© Libro N° 13996. Una Dama De
Redhorse. Bierce,
Ambrose. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Una Dama De Redhorse. Ambrose
Bierce
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Ambrose Bierce
Una Dama De
Redhorse
Ambrose Bierce
UNA DAMA DE REDHORSE
Coronado, 20 de
junio.
Cada vez estoy más interesada en él. No es, estoy segura, su... ¿Conoces
algún buen sustantivo que corresponda al epíteto «guapo»? No me gusta decir
«belleza» cuando hablo de un hombre. Es harto guapo, Dios lo sabe. Cuando está
en sus mejores momentos, que siempre lo son, ni siquiera confiaría en ti... la
más fiel de las esposas. No creo que la fascinación de su trato tenga mucho que
ver con ello. Bien sabes que el encanto del arte reside en algo indefinible, e
imagino que para nosotras, mi querida Irene, el arte que estamos considerando
es menos indefinible que para dos muchachas recién presentadas en sociedad. Sé
de qué manera mi apuesto caballero obtiene muchos de sus efectos y hasta podría
darle algunos consejos para que los realzara. Sea como fuere, sus modales son
deliciosos. En este hombre, sospecho, lo que más me atrae es la inteligencia.
Su conversación es la más seductora que he oído y no puede compararse con la de
ningún otro. Parece conocerlo todo, y tiene que ser así porque lo ha leído
todo, ha estado en todas partes, ha visto cuanto había que ver —a veces, creo,
más de lo que conviene— y está relacionado con la gente más rara. Y su voz,
Irene... Cuando la oigo, siento que debería pagar para oírla, aunque soy dueña
de ella, claro está, cuando se dirige a mí.
3 de julio.
Tengo la impresión de que mis observaciones sobre el doctor Barritz,
escritas al correr de la pluma, deben de haber sido muy tontas; de otro modo,
no te habrías referido a él con esa ligereza, por no decir falta de respeto.
Créeme, querida, tiene más dignidad y seriedad (de aquellas, quiero decir, que
no son incompatibles con una manera de ser juguetona y siempre encantadora) que
cualquiera de los hombres que tú y yo hayamos conocido nunca. Y el joven Raynor
—conociste a Raynor en Monterrey— me cuenta que todos los hombres lo estiman y
que en todas partes lo tratan con deferencia. Hay también un misterio, algo
acerca de su relación con la gente de Blavatsky, en la India del Norte. Tampoco
Raynor ha querido o podido contarme detalles. Deduzco que al doctor Barritz lo
consideran —¡no te atrevas a reírte!— un mago. ¿Puede haber algo más hermoso?
Un misterio común no es, desde luego, tan divertido como un escándalo, pero
cuando se vincula con prácticas oscuras y terribles, con el ejercicio de
poderes sobrenaturales, ¿puede haber algo más sugestivo? Explica, asimismo, la
singular influencia que este hombre tiene sobre mí. Es lo indefinible de su
arte: magia negra. En serio, querida, tiemblo de verdad cuando fija en los míos
la mirada inescrutable de sus ojos —dos especies de astros— que he intentado
vanamente describirte. ¡Qué atroz sería si tuviera el poder de hacerla caer a
una rendida de amor! ¿Es que la multitud de Blavatsky tiene ese poder cuando
está fuera de Sepoy?
16 de julio.
¡Increíble! Anoche, cuando mi tía estaba en uno de los saraos del hotel
(los odio), se presentó el doctor Barritz. Era escandalosamente tarde. Estoy
segura de que había hablado con mi tía en el salón de baile y que supo por ella
que yo estaba sola. Yo había pasado la tarde queriendo sonsacarle la verdad
acerca de su relación con los thugs de Sepoy, y todo lo de la magia negra, pero
a la noche, en cuanto me clavó los ojos (porque lo recibí a esa hora, me
avergüenza decirlo), me sentí perdida. Temblé, enrojecí... ¡Oh Irene, Irene, no
puedo expresar con palabras cuanto lo amo, y tú sabes lo que es eso!
¡Las vueltas de la vida! ¡Yo, el patito feo de Redhorse, hija (dicen)
del viejo Jim de Calamity, y por cierto su heredera, sin otros parientes vivos
que una tía vieja que ya no sabe en qué forma mimarme, yo, desprovista de todo
salvo de un millón de dólares y de un pretendiente en París, me atrevo a
enamorarme de un dios como él! Querida, si estuvieras aquí, conmigo, te
agarrarías la cabeza.
Estoy persuadida de que se ha dado cuenta de mis sentimientos porque se
quedó pocos minutos, sin decir nada que no pudiera decir cualquiera, y después,
fingiendo que tenía otro compromiso, se marchó. Hoy supe (me lo dijo un
pajarito: el botones del hotel) que se fue derecho a la cama. ¿Es que eso no te
llama la atención como una prueba de sus costumbres ejemplares?
17 de julio.
Ese canallita de Raynor vino a visitarme ayer y su charla me puso
frenética. Nunca se le acaba la cuerda —es decir, cuando destroza unas veinte
reputaciones, más o menos, no hace una pausa entre la persona sobre la cual
acaba de expedirse y la próxima a quien le toca el turno. (Entre paréntesis, me
preguntó por ti, y el interés que manifestó me pareció, lo confieso, bastante
vraisemblable.) El señor Raynor no respeta ninguna de las leyes del juego; como
la Muerte (que él infligiría si la calumnia fuera fatal) todas las estaciones
le parecen buenas. Pero le tengo afecto porque nos conocimos en Redhorse cuando
éramos chicos. En aquel tiempo lo llamaban «Risita» y a mí —Oh Irene, ¿me
atreveré a decírtelo?— «Yutecita». Vaya a saber por qué. Tal vez aludían a la
tela de mis delantales; tal vez porque ese apodo rimaba con «Risita», pues
Risita y yo éramos compañeros inseparables y a los mineros les habría parecido
delicado establecer entre nosotros algún parentesco.
Más tarde se nos unió un tercero, otro hijo de la Adversidad. A
semejanza de Garrick, entre la Tragedia y la Comedia, aquél tenía una
inhabilidad crónica para optar entre los iguales reclamos del Frío y del
Hambre. Entre él y la tumba había una distancia de pocos pasos y la esperanza
de una comida que le permitiera vivir y que le hacía, al mismo tiempo, la vida
insoportable. Recogía literalmente sus precarios medios de vida, los suyos y
los de su madre, «clorurando terreros», es decir que los mineros le permitían
hurgar en los desechos buscando piezas de «mena» (mineral válido), inadvertidas
por ellos, juntarlas y venderlas al Sindicato de la Molienda. Se asoció a
nuestra firma —en adelante «Yutecita, Risita y Terrero»— gracias a mí. Porque
tu amiga no podía entonces, ni puede ahora, ser indiferente a su valor y a sus
hazañas para impedir que Risita ejerciera el derecho inmemorial de su sexo:
insultar a una mujer desvalida. Esa mujer era yo. Después que el viejo Jim pegó
el golpe en Calamity y yo empecé a usar zapatos e ir a la escuela, y que a
Risita, para emularme, le dio por lavarse la cara y se transformó en Jack
Raynor, de Wells, Fargo y Cía., y que la vieja señora Barts se reunió con sus
antepasados, Terrero se trasladó a San Juan Smith donde se empleó de mayoral de
una diligencia y fue muerto por unos salteadores de caminos, etc.
¿Por qué te cuento estas cosas, querida? Porque pesan en mi corazón.
Porque atravieso el Valle de la Humildad. Porque quiero habituarme a la
convicción de ser indigna de atarle el cordón de los zapatos al doctor Barritz.
Porque ¡Dios mío, Dios mío! hay un primo de Terrero en este hotel. No he
hablado con él. En otros tiempos, apenas lo he tratado, ¿pero supones que me
habrá reconocido? Por favor, en tu próxima carta, dime ingenua y francamente lo
que piensas... y dime que no lo crees. ¿Supones que el doctor Barritz sabe
quién soy y que por eso me dejó hace dos noches cuando me ruboricé y temblé
como una boba delante de sus ojos? Tú sabes que no puedo sobornar a todos los
periódicos, y que no puedo traicionar a nadie que haya sido cortés con Yutecita
en Redhorse, ni aunque me proscriban socialmente. Y ahora este pasado
vergonzoso resucita. Antes no me importaba mucho, como sabes, pero ahora...
ahora no es lo mismo. Jack Raynor —estoy segura— no habrá de contarle nada. Mas
aún: parece tenerlo en tal consideración que apenas abre la boca delante de él,
y a mí me sucede otro tanto. ¡Dios mío, Dios mío! Aparte del millón de dólares,
cómo me gustaría valer algo por mí misma. Si Jack fuera tres pulgadas más alto,
me casaría con él y volvería en cilicio a Redhorse para el resto de mis días.
25 de julio.
Ayer tuvimos una espléndida puesta de sol y quiero contarte todo lo que
sucedió. Me zafé de tía y de todos y me fui a caminar por la playa. Espero que
me creas, desconfiada: no había mirado por una de las ventanas del hotel que
dan al mar y no había visto que él paseaba también. Si conservas un mínimo de
delicadeza femenina no pondrás en duda mis palabras. Pronto abrí mi parasol y
estaba mirando so-ñadoramente el mar cuando él se me acercó: venía desde la
orilla. El mar estaba bajo. Te aseguro que la arena brillaba alrededor de sus
pies. Al acercarse, se quitó el sombrero y me dijo:
—Señorita Dement, ¿puedo sentarme a su lado, o prefiere caminar conmigo?
No pareció ocurrírsele que no me agradara ninguna de las dos
alternativas. ¿Imaginas una desenvoltura igual? ¿Desenvoltura? ¡Era descaro,
querida, lisa y francamente descaro! Bueno, no me molestó, y contesté mientras
palpitaba mi rústico corazón de Redhorse:
—Me... me encantará hacer lo que usted prefiera.
¿Concibes palabras más estúpidas? Amiga del alma, ¡mi fatuidad es un
abismo, un abismo sin fondo!
Me tendió la mano, sonriendo para ayudarme a poner de pie; yo le
entregué la mía sin vacilar un instante, y cuando al contacto de sus dedos me
di cuenta de que mi mano temblaba de emoción, me ruboricé más que el rojo
crepúsculo. Conseguí levantarme, sin embargo, y después de un momento, como él
no la soltara, sacudí un poco la mano. Él persistía en sujetarla, sin decir una
palabra, y me miraba en la cara con una especie de sonrisa que yo no sabía
—¿cómo podía saberlo?— si era de afecto, o de burla, o vaya a saber de qué...
¡Qué hermoso estaba, con los fuegos del sol poniente ardiendo en la profundidad
de sus ojos! ¿No sabes, querida, si los thugs y los expertos de la región de
Blavatsky tienen alguna clase peculiar de ojos? Ah, si hubieras visto su
soberbia actitud, la majestuosa inclinación de su cabeza, semejante a la de un
dios, mientras se mantenía frente a mí después que yo me puse de pie. Era una
noble escena que pronto eché a perder porque sentí flaquear mis rodillas. Él
sólo podía hacer una cosa, y la hizo: me sostuvo por la cintura.
—Señorita Dement, ¿se siente usted mal? —me dijo.
No era una exclamación. En el tono de su voz no había alarma ni
solicitud. Si hubiera añadido: «Supongo que esto es lo que más o menos se
aguarda que diga», no habría expresado con mayor claridad la situación. Sus
modales me dejaron avergonzada e indignada porque yo sufría intensamente.
Arrancando mi mano de la suya, hice a un lado el brazo que me sostenía, me
liberé, caí redonda y allí permanecí en la arena, indefensa. En el forcejeo,
también se me cayó el sombrero y el pelo se me desparramó sobre los hombros de
la manera más humillante.
—¡Déjeme! —grité sofocada—. Por favor, déjeme. ¡Usted... usted es un
thug! ¿Cómo se atreve a pensar eso de mí? ¡Tengo la pierna dormida!
Sus modales cambiaron en un instante. Pude notarlo a través de mis dedos
y de mi pelo. Hincó una rodilla, me apartó el cabello de la cara y me dijo con
la mayor ternura:
—¡Pobrecita! Dios sabe que no quise hacerla sufrir. ¿Cómo podría hacerla
sufrir? Tan luego yo... que la amo... ¡Que la he amado durante... años y años!
Separándome las manos de la cara, las cubrió de besos. Mis mejillas
ardían, toda mi cara ardía. Creo que por poco echaba humo. ¿Qué podía hacer? La
escondí en su hombro... No había otro lugar. Querida amiga, cómo se estremecía
y hormigueaba mi pierna. ¡Cómo hubiese yo querido que volviera a la normalidad!
Así estuvimos sentados un largo rato. Soltó una de mis manos para
tomarme de nuevo de la cintura, y yo me pasé el pañuelo por los ojos y la
nariz. No quise mirarlo hasta guardar el pañuelo. En vano trató de separarme un
poco para fijar sus ojos en los míos. Después, ya más tranquila, y cuando había
empezado a oscurecer, levanté la cabeza, lo miré fijamente y le dediqué una
sonrisa, mi mejor sonrisa.
—¿Qué quiso usted decir —le pregunté— con lo de años y años?
—Querida —replicó gravemente, fervorosamente—, sin las mejillas
chupadas, los ojos hundidos, el pelo largo y lacio, el andar agobiado, los
harapos, la suciedad y la juventud, ¿no me reconoces? ¿No te das cuenta, no
quieres darte cuenta? Yutecita, ¡soy Terrero!
En un instante nos pusimos de pie. Tomándolo por las solapas escruté su
hermosa cara en la creciente oscuridad, Estaba tan exaltada que me faltaba el
aliento.
—¿Y no estás muerto? —pregunté sin saber muy bien lo que decía.
—Sólo muerto de amor, querida. Las balas de los salteadores no
consiguieron matarme. Logré curar de aquellas heridas. Pero ésta, mucho me
temo, es fatal.
—¿Pero no sabe entonces que Jack... el señor Raynor? No sabes que...
—Me avergüenza decir, querida, que he venido directamente de Viena
porque Jack me lo sugirió. Sí, Jack, esa persona indigna de confianza.
Irene, uno y otro engañaron a esta amiga que tanto te quiere.
MARY JANE DEMENT
P. S. Lo peor de todo es que no hay ningún misterio. Todo fue inventado
por Jack Raynor para despertar mi curiosidad. James no es un thug. Me asegura
solemnemente que en todos sus viajes no ha puesto jamás un pie en Sepoy.
FIN

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