© Libro N° 13999. La Esmeralda
Del Raja. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © La Esmeralda Del Raja. Agatha
Christie
Versión Original: © La Esmeralda Del Raja. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Agatha Christie
La Esmeralda
Del Raja
Agatha Christie
LA ESMERALDA DEL RAJA
Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
Con grave esfuerzo, Jaime Bond dedicó una vez más su atención al librito
amarillo que tenía en la mano. En la cubierta del librito se leía esta
sencilla, pero agradable leyenda: «¿Quiere usted aumentar su sueldo en
trescientas libras al año?» Costaba un chelín. Jaime acaba de terminar la
lectura de dos páginas de líneas apretadas en las que se daban instrucciones
sobre cómo mirar al jefe a la cara, cómo cultivar una personalidad dinámica, e
irradiar eficiencia. Ahora había llegado al delicado tema: «Hay que ser franco,
y al mismo tiempo discreto», le informó el librito amarillo: «Un hombre fuerte
nunca dice todo lo que sabe.» Jaime cerró el libro, y alzando la cabeza
contempló el océano inmenso y azul. Le asaltaba una terrible sospecha... ¿acaso
era un hombre fuerte? Un hombre fuerte hubiera dominado la situación presente,
y no hubiera sido víctima de ella, y por sexagésima vez durante aquella mañana,
Jaime revisó sus errores.
Aquéllas eran sus vacaciones. ¡Sus vacaciones! ¡Ja, Ja! Risa sarcástica.
¿Quién le había convencido para que fuese a pasarlas a aquel pueblecito
veraniego junto al mar, tan en boga... Kimpton de Mar? Gracia. ¿Quién le había
obligado a gastar más de lo que podía? Gracia. Y él había secundado sus planes
con entusiasmo. Ella le había llevado allí, ¿y cuál era el resultado? Mientras
él estaba en una triste casa de huéspedes situada a un kilómetro y medio del
mar, Gracia, que debiera haber estado en otra similar (en la misma no... los
principios del círculo de Jaime eran muy estrictos), había desertado y estaba
nada menos que en el hotel Explanada, junto a la playa.
Al parecer tenía allí amigos. ¡Amigos! Jaime volvió a reír con sarcasmo
y mentalmente repasó los últimos tres años que estuvo cortejando a Gracia.
Cuando se dio cuenta por primera vez de que la hacía objeto de sus
preferencias, se puso satisfechísima. Eso fue antes de que se elevara a la
altura de la gloria en los salones de sombrerería para señora de mistress
Bartless en la calle Alta. En aquellos tiempos era Jaime quien se daba
importancia, pero ahora, ¡cielos! La cosa había cambiado. Era Gracia quien «ganaba
buen dinero», como se dice en términos vulgares. Y eso la volvió orgullosa. Sí,
eso era, terriblemente orgullosa. Un fragmento de un libro de versos acudió a
la memoria de Jaime, algo así: «doy gracias al cielo por el amor de un hombre
bueno». Pero en Gracia no se observaba nada de eso. Después de desayunar
opíparamente en el hotel Explanada se olvidaba por completo del amor del hombre
bueno, y aceptaba las atenciones de un estúpido individuo llamado Claudio
Sopworth; un hombre sin valor moral, de eso Jaime estaba convencido.
Jaime clavó el talón en el suelo con rabia y continuó mirando el
horizonte con el ceño fruncido. Kimpton de Mar. ¿Qué le había ocurrido para
dejarse arrastrar a semejante sitio? Era ante todo un lugar de veraneo de moda
para la gente rica. Tenía dos grandes hoteles, y varios kilómetros de villas
pintorescas pertenecientes a artistas famosas, judíos acaudalados, y aquellos
miembros de la aristocracia inglesa que se habían casado con mujeres ricas. El
alquiler de la más pequeña de aquellas casitas amuebladas, era de veinticinco
guineas a la semana. Y había que dejar a la imaginación lo que sería el de las
grandes. Detrás de donde Jaime estaba sentado había uno de aquellos palacios
propiedad de un famoso deportista, lord Eduardo Champion, y en él se hospedaban
en aquellos momentos una serie de distinguidos huéspedes, incluyendo al rajá de
Maraputna, cuya riqueza era fabulosa. Jaime había leído lo que decía de él el
diario de la mañana; la extensión de sus posesiones en la India; sus palacios,
su maravillosa colección de joyas, entre las que merecía especial mención una
famosa esmeralda que, según declaraban los periódicos, tenía el tamaño de un
huevo de paloma, pero la impresión que aquello dejó en su mente no fue pequeña.
—Si yo tuviera una esmeralda como ésa —dijo Jaime volviendo a fruncir el
ceño—, ya le enseñaría a Gracia.
Era un sentimiento vago, pero aquella declaración le hizo sentirse
mejor. A espaldas se oyeron voces y risas, y al volverse rápidamente se
enfrentó con Gracia que llegaba acompañada de Clara Sopworth, Dorotea Sopworth
y... ¡cielos! Claudio Sopworth. Las muchachas iban del brazo y reían.
—Vaya, casi no te conocemos —le gritó Gracia.
—Sí —repuso Jaime, comprendiendo que debería haber encontrado una
respuesta más airosa. No puede darse la impresión de una personalidad dinámica
utilizando un monosílabo. Miró con odio intenso a Claudio Sopworth, que iba
casi tan bien vestido como el protagonista de una comedia musical. Jaime deseó
apasionadamente que un perro alocado al salir del agua, pusiera sus patas
húmedas y sucias de arena, sobre la blancura impecable de los pantalones de
Claudio.
Jaime llevaba unos de franela gris muy cómodos que habían visto tiempos
mejores.
—¡Qué aire más fresco! —dijo Clara aspirándolo con fuerza—. Esto reanima
a cualquiera, ¿verdad? —y rió.
—Es ozono —replicó Alicia Sopworth—. Es tan bueno como un
reconstituyente, ¿sabes? —y se echó a reír también.
Jaime pensaba:
«Me gustaría cascar sus estúpidas cabezas. ¿Por qué han de reír de todo?
Ahora no han dicho nada gracioso.»
El impecable Claudio murmuró con aire lánguido:
—¿Tomamos un baño o es demasiado pronto?
La idea del baño fue aceptada con entusiasmo, y Jaime se avino a
acompañarles; incluso consiguió con cierta astucia hacer que Gracia se quedara
algo rezagada.
—¡Escucha! —se quejó—. Apenas te veo.
—Bueno, ahora estamos juntos —dijo Gracia—, y puedes venir a comer con
nosotros al hotel, es decir, si...
Contempló indecisa las piernas de Jaime.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jaime con ferocidad—. ¿Es que acaso no voy lo
bastante elegante para ti...?
—Creo, querido, que podías esmerarte un poco más —dijo Gracia—. Allí van
todos tan elegantes. ¡Fíjate en Claudio Sopworth!
—Ya me he fijado —repuso Jaime con pesar—. Nunca vi a un hombre más
estúpido que ése.
Gracia se irguió.
—No hay necesidad de criticar a mis amigos, Jaime, eso es de mala
educación. Él viste como cualquier otro caballero de los que hay en el hotel.
—¡Bah! —replicó Jaime—. ¿Sabes lo que leí el otro día en los
«Comentarios Sociales»? ¡Pues que el duque de... ahora no recuerdo, pero de
todas formas era un duque, era el hombre peor vestido de Inglaterra!
—Es posible —convino Gracia—, pero, compréndelo, es un duque.
—¿Y qué? —preguntó Jaime— ¿Por qué no puedo serlo yo algún día? Bueno,
por lo menos, si no llego a duque, puedo ser par.
Dando una palmada sobre el librito amarillo que llevaba en el bolsillo,
empezó a recitar una larga lista de pares de la realeza que habían comenzado
sus vidas más oscuramente que Jaime Bond. Gracia limitóse a reír.
—¡No seas iluso, Jaime! —le dijo—. ¡Imagínate, tú conde de Kimpton de
Mar!
Él la miró entre enojado y vencido. Desde luego el aire de Kimpton se le
había subido a Gracia a la cabeza.
La playa de Kimpton es una cinta de arena, larga y recta. Un hilera de
casetas de baño y toldos se extiende a todo lo largo por espacio de un
kilómetro y medio, y el grupo de nuestros amigos se había detenido ante una
serie de seis casetas, todas con la inscripción: «Para los huéspedes del hotel
Explanada».
—Hemos llegado —dijo Gracia—, pero me temo que no puedas venir con
nosotros, Jaime, tendrás que ir a las casetas públicas. Ya nos encontraremos en
el agua. ¡Hasta la vista!
—¡Hasta luego! —replicó Jaime dirigiéndose al lugar indicado.
Diez casetas cochambrosas se alzaban mirando al mar, y ante ellas había
un marinero ya anciano con un rollo de papel azul en la mano. Aceptó la moneda
que le daba Jaime, le cortó un ticket, y tras darle una toalla señaló con su
dedo pulgar por encima del hombro.
—Espere turno —le dijo con voz ronca.
Fue entonces cuando Jaime se dio cuenta de que había competencia. Otras
personas, aparte de él, habían tenido la idea de meterse en el mar. No sólo
estaban todas las tiendas ocupadas, sino que había una multitud esperando ante
cada una. Jaime se acercó a la cola más reducida y esperó. La puerta de la
caseta se abrió dando paso a una joven muy bonita, vistiendo un breve traje de
baño, que apareció en escena poniéndose el gorro de baño con aire de quien
tiene toda la mañana por delante. Se dirigió hacia el borde mismo del mar y
allí se sentó sobre la arena con indolencia.
«Esto es inútil», se dijo Jaime acercándose a otro grupo.
Después de esperar cinco minutos, se oyeron señales de actividad en la
segunda caseta. Después de fuertes sacudidas, se abrió la puerta y salieron
cuatro niños con sus padres. Por ser la caseta tan pequeña daba le impresión de
un truco de magia. Al instante siguiente dos mujeres se abalanzaron a un tiempo
para entrar en ella.
—Perdón —dijo la primera jadeando ligeramente.
—Perdón —dijo la otra sin inmutarse.
—Debe usted saber que yo llegué diez minutos antes que usted —dijo la
primera rápidamente.
—Yo llevo aquí más de un cuarto de hora, como puede decirle cualquiera
—replicó la segunda con aire desafiante.
—Vamos, vamos —dijo el marinero
acercándose.
Las dos mujeres le hablaron a un tiempo. Y cuando hubieron terminado,
señaló con el pulgar a la segunda diciéndole en tono breve:
—Le toca a usted.
Y luego se alejó sordo a toda protesta. A él no le importaba ni poco ni
mucho quién fuese la primera, pero su decisión era irrevocable, como dicen en
los concursos de los periódicos.
Jaime le asió de un brazo, desesperado.
—¡Escuche! ¡Oiga!
—¿Qué hay, mister?
—¿Cuánto tiempo tardaré en conseguir una caseta?
El anciano marinero lanzó una mirada indiferente a la multitud que
aguardaba.
—Puede que una hora, o tal vez hora y media, no puedo asegurarlo.
En aquel momento, Jaime vio que Gracia y las hermanas Sopworth corrían
por la playa en dirección al mar.
—¡Maldición! —dijo Jaime para sus adentros—. ¡Oh, maldición!
Y de nuevo apremió al anciano marinero.
—¿No podría encontrar una caseta en otro sitio? ¿Y esas que hay allí?
Parecen todas vacías.
—Esas casetas —replicó el viejo con dignidad—, son «Particulares».
Y dicho esto siguió adelante. Con la sensación de haber sido víctima de
un timo, Jaime se alejó de las colas, y echó a andar salvajemente por la playa.
¡Era el colmo! Aquello sí que era el colmo! Contempló con rabia las pulcras
casetas ante las que pasaba. En aquellos momentos, siendo un liberal
independiente, se convirtió en un rojo socialista. ¿Por qué los ricos tenían
casetas y podían bañarse en cualquier momento sin hacer cola?
«Este sistema nuestro —pensó amargamente—, es totalmente equivocado.»
Desde el agua llegaron hasta él los gritos alegres de los bañistas. ¡La
voz de Gracia! Y por encima de sus risas coquetas, el insustancial «ja, ja, ja»
de Claudio Sopworth.
—¡Maldita sea! —exclamó Jaime apretando los dientes, cosa que antes no
hubiera osado nunca, y que sólo había leído en las novelas.
Se detuvo bruscamente, y con resolución se volvió dando la espalda al
mar. Y concentró su mirada en «Nido de Águila», «Buena Vista» y «Mon desir» (Mi deseo). Era costumbre de
los habitantes de Kimpton de Mar bautizar sus casetas de baño con nombres como
éstos. «Nido de Águila» le pareció una tontería, «Buena Vista» estaba más allá
de sus conocimientos lingüísticos, pero sus nociones de francés le bastaron
para comprender el tercer nombre.
—Mon Desir —murmuró Jaime—. Vaya si lo es.
Y en aquel momento vio que aunque las puertas de las demás casetas
estaban cerradas, la de «Mi Deseo» estaba entreabierta. Jaime miró
cautelosamente a uno y otro lado de la playa, pero aquella parte de la playa
estaba ocupada por familias numerosas, y las madres hallábanse vigilando a su
prole. Eran sólo las diez de la mañana, demasiado pronto para que la
aristocracia de Kimpton de Mar bajase a bañarse.
«Estarán en sus camas comiendo codornices y champiñones, servidos en
bandeja por criados de peluca empolvada, ¡puah! Ninguno vendrá antes de las
doce», pensó Jaime.
Volvió a mirar hacia el mar, y como obligado «leit motiv», un grito de
Gracia rasgó el aire, seguido del «ja, ja, ja» de Claudio Sopworth.
«Lo haré», dijo entre dientes.
Y empujando la puerta de Mon Desir se metió dentro. De momento se llevó
un susto al ver varias prendas de vestir colgadas en perchas, pero se
tranquilizó rápidamente. La caseta estaba dividida en dos, y en la parte de la
derecha vio un jersey femenino de color amarillo, con sombrero de paja y un par
de sandalias, y en la izquierda, colgados de una percha, unos pantalones de
franela gris, un pullover y un sombrero ancho proclamaban que los sexos estaban
separados. Jaime se apresuró a trasladarse a la parte dedicada a los
caballeros, y se desnudó a toda velocidad. Tres minutos después se hallaba en
el mar dándose importancia y exhibiendo su estilo de nadador... cabeza
sumergida, los brazos surcando el agua... con ritmo constante... como un
profesional.
—¡Oh, estás ahí! —exclamó Gracia—. Tenía miedo que te pasaras la mañana
allí con la gente que hay esperando.
—¿Sí? —dijo Jaime.
Pensó con afecto en el librito amarillo. «El hombre fuerte en ciertas
ocasiones ha de ser discreto.» De momento su humor había vuelto a equilibrarse,
y pudo decir a Claudio Sopworth en tono agradable pero firme, al ver que estaba
enseñando a Gracia a nadar de espaldas:
—No, no amigo, no es así. Yo la enseñaré.
Y era tal la seguridad de su tono, que Claudio se apartó vencido. Lo
malo fue que su triunfo duró poco. La temperatura de las aguas inglesas no
permite a los bañistas permanecer en ellas durante mucho tiempo. Gracia y las
hermanas Sopworth tenían ya los labios morados y les castañeteaban los dientes.
Echaron a correr por la playa y Jaime emprendió solitario el camino de regreso
hacia Mon Desir. Mientras se frotaba vigorosamente con la toalla, y deslizaba
la camisa por encima de su cabeza, sintióse satisfecho de sí mismo. Al fin
había sabido desplegar una dinámica personalidad.
Y entonces se quedó rígido de terror. Fuera se oían voces de
muchachas... voces totalmente distintas a las de Gracia y sus amigas. Un
momento después comprendió la verdad, los propietarios de Mon Desir empezaban a
llegar. Es posible que si Jaime hubiera estado completamente vestido hubiera
aguardado los acontecimientos con dignidad, y hubiese intentado explicarse,
pero como actuó presa de pánico se abalanzó sobre la puerta y echó el pestillo
con desesperación. Las ventanas de la caseta estaban veladas por unas cortinas
verdes, y así no pudieron verle los que luchaban por abrir desde fuera deseosos
de entrar a vestirse.
—Está cerrada —dijo una voz femenina—. Creí que Pug había dicho que
estaba abierta.
—No, fue Woggle quien lo dijo.
—Woggle es el colmo —dijo la muchacha—. Qué tonto es, ahora tendremos
que volver a buscar la llave.
Jaime oyó sus pasos que se alejaban, y exhaló un profundo suspiro,
mientras se ponía las otras prendas a toda prisa. Dos minutos después paseaba
con aire indiferente por la playa corno si jamás hubiera roto un plato. Gracia
y los hermanos Sopworth se reunieron con él un cuarto de hora más tarde, y
pasaron el resto de la mañana tirándose piedrecitas, escribiendo en la arena, y
bromeando alegremente. Al fin Claudio miró su reloj.
—Es hora de comer —comentó—. Será mejor que regresemos.
—Tengo un hambre terrible —dijo Alicia Sopworth.
Todos las demás dijeron que también sentían mucho apetito.
—¿Vienes, Jaime? —preguntó
Gracia.
Sin duda Jaime estaba aquel día muy susceptible, puesto que creyó ver
ofensa en sus palabras.
—No, si mis ropas no son lo bastante buenas para ti —dijo con amargura—.
Como eres tan exigente, tal vez será mejor que no vaya.
Dijo esto para que Gracia se disculpara, pero el aire del mar no les
sentaba bien y ella se limitó a decir:
—De acuerdo. Haz lo que quieras, entonces te veré esta tarde.
Jaime se quedó confundido.
—¡Vaya! —dijo mirando al grupo que se alejaba—. Vaya, sí que...
Y echó a andar hacia la ciudad. Kimpton de Mar tiene dos cafeterías, y
en las dos hace calor, hay mucha gente y gran alboroto. Volvió a ocurrir lo
mismo que en las casetas. Jaime tuvo que aguardar turno... bueno y algo más,
puesto que cuando quedó un sitio libre se lo quitó una matrona poco escrupulosa
que acababa de llegar. Al fin pudo sentarse en una mesita. Junto a su oído
izquierdo tres muchachas mal vestidas destrozaban un fragmento de ópera
italiana. Por fortuna, Jaime no era aficionado a la música, y se dispuso a
estudiar la lista de platos con las manos hundidas en los bolsillos, mientras
pensaba:
—Pida lo que pida, seguro que «se ha terminado». Así soy yo de
desgraciado.
Revolviendo en las profundidades de su bolsillo, su mano derecha tropezó
con un objeto desconocido... Parecía un guijarro... un guijarro grande y
redondo.
«Para qué diablos habré metido una piedra en mi bolsillo?», pensó.
Sus dedos se cerraron sobre ella mientras se le acercaba una camarera.
—Un filete con patatas fritas, por favor —ordenó Jaime.
—El filete se ha terminado —murmuró la camarera con los ojos fijos en el
techo.
—Entonces tráigame ternera con salsa curry —dijo Jaime.
—La ternera se «ha terminado».
—¿Hay algo en este estúpido menú que no se «haya terminado»? —preguntó
Jaime.
La camarera pareció dolida, y puso un dedo pálido sobre el «cordero
guisado». Jaime se resignó a lo inevitable y se avino a que le sirvieran
cordero guisado, y mientras su cerebro no cesaba de maldecir el sistema de las
cafeterías, sacó del bolsillo la mano en la que todavía aprisionaba la piedra.
Abriendo los dedos contempló distraído el objeto que había en su palma, y
entonces con sobresalto olvidó todas sus preocupaciones. Aquello no era un
guijarro, sino... una esmeralda, apenas cabía duda posible... una esmeralda
verde, enorme. Jaime la miraba horrorizado. No, era imposible que fuese una
esmeralda, debía ser un vidrio de color. No existían esmeraldas de ese
tamaño... a menos... ante los ojos de Jaime bailaron unas letras impresas. «El
rajá de Maraputna... famosa esmeralda del tamaño de un huevo de paloma.» ¿Sería
posible... que fuese aquella esmeralda la que estaba contemplando ahora? La
camarera regresó con el cordero guisado, y Jaime cerró los dedos con gesto
espasmódico mientras varios escalofríos recorrían su espina dorsal. Tenía la
sensación de verse metido en un terrible dilema. Si ésta era la esmeralda...
¿pero lo sería? Abrió la mano observándola con recelo. Jaime no era ningún
experto en piedras preciosas, pero la viveza del color y el brillo de la joya
le convencieron de que se trataba de la auténtica. Apoyó ambos codos en la mesa
e inclinóse hacia delante sin ver el plato de cordero guisado que se iba
congelando lentamente. Tenía que descifrar aquello. Si era la esmeralda del
rajá la que tenía en la mano, ¿qué hacer? La palabra «policía» acudió a su
mente. Si uno encuentra algo de valor debe entregarlo en la comisaría. Jaime
había sido educado bajo este axioma.
Sí, pero... ¿cómo diantre había ido a parar al bolsillo de su pantalón?
Ésa era la pregunta que le haría la policía. Una pregunta desconcertante, y que
por el momento no podía contestar. Miró sus pantalones, y al contemplarlos le
invadió una duda. Los examinó más de cerca. Un par de pantalones de franela
gris, se parece muchísimo a otro par de pantalones de franela gris, pero
después de todo, Jaime tuvo la sensación instintiva de que aquéllos no eran sus
pantalones. Se recostó contra el respaldo de la silla abrumado por su
descubrimiento. Ahora comprendía lo ocurrido... con la prisa por salir de la
caseta de baño, se había equivocado de pantalones. Recordaba haber colgado los
suyos de una percha cercana a la que tenía el otro par. Sí, aquello explicaba
su confusión. Pero de todas formas, ¿qué hacía allí una esmeralda valorada en
cientos de miles de libras? Cuanto más lo pensaba, menos lo entendía y en
cuanto a explicar a la policía...
Era violento... decididamente violento, no cabe duda. Tendría que
confesar el haber entrado deliberadamente en la caseta de otro. Claro que no
era una ofensa grave, pero le dejaba en mal lugar..
—¿Desea que le sirva algo más, señor?
Era otra vez la camarera, que miraba con extrañeza el plato de cordero
sin empezar. Jaime se apresuró a comer parte del mismo, y luego pidió la
cuenta, pagó y se fue. Una vez en la calle se detuvo indeciso, hasta que un
cartelón de anuncios atrajo su atención. La ciudad de Harchester, la más
cercana a Kimpton de Mar, tenía un periódico que se publicaba por la tarde, y
era su contenido lo que Jaime estaba contemplando. Anunciaba un hecho simple y
sensacional. «Robo de la esmeralda del rajá.»
—Dios mío —dijo Jaime con desmayo, apoyándose contra la pared.
Sacando una pequeña moneda de su bolsillo compró un ejemplar del
periódico, y no tardó en hallar lo que buscaba. Las noticias sensacionales de
la localidad eran escasas y poco frecuentes. Grandes titulares adornaban la
primera página. «Robo sensacional en la casa de lord Eduardo Champion. Robo de
una famosa esmeralda histórica. Terrible pérdida para el rajá de Maraputna.»
Los hechos eran pocos y sencillos. Lord Eduardo Champion había reunido en su
casa la noche anterior a varios amigos, y el rajá había ido en busca de la
esmeralda para mostrársela a una de las damas presentes, descubriendo su
desaparición. Avisaron a la policía, y hasta el momento no se tenía ninguna
pista. Jaime dejó que el periódico cayera al suelo. Todavía no era capaz de
comprender cómo había ido a parar aquella esmeralda al fondo del bolsillo de
unos pantalones viejos de franela que estaban en una caseta de baño, pero sí
fue aumentando su convencimiento de que la policía consideraría su historia
como sospechosa. ¿Qué podía hacer? Allí estaba de pie en una de las calles
principales de Kimpton de Mar, con un botín que valía el rescate de un rey
reposando en su bolsillo, mientras toda la policía del distrito lo buscaba
afanosamente. Ante él se abrían dos caminos. Camino número uno, ir directamente
a la comisaría y contar lo ocurrido... pero hay que admitir que a Jaime le daba
miedo esta solución. Camino número dos, deshacerse de la esmeralda como fuera.
Se le ocurrió envolverla y enviársela al rajá. Pero luego rechazó la idea.
Había leído demasiadas novelas policíacas para hacer semejante cosa, y además
sabiendo lo que podían conseguir los sabuesos con la lupa y otros instrumentos.
Cualquier detective que conociera su oficio y examinara el paquete de Jaime,
sabría en menos de media hora la profesión del remitente, su edad, costumbres y
aspecto personal. Y después sería tan sólo cuestión de unas horas el
encontrarle.
Fue entonces cuando se le ocurrió un plan de extraordinaria sencillez.
Era la hora de comer, la playa estaría desierta, podría volver a Mon Desir,
colgar los pantalones donde los había encontrado, y recuperar los suyos. Con
este pensamiento emprendió el camino de la playa.
Sin embargo, su conciencia le remordía ligeramente. La esmeralda debía
ser devuelta al rajá, y concibió la idea de realizar algunas pesquisas por su
cuenta... es decir, una vez hubiera recuperado sus propios pantalones y
devuelto los otros. Para ponerla en práctica se dirigió al anciano marinero, a
quien consideró una buena fuente de información de la vida de Kimpton de mar.
—Perdóneme —le dijo Jaime en tono cortés—; pero creo que un amigo mío
tiene una caseta en esta playa, El señor Carlos Lapton. Tengo entendido que se
llama Mon Desir...
El viejo marinero estaba sentado con la pipa en la boca y mirando al
mar. Ladeó un poco su pipa y repuso sin apartar la vista del horizonte:
—Mon Desir pertenece a su señoría, lord Eduardo Champion, eso lo sabe
todo el mundo. Nunca oí hablar de mister Carlos Lapton; debe ser un veraneante
muy reciente.
—Gracias —le dijo Jaime antes de alejarse.
La información le había dejado desconcertado. No era posible que el
propio rajá hubiera metido la piedra en el bolsillo de sus pantalones
olvidándola luego. Jaime meneó la cabeza. Su teoría no le satisfizo; pero
entonces algún invitado a la reunión debía haberla robado. Aquel problema le
recordó una de sus novelas policíacas preferidas.
No obstante, su propósito permaneció inalterable y lo puso en práctica
con bastante facilidad. La playa estaba prácticamente desierta, como había
esperado, y por suerte la puerta de Mon Desir continuaba abierta. Entrar en su
interior fue cuestión de un momento, y Jaime estaba descolgando sus pantalones
de la percha, cuando una voz a sus espaldas le hizo volverse en redondo.
—¡Ya le he pescado! —dijo la voz.
Jaime se quedó boquiabierto. En la puerta de Mon Desir había un extraño;
un hombre bien vestido de unos cuarenta años, elevada estatura, de rostro
astuto y mirada de águila.
—¡Ya le he pescado! —repitió el desconocido.
—¿Quién... quién es usted? —preguntó tartamudeando Jaime.
—El detective inspector Merrilees, del Yard —replicó el otro—. Y le
ruego que me entregue esa esmeralda.
—¿La... esmeralda?
Jaime luchaba por ganar tiempo.
—Eso es lo que he dicho, ¿no? —dijo el inspector Merrilees.
Tenía una pronunciación seca y comercial. Jaime trató de recobrar su
compostura.
—No sé de qué me está usted hablando —dijo con fingida dignidad.
—Oh, sí, muchacho, yo creo que sí lo sabe.
—Eso es un error —dijo Jaime—. Puedo explicarlo fácilmente... —hizo una
pausa.
Una expresión de cansancio apareció en el rostro del otro.
—Siempre dicen eso —murmuró el hombre de Scotland Yard—. Supongo que
debió encontrársela mientras paseaba por la playa, ¿verdad? Ésa puede ser una
explicación.
Desde luego tenía cierta semejanza. Jaime tuvo que reconocerlo, pero aún
quiso ganar tiempo.
—¿Cómo sé yo que es usted quién dice? —le preguntó con voz débil.
Merrilees levantó la solapa mostrándole una insignia, que Jaime
contempló fijamente con ojos desorbitados.
—Y ahora —le dijo el otro casi alegremente—, ya sabe a qué atenerse. Es
usted un novato... estoy seguro. Es su primer robo, ¿verdad?
Jaime asintió.
—Lo suponía. Ahora, muchacho, ¿va a entregarme la esmeralda, o tendré
que registrarle? Jaime recuperó el habla.
—No... no la llevo encima —declaró, mientras pensaba desesperadamente.
—¿La dejó con sus cosas? —preguntó Merrilees.
Jaime asintió.
—Muy bien —dijo el detective—, entonces iremos juntos a buscarla.
Y cogió del brazo a Jaime.
—No voy a correr el riesgo de que se escape —le dijo en tono amable—.
Iremos adonde se hospedaba y entonces me entregará la piedra.
Jaime habló con voz insegura.
—¿Y si lo hago, me dejará marchar? —preguntó con voz trémula.
—Sabemos cómo fue robada la piedra —explicó—, también quién es la dama
que está complicada, y naturalmente, el rajá quiere que la cosa no trascienda
en lo que sea posible. Ya sabe cómo son los gobernantes nativos, ¿verdad?
Jaime, que no sabía nada de los gobernantes nativos, asintió simulando
comprender.
—Claro que será algo muy irregular —dijo el detective—, pero tal vez lo
dejemos marchar.
Jaime volvió a asentir. Habían recorrido ya toda la explanada y estaban
entrando en el pueblo. Jaime indicaba el camino a seguir, pero el otro no soltó
ni por un momento su brazo.
De pronto Jaime vaciló como si fuese a hablar, y Merrilees alzó la
cabeza extrañado, y luego se echó a reír. En aquel momento pasaban por delante
de la comisaría, y había observado las miradas de angustia que Jaime le
dirigía.
—Primero voy a darle una oportunidad —le dijo de buen talante.
Fue entonces cuando empezaron a ocurrir cosas. Jaime lanzando un fuerte
grito cogió al otro por el brazo, exclamando con toda la fuerza de sus pulmones
y a grandes gritos:
—¡Socorro! ¡Ladrón!
¡Socorro! ¡Ladrón!
Empezó a reunirse un corro.
—Ha querido robarme —gritaba Jaime—. Este hombre me ha metido la mano en
el bolsillo.
—¿De qué está usted hablando? —gritó el otro.
Un agente acudió a hacerse cargo del asunto, y Merrilees y Jaime fueron
escoltados hasta la comisaría, mientras Jaime repetía sus protestas.
—Este hombre me ha metido la mano en el bolsillo —declaró excitado—.
Tiene mi cartera en su bolsillo derecho. Miren.
—Este hombre está loco —gruñó el otro—. Puede mirar usted mismo
inspector, y ver si dice la verdad.
A una señal del inspector, el agente introdujo su mano en el bolsillo de
Merrilees, sacando algo que le hizo lanzar una exclamación de asombro.
—¡Dios mío! —dijo el inspector olvidando su impasibilidad profesional—.
Debe ser la esmeralda del rajá.
Merrilees parecía más sorprendido que ninguno.
—Esto es monstruoso —explotó—, monstruoso. Este hombre debió ponerla en
mi bolsillo mientras andábamos juntos. Es un abuso.
La poderosa personalidad de Merrilees hizo vacilar al inspector, quien
sospechó de Jaime. Susurró unas palabras al oído del agente, y este último se
marchó.
—Vamos caballeros —dijo el inspector—, oigamos sus declaraciones, una
por una.
—Muy bien —dijo Jaime—. Yo iba paseando por la playa, cuando me encontré
a este caballero, que fingió conocerme. Yo no recordaba haberle visto en la
vida pero no quise parecerle mal educado. Paseamos juntos. Yo ya tenía mis
sospechas, y cuando pasábamos por delante de la comisaría, sentía que me metía
la mano en el bolsillo, y le sujeté pidiendo auxilio.
El inspector dirigió una mirada hacia Merrilees.
—Ahora usted, señor.
Merrilees pareció algo violento.
—La historia es casi exacta —dijo despacio—, pero no del todo. No fui yo
quien fingió conocerle a él, sino él a mí. Sin duda intentaba deshacerse de la
esmeralda, y la introdujo en mi bolsillo, con dicho fin, mientras hablábamos.
El inspector dejó de escribir.
—¡Ah! —dijo en tono imparcial—. Bueno, dentro de un minuto llegará un
caballero, que nos ayudará a llegar al fondo de la cuestión.
Merrilees frunció el ceño.
—Me es completamente imposible esperar —murmuró consultando su reloj—.
Tengo una cita, inspector, no irá usted a suponer que yo robara la esmeralda y
la llevara en el bolsillo.
—No es muy probable, señor, estoy de acuerdo —replicó el inspector—.
Pero tendrá que esperar sólo unos cinco o diez minutos hasta que esto quede
aclarado. ¡Ah, aquí está su señoría!
Un hombre alto, de unos cuarenta años, había entrado en la habitación.
Vestía unos pantalones muy viejos y un sweater descolorido.
—Bueno, inspector, ¿qué es esto? —dijo—. ¿Dice que han recuperado la
esmeralda? Esto es espléndido, buen trabajo. ¿Quiénes son estos caballeros?
Sus ojos se posaron primero en Jaime y luego en Merrilees, y la poderosa
personalidad de este último pareció desmoronarse.
—¡Vaya... Jones! —exclamó lord Eduardo Champion.
—¿Conoce usted a este hombre, lord Champion? —le preguntó el inspector.
—Desde luego —repuso lord Champion en tono seco—. Es mi ayuda de cámara,
que entró a mi servicio hará cosa de un mes. El detective que enviaron desde
Londres sospechó de él en seguida, pero entre sus cosas no se encontró ni
rastro de la esmeralda.
—La llevaba en el bolsillo de su americana —declaró el inspector—. Este
caballero hizo que le detuviéramos. —Y señaló a Jaime.
Al minuto siguiente Jaime era felicitado mientras le estrechaban
calurosamente la mano.
—Mi querido amigo —le dijo lord Eduardo Champion—. ¿Y dice usted que
sospechó de él todo el tiempo?
—Sí —replicó Jaime—. Tuve que inventar esa historia de que me había
metido la mano en el bolsillo para traerle a la comisaría.
—Vaya, es magnífico —dijo lord Champion—, magnífico. Tiene que venir a
comer con nosotros, es decir, si todavía no lo ha hecho... Ya va siendo
tarde... son cerca de las dos.
—No —dijo Jaime—. No he comido... pero...
—Ni una palabra, nada, nada —insinuó lord Champion—. Comprenda, el rajá
querrá darle las gracias por haberle devuelto la esmeralda. Y además yo no sé
todavía la historia completa.
Ahora habían salido ya de la comisaría y se detuvieron ante los
escalones.
—A decir verdad —dijo Jaime—. Creo que preferiría contarle toda la
historia.
Y así lo hizo ante el regocijo de Su Señoría.
—Es lo mejor que he oído en mi vida —declaró—. Ahora lo comprendo todo.
Jones debió correr a la caseta de baño, en cuanto robó la esmeralda, sabiendo
que la policía iba a registrar la casa. No era probable que nadie tocase ese
par de pantalones viejos que me pongo para pescar, y así podía recuperar la
joya cuando quisiera. Debió sufrir un fuerte sobresalto al ver que había
desaparecido. Al verle a usted comprendió que era quien se había llevado la
piedra. ¡Todavía no sé cómo pudo adivinar que no era un verdadero detective!
«Un hombre fuerte —pensó Jaime para si— sabe cuándo ha de ser franco y
cuándo discreto.»
Sonrió con aire de superioridad mientras sus dedos acariciaban bajo la
solapa de su americana una pequeña insignia de plata perteneciente a un club
poco conocido, el Club Superciclista de Merton Park. ¡Qué asombrosa
coincidencia que aquel hombre, Jones, fuese también socio de aquel club!
—¡Hola, Jaime!
Se volvió. Gracia y las hermanas Sopworth le llamaban desde el otro lado
de la calle.
—¿Me perdona un momento? —dijo a lord Champion.
Se dirigió hacia ellas.
—Nos vamos al cine —dijo Gracia—. Y pensamos que tal vez te gustase
venir con nosotros.
—Lo siento —repuso Jaime—. Ahora tengo que ir a comer con lord Eduardo
Champion. Sí, es ese caballero que viste esa ropa vieja tan cómoda. Quiere
presentarme al rajá de Maraputna.
Y quitándose el sombrero para saludarlas cortésmente, volvió a reunirse
con lord Champion.
FIN

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