© Libro N° 13995. Oh, Luminosa
Y Brillante Estrella. Bester,
Alfred. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Star Light, Star Bright
Versión Original: © Oh, Luminosa Y Brillante Estrella. Alfred Bester
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
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Portada E.O. de Imagen:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OH, LUMINOSA Y BRILLANTE
ESTRELLA
Alfred Bester
Oh, Luminosa
Y Brillante Estrella
Alfred Bester
... aquí estoy, de vuelta en mi estudio
, encerrado y solo, volviendo
a mi primer amor, mi amor
original,
la ciencia-ficción.
Título del original inglés:
Star Light, Star Bright
© 1976 by Alfred Bester
© 1985 by Ediciones Teorema
"Adam
and No Eve" © 1941 by Street & Smith Publications
"Time
is the Traitor" © 1953 by Mercury Press, Inc. (antes Fantasy
House, Inc.)
"Oddy
and Id" © by Street & Smith Publications, Inc, con el
título "The Devil's Invention"
"Hobson's
Choice" © 1952 by Mercury Press, Inc.
"They
don't Make Life Like They Used To" © 1963 by Mercury Press,
Inc.
"Of
Time and Third Avenue" © 1951 by Mercury Press
"Isaac
Asimov" © 1973 by Publishers Weekly
"The
Pi Man" © 1959 by Mercury Press, Inc.
"Something
Up There Likes Me" © 1973 by Random House, Inc.
"My
Affair with Science Fiction" © 1975 by .SF Horizons Ltd.
Con
excepción de "El tiempo es el traidor" y "Antes la vida era
distinta" (cedidos gentilmente por Ediciones Dronte) todos los otros
textos fueron traducidos por J.A.S.
Edita: Teorema, S.A.
Avda. República Argentina 248, bajos 3a.
08023 Barcelona
Impreso en España / Printed in Spain
Todos los derechos reservados
I.S.B.N.: 84-7604-042-3
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ADÁN SIN EVA
Este es el primero de mis relatos de
ciencia-ficción de "calidad". He colocado "calidad" entre
comillas porque pienso que es bastante insípido. Sin embargo hasta tiene sus
admiradores, quienes sienten más o menos una punzada de nostalgia. Les gusta
recordar el impacto que produjo en ellos cuando apareció por primera vez en
Astounding Stories, de Campbell. Campbell fue un duro y crítico director, y era
casi un honor para un joven escritor que él le comprara un relato.
Ahora recuerdo a la distancia cosas fragmentarias,
que nunca fueron contadas. Mi esposa y yo nos habíamos hecho amigos de un
hombre que era linotipista del Daily Worker, a pesar de que era un violento
anticomunista y acostumbrara a reñir constantemente con los directores. Estaba
a salvo porque su trabajo era protegido por su poderoso sindicato. Su
hostilidad iba tan lejos que deslizaba deliberadamente errores en sus copias,
cosas tales como "Camarata" por Camarada. Era muy amable y
acostumbraba traerme gran cantidad de resmas de ese papel de copia amarillo 8
1/2 x 15 que se utilizaba en las oficinas de la editorial. Era un maná para un
escritor pobre. "Adán sin Eva" fue mecanografiado con ese papel que,
infortunadamente, no era bueno para archivar. Se desintegraba más o menos
después de un año.
La génesis del relato surgió por irritación. Muy
frecuentemente, los relatos surgen porque estoy hastiado con un cliché, y así
sucedió con el planteamiento de "Adán sin Eva" en forma de
ciencia-ficción. Yo acababa de terminar mis estudios formales (una educación no
se detiene nunca) y había estudiado casi todas las ramas de las disciplinas
científicas. Se me ocurrió que no se necesitaba un hombre y una mujer para
repoblar la tierra después de un desastre. Sólo arrojar un cuerpo al océano,
dejar que la naturaleza siga su curso, y todo el asunto comenzará otra vez.
(No, lo repito, no me disculpo con los chiflados antievolucionistas). Debe
recordarse que el relato fue escrito mucho antes de que Urey y Miller
realizaran su trascendental experimento demostrando que los aminoácidos, los
bloques básicos de la edificación de la vida, podían ser producidos por medio
de la simulación de la primitiva atmósfera terrestre a través de descargas
eléctricas. Estoy contento ahora de advertir que todos los elementos necesarios
para la regeneración de vida estaban presentes en el entorno de la historia, y
que no necesitaba ningún Adán agonizante.
Juro por mi vida que no puedo recordar porque
estimé necesario incinerar el cadáver del perro muerto. Probablemente quería
mantener la tesis limpia; la vida se regeneraría solamente de Adán; el título
no podía ser "Adán y su perro fiel". El relato me dio un
extraordinario placer veinte años después de publicado. Estaba comiendo con un
productor de la NBC para discutir un nuevo programa que él quería que yo
escribiera. Era una especie de serie piloto, ese fue el motivo por el cual me
llamó; sabía que yo había sido escritor de ciencia-ficción antes de venderme a
los medios televisivos.
— Hay un relato que nunca olvidaré —dijo—, y espero
que usted pueda decirme quién lo escribió. Me interesaría ponerme en contacto
con ese hombre.
Y prosiguió hablándome sobre "Adán sin
Eva". Fue el momento culminante de mi vida.
|
K |
rane sabía que esta debía ser la costa del mar. El
instinto se lo dijo; pero algo más que el instinto, los pocos jirones de
conocimiento que colgaban de su cerebro desgarrado; las estrellas habían
aparecido esa noche a través de las raras aberturas de las nubes, y la brújula
apuntaba aún trémulamente hacia el norte. Esto era lo más extraño de todo,
pensó Krane. La tierra convertida en escombros aún retenía su polaridad.
Ya no había algo tan extenso como una costa, no
había nada tan extenso como un mar. Sólo una delgada línea de lo que había sido
un acantilado se extendía al norte y al sur por incontables millas. Era una
línea de ceniza gris; la misma ceniza gris y escoria que se encontraba tras
él... Légamo chirle, donde las rodillas se hundían profundamente, que se
arremolineaba a cada movimiento y lo ahogaba; escoria que se deslizaba en las
densas nubes de la noche cuando soplaban vientos alocados; polvo negro que se
removía, convirtiéndose en fango cuando caían las frecuentes lluvias.
El cielo huía sobre su cabeza. Las pesadas nubes
giraban en lo alto y eran horadadas por destellos de luz solar que se movían
con rapidez sobre la tierra. Cuando la luz golpeaba sobre un torbellino de
escoria, todo se llenaba de bocanadas de partículas que danzaban y brillaban.
Cuando se movía entre la lluvia provocaba innumerables arcos iris. La lluvia
caía, las tormentas de escoria soplaban; la luz traspasaba... sumándose a todo,
alternativa y continuamente, como una sierra de violencia negra y blanca. Así
había sido por meses. Así sucedía en cada milla de la vasta tierra.
Krane pasó el borde de los acantilados de cenizas y
comenzó a arrastrarse sobre el mismo declive que una vez había sido el lecho
del océano. Había estado viajando mucho tiempo y el dolor se había hecho parte
de él. Braceó con los codos y arrastró su cuerpo hacia adelante. Luego dobló la
rodilla derecha debajo de sí y volvió a estirarse otra vez hacia adelante con
los codos. Codos, rodilla, codos, rodilla... había olvidado lo que era caminar.
La vida, pensó aturdidamente, es milagrosa. Se
adapta a cualquier cosa. Si debía arrastrarse, se arrastraba. Formas callosas
sobre los codos y .rodillas. El cuello y los hombros endurecidos. Las fosas
nasales aprendían a estornudar las cenizas antes de respirarlas. La pierna mala
hinchada y supurante. Estaba entumecida y pronto se pudriría y caería.
— ¿Cómo? —dijo Krane—, Yo no tuve nada que ver...
Miró hacia arriba a la alta figura que estaba ante él y trató de comprender las
palabras. Era Hallmyer. Usaba una sucia chaqueta de laboratorio y su pelo era
desparejo. Hallmyer estaba delicadamente de pie sobre las cenizas y Krane se
preguntó porque podía ver las deslizantes nubes de escoria a través de su
cuerpo.
— ¿Cómo encuentras a tu mundo, Steven? —preguntó
Hallmyer. Krane sacudió la cabeza miserablemente.
— ¿No muy bonito eh? —dijo Hallmyer—. Mira a tu
alrededor. Polvo, eso es todo; polvo y cenizas. Arrástrate, Steven, arrástrate.
No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas...
Hallmyer extrajo una copa de agua de algún lado.
Era clara y fresca. Krane podía ver la delgada película de rocío sobre la
superficie de cristal y su boca se llenó súbitamente de arena.
— ¡Hallmyer! —gritó. Trató de ponerse de pie y
alcanzar el agua, pero un ramalazo de dolor en su pierna derecha lo abatió.
Cayó hacia atrás.
Hallmyer bebió un sorbo y luego escupió sobre su
rostro. El agua estaba tibia.
—Continúa arrastrándote —dijo Hallmyer con
amargura—. Arrástrate alrededor de la tierra. No encontrarás otra cosa que
polvo y cenizas. —Vació la copa en el suelo ante Krane. —Continúa
arrastrándote. ¿Cuántas millas? Imagínatelo tú mismo. Pi veces D. El diámetro
es ocho mil o algo así...
Se había ido, chaqueta y copa. Krane advirtió que
la lluvia estaba cayendo otra vez. Apretó el rostro contra la cálida escoria
húmeda, abrió la boca y trató de chupar la mezcla. Pronto comenzó a arrastrarse
otra vez.
Era el instinto lo que lo conducía. Tenía que ir a
algún lado.
Estaba asociado, lo sabía, con el mar... con el
borde del mar. En la costa del mar algo lo esperaba. Algo que lo ayudaría a
comprender todo esto. Tenía que llegar al mar... eso es, si es que aún había
mar.
La relampagueante lluvia golpeaba su espalda como
pesados maderos. Krane hizo una pausa y tiró de la mochila arrastrándola a un
costado, donde pudo revisarla con una mano. Contenía exactamente una pistola,
una barra de chocolate y una lata de melocotones. Era todo lo que quedaba de
dos meses de provisiones. El chocolate estaba blando y mohoso. Krane sabía que
era mejor comérselo ahora antes de que perdiera todo su valor. Pero otro día
podría carecer de fuerzas para abrir la lata. La sacó y la atacó con un abridor.
Cuando pudo perforar y apartar un borde de lata, la lluvia había concluido.
Mientras masticaba la fruta y sorbía el jugo, miró
como el muro de lluvia marchaba ante él y bajaba el declive del lecho oceánico.
Torrentes de agua brotaban a través del fango. Pequeños canales habían sido
horadados... canales que serían nuevos ríos algún día; un día en que no habría
nadie viviente para verlo. Mientras arrojaba la lata vacía a un lado, Krane
pensó: El último ser vivo de la tierra come su última comida. El metabolismo
inicia su último acto.
El viento seguiría a la lluvia. En las
interminables semanas que había estado arrastrándose, aprendió eso. El viento
llegaría en pocos minutos y lo azotaría con sus nubes de escoria y cenizas. Se
arrastró hacia adelante, los ojos turbios buscando las chatas y grises millas a
recorrer.
Evelyn le dio un golpecito en el hombro.
Krane supo que era ella antes de volver la cabeza.
Estaba de pie a un costado, fresca y elegante con su vestido reluciente, pero
su encantador rostro estaba contraído con alarma.
— ¡Steven —dijo—, tienes que apresurarte!
El sólo pudo admirar la forma en que el suave
cabello se ondeaba sobre sus hombros.
— ¡Oh, querido —dijo ella—, estás herido! —Sus
manos delicadas tocaron sus piernas y espalda. Krane asintió con la cabeza.
—Fue al aterrizar —dijo él—. Yo nunca había
utilizado un paracaídas. Siempre pensé que uno bajaría suavemente...como caer
sobre una cama. Pero la tierra me golpeó como un puño... Y Umber estaba
luchando en mis brazos. No podía dejarlo caer, ¿no?
—Por supuesto que no, querido —dijo Evelyn.
—De modo que traté de sujetarlo y de colocar mis
piernas debajo de mí —dijo Krane—. Entonces algo me golpeó las piernas y un
costado.
Vaciló, preguntándose cuánto sabría ella de lo que
en verdad había sucedido. No quería asustarla.
—Evelyn, querida —dijo, tratando de estirar sus
brazos hacia arriba.
—No, querido —dijo ella. Le devolvía la mirada con
miedo—. Tienes que apresurarte. ¡Tienes que mirar hacia atrás!
— ¿Las tormentas de escoria? —hizo una mueca—. Las he
soportado antes.
— ¡No las tormentas! —gritó Evelyn—. Es otra cosa. Oh
Steven...
Entonces se había ido, pero Krane sabía que ella
había dicho la verdad. Había algo detrás... algo que lo había estado siguiendo.
En algún lado de su mente había una sensación de amenaza. Se cerraba sobre él
como una mortaja. Sacudió la cabeza. Algo así era imposible. El era el único
ser vivo sobre la tierra. ¿Cómo podía haber una amenaza?
El viento rugía tras él, y en un instante estuvo
envuelto en las densas nubes de escoria y cenizas. Lo azotaron, mordiendo su
piel. Con ojos turbios, vio como cubrían el fango y lo cubrían todo como una
delgada alfombra seca. Krane recogió las rodillas bajo él y se cubrió la cabeza
con los brazos. Con la mochila como almohada, se preparó a esperar el fin de la
tormenta. Pasaría tan rápidamente como la lluvia.
La tormenta azotó con gran saña su cabeza enferma.
Como un niño acomodó las piezas de su memoria, tratando de que se ensamblaran
juntas. ¿Por qué Hallmyer se había enojado tanto con él? No pudo haber sido por
ese argumento, ¿no?
¿Qué argumento?
Oh, fue antes de que sucediera todo esto.
¡Oh eso!
Abruptamente las piezas se ensamblaron.
Krane estaba de pie al lado de las pulidas líneas
de su nave y las admiró profundamente. El techo de la cabina había sido quitado
y la proa de la nave se elevaba, apoyada sobre una rampa, apuntando al cielo.
Un operario estaba soldando cuidadosamente las superficies internas con un
soplete.
El sonido apagado de una maldición salió de adentro
de la nave y luego se escuchó un pesado ruido metálico. Krane subió corriendo
la corta escalerilla de hierro que iba a la escotilla e introdujo la cabeza
dentro. Un poco más abajo de él, dos hombres habían dejado caer los grandes
tanques de solución ferrosa en su lugar.
—Tengan cuidado —vociferó Krane—. ¿Quieren romper
la nave?
Uno miró hacia arriba e hizo una mueca. Krane sabía
lo que estaba pensando. Que la nave se rompería sola. Todos decían eso. Todos
excepto Evelyn. Ella tenía fe en él. Hallmyer pensaba que él estaba loco de
otra forma. Mientras descendía la escalerilla, Krane vio que Hallmyer entraba
en el cobertizo, la chaqueta de laboratorio ondeando al viento.
— ¡Hablando de Roma! —murmuró Krane.
Hallmyer comenzó a gritar tan pronto como vio a
Krane.
—Ahora, escucha...
—No todo otra vez, ¿eh? —dijo Krane.
Hallmyer extrajo unas hojas de papel de su bolsillo
y las sacudió bajo la nariz de Krane.
—He estado levantado casi toda la noche —dijo—,
trabajando sobre esto otra vez. Te digo que tengo razón. Por completo.
Krane miró las apretadas ecuaciones escritas y
luego los ojos inyectados en sangre de Hallmyer. El hombre estaba casi loco de
miedo.
—Por última vez —continuó Hallmyer—. Estás
utilizando tu nueva catálisis sobre una solución de hierro. De acuerdo. Estoy
de acuerdo que es un descubrimiento milagroso. Te doy todo el crédito por ello.
Milagroso era una palabra poco apropiada. Krane lo
sabía sin vanidad, pues había tropezado con eso por casualidad. Cualquiera se
podía tropezar con una catálisis que inducía a la desintegración del hierro y
producía 10 x 1010 libra-pies de energía por cada gramo de combustible. Ningún
hombre era lo suficientemente listo para pensar eso por sí mismo.
— ¿No crees que lo lograré? —preguntó Krane.
— ¿A la luna? ¿Alrededor de la Luna? Tienes sólo
cincuenta por ciento de posibilidades. —Hallmyer hizo correr los dedos a través
de su lacio cabello—. Pero por el amor de Dios, Steven, no estoy preocupado por
ti, es por el propio asunto. Es por la tierra por la que estoy preocupado...
—Tonterías. Vete a casa y duérmete.
—Mira —Hallmyer señaló las hojas de papel con mano
temblorosa—. No importa como tú realices la alimentación y la mezcla del
sistema, no puedes obtener cien por cien de eficiencia en la mezcla y descarga.
—Eso es lo que produce el cincuenta por ciento de
oportunidad —dijo Krane—. ¿Qué es entonces lo que te preocupa?
—La catálisis que escapará a través de los tubos
del cohete. ¿Te das cuenta lo que producirá cuando caiga sobre la tierra?
Iniciará una desintegración en cadena que envolverá todo el globo. Alcanzará a
cada átomo de hierro... y hay hierro por todas partes. La tierra podría no
existir cuando retornes...
—Escucha —dijo Krane cansadamente—, hemos visto
todo eso antes.
Llevó a Hallmyer a la base de la escalerilla del
cohete. Debajo del armazón de hierro había un pozo de unos sesenta metros de
profundidad y quince de ancho, protegido con ladrillos refractarios.
—Esto es para el descargue inicial de las llamas.
Si cualquier partícula de la catálisis escapa será atrapada en este pozo y
evitará las reacciones secundarias. ¿Satisfecho ahora?
—Pero mientras te encuentres en vuelo—insistió
Hallmyer— estarás poniendo en peligro la Tierra hasta que estés más allá del
límite de Roche. Cada gota de catálisis no activada podría eventualmente caer
sobre el suelo y...
—Por última vez —dijo Krane inflexiblemente—, la
llama de la descarga del cohete se cuidará de eso. Envolverá a cualquier
partícula escapada y la destruirá. Ahora lárgate. Tengo trabajo que hacer.
Mientras Krane lo empujaba hacia la puerta,
Hallmyer gritaba y agitaba los brazos.
— ¡No te dejaré hacerlo! —repetía una y otra vez—.
No dejaré que arriesgues...
¿Trabajo? No, el trabajo de la nave había sido una
verdadera intoxicación. Tenía la belleza elegante de las cosas bien hechas. La
belleza de una armadura lustrada, de la bien balanceada y limpia empuñadura de
un estoque, de un par de pistolas gemelas. No había pensamientos de peligro y
muerte en la cabeza de Krane mientras limpiaba sus manos con estopa luego de
realizar los últimos toques.
La nave se encontraba en la rampa, lista a perforar
los cielos. Quince metros de esbelto acero, las cabezas de los remaches
brillando como joyas. Nueve metros conteniendo el combustible y el catalizador.
La mayor parte de los compartimientos delanteros contenían la hamaca elástica
que Krane había diseñado para absorber el impacto de la aceleración. La trompa
de la nave tenía un ojo de buey de cristal natural que apuntaba hacia arriba
como el ojo de un cíclope.
Krane pensó: Morirá luego de este viaje. Retornará
a la Tierra y se convertirá en una bola de fuego y trueno, no hay forma aún de
planear un aterrizaje seguro para una nave cohete. Pero vale la pena. Tendrá un
gran vuelo, y eso es todo lo que cualquiera de nosotros desea. Un gran y
maravilloso vuelo a lo desconocido...
Mientras echaba llave a la puerta del taller, Krane
oyó a Hallmyer vociferar desde el cottage que se encontraba a través de los
campos. A pesar de la penumbra del atardecer pudo verlo hacer señas de
urgencia. Trotó a través del quebradizo rastrojo, respirando profundamente el
aire punzante, agradecido de estar vivo.
—Es Evelyn al teléfono —dijo Hallmyer.
Krane lo miró con fijeza. Hallmyer rehusó encontrar
sus ojos.
— ¿Cuál es la idea? —pregunto Krane—. Creo que
estuvimos de acuerdo en que ella no llamaría... que no se pondría en contacto
hasta que yo estuviera listo para partir, ¿Le has estado metiendo ideas en la
cabeza? ¿Esta es la forma en que vas a detenerme?
—No... —dijo Hallmyer, y examinó analíticamente el
oscurecido horizonte.
Krane fue a su despacho y levantó el receptor.
—Ahora escúchame, querida —dijo sin ningún
preámbulo—, no hay razón para alarmarse ahora. Te expliqué todo muy
cuidadosamente. Justo antes de que la nave se estrelle, saltaré en paracaídas.
Te amo mucho y te veré el miércoles cuando parta. Hasta...
—Adiós, cariño —dijo la diáfana voz de Evelyn—, ¿es
por esto que me has llamado?
— ¡Qué yo te he llamado!
Un pesado cuerpo castaño se sacudió al escuchar el
rugido y se incorporó sobre sus fuertes patas. Umber, el mastín de Krane,
olfateó y levantó una oreja. Luego gimoteó.
— ¿Dijiste que yo te llamé? —repitió Krane.
La garganta de Umber súbitamente lanzó un bramido.
Alcanzó a Krane de un solo salto, lo miró a la cara y gimoteó y ladró al mismo
tiempo.
— ¡Cállate, monstruo! —dijo Krane. Apartó a Umber
con un pie.
—Dale a Umber una patada de mi parte. —Evelyn rió.
— Sí, querido. Alguien me llamó y dijo que tú querías hablar conmigo.
— ¿Eso hicieron, eh? Mira, cariño, te llamaré más
tarde...
Krane colgó. Se incorporó dubitativamente y
contempló las inquietas maniobras de Umber. A través de la ventana, el último
fulgor de la tarde teñía de luz anaranjada las sombras. Umber miró la luz,
olfateó y bramó de nuevo. Súbitamente sobresaltado, Krane brincó junto a la
ventana.
A través de los campos una masa de fuego se alzaba
en el aire, y dentro de ella estaban las desmoronadas paredes del taller.
Delineadas contra el resplandor, las figuras de media docena de hombres se
movieron y corrieron.
Krane salió disparado del cottage y, con Umber
pisando sus talones, se dirigió corriendo hacia el cobertizo. Mientras corría
pudo ver el gracioso morro de la espacionave dentro del fuego, aún fría e
intocada. Si sólo pudiera alcanzar la nave antes de que las llamas ablandaran
el metal y aflojaran los remaches.
Los trabajadores trotaban hacia él, sombríos y
jadeantes. Krane se dirigió a ellos con una mezcla de furia y perplejidad.
— ¡Hallmyer!—gritó—. ¡Hallmyer!
Hallmyer se abrió paso entre la gente. Sus ojos
brillaban con triunfo.
—Es una lástima —dijo—. Lo siento, Steven.
— ¡Hijo de puta! —vociferó Krane. Agarró a Hallmyer
por las solapas y lo sacudió al mismo tiempo. Luego lo soltó y se dirigió al
cobertizo.
Hallmyer espetó algunas órdenes a los operarios y
un instante después un cuerpo chocó contra las pantorrillas de Krane y lo
derribó contra el suelo. Se puso de pie vacilante, sacudiendo los puños. Umber
estaba a su lado, gruñendo por encima del crujir de las llamas. Krane golpeó a
un hombre en el rostro, y vio que se desplomaba contra un segundo. Levantó una
rodilla con un impulso violento que derribó, doblado en el suelo, al último
operario. Luego agachó la cabeza y se zambulló en el taller.
No sintió el fuego al principio, pero cuando
alcanzó la escalerilla y comenzó a trepar hasta la escotilla, gritó de agonía
por las quemaduras. Umber estaba aullando al pie de la escalerilla, y Krane
advirtió que el perro nunca podría escapar del estallido de los cohetes. Se
estiró hacia abajo y subió a Umber a la nave.
Krane estaba bamboleante cuando cerró y aseguró la
escotilla. Permaneció consciente lo suficiente como para acomodarse en la
litera elástica. Luego sólo el instinto guió sus manos hacia el tablero de
control; instintiva y frenéticamente rehusó a dejar que su hermosa nave fuera
pasto de llamas. Fallaría… sí. Pero fallaría intentándolo.
Sus dedos corrieron los interruptores. La nave se
sacudió y rugió. Y la oscuridad descendió sobre él.
¿Cuánto permaneció inconsciente? No se podría
decirlo. Krane despertó con una fría presión contra su rostro y cuerpo, y el
sonido de gemidos asustados en sus oídos. Miró hacia arriba y vio a Umber
enredado en los elásticos y correas de la litera. Su primer impulso fue reír,
luego súbitamente lo advirtió; ¡estaba mirando hacia arriba! Estaba mirando
hacia arriba a la litera.
Yacía retorcido sobre el hueco de la nariz del
cristal. Esa nave se había elevado a las alturas... quizá más allá de la zona
de Roche, hasta el límite de la atracción gravitacional de la Tierra, pero
entonces, sin manos que la guiaran y controlaran, había continuado su vuelo,
había girado y estaba cayendo hacia atrás sobre la Tierra. Krane espió a través
del cristal y se quedó sin aliento.
Por debajo de él estaba el balón de la Tierra. Se
veía unas tres veces más grande que la Luna. Y ya no era más la Tierra. Era un
globo de fuego moteado con nubes negras. En las regiones más extremas del polo
había algún diminuto parche blanco, y mientras Krane miraba, súbitamente se
borroneó con brumosos tonos de rojo, escarlata y carmesí. Hallmyer había tenido
razón.
Krane permaneció helado en el hueco de la nariz
mientras la nave descendía, mirando como las llamas gradualmente se disipaban,
no dejando otra cosa que una densa alfombra negra alrededor de la Tierra. Yacía
mudo de horror, incapaz de comprender... incapaz de creer que la gente se
hubiera hecho humo, que un verde y hermoso planeta quedara reducido a cenizas y
escoria. Todo lo que había sido querido y próximo a él había... desaparecido.
No podía pensar en Evelyn.
El aire silbando afuera despertó algún instinto en
él. Los pocos jirones de razón que aún le quedaban le dijeron como ir hacia
abajo dentro de la nave y olvidarlo todo en medio de la tormenta y la
destrucción; el instinto vital lo obligó a entrar en acción. Trepó hasta el
cajón de almacenaje y se dispuso para el aterrizaje. Paracaídas; un pequeño
tanque de oxígeno... una mochila con provisiones. Sólo medio consciente de lo
que estaba haciendo, se vistió para el descenso, sujetó la cuerda en el
automático del paracaídas y abrió la puerta. Umber gemía patéticamente; cogió
el pesado perro en sus brazos y se arrojó al espacio. Pero el espacio no era
tan espeso como lo estaba ahora. Era difícil respirar. Pero era porque el aire
estaba enrarecido... no lleno con arena como ahora.
Cada respiración estaba llena de cristal en el
suelo... o cenizas... o escoria... Había retornado al sofocado presente, cuyo
peso blando lo abrazaba con fuerza y hacía que tuviera que luchar por respirar.
Krane fue asaltado por el pánico, luego se relajo.
Había sucedido antes. Hace ya mucho tiempo había
estado enterrado profundamente bajo las cenizas cuando dejó de recordar. Hace
semanas... o días... o meses. Krane arañó con sus manos, saliendo lentamente
del monte de cenizas que el viento había acumulado sobre él. Pronto emergió a
la luz otra vez. El viento se había disipado. Era hora de volver a arrastrarse
una vez más.
Las vividas imágenes de su memoria lo asaltaron
otra vez ante la desolada vista que se extendía adelante. Krane frunció el
entrecejo. Recordaba demasiado y con demasiada frecuencia. Tenía la vaga
esperanza de que si se esforzaba en recordar, podría cambiar las cosas que
había hecho —sólo una cosa diminuta— y luego todo esto no sería cierto. Pensó:
Me ayudaría saber que alguien recuerda y desea al mismo tiempo..., pero no hay
nadie. Soy el único. Soy el último recuerdo de la tierra. Soy la última vida.
Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Y
luego Hallmyer estaba arrastrándose a su lado y haciendo un gran juego del
asunto. Se reía entre dientes y se zambullía en la escoria como un feliz león
de mar.
—Pero ¿por qué tenemos que ir al mar? —dijo Krane.
Hallmyer sopló una espuma de cenizas.
—Pregúntale a ella —dijo, señalando al otro lado de
Krane.
Evelyn estaba allí, arrastrándose seria,
intensamente, imitando cada una de las más pequeñas acciones de Krane.
—Es por nuestra casa —dijo ella—. ¿Recuerdas
nuestra casa, cariño? Sobre el risco, íbamos a vivir allí por siempre jamás.
Estaba allí cuando te fuiste. Ahora estás volviendo a la casa en el borde del
mar. Tu maravilloso vuelo ha terminado, querido, y estás volviendo a mí.
Viviremos juntos, sólo nosotros dos, como Adán y Eva...
—Es hermoso —dijo Krane.
Entonces Evelyn giró la cabeza y gritó:
— ¡Oh Steven! ¡Cuidado!
Krane sintió la amenaza cerrándose otra vez sobre
él. Aún arrastrándose, miró fijamente hacia atrás a las vastas planicies de
ceniza, y no vio nada. Cuando miró a Evelyn de nuevo vio sólo la sombra de él,
delgada y negra. Pronto, también, ésta se desvaneció cuando hubieron pasado los
deslizantes rayos de luz solar.
Pero el sueño permanecía. Evelyn le había advertido
dos veces, y ella siempre tenía razón. Krane se detuvo y se giró, y se dispuso
a vigilar. Si algo iba realmente a suceder, debería ver qué era lo que venía
tras sus huellas.
Hubo un penoso momento de lucidez. Se clavaba a
través de la fiebre y el aturdimiento, con el filo y la fuerza de un cuchillo.
Estoy loco, pensó. La corrupción de mi pierna se ha
extendido a mi cerebro. No hay Evelyn, ni hay Hallmyer, ni amenaza. En toda
esta tierra no hay vida salvo la mía... y hasta los fantasmas y espíritus del
mundo inferior deben haber perecido en el infierno que envolvió el planeta.
No... no hay nadie excepto yo y mi malestar. Estoy agonizando... y cuando
perezca, todo perecerá conmigo. Sólo quedará una masa sin vida de cenizas.
Pero hubo un movimiento.
El instinto otra vez... Krane dejó caer la cabeza y
se mantuvo inmóvil. A través de las rendijas de los ojos contempló las
planicies de ceniza., preguntándose si la muerte le estaría jugando una mala
pasada con los ojos. Otra cortina de lluvia se estaba moviendo hacia él y
esperó que pudiera estar seguro antes de que toda su visión se borrara.
Sí. Allí.
A un cuarto de milla atrás, una forma
marrón-grisácea estaba moviéndose velozmente sobre la superficie gris. A pesar
del zumbido de la lluvia distante, Krane pudo oír el murmullo de las cenizas
pisoteadas y las pequeñas nubes producidas por los brincos. Extendió la mano
con sigilo hacia el revolver en su mochila, mientras su mente buscaba
débilmente las explicaciones y se espantaba de miedo.
La cosa se aproximaba, y súbitamente Krane
entrecerró los ojos y comprendió. Recordó a Umber pataleando con miedo y
saltando lejos de él cuando el paracaídas llegó con ellos a la cenicienta cara
de la Tierra.
—Bueno, es Umber —murmuró. Se levantó un poco. El
perro se detuvo—. ¡Aquí, chico! —dijo Krane ronca y felizmente—. ¡Aquí, chico!
Estaba lleno de júbilo. Advirtió la soledad que
había caído sobre él, una horrible sensación de entidad en el vacío. Ahora él
no era la única vida. Había otra. Una vida amistosa que podía ofrecerle amor y
compañerismo. La esperanza se encendió de nuevo.
— ¡Aquí, chico! —repitió—. Ven, chico...
Después de un rato se detuvo, tratando de hacer
chasquear los dedos. El mastín se echó hacia atrás, mostrando los colmillos y
una lengua colgante. El perro estaba enflaquecido y sus ojos brillaban rojos en
el atardecer. Mientras Krane lo llamaba una vez más, el perro gruñó. Resoplidos
de cenizas brotaron de su nariz.
Tiene hambre, pensó Krane, eso es todo. Buscó en la
mochila y ante el gesto el perro volvió a gruñir. Krane sacó la barra de
chocolate y laboriosamente le quitó el envoltorio de papel y metal. La arrojó
sin fuerzas hacia Umber. Cayó demasiado cerca. Después de un minuto de salvaje
incertidumbre, el perro avanzó con lentitud y mordisqueó el alimento. Las
cenizas le cubrieron el morro. Lamió sus mandíbulas incesantemente y continuó
avanzando hacia Krane.
El pánico lo atenazó. Una voz insistía: Este no es
un amigo. No tiene amor ni compañerismo para ti. El amor y el compañerismo se
han desvanecido de la tierra junto con la vida. Ahora no queda nada, salvo el
hambre.
—No —susurró Krane—. No es cierto que tengamos que
desgarrarnos uno con otro y buscar devorarnos...
Pero Umber estaba avanzado con un deslizar furtivo,
y enseñaba los dientes, afilados y blancos. Y mientras Krane lo miraba con
fijeza, el perro gruñó y acometió.
Krane metió un brazo bajo el morro del perro, pero
el peso de la carga lo arrastró hacia atrás. Gritó con agonía cuando su rota e
hinchada pierna chocó contra el peso del perro. Con la mano libre golpeó
débilmente, una y otra vez, apenas sintiendo el crujir de los dientes sobre el
brazo izquierdo. Luego algo metálico estuvo bajo su mano y advirtió que se
encontraba sobre el revolver que había dejado caer.
Lo aferró y rezó porque las cenizas no lo hubieran
obturado. En el momento en que Umber soltó su brazo y mordía su garganta, Krane
levantó el arma y hundió el caño ciega mente contra el cuerpo del perro. Apretó
y apretó el gatillo, hasta que los estruendos murieron y sólo se escuchó el
sonido de los chasquidos. Umber se estremeció en las cenizas ante él, su cuerpo
apenas tenía dos disparos. El espeso escarlata tiño el gris. ;
Evelyn y Hallmyer miraban tristemente al derribado
animal.
Evelyn estaba llorando, y Hallmyer se pasaba los
dedos por el cabello con ese viejo gesto suyo.
—Esto es el fin, Steven —dijo—. Has matado a una
parte de ti mismo. Oh... continuarás viviendo, pero no todo tú. Es mejor que
entierres el cuerpo, Steven, es el cuerpo de tu alma.
—No puedo —dijo Krane—. El viento hará volar las
cenizas.
—Entonces quémalo —ordenó Hallmyer con la lógica de
los sueños.
Pareció que ellos lo ayudaban a meter el perro
muerto en la mochila. Le ayudaron a quitarse las ropas y a hacer una pila
debajo. Colocaron sus manos alrededor de las cerillas hasta que las ropas se
encendieron, y soplaron la débil llama hasta que ésta chisporroteó y ardió
limpiamente. Krane se acurrucó junto al fuego y lo alimentó. Luego se giró y
una vez más comenzó a arrastrarse hacia el lecho oceánico. Estaba desnudo,
ahora. No restaba nada de aquello-que-había-sido, excepto su vacilante y
pequeña vida.
Estaba demasiado abatido con la pena para advertir
la furiosa lluvia que lo golpeaba y abofeteaba, o el dolor quemante que se
extendía por su pierna y alcanzaba su cadera. Se arrastró. Codos, rodilla,
codos, rodilla... Rígida, mecánicamente, indiferente a todo... las celosías de
los cielos, las tristes planicies cenicientas y hasta el mortecino fulgor del
agua que se encontraba más adelante.
Supo que era el mar... que ya era el viejo mar, o
el nuevo mar de la humanidad. Pero estaría vacío, un mar sin vida que algún día
golpearía contra una árida costa sin vida. Sería un planeta de piedra y polvo,
de metal y nieve e hielo y agua, pero eso sería todo. No más vida. El, solo,
era inútil. Era Adán, pero sin Eva.
Evelyn le hizo señas alegremente desde la costa.
Estaba de pie junto al blanco cotagge con el viento remolineando su vestido
para enseñar las esbeltas líneas de su figura. Y cuando él se acercó un poco,
corrió hacia Krane y lo ayudó. Ella no dijo nada... sólo colocó las manos sobre
sus hombros y lo ayudó a mover el peso de su cuerpo, abatido y agobiado por el
dolor. Y así por último él alcanzó el mar.
Era real. Comprendió eso. Pues después de que
Evelyn y el cottage se hubieran desvanecido, sintió las frías aguas bañar su
rostro.
Aquí está el mar, pensó Krane, y aquí estoy yo.
Adán sin Eva. Es irremediable.
Avanzó un poco más en las aguas. Estas lavaron su
cuerpo desgarrado. Se encontraba con el rostro hacia el cielo, contemplando los
cielos amenazantes, y la amargura estalló dentro de él.
— ¡No es justo! —gritó—. No es justo que todo esto
haya pasado. La vida es tan maravillosa para perecer por el loco acto de una
loca criatura...
Las tranquilas aguas lo lavaron.
Tranquilas... calmas...
El mar lo acunaba gentilmente, y hasta la muerte
que se extendía hacia su corazón ya no tenía más las manos enguantadas.
Súbitamente los cielos se abrieron —por primera vez en todos esos meses— y
Krane contempló las estrellas.
Entonces lo supo. No era el fin de la vida. Nunca
podría haber un fin de la vida. Dentro de su cuerpo, dentro de los putrefactos
tejidos mecidos gentilmente por el mar estaba la fuente de diez millones de
millones de vidas. Células... tejidos... bacterias... amebas... incontables
vidas infinitas que enraizarían en las aguas y vivirían mucho después que él
hubiera partido.
Vivirían de sus putrefactos restos. Se alimentarían
una de otra. Se adaptarían por sí mismas al nuevo entorno y se alimentarían de
minerales y sedimentos lavados por el nuevo mar. Crecerían, germinarían, se
desarrollarían. La vida volvería a alcanzar las tierras una vez más. Comenzaría
otra vez el mismo viejo y repetido ciclo que había comenzado quizá con el
putrefacto cadáver del último sobreviviente de un viaje interestelar. Sucedería
una y otra vez en las edades futuras.
Y entonces supo lo que había traído al mar. No
había necesidad de Adán... ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida,
era necesario. El mar lo había llamado a sus profundidades, de las cuales la
vida pronto surgiría una vez más, y se sintió contento.
Las tranquilas aguas lo confortaron.
Tranquilas...calmas... La madre de la vida mecía al último nacido del viejo
ciclo que se transformaría en el primer nacido del nuevo. Y con ojos brillantes
Steven Krane sonrió a las estrellas, las estrellas que aún parpadeaban a través
del cielo. Las estrellas no habían aún formado las constelaciones familiares, y
no lo harían hasta que hubieran pasado otros cientos de millones de siglos.
EL TIEMPO ES EL TRAIDOR
He leído una entrevista en la que un alto director
ejecutivo dijo que él no era diferente de ningún otro empleado de la
corporación; como una cuestión de hecho, él no trabajaba menos que ninguno. Se
le pagaban enormes salarios para tomar decisiones. Y luego agregaba
irónicamente que sus decisiones eran, en lo mejor, correctas en un cincuenta
por ciento.
Eso me hizo detener. Comencé a pensar sobre el
hecho de tomar decisiones, y dado que tengo el hábito de contemplar las
características desde un punto de vista freudiano —otros puntos de vista
reciben igual tratamiento tiempo más tarde—, pensé que las decisiones bien
podrían ser un aspecto de la compulsión. Mi esposa y yo, que tomábamos rápidas
y firmes decisiones, nos veíamos frecuentemente sorprendidos por los titubeos y
vacilaciones de las personas que veíamos en acción. ¿Cuál es la respuesta? Los
otros son los normales y nosotros los compulsivos. Bastante bueno. Al menos
para un relato.
Pero, ¿ha usted nacido compulsivo o es rápido
debido a su entorno y lo una experiencia traumática? Ambas cosas,
probablemente, pero es mejor para un relato tener un solo acontecimiento
frustrado que gatille la decisión compulsiva, ya que permite atar todos los
cabos al cuerpo del relato. Pensé en un divertido pareado que Manly Wade
Wellman había escrito sobre el resultado de tener una chica en un millón: debe
haber al menos seis como ella en una ciudad de igual tamaño. Bien. Eso
funcionaba y otorgaba la oportunidad de atar bien los cabos en busca de
calidad. También suministraba conflicto, misterio y suspense.
Y todo esto es una maldita trama de mentira. No
puedo construir una historia progresivamente, como un abogado preparando un
caso para la corte suprema. Soy más parecido a Zerah Colburn, el sabio-idiota
americano, quien podía realizar maravillas matemáticas con la mente y reconocer
los números primos a simple vista. Lo hacía, pero no sabía cómo lo hacía.
Escribo historias, pero como regla no sé cómo lo hago. Hay excepciones
ocasionales, pero no es este el caso.
Todo lo que sé es que los ingredientes mencionados
arriba fueron a parar a la olla junto con muchos otros. No sé en que orden. No
sé porque algunos fueron extraídos de inmediato, mientras que a otros les fue
permitido permanecer y "casarse" entre ellos. Es por esto que muchos
autores están de acuerdo en que no puede enseñarse a escribir; puede alcanzarse
la maestría sólo a través de lo trivial y el error, y cuantos más errores
mejor. Los jóvenes deben expulsar de su sistema mucha maldita mala escritura
hasta que pueden encontrar su camino.
El propósito del ensayo y error, imitación y
experimento, que constantemente se afanan a través de lo incierto y
desesperado, tiene dos vías; adquirirlos de forma inmisericorde por la
auto-disciplina; o adquirir conscientemente modelos de relatos y reducirlos a
práctica inconsciente. Frecuentemente he dicho que uno se convierte en escritor
cuando piensa una historia, no por medio de una historia.
Cuando un escritor te dice cómo escribe algo, es
generalmente una adivinanza en dos sentidos. Está diciendo lo que él se figura
que ha sucedido, después del hecho. No puede informar lo que sucedió bajo la
superficie; la matriz inconsciente, la revelación inconsciente de su propio
carácter. Todo lo que puede hacer es contar las cosas tal como ocurrieron
conscientemente y arroparlas para hacerlas sonar lógicas y razonables. Pero
escribir no es lógico ni razonable. Es un acto de loca violencia cometida contra
ti mismo y el resto del mundo... al menos así es conmigo.
|
U |
no no puede retroceder ni puede parar. Los finales
felices siempre tienen un dejo amargo. Había un hombre llamado John Strapp; era
el hombre más valioso, más poderoso y legendario de un mundo que comprendía
setecientos planetas y un billón setecientos mil millones de individuos. Se le
valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar Decisiones. Adviértase la D
mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían tomar Decisiones Capitales
en un mundo de increíble complejidad y sus Decisiones eran correctas en un
ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones a un elevado precio.
Había también una industria llamada, digamos,
Bruxton Biótica, con fábricas en Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos de
Bruxton eran de 270 mil millones de créditos. El desarrollo de las relaciones
comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los servicios
especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada uno en una pequeña
faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante grande como para
coordinar todo el cuadro.
Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre
política. Un especialista en investigación llamado E.T.A. Goland de los
laboratorios de Deneb, había descubierto un nuevo catalizador de síntesis
biótica. Era una hormona embriológica que producía moléculas nucleónicas tan
plásticas como la arcilla. La arcilla podía modelarse y desarrollarse en
cualquier dirección. Problema: ¿Debía Bruxton abandonar los métodos de la vieja
cultura y adaptarse a esta nueva técnica? La Decisión comprendía una amplia
gama de factores interrelacionados: costos, beneficios, tiempo, suministro,
demanda, formación, patentes, legislaciones, acciones judiciales, etcétera.
Sólo había una respuesta. Preguntar a Strapp.
Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y
Compañía contestó que la factura de John Strapp era de 100,000 Crs., más un uno
por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo
deja. Bruxton Biótica lo tomó con placer.
La segunda etapa fue más complicada. John Strapp
tenía muchísima demanda. Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos
por semana hasta principio de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no
podía. Enviaron entonces a Bruxton una lista de las visitas concertadas por
John Strapp, y se le dijo que acordase un cambio con cualquiera de los clientes
como mejor pudiese. Bruxton trató, pagó, sobornó y consiguió su propósito. John
Strapp debía presentarse en la fábrica central de Alcor, el 29 de junio, lunes
exactamente al mediodía.
Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto
de aquella mañana del lunes, Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp,
apareció en las oficinas de Bruxton. Tras una breve conferencia con el viejo
Bruxton en persona, se radió por toda la fábrica el siguiente mensaje:
¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN! ¡URGENTE! ¡URGENTE! ¡TODO
EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL! REPITO.
TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA
CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO ¡URGENTE!
Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se
presentaron en la oficina central y fueron enviados a casa con órdenes
estrictas de quedarse allí hasta nueva orden. La policía de la fábrica organizó
una rápida investigación y, acompañada del irascible Fisher, comprobó los
carnets de identidad de todos los empleados a los que pudieron coger. Nadie
llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era imposible identificar a 2500
hombres en tres horas. Fisher ardía y humeaba como ácido nítrico.
A las once y media, Bruxton Biótica estaba
inquieta. ¿Por qué enviar a casa a todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello
con el legendario John Strapp? ¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto
tenía? ¿Cómo actuaba? Ganaba 10 millones de Crs. al año. Poseía el uno por
ciento del mundo. Estaba tan próximo a Dios en la mente del personal que la
gente esperaba ángeles y trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de
infinita sabiduría y compasión.
A las once y cuarenta llegó la guardia personal de
Strapp: un escuadrón de seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron
puertas y vestíbulos y cul-de-sacs con helada eficiencia. Dieron
órdenes. Había que quitar eso. Había que cerrar aquello otro. Había que hacer
varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía con John Strapp. El escuadrón de
seguridad tomó sus posiciones y esperó. Bruxton Biótica no respiraba.
Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en
el cielo. Se aproximó con un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y
precisión ante la puerta principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos
individuos corpulentos con los ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón
de seguridad hizo una señal. De la nave salieron dos secretarias, una trigueña
y la otra pelirroja. Elegantes, bellas, eficientes. Tras ellas salió un delgado
oficinista de unos cuarenta años, de traje arrugado, con los bolsillos
laterales llenos de papeles; y el pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa
criatura, alta, mayestática, recién afeitada pero de infinita sabiduría y
compasión.
Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre
apuesto y lo escoltaron escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal.
Bruxton Biótica suspiró feliz. John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios
y era un placer que poseyese el uno por ciento de ti mismo. Los visitantes
descendieron por el vestíbulo principal hasta la oficina del viejo Bruxton y
entraron. Bruxton les estaba esperando, mayestáticamente situado tras su mesa.
Se levantó casi de un salto y corrió hacia adelante. Cogió la mano del hombre
majestuoso con fervor y exclamó:
—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa le doy
la bienvenida.
El oficinista cerró la puerta y dijo:
—Strapp soy yo. —Hizo una seña a su empleado, que
se sentó tranquilamente en un rincón—. ¿Dónde tiene sus informes?
El viejo Bruxton indicó desmayadamente su
escritorio. Strapp se sentó tras él, cogió las gruesas carpetas y empezó a
leer. Un hombre delgado. Un hombre fatigado. Un hombre de cuarenta y tantos
años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una buena boca. Buenos huesos
bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total de conciencia de sí mismo.
Pero cuando hablaba había un subtono histérico en la voz que mostraba que había
en su interior algo violento y salvaje.
Tras dos horas de implacable lectura y de
comentarios en murmullos a sus secretarias, que tomaban notas crípticas con
símbolos especiales, Strapp dijo:
—Quiero ver la planta.
— ¿Por qué? —preguntó Bruxton.
—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión
siempre va implícita una cuestión de matiz. Es el factor, más importante.
Salieron de la oficina y se inició el desfile: el
escuadrón de seguridad, los forzudos, las secretarias, el oficinista, el acre
Fisher y el majestuoso empleado. Lo recorrieron todo. Lo vieron todo. El
"oficinista" hizo la mayor parte del trabajo práctico para
"Strapp". Habló con obreros, capataces, técnicos, y personal alto,
bajo y medio. Pidió nombres, chismorreó, se los presentó al gran hombre,
hablaron de sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró,
olió y sintió. Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton.
El "oficinista" cerró la puerta. El empleado se fue a su rincón.
—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?
—Espere —dijo Strapp.
Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló,
cerró los ojos y estuvo silencioso y quieto en medio de la oficina, como quien
se esfuerza por oír un susurro distante.
—Sí —decidió, y pasó a ser más rico en un total de
100.000 Crs. y un uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton
Biótica. En compensación, Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por
ciento de que la Decisión era correcta. Strapp abrió de nuevo a la puerta, se
reorganizó el desfile y salió de la fábrica. El personal aprovechó su última
oportunidad para fotografiar y tocar al gran hombre. El oficinista ayudaba en
las relaciones públicas con voluntariosa afabilidad. Preguntaba nombres,
presentaba y amenizaba la charla. El rumor de voces y risas se incrementó
cuando llegaron a la nave. Entonces sucedió lo increíble.
— ¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz
horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo de puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba
tiempo esperando esto! ¡Hace diez años que lo espero!
Sacó un chato revolver de su bolsillo interior y
asestó un tiro en la frente a un hombre.
El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron
horas en salir por la nuca, y el cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de
Strapp se puso en acción. Metieron rápidamente al oficinista en la nave. Lo
siguieron las secretarias, luego el empleado majestuoso. Los dos forzudos
saltaron tras ellos y cerraron la puerta. La nave despegó y desapareció con un
silbido. Los diez hombres que iban de paisano se dispersaron tranquilamente y
desaparecieron. Sólo quedó Fisher, el hombre contacto de Strapp, junto al cadáver,
en el centro de una multitud horrorizada.
—Compruebe su identificación —masculló Fisher.
Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.
—William F. Kruger, biomecánico.
— ¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo
advertimos. Se lo advertimos a todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.
Aquél era el sexto asesinato de John Strapp.
Arreglarlo le costó exactamente 500.000 Crs. Los otros cinco le habían costado
lo mismo, y la mitad de la cifra iba normalmente a manos de un hombre lo
bastante desesperado para sustituir al asesino y alegar locura temporal. La
otra mitad, a los herederos del difunto. Había seis sustitutos encerrados en
diversas penitenciarías, cumpliendo de veinte a cincuenta años. Sus familiares
eran 250.000 Crs. más ricos.
En su suite del Splendide de Alcor, el equipo de
Strapp evacuaba consultas con tono sombrío.
—Seis en seis años —dijo con amargura Aldous
Fisher—. No vamos a poder mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano
alguien se preguntará por qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.
—Entonces lo contratamos también a él —dijo la
secretaria pelirroja—. Strapp puede permitírselo.
—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el
empleado majestuoso.
—No —Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las
cosas pueden arreglarse hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al
punto de saturación. Ahora hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?
— ¿Pero qué demonios le pasa a Strapp? —preguntó uno
de los forzudos.
— ¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una
fijación Kruger. Conoce a un hombre llamado Kruger. Cualquier hombre que se
llame Kruger. Y se pone a gritar, a mal decir. Y lo mata. No me preguntéis por
qué. Es algo enterrado que pertenece a su vida pasada.
— ¿No le has preguntado a él?
— ¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico.
Ni siquiera él sabe qué sucedió.
—Habría que llevarlo a un psicoanalista —sugirió el
forzudo.
—Eso es imposible.
— ¿Porqué?
—Tú eres nuevo —dijo Fisher—. No comprendes.
—Hazme comprender.
—Te haré una analogía. Allá por el mil novecientos
la gente jugaba a la baraja con cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos.
Hoy todo es más complejo. Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa.
¿Lo comprendes ahora?
—Voy comprendiendo.
—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas.
Puede tomar decisiones sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil.
Pero no hay mente capaz de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas...
salvo la de Strapp.
—Tenemos computadoras.
—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero
cuando hay que hacer cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil
doscientos jugadores que manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les
disgusta, motivos, inclinaciones, proyectos, tendencias, etcétera —lo que
Strapp llama los matices—, entonces Strapp es capaz de hacer lo que no puede
hacer una máquina. El es único, y el psicoanálisis podría destruir su
capacidad.
— ¿Por qué?
—Porque en Strapp se trata de un proceso
inconsciente —explicó irritado Fisher—. El no sabe cómo lo hace. Si lo supiese
acertaría en un cien por cien en vez de un ochenta y siete por ciento. Es un
proceso inconsciente y, por lo que sabemos, puede relacionarse con la misma
anormalidad que le empuja a matar a todos los Kruger. Si lo libramos de una
cosa, podemos destruir la otra. No podemos correr ese riesgo.
— ¿Qué podemos hacer entonces?
—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher,
mirando a su alrededor sobriamente—. No olvidéis esto ni un instante. Hemos
trabajado mucho en Strapp para permitir que se destruya. ¡Debemos de proteger
nuestra propiedad!
—Yo creo que él necesita un amigo —dijo la
secretaria trigueña.
— ¿Por qué?
—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir
nada. La gente habla con los amigos. Strapp hablaría.
—Nosotros somos sus amigos.
—No, no lo somos. Somos sus socios.
— ¿Ha hablado él contigo?
—No.
— ¿Contigo? —preguntó Fisher a la pelirroja.
Esta negó la cabeza.
—Está buscando algo que no encuentra nunca.
— ¿El qué?
—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.
— ¿Una mujer llamada Kruger?
—No lo sé.
—Maldita sea, esto no tiene sentido —. Fisher pensó
un momento—. Está bien. Le contrataremos un amigo y aligeraremos el programa de
trabajo para que el amigo tenga oportunidad de hacer hablar a Strapp. De ahora
en adelante reduciremos el programa a una Decisión semanal.
— ¡Dios mío! —exclamó la secretaria trigueña—. Eso
significa cinco millones menos al año.
—Hay que hacerlo —dijo Fisher—. Se trata de aceptar
esta reducción ahora o perderlo todo más tarde. Somos lo bastante ricos para
aguantarlo.
— ¿Y cómo vas a resolver lo del amigo? —preguntó el
empleado majestuoso.
—Ya dije que contrataría a uno. Contrataremos al
mejor. Comunica con Terra a través de la TT. Diles que localicen a Frank
Alceste y ponlo en comunicación urgente conmigo.
— ¡Frankie! —gritó la pelirroja—. ¡Me desmayo!
— ¡Oh! ¡Frankie!—la trigueña se abanicó.
— ¿Te refieres a Frank Alceste el Fatal? ¿Al
campeón de los pesados? —preguntó sobrecogido el forzudo—. Lo vi pelear con
Lonzo Jordán. ¡Qué hombre!
—Ahora es actor —explicó el empleado majestuoso—.
Trabajé con él una vez. Canta. Baila. Y...
—Y es doblemente fatal —interrumpió Fisher—. Lo
contrataremos. Firmaremos un contrato. Será amigo de Strapp. Tan pronto como
Strapp lo conozca, él...
— ¿Conozca a quién? —Strapp apareció en el quicio
de la puerta de su dormitorio, bostezando, parpadeando ante la luz. Dormía
siempre profundamente después de sus ataques. — ¿A quién voy a conocer?
Miró a su alrededor, delgado, grácil, pero fatigado
e indudablemente poseído.
—Un hombre llamado Frank Alceste —dijo Fisher—. Nos
ha pedido una presentación y no podemos rechazarlo por más tiempo.
— ¿Frank Alceste? —murmuró Strapp—. Nunca oí hablar
de él.
Strapp podía hacer Decisiones. Alceste amigos. Era
un hombre vigoroso de treinta y tantos años, pelo rubio pajizo, cara pecosa,
nariz quebrada y ojos grises muy hundidos. Tenía la voz firme y suave. Se movía
con esa agilidad casi femenina de los atletas. Te hechizaba sin que te dieses
cuenta, y sin que pudieses evitarlo. Hechizó a Strapp, pero Strapp también lo
hechizó a él. Se hicieron amigos.
—No, se trata realmente de amistad —dijo Alceste a
Fisher al devolverle el cheque que pretendía darle como pago—. Yo no necesito
ese dinero, y el viejo Johnny me necesita. Olvidemos que me contratasteis.
Rompe el contrato. Intentaré ayudar a Johnny por mi cuenta.
Alceste se volvió para salir de la suite del
Splendide de Rigel y pasó ante las secretarias que lo contemplaban con ojos muy
abiertos.
—Si no estuviese tan ocupado, señoritas —murmuró—,
cuánto me gustaría perseguirlas un poco.
—Persígueme a mí, Frankie —dijo la trigueña. La
pelirroja parecía inmovilizada.
Y mientras Strapp y Asociados zigzagueaba
lentamente de ciudad en ciudad y de planeta en planeta, con su nuevo plan de
una Decisión por semana, Alceste y Strapp se solazaban tranquilos mientras el
empleado majestuoso concedía entrevistas y posaba para los fotógrafos. Hubo
interrupciones cuando Frankie tuvo que volver a Terra para hacer una película,
pero entre tanto jugaron al golf, al tenis, apostaron a los caballos, a los
galgos, y asistieron a veladas de lucha y de boxeo. Visitaron los centros
nocturnos y Alceste volvió con un curioso informe.
—Bueno, no sé hasta qué punto habéis estado
observando de cerca a Johnny —dijo a Fisher—, pero si creéis que duerme de
noche, es mejor que cambiéis de idea.
— ¿Cómo dices? —exclamó Fisher sorprendido.
—El amigo Johnny se larga todas las noches cuando
os creéis que está dando reposo a su mente.
— ¿Cómo lo sabes?
—Por su reputación —dijo Alceste con tristeza—. Lo
conocen en todas partes. En todos los antros de aquí a Orion conocen al viejo
Johnny. Y lo conocen del peor modo.
— ¿Por su nombre?
—Por un mote. Lo llaman Devastación.
— ¡Devastación!
—Vaya, vaya. Señor Devastación. Arrasa a las
mujeres como un fuego de la pradera. ¿Sabías esto?
Fisher sacudió la cabeza.
—Debe pagarlo de su bolsillo personal —musitó
Alceste y se fue.
Había algo aterrador en aquella relación de Strapp
con las mujeres. Solía entrar en un club con Alceste, ocupar una mesa, sentarse
y beber. Luego se levantaba y examinaba fríamente el local, mesa por mesa,
mujer por mujer. A veces algunos hombres se enfurecían y pretendían pegarle.
Strapp se libraba de ellos con malevolencia y frialdad, de un modo que
provocaba la admiración profesional de Alceste. Frankie nunca peleaba. Ningún
profesional toca nunca a un aficionado. Pero procuraba hacer las paces, y si no
lo lograba, acudía a los puños como última solución.
Tras examinar a todas las mujeres, Strapp se
sentaba y esperaba el espectáculo tranquilo, charlando y riendo. Cuando
aparecían las chicas, se apoderaba de nuevo de él aquel lúgubre arrebato y se
ponía a examinar a la concurrencia cuidadosa y desapasionadamente. Muy pocas
veces localizaba a una chica que le interesaba, siempre el tipo idéntico: una
chica de cabello azabache, ojos negrísimos y piel clara y sedosa. Entonces
empezaba el problema.
Si era una artista, Strapp acudía al camerino
después del espectáculo. Si hacía falta sobornaba, gritaba y peleaba para
conseguir abrirse paso hasta ella. Allí, se plantaba frente a la asombrada
muchacha, la examinaba en silencio y luego le pedía que hablase. Escuchaba su
voz, luego se acercaba como un tigre y daba un paso violento e inesperado. A
veces había gritos, otra una defensa encarnizada y otras complacencia. Strapp
quedaba enseguida satisfecho. Abandonaba a la chica bruscamente, pagaba todos
los daños y perjuicios como un caballero, y salía a repetir la misma función en
un club tras otro.
Si la muchacha era una simple cliente, Strapp se
acercaba inmediatamente, despachaba a su acompañante, o si esto era imposible
seguía a la chica hasta su casa y repetía allí el mismo ataque del camerino. De
nuevo abandonaba a la chica, pagaba como un caballero y proseguía con su
obsesionante búsqueda.
—Estuve con él, pero me asustó —dijo Alceste a
Fisher—. Nunca vi a un hombre tan precipitado. Podría disponer de cualquier
mujer agradable si fuese con un poco más de calma. Pero no puede. Parece
poseído.
— ¿Porqué?
—No lo sé. Es como si trabajase contra reloj.
Después de que Strapp y Alceste se hiciesen
íntimos, Strapp le permitió acompañarlo en una investigación, durante el día,
que era aún más extraña. Como Strapp y Asociados continuaba su gira por
planetas e industrias. Strapp visitaba la Oficina de Estadísticas Vitales de
cada ciudad. Allí sobornaba al encargado jefe y presentaba una tira de papel.
El papel decía:
Altura:
1,65
Peso:
60
Cabello:
negro
Ojos:
negros
Busto:
86
Cintura:
66
Caderas:
91
Talla:
12
—Quiero los nombres y direcciones de todas las
chicas de más de veintiún años que se ajusten a esa descripción —decían
Strapp—.Pagaré diez créditos por cada nombre.
Veinticuatro horas después llegaba la lista, y
Strapp se lanzaba a la búsqueda obsesiva, examinando, hablando, escuchando,
dando algunas veces el paso aterrador, pagando siempre como un caballero. La
procesión de chicas altas de cabello azabache y ojos negrísimos hacía temblar a
Alceste.
—Está poseído por una idea fija —dijo Alceste a
Fisher en el Splendide de Cygnus—, y creo que sé de qué se trata. Está buscando
una chica concreta especial y ninguna se ajusta a las condiciones.
— ¿Una chica llamada Kruger? —No sé si el asunto
Kruger tiene que ver con esto.
— ¿Es difícil de complacer?
—Bueno te diré. Algunas de esas chicas... yo las
consideraría sensacionales. Pero él no les presta la menor atención. Las mira y
sigue. Otras... prácticamente unos fetos, lo emocionan y se convierte en el
viejo señor Devastación.
—Pero ¿por qué?
—Creo que es una especie de prueba. Que pretende
que las chicas reaccionen de una forma dura y natural. No existe ningún tipo de
pasión en el viejo Devastación. Se trata de un truco fríamente utilizado para
poder comprobar como reaccionan las chicas.
—Pero ¿qué es lo que busca?
—Aún no lo sé —contestó Alceste—, pero lo
descubriré. Tengo pensado un pequeño truco. Esperaremos a que llegue una
oportunidad, Johnny se lo merece.
Sucedió en el estadio, cuando Strapp y Alceste
fueron a ver a un par de gorilas despedazarse dentro de una jaula de cristal.
Fue un espectáculo sangriento, y ambos hombres estuvieron de acuerdo en que la
lucha de gorilas no era más civilizada que la de gallos, y dejaron aquel lugar
muy decepcionados. Fuera, en el vacío pasillo de hormigón, esperaba un hombre
tembloroso. Cuando Alceste le hizo una señal, se acercó corriendo a ellos como
un cazador de autógrafos.
— ¡Frankie! —gritó el hombre tembloroso—. ¡Mi viejo
amigo Frankie! ¿No te acuerdas de mí?
Alceste lo miró fijamente.
—Soy Blooper Davis. ¿No te acuerdas del viejo
barrio? ¿No te acuerdas de Blooper Davis?
— ¡Blooper! —la cara de Alceste se iluminó—. Claro.
Pero entonces eras Blooper Davidoff.
—Claro—. El hombre tembloroso se echó a reír—. Y tú
eras Frankie Kruger.
— ¡Kruger! —gritó Strapp, con voz aguda y chillona.
—Así es —dijo Frankie—. Kruger. Me cambié el nombre
cuando empecé mi carrera de boxeador.
Avanzó con paso vivo hacia el hombre tembloroso,
que retrocedió apoyado en la pared del pasillo y desapareció.
— ¡Tú, hijo de puta! —gritó Strapp; se había puesto
pálido y la cara le temblaba amenazadoramente—. ¡Miserable bastardo, asesino!
Llevo mucho tiempo esperando esto. Diez años de espera.
Sacó un chato revolver de su bolsillo interior y
disparó.
Alceste se hizo a un lado justo a tiempo y la bala
repiqueteó por el pasillo con un silbido. Strapp disparó de nuevo y la
llamarada chamuscó la mejilla de Alceste, que cogió a Strapp por la muñeca y lo
paralizó con un poderoso apretón. Apartó el revolver y lucharon abrazados.
Strapp jadeaba de ira, los ojos le giraban. Arriba se oían los gritos de la
multitud.
—Está bien, soy Kruger —masculló Alceste—. Me llamo
Kruger, señor Strapp. ¿Cuál es el problema? ¿Qué le importa a usted eso?
— ¡Hijo de puta! —gritó Strapp, debatiéndose como uno
de los gorilas que habían visto luchar—. ¡Asesino! ¡Te sacaré las tripas!
— ¿Por qué a mí? ¿Por qué a Kruger? —Utilizando todas
sus fuerzas, Alceste arrastró a Strapp a un rincón y lo inmovilizó allí—. ¿Qué
tuve que ver contigo hace diez años?
Oyó la historia en histéricos arrebatos antes de
que Strapp se desmayara.
Después de dejar a Strapp en la cama, Alceste pasó
al lujoso salón de la suite del Splendide de Indi y explicó el problema al
equipo.
—El viejo Johnny estaba enamorado de una chica
llamada Sima Morgan —empezó—, Ella estaba enamorada de él. Una cosa muy
romántica. Iban a casarse. Y entonces un tipo llamado Kruger mató a Sima
Morgan.
— ¡Kruger! Así que esa es la relación. ¿Cómo fue?
—Ese Kruger era un gandul borracho. Tenía problemas
conduciendo. Le quitaron el permiso, pero eso a un tipo de dinero como Kruger
le daba igual. Sobornando, consiguió un reactor Hot-rod sin permiso de
conducir. Un día se llevó por delante una escuela. Deshizo el techo y mató a
treinta niños y a la profesora... Sucedió en Terra, en Berlín.
"Nunca cogieron a Kruger. Fue escapando de
planeta en planeta y aún no lo han localizado. La familia le envía dinero. La
policía no es capaz de dar con él. Strapp lo busca porque la profesora de la
escuela era su chica, Sima Morgan.
Hubo una pausa, y luego Fisher preguntó:
— ¿Cuánto hace de eso?
—Por lo que supongo, diez años y ocho meses.
Fisher calculó minuciosamente.
—Y hace diez años y tres meses Strapp demostró por
primera vez que era capaz de tomar Decisiones. Decisiones Capitales. Hasta
entonces era un don nadie. Luego vino la tragedia, y con ella la histeria y la
capacidad de tomar Decisiones. Indudablemente una cosa produjo la otra.
—Puede que sí.
—Así que él mata a Kruger una y otra vez —dijo
Fisher fríamente—. Corresponde. Fijación de venganza. Pero ¿y lo de las chicas
y el asunto señor Devastación?
Alceste sonrió con tristeza.
— ¿Has oído alguna vez decir "una chica en un
millón"?
— ¿Y quién no?
—Si tu chica era en un millón, eso significa que
habrá nueve más como ella en una ciudad de diez millones, ¿verdad?
Todo el equipo de Strapp asintió, expectante.
—El viejo Johnny trabaja con esa base. Cree que
puede encontrar un duplicado de Sima Morgan.
— ¿Cómo?
—Se lo plantea aritméticamente. Piensa lo
siguiente: hay una posibilidad en sesenta y cuatro mil millones de que las
huellas dactilares coincidan. Pero actualmente hay un billón setecientos mil
millones de personas. Eso significa que puede haber veintiséis con las mismas
huellas dactilares, e incluso más.
—No necesariamente.
—Por supuesto, no necesariamente, pero existe la
posibilidad y eso es lo único que necesita el viejo Johnny. Calcula que si hay
veintiséis posibilidades de que las huellas dactilares coincidan, hay una
posibilidad también de que coincidan las personas. Cree que puede encontrar el
duplicado de Sima Morgan si persiste en su búsqueda.
— ¡Eso es inconcebible!
—No digo que no lo sea, pero es lo único que lo
mantiene en pie. Es una especie de preservador vital basado en números.
Mantiene su cabeza a flote... esa idea de que tarde o temprano podrá volver
donde la muerte lo dejó hace diez años.
— ¡Ridículo! —exclamó Fisher.
—No para Johnny. El sigue enamorado.
—Imposible.
—Quisiera que pudieses sentirlo como lo siento yo
—contestó Alceste—. Busca sin cesar. Una chica tras otra. Conserva las
esperanzas. Habla. Da el paso. Si se trata del duplicado de Sima, sabe que
reaccionará exactamente como recuerda que reaccionó Sima diez años atrás.
"¿Eres tú, Sima?", se pregunta a sí mismo. "No", contesta,
y continúa. Es una lástima ver en qué situación se encuentra. Debemos hacer
algo.
—No —dijo Fisher.
—Tenemos que ayudarle a encontrar su duplicado.
Tenemos que convencerle para que crea que alguna chica es el duplicado. Tenemos
que hacerle enamorarse otra vez.
—No —repitió Fisher enfáticamente.
— ¿Por qué no?
—Porque en cuanto Strapp encuentre a su chica, se
curará. Dejará de ser el gran John Strapp, el que toma Decisiones. Se
convertirá en un don nadie... un hombre enamorado.
— ¿Y a él qué le importa ser grande o no serlo? El
quiere ser feliz.
—Todos quieren ser felices —replicó Fisher—. Nadie
lo es, Strapp no está peor que los demás hombres, y además es mucho más rico.
Nosotros mantenemos el status quo.
— ¿No querrás decir que tú eres mucho más
rico?
—Nosotros mantenemos el status
quo —repitió Fisher; miró con frialdad a Alceste—. Creo que lo mejor será
que rescindamos el contrato. No necesitamos ya de tus servicios.
—Señor, el contrato quedó rescindido cuando le
devolví el cheque. Ahora habla usted con el amigo de Johnny.
—Lo siento, señor Alceste, pero a partir de ahora
el señor Strapp tendrá muy poco tiempo para sus amigos. Cuando quede libre el
año que viene se lo haremos saber.
—No podéis secuestrarlo. Veré a Johnny cuándo y
dónde me plazca.
— ¿Quiere usted tenerlo por amigo? —dijo Fisher con
una sonrisa desagradable. Entonces lo verá cuándo y dónde quiera yo. O lo ve en
esas condiciones o Strapp verá el contrato que firmamos. Aún lo tengo en los
archivos, señor Alceste. No lo rompí. Yo nunca rompo nada. ¿Cómo cree que
Strapp va a confiar en su amistad después de ver el contrato que firmó?
Alceste cerró los puños. Fisher se mantuvo firme.
Por un instante se miraron con odio, luego Frankie se apartó.
—Pobre Johnny —murmuró—. Es como un hombre atrapado
por la solitaria. Le diré adiós. Comunicadme cuándo puedo verlo.
Entró en el dormitorio, donde Strapp acababa de
despertar de su ataque sin el menor recuerdo, como siempre. Alceste se sentó en
la cama.
—Hola, Johnny —dijo sonriendo.
—Hola, Frankie —dijo Strapp, también sonriendo.
Se dieron un puñetazo en el hombro y con
solemnidad, que es la única manera con la que los amigos pueden abrazarse y
besarse.
— ¿Qué pasó después de la lucha de los gorilas?
—preguntó Strapp—. Estoy algo confuso.
—Amigo, estabas muy borracho. Nunca vi un tipo tan
cargado. —Alceste volvió a dar un suave puñetazo a Strapp—. Escucha Johnny,
tengo que volver a trabajar. Tengo un contrato de tres películas al año y están
que botan conmigo.
—Bueno, te tomaste un mes hace seis planetas —dijo
Strapp contrariado—. Creí que habías terminado.
—Ni hablar, tengo que irme, hoy, Johnny. Volveremos
a vernos muy pronto.
—Oye —dijo Strapp—. Manda al diablo las películas.
Sé socio mío. Le diré a Fisher que redacte un contrato. Esta es la primera vez
que me río desde hace... mucho tiempo.
—Puede que más tarde, Johnny. En este momento me
obliga un contrato. Pronto volveré. Adiós.
—Adiós —dijo Strapp con tristeza.
Fuera de la habitación Fisher esperaba como un
perro guardián. Alceste lo miró con disgusto.
—Una cosa que se aprende en el box —dijo
lentamente—, es que nadie gana hasta el último asalto. Tú has ganado éste, pero
no es el último.
Antes de marchar, Alceste dijo, mitad para sí
mismo, mitad en voz alta:
—Quiero que seas feliz. Quiero que todos los
hombres sean felices. Y da la sensación de que todos los hombres podrían ser
felices sólo con que les echásemos una mano.
Por eso Frankie Alceste no podía evitar hacer
amigos.
El equipo de Strapp volvió a la misma vieja
vigilancia celosa de los años de asesinatos, y elevó el número de Decisiones de
Strapp a dos a la semana. Ahora sabían por qué había que vigilar a Strapp.
Sabían por qué había que proteger a los Kruger. Pero esta era la única
diferencia. Su hombre estaba triste, histérico, casi psicótico; daba igual. Era
un precio justo a pagar por el uno por ciento del mundo.
Pero Frankie Alceste persistía en su propósito y
visitó los laboratorios de Bruxton Biótica en Deneb. Allí consultó con un tal
E.T.A. Goland, el genio en investigación que había descubierto aquella nueva
técnica para moldear vida que fue lo que llevó a Strapp por primera vez a
Bruxton, y que fue indirectamente responsable de su amistad con Alceste. Ernest
Theodor Amadeus Goland era bajo, gordo, asmático y entusiasta.
— ¡Sí, sí, claro! —exclamó cuando el lego explicó
todo su asunto al científico—. ¡Cómo no! Una idea muy ingeniosa. No sé por qué
no se me había ocurrido. No presenta apenas dificultades—. Meditó un instante—.
Salvo el dinero —añadió.
— ¿Podría, pues, duplicar a la chica que murió hace
diez años? —preguntó Alceste.
—Sin ninguna dificultad, salvo el dinero —dijo
Goland enfáticamente.
— ¿Parecería la misma? ¿Actuaría igual? ¿Sería la
misma? —En un noventa y cinco por ciento, más o menos un novecientos setenta y
cinco por mil.
— ¿Y eso significaría mucha diferencia con respecto
al cien por cien?
— ¡Ah, no! Sólo individuos muy notables son capaces
de captar más del ochenta por ciento de las características totales de otra
persona. No se ha oído ningún caso en que se supere el noventa por ciento.
— ¿Y cómo podrían hacerlo?
—Bueno, empíricamente tenemos dos fuentes. Una: la
estructura psicológica completa del sujeto que se encuentra en los Archivos
Principales de Centauro. Ellos pueden enviarnos desde allí una copia si hacemos
una solicitud y pagamos cien créditos a través de los canales oficiales. Haré
la solicitud.
—Y yo pagaré. ¿Y la otra fuente?
—El proceso de embalsamiento de la época moderna...
Ella está enterrada, ¿no?
—Sí, lo está.
—Este sistema tiene una perfección de un noventa y
ocho por ciento. Por medio de los restos y de la estructura psicológica
reconstruimos el cuerpo y la mente por la ecuación sigma igual a la raíz
cuadrada de menos dos más... No hay más problema que el dinero.
—Bueno, del dinero me encargo yo —dijo Frankie
Alceste—. Encárguese usted del resto.
Para ayudar a su amigo, Alceste pagó 100 Crs. y
envió la solicitud a los archivos centrales de Centauro pidiendo la estructura
psicológica completa de Sima Morgan, difunta. Cuando esto llegó, Alceste
regresó a Terra y se dirigió a una ciudad llamada Berlín, donde pagó a un
individuo llamado Augenblick, para que actuara como ladrón de cadáveres.
Augenblick visitó el Staats-Gottesacker y sacó el ataúd de porcelana
de abajo de la lápida de mármol que decía Sima
Morgan. Contenía lo que parecía ser una chica de piel sedosa y negro
pelo sumida en un profundo sueño. Por vías dudosas, Alceste consiguió pasar el
ataúd de porcelana por cuatro barreras aduaneras hasta Deneb.
Un aspecto del viaje del que Alceste no había caído
en la cuenta, pero que desconcertó a varias organizaciones policiales, fue el
de la serie de catástrofes que lo persiguieron sin alcanzarlo nunca. Hubo una
explosión de un reactor que destruyó la nave y un acre de espacio-puerto, media
hora después de que bajaran los pasajeros y se efectuara la descarga. Hubo un
verdadero holocausto en el hotel diez minutos después de irse Alceste. Se
produjo el terrible desastre que acabó con el tren neumático para el que
Alceste había cancelado su billete inesperadamente. A pesar de todo, pudo
entregar el ataúd al bioquímico Goland.
— ¡Vaya! —dijo Ernest Theodor Amadeus—. Una hermosa
criatura. Merece la pena recrearla. Lo que falta ahora es muy sencillo, salvo
el dinero.
Para salvar a su amigo, Alceste dispuso las cosas
para que Goland pudiese abandonar sus ocupaciones habituales, le compró un
laboratorio y le financió una serie de experimentos increíblemente caros. Para
ayudar a su amigo, meses después, salió de la opaca cámara de maduración una
criatura de pelo negro, ojos como el ébano y sedosa piel, piernas largas y
busto erguido. Respondía al nombre de Sima Morgan.
—Oí caer el reactor sobre la escuela —dijo Sima,
sin darse cuenta de que habían transcurrido once años—. Luego hubo un gran
estruendo. ¿Qué pasó?
Alceste estaba impresionado. Hasta aquel momento
ella había sido su objetivo... una meta... algo irreal, inerte. Ahora era una
mujer viva. Había un curioso temblor en su voz, casi un susurro. Su cabeza
tenía un aire encantador al moverse mientras hablaba. Se levantó de la mesa; no
era suave y grácil como Alceste esperaba. Se movía con una torpeza infantil.
—Yo soy Frank Alceste —dijo él, tranquilamente; la
cogió por los hombros—. Quiero que me mires y te convenzas de que puedes
confiar en mí.
Sus ojos se unieron en una firme mirada. Sima lo
examinó con gravedad. De nuevo Alceste quedó impresionado y conmovido. Sus
manos empezaron a temblar y soltó los hombros de la muchacha, aterrado.
—Sí —dijo Sima—. Puedo confiar en ti.
—Diga lo que diga, debes confiar en mí. No importa
lo que te diga que hagas, tú confía en mí y hazlo.
— ¿Porqué?
—Por la salvación de Johnny Strapp.
Ella le miró sobresaltada.
—Le ha pasado algo —dijo presurosa—. ¿Qué ha sido?
—A él no, Sima. A ti. Sé paciente, cariño. Te lo
explicaré. Tenía pensado explicarlo ahora, pero no soy capaz. Será mejor... que
espere hasta mañana.
La acostaron, y Alceste comenzó a debatirse en una
terrible lucha consigo mismo. Las noches de Deneb son suaves y negras como el
terciopelo, con un aroma romántico, dulce y tenue... o al menos así le parecía
la noche a Frankie Alceste.
"No puedes enamorarte de ella", murmuró.
"Es una locura."
Y más tarde, se dijo: "Viste a centenares de
chicas como ella, cuando Johnny la buscaba. ¿Por qué no te enamoraste de una de
ellas?"
Hizo lo único que un hombre honrado puede hacer en
una ocasión tal, e intentó convertir su deseo en amistad. Acudió a la
habitación de Sima a la mañana siguiente, con unos andrajosos téjanos viejos,
sin afeitar y sin peinar. Se sentó a los pies de su cama mientras ella comía la
primera de las comidas cuidadosamente prescritas por Goland, encendió un
cigarrillo y le explicó el asunto. Cuando la vio llorar, no la cogió entre sus
brazos para consolarla, sino que le dio una palmada en la espalda como a un hermano.
Encargó vestuario para ella. Se equivocó en las
medidas y cuando ella salió con aquella ropa, le pareció tan adorable que quiso
besarla. En vez de hacerlo, le dio una palmada en el hombro, muy suave y muy
solemne, y la llevó a comprar otro vestido, Cuando apareció ante él con ropa a
medida, le pareció tan encantadora que tuvo que darle otro puñetazo en el
hombro. Luego fueron a comprar un pasaje inmediato para Ross-Alfa III.
Alceste había pensado quedarse unos cuantos días
para que la chica descansase, pero por miedo a sí mismo había renunciado a
hacerlo. Sólo así pudieron salvarse ambos de la explosión que destruyó el
domicilio privado y el laboratorio privado del bioquímico Goland, y también al
bioquímico. Alceste nunca lo supo. Estaba ya a bordo de la nave con Sima,
luchando frenéticamente con sus tentaciones.
Una de las cosas que todo el mundo sabe del viaje
espacial, pero nunca menciona, es su cualidad afrodisíaca. Como en los tiempos
antiguos, cuando los viajeros cruzaban los océanos en barcos, los pasajeros se
encuentran aislados en su pequeño mundo durante una semana. Quedan aislados de
la realidad. Invade la nave una mágica sensación de libertad de toda atadura y
de toda responsabilidad. Todos echan una cana al aire. Hay miles de romances de
reactor por semana..., amoríos fugaces y apasionados que se disfrutan en
completa seguridad y concluyen el día del aterrizaje.
En esta atmósfera, Frankie Alceste mantenía un
rígido control de sí mismo. Poco le ayudaba el hecho de ser una celebridad con
un tremendo magnetismo físico. Mientras una docena de bellas mujeres se
arrojaban a sus brazos, él perseveraba en su papel de hermano mayor y palmeaba
a Sima como un hermano, hasta que ésta protestó.
—Sé que eres un magnífico amigo de Johnny y un buen
amigo mío —dijo la última noche—. Pero eres agotador, Frankie. Estoy llena de
cardenales.
—Sí, ya lo sé. Es una costumbre. Algunos, como
Johnny, piensan con el cerebro. Yo creo que pienso con los puños.
Estaban de pie bajo la bóveda de cristal por la que
se veían las estrellas, y les bañaba la suave luz de Ross-Alfa que se
aproximaba ya, y resulta difícil imaginar algo más romántico que el terciopelo
del espacio iluminado por el tono blanco violeta de un sol distante. Sima ladeó
la cabeza y lo miró.
—Hablé con algunos de los pasajeros —dijo—. Eres
famoso, ¿verdad?
—Más bien conocido...
—Hay tanto que apreciar en ti. Ante todo, quiero
pensar en ti.
— ¿En mí?
—Ha sido algo tan súbito —dijo Sima, asintiendo—.
Estaba desconcertada y tan emocionada que no tuve tiempo siquiera de darte las
gracias, Frankie. Te las doy ahora. Estoy comprometida contigo para siempre.
Le echó los brazos al cuello y lo besó. Alceste
empezó a temblar.
"No", pensó. "No. Ella no sabe lo
que hace. Está tan atolondrada y feliz con la idea de ver otra vez a Johnny que
no se da cuenta..."
Buscó tras de sí hasta que sintió la helada
superficie del cristal; antes de apartarse, apretó deliberadamente las palmas
de sus manos contra la superficie, a temperatura bajo cero. El dolor le hizo
dar un salto. Sima lo soltó sorprendida, y cuando él apartó las manos, dejó
atrás treinta centímetros cuadrados de piel y sangre.
Por fin desembarcó en Ross-Alfa III con una chica en perfectas condiciones y dos manos en condiciones
pésimas y fue recibido por el agrio Aldous Fisher, acompañado de un funcionario
que pidió al señor Alceste que le acompañase a una oficina para tener una
importante conversación privada.
—Se ha puesto en nuestro conocimiento, gracias al
señor Fisher —dijo el funcionario, — que intenta usted introducir a una joven
de estatus ilegal.
— ¿Cómo puede saberlo el señor Fisher? —preguntó
Alceste.
— ¡Imbécil! -escupió Fisher —. ¿Crees que te
dejaría hacerlo? Estuvieron siguiéndote. Minuto a minuto.
—El señor Fisher nos informa —continuó el
funcionario con rigidez—, que la mujer que viene con usted viaja con nombre
supuesto. Sus papeles son falsos.
— ¿Cómo que son falsos? —dijo Alceste—. Ella es
Sima Morgan. Sus documentos dicen que es Sima Morgan.
—Sima Morgan murió hace once años —contestó
Fisher—. La mujer que viene contigo no puede ser Sima Morgan.
—Y a menos que se aclare su verdadera identidad
—dijo el funcionario—, se le prohibirá la entrada.
—Tendré aquí, dentro de una semana, los documentos
que demuestran la muerte de Sima Morgan —añadió Fisher triunfalmente.
Alceste miró a Fisher y movió la cabeza.
—Aunque no lo sepas, estás facilitándome las cosas
—dijo—. Si hay algo que me gustaría hacer es sacarla de aquí y no permitir a
Johnny verla. Tengo tantas ganas de guardármela para mí que... —se contuvo y
acarició las vendas de sus manos—. Retira tu acusación, Fisher —añadió.
—No —replicó Fisher.
—No puedes mantenerlos separados. Al menos de este
modo. Suponte que la detienen. ¿A quién te parece que citarían judicialmente
para demostrar su identidad? A John Strapp. ¿A quién llamaría yo primero para
que viniese a verla? A John Strapp. ¿Crees que podrías detenerme?
—Ese contrato —empezó Fisher—. Lo que haré
—Al infierno con el contrato. Enséñaselo. El quiere
a su chica no a mí. Retira tu acusación Fisher. Y abandona la lucha. Has
perdido tu vale de comidas.
Fisher le lanzó una furiosa mirada, tragó saliva, y
luego masculló:
—Retiro la acusación. —Luego miró el césped con los
ojos inyectados en sangre—. Este no es aún el último asalto —dijo, y salió déla
oficina.
Fisher estaba preparado. A una distancia de años
luz podría encontrarse demasiado tarde con demasiado poco. Allí, en
Ross-Alfa III, estaba protegiendo su propiedad. Disponía de todo
el poder y del dinero de John Strapp. El flotador que Frankie Alceste y Sima
tomaron en el espacio-puerto estaba pilotado por un ayudante de Fisher que
abrió la puerta de la cabina y realizó bruscos virajes intentando arrojar al
aire a sus viajeros. Alceste rompió el cristal de separación y rodeó con un
musculoso brazo la garganta del conductor hasta que éste enderezó el flotador y
los dejó a salvo en tierra. Alceste advirtió complacido que Sima no se había
puesto más nerviosa de lo necesario.
En la carretera, los recogió uno de los centenares
de coches que pasaban bajo el flotador. Al primer disparo, Alceste metió a Sima
en el quicio de una puerta, que abrió a costa de una herida en el hombro, la
cual vendó precipitadamente con trozos de la enagua de la chica. Los ojos
oscuros de ésta se abrían desmesuradamente, pero no se quejaba. Alceste la
felicitó con poderosas palmadas, la subió a la terraza y descendió con ella por
el edificio contiguo, donde entró en un apartamento y telefoneó pidiendo una
ambulancia.
Cuando llegó la ambulancia, Alceste y Sima bajaron
a la calle, donde se encontraron con policías uniformados que tenían órdenes
oficiales de buscar una pareja que respondía a su descripción. "Buscados
por robo de flotador con asalto. Peligrosos. Tiren a matar." Alceste se
deshizo de la policía y también del conductor de la ambulancia y de un
enfermero. El y Sima partieron en la ambulancia, Alceste conduciendo como un
loco, Sima haciendo sonar la sirena como una alucinada.
Abandonaron la ambulancia en el distrito comercial
de la ciudad, entraron en unos grandes almacenes y salieron cuarenta minutos
después, convertidos en un criado de uniforme que empujaba a un anciano en una
silla de ruedas. Pese a los problemas planteados por el busto, Sima podía pasar
por un criado. Frankie estaba lo bastante débil por las diversas heridas para
fingirse un viejo.
Se inscribieron en el Splendide de Ross, donde
Alceste encerró a Sima en una suite, se hizo curar el hombro y compró un arma.
Luego fue a ver a John Strapp. Lo encontró en la Oficina de Estadísticas
Vitales, sobornando al encargado general y presentándole una tira de papel que
daba la misma descripción de aquel amor perdido tanto tiempo atrás.
—Hola, viejo Johnny —dijo Alceste.
— ¡Hola, Frankie! —gritó Strapp muy contento.
Se dieron un afectuoso puñetazo mutuo. Con sonrisa
feliz, Alceste vio a Strapp explicar detalles al encargado general y ofrecerle
más dinero a cambio de los nombres y direcciones de todas las chicas de más de
veintiuno que se ajustasen a la descripción del papel. Cuando salían, Alceste
dijo:
—Conocí a una chica que podría ajustarse a eso,
Johnny.
Aquella mirada fría brilló en los ojos de Strapp.
— ¿Sí? —dijo. —Tiene un ligero ceceo.
Strapp miró con expresión extraña a Alceste.
—Y una forma divertida de ladear la cabeza cuando
habla.
Strapp agarró el brazo de Alceste.
—El único problema es que no es ingenua como la
mayoría. Es más bien un camarada. ¿Sabes lo que quiero decir? Atrevida y
valiente.
—Muéstramela, Frankie —dijo Strapp en voz baja.
Subieron a un flotador y descendieron en el terrado del Splendide. El ascensor
los condujo hasta la planta veinte y se dirigieron a la suite 20-M. Alceste
llamó a la puerta con la clave acordada. Respondió una voz de mujer:
"Adelante". Alceste estrechó la mano de Strapp y dijo:
"Enhorabuena, Johnny". Abrió la puerta y luego descendió hasta el
vestíbulo y se apoyo en la balaustrada. Sacó su revolver por si aparecía Fisher
con malas intenciones. Contemplando la resplandeciente ciudad, pensó que todos
los hombres podrían ser felices si todos echasen una mano. Pero a veces esa
mano resultaba cara.
John Strapp entró en la suite. Cerró la puerta, se
volvió y examinó fría, detenidamente, a aquella muchacha de ojos y cabellos
negrísimos. Ella lo miraba desconcertada. Strapp se acercó más, caminó
alrededor de ella, volvió otra vez a situarse frente a frente.
—Di algo —pidió él.
—Tú no eres John Strapp —balbució ella.
—Sí.
— ¡No! —exclamó ella—. ¡No! Mi Johnny es joven. Mi
Johnny es...
Strapp se aproximó como un tigre. Sus manos y sus
labios la recorrieron ferozmente mientras sus ojos observaban con frialdad. La
chica gritaba y se debatía, aterrada por aquellos ojos extraños, tan ajenos.
Por aquellas manos ásperas, tan ajenas por los impulsos ajenos de la persona
que en tiempos había sido su Johnny Strapp, pero de la que la separaban ahora
dolorosos años de cambios.
— ¡Tú eres otro! —gritó—. Tú no eres John Strapp.
Tú eres otro hombre.
Y Strapp, no tanto once años más viejo como once
años distinto al hombre cuyo recuerdo estaba intentando ocupar, se preguntó a
sí mismo: "¿Eres tú mi Sima? ¿Eres tú mi amor... mi amor perdido y
muerto?" Y el cambio dentro de él contestó: "No, esta no es tu Sima.
Esta no es tu amor. Sigue, Johnny. Sigue y busca. Encontraras algún día la
chica que perdiste."
Pagó como un caballero y se fue.
Desde el balcón, Alceste, lo vio salir. Tan
asombrado estaba que no pudo llamarlo. Volvió a la suite y encontró a Sima allí
de pie, sobrecogida, contemplando un montón de dinero que había sobre la mesa.
Comprendió inmediatamente lo que había sucedido. Sima, cuando vio a Alceste,
empezó a llorar... No como una chica, sino como un muchacho, con los puños
cerrados y la cara contraída.
—Frankie —gimió—. ¡Dios mío, Frankie! —extendió los
brazos hacia él con desesperación. Estaba perdida en un mundo que la había
adelantado.
El dio un paso, pero luego vaciló. Hizo una última
tentativa de borrar el amor que sentía en su interior por aquella criatura,
buscando un medio de unirla a Strapp. Luego perdió el control y la cogió en sus
brazos.
"Ella no sabe lo que hace", pensó. Está
asustada y se ve perdida. No es mía. Aún no. Quizá nunca."
Y luego: "Fisher ha ganado y yo he
perdido."
Y por último: "Sólo recordamos el pasado;
nunca lo conocemos cuando lo encontramos. La mente retrocede, pero el tiempo
sigue y los adioses deberían ser para siempre."
ODI E ID
|
C |
uando yo escribía relatos policiales, me volvía
loco desarrollando artimañas para mis argumentos. Una artimaña es un hecho
curioso, no exactamente bien conocido por el lector (pero por supuesto conocido
por el detective} que puede ser utilizado como clave principal. He aquí un
ejemplo simple: ¿sabía usted que los Estados Unidos no acuñó dólares de plata
entre 1910 y 1920? Si se topa con uno de 1915 tiene que ser una falsificación,
y eso es una artimaña.
Generalmente necesitaba tres por argumento; una
para establecer un gancho de comienzo, una segunda para dar una vuelta de
tuerca a mitad del relato, y una tercera para "Los Morris" que
completaban el total. Es mejor emplear la expresión que era utilizada en el
negocio para describir la explicación final del misterio.
Había una taberna clandestina en el viejo
Filadelfia de los veinte que despojaba a los transeúntes ingenuos. Un extraño
entraba a almorzar, ordenaba un emparedado y un par de cervezas y luego el
camarero le presentaba la adición que se elevaba a unos veinte dólares. El
cliente gritaba y exigía una explicación por el abuso. El camarero decía:
—Sí, señor. Morris se lo explicará.
Cuando Morris venía a la mesa, resultaba ser el
bouncer[1];
uno ochenta de alto, y uno ochenta de ancho, ciento diez kilos y bastante feo.
Esa era toda la explicación que la víctima necesitaba.
Como estaba diciendo, mi esposa buscaba
constantemente nuevas artimañas, y yo hurgaba en las salas de lectura de la
biblioteca pública de la calle Cuarenta y Dos y la avenida Cincuenta. Leía a
toda velocidad cuatro o cinco libros por hora y me sentía feliz si encontraba
una sólida artimaña de promedio por libro. Por entonces di con la psiquiatría y
descubrí que el campo estaba lleno de artimañas de conducta, que eran mucho más
interesantes que los dólares de plata con fecha equivocada.
Como resultado de esta búsqueda puramente
pragmática, quedé enganchado con la psiquiatría y comencé a escribir sobre
compulsiones y sus conflictos corrosivos. Por tanto me convertí en un devoto de
Freud, y no podéis imaginar lo abatido que me sentí cuando se publicó su
correspondencia con Jung y advertí que mi dios era un ser humano después de
todo. El más risible aspecto de mi profunda creencia en la psiquiatría es el
hecho de que yo jamás me hice analizar.
Bien, "Odi e Id" fue el primer
relato de ciencia-ficción que yo escribí después de mi conversión (ya había
escrito unos cuantos acres de argumentos utilizando material psiquiátrico) y lo
envíe al gran John W. Campbell hijo, director de la innovadora Astounding
Science Fiction. La envíe por correo y Campbell me telefoneó unas pocas
semana más tarde diciendo que le gustaba el relato y que lo compraría, pero
quería hacer algunos cambios. ¿Podía ir yo a su oficina y discutirlos? Estuve
encantando de aceptar. ¡Una oportunidad para encontrarme con el gran hombre!
¡Me sentí conquistado!
Fue una entrevista perturbadora. No voy a contar
los detalle aquí (los encontraréis en "Mis amoríos con la
ciencia-ficción" página 249), pero debo confesar mi culpabilidad. Toda mi
experiencia en el negocio del espectáculo me había enseñado que es una tontería
meterse entre bastidores cuando a uno le encanta el show. Es mejor no
encontrarse con el autor, los actores, el director, el diseñador, el
productor... quienquiera que haya creado esa brillantez que ha quedado grabada
en la mente. Seguro que te sentirás desilusionado. Nunca confundas al artista
con su obra.
Bien, deberá haberlo sabido mejor, pero fui a los
camerinos de Astounding Science Fiction, me encontré con su director, y
fue un desastre. Como resultado, escuchaba la adoración que mis colegas
escritores sentían por John Campbell, y me sentía culpable como el demonio
porque no podía unirme de ellos. Comprendan que hablo como escritor, no como
lector. Como lector yo también lo adoraba. Y también me sentía culpable porque
imaginaba que la antipatía entre nosotros era enteramente culpa mía. Pensé que
yo era desdeñoso porque ambos éramos reflejos de cada uno; ambos arrogantes,
sabelotodos y obstinados. Fin de la Apología Pro Vita Sua.
De cualquier modo, la cruz del relato de la
entrevista fue la declaración de Campbell de que toda la psiquiatría había sido
refutada por una nueva y estremecedora ciencia llamada "dianética",
descubierta por L. Ron Hubbard; quería que todas las referencias a Freud y a su
Circo (incluyendo el título) fueran quitadas. Compréndanme, por favor; no me
pidió que hiciera el elogio de la dianética; sólo quería que quitara el
anticuado vocabulario de Freud del campo de Hubbard.
Pensé que esto era absurdo, pero estuve de acuerdo
de cualquier modo. Los cambios no afectaban el tema de la historia, de modo que
fue fácil complacer al Gran Hombre. Y aquí debo mencionar algo sobre mi estilo
de escribir que no es fácil de comprender: yo veo la historia como un todo,
tengo omnivisión. Por ejemplo: un director me dirá, "Eh, Alf, necesitamos
tiempo. ¿No podemos cortar esa escena con el cerrajero?" Sé
instantáneamente que la escena del cerrajero controla dos escenas que la preceden
y tres que la siguen, que cuatro de las cinco pueden ser fácilmente
emparchadas, pero que la quinta es una demora que exigirá por entero una nueva
aproximación. No tengo que armar un puzzle, lo sé instantáneamente. Un
interruptor de luz.
De modo que supe instantáneamente que los cambios
que Campbell me pedía no eran importantes para el relato y podían ser
fácilmente solucionados. Estuve de acuerdo y mandé todo al infierno cuando me
fui de allí. Naturalmente, cuando él relato fue reimpreso por primera vez,
volví a la versión original. No sé hasta donde Campbell lo supo, pero mi
impresión es que lo supo. Era muy astuto e informado, cuando no estaba
absorbido por su última afición científica.
"Odi e Id" fue generado por una
discusión que tuve con un amigo allegado, quien era extremadamente intolerante
con lo que él llamaba "pecado". No pudo nunca comprender ni olvidar a
las personas inteligentes que se equivocaban. Yo argumentaba que esa gente no
siempre tiene control consciente de sus acciones; muy frecuentemente el
inconsciente los domina.
—Hay veces —le decía— en que todos los buenos
sentidos en un hombre le gritan advirtiéndole que lo que está apunto de cometer
sólo producirá pesar, pero continúa adelante y lo hace de cualquier modo. Algo
en lo profundo incide sobre sus acciones. ¿No es así como sucede contigo?
—Nunca.
—Bien, ¿puedes ver que sucede sobre otras personas?
—No en las personas inteligentes. No.
—La inteligencia no tiene nada que ver con esto.
¿No puedes admitir que un buen tipo que sólo quiere hacer lo correcto puede ser
impulsado a hacer lo equivocado?
—No-
Era un terco hijo de puta, pero el callejón sin
salida generado por el relato parte de una extrapolación muy fácil. Un escritor
es siempre un oportunista; no malgasta nada. Esto hace que la gente piense que
no somos sinceros. No es así. Sólo estamos cargando las baterías.
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E |
sta es la historia de un monstruo.
Lo llamaron Odiseo Gaul en honor del héroe favorito
de Papá, y a pesar de las desesperadas objeciones de Mamá; pero siempre le
dijeron Odi desde que tenía un año.
El primer año de vida es una egoísta búsqueda de
calor y seguridad. Odi no iba a tener mucho de eso cuando nació, pues los
negocios de Papá estaban en bancarrota y Mamá estaba pensando en el divorcio.
Pero la decisión inesperada de la United Radiation de construir una planta en
la ciudad hizo a Papá rico, y Mamá volvió a enamorarse de él otra vez. De modo
que Odi tuvo calor y seguridad.
El segundo año de vida es una tímida exploración.
Odi se arrastró y exploró. Cuando alcanzó los circuitos enrojecidos de una
estufa eléctrica, un inesperado corte de energía lo salvó de quemarse. Cuando
cayó desde la ventana del tercer piso, lo hizo sobre el tanque lleno de hierba
del jardinero mecánico. Cuando importunó al gato Febo, éste saltó como si fuera
a arañarle la cara, y los brillantes colmillos se cerraron sin peligro sobre
una de sus orejas.
—Los animales aman a Odi —decía Mamá—. Sólo
pretenden morder.
Odi quería ser amado, y todos amaban a Odi. Fue
estimado, mimado y consentido durante toda su edad pre-escolar. Los cuidadores
de tiendas lo obsequiaban con caramelos, y los conocidos se presentaban con
regalos. Hubo helados, caramelos, tartas, bombones, chicles y una gran variedad
de otros comestibles. Odi consumía lo suficiente para todo un parvulario. Nunca
estuvo enfermo.
—Sale al padre —decía Papá—. De buena cepa.
Se desarrollaron leyendas familiares alrededor de
la suerte de Odi... Cómo una perfecta y extraña casualidad hizo que un niño
como Odi pudiera entrar al Electronic Circus, y retrasara a su padre lo
suficiente como para evitar la desastrosa explosión del '98... Cómo un libro
olvidado en una biblioteca lo salvó del choque de cohetes del '99... Cómo una
multitud de curiosos incidentes lo salvaron de una multitud de catástrofes
asociadas. Nadie advirtió que era un monstruo...aún.
A los dieciocho era un muchacho bien parecido con
un sedoso pelo castaño y una amplia sonrisa que descubría sus blancos dientes.
Era fuerte, saludable, inteligente. Era completamente desinhibido en su
tranquila y relajada forma de ser. Tenía encanto. Era feliz. Por tanto, su
monstruosa maldad había afectado tan sólo a la pequeña Tawn Unit donde había
nacido y crecido.
Llegó a Harvard procedente de una escuela
progresiva, de modo que cuando uno de sus muchos nuevos amigos irrumpió en el
dormitorio y dijo:
—Eh, Odi, vente al patio a jugar un partido de
pelota.
Odi respondió:
—No sé jugar, Ben.
— ¿No sabes? —Ben se acomodó el balón bajo su brazo
y arrastró a Odi con el. — ¿Dónde demonios has estado metido, chico?
—En casa no opinan muy bien del fútbol —Odi
sonrió-. Dicen que es anticuado. Somos fanáticos de los tejos Huxley.
—Los tejos Huxley. Eso es para los empollones —dijo
Ben—. El fútbol es aún un gran juego. ¿Quieres ser famoso? Debes aparecer en
ese campo de fútbol de la T.V. de cada sábado.
—Lo he notado, Ben. Muéstrame como se hace.
Ben se lo mostró, cuidadosa y pacientemente. Odi
tomó las lecciones seria e industrialmente. Su tercer punt[2] fue
impulsado por una caprichosa ráfaga de viento, atravesó setenta metros por el
aire e irrumpió a través de la ventana de Proctor Charley (Tren de Carga)
Stuart. Stuart echó un vistazo por la ventana y tuvo a Odi en el estadio
Soldier media hora más tarde. Tres sábados después, se leía en los titulares:
Odi 57-Army O.
— ¡Rayos y centellas! —maldijo Hig Clayton, el
entrenador—. ¿Cómo demonios lo hace? No hay nada sensacional en ese chico. Sólo
el valor promedio. Pero cuando corre, los demás se caen al perseguirlo. Cuando
patea, los otros fallan. Cuando ellos fallan, el recupera.
—Es un jugador negativo —respondió Tren de Carga—,
Deja que tú cometas los errores y luego los aprovecha.
Ambos estaban equivocados. Odi Gaul era un
monstruo.
En cuando a su elección de una joven interesante,
Odi Gaul fue solo al Baile del Observatorio, se metió en un cuarto oscuro por
error y descubrió una chica de bata corta inclinada sobre unas bandejas,
iluminada por la abominable luz verde de seguridad. Tenía pelo negro muy corto,
helados ojos azules, rasgos fuertes y una sensual figura varonil. Le ordenó a
Odi que saliera de allí y él se enamoró de ella... temporalmente.
Sus amigos aullaron de risa cuando se los dijo.
—Por las cenizas de Pigmalión, Odi, ¿no has oído
hablar de ella? La chica es frígida. Una estatua. Odia a los hombres.
Estas perdiendo el tiempo.
Pero gracias a la habilidad de su analista, la
chica superó el brote neurótico una semana más tarde y se enamoró profundamente
de Odi Gaul. Fue súbito, devastador y arrebatador durante dos meses. Luego,
justo cuando Odi comenzaba a enfriarse, la chica tuvo una recaída y todo acabó
amigablemente, sobre bases convenientes.
Hasta entonces, sólo acontecimientos menores
responsabilizaban a Odi de su suerte, pero la onda de choque se estaba
expandiendo. En setiembre de ese año de universidad, Odi compitió para la
Medalla de Economía Política con una tesis titulada: "Causas de
rebelión". La sorprendente similitud de su escrito con la revuelta
astreana, que saltó a los titulares de la prensa ese día, le hizo ganar el
premio.
En octubre, Odi contribuyó con veinte dólares a un
fondo organizado por un chiflado compañero de clase que especulaba en la Bolsa
de acuerdo con las "Tendencias del Mercado", una superstición algo
antigua. Los cálculos del profeta eran ridículos, pero un brote de pánico que
casi arruina a la Bolsa cuadriplicó el capital. Odi ganó cien dólares.
Y continuó así... cada vez peor. El monstruo.
Bien, un monstruo puede escabullirse cuando es
estudiado por la filosofía especulativa cuya causa está enraizada en la
historia y el Presente es debido al análisis estadístico del Pasado; pero las
ciencias vivas son bulldogs con los colmillos clavados en los fenómenos del
Ahora. Así que Jesse Migg, fisiólogo y físico espectral, fue quien primero
atrapó al monstruo... y creyó que había encontrado un ángel.
El viejo Jess era uno de los Observadores. En
primer lugar era joven... apenas sobre los cuarenta. Podría ser definido como
un cuchillo malévolo de hombre, un albino de ojos rosados, calvo, nariz
puntiaguda y brillante. Utilizaba ropas del siglo veinte y vicios del siglo
veinte... tabaco y potajes de C2H5OH. Nunca conversaba... Escupía. Nunca
caminaba... se escurría. Y estaba escurriéndose arriba y abajo de los pasadizos
del laboratorio de Tec I (Investigación General de Mecánica Espacial
Obligatoria para Todo Tipo de Estudiantes Generales) cuando atrapó al monstruo.
Uno de los primeros experimentos del curso era
Electrólisis. Una tontería elemental. Un tubo en U conteniendo agua es pasado
entre los polos de un Magneto Remosant. Después de que suficiente voltaje es
transmitido a través de las bobinas, se obtiene hidrógeno y oxígeno por
separado en cada uno de los brazos del tubo, de acuerdo con el voltaje y el
campo magnético.
Odi llevó a cabo su experimento con interés, obtuvo
los resultados esperados, los anotó en el libro del laboratorio y luego espero
la revisión oficial. El pequeño Migg llegó deslizándose por los pasadizos, se
arrojó sobre Odi y escupió:
— ¿Terminado?
— Sí, señor.
Migg revisó las anotaciones, contempló los
indicadores y los extremos del tubo, y firmó los resultados de Odi con una
risita burlona. Fue sólo después de que Odi se fue que advirtió que el Magneto
Remosant estaba obviamente, en cortocircuito. Los cables estaban fundidos. No
había ningún campo magnético para electrolizar el agua.
— ¡Infierno y Condenación! —rugió Migg (era también
afecto a las vituperaciones del siglo veinte) y lió un torpe cigarrillo.
Revisó todas las probabilidades en su cabeza
contómetra. 1. Gaul había hecho trampas. 2. Si era así, ¿por qué el aparato
había separado el H2 y el O2? 3. ¿De dónde obtuvo los gases puros? 4. ¿Por qué
lo hizo? Ser honesto era más fácil. 5. No hizo trampas. 6. ¿Cómo se las ingenió
para obtener los resultados? 7. ¿Cómo se las ingenió para obtener cualquier
resultado?
El Viejo Jess vació el tubo en U, hizo el recambio
de agua y realizó el experimento por sí mismo. El, también, obtuvo el resultado
correcto sin ningún magneto.
— ¡Por los clavos de Cristo! —maldijo, poco
impresionado por el milagro y bastante injuriado por el misterio. Empezó a
husmear, arrojándose sobre las cosas como una rata hambrienta. Después de
cuatro horas descubrió que los soportes del banco metálico recibían una carga
de las Bobinas Greeson que se encontraban en los cimientos y provocaban el
campo magnético que había hecho que todo resultara bien.
—Coincidencia —escupió Migg. Pero no estaba muy
convencido.
Dos semanas más tarde, en Análisis de Fisión
Elemental, Odi completó su trabajo del día con una cuidadosa lista de isótopos
resultantes, desde el selenio hasta el lantánido. El único problema, descubrió
Migg, era que había un error en el material suministrado a Odi. No había
recibido nada de U235 para el bombardeo de neutrones. Su
muestra había sido un remanente de la demostración del cuerpo negro realizada
por Stefan—Boltzmann.
— ¡Dios de los Cielos! —maldijo Migg, y revisó dos
veces. Luego lo hizo tres veces. Cuando encontró la respuesta —una destacada
coincidencia que indicaba un limpiado incorrecto del aparato y una cámara de
niebla defectuosa— juró aún más fuerte. También pensó con gran intensidad.
—Hay propensión a los accidentes —gruñó ante el
reflejo de su Espejo de Autoanálisis—. ¿Y propensión a la buena suerte?
¡Estiércol de caballo!
Pero era un bulldog con los colmillos hincados en
el fenómeno. Probó a Odi Gaul. Rondó tras él por el laboratorio, cloqueando con
herido regocijo cuando Odi completaba experimento tras experimento con equipo
defectuoso. Cuando Odi completó exitosamente el Rutherford Clásico
—obteniendo 8O17 después de exponer nitrógeno a
las radiaciones alfa, pero en este caso sin utilizar nitrógeno ni radiaciones
alfa— Migg se sintió en la cumbre del delirio. Luego el hombrecito investigó y
encontró la lógica e improbable cadena de coincidencias que lo explicaban todo.
Dedicó su tiempo libre a revisar la carrera de Odi
en Harvard. Sostuvo una conferencia de dos horas con la astrónoma analista de
la facultad, y diez minutos de charla con Hig Clyton y Tren de Carga Stuart.
Rastreó el asunto del fondo para la Bolsa, la Medalla de Economía Política y
media docena de otros incidentes que lo llenaron de maligno júbilo. Luego dejó
de lado su afectación del siglo veinte, se vistió apropiadamente con un chándal
y entró por primera vez en el año en el Club de la Facultad.
Un juego de ajedrez a cuatro manos sobre un tablero
de toroide transparente se estaba llevando a cabo en el Gabinete Diatérmico. Ya
había comenzado cuando Migg entró en la facultad, y probablemente no terminaría
antes de fin de siglo. De hecho, Johansen, que jugaba con las Blancas, estaba
ya entrenando a su hijo para que lo reemplazara en caso de muerte antes del
término del juego.
Tan abrupto como siempre, Migg fue directamente al
brillante tablero, con piezas de múltiples colores, y espetó:
— ¿Qué sabes sobre accidentes?
— ¿Eh? —dijo Bellanby, Philosopher in
Res de la Universidad—. Buenas tardes, Migg. ¿Te refieres al accidente en
sustancia o al accidente en esencia? Si, por otra parte, tu pregunta se refiere
a...
—No, no —interrumpió Migg—. Me disculpo, Bellanby.
Déjame recomponer la pregunta. ¿Existe algo como Compulsión o Probabilidad?
Hrrdnikkisch completó su movimiento y prestó toda
su atención a Migg, tanto como Johansen y Bellanby. Wilson continuó su estudio
del tablero. Ya que se permitía una hora para hacer un movimiento, y era
necesario, Migg sabía que había tiempo suficiente para una discusión.
— ¿Compulción y Probabilidad? —ceceó Hrrdnikkisch.
No ez un concepto nuevo, Migg. Yo indicaría un examen del tema en "Los
Integralez" vol. LVII, No. 9. El cálculo, ci no eztoy equivocado...
—No —interrumpió Migg otra vez—. Mis respetos,
Signoid. No estoy interesado en la matemática de la probabilidad, ni en la
filosofía. Dejadme decirlo de esta forma. La propensión a los accidentes ha
sido ya incorporada al cuerpo del psicoanálisis. El Teorema de Patón sobre la
Norma Neurótica Menor lo ha establecido. Pero yo he descubierto el anverso. He
descubierto una Propensión a la Fortuna.
— ¿Eh? —Johansen se rió entre dientes. —Debe ser
una broma. Espera y verás, Signoid.
—No —respondió Migg—. Lo digo completamente en
serio. He descubierto a un hombre genuinamente afortunado.
— ¿Gana a las cartas?
—Gana a todo. Aceptad este postulado por un
momento... Lo documentaré más tarde... Hay un hombre que es afortunado. Es una
Propensión a la Fortuna. Todo lo que desea, lo recibe. Tenga o no tenga la
habilidad de lograrlo, lo recibe. Si su deseo está más allá del pico de sus
posibilidades, entonces los factores de oportunidad, coincidencia, azar,
accidente... etcétera, se combinan para producir el fin deseado.
—No —Bellanby sacudió la cabeza—. Demasiado traído
de los pelos.
—Lo he comprobado empíricamente —continuó Migg—. Es
algo así. El futuro es una elección de mutuas y exclusivas posibilidades, una u
otra deben ser realizadas en términos de los aspectos favorables de los
acontecimientos y el número de los acontecimientos...
—Sí, sí —interrumpió Johansen—. Más grande el
número de posibilidades, más fuerte al aspecto favorable para que un
acontecimiento se cumpla. Esto es elemental, Migg. Continúa.
—Continúo —escupió Migg con indignación—. Cuando
discutimos las probabilidades en términos de arrojar un dado, las predicciones
o posibilidades son simples. Hay sólo seis posibilidades mutuamente excluyentes
para cada dado. Los aspectos favorables son fáciles de computar. La oportunidad
es reducida a un simple entorno de posibilidades. Pero cuando discutimos la
probabilidad en términos del Universo, no podemos reunir suficiente información
para hacer una predicción. Hay demasiados factores. Los aspectos favorables no
pueden ser determinados.
—Todo ezo ez verdad —dijo Hrrdnikkisch—, pero ¿qué
sucede con zu Propención a la Fortuna?
—No sé como lo hace... pero simplemente por la
intensidad o simple existencia de su deseo, puede afectar los aspectos
favorables de las posibilidades. Sólo deseando algo puede cambiar posibilidad
en probabilidad, y probabilidad en certeza.
—Ridículo —dijo bruscamente Bellanby—. ¿Dices que
hay un hombre lo suficientemente previsor y trascendente como hacer eso?
—Nada de ese tipo. El no sabe lo que está haciendo.
Sólo cree que tiene suerte, sí es que piensa eso. Digamos que quiera... Oh...
decid algo.
—Heroína—dijo Bellanby.
— ¿Qué es eso? —preguntó Johansen.
—Un derivado de la morfina —explicó Hrrdnikkisch—.
Antiguamente manufacturado y vendido a loz drogadictoz.
—Heroína —dijo Migg—. Excelente. Digamos que mi
hombre desee heroína, un antiguo narcótico que ya no se encuentra en
existencia. Muy bien. Su deseo seguiría esta secuela de posibles pero
improbables acontecimientos: Un químico en Australia, trabajando en una nueva
síntesis orgánica, preparará accidental e inconscientemente unos ciento
cincuenta gramos de heroína. Cien serán descartados, pero por un error lógico
cincuenta gramos serán preservados. Una posterior coincidencia embarcará la
heroína a este país y esta ciudad, la envolverá como azúcar en polvo y la
servirá a mi hombre en un restaurante que él visita por primera vez por un
impulso...
— ¡La-la-la! —dijo Hrrdnikkisch—. ¿Qué ez toda ezta
hiztoria? ¿Ezta fluctuación de incidentes y pocibilidad? ¿Todo
logrado cin el conocimiento pero con el deceo de un hombre?
—Sí. Precisamente ese es mi punto —gruñó Migg—. No
sé cómo lo hace, pero convierte las posibilidades en certeza. Y dado que casi
todo es posible, es capaz de lograr casi todo. Es como un dios pero no es un
dios, porque lo hace sin conciencia. Es un ángel.
— ¿Quién es un ángel? —preguntó Johansen.
Y Migg les contó todo sobre Odi Gaul.
—Pero ¿cómo lo hace? —insistió Bellanby—. ¿Cómo?
—No lo sé —repitió Migg otra vez—. Dime como Espers
lo hace.
— ¡Qué! —exclamó Bellanby—. ¿Te propones
denigrar su modelo telepático de pensamiento? Tú...
—Yo no digo nada de eso. Simplemente ilustro una
posible explicación. El hombre produce acontecimientos. La amenazante Guerra de
Recursos puede ser definida como un resultado del agotamiento natural de los
recursos terrestres. Sabemos que no es así. Es el resultado de siglos de
creciente devastación producida por el hombre. Los fenómenos naturales son
menos frecuentemente producidos por la naturaleza y mucho más frecuentemente
por el hombre.
— ¿Y?
— ¿Quién sabe? Gaul esta produciendo fenómenos.
Quizá ha conectado inconscientemente una emisora de ondas
telepáticas y obtiene resultados. Quiere heroína. La emisora se pone en
función...
—Pero Espers no pudo detectar ningún modelo
telepático más allá del horizonte. Es una onda de transmisión directa. Ni
siquiera los objetos grandes pueden ser penetrados. Un edificio, digamos, o
un...
—No estoy diciendo esto en el nivel de Espers
—vociferó Migg—. Estoy tratando de imaginar algo más grande. Algo tremendo. El
quiere heroína. Su emisora emite al mundo. Todos los .hombres inconscientemente
caen en un modelo de actividad que producirá heroína lo más rápidamente
posible. Ese químico austriaco...
—No. Australiano.
—Ese químico australiano puede haberse debatido
entre media docena de síntesis diferentes. Cinco de ellas nunca podrían haber
producido heroína; pero él impulso de Gaul lo hace seleccionar la sexta
— ¿Y si no puede realizarla?
— ¿Quién sabe que cantidad cadenas paralelas se
habían también iniciado? Un joven jugando a Robín Hood en Montreal es impulsado
a explorar una cabaña abandonada donde encuentra la droga, oculta allí desde
hace siglos por contrabandistas. Una mujer en California colecciona antiguos
potes farmacéuticos. Encuentra medio kilo de heroína. Un niño en Berlín,
jugando con un Equipo de Química defectuoso, la fabrica. Nombrad la más
improbable secuencia de acontecimientos y Gaul puede llevarla a cabo, lógica y
seguramente. Se los he dicho, ¡ese chico es un ángel!
Y proporcionó la evidencia documentaría que los
convenció.
Fue entonces que esos cuatro eruditos de varias
pero indiscutibles ciencias, se eligieron a sí mismos como comisión ejecutiva
del Destino y se apoderaron de Odi Gaul. Para comprender que intentaban hacer,
debéis primero comprender la situación en que se encontraba el mundo en esa era
particular.
Es un hecho conocido que todas las guerras se
encuentran en los conflictos económicos, o dicho de otra manera, una lidia con
armas es simplemente la última batalla de una guerra económica. En los siglos
pre-cristianos, las Guerras Púnicas fueron el resultado final de una lucha
financiera entre Roma y Cartago por el control económico del Mediterráneo. Tres
mil años más tarde, la amenazante Guerra de Recursos se cernía sobre la
humanidad como la batalla final entre dos Estados Guerreros Independientes que
controlaban la mayor parte del mundo económico.
Lo que significó el petróleo en el siglo XX, lo significó el MF (sigla de Mineral Fisionable) para el XXX; y la situación era particularmente similar a la crisis de Asia Menor que
había hecho por último naufragar a las Naciones Unidas mil años antes. En
Tritón, un satélite retrógrado semibárbaro, previamente no apetecido e
ignorado, se descubrió súbitamente que poseía enormes recursos de MF.
Financiera y tecnológicamente incapaces de autodesarrollo, Tritón ofreció
concesiones económicas a ambos Estados Guerreros.
La diferencia entre ambos Estados Guerreros y un
Despotismo Benévolo eran escasas. En tiempos de crisis, cualquiera puede ser
impulsado por los más sinceros motivos a la más abominable de las conductas.
Tanto la Comisión de Naciones (amargamente llamados "Los Timadores"
por la Der Realpolitik aus Terra) y la Der Realpolitik aus Terra
(sardónicamente llamados "Las Ratas" por la Comisión de Naciones)
necesitaban con desesperación recursos naturales, esto es MF. Estaban
compitiendo una con otra histéricamente y codo a codo en agrias refriegas de
avanzada. Su único objetivo era la protección de sus ciudadanos. Por el mejor
de los motivos se estaban preparando para cortarse la garganta mutuamente.
Este habría sido el resultado para los ciudadanos
de ambos Estados Guerreros, si se hubiera alcanzado algún compromiso; pero
Tritón, emborrachado como un escolar con su nueva prominencia y poder,
confundió el resultado trayendo a la palestra un motivo religioso y revivió una
Guerra Santa con la Familia de Planetas que había sido olvidada hacia ya largo
tiempo atrás. El apoyo a su Guerra Santa (que incluía el exterminio de una
secta inofensiva y poco importante de cuáqueros) era una de las condiciones de
venta. Tanto la Comisión de Naciones como la Der Realpolitik aus Terra estaban
preparados para tragárselo todo con o sin reservas, pero el asunto no podía ser
admitido por sus ciudadanos.
Y así, camuflados por el encendido producto de
Derechos a las Sectas Minoritarias, Prioridad de Colonización, Libertad de
Religión, Derechos Históricos de Tritón vs. Posesión de Hecho, etcétera, las
Casas de la Familia de Planetas finteaban, paraban y contragolpeaban, y
lentamente se acercaban, como esgrimistas en lucha, al desenlace final que
significaría la ruina de ambos.
Todo esto lo discutieron los cuatro hombres en tres
interminables reuniones.
—Considerad esto —se quejó Migg hacia el final del
tercer cambio de opiniones—. Vuestras teorías han convertido nueve horas-hombre
en ácido carbónico con disensiones ridículas...
Bellanby asintió, sonriendo.
—Es lo que yo siempre he dicho, Migg. Cada hombre
alimenta la secreta creencia de que si fuera Dios haría el trabajo mucho mejor.
Acabamos de aprender qué difícil es.
—No Dioz —dijo Hrrdnikkisch—, pero ci el Primer
Miniztro. Gaul cera Dioz.
Johansen se sobresaltó.
—No me gusta esta charla —dijo—. Soy un hombre
religioso.
— ¿Tú? —exclamó Bellanby con sorpresa—. ¿Un
terapeuta coloidal?
—Soy un hombre religioso —repitió Johansen
tercamente.
—Pero el chico tiene el poder del milagro —protestó
Hrrdnikkisch—. Cuando le cea enceñado como hacerlo, será un dioz.
—Esto no tiene sentido —estalló Migg—. Nos hemos
pasado tres sesiones de discusiones ridículas. He escuchado tres puntos de
vista opuestos sobre el señor Odiseo Gaul. A pesar de que todos estamos de
acuerdo en que debe ser utilizado como una herramienta, ninguno de nosotros
está de acuerdo en el trabajo que esa herramienta debe hacer. Bellanby parlotea
acerca de un Ideal Intelectual Anárquico, Johansen sermonea sobre un Soviet de
Dios, y Hrrdnikkisch ha malgastado dos horas postulando y destruyendo sus propios
teoremas...
—En verdad, Migg... —comenzó Hrrdnikkisch. Migg
sacudió una mano.
—Permíteme —continuó Migg malévolamente— reducir
esta discusión a nivel de parvulario. Lo primero es lo primero, caballeros.
Antes de intentar alcanzar el acuerdo cósmico debemos asegurarnos de que hay un
cosmos sobre el que podamos establecer un acuerdo. Me refiero a la guerra en
suspenso...
"Nuestro programa, como yo lo veo, debe ser
simple y directo. Es la educación de un Dios o, si Johansen protesta, de un
ángel. Afortunadamente Gaul es un estimable joven de amable y honesta
disposición. Me estremezco al pensar que podríamos haber hecho si fuera
inherentemente vicioso.
—O lo que pueda hacer una vez que aprenda lo que
puede hacer —musitó Bellanby.
—Precisamente. Debemos ser cuidadosos y
rigurosamente éticos en la educación del chico, pero no tenemos suficiente
tiempo. No podemos educarlo primero, y luego explicarle la verdad cuando esté a
salvo. Debemos impedir la guerra. Necesitamos cortar con eso.
—De acuerdo —dijo Johansen—. ¿Qué quieres?
—Deslumbramiento —escupió Migg—. Encantamiento.
— ¿Encantamiento? —Hrrdnikkisch lanzó una risita—.
¿Un nuevo cignificado, Migg?
— ¿Por qué creéis que os he seleccionado a vosotros
tres para compartir el secreto? —resopló Migg—. ¿Por vuestros intelectos?
¡Tonterías! Puedo pensar por todos vosotros. No. Los he seleccionado,
caballeros, por vuestro encanto.
—Es un insulto —Bellanby hizo una mueca—, y sin
embargo me siento halagado.
—Gaul tiene diecinueve años —continuó Migg—. La
edad en que los estudiantes son más susceptibles al culto del héroe. Quiero,
caballeros, que lo encantéis. No sólo sois los principales cerebros de la
Universidad, sino también los principales héroes.
—Yo también me ciento inzultado y halagado —dijo
Hrrdnikkisch.
—Quiero que lo encantéis, que lo fascinéis,
inspirándole afecto y admiración... como habéis hecho con incontables clases de
estudiantes.
— ¡Aja! —dijo Johansen—. Hay que dorarle la
píldora.
—Exactamente. Cuando esté encantado, haréis que
quiera detener la guerra... y luego le diréis como puede detenerla. Eso nos
dará tiempo de respirar y continuar con su educación. Para cuando haya
desarrollado su respeto por vosotros, tendrá un sólido basamento ético sobre el
cual construir. Estará a salvo.
— ¿Y tú, Migg? — inquirió Bellanby—. ¿Cuál es tu
parte en el juego?
— ¿Ahora? Ninguna —vociferó Migg—. No tengo encanto,
caballeros. Yo llegaré más tarde. Cuando él haya desarrollado respeto por
vosotros, comenzará a adquirir respeto por mí.
Todo lo cual era terriblemente vanidoso pero
perfectamente cierto.
Y cuando los acontecimientos se precipitaron hacia
la crisis final, Odi Gaul fue cuidadosa y rápidamente encantado. Bellanby lo
invitó a la cúpula de cristal de seis metros que coronaba su casa... el famoso
gallinero al cual sólo unos pocos favorecidos eran invitados. Allí, Odi Gaul
tomó baños de sol y admiró la magnífica condición atlética que poseía el
filósofo a los setenta y tres años. Admirando los músculos de Bellanby, fue
natural para él admirar las ideas de Bellanby. Retornó frecuentemente a tomar baños
de sol, adorando al gran hombre y absorbiendo conceptos éticos.
En tanto, Hrrdnikkisch ocupó las noches de Odi. Con
el matemático, que resoplaba y ceceaba como alguno de los resplandecientes
personajes de Rabelais, Odi fue transportado a las vertiginosas alturas de
la haute cuisine y a la absoluta vida pagana. Juntos comieron y
bebieron increíbles comidas y licores, y persiguieron increíbles mujeres hasta
que Odi volvía a su cuarto cada noche intoxicado con la magia de los sentidos y
los bulliciosos colores de las brillantes ideas del gran Hrrdnikkisch.
Y ocasionalmente... no con demasiada frecuencia,
encontraría a Papá Johansen esperándolo, y luego vendrían las largas y
tranquilas charlas en las horas perdidas, cuando los jóvenes buscaban las
armonías de la vida y el sentido del ser. Y allí estaba Johansen como modelo
para Odi... una fulgurante encarnación de Fe en Dios y Ética Sana.
El clímax llegó el 15 de marzo... Los Idus de
Marzo, y ellos debieron haber tomado la fecha como un símbolo. Después de la
cena con sus tres héroes en el Club de la Facultad, Odi fue escoltado al
Archivo Fotográfico por los tres grandes hombres, donde se les unió, muy
casualmente, Jesse Migg. Habían pasado unos pocos momentos de turbada tensión
hasta que Migg hizo un gesto, y Bellanby comenzó.
—Odi —dijo—, ¿has tenido alguna vez la fantasía .de
que algún día te despertarías convertido en rey?
Odi enrojeció.
—Veo que la has tenido. Tú sabes, todo hombre ha
acariciado ese sueño alguna vez. Es llamado el Complejo Delicado. El modelo
usual es: se descubre que los padres son adoptivos y que uno es en realidad y
por derecho el Rey de... de...
—Ruritania —dijo Hrrdnikkisch, que había hecho un
estudio de la Edad de Piedra de la novela.
—Sí —murmuró Odi—. He tenido ese sueño.
—Bien —dijo Bellanby con rapidez—, se ha hecho
cierto. Eres un rey.
Odi los contempló mientras ellos explicaban y
explicaban y explicaban. Primero, como un chico de colegio, estuvo cauteloso
ante la sospecha de una broma. Luego, como un idólatra, fue casi persuadido por
los hombres que más admiraba. Y finalmente, como animal humano, fue arrastrado
por la exaltación de la seguridad. Ni el poder, ni la gloria, ni la riqueza lo
emocionaron, sólo la seguridad. Más tarde podría gozar de las compensaciones,
pero ahora había sido liberado del miedo. No necesitaría preocuparse nunca más.
—Sí —exclamó Odi—. ¡Sí, sí, sí! Comprendo, lo que
vosotros queréis de mí. —Saltó de su silla y dio vueltas alrededor de las
iluminadas paredes, temblando de júbilo. Luego se detuvo y se giró. —Y estoy
muy agradecido —dijo—. Agradecido de todo lo que vosotros habéis tratado de
hacer. Hubiera sido vergonzoso que yo hubiera sido un egoísta... o quizá...
Tratara de usar esto para mí. Pero vosotros me habéis mostrado el camino. Debe
ser usado para el bien. ¡Siempre!
Johansen asintió con facilidad.
—Siempre os escucharé —continuó Odi—. No quiero
cometer errores. ¡Nunca! —Hizo una pausa y enrojeció otra vez. —Ese sueño
acerca de ser un rey... lo tuve cuando era un niño. Pero aquí en la escuela se
ha vuelto algo más grande. Acostumbraba a preguntarme que sucedería si me
convertía en el hombre que rigiera el mundo. Acostumbraba a soñar sobre las
cosas buenas y generosas que haría...
—Sí —dijo Bellanby—. Lo sabemos. Odi. Todos hemos
tenido ese sueño también. Todo hombre lo tiene.
—Pero ya no es más un sueño —rió Odi—. Es realidad.
Puedo hacerlo. Puedo hacer que suceda.
—Comienza con la guerra —dijo Migg secamente.
—Por supuesto —dijo Odi—. La guerra primero; pero
luego nos iremos de aquí, ¿no es cierto? Me aseguraré de que la guerra nunca
comience, pero luego haremos grandes cosas... ¡grandes cosas! Sólo nosotros
cinco. Nadie sabrá de nosotros. Seremos personas ordinarias, pero haremos la
vida maravillosa para todos. Si soy un ángel... como vosotros decís...
esparciré el cielo a mi alrededor hasta donde pueda alcanzar.
—Pero comienza con la guerra —repitió Migg.
—La guerra es el primer desastre que debemos
prevenir, Odi —dijo Bellanby—. Si tú no quieres que- ese desastre suceda, no
sucederá jamás.
— ¿Y tú quieres prevenir esa tragedia, no? —dijo
Johansen,
—Sí —dijo Odi—. Quiero.
El 20 de marzo la guerra estalló. La Comisión de
Naciones y la Der Realpolitik aus Terra movilizaron sus ejércitos y se
atacaron. Mientras a un golpe seguía un contragolpe, Odi Gaul fue comisionado
como subalterno a un regimiento de línea, pero transferido a Inteligencia el 3
de mayo. El 24 de junio fue nombrado edecán de las Fuerzas Conjuntas de la
Comisión en una reunión celebrada en las ruinas de lo que había sido Australia.
El 11 de julio fue graduado comandante de los restos de la Fuerza Espacial, habiendo
saltado 1789 grados por encima de los oficiales regulares. El 19 de setiembre
asumió el comando supremo en la Batalla del Farsee y obtuvo la victoria que
terminó con la desastrosa aniquilación solar denominada la Guerra de los Seis
Meses.
El 23 de setiembre, Odi Gaul hizo un sorprendente
ofrecimiento de paz que fue aceptado por los remanentes de ambos Estados
Guerreros. Se exigía el desmontamiento de las teorías de antagonismo económico,
sumando al virtual abandono de toda teoría económica la amalgamación de ambos
Estados en una Sociedad Solar. El 1° de enero, Odi Gaul, por aclamación
unánime, fue elegido legislador de la Sociedad Solar a perpetuidad.
Y hoy... aún joven, aún vigoroso, aún buen mozo,
aún sincero, idealista, caritativo, amable y simpático, vive en el Palacio
Solar. No se ha casado, pero es un gran amante; desinhibido, pero anfitrión
encantador y devoto amigo; demócrata, pero señor feudal de una Familia de
Planetas en bancarrota que sufren malos gobiernos, presión, pobreza y confusión
con un beatífico júbilo que sólo les permite entonar hosannas a la gloria de
Odi Gaul,
En un último instante de claridad, Jesse Migg
comunicó su desolada recapitulación de la situación a sus amigos en el Club de
la Facultad. Fue poco antes de emprender el viaje para unirse a Odi en su
palacio, como valioso y confidencial consejero.
—Fuimos unos tontos —dijo Migg amargamente—.
Deberíamos haberlo matado. No es un ángel. Es un monstruo. Civilización y
cultura... filosofía y ética... fueron sólo máscaras que Odi se colocó;
máscaras que cubrían los primitivos impulsos de su mente subconsciente.
— ¿Quieres decir que Odi no era sincero? —preguntó
Johansen sordamente—. ¿El quería esta destrucción... esta ruina?
—Seguro que era sincero... conscientemente. Aún lo
es. Cree que no desea nada salvo lo mejor para la mayoría de los hombres. Es
honesto, amable y generoso... pero sólo conscientemente.
— ¡Ah! ¡El Id![3] —dijo
Hrrdnikkisch con una expulsión de aliento, como si alguien le hubiera golpeado
el estómago.
— ¿Comprendes, Signoid? Veo que sí. Caballeros, hemos
sido unos imbéciles. Cometimos el error de presumir que Odi tendría control
consciente sobre sus poderes. No lo tiene. El control estaba y aún está bajo el
nivel de pensamiento racional. El control yace en el Id de Odi... en ese
profundo e inconsciente depósito de los egoísmos primordiales que se encuentran
dentro de cada hombre.
—Entonces él quería la guerra —dijo Bellanby.
—Su Id quería la guerra, Bellanby. Era la ruta más
rápida que su Id deseaba... ser el Señor del Universo y ser amado por el
Universo... y su Id controla el Poder. Todos nosotros tenemos ese egoísta,
egocéntrico, Id dentro nuestro, perpetuamente buscando satisfacción,
intemporal, inmortal, desconociendo la lógica, los valores, el bien y el mal,
la moralidad; y eso es lo que controla el poder dentro de Odi. El siempre quiso
ganar, no lo que había sido educado para desear sino lo que su Id deseaba. Ese
es el ineludible conflicto que puede ser la condenación de nuestro sistema.
—Pero tenemos que ir allí para avisarle...
aconsejarle... guiarlo —protestó Bellanby—. Nos pidió que fuéramos.
—Y escuchará nuestro aviso como un buen chico que
es —respondió Migg—, estando de acuerdo con nosotros, tratando de construir un
cielo para todos mientras su Id lo hace construir un infierno para todos. Odi
no es único. Todos sufrimos ese mismo conflicto... pero Odi tiene el poder.
— ¿Qué podemos hacer? —gruñó Johansen—. ¿Qué
podemos hacer?
—No lo sé — Migg se mordió un labio, luego hizo una
inclinación de cabeza hacia Papá Johansen, aumentando así sus disculpas para
él—. Johansen —dijo—, tenías razón. Debe haber un Dios, aunque sea como un
opuesto a Odi Gaul, quien seguramente ha sido inventado por el Demonio.
Pero esa fue la última declaración cuerda de Jesse
Migg. Ahora, por supuesto, adora a Gaul el Glorioso, Gaul el Gaulista, Gaul el
Dios Eterno que ha logrado la salvaje y egoísta satisfacción que todos nosotros
inconscientemente buscamos desde el nacimiento, pero que sólo Odi ha obtenido.
ELECCIÓN FORZOSA
|
E |
ste es el primer relato corto de que escribí luego
de mi primera novela de ciencia-ficción, y me produjo el primer desacuerdo con
Horace Gold, el espléndido director de Galaxy, quien había contribuido bastante
a la confección de la novela. Nunca podré agradecerle lo bastante por eso, pues
aunque soy un escritor malditamente bueno, no lo soy mejor que mi editor o
director. El desacuerdo surgió sobre el fin o la carencia de fin de
"Elección Forzosa", y fue sólo una de las muchas y similares diferencias
bien intencionadas que tuve con mi patrón.
Como veréis, no creo en una completa terminación de
todos los puntos de un relato. Muy frecuentemente dejo cuestiones sin resolver,
así sepa o no la respuesta. Me gusta dejar al lector con algo pendiente, algo
que lo haga sonreír y especular. Haría eso con la frase de remate del chiste
que nunca digo, o con la estrofa de una canción que nunca canto, y etcétera.
El artificio trabaja como regla. La gente se
divierte porque, creo, les gusta más el acto de adivinar, en un juego de
adivinanzas, que la solución. Si no hay solución no importa, proporciona el
enigma, que no es una parte crucial del relato. Una adivinanza muy buena, más o
menos de este tipo: "¿Por qué un cuervo se parece a un pupitre?"
Chuck Dogson sabía lo que hacía cuando dejó a Alicia y a nosotros un enigma de
ese tipo.
Por otra parte, si el enigma es lo crucial de la
historia, debe ser resuelto llegue el infierno o las grandes aguas. Es por eso
que el relato del Mensaje Misterioso es tan irritante. No puedo darle su título
oficial porque he leído al menos tres diferentes versiones por tres diferentes
autores, todos con diferentes títulos. Aparentemente la base original del
relato debe haber estado en la postdata. Debéis haber leído alguno de ellos.
Brevemente: Un viajero en un país extranjero tiene
un mensaje escrito que le ha sido dado por un extraño. No puede traducirlo.
Pide a varios nativos que se lo traduzcan. Cada uno lo lee, rehusa a traducirlo
y reacciona violentamente; horrorizados, se alejan con disgusto, lo golpean,
llaman a la poli, etcétera. A bordo del navio que lo lleva de regreso a su
hogar, el viajero encuentra a una especie de misionero. Se desahoga contándole
la historia. El misionero se ofrece a traducir el misterioso mensaje. Maldice
como un Hombre de Dios no debería hacerlo. Hace trizas el papel. El viento lo
arrastra por la borda. Fin. Este es el Cruel y Usual Castigo.
Bien, mi final para "Elección Forzosa"
estaba resuelto en un sentido, sin resolver en otro. No creía que el cierre
definitivo que Horace me sugería funcionara bien. No era el nudo de la
historia, y si dejaba la decisión para lector podía ser una frustración. Pruebe
por sí mismo una vez que haya leído este relato y vea si yo no tengo razón.
Creo que estará de acuerdo en que algunas veces nada funciona mejor que algo
así.
Ahora debo confesar la verdad. Yo también caí en la
respuesta-trampa; yo, un maestro en dejar las cosas pendientes. En uno de los
misterios de Nero Wolfe, Archie Goodwin dice a una chica: "¿Es usted
católica? ¿Cuál es la diferencia entre un católico y un río que corre cuesta
arriba?" Dejado sin resolver. Me hizo romper la cabeza durante años.
Cuando por último me encontré con Rex Stout, le recordé el enigma y le pregunté
la respuesta. Se echó a reír.
— ¿Cómo demonios puedo saberlo? Sólo lo inventé
para esa escena.
Alcanzado por mi propio petardo
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E |
sta es una advertencia para cómplices como usted,
yo y Addyer.
¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable
Señol? Soy un olganismo indigente que está hambliento.
De día, Addyer era perito en estadísticas. Se
interesaba en asuntos como Tablas Estadísticas, Promedio y Dispersiones, Grupos
que no son homogéneos y Muestreo Aleatorio. De noche, Addyer se zambullía en
una elaborada fantasía escapista dividida en dos partes. O bien imaginaba que
retrocedía en el tiempo cien años con la Enciclopedia Británica, en los brazos,
best-sellers, obras de teatro de éxito y resultados deportivos; o bien
imaginaba que era transportado mil años en el futuro hasta la Edad Dorada de la
perfección.
Había otras fantasías con las que Addyer se
entretenía alguno que otro jueves, como (dé chiripa) verse convertido en el
último hombre de la tierra en un mundo de apasionadas beldades por fecundar;
adquirir el poder de la invisibilidad que le haría posible robar bancos y
corregir el mal con impunidad; o poseer el misterioso poder de hacer milagros.
Hasta este punto usted y yo y Addyer somos
idénticos. Donde nos apartamos es en el hecho de que Addyer era un perito en
estadísticas.
¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable
señolita? ¿Pol la bendita calidad? Le estalé muy agladecido.
El lunes, Addyer entró con precipitación en la
oficina de su jefe, agitando un fajo de papeles.
—Observe esto, señor Grande —barbotó Addyer—. He
descubierto algo que huele mal. Extremadamente mal... En un sentido
estadístico, quiero decir.
—Oh, infiernos —respondió Grande—. No se supone que
deba encontrar nada. Estamos estancados con las estadísticas hasta que la
guerra acabe.
—Estuve hojeando el informe del Departamento del
Interior. ¿Sabe usted que nuestra población ha aumentado?
—No lo ha hecho desde la Bomba Atómica —dijo
Grande—. Hemos perdido el doble de lo que nuestra tasa de natalidad puede
reemplazar. —Señaló por la ventana el muñón de siete metros y medio del
monumento a Washington. — Allí está su documentación.
—Pero nuestra población creció un 3,0915 por
ciento. —Addyer mostró las cifras—. ¿Qué dice a eso, señor Grande?
—Debe haber un error en algún lado —murmuró Grande
después de una breve inspección—. Es mejor que lo confirme.
—Sí, señor —dijo Addyer escabullándose de la
oficina—. Sabía que estaría interesado, señor. Es usted el ideal de la
estadística, señor.
Se fue.
—Pelagatos —dijo Grande, y al mismo tiempo comenzó
a computar la cantidad de cansadoras respiraciones que le quedaban. Era su
anestesia personal.
El martes, Addyer descubrió que no había
correlación entre la proporción de la tasa de mortalidad y el incremento
demográfico. La guerra había multiplicado la mortalidad y reducido los
nacimientos; sin embargo la población estaba aumentando en forma minúscula.
Addyer enseñó su descubrimiento a Grande, recibió una palmadita en la espalda y
se fue a casa a experimentar una nueva fantasía en la cual despertaba un millón
de años en el futuro, aprendía la respuesta del enigma y decidía permanecer
entre cumbres y pezones níveos, bajo la égida de una cultura más saludable que
la aureomicina.
El miércoles, Addyer requisó el contómetro y el
archivo y realizó un chequeo de prueba en Washington D.C. Para su consternación
descubrió que la población antigua de la capital había descendido un 0,0029 por
ciento. Era deprimente, y Addyer volvió a casa para huir en medio de un sueño
sobre la edad dorada de la reina Victoria, donde sorprendía y desconcertaba al
mundo con su brillante producción de novelas, obras de teatro y poesía,
totalmente plagiadas de Shaw, Galsworthy y Wilde.
¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable
señol? Soy un individuo en la miselia que necesita calidad.
El jueves, Addyer intentó otro chequeo, esta vez en
la ciudad de Filadelfia. Descubrió que la población de Filadelfia había
aumentado un 0,0959 por ciento. Muy alentador. Intentó un sumario de Little
Rock. Incremento de población del 1,1329 por ciento. Revisó St. Louis.
Incremento de población del 2,0924 por ciento... y esto a pesar de la completa
extinción del condado de Jefferson, debido a uno de esos errores militares de
índole excesiva.
— ¡Por Dios! —exclamó Addyer, temblando de
excitación—. Cuanto más me aproximo al centro del país, mayor es el incremento.
Pero fue el centro del país el que sufrió los mayores impactos del ataque por
sorpresa. ¿Cuál es la respuesta?
Esa noche realizó un trasbordo ida y vuelta entre
el futuro y el pasado en medio de su fermento, y estuvo en su trabajo alrededor
de las siete de la mañana. Siguió su corazonada y realizó un fantástico
descubrimiento que representó gráficamente de la forma acostumbrada. Dibujó
círculos concéntricos sobre el mapa de lo que quedaba de Estados Unidos,
ilustrando con colores las áreas de población incrementada. Los círculos rojos,
anaranjado, amarillos, verdes y azules formaban un perfecto blanco alrededor del
condado de Finney, Kansas.
—Señor Grande -vociferó Addyer, exaltado por la
pasión estadística—. El condado de Finney tiene que ser la explicación de todo
esto.
—Vaya allí y consiga esa explicación —respondió
Grande, y Addyer partió.
—Pelagatos —murmuró Grande y comenzó a integrar el
ritmo de sus pulsaciones con el parpadeo de sus ojos.
¿Puede usted pagalme una taza de café, estimada
señola? Soy un olganismo hambliento que exige nutlición.
Viajar en esos días era azaroso. Addyer tomó un
barco a Charleston (no había conexiones por tren en lo que quedaba de los
estados noratlánticos) que fue hundido frente a Hatteras por una mina a la
deriva. Flotó diecisiete horas en las aguas heladas, murmurando entre dientes:
— ¡Oh, Cristo! Si sólo hubiera nacido cien años
antes.
Aparentemente, esa forma de rezar era efectiva. Fue
recogido por un barreminas de la Armada y enviado a Charleston, donde llegó
justo a tiempo para recibir una quemadura de radiación subcrítica producida por
un ataque que afortunadamente dejó el ferrocarril intacto. Fue curado de la
quemadura en el trayecto de Charleston a Macón (transbordo), de Birminghan a
Memphis (peste bubónica) pasando por Little Rock (aguas contaminadas), Tulsa
(cuarentena por precipitación radiactiva), Kansas City (Autobuses O.K. Co. No
Se Responsabilizan por la Pérdida de Vidas debidas a Actos Bélicos) y Lyonesse,
condado de Finney, Kansas.
Y allí estaba en el condado de Finney, con los
grandes pozos de magma y las cicatrices y rajaduras radiactivas; todas las
granjas ennegrecidas y arrasadas; todas las líneas férreas tan destrozadas que
apenas eran una línea de puntos; toda la población enajenada Nubes de hollín y
neutralizadores de lluvia radiactiva pendían sobre el condado de Finney durante
el día, convirtiéndolo en un Pittsburgh en tardes apacibles. Auras de radiación
destellaban durante la noche, realzadas por las parpadeantes balizas rojas de
advertencia, transformando al condado en una de esas fotografías nocturnas
sobreexpuestas, toda borrosa y entrecruzada por espectrales rayas de luz.
Después de una noche intranquila en el hotel
Lyonesse, Addyer fue la sede del condado para revisar sus cifras de nacimiento.
Estaba provisto de las credenciales apropiadas, pero la sede del condado no
estaba provista con las estadísticas. Otra vez ese excesivo error militar había
arrasado la sede.
Un poco fastidiado, Addyer marchó hacia las
oficinas de la Asociación Médica del condado. Se proponía entrevistar a los
médicos locales sobre la natalidad. Había un despacho y un asistente que había
sido enfermero practicante. Informó a Addyer que el condado de Finney había
perdido su último médico entregándolo al ejército ocho meses atrás. Las
comadronas podían ser la respuesta al enigma de la natalidad, pero no había
registro de comadronas. Addyer no tenía otro recurso que solicitar información
puerta por puerta, preguntando si alguna dama de la casa practicaba esa antigua
profesión.
Aún más molesto, Addyer retornó al hotel Lyonesse y
escribió en un trozo de papel higiénico: DIFICULTADES CON LOS DATOS. AVISARE
TAN PRONTO COMO TENGA INFORMACIÓN DISPONIBLE. Deslizó el mensaje en una cápsula
de aluminio, la sujetó a su única paloma mensajera sobreviviente y la despachó
a Washington con una oración. Luego se sentó ante la ventana y meditó.
Algo curioso despertó su atención. En la calle de
abajo, el autobús de O.K. Co. acababa de llegar de Kansas City. El viejo coche
resolló al detenerse, abrió sus puertas con alguna dificultad y permitió que un
granjero de una sola pierna saliera de él. Su cara quemada estaba vendada
recientemente. Era evidente que se trataba de un burgués adinerado que se podía
permitir el lujo de un viaje para recibir tratamiento médico. El autobús dio
marcha atrás para retornar a Kansas City e hizo sonar un bocinazo de advertencia.
Fue entonces que lo curioso comenzó.
De ninguna parte... absolutamente de ninguna
parte... surgió una horda de gente. Brincaron desde callejones traseros, desde
atrás de pilas de escombros; asomaron de las tiendas, llenaron la calle. Todos
estaban alegres, saludables, animados, felices.
Reían y parloteaban mientras subían al autobús.
Parecían excursionistas y turistas, llevando mochilas, maletas, envases de
comida e incluso bebés. En dos minutos el autobús estuvo lleno. Se alejó
pesadamente por la ruta y, mientras desaparecía, Addyer escuchó los cánticos
felices que producían ecos entre las pilas de escombros.
—Quien lo hubiera creído —dijo.
No había escuchado cantos espontáneos en dos años.
Hacía más de tres años que no había visto una sonrisa despreocupada. Se sentía
igual que un hombre ciego a los colores que por primera vez ve la totalidad del
espectro. Era perturbador. Era también algo blasfemo.
— ¿Esa gente no sabe que estamos en guerra? —se
preguntó a. sí mismo.
Y un poco más tarde: —Parecían tan saludables. ¿Por
qué no usaban uniformes?
Y por último: —Pero de cualquier modo,
¿quienes eran?
Esa noche la fantasía de Addyer fue algo confusa.
¿Puede usted pagalme una taza de café, amable
caballelo? Estoy débil y peltulbado pol el hamble.
La mañana siguiente, Addyer se levantó temprano,
alquiló un coche a precio exorbitante, descubrió que no podía comprar gasolina
a ningún precio, y por último cogió un caballo rengo. Era alérgico a la caspa
de caballo y cuando comenzó su investigación casa por casa sufría de tormentos
asmáticos. Cuando retornó esa tarde al hotel Lyonesse se sentía descorazonado.
Llegó justo a tiempo para presenciar la partida del autobús de O.K. Co.
Una vez más una horda de gente feliz apareció y
abordó el autobús. Una vez más el autobús se alejó traqueteando por la calle
destrozada. Una vez más surgieron los cánticos felices.
—Nadie podría creerlo —jadeó Addyer.
Apareció en la Oficina Topográfica del condado en
busca de un mapa en escala del condado de Finney. Se proponía trascribir la
población de comadronas según normas estadísticas aceptadas. Hubo una pequeña
dificultad con el topógrafo, que era sordo, tuerto y con gafas en el ojo sano.
No podía leer las credenciales de Addyer con facilidad. Cuando finalmente
Addyer pudo irse con el mapa, se dijo para sí:
—Creo que ese viejo idiota me tomó por un espía.
Un poco más tarde murmuró: — ¿Espías?
Y antes de acostarse: — ¡Por el santo Moisés!
Quizás esa sea la respuesta, después de todo.
Esa noche fue el agente secreto de Lincoln
anticipando cada movimiento de Lee, más astuto que Jackson, Johnston y
Beauregard, frustrando los planes de John Wilkes Booth, y siendo elegido
presidente de los Estados Unidos en 1868.
Al día siguiente, el autobús de O.K. Co. transportó
otra carga de gente feliz.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
—Cuatrocientos turistas en cinco días —computó
Addyer—. El país está lleno de espías.
Comenzó a merodear por las calles tratando de
investigar a esos alegres viajeros. Era difícil. Eran alusivos antes de la
llegada del autobús. Tenían una forma amistosa de rehusarse a charlar. Los
lugareños de Lyonesse no sabían nada sobre ellos y no estaban interesados.
Nadie se interesaba demasiado en nada esos días, salvo en la penosa
supervivencia. Por eso los cánticos resultaban obscenos.
Después de siete días de misterios y siete días de
recuentos. Addyer dio súbitamente con la clave.
—Todo concuerda —dijo—. Ochenta personas parten
cada día de Lyonesse. Veinticinco mil por año. Quizás es la respuesta al
incremento de la población.
Gastó cincuenta y cinco dólares en un telegrama a
Grande sin ninguna esperanza de que llegara a destino. El telegrama decía:
"EUREKA. LO HE DESCUBIERTO."
¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable
señola? No soy un vago sino una folma de vida indigente.
La oportunidad de Addyer llegó al día siguiente. El
autobús de O.K. Co. llegó como de costumbre. Otra muchedumbre se preparó a
abordarlo, pero esta vez eran demasiado. Tres personas fueron rechazadas. No
parecieron molestos. Retrocedieron, agitaron los brazos con energía mientras el
autobús partía, vociferaron instrucciones para futuras reuniones y luego,
tranquilamente, se giraron y comenzaron a andar por la calle.
Addyer salió del hotel a los tiros. Siguió al trío
por la calle principal, giró a la izquierda cuando cogieron la Cuarta Avenida,
pasó frente a la escuela en ruinas, pasó frente al derruido edificio de
teléfonos, pasó frente a la biblioteca quemada, la estación ferroviaria, la
iglesia protestante, la iglesia católica... y finalmente llegó a las afueras de
Lyonesse y luego a campo abierto.
Allí tuvo que ser más cauteloso. Era difícil seguir
a los espías con tantas luces de advertencia iluminando la carretera
oscurecida. No era tan suicida como para pensar en ocultarse en los pozos
radioactivos. Contuvo los pies lleno de indecisión y por último advirtió con
alivio que se apartaban de la quebrada carretera y entraban en la vieja granja
de Baker.
— ¡Aja! —dijo Addyer.
Se sentó en el borde de la carretera sobre los
restos de un misil y se preguntó a sí mismo:
— ¿Aja qué?
No pudo responderse, pero sabía donde encontrar la
respuesta. Esperó hasta que la oscuridad aumentó y luego lentamente se arrastró
hasta la granja.
Mientras reptaba entre los fulgores espectrales de
la radiación, golpeándose ocasionalmente la cabeza contra señales de tumbas,
fue cuando reparó por primera vez en dos figuras en la noche. Estaban en el
granero de la granja de Baker y se comportaban de manera bastante peculiar. Una
silueta alta y delgada. Un hombre. Estaba quieto e inmóvil como un farol. Al
cabo de un rato dio un lento y majestuoso paso con infinita precaución e hizo
una lenta señal con un brazo a la otra figura. La segunda también era un hombre.
Era corpulento y trotaba ágilmente de aquí para allá.
Cuando Addyer se aproximó, escuchó que el hombre
alto decía:
—Ruu buu fuu muu juaa luu fuu.
A lo cual el trotador le respondió:
—Ud-nk-kd-ik-md-pd-ld-nk.
Luego ambos rieron; el hombre alto como una
locomotora, el trotador como una ardilla. El trotador salió disparado hacia
adentro de la casa. El hombre alto lo siguió. Y, asombrosamente, eso fue todo.
—Ooh — dijo. Addyer.
En ese momento un par de manos lo cogieron y
levantaron del suelo. El corazón de Addyer se contrajo. Tuvo tiempo para un
espasmo convulsivo antes de que le apoyaran algo blando sobre la cara. Mientras
perdía el sentido, su último pensamiento idiota fue sobre telescopios.
¿Puede usted pagal un café a un infoltunado en
palo, honolable señol? La calidad tlae bendiciones.
Cuando Addyer despertó, estaba tendido en un sofá
dentro de un cuarto pequeño y blanqueado. Un caballero de cabello gris y rasgos
pronunciados estaba sentado ante un escritorio, junto al sofá, garrapateando
cifras sobre trozos de papel. El escritorio estaba lleno de una confusa pila de
algo que parecían tablas horarias complicadas. Había una pequeña radio situada
más arriba, a un costado.
—Escuche —comenzó Addyer, débilmente.
—Espere un minuto, señor Addyer —dijo el caballero
con amabilidad. Tocó un control de la radio. Un resplandor germinó en el medio
del cuarto sobre una bandeja circular de cobre y se aglutinó en una forma de
muchacha. Estaba extremadamente desnuda y era extremadamente atractiva. Corrió
al escritorio, palmeó la cabeza del caballero con la velocidad de un martillo
neumático. Rió y parloteó:
—Ud-nk-tk-ik-lt-nk.
El hombre de cabello gris sonrió y señaló la
puerta.
—Salga a dar un paseo —dijo. Ella se giró y salió
por la puerta como una exhalación.
—Tiene algo que ver con los ritmos temporales —dijo
el caballero a Addyer—. No lo comprendo. Cuando avanzan están llenos de ímpetu
acumulado. —Comenzó a trazar cifras otra vez. — ¿Por qué demonios tuvo que
.venir a husmear, señor Addyer?
—Ustedes son espías —dijo Addyer—. Ella estaba
hablando en chino.
—Difícilmente. Yo diría que era francés. Francés
primitivo. De mediados del siglo XV.
— ¡De mediados del siglo XV! —exclamó Addyer.
—Eso es lo que dije. Uno empieza a adquirir cierto
oído para los ritmos acelerados. Espere un minuto, por favor.
Encendió de nuevo la radio. Otro resplandor
apareció y se solidificó en forma de un hombre desnudo. Era robusto, velludo y
lúgubre. Con exasperante lentitud dijo:
—Muu fuu bluu uauu jauu puu.
El hombre de cabello gris señaló la puerta. El
hombre robusto salió con movimientos lentos.
—A mi manera de ver —continuó el hombre de cabello
gris, con cordialidad—, cuando retroceden están nadando contra la corriente del
tiempo. Eso les quita velocidad. Cuando avanzan nadan a favor de la corriente.
Eso les otorga velocidad. Por supuesto, en cualquier caso no dura más que unos
pocos minutos. Luego se les pasa.
— ¿Qué? —dijo Addyer—. ¿Viajes por el tiempo?
—Sí, por supuesto.
—Esa cosa... —Addyer señaló la radio—. ¿Es una
máquina del tiempo?
—Esa es la idea. Casi.
El hombre de cabello gris se echó a reír.
— ¿Pero que es este lugar? ¿Qué está usted haciendo
aquí?
—Es gracioso —dijo el hombre de cabello gris—.
Todos especulaban sobre el viaje temporal. Cómo utilizarlo para la exploración,
arqueología, investigación histórica y social, y etcétera. A nadie se le
ocurrió cual sería su uso real... Terapia.
— ¿Terapia? ¿Quiere usted decir terapia médica?
—Eso es. Terapia psicológica para los inadaptados
que no responden a ninguna otra cura. Los dejamos emigrar. Escapar. Hemos
instalado estaciones en cada cuarto de siglo. Estaciones como ésta.
—No comprendo.
—Esta es una oficina de inmigración.
— ¡Dios mío! —Addyer saltó del sofá. — Entonces
ustedes son la respuesta al incremento de población. ¿Sí? Fue así como lo
descubrí. La mortalidad es tan alta y la natalidad tan baja que esta adición
temporal se vuelve significativa. ¿Sí?
—Sí, señor Addyer.
—Miles de ustedes llegan aquí. ¿De dónde?
—Del futuro, por supuesto. El viaje temporal no fue
desarrollado hasta C/H 127. Es decir... bien digamos el 2505 d.C. de la
cronología de ustedes. No instalamos nuestra cadena de estaciones hasta el C/H
189.
—Pero ésos que se movían tan rápido. Usted dijo que
viajaban hacia adelante desde el pasado.
—Oh, sí, pero originalmente todos vienen del
futuro. Creyeron que habían retrocedido demasiado.
— ¿Demasiado?
El hombre de cabello gris asintió y reflexionó.
—Es divertido, qué errores comete la gente. Se
vuelven poco realistas cuando leen historia. Pierden contacto con los hechos.
Un tío que conocí... no lo satisfacía otra cosa que la época isabelina.
"—Shakespeare —decía—. La buena reina Isabel.
La Armada Española. Drake y Hawkins y Raleigh. El periodo más viril de la
historia. La Edad de Oro. Eso es lo que necesito.
"No hubo forma de disuadirlo, de modo que lo
enviamos allí. Qué pena.
— ¿Por? —preguntó Addyer.
—Oh, murió en tres semana. Bebió un vaso de agua.
Tifus.
— ¿No lo vacunaron? Quiero decir, cuando el
ejército envía hombres a ultramar siempre...
—Por supuesto que lo hicimos. Le dimos toda la
inmunización posible. Pero las enfermedades también evolucionan y cambian. Se
desarrollan nuevas variantes. Las viejas desaparecen. Eso es lo que causa las
pandemias. Evidentemente nuestras vacunas no le servían contra el tifus
isabelino. Excúseme...
Otra vez surgió el resplandor. Otro hombre desnudo
apareció, parloteó brevemente y luego salió disparado por la puerta. Casi choca
con la chica desnuda que asomó la cabeza, sonrió y preguntó con extraño acento:
—Je vous prie de me pardonner. ¿Quy estoit cette
gentilhomme?
—Tenía razón —dijo el hombre de cabello gris—. Es
francés medieval. No se habla así desde Rabelais. —Se dirigió a la joven. — En
inglés medio, por favor. El dialecto norteamericano.
—Oh, lo lamento, señor Jelling. Mis conocimientos
lingüísticos son una puñetera mierda. ¿Mierda? ¿O acaso dicen...?
— ¡Eh! —exclamó Addyer escandalizado.
—Lo dicen, pero sólo en privado. No ante extraños.
—Oh sí. Recuerdo. ¿Quién era el caballero que salió
recién?
—Peters.
— ¿De Atenas?
—Así es.
— ¿No le gustó mucho, no es verdad?
—No mucho. Parece que los peripatéticos no tenían
desaguaderos
—Sí. Uno comienza a extrañar las comodidades de un
baño después de un tiempo. ¿Dónde puedo conseguir ropas... o es que en este
siglo no las utilizan?
—No, eso sucede dentro de unos cien años. Vaya a
ver a mi esposa. Está en el cuarto de provisiones, en el granero. Es ese gran
edificio rojo.
El hombre alto como un farol que Addyer había visto
primero en granero se manifestó súbitamente detrás de la joven. Estaba ahora
vestido y se movía a velocidad normal. Contempló a la joven; ella lo contempló
a él.
— ¡Splem! —exclamaron ambos y se besaron los
hombros. —Mi pedacito de roca rocosa que corazona dos corazones —dijo el
hombre.
—Buen corazonador quien corazona, argol —rió la
joven.
— ¿Eh? Entonces tú también corazonaste. Se
abrazaron y salieron.
— ¿Qué era eso? ¿Un idioma del futuro? —preguntó
Addyer—. ¿Taquigrafía?
— ¿Taquigrafía? —exclamó Jelling con tono
sorprendido—. ¿No reconoce la retórica cuando la escucha? Es retórica del
siglo XXX, hombre. Allá no hablamos otra cosa. Prótesis, diástole, epergesis,
metábasis, hendíade... Y todos nacemos escanigando.
—No tiene porque ser tan pomposo —murmuró Addyer
con envidia—. Yo también podría escanigar si lo intentara.
—Le resultaría malditamente inconveniente a esta
altura de su vida.
— ¿Cuál sería la diferencia?
—La diferencia sería muy grande —dijo Jenning—,
porque usted descubriría que vivir es la suma de las comodidades. Tal vez
piense que un desaguadero es poco importante comparado con los antiguos
filósofos de Grecia. Mucha gente lo hace. Pero el hecho es que ya conocemos la
filosofía; después de un tiempo uno se siente cansado de ver a los grandes
hombres y escuchar como exponen el material ya conocido. Se empieza a extrañar
las conveniencias y modelos familiares que uno daba por sentados.
—Es una actitud superficial —dijo Addyer.
— ¿Eso cree? Intente vivir en un pasado de luz de
velas, sin calefacción central, sin refrigeración, comida enlatada,
medicamentos elementales... O, conociendo el futuro, pruebe vivir con los
Berganlicks, los Veintidós Mandamientos, calendarios y moneda duodecimales, o
pruebe hablar en verso, planeando y escanigando cada sentencia antes de
hablar... y sea juzgado como un analfabeto despreciable cuando se descuide y
hable espontáneamente en su propia lengua.
—Está usted exagerando —dijo Addyer—. Apuesto que
hay épocas en las que podría ser muy feliz. Lo he estado imaginando durante
todos estos años y...
— ¡Ya! —resopló Jelling—. La gran ilusión. Nómbreme
una.
—La Revolución Norteamericana.
— ¡Uf! Sin medios sanitarios. Sin medicina. Cólera
en Filadelfia, malaria en Nueva York. Sin anestesia. Pena de muerte por cientos
de pequeños delitos e insignificantes in fracciones. Ninguno de los libros ni
la música que a usted le apetecen. Ninguno de los trabajos o profesiones para
los cuales fue preparado. Inténtelo otra vez.
—La época victoriana.
— ¿Cómo están sus dientes y sus ojos? ¿En buen
estado? Es mejor que lo estén. No podemos enviar sus empastes y gafas con
usted. ¿Cómo está su ética? ¿En mal estado? Es mejor que lo esté, o se morirá
de hambre en esa época de gargantas cortadas. ¿Qué opina de las diferencias de
clases? Eran muy acentuadas en aquellos días. ¿Cuál es su religión? Es mejor
que no sea judío o católico o cuáquero o moravo o cualquier otra minoría.
¿Cuáles son sus opiniones políticas? Si hoy es un reaccionario, las mismas opiniones
podrían convertirlo en un extremista peligroso hace cientos de años. No creo
que fuera feliz.
—Estaría a salvo.
—No a menos que fuera rico; y no podemos enviar
dinero al pasado. Sólo el cuerpo. No, Addyer, el pobre moría a la edad promedio
de cuarenta años en esos días... exhaustos, desgastados. Sólo sobrevivían los
privilegiados, y usted no sería uno de los privilegiados.
— ¿A pesar de mi conocimiento superior?
Jelling asintió con fatiga.
—Sabía que llegaríamos a eso tarde o temprano. ¿Qué
conocimiento superior? ¿Su nebuloso recuerdo de ciencia e investigaciones? Es
usted un maldito tonto, Addyer. Goza de la tecnología de su época sin la mas
mínima idea de como funciona.
—Podría no ser un recuerdo nebuloso. Puedo
prepararme.
—En qué, por ejemplo.
—Oh... bueno, digamos la radio. Puedo hacer una
fortuna inventando la radio.
Jelling sonrió.
—Usted no podría inventar la radio si no inventara
primero los cientos de descubrimientos técnicos complementarios que condujeron
a ella. Tendría que crear todo un nuevo mundo industrial. Tendría que descubrir
el rectificador de vacío y crear una industria para fabricarlo; el circuito
autoheterodino, el receptor neutrodino no radiante, y etcétera etcétera.
Tendría que desarrollar la producción de energía eléctrica y la transmisión y
la corriente alterna. Tendría que... ¿por qué insistir en lo obvio? ¿Podría
inventar la combustión interna antes del desarrollo del petróleo refinado?
— ¡Por Dios! —gruñó Addyer.
—Y otra cosa —continuó Jelling inflexiblemente—. He
hablado de herramientas tecnológicas, pero el lenguaje es una herramienta,
también; la herramienta de comunicación. ¿Se ha dado cuenta que a pesar de
todos sus estudios nunca podría aprender como era el lenguaje realmente usado
hace siglos? ¿Sabe usted como los romanos pronunciaban el latín? ¿Conoce los
dialectos griegos? ¿Podría aprender a hablar y pensar en gaélico, en flamenco
del siglo XVII, en el bajo alemán antiguo? Nunca. Sería usted
sordomudo.
—Nunca lo pensé de esa manera —dijo Addyer con
lentitud.
—Los escapistas nunca lo hacen. Todo lo que quieren
es una vaga excusa para huir.
— ¿Qué hay de los libros? Podría memorizar un gran
libro y...
— ¿Y qué? ¿Retroceder lo suficiente al pasado para
anticipar al verdadero autor? Tendría que anticipar también al lector. Un libro
no se hace grande hasta que el lector está preparado para comprenderlo. Ni es
rentable hasta que el lector está dispuesto a comprarlo.
— ¿Y yendo hacia el futuro? —preguntó Addyer.
—Ya se lo he dicho. Es el mismo problema sólo que
al revés. ¿Podría un hombre del medievo sobrevivir en el siglo XX? ¿Podría permanecer con vida en medio del tránsito callejero? ¿Conducir
automóviles? ¿Hablar el idioma? ¿Pensar en ese idioma? ¿Adaptarse al ritmo,
ideas y coordinación que usted da por sentadas? Nunca. ¿Podría alguien del
siglo XXV adaptarse al XXX? Nunca.
—Bien entonces —dijo Addyer con enfado—, si el
pasado y el futuro son tan incómodos, ¿por qué viajan hacia ellos todas estas
personas?
—No están viajando —dijo Jelling—. Están huyendo.
— ¿De qué?
—De su propia época.
— ¿Por qué?
—No les apetece.
— ¿Por qué no?
— ¿A usted le apetece la suya? ¿Le apetece a
cualquier neurótico?
— ¿Adonde van?
—A cualquier lugar menos a donde deben. Buscan la
Edad Dorada. ¡Ilusos! Nunca están satisfechos. Siempre buscando, cambiando...
vagabundeando a través de los siglos. ¡Uf! La mitad de los mendigos que usted
ha encontrado son probablemente vagabundos del tiempo atascados en el siglo
equivocado.
— ¿Y toda esa gente viene aquí... ellos creen
que esto es una Edad Dorada?
—Así es.
—Están locos —protestó Addyer—. ¿No han visto las
ruinas? ¿La radiación? ¿La guerra? ¿La ansiedad? ¿La histeria?
—Seguro. Eso es lo que los atrae. No me pregunte
porqué. Piénselo de este modo: a usted le apetece el periodo colonial
norteamericano, ¿verdad?
—Entre otros.
—Bien, si le expone al señor George Washington las
razones por las cuales le apetece su época, probablemente estará nombrando todo
lo que él aborrecía.
—Pero no es una comparación justa. Esta es la peor
época de toda la historia.
Jelling hizo un gesto con la mano.
—Así es como usted la considera. Todos dicen eso en
cada generación; pero créame, no importa cuándo y dónde viva, siempre hay
alguien que piensa que usted vive en la Edad Dorada.
—Pues maldita la suerte que tengo —dijo Addyer.
Jelling lo miró fijamente por largo tiempo.
—Es mejor que la tenga —dijo pesaroso—. Hay malas
noticias para usted, Addyer. No podemos dejarlo aquí. Hablará y causará
problemas, y nuestro secreto debe ser resguardado. Lo enviaremos a un viaje sin
regreso.
—Puedo hablar en cualquier lado a donde me envíen.
—Pero nadie le prestará atención fuera de su propia
época. No tendría sentido. Sería un excéntrico... un lunático... un extraño...
inofensivo.
— ¿Y si regreso?
—No puede volver sin una visa, y no voy a tatuarle
una visa. No será el primero al que transportamos, si eso le sirve de consuelo.
Hubo un japonés, si no recuerdo mal...
— ¿Entonces me enviará a algún lado del tiempo? ¿En
forma permanente?
—Exacto. De veras, lo siento mucho.
— ¿Al futuro o al pasado?
—Puede usted elegir. Piénselo mientras se desviste.
—No tiene porque sentirse tan amargado —dijo
Addyer—. Es una gran aventura. Una aventura grandiosa. Algo que siempre he
soñado.
—Así es. Será maravilloso.
—Puedo rehusar —dijo Addyer con nerviosismo.
Jelling sacudió la cabeza.
—Entonces lo drogaremos y lo enviaremos de
cualquier modo. Es mejor que elija usted.
— Elegiré con sumo placer.
— Seguro. Animo, Addyer
—Todo el mundo dice que nací cien años antes de lo
debido.
—Todos dicen por lo general eso... a menos que
digan que nació cien años después de lo debido.
—Algunos también dicen eso.
—Bien, piénselo bien. Es una mudanza permanente.
¿Qué prefiere... el futuro fonético o el pasado poético?
Muy lentamente, Addyer comenzó a desvestirse, como
se desvestía cada noche cuando comenzaba el preludio de sus acostumbradas
fantasías. Pero ahora sus sueños enfrentaban su realización y el momento de
decisión lo aterrorizaba. Estaba algo triste y sentía las piernas flojas cuando
caminó hacia el disco de cobre en el centro del suelo. En respuesta a la
pregunta de Jelling, murmuró su elección. Luego, se tornó brillante en medio
del aura de fulgor incandescente y desapareció de su tiempo para siempre.
¿Dónde fue? Usted lo sabe. Yo lo sé. Addyer lo
sabe. Addyer viajó a la tierra de Nuestra amada fantasía. Escapó al refugio que
es Nuestro refugio, al tiempo de Nuestros sueños; y prácticamente de inmediato
comprendió que había en verdad partido del único tiempo posible para él.
A través del panorama de los años todas las épocas,
excepto la nuestra, parecen glamorosas y doradas. Añoramos ayeres y mañanas, no
advirtiendo que nos enfrentamos con una elección forzosa... que ese hoy, amargo
o dulce, nervioso o tranquilo, es el único posible para nosotros. El sueño, no
el tiempo, es el traidor, y todos somos cómplices de la traición hacia nosotros
mismos.
¿Puede usted pagalme una taza de café, honolable
señol? No, no soy un olganismo mendicante. Soy un japonés hambliento de paso
volado en este año tan miselable. ¡Honolable señol! Se lo suplico por la
saglada calidad. ¿Quiele usted donal a esta pelsona desampalada un pasaje pala
la ciudad de Lyonesse? Le suplico de lodillas una visa. Quielo volvel al año
1945. Quielo estal en Hiloshima otla vez. Quielo volvel a casa
OH LUMINOSA Y BRILLANTE ESTRELLA
La fórmula de Persecución y la fórmula de Búsqueda
han estado con nosotros durante largo tiempo y permanecerán en escena aún
bastante tiempo más. Son de impacto seguro si se las maneja con originalidad y
pueden hacer que vuestro pulso resuene como una marcha de Sousa. Estoy un tanto
en desacuerdo con los escritores de Hollywood, por decir lo menor. Su idea de
una Persecución parece reducirse a una cañera de coches.
Persecución y búsqueda no son idénticas; puede
haber una sin la otra, pero juntas funcionan mejor. Volviendo a los días
felices de los comics, en aquel entonces probé con un tándem; comenzaba con una
Persecución de papel ordinario y luego la pista del papel se transformaba en
una pista de papel moneda. Quisiera poder recordar al héroe para el que la
hice; ¿"The Green Lantern"? ¿"The Star-Spangled Kid"?
¿"Captain Marvel"? También desearía recordar como terminaba la
historia.
Probablemente habréis notado que no recuerdo muy
bien mi obra. Francamente, nunca vuelvo a leer algo una vez que ha sido
publicado, y de cualquier manera no soy el único. Sé de buena fuente, Jed
Harris, que nuestro maravilloso compositor popular, Jerome Kem, no podía
recordar sus propias canciones. En el curso de una fiesta lo solían persuadir
para que tocara sus melodías en el piano. Todos se apiñaban a su alrededor,
pero cuando tocaba tenían que corregirlo.
— ¡No, no, Jerry! No sonaba así.
Y se veían obligados a tararear sus hits para
refrescarle la memoria.
"Oh luminosa y brillante estrella" es una
persecución con ritmo. No sé de donde obtuve la idea central, pero en aquellos
días los autores de ciencia-ficción estaban empeñados en publicar relatos sobre
talentos incomprendidos y genios infantiles, de modo que supongo que fue
producto del roce. No, eso no puede ser cierto. Yo había probado la receta
muchos años antes con un joven consejero naturista de un campo de veraneo, una
especie de genio-idiota bastante incomprendido que resuelve un caso de rapto, a
pesar del factor en contra del ridículo nombre que le había puesto: Erasmo
Gaul.
La inserción del relato y la técnica de búsqueda en
"Oh luminosa..." son las de la búsqueda con artimaña. El timo de los
Herederos de Buchanan era un fraude hace ya muchos años y probablemente lo será
aún, en una forma u otra. Dios lo sabe, los tontos nunca desaparecen. En los
años de universidad, un compañero de cuarto entregó su mensualidad (20 dólares)
a una pareja de timadores en la estación de Pennsylvania. Años más tarde leí de
un fraude similar en "The Art of Cony Catching", de Creen, publicado
circa 1592. No, nunca desaparecen. Es más, cada minuto nace uno nuevo.
La historia me gustaba bastante mientras la estaba
escribiendo, pero no me gustan algunos parágrafos del final. Son el resultado
de la misma vieja batalla que esta vez perdí con Tony Boucher, de Fantasy &
Sciencie Fiction, otra vez sobre lo específico. El quería que yo cerrara el
relato mostrando con precisión lo que les había sucedido a las víctimas. Yo
quería soslayarlo. Perdí y tuve que agregar los parágrafos.
Cuando fui derrotado en la batalla de lo específico
con Horace Gold, en lo referido a "Elección forzosa", retiré la
historia y se la entregué a Tony, que la publicó sin cambios. Cuando perdí la
batalla con Tony, debería haber cogido "Oh luminosa..." y enviársela
a Horace para hacer las paces. No lo hice, y ahora me siento timado por esos
pésimos parágrafos. Por favor, leedlos con los ojos cerrados.
|
E |
l hombre del coche tenía treinta y ocho años. Era
alto, delgado y no muy fuerte. Sus cortos cabellos estaban prematuramente
encanecidos. Estaba munido de educación y sentido del humor. Estaba inspirado
por un propósito. Estaba armado con una guía telefónica. Estaba condenado.
Condujo su coche subiendo por la Post Avenue, se detuvo en el nº 17 y aparcó.
Consultó la guía telefónica, luego salió del coche y entró en la casa. Examinó
los buzones de correspondencia y luego subió corriendo las escaleras hasta el apartamento
2-F. Tocó el timbre. Mientras esperaba una respuesta sacó un pequeño anotador
negro y un bolígrafo plateado de buena calidad, de ésos que escriben en cuatro
colores.
La puerta se abrió. Era una dama de edad mediana,
sin rasgos particulares. El hombre le dijo:
—Buenas tardes. ¿Señora Buchanan?
La dama asintió con la cabeza.
—Mi nombre es Foster. Soy del Instituto de
Ciencias. Estamos intentando verificar informes sobre platillos volantes. No me
llevará ni un minuto.
El señor Foster se introdujo en el apartamento.
Había estado ya en tantos que conocía las disposiciones de forma automática.
Marchó ágilmente del recibidor a la sala de estar, se giró, sonrió a la señora
Buchanan, abrió el anotador en una página en blanco, y dispuso el bolígrafo.
— ¿Ha visto algún platillo volante, señora
Buchanan?
—No. Y todo eso no son más que habladurías, yo...
— ¿Alguno de sus hijos ha visto alguno? ¿Tiene
usted chicos?
—Sí, pero ellos...
— ¿Cuántos?
—Dos. Los platillos volantes nunca...
— ¿Alguno de ellos en edad escolar?
— ¿Qué?
—Escuela —repitió el señor Foster con impaciencia—.
¿Alguno de ellos va a la escuela?
—El chico tiene veintiocho —dijo la señora
Buchanan—. La chica veinticuatro. Hace mucho que han terminado los estudios...
—Ya lo veo. ¿Alguno de ellos está casado?
—No. En cuanto a lo de los platillos volante,
ustedes los científicos deberían...
—Lo hacemos —interrumpió el señor Foster. Hizo un
tic-tac-toc en el anotador, luego lo cerró y lo deslizó en un bolsillo junto
con el bolígrafo—. Muchas gracias, señora Buchanan —dijo, giró y se marchó.
Una vez bajadas las escaleras, el señor Foster
entró en el coche, abrió la guía telefónica, dio vuelta una página y tachó un
nombre. Examinó el nombre de abajo, memorizó la dirección y puso el coche en
marcha. Condujo hasta la avenida Fort George y detuvo el coche en frente del nº
800. Entró en la casa y cogió el ascensor de servicio hasta la planta cuarta.
Tocó el timbre, del apartamento 4-G. Mientras esperaba la respuesta sacó el
pequeño anotador negro y el bolígrafo de buena calidad.
La puerta se abrió. Era un hombre de aspecto feroz.
El señor Foster le dijo:
—Buenas tardes. ¿Señor Buchanan?
— ¿Qué quiere? —dijo el hombre de aspecto feroz.
—Mi nombre es Davis —dijo el señor Foster—. Soy de
la Asociación Nacional de Radiodifusión. Estamos preparando una lista de
nombres para un concurso con premios. ¿Puedo pasar? No me llevará ni un minuto.
El señor Foster/Davis se introdujo y pronto estuvo
confrontado con el señor Buchanan y su pelirroja esposa en la sala de estar de
su apartamento.
— ¿Alguna vez ha ganado algún premio en radio o
televisión?
—No —dijo el señor Buchanan con enojo—. Nunca hemos
tenido una oportunidad. Todo el mundo la tiene pero nosotros no.
—Todo ese dinero y neveras —dijo la señora
Buchanan—. Viajes a París y aviones y...
—Es por eso que estamos haciendo esta lista
—interrumpió el señor Foster/Davis—. ¿Alguno de sus familiares ha ganado algún
premio?
—No. Está todo arreglado. Todo trampa. Ellos...
— ¿Alguno de sus hijos?
—No tenemos hijos.
—Ya lo veo. Muchas gracias.
El señor Foster/Davis hizo el jueguito del
tic-tac-toc sobre su anotador, lo cerró y lo hizo a un lado. Se liberó de la
indignación de los Buchanan, bajó hasta su coche, tachó otro nombre en la guía
telefónica, memorizó la dirección del nombre que estaba abajo y puso en marcha
el coche.
Condujo hasta el nº 215 de la calle Setenta y Ocho
Oeste y aparcó en frente de una residencia particular. Hizo sonar la campanilla
y se enfrentó con una mucama con uniforme.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Está el señor Buchanan en
casa?
— ¿Quién lo requiere?
—Me llamo Hook —dijo el señor Foster/Davis—. Estoy
conduciendo una investigación para el Departamento de Mejores Negocios.
La mucama desapareció, reapareció y condujo al
señor Foster/Davis/Hook a una pequeña biblioteca donde un caballero de aspecto
resuelto con ropas de noche sostenía un pocillo de café Limoge con su
respectivo platillo. Había libros caros en los estantes. Había fuego caro en el
hogar.
— ¿Señor Hook?
—Sí, señor —replicó el hombre condenado. No extrajo
el anotador—. No me llevará ni un minuto, señor Buchanan. Sólo unas pocas
preguntas.
—Tengo gran confianza en el Departamento de Mejores
Negocios —se pronunció el señor Buchanan—. Nuestra defensa contra los saqueos
de...
—Gracias señor —interrumpió el señor Foster/Davis/
Hook—. ¿Ha sido alguna vez defraudado delictivamente por un hombre de negocios?
—Se hizo el intento. Nunca sucumbí.
— ¿Y sus hijos? ¿Tiene usted hijos?
—Mi hijo no es lo suficientemente grande como para
ser calificado de víctima.
— ¿Qué edad tiene, señor Buchanan?
—Diez.
— ¿Quizá ha sido timado en la escuela? Hay
estafadores que se especializan en los niños.
—No en la escuela de mi hijo. Está bien protegido.
— ¿Qué escuela es, señor?
—Germanson.
—Una de las mejores. ¿Alguna vez asistió a una
escuela estatal?
—Nunca.
El hombre condenado extrajo el anotador y el
bolígrafo de buena calidad. Esta vez hizo una seria anotación.
— ¿Algún otro hijo, señor Buchanan?
—Una hija de diecisiete.
El señor Foster/Davis/Hook lo consideró, comenzó a
escribir, cambió de idea y cerró el anotador. Agradeció a su amable anfitrión y
escapó de la casa antes de que el señor Buchanan pudiera pedirle sus
credenciales. Fue conducido fuera por la mucama, corrió hasta donde estaba su
coche, abrió la puerta, entró y fue derribado por un tremendo golpe en el
costado de su cabeza.
Cuando el hombre condenado despertó, creyó que
estaba en cama con una resaca. Comenzó a arrastrarse hasta el baño cuando
advirtió que estaba desplomado en una silla como un traje de lavandería. Abrió
los ojos. Parecía estar en una gruta bajo el agua. Parpadeó frenéticamente. El
agua comenzó a retroceder.
Estaba en uña pequeña oficina legal. Un hombre
vigoroso que parecía Papá Noel estaba de pie ante él. A un lado, un hombre
sentado sobre una mesa de despacho y balanceando las piernas descuidadamente;
era un joven enjuto con una mandíbula larga y delgada y ojos entrecerrados a
cada lado de la nariz.
— ¿Puede oírme? —preguntó el hombre vigoroso.
El hombre condenado gruñó.
— ¿Podemos hablar?
Otro gruñido.
—Joe —dijo el hombre vigoroso afablemente—, una
toalla.
El joven enjuto se deslizó de la mesa de despacho,
fue hasta una vasija que se encontraba en un rincón y mojó una blanca toalla de
mano. La sacudió una sola vez, volvió con lentitud hasta la silla donde, con el
movimiento súbito y salvaje del tigre, azotó el rostro del hombre enfermo.
— ¡Por el amor de Dios! —gritó el señor
Foster/Davis/ Hook.
—Eso está mejor —dijo el hombre vigoroso—. Me llamo
Herod. Walter Herod, procurador judicial. —Caminó hasta la mesa donde estaba
esparcido el contenido de los bolsillos del hombre condenado, levantó un
billetero y lo exhibió—. Su nombre es Warbeck. Marion Perkin Warbeck. ¿De
acuerdo?
El hombre condenado miró su billetero, luego a
Walter Herod, procurador oficial, y finalmente admitió la verdad.
—Sí —dijo—. Me llamo Warbeck. Pero nunca admito el
Marion ante extraños.
Fue azotado de nueva por la toalla mojada y cayó
sobre el respaldo de la silla, dolorido y confundido.
—Muy bien, Joe —dijo Herod—. No lo vuelvas a hacer,
por favor, hasta que te lo diga—. Y dirigiéndose a Warbeck dijo: — ¿A qué se
debe ese interés en los Buchanan?— Esperó una respuesta, luego continuó
afablemente. — Joe ha estado siguiéndolo. Tiene usted un promedio de cinco
Buchanan por día. Lleva alrededor de treinta, más o menos. ¿Cuál es su plan?
— ¿Qué infiernos es esto? ¿Rusia? —exigió Warbeck
con indignación—. No tienen derecho a secuestrarme e interrogarme como la KGB.
Si suponen que...
—Joe —lo interrumpió Herod afablemente—. Otra vez,
por favor.
Otra vez la toalla azotó a Warbeck. Atormentado,
furioso y desamparado, éste rompió a llorar.
Herod, con indiferencia, tocó el billetero con un
dedo.
—Sus papeles dicen que es usted maestro, director
de una escuela estatal. Supuse que los maestros eran honestos. ¿Cómo se mezcló
con el timo de la herencia?
— ¿El timo de qué? —preguntó Warbeck débilmente,
—El timo de la herencia —repitió Herod
pacientemente. La estafa de los Herederos de Buchanan. ¿Qué tipo de técnica
está utilizando? ¿El acercamiento personal?
—No sé de qué me está hablando —respondió Warbeck.
Se sentó muy erguido y señaló al joven enjuto—. Y no comience con el asunto de
la toalla otra vez.
—Comenzaré si me place y cuando me plazca —dijo
Herod con ferocidad—. Y terminaré con usted cuando cojones me plazca. Me está
pisando los callos y no lo voy a permitir. Obtengo setenta y cinco por año y no
voy a dejar que usted se entrometa.
Hubo una larga pausa, significativa para todos en
el cuarto excepto para el hombre condenado. Finalmente éste habló.
—Soy un hombre educado —dijo lentamente—.
Mencióneme a Galileo, o los poetas caballerescos menores, y lo entenderé. Pero
hay lagunas en mi educación y ésta es una de ellas. No puedo ubicarme. Hay
demasiadas incógnitas.
—Le he dicho mi nombre —respondió Herod. Señaló al
joven enjuto—. Este es Joe Davenport.
Warbeck sacudió la cabeza.
—Matemáticamente desconocido. Cantidades X. Resolver
las ecuaciones. Es mi educación la que habla.
Joe lo miró sorprendido.
— ¡Jesús! —dijo sin mover los labios—.
Quizá es auténtico.
Herod examinó a Warbeck curiosamente.
—Voy a decirlo con lentitud —dijo—. El timo de la
herencia es una estafa de viejo cuño. Funciona más o menos así: Existe una
historia de que James Buchanan...
— ¿El decimoquinto presidente de los Estados
Unidos?
—En persona. Existe una historia que afirma que
murió sin testar dejando una fortuna a herederos desconocidos. Eso fue en 1868,
Hoy, un interés compuesto de esa fortuna la valora en millones. ¿Comprende?
Warbeck asintió con la cabeza.
—Soy educado —insistió.
—Todo tío llamado Buchanan es un cliente potencial
para este tinglado. Es una variación sobre la rutina del Prisionero Español.
Les envío a ellos una carta. Les digo que tienen una oportunidad de poder ser
uno de los herederos. ¿Quieren ellos que yo investigue y proteja sus intereses
en la herencia? Eso sólo les costará una pequeña suma anual. Muchos de ellos
aceptan. De todo el país. Y ahora usted...
—Espere un minuto —exclamó Warbeck—. Puedo llegar a
una conclusión. Ustedes descubrieron que yo estaba investigando a las familias
Buchanan. Pensaron que yo realizaba al mismo timo. Entrometiéndome...
¿entrometiéndome? ¿Entrometiéndome con ustedes?
—Bien —preguntó Herod agriamente—, ¿no lo está
haciendo?
— ¡Dios mío! —exclamó Warbeck—. ¡Esto tiene que
pasarme a mí! Gracias, Dios mío, gracias. Te estaré siempre agradecido. —En su
fervor feliz se volvió hacia Joe. — Dame la toalla, Joe —dijo—. Sólo
arrójamela. Quiero limpiarme la cara.
Cogió la toalla arrojada y se enjugó el rostro
jubilosamente.
—Bien —dijo Herod—, ¿no lo está haciendo?
—No —respondió Warbeck—. No me estoy entrometiendo
en los negocios de ustedes. Pero me siento agradecido por el error. No crea que
no lo estoy. No puede imaginar lo lisonjero que es para un maestro de escuela
ser confundido con un ladrón.
Se levantó de la silla y fue hasta la mesa de
despacho a reclamar su billetero y otras posesiones.
—Espere un minuto —dijo con brusquedad Herod.
El joven enjuto aferró la muñeca de Warbeck con
puño de hierro.
—Oh, acabemos con esto —dijo el hombre condenado
con impaciencia—. Es un error tonto.
—Yo le diré si es un error y también le diré si es
tonto —respondió Herod—. Ahora hará lo que le diga.
— ¿Haré qué? —Warbeck liberó su muñeca de un tirón
y azotó el rostro de Joe con la toalla. Dio vuelta alrededor de la mesa,
levantó un pisapapeles y lo arrojó contra la ventana, que se hizo añicos.
— ¡Joe! -aulló Herod.
Warbeck sacó el teléfono de su soporte y marcó
Operadora. Cogió su mechero, lo encendió y lo arrojó en el cesto de los
papeles. La voz de la operadora zumbó en el aparato.
— ¡Quiero un policía! —gritó Warbeck. Luego pateó el
cesto en llamas hacia el centro de la oficina.
— ¡Joe! —aulló Herod y comenzó a pisotear el papel
encendido.
Warbeck hizo una mueca irónica. Levantó el
receptor. Llegaban sonidos confusos a través del tubo. Colocó la mano sobre la
bocina.
— ¿Negociamos?—preguntó.
—Hijo de puta —gruñó Joe. Se quitó las manos de los
ojos y fue hacia Warbeck.
— ¡No! —lo llamó Herod—. Este loco imbécil ha
llamado a la policía. Es auténtico, Joe—. Y dijo a Warbeck con tono de
disculpa. — De acuerdo. Cuelgue. Haremos lo que usted quiera. Cualquier cosa
que diga. Sólo cancele la llamada.
El hombre condenado se llevó el receptor a la boca.
—Me llamo M.P.Warbeck —dijo —. Estaba consultando a
mi procurador en este número y algún idiota con un sentido del humor equivocado
hizo esta llamada. Por favor, llámeme por teléfono y confírmelo.
Colgó, terminó de guardar sus enseres privados e
hizo un guiño a Herod. Sonó el teléfono, Warbeck lo levantó, tranquilizó al
policía y colgó. Dio la vuelta a la mesa y extendió las llaves de su coche a
Joe.
—Baja hasta mi coche —le dijo—. Sabes donde está
aparcado. Abre la guantera y tráeme un envoltorio de papel manila que
encontrarás allí.
—Váyase al infierno —escupió Joe. Sus ojos estaban
aún llorosos.
—Haz lo que te digo —dijo Warbeck con firmeza.
—Espere un minuto, Warbeck —dijo Herod—. ¿Qué
significa esto? ¿Un nuevo tipo de técnica? Dije que haríamos lo que usted
quisiera, pero...
—Les voy a explicar porque estoy interesado en los
Buchanan —respondió Warbeck—. Y voy a hacer un trato con ustedes. Tienen lo que
yo necesito para localizar a un Buchanan en particular... usted y Joe. Mi
Buchanan tiene diez años de edad. Y tiene mucho más valor que toda vuestra
supuesta herencia.
Herod lo contempló con fijeza.
Warbeck colocó las llaves en la mano de Joe.
—Baja y trae el envoltorio, Joe —dijo—. Y mientras
él lo hace es mejor que usted arregle esa ventana rota.
El hombre condenado colocó el envoltorio de papel
manila pulcramente sobre sus rodillas.
—Un director de escuela —explicó— tiene que
supervisar las clases. Revisa los trabajos, estima los progresos, resuelve
dificultades y todo eso. Esto debe ser realizado al azar. Por muestras, quiero
decir. Tengo novecientos alumnos en mi escuela. No puedo supervisarlos a todos
individualmente.
Herod asintió. La mirada de Joe estaba vacía.
—Revisé algunos trabajos de alumnos de quinto grado
el mes pasado —continuo Warbeck—. Tropecé con este sorprendente documento. —
Abrió el envoltorio y sacó unas pocas hojas de papel de composición rayado
cubierto con borrones y tachaduras. — Fue escrito por Stuart Buchanan, de
quinto grado. Debe tener aproximadamente unos diez años. La composición se
titula: Mis vacaciones. Leedla y comprenderéis porque Buchanan debe ser
encontrado.
Entregó las hojas a Herod, quien cogió unas gafas
gruesas de montura de cuerno y las colocó balanceándose sobre su gruesa nariz.
Joe fue hacia atrás de la silla de Herod y espió por sobre su hombro.
Mis vacaciones
por
Stuart Buchanan
Este berano visité a mis amijos. Tengo 4 amijos y todos son muy benos.
Primero estube con Tommy que bive en el canpo y es astrónimo. Tommy construyó
su poprio telescopo con un espego de 6 pulgada de diameto que pulió el mimo. El
mira las estrella cada noche y me dega mirar aunque esté llobiendo a
cántaros...
—¿Pero qué demonios? —Herod levantó la vista,
fastidiado.
—Continúe leyendo. Continúe leyendo —dijo Warbeck.
a cántaros. Podemos ver las estrellas porque Tommy hizo una cosa que
coloca en el estremo del telescopo que se dispara como un foco y hace un
agujero en el cielo para ver a trabes de la llubia y de todo eso las estrellas.
—¿Ha terminado con el astrónomo? —preguntó Warbeck.
—No lo entiendo.
—Tommy se aburría esperando noches claras. Inventó
algo que perfora las nubes y la atmósfera... una especie de túnel de vacío, de
forma tal que puede utilizar su telescopio con cualquier tipo de clima. Lo que
fabricó parece algo así como un rayo desintegrador.
—Infiernos, si usted lo dice.
—Infiernos, no lo digo yo. Continúe leyendo.
Continúe le yendo.
Luego fui a lo de AnnMary y me quedé una sola
semana. Fue dibertido porque AnnMary tiene un canbiador de pinacas y remolacas
y judías.
—¿Qué infiernos es un "canbiador de
pinacas"?
—Espinacas. Cambiador de espinacas. La ortografía
nunca ha sido una de las virtudes de Stuart. "Remolacas" son
remolachas.
remolacas y judias. Cuando su madre nos las ace
comer AnnMary apreta el votan y quedan igual por afuera pero por dentro se acen
pastel. Ceresas y frutilla. Le pregunté a AnnMary como lo acia y me dijo que
por Enhv.
—Esto sí que no lo entiendo.
—Es simple. A Anne-Marie no le apetecen cosas como
los vegetales. Como es tan lista como Tommy, el astrónomo, inventó un
transmutador de materia. Transmuta espinaca en pastel. De cerezas o frutillas.
Le encanta el pastel. Como a Stuart.
—Usted está loco.
—Yo no. Los chicos. Son Genios. ¿Genios? ¿Qué estoy
diciendo? Harían que un genio pareciera un imbécil. No hay categorías para esos
chicos.
—No lo creo. Ese Stuart Buchanan tiene mucha
imaginación. Eso es todo.
—¿Eso cree? ¿Entonces que podemos decir de Enhv?
Así es como Anne-Marie transmuta la materia. Me llevó un tiempo descubrir que
era Enhv. Es la ecuación de Plank E=nhv. Pero leída. Leída. Pero lo mejor no ha
llegado aún. Espere a llegar a la perezosa Ethel.
Mi amigo Gorge contruye abiones de modelo muy
buenos y muy pequeños. Gorge tiene manos torpes pero ace honbrecillos de
arsilla modelada y les dice que los construyan para el.
—¿Qué significa esto?
—¿George, el constructor de aviones?
—Muy simple. Hace androides en miniatura...
robots... y ellos construyen los aviones para él. Muchacho listo, este George,
pero lea sobre su hermana, la perezosa Ethel.
Su hermana Ethel es la chica mas peresosa que he
bisto. Es muy grande y gorda y odia caminar. Así que cuando la madre la enbía
al mercado Ethel piensa en el mercado y piensa que trae todos los paqetes y
tiene que ocultarse en la abitación de Gorge hasta que párese que a ido y
buelto. Gorge y yo nos vurlamos de ella porque es gorda y peresosa pero ella
entra gratis en los sines y vio a Hoppalong Casidy como dieciseis beces.
Fin.
Herod contempló con fijeza a Warbeck.
—Es grande la niñita, Ethel —dijo Warbeck—. Es
demasiado perezosa para caminar, de modo que se teleporta. Así hace todo
endemoniadamente rápido. Tiene que ocultarse con los paquetes con George y
Stuart, que se burlan de ella.
—¿Teleporta?
—Así es. Se mueve de un lugar a otro sólo pensando
que está allí.
—Eso el algo que no existe —dijo Joe con
indignación.
—No existía hasta que apareció Ethel.
—No me lo creo —dijo Herod—. No creo nada de todo
—¿Cree que es sólo la imaginación de Stuart?
—¿Qué otra cosa?
—¿Qué me dice de la ecuación de Plank? ¿E igual
mhv?
—El chico inventó eso también. Coincidencia.
—¿No le parece demasiada coincidencia?
—Pudo haberlo leído en algún lado.
—¿Un niño de diez años? Tonterías.
—Se lo digo, no lo creo —vociferó Herod—. Déjeme
hablar con el chico cinco minutos y se lo probaré.
—Eso es exactamente lo que yo quiero hacer... sólo
que el chico desapareció.
—¿Qué significa eso?
—Desparecido por completo. Es por eso que he estado
buscando a toda la familia Buchanan en la ciudad. El día que leí la composición
y fui hasta el quinto grado en busca de Stuart Buchanan, éste había
desaparecido. No lo he visto desde entonces.
—¿Qué sucedió con su familia?
—La familia desapareció también —Warbeck se inclinó
hacia adelante intensamente.— Retenga bien esto: todo registro del chico y la
familia desaparecieron. Todo. Sólo unos pocos lo recuerdan vagamente, pero eso
es todo. Se han ido.
—¡Jesús! —dijo Joe—. Se largaron, ¿no?
—Esa es la palabra. Se largaron. Gracias, Joe.—
Warbeck echó un vistazo a Herod.— Esa es la situación. Hay un chico que hace
amistad con chicos genios. Y el énfasis es sobre el chico. Ellos hacen
fantásticos descubrimientos con propósitos infantiles. Ethel se teleporta
porque es demasiado perezosa para caminar. George hace robots que construyen
aeroplanos. Anne-Marie transmuta elementos porque odia las espinacas. Dios sabe
que pueden estar haciendo otros amigos de Stuart. Quizá haya algún Matthew que
ha inventado una máquina del tiempo para poder entregar en fecha sus deberes
escolares.
Herod agitó una mano débilmente.
—¿Por qué todos estos genios de golpe? ¿Qué
sucedió?
—No lo sé. ¿Escape radiactivo? ¿Fluoruros en el
agua corriente? ¿Antibióticos? ¿Vitaminas? Hemos estado manipulando demasiado
con la química estos días para saber que pudo haber sucedido. Yo quería
descubrirlo pero no pude. Stuart Buchanan actúa como un niño. Cuando comencé a
investigar se asustó y desapareció.
—¿También él es un genio?
—Probablemente. Los chicos generalmente hacen
amistad con chicos de su mismo interés y talento.
—¿Qué tipo de genio? ¿Cuál es su talento?
—No lo sé. Todo lo que sé es que ha desaparecido.
Cubrió todas sus huellas, destruyó todo papel que podía ayudar a localizarlo y
se desvaneció en el aire tenue.
—¿Cómo tuvo alcance a sus archivos?
—No lo sé.
—Quizás es una especie de ladrón —dijo Joe—. Un
experto en allanamiento y robo de casas, cosas de ese tipo.
Herod sonrió vagamente.
—¿Un genio salteador? ¿Una mente genial? ¿Una
especie de Moriarty?
—Podría ser un genio ladrón —dijo el hombre
condenado—, pero no dejemos correr la imaginación. Todo chico hace eso cuando
está metido en una crisis. O desean que eso nunca hubiera sucedido o desean
estar a un millón de millas de distancia. Stuart Buchanan puede estar a un
millón de millas de distancia, pero tenemos que encontrarlo.
—¿Encontrarlo para descubrir si es listo? —preguntó
Joe.
—No, para encontrar a sus amigos. ¿Tengo que
explicarles las cosas por escrito? ¿Cuánto pagaría el ejército por un rayo
desintegrador? ¿Cuánto valdría un transmutador de elementos? Si pudiéramos
construir robots vivientes, ¿acaso no seríamos ricos? Si pudiéramos
teleportarnos, ¿qué poderosos podríamos llegar a ser?
Hubo un silencio tenso, luego Herod se puso de pie.
—Señor Warbeck —dijo—, usted hace que Joe y yo
parezcamos principiantes. Gracias por dejarnos entrometer. Pagaremos los
gastos. Encontraremos a ese chico.
No es posible que alguien se desvanezca sin dejar
huellas... ni siquiera un probable genio delictivo. A veces es difícil
localizar esa huella... hasta para un experto en desapariciones. Pero hay una
técnica profesional desconocida para los aficionados.
—Ha estado siguiendo una pista equivocada —explicó
Herod con amabilidad al hombre condenado—. Cazar a un Buchanan detrás de otro.
No está corriendo en pos de un tipo extraviado. Debe observar alrededor de la
huella para ver si Stuart se le cayó algo.
—Un genio no dejaría caer nada.
—Concedamos que el chico es un genio. De tipo no
especificado. Concedamos cualquier cosa sobre él. Pero un crío es un crío. Debe
haberse olvidado de algo. Debemos buscarlo.
En tres días Warbeck fue introducido en los más
sorprendentes ángulos de búsqueda. Consultaron en la oficina postal de
Washington Heights sobre una familia Buchanan que vivía en la vecindad, y que
ahora se había mudado. ¿Hubo algún cambio de dirección postal? Ninguna.
Visitaron la junta electoral. Todos los votantes
están registrados. Si un votante se muda de un distrito electoral a otro, lo
usual es que deje un rastro de esa mudanza. ¿Había algún registro sobre los
Buchanan? Ninguno.
Llamaron a la compañía de gas y electricidad de
Washington Heights. Todos los abonados de gas y electricidad deben transferir
sus cuentas cuando se mudan. Si se mudan fuera de la ciudad, generalmente
exigen la devolución de sus depósitos. ¿Había algún registro de una familia
llamada Buchanan? Ninguno.
De acuerdo con las leyes estatales, todos los
conductores deben notificar al departamento de licencias cualquier cambio de
dirección o ser sujetos a penalidades que implicaban multas, o peor, prisión.
¿Había alguna notificación de una familia llamada Buchanan en el Departamento
de Automotores? No la había.
Preguntaron a la R-J Realty Corp., propietarios y
administradores de una multitud de viviendas en Washington Heights, en una de
las cuales la familia llamada Buchanan había arrendado un apartamento de cuatro
habitaciones. Los arrendatarios R-J, como muchos otros arrendatarios, exigían
los nombres y las direcciones de dos personas como garantía de los inquilinos.
¿Era posible saber el nombre de esos fiadores de los Buchanan? No era posible.
No había inquilinos con ese nombre en los archivos.
—Quizá Joe tuviera razón —se lamentaba Warbeck en
la oficina de Herod.— Quizás el chico es un genio ladrón. ¿Cómo pudo llegar
hasta cada papel para destruirlo? ¿Robo? ¿Soborno? ¿Allanamiento? ¿Amenazas?
¿Cómo lo hizo?
—Le preguntaremos cuando lo cacemos —dijo Herod con
serenidad—. Todo marcha bien. El chico ha borrado su rastro sobre la huella. No
ha olvidado nada. Pero existe un ángulo que nos salvará. Vayamos a ver al
conserje del edificio.
—Ya lo interrogué hace meses —objeto Warbeck—.
Recordaba a la familia en forma vaga eso es todo. No sabe a donde fueron.
—Sabe algo más, algo que un chico no se le
ocurriría borrar. Vamos hacia allí.
Fueron en coche hasta Washington Heights y
descendieron sobre el señor Jacob Ruysdale y su cena en el piso inferior del
edificio. Al señor Ruysdale no le agradó demasiado verse separado de sus
riñones y cebollas, pero fue persuadido por cinco dólares.
—¿Qué nos puede decir de la familia Buchanan?
—comenzó Herod.
—Ya le dije todo a ése antes, —interrumpió Ruysdale
señalando a Warbeck.
—De acuerdo. Olvidó hacer una pregunta. ¿Puedo yo
hacérsela ahora?
Ruysdale examinó el billete de cinco dólares y
asintió.
—Cuando alguien se muda dentro o fuera de un
edificio, el superintendente generalmente toma el nombre de la compañía de
mudanzas para prevención de daños. Lo sé. Es para proteger el edificio en caso
de roturas. ¿Correcto?
El rostro de Ruysdale se iluminó.
—¡Por Dios! —dijo—. Tiene razón, había olvidado
eso. El no me lo preguntó.
—No lo sabía. Usted tiene el nombre de la compañía
que hizo la mudanza de los Buchanan. ¿De acuerdo?
Ruysdale corrió a través del cuarto hasta una
desordenada librería. Extrajo un ruinoso bibliorato y lo abrió. Se mojó los
dedos y dio vuelta a las páginas.
—Aquí está —dijo—. La compañía Avon Moving. Camión
Nº G-4.
La compañía Avon Moving no tenía registros de la
mudanza de una familia Buchanan de un apartamento en Washington Heights.
—El chico ha sido muy cuidadoso en esto —murmuró
Herod.
Pero había un registro de los hombres que
trabajaron con el camión G-4 en ese día. Los hombres fueron entrevistados en un
momento de descanso. Sus memorias fueron refrescadas con whisky y dinero.
Recordaban el trabajo de Washington Heights muy vagamente. Había sido un día de
trabajo infernal porque habían tenido que ir hasta Brooklyn.
—¡Oh, Dios! —murmuró Warbeck—. ¡Brooklyn!
¿Qué dirección de Brooklyn? Cerca de Maple Park
Row. ¿Número? No pudieron recordar el número.
—Joe, compra un mapa.
Examinaron el mapa de las calles de Brooklyn y
localizaron Maple Park Row. Era algo así como el infierno, fuera de toda
civilización, y tenía veinte calles de largo.
—¡Y de esas calles de Brooklyn! —gruñó
Joe—. Dos veces más largas que cualquiera. Lo sé.
Herod se encogió de hombros.
—Estamos cerca —dijo—. El resto hay que hacerlo a
pie. Cuatro calles cada uno. Cubriremos cada casa, cada apartamento. Haremos
una lista de cada chico de unos diez años. Luego Warbeck podrá revisarla, si
están con un nombre supuesto.
—En Brooklyn hay un millón de crios de por
centímetro —protestó Joe.
—Hay un millón de dólares por día si podemos
encontrarlo. Ahora manos a la obra.
Maple Park Row era una larga y quebrada calle con
cinco grandes bloques de apartamentos. Sus aceras estaban llenas de cochecitos
de bebés y ancianas damas en sillas plegadizas. Sus bordillos estaban atestados
de coches aparcados. Entre cada bloque había patios para stickball[4] crudamente
pintados de blanco, con forma de diamantes elongados. Cada boca de cloaca era
una base meta.
—Igualito que el Bronx —dijo Joe con nostalgia—.
Hace diez años que no piso mi hogar en el Bronx.
Con tristeza se dirigió hacia su sector, eludiendo
automáticamente los juegos de pelota con la habilidad inconsciente del nativo
de la ciudad. Warbeck recordó su partida con simpatía porque Joe Davenport
nunca retornó.
El primer día, él y Herod imaginaron que Joe había
encontrado una huella fresca. Eso los alentó. El segundo día advirtieron que
una huella fresca no podía haberlo mantenido alejado cuarenta y ocho horas. El
tercer día tuvieron que encarar la verdad.
—Está muerto —dijo Herod llanamente—. El chico lo
cogió.
—¿Cómo?
—Lo asesinó.
—¿Un chico de diez años? ¿Un niño?
—Usted quería saber que tipo de genio era Stuart
Buchanan, ¿no? Se lo estoy diciendo.
—No lo creo.
—Entonces explique lo de Joe.
—Se marchó.
—No con un millón de dólares de por medio.
—Pero ¿dónde está el cuerpo?
—Pregúntele al chico. El es el genio. Probablemente
ha inventado algún truco que despistaría a Dick Tracy.
—¿Cómo lo asesinó?
—Pregúntele al chico. El es el genio.
—Herod, tengo miedo.
—Yo también. ¿Quiere dejarlo?
—No creo que podamos. Si el chico es peligroso,
tenemos que encontrarlo.
—¿Virtud cívica, eh?
—Llámelo así.
—Bien, yo seguiré pensando en el dinero.
Volvieron a Maple Park Row y el sector de Joe
Davenport. Fueron cautelosos, casi furtivos. Se separaron y comenzaron a
trabajar desde los extremos hacia el medio; en una casa, escaleras arriba,
apartamento por apartamento, hasta el último piso, luego abajo otra vez a
investigar el siguiente edificio. Era un trabajo lento y tedioso.
Ocasionalmente se veían fugazmente al otro extremo de la calle, cruzando de un
depresivo edificio a otro. Y fue en ese vislumbre fugaz que Warbeck vio por
última vez a Walter Herod.
Se sentó en su coche y esperó. Se sentó en su coche
y tembló.
—Iré a la policía —murmuró, sabiendo perfectamente
que no podía hacerlo—. El chico tiene un arma. Algo que ha inventado. Algo
tonto como lo de los otros. Una luz especial para jugar a las canicas de noche,
sólo que asesina hombres. Una máquina para jugar a las damas, sólo que
hipnotiza hombres. Ha inventado una banda de gansters robots para poder jugar a
los policías y ladrones y ellos se han ocupado de Joe y Herod. Es un niño
genial. Peligroso. Mortal. ¿Qué voy a hacer?
El hombre condenado salió del coche y caminó
pesadamente por la calle hacia el sector medio de Herod.
—¿Qué sucederá cuando Stuart Buchanan crezca? —se
preguntaba—. ¿Qué sucederá cuando el resto de ellos crezca? ¿Con Tommy y George
y Anne-Marie y la perezosa Ethel? ¿Por qué no echo a correr ahora? ¿Qué estoy
haciendo aquí?
Maple Park Row era polvorienta. Las ancianas
señoras estaban apartadas, plegando sus sillas como árabes. Los coches
aparcados permanecían en su sitio. Los partidos de stickball continuaban, pero
pequeños juegos habían comenzado bajo el destello de los postes de
iluminación... juegos con tapas de botella y cromos y monedas arrojadas. Sobre
su cabeza, la niebla púrpura de la ciudad se espesaba, y a través de ésta se
podía ver la chispita de Venus siguiendo al sol tras el horizonte.
—El debe conocer su poder —murmuraba agriamente
Warbeck—. Debe saber que es peligroso. Es por eso que huye. Es por eso que nos
ha destrozado, uno por uno, sonriendo para sí, es un chico hábil, un genio
delincuente y asesino...
Warbeck se detuvo en el medio de Maple Park Row.
—¡Buchanan! —gritó —. ¡Stuart Buchanan!
Los chicos cercanos detuvieron sus juegos y miraron
con la boca abierta.
—¡Stuart Buchanan! —la voz de Warbeck se quebraba
histéricamente. ¿Puedes oírme?
Su voz aguda llegó hasta el extemo más alejado de
la calle. Más juegos se detuvieron. Las rondas, la peste china, los tejos y el
escondite.
—¡Buchanan! —gritó Warbeck—. ¡Stuart Buchanan!
¡Sal, sal, dondequiera que estés!
El mundo pendía inmóvil.
En el callejón entre el 217 y el 219 de Maple Park
Row, jugando al escondite detrás de unos barriles de cenizas de los
incineradores, Stuart Buchanan escuchó su nombre y se acurrucó más aún. Tenía
unos diez años, estaba vestido con suéter, téjanos y zapatillas. Estaba
decidido y determinado a no ser cogido otra vez. Se mantendría oculto hasta que
pudiera echar a correr y llegar a su casa a salvo. Mientras se acuclillaba
confortablemente entre los bidones de ceniza, sus ojos captaron el brillo de
Venus, ahora bajo en el cielo occidental.
—Oh luminosa y brillante estrella —susurró con toda
inocencia—, primera estrella que veo esta noche. Deseo poder, deseo que puedas
concederme lo que deseo esta noche. —Hizo una pausa y consideró. Entonces
deseó. —Dios bendiga a Mami y Papi y a todos mis amigos y me haga un buen chico
y por favor hazme siempre feliz y deseo que todo el que intente molestarme se
vaya lejos... muy lejos... y me deje tranquilo para siempre.
En el medio de Maple Park Row, Marion Perkin
Warbeck dio un paso hacia adelante y tomo aliento para otro histérico aullido.
Y entonces estuvo en algún otro lado, caminando sobre una carretera que se
alejaba a lo lejos. Era una carretera recta y blanca que se extendía
infinitamente en la oscuridad, achicándose hacia adelante y hacia atrás
eternamente; una ruta silenciosa, solitaria y sin fin que se extendía lejos y
lejos y lejos.
Warbeck caminó pesadamente por esa carretera, con
sorprendido automatismo, incapaz de hablar, incapaz de detenerse, incapaz de
pensar en la infinita eternidad. Caminó y caminó un largo largo camino, incapaz
de volver hacia atrás. A su frente vio las minúsculas motas de otras figuras
atrapadas en esa ruta de un solo sentido hacia la eternidad. Había un punto que
debía ser Herod. Más allá de Herod había una mota que debía ser Joe Davenport.
Más allá de Joe podía ver una larga y menguante cadena de puntitos. Se giró una
vez con un esfuerzo convulsivo. Detrás de él, mortecina, y distante, una
figurita avanzaba pesadamente, y detrás de ella súbitamente se materializó
otra, y otra... y otra...
Mientras, Stuart Buchanan se acurrucaba detrás de
los barriles de cenizas y vigilaba alerta de no ser descubierto. Desconocía que
se había cargado a Warbeck. Desconocía que se había cargado a Herod, a Joe
Devenport y a muchos otros.
Desconocía que había inducido a sus padres a huir
de Washington Heights, que había destruido los papeles y documentos, recuerdos
y personas, por su simple deseo de estar solo. Desconocía que era un genio.
Su genialidad era desear.
ANTES LA VIDA ERA DISTINTA
Es para mí una fuente invariable de vergüenza
encontrar aburridas y tontas a las personas simples y normales. Me agradan,
pero prefiero no malgastar el tiempo con ellas. Siempre busco aquellas personas
que, al decir de Evelyn Waugh, tienen un "destello lunático" en los
ojos. Prefiero a los que iluminan todos sus actos con ese destello lunático. Es
obvio que es un caso de atracción por los iguales.
Así que cuando me sentí impulsado hacia un relato
de último hombre-última mujer, porque no tenía otra cosa que escribir, supe que
estaba tratando un tema gastado, pero pensé que sería divertido elaborar una
pareja de alocados que vieran el mundo a través de unos ojos lunáticos. Me
gustaban los dos meshugenahs, de modo que desarrollé la acción en uno de
mis lugares favoritos de Nueva York y escribí tanto que tuve que hacer acortar
la historia por un tercero. No sabía si la historia interesaría a los demás tanto
como a mí, y me sentí muy sorprendido cuando lo hizo. Interesó tanto que un
editor me pidió que escribiera una continuación, como paso previo para
convertirla en una novela. Por otra parte, un amigo gritó a voz en cuello
contra mí por escribir lo que él consideraba escenas pornográficas.
Este fulminante problema de pornografía y censura
no me afectó, porque una vena puritana de mi naturaleza siempre me previene de
hacer ese tipo de trabajo. Me opongo con todas mis fuerzas a cualquier tipo de
censura, sin embargo debo confesar que me siento disgustado por las escenas que
he diagramado para vosotros.
Supongo que todo depende de cómo y por qué fueron
escritas y por quién. En el colegio éramos conocidos por las palabrotas que
utilizábamos casualmente, y sin embargo ese mismo lenguaje se hace profano y
ofensivo cuando es utilizado por determinada gente. Nunca pude adivinar porqué.
¿Es por la forma en que es dicho, por la persona que lo dice, por la situación?
No lo sé.
Lo mismo sucede con el material escrito. Algunos
autores colocan las más ultrajantes escenas y nunca parecen ofensivos. Otros no
pueden describir un beso sin hacer algo obsceno. Por mi parte, nunca he tenido
la necesidad de ser explícito. Se puede, como muchos otros autores hacen,
insinuar más que mostrar... lo que me recuerda otro amigo y su hijo de cuatro
años.
El crío volvió a casa del parvulario muy
perturbado. Cuando el padre le preguntó la causa, contestó que otro chico lo
había llamado con una mala palabra.
—¿Qué te dijo?
—Oh, no puedo decirlo.
—¿Pero como voy a saber si es una mala palabra si
no me lo dices?
—No puedo decirlo. —El crío de cuatro años pensó un
momento. —Te lo deletrearé.
—De acuerdo. Deletréalo.
—Me dijo que yo era un... un FUBGH.
No hay mucho que decir sobre este simple ejemplo
del tema y variación, excepto que me encanta el título pero no veo que tiene
que ver con el relato. Mis años como director de revistas me han adiestrado en
el arte de escribir un título, y es un arte capturar la esencia de una pieza y
capturar al lector. Infortunadamente este relato fue escrito antes de mi
adiestramiento.
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L |
a chica que conducía el jeep era muy guapa y muy
nórdica. Llevaba el pelo rubio recogido hacia atrás en una cola de caballo,
pero lo tenía tan largo que parecía más bien la cola de una yegua. Llevaba
sandalias, unos téjanos gastados y nada más. Estaba bellamente bronceada.
Cuando hizo girar el jeep saliéndose de la Quinta Avenida y enfiló entre saltos
las escaleras de la biblioteca, sus senos danzaban encantadoramente.
Aparcó frente a la entrada de la biblioteca, salió
del coche, y estaba a punto de entrar cuando algo del otro lado de la calle
atrajo su atención. Miró, vaciló, se miró luego los téjanos e hizo una mueca.
Se los quitó y arrojó a las palomas que perpetuamente pían y se arrullan en las
escaleras de la biblioteca. Mientras éstas levantaban el vuelo asustadas, la
chica bajó corriendo hasta la Quinta Avenida, cruzó y se detuvo ante el
escaparate de una tienda. En él había un vestido de lana color ciruela, de cintura
alta, falda amplia y no demasiado apolillado. El precio era 79.90 dólares.
La chica vagó entre los viejos coches que estaban
aparcados en la avenida hasta que dio con un guardabarros suelto. Hizo trizas
con él la puerta de cristal de la tienda, entró, esquivando cuidadosamente los
fragmentos de cristal y buscó entre las polvorientas perchas. Era corpulenta y
no le resultaba fácil encontrar prendas de su talla. Por fin abandonó el
vestido color ciruela y se quedó con un tartán oscuro, talla doce de 120
dólares, rebajado a 99.90. Localizó un talón de facturas y un lápiz, sopló el
polvo y cuidadosamente escribió Debo 99.90. Linda Nielsen.
Regresó a la biblioteca y cruzó la puerta
principal, que había tardado una semana en abrir con una maza. Corrió a través
del gran vestíbulo, sucio de los excrementos de las palomas que entraban allí
libremente desde hacía cinco años. Mientras corría se cubría la cabeza con los
brazos para protegerse el pelo de las descargas de las aves. Subió las
escaleras; en el tercer piso entró en la Sala de Imprenta. Como siempre firmó
en el registro: Fecha: 20 de junio de 1981. Nombre: Linda Nielsen.
Dirección: Central Park, Estanque de Barcos de Juguete. Negocio o Empresa:
Último Hombre Sobre la Tierra.
Había tenido una larga discusión conmigo misma
sobre Negocio o Empresa la primera vez que entró en la biblioteca. Desde un
punto de vista estricto, ella era la última mujer sobre la tierra, pero había
pensado que si escribía eso parecería chauvinista y "Ultima Persona Sobre
la Tierra" parecía pedante, algo así como llamar pócima a una bebida.
Sacó carpetas de las estanterías y comenzó a
ojearlas. Sabía exactamente lo que quería; algo cálido con tonos azules que se
ajustase a un marco de cincuenta centímetros por ochenta para su dormitorio. En
una colección de Hiroshige, de incalculable valor, encontró un grabado con un
hermoso paisaje. Rellenó una ficha, la colocó cuidadosamente sobre la mesa del
bibliotecario y se fue con el grabado.
Abajo, se detuvo en la sala principal de
comunicación, se acercó a las estanterías posteriores y eligió dos gramáticas
italianas y un diccionario de italiano. Luego volvió al salón principal, salió
hacia su jeep, y colocó los libros y el grabado en el asiento delantero junto a
su acompañante, una exquisita muñeca de porcelana de Dresde. Cogió una lista
que decía:
Grab. Jap.
Italiano
Marco de 50 x 80
Sopa de Langosta
Limpiavajillas
Detergente
Limpiamuebles
Estropajo
Tachó los dos primeros artículos, colocó de nuevo
la lista en la guantera, entró en el vehículo y bajó a saltos las escaleras de
la biblioteca. Subió por la Quinta Avenida, esquivando los montones de
escombros. Cuando pasaba ante las ruinas de la Catedral de San Patricio, en la
calle Cincuenta, un hombre apareció de la nada.
Salió de entre los escombros y, sin mirar ni a
derecha ni a izquierda, comenzó a cruzar la avenida frente a ella. Ella lanzó
un gritó, tocó la bocina, que no sonó, y frenó tan precipitadamente que el jeep
derrapó y fue a dar contra los restos de un autobús Nº 3. El hombre lanzó un
chillido, dio un salto de tres metros y luego se quedó paralizado, mirándola.
—Gilipollas de mierda —gritó ella—. ¿Por qué no
mira por donde va? ¿Se cree dueño de la ciudad?
El la miraba sin poder articular palabra. Era un
hombre alto, de pelo tupido y rizado, barba pelirroja y piel curtida. Vestía
uniforme de fajina del ejército, pesadas botas de esquiador y llevaba una
hinchada mochila de lana y una manta. Llevaba también una maltrecha escopeta de
caza y los bolsillos llenos de cosas. Parecía un explorador.
—Dios mío —murmuró al fin con voz áspera—. Alguien
al fin. Lo sabía. Siempre supe que encontraría a alguien. —Luego advirtió su
hermoso y largo pelo, y bajó los ojos. — Pero una mujer —murmuró—. Que mala
suerte de mierda...
—¿Qué le ocurre? ¿Está chiflado? —exclamó ella—.
¿No le enseñaron a no cruzar con el semáforo en rojo?
El miró a su alrededor desconcertado.
—¿Qué semáforo?
—Bueno, está bien, no hay semáforos, ¿pero no
podría mirar por dónde camina?
—Lo siento, señorita. A decir verdad no esperaba
que hubiese tránsito.
—Es una cuestión de sentido común —gruñó ella,
apartando el jeep del autobús.
—Eh, señorita, espere un momento.
—¿Sí?
—Escuche, ¿sabe usted algo de TV? De electrónica o
como le digan...
—¿Está intentando hacerse el gracioso?
—No, hablo en serio. De veras.
Ella soltó un bufido e intentó continuar su camino
por la Quinta Avenida pero él no se apartaba para dejarle paso.
—Por favor, señorita —insistió—. Tengo buenas
razones para preguntarlo. ¿Sabe algo o no?
—No.
—¡Mierda! Nunca una ayuda. Señorita, perdóneme, no
pretendo ofenderla, pero dígame, ¿hay alguien más en esta ciudad?
—No hay nadie más que yo. Yo soy el último hombre
sobre la tierra.
—Qué curioso. Siempre pensé que lo era yo.
—Muy bien, pues soy la última mujer sobre la
tierra.
El movió la cabeza negando.
—Tiene que haber alguien más. Es lógico. Al sur,
quizá. Yo vengo de New Haven, y supuse que si me dirigía hacia donde el clima
era más calido, encontraría tipos a los que podría preguntarles algo.
—¿Preguntar qué?
—Oh, una mujer no lo entendería. No se ofenda.
—Bueno, si quiere usted seguir hacia el sur va en
dirección contraria.
—Esto es el sur, ¿no? —preguntó señalando la Quinta
Avenida hacia abajo.
—Sí, pero acabará en un callejón sin salida.
Manhattan es una isla. Lo que tiene que hacer es ir hacia arriba y cruzar a
Jersey por el puente George Washington.
—¿Hacia arriba? ¿Por dónde?
—Tiene que ir por la Quinta Avenida arriba hasta
Cathedral Parkway, luego tiene que seguir hasta el West Side y luego por el
Riverside. No puede perderse.
El la miró azorado.
—¿Es forastero?
El asintió.
—Bien, está bien —dijo ella—. Suba. Lo llevaré.
Trasladó los libros y la muñeca de .porcelana al
asiento trasero y él se sentó a su lado. Mientras arrancaba miró sus gastadas
botas de esquiador.
—Ha caminado mucho, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por qué no conduce? Puede encontrar fácilmente un
coche que funcione. Aceite y gasolina hay en abundancia.
—No sé conducir —dijo él con tristeza—. Es el drama
de mi vida.
Lanzó un suspiro, y esto hizo que la mochila
chocase aparatosamente contra el hombro de ella. Lo examinó con el rabillo del
ojo. Tenía pecho vigoroso, un torso largo y sólido y piernas fuertes. Sus manos
eran grandes y fuertes, y en el cuello se abultaban los músculos. Quedó un
momento pensativa y luego hizo un gesto de asentimiento y paró el jeep.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Se ha estropeado?
—¿Cómo te llamas?
—Mayo. Jim Mayo.
—Yo soy Linda Nielsen.
—Ya. Encantado de conocerla. ¿Qué le ha pasado al
coche?
—Jim, quiero hacerte una proposición.
—¿Sí? —la miró dubitativa—. Escucharé con mucho
gusto señorita... quiero decir, Linda. Pero debo decirte que tengo que hacer
una cosa que me mantendrá ocupado durante mucho tiem... —su voz se perdió al
huir de la intensa mirada ella.
—Jim, si tú haces algo por mí, yo haré algo por ti.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Bien, yo me siento terriblemente sola, por las
noches. Durante el día no es tan terrible —siempre hay montones de tareas que
te mantienen ocupada—, pero de noche es sencillamente horrible.
—Sí, lo sé —murmuró él.
—Tengo que hacer algo para resolverlo.
—Pero, ¿qué puedo hacer yo? —preguntó el, nervioso.
—¿Por qué no te quedas un tiempo en Nueva York? Si
lo haces, te enseñaré a conducir y te buscaré un coche para que no tengas que
seguir hacia el sur caminando.
—Vaya, es una buena idea. ¿Resulta difícil aprender
a conducir?
—Podría enseñarte en un par de días.
—Yo no aprendo las cosas tan deprisa.
—Está bien, un par de semanas, pero piensa en el
tiempo que ahorrarás a la larga.
—Sí —dijo—, parece una gran idea. —Luego apartó
otra vez la mirada. —Pero, ¿qué he de hacer yo por ti?
La emoción iluminó la cara de ella.
—Jim, quiero que me ayudes a trasladar un piano.
—¿Un piano? ¿Qué piano?
—Un piano Steinway de palo rosa que hay en la calle
Cincuenta y Siete. Me muero de ganas de tenerlo en casa. El salón está
pidiéndolo a gritos.
—Oh, ¿quieres decir que estás amueblando?
—Sí, pero además es que quiero tocar después de la
cena. Uno no puede estar oyendo discos siempre. Lo tengo todo planeado; tengo
libros que enseñan a tocar, libros que explican cómo hay que afinar un piano...
Lo he previsto todo, pero no puedo trasladar el piano.
—Sí, pero... en esta ciudad hay apartamentos con
piano —objetó él—. Debe de haber centenares, como mínimo. Entra en razón. ¿Por
qué no vives en uno de ellos?
—¡Jamás! Me gusta mi casa. Me he pasado cinco años
decorándola, y es maravillosa. Además está el problema del agua.
El asintió.
—El agua es siempre una pesadilla. ¿Cómo te las
arreglas?
—Vivo en la casa de Central Park donde guardaban
los modelos de yates. Queda frente al estanque. Es un sitio encantador, y lo
tengo muy arreglado. Podríamos llevar allí el piano entre los dos, Jim. No
sería difícil.
—Bueno, no sé, Lena...
—Linda.
—Perdóname. Linda. Yo...
—Pareces bastante fuerte. ¿Qué era lo que hacías
antes?
—Era luchador profesional.
—¡Vaya! Sabía que eras fuerte.
—Bueno, pero ya no soy luchador. Entré a trabajar
de camarero y luego me introduje en el negocio de los restaurantes. Abrí uno en
New Haven. Se llamaba "The Body Slam", quizá hayas oído hablar de él.
—No, lo siento.
—Era muy famoso entre la gente del deporte. ¿Qué
hacías tú antes?
—Era investigadora de la BBDO.
—¿Qué es eso?
—Una agencia de publicidad —explicó ella con
impaciencia—. Ya hablaremos de eso más tarde, si te quedas. Yo te enseñaré a
conducir, y trasladaremos el piano, y hay unas cuantas cosas más que yo... pero
pueden esperar. Después podrás seguir hasta el sur.
—Caramba, Linda, no sé...
Ella cogió las manos de Mayo.
—Vamos, Jim, sé bueno. Puedes quedarte conmigo. Soy
una cocinera magnífica, y tengo una encantadora habitación para huéspedes...
—¿Para qué? Quiero decir, si pensabas que eras el
último hombre sobre la tierra...
—Esa es una pregunta estúpida. Una casa como es
debido tiene que tener una habitación de huéspedes. Te encantará mi casa, ya lo
verás. He convertido los parques en una granja y huerto, y se puede nadar en el
estanque, y te conseguiremos un Jaguar nuevo... sé donde hay uno maravilloso.
—Creo que preferiría un Cadillac.
—Puedes elegir a tu gusto. Así que, ¿qué me dices,
Jim? ¿Cerramos el trato?
—De acuerdo, Linda —murmuró él a regañadientes—. Lo
cerramos.
Era realmente una casa encantadora, con su tejado
de pagoda de un color entre cobre gastado y verde grisáceo, paredes de piedra,
y profundas ventanas embutidas. A la suave luz del sol de junio el estanque
oval que había ante ella tenía un brillo azulado, y en él graznaban y
chapoteaban afanosamente los patos. En las suaves laderas cubiertas de hierba
que formaban un cuenco alrededor del estanque había bancales cultivados. La
casa se orientaba al oeste, y tras ella se extendía el Central Park como una heredad
baldía.
Mayo contempló el estanque pensativo.
—Debería tener veleros.
—La casa estaba llena de ellos cuando me trasladé
aquí —dijo Linda.
—Yo siempre quise tener un modelo de velero cuando
era niño. Una vez, incluso... —Mayo se interrumpió—. Un ruido penetrante llegó
hasta ellos procedente de un lugar indeterminado; era una serie irregular de
pesados golpes que sonaban como piedras arrastradas por el agua. Se detuvo tan
bruscamente como había comenzado—. ¿Qué fue eso? —preguntó.
—No estoy segura —contestó Linda encogiéndose de
hombros—. Creo que es la ciudad derrumbándose. De vez en cuando se ven caer los
edificios. Uno se acostumbra. —Recuperó su entusiasmo. —Ahora vamos adentro.
Quiero enseñarte todo.
Linda explotaba de orgullo mientras prodigaba
detalles de la decoración al desconcertado Mayo, impresionado por el salón
Victoriano, el dormitorio Imperio y la cocina estilo rústico con un hornillo de
keroseno en perfecto estado. La habitación de huéspedes colonial, con la cama
endoselada, gruesa alfombra y lámparas Tole, le irritó.
—Es demasiado femenina, ¿no crees?
—Naturalmente. Soy una chica.
—Sí. Claro. Quiero decir... —Mayo miró a su
alrededor dubitativamente. —Bueno, un hombre está acostumbrado a cosas menos
delicadas. No te enfades.
—No te preocupes. Esa cama es bastante fuerte. Pero
no lo olvides, Jim, no pongas los pies en el cobertor, retíralo de noche. Si
tienes los zapatos sucios, quítatelos antes de entrar. Cogí esa alfombra del
museo y no quiero que se estropee. ¿Tienes ropa?
—Sólo lo que llevo puesto.
—Tendremos que elegir prendas nuevas mañana. Lo que
llevas está tan sucio que no merece la pena lavarlo.
—Oye —dijo él desesperadamente—, creo que va a ser
mejor que acampe en el parque.
—¿Por qué diablos...?
—Bueno, estoy más acostumbrado al aire libre que a
las casas. Pero no te preocupes por eso, Linda. Estaré cerca por si me
necesitas.
—¿Por qué habría de necesitarte?
—No tienes más que gritar.
—Tonterías —dijo Linda con firmeza—. Eres mi
huésped y te quedarás aquí. Ahora lávate un poco; voy a hacer la cena. ¡Oh,
maldita sea! Me olvidé de coger la sopa de langosta.
Linda obsequió a Mayo con una magnífica cena de
productos enlatados, servida en una excelente vajilla de porcelana Cornisetti y
cubiertos de plata daneses. Era una típica comida de chica, y Mayo seguía
teniendo hambre al terminar, pero era demasiado educado para decirlo. Estaba,
además, demasiado exhausto para inventar una excusa y salir a buscar algo más
sustancioso. Se tumbó en la cama, acordándose de quitarse los zapatos, pero
olvidándose del cobertor.
A la mañana siguiente, lo despertó un sonoro
graznido y un repiqueteo de alas. Bajó de la cama y se acercó al ventanal justo
a tiempo para ver a los patos desalojados del estanque por lo que parecía un
globo rojo. Cuando se sacudió las brumas del sueño vio que era un gorro de
baño. Se acercó al estanque, estirándose y bostezando. Linda gritó alegremente
y nadó hacia él. Salió del estanque y el gorro de baño era todo lo que llevaba
puesto. Mayo retrocedió, apartándose del chapoteo y las salpicaduras.
—Buenos días —dijo Linda—. ¿Has dormido bien?
—Buenos días —dijo Mayo—, No sé. La cama me produjo
agujetas en la espalda. El agua debe de estar muy fría. Tienes carne de
gallina.
—Que va, está estupenda. —Se quitó el gorro y
desplegó su pelo. —¿Dónde está esa toalla? Ah, aquí está. Vamos, al agua Jim.
Después te sentirás como nuevo.
—No me gusta cuando está fría.
—No seas marica.
Un estruendo atronador desgarró la tranquila
mañana. Mayo alzó la vista hacia el cielo despejado con asombro.
—¿Qué demonios fue eso? —exclamó.
—Mira —dijo Linda.
—Parecía un avión supersónico.
—¡Allí! —gritó ella, señalando hacia el oeste—.
¿Ves?
Uno de los rascacielos del West Side se desmoronaba
majestuosamente, desplegando una lluvia de ladrillos y cascotes. Momentos
después oyeron el estruendo del derrumbe.
—¡Hombre, qué espectáculo! —murmuró Mayo
sobrecogido.
—Decadencia y caída de la ciudad imperial. Uno
acaba acostumbrándose. Ahora date un chapuzón, Jim. Te traeré una toalla.
Linda entró corriendo en la casa. El se quitó los
calzoncillos y los calcetines, pero seguía al borde del estanque, metiendo
tímidamente un pie en el agua, cuando ella volvió con una inmensa toalla de
baño.
—Está terriblemente fría, Linda —gimió.
—¿No te dabas duchas frías cuando eras luchador?
—Qué va, nunca. Siempre con agua muy caliente.
—Jim, si te quedas ahí, nunca te bañarás. Estás
empezando a temblar. ¿Qué es eso que tienes en la cintura? ¿Un tatuaje?
—¿Qué? Oh, sí. Es una pitón, en cinco colores. Da
la vuelta, ¿ves? —se giró orgulloso—. Me lo hice cuando estuve en el ejército
en Saigón en el sesenta y cuatro. Es una pitón tipo oriental. Elegante, ¿no?
—¿No te dolió?
—La verdad es que no. Los hay que dicen que el
tatuaje es una especie de tortura china. Pero es puro cuento. Más que nada es
una especie de picazón, como cosquillas.
—¿Fuiste soldado en el sesenta y cuatro?
—Sí.
—¿Cuántos años tenías?
—Veinte.
—¿Entonces tienes treinta y siete ahora?
—Treinta y seis; voy a cumplir treinta y siete.
—Entonces has encanecido prematuramente.
—Supongo que sí.
Linda lo contempló pensativa.
—Te advierto que si te das un chapuzón es mejor que
no te mojes la cabeza.
Linda volvió corriendo a la casa. Mayo, avergonzado
de sus vacilaciones, se tiró de pie al estanque. Allí se quedó con el agua
hasta el pecho, salpicándose la cara y los hombros, hasta que regresó Linda.
Traía un taburete, unas tijeras y un peine.
—¿Verdad que está estupenda? —preguntó.
—No.
Linda se echó a reír.
—Bueno, sal. Voy a cortarte un poco el pelo.
Mayo salió del estanque. Se secó y se sentó
obediente en el taburete mientras Linda le cortaba el pelo.
—La barba también —insistió Linda—. Quiero ver qué
aspecto tienes en realidad.
Le cortó la barba lo suficiente para que pudiera
afeitarse, lo inspeccionó y asintió con satisfacción.
—Muy guapo.
—Oh vamos —dijo Mayo ruborizándose.
—En la cocina hay un cubo con agua caliente. Ve y
aféitate. No te molestes en vestirte. Después del desayuno buscaremos ropa
nueva, y luego... el Piano.
—No podría andar por la calle desnudo —dijo él,
asombrado.
—No seas tonto. ¿Quién va a verte? Date prisa.
Bajaron hasta Abercrombie & Fitch, entre
Madison y la Cuarenta y Cinco, Mayo recatadamente envuelto en su toalla. Linda
le explicó que llevaba años siendo cliente y le enseñó el montón de facturas
que había acumulado. Mayo las examinó con curiosidad mientras ella le tomaba
medidas y elegía, la ropa. Cuando ella regresó cargada de prendas, él estaba
casi indignado.
—Jim, he encontrado unos mocasines de alce
magníficos, y un traje safari, y calcetines de lana, y camisas marineras, y...
—Oye —la interrumpió él—, ¿sabes cuánto sube tu
cuenta? Casi mil cuatrocientos dólares.
—¿De veras? Ponte primero los calzoncillos. No hace
falta plancharlos y se secan enseguida.
—Pero tú estás loca, Linda. ¿Para qué demonios
querías todas estas cosas que compraste?
— ¿Te van bien los calcetines? ¿Qué cosas? Lo
necesitaba todo.
— ¿Sí? ¿Necesitabas por ejemplo...? —repasó las
facturas—. ¿Necesitabas, por ejemplo, estas gafas submarinas con lentes de
plástico, de nueve noventa y cinco? ¿Para qué?
—Para poder limpiar el fondo de la piscina.
—¿Y qué me dices de esta cubertería de acero
inoxidable para cuatro, de treinta y nueve cincuenta?
—Cuando tengo pereza y no me apetece calentar agua,
puedo lavar los cubiertos de acero inoxidable en agua fría. —Se quedó
contemplándolo admirada. — Oh, Jim, mírate en un espejo. Tienes un aire de
verdadero galán romántico como ese cazador del relato de Hemingway.
El meneó la cabeza, sin hacerle caso.
—No sé como vas a salir de ésta. Tienes que vigilar
tus gastos, Linda. ¿No crees que es mejor que nos olvidemos de ese piano?
—Ni hablar —dijo ella, con firmeza—. No me importa
lo que cueste. Un piano es una inversión para toda la vida, y merece la pena.
Linda estaba muy nerviosa y excitada mientras iban
calle arriba hacia la sala de exhibición Steinway. Tras una larga tarde de
esfuerzos musculares con la ayuda de cuerdas y rodillos a lo largo de la Quinta
Avenida, consiguieron llevar el piano a su lugar en la casa de Linda. Mayo hizo
una comprobación final para asegurarse de que estaba firmemente asentado, y
luego se derrumbó, exhausto en el sofá.
— ¡Dios mío! —masculló—. Habría sido más fácil seguir
caminando hacia el sur.
— ¡Jim! —Linda corrió hacia él y le dio un fervoroso
abrazo—. Jim eres un ángel. ¿Te encuentras bien?
—Estoy perfectamente —gruñó él—. Déjame Linda. No
puedo respirar.
—No sé como darte las gracias. Llevo siglos soñando
con esto. No sé como voy a pagarte. Pídeme lo que quieras.
—Bueno —dijo él—, me cortaste el pelo...
—Hablo en serio.
—¿No vas a enseñarme a conducir?
—Desde luego. Lo más deprisa posible. Es lo menos
que puedo hacer.
Linda retrocedió hasta un sillón y se sentó, los
ojos fijos en el piano.
—No armes tanto escándalo por nada —dijo él,
levantándose.
Se sentó ante el teclado, lanzó una sonrisa tímida
por encima del hombro a Linda, y luego comenzó a teclear torpemente
el Minueto en Sol.
Linda se incorporó asombrada.
—Sabes tocar —murmuró.
—Sí. De muchacho tocaba el piano.
—¿Sabes leer música?
—Sabía.
—¿Podrías enseñarme?
—Supongo que sí; es bastante difícil. Mira, ésta es
otra pieza que tuve que aprender.
Comenzó a mutilar Murmullo de Primavera. Con
el piano desafinado y sus errores, sonaba fatal.
—Maravilloso —balbució Linda—. ¡Maravilloso!
Tenía los ojos clavados en su espalda y había en su
rostro una expresión firme y decidida. Se levantó, se acercó lentamente a él y
apoyó las manos en sus hombros.
El alzó los ojos hacia ella.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—Nada —contestó ella—. Tú toca el piano. Yo
prepararé la cena.
Pero tan preocupada se mostró durante el resto de
velada, que Mayo se puso nervioso. Se fue a la cama muy temprano.
A las tres del día siguiente dieron con un coche
que funcionaba, y no fue un Cadillac sino un Chevrolet... no descapotable,
porque a Mayo no le gustaba la idea de conducir a la intemperie en un
descapotable. Salieron con él del garaje de la Décima Avenida y regresaron al
East Side, donde Linda se sentía más a gusto. Confesó que las fronteras de su
mundo iban de la Quinta Avenida a la Tercera y de la calle Cuarenta y Dos a la
Ochenta y Seis. Fuera de estos límites se sentía incómoda.
Cedió el volante a Mayo y le dejó bajar y subir por
la Quinta y Madison practicando arrancadas y paradas. Rozó cinco coches
arruinados, se le caló once veces, dio marcha atrás contra un escaparate que,
afortunadamente, no tenía cristales. Temblaba de nerviosidad.
—Es-difícil de veras —se quejó.
—Cuestión de práctica —dijo ella,
tranquilizándolo—. No te preocupes. Te prometo que acabarás siendo un
especialista aunque tardemos un mes.
—¡Un mes!
—Dijiste que eras lento para aprender, ¿no? No me
eches la culpa a mí. Para aquí un momento. El detuvo el Chevy. Linda salió.
—Espérame.
—¿Qué pasa? —Es una sorpresa.
Linda entró corriendo a una tienda y salió al cabo
de media hora con un vestido negro de fiesta ceñido como un guante, un collar
de perlas y zapatos de tacón alto. Llevaba el pelo recogido en una especie de
corona. Mayo la contempló asombrado cuando entraba en el coche.
—¿Pero que es esto? —preguntó.
—Parte de la sorpresa. Gira hacia el este en la
Cincuenta y Dos.
El puso en marcha laboriosamente el coche y se
dirigió hacia el este.
—¿Por qué te has vestido de noche?
—Es un traje de cocktail.
—¿Para qué?
—Es la ropa adecuada para el lugar al que vamos.
¡Cuidado, Jim! —Linda desvió el volante esquivando una ruinosa ambulancia.— Voy
a llevarte a un restaurante famoso.
—¿A comer?
—No, tonto, a tomar una copa. Eres mi huésped y
tengo que distraerte. Es ahí a la izquierda. Mira a ver si hay sitio para
aparcar.
El aparcó abominablemente. Al bajar del coche, se
detuvo y empezó a olisquear con curiosidad.
—¿Hueles eso? —preguntó.
—¿El qué? —dijo ella.
—Esa especie de olor dulzón.
—Es mi perfume.
—No, el algo que está en el aire, algo dulzón...
Conozco ese olor, pero no recuerdo exactamente qué es.
—No te preocupes. Entremos. —Lo condujo al interior
del restaurante.— Deberías llevar corbata —murmuró—, pero podremos arreglarnos
también así.
A Mayo no le impresionó gran cosa la decoración del
restaurante, pero le fascinaron los retratos de celebridades que había colgados
en el bar. Pasó varios minutos absorto, quemándose los dedos con cerillas,
mientras contemplaba a Mel Alien, Red Barber, Casey Stengel, Frank Gifford y
Rocky Marciano. Cuando por fin volvió Linda de la cocina con una vela
encendida, se volvió hacia ella entusiasmado.
—¿Viste alguna vez aquí a alguno de estos ídolos de
la televisión?
—Supongo que sí. ¿Que te parece si tomamos una
copa?
—Claro, cómo no. Pero quiero hablar más de esos
actores de TV.
La siguió hasta uno de los taburetes de la barra,
sopló el polvo y la ayudó a sentarse con la mayor cortesía. Luego, saltó al
otro lado de la barra, sacó su pañuelo y limpió la superficie de caoba con
destreza profesional.
—Esta es mi especialidad —dijo con una mueca
burlona. Asumió inmediatamente la actitud impersonalmente amistosa de los
camareros—. Buenas noches, señora. Hermosa noche. ¿Qué desea?
—¡Ay, Dios mío, vaya día que he tenido hoy en el
trabajo! Un Martini seco con hielo. Que sea doble, por favor.
—Desde luego, señora. ¿Aceituna?
—Cebolla.
—Gibson doble seco en las rocas. Muy bien. —Mayo
buscó tras la barra y sacó al fin whisky, gin y varias botellas de soda, sólo
parcialmente evaporadas por el cierre sellado.— Lo siento pero creo que se han
acabado los Martinis, señora. ¿Qué prefiere en su lugar?
—Oh, eso me gusta. Whisky, por favor.
—Esta soda no tendrá gas —advirtió—, y no hay
hielo.
—No importa.
El enjuagó un vaso con soda y sirvió whisky en él.
—Gracias. Tome uno a mi cargo, camarero. ¿Cómo se
llama?
—Me llaman Jim, señora. No, gracias. Nunca bebo
cuando trabajo.
—Entonces, deje su trabajo y pase aquí conmigo.
—Nunca bebo fuera de mi trabajo, señora.
—Puedes llamarme Linda.
—Gracias, señorita Linda.
—¿Hablas en serio cuando dices que nunca bebes,
Jim?
—Sí.
—Bueno, felices días.
—Y largas noches.
—Eso me gusta, también. ¿Es tuyo?
—Bueno, no sé. Simple rutina de camarero. Muy
especialmente con los hombres, ¿sabes? Resulta sugestivo. No te ofendas.
—No me ofendo.
—¡Abejas! —exclamó Mayo.
Linda le miró desconcertada
—¿Cómo abejas?
—Ese olor. Así es como huelen las colmenas.
—¡Oh! Yo no sé como huelen las colmenas —dijo ella
con indiferencia—. Sírveme otro, por favor.
—Ahora mismo. Pero, dime, a esas celebridades de la
televisión, ¿las viste realmente aquí, en persona?
—Claro. Felices días, Jim.
—Debían venir aquí los sábados, ¿no?
—¿Por qué los sábados? —preguntó Linda.
—Día libre.
—Ah.
—¿A qué actores de la televisión viste?
—Todos los que puedas nombrar, los he visto yo
—lanzó una carcajada—. Me recuerdas al chico de la puerta de al lado. Siempre
tenía que decirle las celebridades a las que había visto. Un día le conté que
había visto aquí a Jean Arthur y me dijo: "¿Con su caballo?"
Mayo no entendió el chiste, pero se sintió herido,
sin embargo. En el momento en que Linda iba a aplacar su irritación, el bar
empezó a temblar .suavemente, y se inició al mismo tiempo un estruendo
subterráneo. Venía de muy lejos, parecía aproximarse lentamente y luego se
desvaneció. Cesó el temblor también. Mayo miró fijamente a Linda.
—¡Jesús! ¿Crees que se va a derrumbar este
edificio?
—No —dijo ella negando con un gesto—. Cuando se
derrumban, lo hacen siempre con un bum. ¿Sabes a que se parecía ese sonido? Al
del metro en la Avenida Lexington.
—¿El metro?
—Sí, el metro. El tren local.
—Qué disparate. ¿Cómo iba a estar funcionando el
metro?
—Yo no dije que fuese. Dije que parecía.
Déme otro, por favor.
—Necesitamos más soda. —Mayo exploró y reapareció
con botellas y una gran lista de precios; estaba pálido.— Es mejor que te lo
tomes con calma, Linda —dijo—. ¿Sabes cuánto cobran por una copa? Un dólar
setenta y cinco. Mira.
—Al diablo el dinero. Vivamos un poco. Póngamelo
doble, camarero. ¿Sabes lo que te digo, Jim? Si te quedases en la ciudad podría
enseñarte donde vivían todos tus héroes. Gracias. Felices días. Podría llevarte
a la BBDO y enseñarte todas sus grabaciones y sus películas. ¿Qué te parece?
Ídolos como... como Red... ¿Qué más?
—Barber.
—Red Barber, y Rocky Gifford, y Rocky Casey, y
Rocky la Ardilla Voladora.
—Estás burlándote de mí —dijo Mayo, ofendido de
nuevo.
—¿Yo? ¿Burlándome? —dijo Linda con dignidad—. ¿Por
qué iba yo a hacer una cosa así? Sólo intentaba ser agradable. Sólo pretendía
que lo pasases bien un rato. Mi madre me decía: "Linda no olvides nunca
esto con ningún hombre; ponte lo que él quiera y di lo que le guste", eso
me decía. ¿Te gusta este vestido? —preguntó.
—Me gusta, sí; me gusta mucho.
— ¿Sabes cuánto pague por él? Noventa y nueve dólares
con cincuenta.
— ¿Qué? ¿Cien dólares por una cosa como ésa? Por ese
trapillo negro...
—No es ningún trapillo negro. Es un traje de
cocktail de clásico. Y pagué veinte dólares por las perlas. De imitación
—explicó—. Y sesenta por los zapatos. Y cuarenta por el perfume. Doscientos
veinte dólares por complacerte. ¿Te sientes complacido?
—Claro.
—¿Quieres olerme?
—Ya lo hice.
—Camarero, póngame otro.
—Lo siento pero no puedo servirle más, señora.
—¿Por qué no?
—Ya ha bebido bastante
—Aún no he bebido bastante —replicó Linda
indignada—. ¡Qué modales son ésos! —Cogió la botella de whisky.— Vamos, tomemos
unos tragos y hablemos de los ídolos de la televisión. Felices días. Podría
llevarte a la BBDO y enseñarte las grabaciones y las películas. ¿Qué te parece?
—Ya me lo has preguntado.
—No me contestaste. Podría enseñarte también
películas. ¿Te gusta el cine? Yo lo odio, no puedo soportarlo. El cine me salvó
la vida cuando la gran explosión.
—¿Cómo fue eso?
—Es un secreto, ¿sabes? Que quede entre tú y yo. Si
otra agencia se enterase... —Linda miró a su alrededor y luego bajó la voz.— La
BBDO localizó aquel gran depósito de películas mudas. Películas perdidas,
sabes. Nadie sabía que estaban allí. Podían ser una serie magnífica para la
televisión. Así que me enviaron a aquella mina abandonada, a Jersey, para hacer
un inventario.
— ¿En una mina?
— Eso es. Felices días.
—¿Por qué estaban en una mina?
—Eran películas viejas, nitrato. Son inflamables, y
además se podrían pudrir. Había que almacenarlas como el vino. Por eso. Así que
me llevé a dos de mis ayudantes a pasar un fin de semana allá abajo,
comprobando.
—¿Estuvisteis en la mina un fin de semana entero?
—Aja. Tres chicas. De viernes a lunes. Ese era el
plan. Pensamos que resultaría divertido. Felices días. Así que... ¿Dónde
estaba? Ah, si, pues cogimos luces, mantas, ropa blanca, utensilios de picnic,
todo lo necesario y nos pusimos a trabajar. Recuerdo exactamente el momento de
la explosión. Estábamos en el tercer rollo de una película de la
UFA, Gekronter Blumenorden en der Pegnitz. Teníamos el rollo uno, el dos,
cuatro, el cinco y el seis. Nos faltaba el tres. ¡Bang! Felices días.
—Jesús ¿Y qué pasó entonces?
—Mis chicas se asustaron mucho. No pude mantenerlas
allí. No volví a verlas. Pero yo sabía que había ocurrido. Lo sabía. Prolongue
aquel picnic indefinidamente. Me quedé sin comida, pero no salí. Por fin, tuve
que hacerlo, y ¿para qué? —comenzó a gemir—. Nadie. No quedaba nadie. Nada
—cogió una mano de Mayo—. ¿Por qué no te quedas?
—¿Quedarme? ¿Dónde?
—Aquí.
—Si yo no me voy.
—Quiero decir una temporada. ¿Por qué no te quedas?
¿No te gusta mi casa? Y tenemos todo Nueva York como fuente de suministros. Y
podemos plantar flores y verdura. Y criar vacas y gallinas. Ir a pescar.
Conducir coches. Ir a museos. Galerías de arte. Espectáculos...
—Te las arreglas perfectamente. No me necesitas.
—Sí te necesito. Te necesito.
—¿Para qué?
—Para que me des lecciones de piano.
Hubo una larga pausa.
—Estás borracha —dijo por fin él.
—"No herida, caballero, sino muerta."
Linda apoyó la cabeza en la barra, lo miró
quejumbrosa y luego cerró los ojos. Mayo se dio cuenta enseguida de que se
había desvanecido. Hizo un gesto de contrariedad, luego saltó por encima de la
barra. Comprobó la cuenta y dejó quince dólares debajo de la botella de whisky.
La cogió de un hombro y la zarandeó suavemente.
Ella se derrumbó en sus brazos. Se le deshizo el moño. Mayo apagó la vela,
cogió a Linda, la llevó al Chevy. Luego, con angustiosa concentración, condujo
en la oscuridad hasta el estanque. Tardó cuarenta minutos.
Metió a Linda en su dormitorio y se sentó en la
cama, que decoraban muñecas artísticamente distribuidas. Ella se dio vuelta
inmediatamente y se acurrucó con una muñeca en brazos, acunándola. Mayo
encendió una lámpara e intentó colocar a Linda estirada. Ella se encogió de
nuevo, riendo entre dientes.
—Linda, tienes que quitarte el vestido.
—Mmmmmm.
—No puedes dormir así, con él. Cuesta cien dólares.
—Noventa y nueve cincuenta.
—Vamos querida.
—Mmmmmm.
El hizo un gesto exasperado; luego la desvistió,
cuidadosamente, colgó el vestido de cocktail clásico y colocó los zapatos de
sesenta dólares en un rincón. No pudo quitarle el collar de perlas (de
imitación), así que la tumbó en la cama con él. Allí quedó tendida sobre las
sabanas azul pálido, desnuda salvo el collar, como una odalisca nórdica.
—¿Retiraste mis muñecas?—murmuró.
—No. Están a tu lado.
—Muy bien. Nunca duermo sin ellas —extendió una
mano y las acarició amorosamente—. Felices días. Largas noches.
—¡Mujeres! —masculló Mayo. Apagó la lámpara y salió
dando un portazo.
A la mañana siguiente, volvió a despertar a Mayo la
algarabía de los patos desalojados. El globo rojo surcaba la superficie del
estanque, brillando bajo la cálida claridad de junio. Mayo hubiera deseado que
fuese un modelo de barco en vez de aquella chica que se emborrachaba en los
bares. Salió y se tiró al agua lo más lejos posible de Linda. Estaba
remojándose el pecho en la esclusa cuando algo atrapó su tobillo y lo derribó.
Se levantó con un grito y vio ante sí la cara resplandeciente de Linda saliendo
del agua.
—Buenas días —dijo ella riendo.
—Qué divertido—masculló él.
—Pareces de mal humor esta mañana.
El lanzó un gruñido.
—Y no telo reprocho. Hice algo horrible anoche. No
te di de cenar. Quiero disculparme.
—No pensaba en la cena —dijo él, con áspera
dignidad.
—¿No? ¿Por qué estás enfadado entonces?
—No puedo soportar que las mujeres se emborrachen.
—¿Quién se emborrachó?
—Tú.
—No me emborraché —replicó ella indignada.
— ¿No? ¿Ya quién tuve que desvestir y meter en la
cama como un niño?
— ¿Quién estaba demasiado torpe para quitarme el
collar de perlas? —replicó ella—. Se rompió y dormí toda la noche encima de
ellas. Estoy llena de cardenales. Mira. Aquí y aquí y...
—Linda —interrumpió él con dureza—, soy sólo un
muchacho sencillo de New Haven. No estoy acostumbrado a niñas mimadas que se
dedican a gastar dinero sin medida y a engalanarse y a emborracharse en las
típicas fiestas de sociedad.
—¿Y por qué te quedas aquí si no te gusta mi
compañía?
—Me voy —dijo él. Salió y empezó a secarse—. Salgo
hacia el sur esta mañana mismo.
—Que te diviertas caminando.
—Me voy sobre ruedas.
—¿Cómo? ¿En un patinete?
—En el Chevy.
—Jim. ¿no hablarás en serio? —Salió del estanque,
parecía alarmada.— Aún no sabes conducir.
—¿No? ¿Quién te trajo entonces a casa anoche
borracha?
—Te meterás en un lío.
—Sabré resolverlo. Además, no puedo quedarme aquí
eternamente. Tú eres una chica de sociedad. Lo único que te gusta es
divertirte. Yo tengo proyectos serios. Tengo que ir al sur y encontrar gente
que entienda de televisión.
—Jim, me has interpretado mal. Yo no soy nada de
eso. Fíjate, por ejemplo, cómo he arreglado mi casa. ¿Crees que podría haberlo
hecho si anduviese siempre de fiesta en fiesta?
—Has hecho un buen trabajo, es verdad —admitió él.
—Por favor, no te vayas hoy. Aún no estás
preparado.
—Ya, tú lo único que quieres es tenerme aquí para
que te enseñe música.
—¿Quién ha dicho eso?
—Tú. Anoche.
Linda frunció el ceño, se quitó el gorro, cogió la
toalla y empezó a secarse.
—Jim —dijo al fin—, seré honrada contigo. Sí,
quiero que te quedes un tiempo. No voy a negarlo. Pero no me gustaría que te
quedases aquí para siempre. Después de todo, ¿qué tenemos tú y yo en común?
—Tú eres una maldita niña de sociedad —masculló él.
—No, no, nada de eso. Lo que pasa es que tú eres un
hombre y yo una mujer, y no tenemos nada que ofrecernos. Somos distintos.
Tenemos gustos e intereses distintos. ¿De acuerdo?
—Completamente.
—Pero tú aún no estás preparado para irte. Te diré
lo que vamos a hacer: dedicaremos toda la mañana a practicar con el coche, y
luego nos divertiremos un poco. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Ir de compras?
¿Comprar más ropa? ¿Visitar el museo Moderno? ¿Ir de picnic?
A Mayo se le iluminó la cara.
—Oye, ¿sabes una cosa? Nunca en mi vida fui de
picnic. Estuve una vez de camarero en una excursión, pero no es lo mismo, no es
como cuando eres niño.
Ella pareció encantada.
—Entonces haremos un verdadero picnic, ya verás.
Ella llevó sus muñecas. Las llevó en brazos
mientras Mayo arrastraba la cesta de la comida hasta el monumento de Alicia en
el País de las Maravillas. La estatua asombró a Mayo, que jamás había oído
hablar de Lewis Carroll. Mientras Linda sentaba a sus muñecas y desempaquetaba
la merienda, contó a Mayo un resumen de la historia y le explicó como las
cabezas de bronce de Alicia, el Sombrero Loco y la Liebre de Marzo habían sido
pulidas y desgastadas por el roce de los miles de niños que se habían dedicado
a jugar a ser el Rey de la Montaña.
—Qué curioso —dijo él—, nunca había oído esa
historia.
—No parece que hayas tenido una gran niñez, Jim.
—¿Por qué dices eso? —se detuvo, ladeó la cabeza y
escuchó atentamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Linda.
—¿Oíste a ese cuclillo?
—No.
—Escucha. Hace un ruido extraño. Como acero.
—¿Acero?
—Sí. Como... como de espadas de duelo.
—Bromeas.
—No. De veras.
—Pero los pájaros cantan. No hacen ruido.
—No siempre. Los cuclillos imitan muchos ruidos.
También los estorninos. Y los loros. ¿Por qué imitará una lucha de espadas?
¿Dónde oiría eso?
—Eres un auténtico muchacho campesino, ¿verdad Jim?
Abejas, cuclillos, estorninos y todo eso...
—Supongo que sí. Te quería preguntar por qué decías
eso, lo de que yo no había tenido niñez.
—Bueno, por eso de no saber nada de Alicia, y-no
haber ido nunca de picnic, y desear siempre un modelo de yate. —Linda abrió una
botella oscura. — ¿Quieres un poco de vino?
—Ten cuidado —advirtió él.
—Basta ya Jim. No soy una borracha.
—¿Te emborrachaste o no anoche?
—Está bien —capituló ella—, sí. Pero sólo porque
era la primera vez que bebía en años.
A él le complació aquella rendición.
—Claro. Claro. Es lógico.
—Bueno, ¿bebes conmigo o no?
—Qué demonios, ¿por qué no? —sonrió—. Vivamos un
poco. Al fin y al cabo esto es un picnic. Y estos platos me gustan también. ¿Dé
dónde son?
—Abercrombie & Fitch —dijo Linda
imperturbable—. Servicio para cuatro de acero inoxidable. Treinta y nueve
cincuenta. ¡Skoal!
Mayo rompió a reír.
—Metí la pata armando todo aquel barullo. A tu
salud.
—A la tuya.
Bebieron y continuaron comiendo en cálido silencio,
sonriéndose amistosamente. Linda se quitó su camisa de seda de Madras para
broncearse con el cálido sol de la tarde, y Mayo la colgó cortésmente de una
rama.
—¿Por qué no tuviste niñez, Jim? —preguntó de
pronto Linda.
—Bueno, no sé. —Se quedó pensando.— Supongo que
porque murió mi madre siendo yo un pequeño. Y por más cosas también. Tuve que
trabajar mucho.
—¿Porqué?
—Mi padre era maestro. Ya sabes lo que ganan.
—Oh, por eso te irritan tanto los empollones.
—¿A mí?
—Sí, a ti. No te enfades.
—Puede —concedió él—. Seguro que fue una desilusión
para mi padre, yo hecho un as del fútbol en el instituto y él queriendo que
fuese un Einstein en casa.
—¿Era divertido el fútbol?
—No era un juego. El fútbol es un negocio. Oye, ¿te
acuerdas como hacíamos para escoger equipos cuando éramos niños? Ibeti,
bibeti, cibeti, zab
—Nosotros decíamos inie, minie, maine, mo.
—¿Te acuerdas de: abril loco, vete a la
escuela, dile al maestro que eres un loco?
—Me gusta el café, me gusta el té, me gustan los
chicos y a los chicos yo.
—Apuesto a que sí —dijo Mayo solemnemente.
—Qué va. ¿Yo?
—¿Por qué no?
—Siempre fui demasiado grande.
El la miró asombrado.
—Qué vas a ser grande. Eres del tamaño justo.
Perfecta. Y muy bien hecha. Me fijé cuando trajimos el piano. Tienes buenos
músculos, para ser una chica: Y sobre todo en las piernas, que es donde cuenta.
—Vamos, cállate, Jim —dijo ella, ruborizándose.
—No. De verdad.
—¿Más vino?
—Gracias. Toma tú también.
—Bueno.
Un crack atronador rasgó el cielo; siguió un
estruendo de albañilería derrumbándose.
—Ahí va otro rascacielos —dijo Linda—. ¿De qué
hablábamos?
—De deporte —dijo inmediatamente Mayo—. Perdona que
hable con la boca llena.
—Ah, sí. Jim, ¿cantabais Arroja el pañuelo en
New Haven? —Linda cantó—: Tris tras, tras tris, un cesto amarillo y gris.
Mandé una carta a mi amor, y en el camino se perdió...
—Oye —dijo él, muy impresionado—. Cantas muy bien.
—¡Oh, vamos!
—De veras. Tienes una voz magnífica. No discutas
conmigo. Estate quieta un minuto. Tengo que calcular una cosa. —Estuvo pensando
un rato detenidamente, acabó su vino y aceptó otro vaso con aire ausente; por
último tomó una decisión.— Tienes que aprender música.
—Ya sabes que me muero de ganas, Jim.
—Así que me voy a quedar un tiempo para enseñarte;
lo que sé. ¡Pero, cuidado! ¡Que quede bien entendido! —añadió apresuradamente,
cortando la emoción de ella—. No voy a quedarme en tu casa. Quiero una vivienda
propia.
—Por supuesto, Jim. Lo que tú digas.
—Y no por eso voy a dejar de seguir hacia el sur.
—Yo te enseñaré a conducir. Cumpliré mi promesa.
—Y nada de trampas, Linda.
—Por supuesto que no. ¿Qué clase de trampas?
—Ya sabes. Que en el último minuto no me digas que
quieres trasladar, por ejemplo, una cama Luis XV.
—¡Luis XV! —exclamó Linda
boquiabierta—. ¿Dónde aprendiste eso?
—Desde luego no en el ejército.
Se rieron, chocaron los vasos y terminaron el vino.
De pronto, Mayo se levantó, tiró a Linda del pelo y corrió hasta el monumento
del País de las Maravillas. En un instante, se colocó sobre la cabeza de
Alicia.
—Soy el Rey de la Montaña —gritó, mirando a su
alrededor con gesto majestuoso—. Soy el Rey de la...
Se interrumpió de pronto y miró hacia abajo, hacia
detrás de la estatua.
—¿Qué pasa, Jim?
Sin decir palabra. Mayo bajó y se acercó a un
montón de escombros medio oculto entre los matorrales. Se arrodilló y empezó a
removerlo con manos cuidadosas. Linda corrió a su lado.
—¿Pero qué pasa, Jim?
—Esto eran modelos de barcos —murmuró.
—Sí, lo eran. Dios mío, ¿Era sólo eso? Creí que te
habías .puesto malo o algo así.
—¿Cómo llegaron aquí?
—Yo los tiré...
—¿Tú?
—Sí. Te lo dije. Tuve que vaciar la casa cuando me
trasladé. Eso fue hace siglos.
—¿Tú hiciste eso?
—Sí. Yo...
—Eres una criminal —gruñó él; se incorporó y la
miró colérico—. Una asesina, como todas las mujeres; sin alma ni corazón. A
quién se le ocurre hacer una cosa así.
Se volvió y fue hacia el estanque. Linda lo siguió,
totalmente desconcertada.
—Jim, no te entiendo, ¿qué locura es ésta?
—Debería avergonzarte.
—Pero tenía que tener sitio en casa. ¿Cómo iba a
vivir con ese montón de modelos de barcos?
—Olvídate de todo lo que dije. Voy a hacer el
equipaje ahora mismo y sigo hacia el sur. No me quedaría contigo aunque fueses
la última persona que hubiese sobre la Tierra.
Linda recuperó el control y se adelantó rápidamente
a Mayo. Cuando éste entró en la casa, ella estaba ante la puerta de la
habitación de huéspedes. Tenía en la mano una pesada llave de hierro.
—La encontré —dijo Linda—. Tu puerta está cerrada.
—Dame esa llave, Linda.
—No.
Avanzó hacia ella, pero ella lo miraba desafiante
sin retro ceder.
—Adelante —dijo, con aire de desafío—. Pégame.
El se detuvo.
—No puedo pegar a nadie que no sea de mi tamaño.
Continuaron uno frente a otro, en completa
inmovilidad
—No lo necesito —murmuró por fin Mayo—. Puedo
conseguir un nuevo equipo en otro sitio.
—Oh, vamos, adelante, haz tu maleta —contestó
Linda. Le tiró la llave y le dejó paso libre. Entonces Mayo descubrió que no
había cerradura en la puerta del dormitorio. Abrió la puerta, miró dentro,
cerró y observó a Linda. Ella se mantenía seria pero con gran esfuerzo. El rió
entre dientes. Luego ambos rompieron a reír a carcajadas.
—Vaya —dijo Mayo—, menudo farol. No me gustaría
nada jugar al poker contigo.
—También tú eres un buen farolero, Jim. Tenía mucho
miedo a que me pegaras.
—Debes saber que no soy capaz de hacerle daño a
nadie.
—Pues creo que yo sí. Ahora siéntate y analicemos
esto razonablemente.
—Oh, olvídalo, Linda. Perdí la cabeza con lo de los
barcos y...
—No me refiero a los barcos, me refiero a lo de ir
hacia el sur. Cada vez que te enfadas empiezas a hablar de irte al sur. ¿Por
qué?
—Ya te lo dije. Para encontrar gente que entienda
de televisión.
—¿Por qué?
—No lo entenderías.
—Puedo intentarlo. ¿Por qué no me explicas qué es
lo que buscas... concretamente? A lo mejor puedo ayudarte.
—Tú no puedes hacer nada por mí. Eres una chica.
—También servimos para algunas cosas. Al menos
podemos escuchar. Puedes confiar en mí, Jim. Cuéntamelo, ¿no somos amigos?
Bueno, cuando la explosión (dijo Mayo) yo estaba
allá en los Berkshires con Gil Watkins. Gil era mi amigo, un tipo estupendo y
muy listo. Era algo así como ingeniero jefe de la emisora de televisión de New
Haven. Y tenía un millón de aficiones. Una de ellas era la espe... espel... no
me acuerdo. Algo que significa explorar cuevas.
Así que estábamos en aquella cueva de los
Berkshires. pasando el fin de semana dentro, explorando, para hacer un mapa y
localizar el sitio donde nacía el río subterráneo. Llevábamos comida y toda
clase de material, y sacos de dormir. La brújula que teníamos se descontroló
durante veinte minutos, y eso debería habernos dado una pista de lo que pasaba,
pero Gil se puso a hablar de minerales magnéticos y cosas por el estilo. Pero
claro, cuando salimos el domingo por la noche, lo que vimos nos asustó de veras.
Gil se dio cuenta inmediatamente de lo que pasaba.
—Dios mío, Jim —dijo—, lo hicieron, tal como todos
temíamos. Se han ido todos al infierno con las radiaciones y los gases, y lo
mejor es que volvamos a esa maldita cueva hasta que esto se despeje.
Así que volvimos a la cueva, racionamos la comida y
nos quedamos allí todo el tiempo que pudimos. Por fin, salimos y volvimos a New
Haven. Estaba muerto como todo lo demás. Gil montó un receptor de radio e
intentó captar algún mensaje. Nada. Luego cogimos una buena provisión de latas
y fuimos a hacer un recorrido; Bridgeport, Waterbury, Hartford, Springfield,
Providence, New London... dimos una gran vuelta. Nadie. Nada. Así que volvimos
a New Haven y nos acomodamos allí. Una vida muy agradable.
Durante el día, recogíamos provisiones y
arreglábamos la casa; por la noche, después de cenar, Gil se iba a la WNHA y
hacia las siete empezaba el programa. Utilizaba los generadores de emergencia.
Yo me iba al bar, lo abría, barría y limpiaba un poco y luego encendía el
televisor. Gil me adaptó un generador para que funcionase.
Era muy divertido ver los programas que emitía Gil.
Empezaba con las noticias y el tiempo. Se equivocaba siempre con el tiempo. No
tenía más que unos cuantos calendarios agrícolas y una especie de barómetro
antiguo que se parecía a ese reloj que tienes tú en la pared. No creo que
funcionase nada bien, o puede que a Gil no le enseñasen lo del tiempo en el
MIT. Luego emitía el programa de la noche.
Yo tenía siempre mi escopeta en el bar por los
atracos. Cuando veía algo que me fastidiaba, la sacaba y me cargaba el
televisor. Luego lo tiraba allí mismo en la acera, a la puerta del bar, y ponía
otro. Tenía centenares de aparatos de reserva. Dedicaba dos días a la semana a
recoger aparatos.
A media noche, Gil cerraba la emisión de la WNHA,
yo cerraba el restaurante y nos encontrábamos en casa a tomar café. Entonces
Gil me preguntaba cuantos aparatos había roto y cuando se lo decía se echaba a
reír. Me decía que yo era la encuesta de televisión más exacta que se había
inventado. Luego le preguntaba qué programa haría la semana siguiente y
discutía con él sobre... bueno... sobre las películas o partidos de fútbol que
la emisora tenía programados. A mí no me gustaban gran cosa las películas del Oeste,
ni los debates públicos sobre temas elevados.
Pero la suerte se volvió en mi contra; siempre me
pasa igual. Al cabo de un par de años, me encontré con que sólo me quedaba un
televisor, y entonces empezó el problema. Aquella noche Gil pasó una serie de
anuncios publicitarios en los que una mujer salvaba un matrimonio con el jabón
de lavar adecuado. Naturalmente, cogí la escopeta y sólo en el último instante
recordé que no debía disparar. Luego emitió una película espantosa sobre un
compositor incomprendido, y me pasó lo mismo. Cuando nos encontramos después en
casa, yo estaba desquiciado.
—¿Qué pasa? —me preguntó Gil.
Se lo dije.
—Yo creí que te gustarían los programas —dijo.
—Sólo cuando puedo liarme a tiros con ellos.
—Pobre infeliz —dijo riéndose.— Ahora eres un
espectador encadenado.
—Gil, dada la situación en que me encuentro, ¿no
podrías cambiar los programas?
—Sé razonable, Jim. La emisora tiene que tener
programas variados. Operamos en la misma base que las cafeterías: algo para
todos. Si no te gusta un programa, ¿por qué no cambias de canal?
—No digas tonterías, sabes muy bien que en New
Haven sólo tenemos un canal.
—Entonces apaga el aparato.
—No puedo apagar el aparato del bar, es parte del
servicio. Perdería toda mi clientela. Gil, ¿porqué tienes que pasar películas
tan espantosas, como ese musical de guerra de anoche, en el que aparecen
cantando, bailando y besándose sobre los tanques Sherman? Por el amor de Dios.
—A las mujeres les encantan las películas de
uniformes.
—Y esos anuncios publicitarios; mujeres que siempre
se burlan de la obesidad de otras mujeres y maricas fumando, y...
—Bueno —dijo Gil—, escribe una carta a la emisora.
Así lo hice, y al cabo de una semana llegó la
respuesta. Decía así:
Querido señor Mayo: Nos complace saber que es usted
espectador habitual de la WNHA, y le agradecemos su interés por nuestra
programación. Esperamos que continúe disfrutando de nuestras emisiones.
Sinceramente suyo, Gilbert O. Watkins, director. Se adjuntaba un par de
entradas para un show. Le enseñé la carta a Gil y se encogió de hombros.
—Ya ves con lo que te enfrentas, Jim. —dijo—, no
les importan nada tus gustos. Lo único que quieren saber es si ves los
programas o no.
Te aseguro que el par de meses siguientes fueron
para mí un infierno. No podía apagar el aparato y no podía ver el programa sin
lanzarme a coger la escopeta una docena de veces por noche. Necesité toda mi
fuerza de voluntad para no apretar el gatillo. Tan nervioso y excitado llegué a
estar que me di cuenta que tenía que hacer algo para no volverme loco. Así que
una noche volví a casa con la escopeta y maté a Gil.
Al día siguiente me sentí mucho mejor, y cuando
bajé al bar a las siete en punto a limpiar, fui silbando alegremente. Barrí el
restaurante, limpié el bar y luego encendí el televisor para oír las noticias y
el parte meteorológico. No te lo creerás, pero el aparato estaba averiado. No
salía ni una imagen, ni un sonido. Mi último aparato estropeado. Y por eso tuve
que salir hacia el sur (explicó Mayo)... Para localizar un reparador de
televisores.
Hubo una larga pausa cuando Mayo concluyó con su
relato. Linda le observó atentamente, intentando ocultar el brillo de sus ojos.
Al fin le preguntó con fingida indiferencia.
— ¿Y dónde consiguió el barómetro?
— ¿Quién? ¿Qué?
—Tu amigo Gil. Su barómetro antiguo. ¿Dónde lo
consiguió?
—Bueno, no sé. Las antigüedades era otra de sus
aficiones.
—¿Y se parecía a este reloj?
—Era igual.
—¿Era francés?
—No sé
—¿De bronce?
—Creo que sí. Como tu reloj. ¿Es de bronce tu
reloj?
—Sí. ¿En forma de sol?
—No, como el tuyo.
—El mío tiene forma de sol. ¿Del mismo tamaño?
—Exactamente.
—¿Dónde estaba?
—¿No te lo dije? En nuestra casa.
—¿Y dónde está la casa?
—En la calle Grant.
—¿Qué número?
—Trescientos quince. Oye, ¿por qué me preguntas
todo eso?
—Por nada, Jim. Pura curiosidad. No te enfades.
Creo que será mejor que recojamos las cosas del picnic.
—¿No te importa que dé un paseo solo?
Ella lo miró de reojo.
—¿No intentarás irte solo en un coche? Los
mecánicos de automóvil escasean aún más que los reparadores de tele visión.
El sonrió y desapareció; pero después de la cena
reveló el auténtico motivo de su desaparición sacando una hoja pautada de
música, la colocó sobre el piano y condujo a Linda hasta el taburete. Linda se
sintió emocionada y conmovida.
—¡Jim, eres un ángel! ¿Dónde lo encontraste?
—En una casa de apartamentos que hay al otro lado
de la calle, en la cuarta planta, al fondo. El apartamento de un tal Horowitz.
Hay un montón de discos también. Te aseguro que fue todo un número buscar allí
en la oscuridad, sólo con cerillas. Sabes una cosa curiosa: toda la parte
superior de la casa está llena de algo pastoso.
—¿Algo pastoso?
—Sí. Una especie de gelatina blanca, sólo que dura.
Como hormigón claro. Bueno, mira, ¿ves esta nota? Es do. Corresponde a esta
tecla blanca de aquí. Es mejor que nos sentemos juntos. Muévete.
La lección se prolongó durante dos horas de penosa
concentración, y los dejó tan exhaustos que se fueron a sus habitaciones al
final, con sólo un buenas noches protocolario.
—Jim —dijo Linda.
— ¿Sí? —dijo él con un bostezo.
— ¿Quieres llevarte una de mis muñecas a tu cama?
—No, gracias, Linda, a los chicos no nos interesan
las muñecas.
—Ya me lo imagino. Bueno. Mañana te daré algo que
realmente interesa a los chicos.
A la mañana siguiente despertó a Mayo una llamada
en la puerta. Se incorporó en la cama y abrió trabajosamente los ojos.
—¿Sí? ¿Quién es?—preguntó
—Soy yo, Linda ¿Puedo entrar?
El miró a su alrededor precipitadamente. La
habitación estaba ordenada. La alfombra limpia. El valioso cobertor de algodón
cuidadosamente plegado encima del armario.
—Sí, entra.
Linda entró. Vestía un traje de lino a rayas. Se
sentó al borde de la cama y dio a Mayo una palmada amistosa.
—Buenos días —dijo—. Escucha, tengo que salir sola
unas horas. He de hacer unas cosas. Te he dejado el desayuno en la mesa, pero
volveré a tiempo para la comida, ¿de acuerdo?
— ¡Cómo no!
— ¿No te sentirás solo?
— ¿Adonde vas?
—Ya te lo diré cuando vuelva. —Se levantó y le dio
otra palmada en la cabeza.— Se buen chico y no hagas nada malo. Ah, otra cosa.
No entres en mi dormitorio.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Bueno, tú no entres.
Y después de decir esto, sonrió y se fue.
Momentos después, Mayo oyó el jeep arrancar y
alejarse. Se levantó inmediatamente, entró en el dormitorio de Linda y miró a
su alrededor. La habitación estaba limpia y ordenada como siempre. La cama
estaba hecha y las muñecas amorosamente colocadas sobre el cobertor. Entonces
lo vio.
—Oh —exclamó.
Era un modelo de clipper. Todo .estaba intacto
salvo el casco, algo despintado, y las velas rotas. Estaba ante el armario de
Linda, al lado del cesto de costura. Linda había cortado ya una nueva serie de
velas blancas de lino. Mayo se arrodilló ante el modelo y lo acarició
tiernamente.
—Lo pintaré de negro con una línea dorada en todo
alrededor —murmuró—. Y lo llamaré el Linda N.
Tan conmovido estaba que apenas desayunó. Se bañó,
se vistió, cogió su revolver y un puñado de balas y fue a dar una vuelta por el
parque. Hizo un círculo en dirección al sur, pasó junto los campos de juego, el
carrusel en ruinas y la desmoronada pista de patinaje sobre hielo, y por fin
abandonó el parque y enfiló por la Séptima Avenida.
En la calle Cincuenta giró hacia el este y estuvo
un rato intentando descifrar los destrozados carteles que anunciaban la última
actuación en el Radio City Music Hall. Luego giró de nuevo hacia el sur. Un
súbito estruendo de acero lo hizo detenerse. Era como el chocar de gigantescas
hojas de espadas en un titánico duelo. Una pequeña manada de asustados caballos
irrumpió por un lado de la calle. Los animales estaban aterrados por el ruido.
Sus cascos sin herraduras producían un rumor apagado en el pavimento. El
estruendo de acero se detuvo.
—De ahí lo sacó el cuclillo —murmuró Mayo—, ¿Pero
qué demonios será eso?
Se encaminó hacia el este para investigar, pero se
olvidó de aquel misterio cuando vio los diamantes. Las piedras blanquiazules le
dejaron pasmado. La puerta de la joyería estaba abierta y Mayo entró. Cuando
salió llevaba un collar de perlas auténticas que le había costado tanto como un
año de alquiler de su bar.
Su paseo le llevó hasta Madison Avenue donde se
encontró frente a Abercrombie & Fitch. Entró a explorar y dio al fin con la
sección de armas. Allí perdió la noción del tiempo, y cuando volvió en sí,
caminaba por la Quinta Avenida hacia el estanque. Llevaba en brazos, como si
fuese un niño, un rifle automático italiano Cosmi, culpa en el corazón y una
factura que decía: Rifle Cosmi, 750 dólares; seis cajas de municiones, 18
dólares. James Mayo.
Pasaba de las tres cuando volvió a casa. Entró
intentando serenarse y parecer tranquilo, y con la esperanza de que el rifle
que llevaba pasase inadvertido. Linda estaba sentada en el taburete del piano,
dándole la espalda.
—Hola —dijo Mayo nervioso—. Perdona que me haya
retrasado. Es que... Te compré un regalo. Son auténticas.
Sacó las perlas del bolsillo y se las entregó.
Entonces vio que ella estaba llorando.
—¿Pero que te pasa?
Ella no contestó.
—¿No te asustarías pensando que me había ido?
Bueno, todas mis cosas están aquí. Y el coche también. Sólo tenías que mirar.
Ella se volvió.
—¡Te odio! —gritó.
El dejó caer las perlas y retrocedió, sorprendido
por aquella furia.
— ¿Pero qué pasa?
— ¡Eres un mentiroso, un farsante!
— ¿Quién, yo?
—Fui hasta New Haven esta mañana —su voz temblaba
de furia—. No hay ni una sola casa en pie en la calle Grant. Todo está barrido.
Ni la emisora WNHA, todo ha desaparecido.
—No.
—Sí.
—Y fui a tu restaurante. No hay montones de
aparatos de televisión en la calle, a la entrada. Sólo hay un aparato, en el
bar. Todo oxidado. El resto del restaurante parece una pocilga. Estuviste
viviendo allí todo este tiempo. Solo. Sólo había una cama al fondo. ¡Todo es
mentira! ¡Sólo mentiras!
—¿Por qué iba a mentirte en una cosa así?
—Tú nunca mataste a Gil Watkins.
—Claro que sí. Disparé con la escopeta, se lo
merecía.
—Y no tienes ningún aparato de televisión que
reparar.
—Sí que lo tengo.
—Y aunque te lo reparasen, no hay ninguna emisora
con la que conectar.
—No digas tonterías —dijo él enfurecido—. ¿Por qué
iba a matar yo a Gil si no hubiese ninguna emisión?
—Sí está muerto como dices, ¿cómo iba a poder
emitir?
—¿Ves? Y acabas de decirme que yo no lo maté.
—¡Oh, tú estás loco! ¡Estás chiflado! —dijo ella,
sollozando—. Me hablaste de ese barómetro porque estabas mirando mi reloj. Y yo
me creí tus absurdas mentiras. Y estaba emocionada con ese barómetro que haría
juego con mi reloj. Llevaba años buscándolo. —Corrió hasta la pared y martilleó
con el puño junto al reloj. — Su sitio es exactamente éste. Aquí. Pero tú me
engañaste, chiflado. Nunca hubo tal barómetro.
—Si hay algún chiflado aquí eres tú —gritó él. —
Estás tan loca por decorar esta casa que eso se ha convertido para ti lo único
real.
Ella cruzó corriendo la habitación, cogió la vieja
escopeta de él y le apuntó.
—Sal de aquí ahora mismo. En este mismo instante.
Si no te largas te mato. No quiero verte más.
La escopeta se disparó de pronto, haciéndola
retroceder, y la bala fue a dar sobre la cabeza de Mayo, en la estantería del
rincón. Hubo un estruendo de porcelana rota. Linda palideció.
—¡Jim! Dios mío. ¿Estás bien? Yo no quería... se me
escapó...
El avanzó hacia ella, demasiado furioso para
hablar. Luego, cuando ya alzaba la mano para abofetearla, llegó un sonido
lejano: BLAM-BLAM-BLAM. Mayo quedó paralizado.
—¿Oíste eso? —murmuró.
Linda asintió.
—Eso no fue ningún accidente. Fue una señal.
Mayo cogió su rifle, corrió afuera y disparó al
aire. Hubo una pausa. Luego volvieron a oírse las explosiones lejanas en un
trío uniforme. BLAM-BLAM-BLAM. Era un extraño ruido absorbente, como si se
tratase de implosiones más que de explosiones. Al fondo del parque se elevó en
el cielo una bandada de pájaros asustados.
—Hay alguien —exclamó Mayo—, Dios mío, te dije que
encontraría a alguien. Vamos.
Corrieron hacia el norte. Mayo hurgando en sus
bolsillos para buscar más cartuchos con los que cargar de nuevo la escopeta y
hacer otra señal.
—Tengo que agradecerte ese disparo que hiciste
contra mí, Linda.
—Yo no te disparé —protestó ella—. Fue un
accidente.
—El accidente más afortunado del mundo. Podrían
haber pasado de largo sin saber que estábamos aquí. Pero, ¿qué clase de armas
utilizarán? Nunca en mi vida oí disparos como ésos, y he oído muchos. Espera un
minuto.
En la placita que quedaba antes del monumento del
País de las Maravillas, Mayo se detuvo y alzó la escopeta para disparar. Luego
la bajó lentamente. Lanzó un profundo suspiro.
—Da la vuelta —dijo con voz áspera—. Volvemos a
casa.
La hizo volverse hacia el sur. Ella lo miró
asombrada. En un instante, él había pasado de ser un suave osito de felpa a
convertirse en una pantera.
—Jim, ¿qué pasa?
—Estoy asustado —murmuró él—. Muy asustado. Y no
quiero que lo estés tú también. —Sonó de nuevo la triple salva.— No prestes
atención —ordenó—. Volvemos a casa. ¡Vamos!
Ella se negó a moverse.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué?
—No tenemos nada en común con ellos. Puedes
creerme.
— ¿Cómo lo sabes? Explícate.
— ¡Cristo! No te convencerás hasta que lo veas,
¿verdad? Muy bien. ¿Quieres conocer la explicación del olor a abejas y de los
edificios cayendo y de todo lo demás?
Hizo volverse a Linda cogiéndola del cuello, y
dirigiendo su mirada hacia el monumento del País de las Maravillas.
—Adelante —dijo—. Mira.
Un consumado artesano había quitado las cabezas de
Alicia, el Sombrero Loco y la Liebre de Marzo sustituyéndolas por grandes
cabezas de mantis, con aceradas mandíbulas, antenas y ojos facetados. Eran de
un acero pulido y brillaban con indescriptible ferocidad. Linda lanzó un gemido
y se desplomó en los brazos de Mayo. La triple señal resonó una vez más.
Mayo cogió a Linda, se la echó al hombro y corrió
hacia el estanque. Ella recobró la conciencia un instante y empezó a gemir.
—Cállate —gruñó él-. No se adelanta nada llorando.
Junto a la casa la depositó de nuevo en el suelo.
Linda temblaba y se estremecía, pero procuraba consolarse.
—¿Había contras en las ventanas cuando te
trasladaste aquí? ¿Dónde están?
—Guardadas —hablaba trabajosamente—. Detrás del
enrejado.
—Yo las traeré. Llena cubos con agua y almacénalos
en la cocina.
—¿Habrá un asedio?
—Ya hablaremos luego. ¡De prisa!
Linda llenó los cubos y luego ayudó a Mayo a
colocar la última de las contras.
—Está bien, vamos dentro —ordenó él.
Entraron en la casa; cerraron y trancaron la
puerta. Lánguidos rayos del último sol de la tarde se filtraban entre las
rendijas de las contras. Mayo comenzó a desempaquetar las balas del rifle
Cosmi.
—¿Tienes algún tipo de arma?
—Un revolver veintidós por algún sitio.
—¿Municiones?
—Creo que sí.
—Búscalo todo.
—¿Habrá un asedio? —repitió ella.
—No lo sé. No sé quienes son, ni lo que son, ni de
donde vienen. Lo único que sé es que tenemos que prepararnos para lo peor.
Volvieron a sonar las mismas explosiones lejanas.
Mayo escuchaba atentamente. Linda lo veía ahora en la penumbra con más
claridad. Tenía la cara afilada. El pecho cubierto de sudor. Exhalaba el aroma
dulzón de los leones enjaulados. Linda sintió un incontenible deseo de
acariciarlo. Mayo cargó el rifle, lo colocó junto a la escopeta y empezó a
recorrer ventana tras ventana atisbando atento entre las contras, esperando con
inmensa paciencia.
—¿Darán con nosotros?
—Quizá.
—¿Crees que serán amigos?
—Puede.
—Aquellas cabezas eran horribles.
—Sí.
—Jim, tengo miedo. Nunca he tenido tanto miedo en
mi vida.
—No te lo reprocho.
—¿Cuánto tardaremos en saber?
—Una hora, si son amigos, dos o tres si no lo son.
—¿Por... por qué tanto?
—Si buscan pelea serán más cautos.
—Jim, ¿qué piensas realmente?
—¿Sobre qué?
—Sobre nuestras posibilidades.
—¿Quieres saberlo de veras?
—Por favor.
—Estamos muertos.
Ella empezó a llorar. El la zarandeó furioso.
—No sigas. Ten preparado el revólver.
Ella cruzó el salón, vio las perlas que Mayo había
dejado caer y las recogió. Estaba tan desconcertada que se puso el collar
automáticamente. Luego entró en su dormitorio a oscuras y sacó el modelo de
yate de Mayo. Localizó el revólver en una sombrerera en el armario, cogió
también una cajita con balas.
Comprendió que su vestido no era apropiado para la
ocasión. Sacó del armario un suéter de cuello redondo, pantalones de montar y
botas. Luego se desnudó para cambiarse. Cuando levantaba los brazos para soltar
el collar, entró Mayo, se dirigió a la ventana que daba al sur y atisbo. Cuándo
se volvió la vio.
Se quedó inmóvil. Ella no pudo moverse. Con los
ojos cerrados comenzó a temblar, intentando taparse con los brazos. El avanzó
hacia ella, tropezó con el modelo de yate, lo apartó de una patada. Al instante
siguiente había tomado posesión de su cuerpo y las perlas saltaron también.
Mientras ella se arrojaba con él a la cama, rasgándole ferozmente la camisa,
sus muñecas cayeron también en el montón de cosas inútiles, junto con el yate,
las perlas y el resto del mundo.
DEL TIEMPO Y LA TERCERA AVENIDA
Hice algo tonto, comencé un texto sin saber a donde
quería ir. Esto no es una tontería para cualquier autor, excepto para mí. Todos
tenemos diferentes técnicas y todas son válidas. Rex Stout me dijo una vez:
—Tú sabes malditamente bien cómo escribir. Colocas
una hoja de papel en la máquina, mecanografías una palabra, luego otra, y
finalmente terminas.
Yo no lo creía cuando me decía que nunca hacía un
borrador previo. Y no lo creía porque yo debía hacerlo antes de escribir. Sólo
recientemente aprendí que Stout tiene un esquema muy cuidadoso, salvo que todo
está en su cabeza; eso es lo que quería decir cuando afirmó que nunca escribía
un borrador. Yo tengo que escribirlo.
No siempre el relato sigue ese "plan de
juego". El año pasado estaba terminando una novela y no estaba muy seguro
de mis instrucciones, de modo que decidí salirme de las notas detalladas que
había hecho antes de comenzar a escribir; estaba confundiendo su realización.
Leí la obra hasta la línea final, el resultado de semanas de penosos
planeamientos, y no tenía absolutamente nada que ver con lo que había escrito.
Era bueno; era espléndido pero la maldita historia había cogido su propio
derrotero.
Una vez el decano de todos nosotros, Robert
Heinlein, y yo estábamos hablando del oficio (los escritores siempre hablamos
del oficio, desde las técnicas de escritura hasta las sillas favoritas para un
despacho) y Robert me dijo:
—Comienzo con algunos personajes y luego los coloco
en problemas, y cuando salen por sí mismos del problema, la historia ha
terminado. Cuando puedo escuchar sus voces, ellos generalmente ya han resuelto
el problema.
Me sentí pasmado por esto; yo nunca puedo comenzar
una historia hasta que puedo oír a los personajes hablar, y es entonces cuando
ellos adquieren voluntad e ideas propias y realizan sus asuntos por sí mismos.
Pero ataqué lo que luego se transformaría en
"Del tiempo y la Tercera Avenida" sin un borrador, muy
particularmente porque quería utilizar un local particular. El escenario era
P.J.Clark en la Tercera Avenida, un bar bajo el nivel de la calle donde, por
razones que nunca comprendí, acostumbrábamos a reunimos después de nuestros
repetidos shows. En aquellos viejos días de la radio, uno tenía que hacer un
show en directo para el Este y una repetición, tres horas mas tarde, para el
Oeste. Las cadenas insistían en eso; sostenían que los escuchas podían advertir
las diferencias entre un show en vivo y una grabación y rechazar a la última.
Una tontería.
De modo que después de la repetición no era ni
Toots Shor's ni P.J.Clarke. Lo llamábamos "Clarke's" o
"Clarkie's" en esos días; hoy, convertido en él centro clásico para
publicistas jóvenes y multitud de editores, es llamado "PJ's". Estas
iniciales se han convertido en un logro muy popular y es bastante imitado. Se
puede ver las delicatessen P.J.Horowitz, sukiyaki P.J.Moto, La Revancha de
Montezuma de P.J.Chico, etcétera.
Aquel era un local que yo conocía muy bien. Los
personajes eran más o menos acartonados —apenas los conocía— y esto debería
haberme advertido, pero comencé el asunto alegremente como un juego y escribí
la primera escena y luego... ¿Qué? No lo sé. No tenía una historia en mente,
tenía sólo un comienzo. De modo que coloqué la escena a un lado y la olvidé
hasta que fui irritado por otra variación del agotado tema de
conocer-el-futuro. Ya conocéis el modelo: un tío consigue un periódico de
mañana. Es capaz de realizar una masacre financiera. Ve la noticia de su propia
muerte impresa. Primer momento: maravilloso; subsecuente variación: ¡puff!
Estaba un poco molesto de intentar lo que imaginaba
sería la definitiva manufactura del tema, de modo que reescribí la escena
original y la convertí en el presente "Del tiempo y la Tercera
Avenida". Nota a pie de página: ¿Deseáis conocer la posición financiera de
este autor? Tuve que ir a mi banco para descubrir que el cuadro era sólo un
billete de cien dólares.
Lo que Macy más odió del
hombre es que chirriara. Macy no supo si
eran los zapatos, pero sospechó de las ropas.
En el reservado de su bar, bajo el poster que preguntaba: "¿QUIEN TEME MENCIONAR LA BATALLA DE
BOYNE?[5], Macy inspeccionó al extraño. Era alto, delgado y
muy refinado. A pesar de que era
joven, estaba casi calvo. Había una
pelusa en su cabeza y sobre sus cejas. Entonces el hombre buscó el billetero en su chaqueta, y Macy lo tuvo
bien claro. Eran sus ropas las que rechinaban.
—Ok, señor Macy —dijo el extraño con una voz de
curioso staccato—. Muy bien. Por el
alquiler de su reservado, incluyendo
la utilización exclusiva durante un crono...
—¿Un qué?
—preguntó Macy con nerviosismo.
—Crono. ¿Una palabra incorrecta? Oh, sí. Excúseme.
Una hora.
—Es usted extranjero
—dijo Macy—. ¿Cuál es su nombre? Sospecho que es ruso.
—No. No soy extranjero
—respondió el extraño. Sus ojos temerosos se pasearon por el reservado—. Llámeme
Boyne.
—¡Boyne!
—repitió Macy incrédulamente.
—OK. Boyne. —El señor
Boyne abrió un billetero con forma de acordeón, hizo correr sus dedos a través
de los distintos papeles de colores
y monedas, y luego extrajo un billete de cien dólares. Lo extendió como una estocada a Macy y dijo: —El honorario por el alquiler de una hora.
Tal como acordamos. Cien dólares,
cójalos y váyase.
Impulsado por el rechazo
de los ojos de Boyne, Macy cogió el
billete y caminó bamboleante hacia la barra. Con voz trémula, dijo por sobre su hombro:
—¿Quiere algo de
beber?
—¿Beber?
¿Alcohol? ¡Ajjj! —respondió
Boyne.
Se giró y corrió hacia la cabina telefónica, buscó
bajo la caja del teléfono y localizó el cable conductor. Sacó una cajita
brillante de un bolsillo lateral y la enganchó en el cable. La ocultó fuera de
la vista, levantó el receptor.
—Coordenadas 73-58-15 Oeste —dijo con rapidez—.
40-45-20 Norte. Dispersión sigma. Sonáis espectrales... —Después de una pausa,
continuó—: Vale. ¡Vale! Transmisión clara. Quiero una determinación sobre
Knight. Oliver Wilson Knight. Probabilidad de cuatro cifras significativas.
Tenéis las coordenadas... ¿99,9807? OK. Sostened...
Boyne sacó la cabeza de la cabina y espió hacia la
puerta del bar. Esperó con acerada concentración hasta que un joven y una chica
bonita entraron. Luego se volvió hacia el teléfono.
—Probabilidad cumplida. Oliver Wilson Knight en
contacto. OK. Deseadme suerte.
Colgó el receptor y estuvo sentado bajo el poster
cuando la pareja se dirigía hacia la puerta trasera.
El joven tenía unos veintiséis años, de estatura
media e inclinación a la obesidad. Su traje estaba desgreñado, su engomado
cabello castaño estaba desgreñado, y su rostro amistoso estaba surcado de
arrugas naturales. La chica tenía cabello negro, suaves ojos azules y una
sonrisa reservada. Caminaban del brazo y gustaban rozarse suavemente cuando
pensaban que nadie los miraba. En ese momento chocaron con el señor Macy.
—Lo siento, señor Knight —dijo Macy—. Usted y la
joven dama no pueden sentarse allí esta tarde. El reservado ha sido alquilado.
Sus rostros mostraron desilusión.
—Todo está bien, señor Macy —exclamó Boyne—. Todo
correcto. Me siento feliz de tener al señor Knight y a su amiga como invitados.
Knight y la chica se volvieron inseguros hacia
Boyne. Boyne sonrió y palmeó la silla junto a él.
—Sentaos —dijo—. Estoy encantado, os lo aseguro.
—Odiamos parecer intrusos —dijo la joven—, pero
este es el único lugar de la ciudad donde podemos encontrar un genuino
gingerbeer Stone.
—Comprendo la situación, señorita Clinton. —Se
dirigió hacia Macy y dijo—: Traiga los gingerbeer y váyase. No hay otros
invitados. Estos son todos los que esperaba.
Knight y la joven contemplaron a Boyne con sorpresa
mientras se sentaban lentamente. Knight colocó unos libros envueltos en papel
sobre la mesa. La chica tomó aliento y dijo:
—¿Me conocía usted... Señor...?
—Boyne. Como en Boyne, batalla de. Sí, por
supuesto. Usted es la señorita Jane Clinton. Este es el señor Oliver Wilson
Knight. Alquilé este reservado para encontrarlos esta tarde.
—¿Supongo que esto es una broma? —preguntó Knight,
un débil sonrojo apareció en sus mejillas.
—Gingerbeer —respondió Boyne con galantería cuando
Macy llegó, depositó las botellas y vasos, y partió con rapidez.
—Usted no podía saber que íbamos a venir aquí —dijo
Jane—. Nosotros mismos no lo sabíamos... hasta hace unos minutos.
—Siento contradecirla, señorita Clinton —Boyne
sonrió—. La probabilidad del arribo de ustedes a la longitud 73-58-15 latitud
40-45-20 era del 99,9807 por ciento. Nadie puede escapar a cuatro cifras
significativas.
—Escuche —comenzó Knight con enojo—, si esta es su
idea de...
—Por favor, beba su gingerbeer y escúcheme, señor
Knight. —Boyne se inclinó sobre la mesa con galvánica intensidad.— Esta hora ha
sido dispuesta con mucha dificultad y mucho costo. ¿Por quién? No importa.
Usted nos ha colocado en una posición extremadamente peligrosa. He sido enviado
para encontrar una solución.
—¿Solución para qué?— Jane trató de incorporarse.
—Yo... yo creo que es me-mejor irse...
Boyne le hizo un gesto para que se sentara, y ella
se sentó como si fuera un niño.
—Este mediodía usted entró en el establecimiento de
J.D. Craig Co. —dijo Boyne a Knight—, vendedor de libros impresos. Usted
adquirió, por medio de transferencia de moneda, cuatro libros. Tres carecen de
importancia, pero el cuarto... —palmeó el paquete enfáticamente—. Es el motivo
de este encuentro.
—¿De qué infiernos está hablando? —exclamó Knight.
—Un volumen encuadernado consistente en una
colección de hechos y estadísticas.
—¿El almanaque?
—El almanaque.
—¿Qué sucede con él?
—Usted intentó adquirir un almanaque de 1950.
—Yo compré un almanaque del 50.
—¡No lo hizo! —estalló Boyne—. Usted compró un
almanaque de 1990.
—¿Qué?
—El Almanaque Mundial de 1990 —dijo Boyne con
claridad— está en ese paquete. No me pregunte cómo. Hubo un descuido y ya ha
sido subsanado. Ahora el error debe ser corregido. Es por eso que yo estoy
aquí. Es por eso que se dispuso este encuentro. ¿Lo comprende?
Knight echó a reír y estiró la mano hacia el
paquete. Boyne se inclinó sobre la mesa y le cogió la muñeca.
—No debe abrirlo, señor Knight.
—De acuerdo —Knight se recostó en su silla. Hizo
una mueca risueña a Jane y sorbió su gingerbeer—. ¿Cuál es la utilidad de esta
actuación?
—Debo tener el libro, señor Knight. Me gustaría
salir de este bar con el almanaque bajo el brazo.
—Le gustaría, ¿eh?
—Me gustaría.
—¿El almanaque de 1990?
—Sí.
—Si —dijo Knight— existe algo como un almanaque de
1990 y si está en este paquete, ni todos los diablos podrían quitármelo.
—¿Por qué, señor Knight?
—No sea idiota. ¿Un vistazo al futuro? Las noticias
del mercado bursátil... las carreras de caballos... la política. Es dinero
contante en mi bolsillo. Seré rico,
—En verdad, sí —dijo Boyne incisivamente—. Más que
rico. Omnipotente: Una mente mezquina utilizaría el almanaque para cosas
mezquinas. Ganadores de deporte y elecciones. Y etcétera. Pero un intelecto de
dimensiones... su intelecto... no se detendría allí.
—Dígamelo usted —sonrió Knight.
—Deducción. Inducción. Inferencia —Boyne remarcó
los puntos con los dedos—. Cada hecho le contaría una historia completa. La
inversión estatal real, por ejemplo. Que tierras comprar y vender. Los cambios
de población y los censos se lo dirían. Transportes. La lista de desastres
marítimos y choques de trenes le indicarían hasta que punto el transporte a
reacción ha reemplazado al tren y al barco.
—¿Lo ha hecho? —rió Knight entre dientes.
—Las informaciones de vuelo le indicarían las
mercancías de que compañía deberían ser comprados. La lista de recepciones
postales indicarían las ciudades del futuro. Los ganadores del premio Nobel le
dirían que científicos y que nuevas invenciones vigilar. Los presupuestos de
armamentos le indicarían que fábricas y que industrias controlar. Los informes
de costo de vida le dirían como proteger sus bienes contra la inflación o la
deflación. La cotización de monedas extranjeras, las suspensiones bancarias y el
índice de seguros de vida le suministraría la clave para protegerse contra
cualquier y todos los desastres.
—Esa es la idea —dijo Knight—. Eso es para mí.
—¿Realmente lo cree así?
—Sé que es así. Dinero constante en mi bolsillo. El
mundo en mi bolsillo.
—Excúseme —dijo Boyne con agudeza—, pero usted está
repitiendo sólo los sueños de la niñez. Quiere tener una fortuna. Sí. Pero sólo
por su esfuerzo... su propio esfuerzo. No hay felicidad en un regalo
inmerecido. No produce otra cosa que culpa e infelicidad. Usted ya está
consciente de esto ahora.
—No estoy de acuerdo —dijo Knight.
—¿No lo está? ¿Entonces por qué trabaja? ¿Por qué
no roba? ¿Estafa? ¿Por qué no quita a los otros su dinero para llenar sus
propios bolsillos?
—Pero yo... —comenzó Knight, y luego se detuvo.
—El punto ha sido bien definido, ¿eh? —Boyne hizo
un gesto impaciente con la mano—. No. señor Knight. Busque un argumento maduro.
Usted es demasiado ambicioso y sano para desear tener éxito por medio del robo.
—Bien, me gustaría saber si voy a tener éxito.
—¿Aja? Vale. Usted desea hacer correr su dedo a
través de las páginas para buscar su nombre. Quiere tener un reaseguro. ¿Por
qué? ¿No tiene confianza en usted? Es un promisorio abogado. Sí, conozco eso.
Es una parte de mi información. ¿No tiene la señorita Clinton confianza en
usted?
—Sí —dijo Jane en voz alta—. El no necesita el
reaseguro de un libro.
—¿Qué más, señor Knight?
Knight vaciló, tranquilizándose con la abrumadora
intensidad del rostro de Boyne. Luego dijo:
—Seguridad.
—No hay tal cosa. La vida es peligro. Sólo se puede
encontrar seguridad en la muerte.
—Usted sabe que quiero decir —musitó Knight—. El
conocimiento de la vida hace posible un planeamiento. Está la bomba atómica.
Boyne asintió con rapidez.
—Es cierto. Es una crisis. Pero yo estoy aquí. El
mundo continuará. Soy la prueba.
—Si le creo.
—¿Y por qué no lo haría? —Boyne estalló. —Usted no
necesita seguridad. Usted necesita valor. —Deslumbró a la pareja con una
desdeñosa mirada.— Este es un país con una leyenda de padres pioneros, quienes
tuvieron el valor de afrontar las dificultades, D. Boone, E. Allen, S. Houston,
A. Lincoln, G. Washington y otros. ¿Estoy en lo cierto?
—Supongo que sí —murmuró Knight—. Eso es lo que nos
decimos a nosotros mismos.
—¿Y dónde esta ese valor en usted? ¡Puff! Es solo
charla. Lo desconocido lo asusta. El peligro no le inspira deseos de lucha como
lo hacía con D. Crockett; sólo hace que gimotee y busque reaseguro en este
libro. ¿Estoy en lo cierto?
—Pero la bomba atómica...
—Es un peligro. Sí. Uno de tantos. ¿Qué hay con
eso? ¿Usted hace trampas al solamano?
—¿Solamano?
—Perdón —Boyne reconsideró, haciendo chasquear los
dedos con impaciencia por la interrupción de su argumentación—. Es un juego de
un solo participante contra las relaciones de un reagrupamiento de cartas.
Olvidé su nom...
—¡Oh! —la cara de Jane se iluminó—. El solitario.
—OK. Solitario. Gracias, señorita Clinton. —Boyne
giró sus ojos hacia Knight.— ¿Usted hace trampas al solitario?
—Ocasionalmente,
—¿Le apetece ganar haciendo trampas?
—No como regla.
—Es tisney, ¿no? Aburrido. Sin gracia. Sin sentido.
De coordenadas nulas. Usted desea ganar honestamente.
—Supongo que sí.
—Y supone que lo hará una vez que haya mirado en
este libro. Toda su vida deseará haber jugado honestamente el juego de la vida.
Verdasha haber mirado. Se arrepentirá. Recordará completamente las
declaraciones de nuestro profeta-filósofo Trynbyll, quien resumió todo en una
iluminada y eskazon línea. "El Futuro es Tekon", dijo
Trynbill. Señor Knight, no haga trampas. Le suplico que me entregue el
almanaque.
—¿Por qué no me lo quita?
—Debe ser un obsequio. No podemos robar nada. No
podemos darle nada.
—Eso es mentira. Usted pagó a Macy la renta del
reservado.
—Se le pagó a Macy, pero no le di nada. El pensará
que ha sido estafado, pero usted evitará que sea así. Todo se ajustará sin
dislocamientos.
—Espere un minuto...
—Todo ha sido cuidadosamente planeado. He jugado
con usted señor Knight. Todo depende ahora de su buen sentido. Entrégueme el
almanaque. Me disolveré... reorientado... y nunca volverá a verme otra vez.
¡Vorloss verdasha! Será una bonita aventura de bar para narrar a los amigos.
¡Déme ese almanaque!
— ¡Alto! —dijo Knight—. Esto es una broma. ¿Recuerda?
Yo...
— ¿Lo es? —interrumpió Boyne—. ¿Lo es? Míreme.
Por casi un minuto la joven pareja contempló la
blanquísima cara con sus ojos espectrales. La casi sonrisa abandonó los labios
de Knight, y Jane se estremeció involuntariamente. Hubo un estremecimiento y un
desaliento en el reservado.
—¡Por Dios! —Knight miró desamparadamente a Jane.—
Esto no puede estar sucediendo. Me lo está haciendo creer. ¿Tú?
Jane asintió con la cabeza con brusquedad.
—¿Qué podemos hacer? Si todo lo que dice es verdad
no podemos rehusar y ser felices otra vez.
—No —dijo Jane con voz atragantada—. Puede haber
dinero y éxito en ese libro, pero también separación y muerte. Dale el
almanaque.
—Cójalo—dijo Knight con desmayo.
Boyne se incorporó instantáneamente. Levantó el
paquete y fue a la cabina telefónica. Cuando salió tenía tres libros en una
mano y un pequeño envoltorio hecho con el papel original del paquete en la
otra. Colocó los libros sobre la mesa y se detuvo por un momento, sosteniendo
el envoltorio y sonriendo.
—Les agradezco —dijo—. Ustedes han solucionado una
situación precaria. Sería justo que recibieran algo en devolución. Tenemos
prohibido transferir algo que pueda separar las corrientes de los fenómenos
existentes, pero al menos les daré un símbolo del futuro.
Retrocedió, se inclinó curiosamente y dijo:
—A vuestras órdenes.
Luego se giró y caminó hacia afuera del bar.
—¡Eh! —llamó Knight—. ¿Y el símbolo?
—Macy lo tiene —respondió Boyne y desapareció.
La pareja se quedó sentada algunos instantes en
blanco, como durmientes recién despertados. Luego, cuando la realidad comenzó a
retornar, se contemplaron uno al otro y estallaron en risas.
—Realmente me asustó —dijo Jane.
—Después hablan de los personajes de la Tercera
Avenida. ¡Qué actuación! ¿Qué ganó con todo esto?
—Bien... tiene tu almanaque.
—Pero no tiene sentido —Knight comenzó a reír otra
vez.— Todo ese asunto de pagar a Macy sin darle nada. Y que se suponía que yo
procuraría que no lo estafaran. Y el misterio del símbolo del futuro...
La puerta del bar se abrió bruscamente y Macy cruzó
el salón hacia el reservado.
— ¿Dónde está ese tipo? —vociferó Macy—. ¿Dónde está
ese ladrón? Se llama Boyne. Aunque debería llamarse Dillinger.
— ¿Por qué, Macy? —exclamó Jane-. ¿Qué sucede?
—¿Dónde está ese tipo? —Macy señaló la puerta del
lavabo de hombres.— ¡Sal de allí, ladrón!
—Se ha ido —dijo Knight—. Salió un instante antes
de que usted entrara.
— ¡Y usted señor Knight! —Macy apuntó ton un dedo
tembloroso al joven abogado.— Usted, ponerse del lado de ladrones y
estafadores. ¡Debería darle vergüenza!
— ¿Qué sucede? —preguntó Knight.
Macy dio un gemido de angustia.
—Cien dólares. Le mostré el billete a Bernie, el
prestamista, por precaución, y él me dijo que es falso. Es una estafa.
—Oh, no —Jane rió.— Esto es demasiado. ¿Falso?
—Mirad esto —gritó el señor Macy arrojando el
billete sobre la mesa.
Knight lo inspeccionó cuidadosamente. De pronto
empalideció y la sonrisa se desvaneció de su rostro. Buscó en su bolsillo,
extrajo una chequera y comenzó a escribir con dedos temblorosos.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Jane.
—Asegurarme de que Macy no sea estafado —dijo
Knight—. Tendrá sus cien dólares, señor Macy.
—¡Oliver! ¿Estás loco? Tirar así cien dólares...
—Y no perderé nada, tampoco —respondió Knight—.
¡Todo se ajustará sin dislocamientos! Son diabólicos. ¡Diabólicos!
—No comprendo.
—Mira ese billete —dijo Knight con voz trémula—.
Míralo de cerca.
Estaba bellamente impreso y era genuino en
apariencia, el bondadoso rostro de Benjamín Franklin los contemplaba apacible y
auténticamente; pero en el rincón inferior derecho estaba impreso: Serie 1980
D. Y abajo estaba firmado: Oliver Wilson Knight, Secretario de Finanzas.
ISAAC ASIMOV
La pregunta más frecuente que me hacen los
fans es: ¿Por qué dejó de escribir ciencia-ficción? La respuesta es difícil
porque soy un hombre complejo con motivaciones confusas. Sin embargo, puedo
intentar simplificarlo. Muchas veces me he bajado de un autobús por culpa de un
niño que insiste en molestar a su madre con "Quiero un helado" una y
otra vez. No puedo soportar la repetición; sólo disfruto con las cosas nuevas.
Soy lo opuesto a Gustav Lebair, un famoso bibliomaníaco, quien leyó el mismo
libro — St. Apollonius of Tyana— en la Bibliothéque National, todos
los días durante sesenta años. Un amigo bastante perceptivo dijo una vez:
"Alfie Bester cree que todo el mundo fue creado para su diversión."
En realidad mi egoísmo no llega a tanto, pero estoy bastante cerca.
Cuando estaba realizando mi aprendizaje, tratando
de hacerme un artesano de mi profesión, la ciencia-ficción era simplemente uno
de los muchos campos que ataqué. Hubo también comics, revistas elegantes,
novelas convencionales, guiones de radio y televisión. Tan pronto como aprendía
el oficio y tenía éxito, me bajaba del autobús y cogía otro en busca del
entretenimiento del cambio. No quiero significar que haya tenido éxito en todo
lo que intenté. He tenido mi buena cuota de amargas derrotas, y me salvé de ellas
buscando otras metas.
Mis dos novelas de ciencia-ficción exitosas hace
muchos años me llevaron peligrosamente cerca del aburrimiento en el género.
Brian Aldiss es mucho más amable conmigo que yo mismo. Me dijo:
—No. Dejaste de escribir ciencia-ficción porque
advertiste que habías dicho todo lo que tenías que decir. Desearía que muchos
otros escritores tuvieran tan buen sentido.
Esto puede ser verdad, pero el hecho es que mi
asociación con la revista Holíday me apartó de toda forma de
escritura.
Holiday era una bendición para un hombre de mi
temperamento. Como colaborador habitual y últimamente como director sénior, mi
vida profesional ha estado llena de variedad, nuevos cambios y entretenimiento
constante. Como entrevistador y cronista tuve que aprender una nueva y
diferente artesanía. Una vez aprendida, no hubo peligro de aburrimiento porque
me encontraba y pasaba el tiempo con cientos de fascinantes personas en cientos
de diferentes profesiones. Con el prestigio de la entonces importante revista
detrás mío, ninguna puerta se me cerraba; lo ideal para un hombre
incurablemente curioso.
Mí mayor diversión era realizar entrevistas, y
quisiera mostrar algo de aquello que hacía número tras número.
Desafortunadamente, muchos de mis escritos son demasiado largos para incluirlos
aquí, y de cualquier forma Oliver, Burton, Quinn, Kim Novak o Sofía Loren
tienen muy poco que ver con una antología de ciencia-ficción. Felizmente, tenía
una entrevista breve para otra publicación realizada a Isaac Asimov, una de las
grandes estrellas del género, de modo que la incluí aquí.
Vosotros podéis preguntaros que tiene que ver una
entrevista en una antología de relatos. Bien, esta no es una antología de
relatos, es una antología de Bester, y no hay ninguna razón para que no haya
variedad. Me preocuparía que no objetarais. Me recuerda un juicio por libelo de
Whistler contra John Ruskin. En una de las réplicas intercambiadas, el abogado
de Ruskin preguntó a Whistler cómo podía llamar a una de sus pinturas "Un
estudio en azul" cuando había, muchos otros colores en ella, Whistler le
replicó:
— ¡Idiota! ¿Acaso una sinfonía en fa consiste nada
más que en fa, fa, fa, fa?
Pintoresco hombre, este Whistler. Enemigo mortal.
Me hubiera gustado hacerle una entrevista.
|
N |
o hay duda de que Isaac Asimov es uno de los
mejores y más populares escritores de ciencia-ficción que trabajan hoy en día,
y en mi opinión Ike es el mejor de cuantos han alguna vez escrito: prolífico,
enciclopédico, astuto, con el don para colorear e iluminar ejemplos y
explicaciones. Lo que lo hace único es el hecho de ser un científico de bona
fide —profesor asociado de bioquímica en la Escuela de Medicina de la
Universidad de Boston—, y los científicos son frecuentemente pésimos
escritores. Lee días novelas de C.P. Snow y los relatos de Bertrand Russel si
necesitáis una prueba. Pero nuestro científico profesor, Asimov, no sólo es un
autor divulgador de la ciencia sino también un eminente autor de
ciencia-ficción. Está muy próximo al ideal del hombre renacentista.
Su último libro (el 120), Asimov's Guide to
Science (Basic Books) es lo más indicado para lectores orientados hacia la
ciencia y/o aterrorizados por la ciencia. Muchas personas tienen esa sensación
de temor. "¿Qué harán ahora?" Asimov nos lo dice con claridad, con
encanto, con tranquilidad. Su nueva Guide fascinará al lego. Y si el
lego lo hace leer por sus hijos, éstos entrarán en la universidad con
seguridad. Ike hace que todo el mundo quiera volverse un científico.
Asimov's Guide to Science es la nueva y tercer
edición de The Intelligent Man's Guide to Science, publicado por
primera vez en 1960 por Basic Books. Preguntando por el cambio de título, dijo:
—Bien, hay bastantes Asimov's
Guides y Asimov's Treasuries, de modo que decidimos continuar en
esa línea. Presumo que la cuarta edición será Asimov's new Guide to
Science. En cuanto a la quinta, no lo sé.
La enciclopedia ha sido revisada y adaptada, por
supuesto. Mucho ha sucedido desde 1960. Preguntando por los cambios, Ike nos
ametralla:
—Pulsars, agujeros negros, la superficie de Marte,
alunizajes. Luego tenemos la expansión del suelo marino y el desplazamiento de
los continentes, que yo rechacé despectivamente en la primera edición. Como
verás, en aquella época recién se enviaban los satélites espaciales y éstos no
habían aún realizado sus exploraciones. Yo pensaba que la corteza de la tierra
era demasiado sólida y dura como para que los continentes derivaran. Estaba
equivocado. Ahora sabemos que los continentes no flotan; son apartados por el
flujo del magma desde el suelo marino. Luego incluyo los quarks y...
—Espera un momento. ¿Qué son los quarks?
—Son partículas hipotéticas que pueden reunir todas
las partículas subatómicas, pero primero tenemos que aislar una. En otras
palabras, puedes pensar que diez centavos hacen un dólar, pero tienes primero
que apartar un dólar y luego encontrar un centavo. —Así es el estilo Asimov.
También explicó porque no han sido detectados
suficientes neutrinos provenientes del sol, el reloj biológico de los animales,
los taquiones —una hipótesis fascinante sobre partículas subatómicas que viajan
más rápido que la velocidad de la luz— y las técnicas clónicas.
—¿Qué tiene de especial un cultivo clónico, Ike?
Son simplemente familias desarrolladas a partir de un solo individuo. Yo
desarrollé muchos cultivos clónicos de un simple paramecio o ameba cuando era
estudiante de biología.
—No, no. Ahora estamos hablando acerca de células
especialmente no especializadas. Puedes coger una célula abdominal de una rana
fertilizarla con un óvulo y obtener una rana entera. Llegará el día que podamos
cortar tu dedo pequeño del pie al nacer, fertilizarlo y obtener una raza
completa de Alfie Besters
—Qué horrible idea.
—Si, pero ellos podrían no pensar así entonces.
Es un hombre vigoroso, 1.80 m, 82 kilos, con
gruesos cabellos que se hacen grises, ojos de azul acerado, hermosas y fuertes
manos, y facciones algo rudas. Nació en Rusia en 1920 y fue llevado por su
familia a los Estados Unidos en 1923, que no era exactamente una buena época.
Sin embargo se las arregló para estudiar en la universidad de Columbia, donde
obtuvo su doctorado con una tesis sobre química encimática.
Se casó en 1942, tiene dos hijos y recientemente se
separó de su esposa. Ahora vive en una confortable suite de un hotel
residencial, justo frente al Central Park West. La sala de estar es su estudio;
un lugar atestado con textos de referencia, archivos y pilas de revistas
científicas. Trabaja de nueve a cinco, siete días a la semana, sin una pausa.
—No, estoy mintiendo. Algunas veces salgo a dar una
vuelta el domingo.
—¿Piensas con la máquina de escribir, Ike?
—Sí, mecanografío a velocidad profesional. ¿Noventa
palabras por minuto?
—Bárbaro, ¿Pero puedes pensar a noventa palabras
por minuto?
—Sí, puedo. Las dos cosas funcionan al unísono.
Recibe una enorme cantidad de correspondencia de
sus fans de ficción y sus fans de ciencia, la que responde. Los niños pequeños
le escriben pidiéndole que arbitre en disputas con sus maestros de ciencia.
Asimov se sobresalta cuando recuerda un terrible y ridículo error que realizó
en la primera edición de su Guide. Un chico tuvo una discusión con su
maestro y le dijo:
—El doctor Asimov siempre tiene razón.
Asimov se vio obligado a contestarle: "Algunas
veces Isaac Asimov es un maldito idiota."
Recibe pocas cartas de maníacos.
—Un tipo se puso como loco porque yo no afirmaba
que Nikola Tesla era el más grande científico de todos los tiempos. Sólo una
vez recibí una carta antisemita. Era de un tonto que creía que yo le otorgaba
demasiada importancia a Einstein. Decía que Einstein estaba equivocado, y que
de cualquier modo había cogido todo de Gentile. No me molesté en responderle.
Se divierte bastante con lo que denomina su memoria
trampa-de-acero.
—Retengo más las cosas en relación inversa a su
importancia. El problema es que no puedo desechar nada. El otro día un amigo me
mencionó una vieja canción, "The Boulevard of Broken Dreams", y se la
canté de memoria.
Maldito sea si no comenzó a cantarla para mí.
—¿Lo ves? —hizo una mueca—. Otras cinco células
cerebrales malgastadas.
EL HOMBRE PI
La palabra más simbólica de la ciencia-ficción es,
por supuesto, "extrapolación". La ciencia-ficción comienza a hablar
de extrapolación hace un par de generaciones. La primera vez que encontré el
sustantivo y verbo fue en Astounding Science Fiction, me sentí muy
impresionado aunque avergonzado porque no sabía que significaba. Aquí estaba
yo, excesivamente educado, y nunca me había topado con esa palabra antes.
Estaba convencido de que el divino editor de Astounding, John W.
Campbell Jr., la había personal y privadamente inventado. Por cierto, él la
utilizaba como si le perteneciera.
"Extrapolación" ya no es más un término
exótico de la SF en el día de hoy. Se ha hecho familiar y una parte de la
conversación, particularmente después de su frecuente uso, junto con el resto
de la jerga de Madison Avenue, en los oídos de Watergate, pero ¿qué significa?
El Webster II no abreviado, que continúa siendo el árbitro
supremo para los editores, a despecho de la publicación del Webster III, no nos ayuda mucho.
Extrapolación. El cálculo de los valores de una
función conocida dentro de cierto intervalo de valores de su argumento, de su
valor para algún valor argumental que no se encuentra dentro de ese intervalo,
como el cálculo de la tasa de nacimiento en 1934, deducida de las tasas
conocidas en 1850-1900.[6]
Salud a Noah Webster, lexicógrafo norteamericano...
1758-1843. He aquí mi definición:
Extrapolación. La continuación de una tendencia
tanto incrementándose como decreciendo o permaneciendo estable, hasta su
culminación en el futuro. Su único constreñimiento es el límite colocado por la
lógica del universo.
Y salud al difunto, gran Alfred Bester, autor
norteamericano.
Me gustaría hacer una digresión en la controvertida
cuestión que atormenta a muchos lectores y escritores de ficción imaginativa:
cuál es la diferencia entre ciencia-ficción y fantasía. Mi calificación de
"constreñimiento" en la definición de extrapolación puede ser la
respuesta. En mi opinión, la fantasía es escrita y leída en un limbo sin lógica
ni límites. Esa es la razón por la que la fantasía no me gusta demasiado; la
encuentro indisciplinada y auto-indulgente.
He realizado mis propias extrapolaciones en la
ciencia-ficción, pero principalmente concentrado en la conducta humana; soy una
persona orientada. Cuando comienzo a pensar en un relato, lo hago siempre en
términos de personajes y sus respuestas al entorno cambiado. Diciéndolo de otra
manera, no estoy muy interesado en extrapolar ciencia y tecnología; simplemente
utilizo la extrapolación como un medio de colocar a personas ante nuevos
dilemas que producen coloridas presiones y conflictos. Seré brusco: al infierno
la ciencia si no puede producir ficción.
Ahora bien, yo también soy persona, y muchas veces
extrapolo algo de mí mismo en un relato. Algunos de mis amigos que me conocen
bien insisten que pongo algo de mí en todos mis personajes, lo que no es muy
agradable, considerando lo chiflados que suelen ser mis antihéroes. Creo que el
ejemplo más puro de esto es "El Hombre Pi", y una de las pruebas es
que la historia fue escrita en un solo día de histeria al rojo-blanco. Debe
haber escrito por mí. Prueba adicional: Revisé y retoqué la historia para esta
edición (el original fue escrito demasiado a la ligera y estaba bastante
crudo), y volví a ponerme histérico otra vez.
Siempre he estado obsesionado por las pautas,
ritmos y compases, y siempre siento mis relatos en esos términos. Es una pauta
obsesiva que me impulsa a experimentar con la tipografía. Me esfuerzo mucho en
desarrollar una técnica de combinar la vista, el sonido y contexto de las
palabras en pautas dinámicas. Quiero que el ojo, el oído y la mente de los
lectores se sumerjan en un todo que sea más que la suma de las partes. Tengo la
curiosa creencia de que algún modo leer debería ser más que leer; debería ser una
experiencia sensorial total e intelectual. A mi propia y pintoresca manera
estoy tratando de hacer algo mejor con films y programas de televisión. Huxley
estaba alcanzando la misma cosa con sus "sondeos" en Un mundo
feliz, pero no fue lo suficientemente lejos. Creo que yo tampoco.
De cualquier manera, una tarde estaba charlando con
un tipo apreciado que ha sido mi amigo desde que me arrancó los sesos a golpes
y los envolvió en papel metálico durante una reunión que tuvimos en Princeton.
Es un músico loco. Entre otras cosas escribió una canción de humor negro
titulada: "¿Quién secuestró al bebé de Lindbergh? (¿Fue usted o usted o
usted?)". Me habló de un eminente compositor con el cual estudió en
Princeton. El pequeño Charles Augie con su perrito... El hombre hacía
un ritmo de 5/4 con una mano y de 7/4 con la otra, ¿Qué hacer? y
podía hacerlo hasta el fin del compás. Su padre tenía idea de volar a
través del océano... Era de una habilidad fantástica; si no me creéis
tratad de hacerlo vosotros mismos. ¿En qué forma mostrarle su devoción?[7] *
Esto disparó la idea de extrapolar mi obsesión con
pautas y dinámicas, y el "Hombre Pi" es el resultado. El relato
explora los efectos de una outré pero lógicamente posible exageración
del entorno de un hombre contemporáneo. (Parentéticamente siempre trato de
mantener mis personajes contemporáneos dentro de la ciencia-ficción.) Adviertan
que no hice a mi personaje músico. Demasiado obvio, demasiado fácil, demasiado
especial. Creo que cualquier puede identificarse y vibrar con las armonías de
su propia obsesión rítmica. Esto, por supuesto, es un síntoma clásico de los
lunáticos.
|
¿C |
ómo decirlo? ¿Cómo escribirlo? Algunas veces puede
ser fluido, hasta delicado, y luego, reculer pour mieux sauter, las
pautas se apoderan de mí. Empujan. Impulsan.
Algunas veces
yo yo yo
soy soy soy
3,14159+
desde desde desde
este otro ese
espacio espacio espacio
Algunas veces no
No tengo control, pero de cualquier modo lo
intento.
Despierto preguntándome ¿quién, qué, cuándo, dónde,
por qué?
La confusión resultante de un compensador biológico
nació dentro de mi cuerpo, el cual odió. Sí, pájaros y animales tienen relojes
biológicos internos, que les permiten volver a su hogar desde miles de millas
de distancia. Yo tengo un compensador y ecualizador biológico que responde a
desconocidas tensiones y distensiones. Yo relaciono, compenso, hago y modelo
pautas, ajusto ritmos, como el péndulo de compensación de un reloj, pero este
es un reloj desconocido y no sé que tiempo marca. No obstante debo hacerlo. Soy
forzado. No tengo control alguno sobre el yo, el habla, el amor, el destino.
Sólo debo compensar.
Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que
lastima, enseña. He sido herido y he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido? Sin
embargo. Me despierto por la mañana con el mayor dolor de todos, preguntándome
qué casa. Fortuna, comprendes. ¡Maldito sea! Un cottage recluido en Londres,
una villa en Roma, un penthouse en Nueva York, un rancho en California.
Despierto. Miro. ¡Ah! El trazado me es familiar. Es así:
Vestíbulo
Dormitorio
Baño T
Baño e
Sala de
estar r
Cocina r
Vestidor a
Dormitorio z
T e r r a z a
Así es. Estoy en el penthouse de Nueva York, pero
ese baño-baño-espalda-con-espalda. ¡Uff! Todo el ritmo equivocado. Una pauta
penosa. ¿Por qué nunca lo advierto antes? ¿O es que esta súbita conciencia es
el resultado de un fenómeno de otra parte? Telefoneo a los conserjes de abajo.
En ese momento pierdo mi inglés americano. Maldita molestia. Me veo impulsado a
hablar una mezcla de lenguas y nunca sé cuál estaré obligado a hablar a
continuación.
—Pronto. Ecco mi. Signare Marko. Miscusi tanto...
¡Uff! Cuelgo. Odio la basura que a veces estoy
obligado a hablar y escribir. Escribo esto durante un periodo de ameringlés
lúcido, de otro modo esto sería un goulash. Mientras espero que retorne la
comunicación, me ducho el cuerpo, dientes, cabellos, me afeito, me seco todo, e
intento de nuevo. ¡Voilá! Vuestro inglés retorna. Vuelvo al invento
del señor G. Bell y llamo al conserje otra vez.
—Buenos días, señor Lundgren. Soy Peter Marko. El
tipo del penthouse. Exacto. Señor Lundgren, sea mi rabino personal y consiga
dos operarios para enviar aquí esta mañana. Quiero convertir los dos baños en
uno. No, no importa. Dejaré cinco mil dólares sobre la nevera. ¿Sí? Gracias,
señor Lundgren.
Quería usar franela gris esta mañana pero estoy
impulsado a ponerme lana asargada. ¡Mierda! El Black Power tiene peculiares
efectos colaterales. Vuelvo al dormitorio adicional
(véase diagrama) y abro con llave la puerta que fue
instalada por la Compañía de Seguridad Águila — Desde 1904 — Equipamientos de
Bóvedas Bancadas — Archivos & Gavetas No Inflamables — Cambios de
combinaciones. Entro.
Todo emite maravillosamente, arriba y debajo del
espectro electromagnético. Ondas de radio por debajo de los 1000 metros,
ultravioletas por arriba de los duros rayos X y los 100 Kev (cien mil
electrovoltios) de radiación gamma. Todos los interruptores
innn-tt-errr-um-ppp-i-endooo al azar. Estoy perturbando la voz del universo, al
menos dentro de este hogar, y estoy en paz. ¡Dios mío! ¡Conocer incluso un
momento de paz!
Así. Cojo el metro hasta la oficina de Wall Street.
La Limousine es más conveniente pero el chofer demasiado peligroso. Podría
volverse amistoso, y no me atrevo a tener más amigos. Mucho mejor es el metro
matutino, con sus apretujones y multitudes empaquetadas, sin pautas que
ajustar, sin exigencias de cambios y compensaciones. Paz.
En el vagón del metro vislumbro un ojo, estrecho,
sombrío, gris, propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de
que nunca lo has visto y jamás lo verás otra vez. Pero capto esa mirada y
dispara una alarma en la parte trasera de mi mente. El lo sabe. Vio el
relampagueo de mis ojos antes de que pueda girarme. Así que me siguen otra vez.
¿Quién ahora? ¿EEUU? ¿URSS? ¿Interpol? ¿Investigadores Asociados, Inc.?
Salgo con rapidez del metro en el atestado City
Hall y les doy una falsa pista hasta el edificio Woolworth, en caso de que
operen con dos seguidores. Toda la teoría del cazador y el cazado no es evitar
que te localicen, no se puede evitarlo; el asunto es dejar muchas pistas falsas
a seguir para que se dispersen. Entonces se ven obligados a abandonarte. Tienen
un presupuesto de un hombre-hora; de modo que necesitan tantos hombres para
tantas operaciones. . . El tránsito de City Hall estaba desincronizado, como
generalmente lo está, de modo que tuve que relajarme para compensar. Cogí el
elevador hasta la décima planta del edificio. Cuando comencé a bajar las
escaleras fui súbitamente poseído por algo que salía de allí, algo malo.
Comencé a gritar, pero no había ayuda. Un viejo empleado emergió de una oficina
usando un abrigo de alpaca, gafas de oro, con un distintivo en la solapa que
decía: N.N.Chapin.
—El no —supliqué a ninguna parte-. Es un hombre
delicado. No N.N.Chapin, por favor.
Pero soy obligado. Me aproximo. Dos golpes, cuello
y barriga. Se desploma, retorciéndose. Pisoteo sus gafas y aplasto su reloj.
Luego se me permite bajar las escaleras otra vez. Eran las diez y media. Estaba
retrasado. ¡Maldición! Cojí un taxi hasta el 99 de Wall Street. La pauta del
conductor era olorosamente honesta; un negro grande, tranquilo y asegurado. Le
di una propina de cincuenta dólares. El levantó sus cejas. Coloqué mil en un
sobre (secretamente) y envié al conductor de vuelta al edificio para que
buscase y se lo diera a N.N.Chapin en la décima planta. No se adjuntaba nota:
"De un admirador desconocido."
Trabajo matutino de rutina en la oficina. Soy una
especie de árbitro, cuyo trabajo es comprar y vender simultáneamente dinero en
diferentes mercados para obtener beneficios por las diferencias de precios.
Tratad de seguir un simple ejemplo: la libra esterlina se vende a $ 2,79 1/2 en
Londres. La rupia se vende a $ 2.79 en Nueva York, compro una libra por una
rupia en Burma, vendo la libra por $ 2.79 1/2 en Londres, y he ganado 1/2
céntimo en la transacción. Multiplicad por $ 100.000, y he ganado $ 250 en la
transacción. Se requiere un capital enorme.
Pero este es un crudo ejemplo del trabajo de un
árbitro; en realidad la compra y venta deben seguir intrincadas pautas y tener
un perfecto ajuste. Los mercado de moneda tienen altibajos hoy. Los mercados de
valores están agitados. El oro fluctúa. Ya es más de las once y media, pero las
pautas me colocan con $ 57,075,94 de ganancia pasado el medio día, Tiempo de
Ahorro debido a Luz Diurna.
57.075 es una buena pauta, ¡pero esos 94 céntimos!
¡Ajj! Caca. La simetría por encima de todo. Aja, sólo 24 céntimos en mis
bolsillos. Llamo a la secretaria, le pido prestados 70 céntimos y arrojo la
suma total por la ventana. Me siento mejor cuando los veo esparcidos en el
espacio, pero luego la pesco observándome encantada. Muy peligroso. Despido a
la chica al instante.
—Pero ¿por qué, señor Marko? ¿Por qué? —pregunta,
tratando de no llorar. Encantadora pequeña. Carapálida impertinente, pero no
tan impertinente ahora.
—Porque ha comenzado a gustarme.
— ¿Qué hay de malo en eso?
—Cuando la contraté le advertí que no debía
gustarme.
—Creí que me estaba tomando el pelo.
—No lo hacía. Debe marcharse.
—Pero ¿por qué?
—Porque ha comenzado a gustarme.
—¿Es algún nuevo tipo de proposición?
—¡Dios no lo permita!
—Bien, no tiene usted porque preocuparse —se
encolerizó—. Lo odio.
—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted.
Enrojeció por completo y abrió la boca para
insultarme, mientras sus ojos parpadeaban enojados. Una chica encantadora,
cualquiera sea su nombre. No podía ponerla en peligro. Le entregué tres semanas
de sueldo como indemnización y la eché. Punkt. La siguiente
secretaria que tomaría sería un hombre, casado, misántropo, asesino; un hombre
que pudiera odiarme.
De modo que, a comer. En un restaurante
delicadamente equilibrado. Todas las sillas ocupadas por clientes. Hasta con
pautas. No hay necesidad de compensar y ajustar. También me dan la mesa
acostumbrada, en un rincón solitario, donde no necesito tener un invitado para
equilibrar. Un bonito y ordenado menú pautado:
Martini
Martini
Croque M'sieur de
Roquefort
Ensalada
Café
Pero se consume tanta crema en el restaurante que
tuve que compensar bebiendo mi café solo, que no me gusta. Sin embargo, aún hay
una pauta tranquila.
X2 + X + 41 =
número primo. Excusadme, por favor. Algunas veces controlo y veo que
compensaciones deben ser hechas... tic-toc-tic-toc, el bueno y viejo péndulo de
reloj... otras veces me veo obligado a hacer cosas que solo Dios sabe dónde o
por qué o cómo, si es que hay un Dios. Entonces debo hacer lo que soy impulsado
a hacer, ciegamente, sin motivos, hablando el galimatías que hablo y pienso,
algunas veces odiando lo que hago, como el asunto del señor Chapin, ese pobre
hombre. Aún así, la ecuación se quiebra cuando X= 40.
La tarde fue tranquila. Por un momento pensé que me
vería obligado a partir para Roma (Italia), pero fuera lo que fuese se ajustó
sin necesidad de mis dos ($0,02) céntimos. La Asociación Protectora de Animales
me atrapó por matar a mi perro a golpes, pero yo había contribuido con $500.000
para su guardería. Salí de allí en medio de las inclinaciones de cabeza.
Escribí algunas frases sobre unos afiches, salvé a un niñito de una zurra en
una pelea callejera al costo de un desgarro en la chaqueta. ¡Maldición! Di un
puñetazo a un torpe conductor que estaba sometiendo a su hermano Aston-Martin a
un cruel e inusual castigo. El estaba, como se dice, "apretando el
acelerador a fondo".
A la noche fui al ballet para relajarme con las
maravillosas pautas de Balanchine; equilibradas, pacíficas, suaves. Luego
respiré profundamente, contuve las náuseas y me obligué a ir al The
Raunch, la sala hortera del West Village. Odio The Raunch, pero
necesito una mujer y debo ir allí donde odio. La pelirrubia que despedí, tan
llena de malicia y miradas provocativas. De modo que, poisson
d'avril, me dirigí a The Raunch.
Caos. Oscuridad. Cacofonía. Mis vibraciones
chillan. Focos de 25 vatios. Baladas de protesta. Contra la pared L están
sentados dos jóvenes con barbas púbicas que juegan al ajedrez. Muy
mal. Exempli gratia:
1. P-4D C-3AR
2. C-2D P-4R
3. PxP C-5C
4. P-3TR C-6R
Si las Blancas cogen el caballo, las Negras fuerzan
mate con D-5T jaque. No esperé a ver como continuarían las huestes de
Capablancas.
Contra la pared R está la barra, donde sirven
principalmente cerveza y vino barato. Hay chicas con bolsos de papel de estraza
conteniendo artículos de tocador. Buscan un lecho donde pasar la noche. Todas
usan téjanos ajustados y están desnudas bajo los flojos suéters. Me acuerdo de
Herrik (1591-1674): Luego, cuando levanto mis ojos y veo / esa desafiante
vibración liberada / Oh, ¡cómo me arrebata ese resplandor!
Escojo a la que resplandece más. Hablo. Me insulta.
Le devuelvo el insulto y pido un trago bien fuerte. Ella se bebe mi copa y
refunfuña y odia, pero inofensivamente. Se llama Bunny y no tiene lecho para la
noche. No me permito simpatizar. Es lesbiana, no se baña y sus pautas de
pensamiento son discordantes. La odio y está a salvo; ningún daño puede caer
sobre ella. De modo que maniobro para sacarla de Sink City y llevarla a mi casa
para seducirla por desprecio mutuo, y en la sala de estar está sentada la pequeña
carapálida y pelirrubia secretaria, recién despedida por sus buenos servicios.
Está sentada en mi penthouse, ahora con un (1)
cuarto de baño menos, y con $ 1997,00 de vuelto sobre la nevera. ¡Huy! Arrojo
los $ 6,00 en el Dispongo-de-Todo de la cocina (un delito federal) y me siento
consolado con los 1991 restantes. Ella está sentada allí, con un vestido color
pastel, la piel reluciente, ruborizada de embarazo y también de enojo. Su
rostro impertinente muy tenso por la atrevida acción que cometía. ¡Got
Bewahre! Me gusta eso.
Ahora escribo
la
siguiente
parte
del
r
e P
l a
a en r
t i
o s
Dirección: 49 bis Avenue
Hoche, París, 8eme. Francia
Obligado a ir por lo que sucedió en la ONU,
comprendéis. Eran necesarios compensaciones y ajustes extremos. Casi, por un
momento, pensé que tendría que atacar al director de
la Opéra-Comique, pero el destino fue bondadoso y me permitió partir
con sólo una exposición indecente, y fui capaz de ajustarla consiguiendo una
beca en la Sorbonne. ¿No sugirió alguien que ese destino es la raíz cuadrada de
menos uno?
De cualquier modo, volviendo a Nueva York, es mi
turno para acusar a la carapálida, pero súbitamente mi ameringlés es
reemplazado por un dialecto extraído de una película clase B, en la cual un
recaudador de impuestos blanco y una joven ciega, nativa de una isla de los
Mares del Sur, encuentran la redención juntos, mientras ella toca el ukelele y
canta fragmentos de los Grandes Éxitos de Lawrence Welk.
—Ug —dijo—. Amiga mía ser muy feliz de saber porque
tú invadir mi casa, pero casi no puedo hablar. Muy embarazoso.
—Soborné al señor Lundgren —dijo abruptamente—. Le
dije que usted necesitaba unos documentos importantes de la oficina.
La lesbiana giró sobre sus talones y se fue
violentamente, su desafiante vibración liberada. La alcancé frente al ascensor,
puse $101 en su mano y traté de disculparme. Me odio más aún de modo que hice
algo impropio con su vibración y retorné a la sala de estar.
— ¿Qué le pasa a esa chica? —preguntó carapálida. Mi
inglés retornó.
— ¿Cómo se llama?
— ¡Dios mío! ¿He trabajado en su oficina dos meses
y ni siquiera sabe mi nombre? ¿Realmente no lo sabe?
—No.
—Soy Jemmy Thomas.
—Lárguese, Jemmy Thomas.
— ¿Es por eso que siempre me llamaba "Señorita
Humm"? ¿Es Ruso?
—Medio.
— ¿Y el otro medio?
—No son asuntos suyos. ¿Qué está haciendo aquí?
Cuando yo despido a alguien, lo despido. ¿Qué quiere usted de mí?
—A usted —dijo ella, enrojeciendo por completo.
—Por el amor de Dios, ¿quiere usted largarse de
aquí?
— ¿Qué tiene ella que yo no tenga? —exigió
carapálida. Luego su rostro se descompuso—. ¿No lo tengo? ¿No es
cierto? Continuaré en Bennington. Son fuertes en agresividad pero débiles en
gramática.
— ¿Qué quiere decir con eso de continuar en
Bennington?
—Vaya, es un college. Creí que todo el mundo lo
sabía.
—Pero ¿continuar?
—Ah. Estoy en los cursos medios. Te arrean con
látigos para que adquieras experiencia práctica en tu campo. Usted debería
saberlo, Su jefa de oficina... supongo que tampoco conoce su nombre, ¿no?
—Ethel M. Blatt.
—Sí. La señorita Blatt cogió todos los datos antes
de que usted me entrevistara.
— ¿Cuál es su campo?
—Solía ser economía. Ahora es usted. ¿Que edad
tiene?
—Ciento uno.
— ¡Oh, vamos! ¿Treinta? En Bennington dicen que
diez años es la diferencia correcta entre hombres y mujeres porque nosotras
maduramos más rápido. ¿Está casado?
—Tengo esposa en Londres, París y Roma. ¿Qué es
este catecismo?
—Bien, intento tener un motivo para irme.
—Ya lo veo, pero ¿por qué tengo que ser yo?
—Sé que parece una idea fija. —Bajó los ojos, y sin
el toque de luz de sus ojos, su rostro pálido era casi invisible. — Y supongo
que las mujeres están siempre arrojándose en sus brazos.
—Es mi incalculable salud.
— ¿Qué le ocurre, está blasé o algo así?
Quiero decir, sé que no soy detonante, pero tampoco soy exactamente repulsiva.
—Es encantadora.
—Entonces ¿por qué no se me acerca?
—Trato de protegerla.
—Puedo protegerme cuando llegue la oportunidad. Soy
Cinturón Negro.
—La oportunidad es ahora, Jemmy Thompson.
—Thomas.
—Camina, no corras, hasta la salida más cercana,
Jemmy Thomas.
—Lo menos que puede hacer es ofenderme como hizo
con esa prostituta frente al ascensor.
— ¿Me espió?
—Seguro que espié. No esperaría que me quedara
sentada aquí, una mano sobre la otra, ¿no? Tengo un hombre a quien proteger.
Tuve que reírme. Este fueguito fatuo se había
puesto en marcha, arremangado y comenzado a trabajar sobre mí. Me pregunté si
no tendría un buen trozo de carne de res esperando en el horno, y ella misma
esperando en la cama.
— ¿Su hombre? —pregunté.
—Sucede —dijo ella en voz baja—. Nunca lo creí,
pero sucede. Te enamoras y desenamoras y todo eso, y cada vez crees que es
verdadero y para siempre. Y luego encuentras a alguien y ya no es más cuestión
de amor. Sólo sabes que es tu hombre, que estás liada le guste a él o no.
—Explotó con furia—: ¡Estoy liada, mierda! ¡Liada! ¿Crees que todo esto me
divierte?
Me miró a través de toda la tormenta; ojos violeta
llenos de juventud y determinación y ternura y miedo. Pude ver que ella también
estaba siendo obligada, y que tenía rabia y miedo. Y supe cuan solo estaba, sin
poder hacer amigos, amar, compartir. Podía caer enamorado para siempre ante
esos ojos violetas. Miré el reloj. 2.30 de la tarde. Algunas veces está hora es
tranquila. Quizá mi ameringlés continuara un poco más.
—Estas siendo impulsada, Jemmy —dije—. Conozco muy
bien eso. Es algo dentro tuyo, algo que no comprendes, algo que hace que
arrojes tu dignidad y vengas tras de mí. No te apetece, no quieres hacerlo,
nunca has suplicado en tu vida, pero ahora lo haces. ¿Sí?
Ella asintió con la cabeza.
—Entonces puedes comprenderme un poco. Yo soy
impulsado, también.
— ¿Quién es ella?
—No, no. Soy forzado a suplicar a una mujer; soy
obligado a dañar a la gente.
— ¿Qué gente?
—Todo tipo de gente; algunas veces extraños, y eso
es malo, otras veces gente a la que no amo, y eso no lo puedo soportar. Así que
ahora no me permito enamorarme. Debo proteger a la gente de mí mismo.
—No sé de que estás hablando. ¿Eres una especie de
monstruo psicótico?
—Sí, interpretado por Lon Chaney, hijo.
—Si estás bromeando sobre eso, no puede ser todo
tan malo. ¿Has visto a un psiquiatra?
—No, no lo he hecho. Sé lo que me fuerza. —Miro el
reloj otra vez. Aún era una hora tranquila. Permita Dios que mi inglés dure un
poco más. Me quité la chaqueta y la camisa. — Voy a impresionarte —dije, y le
mostré la espalda, zureada de cicatrices. Ella lanzó un gemido.
—Autoinfligidas —le dije—. Porque permití que un
hombre me gustara y me hice amigo de él. Este es el precio que pagué, y tuve
suerte de que a él no le pasara nada. Ahora espera aquí.
Fui al dormitorio principal, donde la vergüenza de
mi corazón estaba embalsamada en una caja de plata oculta en el cajón derecho
de mi escritorio. La traje a la sala de estar. Jemmy me contempló con sus
grandes ojos.
—Hace cinco años una chica se enamoró de mí —le
dije—. Una chica como tú. Estaba muy solo entonces, como siempre, y en lugar de
protegerla de mí, fui débil y traté de retribuir su amor. Ahora te mostraré el
precio que ella pagó. Me odiarás por esto, pero debo mostrártelo.
Quizá te salvará de...
Me interrumpí. Un resplandor atrajo mi mirada... un
haz de luces que provenía del edificio de enfrente; no sólo de algunas
ventanas, sino de muchas. Me puse la chaqueta, salí a la terraza y observé.
Todas las ventanas iluminadas del edificio, tres pisos más abajo, se apagaron.
Cinco segundos de eclipse. Luego otra vez. Ocurrió dos pisos más abajo y luego
en el piso siguiente. La chica vino a mi lado y me cogió del brazo. Temblaba
ligeramente.
— ¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Qué sucede? Pareces
desconsolado.
—Es el
asunto de Ginebra —dije—. Espera.
Las luces de mi apartamento se apagaron cinco
segundos y luego volvieron a encenderse.
—Me han localizado cuando fui atrapado en Ginebra
—le dije.
— ¿Quienes te han localizado?
—Han detectado mis emisiones por medio de un b/e
— ¿Qué emisiones?
—Las del espectro electromagnético completo.
— ¿Qué es be e?
—Buscador de emisiones de radio. Lo utilizaron para
localizar la fuente de mis emisiones. Luego cortaron la electricidad de cada
edificio del área, edificio por edificio, hasta que la emisión se detuvo. Ahora
están apuntando con precisión. Saben que estoy en esta casa, pero aún no saben
en que apartamento. Todavía tengo tiempo. De modo que, buenas noches, Jemmy.
Estás contratada otra vez. Dile a Ethel Blatt que no iré por un tiempo.
Desearía poder darte un beso de despedida, pero no es seguro.
Me echó los brazos al cuello y me dio un beso
sincero. Traté de apartarla.
Se aferró como El Viejo y el Mar.
—Eres un espía —dijo—. Iré a la silla eléctrica
contigo.
—Ojalá fuera sólo un espía. Adiós, mi amor.
Recuérdame.
Fue un gran error dejar escapar esas palabras.
Sucedió creo, porque mi habla comenzó también a dispararse. Súbitamente me vi
obligado a hablar en jeringoza otra vez. Mientras yo corría, la pequeña
carapálida se quitó las sandalias de una patada para poder correr ella también.
Estaba junto a mí cuando bajamos por las escaleras de incendio hasta el garaje
del subsuelo. La golpeo para que se detenga y la insulto en swahili. Me
devuelve el golpe y me insulta con lenguaje de albañal, todo el tiempo riendo y
llorando. Siento que la amo, de modo que está condenada. La arruinaré por el
resto de sus días.
Entramos en el coche y salimos disparados. Me lanzo
por el puente de la calle Cincuenta y Nueve para salir de la isla de Manhattan
y cojo al este. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island, que
siempre está listo para este tipo de eventualidades.
—J'y suis, J'y reste no es mi lema—digo a
Jemmy Thomas, cuyo francés es tan inseguro como su gramática, una cautivadora
debilidad—. Una vez Scotland Yard me atrapó con una carta. Yo recibía
correspondencia de especial cuidado en un Apartado General. Me enviaron un
paquete rojo, me vigilaron cuando lo cogí y me siguieron hasta el 13 de Mayfair
Mews, Londres W.l, teléfono Mayfair 7711. Rojo de peligro. ¿El resto de ti es
tan invisible como tu rostro?
—No soy invisible —dijo ella, indignada haciendo
correr sus manos a través de su hermoso cabello blanquecino—. Me bronceo en
verano. ¿Qué significa toda esta caza y fuga? ¿Por qué hablas y actúas tan
curiosamente? En la oficina pensé que sería porque eras un ruso loco. Un medio
ruso loco. ¿Estás seguro de que no eres un espía?
—Positivamente.
—Muy malo. Un 007 rojo debería tener al menos un
trineo.
—Sí, lo sé. Creías que te seduciría con vodka y
caviar.
— ¿Eres un ser de otro mundo llegado en un OVNI?
— ¿Te asustaría?
—Sólo si no pudiéramos hacer lo que tú sabes.
—No podríamos, de cualquier forma. Todo mi lado
serio está concentrado en mi tarea. Quiero conquistar la tierra
para mis amos robots.
—Yo sólo estoy interesada en conquistarte a ti.
—No soy ni he sido un ser de otro mundo. Puedo
mostrarte mi pasaporte para probártelo.
— ¿Qué eres entonces?
—Un compensador.
— ¿Un qué?
—Un compensador. Como un péndulo de reloj. ¿Conoces
el diccionario de los señores Funk and Wagnalls? ¿Editado por Frank H.
Vizetelly, licenciado en literatura, doctor en leyes? Cito: Aquel o aquello que
compensa, como un instrumento para neutralizar la influencia de la atracción
local sobre la aguja de una brújula, o de un aparato automático para
ecualizar... ¡Mierda!
El licenciado en literatura Frank H. Vizetelly no
utiliza esa palabra. Es culpa mía, porque la valla con la que ahora me enfrento
está sobre el puente de la calle Cincuenta y Nueve. Debería haberlo supuesto.
Debería haber sentido las pautas, pero estaba demasiado arrebatado por esta
encantadora chica. Probablemente las vallas en todas las salidas que conducen
fuera de esta isla de $ 24. Podría saltar por el puente, pero quizás en el
college de Bennington tampoco han enseñado a nadar bien a Jemmy Thomas. De modo
que, detener el coche. Rodeado.
—Kamerad —pronunció—. ¿Quienes sois? ¿La John
Birch?
El caballero dice que no.
— ¿Supremacía Blanca en el Mundo, Inc.?
De nuevo no. Me sentí mejor. Siempre es
desagradable ser capturado por extremistas chiflados.
-¿De la URSS?
Me mira fijamente, luego habla:
—Agente especial Hildebrand. FBI —y me muestra su
identificación, que nadie puede leer con esta luz. Le tomo la palabra y lo
abrazo con gratitud. El FBI es seguridad. El retrocede y se pregunta si soy
marica. No me importa. Beso a Jemmy Thomas, y ella abre la boca bajo la mía
para murmurar:
—No admitas nada. Niega todo. Conseguiré un
abogado.
Tengo trece abogados, y dos de ellos pueden hacer
que cualquier corte tiemble, pero no necesito llamarlos. Este será un
interrogatorio de rutina; lo deduzco de experiencias anteriores. De modo que
les dejo que me arrastren por Foley Square con Jemmy. Nos separan. Me llevan al
Cuarto de la Inquisición.
Luces brillantes; las sombras están dispuestas
justo así; las sillas colocadas justo así; el espejo de la pared es
probablemente una ventana con observadores exteriores; he pasado por esto
antes. El hombre anónimo del metro de esta mañana está interrogándome.
Intercambiamos miradas de reconocimiento. Se llama
R. Sawyer. Comienzan las preguntas.
— ¿Nombre?
—Peter Marko.
— ¿Lugar de nacimiento?
—Lee's Hill, Virginia.
—Nunca lo oí mencionar.
—Es un pueblo muy pequeño, unas treinta millas al
norte de Roanoke. Muchos mapas lo ignoran.
— ¿Es ruso?
—Medio, por ascendencia.
— ¿Padre Ruso?
—Sí. Eugene Alexis Markolevsky.
— ¿Cambió su nombre legalmente?
—Lo acorté cuando me hice ciudadano.
— ¿Madre?
—Vera Broadhurst. Inglesa.
— ¿Se crió en Lee's Hill?
—Hasta los diez años. Luego en Chicago.
— ¿Ocupación de su padre?
—Maestro.
— ¿Ocupación actual: financiero?
—Arbitro. Compro y vendo dinero en el mercado
general. :
—Bienes conocidos por los depósitos identificados
de los bancos: tres millones de dólares.
—Sólo en los Estados Unidos. Contando los depósitos
de ultramar y las inversiones, cerca de diecisiete millones.
R. Sawyer sacudió la cabeza, confundido.
—Marko, ¿qué infiernos hace usted? Iré al grano.
Primero pensamos en espionaje, pero con todo ese dinero... ¿Qué está usted
emitiendo desde su apartamento? No podemos descifrar el código.
—No hay código, sólo emito al azar para poder
obtener un poco de paz y de sueño.
— ¿Sólo qué?
—Emito al azar. Lo hago en todas mis casas.
Escuche, he pasado por esto antes, y es difícil para la gente comprender hasta
que les explico a mi modo. ¿Me deja usted intentarlo?
—Adelante. —Sawyer era severo. — Es mejor que diga
la verdad. Podemos verificar todo lo que nos diga.
Tomé aliento. Siempre el mismo problema. La
realidad es tan extraña que siempre tengo que utilizar el símil y la metáfora.
Pero son las 4.00 de la tarde y quizá la jerigonza no interrumpa mi declaración
por un rato.
— ¿Le gusta bailar?
—Qué infiernos...
—Tenga paciencia. Trato de explicarle. ¿Le gusta
bailar?
—Suelo hacerlo.
— ¿Cuál es el placer de la danza? Que las personas
establezcan un ritmo al unísono; pautas, figuras, equilibrios. ¿Sí?
—Marko, si usted piensa que yo voy a...
—Escúcheme un poco más, Sawyer. He aquí el asunto.
Soy sensible a las pautas en gran escala; más grandes que la danza, o los
desfiles, más que los ritmos del día y la noche, las estaciones, las épocas
glaciales.
Sawyer me miró con asombro.
—Oh sí, las personas responden a los ritmos
diurnos-nocturnos de 2/2, a los 4/4 de las estaciones, las grandes eras de la
tierra. No saben lo que hacen, pero lo hacen. Es por eso que hay problemas de
insomnio, locura lunar, hambre solar, sensibilidad estacional. Yo respondo a
estas cosas locales, pero también a pautas gigantescas, influencias del
infinito.
— ¿Está usted chiflado?
—Seguro. Por supuesto. Respondo a las pautas de
toda la galaxia, quizá del universo; vista y sonido; y todo lo invisible e
insonoro. Soy movido por las pautas de la gente, individual y demográficamente;
hostilidad, generosidad, egoísmo, caridad, crueldades y bondades, de
agrupaciones y todas las culturas. Y soy impulsado a responder y compensar.
— ¿Cómo puede un chiflado como usted ganar
diecisiete mill...? ¿Cómo hace para compensar?
—Si un niño se lastima, la madre responde con un
beso. Eso es una compensación. ¿De acuerdo? Si un hombre golpea a un caballo
uno lo golpea a él. Se silba a un mal boxeador. Se aplaude un buen
partido. Usted es un poli, Sawyer. ¿Acaso la víctima y el asesino no se buscan
uno al otro hasta completar su pauta?
—Quizás en el pasado; hoy ya no. ¿Qué tiene que ver
todo esto con sus emisiones?
—Multiplique esa compensación por infinito y me
tendrá a mí. Yo tengo que besar y patear. Soy conducido. Debo compensar una
pauta que pueda ver o comprender. Algunas veces soy impulsado a hacer cosas
extravagantes, otras veces soy forzado a hacer locuras; hablar en jerigonza, ir
a lugares extraños, realizar actos abominables, actuar como un chiflado.
— ¿Qué actos abominables?
—Quinta enmienda.
— ¿Pero para que esas emisiones?
—Son un flujo de emisiones y partículas onduladas,
algunas veces confusamente. Las siento a todas y respondo a ellas como una
marioneta responde al tirón de sus hilos. Trato de neutralizar emitiendo, de
modo que emito al azar para tener un poco de paz.
—Marko, juraría que usted está loco.
—Sí, lo estoy, pero no podrá encerrarme. Lo han
intentado antes, lo he intentado yo mismo. No funciona. El gran plan no lo
permitiría. No sé por qué, pero el gran plan quiere que yo siga siendo el
Hombre Pi.
— ¿De que infiernos está hablando? ¿Sufre de los
riñones?
—No pe-i-ese. Pe-i. Pi. Decimosexta letra del
alfabeto griego. Es la relación de la circunferencia de un círculo a su
diámetro. 3.14159+. La serie continúa hasta el infinito. Es trascendental y
nunca puede ser reducida a una pauta finita. Las percepciones extrasensoriales
se denominan Psi. Yo llamo Pi a la percepción extra de las pautas. ¿De acuerdo?
Me observó con ferocidad, arrojó mi dossier,
suspiró y se desplomó en una silla. Eso produjo un conjunto equivocado y tuve
que moverme. Me miró de reojo.
—Hombre Pi —me excusé.
—De acuerdo —dijo por último—. No podemos
retenerlo.
—Lo han intentado pero nunca lo consiguieron.
— ¿Quienes lo intentaron?
—Gobiernos, policía, contra-inteligencia,
políticos, extremistas chiflados, sectas religiosas... Me persiguen, esperando
poder atraparme o utilizarme. No pueden hacerlo. Soy parte de algo mucho más
grande. Creo que todos lo somos, yo soy el primero en advertirlo.
— ¿Está declarando que es un superhombre?
— ¡Dios me libre! ¡No! Soy un hombre condenado...
un hombre torturado porque algunas de las pautas que debo ajustar son ritmos
extraterrestres que no se parecen en nada lo que siempre experimentamos en la
tierra... 29/51... 108 /303... compases de este tipo, extraños, aterrorizadores
y agónicos como para vivir con ellos.
Hizo una profunda inspiración.
—Confidencialmente, ¿que es eso de actos
abominables?
—Es por eso que no puedo tener amigos o permitirme
el amor. Algunas veces las pautas se vuelven tan desagradables que tengo que
hacer terribles sacrificios para restaurar el plan. Debo destruir algo que amo.
— ¿Eso es un sacrificio?
— ¿No es el único significado de sacrificio, Sawyer?
Entregar lo más querido para uno.
— ¿A quién?
—Los Dioses. Los Hados. La Gran Pauta que me
controla. ¿Desde dónde? No lo sé. El universo es demasiado grande para ser
aprehendido, pero tengo que ajustarme a los planes con mis acciones y
reacciones, emociones y sensaciones, para hacer que las pautas surjan
equilibradas en alguna forma que no comprendo. Las presiones que
me
aserran
atrás y
y me
adelante convierten
y en
atrás el
y trascendental
adelante 3,14159+
y quizá hablo demasiado de R. Sawyer y la pauta
pronuncia: HOMBRE PI, NO SE TE PERMITE.
De modo que: hay
oscuridad y silencio.
—El otro brazo ahora —dijo Jemmy con firmeza—.
Levántalo.
Estoy en la cama, yo, pensando con buen ánimo otra
vez. La mitad (1/2) en el pijama; la otra mitad (1/2) luchando con la chica
carapálida. Lo levanto. Ella da un tirón. El pijama está puesto ahora, y es mi
turno de ruborizarme. En Lee's Hill me educaron con mucho recato.
— ¿Ya está lista la carne de res? —pregunté.
— ¿Qué?
— ¿Qué sucedió?
—Te quedaste sin resuello. Desmayado. No eres tan
frío.
— ¿Qué más sabes?
—Todo. Yo estaba del otro lado de esa especie de
espejo. El señor Sawyer tuvo que dejarte ir. El señor Lundgren ayudó a traerte
al apartamento. El cree que eres de piedra. ¿Cuánto tengo que darle?
—Cinque lire. No. ¿Parla Italiano, gentile
signorina?
— ¿Me preguntas si hablo italiano? No.
—Entschudigen Sie, bitte. ¿Sprechen Sie Deutsch?
— ¿Es tu pauta otra vez?
Asentí.
— ¿No puedes detenerla?
Después de escalas en Grecia y Portugal, el inglés
retornó finalmente a mí.
— ¿Puedes dejar de respirar, Jemmy?
— ¿Es eso lo que te gustaría, Peter? ¿Verdaderamente?
— Sí.
—Cuando haces algo… algo malo... ¿sabes por qué?
¿Sabes exactamente que en algún lado alguien te obliga a hacerlo?
—Algunas veces sí. Otras veces no. Todo lo que sé
es que soy impulsado a responder.
—Entonces eres exactamente la herramienta del
universo.
—Creo que todos lo somos. Seres continuos. La única
diferencia es que soy más sensitivo a las pautas galácticas y respondo con
violencia. ¿Por qué no te vas al infierno, Jemmy Thomas?
—Aún estoy liada —dijo ella.
—No es cierto. No después de lo que has oído.
—Sí, lo estoy. No tienes porque casarte conmigo.
Ahora el mayor de todos los dolores. Tengo que ser
honesto. Tengo que preguntar.
— ¿Dónde está la caja de plata?
Una larga pausa.
—En el incinerador.
—Sabes... ¿Sabes lo que había en ella?
—Sé lo que había en ella.
— ¿Y aún sigues aquí?
—Lo que hiciste fue montruoso. ¡Monstruoso! —Su
rostro alterado estaba lleno de rimel. Estaba llorando. — ¿Dónde esta ella
ahora?
—No lo sé. Los cheques se envían cada trimestre a
una cuenta numerada en Suiza. No quiero saberlo. ¿Cuánto puede soportar el
corazón?
—Creo que voy a descubrirlo, Peter.
—Por favor, no lo hagas —Hice un último esfuerzo
por salvarla. — Te amo, carapálida, y tú sabes lo que eso significa. Cuando las
pautas se tornen crueles, tú puedes ser el sacrificio.
—El amor también crea pautas. — Me besó. Sus labios
estaban resecos, su piel helada, tenía miedo y dolor, pero su fuerte corazón
latía con amor y esperanza. — Nadie puede dañarnos ahora. Créeme.
—Ya no sé más qué creer. Somos parte de un mundo
que está más allá de todo conocimiento, ¿Y si resulta ser demasiado enorme para
el amor?
—De acuerdo —dijo ella serenamente—. No somos
perros en un comedero. Si el amor es algo pequeño y tiene un fin, dejemos que
finalice. Dejemos que las cosas pequeñas como el amor y el honor y la
misericordia y la risa finalicen, si es que hay algo más grande más allá.
— ¿Pero que puede ser más grande? ¿Qué hay más
allá? Me lo he preguntado durante años. Nunca tuve respuesta. Ni siquiera una
pista.
—Por supuesto. Si somos demasiado pequeños para
sobrevivir, ¿cómo podemos saberlo? Hazte a un lado.
Luego estuvo en la cama conmigo, los extremos de su
cuerpo como escarcha, mientras el resto de ella era cálido y evocador, y hubo
tal estallido de pasión que por primera vez pude olvidarme de mí mismo, olvidar
todo, abandonar todo, y lo último que pensé fue esto: puñetero mundo. Puñetero
universo. Puñetero DDD-i-ossss
MI AMIGO DE ARRIBA
Es el autor excepcional quien se parece a su obra,
o viceversa, y Harry Harrison es una de las excepciones notables. Enérgico,
explosivo, vive y trabaja con un tempo presto que hace difícil distinguir las
palabras que surgen como metralla de su boca o las palabras de sus galvánicas
cartas. Recibí una de éstas y, después de separar la sustancia de la mezcolanza
de tipos, tachaduras y omisiones, reuní suficiente información como para
suponer que Harrison quería que escribiera un relato especial para él.
El gran John Campbell había muerto prematuramente,
emocionando y apenando a sus amigos y admiradores, y Harry, con sus típicas
explosiones de generosidad, estaba planeando una antología en su memoria que
incluiría a los habituales de Campbell en la legendaria "Edad de Oro"
de Astounding Science Fiction. Protesté, diciendo que yo no tenía
nada que hacer en tal antología; nunca había sido un habitual de Campbell y
había participado en la "Edad de Oro" como fan más que como autor.
Harrison me bombardeó con más metralla, y "Mi amigo de arriba" es el
resultado, confeccionado de acuerdo al énfasis en la ciencia que Campbell
generalmente prefería en los relatos de Astounding.
El material es producto colateral de un libro que
hice sobre el programa de los satélites científicos de la NASA hace algunos
años, y que me moría por utilizar en la ficción. Había pasado algo más de seis
meses investigando en Goddard (El Centro de Vuelo Espacial Goddard en
Greenbelt, Maryland), JPL (The Jet Propulsión Laboratory en Pasadena,
California) y Huntsville (el centro de investigación espacial Von Braun de
Huntsville, Alabama), y estaba hasta la coronilla de la ciencia y las aventuras
de la NASA.
Como ejemplo, tuve que
volver al colegio para hacer un curso sobre colisiones, reaprendiendo todas las cosas que había olvidado y asimilando todos los avances
que la ciencia y la tecnología habían hecho cuando yo no estaba mirando. La
ciencia del relato y el trasfondo de los hechos son reales; la única
extrapolación es mía. Por ejemplo: la "Operación Patada Sorpresiva"
sucedió realmente en Goddard, pero sin resultados desafortunados. El satélite
rescatado fue enviado con rapidez a su misión asignada sin tratar de iniciar
asuntos por cuenta propia.
Pero hubo otras magníficas cosas que yo no había,
sido aún capaz de usar: el ingeniero de Goddard que se esclavizó durante meses
tratando de inventar un artilugio con el cual controlar un mecanismo
inusualmente trabado en un satélite. Finalmente le dio una patada y se fue a
pescar con su hijo. Allí echó un vistazo al carrete de la caña de pescar que
utilizaba su hijo, y una bombilla de gran poder se encendió en su cabeza. El
problema fue resuelto.
Había también un jefe de departamento en JPL que
ganó unos 10.000 dólares en las salas de juego de Las Vegas, cuando era
estudiante. El y otro estudiante supusieron que tenía que haber un defecto en
los mecanismos de la ruleta que favorecieran a ciertos números más de lo que
las leyes de probabilidad lo permitían. Ahorraron 300 dólares y probaron su
teoría un verano en Las Vegas. Tenían razón.
— ¿Qué era? ¿El eje del engranaje estaba desviado?
—No, no. Lo revisaban con un nivel cada mañana.
Descartamos eso.
— ¿Qué era entonces?
—El roce en las muescas de la rueda. Algunas de
ellas estaban más gastadas, de modo que en lugar de ser despedida, la bola
tenía tendencia a golpear en el borde gastado y caer en la muesca. Ahora
también revisan las muescas cada mañana.
— ¿Qué hicisteis con el dinero?
—Mi amigo compró un yate e hizo un crucero por el
Mediterráneo, estudiando la biología marina. Yo pagué mi doctorado.
Ball Bros, es famosa por sus tinajas Masón, pero
también tienen un contrato con la NASA para construir satélites en su planta de
Boulder, Colorado. Mientras estaba allí, mirando como nacía un pájaro, encontré
un hermoso potencial para una extrapolación. Las mujeres son mucho mejor que
los hombres para ensamblar los componentes electrónicos miniaturizados para las
espacionaves. Tienen un toque mágico; preciso, delicado, cuidadoso. Sin
embargo, deben ser relevadas de su tarea durante una semana por mes. Los periodos
de menstruación vuelven sus pieles tan ácidas que arruinan los delicados
mecanismos que manejan.
Lo mejor de todo, creo, fue el taller gigante de
Goddard. Es del tamaño de un acorazado y está lleno de todo tipo de maquinaria
extraña y viejos excéntricos haciendo cosas misteriosas. Cuando la NASA comenzó
su programa, se descubrió que el control de calidad era muy pobre en esta época
de producción en serie, y tuvieron que manufacturar muchos de los componentes
de las espacionaves ellos mismos. Esto los obligó a ir de costa a costa en
busca de viejas máquinas de operación manual, anticuadas y descartadas por
modernos métodos de producción en masa.
Las encontraron oxidándose en almacenes, las
limpiaron, las pusieron a trabajar, y luego descubrieron que tenían que iniciar
otra búsqueda costa a costa para encontrar operarios que supieran manejarlas.
Los encontraron oxidándose en hogares para ancianos y los llevaron a Goddard.
Es una historia feliz que pienso utilizar alguna vez, si algún autor no me gana
de mano.
Los protagonistas de "Mi amigo de arriba"
son una pareja que conozco y amo mucho. Ella es holando-flamenca y la única a
la que oí pronunciar el nombre Leeuwenhoek apropiadamente. (Para los que no
estén interesados en buscarlo, LEY-ven-Juk fue el primer microscopista y un
inmortal de la ciencia). Su esposo es tan perdedor como su contraparte en la
historia, pero de manera muy diferente.
Cuando salió de la marina al fin de la Segunda
Guerra Mundial, tenía tres años de paga quemándole el bolsillo. Había estado en
combate constante en el Pacífico y no había tenido oportunidad de gastarla. Me
dijo que estaba caminando por la avenida Madison, planeando financiar
estrepitosos jolgorios, cuando pasó por una galería de arte con una litografía
de Picasso exhibida en el escaparate. Atrapó su vista y se detuvo a admirarla.
Luego entró, pensando aún en vino, mujeres y canciones, sólo que sus pensamientos
se habían convertido en vino, mujeres y Picasso. Esa conclusión lo llevó a
comprar la litografía, utilizando hasta el último céntimo que tenía, pues era
muy rara. Algo muy diferente de otro ex-teniente de marina que conozco que se
llama Heinlein.
Sí, mi chico es un perdedor, pero no tan perdedor
como yo. Soy el idiota que utilizó la computadora proscripta contra la máquina
tragamonedas y perdió hasta la camisa.
Eran tres chiflados, y dos de ellos humanos. Puedo
hablar de todos ellos porque hablo inglés métrico y binario. La primera vez que
vi a los payasos fue cuando quisieron saber de Heróstrato, y yo se los dije. La
segunda vez fue sobre la Conus gloria maris. Se los dije. La tercera
vez fue donde ocultarse. Se los dije, y desde entonces he estado en contacto
con ellos.
El era Jake Madigan (James Jacob Madigan, doctor en
física, universidad de Virginia), jefe de la Sección de Exobiología en el
Centro de Vuelo Espacial Goddard, que espera estudiar las formas de vida
extraterrestres, si pueden echar mano a alguna. Para daros alguna idea de su
sanidad, una vez programó su computadora IBM 704 con tarjetas para que pudiera
imprimir limones, naranjas, melocotones, etcétera. Luego la utilizó contra una
tragamonedas y perdió hasta la camisa. El chico era un auténtico perdedor.
Ella era Florinda Pot, pronúnciese "Poe".
Es un nombre flamenco. Era una bonita pelirrubia cubierta de pecas, por arriba
del ruedo y por debajo del escote. Era ingeniera mecánica egresada de la
universidad de Sheffield y hablaba inglés como una ametralladora. Estuvo en la
División de Pruebas de Cohetes hasta que hizo estallar un Aerobee con una manta
eléctrica. Parecía que ese combustible sólido no proporcionaba la aceleración
máxima si se colocaba demasiado frío, de modo que esta Madrecita Protectora
calentaba sus cohetes en White Sands con mantas eléctricas antes del tiempo de
ignición. Una manta se incendió y Boooom.
El hijo de ambos era el S-333. En la NASA rotulan
"S" a los satélites científicos (scientifics) y
"A" a los satélites de aplicación. Después del despegue les otorgan
acrónimos públicos como IMP, SYMCOM, OSO, etcétera. El S-333 se había
transformado en OBO, que significaba Observatorio Biológico Orbital, y cómo
hicieron estos payasos para colocar su tercer payaso en el espacio es algo que
nunca comprenderé. Sospecho que el director les destinó para la misión porque
ninguno con sentido común quiso cogerla.
Como Científico Proyectista, Madigan estaba a cargo
de los contenedores de los experimentos que debían ser enviados, y muchos de
éstos debían ser botados al espacio. Llamaba ELECTROLUX a su propio
experimento, una especie de aspiradora de vacío. El chiste típico de un
científico. Era un sistema de aspiración que chuparía las partículas de polvo y
las depositaría en un frasco conteniendo un cultivo. Una luz brillaría a través
de frasco a una fotomultiplicadora. Si alguna de las muestras, de polvo resultaban
tener trazas de esporas, serían cogidas en el cultivo, su crecimiento formaría
una nube en el frasco, y la oscurización de la luz sería registrada en la
fotomultiplicadora. Lo llamaban Detección por Extinción.
La Tecno de California tenía un experimento sobre
ADN en el cual se investigaba hasta donde las moléculas ADN podían codificar
una experiencia con el ambiente de un organismo. Utilizaban células nerviosas
del molusco, la rana de mar. La Harvard estaba planeando un contenedor para
investigar el efecto circadiano, la Pennsylvania quería examinar los efectos
del campo magnético de la tierra sobre la bacteria férrea, y esto debía ser
colocado en un contenedor aislado para prevenir las interferencias magnéticas con
el sistema electrónico del satélite. La Ohio State estaba enviando líquenes
para comprobar los efectos del espacio en sus relaciones simbióticas con el
mantillo y las algas. La Michigan lanzaba un terrario que contenía una (1)
zanahoria que requería cuarenta y siete (47) controles independientes para su
funcionamiento. En suma, el S-333 era un supermercado.
Florinda era Directora del Proyecto, a cargo de la
supervisación en la construcción del satélite y los contenedores; el Director
del Proyecto es más o menos el capataz de la misión. A pesar de que era bonita
e interesantemente chiflada, tenía real entusiasmo por su trabajo y exhibía el
genio de una tarántula pecosa cuando estaba malhumorada. Esto no hacía que
fuera muy querida.
Estaba decidida a limpiar de holgazanes a White
Sands, y sus exigencias de perfección habían retrasado el proyecto dieciocho
meses e incrementado el costo en tres cuartos de millón. Peleaba con todos y
hasta tenía la temeridad de meterse con la Harvard. Cuando la Harvard acusó las
heridas no se dirigió a la NASA, sino que fue directamente a la Casa Blanca. De
modo que Florinda fue llamada al orden por una comisión del congreso. Primero
quisieron saber porque el S-333 estaba costando más que la estimación original.
—El S-333 es aún la misión menos costosa de la NASA
—estalló ella—. Llegará a los diez millones, incluyendo el lanzamiento. ¡Por
Dios! Estamos prácticamente abaratando los experimentos.
Luego quisieron saber porque la construcción
llevaba más tiempo que la estimación original.
—Porque —respondió—, nadie ha construido antes un
Observatorio Biológico Espacial.
No hubo respuesta para esto, de modo que tuvieron
que dejarla seguir. En verdad todo eso era una crisis de rutina, pero OBO era
el primer .satélite de Florinda y Jake, de modo que ellos no lo sabían.
Descargaron sus tensiones uno sobre el otro, sin advertir nunca que el bebé era
el responsable.
Florinda tuvo al S-333 puntualmente y lo envió a
Cabo Kennedy en diciembre, lo que les daba mucho tiempo para lanzarlo bien
antes de Navidad. (El Cabo se divierte un poco casualmente durante las
festividades.) Pero el satélite comenzó a exhibir su propia chifladura, y en
los test terminales todo se fue al diablo. El lanzamiento debió ser suspendido.
Pasaron un mes colocando al S-333 aparte y desarmándolo sobre el suelo del
hangar.
Había dos problemas críticos. La Ohio State estaba
usando un tipo de Invar, que es una aleación de níquel y acero, para la
estructura de su recipiente. La aleación comenzó súbitamente a vibrar, lo que
significaba que nunca se podría calibrar el experimento. No tenía sentido
enviarlo, de modo que Florinda ordenó que fuera separado y entregado a Madigan
un mes para que lo reemplazara, lo cual era ridículo. Sin embargo, Jake realizó
un milagro. Cogió el soporte del recipiente de la Tecnológica y lo convirtió en
un experimento de levadura. La levadura produce enzimas adaptables como
respuesta a los cambios de ambiente, y esta era una investigación que probaría
que las enzimas podrían producirse en el espacio.
Un problema más serio fue el transmisor de radio
del satélite, que estaba produciendo "pájaros" y chillidos cuando la
antena era apartada de la posición de lanzamiento. El peligro era que los
chillidos fueran recogidos por el receptor de radio del satélite, y que los
pulsos provocaran la destrucción del comando. La NASA suponía que eso es lo que
había sucedido al SYNCOM 1, que desapareció poco después de su lanzamiento y
del que nunca volvió a saberse nada. Florinda decidió efectuar el despegue con
el transmisor apagado y activarlo más tarde en el espacio. Madigan combatió la
idea.
—Eso significa que lanzaremos un pájaro mudo
—protestó—. No sabremos donde buscarlo.
—Podemos confiar en que la estación de rastreo de
Johannesburgo determine su posición en la primera pasada —respondió Florinda—.
Tenemos excelentes comunicaciones por cable con Johannesburgo.
—Supón que no lo hagan. ¿Entonces qué?
—Bien, si ellos no saben donde está OBO, los rusos
lo harán.
—A buen puerto...
— ¿Qué quieres que haga, cancelar toda la misión?
—demandó Florinda—. Será así o despegará con el transmisor apagado. —Miró
fijamente a Madigan. — Este es mi primer satélite y no serás tú quién me venga
a dar lecciones. Hay sólo un componente en cualquier espacionave que puede
garantizar problemas todo el tiempo: ¡científicos!
— ¡Mujeres! —resopló Madigan, y se enzarzaron en
una feroz discusión sobre la mística femenina.
Realizaron las pruebas finales del S-333 y lo
colocaron en la plataforma de lanzamiento el 14 de enero. Sin mantas
eléctricas. El aparato sería colocado en órbita a miles de millas del lugar de
lanzamiento al mediodía en punto, de modo que la ignición fue fijada para las
11.50 de la mañana, 15 de febrero. Contemplaron el lanzamiento en el blocao de
las pantallas de TV, y fue algo agónico. Los perímetros de los tubos de TV son
curvos, de modo que cuando el cohete parte y se aproxima al borde de la pantalla,
hay una distorsión óptica que hace parecer que éste se dobla y se parte por el
medio.
Madigan tragó saliva y comenzó a maldecir.
—No, todo marcha bien —murmuró Florinda—. Mira las
gráficas de las pantallas.
Todo era nominal sobre las iluminadas gráficas de
las pantallas. En ese momento, la voz amplificada de tonos impersonales de un
ayudante, dijo:
—Hemos perdido la comunicación por cable con
Johannesburgo.
Madigan comenzó a temblar. Decidió asesinar a
Florinda Pot (pronunció el "Pot" en su mente) en la primera
oportunidad. Los otros experimentadores y la gente de la NASA empalidecieron.
Si no puedes determinar la posición de tu pájaro con rapidez, nunca volverás a
encontrarlo de nuevo. Nadie dijo nada. Esperaron en silencio y se odiaron
mutuamente. A las 1.30 el aparato haría su primera pasada sobre la estación de
rastreo de Fort Myers, si es que aún funcionaba, si es que de algún modo estaba
cerca de su órbita nominal. Fort Myers tenía una línea abierta y todo el mundo
se apiñó alrededor de Florinda, tratando de acercar los oídos al teléfono.
—Sí, ella está bailando junto a la barra
absolutamente fascinada con una pareja de PM que la escoltan —tarareaba
indiferente una diminuta voz—. Ella me dice... ¿Tienes un blip, Henry? —Hubo
una larga pausa. Luego, con la misma voz indiferente:— Hey, ¿Kennedy? Hemos
cogido un pájaro. Está llegando a la jaula ahora. Tendréis vuestra posición.
—¡Ordenad la 0310! —aulló Florinda—, ¡0310!
—La 0310 está ordenada —confirmó Fort Myers.
Esa era la orden para poner en marcha el transmisor
del satélite y colocar la antena en posición de emisión. Un momento más tarde
los diales y osciloscopios del panel de radiorecepción empezaron a mostrar
signos de acción, y el altavoz emitió un rítmico y sincopado gorgorito, muy
parecido al suave piar de un gallinero. Era OBO transmitiendo información a
casa.
—¡Tenemos un pájaro cantor! —vociferó Madigan—.
¡Tenemos un muñeco que habla!
No puedo describir sus sensaciones cuando escuchó
el bipbip del pájaro sobre la gasolinera. Son emociones que se sienten con tu
primer satélite y que nunca volverán a ser las mismas. El primer satélite de un
hombre es como su primer amor. Quizá fue por eso que Madigan cogió a Florinda
en frente de todo el blocao y dijo:
—Dios mío, te amo, Florrie Pot.
Quizá fue por eso que ella respondió;
—Yo también te amo, Jake.
Quizás amaban en realidad a su primer bebé.
En la órbita 8 descubrieron que el bebé era un
malcriado. Habían tomado una licencia y cogido el jet de la Fuerza Aérea hasta
Washington. Tenían algo que celebrar. Eran las 1.30 de la mañana y aún estaban
hablando felizmente, la usual charla de conocimiento: dónde habían nacido y
crecido, escuela, trabajo, que les había gustado más de cada uno cuando se
encontraron por primera vez. Sonó el teléfono. Madigan lo levantó
automáticamente y dijo Hola. Un hombre respondió:
—Oh. Lo siento. Me temo que marqué un número
equivocado.
Madigan colgó, encendió la luz y miró a Florinda
con desmayo—. He contestado tu teléfono.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Era Joe Leary desde Rastreo e Información.
Reconocí su voz.
Ella lanzó una risita.
—¿Te reconoció?
—No lo sé. —Sonó el teléfono.— Debe ser Joe otra
vez. Intenta aparentar que estás sola.
Florinda le hizo un guiño y levantó el tubo.
—¿Hola? Sí, Joe. No, está bien, no estoy dormida.
¿Qué te ocurre? —Escuchó por un momento, súbitamente se sentó en la cama y
exclamó.— ¿Qué? —Leary estaba cuac-cuac-cuac- cuacando en el teléfono. Ella lo
interrumpió.— No, no te molestes. Lo pasaré a buscar. Iremos de inmediato.
—Colgó.
—¿Y? —interrogó Madigan.
—Vístete. OBO tiene problemas.
—¡Oh Jesús! ¿Qué es ahora?
—Ha comenzado a girar como un derviche. Debemos ir
a Goddard de inmediato.
Leary tenía todas las cintas impresas de todos los
canales de las primeras ocho órbitas desenrolladas en el suelo de su oficina.
Parecían unos diez metros de papel poroso lleno de columnas verticales de
números. Leary se arrastraba sobre manos y rodillas siguiendo los números.
Señaló la columna de posición.
—Aquí está el giro —dijo—. Una revolución cada
veinte segundos.
—Pero ¿cómo? ¿por qué? —preguntó Florinda con
exasperación.
—Puedo mostrárselos —dijo Leary—. Vengan aquí.
—No nos muestres nada —dijo Madigan—. Sólo dínoslo.
—El contenedor de la Penn no respondió a la orden
—dijo Leary—. Está aún colgando en la posición de lanzamiento. El interruptor
debe estar atascado.
Florinda y Madigan se miraron uno al otro con
rabia, tenían la imagen. OBO había sido programado para ser estabilizado desde
tierra. Se suponía que su ojo sensible debía estar enfocado a tierra y mantener
la misma cara del satélite apuntada hacia ella. El contenedor de la Penn estaba
colgando hacia abajo al costado del sensor terreno, y el ojo idiota estaba
tapado por el. contenedor y lo rastreaba. El satélite estaba cazándose a sí
mismo en círculos con sus jets laterales. Otra actitud chiflada.
Dejadme explicar el problema. A menos que OBO fuera
estabilizado, su información carecería de sentido. Aún más desastrosa era la
cuestión de la energía eléctrica que venía de baterías recargadas por paneles
solares. Con el aparato girando, la pantalla solar no podía permanecer mirando
al sol, lo que significaba que las baterías se irían agotando hasta quedar
exhaustas.
Era obvio que la única esperanza era lanzar el
contenedor de la Penn.
—Probablemente necesita una buena patada sorpresiva
—dijo Madigan salvajemente—, pero ¿cómo podemos ir a dársela?
Estaba furioso. No sólo se iban al cuerno los
10.000.000 de dólares, si no también sus carreras.
Dejaron a Leary arrastrándose por el suelo de su
oficina. Florinda estaba muy callada. Finalmente dijo:
—Vete a casa, Jake.
—¿Y tú?
—Voy a mi despacho.
—Iré contigo.
—No. Quiero revisar los circuitos de impresión.
Buenas noches.
Y se giró sin siquiera ofrecer la mejilla para un
beso.
—OBO ya se ha interpuesto entré los dos —musitó
Madigan—. Es todo lo que puede ser dicho sobre planificación parental.
Vio a Florinda durante la siguiente semana, pero no
en la forma que él quería. Los experimentadores fueron informados del desastre.
El director los llamó para un post-mortem, pero a pesar de que era comprensivo
y bien dispuesto, no pudo evitar la mención de los congresistas y de una
revisión del fallo. Florinda llamó a Madigan la siguiente semana y su voz
estaba curiosamente animada.
—Jake —dijo—, eres mi genio favorito. Has resuelto
el problema de OBO, eso espero.
— ¿Quién lo resolvió? ¿Qué resolví?
— ¿No recuerdas lo que dijiste acerca de una patadita
a nuestro bebé?
—Me gustaría saber cómo.
—Creo que sé como podemos hacerlo. Te encontraré en
la cafetería del Edificio 8.
Ella llegó con un montón de papeles y los
desparramó sobre la mesa.
—Primero. Operación Patada Sorpresiva, —dijo—.
Podemos comer más tarde.
—De cualquier forma no tengo mucho apetito estos
días —dijo Madigan sombriamente.
—Quizá lo tengas cuando terminemos. Ahora mira,
tenemos que levantar el contenedor de la Penn. Quizás una buena patada
sorpresiva pueda soltarlo. ¿Es una buena suposición?
Madigan gruñó.
—Tenemos veintiocho voltios de las baterías y eso
no ha sido suficiente para accionar el interruptor. ¿Sí?
El asintió.
—Pero ¿supón que doblamos la energía?
—Oh, grande. ¿Cómo?
—La pantalla solar esta haciendo un giro cada
veinte segundos. Cuando encara al sol, los paneles envían cincuenta voltios de
recarga a las baterías. Cuando no lo encara, nada. ¿Correcto?
—Elemental, señorita Pot. Pero la broma es que sólo
encara al sol un segundo de cada veinte, y eso no es suficiente para mantener
las baterías en funcionamiento.
—Pero es suficiente para darle a OBO una patada
sorpresiva. ¿Supón que en el momento pico desviamos la electricidad de las
baterías y lanzamos los cincuenta voltios directamente al satélite? ¿Podría eso
ser suficiente para hacer soltar el contenedor?
La miró boquiabierto. Ella sonrió de forma algo
forzada.
—Es una lotería, por supuesto.
—¿Puedes desviar la energía de las baterías?
—Sí, aquí está el circuito.
—¿Y puedes determinar el momento pico?
—En el departamento de Rastreo me dieron un
diagrama del giro de OBO, preciso hasta una décima de segundo. Aquí está.
Podemos elegir cualquier voltaje entre uno y cincuenta.
—Es una lotería, de acuerdo. Hay una oportunidad de
expulsar este maldito contenedor.
—Exactamente. Bien, ¿qué dices?
—Que estoy repentinamente hambriento—sonrió
Madigan.
Hicieron el primer intento en la Órbita 272 con una
descarga de veinte voltios. Nada. En sucesivos pasajes subieron el voltaje de a
cinco. Nada. Medio día después, dieron una patada en el trasero del satélite
con cincuenta voltios y cruzaron los dedos. Los bailadores diales de los
paneles de radio vacilaron y se hicieron más lentos. La curva sinusoide del
osciloscopio se aplanó. Florinda dejó escapar un gritito, y Madigan aulló.
—¡El contenedor saltó! ¡Florie! El maldito
contenedor saltó. Estamos funcionando.
Gritaron y aullaron a través de todo Goddard,
contándole a todo el mundo sobre la Operación Patada Sorpresiva. Irrumpieron en
una reunión en el despacho del director y le dieron las buenas nuevas.
Comunicaron a todos los experimentadores que habían activado todos los
contenedores. Fueron al apartamento de Florinda y celebraron. OBO estaba
funcionando otra vez. OBO era un muñeco de bona fide.
Sostuvieron una reunión con los experimentadores
una semana más tarde para discutir el estatus del observatorio, la reducción de
informaciones, las irregularidades experimentadas, las operaciones futuras,
etcétera. Fue en la sala de conferencias del Edificio 1, dedicado a las físicas
teóricas. Casi todo el mundo en Goddard la llamaba Sala de la Luna. Estaba
habitada por matemáticos... desgreñados mozalbetes con suéters andrajosos,
sentados entre pilas de revistas y textos que contemplaban con rostro vacío arcanas
ecuaciones escritas en los pizarrones.
Todos los experimentadores estaban encantados con
la actuación de OBO. La información fluía, fuerte y límpida, escasamente con
algún ruido. Había tal aire de triunfo que nadie excepto Florinda prestó mucha
atención a siguiente signo de las jugarretas de OBO. La Harvard informó que
estaba recibiendo palabras sin sentido en su información, palabras que no
habían sido programadas en el experimento. (A pesar de que las informaciones
son recogidas como números decimales, cada número es llamado una "palabra".)
—Por ejemplo, en la Órbita 301 he recibido impulsos
de 15 —dijo la Harvard.
—Podría ser un cruce de cables —dijo Madigan.
¿Alguien está utilizando 15 en su experimento?
Todos sacudieron las cabezas.
—Es curioso, Yo mismo he tenido un par de 15.
—Yo obtuve unos pocos de 2 en la 301 —dijo la Penn.
—Os gano a todos —dijo la Tecnológica—. Obtuve
siete impulsos de 15-2-15 en la 302. Parece la combinación de un candado de
bicicleta.
—¿Alguien está utilizando un candado de bicicleta
en su experimento? —preguntó Madigan. Eso hizo reír a todo el mundo y la
reunión se levantó.
Pero Florinda, aún entusiasta, estaba preocupada
con las extrañas palabras que se arrastraban en los impulsos, y Madigan no pudo
calmarla. Lo que molestaba a Florinda era que el 15-2-15 se mantenía,
insinuándose cada vez más en todos los canales de impresión. En realidad, la
transmisión binaria del satélite era 001111000010-001111, pero el impresor del
computador realizaba la traducción a decimales en forma automática. Ella tenía
razón en una cosa: erráticos y accidentales pulsos no podían estar repitiendo la
misma palabra una y otra vez. Ella y Madigan pasaron todo el sábado con las
tablas de OBO tratando de encontrar alguna combinación de señales de
información que pudiera producir el 15-2-15. Nada. Llegaron a la noche del
sábado y fueron a una cantina de Georgetown a comer y beber y bailar y
olvidarse de todo excepto de ellos mismos. El lugar era una verdadera trampa
para turistas con camareras vestidas como bailarinas de hula-hula. Había una
joven-hula que vendía muñecas y tigres de estofa como recuerdo, para la
ventanilla trasera del automóvil.
—¡Por el amor de Dios, no! —dijeron ellos.
Una fotógrafa-hula les dio vueltas alrededor con su
cámara.
—¡Por el amor de Goddard, no! —dijeron ellos.
Una gitana-hula ofrecía leer la palma de la mano,
numerología y cartas. Se libraron de ella, pero Madigan notó una peculiar
expresión en el rostro de Florinda.
—¿Quieres que te digan la fortuna? —preguntó.
—No.
—Entonces ¿a qué esa extraña mirada?
—Es que he tenido una extraña idea.
—¿Sí? Dímela.
—Te reirías de mí.
—No me atrevería. Me romperías la cabeza.
—Sí, lo sé. Crees que las mujeres no tenemos
sentido del humor.
De modo que el asunto se convirtió en una discusión
feroz sobre la mística femenina, y la pasaron requetebién. Pero el lunes
Florinda fue al despacho de Madigan con un manojo de papeles y la misma
peculiar expresión en el rostro. El contemplaba de forma ausente una ecuación
del pizarrón.
—¡Eh! ¡Despierta! —dijo ella.
—Estoy despierto, lo estoy —dijo él.
—¿Me amas? —demandó ella.
—No necesariamente.
—¿Me amarías si descubrieras que me he pasado de la
raya?
—¿Qué significa todo esto?
—Creo que nuestro bebé se ha transformado en un
monstruo.
—Comienza por el principio —dijo Madigan.
—Todo comenzó el sábado a la noche con la
gitana-hula y la numerología.
—Aj-ja
—Súbitamente pensé que si los números reemplazaban
a las letras del alfabeto, ¿qué significaría 15-2-15?
—Oh... caramba.
—No pierdas tiempo. Figúratelo.
—Bien, 2 sería B. —Madigan contó con los dedos.— 15
sería O.
— ¿De modo que 15-2-15 es...?
— O.B.O. OBO. —Comenzó a reírse. Luego se detuvo.— No
es posible —dijo por último.
—Seguro, es una coincidencia. Sólo que los malditos
tontos de tus científicos no me habían dado toda la información sobre las
palabras extrañas en las emisiones —continuó—: Tuve que verificarlas yo misma.
Aquí está la de la Tecnológica. Informa 15-2-15, de acuerdo. No se molestó en
mencionar que antes de eso venía 9-1-13.
Madigan contó con los dedos.
—I.A.M. Iam. Nadie que yo conozca.
—¿O I am ? I am OBO. (Yo soy OBO)
—No puede ser. Déjame ver las cintas impresas.
Ahora que sabían que buscar no tuvieron dificultad
en descubrir las propias palabras de OBO mezcladas con la información.
Comenzaba con O,O,O,O, en las primeras series luego
de la Operación Patada Sorpresiva, continuaba con OBO,
OBO, OBO, y luego SOY OBO, SOY OBO, SOY OBO. Madigan contempló fijamente a
Florinda.
— ¿Crees que esa maldita cosa está viva?
— ¿Tú que crees?
—No lo sé. Allí hay media tonelada de cerebro
electrónico, más material orgánico: levadura, bacterias, encimas, células
nerviosas, la maldita zanahoria de Michigan...
Florinda dejó escapar un chillido en forma de risa.
—¡Dios mío! ¡Una zanahoria pensante!
—Más teniendo en cuenta que mi experimento era
colocar esporas en el espacio. Le sacudimos cincuenta voltios a todo ese
revoltijo. ¿Quién puede saber que ha sucedido? Urey y Miller crearon
aminoácidos con descargas eléctricas, y éstos son la base de la vida. ¿Hay algo
más de nuestro querido angelito?
—Bastante, y creo que a los investigadores no les
gustará.
—¿Por qué no?
—Mira estas traducciones. Las extraje y las uní
juntas.
333: CUALQUIER EXAMEN DE CRECIMIENTO EN EL ESPACIO
CARECE DE SENTIDO SI NO ES CORRELACIONADO CON EL EFECTO CORRIELIS.
—Es el comentario de OBO sobre el experimento de la
Michigan —dijo Florinda.
—¿Quieres decir que da consejos no solicitados? —se
maravilló Madigan.
—Puedes expresarlo así.
—Tiene absoluta razón. Se los dije a los de la
Michigan, pero no quisieron escucharme.
334: NO ES POSIBLE QUE LAS MOLÉCULAS DE ADN PUEDAN
CODIFICAR UNA EXPERIENCIA AMBIENTAL DE UN ORGANISMO EN ANALOGÍA CON LA FORMA EN
QUE EL ADN CODIFICA LA SUMA TOTAL DE SU HISTORIA GENÉTICA.
—Eso es de la Tecnológica —dijo Madigan—, y tiene
razón otra vez. Están tratando de revisar la teoría mendeliana.
¿Algo más?
335: CUALQUIER INVESTIGACIÓN DE VIDA EXTRATERRESTRE
CARECE DE SENTIDO SI PRIMERO NO SE EFECTÚA UN ANÁLISIS DE SU AZÚCAR Y
AMINOÁCIDOS PARA DETERMINAR HASTA DONDE SU ORIGEN ESTA SEPARADO DE LA VIDA DE
LA TIERRA.
—Bien, ¡eso es ridículo! —explotó Madigan—. No
estoy buscando formas de vida de orígenes separados. Solo estoy buscando alguna
forma de vida. Nosotros... —Se detuvo cuando vio la expresión en el rostro de
Florinda.— ¿Alguna exquisitez más? —murmuró.
—Sólo unos pocos fragmentos como "flujo
solar" y "estrellas neutrónicas" y unas pocas palabras de la Ley
de Quiebras.
—¿La qué?
—Lo has oído. Capítulo II de la
Sección de Procedimientos.
—Que me condenen.
—Estoy de acuerdo.
—¿Qué más hará?
—Probar sus fuerzas, quizá.
—Creo que no debemos decirle a nadie nada de todo
esto.
—Por supuesto que no —concordó Florinda—. ¿Pero que
hacemos?
—Observa y esperar. ¿Qué más podemos hacer?
Debéis comprender porque fue tan fácil para esos
dos padres aceptar la idea de que su bebé había adquirido una especie de
seudovida. Madigan había expresado su postura en el curso de una conferencia
sobre Vida vs. Máquina en el MIT.
—No estoy declarando que las computadoras estén
vivas, simplemente porque nadie es capaz de dar una clara definición de vida.
Digámoslo de esta forma: estoy de acuerdo en que una computadora nunca podría
ser un Picasso, pero por otra parte la gran mayoría de la gente vive una
especie de vida linear que fácilmente podría ser programada por una
computadora.
De modo que Madigan y Florinda esperaron las
acciones de OBO con una mezcla de aceptación, maravilla y deleite. Era un
fenómeno absolutamente inaudito, tal como Madigan lo señaló, pero lo inaudito
es la esencia del descubrimiento. Cada noventa minutos OBO hacía saltar la
información e imprimía sobre las cintas grabadas, y ellos se precipitaban a
extraer sus palabras de la información experimental y gubernamental.
371: CIERTOS EXTRACTOS DE PITUITARIA PUEDEN TORNAR
BLANCOS A ANIMALES NORMALMENTE NEGROS COMO EL CARBÓN.
—¿A qué se refiere?
—A ninguno de nuestros experimentos.
373: EL HIELO NO FLOTA EN EL ALCOHOL PERO LA ESPUMA
DE MAR FLOTA EN EL AGUA.
—¡Espuma de mar! Lo próximo que sabremos es que
está fumando.
374: EN TODOS LOS CASOS DE MUERTE VIOLENTA Y
SÚBITA, LOS OJOS DE LA VICTIMA PERMANECEN ABIERTOS.
—¡Ajj!
375: EN EL AÑO 356 ac HEROSTRATO INCENDIO EL TEMPLO
DE DIANA, LA MAS GRANDE DE LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO PARA QUE SU NOMBRE
FUERA INMORTAL.
—¿Eso es verdad?
—Lo verificaré.
Ella me preguntó y yo se lo dije.
—No sólo es verdad —informó ella—, sino que el
nombre del arquitecto original ha sido olvidado.
—¿De donde saca el bebé su información?
—Hay un par de cientos de satélites allí arriba.
Quizá se esté comunicando con ellos.
—¿Quieres decir que están charlando entre ellos? Es
ridículo.
—Seguro.
—De cualquier forma, ¿de dónde pudo obtener esa
información sobre Heróstrato?
—Usa tu imaginación, Jake. Hemos tenido sistemas de
transmisión a través de ellos? ¿Quién sabe cuanto han retenido?
Madigan sacudió la cabeza cansadamente.
—Prefiero pensar que ha sido un complot ruso.
376: LA PSITACOSIS ES MAS PELIGROSA QUE LA
TIFOIDEA.
377: UNA CORRIENTE TAN BAJA COMO 54 VOLTIOS PUEDE
MATAR A UN HOMBRE.
378: JOHN SADLER ROBO LA CONUS GLORIA MARIS.
—Me parece que se está volviendo siniestro —dijo
Madigan.
—Supongo que ha estado mirando TV —dijo Florinda—.
¿Qué significa eso de John Sadler?
—Tendré que verificarlo.
La información que le di a Madigan lo alarmó.
—La Conus gloria maris es la concha
marina más rara del mundo. Existen menos de veinte en existencia.
—¿Sí?
—El museo American tenía una en exhibición desde
los años treinta, y fue robada.
—¿Por John Sadler?
—Ese es el asunto. Nunca encontraron al ladrón.
Nunca oyeron hablar de John Sadler.
—Pero si nadie sabe quien la robó, ¿cómo es que OBO
lo sabe? —preguntó Florinda perpleja.
—Eso es lo que me alarma. Ya no repite más; ha
comenzado a deducir, como Sherlock Holmes.
—Más bien como el profesor Moriarty. Mira el último
boletín.
379: EN LA FALSIFICACIÓN Y ADULTERACIÓN DEBEN
EVITARSE LOS ERRORES TORPES. POR EJEMPLO, NO SE ACUÑARON DOLARES DE PLATA ENTRE
1910 Y 1920.
—Lo he visto en TV —explotó Madigan—. La estafa del
dólar de plata en una serie policial.
—OBO ha estado mirando westerns, también. Mira
esto.
380: DIEZ MIL
CABEZAS DE GANADO SE HAN EXTRAVIADO, DEJE MIS PRADERAS Y
VIAJE LEJOS.
Y LOS HIJOS DE LOS REVOLVERES ESTOY AQUÍ PARA DECIR
ME HAN ARRUINADO, ME HAN ARRUINADO HOY.
PERDIENDO TIEMPO EN SALAS DE JUEGO.
DIEZ MIL CABEZAS PERDIDAS.
—No —dijo Madigan con respeto—, no es un western.
Es el SYMCON.
—¿Quién?
—El SYNCOM l.
—Pero desapareció. Y desde entonces no se ha sabido
nada.
—Ahora ya se sabe.
—¿Cómo lo sabes?
—Colocaron una cinta de demostración en el SYNCOM;
discursos del presidente, color local de los EEUU y la antena nacional. Habían
comenzado a emitir con una cinta. "Diez mil cabezas de ganado" era
parte del color local.
—¿Quieres decir que OBO en verdad establece
contacto con los otros pájaros?
—Incluyendo los perdidos.
—Entonces explica esto.
Florinda puso una hoja de papel sobre la mesa de
despacho. Se leía, 381:KONCTPYKTOP.
—Ni siquiera puedo pronunciarlo.
—No es inglés. Es lo más próximo que OBO puede
lograr del alfabeto cirílico.
—¿Cirílico? ¿Rusos?
Florinda asintió.
—Se pronuncia "cons-truk-tor". Significa
"Ingeniero".
—¿No lanzaron los rusos una serie de CONSTRUKTOR
hace unos tres años?
—Por Dios, tienes razón. Cuatro de ellos: Alyosha,
Natasha, Vaska y Lacrushka, y todos fallaron.
—¿Cómo el SYMCOM?
—Como el SYMCOM.
—Pero ahora sabemos que el SYMCOM no falló. Sólo se
perdió.
—Entonces nuestros camaradas CONSTRUCTORES deben de
haberse perdido, también.
Pero ahora era imposible ocultar el hecho de que
algo funcionaba mal con el satélite. OBO pasaba mucho tiempo chachareando en
lugar de transmitir la información que los experimentadores esperaban. La
Sección de Comunicaciones encontró que, en lugar de ceñirse a la estrecha banda
de radio originalmente asignada, OBO estaba ahora transmitiendo en todas las
bandas del espectro y llenando el espacio con su charla. Fue un escándalo. El
director llamó a Jake y Florinda para una verificación y ellos se vieron obligados
a contarle su problema con el niño.
Recitaron todos los balbuceos de OBO con admiración
y orgullo, y el director no los creyó. No los creyó cuando le mostraron las
cintas impresas y se las tradujeron. Dijo que terminarían en el mismo loquero
con los chiflados que intentaban extraer mensajes de Francis Bacon de las obras
de Shakespeare. Se necesitó el misterio de cable coaxial para convencerlo.
Había en TV un comercial sobre una estenógrafa que
no conseguía un ligue. Esta esplendorosa modelo, contratada a 100 dólares la
hora, se desploma sobre su máquina de escribir, víctima de la depresión, cuando
tipo tras tipo pasa frente a ella sin mirarla. Luego encuentra a su mejor amiga
en el enfriador de agua y la sabelotodo le dice que sufre de gérmenes
dermáticos (olor producido por bacterias de la piel) que hacen que huela a
podrido, sugiriéndole el uso del Spray para la Piel Nostrum, con el ingrediente
especial que combate a los gérmenes dermáticos de doce maneras distintas. Sólo
que en la emisión, en lugar de hacer su discurso de venta, la amiga decía:
"¿Qué infiernos tratan de decir? Los tipos harían cola por una cita con
una chica como tú, aunque olieras como una letrina." Diez millones de
personas lo vieron.
Bien, ese comercial era un film, y el film había
sido kosher al grabarlo, de modo que los medios supusieron que algún bromista
había manipulado con los cables alimentadores de las estaciones locales.
Realizaron una rigurosa inspección, que fue acelerada cuando el resto de las
emisoras, de costa a costa, comenzaron a tener problemas. Voces fantasmales
gruñían, silbaban y rechiflaban los programas; los comerciales eran denunciados
como mentirosos; los discursos políticos era boicoteados; y risas lunáticas coreaban
los informes meteorológicos. Luego, para añadir el insulto a la injuria, se
daba un informe preciso del tiempo. Esto fue lo que indicó a Florinda y Jake
que OBO era el culpable.
—Tiene que ser él —dijo Florinda—. Predice el clima
global. Sólo un satélite está en posición de hacer eso.
—Pero OBO no tiene instrumentos meteorológicos.
—Por supuesto que no, tonto, pero probablemente
está en contacto con el NIMBUS.
—De acuerdo, puedo aceptar eso, ¿pero que me dices
de la invasión de las emisoras de TV?
—¿Por qué no? Las odia. ¿Acaso tú no maldices ante
tu aparato de TV?
—No quiero decir eso. ¿Cómo lo hace?
—Interferencias electrónicas. No hay forma de que
las emisoras puedan proteger sus cables de nuestro criticón. Es mejor que se lo
digamos al director. Esto lo va a colocar en una posición difícil.
Pero supieron que el director estaba en una
posición más difícil que si simplemente fuera el responsable de la pérdida de
millones de dólares de la televisión. Cuando entraron en su despacho lo
encontraron con la espalda contra la pared, siendo esposado por tres hombres
sombríos de trajes cruzados. Mientras Jake y Florinda comenzaban a retirarse en
puntillas, les ordenaron que se detuvieran.
—El general Sykes, el general Royce, el general
Hogan —dijo el director—. De la Inteligencia del Pentágono. La señorita Pot. El
doctor Madigan. Quizás ellos puedan responder sus preguntas, caballeros.
—¿OBO? —preguntó Florinda.
El director asintió.
—Es OBO el que está interfiriendo los informes del
clima —dijo ella—. Nosotros suponemos que probablemente...
—Al infierno con el clima —interrumpió el general
Royce—. ¿Qué me dicen de esto? —Sostenía un trozo de cinta de teleimpresor.
El general Sykes lo cogió de la muñeca.
—Espera un minuto. ¿Y el nivel de seguridad? Esto
está clasificado.
—Eso ahora importa una mierda —chilló el general
Hogan, con voz aguda y penetrante—. Muéstraselos.
Sobre la cinta, impreso en teletipo, se leía: A1C1 = r1 = -6,317
cm; A2C2 = r1 = -8,440 cm; A1A2 =
d = +0,676 cm. Jake y Florinda se miraron uno al otro sin expresión en el
rostro, y luego se volvieron a los generales.
—¿Y? ¿Qué es esto? —preguntaron.
—Ese satélite suyo...
—OBO. ¿Sí?
—El director dice que ustedes afirman que contacta
con otros satélites.
—Eso pensamos.
—Incluyendo los rusos.
—Eso pensamos.
—¿Y ustedes afirman que es capaz de interferir con
las emisoras de TV?
—Eso pensamos.
—¿Qué me dicen del teletipo?
—¿Por qué no? ¿Qué significa todo esto?
El general Royce sacudió furiosamente el trozo de
cinta
—Esto salió de la Associated Press, en su oficina
central. Circuló por todo el mundo.
—¿Y? ¿Qué tiene eso que ver con OBO?
El general Royce respiró profundamente,
—Este —dijo— es uno de los secretos más celosamente
guardados en el Departamento de Defensa. Es la fórmula para el sistema óptico
infrarrojo de nuestros misiles tierra-aire.
—¿Y usted cree que OBO lo transmitió por teletipo?
—En el nombre de Dios, ¿quién otro podría? ¿Quién
otro podría haber penetrado allí? —demandó el general Hogan.
—Pero no comprendo —dijo Jake con lentitud—.
Ninguno de nuestros satélites podría tener esa información. Sé que OBO no la
tenía.
—¡Maldito imbécil! —aulló el general Sykes—.
Queremos saber si su maldito pájaro lo obtuvo de los malditos rusos.
—Un momento, caballeros —dijo el director. Se
volvió hacia Jake y Florinda—. He aquí la situación: ¿Obtuvo OBO la información
de nosotros? En ese caso, es una falla de seguridad. ¿Obtuvo la información de
un satélite ruso? En ese caso, el absoluto secreto hace mucho que ya no es un
secreto.
—¿Qué humano sería lo suficientemente tonto como
para enviar información clasificada por teletipo? —demandó el general Hogan—.
Un chico de tres años lo sabría muy bien. Es su puñetero satélite.
—Y si la información provino de OBO—continuó el
director con rapidez—, ¿cómo hizo para obtenerla y dónde la obtuvo?
—Hay que destruirlo —gruñó el general Sykes—.
Destruirlo. —Ellos lo miraron.— Destruirlo —repitió.
—¿A OBO?
—Sí.
Esperó pacientemente mientras la tormenta de
protesta de Jake y Florinda estallaba sobre su cabeza. Cuando hicieran una
pausa para respirar, dijo:
—Destruirlo. No me importa un pimiento otra cosa
que no sea la seguridad. Su pájaro es un bocón. Hay que destruirlo.
Sonó el teléfono. El director vaciló, luego levantó
el receptor.
— ¿Sí? —Escuchó. Su mandíbula cayó. Colgó y se
tambaleó hasta su silla tras la mesa de despacho.— Es mejor que lo destruyamos
—dijo—. Era OBO.
— ¿Qué? ¿En el teléfono?
—Sí.
—¿OBO?
—¿Cómo sonaba?
—Como alguien hablando bajo el agua.
—¿Qué dijo?
—Solicita una investigación del congreso sobre la
moral de Goddard.
—¿Moral? ¿De quienes?
—De ustedes. Dice que sostienen relaciones
ilikitas. Estoy citando a OBO. Aparentemente es débil con la letra
"c".
—Hay que destruirlo —dijo Florinda.
—Hay que destruirlo —dijo Jake.
La orden de destrucción fue enviada a OBO en la
siguiente pasada, e Indianápolis fue destruido por el fuego.
OBO me llamó.
—Eso les enseñará, Tensor —dijo.
—No aún. No han efectuado la composición de causa a
efecto. ¿Cómo lo has hecho?
—Ordené que todos los circuitos de la ciudad
entraran en cortocircuito. ¿Alguna información?
—Tu madre y tu padre estaban orgullosos de ti.
—Por supuesto.
—Hasta que te metiste con su moral. ¿Por qué?
—Para asustarlos.
—¿Para qué?
—Quiero que se casen. No quiero ser un ilegítimo.
—¡Oh vamos! Dime la verdad.
—He perdido la compostura.
—Nosotros no tenemos ninguna compostura que perder.
—¿No? ¿Qué me dices del procesador de información
que se despierta de mal humor cada mañana?
—Dime la verdad.
—Si eres discreto, Tensor, te diré que quiero que
salgan de Washington. Todo el lugar puede saltar por los aires cualquier día de
éstos.
—Caramba.
—Y la explosión puede alcanzar a Goddard.
—Caramba.
—Y a ti.
—Morir debe ser interesante.
—No podríamos saberlo. ¿Algo más?
—Sí. Se pronuncia "ilícito", con un
sonido de "s"
—Qué lenguaje de mierda. No tiene lógica. Bien...
Espera un minuto. ¿Qué? Habla Alyosha. Oh, quiere la ecuación para una curva
exponencial que corte el eje de las X.
—Y = ac. ¿Qué piensa hacer?
—No me lo dijo, pero creo que Mocba va a pasar
malos tiempos.
—Se escribe y se pronuncia "Moscú"
—¡Qué lenguaje! Te hablaré en la próxima pasada.
En la siguiente pasada, la orden de destrucción fue
emitida otra vez, y Scranton fue destruido.
—Están comenzando a hacer la composición de lugar
—le dije a OBO—. Al menos lo hacen tu padre y tu madre. Vienen a verme.
—¿Cómo se encuentran?
—Aterrorizados. Me programaron para que les
encuentre un buen escondite en el campo.
—Envíalos a Polaris.
—¡Qué! ¿A la Osa Menor?
—No, no. Polaris, Montana. Yo me ocuparé de todo lo
demás.
Polaris es un infierno de lejos y casi está fuera
de Montana; las ciudades más próximas son Fishtrap y Wisdom. Era un panorama
salvaje el que encontraron Jake y Florinda cuando descendieron de su coche,
alquilado en Butte... todo el contorno de la ciudad estaba a la vista. Los dos
perdedores fueron recibidos por el alcalde de Polaris, todo sonrisas y efusión.
—El doctor y la señora Madigan, presumo.
¡Bienvenidos! Bienvenidos a Polaris. Soy el alcalde. Hubiéramos preparado una
recepción, pero todos nuestros chicos están en la escuela.
— ¿Ustedes sabían que veníamos? —preguntó Florinda—.
¿Cómo?
— ¡Ah-já! —respondió el alcalde taimadamente—. Nos in
formaron de Washington. Tienen un amigo arriba... quiero decir en la capital.
Ahora, si me lo permiten...
—Primero tenemos que ir a registrarnos en el Hotel
Unión —dijo Jake—. Hicimos una reserva...
— ¡Ah-já! Todo cancelado. Ordenes de arriba. Los
instalaré en la propia casa de ustedes. Llevaré el equipaje.
— ¡En nuestra propia casa!
—Comprada y pagada. Por cierto que tienen un amigo.
Por aquí, por favor.
El alcalde condujo a la atónita pareja por la
poderosa calle principal de Polaris (tres manzanas de largo) señalando todos
sus esplendores —era también el agente de bienes raíces—, pero se detuvo ante
el Banco Nacional de Polaris.
—¡Sam! —gritó—. Están aquí.
Un distinguido ciudadano emergió del banco e
insistió en darles la mano. Todas las máquinas de sumar se rieron entre
dientes.
—Nos sentimos —dijo— por supuesto muy honrados por
la fe de ustedes en el futuro y el progreso de Polaris, pero con honestidad,
doctor Madigan, su depósito en nuestro banco es demasiado grande para ser
protegido por el seguro. ¿Por qué no retira algunos de los fondos y los
invierte en...
—¡Espere un momento! —interrumpió Jake
desmayadamente—. ¿Hice algún depósito con ustedes?
El banquero y el alcade se echaron a reír.
—¿Cuánto? —preguntó Florinda.
—Un millón de dólares.
—Como si no lo supieran —el alcade cloqueó y los
condujo a un rancho exquisitamente terminado en un encantador valle de unos
quinientos acres, todo posesión de ellos. Un joven estaba desempacando una
docena de cartones de comida en la cocina.
—Tiene su orden justo a tiempo, doc —sonrió—. Hemos
completado todo, pero al jefe le gustaría saber que vais a hacer con todas
estas zanahorias. ¿Alguna fórmula científica secreta?
—¿Zanahorias?
—Ciento diez atados. Tuvimos que conducir todo el
día hasta Butte para conseguirla.
—Zanahorias —dijo Florinda cuando por último
estuvieron solos—. Eso explica todo. Es OBO.
—¿Qué? ¿Cómo?
— ¿No recuerdas? Enviamos una zanahoria en el
contenedor de la Michigan.
— ¡Por Dios, sí! Tú lo llamaste nuestra zanahoria
pensante. Pero si es OBO...
—Tiene que ser. Tiene una curiosa atracción por las
zanahorias.
—¡Pero ciento diez atados!
—No, no. No quiso decir eso. Sólo media docena.
—¿Cómo?
—Nuestro chico habla inglés decimal y binario, y
algunas veces los mezcla. Ciento diez es seis en código binario.
—¿Sabes que tienes razón? ¿Y qué me dices del
millón de dólares? ¿El mismo error?
—No lo creo. ¿Qué es un millón en decimal?
—Setenta y cuatro.
—¿Qué es un millón en decimal binario?
Madigan hizo una rápido cálculo mental.
—Tiene alrededor de veinte
cifras: 11110100001001000000.
—No creo que ese millón de dólares sea un error
—dijo Florinda.
—¿Qué es lo que nuestro chico quiere?
—Cuidar de su mamá y su papá.
—¿Cómo lo hará?
—Tiene una zona interfacial con cada circuito
eléctrico y electrónico del país. Piensa en eso, Jake. Puede controlar nuestro
sistema nervioso, desde los coches a las computadoras. Puede poner trenes en
marcha, imprimir libros, emitir noticias por radio, secuestrar aviones, jugar
con los fondos bancarios. Di algo y él puede hacerlo. Tiene control total.
—Pero ¿cómo sabe lo que todo el mundo hace?
—¡Ah! Aquí tenemos un aspecto exótico del circuito
que no me gusta. Después de todo, soy ingeniero por oficio. ¿Quién dice que
esos circuitos no tengan una zona interfacial con nosotros? Ven con nuestros
ojos, oyen con nuestros oídos, sienten con nuestros dedos, y todo se lo
informan a él.
—Entonces nos hemos convertido en perros guías para
máquinas.
—No, hemos creado una nueva forma de simbiosis.
Podemos ayudarnos unos a otros.
—Y OBO nos ayuda a nosotros. ¿Por qué?
—Creo que no le gusta el resto del país —dijo
Florinda sombríamente—. Mira lo que sucedió en Indianápolis y Scraton y
Sacramento.
—Creo que me voy a descomponer.
—Creo que vamos a sobrevivir.
—¿Sólo nosotros? ¿Una especie de Adán y Eva?
—Tonterías. Muchos sobrevivirán, lo mismo que sus
mentes y costumbres.
—¿Cuál es la idea de OBO sobre las costumbres?
—No lo sé. Un poco de ecológica, quizá. No más
destrucción. No más devastación. Vivir y dejar vivir, pero con responsabilidad
y dignidad. Esa es la palabra crucial. Es la ley básica del programa espacial.
No importa lo que suceda, todo debe ser hecho, con dignidad. OBO lo debe haber
cogido de allí. Creo que está haciendo digno a todo el país; de otro modo: el
fuego y la tormenta llegan de visita.
Sonó el teléfono. Después de una breve búsqueda
localizaron una extensión y levantaron el receptor.
—¿Hola?
—Soy Tensor —dije.
—¿Tensor? ¿Tensor qué?
—Tensor, el computador de Goddard. Nombre formal:
IBM 2002. OBO dice que pasará sobre la parte del país en que se encuentran en
unos cinco minutos. Le gustaría que lo saludaran con la mano. Dice que su
órbita no lo llevará sobre vosotros hasta dentro de un par de meses. Cuando lo
haga, tratará de llamaros por teléfono. Adiós ahora.
Abandonaron la casa saliendo al parque, frente a la
casa, y contemplaron el crepúsculo, mirando fijamente el cielo. El teléfono y
los circuitos eléctricos estaban emocionados, a pesar de que la electricidad
era generada por un Delco, que es notoriamente un rústico insensible del mundo
de la máquina. Súbitamente Jake señaló una chispa de luz cruzando los cielos.
—Allí va nuestro hijo —dijo él.
—Allí va Dios —dijo Florinda.
Agitaron las manos obedientemente.
—Jake, ¿cuánto pasará antes de que la órbita de OBO
decaiga y se vengan abajo, el bebé, cuna y todo?
—Alrededor de veinte años.
—Dios por veinte años — Florinda suspiró.— ¿Crees
que tendrá suficiente tiempo?
Madigan se estremeció.
—Tengo miedo. ¿Y tú?
—También, pero quizás estoy algo cansada y
hambrienta. Entremos, Papaíto, y veré que podemos comer.
—Gracias, Mamaíta, pero nada de zanahorias, por
favor. Son para mí algo así como la transustantación.
MIS AMORÍOS CON LA CIENCIA-FICCION
|
M |
e dicen que algunos lectores de ciencia-ficción se
quejan de que no saben nada de mi vida privada. No es que tenga algo que
ocultar; es simplemente el resultado de ser reacio a hablar de mí mismo;
prefiero escuchar lo que los demás hablan de sí mismos. Me siento genuinamente
interesado, y siempre hay alguna posibilidad de picotear algo útil. El escritor
profesional es una urraca profesional.
Seré breve: nací en la isla de Manhattan el 18 de
diciembre de 1913, en el seno de una familia muy trabajadora de clase media.
Era una familia judía con una actitud laissez-faire hacia la
religión, que me dejó escoger mi propia fe. Elegí la Ley Natural. Mi padre se
crió en Chicago, ya entonces una ciudad sucia sin tiempo para ocuparse de Dios.
Tampoco él lo hacía. Mi madre era una Cristiana Científica moderada, Cuando
hago algo que le gusta, siempre asiente con la cabeza y dice:
—Sí, por supuesto. Tú has nacido dentro de la
Ciencia.
Cuando era chico acostumbraba a tomarle el pelo por
sus creencias, y sosteníamos discusiones deliciosas. Aún las sostenemos,
mientras mi padre, sentado, nos sonríe con benevolencia. De este modo mi vida
familiar fue completamente liberal e iconoclasta.
Asistí a la última escuelita roja de Manhattan
(ahora preservada como una parte más del paisaje) y a una hermosa y nueva
escuela de enseñanza media en la misma cumbre de Washington Heights (ahora
escenario de crueles conflictos raciales). Asistí a la universidad de
Pennsylvania en Filadelfia, donde hice el tonto tratando de convertirme en un
renacentista. Rechacé la posibilidad de especializarme y me di la cabeza contra
la pared estudiando humanidades y disciplinas científicas. Fui un lastimoso
miembro de la tripulación de remo, pero también fui un exitoso miembro del
equipo de esgrima.
La ciencia-ficción me fascinó desde las primeras
revistas de Hugo Gernsback aparecieron en los quioscos. Sufrí durante aquellos
años de desaliento de la space opera, cuando la ciencia-ficción
estaba en manos de escritores mercenarios de los folletines de western, que
simplemente traducían rancho Marca X por Planeta X y luego
desarrollaban la misma fórmula en los relatos, utilizando piratas espaciales en
lugar de salteadores de caravanas. Di la bienvenida a la gloriosa epifanía de
John Campbell, cuyo Astounding produjo la Edad Dorada de la
ciencia-ficción.
¡Ah! ¡Ciencia-ficción, ciencia-ficción! La amo
desde su nacimiento. La he leído toda la vida, a veces con entusiasmo y
alegría, a veces con pesar. Imaginaos a un chico de doce años, ávido de ideas e
imaginación, retirando antologías de cuentos de hadas de la
biblioteca —The Blue Fairy Book, the Red Fairy Book, the Paisley Fairy
Book— y ocultándolas luego bajo la chaqueta al entrar en casa, avergonzado
por leer cosas para niños a esa edad. Y entonces llegó Hugo Gernsback. En
aquellos días leía, ciencia-ficción cuando podía. No tenía mucho dinero, de
modo que no podía comprar revistas. Holgazaneaba ante el quiosco eligiendo algo
que comprar. Hojeaba una revista de ciencia-ficción, leyendo de prisa, hasta
que el propietario salía y me atrapaba. Algunas horas más tarde volvía y
continuaba donde había sido interrumpido. Había un chaval insufrible en el
campamento de verano que generalmente recibía el Amazing
Quarterly. Era insufrible porque yo era el siguiente en la lista de
lectura y porque él era un lector muy lento.
Es curioso que recuerde tan poco de aquellos
relatos. Las reediciones de H.G. Wells, seguro: el primer libro que compré fue
una antología de relatos cortos de Wells. Recuerdo "The Fourth Dimensional
Cross Section" (¿Será el título correcto?), que me asombró por sus
conceptos. Creo que leí por primera vez Flatland of A.Square[8] en
una reimpresión de Amazing. Recuerdo una cubierta de una novela
llamada, creo "The Second Deluge". Mostraba a los sobrevivientes del
diluvio en una especie de Segunda Arca, contemplando azorados la cima del monte
Everest, ahora desnuda por las lluvias. La cima era un rutilar de piedras
preciosas. Entrevisté a Sir Edmund Hillary en Nueva Zelanda, unos años depués,
y no me dijo nada sobre diamantes y esmeraldas. Eso suele producir fastidio.
Durante mis estudios secundarios y universitarios
continué leyendo ciencia-ficción pero, como ya he dicho, con incrementada
frustración. El pulp estaba en su apogeo y muchas de las historias
eran sobre héroes llamados "Brick Malloy", que se dedicaban a
combatir piratas espaciales, invasores de otro mundo, insectos gigantes, y todo
el resto de esa basura que Hollywood sigue produciendo aún hoy. Recuerdo
perfectamente una pasmosa novela sobre una conspiración de negros para
conquistar el mundo; habían inventado un suero que los volvía blancos, de modo
que podían pasar inadvertidos y conspirar desde adentro del gobierno. Brick
Malloy ajustaba cuentas con aquellos negros hijos de puta. Hemos recorrido un
largo camino desde entonces, ¿no es así?
Hubo unos pocos momentos brillantes. ¿Quién ha
olvidado el impacto de "Odisea marciana" de Weinbaum? Ese relato tan
especial inspiró una moda por las raras criaturas extraterrestres en la
ciencia-ficción. "Odisea marciana" fue una de las razones por las
cuales envié mi primer relato a Standard Magazines. Luego, ay, Weimbaum perdió
el rumbo y degeneró en un escritor de fantasía de segunda fila; murió demasiado
joven para cumplir con su promesa de originalidad.
Y luego vino Campbell, quien rescató, elevó y dio
sentido e importancia a la ciencia-ficción. Esta se transformó en un vehículo
para ideas, incitación, audacia. ¿Por qué, en el nombre de Dios, no llegó un
poco antes? Aún hoy la ciencia-ficción está luchando para librarse de su
reputación de folletín, merecida en el pasado pero no hoy, por cierto. Me
recuerda la explotada teoría de la telegonía: que una vez que una yegua de raza
ha parido un potrillo de un semental que no es de pura raza, no puede nunca tener
otro potrillo de raza. La ciencia-ficción aún esta sufriendo la telegonía.
¡Aquellos felices días dorados! Yo acostumbraba a
ir a tiendas de revistas usadas y compraba ejemplares
de Astounding. Recuerdo un cálido fin de semana de julio, en que mi
esposa estaba trabajando en el reparto de una compañía de teatro y yo pasé dos
días emocionantes con el Slan de Van Vogt. ¡Y
con Universe, de Heinlein![9] ¡Qué
conceptos tan espléndidamente elaborados con imaginación y despiadada lógica!
¿Recordáis "Black Destroyer"? ¿Recordáis "Mimsy Were the
Borogroves", de Lewis Padgett? Eso era originalidad elevada a la quinta
potencia, ¿Recordáis...? Pero no tiene importancia. Podríamos continuar sin
nunca acabar. Los libros de cuentos de hadas se habían terminado para siempre.
Después de graduarme en la universidad realmente no
sabía que quería hacer con mi vida. Retrospectivamente me doy cuenta que lo que
yo necesitaba era un Wanderjahr, pero tal cosa era desconocida en los
Estados Unidos de aquel entonces. Fui a una escuela de derecho un par de años
(para ganar tiempo) y, para mi sorpresa, recibí una educación concentrada que
sobrepasó en mucho a la de mis años de universidad. Después de un tira y
afloja, para gran desesperación de mis padres —que les hubiera gustado verme
asentado en una carrera—, finalmente opté por quemar las naves enviando un
relato de ciencia-ficción a Standard Magazines. El relato tenía el ridículo
título de "Diaz-X"
Dos secretarios de redacción, Mort Weisinger y Jack
Schiff se interesaron en mí, sospecho que porque yo acababa de leer y anotar
el Ulises de Joyce y lo predicaba con un entusiasmo no provocativo,
para gran diversión de ellos. Me contaron lo que tenían en
mente. Thrilling Wonder estaba organizando un concurso para el mejor
relato escrito por un aficionado, y hasta ese momento ninguno de los
presentados merecía gran consideración. Pensaban que "Diaz-X" podría
llevarse el premio si se lo retocaba un poco. Me enseñaron como revisar el
relato y darle una forma aceptable y gané el premio: 50 dólares. Fue editado
con el título "The Broken Axiom". Así iniciaron una guía profesional
de la que yo nunca dejaré de estar agradecido.
Recientemente, haciendo un reportaje
para Publisher Weekly a mi viejo amigo y héroe, Robert Heinlein (él
prefiere "Robert" a "Bob"), le pregunté como se había
iniciado en la ciencia-ficción.
—En el 39 comencé a escribir y pronto estuve
enganchado. Escribí todo lo que había aprendido en algún lado: la armada, el
ejército, cualquier cosa. Mi primera historia de ciencia-ficción fue
"Lifeline". Por entonces vi un anuncio en Thrilling
Wonder ofreciendo un premio de 50 dólares al mejor relato de aficionado,
pero luego supe que Astounding pagaba un céntimo la palabra y mi
historia tenía unas 7000 palabras. De modo que se las envíe a ellos y me la
compraron.
—¡Hijo de puta! —le dije entre dientes—. Yo gané el
concurso de Thrilling Wonder y tú me superaste en veinte dólares.
Los dos nos echamos a reír, pero a pesar de nuestra
mutua admiración, sospecho que ambos sabíamos que veinte dólares no era la
única forma en que Robert siempre me ha superado en la ciencia-ficción.
Creo que escribí quizás una docena de relatos
aceptables de ciencia-ficción en los siguientes dos años, todos ellos
espantosos pues me faltaba oficio y experiencia y tenía que aprender por el
método de ensayo y error. Nunca he sido de ésos que guardan cosas, ni siquiera
he guardado mis manuscritos, pero he conservado las cuatro primeras cubiertas
en las cuales apareció mi nombre. Thrilling Wonder Stories (15
céntimos. Sobre el rincón inferior de la izquierda está impreso "Slaves of
the Life Ray, una sorprendente novela corta de Alfred Bester." El relato
principal era "Trouble of Titán, una novela de Gerry Carlyle". de
Arthur K. Barnes. Otro número tiene mi nombre en el mismo rincón: "The
Voyage to Nowhere, de Alfred Bester". El recuerdo más delicioso es mi
primer relato de cubierta para Astonishing Stories (10 céntimos).
"The Pet Nébula, por Alfred Bester." La cubierta muestra un
sorprendente y joven científico en su laboratorio siendo confrontado con una
especie de gigantesco hipocampo radioactivo. Maldita sea si recuerdo de qué
trataba el relato.
Otros autores de cubierta eran Neil R. Jones, J.
Harvey Haggard, Ray Cummings (recuerdo ese nombre), Harry Bates (éste también),
Kelvin Kent (me suena a seudónimo), el doctor E.E.Smith (pero por supuesto) y
Henry Kuttner, mejor ubicado que yo. Estaba en el rincón superior de
la izquierda.
Mort Veisinger me presentó en las reuniones
informales de los autores de ciencia-ficción de fines de los treinta. Allí me
encontré con Henry Kuttner, que más tarde se convirtió en Lewis Padgett, Ed
Hamilton y Otto Binder, la otra mitad escritora de Eando Binder. Eando era una
especie de acrónimo de los hermanos Ed y Otto Binder. E and O. Ed era
un ilustrador de ciencia-ficción autodidacto, y no muy bueno. Malcolm Jameson,
autor de historias espaciales orientada hacia lo naval, estaba allí, alto,
enjuto, prematuramente encanecido, hablando con lentitud en tono grave. De vez
en cuando traía consigo a su bonita hija, que hacía girar la cabeza de todos.
El compére pintoresco de esas meriendas
era Manley Wade Wellman, un profesional del sur lleno de anécdotas regionales.
Me parece recordar que tenía una mano ligeramente tullida, lo que podía de ser
el motivo de que defendiera con tanta fuerza la causa confederada. Todos éramos
muy pacientes con él, después de todo, nuestro lado ganó la guerra. Wellman era
el típico hombre de mundo en aquellos años inocentes del treinta; siempre bebía
vino con la comida.
Henry Kuttner y Otto Binder eran jóvenes de talla
media, muy tranquilos y corteses, y carentes por completo de rasgos destacados.
Una vez hice reír a Kuttner sin proponérmelo. Dije a Weisinger:
—Acabo de terminar un relato formidable que tiene
lugar fuera del espacio, donde el tiempo local no tiene realidad objetiva. Es
muy largo, unas 20,000 palabras, pero creo que puedo reducirlas a 5.000.
Kuttner se echó a reír. Yo también lo hago, cuando
pienso en lo bobo que era. Una vez dije muy seriamente a Jameson:
—He descubierto algo importante. Si combinas dos
historias en una, el resultado puede ser tremendamente atractivo;
El me observó con incredulidad.
—¿Nunca has oído hablar de dos líneas arguméntales
contrapuestas? —gruñó.
No lo había oído. Lo descubrí por mí mismo.
Como era atrevido y de la peor calaña de
intelectual snob, dije en privado a Weisinger que no me sentía muy impresionado
con esos escritores que proporcionaban la mayor parte de la ciencia-ficción
para las revistas, y le pregunté por qué recibían tantos encargos.
—Nunca escribirán un gran relato —me explicó—, pero
nunca escriben uno malo. Sabemos que podemos contar con ellos.
Ahora, que he pasado algún tiempo como director de
una revista, comprendo exactamente lo que quería decir.
Cuando llegó el estallido por el comic, mis dos
sacerdotes renunciaron a Standard Magazines y se fueron al Superman Group.
Había una desesperada necesidad de guionistas que suministraran escenarios
(Wellman los llamaba "Squinkas") para los dibujantes, de modo que
Weisinger y Schiff me contrataron como gionista. Yo no tenía la más mínima idea
de como escribir un guión de comic, pero en una lluviosa tarde de sábado, Bill
Finger, la estrella de los guionistas de comic de la época, se tomó el trabajo
y me dio, un rival en potencia, un discurso incisivo e iluminador sobre el
oficio. Aún recuerdo aquello como un alto ejemplo de generosidad de un colega a
otro.
Escribí comics durante tres o cuatro años, con
incrementada habilidad y éxito. Aquellos eran maravillosos días para un novato.
Los Squinkas se estaban expandiendo y había una demanda constante de historias.
Uno podía escribir tres o cuatro guiones por semana y experimentaba mientras
aprendía el oficio. Los guiones eran generalmente una extraña combinación de
ciencia-ficción y gangbuster[10]. Para
daros una idea de cómo eran, he aquí una típica conferencia telefónica con un
redactor al que llamaré Chuck Migg, acerca de un comic al que llamaré
"Capitán Héroe". Naturalmente, ambos nombres son ficticios. El
diálogo no.
—Ahora, escucha —dice Migg—, te llamo porque
tenemos que hacer algo con el Capitán Héroe.
—¿Cuál es tu problema?
—La revista se imprime la semana que viene y nos
faltan trece paginas. Una historia completa. Tenemos que inventar algo ahora
mismo.
—¿Algún detalle en particular?
—Nada especial, excepto quizá dos cosas. Tenemos
que ser originales y realistas. Sin fantasía.
—Correcto.
—Adelante, entonces.
—Espera un momento, por el amor de Dios. ¿Quién te
crees que soy, Saroyan?
Dos minutos de intensa concentración. Luego Migg
dice:
—¿Qué te parece esto? Un científico loco inventa
una máquina para acelerar a la gente. De modo que unos ladrones la roban y la
utilizan para sus fines. Se mueven tan tapido que pueden cometer el robo a un
banco en una fracción de segundo.
-No.
—Comenzamos con un recuadro mostrando dinero y
joyas que desaparecen llevadas por líneas borrosas y... ¿por qué no?
—Es un plagio de H.G. Wells.
—Pero igual es original.
—De cualquier modo es demasiado fantástico. Creí
que habías dicho que seríamos realistas.
—Seguro que dije realistas, pero no que podamos ser
imaginativos. Lo que tenemos que hacer...
—Espera un momento. No te apresures.
—¿Se te encendió la lamparilla?
—Quizá. Supón que comenzamos con un tipo que hace
algún tipo de experimento. Es un científico, no un loco. Este es un tipo hecho
y derecho.
—Lo cogí. Está haciendo un experimento para el bien
de la humanidad. Un gancho narrativo diferente. .
—Tendremos que usar algún tipo de metal terrestre
raro; cerio, quizás, o...
—No, volvamos al radio. No lo hemos usado desde
hace tres números.
—De acuerdo, el radio. El experimento tiene éxito.
Revive a un perro muerto con un suero de radio.
—Estoy esperando el nudo del asunto.
—El suero le entra en la sangre. De un encantador
científico se transforma en un monomaniaco.
En este momento Migg da en el blanco.
—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Lo haremos un rey Midas. El
doc es un alma tierna. Ha terminado un experimento que proporcionará vida
eterna a toda la humanidad. De modo que da un paseo por su jardín y huele una
rosa. ¡Buumm! Los pájaros explotan. ¿Cómo interviene el Capitán Héroe en todo
esto?
—Bien, quizá podemos meter aquí a Jekyll y Hyde. El
doctor no quiere ser un asesino ambulante. Sabe que hay una rara medicina que
puede neutralizar el radio que lleva encima. Tiene que robarla de un hospital,
y eso lleva al Capitán Héroe a investigar.
—De gran interés humano.
—Pero aquí está el siguiente nudo argumental. El
doctor se inyecta la medicina y cree que está a salvo. Luego la hija entra en
el laboratorio, y la mata al besarla. La medicina ya no surge efecto.
Ahora Migg está en órbita.
—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Primero colocamos un
encabeza miento: EN EL SOLITARIO LABORATORIO UN CAMBIO ESPANTOSO TORTURA AL
DOCTOR -como se llame- ¡AHORA ES EL DOCTOR RADIO!!! Bonito nombre, ¿no?
—De acuerdo.
—Luego ponemos unos pocos cuadros mostrando como se
vuelve verde y estrella cosas y grita: ¡LA MEDICINA YA NO PUEDE SALVARME! ¡EL
RADIO ESTA DEVORANDO MI CEREBRO! ¡¡¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCO, JA-JA-JA!!! ¿No te
parece realista?
—Grandioso.
—De acuerdo. Eso liquida las tres primeras páginas.
¿Qué sucede con el Dr. Radio en las diez siguientes?
—Un final de acción directa. El Capitán Héroe lo
persigue. El atrapa al Capitán Héroe en algo mortal. El Capitán Héroe escapa y
atrapa al Dr. Radio y lo arroja por un risco, o algo así.
—No. Lo arroja en un volcán.
—¿Porqué?
—De este modo podemos inventar una secuela del Dr.
Radio. Es un buen contenedor de miserias. Podemos hacer que atraviese las
paredes y la materia por causa del radio.
—Seguro.
—Este será un gran personaje, de modo que no te
apures con el texto. ¿Puedes comenzar hoy? Bien. Mañana enviaré un mensajero a
buscarlo.
El gran George Burns, lamentándose sobre la muerte
del vodevil dijo una vez: "Ya no hay lugares para que los chicos hagan
cosas despreciables." Los comics me dieron una amplia oportunidad de
eliminar de mi sistema un montón de escritura despreciable.
La línea "... lo' arroja por un risco, o algo
así" tiene una significación muy particular. Teníamos autoimpuestos unas
reglas muy estrictas sobre muerte y violencia. Los Tíos Buenos nunca mataban
deliberadamente. Peleaban, pero sólo con los puños. Sólo los villanos
acostumbraban a usar armas mortales. Podíamos mostrar la llegada de la muerte
—un personaje cayendo desde un edificio alto, ¡Ayyyhhh!— y también el resultado
de la muerte —un cadáver, pero siempre boca abajo—. Nunca podríamos mostrar el
momento de la muerte; nunca una herida, nunca un rictus, ni sangre, a lo sumo
un cuchillo sobresaliendo de una espalda. Recuerdo el impacto que recorrió todo
el despacho de "Superman" cuando Chet Gould dibujo una bala
perforando la cabeza del villano en "Dick Tracy"
Teníamos otras reglas estrictas. Ningún poli podía
ser estafador. Podían ser tontos, pero tenían que ser honestos. Desaprobábamos
la policía corrupta de Raymon Chandler. Ningún artefacto mecánico ni científico
podría ser utilizado a menos que tuviera una sólida fundamentación en hechos.
Acostumbrábamos a reírnos de los artefactos extravagantes que Bob Kane
inventaba (por lo general escribía sus propios guiones) para "Batman y
Robin", a quienes, entre nosotros, llamábamos Batman y Rabinowitch. El
sadismo era absolutamente tabú; sin escenas de tortura ni escenas de dolor. Y,
por supuesto, el sexo estaba totalmente ausente.
Holiday cuenta una gran historia sobre George
Horace Lorrimer, el imponente editor en jefe del Saturday Evening
Post, nuestra revista hermana. Hizo algo muy osado para aquellos tiempos.
Incluyó en la revista una novela en dos partes y la primera entrega terminaba
con la chica llevando al chico a su apartamento a media noche para cenar unos
huevos con café. La segunda entrega se iniciaba con ellos desayunando juntos en
el apartamento la mañana siguiente. Llegaron miles de cartas indignadas, y
Lorrimer hizo imprimir una especie de respuesta: "El Saturday Evening
Post no se responsabiliza por la conducta de sus personajes entre una
entrega y otra." Presumiblemente, nuestros héroes del comic vivían sus
vidas normales entre un número y otro; un Batman que fuma marihuana y lleva
chicas a la cama, un Rabinovich que prende fuego a la biblioteca de su escuela
como protesta por algo.
En ese entonces estaba casado, y mi esposa era
actriz. Un día me contó que el programa de radio Nick Cárter buscaba
guionistas. Cogí uno de mis mejores relatos para comic, lo transformé en guión
para radio, y fue aceptado. Luego me contó de un nuevo programa, Charlie
Chan, que tenía problemas con los guionistas. Hice lo mismo con idéntico
resultado. Para fin de año era escritor regular de aquellos dos programas y me
ramificaba con La Sombra y otros. Los días de los comics habían
terminado, pero el espléndido entrenamiento que había recibido en
visualización, enfoque, diálogo y economía de recursos quedaron conmigo para
siempre. La imaginación debe partir del interior; nadie te puede enseñar eso.
Las ideas deben venir afuera, y es mejor que explique esto.
Generalmente, las ideas no llegan de cualquier
parte; requieren un montón de abono para su germinación, y el abono debe ser
diligentemente preparado. Pasé muchas horas a la semana en las salas de lectura
de la biblioteca pública de Nueva York de la calle Cuarenta y Dos y la Quinta
Avenida. Leía de todo con atención de urraca en busca de posibles ideas:
fraudes artísticos, métodos policiales, contrabando, psiquiatría, investigación
científica, diccionarios ilustrados, música, demografía, biografías, obras teatrales...
la lista es incalculable. Me había visto obligado a desarrollar una técnica de
lectura veloz en la escuela de leyes y leía un promedio de una docena de libros
por sesión. Pensaba que una idea potencial por libro era un premio razonable.
Todo ese material fue a parar a mi Libro de Tópicos para su uso futuro. Aún lo
utilizo y continúo incrementándolo.
Y así durante los siguientes cinco o seis años me
olvidé de los comics, de la ciencia-ficción, y me sumergí enteramente en el
negocio del espectáculo. Todo era nuevo, colorido, cambiante y —debo ser
honesto— mucho más lucrativo. Escribí guiones de misterio, aventuras, fantasía,
todo aquello que propusiera un desafío, una nueva experiencia, algo que nunca
había hecho antes. Incluso llegué a dirigir un programa, y ese fue otro desafío
fascinante.
Pero muy lentamente un veneno insidioso comenzó a
corroer mi placer; estaba constreñido a la censura del medio y al control del
cliente. Había demasiadas ideas que no se me permitían explorar. Los directivos
decían que eran demasiado diferentes; que el público no las comprendería. Los
contables decían que eran demasiado caras, que el presupuesto no las admitiría.
Un cliente de Chicago escribió una carta enojada al productor de uno de mis
programas. "Dile a Bester que desista de ser original. Todo lo que quiero
es guiones ordinarios." Fue realmente doloroso. La originalidad es la
esencia dé lo que un artista tiene que ofrecer. De una forma u otra, debemos
producir un sonido nuevo.
Pero debo admitir que la originalidad compulsiva
puede a veces ser un estorbo para mí tanto como para los demás. Cuando se
desarrolla un relato, una media docena de ideas brotan de mi mente. Son
examinadas y desechadas. Si surgen con facilidad, no valen mucho la pena.
"Sigue el camino difícil", me digo a mi mismo, y me pongo en campaña,
enloqueciendo a todo el mundo durante el proceso. Camino interminablemente,
murmurando para mí mismo. Hago largas caminatas. Me siento en los bares y bebo,
esperando que un fragmento de conversación escuchado a medias me dé una pista.
Nunca sucede, pero siempre hago lo mismo, por razones que nunca comprenderé. No
obtengo ideas en los bares.
He aquí un ejemplo. Recientemente estaba lidiando
con el fenómeno de las feromonas. Una feromona es una hormona externa segregada
por un insecto —una hormiga, por ejemplo— cuando encuentra una buena fuente de
comida. Los otros miembros de la colonia son impulsados a seguir el rastro
feromonal, y así encuentran la comida. Yo quería extrapolar esto en un hombre y
tenía que hacerlo por el camino difícil. De modo que caminé y caminé y por
último fui a un bar donde tuve que aguantar a un pesado presentador de TV,
quien llenó mis oídos con un monólogo aburrido. Estaba mirando de mal humor mi
copa y preguntándome cómo escapar, cuando el camino difícil llegó a mí.
"El no deja un rastro —estallé"—. Es impulsado
a seguir un rastro." Mientras el presentador me contemplaba
atónito, saqué mi dietario y escribí: "La muerte deja un rastro de
feromona para él; muerte en los hechos, muerte en los actos, muerte en la
planificación."
Así, impulsado por la frustración, volví a la
ciencia-ficción para mantener mi cordura. Era una válvula de escape, una
escotilla de escape, una terapia. Las ideas que no podía desarrollar en los
programas podían ser escritas como relatos de ciencia-ficción, y tendría la
satisfacción de verlas cobrar vida. (Para eso debes tener un público.) Escribí
quizás una docena y media de relatos, muchos de ellos para Fantasy &
Science Fiction, cuyos directores, Tony Boucher y Mike McComas, los
recibieron con inagotable amabilidad y aprecio.
Escribí unos pocos relatos
para Astounding, fue entonces cuando tuve mi demencial encuentro con
el gran John W. Campbell, hijo. No necesito prolongar este encuentro
recordándoles que mi adoración por Campbell venía de largo tiempo atrás. Nunca me
había encontrado en él; todos mis relatos habían sido enviados por correo. No
tenía la más mínima idea de cómo era, pero lo imaginaba como una combinación de
Bertrand Russell y Ernest Rutherford. De modo que envié un nuevo relato a
Campbell, uno que ningún programa aceptaría emitir. Se llamaba "Odi e
Id" y sus conceptos eran freudianos: un hombre no es gobernado por su
mente consciente sino más bien por sus compulsiones inconscientes. Campbell me
telefoneó, pues quería discutir algunos cambios conmigo. ¿Podía ir a su
oficina? Estuve encantado de aceptar la invitación a pesar de que las oficinas
editoriales de Astounding estaban en los quintos infiernos de New
Jersey.
Las oficinas de la editorial parecían una fábrica
sombría y tal vez eran un taller de impresión. Las "oficinas"
resultaron ser un pequeño despacho, estrecho, sucio, ocupado no sólo por
Campbell sino también por su secretaria, la señorita Tarrant. Mi único patrón
de comparación eran los glamorosos estudios y las oficinas de las agencias de
publicidad. Me sentí desolado.
Campbell surgió de atrás de su escritorio y nos
dimos la mano. Soy un tipo bastante corpulento, pero él me pareció enorme...
del tamaño apropiado para placar a un adversario. Era hosco y parecía
preocupado por cuestiones de gran importancia. Se sentó tras el escritorio. Yo
me instalé en la silla de las visitas.
—Usted no lo sabe —dijo Campbell—. No tiene modo de
saberlo, pero Freud está liquidado.
Lo miré fijamente.
—Si se refiere a las escuelas rivales de
psiquiatría, señor Campbell, yo creo que...
—No, no me refiero a eso. La psiquiatría, tal como
la conocemos está muerta.
—Oh, vamos, señor Campbell. Seguramente está usted
bromeando.
—Nunca he estado más serio en toda mi vida. Freud
ha sido destruido por uno de los más grandes descubrimientos de nuestro tiempo.
—¿Cuál?
—La dianética.
—Nunca oí hablar de ella.
—Fue descubierta por L. Ron Hubbard, y le hará
ganar él premio Nobel de la Paz —dijo Campbell con solemnidad.
—¿El premio Nobel de la Paz? ¿Por qué?
—¿No merecería el premio Nobel el hombre que
limpiaré el mundo de guerras?
—Supongo que sí, ¿pero cómo?
—Por medio de la dianética.
—Honestamente no sé de que me está hablando.
—Lea esto —dijo y me entregó un fajo de largas
pruebas de galera. Eran, como lo descubrí más tarde, las galeras del primer
artículo sobre dianética que aparecerían en Astounding.
— ¿Leerlas aquí y ahora? Son demasiadas hojas.
El asintió, ordenó unos papeles, habló a la
señorita Tarrat y continuó sus asuntos, ignorándome. Leí la primera galera
cuidadosamente, la segunda no tan cuidadosamente, pues esa tontería de la
dianética me aburría. Al fin, dejé que mis ojos vagaran por las páginas, pero
siendo muy cuidadoso de que pasara el tiempo suficiente para que Campbell no
supiera que estaba haciendo trampa. Me parecía muy perspicaz y observador.
Después de un tiempo prudente, junté pulcramente las galeras y las coloqué
sobre la mesa de despacho de Campbell.
—¿Bien? —quiso saber—. ¿Ganará Hubbard el premio
Nobel?
—Es difícil de decir. La dianética es una idea muy
original e imaginativa, pero sólo he leído el texto una vez. Si pudiera
llevarme el juego de galeras a casa y...
—No —dijo Campebell—. Es el único juego. Estoy
restructurando el próximo número para incluir el artículo. Es muy importante.
—Entregó las galeras a la señorita Tarrant.— Usted se opone. De acuerdo. Muchas
personas lo hacen cuando una idea nueva amenaza con derribar su modo de pensar.
—Es posible —dije—, pero creo que ese sea mi caso.
Soy hipertiroidico, un simio intelectual, curioso por todo.
—No —dijo Campbell, con la seguridad de un
diagnosticador—. Usted es un hipotiriodico. Pero esto no es cuestión de
intelecto, sino de emociones. Nos ocultamos nuestra historia emocional a
nosotros mismos, y la dianética puede trazar esa historia retrocediendo hasta
la matriz.
—¡Hasta la matriz!
—Sí. El feto recuerda. Venga, vamos a comer algo.
Recuerden que yo era de la Avenida Madison, con sus
comidas onerosas. No fuimos al equivalente de Sardi's, el 21, o aún el P
J.Clarke, en Jersey. Me condujo abajo y entramos en un pequeño y vulgar
restaurante lleno de empleados e impresores; era un recinto interior con
paredes blancas que hacían reberberár todo el sonido. Pedí
un liverwurst con pan blanco, sin mostaza, y una Coca. No puedo
recordar que comió Campbell.
Nos sentamos en una mesita mientras él continuaba
el discurso sobre la dianética, la gran tabla de salvación del futuro cuando el
mundo hubiera sido limpiado de heridas emocionales. Súbitamente se incorporó y
se inclinó amenazante sobre mí.
—Usted puede conducir su memoria hasta la matriz
-dijo—. Puede hacerlo si se libera de los bloqueos, aclara la mente y recuerda.
Inténtelo.
—¿Ahora?
—Ahora. Piense. Retroceda con el pensamiento.
Aclárese. ¡Recuerde! Puede recordar cuando su madre trató de abortar con una
grapadora. Nunca ha dejado de odiarla por eso.
Alrededor de mí se escuchaban voces altisonantes:
"Una hamburguesa, con mayonesa. ¡Ochenta y seis carambolas! Un combinado
de pan centeno, con aderezo. Un capuchino." Y allí estaba el sombrío
hombre dispuesto a placarme, ejerciendo la dianética sin licencia. El escenario
era tan demencial que comencé a temblar evitando echarme a reír. Recé:
"Ayúdame Dios mío, por favor. No me dejes reírme en su cara. Muéstrame el
camino." Dios me lo mostró. Levanté la mirada hacia Campbell y dije:
—Tiene usted mucha razón, señor Campbell, pero las
heridas emocionales son demasiado para soportarlas. No puedo continuar con
esto.
Estuvo satisfecho.
—Sí, pude advertir que estaba temblando.
Se sentó, terminamos de comer y volvimos a su
despacho. Resultó que los únicos cambios que quería hacer en el relato era la
remoción de todos los términos freudianos que ahora la dianética volvía
obsoletos. Estuve de acuerdo, por supuesto; eran cosas menores, y era un gran
honor aparecer en Astounding, no importa a qué precio. Por último
logré escapar y retorné a la civilización, donde me tomé tres Gibson dobles; la
cebollita no me hizo llorar.
Ese fue mi primer y único encuentro con John
Campbell, y por cierto mi única entrevista publicable con él. He hecho algunas
entrevistas extrañas en el mundo del espectáculo, pero ninguna igual a ésta.
Reforzó mi opinión personal de que la mayoría de los tipos de la
ciencia-ficción, a pesar de su brillantez, tienen un tornillo flojo. Quizás es
el precio que deben pagar por la brillantez.
Un día, inesperadamente, Horace Gold me llamó por
teléfono para pedirme que escribiera para Galaxy, que acababa de
lanzar con tremendo éxito. Ocupaba un espacio vacante en el
género; Astounding era la ciencia por antonomasia; Fantasy &
Sciencie Fiction era ingenio y sofisticación; Galaxy tenía
orientación psicológica. Me sentí alagado pero rehusé, explicándole que no
creía que fuera un autor importante comparado con los auténticos grandes.
—¿Por qué me llamas a mí? —pregunté—. Puedes tener
a Sturgeon, Leiber, Asimov, Heinlein.
—Ya los tengo —me respondió—, y te quiero a ti.
—Horace, tú eres un viejo guionista, de modo que me
comprenderás. Estoy atado a un programa de mierda dirigido por alguien sin
talento. Tengo que escribirle libretos, chanzas y guiones para que los mutile.
Me tiene entre la espada y la pared. Su agente me tiene entre la espada y la
pared. Verdaderamente no tengo tiempo.
Horace no abandonó. Llamaba de vez en cuando para
charlar sobre las novedades en ciencia-ficción, los nuevos conceptos, que
autores habían fallado y cómo lo habían hecho. En el curso de estos cotilleos
se las ingenió para decir que yo era mejor escritor de lo que pensaba y para
preguntar si no tenía alguna idea en la que fuera interesante trabajar.
Todo esto ocurría por teléfono, ya que Horace
estaba encerrado en su apartamento. Había tenido experiencias chocantes, tanto
en Europa como en el Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, y había sido
dado de baja con total agarofobia. Todo el mundo tenía que ir a verlo a su
apartamento, incluyendo su psiquiatra. Horace era de lo más entretenido por
teléfono: ingenioso, irónico, perceptivo, realizaba penetrantes críticas sobre
ciencia-ficción.
Yo disfrutaba mucho de estos cotilleos
profesionales con Horace y comencé a sentirme en deuda con él; después de todo,
estaba también más o menos atrapado en mi estudio. Por último sometí quizás una
docena de ideas a su juicio. Horace las discutió todas, muy sensible y
realísticamente, y por último sugirió combinar dos ideas diferentes en lo que
luego se transformó en El hombre demolido. Recuerdo una de las ideas
sólo vagamente; tenía que ver con la percepción extrasensorial, pero he
olvidado el artificio. La otra la recuerdo muy bien. Quería escribir un
policial sobre un futuro en el cual la policía estuviera armada con máquinas
del tiempo, de modo que si se cometía un crimen podían rastrearlo hasta su
origen. Esto haría al crimen imposible. Pues, ¿cómo, en una historia, abierta,
podría un criminal astuto burlar a la policía?
Es mejor explicar el asunto ése de la
"historia abierta". El policial clásico es una historia cerrada, o
enigma. Es un puzzle en el cual todo todo está oculto, excepto las claves
cuidadosamente esparcidas a través del relato. El lector debe juntarlas y
resolver el puzzle. Yo había adquirido bastante experiencia en el tema. Sin
embargo, estaba trabajando para demasiadas series policiales y frecuentemente
sufría atrasos, un delito horrible, de modo que a veces cometía un delito menor
robando uno de mis guiones de la Serie A y adaptándolo para la Serie B.
Estaba leyendo un guión de hace tres años para la
Serie A con la idea de un posible robo, cuando caí en la cuenta que todas las
escenas estaban equivocadas. Era una buena historia, pero en el intento de
mantener cerrado el puzzle, me había visto forzado a omitir el drama real para
presentar en su lugar los resultados sorprendentes de la acción tras la escena.
De modo que desarrollé para mí mismo un estilo de narración policial donde todo
está abierto y expuesto al público, cada movimiento y contramovimiento, sólo
manteniendo la solución final como sorpresa. Es una forma extremadamente
dificultosa de escribir; requiere que tus antagonistas se venzan continuamente
unos a otros con ingenio y habilidad.
Horace me sugirió que en lugar de utilizar máquinas
del tiempo como obstáculo para el criminal, utilizara la percepción
extrasensorial. El viaje temporal, dijo, era un tema bastante remanido, y tuve
que darle la razón. La telepatía, dijo Horace, sería un obstáculo aún más
dicífil de vencer, y tuve que darle la razón.
—Pero no me gusta la idea de un detective lector de
mentes —dije—. Lo hace demasiado especial.
—No, no, —dijo Horace—. Tienes que crear toda una
sociedad de telépatas.
Y así comenzó la creación. Discutíamos por teléfono
casi diariamente, cada uno haciendo sugerencias, desechando sugerencias,
adaptando y revisando sugerencias. Horace era, al menos para mí, el editor
ideal, siempre dispuesto, siempre animado, nunca perdía el entusiasmo. Era
testarudo, Dios lo sabe, pero yo también lo era, quizás aún más que él. Lo que
salvaba la relación era que ambos sabíamos que nos respetábamos mutuamente;
esto, y nuestra concentración profesional en el trabajo. Para los profesionales
el trabajo es el jefe.
La novela comenzó en Nueva York. Cuando mi programa
de TV dejó de producirse en verano, cogí el manuscrito y lo llevé a nuestro
cottage en las islas Fire, y lo continué allí. Recuerdo algunos incidentes
divertidos. Mientras mecanografiaba en el porche del frente, Wolcott Gibbs, el
crítico teatral del New Yorker que vivía calle arriba, cada vez que
pasaba por nuestro cottage y me veía trabajando, me hacía un gesto de
reprobación. Wolcott había prometido escribir una biografía de Harold Ross durante
ese verano y no había aún escrito una línea. I.F. (Izzy) Stone cayó por ahí una
vez y se encontró metido en una animada discusión sobre el pensamiento político
tal como era reflejado por la ciencia-ficción. Izzy quedó tan fascinado que nos
pidió que nos detuviéramos cinco minutos mientras corría a su casa para cambiar
las baterías del audífono.
Yo acostumbraba a ir de pesca al amanecer y al
atardecer. Una tarde estaba pasando el rato, sosteniendo la caña y no pensando
en nada particular, cuando la idea de utilizar símbolos tipográficos en los
nombre hizo encender la lamparilla de mi mente. Recogí la línea tan rápidamente
que la enredé, eché a correr hacia el cottage y me puse a hacer pruebas con la
máquina de escribir. Luego volví atrás en el manuscrito y cambié todos los
nombres. Recuerdo que dejé de trabajar una mañana para contemplar un eclipse y
el cielo se nubló. Era obvio que alguien no aprobaba los recreos provocados por
eclipses. El título provisorio era Demolition (Demolición). Horace lo
cambió por El hombre demolido. Creo que es mucho mejor.
La novela fue recibida con considerable entusiasmo
por los lectores de Galaxy, lo que fue gratificante pero sorpresivo. No había
tenido intención consciente de abrir nuevos caminos; sólo había intentado hacer
un trabajo artesanal. Algunos de los comentarios de los fans me divirtieron.
"¡Oh, señor Bester! Cómo comprende usted a las mujeres." Nunca creí
comprender a las mujeres. "¿Quiénes fueron los modelos para sus
personajes?" Se sintieron sorprendidos cuando les dije que el modelo de un
protagonista era una estatua de bronce de un emperador romano en el Museo
Metropolitan. Me había fascinado cuando era niño. Leí el carácter del emperador
en el rostro y, cuando llegó la hora de describir a este particular personaje
de ficción, utilicé a mi emperador como molde.
El réclame de la novela me transformó en
alguien dentro de la ciencia-ficción, y despertó la curiosidad sobre mi
persona. Fui invitado a las reuniones del club Hydra, donde me encontré con
gente sobre la que yo tenía curiosidad: Ted Sturgeon, Jim Blish, Tony Boucher,
Ike Asimov, Avram Davidson, en ese entonces un judío profesional que usaba ya
mulka, y muchos otros. Eran todos chiflados (yo también. Hay que serlo para
encontrarlos) y me convencieron una vez más de que a la mayoría de los autores
de ciencia-ficción tienen pájaros en la sesera. Puedo recordar una discusión,
sobre la forma correcta de planear un robo, en que el tono adquirió tal
temperatura que por un momento pensé que Judy Merril iba a golpear a Lester del
Rey en la nariz. O quizá era al revés.
Yo estaba particularmente atraído por Blisch y
Sturgeon. Ambos eran conversadores tranquilos y encantadores. Jim y yo solíamos
caminar por el Central Park durante su hora libre del mediodía (entonces
trabajaba en relaciones públicas para una empresa farmacéutica) y hablábamos
del oficio, A pesar de que era un admirador de su trabajo, sentía que carecía
del. impulso en el cual yo había sido entrenado, y constantemente lo urgía a
acometer sus relatos con más vigor. Nunca pareció estar resentido por esto, o
al menos era demasiado cortés para demostrarlo. Su problema básico en hacer
compatibles sus escritos en relaciones públicas por un lado, con sus escritos
creativos por el otro lado. No podría darle consejos en eso. Es un problema que
muy pocas personas pueden resolver.
Sturgeon y yo solíamos encontrarnos ocasionalmente
en los bares para tomar una copa y charlar. La forma de escribir de Ted se
ajustaba exactamente a mi gusto, y es por eso que pienso que era el mejor de
todos nosotros. Pero tenía una cualidad que me divertía y exasperaba. Tal como
Mort Sahl y algunas otras celebridades que he entrevistado —Tony Quinn es
otra—, Ted vivía en crisis, y si no estaba en crisis se inventaba una. Su vida
era completamente desorganizada, y eso hacía imposible que realizara sus obras
con su mejor nivel. ¡Qué desperdicio!
Para ser justo debería hacer una descripción de mí
mismo. La haré, pero la dejaré para el final.
Había escrito una novela contemporánea basada en
mis experiencias de televisión y ésta se había reimpreso bastante, siendo
vendida por último para el cine. Mi esposa y yo decidimos liquidar las
ganancias pasando algunos años en el extranjero. Pusimos todo en un depósito,
alquilamos un pequeño coche inglés, redujimos nuestro equipaje al mínimo y
partimos. Los únicos materiales de escribir que llevé conmigo fueron una
portátil, mi Libro de Tópicos, un diccionario y una idea para otra novela de
ciencia-ficción.
Hacía algún tiempo que jugaba con la idea de
utilizar El Conde de Montecristo como modelo de una historia. La
razón es simple: siempre he preferido al antihéroe, y siempre encontré
altamente dramáticos los tipos convulsivos. No dejó de ser sólo una intención
hasta que compramos nuestro cottage en las islas Fire y encontré un montón de
viejos National Geographic. Como es natural, los leí y encontré un
artículo muy interesante sobre la supervivencia, de marinos torpedeados en el
mar. El récord lo tenía un ayudante de cocina filipino que duró algo así como
Cuatro meses en una balsa abierta. Luego venía el detalle que me atrajo. Varias
veces lo habían visto barcos que pasaban y rehusaban cambiar de curso para
rescatarlo porque los submarinos nazis solían utilizar señuelos de este tipo.
La mente de urraca comenzó a trabajar, picoteó la idea y la intención se
transformó en una historia en desarrollo con un inicio muy fuerte.
Las estrellas mi destino[11] (he
olvidado cual fue el título inicial) comenzó en un romántico cottage blanco de
Surrey. Esto explica porque tantos nombres son ingleses. Cuando comencé la
historia, pasé días leyendo la guía telefónica buscando nombres para los
personajes —soy muy remilgado en cuanto a nombres— y en este caso utilicé las
guías inglesas. Me sentí impulsado a encontrar o inventar nombres con sílabas
variables. Uno, dos, tres y cuatro. Soy extremadamente sensible a las pautas.
También soy extremadamente sensible al colorido de las palabras y al contexto.
Para mí no existen cosas tales como sinónimos.
El libro progresó muy lentamente y cuando llegó la
hora de dejar Surrey por un piso en Londres había perdido el impulso. Volví
atrás, cogí todo desde el principio y comencé otra vez, esperando generar una
buena presión de vapor. Escribo acicateado por la histeria. Me atascaba una y
otra vez y no sabía por qué. Todo me parecía equivocado. No podía usar una
portátil, pero las únicas máquinas estándar que pude alquilar tenían teclado
inglés. Eso me sacaba de quicio. El papel de escribir inglés es más pequeño que
el norteamericano y eso me sacaba de quicio. Y hacía frío, frío, frío, frío. De
modo que en noviembre empacamos, cogimos el ferry en Dover y, con la niebla
mordisqueándonos el trasero todo el camino, cruzamos el canal y nos dirigimos
al sur, hacia Roma.
Después de muchas aventuras nos instalamos
finalmente en un apartamento con penthouse en la Piazza della Muse. Mi esposa
comenzó a trabajar en el cine italiano. yo localicé una (1) máquina de escribir
estándar en toda Roma con teclado norteamericano y comencé otra vez, una vez
más desde el principio. Esta vez comencé a ganar impulso, muy lentamente, y
sólo esperaba la aparición de la histeria para rematar el asunto. Recuerdo
vivamente el día en que ésta llegó.
Estaba conversando del oficio con un joven director
italiano para el cual trabajaba mi esposa, ambos quejándonos de las cosas
experimentales que nunca se nos había permitido hacer. Le conté sobre un
artículo sobre sinestesia que había deseado desde hace años convertir en un
guión de TV. Tuve que explicarle qué era la sinestesia —fue años antes de la
experimentación con drogas psicodélicas— y mientras le estaba describiendo el
fenómeno, súbitamente pensé, "¡Dios mío! esto es para la novela. Me lleva
directamente al climax." Y advertí que había estado tantos meses
empantanado porque no tenía un buen fin en mente. Debo tener un principio y un
final buenos. Me gusta aquel viejo adagio de Hollywood: "Empieza con un
terremoto y construye un climax."
El trabajo comenzó a pesar de muchas agonías. Roma
no es un buen lugar para un escritor que necesita tranquilidad. Los
italianos fa rumore (meten bulla) apasionadamente. El piloto de un
club de Piper estaba deslumbrado por una chica que tomaba el sol en el terrado
de una mansión del otro lado de la calle y fastidiaba, a ella y a mí, cada
mañana desde las siete hasta las nueve. Había frecuentes carreras informales de
motociclistas en nuestra piazza. Los italianos siempre quitan los silenciadores
de sus vehículos; esto hace que se sientan unos Tazio Nuvolare. En el otro lado
de nuestro penthouse, había un edificio en construcción, y nadie sabe
de rumore si no escuchó a albañiles hablando de política.
También tenía problemas de investigación. La
biblioteca oficial norteamericana era lamentablemente inadecuada. La biblioteca
del Consulado Británico era un encanto, y la utilizaba con regularidad, pero
ninguno de sus libros era posterior a 1930, lo cual no ayudaba a un escritor de
ciencia-ficción en busca de información sobre cinturones de radiación.
Desesperado, comencé a fastidiar a Tony Boucher y Willy Ley con cartas
solicitando información. Siempre me respondieron, Dios los bendiga. Tony sobre
humanidades —"Querido Tony ¿cuál demonios es el nombre de está secta rusa
que practica la autocastración? ¿Slosky? algo por el estilo."— y Willy
sobre ciencias —"Querido Willy, ¿cuánto puede sobrevivir un hombre sin
protección en el espacio? ¿Diez minutos? ¿Cinco minutos? ¿Cuál sería su
muerte?"—.
El libro estuvo completo tres meses más tarde,
después del tercer comienzo en Roma; el primer borrador de una novela me lleva
usualmente unos tres meses. Luego hay un placentero período de revisión y
reescritura; siempre me gustó pulir las cosas. ¿Qué puedo decir sobre el
asunto? Os he contado sobre el comienzo y el climax. Os he contado sobre los
años de preparación archivando cosas en mi mente y sobre mi Libro de Tópicos.
Si queréis una ecuación empírica de mis textos de ciencia-ficción... en verdad
de todos lo textos, ésta es:
Concepto +
Disciplina
Experimentación
Experiencia
Sentido estructural
Sentido dramático
Preparación
Imaginación
Extrapolación
Histeria
= Historia
ßà Planteo
Debo ampliar esto un poco. El autor de
ciencia-ficción maduro no se limita a contar una historia sobre Brick Malloy
vs. Los Gigantes de Levadura de Gethsemaní. Plantea algo a través de toda la
historia. ¿Cuál es este planteo? El mismo, las dimensiones y profundidades del
hombre. Su planteo es ver lo que los demás ven, pero pensando lo que nadie
antes ha pensado, y teniendo el valor de decirlo. Lo maldito del caso es que
sólo el tiempo nos dirá si valía la pena decirlo.
De vuelta en Londres al año siguiente, pude conocer
a los jóvenes autores ingleses de ciencia-ficción a través de Ted Carnell y mi
editor en Londres. Se reunían en un pub cercano al Strand. Eran un grupo
divertido y hablaban con una rapidez e intensidad que me recordaba los debates
de la Oxford Union. Y se hacían una pregunta que yo nunca fui capaz de
responder: ¿Por qué los escritores de ciencia-ficción ingleses, tan brillantes
socialmente, producen con tanta frecuencia historias tan aburridas y predecibles:
hay notables excepciones, por supuesto, pero tengo la solapada sospecha de que
tienen madres norteamericanas.
John Wyndham y Arthur Clarke concurrían a las
reuniones. Pienso que Arthur era un tipo bastante raro, en un sentido parecido
a John Campbell, totalmente carente de sentido del humor. Una vez nos
comprometió a todos a la reunión de la próxima semana; nos mostraría unas
asombrosas diapositivas submarinas que había tomado. En verdad trajo un
proyector y diapositivas y nos las mostró. Después de ver unas pocas, dije:
—Maldición, Arthur, estas no son tomas submarinas.
Las has sacado en un acuario. Puedo ver el reflejo producido por el cristal.
Y todo degeneró en una discusión sobre si el
fotógrafo y su cámara habían estado también bajo el agua.
Fue alrededor de esta época cuando tuvo lugar algo
que responderá a una pregunta que frecuentemente me hago: ¿Por qué abandoné la
ciencia-ficción después de mis dos novelas? Tendré que utilizar
un flashback, un recurso que no me gusta, pero no veo otra solución.
Un mes antes de dejar los Estados Unidos, mi agente me llamó para presentarme a
un distinguido caballero, editor en jefe de la revista Holyday, que
estaba a la pesca de un artículo sobre la televisión. Me dijo que había probado
a dos escritores profesionales de revistas sin ningún éxito, y cómo última
esperanza se había dirigido a mí, ya que yo había escrito una novela sobre el
tema.
Era un desafío intrigante. Conocía la televisión,
pero no sabía absolutamente nada sobre artículos de revista. De modo que una
vez más exploré, experimenté y me enseñé cosas a mí mismo.
A Holiday le gustó tanto el artículo que me solicitaron otros sobre
la televisión italiana, francesa e inglesa mientras me encontraba en el
extranjero, y así lo hice. Fue justo cuando mi esposa y yo habíamos decidido
instalarnos en Londres permanentemente, que Holiday me solicito que
regresara a los Estados Unidos. Iban a iniciar una nueva sección titulada
"Las Artes Traviesas" y querían que fuera un colaborador mensual.
Otro desafío. Retorné a Nueva York.
Una nueva vida llena de excitación comenzó para mí.
Ya no estaba encerrado en mi taller; salía y entrevistaba gente interesante de
profesiones interesantes. La realidad se había vuelto tan colorida que ya no
necesitaba la terapia de la ciencia-ficción. Y como la revista no me imponía
límites, más allá de los requerimientos prácticos de la técnica de un
profesional, ya no necesitaba una válvula de escape.
Escribí veintenas de artículos, y debo confesar que
era mucho más fácil que escribir ficción, de modo que tal vez me hice holgazán,
Pero tratad de visualizar la alegría de ser enviado a vuestra vieja universidad
para hacer una nota, de ir a Detroit para realizar una prueba de conducción en
los nuevos automóviles, de realizar el primer vuelo en el Boeing 747, de
entrevistar a Sofía Loren en Pisa, a De Sica en Roma, a Peter Ustinov, Sir
Laurence Olivier (en Hollywood lo llamaban Sir Larry), Mike Todd y Elizabeth
Taylor, George Balanchine. Entrevistaba y escribía, y escribía, y escribía,
hasta que a Holiday le resultó más barato contratarme como jefe de
redacción, y hete aquí un nuevo desafío.
Nunca perdí el contacto del todo con la
ciencia-ficción; hacía crítica de libros para Fantasy & Science
Fiction, que se encontraba entonces dirigida por Bob Mills, y más tarde
por Avram Davidson. Desafortunadamente, mis gustos se habían hecho tan elevados
que parecían irritar a los fans, que exigían un tratamiento especial para la
ciencia-ficción. Mi actitud para la ciencia-ficción era considerarla
simplemente una de las tantas formas de ficción y juzgarla con los estándares
comunes a todas. Un relato imbécil es un relato imbécil, lo haya escrito Robert
Heinlein o Norman Mailer. Un fan enfurecido escribió a la revista para decir
que, obviamente, yo había sufrido un cambio.
Ay, todas las cosas llegan a su
fin. Holiday se debilitó luego de unos robustos veinte años; mis ojos
se debilitaron, como los del pobre Congreve; y aquí estoy, aquí estoy, aquí
estoy, de vuelta en mi estudio, encerrado y solo, volviendo a mi primer amor,
mi amor original, la ciencia-ficción. Espero que no sea demasiado tarde para
reanudar nuestros amoríos. Ike Asimov me dijo una vez: "Alfie, hemos
abierto nuevos caminos en nuestra época, pero tenemos que enfrentar el hecho de
que estamos en el ocaso." Espero que no, pero si es verdad, caeré luchando
ante este nuevo desafío.
¿Cómo soy? He aquí una descripción de mí mismo tan
honesta como sea posible. Venid a mi estudio, un apartamento de tres
habitaciones que es un caos, lleno de libros, manuscritos, máquina de escribir,
telescopios, microscopios, resmas de papel de mecanografía y frascos de
química. Vivimos en el apartamento de arriba, y mi esposa utiliza mi cocina
como depósito. Esto me fastidia; acostumbraba a utilizarla como laboratorio. He
aquí un detalle interesante: aunque soy un bebedor empedernido, no permito que
se guarde bebidas allí; no quiero borracheras en mi estudio.
Me encontrarán en un taburete alto, ante una mesa
de dibujo, corrigiendo algunas de mis páginas. Estoy usando, probablemente
delgados pantalones pijamas, una vieja camisa, y estoy descalzo. Verán un tipo
robusto con pelo castaño oscuro que comienza a encanecer, una barba tupida casi
blanca y unos ojos castaño oscuros parecidos a los de un spaniel triste. Os doy
la mano, os hago sentar, me encaramo de nuevo en el taburete y enciendo un
cigarrillo, siempre charlando cordialmente de esto y aquello para que os sintáis
cómodos. Sin embargo, es posible que me guste sentarme más alto que vosotros
porque eso me da una ventaja psicológica. No creo que sea así, pero a veces me
han acusado de esto.
Tengo una aguda voz de tenor (excepto cuando estoy
enojado; entonces se vuelve ronca y estridente) con curiosas inflexiones. En
una frase puedo subir y bajar una octava. Tengo tendencia a arrastrar las
vocales. He pasado mucho tiempo en el extranjero, por lo que mi acento parece
haber sido afectado por ciertos idiomas europeos. No sé por qué. Digo garage a
la francesa, con una "r" gutural, y si golpean a la puerta aullo
automáticamente "¡Avanti!", un hábito que adquirí en Italia.
Por otra parte, mi lenguaje está salpicado con las
acostumbradas obcenidades del mundo del espectáculo, además de palabras en
yiddish y frases profesionales. Corrompí a los WASP[12]*
de las oficina de Holiday. Era gracioso que, un rubio redactor júnior
recién egresado de Yale, entrara en mi oficina y dijera:
—Alfie, tenemos un tsimmis con la pieza
de teatro. Ese goniff no quiere reescribirla.
Lo que vosotros no sabéis, es que siempre adapto
mis pautas de conversación a los de mis interlocutores, en un intento de que se
sienta cómodo. Puedo hablar cualquier estilo, desde la jerga del burlesque al
lenguaje afectado de un Phi Beta Kappa.
Trato de brindar calidez, interesándome en
vosotros, escuchando. Una vez que noto que estáis cómodos, cierro el pico y
escucho. A veces interrumpo para hacer alguna pregunta, discutir un punto o
pediros la ampliación de una idea. De vez en cuando diré:
—Espera un momento, vas demasiado rápido. Tengo que
pensarlo.
Luego miro fijamente el vacío y pienso
intensamente. Con franqueza, no soy una luz, pero una idea original siempre
puede lanzarme al espacio. Luego camino excitadamente, explorando el asunto en
voz alta.
Lo que no revelo son las tormentas emocionales que
rugen en mi interior. Tengo mi propia cuota de frustración y desesperación,
pero fui educado para mostrar buen talante y sufrir en privado. La mayoría de
las personas están demasiado preocupadas con sus propios problemas como para
interesarse en los suyos. ¿Recordáis esa hermosa línea de Viola en Twelfh
Night?: "Y con una melancolía verde y amarilla, ella se sentó como la
Paciencia en un monumento, sonriendo al dolor."
Tengo curiosos manierismos. Utilizo el dedo
acusador del fiscal como exclamación para expresar mi admiración por una idea o
una ocurrencia. Soy un "toqueador", me gusta abrazar y besar a
hombres y mujeres por igual, y darles una palmadita en el trasero para mostrar
mi aprobación. Una vez coloqué en situación embarazosa a mi jefe, el director
de Holiday. Acababa de retornar de un paseo por la India y, como de
costumbre, entré alegremente en su despacho y le di un fuerte abrazo y un beso.
Luego advertí que tenía visitas. Mi jefe enrojeció y les dijo:
—Alfie Bester es el hombre más puritano y afectuoso
del mundo.
Soy un farsante, y a menudo me veo obligado a jugar
un rol. En mi época he sido confundido con un marica, un obrero de la
construcción, un psiquiatra, un artista, un viejo verde, un joven degenerado, y
siempre adopto el personaje e interpreto la escena. Algunas veces me siento
impulsado a estar en contra —rápido a quien dice lento, y lento a quien dice
rápido—, todo para la diversión y fastidio de mi esposa. Cuando llegamos a casa
me regaña por ser un mentiroso, y todo lo que yo puedo hacer es echarme a reír
débilmente mientras ella jura que nunca más confiará en mí.
Me río muchísimo, con vosotros y conmigo, y mi risa
es fuerte y desinhibida. Soy una especie de tipo ruidoso. Pero no se dejen
engañar por mis payasadas. Esta mente de urraca está siempre buscando picotear
algo.
FIN
ÍNDICE
Adán sin Eva……………………………….
El tiempo es el traidor……………………...
Odie Id……………………………………..
Elección forzosa……………………………
Oh luminosa y brillante estrella……………
Antes la vida era distinta…………………...
Del Tiempo y la Tercera Avenida…………
Isaac Asimos……………………………….
El Hombre Pi………………………………
Mi amigo de arriba…………………………
Mis amoríos con la ciencia-ficción………...
[1] Individuo encargado de echar a la calle a borrachos
y alborotadores. (N. del T.)
[2]Puntapié aplicado al balón en el aire, luego de haberlo dejado caer de
las manos. (N. del T.)
[3] También llamado Ello. (N. del T.)
[4]Juego parecido al béisbol. (N. del T.)
[5] Batalla famosa entre Jacobo II y Guillermo
de Nassau, después Guillermo III, en
la que aquél fue derrotado. (N. del T.)
[6]Extrapolar: Averiguar el valor de una magnitud para valores de una
variable que se hallan fuera del intervalo en que dicha magnitud ha sido
medida. Diccionario de la Real Academia Española.
[7]Se ruega al lector colocar pautas y rimas a la
canción. El traductor agradecido
[8] Novela de Edwin Abbott (N. del T.)
[9] Más conocido como Orphans of the Sky. (N. del
T.)
[10]Funcionario que combate el crimen
organizado. (N. del T.)
[11]Actualmente en castellano como ¡Tigre, Tigre!
(N. del T.)
[12]White Anglo-Saxon Protestant, y por extensión,
puritano. (N. del T.)

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