© Libro N° 13994. La
Masculinidad De Eduardo Robinson. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © La
Masculinidad De Eduardo Robinson. Agatha Christie
Versión Original: © La Masculinidad De Eduardo Robinson. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA MASCULINIDAD DE EDUARDO
ROBINSON
Agatha Christie
La
Masculinidad De Eduardo Robinson
Agatha Christie
LA MASCULINIDAD DE EDUARDO ROBINSON
Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
Con sus brazos poderosos, Bill la alzó del suelo, estrechándola contra su
pecho. Con un profundo suspiro ella le ofreció sus labios
en un beso como jamás había soñado...»
Suspirando, Eduardo Robinson dejó Cuando el Amor Reina y miró por la
ventanilla del «metro». Estaban atravesando Stamford Brook. Eduardo Robinson
pensaba en Bill. Bill era el héroe ciento por ciento idolatrado por las
lectoras. Eduardo envidiaba sus músculos, su atractivo, y sus terribles
pasiones. Volvió a coger el libro para leer de nuevo la descripción de la
marquesa Bianca (la que le ofreciera sus labios). Tan arrebatadora era su
belleza, tan funesto su encanto, que los hombres más fuertes caían ante ella
como bolos, heridos de amor.
—Claro que —díjose Eduardo— esto es palabrería. Vaya si lo es. Y, sin
embargo, quisiera saber...
Sus ojos se animaron. ¿Existía en alguna parte un mundo de romance y
aventura? ¿Había mujeres de belleza turbadora? ¿Acaso el amor es algo que
devora como una llama?
—Esto no ocurre en la vida real —dijo Eduardo—. Tengo que seguir
adelante igual que los demás.
En conjunto, debía considerarse un joven afortunado. Era de excelente
cuna... gozaba de buena salud, no dependía de nadie, y estaba prometido a Maud.
Pero el mero recuerdo de Maud puso una sombra en su rostro. Aunque ante
nadie hubiera querido admitirlo, temía a Maud. La quería... sí..., todavía
recordaba la emoción con que había admirado su cuello blanco emergiendo de una
blusa barata la primera vez que se vieron. Estaba sentado detrás de ella en el
cine, y el amigo que iba con él la conocía y se la presentó. No cabía la menor
duda de que Maud era superior. Era atractiva, lista y muy señora, y siempre
tenía razón en todo. Esa clase de chica, que según todo el mundo dice, haría
una esposa excelente.
Eduardo preguntóse si la marquesa Bianca hubiera sido una esposa
excelente. Sin saber por qué, lo dudaba. No podía imaginar a la voluptuosa
Bianca, con sus rojos labios y formas ondulantes, cosiendo botones, pongamos
por ejemplo, para el varonil Bill. No, Bianca era el romance, y lo otro la vida
real. Maud y él eran felices juntos. Ella tenía tanto sentido común...
Pero de todas formas, hubiera deseado que no fuera tan... bueno, tan
viva de genio... ni que estuviera siempre tan a punto de «echarse sobre él».
Claro que era su prudencia y sentido común el que la impulsaba a
hacerlo. Maud era muy sensata. Y, por lo general, Eduardo era muy sensato
también, pero algunas veces... Por ejemplo, él hubiera querido casarse por
Navidad, y Maud le había indicado que era mucho más prudente esperar un poco...
tal vez uno o dos años. Su sueldo no era mucho. Él quiso regalarle un anillo
caro... y ella se horrorizó, obligándole a cambiarlo por otro más barato. Sus
cualidades eran excelentes, pero algunas veces Eduardo deseaba que tuviera más
defectos y menos virtudes. Fueron sus virtudes las que le empujaron a cometer
locuras.
Por ejemplo...
El rubor invadió su rostro. Tenía que decírselo a Maud... y pronto. Su
secreta culpabilidad le estaba haciendo comportarse extrañamente. El día
siguiente sería el primero de los tres días de fiesta. Nochebuena, Navidad y
San Esteban. Ella le había sugerido que fuera a pasarlo con su familia de una
manera tan tonta que no podía por menos que despertar sospechas. Eduardo
consiguió zafarse... contándole una larga historia (falsa, naturalmente) de un
amigo que vivía en el campo y a quien había prometido pasar el día en su
compañía.
Y no existía ese amigo. Aquél era su secreto culpable.
Tres meses atrás, Eduardo Robinson, en compañía de otros cientos de
miles de jóvenes, había tomado parte en un concurso de una de las revistas
semanales. Había que ordenar los nombres de doce jovencitas según su
popularidad. Eduardo tuvo una brillante idea. Sus preferencias seguramente
serían equivocadas... lo había observado en concursos similares, y dispuso los
doce nombres según su opinión, y luego volvió a escribirlos, pero esta vez
tomando alternativamente un nombre del principio de la lista y otro del final.
Cuando anunciaron el resultado, Eduardo había acertado ocho de los doce,
y ganó el primer premio de quinientas libras. Este resultado, que bien puede
atribuirse a la suerte, Eduardo se empeñó en considerarlo como una consecuencia
directa de su «sistema», y estaba orgulloso de sí mismo.
¿Y qué hacer entonces con la suma de quinientas libras?
Sabía muy bien lo que diría Maud. Que las invirtiera. Que serían un buen
rinconcito para el futuro. Y, naturalmente, Maud tendría razón, como siempre.
Pero el ganar dinero en un concurso es algo completamente distinto de
todo lo demás.
Si el dinero hubiera llegado a sus manos por medio de una herencia, lo
habría invertido religiosamente en acciones o bonos del Estado. Pero el dinero
que se gana con un simple golpe de pluma, por una afortunada e increíble
casualidad, llega bajo el mismo lema que la moneda de seis peniques que se da a
un niño... «para ti... para que lo gastes en lo que quieras».
Y en cierta tienda ante la cual pasaba cada día camino de su oficina,
estaba su sueño... un automóvil de dos plazas... largo y reluciente, y con un
cartelito con el precio... cuatrocientas sesenta y cinco libras...
—Si yo fuera rico —decíase Eduardo día tras día—. Si yo fuera rico, te
compraría.
Y ahora lo era... si no rico... por lo menos poseía una suma de dinero
suficiente para realizar su sueño. Aquel coche, aquella brillante pieza de
maravilla, sería suyo si osaba pagar su precio.
Su intención fue comunicar a Maud lo del dinero, y una vez se lo hubiese
confesado estarla a salvo contra la tentación. Al ver el horror y la
desaprobación reflejados en el rostro de Maud no hubiese tenido valor para
persistir en su locura. Pero, por casualidad, fue la misma Maud quien solucionó
el asunto. La había llevado al cine... a las mejores butacas, y ella le hizo
ver, con dulzura, pero en tono firme, lo tonto de su comportamiento... gastar
el dinero de aquella manera... cuando la película se veía lo mismo desde las
últimas filas. Eduardo aceptó sus reproches en silencio, y Maud quedó
convencida de que le había impresionado. No podía permitir que Eduardo
continuara con aquellas extravagancias. Le quería mucho, pero se daba cuenta de
su debilidad... y era cosa suya influenciarle siempre para que fuera por el
camino debido, y observó satisfecha su aparente sumisión de gusano.
Eduardo era como un gusano, y como los gusanos también sabía volverse.
Permaneció dominado por sus palabras, pero fue en aquel preciso momento cuando
tomó la resolución de comprar el coche.
—Maldita sea —se dijo Eduardo—. ¡Por una vez en la vida, haré lo que
quiera; ¡Maud puede irse al diablo!
Y a la mañana siguiente había penetrado en el palacio de cristal
habitado por aquellas preciosidades de esmalte y metal relucientes, y con una
facilidad que a él mismo le sorprendió, adquirió el coche. ¡Comprar un
automóvil es la cosa más sencilla del mundo!
Eso había ocurrido cuatro días atrás. Se había marchado de la tienda con
aparente calma, pero interiormente pletórico de dicha. Y en cuanto a Maud,
todavía no le había dicho una palabra. Durante cuatro días, a las horas de las
comidas, había recibido instrucciones para manejar aquella encantadora
criatura, y Eduardo era un alumno aventajado.
A la mañana siguiente, que era Nochebuena, pensaba llevar al campo su
adquisición. Había mentido a Maud y volvería a hacerlo de ser necesario. Estaba
esclavizado en alma y cuerpo por su nuevo tesoro. Representaba para él el
romance, la aventura, y todas las cosas que siempre había deseado y nunca
tenido. Mañana, él y su automóvil enfilarían la carretera, respirando a pleno
pulmón el aire fresco y puro, dejando atrás el estrépito y la inquietud de
Londres... para adentrarse en los espacios abiertos...
En aquel momento, Eduardo, sin saberlo, estaba muy cerca de convertirse
en un poeta.
Mañana...
Miró el libro que tenía en la mano... Cuando el Amor Reina. Riendo lo
introdujo en su bolsillo. El coche, los rojos labios de la marquesa Blanca, y
las sorprendentes proezas de Bill, parecían cosas del mismo mundo. Mañana...
El tiempo, que siempre acostumbra a fallar a los que confían en él, se
mostró favorablemente dispuesto hacia Eduardo, y le proporcionó el día de sus
sueños... con una helada, un cielo azul pálido, y un sol suave.
Así que, lleno de ansias de aventuras, de osadía y travesura, Eduardo
salió de Londres. Tuvo algún apuro en una esquina de Hyde Park, y un triste
contratiempo en Puntney Bridge, pero con muchas protestas de los neumáticos, y
frecuentes chirridos de los frenos, así como insultos procedentes de los otros
conductores de vehículos, logró salir del paso. Para ser un principiante no lo
hizo mal del todo, y al fin enfiló una de esas amplias carreteras que son la
alegría de los automovilistas. Aquel día había muy poco tránsito y Eduardo
continuó su carrera embriagado por su dominio sobre aquella criatura de
costados resplandecientes, avanzando a toda velocidad por aquel mundo blanco,
con el júbilo de un dios.
Fue un día delirante. Comió en una antigua posada, y luego volvió a
detenerse para tomar el té. Al fin, de mala gana, se dispuso a emprender el
regreso... hacia Londres, hacia Maud, hacia las seguras explicaciones y
reproches.
Alejó aquellos pensamientos con un suspiro. Mañana ya vería. Aún le
quedaba la noche. ¿Y acaso habría algo más fascinante? Correr a través de la
oscuridad con los faros buscando el camino que se abre delante. ¡Vaya, aquello
era lo mejor de todo!
Decidió que ya no le quedaba tiempo para detenerse a cenar en ninguna
parte. El conducir de noche era bastante difícil y vio que iba a emplear más
tiempo en regresar a Londres de lo que había calculado. Eran las ocho en punto
cuando pasó por Hindhead. Había luna y la nieve que había caído dos días atrás
seguía sin derretirse.
Detuvo el coche y permaneció contemplándola. ¿Qué importaba si no
regresaba a Londres hasta medianoche? ¿Qué importaba si no regresaba nunca? No
pensaba apartarse de todo aquello tan pronto.
Se apeó del coche y vio un camino serpenteante que le tentaba, y
sucumbió a su encanto. Durante media hora anduvo delirante por un mundo nevado.
Nunca había imaginado nada semejante. Y era suyo, se lo había dado aquel tesoro
que le esperaba como un perro fiel en la carretera.
Al fin, con un suspiro volvió a la realidad e introdujo la mano en el
bolsillo del coche, donde había guardado una bufanda a primera hora del día.
Pero la bufanda no estaba allí. El bolsillo estaba vacío. No, vacío del
todo no... había algo duro que arañaba... como guijarros.
Eduardo introdujo la mano más al fondo, y al minuto siguiente su
expresión era la de un loco. El objeto que tenía en su mano y al que la luz de
la luna arrancaba mil destellos, era un collar de brillantes.
Eduardo lo miraba sin comprender, pero no había duda posible. En el
bolsillo interior de su automóvil reposaba casualmente un collar de brillantes
que valdría varios miles de libras, ya que las piedras eran muy grandes.
—Pero, ¿quién lo había puesto allí? Desde luego no estaba cuando salió
de la ciudad. Alguien debió acercarse al coche mientras él paseaba por la
nieve, escondiéndolo deliberadamente. Pero, ¿por qué? ¿Por qué elegir su coche?
¿Acaso el dueño del collar se había equivocado? ¿O era... cabía dentro de lo
posible... un collar robado?
Y entonces, mientras todos estos pensamientos giraban en su mente,
Eduardo se quedó helado de pronto. Aquél no era su automóvil.
Eran muy parecidos. Del mismo tono rojo brillante... rojo como los
labios de la marquesa Bianca... con la misma línea estilizada, pero por mil
pequeños detalles, Eduardo comprendió que aquél no era su coche. Su esmalte
estaba rayado en algunos sitios, y daba algunas muestras ligeras, pero
inconfundibles, de haber sido usado. En ese caso...
Eduardo, sin pensarlo más, se apresuró a dar la vuelta al coche. No era
su punto fuerte y siempre perdía la cabeza y realizaba la maniobra al revés,
volviendo el volante en dirección contraria. Además, también solía confundirse
con el acelerador y el freno de pie con resultados desastrosos. Sin embargo, al
fin lo consiguió, y el automóvil comenzó a subir de nuevo la colina.
Eduardo recordó haber visto otro automóvil aparcado a cierta distancia.
Entonces no se había fijado gran cosa, y regresó por otro camino distinto del
que había bajado a la hondonada. Aquel segundo camino le dejó precisamente
detrás del automóvil que él creyó suyo, cuando en realidad debía tratarse de
otro.
En cosa de diez minutos estuvo otra vez en el lugar de partida, pero ya
no se veía ningún automóvil junto a la carretera. El otro propietario debía
haberse marchado en el de Eduardo... quizá también confundido por la semejanza.
Eduardo sacó el collar de brillantes de su bolsillo y lo acaricio entre
sus dedos con aire perplejo y asombro inenarrable.
—¿Qué hacer? ¿Dar parte en el puesto de policía más próximo? Sí.
Explicar lo ocurrido, entregar el collar, y dar el número de su automóvil.
Poco a poco, ¿cuál era el número de su automóvil? Eduardo Robinson pensó
y pensó, pero por más que hizo no pudo recordarlo. Sintió un escalofrío. Iba a
hacer el ridículo más absoluto en el puesto de policía. Todo lo que podía
recordar es que tenía un ocho. Claro, que en realidad no importaba... por lo
menos... contempló los brillantes con recelo. Supongamos que creyeran que...
oh, pero no era posible... y, sin embargo, podían pensar... que él había robado
el collar. Porque, al fin y al cabo, pensándolo bien, ¿quién iba a depositar un
collar de tanto valor en el bolsillo de un automóvil cualquiera estando en sus
cabales?
Eduardo se apeó, y dando la vuelta al coche fue a mirar la matrícula. El
número XRI 10061. Aparte de saber que aquél no era el de su coche, no le dijo
nada. Luego se dispuso a registrar todos los bolsillos y en el que había
encontrado el collar hizo un descubrimiento... un pedazo de papel con algunas
palabras escritas. A la luz de los faros Eduardo pudo leerlas con bastante
facilidad.
Reúnete conmigo a las diez en Greane, esquina a Salter's Lane.
Recordaba el nombre de Greane. Lo había visto en un poste durante el
día. Al instante tomó una resolución. Iría a aquel pueblo, Greane, buscaría
Salter's Lane para encontrarse con la persona que había escrito la nota y
explicarle lo ocurrido. Eso sería mucho mejor que hacer el ridículo ante la
policía.
Puso el motor en marcha casi feliz. Al fin y al cabo aquello era una
aventura. Aquellas cosas no ocurrían todos los días.
El collar de brillantes lo convertía en algo excitante y misterioso.
Tuvo alguna dificultad en encontrar Greane, y todavía más en dar con
Salter's Lane, pero después de llamar a dos o tres casas, tuvo suerte.
Sin embargo, pasaban algunos minutos de la hora de la cita cuando detuvo
el coche cautelosamente junto a una carretera estrecha sin perder de vista el
lado izquierdo, lugar de donde le habían dicho que partía Salter's Lane.
Llegó allí, después de doblar un recodo, y cuando enderezaba el coche,
vio una figura que salía de la oscuridad.
—¡Al fin! —exclamó la voz de una joven—. ¡Has tardado un siglo, Gerald!
Mientras hablaba, la muchacha se colocó delante de los faros y Eduardo
contuvo el aliento. Era la criatura más encantadora que viera en su vida.
Era muy joven, de cabellos negros como la noche y labios de un rojo
maravilloso. El pesado abrigo que llevaba abierto permitía ver que iba en traje
de noche... una creación de color rojo-llama que moldeaba su figura perfecta.
Alrededor del cuello llevaba una hilera de perlas exquisitas.
De pronto la joven se sobresaltó.
—Vaya —dijo—, pero si no es Gerald.
—No —apresuróse a decir Eduardo—. Debo explicarme —sacó el collar de
brillantes de su bolsillo para entregárselo—. Mi nombre es Eduardo...
No pudo continuar porque la muchacha le interrumpió.
—¡Eduardo, claro! Cuánto me alegro. Pero ese idiota de Jimmy me dijo por
teléfono que iba a enviar a Gerald con el coche. Has sido muy amable al venir,
estaba deseando conocerte. Recuerda que no te había visto desde que tenía seis
años. Veo que tienes el collar. Vuelve a meterlo en tu bolsillo. Pudiera
acercarse la policía del pueblo y verlo. Brrrrrr, ¡me he quedado helada
esperando! Déjame subir.
Como en un sueño, Eduardo le abrió la portezuela y ella se sentó a su
lado. Sus pieles rozaron su mejilla y un aroma delicioso, como el de las
violetas después de la lluvia, embriagó sus sentidos.
No tenía ningún plan definido, pero en un momento, inconscientemente, se
lanzó a la aventura. Ella le había llamado Eduardo... ¿qué importaba si él se
fingía ese Eduardo? Ella no tardaría en descubrirlo, pero entretanto, ¿por qué
no seguir el juego? Dio el contacto, y el coche se puso en marcha.
De pronto la joven se echó a reír, y su risa resultó tan encantadora
como el resto de su atractiva persona.
—Es fácil ver que no entiendes mucho de coches. Supongo que allí no los
tenéis.
«Quisiera saber dónde es allí» pensó Eduardo, y en voz alta agregó:
—No muchos.
—Será mejor que me dejes conducir a mí —dijo ella—. Es bastante
complicado abrirse camino por estos vericuetos, hasta que volvamos a encontrar
la carretera principal.
Le cedió el volante de buena gana, y en seguida avanzaron por la noche a
una velocidad y con un dominio que Eduardo envidió secretamente. La muchacha
volvió la cabeza para mirarle.
—Me gusta correr. ¿Y a ti...? No te pareces en nada a Gerald. Nadie os
tomaría por hermanos. Ni tampoco eres como yo te había imaginado.
—Supongo que soy tan vulgar... —dijo Eduardo—. ¿Es por eso?
—No, vulgar no... distinto. No puedo definirte. ¿Cómo está el pobre
Jimmy? Muy fastidiado, supongo.
—Oh, Jimmy está bien —repuso Eduardo.
—Es fácil decirlo... pero ha tenido muy mala suerte al torcerse un
tobillo. ¿Te contó toda la historia?
—Ni una palabra. Estoy completamente in albis. Me gustaría que me la
explicaras.
—Oh, todo salió como un sueño. Jimmy se acercó a la puerta principal,
disfrazado de mujer. Le concedí un par de minutos, y luego me asomé a la
ventana. La doncella de Agnes Larella estaba preparando su vestido y joyas.
Entonces se oyó un grito arriba, sonaron timbres y todos salieron disparados.
La doncella desapareció y yo entré, llevándome el collar y saliendo otra vez
con la velocidad de un rayo para regresar a Punch Bowl. Al pasar dejé el collar
en el coche y la nota indicando dónde debíais recogerme. Luego me reuní con
Luisa en el hotel, después de esconder mis botas de nieve, naturalmente. Una
coartada perfecta. Ella ni siquiera se enteró de que hubiera salido.
—¿Y qué hay de Jimmy?
—Pues, tú sabes más que yo.
—No me dijo nada —replicó Eduardo sin que le costara el menor esfuerzo.
—Pues, en la desbandada general, se enganchó un pie en la falda y se
torció el tobillo. Tuvieron que llevarle al coche, y el chófer de Larella le
llevó a casa. ¡Imagínate si al chófer se le ocurre meter la mano en el
bolsillo!
Eduardo rió con ella, pero mientras su cerebro trabajaba activamente.
Ahora comprendía más o menos la posición. El nombre de Larella le era vagamente
familiar... era de esos nombres que hablan de opulencia. Aquella joven, y un
desconocido llamado Jimmy, habían tramado juntos el robo del collar, y lo
realizaron con éxito. Debido a la torcedura del tobillo y a la presencia del
chófer de los Larella, Jimmy no pudo mirar en el interior del bolsillo del
coche antes de telefonear a la joven... probablemente no se atrevió, pero
estaba casi seguro de que el otro desconocido, «Gerald», lo haría a la menor
oportunidad. ¡Y entonces descubrirían la equivocación de Eduardo!
—Adelante —dijo la muchacha.
Un tranvía pasó junto a ellos como un relámpago. Estaban ya en las
afueras de Londres, y se mezclaron entre el tráfico. Eduardo tenía el corazón
en la boca. ¡Ella conducía maravillosamente, pero con tanta imprudencia!
Un cuarto de hora más tarde se detuvieron ante una casa de aspecto
imponente, en una plaza helada nada acogedora.
—Podemos cambiarnos de ropa aquí —dijo la joven—, antes de ir a
Ritson's.
—¿Ritson's? —repitió Eduardo, pronunciando el nombre del famoso club
nocturno casi con religiosa reverencia.
—Sí, ¿no te lo dijo Gerald?
—No —replicó Eduardo—. ¿Y qué hay de mi ropa?
Ella frunció el ceño.
—¿Es que no te han dicho nada? Ya te encontraremos algo. Tenemos que
seguir hasta el fin.
Un mayordomo les abrió la puerta, haciéndose a un lado para dejarles
entrar.
—Ha telefoneado el señor Gerald Champneys, señoría. Tenía mucho empeño
en hablar con su señoría, pero no quiso dejar ningún recado.
«Ya lo creo que debía tener empeño en hablar con ella —díjose Eduardo
para sus adentros—. Por lo menos ahora ya sé mi nombre completo. Eduardo
Champneys. ¿Pero quién es ella? La ha llamado su señoría. ¿Para qué quiere
robar un collar? ¿Para pagar deudas de bridge?»
En los folletines que leía de cuando en cuando, la hermosa y aristócrata
heroína siempre se veía arrastrada a la desesperación por deudas de juego.
Eduardo fue acompañado por el mayordomo, quien le dejó en manos de un
ayuda de cámara, y un cuarto de hora más tarde volvía a reunirse con su
anfitriona, exquisitamente ataviado de smoking, hecho en Savile Row, y que le
sentaba a las mil maravillas.
¡Cielos! ¡Qué noche!
Fueron en el automóvil al famoso Ritson's. Como todo el mundo, Eduardo
había leído párrafos escandalosos respecto a Ritson's. Todo el que era alguien
pasaba por Ritson's más pronto o más tarde. El único temor de Eduardo era que
pudiera aparecer algún conocido del verdadero Eduardo Champneys, pero se
consoló pensando que, al parecer, el auténtico había pasado varios años fuera
de Inglaterra.
Sentados en una mesita junto a la pared bebieron unos combinados.
¡Cocktails! Para el sencillo Eduardo aquello representaba la quintaesencia de
la gran vida. La joven, envuelta en un fastuoso chal bordado, bebía con aire
indiferente. De pronto, dejando caer el chal, se puso en pie.
—Bailemos.
Ahora bien, si había algo que Eduardo supiera hacer a la perfección, era
bailar. Cuando él y Maud salían juntos a la pista del Palacio de la Danza, los
menos dotados se apartaban para contemplarles con admiración.
—Casi me olvidaba —dijo la joven de pronto—. ¿Y el collar?
Alargó la mano. Eduardo, completamente asombrado, lo sacó del bolsillo
para dárselo, viendo con gran estupefacción que ella se lo ponía. Luego le
sonrió con todo su atractivo.
—Ahora —le dijo en tono suave—, bailemos.
Y bailaron. Y nunca se vio en Ritson's nada más perfecto. Luego, cuando
al fin regresaron a su mesa, un anciano caballero de aire disoluto acosó a la
compañera de Eduardo.
—¡Ah! Lady Noreen, siempre bailando. Sí, sí. ¿Está aquí esta noche el
capitán Folliot?
—Jimmy ha tenido un contratiempo... se ha torcido un tobillo.
—No me diga. ¿Cómo ha ocurrido?
—Todavía no conozco los detalles.
Ella, riendo, pasó de largo.
Eduardo la siguió hecho un mar de confusiones. Ahora sabía quién era.
Lady Noreen Elliot, la famosa lady Noreen, la muchacha de quien tal vez se
hablaba más en Inglaterra. Célebre por su belleza, su osadía... la cabecilla de
la juventud elegante. Había sido recientemente anunciado su compromiso con el
capitán James Folliot, V. C. de la casa Calvary.
¿Pero y el collar? Todavía no lograba entenderlo. Aun corriendo el
riesgo de descubrirse, debía averiguarlo cuanto antes.
Y al volver a sentarse se lo preguntó.
—¿Por qué lo hiciste, Noreen? le dijo—. Dime por qué.
Ella sonrió con aire soñador, con los ojos perdidos en el vacío, todavía
embriagada por el influyente hechizo del baile.
—Supongo que te resultará difícil entenderlo. Una llega a cansarse tanto
de las mismas cosas... siempre lo mismo. La búsqueda de tesoros estuvo bien una
temporada, pero uno se acostumbra a todo. «Robos», eso fue idea mía. Cincuenta
libras de entrada y posibilidad de ganar mucho. Éste es el tercero. Jimmy y yo
escogimos a Agnes Larella. ¿Conoces las reglas? Hay que cometer el robo en el
espacio de tres días y exhibir el botín en un lugar público, lo menos durante
una hora, o pierdas tu parte y tienes que pagar una multa de cien libras. Fue
una lástima que Jimmy se torciera un tobillo, pero ganaremos lo mismo.
—Ya comprendo —dijo Eduardo exhalando un profundo suspiro—. Ya entiendo.
Noreen se puso en pie de pronto volviendo a colocarse el chal.
—Llévame a algún sitio en el coche. A los muelles. A algún lugar
horrible y emocionante. Espera un minuto... —se quitó el collar de brillantes—.
Será mejor que vuelvas a guardarlo. No quiero que me asesinen por él.
Salieron juntos de Ritson's. El automóvil les aguardaba en una
callejuela estrecha y oscura. Cuando doblaban la esquina, otro coche se acercó
a la acera, y de él se apeó un joven.
—Gracias a Dios, Noreen, que al fin te encuentro —exclamó—. Todo ha
salido mal. Ese estúpido de Jimmy se metió en un coche equivocado. Dios sabe
dónde estarán los brillantes en estos momentos. Estamos metidos en un lío.
Lady Noreen le miró sorprendida.
—¿Qué quieres decir? Nosotros tenemos el collar... por lo menos lo tiene
Eduardo.
—¿Eduardo?
—Sí —con un leve gesto indicó la figura que estaba a su lado.
«Soy yo el que está metido en un buen lío —pensó Eduardo—. Apuesto diez
contra uno a que éste es mi hermano Gerald.»
El joven le miró.
—¿Qué dices? —dijo despacio—. Eduardo está en Escocia.
—¡Oh! —exclamó la muchacha, mirando a Eduardo de hito en hito—. ¡Oh!
El color desapareció de sus mejillas.
—De manera que usted —dijo ella en voz baja—, ¿es un ladrón auténtico?
A Eduardo le bastó sólo un minuto para hacerse dueño de la situación. En
los ojos de la joven había asombro y... ¿sería posible...? admiración. ¿Debía
explicarse? ¡Nada de acobardarse! Jugaría la última carta.
Se inclinó ceremoniosamente.
—Tengo que darle las gracias, lady Noreen —le dijo con su tono más
cortés—, por haberme proporcionado esta deliciosa velada.
Una rápida mirada le bastó para ver que el coche del que el otro acababa
de apearse era el suyo. ¡Un automóvil rojo de motor reluciente! ¡Su coche!
—Y le deseo muy buenas noches.
Y con un movimiento rápido se montó en el automóvil y puso el pie en el
acelerador. El coche pegó un salto hacia delante. Gerald se quedó como
paralizado, pero la joven fue más rápida, y antes de que arrancara abrió la
portezuela y montó.
El coche patinó al doblar alocadamente la esquina. Noreen, todavía
jadeando por su carrera, puso su mano en el brazo de Eduardo.
—Tiene que dármelo... oh, tiene que dármelo. Tengo que devolvérselo a
Agnes Larella. Sea bueno... hemos pasado una magnífica velada juntos... hemos
bailado... hemos sido... amigos. ¿No quiere dármelo? ¿A mí?
Una mujer que embriagaba con su belleza. Entonces era cierto que
existían...
Además, Eduardo estaba deseando librarse del collar. Era una oportunidad
única para un beau geste.
Sacándolo de su bolsillo lo puso en su mano extendida.
—Hemos sido... amigos —le dijo.
—¡Ah! —sus ojos se dulcificaron... iluminándose.
Y entonces, cosa inesperada, ella se inclinó sobre él y por un momento
posó sus labios en los suyos... Luego se apeó, y el automóvil rojo siguió
adelante con una gran sacudida.
¡Romance!¡Aventura!
• • • •
A las doce del mediodía del día de Navidad, Eduardo Robinson penetraba
en el reducido saloncito de una casa de Clapham, con el saludo acostumbrado de
«Felices Pascuas».
Maud, que estaba arreglando un ramo de acebo, le saludó fríamente.
—¿Pasaste un buen día en el campo con ese amigo tuyo? —le preguntó.
—Escucha —dijo Eduardo—. Eso es una mentira que te dije. Gané un
concurso... quinientas libras, y con ellas me compré un coche. No te lo dije
porque sabía que armarías un escándalo. Eso es lo primero, he comprado el coche
y no se hable una palabra más. Lo segundo es esto... no pienso esperar años y
años. Mi situación es bastante buena y tengo intención de casarme contigo el
mes que viene. ¿Entendido?
—¡Oh! —exclamó Maud con desmayo. ¿Era posible... que fuese su Eduardo
quien hablaba con aquel tono de mando?
—¿Querrás? —dijo Eduardo—. ¿Sí o no?
Ella le contemplaba fascinada... con sorpresa y admiración, y la vista
de aquella mirada era turbadora para Eduardo. Ya había desaparecido aquella
paciencia materna que le había llevado a la exasperación.
Así le había mirado la noche anterior lady Noreen, pero lady Noreen
estaba ya lejos, en la región del Romance, junto a la marquesa Bianca. Esto era
la vida real, y Maud su mujer.
—¿Sí o no? —repitió dando un paso adelante.
—Sí... sí... sí... —tartamudeó Maud—. Pero, ¡oh!, Eduardo, ¿qué te ha
ocurrido? Hoy estás completamente distinto.
—Sí —repuso Eduardo—. Durante veinticuatro horas he sido un hombre en
vez de un gusano... y por Dios, que vale la pena.
La tomó en sus brazos casi como lo hubiera hecho Bill, el superhombre.
—¿Me quieres, Maud? Dime. ¿Me quieres?
—¡Oh, Eduardo! —suspiró Maud—. Te adoro...
FIN

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