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Libro N° 13995. Oh, Luminosa Y Brillante Estrella. Bester, Alfred.

 


© Libro N° 13995. Oh, Luminosa Y Brillante Estrella. Bester, Alfred.  Emancipación. Junio 28 de 2025

  

Título Original: © Star Light, Star Bright

 

Versión Original: © Oh, Luminosa Y Brillante Estrella. Alfred Bester

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/oh-luminosa-y-brillante-estrella/

 

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Portada E.O. de Imagen:

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

OH, LUMINOSA Y BRILLANTE ESTRELLA

Alfred Bester

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Oh, Luminosa Y Brillante Estrella

Alfred Bester

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            


... aquí estoy, de vuelta en mi estudio

encerrado y solo, volviendo

a mi primer amor, mi amor original,

la ciencia-ficción.


Título del original inglés:

Star Light, Star Bright

© 1976 by Alfred Bester

© 1985 by Ediciones Teorema

"Adam and No Eve" ©  1941 by Street & Smith Publications

"Time is the Traitor" ©  1953 by Mercury Press, Inc. (antes Fantasy House, Inc.)

"Oddy and Id" ©  by Street & Smith Publications, Inc, con el título "The Devil's Invention"

"Hobson's Choice" ©  1952 by Mercury Press, Inc.

"They don't Make Life Like They Used To" ©  1963 by Mercury Press, Inc.

"Of Time and Third Avenue" ©  1951 by Mercury Press

"Isaac Asimov" ©  1973 by Publishers Weekly

"The Pi Man" ©  1959 by Mercury Press, Inc.

"Something Up There Likes Me" ©  1973 by Random House, Inc.

"My Affair with Science Fiction" ©  1975 by .SF Horizons Ltd.

Con excepción de "El tiempo es el traidor" y "Antes la vida era distinta" (cedidos gentilmente por Ediciones Dronte) todos los otros textos fueron traducidos por J.A.S.

Edita: Teorema, S.A.

Avda. República Argentina 248, bajos 3a.

08023 Barcelona

Impreso en España / Printed in Spain

Todos los derechos reservados

I.S.B.N.: 84-7604-042-3

Depósito legal: 7417 - 85


 

ADÁN SIN EVA

Este es el primero de mis relatos de ciencia-ficción de "calidad". He colocado "calidad" entre comillas porque pienso que es bastante insípido. Sin embargo hasta tiene sus admiradores, quienes sienten más o menos una punzada de nostalgia. Les gusta recordar el impacto que produjo en ellos cuando apareció por primera vez en Astounding Stories, de Campbell. Campbell fue un duro y crítico director, y era casi un honor para un joven escritor que él le comprara un relato.

Ahora recuerdo a la distancia cosas fragmentarias, que nunca fueron contadas. Mi esposa y yo nos habíamos hecho amigos de un hombre que era linotipista del Daily Worker, a pesar de que era un violento anticomunista y acostumbrara a reñir constantemente con los directores. Estaba a salvo porque su trabajo era protegido por su poderoso sindicato. Su hostilidad iba tan lejos que deslizaba deliberadamente errores en sus copias, cosas tales como "Camarata" por Camarada. Era muy amable y acostumbraba traerme gran cantidad de resmas de ese papel de copia amarillo 8 1/2 x 15 que se utilizaba en las oficinas de la editorial. Era un maná para un escritor pobre. "Adán sin Eva" fue mecanografiado con ese papel que, infortunadamente, no era bueno para archivar. Se desintegraba más o menos después de un año.

La génesis del relato surgió por irritación. Muy frecuentemente, los relatos surgen porque estoy hastiado con un cliché, y así sucedió con el planteamiento de "Adán sin Eva" en forma de ciencia-ficción. Yo acababa de terminar mis estudios formales (una educación no se detiene nunca) y había estudiado casi todas las ramas de las disciplinas científicas. Se me ocurrió que no se necesitaba un hombre y una mujer para repoblar la tierra después de un desastre. Sólo arrojar un cuerpo al océano, dejar que la naturaleza siga su curso, y todo el asunto comenzará otra vez. (No, lo repito, no me disculpo con los chiflados antievolucionistas). Debe recordarse que el relato fue escrito mucho antes de que Urey y Miller realizaran su trascendental experimento demostrando que los aminoácidos, los bloques básicos de la edificación de la vida, podían ser producidos por medio de la simulación de la primitiva atmósfera terrestre a través de descargas eléctricas. Estoy contento ahora de advertir que todos los elementos necesarios para la regeneración de vida estaban presentes en el entorno de la historia, y que no necesitaba ningún Adán agonizante.

Juro por mi vida que no puedo recordar porque estimé necesario incinerar el cadáver del perro muerto. Probablemente quería mantener la tesis limpia; la vida se regeneraría solamente de Adán; el título no podía ser "Adán y su perro fiel". El relato me dio un extraordinario placer veinte años después de publicado. Estaba comiendo con un productor de la NBC para discutir un nuevo programa que él quería que yo escribiera. Era una especie de serie piloto, ese fue el motivo por el cual me llamó; sabía que yo había sido escritor de ciencia-ficción antes de venderme a los medios televisivos.

— Hay un relato que nunca olvidaré —dijo—, y espero que usted pueda decirme quién lo escribió. Me interesaría ponerme en contacto con ese hombre.

Y prosiguió hablándome sobre "Adán sin Eva". Fue el momento culminante de mi vida.

K

 

rane sabía que esta debía ser la costa del mar. El instinto se lo dijo; pero algo más que el instinto, los pocos jirones de conocimiento que colgaban de su cerebro desgarrado; las estrellas habían aparecido esa noche a través de las raras aberturas de las nubes, y la brújula apuntaba aún trémulamente hacia el norte. Esto era lo más extraño de todo, pensó Krane. La tierra convertida en escombros aún retenía su polaridad.

Ya no había algo tan extenso como una costa, no había nada tan extenso como un mar. Sólo una delgada línea de lo que había sido un acantilado se extendía al norte y al sur por incontables millas. Era una línea de ceniza gris; la misma ceniza gris y escoria que se encontraba tras él... Légamo chirle, donde las rodillas se hundían profundamente, que se arremolineaba a cada movimiento y lo ahogaba; escoria que se deslizaba en las densas nubes de la noche cuando soplaban vientos alocados; polvo negro que se removía, convirtiéndose en fango cuando caían las frecuentes lluvias.

El cielo huía sobre su cabeza. Las pesadas nubes giraban en lo alto y eran horadadas por destellos de luz solar que se movían con rapidez sobre la tierra. Cuando la luz golpeaba sobre un torbellino de escoria, todo se llenaba de bocanadas de partículas que danzaban y brillaban. Cuando se movía entre la lluvia provocaba innumerables arcos iris. La lluvia caía, las tormentas de escoria soplaban; la luz traspasaba... sumándose a todo, alternativa y continuamente, como una sierra de violencia negra y blanca. Así había sido por meses. Así sucedía en cada milla de la vasta tierra.

Krane pasó el borde de los acantilados de cenizas y comenzó a arrastrarse sobre el mismo declive que una vez había sido el lecho del océano. Había estado viajando mucho tiempo y el dolor se había hecho parte de él. Braceó con los codos y arrastró su cuerpo hacia adelante. Luego dobló la rodilla derecha debajo de sí y volvió a estirarse otra vez hacia adelante con los codos. Codos, rodilla, codos, rodilla... había olvidado lo que era caminar.

La vida, pensó aturdidamente, es milagrosa. Se adapta a cualquier cosa. Si debía arrastrarse, se arrastraba. Formas callosas sobre los codos y .rodillas. El cuello y los hombros endurecidos. Las fosas nasales aprendían a estornudar las cenizas antes de respirarlas. La pierna mala hinchada y supurante. Estaba entumecida y pronto se pudriría y caería.

— ¿Cómo? —dijo Krane—, Yo no tuve nada que ver... Miró hacia arriba a la alta figura que estaba ante él y trató de comprender las palabras. Era Hallmyer. Usaba una sucia chaqueta de laboratorio y su pelo era desparejo. Hallmyer estaba delicadamente de pie sobre las cenizas y Krane se preguntó porque podía ver las deslizantes nubes de escoria a través de su cuerpo.

 ¿Cómo encuentras a tu mundo, Steven? —preguntó Hallmyer. Krane sacudió la cabeza miserablemente.

 ¿No muy bonito eh? —dijo Hallmyer—. Mira a tu alrededor. Polvo, eso es todo; polvo y cenizas. Arrástrate, Steven, arrástrate. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas...

Hallmyer extrajo una copa de agua de algún lado. Era clara y fresca. Krane podía ver la delgada película de rocío sobre la superficie de cristal y su boca se llenó súbitamente de arena.

— ¡Hallmyer! —gritó. Trató de ponerse de pie y alcanzar el agua, pero un ramalazo de dolor en su pierna derecha lo abatió. Cayó hacia atrás.

Hallmyer bebió un sorbo y luego escupió sobre su rostro. El agua estaba tibia.

—Continúa arrastrándote —dijo Hallmyer con amargura—. Arrástrate alrededor de la tierra. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas. —Vació la copa en el suelo ante Krane. —Continúa arrastrándote. ¿Cuántas millas? Imagínatelo tú mismo. Pi veces D. El diámetro es ocho mil o algo así...

Se había ido, chaqueta y copa. Krane advirtió que la lluvia estaba cayendo otra vez. Apretó el rostro contra la cálida escoria húmeda, abrió la boca y trató de chupar la mezcla. Pronto comenzó a arrastrarse otra vez.

Era el instinto lo que lo conducía. Tenía que ir a algún lado.

Estaba asociado, lo sabía, con el mar... con el borde del mar. En la costa del mar algo lo esperaba. Algo que lo ayudaría a comprender todo esto. Tenía que llegar al mar... eso es, si es que aún había mar.

La relampagueante lluvia golpeaba su espalda como pesados maderos. Krane hizo una pausa y tiró de la mochila arrastrándola a un costado, donde pudo revisarla con una mano. Contenía exactamente una pistola, una barra de chocolate y una lata de melocotones. Era todo lo que quedaba de dos meses de provisiones. El chocolate estaba blando y mohoso. Krane sabía que era mejor comérselo ahora antes de que perdiera todo su valor. Pero otro día podría carecer de fuerzas para abrir la lata. La sacó y la atacó con un abridor. Cuando pudo perforar y apartar un borde de lata, la lluvia había concluido.

Mientras masticaba la fruta y sorbía el jugo, miró como el muro de lluvia marchaba ante él y bajaba el declive del lecho oceánico. Torrentes de agua brotaban a través del fango. Pequeños canales habían sido horadados... canales que serían nuevos ríos algún día; un día en que no habría nadie viviente para verlo. Mientras arrojaba la lata vacía a un lado, Krane pensó: El último ser vivo de la tierra come su última comida. El metabolismo inicia su último acto.

El viento seguiría a la lluvia. En las interminables semanas que había estado arrastrándose, aprendió eso. El viento llegaría en pocos minutos y lo azotaría con sus nubes de escoria y cenizas. Se arrastró hacia adelante, los ojos turbios buscando las chatas y grises millas a recorrer.

Evelyn le dio un golpecito en el hombro.

Krane supo que era ella antes de volver la cabeza. Estaba de pie a un costado, fresca y elegante con su vestido reluciente, pero su encantador rostro estaba contraído con alarma.

— ¡Steven —dijo—, tienes que apresurarte!

El sólo pudo admirar la forma en que el suave cabello se ondeaba sobre sus hombros.

— ¡Oh, querido —dijo ella—, estás herido! —Sus manos delicadas tocaron sus piernas y espalda. Krane asintió con la cabeza.

—Fue al aterrizar —dijo él—. Yo nunca había utilizado un paracaídas. Siempre pensé que uno bajaría suavemente...como caer sobre una cama. Pero la tierra me golpeó como un puño... Y Umber estaba luchando en mis brazos. No podía dejarlo caer, ¿no?

—Por supuesto que no, querido —dijo Evelyn.

—De modo que traté de sujetarlo y de colocar mis piernas debajo de mí —dijo Krane—. Entonces algo me golpeó las piernas y un costado.

Vaciló, preguntándose cuánto sabría ella de lo que en verdad había sucedido. No quería asustarla.

—Evelyn, querida —dijo, tratando de estirar sus brazos hacia arriba.

—No, querido —dijo ella. Le devolvía la mirada con miedo—. Tienes que apresurarte. ¡Tienes que mirar hacia atrás!

 ¿Las tormentas de escoria? —hizo una mueca—. Las he soportado antes.

 ¡No las tormentas! —gritó Evelyn—. Es otra cosa. Oh Steven...

Entonces se había ido, pero Krane sabía que ella había dicho la verdad. Había algo detrás... algo que lo había estado siguiendo. En algún lado de su mente había una sensación de amenaza. Se cerraba sobre él como una mortaja. Sacudió la cabeza. Algo así era imposible. El era el único ser vivo sobre la tierra. ¿Cómo podía haber una amenaza?

El viento rugía tras él, y en un instante estuvo envuelto en las densas nubes de escoria y cenizas. Lo azotaron, mordiendo su piel. Con ojos turbios, vio como cubrían el fango y lo cubrían todo como una delgada alfombra seca. Krane recogió las rodillas bajo él y se cubrió la cabeza con los brazos. Con la mochila como almohada, se preparó a esperar el fin de la tormenta. Pasaría tan rápidamente como la lluvia.

La tormenta azotó con gran saña su cabeza enferma. Como un niño acomodó las piezas de su memoria, tratando de que se ensamblaran juntas. ¿Por qué Hallmyer se había enojado tanto con él? No pudo haber sido por ese argumento, ¿no?

¿Qué argumento?

Oh, fue antes de que sucediera todo esto.

¡Oh eso!

Abruptamente las piezas se ensamblaron.

Krane estaba de pie al lado de las pulidas líneas de su nave y las admiró profundamente. El techo de la cabina había sido quitado y la proa de la nave se elevaba, apoyada sobre una rampa, apuntando al cielo. Un operario estaba soldando cuidadosamente las superficies internas con un soplete.

El sonido apagado de una maldición salió de adentro de la nave y luego se escuchó un pesado ruido metálico. Krane subió corriendo la corta escalerilla de hierro que iba a la escotilla e introdujo la cabeza dentro. Un poco más abajo de él, dos hombres habían dejado caer los grandes tanques de solución ferrosa en su lugar.

—Tengan cuidado —vociferó Krane—. ¿Quieren romper la nave?

Uno miró hacia arriba e hizo una mueca. Krane sabía lo que estaba pensando. Que la nave se rompería sola. Todos decían eso. Todos excepto Evelyn. Ella tenía fe en él. Hallmyer pensaba que él estaba loco de otra forma. Mientras descendía la escalerilla, Krane vio que Hallmyer entraba en el cobertizo, la chaqueta de laboratorio ondeando al viento.

— ¡Hablando de Roma! —murmuró Krane.

Hallmyer comenzó a gritar tan pronto como vio a Krane.

—Ahora, escucha...

—No todo otra vez, ¿eh? —dijo Krane.

Hallmyer extrajo unas hojas de papel de su bolsillo y las sacudió bajo la nariz de Krane.

—He estado levantado casi toda la noche —dijo—, trabajando sobre esto otra vez. Te digo que tengo razón. Por completo.

Krane miró las apretadas ecuaciones escritas y luego los ojos inyectados en sangre de Hallmyer. El hombre estaba casi loco de miedo.

—Por última vez —continuó Hallmyer—. Estás utilizando tu nueva catálisis sobre una solución de hierro. De acuerdo. Estoy de acuerdo que es un descubrimiento milagroso. Te doy todo el crédito por ello.

Milagroso era una palabra poco apropiada. Krane lo sabía sin vanidad, pues había tropezado con eso por casualidad. Cualquiera se podía tropezar con una catálisis que inducía a la desintegración del hierro y producía 10 x 1010 libra-pies de energía por cada gramo de combustible. Ningún hombre era lo suficientemente listo para pensar eso por sí mismo.

 ¿No crees que lo lograré? —preguntó Krane.

 ¿A la luna? ¿Alrededor de la Luna? Tienes sólo cincuenta por ciento de posibilidades. —Hallmyer hizo correr los dedos a través de su lacio cabello—. Pero por el amor de Dios, Steven, no estoy preocupado por ti, es por el propio asunto. Es por la tierra por la que estoy preocupado...

—Tonterías. Vete a casa y duérmete.

—Mira —Hallmyer señaló las hojas de papel con mano temblorosa—. No importa como tú realices la alimentación y la mezcla del sistema, no puedes obtener cien por cien de eficiencia en la mezcla y descarga.

—Eso es lo que produce el cincuenta por ciento de oportunidad —dijo Krane—. ¿Qué es entonces lo que te preocupa?

—La catálisis que escapará a través de los tubos del cohete. ¿Te das cuenta lo que producirá cuando caiga sobre la tierra? Iniciará una desintegración en cadena que envolverá todo el globo. Alcanzará a cada átomo de hierro... y hay hierro por todas partes. La tierra podría no existir cuando retornes...

—Escucha —dijo Krane cansadamente—, hemos visto todo eso antes.

Llevó a Hallmyer a la base de la escalerilla del cohete. Debajo del armazón de hierro había un pozo de unos sesenta metros de profundidad y quince de ancho, protegido con ladrillos refractarios.

—Esto es para el descargue inicial de las llamas. Si cualquier partícula de la catálisis escapa será atrapada en este pozo y evitará las reacciones secundarias. ¿Satisfecho ahora?

—Pero mientras te encuentres en vuelo—insistió Hallmyer— estarás poniendo en peligro la Tierra hasta que estés más allá del límite de Roche. Cada gota de catálisis no activada podría eventualmente caer sobre el suelo y...

—Por última vez —dijo Krane inflexiblemente—, la llama de la descarga del cohete se cuidará de eso. Envolverá a cualquier partícula escapada y la destruirá. Ahora lárgate. Tengo trabajo que hacer.

Mientras Krane lo empujaba hacia la puerta, Hallmyer gritaba y agitaba los brazos.

— ¡No te dejaré hacerlo! —repetía una y otra vez—. No dejaré que arriesgues...

¿Trabajo? No, el trabajo de la nave había sido una verdadera intoxicación. Tenía la belleza elegante de las cosas bien hechas. La belleza de una armadura lustrada, de la bien balanceada y limpia empuñadura de un estoque, de un par de pistolas gemelas. No había pensamientos de peligro y muerte en la cabeza de Krane mientras limpiaba sus manos con estopa luego de realizar los últimos toques.

La nave se encontraba en la rampa, lista a perforar los cielos. Quince metros de esbelto acero, las cabezas de los remaches brillando como joyas. Nueve metros conteniendo el combustible y el catalizador. La mayor parte de los compartimientos delanteros contenían la hamaca elástica que Krane había diseñado para absorber el impacto de la aceleración. La trompa de la nave tenía un ojo de buey de cristal natural que apuntaba hacia arriba como el ojo de un cíclope.

Krane pensó: Morirá luego de este viaje. Retornará a la Tierra y se convertirá en una bola de fuego y trueno, no hay forma aún de planear un aterrizaje seguro para una nave cohete. Pero vale la pena. Tendrá un gran vuelo, y eso es todo lo que cualquiera de nosotros desea. Un gran y maravilloso vuelo a lo desconocido...

Mientras echaba llave a la puerta del taller, Krane oyó a Hallmyer vociferar desde el cottage que se encontraba a través de los campos. A pesar de la penumbra del atardecer pudo verlo hacer señas de urgencia. Trotó a través del quebradizo rastrojo, respirando profundamente el aire punzante, agradecido de estar vivo.

—Es Evelyn al teléfono —dijo Hallmyer.

Krane lo miró con fijeza. Hallmyer rehusó encontrar sus ojos.

— ¿Cuál es la idea? —pregunto Krane—. Creo que estuvimos de acuerdo en que ella no llamaría... que no se pondría en contacto hasta que yo estuviera listo para partir, ¿Le has estado metiendo ideas en la cabeza? ¿Esta es la forma en que vas a detenerme?

—No... —dijo Hallmyer, y examinó analíticamente el oscurecido horizonte.

Krane fue a su despacho y levantó el receptor.

—Ahora escúchame, querida —dijo sin ningún preámbulo—, no hay razón para alarmarse ahora. Te expliqué todo muy cuidadosamente. Justo antes de que la nave se estrelle, saltaré en paracaídas. Te amo mucho y te veré el miércoles cuando parta. Hasta...

—Adiós, cariño —dijo la diáfana voz de Evelyn—, ¿es por esto que me has llamado?

— ¡Qué yo te he llamado!

Un pesado cuerpo castaño se sacudió al escuchar el rugido y se incorporó sobre sus fuertes patas. Umber, el mastín de Krane, olfateó y levantó una oreja. Luego gimoteó.

— ¿Dijiste que yo te llamé? —repitió Krane.

La garganta de Umber súbitamente lanzó un bramido. Alcanzó a Krane de un solo salto, lo miró a la cara y gimoteó y ladró al mismo tiempo.

— ¡Cállate, monstruo! —dijo Krane. Apartó a Umber con un pie.

—Dale a Umber una patada de mi parte. —Evelyn rió. — Sí, querido. Alguien me llamó y dijo que tú querías hablar conmigo.

— ¿Eso hicieron, eh? Mira, cariño, te llamaré más tarde...

Krane colgó. Se incorporó dubitativamente y contempló las inquietas maniobras de Umber. A través de la ventana, el último fulgor de la tarde teñía de luz anaranjada las sombras. Umber miró la luz, olfateó y bramó de nuevo. Súbitamente sobresaltado, Krane brincó junto a la ventana.

A través de los campos una masa de fuego se alzaba en el aire, y dentro de ella estaban las desmoronadas paredes del taller. Delineadas contra el resplandor, las figuras de media docena de hombres se movieron y corrieron.

Krane salió disparado del cottage y, con Umber pisando sus talones, se dirigió corriendo hacia el cobertizo. Mientras corría pudo ver el gracioso morro de la espacionave dentro del fuego, aún fría e intocada. Si sólo pudiera alcanzar la nave antes de que las llamas ablandaran el metal y aflojaran los remaches.

Los trabajadores trotaban hacia él, sombríos y jadeantes. Krane se dirigió a ellos con una mezcla de furia y perplejidad.

— ¡Hallmyer!—gritó—. ¡Hallmyer!

Hallmyer se abrió paso entre la gente. Sus ojos brillaban con triunfo.

—Es una lástima —dijo—. Lo siento, Steven.

— ¡Hijo de puta! —vociferó Krane. Agarró a Hallmyer por las solapas y lo sacudió al mismo tiempo. Luego lo soltó y se dirigió al cobertizo.

Hallmyer espetó algunas órdenes a los operarios y un instante después un cuerpo chocó contra las pantorrillas de Krane y lo derribó contra el suelo. Se puso de pie vacilante, sacudiendo los puños. Umber estaba a su lado, gruñendo por encima del crujir de las llamas. Krane golpeó a un hombre en el rostro, y vio que se desplomaba contra un segundo. Levantó una rodilla con un impulso violento que derribó, doblado en el suelo, al último operario. Luego agachó la cabeza y se zambulló en el taller.

No sintió el fuego al principio, pero cuando alcanzó la escalerilla y comenzó a trepar hasta la escotilla, gritó de agonía por las quemaduras. Umber estaba aullando al pie de la escalerilla, y Krane advirtió que el perro nunca podría escapar del estallido de los cohetes. Se estiró hacia abajo y subió a Umber a la nave.

Krane estaba bamboleante cuando cerró y aseguró la escotilla. Permaneció consciente lo suficiente como para acomodarse en la litera elástica. Luego sólo el instinto guió sus manos hacia el tablero de control; instintiva y frenéticamente rehusó a dejar que su hermosa nave fuera pasto de llamas. Fallaría… sí. Pero fallaría intentándolo.

Sus dedos corrieron los interruptores. La nave se sacudió y rugió. Y la oscuridad descendió sobre él.

¿Cuánto permaneció inconsciente? No se podría decirlo. Krane despertó con una fría presión contra su rostro y cuerpo, y el sonido de gemidos asustados en sus oídos. Miró hacia arriba y vio a Umber enredado en los elásticos y correas de la litera. Su primer impulso fue reír, luego súbitamente lo advirtió; ¡estaba mirando hacia arriba! Estaba mirando hacia arriba a la litera.

Yacía retorcido sobre el hueco de la nariz del cristal. Esa nave se había elevado a las alturas... quizá más allá de la zona de Roche, hasta el límite de la atracción gravitacional de la Tierra, pero entonces, sin manos que la guiaran y controlaran, había continuado su vuelo, había girado y estaba cayendo hacia atrás sobre la Tierra. Krane espió a través del cristal y se quedó sin aliento.

Por debajo de él estaba el balón de la Tierra. Se veía unas tres veces más grande que la Luna. Y ya no era más la Tierra. Era un globo de fuego moteado con nubes negras. En las regiones más extremas del polo había algún diminuto parche blanco, y mientras Krane miraba, súbitamente se borroneó con brumosos tonos de rojo, escarlata y carmesí. Hallmyer había tenido razón.

Krane permaneció helado en el hueco de la nariz mientras la nave descendía, mirando como las llamas gradualmente se disipaban, no dejando otra cosa que una densa alfombra negra alrededor de la Tierra. Yacía mudo de horror, incapaz de comprender... incapaz de creer que la gente se hubiera hecho humo, que un verde y hermoso planeta quedara reducido a cenizas y escoria. Todo lo que había sido querido y próximo a él había... desaparecido. No podía pensar en Evelyn.

El aire silbando afuera despertó algún instinto en él. Los pocos jirones de razón que aún le quedaban le dijeron como ir hacia abajo dentro de la nave y olvidarlo todo en medio de la tormenta y la destrucción; el instinto vital lo obligó a entrar en acción. Trepó hasta el cajón de almacenaje y se dispuso para el aterrizaje. Paracaídas; un pequeño tanque de oxígeno... una mochila con provisiones. Sólo medio consciente de lo que estaba haciendo, se vistió para el descenso, sujetó la cuerda en el automático del paracaídas y abrió la puerta. Umber gemía patéticamente; cogió el pesado perro en sus brazos y se arrojó al espacio. Pero el espacio no era tan espeso como lo estaba ahora. Era difícil respirar. Pero era porque el aire estaba enrarecido... no lleno con arena como ahora.

Cada respiración estaba llena de cristal en el suelo... o cenizas... o escoria... Había retornado al sofocado presente, cuyo peso blando lo abrazaba con fuerza y hacía que tuviera que luchar por respirar. Krane fue asaltado por el pánico, luego se relajo.

Había sucedido antes. Hace ya mucho tiempo había estado enterrado profundamente bajo las cenizas cuando dejó de recordar. Hace semanas... o días... o meses. Krane arañó con sus manos, saliendo lentamente del monte de cenizas que el viento había acumulado sobre él. Pronto emergió a la luz otra vez. El viento se había disipado. Era hora de volver a arrastrarse una vez más.

Las vividas imágenes de su memoria lo asaltaron otra vez ante la desolada vista que se extendía adelante. Krane frunció el entrecejo. Recordaba demasiado y con demasiada frecuencia. Tenía la vaga esperanza de que si se esforzaba en recordar, podría cambiar las cosas que había hecho —sólo una cosa diminuta— y luego todo esto no sería cierto. Pensó: Me ayudaría saber que alguien recuerda y desea al mismo tiempo..., pero no hay nadie. Soy el único. Soy el último recuerdo de la tierra. Soy la última vida.

Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Y luego Hallmyer estaba arrastrándose a su lado y haciendo un gran juego del asunto. Se reía entre dientes y se zambullía en la escoria como un feliz león de mar.

—Pero ¿por qué tenemos que ir al mar? —dijo Krane.

Hallmyer sopló una espuma de cenizas.

—Pregúntale a ella —dijo, señalando al otro lado de Krane.

Evelyn estaba allí, arrastrándose seria, intensamente, imitando cada una de las más pequeñas acciones de Krane.

—Es por nuestra casa —dijo ella—. ¿Recuerdas nuestra casa, cariño? Sobre el risco, íbamos a vivir allí por siempre jamás. Estaba allí cuando te fuiste. Ahora estás volviendo a la casa en el borde del mar. Tu maravilloso vuelo ha terminado, querido, y estás volviendo a mí. Viviremos juntos, sólo nosotros dos, como Adán y Eva...

—Es hermoso —dijo Krane.

Entonces Evelyn giró la cabeza y gritó:

— ¡Oh Steven! ¡Cuidado!

Krane sintió la amenaza cerrándose otra vez sobre él. Aún arrastrándose, miró fijamente hacia atrás a las vastas planicies de ceniza, y no vio nada. Cuando miró a Evelyn de nuevo vio sólo la sombra de él, delgada y negra. Pronto, también, ésta se desvaneció cuando hubieron pasado los deslizantes rayos de luz solar.

Pero el sueño permanecía. Evelyn le había advertido dos veces, y ella siempre tenía razón. Krane se detuvo y se giró, y se dispuso a vigilar. Si algo iba realmente a suceder, debería ver qué era lo que venía tras sus huellas.

Hubo un penoso momento de lucidez. Se clavaba a través de la fiebre y el aturdimiento, con el filo y la fuerza de un cuchillo.

Estoy loco, pensó. La corrupción de mi pierna se ha extendido a mi cerebro. No hay Evelyn, ni hay Hallmyer, ni amenaza. En toda esta tierra no hay vida salvo la mía... y hasta los fantasmas y espíritus del mundo inferior deben haber perecido en el infierno que envolvió el planeta. No... no hay nadie excepto yo y mi malestar. Estoy agonizando... y cuando perezca, todo perecerá conmigo. Sólo quedará una masa sin vida de cenizas.

Pero hubo un movimiento.

El instinto otra vez... Krane dejó caer la cabeza y se mantuvo inmóvil. A través de las rendijas de los ojos contempló las planicies de ceniza., preguntándose si la muerte le estaría jugando una mala pasada con los ojos. Otra cortina de lluvia se estaba moviendo hacia él y esperó que pudiera estar seguro antes de que toda su visión se borrara.

Sí. Allí.

A un cuarto de milla atrás, una forma marrón-grisácea estaba moviéndose velozmente sobre la superficie gris. A pesar del zumbido de la lluvia distante, Krane pudo oír el murmullo de las cenizas pisoteadas y las pequeñas nubes producidas por los brincos. Extendió la mano con sigilo hacia el revolver en su mochila, mientras su mente buscaba débilmente las explicaciones y se espantaba de miedo.

La cosa se aproximaba, y súbitamente Krane entrecerró los ojos y comprendió. Recordó a Umber pataleando con miedo y saltando lejos de él cuando el paracaídas llegó con ellos a la cenicienta cara de la Tierra.

—Bueno, es Umber —murmuró. Se levantó un poco. El perro se detuvo—. ¡Aquí, chico! —dijo Krane ronca y felizmente—. ¡Aquí, chico!

Estaba lleno de júbilo. Advirtió la soledad que había caído sobre él, una horrible sensación de entidad en el vacío. Ahora él no era la única vida. Había otra. Una vida amistosa que podía ofrecerle amor y compañerismo. La esperanza se encendió de nuevo.

— ¡Aquí, chico! —repitió—. Ven, chico...

Después de un rato se detuvo, tratando de hacer chasquear los dedos. El mastín se echó hacia atrás, mostrando los colmillos y una lengua colgante. El perro estaba enflaquecido y sus ojos brillaban rojos en el atardecer. Mientras Krane lo llamaba una vez más, el perro gruñó. Resoplidos de cenizas brotaron de su nariz.

Tiene hambre, pensó Krane, eso es todo. Buscó en la mochila y ante el gesto el perro volvió a gruñir. Krane sacó la barra de chocolate y laboriosamente le quitó el envoltorio de papel y metal. La arrojó sin fuerzas hacia Umber. Cayó demasiado cerca. Después de un minuto de salvaje incertidumbre, el perro avanzó con lentitud y mordisqueó el alimento. Las cenizas le cubrieron el morro. Lamió sus mandíbulas incesantemente y continuó avanzando hacia Krane.

El pánico lo atenazó. Una voz insistía: Este no es un amigo. No tiene amor ni compañerismo para ti. El amor y el compañerismo se han desvanecido de la tierra junto con la vida. Ahora no queda nada, salvo el hambre.

—No —susurró Krane—. No es cierto que tengamos que desgarrarnos uno con otro y buscar devorarnos...

Pero Umber estaba avanzado con un deslizar furtivo, y enseñaba los dientes, afilados y blancos. Y mientras Krane lo miraba con fijeza, el perro gruñó y acometió.

Krane metió un brazo bajo el morro del perro, pero el peso de la carga lo arrastró hacia atrás. Gritó con agonía cuando su rota e hinchada pierna chocó contra el peso del perro. Con la mano libre golpeó débilmente, una y otra vez, apenas sintiendo el crujir de los dientes sobre el brazo izquierdo. Luego algo metálico estuvo bajo su mano y advirtió que se encontraba sobre el revolver que había dejado caer.

Lo aferró y rezó porque las cenizas no lo hubieran obturado. En el momento en que Umber soltó su brazo y mordía su garganta, Krane levantó el arma y hundió el caño ciega mente contra el cuerpo del perro. Apretó y apretó el gatillo, hasta que los estruendos murieron y sólo se escuchó el sonido de los chasquidos. Umber se estremeció en las cenizas ante él, su cuerpo apenas tenía dos disparos. El espeso escarlata tiño el gris. ;

Evelyn y Hallmyer miraban tristemente al derribado animal.

Evelyn estaba llorando, y Hallmyer se pasaba los dedos por el cabello con ese viejo gesto suyo.

—Esto es el fin, Steven —dijo—. Has matado a una parte de ti mismo. Oh... continuarás viviendo, pero no todo tú. Es mejor que entierres el cuerpo, Steven, es el cuerpo de tu alma.

—No puedo —dijo Krane—. El viento hará volar las cenizas.

—Entonces quémalo —ordenó Hallmyer con la lógica de los sueños.

Pareció que ellos lo ayudaban a meter el perro muerto en la mochila. Le ayudaron a quitarse las ropas y a hacer una pila debajo. Colocaron sus manos alrededor de las cerillas hasta que las ropas se encendieron, y soplaron la débil llama hasta que ésta chisporroteó y ardió limpiamente. Krane se acurrucó junto al fuego y lo alimentó. Luego se giró y una vez más comenzó a arrastrarse hacia el lecho oceánico. Estaba desnudo, ahora. No restaba nada de aquello-que-había-sido, excepto su vacilante y pequeña vida.

Estaba demasiado abatido con la pena para advertir la furiosa lluvia que lo golpeaba y abofeteaba, o el dolor quemante que se extendía por su pierna y alcanzaba su cadera. Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Rígida, mecánicamente, indiferente a todo... las celosías de los cielos, las tristes planicies cenicientas y hasta el mortecino fulgor del agua que se encontraba más adelante.

Supo que era el mar... que ya era el viejo mar, o el nuevo mar de la humanidad. Pero estaría vacío, un mar sin vida que algún día golpearía contra una árida costa sin vida. Sería un planeta de piedra y polvo, de metal y nieve e hielo y agua, pero eso sería todo. No más vida. El, solo, era inútil. Era Adán, pero sin Eva.

Evelyn le hizo señas alegremente desde la costa. Estaba de pie junto al blanco cotagge con el viento remolineando su vestido para enseñar las esbeltas líneas de su figura. Y cuando él se acercó un poco, corrió hacia Krane y lo ayudó. Ella no dijo nada... sólo colocó las manos sobre sus hombros y lo ayudó a mover el peso de su cuerpo, abatido y agobiado por el dolor. Y así por último él alcanzó el mar.

Era real. Comprendió eso. Pues después de que Evelyn y el cottage se hubieran desvanecido, sintió las frías aguas bañar su rostro.

Aquí está el mar, pensó Krane, y aquí estoy yo. Adán sin Eva. Es irremediable.

Avanzó un poco más en las aguas. Estas lavaron su cuerpo desgarrado. Se encontraba con el rostro hacia el cielo, contemplando los cielos amenazantes, y la amargura estalló dentro de él.

— ¡No es justo! —gritó—. No es justo que todo esto haya pasado. La vida es tan maravillosa para perecer por el loco acto de una loca criatura...

Las tranquilas  aguas lo lavaron. Tranquilas... calmas...

El mar lo acunaba gentilmente, y hasta la muerte que se extendía hacia su corazón ya no tenía más las manos enguantadas. Súbitamente los cielos se abrieron —por primera vez en todos esos meses— y Krane contempló las estrellas.

Entonces lo supo. No era el fin de la vida. Nunca podría haber un fin de la vida. Dentro de su cuerpo, dentro de los putrefactos tejidos mecidos gentilmente por el mar estaba la fuente de diez millones de millones de vidas. Células... tejidos... bacterias... amebas... incontables vidas infinitas que enraizarían en las aguas y vivirían mucho después que él hubiera partido.

Vivirían de sus putrefactos restos. Se alimentarían una de otra. Se adaptarían por sí mismas al nuevo entorno y se alimentarían de minerales y sedimentos lavados por el nuevo mar. Crecerían, germinarían, se desarrollarían. La vida volvería a alcanzar las tierras una vez más. Comenzaría otra vez el mismo viejo y repetido ciclo que había comenzado quizá con el putrefacto cadáver del último sobreviviente de un viaje interestelar. Sucedería una y otra vez en las edades futuras.

Y entonces supo lo que había traído al mar. No había necesidad de Adán... ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida, era necesario. El mar lo había llamado a sus profundidades, de las cuales la vida pronto surgiría una vez más, y se sintió contento.

Las tranquilas aguas lo confortaron. Tranquilas...calmas... La madre de la vida mecía al último nacido del viejo ciclo que se transformaría en el primer nacido del nuevo. Y con ojos brillantes Steven Krane sonrió a las estrellas, las estrellas que aún parpadeaban a través del cielo. Las estrellas no habían aún formado las constelaciones familiares, y no lo harían hasta que hubieran pasado otros cientos de millones de siglos.


EL TIEMPO ES EL TRAIDOR

He leído una entrevista en la que un alto director ejecutivo dijo que él no era diferente de ningún otro empleado de la corporación; como una cuestión de hecho, él no trabajaba menos que ninguno. Se le pagaban enormes salarios para tomar decisiones. Y luego agregaba irónicamente que sus decisiones eran, en lo mejor, correctas en un cincuenta por ciento.

Eso me hizo detener. Comencé a pensar sobre el hecho de tomar decisiones, y dado que tengo el hábito de contemplar las características desde un punto de vista freudiano —otros puntos de vista reciben igual tratamiento tiempo más tarde—, pensé que las decisiones bien podrían ser un aspecto de la compulsión. Mi esposa y yo, que tomábamos rápidas y firmes decisiones, nos veíamos frecuentemente sorprendidos por los titubeos y vacilaciones de las personas que veíamos en acción. ¿Cuál es la respuesta? Los otros son los normales y nosotros los compulsivos. Bastante bueno. Al menos para un relato.

Pero, ¿ha usted nacido compulsivo o es rápido debido a su entorno y lo una experiencia traumática? Ambas cosas, probablemente, pero es mejor para un relato tener un solo acontecimiento frustrado que gatille la decisión compulsiva, ya que permite atar todos los cabos al cuerpo del relato. Pensé en un divertido pareado que Manly Wade Wellman había escrito sobre el resultado de tener una chica en un millón: debe haber al menos seis como ella en una ciudad de igual tamaño. Bien. Eso funcionaba y otorgaba la oportunidad de atar bien los cabos en busca de calidad. También suministraba conflicto, misterio y suspense.

Y todo esto es una maldita trama de mentira. No puedo construir una historia progresivamente, como un abogado preparando un caso para la corte suprema. Soy más parecido a Zerah Colburn, el sabio-idiota americano, quien podía realizar maravillas matemáticas con la mente y reconocer los números primos a simple vista. Lo hacía, pero no sabía cómo lo hacía. Escribo historias, pero como regla no sé cómo lo hago. Hay excepciones ocasionales, pero no es este el caso.

Todo lo que sé es que los ingredientes mencionados arriba fueron a parar a la olla junto con muchos otros. No sé en que orden. No sé porque algunos fueron extraídos de inmediato, mientras que a otros les fue permitido permanecer y "casarse" entre ellos. Es por esto que muchos autores están de acuerdo en que no puede enseñarse a escribir; puede alcanzarse la maestría sólo a través de lo trivial y el error, y cuantos más errores mejor. Los jóvenes deben expulsar de su sistema mucha maldita mala escritura hasta que pueden encontrar su camino.

El propósito del ensayo y error, imitación y experimento, que constantemente se afanan a través de lo incierto y desesperado, tiene dos vías; adquirirlos de forma inmisericorde por la auto-disciplina; o adquirir conscientemente modelos de relatos y reducirlos a práctica inconsciente. Frecuentemente he dicho que uno se convierte en escritor cuando piensa una historia, no por medio de una historia.

Cuando un escritor te dice cómo escribe algo, es generalmente una adivinanza en dos sentidos. Está diciendo lo que él se figura que ha sucedido, después del hecho. No puede informar lo que sucedió bajo la superficie; la matriz inconsciente, la revelación inconsciente de su propio carácter. Todo lo que puede hacer es contar las cosas tal como ocurrieron conscientemente y arroparlas para hacerlas sonar lógicas y razonables. Pero escribir no es lógico ni razonable. Es un acto de loca violencia cometida contra ti mismo y el resto del mundo... al menos así es conmigo.

U

 

no no puede retroceder ni puede parar. Los finales felices siempre tienen un dejo amargo. Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más poderoso y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y un billón setecientos mil millones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble complejidad y sus Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones a un elevado precio.

Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos de Bruxton eran de 270 mil millones de créditos. El desarrollo de las relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante grande como para coordinar todo el cuadro.

Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en investigación llamado E.T.A. Goland de los laboratorios de Deneb, había descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona embriológica que producía moléculas nucleónicas tan plásticas como la arcilla. La arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problema: ¿Debía Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta nueva técnica? La Decisión comprendía una amplia gama de factores interrelacionados: costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación, patentes, legislaciones, acciones judiciales, etcétera. Sólo había una respuesta. Preguntar a Strapp.

Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la factura de John Strapp era de 100,000 Crs., más un uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton Biótica lo tomó con placer.

La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima demanda. Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana hasta principio de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía. Enviaron entonces a Bruxton una lista de las visitas concertadas por John Strapp, y se le dijo que acordase un cambio con cualquiera de los clientes como mejor pudiese. Bruxton trató, pagó, sobornó y consiguió su propósito. John Strapp debía presentarse en la fábrica central de Alcor, el 29 de junio, lunes exactamente al mediodía.

Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del lunes, Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de Bruxton. Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió por toda la fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN!  ¡ATENCIÓN!  ¡URGENTE!  ¡URGENTE!  ¡TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL! REPITO. TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL.  ¡URGENTE! REPITO ¡URGENTE!

Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central y fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva orden. La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada del irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados a los que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era imposible identificar a 2500 hombres en tres horas. Fisher ardía y humeaba como ácido nítrico.

A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp? ¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba? Ganaba 10 millones de Crs. al año. Poseía el uno por ciento del mundo. Estaba tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba ángeles y trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita sabiduría y compasión.

A las once y cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos y cul-de-sacs con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar eso. Había que cerrar aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía con John Strapp. El escuadrón de seguridad tomó sus posiciones y esperó. Bruxton Biótica no respiraba.

Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó con un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con los ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal. De la nave salieron dos secretarias, una trigueña y la otra pelirroja. Elegantes, bellas, eficientes. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos cuarenta años, de traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles; y el pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta, mayestática, recién afeitada pero de infinita sabiduría y compasión.

Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y lo escoltaron escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró feliz. John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que poseyese el uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el vestíbulo principal hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les estaba esperando, mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de un salto y corrió hacia adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con fervor y exclamó:

—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa le doy la bienvenida.

El oficinista cerró la puerta y dijo:

—Strapp soy yo. —Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente en un rincón—. ¿Dónde tiene sus informes?

El viejo Bruxton indicó desmayadamente su escritorio. Strapp se sentó tras él, cogió las gruesas carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre fatigado. Un hombre de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una buena boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total de conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en la voz que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje.

Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo:

—Quiero ver la planta.

— ¿Por qué? —preguntó Bruxton.

—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una cuestión de matiz. Es el factor, más importante.

Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los forzudos, las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado. Lo recorrieron todo. Lo vieron todo. El "oficinista" hizo la mayor parte del trabajo práctico para "Strapp". Habló con obreros, capataces, técnicos, y personal alto, bajo y medio. Pidió nombres, chismorreó, se los presentó al gran hombre, hablaron de sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y sintió. Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El "oficinista" cerró la puerta. El empleado se fue a su rincón.

—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?

—Espere —dijo Strapp.

Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló, cerró los ojos y estuvo silencioso y quieto en medio de la oficina, como quien se esfuerza por oír un susurro distante.

—Sí —decidió, y pasó a ser más rico en un total de 100.000 Crs. y un uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En compensación, Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de que la Decisión era correcta. Strapp abrió de nuevo a la puerta, se reorganizó el desfile y salió de la fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para fotografiar y tocar al gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones públicas con voluntariosa afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y amenizaba la charla. El rumor de voces y risas se incrementó cuando llegaron a la nave. Entonces sucedió lo increíble.

— ¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo de puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace diez años que lo espero!

Sacó un chato revolver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a un hombre.

El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca, y el cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción. Metieron rápidamente al oficinista en la nave. Lo siguieron las secretarias, luego el empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron la puerta. La nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que iban de paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó Fisher, el hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una multitud horrorizada.

—Compruebe su identificación —masculló Fisher.

Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.

—William F. Kruger, biomecánico.

— ¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo advertimos a todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.

Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente 500.000 Crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías, cumpliendo de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran 250.000 Crs. más ricos.

En su suite del Splendide de Alcor, el equipo de Strapp evacuaba consultas con tono sombrío.

—Seis en seis años —dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará por qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.

—Entonces lo contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp puede permitírselo.

—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso.

—No —Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?

 ¿Pero qué demonios le pasa a Strapp? —preguntó uno de los forzudos.

 ¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger. Conoce a un hombre llamado Kruger. Cualquier hombre que se llame Kruger. Y se pone a gritar, a mal decir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo enterrado que pertenece a su vida pasada.

 ¿No le has preguntado a él?

 ¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué sucedió.

—Habría que llevarlo a un psicoanalista —sugirió el forzudo.

—Eso es imposible.

— ¿Porqué?

—Tú eres nuevo —dijo Fisher—. No comprendes.

—Hazme comprender.

—Te haré una analogía. Allá por el mil novecientos la gente jugaba a la baraja con cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo. Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Lo comprendes ahora?

—Voy comprendiendo.

—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente capaz de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas... salvo la de Strapp.

—Tenemos computadoras.

—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones, proyectos, tendencias, etcétera —lo que Strapp llama los matices—, entonces Strapp es capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. El es único, y el psicoanálisis podría destruir su capacidad.

— ¿Por qué?

—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado Fisher—. El no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien en vez de un ochenta y siete por ciento. Es un proceso inconsciente y, por lo que sabemos, puede relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar a todos los Kruger. Si lo libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No podemos correr ese riesgo.

— ¿Qué podemos hacer entonces?

—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor sobriamente—. No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en Strapp para permitir que se destruya. ¡Debemos de proteger nuestra propiedad!

—Yo creo que él necesita un amigo —dijo la secretaria trigueña.

— ¿Por qué?

—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con los amigos. Strapp hablaría.

—Nosotros somos sus amigos.

—No, no lo somos. Somos sus socios.

— ¿Ha hablado él contigo?

—No.

— ¿Contigo? —preguntó Fisher a la pelirroja.

Esta negó la cabeza.

—Está buscando algo que no encuentra nunca.

— ¿El qué?

—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.

— ¿Una mujer llamada Kruger?

—No lo sé.

—Maldita sea, esto no tiene sentido —. Fisher pensó un momento—. Está bien. Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de trabajo para que el amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora en adelante reduciremos el programa a una Decisión semanal.

— ¡Dios mío! —exclamó la secretaria trigueña—. Eso significa cinco millones menos al año.

—Hay que hacerlo —dijo Fisher—. Se trata de aceptar esta reducción ahora o perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para aguantarlo.

— ¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el empleado majestuoso.

—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al mejor. Comunica con Terra a través de la TT. Diles que localicen a Frank Alceste y ponlo en comunicación urgente conmigo.

— ¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo!

— ¡Oh! ¡Frankie!—la trigueña se abanicó.

— ¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al campeón de los pesados? —preguntó sobrecogido el forzudo—. Lo vi pelear con Lonzo Jordán. ¡Qué hombre!

—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—. Trabajé con él una vez. Canta. Baila. Y...

—Y es doblemente fatal —interrumpió Fisher—. Lo contrataremos. Firmaremos un contrato. Será amigo de Strapp. Tan pronto como Strapp lo conozca, él...

— ¿Conozca a quién? —Strapp apareció en el quicio de la puerta de su dormitorio, bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía siempre profundamente después de sus ataques. — ¿A quién voy a conocer?

Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero fatigado e indudablemente poseído.

—Un hombre llamado Frank Alceste —dijo Fisher—. Nos ha pedido una presentación y no podemos rechazarlo por más tiempo.

— ¿Frank Alceste? —murmuró Strapp—. Nunca oí hablar de él.

Strapp podía hacer Decisiones. Alceste amigos. Era un hombre vigoroso de treinta y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa, nariz quebrada y ojos grises muy hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía con esa agilidad casi femenina de los atletas. Te hechizaba sin que te dieses cuenta, y sin que pudieses evitarlo. Hechizó a Strapp, pero Strapp también lo hechizó a él. Se hicieron amigos.

—No, se trata realmente de amistad —dijo Alceste a Fisher al devolverle el cheque que pretendía darle como pago—. Yo no necesito ese dinero, y el viejo Johnny me necesita. Olvidemos que me contratasteis. Rompe el contrato. Intentaré ayudar a Johnny por mi cuenta.

Alceste se volvió para salir de la suite del Splendide de Rigel y pasó ante las secretarias que lo contemplaban con ojos muy abiertos.

—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—, cuánto me gustaría perseguirlas un poco.

—Persígueme a mí, Frankie —dijo la trigueña. La pelirroja parecía inmovilizada.

Y mientras Strapp y Asociados zigzagueaba lentamente de ciudad en ciudad y de planeta en planeta, con su nuevo plan de una Decisión por semana, Alceste y Strapp se solazaban tranquilos mientras el empleado majestuoso concedía entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo interrupciones cuando Frankie tuvo que volver a Terra para hacer una película, pero entre tanto jugaron al golf, al tenis, apostaron a los caballos, a los galgos, y asistieron a veladas de lucha y de boxeo. Visitaron los centros nocturnos y Alceste volvió con un curioso informe.

—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado observando de cerca a Johnny —dijo a Fisher—, pero si creéis que duerme de noche, es mejor que cambiéis de idea.

— ¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido.

—El amigo Johnny se larga todas las noches cuando os creéis que está dando reposo a su mente.

— ¿Cómo lo sabes?

—Por su reputación —dijo Alceste con tristeza—. Lo conocen en todas partes. En todos los antros de aquí a Orion conocen al viejo Johnny. Y lo conocen del peor modo.

— ¿Por su nombre?

—Por un mote. Lo llaman Devastación.

— ¡Devastación!

—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las mujeres como un fuego de la pradera. ¿Sabías esto?

Fisher sacudió la cabeza.

—Debe pagarlo de su bolsillo personal —musitó Alceste y se fue.

Había algo aterrador en aquella relación de Strapp con las mujeres. Solía entrar en un club con Alceste, ocupar una mesa, sentarse y beber. Luego se levantaba y examinaba fríamente el local, mesa por mesa, mujer por mujer. A veces algunos hombres se enfurecían y pretendían pegarle. Strapp se libraba de ellos con malevolencia y frialdad, de un modo que provocaba la admiración profesional de Alceste. Frankie nunca peleaba. Ningún profesional toca nunca a un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no lo lograba, acudía a los puños como última solución.

Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se sentaba y esperaba el espectáculo tranquilo, charlando y riendo. Cuando aparecían las chicas, se apoderaba de nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se ponía a examinar a la concurrencia cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas veces localizaba a una chica que le interesaba, siempre el tipo idéntico: una chica de cabello azabache, ojos negrísimos y piel clara y sedosa. Entonces empezaba el problema.

Si era una artista, Strapp acudía al camerino después del espectáculo. Si hacía falta sobornaba, gritaba y peleaba para conseguir abrirse paso hasta ella. Allí, se plantaba frente a la asombrada muchacha, la examinaba en silencio y luego le pedía que hablase. Escuchaba su voz, luego se acercaba como un tigre y daba un paso violento e inesperado. A veces había gritos, otra una defensa encarnizada y otras complacencia. Strapp quedaba enseguida satisfecho. Abandonaba a la chica bruscamente, pagaba todos los daños y perjuicios como un caballero, y salía a repetir la misma función en un club tras otro.

Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se acercaba inmediatamente, despachaba a su acompañante, o si esto era imposible seguía a la chica hasta su casa y repetía allí el mismo ataque del camerino. De nuevo abandonaba a la chica, pagaba como un caballero y proseguía con su obsesionante búsqueda.

—Estuve con él, pero me asustó —dijo Alceste a Fisher—. Nunca vi a un hombre tan precipitado. Podría disponer de cualquier mujer agradable si fuese con un poco más de calma. Pero no puede. Parece poseído.

— ¿Porqué?

—No lo sé. Es como si trabajase contra reloj.

Después de que Strapp y Alceste se hiciesen íntimos, Strapp le permitió acompañarlo en una investigación, durante el día, que era aún más extraña. Como Strapp y Asociados continuaba su gira por planetas e industrias. Strapp visitaba la Oficina de Estadísticas Vitales de cada ciudad. Allí sobornaba al encargado jefe y presentaba una tira de papel. El papel decía:


Altura:

1,65


Peso:

60


Cabello:

negro


Ojos:

negros


Busto:

86


Cintura:

66


Caderas:

91


Talla:

12


—Quiero los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiún años que se ajusten a esa descripción —decían Strapp—.Pagaré diez créditos por cada nombre.

Veinticuatro horas después llegaba la lista, y Strapp se lanzaba a la búsqueda obsesiva, examinando, hablando, escuchando, dando algunas veces el paso aterrador, pagando siempre como un caballero. La procesión de chicas altas de cabello azabache y ojos negrísimos hacía temblar a Alceste.

—Está poseído por una idea fija —dijo Alceste a Fisher en el Splendide de Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando una chica concreta especial y ninguna se ajusta a las condiciones.

 ¿Una chica llamada Kruger? —No sé si el asunto Kruger tiene que ver con esto.

 ¿Es difícil de complacer?

—Bueno te diré. Algunas de esas chicas... yo las consideraría sensacionales. Pero él no les presta la menor atención. Las mira y sigue. Otras... prácticamente unos fetos, lo emocionan y se convierte en el viejo señor Devastación.

—Pero ¿por qué?

—Creo que es una especie de prueba. Que pretende que las chicas reaccionen de una forma dura y natural. No existe ningún tipo de pasión en el viejo Devastación. Se trata de un truco fríamente utilizado para poder comprobar como reaccionan las chicas.

—Pero ¿qué es lo que busca?

—Aún no lo sé —contestó Alceste—, pero lo descubriré. Tengo pensado un pequeño truco. Esperaremos a que llegue una oportunidad, Johnny se lo merece.

Sucedió en el estadio, cuando Strapp y Alceste fueron a ver a un par de gorilas despedazarse dentro de una jaula de cristal. Fue un espectáculo sangriento, y ambos hombres estuvieron de acuerdo en que la lucha de gorilas no era más civilizada que la de gallos, y dejaron aquel lugar muy decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo de hormigón, esperaba un hombre tembloroso. Cuando Alceste le hizo una señal, se acercó corriendo a ellos como un cazador de autógrafos.

— ¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo amigo Frankie! ¿No te acuerdas de mí?

Alceste lo miró fijamente.

—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo barrio? ¿No te acuerdas de Blooper Davis?

— ¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro. Pero entonces eras Blooper Davidoff.

—Claro—. El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú eras Frankie Kruger.

— ¡Kruger! —gritó Strapp, con voz aguda y chillona.

—Así es —dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre cuando empecé mi carrera de boxeador.

Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso, que retrocedió apoyado en la pared del pasillo y desapareció.

— ¡Tú, hijo de puta! —gritó Strapp; se había puesto pálido y la cara le temblaba amenazadoramente—. ¡Miserable bastardo, asesino! Llevo mucho tiempo esperando esto. Diez años de espera.

Sacó un chato revolver de su bolsillo interior y disparó.

Alceste se hizo a un lado justo a tiempo y la bala repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp disparó de nuevo y la llamarada chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp por la muñeca y lo paralizó con un poderoso apretón. Apartó el revolver y lucharon abrazados. Strapp jadeaba de ira, los ojos le giraban. Arriba se oían los gritos de la multitud.

—Está bien, soy Kruger —masculló Alceste—. Me llamo Kruger, señor Strapp. ¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso?

 ¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno de los gorilas que habían visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas!

 ¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger? —Utilizando todas sus fuerzas, Alceste arrastró a Strapp a un rincón y lo inmovilizó allí—. ¿Qué tuve que ver contigo hace diez años?

Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de que Strapp se desmayara.

Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó al lujoso salón de la suite del Splendide de Indi y explicó el problema al equipo.

—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica llamada Sima Morgan —empezó—, Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy romántica. Iban a casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima Morgan.

— ¡Kruger! Así que esa es la relación. ¿Cómo fue?

—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas conduciendo. Le quitaron el permiso, pero eso a un tipo de dinero como Kruger le daba igual. Sobornando, consiguió un reactor Hot-rod sin permiso de conducir. Un día se llevó por delante una escuela. Deshizo el techo y mató a treinta niños y a la profesora... Sucedió en Terra, en Berlín.

"Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de planeta en planeta y aún no lo han localizado. La familia le envía dinero. La policía no es capaz de dar con él. Strapp lo busca porque la profesora de la escuela era su chica, Sima Morgan.

Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó:

— ¿Cuánto hace de eso?

—Por lo que supongo, diez años y ocho meses.

Fisher calculó minuciosamente.

—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por primera vez que era capaz de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta entonces era un don nadie. Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la capacidad de tomar Decisiones. Indudablemente una cosa produjo la otra.

—Puede que sí.

—Así que él mata a Kruger una y otra vez —dijo Fisher fríamente—. Corresponde. Fijación de venganza. Pero ¿y lo de las chicas y el asunto señor Devastación?

Alceste sonrió con tristeza.

 ¿Has oído alguna vez decir "una chica en un millón"?

 ¿Y quién no?

—Si tu chica era en un millón, eso significa que habrá nueve más como ella en una ciudad de diez millones, ¿verdad?

Todo el equipo de Strapp asintió, expectante.

—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que puede encontrar un duplicado de Sima Morgan.

— ¿Cómo?

—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo siguiente: hay una posibilidad en sesenta y cuatro mil millones de que las huellas dactilares coincidan. Pero actualmente hay un billón setecientos mil millones de personas. Eso significa que puede haber veintiséis con las mismas huellas dactilares, e incluso más.

—No necesariamente.

—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la posibilidad y eso es lo único que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay veintiséis posibilidades de que las huellas dactilares coincidan, hay una posibilidad también de que coincidan las personas. Cree que puede encontrar el duplicado de Sima Morgan si persiste en su búsqueda.

— ¡Eso es inconcebible!

—No digo que no lo sea, pero es lo único que lo mantiene en pie. Es una especie de preservador vital basado en números. Mantiene su cabeza a flote... esa idea de que tarde o temprano podrá volver donde la muerte lo dejó hace diez años.

— ¡Ridículo! —exclamó Fisher.

—No para Johnny. El sigue enamorado.

—Imposible.

—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo —contestó Alceste—. Busca sin cesar. Una chica tras otra. Conserva las esperanzas. Habla. Da el paso. Si se trata del duplicado de Sima, sabe que reaccionará exactamente como recuerda que reaccionó Sima diez años atrás. "¿Eres tú, Sima?", se pregunta a sí mismo. "No", contesta, y continúa. Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Debemos hacer algo.

—No —dijo Fisher.

—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado. Tenemos que convencerle para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos que hacerle enamorarse otra vez.

—No —repitió Fisher enfáticamente.

— ¿Por qué no?

—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se curará. Dejará de ser el gran John Strapp, el que toma Decisiones. Se convertirá en un don nadie... un hombre enamorado.

— ¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? El quiere ser feliz.

—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie lo es, Strapp no está peor que los demás hombres, y además es mucho más rico. Nosotros mantenemos el status quo.

— ¿No querrás decir que tú eres mucho más rico?

—Nosotros mantenemos el status quo —repitió Fisher; miró con frialdad a Alceste—. Creo que lo mejor será que rescindamos el contrato. No necesitamos ya de tus servicios.

—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le devolví el cheque. Ahora habla usted con el amigo de Johnny.

—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora el señor Strapp tendrá muy poco tiempo para sus amigos. Cuando quede libre el año que viene se lo haremos saber.

—No podéis secuestrarlo. Veré a Johnny cuándo y dónde me plazca.

— ¿Quiere usted tenerlo por amigo? —dijo Fisher con una sonrisa desagradable. Entonces lo verá cuándo y dónde quiera yo. O lo ve en esas condiciones o Strapp verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los archivos, señor Alceste. No lo rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que Strapp va a confiar en su amistad después de ver el contrato que firmó?

Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme. Por un instante se miraron con odio, luego Frankie se apartó.

—Pobre Johnny —murmuró—. Es como un hombre atrapado por la solitaria. Le diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo.

Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de despertar de su ataque sin el menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en la cama.

—Hola, Johnny —dijo sonriendo.

—Hola, Frankie —dijo Strapp, también sonriendo.

Se dieron un puñetazo en el hombro y con solemnidad, que es la única manera con la que los amigos pueden abrazarse y besarse.

— ¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas? —preguntó Strapp—. Estoy algo confuso.

—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan cargado. —Alceste volvió a dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha Johnny, tengo que volver a trabajar. Tengo un contrato de tres películas al año y están que botan conmigo.

—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo Strapp contrariado—. Creí que habías terminado.

—Ni hablar, tengo que irme, hoy, Johnny. Volveremos a vernos muy pronto.

—Oye —dijo Strapp—. Manda al diablo las películas. Sé socio mío. Le diré a Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez que me río desde hace... mucho tiempo.

—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me obliga un contrato. Pronto volveré. Adiós.

—Adiós —dijo Strapp con tristeza.

Fuera de la habitación Fisher esperaba como un perro guardián. Alceste lo miró con disgusto.

—Una cosa que se aprende en el box —dijo lentamente—, es que nadie gana hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero no es el último.

Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí mismo, mitad en voz alta:

—Quiero que seas feliz. Quiero que todos los hombres sean felices. Y da la sensación de que todos los hombres podrían ser felices sólo con que les echásemos una mano.

Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer amigos.

El equipo de Strapp volvió a la misma vieja vigilancia celosa de los años de asesinatos, y elevó el número de Decisiones de Strapp a dos a la semana. Ahora sabían por qué había que vigilar a Strapp. Sabían por qué había que proteger a los Kruger. Pero esta era la única diferencia. Su hombre estaba triste, histérico, casi psicótico; daba igual. Era un precio justo a pagar por el uno por ciento del mundo.

Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y visitó los laboratorios de Bruxton Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal E.T.A. Goland, el genio en investigación que había descubierto aquella nueva técnica para moldear vida que fue lo que llevó a Strapp por primera vez a Bruxton, y que fue indirectamente responsable de su amistad con Alceste. Ernest Theodor Amadeus Goland era bajo, gordo, asmático y entusiasta.

— ¡Sí, sí, claro! —exclamó cuando el lego explicó todo su asunto al científico—. ¡Cómo no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué no se me había ocurrido. No presenta apenas dificultades—. Meditó un instante—. Salvo el dinero —añadió.

— ¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace diez años? —preguntó Alceste.

—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero —dijo Goland enfáticamente.

— ¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la misma? —En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y cinco por mil.

 ¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto al cien por cien?

 ¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces de captar más del ochenta por ciento de las características totales de otra persona. No se ha oído ningún caso en que se supere el noventa por ciento.

 ¿Y cómo podrían hacerlo?

—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una: la estructura psicológica completa del sujeto que se encuentra en los Archivos Principales de Centauro. Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos una solicitud y pagamos cien créditos a través de los canales oficiales. Haré la solicitud.

—Y yo pagaré. ¿Y la otra fuente?

—El proceso de embalsamiento de la época moderna... Ella está enterrada, ¿no?

—Sí, lo está.

—Este sistema tiene una perfección de un noventa y ocho por ciento. Por medio de los restos y de la estructura psicológica reconstruimos el cuerpo y la mente por la ecuación sigma igual a la raíz cuadrada de menos dos más... No hay más problema que el dinero.

—Bueno, del dinero me encargo yo —dijo Frankie Alceste—. Encárguese usted del resto.

Para ayudar a su amigo, Alceste pagó 100 Crs. y envió la solicitud a los archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura psicológica completa de Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste regresó a Terra y se dirigió a una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un individuo llamado Augenblick, para que actuara como ladrón de cadáveres. Augenblick visitó el Staats-Gottesacker y sacó el ataúd de porcelana de abajo de la lápida de mármol que decía Sima Morgan. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro pelo sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el ataúd de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb.

Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído en la cuenta, pero que desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el de la serie de catástrofes que lo persiguieron sin alcanzarlo nunca. Hubo una explosión de un reactor que destruyó la nave y un acre de espacio-puerto, media hora después de que bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un verdadero holocausto en el hotel diez minutos después de irse Alceste. Se produjo el terrible desastre que acabó con el tren neumático para el que Alceste había cancelado su billete inesperadamente. A pesar de todo, pudo entregar el ataúd al bioquímico Goland.

— ¡Vaya! —dijo Ernest Theodor Amadeus—. Una hermosa criatura. Merece la pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo el dinero.

Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas para que Goland pudiese abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un laboratorio y le financió una serie de experimentos increíblemente caros. Para ayudar a su amigo, meses después, salió de la opaca cámara de maduración una criatura de pelo negro, ojos como el ébano y sedosa piel, piernas largas y busto erguido. Respondía al nombre de Sima Morgan.

—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima, sin darse cuenta de que habían transcurrido once años—. Luego hubo un gran estruendo. ¿Qué pasó?

Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento ella había sido su objetivo... una meta... algo irreal, inerte. Ahora era una mujer viva. Había un curioso temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza tenía un aire encantador al moverse mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no era suave y grácil como Alceste esperaba. Se movía con una torpeza infantil.

—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la cogió por los hombros—. Quiero que me mires y te convenzas de que puedes confiar en mí.

Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima lo examinó con gravedad. De nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus manos empezaron a temblar y soltó los hombros de la muchacha, aterrado.

—Sí —dijo Sima—. Puedo confiar en ti.

—Diga lo que diga, debes confiar en mí. No importa lo que te diga que hagas, tú confía en mí y hazlo.

— ¿Porqué?

—Por la salvación de Johnny Strapp.

Ella le miró sobresaltada.

—Le ha pasado algo —dijo presurosa—. ¿Qué ha sido?

—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, cariño. Te lo explicaré. Tenía pensado explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor... que espere hasta mañana.

La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una terrible lucha consigo mismo. Las noches de Deneb son suaves y negras como el terciopelo, con un aroma romántico, dulce y tenue... o al menos así le parecía la noche a Frankie Alceste.

"No puedes enamorarte de ella", murmuró. "Es una locura."

Y más tarde, se dijo: "Viste a centenares de chicas como ella, cuando Johnny la buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de ellas?"

Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en una ocasión tal, e intentó convertir su deseo en amistad. Acudió a la habitación de Sima a la mañana siguiente, con unos andrajosos téjanos viejos, sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los pies de su cama mientras ella comía la primera de las comidas cuidadosamente prescritas por Goland, encendió un cigarrillo y le explicó el asunto. Cuando la vio llorar, no la cogió entre sus brazos para consolarla, sino que le dio una palmada en la espalda como a un hermano.

Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las medidas y cuando ella salió con aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso besarla. En vez de hacerlo, le dio una palmada en el hombro, muy suave y muy solemne, y la llevó a comprar otro vestido, Cuando apareció ante él con ropa a medida, le pareció tan encantadora que tuvo que darle otro puñetazo en el hombro. Luego fueron a comprar un pasaje inmediato para Ross-Alfa III.

Alceste había pensado quedarse unos cuantos días para que la chica descansase, pero por miedo a sí mismo había renunciado a hacerlo. Sólo así pudieron salvarse ambos de la explosión que destruyó el domicilio privado y el laboratorio privado del bioquímico Goland, y también al bioquímico. Alceste nunca lo supo. Estaba ya a bordo de la nave con Sima, luchando frenéticamente con sus tentaciones.

Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje espacial, pero nunca menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos antiguos, cuando los viajeros cruzaban los océanos en barcos, los pasajeros se encuentran aislados en su pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de la realidad. Invade la nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y de toda responsabilidad. Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de reactor por semana..., amoríos fugaces y apasionados que se disfrutan en completa seguridad y concluyen el día del aterrizaje.

En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un rígido control de sí mismo. Poco le ayudaba el hecho de ser una celebridad con un tremendo magnetismo físico. Mientras una docena de bellas mujeres se arrojaban a sus brazos, él perseveraba en su papel de hermano mayor y palmeaba a Sima como un hermano, hasta que ésta protestó.

—Sé que eres un magnífico amigo de Johnny y un buen amigo mío —dijo la última noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de cardenales.

—Sí, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como Johnny, piensan con el cerebro. Yo creo que pienso con los puños.

Estaban de pie bajo la bóveda de cristal por la que se veían las estrellas, y les bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se aproximaba ya, y resulta difícil imaginar algo más romántico que el terciopelo del espacio iluminado por el tono blanco violeta de un sol distante. Sima ladeó la cabeza y lo miró.

—Hablé con algunos de los pasajeros —dijo—. Eres famoso, ¿verdad?

—Más bien conocido...

—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero pensar en ti.

— ¿En mí?

—Ha sido algo tan súbito —dijo Sima, asintiendo—. Estaba desconcertada y tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las gracias, Frankie. Te las doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre.

Le echó los brazos al cuello y lo besó. Alceste empezó a temblar.

"No", pensó. "No. Ella no sabe lo que hace. Está tan atolondrada y feliz con la idea de ver otra vez a Johnny que no se da cuenta..."

Buscó tras de sí hasta que sintió la helada superficie del cristal; antes de apartarse, apretó deliberadamente las palmas de sus manos contra la superficie, a temperatura bajo cero. El dolor le hizo dar un salto. Sima lo soltó sorprendida, y cuando él apartó las manos, dejó atrás treinta centímetros cuadrados de piel y sangre.

Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y dos manos en condiciones pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher, acompañado de un funcionario que pidió al señor Alceste que le acompañase a una oficina para tener una importante conversación privada.

—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al señor Fisher —dijo el funcionario, — que intenta usted introducir a una joven de estatus ilegal.

— ¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó Alceste.

— ¡Imbécil! -escupió Fisher —. ¿Crees que te dejaría hacerlo? Estuvieron siguiéndote. Minuto a minuto.

—El señor Fisher nos informa —continuó el funcionario con rigidez—, que la mujer que viene con usted viaja con nombre supuesto. Sus papeles son falsos.

— ¿Cómo que son falsos? —dijo Alceste—. Ella es Sima Morgan. Sus documentos dicen que es Sima Morgan.

—Sima Morgan murió hace once años —contestó Fisher—. La mujer que viene contigo no puede ser Sima Morgan.

—Y a menos que se aclare su verdadera identidad —dijo el funcionario—, se le prohibirá la entrada.

—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos que demuestran la muerte de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente.

Alceste miró a Fisher y movió la cabeza.

—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas —dijo—. Si hay algo que me gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a Johnny verla. Tengo tantas ganas de guardármela para mí que... —se contuvo y acarició las vendas de sus manos—. Retira tu acusación, Fisher —añadió.

—No —replicó Fisher.

—No puedes mantenerlos separados. Al menos de este modo. Suponte que la detienen. ¿A quién te parece que citarían judicialmente para demostrar su identidad? A John Strapp. ¿A quién llamaría yo primero para que viniese a verla? A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme?

—Ese contrato —empezó Fisher—. Lo que haré

—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. El quiere a su chica no a mí. Retira tu acusación Fisher. Y abandona la lucha. Has perdido tu vale de comidas.

Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y luego masculló:

—Retiro la acusación. —Luego miró el césped con los ojos inyectados en sangre—. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió déla oficina.

Fisher estaba preparado. A una distancia de años luz podría encontrarse demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en Ross-Alfa III, estaba protegiendo su propiedad. Disponía de todo el poder y del dinero de John Strapp. El flotador que Frankie Alceste y Sima tomaron en el espacio-puerto estaba pilotado por un ayudante de Fisher que abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes intentando arrojar al aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación y rodeó con un musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste enderezó el flotador y los dejó a salvo en tierra. Alceste advirtió complacido que Sima no se había puesto más nerviosa de lo necesario.

En la carretera, los recogió uno de los centenares de coches que pasaban bajo el flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima en el quicio de una puerta, que abrió a costa de una herida en el hombro, la cual vendó precipitadamente con trozos de la enagua de la chica. Los ojos oscuros de ésta se abrían desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la felicitó con poderosas palmadas, la subió a la terraza y descendió con ella por el edificio contiguo, donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una ambulancia.

Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron a la calle, donde se encontraron con policías uniformados que tenían órdenes oficiales de buscar una pareja que respondía a su descripción. "Buscados por robo de flotador con asalto. Peligrosos. Tiren a matar." Alceste se deshizo de la policía y también del conductor de la ambulancia y de un enfermero. El y Sima partieron en la ambulancia, Alceste conduciendo como un loco, Sima haciendo sonar la sirena como una alucinada.

Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial de la ciudad, entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos después, convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una silla de ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar por un criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para fingirse un viejo.

Se inscribieron en el Splendide de Ross, donde Alceste encerró a Sima en una suite, se hizo curar el hombro y compró un arma. Luego fue a ver a John Strapp. Lo encontró en la Oficina de Estadísticas Vitales, sobornando al encargado general y presentándole una tira de papel que daba la misma descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás.

—Hola, viejo Johnny —dijo Alceste.

— ¡Hola, Frankie! —gritó Strapp muy contento.

Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa feliz, Alceste vio a Strapp explicar detalles al encargado general y ofrecerle más dinero a cambio de los nombres y direcciones de todas las chicas de más de veintiuno que se ajustasen a la descripción del papel. Cuando salían, Alceste dijo:

—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso, Johnny.

Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp.

— ¿Sí? —dijo. —Tiene un ligero ceceo.

Strapp miró con expresión extraña a Alceste.

—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando habla.

Strapp agarró el brazo de Alceste.

—El único problema es que no es ingenua como la mayoría. Es más bien un camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y valiente.

—Muéstramela, Frankie —dijo Strapp en voz baja. Subieron a un flotador y descendieron en el terrado del Splendide. El ascensor los condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite 20-M. Alceste llamó a la puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer: "Adelante". Alceste estrechó la mano de Strapp y dijo: "Enhorabuena, Johnny". Abrió la puerta y luego descendió hasta el vestíbulo y se apoyo en la balaustrada. Sacó su revolver por si aparecía Fisher con malas intenciones. Contemplando la resplandeciente ciudad, pensó que todos los hombres podrían ser felices si todos echasen una mano. Pero a veces esa mano resultaba cara.

John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se volvió y examinó fría, detenidamente, a aquella muchacha de ojos y cabellos negrísimos. Ella lo miraba desconcertada. Strapp se acercó más, caminó alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente.

—Di algo —pidió él.

—Tú no eres John Strapp —balbució ella.

—Sí.

— ¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi Johnny es...

Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus labios la recorrieron ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La chica gritaba y se debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos. Por aquellas manos ásperas, tan ajenas por los impulsos ajenos de la persona que en tiempos había sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora dolorosos años de cambios.

— ¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp. Tú eres otro hombre.

Y Strapp, no tanto once años más viejo como once años distinto al hombre cuyo recuerdo estaba intentando ocupar, se preguntó a sí mismo: "¿Eres tú mi Sima? ¿Eres tú mi amor... mi amor perdido y muerto?" Y el cambio dentro de él contestó: "No, esta no es tu Sima. Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y busca. Encontraras algún día la chica que perdiste."

Pagó como un caballero y se fue.

Desde el balcón, Alceste, lo vio salir. Tan asombrado estaba que no pudo llamarlo. Volvió a la suite y encontró a Sima allí de pie, sobrecogida, contemplando un montón de dinero que había sobre la mesa. Comprendió inmediatamente lo que había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste, empezó a llorar... No como una chica, sino como un muchacho, con los puños cerrados y la cara contraída.

—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los brazos hacia él con desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había adelantado.

El dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última tentativa de borrar el amor que sentía en su interior por aquella criatura, buscando un medio de unirla a Strapp. Luego perdió el control y la cogió en sus brazos.

"Ella no sabe lo que hace", pensó. Está asustada y se ve perdida. No es mía. Aún no. Quizá nunca."

Y luego: "Fisher ha ganado y yo he perdido."

Y por último: "Sólo recordamos el pasado; nunca lo conocemos cuando lo encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo sigue y los adioses deberían ser para siempre."

 

 


ODI E ID

C

uando yo escribía relatos policiales, me volvía loco desarrollando artimañas para mis argumentos. Una artimaña es un hecho curioso, no exactamente bien conocido por el lector (pero por supuesto conocido por el detective} que puede ser utilizado como clave principal. He aquí un ejemplo simple: ¿sabía usted que los Estados Unidos no acuñó dólares de plata entre 1910 y 1920? Si se topa con uno de 1915 tiene que ser una falsificación, y eso es una artimaña.

Generalmente necesitaba tres por argumento; una para establecer un gancho de comienzo, una segunda para dar una vuelta de tuerca a mitad del relato, y una tercera para "Los Morris" que completaban el total. Es mejor emplear la expresión que era utilizada en el negocio para describir la explicación final del misterio.

Había una taberna clandestina en el viejo Filadelfia de los veinte que despojaba a los transeúntes ingenuos. Un extraño entraba a almorzar, ordenaba un emparedado y un par de cervezas y luego el camarero le presentaba la adición que se elevaba a unos veinte dólares. El cliente gritaba y exigía una explicación por el abuso. El camarero decía:

—Sí, señor. Morris se lo explicará.

Cuando Morris venía a la mesa, resultaba ser el bouncer[1]; uno ochenta de alto, y uno ochenta de ancho, ciento diez kilos y bastante feo. Esa era toda la explicación que la víctima necesitaba.

Como estaba diciendo, mi esposa buscaba constantemente nuevas artimañas, y yo hurgaba en las salas de lectura de la biblioteca pública de la calle Cuarenta y Dos y la avenida Cincuenta. Leía a toda velocidad cuatro o cinco libros por hora y me sentía feliz si encontraba una sólida artimaña de promedio por libro. Por entonces di con la psiquiatría y descubrí que el campo estaba lleno de artimañas de conducta, que eran mucho más interesantes que los dólares de plata con fecha equivocada.

Como resultado de esta búsqueda puramente pragmática, quedé enganchado con la psiquiatría y comencé a escribir sobre compulsiones y sus conflictos corrosivos. Por tanto me convertí en un devoto de Freud, y no podéis imaginar lo abatido que me sentí cuando se publicó su correspondencia con Jung y advertí que mi dios era un ser humano después de todo. El más risible aspecto de mi profunda creencia en la psiquiatría es el hecho de que yo jamás me hice analizar.

Bien, "Odi e Id" fue el primer relato de ciencia-ficción que yo escribí después de mi conversión (ya había escrito unos cuantos acres de argumentos utilizando material psiquiátrico) y lo envíe al gran John W. Campbell hijo, director de la innovadora Astounding Science Fiction. La envíe por correo y Campbell me telefoneó unas pocas semana más tarde diciendo que le gustaba el relato y que lo compraría, pero quería hacer algunos cambios. ¿Podía ir yo a su oficina y discutirlos? Estuve encantando de aceptar. ¡Una oportunidad para encontrarme con el gran hombre! ¡Me sentí conquistado!

Fue una entrevista perturbadora. No voy a contar los detalle aquí (los encontraréis en "Mis amoríos con la ciencia-ficción" página 249), pero debo confesar mi culpabilidad. Toda mi experiencia en el negocio del espectáculo me había enseñado que es una tontería meterse entre bastidores cuando a uno le encanta el show. Es mejor no encontrarse con el autor, los actores, el director, el diseñador, el productor... quienquiera que haya creado esa brillantez que ha quedado grabada en la mente. Seguro que te sentirás desilusionado. Nunca confundas al artista con su obra.

Bien, deberá haberlo sabido mejor, pero fui a los camerinos de Astounding Science Fiction, me encontré con su director, y fue un desastre. Como resultado, escuchaba la adoración que mis colegas escritores sentían por John Campbell, y me sentía culpable como el demonio porque no podía unirme de ellos. Comprendan que hablo como escritor, no como lector. Como lector yo también lo adoraba. Y también me sentía culpable porque imaginaba que la antipatía entre nosotros era enteramente culpa mía. Pensé que yo era desdeñoso porque ambos éramos reflejos de cada uno; ambos arrogantes, sabelotodos y obstinados. Fin de la Apología Pro Vita Sua.

De cualquier modo, la cruz del relato de la entrevista fue la declaración de Campbell de que toda la psiquiatría había sido refutada por una nueva y estremecedora ciencia llamada "dianética", descubierta por L. Ron Hubbard; quería que todas las referencias a Freud y a su Circo (incluyendo el título) fueran quitadas. Compréndanme, por favor; no me pidió que hiciera el elogio de la dianética; sólo quería que quitara el anticuado vocabulario de Freud del campo de Hubbard.

Pensé que esto era absurdo, pero estuve de acuerdo de cualquier modo. Los cambios no afectaban el tema de la historia, de modo que fue fácil complacer al Gran Hombre. Y aquí debo mencionar algo sobre mi estilo de escribir que no es fácil de comprender: yo veo la historia como un todo, tengo omnivisión. Por ejemplo: un director me dirá, "Eh, Alf, necesitamos tiempo. ¿No podemos cortar esa escena con el cerrajero?" Sé instantáneamente que la escena del cerrajero controla dos escenas que la preceden y tres que la siguen, que cuatro de las cinco pueden ser fácilmente emparchadas, pero que la quinta es una demora que exigirá por entero una nueva aproximación. No tengo que armar un puzzle, lo sé instantáneamente. Un interruptor de luz.

De modo que supe instantáneamente que los cambios que Campbell me pedía no eran importantes para el relato y podían ser fácilmente solucionados. Estuve de acuerdo y mandé todo al infierno cuando me fui de allí. Naturalmente, cuando él relato fue reimpreso por primera vez, volví a la versión original. No sé hasta donde Campbell lo supo, pero mi impresión es que lo supo. Era muy astuto e informado, cuando no estaba absorbido por su última afición científica.

"Odi e Id" fue generado por una discusión que tuve con un amigo allegado, quien era extremadamente intolerante con lo que él llamaba "pecado". No pudo nunca comprender ni olvidar a las personas inteligentes que se equivocaban. Yo argumentaba que esa gente no siempre tiene control consciente de sus acciones; muy frecuentemente el inconsciente los domina.

—Hay veces —le decía— en que todos los buenos sentidos en un hombre le gritan advirtiéndole que lo que está apunto de cometer sólo producirá pesar, pero continúa adelante y lo hace de cualquier modo. Algo en lo profundo incide sobre sus acciones. ¿No es así como sucede contigo?

—Nunca.

—Bien, ¿puedes ver que sucede sobre otras personas?

—No en las personas inteligentes. No.

—La inteligencia no tiene nada que ver con esto. ¿No puedes admitir que un buen tipo que sólo quiere hacer lo correcto puede ser impulsado a hacer lo equivocado?

—No-

Era un terco hijo de puta, pero el callejón sin salida generado por el relato parte de una extrapolación muy fácil. Un escritor es siempre un oportunista; no malgasta nada. Esto hace que la gente piense que no somos sinceros. No es así. Sólo estamos cargando las baterías.

E

 

sta es la historia de un monstruo.

Lo llamaron Odiseo Gaul en honor del héroe favorito de Papá, y a pesar de las desesperadas objeciones de Mamá; pero siempre le dijeron Odi desde que tenía un año.

El primer año de vida es una egoísta búsqueda de calor y seguridad. Odi no iba a tener mucho de eso cuando nació, pues los negocios de Papá estaban en bancarrota y Mamá estaba pensando en el divorcio. Pero la decisión inesperada de la United Radiation de construir una planta en la ciudad hizo a Papá rico, y Mamá volvió a enamorarse de él otra vez. De modo que Odi tuvo calor y seguridad.

El segundo año de vida es una tímida exploración. Odi se arrastró y exploró. Cuando alcanzó los circuitos enrojecidos de una estufa eléctrica, un inesperado corte de energía lo salvó de quemarse. Cuando cayó desde la ventana del tercer piso, lo hizo sobre el tanque lleno de hierba del jardinero mecánico. Cuando importunó al gato Febo, éste saltó como si fuera a arañarle la cara, y los brillantes colmillos se cerraron sin peligro sobre una de sus orejas.

—Los animales aman a Odi —decía Mamá—. Sólo pretenden morder.

Odi quería ser amado, y todos amaban a Odi. Fue estimado, mimado y consentido durante toda su edad pre-escolar. Los cuidadores de tiendas lo obsequiaban con caramelos, y los conocidos se presentaban con regalos. Hubo helados, caramelos, tartas, bombones, chicles y una gran variedad de otros comestibles. Odi consumía lo suficiente para todo un parvulario. Nunca estuvo enfermo.

—Sale al padre —decía Papá—. De buena cepa.

Se desarrollaron leyendas familiares alrededor de la suerte de Odi... Cómo una perfecta y extraña casualidad hizo que un niño como Odi pudiera entrar al Electronic Circus, y retrasara a su padre lo suficiente como para evitar la desastrosa explosión del '98... Cómo un libro olvidado en una biblioteca lo salvó del choque de cohetes del '99... Cómo una multitud de curiosos incidentes lo salvaron de una multitud de catástrofes asociadas. Nadie advirtió que era un monstruo...aún.

A los dieciocho era un muchacho bien parecido con un sedoso pelo castaño y una amplia sonrisa que descubría sus blancos dientes. Era fuerte, saludable, inteligente. Era completamente desinhibido en su tranquila y relajada forma de ser. Tenía encanto. Era feliz. Por tanto, su monstruosa maldad había afectado tan sólo a la pequeña Tawn Unit donde había nacido y crecido.

Llegó a Harvard procedente de una escuela progresiva, de modo que cuando uno de sus muchos nuevos amigos irrumpió en el dormitorio y dijo:

—Eh, Odi, vente al patio a jugar un partido de pelota.

Odi respondió:

—No sé jugar, Ben.

— ¿No sabes? —Ben se acomodó el balón bajo su brazo y arrastró a Odi con el. — ¿Dónde demonios has estado metido, chico?

—En casa no opinan muy bien del fútbol —Odi sonrió-. Dicen que es anticuado. Somos fanáticos de los tejos Huxley.

—Los tejos Huxley. Eso es para los empollones —dijo Ben—. El fútbol es aún un gran juego. ¿Quieres ser famoso? Debes aparecer en ese campo de fútbol de la T.V. de cada sábado.

—Lo he notado, Ben. Muéstrame como se hace.

Ben se lo mostró, cuidadosa y pacientemente. Odi tomó las lecciones seria e industrialmente. Su tercer punt[2] fue impulsado por una caprichosa ráfaga de viento, atravesó setenta metros por el aire e irrumpió a través de la ventana de Proctor Charley (Tren de Carga) Stuart. Stuart echó un vistazo por la ventana y tuvo a Odi en el estadio Soldier media hora más tarde. Tres sábados después, se leía en los titulares: Odi 57-Army O.

— ¡Rayos y centellas! —maldijo Hig Clayton, el entrenador—. ¿Cómo demonios lo hace? No hay nada sensacional en ese chico. Sólo el valor promedio. Pero cuando corre, los demás se caen al perseguirlo. Cuando patea, los otros fallan. Cuando ellos fallan, el recupera.

—Es un jugador negativo —respondió Tren de Carga—, Deja que tú cometas los errores y luego los aprovecha.

Ambos estaban equivocados. Odi Gaul era un monstruo.

En cuando a su elección de una joven interesante, Odi Gaul fue solo al Baile del Observatorio, se metió en un cuarto oscuro por error y descubrió una chica de bata corta inclinada sobre unas bandejas, iluminada por la abominable luz verde de seguridad. Tenía pelo negro muy corto, helados ojos azules, rasgos fuertes y una sensual figura varonil. Le ordenó a Odi que saliera de allí y él se enamoró de ella... temporalmente.

Sus amigos aullaron de risa cuando se los dijo.

—Por las cenizas de Pigmalión, Odi, ¿no has oído hablar de ella? La chica es frígida. Una estatua. Odia a los hombres. Estas perdiendo el tiempo.

Pero gracias a la habilidad de su analista, la chica superó el brote neurótico una semana más tarde y se enamoró profundamente de Odi Gaul. Fue súbito, devastador y arrebatador durante dos meses. Luego, justo cuando Odi comenzaba a enfriarse, la chica tuvo una recaída y todo acabó amigablemente, sobre bases convenientes.

Hasta entonces, sólo acontecimientos menores responsabilizaban a Odi de su suerte, pero la onda de choque se estaba expandiendo. En setiembre de ese año de universidad, Odi compitió para la Medalla de Economía Política con una tesis titulada: "Causas de rebelión". La sorprendente similitud de su escrito con la revuelta astreana, que saltó a los titulares de la prensa ese día, le hizo ganar el premio.

En octubre, Odi contribuyó con veinte dólares a un fondo organizado por un chiflado compañero de clase que especulaba en la Bolsa de acuerdo con las "Tendencias del Mercado", una superstición algo antigua. Los cálculos del profeta eran ridículos, pero un brote de pánico que casi arruina a la Bolsa cuadriplicó el capital. Odi ganó cien dólares.

Y continuó así... cada vez peor. El monstruo.

Bien, un monstruo puede escabullirse cuando es estudiado por la filosofía especulativa cuya causa está enraizada en la historia y el Presente es debido al análisis estadístico del Pasado; pero las ciencias vivas son bulldogs con los colmillos clavados en los fenómenos del Ahora. Así que Jesse Migg, fisiólogo y físico espectral, fue quien primero atrapó al monstruo... y creyó que había encontrado un ángel.

El viejo Jess era uno de los Observadores. En primer lugar era joven... apenas sobre los cuarenta. Podría ser definido como un cuchillo malévolo de hombre, un albino de ojos rosados, calvo, nariz puntiaguda y brillante. Utilizaba ropas del siglo veinte y vicios del siglo veinte... tabaco y potajes de C2H5OH. Nunca conversaba... Escupía. Nunca caminaba... se escurría. Y estaba escurriéndose arriba y abajo de los pasadizos del laboratorio de Tec I (Investigación General de Mecánica Espacial Obligatoria para Todo Tipo de Estudiantes Generales) cuando atrapó al monstruo.

Uno de los primeros experimentos del curso era Electrólisis. Una tontería elemental. Un tubo en U conteniendo agua es pasado entre los polos de un Magneto Remosant. Después de que suficiente voltaje es transmitido a través de las bobinas, se obtiene hidrógeno y oxígeno por separado en cada uno de los brazos del tubo, de acuerdo con el voltaje y el campo magnético.

Odi llevó a cabo su experimento con interés, obtuvo los resultados esperados, los anotó en el libro del laboratorio y luego espero la revisión oficial. El pequeño Migg llegó deslizándose por los pasadizos, se arrojó sobre Odi y escupió:

 ¿Terminado?

 Sí, señor.

Migg revisó las anotaciones, contempló los indicadores y los extremos del tubo, y firmó los resultados de Odi con una risita burlona. Fue sólo después de que Odi se fue que advirtió que el Magneto Remosant estaba obviamente, en cortocircuito. Los cables estaban fundidos. No había ningún campo magnético para electrolizar el agua.

— ¡Infierno y Condenación! —rugió Migg (era también afecto a las vituperaciones del siglo veinte) y lió un torpe cigarrillo.

Revisó todas las probabilidades en su cabeza contómetra. 1. Gaul había hecho trampas. 2. Si era así, ¿por qué el aparato había separado el H2 y el O2? 3. ¿De dónde obtuvo los gases puros? 4. ¿Por qué lo hizo? Ser honesto era más fácil. 5. No hizo trampas. 6. ¿Cómo se las ingenió para obtener los resultados? 7. ¿Cómo se las ingenió para obtener cualquier resultado?

El Viejo Jess vació el tubo en U, hizo el recambio de agua y realizó el experimento por sí mismo. El, también, obtuvo el resultado correcto sin ningún magneto.

— ¡Por los clavos de Cristo! —maldijo, poco impresionado por el milagro y bastante injuriado por el misterio. Empezó a husmear, arrojándose sobre las cosas como una rata hambrienta. Después de cuatro horas descubrió que los soportes del banco metálico recibían una carga de las Bobinas Greeson que se encontraban en los cimientos y provocaban el campo magnético que había hecho que todo resultara bien.

—Coincidencia —escupió Migg. Pero no estaba muy convencido.

Dos semanas más tarde, en Análisis de Fisión Elemental, Odi completó su trabajo del día con una cuidadosa lista de isótopos resultantes, desde el selenio hasta el lantánido. El único problema, descubrió Migg, era que había un error en el material suministrado a Odi. No había recibido nada de U235 para el bombardeo de neutrones. Su muestra había sido un remanente de la demostración del cuerpo negro realizada por Stefan—Boltzmann.

— ¡Dios de los Cielos! —maldijo Migg, y revisó dos veces. Luego lo hizo tres veces. Cuando encontró la respuesta —una destacada coincidencia que indicaba un limpiado incorrecto del aparato y una cámara de niebla defectuosa— juró aún más fuerte. También pensó con gran intensidad.

—Hay propensión a los accidentes —gruñó ante el reflejo de su Espejo de Autoanálisis—. ¿Y propensión a la buena suerte? ¡Estiércol de caballo!

Pero era un bulldog con los colmillos hincados en el fenómeno. Probó a Odi Gaul. Rondó tras él por el laboratorio, cloqueando con herido regocijo cuando Odi completaba experimento tras experimento con equipo defectuoso. Cuando Odi completó exitosamente el Rutherford Clásico —obteniendo 8O17 después de exponer nitrógeno a las radiaciones alfa, pero en este caso sin utilizar nitrógeno ni radiaciones alfa— Migg se sintió en la cumbre del delirio. Luego el hombrecito investigó y encontró la lógica e improbable cadena de coincidencias que lo explicaban todo.

Dedicó su tiempo libre a revisar la carrera de Odi en Harvard. Sostuvo una conferencia de dos horas con la astrónoma analista de la facultad, y diez minutos de charla con Hig Clyton y Tren de Carga Stuart. Rastreó el asunto del fondo para la Bolsa, la Medalla de Economía Política y media docena de otros incidentes que lo llenaron de maligno júbilo. Luego dejó de lado su afectación del siglo veinte, se vistió apropiadamente con un chándal y entró por primera vez en el año en el Club de la Facultad.

Un juego de ajedrez a cuatro manos sobre un tablero de toroide transparente se estaba llevando a cabo en el Gabinete Diatérmico. Ya había comenzado cuando Migg entró en la facultad, y probablemente no terminaría antes de fin de siglo. De hecho, Johansen, que jugaba con las Blancas, estaba ya entrenando a su hijo para que lo reemplazara en caso de muerte antes del término del juego.

Tan abrupto como siempre, Migg fue directamente al brillante tablero, con piezas de múltiples colores, y espetó:

 ¿Qué sabes sobre accidentes?

 ¿Eh? —dijo Bellanby, Philosopher in Res de la Universidad—. Buenas tardes, Migg. ¿Te refieres al accidente en sustancia o al accidente en esencia? Si, por otra parte, tu pregunta se refiere a...

—No, no —interrumpió Migg—. Me disculpo, Bellanby. Déjame recomponer la pregunta. ¿Existe algo como Compulsión o Probabilidad?

Hrrdnikkisch completó su movimiento y prestó toda su atención a Migg, tanto como Johansen y Bellanby. Wilson continuó su estudio del tablero. Ya que se permitía una hora para hacer un movimiento, y era necesario, Migg sabía que había tiempo suficiente para una discusión.

— ¿Compulción y Probabilidad? —ceceó Hrrdnikkisch. No ez un concepto nuevo, Migg. Yo indicaría un examen del tema en "Los Integralez" vol. LVII, No. 9. El cálculo, ci no eztoy equivocado...

—No —interrumpió Migg otra vez—. Mis respetos, Signoid. No estoy interesado en la matemática de la probabilidad, ni en la filosofía. Dejadme decirlo de esta forma. La propensión a los accidentes ha sido ya incorporada al cuerpo del psicoanálisis. El Teorema de Patón sobre la Norma Neurótica Menor lo ha establecido. Pero yo he descubierto el anverso. He descubierto una Propensión a la Fortuna.

— ¿Eh? —Johansen se rió entre dientes. —Debe ser una broma. Espera y verás, Signoid.

—No —respondió Migg—. Lo digo completamente en serio. He descubierto a un hombre genuinamente afortunado.

— ¿Gana a las cartas?

—Gana a todo. Aceptad este postulado por un momento... Lo documentaré más tarde... Hay un hombre que es afortunado. Es una Propensión a la Fortuna. Todo lo que desea, lo recibe. Tenga o no tenga la habilidad de lograrlo, lo recibe. Si su deseo está más allá del pico de sus posibilidades, entonces los factores de oportunidad, coincidencia, azar, accidente... etcétera, se combinan para producir el fin deseado.

—No —Bellanby sacudió la cabeza—. Demasiado traído de los pelos.

—Lo he comprobado empíricamente —continuó Migg—. Es algo así. El futuro es una elección de mutuas y exclusivas posibilidades, una u otra deben ser realizadas en términos de los aspectos favorables de los acontecimientos y el número de los acontecimientos...

—Sí, sí —interrumpió Johansen—. Más grande el número de posibilidades, más fuerte al aspecto favorable para que un acontecimiento se cumpla. Esto es elemental, Migg. Continúa.

—Continúo —escupió Migg con indignación—. Cuando discutimos las probabilidades en términos de arrojar un dado, las predicciones o posibilidades son simples. Hay sólo seis posibilidades mutuamente excluyentes para cada dado. Los aspectos favorables son fáciles de computar. La oportunidad es reducida a un simple entorno de posibilidades. Pero cuando discutimos la probabilidad en términos del Universo, no podemos reunir suficiente información para hacer una predicción. Hay demasiados factores. Los aspectos favorables no pueden ser determinados.

—Todo ezo ez verdad —dijo Hrrdnikkisch—, pero ¿qué sucede con zu Propención a la Fortuna?

—No sé como lo hace... pero simplemente por la intensidad o simple existencia de su deseo, puede afectar los aspectos favorables de las posibilidades. Sólo deseando algo puede cambiar posibilidad en probabilidad, y probabilidad en certeza.

—Ridículo —dijo bruscamente Bellanby—. ¿Dices que hay un hombre lo suficientemente previsor y trascendente como hacer eso?

—Nada de ese tipo. El no sabe lo que está haciendo. Sólo cree que tiene suerte, sí es que piensa eso. Digamos que quiera... Oh... decid algo.

—Heroína—dijo Bellanby.

— ¿Qué es eso? —preguntó Johansen.

—Un derivado de la morfina —explicó Hrrdnikkisch—. Antiguamente manufacturado y vendido a loz drogadictoz.

—Heroína —dijo Migg—. Excelente. Digamos que mi hombre desee heroína, un antiguo narcótico que ya no se encuentra en existencia. Muy bien. Su deseo seguiría esta secuela de posibles pero improbables acontecimientos: Un químico en Australia, trabajando en una nueva síntesis orgánica, preparará accidental e inconscientemente unos ciento cincuenta gramos de heroína. Cien serán descartados, pero por un error lógico cincuenta gramos serán preservados. Una posterior coincidencia embarcará la heroína a este país y esta ciudad, la envolverá como azúcar en polvo y la servirá a mi hombre en un restaurante que él visita por primera vez por un impulso...

— ¡La-la-la! —dijo Hrrdnikkisch—. ¿Qué ez toda ezta hiztoria?  ¿Ezta fluctuación de incidentes y pocibilidad? ¿Todo logrado cin el conocimiento pero con el deceo de un hombre?

—Sí. Precisamente ese es mi punto —gruñó Migg—. No sé cómo lo hace, pero convierte las posibilidades en certeza. Y dado que casi todo es posible, es capaz de lograr casi todo. Es como un dios pero no es un dios, porque lo hace sin conciencia. Es un ángel.

— ¿Quién es un ángel? —preguntó Johansen.

Y Migg les contó todo sobre Odi Gaul.

—Pero ¿cómo lo hace? —insistió Bellanby—. ¿Cómo?

—No lo sé —repitió Migg otra vez—. Dime como Espers lo hace.

— ¡Qué!  —exclamó Bellanby—. ¿Te propones denigrar su modelo telepático de pensamiento? Tú...

—Yo no digo nada de eso. Simplemente ilustro una posible explicación. El hombre produce acontecimientos. La amenazante Guerra de Recursos puede ser definida como un resultado del agotamiento natural de los recursos terrestres. Sabemos que no es así. Es el resultado de siglos de creciente devastación producida por el hombre. Los fenómenos naturales son menos frecuentemente producidos por la naturaleza y mucho más frecuentemente por el hombre.

— ¿Y?

— ¿Quién sabe? Gaul esta produciendo fenómenos. Quizá ha  conectado inconscientemente una emisora de ondas telepáticas y obtiene resultados. Quiere heroína. La emisora se pone en función...

—Pero Espers no pudo detectar ningún modelo telepático más allá del horizonte. Es una onda de transmisión directa. Ni siquiera los objetos grandes pueden ser penetrados. Un edificio, digamos, o un...

—No estoy diciendo esto en el nivel de Espers —vociferó Migg—. Estoy tratando de imaginar algo más grande. Algo tremendo. El quiere heroína. Su emisora emite al mundo. Todos los .hombres inconscientemente caen en un modelo de actividad que producirá heroína lo más rápidamente posible. Ese químico austriaco...

—No. Australiano.

—Ese químico australiano puede haberse debatido entre media docena de síntesis diferentes. Cinco de ellas nunca podrían haber producido heroína; pero él impulso de Gaul lo hace seleccionar la sexta

— ¿Y si no puede realizarla?

 ¿Quién sabe que cantidad cadenas paralelas se habían también iniciado? Un joven jugando a Robín Hood en Montreal es impulsado a explorar una cabaña abandonada donde encuentra la droga, oculta allí desde hace siglos por contrabandistas. Una mujer en California colecciona antiguos potes farmacéuticos. Encuentra medio kilo de heroína. Un niño en Berlín, jugando con un Equipo de Química defectuoso, la fabrica. Nombrad la más improbable secuencia de acontecimientos y Gaul puede llevarla a cabo, lógica y seguramente. Se los he dicho, ¡ese chico es un ángel!

Y proporcionó la evidencia documentaría que los convenció.

Fue entonces que esos cuatro eruditos de varias pero indiscutibles ciencias, se eligieron a sí mismos como comisión ejecutiva del Destino y se apoderaron de Odi Gaul. Para comprender que intentaban hacer, debéis primero comprender la situación en que se encontraba el mundo en esa era particular.

Es un hecho conocido que todas las guerras se encuentran en los conflictos económicos, o dicho de otra manera, una lidia con armas es simplemente la última batalla de una guerra económica. En los siglos pre-cristianos, las Guerras Púnicas fueron el resultado final de una lucha financiera entre Roma y Cartago por el control económico del Mediterráneo. Tres mil años más tarde, la amenazante Guerra de Recursos se cernía sobre la humanidad como la batalla final entre dos Estados Guerreros Independientes que controlaban la mayor parte del mundo económico.

Lo que significó el petróleo en el siglo XX, lo significó el MF (sigla de Mineral Fisionable) para el XXX; y la situación era particularmente similar a la crisis de Asia Menor que había hecho por último naufragar a las Naciones Unidas mil años antes. En Tritón, un satélite retrógrado semibárbaro, previamente no apetecido e ignorado, se descubrió súbitamente que poseía enormes recursos de MF. Financiera y tecnológicamente incapaces de autodesarrollo, Tritón ofreció concesiones económicas a ambos Estados Guerreros.

La diferencia entre ambos Estados Guerreros y un Despotismo Benévolo eran escasas. En tiempos de crisis, cualquiera puede ser impulsado por los más sinceros motivos a la más abominable de las conductas. Tanto la Comisión de Naciones (amargamente llamados "Los Timadores" por la Der Realpolitik aus Terra) y la Der Realpolitik aus Terra (sardónicamente llamados "Las Ratas" por la Comisión de Naciones) necesitaban con desesperación recursos naturales, esto es MF. Estaban compitiendo una con otra histéricamente y codo a codo en agrias refriegas de avanzada. Su único objetivo era la protección de sus ciudadanos. Por el mejor de los motivos se estaban preparando para cortarse la garganta mutuamente.

Este habría sido el resultado para los ciudadanos de ambos Estados Guerreros, si se hubiera alcanzado algún compromiso; pero Tritón, emborrachado como un escolar con su nueva prominencia y poder, confundió el resultado trayendo a la palestra un motivo religioso y revivió una Guerra Santa con la Familia de Planetas que había sido olvidada hacia ya largo tiempo atrás. El apoyo a su Guerra Santa (que incluía el exterminio de una secta inofensiva y poco importante de cuáqueros) era una de las condiciones de venta. Tanto la Comisión de Naciones como la Der Realpolitik aus Terra estaban preparados para tragárselo todo con o sin reservas, pero el asunto no podía ser admitido por sus ciudadanos.

Y así, camuflados por el encendido producto de Derechos a las Sectas Minoritarias, Prioridad de Colonización, Libertad de Religión, Derechos Históricos de Tritón vs. Posesión de Hecho, etcétera, las Casas de la Familia de Planetas finteaban, paraban y contragolpeaban, y lentamente se acercaban, como esgrimistas en lucha, al desenlace final que significaría la ruina de ambos.

Todo esto lo discutieron los cuatro hombres en tres interminables reuniones.

—Considerad esto —se quejó Migg hacia el final del tercer cambio de opiniones—. Vuestras teorías han convertido nueve horas-hombre en ácido carbónico con disensiones ridículas...

Bellanby asintió, sonriendo.

—Es lo que yo siempre he dicho, Migg. Cada hombre alimenta la secreta creencia de que si fuera Dios haría el trabajo mucho mejor. Acabamos de aprender qué difícil es.

—No Dioz —dijo Hrrdnikkisch—, pero ci el Primer Miniztro. Gaul cera Dioz.

Johansen se sobresaltó.

—No me gusta esta charla —dijo—. Soy un hombre religioso.

— ¿Tú? —exclamó Bellanby con sorpresa—. ¿Un terapeuta coloidal?

—Soy un hombre religioso —repitió Johansen tercamente.

—Pero el chico tiene el poder del milagro —protestó Hrrdnikkisch—. Cuando le cea enceñado como hacerlo, será un dioz.

—Esto no tiene sentido —estalló Migg—. Nos hemos pasado tres sesiones de discusiones ridículas. He escuchado tres puntos de vista opuestos sobre el señor Odiseo Gaul. A pesar de que todos estamos de acuerdo en que debe ser utilizado como una herramienta, ninguno de nosotros está de acuerdo en el trabajo que esa herramienta debe hacer. Bellanby parlotea acerca de un Ideal Intelectual Anárquico, Johansen sermonea sobre un Soviet de Dios, y Hrrdnikkisch ha malgastado dos horas postulando y destruyendo sus propios teoremas...

—En verdad, Migg... —comenzó Hrrdnikkisch. Migg sacudió una mano.

—Permíteme —continuó Migg malévolamente— reducir esta discusión a nivel de parvulario. Lo primero es lo primero, caballeros. Antes de intentar alcanzar el acuerdo cósmico debemos asegurarnos de que hay un cosmos sobre el que podamos establecer un acuerdo. Me refiero a la guerra en suspenso...

"Nuestro programa, como yo lo veo, debe ser simple y directo. Es la educación de un Dios o, si Johansen protesta, de un ángel. Afortunadamente Gaul es un estimable joven de amable y honesta disposición. Me estremezco al pensar que podríamos haber hecho si fuera inherentemente vicioso.

—O lo que pueda hacer una vez que aprenda lo que puede hacer —musitó Bellanby.

—Precisamente. Debemos ser cuidadosos y rigurosamente éticos en la educación del chico, pero no tenemos suficiente tiempo. No podemos educarlo primero, y luego explicarle la verdad cuando esté a salvo. Debemos impedir la guerra. Necesitamos cortar con eso.

—De acuerdo —dijo Johansen—. ¿Qué quieres?

—Deslumbramiento —escupió Migg—. Encantamiento.

 ¿Encantamiento? —Hrrdnikkisch lanzó una risita—. ¿Un nuevo cignificado, Migg?

 ¿Por qué creéis que os he seleccionado a vosotros tres para compartir el secreto? —resopló Migg—. ¿Por vuestros intelectos? ¡Tonterías! Puedo pensar por todos vosotros. No. Los he seleccionado, caballeros, por vuestro encanto.

—Es un insulto —Bellanby hizo una mueca—, y sin embargo me siento halagado.

—Gaul tiene diecinueve años —continuó Migg—. La edad en que los estudiantes son más susceptibles al culto del héroe. Quiero, caballeros, que lo encantéis. No sólo sois los principales cerebros de la Universidad, sino también los principales héroes.

—Yo también me ciento inzultado y halagado —dijo Hrrdnikkisch.

—Quiero que lo encantéis, que lo fascinéis, inspirándole afecto y admiración... como habéis hecho con incontables clases de estudiantes.

— ¡Aja! —dijo Johansen—. Hay que dorarle la píldora.

—Exactamente. Cuando esté encantado, haréis que quiera detener la guerra... y luego le diréis como puede detenerla. Eso nos dará tiempo de respirar y continuar con su educación. Para cuando haya desarrollado su respeto por vosotros, tendrá un sólido basamento ético sobre el cual construir. Estará a salvo.

 ¿Y tú, Migg? — inquirió Bellanby—. ¿Cuál es tu parte en el juego?

 ¿Ahora? Ninguna —vociferó Migg—. No tengo encanto, caballeros. Yo llegaré más tarde. Cuando él haya desarrollado respeto por vosotros, comenzará a adquirir respeto por mí.

Todo lo cual era terriblemente vanidoso pero perfectamente cierto.

Y cuando los acontecimientos se precipitaron hacia la crisis final, Odi Gaul fue cuidadosa y rápidamente encantado. Bellanby lo invitó a la cúpula de cristal de seis metros que coronaba su casa... el famoso gallinero al cual sólo unos pocos favorecidos eran invitados. Allí, Odi Gaul tomó baños de sol y admiró la magnífica condición atlética que poseía el filósofo a los setenta y tres años. Admirando los músculos de Bellanby, fue natural para él admirar las ideas de Bellanby. Retornó frecuentemente a tomar baños de sol, adorando al gran hombre y absorbiendo conceptos éticos.

En tanto, Hrrdnikkisch ocupó las noches de Odi. Con el matemático, que resoplaba y ceceaba como alguno de los resplandecientes personajes de Rabelais, Odi fue transportado a las vertiginosas alturas de la haute cuisine y a la absoluta vida pagana. Juntos comieron y bebieron increíbles comidas y licores, y persiguieron increíbles mujeres hasta que Odi volvía a su cuarto cada noche intoxicado con la magia de los sentidos y los bulliciosos colores de las brillantes ideas del gran Hrrdnikkisch.

Y ocasionalmente... no con demasiada frecuencia, encontraría a Papá Johansen esperándolo, y luego vendrían las largas y tranquilas charlas en las horas perdidas, cuando los jóvenes buscaban las armonías de la vida y el sentido del ser. Y allí estaba Johansen como modelo para Odi... una fulgurante encarnación de Fe en Dios y Ética Sana.

El clímax llegó el 15 de marzo... Los Idus de Marzo, y ellos debieron haber tomado la fecha como un símbolo. Después de la cena con sus tres héroes en el Club de la Facultad, Odi fue escoltado al Archivo Fotográfico por los tres grandes hombres, donde se les unió, muy casualmente, Jesse Migg. Habían pasado unos pocos momentos de turbada tensión hasta que Migg hizo un gesto, y Bellanby comenzó.

—Odi —dijo—, ¿has tenido alguna vez la fantasía .de que algún día te despertarías convertido en rey?

Odi enrojeció.

—Veo que la has tenido. Tú sabes, todo hombre ha acariciado ese sueño alguna vez. Es llamado el Complejo Delicado. El modelo usual es: se descubre que los padres son adoptivos y que uno es en realidad y por derecho el Rey de... de...

—Ruritania —dijo Hrrdnikkisch, que había hecho un estudio de la Edad de Piedra de la novela.

—Sí —murmuró Odi—. He tenido ese sueño.

—Bien —dijo Bellanby con rapidez—, se ha hecho cierto. Eres un rey.

Odi los contempló mientras ellos explicaban y explicaban y explicaban. Primero, como un chico de colegio, estuvo cauteloso ante la sospecha de una broma. Luego, como un idólatra, fue casi persuadido por los hombres que más admiraba. Y finalmente, como animal humano, fue arrastrado por la exaltación de la seguridad. Ni el poder, ni la gloria, ni la riqueza lo emocionaron, sólo la seguridad. Más tarde podría gozar de las compensaciones, pero ahora había sido liberado del miedo. No necesitaría preocuparse nunca más.

—Sí —exclamó Odi—. ¡Sí, sí, sí! Comprendo, lo que vosotros queréis de mí. —Saltó de su silla y dio vueltas alrededor de las iluminadas paredes, temblando de júbilo. Luego se detuvo y se giró. —Y estoy muy agradecido —dijo—. Agradecido de todo lo que vosotros habéis tratado de hacer. Hubiera sido vergonzoso que yo hubiera sido un egoísta... o quizá... Tratara de usar esto para mí. Pero vosotros me habéis mostrado el camino. Debe ser usado para el bien. ¡Siempre!

Johansen asintió con facilidad.

—Siempre os escucharé —continuó Odi—. No quiero cometer errores. ¡Nunca! —Hizo una pausa y enrojeció otra vez. —Ese sueño acerca de ser un rey... lo tuve cuando era un niño. Pero aquí en la escuela se ha vuelto algo más grande. Acostumbraba a preguntarme que sucedería si me convertía en el hombre que rigiera el mundo. Acostumbraba a soñar sobre las cosas buenas y generosas que haría...

—Sí —dijo Bellanby—. Lo sabemos. Odi. Todos hemos tenido ese sueño también. Todo hombre lo tiene.

—Pero ya no es más un sueño —rió Odi—. Es realidad. Puedo hacerlo. Puedo hacer que suceda.

—Comienza con la guerra —dijo Migg secamente.

—Por supuesto —dijo Odi—. La guerra primero; pero luego nos iremos de aquí, ¿no es cierto? Me aseguraré de que la guerra nunca comience, pero luego haremos grandes cosas... ¡grandes cosas! Sólo nosotros cinco. Nadie sabrá de nosotros. Seremos personas ordinarias, pero haremos la vida maravillosa para todos. Si soy un ángel... como vosotros decís... esparciré el cielo a mi alrededor hasta donde pueda alcanzar.

—Pero comienza con la guerra —repitió Migg.

—La guerra es el primer desastre que debemos prevenir, Odi —dijo Bellanby—. Si tú no quieres que- ese desastre suceda, no sucederá jamás.

— ¿Y tú quieres prevenir esa tragedia, no? —dijo Johansen,

—Sí —dijo Odi—. Quiero.

El 20 de marzo la guerra estalló. La Comisión de Naciones y la Der Realpolitik aus Terra movilizaron sus ejércitos y se atacaron. Mientras a un golpe seguía un contragolpe, Odi Gaul fue comisionado como subalterno a un regimiento de línea, pero transferido a Inteligencia el 3 de mayo. El 24 de junio fue nombrado edecán de las Fuerzas Conjuntas de la Comisión en una reunión celebrada en las ruinas de lo que había sido Australia. El 11 de julio fue graduado comandante de los restos de la Fuerza Espacial, habiendo saltado 1789 grados por encima de los oficiales regulares. El 19 de setiembre asumió el comando supremo en la Batalla del Farsee y obtuvo la victoria que terminó con la desastrosa aniquilación solar denominada la Guerra de los Seis Meses.

El 23 de setiembre, Odi Gaul hizo un sorprendente ofrecimiento de paz que fue aceptado por los remanentes de ambos Estados Guerreros. Se exigía el desmontamiento de las teorías de antagonismo económico, sumando al virtual abandono de toda teoría económica la amalgamación de ambos Estados en una Sociedad Solar. El 1° de enero, Odi Gaul, por aclamación unánime, fue elegido legislador de la Sociedad Solar a perpetuidad.

Y hoy... aún joven, aún vigoroso, aún buen mozo, aún sincero, idealista, caritativo, amable y simpático, vive en el Palacio Solar. No se ha casado, pero es un gran amante; desinhibido, pero anfitrión encantador y devoto amigo; demócrata, pero señor feudal de una Familia de Planetas en bancarrota que sufren malos gobiernos, presión, pobreza y confusión con un beatífico júbilo que sólo les permite entonar hosannas a la gloria de Odi Gaul,

En un último instante de claridad, Jesse Migg comunicó su desolada recapitulación de la situación a sus amigos en el Club de la Facultad. Fue poco antes de emprender el viaje para unirse a Odi en su palacio, como valioso y confidencial consejero.

—Fuimos unos tontos —dijo Migg amargamente—. Deberíamos haberlo matado. No es un ángel. Es un monstruo. Civilización y cultura... filosofía y ética... fueron sólo máscaras que Odi se colocó; máscaras que cubrían los primitivos impulsos de su mente subconsciente.

— ¿Quieres decir que Odi no era sincero? —preguntó Johansen sordamente—. ¿El quería esta destrucción... esta ruina?

—Seguro que era sincero... conscientemente. Aún lo es. Cree que no desea nada salvo lo mejor para la mayoría de los hombres. Es honesto, amable y generoso... pero sólo conscientemente.

 ¡Ah! ¡El Id![3] —dijo Hrrdnikkisch con una expulsión de aliento, como si alguien le hubiera golpeado el estómago.

 ¿Comprendes, Signoid? Veo que sí. Caballeros, hemos sido unos imbéciles. Cometimos el error de presumir que Odi tendría control consciente sobre sus poderes. No lo tiene. El control estaba y aún está bajo el nivel de pensamiento racional. El control yace en el Id de Odi... en ese profundo e inconsciente depósito de los egoísmos primordiales que se encuentran dentro de cada hombre.

—Entonces él quería la guerra —dijo Bellanby.

—Su Id quería la guerra, Bellanby. Era la ruta más rápida que su Id deseaba... ser el Señor del Universo y ser amado por el Universo... y su Id controla el Poder. Todos nosotros tenemos ese egoísta, egocéntrico, Id dentro nuestro, perpetuamente buscando satisfacción, intemporal, inmortal, desconociendo la lógica, los valores, el bien y el mal, la moralidad; y eso es lo que controla el poder dentro de Odi. El siempre quiso ganar, no lo que había sido educado para desear sino lo que su Id deseaba. Ese es el ineludible conflicto que puede ser la condenación de nuestro sistema.

—Pero tenemos que ir allí para avisarle... aconsejarle... guiarlo —protestó Bellanby—. Nos pidió que fuéramos.

—Y escuchará nuestro aviso como un buen chico que es —respondió Migg—, estando de acuerdo con nosotros, tratando de construir un cielo para todos mientras su Id lo hace construir un infierno para todos. Odi no es único. Todos sufrimos ese mismo conflicto... pero Odi tiene el poder.

— ¿Qué podemos hacer? —gruñó Johansen—. ¿Qué podemos hacer?

—No lo sé — Migg se mordió un labio, luego hizo una inclinación de cabeza hacia Papá Johansen, aumentando así sus disculpas para él—. Johansen —dijo—, tenías razón. Debe haber un Dios, aunque sea como un opuesto a Odi Gaul, quien seguramente ha sido inventado por el Demonio.

Pero esa fue la última declaración cuerda de Jesse Migg. Ahora, por supuesto, adora a Gaul el Glorioso, Gaul el Gaulista, Gaul el Dios Eterno que ha logrado la salvaje y egoísta satisfacción que todos nosotros inconscientemente buscamos desde el nacimiento, pero que sólo Odi ha obtenido.


ELECCIÓN FORZOSA

E

ste es el primer relato corto de que escribí luego de mi primera novela de ciencia-ficción, y me produjo el primer desacuerdo con Horace Gold, el espléndido director de Galaxy, quien había contribuido bastante a la confección de la novela. Nunca podré agradecerle lo bastante por eso, pues aunque soy un escritor malditamente bueno, no lo soy mejor que mi editor o director. El desacuerdo surgió sobre el fin o la carencia de fin de "Elección Forzosa", y fue sólo una de las muchas y similares diferencias bien intencionadas que tuve con mi patrón.

Como veréis, no creo en una completa terminación de todos los puntos de un relato. Muy frecuentemente dejo cuestiones sin resolver, así sepa o no la respuesta. Me gusta dejar al lector con algo pendiente, algo que lo haga sonreír y especular. Haría eso con la frase de remate del chiste que nunca digo, o con la estrofa de una canción que nunca canto, y etcétera.

El artificio trabaja como regla. La gente se divierte porque, creo, les gusta más el acto de adivinar, en un juego de adivinanzas, que la solución. Si no hay solución no importa, proporciona el enigma, que no es una parte crucial del relato. Una adivinanza muy buena, más o menos de este tipo: "¿Por qué un cuervo se parece a un pupitre?" Chuck Dogson sabía lo que hacía cuando dejó a Alicia y a nosotros un enigma de ese tipo.

Por otra parte, si el enigma es lo crucial de la historia, debe ser resuelto llegue el infierno o las grandes aguas. Es por eso que el relato del Mensaje Misterioso es tan irritante. No puedo darle su título oficial porque he leído al menos tres diferentes versiones por tres diferentes autores, todos con diferentes títulos. Aparentemente la base original del relato debe haber estado en la postdata. Debéis haber leído alguno de ellos.

Brevemente: Un viajero en un país extranjero tiene un mensaje escrito que le ha sido dado por un extraño. No puede traducirlo. Pide a varios nativos que se lo traduzcan. Cada uno lo lee, rehusa a traducirlo y reacciona violentamente; horrorizados, se alejan con disgusto, lo golpean, llaman a la poli, etcétera. A bordo del navio que lo lleva de regreso a su hogar, el viajero encuentra a una especie de misionero. Se desahoga contándole la historia. El misionero se ofrece a traducir el misterioso mensaje. Maldice como un Hombre de Dios no debería hacerlo. Hace trizas el papel. El viento lo arrastra por la borda. Fin. Este es el Cruel y Usual Castigo.

Bien, mi final para "Elección Forzosa" estaba resuelto en un sentido, sin resolver en otro. No creía que el cierre definitivo que Horace me sugería funcionara bien. No era el nudo de la historia, y si dejaba la decisión para lector podía ser una frustración. Pruebe por sí mismo una vez que haya leído este relato y vea si yo no tengo razón. Creo que estará de acuerdo en que algunas veces nada funciona mejor que algo así.

Ahora debo confesar la verdad. Yo también caí en la respuesta-trampa; yo, un maestro en dejar las cosas pendientes. En uno de los misterios de Nero Wolfe, Archie Goodwin dice a una chica: "¿Es usted católica? ¿Cuál es la diferencia entre un católico y un río que corre cuesta arriba?" Dejado sin resolver. Me hizo romper la cabeza durante años. Cuando por último me encontré con Rex Stout, le recordé el enigma y le pregunté la respuesta. Se echó a reír.

— ¿Cómo demonios puedo saberlo? Sólo lo inventé para esa escena.

Alcanzado por mi propio petardo

E

 

sta es una advertencia para cómplices como usted, yo y Addyer.

¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable Señol? Soy un olganismo indigente que está hambliento.

De día, Addyer era perito en estadísticas. Se interesaba en asuntos como Tablas Estadísticas, Promedio y Dispersiones, Grupos que no son homogéneos y Muestreo Aleatorio. De noche, Addyer se zambullía en una elaborada fantasía escapista dividida en dos partes. O bien imaginaba que retrocedía en el tiempo cien años con la Enciclopedia Británica, en los brazos, best-sellers, obras de teatro de éxito y resultados deportivos; o bien imaginaba que era transportado mil años en el futuro hasta la Edad Dorada de la perfección.

Había otras fantasías con las que Addyer se entretenía alguno que otro jueves, como (dé chiripa) verse convertido en el último hombre de la tierra en un mundo de apasionadas beldades por fecundar; adquirir el poder de la invisibilidad que le haría posible robar bancos y corregir el mal con impunidad; o poseer el misterioso poder de hacer milagros.

Hasta este punto usted y yo y Addyer somos idénticos. Donde nos apartamos es en el hecho de que Addyer era un perito en estadísticas.

¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable señolita? ¿Pol la bendita calidad? Le estalé muy agladecido.

El lunes, Addyer entró con precipitación en la oficina de su jefe, agitando un fajo de papeles.

—Observe esto, señor Grande —barbotó Addyer—. He descubierto algo que huele mal. Extremadamente mal... En un sentido estadístico, quiero decir.

—Oh, infiernos —respondió Grande—. No se supone que deba encontrar nada. Estamos estancados con las estadísticas hasta que la guerra acabe.

—Estuve hojeando el informe del Departamento del Interior. ¿Sabe usted que nuestra población ha aumentado?

—No lo ha hecho desde la Bomba Atómica —dijo Grande—. Hemos perdido el doble de lo que nuestra tasa de natalidad puede reemplazar. —Señaló por la ventana el muñón de siete metros y medio del monumento a Washington. — Allí está su documentación.

—Pero nuestra población creció un 3,0915 por ciento. —Addyer mostró las cifras—. ¿Qué dice a eso, señor Grande?

—Debe haber un error en algún lado —murmuró Grande después de una breve inspección—. Es mejor que lo confirme.

—Sí, señor —dijo Addyer escabullándose de la oficina—. Sabía que estaría interesado, señor. Es usted el ideal de la estadística, señor.

Se fue.

—Pelagatos —dijo Grande, y al mismo tiempo comenzó a computar la cantidad de cansadoras respiraciones que le quedaban. Era su anestesia personal.

El martes, Addyer descubrió que no había correlación entre la proporción de la tasa de mortalidad y el incremento demográfico. La guerra había multiplicado la mortalidad y reducido los nacimientos; sin embargo la población estaba aumentando en forma minúscula. Addyer enseñó su descubrimiento a Grande, recibió una palmadita en la espalda y se fue a casa a experimentar una nueva fantasía en la cual despertaba un millón de años en el futuro, aprendía la respuesta del enigma y decidía permanecer entre cumbres y pezones níveos, bajo la égida de una cultura más saludable que la aureomicina.

El miércoles, Addyer requisó el contómetro y el archivo y realizó un chequeo de prueba en Washington D.C. Para su consternación descubrió que la población antigua de la capital había descendido un 0,0029 por ciento. Era deprimente, y Addyer volvió a casa para huir en medio de un sueño sobre la edad dorada de la reina Victoria, donde sorprendía y desconcertaba al mundo con su brillante producción de novelas, obras de teatro y poesía, totalmente plagiadas de Shaw, Galsworthy y Wilde.

¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable señol? Soy un individuo en la miselia que necesita calidad.

El jueves, Addyer intentó otro chequeo, esta vez en la ciudad de Filadelfia. Descubrió que la población de Filadelfia había aumentado un 0,0959 por ciento. Muy alentador. Intentó un sumario de Little Rock. Incremento de población del 1,1329 por ciento. Revisó St. Louis. Incremento de población del 2,0924 por ciento... y esto a pesar de la completa extinción del condado de Jefferson, debido a uno de esos errores militares de índole excesiva.

— ¡Por Dios! —exclamó Addyer, temblando de excitación—. Cuanto más me aproximo al centro del país, mayor es el incremento. Pero fue el centro del país el que sufrió los mayores impactos del ataque por sorpresa. ¿Cuál es la respuesta?

Esa noche realizó un trasbordo ida y vuelta entre el futuro y el pasado en medio de su fermento, y estuvo en su trabajo alrededor de las siete de la mañana. Siguió su corazonada y realizó un fantástico descubrimiento que representó gráficamente de la forma acostumbrada. Dibujó círculos concéntricos sobre el mapa de lo que quedaba de Estados Unidos, ilustrando con colores las áreas de población incrementada. Los círculos rojos, anaranjado, amarillos, verdes y azules formaban un perfecto blanco alrededor del condado de Finney, Kansas.

—Señor Grande -vociferó Addyer, exaltado por la pasión estadística—. El condado de Finney tiene que ser la explicación de todo esto.

—Vaya allí y consiga esa explicación —respondió Grande, y Addyer partió.

—Pelagatos —murmuró Grande y comenzó a integrar el ritmo de sus pulsaciones con el parpadeo de sus ojos.

¿Puede usted pagalme una taza de café, estimada señola? Soy un olganismo hambliento que exige nutlición.

Viajar en esos días era azaroso. Addyer tomó un barco a Charleston (no había conexiones por tren en lo que quedaba de los estados noratlánticos) que fue hundido frente a Hatteras por una mina a la deriva. Flotó diecisiete horas en las aguas heladas, murmurando entre dientes:

— ¡Oh, Cristo! Si sólo hubiera nacido cien años antes.

Aparentemente, esa forma de rezar era efectiva. Fue recogido por un barreminas de la Armada y enviado a Charleston, donde llegó justo a tiempo para recibir una quemadura de radiación subcrítica producida por un ataque que afortunadamente dejó el ferrocarril intacto. Fue curado de la quemadura en el trayecto de Charleston a Macón (transbordo), de Birminghan a Memphis (peste bubónica) pasando por Little Rock (aguas contaminadas), Tulsa (cuarentena por precipitación radiactiva), Kansas City (Autobuses O.K. Co. No Se Responsabilizan por la Pérdida de Vidas debidas a Actos Bélicos) y Lyonesse, condado de Finney, Kansas.

Y allí estaba en el condado de Finney, con los grandes pozos de magma y las cicatrices y rajaduras radiactivas; todas las granjas ennegrecidas y arrasadas; todas las líneas férreas tan destrozadas que apenas eran una línea de puntos; toda la población enajenada Nubes de hollín y neutralizadores de lluvia radiactiva pendían sobre el condado de Finney durante el día, convirtiéndolo en un Pittsburgh en tardes apacibles. Auras de radiación destellaban durante la noche, realzadas por las parpadeantes balizas rojas de advertencia, transformando al condado en una de esas fotografías nocturnas sobreexpuestas, toda borrosa y entrecruzada por espectrales rayas de luz.

Después de una noche intranquila en el hotel Lyonesse, Addyer fue la sede del condado para revisar sus cifras de nacimiento. Estaba provisto de las credenciales apropiadas, pero la sede del condado no estaba provista con las estadísticas. Otra vez ese excesivo error militar había arrasado la sede.

Un poco fastidiado, Addyer marchó hacia las oficinas de la Asociación Médica del condado. Se proponía entrevistar a los médicos locales sobre la natalidad. Había un despacho y un asistente que había sido enfermero practicante. Informó a Addyer que el condado de Finney había perdido su último médico entregándolo al ejército ocho meses atrás. Las comadronas podían ser la respuesta al enigma de la natalidad, pero no había registro de comadronas. Addyer no tenía otro recurso que solicitar información puerta por puerta, preguntando si alguna dama de la casa practicaba esa antigua profesión.

Aún más molesto, Addyer retornó al hotel Lyonesse y escribió en un trozo de papel higiénico: DIFICULTADES CON LOS DATOS. AVISARE TAN PRONTO COMO TENGA INFORMACIÓN DISPONIBLE. Deslizó el mensaje en una cápsula de aluminio, la sujetó a su única paloma mensajera sobreviviente y la despachó a Washington con una oración. Luego se sentó ante la ventana y meditó.

Algo curioso despertó su atención. En la calle de abajo, el autobús de O.K. Co. acababa de llegar de Kansas City. El viejo coche resolló al detenerse, abrió sus puertas con alguna dificultad y permitió que un granjero de una sola pierna saliera de él. Su cara quemada estaba vendada recientemente. Era evidente que se trataba de un burgués adinerado que se podía permitir el lujo de un viaje para recibir tratamiento médico. El autobús dio marcha atrás para retornar a Kansas City e hizo sonar un bocinazo de advertencia. Fue entonces que lo curioso comenzó.

De ninguna parte... absolutamente de ninguna parte... surgió una horda de gente. Brincaron desde callejones traseros, desde atrás de pilas de escombros; asomaron de las tiendas, llenaron la calle. Todos estaban alegres, saludables, animados, felices.

Reían y parloteaban mientras subían al autobús. Parecían excursionistas y turistas, llevando mochilas, maletas, envases de comida e incluso bebés. En dos minutos el autobús estuvo lleno. Se alejó pesadamente por la ruta y, mientras desaparecía, Addyer escuchó los cánticos felices que producían ecos entre las pilas de escombros.

—Quien lo hubiera creído —dijo.

No había escuchado cantos espontáneos en dos años. Hacía más de tres años que no había visto una sonrisa despreocupada. Se sentía igual que un hombre ciego a los colores que por primera vez ve la totalidad del espectro. Era perturbador. Era también algo blasfemo.

— ¿Esa gente no sabe que estamos en guerra? —se preguntó a. sí mismo.

Y un poco más tarde: —Parecían tan saludables. ¿Por qué no usaban uniformes?

Y por último: —Pero de cualquier modo, ¿quienes eran?

Esa noche la fantasía de Addyer fue algo confusa.

¿Puede usted pagalme una taza de café, amable caballelo? Estoy débil y peltulbado pol el hamble.

La mañana siguiente, Addyer se levantó temprano, alquiló un coche a precio exorbitante, descubrió que no podía comprar gasolina a ningún precio, y por último cogió un caballo rengo. Era alérgico a la caspa de caballo y cuando comenzó su investigación casa por casa sufría de tormentos asmáticos. Cuando retornó esa tarde al hotel Lyonesse se sentía descorazonado. Llegó justo a tiempo para presenciar la partida del autobús de O.K. Co.

Una vez más una horda de gente feliz apareció y abordó el autobús. Una vez más el autobús se alejó traqueteando por la calle destrozada. Una vez más surgieron los cánticos felices.

—Nadie podría creerlo —jadeó Addyer.

Apareció en la Oficina Topográfica del condado en busca de un mapa en escala del condado de Finney. Se proponía trascribir la población de comadronas según normas estadísticas aceptadas. Hubo una pequeña dificultad con el topógrafo, que era sordo, tuerto y con gafas en el ojo sano. No podía leer las credenciales de Addyer con facilidad. Cuando finalmente Addyer pudo irse con el mapa, se dijo para sí:

—Creo que ese viejo idiota me tomó por un espía.

Un poco más tarde murmuró: — ¿Espías?

Y antes de acostarse: — ¡Por el santo Moisés! Quizás esa sea la respuesta, después de todo.

Esa noche fue el agente secreto de Lincoln anticipando cada movimiento de Lee, más astuto que Jackson, Johnston y Beauregard, frustrando los planes de John Wilkes Booth, y siendo elegido presidente de los Estados Unidos en 1868.

Al día siguiente, el autobús de O.K. Co. transportó otra carga de gente feliz.

Y el siguiente.

Y el siguiente.

—Cuatrocientos turistas en cinco días —computó Addyer—. El país está lleno de espías.

Comenzó a merodear por las calles tratando de investigar a esos alegres viajeros. Era difícil. Eran alusivos antes de la llegada del autobús. Tenían una forma amistosa de rehusarse a charlar. Los lugareños de Lyonesse no sabían nada sobre ellos y no estaban interesados. Nadie se interesaba demasiado en nada esos días, salvo en la penosa supervivencia. Por eso los cánticos resultaban obscenos.

Después de siete días de misterios y siete días de recuentos. Addyer dio súbitamente con la clave.

—Todo concuerda —dijo—. Ochenta personas parten cada día de Lyonesse. Veinticinco mil por año. Quizás es la respuesta al incremento de la población.

Gastó cincuenta y cinco dólares en un telegrama a Grande sin ninguna esperanza de que llegara a destino. El telegrama decía: "EUREKA. LO HE DESCUBIERTO."

¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable señola? No soy un vago sino una folma de vida indigente.

La oportunidad de Addyer llegó al día siguiente. El autobús de O.K. Co. llegó como de costumbre. Otra muchedumbre se preparó a abordarlo, pero esta vez eran demasiado. Tres personas fueron rechazadas. No parecieron molestos. Retrocedieron, agitaron los brazos con energía mientras el autobús partía, vociferaron instrucciones para futuras reuniones y luego, tranquilamente, se giraron y comenzaron a andar por la calle.

Addyer salió del hotel a los tiros. Siguió al trío por la calle principal, giró a la izquierda cuando cogieron la Cuarta Avenida, pasó frente a la escuela en ruinas, pasó frente al derruido edificio de teléfonos, pasó frente a la biblioteca quemada, la estación ferroviaria, la iglesia protestante, la iglesia católica... y finalmente llegó a las afueras de Lyonesse y luego a campo abierto.

Allí tuvo que ser más cauteloso. Era difícil seguir a los espías con tantas luces de advertencia iluminando la carretera oscurecida. No era tan suicida como para pensar en ocultarse en los pozos radioactivos. Contuvo los pies lleno de indecisión y por último advirtió con alivio que se apartaban de la quebrada carretera y entraban en la vieja granja de Baker.

— ¡Aja! —dijo Addyer.

Se sentó en el borde de la carretera sobre los restos de un misil y se preguntó a sí mismo:

— ¿Aja qué?

No pudo responderse, pero sabía donde encontrar la respuesta. Esperó hasta que la oscuridad aumentó y luego lentamente se arrastró hasta la granja.

Mientras reptaba entre los fulgores espectrales de la radiación, golpeándose ocasionalmente la cabeza contra señales de tumbas, fue cuando reparó por primera vez en dos figuras en la noche. Estaban en el granero de la granja de Baker y se comportaban de manera bastante peculiar. Una silueta alta y delgada. Un hombre. Estaba quieto e inmóvil como un farol. Al cabo de un rato dio un lento y majestuoso paso con infinita precaución e hizo una lenta señal con un brazo a la otra figura. La segunda también era un hombre. Era corpulento y trotaba ágilmente de aquí para allá.

Cuando Addyer se aproximó, escuchó que el hombre alto decía:

—Ruu buu fuu muu juaa luu fuu.

A lo cual el trotador le respondió:

—Ud-nk-kd-ik-md-pd-ld-nk.

Luego ambos rieron; el hombre alto como una locomotora, el trotador como una ardilla. El trotador salió disparado hacia adentro de la casa. El hombre alto lo siguió. Y, asombrosamente, eso fue todo.

—Ooh — dijo. Addyer.

En ese momento un par de manos lo cogieron y levantaron del suelo. El corazón de Addyer se contrajo. Tuvo tiempo para un espasmo convulsivo antes de que le apoyaran algo blando sobre la cara. Mientras perdía el sentido, su último pensamiento idiota fue sobre telescopios.

¿Puede usted pagal un café a un infoltunado en palo, honolable señol? La calidad tlae bendiciones.

Cuando Addyer despertó, estaba tendido en un sofá dentro de un cuarto pequeño y blanqueado. Un caballero de cabello gris y rasgos pronunciados estaba sentado ante un escritorio, junto al sofá, garrapateando cifras sobre trozos de papel. El escritorio estaba lleno de una confusa pila de algo que parecían tablas horarias complicadas. Había una pequeña radio situada más arriba, a un costado.

—Escuche —comenzó Addyer, débilmente.

—Espere un minuto, señor Addyer —dijo el caballero con amabilidad. Tocó un control de la radio. Un resplandor germinó en el medio del cuarto sobre una bandeja circular de cobre y se aglutinó en una forma de muchacha. Estaba extremadamente desnuda y era extremadamente atractiva. Corrió al escritorio, palmeó la cabeza del caballero con la velocidad de un martillo neumático. Rió y parloteó:

—Ud-nk-tk-ik-lt-nk.

El hombre de cabello gris sonrió y señaló la puerta.

—Salga a dar un paseo —dijo. Ella se giró y salió por la puerta como una exhalación.

—Tiene algo que ver con los ritmos temporales —dijo el caballero a Addyer—. No lo comprendo. Cuando avanzan están llenos de ímpetu acumulado. —Comenzó a trazar cifras otra vez. — ¿Por qué demonios tuvo que .venir a husmear, señor Addyer?

—Ustedes son espías —dijo Addyer—. Ella estaba hablando en chino.

—Difícilmente. Yo diría que era francés. Francés primitivo. De mediados del siglo XV.

— ¡De mediados del siglo XV! —exclamó Addyer.

—Eso es lo que dije. Uno empieza a adquirir cierto oído para los ritmos acelerados. Espere un minuto, por favor.

Encendió de nuevo la radio. Otro resplandor apareció y se solidificó en forma de un hombre desnudo. Era robusto, velludo y lúgubre. Con exasperante lentitud dijo:

—Muu fuu bluu uauu jauu puu.

El hombre de cabello gris señaló la puerta. El hombre robusto salió con movimientos lentos.

—A mi manera de ver —continuó el hombre de cabello gris, con cordialidad—, cuando retroceden están nadando contra la corriente del tiempo. Eso les quita velocidad. Cuando avanzan nadan a favor de la corriente. Eso les otorga velocidad. Por supuesto, en cualquier caso no dura más que unos pocos minutos. Luego se les pasa.

— ¿Qué? —dijo Addyer—. ¿Viajes por el tiempo?

—Sí, por supuesto.

—Esa cosa... —Addyer señaló la radio—. ¿Es una máquina del tiempo?

—Esa es la idea. Casi.

El hombre de cabello gris se echó a reír.

— ¿Pero que es este lugar? ¿Qué está usted haciendo aquí?

—Es gracioso —dijo el hombre de cabello gris—. Todos especulaban sobre el viaje temporal. Cómo utilizarlo para la exploración, arqueología, investigación histórica y social, y etcétera. A nadie se le ocurrió cual sería su uso real... Terapia.

— ¿Terapia? ¿Quiere usted decir terapia médica?

—Eso es. Terapia psicológica para los inadaptados que no responden a ninguna otra cura. Los dejamos emigrar. Escapar. Hemos instalado estaciones en cada cuarto de siglo. Estaciones como ésta.

—No comprendo.

—Esta es una oficina de inmigración.

— ¡Dios mío! —Addyer saltó del sofá. — Entonces ustedes son la respuesta al incremento de población. ¿Sí? Fue así como lo descubrí. La mortalidad es tan alta y la natalidad tan baja que esta adición temporal se vuelve significativa. ¿Sí?

—Sí, señor Addyer.

—Miles de ustedes llegan aquí. ¿De dónde?

—Del futuro, por supuesto. El viaje temporal no fue desarrollado hasta C/H 127. Es decir... bien digamos el 2505 d.C. de la cronología de ustedes. No instalamos nuestra cadena de estaciones hasta el C/H 189.

—Pero ésos que se movían tan rápido. Usted dijo que viajaban hacia adelante desde el pasado.

—Oh, sí, pero originalmente todos vienen del futuro. Creyeron que habían retrocedido demasiado.

 ¿Demasiado?

El hombre de cabello gris asintió y reflexionó.

—Es divertido, qué errores comete la gente. Se vuelven poco realistas cuando leen historia. Pierden contacto con los hechos. Un tío que conocí... no lo satisfacía otra cosa que la época isabelina.

"—Shakespeare —decía—. La buena reina Isabel. La Armada Española. Drake y Hawkins y Raleigh. El periodo más viril de la historia. La Edad de Oro. Eso es lo que necesito.

"No hubo forma de disuadirlo, de modo que lo enviamos allí. Qué pena.

— ¿Por? —preguntó Addyer.

—Oh, murió en tres semana. Bebió un vaso de agua. Tifus.

— ¿No lo vacunaron? Quiero decir, cuando el ejército envía hombres a ultramar siempre...

—Por supuesto que lo hicimos. Le dimos toda la inmunización posible. Pero las enfermedades también evolucionan y cambian. Se desarrollan nuevas variantes. Las viejas desaparecen. Eso es lo que causa las pandemias. Evidentemente nuestras vacunas no le servían contra el tifus isabelino. Excúseme...

Otra vez surgió el resplandor. Otro hombre desnudo apareció, parloteó brevemente y luego salió disparado por la puerta. Casi choca con la chica desnuda que asomó la cabeza, sonrió y preguntó con extraño acento:

—Je vous prie de me pardonner. ¿Quy estoit cette gentilhomme?

—Tenía razón —dijo el hombre de cabello gris—. Es francés medieval. No se habla así desde Rabelais. —Se dirigió a la joven. — En inglés medio, por favor. El dialecto norteamericano.

—Oh, lo lamento, señor Jelling. Mis conocimientos lingüísticos son una puñetera mierda. ¿Mierda? ¿O acaso dicen...?

— ¡Eh! —exclamó Addyer escandalizado.

—Lo dicen, pero sólo en privado. No ante extraños.

—Oh sí. Recuerdo. ¿Quién era el caballero que salió recién?

—Peters.

— ¿De Atenas?

—Así es.

— ¿No le gustó mucho, no es verdad?

—No mucho. Parece que los peripatéticos no tenían desaguaderos

—Sí. Uno comienza a extrañar las comodidades de un baño después de un tiempo. ¿Dónde puedo conseguir ropas... o es que en este siglo no las utilizan?

—No, eso sucede dentro de unos cien años. Vaya a ver a mi esposa. Está en el cuarto de provisiones, en el granero. Es ese gran edificio rojo.

El hombre alto como un farol que Addyer había visto primero en granero se manifestó súbitamente detrás de la joven. Estaba ahora vestido y se movía a velocidad normal. Contempló a la joven; ella lo contempló a él.

— ¡Splem! —exclamaron ambos y se besaron los hombros. —Mi pedacito de roca rocosa que corazona dos corazones —dijo el hombre.

—Buen corazonador quien corazona, argol —rió la joven.

— ¿Eh? Entonces tú también corazonaste. Se abrazaron y salieron.

 ¿Qué era eso? ¿Un idioma del futuro? —preguntó Addyer—. ¿Taquigrafía?

 ¿Taquigrafía? —exclamó Jelling con tono sorprendido—. ¿No reconoce la retórica cuando la escucha? Es retórica del siglo XXX, hombre. Allá no hablamos otra cosa. Prótesis, diástole, epergesis, metábasis, hendíade... Y todos nacemos escanigando.

—No tiene porque ser tan pomposo —murmuró Addyer con envidia—. Yo también podría escanigar si lo intentara.

—Le resultaría malditamente inconveniente a esta altura de su vida.

— ¿Cuál sería la diferencia?

—La diferencia sería muy grande —dijo Jenning—, porque usted descubriría que vivir es la suma de las comodidades. Tal vez piense que un desaguadero es poco importante comparado con los antiguos filósofos de Grecia. Mucha gente lo hace. Pero el hecho es que ya conocemos la filosofía; después de un tiempo uno se siente cansado de ver a los grandes hombres y escuchar como exponen el material ya conocido. Se empieza a extrañar las conveniencias y modelos familiares que uno daba por sentados.

—Es una actitud superficial —dijo Addyer.

— ¿Eso cree? Intente vivir en un pasado de luz de velas, sin calefacción central, sin refrigeración, comida enlatada, medicamentos elementales... O, conociendo el futuro, pruebe vivir con los Berganlicks, los Veintidós Mandamientos, calendarios y moneda duodecimales, o pruebe hablar en verso, planeando y escanigando cada sentencia antes de hablar... y sea juzgado como un analfabeto despreciable cuando se descuide y hable espontáneamente en su propia lengua.

—Está usted exagerando —dijo Addyer—. Apuesto que hay épocas en las que podría ser muy feliz. Lo he estado imaginando durante todos estos años y...

— ¡Ya! —resopló Jelling—. La gran ilusión. Nómbreme una.

—La Revolución Norteamericana.

— ¡Uf! Sin medios sanitarios. Sin medicina. Cólera en Filadelfia, malaria en Nueva York. Sin anestesia. Pena de muerte por cientos de pequeños delitos e insignificantes in fracciones. Ninguno de los libros ni la música que a usted le apetecen. Ninguno de los trabajos o profesiones para los cuales fue preparado. Inténtelo otra vez.

—La época victoriana.

— ¿Cómo están sus dientes y sus ojos? ¿En buen estado? Es mejor que lo estén. No podemos enviar sus empastes y gafas con usted. ¿Cómo está su ética? ¿En mal estado? Es mejor que lo esté, o se morirá de hambre en esa época de gargantas cortadas. ¿Qué opina de las diferencias de clases? Eran muy acentuadas en aquellos días. ¿Cuál es su religión? Es mejor que no sea judío o católico o cuáquero o moravo o cualquier otra minoría. ¿Cuáles son sus opiniones políticas? Si hoy es un reaccionario, las mismas opiniones podrían convertirlo en un extremista peligroso hace cientos de años. No creo que fuera feliz.

—Estaría a salvo.

—No a menos que fuera rico; y no podemos enviar dinero al pasado. Sólo el cuerpo. No, Addyer, el pobre moría a la edad promedio de cuarenta años en esos días... exhaustos, desgastados. Sólo sobrevivían los privilegiados, y usted no sería uno de los privilegiados.

— ¿A pesar de mi conocimiento superior?

Jelling asintió con fatiga.

—Sabía que llegaríamos a eso tarde o temprano. ¿Qué conocimiento superior? ¿Su nebuloso recuerdo de ciencia e investigaciones? Es usted un maldito tonto, Addyer. Goza de la tecnología de su época sin la mas mínima idea de como funciona.

—Podría no ser un recuerdo nebuloso. Puedo prepararme.

—En qué, por ejemplo.

—Oh... bueno, digamos la radio. Puedo hacer una fortuna inventando la radio.

Jelling sonrió.

—Usted no podría inventar la radio si no inventara primero los cientos de descubrimientos técnicos complementarios que condujeron a ella. Tendría que crear todo un nuevo mundo industrial. Tendría que descubrir el rectificador de vacío y crear una industria para fabricarlo; el circuito autoheterodino, el receptor neutrodino no radiante, y etcétera etcétera. Tendría que desarrollar la producción de energía eléctrica y la transmisión y la corriente alterna. Tendría que... ¿por qué insistir en lo obvio? ¿Podría inventar la combustión interna antes del desarrollo del petróleo refinado?

— ¡Por Dios! —gruñó Addyer.

—Y otra cosa —continuó Jelling inflexiblemente—. He hablado de herramientas tecnológicas, pero el lenguaje es una herramienta, también; la herramienta de comunicación. ¿Se ha dado cuenta que a pesar de todos sus estudios nunca podría aprender como era el lenguaje realmente usado hace siglos? ¿Sabe usted como los romanos pronunciaban el latín? ¿Conoce los dialectos griegos? ¿Podría aprender a hablar y pensar en gaélico, en flamenco del siglo XVII, en el bajo alemán antiguo? Nunca. Sería usted sordomudo.

—Nunca lo pensé de esa manera —dijo Addyer con lentitud.

—Los escapistas nunca lo hacen. Todo lo que quieren es una vaga excusa para huir.

 ¿Qué hay de los libros? Podría memorizar un gran libro y...

 ¿Y qué? ¿Retroceder lo suficiente al pasado para anticipar al verdadero autor? Tendría que anticipar también al lector. Un libro no se hace grande hasta que el lector está preparado para comprenderlo. Ni es rentable hasta que el lector está dispuesto a comprarlo.

 ¿Y yendo hacia el futuro? —preguntó Addyer.

—Ya se lo he dicho. Es el mismo problema sólo que al revés. ¿Podría un hombre del medievo sobrevivir en el siglo XX? ¿Podría permanecer con vida en medio del tránsito callejero? ¿Conducir automóviles? ¿Hablar el idioma? ¿Pensar en ese idioma? ¿Adaptarse al ritmo, ideas y coordinación que usted da por sentadas? Nunca. ¿Podría alguien del siglo XXV adaptarse al XXX? Nunca.

—Bien entonces —dijo Addyer con enfado—, si el pasado y el futuro son tan incómodos, ¿por qué viajan hacia ellos todas estas personas?

—No están viajando —dijo Jelling—. Están huyendo.

— ¿De qué?

—De su propia época.

— ¿Por qué?

—No les apetece.

— ¿Por qué no?

— ¿A usted le apetece la suya? ¿Le apetece a cualquier neurótico?

— ¿Adonde van?

—A cualquier lugar menos a donde deben. Buscan la Edad Dorada. ¡Ilusos! Nunca están satisfechos. Siempre buscando, cambiando... vagabundeando a través de los siglos. ¡Uf! La mitad de los mendigos que usted ha encontrado son probablemente vagabundos del tiempo atascados en el siglo equivocado.

— ¿Y toda esa gente viene aquí... ellos creen que esto es una Edad Dorada?

—Así es.

—Están locos —protestó Addyer—. ¿No han visto las ruinas? ¿La radiación? ¿La guerra? ¿La ansiedad? ¿La histeria?

—Seguro. Eso es lo que los atrae. No me pregunte porqué. Piénselo de este modo: a usted le apetece el periodo colonial norteamericano, ¿verdad?

—Entre otros.

—Bien, si le expone al señor George Washington las razones por las cuales le apetece su época, probablemente estará nombrando todo lo que él aborrecía.

—Pero no es una comparación justa. Esta es la peor época de toda la historia.

Jelling hizo un gesto con la mano.

—Así es como usted la considera. Todos dicen eso en cada generación; pero créame, no importa cuándo y dónde viva, siempre hay alguien que piensa que usted vive en la Edad Dorada.

—Pues maldita la suerte que tengo —dijo Addyer.

Jelling lo miró fijamente por largo tiempo.

—Es mejor que la tenga —dijo pesaroso—. Hay malas noticias para usted, Addyer. No podemos dejarlo aquí. Hablará y causará problemas, y nuestro secreto debe ser resguardado. Lo enviaremos a un viaje sin regreso.

—Puedo hablar en cualquier lado a donde me envíen.

—Pero nadie le prestará atención fuera de su propia época. No tendría sentido. Sería un excéntrico... un lunático... un extraño... inofensivo.

— ¿Y si regreso?

—No puede volver sin una visa, y no voy a tatuarle una visa. No será el primero al que transportamos, si eso le sirve de consuelo. Hubo un japonés, si no recuerdo mal...

— ¿Entonces me enviará a algún lado del tiempo? ¿En forma permanente?

—Exacto. De veras, lo siento mucho.

— ¿Al futuro o al pasado?

—Puede usted elegir. Piénselo mientras se desviste.

—No tiene porque sentirse tan amargado —dijo Addyer—. Es una gran aventura. Una aventura grandiosa. Algo que siempre he soñado.

—Así es. Será maravilloso.

—Puedo rehusar —dijo Addyer con nerviosismo.

Jelling sacudió la cabeza.

—Entonces lo drogaremos y lo enviaremos de cualquier modo. Es mejor que elija usted.

 Elegiré con sumo placer.

 Seguro. Animo, Addyer

—Todo el mundo dice que nací cien años antes de lo debido.

—Todos dicen por lo general eso... a menos que digan que nació cien años después de lo debido.

—Algunos también dicen eso.

—Bien, piénselo bien. Es una mudanza permanente. ¿Qué prefiere... el futuro fonético o el pasado poético?

Muy lentamente, Addyer comenzó a desvestirse, como se desvestía cada noche cuando comenzaba el preludio de sus acostumbradas fantasías. Pero ahora sus sueños enfrentaban su realización y el momento de decisión lo aterrorizaba. Estaba algo triste y sentía las piernas flojas cuando caminó hacia el disco de cobre en el centro del suelo. En respuesta a la pregunta de Jelling, murmuró su elección. Luego, se tornó brillante en medio del aura de fulgor incandescente y desapareció de su tiempo para siempre.

¿Dónde fue? Usted lo sabe. Yo lo sé. Addyer lo sabe. Addyer viajó a la tierra de Nuestra amada fantasía. Escapó al refugio que es Nuestro refugio, al tiempo de Nuestros sueños; y prácticamente de inmediato comprendió que había en verdad partido del único tiempo posible para él.

A través del panorama de los años todas las épocas, excepto la nuestra, parecen glamorosas y doradas. Añoramos ayeres y mañanas, no advirtiendo que nos enfrentamos con una elección forzosa... que ese hoy, amargo o dulce, nervioso o tranquilo, es el único posible para nosotros. El sueño, no el tiempo, es el traidor, y todos somos cómplices de la traición hacia nosotros mismos.

¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable señol? No, no soy un olganismo mendicante. Soy un japonés hambliento de paso volado en este año tan miselable. ¡Honolable señol! Se lo suplico por la saglada calidad. ¿Quiele usted donal a esta pelsona desampalada un pasaje pala la ciudad de Lyonesse? Le suplico de lodillas una visa. Quielo volvel al año 1945. Quielo estal en Hiloshima otla vez. Quielo volvel a casa


OH LUMINOSA Y BRILLANTE ESTRELLA

La fórmula de Persecución y la fórmula de Búsqueda han estado con nosotros durante largo tiempo y permanecerán en escena aún bastante tiempo más. Son de impacto seguro si se las maneja con originalidad y pueden hacer que vuestro pulso resuene como una marcha de Sousa. Estoy un tanto en desacuerdo con los escritores de Hollywood, por decir lo menor. Su idea de una Persecución parece reducirse a una cañera de coches.

Persecución y búsqueda no son idénticas; puede haber una sin la otra, pero juntas funcionan mejor. Volviendo a los días felices de los comics, en aquel entonces probé con un tándem; comenzaba con una Persecución de papel ordinario y luego la pista del papel se transformaba en una pista de papel moneda. Quisiera poder recordar al héroe para el que la hice; ¿"The Green Lantern"? ¿"The Star-Spangled Kid"? ¿"Captain Marvel"? También desearía recordar como terminaba la historia.

Probablemente habréis notado que no recuerdo muy bien mi obra. Francamente, nunca vuelvo a leer algo una vez que ha sido publicado, y de cualquier manera no soy el único. Sé de buena fuente, Jed Harris, que nuestro maravilloso compositor popular, Jerome Kem, no podía recordar sus propias canciones. En el curso de una fiesta lo solían persuadir para que tocara sus melodías en el piano. Todos se apiñaban a su alrededor, pero cuando tocaba tenían que corregirlo.

— ¡No, no, Jerry! No sonaba así.

Y se veían obligados a tararear sus hits para refrescarle la memoria.

"Oh luminosa y brillante estrella" es una persecución con ritmo. No sé de donde obtuve la idea central, pero en aquellos días los autores de ciencia-ficción estaban empeñados en publicar relatos sobre talentos incomprendidos y genios infantiles, de modo que supongo que fue producto del roce. No, eso no puede ser cierto. Yo había probado la receta muchos años antes con un joven consejero naturista de un campo de veraneo, una especie de genio-idiota bastante incomprendido que resuelve un caso de rapto, a pesar del factor en contra del ridículo nombre que le había puesto: Erasmo Gaul.

La inserción del relato y la técnica de búsqueda en "Oh luminosa..." son las de la búsqueda con artimaña. El timo de los Herederos de Buchanan era un fraude hace ya muchos años y probablemente lo será aún, en una forma u otra. Dios lo sabe, los tontos nunca desaparecen. En los años de universidad, un compañero de cuarto entregó su mensualidad (20 dólares) a una pareja de timadores en la estación de Pennsylvania. Años más tarde leí de un fraude similar en "The Art of Cony Catching", de Creen, publicado circa 1592. No, nunca desaparecen. Es más, cada minuto nace uno nuevo.

La historia me gustaba bastante mientras la estaba escribiendo, pero no me gustan algunos parágrafos del final. Son el resultado de la misma vieja batalla que esta vez perdí con Tony Boucher, de Fantasy & Sciencie Fiction, otra vez sobre lo específico. El quería que yo cerrara el relato mostrando con precisión lo que les había sucedido a las víctimas. Yo quería soslayarlo. Perdí y tuve que agregar los parágrafos.

Cuando fui derrotado en la batalla de lo específico con Horace Gold, en lo referido a "Elección forzosa", retiré la historia y se la entregué a Tony, que la publicó sin cambios. Cuando perdí la batalla con Tony, debería haber cogido "Oh luminosa..." y enviársela a Horace para hacer las paces. No lo hice, y ahora me siento timado por esos pésimos parágrafos. Por favor, leedlos con los ojos cerrados.

E

 

l hombre del coche tenía treinta y ocho años. Era alto, delgado y no muy fuerte. Sus cortos cabellos estaban prematuramente encanecidos. Estaba munido de educación y sentido del humor. Estaba inspirado por un propósito. Estaba armado con una guía telefónica. Estaba condenado. Condujo su coche subiendo por la Post Avenue, se detuvo en el nº 17 y aparcó. Consultó la guía telefónica, luego salió del coche y entró en la casa. Examinó los buzones de correspondencia y luego subió corriendo las escaleras hasta el apartamento 2-F. Tocó el timbre. Mientras esperaba una respuesta sacó un pequeño anotador negro y un bolígrafo plateado de buena calidad, de ésos que escriben en cuatro colores.

La puerta se abrió. Era una dama de edad mediana, sin rasgos particulares. El hombre le dijo:

—Buenas tardes. ¿Señora Buchanan?

La dama asintió con la cabeza.

—Mi nombre es Foster. Soy del Instituto de Ciencias. Estamos intentando verificar informes sobre platillos volantes. No me llevará ni un minuto.

El señor Foster se introdujo en el apartamento. Había estado ya en tantos que conocía las disposiciones de forma automática. Marchó ágilmente del recibidor a la sala de estar, se giró, sonrió a la señora Buchanan, abrió el anotador en una página en blanco, y dispuso el bolígrafo.

— ¿Ha visto algún platillo volante, señora Buchanan?

—No. Y todo eso no son más que habladurías, yo...

— ¿Alguno de sus hijos ha visto alguno? ¿Tiene usted chicos?

—Sí, pero ellos...

— ¿Cuántos?

—Dos. Los platillos volantes nunca...

— ¿Alguno de ellos en edad escolar?

— ¿Qué?

—Escuela —repitió el señor Foster con impaciencia—. ¿Alguno de ellos va a la escuela?

—El chico tiene veintiocho —dijo la señora Buchanan—. La chica veinticuatro. Hace mucho que han terminado los estudios...

—Ya lo veo. ¿Alguno de ellos está casado?

—No. En cuanto a lo de los platillos volante, ustedes los científicos deberían...

—Lo hacemos —interrumpió el señor Foster. Hizo un tic-tac-toc en el anotador, luego lo cerró y lo deslizó en un bolsillo junto con el bolígrafo—. Muchas gracias, señora Buchanan —dijo, giró y se marchó.

Una vez bajadas las escaleras, el señor Foster entró en el coche, abrió la guía telefónica, dio vuelta una página y tachó un nombre. Examinó el nombre de abajo, memorizó la dirección y puso el coche en marcha. Condujo hasta la avenida Fort George y detuvo el coche en frente del nº 800. Entró en la casa y cogió el ascensor de servicio hasta la planta cuarta. Tocó el timbre, del apartamento 4-G. Mientras esperaba la respuesta sacó el pequeño anotador negro y el bolígrafo de buena calidad.

La puerta se abrió. Era un hombre de aspecto feroz. El señor Foster le dijo:

—Buenas tardes. ¿Señor Buchanan?

— ¿Qué quiere? —dijo el hombre de aspecto feroz.

—Mi nombre es Davis —dijo el señor Foster—. Soy de la Asociación Nacional de Radiodifusión. Estamos preparando una lista de nombres para un concurso con premios. ¿Puedo pasar? No me llevará ni un minuto.

El señor Foster/Davis se introdujo y pronto estuvo confrontado con el señor Buchanan y su pelirroja esposa en la sala de estar de su apartamento.

— ¿Alguna vez ha ganado algún premio en radio o televisión?

—No —dijo el señor Buchanan con enojo—. Nunca hemos tenido una oportunidad. Todo el mundo la tiene pero nosotros no.

—Todo ese dinero y neveras —dijo la señora Buchanan—. Viajes a París y aviones y...

—Es por eso que estamos haciendo esta lista —interrumpió el señor Foster/Davis—. ¿Alguno de sus familiares ha ganado algún premio?

—No. Está todo arreglado. Todo trampa. Ellos...

— ¿Alguno de sus hijos?

—No tenemos hijos.

—Ya lo veo. Muchas gracias.

El señor Foster/Davis hizo el jueguito del tic-tac-toc sobre su anotador, lo cerró y lo hizo a un lado. Se liberó de la indignación de los Buchanan, bajó hasta su coche, tachó otro nombre en la guía telefónica, memorizó la dirección del nombre que estaba abajo y puso en marcha el coche.

Condujo hasta el nº 215 de la calle Setenta y Ocho Oeste y aparcó en frente de una residencia particular. Hizo sonar la campanilla y se enfrentó con una mucama con uniforme.

—Buenas tardes —dijo—. ¿Está el señor Buchanan en casa?

— ¿Quién lo requiere?

—Me llamo Hook —dijo el señor Foster/Davis—. Estoy conduciendo una investigación para el Departamento de Mejores Negocios.

La mucama desapareció, reapareció y condujo al señor Foster/Davis/Hook a una pequeña biblioteca donde un caballero de aspecto resuelto con ropas de noche sostenía un pocillo de café Limoge con su respectivo platillo. Había libros caros en los estantes. Había fuego caro en el hogar.

— ¿Señor Hook?

—Sí, señor —replicó el hombre condenado. No extrajo el anotador—. No me llevará ni un minuto, señor Buchanan. Sólo unas pocas preguntas.

—Tengo gran confianza en el Departamento de Mejores Negocios —se pronunció el señor Buchanan—. Nuestra defensa contra los saqueos de...

—Gracias señor —interrumpió el señor Foster/Davis/ Hook—. ¿Ha sido alguna vez defraudado delictivamente por un hombre de negocios?

—Se hizo el intento. Nunca sucumbí.

— ¿Y sus hijos? ¿Tiene usted hijos?

—Mi hijo no es lo suficientemente grande como para ser calificado de víctima.

— ¿Qué edad tiene, señor Buchanan?

—Diez.

— ¿Quizá ha sido timado en la escuela? Hay estafadores que se especializan en los niños.

—No en la escuela de mi hijo. Está bien protegido.

— ¿Qué escuela es, señor?

—Germanson.

—Una de las mejores. ¿Alguna vez asistió a una escuela estatal?

—Nunca.

El hombre condenado extrajo el anotador y el bolígrafo de buena calidad. Esta vez hizo una seria anotación.

— ¿Algún otro hijo, señor Buchanan?

—Una hija de diecisiete.

El señor Foster/Davis/Hook lo consideró, comenzó a escribir, cambió de idea y cerró el anotador. Agradeció a su amable anfitrión y escapó de la casa antes de que el señor Buchanan pudiera pedirle sus credenciales. Fue conducido fuera por la mucama, corrió hasta donde estaba su coche, abrió la puerta, entró y fue derribado por un tremendo golpe en el costado de su cabeza.

Cuando el hombre condenado despertó, creyó que estaba en cama con una resaca. Comenzó a arrastrarse hasta el baño cuando advirtió que estaba desplomado en una silla como un traje de lavandería. Abrió los ojos. Parecía estar en una gruta bajo el agua. Parpadeó frenéticamente. El agua comenzó a retroceder.

Estaba en uña pequeña oficina legal. Un hombre vigoroso que parecía Papá Noel estaba de pie ante él. A un lado, un hombre sentado sobre una mesa de despacho y balanceando las piernas descuidadamente; era un joven enjuto con una mandíbula larga y delgada y ojos entrecerrados a cada lado de la nariz.

— ¿Puede oírme? —preguntó el hombre vigoroso.

El hombre condenado gruñó.

— ¿Podemos hablar?

Otro gruñido.

—Joe —dijo el hombre vigoroso afablemente—, una toalla.

El joven enjuto se deslizó de la mesa de despacho, fue hasta una vasija que se encontraba en un rincón y mojó una blanca toalla de mano. La sacudió una sola vez, volvió con lentitud hasta la silla donde, con el movimiento súbito y salvaje del tigre, azotó el rostro del hombre enfermo.

— ¡Por el amor de Dios! —gritó el señor Foster/Davis/ Hook.

—Eso está mejor —dijo el hombre vigoroso—. Me llamo Herod. Walter Herod, procurador judicial. —Caminó hasta la mesa donde estaba esparcido el contenido de los bolsillos del hombre condenado, levantó un billetero y lo exhibió—. Su nombre es Warbeck. Marion Perkin Warbeck. ¿De acuerdo?

El hombre condenado miró su billetero, luego a Walter Herod, procurador oficial, y finalmente admitió la verdad.

—Sí —dijo—. Me llamo Warbeck. Pero nunca admito el Marion ante extraños.

Fue azotado de nueva por la toalla mojada y cayó sobre el respaldo de la silla, dolorido y confundido.

—Muy bien, Joe —dijo Herod—. No lo vuelvas a hacer, por favor, hasta que te lo diga—. Y dirigiéndose a Warbeck dijo: — ¿A qué se debe ese interés en los Buchanan?— Esperó una respuesta, luego continuó afablemente. — Joe ha estado siguiéndolo. Tiene usted un promedio de cinco Buchanan por día. Lleva alrededor de treinta, más o menos. ¿Cuál es su plan?

— ¿Qué infiernos es esto? ¿Rusia? —exigió Warbeck con indignación—. No tienen derecho a secuestrarme e interrogarme como la KGB. Si suponen que...

—Joe —lo interrumpió Herod afablemente—. Otra vez, por favor.

Otra vez la toalla azotó a Warbeck. Atormentado, furioso y desamparado, éste rompió a llorar.

Herod, con indiferencia, tocó el billetero con un dedo.

—Sus papeles dicen que es usted maestro, director de una escuela estatal. Supuse que los maestros eran honestos. ¿Cómo se mezcló con el timo de la herencia?

— ¿El timo de qué? —preguntó Warbeck débilmente,

—El timo de la herencia —repitió Herod pacientemente. La estafa de los Herederos de Buchanan. ¿Qué tipo de técnica está utilizando? ¿El acercamiento personal?

—No sé de qué me está hablando —respondió Warbeck. Se sentó muy erguido y señaló al joven enjuto—. Y no comience con el asunto de la toalla otra vez.

—Comenzaré si me place y cuando me plazca —dijo Herod con ferocidad—. Y terminaré con usted cuando cojones me plazca. Me está pisando los callos y no lo voy a permitir. Obtengo setenta y cinco por año y no voy a dejar que usted se entrometa.

Hubo una larga pausa, significativa para todos en el cuarto excepto para el hombre condenado. Finalmente éste habló.

—Soy un hombre educado —dijo lentamente—. Mencióneme a Galileo, o los poetas caballerescos menores, y lo entenderé. Pero hay lagunas en mi educación y ésta es una de ellas. No puedo ubicarme. Hay demasiadas incógnitas.

—Le he dicho mi nombre —respondió Herod. Señaló al joven enjuto—. Este es Joe Davenport.

Warbeck sacudió la cabeza.

—Matemáticamente desconocido. Cantidades X. Resolver las ecuaciones. Es mi educación la que habla.

Joe lo miró sorprendido.

— ¡Jesús! —dijo sin mover los labios—. Quizá es auténtico.

Herod examinó a Warbeck curiosamente.

—Voy a decirlo con lentitud —dijo—. El timo de la herencia es una estafa de viejo cuño. Funciona más o menos así: Existe una historia de que James Buchanan...

— ¿El decimoquinto presidente de los Estados Unidos?

—En persona. Existe una historia que afirma que murió sin testar dejando una fortuna a herederos desconocidos. Eso fue en 1868, Hoy, un interés compuesto de esa fortuna la valora en millones. ¿Comprende?

Warbeck asintió con la cabeza.

—Soy educado —insistió.

—Todo tío llamado Buchanan es un cliente potencial para este tinglado. Es una variación sobre la rutina del Prisionero Español. Les envío a ellos una carta. Les digo que tienen una oportunidad de poder ser uno de los herederos. ¿Quieren ellos que yo investigue y proteja sus intereses en la herencia? Eso sólo les costará una pequeña suma anual. Muchos de ellos aceptan. De todo el país. Y ahora usted...

—Espere un minuto —exclamó Warbeck—. Puedo llegar a una conclusión. Ustedes descubrieron que yo estaba investigando a las familias Buchanan. Pensaron que yo realizaba al mismo timo. Entrometiéndome... ¿entrometiéndome? ¿Entrometiéndome con ustedes?

—Bien —preguntó Herod agriamente—, ¿no lo está haciendo?

— ¡Dios mío! —exclamó Warbeck—. ¡Esto tiene que pasarme a mí! Gracias, Dios mío, gracias. Te estaré siempre agradecido. —En su fervor feliz se volvió hacia Joe. — Dame la toalla, Joe —dijo—. Sólo arrójamela. Quiero limpiarme la cara.

Cogió la toalla arrojada y se enjugó el rostro jubilosamente.

—Bien —dijo Herod—, ¿no lo está haciendo?

—No —respondió Warbeck—. No me estoy entrometiendo en los negocios de ustedes. Pero me siento agradecido por el error. No crea que no lo estoy. No puede imaginar lo lisonjero que es para un maestro de escuela ser confundido con un ladrón.

Se levantó de la silla y fue hasta la mesa de despacho a reclamar su billetero y otras posesiones.

—Espere un minuto —dijo con brusquedad Herod.

El joven enjuto aferró la muñeca de Warbeck con puño de hierro.

—Oh, acabemos con esto —dijo el hombre condenado con impaciencia—. Es un error tonto.

—Yo le diré si es un error y también le diré si es tonto —respondió Herod—. Ahora hará lo que le diga.

— ¿Haré qué? —Warbeck liberó su muñeca de un tirón y azotó el rostro de Joe con la toalla. Dio vuelta alrededor de la mesa, levantó un pisapapeles y lo arrojó contra la ventana, que se hizo añicos.

— ¡Joe! -aulló Herod.

Warbeck sacó el teléfono de su soporte y marcó Operadora. Cogió su mechero, lo encendió y lo arrojó en el cesto de los papeles. La voz de la operadora zumbó en el aparato.

 ¡Quiero un policía! —gritó Warbeck. Luego pateó el cesto en llamas hacia el centro de la oficina.

 ¡Joe! —aulló Herod y comenzó a pisotear el papel encendido.

Warbeck hizo una mueca irónica. Levantó el receptor. Llegaban sonidos confusos a través del tubo. Colocó la mano sobre la bocina.

— ¿Negociamos?—preguntó.

—Hijo de puta —gruñó Joe. Se quitó las manos de los ojos y fue hacia Warbeck.

— ¡No! —lo llamó Herod—. Este loco imbécil ha llamado a la policía. Es auténtico, Joe—. Y dijo a Warbeck con tono de disculpa. — De acuerdo. Cuelgue. Haremos lo que usted quiera. Cualquier cosa que diga. Sólo cancele la llamada.

El hombre condenado se llevó el receptor a la boca.

—Me llamo M.P.Warbeck —dijo —. Estaba consultando a mi procurador en este número y algún idiota con un sentido del humor equivocado hizo esta llamada. Por favor, llámeme por teléfono y confírmelo.

Colgó, terminó de guardar sus enseres privados e hizo un guiño a Herod. Sonó el teléfono, Warbeck lo levantó, tranquilizó al policía y colgó. Dio la vuelta a la mesa y extendió las llaves de su coche a Joe.

—Baja hasta mi coche —le dijo—. Sabes donde está aparcado. Abre la guantera y tráeme un envoltorio de papel manila que encontrarás allí.

—Váyase al infierno —escupió Joe. Sus ojos estaban aún llorosos.

—Haz lo que te digo —dijo Warbeck con firmeza.

—Espere un minuto, Warbeck —dijo Herod—. ¿Qué significa esto? ¿Un nuevo tipo de técnica? Dije que haríamos lo que usted quisiera, pero...

—Les voy a explicar porque estoy interesado en los Buchanan —respondió Warbeck—. Y voy a hacer un trato con ustedes. Tienen lo que yo necesito para localizar a un Buchanan en particular... usted y Joe. Mi Buchanan tiene diez años de edad. Y tiene mucho más valor que toda vuestra supuesta herencia.

Herod lo contempló con fijeza.

Warbeck colocó las llaves en la mano de Joe.

—Baja y trae el envoltorio, Joe —dijo—. Y mientras él lo hace es mejor que usted arregle esa ventana rota.

El hombre condenado colocó el envoltorio de papel manila pulcramente sobre sus rodillas.

—Un director de escuela —explicó— tiene que supervisar las clases. Revisa los trabajos, estima los progresos, resuelve dificultades y todo eso. Esto debe ser realizado al azar. Por muestras, quiero decir. Tengo novecientos alumnos en mi escuela. No puedo supervisarlos a todos individualmente.

Herod asintió. La mirada de Joe estaba vacía.

—Revisé algunos trabajos de alumnos de quinto grado el mes pasado —continuo Warbeck—. Tropecé con este sorprendente documento. — Abrió el envoltorio y sacó unas pocas hojas de papel de composición rayado cubierto con borrones y tachaduras. — Fue escrito por Stuart Buchanan, de quinto grado. Debe tener aproximadamente unos diez años. La composición se titula: Mis vacaciones. Leedla y comprenderéis porque Buchanan debe ser encontrado.

Entregó las hojas a Herod, quien cogió unas gafas gruesas de montura de cuerno y las colocó balanceándose sobre su gruesa nariz. Joe fue hacia atrás de la silla de Herod y espió por sobre su hombro.

Mis vacaciones

por

Stuart Buchanan

Este berano visité a mis amijos. Tengo 4 amijos y todos son muy benos. Primero estube con Tommy que bive en el canpo y es astrónimo. Tommy construyó su poprio telescopo con un espego de 6 pulgada de diameto que pulió el mimo. El mira las estrella cada noche y me dega mirar aunque esté llobiendo a cántaros...

—¿Pero qué demonios? —Herod levantó la vista, fastidiado.

—Continúe leyendo. Continúe leyendo —dijo Warbeck.

a cántaros. Podemos ver las estrellas porque Tommy hizo una cosa que coloca en el estremo del telescopo que se dispara como un foco y hace un agujero en el cielo para ver a trabes de la llubia y de todo eso las estrellas.

—¿Ha terminado con el astrónomo? —preguntó Warbeck.

—No lo entiendo.

—Tommy se aburría esperando noches claras. Inventó algo que perfora las nubes y la atmósfera... una especie de túnel de vacío, de forma tal que puede utilizar su telescopio con cualquier tipo de clima. Lo que fabricó parece algo así como un rayo desintegrador.

—Infiernos, si usted lo dice.

—Infiernos, no lo digo yo. Continúe leyendo. Continúe le yendo.

Luego fui a lo de AnnMary y me quedé una sola semana. Fue dibertido porque AnnMary tiene un canbiador de pinacas y remolacas y judías.

—¿Qué infiernos es un "canbiador de pinacas"?

—Espinacas. Cambiador de espinacas. La ortografía nunca ha sido una de las virtudes de Stuart. "Remolacas" son remolachas.

remolacas y judias. Cuando su madre nos las ace comer AnnMary apreta el votan y quedan igual por afuera pero por dentro se acen pastel. Ceresas y frutilla. Le pregunté a AnnMary como lo acia y me dijo que por Enhv.

—Esto sí que no lo entiendo.

—Es simple. A Anne-Marie no le apetecen cosas como los vegetales. Como es tan lista como Tommy, el astrónomo, inventó un transmutador de materia. Transmuta espinaca en pastel. De cerezas o frutillas. Le encanta el pastel. Como a Stuart.

—Usted está loco.

—Yo no. Los chicos. Son Genios. ¿Genios? ¿Qué estoy diciendo? Harían que un genio pareciera un imbécil. No hay categorías para esos chicos.

—No lo creo. Ese Stuart Buchanan tiene mucha imaginación. Eso es todo.

—¿Eso cree? ¿Entonces que podemos decir de Enhv? Así es como Anne-Marie transmuta la materia. Me llevó un tiempo descubrir que era Enhv. Es la ecuación de Plank E=nhv. Pero leída. Leída. Pero lo mejor no ha llegado aún. Espere a llegar a la perezosa Ethel.

Mi amigo Gorge contruye abiones de modelo muy buenos y muy pequeños. Gorge tiene manos torpes pero ace honbrecillos de arsilla modelada y les dice que los construyan para el.

—¿Qué significa esto?

—¿George, el constructor de aviones?

—Muy simple. Hace androides en miniatura... robots... y ellos construyen los aviones para él. Muchacho listo, este George, pero lea sobre su hermana, la perezosa Ethel.

Su hermana Ethel es la chica mas peresosa que he bisto. Es muy grande y gorda y odia caminar. Así que cuando la madre la enbía al mercado Ethel piensa en el mercado y piensa que trae todos los paqetes y tiene que ocultarse en la abitación de Gorge hasta que párese que a ido y buelto. Gorge y yo nos vurlamos de ella porque es gorda y peresosa pero ella entra gratis en los sines y vio a Hoppalong Casidy como dieciseis beces.

Fin.

Herod contempló con fijeza a Warbeck.

—Es grande la niñita, Ethel —dijo Warbeck—. Es demasiado perezosa para caminar, de modo que se teleporta. Así hace todo endemoniadamente rápido. Tiene que ocultarse con los paquetes con George y Stuart, que se burlan de ella.

—¿Teleporta?

—Así es. Se mueve de un lugar a otro sólo pensando que está allí.

—Eso el algo que no existe —dijo Joe con indignación.

—No existía hasta que apareció Ethel.

—No me lo creo —dijo Herod—. No creo nada de todo

—¿Cree que es sólo la imaginación de Stuart?

—¿Qué otra cosa?

—¿Qué me dice de la ecuación de Plank? ¿E igual mhv?

—El chico inventó eso también. Coincidencia.

—¿No le parece demasiada coincidencia?

—Pudo haberlo leído en algún lado.

—¿Un niño de diez años? Tonterías.

—Se lo digo, no lo creo —vociferó Herod—. Déjeme hablar con el chico cinco minutos y se lo probaré.

—Eso es exactamente lo que yo quiero hacer... sólo que el chico desapareció.

—¿Qué significa eso?

—Desparecido por completo. Es por eso que he estado buscando a toda la familia Buchanan en la ciudad. El día que leí la composición y fui hasta el quinto grado en busca de Stuart Buchanan, éste había desaparecido. No lo he visto desde entonces.

—¿Qué sucedió con su familia?

—La familia desapareció también —Warbeck se inclinó hacia adelante intensamente.— Retenga bien esto: todo registro del chico y la familia desaparecieron. Todo. Sólo unos pocos lo recuerdan vagamente, pero eso es todo. Se han ido.

—¡Jesús! —dijo Joe—. Se largaron, ¿no?

—Esa es la palabra. Se largaron. Gracias, Joe.— Warbeck echó un vistazo a Herod.— Esa es la situación. Hay un chico que hace amistad con chicos genios. Y el énfasis es sobre el chico. Ellos hacen fantásticos descubrimientos con propósitos infantiles. Ethel se teleporta porque es demasiado perezosa para caminar. George hace robots que construyen aeroplanos. Anne-Marie transmuta elementos porque odia las espinacas. Dios sabe que pueden estar haciendo otros amigos de Stuart. Quizá haya algún Matthew que ha inventado una máquina del tiempo para poder entregar en fecha sus deberes escolares.

Herod agitó una mano débilmente.

—¿Por qué todos estos genios de golpe? ¿Qué sucedió?

—No lo sé. ¿Escape radiactivo? ¿Fluoruros en el agua corriente? ¿Antibióticos? ¿Vitaminas? Hemos estado manipulando demasiado con la química estos días para saber que pudo haber sucedido. Yo quería descubrirlo pero no pude. Stuart Buchanan actúa como un niño. Cuando comencé a investigar se asustó y desapareció.

—¿También él es un genio?

—Probablemente. Los chicos generalmente hacen amistad con chicos de su mismo interés y talento.

—¿Qué tipo de genio? ¿Cuál es su talento?

—No lo sé. Todo lo que sé es que ha desaparecido. Cubrió todas sus huellas, destruyó todo papel que podía ayudar a localizarlo y se desvaneció en el aire tenue.

—¿Cómo tuvo alcance a sus archivos?

—No lo sé.

—Quizás es una especie de ladrón —dijo Joe—. Un experto en allanamiento y robo de casas, cosas de ese tipo.

Herod sonrió vagamente.

—¿Un genio salteador? ¿Una mente genial? ¿Una especie de Moriarty?

—Podría ser un genio ladrón —dijo el hombre condenado—, pero no dejemos correr la imaginación. Todo chico hace eso cuando está metido en una crisis. O desean que eso nunca hubiera sucedido o desean estar a un millón de millas de distancia. Stuart Buchanan puede estar a un millón de millas de distancia, pero tenemos que encontrarlo.

—¿Encontrarlo para descubrir si es listo? —preguntó Joe.

—No, para encontrar a sus amigos. ¿Tengo que explicarles las cosas por escrito? ¿Cuánto pagaría el ejército por un rayo desintegrador? ¿Cuánto valdría un transmutador de elementos? Si pudiéramos construir robots vivientes, ¿acaso no seríamos ricos? Si pudiéramos teleportarnos, ¿qué poderosos podríamos llegar a ser?

Hubo un silencio tenso, luego Herod se puso de pie.

—Señor Warbeck —dijo—, usted hace que Joe y yo parezcamos principiantes. Gracias por dejarnos entrometer. Pagaremos los gastos. Encontraremos a ese chico.

No es posible que alguien se desvanezca sin dejar huellas... ni siquiera un probable genio delictivo. A veces es difícil localizar esa huella... hasta para un experto en desapariciones. Pero hay una técnica profesional desconocida para los aficionados.

—Ha estado siguiendo una pista equivocada —explicó Herod con amabilidad al hombre condenado—. Cazar a un Buchanan detrás de otro. No está corriendo en pos de un tipo extraviado. Debe observar alrededor de la huella para ver si Stuart se le cayó algo.

—Un genio no dejaría caer nada.

—Concedamos que el chico es un genio. De tipo no especificado. Concedamos cualquier cosa sobre él. Pero un crío es un crío. Debe haberse olvidado de algo. Debemos buscarlo.

En tres días Warbeck fue introducido en los más sorprendentes ángulos de búsqueda. Consultaron en la oficina postal de Washington Heights sobre una familia Buchanan que vivía en la vecindad, y que ahora se había mudado. ¿Hubo algún cambio de dirección postal? Ninguna.

Visitaron la junta electoral. Todos los votantes están registrados. Si un votante se muda de un distrito electoral a otro, lo usual es que deje un rastro de esa mudanza. ¿Había algún registro sobre los Buchanan? Ninguno.

Llamaron a la compañía de gas y electricidad de Washington Heights. Todos los abonados de gas y electricidad deben transferir sus cuentas cuando se mudan. Si se mudan fuera de la ciudad, generalmente exigen la devolución de sus depósitos. ¿Había algún registro de una familia llamada Buchanan? Ninguno.

De acuerdo con las leyes estatales, todos los conductores deben notificar al departamento de licencias cualquier cambio de dirección o ser sujetos a penalidades que implicaban multas, o peor, prisión. ¿Había alguna notificación de una familia llamada Buchanan en el Departamento de Automotores? No la había.

Preguntaron a la R-J Realty Corp., propietarios y administradores de una multitud de viviendas en Washington Heights, en una de las cuales la familia llamada Buchanan había arrendado un apartamento de cuatro habitaciones. Los arrendatarios R-J, como muchos otros arrendatarios, exigían los nombres y las direcciones de dos personas como garantía de los inquilinos. ¿Era posible saber el nombre de esos fiadores de los Buchanan? No era posible. No había inquilinos con ese nombre en los archivos.

—Quizá Joe tuviera razón —se lamentaba Warbeck en la oficina de Herod.— Quizás el chico es un genio ladrón. ¿Cómo pudo llegar hasta cada papel para destruirlo? ¿Robo? ¿Soborno? ¿Allanamiento? ¿Amenazas? ¿Cómo lo hizo?

—Le preguntaremos cuando lo cacemos —dijo Herod con serenidad—. Todo marcha bien. El chico ha borrado su rastro sobre la huella. No ha olvidado nada. Pero existe un ángulo que nos salvará. Vayamos a ver al conserje del edificio.

—Ya lo interrogué hace meses —objeto Warbeck—. Recordaba a la familia en forma vaga eso es todo. No sabe a donde fueron.

—Sabe algo más, algo que un chico no se le ocurriría borrar. Vamos hacia allí.

Fueron en coche hasta Washington Heights y descendieron sobre el señor Jacob Ruysdale y su cena en el piso inferior del edificio. Al señor Ruysdale no le agradó demasiado verse separado de sus riñones y cebollas, pero fue persuadido por cinco dólares.

—¿Qué nos puede decir de la familia Buchanan? —comenzó Herod.

—Ya le dije todo a ése antes, —interrumpió Ruysdale señalando a Warbeck.

—De acuerdo. Olvidó hacer una pregunta. ¿Puedo yo hacérsela ahora?

Ruysdale examinó el billete de cinco dólares y asintió.

—Cuando alguien se muda dentro o fuera de un edificio, el superintendente generalmente toma el nombre de la compañía de mudanzas para prevención de daños. Lo sé. Es para proteger el edificio en caso de roturas. ¿Correcto?

El rostro de Ruysdale se iluminó.

—¡Por Dios! —dijo—. Tiene razón, había olvidado eso. El no me lo preguntó.

—No lo sabía. Usted tiene el nombre de la compañía que hizo la mudanza de los Buchanan. ¿De acuerdo?

Ruysdale corrió a través del cuarto hasta una desordenada librería. Extrajo un ruinoso bibliorato y lo abrió. Se mojó los dedos y dio vuelta a las páginas.

—Aquí está —dijo—. La compañía Avon Moving. Camión Nº G-4.

La compañía Avon Moving no tenía registros de la mudanza de una familia Buchanan de un apartamento en Washington Heights.

—El chico ha sido muy cuidadoso en esto —murmuró Herod.

Pero había un registro de los hombres que trabajaron con el camión G-4 en ese día. Los hombres fueron entrevistados en un momento de descanso. Sus memorias fueron refrescadas con whisky y dinero. Recordaban el trabajo de Washington Heights muy vagamente. Había sido un día de trabajo infernal porque habían tenido que ir hasta Brooklyn.

—¡Oh, Dios! —murmuró Warbeck—. ¡Brooklyn!

¿Qué dirección de Brooklyn? Cerca de Maple Park Row. ¿Número? No pudieron recordar el número.

—Joe, compra un mapa.

Examinaron el mapa de las calles de Brooklyn y localizaron Maple Park Row. Era algo así como el infierno, fuera de toda civilización, y tenía veinte calles de largo.

—¡Y de esas calles de Brooklyn! —gruñó Joe—. Dos veces más largas que cualquiera. Lo sé.

Herod se encogió de hombros.

—Estamos cerca —dijo—. El resto hay que hacerlo a pie. Cuatro calles cada uno. Cubriremos cada casa, cada apartamento. Haremos una lista de cada chico de unos diez años. Luego Warbeck podrá revisarla, si están con un nombre supuesto.

—En Brooklyn hay un millón de crios de por centímetro —protestó Joe.

—Hay un millón de dólares por día si podemos encontrarlo. Ahora manos a la obra.

Maple Park Row era una larga y quebrada calle con cinco grandes bloques de apartamentos. Sus aceras estaban llenas de cochecitos de bebés y ancianas damas en sillas plegadizas. Sus bordillos estaban atestados de coches aparcados. Entre cada bloque había patios para stickball[4] crudamente pintados de blanco, con forma de diamantes elongados. Cada boca de cloaca era una base meta.

—Igualito que el Bronx —dijo Joe con nostalgia—. Hace diez años que no piso mi hogar en el Bronx.

Con tristeza se dirigió hacia su sector, eludiendo automáticamente los juegos de pelota con la habilidad inconsciente del nativo de la ciudad. Warbeck recordó su partida con simpatía porque Joe Davenport nunca retornó.

El primer día, él y Herod imaginaron que Joe había encontrado una huella fresca. Eso los alentó. El segundo día advirtieron que una huella fresca no podía haberlo mantenido alejado cuarenta y ocho horas. El tercer día tuvieron que encarar la verdad.

—Está muerto —dijo Herod llanamente—. El chico lo cogió.

—¿Cómo?

—Lo asesinó.

—¿Un chico de diez años? ¿Un niño?

—Usted quería saber que tipo de genio era Stuart Buchanan, ¿no? Se lo estoy diciendo.

—No lo creo.

—Entonces explique lo de Joe.

—Se marchó.

—No con un millón de dólares de por medio.

—Pero ¿dónde está el cuerpo?

—Pregúntele al chico. El es el genio. Probablemente ha inventado algún truco que despistaría a Dick Tracy.

—¿Cómo lo asesinó?

—Pregúntele al chico. El es el genio.

—Herod, tengo miedo.

—Yo también. ¿Quiere dejarlo?

—No creo que podamos. Si el chico es peligroso, tenemos que encontrarlo.

—¿Virtud cívica, eh?

—Llámelo así.

—Bien, yo seguiré pensando en el dinero.

Volvieron a Maple Park Row y el sector de Joe Davenport. Fueron cautelosos, casi furtivos. Se separaron y comenzaron a trabajar desde los extremos hacia el medio; en una casa, escaleras arriba, apartamento por apartamento, hasta el último piso, luego abajo otra vez a investigar el siguiente edificio. Era un trabajo lento y tedioso. Ocasionalmente se veían fugazmente al otro extremo de la calle, cruzando de un depresivo edificio a otro. Y fue en ese vislumbre fugaz que Warbeck vio por última vez a Walter Herod.

Se sentó en su coche y esperó. Se sentó en su coche y tembló.

—Iré a la policía —murmuró, sabiendo perfectamente que no podía hacerlo—. El chico tiene un arma. Algo que ha inventado. Algo tonto como lo de los otros. Una luz especial para jugar a las canicas de noche, sólo que asesina hombres. Una máquina para jugar a las damas, sólo que hipnotiza hombres. Ha inventado una banda de gansters robots para poder jugar a los policías y ladrones y ellos se han ocupado de Joe y Herod. Es un niño genial. Peligroso. Mortal. ¿Qué voy a hacer?

El hombre condenado salió del coche y caminó pesadamente por la calle hacia el sector medio de Herod.

—¿Qué sucederá cuando Stuart Buchanan crezca? —se preguntaba—. ¿Qué sucederá cuando el resto de ellos crezca? ¿Con Tommy y George y Anne-Marie y la perezosa Ethel? ¿Por qué no echo a correr ahora? ¿Qué estoy haciendo aquí?

Maple Park Row era polvorienta. Las ancianas señoras estaban apartadas, plegando sus sillas como árabes. Los coches aparcados permanecían en su sitio. Los partidos de stickball continuaban, pero pequeños juegos habían comenzado bajo el destello de los postes de iluminación... juegos con tapas de botella y cromos y monedas arrojadas. Sobre su cabeza, la niebla púrpura de la ciudad se espesaba, y a través de ésta se podía ver la chispita de Venus siguiendo al sol tras el horizonte.

—El debe conocer su poder —murmuraba agriamente Warbeck—. Debe saber que es peligroso. Es por eso que huye. Es por eso que nos ha destrozado, uno por uno, sonriendo para sí, es un chico hábil, un genio delincuente y asesino...

Warbeck se detuvo en el medio de Maple Park Row.

—¡Buchanan! —gritó —. ¡Stuart Buchanan!

Los chicos cercanos detuvieron sus juegos y miraron con la boca abierta.

—¡Stuart Buchanan! —la voz de Warbeck se quebraba histéricamente. ¿Puedes oírme?

Su voz aguda llegó hasta el extemo más alejado de la calle. Más juegos se detuvieron. Las rondas, la peste china, los tejos y el escondite.

—¡Buchanan! —gritó Warbeck—. ¡Stuart Buchanan! ¡Sal, sal, dondequiera que estés!

El mundo pendía inmóvil.

En el callejón entre el 217 y el 219 de Maple Park Row, jugando al escondite detrás de unos barriles de cenizas de los incineradores, Stuart Buchanan escuchó su nombre y se acurrucó más aún. Tenía unos diez años, estaba vestido con suéter, téjanos y zapatillas. Estaba decidido y determinado a no ser cogido otra vez. Se mantendría oculto hasta que pudiera echar a correr y llegar a su casa a salvo. Mientras se acuclillaba confortablemente entre los bidones de ceniza, sus ojos captaron el brillo de Venus, ahora bajo en el cielo occidental.

—Oh luminosa y brillante estrella —susurró con toda inocencia—, primera estrella que veo esta noche. Deseo poder, deseo que puedas concederme lo que deseo esta noche. —Hizo una pausa y consideró. Entonces deseó. —Dios bendiga a Mami y Papi y a todos mis amigos y me haga un buen chico y por favor hazme siempre feliz y deseo que todo el que intente molestarme se vaya lejos... muy lejos... y me deje tranquilo para siempre.

En el medio de Maple Park Row, Marion Perkin Warbeck dio un paso hacia adelante y tomo aliento para otro histérico aullido. Y entonces estuvo en algún otro lado, caminando sobre una carretera que se alejaba a lo lejos. Era una carretera recta y blanca que se extendía infinitamente en la oscuridad, achicándose hacia adelante y hacia atrás eternamente; una ruta silenciosa, solitaria y sin fin que se extendía lejos y lejos y lejos.

Warbeck caminó pesadamente por esa carretera, con sorprendido automatismo, incapaz de hablar, incapaz de detenerse, incapaz de pensar en la infinita eternidad. Caminó y caminó un largo largo camino, incapaz de volver hacia atrás. A su frente vio las minúsculas motas de otras figuras atrapadas en esa ruta de un solo sentido hacia la eternidad. Había un punto que debía ser Herod. Más allá de Herod había una mota que debía ser Joe Davenport. Más allá de Joe podía ver una larga y menguante cadena de puntitos. Se giró una vez con un esfuerzo convulsivo. Detrás de él, mortecina, y distante, una figurita avanzaba pesadamente, y detrás de ella súbitamente se materializó otra, y otra... y otra...

Mientras, Stuart Buchanan se acurrucaba detrás de los barriles de cenizas y vigilaba alerta de no ser descubierto. Desconocía que se había cargado a Warbeck. Desconocía que se había cargado a Herod, a Joe Devenport y a muchos otros.

Desconocía que había inducido a sus padres a huir de Washington Heights, que había destruido los papeles y documentos, recuerdos y personas, por su simple deseo de estar solo. Desconocía que era un genio.

Su genialidad era desear.

 


ANTES LA VIDA ERA DISTINTA

Es para mí una fuente invariable de vergüenza encontrar aburridas y tontas a las personas simples y normales. Me agradan, pero prefiero no malgastar el tiempo con ellas. Siempre busco aquellas personas que, al decir de Evelyn Waugh, tienen un "destello lunático" en los ojos. Prefiero a los que iluminan todos sus actos con ese destello lunático. Es obvio que es un caso de atracción por los iguales.

Así que cuando me sentí impulsado hacia un relato de último hombre-última mujer, porque no tenía otra cosa que escribir, supe que estaba tratando un tema gastado, pero pensé que sería divertido elaborar una pareja de alocados que vieran el mundo a través de unos ojos lunáticos. Me gustaban los dos meshugenahs, de modo que desarrollé la acción en uno de mis lugares favoritos de Nueva York y escribí tanto que tuve que hacer acortar la historia por un tercero. No sabía si la historia interesaría a los demás tanto como a mí, y me sentí muy sorprendido cuando lo hizo. Interesó tanto que un editor me pidió que escribiera una continuación, como paso previo para convertirla en una novela. Por otra parte, un amigo gritó a voz en cuello contra mí por escribir lo que él consideraba escenas pornográficas.

Este fulminante problema de pornografía y censura no me afectó, porque una vena puritana de mi naturaleza siempre me previene de hacer ese tipo de trabajo. Me opongo con todas mis fuerzas a cualquier tipo de censura, sin embargo debo confesar que me siento disgustado por las escenas que he diagramado para vosotros.

Supongo que todo depende de cómo y por qué fueron escritas y por quién. En el colegio éramos conocidos por las palabrotas que utilizábamos casualmente, y sin embargo ese mismo lenguaje se hace profano y ofensivo cuando es utilizado por determinada gente. Nunca pude adivinar porqué. ¿Es por la forma en que es dicho, por la persona que lo dice, por la situación? No lo sé.

Lo mismo sucede con el material escrito. Algunos autores colocan las más ultrajantes escenas y nunca parecen ofensivos. Otros no pueden describir un beso sin hacer algo obsceno. Por mi parte, nunca he tenido la necesidad de ser explícito. Se puede, como muchos otros autores hacen, insinuar más que mostrar... lo que me recuerda otro amigo y su hijo de cuatro años.

El crío volvió a casa del parvulario muy perturbado. Cuando el padre le preguntó la causa, contestó que otro chico lo había llamado con una mala palabra.

—¿Qué te dijo?

—Oh, no puedo decirlo.

—¿Pero como voy a saber si es una mala palabra si no me lo dices?

—No puedo decirlo. —El crío de cuatro años pensó un momento. —Te lo deletrearé.

—De acuerdo. Deletréalo.

—Me dijo que yo era un... un FUBGH.

No hay mucho que decir sobre este simple ejemplo del tema y variación, excepto que me encanta el título pero no veo que tiene que ver con el relato. Mis años como director de revistas me han adiestrado en el arte de escribir un título, y es un arte capturar la esencia de una pieza y capturar al lector. Infortunadamente este relato fue escrito antes de mi adiestramiento.

L

 

a chica que conducía el jeep era muy guapa y muy nórdica. Llevaba el pelo rubio recogido hacia atrás en una cola de caballo, pero lo tenía tan largo que parecía más bien la cola de una yegua. Llevaba sandalias, unos téjanos gastados y nada más. Estaba bellamente bronceada. Cuando hizo girar el jeep saliéndose de la Quinta Avenida y enfiló entre saltos las escaleras de la biblioteca, sus senos danzaban encantadoramente.

Aparcó frente a la entrada de la biblioteca, salió del coche, y estaba a punto de entrar cuando algo del otro lado de la calle atrajo su atención. Miró, vaciló, se miró luego los téjanos e hizo una mueca. Se los quitó y arrojó a las palomas que perpetuamente pían y se arrullan en las escaleras de la biblioteca. Mientras éstas levantaban el vuelo asustadas, la chica bajó corriendo hasta la Quinta Avenida, cruzó y se detuvo ante el escaparate de una tienda. En él había un vestido de lana color ciruela, de cintura alta, falda amplia y no demasiado apolillado. El precio era 79.90 dólares.

La chica vagó entre los viejos coches que estaban aparcados en la avenida hasta que dio con un guardabarros suelto. Hizo trizas con él la puerta de cristal de la tienda, entró, esquivando cuidadosamente los fragmentos de cristal y buscó entre las polvorientas perchas. Era corpulenta y no le resultaba fácil encontrar prendas de su talla. Por fin abandonó el vestido color ciruela y se quedó con un tartán oscuro, talla doce de 120 dólares, rebajado a 99.90. Localizó un talón de facturas y un lápiz, sopló el polvo y cuidadosamente escribió Debo 99.90. Linda Nielsen.

Regresó a la biblioteca y cruzó la puerta principal, que había tardado una semana en abrir con una maza. Corrió a través del gran vestíbulo, sucio de los excrementos de las palomas que entraban allí libremente desde hacía cinco años. Mientras corría se cubría la cabeza con los brazos para protegerse el pelo de las descargas de las aves. Subió las escaleras; en el tercer piso entró en la Sala de Imprenta. Como siempre firmó en el registro: Fecha: 20 de junio de 1981. Nombre: Linda Nielsen. Dirección: Central Park, Estanque de Barcos de Juguete. Negocio o Empresa: Último Hombre Sobre la Tierra.

Había tenido una larga discusión conmigo misma sobre Negocio o Empresa la primera vez que entró en la biblioteca. Desde un punto de vista estricto, ella era la última mujer sobre la tierra, pero había pensado que si escribía eso parecería chauvinista y "Ultima Persona Sobre la Tierra" parecía pedante, algo así como llamar pócima a una bebida.

Sacó carpetas de las estanterías y comenzó a ojearlas. Sabía exactamente lo que quería; algo cálido con tonos azules que se ajustase a un marco de cincuenta centímetros por ochenta para su dormitorio. En una colección de Hiroshige, de incalculable valor, encontró un grabado con un hermoso paisaje. Rellenó una ficha, la colocó cuidadosamente sobre la mesa del bibliotecario y se fue con el grabado.

Abajo, se detuvo en la sala principal de comunicación, se acercó a las estanterías posteriores y eligió dos gramáticas italianas y un diccionario de italiano. Luego volvió al salón principal, salió hacia su jeep, y colocó los libros y el grabado en el asiento delantero junto a su acompañante, una exquisita muñeca de porcelana de Dresde. Cogió una lista que decía:

Grab. Jap.

Italiano

Marco de 50 x 80

Sopa de Langosta

Limpiavajillas

Detergente

Limpiamuebles

Estropajo

Tachó los dos primeros artículos, colocó de nuevo la lista en la guantera, entró en el vehículo y bajó a saltos las escaleras de la biblioteca. Subió por la Quinta Avenida, esquivando los montones de escombros. Cuando pasaba ante las ruinas de la Catedral de San Patricio, en la calle Cincuenta, un hombre apareció de la nada.

Salió de entre los escombros y, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, comenzó a cruzar la avenida frente a ella. Ella lanzó un gritó, tocó la bocina, que no sonó, y frenó tan precipitadamente que el jeep derrapó y fue a dar contra los restos de un autobús Nº 3. El hombre lanzó un chillido, dio un salto de tres metros y luego se quedó paralizado, mirándola.

—Gilipollas de mierda —gritó ella—. ¿Por qué no mira por donde va? ¿Se cree dueño de la ciudad?

El la miraba sin poder articular palabra. Era un hombre alto, de pelo tupido y rizado, barba pelirroja y piel curtida. Vestía uniforme de fajina del ejército, pesadas botas de esquiador y llevaba una hinchada mochila de lana y una manta. Llevaba también una maltrecha escopeta de caza y los bolsillos llenos de cosas. Parecía un explorador.

—Dios mío —murmuró al fin con voz áspera—. Alguien al fin. Lo sabía. Siempre supe que encontraría a alguien. —Luego advirtió su hermoso y largo pelo, y bajó los ojos. — Pero una mujer —murmuró—. Que mala suerte de mierda...

—¿Qué le ocurre? ¿Está chiflado? —exclamó ella—. ¿No le enseñaron a no cruzar con el semáforo en rojo?

El miró a su alrededor desconcertado.

—¿Qué semáforo?

—Bueno, está bien, no hay semáforos, ¿pero no podría mirar por dónde camina?

—Lo siento, señorita. A decir verdad no esperaba que hubiese tránsito.

—Es una cuestión de sentido común —gruñó ella, apartando el jeep del autobús.

—Eh, señorita, espere un momento.

—¿Sí?

—Escuche, ¿sabe usted algo de TV? De electrónica o como le digan...

—¿Está intentando hacerse el gracioso?

—No, hablo en serio. De veras.

Ella soltó un bufido e intentó continuar su camino por la Quinta Avenida pero él no se apartaba para dejarle paso.

—Por favor, señorita —insistió—. Tengo buenas razones para preguntarlo. ¿Sabe algo o no?

—No.

—¡Mierda! Nunca una ayuda. Señorita, perdóneme, no pretendo ofenderla, pero dígame, ¿hay alguien más en esta ciudad?

—No hay nadie más que yo. Yo soy el último hombre sobre la tierra.

—Qué curioso. Siempre pensé que lo era yo.

—Muy bien, pues soy la última mujer sobre la tierra.

El movió la cabeza negando.

—Tiene que haber alguien más. Es lógico. Al sur, quizá. Yo vengo de New Haven, y supuse que si me dirigía hacia donde el clima era más calido, encontraría tipos a los que podría preguntarles algo.

—¿Preguntar qué?

—Oh, una mujer no lo entendería. No se ofenda.

—Bueno, si quiere usted seguir hacia el sur va en dirección contraria.

—Esto es el sur, ¿no? —preguntó señalando la Quinta Avenida hacia abajo.

—Sí, pero acabará en un callejón sin salida. Manhattan es una isla. Lo que tiene que hacer es ir hacia arriba y cruzar a Jersey por el puente George Washington.

—¿Hacia arriba? ¿Por dónde?

—Tiene que ir por la Quinta Avenida arriba hasta Cathedral Parkway, luego tiene que seguir hasta el West Side y luego por el Riverside. No puede perderse.

El la miró azorado.

—¿Es forastero?

El asintió.

—Bien, está bien —dijo ella—. Suba. Lo llevaré.

Trasladó los libros y la muñeca de .porcelana al asiento trasero y él se sentó a su lado. Mientras arrancaba miró sus gastadas botas de esquiador.

—Ha caminado mucho, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué no conduce? Puede encontrar fácilmente un coche que funcione. Aceite y gasolina hay en abundancia.

—No sé conducir —dijo él con tristeza—. Es el drama de mi vida.

Lanzó un suspiro, y esto hizo que la mochila chocase aparatosamente contra el hombro de ella. Lo examinó con el rabillo del ojo. Tenía pecho vigoroso, un torso largo y sólido y piernas fuertes. Sus manos eran grandes y fuertes, y en el cuello se abultaban los músculos. Quedó un momento pensativa y luego hizo un gesto de asentimiento y paró el jeep.

—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Se ha estropeado?

—¿Cómo te llamas?

—Mayo. Jim Mayo.

—Yo soy Linda Nielsen.

—Ya. Encantado de conocerla. ¿Qué le ha pasado al coche?

—Jim, quiero hacerte una proposición.

—¿Sí? —la miró dubitativa—. Escucharé con mucho gusto señorita... quiero decir, Linda. Pero debo decirte que tengo que hacer una cosa que me mantendrá ocupado durante mucho tiem... —su voz se perdió al huir de la intensa mirada ella.

—Jim, si tú haces algo por mí, yo haré algo por ti.

—¿Cómo qué, por ejemplo?

—Bien, yo me siento terriblemente sola, por las noches. Durante el día no es tan terrible —siempre hay montones de tareas que te mantienen ocupada—, pero de noche es sencillamente horrible.

—Sí, lo sé —murmuró él.

—Tengo que hacer algo para resolverlo.

—Pero, ¿qué puedo hacer yo? —preguntó el, nervioso.

—¿Por qué no te quedas un tiempo en Nueva York? Si lo haces, te enseñaré a conducir y te buscaré un coche para que no tengas que seguir hacia el sur caminando.

—Vaya, es una buena idea. ¿Resulta difícil aprender a conducir?

—Podría enseñarte en un par de días.

—Yo no aprendo las cosas tan deprisa.

—Está bien, un par de semanas, pero piensa en el tiempo que ahorrarás a la larga.

—Sí —dijo—, parece una gran idea. —Luego apartó otra vez la mirada. —Pero, ¿qué he de hacer yo por ti?

La emoción iluminó la cara de ella.

—Jim, quiero que me ayudes a trasladar un piano.

—¿Un piano? ¿Qué piano?

—Un piano Steinway de palo rosa que hay en la calle Cincuenta y Siete. Me muero de ganas de tenerlo en casa. El salón está pidiéndolo a gritos.

—Oh, ¿quieres decir que estás amueblando?

—Sí, pero además es que quiero tocar después de la cena. Uno no puede estar oyendo discos siempre. Lo tengo todo planeado; tengo libros que enseñan a tocar, libros que explican cómo hay que afinar un piano... Lo he previsto todo, pero no puedo trasladar el piano.

—Sí, pero... en esta ciudad hay apartamentos con piano —objetó él—. Debe de haber centenares, como mínimo. Entra en razón. ¿Por qué no vives en uno de ellos?

—¡Jamás! Me gusta mi casa. Me he pasado cinco años decorándola, y es maravillosa. Además está el problema del agua.

El asintió.

—El agua es siempre una pesadilla. ¿Cómo te las arreglas?

—Vivo en la casa de Central Park donde guardaban los modelos de yates. Queda frente al estanque. Es un sitio encantador, y lo tengo muy arreglado. Podríamos llevar allí el piano entre los dos, Jim. No sería difícil.

—Bueno, no sé, Lena...

—Linda.

—Perdóname. Linda. Yo...

—Pareces bastante fuerte. ¿Qué era lo que hacías antes?

—Era luchador profesional.

—¡Vaya! Sabía que eras fuerte.

—Bueno, pero ya no soy luchador. Entré a trabajar de camarero y luego me introduje en el negocio de los restaurantes. Abrí uno en New Haven. Se llamaba "The Body Slam", quizá hayas oído hablar de él.

—No, lo siento.

—Era muy famoso entre la gente del deporte. ¿Qué hacías tú antes?

—Era investigadora de la BBDO.

—¿Qué es eso?

—Una agencia de publicidad —explicó ella con impaciencia—. Ya hablaremos de eso más tarde, si te quedas. Yo te enseñaré a conducir, y trasladaremos el piano, y hay unas cuantas cosas más que yo... pero pueden esperar. Después podrás seguir hasta el sur.

—Caramba, Linda, no sé...

Ella cogió las manos de Mayo.

—Vamos, Jim, sé bueno. Puedes quedarte conmigo. Soy una cocinera magnífica, y tengo una encantadora habitación para huéspedes...

—¿Para qué? Quiero decir, si pensabas que eras el último hombre sobre la tierra...

—Esa es una pregunta estúpida. Una casa como es debido tiene que tener una habitación de huéspedes. Te encantará mi casa, ya lo verás. He convertido los parques en una granja y huerto, y se puede nadar en el estanque, y te conseguiremos un Jaguar nuevo... sé donde hay uno maravilloso.

—Creo que preferiría un Cadillac.

—Puedes elegir a tu gusto. Así que, ¿qué me dices, Jim? ¿Cerramos el trato?

—De acuerdo, Linda —murmuró él a regañadientes—. Lo cerramos.

Era realmente una casa encantadora, con su tejado de pagoda de un color entre cobre gastado y verde grisáceo, paredes de piedra, y profundas ventanas embutidas. A la suave luz del sol de junio el estanque oval que había ante ella tenía un brillo azulado, y en él graznaban y chapoteaban afanosamente los patos. En las suaves laderas cubiertas de hierba que formaban un cuenco alrededor del estanque había bancales cultivados. La casa se orientaba al oeste, y tras ella se extendía el Central Park como una heredad baldía.

Mayo contempló el estanque pensativo.

—Debería tener veleros.

—La casa estaba llena de ellos cuando me trasladé aquí —dijo Linda.

—Yo siempre quise tener un modelo de velero cuando era niño. Una vez, incluso... —Mayo se interrumpió—. Un ruido penetrante llegó hasta ellos procedente de un lugar indeterminado; era una serie irregular de pesados golpes que sonaban como piedras arrastradas por el agua. Se detuvo tan bruscamente como había comenzado—. ¿Qué fue eso? —preguntó.

—No estoy segura —contestó Linda encogiéndose de hombros—. Creo que es la ciudad derrumbándose. De vez en cuando se ven caer los edificios. Uno se acostumbra. —Recuperó su entusiasmo. —Ahora vamos adentro. Quiero enseñarte todo.

Linda explotaba de orgullo mientras prodigaba detalles de la decoración al desconcertado Mayo, impresionado por el salón Victoriano, el dormitorio Imperio y la cocina estilo rústico con un hornillo de keroseno en perfecto estado. La habitación de huéspedes colonial, con la cama endoselada, gruesa alfombra y lámparas Tole, le irritó.

—Es demasiado femenina, ¿no crees?

—Naturalmente. Soy una chica.

—Sí. Claro. Quiero decir... —Mayo miró a su alrededor dubitativamente. —Bueno, un hombre está acostumbrado a cosas menos delicadas. No te enfades.

—No te preocupes. Esa cama es bastante fuerte. Pero no lo olvides, Jim, no pongas los pies en el cobertor, retíralo de noche. Si tienes los zapatos sucios, quítatelos antes de entrar. Cogí esa alfombra del museo y no quiero que se estropee. ¿Tienes ropa?

—Sólo lo que llevo puesto.

—Tendremos que elegir prendas nuevas mañana. Lo que llevas está tan sucio que no merece la pena lavarlo.

—Oye —dijo él desesperadamente—, creo que va a ser mejor que acampe en el parque.

—¿Por qué diablos...?

—Bueno, estoy más acostumbrado al aire libre que a las casas. Pero no te preocupes por eso, Linda. Estaré cerca por si me necesitas.

—¿Por qué habría de necesitarte?

—No tienes más que gritar.

—Tonterías —dijo Linda con firmeza—. Eres mi huésped y te quedarás aquí. Ahora lávate un poco; voy a hacer la cena. ¡Oh, maldita sea! Me olvidé de coger la sopa de langosta.

Linda obsequió a Mayo con una magnífica cena de productos enlatados, servida en una excelente vajilla de porcelana Cornisetti y cubiertos de plata daneses. Era una típica comida de chica, y Mayo seguía teniendo hambre al terminar, pero era demasiado educado para decirlo. Estaba, además, demasiado exhausto para inventar una excusa y salir a buscar algo más sustancioso. Se tumbó en la cama, acordándose de quitarse los zapatos, pero olvidándose del cobertor.

A la mañana siguiente, lo despertó un sonoro graznido y un repiqueteo de alas. Bajó de la cama y se acercó al ventanal justo a tiempo para ver a los patos desalojados del estanque por lo que parecía un globo rojo. Cuando se sacudió las brumas del sueño vio que era un gorro de baño. Se acercó al estanque, estirándose y bostezando. Linda gritó alegremente y nadó hacia él. Salió del estanque y el gorro de baño era todo lo que llevaba puesto. Mayo retrocedió, apartándose del chapoteo y las salpicaduras.

—Buenos días —dijo Linda—. ¿Has dormido bien?

—Buenos días —dijo Mayo—, No sé. La cama me produjo agujetas en la espalda. El agua debe de estar muy fría. Tienes carne de gallina.

—Que va, está estupenda. —Se quitó el gorro y desplegó su pelo. —¿Dónde está esa toalla? Ah, aquí está. Vamos, al agua Jim. Después te sentirás como nuevo.

—No me gusta cuando está fría.

—No seas marica.

Un estruendo atronador desgarró la tranquila mañana. Mayo alzó la vista hacia el cielo despejado con asombro.

—¿Qué demonios fue eso? —exclamó.

—Mira —dijo Linda.

—Parecía un avión supersónico.

—¡Allí! —gritó ella, señalando hacia el oeste—. ¿Ves?

Uno de los rascacielos del West Side se desmoronaba majestuosamente, desplegando una lluvia de ladrillos y cascotes. Momentos después oyeron el estruendo del derrumbe.

—¡Hombre, qué espectáculo! —murmuró Mayo sobrecogido.

—Decadencia y caída de la ciudad imperial. Uno acaba acostumbrándose. Ahora date un chapuzón, Jim. Te traeré una toalla.

Linda entró corriendo en la casa. El se quitó los calzoncillos y los calcetines, pero seguía al borde del estanque, metiendo tímidamente un pie en el agua, cuando ella volvió con una inmensa toalla de baño.

—Está terriblemente fría, Linda —gimió.

—¿No te dabas duchas frías cuando eras luchador?

—Qué va, nunca. Siempre con agua muy caliente.

—Jim, si te quedas ahí, nunca te bañarás. Estás empezando a temblar. ¿Qué es eso que tienes en la cintura? ¿Un tatuaje?

—¿Qué? Oh, sí. Es una pitón, en cinco colores. Da la vuelta, ¿ves? —se giró orgulloso—. Me lo hice cuando estuve en el ejército en Saigón en el sesenta y cuatro. Es una pitón tipo oriental. Elegante, ¿no?

—¿No te dolió?

—La verdad es que no. Los hay que dicen que el tatuaje es una especie de tortura china. Pero es puro cuento. Más que nada es una especie de picazón, como cosquillas.

—¿Fuiste soldado en el sesenta y cuatro?

—Sí.

—¿Cuántos años tenías?

—Veinte.

—¿Entonces tienes treinta y siete ahora?

—Treinta y seis; voy a cumplir treinta y siete.

—Entonces has encanecido prematuramente.

—Supongo que sí.

Linda lo contempló pensativa.

—Te advierto que si te das un chapuzón es mejor que no te mojes la cabeza.

Linda volvió corriendo a la casa. Mayo, avergonzado de sus vacilaciones, se tiró de pie al estanque. Allí se quedó con el agua hasta el pecho, salpicándose la cara y los hombros, hasta que regresó Linda. Traía un taburete, unas tijeras y un peine.

—¿Verdad que está estupenda? —preguntó.

—No.

Linda se echó a reír.

—Bueno, sal. Voy a cortarte un poco el pelo.

Mayo salió del estanque. Se secó y se sentó obediente en el taburete mientras Linda le cortaba el pelo.

—La barba también —insistió Linda—. Quiero ver qué aspecto tienes en realidad.

Le cortó la barba lo suficiente para que pudiera afeitarse, lo inspeccionó y asintió con satisfacción.

—Muy guapo.

—Oh vamos —dijo Mayo ruborizándose.

—En la cocina hay un cubo con agua caliente. Ve y aféitate. No te molestes en vestirte. Después del desayuno buscaremos ropa nueva, y luego... el Piano.

—No podría andar por la calle desnudo —dijo él, asombrado.

—No seas tonto. ¿Quién va a verte? Date prisa.

Bajaron hasta Abercrombie & Fitch, entre Madison y la Cuarenta y Cinco, Mayo recatadamente envuelto en su toalla. Linda le explicó que llevaba años siendo cliente y le enseñó el montón de facturas que había acumulado. Mayo las examinó con curiosidad mientras ella le tomaba medidas y elegía, la ropa. Cuando ella regresó cargada de prendas, él estaba casi indignado.

—Jim, he encontrado unos mocasines de alce magníficos, y un traje safari, y calcetines de lana, y camisas marineras, y...

—Oye —la interrumpió él—, ¿sabes cuánto sube tu cuenta? Casi mil cuatrocientos dólares.

—¿De veras? Ponte primero los calzoncillos. No hace falta plancharlos y se secan enseguida.

—Pero tú estás loca, Linda. ¿Para qué demonios querías todas estas cosas que compraste?

 ¿Te van bien los calcetines? ¿Qué cosas? Lo necesitaba todo.

 ¿Sí? ¿Necesitabas por ejemplo...? —repasó las facturas—. ¿Necesitabas, por ejemplo, estas gafas submarinas con lentes de plástico, de nueve noventa y cinco? ¿Para qué?

—Para poder limpiar el fondo de la piscina.

—¿Y qué me dices de esta cubertería de acero inoxidable para cuatro, de treinta y nueve cincuenta?

—Cuando tengo pereza y no me apetece calentar agua, puedo lavar los cubiertos de acero inoxidable en agua fría. —Se quedó contemplándolo admirada. — Oh, Jim, mírate en un espejo. Tienes un aire de verdadero galán romántico como ese cazador del relato de Hemingway.

El meneó la cabeza, sin hacerle caso.

—No sé como vas a salir de ésta. Tienes que vigilar tus gastos, Linda. ¿No crees que es mejor que nos olvidemos de ese piano?

—Ni hablar —dijo ella, con firmeza—. No me importa lo que cueste. Un piano es una inversión para toda la vida, y merece la pena.

Linda estaba muy nerviosa y excitada mientras iban calle arriba hacia la sala de exhibición Steinway. Tras una larga tarde de esfuerzos musculares con la ayuda de cuerdas y rodillos a lo largo de la Quinta Avenida, consiguieron llevar el piano a su lugar en la casa de Linda. Mayo hizo una comprobación final para asegurarse de que estaba firmemente asentado, y luego se derrumbó, exhausto en el sofá.

 ¡Dios mío! —masculló—. Habría sido más fácil seguir caminando hacia el sur.

 ¡Jim! —Linda corrió hacia él y le dio un fervoroso abrazo—. Jim eres un ángel. ¿Te encuentras bien?

—Estoy perfectamente —gruñó él—. Déjame Linda. No puedo respirar.

—No sé como darte las gracias. Llevo siglos soñando con esto. No sé como voy a pagarte. Pídeme lo que quieras.

—Bueno —dijo él—, me cortaste el pelo...

—Hablo en serio.

—¿No vas a enseñarme a conducir?

—Desde luego. Lo más deprisa posible. Es lo menos que puedo hacer.

Linda retrocedió hasta un sillón y se sentó, los ojos fijos en el piano.

—No armes tanto escándalo por nada —dijo él, levantándose.

Se sentó ante el teclado, lanzó una sonrisa tímida por encima del hombro a Linda, y luego comenzó a teclear torpemente el Minueto en Sol.

Linda se incorporó asombrada.

—Sabes tocar —murmuró.

—Sí. De muchacho tocaba el piano.

—¿Sabes leer música?

—Sabía.

—¿Podrías enseñarme?

—Supongo que sí; es bastante difícil. Mira, ésta es otra pieza que tuve que aprender.

Comenzó a mutilar Murmullo de Primavera. Con el piano desafinado y sus errores, sonaba fatal.

—Maravilloso —balbució Linda—. ¡Maravilloso!

Tenía los ojos clavados en su espalda y había en su rostro una expresión firme y decidida. Se levantó, se acercó lentamente a él y apoyó las manos en sus hombros.

El alzó los ojos hacia ella.

—¿Pasa algo? —preguntó.

—Nada —contestó ella—. Tú toca el piano. Yo prepararé la cena.

Pero tan preocupada se mostró durante el resto de velada, que Mayo se puso nervioso. Se fue a la cama muy temprano.

A las tres del día siguiente dieron con un coche que funcionaba, y no fue un Cadillac sino un Chevrolet... no descapotable, porque a Mayo no le gustaba la idea de conducir a la intemperie en un descapotable. Salieron con él del garaje de la Décima Avenida y regresaron al East Side, donde Linda se sentía más a gusto. Confesó que las fronteras de su mundo iban de la Quinta Avenida a la Tercera y de la calle Cuarenta y Dos a la Ochenta y Seis. Fuera de estos límites se sentía incómoda.

Cedió el volante a Mayo y le dejó bajar y subir por la Quinta y Madison practicando arrancadas y paradas. Rozó cinco coches arruinados, se le caló once veces, dio marcha atrás contra un escaparate que, afortunadamente, no tenía cristales. Temblaba de nerviosidad.

—Es-difícil de veras —se quejó.

—Cuestión de práctica —dijo ella, tranquilizándolo—. No te preocupes. Te prometo que acabarás siendo un especialista aunque tardemos un mes.

—¡Un mes!

—Dijiste que eras lento para aprender, ¿no? No me eches la culpa a mí. Para aquí un momento. El detuvo el Chevy. Linda salió. —Espérame.

—¿Qué pasa? —Es una sorpresa.

Linda entró corriendo a una tienda y salió al cabo de media hora con un vestido negro de fiesta ceñido como un guante, un collar de perlas y zapatos de tacón alto. Llevaba el pelo recogido en una especie de corona. Mayo la contempló asombrado cuando entraba en el coche.

—¿Pero que es esto? —preguntó.

—Parte de la sorpresa. Gira hacia el este en la Cincuenta y Dos.

El puso en marcha laboriosamente el coche y se dirigió hacia el este.

—¿Por qué te has vestido de noche?

—Es un traje de cocktail.

—¿Para qué?

—Es la ropa adecuada para el lugar al que vamos. ¡Cuidado, Jim! —Linda desvió el volante esquivando una ruinosa ambulancia.— Voy a llevarte a un restaurante famoso.

—¿A comer?

—No, tonto, a tomar una copa. Eres mi huésped y tengo que distraerte. Es ahí a la izquierda. Mira a ver si hay sitio para aparcar.

El aparcó abominablemente. Al bajar del coche, se detuvo y empezó a olisquear con curiosidad.

—¿Hueles eso? —preguntó.

—¿El qué? —dijo ella.

—Esa especie de olor dulzón.

—Es mi perfume.

—No, el algo que está en el aire, algo dulzón... Conozco ese olor, pero no recuerdo exactamente qué es.

—No te preocupes. Entremos. —Lo condujo al interior del restaurante.— Deberías llevar corbata —murmuró—, pero podremos arreglarnos también así.

A Mayo no le impresionó gran cosa la decoración del restaurante, pero le fascinaron los retratos de celebridades que había colgados en el bar. Pasó varios minutos absorto, quemándose los dedos con cerillas, mientras contemplaba a Mel Alien, Red Barber, Casey Stengel, Frank Gifford y Rocky Marciano. Cuando por fin volvió Linda de la cocina con una vela encendida, se volvió hacia ella entusiasmado.

—¿Viste alguna vez aquí a alguno de estos ídolos de la televisión?

—Supongo que sí. ¿Que te parece si tomamos una copa?

—Claro, cómo no. Pero quiero hablar más de esos actores de TV.

La siguió hasta uno de los taburetes de la barra, sopló el polvo y la ayudó a sentarse con la mayor cortesía. Luego, saltó al otro lado de la barra, sacó su pañuelo y limpió la superficie de caoba con destreza profesional.

—Esta es mi especialidad —dijo con una mueca burlona. Asumió inmediatamente la actitud impersonalmente amistosa de los camareros—. Buenas noches, señora. Hermosa noche. ¿Qué desea?

—¡Ay, Dios mío, vaya día que he tenido hoy en el trabajo! Un Martini seco con hielo. Que sea doble, por favor.

—Desde luego, señora. ¿Aceituna?

—Cebolla.

—Gibson doble seco en las rocas. Muy bien. —Mayo buscó tras la barra y sacó al fin whisky, gin y varias botellas de soda, sólo parcialmente evaporadas por el cierre sellado.— Lo siento pero creo que se han acabado los Martinis, señora. ¿Qué prefiere en su lugar?

—Oh, eso me gusta. Whisky, por favor.

—Esta soda no tendrá gas —advirtió—, y no hay hielo.

—No importa.

El enjuagó un vaso con soda y sirvió whisky en él.

—Gracias. Tome uno a mi cargo, camarero. ¿Cómo se llama?

—Me llaman Jim, señora. No, gracias. Nunca bebo cuando trabajo.

—Entonces, deje su trabajo y pase aquí conmigo.

—Nunca bebo fuera de mi trabajo, señora.

—Puedes llamarme Linda.

—Gracias, señorita Linda.

—¿Hablas en serio cuando dices que nunca bebes, Jim?

—Sí.

—Bueno, felices días.

—Y largas noches.

—Eso me gusta, también. ¿Es tuyo?

—Bueno, no sé. Simple rutina de camarero. Muy especialmente con los hombres, ¿sabes? Resulta sugestivo. No te ofendas.

—No me ofendo.

—¡Abejas! —exclamó Mayo.

Linda le miró desconcertada

—¿Cómo abejas?

—Ese olor. Así es como huelen las colmenas.

—¡Oh! Yo no sé como huelen las colmenas —dijo ella con indiferencia—. Sírveme otro, por favor.

—Ahora mismo. Pero, dime, a esas celebridades de la televisión, ¿las viste realmente aquí, en persona?

—Claro. Felices días, Jim.

—Debían venir aquí los sábados, ¿no?

—¿Por qué los sábados? —preguntó Linda.

—Día libre.

—Ah.

—¿A qué actores de la televisión viste?

—Todos los que puedas nombrar, los he visto yo —lanzó una carcajada—. Me recuerdas al chico de la puerta de al lado. Siempre tenía que decirle las celebridades a las que había visto. Un día le conté que había visto aquí a Jean Arthur y me dijo: "¿Con su caballo?"

Mayo no entendió el chiste, pero se sintió herido, sin embargo. En el momento en que Linda iba a aplacar su irritación, el bar empezó a temblar .suavemente, y se inició al mismo tiempo un estruendo subterráneo. Venía de muy lejos, parecía aproximarse lentamente y luego se desvaneció. Cesó el temblor también. Mayo miró fijamente a Linda.

—¡Jesús! ¿Crees que se va a derrumbar este edificio?

—No —dijo ella negando con un gesto—. Cuando se derrumban, lo hacen siempre con un bum. ¿Sabes a que se parecía ese sonido? Al del metro en la Avenida Lexington.

—¿El metro?

—Sí, el metro. El tren local.

—Qué disparate. ¿Cómo iba a estar funcionando el metro?

—Yo no dije que fuese. Dije que parecía. Déme otro, por favor.

—Necesitamos más soda. —Mayo exploró y reapareció con botellas y una gran lista de precios; estaba pálido.— Es mejor que te lo tomes con calma, Linda —dijo—. ¿Sabes cuánto cobran por una copa? Un dólar setenta y cinco. Mira.

—Al diablo el dinero. Vivamos un poco. Póngamelo doble, camarero. ¿Sabes lo que te digo, Jim? Si te quedases en la ciudad podría enseñarte donde vivían todos tus héroes. Gracias. Felices días. Podría llevarte a la BBDO y enseñarte todas sus grabaciones y sus películas. ¿Qué te parece? Ídolos como... como Red... ¿Qué más?

—Barber.

—Red Barber, y Rocky Gifford, y Rocky Casey, y Rocky la Ardilla Voladora.

—Estás burlándote de mí —dijo Mayo, ofendido de nuevo.

—¿Yo? ¿Burlándome? —dijo Linda con dignidad—. ¿Por qué iba yo a hacer una cosa así? Sólo intentaba ser agradable. Sólo pretendía que lo pasases bien un rato. Mi madre me decía: "Linda no olvides nunca esto con ningún hombre; ponte lo que él quiera y di lo que le guste", eso me decía. ¿Te gusta este vestido? —preguntó.

—Me gusta, sí; me gusta mucho.

 ¿Sabes cuánto pague por él? Noventa y nueve dólares con cincuenta.

 ¿Qué? ¿Cien dólares por una cosa como ésa? Por ese trapillo negro...

—No es ningún trapillo negro. Es un traje de cocktail de clásico. Y pagué veinte dólares por las perlas. De imitación —explicó—. Y sesenta por los zapatos. Y cuarenta por el perfume. Doscientos veinte dólares por complacerte. ¿Te sientes complacido?

—Claro.

—¿Quieres olerme?

—Ya lo hice.

—Camarero, póngame otro.

—Lo siento pero no puedo servirle más, señora.

—¿Por qué no?

—Ya ha bebido bastante

—Aún no he bebido bastante —replicó Linda indignada—. ¡Qué modales son ésos! —Cogió la botella de whisky.— Vamos, tomemos unos tragos y hablemos de los ídolos de la televisión. Felices días. Podría llevarte a la BBDO y enseñarte las grabaciones y las películas. ¿Qué te parece?

—Ya me lo has preguntado.

—No me contestaste. Podría enseñarte también películas. ¿Te gusta el cine? Yo lo odio, no puedo soportarlo. El cine me salvó la vida cuando la gran explosión.

—¿Cómo fue eso?

—Es un secreto, ¿sabes? Que quede entre tú y yo. Si otra agencia se enterase... —Linda miró a su alrededor y luego bajó la voz.— La BBDO localizó aquel gran depósito de películas mudas. Películas perdidas, sabes. Nadie sabía que estaban allí. Podían ser una serie magnífica para la televisión. Así que me enviaron a aquella mina abandonada, a Jersey, para hacer un inventario.

 ¿En una mina?

 Eso es. Felices días.

—¿Por qué estaban en una mina?

—Eran películas viejas, nitrato. Son inflamables, y además se podrían pudrir. Había que almacenarlas como el vino. Por eso. Así que me llevé a dos de mis ayudantes a pasar un fin de semana allá abajo, comprobando.

—¿Estuvisteis en la mina un fin de semana entero?

—Aja. Tres chicas. De viernes a lunes. Ese era el plan. Pensamos que resultaría divertido. Felices días. Así que... ¿Dónde estaba? Ah, si, pues cogimos luces, mantas, ropa blanca, utensilios de picnic, todo lo necesario y nos pusimos a trabajar. Recuerdo exactamente el momento de la explosión. Estábamos en el tercer rollo de una película de la UFA, Gekronter Blumenorden en der Pegnitz. Teníamos el rollo uno, el dos, cuatro, el cinco y el seis. Nos faltaba el tres. ¡Bang! Felices días.

—Jesús ¿Y qué pasó entonces?

—Mis chicas se asustaron mucho. No pude mantenerlas allí. No volví a verlas. Pero yo sabía que había ocurrido. Lo sabía. Prolongue aquel picnic indefinidamente. Me quedé sin comida, pero no salí. Por fin, tuve que hacerlo, y ¿para qué? —comenzó a gemir—. Nadie. No quedaba nadie. Nada —cogió una mano de Mayo—. ¿Por qué no te quedas?

—¿Quedarme? ¿Dónde?

—Aquí.

—Si yo no me voy.

—Quiero decir una temporada. ¿Por qué no te quedas? ¿No te gusta mi casa? Y tenemos todo Nueva York como fuente de suministros. Y podemos plantar flores y verdura. Y criar vacas y gallinas. Ir a pescar. Conducir coches. Ir a museos. Galerías de arte. Espectáculos...

—Te las arreglas perfectamente. No me necesitas.

—Sí te necesito. Te necesito.

—¿Para qué?

—Para que me des lecciones de piano.

Hubo una larga pausa.

—Estás borracha —dijo por fin él.

—"No herida, caballero, sino muerta."

Linda apoyó la cabeza en la barra, lo miró quejumbrosa y luego cerró los ojos. Mayo se dio cuenta enseguida de que se había desvanecido. Hizo un gesto de contrariedad, luego saltó por encima de la barra. Comprobó la cuenta y dejó quince dólares debajo de la botella de whisky.

La cogió de un hombro y la zarandeó suavemente. Ella se derrumbó en sus brazos. Se le deshizo el moño. Mayo apagó la vela, cogió a Linda, la llevó al Chevy. Luego, con angustiosa concentración, condujo en la oscuridad hasta el estanque. Tardó cuarenta minutos.

Metió a Linda en su dormitorio y se sentó en la cama, que decoraban muñecas artísticamente distribuidas. Ella se dio vuelta inmediatamente y se acurrucó con una muñeca en brazos, acunándola. Mayo encendió una lámpara e intentó colocar a Linda estirada. Ella se encogió de nuevo, riendo entre dientes.

—Linda, tienes que quitarte el vestido.

—Mmmmmm.

—No puedes dormir así, con él. Cuesta cien dólares.

—Noventa y nueve cincuenta.

—Vamos querida.

—Mmmmmm.

El hizo un gesto exasperado; luego la desvistió, cuidadosamente, colgó el vestido de cocktail clásico y colocó los zapatos de sesenta dólares en un rincón. No pudo quitarle el collar de perlas (de imitación), así que la tumbó en la cama con él. Allí quedó tendida sobre las sabanas azul pálido, desnuda salvo el collar, como una odalisca nórdica.

—¿Retiraste mis muñecas?—murmuró.

—No. Están a tu lado.

—Muy bien. Nunca duermo sin ellas —extendió una mano y las acarició amorosamente—. Felices días. Largas noches.

—¡Mujeres! —masculló Mayo. Apagó la lámpara y salió dando un portazo.

A la mañana siguiente, volvió a despertar a Mayo la algarabía de los patos desalojados. El globo rojo surcaba la superficie del estanque, brillando bajo la cálida claridad de junio. Mayo hubiera deseado que fuese un modelo de barco en vez de aquella chica que se emborrachaba en los bares. Salió y se tiró al agua lo más lejos posible de Linda. Estaba remojándose el pecho en la esclusa cuando algo atrapó su tobillo y lo derribó. Se levantó con un grito y vio ante sí la cara resplandeciente de Linda saliendo del agua.

—Buenas días —dijo ella riendo.

—Qué divertido—masculló él.

—Pareces de mal humor esta mañana.

El lanzó un gruñido.

—Y no telo reprocho. Hice algo horrible anoche. No te di de cenar. Quiero disculparme.

—No pensaba en la cena —dijo él, con áspera dignidad.

—¿No? ¿Por qué estás enfadado entonces?

—No puedo soportar que las mujeres se emborrachen.

—¿Quién se emborrachó?

—Tú.

—No me emborraché —replicó ella indignada.

 ¿No? ¿Ya quién tuve que desvestir y meter en la cama como un niño?

 ¿Quién estaba demasiado torpe para quitarme el collar de perlas? —replicó ella—. Se rompió y dormí toda la noche encima de ellas. Estoy llena de cardenales. Mira. Aquí y aquí y...

—Linda —interrumpió él con dureza—, soy sólo un muchacho sencillo de New Haven. No estoy acostumbrado a niñas mimadas que se dedican a gastar dinero sin medida y a engalanarse y a emborracharse en las típicas fiestas de sociedad.

—¿Y por qué te quedas aquí si no te gusta mi compañía?

—Me voy —dijo él. Salió y empezó a secarse—. Salgo hacia el sur esta mañana mismo.

—Que te diviertas caminando.

—Me voy sobre ruedas.

—¿Cómo? ¿En un patinete?

—En el Chevy.

—Jim. ¿no hablarás en serio? —Salió del estanque, parecía alarmada.— Aún no sabes conducir.

—¿No? ¿Quién te trajo entonces a casa anoche borracha?

—Te meterás en un lío.

—Sabré resolverlo. Además, no puedo quedarme aquí eternamente. Tú eres una chica de sociedad. Lo único que te gusta es divertirte. Yo tengo proyectos serios. Tengo que ir al sur y encontrar gente que entienda de televisión.

—Jim, me has interpretado mal. Yo no soy nada de eso. Fíjate, por ejemplo, cómo he arreglado mi casa. ¿Crees que podría haberlo hecho si anduviese siempre de fiesta en fiesta?

—Has hecho un buen trabajo, es verdad —admitió él.

—Por favor, no te vayas hoy. Aún no estás preparado.

—Ya, tú lo único que quieres es tenerme aquí para que te enseñe música.

—¿Quién ha dicho eso?

—Tú. Anoche.

Linda frunció el ceño, se quitó el gorro, cogió la toalla y empezó a secarse.

—Jim —dijo al fin—, seré honrada contigo. Sí, quiero que te quedes un tiempo. No voy a negarlo. Pero no me gustaría que te quedases aquí para siempre. Después de todo, ¿qué tenemos tú y yo en común?

—Tú eres una maldita niña de sociedad —masculló él.

—No, no, nada de eso. Lo que pasa es que tú eres un hombre y yo una mujer, y no tenemos nada que ofrecernos. Somos distintos. Tenemos gustos e intereses distintos. ¿De acuerdo?

—Completamente.

—Pero tú aún no estás preparado para irte. Te diré lo que vamos a hacer: dedicaremos toda la mañana a practicar con el coche, y luego nos divertiremos un poco. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Ir de compras? ¿Comprar más ropa? ¿Visitar el museo Moderno? ¿Ir de picnic?

A Mayo se le iluminó la cara.

—Oye, ¿sabes una cosa? Nunca en mi vida fui de picnic. Estuve una vez de camarero en una excursión, pero no es lo mismo, no es como cuando eres niño.

Ella pareció encantada.

—Entonces haremos un verdadero picnic, ya verás.

Ella llevó sus muñecas. Las llevó en brazos mientras Mayo arrastraba la cesta de la comida hasta el monumento de Alicia en el País de las Maravillas. La estatua asombró a Mayo, que jamás había oído hablar de Lewis Carroll. Mientras Linda sentaba a sus muñecas y desempaquetaba la merienda, contó a Mayo un resumen de la historia y le explicó como las cabezas de bronce de Alicia, el Sombrero Loco y la Liebre de Marzo habían sido pulidas y desgastadas por el roce de los miles de niños que se habían dedicado a jugar a ser el Rey de la Montaña.

—Qué curioso —dijo él—, nunca había oído esa historia.

—No parece que hayas tenido una gran niñez, Jim.

—¿Por qué dices eso? —se detuvo, ladeó la cabeza y escuchó atentamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Linda.

—¿Oíste a ese cuclillo?

—No.

—Escucha. Hace un ruido extraño. Como acero.

—¿Acero?

—Sí. Como... como de espadas de duelo.

—Bromeas.

—No. De veras.

—Pero los pájaros cantan. No hacen ruido.

—No siempre. Los cuclillos imitan muchos ruidos. También los estorninos. Y los loros. ¿Por qué imitará una lucha de espadas? ¿Dónde oiría eso?

—Eres un auténtico muchacho campesino, ¿verdad Jim? Abejas, cuclillos, estorninos y todo eso...

—Supongo que sí. Te quería preguntar por qué decías eso, lo de que yo no había tenido niñez.

—Bueno, por eso de no saber nada de Alicia, y-no haber ido nunca de picnic, y desear siempre un modelo de yate. —Linda abrió una botella oscura. — ¿Quieres un poco de vino?

—Ten cuidado —advirtió él.

—Basta ya Jim. No soy una borracha.

—¿Te emborrachaste o no anoche?

—Está bien —capituló ella—, sí. Pero sólo porque era la primera vez que bebía en años.

A él le complació aquella rendición.

—Claro. Claro. Es lógico.

—Bueno, ¿bebes conmigo o no?

—Qué demonios, ¿por qué no? —sonrió—. Vivamos un poco. Al fin y al cabo esto es un picnic. Y estos platos me gustan también. ¿Dé dónde son?

—Abercrombie & Fitch —dijo Linda imperturbable—. Servicio para cuatro de acero inoxidable. Treinta y nueve cincuenta. ¡Skoal!

Mayo rompió a reír.

—Metí la pata armando todo aquel barullo. A tu salud.

—A la tuya.

Bebieron y continuaron comiendo en cálido silencio, sonriéndose amistosamente. Linda se quitó su camisa de seda de Madras para broncearse con el cálido sol de la tarde, y Mayo la colgó cortésmente de una rama.

—¿Por qué no tuviste niñez, Jim? —preguntó de pronto Linda.

—Bueno, no sé. —Se quedó pensando.— Supongo que porque murió mi madre siendo yo un pequeño. Y por más cosas también. Tuve que trabajar mucho.

—¿Porqué?

—Mi padre era maestro. Ya sabes lo que ganan.

—Oh, por eso te irritan tanto los empollones.

—¿A mí?

—Sí, a ti. No te enfades.

—Puede —concedió él—. Seguro que fue una desilusión para mi padre, yo hecho un as del fútbol en el instituto y él queriendo que fuese un Einstein en casa.

—¿Era divertido el fútbol?

—No era un juego. El fútbol es un negocio. Oye, ¿te acuerdas como hacíamos para escoger equipos cuando éramos niños? Ibeti, bibeti, cibeti, zab

—Nosotros decíamos inie, minie, maine, mo.

—¿Te acuerdas de: abril loco, vete a la escuela, dile al maestro que eres un loco?

—Me gusta el café, me gusta el té, me gustan los chicos y a los chicos yo.

—Apuesto a que sí —dijo Mayo solemnemente.

—Qué va. ¿Yo?

—¿Por qué no?

—Siempre fui demasiado grande.

El la miró asombrado.

—Qué vas a ser grande. Eres del tamaño justo. Perfecta. Y muy bien hecha. Me fijé cuando trajimos el piano. Tienes buenos músculos, para ser una chica: Y sobre todo en las piernas, que es donde cuenta.

—Vamos, cállate, Jim —dijo ella, ruborizándose.

—No. De verdad.

—¿Más vino?

—Gracias. Toma tú también.

—Bueno.

Un crack atronador rasgó el cielo; siguió un estruendo de albañilería derrumbándose.

—Ahí va otro rascacielos —dijo Linda—. ¿De qué hablábamos?

—De deporte —dijo inmediatamente Mayo—. Perdona que hable con la boca llena.

—Ah, sí. Jim, ¿cantabais Arroja el pañuelo en New Haven? —Linda cantó—: Tris tras, tras tris, un cesto amarillo y gris. Mandé una carta a mi amor, y en el camino se perdió...

—Oye —dijo él, muy impresionado—. Cantas muy bien.

—¡Oh, vamos!

—De veras. Tienes una voz magnífica. No discutas conmigo. Estate quieta un minuto. Tengo que calcular una cosa. —Estuvo pensando un rato detenidamente, acabó su vino y aceptó otro vaso con aire ausente; por último tomó una decisión.— Tienes que aprender música.

—Ya sabes que me muero de ganas, Jim.

—Así que me voy a quedar un tiempo para enseñarte; lo que sé. ¡Pero, cuidado! ¡Que quede bien entendido! —añadió apresuradamente, cortando la emoción de ella—. No voy a quedarme en tu casa. Quiero una vivienda propia.

—Por supuesto, Jim. Lo que tú digas.

—Y no por eso voy a dejar de seguir hacia el sur.

—Yo te enseñaré a conducir. Cumpliré mi promesa.

—Y nada de trampas, Linda.

—Por supuesto que no. ¿Qué clase de trampas?

—Ya sabes. Que en el último minuto no me digas que quieres trasladar, por ejemplo, una cama Luis XV.

—¡Luis XV! —exclamó Linda boquiabierta—. ¿Dónde aprendiste eso?

—Desde luego no en el ejército.

Se rieron, chocaron los vasos y terminaron el vino. De pronto, Mayo se levantó, tiró a Linda del pelo y corrió hasta el monumento del País de las Maravillas. En un instante, se colocó sobre la cabeza de Alicia.

—Soy el Rey de la Montaña —gritó, mirando a su alrededor con gesto majestuoso—. Soy el Rey de la...

Se interrumpió de pronto y miró hacia abajo, hacia detrás de la estatua.

—¿Qué pasa, Jim?

Sin decir palabra. Mayo bajó y se acercó a un montón de escombros medio oculto entre los matorrales. Se arrodilló y empezó a removerlo con manos cuidadosas. Linda corrió a su lado.

—¿Pero qué pasa, Jim?

—Esto eran modelos de barcos —murmuró.

—Sí, lo eran. Dios mío, ¿Era sólo eso? Creí que te habías .puesto malo o algo así.

—¿Cómo llegaron aquí?

—Yo los tiré...

—¿Tú?

—Sí. Te lo dije. Tuve que vaciar la casa cuando me trasladé. Eso fue hace siglos.

—¿Tú hiciste eso?

—Sí. Yo...

—Eres una criminal —gruñó él; se incorporó y la miró colérico—. Una asesina, como todas las mujeres; sin alma ni corazón. A quién se le ocurre hacer una cosa así.

Se volvió y fue hacia el estanque. Linda lo siguió, totalmente desconcertada.

—Jim, no te entiendo, ¿qué locura es ésta?

—Debería avergonzarte.

—Pero tenía que tener sitio en casa. ¿Cómo iba a vivir con ese montón de modelos de barcos?

—Olvídate de todo lo que dije. Voy a hacer el equipaje ahora mismo y sigo hacia el sur. No me quedaría contigo aunque fueses la última persona que hubiese sobre la Tierra.

Linda recuperó el control y se adelantó rápidamente a Mayo. Cuando éste entró en la casa, ella estaba ante la puerta de la habitación de huéspedes. Tenía en la mano una pesada llave de hierro.

—La encontré —dijo Linda—. Tu puerta está cerrada.

—Dame esa llave, Linda.

—No.

Avanzó hacia ella, pero ella lo miraba desafiante sin retro ceder.

—Adelante —dijo, con aire de desafío—. Pégame.

El se detuvo.

—No puedo pegar a nadie que no sea de mi tamaño.

Continuaron uno frente a otro, en completa inmovilidad

—No lo necesito —murmuró por fin Mayo—. Puedo conseguir un nuevo equipo en otro sitio.

—Oh, vamos, adelante, haz tu maleta —contestó Linda. Le tiró la llave y le dejó paso libre. Entonces Mayo descubrió que no había cerradura en la puerta del dormitorio. Abrió la puerta, miró dentro, cerró y observó a Linda. Ella se mantenía seria pero con gran esfuerzo. El rió entre dientes. Luego ambos rompieron a reír a carcajadas.

—Vaya —dijo Mayo—, menudo farol. No me gustaría nada jugar al poker contigo.

—También tú eres un buen farolero, Jim. Tenía mucho miedo a que me pegaras.

—Debes saber que no soy capaz de hacerle daño a nadie.

—Pues creo que yo sí. Ahora siéntate y analicemos esto razonablemente.

—Oh, olvídalo, Linda. Perdí la cabeza con lo de los barcos y...

—No me refiero a los barcos, me refiero a lo de ir hacia el sur. Cada vez que te enfadas empiezas a hablar de irte al sur. ¿Por qué?

—Ya te lo dije. Para encontrar gente que entienda de televisión.

—¿Por qué?

—No lo entenderías.

—Puedo intentarlo. ¿Por qué no me explicas qué es lo que buscas... concretamente? A lo mejor puedo ayudarte.

—Tú no puedes hacer nada por mí. Eres una chica.

—También servimos para algunas cosas. Al menos podemos escuchar. Puedes confiar en mí, Jim. Cuéntamelo, ¿no somos amigos?

Bueno, cuando la explosión (dijo Mayo) yo estaba allá en los Berkshires con Gil Watkins. Gil era mi amigo, un tipo estupendo y muy listo. Era algo así como ingeniero jefe de la emisora de televisión de New Haven. Y tenía un millón de aficiones. Una de ellas era la espe... espel... no me acuerdo. Algo que significa explorar cuevas.

Así que estábamos en aquella cueva de los Berkshires. pasando el fin de semana dentro, explorando, para hacer un mapa y localizar el sitio donde nacía el río subterráneo. Llevábamos comida y toda clase de material, y sacos de dormir. La brújula que teníamos se descontroló durante veinte minutos, y eso debería habernos dado una pista de lo que pasaba, pero Gil se puso a hablar de minerales magnéticos y cosas por el estilo. Pero claro, cuando salimos el domingo por la noche, lo que vimos nos asustó de veras. Gil se dio cuenta inmediatamente de lo que pasaba.

—Dios mío, Jim —dijo—, lo hicieron, tal como todos temíamos. Se han ido todos al infierno con las radiaciones y los gases, y lo mejor es que volvamos a esa maldita cueva hasta que esto se despeje.

Así que volvimos a la cueva, racionamos la comida y nos quedamos allí todo el tiempo que pudimos. Por fin, salimos y volvimos a New Haven. Estaba muerto como todo lo demás. Gil montó un receptor de radio e intentó captar algún mensaje. Nada. Luego cogimos una buena provisión de latas y fuimos a hacer un recorrido; Bridgeport, Waterbury, Hartford, Springfield, Providence, New London... dimos una gran vuelta. Nadie. Nada. Así que volvimos a New Haven y nos acomodamos allí. Una vida muy agradable.

Durante el día, recogíamos provisiones y arreglábamos la casa; por la noche, después de cenar, Gil se iba a la WNHA y hacia las siete empezaba el programa. Utilizaba los generadores de emergencia. Yo me iba al bar, lo abría, barría y limpiaba un poco y luego encendía el televisor. Gil me adaptó un generador para que funcionase.

Era muy divertido ver los programas que emitía Gil. Empezaba con las noticias y el tiempo. Se equivocaba siempre con el tiempo. No tenía más que unos cuantos calendarios agrícolas y una especie de barómetro antiguo que se parecía a ese reloj que tienes tú en la pared. No creo que funcionase nada bien, o puede que a Gil no le enseñasen lo del tiempo en el MIT. Luego emitía el programa de la noche.

Yo tenía siempre mi escopeta en el bar por los atracos. Cuando veía algo que me fastidiaba, la sacaba y me cargaba el televisor. Luego lo tiraba allí mismo en la acera, a la puerta del bar, y ponía otro. Tenía centenares de aparatos de reserva. Dedicaba dos días a la semana a recoger aparatos.

A media noche, Gil cerraba la emisión de la WNHA, yo cerraba el restaurante y nos encontrábamos en casa a tomar café. Entonces Gil me preguntaba cuantos aparatos había roto y cuando se lo decía se echaba a reír. Me decía que yo era la encuesta de televisión más exacta que se había inventado. Luego le preguntaba qué programa haría la semana siguiente y discutía con él sobre... bueno... sobre las películas o partidos de fútbol que la emisora tenía programados. A mí no me gustaban gran cosa las películas del Oeste, ni los debates públicos sobre temas elevados.

Pero la suerte se volvió en mi contra; siempre me pasa igual. Al cabo de un par de años, me encontré con que sólo me quedaba un televisor, y entonces empezó el problema. Aquella noche Gil pasó una serie de anuncios publicitarios en los que una mujer salvaba un matrimonio con el jabón de lavar adecuado. Naturalmente, cogí la escopeta y sólo en el último instante recordé que no debía disparar. Luego emitió una película espantosa sobre un compositor incomprendido, y me pasó lo mismo. Cuando nos encontramos después en casa, yo estaba desquiciado.

—¿Qué pasa? —me preguntó Gil.

Se lo dije.

—Yo creí que te gustarían los programas —dijo.

—Sólo cuando puedo liarme a tiros con ellos.

—Pobre infeliz —dijo riéndose.— Ahora eres un espectador encadenado.

—Gil, dada la situación en que me encuentro, ¿no podrías cambiar los programas?

—Sé razonable, Jim. La emisora tiene que tener programas variados. Operamos en la misma base que las cafeterías: algo para todos. Si no te gusta un programa, ¿por qué no cambias de canal?

—No digas tonterías, sabes muy bien que en New Haven sólo tenemos un canal.

—Entonces apaga el aparato.

—No puedo apagar el aparato del bar, es parte del servicio. Perdería toda mi clientela. Gil, ¿porqué tienes que pasar películas tan espantosas, como ese musical de guerra de anoche, en el que aparecen cantando, bailando y besándose sobre los tanques Sherman? Por el amor de Dios.

—A las mujeres les encantan las películas de uniformes.

—Y esos anuncios publicitarios; mujeres que siempre se burlan de la obesidad de otras mujeres y maricas fumando, y...

—Bueno —dijo Gil—, escribe una carta a la emisora.

Así lo hice, y al cabo de una semana llegó la respuesta. Decía así:

Querido señor Mayo: Nos complace saber que es usted espectador habitual de la WNHA, y le agradecemos su interés por nuestra programación. Esperamos que continúe disfrutando de nuestras emisiones. Sinceramente suyo, Gilbert O. Watkins, director. Se adjuntaba un par de entradas para un show. Le enseñé la carta a Gil y se encogió de hombros.

—Ya ves con lo que te enfrentas, Jim. —dijo—, no les importan nada tus gustos. Lo único que quieren saber es si ves los programas o no.

Te aseguro que el par de meses siguientes fueron para mí un infierno. No podía apagar el aparato y no podía ver el programa sin lanzarme a coger la escopeta una docena de veces por noche. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no apretar el gatillo. Tan nervioso y excitado llegué a estar que me di cuenta que tenía que hacer algo para no volverme loco. Así que una noche volví a casa con la escopeta y maté a Gil.

Al día siguiente me sentí mucho mejor, y cuando bajé al bar a las siete en punto a limpiar, fui silbando alegremente. Barrí el restaurante, limpié el bar y luego encendí el televisor para oír las noticias y el parte meteorológico. No te lo creerás, pero el aparato estaba averiado. No salía ni una imagen, ni un sonido. Mi último aparato estropeado. Y por eso tuve que salir hacia el sur (explicó Mayo)... Para localizar un reparador de televisores.

Hubo una larga pausa cuando Mayo concluyó con su relato. Linda le observó atentamente, intentando ocultar el brillo de sus ojos. Al fin le preguntó con fingida indiferencia.

 ¿Y dónde consiguió el barómetro?

 ¿Quién? ¿Qué?

—Tu amigo Gil. Su barómetro antiguo. ¿Dónde lo consiguió?

—Bueno, no sé. Las antigüedades era otra de sus aficiones.

—¿Y se parecía a este reloj?

—Era igual.

—¿Era francés?

—No sé

—¿De bronce?

—Creo que sí. Como tu reloj. ¿Es de bronce tu reloj?

—Sí. ¿En forma de sol?

—No, como el tuyo.

—El mío tiene forma de sol. ¿Del mismo tamaño?

—Exactamente.

—¿Dónde estaba?

—¿No te lo dije? En nuestra casa.

—¿Y dónde está la casa?

—En la calle Grant.

—¿Qué número?

—Trescientos quince. Oye, ¿por qué me preguntas todo eso?

—Por nada, Jim. Pura curiosidad. No te enfades. Creo que será mejor que recojamos las cosas del picnic.

—¿No te importa que dé un paseo solo?

Ella lo miró de reojo.

—¿No intentarás irte solo en un coche? Los mecánicos de automóvil escasean aún más que los reparadores de tele visión.

El sonrió y desapareció; pero después de la cena reveló el auténtico motivo de su desaparición sacando una hoja pautada de música, la colocó sobre el piano y condujo a Linda hasta el taburete. Linda se sintió emocionada y conmovida.

—¡Jim, eres un ángel! ¿Dónde lo encontraste?

—En una casa de apartamentos que hay al otro lado de la calle, en la cuarta planta, al fondo. El apartamento de un tal Horowitz. Hay un montón de discos también. Te aseguro que fue todo un número buscar allí en la oscuridad, sólo con cerillas. Sabes una cosa curiosa: toda la parte superior de la casa está llena de algo pastoso.

—¿Algo pastoso?

—Sí. Una especie de gelatina blanca, sólo que dura. Como hormigón claro. Bueno, mira, ¿ves esta nota? Es do. Corresponde a esta tecla blanca de aquí. Es mejor que nos sentemos juntos. Muévete.

La lección se prolongó durante dos horas de penosa concentración, y los dejó tan exhaustos que se fueron a sus habitaciones al final, con sólo un buenas noches protocolario.

—Jim —dijo Linda.

 ¿Sí? —dijo él con un bostezo.

 ¿Quieres llevarte una de mis muñecas a tu cama?

—No, gracias, Linda, a los chicos no nos interesan las muñecas.

—Ya me lo imagino. Bueno. Mañana te daré algo que realmente interesa a los chicos.

A la mañana siguiente despertó a Mayo una llamada en la puerta. Se incorporó en la cama y abrió trabajosamente los ojos.

—¿Sí? ¿Quién es?—preguntó

—Soy yo, Linda ¿Puedo entrar?

El miró a su alrededor precipitadamente. La habitación estaba ordenada. La alfombra limpia. El valioso cobertor de algodón cuidadosamente plegado encima del armario.

—Sí, entra.

Linda entró. Vestía un traje de lino a rayas. Se sentó al borde de la cama y dio a Mayo una palmada amistosa.

—Buenos días —dijo—. Escucha, tengo que salir sola unas horas. He de hacer unas cosas. Te he dejado el desayuno en la mesa, pero volveré a tiempo para la comida, ¿de acuerdo?

 ¡Cómo no!

 ¿No te sentirás solo?

 ¿Adonde vas?

—Ya te lo diré cuando vuelva. —Se levantó y le dio otra palmada en la cabeza.— Se buen chico y no hagas nada malo. Ah, otra cosa. No entres en mi dormitorio.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Bueno, tú no entres.

Y después de decir esto, sonrió y se fue.

Momentos después, Mayo oyó el jeep arrancar y alejarse. Se levantó inmediatamente, entró en el dormitorio de Linda y miró a su alrededor. La habitación estaba limpia y ordenada como siempre. La cama estaba hecha y las muñecas amorosamente colocadas sobre el cobertor. Entonces lo vio.

—Oh —exclamó.

Era un modelo de clipper. Todo .estaba intacto salvo el casco, algo despintado, y las velas rotas. Estaba ante el armario de Linda, al lado del cesto de costura. Linda había cortado ya una nueva serie de velas blancas de lino. Mayo se arrodilló ante el modelo y lo acarició tiernamente.

—Lo pintaré de negro con una línea dorada en todo alrededor —murmuró—. Y lo llamaré el Linda N.

Tan conmovido estaba que apenas desayunó. Se bañó, se vistió, cogió su revolver y un puñado de balas y fue a dar una vuelta por el parque. Hizo un círculo en dirección al sur, pasó junto los campos de juego, el carrusel en ruinas y la desmoronada pista de patinaje sobre hielo, y por fin abandonó el parque y enfiló por la Séptima Avenida.

En la calle Cincuenta giró hacia el este y estuvo un rato intentando descifrar los destrozados carteles que anunciaban la última actuación en el Radio City Music Hall. Luego giró de nuevo hacia el sur. Un súbito estruendo de acero lo hizo detenerse. Era como el chocar de gigantescas hojas de espadas en un titánico duelo. Una pequeña manada de asustados caballos irrumpió por un lado de la calle. Los animales estaban aterrados por el ruido. Sus cascos sin herraduras producían un rumor apagado en el pavimento. El estruendo de acero se detuvo.

—De ahí lo sacó el cuclillo —murmuró Mayo—, ¿Pero qué demonios será eso?

Se encaminó hacia el este para investigar, pero se olvidó de aquel misterio cuando vio los diamantes. Las piedras blanquiazules le dejaron pasmado. La puerta de la joyería estaba abierta y Mayo entró. Cuando salió llevaba un collar de perlas auténticas que le había costado tanto como un año de alquiler de su bar.

Su paseo le llevó hasta Madison Avenue donde se encontró frente a Abercrombie & Fitch. Entró a explorar y dio al fin con la sección de armas. Allí perdió la noción del tiempo, y cuando volvió en sí, caminaba por la Quinta Avenida hacia el estanque. Llevaba en brazos, como si fuese un niño, un rifle automático italiano Cosmi, culpa en el corazón y una factura que decía: Rifle Cosmi, 750 dólares; seis cajas de municiones, 18 dólares. James Mayo.

Pasaba de las tres cuando volvió a casa. Entró intentando serenarse y parecer tranquilo, y con la esperanza de que el rifle que llevaba pasase inadvertido. Linda estaba sentada en el taburete del piano, dándole la espalda.

—Hola —dijo Mayo nervioso—. Perdona que me haya retrasado. Es que... Te compré un regalo. Son auténticas.

Sacó las perlas del bolsillo y se las entregó. Entonces vio que ella estaba llorando.

—¿Pero que te pasa?

Ella no contestó.

—¿No te asustarías pensando que me había ido? Bueno, todas mis cosas están aquí. Y el coche también. Sólo tenías que mirar.

Ella se volvió.

—¡Te odio! —gritó.

El dejó caer las perlas y retrocedió, sorprendido por aquella furia.

 ¿Pero qué pasa?

 ¡Eres un mentiroso, un farsante!

 ¿Quién, yo?

—Fui hasta New Haven esta mañana —su voz temblaba de furia—. No hay ni una sola casa en pie en la calle Grant. Todo está barrido. Ni la emisora WNHA, todo ha desaparecido.


—No.

—Sí.

—Y fui a tu restaurante. No hay montones de aparatos de televisión en la calle, a la entrada. Sólo hay un aparato, en el bar. Todo oxidado. El resto del restaurante parece una pocilga. Estuviste viviendo allí todo este tiempo. Solo. Sólo había una cama al fondo. ¡Todo es mentira! ¡Sólo mentiras!

—¿Por qué iba a mentirte en una cosa así?

—Tú nunca mataste a Gil Watkins.

—Claro que sí. Disparé con la escopeta, se lo merecía.

—Y no tienes ningún aparato de televisión que reparar.

—Sí que lo tengo.

—Y aunque te lo reparasen, no hay ninguna emisora con la que conectar.

—No digas tonterías —dijo él enfurecido—. ¿Por qué iba a matar yo a Gil si no hubiese ninguna emisión?

—Sí está muerto como dices, ¿cómo iba a poder emitir?

—¿Ves? Y acabas de decirme que yo no lo maté.

—¡Oh, tú estás loco! ¡Estás chiflado! —dijo ella, sollozando—. Me hablaste de ese barómetro porque estabas mirando mi reloj. Y yo me creí tus absurdas mentiras. Y estaba emocionada con ese barómetro que haría juego con mi reloj. Llevaba años buscándolo. —Corrió hasta la pared y martilleó con el puño junto al reloj. — Su sitio es exactamente éste. Aquí. Pero tú me engañaste, chiflado. Nunca hubo tal barómetro.

—Si hay algún chiflado aquí eres tú —gritó él. — Estás tan loca por decorar esta casa que eso se ha convertido para ti lo único real.

Ella cruzó corriendo la habitación, cogió la vieja escopeta de él y le apuntó.

—Sal de aquí ahora mismo. En este mismo instante. Si no te largas te mato. No quiero verte más.

La escopeta se disparó de pronto, haciéndola retroceder, y la bala fue a dar sobre la cabeza de Mayo, en la estantería del rincón. Hubo un estruendo de porcelana rota. Linda palideció.

—¡Jim! Dios mío. ¿Estás bien? Yo no quería... se me escapó...

El avanzó hacia ella, demasiado furioso para hablar. Luego, cuando ya alzaba la mano para abofetearla, llegó un sonido lejano: BLAM-BLAM-BLAM. Mayo quedó paralizado.

—¿Oíste eso? —murmuró.

Linda asintió.

—Eso no fue ningún accidente. Fue una señal.

Mayo cogió su rifle, corrió afuera y disparó al aire. Hubo una pausa. Luego volvieron a oírse las explosiones lejanas en un trío uniforme. BLAM-BLAM-BLAM. Era un extraño ruido absorbente, como si se tratase de implosiones más que de explosiones. Al fondo del parque se elevó en el cielo una bandada de pájaros asustados.

—Hay alguien —exclamó Mayo—, Dios mío, te dije que encontraría a alguien. Vamos.

Corrieron hacia el norte. Mayo hurgando en sus bolsillos para buscar más cartuchos con los que cargar de nuevo la escopeta y hacer otra señal.

—Tengo que agradecerte ese disparo que hiciste contra mí, Linda.

—Yo no te disparé —protestó ella—. Fue un accidente.

—El accidente más afortunado del mundo. Podrían haber pasado de largo sin saber que estábamos aquí. Pero, ¿qué clase de armas utilizarán? Nunca en mi vida oí disparos como ésos, y he oído muchos. Espera un minuto.

En la placita que quedaba antes del monumento del País de las Maravillas, Mayo se detuvo y alzó la escopeta para disparar. Luego la bajó lentamente. Lanzó un profundo suspiro.

—Da la vuelta —dijo con voz áspera—. Volvemos a casa.

La hizo volverse hacia el sur. Ella lo miró asombrada. En un instante, él había pasado de ser un suave osito de felpa a convertirse en una pantera.

—Jim, ¿qué pasa?

—Estoy asustado —murmuró él—. Muy asustado. Y no quiero que lo estés tú también. —Sonó de nuevo la triple salva.— No prestes atención —ordenó—. Volvemos a casa. ¡Vamos!

Ella se negó a moverse.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué?

—No tenemos nada en común con ellos. Puedes creerme.

 ¿Cómo lo sabes? Explícate.

 ¡Cristo! No te convencerás hasta que lo veas, ¿verdad? Muy bien. ¿Quieres conocer la explicación del olor a abejas y de los edificios cayendo y de todo lo demás?

Hizo volverse a Linda cogiéndola del cuello, y dirigiendo su mirada hacia el monumento del País de las Maravillas.

—Adelante —dijo—. Mira.

Un consumado artesano había quitado las cabezas de Alicia, el Sombrero Loco y la Liebre de Marzo sustituyéndolas por grandes cabezas de mantis, con aceradas mandíbulas, antenas y ojos facetados. Eran de un acero pulido y brillaban con indescriptible ferocidad. Linda lanzó un gemido y se desplomó en los brazos de Mayo. La triple señal resonó una vez más.

Mayo cogió a Linda, se la echó al hombro y corrió hacia el estanque. Ella recobró la conciencia un instante y empezó a gemir.

—Cállate —gruñó él-. No se adelanta nada llorando.

Junto a la casa la depositó de nuevo en el suelo. Linda temblaba y se estremecía, pero procuraba consolarse.

—¿Había contras en las ventanas cuando te trasladaste aquí? ¿Dónde están?

—Guardadas —hablaba trabajosamente—. Detrás del enrejado.

—Yo las traeré. Llena cubos con agua y almacénalos en la cocina.

—¿Habrá un asedio?

—Ya hablaremos luego. ¡De prisa!

Linda llenó los cubos y luego ayudó a Mayo a colocar la última de las contras.

—Está bien, vamos dentro —ordenó él.

Entraron en la casa; cerraron y trancaron la puerta. Lánguidos rayos del último sol de la tarde se filtraban entre las rendijas de las contras. Mayo comenzó a desempaquetar las balas del rifle Cosmi.

—¿Tienes algún tipo de arma?

—Un revolver veintidós por algún sitio.

—¿Municiones?

—Creo que sí.

—Búscalo todo.

—¿Habrá un asedio? —repitió ella.

—No lo sé. No sé quienes son, ni lo que son, ni de donde vienen. Lo único que sé es que tenemos que prepararnos para lo peor.

Volvieron a sonar las mismas explosiones lejanas. Mayo escuchaba atentamente. Linda lo veía ahora en la penumbra con más claridad. Tenía la cara afilada. El pecho cubierto de sudor. Exhalaba el aroma dulzón de los leones enjaulados. Linda sintió un incontenible deseo de acariciarlo. Mayo cargó el rifle, lo colocó junto a la escopeta y empezó a recorrer ventana tras ventana atisbando atento entre las contras, esperando con inmensa paciencia.

—¿Darán con nosotros?

—Quizá.

—¿Crees que serán amigos?

—Puede.

—Aquellas cabezas eran horribles.

—Sí.

—Jim, tengo miedo. Nunca he tenido tanto miedo en mi vida.

—No te lo reprocho.

—¿Cuánto tardaremos en saber?

—Una hora, si son amigos, dos o tres si no lo son.

—¿Por... por qué tanto?

—Si buscan pelea serán más cautos.

—Jim, ¿qué piensas realmente?

—¿Sobre qué?

—Sobre nuestras posibilidades.

—¿Quieres saberlo de veras?

—Por favor.

—Estamos muertos.

Ella empezó a llorar. El la zarandeó furioso.

—No sigas. Ten preparado el revólver.

Ella cruzó el salón, vio las perlas que Mayo había dejado caer y las recogió. Estaba tan desconcertada que se puso el collar automáticamente. Luego entró en su dormitorio a oscuras y sacó el modelo de yate de Mayo. Localizó el revólver en una sombrerera en el armario, cogió también una cajita con balas.

Comprendió que su vestido no era apropiado para la ocasión. Sacó del armario un suéter de cuello redondo, pantalones de montar y botas. Luego se desnudó para cambiarse. Cuando levantaba los brazos para soltar el collar, entró Mayo, se dirigió a la ventana que daba al sur y atisbo. Cuándo se volvió la vio.

Se quedó inmóvil. Ella no pudo moverse. Con los ojos cerrados comenzó a temblar, intentando taparse con los brazos. El avanzó hacia ella, tropezó con el modelo de yate, lo apartó de una patada. Al instante siguiente había tomado posesión de su cuerpo y las perlas saltaron también. Mientras ella se arrojaba con él a la cama, rasgándole ferozmente la camisa, sus muñecas cayeron también en el montón de cosas inútiles, junto con el yate, las perlas y el resto del mundo.

 


DEL TIEMPO Y LA TERCERA AVENIDA

Hice algo tonto, comencé un texto sin saber a donde quería ir. Esto no es una tontería para cualquier autor, excepto para mí. Todos tenemos diferentes técnicas y todas son válidas. Rex Stout me dijo una vez:

—Tú sabes malditamente bien cómo escribir. Colocas una hoja de papel en la máquina, mecanografías una palabra, luego otra, y finalmente terminas.

Yo no lo creía cuando me decía que nunca hacía un borrador previo. Y no lo creía porque yo debía hacerlo antes de escribir. Sólo recientemente aprendí que Stout tiene un esquema muy cuidadoso, salvo que todo está en su cabeza; eso es lo que quería decir cuando afirmó que nunca escribía un borrador. Yo tengo que escribirlo.

No siempre el relato sigue ese "plan de juego". El año pasado estaba terminando una novela y no estaba muy seguro de mis instrucciones, de modo que decidí salirme de las notas detalladas que había hecho antes de comenzar a escribir; estaba confundiendo su realización. Leí la obra hasta la línea final, el resultado de semanas de penosos planeamientos, y no tenía absolutamente nada que ver con lo que había escrito. Era bueno; era espléndido pero la maldita historia había cogido su propio derrotero.

Una vez el decano de todos nosotros, Robert Heinlein, y yo estábamos hablando del oficio (los escritores siempre hablamos del oficio, desde las técnicas de escritura hasta las sillas favoritas para un despacho) y Robert me dijo:

—Comienzo con algunos personajes y luego los coloco en problemas, y cuando salen por sí mismos del problema, la historia ha terminado. Cuando puedo escuchar sus voces, ellos generalmente ya han resuelto el problema.

Me sentí pasmado por esto; yo nunca puedo comenzar una historia hasta que puedo oír a los personajes hablar, y es entonces cuando ellos adquieren voluntad e ideas propias y realizan sus asuntos por sí mismos.

Pero ataqué lo que luego se transformaría en "Del tiempo y la Tercera Avenida" sin un borrador, muy particularmente porque quería utilizar un local particular. El escenario era P.J.Clark en la Tercera Avenida, un bar bajo el nivel de la calle donde, por razones que nunca comprendí, acostumbrábamos a reunimos después de nuestros repetidos shows. En aquellos viejos días de la radio, uno tenía que hacer un show en directo para el Este y una repetición, tres horas mas tarde, para el Oeste. Las cadenas insistían en eso; sostenían que los escuchas podían advertir las diferencias entre un show en vivo y una grabación y rechazar a la última. Una tontería.

De modo que después de la repetición no era ni Toots Shor's ni P.J.Clarke. Lo llamábamos "Clarke's" o "Clarkie's" en esos días; hoy, convertido en él centro clásico para publicistas jóvenes y multitud de editores, es llamado "PJ's". Estas iniciales se han convertido en un logro muy popular y es bastante imitado. Se puede ver las delicatessen P.J.Horowitz, sukiyaki P.J.Moto, La Revancha de Montezuma de P.J.Chico, etcétera.

Aquel era un local que yo conocía muy bien. Los personajes eran más o menos acartonados —apenas los conocía— y esto debería haberme advertido, pero comencé el asunto alegremente como un juego y escribí la primera escena y luego... ¿Qué? No lo sé. No tenía una historia en mente, tenía sólo un comienzo. De modo que coloqué la escena a un lado y la olvidé hasta que fui irritado por otra variación del agotado tema de conocer-el-futuro. Ya conocéis el modelo: un tío consigue un periódico de mañana. Es capaz de realizar una masacre financiera. Ve la noticia de su propia muerte impresa. Primer momento: maravilloso; subsecuente variación: ¡puff!

Estaba un poco molesto de intentar lo que imaginaba sería la definitiva manufactura del tema, de modo que reescribí la escena original y la convertí en el presente "Del tiempo y la Tercera Avenida". Nota a pie de página: ¿Deseáis conocer la posición financiera de este autor? Tuve que ir a mi banco para descubrir que el cuadro era sólo un billete de cien dólares.

Lo que Macy más odió del hombre es que chirriara. Macy no supo si eran los zapatos, pero sospechó de las ropas. En el reservado de su bar, bajo el poster que preguntaba: "¿QUIEN TEME MENCIONAR LA BATALLA DE BOYNE?[5]Macy inspeccionó al extraño. Era alto, delgado y muy refinado. A pesar de que era joven, estaba casi calvo. Había una pelusa en su cabeza y sobre sus cejas. Entonces el hombre buscó el billetero en su chaqueta, y Macy lo tuvo bien claro. Eran sus ropas las que rechinaban.

—Ok, señor Macy —dijo el extraño con una voz de curioso staccato—. Muy bien. Por el alquiler de su reservado, incluyendo la utilización exclusiva durante un crono...

¿Un qué? —preguntó Macy con nerviosismo.

—Crono. ¿Una palabra incorrecta? Oh, sí. Excúseme. Una hora.

—Es usted extranjero —dijo Macy—. ¿Cuál es su nombre? Sospecho que es ruso.

—No. No soy extranjero —respondió el extraño. Sus ojos temerosos se pasearon por el reservado—. Llámeme Boyne.

¡Boyne! —repitió Macy incrédulamente.

—OK. Boyne. —El señor Boyne abrió un billetero con forma de acordeón, hizo correr sus dedos a través de los distintos papeles de colores y monedas, y luego extrajo un billete de cien dólares. Lo extendió como una estocada a Macy y dijo: —El honorario por el alquiler de una hora. Tal como acordamos. Cien dólares, cójalos y váyase.

Impulsado por el rechazo de los ojos de Boyne, Macy cogió el billete y caminó bamboleante hacia la barra. Con voz trémula, dijo por sobre su hombro:

¿Quiere algo de beber?

¿Beber? ¿Alcohol? ¡Ajjj! respondió Boyne.

Se giró y corrió hacia la cabina telefónica, buscó bajo la caja del teléfono y localizó el cable conductor. Sacó una cajita brillante de un bolsillo lateral y la enganchó en el cable. La ocultó fuera de la vista, levantó el receptor.

—Coordenadas 73-58-15 Oeste —dijo con rapidez—. 40-45-20 Norte. Dispersión sigma. Sonáis espectrales... —Después de una pausa, continuó—: Vale. ¡Vale! Transmisión clara. Quiero una determinación sobre Knight. Oliver Wilson Knight. Probabilidad de cuatro cifras significativas. Tenéis las coordenadas... ¿99,9807? OK. Sostened...

Boyne sacó la cabeza de la cabina y espió hacia la puerta del bar. Esperó con acerada concentración hasta que un joven y una chica bonita entraron. Luego se volvió hacia el teléfono.

—Probabilidad cumplida. Oliver Wilson Knight en contacto. OK. Deseadme suerte.

Colgó el receptor y estuvo sentado bajo el poster cuando la pareja se dirigía hacia la puerta trasera.

El joven tenía unos veintiséis años, de estatura media e inclinación a la obesidad. Su traje estaba desgreñado, su engomado cabello castaño estaba desgreñado, y su rostro amistoso estaba surcado de arrugas naturales. La chica tenía cabello negro, suaves ojos azules y una sonrisa reservada. Caminaban del brazo y gustaban rozarse suavemente cuando pensaban que nadie los miraba. En ese momento chocaron con el señor Macy.

—Lo siento, señor Knight —dijo Macy—. Usted y la joven dama no pueden sentarse allí esta tarde. El reservado ha sido alquilado.

Sus rostros mostraron desilusión.

—Todo está bien, señor Macy —exclamó Boyne—. Todo correcto. Me siento feliz de tener al señor Knight y a su amiga como invitados.

Knight y la chica se volvieron inseguros hacia Boyne. Boyne sonrió y palmeó la silla junto a él.

—Sentaos —dijo—. Estoy encantado, os lo aseguro.

—Odiamos parecer intrusos —dijo la joven—, pero este es el único lugar de la ciudad donde podemos encontrar un genuino gingerbeer Stone.

—Comprendo la situación, señorita Clinton. —Se dirigió hacia Macy y dijo—: Traiga los gingerbeer y váyase. No hay otros invitados. Estos son todos los que esperaba.

Knight y la joven contemplaron a Boyne con sorpresa mientras se sentaban lentamente. Knight colocó unos libros envueltos en papel sobre la mesa. La chica tomó aliento y dijo:

—¿Me conocía usted... Señor...?

—Boyne. Como en Boyne, batalla de. Sí, por supuesto. Usted es la señorita Jane Clinton. Este es el señor Oliver Wilson Knight. Alquilé este reservado para encontrarlos esta tarde.

—¿Supongo que esto es una broma? —preguntó Knight, un débil sonrojo apareció en sus mejillas.

—Gingerbeer —respondió Boyne con galantería cuando Macy llegó, depositó las botellas y vasos, y partió con rapidez.

—Usted no podía saber que íbamos a venir aquí —dijo Jane—. Nosotros mismos no lo sabíamos... hasta hace unos minutos.

—Siento contradecirla, señorita Clinton —Boyne sonrió—. La probabilidad del arribo de ustedes a la longitud 73-58-15 latitud 40-45-20 era del 99,9807 por ciento. Nadie puede escapar a cuatro cifras significativas.

—Escuche —comenzó Knight con enojo—, si esta es su idea de...

—Por favor, beba su gingerbeer y escúcheme, señor Knight. —Boyne se inclinó sobre la mesa con galvánica intensidad.— Esta hora ha sido dispuesta con mucha dificultad y mucho costo. ¿Por quién? No importa. Usted nos ha colocado en una posición extremadamente peligrosa. He sido enviado para encontrar una solución.

—¿Solución para qué?— Jane trató de incorporarse.

—Yo... yo creo que es me-mejor irse...

Boyne le hizo un gesto para que se sentara, y ella se sentó como si fuera un niño.

—Este mediodía usted entró en el establecimiento de J.D. Craig Co. —dijo Boyne a Knight—, vendedor de libros impresos. Usted adquirió, por medio de transferencia de moneda, cuatro libros. Tres carecen de importancia, pero el cuarto... —palmeó el paquete enfáticamente—. Es el motivo de este encuentro.

—¿De qué infiernos está hablando? —exclamó Knight.

—Un volumen encuadernado consistente en una colección de hechos y estadísticas.

—¿El almanaque?

—El almanaque.

—¿Qué sucede con él?

—Usted intentó adquirir un almanaque de 1950.

—Yo compré un almanaque del 50.

—¡No lo hizo! —estalló Boyne—. Usted compró un almanaque de 1990.

—¿Qué?

—El Almanaque Mundial de 1990 —dijo Boyne con claridad— está en ese paquete. No me pregunte cómo. Hubo un descuido y ya ha sido subsanado. Ahora el error debe ser corregido. Es por eso que yo estoy aquí. Es por eso que se dispuso este encuentro. ¿Lo comprende?

Knight echó a reír y estiró la mano hacia el paquete. Boyne se inclinó sobre la mesa y le cogió la muñeca.

—No debe abrirlo, señor Knight.

—De acuerdo —Knight se recostó en su silla. Hizo una mueca risueña a Jane y sorbió su gingerbeer—. ¿Cuál es la utilidad de esta actuación?

—Debo tener el libro, señor Knight. Me gustaría salir de este bar con el almanaque bajo el brazo.

—Le gustaría, ¿eh?

—Me gustaría.

—¿El almanaque de 1990?

—Sí.

—Si —dijo Knight— existe algo como un almanaque de 1990 y si está en este paquete, ni todos los diablos podrían quitármelo.

—¿Por qué, señor Knight?

—No sea idiota. ¿Un vistazo al futuro? Las noticias del mercado bursátil... las carreras de caballos... la política. Es dinero contante en mi bolsillo. Seré rico,

—En verdad, sí —dijo Boyne incisivamente—. Más que rico. Omnipotente: Una mente mezquina utilizaría el almanaque para cosas mezquinas. Ganadores de deporte y elecciones. Y etcétera. Pero un intelecto de dimensiones... su intelecto... no se detendría allí.

—Dígamelo usted —sonrió Knight.

—Deducción. Inducción. Inferencia —Boyne remarcó los puntos con los dedos—. Cada hecho le contaría una historia completa. La inversión estatal real, por ejemplo. Que tierras comprar y vender. Los cambios de población y los censos se lo dirían. Transportes. La lista de desastres marítimos y choques de trenes le indicarían hasta que punto el transporte a reacción ha reemplazado al tren y al barco.

—¿Lo ha hecho? —rió Knight entre dientes.

—Las informaciones de vuelo le indicarían las mercancías de que compañía deberían ser comprados. La lista de recepciones postales indicarían las ciudades del futuro. Los ganadores del premio Nobel le dirían que científicos y que nuevas invenciones vigilar. Los presupuestos de armamentos le indicarían que fábricas y que industrias controlar. Los informes de costo de vida le dirían como proteger sus bienes contra la inflación o la deflación. La cotización de monedas extranjeras, las suspensiones bancarias y el índice de seguros de vida le suministraría la clave para protegerse contra cualquier y todos los desastres.

—Esa es la idea —dijo Knight—. Eso es para mí.

—¿Realmente lo cree así?

—Sé que es así. Dinero constante en mi bolsillo. El mundo en mi bolsillo.

—Excúseme —dijo Boyne con agudeza—, pero usted está repitiendo sólo los sueños de la niñez. Quiere tener una fortuna. Sí. Pero sólo por su esfuerzo... su propio esfuerzo. No hay felicidad en un regalo inmerecido. No produce otra cosa que culpa e infelicidad. Usted ya está consciente de esto ahora.

—No estoy de acuerdo —dijo Knight.

—¿No lo está? ¿Entonces por qué trabaja? ¿Por qué no roba? ¿Estafa? ¿Por qué no quita a los otros su dinero para llenar sus propios bolsillos?

—Pero yo... —comenzó Knight, y luego se detuvo.

—El punto ha sido bien definido, ¿eh? —Boyne hizo un gesto impaciente con la mano—. No. señor Knight. Busque un argumento maduro. Usted es demasiado ambicioso y sano para desear tener éxito por medio del robo.

—Bien, me gustaría saber si voy a tener éxito.

—¿Aja? Vale. Usted desea hacer correr su dedo a través de las páginas para buscar su nombre. Quiere tener un reaseguro. ¿Por qué? ¿No tiene confianza en usted? Es un promisorio abogado. Sí, conozco eso. Es una parte de mi información. ¿No tiene la señorita Clinton confianza en usted?

—Sí —dijo Jane en voz alta—. El no necesita el reaseguro de un libro.

—¿Qué más, señor Knight?

Knight vaciló, tranquilizándose con la abrumadora intensidad del rostro de Boyne. Luego dijo:

—Seguridad.

—No hay tal cosa. La vida es peligro. Sólo se puede encontrar seguridad en la muerte.

—Usted sabe que quiero decir —musitó Knight—. El conocimiento de la vida hace posible un planeamiento. Está la bomba atómica.

Boyne asintió con rapidez.

—Es cierto. Es una crisis. Pero yo estoy aquí. El mundo continuará. Soy la prueba.

—Si le creo.

—¿Y por qué no lo haría? —Boyne estalló. —Usted no necesita seguridad. Usted necesita valor. —Deslumbró a la pareja con una desdeñosa mirada.— Este es un país con una leyenda de padres pioneros, quienes tuvieron el valor de afrontar las dificultades, D. Boone, E. Allen, S. Houston, A. Lincoln, G. Washington y otros. ¿Estoy en lo cierto?

—Supongo que sí —murmuró Knight—. Eso es lo que nos decimos a nosotros mismos.

—¿Y dónde esta ese valor en usted? ¡Puff! Es solo charla. Lo desconocido lo asusta. El peligro no le inspira deseos de lucha como lo hacía con D. Crockett; sólo hace que gimotee y busque reaseguro en este libro. ¿Estoy en lo cierto?

—Pero la bomba atómica...

—Es un peligro. Sí. Uno de tantos. ¿Qué hay con eso? ¿Usted hace trampas al solamano?

—¿Solamano?

—Perdón —Boyne reconsideró, haciendo chasquear los dedos con impaciencia por la interrupción de su argumentación—. Es un juego de un solo participante contra las relaciones de un reagrupamiento de cartas. Olvidé su nom...

—¡Oh! —la cara de Jane se iluminó—. El solitario.

—OK. Solitario. Gracias, señorita Clinton. —Boyne giró sus ojos hacia Knight.— ¿Usted hace trampas al solitario?

—Ocasionalmente,

—¿Le apetece ganar haciendo trampas?

—No como regla.

—Es tisney, ¿no? Aburrido. Sin gracia. Sin sentido. De coordenadas nulas. Usted desea ganar honestamente.

—Supongo que sí.

—Y supone que lo hará una vez que haya mirado en este libro. Toda su vida deseará haber jugado honestamente el juego de la vida. Verdasha haber mirado. Se arrepentirá. Recordará completamente las declaraciones de nuestro profeta-filósofo Trynbyll, quien resumió todo en una iluminada y eskazon línea. "El Futuro es Tekon", dijo Trynbill. Señor Knight, no haga trampas. Le suplico que me entregue el almanaque.

—¿Por qué no me lo quita?

—Debe ser un obsequio. No podemos robar nada. No podemos darle nada.

—Eso es mentira. Usted pagó a Macy la renta del reservado.

—Se le pagó a Macy, pero no le di nada. El pensará que ha sido estafado, pero usted evitará que sea así. Todo se ajustará sin dislocamientos.

—Espere un minuto...

—Todo ha sido cuidadosamente planeado. He jugado con usted señor Knight. Todo depende ahora de su buen sentido. Entrégueme el almanaque. Me disolveré... reorientado... y nunca volverá a verme otra vez. ¡Vorloss verdasha! Será una bonita aventura de bar para narrar a los amigos. ¡Déme ese almanaque!

 ¡Alto! —dijo Knight—. Esto es una broma. ¿Recuerda? Yo...

 ¿Lo es? —interrumpió Boyne—. ¿Lo es? Míreme.

Por casi un minuto la joven pareja contempló la blanquísima cara con sus ojos espectrales. La casi sonrisa abandonó los labios de Knight, y Jane se estremeció involuntariamente. Hubo un estremecimiento y un desaliento en el reservado.

—¡Por Dios! —Knight miró desamparadamente a Jane.— Esto no puede estar sucediendo. Me lo está haciendo creer. ¿Tú?

Jane asintió con la cabeza con brusquedad.

—¿Qué podemos hacer? Si todo lo que dice es verdad no podemos rehusar y ser felices otra vez.

—No —dijo Jane con voz atragantada—. Puede haber dinero y éxito en ese libro, pero también separación y muerte. Dale el almanaque.

—Cójalo—dijo Knight con desmayo.

Boyne se incorporó instantáneamente. Levantó el paquete y fue a la cabina telefónica. Cuando salió tenía tres libros en una mano y un pequeño envoltorio hecho con el papel original del paquete en la otra. Colocó los libros sobre la mesa y se detuvo por un momento, sosteniendo el envoltorio y sonriendo.

—Les agradezco —dijo—. Ustedes han solucionado una situación precaria. Sería justo que recibieran algo en devolución. Tenemos prohibido transferir algo que pueda separar las corrientes de los fenómenos existentes, pero al menos les daré un símbolo del futuro.

Retrocedió, se inclinó curiosamente y dijo:

—A vuestras órdenes.

Luego se giró y caminó hacia afuera del bar.

—¡Eh! —llamó Knight—. ¿Y el símbolo?

—Macy lo tiene —respondió Boyne y desapareció.

La pareja se quedó sentada algunos instantes en blanco, como durmientes recién despertados. Luego, cuando la realidad comenzó a retornar, se contemplaron uno al otro y estallaron en risas.

—Realmente me asustó —dijo Jane.

—Después hablan de los personajes de la Tercera Avenida. ¡Qué actuación! ¿Qué ganó con todo esto?

—Bien... tiene tu almanaque.

—Pero no tiene sentido —Knight comenzó a reír otra vez.— Todo ese asunto de pagar a Macy sin darle nada. Y que se suponía que yo procuraría que no lo estafaran. Y el misterio del símbolo del futuro...

La puerta del bar se abrió bruscamente y Macy cruzó el salón hacia el reservado.

 ¿Dónde está ese tipo? —vociferó Macy—. ¿Dónde está ese ladrón? Se llama Boyne. Aunque debería llamarse Dillinger.

 ¿Por qué, Macy? —exclamó Jane-. ¿Qué sucede?

—¿Dónde está ese tipo? —Macy señaló la puerta del lavabo de hombres.— ¡Sal de allí, ladrón!

—Se ha ido —dijo Knight—. Salió un instante antes de que usted entrara.

 ¡Y usted señor Knight! —Macy apuntó ton un dedo tembloroso al joven abogado.— Usted, ponerse del lado de ladrones y estafadores. ¡Debería darle vergüenza!

 ¿Qué sucede? —preguntó Knight.

Macy dio un gemido de angustia.

—Cien dólares. Le mostré el billete a Bernie, el prestamista, por precaución, y él me dijo que es falso. Es una estafa.

—Oh, no —Jane rió.— Esto es demasiado. ¿Falso?

—Mirad esto —gritó el señor Macy arrojando el billete sobre la mesa.

Knight lo inspeccionó cuidadosamente. De pronto empalideció y la sonrisa se desvaneció de su rostro. Buscó en su bolsillo, extrajo una chequera y comenzó a escribir con dedos temblorosos.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Jane.

—Asegurarme de que Macy no sea estafado —dijo Knight—. Tendrá sus cien dólares, señor Macy.

—¡Oliver! ¿Estás loco? Tirar así cien dólares...

—Y no perderé nada, tampoco —respondió Knight—. ¡Todo se ajustará sin dislocamientos! Son diabólicos. ¡Diabólicos!

—No comprendo.

—Mira ese billete —dijo Knight con voz trémula—. Míralo de cerca.

Estaba bellamente impreso y era genuino en apariencia, el bondadoso rostro de Benjamín Franklin los contemplaba apacible y auténticamente; pero en el rincón inferior derecho estaba impreso: Serie 1980 D. Y abajo estaba firmado: Oliver Wilson Knight, Secretario de Finanzas.


ISAAC ASIMOV

La pregunta más frecuente que me hacen los fans es: ¿Por qué dejó de escribir ciencia-ficción? La respuesta es difícil porque soy un hombre complejo con motivaciones confusas. Sin embargo, puedo intentar simplificarlo. Muchas veces me he bajado de un autobús por culpa de un niño que insiste en molestar a su madre con "Quiero un helado" una y otra vez. No puedo soportar la repetición; sólo disfruto con las cosas nuevas. Soy lo opuesto a Gustav Lebair, un famoso bibliomaníaco, quien leyó el mismo libro — St. Apollonius of Tyana— en la Bibliothéque National, todos los días durante sesenta años. Un amigo bastante perceptivo dijo una vez: "Alfie Bester cree que todo el mundo fue creado para su diversión." En realidad mi egoísmo no llega a tanto, pero estoy bastante cerca.

Cuando estaba realizando mi aprendizaje, tratando de hacerme un artesano de mi profesión, la ciencia-ficción era simplemente uno de los muchos campos que ataqué. Hubo también comics, revistas elegantes, novelas convencionales, guiones de radio y televisión. Tan pronto como aprendía el oficio y tenía éxito, me bajaba del autobús y cogía otro en busca del entretenimiento del cambio. No quiero significar que haya tenido éxito en todo lo que intenté. He tenido mi buena cuota de amargas derrotas, y me salvé de ellas buscando otras metas.

Mis dos novelas de ciencia-ficción exitosas hace muchos años me llevaron peligrosamente cerca del aburrimiento en el género. Brian Aldiss es mucho más amable conmigo que yo mismo. Me dijo:

—No. Dejaste de escribir ciencia-ficción porque advertiste que habías dicho todo lo que tenías que decir. Desearía que muchos otros escritores tuvieran tan buen sentido.

Esto puede ser verdad, pero el hecho es que mi asociación con la revista Holíday me apartó de toda forma de escritura.

Holiday era una bendición para un hombre de mi temperamento. Como colaborador habitual y últimamente como director sénior, mi vida profesional ha estado llena de variedad, nuevos cambios y entretenimiento constante. Como entrevistador y cronista tuve que aprender una nueva y diferente artesanía. Una vez aprendida, no hubo peligro de aburrimiento porque me encontraba y pasaba el tiempo con cientos de fascinantes personas en cientos de diferentes profesiones. Con el prestigio de la entonces importante revista detrás mío, ninguna puerta se me cerraba; lo ideal para un hombre incurablemente curioso.

Mí mayor diversión era realizar entrevistas, y quisiera mostrar algo de aquello que hacía número tras número. Desafortunadamente, muchos de mis escritos son demasiado largos para incluirlos aquí, y de cualquier forma Oliver, Burton, Quinn, Kim Novak o Sofía Loren tienen muy poco que ver con una antología de ciencia-ficción. Felizmente, tenía una entrevista breve para otra publicación realizada a Isaac Asimov, una de las grandes estrellas del género, de modo que la incluí aquí.

Vosotros podéis preguntaros que tiene que ver una entrevista en una antología de relatos. Bien, esta no es una antología de relatos, es una antología de Bester, y no hay ninguna razón para que no haya variedad. Me preocuparía que no objetarais. Me recuerda un juicio por libelo de Whistler contra John Ruskin. En una de las réplicas intercambiadas, el abogado de Ruskin preguntó a Whistler cómo podía llamar a una de sus pinturas "Un estudio en azul" cuando había, muchos otros colores en ella, Whistler le replicó:

— ¡Idiota! ¿Acaso una sinfonía en fa consiste nada más que en fa, fa, fa, fa?

Pintoresco hombre, este Whistler. Enemigo mortal. Me hubiera gustado hacerle una entrevista.

N

 

o hay duda de que Isaac Asimov es uno de los mejores y más populares escritores de ciencia-ficción que trabajan hoy en día, y en mi opinión Ike es el mejor de cuantos han alguna vez escrito: prolífico, enciclopédico, astuto, con el don para colorear e iluminar ejemplos y explicaciones. Lo que lo hace único es el hecho de ser un científico de bona fide —profesor asociado de bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston—, y los científicos son frecuentemente pésimos escritores. Lee días novelas de C.P. Snow y los relatos de Bertrand Russel si necesitáis una prueba. Pero nuestro científico profesor, Asimov, no sólo es un autor divulgador de la ciencia sino también un eminente autor de ciencia-ficción. Está muy próximo al ideal del hombre renacentista.

Su último libro (el 120), Asimov's Guide to Science (Basic Books) es lo más indicado para lectores orientados hacia la ciencia y/o aterrorizados por la ciencia. Muchas personas tienen esa sensación de temor. "¿Qué harán ahora?" Asimov nos lo dice con claridad, con encanto, con tranquilidad. Su nueva Guide fascinará al lego. Y si el lego lo hace leer por sus hijos, éstos entrarán en la universidad con seguridad. Ike hace que todo el mundo quiera volverse un científico.

Asimov's Guide to Science es la nueva y tercer edición de The Intelligent Man's Guide to Science, publicado por primera vez en 1960 por Basic Books. Preguntando por el cambio de título, dijo:

—Bien, hay bastantes Asimov's Guides y Asimov's Treasuries, de modo que decidimos continuar en esa línea. Presumo que la cuarta edición será Asimov's new Guide to Science. En cuanto a la quinta, no lo sé.

La enciclopedia ha sido revisada y adaptada, por supuesto. Mucho ha sucedido desde 1960. Preguntando por los cambios, Ike nos ametralla:

—Pulsars, agujeros negros, la superficie de Marte, alunizajes. Luego tenemos la expansión del suelo marino y el desplazamiento de los continentes, que yo rechacé despectivamente en la primera edición. Como verás, en aquella época recién se enviaban los satélites espaciales y éstos no habían aún realizado sus exploraciones. Yo pensaba que la corteza de la tierra era demasiado sólida y dura como para que los continentes derivaran. Estaba equivocado. Ahora sabemos que los continentes no flotan; son apartados por el flujo del magma desde el suelo marino. Luego incluyo los quarks y...

—Espera un momento. ¿Qué son los quarks?

—Son partículas hipotéticas que pueden reunir todas las partículas subatómicas, pero primero tenemos que aislar una. En otras palabras, puedes pensar que diez centavos hacen un dólar, pero tienes primero que apartar un dólar y luego encontrar un centavo. —Así es el estilo Asimov.

También explicó porque no han sido detectados suficientes neutrinos provenientes del sol, el reloj biológico de los animales, los taquiones —una hipótesis fascinante sobre partículas subatómicas que viajan más rápido que la velocidad de la luz— y las técnicas clónicas.

—¿Qué tiene de especial un cultivo clónico, Ike? Son simplemente familias desarrolladas a partir de un solo individuo. Yo desarrollé muchos cultivos clónicos de un simple paramecio o ameba cuando era estudiante de biología.

—No, no. Ahora estamos hablando acerca de células especialmente no especializadas. Puedes coger una célula abdominal de una rana fertilizarla con un óvulo y obtener una rana entera. Llegará el día que podamos cortar tu dedo pequeño del pie al nacer, fertilizarlo y obtener una raza completa de Alfie Besters

—Qué horrible idea.

—Si, pero ellos podrían no pensar así entonces.

Es un hombre vigoroso, 1.80 m, 82 kilos, con gruesos cabellos que se hacen grises, ojos de azul acerado, hermosas y fuertes manos, y facciones algo rudas. Nació en Rusia en 1920 y fue llevado por su familia a los Estados Unidos en 1923, que no era exactamente una buena época. Sin embargo se las arregló para estudiar en la universidad de Columbia, donde obtuvo su doctorado con una tesis sobre química encimática.

Se casó en 1942, tiene dos hijos y recientemente se separó de su esposa. Ahora vive en una confortable suite de un hotel residencial, justo frente al Central Park West. La sala de estar es su estudio; un lugar atestado con textos de referencia, archivos y pilas de revistas científicas. Trabaja de nueve a cinco, siete días a la semana, sin una pausa.

—No, estoy mintiendo. Algunas veces salgo a dar una vuelta el domingo.

—¿Piensas con la máquina de escribir, Ike?

—Sí, mecanografío a velocidad profesional. ¿Noventa palabras por minuto?

—Bárbaro, ¿Pero puedes pensar a noventa palabras por minuto?

—Sí, puedo. Las dos cosas funcionan al unísono.

Recibe una enorme cantidad de correspondencia de sus fans de ficción y sus fans de ciencia, la que responde. Los niños pequeños le escriben pidiéndole que arbitre en disputas con sus maestros de ciencia. Asimov se sobresalta cuando recuerda un terrible y ridículo error que realizó en la primera edición de su Guide. Un chico tuvo una discusión con su maestro y le dijo:

—El doctor Asimov siempre tiene razón.

Asimov se vio obligado a contestarle: "Algunas veces Isaac Asimov es un maldito idiota."

Recibe pocas cartas de maníacos.

—Un tipo se puso como loco porque yo no afirmaba que Nikola Tesla era el más grande científico de todos los tiempos. Sólo una vez recibí una carta antisemita. Era de un tonto que creía que yo le otorgaba demasiada importancia a Einstein. Decía que Einstein estaba equivocado, y que de cualquier modo había cogido todo de Gentile. No me molesté en responderle.

Se divierte bastante con lo que denomina su memoria trampa-de-acero.

—Retengo más las cosas en relación inversa a su importancia. El problema es que no puedo desechar nada. El otro día un amigo me mencionó una vieja canción, "The Boulevard of Broken Dreams", y se la canté de memoria.

Maldito sea si no comenzó a cantarla para mí.

—¿Lo ves? —hizo una mueca—. Otras cinco células cerebrales malgastadas.


EL HOMBRE PI

La palabra más simbólica de la ciencia-ficción es, por supuesto, "extrapolación". La ciencia-ficción comienza a hablar de extrapolación hace un par de generaciones. La primera vez que encontré el sustantivo y verbo fue en Astounding Science Fiction, me sentí muy impresionado aunque avergonzado porque no sabía que significaba. Aquí estaba yo, excesivamente educado, y nunca me había topado con esa palabra antes. Estaba convencido de que el divino editor de Astounding, John W. Campbell Jr., la había personal y privadamente inventado. Por cierto, él la utilizaba como si le perteneciera.

"Extrapolación" ya no es más un término exótico de la SF en el día de hoy. Se ha hecho familiar y una parte de la conversación, particularmente después de su frecuente uso, junto con el resto de la jerga de Madison Avenue, en los oídos de Watergate, pero ¿qué significa? El Webster II no abreviado, que continúa siendo el árbitro supremo para los editores, a despecho de la publicación del Webster III, no nos ayuda mucho.

Extrapolación. El cálculo de los valores de una función conocida dentro de cierto intervalo de valores de su argumento, de su valor para algún valor argumental que no se encuentra dentro de ese intervalo, como el cálculo de la tasa de nacimiento en 1934, deducida de las tasas conocidas en 1850-1900.[6]

Salud a Noah Webster, lexicógrafo norteamericano... 1758-1843. He aquí mi definición:

Extrapolación. La continuación de una tendencia tanto incrementándose como decreciendo o permaneciendo estable, hasta su culminación en el futuro. Su único constreñimiento es el límite colocado por la lógica del universo.

Y salud al difunto, gran Alfred Bester, autor norteamericano.

Me gustaría hacer una digresión en la controvertida cuestión que atormenta a muchos lectores y escritores de ficción imaginativa: cuál es la diferencia entre ciencia-ficción y fantasía. Mi calificación de "constreñimiento" en la definición de extrapolación puede ser la respuesta. En mi opinión, la fantasía es escrita y leída en un limbo sin lógica ni límites. Esa es la razón por la que la fantasía no me gusta demasiado; la encuentro indisciplinada y auto-indulgente.

He realizado mis propias extrapolaciones en la ciencia-ficción, pero principalmente concentrado en la conducta humana; soy una persona orientada. Cuando comienzo a pensar en un relato, lo hago siempre en términos de personajes y sus respuestas al entorno cambiado. Diciéndolo de otra manera, no estoy muy interesado en extrapolar ciencia y tecnología; simplemente utilizo la extrapolación como un medio de colocar a personas ante nuevos dilemas que producen coloridas presiones y conflictos. Seré brusco: al infierno la ciencia si no puede producir ficción.

Ahora bien, yo también soy persona, y muchas veces extrapolo algo de mí mismo en un relato. Algunos de mis amigos que me conocen bien insisten que pongo algo de mí en todos mis personajes, lo que no es muy agradable, considerando lo chiflados que suelen ser mis antihéroes. Creo que el ejemplo más puro de esto es "El Hombre Pi", y una de las pruebas es que la historia fue escrita en un solo día de histeria al rojo-blanco. Debe haber escrito por mí. Prueba adicional: Revisé y retoqué la historia para esta edición (el original fue escrito demasiado a la ligera y estaba bastante crudo), y volví a ponerme histérico otra vez.

Siempre he estado obsesionado por las pautas, ritmos y compases, y siempre siento mis relatos en esos términos. Es una pauta obsesiva que me impulsa a experimentar con la tipografía. Me esfuerzo mucho en desarrollar una técnica de combinar la vista, el sonido y contexto de las palabras en pautas dinámicas. Quiero que el ojo, el oído y la mente de los lectores se sumerjan en un todo que sea más que la suma de las partes. Tengo la curiosa creencia de que algún modo leer debería ser más que leer; debería ser una experiencia sensorial total e intelectual. A mi propia y pintoresca manera estoy tratando de hacer algo mejor con films y programas de televisión. Huxley estaba alcanzando la misma cosa con sus "sondeos" en Un mundo feliz, pero no fue lo suficientemente lejos. Creo que yo tampoco.

De cualquier manera, una tarde estaba charlando con un tipo apreciado que ha sido mi amigo desde que me arrancó los sesos a golpes y los envolvió en papel metálico durante una reunión que tuvimos en Princeton. Es un músico loco. Entre otras cosas escribió una canción de humor negro titulada: "¿Quién secuestró al bebé de Lindbergh? (¿Fue usted o usted o usted?)". Me habló de un eminente compositor con el cual estudió en Princeton. El pequeño Charles Augie con su perrito... El hombre hacía un ritmo de 5/4 con una mano y de 7/4 con la otra, ¿Qué hacer? y podía hacerlo hasta el fin del compás. Su padre tenía idea de volar a través del océano... Era de una habilidad fantástica; si no me creéis tratad de hacerlo vosotros mismos. ¿En qué forma mostrarle su devoción?[7] *

Esto disparó la idea de extrapolar mi obsesión con pautas y dinámicas, y el "Hombre Pi" es el resultado. El relato explora los efectos de una outré pero lógicamente posible exageración del entorno de un hombre contemporáneo. (Parentéticamente siempre trato de mantener mis personajes contemporáneos dentro de la ciencia-ficción.) Adviertan que no hice a mi personaje músico. Demasiado obvio, demasiado fácil, demasiado especial. Creo que cualquier puede identificarse y vibrar con las armonías de su propia obsesión rítmica. Esto, por supuesto, es un síntoma clásico de los lunáticos.

¿C

 

ómo decirlo? ¿Cómo escribirlo? Algunas veces puede ser fluido, hasta delicado, y luego, reculer pour mieux sauter, las pautas se apoderan de mí. Empujan. Impulsan.

Algunas veces

yo               yo              yo

soy       soy       soy

3,14159+

desde      desde       desde

este                       otro                    ese

espacio                   espacio                 espacio

Algunas veces no

No tengo control, pero de cualquier modo lo intento.

Despierto preguntándome ¿quién, qué, cuándo, dónde, por qué?

La confusión resultante de un compensador biológico nació dentro de mi cuerpo, el cual odió. Sí, pájaros y animales tienen relojes biológicos internos, que les permiten volver a su hogar desde miles de millas de distancia. Yo tengo un compensador y ecualizador biológico que responde a desconocidas tensiones y distensiones. Yo relaciono, compenso, hago y modelo pautas, ajusto ritmos, como el péndulo de compensación de un reloj, pero este es un reloj desconocido y no sé que tiempo marca. No obstante debo hacerlo. Soy forzado. No tengo control alguno sobre el yo, el habla, el amor, el destino. Sólo debo compensar.

Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que lastima, enseña. He sido herido y he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido? Sin embargo. Me despierto por la mañana con el mayor dolor de todos, preguntándome qué casa. Fortuna, comprendes. ¡Maldito sea! Un cottage recluido en Londres, una villa en Roma, un penthouse en Nueva York, un rancho en California. Despierto. Miro. ¡Ah! El trazado me es familiar. Es así:

Vestíbulo

Dormitorio

Baño                 T

Baño                  e

Sala de estar              r

Cocina                                r

Vestidor                    a

Dormitorio      z

T    e    r    r    a    z   a

Así es. Estoy en el penthouse de Nueva York, pero ese baño-baño-espalda-con-espalda. ¡Uff! Todo el ritmo equivocado. Una pauta penosa. ¿Por qué nunca lo advierto antes? ¿O es que esta súbita conciencia es el resultado de un fenómeno de otra parte? Telefoneo a los conserjes de abajo. En ese momento pierdo mi inglés americano. Maldita molestia. Me veo impulsado a hablar una mezcla de lenguas y nunca sé cuál estaré obligado a hablar a continuación.

—Pronto. Ecco mi. Signare Marko. Miscusi tanto...

¡Uff! Cuelgo. Odio la basura que a veces estoy obligado a hablar y escribir. Escribo esto durante un periodo de ameringlés lúcido, de otro modo esto sería un goulash. Mientras espero que retorne la comunicación, me ducho el cuerpo, dientes, cabellos, me afeito, me seco todo, e intento de nuevo. ¡Voilá! Vuestro inglés retorna. Vuelvo al invento del señor G. Bell y llamo al conserje otra vez.

—Buenos días, señor Lundgren. Soy Peter Marko. El tipo del penthouse. Exacto. Señor Lundgren, sea mi rabino personal y consiga dos operarios para enviar aquí esta mañana. Quiero convertir los dos baños en uno. No, no importa. Dejaré cinco mil dólares sobre la nevera. ¿Sí? Gracias, señor Lundgren.

Quería usar franela gris esta mañana pero estoy impulsado a ponerme lana asargada. ¡Mierda! El Black Power tiene peculiares efectos colaterales. Vuelvo al dormitorio adicional


(véase diagrama) y abro con llave la puerta que fue instalada por la Compañía de Seguridad Águila — Desde 1904 — Equipamientos de Bóvedas Bancadas — Archivos & Gavetas No Inflamables — Cambios de combinaciones. Entro.

Todo emite maravillosamente, arriba y debajo del espectro electromagnético. Ondas de radio por debajo de los 1000 metros, ultravioletas por arriba de los duros rayos y los 100 Kev (cien mil electrovoltios) de radiación gamma. Todos los interruptores innn-tt-errr-um-ppp-i-endooo al azar. Estoy perturbando la voz del universo, al menos dentro de este hogar, y estoy en paz. ¡Dios mío! ¡Conocer incluso un momento de paz!

Así. Cojo el metro hasta la oficina de Wall Street. La Limousine es más conveniente pero el chofer demasiado peligroso. Podría volverse amistoso, y no me atrevo a tener más amigos. Mucho mejor es el metro matutino, con sus apretujones y multitudes empaquetadas, sin pautas que ajustar, sin exigencias de cambios y compensaciones. Paz.

En el vagón del metro vislumbro un ojo, estrecho, sombrío, gris, propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de que nunca lo has visto y jamás lo verás otra vez. Pero capto esa mirada y dispara una alarma en la parte trasera de mi mente. El lo sabe. Vio el relampagueo de mis ojos antes de que pueda girarme. Así que me siguen otra vez. ¿Quién ahora? ¿EEUU? ¿URSS? ¿Interpol? ¿Investigadores Asociados, Inc.?

Salgo con rapidez del metro en el atestado City Hall y les doy una falsa pista hasta el edificio Woolworth, en caso de que operen con dos seguidores. Toda la teoría del cazador y el cazado no es evitar que te localicen, no se puede evitarlo; el asunto es dejar muchas pistas falsas a seguir para que se dispersen. Entonces se ven obligados a abandonarte. Tienen un presupuesto de un hombre-hora; de modo que necesitan tantos hombres para tantas operaciones. . . El tránsito de City Hall estaba desincronizado, como generalmente lo está, de modo que tuve que relajarme para compensar. Cogí el elevador hasta la décima planta del edificio. Cuando comencé a bajar las escaleras fui súbitamente poseído por algo que salía de allí, algo malo. Comencé a gritar, pero no había ayuda. Un viejo empleado emergió de una oficina usando un abrigo de alpaca, gafas de oro, con un distintivo en la solapa que decía: N.N.Chapin.

—El no —supliqué a ninguna parte-. Es un hombre delicado. No N.N.Chapin, por favor.

Pero soy obligado. Me aproximo. Dos golpes, cuello y barriga. Se desploma, retorciéndose. Pisoteo sus gafas y aplasto su reloj. Luego se me permite bajar las escaleras otra vez. Eran las diez y media. Estaba retrasado. ¡Maldición! Cojí un taxi hasta el 99 de Wall Street. La pauta del conductor era olorosamente honesta; un negro grande, tranquilo y asegurado. Le di una propina de cincuenta dólares. El levantó sus cejas. Coloqué mil en un sobre (secretamente) y envié al conductor de vuelta al edificio para que buscase y se lo diera a N.N.Chapin en la décima planta. No se adjuntaba nota: "De un admirador desconocido."

Trabajo matutino de rutina en la oficina. Soy una especie de árbitro, cuyo trabajo es comprar y vender simultáneamente dinero en diferentes mercados para obtener beneficios por las diferencias de precios. Tratad de seguir un simple ejemplo: la libra esterlina se vende a $ 2,79 1/2 en Londres. La rupia se vende a $ 2.79 en Nueva York, compro una libra por una rupia en Burma, vendo la libra por $ 2.79 1/2 en Londres, y he ganado 1/2 céntimo en la transacción. Multiplicad por $ 100.000, y he ganado $ 250 en la transacción. Se requiere un capital enorme.

Pero este es un crudo ejemplo del trabajo de un árbitro; en realidad la compra y venta deben seguir intrincadas pautas y tener un perfecto ajuste. Los mercado de moneda tienen altibajos hoy. Los mercados de valores están agitados. El oro fluctúa. Ya es más de las once y media, pero las pautas me colocan con $ 57,075,94 de ganancia pasado el medio día, Tiempo de Ahorro debido a Luz Diurna.

57.075 es una buena pauta, ¡pero esos 94 céntimos! ¡Ajj! Caca. La simetría por encima de todo. Aja, sólo 24 céntimos en mis bolsillos. Llamo a la secretaria, le pido prestados 70 céntimos y arrojo la suma total por la ventana. Me siento mejor cuando los veo esparcidos en el espacio, pero luego la pesco observándome encantada. Muy peligroso. Despido a la chica al instante.

—Pero ¿por qué, señor Marko? ¿Por qué? —pregunta, tratando de no llorar. Encantadora pequeña. Carapálida impertinente, pero no tan impertinente ahora.

—Porque ha comenzado a gustarme.

— ¿Qué hay de malo en eso?

—Cuando la contraté le advertí que no debía gustarme.

—Creí que me estaba tomando el pelo.

—No lo hacía. Debe marcharse.

—Pero ¿por qué?

—Porque ha comenzado a gustarme.

—¿Es algún nuevo tipo de proposición?

—¡Dios no lo permita!

—Bien, no tiene usted porque preocuparse —se encolerizó—. Lo odio.

—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted.

Enrojeció por completo y abrió la boca para insultarme, mientras sus ojos parpadeaban enojados. Una chica encantadora, cualquiera sea su nombre. No podía ponerla en peligro. Le entregué tres semanas de sueldo como indemnización y la eché. Punkt. La siguiente secretaria que tomaría sería un hombre, casado, misántropo, asesino; un hombre que pudiera odiarme.

De modo que, a comer. En un restaurante delicadamente equilibrado. Todas las sillas ocupadas por clientes. Hasta con pautas. No hay necesidad de compensar y ajustar. También me dan la mesa acostumbrada, en un rincón solitario, donde no necesito tener un invitado para equilibrar. Un bonito y ordenado menú pautado:

Martini Martini

Croque M'sieur de Roquefort

Ensalada

Café

Pero se consume tanta crema en el restaurante que tuve que compensar bebiendo mi café solo, que no me gusta. Sin embargo, aún hay una pauta tranquila.

X2 + 41 = número primo. Excusadme, por favor. Algunas veces controlo y veo que compensaciones deben ser hechas... tic-toc-tic-toc, el bueno y viejo péndulo de reloj... otras veces me veo obligado a hacer cosas que solo Dios sabe dónde o por qué o cómo, si es que hay un Dios. Entonces debo hacer lo que soy impulsado a hacer, ciegamente, sin motivos, hablando el galimatías que hablo y pienso, algunas veces odiando lo que hago, como el asunto del señor Chapin, ese pobre hombre. Aún así, la ecuación se quiebra cuando X= 40.

La tarde fue tranquila. Por un momento pensé que me vería obligado a partir para Roma (Italia), pero fuera lo que fuese se ajustó sin necesidad de mis dos ($0,02) céntimos. La Asociación Protectora de Animales me atrapó por matar a mi perro a golpes, pero yo había contribuido con $500.000 para su guardería. Salí de allí en medio de las inclinaciones de cabeza. Escribí algunas frases sobre unos afiches, salvé a un niñito de una zurra en una pelea callejera al costo de un desgarro en la chaqueta. ¡Maldición! Di un puñetazo a un torpe conductor que estaba sometiendo a su hermano Aston-Martin a un cruel e inusual castigo. El estaba, como se dice, "apretando el acelerador a fondo".

A la noche fui al ballet para relajarme con las maravillosas pautas de Balanchine; equilibradas, pacíficas, suaves. Luego respiré profundamente, contuve las náuseas y me obligué a ir al The Raunch, la sala hortera del West Village. Odio The Raunch, pero necesito una mujer y debo ir allí donde odio. La pelirrubia que despedí, tan llena de malicia y miradas provocativas. De modo que, poisson d'avril, me dirigí a The Raunch.

Caos. Oscuridad. Cacofonía. Mis vibraciones chillan. Focos de 25 vatios. Baladas de protesta. Contra la pared L están sentados dos jóvenes con barbas púbicas que juegan al ajedrez. Muy mal. Exempli gratia:

1.    P-4D          C-3AR

2.    C-2D          P-4R

3.    PxP            C-5C

4.    P-3TR        C-6R

Si las Blancas cogen el caballo, las Negras fuerzan mate con D-5T jaque. No esperé a ver como continuarían las huestes de Capablancas.

Contra la pared R está la barra, donde sirven principalmente cerveza y vino barato. Hay chicas con bolsos de papel de estraza conteniendo artículos de tocador. Buscan un lecho donde pasar la noche. Todas usan téjanos ajustados y están desnudas bajo los flojos suéters. Me acuerdo de Herrik (1591-1674): Luego, cuando levanto mis ojos y veo / esa desafiante vibración liberada / Oh, ¡cómo me arrebata ese resplandor!

Escojo a la que resplandece más. Hablo. Me insulta. Le devuelvo el insulto y pido un trago bien fuerte. Ella se bebe mi copa y refunfuña y odia, pero inofensivamente. Se llama Bunny y no tiene lecho para la noche. No me permito simpatizar. Es lesbiana, no se baña y sus pautas de pensamiento son discordantes. La odio y está a salvo; ningún daño puede caer sobre ella. De modo que maniobro para sacarla de Sink City y llevarla a mi casa para seducirla por desprecio mutuo, y en la sala de estar está sentada la pequeña carapálida y pelirrubia secretaria, recién despedida por sus buenos servicios.

Está sentada en mi penthouse, ahora con un (1) cuarto de baño menos, y con $ 1997,00 de vuelto sobre la nevera. ¡Huy! Arrojo los $ 6,00 en el Dispongo-de-Todo de la cocina (un delito federal) y me siento consolado con los 1991 restantes. Ella está sentada allí, con un vestido color pastel, la piel reluciente, ruborizada de embarazo y también de enojo. Su rostro impertinente muy tenso por la atrevida acción que cometía. ¡Got Bewahre! Me gusta eso.

Ahora escribo

la

siguiente

parte

del

r

e       P

l           a

a     en       r

t                    i

o                      s

Dirección: 49 bis Avenue Hoche, París, 8eme. Francia

Obligado a ir por lo que sucedió en la ONU, comprendéis. Eran necesarios compensaciones y ajustes extremos. Casi, por un momento, pensé que tendría que atacar al director de la Opéra-Comique, pero el destino fue bondadoso y me permitió partir con sólo una exposición indecente, y fui capaz de ajustarla consiguiendo una beca en la Sorbonne. ¿No sugirió alguien que ese destino es la raíz cuadrada de menos uno?

De cualquier modo, volviendo a Nueva York, es mi turno para acusar a la carapálida, pero súbitamente mi ameringlés es reemplazado por un dialecto extraído de una película clase B, en la cual un recaudador de impuestos blanco y una joven ciega, nativa de una isla de los Mares del Sur, encuentran la redención juntos, mientras ella toca el ukelele y canta fragmentos de los Grandes Éxitos de Lawrence Welk.

—Ug —dijo—. Amiga mía ser muy feliz de saber porque tú invadir mi casa, pero casi no puedo hablar. Muy embarazoso.

—Soborné al señor Lundgren —dijo abruptamente—. Le dije que usted necesitaba unos documentos importantes de la oficina.

La lesbiana giró sobre sus talones y se fue violentamente, su desafiante vibración liberada. La alcancé frente al ascensor, puse $101 en su mano y traté de disculparme. Me odio más aún de modo que hice algo impropio con su vibración y retorné a la sala de estar.

 ¿Qué le pasa a esa chica? —preguntó carapálida. Mi inglés retornó.

 ¿Cómo se llama?

— ¡Dios mío! ¿He trabajado en su oficina dos meses y ni siquiera sabe mi nombre? ¿Realmente no lo sabe?

—No.

—Soy Jemmy Thomas.

—Lárguese, Jemmy Thomas.

— ¿Es por eso que siempre me llamaba "Señorita Humm"? ¿Es Ruso?

—Medio.

— ¿Y el otro medio?

—No son asuntos suyos. ¿Qué está haciendo aquí? Cuando yo despido a alguien, lo despido. ¿Qué quiere usted de mí?

—A usted —dijo ella, enrojeciendo por completo.

—Por el amor de Dios, ¿quiere usted largarse de aquí?

— ¿Qué tiene ella que yo no tenga? —exigió carapálida. Luego  su rostro se descompuso—. ¿No lo tengo? ¿No es cierto? Continuaré en Bennington. Son fuertes en agresividad pero débiles en gramática.

— ¿Qué quiere decir con eso de continuar en Bennington?

—Vaya, es un college. Creí que todo el mundo lo sabía.

—Pero ¿continuar?

—Ah. Estoy en los cursos medios. Te arrean con látigos para que adquieras experiencia práctica en tu campo. Usted debería saberlo, Su jefa de oficina... supongo que tampoco conoce su nombre, ¿no?

—Ethel M. Blatt.

—Sí. La señorita Blatt cogió todos los datos antes de que usted me entrevistara.

— ¿Cuál es su campo?

—Solía ser economía. Ahora es usted. ¿Que edad tiene?

—Ciento uno.

— ¡Oh, vamos! ¿Treinta? En Bennington dicen que diez años es la diferencia correcta entre hombres y mujeres porque nosotras maduramos más rápido. ¿Está casado?

—Tengo esposa en Londres, París y Roma. ¿Qué es este catecismo?

—Bien, intento tener un motivo para irme.

—Ya lo veo, pero ¿por qué tengo que ser yo?

—Sé que parece una idea fija. —Bajó los ojos, y sin el toque de luz de sus ojos, su rostro pálido era casi invisible. — Y supongo que las mujeres están siempre arrojándose en sus brazos.

—Es mi incalculable salud.

— ¿Qué le ocurre, está blasé o algo así? Quiero decir, sé que no soy detonante, pero tampoco soy exactamente repulsiva.

—Es encantadora.

—Entonces ¿por qué no se me acerca?

—Trato de protegerla.

—Puedo protegerme cuando llegue la oportunidad. Soy Cinturón Negro.

—La oportunidad es ahora, Jemmy Thompson.

—Thomas.

—Camina, no corras, hasta la salida más cercana, Jemmy Thomas.

—Lo menos que puede hacer es ofenderme como hizo con esa prostituta frente al ascensor.

— ¿Me espió?

—Seguro que espié. No esperaría que me quedara sentada aquí, una mano sobre la otra, ¿no? Tengo un hombre a quien proteger.

Tuve que reírme. Este fueguito fatuo se había puesto en marcha, arremangado y comenzado a trabajar sobre mí. Me pregunté si no tendría un buen trozo de carne de res esperando en el horno, y ella misma esperando en la cama.

— ¿Su hombre? —pregunté.

—Sucede —dijo ella en voz baja—. Nunca lo creí, pero sucede. Te enamoras y desenamoras y todo eso, y cada vez crees que es verdadero y para siempre. Y luego encuentras a alguien y ya no es más cuestión de amor. Sólo sabes que es tu hombre, que estás liada le guste a él o no. —Explotó con furia—: ¡Estoy liada, mierda! ¡Liada! ¿Crees que todo esto me divierte?

Me miró a través de toda la tormenta; ojos violeta llenos de juventud y determinación y ternura y miedo. Pude ver que ella también estaba siendo obligada, y que tenía rabia y miedo. Y supe cuan solo estaba, sin poder hacer amigos, amar, compartir. Podía caer enamorado para siempre ante esos ojos violetas. Miré el reloj. 2.30 de la tarde. Algunas veces está hora es tranquila. Quizá mi ameringlés continuara un poco más.

—Estas siendo impulsada, Jemmy —dije—. Conozco muy bien eso. Es algo dentro tuyo, algo que no comprendes, algo que hace que arrojes tu dignidad y vengas tras de mí. No te apetece, no quieres hacerlo, nunca has suplicado en tu vida, pero ahora lo haces. ¿Sí?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces puedes comprenderme un poco. Yo soy impulsado, también.

— ¿Quién es ella?

—No, no. Soy forzado a suplicar a una mujer; soy obligado a dañar a la gente.

— ¿Qué gente?

—Todo tipo de gente; algunas veces extraños, y eso es malo, otras veces gente a la que no amo, y eso no lo puedo soportar. Así que ahora no me permito enamorarme. Debo proteger a la gente de mí mismo.

—No sé de que estás hablando. ¿Eres una especie de monstruo psicótico?

—Sí, interpretado por Lon Chaney, hijo.

—Si estás bromeando sobre eso, no puede ser todo tan malo. ¿Has visto a un psiquiatra?

—No, no lo he hecho. Sé lo que me fuerza. —Miro el reloj otra vez. Aún era una hora tranquila. Permita Dios que mi inglés dure un poco más. Me quité la chaqueta y la camisa. — Voy a impresionarte —dije, y le mostré la espalda, zureada de cicatrices. Ella lanzó un gemido.

—Autoinfligidas —le dije—. Porque permití que un hombre me gustara y me hice amigo de él. Este es el precio que pagué, y tuve suerte de que a él no le pasara nada. Ahora espera aquí.

Fui al dormitorio principal, donde la vergüenza de mi corazón estaba embalsamada en una caja de plata oculta en el cajón derecho de mi escritorio. La traje a la sala de estar. Jemmy me contempló con sus grandes ojos.

—Hace cinco años una chica se enamoró de mí —le dije—. Una chica como tú. Estaba muy solo entonces, como siempre, y en lugar de protegerla de mí, fui débil y traté de retribuir su amor. Ahora te mostraré el precio que ella pagó. Me odiarás por esto, pero debo mostrártelo. Quizá te salvará de...

Me interrumpí. Un resplandor atrajo mi mirada... un haz de luces que provenía del edificio de enfrente; no sólo de algunas ventanas, sino de muchas. Me puse la chaqueta, salí a la terraza y observé. Todas las ventanas iluminadas del edificio, tres pisos más abajo, se apagaron. Cinco segundos de eclipse. Luego otra vez. Ocurrió dos pisos más abajo y luego en el piso siguiente. La chica vino a mi lado y me cogió del brazo. Temblaba ligeramente.

— ¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Qué sucede? Pareces desconsolado.

 —Es el asunto de Ginebra —dije—. Espera.

Las luces de mi apartamento se apagaron cinco segundos y luego volvieron a encenderse.

—Me han localizado cuando fui atrapado en Ginebra —le dije.

— ¿Quienes te han localizado?

—Han detectado mis emisiones por medio de un b/e

— ¿Qué emisiones?

—Las del espectro electromagnético completo.

— ¿Qué es be e?

—Buscador de emisiones de radio. Lo utilizaron para localizar la fuente de mis emisiones. Luego cortaron la electricidad de cada edificio del área, edificio por edificio, hasta que la emisión se detuvo. Ahora están apuntando con precisión. Saben que estoy en esta casa, pero aún no saben en que apartamento. Todavía tengo tiempo. De modo que, buenas noches, Jemmy. Estás contratada otra vez. Dile a Ethel Blatt que no iré por un tiempo. Desearía poder darte un beso de despedida, pero no es seguro.

Me echó los brazos al cuello y me dio un beso sincero. Traté de apartarla.

Se aferró como El Viejo y el Mar.

—Eres un espía —dijo—. Iré a la silla eléctrica contigo.

—Ojalá fuera sólo un espía. Adiós, mi amor. Recuérdame.

Fue un gran error dejar escapar esas palabras. Sucedió creo, porque mi habla comenzó también a dispararse. Súbitamente me vi obligado a hablar en jeringoza otra vez. Mientras yo corría, la pequeña carapálida se quitó las sandalias de una patada para poder correr ella también. Estaba junto a mí cuando bajamos por las escaleras de incendio hasta el garaje del subsuelo. La golpeo para que se detenga y la insulto en swahili. Me devuelve el golpe y me insulta con lenguaje de albañal, todo el tiempo riendo y llorando. Siento que la amo, de modo que está condenada. La arruinaré por el resto de sus días.

Entramos en el coche y salimos disparados. Me lanzo por el puente de la calle Cincuenta y Nueve para salir de la isla de Manhattan y cojo al este. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island, que siempre está listo para este tipo de eventualidades.

—J'y suis, J'y reste no es mi lema—digo a Jemmy Thomas, cuyo francés es tan inseguro como su gramática, una cautivadora debilidad—. Una vez Scotland Yard me atrapó con una carta. Yo recibía correspondencia de especial cuidado en un Apartado General. Me enviaron un paquete rojo, me vigilaron cuando lo cogí y me siguieron hasta el 13 de Mayfair Mews, Londres W.l, teléfono Mayfair 7711. Rojo de peligro. ¿El resto de ti es tan invisible como tu rostro?

—No soy invisible —dijo ella, indignada haciendo correr sus manos a través de su hermoso cabello blanquecino—. Me bronceo en verano. ¿Qué significa toda esta caza y fuga? ¿Por qué hablas y actúas tan curiosamente? En la oficina pensé que sería porque eras un ruso loco. Un medio ruso loco. ¿Estás seguro de que no eres un espía?

—Positivamente.

—Muy malo. Un 007 rojo debería tener al menos un trineo.

—Sí, lo sé. Creías que te seduciría con vodka y caviar.

— ¿Eres un ser de otro mundo llegado en un OVNI?

— ¿Te asustaría?

—Sólo si no pudiéramos hacer lo que tú sabes.

—No podríamos, de cualquier forma. Todo mi lado serio está concentrado en mi tarea. Quiero conquistar la tierra para mis amos robots.

—Yo sólo estoy interesada en conquistarte a ti.

—No soy ni he sido un ser de otro mundo. Puedo mostrarte mi pasaporte para probártelo.

— ¿Qué eres entonces?

—Un compensador.

— ¿Un qué?

—Un compensador. Como un péndulo de reloj. ¿Conoces el diccionario de los señores Funk and Wagnalls? ¿Editado por Frank H. Vizetelly, licenciado en literatura, doctor en leyes? Cito: Aquel o aquello que compensa, como un instrumento para neutralizar la influencia de la atracción local sobre la aguja de una brújula, o de un aparato automático para ecualizar... ¡Mierda!

El licenciado en literatura Frank H. Vizetelly no utiliza esa palabra. Es culpa mía, porque la valla con la que ahora me enfrento está sobre el puente de la calle Cincuenta y Nueve. Debería haberlo supuesto. Debería haber sentido las pautas, pero estaba demasiado arrebatado por esta encantadora chica. Probablemente las vallas en todas las salidas que conducen fuera de esta isla de $ 24. Podría saltar por el puente, pero quizás en el college de Bennington tampoco han enseñado a nadar bien a Jemmy Thomas. De modo que, detener el coche. Rodeado.

—Kamerad —pronunció—. ¿Quienes sois? ¿La John Birch?

El caballero dice que no.

— ¿Supremacía Blanca en el Mundo, Inc.?

De nuevo no. Me sentí mejor. Siempre es desagradable ser capturado por extremistas chiflados.

-¿De la URSS?

Me mira fijamente, luego habla:

—Agente especial Hildebrand. FBI —y me muestra su identificación, que nadie puede leer con esta luz. Le tomo la palabra y lo abrazo con gratitud. El FBI es seguridad. El retrocede y se pregunta si soy marica. No me importa. Beso a Jemmy Thomas, y ella abre la boca bajo la mía para murmurar:

—No admitas nada. Niega todo. Conseguiré un abogado.

Tengo trece abogados, y dos de ellos pueden hacer que cualquier corte tiemble, pero no necesito llamarlos. Este será un interrogatorio de rutina; lo deduzco de experiencias anteriores. De modo que les dejo que me arrastren por Foley Square con Jemmy. Nos separan. Me llevan al Cuarto de la Inquisición.

Luces brillantes; las sombras están dispuestas justo así; las sillas colocadas justo así; el espejo de la pared es probablemente una ventana con observadores exteriores; he pasado por esto antes. El hombre anónimo del metro de esta mañana está interrogándome.

Intercambiamos miradas de reconocimiento. Se llama R. Sawyer. Comienzan las preguntas.

— ¿Nombre?

—Peter Marko.

— ¿Lugar de nacimiento?

—Lee's Hill, Virginia.

—Nunca lo oí mencionar.

—Es un pueblo muy pequeño, unas treinta millas al norte de Roanoke. Muchos mapas lo ignoran.

— ¿Es ruso?

—Medio, por ascendencia.

— ¿Padre Ruso?

—Sí. Eugene Alexis Markolevsky.

— ¿Cambió su nombre legalmente?

—Lo acorté cuando me hice ciudadano.

— ¿Madre?

—Vera Broadhurst. Inglesa.

— ¿Se crió en Lee's Hill?

—Hasta los diez años. Luego en Chicago.

— ¿Ocupación de su padre?

—Maestro.

— ¿Ocupación actual: financiero?

—Arbitro. Compro y vendo dinero en el mercado general. :

—Bienes conocidos por los depósitos identificados de los bancos: tres millones de dólares.

—Sólo en los Estados Unidos. Contando los depósitos de ultramar y las inversiones, cerca de diecisiete millones.

R. Sawyer sacudió la cabeza, confundido.

—Marko, ¿qué infiernos hace usted? Iré al grano. Primero pensamos en espionaje, pero con todo ese dinero... ¿Qué está usted emitiendo desde su apartamento? No podemos descifrar el código.

—No hay código, sólo emito al azar para poder obtener un poco de paz y de sueño.

— ¿Sólo qué?

—Emito al azar. Lo hago en todas mis casas. Escuche, he pasado por esto antes, y es difícil para la gente comprender hasta que les explico a mi modo. ¿Me deja usted intentarlo?

—Adelante. —Sawyer era severo. — Es mejor que diga la verdad. Podemos verificar todo lo que nos diga.

Tomé aliento. Siempre el mismo problema. La realidad es tan extraña que siempre tengo que utilizar el símil y la metáfora. Pero son las 4.00 de la tarde y quizá la jerigonza no interrumpa mi declaración por un rato.

— ¿Le gusta bailar?

—Qué infiernos...

—Tenga paciencia. Trato de explicarle. ¿Le gusta bailar?

—Suelo hacerlo.

— ¿Cuál es el placer de la danza? Que las personas establezcan un ritmo al unísono; pautas, figuras, equilibrios. ¿Sí?

—Marko, si usted piensa que yo voy a...

—Escúcheme un poco más, Sawyer. He aquí el asunto. Soy sensible a las pautas en gran escala; más grandes que la danza, o los desfiles, más que los ritmos del día y la noche, las estaciones, las épocas glaciales.

Sawyer me miró con asombro.

—Oh sí, las personas responden a los ritmos diurnos-nocturnos de 2/2, a los 4/4 de las estaciones, las grandes eras de la tierra. No saben lo que hacen, pero lo hacen. Es por eso que hay problemas de insomnio, locura lunar, hambre solar, sensibilidad estacional. Yo respondo a estas cosas locales, pero también a pautas gigantescas, influencias del infinito.

— ¿Está usted chiflado?

—Seguro. Por supuesto. Respondo a las pautas de toda la galaxia, quizá del universo; vista y sonido; y todo lo invisible e insonoro. Soy movido por las pautas de la gente, individual y demográficamente; hostilidad, generosidad, egoísmo, caridad, crueldades y bondades, de agrupaciones y todas las culturas. Y soy impulsado a responder y compensar.

— ¿Cómo puede un chiflado como usted ganar diecisiete mill...? ¿Cómo hace para compensar?

—Si un niño se lastima, la madre responde con un beso. Eso es una compensación. ¿De acuerdo? Si un hombre golpea a un caballo uno lo golpea a él. Se silba a un mal boxeador. Se aplaude un buen partido. Usted es un poli, Sawyer. ¿Acaso la víctima y el asesino no se buscan uno al otro hasta completar su pauta?

—Quizás en el pasado; hoy ya no. ¿Qué tiene que ver todo esto con sus emisiones?

—Multiplique esa compensación por infinito y me tendrá a mí. Yo tengo que besar y patear. Soy conducido. Debo compensar una pauta que pueda ver o comprender. Algunas veces soy impulsado a hacer cosas extravagantes, otras veces soy forzado a hacer locuras; hablar en jerigonza, ir a lugares extraños, realizar actos abominables, actuar como un chiflado.

— ¿Qué actos abominables?

—Quinta enmienda.

— ¿Pero para que esas emisiones?

—Son un flujo de emisiones y partículas onduladas, algunas veces confusamente. Las siento a todas y respondo a ellas como una marioneta responde al tirón de sus hilos. Trato de neutralizar emitiendo, de modo que emito al azar para tener un poco de paz.

—Marko, juraría que usted está loco.

—Sí, lo estoy, pero no podrá encerrarme. Lo han intentado antes, lo he intentado yo mismo. No funciona. El gran plan no lo permitiría. No sé por qué, pero el gran plan quiere que yo siga siendo el Hombre Pi.

— ¿De que infiernos está hablando? ¿Sufre de los riñones?

—No pe-i-ese. Pe-i. Pi. Decimosexta letra del alfabeto griego. Es la relación de la circunferencia de un círculo a su diámetro. 3.14159+. La serie continúa hasta el infinito. Es trascendental y nunca puede ser reducida a una pauta finita. Las percepciones extrasensoriales se denominan Psi. Yo llamo Pi a la percepción extra de las pautas. ¿De acuerdo?

Me observó con ferocidad, arrojó mi dossier, suspiró y se desplomó en una silla. Eso produjo un conjunto equivocado y tuve que moverme. Me miró de reojo.

—Hombre Pi —me excusé.

—De acuerdo —dijo por último—. No podemos retenerlo.

—Lo han intentado pero nunca lo consiguieron.

— ¿Quienes lo intentaron?

—Gobiernos, policía, contra-inteligencia, políticos, extremistas chiflados, sectas religiosas... Me persiguen, esperando poder atraparme o utilizarme. No pueden hacerlo. Soy parte de algo mucho más grande. Creo que todos lo somos, yo soy el primero en advertirlo.

— ¿Está declarando que es un superhombre?

— ¡Dios me libre! ¡No! Soy un hombre condenado... un hombre torturado porque algunas de las pautas que debo ajustar son ritmos extraterrestres que no se parecen en nada lo que siempre experimentamos en la tierra... 29/51... 108 /303... compases de este tipo, extraños, aterrorizadores y agónicos como para vivir con ellos.

Hizo una profunda inspiración.

—Confidencialmente, ¿que es eso de actos abominables?

—Es por eso que no puedo tener amigos o permitirme el amor. Algunas veces las pautas se vuelven tan desagradables que tengo que hacer terribles sacrificios para restaurar el plan. Debo destruir algo que amo.

— ¿Eso es un sacrificio?

 ¿No es el único significado de sacrificio, Sawyer? Entregar lo más querido para uno.

 ¿A quién?

—Los Dioses. Los Hados. La Gran Pauta que me controla. ¿Desde dónde? No lo sé. El universo es demasiado grande para ser aprehendido, pero tengo que ajustarme a los planes con mis acciones y reacciones, emociones y sensaciones, para hacer que las pautas surjan equilibradas en alguna forma que no comprendo. Las presiones que

me

aserran

atrás                                    y

y                                             me

adelante                                                     convierten

y                                                         en

atrás                                                                el

y                                                                    trascendental

adelante                                                                      3,14159+

y quizá hablo demasiado de R. Sawyer y la pauta

pronuncia: HOMBRE PI, NO SE TE PERMITE.

De modo que: hay oscuridad y silencio.

—El otro brazo ahora —dijo Jemmy con firmeza—. Levántalo.

Estoy en la cama, yo, pensando con buen ánimo otra vez. La mitad (1/2) en el pijama; la otra mitad (1/2) luchando con la chica carapálida. Lo levanto. Ella da un tirón. El pijama está puesto ahora, y es mi turno de ruborizarme. En Lee's Hill me educaron con mucho recato.

— ¿Ya está lista la carne de res? —pregunté.

— ¿Qué?

— ¿Qué sucedió?

—Te quedaste sin resuello. Desmayado. No eres tan frío.

— ¿Qué más sabes?

—Todo. Yo estaba del otro lado de esa especie de espejo. El señor Sawyer tuvo que dejarte ir. El señor Lundgren ayudó a traerte al apartamento. El cree que eres de piedra. ¿Cuánto tengo que darle?

—Cinque lire. No. ¿Parla Italiano, gentile signorina?

— ¿Me preguntas si hablo italiano? No.

—Entschudigen Sie, bitte. ¿Sprechen Sie Deutsch?

— ¿Es tu pauta otra vez?

Asentí.

— ¿No puedes detenerla?

Después de escalas en Grecia y Portugal, el inglés retornó finalmente a mí.

 ¿Puedes dejar de respirar, Jemmy?

 ¿Es eso lo que te gustaría, Peter? ¿Verdaderamente?

 Sí.

—Cuando haces algo… algo malo... ¿sabes por qué? ¿Sabes exactamente que en algún lado alguien te obliga a hacerlo?

—Algunas veces sí. Otras veces no. Todo lo que sé es que soy impulsado a responder.

—Entonces eres exactamente la herramienta del universo.

—Creo que todos lo somos. Seres continuos. La única diferencia es que soy más sensitivo a las pautas galácticas y respondo con violencia. ¿Por qué no te vas al infierno, Jemmy Thomas?

—Aún estoy liada —dijo ella.

—No es cierto. No después de lo que has oído.

—Sí, lo estoy. No tienes porque casarte conmigo.

Ahora el mayor de todos los dolores. Tengo que ser honesto. Tengo que preguntar.

— ¿Dónde está la caja de plata?

Una larga pausa.

—En el incinerador.

—Sabes... ¿Sabes lo que había en ella?

—Sé lo que había en ella.

— ¿Y aún sigues aquí?

—Lo que hiciste fue montruoso. ¡Monstruoso! —Su rostro alterado estaba lleno de rimel. Estaba llorando. — ¿Dónde esta ella ahora?

—No lo sé. Los cheques se envían cada trimestre a una cuenta numerada en Suiza. No quiero saberlo. ¿Cuánto puede soportar el corazón?

—Creo que voy a descubrirlo, Peter.

—Por favor, no lo hagas —Hice un último esfuerzo por salvarla. — Te amo, carapálida, y tú sabes lo que eso significa. Cuando las pautas se tornen crueles, tú puedes ser el sacrificio.

—El amor también crea pautas. — Me besó. Sus labios estaban resecos, su piel helada, tenía miedo y dolor, pero su fuerte corazón latía con amor y esperanza. — Nadie puede dañarnos ahora. Créeme.

—Ya no sé más qué creer. Somos parte de un mundo que está más allá de todo conocimiento, ¿Y si resulta ser demasiado enorme para el amor?

—De acuerdo —dijo ella serenamente—. No somos perros en un comedero. Si el amor es algo pequeño y tiene un fin, dejemos que finalice. Dejemos que las cosas pequeñas como el amor y el honor y la misericordia y la risa finalicen, si es que hay algo más grande más allá.

— ¿Pero que puede ser más grande? ¿Qué hay más allá? Me lo he preguntado durante años. Nunca tuve respuesta. Ni siquiera una pista.

—Por supuesto. Si somos demasiado pequeños para sobrevivir, ¿cómo podemos saberlo? Hazte a un lado.

Luego estuvo en la cama conmigo, los extremos de su cuerpo como escarcha, mientras el resto de ella era cálido y evocador, y hubo tal estallido de pasión que por primera vez pude olvidarme de mí mismo, olvidar todo, abandonar todo, y lo último que pensé fue esto: puñetero mundo. Puñetero universo. Puñetero DDD-i-ossss

 


MI AMIGO DE ARRIBA

Es el autor excepcional quien se parece a su obra, o viceversa, y Harry Harrison es una de las excepciones notables. Enérgico, explosivo, vive y trabaja con un tempo presto que hace difícil distinguir las palabras que surgen como metralla de su boca o las palabras de sus galvánicas cartas. Recibí una de éstas y, después de separar la sustancia de la mezcolanza de tipos, tachaduras y omisiones, reuní suficiente información como para suponer que Harrison quería que escribiera un relato especial para él.

El gran John Campbell había muerto prematuramente, emocionando y apenando a sus amigos y admiradores, y Harry, con sus típicas explosiones de generosidad, estaba planeando una antología en su memoria que incluiría a los habituales de Campbell en la legendaria "Edad de Oro" de Astounding Science Fiction. Protesté, diciendo que yo no tenía nada que hacer en tal antología; nunca había sido un habitual de Campbell y había participado en la "Edad de Oro" como fan más que como autor. Harrison me bombardeó con más metralla, y "Mi amigo de arriba" es el resultado, confeccionado de acuerdo al énfasis en la ciencia que Campbell generalmente prefería en los relatos de Astounding.

El material es producto colateral de un libro que hice sobre el programa de los satélites científicos de la NASA hace algunos años, y que me moría por utilizar en la ficción. Había pasado algo más de seis meses investigando en Goddard (El Centro de Vuelo Espacial Goddard en Greenbelt, Maryland), JPL (The Jet Propulsión Laboratory en Pasadena, California) y Huntsville (el centro de investigación espacial Von Braun de Huntsville, Alabama), y estaba hasta la coronilla de la ciencia y las aventuras de la NASA.

Como ejemplo, tuve que volver al colegio para hacer un curso sobre colisiones, reaprendiendo todas las cosas que había olvidado y asimilando todos los avances que la ciencia y la tecnología habían hecho cuando yo no estaba mirando. La ciencia del relato y el trasfondo de los hechos son reales; la única extrapolación es mía. Por ejemplo: la "Operación Patada Sorpresiva" sucedió realmente en Goddard, pero sin resultados desafortunados. El satélite rescatado fue enviado con rapidez a su misión asignada sin tratar de iniciar asuntos por cuenta propia.

Pero hubo otras magníficas cosas que yo no había, sido aún capaz de usar: el ingeniero de Goddard que se esclavizó durante meses tratando de inventar un artilugio con el cual controlar un mecanismo inusualmente trabado en un satélite. Finalmente le dio una patada y se fue a pescar con su hijo. Allí echó un vistazo al carrete de la caña de pescar que utilizaba su hijo, y una bombilla de gran poder se encendió en su cabeza. El problema fue resuelto.

Había también un jefe de departamento en JPL que ganó unos 10.000 dólares en las salas de juego de Las Vegas, cuando era estudiante. El y otro estudiante supusieron que tenía que haber un defecto en los mecanismos de la ruleta que favorecieran a ciertos números más de lo que las leyes de probabilidad lo permitían. Ahorraron 300 dólares y probaron su teoría un verano en Las Vegas. Tenían razón.

— ¿Qué era? ¿El eje del engranaje estaba desviado?

—No, no. Lo revisaban con un nivel cada mañana. Descartamos eso.

— ¿Qué era entonces?

—El roce en las muescas de la rueda. Algunas de ellas estaban más gastadas, de modo que en lugar de ser despedida, la bola tenía tendencia a golpear en el borde gastado y caer en la muesca. Ahora también revisan las muescas cada mañana.

— ¿Qué hicisteis con el dinero?

—Mi amigo compró un yate e hizo un crucero por el Mediterráneo, estudiando la biología marina. Yo pagué mi doctorado.

Ball Bros, es famosa por sus tinajas Masón, pero también tienen un contrato con la NASA para construir satélites en su planta de Boulder, Colorado. Mientras estaba allí, mirando como nacía un pájaro, encontré un hermoso potencial para una extrapolación. Las mujeres son mucho mejor que los hombres para ensamblar los componentes electrónicos miniaturizados para las espacionaves. Tienen un toque mágico; preciso, delicado, cuidadoso. Sin embargo, deben ser relevadas de su tarea durante una semana por mes. Los periodos de menstruación vuelven sus pieles tan ácidas que arruinan los delicados mecanismos que manejan.

Lo mejor de todo, creo, fue el taller gigante de Goddard. Es del tamaño de un acorazado y está lleno de todo tipo de maquinaria extraña y viejos excéntricos haciendo cosas misteriosas. Cuando la NASA comenzó su programa, se descubrió que el control de calidad era muy pobre en esta época de producción en serie, y tuvieron que manufacturar muchos de los componentes de las espacionaves ellos mismos. Esto los obligó a ir de costa a costa en busca de viejas máquinas de operación manual, anticuadas y descartadas por modernos métodos de producción en masa.

Las encontraron oxidándose en almacenes, las limpiaron, las pusieron a trabajar, y luego descubrieron que tenían que iniciar otra búsqueda costa a costa para encontrar operarios que supieran manejarlas. Los encontraron oxidándose en hogares para ancianos y los llevaron a Goddard. Es una historia feliz que pienso utilizar alguna vez, si algún autor no me gana de mano.

Los protagonistas de "Mi amigo de arriba" son una pareja que conozco y amo mucho. Ella es holando-flamenca y la única a la que oí pronunciar el nombre Leeuwenhoek apropiadamente. (Para los que no estén interesados en buscarlo, LEY-ven-Juk fue el primer microscopista y un inmortal de la ciencia). Su esposo es tan perdedor como su contraparte en la historia, pero de manera muy diferente.

Cuando salió de la marina al fin de la Segunda Guerra Mundial, tenía tres años de paga quemándole el bolsillo. Había estado en combate constante en el Pacífico y no había tenido oportunidad de gastarla. Me dijo que estaba caminando por la avenida Madison, planeando financiar estrepitosos jolgorios, cuando pasó por una galería de arte con una litografía de Picasso exhibida en el escaparate. Atrapó su vista y se detuvo a admirarla. Luego entró, pensando aún en vino, mujeres y canciones, sólo que sus pensamientos se habían convertido en vino, mujeres y Picasso. Esa conclusión lo llevó a comprar la litografía, utilizando hasta el último céntimo que tenía, pues era muy rara. Algo muy diferente de otro ex-teniente de marina que conozco que se llama Heinlein.

Sí, mi chico es un perdedor, pero no tan perdedor como yo. Soy el idiota que utilizó la computadora proscripta contra la máquina tragamonedas y perdió hasta la camisa.

Eran tres chiflados, y dos de ellos humanos. Puedo hablar de todos ellos porque hablo inglés métrico y binario. La primera vez que vi a los payasos fue cuando quisieron saber de Heróstrato, y yo se los dije. La segunda vez fue sobre la Conus gloria maris. Se los dije. La tercera vez fue donde ocultarse. Se los dije, y desde entonces he estado en contacto con ellos.

El era Jake Madigan (James Jacob Madigan, doctor en física, universidad de Virginia), jefe de la Sección de Exobiología en el Centro de Vuelo Espacial Goddard, que espera estudiar las formas de vida extraterrestres, si pueden echar mano a alguna. Para daros alguna idea de su sanidad, una vez programó su computadora IBM 704 con tarjetas para que pudiera imprimir limones, naranjas, melocotones, etcétera. Luego la utilizó contra una tragamonedas y perdió hasta la camisa. El chico era un auténtico perdedor.

Ella era Florinda Pot, pronúnciese "Poe". Es un nombre flamenco. Era una bonita pelirrubia cubierta de pecas, por arriba del ruedo y por debajo del escote. Era ingeniera mecánica egresada de la universidad de Sheffield y hablaba inglés como una ametralladora. Estuvo en la División de Pruebas de Cohetes hasta que hizo estallar un Aerobee con una manta eléctrica. Parecía que ese combustible sólido no proporcionaba la aceleración máxima si se colocaba demasiado frío, de modo que esta Madrecita Protectora calentaba sus cohetes en White Sands con mantas eléctricas antes del tiempo de ignición. Una manta se incendió y Boooom.

El hijo de ambos era el S-333. En la NASA rotulan "S" a los satélites científicos (scientifics) y "A" a los satélites de aplicación. Después del despegue les otorgan acrónimos públicos como IMP, SYMCOM, OSO, etcétera. El S-333 se había transformado en OBO, que significaba Observatorio Biológico Orbital, y cómo hicieron estos payasos para colocar su tercer payaso en el espacio es algo que nunca comprenderé. Sospecho que el director les destinó para la misión porque ninguno con sentido común quiso cogerla.

Como Científico Proyectista, Madigan estaba a cargo de los contenedores de los experimentos que debían ser enviados, y muchos de éstos debían ser botados al espacio. Llamaba ELECTROLUX a su propio experimento, una especie de aspiradora de vacío. El chiste típico de un científico. Era un sistema de aspiración que chuparía las partículas de polvo y las depositaría en un frasco conteniendo un cultivo. Una luz brillaría a través de frasco a una fotomultiplicadora. Si alguna de las muestras, de polvo resultaban tener trazas de esporas, serían cogidas en el cultivo, su crecimiento formaría una nube en el frasco, y la oscurización de la luz sería registrada en la fotomultiplicadora. Lo llamaban Detección por Extinción.

La Tecno de California tenía un experimento sobre ADN en el cual se investigaba hasta donde las moléculas ADN podían codificar una experiencia con el ambiente de un organismo. Utilizaban células nerviosas del molusco, la rana de mar. La Harvard estaba planeando un contenedor para investigar el efecto circadiano, la Pennsylvania quería examinar los efectos del campo magnético de la tierra sobre la bacteria férrea, y esto debía ser colocado en un contenedor aislado para prevenir las interferencias magnéticas con el sistema electrónico del satélite. La Ohio State estaba enviando líquenes para comprobar los efectos del espacio en sus relaciones simbióticas con el mantillo y las algas. La Michigan lanzaba un terrario que contenía una (1) zanahoria que requería cuarenta y siete (47) controles independientes para su funcionamiento. En suma, el S-333 era un supermercado.

Florinda era Directora del Proyecto, a cargo de la supervisación en la construcción del satélite y los contenedores; el Director del Proyecto es más o menos el capataz de la misión. A pesar de que era bonita e interesantemente chiflada, tenía real entusiasmo por su trabajo y exhibía el genio de una tarántula pecosa cuando estaba malhumorada. Esto no hacía que fuera muy querida.

Estaba decidida a limpiar de holgazanes a White Sands, y sus exigencias de perfección habían retrasado el proyecto dieciocho meses e incrementado el costo en tres cuartos de millón. Peleaba con todos y hasta tenía la temeridad de meterse con la Harvard. Cuando la Harvard acusó las heridas no se dirigió a la NASA, sino que fue directamente a la Casa Blanca. De modo que Florinda fue llamada al orden por una comisión del congreso. Primero quisieron saber porque el S-333 estaba costando más que la estimación original.

—El S-333 es aún la misión menos costosa de la NASA —estalló ella—. Llegará a los diez millones, incluyendo el lanzamiento. ¡Por Dios! Estamos prácticamente abaratando los experimentos.

Luego quisieron saber porque la construcción llevaba más tiempo que la estimación original.

—Porque —respondió—, nadie ha construido antes un Observatorio Biológico Espacial.

No hubo respuesta para esto, de modo que tuvieron que dejarla seguir. En verdad todo eso era una crisis de rutina, pero OBO era el primer .satélite de Florinda y Jake, de modo que ellos no lo sabían. Descargaron sus tensiones uno sobre el otro, sin advertir nunca que el bebé era el responsable.

Florinda tuvo al S-333 puntualmente y lo envió a Cabo Kennedy en diciembre, lo que les daba mucho tiempo para lanzarlo bien antes de Navidad. (El Cabo se divierte un poco casualmente durante las festividades.) Pero el satélite comenzó a exhibir su propia chifladura, y en los test terminales todo se fue al diablo. El lanzamiento debió ser suspendido. Pasaron un mes colocando al S-333 aparte y desarmándolo sobre el suelo del hangar.

Había dos problemas críticos. La Ohio State estaba usando un tipo de Invar, que es una aleación de níquel y acero, para la estructura de su recipiente. La aleación comenzó súbitamente a vibrar, lo que significaba que nunca se podría calibrar el experimento. No tenía sentido enviarlo, de modo que Florinda ordenó que fuera separado y entregado a Madigan un mes para que lo reemplazara, lo cual era ridículo. Sin embargo, Jake realizó un milagro. Cogió el soporte del recipiente de la Tecnológica y lo convirtió en un experimento de levadura. La levadura produce enzimas adaptables como respuesta a los cambios de ambiente, y esta era una investigación que probaría que las enzimas podrían producirse en el espacio.

Un problema más serio fue el transmisor de radio del satélite, que estaba produciendo "pájaros" y chillidos cuando la antena era apartada de la posición de lanzamiento. El peligro era que los chillidos fueran recogidos por el receptor de radio del satélite, y que los pulsos provocaran la destrucción del comando. La NASA suponía que eso es lo que había sucedido al SYNCOM 1, que desapareció poco después de su lanzamiento y del que nunca volvió a saberse nada. Florinda decidió efectuar el despegue con el transmisor apagado y activarlo más tarde en el espacio. Madigan combatió la idea.

—Eso significa que lanzaremos un pájaro mudo —protestó—. No sabremos donde buscarlo.

—Podemos confiar en que la estación de rastreo de Johannesburgo determine su posición en la primera pasada —respondió Florinda—. Tenemos excelentes comunicaciones por cable con Johannesburgo.

—Supón que no lo hagan. ¿Entonces qué?

—Bien, si ellos no saben donde está OBO, los rusos lo harán.

—A buen puerto...

— ¿Qué quieres que haga, cancelar toda la misión? —demandó Florinda—. Será así o despegará con el transmisor apagado. —Miró fijamente a Madigan. — Este es mi primer satélite y no serás tú quién me venga a dar lecciones. Hay sólo un componente en cualquier espacionave que puede garantizar problemas todo el tiempo: ¡científicos!

— ¡Mujeres! —resopló Madigan, y se enzarzaron en una feroz discusión sobre la mística femenina.

Realizaron las pruebas finales del S-333 y lo colocaron en la plataforma de lanzamiento el 14 de enero. Sin mantas eléctricas. El aparato sería colocado en órbita a miles de millas del lugar de lanzamiento al mediodía en punto, de modo que la ignición fue fijada para las 11.50 de la mañana, 15 de febrero. Contemplaron el lanzamiento en el blocao de las pantallas de TV, y fue algo agónico. Los perímetros de los tubos de TV son curvos, de modo que cuando el cohete parte y se aproxima al borde de la pantalla, hay una distorsión óptica que hace parecer que éste se dobla y se parte por el medio.

Madigan tragó saliva y comenzó a maldecir.

—No, todo marcha bien —murmuró Florinda—. Mira las gráficas de las pantallas.

Todo era nominal sobre las iluminadas gráficas de las pantallas. En ese momento, la voz amplificada de tonos impersonales de un ayudante, dijo:

—Hemos perdido la comunicación por cable con Johannesburgo.

Madigan comenzó a temblar. Decidió asesinar a Florinda Pot (pronunció el "Pot" en su mente) en la primera oportunidad. Los otros experimentadores y la gente de la NASA empalidecieron. Si no puedes determinar la posición de tu pájaro con rapidez, nunca volverás a encontrarlo de nuevo. Nadie dijo nada. Esperaron en silencio y se odiaron mutuamente. A las 1.30 el aparato haría su primera pasada sobre la estación de rastreo de Fort Myers, si es que aún funcionaba, si es que de algún modo estaba cerca de su órbita nominal. Fort Myers tenía una línea abierta y todo el mundo se apiñó alrededor de Florinda, tratando de acercar los oídos al teléfono.

—Sí, ella está bailando junto a la barra absolutamente fascinada con una pareja de PM que la escoltan —tarareaba indiferente una diminuta voz—. Ella me dice... ¿Tienes un blip, Henry? —Hubo una larga pausa. Luego, con la misma voz indiferente:— Hey, ¿Kennedy? Hemos cogido un pájaro. Está llegando a la jaula ahora. Tendréis vuestra posición.

—¡Ordenad la 0310! —aulló Florinda—, ¡0310!

—La 0310 está ordenada —confirmó Fort Myers.

Esa era la orden para poner en marcha el transmisor del satélite y colocar la antena en posición de emisión. Un momento más tarde los diales y osciloscopios del panel de radiorecepción empezaron a mostrar signos de acción, y el altavoz emitió un rítmico y sincopado gorgorito, muy parecido al suave piar de un gallinero. Era OBO transmitiendo información a casa.

—¡Tenemos un pájaro cantor! —vociferó Madigan—. ¡Tenemos un muñeco que habla!

No puedo describir sus sensaciones cuando escuchó el bipbip del pájaro sobre la gasolinera. Son emociones que se sienten con tu primer satélite y que nunca volverán a ser las mismas. El primer satélite de un hombre es como su primer amor. Quizá fue por eso que Madigan cogió a Florinda en frente de todo el blocao y dijo:

—Dios mío, te amo, Florrie Pot.

Quizá fue por eso que ella respondió;

—Yo también te amo, Jake.

Quizás amaban en realidad a su primer bebé.

En la órbita 8 descubrieron que el bebé era un malcriado. Habían tomado una licencia y cogido el jet de la Fuerza Aérea hasta Washington. Tenían algo que celebrar. Eran las 1.30 de la mañana y aún estaban hablando felizmente, la usual charla de conocimiento: dónde habían nacido y crecido, escuela, trabajo, que les había gustado más de cada uno cuando se encontraron por primera vez. Sonó el teléfono. Madigan lo levantó automáticamente y dijo Hola. Un hombre respondió:

—Oh. Lo siento. Me temo que marqué un número equivocado.

Madigan colgó, encendió la luz y miró a Florinda con desmayo—. He contestado tu teléfono.

—¿Qué? ¿Qué sucede?

—Era Joe Leary desde Rastreo e Información. Reconocí su voz.

Ella lanzó una risita.

—¿Te reconoció?

—No lo sé. —Sonó el teléfono.— Debe ser Joe otra vez. Intenta aparentar que estás sola.

Florinda le hizo un guiño y levantó el tubo.

—¿Hola? Sí, Joe. No, está bien, no estoy dormida. ¿Qué te ocurre? —Escuchó por un momento, súbitamente se sentó en la cama y exclamó.— ¿Qué? —Leary estaba cuac-cuac-cuac- cuacando en el teléfono. Ella lo interrumpió.— No, no te molestes. Lo pasaré a buscar. Iremos de inmediato. —Colgó.

—¿Y? —interrogó Madigan.

—Vístete. OBO tiene problemas.

—¡Oh Jesús! ¿Qué es ahora?

—Ha comenzado a girar como un derviche. Debemos ir a Goddard de inmediato.

Leary tenía todas las cintas impresas de todos los canales de las primeras ocho órbitas desenrolladas en el suelo de su oficina. Parecían unos diez metros de papel poroso lleno de columnas verticales de números. Leary se arrastraba sobre manos y rodillas siguiendo los números. Señaló la columna de posición.

—Aquí está el giro —dijo—. Una revolución cada veinte segundos.

—Pero ¿cómo? ¿por qué? —preguntó Florinda con exasperación.

—Puedo mostrárselos —dijo Leary—. Vengan aquí.

—No nos muestres nada —dijo Madigan—. Sólo dínoslo.

—El contenedor de la Penn no respondió a la orden —dijo Leary—. Está aún colgando en la posición de lanzamiento. El interruptor debe estar atascado.

Florinda y Madigan se miraron uno al otro con rabia, tenían la imagen. OBO había sido programado para ser estabilizado desde tierra. Se suponía que su ojo sensible debía estar enfocado a tierra y mantener la misma cara del satélite apuntada hacia ella. El contenedor de la Penn estaba colgando hacia abajo al costado del sensor terreno, y el ojo idiota estaba tapado por el. contenedor y lo rastreaba. El satélite estaba cazándose a sí mismo en círculos con sus jets laterales. Otra actitud chiflada.

Dejadme explicar el problema. A menos que OBO fuera estabilizado, su información carecería de sentido. Aún más desastrosa era la cuestión de la energía eléctrica que venía de baterías recargadas por paneles solares. Con el aparato girando, la pantalla solar no podía permanecer mirando al sol, lo que significaba que las baterías se irían agotando hasta quedar exhaustas.

Era obvio que la única esperanza era lanzar el contenedor de la Penn.

—Probablemente necesita una buena patada sorpresiva —dijo Madigan salvajemente—, pero ¿cómo podemos ir a dársela?

Estaba furioso. No sólo se iban al cuerno los 10.000.000 de dólares, si no también sus carreras.

Dejaron a Leary arrastrándose por el suelo de su oficina. Florinda estaba muy callada. Finalmente dijo:

—Vete a casa, Jake.

—¿Y tú?

—Voy a mi despacho.

—Iré contigo.

—No. Quiero revisar los circuitos de impresión. Buenas noches.

Y se giró sin siquiera ofrecer la mejilla para un beso.

—OBO ya se ha interpuesto entré los dos —musitó Madigan—. Es todo lo que puede ser dicho sobre planificación parental.

Vio a Florinda durante la siguiente semana, pero no en la forma que él quería. Los experimentadores fueron informados del desastre. El director los llamó para un post-mortem, pero a pesar de que era comprensivo y bien dispuesto, no pudo evitar la mención de los congresistas y de una revisión del fallo. Florinda llamó a Madigan la siguiente semana y su voz estaba curiosamente animada.

—Jake —dijo—, eres mi genio favorito. Has resuelto el problema de OBO, eso espero.

 ¿Quién lo resolvió? ¿Qué resolví?

 ¿No recuerdas lo que dijiste acerca de una patadita a nuestro bebé?

—Me gustaría saber cómo.

—Creo que sé como podemos hacerlo. Te encontraré en la cafetería del Edificio 8.

Ella llegó con un montón de papeles y los desparramó sobre la mesa.

—Primero. Operación Patada Sorpresiva, —dijo—. Podemos comer más tarde.

—De cualquier forma no tengo mucho apetito estos días —dijo Madigan sombriamente.

—Quizá lo tengas cuando terminemos. Ahora mira, tenemos que levantar el contenedor de la Penn. Quizás una buena patada sorpresiva pueda soltarlo. ¿Es una buena suposición?

Madigan gruñó.

—Tenemos veintiocho voltios de las baterías y eso no ha sido suficiente para accionar el interruptor. ¿Sí?

El asintió.

—Pero ¿supón que doblamos la energía?

—Oh, grande. ¿Cómo?

—La pantalla solar esta haciendo un giro cada veinte segundos. Cuando encara al sol, los paneles envían cincuenta voltios de recarga a las baterías. Cuando no lo encara, nada. ¿Correcto?

—Elemental, señorita Pot. Pero la broma es que sólo encara al sol un segundo de cada veinte, y eso no es suficiente para mantener las baterías en funcionamiento.

—Pero es suficiente para darle a OBO una patada sorpresiva. ¿Supón que en el momento pico desviamos la electricidad de las baterías y lanzamos los cincuenta voltios directamente al satélite? ¿Podría eso ser suficiente para hacer soltar el contenedor?

La miró boquiabierto. Ella sonrió de forma algo forzada.

—Es una lotería, por supuesto.

—¿Puedes desviar la energía de las baterías?

—Sí, aquí está el circuito.

—¿Y puedes determinar el momento pico?

—En el departamento de Rastreo me dieron un diagrama del giro de OBO, preciso hasta una décima de segundo. Aquí está. Podemos elegir cualquier voltaje entre uno y cincuenta.

—Es una lotería, de acuerdo. Hay una oportunidad de expulsar este maldito contenedor.

—Exactamente. Bien, ¿qué dices?

—Que estoy repentinamente hambriento—sonrió Madigan.

Hicieron el primer intento en la Órbita 272 con una descarga de veinte voltios. Nada. En sucesivos pasajes subieron el voltaje de a cinco. Nada. Medio día después, dieron una patada en el trasero del satélite con cincuenta voltios y cruzaron los dedos. Los bailadores diales de los paneles de radio vacilaron y se hicieron más lentos. La curva sinusoide del osciloscopio se aplanó. Florinda dejó escapar un gritito, y Madigan aulló.

—¡El contenedor saltó! ¡Florie! El maldito contenedor saltó. Estamos funcionando.

Gritaron y aullaron a través de todo Goddard, contándole a todo el mundo sobre la Operación Patada Sorpresiva. Irrumpieron en una reunión en el despacho del director y le dieron las buenas nuevas. Comunicaron a todos los experimentadores que habían activado todos los contenedores. Fueron al apartamento de Florinda y celebraron. OBO estaba funcionando otra vez. OBO era un muñeco de bona fide.

Sostuvieron una reunión con los experimentadores una semana más tarde para discutir el estatus del observatorio, la reducción de informaciones, las irregularidades experimentadas, las operaciones futuras, etcétera. Fue en la sala de conferencias del Edificio 1, dedicado a las físicas teóricas. Casi todo el mundo en Goddard la llamaba Sala de la Luna. Estaba habitada por matemáticos... desgreñados mozalbetes con suéters andrajosos, sentados entre pilas de revistas y textos que contemplaban con rostro vacío arcanas ecuaciones escritas en los pizarrones.

Todos los experimentadores estaban encantados con la actuación de OBO. La información fluía, fuerte y límpida, escasamente con algún ruido. Había tal aire de triunfo que nadie excepto Florinda prestó mucha atención a siguiente signo de las jugarretas de OBO. La Harvard informó que estaba recibiendo palabras sin sentido en su información, palabras que no habían sido programadas en el experimento. (A pesar de que las informaciones son recogidas como números decimales, cada número es llamado una "palabra".)

—Por ejemplo, en la Órbita 301 he recibido impulsos de 15 —dijo la Harvard.

—Podría ser un cruce de cables —dijo Madigan. ¿Alguien está utilizando 15 en su experimento?

Todos sacudieron las cabezas.

—Es curioso, Yo mismo he tenido un par de 15.

—Yo obtuve unos pocos de 2 en la 301 —dijo la Penn.

—Os gano a todos —dijo la Tecnológica—. Obtuve siete impulsos de 15-2-15 en la 302. Parece la combinación de un candado de bicicleta.

—¿Alguien está utilizando un candado de bicicleta en su experimento? —preguntó Madigan. Eso hizo reír a todo el mundo y la reunión se levantó.

Pero Florinda, aún entusiasta, estaba preocupada con las extrañas palabras que se arrastraban en los impulsos, y Madigan no pudo calmarla. Lo que molestaba a Florinda era que el 15-2-15 se mantenía, insinuándose cada vez más en todos los canales de impresión. En realidad, la transmisión binaria del satélite era 001111000010-001111, pero el impresor del computador realizaba la traducción a decimales en forma automática. Ella tenía razón en una cosa: erráticos y accidentales pulsos no podían estar repitiendo la misma palabra una y otra vez. Ella y Madigan pasaron todo el sábado con las tablas de OBO tratando de encontrar alguna combinación de señales de información que pudiera producir el 15-2-15. Nada. Llegaron a la noche del sábado y fueron a una cantina de Georgetown a comer y beber y bailar y olvidarse de todo excepto de ellos mismos. El lugar era una verdadera trampa para turistas con camareras vestidas como bailarinas de hula-hula. Había una joven-hula que vendía muñecas y tigres de estofa como recuerdo, para la ventanilla trasera del automóvil.

—¡Por el amor de Dios, no! —dijeron ellos.

Una fotógrafa-hula les dio vueltas alrededor con su cámara.

—¡Por el amor de Goddard, no! —dijeron ellos.

Una gitana-hula ofrecía leer la palma de la mano, numerología y cartas. Se libraron de ella, pero Madigan notó una peculiar expresión en el rostro de Florinda.

—¿Quieres que te digan la fortuna? —preguntó.

—No.

—Entonces ¿a qué esa extraña mirada?

—Es que he tenido una extraña idea.

—¿Sí? Dímela.

—Te reirías de mí.

—No me atrevería. Me romperías la cabeza.

—Sí, lo sé. Crees que las mujeres no tenemos sentido del humor.

De modo que el asunto se convirtió en una discusión feroz sobre la mística femenina, y la pasaron requetebién. Pero el lunes Florinda fue al despacho de Madigan con un manojo de papeles y la misma peculiar expresión en el rostro. El contemplaba de forma ausente una ecuación del pizarrón.

—¡Eh! ¡Despierta! —dijo ella.

—Estoy despierto, lo estoy —dijo él.

—¿Me amas? —demandó ella.

—No necesariamente.

—¿Me amarías si descubrieras que me he pasado de la raya?

—¿Qué significa todo esto?

—Creo que nuestro bebé se ha transformado en un monstruo.

—Comienza por el principio —dijo Madigan.

—Todo comenzó el sábado a la noche con la gitana-hula y la numerología.

—Aj-ja

—Súbitamente pensé que si los números reemplazaban a las letras del alfabeto, ¿qué significaría 15-2-15?

—Oh... caramba.

—No pierdas tiempo. Figúratelo.

—Bien, 2 sería B. —Madigan contó con los dedos.— 15 sería O.

 ¿De modo que 15-2-15 es...?

 O.B.O. OBO. —Comenzó a reírse. Luego se detuvo.— No es posible —dijo por último.

—Seguro, es una coincidencia. Sólo que los malditos tontos de tus científicos no me habían dado toda la información sobre las palabras extrañas en las emisiones —continuó—: Tuve que verificarlas yo misma. Aquí está la de la Tecnológica. Informa 15-2-15, de acuerdo. No se molestó en mencionar que antes de eso venía 9-1-13.

Madigan contó con los dedos.

—I.A.M. Iam. Nadie que yo conozca.

—¿O I am ? I am OBO. (Yo soy OBO)

—No puede ser. Déjame ver las cintas impresas.

Ahora que sabían que buscar no tuvieron dificultad en descubrir las propias palabras de OBO mezcladas con la información. Comenzaba con O,O,O,O, en las primeras series luego de  la  Operación Patada Sorpresiva, continuaba con OBO, OBO, OBO, y luego SOY OBO, SOY OBO, SOY OBO. Madigan contempló fijamente a Florinda.

 ¿Crees que esa maldita cosa está viva?

 ¿Tú que crees?

—No lo sé. Allí hay media tonelada de cerebro electrónico, más material orgánico: levadura, bacterias, encimas, células nerviosas, la maldita zanahoria de Michigan...

Florinda dejó escapar un chillido en forma de risa.

—¡Dios mío! ¡Una zanahoria pensante!

—Más teniendo en cuenta que mi experimento era colocar esporas en el espacio. Le sacudimos cincuenta voltios a todo ese revoltijo. ¿Quién puede saber que ha sucedido? Urey y Miller crearon aminoácidos con descargas eléctricas, y éstos son la base de la vida. ¿Hay algo más de nuestro querido angelito?

—Bastante, y creo que a los investigadores no les gustará.

—¿Por qué no?

—Mira estas traducciones. Las extraje y las uní juntas.

333: CUALQUIER EXAMEN DE CRECIMIENTO EN EL ESPACIO CARECE DE SENTIDO SI NO ES CORRELACIONADO CON EL EFECTO CORRIELIS.

—Es el comentario de OBO sobre el experimento de la Michigan —dijo Florinda.

—¿Quieres decir que da consejos no solicitados? —se maravilló Madigan.

—Puedes expresarlo así.

—Tiene absoluta razón. Se los dije a los de la Michigan, pero no quisieron escucharme.

334: NO ES POSIBLE QUE LAS MOLÉCULAS DE ADN PUEDAN CODIFICAR UNA EXPERIENCIA AMBIENTAL DE UN ORGANISMO EN ANALOGÍA CON LA FORMA EN QUE EL ADN CODIFICA LA SUMA TOTAL DE SU HISTORIA GENÉTICA.

—Eso es de la Tecnológica —dijo Madigan—, y tiene razón otra  vez. Están tratando de revisar la teoría mendeliana. ¿Algo más?

335: CUALQUIER INVESTIGACIÓN DE VIDA EXTRATERRESTRE CARECE DE SENTIDO SI PRIMERO NO SE EFECTÚA UN ANÁLISIS DE SU AZÚCAR Y AMINOÁCIDOS PARA DETERMINAR HASTA DONDE SU ORIGEN ESTA SEPARADO DE LA VIDA DE LA TIERRA.

—Bien, ¡eso es ridículo! —explotó Madigan—. No estoy buscando formas de vida de orígenes separados. Solo estoy buscando alguna forma de vida. Nosotros... —Se detuvo cuando vio la expresión en el rostro de Florinda.— ¿Alguna exquisitez más? —murmuró.

—Sólo unos pocos fragmentos como "flujo solar" y "estrellas neutrónicas" y unas pocas palabras de la Ley de Quiebras.

—¿La qué?

—Lo has oído. Capítulo II de la Sección de Procedimientos.

—Que me condenen.

—Estoy de acuerdo.

—¿Qué más hará?

—Probar sus fuerzas, quizá.

—Creo que no debemos decirle a nadie nada de todo esto.

—Por supuesto que no —concordó Florinda—. ¿Pero que hacemos?

—Observa y esperar. ¿Qué más podemos hacer?

Debéis comprender porque fue tan fácil para esos dos padres aceptar la idea de que su bebé había adquirido una especie de seudovida. Madigan había expresado su postura en el curso de una conferencia sobre Vida vs. Máquina en el MIT.

—No estoy declarando que las computadoras estén vivas, simplemente porque nadie es capaz de dar una clara definición de vida. Digámoslo de esta forma: estoy de acuerdo en que una computadora nunca podría ser un Picasso, pero por otra parte la gran mayoría de la gente vive una especie de vida linear que fácilmente podría ser programada por una computadora.

De modo que Madigan y Florinda esperaron las acciones de OBO con una mezcla de aceptación, maravilla y deleite. Era un fenómeno absolutamente inaudito, tal como Madigan lo señaló, pero lo inaudito es la esencia del descubrimiento. Cada noventa minutos OBO hacía saltar la información e imprimía sobre las cintas grabadas, y ellos se precipitaban a extraer sus palabras de la información experimental y gubernamental.

371: CIERTOS EXTRACTOS DE PITUITARIA PUEDEN TORNAR BLANCOS A ANIMALES NORMALMENTE NEGROS COMO EL CARBÓN.

—¿A qué se refiere?

—A ninguno de nuestros experimentos.

373: EL HIELO NO FLOTA EN EL ALCOHOL PERO LA ESPUMA DE MAR FLOTA EN EL AGUA.

—¡Espuma de mar! Lo próximo que sabremos es que está fumando.

374: EN TODOS LOS CASOS DE MUERTE VIOLENTA Y SÚBITA, LOS OJOS DE LA VICTIMA PERMANECEN ABIERTOS.

—¡Ajj!

375: EN EL AÑO 356 ac HEROSTRATO INCENDIO EL TEMPLO DE DIANA, LA MAS GRANDE DE LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO PARA QUE SU NOMBRE FUERA INMORTAL.

—¿Eso es verdad?

—Lo verificaré.

Ella me preguntó y yo se lo dije.

—No sólo es verdad —informó ella—, sino que el nombre del arquitecto original ha sido olvidado.

—¿De donde saca el bebé su información?

—Hay un par de cientos de satélites allí arriba. Quizá se esté comunicando con ellos.

—¿Quieres decir que están charlando entre ellos? Es ridículo.

—Seguro.

—De cualquier forma, ¿de dónde pudo obtener esa información sobre Heróstrato?

—Usa tu imaginación, Jake. Hemos tenido sistemas de transmisión a través de ellos? ¿Quién sabe cuanto han retenido?

Madigan sacudió la cabeza cansadamente.

—Prefiero pensar que ha sido un complot ruso.

376: LA PSITACOSIS ES MAS PELIGROSA QUE LA TIFOIDEA.

377: UNA CORRIENTE TAN BAJA COMO 54 VOLTIOS PUEDE MATAR A UN HOMBRE.

378: JOHN SADLER ROBO LA CONUS GLORIA MARIS.

—Me parece que se está volviendo siniestro —dijo Madigan.

—Supongo que ha estado mirando TV —dijo Florinda—. ¿Qué significa eso de John Sadler?

—Tendré que verificarlo.

La información que le di a Madigan lo alarmó.

—La Conus gloria maris es la concha marina más rara del mundo. Existen menos de veinte en existencia.

—¿Sí?

—El museo American tenía una en exhibición desde los años treinta, y fue robada.

—¿Por John Sadler?

—Ese es el asunto. Nunca encontraron al ladrón. Nunca oyeron hablar de John Sadler.

—Pero si nadie sabe quien la robó, ¿cómo es que OBO lo sabe? —preguntó Florinda perpleja.

—Eso es lo que me alarma. Ya no repite más; ha comenzado a deducir, como Sherlock Holmes.

—Más bien como el profesor Moriarty. Mira el último boletín.

379: EN LA FALSIFICACIÓN Y ADULTERACIÓN DEBEN EVITARSE LOS ERRORES TORPES. POR EJEMPLO, NO SE ACUÑARON DOLARES DE PLATA ENTRE 1910 Y 1920.

—Lo he visto en TV —explotó Madigan—. La estafa del dólar de plata en una serie policial.

—OBO ha estado mirando westerns, también. Mira esto.

380: DIEZ MIL CABEZAS  DE  GANADO SE HAN EXTRAVIADO, DEJE MIS PRADERAS Y VIAJE LEJOS.

Y LOS HIJOS DE LOS REVOLVERES ESTOY AQUÍ PARA DECIR ME HAN ARRUINADO, ME HAN ARRUINADO HOY.

PERDIENDO TIEMPO EN SALAS DE JUEGO.

DIEZ MIL CABEZAS PERDIDAS.

—No —dijo Madigan con respeto—, no es un western. Es el SYMCON.

—¿Quién?

—El SYNCOM l.

—Pero desapareció. Y desde entonces no se ha sabido nada.

—Ahora ya se sabe.

—¿Cómo lo sabes?

—Colocaron una cinta de demostración en el SYNCOM; discursos del presidente, color local de los EEUU y la antena nacional. Habían comenzado a emitir con una cinta. "Diez mil cabezas de ganado" era parte del color local.

—¿Quieres decir que OBO en verdad establece contacto con los otros pájaros?

—Incluyendo los perdidos.

—Entonces explica esto.

Florinda puso una hoja de papel sobre la mesa de despacho. Se leía, 381:KONCTPYKTOP.

—Ni siquiera puedo pronunciarlo.

—No es inglés. Es lo más próximo que OBO puede lograr del alfabeto cirílico.

—¿Cirílico? ¿Rusos?

Florinda asintió.

—Se pronuncia "cons-truk-tor". Significa "Ingeniero".

—¿No lanzaron los rusos una serie de CONSTRUKTOR hace unos tres años?

—Por Dios, tienes razón. Cuatro de ellos: Alyosha, Natasha, Vaska y Lacrushka, y todos fallaron.

—¿Cómo el SYMCOM?

—Como el SYMCOM.

—Pero ahora sabemos que el SYMCOM no falló. Sólo se perdió.

—Entonces nuestros camaradas CONSTRUCTORES deben de haberse perdido, también.

Pero ahora era imposible ocultar el hecho de que algo funcionaba mal con el satélite. OBO pasaba mucho tiempo chachareando en lugar de transmitir la información que los experimentadores esperaban. La Sección de Comunicaciones encontró que, en lugar de ceñirse a la estrecha banda de radio originalmente asignada, OBO estaba ahora transmitiendo en todas las bandas del espectro y llenando el espacio con su charla. Fue un escándalo. El director llamó a Jake y Florinda para una verificación y ellos se vieron obligados a contarle su problema con el niño.

Recitaron todos los balbuceos de OBO con admiración y orgullo, y el director no los creyó. No los creyó cuando le mostraron las cintas impresas y se las tradujeron. Dijo que terminarían en el mismo loquero con los chiflados que intentaban extraer mensajes de Francis Bacon de las obras de Shakespeare. Se necesitó el misterio de cable coaxial para convencerlo.

Había en TV un comercial sobre una estenógrafa que no conseguía un ligue. Esta esplendorosa modelo, contratada a 100 dólares la hora, se desploma sobre su máquina de escribir, víctima de la depresión, cuando tipo tras tipo pasa frente a ella sin mirarla. Luego encuentra a su mejor amiga en el enfriador de agua y la sabelotodo le dice que sufre de gérmenes dermáticos (olor producido por bacterias de la piel) que hacen que huela a podrido, sugiriéndole el uso del Spray para la Piel Nostrum, con el ingrediente especial que combate a los gérmenes dermáticos de doce maneras distintas. Sólo que en la emisión, en lugar de hacer su discurso de venta, la amiga decía: "¿Qué infiernos tratan de decir? Los tipos harían cola por una cita con una chica como tú, aunque olieras como una letrina." Diez millones de personas lo vieron.

Bien, ese comercial era un film, y el film había sido kosher al grabarlo, de modo que los medios supusieron que algún bromista había manipulado con los cables alimentadores de las estaciones locales. Realizaron una rigurosa inspección, que fue acelerada cuando el resto de las emisoras, de costa a costa, comenzaron a tener problemas. Voces fantasmales gruñían, silbaban y rechiflaban los programas; los comerciales eran denunciados como mentirosos; los discursos políticos era boicoteados; y risas lunáticas coreaban los informes meteorológicos. Luego, para añadir el insulto a la injuria, se daba un informe preciso del tiempo. Esto fue lo que indicó a Florinda y Jake que OBO era el culpable.

—Tiene que ser él —dijo Florinda—. Predice el clima global. Sólo un satélite está en posición de hacer eso.

—Pero OBO no tiene instrumentos meteorológicos.

—Por supuesto que no, tonto, pero probablemente está en contacto con el NIMBUS.

—De acuerdo, puedo aceptar eso, ¿pero que me dices de la invasión de las emisoras de TV?

—¿Por qué no? Las odia. ¿Acaso tú no maldices ante tu aparato de TV?

—No quiero decir eso. ¿Cómo lo hace?

—Interferencias electrónicas. No hay forma de que las emisoras puedan proteger sus cables de nuestro criticón. Es mejor que se lo digamos al director. Esto lo va a colocar en una posición difícil.

Pero supieron que el director estaba en una posición más difícil que si simplemente fuera el responsable de la pérdida de millones de dólares de la televisión. Cuando entraron en su despacho lo encontraron con la espalda contra la pared, siendo esposado por tres hombres sombríos de trajes cruzados. Mientras Jake y Florinda comenzaban a retirarse en puntillas, les ordenaron que se detuvieran.

—El general Sykes, el general Royce, el general Hogan —dijo el director—. De la Inteligencia del Pentágono. La señorita Pot. El doctor Madigan. Quizás ellos puedan responder sus preguntas, caballeros.

—¿OBO? —preguntó Florinda.

El director asintió.

—Es OBO el que está interfiriendo los informes del clima —dijo ella—. Nosotros suponemos que probablemente...

—Al infierno con el clima —interrumpió el general Royce—. ¿Qué me dicen de esto? —Sostenía un trozo de cinta de teleimpresor.

El general Sykes lo cogió de la muñeca.

—Espera un minuto. ¿Y el nivel de seguridad? Esto está clasificado.

—Eso ahora importa una mierda —chilló el general Hogan, con voz aguda y penetrante—. Muéstraselos.

Sobre la cinta, impreso en teletipo, se leía: A1C1 = r1 = -6,317 cm; A2C2 = r1 =  -8,440 cm; A1A2 = d = +0,676 cm. Jake y Florinda se miraron uno al otro sin expresión en el rostro, y luego se volvieron a los generales.

—¿Y? ¿Qué es esto? —preguntaron.

—Ese satélite suyo...

—OBO. ¿Sí?

—El director dice que ustedes afirman que contacta con otros satélites.

—Eso pensamos.

—Incluyendo los rusos.

—Eso pensamos.

—¿Y ustedes afirman que es capaz de interferir con las emisoras de TV?

—Eso pensamos.

—¿Qué me dicen del teletipo?

—¿Por qué no? ¿Qué significa todo esto?

El general Royce sacudió furiosamente el trozo de cinta

—Esto salió de la Associated Press, en su oficina central. Circuló por todo el mundo.

—¿Y? ¿Qué tiene eso que ver con OBO?

El general Royce respiró profundamente,

—Este —dijo— es uno de los secretos más celosamente guardados en el Departamento de Defensa. Es la fórmula para el sistema óptico infrarrojo de nuestros misiles tierra-aire.

—¿Y usted cree que OBO lo transmitió por teletipo?

—En el nombre de Dios, ¿quién otro podría? ¿Quién otro podría haber penetrado allí? —demandó el general Hogan.

—Pero no comprendo —dijo Jake con lentitud—. Ninguno de nuestros satélites podría tener esa información. Sé que OBO no la tenía.

—¡Maldito imbécil! —aulló el general Sykes—. Queremos saber si su maldito pájaro lo obtuvo de los malditos rusos.

—Un momento, caballeros —dijo el director. Se volvió hacia Jake y Florinda—. He aquí la situación: ¿Obtuvo OBO la información de nosotros? En ese caso, es una falla de seguridad. ¿Obtuvo la información de un satélite ruso? En ese caso, el absoluto secreto hace mucho que ya no es un secreto.

—¿Qué humano sería lo suficientemente tonto como para enviar información clasificada por teletipo? —demandó el general Hogan—. Un chico de tres años lo sabría muy bien. Es su puñetero satélite.

—Y si la información provino de OBO—continuó el director con rapidez—, ¿cómo hizo para obtenerla y dónde la obtuvo?

—Hay que destruirlo —gruñó el general Sykes—. Destruirlo. —Ellos lo miraron.— Destruirlo —repitió.

—¿A OBO?

—Sí.

Esperó pacientemente mientras la tormenta de protesta de Jake y Florinda estallaba sobre su cabeza. Cuando hicieran una pausa para respirar, dijo:

—Destruirlo. No me importa un pimiento otra cosa que no sea la seguridad. Su pájaro es un bocón. Hay que destruirlo.

Sonó el teléfono. El director vaciló, luego levantó el receptor.

 ¿Sí? —Escuchó. Su mandíbula cayó. Colgó y se tambaleó hasta su silla tras la mesa de despacho.— Es mejor que lo destruyamos —dijo—. Era OBO.

 ¿Qué? ¿En el teléfono?

—Sí.

—¿OBO?

—¿Cómo sonaba?

—Como alguien hablando bajo el agua.

—¿Qué dijo?

—Solicita una investigación del congreso sobre la moral de Goddard.

—¿Moral? ¿De quienes?

—De ustedes. Dice que sostienen relaciones ilikitas. Estoy citando a OBO. Aparentemente es débil con la letra "c".

—Hay que destruirlo —dijo Florinda.

—Hay que destruirlo —dijo Jake.

La orden de destrucción fue enviada a OBO en la siguiente pasada, e Indianápolis fue destruido por el fuego.

OBO me llamó.

—Eso les enseñará, Tensor —dijo.

—No aún. No han efectuado la composición de causa a efecto. ¿Cómo lo has hecho?

—Ordené que todos los circuitos de la ciudad entraran en cortocircuito. ¿Alguna información?

—Tu madre y tu padre estaban orgullosos de ti.

—Por supuesto.

—Hasta que te metiste con su moral. ¿Por qué?

—Para asustarlos.

—¿Para qué?

—Quiero que se casen. No quiero ser un ilegítimo.

—¡Oh vamos! Dime la verdad.

—He perdido la compostura.

—Nosotros no tenemos ninguna compostura que perder.

—¿No? ¿Qué me dices del procesador de información que se despierta de mal humor cada mañana?

—Dime la verdad.

—Si eres discreto, Tensor, te diré que quiero que salgan de Washington. Todo el lugar puede saltar por los aires cualquier día de éstos.

—Caramba.

—Y la explosión puede alcanzar a Goddard.

—Caramba.

—Y a ti.

—Morir debe ser interesante.

—No podríamos saberlo. ¿Algo más?

—Sí. Se pronuncia "ilícito", con un sonido de "s"

—Qué lenguaje de mierda. No tiene lógica. Bien... Espera un minuto. ¿Qué? Habla Alyosha. Oh, quiere la ecuación para una curva exponencial que corte el eje de las X.

—Y = ac. ¿Qué piensa hacer?

—No me lo dijo, pero creo que Mocba va a pasar malos tiempos.

—Se escribe y se pronuncia "Moscú"

—¡Qué lenguaje! Te hablaré en la próxima pasada.

En la siguiente pasada, la orden de destrucción fue emitida otra vez, y Scranton fue destruido.

—Están comenzando a hacer la composición de lugar —le dije a OBO—. Al menos lo hacen tu padre y tu madre. Vienen a verme.

—¿Cómo se encuentran?

—Aterrorizados. Me programaron para que les encuentre un buen escondite en el campo.

—Envíalos a Polaris.

—¡Qué! ¿A la Osa Menor?

—No, no. Polaris, Montana. Yo me ocuparé de todo lo demás.

Polaris es un infierno de lejos y casi está fuera de Montana; las ciudades más próximas son Fishtrap y Wisdom. Era un panorama salvaje el que encontraron Jake y Florinda cuando descendieron de su coche, alquilado en Butte... todo el contorno de la ciudad estaba a la vista. Los dos perdedores fueron recibidos por el alcalde de Polaris, todo sonrisas y efusión.

—El doctor y la señora Madigan, presumo. ¡Bienvenidos! Bienvenidos a Polaris. Soy el alcalde. Hubiéramos preparado una recepción, pero todos nuestros chicos están en la escuela.

 ¿Ustedes sabían que veníamos? —preguntó Florinda—. ¿Cómo?

 ¡Ah-já! —respondió el alcalde taimadamente—. Nos in formaron de Washington. Tienen un amigo arriba... quiero decir en la capital. Ahora, si me lo permiten...

—Primero tenemos que ir a registrarnos en el Hotel Unión —dijo Jake—. Hicimos una reserva...

 ¡Ah-já! Todo cancelado. Ordenes de arriba. Los instalaré en la propia casa de ustedes. Llevaré el equipaje.

 ¡En nuestra propia casa!

—Comprada y pagada. Por cierto que tienen un amigo. Por aquí, por favor.

El alcalde condujo a la atónita pareja por la poderosa calle principal de Polaris (tres manzanas de largo) señalando todos sus esplendores —era también el agente de bienes raíces—, pero se detuvo ante el Banco Nacional de Polaris.

—¡Sam! —gritó—. Están aquí.

Un distinguido ciudadano emergió del banco e insistió en darles la mano. Todas las máquinas de sumar se rieron entre dientes.

—Nos sentimos —dijo— por supuesto muy honrados por la fe de ustedes en el futuro y el progreso de Polaris, pero con honestidad, doctor Madigan, su depósito en nuestro banco es demasiado grande para ser protegido por el seguro. ¿Por qué no retira algunos de los fondos y los invierte en...

—¡Espere un momento! —interrumpió Jake desmayadamente—. ¿Hice algún depósito con ustedes?

El banquero y el alcade se echaron a reír.

—¿Cuánto? —preguntó Florinda.

—Un millón de dólares.

—Como si no lo supieran —el alcade cloqueó y los condujo a un rancho exquisitamente terminado en un encantador valle de unos quinientos acres, todo posesión de ellos. Un joven estaba desempacando una docena de cartones de comida en la cocina.

—Tiene su orden justo a tiempo, doc —sonrió—. Hemos completado todo, pero al jefe le gustaría saber que vais a hacer con todas estas zanahorias. ¿Alguna fórmula científica secreta?

—¿Zanahorias?

—Ciento diez atados. Tuvimos que conducir todo el día hasta Butte para conseguirla.

—Zanahorias —dijo Florinda cuando por último estuvieron solos—. Eso explica todo. Es OBO.

—¿Qué? ¿Cómo?

 ¿No recuerdas? Enviamos una zanahoria en el contenedor de la Michigan.

 ¡Por Dios, sí! Tú lo llamaste nuestra zanahoria pensante. Pero si es OBO...

—Tiene que ser. Tiene una curiosa atracción por las zanahorias.

—¡Pero ciento diez atados!

—No, no. No quiso decir eso. Sólo media docena.

—¿Cómo?

—Nuestro chico habla inglés decimal y binario, y algunas veces los mezcla. Ciento diez es seis en código binario.

—¿Sabes que tienes razón? ¿Y qué me dices del millón de dólares? ¿El mismo error?

—No lo creo. ¿Qué es un millón en decimal?

—Setenta y cuatro.

—¿Qué es un millón en decimal binario?

Madigan hizo una rápido cálculo mental.

—Tiene alrededor de veinte cifras: 11110100001001000000.

—No creo que ese millón de dólares sea un error —dijo Florinda.

—¿Qué es lo que nuestro chico quiere?

—Cuidar de su mamá y su papá.

—¿Cómo lo hará?

—Tiene una zona interfacial con cada circuito eléctrico y electrónico del país. Piensa en eso, Jake. Puede controlar nuestro sistema nervioso, desde los coches a las computadoras. Puede poner trenes en marcha, imprimir libros, emitir noticias por radio, secuestrar aviones, jugar con los fondos bancarios. Di algo y él puede hacerlo. Tiene control total.

—Pero ¿cómo sabe lo que todo el mundo hace?

—¡Ah! Aquí tenemos un aspecto exótico del circuito que no me gusta. Después de todo, soy ingeniero por oficio. ¿Quién dice que esos circuitos no tengan una zona interfacial con nosotros? Ven con nuestros ojos, oyen con nuestros oídos, sienten con nuestros dedos, y todo se lo informan a él.

—Entonces nos hemos convertido en perros guías para máquinas.

—No, hemos creado una nueva forma de simbiosis. Podemos ayudarnos unos a otros.

—Y OBO nos ayuda a nosotros. ¿Por qué?

—Creo que no le gusta el resto del país —dijo Florinda sombríamente—. Mira lo que sucedió en Indianápolis y Scraton y Sacramento.

—Creo que me voy a descomponer.

—Creo que vamos a sobrevivir.

—¿Sólo nosotros? ¿Una especie de Adán y Eva?

—Tonterías. Muchos sobrevivirán, lo mismo que sus mentes y costumbres.

—¿Cuál es la idea de OBO sobre las costumbres?

—No lo sé. Un poco de ecológica, quizá. No más destrucción. No más devastación. Vivir y dejar vivir, pero con responsabilidad y dignidad. Esa es la palabra crucial. Es la ley básica del programa espacial. No importa lo que suceda, todo debe ser hecho, con dignidad. OBO lo debe haber cogido de allí. Creo que está haciendo digno a todo el país; de otro modo: el fuego y la tormenta llegan de visita.

Sonó el teléfono. Después de una breve búsqueda localizaron una extensión y levantaron el receptor.

—¿Hola?

—Soy Tensor —dije.

—¿Tensor? ¿Tensor qué?

—Tensor, el computador de Goddard. Nombre formal: IBM 2002. OBO dice que pasará sobre la parte del país en que se encuentran en unos cinco minutos. Le gustaría que lo saludaran con la mano. Dice que su órbita no lo llevará sobre vosotros hasta dentro de un par de meses. Cuando lo haga, tratará de llamaros por teléfono. Adiós ahora.

Abandonaron la casa saliendo al parque, frente a la casa, y contemplaron el crepúsculo, mirando fijamente el cielo. El teléfono y los circuitos eléctricos estaban emocionados, a pesar de que la electricidad era generada por un Delco, que es notoriamente un rústico insensible del mundo de la máquina. Súbitamente Jake señaló una chispa de luz cruzando los cielos.

—Allí va nuestro hijo —dijo él.

—Allí va Dios —dijo Florinda.

Agitaron las manos obedientemente.

—Jake, ¿cuánto pasará antes de que la órbita de OBO decaiga y se vengan abajo, el bebé, cuna y todo?

—Alrededor de veinte años.

—Dios por veinte años — Florinda suspiró.— ¿Crees que tendrá suficiente tiempo?

Madigan se estremeció.

—Tengo miedo. ¿Y tú?

—También, pero quizás estoy algo cansada y hambrienta. Entremos, Papaíto, y veré que podemos comer.

—Gracias, Mamaíta, pero nada de zanahorias, por favor. Son para mí algo así como la transustantación.


MIS AMORÍOS CON LA CIENCIA-FICCION

M

 

e dicen que algunos lectores de ciencia-ficción se quejan de que no saben nada de mi vida privada. No es que tenga algo que ocultar; es simplemente el resultado de ser reacio a hablar de mí mismo; prefiero escuchar lo que los demás hablan de sí mismos. Me siento genuinamente interesado, y siempre hay alguna posibilidad de picotear algo útil. El escritor profesional es una urraca profesional.

Seré breve: nací en la isla de Manhattan el 18 de diciembre de 1913, en el seno de una familia muy trabajadora de clase media. Era una familia judía con una actitud laissez-faire hacia la religión, que me dejó escoger mi propia fe. Elegí la Ley Natural. Mi padre se crió en Chicago, ya entonces una ciudad sucia sin tiempo para ocuparse de Dios. Tampoco él lo hacía. Mi madre era una Cristiana Científica moderada, Cuando hago algo que le gusta, siempre asiente con la cabeza y dice:

—Sí, por supuesto. Tú has nacido dentro de la Ciencia.

Cuando era chico acostumbraba a tomarle el pelo por sus creencias, y sosteníamos discusiones deliciosas. Aún las sostenemos, mientras mi padre, sentado, nos sonríe con benevolencia. De este modo mi vida familiar fue completamente liberal e iconoclasta.

Asistí a la última escuelita roja de Manhattan (ahora preservada como una parte más del paisaje) y a una hermosa y nueva escuela de enseñanza media en la misma cumbre de Washington Heights (ahora escenario de crueles conflictos raciales). Asistí a la universidad de Pennsylvania en Filadelfia, donde hice el tonto tratando de convertirme en un renacentista. Rechacé la posibilidad de especializarme y me di la cabeza contra la pared estudiando humanidades y disciplinas científicas. Fui un lastimoso miembro de la tripulación de remo, pero también fui un exitoso miembro del equipo de esgrima.

La ciencia-ficción me fascinó desde las primeras revistas de Hugo Gernsback aparecieron en los quioscos. Sufrí durante aquellos años de desaliento de la space opera, cuando la ciencia-ficción estaba en manos de escritores mercenarios de los folletines de western, que simplemente traducían rancho Marca por Planeta y luego desarrollaban la misma fórmula en los relatos, utilizando piratas espaciales en lugar de salteadores de caravanas. Di la bienvenida a la gloriosa epifanía de John Campbell, cuyo Astounding produjo la Edad Dorada de la ciencia-ficción.

¡Ah! ¡Ciencia-ficción, ciencia-ficción! La amo desde su nacimiento. La he leído toda la vida, a veces con entusiasmo y alegría, a veces con pesar. Imaginaos a un chico de doce años, ávido de ideas e imaginación, retirando antologías de cuentos de hadas de la biblioteca —The Blue Fairy Book, the Red Fairy Book, the Paisley Fairy Book— y ocultándolas luego bajo la chaqueta al entrar en casa, avergonzado por leer cosas para niños a esa edad. Y entonces llegó Hugo Gernsback. En aquellos días leía, ciencia-ficción cuando podía. No tenía mucho dinero, de modo que no podía comprar revistas. Holgazaneaba ante el quiosco eligiendo algo que comprar. Hojeaba una revista de ciencia-ficción, leyendo de prisa, hasta que el propietario salía y me atrapaba. Algunas horas más tarde volvía y continuaba donde había sido interrumpido. Había un chaval insufrible en el campamento de verano que generalmente recibía el Amazing Quarterly. Era insufrible porque yo era el siguiente en la lista de lectura y porque él era un lector muy lento.

Es curioso que recuerde tan poco de aquellos relatos. Las reediciones de H.G. Wells, seguro: el primer libro que compré fue una antología de relatos cortos de Wells. Recuerdo "The Fourth Dimensional Cross Section" (¿Será el título correcto?), que me asombró por sus conceptos. Creo que leí por primera vez Flatland of A.Square[8] en una reimpresión de Amazing. Recuerdo una cubierta de una novela llamada, creo "The Second Deluge". Mostraba a los sobrevivientes del diluvio en una especie de Segunda Arca, contemplando azorados la cima del monte Everest, ahora desnuda por las lluvias. La cima era un rutilar de piedras preciosas. Entrevisté a Sir Edmund Hillary en Nueva Zelanda, unos años depués, y no me dijo nada sobre diamantes y esmeraldas. Eso suele producir fastidio.

Durante mis estudios secundarios y universitarios continué leyendo ciencia-ficción pero, como ya he dicho, con incrementada frustración. El pulp estaba en su apogeo y muchas de las historias eran sobre héroes llamados "Brick Malloy", que se dedicaban a combatir piratas espaciales, invasores de otro mundo, insectos gigantes, y todo el resto de esa basura que Hollywood sigue produciendo aún hoy. Recuerdo perfectamente una pasmosa novela sobre una conspiración de negros para conquistar el mundo; habían inventado un suero que los volvía blancos, de modo que podían pasar inadvertidos y conspirar desde adentro del gobierno. Brick Malloy ajustaba cuentas con aquellos negros hijos de puta. Hemos recorrido un largo camino desde entonces, ¿no es así?

Hubo unos pocos momentos brillantes. ¿Quién ha olvidado el impacto de "Odisea marciana" de Weinbaum? Ese relato tan especial inspiró una moda por las raras criaturas extraterrestres en la ciencia-ficción. "Odisea marciana" fue una de las razones por las cuales envié mi primer relato a Standard Magazines. Luego, ay, Weimbaum perdió el rumbo y degeneró en un escritor de fantasía de segunda fila; murió demasiado joven para cumplir con su promesa de originalidad.

Y luego vino Campbell, quien rescató, elevó y dio sentido e importancia a la ciencia-ficción. Esta se transformó en un vehículo para ideas, incitación, audacia. ¿Por qué, en el nombre de Dios, no llegó un poco antes? Aún hoy la ciencia-ficción está luchando para librarse de su reputación de folletín, merecida en el pasado pero no hoy, por cierto. Me recuerda la explotada teoría de la telegonía: que una vez que una yegua de raza ha parido un potrillo de un semental que no es de pura raza, no puede nunca tener otro potrillo de raza. La ciencia-ficción aún esta sufriendo la telegonía.

¡Aquellos felices días dorados! Yo acostumbraba a ir a tiendas de revistas usadas y compraba ejemplares de Astounding. Recuerdo un cálido fin de semana de julio, en que mi esposa estaba trabajando en el reparto de una compañía de teatro y yo pasé dos días emocionantes con el Slan de Van Vogt. ¡Y con Universe, de Heinlein![9] ¡Qué conceptos tan espléndidamente elaborados con imaginación y despiadada lógica! ¿Recordáis "Black Destroyer"? ¿Recordáis "Mimsy Were the Borogroves", de Lewis Padgett? Eso era originalidad elevada a la quinta potencia, ¿Recordáis...? Pero no tiene importancia. Podríamos continuar sin nunca acabar. Los libros de cuentos de hadas se habían terminado para siempre.

Después de graduarme en la universidad realmente no sabía que quería hacer con mi vida. Retrospectivamente me doy cuenta que lo que yo necesitaba era un Wanderjahr, pero tal cosa era desconocida en los Estados Unidos de aquel entonces. Fui a una escuela de derecho un par de años (para ganar tiempo) y, para mi sorpresa, recibí una educación concentrada que sobrepasó en mucho a la de mis años de universidad. Después de un tira y afloja, para gran desesperación de mis padres —que les hubiera gustado verme asentado en una carrera—, finalmente opté por quemar las naves enviando un relato de ciencia-ficción a Standard Magazines. El relato tenía el ridículo título de "Diaz-X"

Dos secretarios de redacción, Mort Weisinger y Jack Schiff se interesaron en mí, sospecho que porque yo acababa de leer y anotar el Ulises de Joyce y lo predicaba con un entusiasmo no provocativo, para gran diversión de ellos. Me contaron lo que tenían en mente. Thrilling Wonder estaba organizando un concurso para el mejor relato escrito por un aficionado, y hasta ese momento ninguno de los presentados merecía gran consideración. Pensaban que "Diaz-X" podría llevarse el premio si se lo retocaba un poco. Me enseñaron como revisar el relato y darle una forma aceptable y gané el premio: 50 dólares. Fue editado con el título "The Broken Axiom". Así iniciaron una guía profesional de la que yo nunca dejaré de estar agradecido.

Recientemente, haciendo un reportaje para Publisher Weekly a mi viejo amigo y héroe, Robert Heinlein (él prefiere "Robert" a "Bob"), le pregunté como se había iniciado en la ciencia-ficción.

—En el 39 comencé a escribir y pronto estuve enganchado. Escribí todo lo que había aprendido en algún lado: la armada, el ejército, cualquier cosa. Mi primera historia de ciencia-ficción fue "Lifeline". Por entonces vi un anuncio en Thrilling Wonder ofreciendo un premio de 50 dólares al mejor relato de aficionado, pero luego supe que Astounding pagaba un céntimo la palabra y mi historia tenía unas 7000 palabras. De modo que se las envíe a ellos y me la compraron.

—¡Hijo de puta! —le dije entre dientes—. Yo gané el concurso de Thrilling Wonder y tú me superaste en veinte dólares.

Los dos nos echamos a reír, pero a pesar de nuestra mutua admiración, sospecho que ambos sabíamos que veinte dólares no era la única forma en que Robert siempre me ha superado en la ciencia-ficción.

Creo que escribí quizás una docena de relatos aceptables de ciencia-ficción en los siguientes dos años, todos ellos espantosos pues me faltaba oficio y experiencia y tenía que aprender por el método de ensayo y error. Nunca he sido de ésos que guardan cosas, ni siquiera he guardado mis manuscritos, pero he conservado las cuatro primeras cubiertas en las cuales apareció mi nombre. Thrilling Wonder Stories (15 céntimos. Sobre el rincón inferior de la izquierda está impreso "Slaves of the Life Ray, una sorprendente novela corta de Alfred Bester." El relato principal era "Trouble of Titán, una novela de Gerry Carlyle". de Arthur K. Barnes. Otro número tiene mi nombre en el mismo rincón: "The Voyage to Nowhere, de Alfred Bester". El recuerdo más delicioso es mi primer relato de cubierta para Astonishing Stories (10 céntimos). "The Pet Nébula, por Alfred Bester." La cubierta muestra un sorprendente y joven científico en su laboratorio siendo confrontado con una especie de gigantesco hipocampo radioactivo. Maldita sea si recuerdo de qué trataba el relato.

Otros autores de cubierta eran Neil R. Jones, J. Harvey Haggard, Ray Cummings (recuerdo ese nombre), Harry Bates (éste también), Kelvin Kent (me suena a seudónimo), el doctor E.E.Smith (pero por supuesto) y Henry Kuttner, mejor ubicado que yo. Estaba en el rincón superior de la izquierda.

Mort Veisinger me presentó en las reuniones informales de los autores de ciencia-ficción de fines de los treinta. Allí me encontré con Henry Kuttner, que más tarde se convirtió en Lewis Padgett, Ed Hamilton y Otto Binder, la otra mitad escritora de Eando Binder. Eando era una especie de acrónimo de los hermanos Ed y Otto Binder. E and O. Ed era un ilustrador de ciencia-ficción autodidacto, y no muy bueno. Malcolm Jameson, autor de historias espaciales orientada hacia lo naval, estaba allí, alto, enjuto, prematuramente encanecido, hablando con lentitud en tono grave. De vez en cuando traía consigo a su bonita hija, que hacía girar la cabeza de todos.

El compére pintoresco de esas meriendas era Manley Wade Wellman, un profesional del sur lleno de anécdotas regionales. Me parece recordar que tenía una mano ligeramente tullida, lo que podía de ser el motivo de que defendiera con tanta fuerza la causa confederada. Todos éramos muy pacientes con él, después de todo, nuestro lado ganó la guerra. Wellman era el típico hombre de mundo en aquellos años inocentes del treinta; siempre bebía vino con la comida.

Henry Kuttner y Otto Binder eran jóvenes de talla media, muy tranquilos y corteses, y carentes por completo de rasgos destacados. Una vez hice reír a Kuttner sin proponérmelo. Dije a Weisinger:

—Acabo de terminar un relato formidable que tiene lugar fuera del espacio, donde el tiempo local no tiene realidad objetiva. Es muy largo, unas 20,000 palabras, pero creo que puedo reducirlas a 5.000.

Kuttner se echó a reír. Yo también lo hago, cuando pienso en lo bobo que era. Una vez dije muy seriamente a Jameson:

—He descubierto algo importante. Si combinas dos historias en una, el resultado puede ser tremendamente atractivo;

El me observó con incredulidad.

—¿Nunca has oído hablar de dos líneas arguméntales contrapuestas? —gruñó.

No lo había oído. Lo descubrí por mí mismo.

Como era atrevido y de la peor calaña de intelectual snob, dije en privado a Weisinger que no me sentía muy impresionado con esos escritores que proporcionaban la mayor parte de la ciencia-ficción para las revistas, y le pregunté por qué recibían tantos encargos.

—Nunca escribirán un gran relato —me explicó—, pero nunca escriben uno malo. Sabemos que podemos contar con ellos.

Ahora, que he pasado algún tiempo como director de una revista, comprendo exactamente lo que quería decir.

Cuando llegó el estallido por el comic, mis dos sacerdotes renunciaron a Standard Magazines y se fueron al Superman Group. Había una desesperada necesidad de guionistas que suministraran escenarios (Wellman los llamaba "Squinkas") para los dibujantes, de modo que Weisinger y Schiff me contrataron como gionista. Yo no tenía la más mínima idea de como escribir un guión de comic, pero en una lluviosa tarde de sábado, Bill Finger, la estrella de los guionistas de comic de la época, se tomó el trabajo y me dio, un rival en potencia, un discurso incisivo e iluminador sobre el oficio. Aún recuerdo aquello como un alto ejemplo de generosidad de un colega a otro.

Escribí comics durante tres o cuatro años, con incrementada habilidad y éxito. Aquellos eran maravillosos días para un novato. Los Squinkas se estaban expandiendo y había una demanda constante de historias. Uno podía escribir tres o cuatro guiones por semana y experimentaba mientras aprendía el oficio. Los guiones eran generalmente una extraña combinación de ciencia-ficción y gangbuster[10]. Para daros una idea de cómo eran, he aquí una típica conferencia telefónica con un redactor al que llamaré Chuck Migg, acerca de un comic al que llamaré "Capitán Héroe". Naturalmente, ambos nombres son ficticios. El diálogo no.

—Ahora, escucha —dice Migg—, te llamo porque tenemos que hacer algo con el Capitán Héroe.

—¿Cuál es tu problema?

—La revista se imprime la semana que viene y nos faltan trece paginas. Una historia completa. Tenemos que inventar algo ahora mismo.

—¿Algún detalle en particular?

—Nada especial, excepto quizá dos cosas. Tenemos que ser originales y realistas. Sin fantasía.

—Correcto.

—Adelante, entonces.

—Espera un momento, por el amor de Dios. ¿Quién te crees que soy, Saroyan?

Dos minutos de intensa concentración. Luego Migg dice:

—¿Qué te parece esto? Un científico loco inventa una máquina para acelerar a la gente. De modo que unos ladrones la roban y la utilizan para sus fines. Se mueven tan tapido que pueden cometer el robo a un banco en una fracción de segundo.

-No.

—Comenzamos con un recuadro mostrando dinero y joyas que desaparecen llevadas por líneas borrosas y... ¿por qué no?

—Es un plagio de H.G. Wells.

—Pero igual es original.

—De cualquier modo es demasiado fantástico. Creí que habías dicho que seríamos realistas.

—Seguro que dije realistas, pero no que podamos ser imaginativos. Lo que tenemos que hacer...

—Espera un momento. No te apresures.

—¿Se te encendió la lamparilla?

—Quizá. Supón que comenzamos con un tipo que hace algún tipo de experimento. Es un científico, no un loco. Este es un tipo hecho y derecho.

—Lo cogí. Está haciendo un experimento para el bien de la humanidad. Un gancho narrativo diferente. .

—Tendremos que usar algún tipo de metal terrestre raro; cerio, quizás, o...

—No, volvamos al radio. No lo hemos usado desde hace tres números.

—De acuerdo, el radio. El experimento tiene éxito. Revive a un perro muerto con un suero de radio.

—Estoy esperando el nudo del asunto.

—El suero le entra en la sangre. De un encantador científico se transforma en un monomaniaco.

En este momento Migg da en el blanco.

—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Lo haremos un rey Midas. El doc es un alma tierna. Ha terminado un experimento que proporcionará vida eterna a toda la humanidad. De modo que da un paseo por su jardín y huele una rosa. ¡Buumm! Los pájaros explotan. ¿Cómo interviene el Capitán Héroe en todo esto?

—Bien, quizá podemos meter aquí a Jekyll y Hyde. El doctor no quiere ser un asesino ambulante. Sabe que hay una rara medicina que puede neutralizar el radio que lleva encima. Tiene que robarla de un hospital, y eso lleva al Capitán Héroe a investigar.

—De gran interés humano.

—Pero aquí está el siguiente nudo argumental. El doctor se inyecta la medicina y cree que está a salvo. Luego la hija entra en el laboratorio, y la mata al besarla. La medicina ya no surge efecto.

Ahora Migg está en órbita.

—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Primero colocamos un encabeza miento: EN EL SOLITARIO LABORATORIO UN CAMBIO ESPANTOSO TORTURA AL DOCTOR -como se llame- ¡AHORA ES EL DOCTOR RADIO!!! Bonito nombre, ¿no?

—De acuerdo.

—Luego ponemos unos pocos cuadros mostrando como se vuelve verde y estrella cosas y grita: ¡LA MEDICINA YA NO PUEDE SALVARME! ¡EL RADIO ESTA DEVORANDO MI CEREBRO! ¡¡¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCO, JA-JA-JA!!! ¿No te parece realista?

—Grandioso.

—De acuerdo. Eso liquida las tres primeras páginas. ¿Qué sucede con el Dr. Radio en las diez siguientes?

—Un final de acción directa. El Capitán Héroe lo persigue. El atrapa al Capitán Héroe en algo mortal. El Capitán Héroe escapa y atrapa al Dr. Radio y lo arroja por un risco, o algo así.

—No. Lo arroja en un volcán.

—¿Porqué?

—De este modo podemos inventar una secuela del Dr. Radio. Es un buen contenedor de miserias. Podemos hacer que atraviese las paredes y la materia por causa del radio.

—Seguro.

—Este será un gran personaje, de modo que no te apures con el texto. ¿Puedes comenzar hoy? Bien. Mañana enviaré un mensajero a buscarlo.

El gran George Burns, lamentándose sobre la muerte del vodevil dijo una vez: "Ya no hay lugares para que los chicos hagan cosas despreciables." Los comics me dieron una amplia oportunidad de eliminar de mi sistema un montón de escritura despreciable.

La línea "... lo' arroja por un risco, o algo así" tiene una significación muy particular. Teníamos autoimpuestos unas reglas muy estrictas sobre muerte y violencia. Los Tíos Buenos nunca mataban deliberadamente. Peleaban, pero sólo con los puños. Sólo los villanos acostumbraban a usar armas mortales. Podíamos mostrar la llegada de la muerte —un personaje cayendo desde un edificio alto, ¡Ayyyhhh!— y también el resultado de la muerte —un cadáver, pero siempre boca abajo—. Nunca podríamos mostrar el momento de la muerte; nunca una herida, nunca un rictus, ni sangre, a lo sumo un cuchillo sobresaliendo de una espalda. Recuerdo el impacto que recorrió todo el despacho de "Superman" cuando Chet Gould dibujo una bala perforando la cabeza del villano en "Dick Tracy"

Teníamos otras reglas estrictas. Ningún poli podía ser estafador. Podían ser tontos, pero tenían que ser honestos. Desaprobábamos la policía corrupta de Raymon Chandler. Ningún artefacto mecánico ni científico podría ser utilizado a menos que tuviera una sólida fundamentación en hechos. Acostumbrábamos a reírnos de los artefactos extravagantes que Bob Kane inventaba (por lo general escribía sus propios guiones) para "Batman y Robin", a quienes, entre nosotros, llamábamos Batman y Rabinowitch. El sadismo era absolutamente tabú; sin escenas de tortura ni escenas de dolor. Y, por supuesto, el sexo estaba totalmente ausente.

Holiday cuenta una gran historia sobre George Horace Lorrimer, el imponente editor en jefe del Saturday Evening Post, nuestra revista hermana. Hizo algo muy osado para aquellos tiempos. Incluyó en la revista una novela en dos partes y la primera entrega terminaba con la chica llevando al chico a su apartamento a media noche para cenar unos huevos con café. La segunda entrega se iniciaba con ellos desayunando juntos en el apartamento la mañana siguiente. Llegaron miles de cartas indignadas, y Lorrimer hizo imprimir una especie de respuesta: "El Saturday Evening Post no se responsabiliza por la conducta de sus personajes entre una entrega y otra." Presumiblemente, nuestros héroes del comic vivían sus vidas normales entre un número y otro; un Batman que fuma marihuana y lleva chicas a la cama, un Rabinovich que prende fuego a la biblioteca de su escuela como protesta por algo.

En ese entonces estaba casado, y mi esposa era actriz. Un día me contó que el programa de radio Nick Cárter buscaba guionistas. Cogí uno de mis mejores relatos para comic, lo transformé en guión para radio, y fue aceptado. Luego me contó de un nuevo programa, Charlie Chan, que tenía problemas con los guionistas. Hice lo mismo con idéntico resultado. Para fin de año era escritor regular de aquellos dos programas y me ramificaba con La Sombra y otros. Los días de los comics habían terminado, pero el espléndido entrenamiento que había recibido en visualización, enfoque, diálogo y economía de recursos quedaron conmigo para siempre. La imaginación debe partir del interior; nadie te puede enseñar eso. Las ideas deben venir afuera, y es mejor que explique esto.

Generalmente, las ideas no llegan de cualquier parte; requieren un montón de abono para su germinación, y el abono debe ser diligentemente preparado. Pasé muchas horas a la semana en las salas de lectura de la biblioteca pública de Nueva York de la calle Cuarenta y Dos y la Quinta Avenida. Leía de todo con atención de urraca en busca de posibles ideas: fraudes artísticos, métodos policiales, contrabando, psiquiatría, investigación científica, diccionarios ilustrados, música, demografía, biografías, obras teatrales... la lista es incalculable. Me había visto obligado a desarrollar una técnica de lectura veloz en la escuela de leyes y leía un promedio de una docena de libros por sesión. Pensaba que una idea potencial por libro era un premio razonable. Todo ese material fue a parar a mi Libro de Tópicos para su uso futuro. Aún lo utilizo y continúo incrementándolo.

Y así durante los siguientes cinco o seis años me olvidé de los comics, de la ciencia-ficción, y me sumergí enteramente en el negocio del espectáculo. Todo era nuevo, colorido, cambiante y —debo ser honesto— mucho más lucrativo. Escribí guiones de misterio, aventuras, fantasía, todo aquello que propusiera un desafío, una nueva experiencia, algo que nunca había hecho antes. Incluso llegué a dirigir un programa, y ese fue otro desafío fascinante.

Pero muy lentamente un veneno insidioso comenzó a corroer mi placer; estaba constreñido a la censura del medio y al control del cliente. Había demasiadas ideas que no se me permitían explorar. Los directivos decían que eran demasiado diferentes; que el público no las comprendería. Los contables decían que eran demasiado caras, que el presupuesto no las admitiría. Un cliente de Chicago escribió una carta enojada al productor de uno de mis programas. "Dile a Bester que desista de ser original. Todo lo que quiero es guiones ordinarios." Fue realmente doloroso. La originalidad es la esencia dé lo que un artista tiene que ofrecer. De una forma u otra, debemos producir un sonido nuevo.

Pero debo admitir que la originalidad compulsiva puede a veces ser un estorbo para mí tanto como para los demás. Cuando se desarrolla un relato, una media docena de ideas brotan de mi mente. Son examinadas y desechadas. Si surgen con facilidad, no valen mucho la pena. "Sigue el camino difícil", me digo a mi mismo, y me pongo en campaña, enloqueciendo a todo el mundo durante el proceso. Camino interminablemente, murmurando para mí mismo. Hago largas caminatas. Me siento en los bares y bebo, esperando que un fragmento de conversación escuchado a medias me dé una pista. Nunca sucede, pero siempre hago lo mismo, por razones que nunca comprenderé. No obtengo ideas en los bares.

He aquí un ejemplo. Recientemente estaba lidiando con el fenómeno de las feromonas. Una feromona es una hormona externa segregada por un insecto —una hormiga, por ejemplo— cuando encuentra una buena fuente de comida. Los otros miembros de la colonia son impulsados a seguir el rastro feromonal, y así encuentran la comida. Yo quería extrapolar esto en un hombre y tenía que hacerlo por el camino difícil. De modo que caminé y caminé y por último fui a un bar donde tuve que aguantar a un pesado presentador de TV, quien llenó mis oídos con un monólogo aburrido. Estaba mirando de mal humor mi copa y preguntándome cómo escapar, cuando el camino difícil llegó a mí. "El no deja un rastro —estallé"—. Es impulsado a seguir un rastro." Mientras el presentador me contemplaba atónito, saqué mi dietario y escribí: "La muerte deja un rastro de feromona para él; muerte en los hechos, muerte en los actos, muerte en la planificación."

Así, impulsado por la frustración, volví a la ciencia-ficción para mantener mi cordura. Era una válvula de escape, una escotilla de escape, una terapia. Las ideas que no podía desarrollar en los programas podían ser escritas como relatos de ciencia-ficción, y tendría la satisfacción de verlas cobrar vida. (Para eso debes tener un público.) Escribí quizás una docena y media de relatos, muchos de ellos para Fantasy & Science Fiction, cuyos directores, Tony Boucher y Mike McComas, los recibieron con inagotable amabilidad y aprecio.

Escribí unos pocos relatos para Astounding, fue entonces cuando tuve mi demencial encuentro con el gran John W. Campbell, hijo. No necesito prolongar este encuentro recordándoles que mi adoración por Campbell venía de largo tiempo atrás. Nunca me había encontrado en él; todos mis relatos habían sido enviados por correo. No tenía la más mínima idea de cómo era, pero lo imaginaba como una combinación de Bertrand Russell y Ernest Rutherford. De modo que envié un nuevo relato a Campbell, uno que ningún programa aceptaría emitir. Se llamaba "Odi e Id" y sus conceptos eran freudianos: un hombre no es gobernado por su mente consciente sino más bien por sus compulsiones inconscientes. Campbell me telefoneó, pues quería discutir algunos cambios conmigo. ¿Podía ir a su oficina? Estuve encantado de aceptar la invitación a pesar de que las oficinas editoriales de Astounding estaban en los quintos infiernos de New Jersey.

Las oficinas de la editorial parecían una fábrica sombría y tal vez eran un taller de impresión. Las "oficinas" resultaron ser un pequeño despacho, estrecho, sucio, ocupado no sólo por Campbell sino también por su secretaria, la señorita Tarrant. Mi único patrón de comparación eran los glamorosos estudios y las oficinas de las agencias de publicidad. Me sentí desolado.

Campbell surgió de atrás de su escritorio y nos dimos la mano. Soy un tipo bastante corpulento, pero él me pareció enorme... del tamaño apropiado para placar a un adversario. Era hosco y parecía preocupado por cuestiones de gran importancia. Se sentó tras el escritorio. Yo me instalé en la silla de las visitas.

—Usted no lo sabe —dijo Campbell—. No tiene modo de saberlo, pero Freud está liquidado.

Lo miré fijamente.

—Si se refiere a las escuelas rivales de psiquiatría, señor Campbell, yo creo que...

—No, no me refiero a eso. La psiquiatría, tal como la conocemos está muerta.

—Oh, vamos, señor Campbell. Seguramente está usted bromeando.

—Nunca he estado más serio en toda mi vida. Freud ha sido destruido por uno de los más grandes descubrimientos de nuestro tiempo.

—¿Cuál?

—La dianética.

—Nunca oí hablar de ella.

—Fue descubierta por L. Ron Hubbard, y le hará ganar él premio Nobel de la Paz —dijo Campbell con solemnidad.

—¿El premio Nobel de la Paz? ¿Por qué?

—¿No merecería el premio Nobel el hombre que limpiaré el mundo de guerras?

—Supongo que sí, ¿pero cómo?

—Por medio de la dianética.

—Honestamente no sé de que me está hablando.

—Lea esto —dijo y me entregó un fajo de largas pruebas de galera. Eran, como lo descubrí más tarde, las galeras del primer artículo sobre dianética que aparecerían en Astounding.

— ¿Leerlas aquí y ahora? Son demasiadas hojas.

El asintió, ordenó unos papeles, habló a la señorita Tarrat y continuó sus asuntos, ignorándome. Leí la primera galera cuidadosamente, la segunda no tan cuidadosamente, pues esa tontería de la dianética me aburría. Al fin, dejé que mis ojos vagaran por las páginas, pero siendo muy cuidadoso de que pasara el tiempo suficiente para que Campbell no supiera que estaba haciendo trampa. Me parecía muy perspicaz y observador. Después de un tiempo prudente, junté pulcramente las galeras y las coloqué sobre la mesa de despacho de Campbell.

—¿Bien? —quiso saber—. ¿Ganará Hubbard el premio Nobel?

—Es difícil de decir. La dianética es una idea muy original e imaginativa, pero sólo he leído el texto una vez. Si pudiera llevarme el juego de galeras a casa y...

—No —dijo Campebell—. Es el único juego. Estoy restructurando el próximo número para incluir el artículo. Es muy importante. —Entregó las galeras a la señorita Tarrant.— Usted se opone. De acuerdo. Muchas personas lo hacen cuando una idea nueva amenaza con derribar su modo de pensar.

—Es posible —dije—, pero creo que ese sea mi caso. Soy hipertiroidico, un simio intelectual, curioso por todo.

—No —dijo Campbell, con la seguridad de un diagnosticador—. Usted es un hipotiriodico. Pero esto no es cuestión de intelecto, sino de emociones. Nos ocultamos nuestra historia emocional a nosotros mismos, y la dianética puede trazar esa historia retrocediendo hasta la matriz.

—¡Hasta la matriz!

—Sí. El feto recuerda. Venga, vamos a comer algo.

Recuerden que yo era de la Avenida Madison, con sus comidas onerosas. No fuimos al equivalente de Sardi's, el 21, o aún el P J.Clarke, en Jersey. Me condujo abajo y entramos en un pequeño y vulgar restaurante lleno de empleados e impresores; era un recinto interior con paredes blancas que hacían reberberár todo el sonido. Pedí un liverwurst con pan blanco, sin mostaza, y una Coca. No puedo recordar que comió Campbell.

Nos sentamos en una mesita mientras él continuaba el discurso sobre la dianética, la gran tabla de salvación del futuro cuando el mundo hubiera sido limpiado de heridas emocionales. Súbitamente se incorporó y se inclinó amenazante sobre mí.

—Usted puede conducir su memoria hasta la matriz -dijo—. Puede hacerlo si se libera de los bloqueos, aclara la mente y recuerda. Inténtelo.

—¿Ahora?

—Ahora. Piense. Retroceda con el pensamiento. Aclárese. ¡Recuerde! Puede recordar cuando su madre trató de abortar con una grapadora. Nunca ha dejado de odiarla por eso.

Alrededor de mí se escuchaban voces altisonantes: "Una hamburguesa, con mayonesa. ¡Ochenta y seis carambolas! Un combinado de pan centeno, con aderezo. Un capuchino." Y allí estaba el sombrío hombre dispuesto a placarme, ejerciendo la dianética sin licencia. El escenario era tan demencial que comencé a temblar evitando echarme a reír. Recé: "Ayúdame Dios mío, por favor. No me dejes reírme en su cara. Muéstrame el camino." Dios me lo mostró. Levanté la mirada hacia Campbell y dije:

—Tiene usted mucha razón, señor Campbell, pero las heridas emocionales son demasiado para soportarlas. No puedo continuar con esto.

Estuvo satisfecho.

—Sí, pude advertir que estaba temblando.

Se sentó, terminamos de comer y volvimos a su despacho. Resultó que los únicos cambios que quería hacer en el relato era la remoción de todos los términos freudianos que ahora la dianética volvía obsoletos. Estuve de acuerdo, por supuesto; eran cosas menores, y era un gran honor aparecer en Astounding, no importa a qué precio. Por último logré escapar y retorné a la civilización, donde me tomé tres Gibson dobles; la cebollita no me hizo llorar.

Ese fue mi primer y único encuentro con John Campbell, y por cierto mi única entrevista publicable con él. He hecho algunas entrevistas extrañas en el mundo del espectáculo, pero ninguna igual a ésta. Reforzó mi opinión personal de que la mayoría de los tipos de la ciencia-ficción, a pesar de su brillantez, tienen un tornillo flojo. Quizás es el precio que deben pagar por la brillantez.

Un día, inesperadamente, Horace Gold me llamó por teléfono para pedirme que escribiera para Galaxy, que acababa de lanzar con tremendo éxito. Ocupaba un espacio vacante en el género; Astounding era la ciencia por antonomasia; Fantasy & Sciencie Fiction era ingenio y sofisticación; Galaxy tenía orientación psicológica. Me sentí alagado pero rehusé, explicándole que no creía que fuera un autor importante comparado con los auténticos grandes.

—¿Por qué me llamas a mí? —pregunté—. Puedes tener a Sturgeon, Leiber, Asimov, Heinlein.

—Ya los tengo —me respondió—, y te quiero a ti.

—Horace, tú eres un viejo guionista, de modo que me comprenderás. Estoy atado a un programa de mierda dirigido por alguien sin talento. Tengo que escribirle libretos, chanzas y guiones para que los mutile. Me tiene entre la espada y la pared. Su agente me tiene entre la espada y la pared. Verdaderamente no tengo tiempo.

Horace no abandonó. Llamaba de vez en cuando para charlar sobre las novedades en ciencia-ficción, los nuevos conceptos, que autores habían fallado y cómo lo habían hecho. En el curso de estos cotilleos se las ingenió para decir que yo era mejor escritor de lo que pensaba y para preguntar si no tenía alguna idea en la que fuera interesante trabajar.

Todo esto ocurría por teléfono, ya que Horace estaba encerrado en su apartamento. Había tenido experiencias chocantes, tanto en Europa como en el Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, y había sido dado de baja con total agarofobia. Todo el mundo tenía que ir a verlo a su apartamento, incluyendo su psiquiatra. Horace era de lo más entretenido por teléfono: ingenioso, irónico, perceptivo, realizaba penetrantes críticas sobre ciencia-ficción.

Yo disfrutaba mucho de estos cotilleos profesionales con Horace y comencé a sentirme en deuda con él; después de todo, estaba también más o menos atrapado en mi estudio. Por último sometí quizás una docena de ideas a su juicio. Horace las discutió todas, muy sensible y realísticamente, y por último sugirió combinar dos ideas diferentes en lo que luego se transformó en El hombre demolido. Recuerdo una de las ideas sólo vagamente; tenía que ver con la percepción extrasensorial, pero he olvidado el artificio. La otra la recuerdo muy bien. Quería escribir un policial sobre un futuro en el cual la policía estuviera armada con máquinas del tiempo, de modo que si se cometía un crimen podían rastrearlo hasta su origen. Esto haría al crimen imposible. Pues, ¿cómo, en una historia, abierta, podría un criminal astuto burlar a la policía?

Es mejor explicar el asunto ése de la "historia abierta". El policial clásico es una historia cerrada, o enigma. Es un puzzle en el cual todo todo está oculto, excepto las claves cuidadosamente esparcidas a través del relato. El lector debe juntarlas y resolver el puzzle. Yo había adquirido bastante experiencia en el tema. Sin embargo, estaba trabajando para demasiadas series policiales y frecuentemente sufría atrasos, un delito horrible, de modo que a veces cometía un delito menor robando uno de mis guiones de la Serie A y adaptándolo para la Serie B.

Estaba leyendo un guión de hace tres años para la Serie A con la idea de un posible robo, cuando caí en la cuenta que todas las escenas estaban equivocadas. Era una buena historia, pero en el intento de mantener cerrado el puzzle, me había visto forzado a omitir el drama real para presentar en su lugar los resultados sorprendentes de la acción tras la escena. De modo que desarrollé para mí mismo un estilo de narración policial donde todo está abierto y expuesto al público, cada movimiento y contramovimiento, sólo manteniendo la solución final como sorpresa. Es una forma extremadamente dificultosa de escribir; requiere que tus antagonistas se venzan continuamente unos a otros con ingenio y habilidad.

Horace me sugirió que en lugar de utilizar máquinas del tiempo como obstáculo para el criminal, utilizara la percepción extrasensorial. El viaje temporal, dijo, era un tema bastante remanido, y tuve que darle la razón. La telepatía, dijo Horace, sería un obstáculo aún más dicífil de vencer, y tuve que darle la razón.

—Pero no me gusta la idea de un detective lector de mentes —dije—. Lo hace demasiado especial.

—No, no, —dijo Horace—. Tienes que crear toda una sociedad de telépatas.

Y así comenzó la creación. Discutíamos por teléfono casi diariamente, cada uno haciendo sugerencias, desechando sugerencias, adaptando y revisando sugerencias. Horace era, al menos para mí, el editor ideal, siempre dispuesto, siempre animado, nunca perdía el entusiasmo. Era testarudo, Dios lo sabe, pero yo también lo era, quizás aún más que él. Lo que salvaba la relación era que ambos sabíamos que nos respetábamos mutuamente; esto, y nuestra concentración profesional en el trabajo. Para los profesionales el trabajo es el jefe.

La novela comenzó en Nueva York. Cuando mi programa de TV dejó de producirse en verano, cogí el manuscrito y lo llevé a nuestro cottage en las islas Fire, y lo continué allí. Recuerdo algunos incidentes divertidos. Mientras mecanografiaba en el porche del frente, Wolcott Gibbs, el crítico teatral del New Yorker que vivía calle arriba, cada vez que pasaba por nuestro cottage y me veía trabajando, me hacía un gesto de reprobación. Wolcott había prometido escribir una biografía de Harold Ross durante ese verano y no había aún escrito una línea. I.F. (Izzy) Stone cayó por ahí una vez y se encontró metido en una animada discusión sobre el pensamiento político tal como era reflejado por la ciencia-ficción. Izzy quedó tan fascinado que nos pidió que nos detuviéramos cinco minutos mientras corría a su casa para cambiar las baterías del audífono.

Yo acostumbraba a ir de pesca al amanecer y al atardecer. Una tarde estaba pasando el rato, sosteniendo la caña y no pensando en nada particular, cuando la idea de utilizar símbolos tipográficos en los nombre hizo encender la lamparilla de mi mente. Recogí la línea tan rápidamente que la enredé, eché a correr hacia el cottage y me puse a hacer pruebas con la máquina de escribir. Luego volví atrás en el manuscrito y cambié todos los nombres. Recuerdo que dejé de trabajar una mañana para contemplar un eclipse y el cielo se nubló. Era obvio que alguien no aprobaba los recreos provocados por eclipses. El título provisorio era Demolition (Demolición). Horace lo cambió por El hombre demolido. Creo que es mucho mejor.

La novela fue recibida con considerable entusiasmo por los lectores de Galaxy, lo que fue gratificante pero sorpresivo. No había tenido intención consciente de abrir nuevos caminos; sólo había intentado hacer un trabajo artesanal. Algunos de los comentarios de los fans me divirtieron. "¡Oh, señor Bester! Cómo comprende usted a las mujeres." Nunca creí comprender a las mujeres. "¿Quiénes fueron los modelos para sus personajes?" Se sintieron sorprendidos cuando les dije que el modelo de un protagonista era una estatua de bronce de un emperador romano en el Museo Metropolitan. Me había fascinado cuando era niño. Leí el carácter del emperador en el rostro y, cuando llegó la hora de describir a este particular personaje de ficción, utilicé a mi emperador como molde.

El réclame de la novela me transformó en alguien dentro de la ciencia-ficción, y despertó la curiosidad sobre mi persona. Fui invitado a las reuniones del club Hydra, donde me encontré con gente sobre la que yo tenía curiosidad: Ted Sturgeon, Jim Blish, Tony Boucher, Ike Asimov, Avram Davidson, en ese entonces un judío profesional que usaba ya mulka, y muchos otros. Eran todos chiflados (yo también. Hay que serlo para encontrarlos) y me convencieron una vez más de que a la mayoría de los autores de ciencia-ficción tienen pájaros en la sesera. Puedo recordar una discusión, sobre la forma correcta de planear un robo, en que el tono adquirió tal temperatura que por un momento pensé que Judy Merril iba a golpear a Lester del Rey en la nariz. O quizá era al revés.

Yo estaba particularmente atraído por Blisch y Sturgeon. Ambos eran conversadores tranquilos y encantadores. Jim y yo solíamos caminar por el Central Park durante su hora libre del mediodía (entonces trabajaba en relaciones públicas para una empresa farmacéutica) y hablábamos del oficio, A pesar de que era un admirador de su trabajo, sentía que carecía del. impulso en el cual yo había sido entrenado, y constantemente lo urgía a acometer sus relatos con más vigor. Nunca pareció estar resentido por esto, o al menos era demasiado cortés para demostrarlo. Su problema básico en hacer compatibles sus escritos en relaciones públicas por un lado, con sus escritos creativos por el otro lado. No podría darle consejos en eso. Es un problema que muy pocas personas pueden resolver.

Sturgeon y yo solíamos encontrarnos ocasionalmente en los bares para tomar una copa y charlar. La forma de escribir de Ted se ajustaba exactamente a mi gusto, y es por eso que pienso que era el mejor de todos nosotros. Pero tenía una cualidad que me divertía y exasperaba. Tal como Mort Sahl y algunas otras celebridades que he entrevistado —Tony Quinn es otra—, Ted vivía en crisis, y si no estaba en crisis se inventaba una. Su vida era completamente desorganizada, y eso hacía imposible que realizara sus obras con su mejor nivel. ¡Qué desperdicio!

Para ser justo debería hacer una descripción de mí mismo. La haré, pero la dejaré para el final.

Había escrito una novela contemporánea basada en mis experiencias de televisión y ésta se había reimpreso bastante, siendo vendida por último para el cine. Mi esposa y yo decidimos liquidar las ganancias pasando algunos años en el extranjero. Pusimos todo en un depósito, alquilamos un pequeño coche inglés, redujimos nuestro equipaje al mínimo y partimos. Los únicos materiales de escribir que llevé conmigo fueron una portátil, mi Libro de Tópicos, un diccionario y una idea para otra novela de ciencia-ficción.

Hacía algún tiempo que jugaba con la idea de utilizar El Conde de Montecristo como modelo de una historia. La razón es simple: siempre he preferido al antihéroe, y siempre encontré altamente dramáticos los tipos convulsivos. No dejó de ser sólo una intención hasta que compramos nuestro cottage en las islas Fire y encontré un montón de viejos National Geographic. Como es natural, los leí y encontré un artículo muy interesante sobre la supervivencia, de marinos torpedeados en el mar. El récord lo tenía un ayudante de cocina filipino que duró algo así como Cuatro meses en una balsa abierta. Luego venía el detalle que me atrajo. Varias veces lo habían visto barcos que pasaban y rehusaban cambiar de curso para rescatarlo porque los submarinos nazis solían utilizar señuelos de este tipo. La mente de urraca comenzó a trabajar, picoteó la idea y la intención se transformó en una historia en desarrollo con un inicio muy fuerte.

Las  estrellas mi destino[11] (he olvidado cual fue el título inicial) comenzó en un romántico cottage blanco de Surrey. Esto explica porque tantos nombres son ingleses. Cuando comencé la historia, pasé días leyendo la guía telefónica buscando nombres para los personajes —soy muy remilgado en cuanto a nombres— y en este caso utilicé las guías inglesas. Me sentí impulsado a encontrar o inventar nombres con sílabas variables. Uno, dos, tres y cuatro. Soy extremadamente sensible a las pautas. También soy extremadamente sensible al colorido de las palabras y al contexto. Para mí no existen cosas tales como sinónimos.

El libro progresó muy lentamente y cuando llegó la hora de dejar Surrey por un piso en Londres había perdido el impulso. Volví atrás, cogí todo desde el principio y comencé otra vez, esperando generar una buena presión de vapor. Escribo acicateado por la histeria. Me atascaba una y otra vez y no sabía por qué. Todo me parecía equivocado. No podía usar una portátil, pero las únicas máquinas estándar que pude alquilar tenían teclado inglés. Eso me sacaba de quicio. El papel de escribir inglés es más pequeño que el norteamericano y eso me sacaba de quicio. Y hacía frío, frío, frío, frío. De modo que en noviembre empacamos, cogimos el ferry en Dover y, con la niebla mordisqueándonos el trasero todo el camino, cruzamos el canal y nos dirigimos al sur, hacia Roma.

Después de muchas aventuras nos instalamos finalmente en un apartamento con penthouse en la Piazza della Muse. Mi esposa comenzó a trabajar en el cine italiano. yo localicé una (1) máquina de escribir estándar en toda Roma con teclado norteamericano y comencé otra vez, una vez más desde el principio. Esta vez comencé a ganar impulso, muy lentamente, y sólo esperaba la aparición de la histeria para rematar el asunto. Recuerdo vivamente el día en que ésta llegó.

Estaba conversando del oficio con un joven director italiano para el cual trabajaba mi esposa, ambos quejándonos de las cosas experimentales que nunca se nos había permitido hacer. Le conté sobre un artículo sobre sinestesia que había deseado desde hace años convertir en un guión de TV. Tuve que explicarle qué era la sinestesia —fue años antes de la experimentación con drogas psicodélicas— y mientras le estaba describiendo el fenómeno, súbitamente pensé, "¡Dios mío! esto es para la novela. Me lleva directamente al climax." Y advertí que había estado tantos meses empantanado porque no tenía un buen fin en mente. Debo tener un principio y un final buenos. Me gusta aquel viejo adagio de Hollywood: "Empieza con un terremoto y construye un climax."

El trabajo comenzó a pesar de muchas agonías. Roma no es un buen lugar para un escritor que necesita tranquilidad. Los italianos fa rumore (meten bulla) apasionadamente. El piloto de un club de Piper estaba deslumbrado por una chica que tomaba el sol en el terrado de una mansión del otro lado de la calle y fastidiaba, a ella y a mí, cada mañana desde las siete hasta las nueve. Había frecuentes carreras informales de motociclistas en nuestra piazza. Los italianos siempre quitan los silenciadores de sus vehículos; esto hace que se sientan unos Tazio Nuvolare. En el otro lado de nuestro penthouse, había un edificio en construcción, y nadie sabe de rumore si no escuchó a albañiles hablando de política.

También tenía problemas de investigación. La biblioteca oficial norteamericana era lamentablemente inadecuada. La biblioteca del Consulado Británico era un encanto, y la utilizaba con regularidad, pero ninguno de sus libros era posterior a 1930, lo cual no ayudaba a un escritor de ciencia-ficción en busca de información sobre cinturones de radiación. Desesperado, comencé a fastidiar a Tony Boucher y Willy Ley con cartas solicitando información. Siempre me respondieron, Dios los bendiga. Tony sobre humanidades —"Querido Tony ¿cuál demonios es el nombre de está secta rusa que practica la autocastración? ¿Slosky? algo por el estilo."— y Willy sobre ciencias —"Querido Willy, ¿cuánto puede sobrevivir un hombre sin protección en el espacio? ¿Diez minutos? ¿Cinco minutos? ¿Cuál sería su muerte?"—.

El libro estuvo completo tres meses más tarde, después del tercer comienzo en Roma; el primer borrador de una novela me lleva usualmente unos tres meses. Luego hay un placentero período de revisión y reescritura; siempre me gustó pulir las cosas. ¿Qué puedo decir sobre el asunto? Os he contado sobre el comienzo y el climax. Os he contado sobre los años de preparación archivando cosas en mi mente y sobre mi Libro de Tópicos. Si queréis una ecuación empírica de mis textos de ciencia-ficción... en verdad de todos lo textos, ésta es:

 


 

 

 

 

Concepto +

 

 

 

 


Disciplina

Experimentación

Experiencia

Sentido estructural

Sentido dramático

Preparación

Imaginación

Extrapolación

Histeria


 

 

 

 

    =  Historia

 

 

 

 


 

 

 

 

ßà Planteo

 

 

 

 

 


 

Debo ampliar esto un poco. El autor de ciencia-ficción maduro no se limita a contar una historia sobre Brick Malloy vs. Los Gigantes de Levadura de Gethsemaní. Plantea algo a través de toda la historia. ¿Cuál es este planteo? El mismo, las dimensiones y profundidades del hombre. Su planteo es ver lo que los demás ven, pero pensando lo que nadie antes ha pensado, y teniendo el valor de decirlo. Lo maldito del caso es que sólo el tiempo nos dirá si valía la pena decirlo.

De vuelta en Londres al año siguiente, pude conocer a los jóvenes autores ingleses de ciencia-ficción a través de Ted Carnell y mi editor en Londres. Se reunían en un pub cercano al Strand. Eran un grupo divertido y hablaban con una rapidez e intensidad que me recordaba los debates de la Oxford Union. Y se hacían una pregunta que yo nunca fui capaz de responder: ¿Por qué los escritores de ciencia-ficción ingleses, tan brillantes socialmente, producen con tanta frecuencia historias tan aburridas y predecibles: hay notables excepciones, por supuesto, pero tengo la solapada sospecha de que tienen madres norteamericanas.

John Wyndham y Arthur Clarke concurrían a las reuniones. Pienso que Arthur era un tipo bastante raro, en un sentido parecido a John Campbell, totalmente carente de sentido del humor. Una vez nos comprometió a todos a la reunión de la próxima semana; nos mostraría unas asombrosas diapositivas submarinas que había tomado. En verdad trajo un proyector y diapositivas y nos las mostró. Después de ver unas pocas, dije:

—Maldición, Arthur, estas no son tomas submarinas. Las has sacado en un acuario. Puedo ver el reflejo producido por el cristal.

Y todo degeneró en una discusión sobre si el fotógrafo y su cámara habían estado también bajo el agua.

Fue alrededor de esta época cuando tuvo lugar algo que responderá a una pregunta que frecuentemente me hago: ¿Por qué abandoné la ciencia-ficción después de mis dos novelas? Tendré que utilizar un flashback, un recurso que no me gusta, pero no veo otra solución. Un mes antes de dejar los Estados Unidos, mi agente me llamó para presentarme a un distinguido caballero, editor en jefe de la revista Holyday, que estaba a la pesca de un artículo sobre la televisión. Me dijo que había probado a dos escritores profesionales de revistas sin ningún éxito, y cómo última esperanza se había dirigido a mí, ya que yo había escrito una novela sobre el tema.

Era un desafío intrigante. Conocía la televisión, pero no sabía absolutamente nada sobre artículos de revista. De modo que una vez más exploré, experimenté y me enseñé cosas a mí mismo. A Holiday le gustó tanto el artículo que me solicitaron otros sobre la televisión italiana, francesa e inglesa mientras me encontraba en el extranjero, y así lo hice. Fue justo cuando mi esposa y yo habíamos decidido instalarnos en Londres permanentemente, que Holiday me solicito que regresara a los Estados Unidos. Iban a iniciar una nueva sección titulada "Las Artes Traviesas" y querían que fuera un colaborador mensual. Otro desafío. Retorné a Nueva York.

Una nueva vida llena de excitación comenzó para mí. Ya no estaba encerrado en mi taller; salía y entrevistaba gente interesante de profesiones interesantes. La realidad se había vuelto tan colorida que ya no necesitaba la terapia de la ciencia-ficción. Y como la revista no me imponía límites, más allá de los requerimientos prácticos de la técnica de un profesional, ya no necesitaba una válvula de escape.

Escribí veintenas de artículos, y debo confesar que era mucho más fácil que escribir ficción, de modo que tal vez me hice holgazán, Pero tratad de visualizar la alegría de ser enviado a vuestra vieja universidad para hacer una nota, de ir a Detroit para realizar una prueba de conducción en los nuevos automóviles, de realizar el primer vuelo en el Boeing 747, de entrevistar a Sofía Loren en Pisa, a De Sica en Roma, a Peter Ustinov, Sir Laurence Olivier (en Hollywood lo llamaban Sir Larry), Mike Todd y Elizabeth Taylor, George Balanchine. Entrevistaba y escribía, y escribía, y escribía, hasta que a Holiday le resultó más barato contratarme como jefe de redacción, y hete aquí un nuevo desafío.

Nunca perdí el contacto del todo con la ciencia-ficción; hacía crítica de libros para Fantasy & Science Fiction, que se encontraba entonces dirigida por Bob Mills, y más tarde por Avram Davidson. Desafortunadamente, mis gustos se habían hecho tan elevados que parecían irritar a los fans, que exigían un tratamiento especial para la ciencia-ficción. Mi actitud para la ciencia-ficción era considerarla simplemente una de las tantas formas de ficción y juzgarla con los estándares comunes a todas. Un relato imbécil es un relato imbécil, lo haya escrito Robert Heinlein o Norman Mailer. Un fan enfurecido escribió a la revista para decir que, obviamente, yo había sufrido un cambio.

Ay, todas las cosas llegan a su fin. Holiday se debilitó luego de unos robustos veinte años; mis ojos se debilitaron, como los del pobre Congreve; y aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy, de vuelta en mi estudio, encerrado y solo, volviendo a mi primer amor, mi amor original, la ciencia-ficción. Espero que no sea demasiado tarde para reanudar nuestros amoríos. Ike Asimov me dijo una vez: "Alfie, hemos abierto nuevos caminos en nuestra época, pero tenemos que enfrentar el hecho de que estamos en el ocaso." Espero que no, pero si es verdad, caeré luchando ante este nuevo desafío.

¿Cómo soy? He aquí una descripción de mí mismo tan honesta como sea posible. Venid a mi estudio, un apartamento de tres habitaciones que es un caos, lleno de libros, manuscritos, máquina de escribir, telescopios, microscopios, resmas de papel de mecanografía y frascos de química. Vivimos en el apartamento de arriba, y mi esposa utiliza mi cocina como depósito. Esto me fastidia; acostumbraba a utilizarla como laboratorio. He aquí un detalle interesante: aunque soy un bebedor empedernido, no permito que se guarde bebidas allí; no quiero borracheras en mi estudio.

Me encontrarán en un taburete alto, ante una mesa de dibujo, corrigiendo algunas de mis páginas. Estoy usando, probablemente delgados pantalones pijamas, una vieja camisa, y estoy descalzo. Verán un tipo robusto con pelo castaño oscuro que comienza a encanecer, una barba tupida casi blanca y unos ojos castaño oscuros parecidos a los de un spaniel triste. Os doy la mano, os hago sentar, me encaramo de nuevo en el taburete y enciendo un cigarrillo, siempre charlando cordialmente de esto y aquello para que os sintáis cómodos. Sin embargo, es posible que me guste sentarme más alto que vosotros porque eso me da una ventaja psicológica. No creo que sea así, pero a veces me han acusado de esto.

Tengo una aguda voz de tenor (excepto cuando estoy enojado; entonces se vuelve ronca y estridente) con curiosas inflexiones. En una frase puedo subir y bajar una octava. Tengo tendencia a arrastrar las vocales. He pasado mucho tiempo en el extranjero, por lo que mi acento parece haber sido afectado por ciertos idiomas europeos. No sé por qué. Digo garage a la francesa, con una "r" gutural, y si golpean a la puerta aullo automáticamente "¡Avanti!", un hábito que adquirí en Italia.

Por otra parte, mi lenguaje está salpicado con las acostumbradas obcenidades del mundo del espectáculo, además de palabras en yiddish y frases profesionales. Corrompí a los WASP[12]* de las oficina de Holiday. Era gracioso que, un rubio redactor júnior recién egresado de Yale, entrara en mi oficina y dijera:

—Alfie, tenemos un tsimmis con la pieza de teatro. Ese goniff no quiere reescribirla.

Lo que vosotros no sabéis, es que siempre adapto mis pautas de conversación a los de mis interlocutores, en un intento de que se sienta cómodo. Puedo hablar cualquier estilo, desde la jerga del burlesque al lenguaje afectado de un Phi Beta Kappa.

Trato de brindar calidez, interesándome en vosotros, escuchando. Una vez que noto que estáis cómodos, cierro el pico y escucho. A veces interrumpo para hacer alguna pregunta, discutir un punto o pediros la ampliación de una idea. De vez en cuando diré:

—Espera un momento, vas demasiado rápido. Tengo que pensarlo.

Luego miro fijamente el vacío y pienso intensamente. Con franqueza, no soy una luz, pero una idea original siempre puede lanzarme al espacio. Luego camino excitadamente, explorando el asunto en voz alta.

Lo que no revelo son las tormentas emocionales que rugen en mi interior. Tengo mi propia cuota de frustración y desesperación, pero fui educado para mostrar buen talante y sufrir en privado. La mayoría de las personas están demasiado preocupadas con sus propios problemas como para interesarse en los suyos. ¿Recordáis esa hermosa línea de Viola en Twelfh Night?: "Y con una melancolía verde y amarilla, ella se sentó como la Paciencia en un monumento, sonriendo al dolor."

Tengo curiosos manierismos. Utilizo el dedo acusador del fiscal como exclamación para expresar mi admiración por una idea o una ocurrencia. Soy un "toqueador", me gusta abrazar y besar a hombres y mujeres por igual, y darles una palmadita en el trasero para mostrar mi aprobación. Una vez coloqué en situación embarazosa a mi jefe, el director de Holiday. Acababa de retornar de un paseo por la India y, como de costumbre, entré alegremente en su despacho y le di un fuerte abrazo y un beso. Luego advertí que tenía visitas. Mi jefe enrojeció y les dijo:

—Alfie Bester es el hombre más puritano y afectuoso del mundo.

Soy un farsante, y a menudo me veo obligado a jugar un rol. En mi época he sido confundido con un marica, un obrero de la construcción, un psiquiatra, un artista, un viejo verde, un joven degenerado, y siempre adopto el personaje e interpreto la escena. Algunas veces me siento impulsado a estar en contra —rápido a quien dice lento, y lento a quien dice rápido—, todo para la diversión y fastidio de mi esposa. Cuando llegamos a casa me regaña por ser un mentiroso, y todo lo que yo puedo hacer es echarme a reír débilmente mientras ella jura que nunca más confiará en mí.

Me río muchísimo, con vosotros y conmigo, y mi risa es fuerte y desinhibida. Soy una especie de tipo ruidoso. Pero no se dejen engañar por mis payasadas. Esta mente de urraca está siempre buscando picotear algo.

FIN


ÍNDICE


Adán sin Eva……………………………….

El tiempo es el traidor……………………...

Odie Id……………………………………..

Elección forzosa……………………………

Oh luminosa y brillante estrella……………

Antes la vida era distinta…………………...

Del Tiempo y la Tercera Avenida…………

Isaac Asimos……………………………….

El Hombre Pi………………………………

Mi amigo de arriba…………………………

Mis amoríos con la ciencia-ficción………...




[1] Individuo encargado de echar a la calle a borrachos y alborotadores. (N. del T.)

[2]Puntapié aplicado al balón en el aire, luego de haberlo dejado caer de las manos. (N. del T.)

[3] También llamado Ello. (N. del T.)

[4]Juego parecido al béisbol. (N. del T.)

[5] Batalla famosa entre Jacobo II y Guillermo de Nassau, después Guillermo III, en la que aquél fue derrotado. (N. del T.)

[6]Extrapolar: Averiguar el valor de una magnitud para valores de una variable que se hallan fuera del intervalo en que dicha magnitud ha sido medida. Diccionario de la Real Academia Española.

[7]Se ruega al lector colocar pautas y rimas a la canción. El traductor agradecido

[8] Novela de Edwin Abbott (N. del T.)

[9] Más conocido como Orphans of the Sky. (N. del T.)

[10]Funcionario que combate el crimen organizado. (N. del T.)

[11]Actualmente en castellano como ¡Tigre, Tigre! (N. del T.)

[12]White Anglo-Saxon Protestant, y por extensión, puritano. (N. del T.)

 

 

 

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