© Libro N° 13993. La Ensalada
Del Coronel Cray. Chesterton,
Gilbert K. Emancipación. Junio 28 de 2025
Título Original: © La
Ensalada Del Coronel Cray. Gilbert K. Chesterton
Versión Original: © La Ensalada Del Coronel Cray. Gilbert K. Chesterton
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Gilbert K. Chesterton
La Ensalada
Del Coronel Cray
Gilbert K. Chesterton
El padre Brown volvía de misa una mañana blanca y fantasmagórica cuando
la niebla empezaba a levantarse lentamente, una de esas mañanas en que la
propia luz parece misteriosa y nueva. Los árboles dispersos destacaban cada vez
más en la bruma, como si primero los hubieran pintado con tiza gris y luego con
carboncillo. A intervalos mayores aparecían las casas sobre los límites
interrumpidos del barrio periférico. Sus siluetas se hacían cada vez más
visibles hasta permitir reconocer muchas casas en las que el padre Brown tenía
conocidos sólo de nombre. Pero todas las ventanas y puertas estaban cerradas.
Los habitantes de esas casas no eran del tipo que se levanta tan temprano y
menos aún para una ocupación de ese tipo. Pero cuando el padre Brown pasó bajo
la sombra de una hermosa villa con verdes y cuidados jardines, oyó un ruido que
le hizo detenerse casi involuntariamente. Era el ruido inconfundible de una
pistola o carabina o un arma de fuego ligera que se descargaba. Pero eso no es
lo que más le extrañó. El primer ruido fuerte fue seguido inmediatamente de una
serie de ruidos más débiles, unos seis, según pudo contar. El cura pensó que
debía de ser el eco. Pero lo raro era que el eco no se parecía en absoluto al
ruido original. No se le ocurría a qué se parecía. A las tres cosas que más se
parecía era al ruido que hacen los sifones de agua de soda, a uno de los muchos
ruidos que hace un animal y al ruido que hace una persona que trata de contener
la risa. Nada de todo ello parecía tener mucho sentido.
El padre Brown tenía dos facetas en su personalidad. Por un lado era un
hombre de acción, tan modesto como una violeta y tan puntual como un reloj, que
ejecutaba sus pequeñas obligaciones y nunca se le habría ocurrido alterar su
rutina. Por otro lado era un hombre reflexivo, mucho más sencillo pero mucho
más fuerte, al que no era fácil detener. Su pensamiento era siempre (en el
sentido inteligente de la palabra) libre pensamiento. No podía evitar, ni
siquiera inconscientemente, hacerse todas las preguntas que hubiera que hacer y
contestar cuantas fuera posible. Todo eso se producía automáticamente en él,
como la respiración o la circulación de la sangre. Y en este caso sus dos
facetas se vieron sometidas a prueba. Estaba ya a punto de reanudar su marcha
en la penumbra, diciéndose que el asunto no le concernía, pero instintivamente
dando vueltas y más vueltas a veinte teorías diferentes sobre lo que podrían
significar los extraños ruidos. Entonces el gris horizonte se aclaró y a la luz
plateada del amanecer se dio cuenta de que la casa ante la que acababa de pasar
pertenecía a un mayor angloindio llamado Putnam y que el mayor tenía un
cocinero originario de Malta que pertenecía a su feligresía. Empezó también a
recordar que los disparos de pistola son a veces asuntos serios, con
consecuencias que le concernían legítimamente. Dio la vuelta y entró en el
jardín, dirigiéndose a la puerta principal.
A medio camino en un lado de la casa se elevaba algo muy semejante a un
cobertizo bajo. Se trataba, como luego descubrió, de un cubo de basura de gran
tamaño. Bordeándolo apareció una figura que al principio parecía sólo una
sombra en la neblina, al parecer inclinada y escudriñando a su alrededor.
Luego, al acercarse a ella, la figura se solidificó y se hizo, además,
insólitamente sólida. El mayor Putnam era un hombre calvo, de cuello robusto,
corta estatura y muy corpulento, con una de esas caras más bien apopléticas que
resultan de un prolongado intento de combinar el clima oriental con los lujos
occidentales. Pero era un rostro que expresaba buen humor e incluso ahora,
aunque evidentemente perplejo e inquisitivo, tenía una sonrisa más bien
cándida. Llevaba un amplio sombrero de paja echado hacia atrás, como si fuera
un halo, cosa que no iba mal a su rostro, pero por lo demás iba vestido con un
pijama de brillantes rayas rojas y amarillas, el cual, aunque llamativo, no
debía protegerle gran cosa del frío de la mañana. Era evidente que había salido
a toda prisa de su casa y el cura no se sorprendió cuando le preguntó sin más
ceremonia:
—¿Oyó usted ese ruido?
—Sí —respondió el padre Brown—. Pensé que debía entrar, por si había
ocurrido algo.
El mayor lo miró con una expresión bastante peculiar en sus amables
ojillos redondos como grosellas.
—¿Qué cree usted que era el ruido? —preguntó.
—Sonaba como una pistola o algo así —replicó el otro con cierta duda—,
pero parecía tener un eco más bien raro.
El mayor seguía mirándolo tranquilamente con ojos saltones cuando se
abrió de golpe la puerta principal, por la que salía el destello de la luz de
gas hacia la niebla evanescente. Y otra figura en pijama saltó o se tambaleó
hacia el jardín. Se trataba de alguien mucho más alto, más esbelto y más
atlético. El pijama, aunque igualmente tropical, resultaba de mejor gusto, ya
que era blanco con rayas amarillo limón claro. El hombre tenía aspecto
macilento, pero era guapo y estaba más tostado por el sol que el otro. Tenía un
perfil aguileño y ojos más bien hundidos, y había una ligera incongruencia
entre su pelo negrísimo y su bigote, de un color mucho más claro. Todo esto lo
observó con detalle el padre Brown un poco más tarde. En ese primer momento lo
único que vio es que el hombre llevaba un revólver en la mano.
—¡Cray!—exclamó el mayor, mirándolo fijamente—. ¿Disparó usted ese tiro?
—Claro que sí —replicó airadamente el caballero moreno—. Y lo mismo
habría hecho usted en mi lugar. Si le persiguieran a usted unos demonios por
todas partes y casi le...
El mayor le interrumpió bastante apresuradamente diciendo:
—Éste es mi amigo el padre Brown. —Y luego, dirigiéndose a Brown,
añadió:
—No sé si conoce usted al coronel Cray, de la artillería real.
—He oído hablar de él, por supuesto —dijo el cura cándidamente—.
¿Acertó... acertó usted a dar en el blanco?
—Eso me pareció —contestó gravemente Cray.
—¿Se cayó o gritó o algo? —preguntó el mayor Putnam en voz más baja.
El coronel Cray miraba a su anfitrión con ojos extraños y fijos.
—Le voy a decir exactamente lo que hizo —respondió—: estornudó.
El padre Brown se llevó la mano hacia la cabeza, con el gesto de quien
recuerda el nombre de alguien. Ahora sabía qué era el ruido que no era ni un
sifón ni el resoplido de un perro.
—Vaya —exclamó el sorprendido mayor—. Nunca pensé que un revólver de
reglamento fuera algo para estornudar.
—Yo tampoco —dijo débilmente el padre Brown—. Qué suerte que no le
apuntó usted con toda su artillería, porque le habría producido un resfriado
muy considerable. —Luego, tras una pausa llena de perplejidad, dijo:
—¿Era un ladrón?
—Entremos —dijo bastante cortantemente el mayor Putnam y los precedió
dentro de la casa.
El interior era una paradoja frecuente en esas horas tempranas de la
mañana, porque las habitaciones parecían más luminosas que el cielo exterior,
incluso después de que el mayor Putnam hubiera apagado la única luz de gas que
había en el vestíbulo. El padre Brown se sorprendió de ver la mesa del comedor
dispuesta como para una comida de gala, con servilletas en sus servilleteros y
unas seis copas de vino de diferentes tamaños delante de cada plato. A esas
horas de la mañana era frecuente encontrar los restos de un banquete de la
noche anterior, pero encontrar la mesa recién puesta tan temprano resultaba
insólito.
Mientras permanecía vacilante en el vestíbulo, el mayor Putnam corrió
hacia la mesa y la observó enfurecido. Finalmente dijo tartamudeando:
—¡Ha desaparecido toda la plata! ¡Los cubiertos de pescado y el convoy
antiguo! Hasta la jarrita de la crema. Y ahora, padre Brown, estoy dispuesto a
responder a su pregunta sobre si era un ladrón.
—Es sólo una pantalla —dijo tercamente Cray—. Sé mejor que usted por qué
la gente acosa esta casa. Sé mejor que usted por qué...
El mayor le dio unos golpecitos en el hombro, casi con el mismo gesto
con que se consuela a un niño enfermo y dijo:
—Era un ladrón. Es evidente que era un ladrón.
—Un ladrón acatarrado —observó el padre Brown—. Eso puede ayudarle a
usted a encontrar su rastro en la vecindad.
El mayor sacudió la cabeza con aire melancólico:
—Debe de estar ya fuera de nuestro alcance, me temo.
Luego, mientras el inquieto hombre del revólver volvía de nuevo hacia la
puerta que daba al jardín, añadió en voz baja y confidencial:
—No sé si debo llamar a la policía, porque temo que mi amigo se ha
tomado muchas libertades con su revólver y puede estar en situación ilegal. Ha
vivido en sitios muy incivilizados y, para ser franco, creo que a veces se
imagina cosas.
—Recuerdo que usted me dijo en una ocasión —dijo Brown— que él cree que
le persigue una sociedad secreta india.
El mayor Putnam asintió, pero al mismo tiempo se encogió de hombros y
dijo:
—Pienso que convendría que lo siguiéramos. No quiero que haya más...
digamos, estornudos.
-Salieron a la luz de la mañana, que ahora incluso estaba teñida de sol,
y vieron la alta figura del coronel Cray doblada casi en dos, examinando
minuciosamente el estado de la grava y del césped. Mientras el mayor se
acercaba a él sin llamar la atención, el cura dio una vuelta igualmente
apacible, que le colocó en la otra esquina de la casa, a una yarda o dos del
alto cubo de basura.
Permaneció observando ese deprimente objeto un par de minutos y luego se
acercó a él, levantó la tapadera y metió la cabeza dentro del cubo. Al hacerlo
le saltaron polvo y otra sustancia del mismo tipo, pero el padre Brown nunca
observaba a fondo otras cosas. Se quedó en esa posición durante un tiempo
considerable, cono si estuviera sumido en alguna misteriosa plegaria. Luego
sacó la cabeza, sobre la que habían caído algunas cenizas y se alejó
despreocupadamente.
Para cuando llegó de nuevo a la puerta del jardín se encontró con un
grupo que parecía disipar los pensamientos enfermizos igual que la luz del sol
había disipado la bruma. No era racionalmente tranquilizador, era sólo
enormemente cómico, como un grupo de personajes de Dickens. El mayor Putnam se
las había arreglado para entrar de nuevo en la casa y ponerse una camisa y unos
pantalones adecuados, con una faja ancha en torno a la cintura color carmesí y
una chaqueta corta ligera. Así ataviado, con toda normalidad, su roja y festiva
faz parecía reventar de cordialidad común y corriente. Sonaba muy enfático en
ese momento, pero es que se dirigía a su cocinero, el cetrino maltés cuyo
rostro delgado, amarillento y preocupado contrastaba curiosamente con su gorro
y su uniforme impecablemente blancos. El cocinero tenía motivos para estar
preocupado, porque la cocina era la afición predilecta del mayor. Era uno de
esos aficionados que siempre saben más que los profesionales. La única otra
persona a la que permitía juzgar de la calidad de una tortilla era su amigo
Cray y al acordarse de esto, Brown se volvió para buscar al otro militar. Bajo
la luz del día y entre gente vestida normalmente y en sus cabales, el aspecto
del coronel resultaba bastante chocante. El coronel, más alto y más elegante,
seguía con su atuendo nocturno, con el negro pelo revuelto y en esos momentos
se arrastraba a cuatro patas por el jardín, buscando aún rastros del ladrón y
de cuando en cuando, al parecer, golpeaba el suelo con la mano, furioso de no
encontrarlas. Al verlo así, como un cuadrúpedo, en la hierba, el sacerdote
levantó las cejas con gesto de tristeza y por primera vez pensó que la frase
«se imagina cosas» debía de ser un eufemismo.
El tercer ejemplar del grupo formado por el cocinero y el epicúreo era
también conocido del padre Brown. Se trataba de Audrey Watson, la pupila y ama
de llaves del mayor. Y en ese momento, a juzgar por el delantal, las mangas
remangadas y el aire decidido, estaba más en su papel de ama de llaves que de
pupila.
Le está bien empleado —decía—. Le he dicho mil veces que no saque usted
el convoy antiguo.
—Me gusta más —dijo conciliadoramente Putnam—. Yo mismo soy antiguo; y
todos los ingredientes están juntos.
—Y desaparecen juntos, como se ve —replicó ella—. Bueno, si no le
preocupa a usted el ladrón, yo no me preocuparía del almuerzo. Es domingo y no
podemos mandar a comprar vinagre y lo demás al pueblo. Y su caballero indio no
disfruta de la comida sin un montón de salsas picantes. Ojalá no hubiera usted
pedido al primo Oliver que me llevara a la iglesia. No termina hasta las doce y
media y el coronel tiene que irse para entonces. Creo que los hombres son
incapaces de arreglárselas solos.
—Sí que somos capaces, querida mía —dijo el mayor mirándola muy
amistosamente—. Marco tiene todas las salsas y a menudo nos las hemos arreglado
en lugares muy difíciles, como ya deberías saber. Y ya es hora de que te
distraigas, Audrey. No puedes ser ama de llaves todas las horas del día. Y yo
sé que quieres oír la música.
—Quiero ir a la iglesia —dijo ella con expresión más bien severa.
Era una de esas mujeres hermosas que nunca pierden su belleza, porque
ésta no estriba en la actitud o en el colorido sino en la estructura misma de
la cabeza y de los rasgos. Pero aunque aún no había alcanzado la mediana edad y
su cabello cobrizo tenía una calidad tizianesca, tanto por la forma como por el
color, había en su boca y en torno a los ojos algo que sugería que algún pesar
la consumía, como los vientos consumen por fin los bordes de un templo griego.
Porque, en verdad, la pequeña dificultad doméstica de la que ahora hablaba tan
firmemente era más cómica que trágica. El padre Brown sacó en limpio, por la
conversación, que Cray, el otro gourmet, tenía que irse antes de la hora
habitual del almuerzo, pero que Putnam, su anfitrión, que no quería perderse un
último festín con un viejo amigo, había dispuesto que se sirviera un déjeuner
especial en el curso de la mañana, mientras Audrey y otras personas más serias
asistían a la iglesia. Audrey iba a ser escoltada por un pariente y viejo
amigo, el doctor Oliver Oman, quien, aunque del tipo científico más estricto,
era un entusiasta de la música y estaba dispuesto a acudir a una iglesia con
tal de disfrutar de ella. Nada de todo esto podía ser motivo de la tragedia
reflejada en el rostro de la señorita Watson, y siguiendo un instinto medio
consciente, el padre Brown se volvió de nuevo hacia el aparente lunático que se
arrastraba por la hierba.
Cuando el padre Brown se acercó a él, el coronel levantó la cabeza de
pelo negro y desordenado bruscamente, como sorprendido de la presencia
tranquila del cura. Y la verdad era que el padre Brown, por razones que él
sabría, se había detenido junto a él mucho más de lo que la cortesía exigía o
incluso, en sentido normal, permitía.
—¡Bueno! —exclamó Cray con mirada alocada—. Supongo que me cree usted
loco, como los otros, ¿no es así?
—He considerado la posibilidad —respondió con compostura el hombrecito—.
Y me inclino a pensar que no está usted loco.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Cray con gran brusquedad.
—Los locos verdaderos —explicó el padre Brown— siempre alimentan sus
propias fantasías. Nunca luchan contra ellas. Pero usted trata de encontrar
rastros del ladrón, incluso aunque no existen. Usted sigue empeñado en ello.
Usted quiere lo que ningún loco quiere jamás.
—¿Y qué es lo que quiero?
—Usted quiere que se demuestre que está usted equivocado —dijo Brown.
Durante las últimas palabras Cray se había puesto de golpe en pie,
vacilantemente, y miraba al clérigo con agitación.
—¡Por todos los diablos, lo que usted dice es cierto! —exclamó—. Todos
se empeñan en convencerme de que el individuo sólo quería la plata, ¡como si a
mí no me encantara que así fuera! Ella —hizo un gesto con su despeinada cabeza
hacia Audrey, pero el cura no necesitaba ninguna indicación— me ha echado en
cara hoy lo cruel que he sido por disparar contra un pobre e inofensivo ladrón
y cómo me enfurezco contra los pobres e indefensos nativos. Pero hubo un tiempo
en que yo era un hombre de buen carácter, tan buen carácter como el de Putnam.
Tras una pausa, añadió:
—Mire, no le conozco a usted. Pero le voy a contar toda la historia para
que pueda usted juzgar. Putnam y yo éramos amigos, estábamos en el mismo
rancho. Pero debido a una serie de accidentes en la frontera afgana, yo obtuve
mi despacho mucho antes que la mayoría de los oficiales. Lo que ocurrió es que
ambos tuvimos que regresar a casa con permiso, por razones de salud, durante
algún tiempo. Yo estaba prometido a Audrey, y todos regresamos juntos. Pero en
el viaje de regreso ocurrieron cosas. Cosas curiosas. El resultado fue que
Putnam quiere que rompamos el compromiso e incluso Audrey sigue dando largas a
la boda... y yo sé por qué lo hacen. Yo sé lo que creen de mí. Y usted también
lo sabe. Bien, éstos son los hechos. El último día estuvimos en una ciudad
india y yo pregunté a Putnam si podía comprar cigarros de Triquinópolis. Me
indicó una tiendecita frente a su vivienda. Desde entonces he averiguado que
tenía razón, pero «frente a» es una expresión peligrosa cuando una sola casa
decente se levanta frente a cinco o seis casuchas. Y yo debí equivocarme de
puerta. Se abrió con dificultad y sólo me encontré con la oscuridad. Pero
cuando traté de retroceder, la puerta se cerró tras de mí y oí correr
innumerables cerrojos. No tenía más alternativa que avanzar. Y así lo hice,
pasillo tras pasillo, en la más completa oscuridad. Luego llegué hasta unos
escalones y luego hasta una puerta falsa, cerrada con un cerrojo de hierro, muy
ornamentado, de estilo oriental, que sólo podía adivinar por el tacto, pero que
logré soltar al fin. Salí de nuevo a una zona con un extraño resplandor, medio
crepuscular, debido a una multitud de lamparillas que emitían una luz verdosa y
constante. Sólo iluminaban los pies o los bordes de una construcción
arquitectónica gigantesca y vacía. Justo delante de mí había algo que parecía
una montaña. Confieso que casi me caí sobre la gran plataforma de piedra sobre
la que me encontraba, cuando me di cuenta de que era un ídolo. Y lo que es
peor, un ídolo de espaldas a mí. Mi impresión es que no era ni humano siquiera,
a juzgar por la pequeña cabeza agachada y aún más por algo como una cola o un
miembro de más, que se levantaba tras él y señalaba, con un dedo horrible y
enorme, a un símbolo grabado en el centro de la vasta espalda de piedra. En la
penumbra había empezado a tratar de descifrar el jeroglífico, no sin horror,
cuando ocurrió una cosa aún más horrible. Detrás de mí se abrió silenciosamente
una puerta en la pared del templo, por la que salió un hombre de rostro moreno,
vestido de negro. Tenía una sonrisa fija en su boca de labios cobrizos y
dientes de marfil. Pero creo que lo más odioso de su persona era que iba
vestido a la europea. Creo que yo me sentía preparado para enfrentarme con
sacerdotes envueltos en túnicas o con faquires desnudos. Pero ésta parecía
indicar que la maldad estaba extendida por toda la Tierra. Y así era, como pude
comprobar más tarde.
—Si usted sólo hubiera visto los Pies del Mono —dijo el individuo con su
sonrisa fija y sin preámbulos— habríamos sido muy benévolos con usted: lo
habríamos torturado y matado, sencillamente. Si usted hubiera visto la Faz del
Mono, también habríamos sido muy moderados, muy tolerantes: lo habríamos
torturado y le habríamos dejado vivo. Pero como usted ha visto la Cola del
Mono, tenemos que aplicarle la sentencia más dura de todas: váyase usted
libremente.
Cuando terminó de hablar, oí cómo el complicado cerrojo de hierro que yo
había tratado de abrir se abría solo automáticamente, y luego, muy lejos, al
fondo de los oscuros pasajes que antes había recorrido, oí cómo se abría
también sola la pesada puerta de la calle.
—Es inútil que pida usted misericordia: está usted libre —dijo el hombre
sonriente—. De ahora en adelante un cabello lo tajará a usted como si fuese una
espada y un aliento lo morderá como una víbora; le asaltarán armas procedentes
de la nada. Y usted morirá muchas veces. —Y sin más, se lo tragó de nuevo el
muro que había tras él. Y yo salí a la calle.
Cray hizo una pausa. Y el padre Brown, con la mayor naturalidad, se
sentó en el césped y empezó a coger margaritas.
Luego el militar continuó:
—Putnam, naturalmente, con su vital sentido común, rechazó todos mis
miedos y desde entonces duda de mi equilibrio mental. Bien, le diré
sencillamente, de la manera más concisa, las tres cosas que han ocurrido desde
entonces y usted juzgará quién de los dos tiene razón:
La primera cosa ocurrió en un pueblo indio, en el borde de la jungla,
pero a cientos de millas del templo, ciudad o tipo de tribus y costumbres donde
recibí la maldición. Me desperté a medianoche, en total oscuridad, y me quedé
sin pensar en nada en particular cuando sentí un leve cosquilleo, como un hilo
o un cabello, que atravesaba mi garganta. Me encogí para apartarme de su camino
y no pude evitar pensar en las palabras oídas en el templo. Pero cuando me
levanté y busqué una luz y un espejo, vi que la raya que atravesaba mi garganta
era de sangre. La segunda ocurrió en una pensión en Port Said, más tarde, en
nuestro viaje de regreso a Inglaterra, todos juntos. Era una mezcla de taberna
y almacén de cosas curiosas y aunque allí no había nada que sugiriera ni
remotamente el culto del Mono, es posible, naturalmente, que algunos de sus
ídolos o talismanes se encontraran en ese almacén. En cualquier caso, lo que sí
estaba allí era su maldición. Me desperté de nuevo en la oscuridad con una
sensación que no se puede describir más fría ni literalmente que como el hálito
de una mordedura de serpiente. La existencia era una agonía de extinción. Me
precipité contra las paredes hasta que golpeé la cabeza contra una ventana y
más que saltar me caí al jardín que había bajo ella. Putnam, el pobre, que
había calificado el otro episodio de arañazo casual, se vio obligado a tomarse
en serio el hecho de encontrarme medio inconsciente sobre la hierba al
amanecer. Pero me temo que lo que se tomó en serio fue mi estado mental y no mi
relato.
La tercera cosa ocurrió en Malta. Allí estábamos en una fortaleza y daba
la casualidad de que nuestros dormitorios miraban al mar abierto, que casi
llegaba hasta nuestros alféizares, protegidos sólo por un blanco muro exterior,
plano y tan desnudo como el mar. Me desperté de nuevo. Pero esta vez no estaba
oscuro. Había luna llena, según pude comprobar al acercarme a la ventana.
Hubiera podido ver un pájaro sobre el desnudo muro o una vela en el horizonte.
Lo que vi, en realidad, fue una especie de bastón, o de rama que giraba, sin
que nada ni nadie la sujetara, en el cielo vacío. Voló en línea recta hasta mi
ventana y cayó, destrozándola, sobre la lámpara que había junto a mi almohada,
sobre la que unos minutos antes había estado mi cabeza. Era una de esas
extrañas mazas de guerra que usan algunas tribus orientales. Pero no había sido
lanzada por mano humana.
El padre Brown arrojó la cadeneta de margaritas que estaba haciendo y se
puso en pie con mirada pensativa.
—¿Tiene el mayor Putnam objetos curiosos orientales, ídolos, armas y
cosas así, que pudieran darle a uno alguna pista? —preguntó.
—Muchísimos, aunque no sirven para nada, me temo —replicó Cray—. Pero
venga a su estudio a verlos, por favor.
Al entrar se cruzaron con la señorita Watson, que se abrochaba los
guantes para ir a la iglesia y oyeron la voz de Putnam desde abajo, que seguía
dando lecciones de cocina al cocinero. En el estudio del mayor, atiborrado de
objetos curiosos, se encontraron súbitamente con un tercer personaje, con
sombrero de copa y vestido para salir, que estudiaba un libro abierto sobre la
mesa de fumar, un libro que dejó caer con cierto aire culpable, volviéndose
hacia ellos.
Se trataba del doctor Oman. Cray lo presentó cortésmente, pero con tal
gesto de antipatía en su rostro que el padre Brown adivinó que los dos hombres,
lo supiera Audrey o no, eran rivales. Y la verdad es que el padre Brown no
dejaba de simpatizar con los prejuicios de Cray. El doctor Oman era un
caballero bien vestido, de rasgos correctos, aunque casi tan oscuro de tez como
un asiático. Pero el padre Brown se llamó a sí mismo al orden severamente,
recordándose que la caridad le obligaba a uno a aceptar incluso a los que usan
fijador en sus puntiagudas barbas, que tienen manos pequeñas elegantemente
enguantadas y que hablan con voz perfectamente modulada.
Cray parecía encontrar algo especialmente irritante en el librito de
oraciones que Oman sostenía en su mano enguantada de negro.
—No sabía que le gustaran a usted esos libros —dijo bastante
groseramente.
Oman se rió suavemente, sin darse por ofendido.
—Esto me resulta más adecuado, ya lo sé —dijo colocando la mano sobre el
libro grande que había dejado caer—, un diccionario de drogas y similares. Pero
es demasiado grande para llevarlo a la iglesia.
Luego cerró el libro grande y de nuevo parecía dar una ligerísima
sensación de prisa y de confusión.
—Supongo —dijo el cura, que parecía cambiar de tema rápidamente— que
todas esas lanzas y demás objetos proceden de la India, ¿no es así?
—Proceden de todas partes —respondió el médico—. Putnam es un viejo
militar y ha estado en México, en Australia y hasta puede que en las islas
Caníbal.
—Espero que no fuera en las islas Caníbal —dijo Brown— donde aprendió el
arte culinario. —Y paseó los ojos por las cacerolas y otros extraños utensilios
que colgaban de la pared.
En ese momento el jovial individuo del que hablaban asomó su riente
rostro, rojo como una langosta, en la habitación:
—Vamos, Cray —exclamó—. Ya viene su almuerzo. Y están tocando las
campanas para los que quieren ir a la iglesia.
Cray subió rápidamente a cambiarse. El doctor Oman y la señorita Watson
se unieron solemnemente calle abajo a una serie de feligreses. Pero el padre
Brown observó que el médico miró dos veces hacia atrás, a la casa, e incluso
regresó a la esquina de la calle para volver a mirarla.
El cura estaba perplejo.
—No puede haber andado en la basura —murmuró—. Con esas ropas,
imposible. ¿O estuvo allí más temprano?
El padre Brown, en lo tocante a los demás, era tan sensible como un
barómetro, pero hoy parecía tan sensible como un rinoceronte. No había ley
social, rígida o implícita, que le permitiera detenerse junto a la mesa del
almuerzo de los amigos anglo indios; pero él se quedó, cubriendo su posición
con torrentes de conversación divertida, pero completamente innecesaria.
Resultaba aún más sorprendente su presencia porque no parecía querer almorzar.
A medida que aparecía ante los comensales plato tras plato de exquisita
elaboración, con sus salsas perfectamente equilibradas y acompañadas de los
vinos adecuados, el padre Brown se limitaba a repetir que era uno de sus días
de ayuno, masticaba un trozo de pan y se limitaba a probar un sorbito apenas de
un vaso de agua fría. Su charla, sin embargo, era exuberante.
—Les diré lo que les voy a hacer —exclamó—. ¡Les prepararé una ensalada!
No la puedo comer, pero se la aliñaré como los propios ángeles. Aquí hay una
lechuga.
—Desgraciadamente es lo único que tenemos —respondió el afable mayor—.
Recuerde usted que la mostaza, el vinagre y el aceite y esas cosas
desaparecieron con el convoy y el ladrón.
—Lo sé —replicó Brown bastante difusamente—. Eso es lo que siempre temí
que ocurriría. Por eso siempre llevo un convoy conmigo. Me encantan las
ensaladas.
Y ante la sorpresa de los dos hombres, sacó un frasco de pimienta del
bolsillo de su chaleco y lo puso sobre la mesa.
—Me pregunto por qué querría también mostaza el ladrón —continuó sacando
un bote de mostaza de otro bolsillo—. Una cataplasma de mostaza, supongo. Y
vinagre —añadió sacando dicho condimento—, ¿no he oído yo algo sobre vinagre y
papel de estraza? En cuanto al aceite, que me parece que puse en mi bolsillo
izquierdo...
Su verborrea se interrumpió un instante, porque al levantar los ojos vio
algo que los demás no vieron: la negra figura del doctor Oman, en el césped
bañado por el sol, que miraba fijamente lo que ocurría en la habitación. Antes
de que pudiera recuperar el habla, intervino Cray, con tono de sorpresa:
—Es usted un tipo notable. Iré a oír sus sermones, si son tan divertidos
como sus modales. —Se le alteró un poco la voz y se echó hacia atrás en su
asiento.
—Oh, también hay sermones en un convoy —dijo con gravedad el padre
Brown—. ¿No ha oído usted hablar de la fe que es como un grano de mostaza o de
la caridad que unge con aceite? En cuanto al vinagre, ¿puede algún soldado
olvidar a aquel soldado solitario que, cuando se oscureció el sol...
El coronel Cray se inclinó un poco hacia adelante y se agarró al mantel.
El padre Brown, que estaba preparando la ensalada, echó dos cucharadas
de mostaza en el vaso de agua que tenía a su lado, se levantó y dijo con voz
diferente, fuerte e imperiosa:
—¡Bébase esto!
En ese mismo instante, el médico que estaba inmóvil en el jardín se
acercó corriendo, abrió de golpe una ventana y exclamó:
—¿Me necesitan? ¿Lo han envenenado?
—Casi —dijo Brown, con una leve sonrisa. —El emético había hecho su
efecto súbitamente y Cray yacía en una tumbona, respirando como si se ahogara,
pero vivo.
El mayor Putnam se había puesto en pie de golpe, con el rostro purpúreo
todo moteado.
—¡Un crimen! —exclamó con voz ronca—. ¡Voy a buscar a la policía!
El cura oyó cómo cogía su sombrero de hojas de palma del perchero y se
precipitaba fuera de la casa. Oyó golpear la puerta del jardín. Pero se quedó
mirando a Cray. Y tras un silencio dijo suavemente:
—No hablaré mucho. Pero le diré lo que usted quiere saber. No hay
ninguna maldición sobre usted. El Templo del Mono fue una coincidencia o parte
de la triquiñuela. Y la triquiñuela era la de un hombre blanco. Sólo hay un
arma que puede hacer sangrar con un mero roce como de pluma: una hoja de
afeitar manejada por un hombre blanco. Hay un solo modo de hacer que una
habitación corriente se llene de un veneno invisible y eficaz y consiste en
abrir el gas: crimen propio de un hombre blanco. Y sólo hay un tipo de maza que
puede lanzarse por una ventana y que gire en medio del aire y vuelva a la
ventana de al lado: el bumerang australiano. Verá que hay varios en el estudio
del mayor.
Dicho esto, salió y habló un momento con el médico. Un instante después,
Audrey Watson entró corriendo en la casa y se arrodilló junto a la silla de
Cray. El cura no podía oír lo que decían, pero sus rostros reflejaban sorpresa,
no infelicidad.
El médico y el cura caminaron lentamente hacia la puerta del jardín.
—Me imagino que el mayor también estaba enamorado de ella —dijo el cura
con un suspiro. Y cuando el otro asintió, el padre Brown observó:
—Fue usted muy generoso, doctor. Tuvo usted una actitud muy noble. Pero
¿qué le hizo sospechar?
—Algo insignificante —dijo Oman—, pero que me tuvo inquieto en la
iglesia hasta que regresé para ver si todo estaba bien. El libro que había en
aquella mesa era una obra sobre venenos y estaba abierto por una parte que
decía que cierto veneno indio, aunque mortal y difícil de descubrir, era
particularmente fácil de eliminar con el uso de un emético común. Supongo que
él lo leyó en el último momento...
—Y recordó que había emético en el convoy —dijo el padre Brown—.
Exactamente. Arrojó el convoy en el cubo de la basura —donde lo encontré yo,
junto con otras piezas de plata— para fingir un robo. Pero si mira usted el
frasco de la pimienta que puse sobre la mesa, verá que tiene un agujerito. Ahí
es donde dio la bala de Cray, sacudiendo la pimienta y haciendo estornudar al
criminal.
Se produjo un silencio. Luego el doctor Oman dijo sombríamente:
—El mayor lleva mucho tiempo buscando a la policía.
—O la policía buscando al mayor, ¿no? —dijo el cura—. Bueno, adiós.
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