiento fundamental era el mismo (4). Las fuerzas eran para Pitágoras
Entidades Espirituales, Dioses, independientes de los planetas y de la Materia
según los vemos y conocemos en la tierra, que son los directores del Cielo
Sideral. Platón representaba a los planetas como movidos por un Rector
intrínseco, uno con su morada, lo mismo que “un barquero en su bote”. En cuanto
a Aristóteles, llamaba a aquellos directores “substancias inmateriales”
(5); si bien no habiendo sido jamás iniciado, rechazaba a los Dioses como
Entidades (6). Mas esto no le impidió reconocer el hecho de que las estrellas y
los planetas “no eran masas inertes, sino verdaderamente cuerpos activos y
vivientes”. A pesar de todo, los espíritus siderales eran las “partes más
divinas de sus fenómenos (.. .... .. ....)” (7).
Si
buscamos corroboración en épocas más modernas y científicas, vemos que
Tycho-Brahe reconocía en las estrellas una fuerza triple, divina, espiritual y
vital. Kepler uniendo la sentencia pitagórica, “el Sol, custodio de Júpiter”, y
los versículos de David, “Él colocó su trono en el Sol”, y “el Señor es el
Sol”, etc., dijo que entendía perfectamente cómo podían creer los pitagóricos
que todos los Globos diseminados por el Espacio eran Inteligencias racionales (facultades
ratiosinativoe), girando alrededor del Sol, “en el que reside un puro
espíritu de fuego; la fuente de la armonía general” (8).
Cuando
habla un ocultista de Fohat, la Inteligencia animadora y directora en el Fluido
Universal Eléctrico y Vital, se ríen de él. Al mismo tiempo, según ha quedado
ahora demostrado, hasta el presente no se ha llegado a comprender la naturaleza
de la electricidad, ni de la vida, ni siquiera de la luz. El ocultista ve en la
manifestación de toda fuerza en la Naturaleza la acción de la cualidad o la
característica especial de su Nóumeno; Nóumeno que es una Indivualidad separada
e inteligente al otro lado del Universo mecánico manifestado. Ahora
bien; el ocultista no niega, sino que, por lo contrario, apoya la opinión de
que la luz, el calor, la electricidad y demás son afecciones, no propiedades o
cualidades, de la Materia. Diciéndolo más claro: la Materia es la condición, la
base o vehículo necesario, un sine qua non, de la manifestación de
esas Fuerzas, o agentes, en este plano.
Pero
para sentar bien este punto deben los ocultistas examinar las credenciales de
la ley de la gravedad, ante todo, de la “Gravitación, la Soberana y Directora
de la Materia”, en todas las formas. Para conseguirlo eficazmente hay que
recordar la hipótesis en su forma primitiva. Ante todo, ¿acaso fue Newton quien
la descubrió el primero? El Atheneum del 26 de enero de 1867
contiene algunos informes curiosos sobre este particular. Dice así:
Puede
aducirse la evidencia positiva de que Newton derivó todos sus conocimientos
respecto a la Gravitación y sus leyes, de Boehme, para quien la Gravitación o
atracción es la primera propiedad de la Naturaleza... Pues para él, su sistema
(el de Boehme) nos enseña la parte interna de las cosas, mientras que la
ciencia física moderna se contenta con mirar lo externo.
Y
más adelante:
La
ciencia de la electricidad, que aún no existía cuando él (Boehme) escribió,
está allí anticipada (en sus escritos); y no sólo describe Boehme todos los
fenómenos conocidos ahora de esa fuerza, sino que hasta nos da el origen,
generación y nacimiento de la electricidad misma.
Así
pues, Newton, cuya mente profunda leía fácilmente entre líneas, y profundizaba
el pensamiento espiritual del gran Vidente en su versión mística, debe su gran
descubrimiento a Jacobo Boehme, el criado por los Genios, Nirmânakâyas, que
sobre él velaban y le guiaban, de quien el autor del artículo en cuestión dice
con tanta justicia:
Cada
nuevo descubrimiento científico viene a probar su penetración profunda e
intuitiva en las operaciones más secretas de la Naturaleza.
Y
habiendo descubierto la gravedad, Newton, a fin de hacer posible la acción de
la atracción en el espacio, tuvo que aniquilar, por decirlo así, todo obstáculo
físico capaz de impedir su libre acción; el Éter entre otros, aunque tenía más
de un presentimiento de su existencia. Al defender la teoría corpuscular, hizo
un vacío absoluto entre los cuerpos celestes. Cualesquiera que
hayan sido sus sospechas y convicciones íntimas sobre el Éter; por muchos que
fuesen los amigos con quienes se franquease -como sucedió en su correspondencia
con Bentley-, jamás revelaron sus enseñanzas que tuviese tal creencia. Si
estaba “persuadido de que el poder de la atracción no podía ser ejercido por la
materia a través de un vacío” (9), ¿cómo es que hasta el año 1860, astrónomos
franceses, Le Couturier, por ejemplo, combatieron “los resultados desastrosos de
la teoría del vacío establecida por el gran hombre?” Dice Le Couturier:
Il
n’est plus possible aujourd’hui, de soutenir comme Newton, que les corps
celestes se mouvent au milieu du vide immense des espaces... Parmki les
conséquences de la théorie du vide établie par Newton, l ne reste plus debout
que le mot “attraction”... Nous voyons venir le jour où le mot attraction
disparaîtra du vocabulaire scientifique (10).
El
profesor Winchell escribe lo siguiente:
Esos
pasajes (la carta a Bentley) muestran cuáles eran sus ideas respecto a la
naturaleza del medio de comunicación interplanetario. A pesar de declarar que
los cielos “carecen de materia sensible”, en otro lugar exceptuó “quizás
algunos vapores, gases y efluvios muy sutiles, nacidos de las atmósferas de la
tierra, de los planetas y cometas, y de algún medio excesivamente etéreo y
enrarecido, como el que en otra parte hemos descripto” (11).
Esto
sólo demuestra que aun hombres tan eminentes como Newton no siempre tienen el
valor de sus opiniones. El doctor T. S. Hunt
Llamó
la atención sobre algunos pasajes durante mucho tiempo descuidados de las obras
de Newton, en los cuales aparece que la creencia en semejante medio universal
intercósmico se arraigó gradualmente en su pensamiento (12).
Pero
nunca se llegó a prestar atención a dichos pasajes, hasta el 28 de noviembre de
1881, cuando leyó el doctor Hunt su “Química Celeste, desde la época de
Newton”. Como dice Le Couturier:
Hasta
entonces la idea de que Newton, a la par que defendía la teoría corpuscular,
predicaba un vacío, era universal, aun entre los hombres de
ciencia.
Los
pasajes habían sido “descuidados durante mucho tiempo”, sin duda alguna porque
contradecían y chocaban con las teorías favoritas preconcebidas del día, hasta
que finalmente la teoría ondulatoria exigió imperiosamente la presencia de un
“medio etéreo” para explicarla. Éste es todo el secreto.
De
todos modos, a partir de esa teoría de Newton sobre un vacío universal, por él
enseñada, aunque no creída, data el inmenso desdén mostrado ahora por la física
moderna hacia la antigua. Los antiguos sabios habían sostenido que la
“Naturaleza aborrece el vacío”; y los matemáticos más grandes del mundo -léase
de las razas occidentales- habían descubierto y puesto de manifiesto el
anticuado “error”. Y ahora la ciencia moderna, aunque de mala gana, justifica
al conocimiento arcaico y tiene que vindicar además, a última hora, la
significación y los poderes de observación de Newton, después de haber dejado
durante siglo y medio de prestar atención alguna a pasajes tan sumamente
importantes, quizás porque era más prudente no atraer la atención sobre ellos.
¡Más vale tarde que nunca!
Ahora
el Padre AEther es recibido de nuevo con los brazos abiertos y
esposado a la gravitación, encadenado a la misma en la suerte o la desgracia,
hasta el día en que aquél o ambos se vean reemplazados por otra cosa.
Trescientos años más existía el plenum en todas partes; luego
convirtióse en un lúgubre vacío; más tarde aún los lechos de los
océanos siderales, desecados por la Ciencia, volvieron de nuevo a llenarse con
etéreas ondas. Recede ut procedas debe convertirse en el lema
de la “ciencia exacta”; “exacta”, sobre todo, en reconocerse inexacta cada año
bisiesto.
Mas
no queremos querellarnos con los grandes hombres. Ellos han tenido que volver a
los primitivos “Dioses de Pitágoras y al viejo Kanâda” para hallar el hueso y
la médula de las correlaciones y descubrimientos “más recientes”; y bien puede
esto ofrecer una buena esperanza a los ocultistas respecto a sus Dioses
menores. Pues creemos en la profecía de Le Couturier acerca de la gravitación.
Sabemos que se aproxima el día en que los mismos hombres de ciencia exigirán
una reforma absoluta de los métodos actuales de la Ciencia, como lo hizo Sir
William Grove, F. R. S. Hasta ese día nada puede hacerse. Pues si la
gravitación quedase destronada mañana, al día siguiente descubrirían los
hombres de ciencia algún otro nuevo modo de movimiento mecánico (13). Rudo y
empinado es el sendero de la verdadera Ciencia, y sus días se hallan llenos de
contrariedades para el espíritu. Pero en vista de sus “mil” hipótesis
contradictorias, ofrecidas como explicaciones de fenómenos físicos, no ha
habido ninguna hipótesis mejor que el “movimiento” (aunque interpretado
paradójicamente por el materialismo). Según puede verse en las primeras páginas
de este volumen, nada tienen que decir los ocultistas contra el Movimiento
(14), el Gran Aliento de lo “Incognoscible” de Mr. Herbert Spencer. Mas
creyendo que todo cuanto en la tierra existe es la sombra de algo en el
Espacio, creen en “Alientos” menores, los cuales vivientes, inteligentes e
independientes de todo, excepto de la Ley, soplan en todas direcciones durante
los períodos manvantáricos. A estos la Ciencia los rechazará. Pero hágase
cuanto se haga para reemplazar la atracción, alias gravitación,
el resultado será el mismo. La Ciencia se encontrará tan distante de la
solución de las dificultades como ahora, a no ser que entre en relaciones con
el Ocultismo y hasta con la Alquimia -suposición que será considerada como una
impertinencia, pero que, sin embargo, seguirá siendo un hecho. Como dice Faye:
El
manque quelque chose aux géologues pour faire la géologie de la Lune; c’est
d’être astronomes. A la vérité, il manque aussi quelque chose aux astronomes
pour aborder avec fruit cette étude, c’est d’être géologues (15).
Pero
pudiera haber añadido con más exactitud todavía:
Ce
qui manue à tous les deux, c’est l’intuition du mystique.
Recordemos
las sabias “observaciones finales” de Sir William Grove sobre la estructura
última de la Materia, o las minucias de las acciones moleculares que, según él
creía, jamás conocerá el hombre.
Mucho
perjuicio ha causado ya el intento de disecar la materia hipotéticamente, y
discutir las formas, tamaños y número de los átomos, y sus atmósferas de calor,
éter o electricidad. Respecto a si el considerar la electricidad, la luz, el
magnetismo, etc., simplemente como movimientos de la materia común, es o no
admisible, cierto es que todas las teorías pasadas, y todas las teorías
existentes, han resuelto y resuelven la acción de esas fuerzas en el
movimiento. Sea que a causa de sernos familiar el movimiento, le atribuimos
otras afecciones, como a un lenguaje que se construye con mayor facilidad y es
más capaz de explicarlas, o sea que en realidad es el único modo en el cual
nuestras inteligencias, en contraposición de nuestros sentidos, pueden concebir
agentes materiales, lo cierto es que desde el período en que las nociones
místicas de poderes espirituales o sobrenaturales se aplicaban para explicar
los fenómenos físicos, todas las hipótesis forjadas para explicarlos los han
resuelto en el movimiento.
Y
luego este mismo sabio expone una doctrina puramente oculta.
El
término movimiento perpetuo que he empleado con frecuencia en estas páginas es
en sí mismo equívoco. Si las doctrinas aquí expuestas son bien fundadas, todo
movimiento es, en cierto sentido, perpetuo. En las masas cuyo movimiento se ve
detenido por el choque mutuo, se genera el calor o el movimiento de las
partículas; y así continúa el movimiento, de suerte que si pudiéramos
aventurarnos a hacer extensivos semejantes pensamientos al Universo, tendríamos
que suponer la misma suma de movimiento afectando siempre la misma suma de
materia (16).
Esto
es precisamente lo que el Ocultismo sostiene, y en virtud del mismo principio
de que:
Cuando
la fuerza es opuesta a la fuerza y se produce el equilibrio estático, la
balanza del equilibrio preexistente queda afectada, y da origen a un nuevo
movimiento equivalente al que ha sido desviado hacia un estado de suspensión.
Este
proceso tiene sus intervalos en el Pralaya, pero es eterno e incesante como
“Aliento”, aun cuando repose el Kosmos manifestado.
Así
pues, suponiendo que se renunciase a la atracción o gravitación en favor de la
teoría del Sol como enorme imán -teoría aceptada ya por algunos físicos-, imán
que actuase sobre los planetas como la atracción se supone actuar ahora,
¿apartaría esto a los astrónomos de donde están hoy? Ni una pulgada siquiera.
Kepler llegó a esta “curiosa hipótesis” hace cerca de 300 años. Él no había
descubierto la teoría de la atracción y repulsión en el Kosmos, porque era
conocida desde los tiempos de Empédocles, quien llamó a las dos fuerzas
opuestas “amor” y “odio”, palabras que implican la misma idea. Mas Kepler hizo
una bastante precisa descripción del magnetismo cósmico. Que semejante
magnetismo existe en la Naturaleza es tan cierto como que no existe la
gravitación; al menos no en la forma que la enseña la Ciencia, que jamás ha
tomado en consideración los diferentes modos con que la Fuerza doble, que el
Ocultismo llama atracción y repulsión, puede actuar en nuestro Sistema Solar,
en la atmósfera de la Tierra, y más allá, en el Kosmos.
Según
escribe el gran Humboldt:
El
espacio transolar no ha revelado hasta ahora fenómeno alguno análogo a nuestro sistema
solar. Es una peculiaridad de nuestro sistema el que la materia se haya
condensado dentro del mismo en anillos nebulosos, cuyos núcleos se condensan en
tierras y lunas. Lo repito: hasta ahora nada de esto se ha observado
jamás más allá de nuestro sistema planetario (17).
Cierto
es que después del año 1860 apareció la Teoría Nebular; y siendo mejor
conocida, se supuso que se habían observado unos cuantos fenómenos idénticos
fuera del Sistema Solar. Sin embargo, tiene perfecta razón aquel gran hombre, y
no pueden encontrarse tierras o lunas, excepto
en apariencia, fuera de nuestro Sistema, o del mismo orden de Materia que
se encuentran en éste. Tal es la Doctrina Oculta.
Esto
fue probado por Newton mismo; pues hay muchos fenómenos en nuestro Sistema
Solar que confesaba no poder explicar por medio de la ley de la gravitación;
“tales eran la uniformidad en las direcciones de los movimientos planetarios,
las formas casi circulares de las órbitas, y su singular conformidad a un
plano” (18). Y si existe una sola excepción, en este caso no puede hablarse de
la ley de la gravitación como de una ley universal. Nos dicen que “en su
Scholium general, Newton declara que esos ajustamientos son la obra de un Ser
inteligente y todopoderoso”. Puede que ese “Ser” sea inteligente; en cuanto a
“todopoderoso”, hay toda clase de razones para dudarlo. ¡Pobre “Dios” sería
aquel que se ocupase en detalles menores y abandonase los más importantes a
fuerzas secundarias! La pobreza de este argumento y esta lógica sólo es
sobrepujada por Laplace, quien tratando muy correctamente de substituir con el
Movimiento al “Ser todopoderoso de Newton, e ignorante de la verdadera
naturaleza de ese Movimiento Eterno, vio en él una ley física ciega”. “¿Acaso
no podrían ser aquellos arreglos un efecto de las leyes del movimiento?”,
pregunta, olvidando como todos nuestros hombres de ciencia modernos que esa ley
y ese movimiento son un círculo vicioso, mientras no se explica la naturaleza
de ambos. Su célebre respuesta a Napoleón: “Dieu est devenu une
hipothèse inutile”, sólo podría darla correctamente el que se adhiriese a
la filosofía de los vedantinos. Conviértese en una pura falsedad, si excluimos
la intervención de Seres activos, inteligentes y poderosos (jamás
“todopoderosos”), que son llamados “Dioses”.
Pero
quisiéramos preguntar a los críticos de los astrónomos medievales: ¿por qué se
ha de tachar a Kepler de muy anticientífico, por ofrecer exactamente la misma
solución que Newton, pero mostrándose más sincero, más consistente y hasta más
lógico? ¿Dónde está la diferencia entre el “Ser todopoderoso” de Newton y los
Rectores de Kepler, sus Fuerzas Siderales y Cósmicas o Ángeles? También se
critica a Kepler por su “curiosa hipótesis en que interviene un movimiento
vertiginoso dentro del sistema solar”, por sus teorías en general, y por
compartir la idea de Empédocles de la atracción y repulsión, y del
“magnetismo solar” particularmente. Sin embargo, varios hombres de ciencia
modernos -Hunt, si hemos de excluir a Metcalfe, el Dr. Richardson, etc.-, como
se verá, apoyan muy resueltamente la misma idea. Sin embargo, se le disculpa a
medias con la excusa de que:
En
tiempo de Kepler no se había conocido aún claramente interacción alguna,
genéricamente distinta del magnetismo, entre las masas de materia (19).
¿Acaso
se la reconoce claramente ahora? ¿Pretende el profesor Winchell para la Ciencia
algún conocimiento serio de la naturaleza de la electricidad o del magnetismo,
excepto que ambos parecen ser los efectos de algún resultado nacido de una
causa no determinada?
Las
ideas de Kepler, separadas de sus tendencias teológicas, son puramente Ocultas.
Él vio que:
I.
El Sol es un gran imán (20). Esto es lo que creen algunos eminentes hombres de
ciencia modernos, y también los ocultistas.
II.
La substancia Solar es inmaterial (21). Por supuesto, en el sentido de la
Materia existente en estados desconocidos a la Ciencia.
III.
Atribuyó a un Espíritu o Espíritus la perpetua vigilancia del movimiento de los
planetas y la restauración constante de la energía del Sol. La antigüedad toda
creía en esta idea. Los ocultistas no usan la palabra espíritu, sino que dicen
Fuerzas Creadoras, que dotan de inteligencia. Pero podemos también llamarlas
Espíritus. Se nos acusará de contradicción. Dirán que a la par que negamos a
Dios, admitimos almas y Espíritus actuantes, y citamos autores católicos
romanos fanáticos en apoyo de nuestro argumento. A esto contestamos: Negamos el
Dios antropomórfico de los monoteístas, pero jamás el Principio Divino en la
Naturaleza. Combatimos a los protestantes y a los católicos romanos sobre
cierto número de creencias dogmáticas teológicas de origen humano y sectario.
Estamos de acuerdo con ellos en su creencia en Espíritus y Poderes activos e
inteligentes, aunque no rendimos culto a los “Ángeles” como lo hacen los
latinos romanos.
Condénase
esta teoría mucho más a causa del “Espíritu” que se admite, que por ninguna
otra cosa. Herschel el mayor, también creyó en ella, y así sucede
con varios hombres de ciencia modernos. No obstante, el profesor Winchell
declara “que nunca se ha presentado en tiempos antiguos ni modernos una
hipótesis más ilusoria y menos de acuerdo con las exigencias de los principios
físicos (22).
Lo
mismo se dijo tiempo atrás del Éter universal, y no sólo es aceptado ahora a la
fuerza, sino que se le defiende como la única teoría posible para explicar
ciertos misterios.
Cuando
Grove expuso por primera vez sus ideas en Londres, hacia el año 1840, fueron
consideradas como anticientíficas; sin embargo, sus opiniones acerca de la
Correlación de las Fuerzas son hoy día universalmente admitidas. Se
necesitaría, sin duda, una persona más versada en ciencia que lo está la
escritora para combatir con éxito algunas de las ideas hoy prevalecientes
acerca de la gravitación y otras “soluciones” semejantes de los misterios
cósmicos. Mas traigamos a la memoria unas cuantas objeciones que partieron de
hombres de ciencia reconocidos, de astrónomos y físicos eminentes que
rechazaron la teoría de la rotación, así como la de la gravitación. En la French
Encyclopedia se lee que “la Ciencia admite, a la vista de todos sus
representantes, que es imposible de explicar el origen físico
del movimiento rotatorio del sistema solar”.
Si
preguntamos: “¿Cuál es la causa de la rotación?” se nos contesta: “Es la fuerza
centrífuga”. “¿Y a esta fuerza, qué es lo que la produce?”, y se nos contesta
con gravedad: “La fuerza de rotación” (23). Bueno será, quizás, examinar ambas
teorías como estando relacionadas directa o indirectamente.
SECCIÓN IV
LAS TEORÍAS
CIENTÍFICAS DE LA ROTACIÓN
Considerando
que “la causa final es juzgada una quimera, y que la Gran Causa Primera se
relega a la esfera de lo desconocido”, el número de hipótesis que se presentan
es extraordinario, una verdadera nube, según con justicia lamenta cierto
reverendo señor. El estudiante profano encuéntrase perplejo, y no sabe cuál de
las teorías de la ciencia exacta ha de creer. A continuación
damos una serie de hipótesis suficiente para satisfacer a todos los gustos y
capacidades. Todas ellas han sido extractadas de obras científicas.
HIPÓTESIS CORRIENTES PARA
EXPLICAR EL ORIGEN DE LA ROTACIÓN
La
Rotación se originó:
a)
Por la colisión de masas nebulosas errantes, sin objeto, por el Espacio; o por
atracción, “en casos en que no tiene lugar contacto efectivo”.
b)
Por la acción tangencial de corrientes de materia nebulosa (en el caso de una
nebulosa amorfa) descendiendo de niveles superiores a niveles inferiores (1), o
simplemente por la acción de la gravedad central de la masa (2).
“Es
un principio fundamental en física que no podría originarse rotación
alguna en semejante masa por la acción de sus propias partes. Tanto valdría
intentar cambiar el rumbo de un vapor tirando el tripulante de las barandillas
de cubierta”, observa en este punto el profesor Winchell en su obra World-Life (3).
HIPÓTESIS
ACERCA DEL ORIGEN DE LOS PLANETAS Y COMETAS
a)
Debemos el nacimiento de los planetas: 1º, a una explosión del Sol,
un parto de su masa central (4); 2º, a una especie de ruptura de los
anillos nebulosos.
b)
“Los cometas son extraños al sistema planetario” (5). “Los cometas se originan
innegablemente en nuestro sistema solar” (6).
c)
Las “estrellas fijas carecen de movimiento”, dice una
autoridad. - “Todas las estrellas están realmente en movimiento”, contesta otra
autoridad. “Indudablemente toda estrella está en movimiento” (7).
d)
“Desde hace unos 350.000.000 de años, jamás ha cesado por un momento el
movimiento lento y majestuoso del Sol en derredor de su eje” (8).
e)
“Cree Maedler que... nuestro Sol tiene a Alcione en las Pléyades, como centro
de su órbita, y que emplea 180.000.000 de años en completar una sola
revolución” (9).
f)
“El Sol sólo existe desde hace 15.000.000 de años, y sólo emitirá calor por
10.000.000 de años más” (10).
Hace
unos pocos años que este sabio eminente decía al mundo que el tiempo que
necesita la Tierra para enfriarse, desde la incrustación incipiente a su
presente estado, no podría exceder de 80.000.000 de años (11). Si la edad de la
incrustación del mundo sólo es de 40.000.000, o la mitad de duración antes
admitida, y la edad del Sol no más de 15.000.000, ¿hemos de creer entonces que
la Tierra fue en cierta época independiente del Sol?
Como
las edades del sol, de los planetas y de la Tierra, según figuran en las
diferentes hipótesis científicas de los astrónomos y físicos, son expuestas en
otro lugar, hemos dicho lo bastante para mostrar el desacuerdo entre los
ministros de la ciencia moderna. Sea que aceptemos los quince millones
de años de Sir William Thomson o los mil millones de Mr.
Huxley para la evolución rotatoria de nuestro Sistema Solar, siempre resultará
lo siguiente: que aceptando la rotación generada por sí misma para los cuerpos
celestes, compuestos de Materia inerte y movidos, sin embargo, por su propio
movimiento interno, durante millones de años, esa doctrina de la Ciencia se
reduce a:
a)
Una negación evidente de esa ley física fundamental que declara que “un cuerpo
en movimiento tiende constantemente a la inercia, es decir, a continuar en el
mismo estado de movimiento o reposo, a no ser que se encuentre estimulado de
nuevo a otra acción por una fuerza activa superior”.
b)
Un impulso original, que culmina en un movimiento inalterable, dentro de un
Éter resistente que Newton ha declarado incompatible con ese movimiento.
c)
La gravedad universal, la cual, según nos enseñan, siempre tiende hacia un
centro en descenso rectilíneo -sola causa de la revolución de todo el sistema
Solar, que lleva a cabo una doble rotación eterna, cada cuerpo en derredor de
su eje y órbita. Otra versión eventual es la siguiente:
d)
Un imán en el Sol; o que dicha revolución es debida a una fuerza magnética que
actúa exactamente como la gravitación, en línea recta, y varía en razón inversa
al cuadrado de la distancia (12).
e)
El todo obrando bajo leyes invariables e inmutables que, no obstante, se nos
muestra que cambian a menudo, como en algunos caprichos bien conocidos de
planetas y otros cuerpos, así como también cuando los cometas se acercan o
alejan del Sol.
f)
Una Fuerza Motriz siempre proporcionada a la masa sobre la cual obra; pero
independientemente de la naturaleza específica de esa masa a la que está
proporcionada; lo que equivale a decir, como Le Couturier lo hace,
que:
Sin
esa fuerza independiente de dicha masa y de una naturaleza por completo
distinta de la misma, ésta, aunque fuese tan enorme como Saturno, o tan pequeña
como Ceres, siempre caería con la misma rapidez (13).
Una
masa, además, que deriva su pesantez del cuerpo sobre el cual pesa.
Así
es que ni los conceptos de Laplace de un fluido solar atmosférico que se
extendiese más allá de las órbitas de los planetas, ni la electricidad de Le
Couturier, ni el calor de Foucault (14), ni esto, ni lo otro, puede prestar
jamás ayuda a ninguna de las numerosas hipótesis acerca del origen y
permanencia de la rotación, para escapar de esa rueda de ardilla;
como tampoco puede hacerlo la teoría de la gravedad misma. Este misterio es el
lecho de Procusto de la ciencia física. Si la Materia es pasiva, como nos
enseñan ahora, no puede decirse que el movimiento, ni aun el más tenue, sea
propiedad esencial de la Materia, puesto que está considerada simplemente como
una masa inerte. ¿Cómo puede, pues, un movimiento tan complicado, compuesto y
múltiple, armónico y equilibrado, que dura en las eternidades por millones y
millones de años, atribuirse sencillamente a su propia fuerza inherente, como
no sea ésta una Inteligencia? Una voluntad física es cosa nueva: ¡un concepto
que ciertamente jamás se les hubiese ocurrido a los antiguos! Desde hace más de
un siglo se ha suprimido toda diferencia entre cuerpo y fuerza. “La Fuerza
-dicen los físicos- es tan sólo la propiedad de un cuerpo en movimiento”; “la
vida, propiedad de nuestros órganos animales, sólo es el resultado de su
disposición molecular”, contestan los fisiólogos. Según enseña Littré:
En
el seno de ese agregado que llaman planeta se desarrollan todas las fuerzas
inmanentes de la materia... es decir que la materia posee en sí misma y
por ella misma las fuerzas que le son propias... y que son primarias,
no secundarias. Semejantes fuerzas son la propiedad de la pesantez,
la propiedad de la electricidad, del magnetismo terrestre, la propiedad de la
vida. Todo planeta puede desarrollar la vida... como la tierra, por ejemplo,
que no siempre tuvo humanidad sobre ella, y que ahora tiene (produit)
hombres (15).
Dice
un astrónomo:
Hablamos
de la pesantez de los cuerpos celestes, pero desde que se ha reconocido que la
pesantez decrece en proporción a la distancia desde el centro, resulta evidente
que, a cierta distancia, esa pesantez debe forzosamente reducirse a cero. Si
hubiese allí alguna atracción habría equilibrio... Y como la
escuela moderna no reconoce ni un abajo ni un arriba en
el espacio universal, no está claro que habría de causar la caída de la tierra,
si no hubiese ni gravitación, ni atracción (16).
Paréceme
que tenía razón el Conde de Maistre al resolver la cuestión del modo teológico
que le era propio. Él corta el nudo gordiano diciendo: “Los planetas giran
porque se les hace girar... y el sistema físico moderno del Universo es una
imposibilidad física” (17). ¿No dijo Herschel también lo mismo, cuando observó
que se necesita una Voluntad para imprimir un movimiento circular, y otra
Voluntad para desviarlo? (18). Esto muestra y explica cómo un planeta retrasado
es bastante hábil para calcular tan bien su tiempo que llega al minuto fijo.
Pues si bien la Ciencia consigue algunas veces, con gran ingenio, explicar
algunas de esas paradas, movimientos retrógrados, ángulos fuera de las órbitas,
etc., por las apariencias que resultan de la desigualdad de su progreso y del
nuestro en el curso de nuestras mutuas y respectivas órbitas, sabemos, sin
embargo, que hay otras “desviaciones muy reales y considerables”, según
Herschel, “que no pueden explicarse más que por la acción mutua e irregular de aquellos
planetas y por la influencia perturbadora del Sol”.
Nosotros
entendemos, sin embargo, que además de esas perturbaciones pequeñas y
accidentales hay perturbaciones continuas llamadas “seculares” -a causa de la
extrema lentitud con que la irregularidad aumenta y afecta las relaciones del
movimiento elíptico- y que esas perturbaciones pueden corregirse. Desde Newton,
que averiguó que este mundo necesitaba reparaciones muy frecuentes, hasta
Reynaud, todos dicen lo mismo. En su Ciel et Terre dice este
último:
Las
órbitas descritas por los planetas distan mucho de ser inmutables, y, por lo
contrario, están sujetas a un cambio perpetuo en su posición y forma (19).
Lo
que prueba que la gravitación y las leyes peripatéticas son tan negligentes
como prontas en corregir sus errores. El cargo tal como está formulado parece
ser de que:
Esas
órbitas se ensanchan y estrechan alternativamente; su gran eje se extiende y
disminuye, u oscila al mismo tiempo de derecha a izquierda en derredor del sol;
elevándose y descendiendo periódicamente el plano mismo en que se hallan
situadas, a la vez que gira sobre sí mismo con una especie de temblor.
A
esto, De Mirville, que, como nosotros, cree en que “obreros” inteligentes
dirigen invisiblemente el Sistema Solar, observa con mucho ingenio:
Voilà,
certes, un viaje que tiene en sí poca precisión mecánica; cuanto más, se le
podría comparar a un vapor impulsado de un lado a otro y sacudido sobre las
olas, retardado o acelerado, pudiendo cada uno de esos impedimentos retrasar
indefinidamente su llegada si no hubiera la inteligencia de un piloto y
maquinistas para ganar el tiempo perdido y reparar las averías (20).
La
ley de la gravedad parece convertirse, por otra parte, en una ley anticuada en
el cielo estrellado. Al menos, esos Primitivos siderales de larga cabellera,
llamados cometas, parecen respetar muy poco la majestad de esa ley, y
desafiarla descaradamente. No obstante, y aunque presentando en casi todos los
respectos “fenómenos aun no bien comprendidos”, creen los partidarios de la
ciencia moderna que los cometas y meteoros obedecen a las mismas leyes y que
están constituidos por la misma Materia “que los soles, las estrellas y
nebulosas” y hasta que “la tierra y sus habitantes” (21).
Esto
es lo que se podría llamar aceptar las cosas con confianza, más aún, con fe
ciega. Pero no se puede discutir la ciencia exacta, y aquel que rechazase las
hipótesis imaginadas por sus estudiantes -la gravitación, por ejemplo-, sería
tenido por un insensato ignorante; sin embargo, el autor que acabamos de citar
nos cuenta una curiosa leyenda tomada de los anales científicos.
El
cometa de 1811 tenía una cola de 120 millones de millas de largo y 25 millones
de millas de diámetro en la parte más ancha, mientras que el diámetro del
núcleo era aproximadamente de 127.000 millas, más de diez veces el de la
tierra.
Él
nos dice que:
Para
que cuerpos de esa magnitud, pasando cerca de la tierra, no afectasen su
movimiento ni cambiasen la duración del año en un solo segundo, su substancia
real debió de ser inconcebiblemente sutil.
Así
debe ser en efecto; además:
La
extrema tenuidad de la masa de un cometa también queda demostrada por el
fenómeno de la cola, que, a medida que se acerca el cometa al Sol, se
desarrolla a veces en una extensión de 90 millones de millas en pocas horas. Y
lo notable es que esa cola se desarrolla en contra de la fuerza de gravedad por
alguna fuerza impulsiva, probablemente eléctrica; así es que siempre se aparta
del Sol (!!!)... Y, sin embargo, tenue como debe ser la materia de los cometas,
obedece a la Ley común de la Gravedad (!?), y sea que el cometa gire en una
órbita dentro de la de los planetas exteriores, o se lance en los abismos del
espacio, y sólo vuelva después de transcurridos centenares de años, su curso
está regulado a cada instante por la misma fuerza que causa la caída de una
manzana en el suelo (22).
La
Ciencia es como la mujer de César, y no se debe sospechar de ella; esto es
evidente. Pero puede, sin embargo, ser objeto de una crítica respetuosa y, de
todos modos, puede recordársele que la “manzana” es una fruta peligrosa. Por
segunda vez en la historia de la humanidad, puede convertirse en la causa de la
Caída -esta vez de la Ciencia “exacta”. Un cometa cuya cola desafía a la ley de
gravedad en las mismas barbas del Sol, difícilmente puede ser considerado como
sumiso a esa ley.
En
una serie de obras científicas sobre la Astronomía y la teoría de la nebulosa,
escritas entre 1865 y 1866, la presente escritora, humilde principiante en
ciencias, contó en pocas horas no menos de treinta y nueve hipótesis
contradictorias, ofrecidas como explicaciones del movimiento rotatorio
primitivo generado por sí mismo, de los cuerpos celestes. La escritora no es
astrónomo, ni matemático, ni sabio; pero se vio obligada a examinar esos
errores en defensa del Ocultismo en general y, lo que es todavía más
importante, a fin de apoyar a las doctrinas ocultistas concernientes a la
Astronomía y Cosmología. Los ocultistas fueron amenazados con terribles
penalidades por poner en duda verdades científicas. Mas ahora siéntense más
valientes; la Ciencia está menos segura en su posición “inexpugnable” de lo que
ellos podían esperar, y muchas de sus fortalezas están construidas sobre arena
muy movediza.
Así
es que hasta este pobre y anticientífico examen de la misma ha sido útil, y
seguramente muy instructivo. Hemos aprendido bastantes cosas en realidad,
habiendo estudiado especialmente con particular cuidado aquellos datos
astronómicos que más probablemente habían de chocar con nuestras heterodoxas y
“supersticiosas” creencias.
Así,
por ejemplo, hemos encontrado en ellos, respecto de la gravitación, de los
movimientos del eje y de la órbita, que habiendo sido dominado una vez, en el
período primitivo, el movimiento sincrónico, esto bastó para originar un
movimiento rotatorio hasta el fin del Manvántara. También hemos llegado a
conocer en todas las ya mencionadas combinaciones de posibilidades respecto a
la rotación incipiente (complicadísimas en todos los casos), algunas de las
causas a las que puede ser debida, como también algunas otras que han debido
originarla, pero que de un modo u otro no ha sucedido así. Entre otras cosas,
nos hemos enterado de que la rotación incipiente puede ser provocada con la
misma facilidad en una masa en estado de fusión ígnea, que en otra que esté
caracterizada por la opacidad glacial (23). Que la gravitación es una ley que
nada puede vencer, pero que es vencida sin embargo, tanto en tiempo oportuno
como fuera de sazón, por los cuerpos celestes o terrestres más ordinarios; por
las colas de cometas impertinentes, por ejemplo. Que debemos el Universo a la
santa Trinidad Creadora, llamada Materia Inerte, Fuerza Sin Sentido y Ciega
Casualidad.
De
la verdadera esencia y naturaleza de cualquiera de estas tres, nada sabe la
Ciencia; pero esto es un detalle insignificante. Ergo, nos dicen que cuando una
masa de materia cósmica o nebular -cuya naturaleza es completamente
desconocida, y que puede encontrarse en estado de fusión (Laplace), u oscura y
fría (Thomson), pues “esa intervención del calor es ella misma una pura
hipótesis” (Faye)- se decide a exhibir su energía mecánica bajo la forma de
rotación, obra de este modo: O bien estalla (la masa) en una conflagración
espontánea, o permanece inerte, tenebrosa y frígida, siendo igualmente capaces
ambos estados de lanzarla a rodar a través del Espacio, sin causa adecuada
alguna, por millones de años. Sus movimientos pueden ser retrógrados o
directos, pues se presentan unas cien razones diferentes para ambos
movimientos, basadas todas en otras tantas hipótesis; de todos modos se combina
con el dédalo de estrellas cuyo origen pertenece al mismo orden milagroso y
espontáneo; porque:
La
teoría nebular no se propone descubrir el ORIGEN de las cosas, sino sólo un
período en la historia de la materia (24) .
Esos
millones de soles, planeas y satélites, compuestos de materia inerte, girarán,
pues, en el firmamento en imponente y majestuosa simetría, movidos y guiados
tan sólo, no obstante su inercia, “por su propio movimiento interno”.
¿Hemos
de extrañar, después de esto, que místicos ilustrados, católicos romanos
piadosos y que hasta sabios astrónomos, como lo eran Chaubard y Godefroy (25),
hayan preferido la Kabalah y los antiguos sistemas a la triste
y contradictoria exposición moderna del Universo? El Zohar al
menos, distingue entre “las Hajaschar (las Fuerzas de la Luz), las Hachoser
(Luces Reflejas), y la simple exterioridad fenomenal de sus
tipos espirituales” (26).
Podemos
abandonar ahora la cuestión de la “gravedad”, y examinar otras hipótesis. Claro
resulta que la ciencia física nada sabe acerca de las “Fuerzas”. Sin embargo,
terminaremos el argumento llamando en nuestro apoyo a otro hombre de ciencia,
el profesor James, miembro de la Academia de Medicina de Montpellier. Hablando
de las Fuerzas, dice este sabio:
Una
causa es aquello que obra esencialmente en la genealogía de los fenómenos,
tanto en todas las producciones como en todas las modificaciones. Dije que la
actividad (o fuerza) era invisible... El suponerla corpórea y residiendo
en las propiedades de la materia, sería una hipótesis gratuita... Reducir a
Dios todas las causas... equivaldría a cargar con una hipótesis contraria a
muchas verdades. Pero hablar de una pluralidad de fuerzas procedentes
de la Deidad y poseedoras de poderes propios inherentes no es contrario a la
razón... y estoy dispuesto a admitir fenómenos producidos por agentes
intermediarios llamados Fuerzas o agentes Secundarios. La distinción de
las Fuerzas es el principio de la división de las ciencias; tantas Fuerzas
reales y separadas, otras tantas Ciencias-madre... No; las Fuerzas no son
suposiciones y abstracciones, sino realidades, y las únicas realidades activas
cuyos atributos pueden ser determinados con el auxilio de la observación e
inducción directas (27).
SECCIÓN V
LOS DISFRACES DE LA CIENCIA
¿FÍSICA O METAFÍSICA?
Si
existe en la tierra algo parecido al progreso, la Ciencia tendrá que renunciar
algún día, nolens volens, a ideas tan monstruosas como las de sus
leyes físicas gobernadas por sí mismas, vacías de Alma y Espíritu, y tendrá
entonces que volverse hacia las Doctrinas Ocultas. Ya lo ha hecho así, sean las
que sean las alteraciones de los títulos y ediciones corregidas del catecismo
científico. Hace ahora más de medio siglo que, comparando el pensamiento
moderno con el antiguo, se vio que, por diferente que pueda aparecer nuestra
filosofía de la de nuestros antecesores, está, sin embargo, compuesta sólo de
sumas y restas tomadas de la antigua filosofía, y transmitidas gota a gota a
través del filtro de los antecedentes.
Este
hecho era bien conocido por Faraday y por otros hombres de ciencia eminentes.
Los Átomos, el Éter, la Evolución misma, todos estos conceptos vienen a la
ciencia moderna procedentes de las antiguas nociones; todos están basados en
las ideas de las nociones arcaicas. “Esos conceptos”, que para el profano se
presentan bajo la forma de alegoría, eran claras verdades enseñadas al Elegido,
durante las Iniciaciones; verdades que han sido parcialmente divulgadas por
medio de los escritores griegos, y que han llegado hasta nosotros. Esto no
significa que el Ocultismo haya tenido jamás, respecto de la Materia, los
Átomos y el Éter, las mismas opiniones que pueden encontrarse en el exoterismo
de los escritores clásicos griegos. Además, si hemos de creer a Mr. Tyndall,
Faraday mismo era aristotélico, y más agnóstico que materialista. En su Faraday
as a Discoverer (1), el autor nos hace ver al gran físico usando
“antiguas reflexiones de Aristóteles” que “se encuentran de una manera concisa
en algunas de sus obras”. Sin embargo, Faraday, Boscovitch y todos los demás
que ven en los Átomos y moléculas “centros de fuerza”, y en el elemento
correspondiente a la Fuerza una Entidad por sí misma, se aproximan quizás mucho
más a la verdad que aquellos que, atacándolos, atacan al mismo tiempo la
“antigua teoría corpuscular de Pitágoras” -teoría que, dicho sea de paso, jamás
llegó a la posteridad según la enseñó en realidad el gran filósofo- a causa de
su “ilusión de que los elementos fundamentales de la materia pueden ser tomados
como entidades separadas y reales”.
El
error y falsedad más importante y fatal que la Ciencia ha cometido, en opinión
de los ocultistas, radica en la idea de la posibilidad de que exista en la
Naturaleza algo que sea materia muerta o inorgánica. El Ocultismo pregunta:
¿Hay algo muerto o inorgánico que sea capaz de transformación o cambio? Y
¿acaso existe bajo el Sol cosa alguna que permanezca inmutable o constante?
El
que una cosa esté muerta, implica que en algún tiempo estuvo viva.
¿Cuándo, en qué período de la cosmogonía? El Ocultismo dice que en todos los
casos en que la Materia parece inerte, es precisamente cuando es más activa. Un
bloque de madera o de piedra está inmóvil y es impenetrable para todos los
objetos y propósitos. No obstante, y defacto, sus partículas se hallan en
eterna vibración incesante, que es tan rápida que para el ojo físico el cuerpo
parece carecer en absoluto de movimiento; y la distancia entre aquellas
partículas en su movimiento vibratorio es -considerada desde otro plano de
existencia y percepción- tan grande como la que separa copos de nieve o gotas
de lluvia. Pero, para la ciencia física, esto será un absurdo.
En
ninguna parte se revela tan bien ese error como en la obra científica de
un savant alemán, el profesor Philip Spiller. En ese tratado
cosmológico intenta el autor demostrar que:
Ningún
constituyente material de un cuerpo, ningún átomo, está dotado originalmente
por sí mismo de fuerza; sino que cada uno de esos átomos está absolutamente
muerto y sin poder inherente alguno para obrar a distancia (2).
Esta
declaración no priva, sin embargo, a Spiller de enunciar una doctrina y
principio ocultos. Afirma él la substancialidad independiente de
la Fuerza, y la muestra como una “materia incorpórea” (unkörperlicher Stoff),
o substancia. Ahora bien; en metafísica, Substancia no
es Materia, y en gracia al argumento puede asegurarse que es
emplear una expresión errónea. Mas esto es debido a la pobreza de los idiomas
europeos, y especialmente al pauperismo de los términos científicos. Después
Spiller identifica y relaciona esa “materia” con el AEther. Expresado en
lenguaje oculto, podría decirse más correctamente que esa “Substancia-Fuerza”
es el Éter positivo fenomenal siempre activo, Prakriti; mientras que el AEther
omnipresente que todo lo penetra es el Nóumeno del primero, la base de todo, o
Âkâsha. Stallo, sin embargo, queda por debajo de Spiller, así como de los
materialistas. Se le acusa de “desatender por completo la correlación
fundamental de Fuerza y Materia”, acerca de las cuales nada de cierto sabe la
Ciencia. Pues este “semiconcepto hipostatizado” es, en opinión de todos los
demás físicos, no sólo imponderable, sino destituido de fuerzas
cohesivas, químicas, térmicas, eléctricas y magnéticas, de todas las cuales es
el “AEther” la Fuente y Causa, según el Ocultismo.
Por
consiguiente, a pesar de todos sus errores, revela Spiller más intuición que
ningún otro hombre de ciencia moderno, a excepción, quizás, del Dr. Richardson,
el teórico de la “Fuerza del Nervio” o Éter Nervioso, y también de la “Fuerza
Solar y la Fuerza Terrestre” (3). Porque el AEther, en Esoterismo, es la
quintaesencia misma de toda energía posible; y es ciertamente a ese Agente
Universal (compuesto de muchos agentes) al que son debidas todas las
manifestaciones de la energía en los mundos material, psíquico y espiritual.
¿Qué
son, en realidad, la electricidad y la luz? ¿Cómo puede saber la
Ciencia que la una es un fluido, y un “modo de movimiento” la otra?
¿Por qué no se da alguna razón acerca de por qué se ha de establecer una
diferencia entre ellas, ya que ambas son consideradas como correlaciones de la
fuerza? La electricidad es, según nos dicen, un fluido inmaterial y no
molecular -si bien Helmboltz piensa de distinta manera-, y como prueba de ello
podemos embotellarla, acumularla y conservarla. Luego, debe de ser simplemente
materia, y no un “fluido” peculiar. Tampoco es tan sólo un “modo de
movimiento”, pues difícilmente podría almacenarse el movimiento en una botella
de Leiden. En cuanto a la luz, es un “modo de movimiento” aún más
extraordinario, puesto que, por “maravilloso que esto parezca, la luz puede
(también) almacenarse realmente para ser utilizada”, como lo
demostró Grove hace cerca de medio siglo.
Tómese
un grabado que haya sido conservado en la oscuridad durante unos días;
expóngasele a la plena luz del sol, esto es, aíslesele durante quince minutos;
colóquesele luego sobre papel sensible en un lugar oscuro, y al cabo de
veinticuatro horas habrá dejado una impresión suya sobre el papel; los blancos
manifestándose como negros... No parece que exista límite para la reproducción
de grabados (4).
¿Qué
es lo que queda fijado, clavado, por decirlo así, en el papel? Seguramente lo
que fijó la cosa es una Fuerza; pero ¿qué es esa cosa cuyo
residuo queda sobre el papel?
Nuestros
hombres de ciencia saldrán del paso por medio de algún tecnicismo científico;
mas ¿qué es lo que es interceptado de ese modo para dejar aprisionada cierta
cantidad de sí sobre cristal, papel o madera? ¿Es “movimiento” o es “Fuerza? ¿O
nos dirán que lo que queda es tan sólo el efecto de la Fuerza o Movimiento?
Luego, ¿qué es esa Fuerza? La Fuerza o Energía es una cualidad; pero toda
cualidad debe pertenecer a algo o a alguien. La Fuerza es definida en Física
como lo “que cambia o tiende a cambiar toda relación física entre los cuerpos,
sea mecánica, térmica, química, eléctrica, magnética, etcétera.
Pero
no es esa Fuerza o ese movimiento lo que queda sobre el papel cuando ha cesado
de obrar la Fuerza o Movimiento; y sin embargo, algo, que nuestros sentidos
físicos no pueden percibir, ha quedado allí para convertirse a su vez en causa
y producir efectos. ¿Qué es? No es la Materia, tal como la define la Ciencia,
esto es, la Materia en alguno de sus estados conocidos. Un alquimista diría que
era una secreción espiritual, y se reirían de él. Pero, sin embargo, cuando el
físico decía que la electricidad, almacenada, es un fluido, o que la luz fijada
sobre el papel es todavía luz del sol, esto era ciencia. Las
autoridades más modernas han rechazado, a la verdad, esas explicaciones como
“teorías desacreditadas”, y han deificado ahora al “Movimiento” como su único
ídolo. ¡Mas, seguramente, aquéllas y su ídolo participarán algún día de la
misma suerte que sus predecesores! Un ocultista experimentado que haya
comprobado toda la serie de Nidânas, de causas y efectos, que finalmente
proyectan su último efecto sobre este nuestro plano de manifestaciones; uno que
haya investigado la Materia hasta su Nóumeno, opina que la explicación del
físico, es lo mismo que llamar a la ira o sus efectos -la exclamación provocada
por ella- una secreción o fluido; y al hombre, que es la causa de aquélla, su
conductor material. Pero, según observó proféticamente Grove,
aproxímase con rapidez el día en que se confesará que las Fuerzas que nosotros
conocemos no son sino las manifestaciones fenomenales de Realidades de las cuales
nada sabemos, pero que eran conocidas de los antiguos, y por ellos veneradas.
Él
hizo una observación todavía más significativa, que debiera haberse convertido
en el lema de la Ciencia, pero no ha sido así. Sir William Grove dijo
que: La Ciencia no debiera tener deseos ni prejuicios. La Verdad
debiera ser su único objeto”.
Mientras
esto llega, en nuestros días, los hombres de ciencia son más obstinados y
fanáticos que el mismo clero. Porque si bien no adoran en realidad a la
“Fuerza-Materia”, que es su Dios Ignoto, ofician en su altar. Y
cuán desconocida ella es, puede inferirse de las muchas confesiones de los
físicos y biólogos más eminentes, con Faraday al frente. No sólo dijo él que
nunca se atrevería a declarar si la Fuerza era una propiedad o función de la Materia,
sino que en realidad no sabía qué se entendía por la palabra Materia.
Hubo
un tiempo, añadió, en que él creía saber algo acerca de la Materia. Pero cuanto
más vivía, y cuanto más cuidadosamente la estudiaba, más se convencía de su
completa ignorancia sobre la naturaleza de la Materia (5).
Esta
confesión de mal augurio fue hecha, según creemos, en un Congreso científico,
en Swansea. Faraday, por otra parte, tenía una opinión semejante, como lo
declara Tyndall:
¿Qué
sabemos del átomo aparte de su fuerza? Imagináis un núcleo que puede
llamarse a y lo rodeáis de fuerzas que pueden llamarse m;
para mi mente, la a o núcleo se desvanece, y la substancia
consiste en los poderes m. Y en verdad, ¿qué noción podemos
formarnos del núcleo independiente de sus poderes? ¿Qué pensamiento queda sobre
el cual fijar la imaginación de una a independiente de las
fuerzas admitidas?
Los
ocultistas son a menudo mal comprendidos porque, a falta de mejores términos,
aplican a la Esencia de la Fuerza, bajo ciertos aspectos, el
epíteto descriptivo de Substancia. Ahora bien; los nombres de las
variedades de la Substancia en diferentes planos de percepción y existencia,
son legión. El Ocultismo oriental posee una denominación especial para cada
clase; pero la Ciencia (lo mismo que Inglaterra, que, según un francés
ingenioso, se ve favorecida con treinta y seis religiones y sólo posee una
salsa para el pescado) no tiene más que un nombre para todas ellas, a
saber “Substancia”. Además, ni los físicos ortodoxos ni sus
críticos parecen estar muy seguros de sus premisas, y confunden tan fácilmente
los efectos como las causas. Es inexacto decir, como lo hace Stallo, por
ejemplo, que “no puede comprenderse ni concebirse mejor la Materia como
presencia positiva del espacio especial que como una concreción de fuerzas”, o
que “la Fuerza no es nada sin la masa, y la masa nada sin la Fuerza”, porque la
una es el Nóumeno y la otra el fenómeno.
También
cuando dijo Shelling que:
Es
una mera ilusión de la fantasía el que quede algo, no sabemos qué, después de
privar a un objeto de todos sus atributos (6).
nunca hubiera podido
aplicar la observación al reino de la metafísica trascendental. Cierto es que
la Fuerza pura no es nada en el mundo de la física; ella es todo en los
dominios del Espíritu. Dice Stallo que:
Si
reducimos la masa sobre la cual obra una fuerza dada, por pequeña que sea, a su
límite cero -o expresándolo en términos matemáticos, hasta que se convierta en
infinitamente pequeña-, la consecuencia es que la velocidad del movimiento
resultante es infinitamente grande, y que la “cosa” ... no se halla en
cualquier momento dado ni aquí ni allá, sino en todas partes; que no hay
presencia real; por tanto, es imposible construir materia por medio de una
síntesis de fuerzas (7).
Esto
puede resultar cierto en el mundo fenomenal siempre que el reflejo ilusorio de
la Realidad Una del mundo suprasensible aparezca real a los conceptos mezquinos
del materialista. Es absolutamente inexacto cuando se aplica el argumento a
cosas pertenecientes a lo que los kabalistas llaman las esferas supramundanas.
La llamada Inercia es una Fuerza, según Newton (8), y para el estudiante de las
ciencias esotéricas es la mayor de las fuerzas ocultas. Sólo en este plano de
ilusión puede concebirse un cuerpo divorciado de sus relaciones con otros
cuerpos; las que, según las ciencias físicas y mecánicas, dan lugar a sus
atributos. De hecho, jamás puede ser así aislado, siendo incapaz la muerte
misma de separarle de su relación con las Fuerzas Universales, de las que la
Fuerza Única, la Vida, es la síntesis; la relación recíproca continúa
sencillamente en otro plano. Mas, si Stallo tiene razón, ¿qué puede querer
decir el Dr. James Croll cuando, al hablar “Sobre la Transformación de la
Gravedad”, expone las opiniones defendidas por Faraday, Waterston y otros? Pues
dice él muy claramente que la gravedad:
Es
una fuerza que penetra del espacio exterior a los cuerpos, y que a la
aproximación mutua de los cuerpos no se aumenta la fuerza, según se supone
generalmente, sino tan sólo que los cuerpos pasan a un lugar donde existe la
fuerza con mayor intensidad (9).
Nadie
negará que una Fuerza, ya sea la de la gravedad, la electricidad o cualquier
otra que exista fuera de los cuerpos y en el Espacio libre
-sea el Éter o un vacío- debe ser algo, y no un puro nada,
cuando se concibe aparte de una masa. De otro modo, difícilmente podría existir
con “intensidad” mayor en un lugar, y con una reducida en otro. Lo mismo
declara G. A. Him en su Théorie Mécanique de l’Univers. Trata de
demostrar:
Que
el átomo de los químicos no es una entidad de pura convención, o simplemente un
recurso explicativo, sino que existe realmente; que su volumen es inalterable,
y que, por consiguiente, no es elástico (!!). La Fuerza, por
lo tanto, no está en el átomo; está en el espacio que separa
entre sí a los átomos.
Las
opiniones arriba citadas, expuestas por dos hombres de ciencia muy eminentes en
sus respectivos países, revelan que de ningún modo es anticientífico hablar
de la sustancialidad de las llamadas Fuerzas. Sujeta a algún nombre específico
futuro, esta Fuerza es una Substancia de alguna clase, no puede ser otra cosa;
y quizás algún día la Ciencia será la primera en volver a adoptar el nombre
ridiculizado de flogística. Sea cual fuese el nombre futuro que se le dé, el
sostener que la Fuerza no reside en los Átomos, sino únicamente en el “espacio
entre ellos”, podrá ser muy científico; sin embargo, no es verdad. Para la
mente del ocultista es lo mismo que decir que el agua no reside en las gotas
que componen el Océano, sino solamente en el espacio entre aquellas gotas.
La
objeción de que existen dos escuelas distintas de físicos, una de las cuales
Supone
que esa fuerza es una entidad substancial independiente, que no es una
propiedad de la materia, ni está esencialmente relacionada con la misma (10),
con dificultad ayudará al
profano a ver más claro. Ella, por el contrario, parece calculada para aumentar
su confusión más que nunca. Pues la Fuerza no es entonces ni una cosa ni la
otra. Considerándola como “una entidad substancial independiente”, la teoría se
aproxima al ocultismo, mientras que la idea contradictoria extraña, de que no
está “relacionada con la materia más que por su poder de actuar sobre ella”
(11), conduce la ciencia física a las hipótesis contradictorias más absurdas.
Ya sea “Fuerza” o “Movimiento” (el Ocultismo, no viendo diferencia alguna entre
los dos términos, jamás intenta separarlos), ello no puede obrar en un sentido
para los partidarios de la teoría atómico-mecánica, y en otro para los de la
escuela rival. Ni pueden ser los Átomos absolutamente uniformes en tamaño y
pesantez, en un caso, y diferir en otro en su pesantez (ley de Avogadro).
Porque, según las palabras del mismo hábil crítico:
A
la vez que la igualdad absoluta de las unidades primordiales de masa es de este
modo una parte esencial de las bases mismas de la teoría mecánica, toda la
ciencia química moderna está fundada en un principio completamente contrario;
principio del cual se ha dicho recientemente “que ocupa en química el mismo
lugar que la ley de gravitación en astronomía” (12). Este principio es conocido
con el nombre de ley de Avogrado o Ampère (13).
Esto
muestra que tanto la Química como la Física modernas yerran por completo en sus
principios fundamentales respectivos. Porque si se considera absurda la
suposición de átomos de gravedades específicas diferentes, basándose en la
teoría atómica de la física; y si a pesar de ello la química, fundándose en esa
misma suposición encuentra una “comprobación experimental infalible” en la
formación y transformación de los compuestos químicos, es evidente entonces que
la teoría atómico-mecánica es insostenible. La explicación de la última, de que
las “diferencias de pesantez son tan sólo diferencias de densidad, y que las
diferencias de densidad son diferencias de distancia entre las partículas
contenidas en un espacio dado”, no es realmente válida, porque antes de que
pueda un físico argüir en su defensa que “como en el átomo no hay multiplicidad
de partículas ni espacio vacío, son, por consiguiente, imposibles las
diferencias de densidad, o pesantez en el caso de los átomos”, ha de saber, en
primer lugar, lo que es un átomo en realidad, y esto es precisamente lo que no
puede conocer. Él necesita traerlo bajo la observación de uno de sus sentidos
físicos por lo menos, y esto no puede hacerlo por la sencilla razón de que
jamás nadie ha visto, olido, oído, tocado o gustado un átomo. El átomo
pertenece por completo al dominio de la Metafísica. Es una abstracción
convertida en entidad (al menos para la ciencia física); y nada tiene que ver
con la Física estrictamente hablando, puesto que nunca se le podrá someter a
prueba de retorta o de balanza. El concepto mecánico, por lo tanto, se
convierte en un embrollo de las teorías y dilemas más opuestos, para las mentes
de los muchos hombres de ciencia que están en desacuerdo, tanto en esta
cuestión como en otras; y su evolución es contemplada con la mayor
desorientación por el ocultista oriental que asiste a esa lucha científica.
Concluyamos
con la cuestión de la gravedad: ¿Cómo puede la Ciencia presumir que sabe algo
cierto de ella? ¿Cómo puede sostener su posición y sus hipótesis contra las de
los ocultistas, que sólo ven en la gravedad simpatía y antipatía, o atracción y
repulsión, causadas por la polaridad física en nuestro plano terrestre, y por
causas espirituales fuera de su influencia? ¿Cómo pueden estar en desacuerdo
con los ocultistas, antes de ponerse de acuerdo entre ellos mismos? En efecto;
se oye hablar de la Conservación de la Energía, y a renglón seguido de la
perfecta dureza y falta de elasticidad de los Átomos; de la teoría kinética de
los gases como idéntica a la llamada “energía potencial”, y al mismo tiempo, de
las unidades elementales de masa, como absolutamente duras y faltas de
elasticidad. Abre un ocultista un libro científico, y lee lo que sigue:
El
atomismo físico deriva todas las propiedades cualitativas de la materia, de las
formas del movimiento atómico. Los átomos mismos permanecen como
elementos completamente privados de cualidad (14).
Y
más abajo:
La
química debe ser en su forma última, mecánico-atómica (15).
Y
un momento después le dicen que:
Los
gases consisten en átomos que se conducen como esferas sólidas, perfectamente
elásticas (16).
Finalmente,
para coronar del todo, vemos a Sir. W. Thomson declarando que:
La
teoría moderna de la conservación de la energía nos prohíbe admitir la falta de
elasticidad o cualquier cosa que no sea la elasticidad perfecta de las
moléculas últimas, bien sea de la materia ultramundana o de la mundana (17).
Pero
¿qué dicen a todo esto los hombres de verdadera ciencia? Por los “hombres de
verdadera ciencia” entendemos a aquellos que se toman demasiado interés por la
verdad y muy poco por la vanidad personal para dogmatizar acerca de algo, como
hace la mayoría. Existen varios entre ellos -mas quizás que no se atreven a
publicar abiertamente sus secretas conclusiones por temor al grito:
“¡Apedreadlo hasta que muera!”- cuyas intuiciones les han hecho cruzar el
abismo que existe entre el aspecto terrestre de la Materia y la para nosotros,
en nuestro plano de ilusión, Substancia subjetiva, esto es, trascendentalmente
objetiva, y esto les ha conducido a proclamar la existencia de la última.
Preciso es tener presente que la Materia es, para el ocultista, aquella
totalidad de existencia en el Kosmos que entra en alguno de los planos de
percepción posible. De sobra sabemos que las teorías ortodoxas acerca del
sonido, del calor y de la luz están en contra de las doctrinas ocultas. Mas no
basta que los hombres de ciencia, o sus defensores, digan que no niegan poder
dinámico a la luz y al calor, y presenten como prueba el hecho de que el
radiómetro de Mr. Crookes no ha modificado las opiniones. Si quieren
profundizar la naturaleza última de esas Fuerzas, tienen que admitir
primeramente su naturaleza substancial, por suprasensible que
esa naturaleza pueda ser. Tampoco niegan los ocultistas la exactitud de la
teoría de las vibraciones (18). Sólo que limitan sus funciones a nuestra
Tierra, declarando su nulidad en otros planos que los nuestros; pues los
Maestros en las ciencias ocultas perciben las Causas que producen vibraciones
etéreas. Si fuesen sólo ficciones de los alquimistas o sueños de los místicos,
entonces hombres como Paracelso, Filaletes, Van Helmont y tantos otros,
tendrían que ser considerados peor que visionarios; ellos serían impostores y
mistificadores deliberados.
Atácase
a los ocultistas por llamar a la Causa de la luz, del calor, del sonido, de la
cohesión, del magnetismo, etc., etc., una Substancia (19). Mr. Clerk Maxwell
declaró que la presión de la luz fuerte del Sol en una milla cuadrada es de 3
1/4 libras aproximadamente. Se les dice que es “la energía de la miríada de
ondas etéreas”; y cuando ellos la llaman una substancia que pesa sobre aquella
área, proclámase su explicación anticientífica.
No
existe justificación alguna para una acusación semejante. De ninguna manera
-como ya se ha declarado más de una vez- discuten los ocultistas que las
explicaciones de la Ciencia ofrecen una solución de las acciones objetivas
inmediatas en obra. Sólo yerra la Ciencia cuando
cree que, porque ha descubierto en las ondas
vibratorias la causa inmediata de esos fenómenos, ha revelado,
por consiguiente, todo lo que se halla más allá del umbral de
los sentidos. Ella sigue simplemente la serie de fenómenos en un plano de
efectos, proyecciones ilusorias de la región en que ha penetrado el Ocultismo
hace largo tiempo. Y el último sostiene que aquellos estremecimientos etéricos
no son puestos en acción, como afirma la Ciencia, por las vibraciones de las
moléculas de los cuerpos conocidos, la Materia de nuestra conciencia objetiva
terrestre, sino que debemos buscar las Causas últimas de la luz, del calor,
etcétera, en la Materia existente en estados suprasensibles, pero tan
completamente objetivos, sin embargo, para la vida espiritual del hombre, como
lo es un caballo o un árbol para el mortal común. La luz y el calor son el
fantasma o sombra de la Materia en movimiento. Tales estados pueden ser
percibidos por el Vidente o el Adepto durante las horas de éxtasis, bajo el
Rayo Sushumnâ (el primero de los Siete Rayos Místicos del Sol) (20).
Así
pues, presentamos la doctrina Oculta que mantiene la realidad de una esencia
suprasubstancial y suprasensible de aquel Âkâsha -no del Éter, que es sólo un
aspecto del último-, cuya naturaleza no puede inferirse de sus remotas
manifestaciones, su falange meramente fenomenal de efectos, en este plano
terrestre. La Ciencia, por el contrario, nos informa que jamás puede
considerarse el calor como Materia en estado concebible alguno. Para recordar a
los dogmatizadores occidentales que la cuestión no puede en ningún modo
considerarse como zanjada, citaremos a un crítico sumamente imparcial, a un
hombre cuya autoridad nadie puede poner en duda:
No
existe diferencia fundamental entre la luz y el calor... cada uno es sólo la
metamorfosis del otro. Calor es luz en reposo completo. Luz es calor en
movimiento rápido. Tan pronto se combina la luz con un cuerpo, conviértese en
calor; pero cuando es arrojado fuera de aquel cuerpo se convierte de nuevo en
luz (21).
No
podemos decir si esto es cierto o falso, y muchos años, muchas generaciones
quizás habrán de transcurrir antes de que seamos capaces de asegurarlo (22).
También se nos dice que los dos grandes obstáculos para la teoría del fluido
(?) del calor son indudablemente:
1º La
producción del calor por fricción, excitación del movimiento molecular.
2º La
conversión del calor en movimiento mecánico.
La
contestación dada es: hay fluidos de varias clases. Llámase a la electricidad
un fluido, y así sucedía muy recientemente con el calor; pero era en la
suposición de que el calor era alguna substancia imponderable. Esto pasaba
durante el reinado supremo y autocrático de la Materia. Cuando se destronó a la
Materia y fue proclamado el movimiento único rey y señor del Universo,
convirtióse el calor en un “modo de movimiento”. Por lo tanto, no hay que
desesperar; puede él convertirse el día de mañana en otra cosa cualquiera. Como
el Universo mismo, la Ciencia está siempre evolucionando, y nunca puede decir:
“Yo soy lo que soy”. Por otra parte, la Ciencia Oculta tiene sus tradiciones
inmutables, que datan de los tiempos prehistóricos. Puede errar en detalles,
pero nunca será culpable de una equivocación en cuestiones de Ley Universal,
sencillamente porque esa Ciencia, con justicia llamada Divina por la Filosofía,
nació en planos superiores y fue traída a la Tierra por Seres que eran más
sabios que lo será el hombre, aun en la Séptima Raza de su séptima Ronda. Y esa
Ciencia sostiene que las Fuerzas no son lo que la ciencia moderna quisiera que
fuesen, como por ejemplo: el magnetismo no es un “modo de movimiento”; y en
este caso particular al menos, la ciencia exacta moderna tendrá, seguramente,
algún día un disgusto. A primera vista, nada puede parecer más ridículo, más
atrozmente absurdo que decir, por ejemplo: El Yogui indo iniciado sabe en
realidad de la naturaleza y constitución últimas de la luz, tanto solar como
lunar, diez veces más que el físico europeo más eminente. ¿Por qué cree, sin
embargo, que el Rayo Sushumnâ es aquel rayo que proporciona a la Luna su
prestada luz? ¿Por qué es “el Rayo querido del Yogui iniciado”? ¿Por qué
consideran esos Yoguis a la Luna como la deidad de la Mente? Nosotros
contestamos: porque la luz, o más bien todas sus propiedades ocultas, todas sus
combinaciones y correlaciones con otras fuerzas mentales, psíquicas y
espirituales, eran perfectamente conocidas por los antiguos Adeptos.
Por
consiguiente, aunque la Ciencia Oculta pueda estar menos bien informada que la
Química moderna en cuanto al comportamiento de elementos compuestos en varios
casos de correlación física, es, sin embargo inconmensurablemente superior, en
su conocimiento de los estados ocultos últimos de la materia y de la verdadera
naturaleza de la misma, a todos los físicos y químicos juntos de nuestra época
presente.
Ahora
bien; si declaramos franca y sinceramente la verdad, es decir, que los antiguos
Iniciados tenían un conocimiento de la física como ciencia de la Naturaleza,
mucho más amplio que el que poseen nuestras Academias de Ciencias todas juntas,
esta declaración será tachada de impertinente y absurda; porque se considera
que las ciencias físicas han alcanzado en nuestra época el máximum de la
perfección. De aquí la pregunta desdeñosa: ¿Pueden los ocultistas conciliar
satisfactoriamente los dos puntos siguientes, a saber: a) La producción del
calor por el roce, excitación del movimiento molecular; b) La conversión del
calor en fuerza mecánica, si mantienen la antigua y desacreditada teoría de que
el calor es una substancia o un fluido?
Para
contestar a la pregunta debe observarse en primer lugar que las ciencias
ocultas no consideran la electricidad, o cualquier otra de las Fuerzas que se
supone originadas por ésta, como Materia en ninguno de los estados conocidos
por la ciencia física; más claro: ninguna de esas llamadas Fuerzas es un
sólido, un gas o un fluido. Si no pareciese pedantería, hasta se opondría un
ocultista a que se llamase a la electricidad fluido, puesto que es un efecto y
no una causa. Pero él diría que su Nóumeno es una Causa Consciente. Lo mismo en
los casos de la “Fuerza” y el “Átomo”. Veamos lo que un eminente académico, el
químico Butlerof, dijo acerca de esas dos abstracciones. Este notable hombre de
ciencia arguye del modo siguiente:
¿Qué
es la Fuerza? ¿Qué es, desde un punto de vista estrictamente científico, y
según está confirmada por la ley de conservación de la energía? Los conceptos
respecto a la Fuerza están resumidos por nuestros conceptos de tal o cual modo
de movimiento. La Fuerza es, pues, simplemente el paso de un estado de
movimiento a otro; de la electricidad al calor y a la luz, del calor al sonido
o a alguna función mecánica, y así sucesivamente (23). La primera vez que fue
producido el fluido eléctrico por el hombre en la tierra, debió de haber sido
por fricción; por consiguiente, como es bien sabido, el calor es lo que lo
produce alterando su estado cero (24), y la electricidad no existe más per
se, en la tierra, que el calor o la luz o cualquier otra fuerza. Como
dice la Ciencia, todas ellas son correlaciones. Cuando una cantidad de calor
dada por medio de una máquina de vapor es transformada en trabajo mecánico,
hablamos del poder del vapor (o fuerza). Cuando un cuerpo en su caída tropieza
con un obstáculo en su camino, originando con ello el calor y el sonido,
llamamos a esto fuerza de choque. Cuando la electricidad descompone el agua o
calienta un hilo de platino, hablamos de la fuerza de fluido eléctrico. Cuando
son interceptados los rayos del sol por el termómetro y su mercurio se dilata,
hablamos de la energía calorífica del sol. En una palabra: cuando cesa el
estado de una cantidad de movimiento determinada, otro estado de movimiento
equivalente al anterior lo reemplaza, y el resultado de semejante transformación
o correlación es la Fuerza. En todos los casos en que no existe tal
transformación o paso de un estado de movimiento a otro, no es posible fuerza
alguna. Admitamos por un momento un estado del Universo absolutamente
homogéneo, y nuestra concepción de la Fuerza cae por tierra.
Por
lo tanto, resulta evidente que la fuerza, que el materialismo considera como la
causa de la diversidad que nos rodea, es, en estricta realidad, sólo un efecto,
un resultado de esa diversidad. Desde tal punto de vista la Fuerza no es la
causa del movimiento, sino un resultado, mientras que la causa de esa Fuerza, o
fuerzas, no es la Substancia o Materia, sino el movimiento mismo. Así pues, hay
que descartar a la Materia, y con ella el principio fundamental del
materialismo, que se ha hecho innecesario, puesto que la Fuerza traída a un
estado de movimiento no puede dar idea alguna de la Substancia. Si la Fuerza es
el resultado del movimiento, entonces no se comprende por qué ese movimiento
habría de atestiguar la Materia y no el Espíritu, o una esencia Espiritual.
Cierto es que no puede nuestra razón concebir un movimiento sin algo que se
mueva (y nuestra razón está en lo cierto); pero la naturaleza o ser de ese algo
moviente permanece completamente desconocida para la Ciencia; y en tal caso, tanto
derecho tiene el espiritualista a atribuirlo a un “Espíritu”, como un
materialista a la Materia creadora y omnipotencial. Un materialista no tiene en
este caso privilegio especial, ni puede reclamar ninguno. La ley de la
conservación de la energía, vista de tal modo, resulta ser ilegítima en este
caso en sus pretensiones y reclamaciones. El “gran dogma” -no hay fuerza sin
materia y no hay materia sin fuerza- se viene abajo, y pierde por completo
el significado solemne con que el Materialismo ha tratado de investirlo. El
concepto de Fuerza no da además idea de Materia, y de ningún modo nos obliga a
ver en ésta el “origen de todos los orígenes” (25).
Nos
aseguran que la Ciencia Moderna no es materialista; y nuestra convicción propia
nos dice que no puede serlo, cuando su saber es real. Existe una buena razón
para esto, bien definida por algunos de los mismos físicos y químicos. Las
ciencias naturales no pueden marchar mano a mano con el Materialismo. Para
estar a la altura de su misión, tienen los hombres de ciencia que rechazar la
posibilidad misma de que tengan algo que ver las doctrinas Materialistas con la
teoría atómica; y vemos que Lange, Butlerof, Du Bois Reymond -este último
inconscientemente quizás- y otros varios lo han probado. Esto además está
demostrado por el hecho de que Kanâda en la India, y Leucipo y Demócrito en
Grecia, y después de estos Epicuro -los primitivos atomistas en Europa-, a la
par que propagaban su doctrina de las proporciones definidas, creían al mismo
tiempo en Dioses o Entidades suprasensibles. Sus ideas sobre la materia
diferían por lo tanto de las que ahora prevalecen. Se nos permitirá aclarar
nuestra afirmación por medio de una breve sinopsis de las opiniones antiguas y
modernas de la Filosofía acerca de los átomos, y demostrar así que la Teoría
Atómica mata al Materialismo.
Desde
el punto de vista del Materialismo, que reduce los principios de todas las
cosas a la Materia, el Universo en su plenitud se compone de átomos y vacío.
Aun dejando aparte el axioma enseñado por los antiguos, y absolutamente
demostrado en la actualidad por el telescopio y el microscopio, de que la
Naturaleza aborrece el vacío, ¿qué es un átomo? El profesor Butlerof dice:
Es,
nos contesta la Ciencia, la división limitada de la Substancia, la partícula
indivisible de la Materia. El admitir la divisibilidad del átomo equivale a la
admisión de una divisibilidad infinita de la Substancia; lo que es igual a
reducir la Substancia a nihil, o la nada. El Materialismo, sólo por
efecto de un sentimiento de propia conservación, no puede admitir la
divisibilidad infinita; de otro modo tendría que despedirse para siempre de su
principio fundamental y firmar así su propia sentencia de muerte (26).
Büchner,
por ejemplo, cual verdadero dogmatizador en Materialismo, declara que:
El
aceptar la divisibilidad infinita es un absurdo, y equivale a dudar de la
existencia misma de la Materia.
El
Átomo es, pues, indivisible, dice el Materialismo. - Perfectamente. He aquí
ahora lo que Butlerof contesta:
Véase
a qué curiosa contradicción este principio fundamental de los materialistas,
les conduce. El átomo es indivisible, y sabemos al mismo tiempo que
es elástico. No se puede pensar en intentar privarle de elasticidad; esto
equivaldría a un absurdo. Átomos privados en absoluto de elasticidad, jamás
podrían manifestar uno solo de aquellos numerosos fenómenos que se atribuyen a
sus correlaciones. Sin alguna elasticidad no podrían los átomos manifestar su
energía, y la Substancia de los materialistas quedaría desprovista de toda
fuerza. Por consiguiente, si el Universo está compuesto de átomos, tienen estos
que ser elásticos. Aquí es donde tropezamos con un obstáculo insuperable.
Porque, ¿cuáles son las condiciones requeridas para la manifestación de la
elasticidad? Una pelota elástica, al chocar con un obstáculo, se aplasta y
contrae; lo cual no podría hacer si no consistiese esa pelota en partículas que
experimentan en su posición relativa un cambio temporal en el momento del
choque. Esto puede decirse de la elasticidad en general; no hay elasticidad
posible sin cambio con respecto a la posición de las partículas compuestas de
un cuerpo elástico. Esto quiere decir que el cuerpo elástico es variable, y se
compone de partículas, o en otras palabras, que la elasticidad sólo puede
pertenecer a aquellos cuerpos que son divisibles y el átomo es elástico
(27).
Basta
esto para mostrar cuán absurdas son las admisiones simultáneas de la no
divisibilidad y de la elasticidad del átomo. El átomo es elástico, ergo el
átomo es divisible, y debe estar compuesto de partículas o de subátomos. ¿Y
estos subátomos? O no son elásticos, y en tal caso no presentan importancia
dinámica alguna, o son elásticos también, en cuyo caso están igualmente sujetos
a la divisibilidad. Y así ad infinitum. Pero la divisibilidad
infinita de los átomos resuelve a la Materia en simples centros de Fuerza, esto
es, excluye la posibilidad de concebir a la Materia como una substancia
objetiva.
Este
círculo vicioso es fatal al Materialismo. Encuéntrase cogido en sus propias
redes, y no hay posibilidad de huir del dilema. Si él dice que el átomo es
indivisible, tendrá entonces a la Mecánica dirigiéndole la embarazosa pregunta
siguiente:
¿Cómo
se mueve en este caso el Universo y cómo se relacionan entre sí sus fuerzas? Un
mundo edificado sobre átomos no elásticos en absoluto, es semejante a una
máquina sin vapor; está condenado a la inercia eterna (28).
Admítanse
las explicaciones y enseñanzas del Ocultismo, y -la inercia ciega de la ciencia
física, siendo reemplazada por los Poderes activos inteligentes tras el velo de
la materia- el movimiento y la inercia se convierten en subordinados de
aquellos Poderes. La ciencia entera del Ocultismo está basada sobre la doctrina
de la naturaleza ilusoria de la materia, y la divisibilidad infinita del átomo.
Ella abre horizontes ilimitados a la Substancia, animada por el soplo divino de
su Alma en todo estado posible de tenuidad, estados no soñados aún por los
químicos y físicos más espiritualmente predispuestos.
Las
ideas que preceden fueron enunciadas por un académico, el químico más eminente
de Rusia, autoridad reconocida hasta en Europa, el difunto profesor Butlerof.
Cierto es que defendía los fenómenos de los espiritistas, las llamadas
materializaciones, en que creía, como también los profesores Zöllner y Hare, y
en los que creen aún abierta o secretamente Mr. A. Russel Wallace, Mr. W.
Crookes y muchos otros Miembros de la Sociedad Real. Pero su argumento respecto
a la naturaleza de la Esencia que opera tras los fenómenos físicos de la luz,
del calor, de la electricidad, etc., no por esto es menos científico y
autorizado, y se aplica admirablemente al caso en cuestión. No tiene la Ciencia
derecho a negar a los Ocultistas su pretensión de un conocimiento más profundo
de las llamadas Fuerzas, las que dicen ellos son únicamente los efectos de
causas originadas por Poderes, substanciales, aunque suprasensibles, y más allá
de toda clase de Materia conocida hasta ahora por los hombres de ciencia. Lo
más que puede hacer la Ciencia es asumir y mantener la actitud del
Agnosticismo. Puede decir entonces: Vuestro caso no está más probado que el
nuestro; pero confesamos no saber nada en realidad respecto a la Fuerza o a la
Materia, o al que radica en el fondo de lo que se llama correlación
de Fuerzas. Por consiguiente, sólo el tiempo puede probar quién tiene razón y
quién no la tiene. Esperemos pacientemente, y mientras tanto, en vez de
ridiculizarnos unos a otros, seamos mutuamente corteses.
Mas
hacer esto requiere un amor ilimitado a la verdad y la renuncia a ese prestigio
-sin embargo falso- de infalibilidad, que han adquirido los hombres de ciencia
entre la masa de los profanos ignorantes y superficiales, aunque ilustrados. La
fusión de las dos Ciencias, la arcaica y la moderna, exige ante todo el
abandono de los derroteros materialistas actuales. Requiere una especie de
misticismo religioso y hasta el estudio de la antigua Magia, que nuestros
académicos jamás emprenderán. La necesidad de ello, fácilmente se explica. Así
como en las antiguas obras alquímicas, el significado verdadero de
las Substancias y Elementos mencionados está oculto bajo la forma de
las más ridículas metáforas, de igual modo las naturalezas física, psíquica y
espiritual de los Elementos (del fuego, por ejemplo), están ocultas en
los Vedas, y especialmente en los Purânas, bajo
alegorías únicamente comprensibles para los Iniciados. Si no tuviese
significado alguno, entonces todas aquellas largas leyendas y alegorías acerca
de la santidad de los tres tipos del Fuego y de los Cuarenta y Nueve
Fuegos originales -personificados por los Hijos de las Hijas de Daksha
y los Rishis, sus Esposos, quienes con el primer Hijo de Brahmâ y sus tres
descendientes constituyen los Cuarenta y Nueve Fuegos- serían una charlatanería
idiota y nada más. Pero no es así. Cada Fuego tiene una función y un
significado distinto en los mundos de lo físico y de lo espiritual. Él tiene
además, en su naturaleza esencial, una relación correspondiente a una de las
facultades psíquicas humanas, aparte de sus virtualidades químicas y físicas
bien determinadas, cuando entra en contacto con la Materia diferenciada
terrestre. La Ciencia no tiene especulaciones que ofrecer respecto al
Fuego per se; el Ocultismo y la antigua ciencia religiosa las
tienen. Esto se ve hasta en la fraseología árida y de intento velada de
los Purânas, donde, como en el Vâyu Purâna, muchas de
las cualidades de los Fuegos personificados están explicadas. Así, Pâvaka es el
Fuego Eléctrico o Vaidyuta; Pavamâna, el Fuego producido por Fricción o
Nirmathya; y Shuchi, el Fuego Solar, o Saura (29), siendo todos estos tres los
hijos de Abhimânin, el Agni (Fuego), hijo mayor de Brahmâ y de Svâhâ. Además
Pâvaka aparece como emparentado a Kavyavâhana, el Fuego de los Pitris; Shuchi a
Havyavâhana, el Fuego de los Dioses; y Pavamâna a Saharaksha, el Fuego de los
Asuras. Ahora bien; todo esto muestra que los escritores de los Purânas estaban
perfectamente familiarizados con las Fuerzas de la Ciencia y sus correlaciones,
así como con las distintas cualidades de estas últimas en su relación con los
fenómenos psíquicos y físicos, desconocidos hasta ahora por la ciencia física,
que no les presta crédito. Naturalmente, cuando un orientalista, en particular
si se trata de uno imbuido de tendencias materialistas, lee que aquéllas son
únicamente denominaciones del Fuego usadas en las invocaciones y rituales,
llama a esto “superstición y mistificación Tântrika”; y pone mayor cuidado en
evitar errores de ortografía que en prestar atención al significado secreto
dado a las personificaciones, o en buscar su explicación en las correlaciones
físicas de las Fuerzas, en cuanto éstas son conocidas. Tan poco conocimiento en
verdad se concede a los antiguos arios, que aun pasajes tan luminosos como el
del Vishnu Purâna no se tienen en cuenta. Sin
embargo, ¿qué puede significar este párrafo?
Entonces
el éter, el aire, la luz, el agua y la tierra, unidos diversamente a las
propiedades del sonido y demás, existían como distinguibles según sus
cualidades... pero, poseyendo muchas y distintas energías y no estando
relacionados, no podían, sin combinación, crear seres vivientes, por no haberse
fundido unos en otros. Habiéndose combinado unos con otros, pues, asumieron,
por medio de su mutua asociación, el carácter de una masa de completa unidad;
y, con dirección del Espíritu, etcétera (30).
Esto
significa, desde luego, que los escritores estaban perfectamente familiarizados
con la correlación, y en terreno firme respecto al origen del Kosmos desde el
“Principio Indiscreto”, Avyaktânugrahena, aplicado a Parabrahman y Mûlaprakriti
mancomunadamente, y no a “Avaykta”, o sea la Causa Primera o la Materia”, como
traduce Wilson. No reconocían los antiguos Iniciados ninguna “Creación
milagrosa”, sino que enseñaban la evolución de los átomos en nuestro plano
físico, y su primera diferenciación del Laya al Protilo, según Mr. Crookes ha
llamado significativamente a la Materia, o substancia primordial, más
allá de la línea cero -allí donde colocamos a Mûlaprakriti, el
Principio-Raíz del Material del Mundo y de todo cuanto en el Mundo existe.
Esto
puede demostrarse fácilmente. Tomad, por ejemplo, el catecismo de los
vedantinos Vishishthâdvaita recientemente publicado, sistema, ortodoxo y
exotérico, libremente enunciado y enseñado ya en el siglo XI (31), en una época
en que la “ciencia” europea todavía creía en la cuadratura y aplastamiento de
la Tierra de Cosme Indicopleustes, del siglo VI. Aquel sistema enseña que antes
de que comenzase la Evolución, Prakriti, la Naturaleza, se encontraba en
condición de Laya o de homogeneidad absoluta; pues la “Materia existe en dos
condiciones: en la condición Sûkshma, o latente e indiferenciada, y en la de
Sthûla, o diferenciada”. Luego convirtióse en Anu, atómica. Él habla de
Suddasattva, “una substancia no sujeta a las cualidades de la Materia, de la
cual difiere por completo”; y añade que de esa Substancia son formados los
cuerpos de los Dioses, los moradores de Vaikunthaloka, el Cielo de Vishnu. Dice
que cada partícula o átomo de Prakriti contiene a Jîva (la vida divina), y es
el Sharîra (cuerpo) de ese Jîva que contiene; mientras que cada Jîva es a su
vez el Sharîra del Espíritu Supremo, pues “Parabrahman impregna a todo Jîva así
como a toda partícula de Matería”. Por dualística y antropomórfica que sea la
filosofía de los vishishthâdvaita, cuando se la compara con la de los advaita
-los no dualistas- es, no obstante, inmensamente superior en lógica a la
cosmogonía aceptada por el Cristianismo o por su gran adversario, la Ciencia
Moderna. Los discípulos de una de las más grandes inteligencias que jamás han
aparecido en la Tierra, los vedantinos advaita, son llamados ateos porque
consideran como una ilusión a todas las cosas, salvo a Parabrahmann, el Sin
Par, o Realidad Absoluta. Sin embargo, los más sabios Iniciados, así como
también los más grandes yoguis, salieron de sus filas. Los Upanishads muestran
que indudablemente conocían no sólo lo que es la substancia causal en los
efectos de la fricción, y que sus antecesores estaban familiarizados con la
conversión del calor en fuerza mecánica, sino que también conocían el Nóumeno
de todos los fenómenos tanto espirituales como cósmicos.
En
verdad que al joven brahmán que se gradúa en las universidades y colegios de la
India con las mejores notas; que entra en la vida como M. A. (32) y LL. B.
(33), con una serie de iniciales desde el alfa a la omega a continuación de su
nombre, y con un desdén hacia sus Dioses nacionales proporcionado a las notas
obtenidas durante su educación en las ciencias físicas; le basta en verdad leer
a la luz de estas últimas, y sin perder de vista la correlación de las Fuerzas
físicas, ciertos pasajes de sus Purânas, si quiere conocer cuánto
más sabían sus antepasados de lo que él no sabrá jamás, a menos de convertirse
en ocultista. Que estudie la alegoría de los Purûravas y del Gandharva celeste
(34), que entregó a los primeros un vaso lleno de celeste fuego. El modo
primitivo de obtener el fuego por el frotamiento tiene su explicación
científica en los Vedas, y está lleno de significación para quien
sepa leer entre líneas. La Tretâgni (tríada sagrada de fuegos, obtenida por el
frotamiento de palos hechos con la madera del árbol Ashvattha, el árbol Bo de
la Sabiduría y del Conocimiento, palos “con un largo del ancho de tantos dedos
como sílabas hay en la Gâyatrî”, debe tener un significado secreto,
o de otro modo los escritores de los Vedas y Purânas no
serían escritores sagrados, sino mistificadores. Que posee tal significado, lo
prueban los ocultistas indos, únicos capaces de iluminar a la Ciencia respecto
de por qué y cómo el Fuego, que era uno primitivamente, fue convertido en
triple (tretâ) en nuestro Manvántara presente, por el Hijo de Ilâ (Vâch), la
Mujer Primitiva después del Diluvio, esposa e hija del Vaivasvata Manu. La
alegoría es significativa en cualquier Purâna que se lea y
estudie.
SECCIÓN VI
ATAQUE DE UN HOMBRE DE CIENCIA A LA
TEORÍA CIENTÍFICA DE LA FUERZA
Hemos
de citar ahora en favor nuestro las prudentes palabras de varios hombres de
ciencia ingleses. Condenadas por unos pocos, “como cuestión de principio”, son
tácitamente aprobadas por la mayoría. Que uno de ellos casi predica doctrinas
ocultas -en algunas cosas y con frecuencia equivalentes a un reconocimiento
público de nuestro “Fohat y sus siete Hijos”, el Gandharva oculto de los Vedas-
será reconocido por todo ocultista y hasta por algunos lectores profanos.
Si
quieren esos lectores abrir el volumen V de la Popular Science Review (1),
hallarán en él un artículo sobre “Fuerza Solar y Fuerza Terrestre”, escrito por
el Dr. B. W. Richardson, F. R. S., que dice lo siguiente:
En
este momento en que la teoría del movimiento como origen de todas las
variedades de la fuerza empieza a ser de nuevo el pensamiento predominante,
sería casi una herejía volver a suscitar un debate, que desde hace algún tiempo
parece haber terminado por acuerdo general; pero acepto el riesgo y declararé,
por lo tanto, cuáles eran las opiniones exactas sobre la Fuerza Solar, del
inmortal hereje, cuyo nombre he murmurado al oído de los lectores (Samuel
Metcalfe). Partiendo del argumento, sobre el cual se hallan de acuerdo casi
todos los físicos, de que existen en la Naturaleza dos agentes -la materia que
es ponderable, visible y tangible, y un algo que es imponderable, invisible y
sólo apreciable por su influencia sobre la materia-, sostiene Metcalfe que el
agente imponderable y activo que él llama “calórico” no es una mera
forma de movimiento, no es una vibración entre las partículas de la materia
ponderable, sino por sí mismo una substancia material que emana del Sol,
a través del espacio (2), que llena los vacíos entre las partículas de los
cuerpos sólidos, y que comunica por sensación la propiedad llamada calor. La
naturaleza del calórico o Fuerza Solar es discutida por él por las razones
siguientes:
I.
Puede ser añadido y extraído de otros cuerpos y medido con precisión
matemática.
II.
Aumenta el volumen de los cuerpos, que vuelven a reducirse de nuevo en tamaño
por su extracción.
III.
Modifica las formas, propiedades y condiciones de todos los otros cuerpos.
IV. Pasa
por radiación a través del vacío más perfecto (3) que sea posible
formar, en el cual produce los mismos efectos sobre el termómetro que en la
atmósfera.
V.
Muestra fuerzas mecánicas y químicas que nada es capaz de contener, como en los
volcanes, en la explosión de la pólvora y otros compuestos fulminantes.
VI.
Obra de un modo sensible sobre el sistema nervioso, produciendo dolor intenso;
y cuando es excesivo, la desorganización de los tejidos.
Metcalfe
arguye, además, contra la teoría vibratoria, que si fuese el calórico una mera
propiedad o cualidad, no podría aumentar el volumen de otros cuerpos; pues
para producir este efecto debe tener volumen, debe ocupar espacio y debe, por
consiguiente, ser un agente material. Si el calórico fuese únicamente
el efecto del movimiento vibratorio entre las partículas de la materia
ponderable, no podría radiar de los cuerpos calientes sin la
transición simultánea de las partículas vibratorias; pero es el hecho que puede
radiar el calor de la substancia material ponderable sin pérdida de peso de tal
substancia... Abrigando esta opinión sobre la naturaleza material del calórico
o fuerza solar; con la impresión bien grabada en su mente de que “cada cosa en
la Naturaleza está compuesta de dos especies de materia, la una esencialmente
activa y etérea, la otra pasiva e inmóvil” (4), estableció Metcalfe la
hipótesis de que la fuerza solar, o calórico, es un principio activo por sí.
Considera él que para sus propias partículas tiene repulsión; tiene afinidad
para las partículas de toda materia ponderable; y atrae las partículas de la
materia ponderable con fuerzas que varían inversamente a los cuadrados de la
distancia. Actúa así a través de la materia ponderable. Si el
espacio universal estuviese lleno sólo de calórico, energía solar (sin materia
ponderable), también permanecería inactivo el calórico, y constituiría un
limitado océano de éter impotente o en reposo, porque no tendría entonces cosa
alguna sobre que obrar; mientras que la materia ponderable, a pesar de ser
inactiva de por sí, posee “ciertas propiedades por medio de las cuales modifica
y reprime las acciones del calórico, siendo regidas ambas por leyes inmutables
que tienen su origen en las mutuas relaciones y propiedades específicas de cada
una de ellas”.
Y
formula él una ley que cree absoluta, y que se expresa como sigue:
“Por
la atracción del calórico por la materia ponderable, él une y mantiene juntas
todas las cosas; por su propia energía repulsiva, separa y esparce todas las
cosas”.
Ésta,
desde luego, es casi la explicación oculta de la cohesión. El Dr. Richardson
prosigue:
Como
ya he dicho, la tendencia de la doctrina moderna es apoyarse en la
hipótesis... de que el calor es movimiento, o mejor dicho quizás, una
fuerza específica o forma de movimiento (5).
Mas
esta hipótesis, por popular que sea, no debiera aceptarse con exclusión de las
ideas más sencillas acerca de la naturaleza material de la fuerza solar, y de
su influencia en la modificación de las condiciones de la materia. Aún
no sabemos bastante para ser dogmáticos (6).
No
sólo es la hipótesis de Metcalfe, respecto a la fuerza solar y la fuerza
terrestre, muy sencilla, sino fascinadora... Hay dos elementos en el Universo:
uno es la materia ponderable... El segundo elemento es el éter que todo lo
penetra: el fuego solar . Carece de pesantez, de substancia, de forma y
de color; es la materia infinitamente divisible, y sus partículas se
repelen unas a otras; su sutileza es tal, que no tenemos otra palabra más que
éter (7) para expresarla. Penetra el espacio y lo llena, pero sólo se hallaría
también en estado de quietud, muerto (8). Juntemos los dos elementos: la
materia inerte, el éter repulsivo para sí (?) y a consecuencia de esto, la
materia muerta (?) ponderable se vivifica; (La materia ponderable puede
estar inerte, pero jamás muerta; esto es Ley Oculta)... el
éter (el segundo principio del Éter) penetra a través de las
partículas de la substancia ponderable, y al penetrar así, se combina con las
partículas ponderables y las mantiene en masa, las mantiene juntas en lazo de
unión; ellas están disueltas en el éter.
Esta
distribución de la materia sólida ponderable a través del éter se extiende,
según la teoría de que tratamos, a todo cuanto existe actualmente. El éter lo
penetra todo. El cuerpo humano mismo está cargado de éter (mejor dicho, de
Luz Astral); él mantiene unidas sus diminutas partículas; la planta se
encuentra en la misma condición, y lo mismo sucede con la tierra más dura, la
roca, el diamante, el cristal, los metales. Pero existen diferencias en
las capacidades de las distintas clases de materia ponderable para recibir la
energía solar, y de esto dependen las diversas condiciones cambiantes de la
materia; la condición sólida, la líquida, la gaseosa. Los cuerpos sólidos
han atraído más calórico que los cuerpos fluídicos, y de aquí su firme cohesión; cuando
se echa una cantidad de cinc fundido sobre una plancha de cinc sólido, el
primero adquiere la dureza del segundo, porque tiene lugar una afluencia de
calórico del líquido al sólido, y, al igualarse, las partículas anteriormente
sueltas o líquidas se juntan más estrechamente... El mismo Metcalfe,
deteniéndose en los fenómenos arriba citados, y atribuyéndolos a la unidad del
principio de acción, que ya se ha explicado, resume su argumento muy claramente
en un comentario sobre las densidades de varios cuerpos. “La dureza y la
blandura” -dice-, “lo sólido y lo líquido, no son condiciones esenciales de los
cuerpos, sino que dependen de las proporciones relativas de la
materia etérea y ponderable de que están compuestos. El gas más elástico puede
reducirse a líquido por la extracción de calórico, y luego convertirse en un
sólido firme, cuyas partículas se adherirán unas a otras con una fuerza
proporcionada a su aumentada afinidad por el calórico. Por otra parte,
añadiendo una cantidad suficiente del mismo principio a los metales más densos,
disminuye la atracción de estos hacia aquél, al dilatarse en el estado gaseoso,
y queda destruida su cohesión”.
Después
de citar así en extenso las opiniones heterodoxas del gran “hereje” -opiniones
que para ser correctas sólo necesitan una ligera alteración de términos aquí y
allí-, el Dr. Richardson, que es innegablemente un pensador original y liberal,
procede a hacer el resumen de aquéllas, y continúa:
No
me extenderé muy largamente sobre esta unidad de la energía solar y la fuerza
terrestre, que esta teoría implica. Pero puedo añadir que de ella, o de la
hipótesis del mero movimiento como fuerza, y de la virtud sin substancia,
podemos inferir como la mayor aproximación posible a la verdad respecto a este
asunto, el más complejo y profundo de todos, las deducciones siguientes:
a)
El Espacio, interestelar, interplanetario, intermaterial, interorgánico, no es
un vacío, sino que está lleno de un fluido o gas sutil, que a falta de mejor
término (9) podemos llamar todavía, a semejanza de los antiguos, Aith-ur -Fuego
Solar-, AEther. Este fluido, invariable en composición, indestructible,
invisible (10), penetra todas las cosas y toda la materia (ponderable)
(11); la guija del arroyo, el árbol que le presta su sombra, el hombre que lo
contempla, están llenos de éter en varios grados; la guija menos que el árbol,
el árbol menos que el hombre. ¡Todo cuanto existe en el planeta está cargado
del mismo modo de éter! Un mundo está construido en fluido etéreo y se mueve en
un mar de él.
b)
El éter, cualquiera que sea su naturaleza, viene del Sol y de los Soles (12);
los Soles lo generan, son los depósitos, los difundidores del mismo (13).
c)
Sin el éter no podría haber movimiento; sin él no podrían las partículas de
materia ponderable deslizarse unas sobre otras; sin él no habría impulso que
excitase a la acción de aquellas partículas.
d)
El éter determina la constitución de los cuerpos. Si no hubiese éter no habría
cambio de constitución en la substancia; el agua, por ejemplo, sólo existiría
como substancia compacta e insoluble hasta un punto inconcebible para nosotros.
Jamás podría ser hielo tan siquiera, ni fluido, ni vapor, si no fuese por el
éter.
e)
El éter pone en relación al Sol con el planeta, al planeta con el planeta, al
hombre con el planeta, al hombre con el hombre. No podría haber comunicación
alguna en el Universo sin el éter; no habría luz, ni calor, ni fenómeno alguno
de movimiento.
Así
vemos que el éter y los átomos elásticos son, en el concepto mecánico declarado
acerca del Universo, el espíritu y alma del Kosmos; y que la teoría (presentada
de todas las maneras y bajo cualquier disfraz) siempre deja a los hombres de
ciencia mayor campo abierto para especular fuera de los derroteros del
Materialismo moderno (14) que el que la mayoría aprovecha. Ya se trate de
átomos, del Éter o de ambos, no puede la especulación moderna salirse del
círculo del pensamiento antiguo; y este último estaba empapado de Ocultismo
arcaico. La teoría ondulatoria o la corpuscular es lo mismo. Es la especulación
derivada de los aspectos de los fenómenos, no del conocimiento de la naturaleza
esencial de la causa y las causas. ¿Qué ha demostrado la ciencia moderna cuando
ha explicado a su auditorio los últimos experimentos de Bunsen y Kirchoff;
cuando ha mostrado los siete colores, los primarios de un rayo que se
descompone en un orden determinado sobre una pantalla, y cuando ha descrito las
longitudes respectivas de las ondas luminosas? Ha justificado su reputación de
exactitud en el cálculo matemático, midiendo hasta la amplitud de una onda
luminosa “variando aproximadamente desde
las setecientas
sesenta millonésimas de milímetro en el extremo rojo del espectro hasta las
trescientas noventa y tres millonésimas de milímetro en el extremo violado”.
Pero aunque la exactitud del cálculo referente al efecto sobre la onda luminosa
resulte así confirmada, la Ciencia se ve obligada a admitir que la Fuerza, que
es la causa supuesta, produce, según se cree, “ondulaciones
inconcebiblemente diminutas” en algún medio-”generalmente considerado como
idéntico al medio etéreo” (15)- y ese medio mismo es todavía tan
sólo un “agente hipotético”.
El
pesimismo de Augusto Comte con respecto a la posibilidad de conocer algún día
la composición química del Sol no ha sido desmentido treinta años más tarde por
Kirchoff, como ha sido afirmado. El espectroscopio nos ha ayudado a ver que los
elementos con los que está familiarizado el químico moderno deben, según toda
probabilidad, hallarse presentes en las “vestiduras” externas del Sol, no
en el Sol mismo; y los físicos, tomando esas “vestiduras”, el velo solar
cósmico, por el Sol mismo, han declarado que su luminosidad es debida a la
combustión y a la llama; y confundiendo el principio vital de aquella luminaria
con una cosa puramente material, la han llamado cromosfera (16). Tenemos sólo
hipótesis y teorías hasta hoy, no una ley, en modo alguno.
SECCIÓN VII
VIDA, FUERZA O GRAVEDAD
Los
fluidos imponderables han tenido su boga; háblese menos de las Fuerzas
mecánicas; la Ciencia ha cambiado de faz en el último cuarto de siglo; pero la
gravitación ha permanecido, debiendo su vida a nuevas combinaciones después de
haber sido casi destruida por las antiguas. Puede ella responder muy bien a las
hipótesis científicas, pero la cuestión es si responde igualmente bien a la
verdad, y representa un hecho en la Naturaleza. La atracción por sí sola no es
suficiente para explicar tan siquiera el movimiento planetario; ¿cómo, pues,
puede suponerse que explique el movimiento de rotación en los infinitos del
Espacio? La atracción sola no llenará jamás todos los vacíos, a menos que se
admita un impulso especial para cada cuerpo sideral y se demuestre que la
rotación de los planetas con sus satélites es debida a alguna causa combinada
con la atracción. Y aun entonces -dice un astrónomo (1)- la Ciencia tendría que
nombrar esa causa.
El
Ocultismo la ha nombrado durante largas edades, y así lo han hecho todos los
antiguos filósofos; pero ahora todas esas creencias son declaradas
supersticiones fracasadas. El Dios extracósmico ha matado toda posibilidad de
creencia en Fuerzas inteligentes intracósmicas; aunque, ¿quién, o qué, es el
“impulsor” primitivo en ese movimiento? Francoeur dice (2):
Cuando
conozcamos la causa, unique et speciale, que impulsa, estaremos
dispuestos a combinarla con la que atrae.
Y
además:
La
atracción entre los cuerpos celestes es sólo repulsión; el Sol es quien lo
arrastra incesantemente, pues de otro modo se detendría su movimiento.
Si
alguna vez se acepta esta teoría de ser la Fuerza Solar la causa primera de
toda vida sobre la tierra -y de todo movimiento en el cielo- y si se admitiera,
aun como hipótesis provisional, aquella otra teoría mucho más atrevida de
Herschel, respecto a ciertos organismos en el Sol, entonces serán vindicadas
nuestras doctrinas y quedará demostrado que la alegoría esotérica se anticipó
en millones de años, probablemente, a la Ciencia Moderna, pues tales son las
Enseñanzas arcaicas. Mârtanda, el Sol, vigila y amenaza a sus siete hermanos,
los planetas, sin abandonar la posición central a la que le relegó su Madre,
Aditi. El Comentario dice (3).
Él
los persigue, girando lentamente sobre sí mismo... siguiendo de lejos la
dirección en que se mueven sus hermanos, en el sendero que rodea sus casas -o
la órbita.
Los
fluidos o emanaciones del Sol son los que imprimen todo movimiento y despiertan
todo a la vida en el Sistema Solar. Es atracción y repulsión, mas no según lo
entiende la Física moderna o conforme a la ley de la gravedad, sino en armonía
con las leyes del movimiento manvantárico trazado desde el
primitivo Sandhyâ, la Aurora de la reconstrucción y reforma superior del
Sistema. Esas leyes son inmutables; pero el movimiento de todos los cuerpos
-cuyo movimiento es diverso y se altera con cada Kalpa menor- es regulado por
los Agitadores, las Inteligencias interiores del Alma Cósmica. ¿Cometemos,
acaso, un gran error al creer todo esto? Pues he aquí un gran sabio moderno
que, hablando de la electricidad vital, emplea un lenguaje mucho más parecido
al del Ocultismo que al del pensamiento materialista moderno. Vea el escéptico
lector un artículo sobre “El Origen del Calor en el Sol”, por Robert Hunt, F.
R. S. (4), que, hablando de la envoltura luminosa del Sol y de su “apariencia
peculiar de coágulos”, dice:
Arago
propuso que esta envoltura fuese llamada la Fotosfera, nombre adoptado ahora
generalmente. La superficie de esta fotosfera fue comparada por Herschel el
mayor al nácar... Aseméjase al Océano en tranquilo día de verano, en que una
suave brisa riza ligeramente su superficie... Mr. Nasmyth ha descubierto una
condición más notable que cualquiera de las hasta entonces sospechadas...
objetos de forma particular semejante a un disco... como “hojas de sauce”...
diferentes en tamaño... sin orden determinado... cruzándose unos a otros en
todas direcciones... con un movimiento irregular entre sí... Se les ve
aproximarse y apartarse unos de otros, y asumir algunas veces nuevas posiciones
angulares; así es que la apariencia... se ha comparado a la de una espesa
aglomeración de peces, a los que, en efecto, se asemejan en la forma... El
tamaño de esos objetos da una grandiosa idea de la gigantesca escala en que
tienen lugar las operaciones físicas (?) en el sol. No pueden ellos medir menos
de 1.000 millas de largo, y de doscientas a trescientas millas de ancho. La
conjetura más probable que se ha ofrecido respecto a esos objetos en forma de
hoja o disco es la de que la fotosfera (5) es un inmenso océano de materia
gaseosa (¿qué clase de “materia”?)... en un estado de incandescencia (aparente)
intensa, y que ellos son las perspectivas de proyecciones de las sabanas de
llamas.
Las
“llamas” solares, vistas a través de los telescopios, son reflejos, dice el
Ocultismo. Pero ya ha visto el lector lo que respecto a esto tienen que decir
los ocultistas.
Sean
lo que fuesen (aquellas sabanas de llanuras), es evidente que son las fuentes
inmediatas del calor y de la luz solar. Aquí tenemos una envoltura de materia
fotogénica (6) que oscila con poderosas energías, y comunicando su movimiento
al medio etéreo en el espacio estelar, produce el calor y la luz en remotos
mundos. Hemos dicho que aquellas formas han sido comparadas a ciertos
organismos, y Herschel dice: “Aunque sería demasiado aventurado hablar de
semejantes organismos como participando de la vida (¿por qué
no?) (7), ignoramos también que esa acción vital sea competente para
desarrollar el calor, la luz y la electricidad...” ¿Existe, acaso, verdad en
este hermoso pensamiento? ¿Será acaso el latido de la materia vital en el sol
central de nuestro sistema la fuente de toda esa vida que llena la tierra, y
que sin duda alguna se extiende a los otros planetas, para los cuales el sol es
el poderoso ministro?
A
estas preguntas contesta el Ocultismo afirmativamente; y llegará día en que la
Ciencia averiguará que tal es el caso.
Mr.
Hunt también escribe lo que sigue:
Pero
considerando a la Vida -a la Fuerza Vital- como un poder mucho más elevado que
la luz, el calor o la electricidad, y efectivamente capaz de ejercer una acción
directora sobre todos ellos (esto es absolutamente oculto)... estamos
ciertamente dispuestos a aceptar con agrado esa especulación que supone que la
fotosfera es la sede primitiva del poder vital, y a considerar con poético
placer esa hipótesis que atribuye las energías solares a la Vida (8).
Así
pues, tenemos una corroboración científica importante para uno de nuestros
dogmas fundamentales, a saber: que a) El Sol es el depósito de la Fuerza Vital,
que es el Nóumeno de la Electricidad; b) Que de sus misteriosas y por siempre
insondables profundidades es de donde parten esas corrientes de vida que laten
a través del Espacio, así como a través de los organismos de todo cuanto vive
sobre la Tierra. Pues véase lo que dice otro físico eminente que llama a éste
nuestro fluido de vida, “Éter Nervioso”. Cámbiense unas cuantas frases del
artículo, cuyo extracto sigue, y se tendrá otro tratado casi oculto sobre la
Fuerza Vital. Nos referimos al Dr. B. W. Richardson, F. R. S., quien también
expone sus opiniones sobre el “Éter Nervioso”, como lo ha hecho sobre la
“Fuerza Solar” y la “Fuerza Terrestre”, como sigue:
La
idea que se trata de comunicar por medio de la teoría es la de que entre las
moléculas de materia, sólida o fluídica, de que se componen los organismos
nerviosos, y efectivamente todas las partes orgánicas de un cuerpo, existe un
medio sutil refinado, vaporoso o gaseoso, que mantiene las moléculas en una
condición propia para el movimiento de unas sobre otras, y para la organización
y reorganización de la forma; medio por cuyo conducto se transmite todo
movimiento; por el cual el órgano o parte del cuerpo es mantenido en comunión
con las demás partes; por el cual y a través del cual el mundo vivo externo
comunica con el hombre viviente; un medio que, estando presente, permite poner
en evidencia los fenómenos de la vida y que al faltar universalmente, deja al
cuerpo efectivamente muerto.
Y
todo el Sistema Solar cae en Pralaya -podría haber añadido el autor-. Mas
sigamos leyendo:
Empleo
la palabra éter en su sentido general, como significando una materia muy
ligera, vaporosa o gaseosa; en una palabra, la empleo de igual modo que la usa
el astrónomo cuando habla del éter del Espacio, con lo cual quiere significar
un medio sutil, pero material... Cuando hablo del éter nervioso, no
indico que el éter exista sólo en la estructura nerviosa; creo, en verdad, que
es una parte especial de la organización nerviosa; pero como los nervios se
hallan en todas las estructuras que tienen capacidades para el movimiento y
sensibilidad, del mismo modo se halla el éter nervioso en todas aquellas
partes; y como el éter nervioso es, según mi entender, un producto directo de
la sangre, podemos considerarlo como una parte de la atmósfera de la sangre...
La evidencia de que existe un medio elástico que impregna la materia nerviosa,
y que es capaz de ser influido por simple presión, es por completo innegable...
Existe incuestionablemente en la estructura nerviosa un verdadero fluido
nervioso, como lo enseñaban nuestros predecesores (9). La composición química
(?) (10) exacta de ese fluido no es aún bien conocida; sus caracteres físicos
han sido poco estudiados. Ignoramos si se mueve en corrientes; no sabemos si
circula, si se forma en los centros, pasando desde estos a los nervios, o bien
si se forma en todas partes donde la sangre penetra en el nervio. Por
consiguiente, ignoramos los verdaderos empleos del fluido. Se me ocurre, sin
embargo, que el verdadero fluido de materia nerviosa no basta por sí solo para
obrar como medio sutil que relaciona el universo externo con el interno del
hombre y del animal. Pienso (y ésta es la modificación que sugiero respecto a
la teoría más antigua) que debe de haber otra forma de materia que se halla
presente durante la vida; una materia que existe en el estado del vapor o gas,
que penetra el organismo nervioso entero, que envuelve como una atmósfera (11)
a cada molécula de la estructura nerviosa, y es el medio de todo movimiento
comunicado a los centros nerviosos y transmitido desde estos... Cuando se
comprende con claridad que durante la vida existe en el cuerpo animal
una forma de materia sutilmente difundida, un vapor que llena todo -y que
hasta se halla acumulado en algunas partes-, materia constantemente renovada
por la química vital; materia que se expele con la misma facilidad que el
aliento, después que ha llenado su objeto, un nuevo rayo de luz penetra en la
inteligencia (12).
Un
nuevo rayo de luz que ciertamente revela la sabiduría del Ocultismo antiguo y
medieval, y de sus partidarios. Porque Paracelso escribió lo mismo hace más de
trescientos años, en el siglo XVI, como sigue:
El
Microcosmo entero está contenido potencialmente en el Liquor Vitae,
fluido nervioso... en el que la naturaleza, cualidad, carácter y esencia de los
seres están contenidos (13).
El
arqueo es una esencia distribuida por igual en todas las partes del cuerpo
humano... El Spiritus Vitae toma su origen del Spiritus
Mundo. Siendo una emanación del último, contiene los elementos de todas las
influencias cósmicas y es por lo tanto la causa por la que puede explicarse la
acción de las estrellas (las fuerzas cósmicas) sobre el cuerpo invisible del
hombre (su Linga Shariva vital) (14).
Si
hubiese estudiado el Dr. Richardson todas las secretas de Paracelso, no se
hubiera visto obligado a decir tan a menudo: “no sabemos”, “no nos es
conocido”, etc. Tampoco hubiese escrito jamás la frase que sigue, retractándose
respecto de lo más importante de su independiente redescubrimiento.
Puede
argüirse que en este orden de ideas no se incluye otra cosa más que la teoría
de la existencia del éter... que se supone compenetra al espacio... Puede
decirse que este éter universal penetra todo el organismo del cuerpo animal
desde el exterior, y como parte de toda organización. Esta opinión, si
fuese cierta (!!), sería el Panteísmo descubierto físicamente. No
puede ser verdad, porque destruiría la individualidad de cada sentido
individual (15).
No
lo vemos de este modo, y sabemos que no es así. El
Panteísmo puede ser “físicamente redescubierto”. Fue conocido,
visto y sentido por toda la antigüedad. El Panteísmo se manifiesta en la vasta
extensión de los estrellados cielos, en la respiración de los mares y océanos,
y en el hálito de vida de la hierbecilla más diminuta. La Filosofía rechaza un
Dios finito e imperfecto en el Universo, la deidad
antropomórfica del monoteísta, tal como la representan sus adoradores. Repudia,
en virtud de su nombre de Filo-teosofía, la idea grotesca de que la
Deidad Infinita, Absoluta, tenga, o mejor dicho, pueda tener relación alguna
directa o indirecta con las evoluciones finitas ilusorias de la Materia, y por
consiguiente, no puede imaginar un universo fuera de aquella
Deidad, o la ausencia de la misma de la más diminuta partícula de la Substancia
animada o inanimada. No significa esto que cada rama, árbol o piedra, sea Dios
o un Dios; sino que cada partícula del material manifestado
del Kosmos pertenece a Dios y es la Substancia de Dios, por muy baja que pueda
haber caído en su rotación cíclica a través de las Eternidades de lo Siempre
Viniendo a Ser; y también que cada punto de estos individualmente, y el Kosmos
colectivamente, es un aspecto y un recordatorio de aquella Alma universal Una,
que la Filosofía se niega a llamar Dios, limitando así la Raíz y Esencia eterna
siempre presente.
Por
qué el Éter del espacio o “Éter Nervioso” habría de “destruir la individualidad
de cada sentido”, parece incomprensible para todo el que está familiarizado con
la verdadera naturaleza de ese “Éter Nervioso”, bajo su nombre sánscrito, o más
bien esotérico y kabalístico. El Dr. Richardson reconoce que:
Si
no produjésemos individualmente el medio de comunicación entre nosotros y el
mundo externo, si fuese producido desde afuera y adaptado a una sola clase de
vibración, se necesitarían menos sentidos que los que poseemos; pues citando
tan sólo dos ejemplos, el éter de la luz no está adaptado para el sonido y, sin
embargo, oímos lo mismo que vemos; mientras que el aire, el medio del
movimiento del sonido, no es el medio de la luz, y no obstante vemos y oímos.
Esto
no es así. La opinión de que el Panteísmo “no puede ser cierto, porque
destruiría la individualidad de cada sentido”, demuestra que todas las
conclusiones del ilustrado doctor están fundadas en las teorías físicas
modernas, aunque le agradaría reformarlas. Pero verá que es imposible hacerlo,
a no ser que admita la existencia de sentidos espirituales que reemplacen la
atrofia gradual de los físicos. “Vemos y oímos”, de acuerdo (según la opinión
del Dr. Richardson, por supuesto) con las explicaciones de los fenómenos de la
vista y del oído, ofrecidas por esa Ciencia Materialista misma que presupone
que no podemos ver ni oír de otro modo. Los ocultistas y místicos saben más.
Los arios védicos estaban tan familiarizados con los misterios del sonido y del
color en el plano físico, como lo están nuestros fisiólogos; pero también
habían descifrado los secretos de ambos en planos inaccesibles para el
materialista. Ellos conocían una doble serie de sentidos: espirituales y
materiales. En un hombre privado de un sentido o de varios, se desarrollan más
los sentidos restantes; por ejemplo, el ciego puede llegar a recuperar la vista
por medio de los sentidos del tacto, del oído, etc.; y el sordo podrá oír por
medio de la vista, viendo auditivamente las palabras
pronunciadas por los labios y la boca del orador. Pero estos son casos que
pertenecen todavía al mundo de la Materia. La Fisiología niega a priori los
sentidos espirituales, aquellos que obran sobre un plano superior de la
conciencia, porque ignora la Ciencia Sagrada. Limita la acción del Éter a
vibraciones, y separándolo del aire -aunque el aire es simplemente Éter
diferenciado y compuesto- le hace asumir funciones que se adapten a las teorías
especiales del fisiólogo. Pero existe más verdadera ciencia en las enseñanzas
de los Upanishads, cuando estos se entienden correctamente, que lo
que los orientalistas, que no los comprenden ni poco ni mucho, están dispuesto
a admitir. Las correlaciones tanto mentales como físicas de los siete sentidos
-siete en el plano físico y siete en el mental- están claramente explicadas y
definidas en los Vedas, y particularmente en el Upanishad llamado Anugîtâ:
Lo
indestructible y lo destructible, tal es la doble manifestación del Yo (16). De
estos, lo indestructible es lo existente (la verdadera esencia o naturaleza del
Yo, los principios fundamentales); la manifestación como individuo (entidad) es
llamada lo destructible (17).
Así
habla el Asceta en el Anugîtâ, y también:
Todo
aquel que es dos veces nacido (iniciado) sabe qué tal es la doctrina de los
antiguos... El Espacio es la primera entidad... Ahora bien; el Espacio (Âkâsha
o el Nóumeno del Éter) posee una cualidad... y ésta se declara que es el sonido
sólo... (y las) cualidades del sonido (son) Shadja, Rishabha, juntamente con
Gândhâra, Madhyama, Panchama, y más allá de éstas (debe entenderse que existen)
Nishâda y Dhaivata (la gama hindú) (18).
Estas
siete notas de la escala son los principios del sonido. Las cualidades de cada
Elemento, así como de cada sentido, son septenarias; y el emitir juicios y
dogmatizar acerca de ellas por su manifestación en el plano material u objetivo
-también séptuple en sí mismo- es completamente arbitrario. Porque sólo por la
emancipación del Yo de estas siete causas de la ilusión podemos adquirir el
conocimiento (Sabiduría Secreta), de las cualidades de los objetos de los
sentidos en su plano dual de manifestación, lo visible y lo invisible. Así se
dice:
Óyeme...
exponer este admirable misterio... Escucha también la clasificación completa de
las causas. La nariz y la lengua, y los ojos, y la piel, y el oído como el
quinto (órgano de sentido), la mente y el entendimiento (19), estos siete
(sentidos) deben considerarse como las causas de (el conocimiento de) las
cualidades. El olfato, y el gusto, y el color, el sonido, y el tacto como el
quinto, el objeto de la operación mental y el objeto del entendimiento (el
sentido o percepción espiritual más elevado); estos siete son causas de acción.
El que huele, que come, que ve, que habla, que oye en término quinto; el que
piensa y el que comprende; estos siete debe entenderse que son las causas de
los agentes. Estos (los agentes), poseyendo cualidades (sattva, rajas, tamas),
gozan de sus propias cualidades, agradables y desagradables (20).
No
comprendiendo los comentadores modernos el significado sutil de los antiguos
escoliastas, interpretan la frase “causa de los agentes” como queriendo decir
“que los poderes del olfato, etc., cuando se atribuyen al Yo, le hacen aparecer
como un agente, como un principio activo” (!), lo cual es enteramente
imaginario. Entiéndese que esos “siete” son las causas de los agentes, porque
“los objetos son causas, toda vez que el disfrute de los mismos causa una
impresión”. Esotéricamente ello significa que esos siete sentidos son
producidos por los agentes, que son las “deidades”, pues de otro modo, ¿qué
significa o puede significar la frase siguiente? “Así -se dice- esos siete
(sentidos) son las causas de emancipación”, es decir, cuando aquellas causas se
hacen ineficaces. Y también la frase, “entre los que saben (los sabios
Iniciados) que todo lo comprenden, las cualidades que están en la
posición (en la naturaleza más bien) de las deidades, cada
una en su lugar”, etc., significa sencillamente que los “sabios” comprenden la
naturaleza de los Nóumenos de los diferentes fenómenos; y que “cualidades”, en
este caso, se refiere a las cualidades de los Dioses o Inteligencias superiores
Planetarias o Elementales, que gobiernan a los elementos y sus productos, y de
ningún modo a los “sentidos”, como cree el comentador moderno. Pues los sabios
no suponen que tengan sus sentidos algo que ver con ellos, como tampoco con su
Yo. Por consiguiente, vemos que en el Bhagavad-Gîtâ de Krishna,
dice la Deidad:
Sólo
algunos me conocen verdaderamente. La tierra, el agua, el fuego, el aire, el
espacio (o Âkashâ, el AEther), la mente, el entendimiento y el egoísmo (o la
percepción de todos los anteriores en el plano ilusorio)... ésta es
una forma inferior de mi naturaleza. Sabe (que existe) otra (forma de mi)
naturaleza superior a ésta, que está animada, ¡oh, tú de poderosos brazos!, y
por lo cual este universo está sostenido... Todo esto está tejido en mí, cual
gran número de perlas engarzadas en un hilo (21). Soy el gusto en el agua, ¡oh,
hijo de Kuntî! Soy la luz del sol y de la luna. Soy... el sonido (“es decir, la
esencia oculta que es la base de todas éstas y de las otras cualidades de las
varias cosas mencionadas”. -Traduc.), en el espacio... el fragante aroma en la
tierra, el resplandor en el fuego..., etcétera (22).
A
la verdad, pues, debiérase estudiar la Filosofía Oculta antes de principiar a
indagar y comprobar sólo en su superficie, los misterios de la Naturaleza,
puesto que sólo “aquél que conoce la verdad sobre las cualidades de la
Naturaleza, que comprende la creación de todas las entidades... está
emancipado” del error. El Preceptor dice.
Entendiendo
debidamente el gran (árbol) del cual lo no percibido (la Naturaleza Oculta, la
raíz de todo) es el brote de la semilla (Parabrahman), que consiste en la
inteligencia (Mahat o el Alma Universal Inteligente) como tronco suyo, cuyas
ramas son el gran egoísmo (23), en cuyos huecos se encuentran los vástagos,
esto es, los sentidos, siendo los grandes elementos (ocultos o invisibles) sus
ramos de flores (24), los elementos groseros (la materia objetiva grosera), las
ramas más pequeñas, que siempre están cubiertas de hojas, siempre cubiertas de
flores... el cual es eterno y cuya semilla es el Brahman (la Deidad); y
cortándolo con aquella espada excelente -el conocimiento (Sabiduría Secreta)-
se alcanza la inmortalidad y se desecha el nacimiento y la muerte (25).
Éste
es el Árbol de la Vida, el árbol Ashvattha, y sólo después de haberlo cortado,
puede el Hombre, el esclavo de la vida y de la muerte, emanciparse.
Pero
los hombres de ciencia nada saben acerca de la “Espada de la Sabiduría”
empleada por los Adeptos y Ascetas, ni quieren oír hablar de ella. De ahí las
observaciones parciales aún de los menos dogmáticos entre ellos, fundadas en la
inmerecida importancia concedida a las divisiones y clasificación arbitrarias
de la ciencia física. Poco caso hace de ellos el Ocultismo, y la Naturaleza
todavía menos. La serie completa de los fenómenos físicos arranca del Primario
del AEther-Âkâsha; así como el Âkâsha de naturaleza dual procede del llamado
Caos indiferenciado, siendo este último el aspecto primario de Mûlaprakriti, la
Materia-Raíz, y la primera Idea abstracta que de Parabrahman puede
el hombre formarse. Puede la ciencia moderna dividir su Éter, hipotéticamente
concebido, de todas las maneras que quiera; siempre seguirá el verdadero AEther
del Espacio siendo lo que es. Tiene él sus siete “principios” como todo en la
Naturaleza; y si no hubiese AEther no habría “sonido” alguno,
puesto que es la vibrante caja sonora de la naturaleza en todas sus siete
diferenciaciones. Éste es el primer misterio que los Iniciados de la antigüedad
aprendieron. Nuestros sentidos físicos normales presentes eran anormales, desde
nuestro punto de vista actual, en aquellos días de evolución descendente y de
caída lenta y progresiva en la Materia. Y hubo una época en que todo aquello
que en nuestros tiempos modernos se considera como excepcional, tan enigmático
para los fisiólogos, obligados ahora a creer en ello -como la transmisión del
pensamiento, la clarividencia, la clariaudiencia, etc.; en una palabra, todo lo
que ahora se llama “maravilloso y anormal”-, todo esto y mucho más pertenecía a
los sentidos y facultades comunes a toda la humanidad. Recorremos, sin embargo,
ciclos hacia atrás y hacia adelante; es decir, que habiendo perdido en
espiritualidad lo que adquirimos en desarrollo físico casi hasta el fin de la
Cuarta Raza, estamos ahora perdiendo del mismo modo gradual e imperceptible en
lo físico todo lo que volvemos a ganar en la re-evolución espiritual. Este
proceso debe continuar hasta el período que colocará en línea paralela a la
Sexta Raza-Raíz, con la espiritualidad de la Segunda Raza, la humanidad hace
mucho tiempo extinguida.
Pero
difícilmente se comprenderá esto en el presente. Debemos volver a la risueña
aunque algo incorrecta hipótesis del Dr. Richardson, sobre el “Éter Nervioso”.
Bajo la errónea traducción de la palabra Âkâsha por “Espacio”, acabamos de
mostrar al primero en el antiguo sistema indo como el “primogénito” del Uno,
teniendo sólo una cualidad, el “Sonido”, que es septenario. En el lenguaje
esotérico, este Uno es la Deidad Padre, y Sonido es sinónimo del Logos, Verbo o
Hijo. Sea conscientemente o de otro modo, debe ser lo último y el Dr.
Richardson, al predicar una doctrina oculta, elige la forma inferior de la
naturaleza septenaria de este Sonido, y especula acerca de la misma, añadiendo:
La
teoría que expongo es la de que el éter nervioso es un producto animal.
En distintas clases de animales puede diferir en calidad física, de modo que se
adapte a las necesidades especiales del animal; pero esencialmente desempeña
una parte en todos los animales y es producido, en todos ellos, de la misma
manera.
Éste
es el núcleo del error que conduce a todas las deducciones falsas que de él
resultan. Ese “Éter Nervioso” es el principio inferior de la Esencia
Primordial, que es la Vida. Es la Vitalidad Animal difundida en la Naturaleza
entera, y que obra de acuerdo con las condiciones que encuentra para su
actividad. No es un “producto animal”, sino que el animal, la flor y la planta
vivientes, son productos suyos. Los tejidos animales sólo lo absorben con
arreglo a su estado más o menos morboso o saludable -como lo hacen los
materiales y estructuras físicas (en su estado primógeno, nota bene)-,
y desde el momento del nacimiento de la Entidad, son regulados, vigorizados y
alimentados por él. Desciende en mayor cantidad a la vegetación en el
Rayo-Solar Sushumnâ, que alumbra y alimenta a la Luna, y por medio de sus rayos
vierte su luz sobre el hombre y el animal y los penetra, más cuando duermen y
descansan que cuando están en plena actividad. Por tanto, se equivoca de nuevo
el doctor Richardson, cuando dice:
El
éter nervioso, según la idea que tengo formada de él, no es activo en
sí mismo, ni un excitante del movimiento animal en el sentido de fuerza;
pero es esencial para proporcionar las condiciones por las cuales resulta
posible el movimiento. (Es precisamente lo contrario)... Es el
conductor de todas las vibraciones del calor, de la luz, del sonido, de la
acción eléctrica, de la fricción mecánica (26). Mantiene el sistema nervioso
entero en una tensión perfecta, durante los estados de la vida (cierto). Se
gasta por el ejercicio (más bien se genera)... y cuando la demanda es
mayor que la cantidad suministrada, la postración nerviosa o consunción indica
su deficiencia (27). Acumúlase en los centros nerviosos durante el sueño,
poniéndoles, por decirlo así, a su tono debido, y preparando con ello los
músculos para una vida activa y renovada.
Así
es precisamente; esto es exacto y comprensible. Por consiguiente:
El
cuerpo, completamente renovado por él, ofrece capacidad para el movimiento, la
plenitud de la forma, la vida. El cuerpo privado de él presenta la
inercia, el aspecto de la temida muerte, la evidencia de haber perdido
algo físico que estaba en él cuando vivía.
La
ciencia moderna niega la existencia de un “principio vital”. Este extracto es
una prueba clara de su gran error. Mas ese “algo físico” que llamamos el fluido
de vida -el Liquor Vitae de Paracelso- no ha desertado del
cuerpo, como piensa el Dr. Richardson. Sólo ha cambiado su estado de actividad
en pasividad, y se ha hechos latente, debido al estado demasiado morboso de los
tejidos, sobre los cuales ya no tiene dominio. Una vez que el rigor
mortis es absoluto, el Liquor Vitae volverá a entrar en
acción y principiará su obra, químicamente, sobre los átomos.
Brahmâ-Vishnu, el Creador y Conservador de la Vida, se habrá transformado en
Shiva el Destructor.
Por
último escribe el dr. Richardson:
El
éter nervioso puede estar envenenado; quiero decir que puede haber difundido
por su medio, por simple difusión gaseosa, otros gases o vapores derivados de
fuera; puede extraer productos o substancias tragados o ingeridos, o gases de
descomposición producidos durante la enfermedad en el cuerpo mismo (28).
Y
el sabio doctor pudiera haber añadido, según el mismo principio oculto: que el
“Éter Nervioso” de una persona puede ser envenenado por el “Éter Nervioso” de
otra, o por sus “emanaciones áuricas”. Pero véase lo que acerca de este “Éter
Nervioso” ha dicho Paracelso:
El
Arqueo es de naturaleza magnética, y atrae o repele otras fuerzas simpáticas o
antipáticas pertenecientes al mismo plano. Cuanto menos poder de resistencia
posea una persona para las influencias astrales, tanto más sujeta está a esas
influencias. La fuerza vital no está encerrada en el hombre, sino
que radia (dentro y) en derredor de él como una esfera luminosa (aura), y puede
ser empleada a distancia... Puede envenenar la esencia de la vida (la sangre),
y producir enfermedades, o puede purificarla de su impureza y restablecer la
salud (29).
Que
ambos, el “Arqueo” y el “Éter Nervioso”, son idénticos lo demuestra el sabio
inglés, que dice que generalmente su tensión puede ser
demasiado alta o baja; lo cual puede tener lugar:
Por
causa de cambios locales en la materia nerviosa que envuelve... Bajo la acción
de una excitación aguda, puede vibrar tempestuosamente, por decirlo así, y
lanzar a cada músculo dependiente del cerebro o médula a un movimiento
independiente, a convulsiones inconscientes.
A
esto se llama excitación nerviosa; pero nadie, salvo el ocultista, conoce la
razón de semejante perturbación nerviosa, o explica las causas primeras de
ella. El principio de vida puede matar cuando es demasiado exuberante, tanto
como cuando es insuficiente. Mas este “principio” en el plano manifestado, esto
es, en nuestro plano, es tan sólo el efecto y resultado de la acción
inteligente de la “Hueste”, o Principio colectivo, la Vida y la Luz
manifestándose. Se halla él mismo subordinado a la Vida Una Absoluta, siempre
invisible y eterna, de la que emana, en una escala descendente y
reascendente de grados jerárquicos, una verdadera escala septenaria, con el
Sonido, el Logos, en el extremo superior, y los Vidyâdhras (30), los Pitris
inferiores, en lo más bajo.
Por
supuesto, los ocultistas están perfectamente enterados del hecho de que la
“superchería” vitalista, tan ridiculizada por Vogt y Huxley, encuentra todavía
acogida en muy elevadas regiones científicas; y por lo tanto, se alegran de
sentir que no están solos. He aquí lo que escribe el profesor de Quatrefages:
Es
muy cierto que no sabemos lo que es la vida; y no lo es menos
que ignoramos lo que es la fuerza que imprime movimiento a las
estrellas... Los seres vivientes son pesados, y por lo tanto, están sujetos a
la ley de gravedad; son el centro de fenómenos físico-químicos, numerosos y
variados, que son indispensables a su existencia, y que deben ser atribuidos a
la acción de la etero-dinámica (electricidad, calor, etc.). Pero esos fenómenos
se manifiestan aquí bajo la influencia de otra fuerza... La vida no es
antagónica a las fuerzas inanimadas, sino que gobierna y rige una acción de
estas últimas por sus leyes (31).
SECCIÓN VIII
LA TEORÍA SOLAR
BREVE ANÁLISIS DE LOS ELEMENTOS COMPUESTOS Y
SIMPLES DE LA CIENCIA EN OPOSICIÓN A LAS DOCTRINAS OCULTAS. HASTA QUÉ PUNTO
ESTA TEORÍA, SEGÚN SE ACEPTA GENERALMENTE, ES CIENTÍFICA.
En
la contestación del profesor Beale, el gran fisiólogo, al ataque dirigido por
el Dr. Gull contra la teoría de la Vitalidad, que está inseparablemente ligada
a los elementos de los antiguos en la Filosofía Oculta, hallamos algunas
palabras tan significativas como hermosas:
Existe
un misterio en la vida, misterio que jamás ha sido sondeado y que se
agranda a medida que se estudian y se observan más a fondo los fenómenos de la
vida. En los centros vivientes -mucho más centrales que los centros, observados
con los instrumentos más poderosos de la ampliación-, en los centros de la
materia viviente donde no puede el ojo penetrar, pero hacia los cuales puede
tender la inteligencia, se producen cambios sobre cuya naturaleza los físicos y
químicos más adelantados no pueden ofrecernos un concepto; ni existe tampoco la
más ligera razón para pensar que la naturaleza de esos cambios pueda fijarse
nunca por la investigación física, tanto más, cuanto que ellos son ciertamente
de un orden o naturaleza totalmente distintos de los que puedan corresponder a
cualquier otro fenómeno que conozcamos.
El
Ocultismo coloca ese “misterio”, o el origen de la Esencia de Vida, en el mismo
centro que el núcleo de la materia prima de nuestro Sistema
Solar, pues ellos son uno.
Como
dice el Comentario:
El
Sol es el corazón del Mundo Solar (Sistema), y su cerebro está oculto detrás
del Sol (visible). De allí, la sensación es irradiada hacia cada centro
nervioso del gran cuerpo, y las ondas de la esencia de vida, fluyen hacia
dentro de cada arteria y vena... Los planetas son sus miembros y pulsaciones.
Se
ha declarado en otro lugar (1) que la Filosofía Oculta niega que el Sol sea un
globo en combustión, sino que lo define simplemente como un mundo, una esfera
resplandeciente, estando oculto el verdadero Sol detrás, y siendo el Sol
visible sólo un reflejo, su concha. Las hojas de sauce de Nasmyth que Sir John
Herschel tomó por “habitantes solares”, son los depósitos de la energía vital
solar; “la electricidad vital que alimenta a todo el sistema; el sol in
abscondito siendo así el depósito de nuestro pequeño Cosmos, generando
él mismo su fluido vital y recibiendo siempre tanto como da”, y el Sol visible
sólo una ventana abierta en el verdadero palacio y presencia solares, que sin
embargo revela sin alteración la labor interna.
De
esta manera, durante el período solar manvantárico, o vida, hay una circulación
regular del fluido vital de un extremo al otro de nuestro Sistema, del cual el
Sol es el corazón, como la circulación de la sangre en el cuerpo humano;
contrayéndose el Sol tan rítmicamente como lo hace el corazón humano después de
cada vuelta de ella. Sólo que en vez de ejecutar su curso en un segundo,
aproximadamente, emplea la sangre solar diez de sus años para circular, y un
año entero para pasar por su aurícula y ventrículo antes de que ella bañe los
pulmones y vuelva a las grandes arterias y venas del Sistema.
Esto
no lo negará la Ciencia, puesto que la Astronomía conoce el ciclo fijo de once
años en que aumenta el número de las manchas solares (2), siendo debido el
aumento a la contracción del Corazón Solar. El Universo, en este caso nuestro
Mundo, respira, como lo hace sobre la Tierra el hombre y toda criatura
viviente, la planta y hasta el mineral; y como nuestro globo mismo respira cada
veinticuatro horas. La región oscura no es debida a la “absorción ejercida por
los vapores emitidos del seno del Sol, e interpuestos entre el observador y la
fotosfera” como lo quisiera el Padre Secchi (3), ni están formadas las manchas
“por la materia misma (materia ardiente gaseosa) que la irrupción proyecta
sobre el disco solar”. El fenómeno es semejante a la pulsación regular y sana
del corazón, al pasar el líquido de la vida por los orificios de sus
músculos. Si se pudiese hacer luminoso el corazón humano y hacerse visible el
órgano viviente y palpitante, de modo que se obtuviera su reflejo sobre un
lienzo, como acostumbran hacer los profesores de Astronomía para mostrar la
Luna, por ejemplo, entonces todo el mundo vería el fenómeno de las manchas
solares repetirse cada segundo, y que son debidas a la contracción e ímpetu de
la sangre.
Leemos
en una obra sobre geología que el sueño de la ciencia es que:
Todos
los cuerpos simples admitidos, se descubrirá algún día que son tan sólo
modificaciones de un solo elemento material (4).
Esto
mismo ha enseñado la filosofía oculta desde que existe el lenguaje
humano, añadiendo, sin embargo, fundándose en el principio de la ley
inmutable de analogía, “como es arriba, así es abajo”, otro de sus axiomas, que
no existe Espíritu ni Materia en realidad, sino sólo innumerables aspectos del
eternamente oculto Es, o Sat. El Elemento homogéneo primordial es simple y
solo, únicamente en el plano terrestre de conciencia y
sensación, puesto que, después de todo, la Materia no es otra cosa que la serie
de nuestros propios estados de conciencia, y el Espíritu una idea de intuición
psíquica. Aun en el próximo plano superior, ese elemento simple que la ciencia
corriente de nuestra Tierra define como el último constituyente indescomponible
de cualquier clase de Materia, en el mundo de una percepción espiritual
superior sería considerado como una cosa muy compleja por cierto. Se
descubriría que nuestra agua más pura, en vez de sus dos reconocidos cuerpos
simples, oxígeno e hidrógeno, presenta muchos otros constituyentes, no soñados
tan siquiera por nuestra química terrestre moderna. En el reino del Espíritu
sucede lo que en el de la Materia; la sombra de lo que es conocido en el plano
de objetividad existe en el de la subjetividad pura. El punto de la substancia
perfectamente homogénea, el sarco de la Mónera de Haeckel, es considerado ahora
como la archibiosis de la existencia terrestre (el protoplasma de Mr. Huxley)
(5); y el Bathybius Haeckellii tiene que afiliarse a su archibiosis
preterrestre. Ésta es primero percibida por los astrónomos en su tercer grado
de evolución, y en la llamada “creación secundaria”. Mas los estudiantes de
Filosofía Esotérica comprenden bien el significado secreto de la Estancia:
Brahma...
tiene esencialmente el aspecto de Prakriti, tanto desarrollado
como no desenvuelto... El Espíritu, ¡oh! Dos Veces nacido (Iniciado), es
el aspecto principal de Brahmâ. Lo inmediato es un doble
aspecto (de Prakriti y Purusha)... tanto desarrollado como no desarrollado; y
el Tiempo es lo último (6).
Anu
es uno de los nombres de Brahmâ, distinto de Brahman, y significa “átomo”;
anîyamsâm anîyasâm, “lo más atómico de lo atómico”, el inmutable e imperecedero
(achyuta) Purushottama”.
Seguramente,
pues, los elementos que ahora conocemos -cualquiera que sea su número- según se
entienden y definen actualmente, no son, ni pueden ser, los
elementos primordiales. Estos fueron formados por “los coágulos de la
fría y radiante Madre” y “la semilla ígnea del ardiente Padre”,
que “son uno”, o expresándolo en el lenguaje más claro de la ciencia moderna,
aquellos cuerpos tuvieron su génesis en las profundidades de la Niebla de fuego
primordial, las masas de vapor incandescente de las nebulosas irresolubles;
pues, como enseña el profesor Newcomb (7), las nebulosas resolubles no
constituyen una clase de nebulosas propiamente dichas. Según él cree, más de la
mitad de aquellas que al principio se tomaron equivocadamente por nebulosas,
son lo que él llama “racimos estelares”.
Los
cuerpos simples conocidos ahora, han llegado a su estado permanente en esta
Cuarta Ronda y Quinta Raza. Tienen ellos un corto período de reposo antes de
ser nuevamente impulsados en su evolución espiritual ascendente, cuando el
“fuego viviente de Orcus” disociara los más irresolubles y los volverá a
dispersar en el Uno primordial.
Pero
el ocultista va más lejos, como se ha manifestado en los Comentarios sobre las
Siete Estancias. De aquí que difícilmente pueda esperar auxilio o conformidad
alguna por parte de la Ciencia, que rechazará tanto su “anîyâmsam anîyâsam”, el
Átomo absolutamente espiritual, como sus Mânasaputras u Hombres nacidos de la
Mente. Al resolver el “elemento material único” en un Elemento absoluto
irresoluble, Espíritu, o Materia-Raíz, colocándolo así desde luego fuera del
alcance y campo de la Filosofía Física -muy poco en común tiene él, por
supuesto, con los hombres de ciencia ortodoxos. Él sostiene que el Espíritu y
la Materia son dos Facetas de la Unidad incognoscible, dependiendo sus aspectos
aparentemente opuestos: a) De los varios grados de diferenciación de la
materia; b) De los grados de conciencia alcanzados por el hombre mismo. Esto,
sin embargo, es Metafísica, y tiene poco que ver con la Física- por grande que
sea ahora esta Filosofía física en su propia limitación terrestre.
No
obstante, una vez que la Ciencia admite la posibilidad al menos, ya que no la
existencia real, de un Universo con sus innumerables formas, condiciones y
aspectos, formados de una “sola Substancia” (8), tiene aquélla que ir más allá.
A no ser que admita también la posibilidad de Un Elemento, o la Vida Una de los
ocultistas, tendrá que colgar en el aire aquella “substancia sola”,
especialmente si la limita a las nebulosas solares, como el ataúd de Mahoma,
sin el poderoso imán que sostenía aquel féretro. Afortunadamente para los
físicos especulativos, si bien somos incapaces de precisar en algún modo lo que
implica la teoría de las nebulosas, hemos podido aprender, gracias al profesor
Winchel y a varios astrónomos disidentes, lo que no implica.
Desgraciadamente,
esto dista mucho de aclarar hasta los más sencillos de los problemas que han
preocupado y preocupan todavía, a los hombres de ciencia en su investigación de
la verdad. Hemos de continuar nuestras indagaciones partiendo de las primeras
hipótesis de la ciencia moderna, si queremos descubrir dónde y por
qué ella yerra. Quizás veamos que después de todo tiene razón Stallo,
y que los errores, contradicciones e ilusiones en que incurren los hombres de
ciencia más eminentes son sólo debidos a su actitud anormal. Son materialistas,
y quieren seguir siéndolo quand même, aunque “los
principios generales de la teoría atómica-mecánica -la base de la física
moderna- son substancialmente idénticos a las doctrinas cardinales de la
metafísica ontológica”. Por eso, “los errores fundamentales de la ontología se
hacen aparentes en proporción al progreso de la ciencia física” (9). La Ciencia
está llena de conceptos metafísicos, pero los sabios se niegan a reconocerlo, y
luchan desesperadamente para poner máscaras atómico-mecánicas a las leyes
incorpóreas y espirituales de la Naturaleza en nuestro plano, no queriendo
admitir su substancialidad ni aun en otros planos, cuya sola existencia niegan
a priori.
Fácil
es el mostrar, sin embargo, cómo los sabios, apegados a sus opiniones
materialistas, han intentado desde los mismos tiempos de Newton de enmascarar
los hechos y la verdad. Pero su labor va haciéndose cada vez más difícil; y
cada año la Química, sobre todas las demás ciencias, se aproxima más y más al
reino de lo oculto en la Naturaleza. Está ella asimilándose las mismas verdades
enseñadas durante siglos por la Ciencia oculta, y que hasta ahora se han
tratado con el mayor desdén. “La Materia es eterna”, dice la Doctrina
Esotérica. Pero la materia en su estado laya o cero,
tal como la conciben los ocultistas, no es la materia de la ciencia moderna, ni
siquiera en su estado gaseoso más rarificado. La “materia radiante” de Mr.
Crookes aparecería como Materia de la clase más grosera en el reino de los
comienzos, puesto que ella se convierte en puro Espíritu antes de que vuelva
tan siquiera a su primer punto de diferenciación. Por lo tanto, cuando el
Adepto o el alquimista añade que, si bien la materia es eterna, porque es
Pradhâna, los Átomos nacen, sin embargo, en cada nuevo Manvántara o
reconstrucción del Universo, esto no es una contradicción como pudiera pensar
un materialista que no cree en cosa alguna fuera del átomo. Existe una
diferencia entre la materia manifestada y la no
manifestada; entre Pradhâna, la causa sin principio ni fin, y Prakriti o el
efecto manifestado. La sloka dice:
Aquello
que es la causa no desarrollada es enfáticamente llamado por los más eminentes
sabios Pradhâna, base original, que es Prakriti sutil, es decir, aquello que es
eterno y que a la vez es y no es (10) una pura serie.
Aquello
a que se refiere la fraseología moderna como espíritu y Materia es UNO en la
eternidad como Causa Perpetua, y no es Espíritu ni Materia, sino ELLO
-traducido en sánscrito por TAD, “aquello”-, todo lo que es, fue o será, todo
lo que la imaginación del hombre es capaz de concebir. Hasta el panteísmo
exotérico del Hinduismo lo describe como jamás lo hizo filosofía monoteísta
alguna; pues con frase admirable principia su Cosmogonía con las conocidas
palabras:
No
había día ni noche, ni cielo, ni tierra, ni tinieblas ni luz. Y no había otra
cosa alguna que fuese perceptible por los sentidos o por las facultades
mentales. Había sin embargo entonces un Brahmâ, esencialmente Prakriti
(Naturaleza) y Espíritu. Porque los dos aspectos de Vishnu, distintos de su
aspecto supremo esencial, son Prakriti y Espíritu, oh Brâhman. Cuando esos
dos otros aspectos suyos no subsisten por más tiempo, sino que
son disueltos, entonces aquel aspecto de
donde la forma y lo demás, esto es, la creación procede de nuevo,
es denominado tiempo, oh dos veces nacido.
Es
lo que es disuelto, o el aspecto dual ilusorio de Aquello cuya
esencia es eternamente Una, lo que llamamos Materia Eterna, o substancia, sin
forma, asexual, inconcebible, aun para nuestro sexto sentido o mente (11); en
lo que nos negamos por lo tanto a ver lo que los monoteístas llaman un Dios
personal, antropomórfico.
¿Cómo
considera la ciencia exacta moderna las dos proposiciones: que “la Materia es
eterna”, y “el átomo es periódico y no eterno? El físico materialista las
criticará y ridiculizará despreciativamente. Sin embargo, el hombre de ciencia
liberal y progresivo, el verdadero y celoso investigador científico de la
verdad, como el eminente químico Mr. Crookes, confirmará la probabilidad de las
dos declaraciones. Pues apenas se había apagado el eco de su discurso sobre
“Génesis de los elementos” -pronunciado por él ante la Sección de Química de la
Asociación Británica, en el mitin de Birmingham, en 1887, que tanto sorprendió
a los evolucionistas que lo oyeron o leyeron-, pronunció otro en marzo de 1888.
Una vez más el presidente de la Sociedad Química presentó ante el mundo de la
ciencia y ante el público los frutos de algunos nuevos descubrimientos en el
reino de los átomos, y esos descubrimientos justificaban en todos sentidos las
doctrinas ocultas. Son ellos aún más sorprendentes que las afirmaciones sentadas
por él en el primer discurso, y bien merecen la atención de todo ocultista,
teosofista y metafísico. He aquí lo que dice en sus “Elementos y Meta-Elementos”,
justificando así los cargos y la previsión de Stallo, con el valor de un
espíritu científico que ama a la Ciencia por la verdad misma, sin cuidarse de
las consecuencias en cuanto a su propia gloria y reputación. Citamos sus
propias palabras:
Permitidme,
señores, llamar ahora vuestra atención por un momento sobre una cuestión que
concierne a los principios fundamentales de la química, asunto que puede
llevarnos a admitir la posible existencia de cuerpos que, si bien no son
compuestos ni mezclas, no son tampoco cuerpos simples en el sentido más
estricto de la palabra; cuerpos que me atrevo a llamar “metasimples”. Para
explicar mi idea necesito volver al concepto que tenemos formado de un cuerpo
simple. ¿Cuál es el criterio acerca del mismo? ¿Dónde hemos de trazar la línea
entre la existencia distinta y la identidad? Nadie duda de que el oxígeno, el
sodio, el cloro y el azufre sean cuerpos simples separados; y cuando tratamos
de grupos como el cloro, el bromo, el yodo, etc., tampoco tenemos duda alguna,
y aunque fuesen admisibles los grados de “simplicidad” -a lo cual puede que
tengamos que venir a parar últimamente-, podría admitirse que el cloro se
aproxima mucho más al bromo que al oxígeno, y que al sodio y al azufre. También
el níquel y el cobalto se aproximan mucho, aunque nadie pone en duda su derecho
a figurar como cuerpos simples distintos. No puedo, sin embargo, dejar de
preguntar cuál habría sido la opinión dominante entre los químicos si las
respectivas soluciones de esos cuerpos y sus compuestos presentasen colores
idénticos, en vez de colores que, hablando aproximadamente, son mutuamente
complementarios. ¿Acaso se hubiese aun reconocido su naturaleza distinta?
Cuando seguimos adelante y llegamos a las llamadas tierras raras, nos
encontramos en terreno menos firme. Podemos quizás admitir el escandio, el
iterbio y otros de la misma clase, como simples; pero ¿qué podemos decir en el
caso del neodimio y praseodimio, entre los que puede decirse que no existe
diferencia química bien marcada, siendo su derecho a la individualidad
separada, ligeras diferencias como bases y facultades cristalizadoras, aunque
sus diferencias físicas, como lo demuestran las observaciones hechas con
espectro, son muy marcadas? Aun aquí podemos pensar que el ánimo de la mayoría
de los químicos se inclinaría del lado de la indulgencia, admitiendo a esos dos
cuerpos dentro del círculo encantado. En cuanto a saber si obrando así podrían
apelar a cualquier principio fundamental, es cuestión dudosa. Si admitimos a
esos candidatos, ¿cómo podremos excluir con justicia las series de cuerpos
simples o metasimples que Krüss y Wilson nos dieron a conocer? Aquí las
diferencias espectrales son bien marcadas, mientras que mis propias
investigaciones sobre el didimio muestra también una ligera diferencia básica,
al menos entre algunos de esos cuerpos dudosos. En la misma categoría deben
incluirse los numerosos cuerpos separados, en los cuales es probable
que el itrio, el erbio, el samario y otros “elementos” -según se llaman
comúnmente- han sido y son agrupados. ¿Dónde, pues, hemos de trazar la línea?
Las distintas agrupaciones se esfuman tan imperceptiblemente unas en otras, que
es imposible establecer una división definida entre dos cuerpos adyacentes
cualesquiera, y decir que el cuerpo de este lado de la línea es simple,
mientras que aquel que se encuentra en el otro no es simple o es tan sólo algo
que lo simula o se aproxima a ello. Dondequiera que puede trazarse una línea
con aparente razón, será sin duda fácil asignar de una vez a la mayoría de los
cuerpos el puesto que les corresponde, puesto que en todos los casos de
clasificación la verdadera dificultad empieza cuando nos acercamos a la línea
divisoria. Admítense, por supuesto, ligeras diferencias químicas y, hasta cierto
punto, hácese lo mismo con bien marcadas diferencias físicas. ¿Qué diremos, sin
embargo, cuando la única diferencia química es una tendencia casi imperceptible
en un cuerpo -de un par o de un grupo- a precipitarse antes que el otro?
Además, hay casos en que las diferencias químicas alcanzan el punto en que se
desvanecen, aun cuando todavía quedan diferencias físicas bien determinadas.
Aquí tropezamos con una nueva dificultad: en tales oscuridades, ¿cómo
distinguir entre lo químico y lo físico? ¿Acaso no estamos autorizados a llamar
a una ligera tendencia de un precipitado amorfo naciente a formarse antes que
otro, “una diferencia física”? Y ¿no podríamos llamar a las reacciones
coloreadas dependientes de la solución y de acuerdo con el solvente empleado,
“diferencias químicas”? No veo la posibilidad de negar el carácter de simple a
un cuerpo que difiere de otro por un color bien determinado o por reacciones
espectrales, mientras lo concedemos a otro cuerpo cuyo único derecho es una
diferencia muy insignificante en poderes básicos. Habiendo abierto una vez la
puerta lo bastante para admitir algunas diferencias espectrales, hemos de
preguntar: ¿cuál es la diferencia mínima que autoriza el candidato para pasar?
Presentaré algunos ejemplos, sacados de mi propia experiencia, de algunos de
esos candidatos dudosos.
Aquí
presenta el gran químico varios casos del comportamiento singularísimo de
moléculas y minerales, al parecer iguales, pero que, sin embargo, examinados
muy atentamente, ofrecieron diferencias que, si bien pequeñas, no obstante
demuestran que no son cuerpos simples, y que los 60 ó 70 como tales
aceptados en química no son ya suficientes a abarcarlo todo. Aparentemente sus
nombres son legión; mas como la llamada “teoría periódica” se opone a una
multiplicación ilimitada de cuerpos simples, vese obligado Mr. Crookes a buscar
algún medio de reconciliar el nuevo descubrimiento con la antigua teoría. “Esa
teoría”, dice él:
Se
ha confirmado tan plenamente que no podemos admitir a la ligera interpretación
alguna respecto a los fenómenos que deje de concordar con ella. Pero si
suponemos a los cuerpos simples reforzados por un gran número de cuerpos que
difieren poco unos de otros en sus propiedades, y formando agregaciones de
nebulosas, si así puedo expresarme, donde primeramente veíamos o creíamos ver
estrellas separadas, la combinación periódica ya no puede comprenderse
claramente por más tiempo. Es decir, por más tiempo, si seguimos conservando
nuestro concepto habitual de un cuerpo simple. Modifiquemos, pues, este
concepto. En lugar de “cuerpo simple”, léase “grupo simple” -esos grupos
simples reemplazando a los antiguos cuerpos en la teoría periódica-, y desaparece
la dificultad. Al definir un cuerpo simple, no tomemos un límite externo, sino
un tipo interno. Digamos, por ejemplo, que la cantidad más pequeña ponderable
de itrio es un conjunto de átomos últimos casi infinitamente más parecidos
entre sí que a los átomos de cualquier otro elemento aproximado. No quiere
decir esto que los átomos deben ser todos necesariamente en absoluto semejantes
entre sí. El peso atómico que atribuimos al itrio representa, por lo tanto,
sólo un valor medio, alrededor del cual los pesos reales de los átomos
individuales del “cuerpo simple” figuran dentro de ciertos límites. Mas si mi
conjetura es admisible, si no fuese posible separar un átomo de otro, los
veríamos variar dentro de estrechos límites en ambos sentidos del término medio.
El proceso mismo del funcionamiento implica la existencia en ciertos cuerpos de
tales diferencias.
Así
pues, los hechos y la verdad se han impuesto una vez más a la ciencia “exacta”,
y la han obligado a ensanchar sus opiniones y a cambiar sus límites, que,
ocultando a la multitud, la reducían a un cuerpo- como los Elohim Septenarios y
sus huestes, transformadas por materializados fanáticos en un Jehovah.
Reemplazad los términos químicos de “molécula”, “átomo”, “partícula”, etc., por
las palabras “Huestes”, “Mónadas”, “Devas”, etc., y podría creerse que se
trataba de la descripción del génesis de los Dioses, de la evolución primordial
de las Fuerzas manvantáricas inteligentes. Pero el sabio
conferenciante agrega a sus observaciones descriptivas algo más significativo
todavía; si es consciente o inconscientemente, ¿quién lo sabe? Pues dice:
Hasta
últimamente pasaban revista semejantes cuerpos como simples. Tenían propiedades
químicas y físicas definidas; tenían pesos atómicos reconocidos. Si tomamos una
solución pura diluida de uno de esos cuerpos, el itrio por ejemplo, y si le
añadimos un exceso de amoníaco fuerte, obtenemos un precipitado que parece
perfectamente homogéneo. Pero si en vez de esto añadimos amoníaco muy diluido,
sólo en cantidad suficiente para precipitar una mitad de la base presente, no
obtenemos precipitado inmediato. Si agitamos bien el todo, de modo que se
obtenga una mezcla uniforme de la solución y del amoníaco, y dejamos el vaso
durante una hora, evitando con cuidado el polvo, todavía podremos hallar el
líquido claro y transparente sin vestigio alguno de opacidad. Después de tres o
cuatro horas, sin embargo, se producirá una opalescencia, y a la mañana
siguiente habrá aparecido un precipitado. Ahora bien, preguntémonos: ¿qué puede
significar este fenómeno? La cantidad del reactivo agregada era insuficiente para
precipitar más de la mitad del itrio presente; por tanto, ha estado operándose
durante algunas horas un procedimiento parecido al de la selección. La
precipitación no se ha efectuado evidentemente al azar, sino que se
han descompuesto aquellas moléculas de la base que se ponían en contacto con
una molécula de amoníaco correspondiente; pues tuvimos cuidado de que se
mezclasen los líquidos de un modo uniforme, a fin de que no se hallase más
expuesta una molécula que otra de la sal original a la descomposición. Si
consideramos, además, el tiempo que transcurre antes de la aparición de un
precipitado, no podemos evitar la conclusión de que la acción que se ha
estado produciendo durante las primeras horas es de un carácter selectivo. No
consiste el problema en saber por qué se produce un precipitado, sino qué es lo
que determina o dirige ciertos átomos a posarse y otros a permanecer en
solución. Entre la multitud de átomos presentes, ¿cuál es el poder que
dirige a cada átomo para elegir el camino debido? Podríamos representarnos
alguna fuerza directora pasando revista a los átomos uno a uno, escogiendo a
éste para la precipitación, y al otro para la solución, hasta que todos
hubiesen sido destinados.
Las
itálicas del pasaje anterior son nuestras. Bien puede un hombre de ciencia
preguntar: ¿Qué poder es el que dirige a cada Átomo, y cuál es el significado
de su carácter selectivo? Los deístas resolverán la cuestión contestando:
“Dios”; y con esto nada habrían resuelto filosóficamente. El Ocultismo contesta
en su propio terreno panteísta, y enseña al estudiante que son Dioses, Mónadas
y Átomos. El sabio orador ve en esto aquello que le interesa principalmente:
las indicaciones y huellas de un sendero que puede conducir al descubrimiento y
a la demostración plena y completa de un elemento homogéneo en la
Naturaleza. Él observa:
Para
que semejante selección pueda efectuarse, es evidente que debe haber algunas
ligeras diferencias entre las cuales sea posible elegir, siendo casi seguro que
esa diferencia debe ser básica, tan ligera que resulta imperceptible dentro de
los medios de experimentación hasta ahora conocidos, pero susceptible de ser
nutrida y estimulada hasta un punto en que pueda apreciarse la diferencia por
los medios ordinarios.
El
Ocultismo, que conoce la existencia y la presencia en la Naturaleza del
Elemento Eterno Único, en cuya primera diferenciación brotan periódicamente las
raíces del Árbol de la Vida, no necesita pruebas científicas. Él dice: La
Antigua Sabiduría resolvió el problema edades ha. Sí, serio o burlón lector, la
Ciencia se aproxima lenta pero seguramente a nuestros dominios de lo Oculto.
Vese ella obligada por sus propios descubrimientos a adoptar nolens
volens nuestra fraseología y nuestros símbolos. La Ciencia química se
encuentra compelida ahora, por la fuerza misma de las cosas, a aceptar hasta
nuestra explicación de la evolución de los Dioses y los Átomos, tan
significativa e innegablemente representada en el caduceo de Mercurio, el Dios
de la Sabiduría, y en el lenguaje alegórico de los Sabios Arcaicos. Un
Comentario de la Doctrina Esotérica dice:
El
tronco del ASVATTHA (el árbol de la Vida y del Ser, la VARA del
Ca-duceo) nace y desciende a cada Comienzo (a cada nuevo
Manvántara) de las dos obscuras alas del Cisne (HANSA) de
la Vida. Las dos Serpientes, lo eternamente vivo y su ilusión (Espíritu
y Materia), cuyas dos cabezas provienen de la cabeza entre las alas,
descienden a lo largo del tronco entrelazadas en estrecho abrazo. Las dos colas
júntanse sobre la tierra (el Universo manifestado), formando una
sola, y ésta es la gran ilusión ¡oh Lanu!
Todo
el mundo sabe lo que es el Caduceo, considerablemente modificado por los
griegos. El símbolo original -con la triple cabeza de la Serpiente- sufrió una
alteración, convirtiéndose en una vara con un remate, y fueron separadas las
dos cabezas inferiores, desfigurando así algún tanto el significado original.
No obstante, esa vara laya rodeada por dos serpientes es buena ilustración para
nuestro objeto. Verdaderamente, los poderes maravillosos del Caduceo mágico
fueron cantados por todos los antiguos poetas, y con no poco fundamento para
los que comprendían el significado secreto.
Ahora
bien; ¿qué dice el docto presidente de la Sociedad Química de Gran Bretaña en
aquel mismo discurso que se refiera en algún modo a nuestra doctrina, arriba
mencionada, o tenga algo que ver con ella? Muy poca cosa; sólo lo que sigue, y
nada más:
En
el discurso de Biremingham, al que ya he hecho referencia, pedía a mi auditorio
que se imaginase la acción de dos fuerzas sobre el protilo original, siendo una
el tiempo, acompañado de una disminución de temperatura; la otra, una
oscilación semejante a la de un poderoso péndulo, con ciclos periódicos de
flujo y reflujo, reposo y actividad, estando íntimamente relacionado con la
materia imponderable, esencia, o fuente de energía que llamamos electricidad.
Ahora bien; un símil como éste llena su objeto si fija en la mente el hecho
particular que se propone poner de manifiesto, pero no debe esperarse que
responda necesariamente a todos los hechos. Además del descenso de temperatura
con el flujo y reflujo periódico de la electricidad, positiva o negativa,
necesarios para conferir a los elementos nuevamente nacidos su atomicidad
particular, es evidente que un tercer factor ha de tenerse en cuenta. La
Naturaleza no obra en un plano llano; requiere espacio para sus operaciones
cosmogénicas, y si introducimos el espacio como tercer factor, todo aparece
claro. En vez de un péndulo, el cual, aunque es hasta cierto punto un buen
ejemplo, es imposible como hecho, busquemos algún medio más satisfactorio de
representar lo que puede haber tenido lugar, según yo lo concibo. Supongamos
que el diagrama en zigzag no esté dibujado sobre un plano, sino proyectado en
el espacio de tres dimensiones. ¿Cuál será la mejor figura que podamos elegir
capaz de llenar todas las condiciones requeridas? Muchos de los hechos pueden
explicarse bien, suponiendo que la proyección en el espacio de la curva en
zigzag, del profesor Emerson Reynold, sea una espiral. Esta figura es, sin
embargo, inadmisible, tanto más cuanto que la curva tiene que pasar dos veces
en cada ciclo por un punto neutro en cuanto a la electricidad y a la energía
química. Por tanto, hemos de adoptar otra figura. Una figura de ocho (8) o
lemniscata resumirá un zigzag así como una espiral, y llena todas las
condiciones del problema.
Una
lemniscata para la evolución hacia abajo, desde el Espíritu a la Materia; otra
forma de espiral, quizás en su camino evolutivo hacia arriba, desde la Materia
al Espíritu; y la necesaria reabsorción gradual y final en el estado laya,
el que la Ciencia llama, en su propio lenguaje, “el estado neutro respecto de
la electricidad”, o el punto cero. Tales son los hechos y la
afirmación ocultos. Pueden dejarse con la mayor seguridad y confianza a la
Ciencia, para ser confirmados algún día. Oigamos algo más, por otro lado,
acerca de ese tipo genético primordial del Caduceo simbólico:
Semejante
figura resultará de tres movimientos simultáneos muy sencillos. Primero, una
simple oscilación hacia atrás y hacia adelante (supongamos el Este y el Oeste);
segundo, una simple oscilación en ángulos rectos a la primera (supongamos el
Norte y el Sur) de la mitad del tiempo periódico, es decir, dos veces más de
prisa; y tercero, un movimiento en ángulos rectos a aquellos dos (supóngase
hacia abajo), que en su forma más sencilla tendría una velocidad uniforme. Si
proyectamos esa figura en el espacio, observamos, al examinarla, que las puntas
de las curvas donde se forman el cloro, el bromo y el yodo se aproximan una
bajo la otra; lo mismo sucede con el azufre, el selenio y el telurio;
igualmente con el fósforo, el arsénico y el antimonio, y del mismo modo con
otras series de cuerpos análogos. Se preguntará, quizás, si este sistema
explica cómo y por qué aparecen los elementos en este orden. Imaginemos una
traslación cíclica en el espacio, atestiguando cada evolución la génesis del
grupo de elementos que presenté anteriormente como producidos durante una
vibración completa del péndulo. Supongamos que se ha completado un ciclo de
este modo, el centro de la fuerza creadora desconocida, en su gran jornada por
el espacio, habiendo esparcido en sus huellas los átomos primitivos -las
semillas, si puedo emplear esta expresión-, que pronto han de juntarse y
convertirse en los grupos conocidos ahora como el litio, el berilio, el boro,
el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, el flúor, el sodio, el magnesio, el
aluminio, el silicio, el fósforo, el azufre y el cloro. ¿Cuál es, según todas
las probabilidades, la forma del camino seguido ahora? Si se limitase
estrictamente al mismo plano de temperatura y tiempo, las agrupaciones
elementales que seguidamente aparecerían volverían a ser las del litio, y se
repetiría eternamente el ciclo original, produciendo una y otra vez los mismos
14 cuerpos simples. Las condiciones, sin embargo, no son enteramente las
mismas. El espacio y la electricidad persisten como al principio; pero la
temperatura se ha alterado, y así, en vez de ser suplidos los átomos del litio
por átomos análogos bajo todos conceptos, los grupos atómicos que vienen a la
existencia cuando principia el segundo ciclo no forman el litio, sino su
descendiente lineal, el potasio. Supongamos, por consiguiente, a la vì
generatrix marchando en vaivén en ciclos, que siguen la senda
lemniscata, como más arriba indicamos; mientras que simultáneamente la
temperatura baja y el tiempo pasa -variaciones que he intentado representar por
el descenso-, cada repliegue del camino de la lemniscata va cruzando la misma
línea vertical en puntos cada vez más bajos. Proyectada la curva en el espacio,
revela una línea central neutra en lo que respecta a la electricidad, y neutra
en propiedades químicas: electricidad positiva al Norte, negativa al Sur. Las
atomicidades dominantes son regidas por la distancia al Oriente y Occidente de
la línea central neutra, siendo los elementos monatómicos el desplazamiento
primero desde la misma, los diatómicos el segundo y así sucesivamente. La misma
ley rige en cada vuelta sucesiva.
Y,
como para demostrar la afirmación de la Ciencia Oculta y de la Filosofía inda,
de que a la hora del Pralaya los dos aspectos de la Incognoscible Deidad, “el
Cisne en las tinieblas”, Prakriti y Purusha, Naturaleza o Materia en todas sus
formas y Espíritu, no subsisten ya, sino que quedan absolutamente disueltos,
hallamos la opinión científica conclusiva del gran químico inglés, que corona
sus pruebas diciendo:
Hemos
indicado ahora la formación de los elementos químicos procedentes de modos y
vacíos con un fluido primitivo informe. Hemos mostrado la posibilidad, y más
aún, la probabilidad, de que los átomos no sean eternos en existencia, sino que
compartan, con todos los demás seres creados, los atributos de la decadencia y
muerte.
A
esto dice el Ocultismo amén, puesto que la “posibilidad” y la
“probabilidad” científicas son para él hechos demostrados sin necesidad de
prueba ulterior o por alguna evidencia física extraña. No obstante, él repite
con la misma seguridad de siempre: “LA MATERIA ES ETERNA, convirtiéndose en
atómica (su aspecto) sólo periódicamente”. Esto es tan cierto como es errónea
otra proposición, tal como la presentan los hombres de ciencia, y casi
unánimemente reconocida por los astrónomos y físicos, a saber, que el uso y
deterioro del cuerpo del Universo sigue su curso regular, y que conducirá
finalmente a la extinción de los fuegos solares y a la destrucción del
Universo. Habrá, como siempre ha habido, en el tiempo y la eternidad,
disoluciones periódicas del Universo manifestado; tales como un Pralaya parcial
después de cada Día de Brahmâ; y un Pralaya Universal -el Mahâ-Pralaya- sólo
después del transcurso de cada Edad de Brahmâ. Pero las causas científicas de
semejante disolución, tales como las ofrece la ciencia exacta, nada tienen que
ver con las verdaderas causas. Sea como fuere, el Ocultismo se encuentra una
vez más confirmado por la Ciencia; pues como dijo Mr.
Crookes:
Hemos
demostrado con argumentos sacados del laboratorio químico que en la materia que
ha respondido a cada reactivo como cuerpo simple existen ligerísimos matices de
diferencia que pueden admitir la selección. Hemos visto que la distinción
tradicional entre los simples y compuestos ya no se aviene con los desarrollos
de la ciencia química, sino que debe modificarse de modo que comprenda un gran
número de cuerpos intermedios, “metasimples”. Hemos demostrado cómo las
objeciones de Clerk-Maxwell, por poderosas que sean, pueden contestarse; y
finalmente, hemos aducido razones para la creencia de que la materia primitiva
fue formada por la acción de una fuerza generadora lanzando a intervalos de
tiempo átomos dotados de cantidades variables de formas primitivas de energía.
Si podemos aventurar conjeturas respecto al origen de la energía encarnada en
un átomo químico, creo que podemos suponer que las radiaciones del calor
propagadas al exterior a través del éter desde la materia ponderable del Universo,
por algún proceso de la Naturaleza que aún desconocemos, se transforman en los
confines del Universo en los movimientos primarios -los esenciales- de los
átomos químicos, que desde el momento en que son formados gravitan hacia
adentro y devuelven así al Universo la energía que de otro modo se perdería
para él, por efecto del calor radiante. Si esta conjetura está bien fundada, la
sorprendente predicción de Sir William Thomson respecto a la decrepitud final
del Universo a causa del agotamiento de su energía, cae por tierra. De esta
manera, señores, paréceme que puede ser tratada provisionalmente la cuestión de
los cuerpos simples. Nuestro escaso conocimiento acerca de estos primeros
misterios se va extendiendo metódica aunque lentamente.
Por
una extraña y curiosa coincidencia, hasta nuestra doctrina septenaria parece
imponerse a la Ciencia. Si hemos comprendido bien, la Química habla de catorce
grupos de átomos primitivos - el litio, berilio, boro, carbono, nitrógeno,
oxígeno, flúor, sodio, magnesio, aluminio, silicio, fósforo, azufre y cloro; y
hablando Mr. Crookes de las “atomicidades dominantes” enumera siete grupos de
éstas, pues dice:
A
medida que el poderoso foco de energía creadora da la vuelta, le vemos sembrar
en ciclos sucesivos, en una región del espacio, semillas de litio, potasio,
rubidio y cesio; en otra región el cloro, el bromo y el yodo; en una tercera,
el sodio, el cobre, la plata y el oro; en la cuarta, el azufre, el selenio y el
teluro; en la quinta, el berilio, el calcio, el estroncio y el bario; en la
sexta, el magnesio, el cinc, el cadmio y el mercurio; en la séptima, el
fósforo, el arsénico, el antimonio y el bismuto (lo que constituye siete grupos
por una parte. Y después mostrando)... en otras regiones los demás elementos, a
saber: el aluminio, el galio, el indio y el talio; el silicio, el germanio y el
estaño; el carbono, el titanio y el circonio... (añade), una posición natural
cerca del eje neutro se encuentra para los tres grupos de cuerpos simples,
relegados por el profesor Mendeleeff a una especie de Hospital de Incurables,
su octava familia.
Sería
interesante, sin duda, comparar a estos siete y la octava familia de
“incurables” con las alegorías concernientes a los siete hijos primitivos de la
“Madre, el Espacio Infinito” o Aditi, y el octavo hijo por ella rechazado.
Muchas coincidencias extrañas podrían encontrarse entre “esos eslabones
intermediarios... llamados metasimples o elementoides, y aquéllos a quienes
llama la Ciencia Oculta sus Nóumenos, las Mentes y Directores inteligentes de
esos grupos de Mónadas y Átomos. Mas esto nos llevaría demasiado lejos.
Contentémonos con encontrar la confesión del hecho de que:
Esta
desviación de la homogeneidad absoluta debiera marcar la constitución de estas
moléculas o agrupaciones de materia que llamamos cuerpos simples, y resultará
quizás más clara si nos volvemos mentalmente al primer albor de nuestro
Universo material, y cara a cara con el Gran Secreto, tratamos de considerar el
proceso de la evolución elemental.
Así
pues, la Ciencia al fin, en la persona de uno de sus más caracterizados
representantes, adopta, para hacerse más comprensible al profano, la
fraseología de Adeptos tan antiguos como Roger Bacon, y vuelve otra vez al
“protilo”. Todo esto promete mucho y es muy significativo como uno de los
“signos de los tiempos”.
A
la verdad, estos signos son numerosos y se multiplican diariamente; pero
ninguno es más importante que los que acabamos de citar. Porque ahora se ha
echado un puente sobre el abismo que separaba las doctrinas ocultas,
“supersticiosas y anticientíficas”, de las de la ciencia “exacta”; y entre los
pocos químicos eminentes del día, uno al menos ha penetrado en los dominios de
las infinitas posibilidades del Ocultismo. Cada nuevo paso que dé se aproximará
más y más a aquel centro misterioso del cual irradian los innumerables senderos
que conducen al Espíritu hacia la Materia, y que transforman a los Dioses y a
las Mónadas vivientes en el hombre y en la Naturaleza senciente.
Pero
en la sección que sigue tenemos algo más que decir respecto de este punto.
SECCIÓN IX
LA FUERZA FUTURA
SUS
POSIBILIDADES E IMPOSIBILIDADES
¿Diremos
que la Fuerza es “Materia agitada” o “Materia en movimiento” y una
manifestación de la Energía; o que la Materia y la Fuerza son los aspectos
fenomenales diferenciados de la Substancia Cósmica primaria y no diferenciada?
Esta
cuestión se presenta en relación con la Estancia que trata de FOHAT y sus
“Siete Hermanos o Hijos”; en otras palabras, de la causa y
los efectos de la Electricidad Cósmica. En lenguaje Oculto,
los Hermanos o Hijos son las siete fuerzas primarias de la Electricidad, cuyos
efectos puramente fenomenales, y por tanto los más groseros, son los únicos que
conocen los físicos en el plano cósmico, y especialmente en el terrestre. Estos
comprenden, entre otras cosas, el Sonido, la Luz, el Color, etc. Ahora bien;
¿qué nos dice de estas “Fuerzas” la Ciencia Física? El SONIDO, dice, es una
sensación producida por el contacto de las moléculas atmosféricas con el
tímpano, el cual, produciendo tenues estremecimientos en el aparato auditivo,
comunica así las vibraciones de aquéllas al cerebro. La LUZ es la sensación
causada por el contacto con la retina, de vibraciones del éter
inconcebiblemente minúsculas.
También
nosotros decimos lo mismo. Pero estos son simplemente los efectos producidos en
nuestra atmósfera y en sus medios inmediatos; en realidad, todo lo que cae
dentro de los límites de nuestra conciencia terrestre. Júpiter Pluvio dio su
símbolo en gotas de lluvia, en gotas de agua, compuesta según se cree de dos
“cuerpos simples”, que la Química separa y vuelve a combinar. Las moléculas
compuestas están en su poder, pero los átomos se le escapan todavía. El
Ocultismo ve en todas estas Fuerzas y manifestaciones una escala, cuyos
peldaños inferiores pertenecen a la Física exotérica, y los superiores se
remontan a un Poder vivo, inteligente e invisible, que es, por regla general,
la causa indiferente, aunque excepcionalmente consciente, de los fenómenos que
afectan a los sentidos y que se designan como ley de la Naturaleza.
Nosotros
decimos y sostenemos que el SONIDO, por ejemplo, es un poder oculto tremendo;
una fuerza estupenda, cuya potencialidad más pequeña, cuando se
dirige con conocimiento de lo Oculto, no podría ser contrarrestada por la que
engendrasen un millón de Niágaras. Podría producirse un sonido de tal
naturaleza que elevase en el aire la pirámide de Cheops, o que hiciese revivir
y comunicase nuevo vigor y energía a un moribundo, y hasta a un hombre que
hubiese exhalado su último aliento.
Porque
el sonido engendra, o más bien, congrega a los elementos que producen un ozono,
cuya fabricación traspasa las facultades de la Química, si bien está dentro de
la esfera de la Alquimia. Puede él hasta resucitar a un hombre
o un animal cuyo “cuerpo vital” astral no haya sido separado de modo
irreparable de su cuerpo físico, por la ruptura del cordón ódico o magnético.
Por haber sido salvada de la muerte tres veces por virtud de
este poder, a la escritora bien puede concedérsele que conozca personalmente
algo del mismo.
Y
si todo esto parece demasiado anticientífico, hasta para reparar en
ello, que explique la Ciencia a qué leyes mecánicas y físicas de las por ella
conocidas se deben los recientes fenómenos producidos por el llamado motor
Keely. ¿Qué es lo que actúa como formidable generador de fuerza invisible, pero
tremenda, de esa potencia, no sólo capaz de arrastrar una máquina de 25
caballos, sino que hasta ha sido utilizada para levantar en alto el conjunto de
la maquinaria? Y, sin embargo, todo esto se ha verificado con sólo pasar un
arco de violín por un diapasón, según se ha probado repetidas veces. Porque la
Fuerza Etérea descubierta por John Worrell Keely, de Filadelfia, bien conocido
en América y en Europa, no es una alucinación. No obstante haber fracasado en
sus esfuerzos para utilizarla -fracaso pronosticado y sostenido desde un
principio por algunos ocultistas-, los fenómenos presentados por el descubridor
durante estos últimos años han sido maravillosos, casi milagrosos, no en el
sentido de lo sobrenatural (1), sino en el de lo sobrehumano.
Si se hubiese permitido a Keely salir airoso, él habría podido reducir a átomos
todo un ejército en el espacio de algunos segundos, tan fácilmente como redujo
un buey muerto a aquel estado.
Ruego
ahora al lector que preste seria atención a esta fuerza acabada de descubrir, a
la que su inventor ha dado el nombre de Fuerza o Fuerzas Interetéricas.
En
la humilde opinión de los ocultistas, así como en la de sus amigos íntimos,
Keely estaba y está aún en el umbral de uno de los mayores secretos del
Universo, principalmente de aquel en que está fundado todo el misterio de las
Fuerzas físicas y el significado esotérico del simbolismo del “Huevo del
Mundo”. La Filosofía Oculta, considerando al Kosmos manifestado y no
manifestado, como una UNIDAD, simboliza el concepto ideal del primero en un
“Huevo de Oro”, con dos polos. El polo positivo es el que actúa en el Mundo
manifestado de la Materia, mientras que el negativo se pierde en el
incognoscible Absoluto de SAT - la Seidad (2). No podemos
decir si esto está conforme con la filosofía de Mr. Keely, ni a la verdad
importa ello mucho. Sin embargo, sus ideas sobre la construcción etéro-materia
del Universo se parecen de un modo extraño a las nuestras, siendo en
este particular casi idénticas. He aquí lo que se lee en un folleto
hábilmente escrito por Mrs. Bloomfield-Moore, señora americana con fortuna y
posición, cuyos esfuerzaos incesantes en pro de la verdad no se apreciarán
nunca lo bastante:
Mr.
Keely explica la manera de funcionar de su máquina diciendo: “No se ha
encontrado nunca el medio de producir un centro neutral, al proyectar las
máquinas hasta hoy construidas. Si se hubiese conseguido, habrían tenido
término las dificultades de los investigadores del movimiento continuo, y este
problema habría llegado a ser un hecho establecido. Sólo se necesitaría el
impulso inicial de unas cuantas libras, sobre tal mecanismo, para hacerlo
funcionar durante siglos. En el proyecto de mi máquina vibratoria, no he
tratado de conseguir el movimiento continuo; pero se forma un circuito que
tiene realmente un centro neutral, el cual está en condiciones de
ser vivificado por mi éter vibratorio, y mientras se halla bajo la acción de
dicha substancia, es en realidad una máquina que es virtualmente independiente
de la masa (o globo) (3), lo que tiene lugar a causa de la velocidad asombrosa
del circuito vibratorio. Sin embargo, con toda su perfección, necesita que se
le suministre éter vibratorio para constituir un motor independiente... Todas
las construcciones requieren cimientos de una resistencia proporcionada al peso
de la masa que deben soportar; pero los cimientos del Universo se asientan en
un punto vacío mucho más diminuto que una molécula; en una palabra, y para
expresar con exactitud esta verdad, en un punto interetérico, para
cuya comprensión se necesita una mente infinita. El investigar las
profundidades de un centro etérico es exactamente lo mismo que buscar los
confines del vasto espacio del éter de los cielos, con la diferencia de que uno
es el campo positivo, mientras que el otro es el negativo”.
Ésta
es precisamente, como puede verse, la Doctrina Oriental. El punto interetérico
de Mr. Keely es el punto laya de los ocultistas; esto, sin embargo, no rquiere
“una mente infinita para comprenderlo”, sino tan sólo una intuición y una
habilidad especiales para encontrar el sitio en que se oculta dentro de este
Mundo de Materia. Por de contado, no puede producirse un centro laya,
pero sí un vacío interetérico, como se ha probado por la
producción de sonidos de campana en el espacio. Mr. Keely habla, sin embargo,
como un ocultista inconsciente cuando, al exponer su teoría de la suspensión
planetaria, dice:
Por
lo que respecta al volumen de los planetas, preguntaríamos desde un punto de
vista científico: ¿cómo puede existir la inmensa diferencia de volumen de los
planetas, sin descomponer la acción armónica que los caracteriza? Sólo puedo
contestar a esta pregunta con propiedad entrando en un análisis progresivo a
partir de los centros etéricos rotatorios que fueron fijados por el Creador (4)
con su poder de atracción o acumulación. Si se me pregunta qué poder da a cada
átomo etérico su inconcebible velocidad de rotación (o inicial), contestaré que
ninguna mente finita podrá jamás concebirlo. La filosofía de la acumulación es
la única prueba de que semejante poder ha sido dado. El área, si así puede
decirse, de tal átomo presenta a la fuerza atractiva o magnética, electiva o
propulsora, toda la fuerza receptiva y toda la fuerza antagónica que
caracterizan a un planeta del mayor tamaño; por consiguiente, continuando la
acumulación, permanece la ecuación perfecta. Una vez fijado este centro diminuto,
el poder que se necesitaría para arrancarlo de su posición tendría que ser tan
grande como el que se necesitase para hacer cambiar de sitio al mayor planeta
existente. Cuando este centro atómico neutral varía de lugar, el planeta tiene
que seguirle. El centro neutral lleva consigo todo el peso de una acumulación
cualquiera desde el punto de partida, y permanece el mismo, por siempre en
equilibrio en el espacio eterno.
Mr.
Keely esclarece su idea de “un centro neutral” con el siguiente ejemplo:
Imaginemos
que, después de la acumulación de un planeta de un diámetro cualquiera, de
20.000 millas, v. gr., aproximadamente, pues el tamaño no afecta en nada la
cuestión, se desaloje todo el material a excepción de una corteza de 5.000
millas de espesor, dejando un vacío entre ella y un centro del tamaño de una
bola de billar ordinaria. Se necesitaría para mover esta pequeña masa central
un poder tan grande como el que fuese preciso para mover la corteza de 5.000
millas de espesor. Además, esta pequeña masa central arrastraría siempre
consigo el peso de la corteza, manteniéndola equidistante, y no habría ningún
poder contrario, por grande que fuese, que las pudiese juntar. La imaginación
se turba al contemplar la inmensa carga que soporta este punto central en donde
el peso cesa... Esto es lo que entendemos por un centro neutral.
Y
esto es también lo que los ocultistas entienden por un centro laya.
Lo
anterior es declarado “anticientífico” por muchos. Pero así sucede con todo lo
que no está sancionado y sostenido por los principios estrictamente ortodoxos
de la Ciencia física. A menos que la explicación dada por el mismo inventor sea
aceptada, ¿qué puede la Ciencia contestar a hechos ya vistos, y que no es
posible a nadie negar? En cuanto a nosotros, como sus explicaciones son
completamente ortodoxas, desde el punto de vista Espiritual y
Oculto, aun cuando no suceda lo mismo desde el punto de vista de la Ciencia
materialista especulativa, llamada exacta, son, por lo tanto,
nuestras por lo que hace a este particular. La Filosofía Oculta divulga muy
pocos de sus misterios vitales más importantes. Los deja caer como perlas
preciosas, uno a uno, y a gran distancia los unos de los otros; y esto, sólo
cuando se ve obligada a ello por la corriente evolutiva que lleva al género
humano lenta y silenciosa pero firmemente hacia la aurora de la humanidad de la
Sexta Raza. Pues una vez fuera de la fiel custodia de sus legítimos herederos y
guardianes, estos misterios dejan de ser ocultos; caen bajo el dominio público
y corren el riesgo de convertirse en maldiciones más bien que en bendiciones,
una vez en las manos de los egoístas, de los Caínes de la raza humana. Sin
embargo, cuando nacen individuos tales como el descubridor de la Fuerza
Etérica, hombres con facultades peculiares, psíquicas y mentales (5), son
generalmente y con frecuencia ayudados, no consintiéndoles que sigan a tientas
su camino; si se les abandonase a sus propios recursos, pronto pararían en el
martirio o serían presa de especuladores sin escrúpulo. Pero sólo se les ayuda
a condición de que no se conviertan, consciente o inconscientemente, en un
peligro más para su época: un peligro para los pobres, ofrecidos en
diario holocausto por los menos ricos a los más ricos (6). Esto requiere una
corta digresión y una explicación.
Hace
unos doce años, cuando tenía lugar la Exposición Centenario de Filadelfia, la
escritora de este libro, en contestación a las ansiosas preguntas de un
teósofo, que era uno de los primeros admiradores de Mr. Keely, repitió lo que
había oído en fuentes de cuyos informes ella no dudaría nunca.
Se
había declarado que el inventor del “Automotor” era lo que en lenguaje
kabalístico se llama “un mago de nacimiento”. Que él ignoraba
y continuaría ignorando todo el alcance de sus poderes, y sólo operaría con
aquellos que había encontrado educidos y afirmados en su propia naturaleza -en
primer lugar, porque atribuyéndolos a un origen erróneo, no podría nunca desarrollarlos
por completo; y en segundo término, porque estaba fuera de sus
facultades el comunicar a otros lo que sólo era una capacidad inherente
a su propia naturaleza especial. Por tanto, no podría transferir a nadie el
secreto de un modo permanente, para usos prácticos (7).
No
son muy raros los individuos nacidos con tales capacidades. El que no se oiga
hablar de ellos con más frecuencia, depende de que, en casi todos los casos,
viven ellos y mueren en la completa ignorancia de que están en posesión de
poderes anormales. Mr. Keely posee poderes que se llaman anormales,
precisamente porque son tan poco conocidos en nuestros días, como lo era la
circulación de la sangre antes del tiempo de Harvey. La sangre existía y se
conducía del mismo modo que hoy lo hace, en el primer hombre nacido de mujer; y
de la misma manera existe y ha existido en el hombre ese principio que
puede dominar y guiar a la Fuerza etérica vibratoria. Existe, en todo caso, en
todos los mortales, cuyos Yoes Internos se hallan relacionados
desde un principio, por razón de su descendencia directa, con ese Grupo de
Dhyân Chohâns llamados “los primeros nacidos del AEther”. La Especie
humana, considerada físicamente, está dividida en varios grupos, cada uno de
los cuales está relacionado con uno de los Grupos Dhyánicos que formaron
primero al hombre psíquico (véanse los párrafos 1, 2, 3, 4 y
5, en el Comentario de la Estancia VII). Mr. Keely (muy favorecido en este
concepto, y que además de su temperamento psíquico es intelectualmente genial
en mecánica) puede llevar a cabo los resultados más maravillosos. Ya ha
conseguido algunos, ciertamente, más de los que ha logrado en esta edad, hasta
hoy, mortal alguno no iniciado en los Misterios finales. Lo
que ha hecho es suficiente, como con justicia dicen sus amigos, para “demoler
con el martillo de la Ciencia los ídolos científicos”, los ídolos de materia
con pies de barro. La que estas líneas escribe no piensa contradecir en lo
mínimo a Mrs. Bloomfield-Moore cuando en su escrito sobre “La Fuerza Psíquica y
la Fuerza Etérica” declara que Mr. Keely, como filósofo:
Tiene
un alma bastante grande, una mente bastante sabia y un ánimo bastante elevado
para vencer todas las dificultades y aparecer al fin ante el mundo como el
mayor descubridor e inventor.
Y
también dice:
Keely
alcanzaría fama inmortal aun cuando no hiciera más que guiar a los hombres de
ciencia desde las desoladas regiones en que marchan a tientas, hacia el campo
abierto de la fuerza elemental, donde la gravedad y la cohesión son
sorprendidas en sus guaridas y derivadas para el uso; en donde, de la unidad de
origen, emana la energía infinita en formas variadas. Si él demostrase, para
destrucción del materialismo, que el Universo está formado por un principio
misterioso, al cual la materia, por perfectamente organizada que esté, se halla
supeditada en absoluto, sería un bienhechor espiritual de nuestra raza, mayor
de lo que lo ha sido en nuestro mundo moderno otro hombre alguno. Si él llegase
a conseguir que en el tratamiento de las enfermedades se substituyan las
fuerzas más refinadas de la Naturaleza a los agentes materiales y groseros que
han enviado a la tumba más seres humanos que la guerra, la peste y el hambre
combinadas, sería acreedor a la gratitud de la humanidad entera. Todo esto y más
llegará a hacer, si él y los que han seguido sus progresos, día por día durante
años, no son demasiado optimistas en sus esperanzas.
La
misma señora, en su folleto Keely’s Secrets (8), copia el
siguiente párrafo de un artículo escrito en The Theosophist hace
algunos años por la escritora de la presente obra:
El
autor del folleto núm. 5, de los dados a luz por la Sociedad de Publicaciones
Teosóficas, What is Matter and What is Force, dice en el mismo:
“Los hombres de ciencia acaban de encontrar “un cuarto estado de materia”,
mientras que los ocultistas han penetrado años ha más allá del sexto, y, por
tanto, no deducen, sino que conocen, la existencia del séptimo, el último”.
Este conocimiento comprende uno de los secretos del llamado “secreto compuesto”
de Keely. Muchas personas saben ya que este secreto encierra “el aumento de la
energía”, el aislamiento del éter y la adaptación de la fuerza dinaesférica a
las máquinas.
Precisamente
porque el descubrimiento de Keely conduciría al conocimiento de uno de los
secretos más ocultos, secreto que jamás se permitirá pueda caer en poder de las
masas, es por lo que los ocultistas creen seguro su fracaso al llevar su
descubrimiento hasta su fin lógico. Pero sobre esto ya hablaremos. Aun dentro
de sus limitaciones, este descubrimiento puede ser de grandísima utilidad,
pues:
Paso
a paso, con paciente perseverancia, a la que el mundo hará honor algún día,
este hombre de genio ha realizado sus investigaciones, dominando las
dificultades colosales que una y otra vez levantaban en su camino las que
parecían ser (para todos menos para él) barreras infranqueables para ulterior
progreso; pero jamás se ha señalado en el mundo de modo tal la hora propicia
para el advenimiento de la nueva fuerza que la humanidad espera. La Naturaleza,
siempre refractaria a entregar sus secretos, presta oído a las demandas que le
hace su dueño, la necesidad. Las minas de carbón no
pueden satisfacer por mucho tiempo el creciente pedido que se les
hace. El vapor ha alcanzado su último límite de potencia y no llena las
exigencias de la época. Sabe que sus días están contados. La electricidad se
mantiene sin avanzar, abatido su impulso, pendiente de la aproximación de su
colega. Los buques aéreos están anclados, por decirlo así, a la expectativa de
la fuerza que ha de convertir a la navegación aérea en algo más que un sueño.
Con la misma facilidad con que se comunican los hombres desde sus respectivas
oficinas con sus casas por medio del teléfono, han de hablar unos con otros los
habitantes de los diversos continentes a través del Océano. La imaginación se
suspende cuando trata de prever los grandes resultados de este maravilloso
descubrimiento, una vez que se aplique a las artes y a la mecánica. Al ocupar
el trono que el vapor ha de verse obligado a abandonar, la fuerza dinaesférica
dominará al mundo con un poder tan fuerte en pro de la civilización, que no hay
mente finita capaz de conjeturar las consecuencias. Laurence Oliphant, en su
prefacio a la Scientific Religion, dice: “Una nueva moral está
alboreando sobre la raza humana, que por cierto la necesita bastante”. De
ninguna manera podría la moral futura principiar de modo tan amplio y universal
como utilizando la fuerza dinaesférica para fines útiles de la vida.
Los
ocultistas están dispuestos a admitir todo esto, con la elocuente escritora. La
vibración molecular es, sin duda, “el legítimo campo de investigaciones de
Keely”, y los descubrimientos hechos por él resultarán maravillosos, aunque
en sus manos solamente y por su solo medio. El mundo no obtendrá más que
aquello que se le pueda confiar sin peligro. La verdad de esta aseveración no
ha sido quizás vislumbrada ni aun por el mismo descubridor, puesto que él
escribe que tiene la seguridad absoluta de que cumplirá todo lo que ha
ofrecido, y que lo comunicará entonces al mundo; pero ya verá claro, y sin que
pase mucho tiempo. Lo que dice respecto de su obra es una buena prueba de ello:
El
que examine mi máquina, si quiere hacerse cargo del procedimiento que se emplea
y formar un concepto aproximado de su modus operandi, tiene que
desechar la idea de las máquinas que funcionan por el principio de la
presión y agotamiento, por la expansión del vapor u otro gas análogo que choca
contra una resistencia, tal como el pistón de una máquina de vapor. Mi
máquina no tiene pistón, ni excéntricas, ni existe la mínima presión ejercida
en el mecanismo, cualquiera que pueda ser su tamaño o capacidad. Mi sistema, en
todas sus partes y detalles, así en el desarrollo de la potencia como en sus
diversas aplicaciones, está fundado en la vibración simpática. De
ninguna otra manera sería posible despertar o desarrollar la fuerza, e
igualmente imposible sería que mi máquina funcionase con arreglo a algún otro
principio... Éste, sin embargo, es el verdadero sistema, y de aquí que todas
mis operaciones se encaminen en esta dirección; es decir, que mi fuerza se
engendrará, mi máquina marchará y mi cañón funcionará, por medio de un
alambre conductor. Sólo después de años de labor incesante y de
experimentos casi innumerables, que me obligaron a construir muchos y muy raros
aparatos mecánicos; sólo después de investigar y estudiar minuciosamente las
propiedades fenomenales de la substancia “etérea”, producida per se,
he llegado a poder prescindir de mecanismos complicados, y a obtener, como
pretendo, dominio sobre la fuerza sutil y extraña que estoy manejando.
Los
pasajes subrayados por nosotros son los que se relacionan de un modo directo
con el lado oculto de la aplicación de la Fuerza vibratoria, que Mr. Keely
llama “vibración simpática”. El “alambre conductor” es ya un paso hacia abajo,
o desde el plano puramente Etérico al Terrestre. El descubridor ha hecho
maravillas (la palabra “milagro” no es bastante expresiva) cuando actuaba sólo
por medio de la Fuerza interetérica, el quinto y sexto principio del Âkâsha.
Habiendo comenzado con un generador de seis pies de largo, ha venido a parar a
uno “del tamaño de los relojes antiguos de plata”; y esto es, por sí solo, un
milagro para un genio mecánico, pero no para un genio espiritual.
Como dijo muy bien su gran defensora y patrona Mrs. Bloomfield-Moore:
Las
dos formas de fuerza con que ha estado efectuando sus experimentos y los
fenómenos que han resultado, son la antítesis misma la una de la otra.
Una
era engendrada por él mismo, y funcionaba a través de él. Ningún otro que
hubiese repetido lo que él hacía, hubiera producido los mismos
resultados. Lo que funcionaba era verdaderamente el Éter de Keely, mientras
que el Éter de Smith o de Brown no hubieran dado resultado alguno. Porque la
dificultad de Keely hasta el día ha consistido en hacer una máquina que
desarrolle y regule la fuerza sin la intervención de ningún “poder de la
voluntad” o influencia personal del operador, sea consciente o
inconscientemente. En esto ha fracasado, cuando se ha tratado de que otros
hagan la aplicación; pues nadie sino él ha podido operar con
sus “máquinas”. Ocultamente considerado, esto fue un éxito mucho mayor que el
que él esperaba de su alambre conductor; mas los resultados obtenidos,
procedentes de los planos quinto y sexto de la Fuerza Etérica o Astral, no
se permitirá jamás que sirvan para fines mercantiles. La siguiente
declaración de una persona que conoce íntimamente a Keely prueba que el
organismo de éste se halla directamente relacionado con sus maravillosos
resultados.
En
cierta ocasión los accionistas de la Compañía “Keely Motor” pusieron en los
talleres a un hombre con el objeto expreso de descubrir su secreto. Después de
seis meses de observación inmediata, dijo un día éste a J. W. Keely: “Ahora ya
sé cómo se hace”. Habían estado los dos montando una máquina, y Keely estaba
manipulando entonces la llave reguladora que dirigía la fuerza. “Probad, pues”,
fue la contestación. El hombre dio vuelta la llave, y nada resultó. “Dejadme
ver de nuevo cómo lo hacéis”, dijo el hombre a Keely. Éste accedió, y la
máquina funcionó inmediatamente. Nuevamente lo intentó el otro, pero sin éxito.
Entonces Keely le puso la mano en el hombro y le dijo que probase otra vez. así
lo hizo, produciéndose inmediatamente la corriente.
Si
este hecho es verdad, queda la cuestión resuelta.
Se
nos dice que Mr. Keely define la electricidad “como una determinada forma de
vibración atómica”. En esto está en lo cierto; pero ésta es la electricidad en
el plano terrestre y a través de correlaciones terrestres. Keely estima las
Vibraciones
moleculares en 100.000.000
por segundo
“ intermoleculares “ 300.000.000 “ “
“ atómicas “ 900.000.000 “ “
“ interatómicas “ 2.700.000.000 “ “
“ etéricas “ 8.100.000.000 “ “
“ interetéricas “ 24.300.000.000 “ “
Esto
prueba nuestro aserto. No hay vibraciones que puedan ser contadas ni siquiera
estimadas aproximadamente, más allá “del reino del cuarto Hijo de
Fohat”, para usar una frase Oculta, o sea ese movimiento que corresponde a la
formación de la materia radiante de Mr. Crookes, llamada con ligereza hace
algunos años el “cuarto estado de materia” en este nuestro plano.
Si
se pregunta por qué no le fue permitido a Mr. Keely pasar de cierto límite, la
contestación es fácil: ello fue porque lo que ha descubierto de un modo
inconsciente es la terrible Fuerza sideral conocida por los Atlantes, y por
ellos llamada Mash-mak, a la cual designan los Rishis arios en su Astra Vidyâ
por un nombre que no queremos dar a conocer. Es el Vril de la Raza
Futura de Bulwer Lytton, y de las futuras Razas de nuestra humanidad.
El nombre Vril puede ser una ficción; pero la fuerza misma es un hecho, del que
se duda tan poco en la India como de la existencia de los Rishis, puesto que se
halla mencionada en todos los libros secretos.
Esta
Fuerza vibratoria es la que dirigida contra un ejército desde un Agni-ratha,
colocado en una nave voladora, o globo, según las instrucciones encontradas en
el Astra Vidyâ, reducirá a cenizas a 100.000 hombres y sus elefantes con la
misma facilidad que si se tratase de una rata muerta. En el Vishnu
Purâna, en el Râmâyana y otras obras se alegoriza esta
fuerza en la fábula sobre el sabio Kapila, cuya “mirada convirtió en una
montaña de cenizas a los 60.000 hijos del Rey Sagara”; y está explicada en las
Obras Esotéricas, y se alude a ella con el nombre de Kapilâksha, el Ojo de
Kapila.
¿Y
habría de permitirse que nuestras generaciones añadiesen esta Fuerza Satánica
al surtido de juguetes anarquistas conocidos con los nombres de reloj mecánico
de melinita o dinamita, naranjas explosivas, “cestos de flores” y otros tales
inocentes apelativos? ¿Y es este agente destructor, que, una vez en manos de
algún moderno Atila, un anarquista sediento de sangre, reduciría a Europa en
pocos días a su estado caótico primitivo, sin que quedara hombre vivo para
contarlo; es ésta la Fuerza que ha de ser propiedad común de todos los hombres
por igual?
Lo
que Mr. Keely ha hecho ya, es grande y maravilloso en extremo; tiene bastante
materia ante sí con la demostración de su nuevo sistema para “abatir el orgullo
de aquellos hombres científicos que son materialistas, revelando aquellos
misterios que se hallan tras el mundo de la materia” sin, nolens volens,
revelarlos todos. Porque seguramente los psíquicos y espiritistas, de los
cuales hay un buen número en los ejércitos europeos, serían los primeros en
experimentar personalmente los frutos de la revelación de tales misterios.
Millares de ellos se encontrarían bien pronto en el Éter azul, quizás con los
habitantes de comarcas enteras, para hacerles compañía, si semejante fuerza
fuera descubierta por completo, sólo con que fuese conocida públicamente. El
descubrimiento en toda su extensión es por demás prematuro, no ya por miles de
años, sino por cientos de miles. Sólo estará en su punto y tiempo propios
cuando la grande y rugiente oleada de hambre, miseria y trabajo mal retribuido
se recoja, como sucederá cuando las justas exigencias de las muchedumbres sean
felizmente satisfechas; cuando el proletariado no exista más que de nombre y se
haya extinguido el lastimero grito en demanda de pan, que hoy resuena
desatendido en todo el mundo. Esto pudiera apresurarse por la difusión del
saber y por nuevas facilidades para el trabajo y la emigración, con mejores
perspectivas que las que hoy existen, y en algún nuevo continente que
puede aparecer. Entonces solamente tendrán una gran demanda la fuerza y el
motor de Keely, tal como él y sus amigos lo concibieron al principio, porque
entonces serán más necesarios para el pobre que para el rico.
Mientras
tanto, la fuerza que ha descubierto funcionará por medio de alambres, y, si así
lo consigue, esto sólo será suficiente para hacer de él el inventor más grande
de la época presente.
Lo
que dice Mr. Keely del Sonido y del Color es
también exacto desde el punto de vista Oculto. Oídle hablar como si fuera un
hijo de los “Dioses Reveladores” y como si hubiese mirado toda su vida en las
profundidades del Padre-Madre AEther.
Comparando
la tenuidad de la atmósfera con la de las olas etéreas obtenidas por su invento
para romper las moléculas de aire por medio de la vibración, se expresa Keely
de este modo:
Es
como el platino para el gas hidrógeno. La separación molecular del aire nos
lleva tan sólo a la primera subdivisión; la intermolecular, a la segunda; la
atómica, a la tercera; la interatómica, a la cuarta; la etérica, a la quinta, y
la interetérica, a la sexta subdivisión o asociación positiva con el éter
luminoso (9). En mi primer argumento he sostenido que ésta es la envoltura
vibratoria de todos los átomos. En mi definición del átomo no me limito a la
sexta subdivisión, donde este éter luminoso se desarrolla en su forma
imperfecta, según lo prueban mis investigaciones (10). Creo que esta idea se
considerará por los físicos de hoy como una extraña fantasía. Es posible que
con el tiempo se haga luz sobre esta teoría, que pondrá de manifiesto su
sencillez ante la investigación científica. Ahora sólo puedo compararla a un
planeta en la oscuridad de un espacio, al que no ha llegado aún la luz del sol
de la ciencia... Yo afirmo que el sonido, lo mismo que el olor, es una
substancia real de tenuidad maravillosa desconocida, la cual emana de un
cuerpo, producida por percusión y lanzando al exterior corpúsculos absolutos de
materia, partículas interatómicas dotadas de una velocidad de 1.120 pies por
segundo; en el vacío, 20.000. La substancia que es así diseminada es una parte
de la masa agitada, y si se mantiene en esta agitación continuamente, sería en
el transcurso de cierto ciclo de tiempo completamente absorbida por la
atmósfera; o, más bien, pasaría a través de la atmósfera a un punto elevado de
tenuidad correspondiente a la clase de subdivisión que preside su
desprendimiento del cuerpo que le dio origen... Los sonidos de los diapasones
vibratorios, producidos de modo que originen acordes etéricos, mientras que por
una parte difunden sus tonos (compuestos), compenetran por otra a todas las
substancias que se hallan dentro del límite de su bombardeo atómico. Al tocar
una campana en el vacío se pone en libertad a estos átomos con la misma
velocidad y volumen que al aire libre; si la agitación de la campana se
sostuviese de un modo continuo durante algunos millones de siglos, la materia
de que estuviese compuesta volvería por completo a su ser primitivo; y si la
habitación estuviese herméticamente cerrada, y fuese suficientemente
resistente, el espacio vacío que rodea a la campana quedaría sometido a una
presión de muchos miles de libras por pulgada cuadrada, por virtud de la
substancia sutil desprendida. A mi entender, la definición exacta del sonido es
la perturbación del equilibrio atómico que rompe verdaderos corpúsculos
atómicos; y la substancia que de este modo se desprende debe ser seguramente un
orden determinado de flujo etérico. Dadas estas condiciones, ¿sería irracional
suponer que, si este flujo continuase robando sus elementos al cuerpo en
cuestión, éste llegase a desaparecer por completo en el transcurso del tiempo?
Todos los cuerpos, así animales como vegetales y minerales, están originalmente
formados de este éter tan tenue, y sólo vuelven a su condición gaseosa superior
cuando se les pone en un estado de equilibrio diferencial... Por lo que hace al
olor, sólo podemos formarnos una idea aproximada de su extremada y maravillosa
tenuidad teniendo en cuenta que puede impregnarse una gran extensión de la
atmósfera por espacio de muchos años con un solo grano de almizcle; el cual,
pesado después de tan largo intervalo, no presentará ninguna disminución
apreciable. La gran paradoja relativa al flujo de partículas odoríferas es que
pueden mantenerse aprisionadas en un recipiente de cristal (!). Se trata de una
substancia mucho más sutil que el cristal que la contiene, y sin embargo no
puede escaparse. Es como si se tratase de una criba con agujeros bastante
grandes para cerner piedrecillas, y que, sin embargo, pudiese contener arena
fina; en una palabra, un recipiente molecular encerrando una substancia
atómica. Es éste un problema que confundiría a los que se detengan a meditarlo.
Pero por infinitamente tenue que sea el olor, resulta muy grosero comparado con
la substancia correspondiente a la subdivisión a que pertenece un flujo
magnético (corriente de simpatía si se la quiere llamar así). Esta subdivisión
es inmediata al sonido, pero superior a él. La acción del flujo de un imán
coincide en cierto modo con la parte receptora y distributiva del cerebro
humano, que siempre da menos en proporción de la cantidad que recibe. Es un
gran ejemplo del dominio de la mente sobre la materia, que gradualmente se
aminora en lo físico, hasta que tiene lugar la disolución. En la misma
proporción el imán pierde gradualmente su poder y llega a ser inerte. Si las
relaciones que existen entre la mente y la materia pudieran igualarse y
sostenerse así viviríamos eternamente en nuestro estado físico, pues no habría
depreciación física. Pero esta depreciación física, en su término, conduce al
origen de un desarrollo mucho más elevado; a saber, la liberación del éter puro
de lo molecular grosero, lo que, a mi parecer, es muy de desear (11).
Es
de notar que, salvo pequeñas diferencias, ningún Adepto ni ningún alquimista
hubiera podido explicar mejor estas teorías, a la luz de la ciencia moderna,
por más que esta última pueda protestar contra tan nuevas opiniones. Esto, en
todos sus principios fundamentales, ya que no en sus detalles, es Ocultismo
puro y simple; y además, es también Filosofía Natural moderna.
¿Qué
es esta nueva fuerza, o como quiera que la Ciencia guste llamarla, cuyos
efectos son innegables, según lo han admitido naturalistas y físicos que han
visitado el laboratorio de Mr. Keely y que han presenciado sus tremendos
efectos? ¿Es también una “forma del movimiento”, en el vacío, puesto que no hay
materia que lo engendre, sino el sonido - otra “forma del movimiento”, sin
duda, una sensación causada por vibraciones a semejanza del
color? Creyendo por completo, como creemos, que estas vibraciones son la causa
inmediata de tales sensaciones, rechazamos en absoluto la teoría científica
unilateral de que fuera de las vibraciones etéricas o atmosféricas no
exista factor alguno que pueda considerarse como exterior a nosotros.
En
este caso, los substancialistas americanos no van descaminados, si bien son
demasiado antropomorfistas y materiales en sus opiniones para que éstas puedan
aceptarlas los ocultistas, cuando arguyen por boca de Mrs. M. S. Organ, M. D.,
que:
Debe
de haber en los objetos propiedades esenciales positivas que guarden con los
nervios de las sensaciones animales una relación constitutiva; pues de otro
modo no habría percepción. No podría hacerse impresión de ninguna especie en el
cerebro, en los nervios o en la mente; no podría producirse estímulo alguno
para la acción, a menos que exista una comunicación efectiva y directa de una
fuerza substancial. (“Substancial”, por supuesto, en la apariencia, en el
sentido que se da a la palabra en este universo de Ilusión y de Mâyâ; pero no
en realidad). Esa fuerza puede ser la Entidad inmaterial más refinada y sublime
(?). Sin embargo, tiene que existir; pues ningún sentido, elemento o facultad
del ser humano puede sentir una percepción o ser estimulado a obrar sin que
alguna fuerza substancial se ponga en contacto con él. Ésta es la ley
fundamental que compenetra todo el mundo orgánico y mental. En el
sentido verdaderamente filosófico no existe acción independiente; pues toda
fuerza o substancia es correlativa de alguna otra fuerza o substancia.
Ciertamente podemos con razón afirmar que ninguna substancia posee propiedad
alguna odorífera ni que se refiera al gusto que le sea inherente, sino que el
olor y el gusto son sólo fenómenos sensibles causados por vibraciones; y por
tanto, meras ilusiones de percepciones animales.
Hay una
serie trascendental de causas puestas en movimiento, por decirlo así, en la
realización de estos fenómenos, que, no estando en relación con los
estrechos límites de nuestra facultad de conocer, sólo pueden ser
comprendidas y referidas a su origen y naturaleza, por las facultades
espirituales del Adepto. Son, como dice Asclepios al Rey, “cuerpos
incorpóreos”, tales como “aparecen en el espejo”, y “formas abstractas” las que
vemos, oímos y olemos en nuestros sueños y visiones. ¿Qué tienen que ver con
ellas los “modos de movimiento”, la luz y el éter? Sin embargo, las vemos,
oímos, olemos y tocamos, ergo son tan reales para
nosotros en nuestros sueños como cualquier otra cosa en este plano de Mâyâ.
SECCIÓN X
SOBRE LOS
ELEMENTOS Y LOS ÁTOMOS
Cuando
el ocultista habla de los Elementos, y de los Seres humanos que vivieron
durante esas edades geológicas cuya duración ha sido tan imposible de fijar
-según la opinión de uno de los mejores geólogos ingleses (1)-, así como de la
naturaleza de la Materia, sabe de qué habla. Cuando él dice Hombre y Elementos
no quiere significar al hombre en su forma fisiológica y antropológica
presente, ni a los Átomos elementales, esos conceptos hipotéticos existentes
hoy en las mentes científicas, abstracciones singularizadas de la materia en su
estado superior atenuado; ni tampoco quiere indicar los Elementos compuestos de
la antigüedad. En Ocultismo, la palabra Elemento significa siempre Rudimento.
Cuando decimos “Hombre Elementario” significamos o el esbozo primitivo,
incipiente, del hombre en su estado incompleto y sin desarrollar, y por tanto,
en esa forma que se halla ahora latente en el hombre físico durante su vida, y
que sólo se manifiesta eventualmente y bajo ciertas condiciones; o bien aquella
forma que sobrevive al cuerpo material por cierto tiempo, y que se conoce mejor
por el nombre de Elementario (2). En cuanto a Elemento, cuando el término se
emplea en sentido metafísico, significa el Hombre Divino incipiente, distinto
del mortal; en su uso físico quiere decir Materia incoada, en su condición
primera indiferenciada, o en el estado de Laya, la condición eterna y normal de
la Substancia, que sólo se diferencia periódicamente; durante esa
diferenciación, la Substancia está realmente en estado anormal -en otras
palabras-, no es sino una ilusión transitoria de los sentidos.
En
cuanto a los llamados Átomos Elementales, los ocultistas los mencionan por ese
nombre, con un significado análogo al que le dan los indos a Brahmâ cuando le
llaman Anu, el Átomo. Cada Átomo Elemental, tras el cual más de un químico ha
seguido la senda trazada por los alquimistas, es, según su firme creencia, un
Alma, ya que no conocimiento; no necesariamente un alma
desencarnada, sino un Jîva, como lo llaman los indos, un centro de Vitalidad
Potencial, con inteligencia latente en sí; y en el caso de Almas compuestas,
una Existencia inteligente activa, desde el orden más elevado al más inferior;
una forma compuesta de más o menos diferenciaciones. Se requiere ser un
metafísico -y un metafísico oriental- para comprender nuestro significado. Todos
esos Átomos-almas son diferenciaciones de lo Uno, y están en la misma relación
con ello como lo está el Alma Divina, Buddhi, con su Espíritu animador e
inseparable, Âtmâ.
Los
físicos modernos, al tomar de los antiguos su Teoría Atómica, olvidaron un
punto, el más importante de la doctrina; y por tanto, sólo consiguieron la
cáscara, y no podrán nunca obtener la almendra. Al adoptar los átomos físicos,
omitieron el hecho significativo de que, desde Anaxágoras a Epicuro, al romano
Lucrecio, y por último, hasta el mismo Galileo, todos estos filósofos creían
más o menos en Átomos animados, no en partículas invisibles de la
llamada materia “bruta”. Según ellos, el movimiento rotatorio fue generado por
Átomos mayores (léase más puros y divinos), que impelían a otros arriba. El
significado esotérico de esto es la curva siempre cíclica de Elementos
diferenciados hacia abajo y hacia arriba, a través de fases intercíclicas de
existencia, hasta que cada uno alcanza su punto de partida u origen. La idea
era metafísica tanto como física, abarcando su interpretación oculta a Dioses o
Almas, en forma de Átomos, como causas de todos los efectos producidos
sobre la Tierra por las secreciones de los cuerpos divinos
(3). Ningún filósofo antiguo, ni siquiera los kabalistas judíos, disoció nunca
el Espíritu de la Materia, o la Materia del Espíritu. Todas las cosas tenían su
origen en el Uno, y, procediendo del Uno, deben finalmente volver al mismo.
La
luz se convierte en calor, y se consolida en partículas ígneas; las cuales,
desde su ignición, se convierten en partículas frías, duras, redondas y lisas.
Y a esto se llama el Alma, aprisionada en su envoltura de materia (4).
Átomos
y Almas eran sinónimos en el lenguaje de los Iniciados. La doctrina de “las
Almas vortiginosas”, Gilgoolem, en que han creído tantos sabios judíos (5), no
tiene otro significado esotérico. Los sabios Iniciados judíos nunca
significaban sólo la Palestina en la Tierra Prometida, sino que indicaban el
mismo Nirvâna de los sabios buddhistas y brahmanes - el seno del UNO Eterno,
simbolizado por el de Abraham, y por la Palestina como su substituto en la
Tierra.
Ciertamente
que ningún judío ilustrado ha tomado nunca en su sentido literal la
alegoría de que los cuerpos de los judíos contienen un principio de Alma que no
puede obtener el reposo si los cuerpos se depositan en tierra extranjera, hasta
que, por medio de un procedimiento llamado el “torbellino del Alma”, las
partículas inmortales alcanzan de nuevo el suelo sagrado de la “Tierra
prometida” (6). El significado de esto es evidente para un ocultista. Se
suponía que el procedimiento tenía lugar por una especie de metempsicosis,
pasando la chispa psíquica a través del pájaro, la bestia y el insecto más
diminuto (7). La alegoría se refiere a los Átomos del cuerpo, cada
uno de los cuales tiene que pasar a través de las formas antes de alcanzar el
estado final, que es el primer punto de partida de cada átomo, su estado Laya
primitivo. Pero el significado primitivo de Gilgoolem, o la “Revolución de las
Almas”, era la idea de los Egos o Almas reencarnantes. “Todas las Almas van al
Gilgoolah”, procedimiento cíclico o de revolución; esto es, todas pasan por el
sendero cíclico de renacimientos. Algunos kabalistas interpretan esta doctrina
sólo como una especie de purgatorio para las almas de los malvados. Pero esto
no es así.
El
paso del Alma-Átomo “a través de las siete Cámaras Planetarias” tenía el mismo
significado físico y metafísico. Tenía el primero cuando se decía que se
disolvía en el Éter. Hasta Epicuro, el ateo y materialista modelo, conocía y
creía tanto en la antigua Sabiduría, que enseñaba que el Alma -en todo distinta
del Espíritu inmortal, cuando la primera se halla encerrada de un modo
latente en ella, como lo está en cada partícula atómica- estaba
compuesta de una esencia tenue y delicada, formado de los átomos más
tensos, más redondos y más finos (8).
Y
esto muestra que los antiguos Iniciados, a quienes seguía más o menos de cerca
toda la antigüedad profana, significaban por la palabra Átomo un Alma, un Genio
o un Ángel, el primogénito de la Causa por siempre oculta de todas las causas;
y en este sentido sus enseñanzas se hacen comprensibles. Ellos sostenían, como
lo hacen sus sucesores, la existencia de Dioses y Genios, Ángeles o Demonios,
no fuera, ni independientes del Plenum Universal, sino dentro del mismo.
Admitían y enseñaban gran parte de lo que ahora enseña la ciencia moderna, a
saber: la existencia de una Materia o Substancia Cósmica primordial del Mundo,
eternamente homogénea excepto durante su existencia periódica; entonces,
universalmente difundida en el espacio infinito, se diferencia y forma
gradualmente de sí misma cuerpos siderales. Enseñaban la revolución de los
Cielos, la rotación de la Tierra, el sistema heliocéntrico y los vórtices
atómicos; siendo los Átomos en realidad Almas e Inteligencias. Estos
“atomistas” eran panteístas filosóficos y espirituales, de los más
trascendentes. No se les hubiese ocurrido jamás a ellos, ni siquiera en sueño,
esa progenie opuesta, monstruosa, la pesadilla de nuestra raza civilizada
moderna: por una parte, Átomos materiales inanimados que se dirigen a sí
propios, y por la otra, un Dios extracósmico.
Puede
ser útil mostrar lo que era la Mónada, y cuál su origen, en las enseñanzas de
los antiguos Iniciados.
La
ciencia exacta moderna, así que empezó a salir de su edad primera, percibió el
gran axioma, hasta entonces esotérico para ella, de que ninguna cosa, sea del
reino espiritual, psíquico, o físico del Ser, podía venir a la existencia de la
Nada. No hay causa en el Universo manifestado que no tenga sus efectos
adecuados, sea en el Espacio o en el Tiempo; ni puede haber efecto alguno sin
su causa anterior, la cual debe, a su vez, su existencia a otra aún más
elevada, teniendo que permanecer la Causa absoluta final, como Causa sin Causa,
por siempre incomprensible para el hombre. Pero ni esto siquiera es una
solución; y si ha de considerarse de algún modo, tiene que ser desde los puntos
de vista filosófico y metafísico más elevados; no siendo así, es mejor no tocar
el problema. Es una abstracción, a cuya orilla la razón humana tiembla y
amenaza con desvanecer, por más educada que se halle en las sutilidades
metafísicas. Esto puede demostrarse a cualquier europeo que quisiera esforzarse
en resolver el problema de la existencia, por los artículos de fe de los
verdaderos vedantinos, por ejemplo. Lea y estudie las enseñanzas sublimes de
Shankarâchârya acerca del Alma y del Espíritu, y se hará cargo el lector de lo
que decimos (9).
Mientras
a los cristianos se les enseña que el Alma humana es un soplo de Dios, creada
por Él para la existencia sempiterna, teniendo un principio, pero no fin -y por
lo tanto, no pudiendo llamársela eterna-, la Enseñanza Oculta dice: Nada es
creado, sino sólo transformado. No puede manifestarse nada en este Universo
-desde un globo hasta un vago y fugaz pensamiento- que no estuviera ya en el
Universo; todo en el plano subjetivo es un eterno es, así como
todas las cosas en el plano objetivo están siempre viniendo a ser,
porque todas son transitorias.
La
Mónada -que según la definió Good es “una cosa verdaderamente indivisible”,
bien que no le diera el sentido que le damos nosotros ahora- significa aquí
Âtmâ en conjunción con Buddhi y el Manas Superior. Esta trinidad es una y
eterna; y a la terminación de la vida condicionada e ilusoria, los dos últimos
principios son absorbidos en el primero. A la Mónada, pues, puede seguírsela en
el curso de su peregrinación y en sus cambios de vehículos transitorios, tan
sólo desde el estado incipiente del Universo manifestado. En el Pralaya, el
período intermedio entre dos Manvántaras, pierde ella su nombre, como
igualmente lo pierde cuando el Yo Único real del hombre se sumerge en Brahman
en los casos de Samâdhi elevado (el estado Turîya), o Nirvâna final. Según las
palabras de Shankara:
Cuando
el discípulo alcanza aquella conciencia primitiva, la dicha absoluta, cuya
naturaleza es la verdad, que no tiene forma ni acción, abandona este cuerpo
ilusorio que ha sido tomado por el Âtmâ, lo mismo que un actor
(abandona) el vestido (que se ha puesto).
Porque
Buddhi, la Envoltura Anandamaya, no es sino el espejo que refleja la dicha
absoluta; y además, esa reflexión misma no está aún libre de la ignorancia,
y no es el Espíritu Supremo, puesto que está sujeto a
condiciones; es una modificación espiritual de Prakriti y un efecto; sólo Âtmâ
es el fundamento único, real y eterno de todo, la Esencia y el Conocimiento
Absoluto, el Kshetrajna. Ahora que se ha publicado la Versión Revisada de los
Evangelios, que se han corregido los errores más salientes de las antiguas
versiones, pueden comprenderse mejor las palabras de I, Juan, ver
6: “El Espíritu da testimonio, porque el espíritu es la Verdad”. Las palabras
que siguen en la errónea interpretación sobre “los tres testigos” que hasta
aquí se había supuesto que representaban “el Padre, el Verbo y el Espíritu
Santo”, muestran el verdadero significado del escritor de un modo muy claro,
identificando así todavía más forzosamente su enseñanza en este punto con la de
Shankârachârya. Pues la frase “hay tres testigos... el Espíritu, el Agua y la
Sangre” no tendría sentido si no tuviese relación ni conexión alguna con la
declaración más filosófica del gran maestro vedantino, quien, al hablar de las
Envolturas, los principios del hombre, Jîva, Vijnânamaya, etc., que en su
manifestación física son “Agua y Sangre” o Vida, añade que sólo Âtmâ, el
Espíritu, es lo que permanece después de la sustracción de las envolturas, y
que es el Único Testigo, o unidad sintetizada. La otra escuela, menos
espiritual y filosófica, fijándose tan sólo en la Trinidad, hizo tres testigos
de “uno”, relacionándolo así más con la Tierra que con el Cielo. En la
Filosofía Esotérica se le llama el “Testigo Único”; y mientras reposa en
Devachan, se le menciona como los “Tres Testigos ante Karma”.
Siendo
Âtmâ, nuestro séptimo principio, idéntico al Espíritu Universal, y siendo el
hombre con él en su esencia, ¿qué es, pues, la Mónada propiamente?
Es esa chispa homogénea que irradia en millones de rayos procedentes de los
Siete primordiales -de los cuales Siete se dirá algo más adelante. Es la CHISPA
QUE EMANA DEL RAYO INCREADO: un misterio. En el Buddhismo esotérico
del Norte, y hasta en el exotérico, Âdi-Buddha (Chogi Dangpoi Sangye), el Uno
Desconocido, sin principio ni fin, idéntico a Parabrahman y a Ain Soph, emite
un Rayo brillante desde sus Tinieblas.
Éste
es el Logos, el Primero, o Vajradhara, el Buddha Supremo, llamado también
Dorjechang. Como el Señor de todos los Misterios no puede manifestarse, sino
que envía al mundo de la manifestación su corazón, “el Corazón Diamante”.
Vajrasattva o Dorjesempa, éste es el Segundo Logos de la Creación, del cual
emanan los siete Dhyâni-Buddhas -cinco exotéricamente- llamados los Anupâdaka,
los “Sin Padres”. Estos Buddhas son las Mónadas primordiales del Mundo del Ser
Incorpóreo, el Mundo Arûpa, en donde las Inteligencias (sólo en aquel plano) no
tienen ni forma ni nombre, en el sistema exotérico, pero tienen en
la Filosofía Esotérica sus siete nombres distintos. Estos Dhyâni-Buddhas emanan
o crean de sí mismos, por virtud de Dhyâna, Egos celestiales - los Bodhisattvas
superhumanos. Estos, encarnando al principio de cada ciclo humano sobre la
Tierra, como hombres mortales, se convierten a veces, debido a su mérito
personal, en Bodhisattvas entre los Hijos de la Humanidad, después de lo cual pueden
reaparecer como Mânushi o Buddhas humanos.
Los
Anupâdaka, o Dhyâni-Buddhas, son, pues, idénticos a los Mânasaputra brahmánicos
-Hijos nacidos de la Mente-, ya sea de Brahmâ o de cualquiera de las otras dos
Hipóstasis Trimúrticas; ellos son también idénticos a los Rishis y Prajâpatis.
Así, en el Anugîtâ se encuentra un pasaje que, leído
esotéricamente, muestra de un modo claro, bien que con otras imágenes, la misma
idea y sistema. Dice él:
Cualesquiera
que sean las entidades en este mundo, movibles e inmovibles, son las primeras
en disolverse (en el Pralaya); siguiendo a éstas los desarrollos producidos de
los elementos (de los que está formado el universo visible); y (después) de
estos desarrollos (entidades evolucionadas), todos los elementos. Tal es la
graduación ascendente entre las entidades. Dioses, Hombres, Gandharvas,
Pishâchas, Asuras, Râkshasas, todos han sido creados por la Naturaleza
(Svabhâva, o Prakriti, Naturaleza plástica), no por las acciones ni por una
causa (no por causa física alguna). Estos Brâhmanas (¿los Rishi Prajâpati?),
los creadores del mundo, nacen aquí (en la tierra) una y otra vez. Y lo que
quiera que de ellos se produce, se disuelve a su debido tiempo en esos mismos
cinco grandes elementos (los cinco, o más bien siete Dhyâni-Buddhas, llamados
también “Elementos” de la Humanidad), lo mismo que las olas en el Océano. Estos
grandes elementos se hallan en todos conceptos (más allá de) los elementos que
constituyen el mundo (los elementos groseros). Y aquél que se liberta de estos
cinco elementos (los Tanmâtras) (10) alcanza la meta más elevada. El Señor
Prajâpati (Brahmâ) creó todo esto con sólo la mente (por medio, de Dhyâna o
meditación abstracta y poderes místicos, lo mismo que los Dhyâni Buddhas) (11).
Es,
pues, evidente que estos Brâhmanas son idénticos a los Bodhisattvas terrestres
de los Dhyâni-Buddhas celestes. Ambos, como “Elementos” primordiales,
inteligentes, se convierten en los Creadores o Emanadores de las Mónadas
destinadas a ser humanas en este ciclo; después de lo cual ellos mismos se
desenvuelven, o por decirlo así, se abren en sus Yoes propios como Bodhisattvas
o Brâhmanas, en el cielo y en la tierra, para convertirse por último en simples
hombres. “Los Creadores del mundo nacen aquí, en la tierra una y otra vez” -
verdaderamente. En el sistema buddhista del Norte, o religión popular
exotérica, se enseña que cada Buddha, a la par que predica la Buena Ley en la
Tierra, se manifiesta simultáneamente en tres Mundos: en el Mundo sin Forma
como un Dhyâni-Buddha; en el Mundo de las Formas como un Bodhisattva, y en el
Mundo del Deseo, el más inferior o sea el nuestro, como un hombre.
Esotéricamente la enseñanza difiere. La Mónada divina, puramente Âdi-Buddhica,
se manifesta como el Buddhi Universal, el Mâha-Buddhi o Mahat, de las
filosofías indas, la Raíz espiritual, omnisciente y omnipotente de la
Inteligencia divina, el Ánima Mundi más elevada o el Logos. Éste desciende
“como una llama, difundiéndose desde el eterno Fuego, inmóvil, sin aumento ni
disminución, siempre el mismo hasta el fin” del ciclo de existencia, y se
convierte en Vida Universal en el Plano del mundo. De este Plano de Vida
consciente brotan, como siete lenguas de fuego, los Hijos de la Luz, los Logos
de Vida; luego los Dhyâni-Buddhas de contemplación, las formas concretas de sus
Padres sin forma, los Siete Hijos de la Luz, aun ellos mismos, a
quienes puede aplicarse la frase mística brahmánica: “Tú eres AQUELLO” -
Brahman. De estos Dhyâni-Buddhas emanan sus Châyâs o Sombras, los Bodhisattvas
de los reinos celestiales, los prototipos de los Bodhisattvas superterrestres,
y de los Buddhas terrestres; y finalmente de los hombres. Los Siete Hijos de la
Luz son llamados también estrellas.
La
estrella bajo la que nace una Entidad humana, dice la Enseñanza Oculta,
permanece para siempre su estrella, a través de todo el ciclo de sus
encarnaciones en un Manvántara. Pero ésta no es su estrella astrológica.
La última concierne y se relaciona con la Personalidad; la primera
con la Individualidad. El Ángel de esta Estrella, o el
Dhyâni-Buddha relacionado con ella, será el Ángel que guía, o sólo el que
preside, por decirlo así, en cada nuevo renacimiento de la Mónada, que
es parte de su propia esencia, cuando su vehículo, el hombre, pueda
permanecer para siempre ignorante de este hecho. Los Adeptos tienen cada uno su
Dhyâni-Buddha, su “Alma-Gemela” mayor, y la conocen, llamándola “Alma-Padre” y
“Fuego-Padre”. Sin embargo, sólo aprenden a reconocerla en la última y suprema
Iniciación, cuando se les coloca frente a frente de la brillante “Imagen”. ¿Qué
conocía Bulwer Lytton de este hecho místico, cuando describió, en uno de sus
instantes de inspiración más elevada a Zanoni frente de su Augoeides?
El
Logos, o el Verbo a la vez inmanifestado y manifestado, es llamado por los
indos Îshvara, el Señor, aunque los ocultistas le dan otro nombre. Îshvara,
dicen los vedantinos, es la conciencia más elevada en la Naturaleza. “Esta
conciencia”, contestan los ocultistas, “es sólo una unidad sintética en el
Mundo del Logos manifestado -o en el plano de la ilusión; pues es la suma total
de la conciencia Dhyân-Chohânica”. “¡Oh sabio!, desecha el concepto de
que No-Espíritu es Espíritu” -dice Shankarâchârya-. Âtmâ es
No-Espíritu en un estado final Parabráhmico; Îshvara, el Logos, es Espíritu; o,
como lo explica el Ocultismo, es una unidad compuesta de Espíritus vivientes
manifestados, la fuente padre y el semillero de todas las Mónadas mundanas y
terrestres, más su Reflexión divina, que emana del Logos y
vuelve al mismo, cuando cada una llega al punto culminante de su tiempo. Hay
siete Grupos principales de tales Dhyân Chohans, Grupos que pueden encontrarse
y reconocerse en todas las regiones, pues son los Siete Rayos primordiales. El
Ocultismo enseña que la Humanidad está dividida en siete distintos Grupos, con
sus subdivisiones mentales, espirituales y físicas. De aquí que haya siete
planetas principales, las esferas de los siete Espíritus residentes, bajo cada
uno de los cuales nace uno de los Grupos humanos que es guiado e influido por
ese medio. Hay sólo siete planetas especialmente relacionados
con la Tierra, y doce casas; pero las combinaciones posibles de sus aspectos
son innumerables. Como cada planeta puede estar respecto de cada uno de los
otros en doce aspectos distintos, sus combinaciones deben ser casi infinitas;
tan infinitas de hecho, como lo son las capacidades espirituales, psíquicas,
mentales y físicas en las variedades innumerables del genus homo,
cada una de cuyas variedades nace bajo uno de los siete planetas y una de las
mencionadas e innumerables combinaciones planetarias (12).
La
Mónada, pues, considerada como Una, está por encima del séptimo principio en el
Kosmos y en el hombre; y como Tríada, es la progenie directa radiante de la
mencionada Unidad compuesta, no el Soplo de “Dios”, como se llama a esta
Unidad, ni emanada de nihil; pues semejante idea es por completo
antifilosófica, y degrada a la Deidad, rebajándola a una condición finita y con
atributos. Como lo expresa muy bien el traductor de la Crest-Jewel of
Wisdom -aunque Îshvara es “Dios”.
Inmutable
en las más grandes profundidades de los Pralayas y en la más intensa actividad
de los Manvántaras (también), además (de él) está ÂTMÂ, alrededor de cuyo
pabellón existe la obscuridad del eterno MÂYÂ (13).
Las
“Tríadas” nacidas bajo el mismo Planeta-Padre, o más bien, las Radiaciones de
un mismo espíritu Planetario o Dhyâni-Buddha, son en todas sus vidas y
renacimientos posteriores, almas hermanas o “gemelas”, en esta tierra. La idea
es la misma que la de la Trinidad Cristiana, los “Tres en Uno”, sólo que es más
metafísica: el “Superespíritu”, Universal, manifestándose en los dos planos
superiores, los de Buddhi y Mahat. Éstas son las tres Hipóstasis metafísicas,
pero nunca personales.
Esto
fue conocido por todos los Iniciados elevados de todas las edades y países: “Yo
y mi Padre somos uno” -decía Jesús (14)-. Cuando se le hace decir en otra
parte: “Yo asciendo hacia mi Padre y nuestro Padre”
(15), ello significa lo que acaba de exponerse. La identidad, a la vez que la
diferenciación ilusoria de la Mónada-Angélica y la Mónada-Humana,
se muestra en las sentencias siguientes: “Mi Padre es más grande que
yo” (16). “Glorificad a vuestro Padre que está en el
Cielo” (17). “Entonces brillarán los justos como el sol en el reino de su Padre”
(no de nuestro Padre) (18). Así también pregunta Pablo: “¿No
sabéis vosotros que sois el templo de Dios, y que el Espíritu de Dios
mora en vosotros?” (19). Todo lo cual era simplemente para indicar que el
grupo de discípulos y partidarios atraídos por él pertenecían al mismo
Dhyâni-Buddha, Estrella, o Padre, y que éste pertenecía también a su vez al
mismo reino y división planetarios que él. El conocimiento de
esta Doctrina Oculta es lo que encontró expresión en la revista de The
Idyll of the White Lotus, cuando T. Subba Row escribió lo siguiente:
Cada
Buddha encuentra en su última Iniciación a todos los grandes Adeptos que han
alcanzado el estado Búddhico durante las edades precedentes... cada clase de
Adeptos tiene su lazo espiritual propio de comunión, que los une a todos entre
sí... El único medio eficaz posible de entrar en semejante hermandad... es
llegar a colocarse bajo la influencia de la luz Espiritual que radia del propio
Logos de uno. Puedo además decir... que semejante comunión es sólo posible
entre personas cuyas almas derivan su vida y sostenimiento del mismo rayo
divino; y que, así como del “Sol Central Espiritual” irradian siete Rayos
distintos, asimismo todos los Adeptos y Dhyân Chohans son divisibles en siete
clases, cada una de las cuales es guiada, gobernada y cobijada por una de las
siete formas o manifestaciones de la Sabiduría Divina (20).
Son,
pues, los Siete Hijos de la Luz -llamados por el nombre de sus planetas y a
menudo identificados con ellos por la masa ignorante, a saber: Saturno,
Júpiter, Mercurio, Marte, Venus, y presumiblemente el Sol y la
Luna para el crítico moderno, que no profundiza más allá de la superficie de
las antiguas religiones (21)- los que son, según las Enseñanzas Ocultas,
nuestros Padres celestiales, o sintéticamente, nuestro “Padre”. Por esto, como
ya se ha observado, el Politeísmo es realmente más filosófico y exacto que el
Monoteísmo antropomórfico. Saturno, Júpiter, Mercurio y Venus, los cuatro
planetas exotéricos, y los otros tres que no deben nombrarse, eran los cuerpos
celestes en comunicación directa astral y psíquica, moral y físicamente, con la
Tierra, sus Guías, y Vigilantes; proporcionando los orbes visibles a nuestra
humanidad sus características externas e internas, y sus Regentes o rectores
nuestras Mónadas y facultades espirituales. A fin de evitar nuevas
interpretaciones erróneas, diremos que entre los tres Orbes Secretos o Ángeles
Estelares no están incluidos Urano ni Neptuno; no sólo porque eran desconocidos
bajo estos nombres para los sabios antiguos, sino porque, lo mismo que todos
los otros planetas, por muchos que pueda haber, son los Dioses y Guardianes de
otras Cadenas o Globos septenarios dentro de nuestro sistema.
Además,
no dependen por completo del Sol los dos grandes planetas últimamente
descubiertos, como sucede con los demás planetas. de otro modo, ¿cómo podemos
explicar el hecho de que Urano reciba 1/390 parte de la luz recibida por
nuestra Tierra, mientras Neptuno recibe sólo 1/900; y que sus satélites
muestren la particularidad de una rotación inversa a la que se ha encontrado en
los demás planetas del Sistema Solar? En todo caso, lo que decimos se aplica a
Urano, aunque el hecho ha sido discutido de nuevo recientemente.
Este
asunto será, por supuesto, considerado como una mera fantasía por todos los que
confunden al orden universal del Ser con sus propios sistemas de clasificación.
Aquí, sin embargo, se exponen simples hechos de las Enseñanzas Ocultas, para
que sean aceptados o rechazados, según el caso. Hay detalles que, a causa de su
gran abstracción metafísica, no pueden tratarse. Por tanto, meramente afirmamos
que sólo siete de nuestros planetas están íntimamente relacionados con nuestro
globo, como el Sol lo está con todos los cuerpos sujetos a él en su Sistema.
Pobre y miserable es, en verdad, el número de los cuerpos que la Astronomía
conoce entre planetas de primero y segundo orden (22).
Por lo tanto, se presenta a la razón que hay un gran número de planetas
pequeños y grandes que todavía no han sido descubiertos, pero de cuya
existencia debían ciertamente tener conocimiento los antiguos astrónomos, todos
ellos Adeptos Iniciados. Pero, como la relación de estos con los Dioses era
sagrada, tenía que seguir siendo un arcano, como también los nombres de varios
otros planetas y estrellas.
Además
de esto, hasta la misma teología Católica Romana habla de “setenta planetas
que presiden sobre los destinos de las naciones de este globo”; y, salvo la
aplicación errónea, hay más verdad en esta tradición que en la Astronomía
exacta moderna. Los setenta planetas están relacionados con los setenta
antepasados del pueblo de Israel (23), queriendo indicar los Regentes de estos
planetas y no los orbes mismos; la palabra setenta es una ficción y
un velo puestos sobre el 7 x 7 de las subdivisiones. Cada pueblo y nación, como
hemos dicho, tiene su Vigilante directo; Custodio y Padre en el
Cielo, un Espíritu Planetario. Dispuestos estamos a dejar a los descendientes
de Israel, los adoradores de Sabaoth o Saturno, su propio Dios nacional,
Jehovah; pues, en efecto, las Mónadas del pueblo escogido por él son suyas propias,
y la Biblia nunca lo ha ocultado. Sólo que la Biblia protestante
inglesa está, como de costumbre, en desacuerdo con la de los Setenta y
la Vulgata. Así, mientras en la primera leemos:
Cuando
El Más Alto (no Jehovah) dividió su herencia entre las naciones... dispuso los
límites de los pueblos con arreglo al número de los hijos de Israel (24).
En
la versión de los Setenta, dice el texto: “con arreglo al número de
Ángeles”, Ángeles Planetarios, versión que concuerda más con la verdad y con
los hechos. Además, todos los textos convienen en que “la parte del Señor (la
de Jehovah) es su pueblo; Jacob es el lote de su herencia” (25), y esto
resuelve la cuestión. El “Señor” Jehovah tomó a Israel como su parte;
¿qué tienen que ver, por tanto, otras naciones con aquella Deidad nacional
particular? Dejad, pues, que el “Ángel Gabriel” vele sobre el Irán, y
“Miguel-Jehovah” sobre los hebreos. Estos no son los Dioses de otras naciones,
y es difícil comprender por qué los cristianos han elegido un Dios contra cuyos
mandamientos fue Jesús el primero en rebelarse.
El
origen planetario de la Mónada o Alma y de sus facultades fue enseñado por los
gnósticos. Tanto en su camino hacia la Tierra como en el de la vuelta de la
misma, cada alma, nacida de la “Luz Ilimitada” (26), tenía que pasar a través
de las siete regiones planetarias en ambas vías. Los Dhyâni y Devas puros de
las más antiguas religiones se convirtieron con el tiempo, entre los
mazdeístas, en los Siete Devas, los ministros de Ahriman, “cada uno
encadenado a su planeta” (27); para los brahmanes, los Asuras y algunos de los
Rishis - buenos, malos e indiferentes; entre los gnósticos egipcios Thoth o
Hermes era el jefe de los Siete, cuyos nombres son dados por Orígenes como
Adonai, genio del Sol; Tao, de la Luna; Eloi, de Júpiter; Sabaoth, de Marte;
Orai, de Venus; Astaphai, de Mercurio, e Ildabaoth (Jehovah), de Saturno.
Finalmente, el Pistis-Sophia, que la más grande autoridad moderna
sobre creencias gnósticas exotéricas, el difunto Mr. C. W,. King, menciona como
“monumento precioso del Gnosticismo”; este antiguo documento es eco de las
creencias arcaicas de las edades, aunque las desfigura para servir a fines
sectarios. Los Regentes Astrales de las Esferas, los planetas, crearon las
Mónadas, o Almas, de su propia substancia, con “las lágrimas de sus ojos y el
sudor de sus tormentos”, dotando a las Mónadas con una chispa de su substancia,
que es la Luz Divina. En los volúmenes III y IV se mostrará por qué estos
“Señores del Zodíaco y de las Esferas” han sido transformados por la teología
sectaria de los Ángeles Rebeldes de los cristianos, quienes los tomaron de los
Siete Devas de los Magos, sin comprender el significado de la alegoría (28).
Como
de costumbre, aquello que es, y era desde su
principio, divino, puro y espiritual en su unidad primitiva, se convirtió -a
causa de su diferenciación a través del prisma desfigurado de los conceptos del
hombre- en humano e impuro, reflejando la naturaleza pecadora propia del
hombre. De este modo, en el transcurso del tiempo, fue degradado el planeta
Saturno por los adoradores de otros Dioses. Las naciones nacidas bajo Saturno
-la judía, por ejemplo, para quien se convirtió en Jehovah después de haber
sido considerado como hijo de Saturno, o Ilda-Baoth, por los ofitas, y en el
Libro de Jasher- estaban en constante lucha con las nacidas bajo Júpiter,
Mercurio o cualquier otro planeta que no fuera Saturno Jehovah; a pesar de las
genealogías y profecías, Jesús el Iniciado (o Jehoshua) -el
tipo de que fue copiado el Jesús “histórico”- no era de pura sangre judía, y
por tanto, no reconocía a Jehovah; ni rendía culto a ningún Dios planetario
fuera de su propio “Padre”, a quien conocía y con quien se comunicaba, como lo
hacen todos los Iniciados elevados, “Espíritu con Espíritu y Alma con Alma”.
Esto
puede apenas ponerse en duda, a menos que el crítico explique a satisfacción de
todos las extrañas frases puestas en boca de Jesús, durante sus discusiones con
los Fariseos, por el autor del Cuarto Evangelio:
Sé
que sois de la semilla de Abraham...(29) hablo de lo que he visto con mi Padre;
y vosotros hacéis lo que habéis visto con vuestro Padre... ejecutáis los hechos
de vuestro Padre... Sois de vuestro Padre, el Demonio... Él fue un homicida
desde el principio, y no moraba en la verdad, porque en él no la hay. Cuando
dice una mentira habla de sí mismo; pues es un mentiroso y el padre de ella
(30).
Este
“Padre” de los fariseos era Jehovah, pues era idéntico a Caín, a Saturno, a
Vulcano, etc.; el planeta bajo el cual habían nacido y el Dios al que adoraban.
Es
evidente que debe de haber en estas palabras y amonestaciones un significado
oculto, aunque estén mal traducidas, puesto que son dichas por quien amenazó
con el fuego del infierno a cualquiera que llamase simplemente Raca, necio, a
su hermano (31). También es evidente que los planetas no son meras esferas
brillando en el Espacio sin objeto alguno, sino que son los dominios de varios
Seres desconocidos hasta ahora por los no iniciados, pero que, sin embargo,
tienen una conexión misteriosa potente, no interrumpida, con los hombres y los
globos. Cada cuerpo celeste es el templo de un Dios, y estos
Dioses mismos son los templos de Dios, el Desconocido “No Espíritu”.
Nada hay profano en el Universo. Toda la Naturaleza es un lugar consagrado,
pues como dice Young:
Cada
una de estas Estrellas es un templo.
De
este modo puede mostrarse que todas las religiones exotéricas son copias
falsificadas de la Enseñanza Esotérica. El clero es responsable de la reacción
de nuestros tiempos en favor del Materialismo. Las últimas religiones
exotéricas, adorando y obligando a las masas a rendir culto a las conchas
vacías de los ideales paganos -personificados para fines alegóricos-, han
convertido a los países occidentales en un Pandemónium, en que las clases
elevadas adoran el becerro de oro, y a las masas inferiores e ignorantes se les
hace rendir culto a un ídolo con pies de barro.
SECCIÓN XI
EL
PENSAMIENTO ANTIGUO VESTIDO A LA MODERNA
La Ciencia
Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. Hemos visto, no
obstante, cómo piensan y en qué se ocupan los hombres científicos intuitivos; y
ahora se le darán al lector algunas nuevas pruebas de que más de un académico
se aproxima inconscientemente a las ridiculizadas Ciencias Secretas.
Respecto
de la Cosmogonía y de la materia primitiva, las especulaciones modernas son, de
modo innegable, el pensamiento antiguo “perfeccionado” por las teorías
contradictorias de origen reciente. Todo el fundamento pertenece a la
Astronomía y Física arcaicas, griegas e indias, llamadas siempre en aquellos
días Filosofía. En todas las especulaciones arias y griegas encontramos el
concepto de una Materia no organizada, homogénea, o Caos, que todo lo penetra,
y a la que los hombres de ciencia han vuelto a bautizar con el nombre de
“condición nebular de la materia universal”. Lo que Anaxágoras llamó Caos en
su Homoiomeria, se llama ahora “fluido primitivo” por Sir William
Thomson. Los atomistas indios y griegos -Kanâda, Leucipo, Demócrito, Epicuro,
Lucrecio, etc.- se reflejan, como en un claro espejo, en los mantenedores de la
Teoría Atómica de nuestra época, principiando con las Mónadas de Leibnitz y
terminando con los Átomos Vortiginosos de Sir William Thomson (1). Es verdad
que la teoría corpuscular antigua es rechazada, habiendo ocupado su lugar la
teoría ondulatoria. Pero la cuestión está en si la última se halla tan
firmemente arraigada, que no esté expuesta a ser destronada como su
predecesora. En Isis sin Velo se ha tratado con toda extensión
de la Luz, bajo su aspecto metafísico.
La
Luz es el primogénito y la emanación primera de lo Supremo, y la Luz es la
Vida, dice el evangelista (y kabalista). Ambas son electricidad -el principio
de vida, el Ánima Mundi- que impregna el Universo, el vivificador eléctrico de
todas las cosas. La Luz es el gran Proteo mágico, y bajo la voluntad divina del
Arquitecto (2) (o más bien de los Arquitectos, los “Constructores”
llamados colectivamente Uno), sus ondas diversas y omnipotentes
dieron nacimiento a toda forma así como a todo ser viviente. De su seno
eléctrico henchido brotan la Materia y el Espíritu.
En sus radiaciones yacen los principios de toda acción física y química, y de
todos los fenómenos cósmicos y espirituales; ella vitaliza y desorganiza; ella
da la vida y produce la muerte, y de su Punto Primordial surgieron gradualmente
a la existencia las miríadas de mundos, los cuerpos celestes visibles e
invisibles. En la radiación de esta Primera Madre, una en tres, fue donde
“Dios”, según Platón, “encendió un Fuego que ahora llamamos el Sol” (3), y
que no es la causa ni de la luz ni del calor, sino tan sólo el
foco, o como pudiéramos decir, la lente por medio de la cual los Rayos de la
Luz Primordial se materializan, se concentran sobre nuestro sistema Solar, y
producen todas las correlaciones de fuerzas (4).
Éste
es el Éter, como acaba de ser explicado en las ideas de Metcalfe, repetidas por
el doctor Richardson, exceptuando la sumisión del primero a algunos detalles de
la teoría ondulatoria moderna. No decimos que nos oponemos a la teoría; sólo
aseguramos que necesita un complemento y reforma. Pero no son los ocultistas en
modo alguno los únicos herejes en este particular, pues Mr. Robert Hunt, F. R.
S., dice que:
La
teoría ondulatoria no explica los resultados de sus experimentos (5). Sir David
Brewster en su Treatise on Optics, mostrando “que los colores de la
vida vegetal provienen... de una atracción específica que las partículas de
estos cuerpos ejercen sobre los rayos solares diferentemente coloreados”, y que
“por medio de la luz del sol se elaboran los jugos coloreados de las plantas;
que cambian los colores de los cuerpos, etc.”; observa que no es fácil aceptar
“que semejantes efectos puedan ser producidos por la mera vibración de un medio
etéreo”. Y él se ve obligado, dice, “por esta clase de hechos, a
razonar como si la luz fuese material” (?). El profesor Josiah P.
Cooke, de la Universidad de Harvard, dice que “no puede convenir... con los que
consideran la teoría ondulatoria de la luz como un principio científico
establecido” (6). La doctrina de Herschel, de que la intensidad de la luz, en
el efecto de cada ondulación, “es inversa al cuadrado de la distancia del
cuerpo luminoso”, si es correcta, perjudica mucho, si es que no destruye, a la
teoría ondulatoria. Que él está en lo cierto se comprobó repetidamente por
medio de experimentos con fotómetros; y aun cuando principia a dudarse mucho de
ella, la teoría ondulatoria permanece todavía en pie (7) .
A
esa observación de Sir David Brewster -de que se ve “obligado a razonar como si
la luz fuese material”- hay mucho que replicar. La luz es, seguramente, en
cierto sentido, tan material como la electricidad misma. Y si la electricidad
no es material, si es sólo un “modo de movimiento”, ¿cómo se explica que pueda
ser almacenada en los acumuladores de Faure? Helmholtz dice
que la electricidad tiene que ser tan atómica como la materia; y Mr. W.
Crookes, F. R. S., apoyó esta opinión en su mensaje en Birmingham a la Sección
Química de la Sociedad Británica, de que era Presidente en 1886. He aquí lo que
Helmholtz dice:
Si
aceptamos la hipótesis de que las Substancias elementales están compuestas de
átomos, no podemos evitar llegar a la conclusión de que también la
electricidad, tanto negativa como positiva, está dividida en porciones
elementales definidas, que se conducen como átomos de electricidad (8).
Aquí
tenemos que repetir lo que dijimos en la Sección VIII, que sólo hay una ciencia
que pueda dirigir en lo sucesivo la investigación moderna en el único sendero
que conduce al descubrimiento de toda la verdad, hasta ahora oculta, y ésta es
la más joven de todas, la Química, tal como ahora se presenta reformada. No hay
otra, sin excluir la Astronomía, que pueda guiar tan infaliblemente a la
intuición científica como lo puede la Química. Dos pruebas de esto pueden
encontrarse en el mundo de la Ciencia; dos grandes químicos de los más
eminentes en sus respectivos países, a saber, Mr. Crookes y el difunto profesor
Butlerof: el uno creyente completo en los fenómenos anormales; el otro que era
un espiritista tan ferviente como grande era en las ciencias naturales. Se hace
evidente que la mente científicamente educada del químico, a la par que
reflexiona sobre la última divisibilidad de la Materia, y en la caza hasta
ahora infructuosa del elemento de peso atómico negativo, tiene que sentirse
irresistiblemente atraída hacia aquellos mundos siempre encubiertos, hacia ese
misterioso Más allá, cuyas profundidades inconmensurables parecen cerrarse a la
aproximación de la mano demasiado materialista que trata de descorrer su velo.
“Es lo desconocido y lo por siempre incognoscible” -advierte el
gnóstico-monista-. “No es verdad -contesta el químico perseverante-. Estamos
sobre la pista, no nos desanimamos, y voluntariamente entraríamos en la
misteriosa región a la que la ignorancia pone la etiqueta de desconocida”.
En
su discurso presidencial en Birmingham, dice Mr. Crookes:
Sólo
hay un desconocido; la última esencia del Espíritu (Espacio). Aquello que no es
lo Absoluto ni lo Uno, es, en virtud de esa misma diferenciación, por más
alejada que se halle de los sentidos físicos, siempre accesible a la mente
espiritual humana, que es un resplandor del Integral indiferenciable.
Dos
o tres párrafos, al final mismo de su conferencia sobre la Génesis de
los Elementos, demuestran que el eminente hombre científico se
halla en el camino real de los mayores descubrimientos. Durante algún tiempo ha
estado incubando “el protilo original”, y ha llegado a la conclusión de que “al
que obtenga la Clave le será permitido descubrir algunos de los misterios más
profundos de la creación”. El Protilo, como lo explica el gran químico, es:
...
una palabra análoga al protoplasma, para expresar la idea de la materia
primitiva existente antes de la evolución de los elementos químicos. La palabra
que me he aventurado a usar para este objeto, se halla compuesta de ...
(anterior a) y de ... (la substancia de que están hechas las cosas). La palabra
no es de nuevo cuño; pues hace 600 años que Roger Bacon escribió en su Arte Chymiae que
“Los elementos están hechos con ... y cada elemento se convierte en la
naturaleza de otro elemento”.
El conocimiento de
Roger Bacon no vino a este maravilloso mago antiguo (9) por inspiración, sino
porque estudiaba obras antiguas sobre Magia y Alquimia, y tenía la clave de la
verdadera significación de su lenguaje. Pero véase lo que dice Mr. Crookes del
Protilo, próximo vecino del inconsciente Mûlaprakriti de los ocultistas:
Partamos
del momento en que el primer elemento vino a la existencia. Antes de este
tiempo, la materia, como nosotros la conocemos, no existía. Es tan igualmente
imposible concebir la materia sin energía, como la energía sin la materia;
desde cierto punto de vista, ambos son términos convertibles. Antes del
nacimiento de los átomos, todas esas formas de energía que se hacen evidentes
cuando la materia actúa sobre la materia, no podían haber existido (10); ellas
estaban encerradas en el protilo sólo como potencialidades latentes.
Coincidiendo con la creación de los átomos, todos esos atributos y propiedades,
que forman los medios para distinguir un elemento químico de otro, surgen a la
existencia dotados por completo de energía (11).
Con
todos los respetos debidos al gran conocimiento del conferenciante, el
ocultista expondría esto de diferente manera. Diría que ningún Átomo es nunca
“creado”, pues los Átomos son eternos en el seno del Átomo Uno -”el Átomo de
Átomos”- considerado durante el Manvántara como el Jagad-Yoni, la matriz
material causativa del Mundo. Pradhâna, la Materia inmodificada -la que es la
primera forma de Prakriti o la Naturaleza material, tanto visible como
invisible- y Purusha, el Espíritu, son eternamente uno; y ellos son Nirupâdhi,
sin cualidades adventicias o atributos, sólo durante el Pralaya, y cuando se
hallan más allá de cualquiera de los planos de conciencia de la existencia. El
Átomo, tal como es conocido por la ciencia moderna, es inseparable de Purusha,
que es Espíritu, pero al que ahora se le da el nombre de “energía” en la
Ciencia. El Átomo en el Protilo no ha sido desmenuzado ni sutilizado; ha pasado
sencillamente a aquel plano, que no es plano, sino el estado eterno de todas
las cosas fuera de los planos de ilusión. Tanto Purusha como Pradhâna son
inmutables e inconsumibles, o Aparinânim y Avyava, en la eternidad; y ambos
pueden ser mencionados durante los períodos Mayávicos, como Vyaya y Parinâmin,
o lo que puede espaciarse, ocultarse y desaparecer, y que es “modificable”. En
este sentido, Purusha debe, por supuesto, considerarse en nuestros conceptos
como distinto de Prabrahman. Sin embargo, eso que la Ciencia llama “energía” o
“fuerza”, y que Metcalfe ha explicado como fuerza binaria, no es nunca energía
sola ni puede serlo; pues es la Substancia del Mundo, su Alma, lo
Todo-compenetrante, Sarvaga en conjunción con Kâla, el Tiempo. Los tres son la
trinidad en uno, durante el Manvántara, la Unidad toda potencial, que actúa
como tres cosas distintas sobre Mâyâ, el plano de la ilusión. En la filosofía
órfica de la antigua Grecia eran llamados Phanes, Caos y Cronos: la tríada de
los filósofos ocultistas de aquel tiempo.
Pero
véase cuánto se aproxima Mr. Crookes al “Incognoscible”, y qué probabilidades
existen para la aceptación de las verdades Ocultas en sus descubrimientos.
Hablando de la evolución de los Átomos, continúa él diciendo:
Detengámonos
al final de la primera vibración completa y examinemos el resultado. Hemos
encontrado ya los elementos del agua, del amoníaco, del ácido carbónico, de
la atmósfera, de la planta y de la vida animal; fósforo para el
cerebro, sal para los mares, barro para la tierra sólida... fosfatos y
silicatos suficientes para un mundo y unos habitantes no muy distintos de los
actuales. A la verdad, los habitantes humanos tendrían que vivir en un estado
de simplicidad más que arcadiana, y la ausencia del fosfato cálcico resulta una
perplejidad por lo que a la existencia de los huesos se refiere...(12). Al otro
extremo de nuestra curva... vemos una gran laguna... Este oasis y los vacíos
que le preceden y siguen pueden referirse con gran probabilidad al modo
particular en que nuestra tierra se convirtió en un miembro de nuestro sistema
solar. Si esto es así, puede ser que sólo en nuestra tierra ocurran estos
vacíos, y no sean generales en todo el Universo.
Esto
justifica varios asertos de las obras Ocultas.
Primero,
que ni las estrellas ni el Sol puede decirse que estén constituidos de los
elementos terrestres familiares a la Química, aunque se hallen presentes en las
vestiduras externas del Sol, así como también otros muchos elementos hasta
ahora desconocidos para la Ciencia.
Segundo,
que nuestro Globo tiene su laboratorio especial en los confines de su
atmósfera, cruzados los cuales, todo Átomo y moléculas cambian y se diferencian
de su naturaleza primordial.
Y
tercero, que aun cuando ningún elemento presente en nuestra Tierra fuese
posible que faltara en el Sol, hay en éste muchos otros que no han sido
alcanzados ni descubiertos todavía en nuestro globo.
Algunos
pueden faltar en ciertas estrellas y cuerpos celestes en el curso de su
formación; o, aunque presentes en ellos, estos elementos, a causa de su
presente estado, pueden no responder todavía a las pruebas científicas usuales
(13).
Mr.
Crookes habla del helium, cuerpo de peso atómico inferior aún al
del hidrógeno; cuerpo simple puramente hipotético en lo que
concierne a nuestra tierra, aunque existe en abundancia en la cromosfera del
Sol. La Ciencia Oculta añade que ninguno de los cuerpos simples considerados
como tales por la Química merece realmente este nombre.
También
vemos a Mr. Crookes hablando con aprobación de:
El
poderoso argumento del Dr. Carnelly en favor de la naturaleza compuesta de los
llamados cuerpos simples, según su analogía con las radículas compuestas.
Hasta
ahora, sólo la Alquimia, dentro de su período histórico, y en los llamados
países civilizados, ha conseguido obtener un verdadero cuerpo simple o
una partícula de Materia homogénea, el Mysterium Magnum de
Paracelso. Pero esto era antes de la época de Lord Bacon (14).
...Volvamos
ahora a la parte superior del esquema. Con hidrógeno de peso atómico = 1, no
queda sitio para otros cuerpos simples, excepto, quizás, para el
hipotético Helium. Pero si lográsemos pasar “a través del espejo” y
cruzar la línea cero en busca de nuevos principios, ¿qué encontraríamos al otro
lado del cero? El Dr. Carnelly pide un cuerpo simple de peso atómico negativo;
aquí hay amplio espacio y margen suficiente para una serie en la sombra, de
tales insubstancialidades. Helmholtz dice que la electricidad es probablemente
tan atómica como la materia; ¿es la electricidad uno de los cuerpos simples
negativos, y el éter luminoso otro? La materia, tal como la conocemos ahora, no
existe aquí; las formas de energía que son aparentes en los movimientos de la
materia, tan sólo son todavía posibilidades latentes. Una substancia de
peso negativo no es inconcebible (15). ¿Pero podemos formarnos un
concepto claro de un cuerpo que se combine con otros cuerpos en proporciones
que se expresen por cualidades negativas? (16).
Una
génesis de los cuerpos simples tal como la que se ha bosquejado no se
confinaría a nuestro pequeño sistema solar, sino que seguiría la misma serie de
sucesos en todos los centros de energía visibles al presente como estrellas.
Antes
del nacimiento de los átomos para gravitar los unos hacia los otros, no podía
ejercerse presión alguna; pero en los confines de la esfera de niebla ígnea, en
que todo es protilo -y en cuyo núcleo las fuerzas colosales que indica el
nacimiento de un elemento químico ejercen todo su dominio-, el violento calor
iría acompañado por una gravitación suficiente para impedir que los elementos
acabados de nacer se lanzasen al espacio. A medida que aumenta el calor,
aumentan la expansión y el movimiento molecular; las moléculas tienden a
separarse, y sus afinidades químicas se amortiguan; pero la enorme presión de
la gravitación de la masa de materia atómica, fuera de lo que, en gracia de la
brevedad, llamaré corteza naciente, contrarrestaría la acción del calor.
Más
allá de la corteza naciente habría un espacio en que no podría tener lugar
acción química alguna, debido a que allí la temperatura estaría por encima de
lo que se llama el punto de disociación de los compuestos. En este espacio, el
león y el cordero yacerían juntos; el fósforo y el oxígeno se mezclarían sin
unirse; el hidrógeno y el cloro no mostrarían tendencia a lazos más estrechos;
y hasta el flúor, ese gas enérgico que los químicos han podido aislar sólo hace
uno o dos meses, flotaría libre y sin combinarse.
Fuera
de este espacio de materia atómica libre, existiría otra capa en que los
elementos químicos formados se habrían enfriado hasta el punto de la
combinación; y la serie de sucesos tan gráficamente descrita por Mr. Mattieu
Williams, en The Fuel of the Sun, tendría entonces lugar,
culminando en la tierra sólida y en el comienzo del tiempo geológico (pág. 19).
Ésta
es la descripción, en lenguaje estrictamente científico, pero hermoso, de la
evolución del Universo diferenciado, según las Enseñanzas Secretas. El sabio
termina su discurso con períodos, cada una de cuyas frases es como un brillante
rayo de luz tras el negro velo del materialismo, hasta entonces echado sobre
las ciencias exactas, y es un paso hacia el Sanctasanctórum de lo Oculto. He
aquí cómo se expresa:
Hemos
echado una ojeada sobre la dificultad de definir un cuerpo simple; hemos hecho
observar también la rebelión de muchos químicos y físicos notables contra la
aceptación ordinaria de la palabra cuerpo simple; hemos pesado la
improbabilidad de su existencia eterna (17) o de su origen casual. Como última
alternativa, hemos ideado su origen por medio de un proceso de evolución como
el de los cuerpos celestes, según Laplace, y el de las plantas y animales de
nuestro globo, según Lamarck, Darwin y Wallace (18). En el orden de los cuerpos
simples, tal como lo conocemos, hemos visto una señalada aproximación al del
mundo orgánico (19). A falta de una prueba directa de la descomposición de
cualquier cuerpo simple, hemos buscado y encontrado una prueba indirecta...
Hemos considerado luego el aspecto de la génesis de los elementos; y
últimamente hemos pasado en revista un esquema de su origen sugerido por el
método del profesor Reynolds, para ilustrar la clasificación periódica...(20).
Resumiendo todas las anteriores consideraciones, no podemos, a la verdad,
aventurarnos a afirmar de modo positivo, que nuestros llamados cuerpos
simples se hayan desenvuelto de una materia primordial; pero podemos sostener
que la balanza de las pruebas, a mi juicio, se inclina de modo franco en favor
de esta hipótesis.
Así
pues, la Ciencia inductiva, en sus ramas de Astronomía, Física y Química, a la
vez que avanza tímidamente hacia la conquista de los secretos de la Naturaleza,
en sus últimos efectos sobre nuestro plano terrestre, retrocede a los días de
Anaxágoras y de los caldeos en sus descubrimientos: a) Del origen de nuestro
mundo fenomenal; y b) De los modos de formación de los cuerpos que componen el
Universo. Y teniendo que volver, para sus hipótesis cosmogónicas, a las
creencias de los primitivos filósofos y a sus sistemas, basados todos en las
enseñanzas de una Doctrina Secreta universal respecto de la Materia primordial,
con sus propiedades, funciones y leyes, ¿no tenemos derecho a esperar que no
esté muy lejano el día en que la Ciencia aprecie mejor la Sabiduría de los
Antiguos que lo ha hecho hasta ahora?
No
hay duda de que la Filosofía Oculta podría aprender mucho de la Ciencia Exacta
moderna; pero ésta, por otro lado, podría progresar por la antigua sabiduría en
más de un ramo, y principalmente en Cosmogonía. Podría aprender, por ejemplo,
la significación mística, alquímica y trascendental de las muchas
substancias imponderables que llenan los espacios
interplanetarios, y que, compenetrando a los mundos, son la causa directa, en
el extremo inferior, de la producción de los fenómenos naturales que se
manifiestan por la llamada vibración. El conocimiento de la naturaleza verdadera, no
la hipotética, del Éter, o más bien del Âkâsha, y otros misterios, en una
palabra, puede sólo conducir al conocimiento de las Fuerzas. Esta Substancia es
contra la que la escuela materialista de los físicos se rebela con tal furia,
especialmente en Francia (21), y la cual tiene sin embargo que defender la
Ciencia Exacta. No pueden ellos abandonarla sin incurrir en el riesgo de echar
abajo los pilares del Templo de la Ciencia, y como modernos Sansones, quedar
sepultados bajo sus ruinas.
Las
teorías basadas sobre la no aceptación del concepto de la Fuerza, fuera e
independiente de la Materia pura y simple, se ha demostrado que son todas
falsas. No abarcan ni pueden abarcar el problema, y muchas de las hipótesis
científicas han resultado poco científicas. “El Éter produce el Sonido”, se
dice en los Purânas, y se han reído de la afirmación. El Sonido es
el resultado de las vibraciones del aire, se nos replica
corrigiéndonos. - ¿Y qué es el aire? ¿Podría existir si no hubiese un medio
etéreo en el Espacio que sostuviese sus moléculas? La cuestión es sencillamente
la siguiente: El Materialismo no puede admitir la existencia de algo
fuera de la Materia, porque con la aceptación de una Fuerza imponderable
-fuente y cabeza de todas las Fuerzas físicas- tendría que admitir virtualmente
otras Fuerzas inteligentes, y esto conduciría a la Ciencia muy
lejos. Porque tendría que aceptar como consecuencia la presencia en el hombre
de un poder aún más espiritual, por completo independiente esta vez de toda
clase de Materia de que los físicos tengan conocimiento. De aquí que, aparte de
un Éter hipotético del Espacio y de los cuerpos groseros físicos, todo el
Espacio sideral desconocido sea, para los materialistas, un vacío sin
límites en la Naturaleza: ciego, ininteligente, inútil.
Y
ahora la cuestión que sigue es ésta: ¿Qué es esa Substancia Cósmica, y hasta
qué punto se puede avanzar en la deducción de su naturaleza o en arrancarle sus
secretos, sintiéndose así en lo firme al darle un nombre? ¿Hasta dónde,
especialmente, ha avanzado la ciencia moderna en la dirección de estos
secretos, y qué es lo que hace para resolverlos? El último favorito de la
Ciencia, la Teoría Nebular, puede proporcionarnos alguna contestación a esta
pregunta. Examinemos, pues, las credenciales de esta Teoría Nebular.
SECCIÓN XII
EVIDENCIA
CIENTÍFICA Y ESOTÉRICA DE LA TEORÍA
NEBULAR MODERNA
Y OBJECIONES A LA MISMA
En
los últimos tiempos se ha puesto con frecuencia frente a la Cosmogonía
Esotérica el fantasma de esta teoría y sus hipótesis consiguientes. “¿Puede
negarse por vuestros Adeptos esta teoría tan científica?” -se nos pregunta-.
“No por completo -contestamos-, pero lo que los mismos hombres de ciencia
admiten, la mata; y no queda nada que negar a los Adeptos”.
El
hacer de la Ciencia un todo integral necesita, a la verdad, el estudio de la
naturaleza espiritual y psíquica, tanto como de la física. De otro modo,
resultará siempre como con la anatomía del hombre, discutida desde antiguo por
el profano desde el punto de vista superficial, y en la ignorancia de la obra
interna. Hasta el mismo Platón, el más grande de los filósofos de su país, fue
culpable, antes de su Iniciación, de afirmaciones tales como la de que los
líquidos pasan al estómago por los pulmones. Sin la metafísica, como dice Mr.
H. J. Slack, la verdadera Ciencia es inadmisible.
La
nebulosa existe; sin embargo, la Teoría Nebular es errónea. Una nebulosa existe
en un estado de disociación elemental completa. Es gaseosa (y algo distinto,
además, que no puede relacionarse con los gases tales como la ciencia física
los conoce); y es luminosa por sí misma. Pero esto es todo. Las sesenta y dos
“coincidencias” enumeradas por el profesor Stephen Alexander (1), confirmando
la Teoría Nebular, pueden explicarse todas por la Ciencia Esotérica; aunque,
como no es ésta una obra astronómica, no se intenta ahora refutarlas. Laplace y
Faye se aproximan más que nadie a la teoría correcta; pero poco queda de las
especulaciones de Laplace en la teoría actual, salvo sus rasgos generales.
Sin
embargo, John Stuart Mill dice:
No
hay en la teoría de Laplace nada que sea hipotético; es un ejemplo de legítimo
razonamiento del efecto presente a su causa pasada; sólo presupone que los
objetos que realmente existen, obedecen las leyes a que se sabe obedecen todos
los objetos terrestres que se les asemejan (2).
Tratándose
de un lógico tan eminente como Mill, este razonamiento sería valioso si pudiera
probarse que “los objetos terrenos que se asemejan” a los celestes, a la
distancia a que están las nebulosas, se parecen en realidad a aquellos
objetos y no sólo en la apariencia.
Otra
de las falacias que, desde el punto de vista oculto, se incorporó a la teoría
moderna, tal como ahora se presenta, es la hipótesis de que todos los Planetas
se hayan desprendido del Sol; que sean hueso de sus huesos y carne de su carne;
pues el Sol y los Planetas son sólo hermanos couterinos, que tienen el mismo
origen nebular, pero de un modo distinto del postulado por la Astronomía
moderna.
Las
muchas objeciones presentadas por algunos adversarios de la Teoría Nebular
moderna contra la homogeneidad de la Materia original difusa, basada en la
uniformidad de la composición de las Estrellas fijas, no afectan en modo alguno
a la cuestión de esa homogeneidad, sino tan sólo a la teoría en sí. Nuestra
nebulosa solar puede no ser completamente homogénea, o más bien, puede que no
se revele así a los astrónomos, y sin embargo, ser defacto homogénea. Las
Estrellas difieren en sus materiales constituyentes, y hasta exhiben elementos
por completo desconocidos en la Tierra; no obstante, esto no afecta al punto de
que la Materia Primordial -la Materia tal como apareció justamente en su
primera diferenciación procedente de su condición laya (3)- es todavía hasta
hoy homogénea, a inmensas distancias, en las profundidades de la infinitud, y
también en puntos no muy lejanos de los confines de nuestro Sistema Solar.
Finalmente,
no existe un solo hecho presentado por los sabios contrarios a la Teoría
Nebular (falsa como ella es, y por tanto fatal, bastante ilógicamente, a la
hipótesis de la homogeneidad de la Materia) que pueda resistir a la crítica. Un
error conduce a otro. Una falsa premisa conducirá naturalmente a una falsa
conclusión, aun cuando una inferencia inadmisible no afecta necesariamente la
validez de la proposición mayor del silogismo. Así pues, pueden dejarse a un
lado los aspectos e inferencias secundarias de las pruebas del espectro y las
líneas, como simplemente provisionales por ahora, y abandonar toda cuestión de
detalle a la ciencia física. El deber del ocultista se refiere al Alma y Espíritu del
Espacio Cósmico, no tan sólo a su apariencia y modo de ser ilusorios. El de la
ciencia física consiste en analizar y estudiar su cáscara - la Última Thule del
Universo y del Hombre, en opinión de los materialistas.
Con
estos últimos, el Ocultismo no tiene nada que ver. sólo con las teorías de
hombres de saber tales como Kepler, Kant, Oersted y Sir William Herschel, que
creían en un Mundo Espiritual, puede la Cosmogonía Oculta entenderse e intentar
un acuerdo satisfactorio. Pero las ideas de aquellos físicos difieren
enormemente de las últimas especulaciones modernas. Kant y Herschel especulaban
sobre el origen y último destino del Universo, así como de su aspecto presente,
desde un punto de vista mucho más filosófico y psíquico; mientras que la
Astronomía y la Cosmología modernas repudian ahora todo lo que sea investigar
los misterios del Ser. El resultado es el que era de esperar: fracaso completo
y contradicciones inextricables en las mil y una variedades de las llamadas
teorías científicas, sucediendo con esta teoría lo que con todas las demás.
La
hipótesis nebular, que envuelve la teoría de la existencia de una Materia
Primordial, difundida en condición nebulosa, no es de fecha moderna en
Astronomía, como todo el mundo sabe. Anaxímenes, de la escuela jónica, había ya
enseñado que los cuerpos siderales se formaban por la condensación progresiva
de una Materia Primordial progénita, que tenía un peso casi
negativo, y estaba difundida por el Espacio en una condición extremadamente
sublimada.
Tycho
Brahe, que consideraba a la Vía Láctea como una substancia etérea, creyó que la
nueva estrella que apareció en Casiopea en 1572 se había formado con aquella
Materia (4). Kepler creía que la estrella de 1606 se había también formado con
la substancia etérea que llena el Universo (5). Atribuía él a ese mismo éter la
aparición de un anillo luminoso alrededor de la Luna, durante el eclipse total
de Sol observado en Nápoles en 1605 (6). Más tarde aún, en 1714, fue reconocida
por Halley la existencia de una Materia luminosa por sí, en el Philosophical
Transactions. Por último, el periódico de este nombre publicaba en 1811 la
famosa hipótesis del eminente astrónomo Sir William Herschel sobre la
transformación de las nebulosas en estrellas (7), y después de esto fue
aceptada la Teoría Nebular por las Reales Academias.
En
Five Years of Theosophy, en la pág. 245, puede leerse un artículo titulado:
¿Niegan los Adeptos la Teoría Nebular? (8). La contestación que allí se
da es como sigue:
No;
no niegan sus proposiciones generales, ni las verdades aproximadas de las
hipótesis científicas. Sólo niegan que las presentes teorías sean completas,
así como que sean enteramente erróneas las muchas que hoy se llaman viejas
teorías “arrinconadas”, que, en el último siglo, se siguieron unas a otras con
tanta rapidez.
Se
dijo entonces que esto era “una contestación evasiva”. se argüía que semejante
falta de respeto a la Ciencia oficial debe justificarse substituyendo la
especulación ortodoxa por otra teoría más completa y más sólidamente fundada. A
esto sólo hay una contestación: Es inútil dar teorías aisladas respecto de
materias que se hallan comprendidas en un sistema consecutivo completo; pues al
ser separadas del cuerpo principal de enseñanza, perderían necesariamente su
coherencia vital, y nada bueno resultaría de su estudio independiente. Para que
sea posible apreciar y aceptar las ideas ocultas sobre la Teoría Nebular, hay
que estudiar todo el sistema cosmogónico esotérico. Y no ha llegado aún el
tiempo en que se pueda pedir a los astrónomos que acepten a Fohat y a los
Constructores Divinos. Hasta las suposiciones innegablemente correctas de Sir
William Herschel, que nada tenían de “sobrenatural” en sí en cuanto a llamar al
Sol “un globo de fuego”, quizás metafóricamente, y sus primeras especulaciones
sobre la naturaleza de lo que ahora se llama la Teoría de la Hoja de Sauce de
Nasmyth, sólo dio por resultado que el más eminente de todos los astrónomos
fuese ridiculizado por sus colegas mucho menos notorios, que veían y ven hoy en
sus ideas “teorías puramente imaginarias y caprichosas”. Antes que se pudiera
revelar a los astrónomos todo el Sistema Esotérico, y que pudiesen apreciarlo,
tendrían estos primero que volver, no sólo a las “ideas anticuadas” de
Herschel, sino también a los sueños de los más antiguos astrónomos indos,
abandonando así sus propias teorías, que no son menos “caprichosas” por haber
aparecido ochenta años después que las primeras y varios miles de años más
tarde que las segundas. Principalmente tendrían que repudiar sus ideas sobre la
solidez e incandescencia del Sol; pues si bien es innegable que el Sol
“resplandece”, no por eso “arde”. Por otro lado, los ocultistas declaran
respecto a las “hojas de sauce” que esos “objetos” -como los llama Sir William
Herschel- son las fuentes inmediatas del calor y de la luz solar. Y
aun cuando la Enseñanza Esotérica no considera a éstas como él lo hizo -esto
es, como “organismos” de la naturaleza de la vida, pues los “Seres” Solares no
se ponen ciertamente dentro del foco telescópico-, sin embargo, asegura que
todo el Universo está lleno de tales “organismos” conscientes y activos, con
arreglo a la proximidad o distancia de sus planos a nuestro plano de
conciencia; y finalmente, que el gran astrónomo tenía razón cuando especulaba
sobre los supuestos “organismos”, diciendo que “no sabemos que la acción vital
sea incompetente para desarrollar a la vez el calor, la luz y la electricidad”.
Pues los ocultistas, a riesgo de que se rían de ellos todos los físicos del
mundo, sostienen que todas las “Fuerzas” de los científicos tienen su origen en
el Principio Vital, la Vida Una colectiva de nuestro Sistema Solar -siendo esa
“Vida” una parte, o más bien, uno de los aspectos de la VIDA
Una Universal.
Por
tanto, nosotros podemos -como en el artículo en cuestión, en donde, bajo la
autoridad de los Adeptos, se sostenía que “es suficiente hacer un resumen de lo
que ignoran los físicos acerca del Sol”- podemos, repito, definir nuestra
posición respecto a la Teoría Nebular moderna y sus evidentes errores con sólo
señalar hechos diametralmente opuestos a la misma en su forma presente. Y para
principiar preguntamos: ¿qué es lo que enseña?
Resumiendo
las hipótesis mencionadas, se hace evidente que la teoría de Laplace, ahora
desfigurada además por completo, no fue afortunada. En primer lugar, presupone
él a la Materia Cósmica existiendo en un estado de nebulosidad difusa, “tan
sutil, que su presencia pudiera apenas haber sido sospechada”. No intentó él
penetrar en el Arcano del Ser, excepto en lo que se refiere a la inmediata
evolución de nuestro pequeño sistema Solar.
Por
consiguiente, ya se acepte o se rechace su teoría en lo que concierne a los
problemas cosmológicos inmediatos presentados para solución, no puede decirse
otra cosa sino que ha hecho retroceder el misterio algo más lejos. A las
eternas preguntas: “¿De dónde viene la Materia misma?; ¿de dónde el impulso
evolutivo que determina sus agregaciones y disoluciones cíclicas?; ¿de dónde la
simetría y orden exquisitos con que se agrupan y ordenan los mismos Átomos
primordiales?”, no intenta Laplace contestación alguna. Todo lo que nos
presenta se reduce a un bosquejo de los amplios principios probables en que se
supone se basa el proceso actual. Pero ¿qué nota es esa, tan celebrada ahora,
sobre ese proceso? ¿Qué es lo que ha expuesto tan maravillosamente nuevo y
original para que su fundamento sirva en todo caso de base para la Teoría
Nebular moderna? He aquí lo que se puede sacar de lo que dicen varias obras
astonómicas.
Laplace
pensaba que a consecuencia de la condensación de los átomos de la nebulosa
primitiva, y según la ley de la gravedad, la masa entonces gaseosa o quizás
parcialmente líquida adquiría un movimiento de rotación. A medida que aumentaba
la velocidad de este movimiento, aquélla tomaba la forma de un disco delgado;
por último, la fuerza centrífuga dominando a la de cohesión hizo desprender
grandes anillos de los bordes de las vortiginosas masas incandescentes, y esos
anillos se contrajeron necesariamente por medio de la gravitación,
convirtiéndose en cuerpos esféricos (según se ha admitido), los que por
necesidad conservarían la órbita previamente ocupada por la zona externa de que
se habían separado (9). La velocidad del borde externo de cada planeta
naciente, dice, al exceder la del interno, daba por resultado una rotación
sobre su eje. Los cuerpos más densos se desprendían los últimos; y finalmente,
durante el estado preliminar de su formación, los orbes nuevamente segregados
desprendían a su vez uno o más satélites. Al formular la historia de la ruptura
de los anillos y de su formación en planetas, dice Laplace:
Casi
siempre cada uno de estos anillos de vapores ha debido dividirse en masas
numerosas, las que, moviéndose con una velocidad casi uniforme, han debido
circular a la misma distancia alrededor del Sol. Estas masas han debido tomar
una forma esférica con un movimiento de rotación en la misma dirección que su
revolución, puesto que las moléculas internas (las más próximas al Sol),
deberían tener menos velocidad real que las exteriores. Ellas han debido formar
entonces otros tantos planetas en estado de vapor. Pero si uno de ellos fue
suficientemente poderoso para unir sucesivamente por su atracción a todos los
demás alrededor de su centro, el anillo de vapores ha debido transformarse de
este modo en una sola masa esférica de vapores circulando alrededor del Sol,
con un movimiento de rotación en la misma dirección que su revolución. Este
último caso ha sido el más común, pero el sistema solar nos presenta el
primero, en los cuatro pequeños planetas que se mueven entre Júpiter y Marte.
A
la vez que habrá pocos que niegan la “magnífica audacia de esta hipótesis”, es
imposible no reconocer las dificultades insuperables que la rodean. ¿Por qué,
por ejemplo, encontramos que los satélites de Neptuno y Urano desarrollan un
movimiento retrógrado? ¿Por qué Venus, a pesar de su mayor proximidad al Sol,
es menos denso que la Tierra? ¿Por qué también, estando Urano más distante, es
más denso que Saturno? ¿Cómo hay tanta variedad en la inclinación de los ejes y
órbitas en la supuesta progenie del orbe central? ¿Cómo se notan tan
sorprendentes diferencias en el tamaño de los Planetas? ¿Cómo los satélites de
Júpiter son 228 veces más densos que éste, y cómo, por último, permanecen
todavía inexplicables los fenómenos de los sistemas de los meteoros y cometas?
Citemos las palabras de un Maestro:
Ellos
(los Adeptos) encuentran que la teoría centrífuga de origen occidental
es incapaz de abarcar todos los problemas. Que, por sí sola, no puede ni
explicar el aplanamiento de cada esferoide, ni resolver las evidentes
dificultades que presenta la densidad relativa de algunos planetas. En efecto,
¿cómo puede ningún cálculo de fuerza centrífuga explicarnos, por ejemplo, por
qué Mercurio, cuya rotación, según se nos dice, es sólo “aproximadamente un
tercio de la de la Tierra, y su densidad sólo sobre una cuarta parte mayor”, tiene
una compresión polar más de diez veces mayor que aquélla? ¿Por qué también
Júpiter, cuya rotación ecuatorial se dice que es “veintisiete veces mayor que
la de la Tierra, mientras que su densidad es tan sólo una quinta
parte de la de ésta”, ha de tener su compresión polar diecisiete veces mayor? O
¿por qué Saturno, con una velocidad ecuatorial, como fuerza centrífuga con que
luchar, cincuenta y cinco veces mayor que la de Mercurio, tiene su depresión
polar sólo tres veces mayor que la de éste? Para coronar las anteriores
contradicciones, se nos dice que creamos en las Fuerzas Centrales, según la
ciencia moderna las enseña, aun cuando se declara que la materia ecuatorial del
Sol, con una velocidad centrífuga cuatro veces mayor que la de la superficie
ecuatorial de la Tierra, y sólo con la cuarta parte de la gravitación de la
materia ecuatorial, no ha manifestado tendencia alguna o aglomerarse en el
ecuador solar, ni ha mostrado el menor aplanamiento en los polos del eje solar.
Más claro: ¡el Sol, con sólo una cuarta parte de la densidad terrestre que
oponer a los efectos de la fuerza centrífuga, no tiene depresión polar alguna!
Esta objeción la vemos hecha por más de un astrónomo, y sin embargo no ha sido
nunca explicada satisfactoriamente, al menos que los “Adeptos” sepan.
He
aquí por qué ellos dicen (los Adeptos) que no sabiendo los grandes hombres científicos de
Occidente... nada o casi nada de la materia cometaria, ni de las fuerzas
centrífuga y centrípeta, ni de la naturaleza de las nebulosas, ni de la
constitución física del Sol, de las Estrellas, ni tan siquiera de la Luna,
cometen una imprudencia al hablar tan confiadamente como lo hacen de “la masa
central del Sol”, lanzando al espacio planetas, cometas y qué sé yo qué más...
Sostenemos que lo que él (el Sol) despide de sí es sólo el principio de
vida, el Alma de estos cuerpos, dándolo y recogiéndolo en nuestro pequeño
Sistema Solar, como el “dador Universal de Vida...”, en la Infinitud y la
Eternidad; que el Sistema Solar es el Microcosmo del Macrocosmo Uno, de la
misma manera que es el hombre lo primero con relación a su pequeño Cosmos Solar
(10).
El poder esencial de todos los Elementos cósmicos y
terrestres para generar dentro de sí mismos una serie de resultados regular y
armónica, un encadenamiento de causas y efectos, es una prueba irrefutable de
que o bien se hallan animados por una Inteligencia ab extra o abs intra,
o la ocultan dentro o detrás del “velo manifestado”. El Ocultismo no niega la
certeza del origen mecánico del Universo; sólo sostiene la necesidad absoluta
de mecánicos de alguna clase detrás o dentro de aquellos Elementos; un dogma
entre nosotros. No es la asistencia fortuita de los Átomos de Lucrecio, como él
bien sabía, lo que construyó el Kosmos y todo lo que hay en él. La Naturaleza
misma contradice semejante teoría. Al Espacio Celeste, conteniendo una Materia
tan atenuada como el Éter, no puede pedírsele, con atracción o sin ella, que
explique el movimiento común de las huestes siderales. Aun cuando el acorde
perfecto de su inter-revolución indica claramente la presencia de una causa
mecánica en la Naturaleza, Newton, que tenía más derecho que ninguno a fiarse
de sus deducciones, se vio, sin embargo, obligado a abandonar la idea de llegar
a explicar el impulso original dado a los millones de orbes, sólo por medio de
las leyes de la Naturaleza conocida y sus Fuerzas materiales.
Reconocía él por completo los límites que separan a la acción de las Fuerzas
naturales de la de las Inteligencias que ponen en orden y en
acción a las leyes inmutables. Y si un Newton tuvo que renunciar a semejante
esperanza, ¿cuál de los pigmeos materialistas tiene derecho a decir: “Yo sé
más”?
Para
que una teoría cosmogónica pueda ser completa y comprensible tiene que partir
de una Substancia Primordial difundida en todo el Espacio sin límites, de
naturaleza intelectual y divina. Esta Substancia debe ser el Alma y el
Espíritu, la Síntesis y Séptimo Principio del Kosmos manifestado; y, para
servir de Upâdhi espiritual a éste, debe existir el sexto, su vehículo, la
Materia Física Primordial, por decirlo así, aunque su naturaleza tenga que
escapar por siempre a nuestros sentidos normales limitados. Es
fácil para un astrónomo, si está dotado de facultad imaginativa, idear una
teoría sobre la emergencia del Universo fuera del Caos, con sólo aplicar a ello
los principios de la mecánica. Pero semejante Universo resultará siempre un
monstruo de Frankenstein respecto de su creador científico humano; él le
conducirá a perplejidades sin fin. La sola aplicación de las leyes mecánicas no
puede llevar al especulador más allá del mundo objetivo; ni descubrirá a los
hombres el origen y destino final del Kosmos. A esto ha conducido la Teoría
Nebular a la Ciencia. De hecho, y en verdad, esta Teoría es la hermana gemela
de la del Éter, y ambas son hijas de la necesidad: la una es tan indispensable
para explicar la transmisión de la luz, como la otra para demostrar el origen
de los Sistemas Solares. La cuestión para la Ciencia es cómo la misma materia
homogénea (11) pudo, obedeciendo a las leyes de Newton, dar nacimiento a
cuerpos -el Sol, los Planetas y sus satélites- sujetos a condiciones de
movimiento idéntico, y formados de semejantes elementos heterogéneos.
¿Ha
servido la Teoría Nebular para resolver el problema, aun cuando se haya
aplicado tan sólo a cuerpos considerados como inanimados y materiales?
Decididamente no. ¿Qué progresos ha hecho desde 1811, cuando la comunicación de
Sir William Herschel, con sus hechos basados en la observación, mostrando la
existencia de la materia nebular, hizo prorrumpir en “exclamaciones de gozo” a
los hijos de la Real Sociedad? Desde entonces hasta ahora, un descubrimiento
aún mayor, por medio del análisis espectral, ha permitido la verificación y
corroboración de la conjetura de Sir William Herschel. Laplace pedía una
especie de “Material de mundos” primitivo, para probar la idea de la progresiva
evolución.
El
“material de mundos”, llamado ahora nebulosa, fue conocido desde la más remota
antigüedad. Anaxágoras enseñaba que, en la diferenciación, la mixtura
resultante de las substancias heterogéneas permaneció inmóvil y sin organizar,
hasta que finalmente la “Mente” -la corporación colectiva de los Dhyân Chohans,
decimos nosotros- empezó a trabajar sobre ellas, y les comunicó movimiento y
orden (12). Esta teoría es ahora aceptada en lo que concierne a su primera
parte; siendo rechazada la otra, la de una “Mente” que interviene. El análisis
espectral revela la existencia de nebulosas formadas enteramente de gases y
vapores luminosos. ¿Es ésta la Materia nebular primitiva? El espectro revela
-se dice- las condiciones físicas de la Materia que emite la luz cósmica. Los
espectros de las nebulosas solubles e insolubles, se ha demostrado que son
completamente diferentes, mostrando el espectro de estas últimas que su estado
físico es el del gas o vapor luminoso. Las líneas brillantes de una nebulosa
revelan la existencia del hidrógeno, y de otras substancias materiales
conocidas y desconocidas. Lo mismo sucede con las atmósferas del Sol y de las
Estrellas. Esto conduce a la inducción directa de que una Estrella se forma por
la condensación de una nebulosa; y por tanto que hasta los mismos metales se
han formado sobre la tierra por la condensación del hidrógeno o de alguna otra
materia primitiva, quizás algún pariente ancestral del helium o
algún material aún desconocido. Esto no choca con las Enseñanzas Ocultas.
Y éste es el problema que la Química está tratando de resolver; y tarde o
temprano debe lograrlo, aceptando, nolens volens, cuando
esto ocurra, la Enseñanza Esotérica. Pero cuando esto suceda, ella destruirá la
teoría Nebular tal como ahora se sostiene.
Mientras
tanto la Astronomía no puede aceptar en modo alguno, si ha de considerarse como
una ciencia exacta, la presente teoría de la filiación de las Estrellas -aun
cuando el Ocultismo lo haga a su modo, puesto que explica de distinta manera
esta filiación-, porque la Astronomía no tiene un solo dato físico para
demostrarlo. La Astronomía podría anticiparse a la Química en probar la
existencia del hecho, si pudiese mostrar una nebulosa planetaria exhibiendo un
espectro de tres o cuatro líneas brillantes, condensándose y transformándose
gradualmente en una Estrella, con un espectro todo cubierto con un cierto
número de líneas obscuras. Pero:
La
cuestión de la variedad de las nebulosas, y hasta su forma misma, es todavía
uno de los misterios de la Astronomía. Los datos de observación que se poseen
hasta ahora son de origen demasiado reciente, demasiado incierto, para
permitirnos afirmar nada (13).
Desde
su descubrimiento, el poder mágico del espectroscopio únicamente ha revelado a
sus adeptos la sola transformación de esta clase de una Estrella; y aun ésta
demostró precisamente lo contrario de lo que se necesitaba como prueba en favor
de la Teoría Nebular; pues reveló una Estrella que se transformaba en
una nebulosa planetaria. Según relató The Observatory (14),
la Estrella temporaria descubierta por J. F. J. Schmidt en la constelación del
Cisne en noviembre de 1876, exhibía un espectro interrumpido por líneas muy
brillantes. Gradualmente desaparecieron el espectro continuo y la mayor parte
de las líneas, quedando por último una sola línea brillante, que parecía
coincidir con la línea verde de la nebulosa.
Aun
cuando esta metamorfosis no es irreconciliable con la hipótesis del origen
nebular de las Estrellas, sin embargo, este solo caso solitario no reposa sobre
observación alguna, y mucho menos sobre observación directa. El suceso puede
haber sido debido a varias otras causas. Puesto que los astrónomos se inclinan
a creer que nuestros Planetas tienden a precipitarse hacia el Sol, ¿por qué no
habría podido aquella Estrella haber resplandecido a causa de una colisión con
tales Planetas precipitados, o como muchos indican, por el choque de un cometa?
Sea de ello lo que quiera, el único ejemplo conocido de transformación de
estrella desde 1811, no es favorable a la Teoría Nebular. Además, sobre la
cuestión de esta teoría, así como sobre todas las demás, los astrónomos
disienten.
En
nuestro propio siglo, y antes que Laplace pensase siquiera en ello, Buffon, muy
extrañado de la identidad del movimiento de los Planetas, fue el primero en
proponer la hipótesis de que los Planetas y sus satélites habían tenido origen
en el seno del Sol. Seguidamente inventó, con este objeto, un Cometa especial,
el que supuso haber arrancado, por un poderoso soplo oblicuo, la cantidad de
materia necesaria para la formación de aquéllos. Laplace da su merecido al
“Cometa” en su Exposition du Système du Monde (15). Pero la idea
fue cogida y hasta perfeccionada con un concepto de la evolución alternada,
desde la masa central del Sol, de Planetas aparentemente sin
peso o influencia sobre el movimiento de los Planetas visibles - y
evidentemente sin más existencia que la de la imagen de Moisés en la Luna.
Pero
la teoría moderna es también una variación de los sistemas elaborados por Kant
y Laplace. La idea de ambos era que, en el origen de las cosas, toda esa
Materia que ahora entra en la composición de los cuerpos planetarios, se
hallaba esparcida en todo el espacio comprendido en el Sistema Solar - y aun
más allá. Era una nebulosa de densidad extremadamente pequeña, y su
condensación gradualmente dio lugar al nacimiento de los varios cuerpos de
nuestro Sistema, por un mecanismo que no ha sido nunca explicado hasta ahora.
Ésta es la Teoría Nebular original, repetición incompleta, aunque
fiel de las enseñanzas de la Doctrina Secreta: un corto capítulo del gran
volumen de la Cosmogonía Esotérica universal. Y ambos sistemas, el de Kant y el
de Laplace, difieren grandemente de la teoría moderna, que abunda en sub-teorías
contradictorias y en hipótesis caprichosas.
Los
Maestros dicen:
La
esencia de la materia cometaria (y la de que se componen las Estrellas)...
es completamente diferente de cualquiera de los caracteres químicos y físicos
con que están familiarizados los más grandes químicos y físicos de la tierra...
Mientras el espectroscopio ha mostrado la semejanza probable (debida a
la acción química de la luz terrestre sobre los rayos interceptados) de
la substancia sideral y terrestre, no han podido descubrirse las acciones
químicas peculiares a los orbes del espacio diversamente evolucionados, ni ha
podido probarse su identidad con las observadas en nuestro propio planeta (16).
Mr. Crookes dice casi lo mismo en el fragmento
citado de su conferencia, Elements and Meta-Elements. C. Wolf,
miembro del Instituto, astrónomo del Observatorio de París, observa:
A
lo sumo la hipótesis nebular sólo puede mostrar en su favor, como dice W.
Herschel, la existencia de nebulosas planetarias en varios grados de
condensación, y de nebulosas espirales con núcleos de condensación sobre las
ramas y centro (17). Pero, de hecho, el conocimiento del lazo que une a las
nebulosas con las estrellas no está todavía a nuestro alcance; y careciendo
como carecemos de observaciones directas, ni siquiera podemos establecerlos
sobre la analogía de composición química (18).
Aun
cuando los hombres de ciencia admitiesen como los antiguos -dejando a un lado
la dificultad que se origina de tal innegable variedad y heterogeneidad de
materia en la constitución de las nebulosas- que el origen de todos los cuerpos
celestes visibles e invisibles debe buscarse en una materia primordial
homogénea en una especie de Pre-Protilo (19), es evidente que
esto no pondría fin a sus perplejidades. A menos que admitan también que
nuestro Universo visible actual es tan sólo el Sthûla Sharîra, el cuerpo
grosero del séptuple Kosmos, ellos se verán frente a otro problema;
especialmente si se aventuran a sostener que sus cuerpos, ahora visibles, son
el resultado de la condensación de aquella Materia Primordial única. Pues la
mera observación muestra que las operaciones que produjeron el Universo actual
son mucho más complejas que todo lo que esta teoría pudiera nunca abarcar.
En
primer término, hay dos clases distintas de nebulosas “insolubles”, como la
Ciencia misma lo enseña.
El
telescopio no puede distinguir entre estas dos clases, pero sí el
espectroscopio, y marca una diferencia esencial entre sus constituciones
físicas.
Esta
cuestión de la solubilidad de las nebulosas se ha presentado a menudo de una
manera demasiado afirmativa y enteramente contraria a las ideas expresadas por
Mr. Huggins, el ilustre experimentador del espectro de estas constelaciones.
Toda Nebulosa cuyo espectro sólo contiene líneas brillantes, se dice que es
gaseosa, y por tanto insoluble; toda nebulosa con un espectro continuo tiene
que terminar por resolverse en estrellas, con un instrumento de suficiente
poder. Esta suposición es a la vez contraria a los resultados obtenidos, y a la
teoría espectroscópica. La nebulosa “Lyra”, la nebulosa “Halterio” y la región
central de la nebulosa de Orión aparecen solubles y muestran un espectro de
líneas brillantes; la nebulosa de Canes Venatici no es soluble, y da un
espectro continuo. Pues aunque, en efecto, el espectroscopio nos dice el estado
físico de la materia constituyente de las estrellas, no nos da noción alguna de
sus modos de agregación. Una nebulosa formada de globos gaseosos (o hasta de núcleos,
débilmente luminosos, rodeados de una atmósfera poderosa) daría un espectro de
líneas y sería, sin embargo, soluble; tal parece ser el estado de la región de
Huggins en la nebulosa de Orión. Una nebulosa formada de partículas sólidas o
fluídicas en estado incandescente, una verdadera nube, dará un espectro
continuo y será insoluble.
Algunas
de estas nebulosas, nos dice Wolf que:
Tienen
un espectro de tres o cuatro líneas brillantes, otras un espectro continuo. Las
primeras son gaseosas, las otras están formadas por una materia pulverulenta.
Las primeras deben constituir una verdadera atmósfera; entre éstas debe
clasificarse a la nebulosa solar de Laplace. Las últimas forman un conjunto de
partículas que pueden considerarse como independientes, y cuya rotación obedece
a las leyes de la gravitación interna: tales son las nebulosas adoptadas por
Kant y Faye. La observación nos permite colocar tanto a la una como a la otra
en el origen mismo del mundo planetario. Pero cuando tratamos de ir más allá y
ascender al caos primitivo que ha producido la totalidad de los cuerpos
celestes, tenemos primeramente que darnos cuenta de la existencia real de estas
dos clases de nebulosas. Si el caos primitivo fuera un gas frío luminoso (20),
se comprendería cómo la contracción resultante de la atracción pudo haberlo
calentado y hecho luminoso. Tenemos que explicar la condensación de este gas al
estado de partículas incandescentes, cuya presencia se nos revela en ciertas
nebulosas por el espectroscopio. Si el caos original estaba compuesto de
semejantes partículas, ¿cómo ciertas de sus porciones pasaron al estado
gaseoso, mientras otras han conservado su condición primitiva?
Tal
es la sinopsis de las objeciones y dificultades que se presentan para la
aceptación de la Teoría Nebular, presentadas por el savant francés,
quien concluye este interesante argumento declarando que:
La
primera parte del problema cosmogónico, a saber: ¿cuál es la materia primitiva
del caos y cómo produjo esta materia al Sol y a las estrellas?, permanece de
este modo hasta el presente en el dominio de la novela y de la mera imaginación
(21).
Si
ésta es la última palabra de la Ciencia sobre el asunto, ¿adónde debemos
dirigirnos para aprender lo que se supone enseña la Teoría Nebular? ¿Qué es en
realidad esta teoría? Lo que es, nadie parece seguro de saberlo. Lo que no es,
nos lo enseña el erudito autor del World-Life. Él nos dice que:
I.
No es una teoría de la evolución del Universo. Es principalmente una
explicación genética de los fenómenos del sistema solar, y accesoriamente una
coordinación en un concepto común de los principales fenómenos del firmamento
estelar y nebular, tan lejos como la visión humana ha podido penetrar.
II.
No considera a los Cometas como contenidos en esa evolución particular que ha
producido el Sistema Solar. (La Doctrina Secreta sí los incluye, porque ella
también “reconoce a los Cometas como formas de existencia cósmica, relacionada
con estados más primitivos de la evolución nebular”: y en realidad, les
asigna principalmente la formación de todos los mundos).
III. No
niega un período anterior a la niebla de fuego luminoso -(la etapa
secundaria de evolución en la Doctrina Secreta) (y)... no afirma haber llegado
a un principio absoluto. (Y hasta hace la concesión de que esta) niebla de
fuego puede haber existido anteriormente en una condición invisible, fría y no
luminosa.
IV.
(Y por último), no pretende descubrir el ORIGEN de las
cosas, sino sólo una etapa en la historia material ... (dejando) al
filósofo y al teólogo tan libres como siempre lo fueron para buscar el origen
de los modos del ser (22)
Pero
no es esto todo. Hasta el mayor filósofo de Inglaterra, Mr. Herbert Spencer,
arremete contra esta fantástica teoría diciendo: a) “Que no resuelve el
problema de la existencia”; b) Que la hipótesis nebular “no arroja luz alguna
sobre el origen de la materia difusa”; y c) Que “la hipótesis nebular (tal como
ahora se presenta) implica una Causa Primera” (23).
Nos
tememos que esto último resulte algo más de lo que nuestros físicos modernos
han pedido. De modo que parece que la pobre “hipótesis” apenas puede esperar
apoyo o corroboración ni tan siquiera entre los metafísicos.
Considerando
todo esto, los ocultistas creen que tienen derecho a presentar su filosofía,
por más que no se la comprenda y se la rechace en el presente. Y sostienen que
este fracaso de los hombres de ciencia en descubrir la verdad es debido por
completo a su materialismo y a su desdén de las ciencias trascendentales. Sin
embargo, aun cuando las mentes científicas de nuestro siglo estén tan lejos
como siempre de la verdadera y exacta doctrina de la Evolución, puede haber
todavía una esperanza para el porvenir; pues ahora mismo vemos que otro sabio
nos da una ligera vislumbre de ella.
En
un artículo de la Popular Science Review sobre
“Investigaciones Recientes en el Detalle de la Vida”, dice Mr. H. J. Slack, F.
C. S., Secretario R. M.
S.:
Es
evidente que todas las ciencias, desde la física a la química y a la
fisiología, convergen hacia alguna doctrina de evolución y de desarrollo, de
que formarán parte los hechos del Darwinismo; pero no se puede formar ahora una
idea del último aspecto que asumirá esta doctrina, y quizás no llegará a
formularse por la mente humana hasta tanto las investigaciones metafísicas como
las físicas hayan avanzado mucho más (24).
Ésta
es una agradable profecía, en efecto. Puede, pues, llegar el
día en que la “Selección Natural”, según la enseñaron Mr. Darwin y Mr. Herbert
Spencer, en su última modificación, forme sólo una parte de
nuestra doctrina oriental de Evolución, que será la de Manu y Kapila explicada
Esotéricamente.
SECCIÓN XIII
LAS
FUERZAS: ¿MODOS DE MOVIMIENTO O INTELIGENCIAS?
Ésta
es, pues, la última palabra de la Ciencia Física, hasta el año actual, 1888.
Las leyes mecánicas nunca podrán probar la homogeneidad de la Materia
Primordial, excepto como inferencia y como desesperada necesidad, cuando no
quede otro recurso, como en el caso del Éter. La ciencia moderna sólo está
segura en su propia región y dominios, dentro de los límites físicos de nuestro
Sistema Solar, más allá del cual todas las cosas, toda partícula de Materia, es
diferente de la Materia que conoce, y donde la Materia existe en estados de que
la Ciencia no puede formarse idea. Esta Materia, que es
verdaderamente homogénea, está más allá de la percepción humana, si la
percepción está encadenada tan sólo a los cinco sentidos. Sentimos sus efectos
por medio de aquellas INTELIGENCIAS que son los resultados de su diferenciación
primordial, a las que damos el nombre de Dhyân Chohans, llamados en las obras
herméticas los “Siete Gobernadores”; aquellos que Pymander, el “Pensamiento
Divino”, menciona como “Poderes Constructores”, y que Asklepios llama los
“Dioses Celestes”. Algunos de nuestros astrónomos han llegado a creer en esta
Materia, Substancia Primordial verdadera, Nóumeno de toda la “materia” que
conocemos; pues ellos desesperan de la posibilidad de explicar jamás la
rotación, la gravedad y el origen de las leyes mecánicas físicas, a menos que
estas INTELIGENCIAS sean admitidas por la Ciencia. En la obra antes citada
sobre Astronomía, por Wolf (1), el autor hace por completo suya la teoría de
Kant, la cual, si no en su aspecto general, por lo menos en algunos de sus
rasgos, nos hace recordar muchísimo ciertas enseñanzas esotéricas. Aquí tenemos
el sistema del mundo “renacido de sus cenizas” a través de una nebulosa -la
emanación de los cuerpos, muertos y disueltos en el Espacio, resultante de
la incandescencia del Centro Solar-, reanimado por la materia
combustible de los Planetas. en esta teoría, nacida y desarrollada en el
cerebro de un joven de apenas veinticinco años, que nunca había abandonado su
país natal, Königsberg, pequeña ciudad del norte de Prusia, no puede uno menos
que reconocer o la presencia de un poder inspirador externo, o una prueba de
la reencarnación, que es lo que los ocultistas ven. Llena ella un
vacío que el mismo Newton, con todo su genio, no pudo salvar. Y seguramente es
nuestra Materia Primordial, Âkâsha, la que Kant consideraba, cuando presupuso
una Substancia primordial universal penetrante, para resolver la dificultad de
Newton y su fracaso en explicar, por las fuerzas solas naturales, el impulso
primitivo comunicado a los Planetas. Porque, como él dice en el capítulo VIII,
si se admite que la perfecta armonía de las Estrellas y de los Planetas y la
coincidencia de los planos de sus órbitas prueba la existencia de una Causa
natural, que sería así la Causa Primordial, “esa Causa no puede ser realmente
la materia que llena hoy los espacios celestes”. Debe ella ser la que llenaba
el Espacio -la que era Espacio- originalmente, cuyo movimiento en Materia
diferenciada fue el origen de los movimientos actuales de los cuerpos
siderales; y que, “condensándose en esos mismos cuerpos, abandonó de este modo
el espacio que hoy se encuentra vacío”. En otras palabras, los Planetas, los
Cometas y el Sol mismo se componen de esa misma Materia, la cual, habiéndose
originariamente condensado en aquellos cuerpos, ha conservado su cualidad
inherente de movimiento; cuya cualidad, concentrada ahora en sus núcleos,
dirige todo movimiento. Una ligerísima alteración de palabras, y unas cuantas
adiciones, convertirían esto en nuestra Doctrina Secreta.
La
última enseña que la Materia Prima primordial, divina e inteligente, la
emanación directa de la Mente Universal, el Daiviprakriti -la Luz Divina (2)
que emana del Logos- es la que formó los núcleos de todos los orbes que “se
mueven” en el Kosmos. Es el poder de movimiento y el principio de vida
informador, siempre presente; el Alma Vital de los Soles, Lunas, Planetas, y
hasta de nuestra Tierra; latente el primero, activo el segundo - el Soberano y
Guía invisible del cuerpo grosero unido y relacionado con su Alma, que es,
después de todo, la emanación espiritual de estos respectivos Espíritus
Planetarios.
Otra
doctrina completamente Oculta es la teoría de Kant, de que la Materia de que
están formados los habitantes y animales de otros Planetas es de una
naturaleza más ligera y sutil y de una conformación más perfecta, en proporción
a su distancia del Sol. Este último está demasiado lleno de Electricidad
Vital, del principio físico productor de la vida. Por tanto, los hombres de
Marte son más etéreos que nosotros, mientras que los de Venus son más densos; y
si bien menos espirituales, son mucho más inteligentes.
La
última doctrina no es del todo la nuestra, aunque esas teorías kantianas son
tan metafísicas y trascendentales como cualquier Doctrina Oculta; y más de un
hombre de ciencia, si se atreviera a decir lo que siente, las
aceptaría como lo hace Wolf. De esta Mente y Alma kantianas de los Soles y
Estrellas al Mahat (la mente), y al Prakriti de los Purânas, no hay
más que un paso. Después de todo, la admisión de éste por la Ciencia sería sólo
la admisión de una causa natural, ya extendiera o no su creencia a tales
alturas metafísicas. Pero en ese caso Mahat, la Mente, es un “Dios”, y la
Fisiología sólo admite a la “mente” como una función temporal del cerebro
material, y nada más.
El
Satanás del Materialismo se ríe ahora de todo igualmente, y niega lo visible
así como lo invisible. Viendo en la luz, el calor, la electricidad y hasta en
el fenómeno de la vida tan sólo propiedades inherentes a la
Materia, se ríe cuando se llama a la vida el Principio Vital, y
desprecia la idea de que sea independiente y distinta del organismo.
Pero
en esto como en todo difieren también las opiniones científicas, y hay algunos
hombres de ciencia que aceptan puntos de vista similares a los nuestros. Véase,
por ejemplo, lo que el doctor Richardson, F. R. S. (citado extensamente en otra
parte), dice del “Principio Vital”, que él llama “Éter Nervioso”:
Me
refiero tan sólo a un agente material verdadero, refinado,
quizás, para el mundo en general, pero efectivo y substancial; un
agente que posee la cualidad del peso y del volumen; agente susceptible de
combinaciones químicas, y por tanto, de cambio de estado y de condición
físicos; agente pasivo en su acción, impulsada siempre, por decirlo así, por
influencias ajenas a él (3), obedeciendo a otras influencias; agente que no
posee poder alguno de iniciativas, ni vis o energeia naturae (4),
pero que desempeña un papel importantísimo, si no primario, en la producción de
los fenómenos resultantes de la acción de la energeia sobre la
materia visible (5).
Como
la Biología y la Fisiología niegan ahora in toto la existencia
de un “Principio Vital”, la cita anterior, juntamente con lo que admite
Quatrefages, es una confirmación clara de que existen hombres científicos que
poseen las mismas opiniones acerca de las “cosas Ocultas” que los teósofos y
ocultistas. Estos reconocen un Principio Vital determinado, independiente del
organismo -material, por supuesto, pues la fuerza física no puede ser
divorciada de la Materia -, pero de una substancia que existe en un
estado desconocido por la Ciencia. La vida para ellos es algo más que
la mera interacción de moléculas y de átomos. Existe un Principio Vital sin
el cual ninguna combinación molecular hubiera podido jamás producir un
organismo viviente, y mucho menos la llamada Materia “inorgánica” de nuestro
plano de conciencia.
Por
“combinación molecular” indicamos, por supuesto, las de la materia de nuestras
presentes percepciones ilusorias, la cual materia sólo emana energía en nuestro
plano. Éste es el punto principal que se debate (6).
Así
pues, no se hallan solos los ocultistas en sus creencias. Ni son tan necios,
después de todo, al rechazar hasta la misma “gravedad” de la ciencia moderna,
juntamente con otras leyes físicas, aceptando en su lugar la atracción y
la repulsión. Ellos ven, además, en estas dos Fuerzas opuestas tan
sólo los dos aspectos de la Unidad Universal, llamada Mente
Manifestada; en cuyos aspectos, el Ocultismo, por medio de sus grandes
Videntes, percibe una Hueste innumerable de Seres operativos: Dhyân Chohans
Cósmicos, Entidades cuya esencia, en su naturaleza dual, es la
Causa de todos los fenómenos terrestres. Porque esa esencia es consubstancial
con el Océano Eléctrico universal, que es la VIDA; y siendo dual, según se ha
dicho, positiva y negativa, las emanaciones de esa dualidad son las que actúan
ahora sobre la tierra bajo el nombre de “modos de movimiento”. Actualmente,
hasta la Fuerza, como palabra, ha sido motivo de objeciones, por temor a que
pudiera inducir a alguien a separarla de la Materia, ni aun en pensamiento.
Según dice el Ocultismo, los efectos dobles de esa esencia
dual son los que han sido llamados ora fuerzas centrípeta y centrífuga, ora
polos positivo y negativo, o polaridad, frío y calor, luz y tinieblas,
etcétera.
Se
sostiene además que hasta los mismos cristianos griegos y católico-romanos
demuestran ser más sabios al creer -aun cuando relacionándolos y refiriéndolos
ciegamente todos ellos a un Dios antropomórfico- en Ángeles, Arcángeles
Arcontes, Serafines y Estrellas Matutinas; en resumen, en todas aquellas delicioe
humani generis teológicas, que rigen a los Elementos Cósmicos, que la
Ciencia lo es al negarlos por completo y abogar por sus fuerzas mecánicas.
Porque éstas obran con frecuencia con inteligencia y precisión más que humanas.
No obstante, se niega que exista tal inteligencia, y se atribuye a la ciega
casualidad. Pero así como De Maistre estaba en lo cierto al llamar a la ley de
la gravitación meramente una palabra, que había reemplazado a “la
cosa desconocida”, asimismo tenemos nosotros razón al aplicar la misma
observación a todas las otras Fuerzas de la Ciencia. Y si se nos arguye que el
Conde era un entusiasta católico-romano, citaremos entonces a Le Couturier,
igualmente entusiasta como materialista, que decía lo mismo, como también lo
hicieron Herschel y muchos otros (7).
Desde
los Dioses a los hombres, desde los mundos a los átomos, desde una Estrella a
una luciérnaga, desde el Sol al calor vital del ser orgánico más ínfimo, el
mundo de la Forma y la Existencia es una inmensa cadena, cuyos eslabones están
todos unidos. La ley de Analogía es la primera clave para el problema del
mundo, y estos eslabones tienen que estudiarse coordinadamente en sus
relaciones ocultas unos con otros.
Por
lo tanto, cuando la Doctrina Secreta presupone que el espacio condicionado o
limitado (posición) no posee existencia real alguna más que en este mundo de
ilusión, o, en otras palabras, en nuestras facultades perceptivas, enseña que
todos los mundos, tanto los elevados como los más inferiores, se hallan en
compenetración con nuestro propio mundo objetivo; que millones de cosas y de
seres se hallan, desde el punto de vista de la localización, en torno de
nosotros y en nosotros, así como nosotros estamos en torno de ellos, con ellos
y en ellos; y esto no es una nueva figura metafísica del lenguaje, sino un
hecho real en la Naturaleza, por incomprensible que sea para nuestros sentidos.
Pero
hay que comprender la fraseología del Ocultismo antes de criticar lo que
asegura. Por ejemplo, la Doctrina se niega -como lo hace la Ciencia, en cierto
sentido- a emplear las palabras “arriba” y “abajo”, “superior” e “inferior”,
con referencia a las esferas invisibles, puesto que en este punto
carecen de significado. Aun las mismas palabras “Oriente” y “Occidente” son
sólo convencionales y únicamente necesarias para auxiliar a nuestras
percepciones humanas. Porque aunque la Tierra posee sus dos puntos fijos en los
polos Norte y Sur, sin embargo tanto el Este como el Oeste son variables
relativamente a nuestra propia posición en la superficie de la Tierra, y como
consecuencia de su rotación de Occidente a Oriente. De aquí que cuando se mencionan
“otros mundos” -mejores o peores, más espirituales, o tadavía más
materiales, aunque invisibles ambos-, el ocultista no coloca estas esferas ni
fuera ni dentro de nuestra Tierra, como lo hacen los teólogos y los poetas;
pues su posición no está en lugar alguno del espacio conocido o concebido por
el profano. Hállanse, por decirlo así, confundidos con nuestro mundo, al que
compenetran y por el que son compenetrados. Hay millones y más millones de
mundos y de firmamentos visibles para nosotros; hay aún mucho mayor número
fuera del alcance del telescopio, y gran parte de estos últimos no pertenecen a
nuestro plano objetivo de existencia. Aunque tan invisibles
como si se hallasen a millones de millas más allá de nuestro sistema solar, sin
embargo, están con nosotros, cerca de nosotros, dentro de
nuestro propio mundo, tan objetivos y materiales para sus respectivos
habitantes como lo es el nuestro para nosotros. Pero además la relación de
estos mundos con el nuestro no es como la de una serie de cajas ovales,
encerradas una dentro de otra, al modo de los juguetes llamados nidos chinos;
pues cada una se halla sujeto a sus propias leyes y condiciones especiales, sin
tener relación directa con nuestra esfera. Sus habitantes, como ya se ha dicho,
pueden estar pasando, sin que de ello nos demos cuenta, al través o al
lado de nosotros, como si se tratase de un espacio vacío, estando sus
moradas y regiones en compenetración de las nuestras, sin perturbar por ello
nuestra visión, porque no poseemos todavía las facultades necesarias para
percibirlos. Sin embargo, gracias a su visión espiritual, los Adeptos, y hasta
algunos videntes y sensitivos, pueden distinguir, en mayor o en menor grado, la
presencia y proximidad a nosotros de Seres que pertenecen a otras Esferas de vida.
Los
de mundos espiritualmente más elevados se comunican tan sólo con aquellos
mortales terrestres que ascienden al plano más elevado que ellos ocupan, por
medio de esfuerzos individuales.
Los
Hijos de Bhûmi (la Tierra) consideran a los Hijos de los
Deva-lokas (las Esferas Angélicas) como sus
Dioses; y los Hijos de los reinos inferiores miran a los hombres de Bhûmi como
sus Devas (Dioses); los hombres no se dan cuenta de ello a causa de
su ceguera... Ellos (los hombres) tiemblan ante aquéllos a la
par que los utilizan (con fines mágicos)... La
primera Raza de Hombres era la de los “Hijos Nacidos de la Mente” de los
primeros. Ellos (los Pitris y Devas) son nuestros
progenitores...(8).
Las
llamadas “personas ilustradas” se burlan de la idea de las Sílfides,
Salamandras, Ondinas y Gnomos; los hombres científicos consideran como un
insulto la sola mención de semejantes supersticiones; y con un desprecio de la
lógica y del sentido común, que es con frecuencia la prerrogativa de la
“autoridad aceptada”, permiten que aquellos a quienes es su deber instruir,
sufran bajo la impresión absurda de que en todo el Kosmos, o al menos en
nuestra propia atmósfera, no existen más seres inteligentes y conscientes que
nosotros mismos (9). Cualquier otra humanidad (compuesta de seres humanos
distintos) que no tenga dos piernas, dos brazos y una cabeza con facciones
de hombre, no sería llamada humana, por más que la etimología de la palabra
parece que debiera tener muy poco que ver con el aspecto general de una
criatura. Así, al paso que la Ciencia rechaza despreciativamente hasta la
posibilidad misma de que existan tales seres en general invisibles (para
nosotros), la Sociedad, a la par que en secreto cree en ello,
se burla abiertamente de la idea. Acoge con risas obras como el Conde
de Gabalis, sin comprender que la sátira franca es la más segura de
las caretas.
Sin
embargo, tales mundos invisibles existen. Tan densamente poblados como el
nuestro, hállanse esparcidos por el Espacio aparente en inmensos números;
algunos, mucho más materiales que nuestro propio mundo; otros eterizándose
gradualmente hasta que pierden la forma y son como “soplos”. El hecho de que
nuestro ojo físico no los vea, no es razón para no creer en ellos. Los físicos
no pueden ver su éter, átomos, “los modos de movimiento” o fuerzas. Sin
embargo, los aceptan y los enseñan. Si vemos que la materia, aun en el mundo
natural que conocemos, nos proporciona una analogía parcial para el difícil
concepto de semejantes mundos invisibles, parece debiera haber poca dificultad
en admitir la posibilidad de su existencia. La cola de un cometa, que a pesar
de llamar nuestra atención en virtud de su resplandor, sin embargo no perturba
ni impide nuestra visión de objetos que percibimos a través y más allá de ella,
nos ofrece el primer escalón hacia la prueba de la misma. La cola de un cometa
pasa rápidamente a través de nuestro horizonte, y ni la sentimos ni nos damos
cuenta de su paso más que por el brillante resplandor, a menudo percibido tan
sólo por unos pocos interesados en el fenómeno, mientras que todos los demás
continúan ignorando su presencia y paso por o a través de una
porción de nuestro globo. Esta cola puede, o no, ser una parte integral del ser
del cometa; pero nos basta su tenuidad como ejemplo que nos sirve para nuestro
objeto. En efecto, no es cuestión de superstición, sino sencillamente sólo un
resultado de Ciencia trascendental, y más aún de lógica, admitir la existencia
de mundos constituidos por Materia mucho más atenuada que la cola de un cometa.
Negando tal posibilidad, no ha caído la Ciencia durante el pasado siglo en las
manos de la filosofía y religión verdadera, pero sí sencillamente en las de la
teología. Para disputar mejor la pluralidad hasta de los mismos mundos
materiales, creencia que una gran parte del clero opina que es incompatible con
las enseñanzas y doctrinas de la Biblia (10), tuvo Maxwell que
calumniar la memoria de Newton, tratando de convencer a sus lectores de que los
principios contenidos en la filosofía newtoniana son los que existen “en el
fondo de todos los sistemas ateos” (11).
“El
doctor Whewell negaba la pluralidad de mundos, apelando a la evidencia
científica”, escribe el profesor Winchell (12). Y si hasta la habitabilidad de
los mundos físicos, de los planetas y de las distintas estrellas que brillan
por miríadas sobre nuestras cabezas, es tan discutida, ¡cuán pocas
probabilidades deben en verdad existir en pro de la aceptación de mundos
invisibles en el espacio, en apariencia transparente, que rodea al nuestro!
Pero,
sí podemos concebir un mundo compuesto de materia aún más atenuada para nuestros sentidos
que la cola de un cometa, y por tanto, habitantes tan etéreos en proporción a
su globo, como lo somos nosotros en relación a nuestra Tierra
de corteza dura y rocosa, nada tiene de extraño que no los veamos, y que ni
siquiera sintamos su presencia y existencia. Ahora bien; ¿en qué es esta idea
contraria a la Ciencia? ¿No puede suponerse que existan hombres y animales,
plantas y rocas, dotados de una serie de sentidos por completo diferentes de
los que poseemos nosotros? ¿No pueden sus organismos nacer, desarrollarse y
existir bajo otras leyes de existencia distintas que las que rigen a nuestro
pequeño mundo? ¿Es absolutamente necesario que todo ser corpóreo deba estar
revestido con “trajes de piel”, como los que fueron proporcionados a Adán y
Eva, según la leyenda del Génesis? La corporeidad, se nos dice sin
embargo por más de un hombre de ciencia, “puede existir bajo condiciones muy
diversas”.
El
profesor A. Winchell, discutiendo sobre la pluralidad de mundos, hace las
observaciones siguientes:
Nada
tiene de improbable que substancias de naturaleza refractaria puedan estar tan
mezcladas con otras, ya nos sean conocidas o desconocidas, que puedan soportar
cambios muchísimo mayores de calor y de frío que lo que es posible para los
organismos terrestres. Los tejidos de los animales terrestres hállanse
simplemente apropiados al mundo que habitan. Sin embargo, aun aquí nos
encontramos con diferentes tipos y especies de animales, adaptados a los
rigores de situaciones en extremo diferentes... Que un animal sea cuadrúpedo o
bípedo es cosa que no depende de las necesidades de la organización, del
instinto, ni de la inteligencia. No es una necesidad de la existencia
perceptiva que un animal deba poseer justamente cinco sentidos. Pueden existir
animales en la tierra sin olfato ni gusto. Pueden existir seres en otros
mundos, y aun en éste, que posean sentidos más numerosos que los que nosotros
tenemos. La posibilidad de esto es aparente si consideramos la probabilidad de
que debe haber otras propiedades y otros modos de existencia entre los recursos
del Cosmos, y aun de la materia terrestre. Hay animales que viven allí en donde
el hombre perecería: en el suelo, en los ríos, en el mar... (¿y por qué no
puede suceder lo mismo en tal caso con seres humanos de
organización diferente?)... Ni se halla limitada la existencia
corporal racional a la sangre caliente, ni a ninguna temperatura que no cambie
las formas de materia de que el organismo pueda estar compuesto. Pueden existir
inteligencias en cuerpos de tal naturaleza, que no requieran el proceso de
ingerimiento, asimilación y reproducción. Tales cuerpos no requerirían calor y
alimento diarios. Podrían perderse en los abismos del Océano, o vivir en
escarpada roca, azotados por todas las tormentas de un invierno ártico, o
sumergirse durante cien años en un volcán, y sin embargo conservar, a pesar de
todo, la conciencia y el pensamiento. Esto es concebible. ¿Por qué no habrían
de existir naturalezas psíquicas encerradas en el pedernal y en el platino indestructibles?
Estas substancias no están más apartadas de la naturaleza de la inteligencia
que lo están el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y la cal. Pero sin llevar el
pensamiento tan lejos (?), ¿no podrían inteligencias elevadas estar
comprendidas en formas tan insensibles a las condiciones externas como la
salvia de las praderas occidentales, o el liquen del Labrador, las rotíferas
que permanecen secas durante años, o las bacterias que pasan vivas a través del
agua hirviendo?... Estas indicaciones son hechas al lector simplemente para
recordarle cuán poco puede decirse en lo referente a las condiciones necesarias
para la existencia inteligente y organizada, fundándose en lo que es la
existencia corpórea en la tierra. La inteligencia es, por su naturaleza, tan
universal y tan uniforme como las leyes del Universo. Los cuerpos son meramente
la adecuación local de la inteligencia a modificaciones particulares de la
materia universal o la Fuerza (13).
¿No
sabemos por los descubrimientos de esa misma Ciencia que todo lo niega, que nos
hallamos rodeados de miríadas de vidas invisibles? Si esos microbios, bacterias
y los tutti quanti de lo infinitamente pequeño, son invisibles
para nosotros en virtud de su tamaño diminuto, ¿no podrían acaso existir, en el
polo opuesto, seres igualmente invisibles debido a las cualidades de su
contextura o de su materia, a su tenuidad, en una palabra? ¿No tenemos también
en los efectos de la materia cometaria otro ejemplo de una forma de vida y de
materia semivisible? El rayo de sol que penetra en nuestro aposento nos revela
a su paso miríadas de seres diminutos que viven su vida fugaz y cesan de ser,
con independencia e indiferentes de si son o no percibidos por nuestra
materialidad más grosera. Y lo mismo sucede con respecto a los microbios, a las
bacterias y otros seres semejantes, igualmente invisibles, en otros elementos.
Hemos pasado sin percibirlos durante aquellos largos siglos de triste
ignorancia, después de que la lámpara del saber de los elevadísimos sistemas
filosóficos paganos cesó de lanzar su luz resplandeciente sobre las épocas de
intolerancia y de fanatismo del Cristianismo primitivo; y ahora parece como que
deseamos pasarlo de nuevo por alto.
Y,
sin embargo, esas vidas nos han rodeado entonces lo mismo que
ahora. Han trabajado, obedientes a sus propias leyes, y sólo a medida que
gradualmente han ido revelándose a la Ciencia hemos empezado a trabar
conocimiento con ellas y con los efectos que producen.
¿Cuánto
tiempo ha necesitado el mundo para convertirse en lo que es hoy? Si puede
decirse que aun actualmente llega a nuestro globo polvo cósmico “que antes
nunca había pertenecido a la Tierra” (14); ¿cuánto más lógico no es creer, como
lo hacen los ocultistas, que a través de los innumerables millones de años que
han transcurrido, desde que aquel polvo se agregó y formó el globo en que
vivimos en torno de su núcleo de Substancia Primitiva e inteligente,
muchas humanidades -difiriendo de la nuestra presente como han de diferir las
que se desarrollarán dentro de millones de años- aparecieron sólo
para desaparecer de la faz de la Tierra, como sucederá con la nuestra? Estas
lejanas y primitivas humanidades son negadas, porque, según creen los geólogos,
no han dejado ninguna reliquia tangible. Todo rastro suyo ha desaparecido, y
por tanto, no han existido jamás. Sin embargo, sus reliquias pueden encontrarse
-aunque muy pocas, verdaderamente- y deben ser descubiertas por las
investigaciones geológicas. Pero, aun cuando no hubiesen de encontrarse jamás,
no habría razón para decir que no pueden haber vivido hombres en los períodos
geológicos, a los cuales se atribuye su presencia en la Tierra. Porque sus
organismos no necesitaban sangre caliente, ni atmósfera, ni alimento; el autor
de World-Life tiene razón, y no es ninguna extravagancia
creer, como creemos nosotros, que así como, según hipótesis científicas, pueden
existir “naturalezas psíquicas encerradas en el pedernal y el platino
indestructibles”, existieron naturalezas psíquicas encerradas en forma de
Materia Primitiva igualmente indestructible: los verdaderos progenitores de
nuestra Quinta Raza.
Por
lo tanto, cuando en los volúmenes III y IV hablamos de los hombres que
habitaron este globo hace 18.000.000 de años, no tenemos presente ni los
hombres de nuestras actuales razas, ni las leyes atmosféricas, condiciones
termales, etc., de nuestro tiempo. La Tierra y la Humanidad, como el Sol, la
Luna y los planetas, tienen todos su crecimiento, cambios, desarrollos y
evolución gradual, en sus períodos de vida; nacen, se convierten en niños,
luego en niños mayores, adolescentes, alcanzan la madurez, llegan a la vejez, y
finalmente mueren. ¿Por qué no habría de estar también la Humanidad bajo esta
ley universal? Dice Uriel a Enoch:
Mira:
te he mostrado todas las cosas ¡oh Enoch!... Ves el Sol, la Luna y los que
conducen las estrellas del cielo, los que producen todas sus operaciones, sus
estaciones, y llegadas al retorno. En los días de pecadores, los años se
acortarán; todo lo que se haga en la tierra será subvertido... la Luna cambiará
sus leyes (15).
Los
“días de pecadores” significan los días en que la Materia alcanzaría su dominio
completo sobre la Tierra, y el hombre llegaría al ápice del desarrollo físico
en estatura y animalidad. Esto ocurrió durante el período de los Atlantes, en
el punto medio de su Raza, la Cuarta, que pereció ahogada, según lo profetizó
Uriel. Desde entonces el hombre empezó a decrecer en estatura física, en fuerza
y en años de vida, como se mostrará en los volúmenes III y IV. Pero, como
nosotros estamos en el punto medio de nuestra subraza de la Quinta Raza Raíz
-el apogeo de la materialidad en todas-, las propensiones animales, aunque más
refinadas, no por eso tienen menor desarrollo; y esto se nota más en los países
civilizados.
SECCIÓN XIV
DIOSES,
MÓNADAS Y ÁTOMOS
Hace
algunos años hicimos observar que:
La
Doctrina Esotérica puede muy bien llamarse... la “Doctrina Hilo”, puesto que,
como el Sûtrâtmâ (en la Filosofía Vedanta) (1), ella pasa al través y engarza
todos los antiguos sistemas filosófico-religiosos... y los reconcilia y
explica.
Ahora
diremos que hace aún más. No sólo reconcilia los distintos sistemas
aparentemente contradictorios, sino que coteja los descubrimientos de la
ciencia exacta moderna, mostrando que algunos de ellos son necesariamente
correctos, puesto que se hallan corroborados por los Anales Antiguos.
Indudablemente, esto será considerado como el colmo de la impertinencia y falta
de respeto, un verdadero crimen de lesa ciencia; sin embargo, es un
hecho.
La
Ciencia es innegablemente ultramaterialista, en nuestros días; pero, en cierto
sentido, tiene su justificación. Como la Naturaleza se conduce siempre
esotéricamente in actu, y está, como dicen los
kabalistas, in abscondito, sólo puede ser juzgada a través de su
apariencia, por el profano, y esa apariencia es siempre engañosa en el plano
físico. Por otra parte, los naturalistas se niegan a mezclar la física con la
metafísica, al Cuerpo con su Alma y Espíritu animador. Prefieren no saber nada
de estos últimos. Para algunos esto es cuestión de gusto, al paso que la
minoría de un modo señalado se esfuerza en ampliar el dominio de la Ciencia
física, penetrando en el terreno prohibido de la Metafísica, tan desagradable
para algunos materialistas. Estos hombres de ciencia son sabios en su
generación. Pero todos sus maravillosos descubrimientos no significan nada, y
serán para siempre cuerpos sin cabeza, a menos que ellos levanten
el velo de la Materia y afinen su vista para ver más allá. Ahora
que han estudiado la Naturaleza en la longitud, anchura y espesor de su
contextura física, tiempo es ya de relegar el esqueleto al segundo plano, y
buscar en las profundidades desconocidas la entidad viviente y real, la substancia -el
nóumeno de la Materia que se desvanece.
Sólo
siguiendo tal senda podrán descubrir que algunas verdades llamadas hoy
“supersticiones desacreditadas” son hechos, y las reliquias del antiguo
conocimiento y sabiduría.
Una
de tales creencias “degradantes” -degradantes en opinión del escéptico que todo
lo niega- se encuentra en la idea de que el Kosmos, además de sus habitantes
planetarios objetivos, sus humanidades de otros mundos habitados, esté lleno
de Existencias insensibles e inteligentes (2). Los llamados en
Occidente Arcángeles, Ángeles y Espíritus, copias de sus prototipos de los
Dhyân Choans, los Devas y Pitris del Oriente, no son Seres reales, sino
ficciones. En este punto es inexorable la ciencia materialista. Para sostener
su posición, echa abajo su propia ley axiomática de uniformidad y de
continuidad en las leyes de la Naturaleza, y toda la serie lógica sucesiva de
analogías en la evolución del Ser. Se pide a la masa profana que crea, y se la
hace creer, que el testimonio acumulado de la Historia -que muestra hasta a los
“Ateos” de la antigüedad, hombres tales como Epicuro y Demócrito, creyendo en
los Dioses- es falso; y que filósofos como Sócrates y Platón, que
aseguraban tales existencias, eran descarriados entusiastas y locos. Aun cuando
nuestras opiniones sólo estuviesen basadas en fundamentos históricos, en la
autoridad de las legiones de Sabios eminentes, neoplatónicos y místicos de
todas las edades, desde Pitágoras hasta los profesores y científicos eminentes
de nuestro presente siglo, que si bien rechazan a los “Dioses” creen en los
“Espíritus”, ¿deberíamos considerar a tales autoridades tan pobres de
inteligencia y tan necias como cualquier aldeano católico romano que crea y
rece a sus santos humanos, o al Arcángel San Miguel? Pero, ¿es que no hay
diferencia entre la creencia del aldeano y la de los herederos occidentales de
los Rosacruces y alquimistas de la Edad Media? ¿Es que los Van Helmonts, los
Khunraths, los Paracelsos y Agrippas, desde Roger Bacon hasta St. Germain,
fueron todos ciegos entusiastas, histéricos e impostores; o es el puñado de
escépticos modernos -los “directores del pensamiento”- quienes se hallan
atacados de la ceguera de la negación? Opinamos que lo último es lo cierto.
¡Sería en efecto un milagro, un hecho por completo anormal en el
reino de las probabilidades y de la lógica, que un puñado de negadores fuesen
los únicos custodios de la verdad, mientras que en los millones de
creyentes en los Dioses, Ángeles y Espíritus -sólo en Europa y América-, a
saber: los cristianos griegos y latinos, teósofos, espiritistas, místicos,
etc., no fuesen otra cosa que gente fanática engañada, médiums alucinados, y a
menudo no más que las víctimas de charlatanes e impostores! Sin embargo, aun
cuando varíen las presentaciones externas y los dogmas, las creencias en las
Huestes de Inteligencias invisibles de varios grados tienen todas el mismo
fundamento. La verdad y el error se hallan mezclados en todas. La extensión
exacta -profundidad, anchura y longitud- de los misterios de la Naturaleza sólo
se encuentra en la Ciencia Esotérica Oriental. Tan vastos y profundos son, que
escasamente unos pocos, muy pocos de los Iniciados más elevados -aquellos cuya
existencia misma sólo es conocida de un pequeño número de Adeptos- son
capaces de asimilarse el conocimiento. Sin embargo, todo está allí, y uno por
uno los hechos y procedimientos de los talleres de la Naturaleza pueden abrirse
paso en la ciencia exacta, cuando presta ayuda misteriosa a unos pocos
individuos para el descubrimiento de sus arcanos. A la terminación de los
grandes Ciclos, relacionados con el desarrollo de las razas, tienen lugar
generalmente tales acontecimientos. Nos hallamos precisamente al final mismo
del ciclo de 5.000 años del presente Kali Yuga Ario; y de aquí a 1897 se hará
un gran rasgón en el Velo de la Naturaleza, y la ciencia materialista recibirá
un golpe mortal.
Sin
desacreditar en modo alguno creencias sancionadas por el tiempo, nos vemos
obligados a trazar una línea divisoria entre la fe ciega, desarrollada por las
teologías, y los conocimientos debidos a las investigaciones independientes de
largas generaciones de Adeptos; en una palabra, entre la filosofía y la fe. Es
innegable que en todas las edades ha habido hombres sabios y buenos que,
habiendo sido educados en creencias sectarias, han muerto en sus convicciones
cristalizadas. Para los protestantes, el jardín del Edén es el primitivo punto
de partida en el drama de la Humanidad, y la solemne tragedia en la cumbre del
calvario es el preludio del esperado milenio. Para los católico-romanos, Satán
está en la base del Kosmos, Cristo en su centro, y el Anticristo en su ápice.
Para ambos, la Jerarquía del Ser principia y acaba en los estrechos límites de
sus respectivas teologías: un Dios personal creado por sí
mismo, y un empíreo en que resuenan las aleluyas de Ángeles creados;
el resto, Dioses falsos, Satán y demonios.
La
Teo-filosofía se mueve en un campo mucho más amplio. Desde el principio mismo
de los eones -en el tiempo y en el espacio en nuestra Ronda y Globo-
los misterios de la Naturaleza (por lo menos los que nuestras Razas pueden
legalmente conocer), fueron registrados por los discípulos de aquellos mismos
“Hombres Celestes”, ahora invisibles, en figuras geométricas y símbolos. Las
claves de los mismos pasaron de una generación de “Hombres Sabios” a otra.
Algunos de los símbolos pasaron de Oriente a Occidente, traídos del Oriente por
Pitágoras, que no fue el inventor de su famoso “Triángulo”. Esta figura,
juntamente con el cuadrado y el círculo, son descripciones más elocuentes y
científicas del orden de la evolución del Universo, espiritual y psíquico, así
como físico, que volúmenes de cosmogonías descriptivas y de “génesis”
revelados. Los diez Puntos inscritos en ese “Triángulo Pitagórico” valen por
todas las teologías y angelologías emanadas jamás del cerebro teológico. Porque
el que interprete estos diecisiete puntos (los siete Puntos Matemáticos
ocultos) -en su misma superficie y en el orden dado- encontrará en ellos la
serie no interrumpida de genealogías desde el primer Hombre Celeste al
terrestre. Y, así como ellos dan el orden de los Seres, asimismo revelan el
orden en que fueron desarrollados el Kosmos, nuestra Tierra y los Elementos
primordiales por los que ésta fue originada. Engendrada en los “Abismos”
invisibles y en la Matriz de la misma “Madre”, como sus globos compañeros, el
que domine los misterios de nuestra Tierra habrá dominado los de todos los
demás.
Sea
lo que fuese lo que la ignorancia, el orgullo y el fanatismo puedan argüir en
contra, puede mostrarse que la Cosmología Esotérica está inseparablemente
relacionada tanto con la filosofía como con la ciencia moderna. Los Dioses y
las Mónadas de los antiguos -desde Pitágoras hasta Leibnitz- y los Átomos de
las escuelas materialistas actuales (según los han tomado de las teorías de los
antiguos atomistas griegos), son tan sólo unidades compuestas, o una unidad
graduada como la estructura humana, que principia con el cuerpo y termina con
el Espíritu. En las Ciencias Ocultas pueden estudiarse separadamente; pero
nunca pueden ser profundizadas a menos que se las considere en sus mutuas
correlaciones durante su ciclo de vida, y como una Unidad Universal durante los
Pralayas.
La
Pluche demuestra sinceridad, pero da una pobre idea de sus capacidades
filosóficas, en la exposición de sus opiniones personales sobre la Mónada o el
Punto Matemático. Dice así:
Basta
un punto para poner en combustión a todas las escuelas del mundo. Pero ¿qué
necesidad tiene el hombre de conocer este punto, puesto que la creación de tan
pequeño ser está fuera de su poder? A fortiori, la filosofía obra contra la
probabilidad cuando trata de pasar desde este punto, que absorbe y desconcierta
todas sus meditaciones, a la generación del mundo.
La
Filosofía, sin embargo, no hubiera podido nunca formar su concepto de una
Deidad lógica, universal y absoluta, si no hubiera tenido ningún Punto
Matemático en el interior del Círculo, sobre el cual basar sus especulaciones.
Únicamente el Punto manifestado, perdido para nuestros sentidos tras su
aparición pregenérica en la infinidad y en lo incognoscible del Círculo, puede
hacer posible la reconciliación de la Filosofía con la Teología, a condición de
que esta última abandone sus groseros dogmas materialistas. Y precisamente por
haber la teología cristiana rechazado tan imprudentemente la Mónada Pitagórica
y las figuras geométricas, es por lo que ha desenvuelto su Dios personal y
humano creado por sí mismo, la Cabeza monstruosa de que fluyen en dos
corrientes los dogmas de la Salvación y de la Condenación. Esto es tan cierto,
que hasta los sacerdotes que son masones y que quisieran ser filósofos, en sus
interpretaciones arbitrarias, han atribuido a los sabios antiguos la singular
idea de que:
La
Mónada representaba (para ellos) el trono de la Deidad Omnipotente, colocada en
el centro del empíreo para indicar T. G. A. O. T. U. (léase “The Great
Architect of the Universe”) (El Gran Arquitecto del Universo) (3).
Curiosa
explicación es ésta, más masónica que estrictamente pitagórica. Tampoco el
“Hierograma en un Círculo, o Triángulo equilátero”, significó nunca “el símbolo
de la unidad de la Esencia divina”, puesto que ésta estaba simbolizada por el
plano del Círculo limitado. Lo que ello verdaderamente significaba era la
Naturaleza trina coigual de la primera Substancia diferenciada, o la
consubstancialidad del Espíritu (manifestado), la Materia y el Universo -”Hijo”
de los dos- que procede del Punto, el Logos esotérico real, o Mónada
Pitágorica. Pues el Monas griego significa “Unidad” en su sentido primario. Los
que no pueden asir la diferencia entre la Mónada -la Unidad Universal- y las
Mónadas o la Unidad manifestada, así como también entre el Logos siempre oculto
y el revelado, o Verbo, no debieran ocuparse nunca de filosofía, y mucho menos
de ciencias esotéricas. No es necesario recordar al lector ilustrado la tesis
de Kant para demostrar su segunda Antinomia (4). Los que la han leído y
comprendido, verán claramente la línea divisoria que trazamos entre el
Universo absolutamente ideal y el Kosmos invisible, pero
manifestado. Nuestros Dioses Mónadas no son los elementos de la extensión
misma, sino sólo los de la Realidad invisible que es la base del Kosmos
manifestado. Ni la Filosofía Esotérica ni Kant, para no decir nada de Leibnitz,
admitirían jamás que la extensión pueda componerse de partes simples o
inextensas. Pero los filósofos teólogos no quieren comprender esto. El Círculo
y el Punto -este último retirándose dentro del primero y fundiéndose con él
después de haber emanado los tres primeros Puntos y haberlos unido con líneas,
formando así la primera base noumenal del Segundo Triángulo en el Mundo
Manifestado- han sido siempre un obstáculo insuperable para los vuelos
teológicos hacia empíreos dogmáticos. Sobre la autoridad de este símbolo
arcaico, un Dios masculino, personal, Creador y Padre de todo, se convierte en
una emanación de tercer orden; el Sephira que se presenta en cuarto lugar en el
descenso, y a la izquierda de Ain Soph, en el Árbol de Vida kabalístico. Por
tanto, queda degradada la Mónada en Vehículo - ¡un “Trono”!
La
Mónada -emanación y reflexión tan sólo del Punto, o Logos, en el Mundo
fenomenal- se convierte, como ápice del Triángulo equilátero manifestado, en el
“Padre”. La línea o lazo izquierdo es la Dúada, la “Madre”, considerada como el
principio malo, de oposición (5). El lado derecho representa al “Hijo”, “Esposo
de su Madre”, en todas las cosmogonías, como siendo uno con el
ápice; la línea de la base es el plano universal de la Naturaleza productora,
unificado en el plano fenomenal Padre-Madre-Hijo, como estos estaban unificados
en el ápice, en el Mundo suprasensible (6). Por transmutación mística se
convirtieron en el Cuaternario: el Triángulo se convirtió en la Tetraktis.
Esta
aplicación trascendental de la geometría a la teogonía cósmica y divina -el
Alfa y la Omega del concepto místico- fue empequeñecida, después de Pitágoras,
por Aristóteles. Omitiendo el Punto y el Círculo, y no teniendo en cuenta el
ápice, redujo el valor metafísico de la idea, y limitó así la doctrina de la
magnitud a una Tríada simple: la línea, la superficie y el cuerpo.
Sus herederos modernos, que juegan al Idealismo, han interpretado estas tres
figuras geométricas, como Espacio, Fuerza y Materia; “las potencias de una
Unidad que actúa entre todo”.
La
ciencia materialista que sólo percibe la línea base del Triángulo manifestado
-el plano de Materia- lo interpreta prácticamente como (Padre)-Materia,
(Madre)-Materia e (Hijo)-Materia, y teóricamente como
Materia, Fuerza y Correlación.
Pero
para la generalidad de los físicos, según ha observado un kabalista:
El
Espacio, la Fuerza y la Materia son lo que los signos en álgebra para el
matemático, meramente símbolos convencionales, (o) la Fuerza como Fuerza y la
Materia como Materia, son tan absolutamente incognoscibles como lo es el
supuesto vacío en que se considera que actúan (7).
Los
símbolos representan abstracciones, y sobre éstas
Basa
el físico hipótesis razonadas acerca del origen de las cosas... él ve tres
necesidades en lo que llama creación: Un lugar en donde crear. Un medio por el
cual crear. Un material con el cual crear. Y dando una expresión lógica a esta
hipótesis, con los términos espacio, fuerza, materia, cree que ha probado la
existencia de lo que cada uno de estos representa, según él lo concibe (8).
El
físico que considera el Espacio meramente como una representación de nuestra
mente, o como extensión sin relación con las cosas en él, que define Locke como
incapaz de resistencia ni movimiento; el materialista paradójico que quiera
tener un vacío en donde no percibe materia, rechazaría con el
mayor desprecio la proposición de que el Espacio sea
Una
Entidad substancial, aunque (aparente y absolutamente) incognoscible y viviente
(9).
Tal
es, sin embargo, la enseñanza kabalística, y es la de la Filosofía
Arcaica. El Espacio es el mundo real, al paso que el nuestro es un
mundo artificial. Es la Unidad Única a través de su infinitud; en sus
profundidades sin fondo, así como en su superficie ilusoria, superfice
tachonada de incontables Universos fenomenales, de Sistemas y de Mundos, a modo
de espejismos. Sin embargo, para el ocultista oriental, que en el fondo es un
idealista objetivo, en el Mundo real, que es una Unidad de Fuerzas,
existe “una conexión de toda la Materia en el Plenum”, como diría Leibnitz.
Esto está simbolizado en el Triángulo Pitagórico.
Consta
él de Diez Puntos inscritos en forma de pirámide (desde uno a cuatro), en sus
tres lados, y simboliza al Universo en la famosa Década Pitagórica. El punto
aislado superior es una Mónada, y representa un Punto-Unidad, que es la Unidad
de donde todo procede. Todo es de la misma esencia que él. Al paso que los diez
puntos dentro del Triángulo equilátero representan el mundo fenomenal, los tres
lados que encierran la pirámide de puntos son las barreras de la materia noumenal,
o Substancia, que la separan del mundo del
Pensamiento.
Pitágoras
consideraba que un punto corresponde en proporción a la
unidad; una línea al 2; una superficie al 3;
un sólido al 4; y definía un punto como una mónada que tiene
posición, y el principio de todas las cosas; una línea se consideraba que
correspondía a la dualidad, porque era producida por el primer movimiento de la
naturaleza indivisible, y formaba la unión de dos puntos. Se comparaba una
superficie al número tres, porque es la primera de todas las causas que se
encuentran en las formas; pues un círculo, que es la principal de todas las
figuras redondas, comprende una tríada, en el centro -espacio- circunferencia.
Pero el triángulo, que es la primera de todas las figuras rectilíneas, está
incluido en el ternario y recibe su forma con arreglo a este número, siendo
considerado por los pitagóricos como el producto de todas las cosas sublunares.
Los cuatro puntos de la base del triángulo pitagórico corresponden a un sólido
o cubo, que combina los principios de longitud, anchura y espesor, pues ningún
sólido puede tener menos de cuatro puntos límites extremos (10).
Se
arguye “que la inteligencia humana no puede concebir una unidad indivisible a
menos de la aniquilación de la idea con su sujeto”. Esto es un error, como lo
han probado los pitagóricos, y antes que ellos cierto número de Videntes, aun
cuando se necesite una educación especial para llegar al concepto, y aun cuando
la mente profana pueda difícilmente hacerse cargo del mismo. Pero existe lo que
llamaremos las “Meta-matemáticas” y la “Meta-geometría”.
Hasta las matemáticas puras y simples proceden de lo universal a lo particular,
desde el punto matemático indivisible, a las figuras sólidas. La doctrina se
originó en la India, y fue enseñada en Europa por Pitágoras, quien, echando un
velo sobre el Círculo y el Punto -que ningún mortal puede definir más que como
abstracciones incomprensibles- emplazó el origen de la Materia cósmica
diferenciada en la base del Triángulo. De este modo se convirtió este último en
la primitiva de las figuras geométricas. El autor de New Aspects of
Life, tratando de los Misterios kabalísticos, se opone a la objetivación,
por decirlo así, del concepto pitagórico y al uso del triángulo equilátero, y
lo llama “un error”. Su argumento de que un cuerpo sólido equilátero
Cuya
base, así como cada uno de sus lados forman triángulos iguales, debe tener
cuatro caras o superficies coiguales, al paso que un plano triangular poseerá
tan necesariamente cinco (11).
demuestra, por el
contrario, la grandeza del concepto en toda su aplicación esotérica a la idea
de la pregénesis, y génesis del Kosmos. Concedido que un Triángulo
ideal, representado por líneas matemáticas, imaginarias,
No
puede tener lado alguno, siendo sólo un fantasma de la mente, al cual, si se le
imputan lados, estos deben ser los del objeto que representa constructivamente
(12).
Pero
en tal caso la mayor parte de las hipótesis científicas no son más que
fantasmas de la mente; ellas no pueden comprobarse sino por inferencia, y han
sido adoptadas meramente para responder a necesidades científicas. Además, el
Triángulo ideal -”como idea abstracta de un cuerpo triangular, y por tanto,
como tipo de una idea abstracta”- realizó y expresó a la perfección el doble
simbolismo que se pretendía. Como un emblema aplicable a la idea objetiva, el
triángulo simple se convirtió en sólido. Cuando reproducido en la piedra, dando
frente a los cuatro puntos cardinales, asumió la forma de la pirámide -el
símbolo del Universo fenomenal sumiéndose en el Universo noumenal del
pensamiento, en el vértice de los cuatro triángulos; y, como “figura imaginaria
construida con tres líneas matemáticas”, simbolizó las esferas subjetivas,
“encerrando estas líneas un espacio matemático- que es igual a nada incluyendo
nada”. Y esto es porque para los sentidos y la conciencia no educada del
profano y del hombre científico, todo lo que está fuera de la línea de la
materia diferenciada -esto es, fuera y más allá del reino mismo de la substancia más
espiritual- tiene que permanecer para siempre igual a nada. Es el
Ain Soph, el No Cosa.
Sin
embargo, estos “fantasmas de la mente” no son en verdad abstracciones mayores
que las ideas abstractas en general en cuanto a evolución y desenvolvimiento
físicos, como la Gravedad, la Materia, la Fuerza, etc., en que se basan las
ciencias exactas. Nuestros más eminentes químicos y físicos están persiguiendo
con ardor la no descabellada empresa de seguir finalmente la pista del Protilo,
hasta su escondrijo, o la línea básica del Triángulo Pitagórico. Este último
es, como hemos dicho, el concepto más grandioso imaginable, pues simboliza a la
vez los universos ideal y visible (13). Porque si:
La
unidad posible es sólo una posibilidad como realidad de la naturaleza, como un
individuo de cualquier especie, (y como) todo objeto natural individual, es
capaz de división y por la división pierde su unidad o cesa de ser una unidad
(14).
esto es verdad sólo en el
reino de la ciencia exacta, en un mundo tan engañoso como ilusorio. En el reino
de la Ciencia Esotérica, la Unidad dividida ad infinitum, en lugar
de perder su unidad, se aproxima con cada división a los planos de la REALIDAD
única eterna. El ojo del Vidente puede seguirla y contemplarla en toda su
gloria pregenética. Esta misma idea de la realidad del Universo subjetivo, y de
la no realidad del objetivo, se encuentra en el fondo de las doctrinas de
Pitágoras y de Platón -pero sólo para los Elegidos-; pues Porfirio, hablando de
la Mónada y de la Dúada, dice que sólo la primera era considerada substancial y
real, “el más sencillo Ser, la causa de toda unidad y la medida de todas las
cosas”.
Pero
la Dúada, aun cuando origen del Mal, o la Materia -por tanto irreal en
Filosofía-, es también Substancia durante el Manvántara, y se la llama a menudo
en Ocultismo la Tercera Mónada, y la línea de unión entre dos Puntos, o
Números, que proceden de AQUELLO “que era antes de todos los Números”, como lo
expresó Rabbí Barahiel. Y de esta Dúada procedieron todas las Chispas de los
tres Mundos o Planos superiores y los cuatro Inferiores -que están en constante
interacción y correspondencia. Ésta es una enseñanza que la Kábala tiene en
común con el Ocultismo Oriental. Porque en la Filosofía Oculta existe la “Causa
UNA” y la “Causa Primaria”; de modo que esta última se convierte
paradójicamente en la Segunda, como lo expresa con claridad el autor de
la Qabbalah from the Philosophical Writings of Ibn Gebirol, que
dice:
Al
tratar de la Causa Primaria, tienen que considerarse dos cosas: la Causa
Primaria per se, y su relación y conexión con el Universo
visible e invisible (15).
De
este modo él muestra a los hebreos primitivos, así como a los árabes
posteriores, siguiendo los pasos de la Filosofía oriental, tal como la caldea,
la persa, la india, etc. La Causa Primaria de ellos era designada en un
principio
Por
el ... Shaddaï triádico, el (triunfo) Todopoderoso, luego por el Tetragrammaton
..., YHVH, símbolo del Pasado, Presente y Futuro (16);
y, permítasenos añadir,
símbolo del eterno ES, o YO SOY. Además, en la Kabalah el nombre YHVH (
Jehovah) expresa un Él y una Ella macho y hembra; dos en uno o Chokmah y Binah,
y el Shekinah de él, o más bien el Shekinah o Espíritu sintetizador (o gracia)
de ellos, que de nuevo hace de la Dúada una Tríada. Esto se demuestra en la
liturgia judía de Pentecostés, y en la oración:
“En
el nombre de la Unidad, del Santo y Bendito Hû (Él) y del She’kinah de Él, el
Oculto y Escondido Hû, bendito sea YHVH (el Cuaternario) por siempre”, Hû se
dice que es masculino, y YaH femenino; juntos hacen el ... ..., esto
es, un YHVH. Uno, pero de una naturaleza masculino-femenina. El She’kinah es
considerado siempre en la Qabbalah como femenino (17).
Y
así se le considera en los Purânas exotéricos; pues Shekinah no es más que
Shakti -el doble femenino de cualquier Dios- en tal caso. Y lo mismo era
también para los cristianos primitivos, cuyo Espíritu Santo era femenino, como
Sophía lo era para los gnósticos. Pero en la Kabalah trascendental caldea,
o Libro de los Números, Shekinah es asexual, y la abstracción más
pura, un estado, como el Nirvâna, ni sujeto ni objeto, ni nada excepto la
PRESENCIA absoluta.
Así
pues, sólo en los sistemas antropomorfizados -tal como la Kabalah se ha
convertido ahora en su mayor parte- es Shekinah-Shakti femenino. Como tal se
convierte en la Dúada de Pitágoras, las dos líneas rectas que no pueden formar
ninguna figura geométrica y son el símbolo de la Materia. De esta Dúada, cuando
se une en la línea base del Triángulo sobre el plano inferior (el Triángulo
superior del Árbol Sephirotal), surgen los Elohim, o la Deidad en la Naturaleza
Cósmica; la designación inferior para los verdaderos kabalistas, traducida en
la Biblia por “Dios” (18). De estos (los Elohim) salen las
Chispas.
Las
Chispas son las “Almas”, y estas Almas aparecen en la forma triple de las
Mónadas (Unidades), los Átomos y los Dioses, según nuestra enseñanza. Como dice
el Esoteric Catechism (Catecismo Esotérico):
Cada
átomo se convierte en una unidad compleja visible (una molécula), y una
vez atraído a la esfera de la actividad terrestre, la esencia Monádica, pasando
a través de los reinos mineral, vegetal y animal, se convierte en hombre.
Además:
Dios,
la Mónada y el Átomo son las correspondencias del Espíritu, la Mente y el
Cuerpo (Âtmâ, Manas y Sthûla Sharîra) en el hombre.
En
su agregación septenaria son el “Hombre Celeste” en el sentido kabalístico; de
modo que el hombre terrestre es el reflejo provisional del Celeste. Por otra
parte
Las
Mónadas (Jîvas) son las Almas de los Átomos; ambos son la
estructura con que se revisten los Chohans (Dhyânîs, Dioses),
cuando se necesita una forma.
Esto
se refiere a las Mónadas cósmicas y subplanetarias; no al Monas supracósmico,
la Mónada Pitagórica, según se la llama, en su carácter sintético, por lo
peripatéticos panteístas. En la presente disertación se considera a las Mónadas
desde el punto de vista de su individualidad, como Almas Atómicas,
antes de que estos Átomos desciendan a la forma terrestre pura. Porque este
descenso a la Materia concreta marca el punto medio de su
propia peregrinación individual. Aquí, perdiendo su individualidad en el reino
mineral, principian a ascender a través de los siete estados de la evolución
terrestre hacia ese punto en que se establece firmemente una correspondencia
entre la conciencia humana y la Deva (divina). Ahora, sin embargo, no nos
ocupamos de sus metamorfosis y tribulaciones terrestres, sino de su vida y modo
de ser en el Espacio; en planos en donde la mirada del químico y físico más
intuitivo no puede alcanzarlas; a menos que, verdaderamente, él desarrolle en
sí mismo facultades altamente clarividentes.
Es
bien sabido que Leibnitz se aproximó mucho a la verdad varias veces, pero
definió erróneamente la Evolución Monádica, cosa que no debe sorprender, puesto
que no era un Iniciado, ni tan siquiera un místico, sino sólo un filósofo muy
intuitivo. Sin embargo, ningún psicofísico se ha aproximado nunca más que él al
bosquejo general esotérico de la evolución. Esta evolución (considerada desde
sus varios puntos de vista, esto es, como la Mónada Universal y
la Individualizada, y los aspectos principales de la Energía que se
desarrolla después de la diferenciación, lo puramente Espiritual, lo
Intelectual, lo Psíquico y lo Físico) puede formularse, como ley invariable, de
este modo: un descenso del Espíritu a la Materia, equivalente a un ascenso en la
evolución física; una reascensión desde las profundidades de la materialidad
hacia su status quo ante, con una disipación correspondiente de la
forma concreta y de la substancia, hasta el estado Laya, o lo que la Ciencia
llama el “punto cero”, y más allá.
Estos
estados (una vez que se ha asido el espíritu de la Filosofía Esotérica) se
hacen absolutamente necesarios por simples consideraciones lógicas y
analógicas. La ciencia física ha afirmado ahora, por medio de su rama de la
química, la ley invariable de esta evolución de los Átomos (desde su estado “de
protilo” descendiendo hasta el de partícula física y luego química, o
molécula), y no puede, por tanto, rechazar estos estados como ley general. Y
una vez obligada por sus enemigos -la Metafísica y la Psicología (19) a salirse
de sus supuestas inexpugnables fortalezas, encontrará más difícil de lo que
ahora aparece rehusar un lugar en los Espacios del ESPACIO a los Espíritus
Planetarios (Dioses), a los Elementales y hasta a los mismos espectros o
Fantasmas elementarios, y otros. Ya Figuier y Paul D’Assier, dos positivistas y
materialistas, han sucumbido ante esta necesidad lógica. Otros hombres de
ciencia aún más eminentes seguirán en esa “Caída” intelectual. Serán ellos
arrojados de sus posiciones, no por ningún fenómeno espiritista o teosófico, ni
por otro cualquier físico ni aun mental, sino sencillamente por los enormes
vacíos y abismos que se abren a diario y se seguirán abriendo ante ellos, a
medida que se sucedan los descubrimientos, hasta que finalmente sean echados a
tierra por la novena oleada del simple sentido común.
Podemos
citar como ejemplo el último descubrimiento de Mr. W. Crookes, de lo que él
llama Protilo. En las Notas sobre el Bhagavad Gîtâ por uno de
los más eminentes metafísicos y eruditos vedantinos de la India, el
conferenciante, refiriéndose con prudencia a las “cosas Ocultas” en aquella
gran obra esotérica india, hace una observación tan significativa como
estrictamente exacta. Dice así:
En
los detalles de la evolución del sistema solar en sí, no tengo
necesidad de entrar. Podéis obtener alguna idea del modo como
los distintos cuerpos simples nacen a la existencia procedentes de estos tres
principios en que se diferencia Mûlaprakriti (el Triángulo Pitagórico),
examinando el discurso pronunciado por el profesor Crookes hace poco tiempo,
sobre los llamados cuerpos simples de la química moderna. Este discurso os dará
alguna idea del modo cómo estos llamados cuerpos simples surgen de Vishvânara
(20), el más objetivo de estos tres principios, que parece ocupar el lugar
del protilo mencionado en aquella conferencia. Exceptuando
unos pocos particulares, este discurso parece dar el bosquejo de la teoría de
la evolución física en el plano de Vishvânara, y es, que yo sepa, la mayor
aproximación que han alcanzado los investigadores modernos de la verdadera
teoría oculta sobre el asunto (21).
Estas
palabras tendrán un eco y la aprobación de todos los ocultistas orientales.
Gran parte de las conferencias de Mr. Crookes han sido citadas ya en la Sección
XI. Una segunda y una tercera conferencia han sido dadas por él sobre la
“Génesis de los Cuerpos Simples” (22), tan notables como la primera. Aquí
tenemos casi una corroboración de las enseñanzas de la Filosofía Esotérica,
respecto al modo de la evolución primaria. Es, en verdad, la mayor aproximación
a la Doctrina Secreta que podía hacerse por un gran sabio y especialista en
química (23), aparte de la aplicación de las Mónadas y los Átomos a los dogmas
de la metafísica puramente trascendental, y su conexión y correlación con los
“Dioses y Mónadas conscientes e inteligentes”. Pero la química se halla ahora
en su plano ascendente, gracias a uno de sus más grandes representantes en
Europa. Ya le sería imposible retroceder a los días en que el Materialismo
consideraba a sus subelementos como cuerpos absolutamente
simples y homogéneos, a los que había elevado, en su ceguera, al rango de
elementos. La máscara ha sido arrancada por una mano demasiado hábil para que
pueda haber el temor de un nuevo disfraz. Y después de años de falacia, de
moléculas bastardas presentadas pomposamente con el título de Cuerpos Simples,
detrás y más allá de los cuales no podía haber nada más que el vacío, un gran
profesor de química pregunta una vez más:
¿Qué
son esos Cuerpos Simples, de dónde vienen y cuál es su significación?... Estos
cuerpos nos llenan de perplejidad en nuestras investigaciones, nos confunden en
nuestras especulaciones y nos obsesionan en nuestros mismos sueños. Extiéndense
como un mar desconocido ante nosotros, burlándose, mixtificándonos y murmurando
extrañas revelaciones y posibilidades (24).
Los
herederos de las revelaciones primitivas han enseñado estas “posibilidades” en
todos los siglos, pero nunca encontraron un oído propicio. Las verdades
inspiradas a Kepler, Leibnitz, Gassendi, Swedenborg, etc., se mezclaron siempre
con sus propias especulaciones en una o en otra dirección predeterminada; de
aquí que se desnaturalizaron. Pero ahora una de las grandes verdades ha
iluminado a un profesor eminente de la ciencia exacta moderna, y sin temor
alguno él proclama como un axioma fundamental, que la Ciencia no ha conocido
hasta el presente los cuerpos realmente simples. Pues dice Mr. Crookes a su
auditorio:
Al
aventurarme a declarar que nuestros cuerpos simples comúnmente aceptados no son
simples y primordiales, que no han aparecido por
casualidad, ni han sido creados de un modo mecánico e
irregular, sino que han sido desenvueltos de materias más simples -o quizás,
verdaderamente, de una sola especie de materia-, no hago más que emitir
formalmente una idea que ha estado, por decirlo así, “en el aire” de la ciencia
desde hace algún tiempo. Químicos, físicos, filósofos del más alto mérito,
declaran explícitamente su creencia de que los setenta (o cosa así) cuerpos
simples de nuestros libros de texto no son las columnas de Hércules que nunca
podremos traspasar... Filósofos del presente, así como del pasado -hombres que,
a la verdad, no han trabajado en el laboratorio-, han llegado a la misma
opinión por otro lado. Así Mr. Herbert Spencer manifiesta su convicción de que
“los átomos químicos son producidos por los átomos verdaderos o físicos, por
procedimientos evolutivos, bajo condiciones que la química no ha podido aún
producir...” Y el poeta se ha anticipado al filósofo. Milton (El Paraíso
Perdido, libro V) hace que el Arcángel Rafael, empapado de la idea
revolucionaria, diga a Adán, que el Todopoderoso había creado
“Una
materia prima, toda
Dotada
de formas varias, de varios grados
De
substancia...”
Sin
embargo, la idea hubiera permanecido cristalizada “en el aire de la Ciencia”, y
no hubiera descendido a la densa atmósfera del Materialismo y de los mortales
profanos, quizás en mucho tiempo, si míster Crookes, valiente y osado, no la
hubiese reducido a su verdadera expresión, forzándola así a que públicamente
llegase a noticia de la Ciencia. Dice Plutarco:
Una
idea es un Ser incorpóreo, que no tiene subsistencia por sí mismo, pero da
forma y figura a la materia informe, y se convierte en la causa de la
manifestación (25).
La
revolución producida en la antigua Química por Avogadro fue la primera página
en el volumen de la “Nueva Química”. Mr. Crookes ha vuelto ahora la segunda
página, y está indicando atrevidamente la que puede ser la última.
Porque una vez el Protilo reconocido y aceptado -como lo fue el invisible Éter,
siendo ambos necesidades lógicas y científicas-, la química habrá cesado
virtualmente de existir, y reaparecerá en su reencarnación como “Neoalquimia” o
“Metaquímica”. El descubridor de la materia radiante habrá vindicado con el
tiempo las obras arias arcaicas sobre Ocultismo, y hasta los Vedas y Purânas.
Porque, ¿qué son la “Madre” manifestada, el “Padre-Hijo-Esposo” (Aditi y
Daksha, una forma de Brahmâ, como Creadores) y el “Hijo” -los tres
“Primogénitos”-, sino simplemente el Hidrógeno, el Oxígeno, y lo que en su
manifestación terrestre es llamado el Nitrógeno? Hasta las descripciones
exotéricas de la Tríada “Primogénita” dan todas las características de estos
tres “gases. ¡Y diremos que Priestley fue el “descubridor” del oxígeno, o que
era conocido en la más remota antigüedad!
Además,
todos los poetas y filósofos antiguos, medievales y modernos, han sido
anticipados hasta en los libros exotéricos indos en cuanto a los Vórtices
Elementales inaugurados por la Mente Universal: el “Plenum” de Materia
diferenciada en partículas, de Descartes; el “fluido etéreo” de Leibnitz, y el
“fluido primitivo” de Kant disuelto en sus elementos; el vórtice
solar y vórtices sistemáticos de Kepler; en resumen, desde Anaxágoras hasta
Galileo, Torricelli y Swedenborg, y tras ellos hasta las últimas especulaciones
de los místicos europeos, todo esto se halla en los himnos o Mantras indos a
los “Dioses, Mónadas y Átomos”, en su plenitud, pues ellos son inseparables. En
la Enseñanza Esotérica, se encuentran reconciliados los conceptos más trascendentales
del Universo y sus misterios, así como también las especulaciones más
aparentemente materialistas, porque estas ciencias abarcan todo el plan de la
evolución, desde el Espíritu a la Materia. Según se ha declarado por un teósofo
americano:
Las
Mónadas (de Leibnitz) pueden desde un punto de vista ser llamadas fuerza,
desde otro materia. Para la Ciencia Oculta, fuerza y materia son
tan sólo dos aspectos de la misma substancia (26).
Recuerde
el lector estas “Mónadas” de Leibnitz, cada una de las cuales es un espejo
viviente del Universo, reflejando cada Mónada a todas las demás, y compare este
concepto y definición con ciertas slokas sánscritas, traducidas por Sir William
Jones, en que se dice que el manantial creativo de la Mente Divina,
Oculto
tras un velo de densas tinieblas, formó espejos de los átomos del mundo, y
lanzó el reflejo de su propia faz sobre cada átomo.
Por
lo tanto, cuando Mr. Crookes declara que:
Si
pudiéramos mostrar cómo han podido ser generados los llamados cuerpos simples
químicos, podríamos llenar un vacío formidable en nuestro conocimiento del
Universo.
la contestación está
pronta. El conocimiento teórico se halla en el significado esotérico de todas
las cosmogonías indas, en los Purânas; la demostración práctica del
mismo está en manos de los que no serán reconocidos en este siglo,
sino por los muy pocos. Las posibilidades científicas de varios
descubrimientos, que inexorablemente deben conducir a la Ciencia exacta hacia
la aceptación de las opiniones ocultistas orientales, que contienen todo el
material requerido para llenar esos “vacíos” están, hasta este punto, a la
disposición del materialismo moderno. Sólo trabajando en la dirección tomada
por Mr. William Crookes es como puede haber alguna esperanza de que se lleguen
a reconocer unas pocas verdades hasta ahora ocultas.
Mientras
tanto, el que anhele alcanzar una vislumbre en un diagrama práctico de la
evolución de la Materia primordial -que, separándose y diferenciándose bajo el
impulso de la ley cíclica, se divide, hablando en términos generales, en una
gradación septenaria de Substancia-, lo mejor que puede hacer es
examinar los grabados que acompañan a la conferencia de Mr. Crookes, Genesis
of the Elements, y pesar bien algunos de los pasajes del texto. En uno de
ellos dice:
Nuestras
nociones del cuerpo simple químico se han ampliado. Hasta ahora se ha
considerado a la molécula como un agregado de dos o más átomos, y no se ha
tenido en cuenta el plan arquitectónico a que ha obedecido la unión de estos
átomos. Podemos conjeturar que la estructura de un cuerpo simple es más
complicada de lo que hasta aquí se ha supuesto. Entre las moléculas que estamos
acostumbrados a tratar en las reacciones químicas y los átomos últimos primero
creados, vienen moléculas más pequeñas o agregados de átomos físicos; estas
submoléculas difieren entre sí, con arreglo a la posición que ellas ocupan en
el edificio itrio.
Quizás
pueda simplificarse esta hipótesis si imaginamos al itrio representado por una
moneda de cinco chelines. Por medio del fraccionamiento químico llego a
dividirla en cinco chelines separados, y encuentro que estos chelines no son
partes exactamente iguales, sino que, como los átomos de carbono en el anillo
bencénico, tienen la huella de su posición, 1, 2, 3, 4, 5, estampada sobre
ellos... Si arrojo los chelines en el crisol, o los disuelvo químicamente, el
cuño desaparece y todos ellos se convierten en plata (27).
Esto
es lo que ocurrirá con todos los Átomos y moléculas cuando se hayan separado de
sus formas y cuerpos compuestos, al comenzar el Pralaya. Inviértase el caso, e
imagínese la aurora de un nuevo Manvántara. La “plala” pura del material
absorbido se dividirá de nuevo en la SUBSTANCIA, la cual generará “Esencias
Divinas”, cuyos “Principios” (28) son los Elementos Primarios, los
Subelementos, las Energías Físicas y la Materia subjetiva y objetiva; o, en
compendio: los DIOSES, las MÓNADAS y los ÁTOMOS. Si abandonando por
un momento el lado trascendental o metafísico de la cuestión -no teniendo en
cuenta a los Seres y Entidades suprasensibles e inteligentes en que creen los
kabalistas y cristianos-, nos concretamos a la teoría de la evolución atómica,
las Doctrinas Ocultas se hallan también corroboradas por la Ciencia exacta y
sus confesiones, a lo menos en lo que se refiere a los supuestos cuerpos
“simples”, rebajados repentinamente ahora a la categoría de pobres parientes
lejanos, ni siquiera primos segundos, de los que deben ostentar tal título.
Pues Mr. Crookes nos dice que:
Hasta
el presente se ha considerado que si el peso atómico de un metal, determinado
por diferentes experimentadores, partiendo de compuestos distintos, se
encontrara siempre constante... entonces este metal debía entrar en la
categoría de los cuerpos simples o elementales. Ahora sabemos... que no es así.
Nuevamente nos encontramos con ruedas dentro de ruedas. El gadolinium no es un
cuerpo simple, sino un compuesto... Hemos mostrado que el itrio es un compuesto
de cinco o más constituyentes. ¿Y quién se aventurará a afirmar que atacando
cada uno de estos constituyentes de algún modo distinto, y sometiendo el
resultado a una prueba más delicada y minuciosa que la de la materia radiante,
no podrían ser aún más divisibles? ¿En dónde está, pues, el verdadero cuerpo
simple último? A medida que avanzamos, él retrocede a modo de los espejismos de
lagos y arboledas que el sediento y cansado viajero ve en el desierto. ¿Debemos
dejarnos chasquear y engañar de ese modo en nuestra investigación de la verdad?
La idea misma de un cuerpo simple, como algo absolutamente primario y final,
parece volverse cada vez menos distinta (29).
En Isis
sin Velo dijimos que:
Este
misterio de la primera creación, que siempre ha sido la desesperación de la
Ciencia, es insondable a menos que aceptemos la doctrina de Hermes. Si él
(Darwin) transportase sus investigaciones del Universo visible al invisible, se
encontraría en la verdadera senda. Pero entonces, seguiría las huellas de los
hermetistas (30).
Nuestra
profecía principia a confirmarse.
Pero
entre Hermes y Huxley hay un punto y procedimiento medio. Que los hombres
científicos tiendan un puente tan sólo hasta la mitad de la distancia, y que
piensen seriamente sobre las teorías de Leibnitz. Hemos mostrado que nuestras teorías
acerca de la evolución de los Átomos -su última formación en moléculas químicas
compuestas teniendo efecto en nuestros talleres terrestres, en la atmósfera de
la Tierra y no en otro lugar- coinciden de un modo sorprendente con la
evolución de los átomos que presentan los grabados de Mr. Crookes. Se ha
declarado ya varias veces en este volumen que Mârtânda, el Sol, se había
desarrollado y formado, juntamente con sus siete Hermanos más pequeños,
procedente del seno de su Madre Aditi, siendo este seno Materia Prima,
el protilo primordial del conferenciante. La Doctrina Secreta enseña la
existencia de
Una
forma antecedente de energía que tiene ciclos periódicos de flujo y reflujo,
reposo y actividad (31).
¡Y
he aquí un gran hombre de ciencia pidiendo ahora al mundo que acepte
esto como uno de sus postulados! Hemos mostrado a la “Madre” ígnea y cálida,
haciéndose fría y radiante gradualmente; y este mismo sabio reclama como
segundo postulado - una necesidad científica, a lo que parece.
Una
acción interna, análoga al enfriamiento, operando lentamente en el protilo.
La
Ciencia Oculta enseña que la “Madre” permanece difundida en la Infinitud,
durante el Pralaya; como el gran Océano las “Aguas secas del
Espacio”, según la extraña expresión del Catecismo, y se convierte
en húmeda únicamente después de la separación y el movimiento
sobre su faz de Nârâyana, el
Espíritu
que es Llama invisible, que nunca arde pero que inflama todo lo que toca, y le
da vida y generación (32).
Y
ahora nos dice la Ciencia que el “cuerpo simple primogénito... más cercano al
protilo” debe ser el “hidrógeno... el cual debió, durante algún tiempo,
ser la única forma existente de materia” en el Universo. ¿Qué dice la Antigua Ciencia?
Contesta: Eso es precisamente; pero nosotros quisiéramos significar el
Hidrógeno (y el Oxígeno), que -en las edades pregeológicas y hasta en las
pregenéticas. infunde el fuego de vida en la “Madre” por incubación, el espíritu,
el nóumeno de lo que se convierte, en su forma más grosera en
nuestra Tierra, en Oxígeno e Hidrógeno y Nitrógeno-, no siendo el Nitrógeno de
origen divino, sino únicamente un cemento terrestre para unir otros gases y
fluidos, y sirviendo como una esponja para llevar consigo el Aliento de Vida,
el aire puro (33). Los gases y fluidos, antes de convertirse en lo que son en
nuestra atmósfera, han sido Éter interestelar; anteriormente a esto, y en un
plano más profundo, otra cosa; y así sucesivamente in
infinitum. El sabio eminente debe perdonar a un ocultista el haberle citado
con tanta extensión; pero tal es el castigo de un Miembro de la Sociedad Real
que se aproxima tanto al recinto del Adytum Sagrado de los Misterios Ocultos,
hasta el punto de traspasar virtualmente los límites prohibidos.
Pero
tiempo es ya de dejar a la ciencia física moderna, y de volver al aspecto
psicológico y metafísico de la cuestión. Sólo quisiéramos observar que a los
“dos postulados muy razonables”, requeridos por el eminente conferenciante,
“para alcanzar una vislumbre de algunos de los secretos tan profundamente
ocultos” tras “la puerta de lo desconocido”, debiera añadirse un tercero (34)
-a fin de que ningún ataque surta efecto-; el postulado de que Leibnitz estaba
en un terreno firme de verdad y de hecho en sus especulaciones. La sinopsis
admirable y meditada de estas especulaciones -tales como las presenta en su
“Leibnitz” John Theodore Mertz- muestra cuán de cerca rozó él los secretos
ocultos de la Teogonía Esotérica en su Monadología. Y, sin embargo,
este filósofo apenas se ha elevado en sus especulaciones sobre los primeros
planos, los principios inferiores del Gran Cuerpo Cósmico. Su teoría no se
remonta a mayores altura que a las de la vida manifestada, a
las de la conciencia e inteligencia propias, dejando sin tocar los misterios
posgenéticos anteriores, puesto que su fluido etéreo es posplanetario.
Pero
este tercer postulado difícilmente será aceptado por los hombres científicos
modernos; y, como Descartes, preferirán atenerse a las propiedades de las cosas
externas, que, cual la extensión, son incapaces de explicar los fenómenos del
movimiento, más bien que admitir a este último como Fuerza independiente. Jamás
se convertirán en anticartesianos en esta generación; ni tampoco admitirán que:
La
propiedad de la inercia no es una propiedad puramente geométrica; sino que
señala la existencia en los cuerpos externos de algo que no es extensión
meramente.
Ésta
es la idea de Leibnitz, tal como es analizada por Mertz, quien añade que él
llamaba a este “algo” Fuerza, y sostenía que las cosas externas estaban dotadas
de Fuerza, y que para ser los portadores de la misma, tenían que tener una
Substancia; pues ellas no son masas sin vida ni inertes, sino centros y
portadores de la Forma -afirmación puramente esotérica, puesto que la Fuerza
era para Leibnitz un principio activo-, desapareciendo la división
entre la Mente y la Materia, con esta conclusión:
Las
investigaciones matemáticas y dinámicas de Leibnitz no hubieran conducido al
mismo resultado en la mente de un investigador puramente científico. Pero
Leibnitz no era un hombre científico en el sentido moderno de la palabra. Si lo
hubiese sido, hubiera desarrollado el concepto de la energía; hubiera definido
matemáticamente las ideas de fuerza y trabajo mecánico, y hubiera llegado a la
conclusión de que, hasta para propósitos puramente científicos, conviene
considerar a la fuerza, no como una cantidad primaria, sino como una cantidad
derivada de algún otro valor.
Pero,
afortunadamente para la verdad:
Leibnitz
era un filósofo; y como tal tenía ciertos principios fundamentales, que le
inclinaban en favor de determinadas conclusiones; y su
descubrimiento de que las cosas externas eran substancias dotadas de fuerza,
fue desde luego empleado con el objeto de aplicar tales principios. Uno de
estos era la ley de continuidad, la convicción de que el mundo todo estaba
relacionado, de que no había vacíos ni huecos sobre los cuales no pudiese
echarse un puente. El contraste de las substancias pensantes externas le era
insoportable. La definición de las substancias extensas se había hecho ya
insostenible: era natural que una investigación semejante se hiciese en la
definición de la mente, la substancia pensante.
Las
divisiones hechas por Leibnitz, aunque incompletas y defectuosas desde el punto
de vista del Ocultismo, muestran un espíritu de intuición metafísica que ningún
hombre científico, ni Descartes, ni el mismo Kant, han alcanzado jamás. Para él
existía por siempre una gradación infinita de pensamiento. Sólo una pequeña
parte de los contenidos de nuestro pensamiento, decía, se eleva a la claridad
de apercepción, de conocimiento interno, “a la luz de la conciencia perfecta”.
Muchos permanecen en un estado confuso u obscuro, en el estado de
“percepciones”; pero allí están. Descartes negaba el alma a los animales;
Leibnitz, como los ocultistas, dotaba a “la creación entera con vida mental;
siendo ésta, según él, capaz de gradaciones infinitas”. Y esto, como Mertz
observa acertadamente:
Amplió
desde luego el reino de la vida mental, destruyendo el contraste de la materia
animada e inanimada; hizo aún más: reaccionó sobre el concepto
de materia, de la substancia extensa. Porque se hizo evidente que las cosas
externas o materiales presentaban la propiedad de la extensión solamente a
nuestros sentidos, no a nuestras facultades pensantes. El matemático, para
poder calcular figuras geométricas, se había visto obligado a dividirlas en un
número infinito de partes infinitamente pequeñas, y el físico no vio límites a
la divisibilidad de la materia en átomos. El volumen con que las cosas externas
parecen llenar el espacio era una propiedad que ellas adquirían sólo por lo
grosero de nuestros sentidos... Leibnitz siguió hasta cierto punto estos
argumentos, pero no podía contentarse con suponer que la materia estaba
compuesta de un número finito de partes minúsculas. Su inteligencia matemática
le obligó a llevar este argumento in infinitum. ¿Y
qué fue entonces de los átomos? Perdieron su extensión, y sólo retuvieron la
propiedad de resistencia; eran los centros de fuerza. Fueron reducidos a puntos
matemáticos... Pero si su extensión en el espacio no era nada, tanto
más completa era su vida interna. Suponiendo que la existencia interna,
como la de la mente humana, sea una nueva dimensión, no geométrica, sino
metafísica... habiendo reducido a la nada la extensión geométrica de los
átomos, Leibnitz los dotó de una extensión infinita en la dirección de su
dimensión metafísica. Después de haberlos perdido de vista en el mundo del
espacio, la mente tiene, por decirlo así, que penetrar en un mundo metafísico,
para encontrar y asir la esencia verdadera de lo que aparece en el espacio
meramente como un punto matemático... Así como un cono se genera sobre su
vértice, o como una línea recta perpendicular corta un plano horizontal sólo en
un punto matemático, pero puede extenderse al infinito en altura y profundidad,
asimismo las esencias de las cosas reales tienen sólo una
existencia puntual en este mundo físico del espacio; pero tienen una infinita
profundidad de vida interna en el mundo metafísico del pensamiento (35).
Éste
es el espíritu, la raíz misma de la doctrina y pensamiento ocultos. El
“Espíritu-Materia” y la “Materia-Espíritu” se extienden infinitamente en profundidad;
y como la “esencia de las cosas” de Leibnitz, nuestra esencia de las cosas
reales está en la séptima profundidad; mientras
que la materia grosera e irreal de la Ciencia y el mundo
externo se encuentra en el extremo más bajo de nuestros sentidos perceptivos.
El ocultista conoce el valor o la falta de valor de esta última.
Debemos
ahora mostrar al estudiante la diferencia fundamental entre el sistema de
Leibnitz (36) y el de la Filosofía Oculta, en la cuestión de las Mónadas, lo
que puede hacerse con su Monadología a la vista. Puede
afirmarse con verdad que si los sistemas de Leibnitz y de Spinoza fuesen
conciliados, aparecerían la esencia y el espíritu de la Filosofía Esotérica.
Del choque de los dos -opuestos al sistema cartesiano- surgen las verdades de
la Doctrina Arcaica. Ambos son contrarios a la metafísica de Descartes. La idea
de este contraste de dos Substancias -Extensión y Pensamiento- difiriendo
radicalmente la una de la otra, y siendo mutuamente irreducibles, es demasiado
arbitraria y poco filosófica para ellos. Así, Leibnitz hizo de las dos Substancias
cartesianas dos atributos de una Unidad universal, en que veía a Dios. Spinoza
sólo reconocía una Substancia universal indivisible, un TODO absoluto, como
Parabrahman. Leibnitz, por el contrario, percibía la existencia de una
pluralidad de Substancias. Para Spinoza no había más que UNO; para Leibnitz
había una infinidad de Seres procedentes de y en el Uno. De
ahí que aun cuando ambos no admitían más que Una Entidad Real,
Spinoza la hacía impersonal e invisible, mientras que Leibnitz dividía su
Deidad personal en un número de Seres divinos y semidivinos. Spinoza era un
panteísta subjetivo; Leibnitz un panteísta objetivo, aunque
ambos eran grandes filósofos en sus percepciones intuitivas.
Ahora
bien; si estas dos doctrinas se fundiesen en una y se corrigiesen mutuamente -y
sobre todo fuese la Realidad Una libertada de su personalidad- quedaría en
ellas como resultado un verdadero espíritu de Filosofía Esotérica: la Esencia
Divina absoluta, impersonal, sin atributos, que ya no es “ser”, sino la raíz de
todo Ser. Trazad en vuestro pensamiento una divisoria profunda entre la siempre
incognoscible Esencia y la Presencia invisible, aunque comprensible,
Mûlaprakriti o Shekinah, desde más allá y a través de la cual
vibra el Sonido del Verbo, y procedentes de la cual se desenvuelven las
innumerables Jerarquías de Egos inteligentes, de Seres así consciente como
semiconscientes, de “percepción interna” y de “percepción externa”, cuya
Esencia es Fuerza espiritual, cuya Substancia son los Elementos y cuyos Cuerpos
(cuando se necesitan) son los Átomos -y allí está nuestra Doctrina. Porque
Leibnitz dice:
Siendo
el elemento primitivo de todo cuerpo material la fuerza, que no tiene ninguna
de las características de la materia (objetiva), puede, sí, concebirse, pero
jamás ser objeto de una representación imaginativa.
Lo
que era para él elemento primordial y último en todo cuerpo y objeto, no eran,
pues, los átomos materiales, o las moléculas, necesariamente más o menos
extensos como los de Epicuro y Gassendi; sino, como Mertz lo muestra, Átmos
inmateriales y metafísicos, “puntos matemáticos” o almas verdaderas,
según lo explica Henri Lachelier (Professeur Agrégé de Philosophie), su
biógrafo francés:
Aquello
que existe fuera de nosotros de una manera absoluta son Almas cuya esencia es
la fuerza (37).
Así
pues, la realidad en el mundo manifestado está compuesta de
una unidad de unidades, por decirlo así, inmaterial -desde nuestro
punto de vista- e infinita. A éstas las llama Leibnitz Mónadas; la Filosofía
Oriental Jîvas, al paso que el Ocultismo, lo mismo que los kabalistas y los
cristianos, les da una variedad de nombres. Para nosotros, como para Leibnitz,
ellas son “la expresión del universo” (38), y cada punto físico no es sino la
expresión fenomenal del Punto metafísico noumenal. Su distinción entre la
“percepción externa” y la “percepción interna” es la expresión filosófica,
aunque obscurecida, de las Enseñanzas Esotéricas. Sus “universos reducidos”, de
los que “hay tantos como Mónadas”, es la representación caótica de nuestro
Sistema Septenario con sus divisiones y subdivisiones.
En
cuanto a la relación de sus Mónadas con nuestros Dhyân Chohans, Espíritus
Cósmicos, Devas y Elementales, podemos reproducir brevemente la opinión de un
sabio y pensador teósofo, Mr. C. H. A. Bjerregaard, sobre el asunto. En un
excelente escrito: “Sobre los Elementos, los Espíritus Elementarios y la
Relación entre Ellos y los Seres Humanos”, que leyó ante la Sociedad Teosófica
Aria de Nueva York, Mr. Bjerregaard formula claramente su opinión:
Para
Spinoza, la substancia es muerta e inactiva; pero para los poderes penetrantes
de la mente de Leibnitz, todo es actividad viviente y energía activa. Al
sustentar esta opinión, se aproxima infinitamente más al Oriente que cualquier
pensador de su tiempo, y posterior a él. Su descubrimiento de que una
energía activa forma la esencia de la substancia es un principio que
le pone en relación directa con los Videntes del Oriente (39).
Y
el conferenciante continúa demostrando que para Leibnitz, los Átomos y los
Elementos son Centros de Fuerza, o más bien “seres espirituales
cuya naturaleza misma es la acción”, pues
las
partículas elementales son fuerzas vitales que no actúan mecánicamente, sino
por un principio interno. Son unidades incorpóreas, espirituales (sin embargo
“substanciales”, pero no “inmateriales” a nuestro juicio), inaccesibles a todo
cambio externo... (e) indestructibles por toda fuerza exterior. Las mónadas de
Leibnitz difieren de los átomos en los particulares que siguen, los cuales nos
importa mucho tener presente, pues de otro modo no podremos ver la diferencia
entre los Elementos y la mera materia. Los átomos no se distinguen unos de
otros; son ellos cualitativamente iguales; pero una mónada difiere de todas las
demás mónadas cualitativamente, y cada una es un mundo peculiar para sí misma.
No sucede lo mismo con los átomos; ellos son absolutamente iguales,
cuantitativa y cualitativamente, y no poseen individualidad propia (40).
Además, los átomos (moléculas, más bien) de la filosofía materialista pueden
considerarse extensos y divisibles, mientras que las mónadas son “meros puntos
metafísicos” e indivisibles. Finalmente, y éste es un punto en que las mónadas
de Leibnitz se parecen mucho a los Elementales de la filosofía mística, estas
mónadas son seres representativos. Cada mónada refleja a todas las demás. cada
mónada es un espejo viviente del Universo dentro de su propia esfera. Y notad
bien esto, pues de ello depende el poder que estas mónadas poseen y la labor
que pueden hacer por nosotros; al reflejar el mundo, las mónadas no son meros
agentes reflectores pasivos, sino espontáneamente activas por sí mismas;
ellas producen imágenes de un modo espontáneo, lo mismo que el alma un sueño.
Por lo tanto, en cada mónada puede el Adepto leerlo todo, hasta el futuro. Cada
mónada -o Elemental- es un espejo que puede hablar.
En
este punto es donde decae la filosofía de Leibnitz. No prevé él nada ni
establece diferencia entre la Mónada “Elemental” y la de un elevado Espíritu
Planetario, ni siquiera la Mónada Humana o Alma. A veces hasta va tan lejos,
que duda de sí:
Dios
haya hecho otra cosa que Mónadas o substancias sin extensión (41).
Establece
él una distinción entre Mónadas y Átomos (42); pues como declara repetidamente:
Los
cuerpos con todas sus cualidades son sólo fenomenales, como el arco iris. Corpora
omnia cum omnibus qualitatibus suis non sunt aliud quam phenomena bene fundata,
ut Iris (43).
Pero
poco después salva la dificultad por medio de una correspondencia substancial,
cierto lazo metafísico entre las Mónadas - vinculum substanciale.
La Filosofía Esotérica, al enseñar un Idealismo objetivo (aun
cuando considera al Universo objetivo y todo lo que hay en él como Mâyâ,
Ilusión temporal), traza una distinción práctica entre la Ilusión Colectiva,
Mâhâ mâyâ, desde el punto de vista puramente metafísico, y las relaciones
objetivas en ella entre varios Egos conscientes, mientras dura esta Ilusión. El
Adepto, por tanto, puede leer el futuro en una Mónada
Elemental; pero para este fin tiene que reunir un gran número de ellas, pues
cada Mónada representa sólo una porción del reino al que pertenece.
Las
mónadas no están limitadas al objeto, sino a la modificación del conocimiento
del objeto; todas tienden (confusamente) a lo infinito, al todo, pero están
limitadas y se diferencian por los grados de claridad de su percepción (44).
Y
como lo explica Leibnitz:
Todas
las porciones del Universo están distintamente representadas en las mónadas,
pero algunas se reflejan en una mónada, algunas en otra.
Una
colección de mónadas podría representar simultáneamente los
pensamientos de los dos millones de habitantes de París.
¿Pero
qué dicen sobre esto las Ciencias Ocultas, y qué es lo que añaden?
Dicen
ellas que lo que Leibnitz llama Mónadas colectivamente, en términos generales,
y dejando por de pronto las subdivisiones fuera de cálculo, pueden separarse en
tres Huestes distintas (45) que, contadas desde los planos más elevados, son,
en primer lugar, “Dioses” o Egos espirituales conscientes, los Arquitectos
inteligentes que trabajan con arreglo al plan en la Mente Divina. Luego vienen
los Elementales, o “Mónadas”, que constituyen colectiva e inconscientemente los
grandes Espejos Universales de todo lo que se relaciona con sus reinos
respectivos. Por último, los “Átomos” o moléculas materiales, que a su vez
son animados por sus Mónadas “perceptivas”, lo mismo que lo
está cada una de las células del cuerpo humano. Hay multitudes de tales Átomos animados que,
a su vez, animan a las moléculas; una infinidad de Mónadas, o mejor dicho
Elementales, y fuerzas espirituales innumerables, sin Mónada, pues son ellas
puras incorporeidades (46), excepto bajo ciertas leyes, cuando toman una forma
no necesariamente humana. ¿De dónde viene la substancia que las reviste, el
organismo aparente que desenvuelven alrededor de sus centros? Las Radiaciones
Informes (Arûpa), existentes en la armonía de la Voluntad Universal, y siendo
lo que llamamos la colectividad o agregado de la Voluntad Cósmica en el plano
del Universo subjetivo, unen entre sí a una infinidad de Mónadas -cada una
espejo de su propio Universo- e individualizan así en un momento dado una Mente
independiente, omnisciente y universal; y por el mismo procedimiento de
agregación magnética, crean para sí mismas cuerpos objetivos visibles, con los
Átomos interestelares. Pues Átomos y Mónadas, asociados o disociados, simples o
complejos, no son, desde el momento de la primera diferenciación, sino los “principios”
corpóreos, psíquicos y espirituales, de los “Dioses”, que a su vez son las
Radiaciones de la Naturaleza Primordial. De este modo los Poderes Planetarios
superiores aparecen, a los ojos del Vidente, bajo dos aspectos: el subjetivo
como influencias, y el objetivo como formas místicas,
que, bajo la ley Kármica, se convierten en una Presencia, el
Espíritu y la Materia siendo Uno, como se ha dicho repetidamente. El Espíritu
es Materia en el séptimo plano; la Materia es Espíritu en el punto
más inferior de su actividad cíclica; y ambos son, Mâyâ.
Los
Átomos son llamados vibraciones en Ocultismo, y
también, colectivamente, Sonido. Esto no tiene que ver con el
descubrimiento científico de Mr. Tyndall. Él señaló en el peldaño inferior de
la escala del ser monádico todo el curso de las Vibraciones atmosféricas -
y esto constituye la parte objetiva del proceso de la
Naturaleza. Él ha encontrado y registrado la rapidez de su movimiento y de su
transmisión; la fuerza de su choque; su acción vibratoria en el tímpano, y la
transmisión a los otolitos, etc., hasta que comienza la vibración del nervio
auditivo, y tiene lugar un nuevo fenómeno: el lado subjetivo del
proceso de la sensación del sonido. ¿Lo percibe él o lo ve?
No; pues su especialidad es descubrir el modo de ser de la Materia. Pero ¿por
qué no habría de verlo un Psíquico, o un Vidente espiritual, cuyo
Ojo interno estuviese abierto, uno que pudiera ver a través del velo de la
Materia? Las ondas y ondulaciones de la Ciencia son todas producidas por Átomos
que impulsan a sus moléculas a la actividad, desde adentro. Los
Átomos llenan la inmensidad del Espacio, y por su continua vibración, son aquel
MOVIMIENTO que mantiene en perpetua marcha las ruedas de la Vida. Es esa obra
interna lo que produce el fenómeno natural llamado la correlación de las
fuerzas. Sólo que en el origen de cada una de estas “Fuerzas” se halla el
Nóumeno consciente director de las mismas - Ángel o Dios,
Espíritu o Demonio, poderes directores, aunque los mismos.
Según
los han descrito los Videntes -aquellos que pueden ver el movimiento de las
multitudes interestelares, y seguirlas clarividentemente en su evolución-, son
deslumbradores, como copos de nieve virgen en la radiante luz del sol. Su
velocidad es más rápida que el pensamiento, más de lo que el ojo físico de
ningún mortal pudiera seguir; y, a lo que puede juzgarse dada la tremenda
rapidez de su carrera, el movimiento es circular. Hallándose uno en una llanura
abierta, especialmente en la cúspide de una montaña, y mirando a la vasta
bóveda y a los espacios infinitos alrededor, toda la atmósfera parece iluminada
por ellos, hallándose el aire empapado con estos deslumbradores relámpagos. A
veces la intensidad de su movimiento produce resplandores como las Luces del
Norte en las Auroras Boreales. El espectáculo es tan maravilloso que el
Vidente, al mirar en este mundo interno, y sentir el paso de esos centros
centelleantes, se llena de temor respetuoso ante el pensamiento de otros
misterios aún mayores, que yacen más allá, y dentro, de este radiante Océano.
Por
incompleta e imperfecta que sea esta explicación sobre los “Dioses, las Mónadas
y los Átomos”, se espera que, por lo menos, algunos estudiantes y teósofos vean
que puede haber verdaderamente una estrecha relación entre la Ciencia
Materialista y el Ocultismo, que es el complemento y el alma que a la primera
le falta.
SECCIÓN XV
EVOLUCIÓN
CÍCLICA Y KARMA
La
evolución espiritual del Hombre inmortal, interno, constituye la doctrina
fundamental de las Ciencias Ocultas. Para reconocer aun imperfectamente
semejante evolución, el estudiante tiene que creer: a) En la Vida Unidad Una,
independiente de la Materia (o lo que la Ciencia considera como Materia); y b)
En las Inteligencias individuales que animan a las distintas manifestaciones de
este Principio. Mr. Huxley no cree en la Fuerza Vital; otros hombres de ciencia
sí. La obra del doctor J. H. Hutchinson Stirling, As regards Protoplasm,
ha hecho no poco daño a esta dogmática negación. La decisión del profesor Beale
también está en favor de un Principio Vital; y las conferencias del doctor B.
W. Richardson sobre el Éter Nervioso se han citado ya lo suficiente.
De modo que las opiniones están divididas.
La
Vida Una está estrechamente relacionada a la Ley Una que gobierna el Mundo del
Ser: KARMA. En sentido exotérico, ésta es simple y literalmente “acción”, o más
bien “una causa que produce su efecto”. Esotéricamente, es una cosa por
completo distinta en sus efectos morales de mayor alcance. Es la LEY DE
RETRIBUCIÓN infalible. Hablar a los ignorantes de la verdadera significación,
de las características y augusta importancia de esta Ley eterna e inmutable,
pues ninguna definición teológica de una Deidad Personal puede dar una idea de
este Principio impersonal, aunque siempre presente y activo, es hablar en vano.
Tampoco se le puede llamar Providencia. Porque la Providencia para los deístas
-a lo menos para los cristianos protestantes- recae en un creador personal
masculino, mientras que para los católico-romanos es una potencia femenina. “La
Divina Providencia atempera sus gracias para asegurar mejor sus efectos” -nos
dice Wogan-. Ciertamente, “Ella” las atempera, lo cual Karma -principio sin sexo-
no hace.
En
las dos primeras partes se ha mostrado que en la primera ondulación de la vida
renaciente, Svabhâvat, “la Radiación Mutable de la Tiniebla Inmutable
inconsciente en la Eternidad” pasa, en cada nuevo renacimiento del
Kosmos, de un estado inactivo a otro de actividad intensa; que ella se
diferencia y comienza entonces su obra a través de aquella diferenciación. Esta
obra es KARMA.
Los
Ciclos son también dependientes de los efectos producidos por esta actividad.
El
Átomo Cósmico uno se convierte en siete Átomos en el plano de la Materia, y
cada uno es transformado en un centro de energía; ese mismo átomo se convierte
en siete Rayos en el plano del Espíritu; y las siete Fuerzas creadoras de la
Naturaleza radiando de la Esencia Raíz... siguen unas el sendero de la derecha,
otras el de la izquierda, separándose hasta el fin del Kalpa, y sin embargo, en
estrechos abrazos. ¿Qué las une? Karma.
Los
Átomos emanados del Punto Central emanan a su vez nuevos centros de energía,
los cuales, bajo el potencial aliento de Fohat, principian su obra de adentro a
fuera, y multiplican otros centros menores. Estos, en el curso de la evolución
e involución, forman a su vez las raíces o causas desenvolventes de nuevos
efectos, desde los mundos y globos “portadores del hombre”, hasta los géneros,
especies y clases de todos los siete reinos, de los cuales
sólo conocemos cuatro. Pues como dice el Libro de los
Aforismos de Tson-kh o-pa:
Los
benditos artífices han recibido el Thyan-kam, en la eternidad.
Thyan-kam
es el poder o conocimiento de guiar los impulsos de la Energía Cósmica en la
debida dirección.
El
verdadero buddhista que no reconoce ningún “Dios personal” ni ningún “Padre” y
“Creador del Cielo y de la Tierra”, cree, sin embargo, en una Conciencia
Absoluta, Adi-Buddhi; y el filósofo buddhista sabe que hay
Espíritus Planetarios, los Dhyân Chohans. Pero aunque admite “Vidas
Espirituales”, sin embargo, como son temporales en la eternidad, hasta ellas,
según su filosofía, son “el Mâyâ del Día”, la Ilusión de un “Día de Brahmâ”, un
corto Manvántara de 4.320.000.000 de años. El Yin-Sin no es para las
especulaciones de los hombres, pues el Señor Buddha ha prohibido
terminantemente todas las tales investigaciones. Los Dhyân Chohans y todos los
Seres Invisibles -los Siete Centros y sus Emanaciones directas, los centros
menores de Energía- son el reflejo directo de la Luz Una; pero los hombres
están muy alejados de ellos, puesto que todo el Kosmos visible se compone de
“seres producidos por sí mismos, las criaturas de Karma”. De modo
que considerando a un Dios Personal “sólo como una sombra gigantesca lanzada en
el vacío del espacio por la imaginación de hombres ignorantes (1), ellos
enseñan que sólo dos cosas son eternas (objetivamente), a saber: “el Âkâsha y
el Nirvâna”; y que éstas son una en realidad, y un Mâyâ cuando
están divididas.
Todas
las cosas han salido de Âkâsha (o Svabhâvat sobre nuestra tierra), obedeciendo
a una ley de movimiento inherente en él, y después de cierta existencia se
disipan. Ninguna cosa ha salido nunca de la nada. No creemos en milagros; y por
lo tanto negamos la creación y no podemos concebir un creador (2).
Si
se le preguntase a un brahmán de la Secta Advaita si cree en la existencia de
Dios, contestaría probablemente lo que le contestaron a Jacolliot: “Yo soy Dios
yo mismo”; mientras que un buddhista (sobre todo un cingalés) sencillamente se
reiría y replicaría: “No hay Dios; no hay Creación”. Sin embargo, la filosofía
fundamental de los eruditos, tanto advaitas como buddhistas, es idéntica; y
unos y otros tienen el mismo respeto a la vida animal, pues ambos creen que
toda criatura de la Tierra, por pequeña y humilde que sea, “es una porción
inmortal de la Materia inmortal” -la Materia teniendo para ellos una
significación muy distinta que la que tiene para los cristianos y los
materialistas- y que toda criatura está sujeta a Karma.
La
contestación del brahmán se le hubiera ocurrido a todo antiguo filósofo,
kabalista y gnóstico de los primeros tiempos. Ella contiene el espíritu mismo
de los mandamientos délficos y kabalísticos; pues la Filosofía Esotérica
resolvió, edades ha, el problema de lo que el hombre era, es y será;
su origen, ciclo de vida -interminable en su duración de encarnaciones o
renacimientos sucesivos- y su absorción final en la Fuente de donde partiera.
Pero
a la Ciencia Física no le podremos nunca pedir que nos descifre al hombre como
enigma del Pasado o del Futuro, puesto que ningún filósofo puede decirnos lo
que es el hombre, ni siquiera tal como lo conocen la Fisiología y la
Psicología. En la duda de si el hombre era un Dios o una bestia, la Ciencia lo
ha relacionado ahora con la última, derivándolo de un animal. Ciertamente, la
tarea de analizar y de clasificar al ser humano como animal terrestre puede
dejarse a la Ciencia, a la cual los ocultistas más que nadie consideran con
veneración y respeto. Ellos reconocen su terreno propio y la obra maravillosa
que ella ha hecho, el progreso realizado en Fisiología y, hasta cierto punto,
en Biología. Pero, la naturaleza del hombre interno, espiritual y psíquico, o
hasta la moral, no pueden dejarse a la merced de un materialista, inveterado;
pues ni siquiera la filosofía psicológica más elevada del Occidente puede en su
imperfección actual y tendencia hacia un decidido agnosticismo, hacer justicia
al hombre interno; especialmente a sus capacidades y percepciones superiores, y
a aquellos estados de conciencia en el camino hacia los cuales autoridades como
Mill han trazado una gruesa línea diciendo: “Hasta aquí llegarás, pero no irás
más
lejos”.
Ningún
ocultista negaría que el hombre -juntamente con el elefante y el microbio, el
cocodrilo y el lagarto, la hoja de hierba y el cristal- es, en su formación
física, el simple producto de las fuerzas evolutivas de la Naturaleza a través
de una serie innumerable de transformaciones; pero él presenta el caso de un
modo distinto.
No
es contra los descubrimientos zoológicos y antropológicos, basados sobre los
fósiles del hombre y del animal, que todo místico y creyente en un Alma Divina
se rebela interiormente, sino sólo contra las conclusiones inoportunas, basadas
en teorías preconcebidas y elaboradas para encajar en ciertos prejuicios. Las
premisas de los hombres científicos pueden ser o no siempre verdad; y como
algunas de estas teorías tienen sólo una corta vida, las deducciones deben ser
siempre parciales con los evolucionistas materialistas. Y sin embargo, sobre la
fuerza de una autoridad tan efímera, la mayoría de los hombres científicos
reciben a menudo honores por lo que menos lo merecen (3).
Para
hacer la obra de Karma -en las renovaciones periódicas del Universo- más
evidente e inteligible al estudiante cuando llegue al origen y evolución del
hombre, tiene que examinar ahora con nosotros la situación esotérica de los
Ciclos Kármicos sobre la Ética Universal. La cuestión es la siguiente: ¿Ocupan
algún lugar o tienen alguna relación directa con la vida humana esas
misteriosas divisiones del tiempo llamadas Yugas y Kalpas por los indos, y tan
gráficamente..., ciclos, anillos o círculos por los griegos? Hasta la filosofía
exotérica explica que estos círculos perpetuos del tiempo vuelven
constantemente sobre sí mismos, de un modo periódico e inteligente, en el
Espacio y la Eternidad. Hay “Ciclos de Materia” (4), hay “Ciclos de Evolución
Espiritual” y Ciclos de raza, nacionales e individuales. ¿No puede la
especulación Esotérica permitirnos que profundicemos más en sus operaciones?
Esta
idea está admirablemente expresada en una obra científica muy hábil.
La
posibilidad de elevarse a la comprensión de un sistema de coordinación que
sobrepuja en el tiempo y el espacio todo límite de observaciones humanas es una
circunstancia que señala el poder del hombre para trascender las limitaciones
de la mutable e inconsecuente materia, y afirma su superioridad sobre todas las
formas insensibles y perecederas del ser. Hay en la sucesión de los
acontecimientos, y en la relación de las cosas coexistentes, un método de que
la mente del hombre se apodera; y por este medio como clave va hacia atrás o
hacia adelante sobre eones de historia material que la experiencia humana no
puede atestiguar nunca. Los acontecimientos germinan y se desarrollan. Tienen
ellos un pasado que está relacionado con su presente, y sentimos una confianza
justificada de que hay un futuro que de un modo semejante se encontrará
relacionado con el presente y el pasado. Esta continuidad y unidad de la
historia se repiten ante nosotros en todos los estados concebibles de progreso.
Los fenómenos nos proporcionan los fundamentos para la generalización de dos
leyes que son verdaderamente principios de adivinación científica,
sólo por las cuales penetra la mente humana en los sellados anales del pasado y
en las páginas sin abrir del futuro. La primera de éstas es la ley de la
evolución, o parafraseándola para nuestro objeto, la ley de sucesión
correlacionada, o historia organizada en lo individual, ilustrada en las
fases cambiantes de cada sistema separado que hace madurar resultados... Estos
pensamientos acumulan ante nosotros el pasado inmensurable y el futuro sin
medida de la historia material. Parecen ellos abrir casi perspectivas a través
del infinito, y dotar a la inteligencia humana de una existencia y de una
visión exentas de las limitaciones del tiempo, del espacio y de la causación
finita, elevándola hacia una sublime concepción de la Inteligencia Suprema,
cuyo lugar de morada es la eternidad (5).
Según
las enseñanzas de Mâyâ -la apariencia ilusoria de la ordenación de sucesos y
acciones sobre esta Tierra- cambia, variando con las naciones y lugares. Pero
los rasgos principales de la vida de cada uno están siempre de acuerdo con la
“Constelación” bajo la cual nace, o pudiéramos decir, con las características
de su principio animador, o la Deidad que sobre él preside, ya le llamemos un
Dhyân Chohan, como en Asia, o un Arcángel como las Iglesias griega y latina. En
el simbolismo antiguo siempre era el Sol -aunque el Espiritual, no el visible-
el que se suponía que enviaba los principales Salvadores y Avatâras. De aquí el
lazo de unión entre los Buddhas, los Avatâras y tantas otras encarnaciones de
los Siete superiores. Cuanto más se aproxime a su Prototipo en el “Cielo”,
tanto mejor para el mortal cuya personalidad fue escogida, por su propia
Deidad personal (el Séptimo Principio), para su mansión
terrestre. Porque con cada esfuerzo de voluntad hacia la purificación y la
unidad con ese “Dios Propio” se interrumpe uno de los Rayos inferiores, y la
entidad espiritual del hombre es atraída cada vez más a lo alto, hacia el Rayo
que reemplaza al primero, hasta que, de Rayo a Rayo, el Hombre Interno es
atraído al Rayo uno y más elevado del Sol-Padre. Así pues, “los sucesos de la
Humanidad están en coordinación con las formas numéricas”,
puesto que las unidades simples de esa humanidad proceden una y todas de la
misma fuente: el Sol Central y su sombra, el visible. Porque
los equinoccios y solsticios, los períodos y las varias fases del curso solar,
astronómica y numéricamente expresados, son sólo los símbolos concretos de la
verdad viviente eterna, aunque parezcan ideas abstractas para
los mortales no iniciados. Y esto explica las extraordinarias coincidencias
numéricas con relaciones geométricas, mostradas por varios autores.
Sí;
“¡nuestro destino está escrito en las estrellas!” Sólo que
cuanto más estrecha sea la unión entre el reflejo mortal Hombre y su Prototipo
Celestial, tanto menos peligrosas son las condiciones externas y las
reencarnaciones subsiguientes - a las que ni Buddhas ni Cristos pueden escapar.
Esto no es superstición, ni mucho menos es fatalismo. El último
implica el curso ciego de un poder aún más ciego, mientras que el hombre es un
agente libre durante su estancia en la tierra. No puede él escapar a su
Destino dominante, pero puede elegir entre dos senderos que le
conducen en aquella dirección, y puede él llegar al pináculo de la desgracia
-si tal le ha sido decretado-, ya sea con los blancos ropajes de nieve del
mártir, o con las manchadas vestiduras de un voluntario de los procedimientos
inicuos; porque hay condiciones externas e internas que
afectan a la determinación de nuestra voluntad sobre nuestras acciones, y en
nuestro poder está el seguir cualquiera de los dos senderos. Aquellos que creen
en Karma tienen que creer en el Destino que cada hombre, desde el nacimiento a
la muerte, teje hilo por hilo alrededor de sí mismo, como una araña su tela; y
este Destino es guiado bien sea por la voz celeste del invisible Prototipo
exterior a nosotros, o bien por nuestro más íntimo astral, u hombre
interno, que demasiado a menudo es el genio del mal de la entidad encarnada
llamada hombre. Ambos guían al hombre externo, pero uno de los dos tiene que
prevalecer; y desde el principio mismo de la invisible querella, la inflexible
e implacable Ley de Compensación interviene y sigue su curso,
acompañando fielmente a las fluctuaciones de la lucha. Cuando está tejido el
último hilo, y el hombre está aparentemente envuelto en la malla que él ha
hecho, se encuentra por completo bajo el imperio de este Destino por él
mismo formado. Éste, entonces, o bien lo fija a manera de concha
inerte contra la inmóvil roca, o lo lleva como una pluma en un torbellino
levantado por sus propias acciones, y esto es - KARMA.
Un
Materialista, tratando de las creaciones periódicas de nuestro globo, lo ha
expresado en una sola frase:
Todo
el pasado de la tierra no es más que un presente no
desarrollado.
El
escritor era Büchner, que se hallaba muy lejos de sospechar que repetía un
axioma de los ocultistas. Es también mucha verdad, como lo observa Burmeister,
que:
La
investigación histórica del desarrollo de la tierra ha probado que el ahora y
que el entonces se apoyan en la misma base; que el pasado se
ha desarrollado del mismo modo que el presente se desenvuelve; y que las
fuerzas que estaban en acción permanecen siempre las mismas (6).
Las
Fuerzas -o más bien sus Nóumenos- son las mismas desde luego; por lo tanto, las
Fuerzas fenomenales deben ser también las mismas. Pero ¿cómo puede nadie
asegurar que los atributos de la Materia no se hayan alterado bajo la mano de
la Evolución Proteica? ¿Cómo puede ningún Materialista asegurar con la
confianza que lo hace Rossmassler, que:
Esta
conformidad eterna en la esencia de los fenómenos de la certeza de que el fuego
y el agua poseyeron en todos los tiempos los mismos poderes y los poseerán
siempre?
¿Quiénes
son los “que oscurecen el secreto con palabras sin sabiduría”, y dónde estaban
los Huxleys y Büchners cuando fueron echados los cimientos de la Tierra por la
Gran Ley? Esta misma homogeneidad de la Materia e inmutabilidad de las leyes
naturales, en que tanto insiste el Materialismo, son el principio fundamental
de la Filosofía Oculta; pero esta unidad se basa en la inseparabilidad del
Espíritu de la Materia, y si los dos se divorciasen una vez, todo el Kosmos
caería en el Caos y el No-ser. Por tanto, es absolutamente falso, y
una demostración más de la gran presunción de nuestra época, el
asegurar, como lo hacen los hombres de Ciencia, que los grandes cambios
geológicos y las terribles convulsiones del pasado han sido producidos
por Fuerzas físicas ordinarias y conocidas. Porque estas Fuerzas no
fueron más que los instrumentos y los medios finales para el cumplimiento de
determinados fines, actuando periódicamente y en apariencia de un modo
mecánico, a través de un impulso interno incorporado a su naturaleza material,
pero independiente de la misma. Hay un propósito en todo acto importante de la
Naturaleza, cuyos actos son todos cíclicos y periódicos. Pero las fuerzas
espirituales, habiendo sido generalmente confundidas con las puramente físicas,
son negadas por la Ciencia, para la cual permanecerán desconocidas por no
haberlas examinado (7). Hegel dice:
La
historia del Mundo principia con su propósito general, la realización de la
Idea del Espíritu, sólo en una forma implícita (an sich), esto es,
como Naturaleza; un instinto oculto, de lo más profundamente oculto e
inconsciente, y todo el proceso de la historia... se dirige a convertir en
consciente este impulso inconsciente. Apareciendo de este modo en la forma de
mera existencia natural, la voluntad natural -lo que se ha llamado el lado
subjetivo-, los apetitos físicos, el instinto, la pasión, el interés privado,
así como también la opinión y el concepto subjetivo, espontáneamente se
presentan en el principio mismo. Este vasto cúmulo de voliciones, intereses y
actividades constituye los instrumentos y los medios del Espíritu del Mundo
para alcanzar su objeto; trayéndolo a la conciencia y conociéndolo. Y este fin
no es otro que encontrarse a sí mismo, venir a sí mismo y contemplarse a sí
mismo en la actualidad concreta. Pero pudiera discutirse, o más bien ha sido
discutido, que esas manifestaciones de vitalidad por parte de individuos y de
pueblos, en que éstas buscan y satisfacen sus propósitos, son al mismo tiempo
los medios y los instrumentos de un
objeto más grande y elevado, del
cual nada saben, que realizan inconscientemente... sobre este punto manifesté
mi opinión desde un principio, y afirmé nuestra hipótesis... y nuestra creencia
de que la Razón gobierna al Mundo, y por consiguiente, ha gobernado su
historia. Con relación a esta existencia substancial, independiente y
universal, todo lo demás le está subordinado y de ella depende, siendo los
medios para su desarrollo (8).
Ningún
metafísico ni teósofo podría objetar a estas verdades, que están todas
incorporadas en las Enseñanzas Esotéricas. Hay una
predestinación en la vida geológica de nuestro globo, así como en la historia,
pasada y futura, de las razas y naciones. Esto está estrechamente relacionado
con lo que llamamos Karma, y con lo que los panteístas occidentales llamaban
Némesis y Ciclos. La ley de evolución nos está llevando ahora a lo largo del
arco ascendente de nuestro ciclo, en que los efectos se disiparán
una vez más, y volverán a convertirse en las causas ahora neutralizadas, y
todas las cosas afectadas por los primeros habrán vuelto a adquirir su armonía
original. Éste será el ciclo de nuestra Ronda especial, un momento en la
duración del Gran Ciclo, o Mahâyuga.
Los
hermosos conceptos filosóficos de Hegel se ve que tienen su aplicación en las
enseñanzas de la Ciencia Oculta, que muestran a la Naturaleza actuando siempre
con un propósito determinado, cuyos resultados son siempre duales. Esto fue
expresado en nuestros primeros volúmenes ocultos, con las palabras siguientes:
Así
como nuestro planeta gira alrededor del Sol una vez cada año, y a la vez da una
vuelta sobre su eje cada veinticuatro horas, atravesando de este modo ciclos
menores dentro de uno mayor, así se lleva a efecto y vuelve a empezar la obra
de los períodos cíclicos menores dentro del Gran Saros. La revolución del mundo
físico, según la antigua doctrina, va acompañada de una revolución semejante en
el mundo del intelecto; pues la evolución espiritual del mundo procede por
ciclos, lo mismo que la física. Así es que vemos en la historia una alternación
regular de flujo y reflujo en la marea del progreso humano. Los grandes reinos
e imperios del mundo, después de alcanzar la culminación de su grandeza,
descienden de nuevo, de acuerdo con la misma ley por la cual ascendieron; hasta
que habiendo llegado al punto inferior, la Humanidad se afirma de nuevo y sube
otra vez por medio de esta ley de progresión ascendente por ciclos, siendo la
altura alcanzada algo más elevada entonces que el punto del que antes descendió
(9).
Pero
estos ciclos - ruedas dentro de otras ruedas, simbolizadas en la India de un
modo tan comprensible e ingenioso por los varios Manus y Rishis, y en Occidente
por los Kabiri (10)- no afectan a la vez y al mismo tiempo a toda
la Humanidad. De aquí, como vemos, la dificultad de comprender y distinguir
entre ellos, en sus efectos físicos y espirituales, sin haber dominado por
completo sus relaciones y su acción sobre las posiciones respectivas de las
naciones y razas, en su destino y evolución. Este sistema no puede comprenderse
si la acción espiritual de estos períodos - preordenados por
decirlo así, por la ley Kármica - es separada de su curso físico. Los cálculos
de los mejores astrólogos fracasarán, o en todo caso permanecerán imperfectos,
a menos que esta acción dual se tome totalmente en consideración y se domine en
este sentido. Y este dominio sólo puede ser alcanzado por medio de la
INICIACIÓN.
El
Gran Ciclo abarca el progreso de la Humanidad desde la aparición del hombre
primordial de forma etérea. Él circula a través de los Ciclos internos de la
evolución progresiva del hombre, desde la etérea descendiendo a la semietérea y
puramente física; baja a la redención del hombre de su
“vestido de piel” y materia, después de lo cual continúa su curso hacia abajo y
luego de nuevo hacia arriba, para recogerse en la culminación de una Ronda,
cuando la Serpiente Manvantárica se “traga su cola”, y han pasado siete Ciclos
Menores. Estos son los Grandes Ciclos de Raza que afectan por igual a todas las
naciones y tribus incluidas en aquella Raza especial; pero dentro de estos hay
Ciclos menores de naciones, así como de tribus, que recorren su curso
independientemente los unos de los otros. Ellos son llamados en el Esoterismo
Oriental, los Ciclos Kármicos. Desde que la Sabiduría Pagana fue repudiada por
proceder y haber sido desarrollada por los Poderes Tenebrosos que se suponía se
hallaban en constante guerra contra la pequeña tribu de Jehovah, toda la plena
y solemne significación de la Némesis griega o Karma, ha sido completamente
olvidada en el Occidente. De no ser así, los cristianos habrían reconocido
mejor la profunda verdad de que Némesis no tiene atributos; que a la par que la
temida Diosa es absoluta e inmutable como Principio, somos nosotros -las
naciones e individuos- los que la ponemos en acción y la impulsamos en su
dirección. Karma-Némesis es el creador de las naciones y de los mortales; pero
una vez creados, son ellos los que la convierten en una Furia o en un Ángel que
recompensa. Sí;
Sabios
son los que rinden culto a Némesis (11),
como dice el coro a
Prometeo. E igualmente imprudente aquellos que creen que pueden hacer a la
Diosa propicia por medio de cualesquiera sacrificios y oraciones, o hacer que
su rueda se aparte del sendero que ha tomado. “Las triformes Parcas y las
siempre atentas Furias” son sus atributos sólo en la Tierra, y engendrados por
nosotros mismos. No hay vuelta posible de los senderos trillados por sus
ciclos; aunque esos senderos son de nuestra propia confección, pues somos
nosotros, colectiva o individualmente, los que los preparamos. Karma-Némesis es
el sinónimo de Providencia, menos el motivo, la bondad y todos
los demás atributos y calificaciones finitas, atribuidas tan poco
filosóficamente a la última. Un ocultista o un filósofo no hablará de la bondad
o crueldad de la Providencia; sino que, identificándola con Karma-Némesis,
enseñará sin embargo que guarda a los buenos y vela sobre ellos en esta vida así
como en las futuras; y que castiga al malvado -siempre, hasta su séptimo
renacimiento- por tanto tiempo, en efecto, como tarde en desaparecer el efecto
causado por la perturbación aun del más diminuto átomo en el Mundo Infinito de
la Armonía. Porque el único decreto de Karma -decreto eterno e inmutable- es la
Armonía absoluta en el mundo de la Materia como lo es en el Mundo del Espíritu.
No es, por tanto, Karma lo que recompensa o castiga, sino que somos nosotros
los que nos recompensamos o castigamos, según trabajemos con, por y según las
vías de la Naturaleza, ateniéndonos a las leyes de que depende esta armonía, o
las infrinjamos.
Tampoco
serían los procesos de Karma inexcrutables si los hombres trabajasen en unión y
en armonía, en lugar de la desunión y la lucha. Porque nuestra ignorancia de
estos procesos -que una parte de la Humanidad llama los caminos tenebrosos e
intrincados de la Providencia, mientras otra ve en ellos la acción de un ciego
fatalismo, y una tercera la simple casualidad, sin Dioses ni Demonios que la
guíen- desaparecería seguramente si la atribuyésemos por completo a su causa
exacta. Con conocimiento real, o por lo menos con una convicción firme de que
nuestros prójimos no se esforzarían en hacernos daño, más de lo que nosotros
pensásemos en hacérselo, las dos terceras partes del mal que hay en el mundo se
desvanecerían. Si ningún hombre perjudicara a su hermano, Karma-Némesis no
tendría motivo ni armas para obrar. La presencia constante entre nosotros de
todo elemento de lucha y oposición, y la división de razas, naciones, tribus,
sociedades e individuos en Caínes y Abeles, lobos y corderos, es la causa
principal de los “procesos de la Providencia”. Con nuestras propias manos
trazamos diariamente las numerosas tortuosidades de nuestros destinos, al par
que creemos seguir la línea recta en el camino real de la respetabilidad y del
deber, y luego nos quejamos porque tales tortuosidades son tan oscuras e
intrincadas. Nos desconcertamos ante el misterio por nosotros mismos elaborado,
y los enigmas de la vida que no queremos resolver, y luego
acusamos a la gran Esfinge de devorarnos. Pero a la verdad, no hay un incidente
en nuestras vidas, ni un día infortunado, ni una desgracia, cuya causa no pueda
ser encontrada en nuestras propias obras en ésta o en otra vida. Si uno
quebranta las leyes de la armonía, o como lo ha expresado un escritor
teosófico, “las leyes de la vida”, debe estar preparado para caer en el caos
que uno mismo ha producido. Porque, según dice el mismo escritor:
La
única conclusión a la que podemos llegar es que estas leyes de la vida son sus
propias vengadoras; y por consiguiente que todo ángel vengador es sólo la
representación simbólica de su reacción.
Por
lo tanto, si alguien hay desvalido ante estas leyes inmutables, no somos
nosotros los artífices de nuestros destinos, sino más bien esos Ángeles,
guardianes de la Armonía. Karma-Némesis no es otra cosa que el efecto
espiritual dinámico de causas producidas y de fuerzas puestas en actividad por
nuestras propias acciones. Es una ley de la dinámica oculta que “una cantidad
dada de energía desarrollada en el plano espiritual o en el astral produce
resultados mucho más grandes que la misma cantidad desarrollada en el plano
físico objetivo de existencia”.
Este
estado de cosas durará hasta que las intuiciones espirituales del hombre estén
completamente despiertas, y esto no tendrá lugar hasta que no desechemos del
todo nuestros groseros vestidos de materia; hasta que principiemos a actuar
desde adentro, en lugar de seguir siempre los impulsos de afuera, impulsos
producidos por nuestros sentidos físicos y por nuestro cuerpo egoísta y
grosero. Hasta entonces los únicos paliativos para los males de la vida son la
unión y la armonía, una Fraternidad in actu, y el
Altruismo no únicamente de nombre. La supresión de una sola causa mala
suprimirá no uno, sino muchos malos efectos, Y si una Fraternidad, o aun varias
Fraternidades, no pueden impedir que las naciones se degüellen mutuamente en
ocasiones, sin embargo la unidad de pensamiento y de acción, y las investigaciones
filosóficas en los misterios del ser, siempre impedirán a algunas personas, que
tratan de comprender lo que para ellas ha sido hasta entonces un enigma, el
crear causas adicionales de desdicha en un mundo tan lleno ya de mal y de
dolor. El conocimiento de Karma da la convicción de que si
...la
virtud en la miseria y el vicio triunfante
Hacen
a la Humanidad atea (12);
es solamente porque la
Humanidad ha cerrado siempre los ojos a la gran verdad de que el hombre es por
sí su propio salvador y su propio destructor. No es preciso acusar al Cielo y a
los Dioses, al Destino y a la Providencia de la injusticia aparente que reina
en la Humanidad. Pero téngase presente y repítase el siguiente fragmento de
sabiduría griega, que previene al hombre de abstenerse de acusar Aquello que
Justo,
aunque misterioso, nos conduce infalible
Por
caminos desconocidos de la falta al castigo;
y tales son ahora los
caminos por los que avanzan las grandes naciones europeas. Cada nación y tribu
de los arios occidentales, así como sus hermanos orientales de la Quinta Raza,
ha tenido su Edad de Oro y su Edad de Hierro, su período de relativa irresponsabilidad,
o su Edad Satya de pureza, y ahora varias de ellas han alcanzado su Edad de
Hierro, el Kali Yuga, una edad ennegrecida de horrores.
Por
otra parte, es verdad que los Ciclos exotéricos de cada nación se han derivado
directamente, y se ha demostrado que dependen de los movimientos siderales.
Estos últimos están inseparablemente mezclados con los destinos de las naciones
y de los hombres. Pero, en el sentido puramente físico, Europa no conoce otros
Ciclos que los astronómicos, y hace sus cálculos con arreglo a los mismos.
Tampoco querrá oír hablar de otros que no sean los círculos o circuitos imaginarios con
que circuyen los estrellados cielos,
Con
céntrico y excéntrico garabateo
Ciclo
y epiciclo, orbe en
orbe.
(Paraíso
Perdido, Lib. VIII).
Pero
para los paganos -de quienes Coleridge dice con razón: “El tiempo, el tiempo
cíclico, era su abstracción de la Deidad”, esa “Deidad” manifestándose en
coordinación con Karma, y sólo por su medio, y siendo ese mismo Karma-Némesis-
los Ciclos significaban algo más que una mera sucesión de acontecimientos, o
que un espacio periódico de tiempo de más o menos prolongada duración. Porque
ellos se marcaban generalmente por reapariciones de un carácter más variado e
intelectual que las que se presentan en la vuelta periódica de las estaciones o
de ciertas constelaciones. La sabiduría moderna se satisface con cómputos
astronómicos y profecías basadas en leyes matemáticas infalibles. La sabiduría
antigua añadía a la fría corteza de la Astronomía los elementos vivificantes de
su alma y espíritu: la Astrología. Y, como los movimientos siderales
regulan verdaderamente y determinan en la Tierra otros sucesos
que la recolección de las patatas y las enfermedades periódicas de este útil
vegetal -afirmación que, como no se presta a una explicación científica, se
ridiculiza, aunque no por eso se deja de aceptarla-, estos sucesos tienen que
sujetarse a predeterminación, por simples cómputos astronómicos. Los creyentes
en la Astrología comprenderán lo que queremos decir; los escépticos se reirán
de la creencia y se mofarán de la idea. De este modo, lo mismo que el avestruz,
cierran los ojos a su propio destino (13).
Esto
es a causa de que su pequeño período, llamado histórico, no les
proporciona margen para la comparación. El ciclo sideral está ante ellos; y aun
cuando su visión espiritual no está todavía abierta, y el polvo atmosférico de
origen terrestre ciega su vista y la encadena en los límites de los sistemas
físicos, sin embargo no dejan de percibir los movimientos y observar la
conducta de los meteoros y cometas. Anotan la aparición periódica de esos
errabundos y “flamígeros mensajeros”, y profetizan, en consecuencia,
terremotos, lluvias meteóricas, la aparición de ciertas estrellas, cometas,
etc. ¿Son ellos, pues, adivinos? No; son astrónomos instruidos.
¿Por
qué, pues, no habrían de ser creídos ocultistas y astrólogos, tan sabios como
esos astrónomos, cuando profetizan la vuelta de algún suceso cíclico basándose
en los mismos principios matemáticos? ¿Por qué habría de ser ridiculizada su
afirmación de que conocen esta vuelta? Habiendo anotado sus
antepasados y predecesores el retorno de tales sucesos en su tiempo y en su
día, a través de un período que abraza cientos de miles de años, la conjunción
de las mismas constelaciones debe necesariamente producir efectos, si no
enteramente los mismos, en todo caso similares. ¿Han de despreciarse estas
profecías a causa de la afirmación que se hace de los cientos de miles de años
de observación y de los millones de años atribuidos para las Razas humanas? A
su vez, se ríen de la ciencia moderna los que se atienen a la cronología
bíblica, por sus números geológicos y antropológicos mucho más modestos. De
este modo ajusta las cuentas Karma hasta a la risa humana, a la mutua costa de
las sectas, las sociedades de sabios y los individuos. Sin embargo, en la
predicción de tales sucesos futuros, pronosticados en todo
caso fundándose en la autoridad de la repetición de los ciclos, no va incluido
ningún fenómeno psíquico. No es ni previsión, ni profecía; lo
mismo que no lo es el señalar un cometa o una estrella varios años antes de su
aparición. Sólo el conocimiento y los cómputos matemáticos exactos son los que
hacen posible que los Sabios de Oriente puedan predecir, por
ejemplo, que Inglaterra está en vísperas de tal o cual catástrofe; que Francia
se está aproximando a tal punto de su ciclo, y que Europa en general está
amenazada, o más bien, está en vísperas de un cataclismo a que la ha
conducido su propio Ciclo de Karma de raza. Por supuesto, nuestra
opinión sobre la veracidad de los informes depende de que aceptemos o
rechacemos la afirmación de un período enorme de observación histórica. Los
Iniciados orientales sostienen que han conservado anales del desarrollo de las
razas y de los sucesos de importancia universal desde el principio de la Cuarta
Raza, siendo tradicional su conocimiento de los sucesos anteriores a aquella
época.
Además,
los que creen en la Videncia y en los Poderes Ocultos no tendrán dificultad en
dar crédito al carácter general de la información que se da, aun cuando sea
tradicional, siempre que la tradición sea compulsada y rectificada por la
clarividencia y el Conocimiento Esotérico. Pero en el presente caso no se
reclama semejante creencia metafísica como nuestro fundamento principal, pues
la prueba (en lo que, para todo ocultista, es una evidencia por completo
científica) se da en los anales preservados por medio del Zodíaco durante
edades incalculables.
Se
ha probado ahora ampliamente que hasta los horóscopos y la Astrología
judiciaria no están basados enteramente en la ficción, y que las Estrellas y
Constelaciones tienen, en consecuencia, una influencia oculta y misteriosa
sobre los individuos, y se hallan relacionados con ellos. Y si lo están con los
últimos, ¿por qué no han de estarlo con las naciones, las razas y con la
Humanidad como un todo? Ésta es, también, una afirmación fundada en la
autoridad de los anales del Zodíaco. Investigaremos, pues, hasta qué punto
conocían los Antiguos el Zodíaco, y hasta qué punto lo han olvidado los
Modernos.
SECCIÓN XVI
EL ZODÍACO
Y SU ANTIGÜEDAD
“Todos
los hombres son propensos a tener un gran concepto de su propio entendimiento y
a ser tenaces en las opiniones que profesan” -dice con razón Jordano, y añade-:
y sin embargo, todos los hombres se guían por el entendimiento de otros, no por
el suyo propio; y puede decirse con verdad que más bien adoptan que conciben
sus opiniones”.
Esto
es doblemente cierto respecto de las opiniones científicas sobre hipótesis
presentadas a su consideración, decidiendo a menudo el prejuicio y la opinión
preconcebida de las llamadas “autoridades” sobre cuestiones de la mayor
importancia vital para la historia. Hay varias de tales opiniones
predeterminadas sostenidas por nuestros sabios orientalistas, y pocas son tan
injustas e ilógicas como el error general con respecto a la antigüedad del
Zodíaco. Gracias al tema favorito de algunos orientalistas alemanes,
sanscritistas americanos e ingleses han aceptado la opinión del profesor Weber
de que los pueblos de la India no tenían idea ni conocimiento del Zodíaco
anterior a la invasión de los macedonios, y que los antiguos indos lo
importaron a su país tomándolo de los griegos. Se nos dice, además, por varias
otras “autoridades”, que ninguna nación oriental conocía el Zodíaco hasta que
los helenos tuvieron a bien participar amablemente su invención a sus vecinos.
Y esto lo dicen a la faz del Libro de Job, que
hasta ellos mismos declaran ser el más antiguo del canon hebreo y ciertamente
anterior a Moisés; libro que habla de la hechura de “Arcturo,
Orión y las Pléyades (Osh, Kesil y Kimah) y de las cámaras del Sur” (1); de
Scorpion y el Mazaruth: los doce signos (2); palabras que, si
algo significan, implican el conocimiento del Zodíaco hasta entre las tribus
nómadas árabes. Se dice que el Libro de Job precedió a Homero
y a Hesiodo por lo menos mil años, habiendo florecido los dos poetas griegos
sobre ocho siglos antes de la Era Cristiana (!!). Y dicho sea de paso, el que
prefiriese creer a Platón -que muestra a Homero floreciendo mucho antes- podría
señalar un cierto número de signos del Zodíaco en la Ilíada y
en la Odisea, en los poemas órficos y en otras partes. Pero dada la
disparatada hipótesis impuesta por algunos críticos modernos de que ningún
Orfeo, ni aun Homero o Hesiodo han existido nunca, sería tiempo perdido
mencionar para nada a aquellos autores arcaicos. Bastará el Job árabe;
a menos, en efecto, que su volumen de lamentaciones, juntamente con los poemas
de los dos griegos, a los que podemos añadir los de Lino, se declare ahora que
son una falsificación patriótica del judío Aristóbulo. Pero si el Zodíaco era
conocido en los días de Job, ¿cómo podían ignorarlo los civilizados y filósofos
indos?
Arriesgando
las flechas de la crítica moderna -que se hallan más bien embotadas a causa del
mal uso-, puede el lector enterarse de la sabia opinión de Bailly sobre el
asunto. Las deducciones pueden resultar erróneas, pero los cálculos matemáticos
se basan en cimientos más seguros. tomando como punto de partida varias
referencias astronómicas de Job, Bailly ideó un modo muy ingenioso
de probar que los primeros fundadores de la ciencia del Zodíaco pertenecían a
un pueblo antediluviano, primitivo. El hecho de que parece inclinado a ver en
Thoth, Seth y en el Fohi chino a algunos de los patriarcas de la Biblia,
no tiene nada que ver con la validez de sus pruebas respecto de la antigüedad
del Zodíaco (3). Aun aceptando, en gracia del argumento, su fecha circunspecta
de 3.700 años antes de Cristo como verdadera edad de la Ciencia Zodiacal, esta
fecha prueba del modo más irrefutable que no fueron los griegos los que
inventaron el Zodíaco, por la sencilla razón de que no existían como raza histórica admitida
por los críticos. Bailly calculó después el período en que las constelaciones
manifiestan la influencia atmosférica llamada por Job “las dulces influencias
de las Pléyades” (4), Kimah en hebreo; la de Orión, Kesil; y la de las lluvias
del desierto con referencia a Escorpión, la constelación octava; y llegó a la
conclusión de que en presencia de la eterna conformidad de estas divisiones del
Zodíaco, y los nombres de los planetas aplicados en todas partes y siempre con
el mismo orden, y dada la imposibilidad de atribuirlo todo a la casualidad y a
la “coincidencia” -”que nunca crea semejantes parecidos”-, tiene que concederse
al Zodíaco una antigüedad verdaderamente muy grande (5).
Además,
si se supone que la Biblia es una autoridad en cualquier
materia -y algunos hay que la consideran aún como tal, sea por consideraciones
cristianas o kabalísticas-, entonces el Zodíaco se halla claramente mencionado
en II, Reyes XXIII, 5. Antes que el “libro de la ley” fuese
“encontrado” por Hilkiah, el sumo sacerdote, los signos del Zodíaco eran
conocidos y adorados. Se les rendía el mismo culto que al Sol y a la Luna,
puesto que los
sacerdotes,
a quienes los reyes de Judah habían ordenado quemar inciensos... a Baal, al
sol, a la luna, a los planetas, y a toda la hueste del cielo
o a los “doce signos o
constelaciones”, como lo explica la nota al margen de la Biblia inglesa,
siguieron el mandato durante siglos. Ellos sólo cesaron en su idolatría
obligados por el rey Josías, 624 años antes de Cristo.
El Antiguo
Testamento está lleno de alusiones a los doce signos zodiacales, y
todo el plan está basado sobre él: héroes, personajes y acontecimientos. Así el
sueño de José, que vio once “Estrellas” inclinándose ante la duodécima, que
era su “Estrella”, se refiere al Zodíaco. Los católicos
romanos han descubierto en ello, además, una profecía de Cristo, que es aquella
duodécima Estrella -dicen-, y las otras, los once Apóstoles; siendo considerada
también la ausencia de la duodécima como una alusión profética a la traición de
Judas. También los doce hijos de Jacob se refieren a lo mismo, como lo hace
observar acertadamente Villapandus (6). Sir James Malcolm, en su History
of Persia (7), muestra al Dabistan, haciéndose eco de
todas estas tradiciones sobre el Zodíaco. Asigna él su invención a los días
florecientes de la Edad de Oro del Irán, y observa que una de dichas
tradiciones sostiene que los Genios de los Planetas están representados bajo
las mismas formas y figuras que asumieron cuando se mostraron ellos
mismos a varios santos profetas, lo que condujo al establecimiento de los
ritos basados sobre el Zodíaco.
Pitágoras,
y después de él Filo Judeo, tenían al número 12 por muy sagrado.
Este
número doce es perfecto. Es el de los signos del Zodíaco, que el
sol visita en doce meses; y para honrar ese número fue por lo que Moisés
dividió su nación en doce tribus, estableció los doce panes de proposición, y
puso doce piedras preciosas en el pectoral de los Pontífices (8).
Según
Séneca, Beroso profetizaba los sucesos y cataclismos futuros por medio del
Zodíaco; y las épocas fijadas por él para la conflagración del Mundo -Pralaya-
y para un diluvio, se ve que corresponden a las que se dan en un antiguo papiro
egipcio. Semejante catástrofe tiene lugar a cada renovación del ciclo del Año
Sideral de 25.868 años. Los nombres de los meses accadianos se derivaban y eran
tomados de los nombres de los signos del Zodíaco, y los accadios son mucho más
antiguos que los caldeos. Mr. Proctor muestra en su Myths and Marvels
of Astronomy que los antiguos astrónomos poseían un sistema de
astronomía de los más exactos 2.400 años antes de Cristo; los indos datan su
Kali Yuga de una gran conjunción periódica de los Planetas, treinta y un siglos
antes de Cristo; pero, a pesar de esto, ¡los griegos pertenecientes a la
expedición de Alejandro el Grande fueron los instructores de los indos arios en
Astronomía!
Ya
sea ario o egipcio, el origen del Zodíaco es sin embargo de una antigüedad
inmensa. Simplicio, en el siglo VI de Cristo, escribe que siempre había oído
que los egipcios habían conservado observaciones y anales astronómicos durante
un período de 630.000 años. Esta declaración parece asustar a Mr. Gerald
Massey, quien sobre este particular observa que:
Si
interpretamos este número de años por el mes que los egipcios llamaban año
según dice Euxodo, o sea un curso de tiempo, esto daría aún la duración de dos
ciclos de precesión (51.736 años) (9).
Diógenes
Laertius hacía remontar los cálculos astronómicos de los egipcios a 48.863 años
antes de Alejandro el Grande (10). Martiano Capella corrobora esto diciendo a
la posteridad que los egipcios habían estudiado secretamente la astronomía por
más de 40.000 años, antes de que comunicaran sus conocimientos al mundo (11).
En Natural
Genesis se hacen algunas citas valiosas con el objeto de apoyar las
teorías del autor, pero ellas justifican mucho más la enseñanza de la Doctrina
Secreta. Por ejemplo, se hace la cita siguiente de la Vida de Sulla de
Plutarco:
Un
día que el firmamento estaba sereno y claro, se oyó en él el sonido de una
trompeta, tan fuerte, agudo y melancólico, que llenó de espanto y de asombro al
mundo. Los sabios toscanos dijeron que presagiaba una raza nueva de hombres, y
una renovación del mundo; pues aseguraban que había ocho clases distintas de
hombres, todos diferentes en vida y costumbres; y que el Cielo les había
señalado a cada uno su tiempo, que estaba limitado por el circuito del gran año
(25.868 años) (12).
Esto
recuerda mucho nuestras Siete Razas de hombres, y la octava, el “hombre
animal”, descendiente de la última Tercera Raza; así como también la sucesiva
sumersión y destrucción de los continentes que por fin concluyeron con casi
toda aquella Raza. Jámblico dice:
No
solamente han conservado los asirios los anales de sus veintisiete miríadas de
años (270.000 años) como dice Hiparco, sino también todos los apocatástasis y
períodos de los Siete Regentes del Mundo (13).
Esto
se aproxima en cuanto es posible al cálculo de la Doctrina Esotérica. Porque se
conceden 1.000.000 de años a nuestra Raza Raíz actual (la Quinta), y sobre
850.000 años han pasado desde la sumersión de la última gran isla -que formaba
parte del continente de los Atlantes- la Ruta de la Cuarta Raza, los Atlantes;
mientras que Daitya, pequeña isla habitada por una raza mixta, fue destruida
hace unos 270.000 años durante el Período Glacial o en su proximidad. Pero los
Siete Regentes, o las siete grandes Dinastías de los Reyes Divinos, pertenecen
a la tradición de todo gran pueblo de la antigüedad. Siempre que se menciona el
doce, se refiere, invariablemente, a los doce signos del Zodíaco.
Tan
patente es este hecho, que los escritores católico romanos -especialmente los
ultramontanos franceses- han acordado tácitamente relacionar los doce
Patriarcas Judíos con los signos del Zodíaco. Esto se hace de un modo
profético-místico que suena a los oídos piadosos e ignorantes como una prueba
portentosa, un reconocimiento tácito divino del “pueblo escogido por Dios”,
cuyo dedo ha trazado intencionalmente en el cielo, desde el principio de la
creación, el número de estos patriarcas. Por ejemplo, es bastante curioso que
estos escritores, entre ellos De Mirville, reconozcan todas las características
de los doce signos del Zodíaco en las palabras dirigidas por el moribundo Jacob
a sus hijos, y en sus definiciones del futuro de cada tribu (14). Además, las
banderas respectivas de las mismas tribus, se dice que han exhibido los mismos
símbolos y los mismos nombres que los signos, repetido en las doce piedras del
Urim y Thummim, y en las doce alas de los dos Querubines. Dejando a los
referidos místicos la prueba de la exactitud de la supuesta correspondencia,
nos concretamos a citarla como sigue: El Hombre, o Acuario, está en la esfera
de Rubén, que se declara tan “inestable como el agua” (la Vulgata, dice: corriendo como
el agua”); Géminis, en la de Simeón y Leví, a causa de su estrecha asociación
fraternal; Leo, en la de Judá, “el León fuerte” de su tribu, “el cachorro del
León”; Piscis, en la de Zabulón, que “morará al abrigo del mar”; Tauro, en la
de Issachar, por ser “un asno fuerte descansando”, etcétera, y por tanto,
asociado a los establos; Virgo-Escorpión, en la de Dan, que está
descrito como “una serpiente, una culebra que muerde en el sendero”, etc.;
Capricornio, en la de Naphtalí, que es “una cierva (venado) en libertad”; Cáncer,
en la de Benjamín, porque es “voraz”; Libra, la Balanza, en la de Aser, cuyo
“pan será nutritivo”; Sagitario, en la de José, porque “su arco pronostica la
fuerza”. Por último, para el duodécimo signo, Virgo, independiente de
Escorpión, tenemos a Dinah, la hija única de Jacob. La tradición muestra a
las supuestas tribus llevando los doce signos en sus
estandartes. Pero en efecto, además de lo dicho, la Biblia está
llena de símbolos y personificaciones teo-cosmológicos y astronómicos.
Falta
que admirados preguntemos: si el destino de los verdaderos Patriarcas vivientes
estaba tan indisolublemente ligado al Zodíaco, ¿cómo es que después de la
pérdida de las diez tribus no han desaparecido también, milagrosamente, diez de
los doce signos de los campos siderales? Pero como esto no tiene gran
importancia, ocupémonos más bien de la historia del Zodíaco mismo.
Recordemos
al lector algunas opiniones sobre el Zodíaco, expresadas por varias de las más
eminentes autoridades científicas.
Newton
creía que la invención del Zodíaco podía remontarse a la expedición de los
argonautas y Delaure fijó su origen a 6.500 años antes de Cristo, precisamente
2.496 años antes de la creación del mundo, según la cronología de la Biblia.
Creuzer
pensaba que era muy fácil demostrar que la mayor parte de las Teogonías estaban
en íntima relación con los calendarios religiosos, y se hallaban relacionadas
con el Zodíaco, por lo que respecta a su origen primitivo; y si no al Zodíaco
conocido ahora de nosotros, a algo muy análogo al mismo. Estaba él seguro de
que el Zodíaco y sus relaciones místicas están en el fondo de todas las
mitologías, bajo una forma u otra, y que durante edades existió bajo la forma
antigua, antes de ser presentado bajo la vestimenta astronómica definida del
presente, debida a alguna coordinación singular de sucesos (15).
Sea
que se mostrasen o no los “genios de los planetas”, nuestros Dhyân Chohans de
las esferas supramundanas, a los “santos profetas”, como se pretende en
el Dabistan, parece que grandes guerreros y seglares fueron
favorecidos del mismo modo en los antiguos tiempos de Caldea, cuando la Magia
astronómica y la Teofanía se daban la mano.
Jenofonte,
que no era un hombre ordinario, cuenta de Ciro... que en el momento de su
muerte, dio las gracias a los Dioses y a los héroes por haberle ellos mismos
instruido tan a menudo sobre los signos del cielo,
... ..... ...... (16).
A
menos que se admita que la ciencia del Zodíaco es de la más remota antigüedad y
universalidad, ¿cómo puede explicarse que sus signos se encuentren en las más
antiguas Teogonías? Se dice que Laplace se llenó de asombro ante la idea de que
los días de Mercurio (Miércoles), Venus (Viernes), Júpiter (Jueves), Saturno
(Sábado) y otros, se relacionasen con los días de la semana, en el mismo orden
y con los mismos nombres en la India que en el Norte de Europa.
Tratad,
si podéis, con el sistema presente de civilizaciones autóctonas, tan de moda en
nuestros días, de explicar cómo naciones sin linaje, sin tradiciones u origen
común, han llegado a inventar una especie de fantasmagoría celestial, un
verdadero imbroglio de denominaciones siderales, sin orden ni
objeto, sin tener relación figurativa con las constelaciones que representan, y
aparentemente aún menos con las fases de nuestra vida terrestre, cuya
significación se les atribuye.
¡Si
no hubiese habido una intención general y una causa y creencia universales en
el fondo de todo esto! (17). Dupuis ha afirmado lo mismo del modo más
verdadero:
Il
est impossible de découvrir le moindre trait de ressemblance entre les parties
du ciel et les figures que les astonomes y ont arbitrairement tracés;
et de l’autre côte, le hasard est impossible (18).
Ciertamente;
la casualidad es “imposible”. No hay “casualidad” en la Naturaleza, en
donde todas las cosas están matemáticamente coordinadas e inter-relacionadas en
sus unidades. Coleridge dice:
La
casualidad no es sino el seudónimo de Dios (o la Naturaleza) para aquellos
casos particulares que Él no quiere suscribir abiertamente con Su signo manual.
Substitúyase
la palabra “Dios” por Karma, y se convertirá en un axioma oriental. Por tanto,
las “profecías” siderales del Zodíaco, según las llaman los místicos
cristianos, nunca señalan ningún suceso particular, por más sagrado y solemne
que pueda ser para una parte de la Humanidad, sino leyes periódicas, que se
repiten siempre en la Naturaleza, tan sólo comprendidas por los Iniciados de
los Dioses Siderales mismos.
Ningún
ocultista ni astrólogo del Oriente estará nunca de acuerdo con los místicos
cristianos, ni aun con la astronomía mística de Kepler, a pesar de su mucha
ciencia y erudición; y esto porque aunque sus premisas sean del todo correctas,
sus deducciones son parciales y extraviadas por prejuicios cristianos. En donde
Kepler ve una profecía que directamente se refiere al Salvador, otras naciones
ven un símbolo de una ley eterna, decretada para el Manvántara actual. ¿Por qué
ver en Piscis una referencia directa a Cristo -que es uno de los varios
reformadores del mundo, un Salvador para sus partidarios directos, pero
únicamente un glorioso y grande Iniciado para los demás-, cuando esa
constelación brilla como un símbolo de todos los Salvadores Espirituales
pasados, presentes y futuros, que dispensan la luz y desvanecen las tinieblas
mentales? Los simbologistas cristianos han tratado de probar que este signo
pertenecía a Efraim, hijo de José, el elegido de Jacob, y que,
por tanto, en el momento en que el Sol entraba en el signo de Piscis, el Pez,
era cuando tenía que nacer el “Mesías Electo”, el ... de los primeros
cristianos. Pero si Jesús de Nazaret era ese Mesías, ¿nació él realmente en ese
“momento”, o fue la hora de su nacimiento fijada de este modo por los teólogos,
que trataban sólo de adaptar sus ideas preconcebidas a las circunstancias
siderales y a la creencia popular? Todo el mundo sabe que el verdadero momento
y año del nacimiento de Jesús son totalmente desconocidos. Y los judíos -cuyos
antepasados hicieron que la palabra Dag significase a la vez “Pez” y “Mesías”,
durante el desarrollo forzado de su lengua rabínica- son los primeros en negar
esta pretensión cristiana. ¿Y qué diremos de la circunstancia de relacionar los
brahmanes su “Mesías”, el eterno Vishnu Avatara, con un Pez y con el Diluvio, y
de hacer también los babilonios un Pez y un Mesías de su Dag-On, el Hombre Pez
y Profeta?
Entre
los egiptólogos hay sabios iconoclatas que dicen que:
Cuando
los fariseos buscaron un “signo del cielo”, dijo Jesús: “No se dará signo
alguno... sino el signo del profeta Jonás” (Mat. XVI, 4)... El signo de Jonás
es el de Oan o el Hombre-Pez de Nínive... Seguramente no había otro signo que
el del Sol vuelto a nacer en Piscis. La voz de la Sabiduría Secreta dice que
los que buscan signos no pueden tener otro que el del Hombre-Pez Ichthys que
vuelve, Oannes o Jonás - que no podía ser hecho de carne.
Parece
que Kepler sostenía como hecho positivo que, en el momento de la “encarnación”,
todos los planetas estaban en conjunción con el signo de Piscis, llamados por
los kabalistas judíos la “constelación del Mesías”. Kepler aseguraba que:
En
esta constelación se encuentra la estrella de los Magos.
Esta
afirmación del Dr. Sepp (19), citada por De Mirville, animó a este último a
hacer la observación de que:
Todas
las tradiciones judías, al paso que anunciaban esa estrella que muchas naciones
han visto (!) (20), añadían que ella absorbería los setenta planetas que
presiden los destinos de varias naciones en este globo (21). “En virtud de
estas profecías naturales -dice el Dr. Sepp-, estaba escrito en las estrellas
del firmamento que el Mesías nacería en el año lunar del mundo 4320, en aquel
año memorable en que todo el coro de los planetas celebraría su jubileo” (22).
A
principios del presente siglo había, en verdad, furor por reclamar la
devolución por parte de los indos del supuesto robo a los judíos de sus
“Dioses”, patriarcas y cronología. Wilford reconoció a Noé en Prithu y en
Satyavrata, a Enos en Dhruva, y hasta a Asur en Îshvara. Después de haber
residido por tantos años en la India, por lo menos algunos orientalistas
debieran haber visto que no eran los brahmanes solos los que tenían estas
figuras o habían dividido su Gran Edad en cuatro edades menores. A pesar de
esto, algunos escritores, en el Asiatic Researches, se entregaron a
las especulaciones más extravagantes. S. A. Mackey, el “filósofo, astrónomo y
zapatero” noruego, arguye muy pertinentemente:
Los
teólogos cristianos creen de su deber escribir contra los largos períodos de la
cronología inda, y en ellos puede esto ser perdonable; pero cuando un hombre de
saber crucifica los nombres y los números de los antiguos, y los estruja y los
retuerce para darles un significado por completo extraño a la intención de los
autores antiguos; para que, mutilados de este modo, concuerden con el nacimiento de
algún mito preexistente en su propio cerebro con tal exactitud que pretende maravillarse
ante el descubrimiento, entonces no creo que sea tan excusable (23).
Esto
se dirigía al Capitán (más tarde Coronel) Wilford, pero puede aplicarse a más
de uno de nuestros modernos orientalistas. El Coronel Wilford fue el primero en
coronar sus desgraciadas especulaciones sobre la cronología inda y los Purânas,
relacionando los 4.320.000 años con la cronología bíblica por medio del
sencillo método de reducir aquellas cifras a 4.320 años -el supuesto año lunar
de la Natividad-, y el Dr. Sepp sólo ha plagiado la idea de este bravo oficial.
Además, persistió él en ver en ellas una propiedad judía, así como una profecía
cristiana, acusando de este modo a los arios de haberse apropiado la revelación
semítica, cuando era precisamente lo contrario. Los judíos, por otra parte, no
deben ser acusados de despojo directo de los indos, cuyas cifras ignoraba
probablemente Ezra. Es evidente e innegable que las habían tomado de los
caldeos, juntamente con los Dioses caldeos. Convirtieron ellos los 432.000 años
de las Dinastías Divinas caldeas (24), en 4.300 años lunares desde la creación
del mundo a la Era Cristiana; y en cuanto a los Dioses babilónicos y egipcios,
los transformaron tranquila y modestamente en patriarcas. Todas las naciones
fueron más o menos culpables de semejante transformación y adaptación de un
Panteón -en un tiempo común a todos- de Dioses y Héroes universales, en Dioses
y Héroes nacionales y de tribu. Su nueva vestidura pentateuca era propiedad de
los judíos y ningún israelita ha obligado nunca a otra nación a que la
adoptase, y mucho menos a los europeos.
Sin
detenernos a considerar esta muy anticientífica cronología más de lo necesario,
podemos, sin embargo, hacer algunas observaciones que nos parecen muy del caso.
Los 4.320 años lunares del mundo -en la Biblia se
emplean los años solares- no son imaginarios como tales, aun cuando
su aplicación sea completamente errónea; pues ellos son tan sólo el eco
desfigurado de la primitiva doctrina esotérica, y más tarde de la brahmánica,
acerca de los Yugas. Un día de Brahmâ equivale a 4.320.000.000 de años, y lo
mismo una Noche de Brahmâ, o sea la duración de un Pralaya, después del cual
un nuevo “sol” se levanta triunfalmente sobre un nuevo Manvántara,
para la Cadena Septenaria que él ilumina. La doctrina había penetrado en
Palestina y en Europa siglos antes de la Era Cristiana (25), y estaba presente
en las mentes de los judíos mosaicos, que basaron en ella su pequeño Ciclo, aun
cuando sólo fue completamente expresada por los cronólogos cristianos de la Biblia,
quienes la adoptaron, así como también al 25 de diciembre, día en que se decía
que todos los Dioses habían encarnado. ¿Por qué, pues, maravillarse de que
se hiciera nacer al Mesías en “el año lunar del
mundo 4.320? El “Sol de la Justicia y de Salvación” se había
levantado una vez más y había dispersado las tinieblas praláyicas del Caos y
del No-Ser sobre el plano de nuestro pequeño Globo objetivo y Cadena. Una vez
determinado el asunto de la adoración, era cosa fácil hacer que los supuestos
sucesos de su nacimiento, vida y muerte concordasen con las exigencias
zodiacales y las antiguas tradiciones, aun cuando éstas tuvieron que
remoldearse algo para el caso.
De
este modo se comprende lo que Kepler, como gran astrónomo, dijo. Él reconoció
la grande y universal importancia de todas las conjunciones planetarias, “cada
una de las cuales -como dijo muy bien- es un año climatérico de
la Humanidad” (26). La rara conjunción de Saturno, Júpiter y Marte tiene su
significación e importancia, a causa de sus especiales grandes resultados, en
la India y en China tanto como en Europa, para los místicos de estos países. Y,
seguramente, no se considera ahora más que como una suposición el sostener que
la Naturaleza sólo tenía en cuenta a Cristo, cuando construyó sus (para los
profanos) constelaciones fantásticas y sin significado. Si se afirmase que no
fue la casualidad la que indujo a los arquitectos arcaicos del Zodíaco, hace
miles de años, a marcar la figura del Tauro con la a asterisco,
sin prueba mejor más válida de que sea profética del
Verbo de Cristo, que la de que el alef de Tauro signifique el
“UNO” y el “PRIMERO”, y que Cristo era también el alfa o el
“UNO”, entonces se podrá demostrar que semejante “prueba” se anula de un modo
extraño en más de una manera. En primer término, el Zodíaco, en todo caso,
existía antes de la Era Cristiana; además, todos los Dioses solares -Osiris,
por ejemplo- habían sido relacionados místicamente con la constelación de
Tauro, y sus respectivos partidarios los llamaban a todos el “Primero”.
Agreguemos que los compiladores de los epítetos místicos dados al Salvador
Cristiano conocían más o menos el significado de los signos del Zodíaco; y es
más fácil suponer que ellos deben de haber arreglado sus afirmaciones de modo
que concordasen con los signos místicos, que no el que estos hayan brillado
durante millones de años como una profecía para una parte de la Humanidad, sin
tener en cuenta las innumerables generaciones que habían transcurrido antes y
las que tenían que nacer después.
Se
nos dice:
No
es la simple casualidad la que, en ciertas esferas, ha colocado sobre un trono
la cabeza de este toro (Tauro) tratando de rechazar a un Dragón con la cruz ansata;
debemos saber que esta constelación de Tauro fue llamada “la gran
ciudad de Dios y la madre de las revelaciones”, y también “el
intérprete de la voz divina”, el Apis Pacis de Hermontis en Egipto, que
(como los padres patrísticos quisieran afirmar al mundo) se dice que pronunció
oráculos que se referían al nacimiento del Salvador (27).
Varias
son las contestaciones para esta suposición teológica. Primeramente, la cruz
ansata egipcia o Tau, la cruz Jaina o Svástica, y la cruz cristiana, tienen
todas el mismo significado. En segundo lugar, ningún pueblo o nación, excepto
los cristianos, dieron al Dragón el significado que ahora se le da. La
serpiente era el símbolo de Sabiduría, y el Toro, Taurus, el
de la generación física terrestre. De modo que el Toro,
rechazando al Dragón, o Sabiduría Divina espiritual, con la Tau o Cruz -que es
esotéricamente “el fundamento y esqueleto de toda construcción”-, tendría un
sentido por completo fálico y fisiológico, si no tuviera además otro
significado desconocido para nuestros sabios bíblicos y simbologistas. En todo
caso, ello no hace referencia especial al Verbo de San Juan, excepto, quizás,
en un sentido general. El Taurus -que, dicho sea de paso, no es un cordero,
sino un toro- era sagrado en todas las cosmogonías, tanto para los indos como
para los zoroastrianos, los caldeos y los egipcios. Esto lo saben hasta los
chicos de la escuela.
Nuestros
teósofos encontrarían, quizás, utilidad en refrescar su memoria leyendo lo que
se dice respecto de la Virgen María, del Dragón y de la universalidad de
nacimientos y renacimientos periódicos de Salvadores del Mundo -Dioses Solares-
en Isis sin Velo (28), respecto de ciertos pasajes del Apocalipsis.
En
1853, el sabio conocido por Erard-Mollien leyó ante el Instituto de Francia un
trabajo tendiendo a probar la antigüedad del Zodíaco indo, en cuyos signos se
encontraba el fundamento y la filosofía de la mayor parte de las festividades
religiosas de aquel país; el conferenciante trató de demostrar que el origen de
estas ceremonias se remonta en la noche de los tiempos por lo menos a 3.000
años antes de Cristo. El Zodíaco de los indos, creía él que era muy anterior al
Zodíaco de los griegos, y difería mucho de éste en algunos particulares. En él
se ve al Dragón sobre un árbol a cuyos pies se halla la Virgen Kanyâ-Durgâ, una
de las Diosas más antiguas, colocada sobre un León arrastrando en pos de sí el
carro solar. Dice el referido sabio:
Ésta
es la razón por la cual esta Virgen Durgâ no es el simple memento de
un hecho astronómico, sino realmente la divinidad más antigua del Olimpo indo.
Es ella evidentemente la misma cuya vuelta era anunciada en todos los libros
sibilinos -la fuente de la inspiración de Virgilio-, una época de renovación
universal... Y puesto que los meses son aún llamados por el pueblo que habla
malayalim (de la India del Sur), con arreglo a este Zodíaco solar indo, ¿por
qué aquel pueblo lo hubiera abandonado para tomar el de los griegos? Todo, por
el contrario, prueba que estas figuras zodiacales fueron transmitidas a los
griegos por los caldeos, quienes las obtuvieron de los brahmanes (29).
Pero
todo esto es muy pobre testimonio. Recordemos también, sin embargo, lo que se
decía y aceptaba por los contemporáneos de Volney, quien observa que como Aries
se hallaba en su decimoquinto grado, 1.447 años antes de Cristo,
dedúcese que el primer grado de Libra no podría haber coincidido con el
equinoccio vernal posteriormente a 15.194 años antes de Cristo; si a esto
añadimos, arguye, los 1.790 años que han pasado desde el nacimiento de Cristo,
resulta que desde el origen del Zodíaco han debido de transcurrir 16.984 años
(30).
El
Dr. Schlegel, además, en su Uranographie Chinoise, asigna a la
Esfera Astronómica China una antigüedad de 18.000 años (31).
Sin
embargo, como de poco sirven las opiniones que se citen sin pruebas adecuadas,
valdrá más volvernos hacia la evidencia científica. M. Bailly, el famoso
astrónomo francés del último siglo, miembro de la Academia, etcétera, asegura
que los sistemas astronómicos indos son con mucho los más antiguos, y que de
ellos han derivado sus conocimientos los egipcios, los griegos, los romanos y
hasta los judíos. En apoyo de estas opiniones dice:
Los
astrónomos que precedieron a la época de 1491 son, primero, los griegos
alejandrinos: Hiparco, que floreció 125 años antes de nuestra Era, y Ptolomeo,
260 años después de Hiparco. A estos siguen los árabes, que hicieron revivir el
estudio de la astronomía en el siglo IX. Después siguen los persas y los
tártaros, a quienes debemos las tablas de Nassireddin en 1269, y las de
Ulug-beg en 1437. Tal es la sucesión de los acontecimientos en Asia, según se
sabe, anterior a la época inda de 1491. ¿Qué es, pues, una época? Es la
observación de la longitud de una estrella en un momento dado, el lugar donde
fue vista en el cielo, y que sirve de punto de referencia, de punto de partida
para calcular tanto las pasadas como las futuras posiciones de la estrella
según sus movimientos observados. Pero, una época es inútil a menos que se haya
determinado el movimiento de la estrella. Un pueblo nuevo en la ciencia, y que
se ve obligado a tomar prestada una astronomía extranjera, no encuentra
dificultad en fijar una época, puesto que la única observación que se requiere
es una que se puede hacer en cualquier momento. Pero lo que principalmente
necesita, lo que se ve obligado a tomar, son esos elementos que dependen de una
determinación exacta, y que requieren una observación continua; sobre todo,
aquellos movimientos que dependen del tiempo, y que sólo pueden determinarse de
un modo exacto por siglos de observación. Estos movimientos tienen, por lo
tanto, que tomarse de otra nación que haya hecho tales observaciones, y que
tenga tras sí siglos de semejante labor. Por tanto, llegamos a la conclusión de
que un pueblo nuevo no tomará las épocas de otro más antiguo sin tomarle
también para ellas los “movimientos medios”. Partiendo de este principio,
veremos que las épocas indas 1491 y 3102 no podían haber sido derivadas de las
de Ptolomeo o Ulug-beg.
Queda
la suposición de que los indos, comparando sus observaciones en 1491 con las
hechas previamente por Ulug-beg y Ptolomeo, usasen los intervalos entre estas
observaciones para determinar los movimientos medios. La fecha de Ulug-beg es
demasiado reciente para semejante determinación, mientras que las de Ptolomeo e
Hiparco apenas si tenían antigüedad suficiente para ello. Pero si los
movimientos indos hubiesen sido determinados por estas comparaciones, las
épocas estarían relacionadas. Partiendo de las épocas de Ulug-beg y de
Ptolomeo, llegaríamos a todas las de los indos. De aquí que las épocas
extranjeras fuesen o bien desconocidas o inútiles para los indos (32).
Puede
añadirse a esto otra consideración importante. Cuando una nación se ve obligada
a tomar de sus vecinos los métodos o los movimientos medios de sus tablas
astronómicas, tiene mayor necesidad aún de adquirir, además, el conocimiento de
las desigualdades de los movimientos de los cuerpos celestes, los movimientos
del apogeo, de los nodos y de la inclinación de la eclíptica; en una palabra,
todos esos elementos cuya determinación requiere el arte de observar, algunos
instrumentos apropiados, y gran habilidad. Todos estos elementos astronómicos,
que difieren más o menos entre los griegos de Alejandría, los árabes, los
persas y los tártaros, no exhiben parecido alguno con los de los indos. Estos
últimos, por lo tanto, nada han tomado de sus vecinos.
Si
los indos no tomaron su época de otros, tienen que haber poseído una propia
verdadera, basada en sus propias observaciones; y ésta debe de ser, o bien la
época del año 1491 después de nuestra Era, o el año 3102 antes de la misma,
precediendo esta última en 4.592 años a la época 1491. Tenemos que escoger
entre estas dos épocas, y determinar cuál de ellas se halla basada en la
observación. Pero antes de exponer los argumentos que pueden y deben decidir la
cuestión, nos permitiremos hacer algunas consideraciones para los que se hallan
inclinados a creer que los indos han determinado las posiciones pasadas de los
cuerpos celestes por observaciones y cálculos modernos. Nada tiene de fácil la
determinación de los movimientos celestes con una suficiente exactitud que
permita ascender el curso del tiempo durante 4.592 años, y describir los
fenómenos que han debido de ocurrir en ese período. Poseemos hoy instrumentos
excelentes; se han hecho observaciones exactas durante dos o tres siglos, que
nos permiten ya calcular con exactitud considerable los movimientos medios de
los Planetas; tenemos las observaciones de los caldeos, de Hiparco y de
Ptolomeo, las que, debido a su mucha antigüedad, nos permiten fijar estos
movimientos con mayor certeza. sin embargo, no podemos presentar con exactitud
invariable las observaciones durante el largo período transcurrido entre los
caldeos y nosotros; y menos aún podemos determinar con exactitud los sucesos
ocurridos hace 4.592 años. Cassini y Maier han determinado separadamente el
movimiento secular de la luna, y ellos difieren en 3 m. 43 s. Esta diferencia
daría por resultado en cuarenta y seis siglos una inexactitud de tres grados en
el sitio de la luna. Indudablemente, una de las dos determinaciones es más
exacta que la otra; y a las observaciones de una gran antigüedad toca decidir
entre ellas. Pero en períodos muy remotos en que faltan observaciones, nos
encontramos en la incertidumbre respecto de los fenómenos. ¿Cómo, pues,
hubieran podido los indos calcular hacia atrás desde el año 1491 de nuestra Era
al 3102 antes de Cristo, si sólo fueran estudiantes recientes de Astronomía?
Los
orientales no han sido nunca lo que nosotros. Por grande que sea el concepto
que formemos de sus conocimientos por el examen de su Astronomía, no podemos
suponer que hayan poseído nunca ese gran lujo de instrumentos que distingue a
nuestros modernos observatorios, y que es el producto del progreso simultáneo
en varias artes, ni podían tampoco tener ese genio de los descubrimientos que
hasta ahora parecía pertenecer exclusivamente a Europa, y que, supliendo al
tiempo, produce el rápido progreso de la ciencia y de la inteligencia humanas.
Si los asiáticos han sido poderosos, instruidos y sabios, sus méritos y éxitos
de todas clases han sido debidos al poder y al tiempo. El poder ha fundido o
destruido sus imperios; a veces ha levantado edificios imponentes por su masa,
otras los ha convertido en ruinas venerables; y mientras se sucedían estas
alternativas, la paciencia acumulaba el conocimiento, la experiencia prolongada
producía sabiduría. La antigüedad de las naciones del Oriente es lo que ha originado
su fama científica.
Si
los indos poseían en 1491un conocimiento de los movimientos celestes
suficientemente exacto para permitirles calcular 4.592 años hacia atrás, se
deduce de ello que este conocimiento sólo hubieran podido obtenerlo por
observaciones muy antiguas. El suponerles semejantes conocimientos y negarles
las observaciones de que se derivan, es plantear una imposibilidad; equivaldría
a lo mismo que suponer que al principio de su carrera habían ya alcanzado el
fruto del tiempo y de la experiencia. Mientras que, por otra parte, si su época
de 3102 se supone que es real, se deduce que los indos han marchado a la par
con los siglos sucesivos hasta el año 1491 de nuestra Era. Así pues, el Tiempo
mismo ha sido su maestro; conocían los movimientos de los cuerpos celestes
durante esos períodos, porque los habían visto; y la duración del pueblo indo
sobre la tierra es la causa de la fidelidad de sus anales y de la exactitud de
sus cálculos.
Puede
parecer que el problema de cuál de las dos épocas de 3102 y 1491 es la
verdadera, debiera resolverse por una consideración, a saber: que los antiguos
en general, y particularmente los indos, como puede verse en la ordenación de
sus tablas, tan sólo calculaban, y por tanto observaban, los eclipses. Ahora
bien; no ha habido eclipse de sol en el momento de la época 1491, y ningún
eclipse de luna catorce días antes ni después de aquel momento. Por lo tanto,
la época 1491 no está basada sobre una observación. En cuanto a la época 3102,
los brahmanes de Tirvalur la colocan a la salida del sol el 18 de febrero. El
sol estaba entonces en el primer punto del Zodíaco, con arreglo a su verdadera
longitud. Las otras tablas muestran que en la precedente medianoche la luna
estaba en el mismo sitio, pero con arreglo a su longitud media. Los brahmanes
nos dicen también que este primer punto, origen del Zodíaco, estaba, en el año
3102, 54 grados detrás del equinoccio. De aquí se deduce que el origen -el primer
punto de su Zodíaco- estaba, por tanto, en el sexto grado de Acuario.
Así
pues, en este tiempo y lugar ocurrió una conjunción media; y en efecto, esta
conjunción se encuentra en nuestras mejores tablas: en la de La Caille respecto
del sol, y en la de Maier acerca de la luna. No hubo eclipse de sol hallándose
la luna demasiado distante de su nodo; pero catorce días después, habiéndose
aproximado la luna al nodo, debió de haber eclipse. Las tablas de Maier, usadas
sin corrección para brevedad, dan este eclipse; pero lo colocan durante el día,
cuando no pudo ser observado en la India. Las tablas de Cassini lo presentan
como teniendo lugar por la noche, lo que demuestra que los movimientos de Maier
son demasiado rápidos para siglos lejanos, que no admiten la aceleración; lo
cual prueba también que, a pesar del progreso de nuestros conocimientos,
podemos estar aún en la incertidumbre acerca del aspecto verdadero de los
cielos en tiempos pasados.
Por
tanto, creemos que de las dos épocas indas, la verdadera es el año 3102, porque
fue acompañada por un eclipse que pudo ser observado, y que debió servir para
determinarla. Ésta es una primera prueba de la verdad de la longitud asignada
por los indos al sol y a la luna en este instante; y esta prueba sería quizás
suficiente, si no fuera que esta antigua determinación viene a ser de la mayor
importancia para la comprobación de los movimientos de estos cuerpos, y por
tanto, su autenticidad tiene que probarse por todos los medios posibles.
Observamos:
1º Que los indos parecen haber juntado y combinado dos épocas dentro del año
3102. Los brahmanes de Tirvalur cuentan originalmente desde el primer momento
del Kali Yuga; pero tienen una segunda época que colocan 2 d. 3 h. 32 m. 30 s.
más tarde. Esta última es la verdadera época astronómica, mientras que la otra
parece ser una era civil. Pero si esta época del Kali Yuga no tuviese realidad
y fuese el mero resultado de un cálculo, ¿por qué habría de estar dividida de
ese modo? Su calculada época astronómica se habría convertido en la del Kali
Yuga, la cual habría sido colocada en la conjunción del sol y la luna, como
sucede con la época de las otras tres tablas. Han debido de tener alguna razón
para distinguir entre las dos; y esta razón sólo puede ser debida a las
circunstancias y al tiempo de la época; lo cual, por tanto, no podía ser el
resultado del cálculo. No es esto todo: partiendo de la época solar determinada
por la salida del sol el 18 de febrero de 3102, y recorriendo hacia atrás los
sucesos 2 d. 3 h. 32 m. 30 s., llegamos a 2 h. 27 m. 30 s. del 16 de febrero,
que es el instante del principio del Kali Yuga. Es curioso que esta edad no se
haya hecho comenzar en una de las cuatro grandes divisiones del día. Pudiera
sospecharse que la época debiera ser a medianoche, y que las 2 h. 27 m. 30 s.
son una corrección meridiana. Pero cualquiera que haya sido la razón para fijar
este momento, es claro que, si esta época fuera el resultado del cálculo,
hubiera sido igualmente fácil colocarla a medianoche, de manera que la época
correspondiera a una de las divisiones principales del día, en lugar de
colocarla en un momento fijado por la fracción de un día.
2º
Los indos aseguran que en el primer momento del Kali Yuga hubo una conjunción
de todos los planetas, y sus tablas muestran esta conjunción, mientras que las
nuestras indican que realmente pudo haber tenido lugar. Júpiter y Mercurio se
hallaban exactamente en el mismo grado de la eclíptica; estando Marte 8º, y
Saturno 17º distante de ella. De aquí se deduce que en este tiempo, o unos
quince días después del comienzo del Kali Yuga, y a medida que el sol avanzaba
en el Zodíaco, los indos vieron surgir cuatro planetas sucesivamente de los
rayos solares: primero Saturno, luego Marte, después Júpiter y Mercurio,
apareciendo estos planetas unidos en un espacio un tanto reducido. Aun cuando
Venus no se hallaba entre ellos, la afición a lo maravilloso hizo que se
llamase a esto una conjunción general de todos los planetas. El testimonio de
los brahmanes coincide aquí con el de nuestras tablas; y esta evidencia,
resultado de una tradición, debe de estar fundada sobre la observación real.
3º
Podemos observar que este fenómeno fue visible unos quince días después de la
época, y exactamente en el momento en que debió de observarse el eclipse de
luna que sirvió para fijarla. Las dos observaciones se confirman mutuamente; y
quienquiera que hizo la una debió también haber hecho la otra.
4º
También podemos creer que los indos determinaron al mismo tiempo el lugar del
nodo de la luna; esto parece indicado por sus cálculos. Dan ellos la longitud
de este punto de la órbita lunar para el tiempo de su época, y a esto añaden
como una constante 40 m., que es el movimiento del nodo en 12 d. 14 h. Es como
si declarasen que esta determinación había sido hecha trece días después de su
época, y que para hacerla corresponder a esa época tenemos que añadir los 40 m.
que el nodo ha retrocedido en el intervalo. Esta observación es, por lo tanto,
de la misma fecha que la del eclipse lunar; dando así tres observaciones que se
confirman mutuamente.
5º
Según la descripción del Zodíaco indo, dada por M. C. Gentil, parece que en él
los sitios de las estrellas llamadas el Ojo de Tauro y la Espiga de Virgo
pueden determinarse por el principio del Kali Yuga. Ahora bien; comparando
estos sitios con las posiciones actuales, reducidas por nuestra precesión de
los equinoccios al momento en cuestión, vemos que el punto de origen del
Zodíaco indo debe de hallarse entre el quinto y sexto grado del Acuario. Por
tanto, los brahmanes tenían razón al situarlo en el sexto grado de aquel signo,
tanto más cuanto que esta pequeña diferencia puede ser debida al movimiento
propio de las estrellas, que es desconocido. De modo que fue también otra
observación lo que guió a los indos en esta determinación sumamente exacta del
primer punto de su movible Zodíaco.
No
parece posible dudar de la existencia en la antigüedad de observaciones de esta
fecha. Los persas dicen que cuatro hermosísimas estrellas fueron situadas como
guardianes en las cuatro esquinas del mundo. Ahora bien; parece que al
principio del Kali Yuga, 3000 ó 3100 años antes de nuestra Era, el Ojo del Toro
y el Corazón del Escorpión se hallaban exactamente en los puntos equinocciales,
mientras que el Corazón del León y el Pez del Sur se hallaban muy cercanos a
los puntos solsticiales. También pertenece al año 3000, antes de nuestra Era,
la observación de la salida de las Pléyades por la tarde, siete días antes del
equinoccio otoñal. Ésta y otras y observaciones semejantes se hallan reunidas
en los calendarios de Ptolomeo, aun cuando no menciona sus autores; y estos,
que son más antiguos que los de los caldeos, pueden ser muy bien la obra de los
indos. Conocen ellos bien la constelación de las Pléyades, y mientras nosotros
la llamamos vulgarmente “Poussinière”, ellos la llaman Pillâlukodi -la “Gallina
y los pollos”-. Este nombre ha pasado, por tanto, de un pueblo a otro, y llega
a nosotros de las naciones más antiguas del Asia. Vemos que los indos tienen
que haber observado la salida de las Pléyades, y que han hecho uso de ella para
regular sus años y sus meses; pues esta constelación es llamada también
Krittikâ. Ahora bien; tienen ellos un mes del mismo nombre, y esta coincidencia
sólo puede ser debida al hecho de que este mes fue anunciado por la salida o la
puesta de la constelación referida.
Pero
lo que demuestra de un modo más decisivo que los indos observaban las
estrellas, y lo mismo que nosotros lo hacemos, señalando su posición por su
longitud, es el hecho mencionado por Augustinus Riccius, que, según las
observaciones que se atribuyen a Hermes, hechas 1.985 años antes de Ptolomeo,
la estrella brillante de la Lira y la del Corazón de la Hidra estaban las dos 7
grados más adelante de sus posiciones respectivas determinadas por Ptolomeo.
Esta determinación parece muy extraordinaria. Las estrellas avanzan
regularmente con respecto al equinoccio, y Ptolomeo debió de haber encontrado
las longitudes 28 grados en exceso de lo que eran 1.985 años antes de su
tiempo. Por otra parte, hay una particularidad notable acerca de este hecho, y
es que el mismo error o diferencia se encuentran en la posición de ambas
estrellas; por tanto, el error fue debido a alguna causa que afectaba a ambas
estrellas igualmente. Para explicar esta peculiaridad el árabe Thebith imaginó
que las estrellas tenían un movimiento oscilatorio que las hacía avanzar y
retroceder alternativamente. Esta hipótesis se probó fácilmente que era
errónea, pero las observaciones atribuidas a Hermes quedaron sin explicación.
Sin embargo, su explicación se encuentra en la Astronomía inda. En
la fecha señalada para estas observaciones, 1.985 años antes de Ptolomeo, el
primer punto del Zodíaco indo estaba 35 grados delante del equinoccio; por
tanto, las longitudes computadas para este punto se hallan con 35 grados de exceso
de las computadas para el equinoccio. Pero después del transcurso de 1.985
años, las estrellas habrían avanzado 28 grados, y sólo quedaría una diferencia
de 7 grados entre las longitudes de Hermes y las de Ptolomeo; y la diferencia
sería la misma para las dos estrellas, puesto que es debido a la diferencia
entre los puntos de partida del Zodíaco indo y el de Ptolomeo, que cuenta desde
el equinoccio. Esta explicación es tan sencilla y natural, que debe de ser
verdad.
No
sabemos si Hermes, tan celebrado en la antigüedad, era un indo; pero vemos que
las observaciones que se le atribuyen están computadas al modo indo, de lo que
deducimos que fueron hechas por los indos, quienes, por consiguiente, pudieron
hacer todas las observaciones que hemos enumerado y que encontramos anotadas en
sus tablas.
6º
La observación del año 3102, que parece fijar su época, no era difícil. Vemos
que los indos, después de determinar el movimiento diario de la luna de 13º 10’
35’’ , lo emplearon para dividir el Zodíaco en 27 constelaciones, relacionadas
al período de la Luna, que invierte sobre veintisiete días en recorrerlo.
Con
este método determinaron las posiciones de las estrellas en este Zodíaco; así
encontraron que cierta estrella de la Lira estaba en 8 s. 24º; el Corazón de la
Hidra en 4 s. 7º; longitudes que son atribuidas a Hermes, pero que están
calculadas en el Zodíaco indo. Del mismo modo descubrieron que la Espiga de
Virgo forma el principio de su decimaquinta constelación, y el Ojo del Tauro el
fin de la cuarta; estando estas estrellas, la una en 6 s. 6º 40’; la otra en 1
s. 23º 20’ del Zodíaco indo. Siendo esto así, el eclipse de luna que tuvo lugar
quince días después de la época del Kali Yuga ocurrió en un punto entre la
espiga de Virgo y la estrella de la misma constelación. Estas estrellas son
casi una constelación aparte, principiando una la decimaquinta, y la otra la
decimasexta. De este modo no sería difícil de determinar el lugar de la luna,
midiendo su distancia de una de estas estrellas; de esto dedujeron la posición
del sol, que es opuesta a la luna; y luego, conociendo sus movimientos medios,
calcularon que la luna se hallaba en el primer punto del Zodíaco con arreglo a
su longitud media a las doce de la noche del 17-18 de febrero del año 3102
antes de nuestra Era, y que el sol ocupaba el mismo sitio seis horas más tarde
con arreglo a su verdadera longitud; suceso que fija el comienzo del año indo.
7º
Los indos declaran que 20.400 años antes de la edad del Kali Yuga, el primer
punto de su Zodíaco coincidía con el equinoccio vernal, y que el sol y la luna
se hallaban allí en conjunción. Esta época es claramente ficticia (33), pero
podemos preguntar, ¿de qué punto, de qué época partieron los indos para
establecerlo? Tomando los valores indos para la revolución del Sol y de la
Luna, esto es, 365 d. 6 h. 12 m. 30 s. y 27 d. 7 h. 43 m. 13 s., tenemos:
20.400 revoluciones
del sol = 7.451.277 d 2 h.
272.724 “ de
la luna = 7.451.277 d 7 h.
Tal
es el resultado obtenido partiendo de la época del Kali Yuga; y el aserto de
los indos, de que hubo una conjunción en el tiempo mencionado, está fundado en
sus tablas; pero, si usando los mismos elementos, partimos de la Era del año
1491, o de otra colocada en 1282, de la cual hablaremos más adelante, siempre
habrá una diferencia de casi uno o dos días. Es justo y natural a la vez que al
comprobar los cálculos indos se tomen aquellos de sus elementos que dan el
mismo resultado a que ellos han llegado, y que partamos de aquella de entre sus
épocas que nos permite llegar a la época ficticia en cuestión. Por
consiguiente, puesto que para hacer este cálculo tienen que haber partido de su
época real, la que estaba fundada en la observación, y no de ninguna de
aquellas derivadas de la primera por este mismo cálculo, se deduce de esto que
su época real fue la del año 3102 antes de nuestra Era.
8º
Los brahmanes de Tirvalur dan el movimiento de la luna como 7 s. 2º 0’ 7’’ en
el Zodíaco movible; y como 9 s. 7º 45’ 1’’ refiriéndolo al equinoccio en un
gran período de 1.600.984 días o 4.386 años y 94 días. Creemos que este
movimiento fue determinado por la observación; y debemos declarar, desde luego,
que este período es de una extensión que lo hace poco a propósito para el
cálculo de los movimientos medios.
En
sus cálculos astronómicos, los indos hacen uso de períodos de 248, 3.031 y
12.372 días; pero aparte del hecho de que estos períodos, aunque demasiado
cortos, no presentan los inconvenientes de los primeros, contienen un número
exacto de revoluciones de la luna, referidas a su apogeo. Son en realidad
movimientos medios. El gran período de 1.600.984 días no es una suma de
revoluciones acumuladas; no hay razón para que contenga
1.600.984, más bien que 1.600.985 días. Parece que sólo la observación debe de
haber fijado el número de días y marcado el principio y fin del período. Este
período termina el 21 de mayo de 1282 de nuestra Era, a las 5 h. 15 m. 30 s. de
Benarés. La luna estaba entonces en su apogeo, y según los indos su longitud
era
.............................................
7 s 13º 45’ 1’’
Maier
da la longitud como ....
7 13 53 48
Y
coloca el apogeo en .........
7 14 6 54
La
determinación del sitio de la luna por los brahmanes sólo difiere de este modo
nueve minutos de la nuestra, y la del apogeo veintidós minutos; y es muy
evidente que sólo hubieran podido obtener este acuerdo con nuestras mejores
tablas, y esta exactitud en las posiciones celestes, por la observación. Si,
pues, la observación fijó el fin de este período, todo hace creer que también
él determinó su principio. Pero entonces este movimiento, determinado
directamente, y tomado de la Naturaleza, tendría por necesidad que estar muy de
acuerdo con los verdaderos movimientos de los cuerpos celestes.
Y
en efecto, el movimiento indo durante este largo período de 4.883 años no
difiere ni un minuto del de Cassini, y se halla igualmente de acuerdo con el de
Maier. De modo que dos pueblos, los indos y los europeos, colocados en las dos
extremidades del mundo, y quizás igualmente alejados por sus instituciones, han
obtenido precisamente los mismos resultados respecto de los movimientos de la
luna, acuerdo que sería inconcebible si no estuviera fundado en la observación
e imitación mutua de la Naturaleza. Debemos observar que las cuatro tablas de
los indos son todas copias de la misma Astronomía. No puede negarse que las
tablas siamesas existían en 1687, cuando las trajo de la India M. de la
Loubère. En aquel tiempo no existían las tablas de Cassini y de Maier, de
suerte que los indos poseían ya el movimiento exacto contenido en estas tablas,
mientras que nosotros no habíamos todavía alcanzado su posesión (34). Hay,
pues, que admitir que la exactitud de este movimiento indo es el punto de
observación. Es él exacto en todo este período de 4.383 años, porque fue tomado
del firmamento mismo; y si la observación determinó su terminación, también
fijó entonces su principio. Es el período mayor que ha sido observado, y cuyo
recuerdo se conserva en los anales de la Astronomía. Tiene su origen en la
época del año 3.102 antes de Cristo, y es una prueba demostrativa de la
realidad de esta época (35).
Citamos
tan extensamente a Bailly por ser uno de los pocos hombres científicos que han
tratado de hacer completa justicia a la astronomía de los arios. Desde John
Bentley hasta el Sûrya-Siddhânta de Burgess, no ha habido un
astrónomo que haya sido justo para con el pueblo más sabio de la antigüedad.
Por desnaturalizada y mal interpretada que sea la simbología inda, no hay un
ocultista que deje de hacerle justicia si sabe algo de las ciencias secretas;
ni rechazará su interpretación metafísica y mística del Zodíaco, aun cuando
todas las Pléyades de las Sociedades Astronómicas Reales se levanten en armas
contra su interpretación matemática del mismo. El descenso y reascenso de la
Mónada o Alma no puede ser separado de los signos Zodiacales, y parece más
natural, en el sentido de la idoneidad de las cosas, creer en una misteriosa
simpatía entre el Alma metafísica y las brillantes constelaciones, y en la
influencia de éstas sobre aquéllas, que en la noción absurda de que los
creadores de Cielo y de la Tierra han colocado en los Cielos los tipos de doce
judíos viciosos. Y si, como afirma el autor de The Gnostics
and their Remains, el objeto de todas las escuelas gnósticas y de las
platónicas posteriores,
era
acomodar la antigua fe a la influencia de la teosofía buddhista, cuya esencia
misma era que los innumerables dioses de la mitología inda no eran más que
nombres de las Energías de la Primera Tríada, en sus sucesivos Avatâras o
manifestaciones para el hombre,
¿dónde podemos dirigirnos
mejor para investigar estas ideas teosóficas en su raíz misma, que a la antigua
sabiduría inda? Lo repetimos: el Ocultismo arcaico permanecería incomprensible
para todos si se tratase de interpretar de otro modo que por los conductos más
familiares del Buddhismo y del Indoísmo. Porque el primero es la emanación del
último; y ambos son hijos de una madre: la antigua Sabiduría Lemuro Atlante.
SECCIÓN XVII
RESUMEN DE LA SITUACIÓN
Hemos
presentado al lector los dos aspectos de la cuestión, y a él le toca resolver
si su resumen resulta o no a nuestro favor. Si en la Naturaleza existiera lo
que llaman un vacío, debe éste encontrarse, según la ley física, en las mentes
de los desamparados admiradores de las “lumbreras” de la Ciencia, que se pasan
el tiempo destruyendo mutuamente sus enseñanzas. Si alguna vez ha tenido
aplicación la teoría de que “dos luces producen oscuridad” es en este caso,
donde una mitad de las “lumbreras” impone sus fuerzas y “modos de movimiento” a
la creencia de los fieles, y la otra mitad se opone hasta a la existencia de
los mismos. “Éter, Materia, Energía” -trinidad sagrada hipostática, los tres
principios del Dios verdaderamente desconocido de la Ciencia,
llamado por ellos la NATURALEZA FÍSICA.
La
Teología es puesta a prueba y ridiculizada por creer en la unión de tres
personas en un Dios superior -un Dios como substancia, tres personas como
individualidad-; y de nosotros se ríen por nuestra creencia en doctrinas no
probadas e improbables, en Ángeles y Demonios, Dioses y Espíritus. Y, en
efecto, lo que hizo que los hombres de ciencia triunfasen de la teología en el
gran “Conflicto entre la Religión y la Ciencia” fue precisamente el argumento
de que ni la identidad de esa substancia, ni la triple personalidad proclamada
-después de haber sido concebida, inventada y elaborada en las profundidades de
la ciencia teológica- podía probarse que existiesen por ningún método
científico inductivo de razonamiento, y mucho menos por la evidencia de
nuestros sentidos. La Religión tiene que perecer, se dice, porque enseña
“misterios”. “El misterio es la negación del sentido común”, y la Ciencia lo
rechaza. Según Mr. Tyndall, la metafísica es una “ficción” lo mismo que la
poesía. El hombre de ciencia “no se fía de nada”, rechaza todo “lo que no se
prueba”, mientras que el teólogo acepta “todo en la fe ciega”. El teósofo y el
ocultista, que de nada se fían, ni siquiera de la Ciencia exacta;
el espiritista que niega los dogmas, pero que cree en espíritus y en influencias
invisibles, pero potentes, todos participan en el mismo desprecio. Está
bien, Pues, y ahora lo que tenemos que hacer es examinar por última vez si la
Ciencia exacta no obra precisamente del mismo modo que lo
hacen la Teosofía, el Espiritismo y la Teología.
En
un libro de Mr. S. Laing, considerado como obra maestra en ciencia, Modern
Science and Modern Thought, cuyo autor, según la revista laudatoria
del Times, “exhibe con gran poder y efecto los inmensos
descubrimientos de la Ciencia y sus grandes victorias sobre las opiniones
antiguas, cuando quiera que tienen la temeridad de oponerse a sus
conclusiones”, leemos lo siguiente:
¿De
qué está compuesto el universo material? De Éter, Materia y Energía.
Nos
detenemos para preguntar, ¿qué es Éter? Y Mr. Laing contesta en nombre de la
Ciencia:
El
Éter no lo conocemos realmente por experimento alguno en que los sentidos
puedan entender, pero es una especie de substancia matemática que nos vemos
precisados a suponer para poder explicar los fenómenos de la luz y del calor
(1).
¿Y
qué es la Materia? ¿Sabéis algo más de ella que lo que sabéis acerca del agente
“hipotético”, Éter?
En
estricta exactitud, es verdad que las investigaciones químicas nada pueden
decirnos directamente sobre la composición de la materia viva y... es también
igualmente verdad que nada sabemos acerca de la composición de ningún cuerpo
(material), cualquiera que sea (2).
¿Y
la Energía? ¿Seguramente que podréis definir la tercera persona de la Trinidad
de nuestro Universo Material? La contestación podemos encontrarla en cualquier
libro de física.
La
Energía es aquello que sólo nos es conocido por sus efectos.
Sírvase
explicarlo, porque esto es un poco confuso.
(En
mecánica hay la energía actual y la potencial: el trabajo que se ejecuta y la
capacidad para ejecutarlo. En cuanto a la naturaleza de la Energía molecular o
las Fuerzas), los fenómenos varios que los cuerpos presentan muestran que sus
moléculas están bajo la influencia de dos fuerzas contrarias: una que tiende a
unirlas y la otra a separarlas...; la primera fuerza... es llamada atracción
molecular... la segunda es debida a la vis viva, o fuerza
moviente (3).
Precisamente:
lo que necesitamos saber es la naturaleza de esta fuerza moviente,
de esta vis viva. ¿Qué es?
“¡NO
LO SABEMOS!” -es la contestación invariable-. “Es una sombra vacía de mi
imaginación” -explica Mr. Huxley en su Physical Basis of Life.
De
modo que todo el edificio de la Ciencia Moderna está construido sobre una
especie de “abstracción matemática”, sobre una “Substancia proteica que elude
los sentidos” (Dubois Reymond), y sobre efectos, el fuego
fatuo, opaco e ilusorio de un algo completamente desconocido
para la Ciencia y fuera de su alcance. ¡Átomos “que se mueven por sí
mismos”! ¡Soles, Planetas y Estrellas con movimiento propio!
¿Pero quiénes, pues, o qué son todos ellos, si están dotados
de movimiento suyo propio? ¿Por qué, pues, vosotros los físicos os habéis de
reír y burlaros de nuestro “Arqueo de movimiento propio”? El misterio es
rechazado y despreciado por la Ciencia, y como dijo con mucha verdad el Padre
Félix:
Ella
no puede escapar de él. El misterio es la fatalidad de la Ciencia.
El
lenguaje del predicador francés es el nuestro, y lo hemos citado en Isis
sin Velo.
¿Quién
de vosotros -pregunta- hombres de ciencia ha podido penetrar el secreto de la
formación de un cuerpo, la generación de un solo átomo? ¿Qué es lo que hay, no
diré en el centro de un sol, sino en el centro de un átomo? ¿Quién ha sondeado
las profundidades del abismo de un grano de arena? El grano de arena, señores,
ha sido estudiado durante miles de años por la Ciencia; le ha dado vueltas y
vueltas; lo divide y subdivide; lo atormenta con sus experimentos; lo cansa con
sus preguntas, para arrancarle la última palabra acerca de su constitución
secreta; le pregunta con curiosidad insaciable: “¿Debo dividirte hasta el
infinito?” Luego, suspendida sobre este abismo, la Ciencia vacila, tropieza, se
siente deslumbrada, se aturde, y en la desesperación exclama: “No sé”.
Pero
si sois tan fatalmente ignorantes de la génesis y la naturaleza oculta de un
grano de arena, ¿cómo podéis conocer intuitivamente la generación de un solo
ser vivo? ¿De dónde le viene la vida a este ser? ¿Dónde comienza?
¿Cuál es el principio de vida? (4).
¿Niegan
los hombres de ciencia estos cargos? De ningún modo: pues he aquí una confesión
de Tyndall que muestra cuán impotente es la Ciencia, hasta en el mundo de la
Materia.
La
primera combinación de los átomos, de la cual depende toda acción subsiguiente,
elude un poder más penetrante que el del microscopio... Por puro exceso de
complejidad y mucho antes de que la observación pueda tener voto en la materia,
la inteligencia más superior, la imaginación más refinada y disciplinada, se
retira confundida ante la contemplación del problema. Un asombro, que ningún
microscopio puede hacer cesar, nos deja mudos; dudando no solamente del poder
de nuestros instrumentos, sino hasta de si nosotros mismos poseemos los
elementos intelectuales que nos permitan abordar las últimas energías
constructoras de la Naturaleza.
Cuán
poco, en efecto, se conoce el Universo material se ha visto desde hace algunos
años, por confesión propia de estos mismos hombres de ciencia. Y actualmente
hay algunos materialistas que concluirían hasta con el Éter -o sea como fuere
que la Ciencia denomine a la Substancia infinita, cuyo nóumeno llaman los
buddhistas Svabhâvat-, así como con los átomos, demasiado peligrosos, tanto a
causa de sus antiguas asociaciones filosóficas como de las actuales cristianas
y teológicas. Desde los primeros filósofos, cuyos anales pasaron a la
posteridad, hasta nuestra edad presente -la cual, si bien niega a los Seres
Invisibles del Espacio, no puede ser nunca tan loca que niegue un Plenum
cualquiera-, la Plenitud del Universo ha sido una creencia aceptada. Y lo que
se decía contener, puede saberse por Hermes Trismegisto (según la hábil
interpretación de la Dra. Anna Kingsford), quien dice:
Respecto
del vacío... mi opinión es que no existe, que nunca ha existido y que nunca
existirá; pues todas las diferentes partes del Universo están
llenas, así como la tierra está también completa y llena de cuerpos, que
difieren en cualidad y forma; que tienen sus especies y sus tamaños; uno mayor,
otro más pequeño, otro sólido, otro tenue. Los más grandes... son percibidos
con facilidad; los pequeños... son difíciles de percibir o completamente
invisibles. Sólo sabemos que existen por la sensación, por lo cual muchas
personas niegan que tales entidades sean cuerpos, y los consideran como simples
espacios (5); pero es imposible que haya tales espacios. Pues si verdaderamente
hubiese algo fuera del Universo... tendría entonces que ser un espacio ocupado
por seres inteligentes, análogos a su divinidad (la del Universo)... Hablo de
los genios, pues sostengo que moran con nosotros, y de los héroes que moran
sobre nosotros, entre la tierra y los aires superiores; en donde no existen ni
nubes ni ninguna tempestad (6).
Y
nosotros también lo “sostenemos”. Sólo que, como se ha observado ya,
ningún Iniciado oriental hablaría de esferas “sobre nosotros, entre
la tierra y los aires”, ni aun de las más altas; pues no hay semejante división
o medida en el lenguaje ocultista, ningún arriba ni abajo,
sino un eterno dentro, dentro de otros dos dentros, o los planos de
subjetividad surgiendo gradualmente en el de objetividad terrestre, siendo éste
el último para el hombre, su propio plano. Esta necesaria
explicación puede terminarse aquí expresando con las palabras de Hermes la
creencia sobre este punto particular de todos los místicos del mundo:
Hay
muchos órdenes de Dioses, y en todos hay una parte inteligible. No debe
suponerse que no están al alcance de nuestros sentidos; por el contrario, los
percibimos aún mejor que a los que se llaman visibles... Hay, pues, Dioses
superiores a todas las apariencias; después de estos vienen los Dioses cuyo
principio es espiritual; estos Dioses siendo sensibles, de conformidad con su
doble origen, manifiestan todas las cosas de un modo sensible, cada uno de
ellos iluminando sus obras la una por la otra (7). El Ser supremo del cielo, o
de todo lo que se comprende bajo este nombre, es Zeus; pues por medio del cielo
da Zeus vida a todas las cosas. El Ser supremo del sol es luz, pues por medio
del disco del sol recibimos el beneficio de la luz. Los treinta y seis
horóscopos de las estrellas fijas tienen por ser supremo o príncipe a aquél
cuyo nombre es Pantomorphos, o que tiene todas las formas, porque
da formas divinas a tipos diversos. Los siete planetas o esferas errantes
tienen por Espíritus supremos la Fortuna y el Destino, que mantienen la eterna
estabilidad de las leyes de la Naturaleza a través de la transformación
incesante y de la perpetua agitación. El éter es el instrumento o medio por el
cual todo se produce (8).
Esto
es completamente filosófico y de acuerdo con el espíritu del Esoterismo
Oriental; pues todas las Fuerzas como la Luz, el Calor, la Electricidad, etc.,
son llamadas “Dioses” - esotéricamente.
Debe
de ser en efecto así, puesto que las Enseñanzas Esotéricas eran idénticas en
Egipto y en la India. Y, por lo tanto, la personificación de Fohat,
sintetizando todas las Fuerzas que se manifiestan en la Naturaleza, es un
legítimo resultado. Además, como se mostrará más tarde, las verdaderas Fuerzas
ocultas de la Naturaleza sólo empiezan a ser conocidas ahora, y aun así por la
Ciencia heterodoxa, no por lo ortodoxa (9), aun cuando su existencia, en un
caso por lo menos, esté corroborada y atestiguada por un inmenso número de
gente ilustrada, y hasta por algunos hombres de ciencia oficiales.
La
declaración, sin embargo, que se hace en la Estancia VI -de que Fohat pone en
movimiento los Gérmenes primordiales del Mundo, o la agregación de los Átomos
Cósmicos y la Materia, “unos en un sentido, otros en otro”, en dirección
opuesta -parece bastante ortodoxa y científica. Porque, en todo caso, hay en
apoyo de esta afirmación un hecho por completo reconocido por la Ciencia, y es
el siguiente: Las lluvias meteóricas, periódicas en noviembre y agosto,
pertenecen a un sistema que se mueve en una órbita eclíptica alrededor del Sol.
El afelio de este anillo es de 1.732 millones de millas más allá de la órbita
de Neptuno, su plano se halla inclinado para la órbita de la Tierra en un
ángulo de 64º 3’, y la dirección del enjambre meteórico que se mueve alrededor
de esta órbita es contraria a la de la revolución de la Tierra.
Este
hecho, reconocido tan sólo en 1833, se presenta como el moderno
redescubrimiento de lo que era sabido desde muy antiguo. Fohat da vueltas con
sus dos manos en direcciones contrarias a la “semilla” y a los “coágulos” o
Materia Cósmica; más claro, da vueltas a partículas en condiciones sumamente
atenuadas, y a nebulosas.
Más
allá de los límites del Sistema Solar, hay otros Soles y especialmente el
misterioso Sol Central -la “Mansión de la Deidad Invisible”, como lo han
llamado algunos reverendos-, que determinan el movimiento y la dirección de los
cuerpos. Este movimiento sirve también para diferenciar la Materia homogénea,
alrededor y entre los diferentes cuerpos, en Elementos y Subelementos
desconocidos en nuestra Tierra, pues estos son considerados por la Ciencia
moderna como cuerpos simples claramente individuales, mientras que tan sólo son
meras apariencias temporales que cambian con cada pequeño ciclo dentro del
Manvántara, llamándolos algunas obras esotéricas, “Máscaras Kálpicas”.
Fohat
es en Ocultismo la clave que abre y descifra los símbolos y alegorías
multiformes de la llamada mitología de todas las naciones; demostrando la
filosofía maravillosa y el profundo conocimiento de los misterios de la
Naturaleza que contienen las religiones egipcia y caldea, como igualmente la
aria. Fohat, presentado en su verdadero carácter, prueba cuán profundamente
versadas estaban aquellas naciones prehistóricas en todas las ciencias de la
Naturaleza, llamadas ahora las ramas físicas y químicas de la Filosofía
Natural. En la India, Fohat es el aspecto científico tanto de Vishnu como de
Indra, siendo este último más antiguo e importante en el Rig Veda que
su sectario sucesor; mientras que en Egipto, Fohat era conocido como Tum nacido
de Nut (10), u Osiris en su carácter de Dios primordial, creador del cielo y de
los seres (11). Pues se habla de Tum como del Dios proteico que crea otros
Dioses, y asume la forma que quiere; el “Amo de la Vida que da su vigor a los
Dioses” (12). Es el director de los Dioses, y el que “crea
espíritus y les da forma y vida”; él es “el Viento Norte y el Espíritu del
Occidente”; y finalmente, el “Sol Poniente de Vida” o la fuerza vital eléctrica
que abandona el cuerpo a la muerte; por lo cual el Difunto ruega que Tum le dé
el soplo de su nariz derecha (electricidad positiva) para
poder vivir en su segunda forma. Tanto el jeroglífico como el
texto del capítulo XLII del Libro de los Muertos muestran la
identidad de Tum y Fohat. El primero representa a un hombre de pie con el
jeroglífico de los soplos en sus manos. El segundo dice:
Yo
abro al jefe de An (Heliópolis). Yo soy Tum. Cruzo las aguas derramadas por
Thot-Hapi, el señor del horizonte, y soy el que divide la tierra (Fohat divide
el Espacio y, con sus Hijos, a la tierra en siete zonas)...
Yo
cruzo los cielos; yo soy los dos Leones. Soy Ra, soy Aam, me como a mi heredero
(13)... Me deslizo sobre el suelo del campo de Aanru (14), que me ha dado el
amo de la eternidad sin límites. Soy un germen de la eternidad. Yo soy Tum, a
quien la eternidad ha sido concedida.
Las
palabras mismas usadas por Fohat en el libro XI, y los mismos títulos que se le
dan. En los papiros egipcios se encuentra esparcida, en sentencias aisladas,
toda la Cosmogonía de la Doctrina Secreta, hasta en el Libro de los
Muertos. Encuéntrase allí el número siete tan a menudo y con tanto énfasis
como en el Libro de Dzyan. “La Gran Agua (el Océano o Caos) se dice
que tiene siete codos de profundidad”; - “codos”, por supuesto, significa aquí
divisiones, zonas y principios. Allí, “en la gran Madre, nacen todos los Dioses
y los Siete Grandes”. Tanto Fohat como Tum son llamados los “Grandes de las
Siete Fuerzas Mágicas” que “vencieron a la Serpiente Apap” o la Materia (15).
Ningún
estudiante de Ocultismo, sin embargo, debe ser inducido a creer, a causa de la
fraseología usual empleada en la traducción de las obras herméticas, que los
antiguos egipcios y griegos hablaban ni se referían a cada momento en la
conversación, a manera de frailes, a un Ser Supremo, a Dios, al “Padre Único y
creador de todo”, etc., del modo en que se encuentra en todas las páginas de
tales traducciones. No hay tal cosa, en verdad; y esos textos no son
los textos originales egipcios. Son compilaciones griegas, la más antigua
de las cuales no se remonta más allá del primer período del neoplatonismo.
Ninguna obra hermética escrita por egipcios -como podemos ver por el Libro
de los Muertos- hablaría del Dios único universal de los
sistemas monoteístas; la Causa única Absoluta de todo era tan
innombrable e impronunciable en la mente de los antiguos filósofos de Egipto,
como es por siempre Incognoscible en el concepto de Mr.
Herbert Spencer. En cuanto a los egipcios en general, como observa acertadamente
M. Maspero, sea cuando fuere que
Llegaban
a la noción de la divina Unidad, el Dios Único nunca era simplemente “Dios”. M.
Lepage-Renour observó, muy justamente, que la palabra Noutir, Nouti, “Dios”,
nunca dejó de ser un nombre genérico, para convertirse en personal.
Cada
Dios era para ellos “el Dios único viviente”.
Su
Monoteísmo era puramente geográfico. Si los egipcios de Menfis proclamaban la
unidad de Phtah con exclusión de Ammon, los egipcios de Tebas proclamaban la
unidad de Ammon excluyendo a Phtah (como ahora vemos hacen en la India los
Shaivas y Vaishnavas). Ra, el “Dios Único” en Heliópolis, no es lo
mismo que Osiris, el “Dios Único” en Abidos, y puede rendírsele
culto al lado de éste, sin ser absorbido por él. El Dios único no es sino el
Dios del nombre de la ciudad, Noutir Nouti, y no escluye la existencia del Dios
único de la ciudad o distrito vecino. En una palabra, dondequiera que se hable
de Monoteísmo egipcio, debe hablarse de los Dioses Únicos de Egipto y no del
Dios Único (16).
Por
ese rasgo preeminentemente egipcio, es como debe comprobarse la autenticidad de
los llamados Libros Herméticos; y él se halla por completo ausente
en los fragmentos griegos conocidos por tal nombre. Esto prueba que en la
edición de esas obras no tomó pequeña parte una mano neoplatónica griega, o
quizás cristiana. Por supuesto, la filosofía fundamental se encuentra en ellas,
y en muchos sitios intacta. Pero el estilo ha sido alterado y arreglado en un
sentido monoteísta, tanto, si no más, como el Génesis de los
hebreos en sus traducciones griegas y latinas. Puede que sean
obras herméticas, pero no obras escritas por ninguno de los dos
Hermes, o más bien por Thot Hermes, la Inteligencia directora
del Universo (17), o por Thot, su encarnación terrestre llamada
Trismegisto, de la piedra de Rosetta.
Pero
todo son dudas, negaciones, apostasías e indiferencia brutal en nuestra edad de
cien “ismos” y ninguna religión. Todos los ídolos son rotos menos el Becerro de
Oro.
Desgraciadamente,
ninguna nación ni naciones pueden escapar a su destino kármico, así como
tampoco las unidades ni los individuos. La Historia misma es tratada por los
llamados historiadores con tan poco escrúpulo como la tradición legendaria. Por
esta causa, Agustín Thierry ha hecho, amende honorable, si ha de
creerse a sus biógrafos. Deploraba él el principio erróneo que hacía se
extraviasen todos los llamados historiadores, y que cada cual
presumiese corregir la tradición, “esa vox populi que de diez
veces nueve es vox Dei”; y finalmente admitía que sólo en
la leyenda reposa la verdadera historia; pues añade:
La
leyenda es tradición viviente, y de cuatro veces tres encierra más verdad que
lo que llamamos Historia (18).
Mientras
los materialistas niegan todo en el Universo, excepto la Materia, los
arqueólogos tratan de empequeñecer a la antigüedad y de destruir todas las
afirmaciones de la Antigua Sabiduría, corrompiendo la Cronología. Nuestros
presentes escritores orientalistas e historiadores son para la Historia Antigua
lo que las hormigas blancas para los edificios en la India. Los arqueólogos
modernos -las “autoridades” del futuro en lo referente a la Historia
Universal-, más peligrosos aún que aquellos termitas, preparan a la historia de
las naciones pasadas el mismo destino que sufren cierto edificios en los países
tropicales. Según dice Michelet:
La
Historia se derrumbará y se pulverizará en el seno del siglo XX, devorada hasta
sus cimientos por sus analistas.
Muy
pronto, en verdad, bajo sus esfuerzos combinados, participará del destino de
esas ciudades arruinadas de ambas Américas, que yacen profundamente enterradas
bajo bosques vírgenes intransitables. Los hechos históricos permanecerán
ocultos a la vista por las selvas inextricables de las hipótesis, negaciones y
escepticismos modernos. Pero, afortunadamente, la Historia real se
repite; puesto que procede, como todo, por ciclos, y los sucesos
deliberadamente ahogados en el mar del escepticismo moderno ascenderán y
aparecerán de nuevo en la superficie.
En
los volúmenes III y IV, el hecho mismo de que una obra con pretensiones de
filosófica, que a la vez es una exposición de los problemas más abstrusos,
tenga que principiar trazando la evolución de la Humanidad desde los que son
considerados como seres sobrenaturales -Espíritus-, producirá las críticas más
violentas. Los creyentes y defensores de la Doctrina Secreta tendrán, sin
embargo, que soportar la acusación de locos y aun peor tan
filosóficamente como lo ha hecho ya la escritora por largos años. En cualquier
caso en que un teósofo sea tachado de loco, debe contestar citando las Lettres
Persanes de Montesquieu:
Los
hombres, al franquear tan libremente sus manicomios a los supuestos locos, sólo
tratan de darse mutuamente la seguridad de que ellos mismos no lo están.
NOTAS
PARTE II
LA EVOLUCIÓN DEL SIMBOLISMO
SECCIÓN I
SIMBOLISMO E IDEOGRAFÍA
1. En lo que se refiere a la “Revelación Divina”,
estamos de acuerdo. Pero no así con respecto a la “historia humana”. Pues
existe “historia” en la mayor parte de las alegorías y “mitos” de la India; y
bajo ellos se hallan ocultos sucesos verdaderamente reales.
2. Cuando desaparezcan las “falsas teologías”,
entonces se encontrarán las verdaderas realidades prehistóricas, contenidas
especialmente en la mitología de los arios y antiguos indos, y aun en la de los
helenos prehoméricos.
3. Véase Sección IX, La Luna; Deus Lunus, Phoebe.
4. De un manuscrito.
SECCIÓN II
EL LENGUAJE DEL MISTERIO Y SUS CLAVES
1) Guide au Musée de Boulaq, págs. 148-149.
2) Según hemos dicho en Isis sin Velo (vol.
II, págs. 438-439): “Hasta el presente, a pesar de todas las controversias y
las investigaciones, la Historia y la Ciencia permanecen en la misma oscuridad
de siempre, respecto del origen de los judíos. Pueden ser lo mismo los
chandâlas desterrados de la antigua India, los “albañiles” mencionados por
Veda-Vyâsa y Manu, que los fenicios de Herodoto, los hyksos de Josefo, los
descendientes de los pastores palis, o bien una mezcla de todos estos. La Biblia menciona
a los tirios como de la misma raza, y reivindica su predominio sobre los
mismos... Sin embargo, sea cual fuese su origen, se convirtieron, no mucho
tiempo después de Moisés, en un pueblo híbrido; pues la Biblia los
muestra cruzándose libremente no sólo con los Cananeos, sino también con todas
las naciones y razas con que se ponían en contacto”.
3) Knowledge, vol. I; véanse también las cartas de Petrie
a The Academy, diciembre, 17, 1881.
4) The Origin and Significance of theGreat Pyramid, pág. 9.
5) Ob. Cit., I, 519.
6) The Origin and Significance of the Great Pyramid, pág. 93.
7) VII, 13 y siguientes.
8) Pág. 224.
9) Vol. I, part. I, 46.
10) X, 10.
11) Véase Isis
Unveiled, II, 442-443.
12) Éxodo, II, 21.
13) George Smith, Chaldean Accont of Genesis, págs. 299-300.
14) II, 3.
15) Para recordar cómo la religión esotérica de Moisés
fue destruida varias veces y el culto de Jehovah, según lo restableció David,
puesto en su lugar, por Ezequías, por ejemplo, léanse las páginas del volumen
II de Isis sin Velo. Seguramente debieron de existir muy buenas
razones para que los saduceos, que suministraron casi todos los grandes
Sacerdotes de Judea, se atuviesen a las Leyes de Moisés y despreciasen los
pretendidos “Libros de Moisés”; el Pentateuco de la Sinagoga y
el Talmud (¿).
16) Recordad también el Wittoba indo, crucificado en el
espacio; la significación del “signo sagrado”, la Svastika; el Hombre de Platón
puesto en cruz en el espacio, etcétera.
17) Véase más adelante la descripción dada de la
primera Iniciación aria: del Vishvakarman crucificando al Sol, Vikârttana,
desprovisto de sus rayos, en un trono en forma de cruz.
18) Primeval Man Unveiled; or the Anthropology of the Bible, por el autor (desconocido) de The Stars
and the Angels, 1870, pág. 14.
19) Ob. Cit., pág. 195.
20) Especialmente en vista del testimonio mismo que la
autorizada Biblia proporciona en el cap. IV del Génesis (IV,
16 y 17), que muestra a Caín marchando a la tierra de Nod y tomando allí
esposa.
21) Ibíd., pág. 194.
22) Ibíd., pág. 55.
23) Ibíd., págs. 206-207.
SECCIÓN III
LA SUBSTANCIA PRIMORDIAL
Y EL PENSAMIENTO DIVINO
1) Hechos, XVII, 23-24.
2) Taittiriyaka Upanishad. Segundo Valli, Primer Anuvâka.
3) Efesios, VI, 12.
4) Oráculos de Zoroastro, “Effatum”, XVI.
5) Georgica. Libro II, 325.
6) Isis Unveiled.
7) Ob. Cit., I. 5, 13, traducción de Burnell.
8) El vértice ideal del triángulo Pitagórico.
9) Véase la traducción de A. Coke Burnell, editada por
Ed. W. Hopkins, Ph. D.
10) Ahamkâra, como Conciencia Propia universal, tiene un triple aspecto, lo
mismo que Manas. Pues este concepto del “Yo” o Ego es o sattva,
“pura quietud”, o aparece como rajas, “activo”, o bien permanece
como tamas “estancado”, en la oscuridad. Pertenece al cielo y
a la Tierra, y asume las propiedades del Éter.
11) Véase Sânkhya Kârikâ, III, y Comentarios.
12) La palabra “eternidad”, con la que los teólogos
cristianos interpretan el término “por siempre jamás”, no existe en la lengua
hebrea. “Oulam” sólo implica –dice Le Clerc- un tiempo en que ni el principio
ni el fin son conocidos. No significa “duración infinita” y la palabra “para
siempre”, en el Antiguo Testamento, sólo implica “largo tiempo”. Ni
tampoco se usa el término “eternidad”, en el sentido cristiano, en los Purânas.
Pues en el Vishnu Purâna se dice claramente que por eternidad
e inmortalidad sólo se quiere significar “la existencia hasta el fin del Kalka”
(Libro II, cap. VII).
13) La Teogonía de Orfeo es puramente oriental o india
en su espíritu. Las transformaciones sucesivas que ha sufrido, la separan ahora
mucho del espíritu de la antigua Cosmogonía, como puede verse, comparándola
hasta con la Teogonía de Hesiodo. Sin embargo, el verdadero
espíritu indo ario, brota por todas partes, tanto en el sistema de Hesiodo como
en el de Orfeo. (Véase la obra notable de James Darmesteter, “Cosmogonies
Âryennes” en sus Essais Orientaux.) Así pues, el concepto original
griego del caos es el de la Religión de la Sabiduría Secreta. En Hesiodo, por
tanto, el Caos es infinito, sin límites, sin fin y sin principio en la
duración; una abstracción y una presencia visible al mismo tiempo; Espacio
lleno de oscuridad, la cual es la materia primordial en su estado precósmico.
Pues en su sentido etimológico, Caos es Espacio, según Aristóteles y el Espacio
es la Deidad por siempre Invisible e Incognoscible, de nuestra filosofía.
14) El Espíritu manifestado: el Espíritu
Divino, Absoluto, es uno con la Substancia Divina absoluta; Parabrahman y
Mûlaprakriti, son uno en esencia. Por tanto, la Ideación Cósmica y la
Substancia Cósmica, en su carácter primordial, son también una.
15) “Sepher
Yetzirah”, cap. I, Mishna, IX.
16) Ibíd. Abraham se deriva de “Arba”.
17) “Zohar”,
I, 2 a.
18) “Sepher
Yetzirah”, Mishna, IX, 10.
19) Euhemerism (y sus derivados) se ha convertido en el
título reconocido del sistema de interpretación mitológica que niega la
existencia de seres divinos, y reduce los dioses de la antigüedad al nivel de
los hombres. Max
Müller. Sci. Of Lang. (N. Del T.)
20) Contributions to the Theory of Natural Selection.
21) Platón, Timoeus.
22) “Suidas” sub voc. “Tyrrhenia”. Véase Ancient Fragments. De Cory, pág. 309, 2ª edición.
23) El lector comprenderá que por “años” quiere significarse “edades” y no
meros períodos de trece meses lunares.
24) Véase la traducción griega por Filón de Biblos.
25) Cory; ob.
Cit., pág. 3.
26) Isis sin Velo, I.
27) Mithras era considerado entre los persas como el Theos ek Petras:
el Dios de la roca.
28) Bordj se llama a una montaña de fuego, un volcán;
por tanto, contiene fuego, roca, tierra y agua; los elementos masculino, o
activo, y el femenino, o pasivo. El mito es sugestivo.
29) Ob. Cit., I.
30) News Aspects of Life, por Henry Pratt, M. D.
SECCIÓN IV
CHAOS: THEOS: KOSMOS
1) New Aspects of Life, por Henry Pratt, M. D.
2) Siphra Dzenioutha, I, 16.
3) Damascio,
en su teogonía, lo llama Dis, “el que dispone todas las cosas”. Cory: Ancient Fragments, pág. 314.
4) Isis sin Velo, I.
5) “Emigración de Abrahma”, 32.
6) Entre los griegos, los Dioses-Ríos, todos ellos
Hijos del Océano Primitivo –el Caos en su aspecto masculino-, eran los
respectivos antepasados de las razas helénicas. Para ellos, el Océano era el
padre de los Dioses; anticipándose así con esta relación a las teorías de
Tales, como lo ha observado bien Aristóteles (Metaph., I, 3-5).
7) XXXVI, 5.
8) Isis Sin Velo, I.
9) El “Espíritu” o voz oculta de los Mantras; la
manifestación activa de la fuerza latente o potencia oculta.
10) Ortografía del Archaic Dictionary.
11) No aludimos aquí a la Biblia corriente
o aceptada, sino a la verdadera Escritura Judía, explicada
ahora kabalísticamente.
12) Véase Génesis, II, pág. 4.
13) Es “impronunciable” por la sencilla razón de que es
no-existente. Nunca fue un nombre ni palabra alguna,
sino una idea que no podía ser expresada. En su lugar fue
creado un substituto en el siglo que precedió a nuestra Era.
14) El Tabernáculo Cósmico de Moisés, erigido por él en
el Desierto, era cuadrado, representando los Cuatro Puntos
Cardinales y los Cuatro Elementos, según Josefo lo refiere a sus lectores (Antiqu.,
I. VIII, cap. XXII). La idea fue tomada de las pirámides de Egipto y también de
tiro, donde las pirámides se convertían en pilares. Los Genios o Ángeles
tienen, respectivamente, sus mansiones en estos cuatro puntos.
15) Qabhalah de
Isaac Myter, publicada en 1888, pág. 415.
16) Como, por ejemplo, en el Vishnu Purâna,
Lib. I.
17) Plutarco: De Iside et Osiri, LVI.
18) Spirit History of Man, pág. 88.
19) Movers: Phoinizer,
pág. 268.
20) Cory: Ancient
Fragments, pág. 240.
21) Vishnu Purâna, libro I, cap. IV, versión de Fitzedward Hall.
SECCIÓN V
SOBRE LA DEIDAD OCULTA,
SUS SÍMBOLOS Y SIGNOS
1) Del mismo modo que Mûlaprakriti es sólo conocido de
Îshvara, el Logos, como es llamado por Mr. T. Subba Row.
2) Franck, Die Kabbala, 126.
3) Filón, Quoest, et Solut.
4) Franck, Ob. Cit., 153.
5) Los “Siete Ángeles de la Faz” de los cristianos.
6) Philosophumena, VI, 42.
7) The Kabbalah Unveiled, 47.
8) Qabbalah, 233.
9) Página 79.
10) Arnobius, VI, XII.
11) Usamos este término por estar aceptado y sancionado
por el uso, siendo por lo tanto, más comprensible al lector.
12) Véase
Dunlap, Sod: the Mysteries of Adoni, 23.
13) Entre los antiguos judíos, como lo demuestra Le
Clerc, la palabra Oulom sólo significaba un tiempo cuyo principio y fin no era
conocido. El término “Eternidad”, propiamente hablando, no existía en la lengua
hebrea con el significado, por ejemplo, que los vedantinos aplican a
Parabrahman.
14) Zohar, parte I, folio 20 a.
15) En el Panteón indo, el Logos de doble sexo es
Brahmâ, el Creador cuyos siete Hijos, “nacidos de la Mente”, son los Rishis
primitivos, los “Constructores”.
16) Rabbi Simeón dice: “¡Oh, compañeros, compañeros!;
el hombre, como emanación, era a la vez hombre y mujer, tanto por el lado del
“Padre” como por el de la “Madre”. Y éste es el sentido de las palabras: “Y
Elohim dijo: hágase la Luz, y la luz se hizo...; y éste es el hombre
doble” (Auszüge aus dem Sohar, págs. 13-15). La Luz representaba,
pues, en el Génesis, el Rayo Andrógino, o el “Hombre Celeste”.
17) Zohar, III, 290.
18) Ob. Cit., II, 261.
19) IX, I.
20) Chaldean Account of Genesis, 62-63.
21) Los Siete Cisnes que se cree que descienden del
Cielo al Lago Mânsarovara, son, en la fantasía popular, los Siete Rishis de la
Osa Mayor, que toman esta forma para visitar los sitios donde fueron escritos
los Vedas.
22) Véase Petronio Satyricon, CXXXVI.
23) Progress of Religions Ideas, I, 17 y siguientes.
SECCIÓN VI
EL HUEVO DEL MUNDO
1) III, 165.
2) Cap. LIV, 3.
3) Cap. XXII, I.
4) Cap. XLII, 13.
5) Cap. LIV, I, 2; cap. LXXVII, I.
6) Vishnu Purâna, I, 39.
7) Ob. Cit., ibíd.
8) Cap. XVII, 50 y 51.
9) Cap. XLII, 13.
10) Cap. LXXX, 9.
11) En inglés, la palabra cipher significa cifra,
o cero. [J. G. R.]
12) De Vita Pithag.
13) Véase “Our
Figures”, de Max Müller.
14) Esto es, 332 años antes de J. C.
15) Metaphysics, VII, F.
16) El año de su nacimiento se determina como el 608
antes de J. C.
17) Un kabalista se inclinaría más bien a creer que así
como el cifrón árabe fue tomado del sunyan indo,
nada, del mismo modo los Sephiroth kabalísticos judíos (Sephrim), fueron
tomados de la palabra cipher, no en el sentido del vacío, sino en
el de la creación por el número y grados de evolución. Y los Sephirot son 10 o
......
18) Véase Gnostics
and their Remains, 370 (2ª ed.), de King.
19) Euterpe, 7576.
20) De Cultu Egypt.
21) XXI, 5 y siguientes.
22) II Reyes, XVIII, 4.
23) Supra,
págs. 334-335.
24) III, 124.
25) Movers: Phoinizer,
282.
26) Véase Isis sin Velo, I.
27) Weber, Akad-vorles, 213 y siguientes.
28) Los Chinos parecen así haberse anticipado a la
teoría de Sir William Thomson, de que el primer germen de vida había caído en
la tierra de algún cometa pasajero, Pregunta: ¿Por qué ha de llamarse a
esto científico, y a la idea china una teoría supersticiosa y
necia?
29) Véase Phoinizer, pág.
268, de Movers.
30) Sus Diosas triádicas son Sati y Anouki.
31) Ptah era originalmente el dios de la Muerte, de la
Destrucción, lo mismo que Shiva. Es un Dios Solar sólo en virtud del fuego del
Sol, que mata lo mismo que vivifica. Era el Dios nacional de Menfis, el Dios
radiante y de “blanca faz”.
32) Book of Numbers.
33) Wilson, Vishnu
Purâna, I. Pref. LXXXIV-V.
SECCIÓN VII
LOS DÍAS Y NOCHES DE BRAHMÂ
1) Hay un dato curioso en las tradiciones esotéricas
buddhistas. La biografía alegórica exotérica de Gautama Buddha, presenta a este
gran Sabio muriendo de una indigestión de “puerco y arroz”; ¡prosaico fin, en
verdad, y muy poco solemne! Esto se explica como una referencia alegórica a su
nacimiento ocurrido en el Kalpa del Verraco o Varâha, en que Vishnu tomó la
forma de este animal, para sacar la tierra de las “Aguas del Espacio”. Ahora
bien; como los brahmanes descienden directamente de Brahmâ, y están, por
decirlo así, identificados con él; y como al mismo tiempo son los enemigos
mortales de Buddha y del Buddhismo, de aquí esta curiosa alusión y combinación
alegóricas. El Brahmanismo del Kalpa del Varâha o Verraco, ha matado la
religión de Buddha en la India, la ha barrido de su superficie. Por lo tanto,
Buddha, que está identificado con su filosofía, se dice que murió por efecto de
haber comido la carne de un cerdo silvestre. La sola idea de que el que
estableció el vegetarianismo más estricto y el mayor respeto a la vida animal
(hasta el punto de no querer comer huevos por ser vehículos de vida latente),
muriese de una indigestión de carne, se contradice de un modo absurdo, y ha
puesto en confusión a más de un orientalista. Pero la presente explicación, sin
embargo, quita el velo a la alegoría, y hace claro lo demás. Sin embargo, el
Varâha no es simplemente el Verraco, sino que, según parece, significó al
principio algún animal lacustre antediluviano que “se complacía en jugar en el
agua” (Vâyu Purâna).
2) Según el Coronel Wilford, laconclusión de la”Gran
Guerra” tuvo lugar en 1370 antes de J. C. (Asiatic Researches, XI, 116);
según Bentley, en 575 antes de J. C. (¡!). Aún podemos esperar ver antes del
fin de este siglo la epopeya Mahâbhâratan proclamada idéntica a las guerras del
gran Napoleón.
3) Véase Royal Asiat. Soc., IX, 364.
4) Libro VI, cap. III.
5) En la Vedânta y Nyâya, Nimitta, de que proviene
Naimittika, es presentada como la Causa Eficiente, cuando es opuesta a la
Upâdâna, la Causafísica o material. En el Sânkhya, Pradhâna es una causa
inferior a Brahmâ, o más bien Brahmâ, siendo él mismo una causa, es superior a
Pradhâna. De aquí que “Incidental” sea una traducción errónea, debiendo
interpretarse, como lo demuestran algunos eruditos, por Causa “Ideal”; y
todavía hubiera sido mejor Causa Real.
6) XII, IV, 35.
7) Vâyu Purâna.
8) Wilson, Vishnu Purâna, VI, III.
9) El Jefe Kumâra, o el Dios-Virgen, un Dhyân Chohan
que rehusa crear. Un Prototipo de San Miguel, que también se niega a hacer lo
mismo.
10) Véanse las últimas líneas de la Sección “Chaos,
Theos, Kosmos”.
11) Ibíd., IV.
12) Esta perspectiva no sería del gusto de la teología
Cristiana, que prefiere un Infierno eterno y perdurable para sus partidarios.
13) El término “Elementos” debe entenderse aquí como
significando no sólo a los elementos visibles y físicos, sino también lo que
San Pablo llama Elementos –las Potencias Espirituales Inteligentes-, Ángeles y
demonios en sus formas manvantáricas.
14) Cuando esta descripción sea comprendida
correctamente por los orientalistas en su significado esotérico, entonces se
verá que esta correlación cósmica de los Elementos del Mundo puede explicar la
correlación de las fuerzas físicas mejor que las que ahora se conocen. En todo
caso, los teosofistas verán que Prakriti tiene siete formas o
principios, “contados desde Mahat a la Tierra”. Las “Aguas” significan aquí la
“Madre” mística; la Matriz de la Naturaleza Abstracta, en donde es concebido el
Universo Manifestado. Las siete “zonas” se refieren a las Siete Divisiones de
este Universo, o al Nóumeno de las Fuerzas que le dan la existencia. Todo es
alegórico.
15) Vishnu Purâna, lib. VI, cap. IV. Las equivocaciones de Wilson
están corregidas y los términos originales puestos entre corchetes.
16) Como lo que aquí se describe es el Mahâ o Gran
Pralaya, llamado Final, todo es reabsorbido en su Elemento original Uno; “los
mismos Dioses, Brahmâ y todo lo demás”, se dice que mueren y desaparecen
durante esta larga “Noche”.
17) Los “Constructores de las Estancias”.
18) Del Siphra Dzenioutha, cap. I, págs. 16
y siguientes; citado en la Qabbalah de Myer, 232-233.
19) Compárese el Siphra Dzenioutha.
20) Libro I, cap. III.
21) Págs. 219-21.
22) Véase Les Fils de Dieu y L’Inde des Brahmes,
pág. 230, de Jacolliot.
23) Si esto no es profético, ¿qué lo es?
24) Wilson: Vishnu Purâna, lib. IV, cap.
XXIV.
25) El Matsya Purâna, dice Katâpa.
26) Vishnu Purâna, ibíd.
27) Max Müller traduce el nombre por Morya, de la
dinastía Morya, a que pertenecía Chandragupta (véase Hystory of Ancient
Sanskrit Literature). En el Matsya Purâna, cap. CCLXXII, se
habla de la dinastía de diez Moryas o Maureyas. En el mismo capítulo se declara
que los Moryas reinarán un día en la India, después de restaurar la raza
Kshattriya dentro de muchos miles de años. Sólo que aquel reino será puramente
espiritual y “no de este mundo”. Será el reino del próximo Avatâra. El Coronel
Tod cree que el nombre de Morya, o Maurya, es una Corrupción de Mori, una tribu
Rajput; y el comentario sobre el Mahâvanso cree que algunos
príncipes han tomado su nombre Maurya de su ciudad llamada Mori, o como lo
expone el profesor Max Müller, Morya-Nâgara, que es más correcto, según
el Mahâvanso original. La enciclopedia sánscrita Vâchaspattya,
según nos comunica nuestro Hermano Devan Bâdhâdur R. Ragoonath Rao, de Madrás,
sitúa a Katâpa (Kalâpa) al Norte de los Himalayas, y por tanto en el Tibet. Lo
mismo se declara en el Bhâgavata Purâna, Skanda XII.
28) Ibíd., Vol. III, pág. 325. El Vayu Purâna declara que
Moru restablecerá los Kshattriyas en el próximo Yuga diecinueve. (Véase Five Years of Theosophy, 482,
artículo “Los Moryas y Koothoomi”).
SECCIÓN VIII
EL LOTO COMO SÍMBOLO UNIVERSAL
1. Cap. LXXXI.
2. I, II.
3. En los Purânas indos, Vishnu, el
Primer Logos, y Brahmâ, el Segundo o el Creador Ideal y el Práctico, son los
que están respectivamente representados, uno como manifestando el Loto, y el
otro como saliendo del mismo.
4. No los esfuerzos, sin embargo, de las facultades
psíquicas educadas de un Iniciado en la Metafísica oriental y en los Misterios
de la Naturaleza Creadora. El Profano de las edades pasadas es el que ha
degradado el puro ideal de la Creación Cósmica en un emblema de reproducción, y
funciones sexuales meramente humanas. Las Enseñanzas Esotéricas y los Iniciados
del Futuro son los que tienen y tendrán la misión de redimir y ennoblecer una
vez más el concepto primitivo, tan tristemente profanado por teólogos y eclesiásticos.
El culto silencioso de la Naturaleza abstracta o noumenal, la sola
manifestación divina, es la única religión ennoblecedora de la Humanidad.
5. Seguramente, las palabras del antiguo Iniciado en
los Misterios primitivos del Cristianismo: “No sabéis que sois el Templo de
Dios” (I, Corint., III, 16), no podían aplicarse a los hombres en este sentido,
aun cuando innegablemente, el significado era declarado así en las mentes de
los compiladores hebreos del Antiguo Testamento. Y aquí está el
abismo que existe entre el simbolismo del Nuevo Testamento y
el Canon judío. Este abismo hubiera continuado y se hubiera agrandado si el
Cristianismo, y más en particular y notoriamente la Iglesia latina, no hubieran
echado un puente entre ambos. El Papismo moderno lo ha acortado por completo
por medio de su dogma de las dos inmaculadas concepciones, y el carácter
antropomórfico, e idólatra al mismo tiempo, que ha asignado a la Madre de su
Dios.
6. Fue llevada al extremo sólo por
la Biblia hebrea y por su servil copista, la teología
cristiana.
7. La misma idea se halla desarrollada esotéricamente
en los incidentes del éxodo de Egipto. El Señor Dios tienta a Faraón de un modo
penoso, y lo “atormenta con grandes plagas”, para que el Rey no escape al
castigo, y evitar así todo pretexto para otro triunfo más a su “pueblo
escogido”.
8. Éxodo, II, 10. Y hasta a las siete hijas del sacerdote
Madianita, que vinieron a sacar agua, y a quien Moisés ayudó a
dar agua a su ganado, por cuyo servicio el Madianita da a Moisés su hija
Zipporah, o Sippara, la Onda brillante, por esposa (Éxodo,
II, 16-21). Todo esto tiene el mismo significado secreto.
9. Entre los egipcios era la resurrección del
renacimiento, después de 3000 años de purificación, sea en el Devachán o en los
“Campos de la Dicha”.
10. Semejantes “Dioses ranas” pueden verse en Boulaq,
en el Museo del Cairo. En cuanto a lo manifestado sobre las lámparas de las
iglesias y las inscripciones, es responsable el sabio ex director del Museo de
Boulaq, M. Gastón Maspero. (Véase su Guide au Musée de Boulaq,
página 146).
SECCIÓN IX
LA LUNA; DEUS LUNUS, PHOEBE
1. La Diosa ..... en el santuario de Alcámenes.
2. La Mitología antigua incluye la Astronomía arcaica
lo mismo que la Astrología. Los planetas eran las manecillas que señalaban, en
la esfera de nuestro Sistema Solar, las épocas de ciertos sucesos históricos.
De este modo, era Mercurio el mensajero destinado a marcar el
tiempo durante los fenómenos diarios solares y lunares, estando además
relacionado con el Dios y la Diosa de la Luz.
3. Noción vedantina empequeñecida y caricaturesca de
Parabrahman, que contiene en sí misma todo el
Universo, como siendo el mismo Universo ilimitado, no existiendo nada
fuera de él.
4. Precisamente como lo son hasta hoy en la India; el
toro de Shiva, y la vaca, representa varias Shaktis o Diosas.
5. De aquí el culto de la luna por los hebreos.
6. “Varón y Hembra, los creó”.
7. Porque era demasiado sagrada. En los Vedas se
menciona como: AQUELLO. Es la “Causa Eterna”, y por tanto, no puede
denominársela “Causa Primera”; término que implica, a la vez, la ausencia de
Causa.
8. Pneumatologie: Des Esprits, tomo III, pág. 117, “Archéologie de la Vierge
Mère”.
9. Página 23.
10. Qabbalah de Myer, 335-6.
11. Moreh Nebbuchim, III, XXX.
12. Véase De Diis Syriis, Teraph, II, Synt,
pág. 31.
13. I. I. 21.
14. Véase Pausanias, VIII, 35-8.
15. Cornutus, De Natura Deorum, XXXIV, I.
16. Los Católicos Romanos deben la idea de consagrar el
mes de Mayo a la Virgen, al pagano Plutarco, que muestra que “Mayo está
consagrado a Maia (...) o Vesta” (Aulus Gellius sub voc. Maia),
nuestra madre tierra, nuestra nodriza que nos alimenta, personificada.
17. Thot-Lunus es el Budha-Soma de la India, o Mercurio
y la Luna.
18. Ezequiel, VIII, 16.
19. En la alegoría, la Tierra busca su salvación en la
huida, perseguida por Prithu. Toma la forma de una vaca, y, temblando de
terror, corre y se oculta hasta en lass regiones de Brahmâ. Por lo tanto, no es
nuestra Tierra. Además, en todos los Purânas, el ternero cambia de
nombre. En uno es Manu Svâyambhuva, en otro Indra, en un tercero el mismo
Himavat (Himalaya), mientras que Meru era el que ordeñaba. Esta es una alegoría
más profunda de lo que se pueda creer.
20. Su clara comprensión, es que los
egipcios profetizaron a Jehovah (¡) y a su Redentor encarnado
(la buena serpiente), etc., hasta identificar a Tifón con el perverso dragón
del Edén. ¡Y esto pasa como ciencia seria y sobria!
21. Hathor es la Isis infernal, principalmente la Diosa
de Occidente o el Mundo Inferior.
22. Esto procede de De Mirville, que confiesa con
orgullo la semejanza y él debía saberla. Véase “Archéologie de la
Vierge Mère” en su Des Esprits, págs. 111-113.
23. Magie, pág. 153.
24. De Mirville, Ibíd., págs. 116 y 119.
25. Hymns to Minerva, pág. 19.
26. Sermon sur la Sainte Vierge.
27. Apoc., cap. XII.
28. Wagner y McDowall, Asgard and the Gods,
pág. 86.
SECCIÓN X
EL CULTO DEL ÁRBOL, DE LA SERPIENTE
Y DEL COCODRILO
1. Véase De Vita Apollonii, I, XIV.
2. Adv. Hoeres, XXXVII.
3. Gerald Massey, The Natural Genesis, I,
340.
4. Cap. XV.
5. Cap. XI.
6. De Mundi Opif., Par., págs. 30 y 419.
7. Por la misma razón se enumera de igual modo la
división de los principios del hombre en siete, pues describen el mismo círculo
en la naturaleza superior e inferior human.
8. Así pues, la división septenaria es la más antigua
y precedió a la división cuádruple. Es la raíz de la clasificación arcaica.
9. En el buddhismo y en el Esoterismo chino, los
Genios están representados por cuatro dragones, los Mahârâjahs de las
Estancias.
10. Ob. Cit., II, 312-13.
11. Ibíd., I, pág. 321.
12. Proclus, Timoeus, I.
13. Prep. Evang., I, III, 3.
14. Ob. Cit., págs. 366-68.
SECCIÓN XI
DEMON EST DEUS INVERSUS
1. Job, II.
2. Génesis, VI.
3. Santiago, I, 13.
4. Santiago, I, 2, 12, y Mateo, VI, 13. Véase Cruden, sub. voc.
5. Padma Purâna.
6. Vishnu Purâna, I.I.
7. Vol. III, cap. X.
8. Véase Nabathean Agriculture, de
Chwolsohn, II, 217.
9. Un día de Brahmâ dura 4.320.000.000 de años
–multiplíquese esto por 360! Los Asuras (No-dioses, o demonios) son aquí
todavía Suras. Dioses superiores en jerarquía a esos Dioses secundarios que ni
se nombran siquiera en los Vedas. La duración de la Guerra muestra
su significación, asó como también que los combatientes son sólo Poderes
Cósmicos personificados. Es evidente que la forma ilusoria de Mâvâmoha, tomada
por Vishnu, fue atribuida en arreglos posteriores de antiguos textos, con fines
sectarios y por odium theologicum, a Buddha y a los Daityas, como
en el Vishnu Purâna, a menos que fuese una fantasía del mismo
Wilson. También se figuró encontrar una alusión al buddhismo en el Bhagavad-Gîtâ,
mientras que, según ha probado K. T. Telang, había confundido a los buddhistas
con los antiguos materialistas Chârvâka. La versión no se encuentra en ningún
otro Purâna, si es que la alusión existe, como lo pretende el
profesor Wilson, en el Vishnu Purâna, cuya traducción,
especialmente la del libro III, cap. XVIII, en donde el reverendo orientalista
introduce arbitrariamente a Buddha y lo presenta enseñando el buddhismo a los
Daityas, produjo otra “gran guerra” entre él y el Coronel Vans Kennedy. Este
último le inculpó públicamente de interpretar de un modo falso y de intento los
textos puránicos. “Afirmo” –escribía el Coronel en Bombay en 1840- “que
los Purânas no contienen lo que el profesor Wilson ha afirmado
que se encuentra en ellos...; hasta que no se demuestren semejantes pasajes, me
será permitido repetir mis primeras conclusiones, de que la opinión del
profesor Wilson respecto de que los Purânas, tal como ahora aparecen, son
compilaciones hechas entre los siglos VIII y el XVII (¡después de Cristo!), se
funda tan sólo en suposiciones gratuitas y en asertos infundados, y
que sus razonamientos son fútiles, sofísticos, contradictorios e improbables”.
(Véase Vishnu Purâna, trducción de Wilson, editado por Fitzedward
Hall, vol. V, apéndice).
10. Esta declaración pertenece a la tercera Guerra,
puesto que los continentes terrestres, mares y ríos, se hallan mencionados en
relación ella.
11. Vishnu Purâna, III, XVII (Wilson, vol. III, 204-5).
12. Libro I, cap. XVII (Wilson, vol. II, 36), en la historia de Prahlâda –el Hijo del
Hiranyakashipu, el Satán puránico, el gran enemigo de Vishnu, y el Rey de los
tres Mundos- en cuyo corazón penetró Vishnu.
13. Ibíd., I, IV (Wilson, vol. I, 64).
14. II, Crónicas, II, 5.
15. “Hubo un día en los Hijos de Dios se
presentaron ante el Señor, y en que Satán, con sus hermanos, se
presentó también al Señor” (Job, II, Abyss; texto Etiópico).
16. Ibíd., vol. III, 205-7.
17. Journal of the Royal Asiat. Society, XIX, 302.
18. La opinión de Wilson de que el Vishnu
Purâna es una producción de nuestra Era, y que, en su
forma actual, no es más antiguo que del siglo VIII al XVII (¡!), resulta
absurda a no poder serlo más.
SECCIÓN XII
LA TEOGONÍA DE LOS DIOSES CREADORES
1. Página 3.
2. Ibíd., página 2.
3. Ibíd., página 21.
4. Véase The Monthly Magazine, de abril de
1797.
5. ....... (I. 166); ... considerado en la antigüedad
como significando “fue generado” y no simplemente “fue”.
(Véase la introducción de Taylor al Parménides de Platón,
página 260).
6. Véase el artículo de Tomás Taylor en su Monthly
Magazine, citado en el Platonist de febrero de 1887,
editado por T. M. Johnson, M. S. T. Osceola, Missouri.
7. La confusión entre el “Límite” y el “Infinito” es
lo que fue objeto de los sarcasmos de Kapila en sus discusiones con los Yoguis
brahmanes que pretenden ver al “Ser Superior” en sus visiones místicas.
8. Ibíd.
9. Vit Pythag., pág. 47.
10. Asgard and the Gods, 22.
11. Vâch: la “vaca melodiosa, que produce la
subsistencia y el Agua”, y nos proporciona el “alimento y sustento”, según la
descripción del Rig Veda.
12. The Theosophist, febrero de 1887, págs. 302-3.
13. Ibíd., pág. 304.
14. The Masonic Review de junio, 1886.
15. Objetiva en el mundo de Mâyâ por supuesto; tan
real, sin embargo, como lo somos nosotros.
16. En el curso de la manifestación cósmica, esta
Daiviprakriti, en lugar de ser la Madre del Logos, debiera, estrictamente
hablando, ser llamada su Hija (“Notes on the Bhagavad Gîtâ”,
pág. 305, The Theosophist, febrero de 1887).
17. Los sabios, que, como Stanley Jones entre los
modernos, inventaron un método para hacer que lo incomprensible asuma una forma
tangible, sólo pudieron lograrlo recurriendo a números y figuras geométricas.
18. El Pranava, Om, es un término místico que
pronuncian los Yoguis durante la meditación; entre los términos llamados
Vyâkritis, según los comentadores exotéricos, o sea Aum, Bhuh, Bhuvah, Svah
(Om, Tierra, Firmamento, Cielo), Pranava es, quizás, el más sagrado. Le
pronuncian suprimiendo el aliento. Véase Manu, II, 76-81, y
Mitakshara comentando acerca del Yâjnavâlkya-Smriti, I, 23. Pero la
explicación esotérica va mucho más allá.
19. “Notes on the Bhagavad Gîtâ”, ibíd., pág. 307.
20. Esta Trinidad es la alegorizada por los “Tres Pasos
de Vishnu”; lo que significa, siendo considerado Vishnu como lo Infinito en el
esoterismo, que del Parabrahman partieron Mûlaprakriti, Purusha (el Logos) y
Prakriti; las cuatro formas –con él mismo, la síntesis- de Vâch. Y en la Kabalah Ain
– Soph, Shekinah, Adam Kadmon y Sephira, las cuatro, o las tres, emanaciones
siendo distintas, sin embargo son Una.
21. Book of Numbers, caldeo. En la Kabalah corriente el nombre
de Jehovah reemplaza al de Adam Kadmon.
22. Dice Justino Mártir que debido a su ignorancia de
esas cuatro ciencias fue rechazado por los pitagóricos como candidato a la
admisión en su escuela.
23. Diógenes Laertius, en Vit Pythag.
24. 31415, o ... la síntesis, o la Hueste Unificada en
el Logos, y el Punto, llamado en el Catolicismo Romano el “Ángel de la Faz”, y
en hebreo Miguel ... “que es [igual a, o lo mismo que] como Dios”, la
representación manifestada.
25. Aparecenal principio de los Ciclos, como también de
cada Año Sideral de 25.868 años. Por esto, los Kabiera o Kabarim recibieron su
nombre en Caldea, pues significa las Medidas del Cielo, de Kob,
“medida de”, y de Urim, “Cielos”.
26. The Natural Genesis, II, 316.
27. Véase Edipus AEgyptiacus, II, 423, de
Kircher.
28. Esta palabra egipcia, Naja, recuerda mucho al Nâga
indo, el Dios Serpiente. Brahma, Shiva y Vishnu están coronados y relacionados
con Nâgas, signo de carácter cíclico y cósmico.
29. Comment, on the Yashma, 174.
30. Primer tratado, pág. 59.
31. Dice el traductor de la Kabbalab de
Avicebron acerca de esa “Suma Total”: “La letra de Kether es ... (Yod), de
Binah ... (Heh), juntas YaH, el nombre femenino; la tercera letra, la de
‘Hokhmah, es ... (Vav), formando juntas ... YHV de ... YHVH, el Tetragrammaton,
y en realidad, los símbolos completos de su eficacia. La última ... (Heh) de
este Nombre Inefable, se aplica siempre a los Seis Inferiores y al
último, en junto los Siete Sephiroth restantes” (Qabbalah de
Myer, pág. 263). Así pues, el Tetragrammaton sólo es santo en su síntesis
abstracta. Como Cuaternario conteniendo a los Siete Sephiroth inferiores, es
fálico.
32. Esta afirmación, por supuesto, será tachada de
falsa y absurda, y se reirán sencillamente de ella. Mas si se cree en la
sumersión final de la Atlántida ocurrida hace 850.000 años, según se enseña en
el Buddhismo Esotérico –el primer hundimiento gradual,
habiendo principiado durante el período Eoceno-, tiene que admitirse la
afirmación respecto a la Lemuria, el continente de la Tercera Raza Raíz, casi
destuido primeramente por combustión, y sumergido después. Según enseña el
Comentario: “Habiendo sido la Primera Tierra, purificada por los
Cuarenta y Nueve Fuegos, sus habitantes, nacidos del Fuego y del Agua, no
podían morir...; la Segunda Tierra [con su Raza] desapareció de igual modo que
se desvanece el vapor en el aire... La Tercera Tierra vio consumirse todas las
cosas sobre ella después de la Separación, y se hundió en el Abismo inferior
[el Océano]. Esto tuvo lugar hace dos veces ochenta y dos Años Cíclicos”.
Ahora bien; un Año Cíclico es lo que llamamos un Año Sideral, y está basado en
la Precesión de los Equinoccios. La duración del año sideral es de 25.868 años;
y por lo tanto, el período mencionado en el Comentario es igual en total a
4.242.352 años. En el volumen III se encontrarán más detalles. Entretanto esta
doctrina está encerrada en los “Reyes de Edom”.
33. La misma reserva encuéntrase en el Talmud,
y en todo sistema nacional de religión, bien sea monoteísta o esotéricamente
politeísta. Del admirable poema religioso, debido al kabalista Rabbi Salomón
ben Yehudah Ibn Gebirol, en el “Kether Malchuth”, entresacamos unas cuantas
definiciones dadas en las oraciones de Kippur: “Tú eres Uno, el principio de
todos los números, y la base de todos los edificios; Tú eres Uno, y en el
secreto de Tu unidad piérdense los más sabios de los hombres, porque no la
conocen. Tú eres Uno, y Tu Unidad jamás disminuye, jamás se amplía, y no puede
ser cambiada. Tú eres Uno, mas no como un elemento de numeración;
porque Tu Unidad no admite multiplicación, cambio o forma. Tú eres
existente; pero la comprensión y visión de los mortales no puede alcanzar tu
existencia, ni determinar, respecto a ti, el Dónde, el Cómo y el Porqué. Tú
eres Existente, pero sólo en ti mismo, no habiendo ningún otro que existir
pueda contigo. Tú eres Existente antes de todo tiempo y sin lugar. Tú eres Existente,
y tan profunda y secreta es tu existencia, que nadie puede penetrar y descubrir
tu secreto. Tú Vives, mas no dentro de tiempo alguno que pueda fijarse o
conocerse. Vives, mas no por efecto de un espíritu o un alma, porque Tú
eres Tú mismo, el Alma de Todas las Almas”. Media gran distancia entre esta
Deidad kabalística y el Jehovah bíblico, el Dios despiadado y vengativo de
Abraham, Isaac y Jacob, que tentó al primero y luchó con el último. ¡Ningún
vedantino dejaría de repudiar a un Parabrahman semejante!
34. Edkin, Chinese Buddhism, cap. XX. Y obraron muy sabiamente.
35. Si la rechazó, fue fundándose en lo que él llama
los “cambios”; en otras palabras, los renacimientos del hombre y las constantes
transformaciones. Negaba inmortalidad a la personalidad del hombre, como lo
hacemos nosotros, no al Hombre.
36. Pueden los protestantes reírse; pero los católicos
romanos no tienen derecho de mofarse de él, sin hacerse culpables de blasfemia
y sacrilegio. Porque hace más de 200 años que fue canonizado Confucio como
Santo en China por los católicos romanos, que de este modo han logrado muchas
conversiones entre los confucionistas ignorantes.
37. No son pocos los animales considerados en la Biblia como
sagrados: como por ejemplo el Chivo, el Azaz-el, o Dios de la Victoria. Como
dice Aben Ezra: “Si eres capaz de comprender el misterio de Azazel, aprenderás
el misterio de Su [de Dios] nombre, pues tiene asociados similares en las
Escrituras. Te diré por alusión una parte del misterio; cuando tengas treinta
y tres años de edad me comprenderás”. Así sucede con el misterio de la
Tortuga. Divirtiéndose con la poesía de las metáforas Bíblicas, que asocian el
nombre de Jehovah con “piedras incandescentes”, “animales sagrados”, etcétera,
y citando de la Biblia de Vence (XIX, pág. 318), escribe un
piadoso escritor francés: “Seguramente todos ellos son Elohim, como su
Dios”: pues esos Ángeles “asumen por medio de una santa usurpación el
nombre divino mismo de Jehovah, cada vez que le representan” (De
Mirville, Des Esprits). Nadie ha dudado jamás de que el Nombre debe
haber sido asumido cuando, bajo la apariencia del Infinito, el
Uno Incognoscible, los Malachim o Mensajeros descendían a comer y beber con los
hombres. Pero si los Elohim, y hasta Seres inferiores, que asumen el
nombre de Dios, eran y son aún adorados, ¿por qué ha de llamarse Demonios a los
mismos Elohim, cuando aparecen bajo los nombres de otros Dioses?
38. Mateo, XXIV, 28.
39. Bryant tiene razón al decir: “el bardismo druídico
dice, hablando de Noé, que cuando salió del arca (el nacimiento de un nuevo
ciclo), después de haber permanecido en ella un año y un día, esto es, 364 + 1
= 365 días, fue felicitado por Neptuno por su nacimiento de entre las aguas del
Diluvio, quien le deseó un Feliz Año Nuevo”. El “Año” o ciclo,
esotéricamente, era la nueva raza de hombres, nacidos de mujer,
después de la Separación de los Sexos, que es el secundario significado de la
alegoría; siendo el primario el principio de la Cuarta Ronda, o la nueva Creación.
40. De un manuscrito inédito.
SECCIÓN XIII
LAS SIETE CREACIONES
1. O literalmente: “Un Espíritu Prâdhânika Brahman: Lo
que era”. El “Espíritu Prâdhânika Brahma” es Mûlaprakriti y Parabrahman.
2. Wilson, Vishnu Purâna, I, 73-75.
3. Orígenes, Contra Celsum, VI, cap. XXII.
4. Timoeus.
5. “Y la cuarta creación es aquí la
primaria, pues las cosas inmóviles son conocidas enfáticamente como primarias”,
según la traducción de un comentario por Fitzedward Hall en su edición de la
versión de Wilson.
6. ¿Cómo pueden las “divinidades” haber sido
creadas después de los animales? El significado esotérico de
la expresión “animales es los gérmenes de toda vida animal, incluso
el hombre. El hombre es llamado un animal sacrificatorio, esto es,
el único en la creación animal que sacrifica a los Dioses. Además, por
“animales sagrados” entiéndese a menudo en los textos sagrados los doce signos
del Zodíaco, como ya se ha dicho.
7. Vishnu Purâna, ibíd.
8. Ob. Cit., I, IX.
9. Qabbalah, de Myer, 415-16.
10. Contra Hoeer, I, XVII, I.
11. Ibíd., I, XXX.
12. Superiores tan sólo a los Espíritus, o “Cielos”, de
la Tierra.
13. Ibíd., I, V, 2.
14. Véase Isis sin Velo, tomo III.
15. Véase también Gnostics and their Remains,
de King, pág. 97. Otras sectas consideraban a Jehovah como Ialdabaoth mismo. King le
identifica con Saturno.
16. Leyes de Manu, I, 33.
17. Irenoeus, ob. Cit., I, XXX, 6.
18. En otro lugar, sin embargo, revélase la identidad.
Véase supra la cita de Ibn Gabirol y sus 7 cielos, 7 tierras,
etcétera.
19. Éstas no deben confundirse con las “TINIEBLAS”
precósmicas, el TODO Divino.
20. I, 2; y también al principio del II.
21. Las citas que siguen, al tratarse de las siete
Creaciones, están sacadas todas del Vishnu Purâna, libro I, cap.
I-V, salvo cuando están resumidas de otro modo.
22. I, 240.
23. Brucker, ibíd.
24. Compárese en el Génesis, XIX, 34-8, y
IV, I.
25. Vishnu es a la vez Bhûtesha, “Señor de los
Elementos” y de todas las cosas y Vishvarûpa, “Substancia Universal” o Alma.
26. Compárese, para sus “tipos posteriores” el Tratado
escrito por Trithemio, maestro de Agrippa en el siglo XVI, “concerniente a las
Siete Inteligencias Secundarias o Espirituales, que, después de Dios, animan al
Universo”; el cual, además de ciclos secretos y diversas profecías, revela
ciertos hechos y creencias sobre los Genios o los Elohim, que presiden y
dirigen los períodos septenarios del Curso del Mundo.
27. Desde el primer momento, los orientalistas han
tropezado con grandes dificultades respecto a la posibilidad de un orden
cualquiera en las “Creaciones” Puránicas. Wilson confunde muy frecuentemente a
Brahman con Brahmâ, por lo que le critican sus sucesores. Los Textos
originales sánscritos son preferidos por Mr. Fitzedward Hall para la
traducción del Vishnu Purâna, al texto empleado por Wilson. “Si el
profesor Wilson hubiese participado de las ventajas que hoy día están al
alcance del estudiante de la filosofía inda, indudablemente se hubiese
expresado de una manera distinta” –dice el editor de su obra. Esto hace
recordar la respuesta dada por uno de los admiradores de Tomás Taylor a los
eruditos que criticaban sus traducciones de Platón: “Taylor puede haber sabido
menos griego que sus críticos, pero conocía mejor a Platón”. Nuestros actuales
orientalistas desfiguran el sentido místico de los textos sánscritos, más que
lo ha hecho nunca Wilson, aunque este último es indudablemente culpable de muy
grandes errores.
28. Vâyu Purâna.
29. Collected Works, III, 281.
30. El profesor Wilson traduce como si los animales
fuesen más elevados en la escala de la “creación” que las divinidades, o
ángeles, aunque la verdad acerca de los Devas se revela muy claramente más
adelante. Esta “Creación” –dice el texto- es a la vez Primaria (Prâkrita), y
Secundaria (Vaikrita). Es la Secundaria, con respecto al origen de los Dioses
nacidos de Brahmâ, el creador personal antropomórfico de
nuestro universo material; es la Primaria como afectando a Rudra, que es el
producto inmediato del Primer Principio. El término Rudra no es tan sólo un
título de Shiva, sino que abarca agentes de creación, ángeles y hombres, como
se mostrará más adelante.
31. Ni planta ni animal, sino una existencia entre los
dos.
32. Five Years of Theosophy, pág. 276, art. “Mónada Mineral”.
33. “Estas nociones” –observa el profesor Wilson- “el
nacimiento de Rudra y de los santos, parecen haber sido tomadas de
los Shaivas, y torpemente injertadas en el sistema Vaishnava”. Antes de
aventurar semejante hipótesis, debiera de haber consultado el significado
esotérico.
34. Véase Sânkhya Kârikâ, vol. 46, pág.
146.
35. Parâshara, el Rishi Védico, a quien Pulastya
entregó el Vishnu Purâna, y que lo enseñó a Maitreya, es colocado
por los orientalistas en distintas épocas. Según se observa correctamente
en The Hindu Classical Dictionary: “Las especulaciones respecto a
la Era en que vivió difieren mucho, de 575 años de J. C., a 1391 años antes de
J. C., y no pueden inspirar confianza”. Perfectamente exacto; pero
no son menos dignas de inspirar confianza que cualquiera de las otras fechas
indicadas por los sanscritistas, tan célebres en su género de imaginación
arbitraria.
36. Pueden, sin duda, indicar una “creación” “especial”
o extra, ya que ellos son quienes, encarnándose en las envolturas sin razón
humanas de las dos primeras Razas-Raíces y en una gran parte de la Tercea
Raza-Raíz, crean, por decirlo así, una nueva raza; la de los
hombres pensadores, divinos, conscientes de sí mismos.
37. Hindu Classical Dictionary.
38. Linga Purâna, Sección Anterior, LXX, 174.
39. Véase Manu, I, 10.
40. Véanse los Linga, Vâyu y Mârkandeya
Purânas.
SECCIÓN XIV
LOS CUATRO ELEMENTOS
1. Weber, Akad. Vorles, 213, 214, etcétera.
2. Movers, Phoinizer, 282.
3. IX, 850.
4. Stromata, I. V. 6.
5. El Gehenna de la Biblia era un
valle cerca de Jerusalén, donde los judíos monoteístas inmolaban sus hijos a
Moloch, si es que hemos de creer en las palabras del profeta Jeremías. La
Mansión escandinava de Hel o Hela era una región fría –también Kâma Loka-, y el
Amenti egipcio, era un lugar de purificación. (Véase Isis sin Velo,
III.).
6. I, VI, I.
7. Cod. Naz., I, 47; véase también los Psalmos,
LXXXIX, 18.
8. I, Cor., VIII, 5.
9. Concerning Divine Names, traducción Darboy, 364.
10. Véase De Mirville, Des Esprits, II,
322.
11. The Correlation of Physical Forces, pág. 89.
12. Ibíd., XIV.
13. II, Sam., XXII, 9, 11.
14. Deut., IV, 24.
15. Ob. Cit., III, 415.
16. Sam., XXII, 14,
15.
17. Herodoto, Polymnia, 190-191.
18. VIII, 24.
SECCIÓN XV
SOBRE KWAN-SHI-YIN Y KWAN-YIN
1. Fa-hwa-King.
2. Véase La Mission des Juifs.
3. China Revealed, según cita en el Phallicism de
Hargrave Jennings. Pág. 273.
4. Pág. 202.
5. Ob. C., pág. 60.
6. Ibíd.
7. Round Towers of Ireland, de O’Brien, pág. 61, citado por Hargrave
Jennings, en su Phallicism, pág. 246.
8. Introduction to the Science of Religion, pág. 332.
9. Pantheon, texto 3.
PARTE III
ADDENDA
SOBRE CIENCIA OCULTA Y MODERNA
SECCIÓN I
RAZONES PARA ESTA ADDENDA
1. Siendo, por supuesto, su intelecto de una
naturaleza enteramente distinta de cualquiera que podamos concebir en la
tierra.
2. Véase su Tercera Carta a Bentley.
3. El Paraíso Perdido, Libro VII.
4. Ensayo sobre la Verdad, de Bacon.
5. El Paraíso Perdido, Libro III.
SECCIÓN II
LOS FÍSICOS MODERNOS ESTÁN JUGANDO
A LA GALLINA CIEGA
1. Concepts of Modern Physics, págs. XI, XII, Introd. A la 2ª edición.
2. “Recherches expérimentales sur la relation qui
existe entre la résistence de l’air et sa température”, pág. 68, traducido de
la cita de Stallo.
3. De la crítica de Concepts of Modern Physics
in Nature. Véase la obra de Stallo, pág. XVI de la introducción.
4. Mr. Robert Ward, discutiendo las cuestiones del
Calor y la Luz en el Journal of Science, de noviembre 1881,
demuestra cuán completamente ignorante es la Ciencia sobre uno de los hechos
más comunes de la Naturaleza: el calor del Sol. Dice así: “La cuestión de la
temperatura del sol ha sido objeto de investigación para muchos sabios: Newton,
uno de los primeros investigadores de este problema, trató de determinarlo, y
después de él todos los sabios que se han ocupado de calorimetría han seguido
su ejemplo. Todos han creído acertar y han formulado sus resultados con gran
confianza. He aquí, por orden cronológico de la publicación de los resultados,
las temperaturas (en grados centígrados) encontradas por cada uno de ellos:
Newton, 1.699.300º; Pouillet, 1461º; Tollner, 102.200º; Secchi, 5.344.840º;
Ericsson, 2.726700º; Fizeau, 7.500º; Waterston, 9.000.000º; Spoëren, 27.000º;
Deville, 9.500º; Soret, 5.801.846º; Vicaire, 1.500º; Rosetti, 20.000º. La
diferencia es de 1.400º a 9.000.000º, o no menor de 8.998.600º!! No existe
probablemente en la Ciencia una contradicción más pasmosa que la revelada por
estas cifras”. Y, sin embargo, si presentase un ocultista un cálculo, sin duda
alguna todos esos señores protestarían enérgicamente en nombre de la Ciencia
“exacta” por la no admisión de su resultado particular.
5. Véase Correlation of the Physical Forces,
Prefacio.
6. Soirées, vol. II.
7. La obra de Stallo anteriormente citada, Concepts
of Modern Physics, volumen que ha originado las protestas y críticas más
ardientes, se recomienda a todos los que duden de esta afirmación. “El
antagonismo declarado de la ciencia hacia la especulación metafísica –escribe-
ha conducido a la mayoría de los especialistas científicos a la suposición de
que los métodos y resultados de la investigación empírica son por completo
independientes del dominio de las leyes del pensamiento. O ignoran y guardan
silencio, o bien repudian abiertamente los más simples cánones de la lógica que
incluyen las leyes de la no contradicción, y... se resienten del modo más
acerbo de toda aplicación de la ley de consecuencia a sus hipótesis y
teorías... considerando su examen... a la luz de esas leyes, como una
impertinente intrusión “de principios y métodos a priori” en el
dominio de la ciencia empírica. Las personas de esta clase no encuentran
dificultad en sostener que los átomos son absolutamente inertes, al mismo
tiempo que afirman que son perfectamente elásticos; o en mantener que el
universo físico, en su último análisis, se resuelve en materia “muerta” y en
movimiento, negando sin embargo que toda energía física sea en realidad
kinética; o en proclamar que todas las diferencias fenomenales en el mundo
objetivo son últimamente debidas a los varios movimientos de unidades
materiales absolutamente simples, y a pesar de esto, repudian la proposición de
que esas unidades sean iguales” (P. XIX). La ceguera de físicos eminentes
respecto a algunas de las consecuencias más obvias de sus propias teorías es
maravillosa. “Cuando el profesor Tait, en unión con el profesor Stewart,
anuncia que la materia es simplemente pasiva (The Unseen Universe, sec.
104), y luego, de acuerdo con Sir William Thomson, declara que la materia tiene
un poder innato para resistir a las influencias externas (Treat. On Nat. Phil, vol. I, sec. 216), no es impertinencia alguna preguntar
cómo pueden conciliarse entre sí esas declaraciones. Cuando el profesor Du Bois
Reymond... insiste en la necesidad de reducir todos los procesos de la
naturaleza a los movimientos de un substancial e indiferente substrato destituido
por completo de cualidad (Ueber die Grenzen des Naturerkennens, pág. 5),
habiendo declarado poco antes, en la misma conferencia, que “la resolución de
todos los cambios, en el mundo material, en movimiento de átomos
producidos por sus fuerzas centrales constantes sería el
complemento de la ciencia natural”, nos encontramos en una perplejidad de que
tenemos derecho de que se nos saque” (Pref. XLIII).
8. Stallo, loc. Cit., pág. X.
9. Silliman’s Journal, vol. VIII, pág. 364 y siguientes.
10. Véase Treatise on Electricity, de Clerk
Maxwell, y compárese con Mémoire sur la Disperson de la Lumière, de
Cauchy.
11. Stallo, loc. Cit., pág. X.
12. Nature, vol. XXVII, pág. 304.
13. Ob. Cit., pág. XXIV.
14. ¡Algún tanto diferentes!, exclama
Stallo. “La verdadera significación de ese “algún tanto” es que el medio en
cuestión no es, en modo inteligible alguno, material, puesto que no
tiene ninguna de las propiedades de la materia”. Todas las propiedades de la
materia dependen de diferencias y cambios, y el “hipótetico Éter” definido
aquí, no sólo está destituido de diferencias, sino qaue es incapaz de
diferencia y cambio –en el sentido físico agreguemos-. Esto prueba que si el
Éter es “materia”, sólo es tal como algo visible, tangible y existente
únicamente para sentidos espirituales; que es en efecto un Ser –mas
no de nuestro plano- Pater AEther, o Âkâsha.
15. Verae Causae para la ciencia física, son causas mayávicas
o ilusorias para el ocultista, y viceversa.
16. Muy “diferenciado”, por el contrario, desde el día
en que salió de su condición de laya.
17. Ob. Cit., págs. XXIV a XXVI.
18. Sept Lecons de Physique Générale, pág. 38 y sig., ed. Moigno.
SECCIÓN III
¿ES LA GRAVITACIÓN UNA LEY?
1. Defin. 9, B. I. Prop. 69, “Scholium”.
2. Véase Modern Materialism, por el Rev.
W. F. Wilkinson.
3. El materialista Le Couturier escribe: “La atracción
se ha convertido ahora para el público en lo que era para el mismo Newton: una
simple plabra, una Idea” (Panorama des Mondes), puesto que
su causa es desconocida. Herschel dice virtualmente lo mismo cuando observa que
siempre que estudia el movimiento de los cuerpos celestes y los fenómenos de la
atracción se siente penetrado a cada instante de la idea de “la existencia de
causas que para nosotros obran tras de un velo que disfraza su acción directa”
(Musee des Sciences, agosto 1856).
4. Si se nos censura que creamos en Dioses y Espíritus
activos mientras rechazamos a un Dios personal, contestaremos a los teístas y
monoteístas: Admitid que vuestro Jehovah es uno de los Elohim, y
estaremos dispuestos a reconocerle. Haced de él el Dios Eterno, Infinito y
ÚNICO, como lo hacéis, y jamás le aceptaremos bajo ese carácter. Dioses de
tribu ha habido muchos; la Deidad Única Universal es un principio, una Idea
fundamental abstracta que nada tiene que ver con la obra impura de la Forma
finita. No adoramos a los Dioses; sólo los honramos como a seres superiores a
nosotros. Con ello obedecemos a la orden mosaica, mientras que los críticos
desobedecen a su Biblia, y más que nadie, los misioneros. “No
ultrajarás a los Dioses”, dice uno de ellos –Jehovah- en el Éxodo,
XXII, 28; pero se ordena al mismo tiempo en el versículo 20: “Quien ofreciese
sacrificios a cualquier Dios, excepto únicamente al Señor, será destruido”.
Ahora bien; en los textos originales no es Dios sino Elohim –y desafiamos se
nos contradiga-, y Jehovah es uno de los Elohim, como lo prueban sus propias
palabras en el Génesis, III, 22, cuando “el Señor Dios dijo: Ved al Hombre que
se ha hecho como uno de nosotros”. Por consiguiente, tanto aquellos que adoran
y sacrifican a los Elohim, a los Ángeles, y a Jehovah, como los que ultrajan a
los Dioses de sus semejantes, cometen una transgresión mucho mayor que los
ocultistas o que cualquier teósofo. Al mismo tiempo, muchos de los últimos
prefieren creer en un “Señor” u otro, y son perfectamente dueños de hacer lo
que gusten.
5. Comparar las “especies inmateriales a hierro
leñoso”, y reírse de Spiller porque habla de ellas como de “materia
incorpórea”, no resuelve el misterio (Véase Concepts of Modern Physics,
pág. 165, et infra).
6. Véase Vossius, vol. II, pág. 528.
7. De Coelo, I, 9.
8. De Motibus Planetarum Harmonicis, pág. 248.
9. World Life, profesor Winchell, LL. D., págs. 49 y 50.
10. Panorama des Mondes, págs. 47 y 53.
11. Newton, Opties, III, Query, 28, 1704;
citado en World-Life, pág. 50.
12. Ibíd.
13. Cuando se leen las obras de Sir Isaac Newton con
espíritu imparcial y libre de prejuicios, son un testigo siempre dispuesto a
demostrar cuánto debió titubear entre la gravitación y la atracción, el impulso
y alguna otra causa desconocida, para explicar el curso regular del
movimiento planetario. Pero véase su Treatise on Colour (vol.
III, cuestión 31). Nos dice Herschel que Newton dejó a sus sucesores el deber
de sacar de su descubrimiento todas las conclusiones científicas. Cuanto ha
abusado la ciencia moderna del privilegio de fundar sus más recientes teorías
sobre la ley de la gravitación, puede apreciarse teniendo presente cuán
profundamente religioso era aquel gran hombre.
14. La noción materialista de que, siendo imposible en
física el movimiento real o sensible en el espacio o vacío puro, es por tanto
una ficción el movimiento eterno y en el Cosmos –considerado como Espacio
infinito- sólo muestra una vez más que las expresiones de la metafísica
oriental, tales como “Espacio puro”, “Ser puro”, lo “Absoluto”, etc., jamás han
sido comprendidas en Occidente.
15. De World-Life de Winchell, pág. 379.
16. Correl. Pyhs. Forces, pág. 173.
17. Véase la Revue Germanique del 31 de diciembre de 1860,
art. “Lettres et
Converstions d’Alexandre Humboldt”.
18. Prof. Winchell.
19. World-Life, pág. 553.
20. Pero véase Astronomie du Moyen Age, por
Delambre.
21. Véase Isis Unveiled, I, 270-271.
22. World-Life, pág. 554.
23. Godefroy, Cosmogonie de la Revelation.
SECCIÓN IV
LAS
TEORÍAS CIENTÍFICAS DE LA ROTACIÓN
1. Los términos de “superior” e “inferior”, siendo
sólo relativos a la posición del observador en el Espacio, cualquier uso de
estos términos que tienda a crear la impresión de que representan realidades
abstractas es necesariamente erróneo.
2. Jacob Ennis, The Origin of the Stars.
3. Pág. 99, nota.
4. Si tal es el caso, ¿cómo explica la Ciencia el
tamaño comparativamente pequeño de los planetas más próximos al Sol? La teoría
de la agregación meteórica es tan sólo un paso más lejos de la verdad que el
concepto de las nebulosas, y no tiene siquiera la ventaja de este último, su
elemento metafísico.
5. Laplace, Système du Monde, pág. 414,
ed. 1824.
6. Faye, Comptes Rendus, t. XC, pág.
640-2.
7. Wolf.
8. Panorama des Mondes, Le Couturier.
9. World-Life, Winchell, pág. 140.
10. Conferencia de Sir William Thomson sobre “La teoría
dinámica latente acerca del origen probable, la cantidad total de calor y
duración del Sol!, 1887.
11. Thomson y Jait, Natural Philosophy. Y aun respecto a estas cifras disiente Bischof de
Thomson, y calcula que serían necesarios 350.000.000 de años a la Tierra para
enfriarse de una temperatura de 20.000º a 200º centígrado. Ésta es, también, la
opinión de Helmholtz.
12. Leyde Coulomb.
13. Musée des Sciences, 15 de agosto, 1857.
14. Panoramades Mondes, pág. 55.
15. Revue des Deux Mondes, julio 15, 1860.
16. Cosmographie.
17. Soirées.
18. Discours, 165.
19. Página 28.
20. Des Esprits, II, 155, Deuxième Mémoire.
Modern Science and Modern
Thought, de Laing.
21. Ibíd., pág. 17.
22. Heaven and Earth.
23. Winchell, World-Life, pág. 196.
24. L’Univers expliqué por la Révélation y Cosmogonie
de la Révélation. Pero véase la Deuxième Mémoire de De Mirville. El
autor, enemigo terrible del Ocultismo, escribió, sin embargo, grandes verdades.
25. Véase Kabbala Denudata, II, 67.
26. “Sur la Distinction des Forces”, publicado en las Mémoires
de l’Académie des Sciences de Montpellier, vol. II, fasc. I, 1854.
SECCIÓN V
LOS DISFRACES DE LA CIENCIA
¿FÍSICA O METAFÍSICA?
1. Página 123.
2. Der Weltoether als Kosmiche Kraft, pág. 4.
3. Véase Popular Science Review, vol. V,
págs. 329 a 334.
4. Véase Correlation of Physical Forces,
pág. 110.
5. Véase Electric Science, de Buckwell.
6. Schelling: Ideen, etc. Pág. 18.
7. Ob. Cit., pág. 161.
8. Princ., Def. III.
9. Philoscphical Magazine, vol. II, pág. 252.
10. Concepts of Modern Physics, XXXI, Introducción a la 2ª edición.
11. Loc. Cit.
12. J. P. Cooke, The New Chemistry, pág. 13.
13. “Ella implica que volúmenes iguales de todas las
substancias, cuando se hallan en el estado gaseoso, y bajo las mismas
condiciones de presión y temperatura, contienen el mismo número de moléculas,
de donde se desprende que el peso de las moléculas es proporcional a la
gravedad específica de los gases; que por lo tanto, difiriendo ésta, también
difiere el peso de la molécula; y como las moléculas de ciertas substancias
elementales son monatómicas (consisten cada una en un solo átomo), mientras que
las moléculas de otras substancias contienen un número de átomos, resulta que
los átomos últimos de tales substancias son de distinto peso” (Concepts of
Modern Physics, pág. 34). Según se muestra más adelante en el mismo
volumen, este principio cardinal de la química teórica moderna hállase en
conflicto irreconciliable con la primera proposición de la teoría
atómico-mecánica, a saber: la igualdad absoluta de las unidades primordiales de
la masa.
14. Wundt, Die Theorie der Materie, pág. 381.
15. Nazesmann, Thermochemie, pág. 150.
16. Kroenig, Clausius, Maxwell, etc., Philosophical Magazine,
vol. XIX, pág. 18.
17. Philosophical Magazine, vol. XIV, pág. 321.
18. Refiriéndose al “Aura”, dice uno de los Maestros
en Occult-Worlds: “Como podríais haceros comprender, haceros
obedecer efectivamente, de esas Fuerzas semiinteligentes, cuyos medios de
comunicación con nosotros no son por palabras habladas, sino por medio de
sonidos y colores en correlación entre las vibraciones de ambos”. Esta
“correlación” es la que desconoce la Ciencia Moderna, aunque ha sido explicada
muchas veces por los alquimistas.
19. La Substancia del ocultista es, sin embargo, a la
más refinada Substancia del físico, lo que la Materia Radiante al cuero de los
zapatos del químico.
20. Los nombres de los Siete Rayos –que son Sushumnâ,
Harikesha, Vishvakarman, Vishvatryarchâs, Sannaddha, Sarvâvasu y Svarâj- son
todos místicos, y cada cual tiene su diferente aplicación en un estado distinto
de conciencia para fines ocultos. El Sushumnâ, que como se dice en el Nirkuta (II,
6) es el único para iluminar la Luna, es, sin embargo, el Rayo querido de los
yoguis iniciados. La totalidad de los Siete Rayosdifundidos a través del
Sistema Solar constituye, por decirlo así, el Upâdhi (Base) del Éter de la
Ciencia; en cuyo Upâdhi, la luz, el calor, la electricidad, etc., las Fuerzas
de la Ciencia ortodoxa, se correlacionan para producir sus efectos terrestres.
Como efectos psíquicos y espirituales, ellas emanan del Upâdhi suprasolar y
tienen su origen en el mismo, en el AEther del ocultista, o Âkâsha.
21. Fluid Theory of Light and Heat, de Leslie.
22. History of Civilization, de Buckle, vol. III, pág. 384.
23. Puede ello ser así en el plano de la manifestación
y de la materia ilusoria; no que no sea nada más, porque es muchísimo más.
24. Neutro, o Laya.
25. Profesor Butlerof, Scientific Letters.
26. Ibíd.
27. Ibíd.
28. Ibíd.
29. Llamado el “bebedor de las aguas”, el calor solar
que hace evaporar el agua.
30. I, II. (Wilson, I, 38).
31. Râmânujâchârya, su fundador, nació el año 1017.
32. Maestro en Artes. (N. del T.).
33. Bachiller en Leyes. (N. del T.).
34. El Gandharva del Veda es la deidad
que conoce y revela a los mortales los secretos del cielo y las verdades
divinas. Cósmicamente, los Gandharvas son los Poderes agregados del Fuego
Solar, y constituyen sus Fuerzas; psíquicamente, son la Inteligencia que reside
en el Sushumnâ, el Rayo Solar, el más elevado de los Siete Rayos; místicamente,
son la Fuerza Oculta en el Soma, la Luna, o planta lunar, y el brebaje
producido por ésta; físicamente, son las causas fenomenales, y espiritualmente
las noumenales, del Sonido y la “Voz de la Naturaleza”. Por esto son llamados
los 6.333 cantores celestes y músicos del Loka de Indra, que personifican,
hasta en número, los varios y múltiples sonidos en la Naturaleza, tanto arriba
como abajo. En las alegorías posteriores se dice que tienen un poder místico
sobre las mujeres, y que las aman. El sentido esotérico está claro. Son una de
las formas, si no los prototipos, de los Ángeles de Enoch, los Hijos de Dios
que vieron que las hijas de los hombres eran hermosas (Gén., VI), se
casaron con ellas y enseñaron a las hijas de la Tierra los secretos del Cielo.
SECCIÓN VI
ATAQUE DE UN HOMBRE DE CIENCIA A LA TEORÍA CIENTÍFICA DE LA PUREZA
1. Páginas 329-334.
2. No sólo “a través del espacio”, sino llenando cada
punto de nuestro Sistema Solar, porque él es el residuo físico, por decirlo
así, del Éter, su “velo” (envoltura) en nuestro plano; teniendo el Éter que
llenar otros objetos cósmicos y terrestres además de ser el “agente” para la
transmisión de la luz. Él es el Fluido Astral o Luz de los kabalistas, y de los
Siete Rayos del Sol-Vishnu.
3. ¿Qué necesidad hay, pues, de ondas etéreas para la
transmisión de la luz, del calor, etc., si esta substancia
puede atravesar el vacío?
4. ¿Y cómo podría ello ser de otro modo? La materia
grosera ponderable es el cuerpo, la concha, de la Materia o Substancia, el
principio femenino pasivo; y esta Fuerza Fohática es el segundo principio,
Prâna, el masculino y el activo. Esta Substancia es, sobre nuestro globo, el
segundo principio del Elemento Septenario –la Tierra-; en la atmósfera, es el
del Aire, que es el cuerpo cósmico grosero; en el Sol, se convierte en el
Cuerpo Solar y en el de los Siete Rayos; en el Espacio Sideral corresponde con
otro principio, y así sucesivamente. El todo es una Unidad homogénea sola; las
partes son todas diferenciaciones.
5. O la reverberación, y por repercusión del
Sonido en nuestro plano, de lo que es un movimiento perpetuo de esa
Substancia en planos superiores. Nuestro mundo y nuestros sentidos son
incesantemente víctimas de Mâyâ.
6. Ésta es una declaración honrada.
7. Sin embargo, no es el Éter, sino sólo uno de los
principios del Éter, siendo este último por sí uno de los principios del
Âkâsha.
8. Y así Penetra Prâna (Jiva) todo el cuerpo vivo del
hombre; pero solo, sin tener un átomo sobre el cual obrar, estaría en estado de
quietud, muerto; esto es, estaría en Laya, o, según la expresión de míster
Crookes, “encerrado en Protilo”. La acción de Fohat sobre un cuerpo compuesto o
hasta sobre un cuerpo simple es lo que produce la vida. Cuando muere un cuerpo,
pasa a la misma polaridad que su energía masculina, y por lo tanto repele al
agente activo, el cual, perdiendo su acción sobre el todo, se fija en las
partes o moléculas, y esta acción es llamada química. Vishnu, el Conservador,
se transforma en Rudra-Shiva, el Destructor; correlación que al parecer es
desconocida por la Ciencia.
9. Verdaderamente, a menos que se adopten los términos
ocultos de los kabalistas.
10. “Invariable” sólo durante los períodos
manvantáricos, después de los cuales se funde una vez más en Mûlaprakriti;
“invisible” eternamente en su propia esencia, pero visto en sus reflejados
resplandores, llamados la Luz Astral por los kabalistas modernos. Sin embargo,
Seres grandes y conscientes, revestidos de esa misma Esencia, se mueven en
ella.
11. Hay que añadir ponderable, para distinguirla de
aquel Éter que es Materia aún, si bien subyacente.
12. Las ciencias ocultas invierten la afirmación, y
dicen que es el Sol y todos los Soles que proceden de Aquél los que emanan del
Sol Central en los albores manvantáricos.
13. Aquí empezamos a diferir decididamente de este
erudito señor. Tengamos presente que ese Éter –sea que por el término se
entienda el Âkâsha, o su principio inferior, el Éter- es septenario. Âkâsha en
la alegoría es Aditi, y la madre de Mârtanda, el Sol, la Devamâtri, Madre de
los Dioses. En el Sistema Solar, el Sol es su Buddhi y Vâhana, el Vehículo, por
lo tanto el sexto principio; en el Kosmos todos los Soles son el Kâma
Rupa del Âlâsha y así lo es el nuestro. Sólo cuando se le considera
como una Entidad individual en su propio Reino es Surya, el Sol, el séptimo
principio del gran cuerpo de la Materia.
14. Para ser más correctos, llamémosle más bien
Agnosticismo. El Materialismo brutal, pero franco, es más honrado que el
Agnosticismo Jano, de doble cara, de nuestra época. El llamado Monismo
occidental es el Pecksniff de la filosofía moderna, que representa a la
Psicología y al Idealismo una cara farisaica, y su cara natural de Augurio
romano, que hincha el carrillo con la lengua al Materialismo. Semejantes
monistas son peores que los materialistas; porque si bien ambos consideran al
Universo y al hombre psicoespiritual desde el mismo punto de vista negativo,
los últimos presentan su caso de un modo mucho menos plausible que lo hacen los
escépticos del género de Mr. Tyndall o del mismo Mr. Huxley. Más peligrosos son
para las verdades universales Herbert Spencer, Bain y Lewes, que lo es Büchner.
15. Geology, por el profesor A. Winchell.
16. Respecto a la verdadera doctrina oculta,
véase Five Years of Theosophy, páginas 245-262. Artículos: “¿Niegan
los Adeptos la Teoría Nebular?” y “¿Es el Sol tan sólo una masa que se enfría?”
SECCIÓN VII
VIDA,
FUERZA O GRAVEDAD
1. Philosophie Naturelle, art. 142.
2. Astronomie, pág. 342.
3. Comentario sobre la Estancia IV-5, vol. I.
4. Popular Science Review, vol. IV, pág. 148.
5. Y la masa central, igualmente, como se verá, o
mejor dicho el centro de la reflexión.
6. Esa “materia” es exactamente parecida al reflejo
producido sobre un espejo por la llama de un mechero “fotogénico”.
7. Véase en Five Years of Theosophy, pág.
258, una respuesta a esta especulación de Herschel.
8. Ibíd., pág. 156.
9. Entre otros, Paracelso, que lo llamaba Liquor
Vitae, y Archaeus.
10. Más bien composición alquímica.
11. “Esa fuerza vital... radia en derredor del hombre
como una esfera luminosa” –dice Paracelso en el Paraganum.
12. Popular Science Review, vol. X, págs. 380-383.
13. De Generatione Hominis.
14. De Viribus Membrorum. Véase la Life of Paracelsus, por
Franz Hartmann, M. D., M. S. T.
15. Página 384.
16. Self, en el texto: Yo, no en el sentido de la individualidad, sino en el de
ser. (N. del T.).
17. Cap. XIII, traducción de Telang, pág.
292.
18. Ibíd., cap. XXXVI, pág. 385.
19. La división de los sentidos físicos en cinco ha
llegado hasta nosotros desde una antigüedad muy remota. Pero al adoptar el
número, ningún filósofo moderno se ha preguntado cómo podían existir esos
sentidos, es decir, ser percibidos y empleados de una manera consciente propia,
a no ser que exista el sexto sentido, la percepción mental,
para registrarlos y recordarlos; y –esto para los metafísicos y ocultistas-
el séptimo para conservar el fruto espiritual y el recuerdo
del mismo, como en un Libro de Vida que pertenece a Karma. Los antiguos
dividían los sentidos en cinco, sencillamente porque sus maestros, los
Iniciados, se detenían en el del oído, por ser el sentido que se
desarrolló en el plano físico, o mejor dicho, que se empequeñeció y limitó a
este plano, sólo al principio de la Quinta Raza. La Cuarta Raza ya había
principiado a perder la condición espiritual, tan eminentemente
desarrollada en la Tercera Raza.
20. Ibíd, cap. X, págs. 277-278.
21. Mundakopanishad, pág. 298.
22. Bhagavad.Gîtâ, cap. VII.
23. Ahamkâra, supongo, aquella “Egoidad” que conduce a
todos los errores.
24. Los Elementos son los cinco Tanmâtras de tierra,
agua, fuego, aire y éter, los productores de los elementos más groseros.
25. Anugitâ, cap. XX; ibíd., pág. 313.
26. El conductor en el sentido de Upâdi, una base
material o física; pero, como segundo principio del Alma Universal y Fuerza
Vital en la Naturaleza, está inteligentemente dirigido por el quinto principio
de ella.
27. Y la demasiada exuberancia de él en el sistema
nervioso conduce con la misma frecuencia a la enfermedad y a la muerte.
Ciertamente no sucedería esto si fuese el sistema animal el que lo generase.
Así pues, la última circunstancia demuestra su independencia del sistema y su
relación con la Fuerza Solar, como Metcalfe y Hunt lo explican.
28. Página 387.
29. Paragranum; Life of Paracelsus, por el Dr. F. Hartmann.
30. En una obra reciente acerca del Simbolismo en el
Buddhismo y en el Cristianismo –o más bien en el Buddhismo y en el Catolicismo
Romano, pues muchos de los últimos rituales y dogmas del Buddhismo del Norte,
en su forma popular esotérica, son idénticos a los de la Iglesia Latina- se
encuentran algunos hechos curiosos. El autor de ese volumen, con más
pretensiones que erudición, ha amontonado en su obra, sin discernimiento
alguno, doctrinas Buddhistas antiguas y modernas, y ha confundido
lastimosamente el Lamaísmo con el Buddhismo. En la página 404 de aquel volumen,
titulado Buddhism in Christendom, or Jesus the Essene, se
entretiene nuestro seudo orientalista en criticar los “Siete Principios” de los
“buddhistas esotéricos”, y trata de ridiculizarlos. En la página 405, que es la
última página, habla con entusiasmo de los Vidyâdharas, “las siete grandes
legiones de hombres muertos convertidos en sabios”. Ahora bien, esos
Vidyâdharas, a quienes algunos orientalistas llaman “semidioses”, son de hecho,
exotéricamente, una clase de Siddhas, “llenos de devoción”; y esotéricamente
son idénticos a las siete clases de Pitris, una de las cuales dota al hombre en
la Tercera Raza con la conciencia de sí, encarnándose en las conchas o cáscaras
humanas. El “Himno al Sol”, al fin de ese curioso tomo de mosaico, que dota al
Buddhismo de un Dios Personal (¡!), es un golpe desgraciado contra las
mismas pruebas tan laboriosamente reunidas por el poco afortunado
autor.
Los teósofos saben muy
bien que Mr. Rhys Davids expresó de igual modo su opinión acerca de las
creencias de ellos. Dijo él que las teorías expuestas por el autor del Esoteric
Buddhism “no eran Buddhismo y no eran esotéricas”. Esta observación es
la resultante: a) del error desdichado de escribir “Buddhismo” en vez de
“Budhaísmo” o “Budhismo”, esto es, de relacionar el sistema de Gautama, en
lugar de hacerlo con la Sabiduría Secreta enseñada por Krishna, Shankarâchârya
y muchos otros, tanto como por Buddha; y b) de la imposibilidad de que Mr. Rhys
Davis sepa cosa alguna acerca de las verdaderas Doctrinas Esotéricas. No
obstante, como él es el erudito orientalista pâli y buddhista más notable del
día, tiene derecho a que se oiga con respeto cuanto diga. Pero cuando uno que
no sabe más del Buddhismo exotérico desde el punto de vista científico y
materialista que lo que sabe sobre Filosofía Esotérica, difama a aquellos a
quienes honra con su rencor, y asume para con los teósofos el papel de profundo
erudito, sólo puede uno sonreírse o reírse de él de buena gana.
31)The Human Species, págs. 10 y 11.
SECCIÓN VIII
LA TEORÍA SOLAR
1. The Theosophist.
2. No sólo no niega el hecho, aunque lo atribuye a una
causa errónea, contradiciéndose, como siempre, las teorías unas a otras (véase
las teorías de Secchi, de Faye y de Young), haciendo depender las manchas de la
acumulación superficial de vapores más fríos de la fotosfera (¿), etcétera,
etc., sino que tenemos hombres de ciencia que astrologizan con
las manchas. El profesor Jevons atribuye todas las grandes crisis comerciales
periódicas a la influencia de las manchas solares cada undécimo año cíclico. (Véase sus Investigations into Currency and
Finance). Seguramente esto es digno de elogio y merece estímulo.
3. Le Soleil, II, 184.
4. World-Life, pág. 48.
5. Desgraciadamente, mientras se escriben estas
páginas, la “archibiosis de la existencia terrestre” se ha convertido, bajo un
análisis químico algo más riguroso, en un simple precipitado de sulfato de cal;
por lo tanto, desde el punto de vista científico, ¡ni siquiera es una
substancia orgánica! Sic transit gloria mundi!
6. Vishnu Purâna, Wilson, I, 16, versión de Fitzedward Hall.
7. Popular Astronomy, pág. 444.
8. En su World Life (pág. 48), en las
notas que acompañan el texto, dice el profesor Winchell: “Se admite
generalmente que en temperaturas excesivamente elevadas existe la materia en
estado de disociación, esto es, no puede existir combinación química alguna”; y
para probar la unidad de la materia habría que recurrir al espectro, que, en
todos los casos de homogeneidad, revelaría una línea brillante, mientras
que en el caso de existir varias combinaciones moleculares –bien sea en la
nebulosa o en una estrella- ¡¡consistiría el espectro en dos o tres líneas
brillantes!” En ambos casos, esto no sería una prueba para el físico ocultista,
que sostiene que fuera de cierto límite de la materia visible, ningún
espectroscopio, telescopio ni microscopio tienen aplicación alguna. La unidad
de la Materia, de aquella que para el alquimista es la verdadera Materia
cósmica o “Tierra de Adán” –como los kabalistas la llaman-, difícilmente pueda
probarse ni refutarse, ni por el savant francés Dumas, que
sugiere “la naturaleza compuesta” de los “cuerpos” teniendo en cuenta “ciertas
relaciones de los pesos atómicos”, ni siquiera por la “materia radiante” de Mr.
Crookes, aunque sus experimentos puedan parecer “más fáciles de comprender en
la hipótesis de la homogeneidad de los elementos de la materia, y la
continuidad de los estados de la misma”. Porque todo esto no trasciende la
materia material, por decirlo así, ni aun en lo que nos revela
el espectro, ese “ojo de Shiva” moderno de los experimentos físicos. De esta
sola materia es de la que pudo decir H. St. Claire Deville que, “cuando los
cuerpos considerados como simples se combinan uno con otro, desaparecen, quedan
individualmente aniquilados”; sencillamente porque él no podía seguir a esos
cuerpos en su transformación ulterior en el mundo de la materia cósmica espiritual.
Verdaderamente, jamás podrá la ciencia moderna profundizar bastante las
formaciones cosmológicas y hallar las Raíces de la Substancia del Mundo o
Materia, a menos que trabaje en el mismo curso de ideas que el alquimista de la
Edad Media.
9. Concepts of Modern Physics, pág. VI.
10. Libro I, cap. II, pág. 25, Vishnu Purâna,
traducción de Fitzedward Hall.
11. Véase en la sección VII anterior, “Vida, Fuerza, o
Gravedad”, cita del Anugîtâ.
SECCIÓN IX
LA FUERZA FUTURA:
SUS POSIBILIDADES E IMPOSIBILIDADES
1. La palabra “sobrenatural” implica algo encima o fuera de
la Naturaleza. Naturaleza y Espacio son lo mismo. Ahora bien; para el
metafísico, el Espacio existe fuera de todo acto de sensación, y es una
representación puramente subjetiva, a pesar de la oposición del Materialismo,
que quisiera relacionarlo forzosamente con este o aquel dato de la sensación.
Para nuestros sentidos, es realmente subjetivo cuando se le considera
independiente de todo lo que se halla en él. ¿Cómo puede, pues, ningún fenómeno,
ni otra cosa alguna, estar fuera o producirse más allá de lo que no tiene
límites? Pero aun cuando la extensión del espacio se convierta en un simple
concepto y sea considerado como una idea relacionada con ciertas acciones, como
lo hacen los materialistas y los físicos, ni aun entonces tienen ellos derecho
para definir y afirmar lo que puede o no puede ser producido por fuerzas
engendradas aun dentro de espacios limitados, puesto que no tienen ni siquiera
una idea aproximada de lo que son esas Fuerzas.
2. No es correcto al hablar de Idealismo el
presentarlo basado en “la antigua proporción ontológica de que las cosas o las
entidades existen independientes unas de otras, y de otro modo que como
términos de relación” (Stallo). En todo caso, es incorrecto el decir esto del
Idealismo de la Filosofía Oriental y de su conocimiento, pues
es precisamente lo contrario.
3. Independiente, en cierto sentido, pero no sin
conexión con ella.
4. “Por Fohat más probablemente”, sería la
contestación de un Ocultista.
5. La razón de tales facultades psíquicas se dará más
adelante.
6. Lo anterior fue escrito en 1886, cuando las
esperanzas de éxito del “Motor Keely” estaban en su apogeo. Textualmente, lo
que la escritora dijo entonces resultó verdad; y ahora sólo se añaden algunas
observaciones sobre el fracaso de las esperanzas de Mr. Keely, fracaso ahora
admitido por el mismo inventor. Sin embargo, aun cuando se usa aquí la
palabra fracaso, el lector debe entenderla en un sentido relativo,
pues como lo explica Mrs. Bloomfield-Moore: “Lo que admite Mr. Keely es que,
habiendo fracasado en la aplicación de la fuerza vibratoria a la mecánica, en
su primera y segunda línea de investigación experimental, se veía obligado bien
a confesar un fracaso comercial, o a ensayar un tercer punto de partida desde
su base o principio, buscando el éxito por otro conducto”. Y este “conducto”
está en el plano físico.
7. Se nos dice que estas observaciones no son
aplicables al último descubrimiento de Mr. Keely. Sólo el tiempo puede
demostrar el límite exacto de sus proezas.
8. Theosophical Siftings, núm. 9.
9. Ésta es también la división que hacen los
ocultistas, bajo otros nombres.
10. Cierto, puesto que existe la séptima,
más allá de la cual comienza la misma enumeración desde la primera hasta la
última, en otro plano más elevado.
11. De la revista The New Philosophy, de
Mrs. Bloomfield-Moore.
SECCIÓN X
SOBRE LOS ELEMENTOS Y LOS ÁTOMOS
1. Contestando a un amigo, aquel eminente geólogo
escribe: “Sólo puedo decir, en contestación a vuestra carta, que actualmente es
imposible, y que quizás lo sea siempre, reducir a años, y aun a millares de
años, ni siquiera aproximadamente, el tiempo geológico”. (Firmado: William Pengelly, F. R. S.).
2. Platón al hablar de los Elementos turbulentos,
irracionales, “compuestos de fuego, aire, agua y tierra”, quiere decir Demonios
elementales. (Véase Timoeus).
3. Platón emplea en el Timoeus la
palabra “secreciones” de los Elementos turbulentos.
4. Esoteric Treatise on the Doctrine of Gilgul, por Valentino.
5. Véase Royal Masonic Cyclopaedia, de
Mackenzie.
6. Véase Isis sin Velo, t. III, ed.
Española.
7. Véase Mackenzie, Ibíd.; sub voc.
8. Isis sin Velo, t. II, ed. española.
9. Viveka Chûdâmani, traducido por Mohini M. Chatterji, como “La Joya
cumbre de la Sabiduría”. Véase The Theosophist, julio y agosto de
1886.
10. Los Tanmâtras son literalmente el tipo o rudimento
de un elemento desprovisto de cualidades; pero esotéricamente son el Nóumeno
primitivo de lo que se convierte en un Elemento Cosmico en el progreso de la
evolución, en el sentido que se le daba al término en la antigüedad, no en el
de la Física. Son los Logoi, las siete emanaciones o rayos del Logos.
11. Cap. XXXVI, traducción de Telang, págs. 387-88.
12. Véase The Theosophist, agosto de 1886.
13. El error ahora universal de atribuir a los antiguos
el conocimiento de sólo siete planetas, sencillamente porque no mencionaban
otros, se basa en la misma ignorancia general de sus doctrinas ocultas. La
cuestión no está en si conocían o no la existencia de los últimos planetas
descubiertos; sino en si su reverencia por los cuatro Grandes Dioses exotéricos
y tres secretos, los Ángeles Estelares, no tenía alguna razón especial. La
escritora se aventura a decir que existía tal razón, y es ésta: Aunque hubieran
conocido tantos planetas como nosotros conocemos ahora –y esta cuestión no
puede dilucidarse actualmente en ningún sentido-, sin embargo hubieran
relacionado siempre a los siete con su culto religioso, porque estos
siete están directa y especialmente relacionados con nuestra Tierra,
o, usando la fraseología esotérica, con nuestro anillo septenario de Esferas.
14. Juan, X, 30.
15. Ibíd., XX, 17.
16. Ibíd., XIV. 28.
17. Mat., V, 16.
18. Ibíd., XIII, 43.
19. I, Cor., III, 16.
20. The Theosophist, agosto 1886.
21. Estos son planetas aceptados tan sólo para fines de
Astrología judiciaria. La división astroteológica difiere de la anterior.
Siendo el Sol una estrella central y no un planeta, se halla,
con sus siete planetas, en una relación más oculta y
misteriosa con nuestro globo, que lo que generalmente se
conoce. El Sol era, por tanto, considerado como el gran Padre de todos los
Siete “Padres”, y esto explica las variaciones encontradas entre los Siete y
Ocho Grandes Dioses de la Caldea y otros países. Ni la Tierra, ni su satélite
la Luna, ni siquiera las estrellas, por otra razón, eran más que substitutos
usados para fines esotéricos. Sin embargo, aun excluyendo al Sol y a la
Luna del cálculo, los antiguos parece que conocían siete planetas.
¿Cuántos más nos son hasta hoy conocidos si dejamos aparte la Tierra y la
Luna? Siete, y no más; Siete planetas primordiales o
principales; los demás son planetoides más bien que planetas.
22. Cuando uno piensa que bajo el poderoso telescopio
de Sir William Herschel, este astrónomo eminente, abarcando tan sólo la porción
del cielo en el plano ecuatorial, cuyo centro aproximado está ocupado por
nuestra Tierra, vio pasar en un cuarto de hora 16.000 estrellas; y aplicando
este cálculo a la totalidad de la “Vía Láctea”, encontró en ella nada menos que
dieciocho millones de Soles, no se admira uno de que Laplace, en una
conversación con Napoleón I, llamase a Dios una hipótesis, sobre la
cual es, de todos modos, completamente inútil que especule la ciencia
física exacta. Sólo la Metafísica Oculta y la Filosofía
trascendental podrán levantar apenas una pequeñísima punta del impenetrable
velo en este sentido.
23. Num., XI, 16.
24. Deut., XXXII, 8 y 9.
25. Ibíd., 9.
26. C. W. King, en The Gnostics and their
Remains (pág. 334), la identifica con “aquel summun bonum de
la aspiración oriental, el Nirvâna buddhista, reposo perfecto, la Indolentia epicúrea”;
punto de vista que parece bastante petulante en su expresión, aunque no del
todo falso.
27. Véase la copia de la Carta de Orígenes o Diagrama
de los Ofitas.
28. Véase también la Sección XIV.
29. Abraham y Saturno son idénticos en astrosimbología,
y él es el antepasado de los judíos partidarios de Jehovah.
30. Juan, VIII, 37, 38, 41 y 44.
31. Mateo, V, 22.
SECCIÓN XI
EL PENSAMIENTO ANTIGUO VESTIDO
A LA MODERNA
1. Los Vórtices Elementales inaugurados por la “Mente”
no han sido perfeccionados por su transformación moderna.
2. Se me ha censurado a menudo el usar en Isis expresiones
que denotan la creencia de un Dios personal y
antropomórfico. No es esa mi idea. Hablando kabalísticamente,
el “Arquitecto” es el nombre genérico de los Sephiroth, los Constructores del
Universo, lo mismo que “la Mente Universal” representa a la colectividad de las
Mentes Dhyân Chohánicas.
3. Timoeus.
4. Vol. I, 258.
5. Researches on Light in its Chemical Relations.
6. Modern Chemistry.
7. Isis sin Velo, I.
8. Faraday Lectures, 1881.
9. Así pues, lo que la escritora de la presente obra
dijo hace diez años en Isis Unveiled parece era profético. He
aquí lo que decía: “Muchos de estos místicos, al seguir lo que les enseñaban
algunos tratados conservados secretamente de una generación a otra, llevaron a
cabo descubrimientos que no serían despreciados ni aun en nuestra época moderna
de ciencias exactas. Roger Bacon, el fraile, fue ridiculizado como charlatán, y
se le clasifica generalmente ahora entre los “pretendientes” al arte mágico;
pero sus descubrimientos fueron, sin embargo, aceptados y son usados ahora por
aquellos que más le ridiculizan. Roger Bacon pertenecía de derecho, si no de
hecho, a esa Hermandad que incluye a todos los que estudian Ciencias Ocultas.
Viviendo en el siglo XIII y siendo, por tanto, casi contemporáneo de Alberto
Magno y de Tomás de Aquino, sus descubrimientos, tales como la pólvora de cañón
y los cristales ópticos, y sus proezas en mecánica, eran considerados por todos
como otros tantos milagros. Se le acusó de haber hecho pacto
con el Diablo. (Vol. I,
págs. 64 y 65).
10. Así es; “esas formas de energía... que se
hacen evidentes...” en el laboratorio del químico y del físico; pero
hay otras formas de energía acopladas a otras formas de
materia, que son suprasensibles, aunque son conocidas por los
Adeptos.
11. Presidential Address, pág. 16.
12. Precisamente, la existencia de tales mundos en
otros planos de conciencia es lo que el ocultista afirma. La Ciencia Secreta
enseña que la raza primitiva no tenía huesos, y que hay mundos que son
invisibles para nosotros, poblados como el nuestro, además de las poblaciones de
Dhyân Chohans.
13. Five Years of Theosophy, pág. 258 y sigs.
14. Mr. Crookes dice en el mismo discurso: “El primer
enigma que encontramos en la química es: ¿Qué son los cuerpos simples? De los
ensayos hechos hasta el presente para definirlos o explicarlos, ninguno
satisface a la inteligencia humana. Los libros de texto nos dicen que un cuerpo
simple es “un cuerpo que no ha podido ser descompuesto”; que es “un algo al que
podemos añadir, pero del cual no podemos restar nada” o “un cuerpo que aumenta
de peso a cada cambio químico”. Semejantes definiciones son doblemente poco
satisfactorias; son provisionales y pueden dejar un día de ser aplicables en
algún caso dado. Se fundan, no en ningún atributo de las cosas que tienen que
definirse, sino en la limitación del poder humano: son confesiones de
impotencia intelectual”.
15. Y el conferenciante cita a Sir George Airy, que
dice (en Faraday’s Life and Letters, vol. II, pág. 354): “Puedo
concebir fácilmente que haya alrededor de nosotros muchos cuerpos no sujetos a
esta acción mutua, y que, por lo tanto, no estén sujetos a la ley de
gravitación”.
16. La filosofía vedantina los concibe; pero ya no es
la física, sino la metafísica, llamada “poesía” uy “ficción” por Mr. Tyndall.
17. En la forma en que ahora se hallan, nos imaginamos.
18. Y según Kapila y Manu –especial y originariamente.
19. He aquí una prueba científica de la ley eterna de
las correspondencias y de la analogía.
20. Este método de ilustración de la ley periódica en
la clasificación de los cuerpos simples se ha propuesto, según dice Mr.
Crookes, por el profesor Emerson Reynolds, de la Universidad de Dublin, y
quien... “señala que, en cada período, las propiedades generales de los cuerpos
simples varían del uno al otro con regularidad aproximada, hasta que se alcanza
el séptimo miembro, que está en contraste más o menosseñalado con
el primer cuerpo simple del mismo período, así como con el primero que le
sigue. Así, el cloro, séptimo miembro del tercer período de Mendeleef,
contrasta fuertemente con el sodio, primer miembro de la misma serie, y con el
potasio, primer miembro de la serie próxima; mientras que, por otro lado, el
sodio y el potasio son muy análogos. Los seis cuerpos simples, cuyos pesos
atómicos intervienen entre el sodio y el potasio, varían en propiedades paso a
paso, hasta que se llega al cloro, contraste del sodio. Pero desde el cloro al
potasio, análogo del sodio, hay un cambio per saltum, de propiedades... Si
reconocemos de este modo un contraste de propiedades, más o menos marcado,
entre el primero y el último miembros de cada serie, no podremos por menos de
admitir la existencia de un punto de variación media dentro de cada sistema. En
general, el cuarto cuerpo de cada serie posee la propiedad que
pudiera esperarse que exhibiese un cuerpo de transición... Así, al objeto de
una traducción gráfica, el profesor Reynolds considera que el cuarto miembro de
un período –el silicio por ejemplo- puede colocarse en el punto culminante de
una curva simétrica, que representará, para aquel período particular, la
dirección en que varían las propiedades de las series de cuerpos simples con
los crecientes pesos atómicos”.
Ahora bien; la escritora
confiesa humildemente su completa ignorancia de la
Química moderna
y de sus misterios. Pero, en cambio, conoce bastante bien la Doctrina Oculta respecto
de las correspondencias de los tipos y antetipos en la
Naturaleza, y la perfecta analogía como ley fundamental en Ocultismo. De aquí
que se aventure a hacer una observación que será acogida por todos los
ocultistas, aun cuando sea despreciada por la ciencia ortodoxa. Este método de
ilustrar la ley periódica en la conducta de los cuerpos simples, sea o no
todavía una hipótesis en la Química, es una ley en Ciencias Ocultas.
Todo ocultista instruido sabe que los miembros séptimo y cuarto –sea
en una cadena septenaria de mundos, la jerarquía septenaria de ángeles o la
constitución del hombre, del animal, de la planta o del átomo mineral- que los
miembros séptimo y cuarto, repetimos, desempeñan
siempre una parte distinta y específica en el sistema septenario, en las obras
geométrica y matemáticamente uniformes de las leyes inmutables de la
Naturaleza. Desde las estrellas que brillan en lo alto de los cielos hasta las
chispas que saltan del fuego, encendido de modo primitivo por el salvaje en su
bosque; desde las jerarquías y la constitución esencial de los Dhyân Chohans
–organizados para aprehensiones más divinas y para un orden de conceptos mucho
más elevado que pudiera soñar jamás el más grande entre todos los psicólogos
occidentales, descendiendo hasta la clasificación en la
Naturaleza de las especies entre los insectos más humildes; finalmente, desde
los Mundos a los Átomos, todo el Universo, desde lo grande a lo pequeño,
procede en su evolución espiritual y física de un modo cíclico y septenario,
mostrando a sus números séptimo y cuarto (este último siendo el punto de vuelta)
conduciéndose del mismo modo que se muestra en esa ley periódica de los Átomos.
La Naturaleza jamás procede per saltum. Por tanto, cuando Mr.
Crookes observa en este punto que “no quiere inferir que los vacíos de la tabla
de Mendeleef, en su presentación gráfica [el diagrama que muestra la evolución
de los Átomos], signifiquen necesariamente que haya cuerpos simples que
realmente existen para llenar los vacíos; estos vacíos pueden significar tan
sólo que en el nacimiento de los cuerpos simples había una potencialidad fácil
para la formación de un elemento que encajaría en el lugar”; un ocultista le
haría respetuosamente observar que la última hipótesis sólo puede sostenerse no
tocando al arreglo septenario de los Átomos. Esta es la ley una, y
un método infalible que conduce siempre al éxito a quien lo sigue.
21. Un grupo de electricistas acaba de protestar contra
la nueva teoría de Clausius, el famoso profesor de la Universidad de Bonn. El
carácter de la protesta se demuestra en la firma de “Jules Bourdin en nombre
del grupo de electicistas que tuvieron la honra de ser presentados al profesor
Clausius en 1881, y cuyo grito de guerra (cri da ralliement) es
A bas l’Ether”, abajo el Éter; ¡necesitan, pues el Vacío Universal!
SECCIÓN XII
EVIDENCIA CIENTÍFICA Y ESOTÉRICA DE LA TEORÍA
NEBULAR MODERNA Y OBJECIONES A LA MISMA
1. Smithsonian Contributions, XXI, art. I, págs. 29-97.
2. System of Logic, pág. 229.
3. Más allá de la línea de Acción.
4. Progymnasmata, pág. 795.
5. De Stella Nova in Pede Serpentarii, pág. 115.
6. HypothèsesCosmogoniques, pág. 2, C. Wolf, 1886.
7. Véase Philosophical Transactions, pág.
269 y siguientes.
8. Este artículo puede verse traducido al castellano
en la revista Sophia, octubre y noviembre de 1894. (N. del T.).
9. Laplace concebía que las zonas externas e internas
del anillo girarían con la misma velocidad angular que tendría en su caso un
anillo sólido; pero el principio de áreas iguales requiere que las zonas
internas giren más rápidamente que las externas (World-Life, pág. 121).
El profesor Winchell señala bastantes equivocaciones de Laplace; pero, como
geólogo, él no es infalible, a su vez, en sus “especulaciones astronómicas”.
10. Five Years of Theosophy, págs. 249-50, Art. Do the Adepts deny the
Nebular Theory? “¿Niegan los adeptos la Teoría Nebular?”
11. Si los astrónomos, en su estado de conocimiento
presente, se hubiesen limitado a la hipótesis de Laplace, que era sencillamente
la formación del Sistema Planetario, se hubieran con el tiempo aproximado a la
verdad. Pero las dos partes del problema general –la de la formación del
Universo o la formación de los Soles y Estrellas de la Materia Primitiva, y
luego el desarrollo de los Planetas alrededor de su Sol- se basan en hechos muy
distintos en la Naturaleza,y así lo considera la Ciencia misma. Están ellos en
los polos opuestos del Ser.
12. Physica de Aristóteles, VIII, I.
13. Hypothèses Cosmogoniques, pág. 3, Wolf.
14. Vol. I, pág. 185, citado por Wolf, pág. 3. El
argumento de Wolf se ha resumido aquí.
15. Nota VII. Extractados de Wolf, pág. 6.
16. Five Years of Theosophy, págs. 239, 241 y 242.
17. Pero el espectro de estas nebulosas nunca ha sido
determinado. Sólo se las puede citar cuando se encuentren
en ellas líneas brillantes.
18. Hypothèses Cosmogoniques, pág. 3.
19. El Protilo de Mr. Crookes no debe ser considerado
como el material primordial, del cual los Dhyân Chohans, de acuerdo
con las leyes inmutables de la Naturaleza, construyeron nuestro Sistema Solar.
Este Protilo no puede ser siquiera la Materia Prima de Kant, que servía, según
aquella gran inteligencia, para la constitución de los mundos; y por tanto, no
existía ya en un estado difuso. El Protilo es una fase mediata en
la progresiva diferenciación de la Substancia Cósmica, desde su estado normal
indiferenciado. Es, pues, el aspecto que asume la Materia a la mitad de su
curso hacia la objetividad completa.
20. Véase Estancia III, Comentario 9, sobre la “Luz” o
“Llama Fría”, donde se explica que la “Madre” –el Caos- es Fuego
frío, una Radiación fría, sin color ni forma, privada de toda cualidad. Se dice
que “El Movimiento, como el Eterno Uno, ES, y contiene las potencialidades
de todas las cualidades de los mundos Manvantáricos”.
21. Hipothèses Cosmogoniques, págs. 4 y 5.
22. World-Life, pág. 196.
23. Westminister Review, julio 27, 1868.
24. Vol. 14, pág. 252.
SECCIÓN XIII
LAS FUERZAS:
¿MODOS DE MOVIMIENTO
INTELIGENCIAS?
1. Hypothèses Cosmogoniques.
2. A cuya “Luz” llamamos Fohat.
3. Esto es un error, que implica un agente material
distinto de las influencias que lo mueven, es decir, la materia ciega y quizá
“Dios” también, mientras que esta vida UNA es el mismo Dios y Dioses en “sí
mismo”.
4. El mismo error.
5. Popular Science Review, vol. X.
6. “¿Es el Jiva un mito, como dice la ciencia, o no lo
es?” preguntan algunos teósofos, que oscilan entre la ciencia materialista y la
idealista. La dificultad de penetrarse realmente de los problemas esotéricos
concernientes al “último estado de la Materia” es de nuevo el antiguo
rompecabezas de lo objetivo y lo subjetivo. ¿Qué
es la Materia? ¿Es la Materia de nuestra presente conciencia objetiva otra cosa
que nuestras sensaciones? En verdad, las sensaciones que recibimos
vienen de afuera; pero ¿podremos realmente –excepto en cuestión de
fenómenos- hablar de la “materia grosera” de este plano como de una entidad
aparte e independiente de nosotros? A todos los tales argumentos, responde el
Ocultismo: Es verdad; en realidad la Materia no es
independiente de nuestras percepciones, ni existe fuera de ellas. El hombre es
una ilusión: concedido. Pero la existencia y la efectividad de
otras entidades, todavía más ilusorias, pero no menos reales que
lo somos nosotros, no por eso pierde su valor, sino que por el contrario lo
aumenta, por esta doctrina del idealismo vedantino, y aun del kantiano.
7. Véase Musée des Sciences, agosto 1856.
8. Libro II del Comentario del Libro de Dzyan.
9. Hasta la cuestión de la pluralidad de mundos
habitados por criaturas dotadas de sensibilidad es tratada con la mayor reserva
o bien es rechazada. Y, sin embargo, véase lo que el gran astrónomo Camilo
Flammarion dice en su Pluralité des Mondes.
10. Sin embargo, puede demostrarse con el testimonio de
la misma Biblia, y de tan buenos teólogos cristianos como el
Cardenal Wiseman, que esta pluralidad es enseñada tanto en el Antiguo como
en el Nuevo Testamento.
11. Véase Plurality of Worlds, vol. II.
12. Véase sobre esto La Pluralité des Mondes
Habités, por C. Flammarion, en donde figura la lista de los muchos hombres
de ciencia que han escrito para probar la teoría.
13. World-Life, págs. 496-498 y sigs.
14. World-Life.
15. El Libro de Enoch, traducido por el Arzobispo Laurence, capítulo
LXXIX.
SECCIÓN XIV
DIOSES, MÓNADAS
Y ÁTOMOS
1. El Âtmâ, o Espíritu, el Yo Espiritual, pasando como
un hilo a través de los cinco Cuerpos Sutiles, o Principios, Loshas, se llama
“Alma Hilo” en la Filosofía Vedantina.
2. “El Principio Septenario”, Five Years of
Theosophy, pág. 197.
3. Pythagorean Triangle, por el Rev. G. Oliver, pág. 36.
4. Véase Critique de la Raison Pure, de
Kant, trad. De Barni, II, 54.
5. Plutarco, De Placitis Philosophorum.
6. En las iglesias griega y latina –que consideran al
matrimonio como uno de los sacramentos-, el sacerdote que oficia durante la
ceremonia representa el vértice del triángulo; la novia su lado izquierdo
femenino y el novio el derecho, mientras que la línea de la base está
simbolizada por la fila de testigos e invitados. Pero tras el sacerdote está el
Sanctasantórum, con un misterioso contenido y significado simbólico, dentro del
cual sólo los sacerdotes consagrados deben entrar. En los primitivos tiempos
del Cristianismo, la ceremonia matrimonial era un misterio y un verdadero
símbolo. Ahora, sin embargo, hasta las iglesias han perdido el verdadero
significado de este simbolismo.
7. New Aspects of Life and Religion, por Henry Pratt, M. D., pág. 7, ed. 1886.
8. Ibíd., págs. 7 y 8.
9. Ibíd., pág. 9.
10. Pythagorean Triangle, por el Rev. G. Oliver, págs. 18 y 19.
11. Pág. 387.
12. Pág. 387.
13. En el Mundo de la Forma, el simbolismo encontrando
expresión en las pirámides, tiene en ellas a la vez el triángulo y el cuadrado,
cuatro triángulos o superficies coiguales, cuatro puntos básicos, y el quinto,
- el ápice.
14. Págs. 385 y 386.
15. Ob. Cit., por Isaac Myer, pág. 174.
16. Página 175.
17. Página 175.
18. “La designación inferior, o la Deidad en la
Naturaleza, el término más general Elohim, es traducido por Dios” (pág. 175).
Obras tan recientes como la Qabbalah de Mr. Isaac Myer, y de
Mr. S. L. MacGregor Mathers, justifican plenamente nuestra actitud hacia la
Deidad jeovística. No es a la abstracción trascendental, filosófica y altamente
metafísica del pensamiento original kabalístico –Ain-Soph-Shekinah-Adam-Kadmon,
y todo lo que sigue- a lo que nos oponemos, sino a la cristalización de todo
esto en el Jehovah antropomórfico, excesivamente antifilosófico y repulsivo, la
deidad finita y andrógina, para la que se pretende la
eternidad, la omnipotencia y la omnisciencia. No combatimos contra la
Realidad Ideal, sino contra su horrible Sombra teológica.
19. La palabra “Psicología” no debe ser causa de que el
lector dirija sus pensamientos, por asociación de ideas, hacia los llamados
“psicólogos” modernos, cuyo Idealismo es otro nombre de un
materialismo declarado, y cuyo pretendido monismo no es más que una máscara
para ocultar el vacío de la aniquilación final, hasta de la misma conciencia.
Aquí se quiere significar Psicología espiritual.
20. “Vishvânara no es meramente el mundo objetivo
manifestado, sino la base física una [la línea horizontal del triángulo] de la
que surge a la existencia todo el mundo objetivo”. Y ésta es la Dúada Cósmica,
la Substancia Andrógina. Más allá de esto solamente está el verdadero Protilo.
21. 21 T. Subba Row. Véase The Theosophist, de febrero 1887.
22. Por W. Crookes, F. R. S., V. P. C. S., leído en la
Institución Real de Londres el viernes 18 de febrero de 1887.
23. Cuán verdad es esto será plenamente demostrado sólo
el día en que el descubrimiento de Mr. Crookes, de la materia radiante,
conduzca a una mayor elucidación respecto al verdadero origen de la luz, y
ponga en revolución todas las especulaciones presentes. También ayudará a poner
de manifiesto esta verdad un mayor conocimiento de las flámulas de la aurora
borealis, del Norte.
24. Genesis of the Elements, pág. 1ª.
25. De Placit. Philos.
26. The Path, I, 10, pág. 297.
27. Página 11.
28. Correspondiendo en la escala cósmica con el
Espíritu, Alma, Mente, Vida, y los tres vehículos: los Cuerpos Astral, Mâyâvico
y Físico (de la Humanidad), cualquiera que sea la división que se haga.
29. Ibíd., pág. 16.
30. Vol. I, pág. 429.
31. Ibíd., pág. 21.
32. ¡El Señor es un fuego devorador”.
“En él estaba la vida, y la vida era laluz de los hombres”.
33. El cual, descompuesto alquímicamente,
nos daría el Espíritu de Vida, y su Elixir.
34. Sobre todo, el postulado de que no existen en la
Naturaleza cosas semejantes a substancias o cuerpos inorgánicos.
Las piedras, minerales, rocas y hasta los “átomos” químicos son simplemente
unidades orgánicas en letargo profundo. Su coma tiene un fin, y su inercia se
convierte en actividad.
35. Ibíd., pág. 144.
36. La ortografía del nombre, según él mismo lo
escribía, es Leibniz. Era él de origen eslavo, aunque nacido en Alemania.
37. Monadología: introducción.
38. “El dinamismo de Leibnitz” –dice el profesor
Lachelier- “ofrecería poca dificultad si la mónada hubiese sido, para él, un
simple átomo de fuerza ciega. Pero... ¡Se comprende perfectamente
la perplejidad del Materialismo Moderno!”
39. The Path, I, 10, pág.
297
40. Leibnitz era un idealista absoluto al
sostener que “los átomos materiales son contrarios a la razón (Système Nouveau,
Erdmann, página 126, col. 2). Para él la Materia era una simple representación
de la Mónada, sea atómica o humana. Pensaba (lo mismo que nosotros) que las
Mónadas están en todas partes. Así el alma humana es una Mónada, y cada célula
del cuerpo humano tiene su Mónada, como también cada célula en el animal, el
vegetal y hasta en los llamados cuerpos inorgánicos. Sus Átomos son las
moléculas de nuestra ciencia moderna, y sus Mónadas aquellos simples
átomos que la ciencia materialista acepta por la fe, aun cuando nunca
conseguirá ponerse al habla con ellos, excepto en la
imaginación. Pero Leibnitz más bien se contradice en sus opiniones sobre las
Mónadas. Habla él de sus “Puntos Metafísicos” y “Átomos formales”, una vez
como realidades, que ocupan el espacio; y otra como ideas puramente
espirituales; luego de nuevo los dota de objetividad y de agregados y
posiciones en sus correlaciones
41. Examen des Principes du P. Malebranche.
42. Los Átomos de Leibnitz no tienen, a la verdad, nada
de común sino el nombre con los átomos de los materialistas griegos, ni
siquiera con las moléculas de la ciencia moderna. Los llama él “Átomos
formales”, y los compara a las “Formas Substanciales” de Aristóteles. (Véase Système Nouveau, párr. 3).
43. Carta al Padre Desbosses; Correspondence,
XVIII.
44. Monadología, párr. 60, Leibnitz como Aristóteles, las llama
Mónadas “creadas” o emanadas (los Elementales procedentes de
Espíritus Cósmicos o Dioses) –Entelequias, ..., y “autómatas incorpóreos”. (Monadología,
párr. 18).
45. Estas tres “divisiones en conjunto” corresponden al
Espíritu, la Mente (o Alma) y el Cuerpo, en la constitución humana.
46. El hermono C. H. A. Bjerregaard, en su mencionada
conferencia, previene a su auditorio que no se debe considerar demasiado a los
Sephiroth como individualidades; pero al mismo tiempo debe evitarse
ver sólo abstracciones en ellos. “Nunca llegaremos a la
verdad” –dice- “y mucho menos al poder de asociarnos con ests entidades
celestiales, hasta que volvamos a la simplicidad y privación de todo temor de
las edades primitivas, cuando los hombres se mezclaban libremente con los
dioses, y los dioses descendían entre los hombres y los guiaban en la verdad y
santidad” (pág. 296). “Hay en la Biblia varias designaciones
de los “ángeles” que muestran clarmente que seres como los elementales de la
Kábala y las mónadas de Leibnitz tienen que comprenderse en aquel término más
bien que en el que comúnmente se comprenden. Ellos son llamados “estrellas de la
mañana”, “fuegos llameantes”, “los poderosos”; y San Pablo los ve en su visión
cosmogónica como “Principados y Poderes”. Semejantes nombres excluyen la idea
de personalidad y nos vemos obligados a imaginárnoslos como existencias
impersonales... como una influencia, una substancia espiritual, o
una fuerza consciente” (páginas 321 y 322).
SECCIÓN XV
EVOLUCIÓN CÍCLICA Y KARMA
1. Catecismo Buddhista, por H. S. Olcott, Presidente de la Sociedad
Teosófica, publicado en español.
2. Ibíd., págs. 51 y 52.
3. Nos referimos a aquellos que considerarían la
afirmación como una impertinencia o irreverencia hacia la Ciencia aceptada, a
la obra As regards Protoplasm, del Dr. James Hutchinson Stirling,
que es la defensa de un Principio Vital versus los molecularistas –Huxley,
Tyndall, Vogt y Cía.- y les pedimos que examinen si resulta o no una verdad el
decir que aun cuando las premisas científicas pueden no ser siempre correctas,
on, sin embargo, aceptadas para llenar un vacío o un hueco en algún tema
favorito materialista muy querido. Hablando del protoplasma y de los órganos
del hombre “desde el punto de vista de Mr. Huxley”, dice el autor: “Es, pues,
probable que, respecto a cualquier continuidad de poder, de forma o de
substancia en el protoplasma, hayamos visto bastante lacunoe”. Más
aún, Mr. Huxley mismo puede ser testigo de ello. No es raro encontrar en su
trabajo fáciles admisiones de probabilidad, allí donde
la certidumbre debía reemplazarla. Por ejemplo, dice: "Es
más que probable que cuando el mundo vegetal sea por completo
explorado, encontraremos a todas las plantas en posesión de los
mismos poderes". Cuando se anuncia de un modo decisivo una conclusión, es
casi un desengaño que se nos diga, como aquí, que las premisas están todavía
por recoger [!!]... Además, he aquí un pasaje en el que le ve destruyendo su
propia “basis” bajo sus propios pies. Después de decirnos que todas
las formas del protoplasma se componen de carbono, hidrógeno, oxígeno y
nitrógeno “en unión muy compleja”, continúa: “A esta compleja combinación, cuya
naturaleza no ha sido determinada nunca con exactitud [!!], se le ha
aplicado el nombre de protein”. Esto es, claramente, una
identificación, por parte de Mr. Huxley, del protoplasma y el protein;
y lo que se dice del uno siendo necesariamente una verdad para el otro, se
deduce que admite que la naturaleza del protoplasma no ha sido nunca
determinada con exactitud, y que hasta para él mismo el lis está
todavía sub judice. Esta admisión se halla fortalecida también por
las palabras: “Si usamos este término (protein) con la cautela que
naturalmente resulta de nuestra ignorancia relativa de las
cosas que representa”... etc. (Págs. 33 y 34, edición 1872, en réplica a Mr.
Huxley en Yeast).
¡Éste es el eminente
Huxley, el rey de la fisiología y de la biología, a quien se le prueba que
juega a la gallina ciega con premisas y hechos! ¡Qué no pueden
hacer después de esto “los pequeñuelos” de la Ciencia!
4. “Los Ciclos de Materia”, nombre dado por el
profesor Winchell a un Ensayo escrito en 1860.
5. World-Life, págs. 535, 548.
6. Citado en Fuerza y Materia, de Büchner.
7. Los hombres de ciencia dirán: Negamos, porque nada
semejante se ha presentado dentro del área de nuestra experiencia. Pero, como
ha argüyido el fisiólogo Charles Richet: “Sea así, ¿pero habéis por lo menos
demostrado lo contrario?... No neguéis, pues, a priori. La ciencia actual no ha
progresado todavía lo suficiente para que tengáis semejante derecho”. La
Suggestion mentale et le Calcul des Probabilités.
8. Lectures on the Philosophy of History, pág. 26, traducción inglesa de Sibree.
9. Isis sin Velo, vol. I.
10. Este simbolismo no impide que estos personajes,
ahora aparentemente míticos, hayan gobernado una vez la tierra bajo la forma
humana de la vida efectiva, aun cuando eran Hombres verdaderamente divinos y
semejantes a dioses. La opinión del coronel Vallancey –y también la del Conde
de Gebelin- de que los “nombres de los Kabiri parecen ser todos alegóricos, y
no [?] tienen otra significación que un almanaque con los cambios de estaciones
– calculados para las operaciones de la agricultura” (Collect. De Reb.
Hibern, núm. 13, Praef. Sect. 5), es tan absurda como su afirmación de que
Aeon, Cronos, Saturno y Dagón son todos uno, a saber: el “Patriarca Adán”. Los
Kabiri fueron los instructores de la Humanidad en la agricultura, porque eran
los Regentes sobre las estaciones y Ciclos Cósmicos. De aquí que fuesen ellos
los que regulasen, como Espíritus Planetarios o Ángeles (Mensajeros), los misterios del arte de
la agricultura.
11. Estaría mejor decir: “Los que temen a
Karma-Némesis”.
12. Dryden.
13. No todos,sin embargto, pues hay hombres de ciencia
que despiertan a la vverdad. He aquí lo que leemos: “Adondequiera que volvamos
los ojos, encontramos un misterio... todo en la Naturaleza nos es deconocido...
Sin embargo, son numerosas las mentes superficiales para las que nada puede ser
producido por las fuerzas naturales fuera de los hechos observados hace tiempo,
consagrados en libros y agrupados más o menos hábilmente con la ayuda de
teorías cuya efímeraduración debiera, en el presente, haber demostrado su
insuficiencia... No pretendo discutir la posibilidad de seres invisibles de
naturaleza distinta a la nuestra y capaces de impeler la materia a la acción.
Profundos fisólofos han admitido esto en todas las épocas, como consecuencia de
la gran ley de continuidad que rige al Universo. Esa vida intelectual, que
vemos a partirde algun modo del no-ser (néant) y que llega gradualmente
al hombre, ¿puede pararse bruscamente en él para reaparecer sólo en el
infinito, en el soberano regulador del mundo? Esto es poco probable. Por lo
tanto, “ni niego la existencia de los espíritus, ni niego la del alma, aunque
trato aún de explicar ciertos hechos sin esta hipótesis”. Fuerzas No
Definidas, Investigaciones Históricas y Experimentales, pág. 3
(París, 1877). El autor es A. De Rochas, hombre científico muy conocido en
Francia, y su obra es uno de los signos del presente.
SECCIÓN XVI
EL ZODÍACO Y SU ANTIGÜEDAD
1. IX, 9.
2. XXXVIII, 31 y 32.
3. Astonomie Antique.
4. Las Pléyades, como es sabido, son las siete
estrellas más allá del Toro, que aparecen al principio de la primavera. Tienen
ellas un significado muy oculto en la Filosofía Esotérica inda y están
relacionadas con el Sonido y otros principios místicos de la
Naturaleza.
5. Véase Astonomie Antique, págs. 63 a 74.
6. Temple de Jerusalem, vol. II, part. II, cap. XXX.
7. Cap. VII.
8. Citado por De Mirville, Des Esprits. IV, pág. 58.
9. Natural Genesis, vol. II, pág. 318.
10. Proem., 2.
11. Astronomy of the Ancients. Lewis, pág. 264.
12. Natural Genesis, vol. II, pág. 319.
13. Proclus, In Timoeum, vol. I.
14. Génesis, XIX.
15. Creuzer, vol. III, pág. 930.
16. Cyropoedia, VIII, pág. 7, citado en Des Esprits,
IV, pág. 55.
17. Des Esprits, IV, págs. 59 y 60.
18. Origine de tous les Cultes, “Zodiaque”.
19. Vie de notre Seigneur Jésus Christ. I, pág. 9
20. Sea o no verdad que muchas naciones hayan visto esa
misma estrella, todos sabemos que los sepulcros de los “tres Magos” –que
respondían a los nombres, por completo teutónicos, de Gaspar y Melchor, siendo
Baltasar la única excepción, dos nombres que suenan muy poco a Caldeos- se
enseñan por los sacerdotes en la famosa catedral de Colonia, en donde los
cuerpos de los Magos no sólo se supone, sino que se cree firmemente que han
sido enterrados.
21. Esta tradición acerca de los “setenta planetas” que
presiden los destinos de las naciones está basada en laenseñanza cosmogónica
oculta de que además de nuestra propia cadena septenaria de Mundos-Planetas
existen muchos otros en el Sistema Solar.
22. Des Esprits. IV, pág. 67.
23. The Mythological Astronomy of the Ancients
Demonstrated; parte
segunda, o The Key of Urania, págs. 23 y 24, ed. 1823.
24. Todos los eruditos saben, por supuesto, que los
caldeos reclamaban los mismos dígitos (432) ó 432.000 para sus Dinastías
Divinas, que los indos asignan a su Mahâyuga, o sea 4.320.000. De aquí que el
Dr. Sepp, de Munich, emprendiese la tarea de sostener a Kepler y a Wilford en
su acusación de que los indos los habían tomado de los cristianos, y los
caldeos de los judíos, quienes se pretende que esperaban a su Mesías en el año
del mundo 4.320 [!!!]. Como, según los antiguos escritores, estas cifras estaban
basadas por Beroso en los 120 Saros –cada división significando seis Narosde
600 años cada uno, haciendo un total de 432.000 años-, parecen ser decisivas,
observa De Mirville (Des Esprits, III, pág. 24). Así, el piadoso
profesor de Munich dedicóse a explicarlas en el sentido correcto.
Pretende haber descifrado el enigma mostrando que “el Saros se componía, según
Plinio, de 222 meses synódicos, o sean 18 años 6/10”; y que el calculador
vuelve naturalmente sobre las cifras “dadas por Suidas”, quien afirmaba que los
“120 Saros hacían 2.222 años sacerdotales y cíclicos que equivalían a 1.656
años solares”. (Vie de Notre Seigneur Jésus Christ, II, pág. 417).
Pero Suidas no dijo
semejante cosa; y, aun suponiendo que así fuera, su afirmación hubiese probado
muy poco o nada. Los Naros y Saros eran la misma espina en el costado de los
antiguos escritores no iniciados, que el apocalíptico 666 de la
“Gran Bestia”, es la de los modernos, y las primeras cifras tuvieron sus poco
afortunados Newtons, como ha sucedido con las últimas.
25. Véase Isis sin Velo, tomo III.
26. El lector tiene que tener presente que la frase
“año climatérico” tiene otro significado que el usual, cuando la emplean los
ocultistas y místicos. No solamente es un período crítico durante el cual se
espera periódicamente algún gran cambio, ya sea en la constitución humana o en
la cósmica, sino que tambiénse refiere a cambios espirituales universales. Los
europeos llamaban a cada año 63 el “gran climatérico”, y suponían, quizás con
razón, que esos años eran los que se producían por la multiplicación de 7 por
los números impares 3, 5, 7 y 9. Pero 7 es la verdadera escala de la
naturaleza, en Ocultismo, y el 7 tiene que multiplicarse de un modo y por un
método muy distinto que el que hasta ahora conocen las naciones europeas.
27. Des Esprits, IV, pág. 61
28. Tomo III.
29. Véase Recueil de l’Academie des
Inscriptions, 1853, citado en Des Esprits, IV, página 62.
30. Ruins of Empires, pág. 360.
31. Véanse págs. 54, 196 y siguientes.
32. Para una prueba detallada y científica de esta
conclusión, véase la página 121 de la obra de M. Bailly, donde el asunto se
discute técnicamente.
33. Por qué ha de ser una “ficción” es lo que nunca
pueden demostrar los hombres científicos europeos.
34. Lo que sigue es una contestación a los hombres de
ciencia que pudiesen creer que nuestra astronomía fue llevada a la India y
comunicada a los indos por nuestros misioneros: 1º La astronomía inda tiene sus
formas peculiares propias, caracterizadas por su originalidad; si hubiera sido
una traducción de nuestra astronomía, se hubiera necesitado una habilidad y un
conocimiento consumados para disimular el robo. 2º Al adoptar el movimiento
medio de la Luna, hubieran adoptado también la inclinación de la eclíptica, la
ecuación del centro del Sol y la duración del año; estos elementos difieren por
completo de losnuestros, y son notablemente exactos aplicados a la época 3102,
mientras que serían en extremo erróneos si hubiesen sido calculados para el
último siglo. 3º Finalmente, nuestros misioneros no pudieron comunicar a los
indos en 1687 las tablas de Cassini, porque entonces no existían éstas; sólo
podrían ellos conocer los movimientos medios de Tycho, Riccioli, Copérnico,
Bouillaud, Kepler, Longomontanus, y los de las tablas de alfonso. Presentaré
ahora un cuadro de estos movimientos medios para 4.383 años y 94 días.
(Riccioli: Almag., I, pág. 255):
TABLA Movimiento
medio Diferencia
del indo
D. H. M. S. H. M. S.
Alfonso
.................................... 9 7 2 47 .......................................... –
0 42 14
Copérnico
................................ 9 6 2 13 ..................................... –
1 42 48
Tycho
...................................... 9 7 54 40 ........................................... +
0 9 39
Kepler
..................................... 9 6 57 35 ........................................... –
0 47 26
Longomontanus
...................... 9 7 2 13 ........................................... –
0 42 48
Bouillaud
................................. 9 6 48 8 ........................................... –
0 58 53
Riccioli
.................................... 9 7 53 57 ........................................... +
0 8 56
Cassini
................................... 9 7 44 11 ............................................ –
0 0 50
India
....................................... 9 7 45 1
“Ninguno de estos movimientos medios, excepto los
de Cassini, concuerdan con los de los indos, quienes, por lo tanto, no tomaron
de nadie sus movimientos medios, puesto que sus cifras sólo están de acuerdo
con las de Cassini, cuyas tablas no existían en 1687. Por tanto, este
movimiento medio de la luna pertenece a los indos, que sólo pudieron obtenerlo
por la observación”. Ibíd., nota págs. XXXVI, XXXVII.
35. Traité
de l’Astronomie Indienne et Orientale; pág. XX y siguientes, edición 1787,
de Bailly.
SECCIÓN XVII
RESUMEN DE LA SITUACIÓN
1. Cap. III. “On Matter”.
2. Lecture on Protoplas, por Mr. Huxley.
3. Física de Ganot, pág. 68, traducción de Atkinson.
4. Véase vol. I, págs. 338-339 citado, de Le Mystère et la Science;
Conférences, Père Félix de Notre Dame.
5. ¡He aquí la obra de los Ciclos y su vuelta
periódica! Los que negaban que tales “Entidades” (Fuerzas) fuesen cuerpos, y
los llamaban “Espacios”, eran los prototipos de nuestro público moderno
“atacado de ciencia”, y de sus maestros oficiales, que hablan de las Fuerzas de
la Naturaleza como energía imponderable de la Materia y como modos de
movimiento, y sin embargo tienen a la electricidad por tan atómica como
la Materia misma. (Helmholtz). La inestabilidad y la contradicción reinan
tanto en la ciencia oficial como en la heterodoxa.
6. The Virgin of the World, de Hermes Mercurio Trismegisto, traducido al
inglés por la Dra. Anna Kingsford y Edward Maitland, páginas 83 y 84.
7. “Hermes incluye aquí como Dioses a las Fuerzas
sensibles de la Naturaleza, los elementos y fenómenos del Universo”, obserrva
la Dra. A. Kingsford en una nota, explicándolo muy correctamente. Lo mismo hace
la Filosofía Oriental.
8. Ibíd., págs. 64 y 65.
9. Véase también Sección IX. LA FUERZA FUTURA.
10. Véase el Libro de los Muertos, cap.
XVII.
11. “¡Oh, Tum, Tum! Salido de la grande [hembra] que es el seno de las aguas
[el gran Océano o espacio], luminoso por medio de los dos Leones”, la Fuerza
doble o poder de los dos ojos solares, o las fuerzas
electropositiva y electronegativa. (Véase el Libro de los
Muertos, cap. III).
12. Cap. LXXIX.
13. Imagen que expresa la sucesión de las funciones
divinas, la transmutación de una forma en otra, o la correlación de las
fuerzas. Aam es la fuerza electropositiva que devora todas las demás, como
Saturno devoró a su progenie.
14. Aanru, en el dominio de Osiris, es un campo
dividido en catorce secciones “rodeadas de un cerco de hierro,
dentro del cual crece el grano de la vida de siete codos de alto”,
el Kâma Loka de los egipcios. Solamente aquellos muertos que saben los nombres
de los siete porteros de los “siete vestíbulos” son admitidos en el
Amenti para siempre, esto es, los que han pasado por las Siete
Razas de cada Ronda – de otro modo reposarán en los campos inferiores;
también representa los siete Devachanes o Lokas sucesivos. En el Amenti se
convierte uno en espíritu puro por la Eternidad (XXX, 4); mientras que en el
Aanru, el “alma del espíritu” o el Difunto, es devorado cada
vez por Uraeus – la Serpiente, hija de la Tierra (en otro sentido los
principios vitales primordiales del Sol), esto es, el Cuerpo Astral del difunto
o el “Elementario”, se disuelve y desaparece en el “Hijo de la Tierra”, el
tiempo limitado. El alma abandona los campos de Aanru, y va a la
tierra bajo alguna forma que quiera asumir. Véase cap. XCIX, Libro de
los Muertos).
15. Véase Libro de los Muertos, cap. CVIII,
4.
16. Maspero en el Guide au Musée de Boulaq,
pág. 152. Ed. 1883.
17. Véase Libro de los Muertos, cap. XCIV.
18. Revue des Deux Mondes, 1865, págs. 157 y 158.
FIN DEL
TOMO II
* * *
Este libro fue digitalizado para distribución libre
y gratuita a través de la red
utilizando el software (O.C.R.) “OmniPage Pro
Versión 11” y un scanner “Acer S2W”
Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de
Hernán.
Rosario - Argentina
05 de Marzo 2003 – 18:35

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